Antonio Muñoz Molina (1956)

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Antonio Muñoz Molina (1956)
El invierno en Lisboa 1987
En la Gran Vía, junto al resplandor helado de los ventanales de la Telefónica, se
apartó un poco de mí para comprar tabaco en un puesto callejero. Cuando lo vi
volver, alto y oscilante, las manos hundidas en los bolsillos de su gran abrigo abierto
y con las solapas levantadas, entendí que había en él esa intensa sugestión de carácter
que tienen siempre los portadores de una historia, como los portadores de un revólver. Pero no estoy
haciendo una vana comparación literaria: él tenía una historia y guardaba un revólver. (15)
Uno de aquellos días compré un disco de Billy Swann en el que tocaba Biralbo. He dicho que soy más
bien impermeable a la música. Pero en aquellas canciones había algo que me importaba mucho y que yo
casi llegaba a apresar cada vez que las oía, y se me escapaba siempre. He leído un libro – lo encontré en el
hotel de Biralbo, entre sus papeles y sus fotografías – donde se dice que Billy Swann fue uno de los
mayores trompetistas de este siglo. En aquel disco parecía que fuera el único, que nunca hubiera tocado
nadie más una trompeta en el mundo, que estaba solo con su voz y su música en medio de un desierto o
de una ciudad abandonada. De vez en cuando, en un par de canciones, se escuchaba su voz, y era la voz
de un aparecido o de un muerto. Tras él sonaba muy sigilosamente el piano de Biralbo, G. Dolphin en las
explicaciones de la funda. Dos de las canciones eran suyas, nombres de lugares que me parecieron al
mismo tiempo nombres de mujeres: Burma, Lisboa. (16)
Me acordé de aquella canción suya, Lisboa: cuando la oía yo lo imaginaba a él exactamente así, tendido en
la habitación de un hotel, fumando muy despacio en la penumbra translúcida. Le pregunté si por fin había
estado en Lisboa. Se echo a reír; dobló la almohada bajo su cabeza.
–Desde luego –dijo–. En el momento adecuado. Uno llega a los sitios cuando ya no le importan.
–¿Viste a Lucrecia allí?
–¿Cómo o sabes? –Se incorporó del todo, aplastó el cigarrillo en el cenicero. Yo me encogí de hombros,
más asombrado que él de mi adivinación.
–He oído esa canción, Lisboa. Me hizo acordarme de aquel viaje que empezasteis juntos.
–Aquel viaje –repitió–. Fue entonces cuando la compuse.
–Pero tú me dijiste que no habíais llegado a Lisboa.
–Desde luego que no. Por eso hice esa canción. ¿Tú nunca sueñas que te pierdes por una ciudad donde no
has estado nunca? (20f.)
Lucrecia se acodó en la barra, probó el whisky y dijo, burlándose de sí misma y de Biralbo y de lo que
estaba a punto de decir y amándolo sobre todas las cosas:
–Tócala otra vez. Tócala otra vez para mí.
–Sam –dijo él, calculando la risa y la complicidad–. Samtiago Biralbo. (80)
Era igual que perderse en el paisaje de un sueño avanzando hacia esa única luz que tiembla en la
oscuridad: a la izquierda de la carretera encontró el camino del que le había hablado la mujer y el indicador
del sanatorio. El camino ascendía sinuosamente entre los árboles, mal alumbrado por bajas farolas
amarillas ocultas en la maleza. Recordó algo que le había dicho alguna vez Lucrecia: que llegar a Lisboa
sería como llegar al fin del mundo. (113)
Volvió a la ciudad para perderse en ella como en una de esas noches de música y bourbon que no parecía
que fueran a terminar nunca. Pero ahora el invierno había ensombrecido las calles y las gaviotas volaban
sobre los tejados y las estatuas a caballo como buscando refugio contra los temporales del mar. Cada
temprano anochecer había un instante en que la ciudad parecía definitivamente ganada por el invierno.
(122)
Tal vez fue en Lisboa donde conoció esa temeraria y hermética felicidad que yo descubrí en él la primera
noche que lo vi tocar en el Metropolitano. Recuerdo algo que me dijo una vez: que Lisboa era la patria de
su alma, la única patria posibles de quienes nacen extranjeros. (123)
Benutzte Literatur:
Muñoz Molina, Antonio (199733): El invierno en Lisboa. Barcelona: Seix Barral. (GR-86/MUN/7)
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