Subido por german lopez bejarano

La-accion-humana

Anuncio
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LA
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r»<- r-
LA ACCION HUMANA
seguridad dé todos, goza r.segura- ¿
mente de mayor poder Suasorio.»
«Y, sin embargo, si contemplamos la cosa con más detenimlen-,
to, sé nos ocurre que, tal vez, a
la larga, la filosofía misiana produzca dramáticos efectos. Mises,
evidentemente, no ha escrito un
panfleto. Nos brinda ún acervo
de sugestivas ideas acerca del socialismo y de Já -actividad humana
toda. El libro podría tener enorme impacto si efectivamente llegara allí en donde debiera estar: sobre la mesa de trabajo del
pensador. La .lógica tal vez resulta
lenta levadura; pero su^fecto es
inexorable.»
_ ,~
VERMONT ROYSTER
Wall
Street
:
Journal
"Ludwig yon Mises, conocido
internacionalmente como cabeza
de la Escuela Austríaca, maestro
de F, A. von Hayek y de muchos
otros economistas, fue durante
veinticinco años catedrático en la
Universidad de .yiena y, de l934
a 1940, enseñó en el Gradúate
lnstitute of International Studies
de Ginebra. Ha dictado incontables Conferencias en universidades inglesas, francesas,- holandesas^ witalianas, alemanas. y mejicanas,; así como en la Gradúate
School of Business Administration de Nueva York.
U N I O N E D I T O R I A L , S. A.
C o l o m b i a , 61, T e l . 457 07 60
-
28016 M A D R I D
Título
ISBN: 84-7209-116-3
Human Action, A Treatise
original:
Traducido
©
del
inglés
por
JOAQUÍN
REIG
on
Economics
ALBIOL
1980 by Unión Editorial, S. A.
Colombia, 61 - 2 8 0 1 6 Madrid
Depósito Legal: M. 3 7 . 5 8 9 - 1980
Printed in Spain - Impreso en España
Musigraf Arabí
Cerro del Viso, 1 6 - T o r r e j ó n de Ardoz (Madrid)
Edición,
1986
Nota del editor
Esta es la tercera edición española de La Acción H u m a n a ,
la obra que, con tanto cariño y tanta dedicación, durante largas
jornadas, preparara Ludwig von Mises, hasta su primera aparición (1949), para, con ella, arrumbar definitivamente los
mitos marxistas (carencia de cálculo), keynesianos (paro con
inflación) e intervencionistas en general (contradictorio efecto de las medidas preconizadas), poniendo de manifiesto las
consecuencias antisociales que tales tendencias llevan implícitas, las cuales, según se demuestra, dan lugar, invariablemente,
a pobreza y explotación entre las masas trabajadoras, entre esas
queridas gentes a las que todo el mundo —dice— desea proteger y amparar.
La primera traducción española, como señala el autor en el
subsiguiente prefacio, apareció en 1960, con arreglo al primitivo texto citado. Mises corrigió y amplió la obra en 1963,
quedando, sin embargo, extremadamente descontento de la
correspondiente impresión tipográfica, razón por la cual efectuó una tercera y definitiva edición en 1966. De acuerdo con
este último texto apareció la segunda edición española en 1968,
la cual quedó agotada.
Por eso y con motivo del trigésimo aniversario de la primitiva aparición de H u m a n Action, ha parecido oportuno efectuar una tercera edición española, para que no falte en la mesa
de trabajo del estudioso hispanoparlante preocupado de los
temas sociales este tan esencial instrumento intelectual.
2
La Acción Humana
Se ha agregado un índice alfabético, para simplificar la labor
indagadora, así como otro de las notas con que el traductor ha
procurado facilitar la comprensión de algunos términos y vocablos místanos, deseando el mismo aprovechar esta oportunidad para agradecer al matrimonio Percy y Bettina Greaves su
inapreciable auxilio. La traducción completa fue también objeto de cuidadosa revisión.
Madrid, 1980
Prefacio a la tercera edición
Viva satisfacción, en verdad, me produce la aparición, elegantemente presentada por un distinguido editor, de la tercera
edición revisada del presente libro.
Dos advertencias, de orden terminológico, deseo hacer:
D e b o señalar, en primer término, que empleo siempre el
vocablo «liberal» en el sentido al mismo atribuido a lo largo
del siglo x i x y que aún la Europa continental le reconoce. Resulta imperativo proceder así por cuanto no disponemos de
otra expresión para definir aquel gran movimiento político y
económico que desterró los métodos precapitalistas de producción, implantando la economía de mercado y de libre empresa; que barrió el absolutismo real y oligárquico, instaurando
el gobierno representativo; q u e liberó a las masas, suprimiendo
la esclavitud, las servidumbres personales y demás sistemas
opresivos.
Creo, en segundo lugar, oportuno destacar que el término
«psicología» aplícase, desde hace algunas décadas, con un sentido cada vez más restrictivo, a la psicología experimental, es
decir, a aquella «psicología» que no sabe recurrir en sus análisis sino a los métodos típicos de las ciencias naturales. Estudiosos q u e antes se consideraban psicólogos son, hoy en día,
tildados de meros «psicólogos literarios», negándoseles condición científica. En economía, sin embargo, cuando se habla de
psicología, alúdese precisamente a esta tan denigrada psicología literaria; por ello tal vez fuera conveniente que recurriéramos a n u e v o vocablo para designar tal disciplina. A este respecto, en mi libro Theory and History (New H a v e n , 1957, pá-
4
La Acción Humana
ginas 2 6 4 a 2 7 4 ) sugerí el t é r m i n o «timología», que he empleado también en mi reciente ensayo The XJltimate Foundation of Economic Science (Princeton, 1 9 5 2 ) . No considero, sin
embargo, o p o r t u n o dar carácter retroactivo a tal uso ni variar
la terminología manejada en anteriores publicaciones, razón
por la cual, en esta nueva edición, sigo empleando la palabra
psicología como en la primera.
D o s traducciones de la primitiva Human Action han aparecido: una italiana, del profesor de la milanesa Universitá
Bocconi, b a j o el título L'Azione Umana, Trattato di Economía,
publicada en 1 9 5 9 por la Unione Tipografico-Editrice Torinese, y otra castellana, de Joaquín Reig Albiol, titulada La Acción
Humana, Tratado de Economía, editada en dos volúmenes
en 1 9 6 0 por la Fundación Ignacio Villalonga, de Valencia
(España).
Tengo que agradecer a numerosos y entrañables amigos su
ayuda y consejos.
Quiero, en primer lugar, recordar a dos ya fallecidos intelectuales, Paul M a n t o u x y William E. R a p p a r d , quienes, brind á n d o m e la o p o r t u n i d a d de profesar en el famoso Gradúate
Institute of International Studies, de G i n e b r a (Suiza), me permitieron iniciar el presente t r a b a j o , proyecto largo tiempo
acariciado y que no había tenido ocasión de abordar.
Deseo igualmente expresar mi reconocimiento, por sus valiosas e interesantes sugerencias, a M r . A r t h u r G o d d a r d , M r .
Percy Greaves, D r . H e n r y Hazlitt, P r o f . Israel M. Kirzner,
M r . Leonard E. Read, D r . Joaquín Reig Albiol y D r . George
Reisman.
La mayor deuda de gratitud la tengo contraída, no obstante, con mi propia esposa por su constante aliento y ayuda,
LUDWING VON M I S E S
N u e v a Y o r k , marzo 1966.
Indice general
Páginas
N O T A DEL EDITOR
1
P R E F A C I O A LA TERCERA EDICIÓN
3
INTRODUCCIÓN
17
1. Economía y Praxeología
2. Consideración epistemológica de una teoría general de la acción
humana
3. La teoría económica y la práctica de la acción humana
4. Resumen
17
22
27
31
PRIMERA PARTE
LA ACCION HUMANA
I.—EL HOMBRE EN ACCION
1. Acción deliberada y reacción animal
2. Los requisitos previos de la acción humana
En torno a la felicidad.
Acerca de los instintos y los impulsos.
3. La acción humana como presupuesto irreductible
4. Racionalidad e irracionalidad; subjetivismo y objetividad en la
investigación praxeológica
5. La causalidad como requisito de la acción
6. El alter ego
Sobre la utilidad de los instintos.
El fin absoluto.
El hombre vegetativo.
CAPÍTULO
II.—PROBLEMAS EPISTEMOLOGICOS QUE SUSCITAN
LAS CIENCIAS DE LA ACCION HUMANA
1. Praxeología e historia
2. El carácter formal y apriorístico de la praxeología
La supuesta heterogeneidad lógica del hombre primitivo.
3. Lo apriorístico y la realidad
4. La base del individualismo metodológico
El yo y el nosotros.
5. La base del singularismo metodológico
6. El aspecto individualizado y cambiante de la acción humana ...
7. En torno al objeto de la historia y su metodología específica
8. Concepción y comprensión
Historia natural c historia humana.
35
35
38
43
45
50
52
CAPÍTULO
61
61
64
73
78
82
84
86
91
La Acción Humana
6
Páginas
9.
10.
11.
Sobre los tipos ideales
El método de la economía política
Las limitaciones de los conceptos praxeológicos
102
110
118
CAPÍTULO III.—LA ECONOMIA Y LA REBELION CONTRA LA
RAZON
1. La rebelión contra la razón
2. La lógica ante el polilogismo
3. La praxeología ante el polilogismo
4. El polilogismo racista
5. Polilogismo y comprensión
6. En defensa de la razón
123
123
127
130
141
144
148
CAPÍTULO IV.—UN PRIMER ANALISIS DE LA CATEGORIA DE
ACCION
:
1. Medios y fines
2. La escala valorativa
3. La escala de necesidades
4. La acción como cambio
153
153
157
159
160
CAPÍTULO V . — E L T I E M P O
1.
2.
3.
4.
163
El tiempo en cuanto factor praxeológico
Pasado, presente y futuro
La economización del tiempo
La relación temporal existente entre las acciones
163
164
166
167
VI.—LA I N C E R T I D U M B R E
1. Incertidumbre y acción
2. El significado de la probabilidad
3. Probabilidad de clase
4. Probabilidad de caso
5. La valoración numérica de la probabilidad de caso
6. Apuestas, juegos de azar, deportes y pasatiempos
7. La predicción praxeológica
173
175
177
180
185
18/
190
CAPÍTULO
CAPÍTULO VII.—LA ACCION EN EL ENTORNO MUNDO
1. La ley de la utilidad marginal
2. La ley del rendimiento
3. El trabajo humano como medio
Trabajo inmediatamente remunerado y trabajo mediatamente
remunerado.
El genio creador.
4. La producción
173
193
193
205
210
223
12
Indice general
Páginas
SEGUDA PARTE
LA ACCION EN EL MARCO
SOCIAL
CAPÍTULO VIII.—LA SOCIEDAD HUMANA
1. La cooperación humana
2. Crítica del concepto comprehensivista y metafísico de la sociedad
Praxeología y liberalismo.
Liberalismo y religión.
3. La división del trabajo
4. La ley de la asociación de Ricardo
Errores comunes en que se incide al tratar de la ley
de asociación.
5. Los efectos de la división del trabajo
6. El individuo en el marco social
El mito de la mística unión.
7. La gran sociedad
8. El instinto de agresión y destrucción
Errores en los que se suele incurrir al interpretar
las enseñanzas de la moderna ciencia natural,
especialmente del darwinismo.
CAPÍTULO IX.—LA TRASCENDENCIA DE LAS IDEAS
1. La razón humana
2. Doctrinas generales e ideologías
ha lucha contra el error.
3. El poder
El tradicionalismo contó ideología.
4. El «mejorismo» y la idea de progreso
CAPÍTULO X.—EL INTERCAMBIO EN LA SOCIEDAD
1. Cambio intrapersonal y cambio interpersonal
2. Vínculos contractuales y vínculos hegemónicos
3. La acción y el cálculo
229
229
232
249
251
258
259
265
267
277
277
278
292
297
301
301
303
307
TERCERA PARTE
EL CALCULO
ECONOMICO
CAPÍTULO X I . — E V A L U A C I O N S I N C A L C U L O
1.
2.
3.
4.
La gradación de los medios
El papel que desempeña, en la teoría elemental del valor y los
precios, el imaginario trueque de mercancías
La teoría del valor y el socialismo.
El problema del cálculo económico
El cálculo económico y el mercado
311
311
312
320
325
8
La Acción Humana
Páginas
XII.—EL AMBITO DEL CALCULO ECONOMICO
1. El significado de las expresiones monetarias
2. Los límites del cálculo económico
3. La variabilidad de los precios
4. La estabilización
5. El fundamento básico de la idea de estabilización
329
329
333
337
339
346
XIII.—EL CALCULO MONETARIO, AL SERVICIO DE
LA ACCION
1. El cálculo monetario, instrumento del pensar
2. El cálculo económico v la ciencia de la acción humana
353
353
356
CAPÍTULO
CAPÍTULO
CUARTA PARTE
LA CATALACTICA O LA TEORIA DEL MERCADO
XIV.—AMBITO Y METODOLOGIA DE LA CATALACTICA
1. La delimitación de los problemas catalácticos
¿Existe, como ciencia, la economía?
2. El método de investigación basado en las construcciones imaginarlas
3. La economía pura de mercado
La maximización de los beneficios.
4. La economía autística
5. El estado de reposo y la economía de giro uniforme
6. La economía estacionaria
7. La integración de las funciones catalácticas
La función empresarial en la economía estacionaria.
CAPÍTULO
XV.—EL MERCADO
1. La economía de mercado
2. Capital y bienes de capital
3. El capitalismo
4. La soberanía del consumidor
El metafórico empleo de la terminología política.
5. La competencia
6. La libertad
7. La desigualdad de rentas y patrimonios
8. La pérdida y la ganancia empresarial
9. Las pérdidas y las ganancias empresariales en una economía progresiva
La condenación moral del beneficio.
Consideraciones en torno a los mitos del subconsumo
y de la insuficiente capacidad adquisitiva de las masas.
CAPÍTULO
361
361
367
369
377
379
388
389
397
397
400
407
415
420
429
440
442
9
Indice general
Páginas
10. Promotores, directores, técnicos y funcionarios
11. El proceso de selección
12. El individuo y el mercado
13. La propaganda comercial
14. La «Volkswirtschaft»
XVI.—LOS PRECIOS
La formación de los precios
Valoración y justiprecio
El precio de los bienes de orden superior
Una excepción dentro del mecanismo determinante
del precio de los factores de producción.
La computación de costos
La cataláctica lógica frente a la cataláctica matemática
Los precios de monopolio
El análisis matemático de la teoría de los precios
de monopolio.
El buen nombre mercantil
La monopolización de la demanda
Efectos de los precios de monopolio sobre el consumo
La discriminación, mediante el precio, por parte del vendedor.
La discriminación, mediante el precio, por parte del comprador ...
La interconexión de los precios
Precios y rentas
Precios y productos
La quimera de los precios no mercantiles
CAPÍTULO
1.
2.
3.
4.
5.
6.
7.
8.
9.
10.
11.
12.
13.
14.
15.
XVII. K!. CAMBIO INDIRECTO
Los medios de intercambio y el dinero
Consideraciones en torno a determinados errores harto difundidos.
La demanda y la oferta de dinero
La trascendencia epistemológica de la teoría de Cari
Menger sobre el origen del dinero.
La determinación del poder adquisitivo del dinero
El problema de Hume y Mili y la fuerza impulsora del dinero ...
Variaciones del poder adquisitivo del dinero provenientes del lado
monetario y variaciones provenientes del lado de las mercancías.
Inflación y deflación; inflacionismo y deflacionismo.
El cálculo monetario y las variaciones del poder adquisitivo ...
La previsión de las futuras variaciones del poder adquisitivo ...
El valor específico del dinero
La trascendencia de la relación monetaria
Los sustitutos monetarios
CAPÍTULO
1.
2.
3.
4.
5.
6.
7.
8.
9.
10.
11.
462
473
478
484
488
495
495
501
504
512
526
537
567
573
575
580
584
585
587
589
590
595
595
596
600
610
623
627
634
636
640
643
645
10
La Acción
Humana
Páginas
12. Límites a la emisión de medios fiduciarias
13.
14.
15.
16.
1718.
19.
648
Observaciones en torno a la libertad bancaria.
Cuantía y composición de los saldos de tesorería
Las balanzas de pagos
Las cotizaciones ¡nterlocales
La tasa del interés y la relación monetaria
Los medios secundarios de intercambio
Interpretación inílacíonista de la historia
El patrón oro
La cooperación monetaria internacional.
,..
CAPÍTULO X V I I I . — L A A C C I O N Y EL TRANSCURSO DEL T I E M P O .
!•
2.
3.
4.
5678.
9.
La respectiva valoración de los diferentes períodos temporales ...
La preferencia temporal, condición típica del actuar
Observaciones en torno a la evolución de la teoría
de la preferencia temporal.
Los bienes de capital
...
Período de producción, período de espera y periodo aprovisionado.
Prolongación del período de provisión más allá
de la presunta vida del actor.
Algunas aplicaciones de la teoría de la preferencia
temporal.
La convertibilidad de los bienes de capital
El influjo del ayer sobre la acción
Acumulación, conservación y consumo de capital
La movilidad del inversor
Dinero y capital; ahorro e inversión
CAPÍTULO XIX.—LA TASA D E L ÍNTERES
12.
3.
4.
5.
XX.—EL
INTERES,
LA
EXPANSION
711
711
717
726
731
744
747
758
763
767
771
El fenómeno del interés
El interés originario
La cuantía de la tasa del interés
EL interés originario en IB economía cambiante
El cómputo del interés
CAPÍTULO
668
672
674
682
688
693
699
CREDITICIA
771
774
782
784
787
Y
EL
CICLO ECONOMICO
1. Los problemas
2. El componente empresarial del interés bruto de mercado
3. La compensación por variación de precios como componente del
interés bruto de mercado ...
4. El mercado crediticio
Los efectos que sobre el interés originario provocan las variaciones
de la relación monetaria
-
789
789
79C
794
799
803
Indice general
11
Páginas
6.
7.
8.
9.
Efectos de la inflación y la expansión crediticia sobre el interés
bruto de mercado
La tan alabada ausencia de crisis económicas bajo
la organización totalitaria.
Efectos de la deflación y la contracción crediticia sobre la tasa del
interés bruto de mercado
La diferencia entre la expansión crediticia y la simple
inflación.
La explicación monetaria o de crédito circulatorio de los ciclos
económicos
...
Efectos que la reiteración del ciclo económico provoca en la economía de mercado
La función que los desaprovechados tactores de producción
desempeñan durante las primeras etapas del auge.
Los errores que encierran las explicaciones no monetarias
de los ciclos económicos.
XXI.—TRABAJO Y SALARIOS
1. Trabajo introversivo y trabajo extroversivo
2. El trabajo como fuente de alegría o de fastidio
3. Los salarios
4. El paro cataláctico
5. Salarios brutos y salarios netos
6. Salario y pervivcnciu
Comparación de la explicación histórica de los salarios
con el teorema regresivo.
7. La oferta de trabajo y la desutilidad del mismo
Consideraciones en torno a la más popular interpretación
de la «revolución industrial».
8. Efectos que las mutaciones del mercado provocan en los salarios.
9. El mercado laboral
La actividad laboral de esclavos y bestias.
CAPÍTULO
X X I I — L O S FACTORES ORIGINARÍOS DE PRODUCCION
CONDICION NO HUMANA
Consideraciones generales en torno a la teoría de la renta
El factor temporal en la utilización de la tierra
La tierra submarginal
La tierra como lugar de ubicación
El precio de la tierra
El mito del suelo.
806
826
833
839
857
857
859
864
872
876
879
890
908
910
CAPÍTULO
DE
1.
2.
3.
4.
5.
XXIII.—EL MERCADO Y LAS REALIDADES CIRCUNDANTES
1. Teoría y realidad
925
925
929
932
934
936
CAPÍTULO
941
941
La Acción Humana
12
Páginas
2.
3.
4.
5.
6.
La trascendencia del poderío
La trascendencia histórica de la guerra y la conquista
El hombre, entidad real
El período de acomodación
La limitación de los derechos dominicales y los problemas referentes a los costos y los beneficios externos
Los beneficios externos en la creación intelectual.
Privilegios y cuasi privilegios.
XXIV.—ARMONIA Y CONFLICTO DE INTERESES
El origen de las ganancias y las pérdidas empresariales
La limitación de la descendencia
La armonía de los «rectamente entendidos» intereses sociales ...
La propiedad privada
Los modernos conflictos
CAPÍTULO
1.
2.
3.
4.
5.
943
946
948
950
953
967
967
971
979
991
993
QUINTA PARTE
LA COOPERACION SOCIAL EN AUSENCIA
DEL MERCADO
XXV.—EL MODELO TEORICO
SOCIALISTA
1. El origen histórico de la idea socialista
2. La doctrina socialista
3. Examen praxeológico del socialismo
CAPÍTULO
DE
UNA
SOCIEDAD
XXVI.—LA IMPRACTICABILIDAD DEL CALCULO ECONOMICO BAJO EL REGIMEN SOCIALISTA
1. El problema
2. Pasados errores en el planteamiento del problema
3. Modernas tentativas de cálculo socialista
4. El método de la prueba y el error
5. El cuasi mercado
6. Las ecuaciones diferenciales de la economía matemática
1001
1001
1007
1010
CAPÍTULO
1013
1013
1017
1019
1021
1024
1030
SEXTA PARTE
EL MERCADO INTERVENIDO
XXVII.—EL ESTADO Y EL MERCADO
En busca de un tercer sistema
El intervencionismo
Las funciones estatales
La rectitud como norma suprema del individuo en su actuar
CAPÍTULO
1.
2.
3.
4.
1039
1039
1041
1044
1049
Indice general
13
Páginas
5.
6.
El laissez faire
La directa intervención del consumo
De la corrupción.
1057
1060
XXVIII.—EL INTERVENCIONISMO FISCAL
El impuesto neutro
El impuesto total
Objetivos fiscales y no fiscales del impuesto
Los tres tipos de intervencionismo fiscal
1067
1067
1069
1071
1073
XXIX.—LA RESTRICCION DE LA PRODUCCION
Las medidas restrictivas de la producción
El fruto de la restricción
La restricción como privilegio
El restriccionismo como sistema económico
1075
1075
1077
1083
1092
XXX.—LA INTERVENCION DE LOS PRECIOS
El estado y la autonomía del mercado
La reacción del mercado ante la intervención estatal
Consideraciones en torno a la decadencia
de la civilización clásica.
Los salarios mínimos
La cataláctica ante la actividad sindical.
1095
1095
1101
CAPÍTULO
1.
2.
3.
4.
CAPÍTULO
1.
2.
3.
4.
CAPÍTULO
1.
2.
3.
XXXI.—EL INTERVENCIONISMO MONETARIO Y CREDITICIO
1. El estado y el dinero
2. Condición intervencionista del «curso forzoso»
3. El actual intervencionismo monetario
4. Los objetivos de la devaluación monetaria
5. La expansión crediticia
El mito de las «medidas contraciclicas».
6. La intervención de los cambios y el comercio bilateral
1111
CAPÍTULO
1159
1159
1160
1161
Y CORPORATIVISMO
El sindicalismo
Los errores del sindicalismo
Influjos sindicalistas en la actual política económica
Socialismo gremial y corporativismo
1171
\\1\
1173
1175
1177
CAPÍTULO X X X I I I . — S I N D I C A L I S M O
1.
2.
3.
4.
1154
XXXII.—CONFISCACION Y REDISTRIBUCION
La filosofía confiscatoria
La reforma agraria
La fiscalidad expoliadora
Tributación confiscatoria y riesgo empresarial.
CAPÍTULO
1.
2.
3.
1127
1127
1131
1134
1138
1144
14
La Acción Humana
Páginas
CAPÍTULO X X X I V — LA E C O N O M I A DE GUERRA
1. La guerra total
2. La guerra y la economía de mercado
3. Guerra y autarquía
4. La inutilidad de la guerra ... ...
CAPÍTULO XXXV.—LA T E O R I A D E L
MERCADO
1. La requisitoria contra el mercado
2. La pobreza
3. La desigualdad
4. La inseguridad
5. La justicia social
BIEN
COMUN
1185
1185
1191
1195
1198
ANTE
EL
1203
1203
1205
1212
1227
1229
CAPÍTULO XXXVI.—LA CRISIS D E L I N T E R V E N C I O N I S M O
1 . . Los frutos del intervencionismo
2. El agotamiento de tas disponibilidades
3. El ocaso del intervencionismo
1233
1233
1234
1238
SEPTIMA P A R T E
EL LUGAR Q U E OCUPA LA C I E N C I A ECONOMICA
E N E L MARCO S O C I A L
CAPÍTULO
X X X V I I . — L A PECULIAR CIRCUNSTANCIA DE LA CIEN-
CIA ECONOMICA
1245
1.
2.
3.
1245
124<S
1246
La singularidad de la economía
La ciencia económica y la opinión pública
La ilusión de los viejos liberales
CAPÍTULO X X X V I I I . — L A E C O N O M I A EN EL C A M P O DEL SABER.
1. Los estudios económicos
2. El economista profesional
3.
4.
5.
6.
7.
La
La
La
El
La
deseada profecía
ciencia económica y la universidad
economía y la educación popular
ciudadano ante la economía
economía y la libertad
CAPÍTULO X X X I X . — L A E C O N O M I A Y LOS ESENCIALES
BLEMAS H U M A N O S
1. La ciencia y la vida
2. La economía y los juicios de valoración
3. El conocimiento económico y la acción humana
INDICE ANALÍTICO
1251
1251
1253
1256
1258
1263
1266
1267
PRO1269
1269
1271
1274
1277
/
NOTAS DEL TRADUCTOR
Cataláctica
Causalidad
Comporramentismo
Comprehensivismo
Continental Currency
Crédito circulatorio
Dinero; d. mercancía; d. crédito; y d. jiat.
Ecuación de intercambio
Epistemología
Escuela austríaca
Fullarton, principio de
Fungibles y duraderos (bienes)
Gresbam, ley de
Greenbacks
Heurística
Historicismo
Ideologías
Identidad valorativa
21
57, 176
27
233
639
648
596
536,597-598
24
23
662
205
356
701
308
23
320
65
Neutralidad del dinero ...•
Nivel de precios
Panfisicismo
Participación y Contradicción (Lévy-Bruhl)
Polilogísmo
Praxeología
Realismo conceptual
Schumpeteriana valoración de los factores
de producción
Subjetivismo
Sustitutos monetarios
Teleología
Teorema regresivo
Universalismo
Valor, teoría del
598
597
27
71
24
21
233
Mandato Territoriaux
639
536
20
596
57,176
615
233
20
Introducción
1.
ECONOMIA y
PRAXEOLOGÍA
La economía es la más moderna de todas las ciencias. Numerosas ramas del saber brotaron, a lo largo de los últimos
doscientos años, de aquellas disciplinas que los griegos clásicos
ya conocieran. Pero, en realidad, lo único que iba sucediendo
era que algunas de ellas, encuadradas desde un principio en el
antiguo complejo de conocimientos, se convertían en ciencias
autónomas. El campo de investigación quedaba más nítidamente subdividido y podía ser examinado mejor; sectores que
antes habían pasado inadvertidos cobraban corporeidad y los
problemas se abordaban con mayor precisión. El mundo del
saber, sin embargo, no por ello se ampliaba. La ciencia económica, en cambio, abrió a la investigación una zona virgen y ni
siquiera imaginada anteriormente. El advertir la existencia de
leyes inmutables que regulan la secuencia e interdependencia de
los fenómenos sociales desbordaba el sistema tradicional del
saber. Se alumbraban conocimientos que no eran ni lógica, ni
matemática, ni tampoco psicología, física o biología.
Los filósofos pretendieron, desde la más remota antigüedad, averiguar cuál fuera el designio que Dios o la Naturaleza
se proponían plasmar a lo largo de la Historia. Querían descubrir la ley que rige el destino y evolución de la humanidad.
Incluso pensadores desligados de toda inquietud teológica, al
andar los mismos caminos, fallaron en su empeño, porque utilizaban igualmente métodos inadecuados. Manejaban siempre
abstracciones, refiriéndose invariablemente a conceptos gene-
18
La Acción Humana
rales, tales c o m o humanidad, nación, raza o religión. Establecían, de manera arbitraria, los fines a los q u e la p r o p i a naturaleza de tales entidades a p u n t a b a . P e r o jamás conseguían precisar cuáles fuerzas c o n c r e t a m e n t e impulsan a las gentes a comp o r t a r s e de f o r m a tal q u e permitieran a aquellas idealidades alcanzar sus supuestos objetivos. P o r ello tenían que recurrir a las
m á s abstrusas explicaciones: a la intervención milagrosa de la
divinidad, q u e se hacía p r e s e n t e p o r la revelación o la aparición
de p r o f e t a s o ungidos caudillos; a la predestinación; a cierta
preestablecida a r m o n í a ; y hasta a la mística intervención de
fabulosa alma nacional o universal. H u b o quienes incluso alud i e r o n a la «astucia de la naturaleza», la cual provoca en el
h o m b r e impulsos que, aun involuntariamente, le conducen por
las sendas deseadas.
O t r o s pensadores, más realistas, no se p r e o c u p a r o n de averiguar cuáles f u e r a n los designios de la divinidad o la naturaleza. C o n t e m p l a r o n los asuntos h u m a n o s desde un p u n t o de vista
político. Catalogaron normas p a r a la actuación pública, creando
u n a especie de técnica de gobierno. Los de m e n t e más audaz
p r o p u g n a b a n ambiciosos planes para la r e f o r m a y completa
reestructuración de la sociedad. O t r o s se c o n t e n t a b a n con coleccionar y sistematizar la experiencia histórica. T o d o s , sin
embargo, pensaban que, en el orden social, no había aquella
regularidad fenomenológica p o r doquier reconocida en lo atin e n t e a la lógica y a las ciencias naturales. Descuidaban enteram e n t e , por eso, el investigar las leyes de la vida social; el homb r e , en su opinión, podía organizar la sociedad como mejor
estimara. C u a n d o la realidad no conformaba con el deseo del
r e f o r m a d o r y las utopías resultaban irrealizables, el fracaso se
atribuía a la imperfección moral de los h u m a n o s . Los problemas sociales se consideraban cuestiones p u r a m e n t e éticas. Para
edificar la sociedad ideal sólo precisaba contar con rectos gobernantes y subditos virtuosos. Cualquier utopía podía, así,
ser convertida en realidad.
El descubrimiento de la interdependencia ineluctable de
los fenómenos del mercado p u s o de manifiesto lo i n f u n d a d o de
tal supuesto. El a la sazón pensador social h u b o de a f r o n t a r ,
Introducción
19
desorientado, un p l a n t e a m i e n t o o t r o r a inimaginado. Advirtió,
con estupor, q u e cabía p o n d e r a r el actuar de las gentes desde
nuevos ángulos, que no se limitaran simplemente a considerar
lo bueno y lo malo, lo leal y lo desleal, lo_ justo y lo injusto.
C o m p r e n d i ó , de p r o n t o , azorado, q u e los f e n ó m e n o s , en la actividad h u m a n a , se a j u s t a n a leyes regulares q u e precisa resp e t a r quienquiera desee alcanzar precisos objetivos; q u e carecía de s e n t i d o e n f r e n t a r s e con la realidad a m o d o del censor
que aprueba o desaprueba, según su sentir personal y con arreglo a m ó d u l o s arbitrarios. H a b í a q u e estudiar las n o r m a s rectoras de la acción del h o m b r e y de la cooperación social a la
manera c o m o el físico examina las q u e regulan la naturaleza.
El q u e el análisis de la actividad h u m a n a y la vida comunitaria
se convirtiera en ciencia de relaciones predeterminadas, dejando de ser considerado c o m o tema m e r a m e n t e normativo, dedicado a p o n d e r a r no lo q u e es, sino lo que «debiera ser»,
constituyó u n a revolución de trascendencia e n o r m e , no ya sólo
en el á m b i t o de la investigación científica, sino en c u a n t o atañe
a la supervivencia de la h u m a n i d a d .
D u r a n t e m á s de cien años, sin embargo, los efectos de este
radical c a m b i o en el m o d o de razonar f u e r o n limitados, por
c u a n t o se pensaba q u e la n u e v a ciencia aludía tan sólo a un
reducido aspecto de la actividad h u m a n a : el atinente a la vida
mercantil. Los economistas clásicos dieron con un obstáculo
—-la a p a r e n t e antinomia del v a l o r — q u e f u e r o n incapaces de
salvar. Su i m p e r f e c t a teoría obligóles a reducir el á m b i t o de la
propia ciencia que ellos m i s m o s estaban a l u m b r a n d o . La economía política, hasta finales del siglo pasado, ú n i c a m e n t e aspiró
a estudiar el aspecto «económico» de la acción h u m a n a , sin
ser otra cosa q u e la teoría de la riqueza y del egoísmo. T r a t a b a
de la acción h u m a n a en c u a n t o aparecía impulsada por lo que,
de m o d o m u y poco satisfactorio, se d e n o m i n a b a afán de lucro,
sin o b j e t a r q u e el e s t u d i o de los demás aspectos de aquel actuar q u e d a r a r e s e r v a d o para otras disciplinas. La revolución
q u e los economistas clásicos desataran f u e complementada p o r
la m o d e r n a economía subjetiva, q u e iba a t r a n s f o r m a r el p u r o
20
La Acción Humana
análisis de los precios en la teoría general de la elección
h u m a n a *.
No se advirtió, sin embargo, al principio, como decíamos,
q u e la sustitución de la doctrina clásica del valor p o r la nueva
teoría subjetiva representaba b a s t a n t e más que reemplazar imperfecta explicación del intercambio mercantil por otra mejor.
* El problema del valor, como a nadie se lo oculta, es de trascendencia
capital en el terreno de la economía y las ciencias sociales en general. Los clásicos
ingleses, según es bien sabido, se perdieron, pese a su indudable perspicacia, al
enfrentarse con el problema de por qué valía «el pan» menos que «los brillantes»,
por emplear una comparación ya generalizada, yéndose a buscar en los costos materiales de producción la causa del valor de las cosas, sin percatarse de que, en
definitiva, el costo de una satisfacción no es sino aquella otra de la que nos vemos
obligados a prescindir para poder alcanzar la primera. Marx, siguiendo a Ricardo,
llegó incluso a afirmar, como tampoco nadie ignora, que es exclusivamente el trabajo
lo que da valor a las mercancías. «Los bienes en que se ha incorporado trabajo
humano contienen valor y carecen de él en caso contrario.» (Vid, El Capital,
EDAF, Madrid, 1976, pág. XLIII.) Esta «solución» clásico-marxista no podía prevalecer, pues, por lo pronto, entre otras cosas, dejaba sin explicar el valor de los
factores naturales de producción, que constituyen la mayor parte de los bienes
económicos. ¿Por qué vale para el hombre un árbol, un bosque, que ha crecido
solo, una extensión de terreno, una mina o una cantera, pongamos por caso, donde
no hay trabajo humano alguno incorporado? Wilhelm Ropke (Introducción a la
Economía Política, Unión Editorial, Madrid, 1974, pág. 31), con extraordinario
grafismo, oponiéndose a la teoría laboral del valor, resalta: «Un traje no vale ocho
veces más que un sombrero porque represente ocho veces más de trabajo (relación
esta última que se mantiene con independencia del valor del sombrero y del traje),
sino que la sociedad está dispuesta a invertir ocho veces más trabajo en el traje,
porque luego, una vez terminado, valdrá ocho veces más que un sombrero.» La
solución a todo este intrincado problema brindáronla coetáneamente (1871) el británico Jevons y el austríaco Menger, como también es conocido, con su teoría subjetiva y rnargínalista del valor, independientemente de que ya con anterioridad había
sido intuida tal salida por el banquero inglés Samuel Batley (1791-1870) quien, en
A Critical Dissertation on the
ature, Measnres, and Causes of Valué (1825),
critica duramente el objetivismo de David Ricardo, así como por el alemán Hermann
Heinrich Gossen (1810-58) quien seriamente plantea ya el problema marginal en
Entwicklung der Cesetze des menscblicben Verkehrs und der daraus fliessenden
Regeln für menschlicbes Handeln (1854), cuya teoría nadie, a la sazón, advirtió,
hasta que precisamente Jevons la sacó a la luz. Impertinente sería, en esta sencilla
nota, pretender entrar en el estudio del subjetivismo, particularmente, por cuanto
Mises, una y otra vez, a lo largo del presente tratado, va a abordar y explicar
repetidamente el tema. (N. del T.)
Introducción
21
Una teoría general de la elección y la preferencia rebasaba el
c a m p o al q u e los economistas, desde Cantillon, H u m e y A d a m
Smith hasta J o h n S t u a r t Mili, circunscribieran sus estudios.
Implicaba q u e ya no bastaba el simple examen del «aspecto
económico» del esfuerzo h u m a n o , t e n d e n t e exclusivamente a
conseguir lo q u e el h o m b r e , para el m e j o r a m i e n t o de su
bienestar material, precisare. La acción h u m a n a , en cualquiera
de sus aspectos, era ya o b j e t o de la nueva ciencia. T o d a s las decisiones del h o m b r e p r e s u p o n e n efectiva elección. C u a n d o las
gentes las llevan a efecto deciden no sólo e n t r e diversos bienes
y servicios materiales; al contrario, cualquier valor h u m a n o ,
sea el q u e sea, entra en la opción. T o d o s los fines y todos los
medios — l a s aspiraciones espirituales y las materiales, lo sublime y lo despreciable, lo noble y lo v i l — ofrécense al homb r e a idéntico nivel para q u e elija, p r e f i r i e n d o u n o s y repud i a n d o o t r o s . N a d a de c u a n t o los h o m b r e s ansian o r e p u g n a n
q u e d a f u e r a de tal única elección. La teoría m o d e r n a del valor
venía a ampliar el h o r i z o n t e científico y a ensanchar el c a m p o
de los estudios económicos. De aquella economía política q u e
la escuela clásica sistematizara emergía la teoría general de la
acción h u m a n a , la praxeologta
L o s p r o b l e m a s económicos o
catalácticos 2 q u e d a b a n e n m a r c a d o s en u n a ciencia más general,
integración imposible ya de alterar. T o d o estudio económico
ha de p a r t i r de actos consistentes en o p t a r y p r e f e r i r ; la economía c o n s t i t u y e u n a p a r t e , si bien la mejor trabajada, hasta
ahora, de u n a ciencia m á s universal, la praxeologia *.
1
El término praxeologta fue empleado por primera vez, en 1890, por Espinas.
Vid. su artículo «Les Origines de la Technologie», Revue Philosophique, año XV,
XXX, 114-115, y el libro, publicado en París en 1897, con el mismo título.
' El término Cataláctica o Ciencia de los Intercambios fue usado primeramente
por Whately. Vid. su libro Introductory Lectures on Political Economy, pág. 7.
Londres, 1831.
* Para la escuela Mises-Hayek, la cataláctica, del griego katallattein (canjear,
permutar), es la teoría general del intercambio en el mercado libre, mientras que la
praxeología, del griego praxis (actuación, práctica) y logia (doctrina, ciencia), constituye disciplina que se ocupa de la consciente actividad humana toda —«las
aspiraciones espirituales y las materiales, lo sublime y lo despreciable, lo noble y
lo vil»—, por lo que engloba y, al tiempo, desborda el ámbito de la primera, la
cual alude tan sólo al aspecto, digamos, mercantil del hacer del hombre. (N. del T.)
Li •Lcnflpj fiw>ntrM
2.
CONSEDEH ación msrtuob&iCA
DE lili A TEORÍA GENERAL UE LA ACCtÓN HUMANA
En Ja nueva ciencia todo aparecía probJeiuiiico. F.mpezaba
píír surgir como cocrptt cvírqfici CP ni iiltCTPa tradicional del
saber¡ los estudiosos, pcrTilcjos, na acertaban a tlasificatk ni
a asignarle lugat adecuado. H;i liaban se, sin embargo,. convencidos de qcic í;; inclusión de la economía en el catalogo de!
conocimiento no exigía roarganÉgj ni urnplür taí estado, Intimaban L¡ue Ea clitsificacian hallábase ya completa. Si ]a poÉmomía no acoplaba en el sistema era purgue los «CrfiümistH fti
abordar SÍES problemas h utilizaban marojos imperfectos.
Lo malo es que mennspreeiHir lafl lucub radones en torno a
Eo que constituye k esencia, ámbito y carácter Eójcjico de la economía, en al s-J se traían de eSLoJistiCus biliiutinisulOS, propios
tan sólo de pedantes dómines, no ei sino i^noiar por compJetíi
la trascendencia Je taíes debares, H á l l a s e por *Ecsgríicjnh muy
eitendido el error de suponer oue (a economía ouede prtisej^uir
Sus estudios en un clima de serenidad, haciendo LISO miiiso de
aquellas discusiones en torno ¡i cuál ^CH el mejor método de
investigación. En líi Mdtfaxleniircli fd.Ls]>iic4i wbre el mttodtf)
entle Tos economistas Austríaco! y la chuela histórica prusiana
Ma Ikmada ftvardjfi ifíídccttidi fíe la Casa ílnhen/ju] lern ) o en ta
polémica filtre John Bates CUrk y el instUiiCiotsalismo amen
cano se trataba de dilucidar mucho m¡$S que la Simple cuestkbl
de CUÍl fuera el mejor proccHímicnro de investigación a emplear. Ijfi que se quería, en verdad, era píeCÍsar el fundamento
epistemológica de Ea d e u d a de Ta acción humana y su legitimidad lógica. Partiendo de nn sistema aE que era evtrano r]
pensamiento p rajieoLógico y de una filosofía t|ue só!o Kconocffl
como científicas —además de la lógica y las matemáticas
las
riendas naturales y Ja historia t machos tratadista* negaron
valor y utilidad a [a teoría económica. El hisLoríctsmo preten
dió sustituirla por la historia económica y el posiiivwmo por
nna imposible ci^-nrfa social basada en ta estructuru y la túgiCfi
de la mecánica twrfft&íiiana. Ambas ciC^elas coincidía i un me
noorpttdaí las conquisLat del |>ensanüenLo económico No ern
lntte¿1tCCÍán
posibJe que
23
los
economistas
súporratíin
iindiferenie&
taies
naques.
Hí radien!ismo de ESb jundena en hinque de Ja ecnnoniía
bien pronro, sin embiHJOh había de ser rebasado pt^r un nihilismo todavía más gencialiíadp l">tEde 1 ien>po inmenso i i u.1. lós
liombiet —aí pensar, liabíar y actuar— i'íntün accjitfl^KÍTí^
^\>ni(i liwlio indiscutible, Li uniformidad e inmutabilidad de la
estructura lógica de la rnente hum¡L(i¡i. T<xk [a tnvesM.n&ctún
se basaba precisumente en tal supuesto-, Pues bren, en
di^cusiíines ricettJi de ia condiciíi'n episíemológica tte la ecíinomia,
Jos tratadistas, por vez primera en Id historia, llegaron a rechizar laii inmemorial planteamiento. El mamismo aseveró que
cualquier pentumiento no era sino ¿di^íraí ideológico* deí
e ^ í s m o clasista del 511 jeto pensante. Misión, por tanto, de la
níSjiciolofiiLi del saliet^ cotfcstitui'a el desetimascaras- los filosofks
v 1;LS tcoríHis científicas haciendo evidenre su vaoiídtad i.teológica. L;l economía nr> era sino engendro «burgués^ v los economistas meros (ihkn-fantcstfr del capitalismo. L'nicaEneute !tl
sodedod sin clases íle La utopía sucialistj ]eentp!aíariíi r por la
verdad, las mentiras «jdeoló^ictíí».
1 •!>r-r pnlilogismr- m i s tarde v^Etió nuevos topares. Dumk: el
útipilo del historie!Timo se awj^uró que la estIUCtlI» 10gi.CS dd
pensatmiejito y los métodos de acnijit del hombre camhian eti
el cnr.w dela-nroíücrón histórica. Rl pfililnjjismo raciid adscribió
a cad^ raza una Lógica peculiar. Y el ituírractonalismo preEendió que h ruión no es imtruniento idóneo para investigar [os
impulsos iriacionnEeE que camhian influyen en la conducta
humana *.
' Li eicucid SHSt'ijcj (.Míimít. lñ40-1?21. Tíiciicr. JÍ1[-]?3É¡ BWmj-B^wtjl.
¡831-1911; .Miít., ]tiUL-]!17J: Havik, IWft— i,
& U n í Juhiilo íictoibciá j
d H ^ R N L D IH H I I >. I r I I I : I subirttiiim > m u t i m l —QIIT HNY y» NINPÜN prc^nitiláJ
scriimpiie dlíCUlí— «ffl lo imc í f ^ l i ^ i ^ n ^ d ptniaraieniD MútdtÉitü, IJUI:-J:HI"KHI>
nrmirtiodc^, RAMA uicsi ÍJI-CFIM:.: -en. ID que XIIRE kl i'-LÍFLRI» :'••" VALOR, ] u
c l á j i r a (Smdhh. 1723 1730, K k j n b . L772 [Í23; MUI ¡SM-UT)}, usi cima M j t t
<lf¡B-]flí5J Luv:' í b r t
imrJwCi (l>u!:í ¡ni»'*. «
en MDI tonrm e b i t d r i l t i
( M n f l f i l l ) lEt i^irJr p*irnn*íirc i i f i ^ ü í n o
IJ biiioriáia/a aLímin ÍSdiniüller. JH38-JH7X ipjc
1»
t ! r i'.vrsiJ.i.i j"i-ni,ii'.i ili:nni i LÍ r'j^i ndj T:I :d 4lst atfrSj p t w J o . i'ri'ifílii* wühimsntí
24
í.J Amttrt \fufmna
l i s tas, d o c e ; i n ¡ i s , e v i d e n t e m e n t e , r e h u s a n l a e s f e r * J e l a c a -
ríllicik-a.
Ponen
en
teta
de
juidtj
nu
sólo k
economía
y
le
p r a x e o J o ^ k , s i n o , •L-lcmíis, t o d a s l a s r a m a s d e l s a b e r y h a s t a k
p r o p : g r ^ E ú f t h u m a n a . A h i t a n a a q u e l l a s C t e n e i a i . ,il JLjual q u e
a k m u t e m á r i c a o k flsiCti. P a r e c e . . p o r t a n t o , q u e
refutación
saber,
Cubra
sino a h
asi
miyor
epistemología V
Justificación aparente la
m í a Las q u e
ni a
no f i n i e r a corresponder a
prosiguen
atención
ni
ta
i la
ka
aludidas
rama
f i l o s o f í a en p e n c i a I.
acttiud de aquello:-
tr-LULquiJamcmEe s u s e s t u d i e n )
i
pertinente
ninguna particular
cuestiones
s.in
econoprestir
epistemológicas
la g o b j e c i o n e s f o r m u l a d a s p o r el p d Ü O g i & m ú y ti a n t ¡ 7 r a -
¿ k n u i í i s j n u . ¿ 1 f í s i c o n o se: p i e í i c u p a d e s i S í L l l d a n SUS " e u n a s
d e b u r g u e s a s , ü t v i i í c c j t a l e s o "Lidias;
p o r lo m i s m o , el ecoi o m i t -
ta h a b r í a de m e n o s p r e c i a r [a deELigcació^ y la c a l u m n i a . De&en'-a
t t a j a r q u e l a d r a r a n |OÍ p e r r o s , s i n d a r E n a y y t 2ni]iurt:iLL^Ía a su.=,
HUnidos.
S1CUI
5ui
et
C a b a l e r e e n r j a r el
£ T IU.k
ipsam
et
p e n s a m i e n t o d e S|>LLÍLVA:
tenebrag
ma níres ra rh
sic
veritas
«Sane
norma
f a H est» *.
Ü J t e m a n n a f e c t a , s í l l e m b a í d o , ¡ i o r B^LZS] a l a c u m n m í s q u e
i
el
!as nuiíemáfLiraH o a las c i e n c i a s n a t u r a l e s ,
í-intirrucíonatamu
dirigen
rcalmente
El
polí]jg.Lsin-:i y
sus d a r d o s
contra
Ea
raen es in: n ^ n l n i k d u r t l i m de los • ocin^ni.'ii i1- iiJscrLicos. ofirn.'itfliJri ¡ r .ir H^.J
d esnidio hiscftaiT !:i rwotiilisriífi Je datia írpcrfmLnLüíi, p t r n i m i ÜILIN .:M .i? kyr^
tf&MIUFCNI Su PUJRURJ. IN EJ p t á n i f i , rr* InumliblflIlBilJt Jn1cmdciJDni:tE 7 NIR
riMnrií.
J'iÓT J'iu'it Clark (L34T
rcoranrjiiLi ciradaiiriidcnse qi*: an | ' ir!- rntudijul
•.-1 Tiu^ipn lL[f'Jclbcrql. ¡HÍJ.• !:¡cndii rcrif-jrídjrrjinti , 1 o:,i. ' i r IÍKS vicnwüi. F.T• 11 :IM e^ I' • ":i:¡
Oilfo, tktíí n
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tjjlumbia, cal penin
rdmiD, en: remú I-JIM ÍTCI íE
;i"iV.'.'• " 1.1 :'.• r^r :• íVí&lcn, ISTJ Í Í l ^ ; (vviirYXJI'í.,
JB&21HJ; MILHTÍÍI. 1 B 7 + J!MS; Coalíy r
DIKT, J E ^ - L Í U L , ^F^ÍIN
rnirii ninuci^nnn tk l i tiv.nl.i hnbdtffiÉj
,
r.p, *pilfiHwl$ifi, IFFLFTFR (H|i:hií(i í t SifcitUf, M- Oí .i|n tíí In lldtud. úc Id T:KC
• Itrifi^
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EÍL f--iJiJ: 1 r 1 :• n, pur tu l'arrc, m ^Hjmcn, •firma que jinv diícrfcicn
W H U A . hxÚD n i ll d l H Hófirl, la
I-H rrlinlím. In rtÉdmiolidad, t t í . i k l mifeta
l^rwmiff fiV ¿ s í T.>
• iAlf ':rr.vi .1 Eui, É1 iKinpri, 11: prrij1.!] c-iirr-ni l.i y lt (ir L i*ruT|iJjd poflf
JE ir jrii: iís:r JLTUIRKT RAN 1 VENDOJ QUE • ^ETPC. CVI-JERÍCÍD RJ prspid pccv:.
d i n d j t li disidid dd rtrv: - <N Jíf T.)
21
! ?ilr/*i pcCiQH
primeulu^ííi y k caiakciica. Aunque formule]! L-UÜ aset:OS
m o d o genérico, c o m p r e n d i e n d o eo
iiut-que
todnis
las
ramas
del sabir, ¿ c v e r d a d a p u n t a n a U s c i e o c i a t de la Í K C Í O T I h u i n a i i a .
Dicen que resulta ilusorio suponer que k ¡nvestij{aei(jn tie£ltltíiza p u e í ! a s e n t a r condusioncÉ ^Lié sean vá]i-.ks
los pueblos de ludas las épocas, tniat y clases sociales y s£ eoniplneen
íiii adjetivuí de í?t¿rgptÜfi LL pccidefitxlti detccmÍEidas teorías
íisieas o b i o l ó ^ j c a s . Aliora b i e n , cuaodu k s o l u e i o r , d e p r o b l e m a s ptácticos r c q n i c T O a p l i c a r J a i dytIJLñas vilipendiadtlí-.
prn-JiUt o l v i d a n .iqiEcllas c r í t i c a s . Lus s o v i é t r e o í , por e j e m p l o ,
se sirven sin escrúpuJos de todos lüS Ma^CCS íte Ja íkicil, quírúLi 1 y L i i o l ú ^ k bitr&nesai, cíespMocupiiincktse de üi Ltiles i d e a ríos resultan v¿íido& para, todüs Eos clames. Los iufiericros y médicos naals no desde jia ron m deja roo ¿c utili^íit Jas teoríns, dest
cubrimientos e inventes de las traías inferiores», ti efectivo
proceder de pueblos h nsciones, relifíiones. ^ r t i p í J H lüigitístiflf»
y clases sociíiles palpahlrm^me evídenciíi que nacíie toma en
serio las doctrinan deE pulilufíistino y del ivrauuñalismo en N>
concerniente a Ja Id^itu, ks matemáticas; o lits ciencias
natiirales.
En Jo que atañe, sin embíirgf>h a La praxeologia y a Ja cataJáctkíl, las cosas ya lio pinían ipuaJ. Un fireconecbido de.-ieO
dt menospieciar k d i n d f l eeoniJinica —l>or atantr] no resultan gratan la£ directrices que la ttli&mrt señala en ordtn a niáE
Sía la política que más convendría fl lite gentes seguir • constituye Jíl originaria Rúente y el impulso básico de ías doctrina*
potilofiiRfas, hiütoiicistas V artirtaciojlütljsrjs. Socialistas, racistas. uaciorLLilíSfas V esratistas frncüsafon, tanto ct¡ SU cmpfrnu
de refutar Jas reorias de los eco]ioi]iistas 1 como di el de demostrar la precedencia de sus fainos doctrinas. Fue precisamente
eso lo que Ies incitó a nc^ar los principios Indico» y eptsrcrmv
lógicos en que se asienta el raciocinio bumaníi, tanto pnr lo que
fltflñe a ta vida en genera!, romo también en lo refeíente a la
investigación científica.
Pero no debemos desentendemos de tales objeciones, simplemente resallando 1as motivaciones políticas q u i tas inspirar:
Al científico ¡amas ríbele bailar consuelo en la mera ¡dea de
r{•-
-P &
¿
• ri:
27
JJ Aczioi iitámam
íjuc sus impu^nadorca se muevan al a m p l i o de impulsos pasionales o partidistas. Tiene la obligación de'examinar tudas
ks objeciones que le sean c]pc]eítaFh prescindiendo de k motiuauón ÍJ sondo Subjetivu de las mismas,
por eso, (."ettsurabíe el guardar sitcncíü ante aquella generalizada opinión se¡£Ún
la cual los teoremas económicos sólo ¡ton válidos bajo bipotéticas condici<mes qnc nunca se dan, careciendo, pues, de interés
CUJI [ido de la realidad se rratft. 5otprendente resulta, en verdad,
que algunas escuelas económicas compartan, aparentemente,
estp criterio, V, Sin embarga, con toda tranquilidad, continúen
formulando sus ecuaciones. Cuando así proceden, están, en el
fondo, despreocupándose del íntimo sentido He su propio razonar; de la trascendencia efectiva que pueda el mismo tener
en el mundo real, eo el de la ncción hu[naj]a.
'I al actitud, desde: luego, no es de recibo, L,] turca primor-
manirás,
I n c u m b a p o r t a n t o , a k eiencia íiconárnica e x a m i n a r c o n
detenimiento si es c i e ñ a la afirmación según la cual sus teorías
sólo son válidas bajo un orden capitalista y una ya superad^
etapa liberal de la c i v i l i i a c i ó n uCcidenla!. A ninguna otra dis-
ciplina más que a En economía corresponde ponderar las div e r j a s c r í t i c a s f o r m u l a d a s c o n t r a la u t i l i d a d y o p o r t u n i d a d del
estudio de h acción humana. E! pensamiento económico d í t e
e s t r u c t u r a r w d e t¿1 v i e r t e q u e r e s u l t e i n m u n e a l t c r í t i c a del
anti n a c i o n a l i s m o , h i s t u r i c i s m u ,
ffiü y
demás
variedades
del
panfisüCÉínui, CüliLpOttajJientiS-
poltldgLSmo.
Serla
abluido
q\K
la
economistas
futilidad
aducen Huevos
dt
las
permanecieran
.iAlimentos
rendentes a
investigaciones económicas,
ence-rados
franqi Lilamente
en
Jos
tus
LOrteS de m a r f i l * .
Y a n o b a s t a a b o r d a r los p r o b l e m a * e c o n ó m i c o s p o r las s e n das
I radie ion.lies.
P r e c i s o e^ e s t r u c t u r a r
Ía
íeoria cataíácíica
s o b r e J a s ú l i J a b a s e d e uJLit t e o r í a g e n e r a l d e k a c c i ó n h u m a n a :
3a
^raseolújjía. T i l p l a n t e a m i e n t o no sólo la liará i n m u n e a
muchas
críticas
carentes
de
consistencia,
aclarará
numerosos prohlcmas
en
k
sino
que.
actualidad mal
además,
enfocado*
y peor resueltos. C o n este criterio se suscita, de m o d o singular,
!a CLiestió]! r e l a t i v a al c á l c u l o e c o n ó m i c o
'
3,
LA TEORÍA e c o x 6 J U C A
V LS. PRÁCTICA Dt LA A t J t r Ú h " 3-tllH^NA
d o ! de t o d o investigador esrribí en íi II alisar e x h a u s t i v a m e n t e
y definir ¡as üMidkiones y supuestos bajo los cuales cobran vdli Óc.7.
a f i r m a c i o n e s . E¿, d e s d e luej-'o, erróneo Tomar U fískí
comn mndefo y patrón pata k investigación cconómita; ahora
liien, cuantos,. sin e m b a r g o . e a e i l b a j o el hechizu de tal f a l a c i a
L Í e b i e r a n a l m e n o s p e rentarse de que n i n g ú n físico te a v i n o jam.ís a aceptar que había determinado*! teoremas Je tu especial i d a d oiyn e s c l a r e c i m i e n t o Quedaba f u e r a del ámbito de l a piO
p í a investigación. El problema ptindpal d e la e c o n o m í a r e d ú cese a preeisai la adecuación existen re entre los asertos Ldtaláericos y La r e a l i d a d de esn acción h u m a n a que se pretende llegar
a conocer.
diario, se
demostrar
Suele acusarse a hi e c o n o m í a de í c r u n a ciencia p o c o desa r r o l l f l d m , N r o es^ d e s d e l u e g o , p e r f e c t a . I m p o s 5 j í e i e s i r L a atca]IÍAR l a p e T f c í ^ i ó n e n e . m u n d o c e ! CU]10CÍJIliento, n i e n ming u n a O l t a a c t i v i d a d liuinaj]Li
Aun
la
£ 1 l i O D l b r e Cíireec d e ( í m n i s d e n c i a .
teoría mejor elaborada y qve parece
satisfacer
plena-
m e n t e n u e s t r a a n s i a J e s a b e r , taS ve?, m a ñ a n a h a y a d e s e r COTTCfiida O sustituida p o r O t u
luta
y
La ciencia januís b r i n d a c e r t e r a absíi-
definitiva. Da, meramente,
ciertas
seguridades,
dentto
" El fflií.'j":icrr.7ivn qaineri reducir r r i K * ffiiílii-dom ¡jsic^s idJíí íl jrlunr dr]
h::ntr-:. m ^ i n i i j cintn d i í m n í l - tiWrNinlrtflirú
e n trí; !tz dtrtíiftl rjiiÉrilrs
y tu ¿lidplljini hiftirtir-rí H 1* arciifi hurrjcu..
El i niwf^f^Hffrrjjma fííAdtijrrrJj eti Lnpl^il « iun CKIPI» ««ioldgici lígün
U Liiaí U :a3íira nr> influye CD «S jíLunr hrjminO JVifrkle, ríin:KU=nrcmcn1c, nbotI¡J: T± a j u i c i a n DRI Sombre por BX vid
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cari prevJw nXkliílonflrci'iennM EKÍMIM; pür «ÍV
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un siircrrj c d j c i l i w Utiklb, |Kt.nsfl c^je cnbrli crrhli^'kf ln l a n u que i l¿ hiaiiHnedai bvf atlmni. b Blál^ tiicD -viilo, ILIIMJÍI^ i^rturc CMirrüdLíidÉin ¿thi SU Idh^W
NUD bis: <fc DHUld*. CN- Jr¡ T.)
** F- rr^ii ítiL cúíf.hfíf
^nmiinye, pudicriim^ d-^ií, d. m m i k di
i í J * l< reíirü. n i m i n —|nCl>ruldrr>m[E en w rritiLTi d í í ií>tülJinH—, cuan ct
IBCIDT craipr-Libui L Ir ÍIJTNRRANDOM en EL TRFTWIR LLANDA. [N. Jti T.>
28
La Acción Humana
de los límites que n u e s t r a capacidad m e n t a l y los descubrimientos de la época le marcan. Cada sistema científico no representa más q u e un cierto estadio en el camino de la investigación.
Refleja, por f u e r z a , la inherente insuficiencia del intelectual
esfuerzo h u m a n o . El reconocer tal realidad, sin embargo, en
m o d o alguno significa q u e la economía actual hállese atrasada.
Simplemente atestigua que nuestra ciencia es algo vivo; pres u p o n i e n d o la vida la imperfección y el cambio.
Los críticos q u e proclaman el supuesto atraso de la economía pertenecen a d o s campos distintos.
A un lado se sitúan aquellos naturalistas y físicos q u e la
censuran por no ser u n a ciencia n a t u r a l y por prescindir de las
técnicas de laboratorio. C o n s t i t u y e u n o de los objetivos del,
presente tratado evidenciar el e r r o r q u e tal p e n s a m i e n t o encierra. En estas notas preliminares bastará con aludir al f o n d o
psicológico de dicho ideario. Las gentes de estrecha mentalidad
suelen criticar las diferencias q u e en los demás observan. El
camello de la fábula se vanagloriaba de su giba ante los restantes animales q u e carecían de joroba y el c i u d a d a n o de Ruritania vilipendia al de Laputania p o r no ser r u r i t a n o . El investigador de l a b o r a t o r i o considera su m é t o d o el más perfecto,
e s t i m a n d o las ecuaciones diferenciales c o m o la única f o r m a
adecuada de reflejar los resultados de la investigación. Incapaz
es de apreciar la epistemológica procedencia del e s t u d i o de la
acción h u m a n a . La economía, en su opinión, debiera ser una
parte de la mecánica.
De o t r o lado sitúanse quienes a f i r m a n q u e las ciencias sociales inciden i n d u d a b l e m e n t e en el error dada la insatisfactoriedad de la realidad social. Las ciencias naturales han logrado
impresionantes realizaciones en las dos o tres últimas centurias, elevando el nivel de vida de forma impresionante. Las
ciencias sociales, en cambio, han fracasado de m o d o lamentable
en su pretensión de m e j o r a r las condiciones h u m a n a s . No h a n
sido capaces de suprimir la miseria y el h a m b r e , las crisis económicas y el paro, la guerra y la tiranía. Son, pues, ciencias
estériles, que en nada contribuyen a la felicidad y a la bienandanza de la h u m a n i d a d .
Introducción
29
Tales detractores no advierten, sin e m b a r g o , q u e los grandes progresos técnicos de la p r o d u c c i ó n y el consiguiente inc r e m e n t o de la riqueza y el bienestar t o m a r o n c u e r p o únicam e n t e c u a n d o las ideas liberales, hijas de la investigación económica, lograron imponerse.
Sólo entonces f u e posible desarticular aquellos valladares
con q u e leyes, c o s t u m b r e s y prejuicios seculares entorpecían el
progreso técnico; el ideario de los economistas clásicos liberó
a p r o m o t o r e s e innovadores geniales de la camisa de f u e r z a
con q u e la organización gremial, el paternalismo g u b e r n a m e n t a l
y toda s u e r t e de presiones sociales les m a n i a t a b a n . Los economistas m i n a r o n el v e n e r a d o prestigio de militaristas y expoliadores, p o n i e n d o de manifiesto los beneficios q u e la pacífica
actividad mercantil engendra. N i n g u n o de los grandes inventos
m o d e r n o s habríase i m p l a n t a d o si la m e n t a l i d a d de la era precapitaíista no h u b i e r a sido c o m p l e t a m e n t e desvirtuada por tales estudiosos. La generalmente denominada «revolución industrial» f u e consecuencia de la «revolución ideológica» provocada por las doctrinas económicas. Los economistas demostraron la inconsistencia de los viejos dogmas: q u e no era lícito
ni j u s t o vencer al competidor p r o d u c i e n d o géneros mejores y
más baratos; q u e era reprochable desviarse de los m é t o d o s
tradicionales de producción; que las m á q u i n a s resultaban perniciosas p o r q u e causaban p a r o ; que el deber del g o b e r n a n t e
consistía en impedir el enriquecimiento del empresario, debiendo, en cambio, conceder protección a los menos aptos f r e n t e
a la competencia de los más eficientes; q u e restringir la libertad
empresarial m e d i a n t e la fuerza y la coacción del E s t a d o o de
otros organismos y asociaciones promovía el bienestar social.
La escuela de M a n c h e s t e r y los fisiócratas franceses f o r m a r o n
la vanguardia del capitalismo m o d e r n o . Sólo gracias a ellos pudieron p r o g r e s a r esas ciencias naturales q u e h a n d e r r a m a d o
beneficios sin c u e n t o sobre las masas.
Y e r r a , en v e r d a d , n u e s t r o siglo al desconocer el e n o r m e
i n f l u j o q u e la libertad económica tuvo en el progreso técnico
de los ú l t i m o s doscientos años. Engáñase la gente c u a n d o sup o n e q u e f u e r a p u r a m e n t e casual la coinciden te aparición de los
30
La Acción Humana
n u e v o s métodos de producción y la política del laissez faire.
Cegados p o r el m i t o marxista, n u e s t r o s coetáneos creen q u e la
m o d e r n a industrialización es consecuencia provocada p o r u n a s
misteriosas «fuerzas p r o d u c t i v a s » , q u e f u n c i o n a n independient e m e n t e de los factores ideológicos. La economía clásica
— e s t í m a s e — e n m o d o alguno f u e factor q u e impulsara e l
a d v e n i m i e n t o del capitalismo, sino m á s b i e n su f r u t o , su
« s u p e r e s t r u c t u r a ideológica», es decir, u n a doctrina m e r a m e n t e
justificativa de las inicuas pretensiones de los explotadores.
Resulta de tal p l a n t e a m i e n t o q u e la abolición de la economía
de mercado y su sustitución p o r el totalitarismo socialista no
h a b r í a de p e r t u r b a r g r a v e m e n t e el constante perfeccionamiento
de la técnica. A n t e s al revés, el progreso social aún se acentuaría, al suprimirse los obstáculos con q u e el egoísmo de los
capitalistas lo entorpece.
La rebelión contra la ciencia económica constituye la característica de esta n u e s t r a época de guerras despiadadas y de
desintegración social. T o m á s Carlyle tachó a la economía de
«ciencia triste» (dismal science) y Carlos M a r x calificó a los
economistas de «sicofantes de la b u r g u e s í a » . Los arbitristas,
p a r a p o n d e r a r sus remedios y los fáciles atajos que, en su opinión, conducen al paraíso terrenal, denigran la economía, calificándola de « o r t o d o x a » y «reaccionaria». Los demagogos vanagloríanse de supuestas victorias por ellos conseguidas sobre la
economía. El h o m b r e «práctico» se jacta de despreciar lo econ ó m i c o y de ignorar las enseñanzas predicadas p o r m e r o s «profesores». La política de las últimas décadas f u e f o r j a d a p o r una
mentalidad que se mofa de todas las teorías económicas sensatas, ensalzando en cambio las t o r p e s doctrinas m a n t e n i d a s por
los detractores de aquéllas. En la mayoría de los países la llam a d a «economía o r t o d o x a » hállase desterrada de las universidades y es v í r t u a l m e n t e desconocida p o r estadistas, políticos
y escritores. No cabe, desde luego, culpar de la triste situación
q u e la presente realidad social presenta a una ciencia desdeñada
y desconocida p o r masas y dirigentes.
Es preciso advertir q u e el p o r v e n i r de la civilización moderna, tal c o m o f u e estructurada por la raza blanca en los últi-
Introducción
31
mos doscientos años, se halla i n s e p a r a b l e m e n t e ligado al f u t u r o
de la economía. E s t a civilización p u d o surgir p o r q u e las gentes
creían en aquellas f ó r m u l a s q u e aplicaban las enseñanzas de los
economistas a los p r o b l e m a s de la vida diaria. Y f a t a l m e n t e
perecerá si las naciones p r o s i g u e n p o r el c a m i n o iniciado b a j o el
maleficio de las doctrinas q u e condenan el p e n s a m i e n t o
económico.
La economía, desde luego, es una ciencia teórica que, como
tal, se abstiene de establecer n o r m a s de conducta. No p r e t e n d e
señalar a los h o m b r e s cuáles metas d e b a n perseguir. Q u i e r e ,
exclusivamente, averiguar los m e d i o s m á s idóneos para alcanzar aquellos objetivos q u e otros, los consumidores, predeterm i n a n ; jamás p r e t e n d e indicar a los h o m b r e s los fines q u e
d e b a n apetecer. Las decisiones últimas, la valoración y elección
de las m e t a s a alcanzar, q u e d a n f u e r a del á m b i t o de la ciencia.
N u n c a dirá a la h u m a n i d a d q u é deba desear, p e r o , en cambio,
sí p r o c u r a r á ilustrarla acerca de cómo conviénele actuar si
quiere c o n q u i s t a r los concretos objetivos q u e dice apetecer.
H a y quienes consideran eso insuficiente, e n t e n d i e n d o q u e
u n a ciencia limitada a la investigación de «lo que es», incapaz
de expresar un juicio de valor acerca de los fines más elevados
y últimos, carece de utilidad. T a l opinión implica incidir en el
error. Evidenciarlo., sin embargo, no p u e d e ser o b j e t o de estas
consideraciones preliminares. P u e s ello precisamente constituye u n a de las pretensiones del presente tratado.
4.
RESUMEN
E r a obligado consignar estos antecedentes para aclarar por
q u é p r e t e n d e m o s situar los p r o b l e m a s económicos d e n t r o del
amplio marco de u n a teoría general de la acción h u m a n a . En
el e s t a d o actual del p e n s a m i e n t o económico y de los estudios
políticos referentes a las cuestiones f u n d a m e n t a l e s de la organización social, ya no es posible considerar aisladamente el
p r o b l e m a cataláctico p r o p i a m e n t e dicho, pues, en realidad, no
constituye sino una rama de la ciencia general de la acción
h u m a n a , y c o m o tal d e b e ser abordado.
C A P I T U L O
I
El hombre en acción
1,
A C C I Ó N D E L I B E R A D A Y REACCIÓN ANIMAL
La acción humana es conducta consciente; movilizada voluntad transformada en actuación, que pretende alcanzar precisos fines y objetivos; es consciente reacción del ego ante los
estímulos y las circunstancias del ambiente; es reflexiva acomodación a aquella disposición del universo q u e está influyendo en la vida del sujeto. Estas paráfrasis tal vez sirvan para
aclarar la primera frase, evitando posibles interpretaciones
erróneas; aquella definición, sin embargo, resulta correcta y
no parece precisar de aclaraciones ni comentarios.
El proceder consciente y deliberado contrasta con la conducta inconsciente, es decir, con los reflejos o involuntarias
reacciones de nuestras células y nervios ante las realidades
externas. Suele decirse q u e la f r o n t e r a e n t r e la actuación consciente y la inconsciente es imprecisa. Ello, sin embargo, tan
sólo resulta cierto en cuanto a que a veces no es fácil decidir si
d e t e r m i n a d o acto es de condición voluntaria o involuntaria.
P e r o , no obstante, la demarcación entre conciencia e inconsciencia resulta clara, p u d i e n d o ser trazada la raya entre u n o y
otro m u n d o de modo tajante.
La conducta inconsciente de las células y los órganos fisiológicos es para el «yo» operante un dato más, como o t r o cualquiera, del m u n d o exterior q u e aquél debe tomar en cuenta.
El h o m b r e , al actuar, ha de considerar lo q u e acontece en su
p r o p i o organismo, al igual q u e se ve constreñido a ponderar
otras realidades, tales como, por ejemplo, las condiciones climatológicas o la actitud de sus semejantes. No cabe, desde
36
La Acción Humana
luego, negar q u e la v o l u n t a d h u m a n a , en ciertos casos, es capaz
de d o m i n a r las reacciones corporales. Resulta hasta .cierto
p u n t o posible controlar los impulsos fisiológicos. P u e d e el
h o m b r e , a veces, m e d i a n t e el ejercicio de su voluntad, superar
la e n f e r m e d a d , c o m p e n s a r la insuficiencia innata o adquirida
de su constitución física y d o m e ñ a r sus m o v i m i e n t o s reflejos.
En t a n t o ello es posible, cabe ampliar el campo de la actuación
consciente. C u a n d o , teniendo capacidad para hacerlo, el s u j e t o
se abstiene de c o n t r o l a r las reacciones involuntarias de sus células y centros nerviosos, tal c o n d u c t a , desde el p u n t o de vista
q u e ahora nos interesa, ha de estimarse igualmente deliberada.
N u e s t r a ciencia se ocupa de la acción h u m a n a , no de los fen ó m e n o s psicológicos capaces de ocasionar d e t e r m i n a d a s actuaciones. Es ello precisamente lo q u e distingue y separa la teoría
general de la acción h u m a n a , o praxeología, de la psicología.
E s t a última se interesa p o r aquellos f e n ó m e n o s i n t e r n o s q u e
provocan o p u e d e n provocar d e t e r m i n a d a s actuaciones. El objeto de estudio de la praxeología, en cambio, es la acción c o m o
tal. Q u e d a así t a m b i é n separada la praxeología del psicoanálisis
de lo subconsciente. El psicoanálisis, en definitiva, es psicología y no investiga la acción sino las fuerzas y factores q u e impulsan al h o m b r e a actuar de una cierta manera. El subconsciente psicoanalítico constituye categoría psicológica, no
praxeológica. Q u e una acción sea f r u t o de clara deliberación o
de recuerdos olvidados y deseos reprimidos q u e desde regiones,
p o r decirlo así, subyacentes influyen en la v o l u n t a d , p a r a nada
afecta a la naturaleza del acto en cuestión. T a n t o el asesino
impelido al crimen p o r subconsciente i m p u l s o (el Id), c o m o el
neurótico cuya conducta a b e r r a n t e para el o b s e r v a d o r superficial carece de sentido, son individuos en acción, los cuales, al
igual q u e el resto de los mortales, persiguen o b j e t i v o s específicos. El m é r i t o del psicoanálisis estriba en h a b e r d e m o s t r a d o
q u e la conducta de neuróticos y psicópatas tiene su sentido;
q u e tales individuos, al actuar, no m e n o s q u e los o t r o s , tamb i é n aspiran a conseguir d e t e r m i n a d o s fines, aun c u a n d o quienes nos consideramos cuerdos y n o r m a l e s tal vez r e p u t e m o s
sin base el raciocinio d e t e r m i n a n t e de la decisión p o r aquéllos
El hombre en acción
37
a d o p t a d a y califiquemos de inadecuados los m e d i o s escogidos
p a r a alcanzar los objetivos en cuestión. El c o n c e p t o «inconsciente» e m p l e a d o por la praxeología y el c o n c e p t o «subconsciente» m a n e j a d o p o r el psicoanálisis p e r t e n e c e n a dos ó r d e n e s
distintos de raciocinio, a dispares c a m p o s de investigación. La
praxeología, al igual q u e otras r a m a s del saber, d e b e m u c h o al
psicoanálisis. P o r ello es t a n t o más necesario trazar la raya
q u e separa la u n a del o t r o .
L a acción n o consiste s i m p l e m e n t e e n p r e f e r i r . E l h o m b r e
p u e d e sentir preferencias a u n en situación en q u e las cosas y
los acontecimientos resulten inevitables o, al menos, así lo crea
el s u j e t o . C a b e p r e f e r i r la bonanza a la t o r m e n t a y desear q u e
el sol disperse las n u b e s . A h o r a bien, quien sólo desea y espera
no interviene activamente en el curso de los acontecimientos
ni en la plasmación de su destino. El h o m b r e , en c a m b i o , al
actuar, opta, d e t e r m i n a y p r o c u r a alcanzar un f i n . De dos cosas
q u e no p u e d a d i s f r u t a r al t i e m p o , elige u n a y rechaza la otra.
La acción, p o r t a n t o , implica, s i e m p r e y a la vez, p r e f e r i r y
renunciar.
La mera expresión de deseos y aspiraciones, así c o m o la
simple enunciación de planes, p u e d e n c o n s t i t u i r f o r m a s de act u a r , en t a n t o en c u a n t o de tal m o d o se aspira a p r e p a r a r ciertos
proyectos. A h o r a bien, no cabe c o n f u n d i r dichas ideas con las
acciones a las q u e las m i s m a s se r e f i e r e n . No equivalen a las
c o r r e s p o n d i e n t e s actuaciones q u e anuncian, preconizan o rechazan. La acción es u n a cosa real. Lo q u e c u e n t a es la auténtica c o n d u c t a del h o m b r e , no sus intenciones si éstas no llegan
a realizarse. P o r lo d e m á s , conviene distinguir y separar con
precisión la actividad consciente del simple t r a b a j o físico. La
acción implica acudir a ciertos medios para alcanzar determinados fines. U n o d e los m e d i o s g e n e r a l m e n t e empleados para
conseguir tales o b j e t i v o s es el t r a b a j o . P e r o no siempre es así.
Basta en ciertos casos u n a sola palabra para provocar el efecto
deseado. Q u i e n o r d e n a o p r o h i b e actúa sin recurrir al t r a b a j o
físico. T a n t o el h a b l a r c o m o el callar, el sonreírse y el q u e d a r s e
serio, p u e d e n c o n s t i t u i r actuaciones. Es acción el c o n s u m i r y el
|V
ACciáft
HlíffídlK!
recrearse,. tanto cumO el teriunciar aí c o n s u m o O al deleite q u e
a nucstru a l c a n c e ,
1.a Prflícolcgfo, por consiguiente, no distingue entre el
linmlirf «activo» o «enérgicos y el ^¡jiIílvO» O indolente i».
El hombre vigoroso q u e lucha cliíifientemente pOF m e j o r a r pía
situación actúa nE j^ual que el aleta rgüdo qtic. llorín He indujlenda r ucepia l a s COSH& mE c o n v i e r e n . Pues e l no hacer fladji
y eí OíTítí íK¡0^0 también cons-tituyen actuajdunes í|Ue influyen
cr. la realidad. Dondequiera Luncu7ten aquellos requisitos preciso!. pura irue pueda l e n e r lugKf la inferícncncia h u m a r a , el
hombre acrúq, f.info si interviene enmu £E se abstiene de intervenir. Quien r r a i g n n d a m c T i t e sopona eos.ls que podrí? vjirkr
fictú^i t a n t u ™nia quien se IUOVÍÜ7Í1 purj provncar t i t u a C L Ó n
distinta. Quien
abstiene de influir t-n el funtiúdinmiento l1llos Perores instintivos y fisiológicos. que Düdrto interferir,
actúa tamSicn. Actuar nct sunoue sólo hiJtcer» sino tíinihicri dejar de hacer i q u í l í o liuc (jodría ser realizado.
tencmo*
Cabría decir q u e la acción es ll evpresinn de
la voluntad
h u m a n a . A h o r a b i e n . n o Mfíip|Lamo& c o n En! m i i t l H e s m e t o n n u e s tro c o n o c i m i e n t o .
L-Oíñ
due
h Cü p a r i d a d
actuaciones,
del
p r e f i r i e n d o ja
a c u e r d o c u n el
rtbuir
p u e s e ! v o c n b E u • ' v o l u n t a d 1 * * n a s i g n i f i c a IHLM
hombre
LINN
para
LI
d e s e o de alcanzar
lo
la
elefir e n t r e djílint-is
otro
üiei.1
y
j n I i e n d o
ambicionaría
n
de
El
" pffót
a actuar
1
.
17]
ser p l e n a m e n t e satisfecho
c a r e c e ría d e m o t i v a p a r a
Variar de « r a d a . Ya no t e n d r í a ni d e s e n $ ni a n h e l o s ; sería p e r
fecíatlienie íelíz.
Nada
haría;
s i m p l e m e n t e viviría.
Ptro ni eE mides tar ui el íepresenianst un estado de tosas
JJIÍS atractivo Klítnm p^>r SÍ s o f a s p^Tfl impcEcr al h o m b r e a
actuar. Debe concurrir un tercer nnquisicn: advertir meilLaErnente Id aásfteoeía <lc cierta iJelibeFada Lutidurta c t p u de suprimir o, íil incnos h de redLicir Ea incomoditlfld sentida. Sin Ea
concurrencia de «a clrcun5r3ncíflH ninguna actuación es
ble, FIL i n t e r e s a d o ha L2C m n t o L m a r s e enn lo i n e v í t a b í e . Nu tiene
más remedio que someterse J su destino
Tales huí] E o s p r t n j p u e t O l generales d e l a -lición huni.uNL
I1 ser que vive bajti Jicbas condictunes es- un ser bu]nano. Is'i^
es süEamcnte hamo saprf'rs, sitiu lambiera homo tiltil I^iS seres de ascendencia líumaníl que, de nacímlento n por defectu
adquirido, mreten de capacidad para actuar ^en el selltiJo ani
pEio del
no sólo en el IcfíiJ), a efeítos juiíc[icosH no son
seres humanos. Amnque las
J la hiolo^iíi los considereii
lnimbres. (le hecho carecen íle la característica espccífictimeJUe
humana. J;] recién nacido no es ser actuante; no hü L"ecorrÍdn
íiún todo el irayccto que ^n de U concepción ¡il pleno desarmEEo de KU5 ct]:il¡L]íiL-|fs luimaüiis- M í o :il fin ili/ar lal dcsarniilEo
d e v e H r l t á üufetu de acción.
•
de
la descada-
tN T O R N Í Í A. LA F E L I C I D A D
JÍUÍJL f ú t i s i L l c n r a Edüz n! b n m b r e q u e fiH c - a n s í g i a J o lu-, r»Ei
ÍÍOS
REQUISITOS
DG LA ACCIÓN
¡ e i l v e t q u e s e h a h í a p r o p u e s t o . M i s e x - s a o serin d e c i r q u e i s a
RUEVRRJS
p e r s o n n « NI»™
HUMANA
Í¡n
ConsideTan^ns
de c e m e n t o
ser h u m a n o q u e mi
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satisfacción
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acción, El
h o m b r e , al a c t u a r , aspira Í1 ¡instituir un e s t a d o m e n o s satisfact o r i o p o r o t r o m e j o r . T..a m e n t e p r e s é n t a l e a l . i c t o r s i t u a c i o n e s
m á s gFQíQ&h q u e a q u e l í j u e , m e d i a n t e I¡l a c c í á n , p r e t e n d e n t e s n ZflT. E s s i e m p r e e l m a l e s t a r e l
incentivo q u e induce al individuo
Felii RK L^I
n.niPü PTH
Hn c * b e .ifxjíier.
i!-- • ir --, i ib|i_'-ri nn n lu 11 i^liiiiihíL 1 ik: i l c í n i r <•] HLIII.IT fwirflanip
FILAIU tu INLVIRUL-;];! DO Id ÍRÍKIDAJ.
Conviene, HD EMBAT-ío, evirnr errara HÁ^ranLC e x u n d l i l ü t , Ln
acciíin humana in^DTinHemcntt pretende, en definitiva, dat sa^ Vid. LOCEE, AT £SJOT Corfcerjrnz Hwrrat VfííifTif.itJitz T pipi >JI-J-L>L
Fnitrr. O ^ ^ r d . I M ^ . [,r-ra«ri. N n w * * HIKÍJ
I'/trirW/mv^j T.rv^ppr.
níii 119. í d . Flrtminitior
40
La Acción Humana
tisfacción al anhelo sentido por el actor. No cabe ponderar la
mayor o menor satisfacción personal más que a través de individualizados juicios de valoración, distintos según íos diversos interesados y, aun para una misma persona, dispares según los momentos. Es la valoración subjetiva —con arreglo a la voluntad
y al juicio propio— lo que hace a las gentes más o menos felices
o desgraciadas. Nadie es capaz de dictaminar qué ha de proporcionar mayor bienestar al prójimo.
Tales asertos en modo alguno afectan a la antítesis existente
entre el egoísmo y el altruismo, el materialismo y el idealismo,
el individualismo y el colectivismo, el ateísmo y la religión. Hay
quienes sólo se interesan por su propio bienestar material. A otros,
en cambio, las desgracias ajenas cáusanles tanto o más malestar que sus propias desventuras. Hay personas que no aspiran más
que a satisfacer el deseo sexual, la apetencia de alimentos, bebidas y vivienda y demás placeres fisiológicos. No faltan, en cambio, seres humanos a quienes en grado preferente interesan aquellas otras satisfacciones usualmente calificadas de «superiores» o
«espirituales». Existen seres dispuestos a acomodar su conducta
a las exigencias de la cooperación social; y, sin embargo, también
hay quienes propenden a quebrantar las correspondientes normas.
Para unas gentes el tránsito terrenal es camino que conduce a la
bienaventuranza eterna; pero también hay quienes no creen en las
enseñanzas de religión alguna y para nada las toman en cuenta.
La praxeología no se interesa por los objetivos últimos que la
acción pueda perseguir. Sus enseñanzas resultan válidas para todo
tipo de actuación, independientemente del fin a que se aspire.
Constituye ciencia atinente, exclusivamente, a ios medios; en modo
alguno a los fines. Manejamos el término felicidad en sentido meramente formal. Para la praxeología, el decir que «el único objetivo del hombre es alcanzar la felicidad» resulta pura tautología,
porque, desde aquel plano, ningún juicio podemos formular acerca
de lo que, concretamente, haya de hacer al hombre más feliz.
El eudemonismo y el hedonismo afirman que el malestar es el
incentivo de toda actuación humana, procurando ésta, invariablemente, suprimir la incomodidad en el mayor grado posible, es
decir, hacer al hombre que actúa un poco más feliz. La ataraxia
El hombre en acción
41
epicúrea es aquel estado de felicidad y contentamiento perfecto,
al que tiende toda actividad humana, sin llegar nunca a plenamente alcanzarlo. Ante la perspicacia de tal cognición, pierde
trascendencia el que la mayoría de los partidarios de dichas filosofías no advirtieran la condición meramente formal de los conceptos
de dolor y placer, dándoles en cambio una significación sensual y
materialista. Las escuelas teológicas, místicas y demás de ética heterónoma no acertaron a impugnar la esencia del epicureismo por
cuanto limitábanse a criticar su supuesto desinterés por los placeres más «elevados» y «nobles». Es cierto que muchas obras de los
primeros partidarios del eudemonismo, hedonismo y utilitarismo
se prestan a interpretaciones equívocas. Pero el lenguaje de los
filósofos modernos, y más todavía el de los economistas actuales,
es tan preciso y correcto, que ya no cabe confusión interpretativa alguna.
A C E R C A DE L O S INSTINTOS Y LOS IMPULSOS
El método utilizado por la sociología de los instintos no es
idóneo para llegar a comprender el problema fundamental de la
acción humana. Dicha escuela, en efecto, clasifica los diferentes
objetivos concretos a que la acción humana tiende, suponiendo
a ésta impulsada hacia cada uno de ellos por específico instinto.
El hombre aparece como exclusivamente movido por instintos e
innatas disposiciones. Se presume que tal planteamiento viene a
desarticular, de una vez para siempre, las «aborrecibles» enseñanzas de la economía y de la filosofía utilitaria. Feuerbach, sin embargo, acertadamente advirtió que el instinto aspira siempre a la
felicidad 2. La metodología de la psicología y de la sociología de
los instintos clasifica arbitrariamente los objetivos inmediatos de
la acción y viene a ser una hipóstasis de cada uno de ellos. En
tanto que la praxeología proclama que el fin de la acción es la
remoción de cierto malestar, la psicología del instinto afirma que
se actúa para satisfacer cierto instintivo impulso.
!
1907.
Vid. FEUI RBACH, Sámintliche Werke, X, píg. 231, ed. Bolín y Jodl. Stuttgart,
42
La Acción Humana
Muchos partidarios de tal escuela creen haber demostrado que
la actividad no se halla regida por la razón, sino que viene originada por profundas fuerzas innatas, impulsos y disposiciones que
el pensamiento racional no comprende. También creen haber logrado evidenciar la inconsistencia del racionalismo, criticando a
la economía por constituir un «tejido de erróneas conclusiones
deducidas de falsos supuestos psicológicos» J . Pero lo que pasa
es que el racionalismo, la praxeología y la economía, en verdad,
no se ocupan ni de los resortes que inducen a actuar, ni de los
fines últimos de la acción, sino de Ins medios que el hombre haya
de emplear para alcanzar los objetivos propuestos. Por insondables que sean los abismos de los que emergen los instintos y los
impulsos, los medios a que el hombre apela para satisfacerlos son
fruto de consideraciones racionales que ponderan el costo, por
un lado, y el resultado alcanzado, por otro.
Quien obra bajo presión emocional no por eso deja de actuar.
Lo que distingue la acción impulsiva de las demás es que en estas
últimas el sujeto contrasta más serenamente tanto el costo como
el fruto obtenido. La emoción perturba las valoraciones del actor.
Arrebatado por la pasión, el objetivo parece al interesado más
deseable y su precio menos oneroso de lo que, ante un examen
más frío, consideraría. Nadie ha puesto nunca en duda que incluso
bajo un estado emocional los medios y los fines son objeto de
ponderación, siendo posible influir en el resultado de tal análisis
a base de incrementar el costo del ceder al impulso pasional. Castigar con menos rigor las infracciones penales cometidas bajo un
estado de excitación emocional o de intoxicación equivale a fomentar tales excesos. La amenaza de una severa sanción disuade
incluso a aquellas personas impulsadas por pasiones, al parecer,
irresistibles.
Interpretamos la conducta animal suponiendo que los seres
irracionales siguen en cada momento el impulso de mayor vehemencia, Al comprobar que el animal come, cohabita y ataca a otros
animales o al hombre, hablamos de sus instintos de alimentación.
1
Vid. W I L L I A M M C D O U G A L L , An Introduction to Social Psychology, pág. 11.
14* ed. Boston, 1921.
El hombre en acción
43
de reproducción y de agresión y concluimos que tales instintos
son innatos y exigen satisfacción inmediata.
Pero con el hombre no ocurre lo mismo. El ser humano es
capaz de domeñar incluso aquellos impulsos que de modo más
perentorio exigen atención. Puede vencer sus instintos, emociones
y apetencias, racionalizando su conducta. Deja de satisfacer deseos vehementes para atender otras aspiraciones; no le avasallan
aquéllos. El hombre no rapta a toda hembra que despierta su
libido; ni devora todos los alimentos que le atraen; ni ataca a
cuantos quisiera aniquilar. Tras ordenar en escala valorativa sus
deseos y anhelos, opta y prefiere; es decir, actúa, ho que distingue
al homo sapiens de las bestias es, precisamente, eso, el que procede de manera consciente. El hombre es el ser capaz de inhibirse; que puede vencer sus impulsos y deseos; que tiene poder para
refrenar sus instintos.
Cabe a veces que los impulsos sean de tal violencia que ninguna de las desventajas que su satisfacción implica resulte bastante para detener al individuo. Aun en este supuesto hay elección. El agente, en tal caso, prefiere ceder al deseo en cuestión 4 .
3.
LA ACCIÓN HUMANA
COMO PRESUPUESTO IRREDUCTIBLE
H u b o siempre gentes deseosas de llegar a d e s e n t r a ñ a r la
causa p r i m a r i a , la f u e n t e y origen de c u a n t o existe, el impulso
e n g e n d r a d o r de los c a m b i o s q u e acontecen; la sustancia q u e
t o d o lo crea y q u e es causa de sí m i s m a . La ciencia, en c a m b i o ,
nunca a s p i r ó a t a n t o , consciente de la limitación de la m e n t e
h u m a n a . P r e t e n d e , d e s d e luego, el estudioso r e t r o t r a e r los fen ó m e n o s a sus causas. P e r o advierte q u e tal aspiración fatalm e n t e tiene q u e acabar t r o p e z a n d o con m u r o s insalvables. H a y
f e n ó m e n o s q u e no p u e d e n ser analizados ni referidos a o t r o s :
son p r e s u p u e s t o s irreductibles. El progreso de la investigación
' En tales supuestos tiene gran trascendencia el que las dos satisfacciones —la
derivada de ceder al impulso y la resultante de evitar las i n desead as consecuencias—
sean coetáneas o no lo sean. (Vid. cap. XVIII, ], 2 y apart. siguiente.)
44
La Acción Humana
científica* p e r m i t e ir p a u l a t i n a m e n t e reduciendo a sus componentes cada vez mayor n ú m e r o de hechos q u e p r e v i a m e n t e resultaban inexplicables. P e r o siempre habrá realidades irreductibles o inanalizables, es decir, presupuestos últimos o finales.
£1 m o n i s m o asegura no haber más q u e una sustancia esencial; el dualismo afirma q u e hay dos; y el pluralismo que son
muchas. De nada sirve discutir estas cuestiones, meras disputas metafísicas insolubles. N u e s t r o actual conocimiento no nos
p e r m i t e dar a múltiples problemas soluciones u m v e r s a l m e n t e
satisfactorias.
El m o n i s m o materialista e n t i e n d e q u e los pensamientos y
las h u m a n a s voliciones son f r u t o y p r o d u c t o de los órganos
corporales, de las células y los nervios cerebrales. El pensamiento, la voluntad y la actuación del h o m b r e resultarían mer;i
consecuencia de procesos materiales q u e algún día los método.s
de la investigación física y química explicarán. T a l s u p u e s t o
e n t r a ñ a también una hipótesis metafísica, aun c u a n d o sus partidarios la consideren verdad científica irrebatible e innegable.
La relación e n t r e el c u e r p o y el alma, por ejemplo, muchas
teorías han p r e t e n d i d o decirla; pero, a fin de cuentas, no eran
sino conjeturas h u é r f a n a s de toda relación con experiencia alguna. Lo más q u e cabe afirmar es q u e hay ciertas conexiones
e n t r e los procesos mentales y los fisiológicos. P e r o , en verdad,
es muy poco lo q u e c o n c r e t a m e n t e sabemos acerca de la naturaleza y mecánica de tales relaciones.
Ni los juicios de valor ni las efectivas acciones h u m a n a s
préstanse a u l t e r i o r análisis. P o d e m o s admitir que dichos fen ó m e n o s tienen sus correspondientes causas. P e r o en t a n t o no
sepamos de q u é m o d o los hechos externos —-físicos y fisiológicos— producen en la m e n t e h u m a n a pensamientos y voliciones que ocasionan actos concretos, t e n e m o s que c o n f o r m a r n o s
con insuperable dualismo metodológico. En el estado actual
del saber, las afirmaciones f u n d a m e n t a l e s del positivismo, del
m o n i s m o y del panfísicismo son m e r o s postulados metafísicos,
carentes de base científica y sin utilidad ni significado para la
investigación. La razón y la experiencia nos m u e s t r a n dos reinos separados: el externo, el de los fenómenos físicos, quími-
El hombre en acción
45
eos y fisiológicos; y el interno, el del p e n s a m i e n t o , del sentimiento, de la apreciación y de la actuación consciente. N i n g ú n
p u e n t e conocemos boy q u e una ambas esferas. I d é n t i c o s fenómenos exteriores p r o v o c a n reflejos h u m a n o s diferentes y hechos
dispares dan lugar a idénticas respuestas h u m a n a s . I g n o r a m o s
el p o r q u é .
A n t e tal realidad no cabe ni aceptar ni rechazar las declaraciones esenciales del m o n i s m o y del materialismo. C r e a m o s
o no q u e las ciencias naturales logren algún día explicarnos la
producción de las ideas, de los juicios de apreciación y de las
acciones, del m i s m o m o d o q u e explican la aparición de una síntesis química c o m o f r u t o necesario e inevitable de d e t e r m i n a d a
combinación de elementos, en el ínterin no tenemos más remedio q u e c o n f o r m a r n o s con el d u a l i s m o metodológico.
La acción h u m a n a provoca cambios. Es un e l e m e n t o m á s
de ia actividad universal y del devenir cósmico. Resulta, por
tanto, legítimo objeto de investigación científica. Y p u e s t o q u e
— a l menos por a h o r a — no p u e d e ser desmenuzada en sus
causas integrantes, d e b e m o s estimarla p r e s u p u e s t o irreductible,
y como tal estudiarla.
Cierto q u e los cambios provocados por la acción h u m a n a
carecen de trascendencia comparados con los efectos engendrados por las grandes fuerzas cósmicas. El h o m b r e constituye
p o b r e g r a n o de arena c o n t e m p l a d o desde el ángulo de la eternidad y del u n i v e r s o infinito. P e r o , para el individuo, la acción
h u m a n a y sus vicisitudes son t r e m e n d a m e n t e reales. La acción
constituye la esencia del h o m b r e ; el medio de proteger su vida
y de elevarse p o r encima del nivel de los animales y las plantas.
P o r perecederos y vanos que puedan parecer, todos los esfuerzos h u m a n o s son, e m p e r o , de importancia trascendental para
el h o m b r e y para la ciencia h u m a n a .
4.
RACIONALIDAD E IRRACIONALIDAD;
SUBJETIVISMO
Y OBJETIVIDAD EN LA INVESTIGACIÓN PRAXEOLÓGICA
La acción h u m a n a es siempre racional. El hablar de «acción racional» s u p o n e incurrir en evidente pleonasmo y, por
46
La Acción Humana
tanto, d e b e rechazarse tal expresión. Aplicados a los fines últimos de la acción, los términos racional e irracional no son
apropiados y carecen de sentido. El fin último de la acción
siempre es la satisfacción de algún deseo del h o m b r e actuante.
P u e s t o que nadie p u e d e reemplazar los juicios de valoración
del sujeto en acción por los p r o p i o s , v a n o resulta enjuiciar
los anhelos y las voliciones de los demás. N a d i e está calificado
para decidir q u é hará a otro m á s o menos feliz. Q u i e n e s pretenden enjuiciar la vida ajena o bien e x p o n e n cuál sería su conducta de hallarse en la situación del p r ó j i m o , o bien, p a s a n d o
por alto los deseos y aspiraciones de sus semejantes, limítanse
a proclamar, con arrogancia dictatorial, la manera cómo el
p r ó j i m o mejor serviría a los designios del propio crítico.
Es corriente d e n o m i n a r irracionales aquellas acciones que,
prescindiendo de ventajas materiales y tangibles, tienden a alcanzar satisfacciones «ideales» o más «elevadas». En este sentido, la gente asegura, por e j e m p l o — u n a s veces a p r o b a n d o ,
d e s a p r o b a n d o o t r a s — q u e quien sacrifica la vida, la ¿alud o la
riqueza para alcanzar bienes más altos — c o m o la lealtad a sus
convicciones religiosas, filosóficas y políticas o la l i b e r t a d y la
grandeza nacional— viene impelido p o r consideraciones, de
índole no racional. La prosecución de estos fines, sin embargo,
no es ni más ni m e n o s racional o irracional q u e la de otros
fines h u m a n o s . Es e r r ó n e o suponer q u e el deseo de cubrir las
necesidades p e r e n t o r i a s de la vida o el de conservar la salud
sea más racional, natural o justificado q u e el aspirar a otros
bienes y satisfacciones. Cierto q u e la apetencia de alimentos
y calor es común al h o m b r e y a otros m a m í f e r o s y q u e , p o r lo
general, quien carezca de m a n u t e n c i ó n y abrigo concentrará sus
esfuerzos en la satisfacción de esas urgentes necesidades sin,
de m o m e n t o , preocuparse m u c h o por o t r a s cosas. El deseo de
vivir, de salvaguardar la existencia y de sacar p a r t i d o de toda
o p o r t u n i d a d para vigorizar las propias fuerzas vitales, constituye rasgo característico de cualquier f o r m a de ser viviente. No
resulta, sin embargo, para el h o m b r e imperativo ineludible el
doblegarse ante dichas apetencias.
Mientras todos los demás animales hállanse inexorablemen-
El hombre en acción
47
te impelidos a la conservación de su vida y a la proliferación de
la especie, el h o m b r e es capaz de d o m i n a r tales impulsos. Controla t a n t o su a p e t i t o sexual c o m o su deseo de vivir. R e n u n c i a
a la v i d a si considera intolerables aquellas condiciones únicas
b a j o las cuales cabríale sobrevivir. Es capaz de m o r i r p o r un
ideal y también de suicidarse. Incluso la v i d a constituye para
el h o m b r e el resultado de u n a elección, o sea, de un juicio
valora tivo.
Lo m i s m o ocurre con el deseo de vivir a b u n d a n t e m e n t e
proveído. La m e r a existencia de ascetas y de personas q u e renuncian a las ganancias materiales p o r a m o r a sus convicciones,
o s i m p l e m e n t e p o r p r e s e r v a r su dignidad e individual respeto,
evidencia q u e el correr en pos de los placeres materiales en
m o d o alguno resulta inevitable, s i e n d o en cambio consecuencia
de específica elección. La verdad, sin e m b a r g o , es q u e la inmensa mayoría de nosotros p r e f e r i m o s la vida a la m u e r t e y
la riqueza a la pobreza.
Es a r b i t r a r i o considerar « n a t u r a l » y «racional» ú n i c a m e n t e
la satisfacción de las necesidades fisiológicas y todo lo demás
«artificial» y, por t a n t o , «irracional». El rasgo típicamente
h u m a n o estriba en q u e el h o m b r e no t a n sólo desea alimento,
abrigo y a y u n t a m i e n t o carnal, como el r e s t o de los animales,
sino q u e aspira además a o t r a s satisfacciones. E x p e r i m e n t a m o s
necesidades y apetencias típicamente h u m a n a s , q u e p o d e m o s
calificar de « m á s elevadas» comparadas con los deseos comunes al h o m b r e y a los d e m á s m a m í f e r o s 5 .
Al aplicar los calificativos racional e irracional a los medios
elegidos p a r a la consecución de fines determinados: lo q u e se
trata de p o n d e r a r es la o p o r t u n i d a d e idoneidad del sistema
a d o p t a d o . D e b e el m i s m o enjuiciarse para decidir a es o no
el q u e m e j o r p e r m i t e alcanzar el objetivo ambicionado. La razón h u m a n a , desde luego, no es infalible y, con frecuencia,
el h o m b r e se equivoca, t a n t o en la elección de medios como en
su utilización. U n a acción inadecuada al fin p r o p u e s t o no pros
Sobre Jos errores que implica la ley de hierro de los salarios, vid. capítulo X X I , 6; acerca de las erróneas interpretaciones de la teoría de Maíthus, vid. infra
capítulo X X I V , 2.
48
La Acción Humana
duce el f r u t o esperado. No c o n f o r m a la misma con la finalidad
perseguida, p e r o no p o r ello dejará de ser racional, t r a t á n d o s e
de m é t o d o q u e razonada ( a u n q u e defectuosa) deliberación eng e n d r a r a y de esfuerzo (si bien ineficaz) p o r conseguir cierto
objetivo. Los médicos que, cien años atrás, para el t r a t a m i e n t o
del cáncer e m p l e a b a n m é t o d o s q u e los profesionales contemp o r á n e o s rechazarían, carecían, d e s d e el p u n t o de vista de la
patología actual, de conocimientos b a s t a n t e s y, p o r t a n t o , su
actuación resultaba baldía. A h o r a bien, no procedían irracionalm e n t e ; hacían l o q u e creían m á s c o n v e n i e n t e . E s p r o b a b l e q u e
d e n t r o de cien años los f u t u r o s galenos dispongan de mejores
m é t o d o s p a r a tratar dicha e n f e r m e d a d ; en tal caso, serán más
eficientes q u e n u e s t r o s médicos, p e r o n o m á s racionales.
Lo o p u e s t o a la acción h u m a n a no es la conducta irracional,
sino la refleja reacción de n u e s t r o s órganos corporales al estím u l o e x t e r n o , reacción q u e no p u e d e ser controlada a v o l u n t a d .
Y cabe incluso q u e el h o m b r e , en d e t e r m i n a d o s casos, a n t e un
m i s m o agente, r e s p o n d a coetáneamente p o r reacción refleja y
p o r acción consciente. Al ingerir un veneno, el organismo
apresta a u t o m á t i c a m e n t e defensas contra la infección; con independencia, p u e d e intervenir ía actuación h u m a n a administrando un antídoto.
R e s p e c t o del p r o b l e m a p l a n t e a d o p o r la antítesis e n t r e lo
racional y lo irracional, no hay diferencia e n t r e las ciencias
naturales y las ciencias sociales. La ciencia siempre es y d e b e
ser racional; p r e s u p o n e intentar a p r e h e n d e r los f e n ó m e n o s del
universo m e d i a n t e sistemática ordenación de todo el saber disp o n i b l e . Sin embargo, c o m o a n t e r i o r m e n t e se hacía n o t a r , la
descomposición analítica del f e n ó m e n o en sus elementos const i t u t i v o s antes o después llega a un p u n t o del q u e ya no p u e d e
pasar. La m e n t e h u m a n a es incluso incapaz de concebir un
saber q u e no limitaría ningún d a t o ú l t i m o imposible de analizar y disecar. El sistema científico q u e guía al investigador
hasta alcanzar el límite en cuestión resulta e s t r i c t a m e n t e racional. Es el d a t o irreductible el q u e cabe calificar de h e c h o
irracional.
E s t á hoy en boga el menospreciar las ciencias sociales, por
El hombre en acción
49
ser p u r a m e n t e racionales. La objeción m á s corriente o p u e s t a
a lo económico es la de q u e olvida la irracionalidad de la vida
y del universo e intenta encuadrar en secos esquemas racionales y en frías abstracciones la v a r i e d a d i n f i n i t a de los f e n ó m e nos. N a d a m á s a b s u r d o . La economía, al igual q u e las d e m á s
ramas del saber, va tan lejos c o m o p u e d e , dirigida p o r m é t o dos racionales. Alcanzado el límite, se detiene y califica el
hecho con q u e tropieza de d a t o irreductible, es decir, de fenóm e n o q u e no a d m i t e ulterior análisis, al menos en el e s t a d o
actual de nuestros conocimientos 6 .
Los asertos de la praxeología y de la economía resultan válidos para t o d o tipo de acción h u m a n a , i n d e p e n d i e n t e m e n t e
de los m o t i v o s , causas y fines en que ésta última se f u n d a m e n te. Los juicios finales de valoración y los fines últimos de la
acción h u m a n a son hechos dados para cualquier f o r m a de investigación científica y no se prestan a ningún análisis ulterior.
La praxeología trata de los medios y sistemas a d o p t a d o s para
la consecución de los fines últimos. Su o b j e t o de e s t u d i o son
los medios, no los fines.
En este sentido h a b l a m o s del subjetivismo de la ciencia
general de la acción h u m a n a ; acepta c o m o realidades insoslayables los fines ú l t i m o s a los q u e el h o m b r e , al actuar, aspira;
es e n t e r a m e n t e n e u t r a l respecto a ellos, absteniéndose de f o r mular juicio valorativo alguno. Lo único q u e le preocupa es
d e t e r m i n a r si los medios empleados son idóneos para la consecución de los fines p r o p u e s t o s . C u a n d o el e u d e m o n i s m o habla
de felicidad y el utilitarismo o la economía de utilidad, estamos
ante t é r m i n o s q u e d e b e m o s i n t e r p r e t a r d e u n m o d o s u b j e t i v o ,
en el sentido de q u e m e d i a n t e ellos se p r e t e n d e expresar aquello q u e el h o m b r e , p o r resultarle atractivo, persigue al actuar.
El progreso del m o d e r n o e u d e m o n i s m o , h e d o n i s m o y utilitarismo consiste precisamente en h a b e r alcanzado tal f o r m a l i s m o ,
contrario al antiguo s e n t i d o materialista de dichos modos de
pensar; idéntico p r o g r e s o ha s u p u e s t o la m o d e r n a teoría subjetivísta del valor c o m p a r a t i v a m e n t e a la anterior teoría obie' Más adelante (cap. II, 7) veremos cómo las ciencias sociales empíricas enfocan
el problema de ios datos irreductibles.
La Acción Humana
50
tivista p r o p u g n a d a p o r la escuela clásica. Y precisamente en
tal subjetivismo reside la objetividad de n u e s t r a ciencia. P o r
ser subjetivista y p o r aceptar los juicios de apreciación del
h o m b r e actuante c o m o datos últimos nu susceptibles de ningún
e x a m e n crítico posterior, nuestra ciencia queda emplazada por
encima de las luchas de partidos y facciones; no interviene en
los conflictos q u e se plantean las diferentes escuelas dogmáticas y éticas; apártase de toda preconcebida idea, de t o d o juicio o valoración; sus enseñanzas resultan universalmente válidas y ella misma es h u m a n a absoluta y p u r a m e n t e .
5.
LA CAUSALIDAD COMO R E Q U I S I T O DE LA ACCIÓN
El h o m b r e actúa p o r q u e es capaz de descubrir relaciones
causales q u e provocan cambios y mutaciones en el universo.
El actuar implica y p r e s u p o n e la categoría de causalidad. Sólo
quien c o n t e m p l e el m u n d o a la luz de la causalidad p u e d e act u a r . C a b e , en tal sentido, decir q u e la causalidad es una categoría de la acción. La categoría medios y fines p r e s u p o n e la
categoría causa y efecto. Sin causalidad ni regularidad fenom e n o l o g í a no cabría ni el raciocinio ni la acción h u m a n a . Tal
m u n d o sería un caos, en el cual v a n a m e n t e el individuo se esforzaría p o r hallar orientación y guía. El ser h u m a n o incluso
es incapaz de representarse semejante desorden universal.
No puede el h o m b r e actuar c u a n d o no percibe relaciones
de causalidad. El aserto, sin embargo, no es reversible. En
efecto, aun c u a n d o conozca la relación causal, si no p u e d e influir en la causa, t a m p o c o cábele al individuo actuar.
El análisis de la causalidad siempre consistió en p r e g u n t a r s e
el s u j e t o : ¿ d ó n d e y c ó m o d e b o i n t e r v e n i r para desviar el curso
q u e los acontecimientos adoptarían sin esa mi interferencia
capaz de impulsarlos hacia metas q u e m e j o r convienen a mis
deseos? En este sentido, el h o m b r e se plantea el p r o b l e m a :
¿ q u i é n o q u é rige el f e n ó m e n o de que se trate? Busca la regularidad, la «ley», precisamente p o r q u e desea intervenir. Esta
b ú s q u e d a f u e interpretada por la metafísica con excesiva amp l i t u d , c o m o investigación de la última causa del ser y de la
El hombre en acción
51
existencia. Siglos Habían de transcurrir antes de q u e ideas t a n
exageradas y d e s o r b i t a d a s f u e r a n reconducidas al m o d e s t o problema de d e t e r m i n a r d ó n d e hay o h a b r í a q u e i n t e r v e n i r p a r a
alcanzar este o aquel o b j e t i v o .
El e n f o q u e d a d o al p r o b l e m a de la causalidad en las últim a s décadas, d e b i d o a la c o n f u s i ó n q u e algunos e m i n e n t e s físicos h a n p r o v o c a d o , resulta p o c o satisfactorio. C o n f i e m o s en
q u e este desagradable c a p í t u l o de la historia de la filosofía sirva
de advertencia a f u t u r o s filósofos,
I l a y m u t a c i o n e s cuyas causas nos resultan desconocidas, al
m e n o s p o r ahora. N u e s t r o c o n o c i m i e n t o , en ciertos casos, es
sólo parcial, p e r m i t i é n d o n o s ú n i c a m e n t e a f i r m a r q u e , en el
70 p o r 1 0 0 de los casos, A provoca B; en los restantes, C o
incluso D, E } Fj etc. Para p o d e r ampliar tal f r a g m e n t a r i a información c o n o t r a más completa sería preciso f u é r a m o s capaces
de d e s c o m p o n e r A en sus elementos. M i e n t r a s ello no esté a
n u e s t r o alcance, h a b r e m o s de c o n f o r m a r n o s con una ley estadística; las realidades en cuestión, sin embargo, para nada
afectan al significado praxeológico de la causalidad. El q u e
n u e s t r a ignorancia en d e t e r m i n a d a s materias sea total, o inutil i z a r e s n u e s t r o s conocimientos a efectos prácticos, en m o d o
alguno s u p o n e a n u l a r la categoría causal.
Los p r o b l e m a s filosóficos, epistemológicos y metafísicos
q u e la causalidad y la inducción imperfecta plantean caen
f u e r a del á m b i t o de la praxeología. Interesa tan sólo a nuestra
ciencia d e j a r s e n t a d o q u e , para actuar, el h o m b r e ha de conocer la relación causal existente e n t r e los distintos eventos, procesos o situaciones. La acción del s u j e t o provocará los efectos
deseados sólo en aquella medida en q u e el interesado perciba
tal relación. N o s estamos, d e s d e luego, m o v i e n d o en un círculo
vicioso, p u e s sólo c o n s t a t a m o s q u e se ha apreciado con acierto
d e t e r m i n a d a relación causal c u a n d o n u e s t r a actuación, guiada
por la c o r r e s p o n d i e n t e percepción, !ia p r o v o c a d o el resultado
e s p e r a d o . No cabe, sin embargo, evitar el aludido círculo vicioso precisamente en razón a q u e la causalidad es una categoría de la acción. P o r tratarse de categoría del actuar, la praxeo-
52
La Acción Humana
logia no p u e d e dejar de aludir al f u n d a m e n t a l p r o b l e m a filosófico en cuestión,
6.
EL alter ego
Si t o m a m o s el t é r m i n o causalidad en su sentido más amplio, la teleología p u e d e considerarse c o m o u n a rama del análisis causal. Las causas finales son las primeras de todas las
causas. La causa de un hecbo es siempre d e t e r m i n a d a acción o
cuasi acción q u e a p u n t a a específico objetivo.
T a n t o el h o m b r e p r i m i t i v o c o m o el niño, a d o p t a n d o una
p o s t u r a i n g e n u a m e n t e a n t r o p o m ó r f i c a , creen q u e los cambios
y acontecimientos son consecuencias provocadas p o r la acción
de un e n t e q u e procede en f o r m a similar a c o m o ellos mismo
actúan. C r e e n q u e los animales, las plantas, las m o n t a ñ a s , los
ríos y las f u e n t e s , incluso las piedras y los cuerpos celestes, son
seres con sentimientos y deseos q u e p r o c u r a n satisfacer. Sólo
en una posterior fase de su desarrollo cultural renuncia el ind i v i d u o a las aludidas ideas animistas, reemplazándolas por una
visión mecanicista del m u n d o . Resúltanle al h o m b r e guía tan
certera los principios mecanicistas q u e hasta llegan las gentes a
creer que, al a m p a r o de los mismos, se p u e d e n resolver cuantos
problemas el p e n s a m i e n t o y la investigación científica plantean.
P a r a el materialismo y el panfisicismo constituye el mecanicismo la esencia misma del saber y los m é t o d o s experimentales
y matemáticos de las ciencias naturales el único m o d o científico
de pensar. T o d o s los cambios h a n de analizarse c o m o movim i e n t o s regidos por las leyes de la mecánica.
Los partidarios del mecanicismo despreocúpanse, desde
luego, de los graves y aún no resueltos problemas relacionados
con la base lógica y epistemológica de los principios de la causalidad y de la inducción imperfecta. A su m o d o de ver, la certeza de tales principios resulta i n d u d a b l e s i m p l e m e n t e p o r q u e
los mismos se cumplen. El que los e x p e r i m e n t o s de l a b o r a t o r i o
p r o v o q u e n los resultados predichos p o r la teoría y el q u e las
máquinas en las fábricas f u n c i o n e n del m o d o previsto por la
tecnología acredita, p l e n a m e n t e para ellos, la certeza y proce-
El hombre en acción
53
dencia de los m é t o d o s y descubrimientos de las m o d e r n a s ciencias naturales. A u n a d m i t i e n d o , dicen, q u e , posiblemente, la
ciencia sea incapaz de b r i n d a r n o s la v e r d a d —-y ¿ q u é es la verd a d ? — , no p o r eso deja de sernos de gran utilidad, al permitirnos alcanzar los objetivos q u e ambicionamos.
A h o r a bien, precisamente cuando aceptamos ese pragmático p u n t o de vista, deviene manifiesta la vacuidad del dogma
panfísico. La ciencia, c o m o más arriba se hacía notar, no ha
logrado averiguar las relaciones existentes e n t r e el c u e r p o y la
mente. N i n g ú n p a r t i d a r i o del ideario panfísico p u e d e llegar a
p r e t e n d e r q u e su filosofía se haya p o d i d o jamás aplicar a las
relaciones i n t e r h u m a n a s o a las ciencias sociales. Y, ello no
o b s t a n t e , no hay d u d a que aquel principio, con arreglo al cual
el ego trata a sus semejantes c o m o sí f u e r a n seres pensantes y
actuantes al igual que él, ha evidenciado su utilidad y procedencia, t a n t o en la vida corriente c o m o en la investigación
científica. N a d i e es capaz de negar que tal principio se cumple.
Resulta indudable, de un lado, q u e el considerar al semejante c o m o ser q u e piensa y actúa como yo, el ego, ha provocado resultados satisfactorios; por otra parte, nadie cree cupiera
dar similar verificación práctica a cualquier postulado que predicara tratar al ser h u m a n o c o m o con los objetos de las ciencias naturales se opera. Los p r o b l e m a s epistemológicos que la
comprensión de la conducta ajena plantea no son menos arduos
que los q u e suscitan la causalidad y la inducción incompleta.
Cabe admitir no ser posible d e m o s t r a r de m o d o concluyente
la proposición q u e asegura q u e mí lógica es la lógica de todos
los d e m á s y la única lógica h u m a n a , c o m o tampoco la que proclamara que las categorías de mi actuar constituyen categorías
de la actuación de todos los demás, así c o m o de la acción
h u m a n a toda. Ello no o b s t a n t e , conviene a los pragmatistas tener p r e s e n t e q u e tales proposiciones h a n patentizado su procedencia, t a n t o en el t e r r e n o práctico como en el científico; de
su parte, no debe el positivista pasar p o r alto el hecho de que,
al dirigirse a sus semejantes, p r e s u p o n e — t á c i t a e implícitam e n t e — la validez intersubjetiva de la lógica y, por tanto, la
54
La Acción Humana
existencia del m u n d o del p e n s a m i e n t o y de la acción del alter
ego de condición i n d u d a b l e m e n t e h u m a n a 7 .
P e n s a r y actuar son rasgos específicos del h o m b r e y privativos de los seres h u m a n o s . Caracterizan al ser h u m a n o aun
i n d e p e n d i e n t e m e n t e de su adscripción a la especie zoológica
homo sapiens. No constituye p r o p i a m e n t e el o b j e t o de la
praxeología la investigación de las relaciones e n t r e el pensam i e n t o y la acción. Bástale a aquélla dejar sentado q u e no hay
más q u e u n a lógica inteligible para la m e n t e y q u e sólo existe
un m o d o de actuar que merezca la calificación de h u m a n o y
resulte comprensible para nuestra inteligencia. El q u e existan
o p u e d a n existir en algún lugar seres — s o b r e h u m a n o s o inf r a h u m a n o s — que piensen y actúen de m o d o d i s t i n t o al nuestro es un tema q u e desborda la capacidad de la m e n t e h u m a n a .
N u e s t r o esfuerzo intelectual debe contraerse al estudio de la
acción humana.
Esta acción h u m a n a , q u e está inextricablemente ligada con
el pensamiento, viene condicionada por un imperativo lógico.
No le es posible a la m e n t e del h o m b r e concebir relaciones lógicas que no c o n f o r m e n con su propia estructura lógica. E igualm e n t e imposible le resulta concebir un m o d o de actuar cuyas
categorías diferirían de las categorías d e t e r m i n a n t e s de nuestras propias acciones.
El h o m b r e sólo p u e d e acudir a dos órdenes de principios
para la aprehensión mental de la realidad; a saber: los de la
teleología y los de la causalidad. Lo q u e no p u e d e encuadrarse
d e n t r o de u n a de estas dos categorías resulta i m p e n e t r a b l e para
la m e n t e . Un hecho q u e no se preste a ser i n t e r p r e t a d o por u n o
de esos dos caminos resulta para el h o m b r e inconcebible y misterioso. El cambio sólo puede concebirse c o m o consecuencia,
o bien de la operación de la causalidad mecánica, o bien de u n a
conducta deliberada; para la m e n t e h u m a n a no cabe tercera
solución 8 .
7
Vid. ALFRED SCHÜTZ, Der sinnhafte Aufbau der sozialen Welt, pág. 18. Viena,
1932.
' Vid. KAREL ENGUS, Begriindung der Teleologie ais Form des empiriscben
Erkennes, págs. 15 y ss. Brünn, 1930.
El hombre en acción
55
Cierto es q u e la teleología, según antes se hacía n o t a r ,
p u e d e ser enfocada como u n a v a r i a n t e de la causalidad. P e r o
ello no anula las esenciales diferencias existentes entre a m b a s
categorías.
La visión panmecanicista del m u n d o está abocada a evidente m o n i s m o metodológico: reconoce sólo la causalidad mecánica p o r q u e sólo a ella a t r i b u y e valor cognoscitivo o al m e n o s
un valor cognoscitivo más alto q u e a la teleología. Ello supone
caer en metafísica superstición. A m b o s principios de conocim i e n t o — l a causalidad y la teleología—, d e b i d o a la limitación
de la razón h u m a n a , son i m p e r f e c t o s y no nos a p o r t a n información plena. La causalidad s u p o n e un regressus in infinitum que la razón no p u e d e llegar a agotar. La teleología flaquea en c u a n t o se le p r e g u n t a q u é m u e v e al primer m o t o r .
A m b o s m é t o d o s abocan a datos irreductibles q u e no cabe analizar ni i n t e r p r e t a r . La razón y la investigación científica n u n c a
p u e d e n a p o r t a r sosiego pleno a la m e n t e , certeza apodíctica, ni
p e r f e c t o conocimiento de todas las cosas. Q u i e n aspire a ello
debe entregarse a la fe e i n t e n t a r tranquilizar la i n q u i e t u d de
su consciencia abrazando un credo o u n a doctrina metafísica.
Sólo a p a r t á n d o n o s del m u n d o de la razón y de la experiencia, p o d e m o s llegar a negar q u e n u e s t r o s semejantes actúan.
No sería lícito p r e t e n d i é r a m o s escamotear tal realidad recur r i e n d o a prejuicios en boga o a arbitrarios asertos. La experiencia cotidiana no sólo patentiza que el único m é t o d o idóneo
para e s t u d i a r las circunstancias de n u e s t r o alrededor no-humano,
es aquel q u e se ampara en la categoría de causalidad, sino que,
además, acredita, y de m o d o no menos convincente, q u e nuestros semejantes son seres q u e actúan como nosotros mismos.
Para la c o m p r e n s i ó n de la acción, a un solo m é t o d o de interpretación y análisis cabe recurrir: a aquel q u e parte del conocimiento y el e x a m e n de nuestra p r o p i a conducta consciente.
El e s t u d i o y análisis de la acción ajena nada tiene q u e ver
con el p r o b l e m a de la existencia del espíritu, del alma inmortal.
Las críticas esgrimidas p o r el empirismo, el c o m p o r t a m e n t i s m o
y el positivismo contra las diversas teorías del alma para n a d a
afectan al tema q u e nos ocupa. La cuestión debatida contráese
56
La Acción Humana
a d e t e r m i n a r si se p u e d e a p r e h e n d e r inteiectualmente la acción
h u m a n a , a no ser considerándola c o m o una conducta sensata e
intencionada, q u e aspira a la consecución de específicos objetivos. El behaviorismo ( c o m p o r t a m e n t i s m o ) y el positivismo
p r e t e n d e n aplicar tos métodos de las ciencias naturales empíricas a la acción h u m a n a . La interpretan c o m o respuesta a estímulos. Tales estímulos, sin embargo, no pueden ser explicados
con arreglo a los métodos de las ciencias naturales. T o d o intento de describirlos ha de contraerse forzosamente al significado
a t r i b u i d o a tos mismos por el h o m b r e q u e actúa. P o d e m o s calificar de «estímulo» la oferta de un p r o d u c t o en v e n t a . P e r o
lo típico de tal oferta, lo q u e la distingue de todas las d e m á s ,
sólo puede c o m p r e n d e r s e p o n d e r a n d o la significación q u e al
hecho atribuyen las partes interesarlas. N i n g ú n artificio dialéctico logra, c o m o p o r arte de magia, escamotear el q u e el deseo
de alcanzar ciertos f i n e s es el m o t o r q u e induce al h o m b r e a
actuar. Tal deliberada conducta — -la acción— constituye el objeto principal de nuestra ciencia. Ahora bien, al a b o r d a r el tema, forzosamente hemos de parar mientes en la trascendencia
q u e el h o m b r e q u e actúa confiere t a n t o a la realidad — l a cual
considera cosa d a d a — como a su propia capacidad para influir
en ella.
No interesa al físico investigar las causas finales, p o r cuanto no parece lógico q u e los hechos q u e constituyen el o b j e t o
de e s t u d i o de la física puedan ser f r u t o de la actuación de un
ser q u e persiga fines al m o d o de los h u m a n o s . P e t o tampoco
d e b e el praxeólogo descuidar la mecánica de la volición y la
intencionalidad del h o m b r e al actuar, s o b r e la base de q u e constituyen meras realidades dadas. Si así lo hiciera, dejaría de
estudiar la acción h u m a n a , M u y a m e n u d o , a u n q u e no siempre,
tales hechos p u e d e n ser analizados a un tiempo desde el c a m p o
de la praxeología y desde el de las ciencias naturales. A h o r a
bien, quien se interesa p o r el disparo de un arma de f u e g o c o m o
f e n ó m e n o físico o químico, no es un praxeólogo: descuida precisamente aquellos problemas q u e la ciencia de la conducta
h u m a n a deliberada p r e t e n d e esclarecer.
El hombre en acción
57
S O B R E L A U T I L I D A D D E LOS INSTINTOS
Buena prueba de que sólo hay dos vías — l a de la causalidad
y la de la teleología— para la investigación humana la proporcionan los problemas que en torno a Ja utilidad de los ¡nsiintos se
plantean. Hay conductas que ni pueden ser satisfactoriamente
explicadas amparándose exclusivamente en los principios causales
de las ciencias naturales ni tampoco cabe encuadrar entre las acciones humanas de índole consciente. Para comprender tales actuaciones nos vemos fornidos a dar un rodeo y, asignándolas la
condición de cuasi acciones, hablamos de instintos útiles*.
Observamos dos cosas;
primero, la tendencia específica de
todo organismo con vida a responder ante estímulos determinados
de forma regular; segupdo, los buenos efectos que el proceder de
esta suerte provoca por lo que a la vigorización y mantenimiento
de las fuerzas vitales del organismo se refiere. Si pudiéramos considerar esta conducía como el fruto de una aspiración consciente
a alcanzar específicos fines, !a consideraríamos acción y la estudiaríamos de acuerdo con el método teleológico de la praxeología,
Pero, al no hallar en tal proceder vestigio alguno de mente consciente, concluimos que un factor desconocido —al que denominamos instinto— fue el agente instrumental. En tal sentido suponemos es el instinto lo que gobierna ¡a cuasi deliberada conducta animal, así como tas inconscientes, pero no por eso menos
útiles, reacciones de nuestros músculos y nervios. Ahora bien,
porque personalicemos, como específica fuerza, al desconocido
agente de tal conducta, denominándole instinto, no pnr ello, ciertamente, ampliamos nuestro saber. Nunca debemos olvidar que
con esa palabra instinto no hacemos más que marcar la frontera
que nuestra capacidad de investigación científica es incapaz de
trasponer, a! menos por ahora.
La biología ha logrado descubrir una explicación «natural», es
decir, mecantcista, para muchos procesos que en otros tiempos se
* La teleología y J,t causalidad, como es sabido, se diferencian en que aquella
se refiere a las actuaciones bumantu que. previsora y conscientemente, provocan
específicos efectos, mientras In segunda alude a las consecuencias, puramente mecatlicistas, tjue las leyes físicos originan. (N. del T.)
58
La Acción Humana
atribuían a la acción instintiva. Subsisten, sin embargo, múltiples
realidades que no pueden ser consideradas meras reacciones a
estímulos químicos o mecánicos. Los animales adoptan actitudes
que sólo pueden ser explicadas suponiendo la intervención de un
agente dirigente que dicte las mismas a aquéllos. Es vana la pretensión del behaviorismo de estudiar la acción humana desde
fuera de la misma, con arreglo a los métodos de la psicología animal. La conducta animal, tan pronto como rebasa los procesos
meramente fisiológicos, tales como la respiración y el metabolismo, puede tan sólo ser analizada recurriendo a los conceptos intencionales elaborados por la praxeología. El behaviorista aborda
el tema partiendo del humano concepto de intención y logro. Recurre torpemente en su estudio a la idea humana de utilidad y
dañosidad. Cuando rehuye toda expresa referencia a la actuación
consciente, a Ja búsqueda de objetivos precisos, sólo logra engañarse a sí mismo; mentalmente trata de hallar fines por doquier,
ponderando todas las actuaciones con arreglo a un imperfecto patrón utilitario. La ciencia de ía conducta humana, en tanto no sea
mera fisiología, no puede dejar de referirse a la intencionalidad
y al propósito. A este respecto, ninguna ilustración nos brinda la
observación de la psicología de los brutos o el examen de las inconscientes reacciones del recién nacido. Antes al contrario, sólo
recurriendo al auxilio de la ciencia de la acción humana resulta
comprensible la psicología animal y la infantil. Sin acudir a las
categorías praxeológicas, nos resulta imposible concebir y entender la actuación de animales y niños.
La contemplación de la conducta instintiva de los animales
llena al hombre de estupor, suscitándole interrogantes a las que
nadie ha podido satisfactoriamente responder. Ahora bien, el que
los animales y las plantas reaccionen en forma cuasi deliberada
no debe parecemos de condición ni más ni menos milagrosa que
la capacidad del hombre para pensar y actuar o la sumisión del
universo inorgánico a las funciones que la física reseña o la realidad de los procesos biológicos que en el mundo orgánico se producen. Son hechos todos ellos milagrosos, en el sentido de que
se trata de fenómenos irreductibles para nuestra capacidad investigadora.
59
El hombre en acción
Semejante dato último es eso que denominamos instinto animal. El concepto de instinto, al igual que los de movimiento,
fuerza, vida y consciencia, no es más que un nuevo vocablo con
el cual designamos un fenómeno irreductible, Pero, por sí, ni nos
«explica» nada ni nos orienta hacia causa alguna próxima o
remota
EL FIN ABSOLUTO
Para evitar todo posible error en tomo a !as categorías praxeológícas parece conveniente resaltar una realidad en cierto modo
perogrullesca.
La praxeología, como las ciencias históricas, trata de la acción humana intencional. Si menciona los fines, entiende los fines
que persigue el hombre al actuar; si alude a intencionalidad, se
refiere al sentido que el hombre, al actuar, imprime a sus acciones.
Praxeología e historia son obras de la mente humana y, como
tales, hállanse condicionadas par la capacidad intelectual de los
mortales. Ni la praxeología ni la historia pretenden averiguar cuáles sean las intenciones abrigadas por posible mentalidad absolutn
y omnisciente; ni el sentido que encierren los acontecimientos y
la evolución histórica; ni los planes que Dios, la Naturaleza, el
Weltgeist o el Destino puedan pretender plasmar a través del
universo y la humanidad. Aquellas disciplinas nada tienen en
común con la denominada filosofía de la historia. No aspiran a
ilustrarnos acerca del sentido objetivo, absoluto y cierto de la
vida y la historia, contrariamente a lo que pretenden las obras
de Hegel, Comte, Marx y legión de otros escritores.
EL HOMBRE VEGETATIVO
Hubo filósofos que recomendaron al hombre, como fin último,
renunciar totalmente a la acción, Tales idearios consideran la vida
' «La vie est une cause premiére qui nous échappe cornme toutes les causes
premiércs et donr la science experiméntale n'a pas a se préoccuper.» CLAUDE B E R NA RD, La science expírimentale, pág, 137. París, 1878.
60
La Acción Humana
como un mal, que sólo pena, sufrimiento y angustia proporciona
a los mortales: niegan apodícticamente que consciente esfuerzo
humano alguno pueda hacer más grato el tránsito lerrenal. Sólo
aniquilando la consciencia, la volición y la vida es posible alcanzar la felicidad. 7.C1 camino único que conduce a la salvación y a
la bienaventuranza exige al hombre transformarse en un ser perfectamente pasivo, indiferente e inerte como las plantas. El bien
supremo consiste en rehuir tanto el pensamiento como la acción.
Tales son en esencia las enseñanzas de diversas sectas filosóficas índicas, especialmente del budismo, así como del pensamien
to de Schopenhauer. La praxeología no se interesa por tales doctrinas. La posición de nuestra ciencia es totalmente neutral antetodo género de juicio valorativo; ante cuanto se refiere ¡i los fines
últimos que pueda el hombre perseguir. La misión de la praxeología no es la de aprobar ni la de condenar, sino la de atestiguar
realidades.
La praxeología pretende analizar la acción humana. Se ocupa
del hombre que efectivamente actúa; nunca de un supuesto ser
humano que, a modo de planta, llevaría unn existencia meramente
vegetativa.
C A P I T U L O
II
Problemas epistemológicos
que suscitan las ciencias
de la acción humana
I.
PRAXEOLOGÍA E
HISTORIA
Las ciencias de Ja acción humana divídense en dos ramas
principales: la de la praxeología y la de la historia.
La historia recoge y ordena sistemáticamente todas las
realidades engendradas por la acción humana. Se ocupa del
contenido concreto de la actuación del hombre. Examina las
empresas humanas en toda su multiplicidad y variedad, así
como las actuaciones individuales en cualquiera de sus aspectos
accidentales, especiales y particulares. Analiza las motivaciones
que impulsaron a los hombres a actuar y las consecuencias
provocadas por tal proceder. Abarca cualquier manifestación
de la actividad humana. Existe, por eso, la historia general,
pero, también, la historia de sucesos particulares; historia de
la actuación política y militar, historia de las ideas y de la
filosofía, historia económica, historia de las diversas técnicas,
de la literatura, del arte y de la ciencia, de la religión, de las
costumbres y de los usos tradicionales, así como de múltiples
otros aspectos de la vida humana. Materia histórica igualmente
constituyen la etnología y la antropología, mientras no invadan el terreno de la biología, Lo mismo acontece con la psicología, siempre que no se meta en la fisiología, epistemología o
filosofía. De no menos condición histórica goza la lingüística,
en tanto no se adentre en el campo de la lógica o de la fisiología de dicción \
1
La hisiorin económica, la economía descriptiva y la estadística no son, desde
luego, otra cosa que historia. El término sociología, sin embargo, empléase con
61 La Acción Humana
Para todas las ciencias históricas, el pasado constituye el
objeto f u n d a m e n t a l de su estudio. No nos ilustran, por eso, con
enseñanzas q u e p u e d a n aplicarse a la totalidad de la h u m a n a
actividad, es decir, a la acción f u t u r a también. El conocimiento
histórico hace al h o m b r e sabio y p r u d e n t e . P e r o no proporciona, por sí solo, saber ni pericia alguna q u e resulte útil para
abordar n i n g ú n supuesto individualizado.
Las ciencias naturales, igualmente, se ocupan de h e c h o s ya
pasados. T o d o conocimiento experimental alude a realidades
anteriormente observadas; imposible resulta experimentar acontecimientos f u t u r o s . La verdad, sin embargo, es q u e esos enormes conocimientos, a los que las ciencias naturales deben todos
sus triunfos, son f r u t o de la experimentación, merced a la cual
cabe examinar aisladamente cada u n a de las circunstancias capaces de provocar el f e n ó m e n o q u e interese. Los datos de esta
suerte reunidos p u e d e n luego ser utilizados para el razonamiento inductivo, una de las f o r m a s de raciocinio, que, en la
práctica, desde luego, ha d e m o s t r a d o indudable eficacia, si
bien su procedencia epistemológica todavía, hoy por hoy, no
está clara del todo.
Los conocimientos q u e las ciencias de la acción h u m a n a , en
cambio, manejan aluden siempre a fenómenos complejos. En
el campo de la acción h u m a n a no es posible recurrir a ningún
e x p e r i m e n t o de laboratorio. N u n c a cabe p o n d e r a r aisladamente
la mutación de u n o solo de los elementos concurrentes, presup o n i e n d o incambiadas todas las demás circunstancias del caso.
De ahí q u e la investigación histórica, por cuanto se refiere
doble significado. La sociología descriptiva ocúpase de aquellos acaecimientos
humanos do índole histórica cuyo examen no aborda la economía descriptiva; hasta
cierta punto, viene a invadir el campo de la etnología y la antropología. La sociología general examina la experiencia histórica con un criterio más universal que el
adoptado por las demás ramas de la historia. Así, la historia propiamente dicha
se interesará por una ciudad, o por las diversas ciudades correspondientes a una
cierta época, o por una nación individualizada, o por determinada área geográfica.
Sin embargo, Max Weber, en su tratado fundamental (Wirtschaft und Gesellschaft,
págs, 513-660; Tubinga, 1922), aborda el estudio de !a ciudad en general, es decir,
examina toda la experiencia histórica atinente a la ciudad, sin limitarse a ningún
específico período histórico, zona geográfica, pueblo, nación, raza o civilización.
Problemas epistemológicos
63
siempre a f e n ó m e n o s complejos, jamás p u e d a b r i n d a r n o s conocimientosen el sentido que a tal t é r m i n o las ciencias naturales
dan, al aludir a realidades individualizadas, c o m p r o b a d a s de
m o d o experimental. La ilustración proporcionada por la historia no sirve para e s t r u c t u r a r teorías ni p a r a predecir el f u t u r o .
T o d a realidad histórica p u e d e ser objeto de interpretaciones
varias y, de hecho, ha sido siempre i n t e r p r e t a d a de los m o d o s
más diversos.
Los postulados del positivismo y afines escuelas metafísicas resultan, p o r t a n t o , falsos. No es posible c o n f o r m a r las
ciencias de la acción h u m a n a con la metodología de la física y
de las demás ciencias naturales. Las teorías referentes a la cond u c t a del h o m b r e y a las realidades sociales no cabe sean deducidas a posteriori. La historia no p u e d e ni p r o b a r ni r e f u t a r
n i n g u n a afirmación de valor general c o m o lo hacen las ciencias
naturales, las cuales aceptan o rechazan las hipótesis según
coincidan o no con la experimentación. No es posible, en aquel
terreno, c o m p r o b a r e x p e r i m e n t a l m e n t e la veracidad o la falsedad de ningún aserto de índole general.
Los f e n ó m e n o s complejos, e n g e n d r a d o s p o r la concurrencia
de diversas relaciones causales, no p e r m i t e n evidenciar la certeza o el e r r o r de teoría alguna. A n t e s al contrario, esos fenómenos sólo devienen inteligibles interpretándolos a la luz de
teorías previa e i n d e p e n d i e n t e m e n t e deducidas. En el á m b i t o
de los f e n ó m e n o s naturales la interpretación de los acontecim i e n t o s ha de c o n f o r m a r s e , forzosamente, a aquellas teorías
cuya procedencia atestiguara la experimentación. En el t e r r e n o
de los hechos históricos no existen restricciones de la aludida
índole. C a b e f o r m u l a r las más arbitrarias explicaciones. N u n c a
ha arredrado a la mente h u m a n a el recurrir a imaginarias teorías
ad hoc, carentes de toda justificación lógica, para explicar cualquier realidad cuya causalidad el s u j e t o era incapaz de advertir.
P e r o , en la esfera de la historia, la praxeología viene a imp o n e r a la interpretación de los hechos restricciones semejantes a las q u e las teorías e x p e r i m e n t a l m e n t e contrastadas
i m p o n e n c u a n d o se trata de i n t e r p r e t a r y aclarar específicas
realidades de orden físico, q u í m i c o o fisiológico. La praxeología
La Acción Humana
64
no es una ciencia de índole histórica, sino de carácter teórico
y sistemático. C o n s t i t u y e su o b j e t o la acción h u m a n a , c o m o tal,
con independencia de las circunstancias ambientales, accidentales o específicas q u e puedan a d o r n a r individualizadas actuaciones. Sus enseñanzas son de o r d e n p u r a m e n t e f o r m a l y general, ajenas al c o n t e n i d o material y a las condiciones peculiares
del caso de q u e se trate. Aspira a e s t r u c t u r a r teorías q u e resulten válidas en cualquier caso en el q u e e f e c t i v a m e n t e concurran aquellas circunstancias implícitas en sus supuestos y construcciones. Los asertos y proposiciones de la misma no derivan
del conocimiento experimental. C o m o los de la lógica y la matemática, son de índole apriorística. La correspondiente veracidad o falsedad no p u e d e ser c o n t r a s t a d a m e d i a n t e el recurso
a acontecimientos ni experiencias. Se trata de antecedentes,
t a n t o lógica como cronológicamente considerados, de toda comprensión de la realidad histórica. Constituyen obligado presup u e s t o para la aprehensión intelectual de los sucesos históricos.
Sin su concurso, los acontecimientos se presentan ante el hombre en caleidoscópica diversidad e ininteligible d e s o r d e n .
2.
E L CARÁCTER
FORMAL Y APRIORÍSTICO
DE LA PRAXEOLOGÍA
Se ha p u e s t o de moda una tendencia filosófica q u e p r e t e n d e
negar la posibilidad de todo conocimiento a priori. El saber
h u m a n o , asegúrase, deriva íntegra y exclusivamente de la experiencia. Tal postura se c o m p r e n d e en t a n t o reacción, exagerada
desde luego, contra algunas aberraciones teológicas y cierta
equivocada filosofía de la historia y de la naturaleza. P o r q u e ,
como es sabido, la metafísica pretendía averiguar, de m o d o
intuitivo, las n o r m a s morales, el sentido de la evolución histórica, las cualidades del alma y de la materia y las leyes rectoras
del m u n d o físico, químico y fisiológico. En alambicadas especulaciones, alegremente volvíase la espalda a la realidad evidente. Convencidos estaban tales pensadores de q u e , sin recurrir a la experiencia, sólo m e d i a n t e el raciocinio cabía explicarlo t o d o y descifrar hasta los más abstrusos enigmas.
y r o b l a n as eplstem alógicos
65
Las m o d e r n a s ciencias naturales d e b e n sus éxitos a la observación y a la e x p e r i m e n t a c i ó n . No cabe d u d a r de la procedencia del e m p i r i s m o y el p r a g m a t i s m o c u a n d o de las ciencias
naturales se trata. A h o r a bien, no es m e n o s cierto q u e tales
idearios y e r r a n g r a v e m e n t e al p r e t e n d e r recusar t o d o conocimiento a priori y s u p o n e r q u e la lógica, la matemática y la
praxeología d e b e n ser consideradas t a m b i é n c o m o disciplinas
empíricas y experimentales.
P o r lo q u e a la praxeología atañe, los e r r o r e s en q u e los
filósofos inciden vienen e n g e n d r a d o s p o r su total desconocim i e n t o de la ciencia económica 1 e incluso, a veces, por su inaudita ignorancia de la historia. Para el filósofo, el estudio de los
p r o b l e m a s filosóficos c o n s t i t u y e noble y sublime vocación, situada m u y p o r encima de aquellas otras ocupaciones m e d i a n t e
las q u e el h o m b r e persigue el lucro y el p r o v e c h o propio. Contraría al eximio p r o f e s o r el a d v e r t i r q u e sus filosofías le sirven
de m e d i o de vida, le r e p u g n a la idea de q u e se gana el s u s t e n t o
análogamente a c o m o lo hace el a r t e s a n o o el labriego. Las
cuestiones dinerarias constituyen temas groseros y no d e b e el
filósofo, d e d i c a d o a investigar trascendentes cuestiones atinentes a la v e r d a d absoluta y a los e t e r n o s valores, envilecer su
m e n t e con tales preocupaciones. E s c r i t o alguno de ningún filós o f o c o n t e m p o r á n e o p e r m i t e s u p o n e r tenga su autor el m e n o r
c o n o c i m i e n t o de las más elementales verdades económicas *.
1
Pocos filósofos habrán gozado de un dominio más universal de las distintas
ramas del saber moderno que Bergson. Y, sin embargo, una observación casual,
en su último y gran libro, evidencia que Bergson ignoraba por completo el teorema
fundamental en que se basa la moderna teoría del valor y del intercambio. Hablando
de este último, dice «l'on ne pcut le pratiquer sons s'étre demandé si les deux
objets échangés sont bien de méme valeur, c'est-.Vdire échangeables contre un
méme troisiéme.» Les Deux Sources de la Morale et de la Religión, pág. 68.
París, 1932.
* Mises, al aludir a Bergson, critica, de pasada aquí, aquella identidad valorativa que, a lo largo de siglos, desde Aristóteles (384-322 a. de C.), quien, en su
Etica a Hicómaco, ya proclamara que «no puede haber cambio sin igualdad, ni
igualdad sin conmensurabilidad», hasta Marx (1818-1883), pasando por toda la
escuela clásica inglesa, supúsose había de existir entre las partes antes de efectuar
cualquier intercambio, «pues nadie canjearla un bien más valioso por otro menos
apreciable». Nótese que Bergson, en el pasaje citado, bien con plena consciencia,
66
La Acción Humana
No debe c o n f u n d i r s e el problema referente a si existen o
no presupuestos apriorísticos del pensar — e s decir, obligadas
e ineludibles condiciones intelectuales del p e n s a m i e n t o , previas a toda idea o p e r c e p c i ó n — con el problema de la evolución del h o m b r e hasta adquirir su actual capacidad mental típicamente h u m a n a . El h o m b r e desciende de antepasados de condición no-huinana, tos cuales carecían de esa aludida capacidad
intelectiva. Tales antecesores, sin embargo, gozaban ya de una
cierta chispa, de una potencialidad q u e , previa milenaria evolución, permitióles acceder a la condición de seres racionales.
P r o d ú j o s e dicha transformación mediante influjos ambientales
q u e afectaron a generación tras generación. D e d u c e n de lo anterior los partidarios del e m p i r i s m o filosófico q u e el raciocinio
se basa en la experimentación y es consecuencia de la adaptación del h o m b r e a las condiciones de su medio ambiente.
Este p e n s a m i e n t o , lógicamente, implica a f i r m a r q u e el homb r e f u e p a s a n d o por etapas sucesivas, desde la condición de
nuestros p r e h u m a n o s antecesores hasta llegar a la de homo
sapiens. H u b o seres que, si bien no gozaban aún de la facultad
h u m a n a de raciocinar, d i s f r u t a b a n ya de aquellos rudimentarios elementos en q u e se basa el razonar. Su mentalidad no era
todavía lógica, sino prelógica (o, más bien, i m p e r f e c t a m e n t e
lógica). Esos endebles mecanismos lógicos progresaron poco
a poco, p a s a n d o de la etapa prelógica a la de la verdadera lógica. La razón, la inteligencia y la lógica constituyen, por tanto,
f e n ó m e n o s históricos. Cabría escribir la historia de la lógica
c o m o se p u e d e escribir la de las diferentes técnicas. No hay
razón alguna para suponer q u e nuestra lógica sea la fase última
bien por involuntaria cercbración (te lejanas lecturas, no hace sino parafrasear In
conocida ecuación de intercambio en que Marx hasa toda su obra (El Capital.
Madrid, F.DAF, 1976, pigs. 41 y sigs. del primer tomo). Aquella quimera valorativa serian los vieneses —Menger, Bohm Bawerk— quienes la destruyeran, a
través de sus teorías subjetiviitas, demostrativas de que los bienes y servicios se
intercambian precisamente porque las partes de modo dispar valoran las cosas
De ahí que todo negocio libre suponga invariablemente beneficio para ambos
intervinientes, yn que cada uno valora en mi» lo que redi*; que lo que da; en
otro caso no habría cambio Mises, mis adelante (cap. XI, 2), profundiza en el
tema. (N del T)
y r o b l a n as eplstem alógicos
67
y definitiva de la evolución intelectual. La lógica h u m a n a no
es m á s q u e una etapa en el camino q u e c o n d u c e desde el prehum a n o estado ilógico a la lógica s o b r e h u m a n a . La razón y la
m e n t e , las armas más eficaces con q u e el h o m b r e cuenta en su
lucha p o r la existencia, hállanse inmersas en el c o n t i n u o devenir
de los f e n ó m e n o s zoológicos. No son ni eternas, ni i n m u t a b l e s ;
son p u r a m e n t e transitorias.
Es más, resulta manifiesto q u e todo i n d i v i d u o , a lo largo
de su personal desarrollo evolutivo, no sólo rehace aquel proceso fisiológico q u e desde la simple célula desemboca en el
s u m a m e n t e c o m p l e j o organismo m a m í f e r o , sino también el
proceso espiritual, q u e de la existencia p u r a m e n t e vegetativa y
animal c o n d u c e a la mentalidad racional. Tal transformación
no queda perfeccionada d u r a n t e la vida i n t r a u t e r i n a , sino q u e
se completa más tarde, a m e d i d a q u e , paso a paso, el h o m b r e
va d e s p e r t á n d o s e a la vida consciente. De esta suerte, resulta
que el ser h u m a n o , d u r a n t e sus p r i m e r o s años, p a r t i e n d o de
oscuros f o n d o s , rehace los diversos estadios recorridos p o r la
evolución lógica de la m e n t e h u m a n a .
P o r otra p a r t e , está el caso de los animales. A d v e r t i m o s
p l e n a m e n t e el insalvable a b i s m o q u e separa los procesos racionales de la m e n t e h u m a n a de las reacciones cerebrales y nerviosas de los b r u t o s . Sin e m b a r g o , al tiempo, creemos percibir
en las bestias la existencia de fuerzas q u e d e s e s p e r a d a m e n t e
p u g n a n p o r alcanzar la luz intelectiva. El m u n d o animal se nos
antoja oscura cárcel, cuyos prisioneros anhelaran fervientemente liberarse de su fatal condena a la n o c h e eterna y al automatismo inexorable. N o s dan pena p o r q u e también nosotros nos
hallamos en análoga situación, l u c h a n d o siempre con la inexorable limitación de n u e s t r o aparato intelectivo, en vano esfuerzo p o r alcanzar el inasequible c o n o c i m i e n t o perfecto.
P e r o el problema apriorístico, antes aludido, es de d i s t i n t o
carácter. No se trata ahora de d e t e r m i n a r cómo apareció el raciocinio y la conciencia. El tema q u e n o s ocupa alude al carácter c o n s t i t u t i v o y obligado de la e s t r u c t u r a de la m e n t e h u m a n a .
Las ilaciones lógicas f u n d a m e n t a m e n t e no pueden ser objeto de d e m o s t r a c i ó n ni de r e f u t a c i ó n . El p r e t e n d e r d e m o s t r a r
68
La Acción Humana
su certeza obliga a p r e s u p o n e r su validez. Imposible resulta
evidenciarlas a q u i e n , por sí solo, no las advierta. Hs vano todo
i n t e n t o de precisarlas recurriendo a las conocidas reglas de definir. E s t a m o s ante proposiciones de carácter primario, obligado
a n t e c e d e n t e de toda definición, nominal o real. Se trata de categorías primordiales, q u e no p u e d e n ser o b j e t o de análisis.
Incapaz es la m e n t e h u m a n a de concebir o t r a s categorías lógicas d i f e r e n t e s . Para el h o m b r e resultan imprescindibles e insoslayables, aun c u a n d o a una m e n t e s o b r e h u m a n a p u d i e r a n
merecer o t r a conceptuación. Integran los ineludibles presupuestos del conocimiento, de la comprensión y de la percepción.
Las aludidas categorías e ilaciones constituyen, asimismo,
presupuestos obligados de la m e m o r i a . Las ciencias naturales
tienden a explicar la memoria como u n a manifestación específica de o t r o f e n ó m e n o más general. El organismo vivo queda
indeleblemente estigmatizado por todo estímulo recibido y la
propia materia inorgánica actual no es más q u e el resultado de
todos los influjos q u e sobre ella actuaron. N u e s t r o universo es
f r u t o del pasado. Por tanto, cabe decir, en un cierto sentido
metafórico, q u e la e s t r u c t u r a geológica del globo guarda memoria de todas las anteriores influencias cósmicas, así como
que el c u e r p o h u m a n o es la resultante de la ejecutoria y vicisitudes del p r o p i o interesado y sus antepasados. A h o r a bien, la
memoria nada tiene q u e ver con esa unidad estructural y esa
continuidad de la evolución cósmica. Se trata de un f e n ó m e n o
de conciencia, condicionado, c o n s e c u e n t e m e n t e , por el a prior i
lógico. Sorpréndense los psicólogos ante el hecho de q u e el
h o m b r e nada recuerde de su vida embrionaria o de lactante.
F r e u d intentó explicar esa ausencia recordatoria, aludiendo a
la subconsciente supresión de indeseadas m e m o r i a s . La verdad
es q u e en los estados de inconsciencia nada hay q u e pueda recordarse. Ni los reflejos inconscientes ni las simples reacciones
fisiológicas p u e d e n ser o b j e t o de recuerdo, ya se trate de adultos o niños. Sólo los estados conscientes pueden ser recordados.
La m e n t e h u m a n a no es una tabula rasa sobre la q u e los
hechos externos graban su propia historia, Antes al contrario,
y r o b l a n as eplstem alógicos
69
goza de medios p r o p i o s para aprehender la realidad. El h o m b r e
f r a g u ó esas armas, es decir, plasmó la e s t r u c t u r a lógica de su
propia m e n t e a lo largo de un dilatado desarrollo evolutivo q u e ,
p a r t i e n d o de las amebas, llega hasta la presente condición
h u m a n a . Ahora bien, esos i n s t r u m e n t o s mentales son lógicam e n t e anteriores a t o d o conocimiento.
El h o m b r e no es sólo un animal í n t e g r a m e n t e e s t r u c t u r a d o
por aquellos estímulos q u e f a t a l m e n t e d e t e r m i n a n las circunstancias de su vida; también es un ser q u e actúa. Y la categoría
de acción es antecedente lógico de cualquier acto d e t e r m i n a d o .
El q u e el h o m b r e carezca de capacidad creadora bastante
para concebir categorías disconformes con sus ilaciones lógicas
f u n d a m e n t a l e s y con los principios de la causalidad y la teleología i m p o n e lo q u e cabe d e n o m i n a r apriorismo metodológico.
A diario, con nuestra conducta, atestiguamos la inmutabilidad v universalidad de las categorías del p e n s a m i e n t o y de la
acción. Q u i e n se dirige a sus semejantes para informarles o
convencerles, para inquirir o contestar interrogantes, se ampara, al p r o c e d e r de tal suerte, en algo común a todos los hombres: In estructura lógica de la razón h u m a n a . La idea de
q u e A pudiera ser, al mismo tiempo, no -A, o el q u e preferir A a B equivaliera ,1 p r e f e r i r B a A, es para la mente humana
inconcebible y absurdo. Resúltanos incomprensible todo razon a m i e n t o prclógico o metalógico. Somos incapaces de concebir
un m u n d o sin causalidad ni teleología.
No interesa al h o m b r e d e t e r m i n a r si, fuera de aquella esfera accesible a su inteligencia, existen o no o t r a s en las cuales
se o p e r e de un modo categóricamente distinto a como funcionan
el p e n s a m i e n t o y la acción h u m a n a . N i n g ú n conocimiento procedente de tales m u n d o s tiene acceso a nuestra mente. V a n o
es inquirir si las cosas, en sí. son distintas de c o m o a nosotros
nos parecen; si existen universos inaccesibles e ideas imposibles de c o m p r e n d e r . Esos p r o b l e m a s desbordan nuestra capacidad cognoscitiva. El conocimiento h u m a n o viene condicionado por la estructura <le nuestra mente. Si, como o b j e t o principal de investigación, se elige la acción h u m a n a , ello equivale
a contraer, por fuerza, el estudio a las categorías de acción
70
La Acción Humana
c o n f o r m e s con la m e n t e h u m a n a , aquellas q u e implican la proyección de ésta sobre el m u n d o e x t e r n o de la evolución y el
cambio. T o d o s los teoremas q u e la praxeología formula aluden
exclusivamente a las indicadas categorías de acción y sólo tienen validez d e n t r o de la órbita en la q u e aquellas categorías
operan. Dichos p r o n u n c i a m i e n t o s en m o d o alguno pretenden
ilustrarnos acerca de m u n d o s y situaciones impensables e inimaginables.
De ahí q u e la praxeología merezca el calificativo de humana en un doble sentido. Lo es, en efecto, por c u a n t o sus teoremas, en el á m b i t o de los correspondientes presupuestos, aspiran a tener validez universal, en relación con toda actuación
h u m a n a . Y también así se nos aparecen, en razón a q u e sólo
por la acción h u m a n a se interesa, desentendiéndose de las acciones q u e carezcan de tal condición, ya sean s u b h u m a n a s o
sobrehumanas.
LA SUPUESTA H E T E R O G E N E I D A D LOGICA
DEL HOMBRE P R I M I T I V O
Constituye error bastante generalizado el suponer que los escritos de Luden Lévy-Bruhl abogan en favor de aquella doctrina
según la cual la estructura lógica de la mente de tos hombres primitivos fue y sigue siendo categóricamente diferente a la del
hombre civilizado. Antes al contrario, tas conclusiones a que LévyBruhl llega, después de analizar cuidadosamente todo el material
etnológico disponible, proclaman de modo indubitado que ¡as
ilaciones lógicas fundamentales y las categorías de pensamiento
y de acción operan Jo mismo en la actividad intelectual del salvaje que en la nuestra. E! contenido de tos pensamientos del
hombre primitivo difiere del de los nuestros, pero ta estructura
formal y lógica es común a ambos.
Cierto es que Lévy-Bruhl afirma que ta mentalidad de los
pueblos primitivos es de carácter esencialmente «mítico y prelógico»; las representaciones mentales colectivas Jet hombre primitivo vienen reguladas por la «ley de la participación», independizándose, por consiguiente, de la «ley de la contradicción». Ahora
y r o b l a n as eplstem alógicos
71
bien, la distinción de Lévy-Bruhl entre pensamiento lógico y pensamiento prelógico alude al contenido, no a la forma ni a la
estructura categórica del pensar, El propio escritor, en efecto,
asevera que, entre las gentes civilizadas, también se dan ideas
y relaciones ideológicas reguladas por la ley de la participación,
las cuales, con mayor o menor independencia, con más o menos
fuerza, coexisten inseparablemente con aquellas otras regidas por
la ley de la razón. «Lo prelógico y lo mítico conviven con
lo lógico» \
Lévy-Bruhl sitúa las doctrinas fundamentales del cristianismo
en la esfera del pensamiento prelógico \ Gtbe formular, y efectivamente han sido formuladas, numerosas críticas contra tal
ideario y contra la interpretación del mismo por parte de los
teólogos. Pero, a pesar de todo, nadie, sin embargo, osó jamás
aseverar que la mente de los Padres y filósofos cristianos —entre
ellos San Agustín y Santo Tomás— fuera de estructura lógica
diferente a la nuestra La disparidad existente entre quien cree
en milagros y quien no tiene fe en ellos atañe al contenido del
pensamiento, no a su forma lógica. Tal vez incida en error quien
pretenda demostrar la posibilidad y la realidad milagrosa. Ahora
bien, evidenciar su equivocación —según bien dicen los brillantes
ensayos de Hume y Mili— constituye tarea lógica no menos ardua
que la de demostrar el error en que cualquier falacia filosófica
o económica incurre *.
Exploradores y misioneros nos aseguran que en Africa y en
' L É V Y - B R U H L , How Natives Think. pág
386, truel por L . A. Clare, Nueva
York, 1932.
4
Ibíd., pág 377.
* La ley de la participación, par i el filósofo francés Lucien Lévy-Bruhl (18571939), se concreta en ese sentimiento general que unta y une a los miembros de
las tribus primitivas —como aún modernamente en recónditas aldeas acontece—
haciendo a las gentes traspirar un espíritu de comunidad entre las personas y las
cosas locales; un poco como la querencia de lo» rebaños, de las colectividades
animales amenazadas por inconcretos peligros exteriores. T*I sentimiento va perdiéndose al progresar la civilización, a medida que el individuo considérase más
dueño de st mismo, mis independiente del conjunto, lo que da paso a lo que el
autor denomina ley de la contradicción, bajo la cual cada uno procura fundamentalmente defender y mantener sus personales derechos, «in preocuparse demasiado de
lo que, en definitiva, el clan piense. (N del T.)
La Acción Humana
72
la Polinesia el hombre primitivo rehuye superar mentalmente la
primera
impresión que
le producen
las cosas,
no
queriendo
preocuparse de si puede mudar aquel planteamiento i . Los educadores europeos y americanos también, a veces, nos dicen lo
mismo de sus alumnos. Lévy-Bruhl transcribe las palabras de un
misionero acerca de los componentes de la tribu Mossi del Níger;
«La conversación con ellos gira exclusivamente en torno a mujeres, comida y, durante la estación de las lluvias, la cosecha»
Pero, ¿es que acaso preferían otros temas numerosos contemporáneos y conocidcts de Newton, Kant y Lévy-Brulil?
La conclusión a que llevan los estudios de este último se
•expresa mejor con las propias palabras del autor. «La mente primitiva, como la nuestra, desea descubrir las causas de los acontecimientos, si bien aquélla no las busca en la misma dirección que
nosotros» 7 .
El campesino deseoso de incrementar su cosecha cabe recurra
a soluciones dispares, según la filosofía que le anime. Puede ser
que se dé a ritos mágicos; cabe practique piadosa peregrinación;
tal vez ofrezca un cirio a su santo patrón; o también es posible
proceda a utilizar más y mejor fertilizante. Ahora bien, cualquiera
que sea la solución preferida, siempre nos hallaremos ante una
actuación racional, consistente en emplear ciertos medios para
alcanzar precisos fines. La magia, en determinado aspecto, no es
más que una variedad de la técnica. El exorcismo también es
acción deliberada y con sentido, basada en un ideario que, cierto
es, la mayoría de nuestros contemporáneos considera meramente
supersticioso, rechazándolo, por tanto, como inidóneo a los fines
deseados. Pero es de notar que el concepto de acción no implica
que ésta se base en una teoría correcta y una técnica apropiada,
ni tampoco que la misma pueda alcanzar el fin propuesto. Lo
único que, a estos efectos, importa es que quien actúe crea que los
medios utilizados van a provocar el efecto apetecido.
' L É V Y - B R U H L , Prmilive Mentalily, págs. 27-29, trad. por
York, 1923.
4
Ibíd, pAg. 27.
7
Ibíd., pág. 437.
L.
A. Clare. Nueva
73
y r o b l a n as eplstem alógicos
Ninguno de los descubrimientos aportados por la etnología
y la historia contradicen aquella afirmación según la cual la estructura lógica de la mente es común a los componentes de todas
las razas, edades y países 8.
3.
LO
A P R I O R Í S T I C O
Y
L.A
R E A L I D A D
El razonamiento apriorístico es estrictamente conceptual
y deductivo. No cabe del mismo, por eso, derivar sino tautologías y juicios analíticos. P o r q u e cuantas conclusiones, mediante dicho razonamiento, lógicamente pueden ser alcanzadas,
dedúcense de las propias establecidas premisas, en las cuales
aquéllas resultaban ya implícitas. De ahí q u e una objeción com ú n m e n t e esgrimida contra dicho m o d o de razonar llegue a
decir q u e éste para nada amplía n u e s t r o conocimiento.
D é m o n o s , sin e m b a r g o , c u e n t a , en este terreno, q u e toda
la geometría, por ejemplo, hállase ya también implícita en los
correspondientes axiomas. El teorema de Pitágoras p r e s u p o n e
el triángulo rectángulo. Es igualmente, en tal sentido, una tau- tología y al deducirlo practicamos p u r o juicio analítico. Pese
a ello, nadie duda que la geometría, en general, y el teorema
de Pitágoras, en particular, dejen de ensanchar nuestra particular sapiencia. La cognición derivada del p u r o r a z o n a m i e n t o deductivo es, desde luego, dígase lo que se quiera, fecunda, dándonos acceso a esferas q u e , en o t r o caso, desconoceríamos. La
trascendente misión del r a z o n a m i e n t o apriorístico estriba, de
un lado, en p e r m i t i r n o s advertir c u a n t o en las categorías, los
conceptos y las premisas hállase implícito y, de otro, en ilustrarnos acerca de c u a n t o en tales conceptos no está comprendido. Su función, por t a n t o , consiste en hacer claro y evidente
lo q u e antes resultaba oscuro y arcano 9 .
' Vid. los brillanies estudios de E. C A S S I U E R , Pbilosopbic der symbohscbcn Formen, II, pág. 78. Berlín, 1925.
' La ciencia, dice Meycrson, es «l'acte par le quel nous ramcnons a l'idcntique
ce qui nous a, tout d'abord, paru n'étre pas tel». De l'Explication dans les
sciences, pág. 1 5 4 , París, 1 9 2 7 . Vid. también M O R R I S R . COHÉN, A Preface to
Logic, págs. 1 1 - 1 4 . Nueva York, 1 9 4 4 .
74
La Acción Humana
En el p r o p i o concepto del d i n e r o hállanse presupuestos
t o d o s los teoremas de la teoría m o n e t a r i a . La teoría cuantitativa del dinero no amplía n u e s t r o conocimiento con enseñanza
alguna q u e no esté ya virtualmente contenida en el concepto
del propio medio de intercambio. Dicha doctrina no hace más
q u e t r a n s f o r m a r , desarrollar y desplegar conocimientos; sólo
analiza, y por t a n t o resulta tautológica, en el mismo sentido
q u e lo es el teorema de Pitágoras en relación con el concepto
de triángulo rectángulo. Nadie, sin embargo, negará la trascendencia cognoscitiva de la teoría cuantitativa del dinero. Q u i e n
no se haya familiarizado con dicho pensamiento ha de ignorar
forzosamente i m p o r t a n t e s realidades. Una larga lista de fracasos al intentar resolver los problemas q u e por tal vía cabe abordar atestigua no f u e tarea fácil alcanzar el actual nivel de conocimiento en la materia.
El q u e la ciencia apriorística no proporcione un conocim i e n t o pleno de la realidad no s u p o n e deficiencia de la misma.
L o s conceptos y teoremas q u e maneja constituyen herramientas mentales, gracias a las cuales v a m o s forzando el c a m i n o
q u e conduce a mejor percepción de la realidad; ahora b i e n , dichos instrumentos, en sí, no encierran la totalidad de los conocimientos posibles sobre el c o n j u n t o de las cosas. No hay
desacuerdo contradictorio entre la teoría de la vida y de la
c a m b i a n t e realidad y el conocimiento práctico de tales eventos.
Sin contar con la teoría, es decir, con la ciencia general apriorística atinente a la acción h u m a n a , imposible resulta aprehender la efectiva realidad de lo q u e el h o m b r e , con su actuar, va
a producir.
La correspondencia entre el conocimiento racional y el
experimental ha constituido, desde antiguo, u n o de los f u n d a mentales problemas de la filosofía. E s t e asunto, al igual q u e
todas las demás cuestiones referentes a la crítica del conocim i e n t o , ha sido a b o r d a d o por los filósofos sólo desde el punto de vista de las ciencias naturales. No se han interesado por
las ciencias de la acción h u m a n a . Sus trabajos, consecuentemente, carecen de valor por lo q u e a la praxeología se refiere.
Se sOele recurrir, al abordar los problemas epistemológicos
y r o b l a n as eplstem alógicos
75
q u e suscita la economía, a alguna de las soluciones q u e b r i n d a n
las ciencias naturales. H a y autores q u e recomiendan el convencionalismo de P o i n c a r é l0 . H a y quienes e n t i e n d e n q u e las
premisas del r a z o n a m i e n t o económico constituyen a s u n t o de
convención de e x p r e s i ó n o postulación 11. O t r o s p r e f i e r e n acogerse a las ideas einstenianas. En efecto, i n q u i e r e Einstein:
¿ C ó m o p u e d e la matemática, p r o d u c t o racional, i n d e p e n d i e n t e
de toda experiencia, ajustarse a los o b j e t o s reales con tan
extraordinaria e x a c t i t u d ? ¿Es posible q u e la razón h u m a n a ,
sin ayuda de la experiencia, hállese capacitada para descubrir,
m e d i a n t e el p u r o raciocinio, la esencia de las cosas reales?
E i n s t e i n resuelve la interrogante diciendo: « E n t a n t o en cuanto los teoremas m a t e m á t i c o s hacen referencia a la realidad, no,
son exactos, siéndolo sólo mientras no a b o r d a n la efectiva
realidad» 12.
A h o r a bien, las ciencias de la acción h u m a n a difieren radicalmente de las ciencias naturales. En grave error inciden quienes p r e t e n d e n a b o r d a r las ciencias de la acción h u m a n a mediante sistemática epistemológica del tipo q u e se utiliza en las ciencias naturales.
El o b j e t o específico de la praxeología, es decir, la acción
h u m a n a , brota de la misma f u e n t e d o n d e nace el razonamiento.
Actuación y raciocinio constituyen realidades cogenéricas y similares; cabría, incluso, considerarlas c o m o dos manifestaciones distintas de una misma cosa. P o r c u a n t o la acción es f r u t o
del raciocinio, resulta q u e éste p u e d e descubrir la íntima condición de aquélla. Los teoremas que e! recto razonamiento
praxeológico llega a f o r m u l a r no sólo son a b s o l u t a m e n t e ciertos e i r r e f u t a b l e s , al m o d o de los teoremas matemáticos, sino
q u e t a m b i é n reflejan la í n t i m a realidad de la acción, con el rig o r de su apodíctica certeza e i r r e f u t a b i l í d a d , tal c o m o ésta,
e f e c t i v a m e n t e , se p r o d u c e en el m u n d o y en la historia. La
" HENRI
11
FÉLIX
POINCARÉ,
KAUFMANN,
La Science et l'hypothfoe, pjíg 69. París, 1918.
Methodology of the Social Sciences, págs 4647. Londres,
1944.
11
ALBKBT
EINSTEIN,
Geometrie und Erfahrung, p¿g.
J
Berlín, 192}
76
La Acción Humana
praxeología proporciona conocimiento preciso y v e r d a d e r o de
la realidad.
El p u n t o de partida de la praxeología no consiste en seleccionar unos ciertos axiomas ni en p r e f e r i r un cierto m é t o d o de
investigación, sino en reflexionar s o b r e la esencia de la acción.
No existe actuación alguna en la q u e no c o n c u r r a n , plena y
p e r f e c t a m e n t e , las categorías praxeológicas. Es impensable un
actuar en el cual no sea posible distinguir y separar n e t a m e n t e
m e d i o s y fines o costos y r e n d i m i e n t o s . No hay cosa alguna q u e
coincida, p o r ejemplo, con la categoría económica del intercamb i o de un m o d o i m p e r f e c t o o sólo aproximado. U n i c a m e n t e
cabe que haya cambio o ausencia del m i s m o ; ahora bien, en el
p r i m e r caso, al s u p u e s t o de q u e se trate, resultarán rigurosam e n t e aplicables t o d o s los teoremas generales relativos al cambio, con todas sus consecuencias. No existen f o r m a s transicionales e n t r e el i n t e r c a m b i o y su inexistencia o e n t r e el cambio
directo y el c a m b i o indirecto. J a m á s podrá aducirse realidad
alguna q u e contradiga los a n t e r i o r e s asertos.
Y ello es imposible, por c u a n t o , a n t e todo, es de n o t a r q u e
cualquier percepción r e f e r e n t e a la acción h u m a n a viene condicionada por las categorías praxeológicas, siendo posible apreciarla ú n i c a m e n t e sirviéndose de esas mismas categorías. Si
nuestra m e n t e no dispusiera de los esquemas lógicos q u e el raz o n a m i e n t o praxeológico f o r m u l a , jamás p o d r í a m o s distinguir
ni apreciar la acción. A d v e r t i r í a m o s gestos diversos, pero no
percibiríamos c o m p r a s ni ventas, precios, salarios, tipos de in
teres, etc. Sólo m e d i a n t e los aludidos esquemas praxeológicos
resúltanos posible percatarnos de una c o m p r a v e n t a , independ i e n t e m e n t e de q u e nuestros sentidos adviertan o no determin a d o s m o v i m i e n t o s de h o m b r e s y cosas. Sin el auxilio de la percepción praxeológica nada sabríamos acerca de los m e d i o s de
intercambio. SÍ, carentes de dicha ilustración, c o n t e m p l a m o s
un c o n j u n t o de monedas, sólo v e r e m o s u n o s c u a n t o s discos
metálicos. Para c o m p r e n d e r q u é es el dinero, es preciso tener
conocimiento de la categoría praxeológica de medio de intercambio,
La percepción de la acción h u m a n a , a diferencia de la co-
y r o b l a n as eplstem alógicos
77
r r e s p o n d i e n t e a los f e n ó m e n o s naturales, exige y p r e s u p o n e el
conocimiento praxeológico. D e a h í . q u e e l m é t o d o e m p l e a d o
p o r las ciencias naturales resulte i n i d ó n e o para el e s t u d i o de la
praxeología, la economía y la historia.
Al proclamar la condición apriorística de la praxeología,
no es que p r e t e n d a m o s e s t r u c t u r a r u n a ciencia nueva, distinta,
de las tradicionales disciplinas de la acción h u m a n a . En m o d o
alguno p r e t é n d e s e predicar q u e la teoría de la acción h u m a n a
deba ser apriorística, sino q u e lo q u e decimos es que dicha
ciencia lo es y siempre lo ha sido. El e x a m e n de cualquiera de
los p r o b l e m a s suscitados p o r la acción h u m a n a aboca, indefectiblemente, al r a z o n a m i e n t o apriorístico. I n d i f e r e n t e resulta
que nos e n f r e n t e m o s a teóricos p u r o s , en busca del saber p o r
su solo m é r i t o , o de estadistas, políticos o simples c i u d a d a n o s
deseosos de c o m p r e n d e r el fluir de los acontecimientos y decidir q u é política o conducta ha de servir m e j o r a sus personales
intereses. A u n c u a n d o p u e d a comenzar la discusión económica
en t o r n o a un hecho concreto, inevitablemente apártase el debate de las circunstancias específicas del caso, pasándose, de
m o d o insensible, al examen de los principios f u n d a m e n t a l e s ,
con olvido de los sucesos reales q u e p r o v o c a r o n el tema. La
historia de las ciencias naturales es un v a s t o archivo de repudiadas teorías e hipótesis en pugna con los datos e x p e r i m e n t a les. Recuérdese, en este sentido, las erróneas doctrinas de la
mecánica antigua, desautorizadas por Galileo, o el d e s a s t r a d o
final de la teoría del flogisto. La historia de la economía no
registra casos similares. Los partidarios de teorías m u t u a m e n t e
incompatibles p r e t e n d e n apoyarse en u n o s m i s m o s hechos p a r a
d e m o s t r a r q u e la certeza de sus doctrinas ha sido experimentalm e n t e c o m p r o b a d a . Lo cierto es q u e la percepción de f e n ó m e n o s c o m p l e j o s —y no hay o t r o t i p o de percepción en el terreno de la acción h u m a n a — p u e d e ser esgrimida en favor de
las m á s contradictorias teorías. El q u e dicha interpretación de
la realidad se estime o no correcta d e p e n d e de la opinión p e r sonal q u e nos merezcan las aludidas teorías f o r m u l a d a s c o n
anterioridad m e d i a n t e el r a z o n a m i e n t o apriorístico
11
1927.
Vid. S. P.
CHEYNEY,
Law in History and Other Essays, pág. 27. Nueva York,
78
La Acción Humana
La historia no p u e d e i n s t r u i r n o s acerca de n o r m a s , principios o leyes generales. Imposible resulta deducir, a posteriori,
de u n a experiencia histórica, teoría ni teorema alguno refer e n t e a la actuación o conducta h u m a n a . La historia no sería
más q u e un c o n j u n t o de acaecimientos sin ilación, un m u n d o
de c o n f u s i ó n , si no f u e r a posible aclarar, ordenar e i n t e r p r e t a r
los datos disponibles m e d i a n t e el sistematizado conocimiento
praxeológico.
4.
LA
BASE
DEL
INDIVIDUALISMO
METODOLÓGICO
La praxeología, en principio, se interesa por la actuación
del h o m b r e individualizado. Sólo más tarde, al progresar la investigación, e n f r é n t a s e con la cooperación h u m a n a , siendo analizada la actuación social como un caso especial de la más universal categoría de la acción h u m a n a c o m o tal.
E s t e individualismo metodológico ha sido atacado duram e n t e por diversas escuelas metafísicas, suponiéndose implica
recaer en los errores de la filosofía nominalista. El p r o p i o conc e p t o de individuo, asegúrase, constituye vacía abstracción. El
h o m b r e aparece siempre c o m o m i e m b r o d e u n c o n j u n t o social.
I m p o s i b l e resulta incluso imaginar la existencia de un individ u o aislado del resto de la h u m a n i d a d y desconectado de todo
lazo social. El h o m b r e aparece invariablemente m i e m b r o de
una colectividad. P o r tanto, siendo así que el c o n j u n t o , lógica
y cronológicamente, es anterior a sus m i e m b r o s o p a r t e s integrantes, el e x a m e n de la sociedad ha de preceder al del individ u o . El único m e d i o f e c u n d o para a b o r d a r científicamente los
problemas h u m a n o s es el r e c o m e n d a d o p o r el universalismo
o colectivismo.
A h o r a bien, vana es toda controversia en t o r n o a la prioridad lógica del t o d o o de las partes. Son lógicamente correlativas la noción de t o d o y la noción de p a r t e . A m b a s , c o m o conceptos lógicos, q u e d a n f u e r a del tiempo.
T a m b i é n resulta i m p e r t i n e n t e aludir, en esta m a t e r i a , a la
oposición entre el realismo y el nominalismo, según el significado que a tales vocablos dio la escolástica medieval. N a d i e
y r o b l a n as eplstem alógicos
79
p o n e en d u d a q u e las entidades y agrupaciones sociales q u e
aparecen en el m u n d o de la acción h u m a n a tengan existencia
real. N a d i e niega q u e las naciones, los estados, los municipios,
los p a r t i d o s y las c o m u n i d a d e s religiosas constituyan realidades de i n d u d a b l e i n f l u j o en la evolución h u m a n a . El individualismo metodológico, lejos de cuestionar la trascendencia de
tales entes colectivos, entiende q u e le compete describir y analizar la formación y disolución de los mismos, las mutaciones
q u e e x p e r i m e n t a n y su mecánica, en fin. P o r ello, p o r q u e aspira a resolver tales cuestiones de un m o d o satisfactorio, recurre
al ú n i c o m é t o d o , en verdad, idóneo.
A n t e todo, conviene advertir q u e la acción es obra siempre
de seres individuales. Los entes colectivos operan, ineludiblem e n t e , p o r mediación de u n o o varios individuos, cuyas actuaciones atribúyense a la colectividad de m o d o mediato. Es el
significado cjue a la acción a t r i b u y a n su autor y los por ella afectados lo q u e d e t e r m i n a la condición de la misma. D i c h o significado de la acción da lugar a que específica actuación se considere de índole particular m i e n t r a s otra sea tenida p o r estatal
o municipal. Es el verdugo, no el. e s t a d o , quien materialmente
ejecuta al criminal. Sólo el significado atribuido al acto transf o r m a la actuación del v e r d u g o en acción estatal. Un g r u p o de
h o m b r e s armados ocupa u n a plaza; d e p e n d e de la intención el
q u e tal ocupación se atribuya a la nación y no a los oficiales
y soldados allí presentes. Si llegamos a conocer la esencia de las
múltiples acciones individuales, p o r fuerza habremos aprehendido t o d o lo relativo a la actuación de las colectividades. Porque u n a colectividad carece de existencia y realidad propia,
i n d e p e n d i e n t e de las acciones de sus m i e m b r o s . La vida colectiva plásmase en las actuaciones de q u i e n e s la integran. No es
ni siquiera concebible un e n t e social q u e pudiera operar sin mediación individual. La realidad de toda asociación estriba en
su capacidad p a r a i m p u l s a r y orientar acciones individuales concretas. P o r t a n t o , el único camino q u e conduce al conocimiento
de los entes colectivos p a r t e del análisis de la actuación del
individuo.
80
La Acción Humana
El h o m b r e , en cuanto ser q u e piensa y actúa, emerge ya
c o m o ser social de su existencia p r e b u m a n a . El progreso de la
razón, del lenguaje y de la cooperación es f r u t o del mismo proceso; se trata de f e n ó m e n o s ligados entre sí, desde un principio, de m o d o inseparable y necesario. Ahora bien, dicho proceso operaba en el m u n d o individual. Suponía cambios en la
conducta de los individuos. No se p r o d u j o en materia ajena a la
específicamente h u m a n a . La sociedad no tiene más base que la
propia actuación individual.
Sólo gracias a las acciones de ciertos individuos resulta posible apreciar la existencia de naciones, estados, iglesias y aun
de la cooperación social bajo el signo de la división del trabajo.
No cabe percibir la existencia de una nación sin a d v e r t i r la de
los subditos. En este sentido, p u e d e decirse q u e la actuación
individual e n g e n d r a la colectividad. No s u p o n e ello afirmar
q u e el individuo anteceda t e m p o r a l m e n t e a la sociedad. Simplemente s u p o n e proclamar q u e la colectividad se integra de
concretas actuaciones individuales,
A nada conduce lucubrar en t o r n o a si la sociedad es sólo la
suma de sus elementos integrantes o si representa algo más que
esa simple adición; si es un ser sui generis o si cabe o no hablar
de la voluntad, de los planes, de las aspiraciones y actos de la
colectividad, atribuyéndolos a la existencia de una específica
«alma» social. V a n o es t a n t o bizanlinismo. T o d o e n t e colectivo no s u p o n e m á s que un aspecto particular de ciertas actuaciones individuales y sólo como tal realidad cobra trascendencia en orden a la marcha de los acontecimientos.
Ilusorio resulta suponer q u e p a contemplar los entes colectivos, No son éstos nunca visibles; su percepción es el result a d o de saber i n t e r p r e t a r el sentido q u e los h o m b r e s en acción
atribuyen a los actos de que se trate. P o d e m o s percibir una
m u c h e d u m b r e , es decir, una m u l t i t u d de personas. A h o r a bien,
el q u e esa m u l t i t u d sea mera agrupación o masa (en el sentido
q u e la m o d e r n a psicología concede al término) o bien un cuerpo organizado o cualquier otro t i p o de ente social constituye
cuestión que sólo cabe resolver p o n d e r a n d o la significación que
dichas personas atribuyen a su presencia. Y esa significación
y r o b l a n as eplstem alógicos
81
s u p o n e siempre apreciaciones individuales. No son n u e s t r o s
sentidos, sino la percepción, es decir, un proceso mental, el q u e
nos p e r m i t e advertir la existencia de e n t i d a d e s sociales.
Q u i e n e s p r e t e n d e n iniciar el e s t u d i o de la acción h u m a n a
p a r t i e n d o de los entes colectivos tropiezan con un obstáculo
insalvable, cual es el de q u e el individuo p u e d e pertenecer sim u l t á n e a m e n t e , y (con la sola excepción de las tribus más salvajes) de h e c h o pertenece, a varias agrupaciones de aquel tipo.
Los p r o b l e m a s que suscita esa multiplicidad de e n t i d a d e s sociales coexistentes y su m u t u o a n t a g o n i s m o sólo pueden ser
resueltos m e d i a n t e el individualismo metodológico ,4 .
EL YO
Y
EL NOSOTROS
El Ego es la unidad del ser actuante. Constituye dato irreductible, cuya realidad no cabe desvirtuar mediante argumentos
ni sofismas.
El Nosotros es siempre fruto de una agrupación, que une a
dos o más Egos. Si alguien dice Yo, 110 es precisa mayor ilustración para percibir ti significado de la expresión. Lo mismo
sucede con el Tú y, siempre que se halle específicamente precisada la persona de que se trate, también acontece lo mismo con
el El. Ahora bien, al decir Nosotros, ineludible resulta más información para identificar qué Egos hállanse comprendidos en ese
Nosotros. Siempre es un solo individuo quien dice Nosotros; aun
cuando se trate de varios que se expresen al tiempo, siempre serán
diversas manifestaciones individuales.
El Nosotros actúa, indefectiblemente, según actúan los Egos
que lo integran. Pueden éstos proceder mancomunadamcnte o bien
uno de ellos en nombre de todos los demás. En este segundo
supuesto la cooperación de los otros consiste en disponer de tal
modo las cosas que la acción de uno pueda valer por todos. Sólo,
en tal sentido, el representante de una agrupación social actúa
por la comunidad; los miembros individuales o bien dan lugar a
" Vid. infra la crítica de !a teoría colectivista de la sociedad, cap, Vil, 1 y 2.
La Acción Humana
82
que la acción de uno solo les afecte a todos o bien consienten
el resultado.
Pretende vanamente la psicología negar la existencia del Ego,
presentándonoslo como una simple apariencia, La realidad del
Ego praxeológico está fuera de toda duda. No importa lo que
un hombre haya sido, ni tampoco lo que mañana será; en el acto
mismo de hacer su elección constituye indudable Ego.
Conviene distinguir del pluralis logicus (y del pluralis majestaticus, meramente ceremonial) el pluralis gloriosas. Si un canadiense sin la más vaga noción del patinaje asegura que «somos
los primeros jugadores del mundo de hockey sobre hielo», o si,
pese a su posible personal rusticidad, un italiano se jacta de que
«somos los más eminentes pintores del mundo», nadie se llama
a engaño. Ahora bien, tratándose de problemas políticos y econó-
micos, el pluralis gloriosus se transforma en el pluralis imperialis
y, como tal, desempeña un importante papel en la propagación de
doctrinas que influyen en la adopción de medidas de grave trascendencia en la política económica internacional.
5.
L A D A S E D E L SINGULARISMO METODOLÓGICO
La praxeología p a r t e en sus investigaciones, no sólo de la
actuación del individuo, sino también de la acción individualizada. No se ocupa vagamente de la acción h u m a n a en general,
sino de la actuación practicada por un h o m b r e específico, en
cierta fecha y en d e t e r m i n a d o lugar. A h o r a bien, prescinde,
desde luego, la praxeología de los particulares accidentales
q u e p u e d a n acompañar a tal acción, haciéndola, en esa medida,
distinta a las restantes acciones similares. I n t e r é s a s e nuestra
ciencia tan sólo p o r lo que cada acción tiene en sí de obligado
y universal.
D e s d e t i e m p o inmemorial, la filosofía del universalismo ha
p r e t e n d i d o p e r t u r b a r el recto p l a n t e a m i e n t o de los problemas
praxeológicos, viéndose, p o r lo m i s m o , el universalismo cont e m p o r á n e o incapaz de abordar las aludidas cuestiones. T a n t o
el universalismo c o m o el colectivismo y el realismo conceptual
sólo saben m a n e j a r c o n j u n t o s y conceptos generales. El o b j e t o
y roblan as eplstem alógicos
83
de su e s t u d i o es siempre la h u m a n i d a d , las naciones, los estados, las clases; pronúncianse s o b r e la v i r t u d y el vicio; s o b r e
la v e r d a d y la m e n t i r a ; s o b r e tipos generales de necesidades y
de bienes. L o s partidarios de estas doctrinas son de los q u e se
p r e g u n t a n , p o r ejemplo, p o r q u é vale m á s «el o r o » q u e «el
h i e r r o » . T a l p l a n t e a m i e n t o les impide llegar a ninguna solución satisfactoria, viéndose siempre cercados por a n t i n o m i a s y
paradojas. En este sentido recuérdese el caso del problema del
valor, q u e t a n t o p e r t u r b ó incluso el t r a b a j o de los economistas
clásicos.
La praxeología inquiere: ¿ Q u é sucede al actuar? ¿ Q u é
significación tiene el que un individuo actúe, ya sea aquí o allá,
ayer u h o y , en cualquier m o m e n t o o en cualquier lugar? ¿ Q u é
trascendencia tiene el q u e elija una cosa y rechace o t r a ?
La elección supone s i e m p r e decidir e n t r e varias alternativas q u e se le ofrecen al individuo. El h o m b r e n u n c a opta p o r la
virtud o p o r el vicio, sino q u e elige e n t r e dos m o d o s de actuar,
u n o de los cuales nosotros, con arreglo a criterios preestablecidos, calificamos de virtuoso, mientras el o t r o lo tachamos de
vicioso. El h o m b r e jamás escoge e n t r e «el oro» y «el h i e r r o » ,
en a b s t r a c t o , sino entre una d e t e r m i n a d a cantidad de oro y
otra t a m b i é n específica de h i e r r o . T o d a acción contráese, est r i c t a m e n t e , a sus consecuencias inmediatas. Si se desea ¡legar
a conclusiones correctas, preciso es p o n d e r a r , a n t e todo, estas
limitaciones del actuar.
La vida h u m a n a es una i n i n t e r r u m p i d a secuencia de acciones individualizadas. Ahora bien, tales individualizadas acciones no s u r g e n nunca de m o d o aislado e independiente. Cada
acción es un eslabón más en u n a cadena de actuaciones, las cuales, e n s a m b l a d a s , integran una acción de orden superior, tend e n t e a un fin más r e m o t o . T o d a acción presenta, pues, dos
caras. P o r u n a p a r t e , supone u n a actuación parcial, enmarcada
en otra acción de mayor alcance; es decir, tiéndese mediante
aquélla a alcanzar el objetivo q u e una actuación de más amplio
vuelo tiene previsto. P e r o , de o t r o lado, cada acción constituye
en sí un t o d o con respecto a aquella acción que se plasmará
gracias a la consecución de u n a serie de objetivos parciales.
La Acción Humana
84
D e p e n d e r á de] v o l u m e n del proyecto que, en cada momento, el h o m b r e quiera realizar el q u e cobre mayor relieve o bien
la acción de amplio vuelo o bien la q u e sólo p r e t e n d e alcanzar
un fin más i n m e d i a t o . La praxeología no tiene por q u é plantearse los p r o b l e m a s q u e suscita la Gestaltpsychologie. El cam i n o q u e conduce a las grandes realizaciones hállase f o r m a d o
siempre por tareas parciales. Una catedral es algo más que un
m o n t ó n de piedras unidas e n t r e sí. A h o r a bien, el único procedimiento de c o n s t r u i r u n a catedral es el de ir colocando sillar
sobre sillar. Al a r q u i t e c t o interésale la obra en su c o n j u n t o ; el
albañil, en cambio, preocúpase sólo p o r cierto m u r o ; y el cantero por aislada piedra. P e r o lo trascendente, a efectos praxeológicos, es s i m p l e m e n t e dejar constancia de q u e el único método adecuado para realizar las grandes obras consiste en empezar p o r los cimientos y proseguir paso a paso hasta su terminación.
6.
E L A S P E C T O INDIVIDUALIZADO
Y C A M B I A N T E DE LA ACCIÓN
HUMANA
El c o n t e n i d o de la acción h u m a n a , es decir los fines a q u e
se aspira y los medios elegidos y utilizados para alcanzarlos,
depende de las particulares condiciones de cada u n o . El homb r e es f r u t o de larga evolución zoológica que ha ido m o d e l a n d o
su estructura fisiológica. Es descendiente y h e r e d e r o de lejanos
antepasados; el sedimento, el precipitado, de todas las vicisitudes e x p e r i m e n t a d a s por sus mayores constituye el acervo biológico del individuo. AI nacer, no es q u e i r r u m p a , sin más, en
el m u n d o , sino q u e surge en una d e t e r m i n a d a circunstancia
ambiental. Sus innatas y heredadas condiciones biológicas y el
c o n t i n u o influjo de los acontecimientos vividos d e t e r m i n a n lo
que sea en cada m o m e n t o de su peregrinar t e r r e n o . T a l es su
sino, su destino. El h o m b r e no es «libre» en el sentido metafísico del término. C o n s t r í ñ e n l e el a m b i e n t e y todos aquellos
influjos q u e t a n t o él como sus a n t e p a s a d o s e x p e r i m e n t a r o n .
La herencia y el e n t o r n o moldean la actuación del ser
h u m a n o . Sugiérenle t a n t o los fines c o m o los medios. No vive
y r o b l a n as eplstem alógicos
85
el individuo c o m o simple h o m b r e in abstracto; es, p o r el contrario, siempre h i j o de una familia, de u n a raza, de un p u e b l o ,
de una época; m i e m b r o de cierta p r o f e s i ó n ; seguidor de determinadas ideas religiosas, metafísicas, filosóficas y políticas; beligerante en luchas y controversias. Ni sus ideas, ni sus módulos valorativos constituyen propia obra personal; a d o p t a ,
por el c o n t r a r i o , ajenos idearios y el a m b i e n t e le hace pensar
de u n o u o t r o m o d o . Pocos gozan, en verdad, del d o n de concebir ideas nuevas y originales, q u e d e s b o r d e n los credos y doctrinas tradicionales.
El h o m b r e c o m ú n , p e r s o n a l m e n t e , descuida los grandes
problemas. P r e f i e r e ampararse en la opinión general y procede
como «la g e n t e c o r r i e n t e » ; constituye tan sólo una oveja más
del r e b a ñ o . Esa intelectual inercia es precisamente lo q u e le
concede investidura de hombre común. P e r o no por ello deja
ese hombre común de elegir y preferir. Acógese a los usos tradicionales o a los de terceros ú n i c a m e n t e por e n t e n d e r q u e
dicho proceder le beneficia y modifica su ideología y, consec u e n t e m e n t e , su actuar en c u a n t o cree q u e un cambio determ i n a d o va a permitirle a t e n d e r a sus intereses personales de
m o d o más c u m p l i d o .
La m a y o r parte de la vida del h o m b r e es pura rutina.
Practica d e t e r m i n a d o s actos sin prestarles atención especial.
M u c h a s cosas las realiza p o r q u e así f u e educado, p o r q u e del
mismo m o d o o t r o s proceden o p o r q u e tales actuaciones resultan normales en su ambiente. A d q u i e r e hábitos y reflejos
automáticos. Ahora bien, c u a n d o sigue tales conductas es porq u e las c o r r e s p o n d i e n t e s consecuencias resúltanle gratas, pues
tan p r o n t o c o m o sospecha que el insistir en las prácticas habituales le i m p i d e alcanzar ciertos sobrevalorados fines, rápidam e n t e cambia de proceder. Q u i e n se crió d o n d e el agua generalmente es p o t a b l e se acostumbra a utilizarla para la bebida
o la limpieza, sin preocuparse de más. P e r o si ese mismo indiv i d u o se traslada a un lugar d o n d e lo normal sea la insalubrid a d del l í q u i d o elemento, p r o n t o comenzará a preocuparse de
detalles q u e antes en absoluto le interesaban. Cuidará de no
perjudicar su salud insistiendo d e s p r e o c u p a d a m e n t e en la an-
La Acción Humana
86
terior conducta irreflexiva y rutinaria. El hecho de q u e determ i n a d a s actuaciones practíquense n o r m a l m e n t e d e u n modo
q u e p u d i é r a m o s d e n o m i n a r automático no significa que dicho
proceder deje de venir dictado por u n a volición consciente y
de una elección deliberada. Et entregarse a cualquier r u t i n a ,
q u e quepa abandonar, implica, desde luego, actuar.
La praxeología no trata del m u d a b l e contenido de la acción, sino de sus f o r m a s puras y de su categórica condición. El
examen del aspecto accidental o ambiental q u e pueda adoptar
la acción h u m a n a corresponde a la historia.
7.
EN TORNO AL OBJETO DE LA
HISTORIA
Y DF. SU M E T O D O L O G Í A E S P E C Í F I C A
El análisis de los múltiples acontecimientos referentes a la
acción h u m a n a constituye el o b j e t o de la historia. El historiador recoge y analiza críticamente t o d a s las f u e n t e s disponibles.
P a r t i e n d o de tal base, aborda su específico cometido.
H a y quienes afirman q u e la historia debería reflejar cómo
sucedieron efectivamente los hechos, sin valorar ni prejuzgar
(wertfrei, es decir, sin f o r m u l a r ningún juicio valorativo). La
obra del historiador tiene q u e ser fiel t r a s u n t o del pasado; una,
como si dijéramos, fotografía intelectual, que refleje las circunstancias de m o d o completo c imparcial, lo que equivale a
reproducir, ante nuestra visión actual, el pasado, con todas sus
notas y características,
Pero lo q u e sucede es q u e una auténtica y plena reproducción del ayer exigiría recrear el pasado entero, lo cual, por desgracia, resulta imposible. La historia no equivale a una copia
mental; es más bien sintetizada imagen de otros tiempos, formulada en términos ideales. El historiador jamás p u e d e hacer
« q u e los hechos hablen por sí m i s m o s » . Ha de ordenarlos según el ideario que i n f o r m e su exposición. N u n c a p o d r á reflejar todos los acontecimientos concurrentes; limítase, p o r eso,
simplemente a destacar aquellos hechos que estima pertinentes. Jamás, desde luego, aborda las f u e n t e s históricas sin suposiciones previas. Bien pertrechado con el arsenal de conocí-
y r o b l a n as eplstem alógicos
87
mientos científicos de su t i e m p o , o sea, con el c o n j u n t o de ilustración q u e le proporcionan la lógica, las matemáticas, la
praxeología y las ciencias naturales, sólo entonces hállase capacitado para transcribir e i n t e r p r e t a r el h e c h o de q u e se trate.
El historiador, desde luego, no debe dejarse influir p o r prejuicios ni dogmas partidistas. Q u i e n e s m a n e j a n los sucesos históricos c o m o armas dialécticas en sus controversias no son historiadores, sino propagandistas y apologistas. Tales expositores
no buscan la verdad; sólo aspiran a propagar el ideario de su
partido. Son c o m b a t i e n t e s q u e militan en favor de determinadas doctrinas metafísicas, religiosas, nacionalistas, políticas o
sociales. Reclaman para los correspondientes escritos investidura histórica con miras a c o n f u n d i r a las almas Cándidas. El
historiador aspira, ante todo, al conocimiento. Rechaza el partidismo. No debe, por eso, incidir en juicio valorativo alguno..
El aludido p o s t u l a d o de la Wertfreibeit p u e d e fácilmente
ser respetado en el c a m p o de la ciencia apriorística — e s decir,
en el t e r r e n o de la lógica, la matemática o la praxeología—, así
c o m o en el de las ciencias naturales experimentales. Fácil resulta distinguir, en ese á m b i t o , un t r a b a j o científico e imparcial de o t r o d e f o r m a d o por la superstición, las ideas preconcebidas o la pasión. P e r o en el m u n d o de la historia es m u c h c
más difícil atenerse a esa exigencia de neutralidad valorativa.
Ello es obvio, por c u a n t o la materia q u e maneja el estudio histórico, es decir, la concreta, accidental y circunstancial ciencia
de la acción h u m a n a consiste en juicios de valor y en los cambiantes efectos q u e éstos provocaron. A cada paso tropieza el
historiador con juicios valorativos. Sus investigaciones giran en
torno a las valoraciones f o r m u l a d a s por aquellas gentes cuyas
acciones narra.
Se ha dicho que el historiador no p u e d e evitar el juicio valorativo. N i n g ú n historiador -—ni siquiera el m á s ingenuo rep o r t e r o o c r o n i s t a — refleja todos los sucesos c o m o de verdad
acontecieron. Ha de discriminar, ha de destacar ciertas realidades, q u e estima de m a y o r trascendencia, silenciando otras circunstancias. Tal selección, se dice, implica ya un juicio valorativo. D e p e n d e de cuál sea la filosofía del n a r r a d o r , por lo cual
88
La Acción Humana
n u n c a p o d r á ser imparcial, sino f r u t o de cierto ideario. La historia tiene, por fuerza, que tergiversar los hechos: nunca podrá
llegar a ser, en realidad, científica, es decir, imparcial con respecto a las evaluaciones, sin otro o b j e t o que el de descubrir
la verdad.
No hay d u d a , desde luego, que p u e d e hacerse t o r p e uso
de esa forzada selección de circunstancias que la historia implica. P u e d e suceder, y de hecho sucede, que dicha selección del
historiador sea dictada por prejuicios partidistas. A h o r a bien,
los problemas implícitos son m u c h o más complejos de lo q u e
la gente suele creer. Sólo cabe abordarlos previo un minucioso
análisis del m é t o d o histórico.
Al enfrentarse con cualquier asunto, el historiador maneja
todos aquellos conocimientos q u e le b r i n d a n la lógica, las matemáticas, las ciencias naturales y, sobre todo, la praxeología.
A h o r a bien, no le b a s t a n , en su labor, las h e r r a m i e n t a s mentales que tales disciplinas no históricas le proporcionan. Constituyen éstas armas auxiliares, indispensables al historiador;
sin embargo, no p u e d e el estudioso, amparado sólo en ellas,
resolver las graves incógnitas que se le plantean.
El curso de la historia d e p e n d e de las acciones de los individuos y de los efectos provocados por dichas actuaciones. A su
vez, la acción viene predeterminada por los juicios de valor de
los interesados, es decir, por los fines q u e ellos m i s m o s desean
alcanzar y los medios que, a tal o b j e t o , aplican. El q u e unos
u otros medios sean preferidos t a m b i é n depende del c o n j u n t o
de.conocimientos técnicos de q u e se disponga. A veces, gracias
a los conocimientos que la praxeología o las ciencias naturales
proporcionan, cabe percatarse de los efectos a q u e dieron lugar
los medios aplicados. Ahora bien, suscítanse muchos o t r o s pro-,
blemas que no pueden ser resueltos recurriendo al auxilio de
estas disciplinas.
El objeto típico de la historia, para cuya consecución recúrrese a m é t o d o también específico, consiste en e s t u d i a r estos
juicios de valor y los efectos provocados por las correspondientes acciones, en tanto en cuanto no es posible su ponderación
a la luz de las enseñanzas q u e las demás ramas del saber brin-
y r o b l a n as eplstem alógicos
89
dan. La genuina tarea del h i s t o r i a d o r estriba siempre en interpretar las cosas tal y c o m o sucedieron. Sin embargo, únicamente al a m p a r o de los teoremas que las restantes ciencias formulan, puede el historiador dar c u m p l i m i e n t o fiel a tal misión.
Al final, siempre tropieza con situaciones para cuyo análisis de
nada le sirven las repetidas enseñanzas de ajenas ciencias. Esas
notas individuales y peculiares que, en t o d o caso, cada evento
histórico presenta sólo pueden ser abordadas mediante la
comprensión.
Tal unicidad o individualidad típica de cualquier hecho,
que resiste cuanta interpretación brinda la lógica, la matemática, la praxeología y las ciencias naturales, constituye un dato
irreductible. Mientras las ciencias naturales, al tropezar en su
esfera propia con datos o f e n ó m e n o s irreductibles, nada pueden predicar de los mismos más que, en t o d o caso, la realidad
de su existencia, la historia, en cambio, aspira a comprenderlos.
Sí bien no cabe analizarlos recurriendo a sus causas — n o se
trataría de datos irreductibles si ello f u e r a p o s i b l e — , el historiador p u e d e llegar a comprenderlos, por cuanto él mismo
es un ser h u m a n o . En la filosofía de Bergson esta clase de
conocimientos se denomina intuición, o sea, «la sympathie par
laquelle on se t r a n s p o r t e a l'interieur d ' u n objet pour coincider avec ce qu'il a d ' u n i q u e , et par conséquent d'inexprimable» 15. La métodología alemana nos habla de das spezifische
Verstehen der Geistesivissenschaften o simplemente de Verstehen. A dicho proceso recurren los historiadores y aun todo
el m u n d o , siempre que se trate de examinar pasadas actuaciones h u m a n a s o de pronosticar f u t u r o s eventos. El h a b e r
advertido la existencia y la función de esta comprensión constituye u n o de los triunfos más destacados de la metodología
m o d e r n a . Sin embargo, con ello, en m o d o alguno quiere decirse
nos hallemos ante u n a ciencia nueva, que acabe de aparecer,
o ante un n u e v o m é t o d o de investigación al que, en adelante,
puedan recurrir las disciplinas existentes.
La comprensión a que venimos aludiendo no debe c o n f u n 15
H E N R I BERGSON,
La pensée et le tnouvant, pág. 205, 4.' ed. Paiís, 1934.
89 La Acción Humana
dirse con u n a aprobación a u n q u e sólo fuera condicional o
transitoria. El historiador, el etnólogo y el psicólogo se e n f r e n tan a veces con actuaciones que provocan en ellos repulsión
y asco; sin embargo, las comprenden en lo q u e tienen de acción,
percatándose de los fines q u e perseguían y los medios técnicos
y praxeológicos aplicados a su consecución. El q u e se comprenda d e t e r m i n a d o supuesto individualizado no implica su
justificación ni condenación.
T a m p o c o d e b e c o n f u n d i r s e la comprensión con el goce
estético de un f e n ó m e n o . La « e m p a t h e i a » o compenetración
(Einfiihlung) y la comprensión son dos actitudes mentales
radicalmente diferentes, Una cosa es comprender históricamente
una obra de arte, p o n d e r a n d o su trascendencia, significación e
i n f l u j o en el fluir de los acontecimientos, y otra m u y distinta
es el apreciarla como tal obra artística, compenetrándose con
ella emocionalmente. Se p u e d e c o n t e m p l a r una catedral c o m o
historiador; pero también cabe observarla, bien con arrobada
admiración, bien con la indiferente superficialidad del simple
turista. Una misma persona puede, incluso, ante específica
realidad, compenetrarse estéticamente con la misma y, al tiempo, comprenderla por vía científica.
La comprensión nos dice q u e un individuo o un g r u p o ha
practicado determinada actuación, impelido por personales
valoraciones y preferencias, en el deseo de alcanzar ciertos fines,
aplicando al efecto específicas enseñanzas técnicas, terapéuticas
o praxeológicas. P r o c u r a , además, la comprensión p o n d e r a r
los efectos de mayor o m e n o r trascendencia, provocados p o r
determinada actuación; es decir, aspira a constatar la importancia de cada acción, o sea, su peculiar influjo en el curso de
los acontecimientos.
Mediante la comprensión aspírase a analizar m e n t a l m e n t e
aquellos f e n ó m e n o s q u e ni la lógica, las matemáticas, la praxeología, ni las ciencias naturales p e r m i t e n aclarar p l e n a m e n t e ,
prosiguiendo la investigación c u a n d o ya dichas disciplinas no
pueden prestar auxilio alguno. Sin e m b a r g o , nunca d e b e permitirse que aquélla contradiga las enseñanzas de estas otras
91
y r o b l a n as eplstem alógicos
ramas del saber 16. La existencia real y corpórea del d e m o n i o
es proclamada en i n n u m e r a b l e s d o c u m e n t o s históricos q u e ,
f o r m a l m e n t e , parecen b a s t a n t e fidedignos. N u m e r o s o s tribunales, en juicios celebrados con plenas garantías procesales, a la
vista de las declaraciones de testigos e inculpados, proclamaron
la existencia de tratos carnales e n t r e el diablo y las b r u j a s .
A h o r a bien, pese a ello, no sería hoy admisible q u e ningún
historiador pretendiera m a n t e n e r , sobre la base de la comprensión, la existencia física del d e m o n i o y su intervención en los
negocios h u m a n o s , f u e r a del m u n d o visionario de alguna mentalidad sobreexcitada.
En lo anterior, generalmente, se conviene, p o r lo q u e atañe
a las ciencias naturales; sin e m b a r g o , hay historiadores q u e
no quieren proceder del m i s m o m o d o c u a n d o de la teoría económica se trata. P r e t e n d e n o p o n e r a los teoremas económicos
el c o n t e n i d o de d o c u m e n t o s q u e , se supone, atestiguan realidades contradictorias con verdades praxeológicas. Ignoran que
los f e n ó m e n o s complejos no p u e d e n ni d e m o s t r a r ni r e f u t a r
la certeza de teorema económico alguno, por lo cual no cabe
sean esgrimidos f r e n t e a ningún aserto de índole teórica. La
historia económica es posible sólo en razón a q u e existe u n a
teoría económica, la cual explica las consecuencias económicas
de las actuaciones h u m a n a s . Sin doctrina económica, toda historia r e f e r e n t e a hechos económicos no sería más q u e mera
acumulación de d a t o s inconexos, abierta a las más arbitrarias
interpretaciones.
8.
CONCEPCIÓN Y COMPRENSIÓN
La misión de las ciencias de la acción h u m a n a consiste en
descubrir el sentido y trascendencia de las distintas actuaciones.
Recurren dichas disciplinas, al efecto, a dos diferentes proced i m i e n t o s metodológicos:
la concepción y la comprensión.
" Vid. Cu. V. LANGLOIS y CK. S E I G N O B O S , hitroduction to
History, págs. 205-208, trad. por G. G. Berry, Londres, 1925.
tbe Study
of
92
La Acción Humana
Aquélla es la h e r r a m i e n t a mental de la praxeología; ésta la de
la historia.
El conocimiento praxeológico es siempre conceptual. Se
refiere a c u a n t o es obligado en toda acción h u m a n a . Implica
invariablemente manejar categorías y conceptos universales.
La cognición histórica, en cambio, se refiere a lo que es
específico y típico de cada e v e n t o o c o n j u n t o de eventos. Analiza cada u n o de sus objetos de estudio, ante todo, m e d i a n t e
los i n s t r u m e n t o s mentales que las restantes ciencias le proporcionan. Practicada esta labor previa, e n f r é n t a s e con su tarea
típica y genuina, la de descubrir m e d i a n t e la comprensión las
condiciones privativas e individualizantes del supuesto de q u e
se trate.
C o m o ya antes se hacía n o t a r , hay quienes suponen q u e la
historia nunca p u e d e ser, en verdad, científica, ya que la comprensión histórica hállase condicionada por los propios juicios
subjetivos de valor del historiador. La c o m p r e n s i ó n , afírmase,
no es más que un e u f e m i s m o tras el cual se esconde la pura
arbitrariedad. Los trabajos históricos son siempre parciales y
unilaterales, por c u a n t o no se limitan a narrar hechos; más
bien sólo sirven para deformarlos.
E x i s t e n , desde luego, libros de historia escritos desde dispares p u n t o s de vista. La R e f o r m a ha sido reflejada p o r católicos y también por protestantes. H a y historias «proletarias»
e historias «burguesas»; historiadores « t o r y » e historiadores
« w h i g » ; cada nación, partido o g r u p o lingüístico tiene sus propios narradores y sus particulares ideas históricas.
Pero tales disparidades de criterio nada tienen q u e ver con
la intencionada deformación de los hechos por propagandistas
y apologistas disfrazados de historiadores. Aquellas circunstancias cuya certeza, a la vista de las f u e n t e s disponibles, resulta
indubitable deben ser fielmente reflejadas por el historiador
ante todo. En esta materia no cabe la interpretación personal.
Se trata de tarea que ha de ser perfeccionada r e c u r r i e n d o a los
servicios q u e b r i n d a n las ciencias de índole no histórica. El
historiador advierte los f e n ó m e n o s , q u e después reflejará mediante el p o n d e r a d o análisis crítico de las c o r r e s p o n d i e n t e s
y r o b l a n as eplstem alógicos
93
fuentes. Siempre q u e sean racionales y ciertas las teorías de las
ciencias no históricas q u e el historiador m a n e j e al estudiar
sus f u e n t e s , no cabe grave desacuerdo en t o r n o a las circunstancias de hecho c o r r e s p o n d i e n t e s . Los asertos del historiador
o c o n f o r m a n con la realidad o la c o n t r a r í a n , lo cual resulta
fácil c o m p r o b a r a la vista de los o p o r t u n o s d o c u m e n t o s ; tales
afirmaciones, c u a n d o las f u e n t e s no b r i n d e n información bastante, p u e d e ser adolezcan de vaguedad. En tal caso, ios respectivos p u n t o s de vista de los autores lal vez discrepen, p e r o
siempre h a b r á n de basar sus opiniones en una racional interpretación de las p r u e b a s disponibles'. D e l d e b a t e q u e d a n , por
f u e r z a , excluidas las afirmaciones p u r a m e n t e arbitrarias.
A h o r a bien, los historiadores discrepan, con frecuencia, en
lo a t i n e n t e a las propias enseñanzas de las ciencias no históricas. R e s u l t a n , así, discordancias p o r lo q u e se refiere al examen crítico de las f u e n t e s y a las conclusiones de las mismas
derivadas. Suscítanse insalvables disparidades de criterio. P e r o
es de n o t a r q u e no son éstas e n g e n d r a d a s por contradictorias
opiniones en torno al f e n ó m e n o histórico en sí, sino por disc o n f o r m i d a d acerca de p r o b l e m a s i m p e r f e c t a m e n t e resueltos
por las ciencias de índole no histórica.
Un a n t i g u o historiador chino posiblemente afirmaría q u e los
pecados del e m p e r a d o r p r o v o c a r o n una catastrófica sequía q u e
sólo cesó c u a n d o el p r o p i o g o b e r n a n t e expió sus faltas. N i n g ú n
historiador m o d e r n o aceptaría s e m e j a n t e relato. La consignada
teoría meteorológica pugna con indiscutidas enseñanzas de la
ciencia natural c o n t e m p o r á n e a . No existe, sin e m b a r g o , entre
los a u t o r e s similar u n i d a d de criterio por lo q u e atañe a numerosas cuestiones teológicas, biológicas o económicas. De ahí
q u e los h i s t o r i a d o r e s disientan e n t r e sí.
Q u i e n crea en las d o c t r i n a s racistas, que pregonan la superioridad de los arios nórdicos, estimará inexacto e inadmisible
t o d o i n f o r m e q u e aluda a cualquier gran obra de índole intelectual o moral practicada por alguna de las «razas inferiores».
No dará a las c o r r e s p o n d i e n t e s f u e n t e s mayor crédito que el
que a los historiadores m o d e r n o s merece el antes aludido relato
chino. C o n respecto a los f e n ó m e n o s q u e aborda la historia del
94
La Acción Humana
cristianismo no hay posibilidad de acuerdo e n t r e quienes consideran los evangelios c o m o sagrada escritura y quienes estím a n l o s d o c u m e n t o s m e r a m e n t e h u m a n o s . Los historiadores
católicos y p r o t e s t a n t e s difieren en muchas cuestiones de hecho,
al p a r t i r , en sus investigaciones, de ideas teológicas discrepantes. Un mercantilista o un neomercantilista nunca coincidirá
con un economista. Cualquier historia monetaria alemana de
los años 1 9 1 4 a 1 9 2 3 f o r z o s a m e n t e ha de hallarse condicionada p o r las ideas monetarias de su autor. Q u i e n e s crean en
los derechos carismáticos del monarca ungido p r e s e n t a r á n los
hechos de la Revolución francesa de m o d o muy distinto a como
lo h a r á n quienes comulguen con otros idearios.
Los historiadores disienten en las anteriores cuestiones, no
c o m o tales historiadores, sino al i n t e r p r e t a r el hecho de que
se trate a la luz de las ciencias no históricas, Discrepan e n t r e
sí p o r las mismas razones que, con respecto a los milagros de
Lourdes, impiden todo acuerdo e n t r e los médicos agnósticos
y aquellos o t r o s creyentes que integran el comité dedicado a
recoger las p r u e b a s acreditativas de la certeza de tales acaecimientos. U n i c a m e n t e creyendo q u e los hechos, p o r sí solos,
escriben su propia historia en la tabula rasa de la m e n t e es
posible responsabilizar a los historiadores p o r las aludidas diferencias de criterio; ahora bien, tal actitud implica d e j a r de
advertir que jamás la historia p o d r á a b o r d a r s e más q u e partiendo de ciertos presupuestos, de tal suerte q u e todo desacuerdo en t o r n o a dichos presupuestos, es decir, en t o r n o al
c o n t e n i d o de las ramas no históricas d e l saber, ha de predeterm i n a r por fuerza la exposición de los hechos históricos.
Tales presupuestos modelan igualmente la elección del historiador en lo referente a q u é circunstancias e n t i e n d e d e b a n
ser mencionadas y cuáles, por irrelevantes, p r o c e d e omitir,
A n t e el problema de p o r q u é cierta vaca no p r o d u c e leche, un
veterinario m o d e r n o para nada se preocupará de si el animal
ha sido maldecido p o r u n a b r u j a ; ahora bien, hace trescientos
años, su despreocupación al respecto no hubiera sido tan absoluta. Del m i s m o m o d o , el h i s t o r i a d o r elige, de e n t r e la infinidad de acaecimientos anteriores al h e c h o examinado, aquéllos
y r o b l a n as eplstem alógicos
95
capaces d e p r o v o c a r l o — o d e retrasar s u a p a r i c i ó n — , descart a n d o aquellas otras circunstancias carentes, según su personal
concepción de las ciencias no históricas, de i n f l u j o alguno.
T o d a m u t a c i ó n en las enseñanzas de las ciencias no históricas exige, p o r consiguiente, u n a nueva exposición de la historia. Cada generación se ve en el caso de a b o r d a r , u n a vez más,
los m i s m o s p r o b l e m a s históricos, p o r c u a n t o se le p r e s e n t a n
b a j o n u e v a luz. La antigua visión teológica del m u n d o p r o v o c ó
un e n f o q u e histórico d i s t i n t o al q u e las m o d e r n a s enseñanzas
de las ciencias naturales p r e s e n t a n . La economía política de
índole subjetiva da lugar a q u e se escriban obras históricas
t o t a l m e n t e d i f e r e n t e s a las f o r m u l a d a s al a m p a r o de las doctrinas mercantilistas. Las divergencias que, p o r razón de las anteriores d i s p a r i d a d e s de criterio, p u e d a n registrar los iibros de
los historiadores, e v i d e n t e m e n t e , no son consecuencia de u n a
supuesta i m p e r f e c c i ó n o inconcreción de los estudios históricos.
A n t e s al c o n t r a r i o , vienen a ser f r u t o de las distintas opiniones
que coexisten en el á m b i t o de aquellas o t r a s ciencias q u e suelen
considerarse rigurosas y exactas.
C o n m i r a s a evitar t o d o posible e r r o r i n t e r p r e t a t i v o , conviene destacar algunos o t r o s e x t r e m o s . Las divergencias de
criterio q u e n o s vienen o c u p a n d o nada tienen en c o m ú n con
los supuestos siguientes:
1) La voluntaria distorsión de los hechos con fines engañosos.
2) El p r e t e n d e r ensalzar o c o n d e n a r d e t e r m i n a d a s acciones desde p u n t o s de vista legales o morales.
3) El consignar, de m o d o incidental, observaciones que
i m p l i q u e n juicios valorativos, en el seno de una exposición de
la realidad rigurosa y objetiva. No se p e r j u d i c a la exactitud
y certeza de un t r a t a d o de bacteriología p o r q u e su autor, desde
un p u n t o de vista h u m a n o , considere fin último la conservación de la vida y, aplicando dicho criterio, califique de b u e n o s
los acertados m é t o d o s p a r a destruir microbios y de malos los
sistemas en ese s e n t i d o ineficaces. I n d u d a b l e m e n t e , si un germ e n escribiera el m i s m o t r a t a d o , trastocaría los aludidos juicios
de valor; sin e m b a r g o , el c o n t e n i d o material del libro sería el
96
La Acción Humana
m i s m o en ambos casos. De igual m o d o , un historiador europeo,
al tratar de las invasiones mongólicas del siglo» x i n , p u e d e hablar de hechos « f a v o r a b l e s » o «desfavorables» al p o n e r s e en
el lugar de los d e f e n s o r e s de la civilización occidental. Ese
adoptar los m ó d u l o s valorativos de u n a de las partes en m o d o
alguno hace desmerecer el c o n t e n i d o material del estudio, el
cual p u e d e ser — h a b i d a cuenta de los conocimientos científicos
del m o m e n t o — a b s o l u t a m e n t e o b j e t i v o . U n historiador mongol aceptaría el t r a b a j o í n t e g r a m e n t e , salvo por lo q u e se refiere
a aquellas observaciones incidentales.
4)
El examinar los conflictos militares o diplomáticos
p o r lo q u e atañe sólo a u n o de los bandos. Las pugnas e n t r e
g r u p o s antagónicos p u e d e n ser analizadas p a r t i e n d o de las
ideas, las motivaciones y los fines q u e impulsaron a u n o solo
de los contendientes. Cierto es q u e , para llegar a la c o m p r e n sión plena del suceso, resulta obligado percatarse de la actuación de ambas partes interesadas. La realidad se f r a g u ó al calor
del recíproco proceder. A h o r a bien, para c o m p r e n d e r cumplidam e n t e el e v e n t o de q u e se trate, el historiador ha de examinar
las cosas tal y como éstas se p r e s e n t a b a n , en su día, a los interesados, evitando q u e d e c o n s t r e ñ i d o el análisis a los hechos
b a j o el aspecto en q u e ahora aparecen ante el e s t u d i o s o q u e
dispone de todas las enseñanzas de la cultüra c o n t e m p o r á n e a .
Una historia q u e se limite a e x p o n e r las actuaciones de Lincoln
d u r a n t e las semanas y los meses q u e precedieron a la guerra
de secesión americana, desde luego, ha de resultar incompleta.
Ahora bien, i n c o m p l e t o es t o d o e s t u d i o de índole histórica.
C o n independencia de q u e el historiador p u e d a ser p a r t i d a r i o
de los unionistas o de los c o n f e d e r a d o s o que, por el contrario,
pueda ser a b s o l u t a m e n t e imparcial en su análisis, cabe p o n d e r e
con plena objetividad la política de Lincoln d u r a n t e la primavera de 1 8 6 1 . Su e s t u d i o constituirá obligado a n t e c e d e n t e para
p o d e r abordar el más amplio p r o b l e m a a t i n e n t e a p o r q u é estalló la guerra civil americana.
Aclarados los anteriores asuntos, cabe, por fin, e n f r e n t a r s e
con la cuestión decisiva: ¿ E s q u e acaso la c o m p r e n s i ó n histó-
y r o b l a n as eplstem alógicos
97
rica hállase condicionada p o r un e l e m e n t o subjetivo, y, en tal
supuesto, c ó m o influye éste en la obra del h i s t o r i a d o r ?
En aquella esfera en q u e la c o m p r e n s i ó n limítase a atestiguar q u e los interesados a c t u a r o n impelidos por d e t e r m i n a d o s
juicios valorativos, r e c u r r i e n d o al e m p l e o de ciertos m e d i o s
específicos, no cabe el d e s a c u e r d o e n t r e auténticos historiadores, es decir, e n t r e estudiosos deseosos de conocer, efectivam e n t e , la v e r d a d del pasado. T a l vez haya i n c e r t i d u m b r e en
t o r n o a algún hecho, provocada p o r la insuficiente i n f o r m a c i ó n
q u e las f u e n t e s disponibles b r i n d e n . Ello, sin e m b a r g o , n a d a
tiene q u e ver con la c o m p r e n s i ó n histórica. El p r o b l e m a a t a ñ e
tan sólo a la labor previa q u e con anterioridad a la tarea comprensiva el historiador ha de realizar.
P e r o , con independencia de lo a n t e r i o r , m e d i a n t e la comp r e n s i ó n es preciso p o n d e r a r los efectos p r o v o c a d o s p o r la
acción y la intensidad de los mismos; ha de analizarse la trascendencia de los móviles y de las acciones.
T r o p e z a m o s ahora con una de las más notables diferencias
existentes e n t r e la física o la química, de un lado, y las ciencias
de la acción h u m a n a , de otro. En el m u n d o de los f e n ó m e n o s
físicos y químicos existen (o, al m e n o s , g e n e r a l m e n t e , se s u p o n e
existen) relaciones constantes e n t r e las distintas m a g n i t u d e s ,
siendo capaz el h o m b r e de percibir, con b a s t a n t e precisión,
dichas c o n s t a n t e s m e d i a n t e los o p o r t u n o s e x p e r i m e n t o s de laboratorio, P e r o , en el c a m p o de la acción h u m a n a , no se regist r a n tales c o n s t a n t e s relaciones, salvo p o r lo q u e atañe a la
terapéutica y a la tecnología física y química. Creyeron los
economistas, d u r a n t e u n a época, h a b e r d e s c u b i e r t o u n a relación c o n s t a n t e e n t r e las variaciones cuantitativas de la cantidad
de m o n e d a existente y los precios de las mercancías. Suponíase
q u e un alza o un descenso en la cantidad de m o n e d a circulante
había de p r o v o c a r siempre una variación proporcional en los
precios. La economía m o d e r n a ha d e m o s t r a d o , de m o d o defin i t i v o e i r r e f u t a b l e , lo e q u i v o c a d o del s u p u e s t o I n c i d e n
en grave e r r o r aquellos economistas q u e p r e t e n d e n sustituir
17
Ver mis adelante cap. XVII, 4.
La Acción Humana
98
por u n a «economía c u a n t i t a t i v a » la q u e ellos d e n o m i n a n «econ o m í a cualitativa». En el m u n d o de lo económico no hay relaciones constantes, p o r lo cual toda medición resulta imposible.
C u a n d o u n a estadística nos informa de q u e en cierta época
un a u m e n t o del 10 por 100 en la producción patatera de Atlantis provocó una b a j a del 8 por 100 en el precio de d i c h o tubérculo, tal ilustración en m o d o alguno prejuzga lo q u e sucedió
o pueda suceder en cualquier o t r o lugar o m o m e n t o al registrar una variación la c o r r e s p o n d i e n t e producción de patatas.
Los aludidos datos estadísticos no han « m e d i d o » la «elasticid a d de la d e m a n d a » de las papas, ú n i c a m e n t e reflejan un específico e individualizado e v e n t o histórico. N a d i e de mediana
inteligencia p u e d e dejar de advertir q u e es variable el aprecio
de las gentes p o r lo q u e se refiere a patatas o cualquier otra
mercancía. No estimamos todos las mismas cosas de m o d o idéntico y aun las valoraciones de un d e t e r m i n a d o s u j e t o m ú d a n s e
al variar las circunstancias c o n c u r r e n t e s l s .
F u e r a del c a m p o de la historia económica, nadie supuso
jamás q u e las relaciones h u m a n a s registraran relaciones constantes. En las pasadas pugnas e n t r e los europeos y los pueblos
atrasados de otras razas, un soldado blanco, desde luego, equivalía a varios indígenas. A h o r a bien, a necio alguno ocurriósele,
ante tal realidad, « m e d i r » la m a g n i t u d de la superioridad
europea.
La imposibilidad, en este terreno, de toda medición no ha
de ser atribuida a una supuesta imperfección de los métodos
técnicos al efecto empleados. P r o v i e n e , en c a m b i o , de la ausencia de relaciones constantes en la materia analizada. Si se debiera a u n a insuficiencia técnica, cabría, al m e n o s en ciertos
casos, llegar a cifras aproximadas. P e r o no; el p r o b l e m a estriba,
c o m o se decía, en q u e no hay relaciones constantes. Contrariam e n t e a lo q u e ignorantes positivistas se complacen en repetir,
la economía en m o d o alguno es u n a disciplina atrasada por no
ser «cuantitativa». Carece de esta condición y no se embarca
en mediciones p o r c u a n t o no maneja constantes. Los d a t o s
estadísticos referentes a realidades económicas son d a t o s pura" Vid. infra cap. XI, 4.
y r o b l a n as eplstem alógicos
99
m e n t e históricos. I l ú s t r a n n o s acerca de lo q u e sucedió en un
caso específico q u e no volverá a repetirse. Los f e n ó m e n o s
físicos p u e d e n i n t e r p r e t a r s e sobre la base de las relaciones
constantes descubiertas m e d i a n t e la experimentación. Los hechos históricos no a d m i t e n tal t r a t a m i e n t o .
Cabe q u e el historiador registre cuantos factores contribuyeron a p r o v o c a r un cierto e v e n t o , así c o m o aquellas o t r a s
circunstancias que se oponían a su aparición, las cuales pudier o n retrasar o paliar el efecto, en definitiva, conseguido. A h o r a
bien, tan sólo m e d i a n t e la c o m p r e n s i ó n p u e d e el investigador
o r d e n a r los distintos factores causales con criterio c u a n t i t a t i v o ,
en relación a los efectos provocados. Ha de recurrir forzosam e n t e a la comprensión si quiere asignar a cada u n o de los n
factores concurrentes su respectiva trascendencia en o r d e n a la
aparición del efecto p. En el t e r r e n o de la historia, la comprensión equivale, p o r así decirlo, al análisis cuantitativo y a la
medición.
La c o r r e s p o n d i e n t e técnica p o d r á ilustrarnos acerca de cuál
deba ser el grosor de una plancha de acero para q u e no la
p e r f o r e la bala de un fusil « W i n c h e s t e r » disparada a una distancia de 3 0 0 yardas. Tal información nos p e r m i t i r á saber
por q u é f u e o no f u e alcanzado p o r d e t e r m i n a d o proyectil un
individuo s i t u a d o detrás de u n a chapa de acero de cierto espesor, La historia, en cambio, es incapaz de explicar, con semej a n t e simplicidad, p o r qué se h a n i n c r e m e n t a d o en un 10
por 100 ios precios de la leche; p o r q u é el p r e s i d e n t e Roosevelt
venció al g o b e r n a d o r D c w e y en las elecciones de 1 9 4 4 ; o por
qué Francia, de 1 8 7 0 a 1 9 4 0 , se g o b e r n ó por una constitución
republicana. E s t o s p r o b l e m a s sólo m e d i a n t e la comprensión
p u e d e n ser a b o r d a d o s .
La c o m p r e n s i ó n aspira a p o n d e r a r la trascendencia específica de cada circunstancia histórica. No es lícito, desde luego,
al m a n e j a r la c o m p r e n s i ó n , recurrir a la arbitrariedad o al capricho. La libertad del historiador hállase limitada por la obligación de explicar racionalmente la realidad. Su única aspiración d e b e ser la de alcanzar la verdad, A h o r a bien, en la compresión aparece por fuerza un e l e m e n t o de subjetividad. Hállase
100
La Acción Humana
la misma siempre matizada por la propia personalidad del s u j e t o
y viene, p o r t a n t o , a reflejar la mentalidad del expositor.
Las ciencias apriorísticas — l a lógica, la m a t e m á t i c a y la
p r a x e o l o g í a — aspiran a f o r m u l a r conclusiones u m v e r s a l m e n t e
válidas para t o d o ser q u e goce de la estructura lógica típica de
la m e n t e h u m a n a . Las ciencias naturales buscan conocimientos
válidos para todos aquellos seres q u e no sólo disponen de la facultad h u m a n a de raciocinar, sino q u e se sirven además de los
m i s m o s sentidos que el h o m b r e . La u n i f o r m i d a d h u m a n a p o r lo
q u e atañe a la lógica y a la sensación confiere a tales ramas del
saber su universal validez. Sobre esta idea se ha o r i e n t a d o hasta
ahora la labor de los físicos. Sólo ú l t i m a m e n t e han c o m e n z a d o
dichos investigadores a advertir las limitaciones con q u e en
sus tareas tropiezan y, r e p u d i a n d o la excesiva ambición anterior,
h a n d e s c u b i e r t o el «principio de la i n c e r t i d u m b r e » . A d m i t e n
ya la existencia de cosas q u e escapan a la observación, lo cual
suscítales p r o b l e m a s epistemológicos
La c o m p r e n s i ó n histórica nunca p u e d e llegar a conclusiones que, lógicamente, hayan de ser aceptadas p o r todos. D o s
historiadores, pese a que coincidan en la interpretación de las
ciencias no históricas y convengan en los hechos c o n c u r r e n t e s
en c u a n t o q u e p a dejar éstos sentados sin recurrir a la comprensión de la respectiva trascendencia de los m i s m o s , pueden
hallarse, sin e m b a r g o , en total desacuerdo c u a n d o se trate de
aclarar este ú l t i m o extremo. Tal vez hállense concordes en q u e
los factores a, b y c c o n t r i b u y e r o n a provocar el efecto p y, sin
embargo, pueden disentir g r a v e m e n t e al p o n d e r a r la trascendencia de cada u n o de dichos factores en el r e s u l t a d o finalm e n t e producido. P o r cuanto la comprensión aspira a percatarse de la respectiva trascendencia de cada u n a de las circunstancias concurrentes, resulta t e r r e n o a b o n a d o para los juicios
subjetivos. Estos, desde luego, no implican juicios valorativos
" Vid. A.
York, 1939.
EDDINGTON,
The Philosopby o¡ Physical Science, págs, 28-48. Nueva
y r o b l a n as eplstem alógicos
101
ni reflejan las preferencias del historiador. E s t a m o s a n t e juicios
de trascendencia 20.
Por diversas razones cabe disientan e n t r e sí los historiadores. Tal vez sustenten dispares criterios p o r lo q u e a t a ñ e a
las enseñanzas de las ciencias no históricas; tal vez sus diferencias surjan de sus respectivos conocimientos, más o m e n o s
perfectos, de las correspondientes f u e n t e s , y tal vez difieran
por sus ideas acerca de los motivos y aspiraciones de los interesados o acerca de los medios q u e , al efecto, aplicaron. Ahora
bien, en rodas estas cuestiones cabe llegar a fórmulas de avenencia, previo un examen racional, « o b j e t i v o » , de los hechos;
no es imposible alcanzar un acuerdo, en términos generales,
acerca de tales problemas. A las discrepancias entre historiadores, con m o t i v o de sus respectivos juicios de trascendencia, sin
embargo, no se p u e d e e n c o n t r a r soluciones q u e todos forzosam e n t e hayan de aceptar.
Los m é t o d o s intelectivos de la ciencia no difieren específicamente de los q u e el h o m b r e corriente aplica en su c o t i d i a n o
razonar. El científico utiliza las mismas h e r r a m i e n t a s mentales
q u e el lego; ahora bien, las emplea con mayor precisión y pericia. La comprensión en m o d o alguno constituye exclusivo
privilegio de historiadores. T o d o el m u n d o se sirve de ella.
Cualquiera, al observar las condiciones de su m e d i o a m b i e n t e ,
adopta u n a actitud de historiador. Al e n f r e n t a r s e con la incert i d u m b r e de f u t u r a s circunstancias, todos y cada u n o recurren
a la comprensión. M e d i a n t e ella aspira el especulador a comprender la respectiva trascendencia de los diversos factores
intervinientes que plasmarán la realidad f u t u r a . P o r q u e la
acción — h a g á m o s l o n o t a r desde ahora al inciar nuestras investigaciones— se e n f r e n t a siempre y p o r fuerza con el f u t u r o ,
es decir, con circunstancias inciertas, por lo cual, al actuar
invariablemente tiene carácter especulativo. El h o m b r e contempla el f u t u r o , por decirlo así, con ojos de historiador.
" Como no tratamos de estudiar la metodología en general, sino sólo los fundamentos indispensables para un tratado de economía, no es preciso insistir sobre
las analogías existentes entre la comprensión de ia trascendencia histórica y la labor
del médico al diagnosticar. Examinar ahora la metodología de la biología desbordaría los límites de nuestro estudio.
102
La Acción Humana
HISTORIA NATURAL E HISTORIA HUMANA
La cosmogonía, la geología y las ciencias que se ocupan de las
acaecidas mutaciones biológicas son, todas ellas, disciplinas históricas, por cuanto el objeto de su estudio consiste en hechos singulares que sucedieron en el pasado. Ahora bien, tales ramas del
saber se atienen exclusivamente al sistema epistemológico de las
ciencias naturales, por lo cual no precisan recurrir a la comprensión. A veces, vense obligadas a ponderar magnitudes de un modo
sólo aproximado. Dichos cálculos estimativos no implican, sin embargo, juicios de trascendencia. Se trata simplemente de determinar relaciones cuantitativas de un modo menos perfecto que el
que supone la medición «exacta». Nada tiene ello que ver con
aquella situación que se plantea en el campo de la acción humana,
donde nunca hay relaciones constantes.
Por eso, al decir historia, pensamos exclusivamente en historia
de las actuaciones humanas, terreno en el que la comprensión
constituye la típica herramienta mental.
Contra aquel aserto según el cual Ja moderna ciencia natural
debe al método experimental todos sus triunfos, suele aducirse
el caso de la astronomía. Ahora bien, la astronomía contemporánea no supone, en definitiva, sino la aplicación a los cuerpos
celestes de leyes físicas descubiertas en nuestro planeta de modo
experimental. Antiguamente, los estudios astronómicos venían a
suponer que los cuerpos celestes se movían con arreglo a órbitas
inmutables. Copérnico y Kepler intentaban adivinar, simplemente,
qué tipo de curvas describía la Tierra alrededor del Sol. Por estimarse la circunferencia como la curva «más perfecta», Copérnico
la adoptó en su hipótesis. Por una conjetura similar, Kepler, más
tarde, recurrió a la elipse. Sólo a partir de los descubrimientos
de Newton llegó a ser la astronomía una ciencia natural, en sentido estricto.
9.
S O B R E LOS
TIPOS
IDEALES
La historia se interesa p o r hechos singulares, q u e nunca se
repetirán, es decir, por ese irreversible fluir de los acaecimientos
h u m a n o s . No cabe aludir a ningún acontecimiento histórico
y r o b l a n as eplstem alógicos
103
sin referirse a los interesados en el m i s m o , así c o m o al lugar
y la fecha en q u e se p r o d u j o . Si un suceso p u e d e ser n a r r a d o
sin aludir a dichas circunstancias es p o r q u e carece de condición histórica, c o n s t i t u y e n d o un f e n ó m e n o de aquellos por los
que las ciencias naturales se interesan. El relatar q u e el profesor X el día 20 de f e b r e r o de 1 9 4 5 practicó en su laboratorio
d e t e r m i n a d o e x p e r i m e n t o es una narración de índole histórica.
Considera, sin embargo, o p o r t u n o el físico prescindir de la personalidad del actor, así c o m o de la fecha y del lugar del caso.
Alude tan sólo a aquellas circunstancias que considera trascendentes en orden a provocar el efecto en cuestión, las cuales,
siempre q u e sean reproducidas, darán otra vez lugar al mismo
resultado. De esta suerte t r a n s f ó r m a s e aquel suceso histórico
en un hecho de los m a n e j a d o s por las ciencias naturales empíricas. Prescíndese de la intervención del e x p e r i m e n t a d o r , quien
se desea aparezca más bien c o m o simple o b s e r v a d o r o imparcial n a r r a d o r de la realidad. No c o m p e t e a la praxeología ocuparse de los problemas epistemológicos q u e tal actitud implica.
Los p r o p i o s cultivadores de la física m o d e r n a comienzan a
advertir los peligros q u e aquella autodeificación puede encerrar.
Si b i e n , en cnalciuier caso, los hechos históricos son singulares e ¡rreproducibles, todos ellos tienen de común e n t r e sí
el constituir siempre acción h u m a n a . La historia los aborda por
c u a n t o suponen actuaciones h u m a n a s ; percátase de su significación m e d i a n t e la cognición praxeolópica y c o m p r e n d e aquélla
c o n t e m p l a n d o las circunstancias singulares e individuales del
caso en cuestión. Lo q u e interesa a la historia es ú n i c a m e n t e
la significación atribuida a la realidad de q u e se trate p o r los
individuos intervinientes. es decir, la q u e les merezca el e s t a d o
de cosas q u e p r e t e n d e n alterar, la q u e atribuyan a sus propias
actuaciones y la concedida a los resultados provocados por su
intervención.
La historia ordena y clasifica los i n n ú m e r o s acaecimientos
con arreglo a su respectiva significación. Sistematiza los objetos
de su e s t u d i o — h o m b r e s , ideas, instituciones, entes sociales,
m e c a n i s m o s — con arreglo a la similitud de significación q u e
v
104
La Acción Humana
e n t r e sí p u e d a n éstos tener. P l a s m a , según dicha similitud, con
los aludidos elementos, los tipos ideales.
Son tipos ideales los conceptos manejados en la investigación histórica, así como los utilizados para reflejar los resultados de dichos estudios. Los tipos ideales constituyen, por
t a n t o , conceptos de comprensión. N a d a tienen q u e ver con las
categorías y los conceptos praxeológicos o con los conceptos de
las ciencias naturales. Los aludidos tipos ideales en m o d o alguno constituyen conceptos de clase, p o r c u a n t o no implican
aquellas notas características cuya presencia en un o b j e t o determ i n a d o p e r m i t e clasificar a éste sin h a b e r lugar a la d u d a en
la clase de q u e se trate. Los tipos ideales no pueden ser o b j e t o
de definición; para su descripción es preciso e n u m e r a r aquellos
rasgos q u e , g e n e r a l m e n t e , c u a n d o concurren en un caso concreto, permiten decidir si el s u p u e s t o p u e d e o no incluirse en
el t i p o ideal c o r r e s p o n d i e n t e . C o n s t i t u y e nota característica de
t o d o tipo ideal el q u e no sea imperativa la presencia de todos
sus rasgos específicos en aquellos supuestos concretos q u e merezcan la calificación en cuestión. El q u e la ausencia de algunas
de dichas características vede o no q u e un caso d e t e r m i n a d o
sea considerado c o m o c o r r e s p o n d i e n t e al tipo ideal de q u e
se trate d e p e n d e de un juicio de trascendencia, p l a s m a d o mediante la comprensión. E n g e n d r a el tipo ideal, en definitiva,
la comprensión intuitiva de los motivos, las ideas y los pronósitos de los individuos que actúan, así c o m o la de los medios
q u e aplican.
El tipo ideal nada tiene q u e ver con p r o m e d i o s estadísticos.
La m a y o r parte de los rasgos q u e le caracterizan no a d m i t e n la
ponderación numérica, p o r lo cual es imposible pensar en
deducir medias aritméticas en esta materia. P e r o no es ése el
m o t i v o f u n d a m e n t a l q u e obliga a consignar el a n t e r i o r aserto.
Los p r o m e d i o s estadísticos nos ilustran acerca de c ó m o proceden los sujetos integrantes de u n a cierta clase o g r u p o , f o r m a d o ,
de a n t e m a n o , en virtud de u n a definición o tipificación, q u e
maneja ciertas notas c o m u n e s , en s u p u e s t o s ajenos a los aludidos por la indicada definición o tipificación. Ha de constar
la pertenencia a la clase o g r u p o en cuestión antes de q u e el
y r o b l a n as eplstem alógicos
105
estadístico p u e d a comenzar a averiguar c ó m o proceden los
sujetos estudiados en casos especiales, sirviéndose de los resultados de esta investigación para deducir medias aritméticas.
Cabe d e t e r m i n a r la media de la edad de los senadores americanos y también cabe averiguar, p r o m e d i a n d o , c ó m o reacciona,
ante cierta circunstancia, una d e t e r m i n a d a clase de personas
formada p o r individuos de la misma e d a d . A h o r a bien, lo q u e ,
lógicamente, resulta imposible es f o r m a r una clase sobre la
base de que sus m i e m b r o s registren las mismas cifras promedias.
Sin la ayuda de los tipos ideales no cabe a b o r d a r problema
histórico alguno. Ni a u n c u a n d o el historiador se ocupa de un
solo individuo o de un hecho singular, puede evitar referirse a tipos ideales. Al tratar de N a p o l e ó n , el estudioso habrá
de aludir a tipos ideales tales c o m o los de c a p i t á n , dictador o
jefe revolucionario; si se e n f r e n t a con la Revolución francesa,
tendrá q u e m a n e j a r los tipos ideales de revolución, desintegración de un régimen, anarquía, etc. Tal vez la alusión a cierto
tipo ideal consista sólo en negar la aplicabilidad del mismo al
caso de q u e se trata. De u n a f o r m a u otra, cualquier acontecimiento histórico ha de ser descrito e i n t e r p r e t a d o sobre la base
de tipos ideales. El p r o f a n o , por su parte, igualmente ha de
manejar, cuando p r e t e n d e a b o r d a r hechos pasados o f u t u r o s ,
tipos ideales, y a éstos recurre de m o d o inconsciente.
Sólo m e d i a n t e la comprensión cabe decidir si procede o no
aludir a d e t e r m i n a d o tipo ideal para la m e j o r a p r e h e n s i ó n mental del f e n ó m e n o de q u e se trate. El tipo ideal no viene a condicionar la c o m p r e n s i ó n ; antes al contrario, es el deseo de u n a
más perfecta comprensión lo que exige e s t r u c t u r a r y emplear
los correspondientes tipos ideales.
Plásmanse los tipos ideales m e d i a n t e las ideas y conceptos
f o r m u l a d o s por las ciencias de índole no histórica. T o d a cognición histórica hállase, desde luego, condicionada, c o m o decíamos, p o r las enseñanzas del c o n t e m p o r á n e o saber; en éste
apóyase y jamás p u e d e contradecirlo, Ahora bien, lo cierto es
q u e el conocimiento histórico interésase por asuntos y emplea
m é t o d o s t o t a l m e n t e diferentes a los de las aludidas ciencias.
La Acción Humana
106
las cuales, p o r su parte, no p u e d e n recurrir a la comprensión.
P o r ello, los tipos ideales nada tienen en común con los conceptos que manejan las ciencias no históricas. Lo m i s m o les
sucede con respecto a las categorías y conceptos praxeológicos.
Los repetidos tipos ideales, desde luego, brindan las ineludibles
herramientas mentales q u e el e s t u d i o de la historia exige. No
se ampara, sin embargo, en ellos el historiador para desarrollar
aquella su labor de c o m p r e n d e r hechos individuales y singulares. P o r tanto, jamás podrá constituir un tipo ideal la simple
adopción de cierto concepto praxeológico.
Sucede con frecuencia q u e vocablos empleados por la praxeología para designar determinados conceptos praxeológicos
utilízanlos también los historiadores para aludir a ciertos tipos
ideales. En tal caso, el historiador está sirviéndose de una misma palabra para expresar dos ideas distintas. En ocasiones
empleará el t é r m i n o para designar el correspondiente concepto
praxeológico. Con m a y o r frecuencia, sin embargo, recurrirá al
mismo para aludir al tipo ideal. En este último supuesto, el
historiador atribuye a dicha palabra un significado d i s t i n t o de
aquel que, en el t e r r e n o praxeológico, le corresponde; cambia su
trascendencia al servirse de la misma en distinto á m b i t o científico. I d é n t i c o vocablo viene a representar ideas diferentes;
estamos ante un caso de h o m o n i m i a . El concepto económico de
«empresario» no coincide con el t i p o ideal «empresario» que
la historia económica y la economía descriptiva m a n e j a n . (Una
tercera significación corresponde al concepto legal de «empresario».) El t é r m i n o «empresario», en el terreno económico,
encarna una idea precisa y específica, idea q u e , en el marco
de la teoría del mercado, sirve para designar una función claram e n t e individualizada 2 1 . El ideal tipo histórico de «empresario» no abarca los mismos sujetos q u e el concepto económico.
N a d i e piensa, al hablar de « e m p r e s a r i o » , en el limpiabotas,
ni en el taxista q u e trabaja con su p r o p i o automóvil, en el
v e n d e d o r ambulante, ni en el h u m i l d e labriego. T o d o lo
q u e la economía predica de los empresarios es rigurosamente
31
Ver más adelante cap. XIV, 7.
y r o b l a n as eplstem alógicos
107
aplicable a cuantos integran la aludida clase con total independencia de las particulares circunstancias de t i e m p o , espa
ció U ocupación que a cada particular p u e d a n c o r r e s p o n d e r .
P o r el contrario, lo q u e la historia económica establece en relación con sus tipos ideales p u e d e variar según las circunstancias particulares de las distintas edades, países, tipos de negocio y demás situaciones. Por eso, los historiadores apenas
manejan el tipo ideal general de « e m p r e s a r i o » . I n t e r é s a n s e más
p o r ciertos tipos empresariales específicos, tales c o m o el americano de los tiempos de J e í f e r s o n , el de la industria pesada
alemana en la época de G u i l l e r m o I I , el c o r r e s p o n d i e n t e a la
industria textil de N u e v a Inglaterra en las décadas q u e precedieron a la primera guerra mundial, el de la haute finance protestante de París, el de e m p r e s a r i o autodidacta, etc.
La circunstancia de q u e resulte o no o p o r t u n o plasmar determinados tipos ideales d e p e n d e exclusivamente del m o d o de
comprensión q u e se persiga. H o y en día es f r e c u e n t e recurrir a
dos conocidos tipos ideales: el integrado por los partidos de
izquierda (progresistas) y el de los partidos de derecha (fascistas). E n t r e los p r i m e r o s inclúyense las democracias occidentales, algunas de las dictaduras iberoamericanas y el bolchevismo
ruso; el segundo g r u p o lo f o r m a n el fascismo italiano y el nazismo alemán. Tal clasificación es f r u t o de un cierto modo tic
comprensión. O t r a f o r m a de ver las cosas prefiere contrastar
la democracia y la dictadura. En tal caso, el bolchevismo ruso,
el fascismo italiano y el nazismo alemán pertenecen al tipo ideal
de régimen dictatorial, m i e n t r a s los sistemas occidentales de
gobierno c o r r e s p o n d e n al t i p o ideal democrático.
F u e un e r r o r f u n d a m e n t a l de la escuela histórica de las.
Wirtschaftliche Staatswissenschaften, en Alemania, y del Institucionalismo, en N o r t e a m é r i c a , el considerar q u e la ciencia
económica lo q u e estudia es la c o n d u c t a de un cierto tipo ideal,
el homo oeconomicus. La economía clásica u ortodoxa — a s e gura dicho i d e a r i o — no se o c u p ó del h o m b r e ta! y como en
verdad es y actúa, limitándose a analizar la conducta de un
imaginario ser guiado exclusivamente p o r motivos económicos,
impelido sólo p o r el deseo de cosechar el m á x i m o beneficio
108
La Acción Humana
material y m o n e t a r i o . Ese s u p u e s t o personaje jamás gozó de
existencia real; es tan sólo un f a n t a s m a creado por arbitrarios
filósofos de café. A nadie impele, de m o d o exclusivo, el deseo
de enriquecerse al m á x i m o ; muchas gentes ni siquiera experim e n t a n esas materialistas apetencias. I m p e r t i n e n t e resulta, al
estudiar la vida y la historia, perder el tiempo ocupándose de
tan fantasmal engendro,
Pero, con independencia de la posible significación que
los economistas clásicos concedieran a la figura del homo oeconomicus, es preciso advertir q u e ésta, en ningún caso, podía
implicar un tipo ideal. En efecto, la abstracción de una faceta o
aspecto de las múltiples aspiraciones y apetencias del h o m b r e
no implica la plasmación de un tipo ideal. A n t e s al contrario,
el tipo ideal viene a representar «siempre f e n ó m e n o s complejos
realmente existentes, ya sean de índole h u m a n a , institucional
o ideológica.
La economía clásica p r e t e n d i ó explicar el f e n ó m e n o de la
formación de los precios. P l e n a m e n t e advertían aquellos pensadores que los precios en modo alguno son f r u t o exclusivamente engendrado por la actuación de un específico g r u p o de
personas, sino la resultante provocada por la recíproca acción
de cuantos en el mercado operan. P o r ello proclamaron q u e
los precios vienen condicionados p o r la oferta y la demanda,
P e r o aquellos economistas fracasaron l a m e n t a b l e m e n t e al pretender estructurar una admisible teoría del valor, No supieron
resolver la aparente antinomia del valor. Les desconcertaba la
paradoja de que «el oro» valiera más que «el h i e r r o » , pese a
ser éste más «útil» q u e aquel. Tal deficiencia les impidió advertir que las apetencias de los consumidores constituían la
única causa y razón de la producción y el i n t e r c a m b i o mercantil. P o r ello tuvieron q u e a b a n d o n a r su ambicioso plan de llegar a estructurar una teoría general de la acción h u m a n a . Contentáronse con f o r m u l a r una teorfa dedicada exclusivamente a (
explicar las actividades del h o m b r e de empresa, d e s c u i d a n d o el
hecho de q u e ias preferencias de todos y cada u n o de los
h u m a n o s es el decisivo factor económico. I n t e r e s á r o n s e sólo
por el proceder del h o m b r e de negocios, q u e aspira siempre a
y r o b l a n as eplstem alógicos
109
comprar en el mercado más b a r a t o y a v e n d e r en el más caro.
El c o n s u m i d o r q u e d a b a excluido de su c a m p o de observación.
P r e t e n d i e r o n más tarde los c o n t i n u a d o r e s de los economistas
clásicos explicar y justificar dicha actitud investigadora sobre
la base de q u e era un m é t o d o intencionalmente a d o p t a d o y,
por razones epistemológicas, procedente. M a n t e n í a n q u e los
aludidos estudiosos, de m o d o deliberado, quisieron ceñir sus
investigaciones a una d e t e r m i n a d a faceta de la acción h u m a n a :
al aspecto «económico». D e s e a b a n ocuparse tan sólo de la imaginaria figura del h o m b r e impelido, de manera exclusiva, por
motivaciones «económicas», d e j a n d o de lado cualesquiera otras,
pese a constarles q u e las gentes, en realidad, actúan movidas
por n u m e r o s o s impulsos de índole « n o económica». Algunos
de estos exegetas aseguraron q u e el análisis de esas motivaciones ú l t i m a m e n t e aludidas no correspondía a la ciencia económica, sino a otras ramas del saber. T a m b i é n h u b o quienes, si
bien convenían en q u e el e x a m e n de las repetidas apetencias
«no económicas», así c o m o su influjo en la formación de los
precios, competía a la economía, o p i n a b a n q u e dicha tarea debería ser abordada más tarde por ulteriores generaciones. Comp r o b a r e m o s después q u e la consignada distinción entre motivos «económicos» y « n o económicos» es imposible de mantener 21. De m o m e n t o basta con resaltar que esas doctrinas que
pretenden limitar la investigación al aspecto «económico» de
la acción h u m a n a vienen a falsear y tergiversar por completo
las enseñanzas de los economistas clásicos. J a m á s pretendieron
éstos lo q u e sus comentaristas s u p o n e n . Interesábanse por
aclarar la formación de los precios efectivos y verdaderos,
d e s e n t e n d i é n d o s e de aquellos imaginarios precios que surgirían si las gentes operaran b a j o unas hipotéticas condiciones
distintas de las q u e e f e c t i v a m e n t e concurren. Los precios q u e
p r e t e n d i e r o n y llegaron a explicar — s i bien olvidándose de las
apetencias y elecciones de los c o n s u m i d o r e s — son los precios
auténticos de mercado. La oferta y la d e m a n d a de que nos
hablan constituyen realidades efectivas, engendradas por aquellas múltiples motivaciones q u e inducen a los h o m b r e s a com" Ver más adelante cap. XIV, 1, 3 y A.
La Acción Humana
110
p r a r o a v e n d e r . Su teoría resultaba incompleta por c u a n t o
a b a n d o n a b a n el análisis de la verdadera f u e n t e y origen de la
d e m a n d a , d e s c u i d a n d o el remontarse a las preferencias de los
consumidores. No lograron, por eso, estructurar una teoría de
la demanda p l e n a m e n t e satisfactoria. Jamás, sin e m b a r g o , supusieron que la d e m a n d a — e m p l e a n d o el vocablo tal y como
ellos en sus escritos lo u t i l i z a n — f u e r a e s t r u c t u r a d a , exclusiva
m e n t e , por m o t i v o s «económicos», negando trascendencia a
los « n o económicos». D e j a r o n , efectivamente, de lado, p o r desgracia, el estudio de las apetencias de los consumidores, limitando su e x a m e n a la actuación del h o m b r e de empresa. Su
teoría de los precios, no obstante, pretendía abordar los precios reales, si bien, como decíamos, prescindiendo de los motivos y voliciones q u e impulsan a los consumidores a actuar de
u n o u otro m o d o .
Nace la m o d e r n a economía subjetiva c u a n d o se logra resolver la aparente antinomia del valor. Sus teoremas en m o d o
alguno contráense ya a las actuaciones del h o m b r e de empresa
y para nada se interesan p o r el imaginario homo oeconomicus.
P r e t e n d e n aprehender las inmodificables categorías q u e inform a n la acción h u m a n a en general. A b o r d a n el e x a m e n de los
precios, de los salarios o del interés, sin interesarse por las
motivaciones personales que inducen a las gentes a c o m p r a r y
vender o a abstenerse de c o m p r a r y vender. H o r a es ya de
repudiar aquellas estériles construcciones que p r e t e n d í a n justificar las deficiencias de los clásicos a base de recurrir al fantasmagórico homo oeconomicus.
10.
E L MÉTODO D E L A ECONOMÍA
POLÍTICA
La praxeología, en definitiva, tiene por o b j e t o investigar
las categorías de la acción h u m a n a . Para a p r e h e n d e r mentalm e n t e cuantos teoremas praxeológicos existen, el p e n s a d o r no
necesita sino percatarse de la esencia misma de la acción del
h o m b r e . P o r c u a n t o somos personas, tal c o n o c i m i e n t o hállase
ínsito en nosotros; ningún ser h u m a n o carece de dicha ilustración, salvo q u e influencias patológicas le hayan reducido a
y r o b l a n as eplstem alógicos
111
una existencia m e r a m e n t e vegetativa. Para c o m p r e n d e r cabalm e n t e los aludidos teoremas no se requiere acudir a experimentación alguna. Es más; n i n g ú n conocimiento experimental,
p o r amplio q u e f u e r a , haría comprensibles los correspondientes
datos a quien de a n t e m a n o no supiera en q u é consiste la actividad h u m a n a , Sólo m e d i a n t e el análisis lógico de aquellos conocimientos q u e llevamos d e n t r o , referentes a la categoría de
acción, es posible la asimilación mental de los teoremas en
cuestión. D e b e m o s concentrarnos y reflexionar sobre la estructura misma de la actividad h u m a n a . El conocimiento praxeológico, c o m o el lógico y el matemático, lo llevamos en nuestro
interior; no n o s viene de f u e r a .
T o d o s los conceptos y teoremas de la praxeología hállanse
implícitos en la propia categoría de acción h u m a n a . En o r d e n a
alcanzar el conocimiento praxeológico, lo f u n d a m e n t a l es analizar y d e d u c i r los aludidos conceptos y teoremas, extraer las
correspondientes conclusiones y d e t e r m i n a r las características
universales del actuar c o m o tal. Una vez conocidos los requisitos típicos de toda actuación, conviene dar un paso más en el
sentido d e d e t e r m i n a r — d e s d e luego, d e u n m o d o p u r a m e n t e
categórico y f o r m a l — los requisitos, ya más específicos, co
rrespondientes a f o r m a s especiales de actuar. Cabría a b o r d a r
esta segunda tarea f o r m u l a n d o imaginariamente cuantas situaciones resulten pensables, para deducir, seguidamente, las correspondientes conclusiones lógicas. Tal sistemática omnicomprensiva nos ilustraría no sólo acerca de la acción h u m a n a tal
y c o m o se p r o d u c e en este m u n d o real, d o n d e vive y actúa el
h o m b r e , sino también acerca de unas hipotéticas acciones q u e
se registrarían en el caso de concurrir las irrealizables condiciones de imaginarios m u n d o s .
P e r o lo q u e la ciencia p r e t e n d e es percatarse de la realidad.
La investigación científica no es ni mera gimnasia mental ni
p a s a t i e m p o lógico. De ahí q u e la praxeología restrinja su estudio al análisis de la acción tal y como aparece b a j o las condiciones y p r e s u p u e s t o s del m u n d o de la realidad. U n i c a m e n t e
en dos s u p u e s t o s abórdase la acción tal como aparecería b a j o
condiciones q u e ni nunca se h a n p r e s e n t a d o ni en el m o m e n t o
112
La Acción Humana
actual p u e d e n aparecer. La praxeología, p o r eso, pertinentem e n t e ocúpase del análisis de posibles realidades q u e aún no se
han p r o d u c i d o y no m e n o s se interesa por planteamientos imaginarios e impracticables, siempre y c u a n d o tal análisis permita
una m e j o r percepción de los efectivos f e n ó m e n o s q u e se trate
de examinar *.
Sin embargo, esta alusión a la realidad experimental en
m o d o alguno afecta al carácter apriorístico de la praxeología y
de la economía. N u e s t r o s conocimientos experimentales vienen
s i m p l e m e n t e a indicarnos cuáles son los problemas q u e conviene examinar y cuáles procede d e s a t e n d e r . I n f ó r m a n n o s acerca
de q u é d e b a m o s analizar, p e r o nada nos dicen de cómo debamos proceder en nuestra investigación. A m a y o r a b u n d a m i e n t o ,
no es la experiencia, sino el p r o p i o pensar, el que nos ilustra
acerca de q u é imaginarios p l a n t e a m i e n t o s conviene analizar
para m e j o r a p r e n h e n d e r lo q u e en el m u n d o leal sucede.
El q u e el t r a b a j o fatigue no es una realidad de índole categórica y apriorística. C a b e imaginar, sin incidir en contradicción lógica, un m u n d o en el que el t r a b a j o no fuera p e n o s o y
deducir las correspondientes conclusiones 23. Ahora bien, en la
vida real c o n t i n u a m e n t e tropezamos con la « d e s u t i l i d a d » del
trabajo. Sólo si toma en cuenta dicha realidad, p u e d e un teorema económico servirnos para c o m p r e n d e r m e j o r c u a n t o sucede a n u e s t r o alrededor.
A d v e r t i m o s , desde luego, la penosidad del trabajo. Tal.
ilustración, sin embargo, no nos la proporciona la experiencia
directamente. No existe, en efecto, f e n ó m e n o alguno q u e , por
sí solo, p r e d i q u e la «desutilidad» del trabajo. La realidad n o s
ofrece ciertos datos de índole e x p e r i m e n t a l , los cuales, interpretados a la luz del conocimiento apriorístico, hacen concluyamos que el h o m b r e estima en más el ocio — e s decir, la
ausencia de t r a b a j o — q u e la labor, invariadas, e v i d e n t e m e n t e ,
las demás circunstancias concurrentes. V e m o s gentes q u e re* Mises alude aquí a tas imaginarias construcciones o modelos económicos del
estado final de reposo y de la economía de giro uniforme, temas que estudia a
fondo en el subsiguiente cap. XIV, 5. (N. del T )
" Vid. infra, cap. VII, 3.
y r o b l a n as eplstem alógicos
113
nuncian a placeres q u e p o d r í a n d i s f r u t a r si trabajaran más, lo
cual nos hace racionalmente concluir q u e hay personas dispuestas a sacrificar ciertos goces en aras del descanso. Tal
realidad nos dice q u e el h o m b r e aprecia este último, m i e n t r a s
considera al t r a b a j o una carga. P e r o si llegamos a semejante
conclusión, ello es sólo p o r q u e h e m o s apelado p r e v i a m e n t e al
discernimiento praxeológico.
La teoría del cambio indirecto, así c o m o cuantas de ella derivan — l a del crédito circulante, por e j e m p l o — , únicamente
p u e d e interesar, al o b j e t o de m e j o r c o m p r e n d e r la realidad,
en un m u n d o d o n d e el cambio indirecto se practique. Bajo un
o r d e n en el q u e sólo el t r u e q u e existiera, tales construcciones
constituirían m e r o p a s a t i e m p o intelectual. N o e s probable q u e
los economistas de esa imaginaria sociedad h u b i é r a n s e jamás
o c u p a d o del cambio indirecto, del d i n e r o y demás conceptos
conexos, aun s u p o n i e n d o q u e , en tal a m b i e n t e , pudiera llegar
a surgir la ciencia económica. En nuestro m u n d o real, sin embargo, dichos estudios son una imprescindible faceta del saber
económico.
El que la praxeología, al p r e t e n d e r captar la realidad, limite su investigación a aquellas cuestiones q u e , en ese sentido,
tienen interés, en m o d o alguno modifica la condición apriorística de su razonar. Q u e d a , no o b s t a n t e , de este m o d o , prefijado el c a m p o de acción de la economía, la única p a r t e ele la
praxeología hasta ahora e s t r u c t u r a d a ,
La economía no utiliza el m é t o d o de la lógica ni el de las
matemáticas. No se limita a f o r m u l a r puros razonamientos
apriorísticos, desligados por completo de la realidad. Plantéasesupuestos concretos siempre y c u a n d o su análisis permita una
mejor comprensión de los f e n ó m e n o s reales. No existe en los
tratados y m o n o g r a f í a s económicas u n a separación tajante entre
la pura ciencia y la aplicación práctica de sus teoremas a específicas situaciones históricas o políticas. La economía formula
sus enseñanzas entrelazando el conocimiento apriorístico con
el examen e interpretación de la realidad.
Este m é t o d o , e v i d e n t e m e n t e , resulta ineludible, habida
cuenta de la naturaleza y condición del tema que la economía
114
La Acción Humana
aborda. D e s d e luego, la procedencia y b o n d a d del m i s m o hállase bien atestiguadas. Pero, ello no obstante, conviene advertir
q u e el empleo de esa singular e, incluso, algo extraña sistemática, desde el p u n t o de vista de la lógica, exige especial cautela
y pericia p o r p a r t e del estudioso, hasta el p u n t o de q u e personas de escasa preparación han caído en graves errores al manejar i m p r u d e n t e m e n t e ese b i f r o n t e sistema, integrado por dos
métodos epistemológicamente dispares.
T a n erróneo es el suponer que la vía histórica p e r m i t e , p o r
sí sola, abordar el estudio económico, como el creer quepa la
existencia de una economía pura y exclusivamente teórica. Una
cosa, desde luego, es la economía y otra la historia económica.
N u n c a ambas disciplinas deben confundirse. T o d o teorema económico resulta válido y exacto en cualquier supuesto en el q u e
concurran las circunstancias previstas por el m i s m o . Desde
luego, n i n g u n o de los aludidos teoremas tiene interés práctico
c u a n d o en el caso no se dan los correspondientes presupuestos.
Las doctrinas referentes al cambio indirecto carecen de t o d o
valor si aquél no existe. Ahora bien, ello nada tiene que ver
con la exactitud y certeza de las mismas ? l .
El deseo de muchos políticos y de importantes g r u p o s de
presión de vilipendiar la economía política y d i f a m a r a los
economistas ha provocado confusión en el debate. El p o d e r
embriaga lo mismo al príncipe que a la democrática mayoría.
A u n q u e sea a regañadientes, todo el m u n d o ha de someterse
a las inexorables leyes de la naturaleza. Sin embargo, los gobernantes no piensan lo mismo de las leyes económicas. P o r q u e ,
¿acaso no legislan como les place? ¿ N o disponen de poderío
bastante para aplastar a cualquier oponente? El belicoso autócrata se humilla sólo ante una fuerza militar superior a la suya.
Siempre hay, además, plumas serviles dispuestas a justificar
la acción estatal f o r m u l a n d o doctrinas ad usum Delphini. De
«economía histórica» suelen calificarse esos arbitrarios escritos. La verdad es q u e la historia económica constituye, sin emVid. F. H . KNIGHT, The Ethics of Competition and Other Essays, pág. 139.
Nueva York, 1935. (Trad. esp,: Etica de la sociedad competitiva, Unión Editorial, S. A., Madrid, 1975.)
y r o b l a n as eplstem alógicos
115
bargo, rico m u e s t r a r i o de actuaciones políticas q u e fracasaron
en sus pretensiones precisamente por haber despreciado las
leyes de la economía.
Resulta imposible c o m p r e n d e r las vicisitudes y obstáculos
con que el p e n s a m i e n t o económico siempre ha tropezado si no
se advierte q u e la economía, como tal ciencia, implica abierto
desafío a la vanidad personal del g o b e r n a n t e . El v e r d a d e r o economista jamás será b i e n q u i s t o p o r autócratas y demagogos.
Para ellos resultará siempre p e r s o n a j e díscolo y poco g r a t o y
t a n t o más le odiarán c u a n t o mejor adviertan la certeza y exactitud de sus críticas.
A n t e tan frenética oposición, b u e n o será resaltar que la
base de t o d o el raciocinio praxeológico y económico, es decir,
la categoría de acción h u m a n a , no a d m i t e crítica ni objeción
alguna. N i n g u n a referencia a cuestiones históricas o empíricas
p u e d e invalidar aquel a s e r t o según el cual las gentes laboran
c o n s c i e n t e m e n t e por alcanzar ciertos objetivos que les atraen.
Disertación alguna, en t o r n o a la irracionalidad, los insondables
abismos del alma h u m a n a , la e s p o n t a n e i d a d de los f e n ó m e n o s
vitales, a u t o m a t i s m o s , reflejos y tropismos, p u e d e afectar al
hecho de q u e el h o m b r e se sirve de la razón en orden a satisfacer sus deseos y apetencias. Partiendo de este f u n d a m e n t o inconmovible q u e es la categoría de acción h u m a n a , la praxeología y la economía progresan, paso ti paso, en sus estudios mediante el r a z o n a m i e n t o reflexivo. Dichas disciplinas, tras precisar con el m á x i m o rigor los correspondientes presupuestos
y condiciones, proceden a e s t r u c t u r a r un o r d e n a d o sistema
ideológico, d e d u c i e n d o del mismo, m e d i a n t e raciocinio lógic a m e n t e inatacable, cuantas conclusiones proceden. A n t e
estas aludidas conclusiones, sólo dos actitudes caben: o la de
evidenciar los vicios lógicos en que p u e d a n incidir las formuladas cadenas deductivas o la de proclamar la certeza y exactitud
de los asertos en cuestión,
V a n o es, a estos efectos, alegar q u e ni la vida ni la realidad
son lógicas. La vida y la realidad no son ni lógicas ni ilógicas;
estamos, s i m p l e m e n t e , e n f r e n t a d o s con hechos inmodificables.
La lógica es el ú n i c o i n s t r u m e n t o con el que cuenta el h o m b r e
116
La Acción Humana
para llegar a c o m p r e n d e r dichas circunstancias que se encuentra dadas.
A nada conduce suponer q u e la vida y la historia resulten
inescrutables e incomprensibles, de tal suerte q u e la razón jamás p o d r á a p r e h e n d e r su esencia íntima. Q u i e n e s así piensan
vienen a contradecir sus propias manifestaciones c u a n d o , desp u é s de a f i r m a r q u e t o d o lo trascendente resulta inasequible
para la m e n t e h u m a n a , pasan a f o r m u l a r sus personales teorías
— d e s d e luego, e r r ó n e a s — sobre aquellas mismas ignotas materias. M u c h a s cosas hay q u e exceden los límites de nuestra
mente. A h o r a bien, t o d o conocimiento, por m í n i m o q u e sea,
ha de adquirirlo el h o m b r e f a t a l m e n t e por vía de la razón.
No m e n o s inadmisible es el o p o n e r la c o m p r e n s i ó n a la
teoría económica. La comprensión histórica tiene p o r misión
el dilucidar aquellas cuestiones q u e las ciencias de índole no
histórica son incapaces de resolver satisfactoriamente. La comp r e n s i ó n jamás p u e d e contradecir las doctrinas f o r m u l a d a s por
estas otras disciplinas. H a , de un lado, de limitarse a proclamar ante d e t e r m i n a d a actuación las ideas que impulsaron a
los actores, los fines perseguidos y los medios aplicados a su
consecución, y de o t r o , discriminar la respectiva trascendencia
de los factores intervinientes en la aparición de cierto hecho,
siempre y c u a n d o las disciplinas no históricas sean incapaces de
resolver la d u d a . La comprensión no autoriza a n i n g ú n historiador m o d e r n o a a f i r m a r , por e j e m p l o , q u e m e d i a n t e mágicos
conjuros ha sido posible alguna vez devolver la salud a las vacas enfermas. P o r lo mismo, t a m p o c o le cabe a m p a r a r s e en la
comprensión para aseverar q u e en la antigua R o m a o b a j o el
i m p e r i o de los incas d e t e r m i n a d a s leyes económicas no
operaban.
El h o m b r e , desde luego, no es infalible. Busca siempre la
verdad, es decir, aspira a a p r e h e n d e r la realidad lo m á s perf e c t a m e n t e que las limitaciones de su m e n t e y razón le permiten. El h o m b r e nunca será omnisciente, j a m á s p o d r á llegar a un
convencimiento p l e n o de que su investigación hállase acertadam e n t e orientada y de que son e f e c t i v a m e n t e ciertas las verdades q u e considera inconcusas. Lo más que al h o m b r e le cabe
y r o b l a n as eplstem alógicos
117
es revisar, con el m á x i m o rigor, u n a y otra vez, el c o n j u n t o de
sus tesis. Para el economista esto implica r e t r o t r a e r todos los
teoremas a su origen cierto e indiscutible, la categoría de la
acción h u m a n a , c o m p r o b a n d o , mediante el análisis más cuidadoso, cuantas sucesivas inferencias y conclusiones f i n a l m e n t e
abocan al teorema de q u e se trate. En m o d o alguno supónese
que tal sistemática excluya d e f i n i t i v a m e n t e el error. A h o r a
bien, lo q u e no cabe d u d a r es q u e d i c h o m é t o d o es el más
eficaz para evitarlo.
La praxeología — y , por tanto, también la e c o n o m í a — es
una disciplina de índole deductiva. Su procedencia lógica deriva
de aquella base de la que parte en sus deducciones: Ja categoría
de la acción. N i n g ú n teorema económico que no esté sólidam e n t e asido a dicha base a través de una inatacable cadena racional resulta científicamente admisible. T o d o aserto carente
de la repetida ilación ha de estimarse arbitrario, hasta el p u n t o
de q u e d a r f l o t a n d o en el aire sin sustentación alguna. No es
posible a b o r d a r ningún específico á m b i t o económico más que
si el mismo ensambla p e r f e c t a m e n t e en la teoría general de
la acción.
Las ciencias empíricas parten de hechos singulares y en sus
estudios progresan de lo individualizado a lo general. La materia manejada permíteles la especialización. Cabe que el investigador concentre su atención en sectores determinados, despreocupándose del c o n j u n t o . J a m á s puede, en cambio, el economista hacerse especialista, que sólo cultiva una cierta rama
de la ciencia económica. Al a b o r d a r cualquier tema ha de tener
presente, al tiempo, el sistemático c o n j u n t o del saber económico.
Los historiadores, en este sentido, suelen incurrir en el
error. P r o p e n d e n a inventar los teoremas q u e mejor les convienen. Llegan incluso a olvidar que no cabe deducir relación
causal alguna de la contemplación de fenómenos complejos.
Vana es su pretensión de analizar la realidad sin apoyarse en
lo q u e ellos califican de ideas preconcebidas. En realidad, las
teorías a que, sin darse ellos mismos cuenta, recurren no son
118
La Acción Humana
m á s q u e populares doctrinas, cuyos errores e íntimas contradicciones t i e m p o ha la ciencia económica evidenciara.
11.
DE LOS
LAS
LIMITACIONES
CONCEPTOS
PRAXEOLÓGICOS
Las categorías y conceptos praxeológicos han sitio f o r m u lados para una m e j o r comprensión tic la acción h u m a n a . Devienen contradictorios y carecen de s e n t i d o c u a n d o se p r e t e n d e
hacer aplicación de los mismos en condiciones q u e no sean las
típicas de la vida en este m u n d o . El elemental antropomorfismo de las religiones primitivas repugna a la m e n t e filosófica.
No menos torpe, sin e m b a r g o , es la pretensión de ciertos
filósofos de describir con rigor, a c u d i e n d o a conceptos praxeológicos, las personales v i r t u d e s de un ser absoluto, sin ninguna
de las incapacidades y flaquezas típicas de la h u m a n a condición.
Los filósofos y los doctores de la escolástica, al igual q u e
los teístas y deístas de la E d a d de la Razón, concebían un ser
absoluto, p e r f e c t o , inmutable, o m n i p o t e n t e y omnisciente, el
cual, sin embargo, planeaba y actuaba, señalándose fines a alcanzar y recurriendo a medios específicos en orden a su consecución. A c t ú a , sin embargo, ú n i c a m e n t e , quien se halla en
situación que conceptúa insatisfactoria; y reitera la acción sólo
quien es incapaz de suprimir el p r o p i o malestar de una vez para
siempre. T o d o ser que actúa hállase descontento; luego no es
o m n i p o t e n t e . Si estuviera p l e n a m e n t e satisfecho, no actuaría,
y si fuera o m n i p o t e n t e , habría e n t e r a m e n t e s u p r i m i d o , de golpe, la causa de su insatisfacción. El e n t e t o d o p o d e r o s o no tiene
p o r q u é elegir e n t r e diferentes malestares. No se ve constreñido a contentarse, en cualquier caso, con el mal m e n o r . La omnipotencia supone gozar de capacidad para hacerlo t o d o y gozar,
p o r tanto, de plena felicidad, sin t e n e r q u e atenerse a limitaciones de clase alguna. Tal planteamiento, sin e m b a r g o , es incompatible con el concepto mismo de acción. Para un ser todopoderoso no existiría la categoría de fines ni la de medios. Su
o p e r a r sería a j e n o a las h u m a n a s percepciones, conceptos y
comprensiones. Cualquier « m e d i o » rendiríale servicios ilimita-
y r o b l a n as eplstem alógicos
119
dos; cabríale recurrir a cualquier « m e d i o » para la consecución
del fin deseado y aun alcanzar los objetivos p r o p u e s t o s sin servirse de m e d i o alguno. D e s b o r d a nuestra limitada capacidad intelectual el lucubrar, hasta las últimas consecuencias lógicas,
en t o r n o al concepto de omnipotencia. Suscítansele en este
terreno a la m e n t e paradojas insolubles. ¿Tendría ese ser omnipotente capacidad bastante para practicar una obra inmodificable? Si no p u d i e r a hacerlo, dejaría de ser o m n i p o t e n t e y, si
no fuera capaz de variar dicha inmodificable obra, ya no sería
todopoderoso.
¿ E s acaso compatible la omnipotencia con la omnisciencia?
La omnisciencia implica q u e todos los f u t u r o s acaecimientos
h a n de producirse de m o d o inexorablemente preestablecido.
No es lógicamente concebible q u e un ser omnisciente sea, al.
tiempo, o m n i p o t e n t e . Su incapacidad para variar ese predeterm i n a d o curso de los acontecimientos argüiría en contra de la
aludida o m n i p o t e n c i a .
La acción implica disponer de limitada potencia y capacid a d . Manifiéstase, a través de ella, el h o m b r e , cuyo p o d e r hállase restringido por las limitaciones de su m e n t e , por las exigencias fisiológicas de su cuerpo, por las realidades del m e d i o
en qtie opera y por la escasez de aquellos bienes de los q u e su
bienestar depende. V a n a es toda alusión a las imperfecciones y
flaquezas del ser h u m a n o , en orden a describir la excelsitud de
un ente a b s o l u t a m e n t e perfecto. Sucede que el propio concepto
de perfección absoluta resulta, en sí mismo, contradictorio.
P o r q u e implica un estado definitivo e inmodificable. El más
mínimo c a m b i o vendría a desvirtuar la presupuesta perfección,
p r o v o c a n d o una situación, e v i d e n t e m e n t e , más imperfecta; la
mera posibilidad de mutación contradice la idea de absoluta
perfección. La ausencia de t o d o cambio, sin e m b a r g o , — e s
decir, la absoluta inmutabilidad, rigidez e i n m o v i l i d a d — implica la ausencia de vida. V i d a y perfección constituyen conceptos incompatibles e n t r e sí; pero igualmente lo son los de perfección y m u e r t e .
El ser vivo no es perfecto por c u a n t o cambia; pero el muerto tampoco es perfecto p o r q u e le falta la vida.
120
La Acción Humana
El lenguaje m a n e j a d o por h o m b r e s que viven y actúan utiliza expresiones comparativas y superlativas al p o n d e r a r e n t r e
sí situaciones más o menos satisfactorias. Lo absoluto, en cambio, no alude a estados mejores o peores; es más bien una noción límite; es indeterminable, impensable e inexpresable; una
quimera. No hay felicidad plena, ni gentes perfectas, ni eterno
bienestar. El p r e t e n d e r describir la vida de J a u j a o las condiciones de la existencia angélica implica incidir en insolubles
contradicciones. Cualquier situación s u p o n e limitación e imperfección, esfuerzo por superar problemas; arguye, en definitiva, la existencia de descontento y malestar.
C u a n d o la filosofía dejó de interesarse por lo a b s o l u t o aparecieron los autores de utopías insistiendo en el sofisma. Lucubraban dichos escritores en t o r n o a sociedades pobladas por
h o m b r e s perfectos, regidas por gobernantes no menos angélicos, sin advertir q u e el Estado, es decir, el a p a r a t o social
de compulsión y coerción, es una institución m o n t a d a precisamente para hacer f r e n t e a la imperfección h u m a n a , d o m e ñ a n d o ,
con penas aflictivas, a las minorías, al obicto de proteger a la
mayoría contra las acciones a u e pudieran perjudicarla. P e r o
tratándose de h o m b r e s « p e r f e c t o s » , resultarían innecesarias
t a n t o la fuerza c o m o la intimidación. Los utópicos, sin embarño, prefirieron siempre desentenderse de la verdadera naturaleza h u m a n a v de las inmodifícables circunstancias a u e informan la vida en este planeta, G o d w i n aseguraba que, abolida la
propiedad privada, el h o m b r e llegaría a ser inmortal 1 . Charles
Fourier entreveía los océanos rebosantes de rica limonada en
vez de agua salada 26. Marx pasa e n t e r a m e n t e por alto la escasez de los factores materiales de la producción, T r o t s k y llegó
al extremo de proclamar que, en el paraíso proletario, «el
h o m b r e medio alcanzará el nivel intelectual de un Aristóteles,
* W I L L I A M G O D W I N , An Enquiry Coticerning Political Justice and In Influente
on General Virtue and Happiness, I I , págs, 393-403. Dublín, 1793.
1 4 CHARLES
F O U R I E R , Théorie des qualre mouvements, I , pág. 4 3 , Obras completas, 3.* cd. París, 1846.
y roblan
as
eplstem
alógicos
121
un G o e t h e o un M a r x . Y, por sobre estas c u m b r e s , mayores alturas todavía a f l o r a r á n » 27 .
La estabilización y la seguridad constituyen las populares
quimeras del m o m e n t o . De los errores q u e tales p e n s a m i e n t o s
implican nos o c u p a r e m o s más adelante.
"
LEÓN
TROTSKY,
Londres, 1925.
Literature and Revolulion, piíg. 256, trad. por R. Strunski.
CAPITULO
III
La economía y la rebelión
contra la razón
1.
LA R E B E L L Ó N CONTRA LA RAZÓN
H u b o , desde luego, a lo largo de la historia, sistemas filosóficos que indudablemente exageraban la capacidad de la razón, ideólogos que suponían cabíale al hombre descubrir, mediante el raciocinio, las causas originarias de los eventos cósmicos y hasta los objetivos que aquella prístina fuerza, creadora
del universo y determinante de su evolución perseguía. Abordaban «lo Absoluto» con la misma tranquilidad con que contemplarían el funcionamiento de su reloj de bolsillo. Descubrían valores inconmovibles y eternos; proclamaban normas
morales que todos los hombres habrían de respetar incondicionalmente.
Recordemos, en este sentido, a tantos creadores de utopías,
lucubrando siempre en torno a imaginarios paraísos terrenales
donde sólo la raxón pura prevalecería. No advertían, desde
luego, que aquellos imperativos absolutos y aquellas verdades
manifiestas, tan pomposamente proclamadas, constituían sólo
fantasías de sus propias mentes. Considerábanse infalibles,
abogando, con el máximo desenfado, por la intolerancia y la
violenta supresión de heterodoxos y disidentes. Aspiraban a la
dictadura, bien para sí, bien para gentes que fielmente ejecutarían sus planes. La doliente humanidad no podía salvarse más
que si, sumisa, aceptaba las fórmulas por ellos recomendadas.
Acordémonos de Hegel. Fue ciertamente un pensador prof u n d o ; sus escritos son un rico acervo de atractivas ideas. Actuó, sin embargo, siempre bajo el error de suponer que el Geist,
124
La Acción Humana
«lo A b s o l u t o » , manifestábase por su intermedio. Nada había
demasiado arcano ni recóndito en el universo para la sagacidad de Hegel. Claro q u e se cuidaba siempre de emplear expresiones tan ambiguas que luego han p o d i d o ser interpretadas del
m o d o más diverso. Los hegelianos de derechas e n t i e n d e n q u e
sus teorías apoyan a la autocracia prusiana y a la iglesia teutona.
Para los hegelianos de izquierdas, en cambio, el mismo ideario
aboga por el ateísmo, el radicalismo revolucionario más intransigente y las doctrinas anarquistas.
No descuidemos, en el mismo sentido, a A u g u s t o C o m t e .
Convencido estaba de hallarse en posesión de la verdad; considerábase p e r f e c t a m e n t e i n f o r m a d o del f u t u r o q u e la humanidad tenía reservado. Erigióse, pues, en s u p r e m o legislador.
P r e t e n d i ó prohibir los estudios astronómicos por considerarlos
inútiles. Q u i s o reemplazar el cristianismo por u n a nueva religión e incluso a r b i t r ó una m u j e r que había de ocupar el puesto
de la Virgen. A C o m t e cabe disculparle sus locuras, ya q u e era
un verdadero d e m e n t e , en el más estricto s e n t i d o patológico
del vocablo. Pero, ¿cómo e x o n e r a r a sus seguidores?
Ejemplos innúmeros de este m i s m o tipo cabría, c o m o es
sabido, aducir. Tales desvarios, sin embargo, en m o d o alguno
pueden ser esgrimidos para a r g u m e n t a r contra la razón, el racionalismo o la racionalidad. P o r q u e los aludidos errores no
guardan ninguna relación con el problema específico q u e a este
respecto interesa y que consiste en determinar si es o no la
razón i n s t r u m e n t o idóneo, y además el único, para alcanzar
el máximo conocimiento que al h o m b r e resulte posible conseguir. Nadie q u e celosa y abnegadamente haya b u s c a d o la verdad osó jamás a f i r m a r q u e la razón y la investigación científica
permitían despejar todas las incógnitas. Advirtió s i e m p r e el
h o n r a d o estudioso la limitación de la mente h u m a n a . I n j u s t o
en verdad sería responsabilizar a tales pensadores de la tosca
filosofía de un Haeckel o de la intelectual frivolidad de las
diversas escuelas materialistas.
Preocupáronse siempre los racionalistas de resaltar las insalvables barreras con que, al final, tanto el m é t o d o apriorístico como la investigación empírica forzosamente han de trope-
La economía y la rebelión contra la razón
125
zar
Ni un D a v i d H u m e , f u n d a d o r de la economía política
inglesa, ni los utilitaristas y pragmatistas americanos p u e d e n ,
en justicia, ser acusados de haber p r e t e n d i d o exagerar la capacidad del h o m b r e para alcanzar la verdad, A la filosofía de
las dos últimas centurias p u d i e r a , más bien, echársele en cara
su proclividad al agnosticismo y escepticismo; nunca, en cambio,
desmedida confianza de ningún género en el p o d e r intelectivo
de los mortales.
La rebelión contra la razón, típica actitud mental de nuestra era, no cabe achacarla a supuesta falta de modestia, cautela
o autocrítica por p a r t e de los estudiosos. T a m p o c o cabría atribuirla a u n o s imaginarios fracasos de las m o d e r n a s ciencias
naturales, disciplinas éstas en c o n t i n u o progreso. N a d i e sería
capaz de negar las asombrosas conquistas técnicas y terapéuticas logradas p o r el h o m b r e . La ciencia m o d e r n a no p u e d e ser
denigrada p o r incurrir en intuicionismo, misticismo o similares
vicios. La rebelión contra la razón a p u n t a , en verdad, a un
objetivo distinto. Va contra la economía política; despreocúpase p o r e n t e r o , en el f o n d o , de las ciencias naturales. Fue indeseada, p e r o lógica, consecuencia de la crítica contra la economía el q u e deviniera preciso incluir en el ataque a tales disciplinas. P o r q u e , claro, no cabía i m p u g n a r la procedencia de
la razón en cierto c a m p o científico sin tener, al tiempo, q u e
negar su o p o r t u n i d a d en las restantes ramas del saber.
Esa tan insólita reacción fue provocada por los acontecimientos de mediados del siglo pasado. Los economistas habían
evidenciado la inanidad e ilusoria condición de las utopías socialistas. Las deficiencias de la ciencia económica clásica, no
obstante, impedían p l e n a m e n t e d e m o s t r a r la impracticabilidad
del socialismo; si bien la ilustración de aquellos investigadores
ya a m p l i a m e n t e bastaba para p o n e r de manifiesto la vanidad
de todos los p r o g r a m a s socialistas. El c o m u n i s m o hallábase
f u e r a de c o m b a t e . No sabían sus partidarios cómo replicar a la
implacable crítica q u e se les hacía, ni aducir a r g u m e n t o alguno
' Vid., en este sentida, Louis
rís, 1920.
ROUCIKR,
Les Paralogismes du rationalisme, Pa-
126
La Acción Humana
en defensa propia. Parecía haber sonado la hora última de la
doctrina.
Un solo camino de salvación quedaba franco. E r a preciso
d i f a m a r la lógica y la razón, s u p l a n t a n d o el raciocinio p o r la
intuición mística. T a l f u e la empresa reservada a M a r x . Amparándose en el misticismo dialéctico de Hegel, arrogóse tranquilamente la facultad de predecir el f u t u r o . Hegel pretendía
saber que el Geist, al crear el Universo, deseaba instaurar la
m o n a r q u í a prusiana d e Federico G u i l l e r m o I I I . P e r o M a r x
estaba aún m e j o r i n f o r m a d o acerca de los planes del Geist.
H a b í a descubierto q u e la meta final de la evolución histórica
era alcanzar el milenio socialista. El socialismo llegaría fatalm e n t e , «con la inexorabilidad de u n a ley de la naturaleza».
'Puesto que, según Hegel, toda fase posterior de la historia es,
comparativamente a las anteriores, u n a etapa superior y m e j o r ,
no cabía d u d a q u e el socialismo, fase final y última de la evolución h u m a n a , habría de suponer, desde cualquier p u n t o de
vista, el colmo de las perfecciones. I m p e r t i n e n t e resultaba, por
t a n t o , analizar detalladamente su f u t u r o funcionamiento. La
historia, a su d e b i d o tiempo, lo dispondría todo del m o d o mejor; no se precisa, desde luego, del concurso de los mortales
para que, c u a n t o haya de ser, sea.
P e r o quedaba p o r superar el obstáculo principal, a saber,
la inquebrantable dialéctica de los economistas. M a r x , sin embargo, encontró la solución. La razón h u m a n a — a r g ü y ó — es,
por naturaleza, incapaz de hallar la verdad. La e s t r u c t u r a lógica de la m e n t e varía según las diferentes clases sociales. No
existe una lógica universalmente válida. La m e n t e normalmente sólo produce «ideologías»; es decir, con arreglo a la terminología marxista, c o n j u n t o s de ideas destinados a disimular y
enmascarar los ruines intereses de la propia clase social del
pensador. De ahí q u e la mentalidad «burguesa» no interese al
proletariado, esa nueva clase social q u e abolirá las clases y convertirá la tierra en auténtico edén.
La lógica proletaria, en cambio, jamás puede ser tachada de
lógica de clase. «Las ideas q u e la lógica proletaria engendra
no son ideas partidistas, sino emanaciones de la más pura y
La economía y la rebelión contra la razón
127
estricta lógica» 2 . Es más; en virtud de específico privilegio,
la m e n t e de ciertos escogidos burgueses no está m a n c h a d a p o r
el pecado original de su condición burguesa. Ni M a r x , h i j o de
un p u d i e n t e abogado, casado con la hija de un junker p r u s i a n o ,
ni tampoco su colaborador Engels, rico f a b r i c a n t e textil, jamás
pensaron p u d i e r a también afectarles a ellos la aludida condenación, atribuyéndose, por el c o n t r a r i o , pese a su i n d u d a b l e
origen b u r g u é s , plena capacidad para descubrir la verdad
absoluta.
C o m p e t e al historiador explicar cómo p u d o ser que tan
torpes ideas se d i f u n d i e r a n . La labor del economista, sin embargo, es o t r a : analizar a f o n d o el aludido polilogismo marxista, así c o m o todos ios demás tipos de polilogismo f o r m a d o s a
semejanza de aquel, y p o n e r de m a n i f i e s t o los errores y contradicciones q u e tales idearios encierran.
2 .
L A
LÓGICA
ANTE
E L
P O L I L O G I S M O
El polilogismo marxista asegura q u e la e s t r u c t u r a lógica
de la m e n t e varía según las distintas clases sociales. El polilogismo racista difiere del a n t e r i o r tan sólo en q u e esa dispar
estructura mental la atribuye a las distintas razas, p r o c l a m a n d o
q u e los m i e m b r o s de cada una de ellas, i n d e p e n d i e n t e m e n t e
de su filiación clasista, tiene e s t r u c t u r a lógica dispar.
No es necesario e n t r a r ahora en una crítica detallada de
los conceptos de clase social y raza en el sentido con q u e dichas
doctrinas los m a n e j a n . T a m p o c o es preciso p r e g u n t a r al
marxista c u á n d o y c ó m o el proletario q u e logra elevarse a la
condición de b u r g u é s pierde su originaria mentalidad proletaria para a d q u i r i r la burguesa. Huelga igualmente interrogar
al racista acerca del tipo de e s t r u c t u r a lógica q u e pueda tener
una persona cuya estirpe racial no sea pura. H a y objeciones
m u c h o m á s graves q u e o p o n e r al polilogismo.
Lo más a q u e llegaron, t a n t o los marxistas c o m o los racistas
' Vid. E U G E N D I E T Z U K N , Briefe über Logik,
Logik, pág. 112, segunda ed., Stuttgart, 1903,
spezicil
demokrathch-proletarische
128
La Acción Humana
y los defensores de cualquier t i p o de polilogismo, f u e simplem e n t e a asegurar q u e la estructura lógica de la m e n t e difiere
según sea la clase, la raza o la nación del sujeto. N u n c a , sin
embargo, interesóles precisar concretamente en q u é difiere la
lógica proletaria de la burguesa; la de las razas arias de las
q u e no lo son: la alemana de la francesa o inglesa. Para el
marxista, la teoría ricardiana de los costos comparativos es incierta p o r q u e su a u t o r era burgués. Los racistas arios, en cambio, la condenan sobre la base de q u e Ricardo era judío. Los
nacionalistas alemanes, en fin, la critican p o r la británica condición del autor. H u b o profesores teutones q u e recurrieron a
los tres a r g u m e n t o s a la vez en su deseo de invalidar las enseñanzas ricardianas. A h o r a bien, u n a doctrina no p u e d e en bloque ser rechazada m e r a m e n t e en razón al origen de su expositor. Q u i e n tal p r e t e n d e debe, i n d u d a b l e m e n t e , comenzar p o r
e x p o n e r una teoría lógica distinta a la del a u t o r criticado, al
objeto de que, una vez ambas contrastadas, q u e d e d e m o s t r a d o
que la impugnada llega a conclusiones que, si bien resultan correctas para la lógica de su p a t r o c i n a d o r , no lo son, en cambio,
para la lógica proletaria, aria o alemana, detallando seguidam e n t e las. consecuencias que llevaría aparejadas el sustituir
aquellas torpes inferencias p o r esas segundas más correctas.
N i n g ú n polilogista, sin embargo, según a todos consta, ha querido ni ha p o d i d o a r g u m e n t a r p o r tales vías.
Y no es sólo esto; constituye, en efecto, realidad innegable
la frecuente existencia de serias disparidades de criterio, en
t o r n o a cuestiones de la mayor trascendencia, e n t r e gentes q u e
pertenecen a una misma clase, raza o nación. H a y alemanes
— d e c í a n los nazis— que, por desgracia, no piensan de m o d o
v e r d a d e r a m e n t e germano. Pues bien, admitida la posibilidad de
q u e haya alemanes q u e no razonen según por su sangre debieran, es decir, personas que raciocinan con arreglo a lógica de
índole no germana, plantéase el p r o b l e m a de d e t e r m i n a r quién
será c o m p e t e n t e para resolver cuáles ideas d e b e n estimarse
auténticamente germanas y cuáles n o . Aseguraba el ya fallecido
profesor Franz O p p e n h e i m e r q u e «yerra a m e n u d o el individ u o por perseguir sus propios intereses; la clase, en cambio, a
La economía y la rebelión contra la razón
129
la larga, no se equivoca n u n c a » 3 . Cabría deducir de tal aserto
la infalibilidad del voto mayoritario. Los nazis, sin e m b a r g o ,
eran los p r i m e r o s en rechazar el veredicto democrático por considerar se trataba de sistema m a n i f i e s t a m e n t e antigermano.
Los marxistas aparentan someterse ai v o t o de la mayoría
A la
hora de la v e r d a d , sin embargo, invariablemente se inclinan p o r
el g o b i e r n o minoritario, siempre y c u a n d o sea el p a r t i d o quien
vaya a detentar el poder. Recuérdese, en este sentido, cuán
violentamente disolvió Lenin la Asamblea C o n s t i t u y e n t e rusa
— e l e g i d a b a j o los auspicios de su p r o p i o g o b i e r n o m e d i a n t e
sufragio universal de h o m b r e s y m u j e r e s — p o r q u e tan sólo
un 20 p o r 100 de sus m i e m b r o s era bolchevique.
Los defensores del polilogismo, para ser consecuentes, deberían m a n t e n e r que, si el s u j e t o es m i e m b r o de la correcta
clase, nación o raza, las ideas q u e emita han de resultar, invariablemente, rectas y procedentes. La consecuencia lógica, sin
embargo, no es virtud q u e suela brillar entre ellos. Los marxistas, p o r ejemplo, califican de « p e n s a d o r proletario» a quienquiera defienda sus doctrinas. Q u i e n se oponga a las mismas,
en cambio, es i n m e d i a t a m e n t e tachado de enemigo de la clase
o de traidor social. H i t l e r , al menos, era más f r a n c o c u a n d o
simplemente recomendaba enunciar al p u e b l o un programa
genuinamente germánico y, con tal contraste, d e t e r m i n a r quiénes eran auténticos arios y quiénes vil canalla según coincidiesen o no con el plan t r a z a d o 5 . Es decir, un individuo cetrino, cuyos rasgos corporales en m o d o alguno coincidían con
los rubios p r o t o t i p o s de la «raza de los señores», presentábase
como el ú n i c o ser capaz de descubrir q u é doctrinas e r a n adecuadas a la m e n t e germana, exigiendo el ostracismo de la patria
alemana p a r a cuantos no aceptaran tales idearios, cualquiera
que f u e r a su morfología fisiológica. Parece basta lo e x p u e s t o
para evidenciar la inanidad del ideario analizado.
1
FRANZ OPPENHEIMER, System der Sozíologie, I I , pág, 559. Jena, 1926.
Conviene destacar que la justificación de ia democracia no se basa en suponer
que la mayoría goce de infalibilidad; que, invariablemente, lleve la razón. Vid.
infra, cap. V I I I , 2.
5
Vid. su discurso a la Convención del partido, en Nuremberg, de 3 de septiembre de 1933. Frankfurter Zeitung, pág. 2, 4 septiembre 1933.
H
La Acción Humana
130
3.
L A PRAXEOLOGÍA ANTE E L POLILOGISMO
P o r ideología, c o m o decíamos y es sabido, el marxista entiende una doctrina que, si bien resulta incorrecta analizada
a la luz de la auténtica lógica proletaria, beneficia y p r o h i j a los
t o r p e s intereses de la clase q u e la f o r m u l a . O b j e t i v a m e n t e considerada, la correspondiente doctrina es, desde luego, improc e d e n t e ; su propia viciosa condición, sin embargo, viene a favorecer los intereses clasistas del expositor. Son n u m e r o s o s los
marxistas q u e creen haber d e m o s t r a d o la justeza del e x p u e s t o
p e n s a m i e n t o simplemente destacando que el h o m b r e no busca
el saber per se. Al investigador — d i c e n — lo q u e de v e r d a d le
interesa es el éxito y la f o r t u n a . Las teorías se f o r m u l a n invariablemente p e n s a n d o en la aplicación práctica de las mismas.
Es falso c u a n t o se predica de u n a ciencia s u p u e s t a m e n t e p u r a ,
así c o m o c u a n t o se habla de la desinteresada aspiración a
la verdad.
A d m i t a m o s , a u n q u e sólo sea a efectos dialécticos, q u e la
búsqueda de la verdad viene inexorablemente guiada por consideraciones de o r d e n material, p o r el deseo de c o n q u i s t a r concretos y específicos objetivos. Pues bien, ni aun entonces resulta comprensible c ó m o p u e d e una teoría «ideológica» — e s decir, f a l s a — provocar mejores efectos q u e otra teoría «más correcta». C u a n d o un ideario, aplicado en la práctica, provoca los
efectos previstos, las gentes invariablemente han p r o c l a m a d o la
procedencia del mismo. C o n s t i t u y e evidente c o n t r a s e n t i d o el
afirmar q u e una tesis correcta, pese a tal condición, pueda ser
menos fecunda q u e otra errónea.
El h o m b r e emplea armas de f u e g o . Precisamente para mejor servirse de ellas investigó y f o r m u l ó la balística. A h o r a bien,
los estudiosos de referencia, por c u a n t o aspiraban a incrementar la capacidad cinegética y homicida del h o m b r e , procuraron
estructurar u n a balística correcta. De nada hubiérales servido
u n a balística m e r a m e n t e ideológica.
P a r a los marxistas constituye «orgullosa y vana p r e t e n s i ó n »
la postura de aquellos investigadores q u e proclaman su desinteresado amor a la ciencia. Si M a x w e l l c o n c i e n z u d a m e n t e inda-
La economía y la rebelión contra la razón
131
gó en Ja teoría de las ondas electromagnéticas, ello f u e sólo
— d i c e n — a causa del interés que los h o m b r e s de negocios tenían p o r explotar la telegrafía sin hilos 6 . A h o r a bien, aun concediendo f u e r a cierta la anterior motivación, en nada queda
aclarado el problema de las ideologías q u e venimos examinando. La cuestión q u e en verdad interesa estriba en d e t e r m i n a r
si aquel s u p u e s t o afán de la industria del siglo x i x p o r Ja telegrafía sin hilos, q u e f u e ensalzada c o m o la «piedra filosofal y
el elixir de j u v e n t u d » 7 , i n d u j o a Maxwell a f o r m u l a r una teoría
exacta acerca del tema o si le hizo, p o r el contrario, a r b i t r a r
una s u p e r e s t r u c t u r a ideológica acomodada a los egoístas intereses de la burguesía. C o m o es bien sabido, no f u e tan sólo
el deseo de c o m b a t i r las e n f e r m e d a d e s contagiosas, sino también el interés de los fabricantes de vinos y quesos p o r perfeccionar sus m é t o d o s de producción, lo q u e impulsó a los biólogos hacia la investigación bacteriológica. Los resultados q u e
lograron no p u e d e n , sin embargo, ser calificados de ideológicos,
en el sentido marxista del término.
Lo q u e M a r x pretendió m e d i a n t e la doctrina de las ideologías f u e socavar el e n o r m e prestigio de la economía. Con toda
claridad advertía su incapacidad para r e f u t a r las graves objeciones opuestas por los economistas a la admisibilidad de los
p r o g r a m a s socialistas. La verdad es q u e la sistemática teoría de
la economía clásica inglesa le tenía de tal m o d o fascinado q u e
la consideraba lógicamente inatacable. O no tuvo ni noticia de
las graves dudas que la teoría clásica del valor suscitaba a las
mentes m á s preparadas o, si llegaron a sus oídos, f u e incapaz
de apreciar la trascendencia de los correspondientes problemas.
El p e n s a m i e n t o económico de M a r x no es más q u e p o b r e y mutilada versión de la economía ricardiana. C u a n d o J e v o n s y
M e n g e r abrían una nueva era del pensamiento económico, la
actividad de M a r x c o m o escritor había ya concluido; el p r i m e r
volumen de Das Kapital había visto la luz varios años antes.
A n t e la aparición de la teoría del valor marginal, M a r x limitóse
6
Vid. LANCF.LOT H O G B E N , Science for the Citizen, pílgs. 726-728. Nueva York,
1938.
7
Ibidem, págs. 726-728.
132
La Acción Humana
a d e m o r a r la publicación de los subsiguientes volúmenes q u e
sólo f u e r o n editados después de su m u e r t e *.
La doctrina de las ideologías a p u n t a , única y exclusivamente, contra la economía y la filosofía del utilitarismo. M a r x no
quería sino demoler la autoridad de esa ciencia económica cuyas enseñanzas no podía r e f u t a r de m o d o lógico y razonado. Si
dio a la doctrina investidura de n o r m a universal, válida en cualq u i e r fase histórica de las clases sociales, ello f u e exclusivam e n t e p o r q u e un principio, o p e r a n t e tan sólo en el á m b i t o deespecífico evento histórico, jamás podría considerarse auténtica
ley científica. De ahí q u e no quisiera M a r x tampoco restringirla validez de su ideario al terreno económico, p r e f i r i e n d o por
el contrario proclamar q u e el m i s m o resultaba aplicable a cualquier rama del saber.
D o b l e era el servicio que la economía, en opinión de M a r x ,
* Mises alude aquí, con su sobriedad de siempre, al absoluto y sospechoso silencio en que Marx se encierra tras la publicación del primer libro de El Capital,
circunstancia ésta que verdaderamente llama la atención del estudioso, teniendo,
sobre todo, en cuenta que, hasta el momento, había sido prolífico escritor. A los
veintiocho años, en efecto, publicaba su primera obra, Economía política y Filosofía
(1844), siguiendo con La Santa Familia (1845), La Ideología Alemana (1846),
Miseria de la Filosofía (1847), El Manifiesto Comunista (1848) y Contribución a la
Crítica de la Economía Política (1857). Cuando, en 1867, aparece Lil Capital,
Marx tiene cuarenta y nueve años; hállase en su plenitud física e intelectual. ¿Por
qué deja, sin embargo, desde ese momento, de escribir, siendo así, particularmente,
que tenía ya redactados los libros segundo y tercero desde antes de estructurar el
primero, según asegura Engels al prologar el citado segundo volumen? ¿Fueron,
acaso, los casi coetáneos descubrimientos subjetivistas de Jevom y Mengcr los que
le condenaron a perpetuo silencio? Cabe, desde luego, que advirtiera, entonces,
nada más entregado a la imprenta el manuscrito original, la inanidad de su propia
doctrina objetivista-laboral c indudablemente hay quienes entienden que Marx, al
ver que se venía abajo la teoría clásica, ricardiana, del valor, lo que llevaba aparejada la invalidez de la célebre plusvalía; que era ya insostenible lo del salario
vitalmente necesario, así como, entre otros pronunciamientos marxistas, el dogma
fundamental de la progresiva pauperización de las masas bajo un régimen de mercado, que decidiera abandonar toda su anterior actividad científico-literaria, dejando, voluntariamente, de ofrecer al público los dos libros siguientes de El Capital,
los cuales sólo verían la luz pública (editados, como es bien sabido, por Engels),
en 1894, fallecido ya Marx, casi treinta años después de la aparición del primero.
Este es tema, sin embargo, que sólo por vía de la comprensión histórica, como
diría Mises, cabe abordar. (N. del T.)
La economía y la rebelión contra la razón
133
había r e n d i d o a la burguesía. H a b í a s e ésta a m p a r a d o , desde un
principio, en la ciencia económica para t r i u n f a r s o b r e el feudalismo y el d e s p o t i s m o real; y, conseguido esto, en tal pensam i e n t o pretendían los burgueses seguir apoyándose para sojuzgar a la nueva clase proletaria q u e surgía. La economía era
un m a n t o que servía para e n c u b r i r la explotación capitalista
con una a p a r e n t e justificación de o r d e n racional y moral. Permitió, en definitiva — e m p l e a n d o un concepto p o s t e r i o r a
M a r x — racionalizar las p r e t e n s i o n e s de los capitalistas 8 . Subconscientemente avergonzados éstos de su vil codicia, en el
deseo de evitar pública condenación, obligaron a sus sicofantes,
los economistas, a arbitrar teorías q u e Ies rehabilitaran ante las
gentes h o n r a d a s .
El deseo de racionalizar las propias pretensiones cabe sea
aducido c o m o psicológica motivación q u e puede inducir a u n a
d e t e r m i n a d a persona o a un cierto g r u p o de gentes a f o r m u l a r
teoremas o teorías. Tal explicación, sin e m b a r g o , nada nos aclara acerca de la procedencia o improcedencia de la tesis formulada. Constatada la inadmisibilidad del c o r r e s p o n d i e n t e ideario,
la intencionalidad de referencia s i m p l e m e n t e se nos aparecerá
c o m o la causa psicológica q u e i n d u j o al error a sus autores.
A nada conduce, en cambio, el esgrimir esc repetido afán racionalizador si la doctrina de que se trata es justa y procedente.
A u n q u e a d m i t i é r a m o s , a efectos dialécticos, q u e los economistas, en sus investigaciones, s u b c o n s c i e n t e m e n t e 110 pretendían
más q u e justificar las inicuas pretensiones de los capitalistas,
no nos sería lícito concluir q u e con ello había q u e d a d o demostrada la forzosa e invariable falsedad de las c o r r e s p o n d i e n t e s
teorías. El p a t e n t i z a r el error de una doctrina exige f a t a l m e n t e
r e f u t a r la misma m e d i a n t e r a z o n a m i e n t o discursivo; a r b i t r a r
otra m e j o r q u e la sustituya. AI e n f r e n t a r n o s con el teorema
del c u a d r a d o de la hipotenusa o con la teoría de los costos comparativos, para nada nos interesan los motivos psicológicos q u e
' Si bien la expresión racionalizar es nueva, la idea fue manejado desde antiguo.
En tal sentido, vid. las palabras de Benjamín Franklin: «Gana el hombre con ser
ente racional, por manto tal condición permítele hallar o inventar justificaciones
para cuanto pretende hacer.» Autobiograpby, pág. 41, ed. Nueva York, 1944.
134
La Acción Humana
posiblemente impulsaran a Pitágoras o a Ricardo a f o r m u l a r
tales ideas; se trata de detalle q u e , en t o d o caso, podrá interesar
a historiadores y a biógrafos. A la ciencia lo q u e le preocupa
es d e t e r m i n a r si los supuestos en cuestión s o p o r t a n o no la
p r u e b a del análisis lógico. Los antecedentes sociales o raciales
de los c o r r e s p o n d i e n t e s expositores para nada le interesan.
Cierto es que las gentes, c u a n d o quieren justificar sus
egoístas apetencias, buscan para las mismas a m p a r o en aquellas
doctrinas más o m e n o s generalmente aceptadas por la opinión
pública. T i e n d e n , además, los h o m b r e s a ingeniar y p r o p a g a r
doctrinas que consideran p u e d e n servir a sus propios intereses.
A h o r a bien, lo q u e con ello no se aclara es por q u é tales doctrinas, favorecedoras de d e t e r m i n a d a minoría, p e r o contrarias
al interés de la gran mayoría, son, sin embargo, suscritas por
la opinión pública. A u n conviniendo q u e esas ideológicas doctrinas sean engendradas por aquella «falsa conciencia» que
obliga al h o m b r e , sin él mismo darse cuenta, a razonar del
m o d o en que mejor sean servidos los intereses de su clase o,
incluso, aun c u a n d o a d m i t a m o s q u e tales ideológicas doctrinas
constituyan deliberada distorsión de la v e r d a d , lo cierto es
q u e invariablemente habrán de tropezar, al p r e t e n d e r implantarlas, con las ideologías de las demás clases sociales. Plantéase
entonces abierta pugna e n t r e antagónicos pensamientos. Los
marxistas atribuyen la victoria o la d e r r o t a en tales luchas a la
intervención de la providencia histórica. El Geist, es decir,
aquel prístino y mítico m o t o r q u e t o d o lo impulsa, sigue un
plan definido y p r e d e t e r m i n a d o . E t a p a tras etapa va paulatinam e n t e guiando a la h u m a n i d a d para, p o r último, conducirla a
la bienaventuranza final del socialismo. Cada u n a de esas intermedias etapas viene determinada por los conocimientos técnicos del m o m e n t o ; las demás circunstancias de la época constituyen simplemente la obligada superestructura ideológica del
correspondiente nivel tecnológico. El Geist va induciendo al
h o m b r e a concebir y plasmar los progresos técnicos a p r o p i a d o s
al estadio que esté atravesando. Las d e m á s realidades son meras consecuencias del alcanzado progreso técnico. El taller manual engendró la sociedad f e u d a l ; la máquina de v a p o r , en
La economía y la rebelión contra la razón
135
cambio, dio lugar al capitalismo 9 . La v o l u n t a d y la razón desempeñan un papel p u r a m e n t e ^ í x i l i a r en los aludidos cambios.
La inexorable ley de la evolución histórica — s i n preocuparse
para nada de lo q u e el h o m b r e l u c u b r e — constriñe a los mortales a pensar y c o m p o r t a r s e de aquella f o r m a q u e mejor corresponda a la base material de la época. E n g á ñ a n s e las gentes
c u a n d o creen ser libres y capaces de o p t a r e n t r e u n a s y o t r a s
ideas, entre la verdad y el error. El h o m b r e , por sí, no piensa;
es la providencia histórica la q u e utiliza los idearios h u m a n o s
para manifestarse ella.
D o c t r i n a de tipo p u r a m e n t e místico, apoyada tan sólo en
la conocida dialéctica hegeliana: la propiedad capitalista es
la p r i m e r a negación de la p r o p i e d a d individual; habrá aquélla,
p o r tanto, de e n g e n d r a r , con la inexorabilidad de una ley de la
naturaleza, su propia negación, d a n d o entonces paso a la propiedad pública de los medios de producción l0 . P e r o una teoría
mística, basada tan sólo en la intuición, no p u e d e liberarse de
esa condición por el hecho de apoyarse en otra doctrina de
misticismo no m e n o r . No nos aclara por q u é el individuo tiene
inexorablemente q u e f o r m u l a r ideologías concordes con los
intereses de su clase social. A d m i t a m o s , en gracia al argumento, q u e cuantas doctrinas el s u j e t o ingenia tienden invariablem e n t e a favorecer sus intereses personales. P e r o , ¿es q u e el interés individual coincide siempre con el de la clase? El m i s m o
M a r x reconoce a b i e r t a m e n t e q u e el encuadrar en clase social
y en p a r t i d o político al proletariado exige p r e v i a m e n t e vencer
la competencia q u e e n t r e sí se hacen los propios t r a b a j a d o r e s ".
Evidente resulta q u e se plantea un insoluble conflicto de intereses e n t r e los trabajadores q u e cobran los altos salarios impuestos p o r la presión sindical y aquellos otros hermanos suyos
condenados al paro forzoso en razón a q u e esos elevados salarios coactivamente m a n t e n i d o s impiden q u e la d e m a n d a coin* «Le moulin á bras vous donnera la société avec le souzerain; le moulin %
vapeur, la socictc avec le capitaliste industricl.» M A R X , Misére de la philosophie,
pág. 100, París y Bruselas, 1847.
10 M A R X ,
Das Kapital, págs. 728-729, séptima ed., Hamburgo, 1 9 1 4 .
u
El Manifiesto Comunista, I.
136
La Acción Humana
cida con la oferta de trabajo. Antagónicos en el m i s m o s e n t i d o
resultan los intereses de los trabajadores de los países relativam e n t e superpoblados y los de los países poco poblados en lo
a t i n e n t e a las b a r r e r a s migratorias. A q u e l aserto según el cual
a t o d o el p r o l e t a r i a d o conviene la sustitución del capitalismo
por el socialismo no es más que un arbitrario p o s t u l a d o q u e
M a r x y los restantes autores socialistas proclaman intuitivam e n t e , pero jamás p r u e b a n . No p u e d e en m o d o alguno considerarse d e m o s t r a d a la certeza del m i s m o simplemente alegando
que la idea socialista ha sido arbitrada por la mente proletaria
y, en su consecuencia, q u e tal filosofía fatalmente ha de beneficiar los intereses de todo el proletariado como tal clase en
general.
Las gentes, siguiendo dócilmente las pautas ideológicas q u e
Sismondi, Federico List, M a r x y la escuela histórica alemana
trazaran, interpretan los dispares sistemas que han regulado
el comercio exterior británico c o m o sigue. D u r a n t e la segunda
m i t a d del siglo x v r n y la mayor parte del siglo x i x convenía
a los intereses clasistas de la burguesía inglesa la política librecambista. Los economistas ingleses consiguientemente formularon sus conocidas teorías en defensa del comercio libre.
Apoyáronse en ellas los empresarios para organizar movimientos populares q u e , finalmente, consiguieron la abolición de las
tarifas proteccionistas. Las circunstancias, sin embargo, más
tarde cambiaron; la burguesía inglesa no podía ya resistir la
competencia e x t r a n j e r a ; sn supervivencia exigía la inmediata
implantación de barreras protectoras. Los economistas entonces
reemplazaron la ya anticuada ideología librecambista por la
teoría contraria y la G r a n Bretaña r e t o r n ó al proteccionismo.
El primer error en q u e incide la anterior exposición es el
de suponer q u e la «burguesía» es u n a clase h o m o g é n e a compuesta por gentes de coíncídentes intereses personales. No tienen más r e m e d i o los empresarios q u e acomodarse a las realidades institucionales b a j o las cuales o p e r a n . Ni la existencia ni
la ausencia de tarifas puede, a la larga, favorecer ni perjudicar
al empresario y al capitalista. Cualesquiera q u e sean las circunstancias del mercado, el empresario tenderá siempre a pro-
La economía y la rebelión contra la razón
137
ducir aquellos bienes de los q u e piensa derivar la máxima ganancia. Son sólo los cambios en las instituciones del país los
que, a corto plazo, le favorecen o p e r j u d i c a n . A h o r a bien, tales
mutaciones jamás p u e d e n afectar igualmente a todos los diversos sectores y empresas. U n a misma disposición cabe favorezca
a unos y p e r j u d i q u e a otros. C a d a empresario tan sólo se interesa por unas pocas partidas del arancel. Y aun ni siquiera con
respecto a esos limitados epígrafes resultan coincidentes los
intereses de los diversos g r u p o s y e n t i d a d e s .
P u e d e n , desde luego, los privilegios q u e el E s t a d o otorga
favorecer los intereses de específicas empresas y establecimientos. Ahora bien, si tales privilegios se conceden igualmente a
todas las demás instalaciones, entonces cada empresario pierde,
por un lado — n o sólo c o m o c o n s u m i d o r , sino también c o m o
adquirente de materias primas, productos semiacabados, máquinas y e q u i p o en g e n e r a l — , lo m i s m o q u e , por el otro, p u e d e
ganar. El m e z q u i n o interés personal tai vez induzca a determinados sujetos a reclamar protección para sus propias industrias.
P e r o lo q u e i n d u d a b l e m e n t e tales personas nunca harán es pedir privilegios para todas las empresas, a no ser q u e esperen
verse favorecidos en m a y o r grado q u e los demás.
Los industriales británicos, desde el p u n t o de vista de sus
apetencias clasistas, no tenían mayor interés que el resto de los 1
ciudadanos ingleses en la abolición de las célebres leyes ¿el
trigo. Los terratenientes, desde luego, oponíanse a la derogación de tales n o r m a s proteccionistas, ya q u e la baja del precio
de los p r o d u c t o s agrícolas reducía la renta de sus tierras. El
que los intereses de toda la clase empresarial puedan resultar
coincidentes sólo es concebible a d m i t i e n d o la, tiempo ha descartada, ley de bronce de los salarios o de aquella otra doctrina,
no menos periclitada, según la cual el beneficio empresarial
deriva de la explotación del o b r e r o .
Tan p r o n t o como se i m p l a n t a la división del trabajo, cualquier mutación, de un m o d o u o t r o , forzosamente ha de influir
sobre los inmediatos intereses de n u m e r o s o s sectores. De ahí
que resulte fácil vilipendiar t o d a reforma tachándola de «ideológica máscara», encubridora del vil interés de d e t e r m i n a d o
138
La Acción Humana
g r u p o . Son muchos los escritores c o n t e m p o r á n e o s exclusivam e n t e entregados a tal e n t r e t e n i m i e n t o . No f u e , desde luego,
M a r x el inventor del juego. Era de antiguo conocido. En este
sentido recordemos el afán de algunos escritores del siglo X V I I I
p o r presentar los credos religiosos c o m o f r a u d u l e n t o s engaños
que arbitraban los sacerdotes ansiosos de p o d e r y riqueza para
sí y para los explotadores, sus aliados. Los marxistas, más tarde, insistieron en el tema, asegurando que la religión es el
« o p i o del p u e b l o » u . A quienes tales explicaciones agradan
jamás se les o c u r r e pensar q u e si hay personas que egoísticam e n t e se interesan p o r cierta cosa, siempre habrá otras q u e no
m e n o s egoísticamente propugnen lo contrario. El proclamar
q u e d e t e r m i n a d o acontecimiento sucedió p o r q u e el m i s m o favorecía a un cierto g r u p o en m o d o alguno basta para explicar
su aparición. Forzoso resulta aclarar, además, p o r q u é el resto
de la población perjudicada en sus intereses f u e incapaz de
f r u s t r a r las apetencias de aquellos a quienes tal e v e n t o
favorecía.
T o d a empresa o sector mercantil de m o m e n t o a u m e n t a su
beneficio al incrementar las ventas. Bajo el mercado, sin embargo, a la larga, tienden a igualarse las ganancias en todas las
ramas de la producción. Ello es fácilmente comprensible, pues
si la demanda de determinados p r o d u c t o s a u m e n t a , provocando c o n g r u o i n c r e m e n t o del beneficio, el capital afluye al sector
en cuestión, viniendo la competencia mercantil a cercenar aquellas elevadas rentabilidades. La venta de artículos nocivos no
es más lucrativa que la de p r o d u c t o s saludables. Lo que sucede es que, cuando la producción de determinadas mercancías se
declara ilegal y quienes con ellas comercian quedan expuestos
a persecuciones, multas y pérdidas de libertad, los beneficios
b r u t o s deben incrementarse en cuantía suficiente c o m o para
u
El marxismo contemporáneo interpreta la transcrita expresión en el sentido
de que la droga religiosa ha sido deliberadamente administrada al pueblo. Tal vez
eso precisamente es lo que Marx quiso expresar. Ahora bien, dicho sentido no
resulta directamente del pasaje en que —año 1843— Marx acuñó la frase. Vid.
R. P, CASEY, Religión in Russia, págs. 67-69, Nueva York, 1946.
La economía y la rebelión contra la razón
139
compensar esos aludidos riesgos supletorios. Tal realidad, sin
embargo, para nada influye en el beneficio n e t o percibido.
Los económicamente poderosos, los propietarios de las
existentes instalaciones fabriles, no tienen específico interés en
el m a n t e n i m i e n t o de la libre competencia. D e s e a n , desde luego,
evitar les sean confiscadas o expropiadas sus f o r t u n a s ; ahora
bien, p o r lo q u e atañe a los derechos q u e ya tienen adquiridos,
más bien les conviene la implantación de m e d i d a s que les protejan de la competencia de otros potenciales empresarios. Quienes p r o p u g n a n la libre competencia y la libertad de empresa
en m o d o alguno están d e f e n d i e n d o a los hoy ricos y o p u l e n t o s ;
lo que, en v e r d a d , p r e t e n d e n es f r a n q u e a r la entrada a individuos a c t u a l m e n t e desconocidos y h u m i l d e s — l o s empresarios
del m a ñ a n a — gracias a cuya habilidad e ingenio será elevado
el nivel de vida de las masas; no desean sino provocar la m a y o r
p r o s p e r i d a d y el m á x i m o desarrollo económico; f o r m a n , sin
lugar a d u d a s , la vanguardia del progreso.
Las doctrinas librecambistas se impusieron en el siglo x i x
por c u a n t o las respaldaba la filosofía de los economistas clásicos. La dialéctica de éstos era tan i m p r e s i o n a n t e q u e nadie, ni
siquiera aquellos cuyos intereses clasistas más se p e r j u d i c a b a n ,
pudieron impedir f u e r a n prohijadas por la opinión pública y
q u e d a r a n plasmadas en las c o r r e s p o n d i e n t e s disposiciones legales, Son las ideas las q u e hacen la'historia, no la historia la que
engendra las ideas.
Vana, desde luego, es siempre la discusión con místicos y
videntes. Basan éstos sus afirmaciones en la intuición y jamás
están dispuestos a someter sus posiciones a la d u r a prueba del
análisis racional. Aseguran los marxistas q u e una voz interior
les i n f o r m a de los planes de la historia; hay, en cambio, quienes no logran esa comunión con el alma histórica; ello lo
ú n i c o q u e q u i e r e decir es q u e tales gentes no pertenecen al grupo de los elegidos. Siendo ello así, constituye insolencia máxima el q u e esas personas, e s p i r i t u a l m e n t e ciegas y sordas, pretendan contradecir lo que a los inspirados bien consta; más Ies
valía retirarse a t i e m p o y silenciar sus bocas.
La ciencia, sin e m b a r g a , no tiene más remedio que razonar,
140
La Acción Humana
a u n c u a n d o , cierto es, nunca logrará convencer a quienes no
a d m i t e n la p r e e m i n e n t e f u n c i ó n del raciocinio. Pese a todo,
nunca debe el científico dejar de resaltar q u e no cabe recurrir
a la intuición para decidir, e n t r e varias doctrinas antagónicas,
cuáles sean ciertas y cuáles erróneas. Prevalecen a c t u a l m e n t e
en el m u n d o además del m a r x i s m o otras muchas teorías. No es,
desde luego, aquélla la única «ideología» operante. La implantación de esas otras doctrinas, según los marxistas, perjudicaría
gravemente los intereses de la mayoría. P e r o lo cierto es q u e
los partidarios de tales idearios proclaman exactamente lo mismo del marxismo.
Consideran e r r ó n e o los marxistas todo p e n s a m i e n t o cuyo
a u t o r no sea de origen proletario. Ahora bien, ¿quién merece
el calificativo de proletario? No era ciertamente proletaria la
sangre del doctor M a r x , ni la de Engels, industrial y «explotad o r » , ni la de Lenín, vastago de noble ascendencia rusa. H i t l e r
y Mussolini, en cambio, sí eran auténticos proletarios; ambos
conocieron bien la pobreza en su j u v e n t u d . Las luchas e n t r e
bolcheviques y mencheviques, o e n t r e Stalin y T r o t s k v , no
pueden, ciertamente, ser presentadas c o m o conflictos de clase.
Antes al contrario, eran pugnas e n t r e fanáticas facciones q u e
m u t u a m e n t e se insultaban, tachándose de abominables traidores a la clase v al partido,
La filosofía de los marxistas consiste esencialmente en proclamar: tenemos razón, por ser los portavoces de la naciente
clase proletaria; la argumentación lógica jamás p o d r á invalidar
nuestros asertos, pues a través de ellos se manifiesta aquella
fuerza suprema que d e t e r m i n a el destino de la h u m a n i d a d :
nuestros adversarios, en cambio, yerran gravemente al carecer
de esa intuición q u e a nosotros nos ilumina y la v e r d a d es q u e ,
en el f o n d o , no tienen culpa: carecen, pura y s i m p l e m e n t e , de
la genuina lógica proletaria, r e s u l t a n d o fáciles víctimas de las
ideologías; los insondables m a n d a t o s de la historia nos darán
la victoria, mientras h u n d i r á n en el desastre a n u e s t r o s oponentes; no t a r d a r á , desde luego, en producirse el t r i u n f o definitivo del marxismo.
La economía y la rebelión contra la razón
4.
141
E L POLILOGISMO R A C I S T A
El polilogismo marxista no es más q u e un mero a r b i t r i o
u r d i d o a la desesperada para a p u n t a l a r las insostenibles doctrinas socialistas. Al pedir q u e la intuición reemplace a la razón, el marxismo s i m p l e m e n t e apela al alma supersticiosa de
la masa. El polilogismo marxista y esa d e n o m i n a d a «sociología
del conocimiento», hija ésta de aquél, vienen así a situarse en
posición de a n t a g o n i s m o irreconciliable f r e n t e a la ciencia y
al raciocinio.
No sucede lo m i s m o con el polilogismo de los racistas. E s t e
tipo de polilogismo es consecuencia de ciertas tendencias del
m o d e r n o e m p i r i s m o , tendencias que, si bien son a todas luces
erróneas, hállanse hoy en día m u y de m o d a . N a d i e p r e t e n d e
negar la división de la h u m a n i d a d en razas; distínguense, en
efecto, las unas de las o t r a s por la disparidad de los rasgos corporales de sus c o m p o n e n t e s . Para los partidarios del materialismo filosófico, los p e n s a m i e n t o s no son m á s q u e u n a secreción del cerebro, c o m o la bilis lo es de la vesícula. Siendo ello
así, la consistencia lógica vedaría a tales pensadores rechazar
de a n t e m a n o la hipótesis de q u e los p e n s a m i e n t o s segregados
por las diversas m e n t e s p u d i e r a n diferir esencialmente según
f u e r a la raza del p e n s a d o r . P o r q u e el q u e la ciencia no haya
hallado todavía diferencias anatómicas e n t r e las células cerebrales de las distintas gentes no debiera bastarnos para rechazar,
sin más, su posible disparidad lógica. Tal vez los investigadores
lleguen, un día, a descubrir peculiaridades anatómicas, hoy por
hoy jamás apreciadas, q u e diferenciarían la m e n t e del blanco
de la d e l negro.
E x i s t e n etnólogos en cuya o p i n i ó n no se d e b e hablar de
civilizaciones superiores e inferiores, ni considerar atrasadas
a d e t e r m i n a d a s razas. Ciertas culturas, desde luego, son disimilares a esta occidental q u e las naciones de estirpe caucásica
han e s t r u c t u r a d o ; tal disparidad, sin embargo, en m o d o alguno
d e b e i n d u c i r n o s a considerar a aquéllas inferiores. Cada raza
tiene su mentalidad típica. Es ilusorio p r e t e n d e r p o n d e r a r una
civilización utilizando m ó d u l o s propios de otras gentes. Para
142
La Acción Humana
O c c i d e n t e , la china es una civilización anquilosada y de bárbaro p r i m i t i v i s m o la de N u e v a G u i n e a . Los chinos y los indígenas de esta ú l t i m a , no o b s t a n t e , desdeñan nuestra civilización t a n t o c o m o nosotros p o d e m o s despreciar la suya. E s t a m o s
a n t e p u r o s juicios de valor, arbitrarios p o r fuerza siempre. La
e s t r u c t u r a de aquellos pueblos es dispar a la nuestra. H a n creado civilizaciones q u e convienen a su mentalidad, lo m i s m o que
la civilización occidental concuerda con la nuestra. C u a n t o
nosotros consideramos progreso, p u e d e ser para ellos t o d o lo
contrario. C o n t e m p l a d o a través de su lógica, el sistema que
han e s t r u c t u r a d o p e r m i t e m e j o r q u e el n u e s t r o , s u p u e s t a m e n t e
progresivo, el q u e prosperen ciertas instituciones típicamente suyas.
Tienen razón tales etnólogos c u a n d o aseguran no ser de la
incumbencia del historiador —y el etnólogo, a fin de cuentas,
es un h i s t o r i a d o r — el f o r m u l a r juicios de valor. Sin e m b a r g o ,
g r a v e m e n t e yerran al suponer q u e las razas en cuestión han
perseguido objetivos distintos a los q u e el h o m b r e blanco, por
su lado, p r e t e n d i ó siempre alcanzar. Los asiáticos y los africanos, al igual q u e los europeos, h a n luchado por sobrevivir,
sirviéndose, al efecto, de la razón c o m o arma f u n d a m e n t a l .
H a n querido acabar con los animales feroces y con las sutiles
e n f e r m e d a d e s ; h a n hecho f r e n t e al h a m b r e y han deseado inc r e m e n t a r la productividad del trabajo. En la consecución de
tales metas, sus logros son, sin e m b a r g o , m u y inferiores a los
de los blancos. Buena prueba de ello es el afán con q u e reclam a n todos los adelantos occidentales. Sólo si los mongoles o
los africanos, al ser víctimas de penosa dolencia, renunciaran
a los servicios del médico e u r o p e o , sobre la base de q u e sus
opiniones y su mentalidad les hacían preferir el s u f r i m i e n t o
al alivio, tendrían razón los investigadores a q u e nos venimos
refiriendo. El mahattma G a n d h i echó p o r la b o r d a todos sus
principios filosóficos c u a n d o ingresó en u n a m o d e r n a clínica
para ser o p e r a d o de apendicitis.
Los pieles rojas americanos desconocían la rueda. Los habitantes de los Alpes jamás pensaron en calzarse u n o s esquís
q u e hubieran hecho n o t a b l e m e n t e más grata su d u r a existencia.
La economía y la rebelión contra la razón
143
A h o r a bien, no s o p o r t a b a n los aludidos inconvenientes p o r q u e
su m e n t a l i d a d f u e r a distinta a la de aquellas otras gentes q u e
m u c h o antes conocieron la rueda y el esquí; p o r el contrario,
tales realidades constituían evidentes fallos, aun c o n t e m p l a d o s
desde el personal p u n t o de vista de los propios indios y m o n tañeros.
Las expuestas reflexiones se refieren exclusivamente a la
motivación de concretas y específicas acciones, no al problema
en v e r d a d de trascendencia r e f e r e n t e a si es o no dispar la est r u c t u r a mental de las diferentes razas. P e r o eso es lo q u e los
racistas p r e g o n a n
C a b e dar ahora por r e p r o d u c i d o c u a n t o en anteriores capítulos se d i j o acerca de la e s t r u c t u r a lógica de la m e n t e y de
los principios categóricos en q u e se basan el p e n s a m i e n t o y la
acción. Unas pocas observaciones m á s bastarán para evidenciar
d e f i n i t i v a m e n t e la i n a n i d a d del polilogismo racista y de todos
los demás tipos de polilogismo.
Las categorías del p e n s a m i e n t o y de la acción h u m a n a no
son ni arbitrarios p r o d u c t o s de la m e n t e ni meros convencionalismos. No llevan una vida propia externa al universo y ajena al curso de los eventos cósmicos. Son, pol" el contrario, realidades biológicas que d e s e m p e ñ a n específica función t a n t o en
la vida c o m o en la realidad. Son h e r r a m i e n t a s q u e el h o m b r e
emplea en su lucha p o r la existencia, en su a f á n p o r acomodarse lo m e j o r posible a las realidades del universo y de evitar el
s u f r i m i e n t o h a s t a d o n d e se pueda, C o n c u e r d a n dichas categorías
con las condiciones del m u n d o e x t e r n o y r e t r a t a n las circunstancias q u e presenta la realidad. D e s e m p e ñ a n específica función y, en tal sentido, resultan efectivas y válidas.
De ahí q u e sea a todas luces inexacto a f i r m a r cjue el conoc i m i e n t o apriorístico y el r a z o n a m i e n t o p u r o no p u e d e n proporcionarnos ilustración alguna acerca de la efectiva realidad
V e s t r u c t u r a del universo. Las reacciones lógicas f u n d a m e n t a l e s
y las categorías del p e n s a m i e n t o y de la acción constituyen las
f u e n t e s p r i m a r i a s d e t o d o conocimiento h u m a n o . C o n c u e r d a n
con la e s t r u c t u r a de la realidad; advierten a la m e n t e h u m a n a
" Vid.
L . G . TÍRALA,
Ras se, Geist ttnd Seele, pág, 190 y stgs,, Munich,
1935.
La Acción Humana
144
de tal estructura y, en dicho sentido, consrituyen para el homb r e hechos ontológicos básicos u . N a d a sabemos acerca de
cómo una inteligencia s o b r e h u m a n a pensaría y comprendería.
En el h o m b r e toda cognición hállase condicionada por la estructura lógica de su m e n t e , q u e d a n d o aquélla implícita en
ésta. Precisamente d e m u e s t r a n la certeza de lo anterior los
éxitos alcanzados p o r las ciencias empíricas, o sea, el q u e quepa
hacer aplicación práctica de tales disciplinas. D e n t r o de aquellos límites en q u e la acción h u m a n a es capaz de lograr los fines
que se propone, obligado es rechazar t o d o agnosticismo.
De haber existido razas de estructura lógica d i f e r e n t e a la
nuestra, no habrían p o d i d o sus c o m p o n e n t e s recurrir a la razón
c o m o herramienta en la lucha p o r la existencia. Para sobrevivir
h u b i e r a n tenido q u e confiar exclusivamente en sus reacciones
instintivas, La selección natural habría s u p r i m i d o a c u a n t o s
individuos pretendieran recurrir al raciocinio, p r o s p e r a n d o
únicamente aquellos q u e no fiaran más q u e en el instinto. Ello
implica que habrían sobrevivido sólo los ejemplares de las
razas en cuestión cuyo nivel mental no f u e r a superior al de los
animales.
Los investigadores occidentales han reunido información
de lo más cuantiosa, tanto de las refinadas civilizaciones de la
China y la India como de las primitivas civilizaciones aborígenes de Asia, América, Australia y Africa. Cabe asegurar q u e sab e m o s de tales razas c u a n t o merece ser conocido. N i n g ú n polilogista ha pretendido, sin embargo, jamás, utilizar dichos datos
para demostrar la supuesta disparidad lógica de los aludidos
pueblos y civilizaciones.
5.
POLILOGISMO y COMPRENSIÓN
H a y , no obstante, marxistas y racistas dispuestos a interpretar de otro m o d o las bases epistemológicas de sus p r o p i o s
idearios. En tal sentido, proclaman q u e la estructura lógica de
" Vid. M O R R I S R . COHÉN, Reason and Nature, págs. 202-205. Nueva York.
1931. A Preface to Logic, pígs. 42-44 , 54-56, 92, 180-187, Nueva York, 1944.
La economía y la rebelión contra la razón
145
la m e n t e es u n i f o r m e en todas las razas, naciones y clases. El
m a r x i s m o o el racismo jamás p r e t e n d i e r o n — d i c e n — negar
tan indiscutible realidad. Lo q u e la doctrina asevera es q u e
t a n t o la comprensión histórica c o m o los juicios de valor y la
apreciación estética d e p e n d e n de los antecedentes personales
de cada u n o . E s t a nueva presentación, d e s d e luego, no conforma con c u a n t o sobre el tema escribieron los d e f e n s o r e s del
polilogismo. Ello no u b s t a n t e , conviene e x a m i n a r el p u n t o de
vista en cuestión a título de doctrina propia e i n d e p e n d i e n t e .
Es innecesario proclamar una vez más q u e ios juicios de
valor, así como los objetivos q u e pueda el h o m b r e perseguir,
d e p e n d e n de las peculiares circunstancias físicas y la personal
disposición de cada u n o
A h o r a bien, ello en m o d o alguno
implica q u e la herencia racial o la filiación clasista predeterminen f a t a l m e n t e los juicios de valor o los fines apetecidos.
Las discrepancias de opinión q u e e n t r e ios h o m b r e s se dan en
c u a n t o a su respectivo m o d o de apreciar la realidad y de valorar las normas de c o n d u c t a individual en m o d o alguno coinciden con las diferentes razas, naciones o clases.
Difícil sería hallar una mayor disparidad valorativa q u e la
q u e se aprecia e n t r e el asceta y la persona ansiosa de gozar aleg r e m e n t e de la vida. Un abismo separa al h o m b r e o a la m u j e r
de condición v e r d a d e r a m e n t e religiosa de t o d o el resto de los
mortales. A h o r a bien, personas pertenecientes a las razas, naciones, clases y castas más diversas han abrazado el ideal religioso. M i e n t r a s algunas descendían de reyes y ricos nobles,
o t r a s h a b í a n nacido en la más h u m i l d e pobreza. San Francisco
y Santa Clara y sus primeros fervorosos seguidores nacieron
todos en Italia, pese a q u e sus paisanos, t a n t o e n t o n c e s c o m o
ahora, jamás se distinguieron por rehuir los placeres sensuales.
Anglosajón f u e el p u r i t a n i s m o , al igual q u e la d e s e n f r e n a d a
lascivia de los reinados de los T u d o r , Stuart y H a n n o v e r . El
principal d e f e n s o r del ascetismo en el siglo x i x f u e el c o n d e
León T o l s t o i , acaudalado m i e m b r o de la libertina aristocracia
rusa. Y Tolstoi consideró s i e m p r e la Sonata a Kreutzer, de
B e e t h o v e n , o b r a maestra del h i j o de u n o s padres extremadau
ID
Vid. supra cap. I I , 5 y 6.
146
La Acción Humana
m e n t e pobres, c o m o la más fidedigna representación de ese
m u n d o q u e él con t a n t o a r d o r c o n d e n a b a .
Lo m i s m o o c u r r e con las valoraciones estéticas. T o d a s las
razas y naciones h a n h e c h o arte clásico y también arte romántico. Los marxistas, pese a c u a n t o proclama interesada propaganda, no han creado ni un arte ni una literatura de condición
específicamente proletaria. Los escritores, pintores y músicos
«proletarios» ni h a n creado nuevos estilos ni han d e s c u b i e r t o
n u e v o s valores estéticos; tan sólo se diferencian de los « n o
proletarios» p o r su tendencia a considerar « b u r g u é s » c u a n t o
d e t e s t a n , reservando en cambio el calificativo de « p r o l e t a r i o »
p a r a c u a n t o les agrada.
La c o m p r e n s i ó n histórica, t a n t o en el caso del historiador
profesional c o m o en el del h o m b r e q u e actúa, refleja invariab l e m e n t e la personalidad del interesado 1A. Ahora bien, el historiador al igual q u e el político, si son gentes c o m p e t e n t e s y
avisadas, cuidarán de q u e no les ciegue el p a r t i d i s m o c u a n d o
deseen a p r e h e n d e r la v e r d a d . El q u e califique cierta circunstancia de beneficiosa o de perjudicial carece de trascendencia. N i n g u n a v e n t a j a personal p u e d e derivar de exagerar o
minimizar la respectiva trascendencia de los diversos factores
intervinientes. Sólo la torpeza de algunos pseudohistoriadores
p u e d e hacerles creer q u e sirven mejor a su causa falseando los
hechos. Las biografías de Napoleón I y Napoleón T i l , de Bismarek, Marx, G l a d s t o n e y Disraeli, las personalidades más discutidas del pasado siglo, difieren a m p l i a m e n t e e n t r e sí por lo
q u e a juicios de valor atañe; coinciden i m p r e s i o n a n t e m e n t e ,
sin embargo, por lo q u e respecta al papel histórico q u e dichos
personajes d e s e m p e ñ a r o n .
O t r o t a n t o ocurre al político. ¿ Q u é gana el p a r t i d a r i o del
p r o t e s t a n t i s m o con ignorar el vigor y el prestigio del catolicismo o el liberal al menospreciar la fuerza del socialismo? Para
t r i u n f a r , el h o m b r e público ha de contemplar las cosas tal c o m o
realmente son; quien vive de fantasías fracasa sin remedio. L o s
juicios de trascendencia difieren de los valorativos en q u e
aquéllos aspiran a ponderar circunstancias q u e no d e p e n d e n del
" Vid. supra cap. II, 8.
La economía y la rebelión contra la razón
147
criterio s u b j e t i v o del actor. A h o r a bien, c o m o i g u a l m e n t e los
matiza la personalidad del sujeto, no p u e d e h a b e r acuerdo unánime en torno a ellos. P e r o de n u e v o suscítase la interrogante:
¿ q u é ventaja p u e d e raza o clase alguna derivar de una alteración «ideológica» de la v e r d a d ?
C o m o ya a n t e r i o r m e n t e se bacía n o t a r , las p r o f u n d a s discrepancias q u e los . estudios históricos registran no tienen su
causa en q u e sea dispar la lógica de los respectivos expositores, sino en d i s c o n f o r m i d a d e s surgidas en el seno de las ciencias no históricas.
M u c h o s escritores e historiadores m o d e r n o s comulgan con
aquel dogma marxista según el cual el a d v e n i m i e n t o del socialismo es tan inevitable como deseable, h a b i e n d o sido encomendada al p r o l e t a r i a d o la histórica misión de implantar el n u e v o
régimen previa la violenta destrucción del sistema capitalista.
P a r t i e n d o de tal premisa, consideran muy n a t u r a l q u e las «izquierdas», es decir, los'elegidos, recurran a la violencia y al
homicidio. No se p u e d e hacer la revolución por métodos pacíficos. I m p e r t i n e n t e es p e r d e r el t i e m p o con nimiedades tales
como el asesinato de las hijas del zar, de León T r o t s k y , de
decenas de millares de burgueses rusos, etc. Si «sin r o m p e r
los huevos no p u e d e hacerse la tortilla», ¿a q u é viene ese afán
por resaltar tan inevitable r o t u r a ? El p l a n t e a m i e n t o , no obstante, cambia p o r c o m p l e t o c u a n d o alguna de esas víctimas osa
defenderse y repeler la agresión. Pocos se atreven ni siquiera
a mencionar los d a ñ o s , las destrucciones y las violencias de los
obreros en huelga. En cambio, c u a n d o una compañía ferroviaria, por ejemplo, a d o p t a m e d i d a s para proteger, contra tales
desmanes, sus bienes y la vida de sus f u n c i o n a r i o s y usuarios,
los gritos se oyen por d o q u i e r .
Ese dispar t r a t a m i e n t o no proviene de encontrados juicios
de valor, ni de disimular un m o d o de razonar. Es consecuencia
de las contradictorias teorías m a n t e n i d a s en torno a la evolución histórica y económica, Si es inevitable el a d v e n i m i e n t o
del socialismo y sólo p u e d e el m i s m o ser i m p l a n t a d o por métodos revolucionarios, esos asesinatos cometidos por el estam e n t o «progresista» carecen, e v i d e n t e m e n t e , de* importancia.
La Acción Humana
148
En cambio, la acción defensiva u ofensiva de los «reaccionarios», q u e puede d e m o r a r la victoria socialista, cobra gravedad
máxima. Acerca de eso último conviene llamar enérgicamente
la atención de las gentes; en t a n t o q u e m e j o r es pasar por alto
las inocentes travesuras laboralistas.
6.
E N D E F E N S A D E L A RAZÓN
Los racionalistas nunca pensaron q u e el ejercicio de la inteligencia pudiera llegar a hacer omnisciente al h o m b r e . Advirtieron que, p o r más q u e se incrementara el saber, el estudioso,
al final, había de verse e n f r e n t a d o con datos últimos no susceptibles de ulterior análisis. Allí hasta d o n d e el h o m b r e p u e d e
razonar, e n t e n d i e r o n , sin embargo, conveníales a los mortales
aprovechar su capacidad intelectiva. Los datos últimos resultan,
desde luego, inabordables para la razón; p e r o lo, en definitiva,
cognoscible para la h u m a n i d a d pasa siempre por el filtro de la
razón. Ni cabe un conocimiento q u e no sea racionalista ni una
ciencia de lo irracional.
En lo atinente a problemas todavía no resueltos, es lícito
f o r m u l a r dispares hipótesis, siempre y c u a n d o éstas no pugnen
ni con la lógica ni con los hechos e x p e r i m e n t a l m e n t e atestiguados. Tales soluciones, sin embargo, de m o m e n t o no serán más
q u e eso: hipótesis.
I g n o r a m o s cuáles sean las causas q u e provocan la disimilitud intelectual q u e se aprecia e n t r e los h o m b r e s . No p u e d e la
ciencia explicar por q u é un N e w t o n o un Mozart f u e r o n geniales, mientras la mayoría de los h u m a n o s no lo somos. Lo
q u e , sin embargo, no cabe aceptar es q u e la genialidad d e p e n d a
de la raza o la estirpe del sujeto. El problema consiste en saber
por q u é un cierto i n d i v i d u o sobresale de e n t r e sus h e r m a n o s de
sangre y por q u é se distingue del resto de los m i e m b r o s de su
propia raza.
El suponer q u e las hazañas de la raza blanca derivan de
específica superioridad racial constituye error ligeramente m á s
justificable. El aserto, sin embargo, no pasa de ser vaga hipótesis, en pugna, además, con el h e c h o i n d u b i t a b l e de q u e f u e r o n
La economía y la rebelión contra la razón
149
pueblos de o t r a s estirpes quienes echaron los cimientos de nuestra civilización. Cabe incluso q u e o t r a s razas, en el f u t u r o , sustituyan a los blancos, desplazándoles de su hoy p r e e m i n e n t e
posición.
La hipótesis en cuestión d e b e ser p o n d e r a d a por sus
propios méritos. No cabe descartarla de a n t e m a n o sobre la base
de que los racistas la esgrimen para justificar aquel aserto suyo
según el cual existe irreconciliable conflicto de intereses entre
los diversos grupos raciales y que, en definitiva, prevalecerán
las razas superiores sobre las inferiores. La ley de asociación de
Ricardo, p a t e n t i z ó hace mucho tiempo el error en q u e incide
tal m o d o de i n t e r p r e t a r la desigualdad h u m a n a l7 . P e r o lo q u e ,
para combatir el racismo, no p u e d e hacerse es negar hechos
evidentes. C o n s t i t u y e realidad inconcusa q u e , hasta el m o m e n to, d e t e r m i n a d a s razas no han c o n t r i b u i d o en nada, o sólo en
m u y poco, al p r o g r e s o de la civilización, p u d i e n d o las mismas
ser, en tal sentido, calificadas de inferiores.
Si nos e m p e ñ á r a m o s en destilar, a toda costa, de las enseñanzas marxistas, un adarme de verdad, podíamos llegar a convenir en q u e los sentimientos emocionales ejercen gran influencia sobre el raciocinio. Tal realidad, sin embargo, nadie ha
p r e t e n d i d o jamás negarla y, desde luego, no f u e r o n los marxistas quienes tan manifiesta verdad descubrieran. Es más, la circunstancias carece de todo interés por lo q u e a ta epistemología
atañe. Múltiples son los factores q u e impulsan al h o m b r e t a n t o
c u a n d o descubre la realidad c o m o c u a n d o incide en el error.
P e r o c o r r e s p o n d e a la psicología el e n u m e r a r y ordenar tales
circunstancias.
La envidia es flaqueza, d e s d e luego, h a r t o extendida. N u merosos son los intelectuales a quienes desasosiegan esos mayores ingresos devengados por el h o m b r e de negocios que triunfa. Tal r e s e n t i m i e n t o les arroja f r e c u e n t e m e n t e en brazos del
socialismo, pues creen q u e b a j o esc régimen cobrarían ellos
sumas superiores a las q u e el capitalismo les paga. La ciencia,
sin e m b a r g o , en m o d o alguno p u e d e c o n f o r m a r s e con evidenciar m e r a m e n t e la concurrencia de ese factor envidioso, de" Vid. infra cap. VIII, 4.
150
La Acción Humana
biendo por el contrario analizar, con el m á x i m o rigor, el ideario
socialista. No tiene más remedio el investigador q u e estudiar
todas las tesis, tal c o m o si a sus respectivos p r o p u g n a d o r e s ,
única y exclusivamente, impulsara el afán de alcanzar la verdad. Las escuelas polilogístas jamás están dispuestas a examinar b a j o el prisma p u r a m e n t e teórico las doctrinas de sus contraopinantes; prefieren limitarse a subrayar los antecedentes
personales y los motivos que, en su opinión, indujeron a los
correspondientes a u t o r e s a f o r m u l a r las teorías del caso. Tal
proceder pugna con los más elementales f u n d a m e n t o s del
razonar.
P o b r e arbitrio es, en verdad, c u a n d o se pretende combatir
cierta doctrina teórica, limitarse a aludir a los precedentes históricos de la misma, al «espíritu» de la época en cuestión, a
las circunstancias materiales del país en q u e la idea surgió o a
las personales condiciones de su expositor. Las teorías sólo a
la luz de la razón pueden ser ponderadas. El módulo aplicado
ha de ser siempre de índole racional. Un aserto científico o es
cierto o es erróneo; tal vez n u e s t r o s conocimientos resulten
hoy insuficientes para aceptar la total certeza del m i s m o ; pero
ninguna teoría p u e d e resultar lógicamente válida p a r a un burgués o un americano si no reviste igual condición para un proletario o un chino.
Resulta incomprensible — e n el caso de admitirse las afirmaciones de marxístas y r a c i s t a s — ese obsesivo afán con q u e
quienes detentan el poder p r e t e n d e n silenciar a sus m e r a m e n t e
teóricos opositores, persiguiendo a cuantos p r o p u g n a n otras
posiciones. La sola existencia de gobiernos intolerantes y de
partidos políticos dispuestos a exterminar al disidente es prueba manifiesta del poder de la razón. El apelar a la policía, al
v e r d u g o o a la masa violenta no basta para acreditar la certeza
del ideario defendido. Lo q u e tal p r o c e d i m i e n t o sí evidencia,
bien a las claras, es q u e quien a él recurre como único recurso
dialéctico hállase, en su interior, plenamente convencido de la
improcedencia de las tesis que desea defender.
No cabe demostrar la validez de los f u n d a m e n t o s apriorísticos de la lógica y la praxeología sin a ellos mismos acudir. La
La economía y la rebelión contra la razón
151
razón constituye d a t o ú l t i m o q u e , p o r t a n t o , no p u e d e someterse a mayor estudio o análisis. La p r o p i a existencia es un
hecho de carácter no racional. De la razón sólo cabe predicar
que es el sello q u e distingue al h o m b r e de los animales y q u e
sólo gracias a ella ha podido aquél realizar todas las o b r a s q u e
consideramos específicamente h u m a n a s .
Q u i e n e s aseguran serían más felices los mortales si prescindieran del raciocinio, dejándose guiar por la intuición y los instintos, deberían, ante todo, recordar el origen y las bases de la
cooperación h u m a n a . La economía política, c u a n d o estudia la
aparición y el f u n d a m e n t o de la vida social, proporciona amplia
información para q u e cualquiera, con pleno conocimiento de
causa, pueda o p t a r e n t r e c o n t i n u a r sirviéndose del raciocinio
o prescindir de él. Cabe que el h o m b r e llegue a repudiar la
razón; antes de a d o p t a r medida tan radical, sin embargo, b u e n o
será p o n d e r e t o d o aquello a q u e , en tal caso, habrá de renunciar.
C A P I T U L O
IV
Un primer análisis
de la categoría de acción
1.
MEDIOS Y FINES
El resultado que la acción persigue llámase su fin, meta u
objetivo. Utilízanse también normalmente estos términos para
aludir a fines, nielas u objetivos intermedios; es decir, escalones que el hombre, al actuar, desea remontar por constarle que,
sólo sucesivamente superándolos, podrá alcanzar aquella meta,
objetivo o fin, en definitiva, apetecido. Aliviar cierto malestar
es lo que, mediante la consecución del fin, objetivo o meta,
pretende invariablemente el actor.
Denominamos medio cuanto sirve para lograr cualquier fin,
objetivo o meta. Los medios no aparecen como tales en el
universo; en nuestro mundo, tan sólo existen cosas; cosas que,
sin embargo, se convierten en medios cuando, mediante la razón, advierte el hombre la idoneidad de las mismas para atender humanas apetencias, utilizándolas al objeto. El individuo
advierte mentalmente la utilidad de los bienes, es decir, su
idoneidad para conseguir apetecidos resultados; y al actuar, los
convierte en medios. Esto conviene subrayarlo; que las cosas
integrantes del m u n d o externo sólo gracias a la operación de
la mente humana y a la acción por ella engendrada llegan a ser
medios. Los objetos externos, en sí, son puros fenómenos físicos del universo y como tales los examinan las ciencias naturales. Mediante el discernimiento y la actuación humana,
transfórmanse, sin embargo, en medios. La praxeología, por
eso, no se ocupa propiamente del m u n d o exterior, sino de la
conducta del h o m b r e al enfrentarse con aquél; el universo fí-
154
La Acción Humana
sico, per se, no interesa a nuestra ciencia; lo q u e ésta p r e t e n d e
es analizar la consciente reacción de! h o m b r e ante las realidades
objetivas. La teoría económica, por eso, jamás alude a las cosas;
interésase por los h o m b r e s , por sus apreciaciones y, consecuentemente, por las h u m a n a s acciones que de aquéllas derivan.
No da la naturaleza ni bienes, ni mercancías, ni riquezas, ni
n i n g u n o de los demás conceptos q u e la economía maneja; tales
realidades engéndralas, por el contrario, el discurrir y el quehacer del h o m b r e . Q u i e n desee entrar en este segundo universo
d e b e olvidar el primero, c e n t r a n d o su atención en los fines
perseguidos por los mortales al actuar.
La praxeología y la economía no se ocupan de cómo deberían ser las apreciaciones y actuaciones humanas, ni m e n o s aún
de cuáles las mismas serían de tener los h o m b r e s una común
filosofía, de absoluta vigencia, gozando todos de iguales conocimientos. En el marco de una ciencia cuyo o b j e t o es el hombre, víctima con frecuencia de la equivocación y el e r r o r , no hay
lugar para hablar de nada con «vigencia absoluta» y menos aún
de omnisciencia. Fin es cuanto el h o m b r e apetece; medio, cuanto al actor tal parece.
C o m p e t e a las diferentes técnicas y a la terapéutica, en sus
respectivas esferas, refutar los h u m a n o s errores. A la economía
incumbe idéntica misión, pero en el c a m p o , ahora, de la actuación social, Las gentes rechazan muchas veces las enseñanzas
de la ciencia, prefiriendo aferrarse a falaces prejuicios; tal disposición de ánimo, a u n q u e errada, no deja de ser evidente
realidad y, como tal, debe tenerse en cuenta. Los economistas,
por ejemplo, estiman que el control de los cambios extranjeros no sirve para alcanzar los fines apetecidos por quienes a tal
recurso apelan. P e r o p u e d e bien ser q u e la opinión pública se
resista a a b a n d o n a r el error e induzca a las autoridades a imponer el correspondiente control de cambios. Tal p o s t u r a , pese
a su equivocado origen, es un hecho de indudable influjo en el
curso de los acontecimientos. La medicina moderna no reconoce, por ejemplo, virtudes terapéuticas a la célebre mandragora;
pero, mientras las gentes creían en ellas, la mandragora era
valioso bien económico, por el cual se pagaban elevados pre-
Un primer análisis Je la categoría de acción
155
cios. La economía, al tratar de la teoría de los precios, no se
interesa por io q u e una cosa deba valer; lo q u e le importa es
c u á n t o realmente vale para quien la adquiere; nuestra disciplina analiza precios objetivos, ésos que, en efecto, las gentes
respectivamente pagan y reciben en transacciones ciertas; despreocúpase, en cambio, por e n t e r o , de aquellos fantasmagóricos
precios q u e sólo aparecerían si los h o m b r e s no fueran como
son, sino distintos.
Los medios resultan siempre escasos, es decir, insuficientes para alcanzar todos los objetivos a los q u e el h o m b r e aspira.
De no ser así, la acción h u m a n a desentendería se de ellos, El
actuar, si el h o m b r e no se viera inexorablemente cercado por
la escasez, carecería de objeto.
Es c o s t u m b r e llamar objetivo al fin último perseguido y
simplemente bienes a los medios para alcanzarlo. Al aplicar tal
terminología, los economistas razonaban sustancialmcnte como
tecnócratas, no como praxeóiogos. Distinguían entre bienes libres y bienes económicos. Libres eran los disponibles en tan
superflua abundancia q u e no era preciso administrarlos; los
mismos, sin embargo, no p u e d e n constituir o b j e t o de actuación
h u m a n a alguna. Son presupuestos dados, por lo q u e respecta
al bienestar del h o m b r e ; f o r m a n parte del medio ambiente natural en q u e el sujeto vive y actúa. Sólo los bienes económicos
constituyen f u n d a m e n t o de la acción; ú n i c a m e n t e de ellos, por
tanto, ocúpase la economía.
Los bienes q u e , directamente, por sí solos, sirven para
satisfacer necesidades h u m a n a s — d e tal suerte que su utilización no precisa del concurso de o t r o s factores— denomínanse
bienes de consumo o bienes de primer orden, Aquellos medios
q u e sólo indirectamente p e r m i t e n satisfacer las necesidades,
c o m p l e m e n t a n d o su acción con el concurso de otros, califícanse,
en cambio, de bienes de producción, factores de producción o
bienes de orden más remoto o elevado. El servicio q u e presta un
factor de producción consiste en permitir la obtención de un
p r o d u c t o m e d i a n t e la concurrencia de otros ciertos complementarios bienes de producción. Tal p r o d u c t o podrá, a su vez, ser
o un bien de consumo o un factor de producción que, combi-
156
La Acción Humana
n a d o a su vez con otros, proporcionará un bien de c o n s u m o .
Cabe imaginar una ordenación de los bienes de producción seg ú n su proximidad al artículo de c o n s u m o para cuya obtención
se utilicen. A t e n o r de esta sistemática, los bienes de producción más p r ó x i m o s al artículo de c o n s u m o en cuestión se consideran de segundo orden; los empleados para la producción
de estos últimos se estimarán de tercer orden, y así sucesivamente.
Esta clasificación de los bienes en órdenes distintos nos
sirve para abordar la teoría del valor y del precio de los factores de producción. V e r e m o s más adelante cómo el valor y el
precio de los bienes de órdenes más elevados dependen del
valor y el precio de los bienes del orden primero producidos
gracias a la inversión de aquéllos. El acto valorativo original y
f u n d a m e n t a l atañe exclusivamente a los bienes de c o n s u m o ;
todas las demás cosas son valoradas según contribuyan a la
producción de éstos.
E x p u e s t o lo anterior, en la práctica no resulta preciso clasificar los bienes de producción según órdenes diversos, com e n z a n d o por el segundo para terminar con el enésimo. Igualmente carecen de interés bizantinas discusiones en t o r n o a si
un cierto bien debe quedar catalogado entre los de orden ínfimo o en algún estrato superior. A nada conduce el cavilar acerca de si debe aplicarse el apelativo de bien de c o n s u m o a las
semillas de café crudo, o a estas mismas u n a vez tostadas, o al
café molido, o al café c o n d i m e n t a d o para ingerir, o solamente,
en fin, al café p r e p a r a d o ya, con leche y azúcar. La terminología adoptada resulta indiferente a estos efectos; pues, en lo
atinente al valor, t o d o lo q u e digamos acerca de un bien de
consumo puede igualmente ser predicado de cualquier o t r o
bien del orden q u e sea (con la única excepción de los bienes de
ú l t i m o orden) si lo consideramos como p r o d u c t o de a n t e r i o r
elaboración.
Un bien económico, por otra parte, no tiene por q u é plasmarse en cosa tangible. Los bienes económicos inmateriales, en
este sentido, denomínanse servicios.
Un primer análisis Je la categoría de acción
2.
LA
ESCALA
157
VALORATIVA
£1 h o m b r e , al actuar, decide entre las diversas posibilidades ofrecidas a su elección. En la alternativa prefiere una determinada cosa a las demás.
Suele decirse q u e el h o m b r e , c u a n d o actúa, se representa
m e n t a l m e n t e una escala de necesidades o valoraciones, con
arreglo a la cual ordena su proceder. T e n i e n d o en cuenta esa
escala valorativa, el individuo atiende las apetencias de más
valor, es decir, p r o c u r a cubrir las necesidades más urgentes y
deja insatisfechas las de m e n o r utilidad, es decir, las m e n o s urgentes. N a d a cabe objetar a tal presentación de las cosas. Conviene, sin embargo, no olvidar q u e tal escala de valores o necesidades toma corporeidad sólo c u a n d o la propia actuación
h u m a n a se p r o d u c e . P o r q u e dichas escalas valorativas carecen
de existencia a u t ó n o m a ; las e s t r u c t u r a m o s sólo una vez conocida la efectiva conducta del i n d i v i d u o . N u e s t r a única información acerca de las mismas resulta de la p r o p i a contemplación de la h u m a n a actuación. De ahí q u e el actuar siempre
haya de concordar p e r f e c t a m e n t e con la escala de valores o
necesidades, pues ésta no es más q u e mero símil empleado para
interpretar el proceder del h o m b r e .
Las doctrinas de carácter ético p r e t e n d e n establecer unas
escalas valorativas a cuyo tenor el h o m b r e , a u n q u e no siempre
lo haga, debería pronunciarse. Aspiran a definir el bien y el
mal y quieren aconsejarnos acerca de lo que, como bien suprem o , debiéramos perseguir. Se trata de disciplinas normativas,
interesadas por averiguar cómo debería ser la realidad. Rehuyen
adoptar una postura neutral ante hechos ciertos e indubitables;
prefieren enjuiciarlos a la luz de subjetivas normas de conducta, Repugna, en cambio, ta! p o s t u r a a la praxeología y a la
economía. Estas disciplinas advierten q u e los fines perseguidos
por el h o m b r e no p u e d e n ser p o n d e r a d o s con arreglo a norma
alguna de carácter absoluto. Los fines, como decíamos, constituyen datos irreductibles, son p u r a m e n t e subjetivos, difieren
de persona a persona y, aun en un m i s m o individuo, varían
según el m o m e n t o . La praxeología y la economía se interesan
por los medios idóneos para alcanzar las metas q u e los morta-
158
La Acción Humana
les, en cada circunstancia, elijan. J a m á s pronúncianse acerca de
problemas morales; no participan en el debate entre el sibaritismo y el ascetismo. Sólo les preocupa determinar si los medios adoptados resultan o no apropiados para conquistar los
objetivos que el h o m b r e efectivamente, dice, desea alcanzar.
Los conceptos de anormalidad o perversidad, por consiguiente, carecen de vigencia en el t e r r e n o económico. La economía no puede estimar perverso a quien prefiera lo desagradable, lo dañino o lo doloroso a lo agradable, lo benéfico o lo
placentero. La economía, acerca de tal sujeto, sólo predica q u e
es distinto a los demás; q u e le gusta lo q u e oíros detestan; q u e
persigue lo q u e o t r o s rehuyen; que goza en soportar el dolor
mientras los demás prefieren evitarlo. Los términos normal y
anormal, como conceptos definidos, p u e d e n ser utilizados p o r
la antropología para distinguir e n t r e quienes se c o m p o r t a n como
la mayoría y quienes constituyen seres aiípicos o extravagantes;
también cabe servirse de ellos en sentido biológico para separar a aquellos cuya conducta a p u n t a hacia la conservación de
la vida, de quienes siguen vías perniciosas para su propia salud;
igualmente, en sentido ético, cabe, con arreglo a los mismos
conceptos, distinguir entre quienes proceden c o r r e c t a m e n t e y
quienes actúan de m o d o distinto. La ciencia teórica de la acción
h u m a n a , en cambio, no p u e d e admitir semejantes distingos. La
ponderación de los fines últimos resulta, invariablemente, subjetiva y, por t a n t o , arbitraria,
El valor es la trascendencia que el h o m b r e , al actuar, atrib u y e a los fines últimos q u e él m i s m o se haya p r o p u e s t o alcanzar. Sólo con respecto a los fines últimos aparece el concepto de valor en sentido p r o p i o y genuino. Los medios, c o m o
veíamos, resultan valorados de m o d o derivativo, según la utilidad o idoneidad de los mismos para alcanzar fines; su estimación depende del valor asignado al o b j e t o en definitiva apetecido; para el h o m b r e sólo tienen interés en t a n t o en c u a n t o
le permiten alcanzar predeterminada meta.
El valor no es de condición objetiva; no se halla ínsito en
las cosas. Somos nosotros, en cambio, quienes lo llevamos den-
Un primer análisis Je la categoría de acción
159
t r o ; d e p e n d e , en cada caso, de cómo reaccione el sujeto a n t e
específicas circunstancias externas.
El valor nada tiene q u e ver con palabras o doctrinas. La
propia conducta h u m a n a , exclusivamente, engendra el valor.
N a d a i m p o r t a lo q u e este h o m b r e o aquel g r u p o digan del valor; lo i m p o r t a n t e es lo q u e e f e c t i v a m e n t e tales actores hagan.
La ampulosa oratoria moralista y la pomposa vanagloria de los
políticos tienen a veces trascendencia; influyen tales realidades,
sin embargo, el curso de la historia únicamente en la medida
en que, de hecho, ejerzan influjo sobre la efectiva conducta
humana.
3.
L A ESCAI.A D E N E C E S I D A D E S
Pese a q u e , una y otra vez, m u c h o s lo han negado, la inmensa mayoría de los h o m b r e s aspira, a n t e todo, a mejorar las
propias condiciones materiales de vida. La gente quiere comida
m á s a b u n d a n t e y sabrosa; m e j o r vestido y habitación y otras
mil comodidades. El h o m b r e aspira a la salud y a la abundancia. A d m i t i m o s estos hechos, generalmente, c o m o ciertos; y la
fisiología aplicada se preocupa por descubrir cuáles sean los
m e d i o s mejores para satisfacer, en la mayor medida posible,
tales deseos. Suelen los fisiólogos, cierto es, distinguir e n t r e
las necesidades «reales» del h o m b r e y sus imaginarias o artificiales apetencias, y p o r eso enseñan a las gentes cómo deben
proceder y a q u é medios d e b e n recurrir para la satisfacción de
sus deseos.
Resulta indudable la trascendencia de tales estudios. El
fisiólogo, desde su p u n t o de vista, desde luego, tiene razón al
distinguir e n t r e acción sensata y acción c o n t r a p r o d u c e n t e . Está
en lo c i e r t o c u a n d o contrasta los m é t o d o s juiciosos de alimentación con los desarreglados. Es libre de c o n d e n a r ciertas conductas por resultar absurdas y contrarias a las necesidades
«reales» del h o m b r e . Tales juicios, sin e m b a r g o , d e s b o r d a n el
c a m p o de u n a ciencia como la nuestra, q u e se e n f r e n t a con la
acción h u m a n a tal c o m o efectivamente se p r o d u c e en el mund o . Lo q u e cuenta para la praxeología y la economía no es lo
La Acción Humana
160
q u e el h o m b r e debería hacer, sino lo q u e , en definitiva, hace.
La liigiene p u e d e estar en lo cierto al calificar de v e n e n o s al
alcohol y a la nicotina. Ello no o b s t a n t e , la economía ha de
explicar y e n f r e n t a r s e con los precios reales del tabaco y los
licores tales como son, y no como serían si otras f u e r a n las condiciones concurrentes.
En el c a m p o de la economía no hay lugar para escalas de
necesidades distintas de la escala valorativa plasmada por la
real conducta del h o m b r e . La economía aborda el e s t u d i o del
h o m b r e efectivo, frágil y s u j e t o a e r r o r , tal cual es; no p u e d e
ocuparse de seres ideales, perfectos y omniscientes, cual semi dioses.
4.
L A ACCIÓN COMO CAMBIO
La acción consiste en p r e t e n d e r sustituir un estado de cosas poco satisfactorio por o t r o más satisfactorio. D e n o m i n a mos cambio precisamente a esa mutación v o l u n t a r i a m e n t e provocada. Se trueca una condición menos deseable p o r o t r a más
apetecible. Se abandona lo q u e satisface menos, a fin de lograr
algo q u e apetece más, A q u e l l o a lo q u e es preciso renunciar
para alcanzar el o b j e t o deseado constituye el precio pagado
por éste. El valor de ese precio p a g a d o se llama costo. El costo
es igual al valor q u e se atribuye a la satisfacción de la q u e es
preciso privarse para conseguir el fin p r o p u e s t o .
La diferencia de valor entre el precio pagado (los costos
incurridos) y el de la meta alcanzada se llama lucro, ganancia
o rendimiento neto. El beneficio, en este p r i m e r s e n t i d o , resulta de carácter p u r a m e n t e subjetivo; no es más q u e aquel increm e n t o de satisfacción q u e el h o m b r e , tras el actuar, experimenta; se trata de f e n ó m e n o psíquico, q u e no cabe ni pesar ni medir, La remoción del malestar p u e d e lograrse en una medida
m a y o r o m e n o r . La cuantía en q u e u n a satisfacción s u p e r a a
otra sólo cabe sentirla; la c o r r e s p o n d i e n t e diferencia no p u e d e
ser ponderada ni precisada con arreglo a m ó d u l o o b j e t i v o alguno. El juicio de valor no m i d e ; limítase a o r d e n a r en escala
gradual; a n t e p o n e u n a s cosas a otras. El valor no se expresa me-
Un primer análisis de la categoría de acción
161
diante peso ni medida, sino q u e se f o r m u l a a través de un orden
de preferencias y secuencias. En el m u n d o del valor sólo son
aplicables los n ú m e r o s ordinales; nunca los cardinales.
V a n o es p r e t e n d e r calcular t r a t á n d o s e de valores. El cálculo sólo es posible m e d i a n t e el manejo de n ú m e r o s cardinales.
La diferencia valorativa entre dos situaciones d e t e r m i n a d a s es
p u r a m e n t e psíquica y personal. No cabe trasladarla al exterior.
Sólo el propio interesado p u e d e apreciarla y ni siquiera él sabe
concretamente describirla a un tercero. E s t a m o s ante magnitudes intensivas, nunca cuantitativas.
La fisiología y la psicología, c i e r t a m e n t e , han desarrollado
métodos con los q u e e r r ó n e a m e n t e s u p o n e n cabe resolver ese
insoluble p r o b l e m a q u e implica la medición de las magnitudes
intensivas; la economía, p o r su parte, no tiene por qué e n t r a r
en el análisis de u n o s arbitrarios mecanismos que, al efecto,
pocas garantías ofrecen, siendo así q u e sus mismos Utiliza dores
advierten q u e no resultan aplicables a juicios valorativos. P e r o
es más; aun c u a n d o lo f u e r a n , para nada afectarían a los problemas económicos. P o r q u e la economía estudia la acción como
tal, no siendo de su incumbencia los hecbos psíquicos q u e provocan esta o aquella actuación.
Sucede con frecuencia q u e la acción no logra alcanzar el
fin p r o p u e s t o . A veces, el resultado obtenido, si bien resulta
inferior al apetecido, constituye mejoría en comparación a la
realidad anterior a la acción; en este caso sigue h a b i e n d o ganancia, aun c u a n d o m e n o r de la esperada. P e r o también p u e d e
suceder q u e la acción produzca una situación peor que la q u e se
pretendía remediar; en tal supuesto, esa diferencia, entre el valor del costo y el del resultado o b t e n i d o , la d e n o m i n a m o s
pérdida.
11
I
CAPITULO
V
El tiempo
1.
E L T I E M P O E N CUANTO F A C T O R PRAXEOLÓGICO
La idea de cambio implica la idea de sucesión temporal.
Un universo rígido, eternamente inmutable, halla ríase fuera del
tiempo, pero sería cosa muerta. Los conceptos de cambio y de
tiempo hállaflse inseparablemente ligados. La acción aspira a
determinada mutación y, por ello, tiene q u e pertenecer al orden temporal. La razón h u m a n a 110 es capaz de concebir ni una
existencia intemporal ni un actuar fuera del tiempo.
Quien actúa distingue el tiempo anterior a la acción, de un
lado, el tiempo consumido por la misma, de otro, y el posterior
a ella, en tercer lugar. No puede el ser humano desentenderse
del tracto temporal.
La lógica y la matemática manejan sistemas de razonamiento ideal. Sus ideales construcciones, como sus deducciones, son
coexistentes e independientes; coetáneas e intemporales. Una
inteligencia perfecta podría aprehenderlas todas de golpe. La
incapacidad de la m e n t e humana para realizar esa síntesis convierte el pensar también en acción que progresa, paso a paso,
desde un estado menos satisfactorio, de cognición insuficiente,
a otro más satisfactorio, de mayor conocimiento. Conviene, sin
embargo, dicho lo anterior, no confundir el orden temporal en
q u e el conocimiento va adquiriéndose con la simultaneidad lógica de todas las partes q u e integran el sistema deductivo apriorístico. Los conceptos de anterioridad y consecuencia, en este
terreno, sólo cabe de modo metafórico emplearlos, pues no se
refieren al sistema, sino a nuestros propios actos intelectivos.
La Acción Humana
164
El o r d e n lógico, en sí, no a d m i t e las categorías de t i e m p o ni de
causalidad. Existe, desde luego, correspondencia funcional e n t r e
sus elementos, p e r o no hay ni causa ni efecto.
Lo q u e distingue desde el p u n t o de vista epistemológico
el sistema praxeológico del lógico es precisamente q u e aquél
p r e s u p o n e las categorías tiempo y causalidad. El o r d e n praxeológico, e v i d e n t e m e n t e , c o m o el lógico, t a m b i é n es apriorístico
y deductivo. En c u a n t o sistema, se halla igualmente f u e r a del
tiempo. La diferencia entre el u n o y el otro estriba en q u e la
praxeología se interesa precisamente p o r el cambio, p o r el demasiado tarde y el demasiado t e m p r a n o , por la causa y el efecto. Anterioridad y consecuencia constituyen conceptos esenciales al r a z o n a m i e n t o praxeológico y lo m i s m o sucede con la
irreversibilídad de los hechos. En el marco del sistema praxeológico, cualquier referencia a correspondencias funcionales resulta tan metafórica y errónea c o m o ei aludir a anterioridad y
consecuencia d e n t r o del sistema lógico l .
2.
PASADO, P R E S E N T E Y FUTURO
Es el actuar lo q u e confiere al h o m b r e la noción de t i e m p o ,
haciéndole advertir el transcurso del mismo. La idea de tiempo es u n a categoría praxeológica.
La acción a p u n t a siempre al f u t u r o ; por su esencia, forzosamente, ha de consistir en planear y actuar con miras a alcanzar un mañana mejor. El objetivo de la acción estriba en hacer
las condiciones venideras más satisfactorias de lo q u e serían sin
la interferencia de la propia actuación. El malestar q u e impulsa
al h o m b r e a actuar lo provoca, invariablemente, la desazón q u e
al interesado producen las previstas circunstancias f u t u r a s , tal
c o m o él entiende se presentarían, si nada hiciera por alterarlas.
1
En un tratado de economía no procede aludir a las discusiones acerca de la
posibilidad de formular una mecánica siguiendo vías axiomáticas, de tal forma
que el concepto de función sustituiría al de causa y efecto. Más adelante procuraremos evidenciar por qué ningún mecanicismo axiomático puede servir para el
estudio del orden económico. Vid. infra cap. X V I , 5,
El tiempo
165
La acción influye exclusivamente sobre el f u t u r o ; n u n c a s o b r e
un p r e s e n t e q u e , con el transcurso de cada infinitesimal fracción de segundo, va i n e x o r a b l e m e n t e h u n d i é n d o s e en el pasad o . El h o m b r e adquiere conciencia del t i e m p o al proyectar la
mutación de u n a situación actual insatisfactoria p o r otra f u t u r a
más atrayente.
La meditación contemplativa considera el tiempo meram e n t e c o m o duración, «la d u r é e p u r é , d o n t l'écoulement est
continu, et oú Ton passe, p a r gradations insensibles, d ' u n étaL
á l ' a u t r e : c o n t i n u i t é réellement vécue» 2 . El « a h o r a » del presente ingresa c o n t i n u a m e n t e en el pasado, q u e d a n d o r e t e n i d o
sólo por la m e m o r i a . R e f l e x i o n a n d o sobre el pasado, dicen los
filósofos, el h o m b r e se percata del t i e m p o 3 . No es, sin embargo, el recordar lo q u e hace q u e el h o m b r e advierta las categorías de cambio y de t i e m p o ; la propia v o l u n t a d de mejorar las
personales condiciones de vida obliga a los mortales a percatarse de tales circunstancias.
Ese t i e m p o q u e medimos, gracias a los distintos procedimientos mecánicos, pertenece siempre al pasado. El tiempo, en
la acepción filosófica del concepto, no p u e d e ser más que pasado o f u t u r o . El presente, en este sentido, es pura línea ideal,
virtual f r o n t e r a q u e separa el ayer del m a ñ a n a . Para la praxeología, sin e m b a r g o , e n t r e el p a s a d o y el f u t u r o extiéndese un
presente amplio y real. La acción, c o m o tal, se halla en el
presente p o r q u e utiliza ese instante d o n d e encarna su realidad 4 . P o s t e r i o r y reflexiva ponderación indican al sujeto cuál
f u e , en el instante ya pasado, la acción y cuáles las circunstancias que aquél b r i n d a b a para actuar, advirtiéndole de lo q u e
ya no p u e d e hacerse o consumirse por h a b e r pasado la oportunidad. C o n t r a s t a el actor, en definitiva, el ayer con el hoy,
c o m o decíamos, lo q u e todavía no p u e d e hacerse o consumirse,
d a d o q u e las condiciones necesarias para su iniciación, o tiemMatiére et Mémoire, pág. 205, séptima ed., París, 1911.
«Vorlesungen zur Phánomenologie des inneren Zeitbewusslseins», Jabrbuch für Philosophie und phanomenologhche Forschung, IX, págs. 391
y sigs., 1928. A. Schütz, loe. cit., págs. 45 y sigs.
' «Ce que j'appelle mon présent, c'est mon attitude vis-á-vis de l'avenir inmédiat, c'est mon action imminente.» BERGSON, op. cit., pág. 152.
' HKNRI
1
BERGSON,
EDMUND H U S S E R L ,
La Acción Humana
166
p o d e m a d u r a c i ó n , todavía n o s e han p r e s e n t a d o , c o m p a r a n d o
así el f u t u r o con el pasado. El p r e s e n t e ofrece a quien actúa
o p o r t u n i d a d e s y tareas para las q u e , hasta ahora, aún demasiado t e m p r a n o , p e r o q u e , de d e m o r a r s e la acción, p r o n t o resultará d e m a s i a d o t a r d e .
El p r e s e n t e , en t a n t o en c u a n t o duración temporal, equivale a la permanencia de u n a s precisas circunstancias. Cada tipo
de actuación s u p o n e la concurrencia de condiciones específicas,
a las q u e hay q u e amoldarse para la consecución de los objetivos perseguidos. El presente praxeológico, p o r lo t a n t o , varía
según los diversos campos de acción; nada tiene q u e ver con el
p a s o del t i e m p o astronómico. El presente, para la praxeología,
c o m p r e n d e todo aquel pasado que todavía conserva actualidad,
es decir idoneidad para la acción; lo m i s m o incluye, según sea
la acción c o n t e m p l a d a , la E d a d M e d i a , q u e el siglo x i x , el pasado año, el mes, el día, la h o r a , el m i n u t o o el segundo q u e acab a n de transcurrir. AI decir, por ejemplo, que, en la actualidad,
ya no se adora a Z e u s , ese presente es d i s t i n t o del m a n e j a d o
p o r el automovilista c u a n d o piensa q u e todavía es p r o n t o para
cambiar de dirección.
C o m o quiera q u e el f u t u r o es siempre incierto, vago e ind e f i n i d o , resulta necesario concretar q u é parte del m i s m o cabe
considerar c o m o ahora, es decir, presente. Si alguien hubiera
dicho, hacia 1 9 1 3 , « a c t u a l m e n t e — a h o r a — en E u r o p a la libertad de p e n s a m i e n t o prevalece», i n d u d a b l e m e n t e no estaba previendo q u e aquel presente muy p r o n t o iba a ser pretérito.
3.
LA
ECONOMIZACIÓN D E L T I E M P O
El h o m b r e no p u e d e desentenderse del paso del tiempo.
Nace, crece, envejece y muere. Es escaso el lapso temporal que
e su disposición tiene. D e b e por eso administrarlo, al igual que
hace con todos los demás bienes escasos.
La economización del t i e m p o ofrece aspectos peculiares en
razón a la singularidad e irreversibilidad del orden temporal.
La trascendencia de tal realidad se manifiesta a lo largo de toda
la teoría de la acción.
El tiempo
167
H a y una circunstancia que, en esta materia, conviene destacar; la de q u e la administración del t i e m p o es distinta a la
administración de q u e son o b j e t o los demás bienes económicos
y servicios. P o r q u e incluso en J a u j a veríase constreñido el hombre a economizar el t i e m p o , a no ser q u e f u e r a inmortal y gozara de juventud e t e r n a , inmarcesible salud y vigor físico. A u n
a d m i t i e n d o q u e el i n d i v i d u o p u d i e r a satisfacer, de m o d o inmediato, todos sus apetitos, sin invertir t r a b a j o alguno, habría, no
obstante, de o r d e n a r el tiempo, al haber satisfacciones m u t u a mente incompatibles e n t r e sí, q u e no cabe d i s f r u t a r simultáneamente. LI t i e m p o , incluso en tal planteamiento, resultaría escaso para el h o m b r e , quien veríase s o m e t i d o a la s e r v i d u m b r e
tlel demasiado pronto y del demasiado tarde.
4.
L A RELACIÓN T E M P O R A L E X I S T E N T E
E N T R E LAS ACCIONES
D o s acciones de un m i s m o individuo no pueden nunca ser
coetáneas; bállanse, entre sí, en relación t e m p o r a l del más
p r o n t o y del más tarde. Incluso las acciones de diversos individuos sólo a la vista de los mecanismos físicos de medir el
tiempo cabe considerarlas coetáneas. "El sincronismo c o n s i i m y e
noción praxeológica aplicable a los esfuerzos concertados de
varios sujetos en acción s .
L a s actuaciones sucédense invariablemente unas a otras.
Nunca pueden ser realizadas en el mismo instante: pueden sueederse con mayor o m e n o r rapidez, pero eso es todo. H a y
acciones, d e s d e luego, que, al tiempo, p u e d e n servir varios
fines; p e r o sería e r r ó n e o deducir de ello la coincidencia temporal de acciones distintas.
La conocida expresión «escala de valores» ha sido, con
frecuencia, t o r p e m e n t e interpretada, habiéndose desatendido
los obstáculos que impiden presumir coetaneidad entre las dí* Con objeto de evitar cualquier posible interpretación errónea, conviene notar
que lo anterior no tiene nada que ver con el teorema de Einstein sobre In relación
(rmporal de dos beíhos distantes en el «pació.
168
La Acción Humana
versas acciones de un m i s m o individuo. Se ha supuesto q u e
las distintas actuaciones h u m a n a s serían f r u t o de la existencia
de u n a escala valorativa, independiente y anterior a los propios actos del interesado, quien pretendería realizar con su
actividad un plan p r e v i a m e n t e trazado. A aquella escala valorativa y a ese plan de acción — c o n s i d e r a d o s ambos conceptos
como p e r m a n e n t e s e inmutables a lo largo de un cierto período
de t i e m p o — atribuyóseles sustantividad propia e independiente, considerándolos la causa y el m o t i v o impulsor de las distintas actuaciones h u m a n a s . Tal artificio hizo s u p o n e r había
en la escala de valoración y en el plan de acción un sincronismo
q u e no cabía e n c o n t r a r en los múltiples actos individuales.
Olvidábase, sin embargo, q u e la escala de valoración constituye pura h e r r a m i e n t a lógica, q u e sólo en la acción real encarna, hasta el p u n t o de q u e únicamente o b s e r v a n d o efectivo actuar cabe concebirla. No es lícito, por lo tanto, contrastarla
con la acción real c o m o cosa independiente, p r e t e n d i e n d o servirse de ella para ponderar y enjuiciar las efectivas actuaciones
del h o m b r e .
T a m p o c o es permisible p r e t e n d e r diferenciar la acción racional de la acción denominada «irracional» sobre la base de
asociar aquélla a la previa f o r m u l a c i ó n de proyectos y planes
q u e estructurarían la actuación f u t u r a . Es muy posible q u e los
objetivos fijados ayer para la acción de hoy no coincidan con
los q u e v e r d a d e r a m e n t e ahora nos interesan; aquellos planes
de ayer, para enjuiciar la acción real de hoy, no nos b r i n d a n
módulos más objetivos y firmes q u e los ofrecidos por cualquier otro sistema de normas e ideas.
Se ha p r e t e n d i d o también fijar el concepto de actuación
no-racional m e d i a n t e el siguiente razonamiento: Si se prefiere a a b y b a c, lógicamente a habrá de ser preferida a c. Ahora bien, si, de hecho, c luego resulta más atractiva q u e a,
supónese nos hallaríamos ante un m o d o de actuar q u e habría de
ser tenido por inconsciente e irracional 6 . P e r o tal razonamiento olvida que dos actos individuales nunca p u e d e n ser sincró' Vid. F É L I X KAOTMANN, «On thc Subjcct-Matter of Economic Science», Eco/tónica, X I I I , pág. 390.
El tiempo
169
nicos. Si en cierto m o m e n t o p r e f e r i m o s a a b y, en otro, b a c,
por corto q u e sea el intervalo e n t r e ambas valoraciones, no es
lícito construir u n a escala u n i f o r m e de apreciación en la que,
forzosamente, a haya de preceder a b y b a c. D e l mismo modo,
tampoco es admisible considerar la acción tercera y posterior
como coincidente con las dos primeras. El e j e m p l o sólo sirve
para p r o b a r , una vez más, q u e los juicios de valor no son inmutables. Una escala valorativa deducida de distintas acciones asincrónicas, consiguientemente, p r o n t o p u e d e resultar, en sí misma, contradictoria 7 .
No hay q u e c o n f u n d i r el concepto lógico de consistencia
(es decir, ausencia de contradicción) con el concepto praxeológico de consistencia (es decir, la constancia o adhesión a unos
mismos principios). La consistencia lógica aparece sólo en el
m u n d o del p e n s a m i e n t o ; la constancia surge en el t e r r e n o de
la acción.
Constancia y racionalidad son nociones completamente diferentes, C u a n d o se h a n modificado las propias valoraciones,
permanecer adheridos a u n a s ciertas normas de acción, anteriormente adoptadas, en gracia sólo a la constancia, no constituiría actuación racional, sino pura terquedad. La acción sólo
p u e d e ser constante en un sentido: en preferir lo de mayor a
lo de m e n o r valor. Si nuestra valoración cambia, también habrá
de variar nuestra actuación. Modificadas las circunstancias,
carecería de sentido permanece? fiel a un anterior plan de acción. Un sistema lógico ha de ser consistente y ha de hallarse
exento de contradicciones por c u a n t o s u p o n e la coetánea existencia de todas sus diversas partes y teoremas. En la acción,
que f o r z o s a m e n t e se produce d e n t r o de un orden temporal,
semejante consistencia es impensable. La acción ha de acomodarse al fin perseguido y el proceder deliberado exige q u e el
interesado se a d a p t e c o n t i n u a m e n t e a las siempre cambiantes
condiciones.
La presencia de ánimo se estima v i r t u d en el h o m b r e q u e
7
Vid. P, H. W I C K S T E E D , The Coturnon Sénse oj Political Economy, I, págs. 32
siguientes, ed. Robblns, Londres, 1933, L. R O B B I N S , An Essay ott the Naitire
and Signifkance of Economk Science, págs 91 y sigs., segunda ed., Londres, 1935.
Y
170
La Acción Humana
actúa. T i e n e presencia de á n i m o quien es capaz de ajustarse
p e r s o n a l m e n t e con tal rapidez q u e logra reducir al m í n i m o el
intervalo temporal e n t r e la aparición de las nuevas condiciones y la adaptación de su actuar a las mismas. Si la constancia
implica la adhesión a un plan p r e v i a m e n t e trazado, haciendo
caso o m i s o de los registrados cambios de condiciones, obligado es concluir q u e la presencia de ánimo y la reacción rápida
constituyen el reverso de aquélla.
C u a n d o el especulador va a la Bolsa, p u e d e haberse trazado
un plan d e f i n i d o para sus operaciones. T a n t o si lo sigue como
si no, sus acciones no dejarán de ser racionales, aun en el sent i d o a t r i b u i d o al t é r m i n o «racional» por quienes p r e t e n d e n
de esta suerte distinguir la acción racional de la irracional. A lo
largo del día, el especulador tal vez realice operaciones q u e un
observador incapaz de advertir las mutaciones experimentadas
p o r las condiciones del mercado consideraría desacordes con
u n a constante línea de conducta. El especulador, sin embargo,
sigue adherido al principio de buscar la ganancia y rehuir la
pérdida. P o r ello ha de a d a p t a r su conducta a las mudables
condiciones del m e r c a d o y a sus propios juicios acerca del fut u r o desarrollo de los precios B .
P o r muchas vueltas que se dé a las cosas, nunca se logrará
d e f i n i r q u é sea una acción «no racional», más q u e apoyando la
supuesta « n o racionalidad» en un arbitrario juicio de valor.
I m a g i n é m o n o s q u e cierto individuo se decide a proceder inconsecuentemente sin o t r o o b j e t o q u e el de r e f u t a r el aserto
praxeológico según el cual no hay acciones a n t i n a c i o n a l e s . P u e s
' Los planes, desde IUCRO, también pueden ser contradictorios en sí mismos;
posiblemente, por juicios equivocados; otras veces, en cambio, dichas contradicciones tal vez sean intencionadas, al servicio de un designio preconcebido. Si, por
ejemplo, uo gobierno o partido promete altos precios a los productores, al tiempo
que asegura bajará el coste de la vida, e! objetivo perseguido es puramente demagógico. El programa, el plan en cuestión, es contradictorio en sí mismo; la idea,
sin embargo, que guía al expositor, deseoso de alcanzar objetivos bien definidos,
propugnando en públicas peroraciones ideas íntimamente incompatibles, hállase
exenta de toda contradicción
El tiempo
171
bien, en ese caso, el interesado se p r o p o n e también alcanzar
un fin d e t e r m i n a d o : la refutación de cierto teorema praxeológico y, con esta mira, actúa de m o d o distinto a como lo haría
en otro s u p u e s t o . No ha hecho con ello, en definitiva, otra
cosa que elegir un medio inadecuado para r e f u t a r las enseñanzas praxeológicas; eso es t o d o .
CAPITULO
VI
La incertidumbre
1.
I N C E R T I D U M B R E Y ACCIÓN
En la propia noción de acción va implícita la incertidumbre
del f u t u r o . El q u e el hombre actúe y el que el f u t u r o resulte
incierto en modo alguno constituyen realidades desligadas.
Antes al contrario, tales asertos no son más que sendas formas
de predicar una misma cosa.
Cabe suponer que el resultado de todo acontecimiento o
mutación hállase predeterminado por las eternas e inmutables
leyes que regulan la evolución y desarrollo del universo; cabe
considerar q u e la interconexión e interdependencia de los fenómenos, es decir, su concatenación causal, constituye realidad
fundamental y suprema; cabe negar, de plano, la intervención
del azar. Ahora bien, admitido todo ello, y aun reconocido que,
tal vez, para una mente dotada de la máxima perfección, las
cosas se plantearan de o t r o modo, queda en pie el hecho indudable de que, para el hombre, al actuar, el f u t u r o resulta incierto. Si pudieran los mortales conocer el f u t u r o , no se verían
constreñidos a elegir y, por tanto, no tendrían por qué actuar.
Vendrían a ser autómatas que reaccionarían ante meros estímulos, sin recurrir a voliciones personales.
H u b o filósofos que rechazaron la idea de la autonomía de
la voluntad, considerándola engañoso espejismo, en razón a
que el h o m b r e fatalmente ha de atenerse a las ineludibles leyes
de la causalidad. Desde el p u n t o de vista del primer Hacedor,
causa de sí mismo, pudieran tener razón. Pero, por lo que se
refiere al h o m b r e , la acción constituye un hecho dado. No es
174
La Acción Humana
q u e a f i r m e m o s q u e el h o m b r e sea «libre» al escoger y actuar.
Decimos tan sólo q u e el individuo e f e c t i v a m e n t e prefiere y
procede consecuentemente, r e s u l t a n d o inaplicables las enseñanzas de las ciencias naturales c u a n d o se p r e t e n d e explicar
p o r q u é el sujeto acciona de cierto m o d o , d e j a n d o de hacerlo
en f o r m a distinta.
La ciencia n a t u r a l no p e r m i t e predecir el f u t u r o . Sólo hace
posible pronosticar los resultados de específicas actuaciones.
Siguen, sin e m b a r g o , siendo imprevisibles dos esferas de acción; aquella q u e c o m p r e n d e las actuaciones amparadas por un
conocimiento i m p e r f e c t o de la mecánica de d e t e r m i n a d o s fen ó m e n o s naturales y la q u e atañe a los actos h u m a n o s de elección, N u e s t r a ignorancia, p o r lo q u e respecta a estos dos terrenos, viene a teñir de i n c e r t i d u m b r e toda actividad, La certeza apodíctica sólo se da en la órbita del sistema d e d u c t i v o
p r o p i o de las ciencias apriorísticas. En el c a m p o de la realidad,
el cálculo de probabilidades constituye la m á x i m a aproximación a la c e r t i d u m b r e .
No incumbe a la praxeología investigar si deben ser tenidos
p o r ciertos todos los teoremas q u e las ciencias naturales empíricas manejan. Es é s t e problema q u e carece de trascendencia
para la investigación praxeológica. Los asertos de la física y la
química poseen un grado tan alto de probabilidad q u e cabe
considerarlos ciertos, a efectos prácticos, Así, p o d e m o s p r e v e r
con exactitud el f u n c i o n a m i e n t o de una m á q u i n a construida de
acuerdo con las normas de la técnica m o d e r n a . La construcción
de específico ingenio mecánico constituye, sin e m b a r g o , tan
sólo una p a r t e de aquel amplio p r o g r a m a gracias al cual cabrá
abastecer a los consumidores con los correspondientes productos. El q u e dicho p r o g r a m a , en definitiva, resulte o no el m á s
a p r o p i a d o depende de la aparición de realidades f u t u r a s , imprevisibles e inciertas al ponerse en marcha el plan. P o r tanto,
cualquiera q u e sea el grado de certeza q u e tengamos respecto
al resultado técnico de la m á q u i n a , no por ello p o d e m o s escam o t e a r la i n c e r t i d u m b r e i n h e r e n t e al c o m p l e j o c o n j u n t o de
datos q u e la acción humana tiene q u e p r e v e r . Las necesidades
y gustos del mañana, la reacción de los h o m b r e s ante m u d a d a s
La incertidumbre
175
circunstancias, los f u t u r o s descubrimientos científicos y técnicos, las ideologías y programas políticos del p o r v e n i r , nada, en
estos campos, cabe pronosticar más q u e a base de meros m á r genes, mayores o menores, de probabilidad. La acción a p u n t a
invariablemente hacia un f u t u r o desconocido. La acción s u p o n e
siempre arriesgada especulación.
C o r r e s p o n d e a la teoría general del saber h u m a n o investigar el c a m p o de la verdad y la certeza. El m u n d o de la probabilidad, p o r su parte, concierne específicamente a la praxeología.
2.
E L SIGNIFICADO D E L A PROBABILIDAD
Los matemáticos haji provocado confusión en t o m o ni estudio de la probabilidad. D e s d e un principio se pecó de ambig ü e d a d al abordar el tema. C u a n d o el Chevalier de M é r é consultó a Pascal acerca de la operación de los juegos de dados,
lo m e j o r h u b i e r a sido q u e el gran sabio hubiera dicho a su
amigo la verdad con t o d a desnudez, haciéndole ver q u e las matemáticas de nada sirven al t a h ú r en los lances de azar. Pascal,
lejos de eso, f o r m u l ó la respuesta en el lenguaje simbólico de
la m a t e m á t i c a ; lo q u e podía h a b e r sido expresado, con toda
sencillez, en parla cotidiana, f u e enunciado medíante una terminología q u e la inmensa mayoría desconoce y q u e , precisam e n t e por ello, viene a ser generalmente contemplada con reverencial temor. La persona imperita cree q u e aquellas enigmáticas fórmulas encierran trascendentes mensajes, q u e sólo los
iniciados p u e d e n interpretar, Se saca la impresión de q u e existe
una f o r m a científica de jugar, b r i n d a n d o las esotéricas enseñanzas de la matemática una clave para ganar siempre. Pascal, el
inefable místico, se convirtió, sin pretenderlo, en el santo pat r ó n de los garitos. Los tratados teóricos q u e se ocupan del
cálculo de probabilidades hacen propaganda gratuita para las
casas de juego, precisamente p o r c u a n t o resultan ininteligibles
a los legos.
No f u e r o n menores los estragos provocados por el equívoco del cálculo de probabilidades en el campo de la investigación científica. La historia de rodas las ramas del saber re-
176
La Acción Humana
gistra los errores en q u e se incurrió a causa de una imperfecta
aplicación del cálculo de probabilidades, el cual, c o m o ya advirtiera J o h n Stuart Mili, constituía causa de « v e r d a d e r o oprobio para las m a t e m á t i c a s »
M o d e r n a m e n t e , se ha incurrido
en algunos de los más graves fallos al p r e t e n d e r aplicar tal
sistemática al t e r r e n o de la física.
Los problemas atinentes a la ilación probable son de complejidad m u c h o mayor que los q u e plantea el cálculo de probabilidades. Sólo la obsesión por el e n f o q u e matemático podía
provocar un error tal como el de suponer que probabilidad
equivale siempre a frecuencia.
O t r o yerro f u e el de c o n f u n d i r el p r o b l e m a de la probabilidad con el del r a z o n a m i e n t o inductivo q u e las ciencias naturales emplean. Incluso un fracasado sistema filosófico, q u e no
hace m u c h o e s t u v o de moda, p r e t e n d i ó sustituir la categoría de
causalidad por una teoría universal de probabilidades.
Un aserto se estima probable tari sólo c u a n d o n u e s t r o conocimiento sobre su contenido es i m p e r f e c t o , c u a n d o no sabemos b a s t a n t e c o m o para d e b i d a m e n t e precisar y separar lo verd a d e r o de lo falso. P e r o , en tal caso, pese a nuestra incertid u m b r e , u n a cierta dosis de conocimiento poseemos, por lo
cual, hasta cierto p u n t o , podemos pronunciarnos, e v i t a n d o un
simple non liquet o ignoramus.
H a y dos especies de probabilidad t o t a l m e n t e distintas: la
q u e p o d r í a m o s d e n o m i n a r probabilidad de clase (o probabilidad de frecuencia) y la probabilidad de caso {es decir, la q u e
se da en la comprensión, típica de las ciencias de la acción
h u m a n a ) . El campo c en q u e rige la primera es el de las ciencias
.naturales, d o m i n a d o e n t e r a m e n t e por la causalidad; la segunda
aparece en el t e r r e n o de la acción h u m a n a , p l e n a m e n t e regulado por la teleología *.
1
JOHN STUART M I L L , A System of Logic Ra tiocin ulive and Inductive, pág, 3 5 3 ,
nueva impresión, Londres, 1936.
* Aun cuantió el término teleología ya ha aparecido anteriormente, ral vez fuera
aquí oportuno señalar que el vocablo, contrapuesto a la causalidad o mecanicismo
'típico de las ciencias naturales, alude al origen mental y voluntarista de las causas
que, efectivamente, provocan cambios en la esfera propia dei actuar humano.
(N. del T.)
177
La incertidumbre
3.
PROBABILIDAD DE C L A S E
La probabilidad de clase significa q u e , en relación con cierto evento, conocemos o creemos conocer c ó m o opera u n a clase
d e t e r m i n a d a de hechos o f e n ó m e n o s ; de los c o r r e s p o n d i e n t e s
hechos o f e n ó m e n o s singulares, sin e m b a r g o , sabemos tan sólo
q u e integran la clase en cuestión.
Supongamos, en este sentido, por ejemplo, q u e cierta lotería está compuesta p o r noventa n ú m e r o s , de los cuales cinco
salen premiados, Sabemos, por tanto, c ó m o opera el c o n j u n t o
total de n ú m e r o s . P e r o , con respecto a cada n ú m e r o singular, lo
único q u e en verdad nos consta es q u e integra ei c o n j u n t o de
referencia.
T o m e m o s una estadística de la mortalidad registrada en un
área y en un período d e t e r m i n a d o s , SÍ p a r t i m o s del s u p u e s t o de
que las circunstancias no van a variar, p o d e m o s afirmar q u e
conocemos p e r f e c t a m e n t e Lt mortalidad del c o n j u n t o en cuestión. A h o r a bien, acerca de la probabilidad de vida de específico individuo, nada p o d e m o s afirmar, salvo que, efectivamente, f o r m a p a r t e de la correspondiente agrupación h u m a n a .
El cálculo de probabilidades, m e d í a n t e símbolos matemáticos, refleja esa aludida imperfección del conocimiento h u m a n o .
Tal representación, sin embargo, ni amplía, ni completa, ni
p r o f u n d i z a n u e s t r o saber. Tradúcelo, s i m p l e m e n t e , al lenguaje
matemático, D i c h o s cálculos, en realidad, no hacen m á s q u e
reiterar, m e d i a n t e f ó r m u l a s algebraicas, lo q u e ya n o s constaba
de a n t e m a n o . J a m á s nos ilustran acerca de lo q u e acontecerá en
casos singulares. T a m p o c o , e v i d e n t e m e n t e , incrementan nuest r o conocimiento en orden a c ó m o opera el c o n j u n t o , toda vez
q u e dicha i n f o r m a c i ó n , desde un principio, era o suponíamos plena.
G r a v e e r r o r constituye el pensar q u e el cálculo de probabilidades b r i n d a ayuda al jugador, permitiéndole suprimir o reducir sus riesgos. El cálculo de probabilidades, c o n t r a r i a m e n t e a
una e x t e n d i d a creencia, de nada le sirve al t a h ú r , como tampoco le p r o c u r a n , en este sentido, auxilio alguno las demás
f o r m a s de raciocinio lógico o matemático. Lo característico del
178
La Acción Humana
juego es que en él impera el azar p u r o , lo desconocido. Las
esperanzas del jugador no se basan en f u n d a d a s consideraciones. Si no es supersticioso, en definitiva, pensará: existe una
ligera posibilidad {o, en otras palabras, « n o es imposible») de
q u e gane; estoy dispuesto a efectuar el envite requerido; de
sobra sé que, al jugar, procedo insensatamente. P e r o c o m o la
s u e r t e acompaña a los i n s e n s a t o s . . . ¡ Q u e sea lo q u e Dios
quiera!
El f r í o razonamiento indica al jugador q u e no mejoran sus
probabilidades al adquirir dos en vez de un solo billete de lotería si, como suele suceder, el i m p o r t e de los premios es menor q u e el valor de los billetes q u e la integran, pues quien
comprara todos los n ú m e r o s , indudablemente babría de perder.
Los aficionados a la lotería, sin embargo, hállanse convencidos
de que, cuantos más billetes adquieren, mejor. Los clientes
de casinos y máquinas tragaperras nunca cejan. Rehusan advertir que, si las reglas del juego favorecen al b a n q u e r o , lo
p r o b a b l e es q u e cuanto más jueguen m á s pierdan. P e r o la atracción del juego estriba precisamente en eso, en q u e no cabe la
predicción; q u e todo, sobre el tapete verde, es posible.
Imaginemos q u e una caja contiene diez tarjetas, cada una
con el n o m b r e de una persona distinta y que, al e x t r a e r una
de ellas, el elegido habrá de pagar cien dólares. A n t e tal planteamiento, un asegurador q u e pudiera contratar con cada u n o
de los intervinientes una prima de diez dólares, hallaríase en
situación de garantizar al p e r d e d o r plena indemnización. Recaudaría cien dólares y pagaría esa misma suma a u n o de los
diez intervinientes. Ahora bien, si no lograra asegurar más q u e
a u n o de los diez al tipo señalado, no estaría c o n v i n i e n d o un
seguro; hallaríase, p o r el contrario, e m b a r c a d o en p u r o juego
de azar; habríase colocado en el lugar del asegurado. Cobraría
diez dólares, pero, aparte la posibilidad de ganarlos, correría
el riesgo de perderlos junto con o t r o s noventa más.
Q u i e n , por ejemplo, prometiera pagar, a la m u e r t e de un
tercero, cierta cantidad, c o b r a n d o p o r tal garantía una prima
anual simplemente acorde con la previsibilidad de vida q u e , de
acuerdo con el cálculo de probabilidades, para el i n t e r e s a d o re-
La incertidumbre
179
sultara, no estaría a c t u a n d o c o m o asegurador, sino a t í t u l o de
jugador. El seguro, ya sea de carácter comercial o mutualista,
exige asegurar a toda una clase o a un n ú m e r o de p e r s o n a s q u e
razonablemente p u e d a r e p u t a r s e c o m o tal. La idea q u e i n f o r m a
el seguro es la de asociación y distribución de riesgo; no se
ampara en el cálculo de probabilidades. Las únicas operaciones
matemáticas q u e requiere son las cuatro reglas elementales de
la aritmética. El cálculo de probabilidades constituye, en esta
materia, simple pasatiempo.
Lo anterior q u e d a claramente evidenciado al advertir q u e
la eliminación del riesgo m e d i a n t e la asociación también p u e d e
efectuarse sin recurrir a ningún sistema actuarial. T o d o el m u n d o , en la vida cotidiana, lo practica. Los comerciantes incluyen,
e n t r e sus costos, específica compensación p o r las pérdidas q u e
regularmente ocurren en la gestión mercantil. Al decir «regul a r m e n t e » significamos q u e tales q u e b r a n t o s resultan conocidos en c u a n t o al c o n j u n t o de la clase de artículos de q u e se
trate. El f r u t e r o sabe, por e j e m p l o , q u e de cada cincuenta manzanas una se p u d r i r á , sin p o d e r precisar cuál será la específica
q u e haya de perjudicarse; p e r o la c o r r e s p o n d i e n t e pérdida la
c o m p u t a c o m o un costo más.
La consignada definición de lo q u e sustancialmente sea la
probabilidad de clase es la única q u e , desde un p u n t o de vista
lógico, resulta satisfactoria. Evita el círculo vicioso q u e implican cuantas aluden a la idéntica p r o b a b i l i d a d de acaecimientos
posibles. Al proclamar nuestra ignorancia acerca de los eventos
singulares, de los cuales sólo sabemos q u e son elementos integrantes de una clase, cuyo c o m p o r t a m i e n t o , sin embargo, c o m o
tal, resulta conocido, logramos salvar el aludido círculo vicioso.
Y ya no tenemos, entonces, q u e referirnos a la ausencia de regularidad en la secuencia de los casos singulares.
La n o t a característica del seguro estriba en q u e tan sólo se
ocupa de clases íntegras. S u p u e s t o que sabemos t o d o lo concerniente al f u n c i o n a m i e n t o de la clase, p o d e m o s eliminar los
riesgos específicos del individualizado negocio de q u e se trate.
P o r lo m i s m o , t a m p o c o s o p o r t a riesgos especiales el propietario de un casino de juego o el de una empresa de lotería.
La Acción Humana
180
Si el lotero coloca t o d o s los billetes, el resultado de la operación es p e r f e c t a m e n t e previsible. Por el contrario, si algunos
restan invendidos, hállase, con respecto a estos billetes q u e
q u e d a n en su p o d e r , en la misma situación q u e cualquier o t r o
jugador en lo a t i n e n t e a los n ú m e r o s p o r él adquiridos.
4.
P R O B A B I L I D A D D E CASO
La probabilidad de caso s u p o n e q u e conocemos unas específicas circunstancias cuya presencia o ausencia d a n lugar a q u e
cierto evento se produzca o no, c o n s t á n d o n o s existe otra serie
de factores capaces de provocar el citado resultado, pero de los
cuales, sin embargo, nada sabemos.
La probabilidad de caso sólo tiene en común con la probabilidad de clase esa aludida imperfección de nuestro conocimiento. En lo demás son e n t e r a m e n t e distintas ambas formas
de probabilidad.
Con frecuencia p r e t e n d e el h o m b r e predecir cierto f u t u r o
evento, o b s e r v a n d o el conocido c o m p o r t a m i e n t o de la clase de
q u e se trate en su c o n j u n t o . Un médico puede, por ejemplo,
vislumbrar las probabilidades de curación de cierto paciente
sabiendo q u e se h a n repuesto del mal el 70 por 100 de los q u e
lo han sufrido. Si el galeno expresa correctamente tal conocim i e n t o , se limitará a decir q u e la probabilidad q u e tiene el paciente de curar es de un 0 , 7 ; o sea, q u e , de cada diez pacientes,
sólo tres m u e r e n . Cualquier semejante predicción, a t i n e n t e al
m u n d o de los hechos externos, es decir, referente al campo de
las ciencias naturales, tiene siempre ese mismo carácter. No
se trata de predicciones sobre el desenlace de casos específicos,
sino de simples afirmaciones acerca de la frecuencia con q u e
los distintos resultados suelen producirse. Están basados los
correspondientes asertos en pura información estadística o simplemente en empírica y aproximada estimación de la frecuencia
con q u e un h e c h o se produce.
Sin embargo, con lo anterior, no h e m o s p l a n t e a d o todavía
el problema específico de la probabilidad de caso. Lo importante es q u e carecemos de información acerca del individual
La incertidumbre
181
supuesto de q u e se trata; sólo sabemos q u e resulta encuadrable
en una clase de hechos, cuyo c o m p o r t a m i e n t o conocemos o
creemos conocer.
I m a g i n e m o s q u e un c i r u j a n o dice a su paciente que, en la
operación, treinta de cada cien pacientes fallecen. Q u i e n , tras
tal afirmación, p r e g u n t a r a si estaba ya c u b i e r t o el correspondiente c u p o , e v i d e n t e m e n t e , no habría c o m p r e n d i d o el s e n t i d o
del aserto. Sería víctima del error q u e se d e n o m i n a « e n g a ñ o
del jugador», al c o n f u n d i r la probabilidad de caso con la probabilidad de cíase, como sucede con el jugador de ruleta q u e ,
después de una serie de diez rojos sucesivos, s u p o n e hay una
mayor p r o b a b i l i d a d de q u e a la p r ó x i m a jugada salga un negro.
T o d o p r o n ó s t i c o en medicina, b a s a d o ú n i c a m e n t e en el con o c i m i e n t o fisiológico, es de probabilidad de clase. El médico
q u e oye q u e un individuo, desconocido para él, ha sido atacado
por cierta e n f e r m e d a d , apoyándose en la profesional experiencia podrá decir q u e las probabilidades de curación son de siete
contra tres. Su opinión, sin embargo, tras examinar al e n f e r m o ,
puede p e r f e c t a m e n t e c a m b i a r ; si c o m p r u e b a q u e se trata de un
h o m b r e joven y vigoroso, q u e gozó siempre de buena salud,
cabe bien piense el d o c t o r q u e , entonces, las cifras de mortalidad son m e n o r e s . La probabilidad ya no será de siete a tres,
sino, digamos, de nueve a uno. P e r o el e n f o q u e lógico es el
m i s m o ; el médico no se sirve de precisos datos estadísticos;
apela tan sólo a una más o menos exacta rememoración de su
propia experiencia, m a n e j a n d o exclusivamente el comportam i e n t o de específica clase; la clase, en e s t e caso, compuesta por
h o m b r e s jóvenes y vigorosos al ser atacados por la e n f e r m e d a d
de referencia.
La probabilidad de caso es un supuesto especial en el ter r e n o de la acción h u m a n a , d o n d e jamás cabe aludir a la frecuencia con q u e d e t e r m i n a d o f e n ó m e n o se produce, pues en tal
esfera manéjanse invariablemente eventos únicos que, en calidad de tales, no f o r m a n p a r t e de clase alguna. Cabe, por ejemplo, configurar una clase f o r m a d a por «las elecciones presidenciales americanas». T a l agrupación p u e d e ser útil o incluso necesaria p a r a diversos estudios; el constitucional, por citar un
182
t.a Acción Humana
caso. P e r o si analizamos concretamente, supongamos, los comicios estadounidenses de 1 9 4 4 — y a fuera antes de la elección,
para d e t e r m i n a r el f u t u r o resultado, o después de la misma,
p o n d e r a n d o los factores q u e d e t e r m i n a r o n su efectivo desenlace—, estaríamos invariablemente e n f r e n t á n d o n o s con un caso
individual, único, q u e nunca m á s se repetirá. El s u p u e s t o viene
d a d o por sus propias circunstancias; él solo constituye la clase.
Aquellas características que permitirían su e n c u a d r a m i e n t o en
p r e d e t e r m i n a d o g r u p o , a estos efectos, carecen de t o d o interés.
I m a g i n e m o s q u e mañana han de e n f r e n t a r s e d o s equipos
de f ú t b o l , los azules a los amarillos. Los azules, hasta ahora,
han vencido siempre a los amarillos. Tal conocimiento no es,
sin embargo, de los q u e nos i n f o r m a n acerca del comportam i e n t o de una determinada clase de eventos. Si así se estimara,
obligado sería concluir que los azules siempre habrían de ganar, mientras q u e los amarillos invariablemente resultarían derrotados. No existiría i n c e r t i d u m b r e acerca del resultado del
e n c u e n t r o . Sabríamos positivamente q u e los azules, Lina vez
más, ganarían. El q u e n u e s t r o pronóstico lo consideremos sólo
probable evidencia q u e no discurrimos por tales vías,
Consideramos, no o b s t a n t e , q u e tiene su trascendencia, en
orden a la previsión del f u t u r o resultado, el q u e los azules
hayan siempre ganado. Tal circunstancia parece favorecer a los
azules. Si, en cambio, razonáramos correctamente, de acuerdo
con la probabilidad de clase, no daríamos ninguna trascendencia a tal hecho. Más bien, p o r el c o n t r a r i o , incidiendo en el
«engaño del jugador», pensaríamos q u e el p a r t i d o debía terminar con la victoria de los amarillos.
C u a n d o , en tal caso, con o t r o , n o s jugamos el d i n e r o , estamos practicando simple apuesta. Si se tratara, por el contrario,
de un supuesto de probabilidad de clase, nuestra acción equivaldría al envite de un lance de azar.
Fuera del c a m p o de la probabilidad de clase, todo lo q u e
c o m ú n m e n t e se c o m p r e n d e b a j o el t é r m i n o probabilidad atañe
a ese m o d o especial de razonar e m p l e a d o al examinar hechos
singulares e individualizados, materia ésta específica de las
ciencias históricas.
183
La comprensión, en este terreno, parte siempre de incompleto conocimiento. Podemos llegar a saber los motivos que imx-len al hombre a actuar, los objetivos que puede perseguir y
os medios que piensa emplear para alcanzar dichos fines. Tenemos clara idea de los efectos que tales factores han de provocar. Nuestro conocimiento, sin embargo, no es completo;
t i b e que nos hayamos equivocado al ponderar la respectiva
influencia de los aludidos factores concurrentes o no hayamos
tenido en cuenta, al menos con la debida exactitud, la existencia de otras circunstancias también trascendentes.
El intervenir en juegos de azar, el dedicarse n la construcción de máquinas y herramientas y el efectuar especulaciones
mercantiles constituyen tres modos diferentes de enfrentarse
con el futuro.
El tahúr ignora qué evento provoca el resultado del juego.
Sólo sabe que, con una determinada frecuencia, dentro de una
serie de eventos, se producen unos que le favorecen. Tal conocimiento, por lo demás, de nada le sirve para ordenar su posible actuación; tan sólo le cabe confiar en la suerte; he ahí su
tínico plan posible.
La vida misma está expuesta a numerosos riesgos; nocivas
situaciones, que no sabemos controlar, o al menos no logramos
hacerlo en la medida necesaria, pueden poner de continuo en
peligro la supervivencia. Todos, a este respecto, confiamos en
la suerte; esperamos no ser alcanzados por el rayo o no ser mordidos por la víbora. Existe un elemento de azar en la vida
humana. El hambre puede nulificar los efectos patrimoniales
de posibles daños y accidentes suscribiendo los correspondientes seguros. Especula entonces con las probabilidades contrarias. En m a n t o al asegurado, el seguro equivale a un juego de
azar. Si el temido siniestro no se produce, habrá gastado en
vano su dinero 2 . Frente a los fenómenos naturales imposibles
de controlar, el hombre hállase siempre en la postura del
jugador.
!
En el seguro de vida, la perdida del interesado equivale a la diferencia entre
la suma percibida del asegurador y la que aquél habría podido acumular mediante
el ahorro.
184
La Acción Humana
El ingeniero, en cambio, sabe t o d o lo necesario para llegar
a una solución técnicamente correcta del problema de q u e se
trate; al construir una m á q u i n a , por ejemplo, si tropieza con
alguna incertidumbre, procura eliminarla mediante los márgenes de seguridad. Tales técnicos sólo saben de p r o b l e m a s solubles, por un lado, y, por o t r o , de p r o b l e m a s insolubles dados
los conocimientos técnicos del m o m e n t o . A veces, alguna desgraciada experiencia háceles advertir q u e sus conocimientos no
eran tan completos c o m o suponían, h a b i e n d o p a s a d o p o r alto
la indeterminación de algunas cuestiones q u e consideraban ya
resueltas. En tal caso procurarán completar su ilustración. Naturalmente, nunca podrán llegar a eliminar el e l e m e n t o de azar
ínsito en la vida h u m a n a . La tarea, sin e m b a r g o , se desenvuelve, en principio, d e n t r o de la órbita de lo cierto. A s p i r a n , por
ello, a controlar p l e n a m e n t e todos los elementos q u e m a n e j a n .
Suele hablarse, hoy en día, de «ingeniería social». Ese concepto, al igual q u e el de dirigismo, es sinónimo de d i c t a d u r a ,
de totalitaria tiranía. P r e t e n d e tal ideario operar con los seres
h u m a n o s c o m o el ingeniero manipula la materia p r i m a con q u e
tiende puentes, traza carreteras o construye m á q u i n a s . La vol u n t a d del ingeniero social habría de suplantar la libre volición
de aquellas múltiples personas q u e piensa utilizar para edificar su utopía. La h u m a n i d a d se dividiría en dos clases: el dictador o m n i p o t e n t e , de un lado, y, de o t r o , los tutelados, reducidos a ja condición de simples e n g r a n a j e s . El ingeniero social,
implantado su p r o g r a m a , no tendría, e v i d e n t e m e n t e , q u e molestarse i n t e n t a n d o c o m p r e n d e r la actuación ajena. G o z a r í a de
plena libertad para manejar a las gentes c o m o el técnico c u a n d o
manipula el hierro o la madera,
P e r o , en el m u n d o real, el h o m b r e , al actuar, se e n f r e n t a
con el hecho de q u e hay semejantes, los cuales, al igual q u e él,
operan por sí y para sí. La necesidad de acomodar la propia
actuación a la de terceros concede al s u j e t o investidura de especulador. Su é x i t o o fracaso d e p e n d e r á de la m a y o r o m e n o r
habilidad q u e tenga para prever el f u t u r o . T o d a inversión viene
a ser una especulación. En el marco del h u m a n o actuar n u n c a
hay estabilidad ni, por consiguiente, seguridad.
185
La incertidumbre
5.
L A VALORACIÓN NUMÉRICA
DE LA PROBABILIDAD DE CASO
La probabilidad de caso no p e r m i t e forma alguna de cálculo n u m é r i c o . Lo q u e g e n e r a l m e n t e pasa p o r tal, al ser examinado m á s de cerca, resulta ser de índole diferente.
En vísperas de la elección presidencial americana de 1 9 4 4 ,
por ejemplo, podría haberse dicho:
a) Estoy dispuesto a apostar tres dólares contra u n o a
q u e Roosevelt saldrá elegido.
b) P r o n o s t i c o que, del total censo electoral, cuarenta y
cinco millones de electores v o t a r á n ; veinticinco de los cuales se
ponunctarán por Roosevelt.
c) C r e o q u e las probabilidades en favor de Roosevelt son
de nueve a uno.
d) Estoy seguro de q u e Roosevelt será elegido.
El aserto d) es, a todas luces, arbitrario. Q u i e n tal afirmara, de ser interrogado, b a j o j u r a m e n t o decisorio, en procedimiento judicial, acerca de s¡ estaba tan cierto de la f u t u r a victoria de Roosevelt como de que un bloque de hielo al ser
expuesto a u n a t e m p e r a t u r a de cincuenta grados había de
derretirse respondería, i n d u d a b l e m e n t e , q u e n o . Más bien rectificaría su primitivo p r o n u n c i a m i e n t o en el sentido de asegurar que, p e r s o n a l m e n t e , hallábase convencido de q u e Roosevelt
ganaría. Estaríamos ante mera opinión individual, careciendo
el sujeto de plena certeza; lo q u e el m i s m o más bien deseaba
era expresar la propia valoración q u e a las condiciones concurrentes d a b a .
El caso a) es similar. El actor estima q u e arriesga muy
poco a p o s t a n d o . La relación tres a u n o nada dice acerca de las
respectivas probabilidades de los candidatos; resulta de la concurrencia de dos factores: la creencia de q u e Roosevelt será
elegido, de un lado, y la propensión del interesado a jugar,
de otro.
La afirmación b) es una estimación del desenlace del acontecimiento inminente. Las correspondientes cifras no se refieren a un m a y o r o m e n o r grado de probabilidad, sino al espera-
186
La Acción Humana
do resultado de la efectiva votación. Dicha afirmación p u e d e
descansar sobre una investigación sistemática, como, por ejemplo, la de las encuestas Gallup, o. simplemente, sobre puras
estimaciones personales.
El aserto c) es diferente. Se afirma el resultado esperado,
pero envuélvese en términos aritméticos. No significa ciertamente q u e de diez casos del mismo tipo, nueve habrían de ser
favorables a Roosevelt y u n o adverso. N i n g u n a relación p u e d e
tener la expresión de referencia con la probabilidad de clase.
¿ Q u é significa, pues?
Se trata, en realidad, de una expresión metafórica. Las metáforas sirven, generalmente, para asimilar un objeto abstracto
con o t r o q u e puede ser percibido por los sentidos, Si bien lo
anterior no constituye formulación obligada de loda m e t á f o r a ,
suele la gente recurrir a esa forma de expresión, en razón a q u e ,
n o r m a l m e n t e , lo concreto resulta más conocido q u e lo abstracto. P o r c u a n t o la metáfora p r e t e n d e aclarar algo menos corriente, r e c u r r i e n d o a o t r a realidad más c o m ú n , tiende aquélla a
identificar una cosa abstracta con otra concreta, m e j o r conocida. M e d i a n t e la fórmula matemática citada preténdese hacer
más comprensible cierta compleja realidad apelando a una analogía tomada de una de las ramas de la matemática, del cálculo
de probabilidades. Tal cálculo, a 110 d u d a r , es más popular q u e
la comprensión epistemológica,
A nada conduce recurrir a la lógica para una crítica del lenguaje metafórico. Las analogías y m e t á f o r a s son siempre imperfectas y de escasa procedencia. Búscase, en esta materia, el ter•
tium comparationis. P e r o ni aun tal a r b i t r i o es admisible en el
caso de referencia, por cuanto la comparación se basa en una
suposición defectuosa, aun en el p r o p i o marco del cálculo de
probabilidades, pues supone incurrir en el «engaño del jugad o r » . AI aseverar q u e las probabilidades en favor de Roosevelt
son de nueve contra una, se quiere dar a entender q u e , a n t e la
próxima elección, Roosevelt se halla en la postura del h o m b r e
que ha adquirido el noventa por ciento de los billetes de una
lotería. Presúmese q u e la razón nueve a u n o nos revela algo
sustancial acerca de lo q u e pasará con el hecho único y espe-
187
La incertidumbre
cífjco q u e nos interesa. Resultaría fatigoso evidenciar de n u e v o
el error q u e tal idea encierra.
Inadmisible igualmente es el recurrir al cálculo de probabilidades al analizar las hipótesis propias de las ciencias naturales. Las hipótesis constituyen intentos de explicar fenómenos
apoyándose en a r g u m e n t o s q u e resultan lógicamente insuficientes. T o d o lo q u e p u e d e afirmarse respecto de una hipótesis es
q u e o contradice o conviene con los principios lógicos y con los
hechos experimental mente atestiguados y, consecuentemente,
tenidos por ciertos. En el primer caso, la hipótesis ha de ser
rechazada; en el segundo — h a b i d a cuenta de nuestros conocim i e n t o s — no resulta más q u e m e r a m e n t e posible. (La intensidad de la convicción personal de q u e sea cierta es p u r a m e n t e
subjetiva.) Ya no estamos ante la probabilidad de clase ni ante
la comprensión histórica.
El t é r m i n o hipótesis no resulta aplicable c u a n d o de la interpretación de los hechos históricos se trata. Si un historiador
asegura q u e en la caída de la dinastía de los Romanoff jugó un
i m p o r t a n t e papel el hecho de q u e la familia imperial era de
origen alemán, no está a v e n t u r a n d o una hipótesis. Los hechos
en q u e se basa su apreciación son indiscutibles. H a b í a u n a animosidad m u y extendida contra los alemanes en Rusia y la rama
g o b e r n a n t e de los R o m a n o f f , q u e d u r a n t e doscientos años se
venía u n i e n d o m a t r i m o n i a l m e n t e con familias alemanas, era
considerada por muchos rusos como una estirpe germanizada,
incluso por aquellos q u e suponían q u e el zar Pablo no era hijo
de P e d r o I I I . Q u e d a , sin e m b a r g o , siempre en pie la duda acerca de la trascendencia q u e e f e c t i v a m e n t e luvo tal circunstancia
en la cadena de acontecimientos q u e al final provocó la caída
del e m p e r a d o r . Sólo la comprensión histórica abre vía para
a b o r d a r tal incógnita.
6.
A P U E S T A S , JUEGOS
DEPORTES
V
DE
AZAR,
PASATIEMPOS
Una apuesta es el convenio en cuya virtud el interesado
arriesga con o t r o individuo d i n e r o o distintos bienes, en torno
188
t.a Acción Humana
a un acontecimiento de cuya realidad o posible aparición toda
información q u e poseemos viene dada por actos de comprensión intelectual. La gente puede apostar con m o t i v o de una
próxima elección o de un p a r t i d o de tenis. También cabe apostar en torno a cuál de dos asertos atinentes a una realidad sea
el correcto.
El juego de azar, en cambio, es negocio jurídico p o r cuya
virtud el interesado arriesga contra o t r o determinada cosa acerca de la posible aparición de cierto acontecimiento del q u e no
tenemos más información que la suministrada por el comport a m i e n t o de específica clase.
El azar y la apuesta, a veces, también cabe se c o m b i n e n . El
resultado de una carrera de caballos, por ejemplo, depende de
la h u m a n a acción — p r a c t i c a d a por el propietario, el preparador y el jockey—, pero igualmente — l a s condiciones del cabal l o — de factores no h u m a n o s . Q u i e n e s arriesgan dinero en las
carreras no son, por lo general, más q u e simples jugadores de
azar. Los expertos, sin embargo, creen derivar información de
personal sapiencia acerca de los aludidos factores personales;
en tanto en c u a n t o este factor influye su decisión, apuestaif.
Pero, además, suponen entender de équidos; pronostican tras
contemplar el pedigree y constitución de los animales; en esto,
son jugadores de azar.
A lo largo de subsiguientes capítulos serán analizadas las
fórmulas mediante las cuales el m u n d o de los negocios se enf r e n t a con el problema de la incertidumbre del f u t u r o . Conviene, sin embargo, para completar el tema, hacer alguna otra
consideración.
El dedicarse a deportes y pasatiempos puede constituir tanto un fin como un medio. Para quienes buscan el excitante
estímulo provocado por las lides deportivas o para aquellos
cuya vanidad se siente halagada al exhibir la propia destreza,
tal actuación constituye un fin. Se trata, en cambio, de un medio para los profesionales que, m e d i a n t e la misma, se ganan
la vida,
La práctica de un d e p o r t e o juego puede, por tanto, estimarse acción. Lo que no cabe es invertir la afirmación y deno-
La incertidumbre
189
minar juego a cualquier actuación, e n f o c a n d o todas Jas acciones como si de meras distracciones se tratara. La m e t a inmediata de toda competición deportiva consiste en d e r r o t a r al adversario r e s p e t a n d o preestablecidas normas. E s t a m o s ante un caso
peculiar y especial de acción. La mayor p a r t e de las actuaciones h u m a n a s no p r e t e n d e n d e r r o t a r o p e r j u d i c a r a nadie. Aspírase, m e d i a n t e ellas, sólo a mejorar las propias condiciones de
vida. P u e d e acaecer q u e tal mejora se logre a costa de o t r o s .
P e r o no es ése el p l a n t e a m i e n t o normal y, desde luego, dicho
sea sin á n i m o de herir suspicacias, jamás ocurre en un sistema
social de división del trabajo c u a n d o éste desenvuélvese libre
de injerencias externas.
En una sociedad de mercado no existe analogía alguna e n t r e
los juegos y los negocios. Con los naipes gana quien m e j o r se
sirva de habilidades y astucias; el empresario, p o r el contrario,
prospera p r o p o r c i o n a n d o a sus clientes las mercancías q u e
éstos con m a y o r vehemencia anhelan. Tal vez haya cierta analogía entre la postura del jugador de cartas y la del timador,
pero no vale la pena e n t r a r en el asunto. Incide, sin embargo,
en el error quien s u p o n e q u e la vida mercantil constituye pura
trampería.
Los juegos se caracterizan por el antagonismo existente
entre dos o más c o n t e n d i e n t e s \ Los negocios, por el contrario,
d e n t r o de una sociedad, es decir, d e n t r o de un orden basado en
la división del trabajo, se caracterizan por el concorde actuar
de los s u j e t o s ; en c u a n t o comienzan éstos a e n f r e n t a r s e los
unos con los o t r o s , caminan hacia la desintegración social.
La competencia, en el mercado, no implica antagonismo, en
el sentido de confrontación de incompatibles intereses. Cierto
que la competencia, a veces, o aun con frecuencia, puede suscitar en quienes c o m p i t e n aquellos sentimientos de odio y malicia q u e suelen i n f o r m a r el deseo de perjudicar a otros. De ahí
q u e los psicólogos p r o p e n d a n a c o n f u n d i r la pugna hostil con
' El juego fie «solitario!» no ei ludirá competición, sino mera distracción. Por
eso resulta erróneo considerarlo gráfico representación de lo que acontece en una
sociedad comunista, como suponen J. VON NEUMANN y OSCAR M O R G E N S T E R N , Thcory
of Games and Eeonomie Behavior, pág 86, Princeton, 194-1.
t.a Acción Humana
190
la competencia económica. La praxeología, sin embargo, debe
guardarse de imprecisiones que p u e d e n inducir al error. Existe
diferencia esencial e n t r e el conflictivo c o m b a t e y la competencia
cataláctica. Los competidores aspiran a la excelencia y perfección de sus respectivas realizaciones, d e n t r o de un orden de
cooperación m u t u a . La función de la competencia consiste en
asignar a los m i e m b r o s de un sistema social aquella misión en
cuyo desempeño m e j o r pueden servir a la sociedad. Es el mecanismo q u e permite seleccionar, para cada tarea, el h o m b r e más
idóneo. D o n d e haya cooperación social, es preciso siempre seleccionar, de u n a forma u otra. Tal competencia desaparece tan
sólo cuando la atribución de las distintas tareas d e p e n d e exclusivamente de personal decisión, sin q u e los tutelados actuantes
puedan hacer valer los propios méritos.
Más adelante habremos de o c u p a r n o s de la f u n c i ó n de la
c o m p e t e n c i a 4 . Conviene, no obstante, de m o m e n t o , resaltar
q u e es erróneo aplicar ideas de m u t u o exterminio a la recíproca
cooperación que prevalece bajo el libre marco social. Las expresiones bélicas no convienen a las operaciones mercantiles. P o b r e
m e t á f o r a , en v e r d a d , resulta el hablar de la conquista de uri
mercado; pues no hay conquista alguna c u a n d o una empresa
ofrece productos mejores o más b a r a t o s que sus competidores;
y el hablar de estrategias, en este terreno, es una imagen igualm e n t e deleznable.
7.
LA
P R E D I C C I Ó N PRAXEOLÓGICA
El conocimiento praxeológico p e r m i t e predecir, con certeza apodíctica, las consecuencias que las diversas f o r m a s posibles de actuar van a provocar. Tales predicciones, sin e m b a r g o ,
jamás nos ilustran acerca de aspectos cuantitativos. En el c a m p o
de la acción h u m a n a , los problemas cuantitativos sólo m e d i a n t e
la comprensión pueden ser abordados.
Cabe predecir, según veremos después, que — e n igualdad
' Vid. infra cap. XV, 5.
La incertidumbre
191
de c i r c u n s t a n c i a s — u n a reducción en la d e m a n d a de a provocará una baja en su precio. Lo q u e no p o d e m o s , sin e m b a r g o ,
es adelantar la cuantía de tal baja, Es éste un i n t e r r o g a n t e q u e
sólo la c o m p r e n s i ó n p u e d e resolver.
E l e r r o r f u n d a m e n t a l e n q u e incide todo e n f o q u e cuantitat i v o de los p r o b l e m a s económicos estriba en olvidar q u e no
existen relaciones c o n s t a n t e s en las llamadas dimensiones económicas. No hay constancia ni p e r m a n e n c i a en las valoraciones
ni en las relaciones de intercambio e n t r e los diversos bienes.
T o d a s y cada u n a de las continuas mutaciones provocan n u e v a
reestructuración del c o n j u n t o . La c o m p r e n s i ó n , a p r e h e n d i e n d o
el m o d o de discurrir de los h u m a n o s , intenta pronosticar las
f u t u r a s situaciones. L o s positivistas, desde luego, vilipendiarán
tal vía de investigación; su p o s t u r a , sin e m b a r g o , no d e b e hacernos olvidar q u e la c o m p r e n s i ó n c o n s t i t u y e el ú n i c o procedim i e n t o a d e c u a d o para, en el t e r r e n o de la acción h u m a n a , abordar el tema r e f e r e n t e al m a ñ a n a .
C A P I T U L O
VII
La acción
en el entorno mundo
1,
LA L E Y DE LA UTILIDAD MARGINAL
La acción ordena y prefiere; comienza por manejar sólo
números ordinales, dejando a un lado los cardinales. Sucede,
sin embargo, que el m u n d o externo, al cual el hombre que actúa ha de acomodar su conducta, es un m u n d o de soluciones
cuantitativas, donde entre causa y efecto existe relación mensurable. Si las cosas no fueran así, es decir, si los bienes pudieran
prestar servicios ilimitados, nunca resultarían escasos y, por
tanto, no merecerían el apelativo de medios.
El hombre, al actuar, aprecia las cosas según su mayor o
menor idoneidad para, a título de medios, suprimir malestares.
Los bienes que, por su condición de medios, permiten atender
las necesidades humanas, vistos en su conjunto, desde el ángulo
de las ciencias naturales, constituyen multiplicidad de cosas diferentes. El actor, sin embargo, asimílalos todos como ejemplares que encajan, unos más y otros menos, en una misma
especie. Al evaluar estados de satisfacción muy distintos entre
sí y apreciar los medios convenientes para lograrlos, el h o m b r e
ordena en una escala todas las cosas, contemplándolas sólo en
orden a su idoneidad para incrementar la satisfacción propia.
El placer derivado de la alimentación y el originado por la contemplación de una obra artística constituyen, simplemente,
para el h o m b r e actuante, dos necesidades a atender, una más
y otra menos urgente. Pero, por el hecho de valorar y actuar,
13
i
194
t.a Acción Humana
ambas quedan situadas en una escala de apetencias q u e comp r e n d e desde las de máxima a las de mínima intensidad. Q u i e n
actúa no ve más q u e cosas, cosas de diversa utilidad para su
personal bienestar, cosas que, por tanto, apetece con ansia dispar.
Cantidad y calidad son categorías del m u n d o e x t e r n o . Sólo
indirectamente cobran trascendencia y sentido para la acción.
En razón a q u e cada cosa sólo p u e d e p r o d u c i r un e f e c t o ¡imitado, algunas de ellas se consideran escasas, c o n c e p t u á n d o s e
como medios. P o r cuanto son distintos los efectos q u e las diversas cosas pueden producir, el h o m b r e , al actuar, distingue
diferentes clases de bienes. Y en razón a tjtie la misma cantidad
y calidad de un cierto medio produce siempre idéntico efecto,
t a n t o cualitativa c o m o c u a n t i t a t i v a m e n t e considerado, la acción no diferencia e n t r e distintas p e r o idénticas cantidades de
un medio homogéneo. No quiere ello, sin e m b a r g o , en m o d o
alguno, decir q u e el h o m b r e atribuya el mismo valor a las distintas porciones del medio en cuestión. Cada porción es objeto
de valoración separada. A cada u n a de ellas se le asigna un
rango específico en la escala de valores. P e r o las diversas porciones, de igual m a g n i t u d , de un m i s m o medio p u e d e n , evidentemente, intercambiarse entre sí ad libtium.
C u a n d o el h o m b r e ha de o p t a r entre dos o m á s medios distintos, ordena en escala gradual las disponibles porciones individuales de cada u n o de ellos. A cada una de dichas porciones
asigna un rango especifico. Las distintas porciones aludidas de
un cierto medio no tienen, sin embargo, por q u é o c u p a r puestos inmediatamente sucesivos.
El establecimiento, m e d i a n t e la valoración, de ese diverso
rango practícase al actuar y es la propia actuación la q u e efectúa tal ordenación. El tamaño de cada una de esas porciones
estimadas de un m i s m o rango dependerá de la situación personal y única b a j o la cual, en cada caso, actúa el interesado. La
acción nunca se interesa por unidades, ni físicas ni metafísicas,
ni las valora con arreglo a módulos teóricos o abstractos; la
acción hállase siempre e n f r e n t a d a con alternativas diversas,
entre las cuales escoge. Tal elección se efectúa e n t r e magnitudes determinadas de medios diversos. Cabe d e n o m i n a r unidad
La acción en el entorno inundo
195
a la cantidad m í n i m a q u e p u e d e ser o b j e t o de la correspondiente opción. H a y q u e guardarse, sin e m b a r g o , del error de suponer q u e el valor de la suma de múltiples unidades pueda
deducirse del valor de cada una de ellas; el valor de la suma
no coincide con la adición del valor a t r i b u i d o a cada una de
las distintas unidades.
Un h o m b r e posee cinco unidades del bien a y tres u n i d a d e s
del bien b, A t r i b u y e a las unidades de a los rangos 1, 2, 4,
7 y 8; mientras las unidades de b q u e d a n graduadas en los
lugares 3, 5 y 6. Lo anterior significa q u e , si el interesado
ha de o p t a r e n t r e dos unidades de a y dos unidades de b,
preferirá desprenderse de dos u n i d a d e s de a antes q u e de dos
unidades de b. A h o r a bien, si ha de escoger e n t r e tres unidades de a y dos unidades de b, preferirá perder dos unidades de b antes q u e tres de a. Al valorar un c o n j u n t o de
varias unidades, lo único q u e , en t o d o caso, importa es la
utilidad del c o n j u n t o , es decir, el i n c r e m e n t o de bienestar dep e n d i e n t e del mismo, o, lo q u e es igual, el descenso del bienestar q u e su pérdida implicaría. Con ello para nada se alude a
procesos aritméticos, a sumas ni a multiplicaciones; sólo se
trata de estimar la utilidad resultante de poseer cierta porción
del c o n j u n t o o existencias de q u e se t r a t e .
En este sentido, utilidad equivale a idoneidad causal para
la supresión de un cierto malestar. El h o m b r e , al actuar, supone q u e d e t e r m i n a d a cosa va a i n c r e m e n t a r su bienestar; a tal
potencialidad d e n o m i n a la utilidad del bien en cuestión. Para
la praxeología, el t é r m i n o utilidad equivale a la importancia
atribuida a cierta cosa en razón a su supuesta capacidad para
suprimir d e t e r m i n a d a incomodidad h u m a n a . El concepto
praxeológico de utilidad (valor en uso subjetivo, según la terminología de los p r i m i t i v o s economistas de la escuela austríaca) d e b e diferenciarse claramente del concepto técnico de utilidad (valor en uso objetivo, c o m o decían los indicados investigadores). El valor en uso en sentido objetivo es la relación
existente e n t r e una cosa y el efecto que la misma puede producir. Es al valor objetivo en uso al que se refieren las gentes
c u a n d o hablan del «valor calórico» o de la «potencia térmica»
196
t.a Acción Humana
del c a r b ó n . El valor en uso de carácter subjetivo no tiene por
q u é coincidir con el valor en u s o objetivo. Hay cosas a las cuales se atribuye valor en uso s u b j e t i v o simplemente p o r q u e las
gentes s u p o n e n e r r ó n e a m e n t e q u e gozan de capacidad para
producir ciertos efectos deseados. P o r o t r o lado, existen cosas
q u e pueden provocar apetecidas consecuencias, a las cuales, sin
embargo, no se atribuye valor alguno en uso, por c u a n t o la
gente ignora dicha potencialidad.
Repasemos el p e n s a m i e n t o económico q u e prevalecía cuando la m o d e r n a teoría del valor f u e elaborada por Cari Menger,
William Stanley J e v o n s y Léon Walras. Q u i e n pretenda formular la más elemental teoría del valor y los precios, comenzará, e v i d e n t e m e n t e , por intentar basarse en el concepto de
utilidad. N a d a es, en efecto, más plausible que suponer que
las gentes valoran las cosas con arreglo a su utilidad, Pero,
llegados a este p u n t o , surge un problema en cuya solución los
economistas clásicos fracasaron. Creyeron observar que había
cosas cuya « u t i l i d a d » era mayor y q u e , sin embargo, se valoraban en menos q u e otras de «utilidad» menor. El hierro, a no
d u d a r , en el mercado, es menos apreciado q u e el oro. Tal realidad parecía echar por tierra toda teoría del valor y de los pre- *
cios que partiera de los conceptos de utilidad y valor en uso. ,
A b a n d o n a r o n , por eso, los clásicos tal terreno, p r e t e n d i e n d o
i n f r u c t u o s a m e n t e explicar los f e n ó m e n o s del valor y del cambio por otras vías.
A d v i r t i e r o n , sin embargo, después, los economistas que era
el imperfecto planteamiento del problema lo que e n g e n d r a b a la
aparente paradoja. Las valoraciones y decisiones q u e plasman
los tipos de cambio del mercado no suponen elegir entre el oro
y el hierro. El h o m b r e , al actuar, nunca se ve en el caso de escoger entre todo el oro y todo el hierro. En un d e t e r m i n a d o
lugar y tiempo, b a j o condiciones definidas, hace su elección
entre una cierta cantidad de oro y una cierta cantidad de
hierro. Al decidirse entre cien onzas de oro y cien toneladas de
hierro, su elección no guarda relación alguna con la decisión
que adoptaría si se hallara en la muy improbable situación de
tener que o p t a r entre todo el o r o y todo el h i e r r o existente.
La acción en el entorno inundo
197
En la práctica, lo único q u e cuenta para tal s u j e t o es si, b a j o
las específicas condiciones concurrentes, estima la satisfacción
directa o indirecta q u e p u e d a n r e p o r t a r l e las cien onzas de o r o
mayor o m e n o r q u e la satisfacción q u e derivaría de las cien
toneladas de hierro. Al decidirse, no está f o r m u l a n d o ningún
juicio filosófico o académico en t o r n o al valor « a b s o l u t o » del
oro o del hierro; en m o d o alguno hállase d i c t a m i n a d o si, para
la h u m a n i d a d , importa m á s el o r o o el hierro; no está perorando p o r aquellas vías tan gratas a los tratadistas de ética o de
filosofía de la historia. Se limita a elegir e n t r e dos satisfacciones
que no p u e d e , al tiempo, d i s f r u t a r .
Ni el p r e f e r i r , ni el rechazar, ni tampoco las correspondientes decisiones y elecciones s u p o n e n actos de medición. La acción no mide la utilidad o el valor; limítase a elegir entre alternativas. No se trata del abstracto problema de d e t e r m i n a r la
utilidad total o el valor t o t a l ' . N i n g u n a operación racional permite d e d u c i r del valor asignado a específica cantidad o a definido n ú m e r o de ciertas cosas el valor correspondiente a u n a
cantidad o n ú m e r o mayor o m e n o r de esos mismos bienes. No
hay f o r m a de calcular el valor de t o d o un género de cosas si
son sólo conocidos los valores correspondientes a sus partes.
T a m p o c o hay m e d i o de calcular el valor de una parte si únicamente se conoce el valor del total del género. En la esfera del
valor y las valoraciones no hay operaciones aritméticas; en el
terreno de los valores no existe el cálculo ni nada que se le
asemeje. El aprecio de las existencias totales de dos cosas puede diferir de la valoración correspondiente a algunas de sus
porciones. Un h o m b r e aislado q u e posea siete vacas y siete
caballos p u e d e valorar en más un caballo q u e una vaca; es
decir, q u e , p u e s t o a o p t a r , preferirá entregar u n a vaca antes
q u e un caballo. Sin embargo, ese m i s m o individuo, ante la alternativa de elegir e n t r e todos sus caballos y todas sus vacas,
puede preferir quedarse con las vacas y prescindir de los caballos. Los conceptos de utilidad total y de valor total carecen de
' Es importante hacer notar que este capítulo no aborda los precios o valores
de mercado, sino el valor en uso subjetivo. Lo» precios son consecuencias que el
valor en uso subjetivo engendra. Vid. cap. X V I ,
198
t.a Acción Humana
sentido, salvo que se trate de situaciones en las q u e el interesado específicamente haya de escoger entre la totalidad de diversas existencias. Sólo es o p o r t u n o plantear el problema de
q u é es, en sí, m á s útil, si el hierro o el oro, tratándose de supuesto en el que la h u m a n i d a d , o una parte aislada de la misma,
hubiera de escoger entre iodo el oro y lodo el h i e r r o disponible.
El juicio de valor se contrae exclusivamente a aquella cantidad objeto concreto de cada acto de optar. Cualquier conj u n t o de d e t e r m i n a d o bien se baila siempre compuesto, ex
definiiione, por homogéneas porciones, cada una de las cuales
es idónea para rendir ciertos e idénticos sen'icios, lo q u e hace
q u e cualquiera de dichas porciones pueda sustituirse por otra.
En el acto de valorar y preferir resulta, por tanto, i n d i f e r e n t e
cuál sea la porción efectiva que en ese m o m e n t o se contemple.
C u a n d o se presenta el problema de entregar una, todas las porciones — u n i d a d e s — del stock disponible c o n s i d é r a m e idénticamente útiles y valiosas. C u a n d o las existencias d i s m i n u y e n
por pérdida de una unidad, el sujeto ha de resolver de nuevo
cómo emplear las unidades del stock remanente. Es obvio otie
el stock disminuido no podrá rendir el m i s m o n ú m e r o de servicios que el íntegra atendía. Aquel objeto que, b a j o este n u e v o
planteamiento, deja de cubrirse es, i n d u d a b l e m e n t e , para el interesado, el menos urgente de todos los q u e previamente cabía
alcanzar con el stock íntegro. La satisfacción q u e derivaba del
uso de aquella unidad destinada a tal empleo era la m e n o r de
las satisfacciones q u e cualquiera de las unidades del stock completo podía proporcionarle. P o r tanto, sólo el valor de esa
satisfacción marginal es el q u e el sujeto ponderara c u á n d o bava
de renunciar a una unidad del stock completo. Al e n f r e n t a r s e
con el problema de q u é valor deba ser atribuido a una porción
de cierto c o n j u n t o homogéneo, el h o m b r e resuelve de acuerdo
con el valor correspondiente al c o m e t i d o de m e n o r interés q u e
atendería con una u n i d a d si tuviera a su disposición las unidades
todas del c o n j u n t o ; es decir, decide t o m a n d o en cuenta la utilidad marginal.
Supongamos a una persona en la alternativa de entregar una
La acción en el entorno inundo
199
unidad de sus provisiones de a o u n a u n i d a d de las de b; en
tal disyuntiva, evidentemente, no comparará el valor de todo
su haber de a con el valor total de su stock de b; contrastará
únicamente los valores marginales de a y de b. A u n q u e tal vez
valore en m á s la cantidad total de a q u e la de b, el valor marginal de b puede ser más alto q u e el valor marginal de a.
El m i s m o razonamiento sirve para ilustrar el supuesto en
q u e a u m e n t a la cantidad disponible de un bien m e d í a n t e la
adquisición de una o más unidades supletorias.
La economía, para íá descripción de tales realidades, no
precisa recurrir a la terminología de la psicología, p o r q u e no se
ampara en razonamientos y argumentaciones de tal condición.
Cuando a f i r m a m o s q u e los actos de elección no dependen del
valor a t r i b u i d o a clase entera alguna de necesidades, sino del
valor que, en cada caso, corresponda a la necesidad concreta
de q u e se trate, prescindiendo de la clase en que pueda ésta
hallarse catalogada, en nada ampliamos n u e s t r o conocimiento
ni deviene éste más general o f u n d a d o . Sólo recordando la trascendencia q u e la supuesta antinomia del valor t u v o en la historia del pensamiento económico, c o m p r e n d e r e m o s por q u é
suele hablarse de clases de necesidades al abordar el tema.
Cari Menger y Bohm-Bawerk usaron el t é r m i n o «clases de necesidades» en orden a r e f u t a r las objeciones opuestas a sus
ideas por quienes consideraban el pan, como tal, más valioso
que la seda, sobre la base de que la clase «necesidad de alimentos» tenía mayor importancia vital que la clase «necesidad de
vestidos lujosos» ,
Resulta innecesario, en la actualidad, recurrir al viejo concepto de «clases» de necesidades. T a l idea nada significa para
la acción ni, por t a n t o , para la teoría del valor; puede, además,
inducir al e r r o r y a la confusión. L o s conceptos y las clasificaciones no son más q u e herramientas mentales; cobran sentido
y significación sólo en el contexto de las teorías correspondienJ
Vid. C A R L M E N G E R , Crundsatze der Volkswirtschaftslehre, pág. 88 y sigs,,
Viena, 1 8 7 1 ; B Í Í H M - B A W E R K , Kapiial und Kapitdzitis, I I , pág. 2 3 7 y sigs. >.* ed.,
ínnsbruck, 1909.
200
t.a Acción Humana
t e s 3 . A nada conduce el agrupar las diversas necesidades en
«clases» para, después, concluir q u e tal ordenación hállase desprovista de interés en el terreno de la teoría del valor.
La ley de la utilidad marginal y del decreciente valor marginal nada tiene q u e ver con la ley de Gossen de la saturación
de las necesidades (primera ley de Gossen). AI hablar de la utilidad marginal no nos interesamos por el goce sensual ni por
la saturación o la saciedad. En m o d o alguno d e s b o r d a m o s el
campo del razonamiento praxeológico cuando decimos: el destino q u e el individuo da a cierta porción de d e t e r m i n a d o conjunto c o m p u e s t o por n unidades, d e s t i n o q u e no sería atendido,
inmodificadas las restantes circunstancias, si el interesado dispusiera de sólo rt - 1 unidades, constituye el empleo menos urgente del aludido bien, o sea, su utilización marginal. Consideramos, por eso, marginal la utilidad derivada del empleo del
bien en cuestión. Para llegar a la antes a p u n t a d a conclusión no
precisamos acudir a ninguna experimentación, conocimiento o
argumentación de orden psicológico. Dedúcese forzosamente
de las premisas establecidas, es decir, de q u e los h o m b r e s actúan (valoran y prefieren) y de q u e el interesado posee ti unidades de un c o n j u n t o homogéneo, en el primer caso, y « I unidades en el segundo. Bajo estos supuestos, ninguna o t r a dcci- „
sión cabe imaginar. El aserto es de orden formal y apriorístico;
no se ampara en experiencia alguna.
El problema consiste en determinar si existen o no sucesivas etapas intermedias entre aquella situación de malestar q u e
impulsa al h o m b r e a actuar y aquella otra situación q u e , una
vez alcanzada, vedaría toda nueva actuación (ya sea p o r haberse
logrado un estado de perfecta satisfacción, ya sea p o r q u e el
h o m b r e se considerase incapaz para p r o d u c i r ninguna ulterior
mejoría en su situación). Si dicha alternativa se resuelve en
sentido negativo, sólo una única acción cabría: tan p r o n t o
c o m o tal actuación quedara consumada, habríase alcanzado la
1
En el mundo externo no hay clases. Es la mente la que cataloga los fenómenos para, así, ordenar mejor nuestros conocimientos, E! problema acerca de si
cierta forma de clasificar fenómenos prohija o no esc apetecido fin es un asunto
independíente de si determinada clasificación es o na lógicamente permisible.
La acción en el entorno inundo
201
aludida situación q u e prohibiría toda ulterior actuación. A h o r a
bien, con ello contradícese a b i e r t a m e n t e el s u p u e s t o de q u e
existe el a c t u a r ; pugna el p l a n t e a m i e n t o con las condiciones
generales presupuestas en la categoría de acción. Es forzoso,
por tanto, resolver la alternativa antes planteada en s e n t i d o
afirmativo. E x i s t e n , sin género de d u d a , etapas diversas en
nuestra asintótica aproximación hacia aquel e s t a d o después del
cual ya no hay nueva acción, Resulta, de esta suerte, q u e la ley
de la utilidad marginal se halla ya implícita en la categoría de
acción. No es más q u e el reverso del aserto según el cual preferimos lo q u e satisface en mayor g r a d o a lo q u e satisface en
m e n o r grado. Si las existencias a nuestra disposición a u m e n t a n
de « - 1 unidades a « u n i d a d e s , esa i n c r e m e n t a d a unidad será
utilizada para a t e n d e r a una situación q u e será menos u r g e n t e
o gravosa q u e la menos u r g e n t e o gravosa de todas las q u e con
los recursos n - / habían sido remediadas.
La ley de la utilidad marginal no se refiere al valor erf uso
objetivo, sino al valor en uso subjetivo. No alude a las propiedades químicas o físicas de las cosas en orden a provocar ciertos efectos en general; se interesa tan sólo por su idoneidad
para p r o m o v e r el bienestar del h o m b r e , según él, en cada mom e n t o y ocasión, lo entiende. No se ocupa de un supuesto valor
intrínseco de las cosas, sino del valor q u e el h o m b r e atribuye a
los servicios q u e de las mismas espera derivar.
Si admitiéramos q u e la utilidad marginal a l u d e a las cosas
y a su valor en uso objetivo, h a b r í a m o s de concluir que lo mismo podría a u m e n t a r q u e disminuir, al incrementarse la cantidad de u n i d a d e s disponibles. P u e d e suceder q u e la utilización
de una cierta cantidad irreducible —n u n i d a d e s — del bien a
proporcione una satisfacción mayor q u e la q u e cabe derivar
de los servicios de u n a unidad del bien b. Ahora bien, si las
existencias de a son inferiores a n, a sólo p u e d e emplearse en
o t r o c o m e t i d o , m e n o s apreciado q u e el q u e gracias a b p u e d e
ser a t e n d i d o . En tal situación, el q u e la cuantía de a pase de
n - 1 unidades a « unidades parece a u m e n t a r el valor atribuido
a la u n i d a d . El poseedor de cien maderos p u e d e construir con
ellos una cabana, q u e le protegerá de la lluvia mejor q u e un
202
t.a Acción Humana
impermeable. Sin embargo, si sus disponibilidades son inferiores a los treinta maderos, únicamente podrá construirse un
lecho que le resguarde de la h u m e d a d del suelo. De ahí que,
si el interesado dispusiera de noventa y cinco maderos, por
o t r o s cinco, prescindiría del impermeable. P e r o si contara sólo
con diez, no cambiaría el impermeable ni por o t r o s diez maderos, El h o m b r e cuya f o r t u n a ascendiera a 100 dólares, tal
vez, por o t r o s 100 dólares, se negara a prestar cierto servicio.
Sin embargo, si ya dispusiera de 2 , 0 0 0 dólares y deseara ardient e m e n t e adquirir un cierto bien indivisible q u e costara 2 . 1 0 0
dólares, seguramente realizaría aquel t r a b a j o por sólo 100 dólares. Lo expuesto concuerda p e r f e c t a m e n t e con la ley de la
utilidad marginal correctamente f o r m u l a d a , a cuyo tenor el
valor de las cosas d e p e n d e ele la utilidad del servicio q u e las
mismas puedan proporcionar. Es impensable una ley de utilidad marginal creciente.
La ley de la utilidad marginal no debe c o n f u d i r s e con la
doctrina de Bernoulli de mensura sortts, ni con la ley de W e b e r Fechner. En e! f o n d o de la teoría de Bernoulli palpitan aquellas ¡deas q u e jamás nadie puso en d u d a , según las cuales las
gentes se afanan por satisfacer las necesidades más urgentes
antes q u e las menos urgentes, resultándole más fácil al h o m b r e rico atender sus necesidades q u e al p o b r e . Pero las conclusiones q u e Bernoulli derivaba de tales indubitados asertos eran,,
a todas luces, inexactas. F o r m u l ó , en efecto, una teoría matemática a cuyo tenor el incremento de la satisfacción d i s m i n u y e
a medida q u e aumenta la riqueza del individuo. Su aserto,
según el cual es altamente p r o b a b l e q u e , como regla general,
un ducado, para quien goce de una renta de 5 . 0 0 0 ducados,
valga como medio d u c a d o para quien sólo d i s f r u t e de 2 . 5 0 0
ducados de ingresos, no es más q u e pura fantasía. D e j e m o s
aparte el hecho de q u e no hay m o d o alguno de efectuar comparaciones, q u e no sean m e r a m e n t e arbitrarias, e n t r e las m u t u a s
valoraciones de personas distintas; la sistemática de Bernoulli
resulta igualmente inadecuada en o r d e n a las valuaciones de
un mismo individuo con diferentes ingresos. No advirtió q u e
lo ú n i c o que cabe predicar del caso en cuestión es q u e , al ere-
La acción en el entorno inundo
203
cer los ingresos, cada i n c r e m e n t o dinerario se dedicará a satisfacer u n a necesidad menos u r g e n t e m e n t e sentida q u e la necesidad menos acuciante q u e f u e , s » n embargo, satisfecha antes de
registrarse el aludido i n c r e m e n t o de riqueza. No supo ver que,
Irí
al valorar, o p t a r y actuar, no
*ta de m e d i r , ni de hallar
e
equivalencias, sino de c o m p a r a r , s decir, de preferir y de rechazar 4 . Así, ni Bernoulli, ni l ° s matemáticos y economistas
que siguieron tal sistema, p o d í a n resolver la antinomia del
valor *.
Los errores q u e implica el c o n f u n d i r la ley de W e b e r Fechner, perteneciente a la psicofísica, con la teoría subjetiva
del valor f u e r o n ya señalados p o r Max W e b e r . Verdad es q u e
no estaba este último s u f i c i e n t e m e n t e versado en economía,
hallándose, en cambio, demasiado influido por el historicismo,
para a p r e h e n d e r d e b i d a m e n t e l o s principios básicos q u e informan al p e n s a m i e n t o económico- E l l o no o b s t a n t e , su intuición
genial le s i t u ó en el camino q t i e conducía a las soluciones correctas. La teoría de la utilidad marginal, afirma W e b e r , « n o
se formula en sentido psicológico» sino — u t i l i z a n d o un término epistemológico— de m o d o pragmático, m a n e j a n d o las
categorías de fines y medios» \
lin
Si se desea p o n e r remedio
cierto estado patológico
mediante la ingestión, en p r e d e t e r m i n a d a cantidad, del corresp o n d i e n t e específico, no se o b t e n d r á ttn resultado mejor mul' Vid. DANIEL BEHNOULM, Veriuch e<ncr '"'"c" Theoríe zar Iicsftmmmt. van
Gliicksfalten, trad. por Pringsheim, págs. 27 V siKs- Leipzig 18%,
mhfo
lm;l
* DANIEL BERNOULLI (I7<X)-1782), m i f
f»nios« familia I!< investiga
dores, de origen holandés, que luego, huyendo de lax permisiones contra los
hugonotes, se instaló eti Suiza, nació en Gronigen (Holanda) y falleció en Bnsilea
(Suiza). Se interesó en múltiples disciplinas aparte del cálculo diferencial —su
primordial campo de investigación— tale* como la botánica, la hidráulica, la anatomía y la fisiología; fue profesor f 1726-1^33) de la famosa Academia de Ciencias
de San Pctershurgo. ocupando más tarde diversas cátedras en la Universidad de
Basiíca. (N. del T.)
' Vid. M A X W N B E K , Gesammcitc Anls'f'e z " r ^Vhsenscbaftslehre, pág. 372, y
también página 149. Tubinga, 1922 El t ^ " 1 ' " " *P™fimático» empleado por Weber.
naturalmente se presta a confusión. No cs oportuno emplearlo más que en orden
a la filosofía del pragmatismo. Si Weber hubiera conocido el término «praxeología».
seguramente lo hubiera preferido.
204
t.a Acción Humana
tipiicando la dosis. Ese excedente o no produce mayor efecto
q u e la dosis apropiada, por cuanto ésta, de por sí, ya provoca
el resultado ó p t i m o , o bien da lugar a consecuencias nocivas.
Lo m i s m o sucede con toda clase de satisfacciones, si bien, frecuentemente, el estado ó p t i m o se alcanza mediante la administración de elevadas dosis, lardándose en llegar a aquel límite
que, sobrepasado, cualquier ulterior incremento engendra consecuencias perniciosas. Sucede ello por cuanto nuestro mundo
hállase regido por la causalidad, existiendo relación cuantitativa entre causa y efecto, Q u i e n desee suprimir el malestar q u e
provoca el vivir en una casa a un grado de temperatura, procurará caldearla para alcanzar los dieciocho o veinte grados. Nada
tiene que ver con la ley de W e b e r - F e c h n e r el que el interesado
no b u s q u e temperaturas de setenta o noventa grados. El hecho
tampoco afecta a la psicología; ésta para explicar tal realidad
ha de limitarse a consignar, como hecho d a d o , q u e los mortales,
normalmente, prefieren la vida y la salud a la m u e r t e y la enf e r m e d a d . Para la praxeología sólo cuenta la circunstancia de
q u e el h o m b r e , al actuar, opta y escoge entre alternativas;
hallándose siempre cercado por disyuntivas, no tiene más remedio q u e elegir y, efectivamente, elige, prefiriendo una entre varias posibilidades, por cuanto — a p a r t e de otras razones— el
sujeto opera en un m u n d o cuantitativo, no en un orden carente
del concepto de cantidad, planteamiento q u e resulta, incluso. -*
inconcebible para la mente humana *.
C o n f u n d e n la utilidad marginal y la ley de Weber-Eechnei
quienes sólo ponderan los medios idóneos para alcanzar cierta
satisfacción, p a s a n d o por alto 1a propia satisfacción en sí. De
haberse parado mientes en ello, no se habría incurrido en el
a b s u r d o de pretender explicar el deseo de abrigo aludiendo a
la decreciente intensidad de la sensación provocada por un
* Ernst H, Weber (1795-1878) —a quien no hay, naturalmente, que confunlir
con el anteriormente citado Max Weber (1864-1920)— a través de su conocida ley
psicofísica afirmó que el incremento de toda sensación humana exigía mis que proporciona! aumento del correspondí ente estímulo. Gustav T. R'chnet (1801-1887),
por su parte, siguiendo los pasos de Weber, aseguró que pata acrecer, en proporción aritmética, una sensación era preciso reforzar el estímulo en relación geométrica. (N. del T.)
La acción en el entorno inundo
205
sucesivo incremento del correspondiente estímulo. El que, normalmente, un individuo no desee elevar la t e m p e r a t u r a de su
dormitorio a cuarenta grados nada tiene q u e ver con la intensidad de la sensación de calor. P o r lo mismo, t a m p o c o cabe
explicar, recurriendo a las ciencias naturales, el q u e una cierta
persona no caliente su habitación a la t e m p e r a t u r a q u e suelen
hacerlo los d e m á s , temperatura que, p r o b a b l e m e n t e , también
a aquélla apetecería, si no fuera p o r q u e prefiere comprarse un
traje n u e v o o asistir a la audición de una sinfonía de Beethoven.
Sólo los problemas en t o r n o al valor en uso objetivo pueden
ser efectivamente analizados mediante los métodos típicos de
las ciencias naturales; cosa, sin embargo, bien distinta es el
aprecio q u e a ese valor en uso objetivo pueda el h o m b r e , al
actuar, en cada circunstancia efectivamente conceder.
2.
L A L E Y DEL RENDIMIENTO
El q u e los efectos q u e cada bien económico puede provocar
hállense c u a n t i t a t i v a m e n t e tasados implica, en la esfera de los
bienes de p r i m e r orden (bienes de consumo), q u e una cantidad a de causa provoca — b i e n a lo largo de un período de
tiempo cierto o bien en única y específica o c a s i ó n — una cantidad alfa de efecto *, En lo atinente a los bienes de órdenes
más elevados (bienes de producción) tal cuantitativa relación
s u p o n e q u e una cantidad b de causa produce una cantidad beta
de efecto, siempre y c u a n d o concurra un factor complementario c, con su efecto gamma; sólo mediante los efectos concertados de beta y gamma cabe producir la cantidad p de cierto
bien D de primer o r d e n . Manéjanse, en este caso, tres cantidades: b y c de los dos bienes complementarios B y C, y p del
p r o d u c t o D.
* El autor alude en esta Lase a la disiinción entre los bienes de consumo
de carácter duradero y los bienes fungiblcs («durable and non durable con su me rs'
goods»). Los primeros procuran servicios al hombre durante un cierto, más o
menos dilatado, período temporal. En cambio, los segundos —por ejemplo, un
pan, una tableta de aspirina— se desgastan y desaparecen al rendir único y especifico servicio. (N. del T.)
206
t.a Acción Humana
I n m o d i f i c a d a la cantidad b, consideramos ó p t i m a aquella
cantidad de c q u e provoca el máximo valor de la expresión
p/c. Si a este m á x i m o valor de p/c se llega i n d i s t i n t a m e n t e
mediante la utilización de cantidades diversas de c, consideramos óptima aquella q u e produce la m a y o r cantidad de p. Cuando los dos bienes complementarios se utilizan en dicha cuantía
ó p t i m a , ambos están d a n d o el m á x i m o rendimiento posible;
su poder de producción, su valor en uso objetivo, está siendo
p l e n a m e n t e utilizado; parte alguna se desperdicia. Si nos desviamos de esta combinación óptima a u m e n t a n d o la cantidad
de C sin variar la c a n t i d a d de fí, n o r m a l m e n t e el r e n d i m i e n t o
será mayor, si bien no en grado proporcional al a u m e n t o de la
cantidad de C empleada. En el caso de q u e quepa i n c r e m e n t a r
la producción de p a pl i n c r e m e n t a n d o la cantidad de « « o solo
de los factores c o m p l e m e n t a r i o s , es decir, sustituyendo c
por ex, siendo x mayor q u e la unidad, tendríamos siempre
q u e pl sería mayor q u e p, y pie m e n o r q u e pcx. P u e s , si fuera
posible compensar cualquier disminución de b con un increm e n t o de c, de tal forma q u e p quedara sin variación, ello
supondría que la capacidad de producción de B era ilimitada;
en tal supuesto, B no sería un bien escaso; es decir, no constituiría un bien económico. Carecería de trascendencia para la
actividad humana el q u e las existencias de B f u e r a n mayores
o menores. Incluso una cantidad infinitesimal de B sería suft-^
cíente para producir cualquier cantidad de D, siempre y c u a n d o
se contara con una suficiente cantidad de C, En cambio, si no
cupiera incrementar las disponibilidades de C, por más q u e
a u m e n t a r a B, no cabría ampliar la producción de D. T o d o el
rendimiento del proceso achacaríase a C; ¡i no merecería la
consideración de bien económico. Un factor capaz de proporcionar tales ilimitados servicios es, por ejemplo, el conocimiento de cualquier relación de causalidad. La f ó r m u l a , la receta,
q u e nos enseña a c o n d i m e n t a r el café, una vez conocida, r i n d e
servicios ¡limitados. P o r m u c h o q u e se emplee, nada pierde de
su capacidad de p r o d u c i r ; estamos ante una inagotable capacidad productiva, la cual, consecuentemente, deja de ser bien
económico. P o r eso nunca se halla el individuo actuante ante
La acción en el entorno inundo
207
el dilema de tener q u e o p t a r e n t r e el valor en uso de una fórmula c o m ú n m e n t e conocida y el de cualquiera otra cosa útil.
La ley del r e n d i m i e n t o proclama q u e existen combinaciones
ó p t i m a s de los bienes económicos de o r d e n más elevado (factores de producciónJ. El desviarse de tal ó p t i m a c o m b i n a c i ó n ,
i n c r e m e n t a n d o el c o n s u m o de u n o de los factores intervinientes, da lugar, o bien a que no a u m e n t e el efecto deseado, o bien
a q u e , en caso de a u m e n t a r , no lo baga p r o p o r c i o n a l m e n t e a
aquella m a y o r inversión. Esta ley, c o m o antes se hacía n o t a r ,
es consecuencia obligada del h e c h o de q u e sólo si sus efectos
resultan c u a n t i t a t i v a m e n t e l i m i t a d o s p u e d e darse la consideración de económico al bien de q u e se trate.
Q u e existen esas ó p t i m a s combinaciones es todo lo q u e
esta ley, c o m ú n m e n t e d e n o m i n a d a ley del rendimiento decreciente, predica. H a y m u c h o s p r o b l e m a s , a los que la misma
para nada alude, p r o b l e m a s q u e sólo a posleriort pueden ser
resueltos m e d i a n t e la observación experimental.
Si el e f e c t o causado por cierto facror resulta indivisible,
será la ó p t i m a aquella única c o m b i n a c i ó n q u e p r o d u c e el apetecido resultado. Para teñir de un cierto color una pieza de lana,
se precisa específica cantidad de colorante. Una cantidad mayor
o menor de tinte frustraría el deseado objetivo. Q u i e n tuviera
más colorante del preciso veríase obligado a no utilizar el excedente, P o r el contrario, q u i e n dispusiera de cantidad insuficiente, sólo podría teñir p a r t e de la pieza. La condición decreciente del r e n d i m i e n t o , en el e j e m p l o c o n t e m p l a d o , ocasiona
q u e carezca de utilidad la aludida excedente cantidad de colorante, la cual, en n i n g ú n caso, podría ser empleada, por c u a n t o
p e r t u r b a r í a la consecución del propósito apetecido.
En otros supuestos, para producir el m e n o r electo aprovechable, precísase u n a cierta c a n t i d a d mínima de factor productivo. E n t r e ese efecto m e n o r y el ó p t i m o existe un margen
d e n t r o del cual el i n c r e m e n t o de las cantidades invertidas provoca un a u m e n t o de la p r o d u c c i ó n o proporcional o más q u e
proporcional a la indicada elevación del gasto. Una m á q u i n a ,
para f u n c i o n a r , exige un m í n i m o de lubricante. Ahora bien,
sólo la experiencia técnica p o d r á indicarnos si, por encima de
208
t.a Acción Humana
dicho m í n i m o , una mayor cantidad de lubricante aumenta el
rendimiento de la máquina de un m o d o proporcional o supe
rior a tal supletoria inversión.
La ley del r e n d i m i e n t o no resuelve los problemas siguicu
tes; 1) Si la dosis óptima es o no la única idónea para provocar
el efecto apetecido. 2) Si existe o no un definido límite, tras
puesto el cual, carece de utilidad todo incremento en la cantl
dad del factor variable empleada. 3) SÍ la baja de producción,
q u e el apartarse de la combinación óptica provoca —o ti
a u m e n t o de la misma q u e engendra el aproximarse a e l l a —
es o no proporcional al n ú m e r o de unidades del factor variable
en cada caso m a n e j a d o . Las anteriores cuestiones sólo experí
mentalmente pueden ser resueltas. Ello no o b s t a n t e , la ley del
rendimiento en sí, es decir, la afirmación de q u e tales óptimas
combinaciones han de existir, resulta válida a priori.
La ley maltusiana de la población y los conceptos de superpoblación o subpoblación absoluta, así como el de población
más perfecta, todos ellos derivados de aquélla, suponen hacer
aplicación de la ley de rendimientos a un caso especial. Dicho
ideario pondera los efectos que forzosamente han de aparecer
al variar el n ú m e r o de «brazos» disponibles, s u p o n i e n d o inmodificadas las demás circunstancias concurrentes. Por cuanto
intereses políticos aconsejaban desvirtuar la ley de M a l t h u s ,
las gentes atacaron apasionadamente, si bien con a r g u m e n t o s
ineficaces, la ley del rendimiento, la cual, incidentalmente, conocían sólo como la ley del r e n d i m i e n t o decreciente de la in*
versión de capital y trabajo en el factor tierra. H o y en día no
vale la pena volver sobre tan bizantinas cuestiones. La ley del
rendimiento no se contrae tan sólo al problema a t i n e n t e a la
inversión, en el factor tierra, de los restantes factores complementarios de producción. Los esfuerzos, t a n t o para r e f u t a r
como para demostrar su validez, mediante investigaciones históricas y experimentales de la producción agraria, a nada conducen. Q u i e n p r e t e n d a impugnar la ley habrá de explicar por
q u é los h o m b r e s pagan precios por la tierra, Si no fuese exacta,
el agricultor nunca pretendería ampliar la extensión de su fund o . Tendería, más bien, a incrementar i n d e f i n i d a m e n t e el ren-
La acción en el entorno mundo
209
dimiento de cualquier parcela, multiplicando la inversión de
capital y t r a b a j o en la m i s m a .
T a m b i é n se ha s u p u e s t o q u e mientras en la producción
agraria regiría la ley del r e n d i m i e n t o decreciente, prevalecería,
por el contrario, en la industria la ley del r e n d i m i e n t o creciente.
M u c h o tardaron las gentes en advertir que la ley del rendim i e n t o cúmplese invariablemente, cualquiera que sea la clase
de producción contemplada. G r a v e error constituye a este respecto distinguir e n t r e agricultura e industria. La imperfectam e n t e — p o r no decir e r r ó n e a m e n t e — d e n o m i n a d a ley del rend i m i e n t o creciente no es más q u e el reverso de la ley del rendimiento decreciente; es decir, en definitiva, una torpe formulación de esta última. Al aproximarse el proceso a la ó p t i m a
combinación, a base de incrementar la inversión de un factor,
mientras q u e d a n invariados los demás, la producción a u m e n t a
en grado proporcional o, incluso, más q u e proporcional al número de invertidas unidades de dicho variable factor. Una
m á q u i n a , manejada por dos obreros, p u e d e producir p; manejada por 3 obreros, )p¡ por 4 obreros, 6p; por 5 obreros, 7p;
y p o r 6 obreros, también 7p. En tal supuesto, el utilizar 4 obreros s u p o n e o b t e n e r el r e n d i m i e n t o ó p t i m o por obrero, es decir
6 / 4 p, mientras q u e , en los restantes supuestos, los rendimientos son, respectivamente, 1 / 2 p, p, 7/5 p y 7 / 6 p. Al pasar
de 2 a 3 obreros, los rendimientos a u m e n t a n más q u e proporcionalmente al n ú m e r o de operarios utilizados; la producción
no aumenta en la proporción 2 : 3 : 4 , sino en la de 1 : 3 : 6.
N o s hallamos ante un caso de r e n d i m i e n t o creciente por obrero. A h o r a bien, lo anterior no es más q u e el reverso de la ley
del r e n d i m i e n t o decreciente.
Si una explotación o empresa se aparta de aquella óptima
combinación de los factores empleados, opera de m o d o más
ineficiente q u e aquella otra explotación o empresa cuya desviación de la combinación ó p t i m a resulte m e n o r . Empléanse, tanto en la agricultura como en la industria, factores de producción q u e no p u e d e n ser ad libitum subdivididos. De ahí q u e ,
sobre t o d o en la industria, se alcance la combinación óptima
más fácilmente ampliando q u e reduciendo las instalaciones. Si
14
t.a Acción Humana
210
la unidad mínima de u n o o varios factores resulta excesivamente grande para p o d e r ser explorada del modo m á s económico en una empresa pequeña o mediana, la única solución
p a r a lograr el aprovechamiento ó p t i m o de los aludidas factores
estriba en ampliar las instalaciones. V e m o s ahora claramente
en q u é se f u n d a la superioridad de la producción en gran escala. M á s adelante, al analizar el problema de los costos, advertiremos la trascendencia de esta cuestión.
3.
E L TRABAJO
HUMANO COMO MLDIO
Se entiende por trabajar el aprovechar, a título de medio,
las funciones y manifestaciones fisiológicas de la vida h u m a n a .
No trabaja el individuo c u a n d o deja de aprovechar aquella
potencialidad q u e la energía y los procesos vitales h u m a n o s
encierran, para conseguir fines externos, ajenos, desde luego, a esos aludidos procesos fisiológicos y al papel q u e los
mismos, con respecto a la propia vida, d e s e m p e ñ a n ; el sujeto,
en tal supuesto, está simplemente viviendo. El h o m b r e trabaja
cuando, como medio, se sirve de la h u m a n a capacidad v fuerza
para suprimir, en cierta medida, el malestar, explotando de
m o d o deliberado su energía vital, en vez de dejar, espontánea
y libremente, manifestarse las facultades físicas y nerviosas
de q u e dispone. El trabajo constituye un medio, no un fin, en sí.
G o z a m o s de limitada cantidad de energía disponible y, ade-„
más, cada u n i d a d de tal capacidad laboral produce efectos
igualmente limitados. Si no f u e r a así, el trabajo h u m a n o abundaría sin tasa; jamás resultaría escaso y, consecuentemente, no
podría considerarse como medio para la supresión del malestar,
ni como tal habría de ser administrado.
D o n d e el t r a b a j o se administrara sólo por su escasez, es
decir, por resultar insuficiente para, m e d i a n t e el mismo, alcanzar todos los objetivos en cuya consecución cabe, como medio,
aprovecharlo, las existencias laborales equivaldrán a la total
energía productiva q u e la correspondiente sociedad poseyera.
En ese imaginario m u n d o , todos trabajarían hasta agotar, por
entero, su personal capacidad. L a b o r a r í a n las gentes cuanto
La acción en el entorno inundo
211
tiempo no resultara obligado dedicar al descanso y recuperación de las fuerzas consumidas. Se reputaría p é r d i d a pura el
desperdiciar en cualquier c o m e t i d o p a r t e de la personal capacidad. Tal dedicación incrementaría el bienestar personal de
todos y cada u n o ; p o r eso, si una fracción cualquiera de la
personal capacidad de t r a b a j o quedara desaprovechada, el interesado consideraríase perjudicado, no h a b i e n d o satisfacción alguna q u e p u d i e r a compensarle tal pérdida. La pereza resultaría
inconcebible. N a d i e pensaría: podría yo hacer esto o aquello,
pero no vale la pena; no compensa, p r e f i e r o el ocio; pues reputarían las gentes recurso p r o d u c t i v o su total capacidad de trabajo, capacidad q u e afanaríanse por aprovechar plenamente.
Cualquier posibilidad, por pequeña q u e f u e r a , de incrementar
el bienestar personal e s ü m a r í a s e estímulo suficiente para seguir
trabajando en lo que f u e r a , siempre q u e no cupiera aprovechar
mejor la correspondiente capacidad laboral en o t r o cometido.
Las cosas, sin embargo, en este nuestro m u n d o , son bien
distintas. El i n v e r t i r t r a b a j o resulta penoso. Estímase más agradable el descanso q u e la tarea. Invariadas las restantes circunstancias, prefiérese el ocio al esfuerzo laboral. Los h o m b r e s
trabajan solamente c u a n d o valoran en más el r e n d i m i e n t o q u e
la correspondiente actividad va a procurarles q u e el bienestar
de la holganza. El t r a b a j a r molesta.
La psicología y la fisiología intentarán explicarnos por q u é
ello es así. P e r o el que en definitiva lo consigan o no resulta
indiferente para la praxeología. N u e s t r a ciencia parte de que
a los h o m b r e s lo q u e más les agrada es el d i v e r t i m i e n t o y el
descanso; por eso c o n t e m p l a n su propia capacidad laboral de
m o d o muy d i s t i n t o a como p o n d e r a n la potencialidad de los
factores materiales de producción. C u a n d o se trata de consumir el p r o p i o t r a b a j o , el interesado analiza, p o r un lado, si no
habrá algún o t r o objetivo, aparte del c o n t e m p l a d o , más atractivo en el cual invertir la correspondiente capacidad laboral;
pero, p o r o t r o , además pondera sí no le sería mejor abstenerse
del c o r r e s p o n d i e n t e esfuerzo. Cabe expresar el mismo pensam i e n t o considerando el ocio como u n a meta a la q u e tiende la
actividad deliberada o c o m o un bien económico del orden pri-
212
t.a Acción Humana
mero. Esta vía, tal ve2 un poco rebuscada, nos abre, sin embargo, los ojos al hecho de q u e la holganza, a la luz de la teoría de
la utilidad marginal, debe considerarse c o m o o t r o bien económico cualquiera, lo q u e permite concluir q u e la primera unidad
de ocio satisface un deseo más u r g e n t e m e n t e sentido q u e el
atendido por la segunda unidad; a su vez, esta segunda provee
a una necesidad más acuciante q u e la correspondiente a la tercera, y así sucesivamente. El lógico corolario que de lo anterior
resulta es q u e la incomodidad personal provocada por el trabajo aumenta a medida q u e se va t r a b a j a n d o más, agravándose
con la supletoria inversión laboral.
La praxeología, sin embargo, no tiene por q u é e n t r a r en la
discusión de si la molestia laboral a u m e n t a p r o p o r c i o n a l m e n t e
o en grado mayor al i n c r e m e n t o de la inversión laboral. (El
a s u n t o p u e d e tener interés para la fisiología o la psicología y es
incluso posible que tales disciplinas logren un día desentrañarlo; todo ello, sin embargo, no nos concierne.) La realidad es
q u e el interesado s u s p e n d e su actividad en c u a n t o estima q u e
la utilidad de proseguir la labor no compensa suficientemente
e! bienestar escamoteado por el supletorio trabajo. D e j a n d o
a p a r t e la disminución en el r e n d i m i e n t o que la creciente fatiga
provoca, quien labora, al f o r m u l a r el anterior juicio, compara
cada porción de tiempo trabajado con la cantidad de bien q u e
las sucesivas aportaciones laborales van a reportarle, P e r o la
utilidad de lo conseguido decrece a medida q u e más se va trabajando y mayor es la cantidad de p r o d u c t o obtenido. Mediante las primeras unidades de trabajo se ha proveído a la satisfacción de necesidades s u p e r i o r m e n t e valoradas q u e aquellas
otras atendidas merced al trabajo ulterior. De ahí q u e esas
necesidades cada vez m e n o r m e n t e valoradas p r o n t o p u e d a n
estimarse compensación insuficiente para prolongar la labor,
aun admitiendo no descendiera, al paso del tiempo, la productividad, en razón a la fatiga.
No interesa, como decíamos, al análisis praxeológico investigar si la incomodidad del trabajo es proporcional a la inversión
laboral o si aumenta en escala mayor, a m e d i d a q u e más t i e m p o
se dedica a la actividad. Lo indudable es q u e la tendencia a in-
La acción en el entorno inundo
213
vertir las porciones aún no empleadas del potencial laboral
— i n m o d i f i c a d a s las demás c o n d i c i o n e s — disminuye a medida
q u e se va i n c r e m e n t a n d o la aportación de trabajo. El que dicha
disminución de la voluntad laboral progrese con una aceleración mayor o m e n o r d e p e n d e de las circunstancias económicas
concurrentes; en ningún caso atañe a los principios categóricos.
Esa molestia típica del esfuerzo laboral explica por qué, a
lo largo de la historia h u m a n a , al incrementarse la productividad del trabajo, gracias al progreso técnico y a los mayores recursos de capital disponibles, apareciera generalizada tendencia
a acortar horarios. E n t r e los placeres que, en mayor abundancia que sus antepasados, p u e d e el h o m b r e m o d e r n o d i s f r u t a r ,
hállase el de dedicar más tiempo al descanso y al ocio. En este
sentido cabe dar cumplida respuesta a la interrogante, tantas
veces formulada por filósofos y filántropos, de si el progreso
económico habría o no hecho más felices a los hombres. De ser
la productividad del trabajo m e n o r de lo q u e es, en el actual
m u n d o capitalista, la gente, o habría de trabajar más, o habría
de renunciar a numerosas comodidades de las q u e hoy d i s f r u t a .
Conviene, no obstante, destacar q u e los economistas, al dejar
constancia de lo anterior, en m o d o alguno están suponiendo
que el único medio de alcanzar la felicidad consista en gozar de
la máxima confortación material, vivir lujosamente o disponer
de más tiempo libre. Atestiguan simplemente una realidad, cual
es que el incremento de la productividad del trabajo permite
ahora a las gentes proveerse en forma más cumplida de cosas
q u e i n d u d a b l e m e n t e les complacen.
La f u n d a m e n t a l idea praxeológica, según la cual los hombres prefieren lo que Ies satisface más a lo q u e Ies satisface
menos, apreciando las cosas s o b r e la base de su utilidad, no
precisa por eso de ser completada, ni enmendada, con alusión
alguna a la incomodidad del trabajo, pues hállase implícito en
lo anterior q u e el h o m b r e preferirá el trabajo al ocio sólo cuando desee más á v i d a m e n t e el p r o d u c t o que ha de reportarle la
correspondiente labor q u e el d i s f r u t a r de ese descanso al q u e
renuncia.
La singular posición que el factor trabajo ocupa en nuestro
214
t.a Acción Humana
m u n d o deriva de su carácter no específico. Los factores primarios de producción q u e la naturaleza b r i n d a — e s decir, todas
aquellas cosas y fuerzas naturales q u e el h o m b r e p u e d e emplear para m e j o r a r su s i t u a c i ó n — poseen especificas virtudes
y potencialidades. Para alcanzar ciertos objetivos hay factores
q u e son los más idóneos; para conseguir otros, esos mismos elem e n t o s resultan ya m e n o s o p o r t u n o s ; existiendo, p o r último,
fines para cuya consecución resultan totalmente inadecuados.
P e r o el trabajo es factor apropiado, a la par q u e indispensable,
para la plasmación de cualesquiera procesos o sistemas de producción imaginables.
No cabe, sin embargo, generalizar al hablar de trabajo
h u m a n o . Constituiría grave e r r o r dejar de advertir q u e los
h o m b r e s , y consecuentemente su respectiva capacidad laboral,
resultan dispares. El t r a b a j o q u e un cierto individuo es capaz
de realizar convendrá más a d e t e r m i n a d o s objetivos, m i e n t r a s
para otros será menos apropiado, resultando, en fin, inadecuado
para la ejecución de terceros cometidos. Una de las deficiencias
de los economistas clásicos f u e el no prestar debida atención
a la expuesta realidad; despreocupáronse de ella al e s t r u c t u r a r
sus teorías en torno al valor, los precios y los tipos de salarios.
Pues lo que los h o m b r e s suministran no es trabajo en general,
sino clases determinadas de trabajo. No se pagan salarios por el
p u r o trabajo invertido, sino por la c o r r e s p o n d i e n t e obra realizada, mediante labores a m p l i a m e n t e diferenciadas e n t r e sí,
t a n t o cuantitativa c o m o cualitativamente consideradas. Cada
particular producción exige utilizar aquellos agentes laborales
que, precisamente, sean capaces de ejecutar el típico t r a b a j o
requerido. Es a b s u r d o p r e t e n d e r despreciar estas realidades
sobre la base de q u e la mayor parte de la demanda y o f e r t a de
t r a b a j o se contrae a peonaje no especializado, labor q u e cualquier h o m b r e sano p u e d e realizar, constituyendo excepción la
labor específica, la realizada por personas con facultades peculiares o adquiridas gracias a particular preparación. No interesa
averiguar si en un pasado r e m o t o tales eran las circunstancias
de hecho concurrentes, ni aclarar tampoco si para las tribus
primitivas la desigual capacidad de t r a b a j o innata o adquirida
La acción en el entorno inundo
215
f u e r a la principal consideración que les impeliera a administrarlo. No es permisible, c u a n d o se trata de abordar las circunstancias de los pueblos civilizados, despreciar las diferencias
cualitativas de dispares trabajos. D i f e r e n t e resulta la o b r a q u e
Jas distintas personas pueden realizar por c u a n t o los h o m b r e s
no son iguales e n t r e sí y, sobre todo, la destreza y experiencia
adquirida en el d e c u r s o de la vida viene a diferenciar aún m á s
la respectiva capacidad de los distintos sujetos.
C u a n d o antes a f i r m á b a m o s el carácter no específico del trab a j o en m o d o alguno queríamos suponer que la capacidad laboral h u m a n a fuera toda de la misma calidad. Q u e r í a m o s , simp l e m e n t e , destacar que las diferencias existentes e n t r e las
distintas clases de t r a b a j o r e q u e r i d o por la producción de los
diversos bienes son mayores q u e las disparidades existentes
e n t r e las cualidades innatas de los h o m b r e s . (Al subrayar este
p u n t o , prescindimos de la labor creadora del genio; el trabajo
del g e n i o cae f u e r a de la órbita de la acción h u m a n a ordinaria;
viene a ser c o m o un gracioso regalo del destino q u e la humanidad, d e vez e n c u a n d o , r e c i b e c igualmente prescindimos
de las barreras institucionales q u e impiden a algunas gentes
ingresar en ciertas ocupaciones y tener acceso a las enseñanzas
q u e ellas requieren.) La innata desigualdad no quiebra la unif o r m i d a d y homogeneidad zoológica de la especie h u m a n a hasta
el p u n t o de dividir en c o m p a r t i m e n t o s estancos la oferta de
t r a b a j o . P o r eso, la oferta potencial de t r a b a j o para la ejecución de cualquier obra d e t e r m i n a d a siempre excede a la efectiva d e m a n d a del t i p o de trabajo de que se trate. Las disponibilidades de cualquier clase de t r a b a j o especializado podrán siempre ser incrementadas mediante detraer gentes de o t r o sector,
preparándolas c o n v e n i e n t e m e n t e . La posibilidad de a t e n d e r necesidades jamás hállase p e r m a n e n t e m e n t e coartada, en esfera
p r o d u c t i v a alguna, por la escasez de t r a b a j o especializado. Dicha escasez sólo a corto plazo p u e d e registrarse. A la larga,
siempre es posible suprimirla m e d i a n t e el adiestramiento de
personas q u e gocen de las requeridas innatas condiciones.
El t r a b a j o es el más escaso de todos los factores primarios
* Vid. p¿g. 221.
216
t.a Acción Humana
de producción; de un lado, p o r q u e carece, en el expuesto sentido, de carácter específico y, de o t r o , por cuanto toda clase
de producción requiere la inversión del mismo. De ahí q u e la
escasez de los demás medios primarios de producción — e s
decir, los factores de producción de carácter no h u m a n o , que
proporciona la n a t u r a l e z a — surja en razón a q u e no pueden
p l e n a m e n t e utilizarse, en tanto en cuanto exijan consumir trabajo, a u n q u e tal concurso laboral sea m í n i m o 7 . Las disponibilidades de trabajo determinan, por eso, la proporción en q u e
cabe aprovechar, para la satisfacción de las h u m a n a s necesidades, el factor naturaleza, cualquiera q u e sea su f o r m a o
presentación.
Si la oferta de trabajo a u m e n t a , la producción a u m e n t a
también. El esfuerzo laboral siempre es valioso; nunca sobra,
p u e s en ningún caso deja de ser útil para adicional mejoramiento de las condiciones de vida. El h o m b r e aislado y autárquico
siempre p u e d e p r o s p e r a r trabajando más. En la bolsa del trab a j o de una sociedad de mercado invariablemente hay compradores para toda capacidad laboral q u e se ofrezca. La supcrflua
abundancia de t r a b a j o sólo p u e d e registrarse, de m o d o transitorio, en algún sector, induciéndose a ese trabajo sobrante a
acudir a otras partes, con lo q u e se amplía la producción en
lugares a n t e r i o r m e n t e menos atendidos. Frente a lo expuesto,
un incremento de la cantidad de tierra disponible — i n m o d i f i cadas las restantes circunstancias— sólo permitiría ampliar la
producción agrícola si tales tierras adicionales f u e r a n de mayor
feracidad que las ya disponibles \ Lo mismo acontece con respecto al equipo material destinado a f u t u r a s producciones.
P o r q u e la utilidad o capacidad de servicio de los bienes de capital depende, igualmente, de q u e puedan contratarse los correspondientes operarios. Antieconómico sería explotar existentes dispositivos de producción si el trabajo a invertir en su
' Algunos recursos naturales, ciertamente, son tan escasos que por entero se
explotan.
' Supuesta libre la movilidad del trabajo, resultaría anticconómico poner en
explotación terrenos anteriormente incultos salvo que la feracidad de los mismos
fuera tal que compensara los supletorios costos incurridos.
La acción en el entorno inundo
217
aprovechamiento pudiera ser empleado mejor por otros cauces
q u e permitieran a t e n d e r necesidades más urgentes.
Los factores complementarios de producción sólo p u e d e n
emplearse en la cuantía q u e las disponibles existencias del más
escaso de ellos autorizan, Supongamos q u e la producción de
una unidad de p requiere el gasto o c o n s u m o de 7 unidades
de a y de 3 unidades de b, no p u d i e n d o emplearse ni a ni b en
producción alguna distinta de p. Si disponemos de 49 a y de
2 . 0 0 0 b, sólo 7 p cabrá producir. Las existencias de a predeterminan la cantidad de b q u e p u e d e ser aprovechada. En el
supuesto ejemplo, únicamente a merecería la consideración de
bien económico; sólo por a hallaríanse las gentes dispuestas a
pagar precios; el precio íntegro de p será función de lo q u e
cuesten 7 unidades de a. Por su parte, b no sería un bien económico; no cotizaría precio alguno, ya q u e una parte de las
disponibilidades no se aprovecharía.
Cabe imaginar un m u n d o en el q u e todos los factores materiales de producción halláranse tan p l e n a m e n t e explotados q u e
no fuera materialmente posible d a r trabajo a todo el m u n d o , o
al menos, en la total cuantía en que algunos individuos hallaríanse dispuestos a trabajar. En dicho m u n d o , el factor trabajo
abundaría; ningún incremento en la capacidad laboral disponible permitiría ampliar la producción. Si en tal ejemplo suponemos que lodos tienen la misma capacidad y aplicación para el
t r a b a j o y pasamos por alto el malestar típico del mismo, el trab a j o dejaría de ser un bien económico, Sí dicha república fuera
una c o m u n i d a d socialista, todo incremento en las cifras de población conceptuaríase simple incremento del n ú m e r o de ociosos consumidores. T r a t á n d o s e de una economía de mercado,
los salarios resultarían insuficientes para vivir. Q u i e n e s buscasen ocupación hallaríanse dispuestos a trabajar por cualquier
salario, por reducido q u e fuera, a u n q u e resultara insuficiente
para a t e n d e r las necesidades vitales, Trabajaría la gente aun
c u a n d o el p r o d u c t o de la labor sólo sirviese para d e m o r a r la
insoslayable m u e r t e p o r inanición.
I m p e r t i n e n t e sería entretener la atención en tales paradojas y el discutir aquí los p r o b l e m a s q u e tal imaginario estado
218
t.a Acción Humana
plantearía. El m u n d o en q u e vivimos es totalmente distinto.
El trabajo resulta más escaso que los factores materiales de
producción disponibles. No estamos ahora c o n t e m p l a n d o el
problema de la población ó p t i m a . De m o m e n t o , sólo interesa
destacar q u e hay factores materiales de producción, los cuales
no pueden ser explotados, p o r c u a n t o el trabajo r e q u e r i d o precísase para atender necesidades m á s urgentes. En n u e s t r o
m u n d o no hay abundancia, sino insuficiencia, de potencia laboral, existiendo por este m o t i v o tierras, yacimientos e incluso
fábricas e instalaciones sin explotar, es decir, factores materiales de producción inaprovechados.
Esta situación m u t a r f a s e merced a un incremento tal de la
población, que permitiera frieran p l e n a m e n t e explotados cuantos factores materiales pudiera requerir aquella producción alimenticia imprescindible — e n el sentido estricto de la palabra-— para la conservación de la vida. A h o r a bien, no siendo
ése el caso, eí presente estado de cosas no puede variarse mediante progresos técnicos en los métodos de producción. La
sustitución de unos sistemas por otros más eficientes no hace
q u e el trabajo sea más a b u n d a n t e m i e n t r a s queden factores materiales inaprovechados, cuya utilización incrementaría el
bienestar h u m a n o . Antes al contrario, dichos progresos vienen
a ampliar la producción y, p o r ende, la cantidad de bienes de
c o n s u m o disponible. Las técnicas «economizadoras de trabajo» militan contra la indigencia. P e r o nunca pueden ocasionar
paro «tecnológico».
T o d o p r o d u c t o es el resultado de invertir, c o n j u n t a m e n t e ,
t r a b a j o y factores materiales de producción. El h o m b r e administra ambos, tanto aquél como éstos.
TRABAJO INMEDIATAMENTE REMUNERADO
Y TRABAJO MEDIATAMENTE REMUNERADO
Normalmente, el trabajo recompensa a quien trabaja de modo
mediato, es decir, permítele librarse de aquel malestar cuya supresión constituía la meta de su actuación. Quien labora prescinde
La acción en el entorno inundo
219
del descanso y sométese a la incomodidad del trabajo para disfrutar de la obra realizada o de lo que otros estarían dispuestos
a darle por ella. La inversión de trabajo constituye, para quien
trabaja, un medio que le permite alcanzar ciertos fines; es un
premio que recibe por su aportación laboral.
Ahora bien, hay casos en los que el trabajo recompensa al actor inmediatamente. El interesado obtiene de la propia labor una
satisfacción íntima. El rendimiento, pues, resulta doble. De un
laclo, disfruta del producto y, de otro, del placer que la propia
operación le proporciona.
Tal circunstancia ha inducido a las gentes a incurrir en muchos absurdos errores, sobre los cuales se ha pretendido basar
fantásticos planes cíe reforma social. Uno de los dogmas fundamentales del socialismo consiste en suponer que el trabajo resulta
penoso y desagradable sólo en el sistema capitalista de producción,
mientras que bajo el socialismo constituirá pura delicia. Cabe
desentenderse de las divagaciones de aquel pobre loco que se
llamó Charles Fourier. Ahora bien, conviene advertir que el socialismo «científico» de Marx, en este punto, no difiere en nada
de las ideas de los autores utópicos. Frederick Engels y Karl
Kautsky, textualmente, llegan a decir que la gran obra del régimen proletario consistirá en transformar en placer la peños id ad
del trabajo 9 .
Con frecuencia preténdese ignorar aquella realidad según la
cual las actividades que proporcionan complacencia inmediata y
constituyen, por tanto, fuentes directas de placer y deleite no
coinciden con el trabajo y la actuación laboriosa. Muy superficial
tiene que ser el examen para no advertir de inmediato la diferencia entre unas y otras actividades. Salir un domingo a remar por
diversión en el lago se asemeja al bogar de remeros y galeotes
sólo cuando la operación se contempla desde el punto de vista de
la hidromecánica. Ambas actividades, ponderadas como medios
para alcanzar fines determinados, son tan dispares como el aria
tarareada por un paseante lo es de esa misma composición recitada
por un cantante de ópera. El despreocupado bogador y el deam' K A R L K A U T S K Y , Dte soztale Revolution, II, págs. 16 y sigs., 3." ed. Berlín.
1911. Con respecto a Engels, vid. infra cap. XXI. 2.
220
t.a Acción Humana
bulante cantor derivan de sus actividades no una recompensa
mediata, sino inmediata. Hn su consecuencia, lo que practican no
es trabajo, di no tratarse de aplicar sus funciones fisiológicas al
logro de fines ajenos al mero ejercicio de esas mismas funciones.
Su actuación es, simplemente, un placer. Constituye fin en sí
misma; se practica por sus propios atractivos, sin derivar de ella
ningún servicio ulterior. No tratándose, pues, de una actividad
laboral,
nerado
no
cabe
denominarla
trabajo
inmediatamente
remu-
,0 .
A veces, personas poco observadoras suponen que el trabajo
ajeno constituye fuente de inmediata satisfacción para los interesados, porque a ellas les gustaría, a título de juego, realizar el trabajo citado. Del mismo modo que los niños juegan a maestros, a
soldados y a trenes, hay adultos a quienes les gustaría jugar a esto
o a lo otro. Creen que el maquinista disfruta manejando la locomotora como ellos gozarían si se les permitiera conducir el convoy.
Cuando, apresuradamente, se dirige a la oficina, el administrativo
envidia al guardia que, en su opinión, cobra por pasear ociosamente las calles. Sin embargo, tal vez éste envidie a aquel que,
cómodamente sentado en un caldeado edificio, gana dinero emborronando papeles, labor que no puede considerarse trabajo serio.
No vale la pena perder el tiempo analizando las opiniones de
quienes, interpretando erróneamente la labor ajena, la consideran
mero pasatiempo.
Ahora bien, hay casos de auténtico trabajo inmediatamente
remunerado. Ciertas clases de trabajo, en pequeñas dosis y bajo
condiciones especiales, proporcionan satisfacción inmediata, Sin
embargo, las aludidas dosis han de ser tan reducidas que carecen
de trascendencia en un mundo integrado por la producción orientada a la satisfacción de necesidades. En la tierra, el trabajo se
caracteriza por su penosidad. La gente intercambia el trabajo,
generador de malestar, por el producto del mismo; el trabajo constituye una fuente de recompensa mediata.
En aquella medida en que cierta clase de trabajo, en vez de
malestar, produce placer y, en vez de incomodidad, gratificación
15
El remo practicarlo deliberadamente como deporte y el canto cultivado seriamente por un aficionado constituyen trabajo introversivo. Ver cap. XXI, 1.
La acción en el entorno inundo
221
inmediata, su ejecución no devenga salario alguno. Antes al contrario, quien lo realiza, el «trabajador», habrá de comprar el
placer y pagarlo. La caza fue y es aún para muchas personas un
trabajo normal, generador de incomodidades. Ahora bien, hay
personas para quienes constituye puro placer. En Europa, los aficionados al arte venatorio pagan importantes sumas al propietario
del coto por concederles el derecho a perseguir un cierto número
de venados de un tipo determinado. El precio de tal derecho es
independiente del que hayan de abonar por las piezas cobradas.
Cuando ambos precios vnn ligados, el montante excede notablemente io que cuesta la caza en el mercado. Resulta, de esta suerte,
que un venado, entre peñascos y precipicios, tiene mayor valor
di ñera río que después de haber sido muerto y transportado al
valle, donde es posible aprovechar su carne, su piel y sus defensas,
pese a que, para cobrar la pieza, se gasta equipo y munición, tras
penosas escaladas. Cabría, por tanto, decir que uno de los servicios que un venado vivo puede prestar es el de proporcionar al
cazador el gusto de matarlo.
E L G E N I O CREADOR
Muy por encima de los millones de personas que nacen y
mueren, se elevan los genios, aquellos hombres cuyas actuaciones
e ideas abren caminos nuevos :i la humanidad. Crear constituye,
para el genio descubridor, la esencia de la vida
Para él, vivir
significa crear.
Las actividades de estos hombres prodigiosos no pueden ser
cabalmente encuadradas en el concepto praxeológico de trabajo.
No constituyen trabajo, por cuanto, para el genio, no son medios,
sino fines en sí mismas; pues él sólo vive creando e inventando.
Para él no hay descanso; sólo sabe de intermitencias en la labor
en momentos de frustración y esterilidad. Lo que le impulsa no
" Los caudillos (¡ührers) no son descubridores; conducen al pueblo por las sendas que otros trazaron. El genio abre caminos a iravís de terrenos antes inaccesibles, sin preocuparse de si alguien le sigue o no. Los caudillos, en cambio,
conducen a sus pueblos hada objetivos ya conocidos que los subditos desean
alcanzar,
t.a Acción Humana
222
es el deseo de obtener un resultado, sino la operación misma de
provocarlo. La obra no le recompensa, mediata ni inmediatamente.
No le gratifica mediatamente, por cuanto sus semejantes, en el
mejor de los casos, no se interesan por ella y, lo que es peor, frecuentemente la reciben con mofa, vilipendio y persecLición. Muchos genios podrían haber empleado sus personales dotes en procurarse una vida agradable y placentera; pero ni siquiera planteáronse tal al Lerna ti va, optando sin vacilación por un camino lleno
de espinas. El genio quiere realizar lo que considera su misión,
aun cuando comprenda que ral conducta puede bien llevarle al
desastre.
Tampoco deriva el genio satisfacción inmediata de sus activi
dades creadoras. Crear es para él agonía y tormento, una ince
sante y agotadora lucha contra obstáculos internos y externos, que
le consume y destroza. El poeta austríaco Grillparzer supo reflejar tal situación en un emocionante poema: «Adiós a Gastein»
Cabe suponer que, al escribirlo, más que en sus propias penas y
tribulaciones, pensaba en los mayores sufrimientos de un hombre
mucho más grande que él, Beethoven, cuyo destino se asemejaba
al suyo propio y a quien, gracias a un afecto entrañable y a una
cordial admiración, comprendió mejor que ninguno de sus contemporáneos. Nietzschc comparábase a la llama que, insaciable,
a sí misma consume y d e s t r u y e N o existe similitud alguna
entre tales tormentos y las ideas generalmente relacionadas con los
conceptos de trabajo y labor, producción y éxito, ganarse el pan
y gozar de la vida.
Las obras del genio creador, sus pensamientos y teorías, sus
poemas, pinturas y composiciones, praxeológicamente, no pueden
considerarse frutos del trabajo. No son la resultante de haber
invertido una capacidad laboral, la cual pudiera haberse dedicado
a original otros bienes en vez de a «producir» la correspondiente
obra maestra de filosofía, arte o literatura. Los pensadores, poetas
u
Parece que hoy no existe ninguna traducción inglesa de este poema. En el
libro de Dougias Yates (Franz Grillparzer, a Critical Biograpky, f, p¡íg. 57. Oxford,
1946) se hace un resumen de su contenido en inglés.
" U n a traducción del poema de Nietzschc puede hallarse en M. A, MÜCGÉ,
Friedricb Nienscbe, pág. 275. Nueva York, 1911.
La acción en el entorno inundo
223
y artistas a menudo carecen de condiciones para realizar otras
labores. Sin embargo, el tiempo y la fatiga que dedican a sus actividades creadoras no lo detraen de trabajos merced a los cuales
cabría atender otros objetivos. A veces, las circunstancias pueden
condenar a la esterilidad a un hombre capaz de llevar adelante
cosas inauditas; tal vez le sitúen en la disyuntiva de morir de
hambre o de dedicar la totalidad de sus fuerzas a luchar exclusivamente por la vida. Ahora bien, cuando el genio logra alcanzar
sus metas, sólo él ha pagado lus «custos» necesarios, A Goethe,
tal vez, le estorbaran, en ciertos aspectos, sus ocupaciones en la
corte de Weimar. Sin embargo, seguramente no habría cumplido
mejor con sus deberes oficiales de ministro de Estado, director de
teatro y administrador de minas si no hubiera escritu sus dramas,
poemas y novelas.
Hay más: no es posible sustituir por el trabajo de terceras
personas la labor de los creadores. Si Dante y Iícethoven no hubieran existido, imposible hubiera sido producir la Divina Comedia
o la Novena Sinfonía, encargando la tarea a otros hombres. Ni la
sociedad ni los individuos particulares pueden sustattcialmente
impulsar al genio, ni fomentar su labor. Ni la «demanda» más
intensa ni la más perentoria de las órdenes gubernativas resultan
en tal sentido eficaces. El genio jamás trabaja por encargo. Los
hombres no pueden producir a voluntad unas condiciones naturales y sociales que provoquen la aparición del genio creador y su
obra. Es imposible criar genios a base de eugenesia, ni formarlos
en escuelas, ni reglamentar sus actividades. Resulta muy fácil, en
cambio, organizar la sociedad de tal manera que no haya sitio para
los innovadores n¡ para sus tareas descubridoras.
La obra creadora del genio es, para la praxeología, un hecho
dado. La creación genial aparece como generoso regalo del destino,
No es en modo alguno un resultado de la producción, en el sentido que la economía da a este último vocablo.
4,
L A PRODUCCIÓN
La acción, si tiene b u e n éxito, alcanza la meta perseguida.
Da lugar al p r o d u c t o deseado.
224
t.a Acción Humana
La producción, sin embargo, en m o d o alguno es un acto de
creación; no engendra nada que ya antes no existiera. Implica
sólo la transformación de ciertos elementos mediante tratamientos y combinaciones. Q u i e n p r o d u c e no crea. El individuo
crea tan sólo c u a n d o piensa o imagina. El h o m b r e , en el mundo de los f e n ó m e n o s externos, ú n i c a m e n t e t r a n s f o r m a . Su
actuación consiste en combinar los medios disponibles con miras a que, de c o n f o r m i d a d con las leyes de la naturaleza, prodúzcase el resultado apetecido,
Antes solía distinguirse e n t r e la producción de bienes tangibles y la prestación de servicios personales. Se consideraba
q u e el carpintero, c u a n d o hacía mesas y sillas, producía algo;
sin embargo, no se decía lo mismo del médico cuyo consejo
ayudaba al c a r p i n t e r o e n f e r m o a recobrar su capacidad para
producir mesas y sillas. Se diferenciaba entre el vínculo médico-carpintero y el vínculo carpintero-sastre. Asegurábase q u e
el médico no producía nada por sí mismo; ganábase la vida con
lo que otros fabricaban, siendo, en definitiva, m a n t e n i d o por
los carpinteros y los sastres. En fecha todavía más lejana, los
fisiócratas franceses proclamaron la esterilidad de todo trabajo
q u e no implicara extraer algo del suelo. Merecía ú n i c a m e n t e
el calificativo de productivo, en su opinión, el trabajo agrícola,
la pesca, la caza y la explotación de minas y canteras. La industria, suponían, agrega al valor del material empleado tari sólo
el valor de las cosas consumidas por los operarios.
Los economistas modernos sonríen ante los pronunciamientos de aquellos antecesores suyos q u e recurrían a tan inadmisibles distingos. M e j o r , sin embargo, procederían n u e s t r o s contemporáneos si pararan mientes en los errores q u e ellos mismos
cometen. Son muchos los autores m o d e r n o s que a b o r d a n diversos problemas económicos — p o r ejemplo, la publicidad o el
marketing— recayendo en crasos errores que, parece, t i e m p o
ha debieron haber q u e d a d o d e f i n i t i v a m e n t e aclarados.
O t r a idea t a m b i é n m u y extendida pretende diferenciar
entre el empleo del trabajo y el de los factores materiales de
producción. La naturaleza, dicen, dispensa sus dones gratuitamente; en cambio, la inversión de trabajo implica q u e quien
La acción en el entorno inundo
225
lo practica padezca la incomodidad del m i s m o . AI esforzarse
y superar la incomodidad del trabajo, el h o m b r e aporta algo
q u e no existía antes en el universo. En este sentido, el t r a b a j o
crea. P e r o tal aserto también es erróneo. La capacidad laboral
del h o m b r e es una cosa dada en el universo, al igual que son
dadas las potencialidades diversas, típicas y características, de
la tierra y de las sustancias animales. El hecho de q u e una parte
de la capacidad de trabajo pueda q u e d a r inaprovechada tampoco viene a diferenciarlo de los factores no h u m a n o s de producción, pues éstos también p u e d e n permanecer inexplotados. El
individuo se ve impelido a superar la incomodidad del t r a b a j o
por cuanto, personalmente, prefiere el p r o d u c t o del mismo a la
satisfacción q u e derivaría del descanso.
Sólo es creadora la m e n t e h u m a n a c u a n d o dirige la acción
y la producción. La m e n t e es una realidad también comprendida en el universo y la naturaleza; constituye una parte del
m u n d o existente y dado. Llamar creadora a la m e n t e no implica el entregarse a especulaciones metafísicas. La calificamos
de creadora p o r q u e no sabemos c ó m o explicar los cambios provocados por la acción más allá de aquel p u n t o en q u e tropezamos con la intervención de la razón, dirigiendo las actividades
h u m a n a s . La producción no es un hecho físico, n a t u r a l y externo; antes al contrarío, constituye f e n ó m e n o intelectual y espiritual. La condición esencial para q u e aparezca no estriba en el
t r a b a j o h u m a n o , en las fuerzas naturales o en las cosas externas,
sino en la decisión de la m e n t e de emplear dichos factores c o m o
medios para alcanzar específicos objetivos. No engendra el producto el trabajo de p o r sí, sino el q u e la correspondiente labor
hállese dirigida por la razón, Sólo la mente humana goza de
poder para suprimir los malestares sentidos por el h o m b r e .
La metafísica materialista del marxismo yerra al interpretar esta realidad. Las célebres «fuerzas productivas» no son de
índole material. La producción es un f e n ó m e n o ideológico, intelectual y espiritual. Es aquel m é t o d o q u e el h o m b r e , guiado
por la razón, emplea para suprimir la incomodidad en el mayor
226
t.a Acción Humana
rencia de índole material, sino algo espiritual. Los cambios
objetivos registrados son f r u t o de operaciones anímicas.
La producción consiste en manipular las cosas q u e el hombre encuentra dadas, siguiendo los planes que la razón traza.
Tales planes — r e c e t a s , fórmulas, ideologías— constituyen lo
f u n d a m e n t a l ; vienen a t r a n s m u t a r los factores originales
—-humanos y no h u m a n o s — en medios. El h o m b r e produce
gracias a su inteligencia; determina los fines y emplea los medios idóneos para alcanzarlos. Por eso resulta totalmente errónea aquella suposición popular según la cual la economía tiene
por o b j e t o el ocuparse de los presupuestos materiales de la
vida. La acción humana constituye manifestación de la mente.
En este sentido, la praxeología puede ser denominada ciencia
moral
(Geisteswissenscbaft).
N a t u r a l m e n t e , no sabemos q u é es la m e n t e , por lo mismo
que ignoramos lo que, en verdad, el movimiento, la vida o la
electricidad sean. M e n t e es simplemente la palabra utilizada
para designar aquel ignoto factor q u e ha permitido a los hombres llevar a c a b o todas sus realizaciones: las teorías y los
poemas, las catedrales y las sinfonías, los automóviles y los
aviones.
SEGUNDA PARTE
La acción en el marco social
C A P I T U L O
V I I I
La sociedad humana
1.
LA
COOPERACIÓN
HUMANA
La sociedad supone acción concertada, cooperación.
Fue, desde luego, consciente y deliberadamente formada.
Ello, sin embargo, no quiere decir que las gentes se pusieran
un día de acuerdo para fundarla, celebrando mítico contrato
al efecto. P o r q u e los hombres, mediante las actuaciones q u e
originan la institución social y a diario la renuevan, efectivamente cooperan y colaboran entre sí, pero sólo en el deseo de
alcanzar específicos fines personales. Ese complejo de recíprocas relaciones, plasmado por dichas concertadas actuaciones, es
lo que se denomina sociedad. Reemplaza una — a l menos, imaginable— individual vida aislada por una vida de colaboración.
La sociedad es división de trabajo y combinación de esfuerzo.
Por ser el hombre animal q u e actúa, conviértese en animal
social.
El ser humano nace siempre en un ambiente que halla ya
socialmente organizado. Sólo en tal sentido cabe predicar que
—lógica o históricamente— la sociedad es anterior al individuo. Con cualquier o t r o significado, el aserto resulta vano y
carente de sentido. El individuo, desde luego, vive y actúa en
el marco social, pero la sociedad no es más que ese combinarse
de actuaciones múltiples para producir un esfuerzo cooperativo.
La sociedad, per se, en parte alguna existe; plásmanla las acciones individuales, constituyendo grave espejismo el imaginarla
fuera del ámbito en que los individuos operan. El hablar de
una autónoma e independiente existencia de la sociedad, de
230
su vida propia, de su alma, de sus acciones, es una metáfora
que fácilmente conduce a perniciosos errores.
Vano resulta el preocuparse de si el fin último lo es la sociedad o lo es el individuo, así como de si los intereses de
aquélla deban prevalecer sobre los de éste o a la inversa. La
acción supone siempre actuación de seres individuales. Lo
social o el aspecto social es sólo una orientación determinada
que las acciones individuales adoptan. La categoría de fin cobra sentido únicamente aplicada a la acción. La teología y la
metafísica de la historia cavilan en torno a cuáles puedan ser
los fines de la sociedad y los planes divinos que, mediante ella,
hubieran de estructurarse, pretendiendo incluso averiguar los
fines a que apuntan las restantes partes del universo creado. La
ciencia, que no puede sino apoyarse en el raciocinio, instrum e n t o éste evidentemente inadecuado para abordar los anteriores asuntos, tiene en cambio vedado el especular acerca de
dichas materias.
En el marco de la cooperación social brotan, a veces, éntrelos distintos miembros actuantes, sentimientos de simpatía y
amistad y una como sensación de común pertenencia. Tal disposición espiritual viene a ser manantial de placenteras y hasta
sublimes experiencias humanas, constituyendo dichos sentimientos precioso aderezo de la vida, que elevan la especie animal hombre a la auténtica condición humana. No fueron,
sin embargo, contrariamente a lo que algunos suponen, tales
anímicas sensaciones las que produjeron las relaciones sociales.
Antes al contrario, son f r u t o de la propia cooperación social y
sólo a! amparo de ésta medran; ni resultan anteriores a las relaciones sociales, ni, menos aún. constituyen semilla de las
mismas.
Las dos realidades fundamentales que engendran la cooperación, la sociedad y la civilización, transformando al animal
hombre en ser humano, son, de un lado, el que la labor realizada bajo el signo de la división del trabajo resulta más fecunda
que la practicada bajo un régimen de aislamiento y, de otro, el
que la inteligencia humana es capaz de advertir tal realidad.
A no ser por esas dos circunstancias, los hombres habrían con-
Lii sociedad humana
231
tinuado siendo siempre enemigos mortales e n t r e sí, los unos
f r e n t e a los otros, rivales irreconciliables en sus esfuerzos por
apropiarse porciones siempre insuficientes del escaso sustento
q u e la naturaleza e s p o n t á n e a m e n t e proporciona, Cada u n o vería en su semejante un enemigo; el indomefiable deseo de satisfacer las propias apetencias habría p r o v o c a d o implacables conflictos. Sentimiento alguno de amistad y simpatía hubiera podido florecer b a j o tales condiciones.
Algunos sociólogos han s u p u e s t o que el hecho subjetivo,
original y elementa!, q u e engendra la sociedad es una «conciencia de especie» . O t r o s mantienen q u e no habría sistemas
sociales a no ser por cierto « s e n t i m i e n t o de comunidad o de
mutua pertenencia» 2 . Cabe asentir a tales suposiciones, siempre y cuantío dichos vagos y ambiguos términos sean rectamente interpretados. Esos conceptos de conciencia de especie, de
sentido de c o m u n i d a d o de m u t u a pertenencia p u e d e n ser utilizados en t a n t o impliquen reconocer el hecho de q u e , en sociedad, todos los demás seres h u m a n o s son colaboradores potenciales en la lucha del s u j e t o p o r su propia supervivencia;
simplemente p o r q u e el c o n j u n t o advierte los beneficios m u t u o s
q u e la cooperación depara, a diferencia de los demás animales,
incapaces de c o m p r e n d e r tal realidad. Son sólo las dos circunstancias antes mencionadas las q u e , en definitiva, e n g e n d r a n
aquella conciencia o aquel sentimiento. En un m u n d o hipotético, en el cual la división del t r a b a j o no incrementara la
productividad, los lazos sociales serían impensables. Desaparecería todo sentimiento de benevolencia o amistad.
El principio de la división del t r a b a j o es u n o de los grandes m o t o r e s q u e impulsan el desarrollo del m u n d o , imponiendo fecunda evolución. Hicieron bien los biólogos en t o m a r de
la filosofía social el concepto de la división del trabajo, utilizándolo en sus investigaciones. H a y división de trabajo entre
los distintos órganos de un ser vivo; existen en el reino animal
colonias integradas por seres que colaboran e n t r e sí; en sentido metafórico, tales entidades, f o r m a d a s por hormigas o abe1
1
F. H. GIDÜIMGS, The Principies of Sociotogy, pág. 7. Nueva York, 1926.
M . M A C I V E R , S o c i e t y , págs. 6-7. Nueva York, 1 9 3 7 .
R
t.a Acción Humana
232
jas, suelen d e n o m i n a r s e «sociedades animales». Ahora bien,
nunca cabe olvidar q u e lo q u e caracteriza a la sociedad humana
es la cooperación deliberada; la sociedad es f r u t o de la acción,
o sea, del propósito consciente de alcanzar un fin. Semejante
circunstancia, según nuestras noticias, no concurre en los procesos q u e provocan el desarrollo de las plantas y de los animales o i n f o r m a n el f u n c i o n a m i e n t o de los e n j a m b r e s de hormigas, abejas o avispas. La sociedad, en definitiva, es un
f e n ó m e n o intelectual y espiritual: el resultado de acogerse
deliberadamente a u n a ley universal d e t e r m i n a n t e de la evolución cósmica, a saber, aquella q u e predica la mayor productividad de la labor b a j o el signo de la división del trabajo. C o m o
sucede en cualquier o t r o s u p u e s t o de acción, este percatarse
de la operación de una ley natural viene a ponerse al servicio
de los esfuerzos del h o m b r e deseoso de mejorar sus propias
condiciones de vida.
2.
C R Í T I C A DEL CONCEPTO COMPRE H E N S I V I S T A
Y M E T A F Í S I C O DE LA S O C I E D A D
Según las tesis del universalismo, del realismo conceptual,
del comprehensivismo (holism), del colectivismo y de algunos
representantes de la esencia de la Gestaltpsychologie, la sociedad es una entidad que lleva a u t ó n o m a existencia, independiente y separada de las vidas de los diversos individuos q u e
la integran, a c t u a n d o por cuenta propia hacia la consecución
de precisos fines, distintos a los q u e los individuos, sus componentes, persiguen. P u e d e , entonces, e v i d e n t e m e n t e , surgir
grave antagonismo e n t r e los objetivos sociales y los individuales, lo q u e lleva a ta consecuencia de q u e resulta imperativo
d o m e ñ a r el egoísmo de los particulares para proteger la existencia y desenvolvimiento de la sociedad, obligando a aquéllos
a que, en beneficio de ésta, renuncien a sus p u r a m e n t e personales designios. Una vez llegadas a tal conclusión, todas esas
aludidas doctrinas vense forzadas a dejar de utilizar el análiss
científico y el razonamiento lógico, desviándose hacia puras
profesiones de fe, de índole teológica o metafísica. H a n de
Lii sociedad humana
233
suponer q u e la providencia, por medio de profetas, apóstoles y
carismáticos jerarcas, constriñe a los h o m b r e s , de por sí perversos, a perseguir fines q u e éstos no apetecen, haciéndoles caminar por las b u e n a s sendas q u e Dios, el Weltgeist o la Historia desean que sigan *.
Tal es la filosofía que, desde t i e m p o inmemorial, estructuró las creencias de las tribus primitivas. A. ella apelaron invariablemente las religiones en sus enseñanzas. El h o m b r e debía
atenerse a la ley q u e s o b r e h u m a n o poder dictara y obedecer a
las autoridades a quienes dicho poder encargara de velar por el
cumplimiento de la correspondiente n o r m a . El orden social,
consecuentemente estructurado, no es obra h u m a n a , sino divina. Si la deidad hubiera d e j a d o de intervenir, iluminando convenientemente a los torpes mortales, la sociedad no habría surgido. Cierto es que la cooperación social constituye u n a bendición para el h o m b r e e indudable q u e desprovistos del auxilio
que la sociedad les presta, jamás h u b i e r a n los mortales logrado
emanciparse de la barbarie y de la miseria material y moral
característica del estado primitivo. Pero, sólo por sí mismo,
nunca hubiera el individuo hallado el c a m i n o de salvación, pues
las n o r m a s de la cooperación social y los preceptos de la lev
moral impónenle duras exigencias. La limitada inteligencia
humana hubiera hecho creer a las gentes que la renuncia a determinados placeres inmediatos implicaba inaceptable privación; habrían sido las masas incapaces de comprender las
ventajas, incomparablemente mavores. si bien posteriores, q u e
* Universalismo, realismo concepttiiil y comprcheitsivlsmo (bolista, en inglés^
son. en realidad, términos prácticamente sinónimo*, adoptados por similares escuelas que coinciden en afirmar que lo» conjuntos —sociedades, clases, naciones, etcétera— constituyen entes autónomos, independientes de los concretos individuos
componentes de los mismos, con voluntad, designios v fines propios predeterminados, desde el origen de las cosas, por sobrehumano* poderes cuvos mandatos
sólo ungidos jerarcas sabrían descifrar y trasladar .1 sus subditos. Al colectivismo.
en este sentido, preocúpale tan sólo la Sociedad, olvidando las voliciones personales
de quienes la integran L.i alemana Gest/tltpsycholofie, por su parre, parejamente
razona, proclamando que el hombre no ve sino universalidades, jamás individualizaciones. citando siempre el bien conocido ejemplo de que un triángulo es algo
más que las tres líneas dispares que lo forman. (N. del T.)
233
t.a Acción Humana
el abstenerse de ciertas satisfacciones presentes Ies reporta. El
h o m b r e , a no ser p o r revelación sobrenatural, no hubiera advertido lo q u e el d e s t i n o exigía q u e hiciera, tanto para su bien
personal como para el de su descendencia.
Ni las teorías científicas q u e la filosofía social del racionalismo del siglo XVIII desarrollara ni tampoco la moderna ciencia económica apóyanse en milagrosas intervenciones de poderes sobrenaturales. Cada vez q u e el individuo recurre a la acción, m a n c o m u n a d a , a b a n d o n a n d o la actuación aislada, de sus
condiciones materiales mejoradas de m o d o palpable. Las ventajas derivadas de la cooperación pacífica y de la división del
trabajo resultan ser de carácter universal. Esos beneficios los
perciben de inmediato los propios sujetos actuantes, no qued a n d o aplazado su d i s f r u t e hasta el advenimiento de f u t u r a s y
lejanas generaciones. Lo que recibe, compensa ampliamente al
individuo de sus sacrificios en aras de la sociedad. Tales sacrificios, pues, sólo son aparentes y temporales; renuncia a una
ganancia pequeña p a r a después d i s f r u t a r de otra mayor. Ninguna persona razonable puede dejar de advertir realidad tan
evidente. El incentivo q u e impulsa a intensificar la cooperación
social, ampliando la esfera de la división del trabajo, a robustecer la seguridad y la paz, es el c o m ú n deseo de m e j o r a r las
propias condiciones materiales de cada u n o . L a b o r a n d o por sus
propios — r e c t a m e n t e e n t e n d i d o s — intereses, el individuo contribuye a intensificar la cooperación social y la convivencia pacífica. La sociedad es f r u t o de la h u m a n a actividad, es decir, de
la apetencia h u m a n a por suprimir el malestar, en la mayor
medida posible. Para explicar su aparición y posterior progreso,
no es preciso recurrir a aquella idea q u e , en verdad, d e b e de
repugnar a toda mentalidad religiosa, según la cual la prístina
creación f u e tan defectuosa q u e exige incesante concurso sobrenatural para mantenerla marchando.
La función histórica desempeñada por la teoría de la división del trabajo, tal como f u e elaborada por la economía política inglesa, desde H u m e a Ricardo, consistió en demoler todas
las doctrinas metafísicas concernientes al nacimiento y desenvolvimiento de la cooperación social. C o n s u m ó aquella emanci-
Lii sociedad humana
235
pación espiritual, moral e intelectual de la h u m a n i d a d q u e la
filosofía del epicureismo iniciara. Sustituyó la antigua ética
h e t e r ó n o m a e intuitiva por una a u t ó n o m a moralidad racional.
La ley y la legalidad, las normas morales y las instituciones
sociales dejaron de ser veneradas como si f u e r a n f r u t o de insondables decretos del cielo. T o d a s estas instituciones son de
origen h u m a n o y sólo pueden ser enjuiciadas e x a m i n a n d o su
idoneidad para provocar el bienestar del h o m b r e . El economista utilitario no dice fíat justitia, percal mundus, sino, al contrario, fíat justitia, ríe percal mundus. No pide al h o m b r e q u e
renuncie a su bienestar en aras de la sociedad. Le aconseja
advierta cuáles son sus intereses verdaderos. La sublime grandeza del C r e a d o r no se manifiesta en puntillosa y atareada
preocupación por la diaria actuación de príncipes y políticos,
sino en haber d o t a d o a sus criaturas de la razón e instalado en
ellas inmarcesible anhelo de felicidad 1 .
El problema f u n d a m e n t a l con q u e todas estas filosofías
sociales de tipo universalista, o m n í c o m p r e n s i v o v colectivista
tropiezan consiste en d e t e r m i n a r cómo cabe reconocer cuál sea
la lev auténtica, el profeta verdadero y el g o b e r n a n t e legítimo.
P u e s muchos son los q u e aseguran ser enviados del Señor, predicando, cada u n o de ellos, d i f e r e n t e evangelio. Para e! fiel
creyente no cabe la d u d a ; hállase p l e n a m e n t e convencido de
haber a b r a z a d o la única doctrina v e r d a d e r a . Precisamente la
firmeza ele tales respectivas creencias es lo q u e hace irreconci1
Muchos «runutHÍaUs, Adam Smith y Hastial cutre ellos, eran creyentes y los
descubrimientos que iban efectuando hacíanles admirar, cada ve? mis, In benévola
atención «del gran Director de la na tu ra leva». Sus críticos de condición alen re ¡jóchanles tal actitud, sin advertir que el burlarse de la referencia ti supuesta urna no
invisible» en modo alguno invalida las enseñamos esenciales de la filosofía social
racionalista y utilitaria. Halló monos frente a precisa alternativa: o In asociación
de los individuos se debe a un proceso humano puesto en marcha por cuanto,
a su amparo, sírvense mejor los deseos personales de los interesados, adviniendo
éstos las ventajas que derivan de adaptar la vida ,1 la cooperación social, o cierto
Ser superior importe a unos reactos mortales la subordinación a ta ley y a las
autoridades sociales, El que a tal Ser supremo se le denomine Dios, Weltgeitt,
Deslino, Historia, Wotan o Fuerzas Productivas carece de importancia, como tampoco 1» tiene el titulo que se les d¿ a lob representantes terrenales del mismo
(los dictadores).
236
t.a Acción Humana
Hables los antagonismos. Cada grupo está dispuesto a imponer,
de cualquier m o d o , las propias ideas; lo malo es q u e c o m o en
este terreno no cabe apelar a la disquisición lógica, resulta
inevitable apelar a la pugna armada. Las doctrinas sociales que
no sean de carácter racional, utilitario y liberal forzosamente
han de engendrar guerras y luchas civiles hasta que u n o de los
contendientes sea aniquilado o sojuzgado. La historia de las
grandes religiones constituye rico muestrario de combates y
guerras; muestrario muy similar al de las falsas religiones modernas, el socialismo, la estatolatría y el nacionalismo. La intolerancia, el hacer conversos mediante la espada del verdugo o
del soldado, es inherente a cualquier sistema de ética heterónoma. Las leyes atribuidas a Dios o al destino reclaman validez
universal; y a las autoridades que los correspondientes decálogos declaran legítimas débenles todos los hombres, en justicia, obediencia plena. Mientras se m a n t u v o intacto el prestigio de los códigos heterónomos de moralidad y su corolario
filosófico, el realismo conceptual, la cuestión de la tolerancia
y la paz duradera no podía ni siquiera plantearse. Cesaban los
combatientes, en sus m u t u o s asaltos, sólo para recobrar las fuerzas necesarias q u e les permitieran reinstar la batalla. La idea
de tolerar al disidente comenzó a prosperar sólo c u a n d o las
doctrinas liberales q u e b r a r o n el hechizo del universalismo.
P o r q u e , a la luz de la filosofía utilitarista, ni la sociedad ni el
estado f u e r o n ya considerados como instituciones destinadas
a estructurar aquel orden mundial que, por razones inasequibles a la mente h u m a n a , agradaba a la deidad, aun c u a n d o pudiera perjudicar los intereses materiales de muchos y aun de la
inmensa mayoría. La cataláctica, abiertamente c o n t r a r i a n d o el
expuesto ideario, considera la sociedad y el estado los principales medios con q u e las gentes cuentan para, de común acuerdo, alcanzar los fines q u e se proponen. E s t a m o s ante instrumentos creados por humana intención: y el mantenerlos y perfeccionarlos constituye tarea que no difiere, esencialmente, de
las demás actividades racionales, Jamás los defensores de una
moralidad h e t e r ó n o m a o de una doctrina colectivista, cualquiera q u e sea, pueden demostrar racionalmente la certeza de su
Lii sociedad humana
237
específica variedad de principios éticos, ni la superioridad y
exclusiva legitimidad del particular ideario social p r o p u g n a d o .
Vense obligados a exigir a las gentes q u e acepten crédulamente
el correspondiente sistema ideológico, sometiéndose a la autoridad; o, en todo caso, a amordazar al disidente, imponiéndole
acatamiento absoluto.
Siempre habrá, n a t u r a l m e n t e , individuos o grupos de individuos de tan estrecha inteligencia que no adviertan los beneficios q u e les depara la cooperación social. T a m p o c o han de
faltar gentes de voluntad y fuerza moral tan débil q u e no puedan resistir la tentación de perseguir efímeras ventajas, perjudicando con su d e s a t e n t a d o proceder el regular f u n c i o n a m i e n t o
del sistema social. El adaptarse a las exigencias de la cooperación social requiere, desde luego, sacrificios por parte del individuo. Son estos sacrificios, en verdad, sólo aparentes, por
cuanto se hallan a m p l i a m e n t e compensados por las ventajas
mucho mayores q u e proporciona la vida en sociedad. Duele,
sin embargo, al p r o n t o , la renuncia del goce deseado, no siendo capaz t o d o el m u n d o , desde luego, de advertir los beneficios posteriores, procediendo en consecuencia. El anarquismo
cree que, m e d i a n t e la educación, podrá hacerse comprender a
las gentes cuáles líneas de conducta conviéneles más, en su
p r o p i o interés, a d o p t a r ; s u p o n e q u e los h o m b r e s , una vez instruidos, se a t e n d r á n e s p o n t á n e a m e n t e a aquellas normas que
la conservación de la sociedad exige respetar, asegurando q u e
un orden social b a j o el cual nadie d i s f r u t a r a de privilegios a
costa de sus semejantes podría pervivir sin necesidad de apelar
a género alguno de compulsión ni coerción. Tal sociedad podría
prescindir del estado y del gobierno, es decir, de la policía, del
aparato social de compulsión y coerción.
Los anarquistas pasan por alto alegremente el hecho innegable de q u e hay quienes son o demasiado cortos de entendim i e n t o o débiles en exceso para adaptarse e s p o n t á n e a m e n t e a
las exigencias de la vida social. A u n a d m i t i e n d o que toda persona adulta, en su sano juicio, goce de capacidad bastante para
advertir la conveniencia de la cooperación social y proceda en
consecuencia, siempre quedará en pie el problema de los niños,
238
t.a Acción Humana
de los viejos y de los dementes, Concedamos q u e quien actúa
de m o d o antisocial 110 es mas q u e un pobre e n f e r m o mental,
que reclama atención y cuidado. Pero mientras todos esos débiles mentales no se hallen curados y mientras haya viejos y
niños, habrán de ser a d o p t a d a s o p o r t u n a s medidas para q u e la
sociedad no sea puesta c o n t i n u a m e n t e en peligro. U n a sociedad
anarquista estaría a merced de cualquier asaltante. No puede
sobrevivir la sociedad si la mayoría no está dispuesta a recurrir
a la acción violenta o, al menos, a la correspondiente amenaza,
para impedir q u e las minorías destruyan el orden social, Ese
poder se encarna en el estado o gobierno.
El estado o gobierno es el a p a r a t o social de compulsión y
coerción. D e b e monopolizar la acción violenta. N i n g ú n individ u o p u e d e recurrir a la violencia o a la amenaza de emplearla si
no ha sido al efecto autorizado por el gobierno. El estado es una
institución cuya esencial f u n c i ó n estriba en proteger las relaciones pacíficas entre los h o m b r e s . Ahora bien, si ha de guardar la paz, ha de hallarse siempre en condiciones de aplastar las
acometidas de los q u e b r a n t a d o r e s del orden.
La doctrina social liberal, basada en la ética utiliraria y en
las enseñanzas económicas, contempla el problema de las relaciones entre el gobierno y los súbdilos de un m o d o distinto a
como lo hacen el universalismo y el colectivismo. A d v i e r t e el
liberalismo q u e los gobernantes — s i e m p r e m i n o r í a — no pueden permanecer m u c h o tiempo en el poder si no cuentan con
el apoyo de la mayoría de los gobernados. Básase el gobierno
-—cualquiera q u e sea el sistema a d o p t a d o — en q u e la mayoría
de los gobernados piensa q u e , desde el p u n t o de vista de sus
personales intereses, conviéncles más la obediencia y sumisión
a la autoridad q u e la rebelión y sustitución del régimén por
otro. Goza de p o d e r la mayoría para derrocar cualquier gohierno y, efectivamente, recurre a esa solución en c u a n t o s u p o n e
q u e su propio bienestar lo requiere. A la larga, ni hay ni p u e d e
haber gobiernos impopulares. G u e r r a civil y revolución constituyen las medidas utilizadas por la mayoría descontenta para
derribar a los gobernantes y reemplazar los sistemas de gobierno q u e considera no le convienen. El liberalismo aspira al go-
Lii sociedad humana
239
bierno democrático sólo en aras de la paz social. La democracia
no es, por tanto, una institución revolucionaria. Antes al contrario, constituye el mejor sistema para evitar revoluciones y guerras civiles, p o r q u e hace posible adaptar pacíficamente el gobierno a los deseos de la mayoría. Si quienes d e t e n t a n el poder, con
su política, dejan de agradar a la mayoría, la institución democrática — e n la primera elección— los eliminará, reemplazan
dolos con quienes apoyen otras ideas.
El concepto de g o b i e r n o mayoritnrio o gobierno p o r el
pueblo, recomendado por el liberalismo, no aspira a q u e prevalezca la masa, el h o m b r e de la calle. C i e r t a m e n t e no aboga,
c o m o algunos críticos suponen, por el gobierno de los más
indignos, zafios e incapaces. No d u d a n los liberales q u e sobre
todo conviene a la nación ser regida por los mejores. Ahora
bien, opinan q u e la capacidad política debe ser evidenciada
antes convenciendo a los conciudadanos que echando los tanques a la calle. Desde luego no hay m o d o alguno de garantizar
que los electores confieran el poder a los candidatos más competentes. Ningún sistema, sin e m b a r g o , p u e d e ofrecer tal garantía. Si la mayoría de la nación comulga con ideas equivocadas y prefiere candidatos indignos, no hay más solución q u e la
de hacer lo posible p o r cambiar su mentalidad, exponiendo
principios más razonables y recomendando h o m b r e s mejores.
N i n g u n a minoría cosechará éxitos d u r a d e r o s recurriendo a
otros procedimientos.
El universalismo y el colectivismo no pueden aceptar esa
solución democrática del problema político. En su opinión, el
individuo, al atenerse al código ético, no persigue sus intereses
particulares; antes al contrario, renuncia a propios fines parn
que puedan cumplirse los planes de la deidad o de la colectividad. A f i r m a n , además, que la razón, por sí sola, es incapaz de
percibir la supremacía de los valores absolutos, la inexorable
procedencia de la sagrada ley, i n t e r p r e t a n d o acertadamente los
correspondientes cánones y normas. P o r ello es totalmente inútil p r e t e n d e r convencer a la mayoría mediante la persuasión,
induciéndola suavemente al bien. Q u i e n e s recibieron la sublime
inspiración, iluminados por tal carhma, tienen el deber de pro-
240
t.a Acción Humana
pagar el evangelio a los dóciles, recurriendo a la violencia contra
los díscolos. El jefe es el lugarteniente de Dios en la tierra, el
r e p r e s e n t a n t e de la colectividad, el « b r a z o » de la historia.
Siempre tiene razón; goza de infalibilidad. La norma suprema
encarna c u a n d o m a n d a y o r d e n a .
El universalismo y el colectivismo constituyen, p o r fuerza,
sistemas teocráticos de gobierno. N o t a común a todas sus diferentes variedades es la de predicar la existencia de una entidad
s o b r e h u m a n a , a la cual los individuos deben someterse. Lo
único q u e distingue e n t r e sí a dichas doctrinas es la denominación dada a aquella entidad y el c o n t e n i d o de las leyes que,
en su nombre, proclaman. El g o b i e r n o dictatorial de la minoría
no p u e d e justificarse más q u e a p e l a n d o al supuesto m a n d a t o
recibido de una a u t o r i d a d suprema y s o b r e h u m a n a . P o c o imp o r t a q u e el g o b e r n a n t e absoluto p r e t e n d a basar su poderío en
el derecho divino de los reyes o en la misión histórica de la
vanguardia del proletariado; igualmente, carece de trascendencia el que aquel s u p r e m o ser d e n o m í n e s e Geist (Hegel) o Humanité (Comte). Los términos sociedad y estado, tal c o m o de
ellos se sirven los m o d e r n o s defensores del socialismo, de la
planificación y del control público de todas las actividades individuales, también tienen significado sobrenatural. Los sacerdotes de estos nuevos cultos atribuyen a sus respectivos ídolos
todas aquellas perfecciones q u e los teólogos reservan para la
divinidad: omnipotencia, omnisciencia, b o n d a d infinita, etc.
En cuanto se a d m i t e la existencia de una entidad q u e opera
por encima y con independencia de la actuación individual, persiguiendo fines propios distintos de aquellos a los q u e los mortales aspiran, se ha e s t r u c t u r a d o ya el concepto de una personalidad sobrenatural. Ahora bien, planteadas así las cosas, preciso es e n f r e n t a r s e resueltamente con el problema de q u é fines
u objetivos, en caso de conflicto, d e b a n prevalecer, si los del
estado y la sociedad o los del individuo. La respuesta, desde
luego, va implícita en el propio concepto de estado o sociedad,
tal y como lo conciben el colectivismo y el universalismo. Admitida la existencia de una entidad q u e ex defimtione es superior, más noble y m e j o r que el individuo, no cabe duda alguna
La sociedad humana
241
que las aspiraciones de lan e m i n e n t e personalidad habrán de
prevalecer sobre las de los míseros mortales. Verdad es q u e
algunos amantes de las paradojas — p o r ejemplo, Max Stirn e r 4 — se divirtieron volviendo las cosas al revés y, por lo
mismo, entienden corresponde la precedencia al individuo.
Pero, si la sociedad o el estado son e n t i d a d e s dotadas de voluntad, intención y todas las demás cualidades q u e les atribuye
la doctrina colectivista, resulta impensable p r e t e n d e r e n f r e n t a r
a sus elevados designios las triviales aspiraciones del flaco
individuo.
El carácter cuasi teológico de todas las doctrinas colectivistas resalta al e n t r a r en colisión dispares variedades de esa
misma filosofía. P o r q u e el colectivismo no proclama la superioridad de un ente colectivo in abstracto; ensalza siempre las
excelencias de un ídolo d e t e r m i n a d o y, o bien niega de plano la
existencia de otras deidades semejantes, o las relega a una
posición subordinada y auxiliar con respecto al propio dios.
Los adoradores del estado proclaman la b o n d a d de una cierta
organización estatal: los nacionalistas, la excelencia de su propia nación. C u a n d o u n o de estos idearios es o b j e t o de a t a q u e
por parte de quienes predican la superioridad de o t r o determinado ídolo colectivista, sus defensores no saben replicar más
que r e p i t i e n d o una y mil veces: « E s t a m o s en lo cierto, mientras
vosotros erráis, p o r q u e una poderosa voz interior eso nos dice.»
Los conflictos entre sectas y credos colectivistas antagónicos
no pueden dirimirse recurriendo al raciocinio; han de resolverse mediante las armas. La disyuntiva se plantea entre los
principios liberales y democráticos del gobierno mayoritario,
de un lado, y el principio militarista del conflicto a r m a d o y la
opresión dictatorial, de o t r o ,
T o d a s las distintas variedades de credos colectivistas coinciden en implacable hostilidad ante las instituciones políticas
f u n d a m e n t a l e s del sistema liberal: gobierno por la mayoría,
tolerancia para con el disidente, libertad de pensamiento, palabra y prensa e igualdad de todos a n t e la ley. Esa comunidad
' Vid. M A X S T I R N I R (Johann Kaspar Schmidt), The
ducido por S. T. Byington. Nueva York. 1907.
16
£'Go
and His Own, tra-
242
t.a Acción Humana
ideológica entre los distintos credos colectivistas, en su afán
por destruir la libertad, ha hecho q u e muchos, equivocadamente, supongan q u e la pugna política hállase planteada entre individualismo y colectivismo. La lucha, de verdad, existe entre
el individualismo, de un lado, y u n a m u l t i t u d de sectas colectivistas, de otro, cuyo m u t u o odio y hostilidad no es menos feroz
q u e el q u e cada una profesa al sistema liberal. No es un marxismo u n i f o r m e el q u e ataca al capitalismo, sino toda una hueste
de dispares g r u p o s marxistas. Tales credos — p o r ejemplo, los
stalinistas, los trotskistas, los mencheviques, los seguidores de
la segunda internacional, e t c . — se combaten e n t r e sí inhuman a m e n t e y con la máxima brutalidad. Existen, además, numerosas otras sectas de carácter no marxista que, en sus m u t u a s
pugnas, recurren también a esos mismos atroces m é t o d o s . La
sustitución del liberalismo por el colectivismo provocaría inacabables y sangrientas contiendas.
La terminología corrientemente empleada, al tratar estos
asuntos, induce a graves confusiones. La filosofía q u e las gentes
d e n o m i n a n individualismo constituye un ideario que propugna
la cooperación social y la progresiva intensificación de los lazos
sociales. P o r el contrario, el t r i u n f o de los dogmas colectivistas
apunta hacia la desintegración de la sociedad y la perpetuación
del conflicto a r m a d o . Cierto es q u e todas las variedades de
colectivismo p r o m e t e n una paz eterna a partir del día ele su
victoria final, una vez hayan sido derrotadas todas las demás
ideologías y exterminados sus seguidores. Ahora bien, la realización de estos planes hállase subordinada a una previa radical
transformación de la h u m a n i d a d . Los h o m b r e s se dividirán en
dos castas: de un lado, el autócrata o m n i p o t e n t e , cuasi divino,
y de otro, las masas, sin voluntad ni raciocinio propio, convertidas en meros peones a las órdenes del dictador. Las gentes
habrán de deshumanizarse para q u e uno pueda erigirse en su
divinizado dueño. El pensar y c! actuar, atributos típicos del
h o m b r e , pasarán a ser privilegio exclusivo de uno sólo. Innecesario parece resaltar que tales proyectos son irrealizables. Los
«milenios» de los dictadores acaban siempre en el fracaso;
nunca han p e r d u r a d o más allá de algunos años. H e m o s presen-
Lii sociedad humana
243
ciado la desaparición de varios de estos «milenios». No será
más brillante el fin de los q u e perviven.
Los dogmas colectivistas m o d e r n a m e n t e reaparecidos — c a u sa principal de los desastres y dolores q u e nos a f l i g e n — han
triunfado de tal m o d o que h a n logrado relegar al olvido las
ideas básicas en q u e se f u n d a la filosofía social liberal. H o y en
día desconocen este p e n s a m i e n t o incluso muchos de los partidarios de las instituciones democráticas. Los a r g u m e n t o s que
esgrimen para justificar la libertad y la democracia están plagados de errores colectivistas; sus doctrinas más bien constituyen una tergiversación q u e una defensa del liberalismo auténtico. Las mayorías, en su opinión, tienen siempre razón simplemente por cuanto gozan de poder b a s t a n t e para aplastar al
disidente; el gobierno mayoritario equivale a la dictadura del
p a r t i d o m á s numeroso, no teniendo por q u é refrenarse a sí
misma la mayoría en el ejercicio del poder, ni en la gestión de
los negocios públicos. T a n p r o n t o como una facción cualquiera
ha c o n q u i s t a d o el apoyo de la masa y, por e n d e , controla todos
los resortes del gobierno, considérase facultada para denegar
a la minoría aquellos- mismos derechos democráticos que le
sirvieron para p r e d o m i n a r .
Este pseudoliberalismo, e v i d e n t e m e n t e , es la antítesis de
la filosofía liberal. Los liberales ni divinizan a la mayoría ni la
consideran infalible; rio suponen q u e constituya, de por sí,
prueba de la b o n d a d de una política, en orden al bien c o m ú n ,
el q u e los más la apoyen. Los liberales jamás recomendaron la
dictadura mayoritaria ni la opresión violenta de la minoría disidente. El liberalismo aspira a e s t r u c t u r a r un sistema político
q u e p e r m i t a la pacífica cooperación social y f o m e n t e la progresiva ampliación e intensificación de las relaciones entre los
h o m b r e s . El principal objetivo q u e persigue el ideario liberal
es la evitación del violento conflicto, de guerras y revoluciones,
q u e pueden desintegrar la h u m a n a colaboración social, h u n diendo a todos de n u e v o en la primigenia barbarie, con sus inacabables luchas intestinas e n t r e innúmeras tribus y g r u p o s políticos. P o r c u a n t o la división del t r a b a j o exige la paz, el liberalismo aspira a m o n t a r el sistema de gobierno q u e mejor la salvaguarda: el democrático.
244
t.a Acción
Humana
PRAXEOLOGIA Y LIBERALISMO
El liberalismo es una doctrina política. No es una teoría científica, sino la aplicación práctica de aquellos descubrimientos que
la praxeología y, especialmente, la economía efectuaran, para resolver así los problemas que suscita la acción humana en el marco
social.
El liberalismo, como doctrina política, no se desentiende de
las valoraciones y fines últimos perseguidos por la acción. Presu
pone que todos, o al menos la mayoría, desean alcanzar específicas
nietas, dedicándose consecuentemente n propagar los medios más
idóneos para la conquista de tales objetivos. Advierten los defen
sores del liberalismo que su ideario sólo puede interesar a quienes coincidan con los mismos principios valora l¡ vos.
Mientras la praxeología y, por tanto, la economía emplean los
términos felicidad o supresión del molestar en sentido puramente
formal, el liberalismo confiere a dichos conceptos concreto sig
nificado Presupone, en efecto, que las gentes prefieren la vida
a la muerte, la salud ti la enfermedad, el alimento al hambre, la
riqueza a la pobreza. Sentado lo anterior, enseña al hombre cómo
ha de proceder para que su actuación conforme con tules módulos valorativos
Es corriente tildar de materialistas a esc tipo de preocupaciones, acusándose al liberalismo de incidir en burdo materialismo,
olvidando aquellos otros afanes de la humanidad «elevados y nobles». No sólo de pan vive el hombre, dice el crítico, mientras
vilipendia la ruin y despreciable bajeza de la filosofía utilitaria.
Tan apasionadas diatribas carecen, sin embargo, de base, pues
falsean torpemente los auténticos principios liberales.
Primero; Los liberales no predican que los hombren deban
perseguir ¡as metas ames mencionadas, Lo único que constatan es
que la inmensa mayoría prefiere una vida con salud y riqueza a la
miseria, el hambre y la decrepitud. La certeza de lo anterior no
puede ser puesta en duda. Corrobora su procedencia el que todas
las doctrinas antiliberales —los dogmas teocráticos de los diversos partidos religiosos, estatistas, nacionalistas y socialistas—
adopten, ante estas cuestiones, coincidente e idéntica actitud.
245
Lii sociedad humana
Nunca se atrevieron a decir a las gentes que el pregonado programa habría Je perjudicar el bienestar material de sus adictos.
Muy al contrario, todas estas facciones insisten, una y otra vez,
en que, mientras los planes rivales [raerían consigo la indigencia
para la mayoría, los propios, en cambio, llevarían al pueblo el
bienestar y la abundancia. Los partidos cristianos, cuando se trata
de prometer a las masas un nivel de vida más alto, no son menos
ardientes en sus palabras que los nacionalistas o los socialistas. Las
diferentes iglesias modernas frecuentemente prefieren hablar de
la elevación de jómales en la industria y en el campo anies que de
la dogmática.
Segundo: Los liberales no desdeñan las aspiraciones intelectuales y espirituales del hombre. Al contrario, can apasionado
ardor atráeles la perfección intelectual y moral, In sabiduría y la
preeminencia estítica. Tienen, incluso, un concepto de estas nobles
y elevadas cosas muy distinto de la grasera idea que de ¡as mismas se forman sus adversarios. No comparten aquella ingenua
opinión según la cual cualquier sistema de organización social es
bueno para alentar el pensamiento filosófico o científico, para
producir obras maestras de arte y literatura y para ilustrar mejor
a las masas. Advierten que, en estas materias, la sociedad lia de
contentarse con crear un clima social que no ponga obstáculos
insuperables en el camino del genio, liberando al hombre común
lo suficiente de los problemas materiales para que pueda interesarse en algo más que en el simple ganarse la vida. Creen que el
medio mejor para que el hombre se humanice y cultive consiste
en librarle de la miseria. La sabiduría, las ciencias y las artes
medran mejor en el mundo de la abundancia que en el de la
pobreza.
Estigmatizar de un supuesto materialismo a la edad del liberalismo constituye deliberada tergiversación de los hechos. El siglo xix no fue solamente un siglo de progreso sin precedentes en
los métodos técnicos de producción y en el bienestar material de
las masas. Su ejecutoria no consistió sólo en alargar la duración
media de k vida. Son, además, imperecederas sus realizaciones
científicas y artísticas. Fue una edad de músicos, escritores, poetas,
pintores y escultores inmortales; revolucionóse la filosofía, la eco-
I. .,!! »
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Mi,.
246
t.a Acción Humana
no mía, las matemáticas, la física, la química y la biología. Y es
más, por primera vez en la historia, tuvo el hombre de la calle
a su alcance las grandes obras y los grandes idearios.
LIBERALISMO Y RELIGION
El liberalismo se asienta sobre una teoría de la cooperación social puramente racional y científica. Las medidas que recomienda
constituyen la aplicación de un conjunto de conocimientos que
nada tienen que ver con sentimientos, con credos intuitivos sin
respaldo lógico, con experiencias místicas ni con personales percepciones de fenómenos sobrenaturales. Cabe calificar, en este
sentido, ai liberalismo de indiferente o agnóstico, epítetos éstos
que pocos utilizan e interpretan correctamente. Porque constituiría grave error inferir de lo anterior que ¡as ciencias de la acción
humana y la técnica política derivada de sus enseñanzas, el libera
Iismo, fueran alcas u hostiles a ¡a religión. Rechazan, resueltamente, los liberales todo sistema teocrático, pero nada tienen que
oponer a las creencias religiosas, en tanto en cuanto éstas no interfieran en tos asuntos sociales, políticos y económicos,
Teocrático es cualquier sistema social que pretenda fundamentar su legitimidad en títulos sobrenaturales. La norma suprema tic
todo régimen teocrático háilase integrada por unos conocimientos
que no pueden ser sometidos al examen racional, ni ser evidenciados por métodos lógicos. Se fundamenta en un conocimiento
de carácter intuitivo, que proporciona subjetiva certeza mental
acerca de cosas que ni la razón ni el raciocinio pueden concebir.
Cuando dicho conocimiento intuitivo encarna en una de las tradicionales doctrinas que predican ¡a existencia de un divino creador,
rector del universo, constituye lo que se denomina una creencia
religiosa. Cuando plasma en otro tipo de doctrina, Íntegra una
creencia metafísica. Por tanto, un sistema teocrático de gobierno
no tiene forzosamente que ampararse en alguna de las grandes
religiones, Puede igualmente ser fruto de una creencia metafísica,
opuesta 3 todas las tradicionales confesiones e iglesias, que orytinosamente pregone su condición atea y antimetafísica. En la actualidad, los más poderosos partidos teocráticos atacan al cristianismo
247
Lii sociedad humana
y a las demás religiones derivadas der! monoteísmo hebraico. Lo
que a dichos grupos concede investidura teocrática es su afán de
organizar los asuntos terrenales con arreglo a un conjunto de ideas
cuya procedencia no puede demostrarse mediante el raciocinio.
Aseguran que sus respectivos jefes gozan de conocimientos inaccesibles al resto de los mortales, diametralmente opuestos a las
ideas sustentadas por quienes no recibieron la oportuna revelación.
Un supremo poder místico encomendó a dichos carismáticos jefes
la misión de dirigir y tutelar a la engañada humanidad. Sólo ellos
gozan de luces; todos los demás o sor^ ciegos y sordos o son
malvados.
Cierto es que diversas sectas de las grandes religiones históricas comulgaron con ideas teocráticas. Sus representantes sentían
el ansia de poder, propugnando la opresión y el aniquilamiento
de los disidentes, Pero ello no debe hacernos asimilar cosas tan
dispares entre sí como son la religión y la teocracia.
William
James
considera
religiosos
aquellos
sentimientos,
actos y experiencias del individuo aislado que se producen en torno
a lo que el interesado considera divino 5 . F.stima típicas de toda
vida religiosa las siguientes creencias: que el mundo material constituye sólo una parte de otro universo más espiritual, que, a su
vez, informa a aquél; que nuestro verdadero fin consisto en arribar a uno armoniosa unión o relación con aquel universo más
elevado; que la oración o comunión íntima con el espíritu de ese
mundo superior —llámese «Dios» o « l e y » — constituye un proceso real y efectivo, del cual fluye energía espiritual, que produce
efectos tanto psicológicos como materiales La religión —prosigue
James— provoca, además, los siguientes sentimientos: un nuevo
deleite espiritual que, como un don, se agreda a la vida, plasmando
en transportes líricos o en una tendencia al sacrificio y al heroísmo, junto con una inefable sensación de seguridad y paz que llena
el ánimo de caridad y afecto hacía los demás
La anterior descripción de las experiencias y sentimientos de
índole religiosa no comprende alusión alguna al ordenamiento de
1 W.
JAMES, The Varielies of Religious Expericnce, pág. 31, 35 impresión,
Nueva York, 1925.
* lhldem, pígs. 485 486.
248
t.a Acción
Humana
la cooperación social. La religión, para James, es un contacto específicamente personal e individual entre el hombre y una divina
realidad, sagrada y misteriosa, que inspira temor. El sentimiento
religioso impone al hombre determinada conducta persona!. Nunca, en cambio, hace referencia a los problemas atinentes a la organización social, San Francisco de Asís, la más grande personalidad
religiosa de Occidente, jamás se interesó por la política ni por lu
economía. Aconsejaba a sus discípulos vivir piadosamente; pero
nunca se le ocurrió planificar la producción, ni menos aún incitó
a sus seguidores a recurrir a la violencia contra el disidente. No
cabe responsabilizarle, desde luego, por la interpretación que a
sus enseñanzas, más tarde, diera la orden que en su día fundara
El liberalismo ningún obstáculo opone a que el hombre voluntariamente adapte su conducta personal y ordene sus asuntos
privados a tenor de las enseñanzas de! evangelio, según ól mismo,
su iglesia o su credo las interpreten. Rechaza terminantemente,
en cambio, todo intento de impedir el estudio racional de los
problemas que el bienestar social suscita, mediante apelación
a la intuición religiosa o a la revelación. El liberalismo a nadie
impone el divorcio o el control de la natalidad. Pero ardientemente combate a quienes quieren impedir a los demás que analicen
libremente los pros y los contras de estos asuntos.
La opinión liberal entiende que el fin perseguido por !a ley
moral estriba en inducir a los hombres a que ajusten su conducía
a las exigencias de la vida en sociedad, a que se abstengan de
incurrir en actos perjudiciales para la pacífica cooperación social
y en procurar el máximo mejoramiento de las relaciones interhumanas. Gustoso acoge el liberal las enseñanzas religiosas coinctdentes con su ideario, pero tiene que mostrar su oposición a aquellas normas —quien sea las formule— que por fuerza han de provocar la desintegración social.
Asegurar que el liberalismo se opone a ¡a religión, como muchos defensores de la teocracia religiosa pretenden, constituye manifiesta tergiversación de la verdad. Dondequiera que la iglesia
interfiere en los asuntos profanos, surge la pugna entre las diversas creencias, sectas y confesiones. El liberalismo, al separar iglesia
y estado, instaura la paz entre los distintos credos, permitiendo
que cada uno predique pacíficamente su propio evangelio.
249
Lii sociedad humana
El liberalismo es racionalista. Cree en la posibilidad de llevar
a la inmensa mayoría al convencimiento de que sus propios deseos
e intereses, correctamente entendidos, han de verse favorecidos,
en mayor grado, por la pacifica cooperación humana dentro de
la sociedad, que recurriendo a la lucha intestina y a la desintegración social. Confía en la razón Tal vez su optimismo sea infundado y, posiblemente, los liberales se equivoquen al pensar así. Lo
malo es que. en (al caso, vi futuro tic la humanidad es verdaderamente desesperan/ador.
3.
L A DIVISIÓN D E L TRAIÍAJO
La división del trabajo, con su corolario, la cooperación
h u m a n a , constituye el f e n ó m e n o social por excelencia.
La experiencia enseña al h o m b r e q u e la acción mancomunada tiene una eficacia y es de una productividad mayor q u e la
actuación individual aislada. Las realidades naturales q u e estructuran la vida y el esfuerzo h u m a n o dan lugar a q u e la
división del trabajo incremente la productividad por unidad
de esfuerzo invertido. Las circunstancias naturales q u e provocan la aparición del aludido f e n ó m e n o son las siguientes:
P r i m e r a : La innata desigualdad de la capacidad de los hombres para realizar específicos trabajos. Segunda: La desigual
distribución, sobre la superficie de la tierra, de los recursos
naturales. Cabría, en verdad, considerar estas dos circunstancias c o m o una sola; a saber, la diversidad de la naturaleza, q u e
hace q u e el universo sea un complejo de variedad infinita. Si
en la tierra las circunstancias f u e r a n tales q u e las condiciones
físicas de producción resultaran idénticas en todas partes y si
los h o m b r e s fueran entre sí tan iguales como en la geometría
euclidiana lo son dos círculos del mismo diámetro, la división
del t r a b a j o no ofrecería ventaja alguna al h o m b r e que actúa.
En favor de la división del trabajo milita una tercera realid a d , consistente en que existen empresas cuya ejecución excede
a las fuerzas de un solo individuo, exigiendo la conjunción de
esfuerzos. La realización de determinadas obras, ciertamente,
impone la acumulación de una cantidad tal de trabajo q u e nin-
250
t.a Acción Humana
gún h o m b r e , individualmente, p u e d e aportarlo, por ser limitada
la capacidad laboral h u m a n a . H a y o t r a s q u e p o d r í a n ser realizadas por el individuo aislado; pero su duración sería tan dilatada q u e retrasaríase excesivamente el d i s f r u t e de las mismas
y no compensaría, entonces, la labor realizada. En ambos casos,
sólo el esfuerzo h u m a n o m a n c o m u n a d o permite alcanzar el objetivo deseado.
Aun cuando únicamente esta última circunstancia concurriera, por sí sola habría engendrado entre los h o m b r e s la
cooperación temporal. Tales transitorias asociaciones, de cara
a tareas específicas superiores á la capacidad individual, no
h a b r í a n , sin embargo, bastado para provocar una p e r d u r a b l e
cooperación social. D u r a n t e las primeras etapas de la civilización, pocas eran las empresas que sólo de este m o d o p u d i e r a n
coronarse. Aun en tales casos, es muy posible q u e no todos los
interesados coincidieran en q u e la utilidad y urgencia de dicha
obra fuera superior a la de otras tareas q u e p u d i e r a n realizar
individualmente. La gran sociedad h u m a n a , integradora de
todos los hombres y de todas sus actividades, no fue engendrada por esas alianzas ocasionales. La sociedad es m u c h o más
que una asociación pasajera, que se concierta para alcanzar un
objetivo d e f i n i d o y q u e se disuelve tan p r o n t o c o m o el mismo
ha sido logrado, aun c u a n d o los asociados estuvieran dispuest o s a renovarla siempre q u e se terciara la ocasión.
El incremento tle la productividad, típico de la división del
trabajo, regístrase siempre que la desigualdad sea tal q u e cada
individuo o cada parcela de tierra en cuestión resulte s u p e r i o r ,
por lo menos en algún aspecto, a los demás individuos o parcelas de que se trate. Si A puede producir, por u n i d a d de tiempo, 6 p o 4 q, m i e n t r a s B produce sólo 2 q, si bien 8 q, trabajando por separado A y ¡i o b t e n d r á n una producción de
4 p + 6 q; sin embargo, bajo el signo de la división del trabajo, dedicándose t a n t o A como B, únicamente, a aquella l a b o r
en q u e mayor sea su respectiva eficiencia, en total producirán
6 p + 8 q. Ahora bien, ¿ q u é sucede si A no sólo sobrepasa
a B en la producción de p, sino también en la de q?
Tal es el problema q u e se planteó Ricardo, para, seguidamente, dar con la solución correcta.
Lii sociedad humana
4.
251
LA L E Y DF. LA ASOCIACIÓN DE RICARDO
Ricardo f o r m u l ó la ley de la asociación para evidenciar los
efectos provocados p o r la división del trabajo c u a n d o un individuo o un g r u p o colabora con o t r o individuo o grupo, siendo
los primeros de mayor eficiencia, en cualquier aspecto, q u e los
segundos. Q u i s o Ricardo investigar los efectos que produciría
el comercio entre dos regiones, desigualmente dotadas por la
naturaleza, s u p o n i e n d o q u e las respectivas producciones podían libremente ser transportadas de una a otra, pero no así los
trabajadores ni los acumulados factores de producción (bienes
de capital). La división del trabajo e n t r e ambas regiones, según evidencia la ley de Ricardo, ha de incrementar la productividad del esfuerzo laboral y, por tanto, resulta ventajosa para
todos los intervinientes. pese a que las condiciones materiales
de producción puedan ser más favorables en una de dichas
zonas q u e en la otra. C o n v i e n e que la zona mejor dotada concentre sus esfuerzos en la producción de aquellos bienes en los
cuales sea mayor su superioridad d e j a n d o a la región peor dotada q u e se d e d i q u e a las producciones en las q u e la superioridad de la primera sea m e n o r . Esa paradoja de no explotar
unas condiciones domésticas de producción más favorables,
yendo n buscar esos bienes, q u e podrían producirse d e n t r o del
país, en áreas cuyas condiciones de producción son más desfavorables, viene originada por la inmovilidad de los factores
trabajo y capital, q u e no pueden acudir a los lugares de producción más favorables.
Ricardo advirtió p l e n a m e n t e q u e su ley de los costos comparados — l a cual f o r m u l ó f u n d a m e n t a l m e n t e para poder abordar un problema específico q u e suscita el comercio internac i o n a l — venía a ser un caso particular de otra lev más general,
la lev de asociación.
Si A goza de mayor eficiencia que fí. de tal suerte que,
para producir una unidad del bien p necesita tres horas, mientras B ha de emplear cinco horas, y, para producir una unidad
de q, el p r i m e r o invierte dos horas, contra cuatro horas el segundo, resulta q u e ganarán ambos si A se limita a producir q y
252
t.a Acción Humana
deja a B q u e ' p r o d u z c a p. En efecto, si cada u n o dedica sesenta
horas a producir p y sesenta horas a producir q, el resultado
de la obra de A será 20 p + 30 q; el de B, 12 p + 15 q; o sea,
en c o n j u n t o , 32 p + 45 q. A h o r a bien, si A limítase a q solamente, producirá 60 q en 120 horas; B, en el mismo supuesto
dedicándose sólo a p, producirá 24 p. La suma de sus actividades equivaldrá, en tal caso, a 24 p + 60 q; comoquiera que p
tiene para A un cociente de sustitución de 3q/2, y para B de
5q/4, dicha suma representa una producción mayor q u e la de
32 p -f 45 q. Por lo tanto, es evidente q u e la división del tra
b a j o beneficia a todos los q u e participan en la misma. La colaboración de los de más talento, habilidad y destreza con los
peor dotados resulta ventajosa para ambos grupos. Las ganancias derivadas de la división del trabajo son siempre recíprocas.
La ley de asociación evidencia por qué. desde un principio,
h u b o una tendencia a ir gradualmente intensificando la cooperación humana. Percatámonos de cuál f u e el incentivo q u e ind u j o a las gentes a dejar de considerarse rivales en inacabable
lucha p o r apropiarse los escasos medios de subsistencia que la
naturaleza, de por sí, brinda. Advertirnos el móvil q u e impelió
y c o n t i n u a m e n t e impele a los h o m b r e s a unirse, en busca de
m u t u a cooperación, T o d o progreso hacia una más avanzada división del trabajo favorece los intereses de cuantos en la misma
participan. Para comprender por q u é e! h o m b r e no permaneció
aislado, buscando, c o m o los animales, alimento y abrigo sólo
para sí o, a lo más, para su c o m p a ñ e r a y desvalida prole, no es
preciso recurrir a ninguna milagrosa intervención divina, ni a
vana personalización de un s u p u e s t o innato impulso de asociación, ni s u p o n e r que los individuos o las hordas primitivas
comprometiéranse, un buen día, mediante o p o r t u n a convención, a establecer relaciones sociales. F u e la acción h u m a n a ,
estimulada por la percepción de la mayor productividad del
trabajo b a j o la división del mismo, la que e n g e n d r ó la primitiva
sociedad y la hizo progresivamente desarrollarse.
Ni la historia, ni la etnología, ni ninguna otra rama del
saber pueden explicar aquella evolución q u e hizo, de las manad a s y rebaños de antecesores no h u m a n o s del h o m b r e , los pri-
Lii sociedad humana
253
mitivos, si bien ya a l t a m e n t e diferenciados, grupos sociales de
los que nos i n f o r m a n las excavaciones, las más antiguas f u e n t e s
documentales históricas y las noticias de exploradores y viajeroa q u e han topado con t r i b u s salvajes. C o n referencia a los
orígenes de la sociedad, la tarea de la ciencia sólo puede consistir en evidenciar cuáles sean los factores q u e p u e d e n y, p o r
fuerza, han de provocar la asociación y su progresivo desarrollo. La praxeología resuelve esta incógnita. Mientras el t r a b a j o
resulte más fecundo b a j o el signo de la división del mismo y en
t a n t o el h o m b r e sea capaz de advertir tal realidad, la acción
h u m a n a tenderá espontáneamente a la cooperación y a la asociación. No se convierte el individuo en ser social sacrificando
sus personales intereses ante el altar de un mítico Moloch, la
sociedad, sino simplemente p o r q u e aspira a mejorar su p r o p i o
bienestar. La experiencia enseña q u e la aludida c o n d i c i ó n — la
mayor productividad de la división del t r a b a j o — aparece por
c u a n t o trae su causa de tina realidad: la innata desigualdad de
los h o m b r e s y la desigual distribución geográfica de los factores
naturales de producción. A d v e r t i d o lo anterior, c o m p r e n d e m o s
el curso seguido por la evolución social.
ERRORES COMUNES EN Q U E SE INCIDE AL TRATAR
DE LA LEY DE ASOCIACION
Se 1c lian dado muchas vueltas a la ley de asociación de Ricardo, más conocida por el nombre de ley de los costos comparados. El porqué es evidente. La ley en cuestión constituye gravísima amenaza para los planes de todos aquellos que pretenden justificar el proteccionismo y el aislamiento económico, desde
cualquier punto de vista que no sea el de privilegiar los egoístas
intereses de algunos fabricantes o el de prepararse para la guerra.
El objetivo principal que Ricardo perseguía, al formular su
ley, consistía en refutar una determinada objeción, a la sazón frecuentemente esgrimida contra la libertad del comercio internacional. En efecto, inquiría el proteccionista: bajo un régimen librecambista, ¿cuál sería cí destino de un país cuyas condiciones, para
cualquier producción, resultaran todas más desfavorables que las
254
t.a Acción Humana
de cualquier otro lugar? Pues bien, cierto es que en un mundo
donde no sólo los productos, sino también el trabajo y el capital,
gozaran de plena libertad de movimiento, aquel país, tan poco
idóneo para la producción, dejaría de utilizarse como ubicación de
actividad humana alguna. En tal caso, si las gentes satisficieran
mejor sus necesidades no explotando las condiciones, compai divamente más imperfectas, que ofrecía la zona en cuestión, no se
establecerían en ella, dejándola deshabitada como las regiones
polares, las tundras o los desiertos. Pero Ricardo quiso enfrentarse con los problemas reales que suscita nuestro mundo, en el
cual las circunstancias específicas de cada caso vienen predeterminadas por los asentamientos humanos efectuados en épocas anteriores y donde el trabajo y los bienes de capital hállanse ligados
al suelo por diversas razones de orden institucional. En tales circunstancias, el librecambismo, es decir, una libertad de movimientos restringida a las mercancías, no puede provocar la distribución del capital y el trabajo, sobre la faz de la tierra, según las
posibilidades, mejores o peores, que cada lugar ofrezca en orden
a la productividad del esfuerzo humano. Sólo entonces entra en
juego la ley del costo comparado. Cada país se dedica a aquellas
ramas de producción para las cuales sus específicas condiciones
le ofrecen relativa, aunque no absolutamente, las mejores oportunidades. Para los habitantes de cualquier zona es más ventajoso
abstenerse de explotar algunas de sus capacidades, pese a ser éstas
superiores a las del extranjero, importando en su lugar los corres
pondientes géneros, producidos allende sus fronteras en condicio
nes más desfavorables. Se trata de un caso análogo al del cirujano,
que, para la limpieza del quirófano y del instrumental, contrata
los servicios de un tercero, no obstante superarle también en esc
específico cometido, para dedicarse exclusivamente a la cirugía,
en la que su preeminencia es todavía más notable.
Este teorema del costo comparado nada tiene que ver con la
teoría del valor de la doctrina económica clásica. No alude ni al
valor ni a los precios. Se trata de un juicio puramente analítico:
la conclusión a que se llega hállase implícita en aquellas dos premisas según las átales resulta, de un lado, que la productividad de
los factores de producción, técnicamente posibles de trasladar, es
Lii sociedad humana
254
diferente según los lugares donde se ubiquen y, de otro, que dichos factores, por razones institucionales, tienen restringida su
movilidad. Sin que se afecte la validez de sus conclusiones, el
teorema en cuestión puede desentenderse del problema del valor,
toda vez que sólo maneja unos simples presupuestos. Estos son:
que únicamente se trata de producir dos mercancías, pudiendo
ambas ser libremente transportadas; y que para lü producción de
cada una de ellas precísase la concurrencia de dos factores; que
en las dos mercancías aparece uno de estos factores (igual puede
ser el trabajo que el capital), mientras el otro factor (una propiedad específica de la tierra de que se trate) sólo es aprovechado en
uno de ambos procesos; que la mayor escasez del (actor común en
ambas producciones predetermina ei grado en que es posible explotar el factor diferente. Sobre la base de estas premisas, que
permiten establecer cocientes de sustitución entre la inversión
efectuada del factor común y la producción, el teorema resuelve
la incógnita planteada.
La ley del costo comparado es tan ajena a la teoría clásica del
valor como lo es la ley de los beneficios, basada en un razonamiento semejante a la primera. En ambos supuestos, cabe limitarse a comparar sólo la inversión material con el producto material obtenido. Fn la ley de los beneficios comparamos la producción de un mismo bien. En la del costo comparado contrastamos
la producción de dos bienes distintos. Si tal comparación resulta
factible es porque suponemos que para la producción de cada uno
de ellos, npane de un factor específico, sólo se requieren factores
no específicos de la misma clase.
Hay quienes critican la ley del costo comparado por tales simplificaciones. Aseguran que la moderna teoría del valor impone
una nueva formulación de la ley en cuestión, con arreglo a los
principios subjetivos. Sólo mediante esa reestructuración cabría
demostrar su validez de modo satisfactorio y concluyeme. Ahora
bien, tales opositores se niegan a calcular en términos monetarios.
Prefieren recurrir a los métodos del análisis de la utilidad, por
creer que tal sistemática es idónea para cifrar el valor sobre la
base de la utilidad. Más adelante se verá el engañoso espejismo
que suponen tales intentos de llegar al cálculo económico, dejando
t.a Acción Humana
256
de lado las expresiones monetarias. Carecen de consistencia y son
contradictorios, resultando inviables cuantos sistemas infórmanse
en dichas ideas. No es posible el cálculo económico, en ningún
sentido, si no se basa en precios monetarios según el mercado los
estructura
Aquellas sencillas premisas que sustenian la iey de los costos
comparados no tienen el mismo significado para los economistas
modernos que para los clásicos. Hubo discípulos de la escuela clásica que veían en ella el punto de partida para una teoría del
valor en el comercio internacional. Hoy en día nos consta que esa
creencia era equivocada. Advertimos que no hay diferencia entre
el comercio interior y exterior, por lo que se refiere a la determinación del valor y de ¡os precios. Sólo dispares circunstancias, es
decir, condiciones institucionales, que restringen la movilidad de
las mercancías y de los factores tle producción, hacen a las gentes
distinguir el mercado nacional del extranjero
Si no se quiere estudiar la ley del costo comparado bajo los
simplificados supuestos de Ricardo, obligado es ir derecha y abiertamente al cálculo monetario. No se debe incidir en el error de
suponer que, sin ayuda del cálculo monetario, cabe comparar los
diversos factores de producción invertidos y las mercancías producidas. Volviendo sobre el ejemplo del cirujano y su ayudante
habrá que decir: Sí el cirujano puede emplear su limitada capacidad de trabajo en efectuar operaciones las cuales le proporcionan
unos ingresos horarios de 50 dólares, indudablemente, 1c convendrá contratar los servicios de un ayudante que le limpie el
instrumental, pagándole a dos dólares la hora, aun cuando ese
tercero emplee tres horas para realizar lo que el cirujano podría
hacer en una hora. Al comparar las condiciones de dos países distintos habrá que decir: Si las circunstancias son tales que, en Inglaterra, la producción de una unidad de cada mercancía a y b requiere el consumo de una ¡ornada de la misma clase de Lrabajo,
mientras en la India, con la misma inversión de capital, se necesitan dos jornadas para a y tres para h, resultando los bienes de
capital y tanto a como b libremente transferibles de Inglaterra a la
India y viceversa, pero no siéndolo así la mano de obra, los sala1
Ver. más adelante, págs. 312-325.
La sociedad humana
257
ríos, en la India, por lo que a la producción de a se refiere, tenderán a ser el cincuenta por ciento de los salarios ingleses y, por lo
que a la producción de h se refiere, la tercera parte. Si el jornal
inglés es de seis chelines, en la India será de tres en la producción
de a y de dos chelines el de b. Semejante disparidad en la remuneración de trabajo del mismo tipo no puede perdurar si en el mercado interior de la India la mano de obra goza de movilidad. Los
obreros abandonarán la producción de h, enrolándose en la de a;
este movimiento haría que tendiera a rebajarse la remuneración
en a, elevándose en h Los salarios indios, finalmente, se igualarían en ambas industrias. Aparecería entonces una tendencia a
ampliar la producción de a y a desplazar la competencia inglesa.
Por otra parte, la producción de h, en la India, dejaría de ser rentable, lo que obligaría a abandonarla, mientras en Inglaterra se
incrementaría. A la misma conclusión se llega, suponiendo que la
diferencia en las condiciones de producción estriba, parcial o exclusivamente, en la distinta cuantía de capital que, en cada caso,
fuera preciso invertir,
También se ha dicho que la ley de Ricardo resultaba válida en
su época, pero no lo es ya en la nuestra, por haber variado las
circunstancias concurrentes. Ricardo distinguía el comercio interior del exterior por la diferente movilidad que, en uno y otro,
tenía el capital y el trabajo. Si se supone que el capital, el trabajo
y las mercancías gozan de plena movilidad, entonces, entre el comercio regional y el interregional, no hay más diferencia que la
derivada del costo del transporte. En tal caso, impertinente sería
formular una teoría específica del comercio internacional distinta
de la atinente al interno. El capital y el trabajo distribuiríanse
sobre la superficie de la tierra según las mejores o peores condiciones que para la producción cada región ofreciera. Habría zonas
de población más densa y mejor surtidas de capital, mientras otras
comarcas gozarían de menor densidad humana y de más reducido
capital. Pero en todo el mundo prevalecería una tendencia a retribuir de igual modo un mismo trabajo.
Ricardo, como decíamos, suponía que sólo dentro del país
tenía plena movilidad el trabajo y el capital, careciendo de ella
allende las fronteras. En tales circunstancias, quiere investigar
17
258
t.a
Acción Humana
cuáles seriar las consecuencias de la libre movilidad de las mercancías. (Si tampoco la transferencia de mercancías fuera posible,
entonces cada país devendría autárquico, sumido en un total aislamiento económico; habría desaparecido e! comercio internacional.)
La teoría del costo comparado resuelve la incógnita ricardiana.
Cierto es que, más o menos, los presupuestos de Ricarda se daban
en su época. Posteriormente, a lo largo de! siglo XIX, las circunstancias cambiaron. Disminuyó aquella inmovilidad del capital y
del trabajo; cada vez resultaban más fáciles las transferencias internacionales de dichos factores productivos. Pero vino la reacción.
Hoy en día, el capital y e! trabajo de nuevo ven restringida su
movilidad. La realidad actual vuelve a coincidir con las premisas
ricardianas.
Las enseñanzas estructuradas por la teoría clásica en torno al
comercio internacional son ajenas a cualquier cambio en las específicas condiciones institucionales concurrentes. Permítesenos, así,
abordar el estudio de los problemas que cualquier imaginable
supuesto suscita.
5 .
L o s
E F E C T O S
D E
L A
DIVISIÓN
D E L
T R A B A J O
La división del trabajo es la consecuencia provocada por
consciente reacción del h o m b r e ante la desigualdad de las circunstancias naturales del m u n d o . P o r otro lado, la propia división del t r a b a j o va i n c r e m e n t a n d o esa disparidad de las circunstancias de hecho. A causa de ella, las diversas zonas geográficas asumen funciones específicas en el complejo del proceso de producción. D e b i d o a esa repetida diversidad, determinadas áreas se convierten en urbanas, otras en rurales; ubicanse en diferentes lugares las distintas ramas de la industria,
de la minería y de la agricultura. Mayor trascendencia aún
tiene la división del trabajo en orden a a u m e n t a r la innata
desigualdad h u m a n a . La práctica y la dedicación a tareas específicas adapta, cada vez en mayor grado, a los interesados a
las correspondientes exigencias; las gentes desarrollan m á s algunas de sus facultades innatas, descuidando otras. Surgen los
tipos vocacionales, los h o m b r e s devienen especialistas.
Lii sociedad humana
259
La división del trabajo d e s c o m p o n e los diversos procesos
de producción en mínimas tareas, m u c h a s de las cuales p u e d e n
ser realizadas mediante dispositivos mecánicos. Tal circunstancia p e r m i t i ó recurrir a la m á q u i n a , lo cual provocó impresionante progreso en los métodos técnicos de producción. La
mecanización es consecuencia de la división del trabajo y su
f r u t o más sazonado; ahora bien, en m o d o alguno f u e aquélla la
causa u origen de ésta. La maquinaria especializada a m o t o r
sólo en un a m b i e n t e social d o n d e impera la división del t r a b a j o
podía instalarse. T o d o n u e v o progreso en la utilización de maquinaria más precisa, refinada y productiva exige una mayor
especialización de cometidos.
6.
E L INDIVIDUO E N E L MARCO SOCIAL
La praxeología estudia al individuo aislado — q u e actúa
por su cuenta, con total independencia de sus semejantes — s ó l o
para alcanzar una mejor comprensión de los problemas que
suscita la cooperación social. No asegura el economista hayan
alguna vez existido tales seres h u m a n o s solitarios y autúrquicos, ni q u e la fase social de la historia humana fuera precedida
de o t r a , d u r a n t e la cual los individuos vivieran independientes,
vagando, como animales, en busca de alimento. La biológica
humanización de los antecesores no h u m a n o s del h o m b r e y la
aparición de los primitivos lazos sociales constituyen un proceso único. El h o m b r e aparece en el escenario del m u n d o c o m o
un ser social. El h o m b r e aislado, insociable, no constituye m á s
q u e a r b i t r a r i o esquema.
La sociedad brinda al individuo medios excepcionales para
alcanzar todos sus fines. El m a n t e n i m i e n t o de la sociedad constituye, pues, para el h o m b r e , el p r e s u p u e s t o esencial de toda
actuación q u e pretenda llevar a b u e n fin. El delincuente contumaz, q u e no quiere a d a p t a r su conducta a las exigencias de
la vida b a j o un sistema social de cooperación, no está dispuesto,
sin embargo, a renunciar a ninguna de las ventajas que la división del trabajo procura. No pretende, deliberadamente, destruir la sociedad. Lo q u e quiere es apropiarse de una porción
260
t.a Acción Humana
mayor de la riqueza m a n c o m u n a d a m e n i e producida q u e la que
el o r d e n social le asigna. Se sentiría desgraciadísimo si se generalizara su antisocial conducta, provocándose el inevitable resultado de r e t o r n a r a la indigencia primitiva.
Es erróneo m a n t e n e r q u e el h o m b r e , al renunciar a las supuestas ventajas inherentes a un fabuloso estado de naturaleza
y pasar a integrar la sociedad, háyase privadu de ciertas ganancias y tenga justo título para exigir indemnización por aquello
que perdió. Resulta manifiestamente inadmisible aquella idea
según la cual todo el m u n d o estaría mejor viviendo en un estado asocial; la existencia misma de la sociedad — d í c e s e — perjudica a las gentes. Sin embargo, sólo gracias a la mayor productividad de la cooperación social ha sido posible q u e la especie humana se multiplique en n ú m e r o infinitamente mayor
de lo que permitirían las subsistencias producidas en épocas de
una más rudimentaria división del trabajo. T o d o el m u n d o goza
de un nivel de vida mucho más elevado que el d i s f r u t a d o p o r
sus salvajes antepasados. Máxima inseguridad y pobreza extrema caracterizan el estado de naturaleza del h o m b r e . Constituye romántico disparate el llorar por aquellos felices (.lías de la
barbarie primigenia. Bajo el salvajismo, esos mismos q u e se
quejan no habrían seguramente alcanzado la edad viril y, aun
en tal caso, no hubieran p o d i d o d i s f r u t a r de las v e n t a j a s y comodidades que la civilización les proporciona. Si J e a n J a c q u e s
Rousseau y Frederick Engels hubiesen vivido en aquel estado
de naturaleza que describen con tan nostálgicos suspiros, no
habrían dispuesto del ocio necesario para dedicarse a sus especiosos escritos.
Una de las grandes ventajas q u e el individuo d i s f r u t a , gracias a la sociedad, es la de poder vivir a pesar de hallarse enfermo o incapacitado físicamente. El animal doliente está conden a d o a muerte; su debilidad enerva el esfuerzo necesario para
buscar alimentos y para repeler las agresiones. Los salvajes
sordos, miopes o lisiados pe recen. Tales flaquezas y defectos,
en cambio, no impiden al h o m b r e adaptarse a la vida en socied a d . La mayoría de nuestros c o n t e m p o r á n e o s s u f r e deficiencias
corporales que la biología considera patológicas. M u c h o s de esos
Lii sociedad humana
261
lisiados, sin embargo, han contribuido decisivamente a hacer
la civilización. La fuerza eliminadora de la selección natural
se debilita bajo las condiciones sociales de vida. De ahí que
haya quienes afirmen que la civilización tiende a menoscabar
las virtudes raciales.
Tales asertos tienen sentido tan sólo contemplando la humanidad como lo haría un ganadero que quisiera criar una raza
de hombres dotados de específicas cualidades. La sociedad, sin
embargo, no es ningún criadero de sementales para producir
determinado tipo de individuos. No existe ninguna norma «natural» que permita ponderar qué sea lo deseable y cuál lo indeseable en la evolución biológica del hombre. Cualquier módulo
que, en este sentido, se adopte por fuerza ha de ser arbitrario,
puramente subjetivo; exponen te tan sólo de personal juicio de
valor. Los términos mejoramiento o degeneración racial carecen de sentido si no es relacionándolos con específico plan trazado para estructurar la humanidad toda.
Cierto, desde luego, es que la fisiología del hombre civilizado hállase puramente adaptada para vivir en sociedad; no
para ser cazador en las selvas vírgenes, desde luego.
Kb M I T O DE LA MISTICA UNION
Medíante el mi lo de la mística unión preténdese impugnar la
teoría prnxeológica de la sociedad.
La sociedad - dicen los defensores de aquella doctrina— no
es el resultado de deliberada actuación humana; no supone ni
cooperación ni distribución de cometidos. Brota la sociedad de
profundidades insondables, siendo el fruto engendrado por un
impulso innato en !a propia esencia del hombre. Hay quienes
opinan que la sociedad viene a ser un embeberse en aquel espíritu
que es la realidad divina y una participación en el poder y en el
amor de Dios por virtud de tina unió mystica. Para otros, la sociedad es un fenómeno biológico: es el resultado que produce la
voz de la sangre; es el lazo que une los descendientes de comunes antepasados entre sí y con su común progenie, es esa misteriosa armonía que surge entre el campesina y la gleba que trabaja.
11 1IÍI ' mm MI IMII! l!||iii Mf"14 MilIpiMlllpl1
262
t.a Acción Humana
Cierto es que hay quienes realmente experimentan estos fenómenos psíquicos. Existen gentes que sienten la aludida unión mística, anteponiéndola a todo; también hay personas que creen escuchar la voz de la sangre y que, con toda el alma, aspiran esa fragancia única que despide la bendita tierra natal. La experiencia
mística y el rapto estático, indudablemente, son hechos que la
psicología ha de estimar reales, al igual que cualquier otro fenómeno psíquico debidamente constatado. Et error de las doctrinas
que nos ocupan no estriba en el hecho de aseverar la realidad de
tales fenómenos, sino en suponer que se trata de circunstancias
originarías, que surgen con independencia de toda consideración
racional.
La voz de la sangre, que liga al padre con el hijo, no era ciertamente escuchada por aquellos salvajes que desconocían la relación causal existente entre la cohabitación y ta preñez. Hoy en
día, cuando dicha realidad es bien conocida, puede sentir la voz
de la sangre el hombre que tiene plena confianza en la fidelidad
de su esposa. Ahora bien, si acerca de este último extremo existe
alguna duda, de nada sirve la voz de la sangre. Nadie se ha aventurado a afirmar que los problemas en torno a ta investigación de
la paternidad cabía resolverlos recurriendo a la voz de la sangre.
La madre que, desde el parto, veló sobre su hijo también podrá
escucharla. Ahora bien, si pierde el contacto con el vastago en
fecha temprana, más tarde sólo será capaz de identificarle por
señales corporales, como aquellas cicatrices y lunares a los que
tanto gustaban recurrir los novelistas. Pero la voz de ta sangre,
por
desgracia,
callará
si
tal
observación
y
las
conclusiones
de ellas derivadas no le hacen hablar. Según los racistas alemanes,
la voz de la sangre aúna misteriosamente a todos los miembros
deí pueblo alemán. La antropología, sin embargo, nos dice que
la nación alemana es una mezcla de varias razas, suhrazas y grupos; en modo alguno constituye lio mogo tica familia, descendiente
de común estirpe. El eslavo recientemente germanizado, que no
ha mucho cambió sus apellidos por otros de sonido más germánico, cree que está ligado por lazos comunes a todos los demás
alemanes. No oye ninguna voz interior que le impulse a la unión
con sus hermanos o primos que siguen siendo checos o polacos.
Lii sociedad humana
263
La voz de la sangre no es un fenómeno primario e independiente: encarna al conjuro de consideraciones racionales. Precisamente porque el individuo se cree emparentado, a través de una
común especie, con otras gentes determinadas, experimenta hacia
ellas esa atracción y sentimiento que, poéticamente, se denomina
voz de la sangre.
Lo mismo puede decirse del éxtasis religioso y del místico amor
a la tierra vernácula. La unió mystica del devoto creyente está
condicionada por el conocimiento de las enseñanzas básicas de su
religión. Sólo quien sepa de la grandeza y gloría de Dios puede
experimentar comunión directa con El. La venerable atracción al
patrio terruño depende de la previa articulación de una serie de
ideas geopolíticas. Por eso, ocurre a veces que los habitantes del
llano o de la costa incluyan en la imagen de aquella patria, a la
que aseguran estar fervientemente unidos y apegados, regiones
montañosas para ellos desconocidas y a cuyas condiciones no podrían adaptarse, sólo porque esas zonas pertenecen al mismo cuerpo político del que son miembros o desearían ser. Análogamente,
dejan a menudo de incluir en esa imagen patria, cuya voz pretenden oír, regiones vecinas a tas propias, de similar estructura geográfica, cuando forman parte de una nación extranjera.
Los miembros pertenecientes a una nación o rama lingüística,
o los grupos que dentro de ella se forman, no están siempre unidos por sentimientos de amistad y buena voluntad. La historia de
cualquier nación constituye rico muestrario de antipatías y aun de
odios mutuos entre los distintos sectores que la integran. En tal
sentido basta recordar a ingleses y escoceses, a yanquis y sudislas,
a prusianos y bávaros. Fue ideológico el impulso que permitió
superar dichos antagonismos, inspirando a todos los miembros
de la nación o grupo lingüístico aquellos sentimientos de comunidad y de pertenencia que los actuales nacionalistas consideran
fenómeno natural y originario.
La mutua atracción sexual del macho y la hembra es inherente
a la naturaleza animal del hombre y para nada depende de teorías
ni razonamientos. Cabe calificarla de originaría, vegetativa, instintiva o misteriosa; no hay inconveniente en afirmar metafóricamente que de dos seres hace uno, Podemos considerarla como una
264
t.a Acción Humana
comunidad, como una mística unión de dos cuerpos. Sin embargo,
ni !a cohabitación ni cuanto la precede o la subsigue genera ni
cooperación social, ni ningún sistema de vida social. También los
anímales se unen al aparearse y, sin embargo, no han desarrollado
relaciones sociales. La vida familiar no es meramente un producto
de la convivencia sexual. No es, en modo alguno, ni natural ni
necesario que los padres y tos hijos convivan como lo hacen en el
marco familiar. La relación sexual no desemboca, necesariamente,
en un orden familiar. La familia humana es fruto del pensar, de!
planear y del actuar. Es esto, precisamente, lo que la distingue de
aquellas asociaciones zoológicas que, per analogiam. denominamos
familias animales.
FJ místico sentimiento de unión o comunidad no es el origen
de la relación social, sino su consecuencia.
El reverso de la fábula de la unión mística viene a serlo el
mito de la natural y originaría repulsión en tic razas y naciones.
Se lia dicho que el instinto enseña al hombre a distinguir entre
congéneres y extraños y a aborrecer a estos últimos. Los descendientes de las razas nobles —dícese— repugnan todo contacto con
los miembros de razas inferiores, peto la realidad de la mezcla
interracial basta para refutar tales supuestos. Siendo un hecho
indudable que en la Europa actual no hay ninguna raza pura,
forzoso es concluir que, entre los miembros de las diversas estirpes originarias que poblaron el continente, no hubo repulsión, sino
atracción sexual. Millones de tnulntus y mestizos constituyen réplica viviente a aquel primer aserto.
El odio racial, al igual que el sentimiento místico de comunidad, no son fenómenos naturales innatos en el hombre. Ambos
son fruto de precisas ideologías. Pero c* que, aun cuando tal
supuesto se diera, aunque fuera cierto ese natural e innato odio
interracial, no por ello dejaría de ser útil la cooperación social, ni
tampoco con eso invalidaríase la teoría de la asociación de Ricardo. La cooperación social no tiene nada que ver con el afecto personal, ni con aquel mandamiento que ordena amarnos los unos a
los otros. Las gentes no cooperan bajo la división del trabajo
porque deban amarse. Cooperan porque, de esta suerte, atienden
mejor los propios intereses. Lo que originariamente impulsó al
265
Lii sociedad humana
hombre a acomodar su conducta a las exigencias de la vida en
sociedad, a respetar los derechos y las libertades de sus semejantes
y a reemplazar la cnemisiad y el conflicto por pacífica colaboración no fue el amor ni la caridad, ni ningún oiro afectuoso sentimiento, sino el propio egoísmo bien entendido
7.
LA GRAN SOCIEDAD
No todas las relaciones i n t e r h u m a n a s implican lazos sociales. C u a n d o los hombres se acometen m u t u a m e n t e en guerras
de e x t e r m i n i o total, c u a n d o luchan entre sí tan d e s p i a d a m e n t e
como si de destruir animales feroces o plantas dañinas se tratara, entre las partes combatientes existe efecto recíproco y
relación m u t u a , pero no hay sociedad. La sociedad implica acción m a n c o m u n a d a y cooperativa, en la q u e cada u n o considera
el provecho a j e n o como m e d i o para alcanzar el propio.
G u e r r a s de exterminio sin piedad f u e r o n las luchas que
entre sí mantenían las hordas y tribus primitivas por los aguaderos, los lugares de pesca, los terrenos de caza, los pastos y el
botín. Se trataba de conflictos totales. Del mismo tipo f u e r o n ,
en el siglo x i x , los primeros encuentros tic los europeos con
los aborígenes de territorios recién descubiertos, Pero ya en
prístinas edades, muy anteriores a los tiempos de los q u e poseemos información histórica, comenzó a germinar o t r o m o d o
de proceder. Las gentes ni siquiera al combatir llegaban a olvidar del todo las relaciones sociales, previamente establecidas;
incluso en las pugnas contra pueblos con quienes antes no
habían existido contactos, los combatientes comenzaban a pítrar
mientes en la idea de que, pese u la transitoria oposición del
m o m e n t o , cabía e n t r e seres h u m a n o s llegar posteriormente a
fórmulas de avenencia y cooperación. Se pretendía perjudicar
al enemigo; pero, sin embargo, los actos de hostilidad ya no
eran plenamente crueles y despiadados. Al combatir con hombres —a diferencia de c u a n d o luchaban contra las b e s t i a s —
los beligerantes pensaban q u e había en la pugna ciertos límites
que convenía no sobrepasar. P o r sobre el odio implacable, el
frenesí destructivo y el afán de aniquilamiento, alboreaba un
t.a Acción Humana
266
sentimiento societario. Nacía la idea de q u e el h u m a n o adversario debía ser considerado c o m o potencial asociado en una
cooperación f u t u r a , circunstancia ésta q u e no convenía olvidar
en la gestión bélica. La guerra d e j ó de considerarse c o m o la
relación interhumana normal. Las gentes comenzaban a advertir q u e la cooperación pacífica constituía el medio mejor para
t r i u n f a r en la lucha p o r la supervivencia. Cabe a f i r m a r , incluso,
q u e las gentes se percataron de que era más ventajoso esclavizar al vencido q u e matarlo, por cuanto, aun d u r a n t e la lucha,
pensaban ya en el mañana, en la paz. P u e d e decirse q u e la
institución servil f u e un primer paso hacia la cooperación.
La formulación de aquellas ideas, según las cuales, ni aun
en guerra, todos los actos deben estimarse permisibles, habiendo actuaciones bélicas lícitas y otras ilícitas, así como leyes,
es decir, relaciones sociales, que deben prevalecer por encima
de las naciones, incluso de aquellas q u e , de m o m e n t o , se enf r e n t a n , tales ideas, repetimos, vinieron a estructurar la gran
sociedad, q u e incluye a todos los h o m b r e s y a todas las naciones. Las diversas asociaciones de carácter regional f u e r o n
fundiéndose, de esta suerte, en una sola sociedad ecuménica.
El combatiente q u e no hace la guerra salvajemente, al m o d o
de las bestias, sino a tenor de ciertas normas bélicas « h u m a n a s »
y sociales, renuncia a utilizar ciertos medios destructivos, con
miras a alcanzar concesiones análogas del adversario. En t a n t o
en c u a n t o dichas normas son respetadas, existen, e n t r e los contendientes, relaciones sociales. P e r o los actos hostiles sí constituyen actuaciones no sólo asocíales, sino antisociales. Es un
e r r o r definir el concepto de «relaciones sociales» de tal suerte
q u e se incluya e n t r e las mismas actos tendentes al aniquilam i e n t o del o p o n e n t e y a la frustración de sus aspiraciones
M i e n t r a s las únicas relaciones existentes entre los individuos
persigan el perjudicacarse m u t u a m e n t e , ni hay sociedad ni relaciones sociales.
La sociedad no es mera acción y reacción m u t u a . H a y interacción -—influencia recíproca— entre todas las partes del uni' Tal pretende L E O P O L D
y sigs. Munich, 1924.
VON
WIESE,
Allgemeine Soziologte, cap.
I,
pág.
10
Lii sociedad humana
267
verso: entre el lobo y la oveja devorada; e n t r e el microbio y el
h o m b r e a quien m a t a ; entre la piedra q u e cae y el o b j e t o sobre
el q u e choca. La sociedad, al contrario, implica siempre la actuación cooperativa con miras a q u e los diferentes partícipes
puedan, cada uno, alcanzar sus propios fines.
8.
E l , INSTINTO DE AGRESIÓN Y DESTRUCCIÓN
Se ha dicho q u e el h o m b r e es una bestia agresiva, cuyos
innatos instintos le impulsan a la lucha, a la matanza y a la
destrucción. La civilización, con su antinatural blandenguería
humanitaria, a p a r t a n d o al h o m b r e de sus antecedentes zoológicos, p r e t e n d e acallar aquellos impulsos y apetencias. Ha
t r a n s f o r m a d o al h o m b r e en un ser escuálido y decadente, q u e
se avergüenza de su prístina animalidad, p r e t e n d i e n d o vanam e n t e tildar de h u m a n i s m o v e r d a d e r o a su evidente degradación. En orden a impedir una mayor degeneración de la especie,
es imperativo liberarla de los perniciosos efectos de la civilización. P u e s la civilización no es más q u e hábil estratagema inventada por seres inferiores. Son éstos débiles en exceso para vencer a los héroes f u e r t e s ; demasiado cobardes para soportar su
propia aniquilación, castigo q u e tienen bien merecido; impidiéndoles su perezosa insolencia servir c o m o esclavos a los superiores. Recurrieron, por eso, a una argucia; trastocaron las eternas
n o r m a s valoratívas preestablecidas con carácter absoluto por
inmutables leyes universales; arbitraron unos preceptos morales, según los cuales resultaba virtud su propia inferioridad y vicio la superioridad de los nobles héroes. Preciso es desarticular
esta espiritual revuelta de los siervos, t r a s m u t a n d o tales módulos valorativos. H a y q u e repudiar, por e n t e r o , la aludida
ética lacayil, f r u t o vergonzante del resentimiento de los más
cobardes; en su lugar habrá de implantarse la ética de los
f u e r t e s o, mejor aún, deberá ser suprimida toda cortapisa ética.
El h o m b r e tiene que resultar digno heredero de sus mayores,
los nobles b r u t o s de épocas pasadas.
Las anteriores doctrinas suelen denominarse d a r w i n i s m o
social o sociológico. I m p e r t i n e n t e sería ahora cavilar en torno
268
t.a Acción Humana
a si dicho apelativo es o no apropiado. P o r q u e , con independencia de lo anterior, indudablemente, constituye grave error
el calificar de evolutivas y biológicas a unas filosofías q u e , alegremente, atrévense afirmar q u e la historia entera de la humanidad, desde que el h o m b r e comenzó a alzarse por encima de la
existencia p u r a m e n t e animal de sus antecesores de índole no
h u m a n a , es tan sólo un vasto proceso de progresiva degeneración y decadencia. La biología no proporciona m ó d u l o alguno
para p o n d e r a r las mutaciones experimentadas por los seres
vivos más que el enjuiciarlas en orden a si permiten al s u j e t o
adaptarse mejor al medio ambiente, proveyéndose de mayores
armas en la lucha p o r la vida. D e s d e este p u n t o de vista, es
indudable que la civilización ha de considerarse c o m o un beneficio, no como una calamidad. Ha impedido, por lo p r o n t o ,
la derrota del h o m b r e en su lucha contra los demás seres vivos,
ya sean los grandes animales feroces o los perniciosos microbios; ha multiplicado los medios de subsistencia; ha incrementado la talla h u m a n a , la agilidad y habilidad del h o m b r e y ha
prolongado la duración media de la vida; le ha permitido dominar incontestado la tierra; ha sido posible multiplicar las cif r a s de población y elevar el nivel de vida a un grado totalmente
impensable para los toscos moradores de las cavernas. Cierto
es que tal evolución hizo perder al h o m b r e ciertas mañas y habilidades que, si bien en determinadas épocas resultaban oportunas para luchar por la vida, más tarde, cambiadas las circunstancias, perdieron toda utilidad. F o m e n t á r o n s e , en cambio,
otras capacidades y destrezas, imprescindibles para la vida en
sociedad. N i n g ú n criterio biológico y evolutivo tiene por q u é
ocuparse de dichas mutaciones. Para el h o m b r e primitivo, la
dureza física y la combatividad procurábanle igual utilidad q u e
la aritmética y la gramática proporcionan al h o m b r e moderno. Es totalmente arbitrario y manifiestamente contradictorio con cualquier norma biológica de valoración considerar
naturales y c o n f o r m e s con la h u m a n a condición ú n i c a m e n t e
aquellas cualidades q u e convenían al h o m b r e primitivo, vilipendiando, c o m o signos de degeneración y decadencia biológica, las destrezas y habilidades imperiosamente precisadas por
269
Lii sociedad humana
el h o m b r e civilizado. Recomendar al h o m b r e q u e recupere las
condiciones físicas e intelectuales de sus antepasados prehistóricos es tan descabellado como el conminarle a q u e vuelva
a andar a cuatro manos o a que de n u e v o se deje crecer el rabo.
Es digno de notar q u e q u i e n e s más se exaltaron en ensalzar
los salvajes impulsos de n u e s t r o s bárbaros antepasados f u e r o n
gentes tan enclenques q u e nunca habrían p o d i d o adaptarse a las
exigencias de aquella «vida arriesgada». Nietzsche, aun antes de
su colapso mental, era tan enfermizo q u e sólo resistía el clima
de Engadin y el de algunos valles italianos. No hubiese p o d i d o
escribir si la sociedad civilizada no hubiera protegido sus delicados nervios de la rudeza natural de la vida. Los defensores
de la violencia e d i t a r o n sus libros precisamente al a m p a r o de
aquella «seguridad burguesa» q u e t a n t o vilipendiaban y despreciaban. G o z a r o n de libertad para publicar sus incendiarias
prédicas p o r q u e el propio liberalismo q u e ridiculizaban salvaguardaba la libertad de prensa, Negra desesperación hubiera invadido su ánimo al verse privados de las facilidades que aquella
civilización tan escarnecida les deparaba. ¡ Q u é espectáculo el
del tímido G e o r g e s Sorel cuando, en su elogio de la brutalidad,
llega a acusar al m o d e r n o sistema pedagógico de debilitar las
innatas tendencias violentas! \
Cabe admitir q u e al h o m b r e primitivo fuera connatural la
propensión a matar y a destruir, así como el a m o r a la crueldad.
T a m b i é n , a efectos dialécticos, se puede aceptar que, d u r a n t e
las p r i m e r a s edades, las tendencias agresivas y homicidas abogaran en favor de la conservación de la vida. H u b o un tiempo
en q u e el h o m b r e f u e una bestia brutal. ( N o hace al caso averiguar si el h o m b r e prehistórico era carnívoro o herbívoro.) Ahora bien, no d e b e olvidarse q u e físicamente el h o m b r e era un
animal débil, de tal suerte q u e no habría p o d i d o vencer a las
fieras carniceras, de no haber contado con un arma peculiar,
con la razón. El q u e el h o m b r e sea un ser racional, que no cede
f a t a l m e n t e a toda apetencia, q u e ordena su conducta con racional deliberación, desde un p u n t o de vista zoológico, no p u e d e
estimarse a n t i n a t u r a l . Conducta racional significa que el hom•
G E O R G E S SOHEI.,
Ré/Uxions W/r la viotence.
PIFE
269, i ' cd París. 1912
270
t.a Acción Humana
bre, ante la imposibilidad de satisfacer todos sus impulsos, deseos y apetencias, renuncia a los q u e considera menos urgentes.
Para no p e r t u r b a r el mecanismo de la cooperación social, el
individuo ha de abstenerse de dar satisfacción a aquellas apetencias que impedirían la aparición de las instituciones sociales.
Esa renuncia, indudablemente, duele. P e r o es q u e el h o m b r e
está eligiendo. Prefiere dejar insatisfechos ciertos deseos incompatibles con la vida social, para satisfacer otros que únicamente,
o al menos sólo de modo m á s perfecto, pueden ser atendidos
b a j o el signo de la división del trabajo. Así e m p r e n d i ó la raza
h u m a n a el camino q u e conduce a la civilización, a la cooperación social y a la riqueza.
A h o r a bien, dicha elección, ni es irrevocable ni definitiva.
La decisión a d o p t a d a por los padres no prejuzga cuál será la de
los hijos. Estos, libremente, pueden estimar otra en más. A
diario cabe trastocar las escalas valorativas y preferir la barbarie a la civilización o, como dicen algunos, a n t e p o n e r el alma
a la inteligencia, los mitos a la razón y la violencia a la paz.
P e r o preciso es optar. No cabe d i s f r u t a r , a un tiempo, de cosas
incompatibles entre sí.
La ciencia, desde su neutralidad valorativa, no condena a
los apóstoles del evangelio de la violencia por elogiar el f r e n e s í
del asesinato y los deleites del sadismo. Los juicios de valor son siempre subjetivos y la sociedad liberal concede a
cualquiera d e r e c h o a expresar libremente sus sentimientos. La
civilización, en verdad, no ha enervado la originaria tendencia
a la agresión, a la ferocidad y a la c r u e l d a d características del
h o m b r e primitivo. En muchos individuos civilizados aquellos
impulsos sólo están adormecidos y resurgen violentamente tan
p r o n t o como fallan los f r e n o s con q u e la civilización los domeña. Basta, a este respecto, recordar los indecibles h o r r o r e s
de los campos de concentración nazis. Los periódicos continuam e n t e nos i n f o r m a n de crímenes abominables q u e atestiguan
de la dormida tendencia a la bestialidad ínsita en el h o m b r e .
Las novelas y películas más populares son aquellas q u e se ocupan de violencias y episodios sangrientos. Las corridas de toros
y las peleas de gallos siguen atrayendo multitudes.
Lii sociedad humana
211
S¡ un escritor afirma que la chusma ansia la sangre e incluso que él m i s m o también, tal vez esté en lo cierto, igual q u e si
asegura q u e el h o m b r e primitivo se complacía en matar. Ahora
bien, incide en grave error si cree q u e la satisfacción de tan sádicos impulsos no ha de p o n e r en peligro la propia existencia
de la sociedad; si afirma q u e l;i civilización « v e r d a d e r a » y la
sociedad « c o n v e n i e n t e » consisten en dar rienda suelta a las tendencias violentas, homicidas y crueles de las gentes; o si proclama q u e la represión de dichos impulsos brutales perjudica el
progreso tic la humanidad, de tal suerte que el suplantar el
h u m a n i t a r i s m o por la b a r b a r i e impediría la degeneración de la
raza h u m a n a . La social división del t r a b a j o y la cooperación se
f u n d a n en la posibilidad de solucionar pacíficamente los conflictos, No es la guerra, c o m o Heráclito decía, sino la paz el
origen de todas las relaciones sociales. El h o m b r e , además de
los instintos sanguinarios, abriga o t r a s apetencias igualmente
innatas. Si quiere satisfacer éstas, habrá de nulificar sus tendencias homicidas. Q u i e n desee conservar la propia vida y salud, en condiciones ó p t i m a s y d u r a n t e el t i e m p o más dilatado
posible, ha de advertir que, respetando la vida y salud de los
demás, atiende mejor sus propias aspiraciones q u e m e d i a n t e la
conducta opuesta, P o d r á l a m e n t a r el que n u e s t r o m u n d o sea
así. P e r o , por más lágrimas q u e d e r r a m e , no alterará la severa
realidad.
De nada sirve criticar lo anterior, aludiendo a la irracionalidad. N i n g ú n impulso instintivo p u e d e ser analizado de
modo racional, por cuanto la razón se ocupa sólo de los medios idóneos para alcanzar los deseados fines, pero no de los
fines últimos -en sí. Distingüese el h o m b r e de los restantes
animales en c u a n t o q u e no cede a los impulsos instintivos,
si no es con un cierto grado de voluntariedad. Se sirve tic la
razón para, entre deseos incompatibles, optar entre linos u
otros.
No p u e d e decirse a las masas: dad rienda suelta a vuestros
afanes homicidas, p o r q u e así vuestra actuación será genuínam e n t e h u m a n a y, mediante ella, incrementaréis vuestro bienestar personal. Conviene, antes si contrario, advertirles: Si dais
272
t.a Acción Humana
satisfacción a vuestros deseos sanguinarios, habréis de renunciar a )a satisfacción de otras muchas apetencias. Deseáis com e r , beber, vivir en buenas casas, cubrir vuestra desnudez y
mil cosas más, las cuales sólo a través de la sociedad podéis
alcanzar. T o d o , desde luego, no p u e d e tenerse; es preciso elegir. Podrá resultar atractiva la vida arriesgada; también habrá
quienes gusten de las locuras sádicas; pero lo cierto es que
tales placeres resultan incompatibles con aquella seguridad y
abundancia material de la que nadie en modo alguno quiere
prescindir.
La praxeología, como ciencia, no debe discutir el derecho
del individuo a elegir y a proceder en consecuencia. Es el homb r e que actúa, no el teórico, quien, en definitiva, decide. Ln
función de la ciencia, por lo q u e a la vida y a la acción atañe,
no estriba en f o r m u l a r preferencias valorativas, sino en exponer las circunstancias reales a las cuales forzosamente el homb r e ha de atemperar sus actos, limitándose simplemente a resaltar los efectos que las diversas actuaciones posibles han de
provocar. La teoría ofrece al individuo cuanta información pueda precisar para decidir con pleno conocimiento de causa. Vie
ne a formular, c o m o si dijéramos, un presupuesto, una cuenti)
de beneficios y costos. No conformaría la ciencia con su cometido si, en esa cuenta, omitiera alguna de las rúbricas que
pueden influir en la elección y decisión finales.
ERRORES EN LOS QUE SE SUELE INCURRIR
AL INTERPRETAR LAS ENSEÑANZAS DE LA MODERNA
CIENCIA NATURAL,
ESPECIALMENTE DEL DARWJNISMO
Algunos modernos antiliberales, tanto de derechas como de
izquierdas, pretenden amparar sus tesis en interpretaciones erróneas de los últimos descubrimientos efectuados por la ciencia
biológica.
I.
Los hombres no son iguales—El liberalismo del siglo xvui partía en sus lucubraciones, como el moderno igualitarismo, de aquella «verdad autoevidente», según la cual «todos
Lii sociedad humana
273
los hombres fueron creados ¡guales, gozando de ciertos derechos inalienables». Anie tal aserto, los delensores de la filosofía biológica social aseguran que la ciencia natural ha demostrado ya, de modo irrefutable, que los hombres no son iguales entre
sí. Ln contemplación de la realidad, tal cual es, prohibe especular
en torno a unos imaginarios dereclios naturales del hombre. Porque la naturaleza es insensible y no se preocupa ni de la vida ni
de la felicidad de los mortales; constituye, al contrario, regular y
férreo Imperativo. Implica metnfísico dislate pretender aunar la
resbaladiza y vaga noción de la libertad con las absolutas e inexorables leyes del orden cósmico, Cae así por su base, concluyese, la
¡dea fundamental del liberalismo.
Cierto es, en efecto, que el movimiento liberal y democrático
de los siglos xviti y xix amparóse grandemente en la idea de la
ley natural y en los imprescriptibles derechos del hombre. Tales
pensamientos, elaborados originariamente por los pensadores clásicos y por la teología hebraica, fueron absorbidos por ta filosofía
cristiana, Algunas sectas anticatólicas fundamentaron en dicho
ideario sus respectivos programas políticos. Una larga teoría de
eminentes filósofos también abrazó el pensamiento en cuestión.
Popularizáronse, llegando ít constituir el más firme sostén del
movimiento democrático, Aun hoy en día hay muchos que los
defienden, pasando por alto el hecho indudable de que Dios o la
Naturaleza crea desiguales a tos hombres; mientras unos nacen
sanos y fuertes, otros son víctimas de deformidades y lacras. Los
defensores del repetido ideario, ante tan evidentes realidades, limítansc a replicar que las disparidades entre los hombres no son
sino fruto de la educación, de las oportunidades personales y de
las instituciones sociales.
Las enseñanzas de la filosofía Utilitaria y de la economía política clásica nada tienen que ver con la leorta de los derechos naturales. Lo único que a aquellas doctrinas interesa es la utilidad
social. Recomiendan l:i democracia, la propiedad privada, la tolerancia y la libertad no porque constituyan instituciones naturales
y justas, sino por resultar beneficiosas. La idea básica de la filosofía ricardiana es aquella según la cual la cooperación social y la
división del trabajo que se perfecciona entre gentes superiores y
t.a Acción Humana
274
más eficientes en cualquier sentido, de un lado, y de otro, gentes inferiores y de menor eficiencia, igualmente, en cualquier aspecto, beneficia a todos los intervinientes. F.1 radical Benlham gritaba:
«Derechos
naturales,
puro
dislate;
imprescriptibles
derechos,
vacua retórica» 10. En su opinión, «el único fin del gobierno
debería estribar en proporcionar la mayor felicidad al mayor número posible de ciudadanos» 11 .
De acuerdo con
lo anterior,
Bentham, al investigar qué debería estimarse bueno y procedente,
se desentiende de toda preconcebida idea acerca de los planes y
proyectos de Dios o de la Naturaleza, incognoscibles siempre;
prefiere limitarse a estudiar qué cosas fomentan en mayor grado
el bienestar y la felicidad del hombre, Maltbus demostró cómo
la naturaleza, que restringe los medios de subsistencia precisados por la humanidad, no reconoce derecho natural alguno
a la existencia; evidenció que, de haberse dejado llevar por el natural impulso a la procreación, el hombre nunca hubiera logrado
liberarse del espectro del hambre. Proclamó, igualmente, que la
civilización y el bienestar sólo podían prosperar en tanto en cuanto el individuo lograra dominar, mediante un freno moral, sus
instintos genésicos. El utilitarismo no se opone al gobierno arbitrario y a la concesión de privilegios personales porque resulten
contrarios a la ley natural, sino porque restringen la prosperidad
de las gentes. Preconiza la igualdad de todos ante la ley, no porque
los hombres sean entre sí iguales, sino por entender que tal política beneficia a la comunidad. La biología moderna, al demostrar
la inconsistencia de conceptos tan ilusorios como el de la igualdad
entre todos los hombres, no viene más que a repetir lo que el utilitarismo, liberal y democrático, ha mucho proclamara y ciertamente con mayor fuerza argumenta!. Es indudable que ninguna doctrina de índole biológica podrá jamás desvirtuar lo que la filosofía
utilitaria predica acerca de la conveniencia social que en sí encierran la democracia, la propiedad privada, la libertad y la igualdad
ante la ley.
La actual preponderancia de doctrinas que abogan por la desin10 BENTHAM, «Anarchical Fallacies;
being an Examination of the Dedaration of
Riglus issued during the French Revolution», en Works (ed. por Bowrmg), II, 501.
" BENTHAM, «Principies of the Civil Code», en Works, I , 301,
Lii sociedad humana
275
tegración social y el conflicto armado no debe atribuirse a una supuesta adaptación de la filosofía social a los últimos descubrimientos de la ciencia biológica, sino al hecho de haber sido, casi
umversalmente, repudiada la filosofía utilitaria y la teoría económica. Las gentes han suplantado, mediante una filosofía que predica la lucha irreconciliable de clases y el conflicto internacional
armado, la ideología «ortodoxa» que pregonaba la armonía existente entre los intereses rectamente entendidos, es decir, los intereses, a la larga, de todos, ya se tratara de individuos, de grupos
sociales o de naciones. Los hombres se combaten ferozmente por
cuanto están convencidos de que sólo mediante el exterminio y la
liquidación de sus adversarios pueden personalmente prosperar.
2.
Implicaciones sociales del dartuinismú.—Asegura el dar-
winismo social que la teoría de la evolución, según Darwin la formulara, vino a evidenciar que la naturaleza en modo alguno brinda
paz o asegura respeto para la vida y el bienestar de nadie. La naturaleza presupone la pugna y el despiadado aniquilamiento de
los más débiles que fracasan en la lucha por la vida. Los planes
liberales, que pretenden estructurar una eterna paz, tanto en
el interior como en el exterior, son fruto de ilusorio racionalismo,
en contradicción evidente con el orden natural.
El concepto de lucha por la existencia, que Darwin tomó de
Malthus, sirviéndose de él en la formulación de su teoría, ha de
entenderse en un sentido metafórico. Mediante tal expresión afírmase, simplemente, que el ser vivo opone resistencia esforzada a
cuanto pueda perjudicar su existencia. Esa activa resistencia opuesta, sin embargo, para ser útil, ha de convenir con las circunstancias ambientaos bajo las cuales opera el interesado. La lucha por
la vida no implica recurrir siempre a una guerra de exterminio,
como la que el hombre mantiene contra los microbios nocivos.
Sirviéndose de la razón, el individuo advierte que como mejor
cuida de su bienestar personal es recurriendo a la cooperación social y a la división del trabajo. Estas son las armas principales con
que cuenta en la lucha por la existencia. Pero sólo en un ambiente de paz cabe a las mismas recurrir. Por eso, porque desarticulan
la mecánica de !a cooperación social, perjudican al hombre, en su
lucha por la vida, las pugnas bélicas, los conflictos civiles y las
revoluciones.
276
t.a Acción Humana
3.
El raciocinio y la conducta racional resultan antinaturales.—La teología cristiana condenó las funciones animales del
cuerpo humano, considerando que el «alma» operaba en una esfera
ajena a la de los fenómenos biológicos. En una reacción excesiva
contra dicha filosofía, algunos modernos han vilipendiado todas
aquellas manifestaciones gracias a las cuales el hombre se diferen
cía de los demás animales. Estas nuevas ideas consideran que la
razón humana es inferior a los instintos c impulsos animales; el
raciocinar no es natural y, por lo tanto, debe ser rechazado. Los
términos racionalismo y conducta racional han cobrado, de esta
suerte, un sentido peyorativo. El hombre perfecto, el hombreverdadero, es un ser que prefiere atenerse a sus instintos primarios más que a su razón.
Lo cierto, sin embargo, es que la razón, el rasgo humano más
genuino, es un fenómeno igualmente biológico. No es ni más ni
menos natural que cualquier otra circunstancia típica de la especie homo sapiens, como, por ejemplo, el caminar erecto o el carecer de pelaje.
C A P I T U L O
I X
La trascendencia de las ideas
1.
LA RAZÓN HUMANA
La razón constituye rasgo peculiar y característico del hombre. No tiene la praxeología por qué dilucidar si es o no instrumento idóneo para llegar a aprehender las verdades últimas
y absolutas; interesa, sin embargo, a nuestra ciencia, por ser
la herramienta que permite al hombre actuar.
Todas esas realidades objetivas que constituyen la base de
la sensación, del conocimiento y de la reflexión igualmente
acontecen ante los sentidos de los animales. Pero sólo el hombre es capaz de transformar tales estímulos sensorios en observaciones y conocimientos. Y sólo él sabe ordenar sus múltiples
cogniciones y experiencias para con ellas formar coherentes
sistemas científicos.
El pensamiento precede siempre a la acción. Pensar es, de
antemano, ponderar cierta f u t u r a actuación o, a posteriori, reflexionar acerca de una ya anteriormente ejecutada. El pensar
y el actuar constituyen fenómenos inseparables. No hay acción
que no se ampare en específica idea que el interesado anteriormente se haya hecho acerca de determinada relación causal.
Al percibir una relación causal, el sujeto formula un teorema.
Acción sin pensamiento y práctica sin teoría resultan inconcebibles. Tal vez el razonamiento sea defectuoso o la teoría incorrecta; la acción, sin embargo, presupone previo lucubrar y
teorizar. Es más; pensar implica invariablemente idear una posible acción. Incluso quien razona en torno a una tgoría pura,
hácelo por cuanto supone que la misma es correcta, es decir,
que si la acción se ajustara a ella, provocaría los resultados
t.a Acción Humana
278
previstos por ei pensamiento. Para la lógica carece de importancia el que tal acción sea, de m o m e n t o , factible o n o .
Siempre es un individuo quien piensa. La sociedad no puede pensar, c o m o tampoco puede comer o beber. D e n t r o del
marco social, ciertamente, es d o n d e el raciocinio h u m a n o ha
progresado hasta llegar, partiendo del p e n s a m i e n t o simplista
del h o m b r e primitivo, al sutil ideario de la ciencia m o d e r n a .
P e r o el razonar, en sí, invariablemente es obra individual. Es
posible la acción c o n j u n t a ; en cambio, el p e n s a m i e n t o conjunto resulta inconcebible. La tradición conserva y transmite
las ideas, incitando a las generaciones posteriores a continuar la
labor intelectual. Ello no obstante, el h o m b r e q u e desea
aprehender el pensamiento de sus antepasados no tiene más
remedio que repensar p e r s o n a l m e n t e el correspondiente raciocinio. Sólo entonces p u e d e el sujeto proseguir y ampliar aquel
ideario recibido. La palabra constituye el vehículo principal
de q u e se sirve la tradición. El pensamiento hállase ligado
a la palabra, y viceversa. Los conceptos encarnan en los vocablos. El lenguaje constituye i n s t r u m e n t o tic la razón y medio
de actuación social.
La historia del pensamiento y de las ideas es un coloquio
m a n t e n i d o de generación en generación. El p e n s a m i e n t o brota
de idearios elaborados en épocas anteriores. Sin ese c o n c u r s o
del ayer, todo progreso intelectual habría resultado imposible.
La continuidad del quehacer h u m a n o , el sembrar para n u e s t r o s
hijos, mientras cosechamos lo q u e nuestros mayores cultivaron, refléjase también en la historia de la ciencia y de las ideas.
H e r e d a m o s de nuestros antepasados no sólo bienes y productos diversos, de los q u e derivamos riquezas materiales, sino
también ideas y pensamientos, teorías y técnicas, a Jas que
nuestra inteligencia debe su f e c u n d i d a d .
P e r o el pensar es siempre actuación individual.
2.
D O C T R I N A S G E N E R A L E S E IDEOLOGÍAS
Las teorías q u e orientan la acción resultan, a m e n u d o , imperfectas e insatisfactorias. Incluso llegan a ser contradictorias,
La trascendencia de las ideas
279
resultando difícil tarea el ordenarlas en sistemática amplia y
coherente.
Sin embargo, si, en la medida de lo posible, o r d e n a m o s los
diversos c o n j u n t o s de teoremas y teorías q u e guían la conducta
de las distintas gentes y grupos, f o r m a n d o un sistema, es decir,
un cuerpo de omnicomprensivo conocimiento, podemos calificar al mismo de doctrina general. Una doctrina general, en
cuanto teoría, ofrece una explicación de todos los fenómenos
a quienes en ella creen; en c u a n t o n o r m a rectora de la acción,
brinda una serie de fórmulas para remover la incomodidad en
la mayor medida posihlc. Una doctrina general, por tanto, es,
de un lado, raciona! explicación de c u a n t o existe y, de otro,
una técnica, t o m a n d o a m b o s conceptos en su sentido más amplio. La religión, la metafísica y la filosofía aspiran a alumbrar
doctrinas generales. I n t e r p r e t a n el universo, indicando a los
mortales c ó m o deben proceder.
El t é r m i n o ideología es un concepto más estrecho. Las
ideologías surgen en el c a m p o de la acción h u m a n a y de la
cooperación social, desentendiéndose de los problemas q u e pretenden resolver la metafísica, la religión, las ciencias naturales
o las técnicas de éstas derivadas. Una ideología es el c o n j u n t o
que f o r m a n todas las teorías p o r u n a persona o un grupo mantenidas acerca de la conducta individual y la relación social. Ni
las doctrinas generales ni las ideologías limítnnse a e x a m i n a r
objetiva y desapasionadamente las cosas tal como son en realid a d . Constituyen no sólo teorías científicas; predican además
normas de conducta acerca de cómo conviene e s t r u c t u r a r el
ente social; es decir, indican al h o m b r e cuáles son los fines
últimos a q u e en su peregrinar por ta tierra debe aspirar.
E) ascetismo enseña que, para superar las penas y alcanzar
la paz, la alegría y la felicidad plena, no tienen más remedio
los mortales q u e renunciar a los bienes terrenales, desprendiéndose de los m u n d a n o s afanes. Preciso es apartarse de los placeres materiales, soportar con m a n s e d u m b r e las contrariedades
de este valle de lágrimas y d e v o t a m e n t e prepararse para la vida
ttlrraterrena. Es, sin embargo, tan escaso el n ú m e r o de quienes,
a lo largo de la historia, f i r m e y lealmente han seguido las doc-
280
t.a Acción Humana
trinas ascéticas q u e sólo cabe, hoy, recordar un p u ñ a d o de nombres. Parece c o m o si esa total pasividad fuera contraria a la
propia naturaleza h u m a n a . El e m p u j e vital prepondera en el
h o m b r e . De ahí que el ascetismo, en la práctica, muy raramente se haya atenido a su teórica dureza. Hasta los más beatos
ermitaños hicieron concesiones a la vida y a los placeres terrenos, en pugna con la rigidez de sus principios. Pero, en cuanto
el asceta rinde pleitesía a cualquier interés material y agrega
cuidados mundanales al prístino ideal p u r a m e n t e vegetativo,
p o r más que i n t e n t e justificar su a p a r t a m i e n t o de la profesada
creencia, viene a tender un puente sobre el abismo q u e le separa
de quienes se ven atraídos por la vida sensual. En ese m o m e n t o
hay algo común entre él y el resto de los mortales.
El pensamiento h u m a n o puede ser, en torno a problemas
q u e ni el razonamiento ni la experimentación son capaces de
dilucidar, tan dispar que todo acuerdo e n t r e unas y otras creencias devenga imposible. En las aludidas esferas d o n d e ni la lógica ni la experiencia pueden coartar los ensueños mentales, el
h o m b r e da rienda suelta a su individualismo y subjetividad.
N a d a hay más personal que las ideas e imágenes sobre lo trascendente. F,1 lenguaje no puede expresar lo inefable; nunca
cabe determinar si el oyente da a las palabras el mismo significado que el orador. En lo tocante al más allá, la transacción
no es posible. Las guerras religiosas son las más terribles porq u e la reconciliación entre los litigantes resulta impensable.
P o r el contrario, en los asuntos p u r a m e n t e terrenales, ejerce decisivo influjo la natural afinidad de todos los h o m b r e s y
la identidad de sus necesidades biológicas en lo q u e a la conservación de la vida atañe, La mayor productividad de la cooperación h u m a n a , b a j o el signo de la división del trabajo, hace
que, para todos, la sociedad constituya el i n s t r u m e n t o f u n d a mental en orden a la consecución de los fines propios de cada
u n o , cualesquiera que éstos sean. El m a n t e n i m i e n t o de la
cooperación social y su progresiva intensificación a todos interesa. De ahí q u e la doctrina general o la ideología q u e no predique la estricta e incondicional observancia de la vida ascética
y anacorética haya forzosamente de proclamar q u e la sociedad
La trascendencia de las ideas
281
constituye el i n s t r u m e n t o más idóneo para conseguir aquellos
objetivos que en lo terrenal el h o m b r e persigue. Admitida tal
premisa, a u t o m á t i c a m e n t e surge una base común de la q u e
cabe partir para resolver los problemas secundarios y los detalles de la organización social. Por m u c h o que las distintas ideologías puedan resultar contradictorias e n t r e sí, siempre coincidirán en una cuestión, a saber, en la conveniencia de mantener
la cooperación social.
La anterior circunstancia pasa írecuen temen te inadvertida,
por c u a n t o las gentes, al analizar filosofías e ideologías, se fijan
más en lo que dichas doctrinas predican acerca de los problemas trascendentes e incognoscibles q u e en lo por ellas postulado con respecto a las actividades terrenales, Las distintas partes
de un mismo sistema ideológico hállanse f r e c u e n t e m e n t e separadas por abismos insalvables. Para el h o m b r e , al actuar, sin
embargo, lo único q u e importa es lo referente a c ó m o deba
proceder d e n t r o del marco de la cooperación social; las doctrinas p u r a m e n t e especulativas, q u e no afecten a dicho tema, carecen para él de trascendencia. P o d e m o s dejar de lado la filosofía dura e inquebrantable del ascetismo, ya q u e por su propia
rigidez resulta en la práctica inaplicable. T o d a s las demás ideologías, al admitir la procedencia de las preocupaciones terrenas,
vense obligadas a reconocer, de una f o r m a u otra, q u e la división del t r a b a j o resulta de mayor fecundidad q u e la actuación
aislada. Hállanse, consecuentemente, constreñidas a proclamar
la conveniencia de la cooperación social.
Ni la praxeología ni la economía política pueden abordar
los aspectos trascendentes y metafísicos de ninguna doctrina.
A la inversa, tampoco sirve de nada el recurrir a dogmas o credos metafísicos o religiosos para invalidar los teoremas y doctrinas q u e el razonamiento praxeológico formula acerca de la
cooperación social. Cualquier filosofía, al reconocer la conveniencia de q u e existan lazos sociales entre los hombres, queda
situada en un terreno, por lo q u e se refiere a los problemas
atinentes a la actuación social, en el cual no cabe ya recurrir
a convicciones personales o a profesiones de fe que no r-uedan
ser sometidas a pleno y riguroso examen científico.
282
t.a Acción Humana
Esta f u n d a m e n t a l realidad se olvida a menudo. Las gentes
creen que las diferencias existentes entre las diversas doctrinas
generales engendran disparidades de criterio imposibles de conciliar; suponen q u e los antagonismos básicos entre tales doctrinas vedan toda solución dialogada. Estamos ante diferencias
— a s e g ú r a s e — q u e surgen de los más p r o f u n d o s entresijos del
alma humana, q u e reflejan la personal comunión del h o m b r e
con fuerzas sobrenaturales y eternas, Nunca, por tanto, puede
haber cooperación entre gentes a quienes separan opuestas doctrinas generales.
El error en que al así razonar se incide queda patentizado
en cuanto examinamos los programas respectivos de esas irreconciliables facciones, sus proyectos pública y f o r m a l m e n t e
proclamados y los q u e en la práctica plasman al llegar al p o d e r .
Es indudable q u e todos los partidos políticos aspiran, en la
actualidad, al bienestar y a la prosperidad material de sus
asociados. Todos prometen mejorar la situación económica de
los seguidores. Sobre este p u n t o no hay diferencia entre la iglesia católica y las confesiones protestantes; entre el cristianismo
y las religiones no cristianas; entre los defensores de la libertad
económica y los partidarios de las distintas sectas del materialismo marxista; entre nacionalistas e intemacionalistas; entre
quienes se apoyan en el racismo y quienes prefieren la convivencia interracial. Cierlo es que muchos de estos grupos creen
que sólo acabando con los demás podrán ellos m e d r a r , recom e n d a n d o en su consecuencia el previo aniquilamiento o esclavización del disidente. Ahora bien, esa violenta opresión del
o p o n e n t e no constituye, para quienes la aconsejan, fin ú l t i m o ,
sino tan sólo medio, en su opinión idóneo, para alcanzar el
objetivo deseado: la prosperidad de tos propios seguidores. Si
dichos partidos advirtieran que tal política jamás p u e d e provocar los resultados apetecidos, indudablemente, modificarían
sus teorías.
Las ampulosas declaraciones q u e los hombres han formulado en torno a lo incognoscible e inasequible para la mente
h u m a n a , en torno a cosmologías, doctrinas generales, religiones, misticismos, metafísicas y fantasías conceptuales, amplia-
La trascendencia de las ideas
283
mente difieren entre sí. Tales ideologías muestran, en cambio,
rara uniformidad en lo referente a los fines terrenales y a los
medios mejores para alcanzar los correspondientes objetivos.
Existen, desde luego, diferencias y antagonismos por lo q u e se
refiere a los fines y los medios. Pero, en lo atinente a los fines,
esas disparidades de criterio no son, desde luego, inconciliables ni impiden la cooperación ni el compromiso en la esfera de
la acción social; y en lo tocante a medios y sistemas, tales diferencias son sólo de carácter técnico, por lo cual cabe someterlas
a examen racional. Cuando, en el calor de la disputa, u n o de
los b a n d o s dice «resulta imposible proseguir la discusión, pues
han sido suscitadas cuestiones q u e afectan a nuestros principios
básicos y, en tal materia, no cabe la transacción, es imperativo que cada u n o sea fiel a sus ideales, cueste lo que cueste»,
basta con mirar las cosas un poco más d e t e n i d a m e n t e para de
inmediato advertir q u e las diferencias suscitadas no son tan
serias como aquella grandilocuente dicción aparenta. En efecto,
para los partidos q u e propugnan el bienestar material de los
suyos y q u e , por consiguiente, convienen en la procedencia de
la cooperación social, las disparidades que pueden suscitarse
en t o r n o a la mejor organización social y la más conveniente
actuación humana no atañen a principios ideológicos ni a doctrinas generales; se trata, por el contrario, de cuestiones simplemente tecnológicas. E s t a m o s ante problemas p u r a m e n t e técnicos, en los que el acuerdo no es difícil. Ningún partido, a
sabiendas, prefiere la desintegración social, la anarquía y la
vuelta a la barbarie primitiva antes q u e una solución armónica,
aun c u a n d o ésta p u e d a implicar el sacrificio de ciertos detalles
ideológicos.
En los programas políticos, tales cuestiones técnicas tienen,
indudablemente, gran importancia. El partido puede haberse
c o m p r o m e t i d o a utilizar ciertos medios, a aplicar específicos
métodos de acción, rechazando por inoportuna toda otra política. Al hablar de p a r t i d o entendemos aquella unidad que agrupa
a cuantos creen en la conveniencia de emplear unos mismos
sistemas de acción común, Lo q u e distingue a unos ciudadanos
de los otros y plasma los partidos políticos es la elección de
284
t.a Acción Humana
los medios. Para la supervivencia del p a r t i d o como tal, el problema de los medios consecuentemente es de suma trascendencia. £1 partido tiene sus días contados en cuanto q u e d e demostrada la esterilidad de los medios que el mismo preconiza. Los
jefes, cuyo prestigio y porvenir político hállase íntimamente
ligado al programa en cuestión, advierten los peligros de permitir una discusión amplia y sin trabas de sus sistemas, prefiriendo atribuir a éstos el carácter de fines últimos indiscutibles,
por hallarse basados en inmodificable doctrina general. Pero,
para las masas, en cuya representación pretenden aquéllos actuar, para los votantes, a quienes los mismos desean atraer y
cuyos sufragios mendigan, el planteamiento es radicalmente
distinto. Estas personas no pueden ver inconveniente alguno
en q u e sea sometido a detallado análisis el programa de que
se trate, pues, a fin de cuentas, tal programa no es más q u e un
c o n j u n t o de asertos acerca de cuáles sean los medios más apropiados para alcanzar el fin que a todos interesa: el bienestar
personal.
Aparentes sólo, a no d u d a r , resultan, en lo tocante a los
fines últimos, las disparidades entre esos partidos que aseguran
tener idearios filosóficos propios y aspiran a objetivos finales
distintos de aquellos q u e los demás grupos persiguen. Los antagonismos surgen al suscitarse cuestiones atinentes a los credos religiosos, al planteamiento de las relaciones internacionales, a la propiedad de los medios de producción, o al sistema
político más o p o r t u n o . Pero fácil resulta demostrar q u e tales
antagonismos atañen exclusivamente a los medios a emplear,
nunca a los fines últimos.
En efecto, comencemos por examinar lo referente al sistema de gobierno. H a y gentes partidarias de la democracia, otras
de la monarquía hereditaria, no faltan quienes prefieren el gobierno de «los mejores», ni quienes recomiendan la dictadura
cesarista
Cierto es que, f r e c u e n t e m e n t e , estos programas buscan justificación amparándose en divinas instituciones, en eternas leyes universales, en el orden natural, en la inevitable evolución histórica y en otros conceptos de tipo trascendente. Talil ccsarismo encanta hoy en ¡as dictaduras bolchevique, fascista y nazi.
La trascendencia de las ideas
285
les arbitrismos son de índole adjetiva y p u r a m e n t e formal.
C u a n d o aquellos políticos se dirigen al electorado, recurren a
otros argumentos. Afánanse por d e m o s t r a r q u e su sistema es
el más eficaz para lograr los objetivos a q u e todos sus oyentes
aspiran. Resaltan los efectos q u e su ideario p r o d u j o en épocas
pasadas o en otros países; atacan a los programas ajenos por
haber fracasado en la consecución de estos objetivos ambicionados. Recurren al razonamiento p u r o y a la experiencia histórica
para evidenciar la superioridad de la propia sistemática y la
futilidad de la de sus adversarios. P e r o siempre el a r g u m e n t o
principal reza: el sistema político q u e d e f e n d e m o s os hará más
prósperos y felices.
En lo atinente a la organización económica de la sociedad,
existen los liberales, q u e defienden la propiedad privada de los
medios de producción; los socialistas, q u e abogan por la propiedad pública de los mismos; y los intervencionistas, partidarios de un tercer sistema, equidistante, en su opinión, tanto del
socialismo como del capitalismo. Mucha palabrería malgastan
todos ellos al invocar principios filosóficos, H a b l a n lo m i s m o
unos q u e otros de la verdadera libertad, de la igualdad y de la
justicia social, de los derechos del individuo, de la comunidad,
de la solidaridad y de la hermandad entre todos los hombres.
A h o r a bien, cada una de dichas facciones pretende evidenciar,
mediante el raciocinio y la experiencia histórica, q u e sólo el
sistema por cada una de ellas p r o p u g n a d o logrará hacer prósperos y felices a los mortales. Aseguran a las masas que la
realización de su programa elevará el nivel general de vida en
mayor grado q u e la ejecución de ios proyectos q u e los demás
partidos a m p a r a n . Insisten en la procedencia e idoneidad de sus
propios planes. T a n dispares sistemas no difieren en cuanto a
los fines, sino sólo en lo atinente a los medios. T a n t o los unos
como los otros aspiran al m á x i m o bienestar material posible
para todos.
Los nacionalistas aseguran que existen conflictos irreconciliables entre las diversas naciones, armonizando, por el contrario, los intereses rectamente entendidos de todos los ciudadanos d e n t r o del propio estado. Un país sólo puede prosperar
286
t.a Acción Humana
a costa de los demás; y el particular únicamente progresa cuando su nación p r e d o m i n a . Los liberales no opinan lo mismo.
Aseguran que los intereses de los diversos estados armonizan
e n t r e sí, al igual q u e acontece con los de los distintos grupos,
estamentos y clases de cada nación. Creen q u e Ja pacífica cooperación internacional constituye medio más idóneo que el conflicto armado para alcanzar aquella meta a la cual todos aspiran: la riqueza y bienestar naciotil, No propugnan la paz y la
libertad comercial p o r q u e deseen traicionar a su país y favorecer al extranjero, como los nacionalistas suponen. Muy al contrario, precisamente p o r q u e quieren enriquecer a la patria,
aconsejan recurrir a la paz y a] libre cambio. Lo q u e separa a
los librecambistas de los nacionalistas no es, pues, el o b j e t o
perseguido, sino los medios propuestos para alcanzarlo.
Las discrepancias religiosas no pueden solucionarse recurriendo al razonamiento. Los conflictos religiosos, por esencia,
son implacables e insolubles. Ahora bien, en cuanto la secta
religiosa de q u e se trate aborda el c a m p o de la acción política
y pretende estructurar la organización social, ha de ocuparse de
intereses mundanales, pese ¿t que ello exige a veces adulterar
los correspondientes dogmas y artículos de fe. Al e x p o n e r sus
principios esotéricos, religión alguna se aventuró jamás a decir
f r a n c a m e n t e a sus feligreses: la implantación de nuestros idearios os empobrecerá, rebajando v u e s t r o nivel de vida. Q u i e n e s
de verdad querían abrazar una vida de austeridad y pobreza se
refugiaron en retiros monásticos, rehuyendo la escena política.
P e r o aquellas sectas q u e aspiran al proselitismo y desean influir
en la conducta política y social de sus fieles no condenan lo
q u e en el m u n d o resulta atraciivo. C u a n d o dichas comunidades
se e n f r e n t a n con los problemas materiales q u e la peregrinación
terrena suscita, en poco difieren de ios demás partidos políticos. Insisten más en las ventajas tangibles q u e los creyentes
tienen reservadas q u e en las bienaventuranzas del más allá.
Sólo una doctrina general cuyos seguidores renunciaran a
toda actividad terrenal podría pasar por alto el q u e la cooperación social es el gran medio para la consecución de todos los
fines humanos. Por cuanto el h o m b r e es un animal social, q u e
La trascendencia de las ideas
287
sólo d e n t r o de la sociedad prospera, las ideologías todas vense
constreñidas a reconocer la trascendencia de la cooperación
h u m a n a . De ahí que los partidos invariablemente quieran
hallar la organización social más perfecta y q u e mejor sirva al
deseo del h o m b r e de alcanzar el máximo bienestar material
posible. T o d o s esos diversos modos de pensar vienen así a coincidir en un t e r r e n o c o m ú n . No son, pues, doctrinas generales
ni cuestiones trascendentes inabordables por el análisis racional
lo que a tales grupos separa; la disparidad de criterio, c o m o
tantas veces se ha dicho, surge en torno a la oportunidad de los
medios y ¡os sistemas. Esas discrepancias ideológicas pueden
ser analizadas y d e b i d a m e n t e p o n d e r a d a s a la luz de los descubrimientos científicos de la praxcologia y de la economía.
KA L U C H A C O N T R A EL ERROR
E! e x a m e n crítico de los sistemas filosóficos formulados p o r
los grandes pensadores de la humanidad lia revelado, a menudo,
lallos y gricias en la impresionante estructura de estos, al parecer,
consecuentes y coherentes cuerpos de comprehensivo conocimiento. Incluso el genio, al esbozar doctrinas generales, falla a veces,
no pudiendo evitar contradicciones y paralogismos.
l.as ideologías comúnmente aceptadas por la opinión pública
adolecen, aún en mayor grado, de esas imperfecciones de la mente
humana. Tales idearios no son, en general, más que ecléctica
yuxtaposición
de
pensamientos
totalmente
incompatibles entre
sí. No resisten el más somero análisis. Su inconsistencia resulta
insalvable, hallándose de antemano condenado al fracaso todo
intento de combinar las diversas partes que los forman para ordenar coherente sistema lógico.
No faltan autores que pretenden justificar las íntimas contradicciones de las ideologías en boga, resaltando la utilidad de las
fórmulas trans acción a les, por deficientes que, desde un punto de
vista lógico, pudieran parecer, al permitir el pacífico desenvolvimiento de las relaciones humanas, apoyándose en la extendida
pero errónea creencia según la cual ni la vida ni la realidad serían
288
t.a Acción Humana
en sí «lógicas». Un sistema lógicamente contradictorio, afirman,
puede demostrar su procedencia y utilidad al acreditar que fun
ciona de modo satisfactorio, en tanto que un sistema lógicamente
perfecto podría provocar resultados desastrosos. No hace falta
refutar, una vez más, tan patentes errores. El pensamiento lógico
y la vida real en modo alguno constituyen órbitas separadas. La
lógica es el único medio del que el hombre dispone para resolver
los problemas que la realidad le plantea. Lo que es contradictorio
en teoría no lo es menos en la práctica. Ninguna ideología inconsecuente puede proporcionar solución satisfactoria, o sea. operante, a las cuestiones que la vida plantea. Los razonamientos contradictorios sólo sirven para enmascarar los auténticos problemas,
impidiendo que la gente pueda adoptar, a tiempo, apropiadas con
ductas que permitan resolverlos. Cabe, a veces, retrasar la aparición del insoslayable conflicto, pero, al disimular y encubrir tos
males, agrávanse los mismos, haciendo más difícil su solución
final. Multiplícase el malestar, intensifícanse los odios e imposibi
lítanse las soluciones pacíficas. Constituye grave error el considerar
inofensivas e incluso beneficiosas las contradicciones ideológicas.
El objeto principal de la praxeología y de la economía estriba
en reemplazar por pensamientos correctos y consecuentes las contradictorias creencias del eclecticismo popular. Sólo recurriendo a
los medios que la razón brinda, cabe impedir la desintegración
social y garantizar et constante mejoramiento de las condiciones
de vida. El hombre debe examinar con el máximo rigor cuantos
problemas se le suscitan hasta alcanzar finalmente aquellas impasables fronteras que la mente humana, en cada caso, no pueda yt
salvar. No debemos jamás conformarnos con las soluciones sugeridas por pasadas generaciones, ni ceder en la lucha por la más
perfecta cognición que permita eliminar el error en el mayor
grado posible. Hay que divulgar la verdad, desenmascarando sin
descanso las doctrinas falaces.
Los problemas en cuestión son de orden puramente intelectual y como tales deben ser abordados. Es inadmisible pretender
escamotearlos, transfiriéndolos al terreno de ta moral o limitándose a vilipendiar, como seres indeseables, a los defensores de ideologías contrarias a la propia. De nada sirve insistir, una y otra
vez, en la bondad de cuanto personalmente defendemos y en la
La trascendencia de las ideas
289
nocividad de cuanto propugnan nuestros opositores. El problema
consiste precisamente en eso, en determinar qué cosas deben estimarse buenas y cuáles nocivas. El rígido dogmatismo, característico de las sectas religiosas y del marxismo, provoca conflictos insolubles. Tal dogmatismo condena de antemano al disidente, tachándole de malhechor; niega la buena fe del contrincante, exigiendo de él sumisión incondicional. Allí donde tal actitud prevalezca resulta imposible la cooperación social.
No es, ciertamente, más constructiva Li tendencia, actualmente tan en boga, de motejar de pobre orate a quienquiera defienda
una teoría distinta a la propia. Los psiquiatras son incapaces de
precisar la frontera entre la locura y la cordura. Sería ridículo
para el profano pretender intervenir en tan trascendente cuestión
médica. Además, si el mero hecho de sustentar puntos de vista
equivocados y el proceder en consecuencia ha de estimarse signo
de incapacidad mental, difícil en verdad resulta hallar individuo
alguno al que pueda considerársele cuerdo y normal. A ese tenor
habría que considerar locas a las generaciones pasadas porque sus
ideas acerca de las ciencias naturales, y consiguientemente sus
técnicas, diferían de las nuestras. Por la misma razón tendrían que
considerarnos a nosotros dementes las generaciones venideras. El
hombre es víctima, frecuentemente, del error. Si el equivocarse
constituyera el rasgo distintivo de la incapacidad mental, entonces
todos debiéramos considerarnos lunáticos.
El que un hombre no coincida con la opinión mayoritaria de
sus contemporáneos tampoco autoriza a calificarlo de insano.
¿Enajenados acaso eran Copérnico, Galilco o Lavoisier? Es propio del curso normal de la historia el que sean concebidas nuevas
ideas, disconformes con las a la sazón prevaientes. Algunas de
estas ideas serán luego incorporadas al conjunto de conocimientos
aceptados como verdaderos por la opinión pública. ¿Es admisible
considerar «cuerdos» solamente a aquellos hombres-masa que
nunca tuvieron una idea propia, negando dicha consideración a
todo innovador?
La actitud adoptada por algunos psiquiatras contemporáneos
es, en verdad, imperdonable. Ignoran por completo las doctrinas
praxeológicas y económicas. Sus conocimientos acerca de las modernas ideologías son sólo superficiales e incontrastados. Pero
19
t.a Acción
290
Humana
ello, sin embargo, no les impide calificar, con U mayor despreocupación, de paranoicos a los defensores de esas nuevas ideologías.
Hay personas a las que se califica comúnmente de arbitristas
monetarios; ofrecen fórmulas para hacer felices a todos mediante
manipulaciones dineradas; se trata, desde luego, de puras fantasías. Pero la verdad es que tales fórmulas vienen a ser consecuente
aplicación de las ideologías monetarias que la opinión pública
contemporánea suscribe y que aceptan en sus programas prácticamente todos los gobiernos. Las objeciones opuestas por los economistas a esos errores ideológicos ni las administraciones públicas
ni los partidos políticos ni los grandes rotativos las toman en
cuenta.
Los profanos en materia económica consideran la expansión
del crédito y el aumento de la cantidad de dinero circulante medios eficaces para reducir, de modo permanente, el tipo de interés
por debajo del nivel que alcanzaría en un no interferido mercado
crediticio y de capitales. La idea es totalmente errónea 1. Y, sin
embargo, tal suposición informa la política monetaria y crediticia
de casi todos los gobiernos contemporáneos. Ahora bien, una vez
dada por buena tan perniciosa ideología, nada cabe objetar a los
planes que Pierre Joseph Proudhon, Ernest Solvay, Clifford Hugh
Douglas y huestes de otros falsos reformadores han venido proponiendo. Tales arbitristas simplemente son más consecuentes con
las aludidas premisas que el resto de sus contemporáneos. Aspiran
a reducir el tipo de interés a cero y a suprimir así, de una vez
para siempre, la «escasez de capital». Quien pretenda refutar tales
supuestos, forzosamente, habrá primero de demostrar la inconsecuencia de las teorías en que se basa toda la política monetaria
y crediticia de los grandes estados modernos.
Los psiquiatras tal vez objeten que lo que caracteriza al loco
es, precisamente, la carencia de moderación, el ir siempre a los
extremos. Mientras el individuo normal es suficientemente juicioso como para refrenarse, el vesánico no se detiene ante ningún
límite. El argumento, sin embargo, de nada vale a los efectos examinados. Los conceptos esgrimidos en favor de la tesis según la
cual el tipo de interés, mediante la expansión crediticia, puede ser
1
Vid. cap. XX.
La trascendencia de las ideas
291
reducido del cinco o el cuatro por ciento al tres o al dos por ciento, igualmente militan en favor de su reducción a cero. Los arbitristas monetarios tienen ciertamente razón cuando sus teorías se
enjuician a la luz de las falacias monetarias hoy en día más
extendidas.
Hay psiquiatras que aseguran que eran dementes aquellos alemanes que se adhirieron al nazismo y quisieran curarles mediante
procedimientos terapéuticos. De nuevo nos hallamos ante el mismo problema. Las doctrinas del nazismo son erróneas, pero en lo
esencial coinciden con las ideologías socialistas y nacionalistas
que la opinión pública de los demás pueblos suscribe. Lo que caracterizó a los nazis fue el aplicar, de modo consecuente, tales
principios a las condiciones particulares de Alemania. Como sucede en todas las demás naciones modernas, los nazis preferían la
regulación estatal de la vida mercantil y la autosuficiencia económica, es decir, la autarquía nacional. Lo típico de su política consistió en no querer consentir los perjuicios que había de acarrearIes la adopción del mismo sistema por otras naciones. No estaban
dispuestos —decían— a quedar «encarcelados» para siempre en
un territorio relativamente superpoblado cuyas condiciones naturales daban lugar ¡t que allí la productividad del trabajo resultara
inferior a la que en otros países se lograba. Creyeron que sus
grandes cifras de población, una favorable situación estratégica y
la proverbial fuerza y valor de sus instituciones armadas les deparaban buena ocasión para remediar medíante la agresión aquellos males que deploraban.
Ahora bien, quienquiera que acepte como verdadera la ideología del nacionalismo y del socialismo reputándola adecuada para
su propia nación, nada podrá oponer a las conclusiones que de
esos mismos idearios derivaron los nazis. El único camino que,
para refutar el nazismo, Ies queda a las naciones extranjeras admiradoras de aquellos dos principios es el de recurrir a la guerra
para, por medios bélicos, aplastar a cualquier Hítler y sus seguidores. Mientras las ideologías del socialismo y del nacionalismo dominen la opinión pública mundial, los alemanes u otros pueblos,
en cuanto se les presente la ocasión, intentarán de nuevo recurrir
a la agresión y a la conquista. La mentalidad agresiva sólo quedará
desarraigada cuando sean públicamente refutados los errores ideo-
t.a Acción Humana
292
lógicos que la engendran. No es ésta tarea de psiquiatras, sino de
e
c
o
n
o
m
i
s
t
a
s
*
El hombre sólo dispone de un instrumento para combatir el
error: la razón,
3.
E L PODER
La sociedad es producto de la acción h u m a n a . La acción
h u m a n a se guía por ideologías. La sociedad, por tanto, a! igual
que cualquier institución social, es f r u t o de específicas ideologías; y las ideologías, contrariamente a lo q u e el m a r x i s m o
supone, no son las distintas situaciones sociales las q u e las
engendran, sino al revés. Cierto es q u e los pensamientos y las
ideas h u m a n a s no son obra de individuos aislados. Los idearios
sólo trascienden merced a la cooperación de quienes piensan.
La labor mental no podría progresar si el interesado tuviera
q u e iniciar todo razonamiento desde el origen. El p e n s a m i e n t o
h u m a n o avanza por c u a n t o cada pensador se ve apoyado en
sus esfuerzos por la labor q u e realizaron anteriores generaciones, las cuales f o r j a r o n los i n s t r u m e n t o s del pensar, es decir,
los conceptos y las terminologías, y plantearon los problemas,
T o d o orden social f u e p e n s a d o y proyectado antes de ser
puesto en práctica. E s t a precedencia temporal y lógica del factor ideológico no supone afirmar q u e los hombres f o r m u l e n , de
a n t e m a n o , completos sistemas sociales como hacen los a u t o r e s
de utopías. Lo q u e se piensa y d e b e pensarse antes no es el
acoplamiento de las acciones individuales en un o r d e n a d o sistema social, sino las acciones de los individuos con respecto a
sus semejantes y la de los diversos grupos ya f o r m a d o s con
respecto a los demás. A n t e s de q u e un h o m b r e ayude a o t r o a
cortar un árbol, dicha operación ha de ser pensada. A n t e s de
q u e tenga lugar un acto de t r u e q u e , ha de concebirse la idea
de la recíproca ventaja derivada del intercambio de bienes y
servicios. No es preciso q u e los interesados adviertan q u e ese
1
Vid. MISRS, Ommpotm Government, pítgs. 221-228, 129-131, 135-150. New
Haven, 1944.
La trascendencia de las ideas
293
mutualismo está e s t r u c t u r a n d o lazos c o m u n e s y e n g e n d r a n d o
un sistema social. El individuo ni planea ni actúa p e n s a n d o en
la creación de una sociedad. P e r o su conducta y la correspondiente conducta de los d e m á s e n g e n d r a n los cuerpos sociales.
Toda institución social es f r u t o de ideologías anteriormente pensadas. D e n t r o de una cierta organización social, nuevas
ideologías pueden surgir, sobreponerse a las a n t e r i o r m e n t e
mantenidas, t r a n s f o r m a n d o así el sistema. La sociedad es siempre f r u t o de ideologías anteriores p r e v i a m e n t e e s t r u c t u r a d a s ,
tanto en sentido temporal c o m o lógico. Las ideas invariablemente dirigen la acción, que luego plasma lo q u e el anterior
pensar proyectara.
Si subjetivizamos o personificamos el concepto de ideología, cabe decir q u e ejercen poder sobre los hombres. P o d e r es
facultad o capacidad de o r i e n t a r la acción. El p o d e r , por lo
general, sólo se atribuye a un h o m b r e o a un g r u p o de h o m b r e s .
En este sentido, poder equivale a capacidad para o r d e n a r la
actuación ajena. Q u i e n d i s f r u t a de p o d e r d e b e su fuerza a una
ideología. U n i c a m e n t e las ideologías pueden conferir a un individuo poder para influir en la conducta y decisiones de terceros.
El hombre, para erigirse en jefe, ha de apoyarse en una ideología q u e obligue a los demás a serle dóciles y sumisos. El poder,
por tanto, no es cosa material y tangible, sino f e n ó m e n o moral
y espiritual. El poder de la realeza se basaba en la aceptación de
la ideología monárquica por parte de los súbditos.
Q u i e n se sirve de su p o d e r para manejar el estado, es
decir, el aparato social de coerción y compulsión, gobierna. G o b e r n a r es ejercer poder sobre el c u e r p o político. El g o b i e r n o
se basa siempre en el poder, en la capacidad de ordenar ajenas
actuaciones.
Cabe, ciertamente, gobernar m e d i a n t e la opresión violenta
del pueblo disconforme. Lo típico del estado V del gobierno es,
desde luego, gozar de a t r i b u t o s bastantes para aplicar coacción
violenta o amenazar con la misma a quienes no quieran de b u e n
grado someterse. Pero incluso esa violenta opresión t a m b i é n
se f u n d a en algo de orden ideológico. Q u i e n p r e t e n d a servirse
de la violencia habrá de estar respaldado por la voluntaria
294
La Acción Humana
cooperación de algunos. Un individuo q u e sólo contara consigo
m i s m o nunca podría gobernar m e d i a n t e la fuerza física \ Precisa el tirano del apoyo ideológico de d e t e r m i n a d o g r u p o para
someter a los restantes; ha de disponer de un círculo de partidarios q u e v o l u n t a r i a m e n t e le obedezcan. Esa espontánea sumisión le proporciona el arma necesaria para someter a los demás. La duración de su imperio d e p e n d e de la relación numérica de los dos g r u p o s , el q u e le apoya voluntariamente y el
q u e es sometido por la fuerza. A u n q u e el déspota logre gobern a r t e m p o r a l m e n t e gracias a una minoría, si ésta hállase armada
y la mayoría no, a la larga la minoría no puede m a n t e n e r sometida a la mayoría. Los o p r i m i d o s alzaránse en rebelión, rechazando el yugo.
Un sistema d u r a d e r o de gobierno ha de basarse siempre en
u n a ideología q u e la mayoría acepte. Son esencialmente de orden ideológico, m o r a l y espiritual aquellos factores «reales» y
aquellas «fuerzas efectivas» en q u e se apoya el gobierno y que
éste, en definitiva, utiliza para someter, por la violencia, a la
minoría disidente. Los gobernantes q u e olvidaron tan básico
principio político y, confiando en la supuesta invencibilidad de
sus fuerzas, menospreciaron el espíritu y las ideas f u e r o n , finalmente, derrocados por el e m p u j e de sus adversarios. Constituye
error en el q u e incurren muchas o b r a s de política y de historia
el concebir el p o d e r c o m o u n a «realidad» ajena a las ideologías.
El t é r m i n o Realpolitik sólo tiene sentido c u a n d o se emplea para
calificar la política q u e se atiene a las ideologías c o m ú n m e n t e
aceptadas, en contraste con aquellas otras q u e p r e t e n d e n basarse en ideologías escasamente compartidas, las cuales, por tanto,
no sirven para f u n d a m e n t a r un sistema d u r a d e r o de gobierno.
La mentalidad de quien concibe el poder c o m o una fuerza
física y «real» q u e p e r m i t e i m p o n e r s e v considera la acción
violenta como el v e r d a d e r o f u n d a m e n t o del gobernar es similar
a la de los m a n d o s subalternos colocados al f r e n t e de las secciones del ejército o de la policía. A tales s u b o r d i n a d o s no se
4 Un gángster podrá dominar a un individuo desarmado o más d¿bil, pero ello
nada tiene que ver con la vida en sociedad. Constituye acontecimiento antisocial
aislado.
La trascendencia de las ideas
295
les encomiendan más q u e concretas tareas d e n t r o del marco de la
ideología i m p e r a n t e . Los jefes ponen a sus ó r d e n e s tropas q u e
no sólo están equipadas, armadas y organizadas para el combate, sino q u e hállanse además imbuidas de un espíritu q u e las
impulsa a obedecer las órdenes recibidas. L o s aludidos subalternos consideran esa disposición moral de la tropa c o m o algo
natural, por c u a n t o a ellos m i s m o s les anima idéntico espíritu
y no p u e d e n ni imaginar una ideología diferente. El poder de
una ideología estriba precisamente en eso, en inducir a las gentes a someterse a sus dictados sin vacilaciones ni escrúpulos.
El p l a n t e a m i e n t o , sin embargo, es totalmente d i s t i n t o para
el jefe del g o b i e r n o . Ha de cuidarse de m a n t e n e r la moral de
las f u e r z a s armadas y la lealtad del resto de la población, pues
tales factores morales constituyen los únicos elementos «reales»
con que en definitiva cuenta para mantenerse. E s f u m a r í a s e su
poder tan p r o n t o c o m o desapareciera la ideología q u e lo
sustenta.
U n a minoría cabe, a veces, conquiste el p o d e r m e d i a n t e
superior capacidad militar, instaurando así un gobierno antimayoritario. P e r o s e m e j a n t e situación sólo p u e d e ser transitoria. Si los victoriosos c o n q u i s t a d o r e s no aciertan p r o n t o a sustituir el m a n d o q u e a m p a r ó la violencia por un gobierno q u e
se apoye en el asenso ideológico de los gobernados, habrán de
sucumbir en ulteriores pugnas. T r i u n f a r o n , invariablemente,
cuantas minorías lograron i m p o n e r d u r a d e r o sistema de gobierno legitimando su supremacía, o bien ateniéndose a las
ideologías de los vencidos, o bien t r a n s f o r m a n d o éstas. D o n d e
ni una ni otra mutación ideológica t u v o lugar, la mayoría oprimida acabó avasallando a la minoría d o m i n a n t e , recurriendo a
la lucha abierta o apoyándose en la callada p e r o inexorable
presión de las fuerzas ideológicas s .
La m a y o r parte de las grandes conquistas históricas perduraron por c u a n t o los invasores aliáronse con aquellas clases
de la nación d e r r o t a d a q u e estaban respaldadas por la ideología
d o m i n a n t e , alcanzando así la consideración de g o b e r n a n t e s Ie* Vid. págs- 946-948.
296
t.a Acción Humana
g ü i m o s . T a l f u e el sistema seguido p o r los tártaros en Rusia,
por los turcos en los principados del D a n u b i o y en la mayor
parte de H u n g r í a y Transilvania y por británicos y holandeses
en las I n d i a s Orientales. Un p u ñ a d o de ingleses podía gobernar a varios cientos de millones de hindúes, en razón a q u e los
príncipes y los grandes terratenientes indígenas vieron en el
d o m i n i o imperial un medio de preservar sus privileegios, por
lo cual prestaron a la corona victoriana el apoyo q u e la ideología generalmente aceptada en la India a ellos mismos íes ofrecía. El i m p e r i o británico pervivió allí mientras la opinión pública p r e s t ó aquiescencia al orden social tradicional. La Pax
Britannica salvaguardaba los privilegios de príncipes y terratenientes y protegía a las masas de las penalidades q u e las guerras e n t r e los principados y las internas pugnas sucesorias
hubiérales impuesto. En la actualidad, ideas subversivas, provenientes del exterior, han acabado con el p r e d o m i n i o británico, amenazando el m a n t e n i m i e n t o en el país de su ancestral
orden social.
H a y minorías t r i u n f a n t e s que, a veces, deben el éxito a su
superioridad técnica. P e r o ello no altera el problema. No es
posible, a la larga, impedir q u e los miembros de la mayoría
d i s f r u t e n también de las mejores armas. Lo q u e a m p a r ó a los
ingleses en la India no f u e el a r m a m e n t o de sus tropas, sino
puros factores ideológicos t ,
La opinión pública de un país p u e d e hallarse ideológicam e n t e tan dividida q u e ningún g r u p o resulte ser suficientemente amplio para asegurar un g o b i e r n o d u r a d e r o . En tal caso,
surge la a n a r q u í a ; las revoluciones y las luchas civiles devienen
permanentes.
4
Alúdese ahora al man le ni miento del gobierno de las minorías eu topeas en
países no europeos. Sobre las posibilidades de una agresión asiática a Occidente,
vid. págs. 973-976.
La trascendencia de las ideas
297
EL TRADICIONALISMO COMO IDEOLOGIA
El tradicionalismo es aquel pensamiento que considera opor
tuno y conveniente el mantenerse fiel a las valoraciones, costumbres y procedimientos que, efectiva o supuestamente, los antepasados adoptaran. No es preciso que dichos antepasados, en sentido
biológico, lo sean o puedan así estimarse; a veces, merecen tal
consideración los anteriores habitantes del país, los previos seguidores de un mismo credo religioso o, incluso, quienes de siempre
ejercieran cierta función
Las distintas variedades de tradicionalis-
mo determinan, en cada caso, quiénes merezcan la consideración
de antepasados, asi como el contenido del cuerpo de enseñanzas
legado. La ideología en cuestión destaca a ciertos antecesores,
mientras que a otros los relega al olvido; incluso califica de
antepasados, en ciertas ocasiones, a gentes sin relación alguna con
sus supuestos descendientes. Y más de una vez estima «tradicional» una doctrina de origen reciente, disconforme con las ideologías efectivamente mantenidas por los originarios.
Para justificar las ideas tradicionales aléganse los excelentes
resultados que anteriormente dieran. El que el aserto sea exacto
constituye cuestión aparte. Posterior investigación ha demostrado,
a veces, ¡os errores que encerraban las afirmaciones tradicíonalistas. Tal circunstancia no fue, sin embargo, generalmente bastante
para echar por tierra la correspondiente doctrina, Pues el tradicionalismo no se fundamenta en hechos históricos reales, sino
en la opinión acerca de ellos mantenida —aunque sea errónea-—
y en la voluntad de creer en cosas a las que se atribuye antigüedad.
4.
EL « M E J O R I S M O » y LA
IDEA DF, PROGRESO
Las ideas de avance y retroceso sólo cobran sentido en el
marco de un sistema teleológico de pensar. En tal s u p u e s t o
tiene sentida decir q u e se progresa al aproximarse a la meta
deseada, considerando retroceso al m o v i m i e n t o contrario. Tales
conceptos, si no hacen referencia a una acción determinada y a
un objetivo d e f i n i d o , resultan vacuos y desprovistos de sentido.
298
t.a Acción Humana
U n o de los defectos de la filosofía decimonónica consistió
en su errónea interpretación del s e n t i d o del cambio cósmico y
en haber injertado en la teoría de la evolución biológica la idea
de progreso. C o n t e m p l a n d o situaciones pasadas, cabe emplear
acertadamente los conceptos de desarrollo y evolución, de modo
objetivo, si por evolución e n t e n d e m o s el proceso seguido por
las situaciones pretéritas hasta llegar a las presentes. Ahora
bien, preciso es guardarse del e r r o r de c o n f u n d i r el cambio
con el mejoramiento y la evolución con la marcha hacia más
elevadas formas de vida. T a m p o c o resulta permisible sustituir
el a n t r o p o c e n t r i s m o religioso y el característico de las antiguas
doctrinas metafísicas por un a n t r o p o c e n t r i s m o pseudofilosófico. P e r o la praxeología no tiene por q u é analizar de m o d o
crítico tales filosofías. Su c o m e t i d o consiste en refutar los errores q u e las vigentes ideologías plantean.
La filosofía social del siglo X V I I I suponía q u e la h u m a n i d a d
había, al fin, alcanzado la edad de la razón. Mientras anteriormente p r e d o m i n a b a n los errores teológicos y metafísicos, en
adelante prevalecería la razón. Los pueblos irían librándose,
cada vez en mayor grado, de las cadcnas de la superstición y la
tradición, fijando su atención en el continuo m e j o r a m i e n t o de
las instituciones sociales. Cada nueva generación aportaría lo
suyo a la gran tarea. La sociedad, con el tiempo, hallaríase integrada, cada vez en mayor proporción, por h o m b r e s libres deseosos de proporcionar la máxima felicidad al mayor n ú m e r o posible. Algún retroceso temporal era, desde luego, pensable,
Pero, finalmente, habría de t r i u n f a r la buena causa respaldada
por la razón. Considerábanse las gentes dichosas por haber
nacido en el Siglo de ¡a Ilustración que, mediante et descubrimiento de las leyes q u e rigen la conducta racional, abría posibilidades insospechadas a un constante progreso h u m a n o . Sólo
sentían el haber de morir antes de q u e en la práctica plasmaran
todos los beneficiosos efectos de la nueva filosofía. «Desearía
— d i j o Bentham a Pbilarete C h a s l e s — se me otorgara el privilegio de vivir los años q u e me restan, al final de cada u n o de los
La trascendencia de las ideas
299
siglos subsiguientes a mi m u e r t e ; así podría ver los efectos provocados p o r mis escritos» 1 .
T o d a s estas esperanzas se f u n d a b a n en la f i r m e convicción,
característica de la época, de que las masas son n o r m a l m e n t e
buenas y razonables. Los estamentos superiores, los privilegiados aristócratas, q u e todo lo tenían, eran en cambio de condición perversa. El b o m b r e c o m ú n , especialmente el campesino
y el o b r e r o , era ensalzado románticamente, considerándosele
como un ser de noble carácter, incapaz de incidir en el e r r o r .
Los filósofos, p o r tanto, confiaban en q u e la democracia, el
gobierno por el pueblo, implicaría social perfección.
Tales pensamientos suponían incidir en fatal error. En él
cayeron h u m a n i t a r i o s pensadores, filósofos y liberales. La masa
no es infalible; yerra, al contrario, con frecuencia. No es cierto
q u e los más tengan siempre razón, ni que invariablemente conozcan los medios idóneos para alcanzar los fines deseados.
«La fe en el h o m b r e c o m ú n » no tiene mejor f u n d a m e n t o q u e
la antigua creencia en «los sobrenaturales d o n e s » de reyes,
eclesiásticos y nobles. La democracia garantiza un gobierno
acorde con los deseos e ideas de la mayoría; lo que, en cambio,
no p u e d e impedir es q u e la p r o p i a mayoría sea víctima del
e r r o r y q u e , consecuentemente, acuda a equivocadas sistemáticas, las cuales no sólo resultarán inapropiadas para alcanzar
los fines deseados, sino que, además, habrán de provocar desastres por nadie deseados ni previstos. Las mayorías p u e d e n ,
desde luego, fácilmente equivocarse y destruir la civilización.
No basta, para garantizar el t r i u n f o de un c i e r t o ideario, el
q u e el mismo sea de condición o p o r t u n a y conveniente. Sólo
si los h o m b r e s , finalmente, adoptan normas de conducta razonables e idóneas para la consecución de los fines por ellos mismos ambicionados, podrá nuestra civilización progresar; y únicamente entonces q u e d a r á n atendidos por la sociedad y el estado los deseos de los h o m b r e s , en la medida de lo posible, bien
e n t e n d i d o q u e éstos jamás podrán llegar a ser e n t e r a m e n t e felices en sentido metafísico, El f u t u r o , siempre incierto para los
mortales, revelará si esas condiciones acabarán por darse.
' PWLARETE CHASLES, Éludes sur les bommes et les moeurs dti XlXe siecle,
página 89, París, 1849.
300
t.a Acción Humana
Al sistema praxeológico repugna todo tipo de « m e j o r i s m o »
o de inconsecuente optimismo. El h o m b r e es libre en el sentido
de que, cada día, ha de optar y preferir entre acogerse a aquellas normas de conducta q u e llevan al éxito o a aquellas otras
que abocan al desastre, a la descomposición social y a la
barbarie.
El vocablo progreso carece de sentido aplicado a eventos
cósmicos o a teorías generales, pues desconocemos cuáles
sean los planes de aquel prístino impulso que todo lo mueve.
P e r o no cabe predicar lo mismo del repetido vocablo cuando
se emplea en el marco de una doctrina ideológica. La inmensa
mayoría de la humanidad quisiera disponer de más a b u n d a n t e s
y mejores alimentos, vestidos, habitaciones y mil otros bienes
materiales. No es p o r q u e los economistas sean unos burdos
materialistas por lo que consideran q u e la elevación del nivel
de vida de las masas s u p o n e progreso y mejoría social. Al hablar
así limítanse a proclamar q u e las gentes sienten ardientes deseos de ver mejoradas sus condiciones de vida, Por ello juzgan
y p o n d e r a n las distintas fórmulas sociales posibles, según la
idoneidad de las mismas para conseguir aquellos objetivos q u e
los hombres ambicionan. Q u i e n considere cosa baladí el descenso de la mortalidad infantil, la progresiva supresión del
h a m b r e y de las enfermedades, que arroje la primera piedra
contra ese tan cacareado materialismo de los economistas.
El único criterio para enjuiciar la acción humana estriba en
p o n d e r a r si la misma resulta o no o p o r t u n a para alcanzar esos
fines q u e los h o m b r e s desean conseguir, actuando en consecuencia.
C A P I T U L O
X
El intercambio en la Sociedad
1.
CAMIIIO I N T R A P E R S O N A L
V CAMBIO INTE R P E R SONA L
La acción consiste fundamentalmente en sustituir una situación por otra. Cuando la acción se practica sin contar con la
cooperación de terceros, podemos calificarla de camhio «autístico» (intrapersonal). Un ejemplo: el cazador aislado, que mata
un animal para su propio consumo, cambia su ocio y cartucho
por alimentos.
En la sociedad, la cooperación sustituye el cambio intrapersonal por el cambio interpersonal o social. El hombre da a
otros para, a su vez, recibir de ellos. Surge la mutualidad. El
sujeto sirve a los demás con miras a ser, en cambio, servido por
terceros.
La relación de intercambio es la relación social por excelencia. El cambio interpersonal de bienes y de servicios crea el
lazo que une a los hombres en sociedad. La ley social reza:
do ut des. C u a n d o no hay intencional reciprocidad, cuando el
hombre, al actuar, no pretende beneficiarse con otra correspondiente actuación ajena, no existe cambio interpersonal, sino
cambio intrapersonal. Indiferente resulta, por lo que a tal calificación atañe, el que la correspondiente acción intrapersonal
resulte beneficiosa o perjudicial a los demás o que para nada
a éstos afecte. El genio puede realizar su tarea para sí mismo
y no para la masa; sin embargo, es un bienhechor prominente
de la humanidad. El ladrón mata a la víctima buscando provecho propio; el asesinado no es un partícipe en el crimen, sino
302
t.a Acción Humana
m e r o o b j e t o ; el homicidio, evidentemente, se ha p e r p e t r a d o
contra su v o l u n t a d .
La agresión hostil constituía la práctica habitual e n t r e los
antepasados del h o m b r e . La cooperación consciente y deliberada f u e f r u t o e n g e n d r a d o p o r dilatado proceso. La etnología
y la historia nos proporcionan interesante información acerca
de la aparición del cambio interpersonal y de sus originarias
manifestaciones. H a y quienes s u p o n e n surgiría de la antiquísima c o s t u m b r e de m u t u a m e n t e darse y devolverse regalos,
conviniendo, incluso, por adelantado, la entrega de posterior
obsequio
O t r o s consideran el t r u e q u e m u d o como la más primitiva f o r m a del comercio. El ofrecer un presente, bien en la
confianza de obtener otro del o b s e q u i a d o , bien para conseguir
favorable acogida por parte de persona cuya animosidad pudiera resultar perjudicial al sujeto, lleva ya implícita la idea del
cambio interpersonal. O t r o t a n t o cabe decir del t r u e q u e m u d o
q u e sólo por la ausencia del diálogo se diferencia de los demás
m o d o s de trocar y comerciar.
Es característico y esencial en las categorías de la acción
humana el resultar de condición apodíctica y absoluta, no adm i t i e n d o gradaciones. Sólo hay acción o no acción, cambio o
no cambio; t o d o lo referente a la acción y al cambio, c o m o tales, surge o no surge, en cada caso concreto, según haya acción
y cambio o no los haya. La f r o n t e r a e n t r e el cambio intrapersonal y el interpersonal resulta, p o r ello, nítida. C o n s t i t u y e cambio intra personal hacer obsequios un ¡lateralmente, sin á n i m o
de ser c o r r e s p o n d i d o por p a r t e del donatario o de tercero. El
d o n a n t e goza de la satisfacción q u e le produce el c o n t e m p l a r la
mejor situación personal del o b s e q u i a d o , a u n q u e éste ni agradecimiento sienta. T a n pronto, sin embargo, como la donación
pretende influir la conducta ajena, deja de ser unilateral, convirtiéndose en una variedad del cambio interpersonal e n t r e el
d o n a n t e y la persona cuya conducta se p r e t e n d e influir. A u n
c u a n d o la aparición del cambio interpersonal fue f r u t o de larga
evolución, no cabe suponer ni imaginar gradual transición del
1
G U S T A V C A S E L , The Theory oj Social Economy, irnd, por
gina 371, nueva cd, Londres, 1932,
S.
L.
Banon, pá-
El intercambio en la sociedad
303
cambio intrapersonal al intrepersonal, por la inexistencia de intermedias f o r m a s de cambio. La mutación q u e , p a r t i e n d o del
cambio intrapersonal, engendrara el interpersonal constituyó
salto hacia algo e n t e r a m e n t e n u e v o y esencialmente distinto,
c o m o lo f u e el paso aquel q u e , de la reacción automática de las
células y de los nervios, desembocó en la conducta consciente
y deliberada, es decir, en la acción.
2.
VÍNCULOS CONTRACTUALES
y VÍNCULOS HEGEMÓNICOS
Existen dos diferentes f o r m a s de cooperación social: la
cooperación en v i r t u d de c o n t r a t o y voluntaria coordinación,
y la cooperación en virtud de m a n d o y subordinación, es decir,
hegemónica.
La cooperación basada en relaciones contractuales s u p o n e
simétrica p o s t u r a de las partes ¡ntervinientes. Los c o n t r a t a n t e s ,
en t o d o negocio libre de cambio interpersonal, son m u t u a m e n t e
iguales. J u a n está con respecto a T o m á s en la misma posición
q u e T o m á s lo está con respecto a J u a n . P o r el contrario, c u a n d o
la cooperación se basa en el m a n d o y la subordinación, aparece
u n o q u e ordena, m i e n t r a s o t r o obedece. La relación es, entonces, asimétrica. Existe un dirigente y o t r o u otros a quienes
aquél tutela. Sólo el director o p t a y dirige; los demás — c u a l
menores de e d a d — devienen meros i n s t r u m e n t o s de acción en
manos del jerarca,
El impulso q u e engendra y m u e v e a un c u e r p o social es
siempre de condición ideológica. La propia conducta integra a
cada u n o en el c u e r p o social de q u e se trate. Ello acontece con
todo tipo de vínculo social, incluso en el caso del vínculo hegemónico. No p u e d e negarse q u e los h o m b r e s , por lo general, al
nacer, e n c u é n t r a n s e ya encuadrados en las f u n d a m e n t a l e s organizaciones, es decir, en la familia y en el estado. Lo mismo
sucedía en las hegemónicas instituciones de la antigüedad, tales
c o m o la esclavitud y la s e r v i d u m b r e , q u e desaparecieron al
implantarse la civilización occidental. Ahora bien, ni la violencia ni la coacción p u e d e n , p o r sí solas, forzar a u n o a q u e , con-
304
t.a Acción Humana
tra su voluntad, permanezca en la condición servil de un orden
hegemónico. La violencia o la amenaza de violencia dan lugar
a q u e el s o m e t i m i e n t o , por regla general, se considere más
atractivo que la rebelión. E n f r e n t a d o con el dilema de soportar
las consecuencias de la desobediencia o las de la sumisión, el
siervo o p t a por estas últimas, q u e d a n d o así integrado en la
sociedad hegemónica. Cada nueva orden que recibe vuelve a
plantearle el mismo dilema y, a) consentir una y otra vez, él mismo contribuye al m a n t e n i m i e n t o del vínculo coercitivo. Ni aun
sojuzgado por semejante sistema, pierde el esclavo su condición h u m a n a , es decir, la de constituir ser que no cede a impulsos ciegos, apelando, en cambio, a la razón para decidir
e n t r e alternativas.
El vínculo hegemónico se diferencia del contractual en el
grado en que la voluntad del individuo p u e d e influenciar el
curso de los acontecimientos. Desde el m o m e n t o en q u e el interesado o p t a por integrarse en d e t e r m i n a d o orden hegemónico,
se convierte en i n s t r u m e n t o del jerarca, d e n t r o del á m b i t o del
sistema y por el tiempo de su sometimiento. En tal c u e r p o social sólo el superior, en t a n t o dirige la conducta de sus subordinados, actúa. La iniciativa de los tutelados coni ráese a o p t a r
entre la rebelión o la sumisión, sumisión ésta que Ies convierte,
como decíamos, en simples menores q u e nada resuelven ya por
su cuenta.
En el marco de una sociedad contractual, los individuos
intercambian e n t r e sí cantidades específicas de bienes y servicios de definida calidad. Al o p t a r por la sumisión b a j o una
organización hegemónica, el h o m b r e ni recibe ni da nada conc r e t o y d e f i n i d o . Se integra d e n t r o de un sistema en el q u e ha
de rendir servicios indeterminados, recibiendo a cambio aquello
q u e el director tenga a bien asignarle. Hállase a merced del jefe.
Sólo éste escoge libremente. Carece de trascendencia, por lo q u e
a la estructura del sistema se refiere, q u e el jerarca sea un ind i v i d u o o un g r u p o , un directorio; q u e se trate de tirano demencial y egoísta o de benévolo y paternal monarca.
Esas dos formas de cooperación reaparecen en todas las
teorías sociales. Ferguson las percibía al contrastar las naciones
El intercambio en la sociedad
305
belicosas con las de espíritu c o m e r c i a l 2 ; Saint-Simon, al distinguir e n t r e los pueblos guerreros y los industriales o pacíficos; H e r b e r t Spencer, al hablar de sociedades de libertad individual y sociedades de estructura militarista 3 ; S o m b a r t tampoco ignoraba el tema, al diferenciar los héroes de los mercaderes 4 . Los marxistas distinguen la «organización gentil» de la
fabulosa sociedad primitiva y el paraíso socialista, por u n a
parte, de la indecible degradación capitalista, de otra \ L o s
filósofos nazis diferenciaban la despreciable seguridad burguesa
del heroico o r d e n del caudillaje a u t o r i t a r i o (Fübrertum). La valoración q u e u n o u o t r o sistema merezca difiere según el sociólogo de q u e se trate. P e r o todos a d m i t e n sin reservas el contraste señalado y todos proclaman q u e no es imaginable ni
practicable una tercera solución.
La civilización occidental, al igual q u e la de los pueblos
orientales más avanzados, constituye f r u t o e n g e n d r a d o p o r gentes q u e cooperaron b a j o el signo de los vínculos contractuales.
C i e r t a m e n t e , en algunas esferas, estas civilizaciones a d o p t a r o n
también sistemas de e s t r u c t u r a hegemónica. El estado c o m o
aparato de compulsión y coerción constituye por definición un
orden hegemónico, Lo m i s m o sucede con la familia y la sociedad heril. Ahora bien, caracteriza a las citadas civilizaciones el
q u e la cooperación entre las diversas familias q u e integran la
nación se realice siempre sobre la base de vínculos contractuales. En épocas pasadas prevaleció una casi plena autarquía
y aislamiento económico e n t r e los distintos grupos familiares.
P e r o c u a n d o esa autosuficiencia económica f u e sustituida por
el cambio interfamiliar de bienes y servicios, la cooperación
se basó en lazos contractuales en todas las naciones q u e com ú n m e n t e se consideran civilizadas. La civilización h u m a n a ,
s
Vid. ADAM F E R G U S O N , An Estay on tbt ihstory o¡ Civil Society, pág. 208,
nueva ed., Basilea, 1789.
' Vid. H E R B E R T S P E N C E R . The Principies ol Sociology, cap III, págs. 575-611,
Nueva York, 1914.
' Vid, W E R N E R S O M B A R T . Haendler und Helden, Munich, 1915.
' Vid. F R E D E R I C K F N G E L S , The Origin of the Family, Prívale Property and tbe
State, pág, 144, Nueva York, 1942.
30
306
t.a Acción Humana
tal c o m o hasta ahora la experiencia histórica la conoce, es obra
f o r j a d a al a m p a r o de relaciones contractuales.
T o d a cooperación humana y social mutualidad presupone
orden público y pacífica solución de las discrepancias. En las
relaciones internas de cualquier e n t e social, ya sea contractual,
ya sea hegemónico, invariablemente ha de prosperar la paz.
D o n d e haya conflictos violentos y, en t a n t o los mismos d u r e n ,
no p u e d e haber cooperación ni vínculos sociales. Los partidos
políticos q u e , en su afán de ver sustituido el sistema contractual por el hegemónico, denigran la decadente paz y la seguridad burguesa, e x a l t a n d o el sentido heroico de la violencia y
la sangrienta pugna, p r o p u g n a n d o la guerra y la reveIlición
c o m o métodos e m i n e n t e m e n t e naturales de la relación h u m a n a ,
se contradicen a sí mismos. Sus utopías, en efecto, se nos ofrecen como e m p o r i o s de paz. El Rcicb de los nazis y la Sociedad
marxista son comunidades d o n d e reina paz inalterable. Estructúranse sobre la base de «la pacificación», es decir, partiendo del s o m e t i m i e n t o violento de cuantos no estén dispuestos a ceder sin resistencia. En un m u n d o contractual es posible
la coexistencia de varios países. En un m u n d o hegemónico
sólo es imaginable un Reich, un imperio, un dictador. El socialismo ha de o p t a r entre i m p l a n t a r un orden hegemónico
universal o renunciar a las ventajas q u e s u p o n e la división del
trabajo en el á m b i t o mundial. Por eso es hoy tan « d i n á m i c o » ,
o sea, tan agresivo, el bolchevismo ruso; c o m o ayer lo f u e r o n
el nazismo alemán y el fascismo italiano. Bajo vínculos contractuales. los imperios se t r a n s f o r m a n en asociaciones libres de
naciones autónomas. El sistema hegemónico fatalmente ha de
t e n d e r a absorber cualquier estado q u e pretenda ser independiente.
La organización contractual de la sociedad p r e s u p o n e un
orden legal y de derecho. Implica gobernar b a j o el imperio de
la ley (Recbísstaat), a diferencia del estado social (Wohlfahrstaat) o estado paternal. El derecho, la legalidad, es aquel
c o n j u n t o de normas q u e p r e d e t e r m i n a n la esfera d e n t r o de la
cual el individuo p u e d e actuar libremente. Bajo u n a sociedad
hegemónica, por el contrario, en á m b i t o alguno cábele al par-
El intercambio en la sociedad
306
ticular proceder de m o d o independiente. El estado hegemónico no conoce la ley ni el derecho; sólo existen órdenes, reglamentaciones, q u e el jerarca inexorable aplica a los s u b d i t o s
según considera mejor y q u e p u e d e modificar en cualquier momento. Las gentes sólo gozan de una libertad: la de someterse
al capricho del gobernante sin hacer preguntas.
3.
L A ACCIÓN Y E L CÁLCULO
T o d a s las categorías praxeológicas son eternas e inmutables, p u e s t o q u e se hallan exclusivamente determinadas por la
constitución lógica de la m e n t e h u m a n a y por las condiciones
naturales tic la existencia del h o m b r e . T a n t o al actuar c o m o al
teorizar sobre la acción, el h o m b r e no p u e d e ni librarse de las
a p u n t a d a s categorías ni rebasarlas. No le es posible ni practicar
ni siquiera concebir acción dispar a aquella que las repetidas
categorías d e t e r m i n a n . El h o m b r e jamás podrá representarse
una situación en la q u e no hubiera ni acción ni ausencia de
acción. La acción no tiene antecedentes históricos; ninguna
evolución conduce de la no acción a la acción; no hay etapas
transitorias entre la acción y la no acción. Sólo existe el actuar
y el no actuar. Y c u a n t o p r e d i q u e m o s categóricamente de la
acción en general será rigurosamente válido para cada acción
concreta.
La acción puede siempre emplear los n ú m e r o s ordinales.
En cambio, para que la misma pueda servirse de los cardinales
y, consecuentemente, hacer uso del c ó m p u t o aritmético, es preciso concurran específicas circunstancias. Tales específicas circunstancias e s t r u c t u r á r o n s e a lo largo de la evolución histórica
de la sociedad contractual. Devino así posible el c ó m p u t o y el
cálculo no sólo para planear la acción f u t u r a , sino también para
p o n d e r a r el resultado de pasadas actuaciones. Los n ú m e r o s cardinales y las operaciones aritméticas son también categorías
eternas e inmutables de la mente h u m a n a . Pero su aplicabilidad, t a n t o a la acción f u t u r a como a la evaluación de los actos
o t r o r a practicados, sólo es posible si concurren particulares
circunstancias, coyunturas q u e no se daban en las organizacio-
308
t.a Acción Humana
nes primitivas, q u e sólo más tarde aparecieron y q u e tal vez
un día desaparezcan.
El h o m b r e , o b s e r v a n d o cómo operaba un m u n d o en el cual
era posible el c ó m p u t o y cálculo de la acción, p u d o f o r m u l a r la
praxeología y la economía. La economía, en esencia, es la teoría
científica q u e estudia aquel d o m i n i o de la acción en el cual,
siempre y c u a n d o ciertas condiciones concurran, cabe aplicar el
cálculo. Un a b i s m o de la máxima trascendencia, t a n t o para la
vida como para el e s t u d i o de la acción h u m a n a , separa la acción
calculable de la q u e no lo es. Constituye nota típica de la civilización moderna el haber arbitrado un sistema q u e p e r m i t e aplicar
los m é t o d o s aritméticos a un amplio sector de actividades. A tal
circunstancia aluden las gentes c u a n d o califican de racional
— a d j e t i v o éste de dudosa procedencia-— nuestra civilización.
El deseo de a p r e h e n d e r m e n t a l m e n t e y despejar los problemas q u e se suscitan en un mercado donde cabe el cálculo
constituyó la base de partida del p e n s a m i e n t o económico, del
cual, después, surgiría la praxeología general. No es, sin embargo, tal pasada circunstancia lo q u e obliga a iniciar el e s t u d i o
analizando la mecánica de la economía de mercado, q u e , a su
vez, exige p r e v i a m e n t e abordar los p r o b l e m a s atinentes al cálculo económico, pues no son razones de tipo histórico ni heurístico * las que aconsejan un p r o c e d i m i e n t o q u e resulta inevitable
adoptar si deseamos que ía exposición sea r i g u r o s a m e n t e lógica
y sistemática. Lo q u e sucede es q u e los problemas que nos interesan sólo toman cuerpo y cobran sentido d e n t r o del marco de
una economía de mercado capaz, por t a n t o , de calcular. Unicam e n t e en hipotética y figurativa trasposición cabe aludir a
ellos cuando se quiere analizar o t r o s dispares sistemas de organización económica b a j o los cuales el cálculo no resulta posible.
El percatarse de los problemas q u e el cálculo económico suscita constituye presupuesto insoslayable para p o d e r a b o r d a r
todas esas cuestiones que c o m ú n m e n t e calificamos de económicas.
* Por heurístico se entiende aquel método de investigación que dn, a priori.
provisional solución al problema planteado, para, asi, mejor atacarlo, sin perjuicio
de ir, después, desentrañando el tema hasta el fondo y sólo entonces decidir si lj
aludida provisional solución era correcta O no. (N. del T.)
TERCERA PARTE
El cálculo económico
C A P I T U L O
X I
Evaluación sin cálculo
].
LA GRADACIÓN DE LOS MEDIOS
El hombre, al actuar, transfiere a los medios idóneos para
su consecución el valor que asigna a los fines perseguidos. En
igualdad de circunstancias, concede al conjunto de medios precisos idéntico valor al que corresponde al fin que aquéllos permiten alcanzar. No nos ocuparemos, por el momento, del problema q u e suscita el lapso temporal q u e sea necesario invertir
para, con unos ciertos medios, alcanzar el objetivo ambicionado, ni tampoco de la cuestión atinente a cómo tal factor temporal influye en la mutua valoración de los fines y los medios.
La gradación de los medios, al igual que la de los fines, es
un proceso en cuya virtud se prefiere a a b. Implica optar, prefiriendo una cosa y rechazando otra. Es el resultado de un juicio que nos hace desear a con mayor intensidad que b. En dicha
gradación cabe servirse de los números ordinales; sin embargo,
no es posible recurrir ni a los números cardinales ni a las operaciones aritméticas en éstos basadas. Cuando se me ofrecen
tres entradas que, respectivamente, permiten asistir a las óperas Aída, Falstaff y Traviata, si, pudiendo tomar sólo una, opto
por Aída y, si se me autoriza a tomar otra, elijo la de Falstaff,
es porque he formulado una elección. Lo anterior, en definitiva, significa que, en unas específicas circunstancias, prefiero
Aída y Falstaff a Traviata; que, si hubiera de quedarme con u n a
sola de las entradas, optaría por Aída y renunciaría a Falstaff.
Denominando a a la entrada de Aída, b a la de Falstaff y c a la
de Traviata, lo consignado puede igualmente ser expresado diciendo que prefiero a a b y b a c,
312
t.a Acción Humana
Mediante la acción, f r e c u e n t e m e n t e aspiramos a o b t e n e r
c o n j u n t o s de cosas tangibles q u e p u e d e n ser objeto de ponderación y medida. En tales supuestos, el h o m b r e que actúa se ve
en el caso de o p t a r entre sumas numéricas; prefiere, por ejemplo, 15 r a 7 p; ahora bien, si se hallara ante el dilema de escoger entre 15 r y 8 p, tal vez optara por 8 p, En ese caso cabría
reflejar la situación diciendo que, para el actor, 15 r vale menos q u e 8 p, pero más que 7 p. Este aserto es equivalente a
aquel o t r o merced al cual p r e d i c á b a m o s que a se prefería a b
y b a c. El sustituir 8 p en ven de a, 15 r en vez de b y 7 p en
lugar de c en modo alguno varía el p r o n u n c i a m i e n t o ni la realid a d así descrita. Ello no supone que e s t e m o s e m p l e a n d o números cardinales. C o n t i n u a m o s sin poder servirnos del cálculo
económico ni de aquellas operaciones mentales f u n d a d a s en el
mismo.
2.
E L P A P E L QUE D E S E M P E Ñ A E N L A TEORÍA E L E M E N T A L
D E L VALOR Y LOS P R E C I O S
EL IMAGINARIO T R U E Q U E
DE
MERCANCÍAS
La formulación de la ciencia económica por razones heurísticas dependió hasta tal p u n t o de la posibilidad del cálculo q u e
los antiguos economistas no llegaron a advertir los decisivos
problemas que el propio cálculo económico implicaba. Propendían a considerar el cálculo c o m o una cosa natural; no advertían q u e en m o d o alguno se trata de realidad dada, siendo por
el contrario resultancia de una serie de más elementales fenómenos que conviene distinguir. No lograron, desde luego,
desentrañar la esencia del mismo. Creyeron constituía categoría
que, invariablemente, concurría en la acción h u m a n a , sin advertir que es categoría sólo inherente a la acción practicada b a j o
específicas condiciones. Sabían, e v i d e n t e m e n t e , q u e el cambio
interpersonal y, por tanto, el intercambio de mercado, b a s a d o
en el uso de la m o n e d a , medio común de intercambio, y en
los precios, eran f e n ó m e n o s típicos y exclusivos de cierta organización económica de la sociedad, q u e no se dio e n t r e las civilizaciones primitivas y q u e a ú n es posible desaparezca en la
Evaluación sin cálculo
313
f u t u r a evolución histórica
No llegaron, sin embargo, a percatarse de q u e sólo a través de los precios monetarios es posible
el cálculo económico. De ahí q u e la mayor parte de sus trabajos
resulten hoy en día poco aprovechables. A u n los escritos de los
más eminentes economistas adolecen, en cierto grado, de esas
imperfecciones engendradas por su errónea visión del cálculo
económico.
La moderna teoría del valor y de los precios nos permite
advertir cómo la personal elección de cada uno, es decir, el que
se prefieran ciertas cosas y se rechacen otras, estructura los
precios de mercado en el m u n d o del cambio interpersonal
Estas impresionantes teorías modernas, en ciertos aspectos de
detalle, no son del todo satisfactorias y, además, un léxico imperfecto viene a veces a desfigurar su contenido. Ahora bien,
en esencia, resultan irrefutables. La labor de completarlas y
mejorarlas, en aquellos aspectos que precisan de enmienda,
debe consistir en lógica reestructuración del pensamiento básico de sus autores, nunca en la simple recusación de tan fecundos hallazgos.
Para llegar a reducir los complejos fenómenos de mercado
a la universal y simple categoría de preferir a a b, la teoría elemental del valor y de los precios se ve obligada a recurrir a
ciertas imaginarias construcciones. Las construcciones imaginarias, sin correspondencia alguna en el m u n d o de la realidad,
constituyen indispensables herramientas del pensar. Ninguna
otra sistemática permítenos comprender tan perfectamente la
realidad. Ahora bien, una de las cuestiones de mayor trascendencia científica estriba en saber eludir los errores en q u e se
p u e d e incidir c u a n d o dichos modelos manéjanse de modo imprudente.
La teoría primera del valor y de los precios, además de a
o t r o s modelos q u e más adelante serán examinados \ recurre a
1 La escuela histórica alemana reconocía tal realidad al proclamar que la pro
piedad privada de los medios de producción, el intercambio de mercado y el dinero
eran «categorías históricas».
1
Vid. especialmente E U G E N V O N B Ó H M - B Á W E R K , Kapilat und Kapitahms. par
te II, lib. I I I .
1 Vid ¡nfra págs. 367-396.
314
t.a Acción Humana
aquel q u e s u p o n e la existencia de un mercado en ei q u e sólo
habría cambio directo. En tal planteamiento, el dinero no existe; unos bienes y servicios son trocados por otros bienes y servicios. Tal modelo, sin embargo, resulta inevitable, pues para
advertir que en definitiva son siempre cosas del orden p r i m e r o
las que se intercambian por otras de igual índole, conviene
excluir del análisis el dinero — m e r o i n s t r u m e n t o del cambio
i n t e r p e r s o n a l — con su pura función intermediaria. Sin embargo, como decíamos, es preciso guardarse de los errores en q u e
cabe fácilmente incidir al manejar el modelo de referencia.
G r a v e equivocación — q u e aún hoy en día s u b s i s t e — , provocada por errónea interpretación de esa imaginaria construcción, f u e , en este sentido, suponer q u e el medio de intercambio
constituye factor de índole neutral. C o n arreglo a tal tesis, lo
único q u e diferencia el cambio directo del indirecto estribaría
en la utilización del dinero. La interpolación de la valuta en la
transacción para nada parecía había de afectar a las bases fundamentales de la operación. No es, desde luego, q u e se ignorara
q u e la historia ha registrado p r o f u n d a s mutaciones en el poder
adquisitivo del dinero, ni tampoco q u e tales fluctuaciones provocaran f r e c u e n t e m e n t e graves convulsiones en todo el sistema
de intercambios. Se pensaba, sin embargo, q u e dichos fenómenos constituían supuestos excepcionales, provocados p o r medidas inoportunas; sólo ta moneda «mala» podía dar lugar a similares desarreglos. Ello, desgraciadamente, suponía incidir en el
error, t a n t o al abordar las causas como los efectos de dichas
fluctuaciones. Creíase, tácitamente, q u e los cambios del poder
adquisitivo de la moneda afectaban, por igual y al mismo tiempo, a los precios de todos los bienes y servicios; el m i t o de la
neutralidad económica del dinero aboca, i n d u d a b l e m e n t e , a tal
conclusión. Llegóse, en este sentido, a suponer q u e cabía estructurar la ciencia cataláctica entera sobre el cambio directo. Una
vez logrado esto, bastaría, para completar el sistema, con
•«simplemente insertar» los conceptos dinerarios en los correspondientes teoremas. A tal dineraria complementación d á b a s e
escasa trascendencia, pues parecía que no habría de variar sustancialmente n i n g u n o de los conceptos f u n d a m e n t a l e s y la
Evaluación sin cálculo
15
misión esencial de la economía consistía en analizar el cambio
directo. A p a r t e de tal examen, lo más q u e podía interesar era
el e s t u d i o de los problemas suscitados por la moneda «mala».
Los economistas, a tenor de semejantes tesis, desentendíanse tranquilamente del cambio indirecto, a b o r d a n d o de m o d o
demasiado superficial los problemas monetarios, q u e consideraban mero apéndice escasamente relacionado con sus estudios
básicos. AI filo de los siglos x i x y XX, las cuestiones del cambio
indirecto quedaron relegadas a segundo plano. Había tratados
de economía que sólo de pasada abordaban la valuta; y h u b o
textos sobre moneda y banca q u e ni siquiera pretendían integrar los temas examinados en el c o n j u n t o de un preciso sistema cataláctico. En las universidades anglosajonas existían
separadas cátedras de economía, de un lado, y de moneda y
banca, de otro; y en la mayor parte de las universidades alemanas los p r o b l e m a s monetarios ni siquiera se examinaban .
Con el paso del t i e m p o los economistas advirtieron, sin embargo, que algunos de los más trascendentales y abstrusos problemas cata lácticos surgían precisamente en la esfera del cambio
indirecto, resultando por fuerza incompleta toda teoría económica q u e descuidara dicha materia. El q u e los investigadores
comenzaran a preocuparse por temas tales como el de la proporcionalidad entre el « t i p o n a t u r a l » y el «lípo m o n e t a r i o » de
interés; el q u e se concediera cada vez mayor importancia a la
teoría dineraria del ciclo económico y el que se rechazaran va
por doquier las doctrinas q u e suponían la simultaneidad y la
uniformidad de las mutaciones registradas por la capacidad
' Es indudable uue influencias tic Indole política contribuyeron a une se descuidara el examen de los problemas atinentes al cambio indirecto. Nn querían las
Rentes abandonar aquellas tesis segün la* niales las crisis constituyen mal típico
del sistema capitalista de producción; resistíanse a admitir t|iie tales percances eran
fruto exclusivo de los manejos de esos bien conocidos arbitristas que pretenden
rebajar la tasa del interés mediante la expasión crediticia. Ixis carcdrí ticos de economía más de moda consideraban "poco científico» explicar ta depresión cerno
fenómeno provocado «exclusivamente» por acaecimientos ocurridos en la esfera del
dinero y del crédito. Hubo incluso quienes estudiaron lii h i Moría de los ciclos sin
aludir siquiera a las cuestiones monetarias. Véase, por ejemplo, Í1RNEST VON
BEKGMAVN, Grschrckte der nalionalokor^miscben Krisentheoríen. Sutttgart, 1895.
316
t.a Acción Humana
adquisitiva del dinero, todo ello evidenciaba bien a las claras
q u e había aparecido una nueva tendencia en el p e n s a m i e n t o
económico. Esas nuevas ideas no suponían otra cosa, desde
luego, q u e el c o n t i n u a r la obra gloriosamente iniciada por
D a v i d H u m e , la escuela monetaria inglesa, J o h n Stuart Mili
y Cairnes.
A ú n más pernicioso f u e un segundo e r r o r , igualmente provocado p o r el poco riguroso manejo de aquella imaginaria
construcción q u e limítase a c o n t e m p l a r un mercado que sólo
conoce el cambio directo.
En efecto, inveterada y grave equivocación era el suponer
q u e los bienes o servicios objeto de intercambio habían de
tener entre sí el m i s m o valor. Considerábase el valor c o m o u n a
cualidad objetiva, intrínseca, i n h e r e n t e a las cosas, sin advertir
q u e el valor no es más que el mero reflejo del ansia con q u e el
s u j e t o aspira al bien q u e le apetece. Suponíase q u e , m e d i a n t e
un acto de medición, las gentes establecían el valor de los bienes y servicios, procediendo luego a intercambiarlos por o t r o s
bienes y servicios de igual valor. Esta falsa base de partida hizo
estéril el pensamiento económico de Aristóteles, así c o m o el
de todos aquellos que, d u r a n t e casi dos mil años, tenían por
definitivas las ideas aristotélicas. P e r t u r b ó gravemente la gran
obra de los economistas clásicos y vino a privar de todo interés
científico los trabajos de sus sucesores, en especial los de M a r x
y las escuelas marxistas. La economía m o d e r n a , por el contrario, se basa en la cognición de q u e surge el trueque precisam e n t e a causa del dispar valor a t r i b u i d o por las partes a los
objetos intercambiados. Las gentes c o m p r a n y venden, única y
exclusivamente, p o r c u a n t o valoran en menos lo que dan que
lo q u e reciben. De ahí q u e sea vano todo i n t e n t o de medir el
valor. Ni precede ni acompaña al intercambio procesa alguno
q u e implique tasar ni ponderar. Si un individuo atribuye el
m i s m o valor a dos cosas, no tiene por q u é intercambiar la una
por la otra. Ahora bien, si son d i v e r s a m e n t e valoradas, lo más
q u e cabe afirmar es q u e una de ellas, a, se valora en más, es
decir, se prefiere a b. El valor y las valuaciones constituyen
expresiones intensivas, no extensivas. De ahí que no puedan
Evaluación sin cálculo
317
ser o b j e t o de comprensión mental m e d i a n t e los n ú m e r o s cardinales ,
Hallábase, sin embargo, tan arraigada aquella errónea idea
según la cual no sólo resultaban mensurables los valores, sino
que eran, además, efectivamente medidos, al concertarse toda
económica transacción, que incluso eminentes economistas incidieron en la aludida falacia. Friedrich von W i e s e r e Irving
Fisher, por ejemplo, admitían la posibilidad de medir el valor,
correspondiendo, en su opinión, a la economía explicar c ó m o
se practica la aludida medición \ Los economistas de segunda
fila, por lo general, sin dar mayor trascendencia al asunto, tranq u i l a m e n t e suponían q u e el d i n e r o servía para « m e d i r el
valor».
Conviene ahora recordar q u e el valorar no significa más
q u e p r e f e r i r a a b y q u e sólo existe — l ó g i c a , epistemológica,
psicológica y praxeológicamente h a b l a n d o — una forma de preferir, En este orden de ideas, la misma significación tienen el
e n a m o r a d o q u e prefiere una m u j e r a las d e m á s , la persona q u e
prefiere un cierto amigo a los restantes, el coleccionista q u e
prefiere d e t e r m i n a d o c u a d r o y el c o n s u m i d o r q u e prefiere el
pan a las golosinas. En definitiva, preferir equivale siempre a
q u e r e r o desear a más q u e b. Por lo mismo q u e no cabe ponderar ni medir la atracción sexual, la amistad, la simpatía o el
placer estético, tampoco resulta posible calcular n u m é r i c a m e n t e
el valor de los bienes. C u a n d o alguien intercambia dos libras
de mantequilla por una camisa, lo más q u e de dicho acto cabe
predicar es q u e el actor — e n el m o m e n t o de convenir la transacción y en las específicas circunstancias de aquel i n s t a n t e —
prefiere una camisa a dos libras de mantequilla. En cada acto
de preferir, desde luego, es dispar la intensidad psíquica del
subjetivo s e n t i m i e n t o en q u e el m i s m o se basa. El ansia p o r
alcanzar un cierto fin p u e d e ser mayor o m e n o r ; la vehemencia
del deseo p r e d e t e r m i n a la cuantía de ese beneficio o provecho,
1
Un análisis critico y una refinación del argumento de í'ishet hállase en M I S E S .
Tbc Tbeory o/ Money And Credit, trad. inglesa por H. E. Batson, págs. 42-44.
Londres, 1934. En el mismo sentido, por lo que respecta al argumento de Wieser,
vid. M I S E S , Naftonalokonomie. págs. 1 9 2 - 1 9 4 , Ginebra, 1 9 4 0 .
318
t.a Acción Humana
de orden psíquico, q u e la acción, c u a n d o es idónea para provocar el efecto apetecido, proporciona al individuo q u e actúa. Las
cuantías psíquicas, sin embargo, sólo cabe sentirlas, Son de índole estrictamente personal y no es posible, por medios semánticos, expresar su intensidad ni i n f o r m a r a nadie acerca de su
íntima condición.
No cabe a r b i t r a r u n i d a d alguna de valor. Conviene, a este
respecto, recordar q u e nunca tienen el mismo valor dos idénticas porciones de un cierto c o n j u n t o de bienes. El q u e el hombre a t r i b u y e a la porción n es s i e m p r e inferior al de la porción n-1.
En el mercado aparecen los precios monetarios. El cálculo
económico se efectúa a base de los mismos. Las diversas cantidades de bienes y servicios pueden ser tomadas en consideración, al calcular, teniendo en cuenta las sumas dincrarias por
las cuales han sido compradas y vendidas en el mercado o pod r í a n serlo. Es erróneo suponer p u e d a calcular ni el individuo
autárquíco y aislado, ni el director de la república socialista,
d o n d e no existe un mercado para los factores de producción.
N i n g u n a fórmula permite, p a r t i e n d o del cálculo monetario, típico de la economía de mercado, llegar a calcular en un sistema
económico d o n d e el mercado no exista.
LA TEORIA D E L VALOR Y EL SOCIALISMO
Los socialistas, así como los institucionaliitas y también los
partidarios de la escuda histórica, echan en cara a los economistas
la tendencia de éstos a recurrir en sus análisis a la imaginaria
construcción del individuo que, aislado, piensa y actúa. Ese imaginario Robinson —afirman— de nada sirve cuando se trata de
analizar los problemas que en una economía de mercado se suscitan. Tal censura, en cierto grado, resulta justificada. El imaginario planteamiento del individuo aislado, así como el de una
economía ración ulmén te ordenada, carente, no obstante, de mercado, sólo cobra interés científico si se admite aquella idea —que
pugna con la realidad y resulta lógicamente contradictoria— según la cual cabe el cálculo económico en un orden desprovisto
319
Evaluación sin cálculo
de un mercado donde efectivamente se contraten los medios de
producción.
Constituyó, desde luego, torpeza de graves consecuencias ei
que los economistas no advirtieran la sustancial diferencia existente entre la economía de mercado y cualquier otra economía que
carezca del mismo. Los socialistas son, empero, los últimos que
pueden quejarse del error en cuestión, pues precisamente por incidir en él, admitían los economistas, sin bien darse cuenta, la posibilidad de! cálculo económico bajo un orden socialista, proclamando de esta suerte la admisibilidad de una plasmación práctica
de los planes marxistas.
Los economistas clásicos y sus inmediatos continuadores, evidentemente, no podían percatarse de los problemas que plantea el
cálculo económico. Si se admite como cierto que el valor de las
cosas depende de la cantidad de trabajo requerido para la producción o reproducción de las mismas, ninguna cuestión suscita el
cálculo económico, A quienes creían en la teoría laboral del valor,
difícil es responsabilizar de no haberse percatado de los problemas inherentes al socialismo. Sus equivocadas doctrinas sobre el
valor les impedían ver el problema. Ninguna de las ideas básicas
en que dichos pensadores fundamenta han la ciencia económica
era preciso contradecir para concluir —según algunos de dichos
teóricos supusieron—- que la imaginaria construcción de una economía socialista constituía modelo que podía ser llevado a la
práctica y que había de revolucionar la existente organización
social. Para la catalán ica subjetiva, sin embargo, la cosa presentaba un cariz totalmente contrario; y, tras los descubrimientos de
dicha escuela, resulta hoy en día incomprensible e imperdonable
que la mayoría de los economistas modernos no lleguen a captar
la esencia del problema.
Razón tenía Wieser cuando, en cierta ocasión, decía que muchos economistas se habían dedicado al estudio de la teoría comunista del valor olvidándose de formular la teoría del valor correspondiente a nuestra propia organización social 6 . Lo incomprensible es que Wieser, por su parte, incidiera en el mismo error.
* Vid. F R I E D R I C Í J
Víena, 1889.
von
WIESER,
Der
natürliche
Werl,
piíg.
60, núm.
3.
t.a Acción Humana
320
Aquella falacia según la cual cabe una racional gestión económica dentro de un orden social basado en la propiedad pública
de los medios de producción, sólo al amparo de la defectuosa
teoría del valor de los economistas clásicos pudo tomar cuerpo,
y, si hoy en día aún perdura, ello es puramente en razón a la incapacidad de muchos estudiosos paro aprehender el teorema fundamental de la teoría subjetiva y advertir las consecuencias que del
mismo derivan. Conviene, por tanto, dejar bien sentado que las
utopías socialistas nacieron y prosperaron precisamente al amparo
de las deficiencias de aquellas escuelas de (wnsamiento que los
marxistas más vilipendian por suponer constituyen
«ideológico
disfraz de los egoístas intereses de la explotadora clase burguesa».
La verdad es que sólo gracias a los errores en que lales denigrados pensadores incidieran pudieron medrar las ideas socialistas.
Evidencia lo anterior la vacuidad tanto del pensamiento marxista
atinente a las «ideologías» como de la moderna descendencia de
aquel ideario, la llamada «sociología del conocimiento» *.
3.
EL PROBLEMA DEL CÁLCULO ECONÓMICO
Los h o m b r e s , a m p a r á n d o s e en los conocimientos q u e las
ciencias naturales les b r i n d a n , elaboran la tecnología, es decir,
la ciencia aplicada que les ilustra acerca de las diversas actuaciones posibles en el m u n d o externo. La tecnología nos dice qué
cosas, si las deseamos, pueden ser conseguidas; y también nos
i n f o r m a acerca de c ó m o h a b r e m o s de proceder al efecto. G r a * El término «ideología» tiene diversas acepciones. (Mises generalmente ¡J utiliza como conjunto de conocimientos en torno a específico problema.) Pero, en el
sentido peyorativo que los marxistas lo emplean, equivale a torpe razonamiento
cuya propia falsedad auspicia los intereses clasistas de quienes propalan la ideología
correspondiente. Sólo en el futuro estado socialista sin clases cabrá llegar al pleno
conocimiento, inmune a ideológicos desviaciones. En este sentido la germánica
escuela de la «sociología del conocimiento» (Karl Mannheim, 1893-1947, y Max
Schclcr, 1874-1928), intentando salvar la lógica marxista, aseguró, a lo largo de
los años veinte, que sólo cabla escuchar a los intelectuales no inficionados por
*influencias ideológicas». Pero, ¿cómo, no obstante, sin apelar a la razón, distinguir
los estudiosos sanos de los contaminados? fN, del T)
Evaluación sin cálculo
321
d a s al progreso de las ciencias naturales, perfeccionóse la tecnología; y no importa que, a los efectos examinados, invirtamos
el aserto, c o m o a algunos agrada, y digamos q u e el deseo de
mejorar los diversos m é t o d o s tecnológicos impulsó el progreso
de las ciencias naturales. La índole cuantitativa de las ciencias
naturales dio lugar a q u e t a m b i é n la tecnología fuera cuantitativa. Las modernas técnicas, en definitiva, consisten en conocimientos prácticos, al a m p a r o de los cuales preténdese predecir
de m o d o c u a n t i t a t i v o el r e s u l t a d o de la acción. La gente calcula,
con b a s t a n t e precisión, según las diversas técnicas, el efecto q u e
la c o n t e m p l a d a actuación ha de provocar, así como la posibilidad de orientar la acción de tal suerte q u e pueda e n g e n d r a r el
f r u t o apetecido.
La ilustración técnica, sin embargo, has ta ríale al h o m b r e
para calcular, ú n i c a m e n t e si todos los medios de producción
— t a n t o materiales c o m o h u m a n o s — f u e r a n p l e n a m e n t e sustituibles e n t r e ellos mismos, con arreglo a d e t e r m i n a d a proporcionalidad, o si cada factor de producción fuera a b s o l u t a m e n t e
específico. En el primer caso, los medios de producción, todos
y cada u n o , con arreglo, e v i d e n t e m e n t e , a una cierta proporcionalidad cuantitativa, resultarían idóneos para alcanzar cualquiera de los fines q u e pudiera el h o m b r e apetecer; tal planteamiento equivaldría a la existencia de una sola clase de medios, es decir, un solo tipo de bienes del orden superior. En
el s e g u n d o supuesto, cada u n o de los existentes medios serviría
únicamente para la consecución de un d e t e r m i n a d o f i n ; en tal
caso, las gentes atribuirían al c o n j u n t o de factores complementarios, necesarios para la producción de un bien del o r d e n primero, idéntico valor al asignado a este último, (Pasamos por
alto, de m o m e n t o , la influencia del factor t i e m p o ) . Lo cierto,
sin embargo, es q u e n i n g u n o de los dos contemplados planteamientos dase en este m u n d o real, en el q u e el h o m b r e actúa.
Los medios económicos que m a n e j a m o s p u e d e n ser sustituidos
unos p o r otros, p e r o sólo en cierto grado; es decir, para la consecución de los diversos fines apetecidos, los medios son más
bien específicos. No resultan, sin embargo, en su mayoría, absol u t a m e n t e específicos, ya q u e muchos son idóneos para pro21
322
t.a Acción Humana
vocar efectos diversos. El que existan distintas clases de medios, o sea, q u e algunos, para la consecución de ciertos fines,
resulten los más o p o r t u n o s , no siendo tan convenientes c u a n d o
se trata de otros objetivos y hasta de q u e nada sirvan cuando se
p r e t e n d e provocar terceros efectos, hace imperativo ordenar
y administrar el uso de cada u n o de ellos. Es decir, el q u e los
distintos medios tengan dispares utilizaciones obliga al h o m b r e
a dedicar cada u n o a aquel cometido para el cual resulte más
idóneo. En este terreno, de nada sirve el cálculo en especie que
la tecnología maneja; p o r q u e la tecnología opera con cosas y
fenómenos materiales que pueden ser o b j e t o de ponderación
o medida y conoce la relación de causa a efecto existente entre
dichas realidades. En cambio, información ninguna b r í n d a n n o s
las diversas técnicas acerca de la específica trascendencia que
para el h o m b r e tenga cada u n o de estos diversos medios. La
tecnología no nos habla más que del valor en uso objetivo.
Aborda los problemas como pudiera hacerlo un imparcial observador q u e contemplara simplemente fenómenos físicos, químicos o biológicos. N u n c a se e n f r e n t a con las cuestiones atinentes al valor en uso subjetivo, es decir, con el problema
h u m a n o por excelencia; no se plantea, por eso, los dilemas q u e
el h o m b r e , al actuar, forzosamente ha de resolver. Olvida la
f u n d a m e n t a l cuestión económica, la de decidir en q u é cometidos conviene emplear mejor los medios existentes, al o b j e t o
de que no q u e d e insatisfecha ninguna necesidad más urgentem e n t e sentida por haber sido aquéllos invertidos — e s decir,
malgastados— en atender otra de m e n o r interés. Para resolver
tales incógnitas, de nada sirve la técnica, con sus conocidos
sistemas de cálculo y medida. P o r q u e la tecnología nos ilustra
acerca de cómo deben ser empleados u n o s d e t e r m i n a d o s bienes,
q u e pueden combinarse con arreglo a distintas fórmulas para
provocar cierto efecto, así como de los diversos medios a que
cabe recurrir para alcanzar un fin apetecido, pero jamás indica
cuál sea el procedimiento específico al q u e el h o m b r e , entre
los múltiples que permiten la consecución del deseado objetivo,
deba recurrir. Al individuo que actúa lo q u e le interesa saber
es cómo ha de emplear los disponibles medios en o r d e n a cu-
Evaluación sin cálculo
323
brir del m o d o m á s c u m p l i d o — e s decir, de la m a n e r a m á s econ ó m i c a — sus múltiples necesidades. P e r o lo malo es q u e la
tecnología no nos ilustra más q u e de las relaciones de causalidad existentes e n t r e los diversos factores del m u n d o externo.
En este sentido p u e d e decirnos, por ejemplo, q u e 7 a + 3 b +
+ 5 c -f- ... + xn p r o d u c i r á n 8 p. Ahora bien, aun d a n d o
por conocido el valor q u e el h o m b r e , al actuar, pueda a t r i b u i r
a los diversos bienes del orden primero, los métodos tecnológicos no b r i n d a n información alguna acerca de cuál sea, entre
la variedad infinita de fórmulas posibles, el p r o c e d i m i e n t o q u e
m e j o r p e r m i t a conseguirlos, es decir, q u e inás c u m p l i d a m e n t e
permita conquistar los objetivos q u e las gentes ambicionan.
Los tratados de ingeniería nos dirán, por ejemplo, cómo haya
de construirse un puente, de d e t e r m i n a d a capacidad de carga,
entre dos p u n t o s preestablecidos; p e r o lo q u e aquélla jamás
podrá resolver es si la construcción del aludido p u e n t e no
apartará m a n o de obra y factores materiales de producción de
otras aplicaciones de más urgente necesidad. N u n c a nos aclarará si, en definitiva, conviene o no construir el p u e n t e ; d ó n d e
deba, concretamente, tenderse; q u é capacidad de carga haya de
darse al m i s m o y cuál sea, e n t r e los múltiples sistemas tic construcción, el q u e más convenga a d o p t a r . El c ó m p u t o tecnológico
p e r m i t e c o m p a r a r entre sí m e d i o s diversos sólo en t a n t o en
cuanto, para la consecución de un d e t e r m i n a d o fin, pueden sustituirse los unos por los otros, P e r o la acción h u m a n a se ve
constreñida a c o m p a r a r entre sí t o d o s los medios, por dispares
q u e sean, y, además, con independencia de si pueden ser intercambiados entre sí en relación con la prestación de específico
servicio.
De poco le servirían al h o m b r e , c u a n d o actúa, la tecnología
y sus enseñanzas, si no pudiera complementar los planes y proyectos técnicos i n j e r t a n d o en ellos los precios monetarios de
los distintos bienes y servicios. Los d o c u m e n t a d o s estudios
ingeníenles no tendrían más q u e interés p u r a m e n t e teórico si
no existiera común unidad q u e permitiera c o m p a r a r costos y
r e n d i m i e n t o s . El altivo investigador, encerrado en la t o r r e de
marfil de su laboratorio, desdeña esta clase de minucias; él se
t.a Acción Humana
326
gados a r e p u d i a r la suposición de q u e hay cosas invariables
— q u e p u e d a n servir de unidades de m e d i d a — en el universo
cósmico. P e r o aun de suceder así, no por ello dejará de valer
la medición de los f e n ó m e n o s en el c a m p o de la física macroscópica o molar. P o r lo q u e a la física microscópica atañe, para
m e d i r se recurre igualmente a escalas graduadas, micrómetros,
espectrógrafos y, en definitiva, a los poco precisos sentidos
h u m a n o s del p r o p i o observador o e x p e r i m e n t a d o r , el cual es
invariablemente de condición m o l a r 7 . No p u e d e nunca la medición salirse de la geometría euclidiana ni servirse de invariables p a t r o n e s o módulos.
Existen unidades monetarias y también existen unidades
q u e físicamente jiermiten medir los diversos bienes económicos
y la mayor parte — a u n q u e no t o d o s — los servicios q u e pueden ser o b j e t o de c o m p r a v e n t a . Las relaciones de intercambio
— e n t r e el d i n e r o y las restantes mercancías q u e nos interes a n — hállanse, sin embargo, en p e r m a n e n t e mutación. Nada
hay en ellas q u e sea constante. Resístense a mediación alguna
por no constiruir « d a t o s » en el sentido en q u e la física emplea
el vocablo c u a n d o proclama, por ejemplo, el peso de una cierta
cantidad de cobre. Son en realidad hechos históricos, q u e simp l e m e n t e reflejan lo q u e , en cierta ocasión y m o m e n t o , b a j o
específicas circunstancias, aconteció. Un d e t e r m i n a d o tipo de
intercambio p u e d e volver a registrarse, pero no hay certidumb r e alguna de q u e así suceda, A u n c u a n d o efectivamente reaparezca, no es posible asegurar si f u e ello f r u t o de las circunstancias q u e ayer lo provocaron, por haber las mismas reaparecido,
o si viene a ser la resultante de una nueva y t o t a l m e n t e distinta
constelación de fuerzas. Las cifras q u e el h o m b r e , al actuar,
maneja en el cálculo económico, no se refieren a medición alg u n a ; aluden, por el contrario, a los tipos de i n t e r c a m b i o q u e
el interesado — b a s á n d o s e en la comprensión h i s t ó r i c a — sup o n e registrará o no el f u t u r o mercado, Esos precios de mañana, los únicos q u e interesan al h o m b r e c u a n d o actúa, constituyen el f u n d a m e n t o en q u e se ampara toda acción h u m a n a .
No se pretende examinar ahora el problema r e f e r e n t e a la
1
Vid, A EDDINGTON,
The Phitosophy
O/
Pkysical Science, págs.
7 0 - 7 9 , 168-169.
Evaluación sin cálculo
327
posibilidad de e s t r u c t u r a r una «ciencia económica de índole
c u a n t i t a t i v a » ; de m o m e n t o , tan sólo interesa c o n t e m p l a r los
procesos mentales del h o m b r e c u a n d o , para o r d e n a r su conducta, toma en cuenta consideraciones ele o r d e n cuantitativo. P o r
c u a n t o la acción p r e t e n d e invariablemente e s t r u c t u r a r situaciones f u t u r a s , el cálculo económico también mira s i e m p r e
hacia el f u t u r o . Si, a veces, se interesa p o r las circunstancias y
los precios de ayer, es sólo para o r i e n t a r mejor la acción q u e
apunta al mañana.
Mediante el cálculo económico, lo q u e el h o m b r e p r e t e n d e
es p o n d e r a r los efectos provocados por la acción, c o n t r a s t a n d o
costos y rendimientos. A través del cálculo económico, o bien
se efectúa una estimación de cuál será el resultado de la futura actuación, o bien se cifran las consecuencias de la acción
ya practicada. No es sólo didáctico interés el q u e tiene este
ú l t i m o cálculo. M e d i a n t e el mismo cabe, en efecto, d e t e r m i n a r
q u é p r o p o r c i ó n de los bienes p r o d u c i d o s p u e d e ser c o n s u m i d a
sin perjudicar la f u t u r a capacidad de producción. Con esas miras precisamente f u e r o n e s t r u c t u r a d o s los conceptos f u n d a m e n tales del cálculo económico; es decir, los conceptos de capital
y renta, de pérdida y ganancia, de c o n s u m o y ahorro, de costos
y rendimientos, La utilización práctica de esos repetidos conceptos y de las ideas de los mismos derivadas sólo, sin e m b a r g o ,
es posible en el marco del mercado, d o n d e , contra un medio de
intercambio generalmente aceptado, es decir, contra dinero,
cabe contratar bienes y servicios económicos de t o d a condición.
Resultarían p u r a m e n t e académicas y carentes de interés práctico aquellas expresiones en una sociedad de estructura económica diferente.
C A P I T U LO
X I I
El ámbito del cálculo
económico
1.
EL
SIGNIFICADO
DE L A S E X P R E S I O N E S
MONETARIAS
El cálculo económico abarca cuanto por dinero cabe
adquirir.
Los precios de bienes y servicios, o bien son datos históricos q u e reflejan pasados acontecimientos, o bien suponen previsión de posibles eventos futuros. En el primer caso, los precios nos informan de que, en cierto momento, uno o más actos
de trueque interpersonal fueron practicados al tipo de cambio
en cuestión. En cambio, ninguna ilustración nos brindan, de
modo inmediato, acerca de los precios futuros. Cabe, desde
luego, en la práctica, frecuentemente, presumir que aquellas
circunstancias mercantiles que ayer provocaron la aparición de
determinados precios subsistirán durante un cierto período,
siendo por tanto improbable registren brusca oscilación las aludidas tasas de intercambio monetario. Tales suposiciones resultan procedentes cuando los precios son consecuencia de la
recíproca actuación de múltiples personas dispuestas, respectivamente, a comprar y a vender tan pronto como aquéllos les
parecen interesantes, siendo improbable la aparición de circunstancias de tipo accidental o extraordinario. Por medio del cálculo económico, sin embargo, lo que fundamentalmente se pretende no es ponderar situaciones y precios de mercado de escasa o ninguna variabilidad, sino abordar el cambio y la mutación. El hombre, al actuar, desea, o bien acomodarse a mutaciones que prevé van a producirse sin intervención suya, o bien
330
t.a Acción Humana
provocar cambios por sí mismo. Los precios del pasado, para
el sujeto, son m e r o s datos, de los cuales parte, en efecto, pero
sólo para mejor anticipar los f u t u r o s .
Q u i e n e s cultivan la historia o la estadística fíjanse únicamente en los precios del ayer. El h o m b r e , al actuar, sin embargo, centra su interés en los precios del f u t u r o , p u d i e n d o tal
f u t u r o exclusivamente contraerse a la hora, al día o al mes que,
de inmediato, va a seguir. Los precios del pasado son sólo
signos indicadores q u e el sujeto contempla para mejor prever
los del mañana. Interésanle los precios q u e luego han de registrarse para prever el resultado de sus proyectadas actuaciones,
así como para cifrar la pérdida o la ganancia derivada de pasadas
transacciones.
Los balances y las cuentas de pérdidas y ganancias reflejan
el resultado de actuaciones otrora practicadas a través de la
diferencia dineraria q u e exista entre el activo neto (activo total
menos pasivo total) del p r i m e r o y del último día de! ejercicio,
es decir, el saldo resultante, una vez deducidos los costos de
los rendimientos por Lodos conceptos. Pero forzoso es traducir. en dichos estados, las partidas del activo y del pasivo,
salvo la de caja, a su equivalente m o n e t a r i o . Las rúbricas en
cuestión d e b e r í a n ser cifradas con arreglo a los precios q u e
se suponga hayan de registrar en el p r ó x i m o f u t u r o los bienes
de referencia o, sobre todo, tratándose de i n s t r u m e n t o s de
producción, a tenor de los precios a q u e previstblcmente será
posible vender las mercancías producidas por su medio. Los
usos mercantiles, las disposiciones legales y las normas fiscales,
sin embargo, han h e c h o q u e los métodos actuariales no conformen plenamente con esos correctos principios tendentes a lograr la máxima correspondencia posible e n t r e las cifras contabilizadas y la realidad. Son otros los objetivos q u e se p r e t e n d e
alcanzar, razón por la q u e la exactitud de los correspondientes
balances y cuentas de resultados, hasta cierto p u n t o , se desprecia. La legislación mercantil, en efecto, aspira a q u e la contabilidad sirva de protección a los acreedores; tiende, consecuentemente, a valorar los activos por d e b a j o de su verdadero
importe, para reducir tanto los beneficios líquidos c o m o el
El ámbito del cálculo económico
331
m o n t a n t e del activo neto, creando unos márgenes de seguridad
q u e impidan al comerciante retirar de la empresa, a título de
beneficio, sumas excesivas, vedando a aquellas firmas q u e puedan hallarse en difícil situación proseguir operaciones posiblemente malbaratadoras de fondos ya c o m p r o m e t i d o s con terceros. Las leyes fiscales, a la inversa, p r o p e n d e n a calificar de
beneficios sumas que, en buena técnica, tal consideración no
merecerían; procuran, con ello, incrementar las cargas tributarias sin elevar oficialmente los tipos contributivos. Conviene,
por tanto, no c o n f u n d i r el cálculo económico q u e el empresario
practica, al planear f u t u r a s operaciones, con ese escriturario
reflejo de las transacciones mercantiles m e d i a n t e el cual lo q u e
se busca, en realidad, son objetivos habilidosamente solapados.
Una cosa es el cálculo económico y otra distinta la determinación de las cargas fiscales. Si la ley, al gravar, por ejemplo. la
s e r v i d u m b r e doméstica del c o n t r i b u y e n t e , establece q u e un
criado ha de c o m p u t a r s e como dos doncellas, nadie pretenderá
dar a tal asimilación o t r o significado q u e no sea el p u r a m e n t e
fiscal. En este mismo s e n t i d o las disposiciones q u e gravan las
transmisiones mortis causa establecen q u e los títulos mobiliarios habrán de valorarse según la cotización bursátil de los mismos en la fecha de la defunción del causante. Tales normas no
hacen más q u e f o r m u l a r específico sistema para liquidar el
i m p u e s t o correspondiente,
En una contabilidad bien llevada es plena la exactitud aritmética de las cifras manejadas. I m p r e s i o n a el detalle de los correspondientes estados, lo cual, unido a la comprobada ausencia
de todo error material, hace presumir a las gentes la absoluta
veracidad de los datos consignados. Lo cierto, sin embargo, es
q u e las f u n d a m e n t a l e s partidas de los balances no son más q u e
especulativas previsiones de realidades q u e se supone registrará mañana el mercado. G r a v e error implica el equiparar los
asientos de una rúbrica contable a las cifras de un estudio técnico, como, por ejemplo, las consignadas en el proyecto de una
máquina. El ingeniero — p o r lo q u e se refiere al aspecto puram e n t e técnico de su f u n c i ó n — utiliza expresiones numéricas,
deducidas siguiendo los métodos de las ciencias experimentales;
332
t.a Acción Humana
el h o m b r e de negocios, al contrario, no tiene más r e m e d i o q u e
m a n e j a r sumas cuya cuantía d e p e n d e r á de la f u t u r a conducta
de las gentes, cifras q u e sólo m e d i a n t e la comprensión puede
llegar a establecer. El problema capital de balances y cuentas
de pérdidas y ganancias es el referente al m o d o de valorar aquellas rúbricas del activo y del pasivo q u e no son típicas de numerario. De ahí q u e dichos estados hayan siempre de considerarse
hasta cierto p u n t o provisionales. Reflejan, con la exactitud
posible, cierta realidad económica en d e t e r m i n a d o instante,
a r b i t r a r i a m e n t e elegido, mientras el devenir de la acción y la
vida prosigue. Cabe inmovilizar, en un balance, la situación de
específico negocio; ahora bien, no es posible hacer lo mismo
con el total sistema de producción social, en p e r m a n e n t e cambio y evolución. Es más: ni siquiera las cuentas de n u m e r a r i o ,
ya sean de activo o pasivo, batíanse exentas de esa indeterminación típica de toda rúbrica contable, pues el valor de las mismas depende, igual q u e el de todas las demás cuentas, de las
f u t u r a s circunstancias del mercado. Aquella engañosa exactitud
aritmética de las cifras y los asientos contables rio d e b e hacernos
olvidar la índole incierta y especulativa de los correspondientes
datos y de cuantos cálculos con ellos se practican.
La certeza de lo anterior en m o d o alguno s u p o n e negar la
procedencia y utilidad del cálculo económico, El actual cálculo
económico, en su típica esfera, es idóneo. Reforma ni modificación alguna podrían, en la práctica, mejorarlo. O f r e c e al hombre q u e actúa cuantos servicios de la computación numérica
cabe derivar. No nos permite, desde luego, conocer el f u t u r o ;
ni cabe a su a m p a r o soslayar la índole siempre especulativa de
la acción, Tal realidad sólo sorprenderá a quienes no desean advertir q u e la vida nunca será rígida ni estática, a quienes quisieran olvidar que nuestro m u n d o hállase inmerso en permanente devenir y que el h o m b r e jamás llegará a conocer lo que
mañana le aguarda.
No sirve, evidentemente, el cálculo económico p a r a informarnos acerca de desconocidas circunstancias. P e r o , en cambio, amparándose en él, logra el h o m b r e orientarse p a r a actuar
del m o d o q u e mejor le permitirá a t e n d e r aquellas necesidades
El ámbito del cálculo económico
333
q u e el interesado s u p o n e aparecerán en el f u t u r o . P o r q u e , para
ello, preciso es disponer de un m é t o d o de cálculo y el cálculo
p r e s u p o n e la posibilidad de manejar c o m ú n d e n o m i n a d o r aplicable a la totalidad de las m a g n i t u d e s c o m p u t a d a s . Y es el dinero ese común d e n o m i n a d o r del cálculo económico.
2.
L o s L I M I T E S D E L C A L C U L O ECONÓMICO
Q u e d a excluido del cálculo económico t o d o aquello q u e 110
cabe, por dinero, ni c o m p r a r ni v e n d e r .
H a y cosas que no resultan intercambiables por d i n e r o ; el
disfrutarlas exige incurrir en dispares costos. Las grandes hazañas, p o r ejemplo, supusieron siempre la utilización de medios
muy diversos, sólo algunos de los cuales podían ser adquiridos
por dinero. Los principales factores, ineludibles para la realización de tales empresas, no cabía, desde luego, comprarlos en
el mercado. El h o n o r , la v i r t u d , la gloria, así como el vigor físico, la salud y la vida misma, constituyen, en la esfera de la
acción, a la vez, medios y fines; no es posible ponderar tales
realidades m e d i a n t e el cálculo económico.
May cosas, c o m o decíamos, q u e no cabe valorar en d i n e r o ;
existen otras q u e sólo una parte de las mismas puede ser cifrada
en términos monetarios. Al justipreciar un edificio antiguo, alg u n o s prescinden de sus condiciones artísticas o de su interés
histórico si tales circunstancias no constituyen f u e n t e de ingresos dinerarios o materiales. T o d a s aquellas circunstancias q u e
sólo a un d e t e r m i n a d o individuo c o n m u e v e n , sin inducir a los
demás a incurrir en sacrificios económicos para conseguirlas,
q u e d a n por fuerza excluidas del á m b i t o del cálculo.
Lo dicho, sin e m b a r g o , en m o d o alguno empece la utilidad
del cálculo económico. C u a n t a s cosas caen fuera de él o son
fines en sí mismos, o son bienes del orden p r i m e r o . Innecesario
deviene, entonces, el cálculo para apreciar su valor e interés.
Bástale al h o m b r e q u e actúa el comparar dichos bienes con los
costos q u e su consecución requiera para decidir si, en definitiva, interésanle o no. Un A y u n t a m i e n t o , por ejemplo, se ve en
el caso de o p t a r e n t r e dos proyectos de traída de aguas; supon-
334
t.a Acción Humana
gamos q u e el p r i m e r o exige derribar cierto edificio histórico,
mienrras q u e el segundo, de mayor costo, permite evitar dicha
destrucción, Pues bien, aun c u a n d o no es posible valorar en
cifras monetarias aquellos sentimientos q u e abogan por la conservación del m o n u m e n t o , los ediles, a 110 d u d a r , sabrán fácilmente resolver el dilema. Tales valores que no p u e d e n ser
o b j e t o de ponderación dineraria, pur esa misma circunstancia,
asumen una peculiar presentación q u e incluso facilita las decisiones a tomar. Carece de todo f u n d a m e n t o el lamentar queden
f u e r a del á m b i t o del cálculo económico los bienes q u e no pueden ser comprados ni vendidos, pues no por ello se p e r t u r b a
la valoración de circunstancias morales o estéticas.
En la actualidad, la más ruda crítica vilipendia el dinero,
los precios monetarios, las transacciones mercantiles, así como
el cálculo económico basado en tales conceptos. Locuaces sermoneadores acusan al m u n d o occidental de ser una civilización
de traficantes y mercaderes. Alíase al fariseísmo con la vanidad
y el resentimiento para atacar esa denostada «filosofía del dólar» que se supone típica de nuestra época. Insanos reformadores, neuróticos escritores y ambiciosos demagogos despotrican
contra la «racionalidad», complaciéndose en predicar el evangelio de lo «irracional». Para tan indiscretos charlatanes, el
dinero y el cálculo constituyen f u e n t e de los más graves males.
P e r o conviene, a este respecto, ante todo, destacar q u e el haberse e s t r u c t u r a d o un m é t o d o q u e le p e r m i t e al h o m b r e ordenar
sus actuaciones y conseguir, de esta suerte, los fines mayorm e n t e por él apetecidos, s u p r i m i e n d o el malestar de la humanidad del m o d o mejor y más económico, a nadie impide personalmente acomodar sus actos a aquellos idearios q u e más le
atraigan. Ese «materialismo de a d m i n i s t r a d o r e s y bolsistas» en
m o d o alguno prohibe, a quien así lo desee, vivir a lo T o m á s
Kempis o sacrificarse en holocausto de las causas q u e más elevadas estime. El q u e las masas prefieran las novelas policíacas
a la poesía — l o cual hace sean aquéllas e c o n ó m i c a m e n t e más
rentables que é s t a — nada tiene q u e ver ni con el dinero ni con
la contabilidad monetaria. No es p o r q u e exista el dinero por lo
q u e hay forajidos, ladrones, asesinos, prostitutas y jueces y
El ámbito del cálculo económico
335
funcionarios venales. Inexacto resulta decir q u e la honradez
« n o paga». La honradez « p a g a » a quien subjetivamente valora en más el atenerse a ciertos principios q u e las ventajas
q u e tal vez pudiera derivar de no seguir dichas normas.
H a y un segundo g r u p o de críticos cuyos c o m p o n e n t e s no
advierten que el cálculo económico es un m é t o d o q u e únicamente pueden emplear quienes viven b a j o un orden social basado en la división del trabajo y en la propiedad privada de
los medios de producción. Sólo a esos privilegiados mortales cábeles beneficiarse del sistema. P e r m i t e éste, desde luego, calcular el beneficio o provecho del particular, pero nunca cabe, a su
a m p a r o , ponderar el «bienestar social». Ello implica que, para
el cálculo, los precios del mercado constituyen hechos dados
irreductibles. De nada tampoco sirve el cálculo económico
cuando los planes contemplados no p r e t e n d e n c o n f o r m a r con
la d e m a n d a libremente expresada por los consumidores, sino
con las arbitrarias valoraciones de un ente dictatoria!, rector
único de la economía nacional o mundial- M e n o s aún p u e d e
ampararse en el cálculo q u i e n pretenda enjuiciar las diversas
actuaciones con arreglo al — t o t a l m e n t e imaginario— «valor
social» de las mismas, es decir, desde el p u n t o de vista de la
«sociedad en su c o n j u n t o » , vilipendiando el libre proceder de
las gentes a base de contrastarlo con el q u e prevalecería bajo
un imaginario sistema socialista, en el q u e la voluntad del propio crítico constituiría suprema ley. El cálculo económico practicado con arreglo a precios monetarios constituye sistemática
útil sólo cuando, en u n a sociedad de mercado, hay empresarios
p r o d u c i e n d o para la mejor satisfacción de los deseos de los
consumidores. No cabe recurrir al mismo si otros son los objetivos perseguidos.
Q u i e n desee servirse del cálculo económico ha de saber
dominarse para nunca contemplar la realidad con ánimo de déspota. P o r eso pueden utilizar los precios para el cálculo los empresarios, los inversores, los propietarios y los asalariados
c u a n d o operan b a j o el sistema capitalista. De nada sirven ni
los precios ni el cálculo c u a n d o se trata de abordar cuestiones
ajenas a las categorías de tal orden capitalista. Es ridículo pre-
336
t.a Acción Humana
t e n d e r valorar, en términos monetarios, mercaderías q u e no
son o b j e t o de contratación, así como el creer cabe calcular a
base de cifras p u r a m e n t e arbitrarias, sin relación alguna con la
realidad mercantil. Las normas legales pueden fijar cuánto, a
título de indemnización, ba de pagar quien causó una muerte.
P e r o ello, i n d u d a b l e m e n t e , no significa q u e ése sea el precio
de la vida h u m a n a . D o n d e existe la esclavitud hay precios de
mercado, a los q u e cabe comprar y v e n d e r esclavos. Sin embargo, abolida la institución servil, t a n t o el hombre, c o m o la
vida y la salud, constituyen res extra commercium. En una sociedad de h o m b r e s libres, la vida y la salud no son medios,
sino fines. Tales bienes, c u a n d o se trata de calcular medios,
e v i d e n t e m e n t e no pueden e n t r a r en el c ó m p u t o .
Cabe reflejar en cifras monetarias los ingresos o la f o r t u n a
de un cierto n ú m e r o de personas. A h o r a bien, carece de sent i d o p r e t e n d e r calcular la renta nacional o la riqueza de un
país. En cuanto nuestras lucubraciones se apartan de las categorías mentales q u e maneja el individuo, al actuar d e n t r o de
una economía de mercado, hemos de renunciar al cálculo dinerario. El pretender cifrar, en f o r m a monetaria, la riqueza de
una nación o la de toda la h u m a n i d a d resulta tan pueril como
el querer resolver los enigmas del universo lucubrando en t o r n o
a las dimensiones de la pirámide de Cheops. C u a n d o el cálculo
mercantil valora, por ejemplo, u n a partida de patatas en cien
dólares, ello significa que, por dicha suma, es posible comprarlas o venderlas. En el mismo sentido, si justipreciamos una
empresa en un millón de dólares, es p o r q u e suponemos que lib r e m e n t e cabría hallar c o m p r a d o r , para el aludido c o n j u n t o de
bienes, por el precio en cuestión. P e r o , ¿ q u é significación podrían tener las diferentes rúbricas de un imaginario balance
q u e comprendiera a toda una nación? ¿ Q u é trascendencia tendría el saldo final resultante? ¿ Q u é realidades deberían ser
incluidas y cuáles omitidas en dicho balance? ¿Procedería valorar el clima del país o las habilidades y conocimientos de los
indígenas? El empresario puede t r a n s f o r m a r sus propiedades
en dinero, p e r o la nación, no.
Las equivalencias monetarias q u e la acción y el cálculo eco-
El ámbito del cálculo económico
337
nórnico manejan son, en definitiva, precios tlinerarios, es decir,
relaciones de intercambio e n t r e el d i n e r o , de un lado, y determinados bienes y servicios, de o t r o . No es q u e los precios sean
medidos en unidades monetarias, sino q u e consisten precisamente en una cierta cantidad de dinero. Los precios son siempre o precios q u e ayer se registraron o precios q u e se supone
aparecerán efectivamente mañana. P o r eso el precio invariablem e n t e es un hecho histórico pasado o f u t u r o . Nada hay en los
precios q u e permita asimilarlos a las mediciones q u e de los fenómenos físicos y químicos efectúa el h o m b r e .
3.
L A VARIABILIDAD D E t . O S P R E C I O S
Los tipos de intercambio fluctúan de coniinuo, por c u a n t o
las circunstancias q u e los e n g e n d r a n hállanse también en perpetua m u t a c i ó n , El valor q u e el individuo atribuye al d i n e r o y
a los diversos bienes y servicios, respectivamente, es f r u t o de
m o m e n t á n e a elección. Cada l u t u r o instante p u e d e originar nuevas circunstancias y provocar distintas consíderacionees y valoraciones. No es la movilidad de los precios lo que debería llamarnos la atención; más bien debiera sorprendernos el q u e no
oscilaran en g r a d o m u c h o mayor.
La experiencia cotidiana ilustra a todos acerca de la variabilidad de los tipos de intercambio del mercado y, stn embargo, las
gentes, c u a n d o se e n f r e n t a n con los precios, p r e t e n d a n olvidar
tan manifiesta realidad. AI l u c u b r a r en t o r n o a la producción y el
c o n s u m o , las operaciones mercantiles y los precios, el h o m b r e
c o m ú n , vaga y c o n t r a d i c t o r i a m e n t e , p r e s u p o n e la rigidez de
éstos. Eslima q u e lo normal y procedente es el m a n t e n i m i e n t o
de aquellos precios ayer registrados y p r o p e n d e a condenar toda
variación en los tipos de intercambio c o m o si se tratara de
abierta violación de f u n d a m e n t a l e s normas de derecho divino
y humano.
Es erróneo creer q u e tan populares opiniones puedan fundarse en conceptos q u e pasadas épocas, en las cuales los precios
h u b i e r a n sido más estables, e n g e n d r a r a n . Discutible resulta el
q u e los precios a n t i g u a m e n t e variaran menos que ahora. Pare22
338
t.a Acción Humana
ce, p o r el contrario, más lógico a f i r m a r q u e la integración de
múltiples mercados locales en otros de á m b i t o nacional, la extensión al área mundial de las transacciones mercantiles y el
haberse m o n t a d o el comercio para proporcionar un c o n t i n u o
s u m i n i s t r o de artículos de consumo, más bien habrá t e n d i d o a
minimizar la frecuencia e importancia de las oscilaciones de los
precios. En los tiempos precapitalistas, los m é t o d o s técnicos de
producción resultaban más rígidos e invariables; pero era, en
cambio, m u c h o más irregular el abastecimiento de los diversos
mercados locales y grandes las dificultades para a d a p t a r rápid a m e n t e la oferta a las variaciones de la d e m a n d a . P e r o , aun
c u a n d o fuera cierta aquella supuesta estabilidad de los precios
en pasadas épocas, ello para nada podría enmascarar la comprensión de la realidad actual. Esos populares conceptos en
t o r n o al dinero y los precios no derivan de antiguos idearios;
no son atávicas reminiscencias. P o r q u e , en la actualidad, t o d o
el m u n d o se e n f r e n t a , a diario, c o n los i n n ú m e r o s p r o b l e m a s
q u e las continuas c o m p r a v e n t a s suscitan, de tal s u e r t e q u e sería
equivocado s u p o n e r q u e las ideas de las gentes en la materia
constituyen simple reflejo de tradicionales conceptos.
Fácil, sin embargo, resulta c o m p r e n d e r por q u é quienes
ven sus inmediatos intereses perjudicados por cualquier mutación de los precios f o r m u l a n airadas quejas, p r o c l a m a n d o q u e
el precio anterior era más justo y más normal, no d u d a n d o en
asegurar q u e la estabilidad de los precios c o n f o r m a con las supremas leyes de la naturaleza y la moral. Pero conviene tener
presente q u e toda variación de los precios, al t i e m p o q u e perjudica a unos, favorece a otros. N a t u r a l m e n t e , no o p i n a r á n
éstos lo mismo q u e aquéllos acerca de la supuesta condición
equitativa y natural de la inmodificabilidad de los precios.
Ni la existencia de atávicas reminiscencias ni la concurrencia de los egoístas intereses de ciertos g r u p o s sirven para explicar la popularidad de la idea de la estabilidad de los precios. El
f e n ó m e n o sólo deviene comprensible al advertir q u e se ha pretendido abordar las relaciones sociales con arreglo a la sistemática de las ciencias naturales. Los economistas y sociólogos q u e
p r e t e n d e n e s t r u c t u r a r las ciencias sociales como si de ramas de
El ámbito del cálculo económico
339
la física o de la fisiología se tratara inciden en los mismos erróneos cauces mentales q u e e n g e n d r a r o n aquellas aludidas equivocaciones tan populares y e x t e n d i d a s .
Incluso a los economistas clásicos faltóles perspicacia para
vencer p l e n a m e n t e las aludidas falacias, Creían q u e el valor era
un hecho objetivo; en su opinión constituía un f e n ó m e n o más
del m u n d o e x t e r n o , una condición i n h e r e n t e a las cosas, q u e ,
p o r lo tanto, podía ser p o n d e r a d o y medido. No f u e r o n capaces de advertir el carácter p u r a m e n t e h u m a n o y personal de los
juicios de valor. Según nuestras noticias, f u e Samuel Bailey el
p r i m e r o q u e se percató de la íntima esencia de todo acto q u e
suponga p r e f e r i r una cosa a otra
Sin e m b a r g o , su ensayo, al
igual que los escritos de otros precursores de la teoría subjetiva
del valor, no f u e t o m a d o p o r nadie en consideración.
P e r o no sólo a la ciencia económica importa r e f u t a r aquellas erróneas ideas según las cuales cabe alguna forma de medición en el m u n d o de la acción. La cosa no menos interesa
a la política. Las desastradas medidas estábilizadoras q u e hoy
prevalecen f u e r o n , hasta cierto p u n t o , e n g e n d r a d a s por aquella
suposición según la cual existe, en las relaciones i n t e r h u m a n a s ,
fija correlación q u e p u e d e ser cifrada y m e d i d a .
4.
LA ESTABILIZACIÓN
F r u t o de tales errores es esa extendida idea q u e nos habla
de «estabilizar».
Los d a ñ o s provocados p o r la intervención estatal en los
asuntos m o n e t a r i o s y los desastrados efectos causados por
aquellas actuaciones q u e p r e t e n d e n reducir el t i p o de interés e
incrementar la actividad mercantil m e d i a n t e la expansión crediticia hicieron á las gentes ansiar la «estabilización». C a b e
c o m p r e n d e r t a n t o la aparición de este e r r ó n e o ideario como el
' Vid. S A M U E L B A I L E Y , A Critica! Disscrfatio» on the Nature, Measures and
Causes of Valúes. landres, 1825, reimpreso en el niíni, 7 de Series of Reprints
of Scarce Traets in F.conomics and Politkal Science, London School of Eeonomics.
Londres, 1931.
340
t.a Acción Humana
atractivo que para las masas el mismo encierra, si paramos
mientes en la serie de arbitrismos padecidos por la moneda
y el crédito d u r a n t e los últimos ciento cincuenta años. Es posible, entonces, incluso disculpar las equivocaciones que el aludido p e n s a m i e n t o supone; pero, por benévolos q u e q u e r a m o s ser,
no cabe disimular el grave error científico en q u e los partidarios de tales doctrinas inciden.
Esa estabilidad, a la q u e aspiran los programas hoy más en
boga, es un concepto v a n o y contradictorio. El deseo de actuar,
es decir, el afán por mejorar nuestras condiciones de vida, resulta consustancial con la naturaleza h u m a n a . El p r o p i o individ u o c o n t i n u a m e n t e cambia y varía, m u d a n d o al tiempo sus valoraciones, deseos y actuaciones. En el m u n d o de la acción
nada es p e r m a n e n t e , a no ser, precisamente, el cambio. En ese
c o n t i n u o fluctuar, sólo las eternas categorías apriorísticas de la
acción permanecen inconmovibles. V a n o es pretender desgajar, de aquella inestabilidad típica del h o m b r e y de su conducta, el preferir v el actuar, como si en el universo existieran
valores eternos, independientes de los h u m a n o s juicios de estimación, con respecto a los cuales cupiera enjuiciar la efectiva
actuación de las gentes 2 .
C u a n t a s fórmulas han sido propuestas con miras a lograr
una efectiva medición del poder adquisitivo de la unidad monetaria descansan, más o menos, en el arbitrario supuesto de
imaginar existe alguien en el mercado de condición p e r m a n e n t e
o inmutable q u e pueda determinar, sirviéndose de cierto patrón fijo, la cantidad de satisfacción proporcionada por específica suma d i n e r a d a . Flaco apoyo recibe tan inadmisible idea
c u a n d o se argumenta que lo q u e se p r e t e n d e es p o n d e r a r sólo
la variación del p o d e r adquisitivo de la m o n e d a , pues, precisamente en ese concepto de la determinabilidad del poder adquisitivo se f u n d a todo el ideario de la estabilización. El p r o f a n o ,
c o n f u n d i d o por la sistemática con q u e la física resuelve sus
problemas, en un principio suponía q u e el dinero servía para
1
Por lo que se refiere a la propensión del hombre a considerar la rigidez e
invariabilidad como lo esencial y a eslimar el cambio y el movimiento como lo
accidental, vid. BF.RGSON, La Pensée et le Mouvant, pág 8 5 y sigs.
El ámbito del cálculo económico
341
medir los precios. Creía q u e las variaciones en los tipos de intercambios registrábanse sólo en la diferente valuación de los
diversos bienes y servicios entre sí, permaneciendo fijo el tipo
existente entre el dinero, de un lado, y la « t o t a l i d a d » de los
bienes y servicios, de otro. Después, las gentes volvieron la
idea del revés. Negóse la constancia del valor de la m o n e d a ,
proclamándose en cambio la inmutabilidad valoratíva de la
«totalidad» de las cosas q u e podían ser o b j e t o de compraventa,
ingeniáronse diferentes c o n j u n t o s de p r o d u c t o s , los cuales se
contrastaban con la unidad monetaria. H a b í a tal deseo de encontrar índices, a cuyo a m p a r o cupiera medir el p o d e r adquisitivo, que toda oposición resultó a r r u m b a d a . No se quiso parar
mientes en la escasa precisión de las manejadas estadísticas de
precios, ni en la imposibilidad — p o r su h e t e r o g e n e i d a d — de
comparar muchos de éstos entre sí, ni en el carácter arbitrario
de los sistemas seguidos para la determinación de cifras medias,
Irving Fisher, el eminente economista, m á x i m o impulsor
en América del m o v i m i e n t o en pro de la estabilización, contrasta el dólar con aquel cesto d o n d e el ama de casa reúne los diversos p r o d u c t o s ' q u e compra en el mercado para m a n t e n e r a
la familia. El poder adquisitivo del dólar variaría en proporción
inversa a la suma dineraria precisa para c o m p r a r el contenido
en cuestión. De acuerdo con estas ideas, la política de estabilización aspira a q u e no varíe el aludido dispendio monetario
Seria admisible tal planteamiento sólo si t a n t o el ama de casa
como su imaginario cesto constituyeran constantes; si este último hubiera siempre de contener los mismos productos e idéntica cantidad de cada uno de ellos; y si fuera inmutable la utilidad q u e dicho c o n j u n t o de bienes tuviera para la familia en
cuestión. Lo malo es que, en nuestro m u n d o real, ninguna de
las aludidas condiciones se cumple.
Conviene, a n t e todo, en este sentido, advertir que las calidades de los bienes producidos y consumidos varían continuamente. G r a v e e r r o r , en efecto, constituye el suponer que todo
el trigo producido es de idéntica condición; y nada digamos
de las diversas clases de zapatos, s o m b r e r o s y demás objetos
J
Vid.
IRVING
FISHER,
The Money ¡Ilusión, págs. 19-20, Nueva York,
1928,
342
t.a Acción Humana
m a n u f a c t u r a d o s . Las grandes diferencias de precios que, en
cierto m o m e n t o , registran entre sí las distintas variedades de
un m i s m o p r o d u c t o , variedades q u e ni el lenguaje o r d i n a r i o ni
las estadísticas reflejan, evidencian la certeza de lo consignado.
Suele decirse q u e un guisante es idéntico a otro guisante; y,
sin embargo, t a n t o compradores c o m o vendedores distinguen
múltiples calidades y especies de guisantes. Resulta totalmente
vano el comparar precios pagados en plazas distintas o en fechas diferentes por productos q u e , desde el p u n t o de vista de
la técnica o la estadística, agrúpanse b a j o una misma denominación, si no consta taxativamente q u e la calidad de los mismos — c o n la única excepción de su diferente u b i c a c i ó n — es,
en verdad, idéntica. Por calidad e n t e n d e m o s todas aquellas propiedades del bien de referencia que los efectivos o potenciales
compradores toman en consideración al actuar. El solo hecho
de q u e hay calidades diversas en todos los bienes y servicios del
orden primero echa por tierra u n o de los f u n d a m e n t a l e s presupuestos del m é t o d o estadístico basado en números-índices. No
empaña la verdad de lo expuesto el q u e un limitado n ú m e r o de
mercancías de los órdenes más elevados — m e t a l e s y p r o d u c t o s
químicos q u e cabe describir m e d i a n t e f ó r m u l a s — pueden ser
objeto de precisa especificación por lo q u e a sus cualidades típicas se refiere. P o r q u e toda medición del poder adquisitivo
forzosamente habrá de tomar en consideración los precios de
los bienes y servicios del orden p r i m e r o ; y no sólo el precio de
unos cuantos, sino de lodos ellos. P r e t e n d e r evitar el escollo
acudiendo a los precios de los bienes de producción resulta
igualmente estéril, ya que, por fuerza, falsearíase el cálculo al
c o m p u t a r varias veces las diversas fases de producción de un
mismo artículo de consumo. El limitar el estudio a un cierto
g r u p o de predeterminados bienes resulta, a todas luces, arbitrario y vicioso.
Pero, aun d e j a n d o de lado todos estos insalvables obstáculos, resulta inalcanzable el o b j e t i v o ambicionado. P o r q u e no es
q u e únicamente cambie la calidad técnica de los diversos productos, ni que de c o n t i n u o aparezcan nuevas cosas, al t i e m p o
q u e otras dejan de producirse; lo i m p o r t a n t e es q u e también
El ámbito del cálculo económico
343
varían las valoraciones personales, lo cual provoca mutaciones
en la d e m a n d a y en la producción. Los p r e s u p u e s t o s en q u e se
ampara la examinada doctrina de la medición sólo se darían en
un m u n d o poblado por h o m b r e s cuyas necesidades y estimaciones fueran inmutables. U n i c a m e n t e si las gentes valoraran las
cosas siempre del mismo m o d o , sería admisible suponer q u e las
oscilaciones de los precios reflejan efectivos cambios en el poder adquisitivo del dinero.
P o r c u a n t o no es posible conocer la cantidad total de dinero invertido, d u r a n t e un cierto lapso de tiempo, en bienes de
consumo, los cómputos estadísticos han de apoyarse en los precios pagadas por los distintos bienes. Ahora bien, esta realidad
suscita o t r o s dos problemas imposibles de solucionar de un
m o d o apodíctico. En primer lugar, resulta obligado asignar a
cada cosa d i s t i n t o coeficiente de trascendencia; p o r q u e , evidentemente, sería inadmisible operar con precios de bienes diversos sin p o n d e r a r su respectiva importancia en la economía familiar. Tal ordenación, sin embargo, siempre ha de ser arbitraria. En s e g u n d o término, es imperativo promediar los datos
una vez recogidos y clasificados. P e r o hay muchas f o r m a s de
p r o m e d i a r ; existe la media aritmética y también la geométrica
y la armónica e, igualmente, el cuasi p r o m e d i o d e n o m i n a d o mediana. Cada u n o de estos sistemas brinda diferentes soluciones.
No existe razón alguna jyira preferir u n o , considerándolo c o m o
el único p r o c e d e n t e en b u e n a lógica. La elección q u e sea, una
vez más, resulta siempre caprichosa.
Lo cierto es q u e , si las circunstancias h u m a n a s f u e r a n inmutables; si las gentes no hicieran más q u e repetir iguales actuaciones, p o r ser su malestar siempre el m i s m o e idénticas las
f o r m a s de remediarlo; o si f u e r a posible admitir q u e todo cambio acaecido en ciertos individuos o grupos, por lo q u e a las anteriores cuestiones atañe, viniera a ser compensado por contrapuesta mutación en otros individuos o grupos, de tal suerte
q u e la total d e m a n d a y oferta no resultara afectada, ello sup o n d r í a q u e nuestro m u n d o gozaba de estabilidad plena. A h o r a
bien, no cabe, en tal supuesto, pensar en posible variabilidad
de la capacidad adquisitiva del dinero, C o m o más adelante se
344
t.a Acción Humana
d e m o s t r a r á , los cambios en el p o d e r adquisitivo del d i n e r o han
de afectar, por fuerza, en d i f e r e n t e grado y m o m e n t o , a los
precios todos de los diversos bienes y servicios; siendo ello así,
dichos cambios han de provocar mutaciones en la d e m a n d a y en
la oferta, en la producción y en el c o n s u m o \ Por tanto, resulta
inadmisible aquella idea, implícita al hablar del nivel de precios, según la cual — i n m o d i f i c a d a s las restantes circunstancias— pueden estos últimos subir o bajar de m o d o u n i f o r m e .
P o r q u e las demás circunstancias, si varía la capacidad adquisitiva del dinero, jamás quedan incambiadas.
En el terreno praxeológico y económico, como tantas veces
se ha dicho, carece de sentido toda idea de medición. En hipotética situación, plenamente rígida, no existen cambios q u e puedan ser o b j e t o de medida. En n u e s t r o siempre c a m b i a n t e mundo, por el contrario, no hay ningún p u n t o fijo, ninguna dimensión o relación en que pueda basarse la medición. El poder adquisitivo de la unidad monetaria nunca varía de m o d o uniforme con respecto a todas aquellas cosas q u e pueden ser o b j e t o
de c o m p r a v e n t a . Las ideas de estabilidad y estabilización carecen de sentido si no es relacionándolas con una situación
estática. P e r o ni siquiera m e n t a l m e n t e es posible llegar a contemplar las últimas consecuencias lógicas de tal ininovilísmo,
que, menos aún, puede ser llevado a la práctica s . D o n d e hay
acción hay mutación. La acción es p e r e n n e causa de cambio.
Vano, por completo, resulta el ampuloso aparato con que
los funcionarios de las oficinas de estadística p r e t e n d e n cifrar
los correspondientes índices expresivos del p o d e r adquisitivo
del dinero y la variación del costo de la vida. En el m e j o r de
los casos, esos numerosos índices no constituyen más q u e t o r p e
e impreciso reflejo de cambios q u e ya acontecieron. C u a n d o las
variaciones de la relación entre la oferta y la d e m a n d a de d i n e r o
son pequeñas, nada nos dicen. Por el contrario, c u a n d o hay
inflación, c u a n d o registran p r o f u n d o s cambios los precios, esos
repetidos índices no nos proporcionan más q u e tosca caricatura
de realidades bien conocidas y constatadas a diario p o r todo
4
Vid. infru págs. 617-619.
' Vid. mira págs. 383-387.
El ámbito del cálculo económico
345
el m u n d o . Cualquier ama de casa sabe m á s de las variaciones
experimentadas por aquellos precios q u e le afectan que cuantos
promedios estadísticos cabe arbitrar. De poco le sirven a ella
unos cálculos q u e nada le dicen ni de la calidad del bien ni de
la cantidad del mismo que, al precio de la estadística, es posible adquirir. C u a n d o , para su personal información, proceda
n « m e d i r » los cambios del mercado, fiándose sólo del precio de
dos o tres mercancías, no está siendo ni menos «científica» ni
más arbitraria que los engreídos matemáticos que, e n t r e varios
sistemas, se acogen a u n o d e t e r m i n a d o para c o m p u t a r las realidades del mercado.
En la práctica nadie se deja engañar por los números-índices. Nadie se atiene a la ficción de s u p o n e r impliquen auténticas mediciones. C u a n d o se trata de cantidades q u e efectivamente pueden ser o b j e t o de medida, no hay d u d a s ni desacuerdos en t o r n o a las cifras resultantes. Realizadas las o p o r t u n a s
operaciones, tales asuntos q u e d a n d e f i n i t i v a m e n t e zanjados.
N a d i e discute los datos referentes a la temperatura, la humedad, la presión atmosférica y demás cálculos meteorológicos.
Sólo, en c a m b i o , d a m o s por b u e n o un número-índice c u a n d o
s u p o n e m o s q u e el que las gentes crean en su certeza ha de beneficiar n u e s t r o s intereses. Mediante números-índices no es
posible resolver dilema alguno; tales datos estadísticos sólo
sirven para hacer d e f i n i t i v a m e n t e irreconciliables los respectivos intereses y opiniones.
La acción h u m a n a provoca cambios. En cuanto ta misma
aparece, la estabilidad q u i e b r a , produciéndose continuas mutaciones. La historia no es más q u e una secuencia de variaciones.
No p u e d e el h o m b r e d e t e n e r el curso histórico creando un mundo t o t a l m e n t e estable, d o n d e la propia historia resultaría inadmisible. Es consustancial a la naturaleza h u m a n a el pretender
mejorar las propias condiciones de vida, el concebir al efecto
ideas n u e v a s y el ordenar la acción a tenor de las mismas.
Los precios del mercado son hechos históricos, resultado
de u n a constelación de circunstancias registradas, en un cierto
m o m e n t o , del irreversible proceso histórico. En la esfera
praxeológica, el concepto de medición carece totalmente de
346
t.a Acción Humana
sentido. P e r o en u n a imaginaria — y , desde luego, irrealizab l e — situación plenamente rígida y estable no hay cambio alg u n o q u e pueda ser o b j e t o de medida; en el m u n d o real, de
incesante cambio, no hay p u n t o s , objetos, cualidades o relaciones fijas q u e permitan medir las variaciones acontecidas.
5.
EL
FUNDAMENTO
BÁSICO
DE LA IDEA DE E S T A B I L I Z A C I Ó N
El cálculo económico no exige aquella estabilidad monetaria
que los defensores de la misma reclaman; no lo p e r t u r b a el q u e
no sea ni imaginable ni posible d o t a r al signo m o n e t a r i o de
rígido e invariable poder adquisitivo. El f u n c i o n a m i e n t o del
cálculo económico sólo precisa de un sistema monetario i n m u n e
a la interferencia estatal. C u a n d o las autoridades incrementan
la cantidad de d i n e r o circulante, ya sea con miras a ampliar la
capacidad adquisitiva del gobierno, ya sea buscando una (temporal) rebaja de la tasa del interés, desarticulan todas las relaciones monetarias y perturban g r a v e m e n t e el cálculo económico. El primer objetivo q u e una sana política monetaria debe
perseguir es el de impedir al g o b e r n a n t e tanto el hacer p o r sí
mismo inflación c o m o el inducir la expansión crediticia de la
banca privada. Tales medidas de auténtico saneamiento monetario ninguna relación guardan con aquellos o t r o s planes, siempre confusos e í n t i m a m e n t e contradictorios, t e n d e n t e s a estabilizar y congelar el poder adquisitivo del dinero.
La buena marcha del cálculo económico sólo exige evitar se
produzcan graves y bruscas variaciones en la cantidad de d i n e r o
manejada por el mercado. El patrón o r o —y hasta la m i t a d del
siglo x i x , también el patrón p l a t a — c u m p l i ó satisfactoriamente
las condiciones precisas para la correcta operación del cálculo
económico. Variaba, en efecto, tan escasamente la relación
entre las existencias y la demanda de dichos metales y era, consiguientemente, tan lenta la modificación de su p o d e r adquisitivo que los empresarios podían despreciar en sus cálculos
tales mutaciones sin temor a equivocarse gravemente. En el
terreno del cálculo económico no es posible una precisión abso-
El ámbito del cálculo económico
347
luta, aun excluyendo aquellos errores e m a n a d o s de no tomar
d e b i d a m e n t e en consideración la mutación de las circunstancias monetarias 6 . El empresario vese obligado siempre a manejar en sus planes datos referentes al incierto f u t u r o ; lucubra
en t o r n o a precios y a costos del m a ñ a n a . La contabilidad y
teneduría de libros, c u a n d o pretenden reflejar los resultados
de pasadas actuaciones, tropiezan con los mismos problemas,
al valorar instalaciones, existencias y créditos contra terceros.
Pese a tales incertitudes, el cálculo económico alcanza su preciso objetivo, ya que aquella i n c e r t i d u m b r e no es f r u t o de imperfección del sistema, sino secuela obligada del actuar, que ha
de abordar siempre un mañana incognoscible.
La idea de estabilizar el poder adquisitivo del dinero no
b r o t ó , desde luego, del deseo de proporcionar mayor exactitud
al cálculo económico. Engendróla el anhelo de crear una esfera
i n m u n e al incesante fluir de las cosas humanas, un m u n d o
a j e n o al c o n t i n u o devenir histórico. Las rentas destinadas a
atender p e r p e t u a m e n t e las necesidades de fundaciones religiosas, instituciones de caridad o grupos familiares, d u r a n t e mucho tiempo, se reflejaron en terrenos o productos agrícolas.
Estableciéronse, más tarde, anualidades monetarias. T a n t o donantes como beneficiarios suponían q u e las rentas representadas por una cierta cantidad de m e t a l precioso no podrían ser
afectadas por las mutaciones económicas. Tales esperanzas,
sin embargo, resultaron fallidas. Las sucesivas generaciones
pudieron c o m p r o b a r cómo fracasaban los planes más cuidadosamente trazados por los d i f u n t o s patronos. Acicateadas por
dicha experiencia, las gentes comenzaron a lucubrar en torno
a si habría alguna fórmula q u e permitiera alcanzar tan deseados
objetivos. Los estudiosos, por eso, lanzáronse a especular en
' Incidcntalmcntc, o de hacer notar que, en la práctica, ningún cálculo económico puede jamás resultar veraz de un modo absoluto. El método seguido puede
ser correcto; pero, como en el cálculo se manejan siempre cantidades aproximadas,
nunca cabe sea el resultado rigurosamente preciso. Según antes (págs. 74 y 73) se
decía, la economía constituye, desde luego, ciencia exacta, que se ocupa de cosas reales; sin embargo, en cuanto empieza a manejar precios efectivos la exactitud esfúmase, viniendo la historia económica a ocupar el puesto de In economía pura.
348
La Acción Humana
torno a las variaciones del poder adquisitivo del dinero, pretendiendo hallar fórmulas que permitieran suprimirlas.
El asunto cobró particular trascendencia cuando los gobiernos comenzaron a emitir deuda pública perpetua, cuyo principal nunca habría de ser reembolsado. El estado, esa nueva deidad de la naciente estatolatria, esa eterna y sobrehumana institución, inmune a toda terrenal flaqueza, brindaba oportunidad
al ciudadano para que pusiera su riqueza a salvo de cualquier
vicisitud, ofreciéndole ingresos seguros y estables. Ingeniábanse, de esta suerte, sistemas que evitaban al individuo el tener,
a diarto, que arriesgar y reconquistar, en el mercado, rentas y
fortunas. Quien invirtiera sus fondos en eí papel emitido por
el gobierno o . p o r las entidades paraestatales quedaría para
siempre liberado de las insoslayables leyes del mercado y del
yugo de la soberanía de los consumidores. Ya no habría de
preocuparse por invertir su dinero precisamente en aquellos
cometidos que mejor sirvieran los deseos y las necesidades de
las masas. El poseedor de papel del estado hallábase plenamente
asegurado, a cubierto de los peligros de la competencia mercantil, sancionadora de la ineficacia con pérdidas patrimoniales
graves; la imperecedera deidad estatal habíale acogido en su
regazo, permitiéndole disfrutar tranquilamente de cuanto otrora
acumulara. Las rentas de tales favorecidos no dependían ya de
haber sabido atender, del mejor modo posible, las necesidades
de los consumidores; estaban, por el contrarío, plenamente garantizadas mediante impuestos recaudados gracias al aparato
gubernamental de compulsión y coerción. Se trataba de gentes
que, en adelante, no tenían ya por qué servir a sus conciudadanos, sometiéndose a su soberanía; eran más bien asociados del
estado, que gobernaba y exigía tributo a las masas. El interés
ofrecido por el gobierno, desde luego, resultaba inferior al que
el mercado pagaba; tal perjuicio resultaba, sin embargo, ampliamente compensado por la indiscutible solvencia del deudor, cuyos ingresos, desde luego, no dependían de haber sabido
servir dócilmente al público; provenían de coactivas exacciones
fiscales.
Pese a los desagradables recuerdos que los primeros em-
El
ámbito
del
cálculo
económico
349
préstitos públicos habían dejado, las gentes depositaron amplia
confianza en las modernas administraciones públicas surgidas
hace cien años. No se ponía en duda que las mismas darían fiel
cumplimiento a ¡as obligaciones que voluntariamente contrajeran. Capitalistas y empresarios advertían perfectamente que
dentro de una sociedad de mercado no hay forma de conservar
la acumulada riqueza más que reconquistándola a diario en
ruda competencia con todos, con las empresas ya existentes y
con aquellos recién llegados «que surgen de la nada». El empresario viejo y cansado, que no quería seguir arriesgando, en
cometidos ingeniados para mejor servir al consumidor, las riquezas que un día, a pulso, ganara y, también, los herederos de
ajenas fortunas, indolentes y plenamente conscientes de su
incapacidad, preferían invertir sus fondos en papel del estado,
buscando protección contra la implacable ley del mercado.
La deuda pública, perpetua e irredimible, sin embargo,
supone plena estabilidad del poder adquisitivo de la moneda.
Podrá ser eterno el estado y su poderío, pero el interés pagado
sólo gozará de esa misma condición si es computado con arreglo a un patrón de valor inmutable. El inversor que, por tales
caminos, buscando la seguridad, rehuye el mercado y la actuación empresarial; quien teme suscribir títulos privados y prefiere los bonos del tesoro, vuelve a encontrarse enfrentado con
la misma realidad que tanto le amedrentaba: con el problema
de la permanente mutabilidad de todas las cosas humanas. Una
vez más, constata que en el mercado la riqueza sólo puede conquistarse a través de la propia mecánica clel mismo, de suerte
que vana ilusión es, en tal entorno, pretender hallar inmarcesible fuente de riqueza.
En nuestro mundo no existe nada de cuanto suele denominarse estabilidad y seguridad, circunstancias éstas que el esfuerzo humano nunca logrará imponer en el planeta. Dentro de
la sociedad de mercado sólo cabe adquirir y conservar la riqueza sirviendo acertadamente a los consumidores. Eí estado puede, desde luego, imponer cargas tributarias a sus subditos, así
como tomar a préstamo el dinero de éstos. Ahora bien, ni el
más despiadado gobernante logra, a la larga, violentar las leyes
m
350
t.a Acción Humana
q u e rigen la vida y la acción h u m a n a . Si el gobierno dedica las
sumas tomadas a p r é s t a m o a aquellas inversiones a través de
las cuales q u e d a n mejor atendidas las necesidades de los consumidores y, en libre y abierta competencia con los empresarios
particulares, triunfa en tales cometidos, hallaráse en la misma
posición que cualquier o t r o industrial, es decir, podrá pagar
rentas e intereses p o r q u e habrá cosechado una diferencia e n t r e
costos y rendimientos. Por el contrario, si el estado invierte
desacertadamente dichos fondos, de tal suerte q u e no se produce el aludido superávit, el capital correspondiente disminuirá e incluso desaparecerá, cegándose aquella única f u e n t e q u e
había de producir las cantidades necesarias para el pago de
principal e intereses. En tal s u p u e s t o sólo cabe q u e el g o b i e r n o
recurra a la exacción fiscal, si es q u e desea dar c u m p l i m i e n t o
fiel a lo q u e libremente pactara con quienes le prestaron su
dinero. M e d i a n t e tales cargas tributarias penaliza a las gentes
por las sumas que él ayer dilapidó. El aparato g u b e r n a m e n t a l ,
c o m o contrapartida de tal imposición, ningún servicio presta a
los ciudadanos. El g o b i e r n o abona intereses por un capital q u e
se ha consumido, q u e ya no existe. Sobre el erario recae la pesada carga de torpes actuaciones anteriores.
Cabe, desde luego, justificar los préstamos al estado si son
a corto plazo. Resultan, en cambio, inconsistentes los argumentos c o m ú n m e n t e esgrimidos en favor de los e m p r é s t i t o s de
guerra. C u a n t o el suministro del ejército exija, f o r z o s a m e n t e
habrá de ser o b t e n i d o restringiendo el c o n s u m o civil, trabajando más e, incluso, consumiendo una parte del capital existente. La carga bélica recae íntegramente sobre la generación en
lucha. A las subsiguientes aféctales el conflicto tan sólo por
c u a n t o heredaron menos de lo que, en o t r o caso, les hubiera
correspondido. El financiar la guerra mediante la emisión de
deuda pública jamás supone transferir parte de la carga a los
hijos o a los nietos de los combatientes 7 . Tal f ó r m u l a finan' Al hablar de empréstitos nos referimos a los préstamos concertados por el
gobierno con quienes tienen fondos líquidos que pueden destinar a tal cometido.
No se alude al problema de la expansión crediticia que, modernamente, en América, el gobierno arbitra a base de tomar dinero a préstamo de la banca privada.
El ámbito del cálculo económico
351
ciera constituye sistema q u e p e r m i t e repartir la carga del conflicto entre los ciudadanos. P o r q u e si el gasto bélico hubiera
de ser a t e n d i d o sólo con i m p u e s t o s , contribuirían al m i s m o
únicamente quienes dispusieran de fondos líquidos. Los demás
no harían las adecuadas aportaciones. Sirviéndose de los empréstitos a c o r t o plazo cabe minimizar dicha desigualdad, ya
q u e hacen posible una o p o r t u n a d e r r a m a entre los propietarios
de capital fijo.
El crédito a largo plazo p ú b l i c o o semipúblico supone anómala institución en el marco de la economía de mercado, q u e
p e r t u r b a su f u n c i o n a m i e n t o . Tales fórmulas financieras f u e r o n
ingeniadas en v a n o i n t e n t o p o r olvidar la n a t u r a l limitación de
la acción h u m a n a y crear una zona de eterna seguridad, q u e no
sería afectada por la típica t r a n s i t o r i e d a d c inestabilidad de las
cosas terrenas. P r e s u n t u o s a y engreída, en verdad, resulta la
idea de convenir p r é s t a m o s p e r p e t u o s , concertar contratos
e t e r n o s y estipular clausulas q u e el f u t u r o más r e m o t o haya de
respetar. P o c o importa q u e l o s e m p r é s t i t o s públicos sean o no
emitidos f o r m a l m e n t e con carácter p e r p e t u o ; tácitamente y en
la práctica, de tal condición se les considera. En la época de
mayor esplendor del liberalismo h u b o gobiernos q u e efectivam e n t e r e d i m i e r o n parte de la d e u d a pública mediante h o n r a d o
reembolso de su principal. Lo corriente, sin embargo, siempre
f u e el ir acumulando, sobre los antiguos, nuevos débitos. La
historia financiera de los ú l t i m o s cien años refleja un continuo
y general incremento de la d e u d a pública. Nadie supone ya
q u e las administraciones e t e r n a m e n t e soportarán la gravosa carga de los correspondientes intereses. T a r d e o t e m p r a n o , todas
esas d e u d a s , de una u otra f o r m a , q u e d a r á n impagadas. Una
legión de desleales escritores afánase ya por arbitrar justificaciones morales a tal actuar, p e n s a n d o en la próxima abierta
repudiación de los d é b i t o s en cuestión \
' El argumento, en este sentido, de mayor popularidad es aquel según el cual
la deuda pública no implica, en verdad, carga alguna, por cuanto a nosotros mismo;
nos la debemos. De ser ello verdad, ciertamente, carecería de trascendencia el
cancelar todos los empréstitos público» mediante simples compensaciones contables.
Más cierto, sin embargo, es que, en la deuda pública, encarnan acciones jurídicas
que corresponden a quienes, en su día, confiaron sus fondos al gobierno contra
352
t.a Acción Humana
No puede considerarse imperfección del cálculo económico
el q u e resulte inutilizable c u a n d o se trata de abordar quiméricos planes tendentes a implantar impracticable régimen de absoluta quietud y eterna seguridad, i n m u n e a las insoslayables
limitaciones de la acción h u m a n a . En n u e s t r o m u n d o ningún
valor es eterno, absoluto e inmutable. V a n o , por eso, es pretender hallar específicas medidas para tales valores. No debe estimarse imperfecto el cálculo económico simplemente p o r c u a n t o
no conforma con las arbitrarias ideas de quienes quisieran hallar
perennes f u e n t e s de renta, independientes de los h u m a n o s procesos productivos.
quienes, a diario, incrementan la riqueza del país. Supone, dicho de diferente
modo, carga impuesta a las clases más productivas en beneficio de otros grupos.
Pero exonerar a aquellos sectores de la aludida carga exigiría recaudar los correspondientes impuestos exclusivamente de los tenedores de papel del estado y ello
equivaldría a una mal encubierta repudiación de la deuda pública.
C A P I T U L O
X I I I
El cálculo monetario al
servicio de la acción
1.
E L CÁLCULO MONETARIO,
INSTRUMENTO D E L
PENSAR
El cálculo monetario e;; el norte con referencia al cual oriéntase la acción dentro de un sistema social montado bajo el signo
de la división del trabajo. Viene a ser la brújula que guía al
hombre cuando éste se lanza a producir. Las gentes consiguen,
mediante el cálculo, distinguir, entre las múltiples producciones
posibles, las remunera doras de las que no lo son; las que seguramente serán apreciadas por el consumidor soberano, de las
que lo más probable es que éste rechace. Cada etapa y cada
paso de la actuación productiva ha de ponderarse a la luz del
cálculo monetario. Sólo cuando la acción ha sido precedida por
el correspondiente c ó m p u t o de costos y beneficios, cabe decir
f u e la misma, en verdad, planificada. Y el establecimiento, a
posterior i, del resultado que anteriores actuaciones provocaran
¡10 menos exige, por su parte, la contabilización de pérdidas y
ganancias.
La posibilidad del cálculo económico en términos monetarios viene, sin embargo, condicionada por la existencia de determinadas instituciones sociales. Sólo es practicable en el marco
institucional de la división del trabajo y de la propiedad privada de los medios de producción, es decir, dentro de un orden
bajo el cual los bienes y servicios se compran y se venden
contra un medio de intercambio comúnmente aceptado, 0 sea,
contra dinero.
El cálculo monetario es un método de ponderar del que
pueden servirse sólo quienes se mueven bajo la égida de una
¿i
354
t.a Acción Humana
sociedad basada en la propiedad privada de los medios de producción. Constituye i n s t r u m e n t o destinado a gentes q u e actúan;
sistema de computación q u e p e r m i t e conocer la riqueza y los
ingresos de los particulares, los beneficios o pérdidas de quienes operan p o r c u e n t a propia en una sociedad de libre empresa
El resultado del cálculo económico invariablemente alude
a actuaciones individuales. C u a n d o en una estadística resúmese
el c o n j u n t o de tales resultados, la cifra reflejada nos habla de
la suma de una serie de acciones a u t ó n o m a s practicadas por una
pluralidad de individuos independientes, de un c o n j u n t o , de
una totalidad. En c u a n t o las cosas no se contemplan desde el
p u n t o de vista típicamente individual, ya no cabe recurrir al
cálculo económico. El cálculo quiere ponderar beneficios individualizados; jamás c o m p u t a r quimérico valor o bienestar
«social».
El cálculo m o n e t a r i o constituye instrumento básico para
planear y actuar en una sociedad de libre empresa, gobernada e
impulsada p o r el mercado y los precios. En tal marco engendróse y f u e d e p u r a d o , a medida q u e se perfeccionaba la mecánica del mercado y se ampliaba el n ú m e r o de bienes que, en
éste, a cambio de d i n e r o , cabía contratar. El medir, el cifrar y
el c o m p u t a r deben la e m i n e n t e posición q u e ocupan, en esta
nuestra civilización, esencialmente cuantitativa y estimativa, .1
la posibilidad del cálculo económico. Sólo a su a m p a r o , es más,
cobran interés práctico los datos mensurables con q u e la física
o la química nos ilustran. Gracias al cálculo monetario devino
la aritmética un arma efectiva al servicio del h o m b r e en su
lucha p o r conquistar más elevados niveles de vida. U n i c a m e n t e
recurriendo a él, p u e d e el h o m b r e ponderar la trascendencia
social de los experimentos de laboratorio y, consecuentemente,
servirse de tales enseñanzas para mejor combatir t a n t o dolor
c o m o aflige a la h u m a n i d a d .
El cálculo monetario alcanza su máxima perfección en la
contabilidad de capital; indícase al empresario cuál sea el imp o r t e monetario de los medios de producción de que dispone,
' En las asociaciones y compañías son siempre personas individuales —si bien
no una sola— quienes actúan.
El cálculo monetario al servicio de Id acción
355
permitiéndole c o n f r o n t a r dicha cifra con los resultados q u e tanto la acción h u m a n a c o m o o t r o s factores pueden haber provocado. Tal confrontación proporciona cumplida información
acerca de las mutaciones q u e hayan registrado los negocios, así
como la m a g n i t u d de tales cambios; deviene entonces posible
apreciar los éxitos y los fracasos, las pérdidas y las ganancias.
Con el único fin de vilipendiar y desprestigiar el sistema de libre empresa, se le califica de régimen capitalista, de capitalismo. Tal apelativo, pese a la motivación que lo engendró, cuad r a perfectamente al sistema. Alude, en efecto, al más típico
rasgo del orden en cuestión, a su primordial excelencia, al papel p r e p o n d e r a n t e q u e en su mecánica desempeña el concepto
de capital.
H a y gentes a las q u e el cálculo m o n e t a r i o repugna. No
quieren q u e el aldabonazo crítico de la razón les impida seguir
s o ñ a n d o despiertos. La v e r d a d les desasosiega; prefieren fantasear en t o r n o a m u n d o s de ilimitada abundancia; incomódales
la existencia de un o r d e n social tan ruin q u e t o d o lo c o m p u t a
en dólares y centavos. Califican tic noble afán su descontento;
p o r q u e ellos prefieren lo espiritual, lo bello y lo virtuoso a la
grosera bajeza y malicia de los Babbitt *. P e r o más cierto es
q u e la facultad razonadora de la mente, q u e cifra y c o m p u t a , en
m o d o alguno impide rendir c u l t o a la estética y a la virtud, a la
sabiduría y a la verdad. El análisis serio y riguroso, desde
luego, resulta imposible en la esfera de las vanas ensoñaciones.
Lo q u e más atemoriza al extático visionario es una m e n t e q u e
fríamente calcule y pondere.
Hállase inseparablemente ligada nuestra civilización al cálculo económico y se h u n d i r á tan p r o n t o c o m o renunciemos a
tan inapreciable h e r r a m i e n t a intelectual. Razón tenía G o e t h e
c u a n d o aseguraba q u e la contabilidad p o r partida doble era
« u n o de los descubrimientos más grandes y más sutiles de la
mente h u m a n a » \
* Bahbilt constituye, en EE. UU , término denigrntivo de ta «mentalidad burguesa», en general, y del empresario capitalista, en particular, tomado de la novela (1922) del mismo título, del célebre novelista americano Sinclair Lewii
(1885-1951). (N. del T.)
1
Vid. GOETHR. Años de aprendizaje de Wilhelni Meisler. libro I, cap. X
t.a Acción Humana
356
2.
E L CÁLCULO ECONÓMICO
y LA CIENCIA DE LA ACCIÓN
HUMANA
La aparición del cálculo económico de índole capitalista
constituye insoslayable p r e s u p u e s t o para q u e pueda ser estructurada una ciencia de la acción h u m a n a sistemática y lógicamente coherente. La praxeología y la economía aparecen en
determinada etapa de la historia de la h u m a n i d a d y del progreso de la investigación científica. No podían tomar c u e r p o
mientras el h o m b r e no elaborara u n o s métodos de pensar q u e
permitieran cifrar y calcular el resultado de sus propias actuaciones. La ciencia de la acción h u m a n a es una disciplina q u e
comenzó ocupándose tan sólo de aquello q u e cabía contemplar a la luz de! cálculo monetario. Interesábase exclusivamente
por lo que, en sentido restrictivo, corresponde a la economía,
es decir, abordaba únicamente las actuaciones que, en la sociedad de mercado, se practican con la intervención del dinero.
Los primeros balbuceos de nuestra ciencia consistieron en inconexas investigaciones acerca de la moneda, el crédito y el
precio de d e t e r m i n a d o s bienes. Los h o m b r e s comenzaron a percatarse de la inexorable regularidad de los fenómenos q u e en
el m u n d o de la acción se p r o d u c e n , a través de la ley de
G r e s h a m , de la de Gregory King y de otras toscas y primitivas
exposiciones, c o m o aquellas q u e Bodino y Davanzati formularan para explicar la teoría cuantitativa del d i n e r o *. La primera
* La ley de Gresham, como es sabido, en resumen, reaa que «la moneda mala
expulsa a la buena del mercado». La frase, al parecer dicha por Sir Thomas Gresham
(1519-1579), distinguido comerciante de la ¿poca, a la reina Isabel de Innl»terru
(1533-1603), indudablemente resulta válida siempre y cuando se matice con la
consideración de que es la coetánea intervención estatal, al pretender coactivamente
equiparar la mala a la buena, lo que desplaza a ésta de la circulación. En ausencia
de tal intervención, ambas se emplearían indistintamente, sí bien con dispar poder
adquisitivo.
Gregory King (1684-1712), como otros precursores —Juan Bodino (1530-1569),
Bernardo Davanzati (1529-1606)—, enttevió la teoría cuantitativa del valor de la
moneda, afirmando que todo aumento de la cantidad de dinero tenia que hacer
subir proporcíonaJmente los precios del mercado, peto quedaba reservado a Mises
el descubrir la íntima realidad del proceso, apelando, tambiiín aquí, a la doctrina
marginal y subjetívista del valor, principio que anteriormente nadie habla creído
El cálculo monetario al servicio de la acción
357
sistemática general de la teoría económica, q u e tan brillantem e n t e supieran e s t r u c t u r a r los economistas clásicos, limitábase
a analizar aquel aspecto de la acción h u m a n a q u e cabe contemplar a la luz del cálculo m o n e t a r i o . Aparecía así implícitamente
trazada la f r o n t e r a e n t r e lo q u e debía estimarse económico y
lo extraeconómico, q u e d a n d o separadas las actuaciones q u e
podían ser c o m p u t a d a s en términos dinerarios de aquellas otras
que no admitían'' tal tratamiento. P a r t i e n d o de esa base, sin
embargo, los economistas, poco a poco, f u e r o n ampliando el
campo de sus estudios, hasta llegar, finalmente, a una sistemática capaz de analizar todas las h u m a n a s elecciones y preferencias, a u n a la teoría general de la acción.
aplicable a los temas monetarios. Llega el autor a la conclusión, como luego veremos, de que el valor del dinero, como el de cualquier otro bien, depende de la
demanda del mismo: cuando, invariadas las restantes circunstancias, las gentes
quieren aumentar sus tesorerías, provocan, indefectiblemente, una tendencia a la
baja de los precios, y al revés acontece en el caso contrario, razón por la cual, al
aumentar las existencias de medios de pago, suben aquéllos, subida que, sin embargo, jamás es proporcional ni coetánea, por lo que fácilmente induce a la confusión el hablar de «nivel de precios», como si se tratara de uniforme marea en
alza o descenso; más bien, en tales casos, lo que, como dice Mises, se produce es
una «revolución» de precios. (Vid. infra cap. XVII, particularmente 6 y 9.)
(N. del T.)
CUARTA PARTE
La cataláctica o la teoría
del mercado
C A P I T U L O
X I V
Ambito y metodología
de la cataláctica
1.
L A D E L I M I T A C I Ó N D E LOS P K O B L E M A S C A T A L Á C T I C O S
Nunca h u b o duda o incertidumbre alguna en torno al ámbito propio de la ciencia económica. Desde que los hombres
comenzaron a interesarse por el examen sistemático de la misma (Economía Política), lodo el m u n d o convino en q u e cons
tituía el objeto de esta rama del saber el investigar los fenómenos del mercado, es decir, inquirir la naturaleza de los tipos
de intercambio que entre los diversos bienes y servicios registrábanse; su relación de dependencia con la acción humana; y
la trascendencia que encerraban con respecto a las futuras actuaciones del hombre. Las dificultades con que se tropieza al
tratar de precisar el ámbito de la ciencia económica no provienen de que haya incertidumbre en lo atinente a cuáles sean los
fenómenos que deban examinarse. Los problemas surgen en
razón a que el análisis oblígale ni investigador a salirse de la
órbita propiamente dicha del mercado y de las transacciones
mercantiles. Porque, para comprender cabalmente lo que el
mercado sea, preciso resulta contemplar, de un lado, el imaginario proceder de unos hipotéticos individuos que se supone
aislados y que actuarían solitarios, y de otro, un en realidad
impracticable régimen socialista universal, Para investigar el
intercambio interpersonal, obligado es, primero, examinar el
cambio autístico (intrapersonal) y deviene, entonces, ciertamente harto difícil trazar neta frontera entre qué acciones
deban quedar comprendidas dentro del ámbito de la ciencia
económica, en sentido estricto, y cuáles deban ser excluidas,
362
t.a Acción Humana
pues la economía fue, poco a poco, ampliando sus primitivos
horizontes hasta convertirse en una teoría general que abarca
ya cualesquiera actuaciones de índole humana. Se ha transformado en praxeología. Por eso resulta difícil precisar, dentro
del amplio campo de tal general teoría, ios límites concrcto>
de aquella más estrecha disciplina, que se ocupa sólo de las
cuestiones estrictamente económicas.
Vanos resultaron los esfuerzos por resolver esc problema,
atinente a la precisa delimitación del ámbito tic la catatáctica.
acudiendo a las motivaciones que al hombre impelen a actuar
o a la índole de los objetivos que la acción pueda, en cada caso,
perseguir. Pues el reconocer que los motivos determinantes de
la acción cabe sean múltiples y variados carece de interés cuando lo que se pretende es formular una teoría general de la acción. Toda actuación viene invariablemente impuesta por el
deseo de suprimir determinado malestar; por eso resulta intrascendente, para nuestra ciencia, cuál calificativo el correspondiente malestar pueda merecer desde un punto de vista fisiológico, psicológico o ético. El objeto de la ciencia económica
consiste en analizar los precios de los bienes tal y como, efectivamente, en el mercado se demandan y abonan. Sería falsear
el análisis el restringir nuestro estudio a tinos precios que posiblemente engendrarían determinadas actuaciones, merecedo
ras de específico apelativo, al ser contempladas desde el punto
de vista de la psicología, de la ética o desde cualquier otra fni
ma de enjuiciar la conducta humana. El distinguir las diversas
actuaciones, con arreglo a los múltiples impulsos que las moti
van, puede ser de trascendencia para la psicología o para su
ponderación moral; ahora bien, para la economía, tales circunstancias carecen de interés. Lo mismo, sustancial mente, cabe
decir de las pretensiones de quienes quisieran limitar el campo
de la economía a aquellas actuaciones humanas cuyo objetivo
es proporcionar a las gentes mercancías materiales y tangibles
del externo universo. El hombre no busca los bienes materiales
per se, sino por el servicio que tales bienes piensa le pueden
proporcionar. Quiere incrementar su bienestar mediante la utilidad que considera que los correspondientes bienes pueden
Ambito y •metodología de la cataláctica
363
reportarle. Siendo ello así, no cabe excluir, de e n t r e las actuaciones «económicas», aquellas q u e d i r e c t a m e n t e , sin la mediación de ninguna cosa tangible o visible, p e r m i t e n s u p r i m i r determinados malestares h u m a n o s . Un consejo medico, la ilustración q u e un maestro nos proporciona, el recital de un artista
y otros muchos servicios personales caen, e v i d e n t e m e n t e , dentro de la órbita de los estudios económicos, por lo mismo q u e
en ella también q u e d a n incluidos los planos del arquitecto q u e
permiten construir la casa, la f ó r m u l a científica a cuyo a m p a r o
se o b t e n d r á el deseado p r o d u c t o químico o la labor del escritor
que engendra el libro cuya lectura tan grata resulta.
I n t e r e s a n a la cataláctica todos los f e n ó m e n o s de m e r c a d o ;
su origen, su desarrollo, así c o m o las consecuencias, f i n a l m e n t e ,
por los mismos provocadas. Las gentes, en el propio mercado,
no sólo buscan alimento, cobijo y satisfacción sexual, sino también o t r o s muchos deleites «espirituales». El h o m b r e , al actuar,
interésase, al tiempo, por cosas «materiales» y cosas «inmateriales». O p t a entre diversas alternativas, sin preocuparse de si
el o b j e t o de su preferencia pueda ser considerado, por otros,
« m a t e r i a l » o «espiritual». En las h u m a n a s escalas valorativas
todo se entremezcla. A u n a d m i t i e n d o fuera posible trazar rigurosa f r o n t e r a entre u n a s y o t r a s apetencias, no cabe olvidar q u e
la acción unas veces aspira a alcanzar, al tiempo, objetivos ma
tcriales y espirituales y, otras, opta por bienes de un tipo o
del o t r o .
Carece de interés el lucubrar en torno a si es posible distinguir con precisión e n t r e aquellas actuaciones tendentes a
satisfacer necesidades de índole exclusivamente fisiológica de
aquellas otras de condición «más elevada». Conviene, sin embargo, a este respecto, advertir q u e no hay ningún alimento
q u e el h o m b r e valore tan sólo por su poder nutritivo, ni casa
ni vestido alguno que únicamente aprecie por la protección q u e
contra el f r í o o la lluvia pueda proporcionarle. Es preciso percatarse de que, en la d e m a n d a de los diversos bienes, influyen
p o d e r o s a m e n t e consideraciones metafísicas, religiosas y éticas,
juicios de valor estético, c o s t u m b r e s , hábitos, prejuicios, tradiciones, modas y otras mil circunstancias. Un economista, que
364
t.a Acción Humana
quisiera restringir sus investigaciones tan sólo a cuestiones de
índole p u r a m e n t e material, p r o n t o advertiría q u e el objeto de su
análisis se le e s f u m a b a en cuanto pretendía aprehenderlo.
Lo único q u e cabe proclamar es q u e los estudios económicos aspiran a analizar los precios monetarios de los bienes y
servicios que en el mercado se intercambian; y que para ello,
ante todo, preciso resulta e s t r u c t u r a r u n a teoría general de la
acción h u m a n a . Pero, por eso mismo, la investigación no p u e d e
q u e d a r restringida a los fenómenos puros de mercado, sino q u e
tiene también que a b o r d a r tanto la conducta de un hipotético
ser aislado como la mecánica de una comunidad socialista, no
siendo, además, posible limitar el análisis a las actuaciones calificadas por lo c o m ú n de «económicas», pues resulta igualmente obligado ponderar aquellas otras generalmente consideradas de índole «no económica».
El á m b i t o de la praxeología, teoría general de la acción
h u m a n a , puede ser delimitado v definido con la máxima precisión. Los problemas típicamente económicos, los temas referentes a la acción económica, en su sentido más estricto, por
el contrario, sólo de un m o d o a p r o x i m a d o pueden ser desgn
jacios del cuerpo de la teoría praxeológica general. Realidades
accidentales que registra la historia de nuestra ciencia y circunstancias p u r a m e n t e convencionales influyen c u a n d o se trata
de definir el «genuino» ámbito de la ciencia económica.
No son razones de índole rigurosamente lógica o epistemológica, sino usos tradicionales y el deseo de simplificar las cosas,
lo que nos hacc proclamar que el á m b i t o catal,íctico, es decir,
el de la economía en sentido restringido, es aquel q u e atañe al
análisis de los fenómenos del mercado. Ello equivale a afirmar
que la cataláctica se ocupa de aquellas actuaciones practicadas
sobre la base del cálculo monetario. El intercambio mercantil
y el cálculo monetario hállanse inseparablemente ligados e n t r e
sí. Un mercado con cambio directo tan sólo no es sino imaginaria construcción. Es más; la aparición del dinero y del cálculo
monetario viene condicionada por la preexistencia del mercado.
Cierto es q u e la economía debe analizar la mecánica de un
imaginario sistema socialista de producción. El análisis del mis-
Ambito y •metodología de la cataláctica
365
ino, sin embargo, p r e s u p o n e previa estructuración de una ciencia cataláctica, es decir, de un sistema lógico basado en los precios monetarios y el cálculo económico.
¿ E X I S T E , COMO CIENCIA, LA ECONOMIA?
Hay quienes niegan, pura y simplemente, la existencia de la
ciencia económica. Cierto es que cuanto, bajo ese apelativo, se
enseña, en la mayor parte de las universidades modernas, implica
su abierta negación.
Los idearios en cuestión, suponen, tácitamente, que no hay en
el mundo escasez alguna de medios materiales que perturhe la
satisfacción de las necesidades humanas. Sentada tal premisa, se
proclama que, suprimidos los perniciosos efectos que ciertas artificiosas instituciones de humana creación provocan, todo el mundo vería satisfechas cuantas apetencias cabe sentir. La naturaleza
en sí es generosa y derrama riquezas sin cuento sobre la humanidad. La existencia en la tierra, cualquiera que fuera el número
de los humanos, podría ser paradisíaca. La escasez es sólo fruto
de arbitrarios usos y prácticas; la superación de tales artificios
abrirá las puertas a la abundancia plena.
Para K. Marx y sus seguidores, la escasez constituye pura
categoría histórica. Se trata de una realidad típica de ios primeros
estadios históricos, que desaparecerá atando sea abolida la propiedad privada de los medios de producción. Tan pronto como
la humanidad haya superado el mundo de la necesidad para ingresar en el de la l i b e r t a d a l c a n z a n d o , de esta suerte, «la fase superior de la sociedad comunista», habrá abundancia de todo y será
posible «dar a cada uno según sus necesidades» 2 . No es posible
hallar, en todo el mare magnum de publicaciones marxistas, ni la
más leve alusión a la posibilidad de que la sociedad comunista en
su «fase superior» pueda hallarse enfrentada con el problema de
1
Vid. E N G E L S , Herr» En ge n "Dührings Vmwalznng, der Wissenscbtiff. p¡íf> 106,
7." ed„ Stuttgart, 1910.
:
Vid. K . M A R X , Zar Kritik des sozialdemokratiscben Partetprogramms ton
Gotba, pág. 17, ed. Kreibich. Reichenberg, 1920.
366
t.a Acción
Humana
la escasez de los factores naturales de producción. Esfúmase, misteriosamente, la indudable penosidad del trabajo con sólo afirmar
que el laborar —si es bajo el régimen comunista— no constituirá
carga, sino placer, deviniendo entonces «la fundamental exigencia
de Ja vida» \ Las terribles realidades del «experimento» ruso justifícanse aludiendo a la hostilidad de los países capitalistas, a que
el socialismo en un solo país todavía no es pcrefecto, de tal suerte
que aún no ha sido posible plasmar la «fase superior» del comunismo y, últimamente, mediante ampararse en los estragos causados por la bélica conflagración.
También existen los inflacionistas radicales, defensores tic las
ideas que estructuraran, por ejemplo, Proudhon, Ernest Solvay y,
en la América actual, aquellas escuelas que nos hablan de «financiación funcional». Para estas gentes, la escasez es (ruto de las
artificiosas restricciones impuestas a la expansión crediticia y a
otras sistemáticas qtte permiten incrementar la cantidad de dinero
circulante, medidas restrictivas que los egoístas intereses de clase
de los banqueros y demás explotadores han logrado imponer, sin
que la ignorancia de las gentes permitiera montar una oposición
seria a tales maquinaciones. Panacea para todos los males es el
incrementar ilimitadamente el gasto público,
Estamos ante el mito de la abundancia y de la saciedad. Dejando el tema en manos de tos historiadores y los psicólogos,
bele a la economía desentenderse del problema de determinar poiqué es tan popular este arbitrario modo de pensar v esa tendencia
de las gentes a soñar despiertas. Frente a tanta vana palabrería,
la economía afirma tan sólo que sti misión es enfrentarse con aquellos problemas que se le suscitan al hombre precisamente porque
el mantenimiento de la vida humana exígele disponer de múltiples factores materiales. La economía se ocupa de la acción, es
decir, del esfuerzo consciente del hombre por paliar, en lo posible,
sus diversos malestares. Para nada le interesa determinar qué
sucedería en un mundo, no sólo inexistente, sino incluso inconcebible para la mente humana, donde ningún deseo jamás quedaría
insatisfecho. Cabe admitir que en tal imaginario supuesto ni regí
ría la ley del valor, ni habría escasez, ni problema económico
' Vid lb\d
Ambito y •metodología de la cataláctica
367
alguno. Ninguna de estas realidades podría, en efecto, darse, por
cuanto no habría lugar a la elección y, al actuar, no existiría dilema que. mediante el raciocinio, hubiera de ser resuelto. Los
habitantes de esc hipotético mundo, desde luego, nunca hubieran desarrollado su razón ni su inteligencia y si, en la tierra,
alguna vez llegaran a darse tales circunstancias, aquellos hombres
perfectamente felices verían cómo iba esfumándose su capacidad
de pensar, para acabar dejando de ser humanos. Porque el cometido esencial de la razón estriba en abordar los problemas que la
naturaleza plantea; la capacidad intelectual permite a los mortales
luchar contra la escasez, El hombre capaz de pensar y actuar sólo
puede aparecer dentro de un universo en el que haya escasez, en
el que todo género de bienestar ha de conquistarse mediante
trabajos y fatigas, aplicando, precisamente, aquella conducta que
suele denominarse económica.
2.
E L MÉTODO D E INVESTIGACIÓN BASADO
EN I.AS CONSTRUCCIONES IMAGINARIAS
El sistema de investigación típico de la economía es aquel
q u e se basa en construcciones imaginarias.
Tal procedimiento constituye el g e n u i n o m é t o d o praxeológico. Fia sido especialmente elaborado y perfeccionado en el
marco de los estudios económicos, debiéndose ello a que la
economía es la parte de la praxeología hasta ahora más adelantada. Q u i e n q u i e r a pretenda e x p o n e r una opinión sobre los problemas c o m ú n m e n t e considerados de índole económica queda
obligado a utilizar el procedimiento de referencia. P o r q u e el
recurrir a las aludidas construcciones imaginarias no constituye
prerrogativa exclusiva del profesional dedicado a la investigación científica. C u a n d o se trata de abordar cuestiones económicas, igual q u e el teórico, a tal m é t o d o ha de acogerse el
p r o f a n o . Sin embargo, mientras las construcciones de éste resultan vagas e imprecisas, el economista procura q u e las suyas
sean f o r m u l a d a s con la máxima diligencia, atención y justeza,
analizando críticamente todos los supuestos y circunstancias
de las mismas.
368
t.a Acción Humana
La construcción imaginaria constituye, en definitiva, conceptual imagen de una serie de hechos, resultantes, como lógica consecuencia, tic las previas actuaciones contempladas al
f o r m u l a r las mismas. Es f r u t o por t a n t o de la deducción, deriv a n d o por eso de la categoría f u n d a m e n t a l del actuar, es decir,
del preferir y rechazar. El economista, al configurar su imaginaria construcción, no se preocupa de si refleja o no exacta y
precisamente la realidad q u e se p r o p o n e examinar. No le interesa averiguar si el orden imaginado, en el m u n d o de la realidad, podría efectivamente existir y funcionar. P o r q u e incluso
construcciones imaginarias inadmisibles, í n t i m a m e n t e contradictorias y de imposible plasmación práctica, pueden ser útiles
y hasta indispensables para c o m p r e n d e r mejor la realidad, siempre y c u a n d o se sepa manejarlas con el d e b i d o tino.
Los f r u t o s q u e reporta constituyen la mejor vindicación
del m é t o d o . La praxeología no p u e d e , a diferencia de las ciencias naturales, amparar sus enseñanzas en experimentos de laboratorio, ni en el conocimiento sensorial de la realidad externa. P o r ello, la praxeología había forzosamente de e s t r u c t u r a r
unos métodos c o m p l e t a m e n t e distintos de los q u e la física o la
biología emplean, Incidiría en p u r o dislate quien pretendiera
buscar, d e n t r o del c a m p o de las ciencias naturales, algo similar
a las construcciones imaginarias, pues, desde luego, las q u e la
praxeología maneja nunca pueden ser contrastadas con realidad
experimental alguna. Su función estriba en auxiliar al h o m b r e
precisamente c u a n d o quiere abordar investigaciones d o n d e no
cabe recurrir a la ilustración sensorial, Al contrastar con la
realidad las construcciones imaginarias, resulta i m p e r t i n e n t e indagar si éstas conforman con los conocimientos experimentales
o si reflejan convenientemente ios datos empíricos. Lo único
q u e precisa c o n f i r m a r es si los presupuestos de la construcción
coinciden con las circunstancias propias de aquellas actuaciones
q u e se quiere enjuiciar.
El sistema consiste, f u n d a m e n t a l m e n t e , en excluir de concreta actuación alguna o algunas de las circunstancias q u e en,
la misma concurren. Cábenos, de esta suerte, m e n t a l m e n t e ponderar las consecuencias que la ausencia de dichas circunstancias
provocaría y advertir la trascendencia de las mismas en caso de
369
Ambito y metodología de la cataláclica
existir. P o d e m o s , en este sentido, c o m p r e n d e r la categoría de
acción, c o n s t r u y e n d o imaginaria situación en la cual el actuar
resultaría inconcebible, o bien p o r q u e las gentes estuvieran
ya plenamente satisfechas, sin sentir ningún malestar, o bien
p o r q u e desconocieran f o r m a alguna q u e p e r m i t i e r a incrementar
su bienestar fsu grado de satisfacción). Del m i s m o modo, aprehendemos el concepto del interés originario f o r m u l a n d o una
imaginaria construcción en la cual el individuo no distinguiría
entre satisfacciones que, si bien p e r d u r a r í a n un m i s m o lapso
de tiempo, serían d i s f r u t a d a s u n a s m á s p r o n t o y otras m á s
tarde con referencia al m o m e n t o de la acción.
Las construcciones imaginarias resultan imprescindibles en
praxeología y constituyen la única sistemática que p e r m i t e la
investigación económica. Se trata, desde luego, de un m é t o d o
difícil en e x t r e m o de m a n e j a r p o r cuanto fácilmente induce al
paralogismo. Q u i e n de él pretende hacer uso se halla indefectiblemente, d i s c u r r i e n d o p o r resbaladiza arista, a ambos de cuyos
lados ábrense los abismos de lo absurdo y lo disparatado. Sólo
despiadada autocrítica p u e d e evitar caer en tales piélagos.
3.
L A E C O N O M Í A PURA
DE MERCADO
En la imaginaria construcción de una economía pura o de
mercado no interferido suponemos se practica la división del
trabajo y que rige la propiedad privada (el control) de los medios de producción; q u e existe, p o r tanto, intercambio mercantil de bienes y servicios. Se supone, igualmente, q u e ninguna
fuerza de índole institucional p e r t u r b a nada. Se da, finalmente,
por a d m i t i d o q u e el gobierno, es decir, el aparato social de
compulsión,y coerción, estará p r e s t o a a m p a r a r la b u e n a marcha del sistema, absteniéndose, p o r un lado, de actuaciones
que p u e d a n desarticularlo y protegiéndolo, por otro, contra
posibles ataques de terceros. El mercado goza, así, de plena
libertad; ningún agente a j e n o al mismo interfiere los precios,
los salarios, ni los tipos de interés. P a r t i e n d o de tales presupuestos, !a economía trata de averiguar q u é efectos tal organización provocaría. Sólo más tarde, c u a n d o ya ha quedado debi24
370
La Acción Hiiinanti
daraente e x p u e s t o c u a n t o cabe inferir del análisis de esa imaginaria construcción, pasa el economista a examinar las cuestiones
q u e suscita la interferencia del g o b i e r n o o de otras organizaciones capaces de recurrir a la fuerza y a la intimidación en la
mecánica del mercado.
Sorprendente, desde luego, resulta que una sistemática
como la de referencia, lógicamente impecable, pueda haber
sido objetivo de ataques tan apasionados, sobre t o d o c u a n d o
constituye el único m é t o d o q u e p e r m i t e abordar los problemas
q u e a todos interesan. Las gentes han vilipendiado el sistema
considerando se trataba de arbitrario mecanismo m o n t a d o en
sectaria defensa de una política económica liberal, q u e tildan de
reaccionaria, imperialista, manchesteriana, negativa, etc. Aseguróse q u e del análisis de imaginarias construcciones no cabía
derivar ilustración alguna q u e permitiera c o m p r e n d e r mejor la
realidad. T a n ardorosos críticos inciden, sin embargo, en abierta contradicción cuando, para e x p o n e r sus propios idearios, recurren a idéntica sistemática. Al abogar por salarios mínimos,
preséntannos, teóricamente, las s u p u e s t a m e n t e insatisfactorias
situaciones que registraría un libre mercado laboral y, cuando
buscan protecciones tarifarias, descríbcnnos, también en prin
cipio, las desastradas consecuencias que, en su opinión, el librecambismo habría de provocar. Lo cierto es q u e para pond e r a r cualquier medida tendente a limitar el libre juego de los
elementos q u e integran un mercado no interferido, forzoso es
examinar, ante todo, aquellas situaciones q u e la libertad económica engendraría.
Los economistas, a través de sus investigaciones, han llegado a concluir q u e aquellos objetivos q u e la mayoría, es más,
prácticamente todos, se afanan por conquistar m e d i a n t e la inversión de trabajo y esfuerzo, al a m p a r o de diversas políticas,
c o m o mejor pueden ser alcanzados es i m p l a n t a n d o un mercado
libre cuya operación no se vea p e r t u r b a d a por la interferencia
estatal. No hay razón alguna para considerar aserto g r a t u i t o
tal conclusión, ni f r u t o de imperfecto análisis. Muy al contrario, hallámonos ante la consecuencia que ofrece riguroso e imparcial estudio del intervencionismo en todas sus facetas.
Ambito y •metodología de la cataláctica
371
Cierto es q u e ios economistas clásicos y sus continuadores
solían calificar de « n a t u r a l » el sistema basado en una libre economía de mercado, mientras m o t e j a b a n de «artificial» y «pert u r b a d o r » al régimen m o n t a d o sobre la intromisión oficial en
los f e n ó m e n o s mercantiles. Tal terminología era también f r u t o
del cuidadoso análisis que de los problemas del intervencionismo habían p r e v i a m e n t e practicado. Al expresarse así, nc
hacían m á s q u e a t e m p e r a r su dicción a los usos semánticos de
una época q u e propendía a calificar de contraria a natura toda
institución social tenida por indeseable.
El teísmo y el deísmo del siglo de la Ilustración veían reflejados en la regularidad de los f e n ó m e n o s naturales los mandatos de la Providencia. Por eso, c u a n d o aquellos filósofos advirtieron análoga regularidad en el m u n d o de la acción h u m a n a y
de la evolución social, tendieron a i n t e r p r e t a r dicha realidad
como una manifestación más del paternal t u t e l a j e ejercido por
el Creador del universo. En tal sentido, h u b o economistas q u e
adoptaron la doctrina de la a r m o n í a predeterminada 4 . La filosofía social en q u e se basaba el despotismo paternalista insistía en
el origen divino de la a u t o r i d a d de aquellos reyes y autócratas
destinados a gobernar los pueblos. Los liberales, por su parte,
replicaban q u e la libre operación del mercado, en el cual el
c o n s u m i d o r — t o d o c i u d a d a n o — es soberano, provoca resultados mejores q u e los q u e órdenes emanadas de ungidos gobernantes podían engendrar. C o n t e m p l a d el f u n c i o n a m i e n t o de!
mercado — d e c í a n — y veréis en él la m a n o del Señor.
Al t i e m p o q u e f o r m u l a b a n la imaginaria construcción de
una economía de mercado pura, los economistas clásicos elaboraron su contrafigura lógica, la imaginaria construcción de una
comunidad socialista. En el proceso heurístico que, finalmente,
permitió descubrir la mecánica de la economía de mercado, este
imaginario orden socialista gozó incluso de prioridad lógica.
Preocupaba a los economistas el problema referente a si el sas' La aludida predeicrminuda armonía del mercado libre no debe, sin embargo,
confundirse con la teoría de la armonía de los intereses sociales rectamente entendidos, que se produce bajo un sistema de mercado, si bien hay cierta analogía
entre ambos pensamientos. Vid. píigs. 979.5191
372
t.a Acción Humana
tre d i s f r u t a r í a de pan y zapatos en el supuesto de q u e no hubiera m a n d a t o g u b e r n a t i v o alguno q u e obligara al p a n a d e r o y al
zapatero a t e n d e r sus respectivos cometidos. Parecía, al pronto,
precisa una intervención autoritaria para constreñir a cada profesional a q u e sirviera a sus conciudadanos. P o r eso, los economistas q u e d á b a n s e pasmados al advertir que tales medidas
coactivas en m o d o alguno eran necesarias. C u a n d o contrastaban la producción con el lucro, el interés p r i v a d o con el público, el egoísmo con el altruismo, aquellos pensadores tácitamente estaban utilizando la imaginaria construcción de un sistema socialista. Precisamente su sorpresa ante la, digamos,
« a u t o m á t i c a » regulación del mercado surgía por c u a n t o advertían q u e m e d i a n t e un « a n á r q u i c o » sistema de producción cabía
atender las necesidades de las gentes de m o d o más cumplido
q u e recurriendo a cualquier ordenación q u e un o m n i p o t e n t e
g o b i e r n o centralizado pudiera e s t r u c t u r a r . El socialismo, como
sistema basado en la división del trabajo q u e una autoridad
planificadora por e n t e r o gobierna y dirige, no f u e idea q u e los
reformadores utópicos e n g e n d r a r a n . Estos últimos tendían más
bien a predicar la autárquica coexistencia de reducidas entidades económicas; en tal sentido, recuérdese la ph alan ge de
Fourier. Si el radicalismo reformista p u d o recurrir al socialismo, f u e p o r q u e se acogió a aquella idea, de una economía dirigida por un gobierno de á m b i t o nacional o m u n d i a l , implícita
;n las teorías expuestas por los economistas clásicos.
LA MAXIMIZACION DE LOS BENEFICIOS
Suele decirse que los economistas, a! abordar los problemas
que la economía de mercado suscita, parten de irreal supuesto,
al imaginar que las gentes se afanan exclusivamente por procurarse la máxima satisfacción personal. Dichos teóricos —asegúrase— basan sus lucubraciones en un imaginario ser, totalmente
egoísta y racional, que sólo por su ganancia personal se interesaría.
Ese homo oeconomicus tal vez sirva para retratar a los traficantes,
a los especuladores de la Bolsa; las gentes, sin embargo, en su
inmensa mayoría, son bien diferentes. El lucubrar en torno a la
Ambito y •metodología de la cataláctica
373
conducta de ese imaginario ser de nada sirve cuando lo que se
pretende es aprehender la realidad tal cual es.
Innecesario resulta refutar, una vez más, el confusionismo,
error e inexactitud que dicho aserto implica, pues las falacias que
contiene fueron ya examinadas en las partes primera y segunda de
este libro. Conviene ahora, sin embargo, centrar nuestra atención
en el problema relativo a la maximización de los beneficios.
La praxeología en general, y concretamente la economía, al
enfrentarse con los móviles que engendran la acción humana, limítase a aseverar que el hombre, mediante la acción, pretende
suprimir su malestar, Sus acciones, en la órbita del mercado, plasman compras y ventas. Cuanto la economía predica de la oferta y
la demanda es aplicable a cualquier tipo de oferta y de demanda,
sin que la certeza de dichos asertos quede limitada a determinadas ofertas y demandas, engendradas por circunstancias especiales
que requieran examen o definición particular. No es preciso establecer presupuesto especial alguno para afirmar que el individuo,
en la disyuntiva de percibir más o percibir menos por cierta mercancía que pretenda vender, preferirá siempre, ceteris paribus,
cobrar el precio mayor. Para el vendedor, el recaudar esa cantidad
superior supone una mejor satisfacción de sus necesidades. Lo
mismo, mutatis nntlandis, sucede con el comprador. La cantidad
que éste se ahorra al comprar más barato permítele invertir mayores sumas en apetencias que, en otro caso, habrían quedf.do insatisfechas. El comprar en el mercado más barato y vender en el
más caro —inmodificadas las restantes circunstancias— es una
conducta cuya explicación en modo alguno exige ponderar particulares motivaciones o impulsos morales en el actor. Dicho proceder es el único natural y obligado en todo intercambio.
lil hombre, en cuanto comerciante, deviene servidor de los
consumidores, quedando obligado a atender los deseos de éstos.
No puede entregarse a sus propios caprichos y antojos. Los gustos y fantasías del cliente constituyen norma suprema para él,
siempre y cuando el adquirente esté dispuesto a pagar el precio
correspondiente. El hombre de negocios ha de acomodar fatalmente su conducta a la demanda de los consumidores. Si la clientela es incapaz de apreciar la belleza y prefiere el producto tosco
y vulgar, aun contrariando sus propios gustos, aquél habrá de
t.a Acción Humana
374
producir, precisamente, lo que los compradores prefieran '. Si los
consumidores no están dispuestos a pagar más por los productos
nacionales que por los extranjeros, el comerciante vese constrc
nido a surtirse de estos últimos si son más baratos que los autóctonos. El patrono no puede hacer caridad a costa de la clientela.
No puede pagar salarios superiores a los del mercado si los com
pradores, por su parte, no están dispuestos a abonar precios pro
porcionalmcnte mayores por aquellas mercancías que han sido producidas pagando esos incrementados salarios.
El planteamiento es totalmente distinto cuando se trata de
gastar los propios ingresos. En tal caso, el interesado puede pro
ceder como mejor le parezca. Si le place, cábele hacer donativos v
limosnas. Nada le impide que, dejándose llevar por teorías y prejuicios diversos, discrimine contra bienes de determinado origen
o procedencia y prefiera adquirir productos que técnicamente son
peores o más caros. Lo normal, sin embargo, es que el comprador
no favorezca caritativamente al vendedor. Pero alguna vez ocurre.
La frontera que separa la compraventa mercantil de bienes y servicios de la donación limosnera, a veces, es difícil de trazar. Quien
hace una adquisición en una tómbola de caridad, generalmente
combina una compra comercial con un acto de caridad. Quien
enttega unos céntimos, en la calle, al músico ciego, ciertamente,
no está pegando la dudosa labor musical; se limita a hacer caridad.
El hombre, al actuar, procede como ser unitario. El comerciante, exclusivo propietario de cierta empresa, puede, en ocasiones, difuminar la frontera entre lo que es negocio y lo que es
liberalidad. Si desea socorrer a un amigo en situación apurada,
tal vez, por delicadeza, arbitre alguna fórmula que evite a este
último la vergüenza de vivir de la bondad ajena. En este sentido,
puede ofrecerle tin cargo en sus oficinas, aun cuando no precise
de tal auxilio o quépale contratarlo a menor pierio en el mercado. En tal supuesto, el correspondiente salario, formalmente, es
* Un pintor, por ejemplo, es puro come re tan tí ruando se preocupo tic producir
los cuadros que le proporcionarán mayores ingresos. Cuando, en cambio, no se
subordina al gusto leí público comprador y, haciendo caso omiso de todas las
desagradables consecuencias que su proceder pueda irrogarle, guímc exclusivamente
por propios ideales, en'onces es un artista, un genio creador. Vid. supra p¡!ginns
221-223.
Ambito
y
metudulogia
Je
la
cataláctica
375
un costo más del proceso industrial. Pero, en verdad, constituye
inversión efectuada por e! propietario de parte de sus ingresos.
En puridad estamos ante un gasto de consumo, no un costo de
producción6.
La tendencia a tomar en consideración sólo lo tangible, ponderablc y visible, descuidando todo lo demás, induce a torpes
errores. El consumidor no compra alimentos o calorías exclusivamente. No pretende devorar como mero animal; quiere comer
como ser racional. Hay muchas personas a quienes la comida satisface tanto más cuanto mejor presentada y más gustosa sea,
cuanto mejor dispuesta esté la mesa y cuanto más agradable sea el
ambiente. A estas cosas no les dan importancia aquellos que exclusivamente se ocupan de los aspectos químicos del proceso digestivo 7 . Ahora bien, el que dichas circunstancias tengan notoria
trascendencia en la determinación de los precios de la alimentación
resulta perfectamente compatible con nuestro anterior aserto según
el cual los hombres prefieren, ceteris paribus, comprar en el mer
cado más barato. Cuando el comprador, al elegir entre dos cosas
que la química y la técnica reputan iguales, opta por la más cara,
indudablemente tiene sus motivos para proceder así. Salvo que
esté incidiendo en error, al actuar de tal suerte, lo que hace es
pagar unos servicios que la química y la tecnología, con sus métodos específicos de invest¡pación, son incapaces de ponderar.
Tal vez, personalmente, consideremos ridicula la vanidad de quien
paga mayores precios acudiendo a un bar de lujo, simplemente por
tomarse el mismo cóctel al lado de un duque y codeándose con
la mejor sociedad. Lo que no resulta permisible es afirmar que
tal persona no está mejorando su propia satisfacción al proceder asf,
4
IJIS instituciones legales, frecuentemente, fomentan ese confusionismo entre
gastos productivos y gastos <ic consumo. Todo pisto que pueda lucir en la correspondiente cuenta de resultados disminuye el beneficio neto, reduritfnduse, congiuamente, la carga fiscal. Si el tipo de gravamen, por ejemplo, es del 50 por 100 sobre
el beneficio neto, cuando el empresario invierte parte del mismo en obras caritativas, siendo éstas deducibies, de su propio bolsillo contribuye sólo con la mitad del
importe. La otra mitad págala el fisco.
' La fisiología nutritiva tampoco, desde luego, desprecia teles detalles.
376
t.a Acción Humana
El hombre actúa siempre para acrecentar la personal satisfacción. En este sentido —y en ningún o t r o — cabe emplear el término egoísmo y decir que la acción siempre, por fuerza, es egoísta.
Incluso las actuaciones que directamente tienden a mejorar ajena
condición resultan, en definitiva, de índole egoísta, pues el actor,
personalmente, deriva mayor satisfacción de ver comer a los demás que de comer él mismo. El contemplar gentes hambrientas
le produce malestar,
Cierto es que muchos piensan de otro modo y prefieren llenar
el propio estómago antes que el ajeno. Esto, sin embargo, nada
tiene que ver con la economía; constituye simple dato de expe
rienda histórica. La economía interésase por toda acción, independientemente de que ésta sea engendrada por el hambre del
actor o por su deseo de aplacar la de los demás.
Si, por maximización de los beneficios, predicamos que el
hombre, en las transacciones de mercado, aspira a incrementar
todo lo posible la propia ventaja, incurrimos, desde luego, en
pico ñas tico y perifrástico circunloquio, pues simplemente repelimos lo que ya se baila implícito en la propia categoría de acción.
Pero si, en cambio, cualquier otro significado pretendemos dar a
tal expresión, de inmediato incidimos en el error.
Hay economistas que creen que compete a la economía el determinar cómo puede todo el mundo, o al menos la mayoría, alcanzar la máxima satisfacción posible. Olvidan que no existe mecanismo alguno que permita medir el respectivo estado de satisfacción alcanzado por cada uno de los componentes de la sociedad.
Erróneamente interpretan el carácter de los juicios formulados
acerca de la comparativa felicidad de personas diversas. Creen
estar sentando hechos, cuando no hacen más que expresar arbitrarios juicios de valor. Cabe, desde luego, decir que es justo robar
al rico para dar al pobre; pero, el calificar algo de justo o injusto
implica previo juicio subjetivo de valor que, como tal, resulta,
en todo caso, puramente personal y cuya certeza no cabe ni refutar
ni atestiguar. La economía jamás pretende emitir juicios de valor.
La ciencia aspira tan sólo a averiguar los efectos que determinados modos de actuar, forzosamente, han de provocar.
Las necesidades fisiológicas —se ha dicho— en todos los hombres son idénticas; tal identidad, por tanto, brinda una pauta que
Ambito y •metodología de la cataláctica
377
permite ponderar en qué grado hállanse las mismas objetivamente
satisfechas. Quienes emiten tales opiniones y recomiendan seguir
esos criterios en la acción de gobierno pretenden tratar a los
hombres como el ganadero maneja a sus teses. Inciden, sin embargo, tales reformadores en error al no advertir que no existe principio universal alguno que pueda servir de guía para decidir una
alimentación que para todos fuera conveniente. El que, al respecto, se sigan unos u otros principios dependerá íntegramente de los
objetivos que se persigan. El ganadero no alimenta las vacas para
hacerlas más o menos felices, sino en el deseo de conseguir específicos objetivos. Puede ser que quiera incrementar la producción
de leche o de carne, o tal vez busque otras cosas. ¿Qué tipo de
personas querrán producir esos criadores de hombres? ¿Atletas o
matemáticos? ¿Guerreros o jornaleros? Quien pretenda criar y
alimentar hombres con arreglo a patrón preestablecido en verdad
desea arrogarse poderes despóticos y servirse, como medios, de sus
conciudadanos para alcanzar propios fines que indudablemente
diferirán de los personalmente preferidos por aquéllos.
Mediante sus subjetivos juicios de valor, el individuo distingue entre aquello que le produce más satisfacción y lo que menormente le satisface, Pero, en cambio, el juicio de valor emitido
por una persona con respecto a la satisfacción de tercero nada,
efectivamente, dice acerca de la real satisfacción personal de este
último. Tales juicios no hacen más que proclamar cuál es el estado
en que quien los formula quisiera ver al tercero. Esos reformadores que aseguran perseguir la máxima satisfacción general no hacen
más que expresar cuál sea la ajena situación que mejor conviene
a sus propios intereses.
4.
L A ECONOMÍA A U T Í S T I C A
N i n g u n a imaginaria construcción ha sido más acerbamente
criticada q u e aquella que s u p o n e la existencia de un aislado
sujeto económico que por sí solo ha de bastarse. La economía,
sin embargo, no puede prescindir de dicho modelo. Para estudiar d e b i d a m e n t e el cambio interpersonal, vése el economista
obligado a contrastarla con aquellos supuestos en los q u e no
378
Í.tí Acción Humana
podría darse. En este sentido recurre a dos ejemplos de economía autística: el referente a la economía del individuo aislado
y el referente a la economía de una sociedad socialista. Los
economistas, al servirse de estas imaginarias construcciones,
desentiéndense del problema atinente a si la economía autística
puede efectivamente funcionar o no*.
El estudioso perfectamente advierte q u e el modelo es ficticio. Ni a Robinson Crttsoc — q u e , pese a todo, tal vez efectivamente haya v i v i d o — m al jerarca s u p r e m o de una aislada comunidad socialista — l a cual históricamente hasta ahora nunca
ha existido— resulta ríales posible planear y actuar como, en
cambio, lo hacen quienes pueden recurrir al cálculo económico.
En el marco de nuestra imaginaria construcción, ello no obstante, podemos perfectamente suponer q u e cabe efectuar dichos
cálculos, si tal suposición permite abordar mejor los problemas examinados.
En la imaginaria construcción de una economía autística se
basa esa popular distinción entre la actuación productiva y la
actuación p u r a m e n t e rentable, con miras al beneficio, distinción en la cual tantos i n f u n d a d o s juicios de valor se a m p a r a n .
Q u i e n e s recurren a tal diferencia estiman q u e la economía
autística, especialmente !a de tipo socialista, constituye el más
deseable y perfecto sistema de gestión. Enjuician los diferentes
fenómenos de la economía de mercado p o n d e r a n d o cada u n o
de ellos según el mismo resulte o no justificado desde el p u n t o
de vista de la organización socialista. Sólo atribuyen valor positivo, calificándolas de «productivas», a aquellas actuaciones q u e
el jerarca económico de tal sistema practicaría. Las restantes actividades perfeccionadas en una economía de mercado tíldanse
de improductivas, i n d e p e n d i e n t e m e n t e de q u e puedan ser provechosas para quienes las ejercitan. Así, por ejemplo, el arte de
vender, la publicidad y la banca considéranse actividades rentables, pero improductivas.
' Hitamos abordando ahora problemas puta m a n e leérteos, en modo alguno
históricos. Podemos, consecuentemente, eludir las objeciones opuestas al concepto
Jel individuo aislado, contemplando en nuestros ani(]¡Ms lu economía familiar autística, que ESA SÍ indudablemente ha existido.
Ambito y •metodología de la cataláctica
379
Para la economía, desde luego, ningún interés encierran tan
arbitrarios juicios de valor.
5.
E L ESTADO D E REPOSO
Y LA E C O N O M Í A DE GIRO U N I F O R M E
Para abordar d e b i d a m e n t e el estudio de la acción conviene
advertir q u e aquélla apunta siempre hacia un estado que, conseguido, vedaría ulterior actuación, bien por haber sido suprimido todo malestar, bien por no resultar posible paliar en mayor
grado el prevalente. La acción, por tanto, de por sí, tiende al
estado de reposo, a la supresión de la actividad.
La teoría de los precios ha de estudiar el cambio interpersonal, teniendo siempre bien presente lo anterior. Las gentes
seguirán intercambiando mercancías en el mercado hasta llegar
al m o m e n t o en q u e se i n t e r r u m p a y detenga el intercambio al
no haber nadie ya q u e crea pueda mejorar su bienestar mediante ulterior actuación. En tales circunstancias, a los potenciales
c o m p r a d o r e s dejarían de interesarles los precios solicitados por
los potenciales vendedores, y lo mismo sucedería a la inversa.
Transacción alguna podría ser efectuada. Surgiría, así, el estado
de reposo. Tal estado de reposo, q u e podemos d e n o m i n a r esleído natural de reposo, no es mera construcción imaginaria. Aparece repetidamente. C u a n d o cierra la Bolsa, los agentes han
c u m p l i m e n t a d o cuantas órdenes, al vigente precio de mercado,
cabía casar. H a n d e j a d o de vender y de comprar tan sólo aquellos potenciales vendedores y compradores que, respectivamente, estiman demasiado b a j o o demasiado alto el precio del mercado 9 . E s t o m i s m o es predicable de todo tipo de transacción.
La economía de mercado, en su c o n j u n t o , es, por decirlo»así,
una gran lonja o casa de contratación. En cada instante cásanse
todas aquellas transacciones q u e los intervinientes, a los precios a la sazón vigentes, están dispuestos a aceptar. Nuevas
' En gracia a la sencillez hacemos taso omiso tic l.i fluctuación tk* los cambios
durante el transcurso del día.
380
Í.tí Acción Humana
operaciones sólo podrán ser plasmadas c u a n d o varíen las respectivas valoraciones personales de las partes.
Se ha dicho que este concepto del estado de reposo es insatisfactorio, por c u a n t o se refiere tan sólo a la determinación
del precio de u n o s bienes disponibles en limitada cantidad, sin
pronunciarse acerca de los efectos que tales precios han «.le
provocar en la actividad productiva. La objeción carece de base.
Los teoremas implícitos en el estado natural de reposo resultan
válidos y aplicables a todo t i p o de transacción, sin excepción
alguna. Cierto es que los c o m p r a d o r e s de factores de producción, a la vista de aquellas ventas, lanzaránse i n m e n d i a t a m e n t c
a producir, e n t r a n d o , a poco, de n u e v o en el mercado con sus
productos, impelidos p o r el deseo de, a su vez, c o m p r a r lo q u e
necesitan para su propio consumo, así c o m o para continuar los
procesos de producción. Ello, desde luego, no invalida n u e s t r o
supuesto, el cual en modo alguno presupone q u e el estado de
reposo haya de perdurar. La calma se desvanecerá tan p r o n t o
c o m o varíen las momentáneas circunstancias q u e la p r o d u j e r o n
El estado natural de reposo, según antes hacíamos n o t a r ,
no es una construcción imaginaria, sino exacta descripción de
lo que, con frecuencia, en todo mercado acontece. A este respecto, radicalmente difiere de la otra imaginaria construcción
q u e alude al estado final de reposo.
Al tratar del estado natural de reposo fijamos la atención
exclusivamente en lo que ahora mismo está o c u r r i e n d o . Res
tringimos nuestro horizonte a lo q u e m o m e n t á n e a m e n t e acaba
de suceder, d e s e n t e n d i é n d o n o s de lo q u e después, en el próximo instante, mañana o ulteriormente, acaecerá. I n t e r é s a n n o s
tan sólo aquellos precios q u e efectivamente, en las correspon
dientes compraventas, fueron pagados, es decir, nos ocupamos
con exactitud de los precios vigentes en un inmediato pretérito. No importa saber si los f u t u r o s precios serán iguales o distintos a estos que contemplamos.
Pero ahora vamos a dar un paso más. Vamos a interesarnos
por aquellos factores capaces de desatar una tendencia a la variación de los precios. Q u e r e m o s averiguar a d o n d e dicha tendencia conducirá, en tanto se vaya agotando su f u e r z a impul-
Ambito y •metodología de la cataláctica
381
siva, d a n d o lugar a nuevo estado de reposo. Los economistas
de a n t a ñ o llamaron precio natural al precio correspondiente a
este f u t u r o estado de reposo; hoy en día se emplea más a men u d o el t é r m i n o precio estático En orden a evitar confusionis
mo es más conveniente hablar de precio final, aludiendo, consiguientemente, a un estado final de reposo. Este estado final
de reposo es una construcción imaginaria, en m o d o alguno descripción de la realidad. P o r q u e ese estado final de reposo nunca
podrá ser alcanzado. Antes de q u e llegue a ser una realidad,
factores p e r t u r b a d o r e s f o r z o s a m e n t e h a b r á n de surgir. P e r o 110
hay más r e m e d i o q u e recurrir a esa imaginaria construcción,
por c u a n t o el mercado, en todo m o m e n t o , tiende hacia determinado estado final de reposo. En cada instante subsiguiente
pueden aparecer circunstancias que d e n lugar a q u e varíe El
mercado, o r i e n t a d o en cada m o m e n t o hacia d e t e r m i n a d o estado final de reposo, jamás se aquieta.
El precio de mercado es un f e n ó m e n o real; es aquel tipo
de cambio al q u e e f e c t i v a m e n t e realizáronse operaciones. El
precio final, en cambio, es un precio hipotético. Los precios de
mercado constiutyen realidades históricas, resultando, por tan
to, posible cifrarlos con exactitud numérica en dólares y centavos. El precio final, en cambio, sólo p u e d e ser concebido partiendo de las circunstancias necesarias para que el m i s m o aparezca. No p u e d e ser c i f r a d o ni en valor numérico expresado en
términos m o n e t a r i o s ni en cantidades ciertas de otros bienes.
Nunca aparece en el mercado. I^os precios libres jamás coinciden con el precio final correspondiente a la estructura de mercado a la sazón prevalente. Ahora bien, la cataláctica lamentablemente fracasaría en sus intentos por resolver los problemas
que la determinación de los precios suscita, si descuidase el
análisis del precio final. Pues, en aquella misma e s t r u c t u r a
mercantil q u e engendra el precio de mercado, están va operando las fuerzas q u e , a través de sucesivos cambios, a l u m b r a r í a n ,
de no aparecer nuevas circunstancias, el precio final v el estado
final de reposo. Q u e d a r í a i n d e b i d a m e n t e restringido nuestro
análisis de la determinación de los precios si nos limitáramos a
c o n t e m p l a r tan sólo los m o m e n t á n e o s precios de mercado y e!
382
Í.tí Acción Humana
estado natural de reposo, sin parar mientes en que, en el mercad o , están ya o p e r a n d o factores q u e lian de provocar sucesivos
cambios de los precios, o r i e n t a n d o el c o n j u n t o mercantil hacia
distinto estado de reposo.
El f e n ó m e n o con q u e nos e n f r e n t a m o s estriba en q u e las
variaciones de las circunstancias d e t e r m i n a d o r a s de los precios
no producen de golpe todos sus efectos. Ha de transcurrir un
cierto lapso de t i e m p o para q u e d e f i n i t i v a m e n t e su capacidad
q u e d e agotada. Desde q u e aparece un dato n u e v o hasta q u e el
mercado queda p l e n a m e n t e adaptado al mismo, transcurre cierto lapso temporal. ( Y , n a t u r a l m e n t e , d u r a n t e ese tiempo, comienzan a actuar nuevos factores.) Al abordar los efectos propios de cualquier variación de aquellas circunstancias q u e
influyen en el mercado, jamás d e b e m o s olvidar q u e contemplamos eventos sucesivamente encadenados, hechos que, eslab ó n tras eslabón, van apareciendo, efectos escalonados. C u á n t o
tiempo transcurrirá de una a otra situación, nadie p u e d e predecirlo. I n d u d a b l e , sin embargo, es q u e , e n t r e una y otra, ha de
existir un cicrto lapso temporal; p e r í o d o que, a veces, cabe sea
tan corto que, en la práctica, pueda despreciarse.
Incidieron, f r e c u e n t e m e n t e , en e r r o r los economistas al no
advertir la trascendencia del factor tiempo. En este sentido,
c o m o ejemplo, cabe citar la controversia referente a ios efectos
provocados por las variaciones de la cantidad de d i n e r o existente. H u b o estudiosos q u e se fijaron sólo en los efectos a
largo plazo, es decir, en los precios finales y en el estado final
de reposo. O t r o s , por el contrario, limitáronse a c o n t e m p l a r
los efectos inmediatos, es decir, los precios subsiguientes al
instante m i s m o de la variación de las aludidas circunstancias
mercantiles. A m b o s g r u p o s t o r p e m e n t e planteaban el problema, resultando, por eso, viciadas sus conclusiones. Múltiples
ejemplos similares cabría citar.
La imaginaria construcción del estado final de reposo sirve
para percatarnos de esa temporal evolución de las circunstancias del mercado. En esto se diferencia de aquella o t r a imaginaria construcción q u e alude a la economía de giro uniforme,
pues ésta se caracteriza p o r h a b e r sido de la misma eliminado
el factor tiempo, suponiéndose invariables las circunstancias de
Ambito y metodología de la cateláctiea
381
hedhu concurrentes. (Es equivocado c induce a c o n f u s i ó n denominar economía estática o economía en equilibrio estático a
la construcción q u e nos ocupa, constituyendo grave error el
confundirla con la imaginaria construcción de la economía estacionaria)
La economía de giro u n i f o r m e es un esquema ficticio en el cual los precios de mercado de todos los bienes y
servicios coinciden con los correspondientes precios finales.
Los precios ya no varían; existe perfecta estabilidad. El mercado repite, una y otra vez, idénticas transacciones. Iguales
cantidades de bienes de orden superior, siendo objeto de las
mismas manipulaciones, llegan f i n a l m e n t e , en forma de bienes
de consumo, a los consumidores q u e con ellos acaban, Las circunstancias de tal mercado jamás varían. H o y es lo mismo q u e
ayer y mañana será igual a boy. El sistema está en movimiento
constante, pero nunca cambia de aspecto. Evoluciona invariablemente en t o r n o a un c e n t r o fijo; gira u n i f o r m e m e n t e . El
estado natural de reposo de tal economía se p e r t u r b a continuam e n t e ; sin e m b a r g o , reaparece de inmediato tal y como primer a m e n t e se presentó. Son c o n s t a n t e s todas las circunstancias
o p e r a n t e s , incluso aquellas q u e ocasionan esos periódicos desarreglos del estado natural de reposo. P o r t a n t o , los precios
— l l a m a d o s g e n e r a l m e n t e precios estáticos o de e q u i l i b r i o —
permanecen también constantes.
La nota típica de esta imaginaria construcción es el haberse
eliminado el transcurso del t i e m p o y la alteración incesante de
los f e n ó m e n o s de mercado. Ni la oferta ni la demanda p u e d e n ,
en tal m a r c o , variar. Sólo aquellos cambios q u e no influyen
sobre los precios son admisihles. No es preciso suponer q u e
ese imaginario m u n d o haya de estar p o b l a d o por h o m b r e s inmortales, q u e ni envejecen ni se r e p r o d u c e n . Cabe admitir, por
el contrario, q u e tales gentes nacen, crecen y, finalmente, mueren, s i e m p r e y c u a n d o no se m o d i f i q u e ni la cifra de población
total ni el n ú m e r o de individuos q u e integra cada g r u p o de la
misma e d a d . En ese s u p u e s t o no variará la demanda de aquellos
bienes cuyo c o n s u m o efectúase sólo en determinadas épocas
11
Vid. subsiguiente Apartado.
384
Í.tí Acción Humana
vitales, pese a q u e no serán las mismas personas las q u e provoquen la correspondiente d e m a n d a .
J a m á s existió en el m u n d o esa supuesta economía de giro
u n i f o r m e . Para m e j o r , sin embargo, p o n d e r a r los problemas
q u e suscita la mutabilidad ut_ ,as circunstancias económicas y
el cambio irrecular e inconstante del mercado, preciso es contrastar esas variaciones con un estado imaginario, del cual,
hipotéticamente, las mismas han sido eliminadas. E r r ó n e o , por
tanto, es suponer q u e la imaginaria construcción de una economía de giro u n i f o r m e de nada sirva para abordar este nuestro
cambiante m u n d o . P o r !o mismo, impertinente resulta recom e n d a r a los economistas a r r u m b e n su s u p u e s t a m e n t e exclusivo interés p o r lo «estático», c o n c e n t r a n d o la atención en lo
«dinámico». Ese d e n o m i n a d o m é t o d o estático precisamente
constituye el i n s t r u m e n t o mental más adecuado para p o n d e r a r
el cambio. Si q u e r e m o s analizar los complejos f e n ó m e n o s que
la acción suscita, forzoso es comencemos p o n d e r a n d o la ausencia de todo cambio, para, después, introducir en el estudio
d e t e r m i n a d o factor capaz de provocar específica mutación, cuya
trascendencia p o d r e m o s entonces c u m p l i d a m e n t e examinar, suponiendo invariadas las restantes circunstancias. A b s u r d o igualm e n t e sería el s u p o n e r que la imaginada economía de giro unif o r m e m á s útil para la investigación resultaría c u a n t o la realidad
— a fin d e cuentas, e l verdadero o b j e t o d e n u e s t r o e x a m e n —
m e j o r coincidiera con la tantas veces aludida imaginaria construcción en lo referente a la ausencia de cambio. El m é t o d o
estático, es decir, el que recurre al modelo de la economía de
giro u n i f o r m e , es el único q u e p e r m i t e abordar los cambios
q u e nos interesan, careciendo, a estos efectos, de trascendencia
el q u e tales mutaciones sean grandes o pequeñas, súbitas o
lentas.
Las objeciones hasta ahora opuestas al uso de la imaginaria
construcción aludida nunca han advertido cuáles eran los problemas q u e en verdad interesan. L o s críticos jamás se percataron de las facetas equívocas q u e los mismos p r e s e n t a n , ni
de cómo p u e d e el t o r p e m a n e j o del modelo fácilmente inducir
a errores y confusiones.
La acción es cambio; y el c a m b i o implica secuencia tem-
Ambito y metodología de la cataláctica
385
poral. En la economía de rotación u n i f o r m e , sin embargo, se
elimina tanto el cambio como la sucesión de los acontecimientos. El actuar equivale a o p t a r , h a b i e n d o el interesado siempre
de e n f r e n t a r s e con la i n c e r t i d u m b r e del f u t u r o . En la economía
de giro u n i f o r m e , sin e m b a r g o , no cabe la opción, d e j a n d o de
ser incierto el f u t u r o , pues el mañana será igual al hoy conocido. En tal invariable sistema no pueden aparecer individuos
q u e escojan y prefieran y. tal vez, sean víctimas del e r r o r ;
estamos, por el contrario, ante un m u n d o de a u t ó m a t a s sin
alma ni capacidad de pensar; no se trata de u n a sociedad
h u m a n a , sino de una asociación de termitas.
T a n insolubles contradicciones, no obstante, en m o d o alguno minimizan los excelentes servicios q u e el modelo presta
c u a n d o se trata de a b o r d a r aquellos únicos problemas para
cuya solución el mismo resulta no sólo a p r o p i a d o , sino además
indispensable; es decir, los referentes a la relación e n t r e los
precios de los bienes y los de los factores necesarios para su
producción y los q u e la actuación empresarial y las ganancias
y las pérdidas suscitan. Para poder c o m p r e n d e r la función del
empresario, así como lo q u e significan las pérdidas y las ganancias, imaginamos un orden en el cual ninguna de dichas realidades pueden darse. La correspondiente construcción, desde
luego, no constituye más q u e mero i n s t r u m e n t o mental. En
tnodo alguno se trata de s u p u e s t o posible ni estructurable.
Es más; no p u e d e ni siquiera ser llevado a sus últimas consecuencias lógicas. P o r q u e es imposible eliminar de una economía
de mercado la figura del empresario. Los diferentes factores
de producción no pueden e s p o n t á n e a m e n t e asociarse para engendrar el bien de q u e se trate. Es imprescindible, a estos efectos, la intervención racional de personas q u e aspiran a alcanzar
específicos fines en el deseo de mejorar el p r o p i o estado de
satisfacción. E l i m i n a d o el empresario, desaparece la fuerza que
m u e v e el mercado.
El modelo de referencia adolece además de otra deficiencia, la de q u e en él tácitamente se supone la existencia
de la valuta y del cambio indirecto. Ahora bien, ¿ q u é clase de
dinero podría existir en ese imaginario m u n d o ? Bajo un régimen en el cual no hay cambio, la incertidumbre con respecto al
25
386
Í.tí Acción Humana
f u t u r o desaparece y consecuentemente nadie necesita disponer
de efectivo. T o d o el m u n d o sabe, con plena exactitud, la cantidad de d i n e r o que, en cualquier fecha f u t u r a , precisará. Las
gentes, p o r tanto, pueden prestar la totalidad de sus f o n d o s ,
siempre y c u a n d o los correspondientes créditos venzan para la
fecha en q u e los interesados precisarán del n u m e r a r i o correspondiente. Supongamos que sólo hay moneda de o r o y q u e existe
un único banco central. Al ir progresando la economía hacia
el giro u n i f o r m e , todo el m u n d o , t a n t o las personas individuales como las jurídicas, iría reduciendo poco a poco sus
saldos de n u m e r a r i o ; las cantidades de o r o así liberadas aflui
rían hacia inversiones no monetarias (industriales). C u a n d o ,
f i n a l m e n t e , fuera alcanzado el e s t a d o de equilibrio típico dula economía de giro u n i f o r m e , ya nadie conservaría dinero en
caja; el o r o dejaría de empicarse a efectos m o n e t a r i o s . Las
gentes simplemente ostentarían créditos contra el aludido banco central, créditos cuyos vencimientos vendrían sucesivamente
a coincidir, en cuantía y época, con los de las obligaciones q u e
los interesados tuvieran q u e a f r o n t a r . 111 banco, p o r su parte,
tampoco necesitaría conservar reservas d i n e r a d a s , ya q u e las
sumas totales q u e a diario habría q u e pagar coincidirían exact a m e n t e con las cantidades en él ingresadas. T o d a s las transac
ciones p o d r í a n practicarse m e d i a n t e meras transferencias, sin
necesidad de utilizar metálico alguno. El « d i n e r o » , en tal caso,
dejaría de utilizarse c o m o medio de intercambio; ya no sería
dinero; constituiría simple numéraire, etérea e i n d e t e r m i n a d a
u n i d a d contable de carácter vago e indefinible, carácter que, sin
embargo, la fantasía de algunos economistas y la ignorancia de
muchos p r o f a n o s atribuye e r r ó n e a m e n t e al dinero. La intercalación, entre c o m p r a d o r y v e n d e d o r , de ese t i p o de expresiones numéricas, para nada influiría en la esencia de la operación; el dinero en cuestión sería n e u t r o con respecto a las
actividades económicas de las gentes. Un d i n e r o n e u t r o , sin
embargo, carece de sentido y hasta resulta inconcebible u . De
recurrir, en esta materia, a la torpe terminología q u e actualm e n t e suele emplearse en muchos m o d e r n o s escritos económi" Vid. ¡nfrfl p.ígs. 623-627.
Ambito y •metodología de la cataláctica
387
eos, diríamos q u e el d i n e r o es, por fuerza, un «factor dinámico»; en un sistema «estático», el d i n e r o se e s f u m a . U n a
economía de m e r c a d o sin d i n e r o constituye, por fuerza, idea
í n t i m a m e n t e contradictoria.
La imaginaria construcción de una economía de giro unif o r m e es un concepto límite. La acción, b a j o tal sistema, de
hecho, también desaparece. £1 lugar q u e ocupa el consciente
actuar del individuo racional deseoso de s u p r i m i r su p r o p i o
malestar viene a ser o c u p a d o p o r reacciones automáticas. T a n
arbitrario modelo sólo p u e d e emplearse sobre la base de no
olvidar nunca lo q u e m e d i a n t e el mismo p r e t e n d e m o s conseguir. D e b e m o s tener siempre p r e s e n t e q u e q u e r e m o s , ante
todo, percatarnos de aquella tendencia, ínsita en toda acción,
a instaurar una economía de giro u n i f o r m e , tendencia q u e jamás p o d r á alcanzar tal o b j e t i v o mientras o p e r e m o s en un
universo q u e no sea totalmente rígido e inmutable, es decir,
en un universo que, lejos de estar m u e r t o , viva, P r e t e n d e m o s
también advertir las diferencias q u e hay e n t r e un m u n d o viviente, en el q u e hay acción, y un m u n d o yerto, y ello sólo
p o d e m o s a p r e h e n d e r l o m e d i a n t e el argumentum a contrario,
q u e nos b r i n d a la imagen de u n a economía invariable. Tal
contrastación nos enseña q u e el e n f r e n t a r s e con las condiciones inciertas d e u n f u t u r o siempre desconocido — o sea, e l
especular-— es característico de todo tipo de actuar; q u e la
pérdida o la ganancia son elementos característicos de la acción,
imposibles de suprimir m e d i a n t e arbitrismos de género alguno.
Cabe calificar de escuela lógica la de aquellos economistas
que han asimilado estas f u n d a m e n t a l e s ideas, en contraste con
aquella otra q u e p u d i é r a m o s llamar matemática.
Los economistas de este segundo g r u p o no quieren ocuparse de esas actuaciones q u e , en el imaginario e impracticable
s u p u e s t o de q u e ya no aparecieran nuevos datos, instaurarían
u n a economía de giro u n i f o r m e . P r e t e n d e n hacer caso o m i s o
del especulador individual q u e no desea implantar una economía de rotación u n i f o r m e , sino q u e aspira a lucrarse actuando
c o m o m e j o r le convenga para conquistar el objetivo siempre
perseguido por la acción, s u p r i m i r el malestar en el mayor
g r a d o posible. Fijan exclusivamente su atención en aquel ima-
Í.tí Acción Humana
388
ginario estado de equilibrio q u e el c o n j u n t o de todas esas actuaciones individuales engendraría si no se p r o d u j e r a ningún
ulterior cambio en las circunstancias concurrentes. Tal imaginario equilibrio lo describen mediante series simultáneas de
ecuaciones diferenciales. No advierten que, en tal situación, ya
no hay acción, sino simple sucesión de acontecimientos provocados p o r una fuerza mítica. Dedican todos sus esfuerzos a
reflejar, mediante símbolos matemáticos, diversos «equilibrios», es decir, situaciones en reposo, ausencia de acción.
L u c u b r a n en torno al equilibrio c o m o si se tratara de una realidad efectiva, olvidando que es un concepto límite, simple
herramienta mental. Su labor, en definitiva, no es más que
vana manipulación de símbolos matemáticos, pobre pasatiempo
q u e no proporciona ilustración alguna IJ .
6.
LA ECONOMÍA ESTACIONARIA
La imaginaria construcción de una economía estacionaria,
a veces, ha sido c o n f u n d i d a con la de la economía de giro
uniforme. Se trata, sin embargo, de conceptos diferentes.
La economía estacionaria es una economía en la que jamás
varían ni la riqueza ni los ingresos de las gentes. F.n tal m u n d o
cabe se produzcan cambios q u e , b a j o una economía de giro
uniforme, serían impensables. Las cifras de población pueden
a u m e n t a r o disminuir, siempre y c u a n d o c o n g r u a m e n t e se incrementen o restrijan el c o n j u n t o de ingresos y riquezas. Puede
variar la demanda de ciertos p r o d u c t o s ; tal variación, sin embargo. habría de verificarse con máxima parsimonia, para permitir q u e el capital pudiera transferirse de los sectores que
deban restringirse a aquellos o t r o s q u e proceda ampliar mediante no renovar el utillaje de los primeros e instalar las
correspondientes herramientas en los segundos.
La imaginaria construcción de una economía estacionaria
lleva de la m a n o a otras dos imaginarias construcciones: la de
IJ
Mis adelante, con mayor detenimiento, volveremos a abordar el tema de la
sconomín matemática. (Vid. págs. 526-536).
Ambito y •metodología de la cataláctica
389
una economía progresiva (en expansión) y la de una economía
regresiva (en contracción). En la p r i m e r a , t a n t o la cuota per
capila de riquezas e ingresos c o m o la población tienden hacia
cifras cada vez mayores; en la segunda, por el c o n t r a r i o , dichas
magnitudes van siendo cada vez menores.
En la economía estacionaria, la suma de todas las ganancias
y todas las pérdidas es cero. En la economía progresiva, el
c o n j u n t o f o r m a d o por t o d o s los beneficios es superior al conjunto total de pérdidas. En la economía regresiva, la s u m a
total de beneficios es inferior al c o n j u n t o total de pérdidas.
La imperfección de estas tres imaginarias construcciones
es evidente, toda vez que p r e s u p o n e n cabe p o n d e r a r riqueza y
renta social P o r c u a n t o tal ponderación es impracticable e, incluso, inconcebible, no cabe recurrir a la misma al abordar
la realidad. C u a n d o el historiador económico califica de estacionaria, progresiva o regresiva la economía de determinada
época, ello en m o d o alguno significa que haya « m e n s u r a d o »
las correspondientes circunstancias económicas; el expositor
[imítase a apelar a la comprensión histórica para llegar a la
consignada conclusión.
7.
LA
INTEGRACIÓN DE
LAS
FUNCIONES
CATAL/ÍCTICAS
C u a n d o los h o m b r e s , al a b o r d a r los problemas q u e sus
propias actuaciones suscitan, lo m i s m o q u e c u a n d o la historia
económica, la economía descriptiva y la estadística económica,
al p r e t e n d e r reflejar las acciones humanas, hablan de empresarios, capitalistas, terratenientes, t r a b a j a d o r e s o consumidores,
manejan tipos ideales. El economista, en cambio, cuando esos
mismos términos emplea, alude a categorías catalácticas. Los
empresarios, capitalistas, terratenientes, trabajadores o consumidores de la teoría económica no son seres reales y vivientes c o m o
los q u e pueblan el m u n d o y aparecen en la historia. Constituven, por el contrario, m e r a s personificaciones de las distintas
funciones q u e en el mercado se aprecian. El q u e tanto las gentes, al actuar, como las diferentes ciencias históricas, manejen
conceptos económicos, f o r j a n d o tipos ideales, basados en cate-
Í.tí Acción Humana
390
gorías praxeológicas, en m o d o alguno empaña la radical distinción lógica e n t r e los tipos ideales y los conceptos económicos. Aluden éstos a funciones precisas; los tipos ideales, en
cambio, a hechos históricos. El h o m b r e , al vivir y actuar, por
fuerza combina, en sí funciones diversas. Nunca es exclusivam e n t e c o n s u m i d o r , sino, además, empresario, terrateniente,
capitalista o trabajador o persona mantenida por alguno de los
anteriores. No sólo esto; las funciones de empresario, terrateniente, capitalista o t r a b a j a d o r pueden, y así ocurre frecuentemente coincidir en un mismo individuo. La historia clasifica
a las gentes según los fines q u e cada u n o persigue y los medios
manejados en la consecución de tales objetivos. La economía,
p o r el contrario, al analizar la acción en la sociedad de mercado,
prescinde de la meta perseguida por los interesados y aspira
t a n sólo a precisar sus diferentes categorías y funciones. Estamos, pues, ante dos distintas pretensiones. Su diferencia claram e n t e se percibe al examinar el concepto cataláctico de empresario.
En la imaginaria construcción de una economía de giro
u n i f o r m e no hay lugar para la actividad empresarial, precisam e n t e por cuanto, en tal modelo, no existe cambio alguno que
a los precios pueda afectar. Al prescindir de esa presupuesta
invariabilidad, adviértese q u e cualquier mutación de las circunstancias forzosamente ha de influir en el actuar. P o r cuanto
la acción siempre aspira a e s t r u c t u r a r f u t u r a situación — f u t u ro, que, a veces, se contrae al inmediato e inminente moment o — vese la misma afectada por t o d o cambio, equivocadam e n t e previsto, en las circunstancias correspondientes al
período c o m p r e n d i d o e n t r e el comienzo de la acción y el último m o m e n t o del plazo q u e se pretendía atender (plazo de
provisión) n . De ahí q u e el efecto de la acción haya siempre
p o r fuerza de ser incierto. El actuar implica especular. Ello
sucede no sólo en la economía de mercado, sino también en el
supuesto del Robinson Crusoe — e l imaginario actor a i s l a d o —
como, asimismo, b a j o una economía socialista. En la imaginaria construcción de un sistema de giro u n i f o r m e nadie es
11
Vid. págs. 713-715.
Ambito y •metodología de la cataláctica
391
ni empresario ni especulador; por el contrario, en la economía
verdadera y f u n c i o n a n t e , cualquiera sea, quien actúa es siempre
empresario y especulador; aquellas personas por las cuales
quienes actúan velan — l o s menores en una sociedad de mercado y las masas en una sociedad socialista—, aun c u a n d o ni
actúan ni especulan, vense afectadas por los resultados de las
especulaciones de los actores.
La economía, al hablar de empresario, no se refiere a gentes
determinadas, sino que alude a específica función. Tal función
en m o d o alguno constituye p a t r i m o n i o exclusivo de específica clase o g r u p o ; integra, por el contrario, circunstancia
típica c i n h e r e n t e al propio actuar y es ejercida por todo aquel
q u e actúa. El plasmar esa repetida f u n c i ó n en una figura imaginaria s u p o n e emplear un recurso metodológico. El t e r m i n o
empresario, tal como la teoría cataláctica lo emplea, significa:
individuo actuante c o n t e m p l a d o exclusivamente a la luz de la
i n c e r t i d u m b r e inherente a t o d a actividad. Al usar de tal térm i n o , nunca debe olvidarse q u e cualquier acción hállase siempre situada en el devenir temporal, por lo cual implica evidente
especulación. Los capitalistas, los t e r r a t e n i e n t e s y los trabajadores, todos ellos, p o r fuerza, son especuladores. El consumidor también especula, al prever anticipadamente sus f u t u r a s
necesidades. M u c h o s errores cabe cometer en esa previsión del
futuro.
Llevemos la imaginaria construcción del empresario p u r o
basta sus últimas consecuencias lógicas. D i c h o empresario no
posee capital alguno; el capital que, para sus actividades empresariales, maneja, se lo han prestado los capitalistas. A n t e
la ley, desde luego, dicho empresario posee, a título dominical,
los diversos m e d i o s de producción que ha a d q u i r i d o con el
aludido préstamo. No es, sin embargo, en verdad, propietario
de nada, ya q u e f r e n t e a su activo existe un pasivo por el mismo i m p o r t e . Si tiene éxito en sus operaciones, suyo será el
correspondiente beneficio n e t o ; si, en cambio, fracasa, la pérdida habrá de ser soportada por los capitalistas prestamistas.
Tal empresario, en realidad, viene a ser como un empleado de
los capitalistas, q u e por cuenta de éstos especula, apropiándose
del ciento por ciento de los beneficios netos, sin responder
392
Í.tí Acción Humana
para nada de las pérdidas, El p l a n t e a m i e n t o sustancialmente
no se varía, ni aun admitiendo q u e una parte del capital fuera
del empresario, q u e se limitaba a t o m a r prestado el resto.
Cualesquiera q u e sean los términos concertados con sus acreedores, éstos han de s o p o r t a r las pérdidas habidas, al m e n o s
en aquella proporción en q u e no puedan ser cubiertas con los
fondos personales del empresario. El capitalista, por tanto,
v i r t u a l m e n t e , es siempre también empresario y especulador;
corre el riesgo de perder sus f o n d o s ; no hay inversión alguna
q u e pueda estimarse totalmente segura.
El campesino autárquico q u e cultiva la tierra, para cubrir
las necesidades de su familia, vese afectado por c u a n t o s cambios registre la feracidad agraria o el c o n j u n t o de las propias
necesidades. En una economía de mercado, ese m i s m o campesino se ve afectado p o r cuantos cambios hagan variar la trascendencia de su explotación agrícola p o r lo q u e al abastecim i e n t o del mercado se refiere. E s , por eso, empresario, aun
en el más vulgar sentido del t e r m i n o . El propietario de medios
de producción, ya sean éstos de índole material o dincraria,
jamás p u e d e independizarse de la i n c e r t i d u m b r e del f u t u r o .
La inversión de d i n e r o o bienes materiales en la producción,
es decir, el hacer provisión para el día de mañana, invariablem e n t e , constituye actividad empresarial.
Para el t r a b a j a d o r , las cosas se plantean de m o d o análogo.
Nace siendo d u e ñ o de d e t e r m i n a d a s habilidades; sus condiciones innatas constituyen medios de producción muy idóneos
para ciertas labores, de m e n o r idoneidad cuando de otras