Subido por Edison Yorbey Marulanda Duque

Byung

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Byung-Chul Han y el budismo zen
como arma anticapitalista
"Bello es el ser sin apetito", escribe Byung-Chul Han en Filosofía del budismo zen, y en
un mundo obeso, que exige ambición a todos sus individuos, con un ejército de ciclistas
inmigrantes para saciar el hambre infinita, esa frase suena revolucionaria. ¿Qué sería del
capitalismo tardío si se nos acaba el apetito, si nos conformamos con lo que somos?
¿Será posible atentar contra el sistema desde el no-hacer?
26 Jul 2019 07:57 am
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ACCESIBILIDAD
El filósofo surcoreano Byung–Chul Han, famoso entre quienes tienen
resueltas sus necesidades básicas pero no sus angustias, lo es justamente
porque describe con certeza y sencillez los motivos que nos tienen en
esta desazón generalizada. Sus diagnósticos y sus libros son como agujas,
breves pero agudas, que pinchan en las heridas que hoy nos hacen
sangrar sin dolor: el declive del deseo, el flagelo de la transparencia o el
auge de la autoexplotación.
Pero hace diecisiete años, antes de convertirse en una estrella de la crítica
cultural –que no usa celular y cultiva flores en un jardín–, Han
escribió un ensayo que si bien no buscaba identificar otro trastorno más
de la sociedad neoliberal, leído desde ahora sí consigue entregar una
respuesta al malestar posmoderno: el budismo zen.
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Filosofía del budismo zen (2002, editado en español por Herder el 2015) no
es, por supuesto, un libro de autoayuda, pero en la desesperación de
estos tiempos desoladores, donde Carmen Tuitera es guía espiritual y no
hay más referentes intelectuales que el Profe Maza, funciona sin quererlo
como tal.
Lo que Han pretendía era dilucidar los conceptos que definen y
diferencian al budismo zen comparándolos con la filosofía occidental de
Platón, Leibniz, Hegel y Heidegger, y aunque lo consigue, el resultado
además es una especie de receta involuntaria contra el tedio, la depresión
y el narcisismo que predominan actualmente.
No se trata de volver a una retórica new age, de disfrazarse de Sting ni de
colgar banderitas en la terraza. Tampoco de ir a un taller de meditación
para obtener más rendimiento laboral. Es justamente lo contrario:
intentar vaciarse de esa lógica occidental que pretende encontrarle una
recompensa o beneficio a cada acción o decisión que tomamos, y
simplemente liberarnos de la economía detrás de nuestros movimientos.
Lee también: El filósofo que se nutre de su jardín
“Bello es el ser sin apetito”, escribe Byung-Chul Han, y en un mundo
obeso, que exige ambición a todos sus individuos, con un ejército de
ciclistas inmigrantes para saciar el hambre infinita, esa frase suena
revolucionaria. ¿Qué sería del capitalismo tardío si se nos acaba el
apetito, si nos conformamos con lo que somos? ¿Será posible atentar
contra el sistema desde el no-hacer? ¿La inacción puede ser una
amenaza?
Eso no se responde en Filosofía del budismo zen, pero de forma indirecta
queda sugerido. Han opone el apetito de trascendencia, quizá el peor
legado del cristianismo —esta incapacidad de soportar la idea de la
muerte y querer sobrevivir a la propia existencia a como dé lugar—, con
la inmanencia, el vivir aquí, experimentando la cotidianeidad, ese mundo
de “hombres y mujeres, de anciano y joven, sartén y olla, gato y
cuchara”.
Algo radical en este frenesí de notificaciones, todos adictos al último
meme, paranoides de los spoilers y nunca satisfechos con el final de
ninguna serie. El budismo zen, en cambio, “se trata de ver lo inusitado
en la repetición de lo acostumbrado”.
La dificultad de asumir este espíritu vacío de apetito, entregado al aquí y
al ahora, es que exige liberarse de lo sagrado, ya sea Cristo en la cruz, una
foto de Felipe Camiroaga o la confianza en el mercado. Incluso al mismo
buda. “Si encontráis a buda, matad a buda”, dijo el maestro Linji. “La
nada del budismo zen”, se lee de mano de Han, “no ofrece cosa alguna
que pueda retenerse, ningún fundamento firme del que podamos
cerciorarnos, nada a lo que pudiéramos agarrarnos. El mundo carece de
fundamento”.
Pero el vacío, por otro lado, permite que el sujeto no sólo esté “en” el
mundo, sino que en el fondo “es” el mundo. Como anota Han: “El
mundo está enteramente ahí, en una flor de ciruelo”.
También se sospecha de la idea del hogar, lo que en el léxico
subdesarrollado se conoce como el sueño de la casa propia, y que
últimamente ha perdido todo relato llamándose solamente inversión
inmobiliaria. Un budista zen no echa raíces —ni bienes raíces— porque
eso sería llamar a la trascendencia, proyectarse a un futuro que no existe.
“Un monje zen ha de ser como las nubes, sin morada fija, y como el
agua, sin apoyo firme”, dice el coreano-alemán. “Ni huésped ni anfitrión;
huésped y anfitrión, sin duda”.
Habiendo fallado las revoluciones, y sin alternativas a la vista que
reemplacen o se opongan a la metástasis imparable del neoliberalismo,
quizá este momento poshistórico, como lo describió Fukuyama, o de nohistoria, pueda ser combatido con el no-ser del budismo zen.
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