Subido por alumno 100

Underground

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UNDERGROUND
(LA BÚSQUEDA
DEL SENTIDO)
Escrito por Miguel Ferrer
La habitación al fondo del pasillo
Viví gran parte de mi infancia en un hostal. Mis padres lo compraron a mediados de los
noventa. Creo que en el 95 o 96, no lo recuerdo bien. Estaba situado en pleno centro de
Madrid, en el barrio de Malasaña, en un gran edificio de color amarillo. Se llamaba Hostal
Antonio. Mi padre no se llamaba Antonio, pero el cartel ya estaba puesto y no pensaba
cambiarlo ya que andábamos justos de dinero. Mi madre era dependienta de una mercería y
mi padre jardinero. A mi madre no le importaba; siempre fue muy conformista, pero mi padre
estaba hasta las pelotas. Había sido camarero, cocinero, fumigador, jardinero, electricista,
segurata, vendedor ambulante… quería un negocio estable, no tener jefes, algo que
alimentar cuatro bocas… En aquella época todo estaba lleno de yonquis, camellos, putas…
en las plazas, los parques, las calles… Mi padre era un hombre gordo y grande. Tenía el
pelo largo y negro, peinado torpemente hacia atrás. También poseía una abundante barba y
unas gafas gruesas que aumentaban el tamaño de sus pequeños ojos. Podía ser muy
amable o muy grosero. Mi madre, sin embargo, era bajita y delgada, con el pelo castaño y
corto. Solía ser agradable con todo el mundo.
Mis primeros recuerdos son confusos: mi padre colgando un cartel de prohibido fumar, mi
madre volviendo de trabajar, mi primer día de clase, mi hermana jugando conmigo... Los
recuerdos se mezclan entre sí, parte de lo que somos se vuelve difuso, pero hubo un
instante, un momento que nunca se fue, siempre permaneció ahí, con fuerza. La habitación
de mis padres estaba al fondo de un pasillo, un largo y oscuro pasillo. Mi padre solía
desaparecer por épocas. De repente, dejabas de verle. Se encerraba en aquella habitación,
aquella oscura habitación. Un día, una semana, un mes… desaparecía. Siempre me fascinó
aquel sitio. Me transmitía tristeza, pero no podía dejar de mirar esa puerta. Supongo que me
atraía desconocer que ocurría tras esas paredes. Presentía que el mundo era una mierda y
que la gente pretendía engañar a los demás para fingir que eran felices. Un día, mi madre
me llevó por el pasillo y al observar aquella puerta, me paré.
-Mamá -dije.
-Dime - dijo ella.
-¿Qué le pasa a papá? -pregunté.
-Está… está enfermo -me respondió.
-Pero... lleva un mes enfermo
-Algunas enfermedades duran más que otras
-¿Como una pierna rota?
-Sí, algo así
-¿Y cuándo se pondrá bien?
-No lo sé… no lo sé…
Algunas heridas del alma son mucho más permanentes y profundas que una pierna rota.
Siempre sentí que mi familia no era como las demás. Mi padre solía cambiar de humor
bruscamente, pegandome si era necesario, besando mi mejilla cuando estaba alegre. Los
inviernos siempre fueron duros. La tristeza estaba en todos lados, aunque mi madre
intentase que no la viese. Mi hermana tenía seis años más que yo. Era una chica delgada,
con el pelo largo y moreno, pómulos marcados y ojos marrones. Era demasiado insegura.
Esa inseguridad hacia sí misma la proyectó en mí durante años, en una mezcla de envidia y
odio. Es curioso como todo esos pequeños recuerdos parecen olvidarse, parece que se
borraron, pero dejaron una huella permanente y me convirtieron en la basura que soy hoy.
Hoy fue un día como otro cualquiera. Tengo 24 años. Soy una persona alcohólica,
drogadicta y depresiva. Los años parecen que fueron días; todo parece que fue ayer. Es
paradójico, soy feliz en la tristeza; la depresión te hace sentir único. Mientras abro otra
litrona de cerveza, me asomó por el balcón de mi habitación. El cielo está rosa; parece que
llora. La hierba se prende y el humo gira en espiral, marchándose con el viento,
mezclándose con todo. Me siento solo porque lo estoy, todos estamos solos. A nadie le
importa tus historias, tus depresiones, tus rayadas, tu autodestrucción, tu alma, morimos
solos. Nunca seré lo suficientemente bueno, me dije. Nunca seré inmortal, inmortal como
esos artistas, pero ya da igual. Mi habitación está al fondo de un largo pasillo, oscuro,
tenebroso. Mi padre se fue, yo me quedé. Otra depresión en la habitación al fondo del
pasillo.
El partido de fútbol
Actualmente ya no me gusta el fútbol, pero hubo una época en la que fue mi vida. Tenía
seis años y estaba en primero de primaria. En aquellos tiempos todos queríamos ser
amigos de Aitor. Él era un chico rubio y delgado, un líder nato. Me he topado en mi vida con
muchos “líderes natos”; al final resultan estar tan perdidos como todos, solo que guiar a
otros les hace sentirse menos perdidos. Quien era amigo de Aitor era popular, quien no, era
un pringado; yo era un pringado. Siempre que salíamos al recreo jugábamos un partido de
fútbol. Los equipos los decidía Aitor. SIEMPRE ganaba su equipo. Yo era el portero. El
gordo era el portero; era la regla. Pero era bueno, me tiraba cuando era necesario. Los
niños solían criticarse unos a otros por alguna jugada, como si fuera una final de
Champions. En aquel entonces les veía regatear como si fueran Ronaldinho, ahora serían
un par de críos estúpidos que no saben ni hacer un pase. El partido empezó y Aitor hizo el
saque inicial. Nunca empezábamos nosotros. Se la pasó a Bryan y este se la devolvió. Aitor
regateó a un par de defensas, mientras sus compañeros subían por las bandas, e hizo un
pase al hueco. Bryan recibió el balón. Era ecuatoriano, bastante rápido para su edad. Se
giró, amagó, se fue de uno, y después chutó. El disparo me resbaló entre los dedos y dio al
larguero, marchándose fuera.
-Joder, Miguel, eres un paquete -dijo un niño de mi equipo.
-Mejor que tú, que te ha vacilado... puto pringado -grité.
Siempre fui muy malhablado. Aitor se posicionó en la esquina, alzó la cabeza, miró al área y
centró. El balón hizo una rosca burlando el marcaje. La defensa dejó huecos y Bryan marcó
de cabeza. Uno a cero.
-Puto gordo, eres un paquete -repitió el niño.
-Te vas a cagar, hijo de puta -respondí.
Salí corriendo detrás de él y le di una buena patada en el culo. Ese mierdas cayó al suelo.
No volvió a repetirlo.
-¡Organizaos, joder! - dije yo.
El partido no fue a mejor. Defendíamos bien, pero no sabíamos atacar. El fin se acercaba.
Entonces, un niño de mi equipo regateó a Aitor, chutó, dio a un defensa y el balón se fue a
corner.
Quedaban tres minutos para el final del recreo. El niño, al que pegue la patada, era el que
sacaba de esquina. Estaba nervioso; no podíamos perder otra vez, otro día. Sin pensarlo
demasiado, salí de la portería, corriendo hacia el área. El chaval me vió y centró. El balón
se acercó lentamente hasta llegar a mi posición. Levanté la pierna e impacté aquella pelota
gastada. Era algo mágico aquella sensación. Parecía que era el instante perfecto, el pase
perfecto, la patada perfecta. Aquella esfera chocó contra mi empeine y salió disparada
como un rayo hacia la esquina de la portería, entrando por la escuadra, ante la mirada
impasible del portero. Lo conseguimos; lo conseguí. No me lo creía, los pringados habíamos
plantado cara. Ese empate fue como una victoría. Sonó el timbre del recreo. Todo había
acabado, nos habíamos ganado el respeto. Nos fuimos de allí contentos, victoriosos por un
puto empate, pero el partido no había terminado.
- ¿A dónde vais? -preguntó Aitor.
- Pues... a clase -respondí.
- El partido no ha acabado, nadie ha ganado.
- Pero ya ha terminado el recreo.
- Si queréis rendiros, vale, por mí bien.
Miré a mi alrededor y observé los rostros de mis compañeros; todos decidimos seguir. Me
coloqué en mi portería. Ellos sacaban. Aitor pasó hacía atrás y subió rápidamente por el
centro, los demás subieron por las bandas. Se la pasaron a Aitor de nuevo, este la recibió e
hizo un pase al hueco a Bryan, que le fue devuelta en forma de centro. Aitor saltó dentro del
área, pero un defensa le arrebató el balón, impactando su cuerpo, posteriormente; contra él.
El líder cayó fuertemente contra el suelo.
-Eso es penalti -dijo un niño del equipo contrario.
- Y una mierda -grité yo.
- Es penalti -dijo Aitor.
Aitor actuaba como árbitro y jugador. Se levantó del suelo, cogió la pelota, la puso en el
centro del área y dio seis pasos hacia atrás. Respiró hondo y después me miró fijamente.
Los niños observaban detrás suya, expectantes ante lo que podría pasar. Habían formado
una especie de corro o semicírculo, bordeándonos a Aitor y a mí. Me puse nervioso, todos
me miraban. Entonces, Aitor comenzó a correr, levantó la pierna, preparándose para chutar;
e impactó el esférico. La pelota salió disparada violentamente hacia la escuadra de mi
portería. Salté para detenerlo, sin embargo, fue imposible. El balón se entrelazó con la red
simbolizando la derrota.
-¡Goool! -gritaron los chupapollas de Aitor.
Otra derrota, otro jodido fracaso. Daba igual luchar contra el poder establecido, siempre te
jode, siempre te dan por culo. El que tiene el poder gana porque hace trampas. Todo es una
gran mentira. Los niños se marcharon tristes y yo me quedé ahí, pensando en el poder.
Éxtasis (1ª parte)
Eran las doce de noche y ya iba por la sexta cerveza. Estaba con Carlos y Juan en un bar
de Alonso Martínez. Juan estaba hablando de follarse a una puta que costaba doscientos
pavos; mientras, Carlos se reía. La risa de Carlos era rara, como una carcajada gutural, una
risa hacia dentro. Juan, en cambio, tenía una voz más brusca y tajante. Parecía que
siempre estaba enfadado.
-Este cabrón se deja todo en putas -dijo Carlos- en putas y revisiones del coche...eres un
jodido forocochero nato -reía con su risa gutural- todo el día vendiendo "sapatones" y
follandote putas.
-Joder, callate que nos está escuchando todo el mundo -dijo Juan.
Juan era un tipo peculiar. Parecía sacado de una película de Clint eastwood, como el
Sargento de Hierro o alguna del estilo. Cuando se enfadaba, le cambiaba la mirada y
parecía un lunático; aunque en el fondo era buena gente, si no le tocabas las pelotas. Tenía
el pelo corto con una ligeras entradas por los lados, la piel pálida y blanca, unas gafas de
patilla ancha, una nariz pronunciada y sobretodo… poca paciencia. Juan en realidad era un
personaje único, un rara avis. Yo creo que era un putero nato. Perdió la virginidad con una
puta a los catorce años. Lo gracioso de la historia es que lo hizo con su mejor amigo,
Álvaro. Me dijeron que les ofrecieron un dos por uno, y bueno, aceptaron. Juan pensaba
que las putas eran como las actrices porno y en pleno acto se acabó corriendo en su cara.
La puta, con la cara manchada, se enfado, algo obvio. Pero Juan siempre fue ese gran
putero. Los puteros no son todos iguales. Está el putero que va por necesidad, el putero
borracho, el putero cocainómano, el putero ocasional, el putero fetichista, pero Juan era un
putero de esos únicos, de los de para toda la vida. Aún teniendo novia o esposa, Juan será
un putero para toda la vida. Carlos, en cambio, era alto y rechoncho, con amplia espalda y
una gran cabeza, un buen cabezón. Tenía los mofletes gordos, y una papada incipiente. Su
cabeza parecía un puto globo aéreo, un zepellin. Era un pijo cordobés, un paleto rico.
Siempre me pareció uno de esos hijos de puta que nacen en una casa de un millón de
euros, un auténtico cabronazo, típico niño rico que piensan que los pobres son chusma y
que el valor de una persona se basa en el dinero que tiene. Carlos era una jodida escoria.
En aquella época tenía pocos amigos y no me gustaba beber solo; tenía que aguantarme.
Aun así tenía sus puntos buenos. Tenía aguante bebiendo, me seguía el ritmo y la verdad
que era un cabrón gracioso. Solía vacilar y buscar la risa fácil. Normalmente lo conseguía,
pero a veces se pasaba de la raya; no sabía donde estaba el límite. Mientras ellos hablaban
yo terminaba mi sexta Paulaner.
-¿Te han vuelto a hacer un beso negro? -preguntó Carlos
-Que va tío, eso solo fue una vez -Contestó Juan.
-Seguro que te fuiste con el culito bien limpito -respondió Carlos.
-Más limpito que un bebé -Dije yo.
Carlos y yo nos reímos mientras Juan hacía muecas de estar enfadado. De repente, sonó la
melodía de un teléfono móvil. Era el móvil de Carlos.
-¿Sí?... -dijo Carlos- Sí, sí, estamos aquí. Pues el Babuíno, el Gorilón y yo…
A Carlos le parecía gracioso ponernos nombres de monos y llamarnos la gorilada. Él decía
ser el gorila alpha, el espalda plateada.
- Ea ¿pero estás en Ópera?... ¿sí?... ¿sí no?... ¿y está guapo o qué?...
-¿Quién es? -dije.
- Es el mono tití.
- Ohh… ¿Va a venir? -pregunté.
-¿Eh, vas a venir para acá?... venga, vente cabrón… y traete eso… vale, vale llámame
cuando llegues.
-¿Qué se traiga el qué? -dije.
- Un xanax
- ¿Un que?
- Un xanax, un tranki
- Buff... yo paso -respondí.
- Ea, luego no me pidas
- Bueno chavales... yo me voy a casa -dijo Juan.
A Juan no le gustaban las drogas. Nos estrechó la mano y se marchó, alejándose por
aquella larga calle, mezclándose con la gente. Viti, el mono tití, llegó a los 20 minutos. Era
un chico delgado, bajito, con el pelo ligeramente largo, pero rapado por los lados. Era uno
de esos tipos que no necesitaban hacer ejercicio, aunque comiese mucho. Envidiaba eso de
él. También era un tipo fiel, al contrario que Juan, de esas personas que se toman a pecho
demasiadas cosas porque quieren que les correspondan del mismo modo en todo
momento. Nos saludó, se sentó y sacó un frasco. Dentro había tres trozos de trankimazín.
-¿Dame un cacho, no?- dijo Carlos.
Viti le dio una porción. Carlos se lo puso debajo de la lengua y Viti hizo lo mismo. Después
se lo tragaron. No pasó ni diez segundos cuando Carlos me dijo:
-Tómatelo… tómatelo coño, no seas pussy.
Solía presionar a los demás para que se drogaran, apostaran o bebieran. Para él las
personas solo eran un medio para divertirse, como un juguete. Le importaba una mierda las
consecuencias. Se la sudaba si por su culpa acababas siendo un yonki o te daba una
sobredosis. Solo éramos su entretenimiento.
-Déjame en paz... yo solo fumo porros -dije.
Aunque por dentro, en el fondo, quería. Quería drogarme para escapar, para huir de esa
rutina que me mataba, esas depresiones de invierno, esa sensación de vacío, de no vivir,
de malgastar segundos, horas, días, semanas, meses, putos años, tu puta jodida vida y no
haber vivido de verdad. Lo necesitaba, pero dije que no. A Carlos, al cabo de quince
minutos, le hizo efecto; el alprazolam hablaba por él.
-Jodezz, esto ya me está afffectando.
La lengua se le empezó a trabar.
-Buaff, voy to ffiego.
Todos nos reímos, un rato, pero Carlos nunca dejaba las cosas estar. Era uno de esos
tercos que insistía e insistía hasta que cedieras.
-Tómateloff, no zeazzz mierdazz.
-Que no.
-Tómateloff
-No.
-Tómateloff coñozz
Puso la pastilla encima de la mesa. Dude 5 segundos y después me la tomé. Ya no había
marcha atrás, pensé, ya no me podia rajar. Carlos seguía balbuceando, con la boca medio
dormida, típicas chorradas de drogado. Nos pedimos una ronda esperando el colocón. Nos
terminamos las cervezas y seguía sin sentir nada distinto. Pedimos otras y nos las bebimos.
El tiempo pasaba y no me hacía efecto. Esperé media hora, pero nada. Eso es lo que más
me jodía de todo, drogarte con algo que no te subía, tener expectativas de tener un buen
colocón y que no te subiese una mierda; para eso prefiero no drogarme. Esa falsa
expectativa es peor que el mono. En aquel punto de la noche, al no estar colocado, sólo
queríamos pillar droga. Al final, acabamos adentrándonos en Malasaña, preguntando quién
podía vendernos MDMA.
Viti preguntaba a la gente, mientras Carlos y yo fumábamos porros de hierba y bebíamos
latas de cerveza.
-Ey ¿Sabéis donde pillar M? -preguntaba Viti.
La gente solía darnos largas, nos decían que no tenían o que si tenían no era para vender.
A eso de las 3 de la mañana, conseguimos pillar medio gramo de cristal, gracias a la ayuda
de un vagabundo de la zona. Cogimos el medio gramo y nos fuimos a un callejón cerca de
la plaza del Dos de Mayo. Aquel mendigo nos siguió, esperando poder probar la droga.
Tenía la cara demacrada y roja. Parecía que llevaba todo el día bebiendo. Sus ojos eran
azules y llenos de ojeras; su pelo, graso; su ropa, sucia y descosida… Estaba hecho una
mierda. Carlos abrió el envoltorio, cogió una porción con el dedo y chupó.
-Esto es buen eme -dijo.
Viti le dio otra chupada. Los nervios invadían mi cuerpo. Era mi turno. Por un momento
pensé en esos anuncios anti drogas de mierda ¿Acabaría siendo un yonki?¿Robando a
gente? el problema no era ser un yonki, el problema era el mundo, este mundo que te
machaca, que te hace débil, y tan solo te queda evadirte o autodestruirte, morir, hasta que
todo acaba y tu alma vuelve a ser parte del universo; disfrutemos mientras tanto. Cogí una
parte con el dedo. Un montón de cristales transparentes se pegaron a mi yema y entonces
chupé; el sabor era asqueroso. Di un trago de cerveza, pero seguía sabiendo mal, le di un
segundo sorbo, con el que me terminé la lata; pero el sabor continuaba siendo repugnante.
-Joder que mal sabe esta mierda… ¿Siempre sabe así? -dije yo.
Todos se rieron, incluido el vagabundo.
-Me recordáis a mí cuando era joven -dijo el mendigo.
Ese hijo de puta me acababa de joder el momento, mi puto momento ¿Por qué tuvo que
decir eso el puto subnormal? yo no sería jamás como él o al menos esperaba que no. Me
hice un porro de hierba para no pensar más en el asunto y nos fuimos a la plaza del Dos de
Mayo para alejarnos del mendigo.
Ya había pasado media hora y el MDMA no me hacía efecto.
-Esta mierda no sube- dije yo.
-Tarda media hora o 40 minutos- dijo Viti.
-Seguro que nos han timado.
Nos fuimos de la plaza bastante borrachos, buscando alguna discoteca o pub donde beber
más. La droga comenzó a colocarnos sin que nos diésemos cuenta. Estábamos eufóricos,
riendo sin control, caminando en dirección contraria, sin saberlo. Tenía calor, sed, la boca
seca, y los ojos abiertos de par en par. Era una extraña mezcla entre euforia y relajación.
Mientras subíamos la calle, dos chicas nos pararon para preguntarnos por algún bar. Todos
comenzamos a hablar al mismo tiempo, sin parar, a contestar a la vez, a hacer preguntas
raras, a reírnos a gritos... A una de ellas le hizo gracia, al principio, pero después de un
tiempo dejó de tenerla. Se marcharon, pero tampoco nos importó. en ese momento daba
igual todo. Sentía que sería una noche única, una historia especial. Esa sensación cuando
sólo importa el aquí y el ahora, cuando todo lo demás da igual, cuando te sientes
jodidamente vivo. Odio no poder sentirme así a diario. Creo que para sentirte libre tienes
que pasar un tiempo enjaulado, sino se volvería otra condena, una rutina más. Cuando
llegamos a Tribunal nos dimos cuenta que no sabíamos a dónde íbamos. Decidimos volver
a bajar la calle y buscar un pub. Lo hicimos. En ese instante iba muy drogado. Entré al pub
y en lo altavoces sonaba The Doors. Una sensación recorrió mi cuerpo. Sentía que era el
momento. Todo iba lento, como una película, como un plano secuencia de Scorsese. Fluía.
La música sonaba perfecta. Percibía esa especie de conexión. Toda mi puta vida queriendo
drogarme con The Doors y ahí estaba sonando, mientras el éxtasis subía más y más sin
saber a dónde nos llevaría. Me pedí una copa. Yo siempre tomaba red label con red bull.
Suelo mirar a los camareros mientras sirven las copas, simplemente para que sepan que
estoy observando. Odio pagar ocho euros por una copa de mierda y que encima te la den
corta. Pero esta vez me dio igual. Me bebí la copa y me puse a bailar, a cantar, a improvisar
una letra por encima de la canción. En los altavoces retumbaba “Shaman´s blues”.
-Voy to puesto de cristal… -dije cantando.
Mis colegas se rieron. Parecía que el más afectado era yo. Todo era bello, perfecto,
hermoso, eterno. Me sentí eterno. Estaba bailando con el mundo y el mundo bailaba
conmigo. La muerte carecía de sentido, de temor, de valor. La muerte no era nada porque
todo es uno y nada muere. Agarré a mis dos amigos y me puse a saltar, a brincar. Las notas
musicales rebotaban en mi cabeza. Felicidad. Energía. Amor. Paz. ¿Por qué me odio? ¿Por
qué malgasto mi vida? a veces se vive más en un instante que en un año ¿Quien coño eres
tú? yo soy esto, este instante, esta conexión. Lo demás no importa. Cuando vayas a
trabajar, a gastar horas, a vender tu vida por pasta, ese no serás tú. Cuando busques la
felicidad en dinero, sexo, fama, ese no serás tú. Yo soy lo etéreo. Yo soy eso que se siente,
pero que no puedes explicar. Yo soy eso y lo demás no es nada.
Las primeras borracheras
Probé el alcohol por primera vez a los catorce años, a los quince ya bebía cada fin de
semana. Era una buena época. Tenía novia, aprobaba los exámenes, no necesitaba casi
dinero... me iba bien. Era unos de esos escasos años de libertad. Recuerdo que los viernes
quedábamos todos los de cuarto, las tres clases, para beber en Moncloa. Todo el mundo
traía una botella de lo que fuese, Eristoff, Bacardi, Negrita, Jb... La gente bebía sin control.
Normalmente estaban separados en grupos; el ser humano siempre se divide. Mi grupo
estaba formado por Juan, Miki, Viti y Herni. Solíamos merodear, buscando algún chino o
tienda que vendiese alcohol a menores. A veces no lo conseguíamos a la primera o la
segunda, pero acabábamos lográndolo. Esos días coincidieron con los primeros canutos.
En aquella época la marihuana era algo nuevo para mi. Era como una especie de droga
prohibida, como el maletín de Pulp Fiction. Tenía un halo de misterio. Ántes la hierba me
producía algo distinto, ese algo se perdió con el paso del tiempo. Será que al final
acabamos aburriendonos de todo, del alcohol, de las drogas, incluso del amor. Juan y Miki
solían pedir las botellas. Ellos tenían barba y yo no. A la segunda tienda nos vendieron.
Abrimos el whisky y bebimos a palo seco. Hacía frío y el calor en la garganta se agradecía.
Le dí otro trago.
-aahhh -dije exhalando.
- ¿Por qué la gente dice “aahhh” después de beber? -dijo Miki
-Yo creo que es porque exhalas el aire del trago -dijo Juan.
- ¿No se puede beber echando el aire? -pregunté.
Lo intenté, pero no pude. Era imposible. Todos nos reímos. Viti se encendió una ele de
hachís. El humo desaparecía, delatándonos invisiblemente.
- A tres caladas -dijo Viti.
El porro se pasaba de mano en mano. Era un día especial, íbamos a celebrar el
cumpleaños de Juan. Juan era un buen noqueador. Había noqueado a un par de tíos, o al
menos eso decían. Tenía cara de poder ser un buen hijo de puta si le tocabas las pelotas
¿Pero para que le ibas a tocar las pelotas? supongo que siempre hay algún suicida.
Fumamos, bajando la calle hacia la cancha de baloncesto del parque del oeste. La noche
siempre me ha parecido un momento en el que eres libre de verdad, en el que las clases,
los problemas, el trabajo, pierde valor. Solo importa el momento, esa noche.
-Puto Juan... no sabes fumar -dije.
-Pero qué dices, si me trago el humo.
Juan nunca aprendió a fumar. Daba una larga calada, pero no aspiraba aire para que le
llegase a los pulmones. El humo se le quedaba en la boca, que al hablar, hacía que su voz
sonase más grave. De todas formas no quise insistir, Juan siempre fue un terco. Llegamos
al parque. La gente estaba separada en sus grupos. Todos hablaban, bebían y contaban
anécdotas… todos menos Herni. Herni siempre estaba callado. Parecía demasiado
inseguro como para relacionarse con los demás. Era un chico gordo, bajito y con el pelo
rapado. Era un tío raro de cojones. Cualquier cosa que le preguntabas te respondía con un
no sé o me da igual. Mientras, Viti y yo solíamos ser los que más bebíamos o fumábamos,
siempre buscando un colocón mayor. Era mi mejor amigo, el único en quien confiar. Los
demás te acaban decepcionando, pero es normal, yo tambien me decepciono a mí mismo.
Llegamos al grupo de los fumados. Allí estaba Tejero, Arturo, Kiko, Porras, Meirás, etc. Una
lista de personajes increíbles, en los que hoy en dia a veces pienso y me pregunto: ¿Cómo
podía quedar con semejantes subnormales? pero los idiotas tienen su gracia, te puedes reír
de ellos sin que se den cuenta. Tejero y Arturo eran amigos de Herni. Eran a quien
comprabamos la hierba, los típicos fumados asquerosos, los que no representan al gremio...
unas ratas ladronas y tramposas. Tejero era como una especie de rata topera con ojeras.
Era un chaval raquítico y de tez morena. Tenía unas gafas rectangulares de patilla fina, que
escondían unos ojos achinados por los canutos. Su pelo era moreno y corto. Parecía árabe,
aunque era español. Arturo, al contrario, era un niño pijo que le gustaba ir de malote. Su
pelo era rubio y rizado. Tenía ojos azules y la cara chupada y huesuda. Luego estaba Kiko
que era un chaval feo de cojones, parecía que sus dientes querían huir de su boca,
buscando escapar de un ser tan estúpido. Debido a que escupía al hablar, sus dientes, y su
pelo ondulado, le llamábamos la llama escupidora. Porras era su amigo. Era un tío rubio,
alto y enérgico, típico borracho que le gusta dar la nota. Y Meirás, bueno este último era
especial, debía de tener alguna carencia personal por lo que buscaba constantemente la
aprobación de un grupo. Era rollizo, rubio, con el pelo rizado y tenía unos ojos azules que se
escondían detrás de unas gafas. Y ahí estaba yo, rodeado de todos esos idiotas. Bebimos y
fumamos, sin parar, sin querer detenernos. Me encanta sentirme joven, es como una droga
en sí misma. Quiero rebelarme contra este sistema, quiero drogarme, quiero beber hasta
vomitar, pero el pueblo perdió la batalla. La gente fue derrotada porque nos hipnotizaron
con el consumismo, con un iphone, ropa cara, joyas, deportivos, mansiones, aparentar,
instagram, twitter... asco de generación. Al menos siempre nos quedarán las drogas.
Marihuana, setas, trufas, MDMA, alcohol… las buenas drogas. Y ahí estaba, con quince
años, bebiendo, rodeado de gente. Solo era otro joven estúpido más. En esos momentos
entre risas, colocones, gritos. En esos instantes rodeado de personas me doy cuenta de
que nadie me conoce. Nadie nos llega a conocer de verdad. Es más, algunos no llegan a
conocerse ni a sí mismos. Cuando estas rodeado de muchas personas te das cuenta que
careces de importancia, que eres solo una historia más, una anécdota entre millones, un
grano de arena. Todos nos creemos especiales, por nuestro ego, por ser nosotros, pero
¿Cuántos de nosotros realmente lo somos? casi ninguno. Bebimos y bebimos, fumamos y
fumamos, hasta que nos caímos de culo. Estaba sentado en un banco, mi visión era
borrosa, se movían y duplicaban las cosas. Todos estábamos jodidos. A mi lado estaba
sentado Meirás y al otro extremo Juan. Meirás estaba noqueado, había mezclado
demasiado. Se echó hacia mí, queriendo usarme de almohada, pero le empujé hacia el lado
de Juan. Este hizo lo mismo y se quedó en el centro, con la cabeza apoyada en la tabla del
banco, mirando hacia el cielo. En cuestión de segundos Meirás se reincorporó y vomitó. La
pota estaba formada por un montón de lentejas.
-Ostia, será hijo de puta- dijo Juan- que me ha salpicado el cabrón.
La gente comenzó a acumularse alrededor de Meirás. Estaba grogui o semi-inconsciente.
Empezó un desfile de ideas, a cual más estúpida que la anterior; como echarle agua en la
cara, quitarle el abrigo para que el frío le despertara, gritarle, abrirle las pupilas y enfocarle
con una linterna... No había manera. Miki, que estaba bastante borracho, se cansó, se
acercó a él y probó a su manera.
-La única forma de que se despierte es dándole un tortazo -dijo.
Empezó a darle tortitas, después tortas y acabó pegandole auténticos guantazos. La cara
de Meirás se volvió roja, moviendo su rostro al son de cada golpe. Seguía sin reaccionar.
-Pero no le tratéis así al pobre chaval -dijo Tejero.
Se acercó a él.
-Ey ¿Estás bien? -preguntó.
Entonces Meirás vomitó encima de las zapatillas de Tejero.
-¡Será hijo de puta! -gritó él.
Tejero le pegó una colleja, algo bastante inútil en ese momento. El tiempo pasaba y seguía
sin reaccionar. La temperatura bajaba cada vez más, debíamos de estar a bajo cero.
Terminamos por cogerlo entre ocho personas y llevarlo a cuestas hasta un lugar seguro.
Mientras cargábamos con él, por aquel parque frío y oscuro, vimos unas luces azules
intermitentes impactando en la oscuridad de la noche. Era la policía. Soltamos a Meirás sin
dudarlo. Este impactó contra el césped. Intentó levantarse, pero cayó desplomado de
nuevo, chocando su cara contra la hierba. Todos empezamos a correr. Huíamos,
escapábamos jóvenes y libres, igual que huíamos de la vida, recurriendo a litros y kilos de
evasión. Corríamos libres, ingenuos, sin saber que la vida, tarde o temprano, nos atraparía.
La muerte
He estado toda mi vida obsesionado con la muerte, preguntándome si habrá algo después,
si todo acabara ahí, si no volveré a existir... Había algo que me atraía de ella ¿Cuál sería mi
último momento? ¿Me recordarán o caeré en el olvido? ¿Moriré como un cobarde o un
valiente? la vida carece de sentido sin la muerte. La muerte te impulsa a intentar lograr algo
que merezca la pena, algo real. Cuando era un niño y estaba en clase, los profesores nos
contaban historias sobre personas de otras épocas, gente que ya se habían ido. Hablaban
de Cervantes, Goya, Machado, Mozart... genios que después de cientos de años seguían
siendo recordados. Algún día sería uno de ellos, me decía. Me obsesionaban esas
personas que se habían convertido en un mito, plantando cara a la parca y riéndose de ella.
Tener el destino en tus manos, plasmar tu alma en arte para que sobreviva a tu cuerpo,
morir por salvar a otros, ser la voz de un pueblo, un mártir, un profeta, un activista, un
artista, dejar tu huella, ser inmortal. No he venido a este mundo para perder el tiempo.
Algunas personas están predestinadas a cumplir su meta, otras no. No se si yo seré una de
ellas, pero aún tengo esa batalla pendiente contra la muerte y de algún modo pienso
vencer.
Cuando era niño tenía un perro; se llamaba Piper. Era un bulldog inglés de color blanco, con
manchas marrones. Un perro gordo y cabezón. Era gracioso. Cuando se enfadaba, usaba
esa gran cabeza y embestía como un toro a los demás perros. Aunque, en realidad, parecía
más un cerdo que un perro. Le encantaba rascarse la espalda y el culo con todo lo que
encontraba. Se revolcaba en la arena como si fuese una pocilga, dando vueltas y vueltas
alrededor de la tierra. La gente le miraba extrañada; les parecía gracioso. Llevaba conmigo
desde los ocho años, era como un familiar. Con los años fue perdiendo esa gracia y esa
vitalidad que tuvo de joven. Un día meó sangre en el pasillo de mi casa. Todos presentimos
lo peor. La muerte llega rápido, sin avisar. Al día siguiente tuvimos que sacrificarlo. Su
cuerpo inerte se convirtió en despojos, dejó de importar. Es curioso como algo que tiene
vida deja de tenerla de un momento a otro, de un segundo a otro, de un suspiro a otro. La
vida es más frágil de lo que muchos creen. La gente hace planes a largo plazo cuando,
alomejor, no llegan a vivir más de veinte años. A veces malgastamos el tiempo creyendo
que nos sobra y jamás llegamos a vivir el presente.
Mi siguiente experiencia con la muerte fue peor. Mi abuela materna tenía demencia senil.
No recordaba mi nombre, aunque a veces tenía instantes de lucidez. Tenía 97 años.
Parecía invencible, que el mundo no podía acabar con ella, pero el mundo tarde o temprano
acaba con todos. Un día se cayó al suelo y fue el principio del fin. Cuando tienes 97 años,
las heridas no se cicatrizan y la piel es más fina que una hoja de papel. En el hospital nos
acusaron de maltrato; todo iba a peor. Mi madre estaba rota, muerta por dentro. Su madre
se iba para no volver. Solo quedaba la última escena del último acto, el último suspiro.
Todavía recuerdo el último momento que la ví. Estaba con mi madre, ella lloraba al lado
suya y yo estaba callado. La máquina, que respiraba por ella, no paraba de sonar. Los
conductos le introducían líquidos. Ella miraba confusa, no sabía dónde estaba. Me levanté,
miré su cara y en ese momento lloré. Ella me observó y por un momento entendió y asintió
con la cabeza.
-Ya está -dijo.
Volvió a dormirse. No podía soportarlo. La muerte, el dolor, la incertidumbre. No podía
soportarlo más y me escabullí, como un cobarde, lo que siempre he sido. Me despedí de
ella y me fui del hospital por otra salida, para no ver a nadie, para estar solo. Llegué a
Moncloa compré dos litronas de cerveza y papel de liar. Bebí llorando en silencio, tragando
aquel barato licor hasta quedarme sin sentido, sin pensar. Adiós abuela.
Tic Tac
Tic tac, pasa el tiempo, tic tac, no para. La aguja se mueve, el sol sigue saliendo, los
borrachos siguen bebiendo y los yonquis se siguen pinchado. Y yo, yo estoy solo, fumando,
como siempre, mirando como gira el humo. El humo es como el alma, la echas como un
exhalo y después desaparece y se mezcla con todo. Me gusta fumar: blunts, ocb, raw,
indica, sativa, hachís, pero más me gustaba esa zorra. Las calles son grises y cae la lluvia,
antes todo era fácil. Borracho, estoy borracho en calles sucias llenas de meadas.
Vomito un trozo de mí. Los árboles bailan con el sonido del mundo, pero pocos saben
apreciarlo. La mayoría son ciegos que creen ver. No siento nada; hazme daño. Sentirse mal
es mejor que no sentir nada, dije, mirando mi reflejo en la botella. Todos ríen en el bar,
todos celebran y beben, pero todos están muertos por dentro. La luna llena me miraba y yo
sonreía. Solo soy un puñado de recuerdos, recuerdos que serán olvidados con el paso del
tiempo.
Dos minutos ¿que cambia la vida en dos minutos? Una bala, un revólver, una mano, un
dedo, un segundo ¡¡Pum!!... Tic tac, pasa el tiempo, tic tac, no para. La aguja se mueve…
El ciclo
Cada dia era peor que el anterior. No salía de la cama. Me sentía cómodo en aquella
oscuridad, a salvo del dolor, del pasado, del mundo exterior… estaba cansado de sufrir.
Quería que el tiempo pasase muy rápido, dormir años de golpe o no despertarme más. La
psicóloga decía que tenía una depresión y un trastorno de ansiedad. Me daba pastillas
esperando que mitigase mi dolor, pero el dolor de un hombre no es algo químico. Me dolía
saber que, en realidad, siempre había estado solo, que nadie te llegaba a conocer nunca.
Veía esas falsas sonrisas y sus falsas afirmaciones. Notaba la verdad en sus caras, aunque
sus palabras dijesen lo contrario. El problema de los artistas es que piensan que todo el
mundo es una mierda menos ellos; yo pienso que todos somos una mierda, incluido yo
mismo. La gente da asco. Estaba en un ciclo: dormir todo el día hasta las nueve de la
noche, despertarme, comer dos sandwiches, beberme dos o tres litros de cerveza, fumarme
cuatro porros y dormirme a las diez de la mañana. No quería que nadie me viese; quería no
existir. Odiaba la vida. Era un sin sentido, una rutina. Todos los días la misma mierda que
se repite, así hasta que mueres ¿Y qué sentido tiene? acortemos el proceso; Dios, matame
ya. Solo me gustaba ese momento en el que estaba borracho, melancólico y la música
sonaba de fondo, poniéndome los pelos de punta, haciendo sentir ese momento único y
especial. Era como Dios dándote un respiro. Sentía una extraña energía en esos instantes.
Siempre fui distinto al resto. La vida solo me daba derrotas y patadas en el culo. Siempre
estaba depresivo, borracho, drogado, jodido, solo... Aunque había etapas, sobretodo en
verano, que me sentía extremadamente feliz y creativo. Era raro, era una montaña rusa de
emociones incontrolable. El otoño y el invierno en Madrid eran duros. Creo que la tonalidad
y los colores de una ciudad influyen en ciertas personas. Las calles en esa época eran
oscuras y frías. Sentía bajones de ánimo, me deprimía, dejaba de ir a clase, volvía al ciclo,
el ciclo de dormir fingiendo no existir. Después se acercaba Mayo y regresaba a esa
felicidad, esa hiperactividad, esa creatividad… me creía un genio, tal vez lo era en esos
instantes. Escribía mejor que nunca, hacía fotos y videos mejor que nunca, hablaba, reía
más que nunca. Pensaba que mis problemas eran fruto de mi visión de las cosas, que tenía
un prisma que me hacía verlo todo peor de lo que era. En verano siempre pensaba que
podría cambiarme, transformar mi vida, ser feliz, ser una persona normal; después llegaba
el otoño y el invierno, y volvía al ciclo. Sin darme cuenta siempre volvía al ciclo. Pensé en el
suicidio ¿Cuál sería la mejor forma? desde luego odiaba las alturas, esa no sería una
alternativa ¿Cortarme las muñecas? ni de coña ¿y ahogarme? tampoco. Lo mejor era una
sobredosis o tomar demasiados somníferos ¿Pero qué sería de mi madre y mi familia? les
arrunaría la vida. Tal vez podría irme a vivir a Europa y no volver jamás, así no sufrirían
tanto; pensarían que soy un imbécil, se olvidarían de mí, y, por fin, podría suicidarme y
encontrar algo de paz. Estaba decidido, pero quería tomarme tiempo, estar totalmente
mentalizado. Tal vez aguantar un año más para disfrutar un poco de las drogas y, al final,
evaporarme. Fui a la asociación, compré un par de gramos de papaya kush y me senté en
un sofá. Los sofás de aquel sitio eran incómodos y feos; las tablas de madera se te
clavaban en el culo. Aún así, había buena hierba y merecía la pena. Fumé la marihuana y
tras cinco minutos ya estaba realmente volado. Esa hierba era jodidamente buena, la mejor
que probé en toda mi vida. Su sabor era como de un zumo tuti fruti. Era espectacular, era lo
que buscaba. Fumaba todos los días, a todas horas, quería permanecer ahí, en el mundo
de las ideas, en aquella nube, no volver. Me odiaba, odiaba este mundo y esta generación.
Joder, al menos podría haber vivido la época hippie y drogarme a muerte con gente que
pensase como yo y no sé, morir con treinta habiendo vivido más que un cabrón de ochenta,
pero ni eso me daba esta mierda de vida. Puta generación de robots. Siempre pensé que
llegué demasiado tarde para todo lo bueno. Estaba fumando esa Papaya Kush, meditando
sobre que la vida no era tan mala cuando estás colocado, y en ese momento entró Richi en
la sala y empezó a hablar conmigo. Richi era un tío con el que me gustaba conversar; era
inteligente e interesante; aprendía mucho de literatura y cine con él. Tenía treinta años,
estaba calvo, llevaba gafas y era dueño de una barba larga y pronunciada que se le rizaba y
enredaba alrededor del cuello.
-Oye ¿Has leído a Bukowski? -me preguntó.
-¿Bukowski? no sé… ni idea.
Richi sacó un libro de su mochila.
-Si quieres te lo dejo… es un libro único -Dijo Richi.
-Vale…
Lo cogí y me lo llevé a casa. Lo deje apartado, con un montón de mierda desordenada,
encima de la mesa. Seguramente no lo leyese. En aquella época pensaba que el cine era el
arte supremo, que ser director y guionista era mi misión. Obviamente todavía no conocía la
industria de lameculos narcisistas que rodeaba ese sector. Mi problema siempre ha sido
hacer planes. Un bipolar no hace planes, improvisa sobre la marcha. Esa noche fumé esa
kush y el colocón me hizo intrigarme por aquel libro; se titulaba “La senda del perdedor”.
Abrí la primera página y empecé a leer. Estaba todo ahí. Parecía mi vida, mis jodidos
traumas, mis adicciones, mi visión pesimista de la vida, mi autodestrucción... Por primera
vez no me sentí solo. Terminé el libro y compré más y más. Todo estaba ahí, frases que
decía borracho, pensamientos que tenía cuando quería morir. Me hizo replantearme el
suicidio. No estaba solo, había más gente que pensaba como yo. Tenía una esperanza. Aún
así, llegué tarde. Siempre he sido demasiado joven. Nací en una época en que todas las
historias ya estaban escritas, en que las revoluciones ya fracasaron, en que el realismo
sucio ya se hizo. Una era superficial y desprovista de cualquier tipo de profundidad o
libertad. Una vida llena de amistades falsas, mujeres que me desprecian, soledad,
monotonía, adicciones y ganas de morir. Llegué tarde a todo. Y después de pensar eso, me
metí en la cama y volví al ciclo. Al final siempre vuelvo al ciclo.
La primavera
A partir de Mayo pasa algo especial en las calles de Malasaña. Se huele en el ambiente, el
olor a buen tiempo, a primavera... las fiestas, el alcohol, el amor... Es algo especial, difícil de
describir. Las depresiones quedan atrás, el futuro es más prometedor que nunca, el alcohol
sabe mejor, los porros colocan más. Me siento libre, después de tanto tiempo encerrado en
el ciclo. El sol me da en la cara y me proporciona alegría, los rayos de luz caen en diagonal,
dando magia al parque; las chicas van con shorts, mostrando su juventud efímera. Cuando
veo eso no me apetece follar, me apetece enamorarme, vivir al máximo con una mujer
especial. Sin embargo, las especiales no llegan y te conformas con chicas que no terminas
de conectar, solo para follar, y el tiempo pasa mientras te sientes solo. Es normal,
demasiadas expectativas; no esperes mucho de nada. Pero el verano, joder, el verano, sigo
vivo gracias a esa época. La música suena y estamos bebiendo en el Parque del Oeste. El
césped es cómodo, las hojas de los árboles se mueven, creando intermitentes rayos de luz;
el sol se esconde tras el horizonte, el viento me da en la cara, los pelos se me ponen de
punta, me recorre un escalofrío y entonces lo siento… eso que no se puede explicar. Me
siento un hippie reencarnado en un puto millenial. Mientras me planteo tomar setas
alucinógenas, sigo bebiendo más sangría, oyendo Strange days de The Doors. Que buenas
risas echamos Viti y yo. Los colegas de verdad se agradecen, colegas que te digan que
eres un subnormal a la cara, cuando lo eres; eso es ser un amigo de verdad. Dejé de
pensar en setas. De momento me conformo con una ele de papaya kush, pensé. Habíamos
quedado con Miki a las diez de la noche en el 100mon de Princesa y eran las nueve y
cuarto.
-¿Nos hacemos una flecha? -preguntó Viti.
-Si sabes hacerla, vale -respondí.
Viti se hizo una flecha. No recuerdo bien cómo; hizo virguerías con diversos papeles.
Ese porro parecía una puta flecha.
-Oye, ese porro parece una puta flecha -dije.
Prendimos la punta de aquel canuto. Ardía con una llama rojiza, iluminando la oscuridad de
mi mente. Lo pasamos a cinco tiros. Colocaba demasiado; era una locura. Los fumados
siempre se han dividido en dos vertientes, los que fuman porque le gusta fumar y los que
fuman porque les gusta estar fumados. Yo siempre fui de los segundos, cuanto más
colocón, más cerca estaré de la paz. Terminamos la punta. Ese porro de mierda no nos iba
a tumbar. Seguimos fumando, dando caladas. Empecé a sudar y a tener calor. Dimos más
calos. Puff, puff, puff, sin parar… puff, puff, puff... Después de media hora lo terminamos.
Estábamos fumadísimos. Nos quedamos en silencio, durante unos minutos, y después nos
levantamos y fuimos a la calle Princesa.
Llegamos y estaba Miki esperando. Le saludamos y nos sentamos en la terraza. Miki era
amigo nuestro desde los quince años. Tenía el pelo negro con entradas, grandes cejas,
amplía mandíbula, y ojos marrones. Siempre iba afeitado. Parecía italiano. Solía llevar ropa
elegante, pero a la vez putera. Era todo un putero, pero no lo digo literalmente, sino como
una especie de Julio Iglesias que sabe qué decir y cuándo decirlo. Un buen jugador. Es
más, las entradas le quedaban bien, mejor que a muchos. Lo malo de Miki es que
desaparecía de nuestras vidas durante un tiempo y al rato volvía a aparecer como si nada
hubiese pasado, sin dar explicaciones. Siempre pensé que guardaba algo que no quería
compartir. Aunque eso eran cosas suyas y me daba igual. Fui dentro del bar a pedir unas
cervezas. Compré una jarra de un litro de paulaner para mí, una paulaner normal para Viti y
una jarra de cruzcampo para Miki. Me regalaron un sombrero bávaro, por el litro de
Paulaner, y me lo puse en la cabeza. Volví con las cervezas y me senté. Bebimos en
aquella terraza. Esa jarra era enorme, debía pesar varios kilos. Después de un rato, me
empezó a doler el brazo y la muñeca. Viti había conseguido un xanax. Queríamos una
noche especial, algo que recordar cuando fuésemos esclavos de algún trabajo sin futuro.
No le dijimos nada a Miki. Él no se drogaba. Es mejor no incitar a la gente que no se droga.
Tras un rato acabamos las cervezas. Viti me empezó a dar patadas bajo la mesa. Le miré y
él me hizo un gesto con la mirada. Era la hora. Fuimos a por más jarras y sin que Miki nos
viese, tomamos media pastilla cada uno. El xanax era un ansiolítico que, mezclado con el
alcohol, producía fuertes efectos sedantes. No pensabas en nada malo ni bueno, solo había
paz. Mi flujo neurótico de pensamientos se detenía y me daba un colocón corporal
orgásmico. Lo malo del xanax es que durante las horas que duraba el efecto sufrías lapsus
de amnesia. Eso solía ser una putada. Me compre otra jarra de un litro y me senté en la
mesa, esperando el efecto. Al cabo de diez minutos mi móvil empezó a sonar. Era Santa, un
colega reciente. Le conocí porque le vendía porros. En aquella época era camello. Intentaba
ahorrar lo suficiente para comprarme un equipo videográfico, focos, estabilizadores…
Costaba demasiado y no tenía un duro. Siempre pensé que el cine era el mejor arte y a la
vez el peor. Podía ser algo único, pero también dependía de demasiada gente, dinero,
equipo, factores externos... Los mejores artes son los que se producen con poco dinero. Un
escritor solo necesitaba algo donde escribir, muchas latas de cerveza, algo de hierba y
soledad. Alomejor me equivoque de arte. Siempre fui demasiado antisocial como para dirigir
a un grupo de gente. Odiaba a las personas, sobre todo las que no conocía. El móvil seguía
sonando. Dudé en si cogerlo o no. Estaba agusto y no me apetecía vender. Un camello
nunca debería hacerse amigo de sus clientes porque te exigen más cantidad, mejor
calidad... piensan que se lo debes por ser su amigo. Al final se lo cogí.
-Sí, dime -dije.
-Oye mota ¿Dónde estás?
Unos chavales me pusieron el nombre de mota porque fumaba, y fumó, la marihuana sin
tabaco. El mota, el motaman, el motita... Les parecía una locura que solo fumase de esa
forma. Solo fumaba hierba, nada de hachís o echarle una morita de un cigarro, solo hierba.
Siempre me pareció estúpido mezclarlo con algo que te marea, da mal sabor y es más
tóxico, pero supongo que cada persona piensa a su manera.
-¿Te podrías hacer…? -preguntó.
-Sí, sí, sí, háblame por whatsapp -le dije, cortándole bruscamente.
Colgué. Abrí el Whatsapp y les indiqué con el móvil cómo venir. Al final, Santa y su novia,
llegaron a la terraza. Santa era un chico gallego, muy alto, de un metro noventa, con
grandes brazos y largas piernas. Su pelo era rubio y rizado. Tenía los ojos azules y la piel
muy blanca. Su novia era bajita con el pelo negro y largo. Su tez era morena y sus ojos
oscuros. Todo el mundo se saludó y nos sentamos de nuevo. Me compraron diez euros de
polen y se pidieron unas cervezas. El xanax empezaba a hacer efecto. Estábamos bebiendo
y hablando sobre la vida. A todos nos ocurrían cosas parecidas. Nuestras vidas no eran tan
distintas, pero si la forma de verlas. La droga me empezaba a sedar, me sentía jodidamente
relajado. Mi cuerpo era una sensación estática de placer, pero, cerebralmente, no sentía
nada distinto. Me resultaba raro, la mayoría de drogas afectan tu estado anímico, sin
embargo; con esta solo percibías la falta de pensamientos. Daba paz no pensar en nada,
tan solo hablar y hablar bebiendo mientras pasaban las horas, drogados en secreto. La
novia de Santa empezó a conversar conmigo. Estudiaba derecho; le gustaba la rama
laboral. Me soltó una chapa de una hora y pico mientras yo asentía con la cabeza y le
seguía el rollo. La amnesia retrógrada me empezó a afectar y deje de seguir el hilo de lo
que aquella chica decía. Simplemente asentía borracho, fumado y drogado. No me
importaba las palabras, solo me dedicaba a disfrutar. A disfrutar la brisa en la cara, el olor a
mayo, la gente hablando de fondo, las luces de la ciudad. Viti estaba igual que yo. Nos
miramos y nos reímos. Vaya cara de drogado tenía el muy cabrón. Supongo que la mía
sería parecida. La gente acabó por marcharse, quedándonos nosotros dos solos. Llamamos
a Carlos y quedamos en el casino de Colón. La noche no había acabado; Viti tenía más
xanax.
Llegamos al casino. Carlos ya estaba dentro, jugando al blackjack. Nos pedimos una copa
de whisky y fuimos a la sala de fumadores. Viti sacó dos pastillas más y todos tomamos
media. Después se guardó la media que sobró. Seguimos bebiendo. Al cabo de quince
minutos, Carlos ya estaba colocado. Reía descontrolado con aquel sonido suyo tan
particular. Me quedé hundido en el sillón; estaba flotando. Sentía puro placer físico.
Empezamos a hablar con la lengua trabada, a reírnos de gilipolleces.
-Pussyyyyyy -gritó Carlos.
Solía decir esa mierda sin venir a cuento. En ese punto, la amnesia nos afectó como nunca.
En algún momento salimos de la sala de fumadores y fuimos a jugar al blackjack, pero mi
mente no lo recuerda bien. Entre esos lapsus de memoria solo sé que cambiamos varias
veces de mesa y Viti perdió su chaqueta. Estuvimos una hora buscándola, drogados, dando
la nota en mitad del casino. La gente nos miraba extrañada. Los crupiers, sin embargo, lo
veían como algo habitual. Solo éramos otros drogados, otros perdedores que buscaban
algo de suerte en un casino de mierda. Al final, encontramos la chaqueta en una silla de las
mesas de black jack. Después salimos de allí. Mi colocón bajaba cada vez más. Me fume un
porro y mire la hora; eran las seis de la mañana. Viti estaba muy drogado; caminaba en zig
zag con los ojos medio cerrados, arrastrándose, a veces; contra la pared de algún edificio.
Una de esas veces recorrió diez metros. La pintura del muro se le quedó manchada en la
ropa. Tras terminar la calle llegamos al parque de los “mendigos”, es un parque que está
detrás del casino de Colón, y nos sentamos en un banco. Viti y Carlos se repartieron la
última pastilla. No se porque lo hicieron; ya no había nada que hacer. Carlos se fue a los
cinco minutos, cogiendo su moto estando borracho y drogado. Viti y yo nos fumamos el
último porro y nos fuimos, tomando cada uno su respectivo camino. Volvía a casa, solo. El
cielo empezaba a mostrar los primeros rayos de luz del día y las nubes se movían
lentamente, desplazándose ante mi mirada. El horizonte era un lienzo anaranjado, donde el
sol y la luna compartían protagonismo mientras unas pocas estrellas daban los últimos
destellos de la noche. Era algo tan bello y trágico al mismo tiempo. Me sentía especial,
único, feliz; pero mañana volverían los mismos problemas de siempre. Solo era una tregua
entre el mundo y yo. Es tan deprimente saber que nadie te conoce realmente, que estás
solo. A veces miro atrás, en el pasado, y lo recuerdo. Ese cielo anaranjado, mágico, de
aquella noche. Noches de mayo, siempre nos quedarán esas noches de mayo.
Xin Yi
Conocí a Xin yi en una plaza cerca de mi casa. Teníamos 10 años. Xin yi era un niño chino
muy extrovertido. Era un chico delgado con el pelo largo y negro. Tenía una extensa coleta
que le llegaba hasta la mitad de la espalda y unos dientes feos, como de conejo. En
realidad, solo era chino en apariencia, era igual de español que yo. En seguida nos hicimos
amigos. Un día estábamos en los columpios y me dijo:
-¿Vamos a Gran Vía?
-¿Para qué? -respondí.
-Vamos al Picadilly.
-¿Qué es eso? -pregunté.
-Un sitio con videojuegos.
-Mi madre no me deja ir más lejos de este parque -contesté.
-Bueno, pues yo me voy…
Se fue lentamente, dejando una estela de libertad a su paso ¿Qué habría más allá de este
parque? un mundo afuera estaba esperándome. Por un momento tuve envidia. Seguí
columpiandome. Me balanceaba y balanceaba hasta casi dar un giro completo y en ese
momento saltaba. A veces alcanzaba los cuatro metros de longitud. Los pies se hundía en
la arena, por dentro era más húmeda que por fuera, y las zapatillas se manchaban de un
color marrón difícil de quitar. Entonces el padre de Xin Yi apareció en en aquél parque, se
acercó a mí y me preguntó:
-¿Dode...eta... Xin yi?
Al contrario que su hijo, él pronunciaba mal el español. Era un señor bajito, con grandes
gafas y pelo negro. Se dejaba una uña más larga que las demás. Me daba asco. Intentaba
no mirar la uña cuando me hablaba, pero era difícil. Yo nunca le decía a donde se iba Xin Yi
porque cuando le encontraba, le pegaba una paliza.
- No sé… se acaba de ir.
Su padre se marchó bruscamente, sin despedirse. Pasaba casi todos los días. Xin yi
desaparecía, su padre le encontraba y le pegaba; así continuamente. Con el tiempo lo veía
como algo normal. Actuaba como si no pasara nada, mientras, alrededor, la gente les
miraba extrañados. Por alguna rara razón me caía bien. Alomejor hacía que mi vida no
pareciese tan mala. Era buen amigo, una persona leal, divertida y curiosa por la vida.
Aunque su mayor defecto era que se creía más listo que los demás, algo más propio de
gente mediocre que de verdaderas personas inteligentes; ya que cuanto más sabes, más
cuenta te das de lo ignorante que eres. Los genios son las personas más duras consigo
mismas porque se dan cuenta de lo imperfectos que son. También era muy compulsivo.
Cada año le daba por una nueva afición; recuerdo que la primera fueron los videojuegos. En
aquella época casi nadie tenía internet u ordenador en casa y todos los niños íbamos al
ciber. Jugábamos al Half life y al Counter. Yo era malísimo, pero me divertía. Xin Yi solía ser
de los mejores. Conocía todos los trucos y secretos de cada mapa. Pasábamos horas y
horas allí. También iban Aitor, Jandry, Anthony, Pablo “el yayo”, el Colombi, etc. Pasabamos
tanto tiempo allí que mi madre tenía que bajar a buscarme. Nos dejabamos el dinero y las
horas y, de golpe, se acabó. De un día para otro a todos les dió por hacer parkour. Íbamos a
los parques a saltar vallas, escalar muros y hacer la bandera. Yo solo sabía hacer el
pasamanos, que era saltar una valla apoyando una mano. Xin yi hacia el gato, la bandera,
el 360, etc. Parecía un puto simio saltarín; en cambio, yo parecía un gordo retrasado. Le
admiraba. Todo lo que se proponía, lo conseguía, yo no. Se cansó de hacer parkour y yo
también lo dejé. Era un niño bastante influenciable. Empezamos a ir a los billares. Había un
local, cerca de Callao, que tenía las mejores mesas. Se llamaba Shooters. La gente bebía y
jugaba al billar. Nosotros teníamos once años. Una hora jugando, valía diez euros. Íbamos
de cuatro en cuatro para que nos saliera más barato. Pasabamos el rato. Solíamos ir Aitor,
Xin Yi, Jandry y yo, unos futuros fracasados. Todavía no sabíamos las ostias que nos daría
la vida, todo parecía fácil. Jugábamos al billar sin preocupaciones, sin problemas en los que
pensar. Recuerdo que Xin yi siempre quería ser el mejor en todo. Aprendió a golpear la bola
con retroceso, para colocarla en el mejor lugar posible para el siguiente turno; también
sabía cómo disparar contra los amortiguadores (paredes de la mesa) para dejarla donde él
quería o si le molestaba una bola, sabía hacer saltar a la bola blanca por encima; era un
espectáculo. Ganaba partidas en tres turnos. Era increíble. Parecía Paul Newman en El
Buscavidas. Pronto se hizo famoso en aquel sitio. Los camareros le saludaban, le invitaban
a coca colas, hablaba con el dueño, le retaban otros jugadores… Tenía su propia taquilla
con su propio taco profesional y solo tenía once años. Poseía un carisma especial. Yo era
todo lo contrario; siempre he vivido encerrado en mí mismo y mis pensamientos; no era
sociable; no conseguía amigos fácilmente. Él lo sabía y hablaba por los dos. Todo iba bien,
pero tarde o temprano siempre se joden las cosas. Un día estábamos jugando en Shooters,
como siempre. Xin yi me ganaba, haciendo sus trucos y todo eso, lo habitual. Entonces
unos chavales mayores, de nuestro barrio, entraron en la sala de billar. Eran unos fumados
del instituto Lope de Vega. Xin yi ya les conocía. Solían burlarse de nosotros, intentando
tocarnos las pelotas. En aquel momento parecía algo importante y hoy ni siquiera recuerdo
sus caras o sus nombres ¿Que habría sido de ellos? jamás les volví a ver. Seguramente
estén trabajando ocho horas al día por el sueldo mínimo.
-Bueno, bueno…¿Qué te piensas chinito qué esto es el ping pong? -dijo uno de ellos.
-¿Qué quieres? -preguntó Xinyi.
-Este chaval se cree muy bueno con todos esos truquitos… pero no... solo es un flipado…
Lo dijo en voz alta para que le oyeran todos.
-Si quieres, te lo demuestro -dijo Xin Yi.
-¿Me estás retando? -preguntó.
-Te apuesto diez euros a que te gano
Levantó su mano, ofreciendola para cerrar el trato. Xin Yi no tenía esos diez euros. Él era
así, siempre estaba seguro de sí mismo. El chico se lo pensó unos segundos y accedió.
-Vale…
Estrechó su mano. La partida empezaba.
-¿Quién saca? -preguntó Xin Yi.
-Yo -respondió.
-Como quieras…
Sacó el triángulo, lo pusó encima de la mesa y colocó las bolas en su interior. Jugábamos al
estilo Bola 8. Una rayada, una lisa, una rayada, una lisa... y la esfera negra en el medio. Se
situó para sacar. Dió cera al taco y tanteó el golpeo, ojeando la bola blanca a ras de mesa;
después disparó. La bola impactó furiosamente, consiguiendo meter dos lisas por el
agujero. A Xin Yi le tocaban las de rayas. El chaval siguió metiendo lisas, bola tras bola.
Primero, una roja en la esquina; luego, una azul que tenía en el extremo opuesto de la
mesa; y para terminar, una verde que rozó de forma perfecta para que se metiese en la
tronera del medio de la banda derecha. El cabrón... era bueno. Se situó para el siguiente
turno. Todas sus bolas estaban tapadas por las de Xinyi; era difícil. Golpeó aquella esfera
blanca e impactó contra la pared, rebotando y alcanzado una lisa. Sin embargo, no
consiguió introducirla en ningún agujero. Los deportes deben de tener algo freudiano,
siempre se basan en meter algo en orificios. Era el turno de Xin Yi. Cogió el taco, miró la
mesa y se quedó en silencio. Después, le dió cera a su palo. Estaba pensando. Los buenos
jugadores de billar planean sus jugadas en varios turnos; no se limitan a meter la bola más
cercana, observan e intuyen la colocación de la bola blanca después de cada impacto,
visualizando una estrategia. Xin Yi dejó de dar cera al taco y se colocó para jugar. Ya sabía
qué hacer. La banda izquierda de la mesa estaba llena de esferas rayadas. Lo único que
tenía que hacer era ir empujando una a una. Lo malo era el retroceso ¿Se quedaría corto o
se pasaría? Empezó con la primera. Agarró el taco, cerró un ojo, tanteó dos veces y
después disparó. El choque fue seco y preciso. Metió la rayada amarilla en la esquina y la
blanca retrocedió, posicionándose de forma perfecta para el siguiente turno. A continuación,
repitió el proceso. Dos, tres, cuatro...cinco. En un solo minuto no solo había remontado sino
que le sacaba una bola de ventaja. Ahora lo tenía jodido. Estaba en la misma situación que
su oponente unos turnos antes. Todas sus rayadas estaban tapadas por la lisas. Se paró y
pensó ¿Que haría ahora? entonces lo vió claro. Golpeó aquel astro blanco e impactó contra
la pared de la mesa. La bola rebotaba de pared en pared, sin tocar ninguna bola del
oponente, hasta que alcanzó su objetivo. La bola de rayas verde se introdujo en la tronera
de la esquina. Fue algo excepcional, fuera de lo común. Las personas de otras mesas se
empezaron a acercar para ver el espectáculo. “Aquél chino era un prodigio”, decía la
multitud. Solo quedaba una rayada más, y después, la bola ocho. Una lisa tapaba su meta.
Una lisa morada, perfectamente pulida. Esta vez la gente le observaba. Se posicionó y
midió la distancia. Una gota de sudor caía por su rostro. Estaba serio. La presión hace difícil
algo que has hecho mil veces. Era su momento. Disparó la blanca contra una pared, rebotó
y golpeó contra la rayada azul. La bola de rayas salió disparada contra el orificio. Comenzó
a girar y girar. Todo el mundo contuvo la respiración. Poco a poco dejó de dar vueltas y
entró en el hoyo. Todos lo celebraron. La gente le animaba. Los borrachos coreaban su
nombre.
-¡Chinooo! ¡Chinoooo! -cantaban los espectadores.
Bueno, no era su nombre, pero al menos le animaban. Quedaba la bola negra, la puta bola
ocho. Estaba situada en el medio de la mesa. Debía meterla en el lado opuesto a su última
rayada. Es decir, en la esquina inferior derecha. Necesitaba un tiro perfecto, ya que pegada
al agujero había una lisa. Si metiese involuntariamente una bola de su rival, perdería dos
turnos. Esta vez no dudó. Se agacho, disparó y la bola fue directa. Todo acabó. La bola
ocho desapareció, engullida por la mesa. Había ganado. Todo el mundo gritó y aplaudió. El
bravucón estaba en silencio, avergonzado. Le dio los diez euros y se fue con su panda de
subnormales. Diez euros. Ese billete significaba más que el valor material. Era la primera
vez que Xin Yi hacía algo importante en toda su vida. Levantó el billete y lo miró con
incredulidad. Jamás olvidaría ese color rojo. En ese momento, alguien se lo quitó de las
manos. Era su padre. Ambos se quedaron mirando, en silencio. La gente seguía
comentando la partida, las camareras servían cervezas y los borrachos hablaban a gritos.
Todo parecía normal. Solo yo me fijé en lo que iba a pasar. Era la misma mierda de
siempre. La espera acabó. Su padre le pegó un guantazo. Uno, dos, tres… La gente poco a
poco dejó de hablar, produciéndose un sonoro silencio mientras todos les observaban.
Siguió pegándole sin contemplación hasta que un camarero se acercó alertado y dijo:
-Señor, debo pedirles que se vayan
Entonces le cogió del brazo y le arrastró fuera del bar. Se terminó. Le prohibieron la
entrada. Jamás pudo recuperar el único sitio donde había sido feliz. Con los años, Shooters
cerró. Es triste ver como tus recuerdos mueren. En parte creo que por eso éramos amigos,
conocíamos el dolor. En el fondo, todos buscamos nuestro Shooters… nuestro lugar...
Éxtasis (2ª parte)
Felicidad. Energía. Amor. Paz. ¿Por qué me odio? ¿Por qué malgasto mi vida? a veces se
vive más en un instante que en un año ¿Quién coño eres tu? yo soy esto, este instante,
esta conexión. Lo demás no importa. Cuando vayas a trabajar, a gastar horas, a vender tu
vida por pasta, ese no serás tú. Cuando busques la felicidad en dinero, alcohol, drogas,
sexo, fama, ese no serás tú. Yo soy lo etéreo, yo soy eso que se siente pero que no puedes
explicar. Yo soy eso y lo demás no es nada.
¿Baile horas o fueron segundos?
-Tu no sabes lo que es la buena coca -dijo un tipo que hablaba con Carlos.
Salí aturdido de aquel bar. Carlos y Viti hablaban con unos chavales (dos chicos y una
chica). Tenían pintas de pastilleros, aunque la chica tenía un buen polvo. Era morena y
bajita, nada fuera de lo normal. Sin embargo, poseía esa mirada especial, morbosa, que
pocas tienen. Los otros dos eran unos pobres perdedores. Apestaban a fracaso como la
calle apestaba a alcohol y meadas. Uno era rubio y el otro moreno. Hablábamos de drogas
mientras la chica machacaba la coca y pintaba una raya para cada uno.
-Pues nosotros llevamos un ciego de mdma... que flipas… -dijo Viti.
-Nosotros de todo…de speed, eme, coca, porros, alcohol… -dijo el rubio.
-Ya ves, primo… -dijo la chica.
Tenía un buen escote que mostraba parte de sus tetas. Me estaba poniendo cachondo,
mirando a aquella choni pintar esas rayas. Puto éxtasis.
-¿Y que te gusta más la coca o el eme? -la pregunté.
-La coca… está claro -dijo la chica, respondiendo como si fuese algo obvio.
Las rayas ya estaban listas. Uno a uno todos se metieron su línea y pasaron el móvil al
siguiente. Entonces llegó mi turno.
-No, yo no me meto por la nariz -dije.
-Venga, primo… una rayita -dijo uno de ellos.
-No… no, yo no me meto coca...
-Pues más para mí -dijo la chica.
Esnifó aquella pequeña horizontal y después se tocó la nariz. La droga llegaba rápido a sus
cerebros. Todo era distinto aunque pareciese igual, como esta ciudad.
-¿Pero quereis pillar? tengo de todo -dijo el moreno.
Saco tres envoltorios de plástico llenos de droga, cada una de una sustancia distinta.
-Esto es coca, esto eme marrón y esto speed.
-Si vamos a comprar algo, que sea eme, que de lo demás no me pongo -dije yo.
-Yo quiero coca, yo quiero coca -dijo Carlos.
-Puff… que va -respondí
-No me gusta ese eme marrón… prefiero coca -dijo Carlos.
Carlos ya estaba decidido.
-Primo, este eme no es malo… da igual el color -dijo el rubio.
-¿Quieres un poco? - me dijo el moreno.
-Vale… -respondí.
Abrió el envoltorio y hundí el dedo en él, después me lo metí a la boca. Otra vez sentí ese
sabor desagradable.
-Es eme, tío. Pillemos esto -dije.
Daba igual, Carlos ya había decidido.
-Quiero coca...no me rayes, joder… eres un puto pesado.
Le enseñaron medio pollo y lo abrió. Después olió el interior del envoltorio.
-Esto huele muy poco a gasolina -dijo Carlos.
-Primo, que es buena te lo juro -Dijo el moreno.
-No sé… aquí no veo medio gramo -contestó Carlos.
-Primito esta droga está buena, pero si no la quieres no la compres.
Carlos al final cedió. En ese momento daba igual lo cara que estuviese, él solo quería
drogarse. Los bares echaban sus cierres abajo y la gente salía a echar el último cigarro a la
calle. Bajamos la avenida hacia la calle San bernardo, dejando atrás a la gente, buscando
otra aventura que contar al día siguiente.
-Oooohhh manasoooo… ahora hay que irse a un after -dijo Carlos.
-Podría estar guapo -dijo Viti.
-No sé… estoy sin dinero -dije.
-Yo te invito -dijo Carlos
El muy cabrón era siempre un tacaño, salvo cuando estaba puesto de coca. Cuando se
metía un par de rayas, le importaba todo una mierda. Se dejaba cientos de euros en una
sola noche.
-Conozco un after donde hay enanos que se suben a las barras y sirven copas...hay que ir
ahí… a ver a los “enanasos”...
Cogimos un taxi, que pagó Carlos, y nos fuimos al after. Cuando llegamos ya era de día.
Cada vez era más evidente que no tenía sentido seguir, pero continuamos, bebiendo y
drogándonos, negándonos a volver a la aburrida realidad de nuestras vidas. Llegamos a
aquel after. Había un puerta gigantesco en la entrada sentado encima de un taburete. La
entrada costaba veinte euros por persona. Carlos pagó. Entramos en aquel antro oscuro. La
gente bailaba ajenos a que afuera ya era de día. Parecía la última parada del trayecto, el
sitio donde acababan los marginados, la escoria. Encima no había ningún jodido enano
sirviendo copas ¿Qué hacíamos ahí? Entonces lo comprendí. Carlos se acercó a un chico
negro y le compró otro medio gramo de coca. Viti y él iban al baño constantemente,
dejándome solo en aquel lugar. Metiendose raya, tras raya, tras raya. Nunca entendí a los
farloperos. Mientras el drogado de mdma está bailando en la pista, los farloperos pasan
más tiempo en el baño que disfrutando, introduciendo esa prostituta blanca por su nariz
agrietada, una y otra y otra vez. Me pedí una copa y me la bebí mirando alrededor.
Parecíamos zombies, desechos sociales, muertos en vida. Un argentino, que estaba al lado
mío, se giró y me dijo.
-Wacho ¿te diste cuenta de que todos son travelos?
Me giré, miré a mi alrededor y entonces lo vi. Era un after lleno de hombres y transexuales;
no había ni una sola mujer. El argentino se rió, mirando mi reacción ¿Dónde coño me había
traído este cabrón? Necesitaba tomar el aire. Me sentía raro. La energía que tenía antes,
estaba desapareciendo; la felicidad, el buen rollo, la empatía, se habían esfumado. Algo
pasaba. Salí a fumarme un porro y el argentino me siguió. Fumamos, sin embargo no me
sentí mejor. Terminé el canuto y entré de nuevo ¿Dónde estaban estos putos retrasados?
me habían dejado tirado por seguir esnifando. No estaban en la pista. Fui al baño para
buscarles. Abrí la puerta y entró un fuerte pestazo a mierda. Aquel baño era repugnante,
olía peor que una cuadra. Las paredes eran verdes y estaban manchadas de heces y orina.
Había dos puertas de madera. Toqué la primera.
-¿Carlos?
Nadie respondió. Entonces llame a la puerta y repetí:
-¿Carlos?
-Ahhh...ahhh -se oía en el interior.
Alguien estaba follando dentro. Se podía escuchar el choque de los cuerpos, las embestidas
impactando contra la piel de alguien. Preferí no abrir para comprobarlo. Fui a la siguiente
puerta y llamé.
-¿Carlos?
Entonces la puerta se abrió. Ahí estaban esos cabrones, esnifando, pintándose rayas.
-Ahora salimos, ve afuera… -dijo Viti.
Salí de allí; estaba harto de ese olor a mierda. Me senté en un escalón de un portal y me
hice un porro. Me sentía deprimido, como si vivir careciese de sentido o, peor aún, de
importancia. Nada sería igual. Es cruel el éxtasis, te hace volar, escapar de toda la mierda,
alcanzar la mayor felicidad que se puede experimentar, llegar a lo más alto, huir; pero
después, te hace bajar más profundo que nunca, vivir un infierno químico de paranoia,
depresión y confusión. Ya no había nada que hacer. Volví arrastrándome a casa y me metí
en la cama. Intenté dormir, pero no lo logré. Solo quedaba mirar el techo, esperando el
sueño…
Blackjack
Carlos siempre se sentaba al final de la mesa; sentía que tener la última mano era una
ventaja. La gente ya nos conocía, los camareros, los crupiers, los jefes de mesa, otros
jugadores... Cuando vas a un casino a diario empiezas a quedarte con las caras, con
rostros que se repiten. Solíamos ir cuando los bares cerraban para seguir
enborrachándonos en algún sitio. Los camareros nos servían cervezas y copas gratis. Era
un buen sitio para perder algo de pasta. Carlos era un jugador compulsivo, abría veintes,
doblaba contra un diez, pedía con un diecisiete blando, le iba el riesgo. Algunas veces
ganaba, pero si juegas todos los días, no juegas para ganar, juegas para recuperar. Carlos
sacó un billete de cincuenta euros, de su cartera, y lo puso encima de la mesa de blackjack.
El crupier recogió el dinero y se lo dio en fichas. Yo solo le di veinte. El camarero nos trajo
una cerveza a cada uno.
-Estáis invitados -dijo.
Aquel hombre llevaba un ridículo traje. Tenía cara de ser un hijo de puta amargado con
pajarita. Nos sirvió los vasos bruscamente y se fue dando largas zancadas. Cogí la cerveza
y di un gran trago. Para jugar bien al black jack hay que jugar borracho, hay que echarle
pelotas, sin dudar; no puedes verlo como si fuera dinero, solo son fichas. Aposté cinco
euros, Carlos veinte. El crupier repartió. Mi primera carta era un diez, la de mi colega era un
as y la banca tenía un nueve. El crupier lentamente sacó la siguiente tanda, me da un triste
seis y a mi amigo un jodido black jack.
-De puta madre un blaki... -dijo- puff vaya basura de 16 que te ha dado jajaj -añadió con su
risa gutural.
Carlos siempre se reía de mí cuando yo perdía y él ganaba, pero si lo hacía yo, se
enfadaba. A veces pienso que nunca dejamos de ser niños. Carlos ya tenía esa mirada de
ludópata que solía poner. Empezaba de la mejor forma posible; pensaba que se iba a forrar.
Ten en cuenta algo, un adicto solo cuenta sus victorias. Me planté con ese 16, no es lo
ortodoxo pero no me gusta pasarme. El 9 se convirtió en un 19. Carlos se empezó a reír por
mi derrota.
-Que mal empiezas -dijo.
-Lo importante no es como empiezas, sino como acabas -le respondí.
En la siguiente mano aposté otros cinco, Carlos treinta. Me tocó un 10 y a él un 15. La
banca tenía un diez de corazones. Doblé. Salió un rey de picas, con lo que obtuve un
veinte, y Carlos se plantó, ya que el seis se suele pasar. El crupier alargó el brazo y cogió la
siguiente carta. El tiempo se ralentizaba en esas manos, sentías a algún chino hijo de puta
perdiendo mil euros a la ruleta, sentías a las putas merodeando a los viejos ganadores,
olías la hierba de los fumados que jugaban solo veinte euros, el olor a moqueta y colonia. El
casino de Colón es como una droga, lo hueles a treinta metros, ese olor a moqueta y
colonia. El crupier sacó un seis y después otro diez, haciendo que la banca se fuese a 26,
todos ganábamos. La suerte iba por ciclos; la mesa nos quería pagar. Empezamos a subir
de 20 a 50, de 50 a 80, de 80 a 120. Estábamos imparables, pidiendo copas gratis,
borrachos, sedientos de más dinero. Carlos apostó la mitad de su dinero, 350 euros, a una
mano, yo solo 10. El crupier nos dio dos veintes, la banca sacó rey de picas, ambos nos
plantamos. Salió un diecinueve para la banca. Carlos se puso eufórico, gritando y
golpeando la mesa de blackjack. Medio casino se giró a mirar que pasaba. Carlos ya tenía
mil euros mientras yo solo tenía ciento setenta. Hicimos un descanso y fuimos, con nuestras
copas, a la sala de fumadores. Era un patio techado con ruletas electrónicas. Ni para fumar
nos dejan descansar, pensé. Carlos estaba eufórico, quería más, no le bastaban con esos
mil euros. Estaba planeando estrategias, comiéndome la cabeza. Cuando los ludópatas
ganan, piensan que la racha es para siempre y quieren llegar al máximo, el problema es
que nunca sabes cual es el máximo que te va a pagar y cuando no te va a dar ni una buena
mano. Yo asentía, dándole la razón como a un loco. Era inútil hacerle entrar en razón.
Intentarlo solo servía para perder el tiempo. Terminamos nuestras copas y volvimos a la
mesa. Había gente nueva (una mujer de treinta y pocos años, y un señor de cincuenta) lo
que hacía que el orden de las cartas variase y alteráse todas las jugadas. La mujer era
rubía con ojos azules, buenos labios, gran pecho, ropa cara, un bolso de guchi, unas gafas
de dior y un anillo de diamantes. Estaba muy buena. Era la típica pija del barrio de
salamanca. Seguramente estaba apostando la pasta de su familia rica o algún marido
millonario, perdiendo manos de trescientos euros sin inmutarse. Uno aprende a apreciar ese
tipo de cosas. Se nota cuando alguien pierde dinero que no es suyo. El viejo, en cambio,
era un ludópata conocido en el casino, una cara familiar. Llevaba una gorra blanca, unas
gafas de sol baratas y unos cascos para escuchar música. Era pálido y delgado, como si no
saliera nunca de aquel lugar y no le diese la luz solar. Solía jugar con varias casillas a la
vez, alterando gravemente la mesa. Pintaba mal.
-Ahora hay que ir con cuidado -dijo Carlos
-Sí, sí -respondí yo.
Siempre que Carlos decía esa frase, apostaba más que nunca. No lo entendía, pero me
daba igual. Apostó ochenta euros y el crupier repartió. Nos dio puta mierda a todos, treces y
quinces contra un as. Ninguno pagamos el seguro y pedimos. La milf pidió y sacó un
diecinueve, el viejo un veintidós y un dieciocho, yo pedí y me fui a veintitrés pasandome, y
Carlos pidió y saco veintiuno. La banca sacó blackjack y todos perdimos porque nadie
compró el seguro. Volvimos a apostar, yo cinco, Carlos cien. La banca sacó un seis, la rubia
tenía un trece, el viejo un trece y un quince, yo un diez y Carlos un dieciocho. La mujer
pidió. La cagó. Nunca se pide contra un seis. Le salió un veintitrés y se pasó. El viejo se
plantó en ambas manos. Yo doblé ese diez y se fue a veinte, y Carlos, simplemente, se
plantó. El crupier lentamente sacó un diez. Se pasa, pensé. Se pasa. Cogió la siguiente
carta de la máquina y la puso encima de la mesa. Pasate. Pum, cinco. Un puto cinco, total
veintiuno. Nos jodió a todos de nuevo. La mesa no estaba bien, pero a Carlos le dio igual. A
partir de ese momento perdió la cabeza. Comenzó a hacer apuestas muy fuertes y
arriesgadas: abrir un veinte contra un seis, doblar nueves contra ochos, abrir doses contra
dieces… En cuestión de media hora perdió todo su dinero. No se lo creía. Sus ojos se
mostraban incrédulos, preguntándose cómo había podido perder todo, los mil euros. El
casino tiene un poder extraño en las personas, te hace entrar en una especie de trance en
el que ninguna ganancia es suficiente, en un sueño en el que no sabes el tiempo que pasa,
el dinero que tenías o si tus amigos se van; solo quieres seguir jugando. Aunque en realidad
solo era otro perdedor más, el día a día de cada casino, casa de apuestas o timbas del
mundo. Yo había bajado de ciento setenta a ciento veinte, era hora de irse. Aunque Carlos
no quería marcharse, fue al cajero y saco doscientos más. Creía que, apostando fuerte,
recuperaría los mil euros; los perdió en cuatro jugadas. Volvió a sacar dinero, volvió a
perder, así tres o cuatro veces más. Estaba más enganchado que nunca. El veintiuno se
repetía demasiado. Probablemente esa máquina barajase las cartas mediante ciclos de
perder o de ganar, ganando solo cuando la máquina quisiese que ganases. La vida es una
continua mentira. En ese punto de la adicción la gente no escucha. Intenté avisarle, pero me
mandó a la mierda. Me fui de allí a las cinco de la mañana y Carlos siguió jugando hasta
que el casino cerró, perdiendo varios miles de euros.
En 2018 me volví un auténtico ludópata. Iba al casino dos o tres veces a la semana. Mi
juego era el blackjack. Iba todos los fines de semana, sin falta. En verdad, no era tanto por
jugar sino para escapar de mis problemas. Sabía que si me sentaba en aquella mesa, al
menos por unas horas, lo que pasase en el mundo exterior no importaría. Mis problemas,
por unos minutos, se olvidaban. Iba a clase, vendía porros, me deprimía, me destruía con
drogas… pero, pasase lo que pasase, mi culo se sentaba en una de esas sillas de la mesa
de blackjack. En realidad, los ludópatas no son ludópatas por el juego; igual que los
drogadictos no son drogadictos por las drogas; al fin y al cabo, solo son formas de huir. El
casino estaba lleno de gente acabada: divorciados, pensionistas, alcohólicos, farloperos,
chinos endeudados, putas, fracasados… todos buscaban un pedazo de suerte, pero en el
fondo sabían que jamás llegaría ese premio, y aunque llegase ¿De qué les serviría?
seguirían sentando su trasero en aquel lugar porque ¿A dónde irían? a ningún sitio. Por
eso, por más que ganasen, seguían jugando. No jugábamos para ganar sino porque no
teníamos otro sitio a donde ir. En aquella época mis amigos se esfumaron, o trabajaban o
tenían novia o no querían saber nada de mí. Estaba solo, sin nadie, jugando contra esa K
de picas. Me iban a joder vivo, pero me daba igual. No iba a ganar, nadie va al casino a
ganar. Solo quería jugar, olvidar las ganas de suicidarme. Los camareros me conocían. Me
invitaban a varias cervezas, pues a la larga, me acababan costando 50 euros, y así
quemaba el tiempo. Aunque hay que decir que a veces tenía buenas rachas. Un mes gané
quinientos euros en cuatro días de black jack. Bueno, eso crees, que ganas. En realidad,
solo recuperas el dinero que llevas perdiendo todo el año. Lo que de verdad me gustaba del
blackjack es que la gente te habla como si te conociese de toda la vida. Te sientas en esa
mesa y algo raro ocurre. La gente coge una confianza bestial, como si yo fuese Paco, su
vecino de toda la vida. Pero para que nos vamos a engañar, me encantaba. A veces, los
viejos comentaban lo absurda que era la vida, los jóvenes hablaban borrachos o las mujeres
conversaban conmigo. Era un lapsus, un descanso del exterior. Yo no iba a jugar, yo
pagaba porque aquel juego y aquellas personas me diesen un puto respiro. Después salía
del casino y volvía haciendo eses a mi casa. Me encantaba ese tramo desde el casino a mi
calle. Me solía hacer un porro para el camino. Me ponía los cascos, buena música y andaba
hasta llegar a mi barrio. Normalmente solía amanecer en el trayecto. Amaba ese instante.
No quería compartirlo con nadie, pues jamás lo entenderían. Era mi momento a solas entre
el mundo y yo. Me fumaba un porro de marihuana y dejaba fluir mi mente. Seguramente
jamás encontraría el amor verdadero porque ni yo podía explicar esas extrañas y
placenteras sensaciones por las que daría mi vida. Levantad las copas y brindemos por los
ludópatas.
Profesores
Nunca tuve buenas relaciones con mis profesores, ellos tampoco conmigo. Odiaba
cualquier figura de autoridad, gente que te gritase, prejuzgase, sin saber mi vida, sin
entender nada. Incluso los que me caían bien, en el fondo les odiaba. Algunos sentían una
especie de desprecio y devoción hacia mí, viendo un tipo de potencial que moría, como una
llama que dejaba de prender.
Una de las profesoras que más odiaba era Ana Rada. Ana era una cincuentona hembrista.
Odiaba a los hombres y nos lo inculcaba desde niños. Nos hacia encerronas psicológicas,
buscando romper tu aguante, queriendo hundirte. Lo solía conseguir con los demás niños,
pero conmigo no. Me convertí en su principal encrucijada. La clase entera estaba hablando.
Yo charlaba con Antonio. Teníamos nueve años. Antonio era un niño con pelo largo en
forma de casco, moreno, feo, con gafas y larguirucho. Uno de sus dientes era amarillo, por
lo que recibió el mote de Cheto. Estaba hablando con Cheto sobre videojuegos y, de
repente, Ana Rada me gritó.
-¡Miguel callate! siempre hablando, dios, siempre hablando… este niño...
-Pero si está hablando toda la clase.
-¿Me estás contradiciendo? - preguntó desafiante.
-Obviamente.
-Ven aquí ahora mismo.
Los adultos me parecían niños amargados que buscaban derrotarte, machacarte, romper
precozmente tu inocencia; seguramente por envidia de no tener ya esa mágica luz interior.
Me levanté y fui a la pizarra.
-Que sea la última vez que me desafías ¿Te queda claro? -Dijo la psicópata trauma-niños.
-Eres tu la que me desafías -respondí.
-¿Cómo? -gritó alterada.
Le empezó a temblar el labio superior, debido al enfado. Ana Rada tenía el pelo rubio y
ondulado, ojos azules y labios exageradamente pintados. Solía llevar abrigos de piel con
collares de perlas. Era una hortera. Ahí estaba, delante de mí, una cincuentona hortera con
los labios pintados como un putón, siendo desafiada por un niño de nueve años.
-Pués que eres tú la que me desafías, siempre que alguien habla me gritas a mi, siempre
llamas a mis padres, siempre me ridiculizas delante de la clase, siempre yo.
-Te has ganado un parte -Dijo.
-Me da igual.
-Tus padres deben estar orgullosos de ti.
Esa zorra no era nadie para hablar de mis padres.
-¿Y los suyos de una hembrista odia-hombres?
Me empezó a gritar, pero me daba igual. Estaba acostumbrado a que me gritasen durante
horas. Mis padres lo hacían, mis profesores lo hacían, la gente lo hacía. Solamente
desconectaba. Me quedaba mirando esos labios de putón hortera, riéndome de ella por
dentro. Algún día sería mayor y nadie me gritaría. Con el tiempo descubrí que no, siempre
hay alguien por encima tuya, siempre hay alguien que te grita. La inocencia te permite creer
que las etapas malas acaban, cuando en realidad, la felicidad solo son instantes de locura
que te hacen estar cuerdo por un tiempo. Un año, un mes, una semana, una noche, media
hora. El resto es tragar mierda, aguantar, esperando que vuelvan los días felices. Pero
cuanto mayor eres, menos días regresan, hasta que llega una edad en la que solo te
quedan días grises y viejos recuerdos, que poco a poco mueren y se olvidan. Salí de clase y
me fui a casa. Sentía que había derrotado a esa zorra.
Caminé por las entrelazadas calles de Malasaña hasta llegar a mi casa. Abrí la puerta del
portal y subí las escaleras. Se oían gritos. Cuantos más escalones subías más claro se
distinguía el timbre de la voz. Me paré un piso debajo del mío.
-¡Que no me sale de la polla que la niñata esta me falte al respeto! -gritaba mi padre.
-Tranquilizate, por favor -le decía mi madre.
-¡Pero si no te he dicho nada! -gritó mi hermana llorando.
-¡Vete! ¡Vete o te doy una ostia! -gritó mi padre.
Mi padre empezó a tirar platos contra la pared. El sonido retumbaba en el patio de vecinos.
El ruido de platos rotos, de portazos, de gritos, de mi madre llorando. No entré a casa. Bajé
las escaleras y me fui a un parque. Nada más quería estar solo.
Pasó el tiempo. Fui de profesor en profesor. Ninguno me caía bien, pero no odiaba a
ninguno en exceso. Hasta que llegué a cuarto de la eso. En ese curso la mayoría me daban
asco, pero por Antonio tenía un odio especial. Impartía tecnología e informática. Era un
hombre de cuarenta años de estatura media. Tenía la piel blanca y pálida, su pelo era corto
y castaño, con entradas por los lados; su boca era pequeña y con apenas labios, y llevaba
unas gafas horteras y baratas. Su rasgo más peculiar es que no tenía cejas, carecía de pelo
en esa zona. Intentaba ridiculizarme en clase, observando cada cosa que hacía,
menospreciandome delante de todos, bajandome tres puntos de la media... me odiaba.
Pero sus intentos estúpidos siempre fracasaron. Siempre le devolvía las bromas, siempre
aprobaba con notables o sobresalientes, siempre salía de sus trampas. Recuerdo que todos
íbamos en uniforme. Aquel pantalón gris hacía que me picasen las pelotas. Me rascaba los
huevos, pero el picor no se iba. Odiaba ese comezón incesante y molesto. Rascaba y
rascaba bruscamente, pero la sensación seguía ahí. Parecía un chaval de quince años con
ladillas.
-¡Miguel! deja de rascarte los putos huevos en clase… literalmente -dijo Antonio.
Me mandó al fondo del pasillo para estar de pie toda la hora. Ya era algo habitual, me había
pasado más horas de pie que sentado. Yo me dedicaba a mirar por la ventana. Delante
había un parque. Los pájaros volaban, los perros corrían y jugaban, el viento mecía los
árboles... Y yo estaba ahí, de pie, con la espalda rígida y cansada. Me sentía encarcelado.
No entendía porque no podía vivir libre, hacer lo que quisiese cuando quisiese, estudiar lo
que quisiese porque yo quisiese. Parecía que teníamos que seguir un patrón de vida
rutinario y generalizado. Adoctrinaban a personas desde que eran niños. Premiaban la
memorización, el pensamiento único, obedecer a un jefe, creerte la historia oficial;
castigaban la creatividad, el pensamiento crítico, el individualismo... te anulaban como ser
especial, te convertían en un número más de la masa, prefabricado y etiquetado, dispuesto
a ser explotado. Antonio solo era una lucha más, otra batalla por no perder mi esencia. Los
días continuaron y el seguía buscando cualquier excusa para ponerme de pie. Al final
siempre terminaba mirando por la ventana.
Llegó el examen final. Antonio ordenaba a los alumnos a sentarse en el orden que él viese
conveniente. A mi me mandó ponerme en el ordenador que más lento iba. Empecé el
examen. El ordenador casi no arrancaba, los programas tardaban en funcionar y hacía
mucho calor. Me estaba poniendo nervioso. Ese calor sofocante hacía que la espera
pareciese más larga. Después de cinco minutos se abrió. El ejercicio era sencillo: hacer un
montaje, en Premiere, de un video; añadiendo transiciones, tanto en video como en música.
El video consisitía en distintos planos de unos bebés gateando. Era un examen para
retrasados. En menos de 5 minutos ya casi lo había terminado, pero, de repente; el
ordenador se paró. No funcionaba. Llamé al profesor y vino. Entoncés se agachó, miró la
pantalla y observó el problema con una sonrisa de satisfacción. Puto anormal sin cejas.
-¿Qué hago lo reinicio o qué? - pregunté.
-Si lo reinicias o lo apagas, suspendes -respondió.
El cabrón me había jodido. Pensé en levantarme y darle una paliza, matarlo a golpes con la
pantalla de un ordenador. Al final solo dí un golpe al monitor y grité:
-Puto ordenador de mierda y putos niños retrasados.
El profesor se giró con cara de loco. Podía ver violencia en sus ojos. Se acercó a mí con
movimientos bruscos y me gritó:
-¡Esos niños son mis hijos!
Se acabó; me echó de clase. Me fui dando un portazo e insultándole. Ese instituto era una
mierda. Ellos no me querían en el siguiente curso y yo tampoco quería seguir. Llegamos a
un acuerdo, hacía mis exámenes en paz, aprobaba y me iba de ahí. Todo acabó bien.
Aprobé y me fui de ahí con quince años. Me fui a otro instituto. Daba igual, distinto sitio,
misma historia. Siempre he sido el tipo de alumno que es expulsado, que discute con los
profesores o que choca con los demás. Odiaba a la gente, eran tan simples, tan ordinarios.
Parecía que nadie podía entenderme. Me refugie en las drogas. Las drogas son como las
mujeres, al principio te diviertes con ellas, pero al final acaban haciéndote daño. Todo el
mundo te defrauda tarde o temprano. Seguro que yo también les defraudo. El ser humano
es una jodida basura, aunque en algunos momentos brillamos. No se ni que te estaba
contando. Solo estoy borracho en mi cuarto, recordando mi jodida vida ¿Es gris o solo es mi
forma de verla? ¿Qué estaba diciendo? Ah sí, claro. Primero de bachiller, puto primero de
bachiller. A Viti y a mí nos echaron, por otra historia que no me apetece contar, y acabamos
en el mismo instituto. Era un centro privado, aunque no era caro. Nosotros fuimos ahí, o al
menos yo, pensando que nos aprobarían fácil. Todo estaba lleno de pijos. Intentamos caer
bien, pero era imposible; esa gente daba asco. Eran tan superficiales, tan hipócritas, que
nos aislamos. Tenía 16 años. Era la época de fumar porros, la primera etapa de
idealización. Pensábamos que la marihuana era como agua, que no afectaría en ningún
aspecto a nuestras vidas, pero si consumes una droga a diario tarde o temprano te
condiciona. Fernando era nuestro tutor. Era el profesor de filosofía. Cuando el entraba en
clase todos se ponían de pie. El primer día flipé, parecía el puto franquismo. Todos esos
adolescentes de pie, esperando a su caudillo... eran unos pobres estúpidos adoctrinados.
Después entraba Fernando, caminando de forma muy lenta, observando a cada alumno. Se
tomaba su tiempo. Mirando cara por cara a toda la clase. Hasta que él no nos diese permiso
no podíamos sentarnos. A veces se recreaba un rato. Dejaba su boina y su mochila encima
de la mesa y a continuación, se giraba nos miraba con una sonrisa a medias y decía:
-Pueden sentarse…
Parecía que disfrutaba el momento, o al menos eso me transmitía a mí. Fernando era calvo.
La tonalidad de la piel de su cabeza era distinta a la de su cara. La primera era muy blanca
y la segunda más morena, seguramente por el sombrero que usaba. Tenía una cara
demacrada, unos ojos pequeños y achinados, y unas grandes ojeras moradas. Aunque su
peor defecto era su aliento, apestaba a café y caries. Cuando hablaba contigo se acercaba
mucho, invadiendo tu espacio vital, echándote ese aliento con olor a mierda en toda la cara.
Podías saborearlo, degustarlo. Yo intentaba alejarme y a medida que me distanciaba, él se
iba acercando más. Un tipo raro. Se fijó en nosotros desde el primer día; notó que éramos
mentes que no habían sido domadas. Nos separó y nos sentó a cada uno en una punta de
la clase. Estaba prohibido hablar en en el aula; no se podía decir ni una palabra, seis horas
de puro silencio. El descanso era a las once y media. Solíamos bajar la calle y fumarnos un
porro en la parte trasera del edificio. Un día estábamos haciendo lo de siempre, fumando.
Nos fumamos una cañita de marihuana sin tabaco, y nos supo a poco.
-Oye, ¿te haces otro? -pregunté a Viti.
-Vale -respondió.
Nos hicimos otro.
-Hay que fumárselo rápido -dijo Viti.
-¿A cinco caladas? -Pregunté.
-Mejor a tres.
Fumamos y nos pasamos el porro rápidamente. Era a tres caladas. Puff, puff, puff, y lo
pasabamos. El sabor era afrutado, pero rascaba la garganta, lo que me hacía toser.
Fumamos de aquel canuto hasta terminarlo y fuimos al instituto. Entramos al edificio y
subimos las escaleras con los demás alumnos. Estaba aturdido por una mezcla del colocón
de la marihuana y el griterío de los adolescentes. La gente nos observaba, aunque yo
desconocía el motivo. Los chavales empezaron a murmurar y mirarnos ¿Qué cojones
miraban esos retrasados? entonces alguien lo dijo.
-Aquí huele a porro…
Viti y yo nos miramos preocupados. Éramos nosotros. Apestábamos a hierba. Subimos las
escaleras hasta el tercer piso y fuimos a la clase de inglés. La profesora no estaba.
Entonces un un pijo de mi clase se nos acercó y dijo:
-Vaya pestazo a hierba, chavales…
Era Vito Scisors, también conocido como el tijeras, porque se había enrollado con dos de
clase. El retrasado posaba con dos dedos en las fotos. Un completo subnormal. Se alejó
riéndose y se sentó en su sitio. Nos fuimos al baño, nos cambiamos la ropa por la de
gimnasia (teníamos clase ese día) y volvimos al aula. La profesora todavía no había
llegado. Nos sentamos en nuestros respectivos asientos y nos quedamos en silencio.
Estaba demasiado colocado. Los ojos me picaban y los párpados me ardían. Deberían estar
rojos como el puto infierno. Alguna monja pasaría por uno de esos pasillos y pensaría que
estaba poseído o algo peor, drogado bajo una de esas sustancias de Satán. Putas
religiones, solo quieren dictar tu forma de vivir. Te dicen qué comer, cómo pensar, qué
patrones seguir… puras doctrinas dogmáticas. Todavía no comprendieron que la verdad
siempre estuvo dentro de uno mismo, solo hay que descubrirla. No te dejes llevar por las
masas. Buscan etiquetarnos, dividirnos, meternos dentro de un grupo. Mantén siempre tu
esencia, no la pierdas. Ríete, cuando todos vistan igual, cuando todos hablen del mismo
modo, cuando todos hagan lo mismo, ríete. Ellos ya la perdieron. Entonces llegó Ana, la
profesora de inglés. La llamábamos la Choches porque se parecía al personaje de una serie
(Cámera Café). Aunque hay que decir, a su favor, que era más joven y más guapa. La
Choches tenía un trato especial por Viti, parecía que estaba enamorada de él. A mí, al
contrario, me tenía a raya; en cuanto hablaba, me echaba fuera. Nunca les he caído bien a
las mujeres con poder. Entró en el aula, dió un vistazo rápido a la clase y puso su bolso
encima de la mesa. Hizo un segundo tanteo a las caras y de repente nos vió. Sí, lo sabía.
Sonrío y dijo:
-Ya es época de alergia, ¿eh?
Todos los alumnos se rieron y nos miraron. Nosotros nos hicimos los estúpidos, como si no
supiésemos nada. La “teacher” comenzó a leer una página del libro. Su inglés era
exagerado y antinatural, como la de todos los españoles que enseñan inglés. Me sumergí
en mis pensamientos. Es una de las dos cosas que más me gusta de la marihuana, pensar.
Me divierto pensando. Todo viene a tí como un fluido de ideas, un torrente de imaginación.
A veces lo aprovecho, pero una buena parte del tiempo lo desperdicio meditando sobre
gilipolleces. Aún así lo disfruto. La segunda cosa que amo de la marihuana es la parte
espiritual. Buena música, una cerveza fría, un atardecer rojo y un césped donde tumbarme,
y el momento se paralizaba, creando algo casi sagrado. Mire hacia la profesora, seguía
hablando en inglés. Después miré la pizarra. Estaba llena de frases de la clase anterior Al
lado de la pizarra había un reloj. El tiempo pasaba despacio. Miraba la aguja del segundero
moverse, tic, tac, tic , tac... Después miraba al minutero, parecía que no se movía ¿Se
desplazaba muy lentamente o lo hacía de golpe cuando dejaba de prestar atención?
observé detenidamente aquel círculo con agujas. Tic, tac, tic, tac, tic, tac...En algún
momento se me olvido el motivo de por qué hacía eso y pasé a otra cosa. Cuando fumas,
siempre se te olvidan cosas. Los porretas inteligentes solo consumen cuando han acabado
sus responsabilidades, el fumado de verdad fuma siempre. En realidad no son las drogas,
es la gente. Hay personas que saben manejarlo y otros que pierden la cabeza. Yo era de
los segundos, aunque todavía no lo sabía. Estaba apoyado, con mi cara en mi mano,
encima de la mesa. Nunca he tenido interés por las clases. Prefería estudiar por mi cuenta.
En ese momento sonó el timbre y me levanté. Nadie más lo hizo. Todo el mundo se rió de
mí. Olvidé que, por algún extraño motivo, en la clase de inglés sonaban dos timbres. Se
suponía que el primero era para alertar de que quedaban quince minutos. Me volví a sentar
y miré de nuevo el reloj. Tic, tac, tic, tac…
Al día siguiente, estando en clase, la jefa de estudios entró y nos pidió ir a su despacho.
Caminamos por unos cuantos pasillos y al final llegamos. Primero entró Viti. Me quedé de
pie, pensando. Era obvio que era por los porros.
-Vale, ya estoy aquí, lo demás ya no lo puedo cambiar… -pensé- pero si lo niego todo, no
pueden hacerme nada… no tienen pruebas… sí, un momento, no tienen pruebas ¡Sí, que
les follen, soy inocente hasta que se demuestre lo contrario! Estamos en un país lib…
bueno en un país que todos somos igual ante la… bueno, que tengo mis derechos, coño.
Ya estaba decidido.
-Sí, eso haré… no diré nada.
La puerta se abrió. Viti y Fernando salieron del despacho. Viti estaba serio y enfadado,
mirando hacia el suelo.
-Vete a clase - le dijo Fernando.
Antes de irse, me miró y resopló. Después se fue a clase. Estábamos jodidos. Eran los
porros, fijo.
-Miguel, entra…
Entré a la habitación y me quedé de pie. Era un bonito despacho decorado con muebles de
pino; parecía caro. Delante de mí estaba la jefa de estudios, sentada en un gran sillón
detrás de su escritorio. Parecía poderosa, como una reina con un trono de cuero. Al lado
suya estaba Fernando, de pie, observandome fríamente. Aquella calva reflejaba la luz
contra mis ojos. Por algunos momentos me deslumbraba, cegándome momentáneamente.
La jefa me miraba detenidamente, de arriba a abajo, parecía que era algo serio. No
recuerdo bien el rostro de aquella mujer, aunque sí que era morena. Parecía enfadada.
Como si ocultase las ganas de matarme. Matarme por haber mancillado el nombre de su
sagrada institución.
-Miguel, siéntate -ordenó Fernando.
Me senté en ese sillón. Era suave y cómodo. Tan cómodo como para pararme a pensar esa
estupidez en medio de ese puto lío. Estaba forrado de terciopelo y se agradecía el tacto en
la piel. En realidad, no estaba asustado. No tenían pruebas. Entonces habló la jefa.
-Nos han dicho que fumais chocolate en la calle de abajo del centro...
-¿Chocolate? ¿pero eso se fuma? -respondí haciéndome el tonto.
-Chocolate, chinas, hachís… -dijo Fernando.
-No, yo solo fumo tabaco de liar.
-Una profesora dijo que olíais a porro.
Maldita perra traidora, pensé.
-Pues no sé… yo solo fumo tabaco
Insistió un par de veces más y, después, repetí mi versión. A continuación, se produjo un
silencio. Fernando y la jefa se miraron y asintieron.
-Vale, puedes irte -dijo la jefa.
Me fui de allí, cerrando la puerta de su despacho, presintiendo lo que iba a pasar. No me
expulsarían, pero llamarían a mis padres. Y así paso. Al llegar a casa tuve una discusión
con ellos. Yo lo negué todo, aunque no sirvió de nada. En realidad, tampoco me importaba.
Mis padres eran de otra generación, otra época en la que pensaban que todas las drogas
eran basura. De los años de “la droga mata”, de los yonkis pinchándose en esquinas, de los
tirones de bolso, de los kinkis… La droga mata, pero ¿qué droga? cada sustancia es un
universo distinto. Las personas tienen reacciones diferentes a los mismos estímulos y
drogas. Algunos aguantan bebiendo hasta la vejez, otros son unos fumados paranóicos y
llenos de ansiedad, y otros se comen mil tripis y jamás tienen un flashback. No es la droga,
es la persona. Pero la gente no quiere oir eso, quiere respuestas fáciles, sencillas. La gente
no quiere pensar por sí misma, prefiere que la masa piense por ellos. Así era mi madre, una
mujer dogmática y llena de prejuicios. Se pensaba que su pobre hijo estaba cayendo en la
droga. Me hacía gracia que fuese tan ignorante. La gente bebe en las terrazas, fuma tabaco
delante tuya, llenando tu nariz con ese olor a cáncer, pero si te fumas un porro eres un
yonki. Otra generación. Ellos no me entendían. No volví a fumar cerca del instituto. Me iba a
un parque que estaba a cien metros. El año terminó y dejé aquel lugar. Aprobé primero y
pasé a segundo. Fui de instituto en instituto intentado aprobar, pero dejé de ir a clase. Era
un alumno pésimo. Me dormía, hacía pellas, entraba fumado… A veces no iba en semanas.
Compraba unas cervezas a las 10 de la mañana, me líaba un par de porros y simplemente
caminaba hasta llegar a algún parque. Después me tumbaba en el césped y miraba las
nubes del cielo. Me daba paz ver ese mar azul lleno de nubes blancas. El mundo es
hermoso, pero no nos paramos a apreciarlo. Por fín era libre ¿Pero cuánto tiempo me
duraría? tarde o temprano el sistema te caza. La única libertad posible es la que da la
riqueza y yo no tengo nada. Jamás aprobé segundo. Los porros, el desamor, las
depresiones, los ataques de ira, los deseos de morir ¿Quien podía ir así a clase? nunca me
gustó el sistema educativo. Asistir a clase es como ir a trabajar sin cobrar; era algo
estúpido. Se me hacía insoportable saber que las tres cuartas partes de lo que me
enseñaban jamás me servirían de nada. No quiero decir que no me gustase estudiar, me
pasaba horas enteras leyendo libros de filosofía, iluminación, guión, relatos, novelas, libros
de historia, economía, política, ensayos... pero si me encerrabas en una clase y me decías:
“toma lee esto”; yo simplemente no lo hacía, no sé por qué. Pienso que aprender debe ser
algo libre, si dejas a una persona sola, tarde o temprano intentará buscar el porqué de las
cosas. En cambio, en vez de potenciar esa creatividad, matamos la esencia de los niños
programándoles en una rutina, preparándoles para la esclavitud de la madurez. Deje todo.
Me dediqué a vender hachís y fumar porros durante años. Me daba igual. Estaba perdido y
sin futuro. La libertad es como cualquier otra cosa en esta vida, tarde o temprano se acaba
pagando el precio.
El despertar
Era otra noche más, otra borrachera cualquiera. Estaba con Viti bebiendo en un bar de la
calle Princesa. La terraza se cerró y nos quedamos de pie frente a la puerta del bar. Nos
pedimos un par de copas más. Aunque no había mucho que hacer, seguimos dando tragos.
Sería otra noche olvidable, otra aburrida historia. Fui al baño a mear. Subí las escaleras,
abrí la puerta, levanté la taza y meé. El suelo estaba lleno de orina. Las paredes estaban
cubiertas de grafitis y números de teléfono. Había corazones pintados en la pared con
nombres escritos de color rojo: Javier y Elena, Marcos y María, Juan y Patricia ¿Qué habría
sido de ellos? seguramente ahora solo serían historias tristes, recuerdos pintados en el
baño de un bar. Cuando regresé Viti estaba con un tío de treinta años. Me acerqué a ellos.
No le conocía de nada ¿Quién era ese tipo? parecía un pobre loco enfarlopado, otro zombie
de la ciudad. Sus pupilas estaban dilatadas y sus pómulos se marcaban en su cara
demacrada.
-¿Qué pasa? -pregunté.
-¿Podéis hacer una llamada? -dijo el enfarlopado.
Hicimos la llamada. Nos daba tono, pero nadie contestaba. Después saltó el buzón de voz.
Aun así, aquel tipo seguía sin irse. Nos miraba con los ojos muy abiertos, de tal forma que
parecía que se le iban a salir de las cuencas. Siguió insistiendo. Llamamos una segunda
vez, y una tercera. Continuaban sin respondernos. Daba igual, no se iba.
-Venga llamad otra vez -dijo.
-Ya he llamado tres veces -respondió Victor.
-Llama una vez más
-Que no, tío -dije yo.
-Os doy mil euros
Viti y yo nos reímos.
-Tu no nos vas a dar mil euros -dije.
El farlopero se acercó hacia a mi y cogió su botellín, preparándolo para pegarme con él.
-¿Pero qué haces? -dije.
-A mi no me llames mentiroso.
No tuve ningún tipo de miedo, iba de farol. Cogí mi vaso, fingiendo beber, por si tenía que
golpearle. Al final se alejó.
-Que yo estoy muy loco -dijo.
Después de decir eso, se marchó. El bar cerró y nos fuimos a un parque al lado de mi casa.
Compramos cuatro latas rojas de medio litro y nos quedamos en un banco. Sabía que, en
media o una hora, Viti se iría y todo volvería al mismo aburrimiento. Después de un rato nos
terminamos las birras. Estaba borracho, pero necesitaba más. No sé por qué, pero si bebía
una cerveza, ya no había marcha atrás. No tenía control, era beber o no beber. Al final le
convencí de comprar una lata más, la última cerveza. Volviendo del chino nos quedamos en
una callejuela poco transitada. Abrí la lata y bebí. Estaba bastante borracho. Me apetecía
una noche mágica, pillar éxtasis o algo similar. Llevaba un año sin drogarme. Empecé a
rayar la cabeza a mi amigo.
-Tío, pillemos algo de eme en el Dos de Mayo -dije gritando.
Siempre que estoy borracho, no controló el tono de la voz.
-Que pereza.
-O no sé, unas setas ¿Si tuvieses unas setas ahora no te las tomarías?, yo me las comería
de una. -dije.
-Sí, pero no tengo setas -respondió Viti.
Todo parecía perdido. Sería otra noche de alcohol y perder en el casino. La vida es una
mierda, pero al menos estaba borracho. Me saqué un porro de la chaqueta, que ya tenía
liado, y me lo encendí. Estábamos en medio de malasaña, en una de esas callejuelas
oscuras donde en cualquier momento puede pasar un coche de maderos y joderte vivo.
Multas, putas multas. Me puse paranoico, mirando constantemente a ambos lados de la
calle, mientras el porro se consumía lentamente. Es gracioso, cuando quieres fumarte
rápido un porro, te dura una eternidad, pero cuando estás en tu casa y quieres que te dure,
porque es el último canuto que te queda; parece que se termina en diez caladas. A unos
diez metros había un grupo de chavales. Estaban fumando cigarros y bebiendo copas. Uno
de ellos nos miraba incesantemente ¿Que querría? comenzó a andar acercándose hacia
nosotros. Terminó por llegar y nos habló.
-Oye chavales, perdón por molestaros, pero es que os he oído hablar de setas… yo vendo
setas... si queréis subo a mi casa y os bajo dos raciones.
-Joder, estaría de puta madre -dije yo.
Era la señal. Los astros se habían alineado; el universo había hablado. Me encanta esos
momentos en el que las cosas surgen sin que las planees. Yo estaba decidido, aunque Viti
se lo pensó un poco más.
-¿Pero cuanto por la ración? -preguntó Viti.
-Dos gramos
-¿Son mexicanas? -pregunté.
-Tengo mexicanas y ecuatorianas, valen lo mismo.
Al final compramos mexicanas, pero solo dos gramos, uno para cada uno. Era la primera
vez que tomaba psicodélicos, Viti no. Esperamos quince minutos a que nos bajase el
colocón del alcohol. Compramos una botella de agua y bebimos. Tenía la certeza de que
sería una experiencia única, algo extraordinario. La rutina parecía lejana en ese momento.
La noche, de nuevo, era una un viaje impredecible. Subimos a mi casa y pesamos la ración,
había 1,90 g.
-Los camellos siempre ponen de menos… -dije.
Separamos 0.95 para cada uno y volvimos a la calle. De vuelta al asfalto, lo comimos, sin
dudar en ningún instante. Masticamos aquellos hongos una y otra vez. Tenían un sabor
raro, como a champiñón crudo. No estaba mal, había comido cosas peores. A Viti, en
cambio, no le gustó el sabor y me dió un trozo más, un 0,1. Mastique incesantemente, di un
sorbo de agua y tragué. Ya no había otra opción. El viaje acababa de comenzar. Nuestro
destino era el templo de Debod, la tierra prometida. Nos hicimos un porro para el camino y
nos fuimos, andando, saliendo de Malasaña. Al cabo de quince minutos me empecé a sentir
diferente. No estaba colocado, estaba distinto. Viti andaba tranquilo, normal. Parecía que el
único afectado era yo.
-¿Te sientes diferente? -pregunté.
-No… -respondí.
Seguí caminando, intentando fingir normalidad, y de repente, comencé a reirme sin control.
-¿De que te ries? -Preguntó Viti.
-No sé...
Me quedé en silencio varios segundos y volví a reirme. Mi risa era histérica y lunática.
Parecía un esquizofrénico o alguna especie de loco. Bajamos la calle Amaniel hacia Plaza
de España. Poco a poco, fui perdiendo la risa, hasta quedarme en silencio. Me sentía muy
raro, como una especie de malestar difícil de describir. Tenía hormigueos en las manos,
pinchazos en la cabeza o la nuca, dolor de tripa, mareos, calor… estaba confuso. Entonces,
por fin, llegamos a Plaza de España. El dolor, los pinchazos el calor, los mareos… todo
desapareció. Todo era mejor que nunca. El mundo era distinto. Por fin podía huir lejos de
mis depresiones. Jamás me había dado cuenta de la belleza que nos rodea a diario. Las
luces eran más brillantes, los colores más intensos, el viento acariciaba mi cara, las estrellas
parpadeaban desde el cielo... el mundo era una obra de arte. Rojo, verde, azul, amarillo.
Los colores se veían más vívidos de lo normal. La droga me estaba afectando.
-¡Miguel! ¡Ehh! -gritó Viti.
El semáforo estaba en verde desde hace 15 segundos y no me había dado cuenta. Crucé al
otro lado de la calzada. Me costaba caminar; estaba más torpe. De todas formas, daba
igual, teníamos que llegar al Templo de Debod. Cada vez estábamos más cerca.
Pasábamos delante de hileras de árboles. Andaba. Un paso, otro, otro paso más, árbol. Un
paso, otro, otro paso más, árbol. Entoncés me paré y miré el árbol ¿Qué le estábamos
haciendo al mundo? un árbol rodeado de triste cemento. Y entonces abracé aquel árbol.
Ahora lo escribo borracho y pienso: vaya estupidez. Pero en ese momento tenía sentido. Lo
hice. Abracé ese árbol y me sentí genial. Pensé, todo es uno. No hay un tú, un yo, un él…
un alma individual, una unidad, un ser… todo es la misma energía… todo es uno. A partir
de ahí, el verdadero viaje comenzó. Todo es uno, todo es uno, todo es uno.
- ¿Sabes que he pensado? todo es uno
- Claro…
Viti no iba drogado. Pensaría que solo estaba colocado, que no era importante. Seguimos
andando por aquellas extrañas calles. Eran las mismas calles que había pateado mil veces,
pero ahora se veían distintas, todo parecía nuevo. La percepción del tiempo dejaba de
existir; cinco horas podían convertirse en unos minutos y unos minutos en una vida entera.
Solo era el principio. Llegamos al cruce que separa Plaza de España del Templo de Debod,
que está dividido por dos largas calzadas, y cruzamos; solo quedaba el último trayecto para
acabar en el templo. La zona parecía oscura y siniestra. Me sentí triste al adentrarme por
allí. Sabía que algo malo pasaría si tomábamos aquel camino.
-No quiero ir por allí -dije.
-¿Por qué? -preguntó Viti.
-Porque no quiero, me da mal rollo.
Estaba en plena ensetada. Cruzamos, de nuevo, al otro lado.
-Tú, tío, espera… que me estoy meando -dijo Viti.
Se alejó, buscando un arbusto o algo donde mear y me quedé solo. El tiempo pasaba y me
entró miedo. Estaba solo, otra vez.
-Date prisa en mear, no me dejes aquí solo.
No respondió.
-Aunque estar solo no es malo. Me gusta estar solo. Es más, me gusta como soy… joder,
me encanta quien soy. Estoy hasta la polla... tanto odiarme a mí mismo, me gusta mi mente,
me encanta quien soy.
Di un par de patadas a una valla. El ruido rebotaba, expandiéndose por el aire.
-Me gusta quien soy... ¡joder!... estoy harto de odiarme… odiarme a mí mismo.
-¡Ehh tío! cálmate, no armes jaleo -dijo Viti.
Terminó de mear y subimos la calle, por la parte más iluminada, hacía Debod. Era un nuevo
viaje, un nuevo mundo. Subiendo esa larga calle, cogí a Viti por el hombro, mientras
caminábamos y le dije:
-Tío, tu eres mi hermano, mi hermano de otra madre... eres mi mejor amigo, esta noche
será única… un verdadero viaje...
La psilocibina me subía más y más. En cambio, a Viti seguía sin colocarle. Experimentaba,
también, un colocón físico, orgásmico, una sedación y relajación corporal acojonantes,
parecida al xanax o el eme. Conseguí llegar a Debod, por fín, y me senté en un banco. Las
luces producían estelas alargadas que rozaban el infinito. Todo parecía un sueño, igual lo
fue. Comencé a reflexionar.
-¿Sabes cuál es mi mayor problema?
-¿Cuál? -me preguntó Viti.
-Que me odio a mi mismo, sí, me odio a mi mismo... porque tengo potencial, veo que puedo
lograr cosas, están ahí, tan cerca, pero cuando intento tocarlas, se esfuman como el
humo… como un espejismo.
Di un par de pasos en silencio y seguí hablando.
-Si fuese un tonto, si fuese un mediocre, pues me daría igual… pero soy alguien con
potencial, con mucho que ofrecer… y a la vez me jodo a mí mismo, me pongo la zancadilla
continuamente…
Los hongos hacían que las barreras impuestas cayesen.
-Y no sé, mi vida siempre fue una mierda, porque todos los niños tenían infancias normales,
corrientes, y yo veía a mi padre… bipolar, depresivo… gritos, peleas…mientras los demás
niños jugaban felices... Y no sé, mi madre, ¡joder! es una puta pesada…es una pesada de
mierda, pero tiene razón. Soy un vago, un borracho, un drogadicto...soy inteligente pero lo
dejo todo para luego. Mi vida es un desorden, un caos. Estoy perdido. Soy un fracasado.
Me canse de hablar y me callé. Tenía un colocón corporal difícil de explicar. Era como
cuando te corres, todo el rato, perpetuándose. Las luces de las farolas cambiaban de
intensidad, variando de potencia, como esos interruptores que regulan la luz,
encendiéndose y apagándose lentamente. Todo era igual, pero se apreciaba distinto.
Paradójicamente, me sentía más normal que nunca. Como si regresase a un lugar, un sitio
en el que ya había estado, el alma universal. Volvía a casa, por fin, después de tanto
buscar. Después de tantas epopeyas de autodestrucción y drogas, encontraba la meta final,
esa esencia. Eso que se nota, pero que no sabes explicar. Por fín, entendía. Nos creemos
tanto y somos tan poco. Un segundo en un billón de años. Un mosquito en un universo. El
colocón de las setas va por subidas y bajadas. Dejé de pensar. Otra dosis de sedación
corporal recorrió mi cuerpo. Las piernas y los brazos me pesaban, costaba bastante andar,
moverse o estar de pie. Me senté en un banco y empecé a reirme, soltando grandes
carcajadas sin control ninguno. El sonido era extraño, mi risa sonaba distinta. No podía
controlar lo que decía. El ego disminuía, haciendo recordar quien eras. Cuando eres niño
naces puro, pero la gente y la vida, te va moldeando, amargandote, convirtiéndote en
aquellos que odiabas. Las setas te hacían recordar quién eras, cuál era tu verdadero ser. Te
hacían volver a tu verdadero yo, a la pureza.
-Somos tan egoístas… siempre yo, yo, yo.. .escucha mis problemas, mi vida es una mierda,
he hecho esto y aquello, siempre hablando de mí… nunca escuchamos a los demás, solo
esperamos nuestro turno para hablar… queremos ser mejores que los demás, tener ropa
cara, un coche de lujo, una mujer atractiva, ser famosos, ricos, guapos, triunfadores… pero
en verdad lo queremos para ser más que los demás, para alimentar nuestro ego, nuestro
narcisismo, para mirar por encima a los demás... -Dije.
Viti bostezaba mientras yo hablaba.
-Y me da asco, porque todos formamos parte de ello… es una mierda…¿No nos damos
cuenta? siempre nos jode el ego, el querer ser superiores a los demás, el aparentar, el
malmeter, pero nadie es más que nadie. No somos nada, solo somos una cosa más de este
mundo, un grano de arena en el universo… aunque el ser humano se crea el centro de
todo.
Las horas se hicieron minutos y los minutos segundos. El tiempo pasó volando. Cuando me
di cuenta ya eran las cinco de la mañana. Viti quería irse; no estaba drogado y se aburría.
Me levanté e intenté andar, pero me temblaban las piernas. Parecía que había olvidado
andar o que tenía alguna discapacidad mental. Mi amigo se reía de mí mientras yo trataba
de parecer una persona normal. Las piernas me pesaban demasiado. Seguí dando paso
tras paso hasta que conseguí caminar con normalidad. El aire me daba en la cara y la luna
se reflejaba en mi rostro.
-Tengo frío -dijo Viti.
A Viti le subiría más tarde, al llegar a casa, pero él todavía no lo sabía. Yo iba dando la nota,
gritando demasiado, diciendo cosas raras. Un tipo vestido con pantalones marrones y
sudadera verde se giró a escuchar lo que decíamos. Se paró esperando a que llegásemos a
donde estaba él. Parecía un puto secreta. Me entró la paranoia y atravesé un largo cruce
para llegar al otro lado de la calle; Viti me siguió. Bajamos unos diez metros y ahí estaba de
nuevo, el mismo tío con la misma ropa ¿Era él o era otro tío con la ropa parecida? ¿O era
solo una paranoia producida por la psilocibina? ¿Si era él cómo había llegado ahí? se metió
por otra calle y desapareció.
-¿Has visto lo mismo que yo? -pregunté.
-Sí…
Nos quedamos callados un rato.
-¿Era él seguro? -preguntó Viti.
-No lo sé.
Bajamos la calle y llegamos a Plaza de España. Nuestros caminos se dividían. Viti me
estrechó la mano y se fue en dirección contraria a la mía. Me quedé solo. Era una extraño
sentimiento, como una locura pasajera. Mi visión periférica se incrementó
considerablemente. Era algo parecido a un ojo de pez o gran angular. Los detalles se
apreciaban más nítidos que nunca. Mi calle estaba a cinco minutos. Caminé torpemente,
volviendo a casa. Mis oídos se agudizaron cada vez más. Escuchaba cualquier leve ruido,
por pequeño que fuese; pasos de personas que estaban a cien metros, mis latidos,etc.
Aunque lo mejor seguía siendo las luces; cambiaban de intensidad o de tonalidad; el color
era el mismo, sin embargo, cambiaba la temperatura. Andaba haciendo eses, confuso y
sobreestimulado. Una gota cayó sobre un charco y el sonido se repitió rebotando como un
eco, igual que mis pensamientos.
-¿Quien eres? eres, eres, eres… Estás loco, loco, loco…. -Mis pensamientos se repetían
incesantemente, retumbando dentro de mi cabeza, a toda velocidad. Miré un espejo de un
portal, observé mi cara por un segundo y seguí andando. La imagen se repetía
continuamente en mi cerebro. Mis pupilas, eran enormes, y mi expresión facial era distinta.
Parecía otra persona, que no era yo. Mi mente comenzó a hablarme:
-Te vas a quedar loco, loco como tu padre.
¿Y qué era estar loco?, contesté, ¿Esto era estar loco o la verdadera locura era la del día a
día? millones de personas malgastando sus vidas haciendo cosas que odian por un puñado
de papeles, malgastando la aventura de vivir. Toda su vida en la misma ciudad, los mismos
amigos, la misma novia, los mismos bares, la misma depresión, las mismas ganas de morir,
la misma autodestrucción ¿Y esto era locura? ¿matarme bebiendo no era estar loco?
¿Quién es el cuerdo en un mundo de locos?
Ya estaba cerca. Las calles eran oscuras, llenas de grafitis y rencor. Se notaba la energía
negativa en el ambiente. Un conducto de ventilación, de un edificio, me sopló aire
inesperadamente. Me escabullí de él asustado. La ciudad era extraña y terrorífica, llena de
tristeza y dolor. Vivíamos en un hábitat antinatural, un ecosistema artificial. El ser humano
cada vez era más parecido a un robot y menos a una persona. Estábamos siendo
deshumanizados, viviendo en bosques de hormigón, en una jungla de coches. Hemos
olvidado las raíces, el contacto con la naturaleza, con el universo. Tenemos que volver a la
tierra. La única revolución que triunfará será la revolución espiritual. Tenemos que
despertar, tener pensamiento propio, ser dueños de nuestro destino. Si uno por uno
despertase, y tomase las riendas de su existencia, venceríamos. Ellos controlan toda
nuestra vida, desde la ropa que te pones hasta el veneno que comes y los productos que
echan a tu agua. Implantan deseos en tí que no necesitas, hacen que te vuelvas egoísta,
narcisista y avaricioso. Te dan a elegir entre votar a un partido de mierda o votar a otro
partido de mierda mientras el paripé amansa a los idiotas y gane quien gane todo sigue
igual o peor. El problema no es el capitalismo, es el hombre. Muchas ideas nobles acabaron
en genocidios.
Llegué a mi portal, subí el ascensor y miré mi reflejo en el espejo. Mis pupilas ocupaban
todo el iris de mis ojos. Subí al segundo, cogí las llaves dentro de mi pantalón y entré.
Fui a la habitación, encendí el ordenador y puse música. Me tumbe en la cama. Me sentía
realmente cansado, pero a la vez agusto. Me encendí el buenas noches. La música sonaba
genial mientras la luz cambiaba de temperatura. Era la última subida. Me termine el porro y
lentamente fui volviendo a la normalidad hasta que me quedé dormido.
Reflexiones
Solo quiero escribir, sin rumbo fijo, sin saber a donde irán estas líneas. Miro el hielo
desecho al fondo del vaso ¿Donde están esos artistas? hoy en día solo quieren ser
famosos. El ser humano destruye al héroe; nadie consigue cambiar nada. Tantos y tantos
mártires que murieron por cambiar algo. Por más que escriba solo son líneas y renglones
que no van a ninguna parte. El problema del mundo somos nosotros, tú y yo. Veo a diario
supuestos salvadores, animalistas, veganos, comunistas… Solo son narcisistas. El coltán
de sus móviles mata a más personas que las que intentan salvar. Hipocresía, solo veo
hipocresía. Allá donde vayas les verás, falsos, judas, vendehumos. Feministas radicales de
doble rasero, comunistas que critican dictaduras, salvo las de izquierdas; revolucionarios de
twitter... Divago entre las subidas y bajadas de las drogas. Vuelvo a mi yo. Estoy solo en mi
habitación. Juan y Miki no suelen quedar, ya ni les pregunto. Los amigos solo son gente
para pasar el rato. Me gusta estar solo, beber solo, drogarme solo. Escribo a oscuras. No lo
hago por los demás, no escribo para aumentar mi ego, tecleo para no morir, para liberar
cada jodido trauma. Cada página hace que me conozca más a mi mísmo. Sin darme cuenta
analizo a las personas, la vida, los defectos, la belleza. Los defectos suele ser lo que más
caracteriza a alguien. Un culo amorfo, una calvicie incipiente, unos dientes feos, un lunar en
la cara. Al principio los odias, pero al final forman parte de ti; son tú. La gente malgasta
tanto tiempo en esconder quién es. Cuando lo hacen todos señalamos con el dedo y nos
reímos, aunque por dentro envidiamos su valentía. Porque no queremos sentirnos débiles.
Somos cobardes. Casi nadie tiene verdaderas pelotas cuando están solos, muchos nunca lo
están, no se conocen. La soledad es como todo, tiene cosas buenas y malas. Las buenas
son que hablas contigo mismo, en tu interior, y aprendes quién eres. Me encanta estar solo,
pero no durante demasiado tiempo. La rutina y el aburrimiento acaban volviendo loco a
cualquier persona, y la soledad, al final; termina convirtiéndose en hastío. Con el tiempo,
volvía a salir de fiesta, hacía nuevos amigos, bebía, me drogaba, pero me acababa
aburriendo. La diversión es tan efímera y el aburrimiento tan largo. Me siento como un niño
en un parque de atracciones que no tiene la altura necesaria para montar en ningún puesto.
El mundo es maravilloso si tienes dinero, si eres pobre eres la última mierda. Da igual. Me
puse la ropa y salí a la calle. Cuando te das cuenta de las cosas, de la verdadera realidad
de cómo funciona el mundo, de la manipulación, del sistema, de la élite, de tu alma, del
universo, ahí es cuando más solo te sientes. Pocos llegan a entender cómo funciona el
mundo y aún menos comprenden de qué trata la vida. El mundo se mueve por dinero,
poder, drogas y control de la población; ascender, pisotear a los demás, arrinconar a tu
adversario y si no se rinde matarlo; detener el avance de energías alternativas (energía
toroidal), promover guerras, hacer atentados de falsa bandera, como el 11s; robar petróleo,
ilegalizar la droga para meterte en la cárcel, pero dejar que entre para que todo empeore;
permitir que las mafias controlen países sudamericanos y cuando el capo tiene demasiado
poder matarlo o extraditarlo; matar a disidentes, artistas, activistas. La lucha nunca parará.
Las sirenas suenan en las calles, las drogas se venden y el presidente se lleva su 15% por
ciento. El mundo sigue girando mientras tu culo es pateado por algún cerdo vestido de azul.
Y tú sigue pensando en ti, en ganar dinero, meterte droga, la vida padre. Despierta. Desde
niños nos querían instaurar una verdad oficial, una historia del vencedor, falsas excusas
para entrar en guerras y ganar miles de millones de dólares. Desde la revolución francesa
hasta la guerra de Siria, crean los precedentes o influyen a que las cosas surjan y miran
para otro lado. Todo se basa en dinero y control de la población. De eso trata el mundo. En
cambio, el universo es diferente; es darte cuenta de que todo es uno, que nadie es más que
nadie y que aunque seas un genio solo sabrás una puta mierda en cuanto a la verdad
absoluta; es percatarte de que hay una energía única que hace que todo viva. Todo es uno.
Mata tu ego. Alomejor repetimos vidas, alomejor reencarnamos en otra persona, igual todo
es un sueño y morir es despertar. No lo sé. Sólo sé que hoy doy gracias de estar vivo.
Mujeres
Desde que tengo memoria me apasionan las mujeres, su belleza, sus sonrisas, esas
miradas... Sabía lo que era el sexo sin que nadie me lo explicase; no recuerdo cuando lo
aprendí. Las niñas eran distintas y especiales. Llevaban coloridos vestidos y cabellos
largos. Los chicos jugábamos en el recreo, intentando llamar su atención, pero pocas veces
lo lográbamos. A mí me gustaba una chica que se llamaba Elena. Elena no era guapa, sin
embargo, tenía algo especial. Ella y casi todas. Tenían algo que me atraía. Deseaba saber
qué había debajo de aquellas faldas que giraban y giraban mientras bailaban, aquellas
niñas sonrientes de pendientes redondos. Sus pelos ondeaban al viento haciendo que su
perfume llegase a mi nariz. Me encantaba esa sensación. Lo único malo de Elena es que
era la hermana de Hugo, que era el niño más conflictivo de segundo, y podía meterme en
problemas. Recuerdo que se sentaba al lado mío. A veces, mientras se reía, se recogía el
cabello detrás de las orejas y me miraba de perfil. En esos momentos notaba algo en el
pantalón, en la entrepierna, cobrando vida. Un día entre sonrisas esquivas, me miró
fijamente y dijo:
-¿Quieres ver mi coño?
No podía creer lo que acababa de decir. Asentí incrédulo.
-Sí -susurré.
Entonces lentamente se abrió la falda. Tenía unas bragas blancas de algodón. Separó la
braga y mostró su vágina. Era algo hermoso, excitante y prohibido. Estaba tan cachondo
que tenía un calor inhumano.
-Ahora tú -dijo.
Bajé la bragueta del pantalón y saqué mi pene. Estaba erecto y ella lo observó con deseo.
Después de un rato me lo guardé.
-¿Puedes enseñármelo de nuevo? -pregunté yo.
Accedió y volvió a mostrar su coño. Era algo hipnotizante. Lentamente acerqué la mano a
sus labios inferiores, pero cuando estaba a punto de tocarlo, la apartó bruscamente. Me
miró, se rió y se puso la falda. Las mujeres tenían un extraño poder. Sentía la polla a punto
de estallar. Ella me miraba y yo observaba su boca, sus labios, sus ojos… Me lancé a
besarla, pero el profesor me interrumpió.
-¡Miguel! ¡Castigado en la esquina! -gritó.
Me levanté y me fui a la esquina con el pene duro y una gran tienda de campaña en los
pantalones. Al día siguiente los niños hablaban de mí y Elena. Éramos el chisme de todo el
colegio. La campana del recreo sonó y todos bajamos desordenadamente las escaleras.
Cuando llegué al patio la gente me observaba. El rumor había corrido por todos los cursos.
Ví a Hugo al fondo de aquél lugar. Me miró y se acercó hacia mí. En esos momentos las
cosas ocurren de forma más lenta; seguramente segreguemos dmt en situaciones límite.
Hugo daba largos pasos, cada vez estaba más cerca. Podía notar el odio en su mirada. Al
final llegó.
-Hijo de puta ¿Te quieres follar a mi hermana o qué? -preguntó.
-Yo no hice nada… fue ella.
La gente comenzó a rodearnos. Querían espectáculo, algo de violencia.-¿La estas llamando
guarra?
-Bueno… un poco sí, pero eso es bueno.
Después de decir eso, se enfadó y me empujó. Se aproximó a mí dando puñetazos a lo
loco, sin precisión ninguna. Esquive un par, esperé el momento y le metí un gancho. Por un
momento se paró y dudó. Me volvió a empujar y nos separaron. Hugo no quiso seguir; olí el
miedo. Elena no volvió a hablarme. Le pedí que mostrase su coño, pero nunca volvió a
querer. Así era la vida, tarde o temprano lo sabría; los colegas se van, los coños también,
piensas que estás solo y no queda nada más, pero haces nuevos “amigos” y conoces
nuevas mujeres. Todo es un ciclo, todo acaba y todo regresa de una nueva forma.
Mis padres me cambiaron de colegio. Mi padre pensaba que mi hermana, que tenía seis
años más que yo, se juntaba con porretas. Y así, de un día para otro lo decidió. No había
marcha atrás. Cuando mi padre se proponía algo, se hacía; le daba igual la opinión de los
demás. Nos matriculó en un colegio de monjas, una secta cristiana. Solo acabó
fortaleciendo más, algo de por sí innato en mi forma de ser, esas ansías de libertad e
individualidad extremas. Teníamos que vestir de uniforme. Llevaba un jersey azul marino,
unos pantalones grises y unos zapatos negros y pesados. Parecíamos soldados de una
guerra a favor del aburrimiento. Todo era estructurado y oscuro. Las cosas que me
explicaban eran sencillas y repetitivas, me aburría. Necesitaba experimentar, crear, que me
enseñasen a pensar, no a memorizar. Todo era una mierda, los niños no me querían ahí, no
encajaba. Normalmente me quedaba solo o con Guille, también conocido por Boke. Tenía
una cabeza apepinada y unos ojos feos y ahuevados, como de un pez. Boke corría como un
estúpido; movía más los brazos que las piernas. Era gilipollas. Yo intentaba hablar más con
las niñas. Quería encontrar a la próxima Elena, alguna chica que me enseñase su misterio.
A los demás niños les caía mal; suele haber más maldad en edades ignorantes. Viti
encabezaba el grupo. Era un niño bajito y débil, pero con gran poder de convicción. Por
alguna razón, me cogió manía y manipuló a otros para que se burlasen de mí. Me llamaban
Rufus, como la rata de Kim Posible, ya que tenía unos grandes dientes paletos. Yo
intentaba pegarles y ellos salían corriendo. Corría y corría detrás de ellos, pero al estar
gordo, no conseguía atraparles. Huían riéndose de mí, sin que yo pudiese hacer algo. Al
final me rendía y dejaba de correr. Solo quedaba resignarse. Después de unos meses
terminé por sentarme solo en un banco. Los niños jugaban alegres y felices mientras yo les
miraba triste y callado. Debía de ser distinto al resto, un tipo raro. Un día cualquiera, Viti y
sus amigos se acercaron a mí. Estaba rodeado de pequeños matones. Estaba Meirás,
Hector, Viti y algún idiota de otro curso. Yo les miraba mientras me preguntaba dónde
habrían aprendido a ser así. La maldad debe de ser innata en el ser humano.
-¿Por qué no vienes con nosotros, eres marica o qué? -preguntó Viti.
-No.
-¿Entonces por qué vas con las niñas, como Joaquín?
Joaquín era un niño alto y amanerado. Sus gestos y posturas delataban su condición
sexual. Todos se rieron menos yo.
-Son bonitas -respondí.
Les hice gracia. Por primera vez se reían conmigo y no de mí. Lo curioso del bullying es que
es como un chiste, cuando se repite muchas veces durante demasiado tiempo, acaba por
perder la gracia. Se cansaron de mí y la tomaron con otro. Los años pasaban y me
acostumbré a la soledad, hasta que llegó sexto. Tenía once años y a las chicas de clase ya
les empezaban a crecer las tetas, los chicos ya se hacían pajas y los sobacos comenzaban
a apestar. Era una edad de cambio. Había muchas chicas, pero la mejor era Andrea. Era
una chica rubia de ojos azules con una bonita sonrisa. Tenía unos pechos bastante grandes
para su edad. Todos estábamos enamorados de ella. Hablábamos con ella sin saber muy
bien que hacer para conseguir besarla. Solo éramos niños jugando a ser adultos. Aún
recuerdo que tenía un lunar cerca del labio que le daba un toque diferente al resto. Me
obsesioné. Me pasaba horas observándola, admirando su belleza; aunque cuando se daba
cuenta de que la estaba mirando, apartaba la mirada fingiendo desinterés. Tenía miedo a no
gustarle. Era el chico gordo, el que ninguna chica quería. Viti tonteaba con ella en los
pasillos. Se abrazaban, se reían, le apartaba el pelo de la cara… me ponía celoso. Veía
esas caricias, esos momentos. Yo solo conseguía entablar tres frases con ella. Siempre
ganaba otro. Viti empezó a salir con Andrea. Iban cogidos de la mano por el recreo, se
sentaban en un banco y se besaban. Siempre era otro el que era feliz, no yo. Pero yo no era
el único que estaba enamorado de Andrea, el Cheto también lo estaba. Andrea se cansó de
Viti a los cuatro días y Cheto consiguió su oportunidad. Parecía que cualquier tonto podía
conseguirlo menos yo. El tiempo pasó, sexto acabó y Andrea y Cheto cortaron. Las cosas
cambiaban, parecía que la vida avanzaba sin esperar a nadie. Al final jamás ocurrió nada
entre nosotros. Me olvide de ella. Es curioso como algo parece lo más importante de tu vida
y al año siguiente no significa nada para ti.
Pasé a primero de la eso. Las chicas cada vez eran más excitantes y sexuales. Se olían las
hormonas en el ambiente. Ellas lo notaban y se remangaban las faldas, haciendo ver más
trozo de pierna. Los niños éramos más violentos que nunca, parecíamos monos marcando
su territorio, luchando por demostrar quién es el alfa, el líder. Viti había dejado de ser el
cabecilla del grupo y Héctor empezó a meterse con él. El universo devuelve todo lo que das.
En aquella época no tenía autoestima ni sabía quien era. Todo el mundo se reía de mí. En
realidad, todos se reían de todo el mundo, solo que todavía no lo sabía. Me limitaba a ir con
el grupo de los perdedores. Estaba Xin yi, Pilar, Irene y Atienza. Atienza era un chaval alto,
larguirucho, con grandes mofletes y bastante feo. Coincidió con nosotros porque repitió
sexto de primaria. Todavía sigo preguntándome cómo cojones pudo repetir sexto ¿No sabía
dividir veinte entre cuatro o qué? sigo sin entenderlo. Pilar, sin embargo, era una chica alta,
tímida y muy inteligente. Su pelo era negro y su cara era redonda con profundas ojeras. Era
introvertida y depresiva. Solía discutir con su padre por teléfono. Después se marchaba
nerviosa, sin dar explicaciones. Nunca nos contaba lo que le pasaba. Irene era una chica
bajita y gordita. Tenía buen sentido del humor. Solía llevar dos trenzas negras, una a cada
lado. Y después estaba Xin Yi. Qué más puedo decir de él... en aquella época era mi mejor
amigo. A Irene y Pilar le gustaba el anime y los videojuegos. Nos reuiníamos todos en su
casa, intentando aislarnos de la mierda que surgía alrededor. Jugábamos a videojuegos y
tonteabamos, creando amistades inocentes. En clase todos atendían menos yo. No podía
quitar los ojos de encima de Patricia. Era una chica con buen cuerpo, pero fea, aunque su
cara no me importaba. Me gustaba porque trataba a todos por igual, sin hacer distinciones.
Era un alma bella. Tenía el pelo rojizo y rizado, la piel pálida y suave, y unas bonitas piernas
que acababan en un culo respingón. Me gustaba, aunque no sabía qué hacer para
conseguirla, a ella ni a ninguna. Aún hoy no lo sé. Supongo que el truco es improvisar. A
medida que el curso avanzaba, Atienza empezó a tontear con ella. Se abrazaban y se reían.
Yo permanecía callado; nunca supe expresar mis sentimientos. Me ponía celoso verlos.
Después, en el recreo, jugando al fútbol, conseguía mi venganza. Golpeaba sus costillas
con rodillazos o le tiraba al suelo de un empujón. El caía resentido, preguntando el por qué,
con el abdomen dolorido y la cara hinchada. Atienza terminó saliendo con Patricia. Yo me
mantuve al margen. Recuerdo aquellos días lluviosos en los que sabía que no iba a ser
feliz. Resulta duro recordarlo. Uno se hace a la idea de que la tristeza es solo un bache, una
mala racha, pero en verdad siempre acaba perdurando, al menos en mi caso. Luchas y
luchas y luchas, y todo sigue siempre igual ¿Cuánto más nadaré a contracorriente hasta
darme por vencido y perderme en la profundidad? ¿Cuánto más? Mis amigos se enteraron y
a su vez el resto de la clase. Los murmullos resultaban molestos. Me sentía observado y
señalado. Atienza se plantó en el recreo y me gritó.
-¿Quieres a mi novia o qué?
La gente le sujetó. El se creció al ver que la gente estaba en medio.
-¡Te voy a partir la cara! -gritó
Me acerqué lentamente a él y mirándole a los ojos le dije:
-Hazlo.
Al final no hizo nada. Me marché de ahí lentamente mientras la gente me observaba. Pasó
el tiempo y Patricia y Atienza rompieron. El tiempo soluciona todo; por fín tuve mi
oportunidad. En ese momento solíamos hablar por messenger y compartir secretos. Un día
nos quedamos solos en un pasillo. Ella me cogió de la mano y nos metimos en un baño.
Empezamos a besarnos. Era mi primer beso. Tenía doce años. Nos besábamos sin saber
muy bien como se hacía. Nuestras lenguas chocaban y se entrelazaban mientras mi mano
subía lentamente desde su pierna hasta su culo. Era algo increíble ¿Por qué no había
hecho esto antes? Empezamos a salir. Era algo asombroso, tenía novia. Yo tenía novia.
Quedábamos en el pasillo para hablar antes de entrar. Hablábamos, nos abrazábamos y
cruzábamos miradas. Después entrábamos a clase y nos sentábamos al fondo del aula.
Aún recuerdo ese perfume a rosas. Le tocaba la pierna y lentamente subía hasta alcanzar
sus bragas. Ella paraba mi mano y se reía. Era excitante. Los viernes, después de la última
clase, íbamos a los baños de primero de la E.S.O. y nos besábamos durante media hora.
Era feliz, jodidamente feliz. Pero el tiempo fue pasando y lo que al principio era nuevo y
asombroso se acabó convirtiendo en algo aburrido y repetitivo. En seguida aprendí una
lección: muchas veces sobrevaloramos lo que no tenemos. Después de un mes empecé a
fijarme en otras chicas. Veía a Marta desfilar por los pasillos de primero y me olvidaba de
cualquier otra. Era una chica guapa con grandes labios y bonitos ojos. Tenía unas bonitas
piernas, un buen culo, y un gran pecho. Me encapriché de ella. El curso llegaba a su fin y
estaba cansado de Patricia. Normal, solo era un niño que se había cansado de su juguete.
Uno en esos años no es consciente del dolor que causa a los demás, simplemente fui
egoísta. Un día lo decidí y la dejé. Acabé saliendo con Marta, pero ella me dejó por otro.
Uno siempre recibe lo que da. De un curso para otro me hice amigo de Héctor y dejaron de
reirse de mí. Uno piensa que odia a sus enemigos, cuando, en realidad, muchos solo
quieren su aprobación.
En tercero estábamos jodidamente locos. Un cóctel de hormonas y testosterona
imprevisible. Los tíos se metían en peleas o discusiones y las chicas habían dejado de ser
bonitas niñas inocentes y se habían convertido en adolescentes sexuales. Recuerdo que
nos preguntaban cuánto nos medía la polla y cosas similares, respuestas a las que todos
tendíamos a exagerar. Los chicos de mi clase eran Alejandro, Javier, Cheto y Meirás. Los
dos primeros eran los supuestos tíos populares del instituto. Alejandro era un chico con el
pelo moreno y ondulado. Tenía una físico formidable para su edad. Era zaguero derecho del
Canoe (un equipo de rugby). Recuerdo que un día jugamos un partido y nadie podía
pararle. Amagaba hacia un lado, después a otro, y se escapaba de tí rompiendote la
cadera. Un buen hijo de puta. Javier era el guaperas. Un rubio que se ligaba a todas las tías
buenas del instituto. Era un chico delgado con buen rostro, pero bajito y pequeño. Cuando
íbamos al vestuario, después de la clase de educación física, los chavales se comparaban
las pollas, intentando demostrar quien la tenía más grande. A mí siempre me pareció algo
raro y bastante homosexual, así que nunca participé. El ambiente en esas clases era
crispante. Se palpaba la energía violenta en el aire. Cada uno de los chicos tenía su mote. A
veces nos burlabamos unos de otros, discutíamos o nos metíamos en alguna pelea.
Alejandro era Moneti, porque tenía cara de chimpance; Javier era “el fideo” o “el gatillazo”
(le dio un gatillazo con una chica); Antonio era Cheto, por su diente amarillo, o Harry Potter,
por sus gafas y su pelo casco; Meirás era el nazi o Klaus, porque era rubio y tenía cara de
alemán; y yo era el Rufus, por mis dientes paletos. Nos pegábamos en medio de clase,
tirando mesas alrededor o rompiendo cosas; todo nos importaba una mierda. Los
profesores no sabían qué hacer con nosotros. En el fondo nos caíamos bien, pero nuestro
ego nos impedía verlo. Cuando eres un niñato quieres ser el mejor, el más chulo, el que
más liga, el que mira por encima a los demás… pero con el tiempo la vida te va dando
ostias hasta que aprendes lo que es la humildad. Aprendes que casi todos estamos igual de
jodidos y sin rumbo que tú. Aprendes que todos somos unos perdedores fingiendo una vida
de triunfos, un escaparate, un perfil de instagram... La gente más fuerte es la que tiene el
valor a sufrir sin fingir, sin temor a que les vean los demás. Hasta entonces solo eres un
niñato que malgasta tiempo.
Había una chica que me volvía loco, Inés. Era una chica bajita, morena, con el pelo largo y
liso, y una bonita sonrisa. Siempre estuve enamorado de ella y probablemente si la vuelvo a
ver, lo estaré de nuevo. Era una chica atractiva, pero lo que más me gustaba era ella es que
todo fluía sin necesidad de forzarlo. Era pura química. Lo malo es que siempre me vió como
un amigo. La jodida friend zone. Todavía era un estúpido imbécil que pensaba que lo que
querían las chicas era un chico gracioso, sensible, simpático, que las escuchase, las hiciera
reir… puras chorradas. No quieren a un chico blando, quieren un hombre. Alguien seguro
de sí mismo, con confianza, con pelotas, alguien que les de seguridad. En cambio si eres un
puto idiota que habla mucho y no hace nada, solo conseguirás ser un pringado. No quieren
a un pesado que vaya detrás de ellas, quieren alguien que las siga el rollo un rato y luego
pase de ellas. En realidad, es un juego. No hay nada más atractivo que ver que algo que
parecía tuyo, te lo arrebaten de repente. Tardaría mucho tiempo en darme cuenta. Puff
Inés… lo que más me excitaba de ella era ese piercing en la lengua, le daba ese toque
morboso. Al final, dos o tres años después, acabamos enrollandonos. Sin embargo, fue algo
raro, habíamos sido amigos tanto tiempo que resultaba aburrido. Uno se pasa tanto tiempo
deseando algo para luego darse cuenta que no es para ti. Inés decidió dejarlo y yo me
obsesioné un tiempo. Siempre me obsesiono con las mujeres, pocas veces las amo.
En los estudios me iba regular. Siempre fuí un alumno vago, pero notable. Aprendía rápido.
En media hora acababa de estudiar lo que otros en dos, lo que me convirtió en un
procrastinador. Todo lo dejaba para luego. A veces tenía un examen el martes y pretendía
estudiarmelo el lunes. El lunes llegaba. Volvía de clase y comía. Después me tumbaba en el
sofá y encendía la tele. Me decía a mí mismo:
-A las cinco empiezo… solo un rato de tele.
Llegaban las cinco.
-A las seis, a las seis.
Se hacían las seis.
-A las siete, a las siete seguro.
Y así hasta las doce. Entonces abría el libro, me estudiaba la mitad de lo que entraba y al
día siguiente, desayunando; la otra mitad. Aprobaba. No solo no suspendía sino que encima
sacaba notables o sobresalientes. Pero en tercero me importaba todo una mierda. Me
quedaron siete para junio porque no me apetecía hacer nada. Entonces me entró el miedo a
repetir. Era como el sonido de una bomba, acercándose la cuenta atrás. Cuando llegaba el
verano terminaba por acojonarme y estudiar la última semana. Siempre terminaba
aprobando todo ¿Para qué iba a malgastar un año si podía aprobar en una semana? pero el
problema nunca fue ese, sino que me acostumbre a no dar nunca el cien por cien ¿A dónde
habría llegado si me hubiese tomado las cosas en serio? probablemente ya sería escritor o
director de cine y no un puto drogadicto que vive en casa de sus padres. Ya da igual, a
veces hace falta sufrir para aprender ¿Acaso no dijo alguien que los últimos algún día serán
los primeros?
Llegué a cuarto de la E.S.O.. Un conjunto de factores hizo que este fuese el mejor año de
mi vida. Conocí el alcohol, el sexo y la marihuana. Los rencores del pasado quedaron atrás.
Ya no había enemigos, ni antiguas rencillas; todos fumábamos de la planta. Fue así de
sencillo. Llegó la marihuana y todos nos hicimos amigos. Las drogas tienen algo espiritual.
Si no conoces a alguien en algún lugar nuevo, invitale a un canuto. Es así de fácil. Bueno, al
menos antes era así. Antes había un mayor sentimiento de hermandad o comunidad. Sí
alguien era un fumado, había buen rollo. Ahora, todo el mundo quiere reirse de los demás,
quiere ser superior. Idiotas que se creen trap y solo son unos ninis con ropa cara pagada
por sus padres. Todavía recuerdo esos momentos con canciones de reggae y rap mientras
fumábamos hierba mediocre y nos subía como una kush. Buenos tiempos, eran buenos
tiempos. Cuando era el recreo intentábamos huir a la calle fingiendo ser de bachillerato,
pero nuestro uniforme nos delataban. La monja, que vigilaba la puerta, era una anciana
paciente y aburrida. Solía sentarse en una silla de mimbre delante de la puerta, vigilando
quién entraba y quién salía. Sus arrugas marcaban el contorno de su cara. Tenía una gafas
gruesas, como de culo de vaso. La llamábamos la Blasa. Tenía una vista periférica
mediocre o nula. A veces conseguíamos escapar y nos fumabamos un cigarro. Yo le daba
dos caladas y no quería más. El tabaco siempre me supo a ceniza, algo realmente
asqueroso. Cuando no podíamos huir de allí, vagabamos por el edificio. Teóricamente
estaba prohibido y solo podíamos estar en el patio, ya que nos podían poner un parte o
expulsar varios días, pero a nosotros nos importaba una puta mierda. Nos hacía más gracia
y todo. Nos colábamos en el salón de actos para ir a la sala del desván donde guardaban el
futbolín. Jugábamos por turnos mientras alguien vigilaba. Héctor y Viti fumaban cigarros
dentro, dejando una atmósfera de humo y efímera juventud. Todo estaba planeado.
Estábamos mejor organizados que la mafia. Teníamos un vigilante y una puerta de
emergencia para huir. La primera semana nadie se percató, pero un día Antonio me dijo:
-Oye ¿Dónde vais en los recreos? ¿Sabéis que está prohibido salir del recinto no?
Nos hicimos los locos. Aunque ese cabrón no lo dejaría ahí. Un viernes, como otro
cualquiera, fuimos a jugar al futbolín. Jugábamos Viti y yo contra Héctor y Meirás. Saqué.
Pegué un giro brusco al mango y el muñeco impactó en la bola, metiéndose a toda
velocidad en la portería rival.
-Ohhh... ¡Golazo! -grité
-Te vas a cagar -gritó Meirás.
Empezamos a descontrolar el nivel de voz. Hablábamos a gritos, discutiendo jugadas o
celebrando victorias ¿Está o no está permitido girar la barra a lo loco? yo creo que sí, es mi
única técnica. Pipo se encargaba de vigilar. Era un tipo extraño, físicamente hablando, tenía
una teta mas grande que la otra. Es decir, su pecho izquierdo apenas tenía relieve y su
pecho derecho parecía casi un seno de mujer. También poseía unos ojos feos y saltones, y
unos dedos siniestros. Tenía la virtud de dislocárselos a voluntad. Daba grima ver esos
dedos amorfos y torcidos. Aunque lo que más definía a Pipo es que era un vago y un
despistado. En vez de vigilar, miraba como jugábamos.
-Ahí, ahí… pierde, Rufus -dijo Pipo.
-Vigila, cabrón.
Entonces se giró y gritó:
-¡Antonio, Antonio!
Viti empujó la puerta de emergencias y todos salimos corriendo detrás de él. La alarma
sonaba en todo el instituto. Riiing, riiiing, riiiing… llegamos a nuestras aulas y fingimos
normalidad. Nos había salido perfecto. Nadie podía culparnos de nada; no tenían pruebas.
Antonio llegó al pasillo a los cinco minutos. Me miró y me dijo:
-Sé que habéis sido vosotros.
-¿De qué hablas?
-No te hagas el loco…
Se fue enfurecido de allí. Al día siguiente fuimos y las puertas del salón de actos estaban
cerradas con cadenas. Intentamos colarnos, pero solo pudieron Hector y Viti porque eran
muy delgados. Entonces Meirás empezó a pegar patadas a una de las puertas, a lo que yo
reaccioné haciendo lo mismo. Las cadenas cedieron y las puertas se abrieron. Fuimos al
desván y jugamos al futbolín. Pipo vigilaba.
-¡Estate atento puto teta amorfa! -gritó Meirás- que el otro día casi nos pillan por tu culpa.
-Que sí Klaus, que sí.
Entonces la cara de Antonio emergió detrás de Pipo.
-¡Antonio! -grité.
Intentamos huir por la puerta de emergencias, pero no servía de nada; estaba cerrada.
Antonio sonreía de forma satisfactoria. Nos expulsaron tres días. Para mí que me
expulsasen era algo normal; una vez me expulsaron un mes por insultar a una profesora,
aunque esta vez era distinto. Al saber lo vago que era y que me lo iba a tomar como unas
vacaciones, me hicieron ir todos los días al despacho de la directora. Era lo más aburrido
del mundo, ver a esa vieja amargada leyendo en silencio mientras el tiempo se hacía
eterno. Un día, tecleando en su ordenador, se tiró un pedo. Levantó la vista, me miró y
siguió tecleando como si nada. Jodida cerda. Cuando volvimos a clase, después de la
expulsión, tuvimos que tranquilizarnos un poco. Bajamos al recreo y nos sentamos en un
banco de metal. Estaba jodidamente frío. Nos reuníamos y planeábamos los gramos de
marihuana que compraríamos el fin de semana. Solíamos comprar veinte euros entre cuatro
personas (hoy veinte euros me duran dos días) y hacernos porros grandes que rulasen para
todos. Uno de esos días Patricia se acercó a nuestro banco y empezó a hablar conmigo.
Era una chica guapísima de tez morena, pelo castaño y buen culo. La seguí el rollo
preguntándome por qué, de todos esos capullos que me seguían, solo me hablaba a mí. Se
fue meneando aquel culo magnífico debajo de esa falda gris. Al día siguiente volvío y al
siguiente y al siguiente... La empecé a seguir en Tuenti. Tonteaba con ella por las noches.
Le eche valor y la pedí quedar para tomar una copa. Conocía un bar que servían a
menores, cerca de Ópera. Me dijo que sí. La encontré en Òpera. Estaba perfecta. Tenía un
cuerpazo, al contrario que yo, que era un jodido fondón. Fuimos al bar, esperando que no
me pidieran el D.N.I.. Nos sentamos en una mesa. El camarero se acercó.
-Dos mojitos y dos chupitos -dije.
Me miró fijamente y asintió dubitativo. Puff… menos mal. Trajeron lo que pedimos. Bebímos
y hablabamos. La hice reir un poco, nos emborrachamos y nos fuimos de ahí. Bajamos las
calles de Ópera y Palacio Real hacia Plaza España. El silencio era cortante y lleno de
tensión sexual. Por fin llegamos a nuestro destino. Nos quedamos de pie mirándonos y nos
besamos. Todo salió bien. Empezamos a salir. Aunque en el fondo siempre supe que
faltaba algo. Patricia estaba buena, lo malo de ella es que siempre me pareció aburrida. No
había esa conexión como había con otras. No había química, solo atracción sexual, al
menos por mi parte. No era culpa suya, simplemente no estaba hecha para mí.
Seguramente algún día conocería a algún aburrido y tendrían una vida insípida y repetitiva
con unos hijos sosos y mediocres en una casa de color amarillo, pero yo no buscaba eso,
prefería estar muerto antes que acabar así. En el fondo, siempre quise a una artista, una
loca, una borracha, alguien que no me cambie sino que se destruya conmigo, viviendo mil
aventuras por el camino, recorriendo el mundo con solo unos cientos de pavos. Ser libre.
Muchos se les llena la boca de libertad, pero cuando les ofreces las liberación no tienen
pelotas. Hay un mundo ahí fuera por recorrer y nadie quiere acompañarme. Tendré que
irme solo.
La segunda o tercera vez que quedamos fuimos al parque Sabatini. Llegué, me acerqué a
ella y le di un beso. Después le cogí de la mano y fuimos dentro del parque. Hablamos
sobre vanalidades, que si una amiga suya, que si esto, que si aquello… lo que fuera para
poder enrollarme con ella. Lo llamaba los cinco minutos de cortesía. Consistía en dejar que
hablase un rato antes de ir al grano. Empezamos a besarnos. Mi mano se adentró
lentamente desde su pierna hasta su coño. Aparté la braga y metí dos dedos. Ella se
apartó.
-¡No, aquí no! -exclamó.
-Vale, vale… da igual.
Volvimos a besarnos. Subí mi mano por su pierna, sin llegar a tocar su vagina, y la deje ahí,
simplemente. Nos levantamos y fuimos al fondo del parque, a una esquina rodeado de
arbustos. Volvimos a besarnos. Al cabo de tres minutos dijo:
-Hazlo… ¡Hazlo!
Toqué sus bragas. Estaban mojadas. Introduje dos dedos. Al principio lentamente y poco a
poco más rápido. Ella agarraba mi espalda con firmeza y gemía mi nombre:
-Migueeel…¡Ahh, ahhh, ahhh!
En algún momento llegó al culmen y poco a poco paré. Era mi turno. Me saqué la polla y
empezó a masturbarme. Su técnica era horrible. Esa jodida paja me daba más dolor que
placer. Encima no paraba de pasar gente. Cuando no era una puta vieja a ocho metros, era
un perro que nos ladraba o putos policias a caballo. Después de cuarenta minutos conseguí
correrme. El semen salpicó a discrección como una jodida uzi. Los proyectiles cayeron
encima de las medias de Patricia, impregnándolas de ese magma blancuzco. El semen es
la peor mancha para limpiar porque no solo ensucia sino que deja una costra reseca. Nos
fuimos de allí, aunque supongo que nunca lo olvidamos. Esas primeras veces tienen algo
de magia. Aunque fue la primera de muchas. A veces íbamos al baño de la rosaleda del
templo de Debod. Me la chupaba de rodillas, mientras yo estaba sentado en el váter,
succionando hasta que llegase al climax. Como ya dije, eran buenos tiempos. Buenos
tiempos. Aunque por alguna razón, ella no pasaba de ahí. Nunca me follé a Patricia. Estaba
obsesionada con que no la desvirgará, pero hacíamos todo lo demás ¿Cuál es el límite
entre follar y no follar? que estupidez. Llegó el verano, terminó el curso y me pidió “darnos
tiempo”. Necesitaba estar libre en verano para tener nuevas “experiencias” (nuevos tíos). Lo
dejamos en Junio. Volveríamos a vernos esporádicamente unos años más, para enrollarnos
y repetir sexo oral en algún baño, pero jamás sería igual. El final del curso se acercaba.
Un día a Antonio se le ocurrió la “gran” idea de hacer un lid dup, es decir, un plano
secuencia con una canción famosa de fondo y gente cantando y bailando en play back (una
horterada que en aquel momento era trendic topic). Siempre odie las modas. Cuando hacía
algo era porque a mi me gustaba. No escuchaba rap por creerme más callejero ni oía jazz
para hacerme el culto, lo hacía porque me gustaba. A la gente le encantan las modas
porque les da una falsa seguridad y personalidad. Es la personalidad de los que carecen
personalidad. A esas alturas del curso eramos unos fumados. Recuerdo que Viti, Héctor y
Meirás almorzaban en el comedor del centro (iba por pago mensual). La comida en ese sitio
era una auténtica bazofia y ellos preferían ir a pedir a las calles para pillar porros y comer en
el Burger King. Pero no pedían al azar, eran linteligentes y organizados. Cada uno se
colocaba en una boca de metro concurrida. Por ejemplo, Viti se situaba en la salida de
Plaza de España, donde antiguamente estaba el Café Jamaica; Héctor en la de enfrente del
Starbucks y Meirás en Ventura Rodriguez. Mendigaban con la excusa de que se les había
olvidado la cartera y el abono en casa y no podían volver. Al tener cara de niños e ir en
uniforme, la gente les solía dar un euro o dos. Con la tontería ganaban cinco euros al día
cada uno. Con ese dinero compraban tabaco, comida o hachís. Odiaba ese hachís de 2010.
Era como una goma o una especie de chicle, con más corte que thc. Con el tiempo llegaron
las buenas placas y el dry, sin embargo, en aquella época solo había hueva mala o
marihuana mediocre; yo prefería la marihuana mediocre. De pedir en el metro pasaron a
robar los euros que encontraban en los abrigos de clase, de la calderilla pasaron a los
cascos de ipod y de eso a billetes de cinco o cajetillas de tabaco. Coño, era tan fácil que
hasta yo me anime a robar cinco euros para la hierba y la cerveza del viernes. Entonces,
claro, llegó el lid dup. El golpe perfecto. Todo el mundo estaba en el patio o en los pasillos
del edificio, participando en el video. Aprovechamos la oportunidad. Eramos seis. Nos
dividimos en parejas de dos, uno vigilaba y el otro robaba. Las parejas eran Viti y Héctor,
Meirás y Miki, y Pipo y yo. Aunque, en realidad, Miki vigiló gratis, no quiso el dinero.
Simplemente estaba en el pasillo observando lo que hacíamos. Viti y Héctor robaron 100
euros, Meirás 20 y Pipo y yo 10. La gente no tardó en enterarse y quejarse a dirección. El
Lunes siguiente nos interrogaron de uno en uno. Todos teníamos la misma versión. Dijimos
que estábamos viendo todo desde un mirador de las clases de cuarto, que en parte era
verdad, y nos limitamos a negar las acusiaciones ya que no tenían pruebas. Primero
pasaron los más sospechosos, es decir, Viti, Héctor y Meirás, sobretodo Meirás. El estúpido
llevaba fardando un mes del dinero que sacaba para tabaco y porros. Los interrogatorios
duraron horas. A eso de la una me tocó a mí ¿Qué sabrían? ¿Alguien se habría chivado?
abrí la puerta y entré en el despacho de la directora. Dentro estaba la jefa de estudios, mi
tutora y la directora.
-Miguel… te hemos llamado porque, bueno… ya sabes que han robado 130 euros… -dijo mi
tutora.
-Sí, pero yo no sé nada -respondí.
-Aquí nadie sabe nada -dijo- la directora.
Esa zorra no me soportaba.
-Hay gente que dicen que habeis sido vosotros… vuestro grupo… -dijo la tutora.
-¿Mi grupo? yo hablo por mí y te digo que no he robado nada.
-¿Entonces quién lo ha hecho?
- Y yo qué sé… yo no tengo ni idea… alguien lo habrá hecho, pero yo no sé nada…
Me dejaron ir, pero por poco tiempo. Al final nos acabaron pillando a todos, alguien se chivó.
Nos expulsaron, aunque nos permitieron terminar el curso con la condición de cambiar de
instituto al finalizarlo. En aquel momento no lo sabía, pero esa pequeña decisión afectaría
toda mi vida. Perdí amigos, chicas, fiestas… me quedé solo. Los únicos que permanecieron
ahí fueron Viti y Herni. Solíamos quedar en la cancha de baloncesto de El Parque Del
Oeste. Íbamos pronto para aprovechar las máximas horas de luz. Nos sentábamos en el
césped y nos colocábamos buscando huir de la tristeza. No hacíamos nada más. No
íbamos a fiestas, a bares, no ligábamos… solo quedábamos en ese parque para beber y
fumar. Y eso hice, todos los días durante años. Caí en ese abismo de drogas, depresión y
alcoholismo del que jamás pude salir ¿Quién sería el chivato? ¿Por qué me jodí la vida por
cinco euros? ¿Qué habría pasado si no lo hubiese hecho? probablemente hoy no escribiría
estas líneas. Seguramente hoy no sería escritor.
Pasé por muchos institutos, más de siete, y terminé en el Joaquín Turina, un instituto
público de la calle Guzmán el Bueno. Era raro ser el nuevo, pero después de serlo tantas
veces me importaba una mierda. Simplemente me limitaba a fumarme un porro en el recreo
y, tarde o temprano, algún fumado terminaba por hacerse mi amigo. Uno de esos fumados
era Carlos. Carlos era un chico de tez morena, alto, delgado, andaluz y con risa de fumado.
Al contrario que yo, él era una persona positiva. Siempre veía el mejor lado de todo. A
veces me irritaba, porque en el fondo, me hacía recordar que el problema no era el mundo
si no yo mísmo. Aunque, a parte de eso, me caía bien. Después conocí a Sergio, Vladi,
Mara, Mirko… es increíble la cantidad de gente que conoces repitiendo curso o cambiando
de institutos. Un montón de rostros y nombres que en algún momento tuvieron cierta
relevancia en mi vida, pero que ahora solo son alguién más. Nunca me fío de las amistades
ya que son pasajeras. La verdad es que nunca duran mucho tiempo. En las malas, en las
depresiones, cuando planteo suicidarme ¿Quién está ahí? nadie.
Poco a poco fui cogiendo confianza con ellos. Aunque, en realidad, me daban igual, solo
eran otras personas con las que fumaba porros y compartía clase. Pero ella, ella era única.
Mara era una de esas chicas complicadas y salvajes, un coño problemático andante. Yo no
busco una chica perfecta, busco esa esencia morbosa que me haga perder el culo y vender
hasta mi alma por poder tenerla. Mara era una chica mona, sin ser guapa; delgada, con el
pelo largo, teñido de rubio; y con un piercing justo encima del labio. Ya la conocía de mi
anterior instituto, sin embargo, nunca habíamos hablado. Tenía fama de ser una guarra,
aunque a mí jamás me importo. Por algún motivo se encaprichó de mí, no de un modo
sexual, pero siempre estaba cerca. Yo solía llegar tarde a clase y como no tenía nada que
hacer, me fumaba un porro hasta que fuese la segunda hora. La mayoría de veces
coincidíamos. Nos sentábamos en un banco y hablábamos. Cuando no me miraba,
observaba su rostro. No era precisamente una mujer extremadamente bella, pero tenía
algo. No sé qué era, el piercing, sus ojos, su forma de ser… tenía algo. Entonces nos
quedábamos callados y se producía un silencio. En esos momentos notaba algo electrizante
entre nosotros, una especie de conexión. No hablábamos de ello, fingíamos que no pasaba
nada, pero ambos lo sentíamos. Daría mi vida por esos instantes, esa magia. En el fondo
ambos sabíamos lo que sentíamos, pero probablemente fui demasiado cobarde como para
demostrarlo. Me daba miedo fracasar, que no la gustase... y no lo intentaba, no daba el
paso. A veces lo recuerdo y me atormento con preguntas del estilo: ¿Y si hubiese tenido
pelotas? ¿Y si me quería? ¿Y si la hubiese besado? ¿Qué habría pasado si...? pero ya da
igual, hoy jamás lo sabré. El descanso era a las once de la mañana. Los fumados nos
reuníamos en la esquina del bloque. Sacábamos chivatos y bolsas, llenos de hachís o
marihuana, y prendíamos esa mierda. Solía quedar con Sergio, Vladi, Carlos y las chicas.
Vladi era el que más solía hablar. Era un camello de las Rozas que siempre tenía alguna
historia que contar (una agresión a un policía, la vez que compró un kilo de marihuana y
casi le detienen…), luego estaba Sergio. Era un chaval simpático y extrovertido, aunque
cuando no compartía tu opinión, solía ser un imbécil. Los viernes nos saltábamos las
últimas clases e íbamos al 100 montaditos. Nos poníamos borrachos desde por la mañana.
Había un buen rollo difícil de explicar, todos éramos unos niñatos sin rumbo disfrutando el
momento ¿Qué sería de nosotros mañana? Mara, a veces, se sentaba encima mío
buscando provocarme. Me miraba y se reía, mirando mi reacción. Después de beber,
íbamos al parque que hay detrás del hospital Jiménez Díaz. Vladi siempre robaba la jarra
del bar y la rellenaba con una litrona que compraba en el chino. Llegamos a aquel parque y
nos sentamos en uno de esos bancos. Bebimos, fumamos y entonces lo entendimos. El
futuro sería una mierda, pero hoy eramos felices. Nadie tuvo que decir ni explicar nada.
Todos entendimos lo que significaba ese momento y lo compartimos sin intentar darle
importancia. Yo sabía que, en el fondo, para Mara solo era un niño. Ella tenía dos o tres
años más que yo, más experiencia sexual, más carretera. Yo, en cambio, era virgen; le
quedaba corto en su juego. Sabía que podía manipularme cuándo y cómo quisiese. Ella no
deseaba eso; ella buscaba algo difícil de conseguir. Mirko era amigo suyo. Era un chaval de
barrio, atlético, con el pelo negro y corto, y mucha seguridad en sí mismo. Estaba federado
en muay thay. Parecía tener los cojones bien puestos. A los dos nos gustaba Mara, ambos
lo sabíamos, sin embargo; siempre hubo un respeto mutuo. Nos llevábamos bien. Nosotros
no éramos enemigos. Al fin y al cabo, Mara sería la que elegiría. Solo competíamos por ver
quién ganaría el primer puesto. La putada es que siempre he sido de los que quedan
segundos. Mara acabó eligiendo a Mirko y yo empecé mi autodestrucción. Fue el primer
gran palo que me dió la vida. Les veía besarse en los pasillos y me mataba por dentro. No
quería verlos. No era culpa de ellos, pero me hacía daño. Dejé de ir a clase, suspendí y
repetí. Esa es mi vida. Nunca supe afrontar el dolor y los problemas y, tarde o temprano, por
más que intentase huir; acababan atrapandome. En realidad, lo malo de la vida no son los
problemas sino cómo reaccionas a ellos. Yo reaccionaba como un cobarde. Huir jamás
sirvió de nada. Bebía buscando el cese del dolor, aunque lo único que lograba era hundirme
más en la mierda. Supongo que en esa época fue cuando me volví alcohólico. Uno, en
realidad, es alcohólico antes de beber; un adicto es adicto antes de drogarse. No es la
sustancia, es las ganas de destruirse, la manera de ver la vida. Moría cada noche y renacía
de nuevo al día siguiente. Estaba en un eterno ciclo de autodestrucción y, en el fondo, me
gustaba. Prefería esa sensación de dolor, prefería hacerme daño a no sentir nada, a
resignarme. Soy un yonki del dolor. Con los años volví a encontrarme con Mara. Hablamos
un rato, recordamos el pasado y me dio su número de teléfono. Odio encontrarme con
gente del pasado, hacen que recuerde tiempos jodidos. Cuando volví a casa, me tiré en la
cama y me quedé en silencio. Por un momento, recordé esa época. Que estúpido era, un
estúpido romántico fracasado. No me apetecía volver a verla. Para mí, la gente que se
pierde por el camino, no merecen la pena. Simplemente formaba parte del pasado. No tenía
sentido intentar algo que debía haber pasado hace cinco años. Jamás llegué a hablarla.
Repetí curso por primera vez en mi vida; no sería la única. Yo no suspendía por ser
estúpido sino porque estaba depresivo. La gente no entiende lo que es la depresión. Se
piensan que es como la tristeza, una ruptura sentimental, una mala racha… eso no es
depresión. Eso solo son baches. Una depresión es sentirte muerto estando vivo, pensar que
estás vacío, que todo carece de sentido, que te gustaría morir mientras duermes, que ojalá
no hubieras nacido, que nada te satisfaga, ni te llene, que las personas te parezcan falsas y
superficiales, que tus sueños te aplasten… beber, querer matarte bebiendo, llorar, desear
suicidarte, estar a punto de hacerlo y ser un cobarde. Eso es la depresión. Lo peor es que
para mí no era un bache, una mala racha, era mi forma de ver la vida, mi personalidad.
Intenté cambiarme millones de veces y siempre terminaba en el mismo punto:
autodestrucción. En el fondo, es una forma de llamar la atención por la falta de cariño que
recibí de niño, como un mocoso que da pataletas para que la gente le mire, pero nadie le
hace ni caso. Yo me destruía esperando que alguien viese mis gritos de auxilio, sin
embargo, nadie me ayudó. Nadie me entendía ¿Qué carajo importaba que tuviese amigos y
familia si estaba solo? eso fue siempre lo que más me jodió de todo. Estaba rodeado de
personas que no comprendían mi visión de la vida. Quería vivir al máximo en todos los
sentidos, romper los límites, recorrer el mundo, tener mil historias que contar, lograr el éxito
artístico, tener aventuras, enamorarme, encontrar la verdadera libertad, exprimir cada puto
segundo… y entonces llegaba esa gente, esas personas patéticas que solo aspiraban a ser
un funcionario público o un currito sin futuro y pensaba ¿No hay nadie en este puto mundo
que no esté muerto por dentro? odio a la gente, no por lo que son en sí, sino porque no se
dan cuenta de lo que podrían ser. Puede que sea mi hipomanía, me hace idealizar todo. No
hago arte y después vivo; vivo arte y después lo escribo. Dejo mi alma en esquinas y
bancos de esta asquerosa ciudad, lágrimas y esperanzas en cada baldosa, y jamás llego a
nada. No consigo salir de todo este remolino de destrucción. Necesito una mano amiga,
necesito una mujer que me entienda. Siempre fui un romántico sin remedio. El sexo siempre
fue secundario, igual que el dinero o las drogas. Toda mi vida es una búsqueda de ese
instante único donde se para el tiempo y todo es como debe ser, eterno. Soy un adicto a
ese momento. Al final daba igual la forma de conseguirlo, solo quería repetir esa sensación.
La podía conseguir enamorandome de una mujer, escuchando la música adecuada,
bebiendo, escribiendo borracho, melancólico, estando fumado, inspirado, ensetado… todo
llevaba a esa sensación. Intento explicársela a mis amigos, pero jamás llegan a
entenderme. A veces pienso que yo mismo provoco mis depresiones. De alguna forma
disfruto más de la tristeza que de la felicidad. Aunque, en realidad, es una excusa que digo
porque me da miedo triunfar, vivo agusto en el fracaso. Me gusta compadecerme de mí
mismo, como todos los fracasados. Podría comerme el mundo y me quedo encerrado en mi
habitación, matándome. Ese era el problema entonces y es el problema ahora. Para mí las
depresiones jamás fueron baches, para mí eran la forma habitual de vivir y la felicidad era la
racha que no perduraba. Iba al revés del mundo, como siempre.
Llegué a las clases de segundo. Había gente nueva: una rubía de ojos azules, una chica
grande y morena, algún fumado nuevo... y Ana. Ana era una chica que había repetido y se
había cambiado a letras. Es decir, iba a mi clase. Desde el primer momento me fije en ella.
Parecía una chica interesante y simpática. Tenía cierto carisma, como una especie de
liderazgo entre las mujeres de mi aula. Tenía el pelo largo y moreno, unos bonitos labios,
una preciosa sonrisa y una mirada única. Siempre pensé que lo mejor de una mujer era su
mirada. No sus ojos, sino su mirada. Una buena mirada puede hacer que pierda el culo por
una mala mujer.
El curso empezó y al principio me lo tomé en serio. Iba a clase puntual, no fumaba hierba en
el recreo, hacía los trabajos… Ana se sentaba al lado mío. En realidad, no recuerdo por
qué, si nos asignaron o simplemente se sentó al lado mío. Era jodidamente sexy. Me
encantaba como se tocaba el pelo y entonces me miraba y sonreía. Parecía su marca
personal. A veces se sentaba encima de mi pierna, me miraba a los ojos y me susurraba al
oído alguna frase que no recuerdo. Lo raro es que tenía novio ¿Estaba jugando sin más,
intentando provocarme y ver hasta dónde podía llegar o me deseaba de verdad? a algunas
mujeres les encanta jugar contigo. En realidad ligar, a veces, es una competición de poder,
un juego por ver quién es el primero que se enamora, el primero que se rinde ante el otro, y,
obviamente; si pierde el hombre, la mujer pierde el interés. Yo siempre he sido de los que
se enamoran rápido. A las dos semanas no podía quitarme a Ana de la cabeza. Odio
cuando eso pasa, esos juegos mentales. Era como volverte adicto a una droga que no se
podía comprar: Ana. No la venden en ningún sitio como la marihuana, ni te la puedes
esnifar como la coca. Era una chica salvaje y libre. Nadie la decía qué hacer. Era una de
esas mujeres que te acabarían engañando, acostándose con otro, pero daría igual; merecía
le pena correr el riesgo.
Un día quedamos a solas en el Templo de Debod. Nos sentamos en el césped, y entonces,
se aproximó a mí y me abrazó. Era el momento. No había nada más obvio que esa señal.
Entonces me lancé a besarla, y de repente, ella se apartó.
-Miguel ¿Qué haces? -dijo.
-¿Qué hago? -respondí.
-Sí, tío, no te me lances…
-Vamos a ver ¿Qué coño esperabas si hemos quedado a solas y me abrazas a sí?
La discusión se prolongó por horas. Fui un estúpido. Terminé contándole toda mis
frustraciones y desilusiones. Estallé. No aguantaba más. Fue la primera vez que dejé de
fingir que era feliz. Fue la primera vez que me mostré como era. Eso sí, en el peor momento
y de la peor forma posible. Seguramente se reiría de mí con sus amigas, de ese pobre
pringado.
Aquella cobra me jodio de verdad. Era la demostración de que, por alguna extraña razón,
carecía de suerte. Lo decía hasta mi madre.
-Este chico está gafado… no entiendo tanta mala suerte…
Estaba gafado por alguna extraña razón ¿Estaba pagando karma de vidas pasadas o era mi
forma negativa de ver las cosas lo que atraía los problemas? ya no era ese niño gordo y
feo; había adelgazado y no parecía el mismo. Sin embargo, por alguna razón seguía en los
mismos errores.
Empecé a ir al gimnasio con 16 años. Hacía una hora de musculación y después media de
cardio. Con el tiempo bajé de peso y me puse en forma. Después de tres años conseguí un
cuerpo musculoso y tonificado. Es curioso, las mujeres dicen que los hombres tratan a las
mujeres como objetos, pero cuando estaba en forma, muchas me agarraban del brazo o del
culo sin permiso, o andaba por la calle y pasaba una limusina y me gritaban guapo. En
cambio, cuando estaba gordo, no existía para ellas. Las mujeres, no todas, predican lo
contrario de lo que hacen. Dicen que el hombre trata a la mujer como un objeto cuando ellas
van a ver chorradas de Mario Casas o del guaperas de turno de 50 sombras de gray.
Aceptemoslo, somos iguales. El mundo es superficial. A nadie le importa la belleza interior
de una persona que pesa 140 kilos.
Estaba en forma, aunque el problema es que jamás aprendí a amarme a mí mismo. Seguía
teniendo mentalidad de gordo. Todo es por la puta infancia. Por más que intentes cambiar,
sigues siendo ese niño inadaptado. Quedaba con mis amigos del gimnasio. Íbamos a la
calle Huertas, que estaba llena de pubs, y entrabamos a todo lo que se movía. El problema
es que no entendíamos cómo hacerlo. Hablábamos borrachos, torpes y salidos. Las
mujeres son seres sensuales, no sexuales. Nosotros íbamos al grano, de cabeza. Ahora lo
entiendo, cuando peso 100 kilos y no estoy en forma. Cuando tengo el cuerpo, no tengo la
mentalidad y cuando tengo la mentalidad, no tengo el cuerpo. Ahora lo entiendo. Ligar es
como escribir, tienes que amar el proceso, tienes que fluir con ella, sentirlo de verdad; sino
es mierda falsa, igual que el mal arte.
Llegó el lunes. Tocaba Historia del Arte. Ana estaba esperando, en nuestra mesa, a que me
sentase. Que la jodan, pensé. Que la den por el culo; no soy la mascota de nadie. Me senté
en la mesa de detrás. Había una chica nueva. Era esa chica grande y morena. Me
recordaba a una chica del año pasado que se llamaba Irene.
-Ey ¿Qué tal? ¿Aquí no hay nadie no? -pregunté.
-No -respondió.
-¿Cómo te llamas?
-María.
-Te pareces a Irene del año pasado
-¿A sí?
-Te voy a llamar Irene
María se rió, pensando: ¿Y este puto loco? puse la mochila encima de la mesa y me senté.
Eladio empezó a dar la clase. Era un tipo gordo, calvo y con una barba extraña, cuyas
puntas se rizaban a lo siglo XVIII. Solía llevar unas gafas de patilla fina y redondas. El muy
cabrón parecía Góngora o alguna mierda así. Era un tipo excéntrico. Un día se llevó a su
perro a clase. Era de una de esas razas que llevan las señoras mayores. Odio a esos
perros. En medio de la clase empezó a ladrar y Eladio tosió para ocultar el sonido de los
ladridos, pero, joder; había que ser subnormal para no darse cuenta. Todo nos quedamos
mirándole asombrados.
-¿Eso es un perro? -preguntó alguien.
Al final, sacó al perró y lo encerró en su despacho. La clase, obviamente, estalló en risa
ante esa extraña situación. Lo dicho, un tipo raro de cojones. Pues ese raro, me la tenía
jurada. Ese calvo cabrón solo era otro profesor en mi lista. Me encanta. Dame odio cabrón,
si total, me voy autodestruir igual. Explayate hijo de puta. Échame la bronca, así te
desahogas. Estaba tan hasta los cojones de todo, tan jodido, que me saqué el hachís en
medio de clase y me hice un porro. Esa zorra me había jodido bien, puta Ana. Siempre he
sido un alma buena y me han devuelto puta mierda. Estaba hasta las pelotas. Me saqué el
hachís, lo hice peseta y lo quemé con el mechero. Intentaba dar la nota lo máximo posible.
Solo buscaba que me expulsasen, que mi padre me pegase una paliza o que me echasen
de casa de una puta vez. Nunca he sabido afrontar los problemas. Quería destruirme. Sin
embargo, nadie me prestó atención, bueno, María sí.
-¿Qué haces? puto notas -dijo María.
-Déjame… luego eres mi dos…
-Pero que no te lo hagas en clase.
-¿Qué más te da?
Me líe el canuto y en cuanto sonó el timbre bajé a fumarmelo. Ese día no volví a clase
después del descanso. Compré dos litronas, sin desayunar, y me fui a un parque. Me tiraba
en el césped bebiendo hasta que pasasen las horas para volver a casa ¿Qué pensaría
María/Irene de mí? no quería meterla en problemas, solo quería joderme a mí mismo. Por
alguna razón le parecí gracioso. Seguramente habló a su amiga, Adriana, de ese puto
zumbado que se había sentado al lado suya. Adriana era otra chica nueva, amiga de María,
una rubía de ojos azules y buenas tetas. Aunque lo mejor de ella, era su forma de ser. Te
embriagaba como una especie de droga. Te prestaba atención, haciendo que fueses el
protagonista de su vida por unos minutos, y después te ignoraba durante días,
arrebatándote lo que te dio en un principio. Me enamoré de ella en cuanto la ví, como nunca
en la vida. En los recreos la observaba desde la distancia. Carlos y yo solíamos hablar
sobre ella.
-Joder tío, me he enamorado -le decía.
Carlos se descojonaba.
-Es increíble. Esos labios, esos ojos, esas tetas, encima rubia…
-A ver, esta muy buena… yo también voy a intentarlo, ehh… -dijo.
-¡Que te jodan! yo me la he pedido primero. -respondí.
-Eso es cierto, pero me la suda… que gane el mejor.
Me ofreció la mano para estrechársela y se la acepté; al menos iba de frente. Ese día nos
acercamos a ellas para invitarlas a unos porros. María me reconoció. Se acercó al oído de
Adriana, susurró algo sobre mí y ambas se rieron. Eso era muy típico de María. Le
encantaba hablar de los demás. Solía poner esa sonrisa torcida para después criticar a
alguien en voz baja. Aunque, supongo, que yo le caí bien. En aquella época no pensaba
demasiado lo que decía, simplemente actuaba y después me arrepentía. Era más
espontáneo que ahora. Me gustaba conocer personas nuevas. Era un estúpido. Iba de buen
rollo con todos y no me daba cuenta de lo que en realidad pasaba. Por eso me volví un
antisocial. Ahora veo venir a la gente a kilómetros. Huelo la falsedad, las frases con doble
sentido, el interés… poco a poco perdí esa vitalidad e inocencia y me convertí en lo que soy
hoy. Era un puto estúpido, pero envidio a ese chaval. Tenía una vida por delante, ganas de
ser feliz, de amar… ahora solo soy alguien que vive porque sigue respirando. Ese día nos
fumamos el primer canuto de muchos. Empezamos a llevarnos con Adriana y María.
Quedábamos en un banco enfrente de una peluquería. Íbamos ahí porque estaba cerca del
instituto y también del chino. Todos nos hacíamos un porro para cada uno, provocando que
aquella calle apestase a marihuana y hachís. Molestábamos tanto a los vecinos y
viandantes del lugar que se quejaron al instituto. Juan, mi profesor de historia y jefe de
estudios, nos avisó un día.
-Dejen de tomar estupefacientes en el banco ese…
Obviamente no hicimos ni puto caso. Un día fuimos y lo habían quitado. No estaba.
Arrancaron ese puto banco. Terminamos por encontrar otro sitio. Subiendo una cuesta,
hacia el parque Isabel II, había unos portales donde no molestábamos a nadie. Empezamos
a ir ahí. Adriana estaba buenísima, pero me enteré de que tenía novio, una especie de
grafitero loco. Decidí olvidarla. Tampoco estaba pillado, simplemente me gustaba.
Seguimos quedando con ellas para fumar, pero ya no intentaba nada. Me empecé a fijar en
otras. May era una chica de mi clase con una cara corriente, pero unas tetas perfectas. Esa
es la diferencia radical entre un hombre y una mujer. Al hombre le basta con que tenga
buenas tetas, o sea guapa o tenga buen culo. Las mujeres, en cambio, te analizan como si
fuesen un Terminator, percatandose de todos tus defectos, virtudes e inconvenientes. May
me ponía cachondo. Era estúpida y simple, aunque perfecta para echarle un buen polvo.
Las tontas no me enamoran, pero me divierten. A veces es preferible la diversión superficial
al sufrimiento. May se sentaba cerca de mí y me hacía comentarios o preguntas
comprometidas del estilo: ¿Cuánto llevas sin follar? ¿Sabes que se te marca la polla en el
chandal? hablase de lo que hablase con ella, terminaba en tema sexual. Pero no porque se
sintiese atraída por mí, que alomejor, sino que le pasaba con todo el mundo. Intentaba no
prestar atención a su estupidez, pero era jodidamente difícil. Era un ser plano y vacio, eso
sí, con unas tetas cojonudas. Era unas tetas andantes. Me cortaba bastante el rollo que
fuese tan jodidamente tonta. Parecía que hablaba con una niña de nueve años. Así que al
final lo dejé pasar. Me resultaba insufrible aguantar tanta estupidez comprimida en un solo
cuerpo. Parecía que cuanto más me gustaban sus tetas, más subnormal se volvía. Hay dos
tipos de tíos, los que les van los culos y los que les van las tetas. A mi me encantan las
tetas. Unas buenas tetas abundantes hacen que pierda la cabeza y me estalle la polla. Pero
toda regla tiene alguna excepción. Decidí no ligar en el instituto e intentar acabar segundo
de una puta vez. Quedaba con mi colegas del gym, Yuri y sebas, y salíamos de fiesta. Un
día conocí a… mmm… ¿Cómo se llamaba? bueno era ecuatoriana. Supongamos que se
llamaba Jennifer. Jennifer era amiga de Sebas, que también era ecuatoriano. La conocí en
el cumpleaños de Yuri. Estaba muy buena. Llevaba un vestido escotado, que también
acentuaba su trasero, el pelo planchado y peinado, e iba bien maquillada. Ella se fijó en mí
en cuanto me vió. No sé cómo lo supe, pero lo noté. En seguida sé lo que piensan de mí.
Bebimos unas copas y empecé a hablar con ella. Me seguía el rollo, se reía de mis chistes,
me tocaba el brazo; era algo obvio. Con alguna excusa barata, la aparté del grupo y nos
quedamos a solas. Estaba nerviosa. Hablaba evitando un silencio incómodo. El silencio es
bueno, crea tensión sexual. No intentes huir de él, pues, normalmente; el primero que habla
es el que pierde. En este caso era ella la que no llevaba las riendas de la situación. Ya lo
dijo Bukowski: No lo intentes. Siempre que me importaba una mierda, cuando me daba igual
el fracaso o la victoria, era cuando ligaba. Me daba igual, no huía de ese silencio incómodo,
ella sí. Por esa razón tenía el control del momento. Por más que hablaba evitando ese
instante, al final llegaría. Entonces se calló. El silencio y la tensión sexual se produjeron. La
miré a los ojos, después a la boca, ella sonrió y la bese. Fue un buen beso. Un buen beso,
pero nada especial. No sentía esa magia. Aun así, me gustaba. Me apetecía divertirme. Nos
aislamos del grupo y nos fuimos a un parque. Nos besabamos, borrachos, sin saber muy
bien quienes éramos, ni dónde acabaríamos. Comencé a besarla el cuello, y a tocarla las
tetas. Después la toqué la pierna y lentamente subí mis dedos a su coño. Entonces me
cogió la mano y la apartó.
-No vayas tan rápido -dijo.
Nos besamos toda la noche, pero no llegó a nada más. A los dos días fui a clase con el
cuello lleno de chupetones. Las chicas me hacían bromas y tonteaban conmigo. Yo creo
que las atraigo más cuando tengo novia o rollo. Debe de ser alguna especie de secreto en
el que nos valoran más por el éxito que tenemos con otras. Porque, piénsalo, nadie quiere
al chico que nadie quiere ¿Me entiendes? era como si ganase valor cuando estaba con
alguna chica. Ellas lo intuían, esa seguridad en tí mismo. Cuando no quieres ligar es cuando
ligas. Por eso cuando tienes novia no paran de aparecer posibles polvos y cuando estas
solo, te matas a pajas. Huelen la necesidad a kilómetros. Entonces pasó. Adriana lo dejó
con su novio. Empezó a tontear conmigo en el recreo. Se sentaba encima de mi,
restregando su firme culo contra mi polla. Me la ponía dura y ella lo notaba en sus nalgas,
aunque fingía que no. Se recogía su precioso pelo largo y rubio y me miraba con esos ojos
azules. Era un títere en sus manos. Cada vez que miraba esos ojos, perdía la noción de mi
conciencia e incluso del tiempo. Me sentía como un niño débil e indefenso ante una diosa
que tenía mi alma en sus manos. Intentaba hacer el truco, hacerme el difícil, pero con ella
era imposible. Tenía una especie de don o poder sobre los hombres. Era mi Calíope. Era mi
error. Era mi perdición. Me enamoré de ella de tal forma que no pensaba en otra cosa. Pero,
cuando parecía que todo iba a salir bien, volvió con él. Me dolió como una puñalada en el
bazo, solo que en vez de sangrar, vomitaba alcohol. De nuevo recaí en la autodestrucción.
Otro año, otras personas, pero mismos errores. A veces quedaba con Jennifer, pero mi
mente estaba pensando en Adriana. Es jodido fingir querer a alguien para olvidar a otra.
Siempre me decía que la olvidaría, que encontraría a otra, pero hablase a la que hablase,
pensaba en ella. Me encantaba hacerla reir. Estaba jodidamente enamorado de aquella
rubia. Opté por ignorarla, no seguirla el rollo. Funcionaba un tiempo, pero entonces lo volvía
a dejar con su novio y ella volvía a sus juegos. Jugaba conmigo como quería. Solo era su
opción b. Recuerdo que un día quedamos en Nuevos Ministerios. También estaba María.
Nos fumamos unos porros y pasamos el rato, lo de siempre. Entonces Adriana empezó a
hablar de que se sentía sola, que su novio era un cabrón, etc. Y ahí fue cuando jugó
conmigo como nunca.
-¿Y tú Ferrer cómo que no tienes novia?
-Pues no sé…
-Ya llegará alguna que te guste...
Entonces me miró con esos preciosos ojos y, de nuevo, me tuvo en sus manos. Nos
largámos de ahí y fuimos al metro. Nos despedimos y nos separamos, María y Adriana en
un andén, y yo en otro. Llegué al andén y esperé. Me senté en un banco metálico de color
gris y observé a las mujeres que había alrededor. En el andén de enfrente estaban María y
Adriana mirándome. Al lado mío había dos chicas de mi edad bastante atractivas. Las
observé detenidamente, buscando alguna especie de contacto visual. Entonces Adriana
gritó.
-¡Eyy, que nadie ligue con ese chico porque es mi novio!
Me hizo gracia. Me reí, aunque no sabía de qué rollo iba.
-¡Tú eres mi novio, no tontees con otras! -gritó.
¿Estaba de coña o qué cojones quería decir? Entonces llegó el metro y desaparecieron.
Aquella zorra siempre hacía eso, te daba una esperanza, sin dar explicaciones; y después
desaparecía. Volví a casa dando vueltas en mi cabeza a lo que acababa de suceder.
Posiblemente le gustaba. Tenía una posibilidad ¿Pero que paso al día siguiente? volvió con
su novio. En el fondo siempre supe que jugaba conmigo, que le importaba una mierda. Sin
embargo, siempre caía en sus juegos. Lo gracioso es que no era el único. Tenía decenas
de pagafantas detrás. Ella lo sabía. Adriana solo era una niña caprichosa y egocéntrica que
deseaba ser el centro de atención allá donde fuese. Era una persona tóxica y narcisista, un
veneno que tarde o temprano, o estripas o te mata. Volví a quedar con Jennifer para olvidar
a Adriana. A la tercera cita pensaba follarmela. De hecho, hasta robé un condón de la
mesilla de mis viejos. Me dió un poco de asco comprobar que mis padres siguen chingando,
pero un condón gratis, es un condón gratis. Puse todas mis cosas encima de la mesilla para
hacer un recuento antes de irme. Estaba mi dinero, mi cartera, mis llaves, el móvil, los
cascos, un porro, papel de liar, un mechero y el condón. Hice el recuento y me lo metí todo
en el bolsillo. Quedé con ella en el parque del Oeste. No iba igual de arreglada que el día
que la conocí, parecía otra. Estaba considerablemente menos atractiva. Sin el vestido, el
maquillaje, los tacones, que realzaban el culo; y el pintalabios era una chica del montón.
Caminamos hasta un sitio apartado y empezamos a besarnos. La cosa se fue calentando
poco a poco. Entre morreo y morreo fui acariciando sus tetas. Después la quite el sujetador
y se quitó la camiseta. Sus tetas eran feas y amorfas. Parecía que tenía más pezón que
pecho en sí. Unas tetas con pezones enormes, unos pezones marrones y feos. Me cortó
bastante el rollo, aunque, aun así; seguí. La quité las bragas e introduje dos dedos dentro
de su chocho. Estaba caliente y húmedo.
-¡Ahh! -exclamó.
Ella metió la mano en mis pantalones y agarró mi polla. Empezó a masturbarme. Entonces
pasó, comencé a pensar en Adriana. Intentaba concentrarme y disfrutar del momento, pero
la imagen de su rostro no se quitaba de mi cabeza ¿Qué estaría haciendo ahora?
¿Pensaría en mí? seguí masturbando a Jennifer mientras pensaba en Adriana. Ella
disfrutaba, pero yo estaba en otras cosas. Estaba pensando en esa rubia, en esa zorra que
me amargaba la vida ¿Qué sentido tenía? a veces pienso que solo me enamoro de quien
me hace daño. Siguió masturbando mi polla bajo el pantalón, pero mi pene no pasó de una
erección a medias. Entonces lo dijo.
-Fóllame
Era el momento. Busqué entré mi bolsillo el condón. Rebusqué y rebusqué, pero no lo
encontraba. Saqué el mechero, la cartera, el móvil, pero no estaba. No lo tenía ¿Dónde
estaba el jodido preservativo?
-Ostias, no tengo el condón ¿Tú tienes?
-¿Yo? se supone que sois los tíos los que debéis llevar.
Joder, el puto condón. Solo un gilipollas como yo se olvida de algo tan fudamental para
follar.
-Da igual, follame -dijo.
-¿Sin condón?
-Sí, da igual.
-No sé…
-Si te corres fuera no pasa nada.
Pintaba mal. Era la típica situación de película donde un pringado la caga, preña a una
niñata y se jode la vida. Mi polla me decía que sí, pero mi mente decía que no. No estaba
dispuesto a joderme la vida por un polvo. Por un momento lo imaginé, una vida mediocre
con hijos de piel morena y grandes pezones. Ni de coña.
-¿Y si me la chupas? -pregunté.
No le sentó muy bien esa proposición. Se levantó de golpe y dijo:
-Vámonos.
Nos despedimos fríamente y jamás nos volvimos a ver. A la semana siguiente le mandé un
mensaje al móvil, pero no me contestó. Llegué a casa, abrí la puerta y entré en mi
habitación. Ahí estaba el condón, encima de la mesilla ¿Por qué no lo cogí? seguramente
porque estaba pensando en Adriana. Me importaba una mierda ese polvo. Nunca me
arrepentí de no follarme a Jennifer. De hecho, no recuerdo ni su nombre. Follar, no follar,
que más daba. Ninguna me llenaba como Adriana. Esta vez decidí ir a por todas. Flirteaba
con ella en los descansos, en clase, en los pasillos... En el fondo sé que la gustaba. Solo
era una cobarde como yo. Prefería al acabado de su novio porque era el único tío con el
que había estado en toda su vida. Tenía miedo de que otro no la supiese follar como él, que
no la reventase como él. Se notaba. Iba de digna, pero la gustaba los tíos que la trataban
mal y la follaban duro. Se olía en su risa de zorra. Empezó el verano y lo volvió a dejar con
su novio. Parecía que esta vez iba en serio. En verano trabajaba de socorrista en una
piscina y me invitó a ir. Era la ocasión perfecta. Fui a esa piscina y, para mi sorpresa,
estábamos solos. Tonteaba con ella, acariciándola y jugando, pero siempre que estaba a
punto de lanzarme, me cortaba el rollo y se iba. Al final nunca pasaba nada y, cómo no, a la
semana volvió con su novio. Cuando me enteré, me volví loco. Pegué un puñetazo al
frigorífico de mi casa tan fuerte que casi me fracturo la mano. Se acabó; era la última vez
que lo intentaba. Me estaba volviendo jodidamente loco. Se reía de mí. Sabía
perfectamente lo que hacía. En el fondo, solo era un idiota más del que se mofaba. Me
hundí como nunca. Me hizo sentirme tan débil, tan insignificante, que todo mi mundo se fue
al carajo. Dejé el gimnasio, me drogaba a solas, bebía todos los días, comía sin control…
engordé decenas de kilos. Lo hice aposta. Quería destruirme, de tal forma, que nadie me
reconociese. Odiaba mi físico ¿De qué me servía estar en forma o ser atractivo si estaba
jodidamente solo, si no tenía a la mujer que quería? odiaba verme bien. Prefería ser feo y
gordo. Prefería que todo el mundo me ignorase y nadie se fijase en mí. Dejé el instituto y
comencé el ciclo. El ciclo de fingir no existir. Engordé un montón, destruyendo mi aspecto.
Era como matar mi ser. Entonces, del cuerpo, comenzaron a surgir un montón de cicatrices
internas, estrías. Un montón de rayas rojas horribles. Primero empezaron en los brazos,
después la tripa, las caderas, el pecho. En menos de tres meses estaba repleto de esas
asquerosas líneas. Era repugnante. Había conseguido lo que tanto deseaba, destruir mi
físico igual que mi mente. Sentía, por alguna razón, que esas estrías eran el reflejo material
de mi sufrimiento interno, como si de alguna forma; las cicatrices de mi alma se tallaran en
mi piel. Ahora no solo me odiaba a mí sino a mi cuerpo. Me encerré en mí mismo. María se
fue a Alemania a trabajar, Adriana hizo un grado superior en otro instituto y Carlos se mudó
a Sevilla. Cada uno tomó su camino, menos yo. Yo seguía en el pasado. Me torturaba
mirándome en el espejo. Me pasaba horas delante de él, mirando esas asquerosas
cicatrices. Era un ser horrendo ¿Quién podría quererme así? ¿Qué chica podría sentirse
atraída de mi cuerpo? cuando me aburría contaba las estrías. Había cinco en un brazo,
cinco en otro, diez en la tripa, veinte en las caderas, cinco en una pierna, cinco en el
pecho… debía de tener cincuenta o cincuenta y cinco estrías. Las odiaba; parecían que
estaba lleno de puñaladas. Me había destruido el cuerpo y lo peor de todo es que hiciese lo
que hiciese jamás podría borrarlas. Permanecerían ahí hasta el día de mi muerte,
recordándome el pasado, haciendo imposible olvidar esa época, haciendo imposible huir de
ella. La llevo tatuada en mi piel, por eso jamás la olvidaré. Me jodí la vida por una zorra que
no merecía ni un segundo de mi vida y esas cicatrices me lo recordarían hasta el final. Era
algo triste. Siempre que me desnudaba, duchaba o miraba en el espejo veía esas marcas y
entonces la recordaba, aquella zorra que me robó el alma. Jamás la recuperé; se evaporó
como el humo de un porro. Dejé de pensar en mujeres. Me daba miedo volver a sufrir. Volví
al ciclo, el puto ciclo.
Un día, Viti y yo, estábamos jugando en la ruleta del sportium de Callao. Creo que tenía 19
años. Yo palmé en cinco jugadas, pero Viti no paraba de ganar. Estaba de racha. Parecía
que cada apuesta era un triunfo seguro. Cebaba la zona del cero y ponía la máximo
apuesta en el 26, el 0 y el 32. No solo caía en la zona del 0 sino que encima le tocaba en el
26. Subió y subió de pasta hasta llegar a 100 euros, entonces lo sacó.
-Vamos fuera que me quiero fumar un cigarro -dijo Viti.
Salimos fuera y nos sentamos en un banco. Yo estaba callado, pensando en mis cosas.
-¿Qué te pasa? -preguntó Viti.
-Nada.
-No sé, tío… estás raro.
-Que no me pasa nada, coño.
-Tío ¿Te crees que no sé cuándo te pasa algo o qué?
-Pues sí, me pasa algo…
-¿Qué te pasa?
-Las mujeres que están locas…
-¿Ya estás pensando de nuevo en Adriana?
-No es Adriana, son todas. Cuando no es ella, es Ana o Mara, o cualquiera.
-Tío a millones de mujeres ¿Qué importa?
-Pero yo no quiero a otras mujeres
-No te rayes…
Nos hicimos un porro y fuimos al 100 montaditos de la calle Montera. Nos compramos unas
cervezas y bebimos en la terraza. En esa calle es frecuente que haya putas buscando
clientes. Nosotros nos quedamos mirándo mientras bebíamos. Había una morena con un
culo increíble; me estaba poniendo cachondo. Después de un par de tragos Viti dijo lo que
ambos estábamos pensando.
-Esas putas me están poniendo cachondo, tío.
-Ya, yo igual.
Nos quedamos callados un momento. Viti tenía más experiencia sexual que yo. Estuvo dos
años con una rubia loca que se follaba en el desván. Al menos la había metido. Yo siempre
era el último en todo.
-Tío ¿y si te invito a una puta? -preguntó.
-¿Estás de broma? jajaja -pregunté riéndome.
-No, tío… he ganado pasta, que más da… te invito… así te olvidas de Adriana.
-Tío, ni de coña.
-¿Por qué no? cabrón, a ti lo que te pasa es que eres vírgen…
-Bueno, no soy vírgen vírgen…
-No es lo mismo que te chupen la polla a follar…
-Tío que te follen… paso de perderla con una puta.
-¿Por qué? ¿Te da miedo?
-No…
Seguimos bebiendo en silencio. En realidad, Viti solo quería ayudarme, eso sí de la peor
forma posible. Seguí mirando a aquella morena. Joder, que culo tan bonito tenía. Después
de diez minutos, y unas cervezas, cambié de opinión.
-Venga, págame esa puta.
Nos pusimos de pie y observamos el panorama. Las putas estaban divididas en grupos
según su raza. Las negras se situaban en la calle Gran Vía, cerca del edificio de Telefónica,
las rumanas estaban cerca del mcdonalds y las latinas pasando el 100 montaditos.
Tanteamos la situación. Nos quedamos pensando.
-Tú, pero ¿Esto cómo se hace? ¿Qué las decimos? -preguntó Viti.
-Pues no se tío… -respondí.
Nos acercamos a las latinas. Estábamos nerviosos. Terminamos hablando a la morena
culona.
-¿Cuánto? -preguntó Viti.
-¿Qué? -respondió
-¿Qué cuánto? -repitió.
-¿Lo primero hola, no? soy una persona…
-Emm… sí, hola.
-hola -dije de fondo.
-Hola chicos
-¿Cuánto?
-30 completo.
-Vale, ahora volvemos.
Nos fuimos y le dije:
-¿Qué haces?
-Cabrón, seguro que hay alguna por 25.
Nos acercamos a una rumana. Tenía veintimuchos o treintaipocos. Era una chica morena,
alta, con largas piernas y buen culo. Aunque tenía las tetas pequeñas. Era guapa, pero se la
veía deteriorada. Seguramente, en algún momento, fue una guapa y joven chica con
esperanzas e ilusiones, pero hoy estaba ahí, jodida.
-Hola -dijo Viti.
-Hola -respondió.
-¿Cuánto?
-25.
Me miró con cara de: te lo dije.
-Vale, pues es para él.
-pero… ¿Pagas tú?
-Sí.
La puta miró a Viti con cara de admiración.
-Vale, como queráis.
Viti me dio el dinero y seguí a esa prostituta hasta un portal cercano de la calle Montera.
Llamó al timbre y entramos. Era un edificio cutre y mugriento. Parecía el burdel de Taxi
Driver. El interior estaba viejo y desfasado. Las escaleras y las paredes parecían que
acumulaban roña de hace 40 años. En medio de las escaleras había una especie de
portero/proxeneta que controlaba quién entraba y quién salía. Subimos a la parte de arriba y
entramos en un piso. Dentro había un gran salón con habitaciones.
-Dame el dinero.
Se lo di. A continuación, entramos en una de las habitaciones. Era un sitio bastante hortera.
Una especie de celda de 3x2 con paredes ennegrecidas por el humo y una cama con
sábanas arrugadas y de dudoso aspecto. Se quitó la ropa, mostrando un culo magnífico, y
después me quitó los míos, bajando mis calzoncillos y dejando mi polla al aire. Me la agarro
apreciandola y después me miró.
-Túmbate en la cama.
Me tiré en el colchón. Me la meneó un poco y me puso un condón. Entonces empezó a
chuparmela. Puff, que dolor. Aquella zorra te destrozaba la polla con los dientes.
Seguramente lo hiciese aposta para que no me empalmase.
-Para, para… dios, que dolor.
Intento chuparmela de nuevo, pero volvía ese desagradable dolor.
-Mejor follemos… -terminé diciéndola.
Entonces se puso de espaldas, cogió mi polla y se la introdujo en el coño. Puff, que gusto.
Sentí una gran sensación de calor y excitación. Empezó a follarme con su culo, dando
vaivenes en mi pene. Plash, plash, plash… Después de diez minutos se cansó y me dijo:
-Ahora tú.
Me reincorporé, me cogí la polla y se la metí a cuatro patas. Comencé a dar embestidas
torpes e inexpertas.
-Dame más fuerte, joder.
Empecé a bombear aquel coño. Dando embestida, tras embestida, introduciendo una y otra
vez mi polla hasta el fondo de su chocho. Tras diez minutos llegué al culmen. La puta se
apartó, se pusó las bragas y se encendió un cigarro. Yo me quité el condón y lo tiré a una
papelera; después me vestí. En cuanto me corrí, lo supe; la había cagado. Toda mi vida
recordaría que mi primera vez fue con una puta. Ella empezó a hablar mientras yo estaba
ausente.
-Tienes un buen amigo… te ha pagado un polvo… cuidale.
-Sí -dije, sin prestar mucha atención a lo que decía.
Me fui de allí y me encontré con Viti. Nos fumamos un porro y después nos fuimos a casa.
Al llegar a mi habitación me senté encima de la cama y me quedé en silencio. Me sentía
raro ¿Por qué todo me tenía que salir tan mal? empecé a llorar. Toda la vida recordaría ese
momento. Parecía que estaba destinado a ser un fracasado.
Pasó un año y seguía sin ligar. Con el tiempo empecé a irme de putas. No por vicio, sino
por necesidad. Iba cada tres meses. No me gustaban las putas callejeras, ni los burdeles,
buscaba chicas independientes que trabajaran en su casa. Una especie de novia por horas.
No me sentía cómodo siendo un putero; de hecho, nunca lo fui. Iba porque estaba solo; si
hubiese tenido novia, no habría ido. Siempre me pareció patético pagar por tener sexo, pero
cuando llevas unos meses sin follar, tu polla manda más que tu cerebro. La falta de sexo
puede volver loca a la gente. Para mí era como ir a extirpar un veneno. En cuanto me
corría, me quitaba meses de rayadas y depresiones. Aunque no solía durar mucho esa
felicidad, tres o cuatro días. Era como poner el cuentakilómetros a cero. Después de ese
polvo, acumularía horas y días de stress y depresión hasta que expulsase el veneno de
nuevo. Algunos polvos eran mediocres, otros normales y algunos excepcionales. En
realidad, odio a la gente que habla de la prostitución sin haber sido cliente porque no tienen
ni puta idea. Se piensan que las putas son esclavas de mafias sexuales cuando eso es la
minoría del sector. En realidad, las putas son mujeres que ganan mucho dinero. No son
santas; son personas que cobran seis mil euros al mes. A algunas les gusta su trabajo más
a otras menos, pero todas están ahí porque prefieren chupar pollas a trabajar en el
supermercado; no nos engañemos. Tambien hay putas que les gusta su trabajo; esas son
las mejores. Suelen ser chicas independientes que te abren la puerta de su casa en
sujetador y bragas y te tratan como una persona normal. Yo no trató a las putas como seres
inferiores o despreciables, para mí solo son mujeres. Por eso, supongo, que me tratan
mejor de lo normal. En realidad, muchas putas son mejores personas que mujeres que no lo
son. Un día vi un anuncio de una argentina. Tenía un apartamento en la plaza de los Cubos.
La foto pintaba bien. Tenía un buen par de tetas, un cuerpo esbelto y un culo bonito, aunque
no destacable. Le hablé por Whatssap y concerté una cita. Me presenté cinco minutos
antes. Estaba nervioso y ligeramente empalmado. Le envié un mensaje para avisarla. Me
hizo esperar cinco minutos en la calle y después abrió el portal. Subí hasta uno de los
últimos pisos y después salí del ascensor. Estaba en medio de un pasillo enorme ¿Por
dónde era?
-A ver, número once… por aquí -pensé.
Llegué al número once y toqué el timbre. Entonces abrió la puerta. Era increíble. Estaba
jodidamente buena. Una argentina con el pelo largo y castaño, una cara angelical, un pecho
grande, y unas piernas largas y preciosas. Me dio dos besos, me agarró de la mano y me
llevó dentro de su habitación.
-¿Te pago ahora? -pregunté.
No respondió. Se quitó el vestido que llevaba y se quedó desnuda. Su cuerpo era puro
sexo. Me quedé hipnotizado mirando esas preciosas y abundantes tetas. Tenían el tamaño
perfecto de pezón. Su piel era blanca y sensual, y sus pezones rosados. Agarré sus tetas y
empecé a besarlas y chuparlas. Estaba cachondísimo. Entonces me quitó la ropa y me
quedé en calzoncillos. Me agarró la polla con la ropa interior, la manoseó un poco y
después me miró con una sonrisa. Me quitó el boxer y empezó a chuparmela. Era una
viciosa. La chupaba como una puta loca, sin parar.
-Uff.. -dije.
Entonces agarró mi pene y empezó a darse ostias en la cara ¿Qué cojones? me encanta
esa locura desenfrenada.
-Dame polla -dijo.
Le di un par de pollazos en la cara y volvió a metérsela dentro de la boca. Chupaba sin
cesar, mirándome con cara de zorra. Entonces se la sacó y se quedó obsevándola,
colgando hilos de saliva desde mi pene hasta sus labios. Me la pajeo un poco y dijo.
-Follame el culo.
-Sí -dije yo.
-¿Me vas a romper el culo? -preguntó.
-Puff, sí…
Esa zorra era una ninfomana. No había conocido a ninguna puta que estuviese tan loca.
Me puso el condón con la boca y se sentó en la cama a cuatro patas. Entonces abrió sus
nalgas, con la ayuda de su mano y dijo.
-Metemela, rompeme el culo.
Se suponía que íbamos a follar por el coño, pero no puse objeciones. Cogí mi miembro,
rodeado de plástico, y se la metí lentamente hasta el fondo.
-¡Ahhh! -gritó.
Empecé a follarmela poco a poco aumentando el ritmo progresivamente. Pam, pam, pam…
Mi pubis chocaba contra sus glúteos. La follaba sin parar, a saco. Parecía que una especie
de trance se había apoderado de mí. La reventaba a embestidas sin detenerme mientras
ella gritaba:
-¡Ahhh! ¡Así! ¡Rompeme el culo, destrozame!
La jodía furiosamente, como si cada embestida la llegase a lo más profundo de su cuerpo.
La jodía sin parar, queriendo expulsar todos mis problemas, hasta que por fin…
-¡Ahhh! -grite.
Me corrí como nunca. Mientras esa zorra meneaba su culo, exprimiéndome las últimas
gotas. Entonces nos tumbamos en la cama. Me encendí un cigarro y me quedé en silencio.
Ella no paraba de hablar. No le prestaba mucha atención; estaba a mis cosas. Por algún
motivo, me sentí triste. En el fondo, sabía que follarme putas no me llenaba. No me
atormentaba la falta de sexo sino la soledad, y ese vació no se puede llenar pagando a
nadie. Ella seguía hablando mientras pensaba. En algún momento se calló y dijo:
-¿Estás bien?
-Sí ¿Por qué? -pregunté extrañado.
-Te noto triste.
-No estoy triste.
-Vale…
Me reincorporé, sentándome en la cama, y seguí fumando. Entonces ella se sentó al lado
mío y lentamente acercó su rostro hacía mí. Me miró fijamente a los ojos, me abrazó en
silencio y me besó en el cuello y la mejilla.
-Tú no necesitas sexo sino algo de amor…
Aquel gesto me puso más cachondo que todo el sexo anterior. Soy un romántico sin
remedio. Me sentí débil, por primera vez en muchos años. En el fondo, no ligaba porque no
quería. Había chicas de mi clase que me lanzaban indirectas, chicas que les gustaba, pero
tenía miedo. En realidad, me aterraba volver a abrirme con una mujer. Me daba miedo
volver a sufrir. Huía de cualquier relación sería o compromiso porque estaba acojonado de
que me volviesen a hacer daño. Prefería estar solo, follarme putas, matarme. Huía de esos
momentos. Me aterraba volver a enamorarme. Me puse nervioso ante aquella demostración
de afecto y me vestí rápidamente. La puta se quedó sorprendida ante mi reacción.
-¿Estás bien? -preguntó
-Sí…
Me puse las zapatillas y me fui por el pasillo. Entonces lo recordé, el dinero. Si no lo hubiese
recordado, no me lo habría pedido. Me apiadé de ella, volví a la habitación y le dije:
-Tu dinero, se me olvidaba…
La pagué. Se levantó, me dió dos besos y me marché de allí.
Al llegar a casa estaba profundamente deprimido. Toda mi vida era una continua
insatisfacción crónica. Nada me era suficiente porque en el fondo sabía que necesitaba una
mujer como yo y seguramente jamás la encontraría. Solo necesitaba dejar de sentirme
vacío. Fui a la cocina, abrí el cajón de los cubiertos y cogí un cuchillo. Después fui al baño,
aparté la mampara y me senté en el plato de ducha. Acerqué el cuchillo a mi muñeca. Era la
hora. Era la única forma de dejar de sufrir. Me desengraría lentamente hasta huir de una
vez por todas. Miré la hoja; estaba afilada. Mis ojos se reflejaban en ella. El filo rozaba mis
venas. Solo necesitaba un simple gesto, un movimiento de muñeca, y me iría. Estaba
decidido. Miré la hoja y a la vez observé mis ojos. Tenía ojos de viejo. Mi mirada transmitía
una mezcla de destrucción, dolor y caos. Era un viejo de 22 años. Apoyé la hoja contra mis
venas, pero, entonces; oí el sonido de la puerta. Era mi madre. Anduvo por el pasillo hacía
el baño y yo salí rápidamente de la ducha y me quedé mirándome en el espejo con el
cuchillo en la mano. Entonces llegó hasta el baño, me miró y dijo:
-¿Qué haces con el cuchillo en el baño?
-Nada, que no podía abrir una cosa…
Dejé el cuchillo en el cajón y me fui a la calle a beber.
María volvía cada medio año y quedábamos para tomarnos unas cervezas. Ahora tenía
novio, un chico llamado Dani. Era un chaval serio, mayor que ella, y de apariencia corriente.
Pelo corriente, cara corriente, cuerpo corriente, un tipo corriente. Lo que al principio me
extraño de él es que no podía calarle. No sabía que pasaba por su cabeza ¿Le caía bien o
mal? quién sabe. Tenía, lo que en el mundo del juego se llama, una cara de poker perfecta.
Probablemente, si hubiese sido más listo, habría ganado millones, pero ahí estaba bebiendo
frente a Matt Damon en The Rounders. No podía leer sus cartas y me ponía nervioso. La
gente no lo sabe, pero me encanta psicoanalizar a las personas; tengo un don. Por eso me
desconcertaba ese tipo; era imposible de psicoanalizar. Un tipo corriente. Con el tiempo
descubrí que no podía calarle porque no había nada que calar; era lo que veías. Me caían
bien. Eran un poco bordes y directos y eso lo apreciaba. Odio a los bienquedas. Me gusta la
gente que me diga su opinión a la cara, aunque esa opinión sea errónea. Lo que María no
sabía es que odiaba esas reuniones semestrales. Al principio me apetecía, pero conforme
pasaba el tiempo, me daba cuenta de que cada vez que ellos venían, yo seguía
exactamente igual, en el mismo punto. Sus vidas avanzaban sin parar, mientras yo
continuaba igual que hace seis años. Fingía que no pasaba nada, ya que ellos no tenían la
culpa, pero siempre que les veía me volvían las depresiones. Odio encontrarme a gente del
pasado porque regresan todos esos recuerdos que creía tener enterrados. Entonces
tomaba éxtasis, xanax... cualquier droga dura en forma de pastilla. Ya que, al beber y fumar
todos los días, cuando estaba jodido de verdad, necesitaba algo más fuerte. Mi única regla
era: ni drogas que se esnifan, ni drogas que se pinchan. Desfasaba unos fines de semana y
después volvía a mi lenta destrucción etílica. Dicen que los suicidas son unos cobardes,
pero yo opino que hay que tener un buen par de pelotas para hacerlo. En el fondo es gente
que decide su destino. Muchos no lo entienden. Cuando tu vida es solo dolor, la muerte es
una liberación. A veces me iba a dormir deseando no despertar. La muerte dulce. Por eso
me drogaba, porque en el fondo anhelaba la muerte. Tenía la esperanza de que cualquier
día una sobredosis, un fallo renal, un coma etílitico, un cáncer hiciese el trabajo que no
tenía huevos de realizar. María sabía que no ligaba. Seguramente pensaba que era un
pajero, un asexual o un maricón reprimido. Intuía que algo me pasaba, pero no intuía el qué.
Lo que me pasa es que soy un kamikaze, un suicida, un loco idealista… En el fondo, nadie
me quería porque me odiaba a mi mismo. Odiaba mi aspecto y mi forma de ser. Odiaba la
vida, odiaba a la gente, odiaba la soledad, odiaba mis cicatrices, odiaba mis vicios, odiaba
levantarme por las mañanas, odiaba odiarme, odiaba odiar… ese era mi mayor error, me
pasaba la vida viendo el lado negativo de todo. Me destruía por mujeres que no merecían la
pena porque buscaba una aprobación externa. Necesitaba sentirme valorado, pero si no te
valoras tú mismo quién cojones va a hacerlo. Con el tiempo las mujeres llegaban a mi vida,
principalmente locas, drogadictas y borrachas, pero jamás terminaban de llenarme. El amor
¿Qué es el amor? yo creo que es la droga más fuerte que existe. Te hace sentirte más vivo
que nunca y cuando todo se estropea solo queda dolor y una sensación de vacío y soledad.
El amor. El amor es como el mdma, te hace sentirte vivo, llegar al éxtasis, pero tarde o
temprano te acaba pegando el bajón.
Lo que la gente no quiere entender es que nada ni nadie es para siempre. Basan su
felicidad en la compañía de esa persona especial y, tarde o temprano, cuando se esfuma,
se hunden en la mierda. El ser humano pocas veces ama de verdad, la mayor parte del
tiempo posee, intentando alargar algo efímero. El amor no está hecho para toda la vida.
Nada está hecho para siempre. Todo tiene fecha de caducidad ¿Por qué nos atormentamos
en vez de disfrutar el momento? ¿Porque no exprimimos cada puto segundo? porque nos
aterra estar solos. Jamás conocerás la verdadera felicidad si primero no has visto el peor
lado de la vida. No temas el dolor, abrázalo. Es como un sabio anciano que te susurrará
secretos al oído. Aprende de él; no lo reprimas. Es peor dejar de sentir que matarte
lentamente. Jamás dejes de sentir. Aprende del dolor. Ese viejo amigo. No, no me da miedo
la soledad, de hecho, la disfruto. Si no puedes ser feliz solo, no serás feliz jamás. La gente
teme estar sola porque teme conocerse. Saben que están vacíos y perdidos y no lo quieren
afrontar. Prefieren seguir patrones generalizados. Terminan el instituto, consiguen su
licenciatura, trabajan de 9 a 5, consiguen una mujer sosa, una casa fea, unos niños
chillones… y lentamente mueren. Otra vida más, nada especial ni peculiar, otro número más
de la masa. Parecía que todos querían los mismos objetivos. No lo entendía ¿Era yo el
raro? pensaba en el futuro y me daba igual tener familia o no, me importaba una mierda
tener hijos o estar casado, solo quería experimentar la vida como una aventura. Salir del
barrio, salir de Madrid, de España… sentía que mi vida estaba fuera, en ningún lugar en
concreto, sin rumbo específico, sin nadie, solo yo, mi coche, unos cuatro pares de litros de
cerveza, una bolsa de 5 gramos de marihuana y un portátil para escribir. Ese era mi sueño.
Me daba igual el amor, la amistad, crear una familia… solo quería alejarme de todo y
perderme hasta que nadie ni nada me recordase y en ese instante ser yo. Ser por fin yo al
100%. Conocerme realmente. Uno nunca sabe quien es porque vive condicionado por su
entorno. Crees saber quien eres, pero solo basas tu percepción según la percepción que
tienen los demás de ti ¿Quién era? ¿Era el Miguel familiar, el camello, el amigo que se
droga, el alcohólico, el suicida, el putero? ¿Quién era? no lo sabría hasta que me largase de
aquí. Hasta ese momento seguiría repitiendo los mismos errores, cayendo en los mismos
patrones de conducta, en los mismos hábitos ¿pero cómo podía cambiar? el tiempo pasaba
y seguía en la misma casa, con los mismos amigos, con los mismos vicios y en los mismos
bares. No podía seguir malgastando mi vida. Necesitaba exprimir el presente, porque en el
fondo, sabía que algún día moriría y de alguna forma sentía esos pequeños instantes de
placer como una victoria. Exprime cada segundo. El presente es tuyo; el futuro no es de
nadie.
Una mirada
Nos perdimos en ciudades sin alma, buscando droga en las esquinas. Sólo queríamos una
salida a este infierno, una huida, una excusa para dejar de sufrir. Tragamos aquel químico
de sabor ácido y esperamos. Siempre odie esperar, sabía lo que quería y lo quería ya.
Nunca supe esperar, lo que espantada mis posibilidades de éxito. Ansiaba y presionaba al
mundo y a las personas, haciendo que huyesen de mí. Todavía no lo sabía, pero el truco de
la vida era fluir con el mundo, sin pedir ni necesitar nada, sin exigir algo a cambio. Hasta
que no llegue ese momento solo serás otro esclavo más del tiempo. Cada segundo hace
que estés más cerca de la muerte. No temo a la muerte. La muerte me hace sentir
jodidamente vivo, hace que este instante entre tú y yo sea eterno, le dije a esa rubia
mientras miraba sus ojos azules. Una mirada. Solo pido eso, una mirada. Tu culo perfecto y
tus bonitas piernas se marchitarán, pero siempre recordaré esa mirada. Esa expresión hacia
que mi alma sintiese una fuerte punzada, como una especie de puñalada que revolvía todo
mi interior. En esos pequeños momentos dejaba de sentirme vacío. Eran hermosos esos
pequeños segundos, valían más que una década, valían más que muchas vidas.
Borracho
-Siempre he estado confundido ¿No soy feliz o no se vivir? ¿Cuál será la clave de todo?
sigo en las mismas esquinas con olor a orina y potas de bar. Sigo aquí, matándome. Bebo
muerte y fumo temor ¿Dónde está esa puta salvadora? no te pago una copa, te pago una
sonrisa. Volverán los buenos días, las noches mágicas, grandes botellas de ron y muchas
bolsas de maría. Y mientras, la percepción de quien eres muere. Es precioso. Toma lsd y
muere. Muere y renace nuevo. Es aburrido escribir siempre alrededor de una historia. Es
más bonito improvisar, como un poeta, un saxofonista o un vividor. No quiero la misma vida
aburrida que los demás robots. Señor, a mí póngame dos copas de whisky y kilómetros que
recorrer. No te fíes. No te fíes de la gente. Te engañarán, te mentirán, te contaran solo su
parte de la historia. Tampoco te fíes de ti. Tú también te mientes. La realidad es solo una
alucinación. Todo es una percepción ¿Cuál es el punto de vista correcto? pagando alcohol
con horas de vida, malgastando horas de vida por el alcohol ¿Esto es todo? quiero más.
Salí de aquel bar con mi última cerveza y di un par de pasos. Fui a sacar el móvil, para mirar
la hora, y entonces, se me cayeron las llaves. El sonido tintineante me alertó. Miré hacía
abajo, me agaché y las cogí. En ese momento la cerveza se me resbaló de los dedos,
haciendo malabares entre mis manos, para al final acabar estrellándose contra el suelo,
produciendo un estruendoso ruido ¿Dios, te ríes de mí? ¿Acaso soy un puto bufón para tí?
¿Soy tu puto comediante particular? ¿Por qué tienes que joderme la última puta botella?
jodida mierda. Me fui andando torpemente por aquellas estrechas calles. En realidad, no
vamos a ninguna parte, solo queremos hacer tiempo mientras tanto. La tienda estaba
cerrada. Me tocaba ir al 24 horas. Había 10 minutos de camino. Me hice un gran porro y
empecé a andar. Tras dar mi primer paso comenzó a llover. Soy un chiste andante y dios
debe de ser un cabronazo con un raro sentido del humor. Seguí andando, fumandome
aquel peta. Por el camino tropecé, metiendo mi pie en un gran charco, y caí contra el
asfalto. Mis manos se rajaron por el impacto. La sangre se mezclaba con el agua de la
lluvia, formando un arroyo que acababa en la alcantarilla. Mis manos estaban magulladas y
llenas de arañazos, el porro estaba aplastado y mojado, y mi pie estaba empapado. Llegué
al 24 horas, pero nadie abría la puerta. Tras diez minutos, un empleado me abrió. Me miró
extrañado. Sí, hijo de puta, he tenido un mal día, no me toques las pelotas, pensé. Pagué mi
botella de whisky y salí de allí. Andé diez metros y de repente la bolsa se rompió. La botella
cayó contra el suelo, convirtiéndose en un puñado de cristales. No hay suerte para los
buenos. Los días cada vez pasan más rápidos, igual que los años ¿Os acordáis cuando
empezamos a beber? éramos unos buenos cabrones. Buenos tiempos, eran buenos
tiempos. Todavía recuerdo cuando nos juntábamos todos en casa de Herni y bebíamos
hasta no poder más. Todos los viernes alguien echaba la pota. Era una divertida lotería
¿Quién se acordará de mí cuando haya muerto? Vosotros, seguro. Un día vomité tanto que
casi me ahogo. Los espaguettis se quedaron atascados en mi laringe. Un segundo más y
habría muerto. Titular: Un hombre muerto por vomitar espaguettis. Mi vida es un chiste cruel
¿Recuerdas cuando eramos libres? ¿Lo recuerdas Viti?
-Joder… está muy borracho -dijo Viti a Miki.
Me encontraba tirado en un portal. Balbuceando, escupiendo palabras, sin saber bien a
quien iban dirigidas. Miki y Viti me agarraron y me llevaron a mi edificio. Subí las escaleras
tambaleándome. Todo se movía alrededor. Tanteé la cerradura con la llave y después de un
rato conseguí abrir la puerta. Llegué a mi habitación, me quite la ropa y me tumbé en la
cama.
-¿Seguimos igual no? no cambias. Algún día conseguirás lo que tanto deseas, destruirte.
Mientras tanto bebo, no voy a ninguna parte solo estoy haciendo tiempo -dije, pensando en
voz alta.
El sentido
Estaba obsesionado con las setas ¿Cuál sería el siguiente nivel? ¿Cuánto más podría
aprender? quería llegar hasta el final. Siempre he sido una persona compulsiva. Cuando
descubría una nueva afición o probaba drogas por primera vez, repetía y repetía, hasta que
me cansaba o me hacía daño. Ahora era el turno de los hongos.
Era sábado, me aburría y no tenía nada que hacer. El día anterior había comprado una
ración de dos gramos por quince euros, pero llegué tan borracho a casa que me quedé
dormido. No sabía si tomármelo o no; no me apetecía demasiado. Cuándo estás borracho
haces o compras muchas gilipolleces. Estuve indeciso todo el día. Siempre que voy a tomar
setas, dudo y me pongo nervioso pensando en las posibles consecuencias negativas de la
psilocibina ¿Será esta vez? ¿Me sentarán mal? ¿Tendré un mal viaje? La incógnita me
producía un cierto rechazo, aunque las ganas de un buen colocón siempre se anteponían. A
eso de la una de la noche dudaba entre cenar o tomarme la dosis; opté por lo segundo. El
sabor era más asqueroso que otras veces. Mastiqué aquella especie de champiñones, di un
sorbo de agua y tragué. Mis padres estaban durmiendo en la habitación de al lado. No
podía hacer mucho ruido o me descubrirían. Me empecé a emparanoyar ¿Y si empezaba a
gritar y entraban por la puerta? Definitivamente, sería la última gota para que me echasen
de casa. Aquello me preocupó, aunque, como muchos drogatas ya saben, uno no piensa en
las consecuencias hasta que ya está drogado. A los cinco minutos, el dolor de tripa empezó.
El principio de los hongos siempre es una auténtica mierda: ansiedad, dolor de tripa,
sensaciones extrañas, punzadas u hormigueos en el cuerpo, náuseas. Era como estar
mareado en un coche que toma muchas curvas. Mi cuerpo y mi mente sabían que se
aproximaba algo fuerte, una gran ola que surcar. Era una sensación extraña y
desagradable, algo difícil de explicar con palabras. Para evitar los mareos y las náuseas
fumaba marihuana, sin tabaco, y remitía el malestar. Me sentía raro, como nervioso o
paranoico. Me obsesioné con la idea de que mis padres entrarían por la puerta en cualquier
momento, descubriendo mi extraño estado, así que decidí irme. Cogí una mochila y la llene
con un grinder, papel de raw, cartón, un gramo de marihuana, mechero, una botella de
agua, mi móvil, mi cartera y veinte euros. Salí de mi casa en dirección a la cancha de
baloncesto del parque del oeste. Bajé hasta la calle Princesa, me metí por la plaza de los
Cubos y llegué al Templo de debod. Entonces el malestar regresó, sin previo aviso, como
un gancho inesperado a la mandíbula. Odio esas horribles punzadas en el estómago, son
como pequeñas puñaladas, como pequeñas sanguijuelas que te devoran por dentro. Crucé
la acera y me adentré en un laberinto de callejuelas. Saqué un porro, que llevababa liado, y
lo encendí. Di un par de caladas y exhalé el humo. Nubes blancas desvaneciendose en el
olvido, pensé. Estaba inmerso en otra aventura más. En el fondo, nunca dejaremos de ser
niños grandes. Niños que quieren jugar, divertirse y explorar el mundo para, al fin, conseguir
encontrar su lugar, y de paso, a sí mismos. Bonita reflexión, pensé. Por un momento sentí
que había dejado todo atrás: mi casa, mi familia, mis amigos, mi ciudad. Tenía la percepción
de que estaba abandonando todo. Era un viajero sin destino. No viajaba por llegar a un sitio
si no por la experiencia de vivir. La vida se presenta como tal cuando dejas que te
sorprenda. Caminaba y caminaba, pero parecía que no avanzaba. Los pensamientos eran
fluidos y desordenados. Los sonidos se escuchaban distintos. Después de andar tres
minutos, que parecieron treinta, pasé delante de un grupo de fumados y todos me miraron
fijamente. Me sentía amenazado y observado. Decidí mirar al suelo. Daba un paso y
después otro. Cada paso duraba una eternidad; era algo acojonante. Intentaba aumentar mi
velocidad, sin embargo, no servía de nada; todo estaba ralentizado. Di un paso y otro y otro.
Después de veinte pasos me alejé de aquel grupo. Seguramente pensarían que era una
especie de yonki o esquizofrénico. Saqué el móvil y miré la hora. Solo habían pasado
quince minutos desde que salí de casa ¿quince minutos? ¿Cómo era posible? Al menos
debía de haber transcurrido una hora. No tenía sentido. Al darme cuenta de lo lento que
había pasado el tiempo, me reí de forma histérica. Ya estaba cerca, a menos de 250
metros, sólo quedaba pasar un pequeño parque infantil, bajar una cuesta, cruzar la rotonda
y llegar a la cancha. Cada sitio por el que pasaba parecía un pequeño ecosistema o mundo.
La gente me miraba de forma extraña, como si supiese la condición pasajera por la que me
veía afectado. El barro de la tierra del parque parecía resbaladizo y peligroso. Sorteé los
charcos, caminando como si fuese Jack Sparrow, y pasé de largo aquél raro mundo bajo la
mirada incrédula de un cincuentón aburrido ¿Que debía pensar de mí? mejor dicho ¿Qué
importaba? nos pasamos la vida perdiendo el tiempo pensando en que opinan los demás de
nosotros. Qué importancia tenía lo que opinase de mí, él jamás experimentaría una
sensación tan humana. Sería un robot más, un npc. Me sentí triste por él. Da pena que la
gente no llegué a nuevas percepciones. Percepciones que cambiarían su existencia para
siempre. Descendí por la cuesta que llevaba hacía la cancha de baloncesto. Mis
pensamientos surgían sin control: tristeza, felicidad, paranoia, incertidumbre... Las sombras
de mi cuerpo, que producían las farolas, me observaban. Parecía que tenían vida, que me
estaban acechando, como si cada sombra representase un sentimiento o una personalidad
de mí mismo. En ese momento, la luz disminuyó poco a poco hasta que me quedé casi a
oscuras. Y de repente, como una punzada en la nuca, sentí que había alguien detrás mío;
me giré; no había nadie. La luz regreso paulatinamente hasta volver a la realidad. Continué
bajando la calle, observando aquellos amenazantes seres que me seguían, imitando mi
aspecto en otro plano. Un montón de camiones de basura se organizaban a lo largo de la
rotonda, haciendo estruendosos sonidos y emitiendo luces intermitentes, sobreestimulando
mi cerebro. Mi visión se convirtió, de nuevo, en un gran angular. Por alguna extraña razón
me sentía perseguido y amenazado, lo que hacía que mirase constantemente a mi
alrededor. Por fín llegué a la cancha y me senté en un banco. Estaba agotado; parecía que
llevaba días andando. Mis sentidos se agudizaron como nunca. Oía cualquier leve sonido o
ruido; mi visión era perfecta; mi tacto se apreciaba diferente... Me sentía en alerta,
preparado para que alguna especie de depredador me atacase en cualquier momento. Me
giraba, vigilando mi espalda continuamente. Sabía que era una estupidez, pero no podía
evitarlo. Por algún motivo sentía esos instintos innatos de supervivencia. Decidí hacerme un
porro para tranquilizarme. Saqué el grinder, metí medio gramo de hierba y lo piqué.
Mientras, alrededor, la luces de las farolas se apagaban y encendían lentamente. Los
efectos eran parecidos a otras veces. Saqué la hierba del grinder, la extendí en el papel y le
puse el cartón. Mis manos estaban entumecidas, no tenía movilidad en los dedos, salvo en
el pulgar. Parecía que había olvidado utilizar mis dedos de forma normal, como si tuviese la
mano de un simio. Me lié el canuto y lo encendí. Di una larga calada y expulsé una gran
nube blanca. Me sentí muy agusto. Era uno de esos momentos que sabes que recordarás
toda tu vida. Un lugar en el tiempo sagrado y especial. Le di otra calada y el colocón me
hizo subir realmente alto. La mente, por segundos, se evade de tu cuerpo. Olvidas todo lo
demás mezclándote con el presente inmediato..
¿Por qué había estado tan paranoico cinco minutos antes? no tenía sentido. Me había
comportado como una especie de superviviente perdido en la selva. En ese instante lo
comprendí, con el paso de los años, de la evolución y del avance tecnológico, hemos
olvidado lo que somos, el origen, lo que nunca dejamos de ser. En realidad, solo somos
animales, solo somos otro ser vivo más que se volvió consciente de su existencia y
evolucionó, olvidando quien era por el camino, obviando nuestros instintos innatos, pero
esos instintos jamás se olvidan. Los psicodélicos te hacen reconectar con el hombre
primitivo, el ser humano tribal, la verdadera esencia natural de nuestro ser. Porque por más
que pasen los años, por más dinero, ropa, móviles o coches que tengamos, siempre
tendremos esos instintos animales. Siempre seremos ese hombre o mujer de la tribu. Se ve
todos los días en todas partes, hombres que compiten entre sí por una mujer o que hacen
ostentación de bienes materiales y estabilidad económica, mujeres sobreprotectoras con
sus hijos o con vocaciones más empáticas (psicólogas, profesoras, cuidadoras…), etc. Los
hombres somos más agresivos y territoriales porque en el ámbito natural era el rol que
desempeñábamos para proteger a nuestras familias de depredadores o enemigos. En
cambio, las mujeres son más selectivas sexualmente porque necesitaban un hombre fuerte
que protegiese y abasteciese a sus familias. Rápidamente saqué el móvil y me grabé
explicando esta reflexión. Sin embargo, las palabras no me salían, me costaba hablar o
terminar una frase. Tras unos segundos, por fín, lo logré.
-Las setas… las setas te hacen… volver al origen… al ser humano primitivo…
Después de decir eso miré el móvil. No me lo podía creer, la grabación duraba cinco
minutos ¿Cuánto tiempo había transcurrido realmente? volví a descojonarme, lanzando
carcajadas al viento. Mi risa daba miedo, sonaba a locura, si es que la locura suena a algo.
Me miré la cara en la cámara del móvil. Era jodidamente feo. Mi rostro cambiaba según la
percepción y los segundos que me quedase mirando. Era un feo hijo de puta. A lo mejor por
eso se me daban mal las mujeres, la supervivencia del más apto. Los machos con peores
dones físicos son descartados por la hembra de su especie. Estaba claro, estaba destinado
a la muerte sin descendencia. Me cansé de pensar y puse música. Elegí Blessed de
Schoolboy Q. La instrumental, instantáneamente, me hizo experimentar un colocón único.
Como si mi mente saliese por breves centésimas de segundo de mi cuerpo. El loop me
elevaba, mientras los pequeños matices de la voz, el bombo y los efectos envolvía todo
como una especie de ambiente onírico. Estaba realmente drogado. La música se
escuchaba mejor que nunca, era algo orgásmico, sagrado, ritual. Empecé a bailar. Dando
vueltas en círculos, como si fuese una especie de indígena o chamán. Bailaba y bailaba,
apreciando el instante. Danzaba con la muerte. Estaba vivo. Algún día me marcharía de
aquí, pero hoy estaba vivo. Era libre. En algún momento, el baile se convirtió en un trance,
fundiéndome con la energía del universo. Miré al cielo y di las gracias. Me quedé de pie
unos minutos, admirando las pocas estrellas que se veían. Que diminutos somos. No soy
nada. Las estrellas son granos de arena desde mi ventana. Me senté en el banco y me
terminé el porro. Ya no había nada que hacer allí, aquel sitio me había dado todo lo que
podía ofrecer. Me levanté y me fui buscando más experiencias. Cada sitio cambiaba mi
colocón, cada lugar me aportaba algo nuevo. Estaba en medio de una extraña aventura
psicodélica. Amo vivir en la incertidumbre del futuro, fluir con el mundo esperando la
siguiente sorpresa. Decidí volver a Plaza de España. Primero tenía que ir a la calle Rosales
y volver por donde había ido. Me adentré en una especie de bosque y subí por una cuesta
de tierra. La oscuridad envolvía aquella zona tenebrosa. Subí la pendiente y mis sombras
aparecieron de nuevo, observándome más amenazantes que nunca. Me miraban,
esperando cualquier momento de debilidad, pero, como yo no las dejaba de prestar
atención, no podían hacerme nada. Llegué arriba y me lie un canuto. Era el peor peta que
me había hecho en esta vida. Estaba blando y lleno de bolsas de aire. Parecía el primer
porro hecho por el hombre. Regresé por el mismo camino que había ido, fumandome aquel
largo y raro canuto. Kendrick Lamar y su HiiiPower retumbaba en mi móvil. Los tambores y
bombos de la música me hacían pensar que formaba parte de una tribu que caminaba hacia
la victoria vital de nuestra existencia. Sin mirar hacia atrás, solo pensando en el futuro, en el
mañana. Miré hacia atrás y entonces lo entendí; no tenía sentido vivir en el pasado ya que
el pasado ya no existe. Estaba feliz; me sentía unido con el mundo. Caminé de vuelta al
Templo de Debod y por el camino me encontré con los mismo fumados que antes. Esta vez
no me prestaron atención. El tiempo no se ralentizó. Me entró sed y cogí la mochila. Mi
cerebro tuvo una especie de bloqueo ¿Qué era esa cosa y como se abría? parecía un
chimpance descubriendo el fuego. Después de un rato, abrí la mochila y bebí un largo trago
de agua. Seguí andando, feliz, riendome solo. La música sonaba tan jodidamente bien,
mejor que fumado, borracho o puesto de éxtasis, mejor que nunca. Nada importaba, pero
porque, en realidad, casi nada es importante de verdad. Me sentía un miembro desterrado
de una tribu, un solitario que estaba buscando su lugar en el mundo. Andaba y andaba
persiguiendo el sentido. Caminaba con el universo. La música transmitía bellas vibraciones
alrededor. La vida puede ser tan jodidamente bella y a la vez tan cruel. Todo es
contradictorio. Después de caminar cinco minutos, llegué al Templo de Debod. Miré a mi
alrededor. Estaba rodeado de grandes colinas. En ese momento, ví a cuatro o cinco chicos
en uno de esos montes. Era una emboscada; esa puta tribu iba a matarme. Podía distinguir
sus sombras, escondiéndose detrás de los setos, dispersandose para rodearme. Estaba
jodido. Andé un par de pasos y me di cuenta de la gilipollez que acababa de creer. Los
instintos. La música cesó en algún momento sin que me percatara del motivo. Era increíble
como la vida cambiaba radicalmente al quitar la música. Deben de ser por las frecuencias o
las vibraciones. En el fondo, este universo es frecuencial. Atraemos lo que pensamos
porque vibramos en una determinada frecuencia. Me paré y la puse de nuevo. El buen rollo
regresó. Llegué a Plaza de España. Estaba en el centro de esa extraña ciudad. Era la
misma ciudad de siempre, pero se veía muy distinta. Un charco reflejaba el color rojo de un
semáforo, las luces de los coches creaban estelas que se alargaban, los colores eran más
saturados... Miré los coches y a los edificios ¿Qué estábamos haciendo al planeta? ¿A
donde habíamos llegado? dejamos de estar en armonía con el mundo y la naturaleza, y nos
convertimos en una plaga. Tenemos que volver a los pueblos, el campo, las playas, la
montaña, la tierra... tenemos que huir de esos ecosistemas prefabricados y reconectar con
el universo o sino estaremos perdidos. Todavía no era el momento de regresar a casa.
Quería ir a la plaza de la Catedral de la Almudena. Siempre fue un lugar especial para
tomar setas. La estatua de San Pedro tenía algo hipnótico, complicado de entender. Crucé
hacia los Jardines de Sabatini para llegar al Palacio real. En la plaza había un montón de
mendigos durmiendo, colocados en filas, tumbados sobre cartones y protegidos por sucias
mantas. Apagué la música para no despertarles. Por unos segundos sentí su sufrimiento.
Era una putada ser un sin techo, pero tenía que seguir mi camino. Todos tenemos que
seguir nuestra propia senda. Subí la cuesta hacia la plaza del palacio real y me percaté de
que todo el mundo me miraba raro ¿Se me notaba tanto? caminaba de forma torpe, las
piernas me bailaban, el cuerpo me pesaba y tenía calor. Verme caminar debía de ser un
espectáculo. Decidí parar para beber agua y esperar a que la gente dejase de mirarme. Al
minuto, seguí mi camino. Llegué al Palacio Real. Me sentía en otra época. Las antiguas
farolas, que se disponían a lo largo de la plaza, parecían encendidas por llamas blancas en
vez de bombillas. Empecé a oir unos tambores y unos cánticos tribales que provenían del
final de la calle. Había un grupo de personas al fondo. Lentamente se fueron acercando. El
sonido me envolvía en una especie de experiencia mística o trance. Cuando por fin pude
comprender lo que pasaba, me di cuenta de que era un grupo de ultras de algún equipo de
fútbol y lo que sonaba era reggaeton. Creo que en ese momento empecé a alucinar
levemente. Llegué a la plaza de la Catedral de la Almudena. Andaba lentamente,
encendiendo lo que quedaba de la ele. Los pájaros piaban en aquel sitio creando un
ambiente reconfortante. Caminé hasta el fondo, lentamente, como el que pasea un domingo
por la mañana sin pretensiones de llegar rápido a ninguna parte. Las prisas matan el
presente ¿Y qué es la vida sin apreciar el instante? un puñado de ilusiones que fracasan.
Miré hacía el cielo. La luna se veía enorme ¿Sería producto de las alucinaciones?
-Solo somos animales con demasiado ego. Ni somos el centro del universo ni somos
importantes. Solo somos una mierda en medio de algo enorme, aunque da igual. El
problema del ser humano es que no acepta su papel en este juego. Queremos abarcar más
de lo que somos. Todo es dios, todo es uno. Nuestra individualidad seguramente muera,
salvo los que alcanzan la iluminación. Me da igual. Me da igual morir. Hay que estar
agradecido al universo por cada segundo. En realidad la vida no trata sobre todo lo que
creemos. La vida trata sobre alcanzar la iluminación -pensé.
Y de pronto, algo sorprendente pasó. Comencé a escuchar a un búho. Un jodido búho en
medio de la ciudad. No era posible. Debía de ser una alucinación. Aún así, preferí ignorarlo.
Me daba igual; estaba demasiado cansado. Me pesaba el cuerpo y los párpados. Las
farolas de la plaza estaban colocadas sobre bloques cuadrados de piedra. Harto de pensar,
me senté en uno de los salientes. Necesitaba descansar. Parecía que, en cualquier
momento, podía quedarme dormido. Dejé la mente en blanco durante quince segundos,
mirando al suelo, y entonces lo comencé a ver. Del suelo surgieron, poco a poco, un
montón de mandalas que giraban en patrones simétricos perfectos. Era algo extraordinario.
Miré incrédulo unos instantes. Esos mandalas no paraban de girar, hipnotizándome. Sentí
paz. Una paz que jamás había experimentado. No se cuanto tiempo fue ¿10 o 15
segundos? ¿Quizás 5 minutos? no lo sé. Perdí totalmente la percepción temporal.
Entonces, de golpe, me entró un extraño terror. Un miedo que no había sentido nunca. Aún
no estaba preparado para llegar a esos niveles de consciencia. Aparté la vista de aquellos
patrones y giré mi cabeza hacia la catedral. Intenté pensar en otras cosas y huir de aquel
estado, pero sin darme cuenta, entré en una especie de trance místico del que no podía
escapar. Mi cara se movió involuntariamente, hacía los mandalas. Los patrones giraban y
giraban. Era algo sagrado o divino. De repente, perdí la sensación de mi cuerpo y
lentamente todo mi mundo se volvió oscuro salvo aquellas extrañas figuras. Entonces, mi
cara se movió, de nuevo; involuntariamente. Miré ligeramente hacía arriba y de repente,
sentí una acumulación de energía descomunal en la zona de la frente denominada como
tercer ojo. Estaba a punto de salir de mi cuerpo. Lo sabía y me asusté ¿Será este mi
destino? ¿Y si no puedo regresar? ¡Noooo! ¡No quiero irme! ¡Todavía es demasiado pronto
para mí! y de golpe volví a la normalidad. Me levante repentinamente con la boca abierta y
sin saber que cojones hacer ¿Qué había pasado?
-¿Qué cojones? -grité.
Me levanté bruscamente. No me lo creía. No podía soportar tanta realidad. Me levanté
asustado y me fuí. El búho volvió a sonar insistentemente. Parecía que no quería que
abandonase aquel lugar. Los mandalas surgían del suelo indicando el camino de vuelta. Me
paré. No sabía qué hacer ¿Qué habría al otro lado? ¿Podría regresar? definitivamente no
estaba preparado. Me alejé de allí y los mandalas lentamente desaparecieron. Seguía en
shock ¿Qué coño había pasado? continué andando. Las luces de los vehículos producían
estelas alargadas, casi infinitas. Delante mía había una pareja. Ambos tenían el cabello muy
largo y llevaban prendas holgadas. Parecían Jesús y María. Podía ver su aura alrededor,
solo en ellos. Debían de tener cierta energía especial, puro amor. Crucé el puente de
Segovia, siguiendo a aquellos seres angelicales. Continué andando hasta que terminó la
recta. El tiempo estaba ralentizado, de tal forma, que los coches dejaban un rastro de su
movimiento. Ahora entendía todo. No eran alucinaciones, eran distintas percepciones del
mundo. Igual que el estado de conciencia corriente, solo es una percepción e interpretación
del cerebro. Esta droga me había hecho llegar a un nivel superior de conciencia en el que
podía ver el tiempo ralentizado. Aun así, me sentía extraño, como Alicia perdida en un
mundo onírico. Comencé a asustarme. Todavía seguía en subida y habían pasado cuatro
horas ¿Cuándo cojones bajaría? lo peor del viaje empezó. Me di cuenta que las caras de la
gente se veían borrosas y deformes debido a mi distorsión del tiempo y el movimiento.
Estaba rodeado de coches y caras distorsionadas en un mundo ralentizado. Definitivamente
era hora de volver a casa. Me costaba pensar con claridad, recordar quien era. Mi ego se
había diluido. Solo seguía a mi instinto de superviviencia que me hacía saber que tenía que
volver a casa, estar a salvo. Sentía el cuerpo demasiado ligero, como si fuese a salir
flotando. Era como no sentir el cuerpo; poder andar, ver, oir, pero no sentir el peso de tu
cuerpo. Por momentos, olvidé quién o qué era. Empecé a pensar que me quedaría así para
siempre, que no volvería a la normalidad, que había alcanzado un grado de iluminación.
Entré en pánico. Había abierto el tercer ojo por ser demasiada buena persona, así que tenía
que volver a ser un hijo de puta egoísta. Pasé de nuevo por donde los mendigos y pensé:
-Puta chusma de mierda, putos inmigrantes…
Funcionaba, los efectos remitían.
-eemm...Heil Hitler...si, eso… Franco era la polla… y… Fidel Castro.
Me reí como un cabrón, despertando a uno de esos pobres bastardos. Estaba claro que no
pensaba eso de verdad, solo era para que se me bajase el ciego. Aunque sirvió de poco; al
cabo de diez pasos volvieron los efectos. Fuí a un chino y compré comida. Engullí como si
fuese un antídoto a un veneno. Aquellos rostros siniestros abundaban por esta extraña
ciudad. Sentía que lo que estaba viviendo no era real, que era un sueño. Estaba atrapado
en un universo lisérgico y no podía escapar de él. De vuelta a casa me encontré con un
conocido. Era Paraguas, el paraguayo.
-Ey men ¿Qué tal? ¿Nos fumamos unos porros?
-Ehh… -dije confuso.
-Ey ¿Estás bien?
Su rostro se deformó creando un aspecto jodidamente horrible. Mi expresión cambió
radicalmente. Ese pobre cabrón debió de ver en mí una cara de auténtico terror. Me fui de
allí sin darle una explicación. Entré en mi portal y subí las escaleras. Abrí la puerta de casa
y fui a la cocina, cruzando el pasillo. Había fotos de mi familia encima de las mesas.
Comenzaron a tornarse siniestras. Las imágenes sobresalían del marco como si tuviesen
relieve. Parecía que esos ojos me observaban, espiándome, amenazándome. Abrí la
nevera y engullí, sin mucho apetito, la máxima cantidad de comida que pude. Después cogí
un tarro de azúcar y me fui a la habitación. Me tiré en la cama y me tumbé. Observé mi
cuerpo. Se veía raro, como si no me perteneciese. Abrí el tarro de azúcar y metí el dedo
atrapando aquella sustancia blanca una y otra y otra vez. El efecto no pasaba ¿Qué coño
haría? encima tenía que trabajar en nueve horas. Me tumbe a oscuras en la cama y me
puse a llorar. Se acabó. Me había vuelto loco, me había quedado en el viaje. Todo era una
mierda. Entonces comencé a llorar. Me había quedado en el viaje y jamás regresaría. Cerré
los ojos intentando dormir, sin embargo, un montón de figuras y formas aparecieron en mi
mente. Por ejemplo, una especie de hipercubo que se destruía y regeneraba
continuamente, hileras de hojas de marihuana que desfilaban ante mí, patrones infinitos…
dormir así, era imposible. Me levanté, encendí la luz y pusé una película. Necesitaba algo
que me hiciese alejar los malos rollos. Me puse Miedo y asco en las vegas. A los cinco
minutos había olvidado que estaba drogado. Simplemente me limitaba a tomar azúcar,
como si fuese una especie de antídoto a mi locura, mientras Hunter S. Thompson (Johnny
Depp) cruzaba el desierto con su abogado samoano (Benicio del Toro). El viaje en busca
del sueño americano. El sueño americano no era más que la búsqueda del sentido de la
existencia. Los hippies intentaron buscar el verdadero significado de su nación para, de
alguna manera, encontrar su significado como individuo. Me encantaba ver al tito Hunter
tragando esos ácidos. Me hacía partícipe de una época que no pude vivir. Algunos solo
encontramos la estabilidad en el exceso. La rutina y el vacío existencial mata a más
hombres que las drogas. Pocos están vivos y los que lo están son tachados de locos.
Hunter era un cabrón drogadicto, pero era fiel a sí mismo. Había encontrado su razón de
existir, ese camino que le llevaría a la muerte ¿Y Acaso eso no es eso lo que buscamos
todos? La película terminó. Me levanté, fui al baño, me eche agua en la cara y me miré en el
espejo. Tenía el rostro pálido y con abundantes ojeras, aunque me sentía normal, algo
mareado, pero normal. Salí a la calle para confirmar si todo era como siempre. Los coches
avanzaban sin dejar rastros, las luces eran normales, las caras también… Había
sobrevivido. Volví a mi casa, me metí en la cama y me dormí pensando en aquellos
extraños mandalas.
Volveré eternamente
La luna se reía mientras los cobardes humanos luchaban entre sí. Las bombas caían en la
ciudad. La gente moría; los bancos ganaban. Dime si este será mi final, el último dulce
trago. Celebremos con vino que abandonamos Roma para ir a la eternidad. La música de
las musas retumbaba en mis oídos, bailando desnudas. Baco me esperaba con un buen
whisky en la cima. Toda una vida luchando para no llegar a nada, esos hijos de puta. Salid
de mi mente porque ya soy libre. No hay mentiras, una vez quitas las vendas. Dios soy yo,
eres tú, es todo, energía que se transforma continuamente. Dame mi victoria, esta vez, y
todos entenderán; derrotame y volveré eternamente. En la ciudad de las drogas, la jungla
de coches, buscamos sentir como antes; pero el humano ya no es humano. Cerebros
lavados por pantallas de cuarenta pulgadas. Dejame ser libre, volver a mezclarme con la
vieja madre. Crecen mentiras de los árboles porque las raíces estaban podridas. El
sacerdote se convirtió en puta. Vendidos al dinero, a ese papel. Confundieron libertinaje con
libertad. Algún día despertarán.
Mi padre
¿Quién es mi padre? es el mayor enigma de mi vida. Seguramente nunca lo sabré ¿Quién
eres si un día actuas como una persona y otro día como otra? es demasiado complicado.
Todavía recuerdo los primeros años; le quería mucho o le odiaba, aquel hombre de gran
barba y gafas gruesas. Mi infancia fue tan rara, tan jodidamente triste. Notaba la tensión y la
depresión en el ambiente. Recuerdo que vivíamos en un piso de alquiler, dos pisos debajo
de la pensión, y mi padre se sentaba en su sillón a ver la tele. Se pasaba horas ausente
delante de la pantalla. En ese momento yo no lo sabía, pero estaba jodido. La vida le había
aplastado, como a mí, como a tí tarde o temprano. Da igual, hoy o dentro de cinco años,
cuando la vida te jode, te deja sin nada. Aceptamos que perdimos. Perdimos contra el
sistema, contra nuestros sueños de juventud, contra nuestros padres. Acabamos siendo lo
mismo que todos. Otro padre machacado por la vida que no llega a fin de mes y cuyos
sueños han muerto, otro robot, otro drogado, otro suicida, otro alcohólico, otro don nadie…
Después se encerraba en su habitación y desaparecía. Mis padres subarrendaban las
habitaciones de ese piso. Supongo que no llegaban a fin de mes. Mi padre miraba nervioso
por la mirilla ¿Le pillarían esta vez? ¿los vecinos se quejarían a la policía? la gente entraba
y él salía al rellano a mirar si todo estaba en orden; después regresaba dentro. Lo hacían
para pagar el alquiler. Sin embargo, al final tuvimos que volver a la pensión. Es raro crecer
con gente entrando y saliendo de tu casa continuamente. Un niño correteando rodeado de
desconocidos. Algunos me caían bien, otros eran raros. Había un argentino que jugaba
conmigo y me regalaba chips ahoy, otros se quejaban de que hacía ruido o simplemente
fingían que no existía. No entendía porque tenía que crecer con extraños. Quería gritar,
correr, ser libre. Mis padres estaban demasiado ocupados para llevarme al parque. Me
tiraba horas viendo la tele, aburrido. No había nada más que hacer. Entonces llegaba mi
padre, entraba en la habitación y decía:
-Todo el puto día viendo la tele… este niño.
Me quitaba el mando, se sentaba y miraba la tele. Odiaba que fuese tan contradictorio; lo
fue toda la vida. Si jugaba a la play con dieciocho años, venía y me decía:
-Todo el puto día con los videojuegos… eso crea adicción, eso crea adicción… ya verás.
Después se sentaba delante de su ordenador y se tiraba diez horas seguidas sin levantarse
ni para mear.
Un día, estaba corriendo por el pasillo, como cualquier niño, y de repente mi padre me vio;
se paró en seco, y vino hacia mí. Su rostro mostraba una ira que me aterrorizó. Me dio tres
golpes que me tiraron al suelo y gritó:
-¡Te he dicho que no corras en la pensión, joder! Me pego dos veces más y, a continuación, me agarro de la camiseta y me arrastró por ese
largo pasillo hasta su habitación. Me dió un último guantazo y me dejó en paz. No era la
primera vez, ni fue la última, pero por algún motivo se quedó marcado en mi memoria. Yo
solo era un niño que quería jugar, pero no podía, estaba encerrado en aquella puta pensión,
solo y sin libertad. Siempre fue así. Ahora, con 24 años, a veces pienso en el pasado y me
doy cuenta de porque soy lo que soy. Solo soy ese niño que quiere jugar en libertad.
Aunque no todo era malo; si mi padre era feliz, todos lo éramos. Cuando nos íbamos de
vacaciones todo era perfecto. El estrés del día a día se quedaba atrás y se portaba como un
padre normal. Íbamos a la playa a las once de la mañana, todos cargados con una silla
plegable o una bolsa o una nevera, y cogíamos sitio. Mi padre era el encargado de colocar
la sombrilla. Agarraba el palo, lo clavaba violentamente, y después lo giraba en círculos.
Cuando estaba lo suficientemente profundo, preparaba un montón de arena con el pie y
enterraba aquella barra. Después nos sentábamos. Mi padre no solía beber, pero en la
playa siempre compraba unas cervezas y unos periódicos deportivos. Se bebía las birras
ojeando los próximos fichajes del Real Madrid y exclamando lo que pensaba en voz alta.
-Si es que el fútbol de Capello no sirve para el Madrid… y el diarrea ese a tomar por culo
ya…
Se quedaba horas debajo de esa sombrilla; odiaba el sol. A mi me encantaba el mar,
sobretodo las olas. Tenía una tabla de body surfing y me tiraba siguiendo aquellas crestas.
Era una auténtica adicción. Saltaba para ojear las olas que venían y dejaba pasar las
peores. Algunos estúpidos se tiraban en una ola mediocre y desperdiciaban la gran ola. Yo
siempre sabía cuándo era la gran ola. El mar retrocede con tanta fuerza que lo presientes.
Entonces había que esperar el último momento para impulsarse con más fuerza que nadie y
salir despedido hacia la orilla. Era tan bonito, sentir que deslizas a toda velocidad, era casi
como volar. Me tiraba horas y horas enteras hasta que mi madre entraba al mar a sacarme.
Ella solo se metía hasta la rodilla, ya que no sabía nadar, así que remoloneaba un par de
minutos más. Mi madre siempre fue un poco paleta. Cuando le contaba un problema, me
respondía con algún refrán o me hablaba de su pueblo. Los mejores días para surfear eran
los que había bandera roja. Me metía con mi tabla, atada a mi pie, y esperaba hasta que
llegase el momento. Entonces llegó; era la ola más grande que había visto en mi vida. Por
un momento dudé, pero era mi destino. Tomé la ola y me impulsé a decenas de kilómetros
por hora. La ola se rompió bruscamente, engullendome en el interior del mar. Di cuatro
volteretas, chocándome contra la tierra, e intenté salir a la superficie; pero la puta tabla que
tenía atada al pie me lo impedía. La corriente me tenía atrapado, girando sin control. Me
estaba quedando sin aire, dentro de poco moriría ahogado. Entonces con mis últimas
fuerzas, apoyé el pie en la tierra, me impulsé hacia la superficie y respiré. Me desplomé en
la orilla, mientras la tabla se movía con las idas y venidas del mar, golpeándome el cuerpo.
Tosí y escupí un chorro de agua. Volví a toser y vomité más. A continuación, di una gran
bocanada de aire; era suficiente surf por hoy. En las vacaciones siempre pasaba lo mismo,
mi padre se acababa enfadando. Por ejemplo, un día fuimos a una playa vírgen. La arena
era blanca y alrededor estaba llena de exsuberante vegetación. Mi madre había llevado
empanada y mi padre colocaba la sombrilla, como siempre. La puso y se sentó. El viento
era insoportable. Era tan fuerte que te empujaba. Entonces intentamos comer. Nos
sentamos en círculo, rodeados por un sistema de dos sombrillas que había ideado mi padre,
e intentamos tragar aquel trozo de empanada. Masticamos en silencio. De repente, el viento
empezó a soplar más fuerte que nunca, llenando nuestra comida, de tierra.
-Joder...puta mierda de playa… -dijo mi padre.
El viento nos atizó más fuerte aún, tambaleando las sombrillas.
-¡Me cago en la puta! -exclamó
Parecía que cuanto más se enfadaba, más viento había. En ese momento, la corriente de
aire se llevó volando una sombrilla. Mi padre fue a cogerla, pero se tropezó con la arena y
se cayó, desplomándose por el suelo. Era un hombre derrotado por el viento. Todos nos
reímos, todos menos mi padre. No le hizo ni puta gracia. Todo cambiaba de un momento a
otro. Pasaba de ser feliz a estar amargado. Nos fuimos de allí y metimos todas las cosas en
el coche. En el trayecto, mi madre y mi padre discutieron. Mi padre siempre echaba la culpa
a mi madre cuando los planes salían mal. Tenían una extraña relación de poder que
consistía en que mi padre gritaba y mi madre se callaba. Después de cinco minutos, se
calmaba y dejaba de hablar. Nos castigaba con el silencio. A partir de ese momento las
vacaciones se volvían en discusiones. Le cambiaba la expresión, la mirada y su forma de
ser. Parecía otra persona, de un día a otro, sin previo aviso. Ese estado le solía durar tres
meses, después cambiaba de nuevo. Era lo mismo todos los años. La misma mierda en
todas las vacaciones. Aunque no siempre todo era malo. También tengo recuerdos felices:
las bromas, las risas, las peliculas, las charlas… Mi padre era un hombre inteligente y
curioso. Un día le pregunté:
-Papá ¿Cómo puedo ser feliz de mayor?
Se río levemente, respiró hondo y meditó unos segundos. A mi padre no le gustaba
contestar a la ligera, se tomaba su tiempo para pensar y después hablaba. Entonces me
miró y dijo:
-Trabaja en algo que ames… así no será un trabajo.
Jamás lo olvidé.
¿Quién era mi padre? ¿Era el padre cariñoso y comprensivo o el loco, borde, depresivo y
amargado? Un día me recogió en la escuela. Estaba lloviendo. Las calles eran feas y grises,
y los pocos árboles que habían, carecían de hojas. Mi padre llevaba un paraguas que nos
protegía de la lluvia. Caminaba callado, resguardado tras un gran abrigo tres cuartos,
fumándose un gran puro. Estaba enfadado porque mi hermana y yo siempre nos
peleabamos. Andamos todo el trayecto sin hablar. Unos diez o quince minutos en silencio.
No sé porque hay recuerdos que se te quedan grabados. Esas calles frías y oscuras, el olor
a puro, aquel abrigo, el silencio… ¿Se arrepentiría de tener hijos? no le gustaba su vida. Yo
no veía felicidad en ningún lado, solo un montón de gente fingiendo serlo, sonriendo,
levantándose por las mañanas, intentando vivir día a día, sabiendo que desperdiciaron el
tiempo.
-Yo quería ser director de cine… -decía mi padre.
Todos los viejos tenían sueños que jamás cumplieron ¿Me convertiría en él?
probablemente. En realidad, la gente teme intentarlo, les aterra conseguir sus metas o sus
sueños. Me explico, por una parte les da miedo fracasar y por otra triunfar. Triunfar conlleva
cambios y las personas no quieren cambiar. Prefieren excusarse, ser fracasados fingiendo
que podrían haberlo conseguido si hubiesen querido. La verdad es que jamás creyeron
poder conseguirlo. Yo prefería fracasar habiendo puesto mi alma en lograrlo, a no intentarlo
jamás. Siempre me dio igual el dinero, la fama, la droga… solo quería la inmortalidad, el
respeto, el legado…plasmar un trozo de mí. De una u otra forma, mi alma está escrita en
estas líneas y nadie podrá borrarlas.
Mi padre podía haber sido un genio, pero no quiso. Le dio miedo. Era lo que más me
molestaba de él. No sabía porque, pero le consideraba un fracasado. Ahora, con los años,
lo recuerdo y por fin lo entiendo. Despreciaba eso de él porque era mi mayor temor. Me
asustaba tener el mismo desenlace. Me aterraba ser otra persona sin rumbo ni esperanza,
que simplemente trabaja para sobrevivir hasta que un día muere delante del televisor.
Despreciamos y criticamos a los demás por los defectos que más odiamos de nosotros
mismos. Mi padre no era un tirano ni un santo. Era solo otro ser humano complejo y lleno de
frustraciones. La vida le puteaba como a todos y cuando el mundo te aprieta a veces lo
pagas con los que quieres. En aquellos años no entendía esas ganas de morir.
Simplemente pensaba que estaba loco, que no estaba bien. Cuando la verdad es que era
más cuerdos que la mayoría. Los verdaderos locos son los que les gusta esta sociedad
represiva, consumista y superficial. Perdimos nuestra identidad entre el bullicio de las calles
de la gran metrópoli. Vivimos en la matrix. Controlados, sesgados, censurados, mal
informados… somos estúpidos niños que miran desde la cuna como giran los artilugios del
techo. Nos distraen e idiotizan. Los medios de comunicación, la prensa, la tele… están
controlados por las élites a las que tendrían que perseguir. Difunden noticias según sus
intereses. Condicionan tu forma de pensar. Nos acercamos a un nuevo orden mundial de
características orwellianas; lo raro es no estar loco. El problema entre mi padre y yo es que
éramos muy parecidos, por eso chocábamos. Un día estábamos comiendo, tenía 18 años, y
empezamos a hablar de algo, a ambos nos apasionan las mismas cosas; y de un momento
a otro, comenzamos a discutir. Todavía no recuerdo cuál fue el motivo, pero la discusión
poco a poco fue a más y acabó casi en una pelea. Mi padre es una persona que si discutes
del tiempo que va a hacer mañana, te echa en cara algo de hace tres años. Entonces, se
levantó y se encaró conmigo.
-¡Eres un niñato de mierda! ¡Te voy a partir la cara! -gritó acercándose a mí.
Pensé en golpear ese viejo rostro, rematando los resquicios de virilidad que quedaban en
ese cincuentón, aunque no pude. Era mi padre. Por muy cabrón e hijo de puta que fuese,
por mucho que se lo mereciese, jamás podría hacerlo. Me marché a mi habitación, agarré la
ropa que pude y la metí dentro de una mochila. Cogí todo el dinero, que había ahorrado de
vender porros, y me marché. Mi padre me persiguió hasta el fondo del pasillo, gritando y
riéndose de mí.
-¡Lárgate, eso, lárgate! Esta es mi casa ¡Míaaaa! largate y no vuelvas -gritó desde el interior
del domicilio.
Me fui a la primera tienda que ví y compre tres litros de cerveza, cigarros y un paquete de
embutido. Después caminé hasta el parque del oeste y me senté en el primer banco que ví.
Solo tenía 400 euros. Con esa cantidad no podía sobrevivir ni 1 mes ¿Que haría en un par
de semanas? Todo era una mierda. Toda mi vida era una derrota continua, una esperanza
que no llega. Solo pedía algo de suerte y en vez de eso, recibía un escupitajo en la cara y
una patada en los huevos. Me bebí los tres litros, me fumé un par de porros, escuchando
música; y me tumbé en el banco intentando dormir. Usé la mochila de almohada y me
incorporé buscando la postura más cómoda. Era imposible. Me dolía la espalda, las costillas
y la columna vertebral. No importaba, no podía volver, sería como darle una victoria. Intenté
conciliar el sueño. Cerré los ojos. El tiempo pasaba y no lo conseguía. Tras una hora,
desistí. No tenía madera de mendigo ¿Cómo lo haría esa pobre gente para poder vivir así?
pobre gente. Me senté pensativo. Me lié un canuto y me lo fumé. Sabía que no había nada
que hacer. Volví a casa. Perdía de nuevo.
La familia de mi padre era bastante extraña. No nos llamaban, no nos hablaban, apenas les
conocía. Jamás vi a mis tías. Por lo que sé, fueron yonkis en los ochenta, otras víctimas de
la coca y el caballo, como tantos jóvenes de esa generación. Sus maridos murieron de
sobredosis, aunque ellas pudieron salvarse, pero un yonki nunca deja de serlo. A mis
abuelos paternos solo los ví una vez en mi vida. Fue en un viaje que hicimos a Valencia
Para mi no eran mis abuelos sino los padres de mi padre. Tenía ocho años y todavía no les
conocía; sentía curiosidad. El motivo del viaje era asistir a la boda de un primo de mi padre.
Metimos las maletas en el coche de mi padre, un viejo wolksvagen passat de color granate,
y condujo aquel trasto culón y hortera hasta Albal, un pueblo de Valencia. Al llegar nos
recibió una señora bajita y rechoncha. Era la madre de mi padre. Parecía una mujer llena de
sufrimiento y paciencia. Mi padre le saludó fríamente, como si no fuese su madre. Entramos
en su casa. Era una edificio de dos plantas, bastante grande, pero mal organizado. Las
habitaciones y pasillos emergían de forma caótica y sin sentido. Al fondo, en la cocina,
estaba el padre de mi padre. Se llamaba Miguel, como su padre, como su hijo, mi padre; y
como yo. Formaba parte de una extraña costumbre generacional. Mi nombre y mi apellido
sería lo único que me daría aquel extraño anciano. Tenía pinta de haber sido un bastardo
hijo de puta. Te miraba serio, con el ceño fruncido y cara de pitbull. Poseía una gran
mandíbula que apretaba, mientras te observaba fijamente, algo que me provocaba
ansiedad. Mi padre le saludó, mi madre igual. Siempre supe ver la mente de mi madre en
cada reacción, gesto o ademán que hacía, y puedo asegurar que no le tragaba. Nos
sentamos a comer. La tensión era asfixiante. Cada trozo de comida que atrapaba con esa
especie de tridente, al que llamamos tenedor, estaba interrumpido por algún comentario
déspota o un silencio incómodo.
-¿Cómo te va con el albergue? -dijo el padre de mi padre.
-Es un hostal… -respondió mi padre.
-Lo que sea…
-Bien, nos va bien.
Mi padre estaba enfadado, lo notaba. Ese comentario le había molestado. Cogió una
porción de comida con su cubierto y se la metió en la boca, masticando mientras miraba
hacia el plato.
-A tu hermana Ana le va genial… tiene unos niños guapísimos... -dijo la matriarca.
-Y tu otra hermana igual, estamos muy orgullosos de ellas -dijo el patriarca.
Parecía que nosotros éramos gente sin importancia en sus vidas. En realidad, lo que quiso
decir es que solo estaban orgullosos de sus hermanas, no de él. Mi padre ignoró los
comentarios y siguió masticando. Al día siguiente fuímos a la boda. Todos nos metimos en
el coche de mi padre y fuimos hacía la Iglesia. Mi padre arrancó y nos metimos en la
carretera.
-¡Por ahí, no, por ahí, no! era por el otro lado… eres un estúpido. -dijo el padre de mi padre.
-Que no, que es por aquí -respondió mi padre.
-Venga acelera, coño… conduces como una mujer…
-Voy a la velocidad permitida.
-Acelera, joder… acelera… -insistió aquel anciano.
-No le hagas caso, Miguel -dijo mi madre.
-¿Quién tiene los pantalones aquí?... no tienes pelotas.
Mi padre siguió conduciendo a su manera, sin hacer caso a los insultos de su padre.
Apenas recuerdo la boda o el banquete, pero jamás olvidé ese momento.
¿Quién era mi padre? mi padre era solo una víctima de su padre, al igual que yo. Solo
somos peones de un ciclo autodestructivo que nunca acaba. Aunque por esa época no
sabía su historia, la verdadera historia. Mi padre dejó el instituto a los trece años. Su padre
prefería que trabajase con él, que era fumigador de campos, en vez de que fuese a clase.
Se despertaba a las seis de la mañana e iba con los demás currantes al campo. Fumigaba
metros, hectáreas, kilómetros. Trabajaba diez o doce horas, después volvía a su habitación
y se desplomaba en la cama. Así día tras día. Al finalizar el mes, el cheque del sueldo
llegaba al buzón. Entonces su padre lo cogía y se quedaba el 90% de su salario. Solo le
daba un par de miles de pesetas para todo el mes mientras que a sus hermanas, mis tías,
les daba todo el dinero que pedían sin trabajar en nada. Los años pasaron y mi padre se
cansó. Un día cogió una maleta, ropa y las 1400 pesetas que tenía. Caminó hasta la
carretera principal e hizo autostop, esperando que algún coche le recogiese. Al cabo de
unas horas lo consiguió. Se esfumó. Primero llegó al norte de España, después a Francia,
Suiza, Alemania, Dinamarca, Suecia… trabajaba de aquí y allá, en lo que fuera. Vivió al
límite durante años. Sin barreras, sin ataduras, sin familia… solo él y el mundo. Un
auténtico culo inquieto. Hasta que, un día, conoció a mi madre y formó una familia.
Probablemente era eso lo que le deprimió, dejar de huir. Ya no podía huir de su pasado, ya
no podía ser ese culo inquieto. Estaba atrapado. Había experimentado la máxima libertad
posible y ahora estaba atrapado, atadado, por las deudas, por alimentar a sus hijos, pagar
las facturas. El sistema tarde o temprano te atrapa a no ser que tengas el dinero suficiente
para pagar tu libertad. Es una mierda, pero es así.
Me hubiese gustado conocerle de joven. Antes de la familia, del trastorno bipolar, de la
rutina... en sus años de libertad. Algún día seré un culo inquieto como él. Algún día
recorreré el mundo sin ningún rumbo específico, solo para viajar y perderme sin ir a ninguna
parte, para así, encontrarme a mí mismo. Con los años dejé de odiar a mi padre ya que, sin
darme cuenta, sigo sus pasos en cada cosa que hago. Comprendí que no tenía sentido
guardarle rencor ya que odiaba de él los defectos que más despreciaba de mí mismo. En el
fondo, solo era otro persona derrotada por la vida, un reflejo envejecido de mí.
Política
Cuanto más estudias, más te das cuenta de que la gente habla sin tener ni puta idea de
nada. Comunistas que no han leído el manifiesto comunista o el capital, gays con camisetas
del che guevara, libertarios estatistas, anarquistas socialistas , liberales fascistas... La
contradicción es el defecto más llamativo de la estupidez. La principal diferencia entre el
comunismo y el capitalismo es que el comunismo reparte y el capitalismo crea. No soy una
persona materialista y consumista, pero no soy estúpido. El capitalismo no es el enemigo
del ser humano, sino el Estado. Esa jodida mafia organizada dispuesta a robarte. Te quita la
mitad de tu sueldo y te devuelve un cuarto. Piensalo, es una máquina de recaudar dinero.
Iva, ibi, irpf, isr, impuesto de sucesiones, multas, impuestos del alcohol, del tabaco…
impuestos, impuestos, impuestos. No paran de recaudar millones y luego no hay dinero
para la sanidad… jodidos ladrones. El capitalismo es algo innato en el ser humano, ya que
es solo el libre intercambio de bienes y servicios. El verdadero problema es que el ser
humano, cuando consigue poder y dinero, se vuelve corrupto y avaricioso. No es que el
capitalismo sea un mal método, de hecho es el único con sentido común, sino que la
naturaleza del humano es perversa. Da igual el sistema o el modelo económico, el poder es
corrupto y malvado. Aunque el grupo de los progres, del que un día fui parte, no se dan
cuenta. El rico es el que genera riqueza por más que les duela a los socialistas. No
debemos robar a los ricos para repartirlo a los pobres, ya que cuando ese dinero se acabe y
los ricos se hayan exiliado ¿Qué tendremos? lo que tenemos que hacer es crear riqueza,
facilitar que las personas dejen de ser empleados o funcionarios y se vuelvan
emprendedores. Los pobres son pobres porque no persiguen sus sueños; prefieren ser
asalariados sin dolores de cabeza. Ser rico no significa ser mala persona. Hay ricos que son
buenas personas y ricos que son basura. En realidad, el pobre odia al rico porque le
envidia; mataría por ser él. Yo no guardo rencor a los ricos porque solo tengo lo que
necesito. No les odio; solo odio a las malas personas. El comunismo es una mentira. No se
puede llegar a la absolución del Estado creando primero un Estado enorme. Los estúpidos
se dejan engañar por las modas. Ser de izquierdas es guay, es de hippie, de libertario;
cuando, en realidad, es el movimiento más opresor que existe. Crean un Estado que
controla todo, lo que piensas, donde trabajas, que comes, la prensa, la economía, la
riqueza, tu libertad de pensamiento… tu individualidad se esfuma. Eso no es libertad. De
hecho, no hay casi ninguna diferencia entre el fascismo o el nacional socialismo y el
comunismo soviético salvo por el patrón trabajo, el racismo y ser un movimiento nacionalista
y no internacionalista. Muchos se olvidan que pactaron para invadir Polonia. Simplemente
eran totalitarios con diferentes intereses. Los principales enemigos son el Estado y los
bancos, la élite. Los que te permiten ascender mientras cumplas sus directrices. Los
sionistas, masones, Club Bilderberg… llámalo x. Da igual como se llamen o que símbolos
pongan, eso es lo de menos. Son esos mismos que financian el independentismo, el
feminismo radical, la España federal, el radicalismo progre, esos poderosos que son
capaces de hacer quebrar la libra esterlina… los mismos que controlan la prensa y los
medios, buscando dividirnos y romper nuestra soberanía nacional para conseguir un
gobierno mundial. Que te de jodan George Soros; no somos estúpidos. Nos controlan como
quieren, el FMI, el Banco Mundial, el Club Bilderberg, la Unión Europa… perdimos nuestros
derechos constitucionales y nuestra soberanía debido a la UE y nadie dijo nada. Encima lo
llaman democracia. El sistema representativo de partidos no tiene sentido. Es una completa
estupidez. Puedo ser liberal y odiar los toros, el patriotismo exacerbado, la homofobia… o la
gente puede ser socialista sin tener que apoyar el independentismo, el feminismo radical…
pero nos lo empaquetan todo en unas siglas. La gente vota por postureo, como el que
apoya a un equipo de fútbol, sin entender muy bien lo que hacen, y los pocos que votan con
cabeza solo están de acuerdo en el 20% del programa electoral. Hay que romper con este
sistema, hay que crear una democracia directa en la que cada cuestión de importancia se
vote a referéndum sin que intervengan ideologías o idealismos estúpidos. Tenemos que
alejarnos de este sistema engañoso y corrupto que recurre a idealizaciones y temas
sociales buscando el voto fácil. Hay que votar medidas concretas de forma racional. Hasta
que no lleguemos a esa situación no seremos libres. Y si ni eso funciona... solo nos quedará
la opción de llegar a una revolución espiritual/psicodélica que acabé con el egoísmo y
narcisismo del ser humano, evolucionando hasta dejar todo atrás, rompiendo con todo el
pasado.
Amsterdam
Amsterdam fue un punto de inflexión en mi vida: la primera vez que salí de España, mi
primer viaje en avión, mi primera gran aventura, el inicio de mi madurez… No fue algo
planificado, simplemente surgió. Estaba harto de Madrid. Fantaseaba con largarme, con no
regresar jamás. Solía contar a mis colegas mis sueños, mis futuros viajes. Ellos me seguían
la corriente, sabiendo, en el fondo, que no lo haría. Todos lo hacíamos constantemente: Miki
quería un catamarán para cruzar el mar Mediterráneo, Juan quería putas y ferraris, y yo
quería viajar y ser artista. Todos teníamos nuestras mierdas. Sabíamos perfectamente lo
que eran, simples sueños, pero aun así nos seguíamos el rollo. A veces, cuando no tienes
nada solo te queda eso, simples sueños. Me encanta soñar despierto. Uno, primero,
consigue las cosas en su mente y después las proyecta. Sin sueños, no hay victorias. Era
un soñador, un borracho idealista. Lo malo es que jamás llevaba mis ideas a la práctica.
Solo era otro porreta, otro pajero que se quedaba en la teoría. Me llenaba la boca hablando
de disfrutar cada puto instante, de vivir aventuras, de vencer a la muerte, y jamás había
salido del país. Era un fraude. No quería ser como Miki o Juan o tantos otros que teorizan y
hablan de proyectos que nunca realizan, quería vivir mis fantasias, hacerlas realidad.
Necesitaba irme. Intenté convencer a mis amigos, pero ninguno quería acompañarme.
Tenía 1.500 euros ahorrados, gracias a la venta de hachís, y nadie con quien ir de viaje.
Estaba solo. No importaba. Busqué en internet y empecé a comparar precios de hotel,
avión… mientras, me bebía una copa. Una gota de whisky con Coca Cola se derramó de mi
vaso y terminó impactando en un billete de 20 euros que tenía encima de la mesa. La gota
se expandió como una mancha negruzca. Me quedé unos segundos mirando el billete y
después me encendí el canuto y seguí fumando. Sería un viaje caro, pero podía pagarlo. Si
nadie quería ir conmigo, iría solo. Estaba harto de esperar, harto de que mi vida dependiera
de otras personas. Iría a Amsterdam solo o con alguien, pero iría. Me sentí mejor. Me
terminé el canuto y me dormí. Al día siguiente hablé con Jaime (también conocido como el
berretín). Le comenté la idea de Amsterdam y le gustó el plan. Al final, sin quererlo, se
apuntó. Lo malo es que Jaime era un rayado, como yo, un fumado paranóico. Era un tipo
alto, más que yo, de los que son delgados, alargados y con grandes extremidades. Pegaba
buenas patadas, aunque carentes de técnica. Tenía la tez morena y poseía un alargada
perilla. Era uno de esos rayados que en cualquier momento me amargaría el viaje, como yo
a él. Él y yo lo sabíamos. Aun así, preferí viajar con él a hacerlo solo. Compramos los
billetes y reservamos el hotel. Era oficial.
El 5 de septiembre a las 7 de la madrugada salí en un Boeing 787 del Aeropuerto de
Barajas. Reservamos los asientos 30k y 31k, es decir, su asiento estaba delante del mío. El
subnormal no reservo el asiento que estaba al lado porque quería ventanilla. Yo también
quería ventanilla, así que nos sentamos uno delante del otro como dos auténticos
retrasados. El despegue fue suave, nada fuera de lo esperado. Volar, al fin y al cabo, era
como ir en un autobús gigante. Observé por la ventanilla el paisaje. El cielo rojizo de Madrid
nos despedía entre nubes de algodón de cocaína. Adiós, ciudad deprimente.
Sin darme cuenta me quedé dormido. Me desperté a las dos horas con una larga y espesa
baba que descendía desde la comisura de mis labios hasta el cuello de mi camiseta.
-Mierda -pensé- es mi camiseta de Snoop Dogg.
Una mancha reseca y viscosa estaba encostrada en la prenda. Rasqué quitando la costra,
pero la mancha no se fué. Jodida mierda. Mi camiseta de The Doggfhater. Bueno, qué
importa.
-Atención, vuelvan a sus asientos y abrochesen sus cinturones… Please, return to your
seats and fasten seat belts -dijo una voz femenina que salía de los altavoces.
De repente, sonó un ruido estremecedor. Las ruedas del avión estaban siendo desplegadas.
Podía oírse el abrir de las compuertas y el ruido de los mecanismos internos. Entonces, el
avión comenzó a descender. Miré por la ventanilla; estábamos en Holanda. El paisaje era
hermoso, una tierra fértil llena de campos verdes y espesos prados, de grandes lagos y
finas carreteras. El avión fue perdiendo altura poco a poco hasta llegar al suelo. En ese
momento sentí un leve impacto. Aquella especie de autobús volador se deslizó por la
autopista como una polla entrando en un amplio coño, hasta poco a poco parar y eyacular
gente. Salimos del avión por los túneles levadizos y llegamos al aeropuerto de Amsterdam
Schiphol. Sentíamos una mezcla de aturdimiento, resaca y sueño. Nos habíamos pasado la
noche bebiendo y fumando porros para no dormirnos. No queríamos perder el vuelo y,
bueno, no lo perdimos, pero estábamos hechos una puta mierda. Había dormido una hora u
hora y media, y el Berretín igual. Nos dejamos llevar por una de esas pasarelas movedizas
que abundan en los aeropuertos o estaciones de tren.
-¿Por dónde salimos? -pregunté a Jaime.
-No sé… -respondió
Ese sería el primer “no sé” de muchos. Siempre que había un problema se quedaba con la
boca abierta mirando alrededor durante 15 minutos o media hora hasta que yo decidía por
él. Acabamos en una sala enorme llena de cintas giratorias que traían maletas facturadas.
Las nuestras eran equipaje de mano y no teníamos que esperar. La tensión era espesa y la
frente me empezaba a sudar. Odio ese sudor frío. Lo peor de viajar es viajar. En el futuro
tendrían que inventar un teletransportador que te lleve a donde quieras, sin aviones, sin
putos paneles en otro idiomas, solo apretar un botón y aparecer en Amsterdam.
-Es por ahí -dije.
Señalé un montón de gente apelotonada que salía por la misma puerta.
-¿Seguro? -preguntó Berretín.
-Joder ¿no lo ves? -respondí.
Avancé sin pensarlo y me metí en el pelotón que salía por la puerta mientras el Berretín se
quedaba atontado sin saber qué hacer. Al final me siguió. Salimos del aeropuerto y por fín
llegamos a la calle. Hacía frió, pero el aire se respiraba limpio. La gente se apreciaba
distinta. Todo el mundo era más alto que en España, también más rubios y mejor vestidos.
Sonreí. Era una sensación nueva y refrescante; estaba saliendo de una rutina de 23 años.
Anduvimos, dando vueltas, por la estación sin saber muy bien qué autobús o tren coger
para ir al centro. Nuestra única cosa en mente en ese momento era llegar a un coffee shop.
El hotel y dormir podían esperar. Después de media hora cogimos un tren hacia Amsterdam
Centraal. Costaba 5.50 euros el billete. Bajamos al andén y subimos al tren. Parecía un tren
de mercancías más que de personas. Se apreciaba muy distinto a los españoles. Los
vagones estaban pintados de azul y amarillo. Parecían duros y pesados. Era una tosca
serpiente metálica que se deslizaba a cien kilómetros por hora a través de las afueras de
Amsterdam. En diez minutos llegamos al centro. En cuanto salimos de la estación de tren,
olimos el aroma a kush de calidad. No es que oliese a simple marihuana, como en España,
sino que el aroma se apreciaba distinto. Se notaba, simplemente con oler esa fragancia,
que eran cepas de una calidad increíble. No olía a marihuana; olía a kush, haze, iceolator,
skunk… El paraíso de cualquier fumado. En frente nuestra había un lago enorme. Los ferris
llegaban todo el rato mientras las bicis inundaban el asfalto. El lago separaba Amsterdam
Centraal del Norte. Un gran gordo azul dividiendo ambas zonas de tierra. Miré a Jaime;
estaba absorto mirando el lago. Sus ojos abiertos de par en par, delataban una cara
demacrada y con ojeras. Éramos los típicos turistas de amsterdam, unos fumados buscando
aventuras, fiestas, drogas y sexo.
-Tío, el centro está hacia el lado contrario… eso debe de ser el norte -le dije.
-¿Seguro? -preguntó.
Nunca se fiaba de mí. Miró el google maps y, tras perder otros veinte minutos, fuimos en la
dirección que había dicho desde un principio. Entonces lo vi, Amsterdam. Los canales, las
bicis, el tranvía, la marihuana, los restaurantes, los carteles, los barcos, las mujeres... Un
montón de estímulos bombardeaban mis sentidos simultáneamente. Amsterdam es una
ciudad única. Tienen otro ritmo. Nosotros esquivábamos bicis, tranvías y coches, mirando a
todos los lados y el color del suelo (el carril bici es de color rojo), mientras ellos lo hacían de
forma inconsciente. Costaba adaptarse. Después de andar quince minutos encontramos un
coffee shop. Era el Bulldog, un sitio con bastante prestigio. Entré y me acerqué a la barra.
Habían dos ingleses, con fuerte acento londinense, pidiendo unos gramos de silver haze.
Esperé mi turno. El sitio no era grande. Era como un café normal. Tenían unas cuantas
mesas y gente fumando marihuana o tomando cafés o muffins. Afuera tenían una terraza
con dos mesas y poco más. Los coffees solían ser sitios pequeños y con buen rollo. Los
ingleses pagaron por su marihuana y se fueron. Era mi turno.
-Hi -dije.
-Hi -dijo Jaime.
-Hi, guys. -nos respondió el dependiente.
Miré la tabla de porros. Marihuanas haze, afghan, kush, iceolator, hachís marroquí… Estaba
claro que no había ido hasta Amsterdam para fumar puto hachís marroquí. Elegí una super
Lemon Haze, una Super Silver Haze y una O.G. Kush. El gramo valía entre doce y catorce
euros. Jaime compró su parte y después compramos un grinder básico. Eran solo cuatro
pavos. Tenía el logo del coffee, un Bulldog, en la parte trasera. Al no haber ninguna mesa
libre, nos fuimos de allí. Las calles de Amsterdam estaban pavimentadas de piedra, algo
que le otorgaba un toque antiguo y a la vez especial. El neón de los carteles impactaba en
nuestras retinas mientras cruzábamos canales y esquivábamos bicis. Después de andar un
par de minutos vimos otro coffee. Era un sitio bastante cutre y pequeño. Dentro había una
chica trabajando de dependiente. Era una mulata de piel clara y pelo largo con trenzas. Era
preciosa. Me quedé embobado mirando su cara hasta que reaccioné.
-Two coffees with milk, please -dije yo.
-You must buy weed -respondió.
-¿Qué dice? -le pregunté a Jaime.
-Que tenemos que comprar hierba -me respondió.
-But I have weed -dije.
Ella no reaccionó. Nos quedamos en silencio un rato y después salimos de allí. Seguimos
andando y encontramos otro coffee; la calle estaba repleta de ellos. Este sitio si era
elegante. La carta de porros era muy amplia. En realidad, teníamos marihuana de sobra,
solo necesitábamos comprar un gramo para que nos dejasen fumar dentro. Elegí una
llamada Gelato. Valía catorce euros el gramo. Después nos sentamos en una de las mesas.
Los sofás eran cómodos y modernos. Parecían de cuero. Sacamos la marihuana y el
grinder y nos líamos unos porros. Encendí el mechero y prendí el borde llenando todo de un
humo mágico. La marihuana tiene algo especial, es como enamorarse del momento que
vives. Sonreí. Estaba en Amsterdam. Por fin estaba en Amsterdam. Aunque era una
sensación rara, parecía que no terminaba de creermelo. Una camarera del coffee se nos
acercó y pregunto:
-Hey guys, Do you want coffee or something? -o algo parecido.
Yo miré al Berretín sin saber muy bien qué decía aquella chica y el pidió dos cafés con
leche. Aquello se convirtió en una constante. Cada vez que me hablaban en inglés, miraba
a Jaime como si fuese mi traductor y él entonces me explicaba lo que decían. Después miré
mis zapatillas y entonces me percaté; el suelo era de cristal y debajo había una enorme
pecera llena de animales. Los peces pasaban a toda velocidad debajo de mis suelas
mientras yo me fumaba el porro. Esa gelato era increíble. Su gusto era afutrado y suave. El
humo entraba limpio, puro, perfecto… no se apreciaba nada de producto. La ceniza era
blanca y uniforme (algo que destaca la calidad de una buena marihuana). Terminamos los
porros y el café y nos fuimos de allí. No sabíamos qué línea de metro tomar y no queríamos
coger un taxi, así que fuimos andando. Dos horas de caminata arrastrando una maleta y
fumando porros. Definitivamente fue una mala idea, pero una vez se elige una mala idea se
debe de llevar hasta el final. Llegamos al hotel, nos registramos y nos fuimos a dormir.
El despertador empezó a sonar. Eran las 20:00. Desperté a esa puta marmota y nos fuimos
al centro. Allí cenamos en un restaurante. Me pedí una lasaña cojonuda y una cerveza
enorme ¿Resultado? un sablazo de 25 euros y una tripa llena y satisfecha. Esos cabrones
saben hacerlo de tal forma que te vayas satisfecho, aunque te hayan vaciado la cartera. A
continuación, nos adentramos por el Barrio Rojo. Fumábamos marihuana por las calles
como si fuese tabaco, como si fuese normal. Al principio cuesta acostumbrarse. El futuro,
esto es el futuro, pensaba para mis adentros. Seguimos andando y nos paramos en un bar.
Me dispuse a entrar, pero entonces un puerta me paró el paso y dijo:
-Good evening.
Me detuve sin saber que decía. Jaime, que no lo había oído tampoco, no supo qué hacer.
-Good evening- repitió.
-Dice que buenas noches -me dijo Jaime.
-Aaahh ok, thanks- contesté.
-¿Where you from?
-Spain -contesté.
-Ahh -dijo entre risas.
Parecía que, al ser españoles, entendía nuestra poca habilidad con el inglés.
Solo éramos otros españoles catetos que no dominaban el único idioma universal. Me sentí
inferior por unos instantes.
-Welcome -dijo finalmente el puerta.
Después de ese comentario abrió la puerta. Entramos y nos acercamos a la barra. El sitio
estaba repleto de gente. Nos abrimos paso como pudimos y pedimos una cerveza.
-Two beers, please -dije- heineken -añadí tras unos segundos.
-Wich size? -preguntó.
-What? -respondí.
-small, medium or big?
-big, please.
Nos sirvieron dos grandes pintas de heineken y bebimos en silencio mirando a nuestro
alrededor. No había mucho que decir ni qué hacer. No nos apetecía hablar entre nosotros y
no podíamos relacionarnos con los demás, al no hablar bien inglés , así que nos bebimos
las pintas y salimos de allí.
El agua de los canales reflejaba fuertes luces rojas de los escaparates. Ahí estaba Cassa
Rosso, uno de los lugares más míticos de Amsterdam. En él se representaban espectáculos
sexuales de todo tipo. Lo curioso es que en la cola había tanto hombres como mujeres,
puede que incluso más mujeres que hombres. Algo maravilloso de amsterdam es que las
mujeres se te quedan mirando igual que los hombres las miramos a ellas. Caminabas por la
calle y se producía uno de esos momentos que yo llamo conexiones sexuales, esos cruces
de miradas donde una química surge. En España no era muy frecuente, aquí era todo el
puto rato. A cada paso que dabas, tenías uno de esos instantes. Nos hicimos unos porros
de kush y curioseamos por las calles. No teníamos intención de follarnos ninguna puta; era
simple curiosidad. Una de esas calles era llamativamente estrecha. En ella estaban las
mujeres más atractivas que había visto en mi vida. Auténticas supermodelos. Te miraban,
sonreían y restregaban sus abundantes tetas en el cristal. Es imposible negar que tuve una
erección. Esas mujeres me estaban poniendo muy cachondo. En el fondo, solo somos
animales que se mueven por estímulos e instintos. Pero no habíamos venido a eso sino a
ligar, a beber, a fumar y sobre todo a tomar trufas psicodélicas. Esa era nuestra misión. El
Berretín estaba igual que yo, con la boca abierta. Llegamos al final de la calle y acabamos
en un canal. Nos hicimos un porro para cada uno y encendimos ese suave humo con
fragancia a frutas. Entonces me percaté, en la parte trasera del barrio rojo estaban las putas
mas feas y los transexuales. Era un gran contraste con lo que acabábamos de ver. Un
montón de cuarentonas, gordas y transexuales se acumulaban en los escaparates de los
edificios. Para diferencias a las mujeres de los transexuales, Amsterdam decidió poner una
luz rosa para las primeras y una luz morada para las segundas. En ese instante, un inglés
borracho entró en una cabina de luz morada. A los 30 segundos salió enfadado y alzando la
voz. No debía saber lo de la luz morada, pensé. Comencé a reírme a carcajadas para
después toser humo blanco. Se lo expliqué al Berretín y el tambien se rio. Después de eso
buscamos un bar.
Entramos en un bar muy elegante. Un hombre con el pelo negro y largo, recogido con una
distinguida coleta a lo último patriota, nos sirvió dos cervezas. Le pedí la más barata, en la
carta ponía Jupiler.
-Two Jupiler -dije.
-Yupila, Yupila -dijo, corrigiendo mi fonética.
Nos la sirvió y bebimos. Bebimos una tras otra, tras otra. En una de esas veces me levanté
y fui a la barra. En la barra una chica cogió mi vaso y dijo algo en inglés. Era una rubia
preciosa. Parecía que quería ligar conmigo. Me lo repitió de nuevo y, al no entenderla,
desistió y se marchó. En ese momento entendí que aunque ligase, sin hablar inglés, iba a
ser inútil. Bebimos hasta las 3 y nos fuimos del bar. Después cogimos un taxi y nos fuimos a
casa.
Al día siguiente, nos despertamos con resaca. Nos vestimos, nos duchamos y bajamos a
recepción. Queríamos alquilar unas bicis para recorrer la ciudad. Había llevado mi cámara,
una canon 80d, y quería patearme toda Amsterdam. Cuando eres fotógrafo o videógrafo y
estás en un país extranjero, captas la verdadera esencia de ese lugar. Los nativos están tan
acostumbrado a ver las mismas calles, parques o monumentos que pierden la visión de su
país; lo normalizan, igual que yo normalizaba Madrid. Es raro, solo se aprecia lo que sabes
que es efímero, fugaz. Por eso el amor pierde la pasión cuando se vuelve estable, por eso
odias tu trabajo, porque se vuelve rutina. A cada paso que daba por Amsterdam veía un
encuadre nuevo, una foto nueva, un vídeo nuevo, una idea nueva. El individuo debe salir de
su zona de confort, porque en ella está estancado en la monotonía y la rutina. El ser
humano olvidó su condición innata de nómada. Amamos explorar y experimentar
sensaciones y lugares nuevos. Llegó nuestro turno. Alquilamos dos bicis y firmamos sin leer
el contrato. Teníamos prisa; llevábamos 15 horas sin comer. En el hotel había máquinas de
comida, pero solo se podía pagar con tarjeta. Una de las cosas malas de Amsterdam, a
parte de lo caro que es el transporte público, es que casi todo se paga con tarjeta de
crédito, casi todo. Hay supermercados en los que, incluso, no puedes comprar en efectivo.
Éramos el estereotipo español, unos chavales con un inglés mediocre y dinero negro.
Ninguno tenía dinero en la tarjeta, así que cogimos las bicis y pedaleamos hasta el primer
coffee shop que encontramos para desayunar algo. Nuestro hotel estaba a 7 u 8 kilómetros
del centro. A los 15 minutos llegamos a un coffee. Se llamaba coffee shop Jamaica.
Entramos. Era un sitio pequeño, pero acogedor. Se notaba que era un coffee de barrio, no
de turistas. Dentro había una mujer de treinta y pocos años, rubia, ojos azules, piel suave,
bonito cuerpo… las mujeres en Amsterdam son preciosas. Nos atendió amablemente y nos
dispensó un par de gramos de marihuana. A continuación, compramos café y bollos para
desayunar. Nos sentamos en la ventana del coffe para vigilar nuestras bicis. No las
habíamos atado. El candado de las bicis de Amsterdam es distinto al de otras partes del
mundo. Normalmente metes la llave en la cerradura, giras y ya está. En Holanda, tenías que
accionar una palanca que estaba a la altura del freno y después girar la llave. Aunque esto
no lo sabíamos. Después de quince minutos intentando cerrar la bici desistimos y entramos
al coffee. Por eso estábamos en la ventana. No quitaba ojo de mi bici. Masticaba ese muffin
y bebía el café sin despistar mi mirada de aquella bicicleta blanca. Ese desayuno sabía de
puta madre. La leche, el queso y los dulces saben mejor en Holanda que en España.
Después de mi último bocado, saqué la marihuana, el grinder el papel, el cartón y mi lie un
gran porro. Jaime hizo lo mismo. Entonces, justo antes de prenderlo, la dependienta nos
dijo que fuésemos a la sala de fumadores. Me pareció bastante raro. Normalmente, los
coffee shops, son sitios sin salas de fumadores o restricciones. Entramos en aquel sitio. Era
una diminuta habitación. En el techo había extractores que aspiraban el humo. Dentro había
un tipo de treinta años. No parecía turista. Saqué la marihuana, me hice un canuto y me lo
fume rápido; no quería dejar las bicis solas mucho tiempo. Al cabo de un minuto, me
terminé el porro y salí del coffee, pero al llegar a la calle, me di cuenta, mi bici ya no estaba.
Lo gracioso es que la de Jaime seguía ahí, cabrón con suerte. No me lo podía creer. No
había pasado ni 2 minutos. Volví dentro y se lo conté al Berretín. Salimos de nuevo ¿Qué
haría ahora? me acababan de robar una bici alquilada. La había cagado. En ese momento
pensé que era otra prueba irrefutable de que el universo me odiaba, jodiendome la vida una
y otra vez. Ni en otro país me escapaba de mi mala suerte. Anduvimos de vuelta al hotel. Al
llegar, Jaime le explicó al dependiente lo que había pasado. Nos dijo que daba igual
denunciarlo a la policía y que, según el contrato que habíamos firmado, tenía que pagar 475
euros de multa al hotel. Claramente yo no tenía esa pasta. Al no tener dinero encima, me
obligó a dejar una señal. Le di 100 euros y subimos de nuevo a la habitación. La había
cagado. Debía 375 euros y solo tenía 150 encima. Pensé en dejar el hotel sin pagar la
multa, aunque luego recapacité. Si fuese España lo habría hecho, pero en un país del norte
de Europa no lo haría ni de coña. Seguramente el hotel me denunciaría, la policía me
retendría en el aeropuerto y perdería el vuelo. Tenía que pagarlo. Me quedaban quinientos
euros de mis trapicheos. Era todo lo que tenía. Llamé a mi madre y le dije que cogiese el
dinero y lo ingresase. Mientras, Jaime miraba la tele. Podía notar en su rostro un halo de
satisfacción. Sabía que podía haber sido él, en vez de yo. Estaba contento por no estar en
mi situación. Lo podía apreciar. A la media hora se fue de la habitación, cogió su bici y
pedaleó hasta el centro. Me dejó solo. Mi día se había vuelto una auténtica mierda. Llamé
de nuevo a mi madre y me ingresó los 500 euros. Después miré la hora en mi móvil. Ya
eran las 7 de la tarde. Cogí el abrigo y salí del hotel. El metro estaba a 10 minutos andando.
Tenía que atravesar un enorme parque, hasta llegar a él. Miré hacia el cielo, que estaba
formado por un montón de nubes grises, y entonces comenzó a llover. Parecía que el día
iba de mal en peor. Estaba gafado, como siempre. Saqué el canuto que tenía liado y
cuando me dispuse a encenderlo, me di cuenta de que no tenía el mechero. Era demasiado
tarde como para volver al hotel, así que seguí mi camino. Crucé por debajo de las vías del
tren, que estaban sujetas por enormes pilares, y me adentré en el parque. En ese momento
solo pensaba en una cosa: llegar a tiempo al smart shop y comprar una ración de hongos
mágicos. Miré el reloj; ya eran las ocho menos cuarto. Tenía que darme prisa. Caminaba lo
más rápido que podía, pero, aun así, parecía que no lograba avanzar. Solo llegaba a calles
que conducían a otras calles y el parque no terminaba. Después de quince minutos llegué a
un lago enorme. Las vías de los trenes y las carreteras se disponían por encima como un
alargado puente. El camino seguía hasta debajo de las vías. Los pilares se ocultaban tras
dos largas vallas alambradas que se perdían en el infinito junto a las líneas que
conformaban el camino. En medio de la calle había un tipo, un blanco cuarentón con
extraño aspecto. Continué. Cuando llegué a donde se situaba, le dije:
-Hey ¿Do you have fire? -pregunté
-¿Fire?
Con mis manos gesticulé, indicando que me referería a un mechero.
-¡Ahh! Lighter -respondió,
-so ¿Do you have? -pregunté de nuevo.
-Nope
Ese cabrón estaba borracho. Parecía que se reía de mí. Sonrío levemente y seguí mi
camino. A los 10 minutos por fin salí del parque. Este terminaba en una gran avenida en la
que al fondo se disponía el tren levadizo. Me gustan las ciudades en las que el metro va por
encima del suelo, son más cinematográficas. Tienen algo especial. Llegué al metro y pagué.
El metro en Amsterdam es distinto a Madrid. No se puede pagar con billetes. Algo que era
una gran putada. Además, no podía usar la tarjeta hasta el día siguiente porque la tenía
bloqueada al no haberla usado nunca antes. Me sentía un puto pardillo. Pagué y me
adentré al metro. Tenía que coger la línea 2. Me senté en un banco y esperé. Al fondo del
andén había una pareja de policías o guardias. Poco a poco se acercaron a mí. Cuando por
fin llegaron me pidieron el ticket. Se lo enseñe y se fueron. Holanda es un país serio, al
contrario que España. Me resultaba admirable cosas que para ellos pasaban
desapercibidas. La limpieza en las calles, la libertad individual, la seriedad, el civismo…
España es un país de gente corrupta. Una sociedad en la que todo el mundo se aprovecha
del Estado o de otras personas en la mayor medida que puede y encima saca pecho de
ello. Una sociedad en la que si te cuelas en el metro, si ganas dinero negro, si te pagan por
hacer el ridículo en la tele o si te aprovechas y te ries de los demás, eres mejor por ello. El
eterno complejo de lazarillo de Tormes. España es un país desaprovechado por gente vaga
y corrupta. Si estuviese legalizada la marihuana en España ¿Quién iría a Amsterdam a
empaparse bajo la lluvia? El tren llegó a mi parada. Se abrieron las puertas de los vagones,
entré y me senté en uno de los asientos. Las paredes estaban pintadas con un gris
blanquecino de un color metálico. El tren arrancó y me alejé de allí. A cada paraba, a la que
llegaba el tren, entraba más gente. Ese vagón era el claro ejemplo del multiculturalismo.
Indios, negros, chinos, blancos, italianos, españoles… en diez metros cuadrados podías
escuchar cuatro idiomas. Es bonito escuchar tu idioma en un país que no es el tuyo. Es
como compartir algo que otros no tienen. Por primera vez supe lo que era ser una minoría.
No hablar bien un idioma, estar en un país extranjero, perderte en una ciudad que no es la
tuya… ahora podía entender lo que era ser inmigrante. Eso es lo bueno de viajar fuera de tu
país, pensé. Te saca de tu contexto y entonces te das cuenta de que lo que creías que era
normal, no lo es; solo es normal en tu país. En ese momento, podías llegar a ver los
defectos de tu nación como sociedad. Viajar es la mejor forma de romper estructuras
mentales subjetivas. Las puertas del tren se cerraron de golpe. Miré mi reloj. Eran las 9
menos cuarto. Me tenía que dar prisa. Los smart shops cerraban sobre las 9 y media y no
sabía dónde estaban. Amsterdam Centraal era la siguiente parada. El tren llegó a la
estación, abrió sus puertas y salí al exterior. Las luces de la ciudad impactaban sobre el
suelo de las aceras produciendo alargadas sombras en las personas. Tenía hambre, no
había comido en 10 horas. Compré un kebap y lo devoré por el camino. Si hay algo
abundante en Amsterdam es restaurantes y coffee shops. Parece que los organizan de tal
forma para que cuando te dé el bajón siempre haya uno cerca. Cuando me terminé el kebap
fui hacia el barrio rojo. Si había coffee shops, debería de encontrar un smart shop. Sin
querer me perdí y llegué a una zona llena de farolas, que emitían luces de color rosa, y
restaurantes elegantes. Mire en el google maps. Debía de estar cerca, aunque no me
quedaba mucho tiempo. Eran las diez menos cuarto y las tiendas de setas cerraban a las
diez. Después de dar un par vueltas, vi el logo de una seta enorme en medio de la calle ¿Si
no es esa mierda no sé qué es? empecé a correr hacia esa dirección y, de golpe, la
iluminación de la seta se apagó. Joder, va a cerrar, pensé. Corrí hacia aquella seta y entré
en la tienda. Un tipo de cuarenta años con apariencia de árabe me frenó en seco y dijo:
-¡Hey, sorry! I just sell you if you know the type of magic mushroom you want.
-Yes, mexican mushrooms.
-Ok -dijo.
Había llegado en el último momento. Un minuto después y me habría quedado sin setas. El
hombre me preguntó la cantidad que quería y le pedí diez gramos frescos. En Amsterdam,
te dan trufas en vez de setas. La principal diferencia es que el colocón de las trufas es más
lineal, al contrario de las setas que son una montaña rusa. Me dio una caja etiquetada y con
especificaciones en inglés. En ella describía los efectos, las pautas que seguir y qué no
hacer. Me resultó extraño que contraindicasen el uso de marihuana bajo la influencia de la
psilocibina ya que era su mejor aliado. Vaya, pensé, que raro. Me alejé de la tienda. La
lluvia impactaba de nuevo en el asfalto como una ex insistente que se negaba a marcharse.
Me refugié debajo de un toldo y me hice un porro. Tenía las setas. Al menos tenía las setas.
Me rulé ese cilindro, chupando insistentemente la pega y lo encendí. Espirales mágicas
giraban alrededor de mí. El destino estaba trazado de forma que solo tenía que seguir los
pasos predestinados de mi existencia. Me llenó una extraña sensación. No tenía
escapatoria del presente ni del futuro, pues ya habían sucedido en el espacio. Solo tenía
que transitar esos estados para que se hicieran realidad. Me metí en el metro y volví a mi
hotel. Cuando llegue a mi habitación, me encontré con el Berretín tumbado en la cama.
Había dejado un rastro de ropa mojada a su paso.
-¿Qué tal? -le pregunté.
-Bien, fui a un coffee shop, me fume un par de porros, luego fui a un bar me bebí unas
cervezas y volví aquí.
-¿Y qué? ¿Te lo pasaste bien?
-De puta madre, tío. Estuve dando vueltas por el Vondelpark. Me lo he pasado de puta
madre, la verdad.
-Me alegro -respondí.
En el fondo, no me alegraba. Sentía que Jaime me había abandonado a mi suerte, como
una rata que salta de un barco a punto de hundirse.
-¿A qué no sabes lo que he comprado? -le pregunté.
Saqué el paquete de trufas.
-Ohh… ¿Son setas alucinógenas? -preguntó.
-Sí -respondí.
-¿Te las vas a tomar ahora?
-Hombre, sino para qué cojones me las he comprado.
Abrí el paquete mientras Jaime ponía una película en Netflix.
-Pon esa -le dije.
-¿Cúal? -preguntó.
-La de el gran Lebowski -respondí.
Me parecía la película idónea para tomar setas. Abrí el paquete y me comí poco a poco las
trufas. Eran esferas marrones con un sabor horrible. Mastiqué aquella mierda intentando no
vomitar.
-Dios, esta mierda sabe peor que las setas -dije.
Entonces me dio una arcada.
-¡Aahhh! -exclamé.
-Joder ¿Tan mal sabe? -preguntó.
-Puff, ni te lo imaginas -respondí.
Seguí masticando esas esferas, tapandome la nariz, hasta que me las acabé. Tocaba
esperar. Siempre he odiado esperar. Fui al baño, eché un trago de agua y me senté en la
cama. Esperaba el efecto, pero el efecto, como las sorpresas, te golpean cuando menos te
lo esperas. Jaime se arropó con las sábanas de su cama y se quedó dormido. La pantalla
retransmitía la película, el típico humor negro de los hermanos Coen. Me centré en la
película, olvidándo mi vida. El poder de una pantalla o una historia se suele subestimar. A
veces, consigue atraparte, de tal forma, que olvidas todo lo demás. Olvidé todo. Olvidé la
bici, Amsterdam, mis penas, mis alegrías, las trufas… Entonces, de repente, lo sentí. No se
puede explicar, simplemente se siente. El tiempo se ralentizó y las imágenes de la pantalla
comenzaron a distorsionarse como una estela que persiste al paso del tiempo. Sentí eso,
que poca gente llega a experimentar en su vida, el tiempo deteniéndose. Un escalofrío lleno
mi cuerpo. Me escondí debajo de las sábanas, pero fue inútil. El frío y la tiritera
incontrolables se adueñaron de mi cuerpo. Era la tormenta que precedía a la paz. Luché
contra ella, pero no servió de nada. A veces, tienes que dejarte llevar por el mundo y la vida.
Combatir ciertas cosas no sirve de nada, solo sirve para cansarte y ahogarte en el río
mientras nadas a contracorriente. Decidí sufrir para después sentirme libre. Después de
cinco minutos esa sensación terminó. El frío se convirtió en calor. Me despojé de las
sabanas, tirándolas violentamente al suelo, y me apoye en la almohada. Entré en una
especie de trance. Las paredes de la habitación estaban formadas por círculos blancos
pintados sobre un fondo negro. Los círculos empezaron a distorsionarse, aumentando y
disminuyendo su tamaño. Sin darme cuenta, comencé a entonar una canción tribal. Era
similar a la melodía de My Wild Love de The Doors. Solo transmitía vocales mientras la
música inundaba mi cuerpo. Golpeaba mi pecho, encima de mi corazón, reafirmando esa
sensación única. Y, de repente, el Berretín se despertó, me observó y exclamó:
-¿Qué cojones haces?
Esa pregunta me sacó del trance. No respondí porque no sabía qué contestar.
-¡Madre, que pupilas tienes!
Mis pupilas parecían astros que abarcaban toda la cuenca de mis ojos.
-Tengo…. tengo que salir de aquí -dije.
Agarré mi abrigo, me puse los pantalones, cogí un porro de marihuana y salí de allí.
Abrí la puerta de la habitación y, al entrar en el pasillo, me sentí extraño. Parecía Hunter S.
Thompson en las Vegas. Todo era tan distinto a como me había acostumbrado a verlo. Era
la misma realidad, pero diferente. La moqueta, que conformaba el suelo, producía ondas
frecuenciales que podía captar con mi vista. Caminé torpe hasta el ascensor, pulsé el botón
y esperé. Cuando el ascensor llegó a mi planta, me introduje en él. El espejo que había
dentro escupía un reflejo distorsionado de mí mismo. Parecía alguien distinto, extraño. Mi
mirada estaba llena de locura y a la vez de verdad, de una verdad que solo se alcanza tras
haber sufrido un periodo de crisis ¿Era yo o solo era una percepción distorsionada por las
drogas? El ascensor llegó a la planta baja y salí del hotel. Me hice un porro de marihuana y
caminé por la alargada calle. Era una recta perfecta, invariable. Parecía que aquella
horizontal podía atravesar todo el planeta hasta encontrar eso que buscaba y que no sabía
qué era. La meta. Me dejé llevar por mi intuición. Algo me decía que tras todos esos pasos
que daba, encontraría lo que necesitaba. Me encendí el canuto, puse música y caminé sin
saber muy bien a dónde iba. La calle estaba desierta. Estaba en las afueras de Amsterdam.
Los caminos estaban rodeados de fértil tierra verde que impactaba en mi visión como un
croché directo a los ojos. Cuando tomo psicodélicos, algo me hace querer caminar. No por
llegar a un sitio sino por disfrutar del camino. Caminaba por caminar, dándome cuenta de
que la vida solo es el presente que vivimos en este instante. No es que no mereciese la
pena malgastar los segundos pensando en el pasado, es que tampoco tenía sentido pensar
en el futuro. El futuro puede que no exista, puede que muera mañana. Por qué gastar mi
vida pensando en algo que ha pasado o en algo que pueda pasar. Prefería vivir el instante,
lo único verdaderamente palpable. Amy Winehouse cantaba desde mi móvil. Las ondas
sonoras llenaban todo mi ambiente de una sensación mágica e inexplicable. Hay momentos
tan únicos que dan ganas de llorar. Las lágrimas descendían por mis mejillas. Sabía que, no
solo que era un momento que recordaría toda la vida, sino que sería imposible de explicar.
Sería algo privado entre el mundo y yo. Algo que jamás nadie llegaría a entender. Algo que
daría sentido a mi vida y cuando, por fin muriese, me haría darme cuenta de que no he
desperdiciado esta aventura, esta vida. La libertad es solitaria. Es tan solitaria que no la
debes compartir con nadie, ya que es como un hechizo que pierde efecto delante de otras
personas. Seguí dando pasos hasta que llegué a un canal. Entonce me paré y observé el
río. Este se prolongaba hasta el infinito. Rodeado de árboles, el cauce arrastraba bonitas
flores de loto. Estaba viviendo un Rembrandt o un Monet. Estaba viviendo arte. Me sentí
ridículamente insignificante y, a la vez, enorme. Formaba parte de un todo. Que imagen
más preciosa. Si tuviese una cámara, pensé. Si tuviese una cámara haría una foto que
recordase toda la vida. Espera un momento, si tengo una cámara, pensé. Estaba en el
hotel, en mi habitación, en la caja fuerte. Regresé, volviendo atrás, siguiendo mis pisadas
hasta llegar allí. Subí de nuevo a la habitación e intenté abrir la caja fuerte, donde estaba mi
cámara. La combinación era la fecha de mi cumpleaños, 26-6-95. Introduje el código y le di
a aceptar, pero me daba error. Lo hice de nuevo y nada. Puto Berretín, pensé. Este cabrón
a puesto otra combinación. Estaba durmiendo. En otro momento, no le habría despertado,
pero en esta ocasión iba demasiado drogado como para ser empático.
-¡Ehh, despierta! -dije golpeando su manta.
-¿Qué? -dijo medio dormido.
-Tío, pongo la combinación y no me deja abrir la caja fuerte.
-Y yo que sé… déjame dormir.
El Berretín dio media vuelta y se arropó de nuevo.
-Cabrón, que la caja no se abre.
-Tío… pon la clave.
-Y qué te crees que hago -respondí.
-Déjame, joder. Estoy durmiendo.
-Tío ¿Qué coño haces durmiendo? estamos en puto Amsterdam y tú estás durmiendo a la
puta una de la noche ¿En serio, tío?
-Sí, joder. Déjame dormir, coño.
Después de decir eso, cogió su almohada y la puso encima de su cabeza para no oirme.
Bueno, que haga lo que quiera, pensé. Me acerqué, de nuevo, a la caja fuerte y puse el
código. Error. Error. La caja se bloqueó. Me cago en la puta madre que me parió, pensé.
Nada, que ni para hacer unas putas fotos tengo suerte. Decidí bajar a recepción a ver si
podían arreglar esa puta caja. De nuevo en el ascensor, observé mi reflejo. Mis pupilas
abarcan todo el blanco de mis ojos, como el dinero y el sexo abarcaba todo el deseo de los
hombres. Al llegar a la planta baja, me acerqué a la recepción e intenté explicárselo a los
dependientes. Unas estúpidas palabras salieron de mi boca como el balbuceo de un
borracho. No es que no supiese expresarme en inglés, que tampoco, es que aunque lo
hubiese hecho en español, no habría podido. Después de unos cuantos minutos desistí, les
expliqué que estaba demasiado fumado como para hablar, nos reímos un rato, y salí del
hotel. Era raro, en otra ocasión me habría molestado no poder sacar la cámara de la caja
fuerte, pero en aquel momento lo acepté. No tenía sentido darle más vueltas. Me hice un
porro a la salida del complejo, caminando lentamente alrededor como si fuese el dueño de
aquel sitio. Es increíble, la seguridad y paz que te dan los hongos. Caminas sin
preocupaciones ni complejos, como si fueses el dueño de tu vida. Aquella sensación me
encantaba. Le di un par de tiros a ese porro y me entró un hambre atroz. Qué cojones y si
me voy al centro a por un kebap, pensé. Nada me ataba a este sitio. Por qué no. Abrí la
cartera y observé un billete de veinte euros. Qué cojones, me voy a por una kebap, vocalicé
en el interior de mis pensamientos. Volví a aquella horizontal. Caminé y caminé hasta que
encontré una pareja. Sus rostros eran difusos como el futuro que me precedía. Reí como un
niño que descubre un nuevo chiste. Por más que intentaba enfocar sus caras, resultaba
imposible. Lo acepté, como si fuera una parte del juego. Con la experiencia, lo que aterra en
los primeros viajes psicodélicos, causa gracia en lo posteriores. Seguí mi camino. Los
ciclistas aparecían, de repente, cruzando el carril bici ante mi mirada. Una estela de su
pasado permanecía en mi visión. El pasado. El pasado era tan palpable como el presente.
Entonces, pensé en la bici, en la multa y en mi vida. Me resultaba gracioso. Me creía
especial, único, inteligente, un genio y solo era un turista pardillo. Un pringado al que le
habían robado la bici, le habían timado y no podía expresarse con los demás. Toda la vida
creyéndome más que el resto, pensando que era especial y ahora solo era un extranjero
estúpido que no sabía expresarse en otro idioma. La vida me golpeaba para darme
humildad. Acéptala o muere. Yo la acepté y di gracias. No soy nada ni nadie. No soy más
que cualquier ser. Seguí mi camino como el que sigue su vida sin saber muy bien dónde
acabará. Qué vida. Me reí. Qué vida más rara tengo. Alguien podría escribir sobre ella; sería
un buen libro. Entonces lo recordé. Yo era el narrador de mis propias líneas. En aquel
momento, comprendí el sentido de mi vida, mi destino, la razón de esta vida. Había vuelto a
este mundo con un propósito. Lo sentía en lo más profundo de mi alma. Desde que era
niño, lo intuí. Lo malo es que al ser adulto, lo olvidas. Niegas tus instintos. Escucha tus
instintos pues es la única verdad. Mi vida, tanto lo bueno y lo malo, me había llevado hasta
aquí. Hasta este momento preciso en el espacio y el tiempo. Estaba siguiendo una senda
predestinada. Estaba en el camino. Mi destino, como el de todo el mundo, era aprender de
esta vida. Volvemos, regresamos una y otra vez para aprender. Vivimos en una especie de
purgatorio en el que, tarde o temprano, descubrimos la verdad. Estaba tan cerca de la
verdad que podía sentirla. Había vuelto a este mundo con una meta, escribir. No escribía
para aumentar mi prestigio o mi ego, escribía porque era mi destino para, de esta forma,
encontrar la verdad y mostrarla al mundo. Daba igual todo; no importaba. Comprendí que
las mujeres, las drogas, el amor, el dinero, era algo secundario. El amor era una trampa,
una estafa. La gente no se enamora, se obsesiona. Se obsesiona de una persona que le
atrae y quiere poseer. El verdadero amor nace en uno mismo. La realidad es que estamos
solos todos los días de nuestra vida. Pateamos nuestro camino, solos o acompañados, pero
tarde o temprano nos enfrentamos a la realidad. Solo necesitamos encontrar la verdadera
libertad. Esa libertad que nos hace entender que la vida es solitaria. El amor nace en el
interior de nuestro ser. El amor es aceptación. No necesitaba una persona para
completarme, necesitaba sentirme completo por mí mismo. Ese era el fallo que había
cometido toda mi vida. Esa soledad era una ilusión. Nadie está solo y todos lo estamos a la
vez. Uno deja de sentirse solo cuando aprende a amarse de verdad. Cuando aprende a
fusionarse con el mundo, pues todo está conectado. En ese momento, sentí el verdadero
amor. Me amé por primera vez en mi vida. Me enamoré del mundo y del presente porque es
un regalo único. No necesitamos a nadie, solo a nosotros mismo, pero desgraciadamente
solemos ser nuestro mayor enemigo. Solemos buscar la aceptación de otros para sentirnos
valiosos cuando, la realidad, es que no la necesitamos. No necesitamos la valoración de
nadie porque nadie nos conoce como nosotros mismos. Ahí estaba, a 1800 km de mi hogar.
Caminando, perdido, sin saber muy bien dónde estaba, pero sí a dónde me dirigía. Me
dirigía a donde estoy ahora mismo, escribiendo estas líneas, hablando contigo, lector. Lo
demás es anecdótico. Echar un polvo, drogarme, salir de fiesta, conocer gente, reirme con
mis amigos. Todo eso era anecdótico. Todo es secundario salvo tu mismo. Dentro de mi
ser, comprendí.
Cuando me quise dar cuenta, era demasiado tarde. Estaba perdido en algún lugar de
Amsterdam. Desorientado en las afueras de una ciudad desconocida. En otro momento
habría sentido pánico, pero en ese instante me sentí más vivo que nunca. Uno, a veces,
debe perderse para olvidar su contexto. No eres quien la gente piensa que eres. El único
que sabes quién eres, eres tú. Y en ese momento supe quién era. No era Miguel, no era el
hijo de mis padres, no era el amigo drogadicto, no era ese amante obsesivo, no era nada de
eso. Yo solo era yo. Yo solo era presente y puro ser. Yo solo era yo cuando estaba solo. Y,
de pronto, algo que había percibido como un castigo durante toda mi existencia se convirtió
en un regalo, la soledad. La soledad te lleva al autoconocimiento, el autoconocimiento a la
verdad de tu ser, y la verdad de tu ser a la iluminación. Somos mortales con potencial de
dioses. Sonreí. El sistema nos atrapa porque nos teme, porque sabe que más tarde o más
temprano nos convertiremos en los superhombres que Nietzsche predijo, abandonando
nuestro cuerpo terrenal y sumergiéndonos en el plano astral. Y cuando lo logremos, no
habrá barreras ni límites para nuestra conciencia.
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