Subido por F R Florez Fuya

68-Texto del artículo-364-2-10-20191116

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E N S AY O
Reinvenciones del archivo:
imagen, historia y memoria en la obra de Beatriz González
Martín Ruiz Mendoza/ University of Michigan, Ann Arbor
Al visitar la retrospectiva de más de cien obras que el Pérez
Art Museum de Miami (PAMM) ha dedicado a la artista
Beatriz González (Bucaramanga, 1938), lo primero que salta
a la vista es la vocación nómada de una iconoclasta cuya
producción ha transitado por distintos registros críticos y
estéticos a lo largo de una prolífica carrera que abarca seis
décadas de creación ininterrumpida. Lo segundo que llama la
atención—y en la investigación que inspira esa observación
se basa este ensayo—es que el hilo conductor de esa amplísima carrera lo constituye la relación de la artista con el archivo de prensa que ella misma ha acumulado con paciencia de
artesana desde sus primeros trazos hasta hoy. El análisis que
aquí propongo en torno a las relecturas que hace González de
ese archivo—en el que han quedado documentados episodios
clave de las últimas cuatro décadas de convulsiones políticas
y sociales en Colombia—busca, por un lado, rastrear el ethos
artístico en torno al cual se articula ese proceso de reinterpretación y reinvención pictórica de eventos que han sido previamente documentados por otros medios y, por el otro, mostrar
cómo la postura irreverente y retadora en la que se basa ese
ethos desemboca en versiones y subversiones de la historia
nacional que abren nuevas preguntas sobre la función del arte
como testigo del presente y guardián de la memoria.
Formada en la facultad de arte de la Universidad de los
Andes de Bogotá en plena década del sesenta, cuando la crítica argentina Marta Traba (entonces maestra de esa facultad)
pregonaba el más tajante desprecio hacia el realismo soviético
y hacia su contraparte latinoamericana, el muralismo mexicano, González establece desde el comienzo de su trayectoria
una relación con el archivo de prensa que es simultáneamente
crítica y anti-panfletaria, histórica y anti-historicista, testimonial y a la vez desmitificadora de toda pretensión mesiánica en
el arte.1 Traba, quien abogaba por la autonomía con respecto
tanto a las presiones de las vanguardias internacionales como
a las exigencias ideológicas provenientes del medio cultural
local, inspiró en González una vocación de autonomía radical
que le permitió burlar los cantos de sirena tanto de la Escila
vanguardista como de la Caribdis ideológica.2
Los suicidas del Sisga (fig. 1), de 1965, es el caso paradigmático de esa doble evasión. Considerada unánimemente por
la crítica como la pintura cumbre de su etapa inicial, este óleo
sobre lienzo toma como fuente de inspiración un recorte de la
prensa roja sobre el suicidio, en el Embalse del Sisga, de dos
amantes que se toman una foto antes de lanzarse al lago para
sellar su unión de esa manera, digna de una tradición romántica caduca que apela a la sensibilidad del espectador atento
al color local que los suicidas imprimen en esa tradición.3 No
fue ese, sin embargo, el motivo del interés que esa historia y
esa imagen despertaron en González. En sus propias palabras,
reconstruidas por Carolina Ponce de León (1988), “no fue la
historia, ni el tema, ni las anécdotas lo que me entusiasmó,
sino la gráfica del periódico. Aparecen las imágenes planas,
casi sin sombra. (…) Estas imágenes se adaptaban y corroboraban la idea que yo venía desarrollando en pintura: aquella
de que el espacio puede lograrse con figuras planas y recortadas” (16). Así pues, esta obra fundacional en la producción
de la artista responde a sus inquietudes en torno a problemas
estrictamente formales.4
Fig. 1 (100x85cm) Fotografía del autor.
Si bien en sus primeros acercamientos a las imágenes de
prensa González intenta conquistar la independencia con
respecto a las vanguardias globales y al juicio inquisitorial
de los esbirros del arte políticamente comprometido, ciegos,
según Traba ([1973] 2009), a “la especificidad del lenguaje y
del trabajo artístico” (139), a partir de la década de 1980 se
produce un giro en su obra, en virtud del cual sus preocupaciones estéticas empiezan a ser indisociables de un compromiso político con su tiempo. Como se verá a continuación,
esto supone nuevas formas de aproximarse al archivo, así
como nuevas posibilidades de pensar el compromiso político
al margen de principios partidistas y doctrinales.
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Una pintora de la Corte en tiempos de decadencia
González asume del todo la condición de testigo de su tiempo
a partir de sus exploraciones en torno a la imagen del entonces
presidente Julio César Turbay Ayala (1978-1981). La coyuntura inaugurada por ese gobierno ofrecía a la artista la posibilidad de articular una crítica de la historia contemporánea de
Colombia basada en la imagen del primer mandatario como
epítome de la degradación política que atravesaba el país.
En palabras de González, tal como las reconstruye Ponce de
León (1988): “Turbay es, para nosotros los colombianos, un
personaje de una reconocida inmoralidad, un político de la
peor clase. En ese momento no pensé en el aspecto moral,
sino en lo bueno que sería ser un pintor de la Corte, como
Goya o Velásquez” (15).5 La artista resume así su proyecto de
convertirse en testigo privilegiada de una fuerza política que
se le revela como autoritaria y desestabilizadora del orden
democrático.
Amparado en la paz pública como meta última de la nación,
Turbay convirtió la figura jurídica del estado de excepción en
política insigne de su gobierno tras la instauración del Estatuto de Seguridad (Decreto 1923 de 1978), cuyo objetivo
Fig. 2 (2.70x70m) Fotografía del autor.
El modelo de esta obra es un recorte de las páginas sociales
de El Tiempo a propósito de una cena ofrecida por Zoraida
Jaramillo de Plata en honor del presidente y de la primera
dama, Nydia Quintero de Turbay.6 En la nota se lee que la
velada fue amenizada por el grupo de ranchera mexicana
“Guadalajara” y que “el primer mandatario y el general Luis
Carlos Camacho Leyva, ministro de defensa, (…) se entusiasmaron y participaron en el coro de las canciones”, una de las
cuales rezaba: “Julio César imperator/ de Roma a Colombia
en jet,/ a la par que los romanos/ va gobernando muy bien”
(“Cena al presidente de la República”). Sin proponérselo,
esta nota reproduce la ironía de las coplas: en el contexto de
central era contrarrestar la amenaza guerrillera por medio
de la imposición de restricciones a las libertades civiles.
Tal como lo reconstruyen Palacios y Safford (2002), tras la
entrada en vigor del Decreto “cerca de un tercio de los delitos
consagrados en el Código Penal podía caer bajo la jurisdicción de jueces militares” (670). Esta fue la razón principal de
la oposición al Estatuto por parte de Amnistía Internacional,
que consideraba que las condiciones en las que se llevaban a
cabo las detenciones facilitaban la tortura.
En su papel de pintora de la Corte durante esta álgida
coyuntura, González no recurrió a un ataque panfletario contra
las políticas del presidente, sino que se convirtió en coleccionista de gestos ridículos. Tal como ella misma lo reconstruye en entrevista con Álvaro Barrios (2011): “Si había gente
que coleccionaba chistes de Turbay, yo lo que coleccionaba
eran sus fotos, y a partir de eso, día a día, fue saliendo todo
ese acopio de información alrededor del gobierno de Turbay:
Turbay borracho caminando por un caminito donde se le ve
tambalear… Turbay comulgando…” (49). El producto insigne de esa intervención del archivo en torno a la imagen del
primer mandatario es Decoración de interiores (figs. 2-3), de
1981, una serigrafía plasmada en una cortina en la que Gozález retrata a Turbay en su faceta de socialite.
Fig. 3 Fotografía del autor.
la cena aludida, la comparación de Turbay con un emperador
evoca la suficiencia de los tiranos del ocaso romano, cuya
afición a las fiestas era uno de los síntomas inconfundibles de
la decadencia del Imperio.
A partir de una exploración de las resonancias críticas y
estéticas que evoca la nota, González hace un retrato satírico
de la esfera privada del presidente y de su círculo. Esa esfera
revela rasgos centrales de las actitudes públicas del jefe de
Estado, con lo cual la artista insinúa la necesidad de juzgar a
quienes detentan el poder en todas las facetas de su vida. En
el caso de Turbay, la faceta privada revela el cinismo del líder
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que festeja con sus amigos mientras sus políticas conducen al
colapso de las garantías civiles. El humor con que González
aborda la discrepancia entre la experiencia de la mayoría de
los colombianos de entonces y la del presidente y sus amigos
no se reduce únicamente a la insolencia de plasmar la figura
de Turbay en un objeto industrial que le niega la dignidad y la
monumentalidad que podría transmitir un retrato tradicional,
sino que va más allá de los elementos técnicos de producción
para reflexionar sobre el destino de esa tela como obra de arte.
Resulta muy significativo en este sentido que la artista la haya
presentado como un bien de consumo que podía ser comprado por metro. Al poner a disposición de cualquier comprador
interesado esta representación de una escena cotidiana del
presidente y su círculo, González enfatiza la vulgaridad de
la escena representada, así como el componente kitsch que
subyace tras el supuesto abolengo de las figuras públicas que
tienen el país a su mando.
En esta faceta de pintora de la Corte se entrevé ya una
ruptura en la obra de González: la función del artista como
testigo de su tiempo se le revela por primera vez como una
labor de crítica histórica y política.7 Esa ruptura queda en
evidencia en este aparte de una entrevista con María Inés
Rodríguez (2018): “Desde el momento en que empecé a hacer
los dibujos de Turbay entendí que (…) mi temática tenía que
partir y tener más conciencia crítica ante los acontecimientos
que estaban sucediendo” (33). Como se verá a continuación,
esa vocación crítica con respecto a la actualidad nacional
se consumaría del todo a raíz de las convulsiones políticas
que marcaron la historia del país en los años inmediatamente
posteriores al gobierno de Turbay.
“El humor se perdió hace rato”: Beatriz González en
medio de la catástrofe
En ¿Por qué llora si ya reí?, el documental de 2001 que Diego
García Moreno dedica a la obra de González, la artista afirma
que “el humor se perdió hace rato” (1:54) e identifica la toma
del Palacio de Justicia por parte del M-19 el 6 de noviembre
de 1985 y el ulterior bombardeo con que el Ejército intentó
contrarrestar la ofensiva guerrillera (que dejó un saldo de por
lo menos cuarenta y tres civiles muertos y otros ocho desaparecidos) como el episodio catalizador de esa pérdida y de las
consecuentes transformaciones en su obra. La incineración de
doce magistrados de la Corte Suprema de Justicia y de cinco
del Consejo de Estado fue el símbolo definitivo de un punto
de quiebre en la historia del conflicto armado en Colombia, y
así lo entendió González: por primera vez, la guerra llegó al
centro del poder político y arrasó con el epítome de la institucionalidad en el país.
El encargado de enfrentar esta crisis fue el sucesor de
Turbay, Belisario Betancur (1982-1986), quien, a pesar de
su talante conciliador que posibilitó el establecimiento de
diálogos de paz con las FARC, el EPL y el M-19, tuvo que
enfrentar las represalias de este último grupo por el hostigamiento militar desplegado por el gobierno durante las negociaciones. Al menos esa fue la justificación del M-19 en torno
a la toma del Palacio, que, a diferencia de acciones anteriores
como el robo de la espada de Bolívar y la toma de la Embajada de República Dominicana, produjo el rechazo generalizado de la población. Ese rechazo se extendió a las acciones
y omisiones del gobierno ante esa coyuntura. Después de
reunirse con sus ministros para definir el modus operandi
ante el ataque guerrillero, Betancur—cuya presidencia había
estado marcada hasta ese momento por la voluntad de diálogo
y por la consecuente confianza en la idoneidad de las salidas
negociadas al conflicto—optó (hasta el día de hoy no es claro
si por acción u omisión) por la retoma armada del Palacio,
ignorando después las plegarias de Alfonso Reyes Echandía,
presidente de la Corte, que pedía desesperadamente un cese
al fuego mientras contemplaba junto a sus colegas la catástrofe inminente.
Este episodio inspiró Señor presidente, qué honor estar
con usted en este momento histórico (fig. 4), un óleo sobre
papel en el que González plasma, un año después de la toma,
la aludida reunión entre el presidente y sus ministros, uno de
los cuales exclamó la expresión que le da el título a la obra.
Para González, esa expresión resume el cinismo y la falta de
empatía con la cual el gobierno de Betancur asumió la crisis.
Para reflejar la atmósfera de corrupción moral subyacente a
esas actitudes, la artista ensaya un primer óleo en el que se ve
un cadáver amputado y carbonizado sobre la mesa en torno a
la cual están reunidos el presidente y su equipo de gobierno,
quienes parecen no percatarse de la presencia siniestra de ese
cuerpo incinerado. En el presidente y en el colaborador sentado a su derecha se esboza incluso una sonrisa que no parece
guardar ninguna relación con la magnitud del horror. Los ojos
cerrados de Betancur sugieren una ceguera voluntaria que,
dadas las circunstancias, resulta éticamente condenable. Los
hombres que están de pie al fondo del recinto forman una fila
infranqueable que connota el apoyo incondicional al jefe de
Estado por parte de sus hombres de confianza.
En la segunda versión González usa colores vivos (el rojo
es aquí predominante) y reemplaza el cadáver calcinado por
un florero de anturios. La presencia de esas flores en el lugar
que antes ocupaba el cadáver sugiere que la ceguera voluntaria del presidente se traduce en una celebración de facto de
la muerte. Betancur lo ve todo a través de unos anteojos que
nos ocultan su mirada. La mirada oculta del presidente agudiza el aura criminal que la obra sugiere de forma sutil pero
contundente. Esa aura se intensifica por la presencia —más
explícita que en la primera versión— de los militares, que
en la práctica tomaron las riendas del genocidio y que aquí
son presentados como arcángeles siniestros que protegen y
respaldan al presidente y a su séquito.
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Fig. 4 (150x150cm) Fotografía del autor.
González vuelve a abordar el protagonismo de los militares en la tragedia nacional que inauguró la toma del Palacio
de Justicia en Los papagayos (fig. 5), de 1986, donde la artista plasma en pastel y óleo sobre papel a un grupo de militares
vistos de perfil que acompañan a un Betancur cuya mirada
está, una vez más, oculta tras el reflejo amarillo de sus anteojos. Esta obra inaugura un nuevo método de experimentación, que consiste en el ensamblaje de múltiples imágenes
mediáticas en una misma representación pictórica. Lo que
interesaba aquí a la artista era la repetición sistemática de
fotografías de militares tomadas de perfil. Paradigmático
de esas fotografías resulta un recorte de prensa del diario El
Tiempo que captura a la cúpula militar de la administración
Turbay (incluido su ministro de Defensa) durante una ceremonia de graduación de bachilleres en la Escuela Militar de
Cadetes.8
El hecho de que González muestre a Betancur rodeado
de militares en una posición análoga sugiere la continuación
durante ese gobierno de la injerencia de las fuerzas armadas
en asuntos capitales de Estado. Si bien para los más optimistas la transición de Turbay a Betancur suponía la posibilidad de un proceso gradual de democratización —tanto
más urgente cuanto más proclive había sido el gobierno del
primero a delegar al Ejército la imposición no solo del orden,
sino también de la ley—, el episodio del Palacio de Justicia demostró que las fuerzas armadas seguían gozando de un
poder excepcional que menoscababa los principios democráticos defendidos por el propio Betancur.
En esta fase de la obra de González se trasluce un sentido de rabia y frustración sin precedentes en su producción
previa. El humor cede aquí el paso a la indignación abierta
y sin ambages hacia la desidia del gobierno frente al colapso de la institucionalidad en Colombia. La imposibilidad
de reír ante la barbarie supone para González la necesidad
apremiante de un cambio de foco en el objeto de su arte, que
en períodos anteriores se había valido de la sátira política
como mecanismo privilegiado de crítica al poder. Si bien a lo
largo del gobierno de Betancur la artista sigue concibiéndose
como pintora de la Corte, el genocidio del Palacio de Justicia
supone un punto de quiebre en lo que para ella constituye
el alcance político de ese rol. Como se verá a continuación,
esa transformación política se hace del todo patente en su
producción de la década de 1990, durante la cual el foco de
sus aproximaciones al archivo empieza a ser la experiencia
de las víctimas del conflicto, así como la posibilidad de fijar
esa experiencia en la memoria colectiva a través de la reinterpretación de imágenes efímeras que pasan por las hojas de
prensa todos los días y que son reemplazadas al día siguiente
por otras imágenes de actualidad.
La reinvención de la mirada ante el dolor
El proyecto de revitalizar la memoria visual colectiva en
torno a los efectos del conflicto armado en los colombianos
que más lo han padecido se hace patente en obras como El
ahogado, de 1991, un óleo de 112x131 centímetros basado
en el asesinato, en 1989, del entonces exalcalde de Medellín
Pablo Peláez González, quien además fue dirigente cívico y
gremial.9 Esta última faceta lo puso en la mira del narco-paramilitarismo, que, en un lapso de tres años, eliminó—entre
otros—al entonces gobernador de Antioquia Antonio Roldán
Betancur (asesinado también en 1989), y a defensores de
derechos humanos como Jesús María Valle (quien denunció
la participación del Ejército en las masacres paramilitares de
La Granja y El Aro, en Ituango) y Héctor Abad Gómez (asesinado en 1987 por orden de Carlos Castaño en respuesta a su
labor de promotor de condiciones dignas de vida para todos
los ciudadanos de Medellín). El asesinato impune de estos
líderes puso de manifiesto los vínculos, que se fortalecieron a
finales de la década del ochenta y durante los primeros años
de la siguiente, entre agentes del Estado, grupos paramilitares y narcotraficantes. Es muy diciente en este sentido que el
recorte de prensa en que se basa El ahogado, publicado por
El Tiempo el 13 de septiembre de 1989, tenga como título
“¡Salvemos a Colombia!,” un llamado a la reacción contra las
fuerzas genocidas que dominaban subrepticiamente la política nacional.10 Ese llamado, transmitido por casi trescientos
residentes antioqueños en Bogotá a través de una carta abierta a todo el país, recogía una preocupación general ante el
colapso de las instituciones democráticas.
Fig. 5 (35x150cm) Fotografía del autor.
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La exploración pictórica que hace González a partir de la
imagen que acompaña esa nota de prensa se basa en un juego
de asociaciones que sugiere que esta víctima de la narcocracia
paramilitar es un cuerpo flotante que evoca los miles de cadáveres que han sido lanzados al río después de ser asesinados.
En virtud de la sistematicidad de este método de desaparición,
los ríos en Colombia se han convertido en testigos silenciosos de décadas de atrocidades.11 González parte de este hecho
para explorar pictóricamente las figuras del río y del ahogado
como símbolos de los cientos de miles de muertes violentas
perpetradas impunemente a lo largo de la segunda mitad del
siglo XX. En el caso de este óleo, el ahogado flota sobre el
rojo sangre que inunda su ataúd. La imagen del féretro que es
al mismo tiempo un río de sangre hace explícita la conexión
entre la muerte violenta de esta víctima, que al menos recibió
sepultara, y la de los miles de muertos anónimos cuyo ataúd
ha sido el río.
El procedimiento de González consiste en explorar a fondo
y de una forma que Boris Groys (2018) ha descrito como
“subjetiva, lírica incluso” (88) lo que en la fotografía ya está
sugerido: los testigos del funeral que ven el féretro desde la
orilla; la hija que extiende su mano para alcanzar el cuerpo
inerte de su padre, como si éste ya estuviera sumergiéndose
en la corriente; la sombra que cubre la cabeza del difunto:
todos estos elementos constituyen la base de la reinterpretación que hace González de la imagen de prensa. Esa reinterpretación tiene un componente afectivo que da cuenta de
un interés por indagar sobre el alcance retórico de la pintura.
Si bien la artista se resiste a reducir el arte a un instrumento
de transmisión de mensajes, en su producción en torno a los
efectos de la violencia en Colombia se trasluce un giro afectivo que abre el camino hacia una exploración de la posibilidad
que ofrece la pintura de activar resonancias emocionales que
inevitablemente influyen en la manera en que el espectador
interpreta la realidad aludida.
El giro afectivo que se produce en esta etapa de la producción de González es indisociable de una aproximación a
la realidad nacional desde la cual lo importante no es solo
documentar lo ocurrido, sino fijarlo en la memoria a partir de
una reinterpretación pictórica que le de sentido simbólico y
emocional. Este punto de vista ofrece una libertad interpretativa que desemboca en la articulación de una forma de memoria histórica que no se ciñe al pie de la letra al archivo, sino
que propone nuevas formas de aproximarse a él para actualizarlo y salvarlo del olvido. La apuesta de González consiste,
pues, en intentar hacer justicia a la urgencia de guardar en la
memoria las atrocidades de la guerra en Colombia a través de
una reinterpretación que incorpora lo afectivo como condición de posibilidad de la construcción de memoria colectiva.
Otra instancia paradigmática de ese ejercicio de reinterpretación es Una golondrina no hace verano, de 1992, un óleo
de 110x180 centímetros en el que la artista aborda la masacre de Segovia, Antioquia, perpetrada el 11 de noviembre
de 1988 por el bloque paramilitar Muerte a Revolucionarios
del Noreste, liderado por Fidel Castaño y Henry Pérez.12 Esa
masacre constituye una síntesis del alcance criminal de las
fuerzas políticas paramilitares que se desarrollaron durante
los gobiernos de Turbay y de Betancur. Así lo confirma el
juicio histórico emitido por la Corte Suprema de Justicia en
marzo de 2011, que—tal como lo reconstruyó El Tiempo el
20 de ese mes—“señala a la cúpula militar de los Gobiernos
de Julio César Turbay Ayala y Belisario Betancur de haber
incubado a las bandas paramilitares que perpetraron las
peores matanzas y magnicidios en la historia del país.” En
este sentido, la visión crítica de González hacia esos gobiernos resultó siendo profética: su énfasis en el poder excesivo
de la cúpula militar dentro de la estructura política entonces
vigente demostró ser una preocupación legítima en la medida
en que ese poder constituyó el caldo de cultivo para la emergencia de grupos paramilitares en regiones tradicionalmente
dominadas por las guerrillas.13
A pesar de las conexiones entre su faceta de pintora de la
Corte y esta nueva etapa de su producción, ya en Una golondrina se identifica claramente un cambio de perspectiva que
tiene que ver con el objeto mismo de la pintura. En lugar de
centrarse en la figura de los protagonistas más encumbrados
de la comedia nacional, González invierte su energía creativa en un nuevo punto de vista: el de las víctimas de esa
comedia, que se le revela ahora en toda su magnitud trágica.
El célebre comentario de Marx en El decimoctavo brumario de Luis Bonaparte, según el cual todos los eventos de la
historia universal ocurren primero como tragedia y después
como farsa, es invertido en el imaginario histórico de González, desde el cual lo que empieza como farsa se transforma
en tragedia y deja de ser proclive al tratamiento cómico que
otrora constituyera el punto de vista privilegiado de su arte.
Este nuevo punto de vista trae consigo nuevas estrategias
pictóricas que son, a fin de cuentas, estrategias narrativas a
través de las cuales la artista intenta elaborar la tragedia de
una forma que trascienda la literalidad de lo ocurrido.
La presencia de la figura de la golondrina es muy significativa en este sentido. Sorprendentemente, la crítica en torno
a esta obra ha pasado por alto la importancia de esa ave en la
mitología mortuoria de la civilización egipcia y las posibles
interpretaciones que esto suscita sobre la aproximación de
González a la masacre de Segovia. Tal como lo reconstruye
una guía de 1920 publicada por el British Museum sobre el
Libro de los muertos (piedra angular de la tradición funeraria
del Antiguo Egipto), cuando la persona fallecida recitaba los
“Capítulos de las Transformaciones” de ese libro (LXXVII—
LXXXVIII), le era dado asumir, a voluntad, la forma de
múltiples aves, entre las cuales se cuenta la golondrina. La
golondrina es también, como queda de manifiesto en los
textos de las pirámides, una de las aves—junto con el halcón
y el ganso—en que se transmuta el rey difunto para ascender al cielo.14 Vista a la luz de estas referencias mitológicas,
la presencia de las golondrinas en la propuesta pictórica de
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González sugiere una esperanza de transmutación y ascenso de quienes ocupan los féretros. Especialmente diciente en
este sentido es el hecho de que el ataúd que carga la mujer
apunte hacia el cielo, como si se dispusiera a alzar vuelo. Así
mismo, el ataúd que ocupa el extremo inferior del óleo describe también un ángulo ascendente, aunque menos agudo. Esto
en claro contraste con el resto del espacio que ocupan los
supervivientes, el cual, en virtud de la perspectiva inusual que
explora aquí la artista, da una sensación de caída inexorable.
Esta amalgama de mitología pagana y cristiana sugiere la
imposibilidad de reducir el cuadro a una única interpretación.
Imposibilidad por lo demás deliberada, que responde a la
fascinación de González por lo que ella misma ha denominado recientemente, a propósito de su última retrospectiva
en el Museo Reina Sofía de Madrid, “imágenes imprecisas”
(Sigüenza 2018). Esta alusión arroja luz sobre la importancia
de la ambigüedad en su proyecto artístico, cuya fuerza emana
en gran medida de la capacidad de actualizar constelaciones
de sentido que se alejan de lo obvio. En esa medida, la de
González es una apuesta por el disenso en el sentido explorado por Rancière (2010), esto es, como “una organización de
lo sensible en la que no hay (…) un inamovible régimen de
interpretación que imponga a todos una evidencia” (51). En
el caso de la relación de la artista con el archivo, la resistencia
a ese régimen interpretativo se traduce en una exploración
en torno a la posibilidad que ofrece la imagen pictórica de
activar una serie de asociaciones afectivas que no están explícitamente sugeridas en la imagen fotográfica.
La reinterpretación que propone González de las imágenes
de prensa parte de una voluntad de abrir el archivo a nuevas
lecturas: ante la imposibilidad de cambiar el curso de los
hechos que registran los diarios, la artista opta por su intervención estética. Un caso paradigmático en esa intervención
es la serie dedicada a Yolanda Izquierdo, activista de Córdoba
que fue acribillada en frente de su casa el 31 de enero de 2007
por ser la portavoz de 843 familias que, en medio del proceso
de Justicia y Paz implementado por el gobierno de Álvaro
Uribe Vélez para desmovilizar a los paramilitares, luchaban
por recuperar las propiedades que les habían quitado esos
grupos a través de Funpazcor—una ONG fraudulenta creada
en 1990 por Fidel Castaño, líder de las Autodefensas Unidas
de Colombia (AUC). A través de esa fundación, el clan de
los hermanos Castaño promovió una reforma agraria privada que les permitió apropiarse de 10.000 hectáreas de tierras
con el pretexto de entregarlas a 2.500 familias afectadas por
la guerrilla. En el año 2000, los terrenos fueron arrebatados,
vendidos o abandonados por presiones de los mismos paramilitares que crearon Funpazcor. Desde la génesis de esa
fundación, los Castaño planeaban dejar esas tierras en manos
del Fondo Ganadero de Córdoba, entidad que se alió con
las autodefensas en esta estrategia de despojo masivo.15 El
asesinato de Yolanda Izquierdo es el resultado de su lucha
por denunciar y rectificar este estado de cosas, que además
ponía en evidencia el hecho de que el proceso de paz con los
paramilitares y la desmovilización de esos grupos fueron un
sainete que no solo denotaba indiferencia hacia las víctimas,
sino que las dejaba en una situación de desamparo ante la
maquinaria paramilitar que seguía en funcionamiento.
González se aproxima al problema agrario que cristaliza
en el asesinato de esta activista desde una perspectiva que
se opone abiertamente a la mentalidad paramilitar, para la
que la tierra es, ante todo, una fuente de explotación económica. En Pila, pila, pilandera, por ejemplo, la activista es
representada de pie, sosteniendo en sus manos el dibujo de
una pilandera que trabaja la tierra por medio de los métodos
artesanales cuya reproducción es amenazada por la instauración de megaproyectos más rentables en ese mismo territorio.
En Pescar de noche se repite este motivo, pero esta vez el
dibujo que sostiene Izquierdo representa una noche de pesca
bajo la luna llena.16 Para estas obras, González se basa en
una fotografía de prensa tomada por Álvaro Sierra, en la que
la activista expone a la cámara un mapa de las tierras reclamadas por su comunidad.17 Al reemplazar el mapa por esas
imágenes que evocan la vida en el campo, la artista sugiere
que la relación que tienen los campesinos desplazados con su
tierra trasciende las coordenadas del espacio abstracto que el
mapa representa. Lo que pierden esos campesinos al ser obligados a abandonar su territorio no es simplemente un predio
sobre un papel, sino todo un acervo de experiencias de vida
irremplazables.
González imprime notas bíblicas a su reinterpretación de
la fotografía de Sierra en Voy desapareciendo como sombra
que se alarga (Salmos/109, 23) (fig. 6), una serigrafía sobre
papel en la que Izquierdo sostiene un dibujo de campesinos
arando la tierra. Los tonos verdes y amarillos del dibujo son
los mismos del horizonte sobre el que se alarga la sombra
de la activista. Al ser representado a través de este lenguaje
pictórico figurado, el tema de la desaparición produce resonancias afectivas que trascienden el ámbito de lo documental, con lo cual queda de manifiesto que la apropiación que
hace González de las imágenes de prensa desemboca—como
lo ha observado Pérez Oramas (2018) inspirado en la terminología de Aby Warburg—en imágenes pathos, es decir, en
representaciones pictóricas cuyo sentido no está únicamente
en función de su carácter documental, sino también—y principalmente—de la carga emotiva que transmiten.
Fig. 6 (155x45cm) Fotografía del autor.
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REINVENCIONES DEL ARCHIVO
La exploración de González en torno a la posibilidad que
ofrece la pintura de ahondar en la potencia afectiva que emana
del archivo constituye uno de los principales aportes de su
obra al debate de la función del arte en tiempos de violencia.
El de González es un proyecto testimonial basado en la articulación, a través de la intervención pictórica del archivo, de
una mirada renovada a la tragedia nacional. Esa aproximación al archivo acarrea en la producción tardía de la artista un
proyecto de memoria que se basa en la premisa de que el arte
puede cumplir una función preservativa que facilite el trabajo
de duelo colectivo que ha sido aplazado una y otra vez durante décadas por la sucesión de atrocidades.
El archivo, el arte y la memoria
El compromiso de González con la memoria se hace del todo
explícito en Auras anónimas (fig. 7), de 2009, un proyecto de
intervención artística por medio del cual se logró la preservación de los columbarios del Cementerio Central de Bogotá
que sirvieron de fosa común tras el estallido del Bogotazo.
A partir de la primera administración de Enrique Peñalosa
(1998-2000) se empezó a planear la demolición de las bóvedas
como parte de un proyecto de renovación urbana que contemplaba la construcción del Parque Zonal Cementerio Central
Zona B. Si bien esa administración no concretó el plan, la
inminencia de su eventual realización llevó a Doris Salcedo a presentar una iniciativa para revitalizar las tumbas. Sin
embargo, ese proyecto no prosperó y los columbarios fueron
vaciados en 2005 de los restos que en ellos reposaban. Fue
entonces cuando González puso a consideración del Distrito
un nuevo proyecto que consistía en cubrir los columbarios
con lápidas en las que estuvieran plasmadas las imágenes de
su serie Vistahermosa, de 2006, que consta de dibujos hechos
en pastel y carboncillo sobre lienzo inspirados en fotografías
de prensa que muestran a miembros de las Fuerzas Armadas
cargando muertos después de una ofensiva militar o tras el
hallazgo de una fosa común.18
Fig. 7 Fotografía del autor.
La reiteración de estas imágenes en los diarios nacionales
desemboca en un atisbo que fue central para la concepción de
Auras anónimas, a saber, que, tal como lo expresa la artista,
“a diferencia del siglo XIX, en el que los cargueros llevaban a los viajeros por nuestros territorios, en el siglo XXI se
llevan muertos en distintos soportes: plástico, telas de lona
y hamacas” (El Espectador 2009). Los cargueros del siglo
XIX a los que se refiere González quedaron plasmados en
las láminas que acompañan las “Impresiones de un viaje de
América,” del escritor español José María Gutiérrez de Alba,
quien residió en Colombia entre 1870 y 1884. En ese cuaderno de viajes—que consta de diez volúmenes ilustrados con
466 acuarelas, dibujos, fotografías y litografías—Gutiérrez
de Alba dedica una serie completa a los cargueros que llevaban a sus espaldas a los viajeros a través de la accidentada
geografía nacional. En el texto que acompaña una de esas
láminas, titulada “Camino y puente en la montaña de Tamaná (Chocó)”, se describe la imagen como una representación
de cómo los peones cargueros atraviesan con gran destreza
puentes improvisados, “llevando a la espalda un fardo enorme, o un ser humano” (Tomo XII, lámina 257).19 Al mostrar
que la guerra en Colombia ha producido cargueros que en vez
de atravesar las montañas con fardos o viajeros las cruzan con
muertos, González hace eco del anecdotario y de la iconografía típicamente decimonónicos que se traslucen en las
“Impresiones” de Gutiérrez de Alba para sugerir la necesidad
de reconocer la ruptura histórica fundamental que el conflicto
armado ha producido.
González encuentra un testimonio privilegiado de esa
ruptura en las imágenes de prensa que constituyen el modelo
de su intervención de los columbarios, en cuyas lápidas esas
imágenes son transformadas en íconos que sintetizan la reiteración ad infinitum de la muerte en medio de la guerra. En
su aproximación a la figura de los cargueros, la artista establece un acuerdo implícito con la aproximación a la relación
entre imagen y memoria explorada por Susan Sontag (2003),
quien se refiere a la memoria colectiva como un modo no de
recuerdo espontáneo (como es el caso de la memoria individual), sino de estipulación categórica; es decir, de explicitación de lo que debe ser recordado (86). Es muy significativo
en este sentido que Sontag considere las imágenes como
el único vehículo capaz de movilizar esa estipulación y de
fijar el contenido que la sustenta. Motivada por una intuición
análoga, González explora, por un lado, la simplificación de
la imagen—esto es, la reducción de las fotografías de prensa a los trazos en negro sobre blanco de las siluetas de los
cargueros—y, por el otro, la repetición de las resultantes
imágenes-ícono a lo largo y ancho de los columbarios. Tal
como lo ha subrayado Samuel Mateus (2019), la repetición
y reutilización de símbolos suscita respuestas emocionales
que son tanto más intensas cuanto más recurrente es el uso
de dichos símbolos (71). En el caso de Auras anónimas, la
carga afectiva implícita en la reiteración iconográfica que le
da sentido a la obra es vocera del imperativo ético de recordar
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a esos cargueros siniestros en cuyas siluetas queda sintetizada
una historia reciente de barbarie.
Además de explorar la posibilidad de incitar a un trabajo
colectivo de memoria a través de imágenes-ícono plasmadas
en uno de los lugares más transitados de la ciudad, donde
está ubicado el Centro de Memoria, Paz y Reconciliación,
la artista tenía en mente una misión más mística: sellar el
aura de los miles de muertos que alguna vez ocuparon esos
columbarios. En palabras de González: “Sin los restos humanos [los columbarios] se encontraban relevados de su misión,
vacíos, sin ceremonias, ni visitantes. Sin embargo, existía el
aura de las miles de personas que habían reposado allí. (…)
Mi intención era recuperar el aura y sellarla con una lápida, con un trabajo artístico” (“Cargueros guardianes de la
memoria”). Este gesto sugiere que el trabajo de memoria que
debe ser puesto en marcha de forma colectiva tiene que pasar
por el reconocimiento del componente ancestral que ha sido
vaciado de sentido, como lo propone Pierre Nora (1989), por
el fenómeno de aceleración histórica en virtud del cual el
presente se desliza rápidamente hacia un pasado histórico que
empieza a ser visto desde una distancia insalvable, haciendo
que los remanentes de la experiencia anclada en la tradición y
en la costumbre, “en la repetición de lo ancestral” (7), cedan
ante las exigencias de una sensibilidad que es esencialmente
historiográfica.
González rechaza el pudor intelectual y la pretensión de
objetividad que esa sensibilidad trae consigo para abandonarse a un misticismo abiertamente anacrónico que en el caso de
Auras anónimas está en función de rendir tributo a lo ancestral, es decir, a los ausentes que solo pueden ser traídos a la
presencia por medio de un acto evocativo de los supervivientes. Al sellar las auras de los muertos no identificados que
alguna vez ocuparon los columbarios, la artista pretende dar
lugar a ese tributo y extenderlo a todas las víctimas anónimas
de la guerra.
Los esfuerzos por preservar un lugar de memoria como
este no son de ninguna manera excepcionales. Tal como lo
ha explorado Andreas Huyssen (2003), la proliferación de
museos de la memoria y demás monumentos conmemorativos es un síntoma inconfundible del Zeitgeist contemporáneo, marcado, sobre todo desde los años ochenta, por la
multiplicación acelerada de discursos sobre la memoria,
especialmente en torno al Holocausto. Esto ha resultado en
lo que Huyssen denomina una “cultura de la memoria” (12),
cuyos tentáculos globales se apoyan en una sólida industria
cultural. Si bien Auras anónimas se inscribe en esa tendencia
global, la originalidad de la obra radica en la incorporación,
en un lieu de mémoire, de imágenes previamente reproducidas por la prensa, lo cual sugiere que la memoria en las sociedades industriales contemporáneas no puede abstraerse del
influjo de los medios de comunicación. Si, como lo propone
Nora, los medios han reemplazado a la memoria sujeta a la
intimidad de una herencia colectiva por imágenes efímeras
de eventos actuales (8), González no apuesta por una aproximación arcaizante que permitiría redimir a la memoria del
influjo de los medios, sino que opta en cambio por un acto
deliberado de reinvención de las imágenes que esos medios
han reproducido.
Este gesto suscita nuevas reflexiones en torno a la posibilidad que ofrece el arte de intervenir el archivo para actualizarlo, es decir, para dotarlo de otras formas de resonar en
el presente. En esa medida, la relación de González con la
función testimonial que ha cumplido la prensa en Colombia es ambigua: por un lado, la artista es consciente de que
esa función ha sido opacada por las dinámicas intrínsecas
que rigen la transmisión de información en la actualidad, en
virtud de las cuales las imágenes mediáticas son reducidas a
un estatus de inmediatez y fugacidad que les impide fijarse en
la memoria; por otro lado, sin embargo, González reconoce
la importancia de esas imágenes para la reconstrucción histórica de las décadas de barbarie que han quedado registradas
en ellas.
Ante esta ambigüedad, la artista opta por dejar abierta, a
través de Auras anónimas, la pregunta sobre la posibilidad
de incorporar el archivo mediático a lugares de memoria
que en teoría podrían prescindir de las mediaciones de ese
archivo. Después de todo, el dato de que en los columbarios
reposaron los restos de miles de muertos tras el 9 de abril de
1948 parece ser suficiente para su preservación. Sin embargo,
la experiencia ha demostrado que sin mediaciones estéticas
esas tumbas son percibidas como ruinas desechables. Lo que
queda claramente sugerido en esta obra es que la mediación
estética, en este caso producto de una intervención artística
del archivo de prensa, es necesaria para el reconocimiento
colectivo de la importancia histórica de un lugar como el
Cementerio Central.
Esa mediación, sin embargo, no ha logrado blindar ese
lugar de memoria contra el deterioro en que hoy se encuentra
y contra embates más recientes de la administración distrital,
que, de nuevo en cabeza de Enrique Peñalosa, pretende, desde
2017, demoler los columbarios para construir un parque, tal
como estaba previsto hace ya casi dos décadas. Esto ha puesto
en evidencia la fragilidad, ante la negligencia de los poderes
públicos, de las intervenciones artísticas tendientes a fijar en
la memoria eventos clave de la historia reciente de Colombia.
El interés de borrar ese lugar para construir allí un parque que
silencia esa historia da cuenta de la persistencia en la obra
de González de una capacidad crítica inagotable, incómoda
para los sectores políticos que perciben como una amenaza
el develamiento de todo lo ocurrido durante el conflicto, así
como la posibilidad de llevar a cabo un trabajo de memoria
colectiva en torno a ese develamiento. Ante este estado de
cosas, el archivo de Beatriz González es hoy más imprescindible que nunca.
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REINVENCIONES DEL ARCHIVO
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Notas
1. Marta Traba era considerada por sus estudiantes como la papisa de la crítica de arte del momento, al punto de ser bautizada
como tal en 1962. González estuvo muy influenciada en su primera etapa por los planteamientos esbozados en un ensayo de
1972 titulado “La cultura de la resistencia,” en el que Traba respaldaba el surgimiento de una generación de artistas latinoamericanos a quienes ella misma se refería como los “independientes,” en oposición a aquellos “resueltos a responder individualmente a los anhelos y demandas de la comunidad” (138).
2. La resistencia de González a las vanguardias globales que dominaron el campo artístico durante los años sesenta y setenta
se hizo explícita a propósito de la exposición con Luis Caballero organizada en 1973 por Gloria Zea en el Museo de Arte
Moderno de Bogotá, en cuyo catálogo la artista se refiere a sí misma como “precursora de un arte provinciano que no puede
circular universalmente sino acaso como curiosidad” (Ardila 1974, 19).
3. Esta obra le valió a González el Premio Especial del XVII Salón de Artistas Colombianos. Marta Traba (1974), quien entonces formaba parte del jurado, aseguraría una década después que la obra no solo determinó un nuevo modo de ver en el arte
colombiano, sino que marcó además “el comienzo de una extraordinaria carrera artística, cuya originalidad más relevante sería la de expresar la idiosincrasia de una sociedad con agudeza, inteligencia y chispa inventiva” (65). La imagen de prensa está
disponible en el siguiente enlace: https://bga.uniandes.edu.co/catalogo/items/show/1872. Consultado el 7 de octubre de 2019.
4. Carolina Ponce de León (1998) considera, sin embargo, que ya en Los suicidas se trasluce un interés temático basado en
la iconografía periodística, “que deja al descubierto las creencias, supersticiones y fetichismos de la imaginación colectiva
colombiana” (22).
5. La alusión a Goya es especialmente diciente sobre la postura política de González a partir de esta etapa. Tal como lo sintetiza
Antonio Caballero (2009), “la pintura política moderna, es decir, no de alabanza al poder, sino de crítica, viene (…) de esos
dos grandes cuadros, revolucionarios en su composición caótica y en su tema de pura actualidad (cuadros de historia sobre un
asunto contemporáneo del pintor), que son el motín madrileño del 2 de mayo y los fusilamientos del 3” (100).
6. La imagen de prensa está disponible en el siguiente enlace: https://bga.uniandes.edu.co/catalogo/items/show/1981. Consultado el 7 de octubre de 2019.
7. La artista siguió oponiéndose, sin embargo, a la noción de lo político en un sentido doctrinal y de adoctrinamiento de masas,
tal como queda en evidencia en una entrevista con Katherine Chacón (1994), en la que la González explicita su resistencia a
convertirse en “una artista política al estilo de los que elogian al régimen para educar al pueblo”, así como su decisión deliberada, contraria a esta tendencia, de hacer un arte de denuncia no didáctico que mostrara “la dureza del poder”, sin adoctrinar
(17).
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REINVENCIONES DEL ARCHIVO
8. La imagen de prensa está disponible en el siguiente enlace: https://bga.uniandes.edu.co/catalogo/items/show/1989. Consultado el 7 de octubre de 2019.
9. La imagen está disponible en el siguiente enlace: https://bga.uniandes.edu.co/catalogo/items/show/959. Consultado el 7 de
octubre de 2019.
10. La imagen de prensa está disponible en el siguiente enlace: https://bga.uniandes.edu.co/catalogo/items/show/2036. Consultado el 7 de octubre de 2019.
11. En una entrevista con Semana publicada en 2012, la periodista Patricia Nieto trae a colación el testimonio de Francisco Mesa
Buriticá, entonces director de la funeraria San Judas en el Magdalena Medio, para quien “el Magdalena es la gran fosa común
de Colombia” (“El río es la gran fosa”).
12. La imagen está disponible en el siguiente enlace: https://bga.uniandes.edu.co/catalogo/items/show/985. Consultado el 7 de
octubre de 2019.
13. Puerto Boyacá es la más representativa de esas regiones. Autoproclamada en su momento “la capital antisubversiva de Colombia”, mientras Betancur adelantaba las negociaciones de paz, esa región se convertía en el epicentro de la maquinaria
paramilitar que orquestó, entre otras, la masacre de La Rochela.
14. Así se lee, por ejemplo, en la “Declaración 519”: “he ido a la isla grande que está en medio del Campo de las Ofrendas sobre
la que los dioses golondrina descienden; las golondrinas son las Estrellas Imperecederas. Ellas me dan este palo de vida sobre
el que viven, y yo obtendré vida de este modo enseguida” (216a-216e).
15. La revista Semana denunció el 14 de mayo de 2011 la participación de la Agencia Nacional de Tierras (Incoder) en la maquinaria de despojo ideada por los paramilitares. Según Semana, “en Urabá existía una especie de oficina clandestina de funcionarios del Incoder, que elaboraban los papeles necesarios para legalizar el despojo” (“Así les quitaron las tierras”).
16. Las imágenes de esta serie están disponibles en el siguiente enlace: https://bga.uniandes.edu.co/catalogo/items/show/1207.
Consultado el 7 de octubre de 2019.
17. La imagen de prensa está disponible en el siguiente enlace: https://bga.uniandes.edu.co/catalogo/items/show/2118. Consultado el 7 de octubre de 2019.
18. Las imágenes de prensa están disponibles en el siguiente enlace: https://bga.uniandes.edu.co/catalogo/items/show/2109. Consultado el 7 de octubre de 2019.
19. La imagen y el texto están disponibles en la versión del libro digitalizada por el Banco de la República: http://banrep.gov.co/
impresiones-de-un-viaje/index.php/laminas/view?id=381. Consultado el 15 de mayo de 2019.
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