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Chejov, Cuentos

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ANTÓN CHÉJOV
Selección y nota de
RUBÉN SALAZAR MALLÉN
UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO
COORDINACIÓN DE DIFUSIÓN CULTURAL
DIRECCIÓN DE LITERATURA
MÉXICO 2008
ÍNDICE
ANTÓN CHEJOV
Rubén Salazar Mallén
3
LA TRISTEZA
6
VANKA
12
UN ASESINATO
16
LOS MÁRTIRES
21
ANTÓN CHEJOV
Antón Chejov (1860-1904) es uno de los escritores
que dieron grandeza y esplendor a la narrativa rusa
anterior a la Revolución de Octubre. Está junto a Tolstoi, Dostoyevski, Gogol, Turguenev, Andreiev y Korolenko, pero ocupa un espacio propio.
Legó a la posteridad una extensa obra literaria, de la
cual las novelas cortas y los cuentos han tenido una
amplia difusión, aunque en vida de su autor no fueron
esos trabajos literarios los que dieron renombre a Chejov y le ganaron un envidiable éxito, sino las obras de
teatro. Tanto es así, que el “Teatro del Arte”, de Moscú, fue construido especialmente para que en él se
representara a Chejov.
Con el transcurso del tiempo, la imagen del autor
teatral, sin perderse, cedió importancia a la del narrador y particularmente a la del cuentista. Mencionar a
Chejov es evocar cuentos que figuran entre los mejores de la literatura universal.
Aunque varia y diversa, la obra narrativa de Chejov
guardó una acendrada unidad en el que podría llamarse “estilo Chejov”, presente lo mismo en la producción dramática que en la narrativa. Este estilo se apoya en un recurso de aparente sencillez y probada
eficacia: para definir a sus personajes, Chejov no apela a las grandes situaciones ni a las grandes actitudes,
es decir, no apela a lo espectacular, sino que, situando
a sus personajes en un marco de vida ordinaria y las
más de las veces sencilla, introduce en el proceso de la
creación elementos en apariencia insignificantes, aunque en realidad henchidos de importancia: son a la
manera de claves y producen efectos subliminales,
que dan su justa dimensión y su profundidad al relato,
logrando para él tanta intensidad como significación.
Chejov tuvo el acierto de no excederse en el uso de
esos elementos y de no darles un relieve especial, porque eso lo habría empujado a la minuciosidad y, con
la minuciosidad, a la monotonía y el aburrimiento. Lo
que con ellos hizo fue colocarse en el lugar adecuado,
en aquel desde el cual su influencia podía fluir, y lo
hizo aconsejado por la intuición. Pues en el caso se
trata de un mecanismo intuitivo, no reflexivo. La inteligencia, tal vez, no podría ser tan acertada para indicar el lugar exacto y la forma de ocuparlo sin que se
note. Es éste un rasgo distintivo, un modo de sensibilidad, podría decirse, que conviene subrayar, porque
merced a él la obra de Chejov se presenta siempre
fácil y limpia.
Otra singularidad de esta obra radica en la preferencia que su autor otorgó a la caracterización de los personajes. No es frecuente que en el cuento o en la narración breve se discierna tal preferencia, que
conviene a la novela, salvo en ciertos géneros, como
el policiaco. No es el asunto o la intriga lo que interesa o preocupa primordialmente al novelista sino los
personajes que participan en el asunto o la intriga,
cuya justa caracterización es parte inseparable de las
buenas novelas.
La caracterización de los personajes, antepuesta a la
trama, la consiguió Chejov hasta en sus más breves
relatos, esos que parecen simples bosquejos o sencillas anécdotas. Hay en Chejov cuentos que se reducen
a la semblanza y que son, sin embargo, cuentos.
Chejov empleó con cierta frecuencia una ironía o un
humorismo, que sin llegar a la comicidad, como en
Averchenko o en Goncharov, dan ligereza y amenidad
a la narración. Es probable que en el empleo de ese
recurso tenga parte el hecho de que Chejov, en su iniciación literaria, escribía pequeños trabajos de matiz
humorístico que publicaba en periódicos y revistas,
amparándose en el seudónimo “Chejonte”.
Ya en el ejercicio de la profesión médica, Chejov
perfeccionó sus dotes de observador acucioso y tuvo
oportunidad para establecer estrecho contacto con la
amarga realidad de la Rusia zarista, a cuyas capas inferiores se aproximó mucho, cuando, como médico
voluntario, tomó parte en la lucha contra la peste de
1892.
Crudas experiencias, así como la tuberculosis que
finalmente lo llevó a la tumba, hicieron que aquel que
fuera humorista en su iniciación, declinara hacia el
escepticismo y la tristeza que señala a la mayor parte
de su obra de madurez. Las narraciones de esta época
rematan muy a menudo en la decepción y el fracaso,
sin que por eso deje de asomar en ellas algunas veces
un atisbo jovial o una acotación irónica, que, cuando
tropiezan con la amargura, suelen desviarse hacia el
sarcasmo.
Es entonces cuando surge el Chejov crítico indirecto de la sociedad en que le tocó vivir. Esta sociedad y
la vida que en ella se arrastraba, dieron a Chejov acti-
tudes de profundo desencanto. En una de sus novelas
cortas escribió:
“La vida de nuestras clases superiores es gris y como envuelta en crepúsculos, la del pueblo, la de los
obreros y campesinos es un noche negra formada de
ignorancia, de pobreza y de toda suerte de prejuicios.”
El contacto con esa realidad empujaba a Chejov
hacia la melancolía, otras veces hacia una gran tristeza
y otras todavía hacia una indignación que encontraba
cauce en el sarcasmo. De aquí la variedad y la riqueza
de su obra; pero también ese tono de angustia que la
satura, al proyectarse en ella las experiencias del escritor.
Si la Rusia zarista, con su opresión, su miseria y su
crueldad, fue un tema que estuvo presente casi siempre en la trama o en los protagonistas de las narraciones de Chejov, éste también encontró estímulo en la
certidumbre de que el sentido práctico del hombre que
se asfixia en el materialismo es otra realidad agobiadora.
Su obra teatral más conocida, El jardín de los cerezos, es la historia de un bellísimo jardín que, al ser
adquirido por gente adinerada y poseída por el sentido
práctico, es destrozado sin piedad y cae en la fealdad
desde su antigua belleza.
Esa falta de sensibilidad de la gente práctica la hace
extensiva Chejov a casi todos los aspectos de la realidad. La sordidez, la mezquindad y el egoísmo dominan con harta frecuencia a los personajes de sus relatos, y como estos personajes están caracterizados tan
diestramente, con tanto arte, la obra de Chejov parece,
en su conjunto, una gran galería con retratos de seres
en que un escondido miedo de vivir, o el dolor y la
miseria han provocado lamentables deformaciones.
Por eso parece tan certera la opinión de Benjamín
Jarnés:
“La bajeza que pinta Chejov comienza con la pérdida de la fe en las fuerzas propias y en la pérdida progresiva de todas esas esperanzas luminosas e ilusiones
que constituyen el encanto de toda actividad; y luego,
paso a paso, esa bajeza destruye todas las fuentes de la
vida. Sólo quedan esperanzas rotas, corazones desgarrados, fuerzas destrozadas”.
A pesar de que toda su obra es una protesta contra la
miseria humana, Chejov no cayó en ideologías ni en
partidarismos políticos. Él mismo lo dijo: “Yo no soy
liberal ni conservador, ni militante ni abstencionista.
Quisiera ser solamente un artista libre y me duele que
Dios no me haya dado la fuerza para serlo. Odio la
mentira y la violencia bajo todos sus aspectos”.
Murió Chejov el 3 de julio de 1904, asistido por su
esposa, la actriz Olga Knipper, con quien se había
casado en 1901.
RUBÉN SALAZAR MALLÉN.
LA TRISTEZA
La capital está envuelta en las penumbras vespertinas.
La nieve cae lentamente en gruesos copos, gira alrededor de los faroles encendidos, se extiende, en fina,
blanca capa, sobre los tejados, sobre los lomos de los
caballos, sobre los hombros humanos, sobre los sombreros.
El cochero Yona está todo blanco, como un aparecido. Sentado en el pescante de su trineo, encorvado el
cuerpo cuanto puede estarlo un cuerpo humano, permanece inmóvil. Diríase que ni un alud de nieve que le
cayese encima le sacaría de su quietud.
Su caballo está también blanco e inmóvil. Por su
inmovilidad, por las líneas rígidas de su cuerpo, por la
tiesura de sus patas, parece, aun mirado de cerca, un
caballo de dulce de los que se les compran a los chiquillos por un copeck. Hállase sumido en sus reflexiones; un hombre o un caballo, arrancados del trabajo
campestre y lanzados al infierno de una gran ciudad,
como Yona y su caballo, están siempre entregados a
tristes pensamientos. Es demasiado grande la diferencia entre la apacible vida rústica y la vida agitada, toda
ruido y angustia, de las ciudades relumbrantes de luces.
Hace mucho tiempo que Yona y su caballo permanecen inmóviles. Han salido a la calle antes de almorzar; pero Yona no ha ganado nada.
Las sombras se van adensando. La luz de los faroles
se va haciendo más intensa, más brillante. El ruido
aumenta.
—¡Cochero! —oye de pronto Yona—. ¡Llévame a
Viborgskaya!
Yona se estremece. Al través de las pestañas cubiertas de nieve ve a un militar con impermeable.
—¿Oyes? ¡A Viborgskaya! ¿Estás dormido?
Yona le da un latigazo al caballo, que se sacude la
nieve del lomo. El militar toma asiento en el trineo. El
cochero arrea al caballo, estira el cuello como un cisne
y agita el látigo. El caballo también estira el cuello,
levanta las patas, y, sin apresurarse, se pone en marcha.
—¡Ten cuidado! —grita otro cochero invisible, con
cólera—. ¡Nos vas a atropellar, imbécil! ¡A la derecha!
—¡Vaya un cochero! —dice el militar—. ¡A la derecha!
Siguen oyéndose los juramentos del cochero invisible. Un transeúnte que tropieza con el caballo de Yona
gruñe amenazador. Yona, confuso, avergonzado, descarga algunos latigazos sobre el lomo del caballo. Parece aturdido, atontado, y mira alrededor como si acabara de despertarse de un sueño profundo.
—¡Se diría que todo el mundo ha organizado una
conspiración contra ti! —dice con tono irónico el militar—. Todos procuran fastidiarte, meterse entre las
patas de tu caballo. ¡Una verdadera conspiración!
Yona vuelve la cabeza y abre la boca. Se ve que
quiere decir algo; pero sus labios están como paralizados, y no puede pronunciar una palabra.
El cliente advierte sus esfuerzos y pregunta:
—¿Qué hay?
Yona hace un nuevo esfuerzo y contesta con voz
ahogada:
—Ya ve usted, señor... He perdido a mi hijo... Murió
la semana pasada ...
—¿De veras? ... ¿Y de qué murió?
—No lo sé... De una de tantas enfermedades... Ha
estado tres meses en el hospital y a la postre... Dios
que lo ha querido.
—¡A la derecha! —óyese de nuevo gritar furiosamente—. ¡Parece que estás ciego, imbécil!
—¡A ver! —dice el militar—. Ve un poco más aprisa. A este paso no llegaremos nunca. ¡Dale algún latigazo al caballo!
Yona estira de nuevo el cuello como un cisne, se levanta un poco, y de un modo torpe, pesado, agita el
látigo.
Se vuelve repetidas veces hacia su cliente, deseoso
de seguir la conversación; pero el otro ha cerrado los
ojos y no parece dispuesto a escucharle.
Por fin, llegan a Viborgskaya. El cochero se detiene
ante la casa indicada; el cliente se apea. Yona vuelve a
quedarse solo con su caballo. Se estaciona ante una
taberna y espera, sentado en el pescante, encorvado,
inmóvil. De nuevo la nieve cubre su cuerpo y envuelve
en un blanco cendal caballo y trineo.
Una hora, dos . . . ¡Nadie !¡Ni un cliente!
Mas he aquí que Yona torna a estremecerse: ve detenerse ante él a tres jóvenes. Dos son altos, delgados;
el tercero, bajo y chepudo.
—¡Cochero, llévanos al puesto de policía! ¡Veinte
copecks por los tres!
Yona coge las riendas, se endereza. Veinte copecks
es demasiado poco; pero, no obstante, acepta; lo que a
él le importa es tener clientes.
Los tres jóvenes, tropezando y jurando, se acercan al
trineo. Como sólo hay dos asientos, discuten largamente cuál de los tres ha de ir de pie. Por fin se decide
que vaya de pie el jorobado.
—¡Bueno; en marcha! —le grita el jorobado a Yona,
colocándose a su espalda—. ¡Qué gorro llevas, muchacho! Me apuesto cualquier cosa a que en toda la
capital no se puede encontrar un gorro más feo. . .
—¡El señor está de buen humor! —dice Yona con
risa forzada—. Mi gorro ...
—¡Bueno, bueno! Arrea un poco a tu caballo. A este
paso no llegaremos nunca. Si no andas más aprisa te
administraré unos cuantos sopapos.
—Me duele la cabeza —dice uno de los jóvenes—.
Ayer, yo y Vaska nos bebimos en casa de Dukmasov
cuatro botellas de caña.
¡Eso no es verdad! —responde el otro—. Eres, un
embustero, amigo, y sabes que nadie te cree.
—¡Palabra de honor!
—¡Oh, tu honor! No daría yo por él ni un céntimo.
Yona, deseoso de entablar conversación, vuelve la
cabeza, y, enseñando los dientes, ríe atipladamente.
—¡Ji, ji, ji… ¡Qué buen humor!
—¡Vamos, vejestorio! —grita enojado el chepudo–.
¿Quieres ir más aprisa o no? Dale de firme al gandul
de tu caballo. ¡Qué diablo!
Yona agita su látigo, agita las manos, agita todo el
cuerpo. A pesar de todo, está contento; no está solo. Le
riñen, le insultan; pero, al menos, oye voces humanas.
Los jóvenes gritan, juran, hablan de mujeres. En un
momento que se le antoja oportuno, Yona se vuelve de
nuevo hacia los clientes y dice:
—Y yo, señores, acabo de perder a mi hijo. Murió la
semana pasada.. .
—¡Todos nos hemos de morir! —contesta el chepudo—. ¿Pero quieres ir más aprisa? ¡Esto es insoportable! Prefiero ir a pie.
¡Si quieres que vaya más aprisa, dale un sopapo! —
le aconseja uno de sus camaradas.
—¿Oyes, viejo estafermo? —grita el chepudo—. Te
la vas a ganar si esto continúa.
Y, hablando así, le da un puñetazo en la espalda.
—¡Ji, ji, ji! —ríe, sin gana, Yona—. ¡Dios les conserve el buen humor, señores!
—Cochero, ¿eres casado? —pregunta uno de los
clientes.
—¿Yo? ¡Ji, ji, ji! ¡Qué señores más alegres! No, no
tengo a nadie... Sólo me espera la sepultura... Mi hijo
ha muerto; pero a mí la muerte no me quiere. Se ha
equivocado, y en lugar de cargar conmigo ha cargado
con mi hijo.
Y vuelve de nuevo la cabeza para contar cómo ha
muerto su hijo; pero en este momento el chepudo, lanzando un suspiro de satisfacción, exclama:
—¡Por fin, hemos llegado!
Yona recibe los veinte copecks convenidos y los
clientes se apean. Les sigue con los ojos hasta que desaparecen en un portal.
Torna a quedarse solo con su caballo. La tristeza invade de nuevo, más dura, más cruel, su fatigado corazón. Observa a la multitud que pasa por la calle, buscando entre los miles de transeúntes alguien que quiera
escucharlo. Pero la gente parece tener prisa y pasa sin
fijarse en él.
Su tristeza a cada momento es más intensa. Enorme,
infinita, si pudiera salir de su pecho inundaría el mundo entero.
Yona ve a un portero que se asoma a la puerta con
un paquete y trata de entablar con él conversación.
—¿Qué hora es? —le pregunta, melifluo.
—Van a dar las diez —contesta el otro—. Aléjese
un poco; no debe usted permanecer delante de la puerta.
Yona avanza un poco, se encorva de nuevo y se sume en sus tristes pensamientos. Se ha convencido de
que es inútil dirigirse a la gente.
Pasa otra hora. Se siente muy mal y decide retirarse.
Se yergue, agita el látigo.
—No puedo más —murmura—. Hay que irse a
acostar.
El caballo, como si hubiera entendido las palabras
de su viejo amo, emprende un presuroso trote.
Una hora después Yona está en su casa, es decir, en
una vasta y sucia habitación, donde, acostados en el
suelo o en bancos, duermen docenas de cocheros. La
atmósfera es pesada, irrespirable. Suenan ronquidos.
Yona se arrepiente de haber vuelto tan pronto. Además, no ha ganado casi nada. Quizá por eso —
piensa— se siente tan desgraciado.
En un rincón, un joven cochero se incorpora. Se rasca el seno y la cabeza y busca algo con la mirada.
—¿Quieres beber? —le pregunta Yona.
—Sí.
—Aquí tienes agua... He perdido a mi hijo. . . ¿Lo
sabías? ... La semana pasada, en el hospital... ¡Qué
desgracia!
Pero sus palabras no han producido efecto alguno.
El cochero no le ha hecho caso, se ha vuelto a acostar,
se ha tapado la cabeza con la colcha y momentos después se le oye roncar.
Yona exhala un suspiro. Experimenta una necesidad
imperiosa, irresistible, de hablar de su desgracia. Casi
ha transcurrido una semana desde la muerte de su hijo;
pero no ha tenido aún ocasión de hablar de ella con
una persona de corazón. Quisiera hablar de ella largamente, contarla con todos sus detalles. Necesita referir
cómo enfermó su hijo, lo que ha sufrido, las palabras
que ha pronunciado al morir. Quisiera también referir
cómo ha sido el entierro. . . Su difunto hijo ha dejado
en la aldea una niña, de la que también quisiera hablar.
¡Tiene tantas cosas que contar! ¡Qué no daría él por
encontrar alguien que se prestase a escucharle, sacudiendo compasivamente la cabeza, suspirando, compadeciéndole! Lo mejor sería contárselo todo a cualquier mujer de su aldea; a las mujeres, aunque sean
tontas, les gusta eso, y hasta decirles dos palabras para
que viertan torrentes de lágrimas.
Yona decide ir a ver a su caballo.
Se viste y sale a la cuadra.
El caballo, inmóvil, come heno.
—¿Comes? —le dice Yona, dándole palmaditas en
el lomo— ¿Qué se le va a hacer, muchacho? Como no
hemos ganado para comprar avena hay que contentarse
con heno... Soy ya demasiado viejo para ganar mucho... A decir verdad, yo no debía ya trabajar; mi hijo
me hubiera reemplazado. Era un verdadero, un soberbio cochero; conocía su oficio como pocos. Desgraciadamente, ha muerto . . .
Tras una corta pausa, Yona continúa:
—Sí, amigo..., ha muerto... ¿Comprendes? Es como
si tú tuvieras un hijo y se muriera... Naturalmente, sufrirías, ¿verdad?...
El caballo sigue comiendo heno, escucha a su viejo
amo y exhala un aliento húmedo y cálido.
Yona, escuchado al cabo por un ser viviente, desahoga su corazón contándoselo todo.
VANKA
Vanka Chukov, un muchacho de nueve años, a quien
habían colocado hacía tres meses en casa del zapatero
Alojin para que aprendiese el oficio, no se acostó la
noche de Navidad.
Cuando los amos y los oficiales se fueron, cerca de
las doce, a la iglesia para asistir a la misa del Gallo,
cogió del armario un frasco de tinta y un portaplumas
con una pluma enrobinada, y, colocando ante él una
hoja muy arrugada de papel, se dispuso a escribir.
Antes de empezar dirigió a la puerta una mirada, en
la que se pintaba el temor de ser sorprendido, miró al
icono oscuro del rincón y exhaló un largo suspiro.
El papel se hallaba sobre un banco, ante el cual estaba él de rodillas.
“Querido abuelo Constantino Makarich —escribió–:
Soy yo quien te escribe. Te felicito con motivo de las
Navidades y le pido a Dios que te colme de venturas.
No tengo papá ni mamá; sólo te tengo a ti. . .”
Vanka miró a la oscura ventana, en cuyos cristales
se reflejaba la bujía, y se imaginó a su abuelo Constantino Makarich, empleado a la sazón como guardia nocturno en casa de los señores Chivarev. Era un viejecillo enjuto y vivo, siempre risueño y con ojos de
bebedor. Tenía sesenta y cinco años. Durante el día
dormía en la cocina o bromeaba con los cocineros, y
por la noche se paseaba, envuelto en una amplia pelliza, en torno de la finca, y golpeaba de vez en cuando
con un bastoncillo una pequeña plancha cuadrada, para
dar fe de que no dormía y atemorizar a los ladrones.
Acompañábanle dos perros: Canelo y Serpiente. Este
último se merecía su nombre: era largo de cuerpo y
muy astuto y siempre parecía ocultar malas intenciones; aunque miraba a todo el mundo con ojos acariciadores, no le inspiraba a nadie confianza. Se adivinaba,
bajo aquella máscara de cariño, una perfidia jesuítica.
Le gustaba acercarse a la gente con suavidad, sin ser
notado, y morderla en las pantorrillas. Con frecuencia
robaba pollos de casa de los campesinos. Le pegaban
grandes palizas; dos veces había estado a punto de
morir ahorcado; pero siempre salía con vida de los más
apurados trances y resucitaba cuando le tenían ya por
muerto.
En aquel momento, el abuelo de Vanka estaría, de
fijo, a la puerta, y mirando las ventanas iluminadas de
la iglesia, embromaría a los cocineros y a las criadas,
frotándose las manos para calentarse. Riendo con risita
senil les daría vaya a las mujeres.
—¿Quiere usted un polvito? —les preguntaría, acercándoles la tabaquera a la nariz.
Las mujeres estornudarían. El viejo, regocijadísimo,
prorrumpiría en carcajadas y se apretaría con ambas
manos los ijares.
Luego les ofrecería un polvito a los perros. El Canelo estornudaría, sacudiría la cabeza, y, con el gesto
huraño de un señor ofendido en su dignidad, se marcharía. El Serpiente, hipócrita, ocultando siempre sus
verdaderos sentimientos, no estornudaría y menearía el
rabo.
El tiempo sería soberbio. Habría una gran calma en
la atmósfera, límpida y fresca. A pesar de la oscuridad
de la noche, se vería toda la aldea con sus tejados
blancos, el humo de las chimeneas, los árboles plateados por la escarcha, los montones de nieve. En el cielo,
miles de estrellas parecerían hacerle alegres guiños a la
Tierra. La Vía Láctea se distinguiría muy bien, como,
si con motivo de la fiesta, la hubieran lavado y frotado
con nieve...
Vanka, imaginándose todo esto, suspiraba.
Tomó de nuevo la pluma y continuó escribiendo:
“Ayer me pegaron. El maestro me cogió por los pelos y me dio unos cuantos correazos por haberme dormido arrullando a su nene. El otro día la maestra nos
mandó destripar una sardina, y yo, en vez de empezar
por la cabeza, empecé por la cola; entonces la maestra
cogió la sardina y me dio en la cara con ella. Los otros
aprendices, como son mayores que yo, me mortifican,
me mandan por vodka a la taberna y me hacen robarle
pepinos a la maestra, que, cuando se entera, me sacude
el polvo. Casi siempre tengo hambre. Por la mañana
me dan un mendrugo de pan; para comer, unas gachas
de alforfón; para cenar, otro mendrugo de pan. Nunca
me dan otra cosa, ni siquiera una taza de té. Duermo
en el portal y paso mucho frío; además, tengo que
arrullar al nene, que no nos deja dormir con sus gritos... Abuelito, sé bueno, sácame de aquí, que no puedo soportar esta vida. Te saludo con mucho respeto y
te prometo pedirle siempre a Dios por ti. Si no me sacas de aquí me moriré.”
Vanka hizo un puchero, se frotó los ojos con el puño
y no pudo reprimir un sollozo.
“Te seré todo lo útil que pueda —continuó momentos después—. Rogaré por ti, y si no estás contento
conmigo puedes pegarme todo lo que quieras. Buscaré
trabajo, guardaré el rebaño. Abuelito: te ruego que me
saques de aquí si no quieres que me muera. Yo escaparía y me iría a la aldea contigo; pero no tengo botas, y
hace demasiado frío para ir descalzo. Cuando sea mayor te mantendré con mi trabajo y no permitiré que
nadie te ofenda. Y cuando te mueras, le rogaré a Dios
por el descanso de tu alma, como le ruego ahora por el
alma de mi madre.
“Moscú es una ciudad muy grande. Hay muchos palacios, muchos caballos, pero ni una oveja. También
hay perros, pero no son como los de la aldea: no muerden y casi no ladran. He visto en una tienda una caña
de pescar con un anzuelo tan hermoso, que se podrían
pescar con ella los peces más grandes. Se venden también en las tiendas escopetas de primer orden, como la
de tu señor. Deben costar muy caras, lo menos cien
rublos cada una. En las carnicerías venden perdices,
liebres, conejos, y no se sabe dónde los cazan.
“Abuelito: cuando enciendan en casa de los señores
el árbol de Navidad, coge para mí una nuez dorada y
escóndela bien. Luego, cuando yo vaya, me la darás.
Pídesela a la señorita Olga Ignatievna; dile que es para
Vanka. Verás cómo te la da.”
Vanka suspira otra vez y se queda mirando a la ventana. Recuerda que todos los años, en vísperas de la
fiesta, cuando había que buscar un árbol de Navidad
para los señores, iba él al bosque con su abuelo. ¡Dios
mío, qué encanto! El frío le ponía rojas las mejillas;
pero a él no le importaba. El abuelo, antes de derribar
el árbol escogido, encendía la pipa y decía algunas
chirigotas acerca de la nariz helada de Vanka. Jóvenes
abetos, cubiertos de escarcha, parecían, en su inmovilidad, esperar el hachazo que sobre uno de ellos debía
descargar la mano del abuelo. De pronto, saltando por
encima de los montones de nieve, aparecía una liebre
en precipitada carrera. El abuelo, al verla, daba muestras de gran agitación y, agachándose, gritaba:
—¡Cógela, cógela! ¡Ah, diablo!
Luego el abuelo derribaba un abeto, y entre los dos
lo trasladaban a la casa señorial. Allí, el árbol era preparado para la fiesta. La señorita Olga Ignatievna ponía mayor entusiasmo que nadie en este trabajo. Vanka
la quería mucho. Cuando aun vivía su madre y servía
en casa de los señores, Olga Ignatievna le daba bom-
bones y le enseñaba a leer, a escribir, a contar de uno a
ciento y hasta a bailar. Pero, muerta su madre, el huérfano Vanka pasó a formar parte de la servidumbre culinaria, con su abuelo, y luego fue enviado a Moscú, a
casa del zapatero Alajin, para que aprendiese el oficio
...
“¡Ven, abuelito, ven! —continuó escribiendo, tras
una corta reflexión, el muchacho—. En nombre de
Nuestro Señor te suplico que me saques de aquí. Ten
piedad del pobrecito huérfano. Todo el mundo me pega, se burla de mí, me insulta. Y, además, siempre
tengo hambre. Y, además, me aburro atrozmente y no
hago más que llorar. Anteayer, el ama me dio un pescozón tan fuerte, que me caí y estuve un rato sin poder
levantarme. Esto no es vivir; los perros viven mejor
que yo ... Recuerdos a la cocinera Aleña, al cochero
Egorka y a todos nuestros amigos de la aldea. Mi
acordeón guárdale bien y no se lo dejes a nadie. Sin
más, sabes te quiere tu nieto
Vanka Chukov.
Ven en seguida, abuelito.”
Vanka plegó en cuatro dobleces la hoja de papel y la
metió en un sobre que había comprado el día anterior.
Luego, meditó un poco y escribió en el sobre la siguiente dirección:
“En la aldea, a mi abuelo.”
Tras una nueva meditación, añadió:
“Constantino Makarich.”
Congratulándose de haber escrito la carta sin que
nadie le estorbase, se puso la gorra y, sin otro abrigo,
corrió a la calle.
El dependiente de la carnicería, a quien aquella tarde
le había preguntado, le había dicho que las cartas debían echarse a los buzones, de donde las recogían para
llevarlas en troika 1 a través del mundo entero.
Vanka echó su preciosa epístola en el buzón más
próximo...
Una hora después dormía, mecido por dulces esperanzas.
Vio en sueños la cálida estufa aldeana. Sentado en
ella, su abuelo les leía a las cocineras la carta de Vanka. El perro Serpiente paseábase en torno de la estufa y
meneaba el rabo. . .
1
Trineo arrastrado por tres caballos. (N. del T.)
UN ASESINATO
Es de noche. La criadita Varka, una muchacha de trece
años, mece en la cuna al nene y le canturrea:
“Duerme, niño bonito,
que viene el coco ...”
Una lamparilla verde encendida ante el icono alumbra con luz débil e incierta. Colgados a una cuerda que
atraviesa la habitación se ven unos pañales y un pantalón negro. La lamparilla proyecta en el techo un gran
círculo verde; las sombras de los pañales y el pantalón
se agitan, como sacudidas por el viento, sobre la estufa, sobre la cuna y sobre Varka.
La atmósfera es densa. Huele a piel y a sopa de col.
El niño llora. Está hace tiempo afónico de tanto llorar; pero sigue gritando cuanto le permiten sus fuerzas.
Parece que su llanto no va a acabar nunca.
Varka tiene un sueño terrible. Sus ojos, a pesar de
todos sus esfuerzos, se cierran, y, por más que intenta
evitarlo, da cabezadas. Apenas puede mover los labios
y se siente la cara como de madera y la cabeza pequeñita cual la de un alfiler.
“Duerme, niño bonito . . .”. balbucea.
Se oye el canto monótono de un grillo escondido en
una grieta de la estufa. En el cuarto inmediato roncan
el maestro y el aprendiz Afanasy. La cuna, al mecerse,
gime quejumbrosa. Todos estos ruidos se mezclan con
el canturreo de Varka en una música adormecedora,
que es grato oír desde la cama. Pero Varka no puede
acostarse, y la musiquita la exaspera, pues le da sueño
y ella no puede dormir; si se durmiese, los amos le
pegarían.
La lamparilla verde está a punto de apagarse. El círculo verde del techo y las sombras se agitan ante los
ojos medio cerrados de Varka, en cuyo cerebro semidormido nacen vagos ensueños.
La muchacha ve en ellos correr por el cielo nubes
negras que lloran a gritos, como niños de teta. Pero el
viento no tarda en barrerlas, y Varka ve un ancho camino, lleno de lodo, por el que transitan, en fila interminable, coches, gentes con talegos a la espalda y
sombras. A uno y otro lado del camino, envueltos en la
niebla, hay bosques. De pronto, las sombras y los ca-
minantes de los talegos se tienden en el lodo.
—¿Para que hacéis eso? —les pregunta Varka.
—¡Para dormir! —contestan—. Queremos dormir.
Y se duermen como lirones.
Cuervos y urracas, posados en los alambres del telégrafo, ponen gran empeño en despertarlos.
“Duerme, niño bonito . . .”,
canturrea entre sueños Varka.
Momentos después sueña hallarse en casa de su padre. La casa es angosta y oscura. Su padre, Efim Stepanov, fallecido hace tiempo, se revuelca por el suelo.
Ella no lo ve, pero oye sus gemidos de dolor. Sufre
tanto —atacado de no se sabe qué dolencia—, que no
puede hablar. Jadea y rechina los dientes.
—Bu-bu-bu-bu . . .
La madre de Varka corre a la casa señorial a decir
que su marido está muriéndose. Pero ¿por qué tarda en
volver? Hace largo rato que se ha ido y debía haber
vuelto ya.
Varka sueña que sigue oyendo quejarse y rechinar
los dientes a su padre, acostada en la estufa.
Mas he aquí que se acerca gente a la casa. Se oye
trotar de caballos. Los señores han enviado al joven
médico a ver al moribundo. Entra. No se le ve en la
oscuridad, pero se le oye toser y abrir la puerta.
—¡Encended luz! —dice.
—¡Bu-bu-bu! —responde Efim, rechinando los
dientes.
La madre de Varka va y viene por el cuarto buscando cerillas. Unos momentos de silencio. El doctor saca
del bolsillo una cerilla y la enciende.
—¡Espere un instante, señor doctor! —dice la madre.
Sale corriendo y vuelve a poco con un cabo de vela.
Las mejillas del moribundo están rojas, sus ojos brillan, sus miradas parecen hundirse extrañamente agudas en el doctor, en las paredes.
—¿Qué es eso, muchacho? —le pregunta el médico,
inclinándose sobre él— ¿Hace mucho que estás enfermo?
—¡Me ha llegado la hora, excelencia! —contesta,
con mucho trabajo, Efim—. No me hago ilusiones. . .
—¡Vamos, no digas tonterías! Verás cómo te curas...
—Gracias, excelencia; pero bien sé yo que no hay
remedio. . . Cuando la muerte dice aquí estoy, es inútil
luchar contra ella ...
El médico reconoce detenidamente al enfermo y declara:
—Yo no puedo hacer nada. Hay que llevarle al hospital para que lo operen. Pero sin pérdida de tiempo.
Aunque es ya muy tarde, no importa; te daré cuatro
letras para el doctor y te recibirá. ¡Pero en seguida, en
seguida!
—Señor doctor, ¿y cómo va a ir? —dice la madre—.
No tenemos caballo.
—No importa; les hablaré a los señores y os dejarán
uno.
El médico se va, la vela se apaga y de nuevo se oye
el rechinar de dientes del moribundo.
—Bu-bu-bu-bu . . .
Media hora después se detiene un coche ante la casa;
lo envían los señores para llevar a Efim al hospital. A
los pocos momentos el coche se aleja, conduciendo al
enfermo.
Pasa, al cabo, la noche y sale el sol. La mañana es
hermosa, clara. Varka se queda sola en casa; su madre
se ha ido al hospital a ver cómo sigue el marido.
Se oye llorar a un niño. Se oye una canción:
“Duerme, niño bonito ...”
A Varka le parece su propia voz, la voz que canta.
Su madre no tarda en volver. Se persigna y dice:
—¡Acaban de operarlo, pero ha muerto! ¡Santa gloria haya! ... El doctor dice que se le ha operado demasiado tarde; que debía habérsele operado hace mucho
tiempo.
Varka sale de la casa y se dirige al bosque. Pero
siente de pronto un tremendo manotazo en la nuca. Se
despierta y ve con horror a su amo, que le grita:
—¡Mala pécora! ¡El nene llorando y tú durmiendo!
Le da un tirón de orejas; ella sacude la cabeza como
para ahuyentar el sueño irresistible y empieza de nuevo a balancear la cuna, canturreando con voz ahogada.
El círculo verde del techo y las sombras siguen produciendo un efecto letal sobre Varka, que, cuando su
amo se va, torna a dormirse. Y empieza otra vez a soñar.
De nuevo ve el camino enlodado. Infinidad de gente,
cargada con talegos, yace dormida en tierra. Varka
quiere acostarse también; pero su madre, que camina a
su lado, no la deja; ambas se dirigen a la ciudad en
busca de trabajo.
—¡Una limosnita, por el amor de Dios! —imploró la
madre a los caminantes—. ¡Compadeceos de nosotros,
buenos cristianos!
—¡Dame el niño! —grita de pronto una voz que le
es muy conocida a Varka—. ¡Otra vez dormida, mala
pécora!
Varka se levanta bruscamente, mira en torno suyo y
se da cuenta de la realidad; no hay camino, ni caminantes, ni su madre está junto a ella; sólo ve a su ama,
que ha venido a darle teta al niño.
Mientras el niño mama, Varka, de pie, espera que
acabe. El aire empieza a azulear tras los cristales; el
círculo verde del techo y las sombras van palideciendo. La noche le cede su puesto a la mañana.
—¡Toma el niño! —ordena a los pocos minutos el
ama, abotonándose la camisa—. Siempre está llorando. ¡No sé qué le pasa!
Varka coge al niño, lo acuesta en la cuna y empieza
otra vez a mecerle. El círculo verde y las sombras,
menos perceptibles a cada instante, no ejercen ya influjo sobre su cerebro. Pero, sin embargo, tiene sueño;
su necesidad de dormir es imperiosa, irresistible. Apoya la cabeza en el borde de la cuna, y balancea el cuerpo al par que el mueble, para despabilarse; pero los
ojos se le cierran y siente en la frente un peso plúmeo.
—¡Varka, enciende la estufa! —grita el ama, al otro
lado de la puerta.
Es de día. Hay que comenzar el trabajo.
Varka deja la cuna y corre por leña a la porchada. Se
anima un poco; es más fácil resistir el sueño andando
que sentado.
Lleva leña y enciende la estufa. La niebla que envolvía su cerebro se va disipando.
—¡Varka, prepara el samovar! —grita el ama.
Varka empieza a encender astillas, mas su ama la interrumpe con una nueva orden:
—¡Varka, límpiale los chanclos al amo!
Varka, mientras limpia los chanclos, sentada en el
suelo, piensa que sería delicioso meter la cabeza en
uno de aquellos zapatones para dormir un rato. De
pronto, el chanclo que estaba limpiando crece, se infla,
llena toda la estancia. Varka suelta el cepillo y empieza a dormirse; pero hace un nuevo esfuerzo, sacude la
cabeza y abre los ojos cuanto puede, en evitación de
que los chismes que hay a su alrededor sigan moviéndose y creciendo.
—¡Varka, ve a lavar la escalera! —ordena el ama a
voces—. ¡Está tan cochina, que cuando sube un parroquiano me avergüenzo!
Varka lava la escalera, barre las habitaciones, enciende después otra estufa, va varias veces a la tienda.
Son tantos sus quehaceres, que no tiene un momento
libre.
Lo que más trabajo le cuesta es estar de pie, inmóvil,
ante la mesa de la cocina, mondando patatas. Su cabeza se inclina, sin que ella lo pueda evitar, hacia la mesa; las patatas toman formas fantásticas; su mano no
puede sostener el cuchillo. Sin embargo, es preciso no
dejarse vencer por el sueño; está allí el ama, gorda,
malévola, chillona. Hay momentos en que le acomete a
la pobre muchacha una violenta tentación de tenderse
en el suelo y dormir, dormir, dormir ...
Transcurre el día. Llega la noche.
Varka, mirando las tinieblas enlutar las ventanas, se
aprieta las sienes, que se sienten como de madera, y
sonríe de un modo estúpido, completamente inmotivado. Las tinieblas balagán sus ojos y hacen renacer en
su alma la esperanza de poder dormir.
Hay aquella noche una visita.
—¡Varka, enciende el samovar! —grita el ama.
El samovar es muy pequeño, y, para que todos puedan tomar té, hay que encenderlo cinco veces.
Luego Varka, en pie, espera órdenes, fijos los ojos
en los visitantes.
—¡Varka, ve por vodkal Varka, ¿dónde está el sacacorchos? ¡Varka, limpia un arenque!
Por fin la visita se va. Se apagan las luces. Se acuestan los amos.
—¡Varka, abraza al niño! —es la última orden que
oye.
Canta el grillo en la estufa. El círculo verde del techo y las sombras vuelven a agitarse ante los ojos,
medio cerrados, de Varka y a envolverle el cerebro en
una niebla.
“Duerme, niño bonito . ..”,
canturrea la pobre muchacha con voz soñolienta. ..
El niño grita como un condenado. Está a dos dedos
de encanarse.
Varka, medio dormida, sueña con el ancho camino
enlodado, con los caminantes del talego, con su madre,
con su padre moribundo. No puede darse cuenta de lo
que pasa en torno suyo. Sólo sabe que algo la paraliza,
pesa sobre ella, la impide vivir. Abre los ojos, tratando
de inquirir qué fuerza, qué potencia es ésa, y no saca
nada en limpio. Sin aliento ya, mira el círculo verde,
las sombras... En este momento oye gritar al niño, y se
dice: “Ese es el enemigo que me impide vivir”.
El enemigo es el niño.
Varka se echa a reír. ¿Cómo no se le ha ocurrido
hasta ahora una idea tan sencilla?
Completamente absorbida por tal idea, se levanta y,
sonriendo, da algunos pasos por la estancia. La llena
de alegría el pensar que va a librarse al punto del niño
enemigo. Lo matará y podrá dormir lo que quiera.
Riéndose, guiñando los ojos con malicia, se acerca
con tácitos pasos a la cuna y se inclina sobre el niño.
Le atenaza con entrambas manos el cuello. El niño
se pone azul, y a los pocos instantes muere.
Varka entonces, alegre, se tiende en el suelo y se
queda al punto dormida, con un sueño profundo.
LOS MÁRTIRES
Lisa Kudrinsky, una señora joven y muy cortejada, se
ha puesto, de pronto, tan enferma, que su marido se ha
quedado en casa en vez de irse a la oficina, y le ha
telegrafiado a su madre.
He aquí cómo cuenta la señora Lisa la historia de su
enfermedad:
Después de pasar una semana en la quinta de mi tía,
me fui a casa de mi prima Varia. Aunque su marido es
un déspota —¡yo le mataría!—, hemos pasado unos
días deliciosos. La otra noche dimos una función de
aficionados, en la que tomé yo parte. Representamos
Un escándalo en el gran mundo. Frustalev estuvo muy
bien. En un entreacto bebí un poco de limón helado
con coñac. Es una mezcla que sabe a champaña. Al
parecer, no me sentó mal. Al día siguiente hicimos una
excursión a caballo. La mañana era un poco húmeda y
me resfrié. Hoy he venido a ver a mi pobre maridito y
a llevarme el traje de seda. No había hecho más que
llegar, cuando he sentido unos espasmos en el estómago y unos dolores.. . Creí que me moría. Vasia, ¡claro!,
se ha asustado mucho; ha empezado a tirarse de los
pelos, ha mandado por el médico. ¡Han sido unos momentos terribles!
Tal es el relato que la pobre enferma les hace a todos
sus visitantes.
Después de la visita del médico se duerme con el sosegado sueño de los justos y no se despierta en seis
horas.
En el reloj acaban de dar las dos de la mañana. La
luz de una lámpara con pantalla azul alumbra débilmente la estancia. Lisa, envuelta en un blanco peinador
de seda y tocada con un coquetón gorro de encaje,
entreabre los ojos y suspira. A los pies de la cama está
sentado su marido, Vasili Stepanovich. Al pobre le
colma de felicidad la presencia de su mujer, casi siempre ausente de casa; pero, al mismo tiempo, su enfermedad le desasosiega en extremo.
—¿Qué tal, querida? ¿Estás mejor? —le pregunta
muy quedo.
—¡Un poco mejor! —gime ella—. ¡Ya no tengo espasmos; pero no puedo dormir! ...
—¿Quieres que te cambie la compresa, ángel mío?
Lisa se incorpora con lentitud, pintado un intenso
sufrimiento en la faz, e inclina la cabeza hacia su marido, que, sin tocar apenas su cuerpo, como si fuese
algo sagrado, le cambia la compresa. El agua fría la
estremece ligeramente y le arranca risitas nerviosas.
—¿Y tú, pobrecito, no has dormido? —gime, tendiéndose de nuevo.
—¿Acaso podría yo dormir estando enferma mi mujercita?
—Esto no es nada, Vasia. Son los nervios. ¡Soy una
mujer tan nerviosa...! El doctor lo achaca al estómago;
pero estoy segura de que se engaña. No ha comprendido mi enfermedad. Son los nervios y no el estómago,
¡te lo juro! Lo único que temo es que sobrevenga alguna complicación . ..
—¡No, mujer! Mañana se te habrá pasado ya todo.
—No lo espero... No me importa morirme; pero
cuando pienso que tú te quedarías solo... ¡Dios mío!...
¡Ya te veo viudo!
Aunque el amante esposo está solo casi siempre y ve
muy poco a su mujer, se amilana y se aflige al oírla
hablar así.
—¡Vamos, mujer! ¿Cómo se te ocurren pensamientos tan tristes? Te aseguro que mañana estarás completamente bien. . .
—No lo espero... Además, aunque yo me muera, la
pena no te matará. Llorarás un poco y te casarás luego
con otra.. .
El marido no encuentra palabras para protestar contra semejantes suposiciones, y se defiende con gestos
y ademanes de desesperación.
—¡Bueno, bueno, me callo! —le dice su mujer—.
Pero debes estar preparado...
Y piensa, cerrando los ojos: “Sí efectivamente me
muriera ...”
El cuadro de su propia muerte se le representa con
todo el lujo de detalles. En torno del lecho mortuorio
lloran Vasia, su madre, su prima Varia y su marido,
sus amigos, sus adoradores. Está pálida y bella. La
amortajan con un vestido color de rosa, que le sienta a
las mil maravillas, y la colocan sobre un verdadero
tapiz de flores, en un ataúd magnífico, con aplicaciones doradas. Huele a incienso; arden las velas funerarias. Su marido la mira a través de las lágrimas. Sus
adoradores la contemplan con admiración. “Se diría —
murmuran— que está viva. ¡Hasta en el ataúd está
bella!” Toda la ciudad se conduele de su fin prematuro... El ataúd es transportado a la iglesia por sus adoradores, entre los que va el estudiante de ojos negros que
le aconsejó que bebiese la limonada con coñac... Es
lástima que no acompañe a la procesión fúnebre una
banda de música... Después de la misa, todos rodean el
ataúd y se oyen los adioses supremos. Llantos, sollozos, escenas dramáticas... Luego, el cementerio. Cierran el ataúd...
Lisa se estremece y abre los ojos.
—¿Estás ahí, Vasia? —pregunta—. ¡No hago más
que pensar cosas tristes, no puedo dormir!... ¡Ten piedad de mí, Vasia, y cuéntame algo interesante!
—¿Qué quieres que te cuente querida?
—Una historia de amor —contesta con voz moribunda la enferma—, una anécdota...
Vasili Stepanovich hasta bailaría de coronilla con tal
de ahuyentar los pensamientos tristes de su mujer.
—Bueno; voy a imitar a un relojero judío.
El amante esposo pone una cara muy graciosa de judío viejo, y se acerca a la enferma.
—¿Necesita usted, por casualidad, componer su reloj, hermosa señora? —pregunta con una pronunciación cómicamente hebrea.
—¡Sí, sí! —contesta Lisa, riendo y alargándole a su
marido su relojito de oro, que ha dejado, como de costumbre, en la mesa de noche—. ¡Compóngalo, compóngalo!
Vasili Stepanovich coge el reloj, le abre, le examina
detenidamente, encorvado y haciendo muecas, y dice:
—No tiene compostura; la máquina está hecha una
lástima.
Lisa se ríe a carcajadas y aplaude.
—¡Muy bien! ¡Magnífico! —exclama—. ¡Eres un
excelente artista! Haces mal en no tomar parte en
nuestras funciones de aficionados. Tienes talento. Más
que Sisunov. Sisunov es un joven con una vis cómica
admirable. Sólo al verle la cara es morirse de risa. Figúrate una nariz apatatada, roja como una zanahoria,
unos ojillos verdes... Pues ¿y el modo de andar?... Anda de un modo graciosísimo, igual que una cigüeña.
Así, mira...
La enferma salta de la cama y empieza a andar descalza a través de la habitación.
—¡Salud, señoras y señores! —dice con voz de bajo,
remedando al señor Sisunov—. ¿Qué hay de bueno por
el mundo?
Su propia toninada la hace reír.
—¡Ja, ja, ja!
—¡Ja, ja, ja! —ríe su marido.
Y ambos, olvidada la enfermedad de ella, se ponen a
jugar, a hacer niñerías, a perseguirse. El marido logra
sujetar a la mujer por los encajes de la camisa y la cubre de ardientes besos.
De pronto ella se acuerda de que está gravemente
enferma.
Se vuelve a acostar, la sonrisa huye de su rostro...
¡Es imperdonable! —se lamenta—. ¡No consideras
que estoy enferma!
—¿Me perdonas?
—Si me pongo peor, tú tendrás la culpa. ¡Qué malo
eres!
Lisa cierra los ojos y enmudece. Se pinta de nuevo
en su faz el sufrimiento. Se escapan de su pecho dolorosos gemidos. Vasia le cambia la compresa y se sienta
a su cabecera, de donde no se mueve en toda la noche.
A las diez de la mañana vuelve el doctor.
—Bueno; ¿cómo van esas fuerzas? —le pregunta a
la enferma, tomándole el pulso—. ¿Ha dormido usted?
—¡Se siente mal, muy mal! —susurra el marido.
Ella abre los ojos y dice con voz débil:
—Doctor, ¿podría tomar un poco de café?
—No hay inconveniente.
—¿Y me permite usted levantarme?
—Sí; pero sería mejor que guardase usted cama hoy.
—Los malditos nervio ... —susurra el marido en un
aparte con el médico—. La atormentan pensamientos
tristes... Estoy con el alma en un hilo.
El doctor se sienta ante una mesa, se frota la frente y
le receta a Lisa bromuro. Luego se despide hasta la
noche.
Al mediodía se presentan los adoradores de la enferma, con cara de angustia todos ellos. Le traen flores
y novelas francesas. Lisa, interesantísima con su peinador blanco y su gorro de encaje, les dirige una mirada lánguida en que se lee su escepticismo respecto a
una curación próxima. La mayoría de sus adoradores
no han visto nunca a su marido, a quien tratan con
cierta indulgencia. Soportan su presencia armados de
cristiana resignación; su común desventura les ha reunido con él junto a la cabecera de la enferma adorable.
A las seis de la tarde Lisa torna a dormirse, para no
despertar hasta las dos de la mañana. Vasia, como la
noche anterior, vela junto a su cabecera, le cambia la
compresa, le cuenta anécdotas regocijadas.
—Pero, ¿a dónde vas, querida? —le pregunta Vasia,
a la mañana siguiente, a su mujer, que está poniéndose
el sombrero ante el espejo—, ¿A dónde vas?
Y le dirige miradas suplicantes.
—¿Cómo que a dónde voy? —contesta ella asombrada—. ¿No te he dicho que hoy se repite la función
de teatro en casa de María Lvovna?
Un cuarto de hora después toma el tole.
El marido suspira, coge la cartera y se va a la oficina. Las dos noches de vigilia le han producido un fuerte dolor de cabeza y un gran desmadejamiento.
—¿Qué le pasa a usted? —le pregunta su jefe.
Vasia hace un gesto de desesperación y ocupa su sitio habitual.
—¡Si supiera vuestra excelencia —contesta— lo que
he sufrido estos dos días! ... ¡Mi Lisa está enferma!
—¡Dios mío! —exclama el jefe—. ¿Lisaveta Pavlovna? ¿Y qué tiene?
El otro alza los ojos y las manos al cielo, como diciendo:
—¡Dios lo quiera!
—¿Es grave, pues, la cosa?
—¡Creo que sí!
—¡Amigo mío, yo sé lo que es eso! —suspira el alto
funcionario, cerrando los ojos—. He perdido a mi esposa ... ¡Es una pérdida terrible! ... Pero estará mejor la
señora, ¿verdad? ¿Qué médico la asiste?
—Von Sterk.
—¿Von Sterk? Yo que usted, amigo mío, llamaría a
Magnus o a Semandritsky... Está usted muy pálido. Se
dirá que está usted enfermo también . ..
—Sí, excelencia... Llevo dos noches sin dormir, y he
sufrido tanto ...
—Pero ¿para qué ha venido usted? ¡Vayase a casa y
cuídese! No hay que olvidar el proverbio latino: Mens
sana in corpore sano . . .
Vasia se deja convencer, coge la cartera, se despide
del jefe y se va a su casa a dormir. ∗
∗
Los cuentos aquí incluidos han sido tomados del libro Los campesinos.
Traducción de Nicolás Tasín, Colección Universal. No. 301 y 302. Madrid, 1930
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