Subido por Lourdes Redondo

Desenmascarar las ideologías

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TOMO I
PERSONA E IDENTIDAD
Capítulo III
DESENMASCARAR LAS IDEOLOGÍAS
Lourdes Redondo Redondo
1. INTRODUCCIÓN
A raíz del proceso judicial, de nuevo vuelve a ser noticia lo sucedido en marzo de 2011: la
irrupción en la capilla de la facultad de Psicología de la Universidad Complutense de Madrid, de
unas cincuenta feministas y lesbianas de una asociación legal de esta Universidad, gritando
insultos a la Iglesia Católica. Dentro de la capilla siguieron insultando, algunas se desnudaron de
cintura para arriba mientras exhibían en sus cuerpos palabras como “prostitutas”, “bolleras,
“bisexuales”, etc.; se besaron y aplaudieron. Es solo un ejemplo entre muchos. ¿Qué se esconde
detrás de estas protestas? Una tendencia internacional muy bien programada, sostenida
ideológica, política, jurídica, económica y mediáticamente, dirigida a cambiar al hombre y, por
ende, la sociedad y la cultura; un empeño “deconstruccionista” para “construir” otra sociedad sin
normas en el terreno sexual para poder decidir sobre el propio cuerpo y la identidad personal y, a
la larga, sobre el cuerpo y la identidad personal de los demás. Por eso se rechaza la naturaleza,
porque se la ve como algo determinado, constrictivo, opuesto a la libertad; se rechaza una moral
y una religión que pone límites; se rechaza la familia y la maternidad y se rechaza al “otro” en
general, porque constriñen.
Esta actitud se fundamenta en un subjetivismo por el que el hombre rechaza lo que se opone a su
parecer y se considera a sí mismo medida de la realidad; es una ideología heredera de la
dialéctica marxista llamada “ideología de género”.
Como ideología que es –y, por tanto, una construcción interesada de la realidad–, no es real.
Nuestro objetivo en estos trabajos ha sido desenmascararla ya que consideramos que es un
obstáculo actual muy extendido e importante que impide que el hombre se comprenda, acepte,
realice y sea feliz, y consiguientemente lo sea la sociedad. Esta labor de crítica la llevamos a cabo
en este último capítulo de modo que, superado este obstáculo, podamos limpiamente intentar
alcanzar el objetivo que nos hemos propuesto las autoras, que es analizar la verdad del hombre
como esencialmente ligado al amor y las consecuencias educativas que se derivan de ello.
En esta parte final se explicará la ideología de género que pone en tela de juicio esta verdad y que
decididamente están interesados en cultivar muchos medios. Se intenta, tras aclarar qué es la
ideología de género, mostrar que la sexualidad como discordia que viven e intentan imponer sus
defensores –no solo mujeres, si bien la mayoría-, lejos de liberarles, se lo impide, y a la vez les
incapacita para conseguir tanto su propia realización y felicidad, como la de los otros, pues la
crisis radical, personal y social es no amar.
Hay cosas que no se pueden cambiar, cosas que pueden y deben cambiar y cosas que se pueden
pero no se deben cambiar. Estudiar la naturaleza de las cosas nos permite conocer tanto la
posibilidad como la imposibilidad, y también el deber moral. Libertad y naturaleza están
vinculadas, no hay libertad absoluta, como postulaban Sartre y De Beauvoir; y hay cosas que no
se pueden hacer técnicamente y, aunque se puedan, no se deben. Todos intuimos, y se expone en
Desenmascarar las ideologías
los distintos volúmenes de esta colección, que la sexualidad no es cualquier faceta de la persona,
pues aquí se implica toda ella. De ahí el pudor, que vela por su intimidad, su más hondo yo
personal.
La discordia original y permanente, fruto de la libertad -que no de la naturaleza originaria salida
de las manos de Dios-, es no querer hacer lo que podemos (amar, obedecer) y querer lo que no
podemos (ser dioses, dueños absolutos). ¿Sorprenden divorcios, agresividad en familia y escuela,
abortos, suicidios? El amor se confunde con el apego a mis gustos y cuando “el otro” se revela en
su identidad diferente, se rompen las relaciones –que nunca ha habido, sino que lo que ha habido
es apego a sí mismo en el otro, fingido como mi igual–. Lo mismo ocurre con “el otro” tercero, el
niño: se acepta si coincide con mis gustos, se selecciona según estos –eugenesia– y si no, se
aborta. Es un «sexo asocial» (ANATRELLA, 2008), son “mis derechos”. Pero recordemos que
Narciso se ahoga.
La clave para alcanzar la plenitud y la concordia es la aceptación de la verdad de la naturaleza,
que no puedo cambiar, e intentar cambiar lo que sí puedo cambiar, para mejorar. Eso es libertad,
trabajar por el verdadero progreso, armonizando naturaleza y libertad para ser como debo –
libertad moral–; para que la sociedad llegue a ser como debe –libertades políticas–, sin
desigualdades injustas ni opresión, sino comunión, fraternidad. Para ello la célula de la sociedad,
la familia y, dentro de ella, la persona, se debe reconciliar consigo misma, y antes con Dios –
Padre–. Es posible este “orden mundial nuevo” porque el corazón del hombre ha sido redimido.
Quizá en el fondo es lo que desea De Beauvoir, que acaba así El segundo sexo: «En el seno del
mundo dado le corresponde al hombre hacer triunfar el reino de la libertad; para lograr esta
victoria suprema es necesario, entre otras cosas, que más allá de sus diferenciaciones naturales
los hombres y las mujeres afirmen sin equívocos su fraternidad». (2005) Pero no hay
“fraternidad” sin padres, sin Padre.
2. LA IDEOLOGÍA DE GÉNERO: “IDEOLOGÍA” REVOLUCIONARIA QUE PRETENDE UN DESORDEN
CULTURAL
Qué es la ideología de género queda bien resumido con estas palabras: «Detrás del uso cada vez
más difundido de la expresión “género”, en vez de la palabra “sexo”, se esconde una ideología
que pretende eliminar la idea de que los seres humanos se dividen en dos sexos. Esta ideología
quiere afirmar que las diferencias entre el hombre y la mujer… no corresponden a una
naturaleza fija, sino que son producto de la cultura […] Según esta ideología cada uno puede
“inventarse a sí mismo” […] Esta ideología de género es un sistema cerrado con el cual no hay
modo de razonar […] se trata de un reto que hay que afrontar con vigor para evitar graves
consecuencias […] con la llamada “salud reproductiva”» (PONTIFICIO CONSEJO PARA LA
FAMILIA, 2007).
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Y cuáles son sus consecuencias, las resume muy bien el psiquiatra T. ANATRELLA (2008): «La
deconstrucción a la que asistimos, que va de la negación del sentido del padre hasta la negación
del sentido de la diferencia sexual, desemboca y desembocará cada vez más en violencia contra
sí mismo y contra el vínculo social. No nos puede sorprender que la enfermedad que va en
aumento… sea la depresión».
Acerca de la importancia e influencia de la ideología de género, afirma J. A. REIG PLÁ (2008):
«Su influencia es de tal alcance en las sociedades occidentales de hoy en día, que podemos
afirmar, utilizando una expresión de Gramsci, que constituye el “pensamiento hegemónico”, esto
es, aquello que domina de modo preponderante nuestra cultura».
Hay empeño en cambiar la mentalidad en estos temas, de ahí la militancia de ONGs potentísimas,
organismos internacionales políticos y económicos, como se ha visto a partir de las Conferencias
Mundiales sobre la Mujer y la Población en la última década del XX; se trata de un nuevo
imperialismo, ahora ideológico, que lucha con el conocido esquema: opresor-oprimido, siendo las
“oprimidas” las mujeres y el principal “opresor” la moral y la Iglesia católicas.
Es “ideología” porque se trata de una visión parcial absolutizada e interesada, en nombre de la
cual se hace política de transformación social. Es una concepción del mundo como política, que
incluye una forma de entender la realidad (teoría del género) utópica; y una praxis o acción
(“políticas de igualdad”), que es política sexual, ya que parte del dogma de que la desigualdad
hombre-mujer es la causa de todas las desigualdades porque ha sido el instrumento del poder
conservador y opresor. Por ello, la “igualdad” es el objetivo y las políticas de igualdad el medio
para lograrlo del poder político revolucionario, la nueva izquierda que, tras perder su objeto –la
reforma económica y social- se ha dedicado a las nuevas “marginadas” sociales. Alain Tourain y
Richard Rorty piensan que esta ideología puede ser en el momento actual una alternativa
ideológica atractiva y eficaz en el progresismo de izquierdas (TRILLO-FIGUEROA, 2007).
Esta ideología se basa en un principio: el odio entre los sexos según el método de lucha de clases
marxista transformado en mujer explotada-varón explotador. La familia es lugar explotador, la
maternidad, instrumento de explotación, etc. Como ideología que es, no le interesa la verdad sino
vencer; para ello manipula el lenguaje, lo resignifica, prestigiando o desprestigiando términos. Un
ejemplo es el prestigio que ha adquirido la palabra, resignificada, “igualdad”, medio de introducir
en el Derecho, Política y Educación el individualismo y subjetivismo en que se basa.
a) Un poco de historia
Marx, Nietzsche, Freud, Sartre preparan el freudomarxismo de Marcuse y Simone de Beauvoir,
ideólogos de la primera revolución sexual y del Mayo del 68. Mucha influencia tuvieron también
los Informes Kinsey de 1948 y 1953 en EE.UU. sobre orientaciones sexuales de varones y de
mujeres, respectivamente, que querían demostrar que estas orientaciones eran “polimorfas” y
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culturales. Luego se demostró que estos informes eran falsos, por sesgados (elaborados con
muestras de personas marginales: presos, homosexuales, etc.), pero la propaganda ya se había
hecho.
Causas también, por reacción, son las ideologías contrarias a las anteriores: el puritanismo
burgués, el liberalismo y el capitalismo que extienden dicho puritanismo por los EE.UU. y que,
siendo de raíz protestante, influyen también en la Iglesia Católica. Agentes directos o indirectos,
estos y otros factores causan la primera revolución sexual y un feminismo entendido, no como
reivindicador de derechos legítimos de las mujeres, que también se había dado desde finales del
XIX, sino de una libertad absoluta, desligada de toda traba moral y del “rol opresor” de la
maternidad. De este modo, la “igualdad” se conseguiría mediante el “amor libre” –sexo libre, en
realidad–, la destrucción del matrimonio y de la familia tradicionales, la separación del sexo de la
maternidad, posible gracias a la píldora anticonceptiva y al aborto. Estas eran las ideas de Simone
de Beauvoir y de la revolución del 68. Empezaron reclamando igualdad de derechos, como otros
movimientos feministas; pero, creyendo que la culpa la tenía la “diferencia” sexual, decidieron
acabar con ella negando la naturaleza femenina –«no naces mujer, te hacen», la conocida frase de
Simone de Beauvoir–, la maternidad y el matrimonio. Como consecuencia, queriendo librar al
amor de barreras sociales, se le dejó desprotegido y salieron perdiendo la mujer y los hijos.
Esta fue la primera revolución sexual, en torno al 68. La segunda revolución sexual es la
ideología de género. Va más allá, quiere revolucionar la raíz de la persona, anular su identidad
sexual, pues creen que toda identidad es contraria a la libertad al obligar a comportarse según una
naturaleza dada. Incorpora las ideas deconstruccionistas de Foucault (2012) y otros
estructuralistas como Derridá o Lacan, que consideran que la realidad son simples estructuras
construidas por el arbitrio humano a través del lenguaje. Todo se puede deconstruir y reconstruir
como se quiera, resignificando las palabras (esto recuerda la “neolengua” de 1984 de Orwell o la
ingeniería social de Un mundo feliz de Huxley). De ahí el interés por cambiar el significado de
los términos “género”, “matrimonio”, “familia”, etc. Su programa es una existencia liberada de la
moral y cultura anteriores, pero comprometida políticamente en establecer para toda la sociedad
una moral y cultura nuevas, inversas, de modo que cada cual pueda ser lo que quiera y cuando
quiera: homosexual, bisexual, transexual, etc. De hecho hoy la técnica ayuda a crearse la ilusión
de este poder omnímodo que, en realidad no es más que ilusión, pues el ser hombre o mujer no se
construye realmente a voluntad.
Así se ha ido elaborando esta ideología que, hoy, cuando casi nadie cree en nada, tiene en
algunos una credibilidad con fuerza revolucionaria, prometiendo una plenitud de libertad y
placer, sin normas constrictivas. Quieren instaurar, y tienen fe ciega en ello, un “mundo nuevo”.
b) Noción de “género”. El feminismo auténtico y el feminismo radical, antifemenino
“Género” es uno de estos conceptos “construidos” tras “deconstruir” “sexo”. Se usa de forma
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ambigua, como acepción lógica y gramatical y como el conjunto de roles sociales. Se pretende
hacer creer que todo lo sexual es rol, relativo y cambiante, desvinculado de la naturaleza, por lo
que la palabra “sexo” se cambia por “orientación sexual”. Fue en la segunda mitad del XX, en
áreas culturales anglosajonas, cuando comenzó a utilizarse el término ‘gender' (‘género'), con
esta significación sociológica. El término se lanzó en la IV Conferencia Internacional sobre la
Mujer (Pekín, 1995) por los grupos feministas radicales. Fue muy discutida su definición y varios
países, entre otros, la Santa Sede, solicitaron mayor explicitación, sospechando, certeramente,
que podía esconderse, tras la confusión terminológica, la tolerancia hacia cualquier tipo de
orientación sexual. Bella Abzug, ex diputada del Congreso de los EE.UU. dijo allí: «El sentido
del término “género” ha evolucionado, diferenciándose de la palabra “sexo” para expresar la
realidad de que la situación y los roles de la mujer y del hombre son construcciones sociales
sujetas a cambio» (PONTIFICIO CONSEJO DE LA FAMILIA, 2007).
Comienza una intensa campaña social y política –no improvisada– que difundirá por el mundo
“la perspectiva de género”, entendido como negación de la naturaleza sexuada. Estas palabras de
la feminista Judith Butler son ilustrativas: «El género es una construcción cultural; por
consiguiente, no es ni resultado causal del sexo ni tan aparentemente fijo como el sexo. Al
teorizar que el género es una construcción radicalmente independiente del sexo, el género mismo
viene a ser un artificio libre de ataduras; en consecuencia, hombre y masculino podrían
significar tanto un cuerpo femenino como uno masculino; mujer y femenino, tanto un cuerpo
masculino como uno femenino» (1990). Este libro es utilizado como libro de texto en prestigiosas
universidades norteamericanas.
Conviene advertir, sin embargo, que no todas las feministas piensan así. Cristina Hoff Sommers
en su libro Who stole Feminism? (¿Quién robó el feminismo?) (1994) distingue entre “feminismo
de género” y “feminismo de paridad”: «El feminismo de paridad es sencillamente la creencia en
la igualdad legal y moral de los sexos. Una feminista de igualdad quiere para la mujer lo que
quiere para todos: tratamiento justo, ausencia de discriminación. Por el contrario, el feminismo
de género es una ideología que pretende abarcarlo todo, según la cual la mujer norteamericana
está presa en un sistema patriarcal opresivo. La feminista de equidad opina que las cosas han
mejorado mucho para la mujer; la feminista de género a menudo piensa que han empeorado.
Ven señales de patriarcado por dondequiera y piensan que la situación se pondrá peor. Pero
esto carece de base en la realidad norteamericana. Las cosas nunca han estado mejor para la
mujer, que hoy conforma el 55% del estudiantado universitario» (entrevista en Faith and
Freedom, 1994) (PONTIFICIO CONSEJO PARA LA FAMILIA, 2007).
El feminismo de paridad, como dice esta feminista, ha sido un movimiento necesario en la
historia, alabado por el mismo Juan Pablo II. Ha sido el feminismo de género o radical el que ha
“robado” el feminismo hasta el punto de acabar, incluso, con la idea de “mujer”. Pero hay que
distinguir y saber qué criticamos al criticar el feminismo. En cuanto al feminismo de paridad
todavía hay mucho que hacer, sobre todo en países del Tercer Mundo y en vías de desarrollo. El
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feminismo de género no quiere, en el fondo, reclamar la igualdad en los derechos, sino eliminar
la condición natural de “mujer” o “varón”, por ello lucha por imponer el término “género”. Dale
O'Leary, escritora e investigadora de la Asociación Médica Católica de EE. UU., autora de La
agenda de género, dice que las “feministas de género” rechazan el respeto por la mujer tanto
como su falta de respeto hacia ella. El enemigo es la diferencia.
Efectivamente, las feministas de género han monopolizado el término “feminismo”, sembrando
así mucha confusión pues hace pensar que todo el que no esté de acuerdo con ellas, es machista y
va contra la mujer, lo cual es profundamente erróneo; es más, quien en realidad va contra la
mujer es ese feminismo radical. Es preciso tener mucho cuidado, asimismo, con el término
“género” y evitar, en lo posible, su utilización, por la confusión que encierra. Puede ayudar la
distinción que establece María Elósegui entre sexo y “género” (aplicable solo al conjunto de roles
culturales, cambiantes). Propone los tres modelos de relación entre sexo y género que
presentamos.
c) Modelos de relación sexo-género
Modelo 1: Identidad entre sexo y género. Pseudoconcordia que desatará la discordia
Es el modelo del determinismo biológico: A cada sexo le corresponderían funciones sociales
invariables determinadas por la biología: Al hombre, el campo de lo público (política, economía,
trabajo remunerado); a la mujer, lo privado (reproducción, cría y educación de los hijos,
economía doméstica). Se justifica “por naturaleza” la subordinación de la mujer y ello tiene
consecuencias en la sociedad y en el Derecho.
Este planteamiento, aparentemente ordenado y conservador, es germen de revolución y discordia
por la reacción que suscita. Entiende la naturaleza como opuesta a la libertad y al dinamismo
histórico, y por ello no entiende la naturaleza humana, que no es una esencia cerrada sino
existencial, relacional, abierta; tampoco distingue lo esencial (el sexo: ser mujer o varón) y lo
accidental (los roles: llevar pantalones o no, trabajar fuera o dentro de casa). Permanece este
modelo sobre todo en países musulmanes y subdesarrollados y causa graves discriminaciones
sociales. Eso explica la reacción hacia él.
Modelo 2: Independencia entre sexo y género. La transgresión como norma
Reacción al anterior modelo es el feminismo radical que tiene su expresión en las palabras de
Simone de Beauvoir: «no naces mujer, sino que te hacen» (1949). Se defiende la absoluta
independencia entre sexo y género, entendiendo por tal, no sólo los roles sociales sino también el
sexo psicológico o identidad sexual. Todo es construcción cultural fruto de la libertad y, por
tanto, modificable. El sexo se puede elegir y aprender, como los idiomas; es independiente de la
corporeidad. Por tanto, la libertad de elegir el comportamiento sexual no está sometida a la
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naturaleza ni a norma ninguna. Esto es la ideología de género, modelo que me propongo criticar
por su auge actual. El Modelo 1, explicado anteriormente, muy criticable, ya ha sido
suficientemente criticado y no causa demasiados problemas en nuestra sociedad; no así en otras,
ciertamente.
Modelo 3: Relación, pero no identidad entre sexo y género. Un modelo de concordia
Este modelo sería el de la «antropología adecuada», utilizando una expresión de Juan Pablo II, el
de la corresponsabilidad entre hombres y mujeres. Se trata, sí, de construir, de elegir
creativamente, pero desde una realidad ya dada por la naturaleza; realizar las potencialidades
naturales. Parte de la verdad del hombre, pero esta verdad es dinámica y permite desarrollar sus
múltiples potencialidades, en complementación entre el varón y la mujer. Algunas funciones de
hombres y mujeres son intercambiables –es verdad que por naturaleza hay tendencias más
propias del hombre y de la mujer, pero no son determinantes y en caso de necesidad pueden
adoptarse por uno u otra– pero nunca serán intercambiables la maternidad y la paternidad,
naturales desde el punto de vista biológico y psicológico. Padre y madre deben cuidar de los
hijos, pero hay un modo de ser padre y un modo de ser madre. Es necesaria una interdependencia
y reciprocidad, una concordia. De este modo, los dos sexos deben estar presentes en el campo
privado y público, aportando lo específico suyo, con una cooperación creativa. Es preciso y
difícil a veces distinguir lo natural y lo cultural o, mejor dicho, distinguir cuándo lo cultural es la
realización de esa naturaleza y cuándo la contradice o es simplemente irrelevante.
Se trata de trabajar por un auténtico feminismo, un «feminismo femenino» (TRILLOFIGUEROA, 2007). Juan Pablo II, sobre bases personalistas –Edith Stein, por ejemplo, afirma lo
mismo–, dice que el “genio de la mujer” debe estar presente en todos los ámbitos de la sociedad.
Quienes verdaderamente trabajan por la mujer adoptan este tercer modelo y son los que más han
logrado en cuanto a reformas políticas a su favor. El Modelo 2 en realidad sí ha ido en contra de
la mujer; es un feminismo “antifemenino” pues niega su identidad, porque en el fondo la
considera inferior a la masculina y por eso quiere imitarla.
La Santa Sede admite la palabra “género” con el significado común de esta palabra, fundado en
una identidad biológica sexual, y excluye interpretaciones sospechosas que afirman que la
identidad sexual puede adaptarse indefinidamente para satisfacer nuevos y diferentes fines.
También se disocia del determinismo que hemos expuesto en el Modelo 1. Juan Pablo II insistió
en la distinción y complementariedad de las mujeres y de los hombres; aplaudió la asunción de
nuevas funciones por parte de las mujeres, destacó el grado en que los condicionamientos
culturales han sido un obstáculo para el progreso de las mujeres y exhortó a los varones a que
ayuden en el «gran proceso de la liberación de la mujer» (1995).
3. EL FEMINISMO “RADICAL” Y LA DISCORDIA
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El feminismo radical es “radical”, ¿por qué? Porque apunta a la raíz: la opresión “radical” que,
según la feminista Shulamith Firestone, es la maternidad. Esta feminista sigue, como otras
“radicales”, a Simone de Beauvoir al decir que la maternidad es fruto de una imposición del
varón y por ello para librarse de él, hay que librarse de la maternidad y, para ello, del propio
cuerpo. Ser homosexual o transexual serían igualmente actitudes a superar, pues no transgreden
suficientemente la norma de la identidad, ya que se identifican como varón o mujer.
La raíz del problema, dicen estas feministas radicales, es que nos han obligado a identificarnos
con algo, y esto constriñe la libertad; toda esencia, toda identidad constriñe la libertad. El
enemigo es la “identidad” que nos diferencia, la naturaleza sexuada y, en realidad, no existe tal
“identidad” o “naturaleza”; es pura política manipuladora para dominar, porque ha sido el poder
el que ha inventado esta superestructura biológica del sexo (hablan de “bio-política”). La
sexualidad es flexible, “polimorfa” (recordemos los Informes Kinsey); hay que promover la
indefinición total: ser andrógino, “ni-varón-ni-mujer”. Para esta nueva identidad –he ahí su
contradicción interna– han construido un nuevo término: “transgénero”. Parece extraño, pero es
que reivindicar lo raro sexual, lo enfermizo –gays, bisexuales, transgéneros, prostitutas, etc. – es
lo que pretende la “Queer theory” que es a lo que ha llegado el feminismo “de género”. “Queer”
significa transgresión, y, coloquialmente, “enfermo, raro, anormal”.
En definitiva, “deconstruir”. Como la sociedad se ha construido sobre un modelo de dominación
patriarcal, cuya arma es el concepto de “naturaleza” y la “diferencia” irreductible entre sexos
(Modelo 1), es preciso cortar por lo sano y negar esta diferencia y con ella todo el entramado
social, estableciendo, así, otra sociedad “idílica” en la que cada uno pueda optar por el género que
desee. Para lograrlo hay que “deconstruir” y reconstruirlo todo: lo biológico, lo personal, lo
cultural, es decir, la persona y su condición de mujer o varón, el lenguaje, la familia, la
procreación, la sexualidad, la educación, el derecho, la política, la religión, todo. La discordia
radical no deja nada en pie, por eso es radical y terminal, a la vez que metodológica, pues es el
medio para la destrucción-construcción. Piensan que así, sobre las ruinas del mundo, caduco e
hipócrita, se construirá un mundo nuevo, verdadero. Es lo que han pretendido todos los
totalitarismos utópicos de la modernidad –marxismo, nazismo, sociedad del bienestar– que se
presentan como “salvadores” y terminan con los dramáticos resultados de todos conocidos.
Distinguimos dos tipos de deconstrucciones, provocadas por dos tipos de discordias.
a) Personal: Discordia entrañada en el mismo hombre: inteligencia/voluntad/corazón; identidad
sexual.
b) Social: familia, educación, medios de comunicación, derecho, política, religión.
Esta se fundamenta en la personal y luego se retroalimenta.
En el capítulo anterior, Sexualidad e identidad de la persona humana, se exponen las bases para
comprender la deconstrucción personal, en referencia a la identidad sexual, y las
deconstrucciones sociales que afectan a la familia, la educación, etc.
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a) La discordia entrañada. La deconstrucción personal
Qué sea la persona humana se ha tratado ya en el primer capítulo. Recordemos aquí únicamente
que el hombre, en su realidad originaria, es armonía, unidad sustancial de cuerpo y alma; “animal
racional” (Aristóteles). Por ello están integrados su biología, su psiquismo y su espíritu: es
“inteligencia sentiente” (Zubiri), pero también podríamos decir, “inteligencia volente”,
“inteligencia amante”, incluso “cuerpo espiritualizado”. Ni animal ni ángel, sino un “intermedio”
armónico.
Este hombre es “persona”: “sustancia” y “relación”:
- “Sustancia” (es “en sí”), con una relativa subsistencia (es, en cierto modo, “por sí”), por lo
cual es sujeto de sus actos, libre y responsable; tiene algo de absoluto, tiene una
intimidad, una subjetividad, una privacidad que le hace “incomunicable” en algún
aspecto.
- “Relación”: Es un ser dependiente, quizá el que más y, por ello, abierto, comunicable.
La persona es una armonía de intimidad y alteridad. Esto lo es incluso la realidad más personal:
Dios, que es Absoluto y es Familia: Padre, Hijo y Espíritu Santo, consistiendo cada una de las
tres Personas precisamente en la relación con las otras dos, sin dejar de ser lo que son en su
individualidad. Porque el hombre es “relación”, es social por naturaleza, “animal social”
(ARISTÓTELES). El hombre no puede vivir para sí ni por sí, sino por y para sí y el otro y estas
dos dimensiones se retroalimentan: cuanto más intimidad, más abierto; cuanto más abierto, más
rico interiormente. Lo veremos, maravillándonos, a lo largo de estas páginas. El hombre es social,
y no sólo por necesidades biológicas, sino psicológicas y espirituales. «El hombre no puede vivir
sin amor» (JUAN PABLO II, 1979). Demostrarlo es nuestro objetivo.
Así pues, el hombre es un ser íntimo y abierto, abierto no solo a los demás sino a la realidad. De
ahí su necesidad imperiosa de conocer la verdad –«¿Qué desea el hombre más sino la verdad?»
(SAN AGUSTÍN)–. Y en esta realidad que le rodea, hay una realidad especial, aquella que es su
Origen y su Destino y es, a la vez, una Persona: Dios. El hombre está “religado” (ZUBIRI) a Él
como un hijo a su padre. De Dios-Amor parte el Don; del hombre, la respuesta, que ha de ser
amorosa y agradecida. Vínculos de amor entre ambos, eros/caritas en armonía.
Todo esto se analizará y fundamentará más adelante; ahora sólo se indica, porque sin tener en
cuenta la estructura o la armonía no se entiende la desestructura o la “discordia”. Y es un hecho
que del hombre, de la familia y de la sociedad “desestructurados” se habla continuamente.
La discordia personal consiste precisamente en esta ruptura entre la sustancia (su yo como sujeto)
y la relación (su apertura a los demás) en que consiste el ser personal. Esta ruptura se llama
individualismo. También radica esta discordia en la ruptura en su propia sustancialidad, en su
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propia identidad: ruptura entre la inteligencia, la voluntad y el corazón; y entre estas potencias y
su objeto adecuado, la verdad, el bien, y con la Verdad y el Bien, origen y fin de su vida: Dios; y
por último la ruptura con su propio cuerpo y su identidad sexual. De ahí surgirá la ruptura en las
relaciones sociales. En realidad se trata siempre del “Yo” enfrentado al “Otro”, del Subjetivismo
o Egoísmo.
b) La discordia radical
Considero que la ruptura con Dios es la discordia original o “radical”. Todo empezó cuando
Adán y Eva decidieron romper con Dios para ser «como dioses» (Gén 3, 5). Romper con Él,
Verdad y fuente de la verdad y de la naturaleza, trae consigo, lógicamente, como vio Nietzsche,
la ruptura de cuanto con la verdad y el ser, lo natural, se relaciona. Aceptemos o no el relato
bíblico, es un hecho que el hombre rechaza someterse, y que le encantaría ser dios y dictar él
mismo el bien y el mal, construir la verdad. “El hombre es fundamentalmente el deseo de ser
Dios”, decía Sartre, el compañero de Simone de Beauvoir, ambos ateos militantes. Afirmaban
que el hombre es libertad absoluta y, por tanto, no tiene naturaleza sino que es el artífice de sí
mismo. Nada de “relación” o dependencia, ni con Dios, ni con la verdad, ni con los demás. «El
infierno son los otros», dirá Sartre (tema de su obra A puerta cerrada). El otro me impide el
realizarme; su mirada me limita. A este individualismo radical se llega al romper con Dios. Si
Dios existe, yo no puedo ser libre ni darme a mí mismo los valores.
El deseo de Dios, algo lógico en una naturaleza hecha a su imagen, se convierte en deseo de ser
dios, deseo absurdo para una criatura. Este es el desconcierto radical en la persona: la
irracionalidad en lucha con la razón De la discordia inicial nacen las demás: ruptura de la
inteligencia con su objeto propio, que es la verdad; ruptura de la voluntad con su objeto, el bien;
ruptura del corazón con el suyo: el amor a lo más valioso, el ser personal; discordia de la
inteligencia con la voluntad y con el corazón; discordia entre el cuerpo y el alma (dualismo). El
hombre dividido. Comenzamos con el desconcierto de la inteligencia, seguimos con el de la
voluntad y el del corazón, terminamos con el del propio cuerpo.
c) La discordia entre la inteligencia y la verdad. Subjetivismo.
La ideología de género se funda en el subjetivismo, que consiste en negar la realidad objetiva y
hacer al hombre medida, constructor de la verdad.
Es atractiva esta solución al deseo de libertad absoluta, pero su atractivo no la convierte en
verdadera; es una ilusión ficticia que puede mantenerse muy poco tiempo y luego produce una
fuerte frustración, porque es un idealismo utópico y cuando uno se sale de la realidad se vuelve
loco. Todos los desequilibrios psíquicos son formas de subjetivismo.
Pero este subjetivismo es fácilmente criticable. En primer lugar, se contradice ya que,
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ateniéndose a sus principios, no podría haber más que opiniones, nunca leyes, y él mismo sería,
entonces, mera opinión. Lo mismo cabría decir del relativismo, se refiera al individuo, a la
cultura o, incluso, a toda la especie humana. Si la verdad no es lo que es sino lo que el hombre
determine, no hay nunca una base segura sobre la que asentarse y cualquier cosa puede ser
cualquier cosa. Entonces, si el relativismo fuera verdadero, sería falso, pues el relativismo niega
la verdad. Tal es la contradicción evidente.
La ideología de género afirma que no hay identidad sexual sino construcciones culturales
(“géneros”) libremente decididas. La verdad se decide (free choice). Pero, si la verdad la decido
yo, ¿cómo se puede explicar la experiencia del error, la de caer en la cuenta que me he
equivocado? Todos tenemos la experiencia de que la realidad no es siempre lo que pensamos y es
ella la que nos obliga a rectificar. Si no hubiese realidad, no se podría distinguir la verdad del
error, pues ambas son pensadas (MILLÁN-PUELLES, 1976). Además, si el universo con sus
leyes existía antes que el hombre no puede ser que éstas sean producto suyo (HUSSERL, 1967).
Por lo tanto, la diferencia cromosómica XX y XY, el ser mujer o varón, es algo más que algo
construido convencionalmente por él para dominar, como dicen las feministas radicales.
Por otra parte, en la práctica, consideran los relativistas que son ellos los que están en la verdad y
son “tolerantes”, mientras que los demás están equivocados y son “intolerantes”, “dogmáticos”.
Pero, curiosamente, la apelación a la tolerancia como valor implica otra contradicción con sus
principios, pues sería aceptar la tolerancia como un valor objetivo, lo que se opone a la negación
de valores objetivos. Si sólo valen las formas de pensar, tan valor sería la tolerancia como la
intolerancia, pues ambas son formas de pensar y opciones (MILLÁN-PUELLES, 1997). Además,
es el subjetivismo o relativismo el intolerante porque hace imposible todo diálogo, el cual supone
un logos común entre las subjetividades que dialogan y sin el cual se trata de un diálogo de
besugos o de improperios, que es lo que suele ocurrir cuando se intenta dialogar con feministas
fanáticas.
Entonces, el subjetivismo o relativismo es una clara discordia en el mismo sujeto porque es la
misma contradicción y lleva a la inteligencia a ponerse en contra de sí misma, pues si inteligir es
comprender la verdad, el subjetivismo quiere dominarla y construirla a su arbitrio, con lo que no
es la inteligencia la que manda sino que son la voluntad y el sentimiento los que se han
apoderado de ella y así estará fluctuante entre el vaivén de pareceres y gustos; unas veces le
parecerá una cosa y otras, otra, con lo cual, el sujeto se vuelve esquizofrénico, psicótico y hasta
neurótico, cuando ve que la verdad se le resiste y no puede dominarla: “¡Qué rabia que dos y dos
sean cuatro!”
Pero el conocer siempre me remite a lo real. Nadie se contenta con pensar, todos quieren que su
pensar sea verdadero, también las feministas radicales. Y en realidad, la realidad, en vez de
encorsetar, libera. Es lo que nos pasa al despertarnos del sueño.
13
Desenmascarar las ideologías
Todas estas contradicciones nacen de varias confusiones: es verdad que hay realidades relativas,
históricas, pero la verdad misma no lo es. Por ejemplo, que Cristóbal Colón descubrió América es
verdad ahora y hace quinientos años y lo será siempre. Además, que los conocimientos, en cuanto
psicológicos, sean subjetivos, no significa que el contenido lo sea. Por ejemplo, que la naranja me
guste o no, no significa que no sea buena para el organismo. Que me guste o no mi sexo no quita
que sea varón o mujer; que se valore o no a la mujer ni quita ni pone valor. Además, para no
aceptarse, hay que aceptar que se es así. El hombre puede construir realidades artificiales,
llamarlas como quiera y “resignificar” las naturales (Foucault), pero no hará que dejen de ser lo
que son, pues lo natural, a diferencia de lo artificial, no lo ha creado él.
Además, en la historia y en las culturas hay más coincidencias que diferencias, sobre todo
coincidencias en los primeros principios morales. Todos queremos una sociedad justa, libre y
feliz, incluso las feministas radicales; en lo que no coincidimos es en el cómo. Estas
coincidencias, precisamente, pueden ser el punto de partida de la concordia. Con relación al tema
de la mujer y de la familia, a pesar de las grandes diferencias culturales, ¿no hay una mayoritaria
aprobación de la familia monogámica, basada en el matrimonio entre un varón y una mujer? No
se deben considerar las excepciones como la regla, tal y como se suele hacer al invocar casos de
homosexualidad, poligamia, etc. en otras culturas; también ha habido canibalismo, pero ni es lo
común ni lo ideal. Es más común la coincidencia de roles en culturas distantes en el tiempo y en
el espacio y esto da qué pensar. No parece razonable decir que ha sido así porque todas las
mujeres han sido tontas y se han dejado dominar.
En la práctica nadie es relativista, casi todos tendemos a considerar absoluto nuestro parecer, sin
saberlo, incluso defendiendo el relativismo, y es por culpa de esta discordia entrañada en nuestra
naturaleza, el “amor propio”, que en realidad es odio propio. Por él no tenemos interés por la
verdad –aunque por naturaleza la inteligencia esté inclinada a ella–, ya que la verdad exige
humildad, lo más machacado por el pecado original. Que el hombre, ser racional, quiera
engañarse –eso es el subjetivismo–, es absurdo y muestra la discordia de la naturaleza caída.
¿Qué hay en el hombre que le permite e incluso le inclina al absurdo de engañarse?
Hay una profunda verdad antropológica: que el hombre quiere ser como Dios y se ve imperfecto.
No hay nada malo en aspirar a Dios, es una inclinación natural del hombre, llamado al infinito –
«Nos hiciste, Señor, para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti» (san
Agustín) –. Lo lógico sería, entonces, el empeño en llegar a Él, perfeccionándose, y esto es lo que
hacen los santos y es éste el objetivo último de toda educación. Lo ilógico es querer gozar ya de
la plenitud sin pasar por el medio, sin someternos. El hombre no es Dios, es un “intermedio”
(Platón). El subjetivismo es la «absolutización del yo» (MILLÁN-PUELLES, 1976), ilusión
narcisista. La discordia con la verdad es discordia del hombre contra sí mismo y termina
ahogándole, como a Narciso.
d) La discordia entre la inteligencia, la voluntad y el corazón
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Desenmascarar las ideologías
La inteligencia conoce la verdad, si entiende que es buena; la voluntad la quiere (la elige) y el
corazón la ama; si entiende que es mala, la voluntad la rechaza y el corazón la aborrece. Esa es la
armonía natural de las potencias. La clave está en la verdad que conoce la inteligencia. ¿Qué
quiero? ¿Qué amo? No basta querer, elegir, amar. Se puede querer, con gran fuerza de voluntad,
el mal; se puede amar lo feo, lo malo, y odiar el bien, la belleza; hay gente que disfruta con
torturar a otros. Pues bien, estas actitudes muestran la discordia interior, su conducta antinatural.
Enfrentarse a la verdad objetiva es sembrar discordia dentro de sí, pues todo el sujeto, no solo la
inteligencia, sino la voluntad y el corazón, en armonía, viven de la verdad. Si la voluntad quiere
lo que la inteligencia le presenta como bueno, y todo da igual, ¿qué va a querer?; el corazón ¿qué
va a amar? O no quiere nada con fuerza, pues sin motivos la voluntad no se mueve –a un
pensamiento débil le corresponde una voluntad débil–, o quiere y ama cualquier cosa. En esta
discordia, ganan la pasión y los sentimientos, que arrastran a la voluntad y ciegan la razón.
Hay un gran misterio tras esta ceguera y esclavitud de las facultades del hombre llamadas a
gobernar. ¿Cómo puede el corazón aborrecer tanto la verdad que se engañe a sí mismo? ¿Cómo
puede la voluntad querer el mal y rechazar el bien? Tal es el misterio de la discordia entrañada.
Pero como el hombre en el fondo desea la verdad, el bien y el amor –ha sido creado por y para
ellos– y no soporta el sentimiento de culpa que le acecha, reacciona inconscientemente con el
mecanismo de defensa de la justificación diciéndose: “no hay tal culpa, porque no hay bien o
mal, porque no hay verdad”. Nietzsche, Freud, vienen en su ayuda diciéndole: “eres inocente,
porque no hay Dios. Solo existe la Vida, la Voluntad de poder o el instinto ciego, sin normas
morales. La Iglesia es una aguafiestas y tiene que desaparecer –ella sí tiene culpa– para que el
hombre pueda vivir en paz consigo mismo haciendo lo que sienta”. “El hombre es la medida de
todas las cosas”, ya decía Protágoras hace 2.500 años, dando voz a la voluntad de poder.
Pero, ¿qué “hombre” sería éste? ¿Yo, que no soy capaz ni de mandarme a mí mismo? ¿El
Hombre-sociedad-cultura, moda efímera y cambiante? ¿El Hombre-especie, que no puede existir
si se niega la naturaleza? ¿El poderoso de turno, el que tiene dinero, poder político, mediático? La
experiencia constata que “el hombre”, como quiera que se le considere, no es tal “Medida”. No
puede alterar las leyes físicas y biológicas, no tiene dominio sobre todo su psiquismo, al menos
sobre muchos de sus sentimientos y deseos, que se le imponen y solo puede construir realidades
artificiales sostenibles si se basa en la realidad objetiva. Es evidente que hay muchas cosas de las
que no es “Medida”. Además, en la medida en que ame –y todo hombre desea amar– debe
renunciar a dominar, pues el amor es darse a sí mismo, negarse por el otro.
Quien quiera afirmarse y nunca negarse a sí mismo, no tiene otro medio de afirmar su voluntad
que negando (ALVIRA, 1988). Por ello la discordia lleva al nihilismo, a negar: Primero, negar
algo tan evidente como su debilidad; luego, negar todo lo que se le opone. Negar por negar, –
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Desenmascarar las ideologías
“transgresión” = “queer”–. Nietzsche, Sartre, afirman que el hombre consiste en hacerse; no es
nada y no hay nada previo al conocer, decidir y amar. Conclusión: nada. Para verse fuerte sólo le
queda a la voluntad NEGAR. Esta actitud es inmadurez adolescente, ilusión de creerse poderoso
al negar y al negar mi imperfección.
La negación, efectivamente, es un acto puro de libertad que ni Dios mismo puede impedir. Por
eso aquello de lo que somos propiamente creadores es del mal. Aquello que al hombre le puede
hacer independiente de Dios es el uso negativo de su voluntad; es lo exclusivamente suyo. Pues
bien, esta actitud se manifiesta en la ideología de género, cuya afirmación de la libertad, justicia y
felicidad se convertirá en negación de todo salvo el Yo, que también quedará negado, arrastrando
muchas veces a droga, depresión, suicidio, divorcios, abortos, etc.
Pero, ¿cómo es posible rechazar el ser? Va contra la razón pero no contra la voluntad y es ésta,
cuando está en discordia con la inteligencia, la que se permite cegarla y negar la verdad y los
valores más evidentes. Pero, ¿por qué la voluntad niega, si por naturaleza quiere el bien? Por el
mismo bien que quiere, que es el “ser-más”; pero lo quiere sin orden porque su corazón, la otra
facultad, también se ha pervertido y ama desordenadamente. ¿El qué? Su Yo. No quiere ser
imagen, sino Dios mismo, y un dios-Poder; un dios pagano, como Zeus, no un Dios Verdad,
hecho Hombre y muerto por Amor, no un Dios-Logos, Segunda Persona, Hijo, que obedece al
Padre. Se opta por ser ilógico, por no expresar al ser sino a sí mismo, sus propias ideas; de ahí la
ideología, la ficción de creerse un dios salvador y más poderoso que Dios, pues no queda
sometido ni a la verdad; un dios despótico, por tanto. Ahora bien, tarde o temprano viene la
frustración y, con ella, el resentimiento y de él, como decía Nietzsche, vuelto el argumento en su
contra, la moral de esclavos. Pues, en efecto, es de esclavos ya que termina el hombre dejándose
esclavizar por sus pasiones.
Pero, ya se ha ido viendo a lo largo de los trabajos precedentes, no son la negación ni la discordia
la solución ni la última palabra, sino la concordia, la paz, en el hombre y en la sociedad. ¿Cómo
se construyen, libremente, con auténtica libertad? Con obediencia y amor a la realidad, a la
verdad. El entendimiento, la voluntad y el corazón dependen de la verdad, y acoplándose a ella es
como se realizan; de esa manera, el hombre es libre. Mi verdad y la verdad que me rodea son
antes que mi decisión de construir otra cosa; me apelan, me impulsan. Solo después de conocerlas
quiero, es decir, las amo y decido ir a ellas.
Luego el espíritu humano en su naturaleza –corpórea, sensitiva, intelectual, volitiva y amorosa–,
es dependiente, debe obedecer a la realidad, a la naturaleza. Gracias a esta obediencia, hay una
armonía preciosa entre inteligencia, voluntad y corazón, es como la Trinidad encarnada, en la
cual cada una de las tres personas es en relación con las demás: Manda la inteligencia, pero a la
inteligencia le ayuda el amor que, lejos de ser ciego –ciega lo es la pasión–, aclara la mirada y
hace entender profundamente. Y el amor da fuerza a la voluntad para querer, y si hay voluntad se
entienden muchas cosas y se llega a amar porque hay empeño en ello, y a dominar los malos
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Desenmascarar las ideologías
afectos, y a promover los buenos; se pueden superar resentimientos, depresiones, inadaptaciones,
tendencias homosexuales o de otro tipo. Si hay voluntad se puede, esa es la verdadera libertad, no
la que niega la verdad, sino la que, aceptándola, se supera. Exige esfuerzo, eso sí, pero si hay
amor, este suaviza el trabajo.
Entonces, para la concordia, es necesario un uso amplio de la razón y de la voluntad, el uso que
intentamos dar aquí: una razón abierta, no calculadora, no cientificista, no restringida al campo
experimental y cuantificable en el que no caben conceptos como dignidad, amor, belleza; una
razón que integra la fe y, además, la voluntad y el amor.
A la locura subjetivista hay que responderle con una racionalidad-locura, racionalidad por la
adecuación al valor del objeto: la persona; y locura porque apasionante es la persona y el amor.
Carlo Caffarra, concluye su libro La sexualidad humana proponiendo esta “locura” como
solución: Sancho Panza dice a Don Quijote moribundo: “Mi señor, ¿no habrás llegado a tal grado
de locura que empieces a razonar ahora?”. Esta racionalidad, locura para el mundo, es la máxima
sabiduría. Caffarra continúa con una cita de santo Tomás: «Existe la sabiduría, la más alta que el
hombre pueda alcanzar, la más dulce que el hombre pueda gustar, la más profunda a la que el
hombre pueda llegar: la sabiduría de las supremas verdades de la vida. Y esta sabiduría es un
don que solo puede llegar de lo alto» (comienzo del Comentario a la Metafísica de Aristóteles).
Una razón amante, creyente, voluntariosa; una voluntad libre, por ser obediente a la verdad y
fuerte, por obedecer al amor; un amor inteligente, voluntarioso, esforzado, apasionado; eso es lo
que pretendemos al educar. Razón contemplativa, voluntad amorosa, que permite comprender el
misterio y la dignidad de la persona, del origen de la vida, de la sexualidad y del amor, reflejo del
amor trinitario. Solo así podremos comprender el respeto que merece la sexualidad y la
repugnancia a ser manipulada, construida artificialmente. Y todo ello, en un cuerpo, masculino o
femenino.
Merece la pena educar en esta concordia, luchar contra la discordia que la impide. No hay que
ahorrar esfuerzo, pero se garantizan el éxito y la felicidad, personal y social.
e) La discordia contra el propio cuerpo, contra la sexualidad y el amor
La ideología de género se contradice: es materialista, pero a la vez afirma como absoluto la
libertad, que no es categoría de la materia. Hay un dualismo antropológico de base: cuerpo y
alma (mente, subjetividad, conciencia, libertad, en cualquier caso, algo inmaterial) están
divididos. El cuerpo es enemigo del yo, que es libertad; hay que deshacerse de él, como de una
cárcel –Platonismo-. El yo, por otra parte, es un “haz de sensaciones”, como diría Hume,
cambiantes y dispersas, y no solo no es posible conocer la identidad, sino que no la tenemos.
Recién aprobada en España la ley que permite cambiar de género en el Registro Civil (Ley
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Desenmascarar las ideologías
3/2007), sin necesidad de operarse, en TVE apareció un señor con barba y voz grave diciendo,
mientras enseñaba su DNI, que ya era hora que se les permitiera ser del género que quisieran, sin
necesidad de operarse, porque aunque biológicamente se fuera varón, el verdadero yo es el que
uno siente, en este caso, mujer. Se comprende aquí el dualismo: el cuerpo es una cosa pero el
verdadero yo es la conciencia y libertad. Al contar este ejemplo a alumnos de bachillerato se ríen:
“Entonces, si yo me siento Napoleón, ¿lo soy?” Obviamente, no se me daría el DNI de Napoleón
en el Registro Civil aunque presentara un certificado del psiquiatra asegurando que efectivamente
me siento tal ¿Por qué? Porque la ideología que ciega sólo se aplica al sexo.
Oigamos a Simone de Beauvoir: “¿La mujer? Es muy sencillo, dicen los amantes de las fórmulas
sencillas: es una matriz, un ovario, es una hembra, y basta con esa palabra para definirla”. Así
comienza el capítulo 1º de El segundo sexo, en el que analiza el posible determinismo biológico
como causa de la situación histórica de la mujer relativizada al varón. Si bien Simone de
Beauvoir afirma la libertad sobre la naturaleza y por ello no acepta el determinismo biológico,
dice que esta libertad siempre se da en una situación, que puede ser obstaculizadora, como es el
caso del cuerpo para la mujer: su sexo, y esta situación debe ser accidental y superada por la
libertad, pero es preciso, dados los condicionantes culturales, un tremendo “compromiso moral”
de acción revolucionaria en todos los niveles llevada a cabo por la misma mujer, pues sería “mala
fe” aceptarse como objeto, como mera naturaleza, según la han obligado a creer, siendo como es,
sujeto, igual que el varón y, por tanto, soberanamente libre. Beauvoir analiza la biología
reproductiva de distintas especies, habla de la partenogénesis, del mito platónico del andrógino,
etc. y concluye afirmando que el sexo es accidentes y posibilidades múltiples. Y eso que no
conocía la reproducción artificial ni el cyborg andrógino.
De Beauvoir niega, pues, la naturaleza biológica como determinante de la condición de la mujer y
también la psicológica, afirmando distintas opciones sexuales, entre ellas el lesbianismo.
Considera como factor decisivo la libertad, la cultura y, así, piensa que históricamente ha sido la
cultura dominante varonil la que ha obligado a la mujer a aceptarse como tal: “no naces mujer, te
hacen mujer”. Del mismo modo, la libertad puede revolucionar esta cultura. Pero en el fondo
acepta los valores masculinos de fuerza y poder, y por ello, infravalora la maternidad. Esta
actitud la critican algunas feministas que aceptan, en cambio, otras tesis suyas y que piensan que
tiene un modelo demasiado “masculino”. No es, pues, muy revolucionaria, no es muy feminista.
Hoy ella diría que por fin la mujer puede hacerse lo que quiera, que ha roto cadenas, pero quizá
se ha encadenado más y, lo que es peor, ha sido al precio de romper el orden del amor (KETTER,
1945). Las feministas han sembrado discordia entre las mujeres –las fuerzan a liberarse, cuando,
como dice O’Leary, la mayoría están a gusto con su condición, con la maternidad– y han
sembrado discordia en sí mismas, aborreciéndose en su femineidad. Destruyen la persona al
destruir su intimidad –fuera pudor–, y destruyen la relación, sólo posible en la diferencia. En las
relaciones sexuales se buscan a sí mismas, a su igual, no al “otro” en cuanto “otro”. Reivindican
la subjetividad frente a las normas; pero rechazan la intimidad y el pudor, jactándose de exhibirse
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Desenmascarar las ideologías
y exhibir sus escándalos, como Simone de Beauvoir, su modelo.
«Feminismo antifemenino», decía Trillo-Figueroa. No existe ni el ser femenino ni el masculino;
no existe la persona. Se han destruido a sí mismas como sujeto pues han destruido toda identidad,
porque limita, dice la teoría Queer. Es significativa la discordia entre sexualidad y amor. O bien
se considera que no tienen nada que ver o bien se llama amor al placer sexual. Quizá no creen
que el amor sea posible y se contentan, pues, con el mero placer corpóreo. Detrás, seguramente,
hay vidas rotas que impiden a la persona darse por entero a sí misma al otro, limitándose a
experiencias corpóreas, pues, según dicen, lo que haga el cuerpo no tiene nada que ver con el yo.
Y de la teoría Queer se llega a la contrasexualidad. Esta teoría defendida por Donna Haraway,
pretende la deconstrucción terminal: de ser humanos pasar a ser “transhumanos”. El
transhumanismo pretende construir un ser más evolucionado que el hombre: el cyborg que
suprime por fin la diferencia sexual pues, como no se necesitará acoplamiento para la
reproducción, este será sólo para el placer. Igual que en Un mundo feliz de Huxley.
Decía Julián Marías que Freud trajo al sexo al centro de la antropología, y eso fue un gran
descubrimiento, pero su naturalismo biológico lo enturbió. Ahora el enemigo es el propio cuerpo.
¡Si Freud levantara la cabeza! Cabe afirmar, tras los resultados obtenidos, que «en realidad este
no es propiamente el gran sí del hombre a su cuerpo […]. La aparente exaltación del cuerpo
puede convertirse muy pronto en odio a la corporeidad” (BENEDICTO XVI, 2005).
El problema del dualismo es que no puede explicar quién soy. Propiamente yo sería dos: por una
parte, mi cuerpo –¿”mi”?– regido por el determinismo –Descartes–, y del cual forma parte el sexo
reproductor, y, por otra parte, mi conciencia y libertad, por la que me construyo y que sería mi yo
auténtico. Por tanto, “yo decido” ser mujer o varón, que el feto sea o no persona, etc. No se
quiere ver la realidad del cuerpo con su lenguaje objetivo, comprender su significado más allá de
lo biológico. Para esta ideología, el cuerpo, ajeno a mi persona, no expresa nada, ni expresa la
intimidad ni tiene que velarla (fuera pudor). No hay tampoco hipocresía, pues se es fiel con la
conciencia a la otra persona, aunque el cuerpo se acueste con otros u otras. De hecho Sartre y
Simone de Beauvoir compartían amantes.
En la antropología personalista actual –recogiendo el sentir agustiniano– se habla de tres
principios en vez de dos: cuerpo, psique y espíritu (otros autores clásicos hablan de “alma
espiritual”). Así, nuestra experiencia nos muestra actos físicos, como ver o correr; psíquicos,
como pasiones y emociones, como el impulso sexual; y espirituales como la decisión que tomo
de refrenar este impulso. Son muy distintos: los físicos y psíquicos simplemente se dan en mí
(actos del hombre), mientras que los espirituales son claramente míos (actos humanos): de ellos
soy consciente y responsable. Pero la antropología no personalista sino reduccionista, lo reduce
todo, bien a cuerpo (materialistas), bien a espíritu (espiritualistas), bien a psique (Freud), o bien
consideran el cuerpo como instrumento al servicio del espíritu (dualismo). En cualquier caso hay
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Desenmascarar las ideologías
discordancia con la experiencia más elemental que es la de sentirse uno y no dos, y no sólo
cuerpo sino algo más (CAFFARRA, 1987).
Sin embargo, es la misma subjetividad la que nos lanza a la realidad y al cuerpo; no conocemos
las vivencias de los demás ni podemos comunicar las nuestras sino por el cuerpo; sentimos que
las actividades físicas, psíquicas y espirituales son realizadas por el mismo sujeto: soy yo el que
siento el impulso y decido controlarme, aunque podía haber decidido no hacerlo. Sentimos, es
verdad, que lo que nos hace persona no es el cuerpo sino el espíritu, pero también sentimos
nuestro cuerpo como nosotros mismos. «Mi cuerpo no lo percibo como el traje que llevo puesto
sino como algo que forma parte de mi ser» (MILLÁN-PUELLES, 1967). Si veo llorar digo:
“estás triste”, no: “te salen lágrimas”; y si quien me promete fidelidad se acuesta con otro, siento
que es infiel y no me creo que sea una acción meramente corpórea y no personal. Si el cuerpo
expresa otra cosa distinta al alma, sentimos que hay hipocresía. El cuerpo como expresión del
alma es la experiencia de la unidad del sujeto. Hablaremos detenidamente del lenguaje del
cuerpo, y en relación con la sexualidad, la procreación y el amor. Será un adentrarse apasionante
en el misterio de la persona humana.
La persona con estos tres dinamismos: físicos, psíquicos y espirituales, actúa como un “yo”
único, aunque sienta la desintegración, fruto del pecado, pero esta desintegración no es total ni
irreparable. La educación moral y psicológica consiste en integrar, y todos sentimos cuán
necesaria es. La evidencia de la unión sustancial del yo concuerda con la antropología clásica,
aristotélico-tomista y personalista. El alma es “principio unificador del organismo vivo”, no una
parte del organismo, sino su forma sustancial y por ello afecta a la totalidad y a cada una de sus
partes. Si algo de ese organismo tuviera otra forma sustancial sería otro ser unido
accidentalmente a él, como un añadido. Así entiende la ideología de género el sexo.
Se entiende, pues, que en este manual haya capítulos dedicados a la biología del cuerpo humano.
Ser XX o XY, es decisivo y afecta a la totalidad del ser y a cada una de sus partes, por tanto a
todas las células, por tanto, a las neuronas, y, por tanto, a las tendencias; por supuesto no es mero
constructo ideológico. Un único sujeto actúa en las facultades corpóreas, psíquicas y espirituales,
con sus peculiares inclinaciones, y es capaz de controlarlas, potenciarlas o negarlas, si bien no de
modo absoluto. Y en este sujeto la sexualidad es transversal. El cuerpo humano y el animal tienen
una estructura semejante, pero el cuerpo humano es interiormente elevado por el espíritu a una
sublimidad que no tiene el animal. La armonía entre las facultades se da “ya” por naturaleza, pero
“todavía no” perfecta; por ello es deber que ha de realizar la educación para llegar a la concordia
consigo mismo, con los demás, con la verdad y con la Verdad, Dios.
4. LA DECONSTRUCCIÓN SOCIAL
El marxismo afirma que la alienación económica, causada por la propiedad privada, produce la
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Desenmascarar las ideologías
alienación social, política, jurídica e ideológica (religiosa, moral, artística, etc.). Destruida la
propiedad privada, desaparecerían las demás alienaciones. Para ello no hay que escatimar
violencia, pues es la lucha o la discordia el motor de la historia. El marxismo ya no está de moda
pero su hija, la ideología de género, sí. Lo que hace es sustituir la propiedad privada por la
identidad sexual y la maternidad. Negadas éstas, seríamos iguales y ya no habría discordia,
violencia “de género”. Para conseguir su peculiar “concordia” no hay que escatimar violencia,
solo que ahora se llama, en lenguaje estructuralista, “deconstrucción”, palabra bastante aceptada,
pues no suena a “destrucción”, sino a “reconstrucción”. La familia y la religión son las
instituciones sociales fundamentales que han de ser deconstruidas. Para ello la principal arma es
el lenguaje y el canal los medios de comunicación, la educación, el derecho, la política.
Reconstruido todo, cambiará la conciencia de cada uno.
a) Deconstrucción de la familia
Como la sociedad de momento no aceptaría destruir la familia, pues sigue siendo, según las
encuestas, la institución más valorada, el método es cambiar la mentalidad mediante el lenguaje,
redefinir, “resignificar” los términos y, en concreto, el término “familia” o “matrimonio”, de
modo que signifique lo que se quiera. Hay que conseguir que se hable de “modelos de familia”, y
que “familia tradicional” –“tradicional” = algo “pasado”– se refiera sólo a un modelo más, y
caduco. Pero, si “todo es familia” y “matrimonio” ¿por qué no habría de serlo la unión
poligámica, poliándrica, o entre hombres y animales, entre parientes, etc.? Si lo que la define es
la “unión de seres que se quieren”, como dicen muchos libros de texto, y el “amor” es sólo deseo
y sentimiento, cabe cualquier cosa. Si “todo es familia”, nada es familia.
Marx y Engels ya propusieron la destrucción de la familia. Engels en El origen de la familia, la
propiedad y el Estado, dice: «El primer antagonismo de clases de la historia coincide con el
desarrollo del antagonismo entre el hombre y la mujer unidos en matrimonio monógamo, y la
primera opresión de una clase por otra, con la del sexo femenino por el masculino» (1884).
Coincidiendo con la primera revolución sexual, Engels defiende el amor libre. Se acordó en la
URSS dar a la unión libre los mismos derechos que a la unión legal, pero las consecuencias
fueron que muchas mujeres se suicidaron o dañaron su salud con los abortos, los cuales afectaron
gravemente a la demografía, a la vez que creció el número de niños abandonados.
Es verdad que ha habido abusos, dominación masculina, represión, etc. Pero no es lícito construir
una teoría universal a partir de los errores, y esto es lo que hicieron Freud, Marx, Nietzsche, y
otros. Dale O’Leary, médico e intelectual americana que ha trabajado mucho en este tema de la
ideología de género, dice en su libro ya citado anteriormente, La agenda de género, que
efectivamente, la historia que está detrás de muchas de las feministas aborrecedoras de la
maternidad y de su biología es muchas veces dramática y ha sido lo que ha provocado su
discordia. Entre muchos ejemplos, nos habla de Gloria Steinem, paradigma de mujer “liberada”,
cuya historia revela que detrás de esa imagen de “liberada” hay una niña con miedo a crecer
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Desenmascarar las ideologías
porque no quería ser como su madre, que padecía enfermedades mentales. Dijo que si hubiese
sido madre se hubiera vuelto loca. Tristemente esto tiene un gran poder de persuasión entre el
público, en gran parte emotivista moral. Es un error convertir en normal lo patológico, dice
O’Leary. La mayoría de las mujeres se sienten felices con su maternidad.
Para deconstruir la familia hay que liberar a la mujer de la procreación, separando procreación de
sexualidad. En esto Simone de Beauvoir es pionera pues facilitó varias veces el aborto a
discípulas suyas embarazadas, encabezó campañas a favor del aborto en Francia en 1970, luchó
todo lo que pudo porque las mujeres se independizaran de la maternidad y el hogar. Destruir la
maternidad exige, por tanto, la deconstrucción de la procreación natural y personal.
b) Deconstrucción de la procreación “natural” y “personal”. “Reconstrucción”
artificial y despersonalizada
Esto se vio posibilitado por la difusión de la píldora, a partir de los años 60, que permite a la
mujer “liberarse” de los hijos. Más tarde, la reproducción artificial permitirá “construir” niños sin
el contacto personal heterosexual.
Las técnicas de reproducción asistida y los proyectos del transhumanismo –los cyborgs del
futuro– han logrado –dicen– la definitiva liberación de la mujer. Donna Haraway defiende una
sociedad contrasexual formada por cyborgs andróginos, que pueden procrear sin acoplamiento
(TRILLO-FIGUEROA, 2007). Se entiende por qué son las feministas radicales las que luchan
por el cambio “radical” en el Derecho Internacional, para que se incluyan los “derechos sexuales
y reproductivos” (aborto, anticoncepción, reproducción artificial, matrimonios homosexuales,
etc.) que se reducen a uno: free choice. La libertad absoluta es la premisa mayor.
c) Deconstrucción de la educación
Para la deconstrucción de la familia la educación es idónea, así como lo es para su construcción.
«La educación es importante para cambiar los prejuicios sobre los roles del hombre y de la
mujer en la sociedad. La perspectiva de género debe integrarse en los programas. Deben
eliminarse los estereotipos en los textos escolares y concienciar en este sentido a los maestros».
Así hablaba la Presidenta de Islandia, Vigdis Finnbogadottir, en una conferencia preparatoria de
la Conferencia de Pekín (Estrasburgo, febrero de 1995). Se debe evitar la educación “sexista”;
evitar hablar a las niñas de los roles de esposa y madre, evitar juguetes, cuentos “sexistas”, como
muñecas, jugar a las mamás, etc.
En esta tarea deconstruccionista, es importante, dice el psiquiatra Tony Anatrella, suprimir la
figura del padre. No quiere decir suprimir al padre como sujeto de la familia y al varón como
sujeto de la educación, sino suprimir lo que significa la simbólica del padre, la figura paterna:
autoridad, poner límites, decir “no” al niño. Está comprobado cuánto ayuda al niño esta actitud a
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Desenmascarar las ideologías
descentrarse, abrirse a los demás, respetar, responsabilizarse ante el deber, etc. La figura materna
permite al niño compensar esto y crecer en autoestima a través de la acogida, compasión,
caricias, etc. Ambas facetas son importantes y necesarias en la educación, por ello es importante
su complementación. Ciertamente, el padre y la madre deben ejercer ambas funciones y deben
estar de acuerdo, pero ciertas actitudes son más propias de uno y de otra. En definitiva, la figura
del padre ayuda al niño a liberarse del subjetivismo, sin lo cual no es posible vivir en sociedad.
Pues bien, esta ideología que descansa en el subjetivismo y en el rechazo de la norma defiende
una educación sin la figura del padre, y, aunque el educador sea un hombre, debe adoptar una
actitud maternal, de excesiva condescendencia. De este modo, se crean adolescentes
egocéntricos, y, por tanto, violentos (ANATRELLA, 2008).
Esta intención educativa se traslada a países en vías de desarrollo y del Tercer mundo de modo
que las ayudas al desarrollo exigen contemplar esta perspectiva de género, como se puede
consultar en la Guía para la evaluación de iniciativas para el desarrollo. Derechos humanos y
género.
d) Deconstrucción de los medios de comunicación
Medio eficacísimo de deconstrucción familiar y educativa, pues es claro que hoy educan más los
Medios que los padres o maestros. Es deconstrucción o “discordia” porque, lejos de comunicar,
ellos destruyen la comunicación al manipular el lenguaje, no solo el escrito sino el figurativo.
Pensemos en el influjo de las redes.
e) Deconstrucción del Derecho
El Derecho es básico pues regula la vida social (familia, educación, economía, política) y obliga a
adoptar comportamientos, crear instituciones, etc., y, así, deconstruir y construir la vida social. El
ordenamiento jurídico actual, basado en el reconocimiento de derechos humanos universales –y,
por ello, se acepte explícitamente o no, en una naturaleza y dignidad comunes– quiere
modificarse apelando a “nuevos derechos”.
Se tiende a contradecir progresivamente la Declaración de los Derechos Humanos, que en el art.
16 defiende con énfasis la familia y el matrimonio: «Los hombres y las mujeres, a partir de la
edad núbil, tienen derecho, sin restricción alguna por motivos de raza, nacionalidad o religión a
casarse y fundar una familia y disfrutarán de iguales derechos […] La familia es el elemento
natural y fundamental de la sociedad y tiene derecho a la protección de la sociedad y del
Estado».
Directamente no se osa tocar estos artículos, pero la estrategia es, de nuevo, manipular el
lenguaje. Se trata de redefinir “derecho” como algo optativo, no natural sino construible. Por eso
se lucha por convertir en “derechos” las opciones individuales, siempre que sean consentidas por
la otra persona. Así, pretenden incluir en los Derechos Humanos el derecho a la
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Desenmascarar las ideologías
autodeterminación y diversidad sexual, el derecho a la elección de vínculos personales, el
derecho a la salud sexual y reproductiva, el derecho a la tutela de todas las manifestaciones de
comunidad familiar, el derecho de reinterpretación de todos los derechos humanos desde la óptica
de la Ideología de Género. La ONU, el Consejo de Europa, la Unión Europea y el Parlamento
Europeo apuestan por ello.
¿Por qué, desde estas páginas nos pronunciamos en contra de esta pretensión? No por ir en contra
de quienes lo pretenden sino por defender a la persona y a la sociedad. No toda diferencia da
origen a un derecho universal, ni siquiera particular. Una cosa es permitir que alguien tenga
ciertas conductas sin penalizarlas, y otra reclamar que sea derecho, como ha pasado con el aborto
en España. El derecho natural genera obligaciones en toda la sociedad e impide la objeción de
conciencia. Interesa tener en cuenta lo que la Delegación de la Santa Sede, a través de su
representante en la Conferencia de Pekín, Mary Ann Glendon, al presentar sus reservas,
manifestó: «su preocupación sobre un excesivo individualismo en la manera de tratar los
derechos humanos» y «en lo que se refiere a la frase ‘derechos de las mujeres y derechos
humanos’, la Santa Sede da a esta frase el significado de que las mujeres deberían gozar
plenamente de todos los Derechos Humanos y Libertades Fundamentales».
Respecto al Derecho en España, la “perspectiva de género” ha estado presente progresivamente
en las leyes desde 2004, siendo casi la principal actuación política hasta que sobrevino la crisis
económica. De “socialista” tiene el igualitarismo y la negación de la diferencia sexual, pero se
basa en una antropología individualista «cuyo único destino es su propia satisfacción consumista;
es, al cabo, la antítesis del socialismo, que nació fundado en la idea de solidaridad. Es un
socialismo burgués, aunque suene contradictorio, que surgió de la opulencia derivada del
Estado del Bienestar» (TRILLO-FIGUEROA, 2007).
f) Deconstrucción de la Religión
Ahí se quería llegar. Tenía razón Nietzsche: mientras no matemos de verdad a Dios, no
desaparecerá la naturaleza, y mientras no acabemos con ésta, no mataremos de verdad a Dios.
Porque lo que interesa es ir contra Dios, la fuente de la verdad y del ser, lo que impide que yo sea
Dios. Nietzsche, Marx, Freud, Sartre coinciden: Dios debe morir porque es el odiado opresor.
Las feministas quieren reconstruir una religión “a imagen y semejanza” de la mujer, poniendo en
su lugar a una diosa, Sophia, o a un dios Padre/Madre a la vez. Carol Christ, autodenominada
teóloga feminista de género, afirma: «Una mujer que se haga eco de la afirmación dramática de
Ntosake Shange: ‘Encontré a Dios en mí misma y lo amé ferozmente’, está diciendo: ‘El poder
femenino es fuerte y creativo’, el poder salvador y sustentador está en ella misma y no en el
hombre» (1992).
La película Ágora, en la que se ensalza a Hipatia de Alejandría como heroína mártir de la
Filosofía, frente al “fundamentalismo” religioso, especialmente cristiano o el libro El código da
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Desenmascarar las ideologías
Vinci, de Dan Brown son ejemplos de esta tendencia a ensalzar la figura femenina frente al
machismo de la iglesia apoyada en Pedro que excluye a la mujer. Benedicto XVI afirma que la
imagen del padre referida a Dios es más adecuada para explicar la alteridad Creador-criatura que
la de la madre pues las deidades femeninas suelen contener una visión panteísta de la realidad
(2007). Justo, la abolición de la diferencia que se pretende.
La asociación Mujeres Católicas por el Derecho a Decidir (Catholics, for a Free Choice) CFFC,
surgida en los años 60 de un grupo pro abortista, llaman a la Iglesia “opresora” y “malvada”; los
obispos y el Papa son “arrogantes”, “ciegos”, “fanáticos”, “hipócritas”, “semilla de Satanás”, etc.
Un miembro de la Junta de CFFC, Rosemary Radford Ruether ha dicho que «lo que se requiere
es la deconstrucción total de Dios, Cristo, la naturaleza humana y la sociedad» (PONTIFICIO
CONSEJO PARA LA FAMILIA, 2007). Esta asociación promueve todo tipo de acciones para el
control de la natalidad y recibe millones de dólares para promover campañas en el Tercer Mundo.
5. CONCLUSIÓN
Esta ideología tiene como padres a Freud (y termina negando el sexo) y a Marx (y termina
negando la solidaridad); al subjetivismo (y termina negando la identidad), al materialismo (y
termina negando el cuerpo) y al promotor de la “muerte de Dios” para que viva el superhombre,
(y termina matando al hombre). Lógico: De la contradicción o discordia se sigue cualquier cosa.
Y empieza la discordia precisamente con el deseo de “igualdad”. Pero ¿no es un logro? Sí, lo que
pasa es que es una idea que se ha vuelto loca. Dice T. Morales (2008):
«una idea enloquecida hoy es la de igualdad absoluta entre padre e hijo, maestro y
alumno, hombre y mujer. Es una idea que se ha salido de madre. En su fuente es cierta:
iguales ambos en naturaleza (animal racional), en su origen y destino: Dios. Pero falsa
cuando pretende un igualitarismo absurdo y nefasto. Este igualitarismo desorbitado
invade el área de la enseñanza. Somete a idénticas técnicas educativas a dos seres tan
distintos –aunque coincidan en lo esencial– como son mujer y hombre. Los aprisiona en
el mismo cauce olvidando que su psicología y su papel son diversos y requieren, por
tanto, una pedagogía diferente».
Se quiere crear un tipo que responda al ritmo de vida activista que nos envuelve, donde el éxito y
el poder son el principal valor. Pero esto es más propio del varón. La mujer es la que pierde y
termina esclavizándose al trabajo, a un doble trabajo.
Es preciso educar en la diferencia y en la igualdad, distinguiendo los sentidos de una y otra. Dios
ha sido el primero en hacerse semejante a nosotros para hacernos semejantes a Él; pero,
desterrándole, decimos: “que sea todo semejante a mí”, pues tras el “todos somos iguales” se
esconde, inconscientemente a veces, el “que todos sean iguales a mí”; el rechazo del otro en
cuanto se me opone y el rechazo de la realidad objetiva. Es decir, el subjetivismo, la
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Desenmascarar las ideologías
absolutización del yo, la libertad sin naturaleza, la conciencia sin cuerpo. En efecto, la idolatría
de la igualdad es radical: si todos somos iguales, no hay Dios, raíz del ser.
Pero abolir la diferencia sexual es fundamental (ANATRELLA, 2008), porque no es como otras
diferencias, accidentales; ésta es constitutiva, penetra todas las dimensiones de la persona. Si se la
manipula o niega, se manipula o niega la persona.
¿Qué es la sexualidad? Gran misterio poco estudiado en la antropología que estudiamos en el
capítulo segundo en profundidad. ¿Es un accidente, corpóreo o un comportamiento cultural; es
contingente –“género”– o es naturaleza? Nos asombraremos ante el misterio del hombre sexuado,
«unidualidad relacional» (JUAN PABLO II). Resulta que, según la misma teología, lo “primero”
no es el “uno” sino el “dos”: «hombre y mujer los creó» (Gén 1, 27). La mujer no es “la Otra”,
que viene después, contra lo que se rebela Simone de Beauvoir. Lo inicial es la diferencia, sin la
que no hay relación ni amor. Hay una esencia de la masculinidad y de la feminidad. Hay que
hacer una antropología diferencial, de base sexual, y agradecemos al feminismo el impulso a ello.
Si se rechaza la diferencia, la sociedad se hace impersonal o llena de individualidades diversas
fruto de arbitrarias elecciones, «ficciones identitarias» (ANATRELLA, 2008) en una
uniformidad indiferenciada. Si se quiere de verdad la solidaridad, hay que admitir la diferencia
radical, la sexual, que supone la aceptación plena del propio ser y el del otro como otro, salir de sí
para unirse sin confundirse, generando nueva vida a partir de la comunión. El «don es la
característica fundamental de la existencia personal» (JUAN PABLO II, 2010). Esto nos revela
la concordia radical, el ser “para” de criatura-Creador, hombre-mujer, subjetividad-realidad,
subsistencia-relación, espíritu-cuerpo. Esto es, precisamente lo que nos asemeja a Dios-Trinidad,
en la diferencia radical que tenemos con Él, pues somos criaturas.
Esta concordia radical y esta semejanza a Dios era mayor «en el principio» (Mt 19, 3), pero tras
el pecado –pretensión de igualarnos a Dios- se distorsionó la relación entre los sexos y la visión
social de las tareas que le corresponde a cada uno. Aparece la concupiscencia, la desigualdad
injusta, el dominio del varón sobre la mujer (cf. Gén 3, 16), la discordia entre hermanos.
“Igualarnos” a Dios ha provocado el alejamiento de Él, de nuestro fin, de nuestra identidad, de
nuestros semejantes, que nos aparecen como límites a nuestro egoísmo. Discordia, represión.
Rousseau, Hobbes, Freud, Nietzsche, Marx, Sartre, de Beauvoir tienen parte de razón. La
nostalgia inconsciente de la concordia perdida nos hace reaccionar, frustrados, con agresividad o
con mecanismos de defensa irracionales. El entendimiento, inclinado a la verdad, y la voluntad
inclinada al bien siguen teniendo impresa la ley eterna, manifiesta en sus inclinaciones naturales:
del cuerpo, de la psique y del espíritu. La historia revela la inconsciente búsqueda del bien. Hay
esperanza, hay un punto de apoyo para dialogar y sacar bienes de males; como se sacarán, sin
duda, de la ideología de género, si nos esforzamos en ello.
El feminismo de género y su radicalización ideológica nos da qué pensar: en la importancia del
sexo, en la identidad de la mujer y del varón, en la relación recíproca, el amor, la familia, etc.
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Desenmascarar las ideologías
Pensadores personalistas lo han hecho, pero queda mucho por hacer. Se ha reconocido que es
insostenible el modelo determinista sexual y de género de la mujer relegada a una función; se
debe reconocer que también es insostenible el modelo de la discordia radical sexo/género de la
ideología de género. Aceptamos el modelo de corresponsabilidad, de igualdad en la diferencia,
donde hombres y mujeres asumen sus respectivos papeles en todos los campos sociales, de la
familia a la política, y aportan su “genio”. Queda mucho por hacer en el campo antropológico,
social, jurídico, educativo, y no solo en el Tercer Mundo.
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6. REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
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sacramentalidad del matrimonio. Librería Editrice Vaticana, Vaticano
— (1995) Carta a las mujeres (29 de junio de 1995)
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MANUALES
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familia, vida y cuestiones éticas. Palabra, Madrid
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www.esposiblelaesperanza.com)
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Cooperación para el Desarrollo. Catarata, Madrid
CONFERENCIAS
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Internacional de Ideología de Género. Navarra, 9-2-2011
Glendon, M.A. Discurso del 5-11-95. Interpretación de la Santa Sede del término “gender”
(Anexo a las reservas de la Delegación de la Santa Sede en la Conferencia de Pekín)
Reig Pla, J.A: “La ideología de género y su influencia en el concepto de familia”. Actas del
Congreso ‘La familia en la encrucijada’. Alcalá de Henares (3-5 de octubre 2008).
Ediciones Cultura Cristiana
PORTALES DE INTERNET
www.esposiblelaesperanza.com
Allí se pueden encontrar artículos varios, bibliografía, videos como estos:
 Ideología de Género - Amparo Medina
 ¿Qué es el Feminismo?
 La Ideología de Género como herramienta de poder - Jorge Scala
 Ideología de Género: Nuevos derechos - Patricia Martínez Peroni
 “La sexualidad es como las lenguas. Todos podemos aprender varias” - Beatriz Preciado
 Puerto Rico: Agenda de Género en las Escuelas
 Ideología de Género y Nuevo Orden Mundial
Respecto al desarrollo de la identidad masculina en adolescentes, se encuentran recursos y
materiales en este portal de internet:
http://www.esposibleelcambio.com
31
Desenmascarar las ideologías
8. ANEXOS Y RECURSOS DIDÁCTICOS
1. Investigar usos del lenguaje utilizados por la ideología de género:
“Género”, “sexo”, “hombre”, mujer”, “familia”, “nuevos derechos”, etc.
Sobre la manipulación del lenguaje, método de esta revolución callada, remito a estudios como el
de Begoña GARCÍA ZAPATA, “Sexo, hombre, mujer, familia”, algunos términos en desuso en
la ideología de género” (En Mujer y varón, ¿misterio o autoconstrucción? Varios autores. CEU,
Universidad Francisco de Vitoria, y UCAM, 2008). También Lexicón. Manual de términos
ambiguos y discutidos sobre familia, vida y cuestiones éticas.
Interpretación de la Santa Sede del término “gender” (Anexo a las reservas de la delegación
de la Santa Sede en la Conferencia de la ONU sobre la Mujer en Pekín (15-9-95). Mary Ann
Glendon, representante:
“Al aceptar que la palabra “gender” en este documento ha de entenderse según el uso normal
dentro del contexto de las Naciones Unidas, la Santa Sede se asocia al significado común de la
palabra, en las lenguas donde ya existe.
El término “gender” es entendido por la Santa Sede como cimentado en la identidad sexual y
biológica: varón o mujer. La misma “Platform for Action” (Cf. n. 193) claramente usa el término
“both genders” (ambos géneros).
2. Trabajo en grupo: Investigar aspectos que manifiesten la ideología de género aplicada a la
educación y a un modelo educativo machista (Cf. Modelos 1 y 2 expuestos en el Manual) en
libros de texto, cuentos, películas, medios digitales, programas educativos o de propaganda, etc.
Recoger textos, fotografías, lemas, escenas, etc. Analizarlos según las ideas expuestas y proponer
alternativas educativas adecuadas a la dignidad de la persona.
3. Acerca del “Modelo 3”, “corresponsabilidad” hombre-mujer.
Comenta este texto de Edith Stein:
“¿La actividad profesional extradoméstica de la mujer es contraria al orden de la naturaleza y de
la gracia? Creo que hay que negarlo. Me parece que el orden originario –el del plan de Dios al
crear al hombre, cf. Génesis– conllevaba la colaboración profunda entre el hombre y la mujer en
todas las esferas, si bien con ciertas diferencias… Todas las potencias del hombre están presentes
en la naturaleza de la mujer –en medida y proporción diversa–: esto prueba que ella puede hacer
uso de estas energías en las actividades que se corresponden con ellas […]. Toda profesión
“masculina” puede ser ejercida por algunas mujeres y toda profesión “femenina” puede ser
ejercida por algunos hombres. Por eso me parece oportuno no poner límites de derecho sino
influir en la educación, la formación y una acertada consulta hacia una elección profesional… En
gran parte, la orientación hacia profesiones diversas surgirá automáticamente, porque resulta
claro que por la misma diversidad natural de los dos sexos se da una inclinación específica hacia
estas profesiones.
Donde se requieran fuerza física, actividades conceptuales preferentemente abstractas o
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Desenmascarar las ideologías
capacidad creativa independiente, nos encontraremos fundamentalmente con profesiones
masculinas… donde se requiera ánimo, intuición, sensibilidad, capacidad de adaptación, donde se
dedica al hombre en su totalidad, para curarlo, ayudarlo, … este es el campo de acción adaptado
profundamente a la actividad femenina”.
(“Vocación del hombre y de la mujer según el orden de la naturaleza y de la gracia” Conferencia dada en Munich, 1931, publicada en la revista Die Christliche Frau. 1932. En La
mujer, su naturaleza y su misión. Ed. Monte Carmelo, Burgos, 1998. pp. 73-76)
Investiga quién era Edith Stein y de qué tipo es su “feminismo”.
4. Acerca del subjetivismo y del relativismo, presupuestos gnoseológicos de la IdG:
4.1. Saca las consecuencias del principio relativista: “No hay verdad absoluta, cada uno, o cada
cultura tiene su verdad”. ¿Se seguiría de aquí mayor tolerancia y libertad?
4.2. Imagina las posibles consecuencias que se seguirían de actuar conforme al principio de una
libertad absoluta, sin naturaleza.
4.3. Imagina las posibles consecuencias que se seguirían del principio de Berkeley: “esse est
percipi” (“Ser es ser percibido”) que define la identidad según la percepción de cada cual (soy lo
que percibo de mí)
5. Acerca de la concordia o integración personal.
Comenta este texto comparándolo con la desintegración personal provocada por el
subjetivismo.
“Criterio es un medio para conocer la verdad. La verdad en las cosas es la realidad. La verdad en
el entendimiento, es conocer las cosas tales como son. La verdad en la voluntad es quererlas
como es debido, conforme á las reglas de la sana moral. La verdad en la conducta es obrar por
impulso de esta buena voluntad. La verdad en proponerse un fin, es proponerse el fin conveniente
y debido, según las circunstancias. La verdad en la elección de los medios es elegir los que son
conformes á la moral, y mejor conducen al fin. Hay verdades de muchas clases; porque hay
realidad de muchas clases. Hay también muchos modos de conocer la verdad. No todas las cosas
se han de mirar de la misma manera, sino del modo que cada una de ellas se ve mejor. Al hombre
le han sido dadas muchas facultades. Ninguna es inútil. Ninguna es intrínsecamente mala. La
esterilidad ó la malicia les vienen de nosotros que las empleamos mal. Una buena lógica debiera
comprender al hombre entero; porque la verdad está en relación con todas las facultades del
hombre. Cuidar de la una, y no de la otra, es a veces esterilizar la segunda, y malograr la primera.
El hombre es un mundo pequeño: sus facultades son muchas y muy diversas; necesita armonía, y
no hay armonía sin atinada combinación, y no hay combinación atinada si cada cosa no está en su
lugar; si no ejerce sus funciones ó las suspende en el tiempo oportuno. Cuando el hombre deja sin
acción alguna de sus facultades, es un instrumento al que le faltan cuerdas; cuando las emplea
mal es un instrumento destemplado. La razón es fría, pero ve claro; darle calor, y no ofuscar su
claridad: las pasiones son ciegas, pero dan fuerza; darles dirección, y aprovecharse de su fuerza.
El entendimiento sometido á la verdad; la voluntad sometida á la moral; las pasiones sometidas al
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Desenmascarar las ideologías
entendimiento y á la voluntad, y todo ilustrado, dirigido, elevado por la religión; he aquí el
hombre completo; el hombre por excelencia. En él la razón da luz, la imaginación pinta, el
corazón vivifica, la religión diviniza”.
(JAIME BALMES. El criterio. Conclusión y resumen)
6. La discordia con su propio cuerpo. Textos:
6.1. “El hombre se eleva sobre el animal al arriesgar la vida, no al darla: Por eso la humanidad
acuerda superioridad al sexo que mata y no al que engendra.
Tenemos aquí la llave de todo el misterio […] El hombre asegura la repetición de la Vida al
transcender la Vida por la existencia, y por medio de esa superación crea valores que niegan todo
valor a la pura repetición […] Al plantearse como soberano encuentra la complicidad de la mujer
misma, porque ella es también un existente, está también habitada por la transcendencia y su
proyecto no es la repetición, sino su superación hacia un otro porvenir; ella encuentra también en
el corazón de su ser la confirmación de las pretensiones masculinas. […] Su desgracia es haber
sido consagrada biológicamente a repetir la Vida, cuando a sus mismos ojos la Vida no lleva en sí
sus razones de ser y esas razones son más importantes que la vida misma.” (SIMONE DE
BEAUVOIR, La vejez).
6.2. “La mujer no es nada más que lo que el hombre decide que sea; así se le llama “el sexo”
queriendo decir con ello que aparece esencialmente ante el hombre como un ser sexuado: para él,
ella es sexo, y lo es de un modo absoluto. Se determina y se diferencia en relación al hombre y no
en relación a lo que ella misma es; ella es lo inesencial frente a lo esencial. Él es el sujeto, el
absoluto: ella es “lo otro” (SIMONE DE BEAUVOIR, 2005).
6.3. “El varón realiza el aprendizaje de los juegos, de su existencia, como un libre movimiento
hacia el mundo; rivaliza en dureza e independencia con los otros varones y desprecia a las niñas.
Cuando trepa a los árboles, como cuando pelea con sus amigos o los enfrenta en juegos violentos,
capta su cuerpo como un medio de dominar a la naturaleza y un instrumento de combate; se
enorgullece tanto de sus músculos como de su sexo y, a través de los juegos, portes, luchas,
desafíos, pruebas, encuentra un empleo equilibrado de sus fuerzas; conoce al mismo tiempo las
lecciones severas de la violencia, y aprende a recibir los golpes y despreciar el dolor, las lágrimas
de la primera edad. Emprende, inventa, se atreve. Se hace ser al hacer, con un solo movimiento.
En la mujer, por el contrario, hay desde el principio un conflicto entre su existencia autónoma y
su «ser-otro»; le han enseñado que para agradar hay que hacerse objeto, por lo cual tiene que
renunciar a su autonomía. Es tratada como una muñeca viviente y le niegan su libertad, con lo
que se anula en un círculo vicioso, pues cuanto menos ejerza su libertad para comprender, captar
y descubrir el mundo que la rodea, menos recursos encontrará en sí misma y menos se atreverá a
afirmarse como sujeto.”
(SIMONE DE BEAUVOIR, El segundo sexo)
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Desenmascarar las ideologías
6.4. “Para garantizar la eliminación de las clases sexuales es necesario que la clase oprimida se
rebele y tome el control de la función reproductiva... por lo que el objetivo final del movimiento
feminista debe ser diverso del que tuvo el primer movimiento feminista; es decir, no
exclusivamente la eliminación de los privilegios masculinos, sino de la misma distinción entre
sexos; así las diferencias genitales… no tendrían nunca más ninguna importancia”.
(SHULAMITH FIRESTONE, La dialéctica del sexo)
7. Compara los textos anteriores con éste:
“Recordando las palabras del mensaje conclusivo del Concilio Vaticano II, dirijo también yo a las
mujeres una llamada apremiante: Reconciliad a los hombres con la vida. Vosotras estáis llamadas
a testimoniar el significado del amor auténtico, de aquel don de uno mismo y de la acogida del
otro que se realizan de modo específico en la relación conyugal, pero que deben ser el alma de
cualquier relación interpersonal. La experiencia de la maternidad favorece en vosotras una aguda
sensibilidad hacia las demás personas y, al mismo tiempo, os confiere una misión particular: La
maternidad conlleva una comunión especial con el misterio de la vida que madura en el seno de
la mujer... Este modo único de contacto con el nuevo hombre que se está formando crea a su vez
una actitud hacia el hombre -no solo hacia el propio hijo, sino hacia el hombre en general-, que
caracteriza profundamente toda la personalidad de la mujer. En efecto, la madre acoge y lleva
consigo a otro ser, le permite crecer en su seno, le ofrece el espacio necesario, respetándolo en su
alteridad. Así, la mujer percibe y enseña que las relaciones humanas son auténticas si se abren a
la acogida de la otra persona, reconocida y amada por la dignidad que tiene por el hecho de ser
persona y no de otros factores, como la utilidad, la fuerza, la inteligencia, la belleza o la salud.
Esta es la aportación fundamental que la Iglesia y la humanidad esperan de las mujeres. Y es la
premisa insustituible para un auténtico cambio social”.
(JUAN PABLO II. Encíclica Evangelium vitae, nº 99)
8. Los “Nuevos derechos”.
Teniendo en cuenta que todo “derecho humano” obliga a toda la sociedad a cumplirlo, como
“deber”, imagina las consecuencias de incluir en la lista de los Derechos Humanos los “derechos
sexuales y reproductivos” (Investiga cuáles son estos derechos y cómo están en este momento en
la legislación española y mundial)
9. Comenta este texto de Dale O’Leary:
“Mientras leía los textos feministas, me acordaba de la oración: «Dios, dame la serenidad para
aceptar las cosas que no puedo cambiar, el coraje para cambiar las cosas que puedo y la sabiduría
para saber la diferencia». A mí me parecía que las feministas carecen de esa sabiduría crucial. Se
encolerizan con las cosas que no se pueden cambiar –como la naturaleza humana- y aceptan
cosas que se pueden cambiar -como su actitud hacia las ofensas del pasado. En todo esto no podía
ver nada que fuese liberador para la mujer […]. Me habría unido con voluntad a la batalla por
eliminar los abusos reales y mejorar las vidas a las mujeres normales pero la idea de las militantes
feministas […] estaba destruyendo a la familia […]. Al estudiar el feminismo y la Agenda de
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Desenmascarar las ideologías
Género, es difícil dejar de lado la sospecha de que toda la iniciativa es una gigante
racionalización creada por mujeres heridas para justificar su ira, sus rencores y conducta de autodestrucción. Sus abortos, su promiscuidad sexual, su rechazo de la maternidad y el lesbianismo
parecen más la conducta que resulta de traumas de la infancia que una auto-liberación valerosa. A
veces es más fácil culpar a las estructuras opresivas y exigir que cambie ese mundo que asumir la
responsabilidad de cada cual por la propia conducta auto-destructiva”.
(La agenda de género)
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