Subido por ISRAEL QUEZADA

TEORÍA DEL VALOR Y LA DISTRIBU-CIÓN

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Traducción de
ROSA CUSM1NSKY DE CENDRERO
Teoría del valor y de la distribución
desde Adam Smith
Ideología y teoría económica
por
Maurice Dobb
m
sigo
veintiuno
editores
mixteo
esparta
argewuvi
m
siglo veintiuno editores, sa
AV. CERRO DEL AGUA 2M, UCXICO
70. D.F.
siglo veintiuno de españa editores, sa
EMILIO RÜ11N ?, MADRID‟!!. ESPAÑA
siglo veintiuno argentina editores, sa
AV. CORDOBA 3064. «UÍNOS AIRES.
ARGENTINA
Primera edición en inglés, 1973 © Cambridge Unlversity Press
Tftulo de la edición original: Theories of
valué and dístribution si tice Adam
Smith
Primera edición en castellano, febrero
de 1975
© Siglo XXI Argentina Editores S.A.
en coedición con
Siglo XXI Editores S.A. y
Siglo XXI de España Editores S.A.
Derechos reservados conforme a la ley
Impreso en Argentina Printed in Argen-
tina
ÍNDTCE
PREFACIO A LA EDICIÓN EN ESPAÑOL
RECONOCIMIENTOS
1.
INTRODUCCIÓN: SOBRE LA
IDEOLOGÍA
2.
ADAM SMITH
3.
DAVID RICARDO
4.
LA REACCIÓN CONTRA RICARDO
5.
JOHN STUART MILL
6.
KARL MARX
7.
LA REVOLUCIÓN JEVONIANA
8.
SE REABRE EL DEBATE
9.
UNA DÉCADA DE INTENSA CRÍTICA NOTA AL PUNTO II DEL CAPITULO 9 BIBLIOGRAFÍA
ÍNDICE ANALÍTICO
y al crecimiento, tal como figuran en la
página 293 de la presente edición). Pero
en este particular, como en otros, espero que los futuros lectores agreguen lo
que falta.
Cambridge, Inglaterra, marzo de 1974.
MAURICE DOBB
1. INTRODUCCION: SOBRE LA IDEOLOGIA
I
El debate en torno de la cuestión denominada el elemento “ideoló¬gico” en
la teoría económica (y en general en la
teoría social) ha ido creciendo en los
últimos tiempos. Sería tedioso, al ingresar al mismo en esta etapa, embarcarse
en la genealogía y búsqueda de una de-
finición única y precisa del término. Del
mismo es suficiente decir, por el momento, que si bien guardó una relación
estrecha con. la “falsa conciencia” hegeliana —que sirve para obstruir la visión
que el hombre, tiene de sí mismo y
cíeHus" cctflcíieiónes ^Ie existencia-—
no debe tomarse de inmediato como un
sinónimo de Ta'mísina y aun menos
referirlo en forma exclusiva al elemento
ilusorio efl el pensamiento (como algunos, por cierto, lo han usado). Sin duda
su alusión central se refiere al carácter
de relatividad histórica de las ideas, sea
que éste se considere nada más que un
elemento o aspecto de las mismas o las
caracterice en su inte¬gridad. Pero tal
relatividad histórica puede abarcar a
ambas, per¬cepción interior y parcialidad,1 y esto se deriva quizá de la propia
naturaleza de la situación de manera
tal como para desafiar cual¬quier separación analítica completa. De todos modos, será esta referencia la que tendremos principalmente en cuenta en lo que
sigue. Quizá sea innecesario añadir que
cuando se utiliza la pala¬bra “ideología”
ella debe referirse al total de un sistema
de pensa¬miento o conjunto coordinado
de opiniones e ideas —que forman un
armazón— o a un grupo de un nivel
más alto de conceptos conexos destinados a lograr nociones más específicas y
particula¬
1
Oskar Lange, Political Economy,
ed. en inglés (Varsovia y Londres),
1963, 1. 1, pp. 327-330. En su “Note on
Ideology and Tendencies in Economic
Research”, publicada en International
Social Sciences Journal (unesco), t. xvi,
n9 4, 1964, p. 525, Oskar Lange escribió lo siguiente: "Las influencias ideológicas no siempre conducen a la degeneración apologética de las cien¬cias sociales. Bajo ciertas condiciones pueden
constituir un estímulo para la investigación verdaderamente objetiva”.
14
TEORÍA DEL VALOR Y LA DISTRIBUCIÓN
res, análisis, aplicaciones y conclusiones. Como tal, dicha palabra estará relacionada generalmente con ciertas actividades y políticas, pero no siempre de
una manera simple, obvia o directa; y
para quienes manejan la discusión a un
nivel más alto (o más general) la relación puede no ser siempre plenamente
consciente y aun menos explícita. En
su acepción más general una ideología
cons¬tituye o implica un punto de vista
filosófico, en nuestro contexto presente
una filosofía social, siempre que no se
le atribuya una connotación demasiado
formal o metodológica.
En el campo de la economía política o
de la teoría económica, el papel de la
ideología (y en forma implícita su definición) ha sido tratado de diversas maneras. En primer lugar, ha sido
con¬trastada con la esencia científica
del tema, llegándose a considerar a la
ideología, por implicación, como la mezcla o acrecencia de postulados éticos y
de los llamados “juicios de valor”. De
esta manera resulta un elemento extraño en la que debería ser desig¬nada
como una investigación objetiva y “positiva”, el cual, aunque de manera inevitable invade la forma de pensar sobre
los asuntos prácticos de la mayor parte
de la gente, merece ser purificado por
un análisis más riguroso y definiciones
más precisas. Por lo tanto, la proposición de que en un mercado competitivo
los factores de producción forman su
precio de acuerdo con su productividad
marginal o incremental, se contrapone
algunas veces con la afir¬mación de
que la gente debe ser recompensada de
acuerdo con sus contribuciones a la
producción, y se repudia esto último
como una intrusión no científica; o,
más aún, las teorías respecto de cómo
se determina en los hechos la distribución del ingreso se contrastan con postulados referidos a lo que idealmente
debería ser. Algunas veces, aunque se
conserve en una teoría o en una doctrina este contraste entre el elemento
ideológico y el científico, los límites de
lo ideológico se extienden hasta incluir
otras clases de afirmaciones que las
puramente éticas. Las encontramos,
por ejemplo, con el nombre de proposiciones 2 “metafísicas”, las cuales
a La profesora Joan Robinson ha respondido a la pregunta: “¿Cuáles son los
criterios de una proposición ética en
oposición a los de una propo-sición
científica?„\ con las siguientes palabras:
“Si una proposición ideológica se trata
de manera lógica, puede ocurrir que se
disuelva en chachara carente por completo de sentido, o resulte ser un argumento circular‟'. A estas dos alternativas las identifica la señora Robinson
con proposiciones “metafísicas", las
cuales admite que “no dejan de tener
contenido" y “aunque no pertenez¬can
al ámbito de la ciencia, le son sin embargo necesarias” y, en las ciencias sociales por lo menos han “desempeñado
un papel importante, quizá indisINTRODUCCIÓN: SOBRE LA IDEOLOGIA
15
no tienen cabida apropiada en una teoría científica, puesto que no se las puede testear o desaprobar; sin embargo,
desempeñan un» función: la de persuadir a la gente para que adopte determinadas actitudes y lleve a cabo ciertas
actividades;
Joseph Schumpeter, quien entre los
economistas modernos ha hecho quizá
la más completa y seria contribución al
debate, ha adoptado una actitud más
bien diferente —podría decirse tal vez
menos simplista— con respecto a esta
cuestión.3 Lo que él ha separado con
toda precisión y ha denominado en
forma pertinente, “visión” —la visión,
por ejemplo, de la forma compleja de la
reali¬dad y de la naturaleza de los problemas que confronta la huma¬nidad
en cualquier situación histórica dada—,
es, inevitablemente, ideológica. Por lo
tanto, la ideología "se inserta en el primer plano, dentro del acto cognoscitivo
preanalítico” y con el necesario
co¬mienzo de la teorización penetra . el
material provisto por nuestra visión de
las cosas”; “esta visión es ideológica casi por definición”, puesto que “incorpora
la descripción de las cosas tal como las
vemos”.4 La razón que se aduce para
ello parece ser en menor medida la
perspectiva del acondicionamiento histórico del observador —dado que éste se
encuentra limitado en forma inevi¬table
por el tiempo, el lugar y la posición que
ocupa en la so¬ciedad— que el compromiso emocional que impulsa a los
hombres a formarse imágenes placenteras de sí mismos y de su especié; el hecho es que, “la forma en que vemos las
cosas puede distinguirse con dificultad
de la forma en que deseamos verlas”
(aunque se añade que “para la emergencia eventual de alguna cosa para la
cual se puede reclamar una validez general, cuanto más honesta e
pensable". “Aunque la ideología pueda o
no ser eliminada del mundo del pensamiento de las ciencias sociales, en el
mundo de acción de la vida social es
por cierto indispensable/‟ La noción
clásica del “valor” es considerada por
ella como “una de las grandes ideas metafísicas, en economía". (Joan Robin¬son, Economic Philosophy, Londres, 1964, pp. 7-9. 29 y siguientes.)
Véase también el rechazo de toda la noción clásica (especialmente rtcardiana)
del “valor real" por ser de naturaleza
“metafísica”, en The PoHtical Eiement
in íhe Development of Economic
Theory, de Gunnar Myrdal, traducido
por Paul Streeten. Londres, 1953, pp.
62-65. Por otra parte, véanse los comen¬tarios al respecto de R. L. Meek,
Economics and Ideoiogy and Other Essays. Londres, 1967, pp. 210-215.
3
En forma incidental, Schumpeter
comienza negando que la ideología deba
equipararse a los “juicios de valor", y
dice a este respecto: “Los juicios de valor de un economista revelan con frecuencia su ideología, pero ellos no son
su ideología", History of Economic A
na!y sis, Nueva York y Londres. 1954.
p. 37.
4
Ibid., pp. 41-42.
16
TEORIA DEL VALOR Y LA DISTRIBUCIÓN
ingenua es nuestra visión, más arriesgado resulta"). De aquí, Schumpeter
llega a la conclusión de que, mientras la
“Economía política” y el “Pensamiento
económico” deben en general5 estar
condicionados ideológicamente casi en
forma inevitable, el “aná¬lisis económico” propiamente dicho, puede ser tratado como algo independiente y objetivo;
es decir como un fuerte núcleo de
téc¬nicas e instrumentos formales, gobernados por patrones y reglas suprahistóricos, a fin de ser discutidos y
apreciados en forma in¬dependiente y
con los que se puede componer una
historia sepa¬rada que responda, sin
ambigüedades, a problemas tales como
el de si y “en qué sentido se ha verifica-
do „progreso científico‟ entre Mili y Samuelson‟‟.6
Este punto de vista de Schumpeter, calificado y delimitado como lo está por
numerosas reservas, se vincula con el
punto de vista del análisis económico,
más tosco y más honrado de la “caja de
herramientas” que es (al menos en su
forma moderna) pura¬mente instrumental y que concierne a las técnicas
susceptibles de aplicación a una amplia
variedad de propósitos y situaciones.
Como tal, no tiene interés en los juicios
normativos y no se ocupa de los propósitos específicos a los cuales se aplica,
ya sea para clarificar los problemas de
un monopolio que extrae beneficios, o
los de aquellos otros de los planificadores en una economía socialista. Esta
concepción deí papel que desempeña el
economista puro ha sido promovida,
como es natural, por la moda de plantear las pro-posiciones en economía por
medio de modelos y formas matemá¬ticas, hasta el punto de haber depurado la materia de nociones, elementos o relaciones que no sean susceptibles de ser cualifica¬das y expresadas
en un sistema de ecuaciones.
De este intento de separar la técnica
económica de su pro¬ducto es por cierto adecuado decir simplemente esto: o
bien.c 1
*
La economía política se define
como “determinados principios uní- ficadores (normativos) tales como los
principios del liberalismo económico,
del socialismo, y otros” que conducen a
la defensa de “un conjunto comprensivo de las políticas económicas'*;
al pensamiento económico lo define
como “la suma total de las opiniones y
deseos concernientes a los sujetos económicos, en especial los que se refieren
a la política de! Estado... que, en un
tiempo y lugar determinados, flotan en
la mente del público” (ibíd., p. 38).
*
Ibíd., pp. 38-39. En un tono semejante, el profesor J. J. Spengler ha
afirmado, con confianza, que “cualesquiera que sean los efectos de la ideología, éstos tienden a disminuir de importancia a medida que la economía
madura y alcanza autonomía científica”
(citado por R. V. Eagley, ed. Events,
Ideology and Economic Theory, Detroit,
1968, p. 175).
INTRODUCCIÓN: SOBRE LA IDEOLOGIA
17
“análisis” del cual habla Schumpeter es
una estructura puramente formal, sin
ninguna relación con los problemas
económicos o con conjuntos de interrogantes a los cuales se les está destinando ésa estructura como respuesta (o
como, ayuda para responder) —en cuyo
easo * no constituye un conjunto de*
afirmaciones o proposi¬ciones con contenido económico alguno— o bien se
trata de un sistema lógico diseñado para ser el vehículo de determinadas
afir¬maciones respecto de los fenómenos o actividades económicas. Si se trata de lo primero, no puede en verdad
identificarse con la historia de las teorías económicas, como las que nos ocupan en este trabajo, porque estas teorías, como lo veremos, están muy interesadas en las proposiciones económicas, aunque a un nivel relativamente
general. Si se trata de la segunda de las
alternativas que hemos establecido es
seguro que no puede separarse de las
respuestas a los interrogantes que formula y por lo tanto de la forma real (o
supuesta) de los problemas económicos
que está destinado a tratar; esto, no
obstante lo “rarificada” o abstracta que
pueda llegar a ser la estructura de la
proposición. En este caso es imposible
pretender para ella la “independencia”
del con¬tenido y significado económico
de las proposiciones que están condicionadas ideológicamente (según lo admite el propio Schum¬peter) y por ende
es imposible considerarla como supraideológica. El análisis y la generalización
teóricos se construyen en forma
in¬variable sobre la base de una clasificación en el sentido de utilizar lo que
primero ha sido clasificado como
sus.unidades materiales
o
de cálculo; ¿y qué es la clasificación sino un trazado de límites entre
objetos discretos, que a su vez se derivan del patrón estruc¬tural que uno
entiende (o cree haber descubierto) en
el mundo real? El propio Schumpeter
aclara esto en su misma definición de
“Visión” —“lo que viene primero en
cualquier aventura científi¬ca”— cuando enfatiza que, “antes de embarcarse
en un trabajo analítico de cualquier naturaleza, se debe seleccionar el conjunto de fenómenos que se desea investigar, y adquirir, “intuitivamente” una
noción preliminar de cómo permanecen
éstos cohesionados, o en otras palabras, de lo que desde nuestro punto de
vista parecen ser sus propiedades fundamentales”.7
Decir esto no es negar que se pueda
hacer un estudio sepa¬rado de la teoría
económica sólo en su aspecto analítico,
y hasta una historia escrita de este aspecto per se, considerada como el perfeccionamiento de un aparato técnico
(como se podría escribir
T Schumpeter, History of Economic
Analysis, pp. 561-562.
18
TEORIA DEL VALOR Y LA DISTRIBUCIÓN
la historia de cualquier otra técnica).8
Pero lo dudoso es saber si, en este caso,
podría considerárselo un estudio de
una sección separable y definible de la
misma materia; por ejemplo, como un
conjunto de proposiciones o afirmaciones para cuyo apoyo se ha diseñado el
aparato analítico. Esta sería una cuestión completa¬mente diferente. Debe
admitirse que en un razonamiento puede ser difícil distinguir el análisis, como
instrumento, de la afirma¬ción que se
haga sobre su papel, a partir del uso
particular que del análisis se requiera.
Pero sí es cierto que existe una diferencia —una diferencia crucial— entre la
discusión de la sintaxis de las oraciones
y el contenido de las afirmaciones particulares que se vierten en alguna forma
sintáctica determinada. Lo oue es cuestionable en grado sumo es si, en economía, o en cualquier rama ciegas ciencias sociales» en caso de prestar ¿tención al contenido economico de una
Teoría como algo distinto de su armazón analí¬tica, cualquier parte de la
misma puede preservar la independencia y la neutralidad reclamadas (y con
alguna razón) para el análisis formal
mismo.» Dicho contenido debe consistir
en algún tino de afirmación respecto de
la forma y funcionamiento del proceso
económico real, no obstante lo particularizada o generalizada que pretenda
ser la afirmación. Así debe ser, con toda
seguridad, a
*
Presumiblemente involucraría lo
concerniente a problemas referidos a la
época y a la ocasión en que por primera
vez se empleó el cálculo dife¬rencial
como expresión de las proposiciones
económicas y quizá a la discu¬sión sobre su idoneidad para ciertos usos y su
falta de la misma para otros;
lo
mismo pasaría con el uso de las
“ecuaciones en diferencias1‟, distintas
de las ecuaciones diferenciales o del
álgebra de matrices; quizá también el
con¬cepto de elasticidad y la geometría
de ciertos tipos de curvas y los tipos de
teorías para los cuales son relevantes.
Pero se debe recordar que implícitos en
las técnicas pueden existir ciertos
axiomas que ocultan un enfoque filo-
sófico determinado. (Véase la nota 11.)
“ Existe, sin embargo, el punto de vista
que ha sido expresado por ejemplo por
el profesor F. A. Hayek, de que las proposiciones de la teoría económica tienen
un carácter universal, y necesario afín
al de las “proposi¬ciones sintéticas a
priorí'; los objetos que constituyen la
materia de estudio de las ciencias sociales “no son hechos físicos” sino entidades '„constituidas‟‟ a partir de categorías de nuestras propias mentes. Puesto
que los principios o leyes económicas
no son reglas empíricas, se presume
que tienen, de acuerdo con este punto
de vista, tanto independencia como
neutralidad, lo mismo en su contenido
que en su forma. Véase la cita y comentarios sobre este punto de vista en mi
libro Stlidies in the Development of Capitalism, Londres, 1946, p. 27, nota 2.
Quizá fue algo parecido a esto lo que
Marshall tenía en su pensamiento
cuando hablaba (en relación con la base teórica del comercio libre) de las
“verdades económicas tan ciertas como
las de la geometría”. Official Papers por
Alfred Marshall, Londres, 1926, p. 388.
cialmente, la “visión” ~deP Schumpeter,
pofUlie la afirmación que la teoría venera como -cuadro", o mapa”, es por entero dependiente v relativa a dicha "visión”,10 y esta última —como Schumpeter mismo lo subraya con inteligencia— es siempre relativa a una época
particular y a un lugar social en el proceso de la historia. Ningún examen de
la „Teoría económica,~y aun menos un
examen histórico de los siste¬mas de
teorías, parece; justificable si niega o
ignora esta relatividad. Un “modelo”
matemático puede ser (e inter alia debe
ser) exami- nado en su aspecto puramente formal, como una estructura
con¬sistente. Al mismo tiempo, qua que
teoría económica, su misma estructura
es relevante para la afirmación que está
haciendo de la realidad, es decir, relevante para su poder diagnóstico. Cuando se elige una estructura con preferencia a otra, el constructor del mo¬delo
no sólo está proveyendo un andamiaje o
armazón dentro del cuaT puede funcionar el pensamiento humano, sino también enfa¬tizando determinados factores v relaciones y excluyendo otros o.
arro lando los a las sombras;11 al haINTRODUCCIÓN: SOBRE LA IDEOLO- cerlo así, puede juzgársele como que
GIA
está distorsionando o iluminando la
19
realidad y. por lo tanto" permitiéndose
menos que se haga referencia a alguna dar una base falsa o una base válida
tierra enteramente imagi¬naria del Cat- para la inter^ pretación y la predicción,
hay.. Aquí parece aplicable el símil de
aunoue quizá sea más probable que
un cuadro o de un mapa, y no va el de ilu¬mine algunos rincones o facetas de
la herramienta o instrumento. Dentro
la realidad, o determinadas situaciones
de su disposición, debe incluirse, esen- que resaltan, ai mismo tiempo que va
oscureciendo u ocultando otras totalmente. Con ello no se quiere decir, por
su¬puesto, que cualquiera de estas distorsiones o parcialidades formen parte
de la intención consciente del constructor del modelo, quien puede, por cierto,
naber elegido su conformación por razones pu¬ramente formales por considerarlo intelectualmente ingeniosoo estéticamente placentero. Pero en el prado
en que él esté influido —por sus implicaciones económicas—-, es decir, en la
medida _cn que esté tratando de ser un
economista— la conformación y pro¬
10
Se podría suponer, por cierto, que
esto fue lo que Schumpeter quiso significar con la afirmación que hemos citado, en cuanto a que la ideología “se inserta en el primer plano, dentro del acto
cognoscitivo preañalítico", a
lo
cual se añade: „„El trabajo analítico comienza con el material provisto por
nuestra visión de las cosas, y esta visión es ideológica casi por definición",
History of Economic Analysis, p. 42.
11
Aun la elección de las técnicas
puede no estar desprovista de una implicación material (por ejemplo, la continuidad).
20
TEORIA DEL VALOR Y LA DISTRIBUCIÓN
yección del modelo estarán influidas
por su visión del proceso económico, y
por las condiciones histórico-sociaies
que coniormán ^ limitan su cuadro
mental de la realidad social, cuales-
quiera que ellas sean.
Sin embargo, si algunas proposiciones
económicas, de cual¬quier modo aquellas de mayor nivel general, son susceptibles de expresión en forma puramente
matemática, parecería como que el
“cuadro” de la realidad económica que
ellas engloban debiera tener un carácter demasiado abstracto como para ser
afectado por in-' fluencias "ideológicas”
en algún grado observable y aun menos
para llevar consigo cualquier prejuicio o
parcialidad particulares. De aquí que el
contenido de la proposición, así como
su forma, podrían entonces ser calificados de “ideológicamente neutrales” y
“suprahistóricos” en un grado tan alto
que, por lo menos en lo que respecta a
cualquier elemento históricamente relativo, en su construcción no importara y
se justificara el ignorarlo. Se ha dicho
con frecuencia que un sistema de ecuaciones simultáneas no conlleva per se
implicaciones causales. Todo lo que dicho sistema hace es describir una situación como un conjunto de interrelaciones; es decir, una situación compuesta por un grupo de elementos inter¬namente relacionados y tratados en
forma aislada —hablando en términos
comparativos— de lo que se encuentra
fuera del mismo, por lo menos en la
medida en que no interactúen con esto
último. Pero no hace nada más que esto.
No obstante, una descripción de este
tipo no alcanza a ser una explicación en
el sentido de pintar la situación como
un pro¬ceso económico que funciona de
una determinada manera y so¬bre el
cual existe la posibilidad de actuar y de
influir.12 Para este propósito el sistema
de ecuaciones debe ser planteado para
decir¬nos algo más; y este “algo más”
en forma casi inevitable tiene una forma causal, ya se trate de una interacción compleja recíproca de un conjunto
de variables o del tipo más simple de
eslabona¬miento causal unidireccional.13 Esto se hace, en realidad, en
forma
11
En este contexto no podemos olvidar la afirmación de Wittgenstein: “En
la vida... utilizamos las proposiciones
matemáticas sólo con el fin de deducir,
de las proposiciones que no pertenecen
a las matemáticas, otras que igualmente no pertenecen a las matemáticas*'.
Tractatus logico-phtlosophicus, Londres, 1922, p. 169.
11
Se ha afirmado que “la formulación de relaciones causales, en
tér¬minos de interdependencia funcional, es precisamente la meta de las
ciencias más avanzadas, las cuales han
ido más allá de los conceptos imprecisos de causa y efecto”, T. W. Hutchinson, The Significance and Basic Postiilates
INTRODUCCIÓN: SOBRE LA IDEOLOGIA
muy común, aun con lo que los legos
pretenden que son sistemas puramente
formales descriptos en una catena de
interrelaciones y nada más; es decir, se
asume un. orden de determinación tan
prontase discurre que algunas de-las
variables son de determinación exógena
desde fuera del sistema, o bien se las
considere como constantes, y de allí se
especifiquen como data (implícitos o
ex¬plícitos) y los demás como dependientes de las relaciones internas del
sistema o como las incógnitas que esperan solución.14 Esto es verdad, por
cierto, en el sistema walrasiano de equilibrio general, a pesar de las aseveraciones (o por lo menos implicaciones)
que algunas veces se hicieron en contrario. El mismo Walras, como lo veremos después, no dejaba de hablar de
“fuerzas [que] son la causa y las condiciones primarias de la variación de los
precios”, o de los precios de los servicios productivos, “determinados en el
mercado de productos”.'11 En el caso
de aquellos “modelos" diná¬
of Economic Theory, Londres, 1938, p.
71. Por otra parte, Mario Bunge ha dicho que “el descubrimiento de las interacciones no agota siempre, necesariamente, los problemas de determinación, a menos que esté en juego una
simetría extrema" y que, por ejemplo,
“la interpretación usual de la mecá-nica
cuántica no barre con las causas y los
efectos, sino con los nexos cau¬sales
rígidos entre unas y otros” (la llamada
indeterminación cuántica" es “una consecuencia de la hipótesis idealista inherente al positivismo moder¬no”). Se
agrega que “una interpretación causal
de una fórmula matemá¬tica ... no per-
tenece a los símbolos matemáticos sino
al sistema de relaciones que vinculan
los signos con las entidades de la física,
la química, la biolo¬gía ... de las cuales
se trate. Algunas veces tal interpretación no se expresa en forma explícita
sino que se da por conocida”. Mario
Bunge, CausaÜiy, Cambridge, Massachusetts, 1959, pp. 14, 76-77, 164.
14
Véase F. Zeuthen, Economic
Theory and Method, Londres, 1955, p.
23: “Si tenemos una ciencia económica
especial es porque existe una conexión
particularmente intensa dentro del
círculo de fenómenos que se denominan
económicos, de tal manera que en una
gran parte det trabajo de investigación
éstos pueden ser considerados, con
ventaja, como variables mutuamente
interdependientes, en tanto que una
serie de otros fenómenos... son influidos en menor medida por los fenómenos económicos y. por lo tanto, con una
muy buena aproximación pueden ser
tomados como datos". Véase también la
obra del profesor Gautam Mathur, a
quien le ha preocu-pado con toda razón
enfatizar la incorrección de afirmar que
“en un sistema de equilibrio no existen
relaciones causales, puesto que tal situación se des¬cribe por un conjunto
de ecuaciones simultáneas". Ésta es
una interpretación incorrecta porque
“cada ecuación que describe una relación económica tiene uno o dos signos
direccionales, que omitimos al escribir,
pero que no deben perderse de vista
cuando analizamos la solución de ecua-
ciones simultáneas'', Planning for
Síeady Growth. Oxford, 1965, p. 70.
li
L. Walras, Elements of Puré Economics, ed. W. Jaffé, Londres, 1954,
pp. 146-148, 422. R. Benzel y B. Hansen, en su trabajo titulado “On Recursiveness and Interdependency in Economic Models", Review of
22
TEORIA DEL VALOR Y LA DISTRIBUCIÓN
micos que han desempeñado un papel
tan importante en las teorías modernas
del crecimiento, el sistema de interrelaciones se inter¬preta de tal forma, que
describe la interacción entre variables
como si fueran de un tipo particular y
con una dirección determinada: esto es
de considerable significación para la
estabilidad o inesta¬bilidad del equilibrio al cual tiende el sistema. La interpretación particular, que da a la teoría
su carácter esencial y sus implica¬ciones prácticas, se deriva de la introducción de hipótesis adicio¬nales
(algunas veces imputando valores particulares a variables particulares) que no
formaban parte del esquema en su forma pura. Además, la simple definición
de lo que es la esfera propia de las interrelaciones relevantes (y de allí los
límites del sistema teórico) puede ser
crucial como veremos luego; es decir,
crucial en la distinción de las formas
diferentes de localizar las influencias
determinantes.
Asociada a la noción de teoría económi-
ca como estructura puramente formal,
qua teoría del equilibrio general, está la
del papel “conciliatorio” de dicho análisis económico generalizado, con respecto a las teorías rivales y opuestas (y
menos generales) que antes agitaban a
las escuelas contrarias. Este es un punto de vista del cu a) se ha oído hablar
mucho en los últimos tiempos, al menos en ciertos círculos, y está evidentemente emparentado con cualquier
examen crítico de la historia del pensamiento económico.
Economic Studies, t. xxiii, 1954-1955,
p. 153 y ss., han argumentado que la
evidente “interdependencia” (solamente)
de un sistema walrasiano, “surge sólo
porque el sistema es de equilibrio estático” y “un sistema de equilibrio estático
sólo expresa las condiciones para que
un sistema dinámico no espe¬cificado
esté en equilibrio, es decir, se repíta".
Dicho sistema “es un modelo derivado.
... Los supuestos del equilibrio estático
a lo sumo pueden ser hipó¬tesis especiales y nunca pueden ser aceptadas
como argumento genera! justi¬ficativo
de la interdependencia", pp. 160-161.
Véase también J. L. Simón, “The Concept of Casuality in Economics”, en Kyklos, t. xxiii, 1970, fase. 2, pp. 226-244,
quien dice en forma incidental que “en
economía, una afirma¬ción que se deduce de, es compatible con, y se relaciona lógicamente dentro del marco general de la economía sistemática, es
mucho más susceptible de ser considerada causal que una proposición que se
erige sola, sin relacio¬nes lógicas con el
cuerpo de la teoría económica. Esto se
debe a que, al relacionarse con las teorías, ellas le prestan apoyo para que se
entienda que ias condiciones laterales,
necesarias para que la afirmación se
mantenga verdadera, no son restrictivas
y que no es grande la probabilidad de
encon¬trar “correlaciones espurias”, p.
241. En forma análoga, P. W, Bridgeman, en su libro The Logic of Modern
Physics, Nueva York, 1928, habla del
“concepto de causalidad" como de un
“concepto relativo, pues involucra a todo el sistema en el cual tienen lugar los
eventos” y aplicable “a subgrupos de
eventos seleccionados del total de todos
los eventos**, pp. 83-91.
INTRODUCCION: SOBRE LA IDEOLOGIA
23
Un ejemplo de ello es el de los intentos
hechos, poco después de la aparición de
í'a General Theory de Keynes, para poner de ma¬nifiesto que las diferencias
de. énfasis .y de conclusiones entre la
doctrina keynesiana y la prekeynesiana
dependen de valores o “formas” distintas, implícitamente supuestas para
ciertos paráme¬tros o para relaciones
funcionales generalizadas (y en algunos
casos supuestos implícitos de independencia). Así pues, la teoría general de la
General Theory debería representar a
las doctrinas contendientes como casos
especiales de la forma más comprensiva y “verdadera” de la proposición. Sin
embargo, lo que la “conciliación” parece
haber significado en este caso fue poco
más que la afirmación según la cual
una clase de mecanismo caracteri¬zaba
a un tipo de situación y otra clase de
mecanismo era apro¬piada para una
situación diferente (por ejemplo, donde
algún factor especial “que expansiona”
es suficiente para mantener el pleno
empleo y/o la capacidad plena en funcionamiento). Quizá un ejemplo más
pertinente es la sugestión, de la cual se
ha oído hablar hace poco (como consecuencia del renovado interés por el enfoque clásico), con el fin de demostrar
que no existe oposición real entre las
que habían sido, por tradición, teorías
rivales del valor, las de Ricardo y Marx,
por una parte, y la de Jevons y la escuela austríaca, por la otra; o sea que,
en cualquier sistema de ecuaciones del
equilibrio general (del tipo walrasiano,
por ejem¬plo) habrán de incluirse tanto
las cantidades del gasto en mano de
obra como las razones de sustitución
del consumidor (o utili¬dades marginales) y, con una interpretación adecuada,
se puede enfatizar la influencia determinante, ya sea de una o de otra.1” De
18
Véase la proposición de Leif
Johansen en ”Marxism and Mathe- matical Economics”, en Monthly Review,
Nueva York, enero 1963, p. 588: “Para
los bienes que pueden ser reproducidos
en cualquier escala... es muy fácil demostrar que un modelo completo deja
aún lugar a que la teoría del valortrabajo determine los precios, aun
cuando se acepte una teoría de la utilidad marginal de la conducta del consumidor”; véase también su elabo¬ración de este punto en su ensayo
“Some Observations on Labour Theory
of Valué and Marginal Utilities”, en
Economics of Planning, t. m, n9 2, setiem¬bre 1963, pp. 89 y ss. (de donde
se cita el párrafo tomado del Monthly
Re¬view). La implantación aquí es la de
que ambas cantidades, de mano de
obra y de utilidades marginales, entran
dentro de las ecuaciones definitorias del
equilibrio. Pero debé hacerse notar que
el profesor Johansen enfatiza la dife¬rencia según la cual en tanto los
precios se vinculan con los gastos de
mano de obra (siendo por lo tanto proporcionales cuando las composiciones
de capital son iguales), “las funciones
de la utilidad marginal interactúan con
los precios... solamente al determinar
las cantidades de las diferentes
mer¬cancías a ser producidas y consumidas".
crara alguna restricción a los límites de
la materia a estudiar en comparación
con aquellos más generosamente deli¬neados por los pioneros clásicos, esto
sería algo digno de aplau¬dirse y no de
deplorarse: a lo sumo tendría que ser
considerado como un costo bien compensado por la ganancia resultante en
cuanto al rigor científico.
Todo lo que se puede decir en forma
breve, creo, respecto de tal cuerpo supuestamente “neutral”, es que cuando
se lo for¬mula y analiza con cuidado se
descubre que está extremadamente
desprovisto de contenido fáctico; es decir, su aparente neutralidad se debe a
que contiene muy poco en lo que se refiere. a una afir¬mación real acerca de
las situaciones o procesos económicos y
sus conductas, tan poco, quizá, como
para despertar serias dudas con respecto a su derecho a ingresar de cualquier
manera dentro del rango de una teoría
económica, en el sentido de una teoría
que explique la acción y la conducta
social. Para ser calificado como teoría
24
ese cuerpo debe estar estructurado en
TEORIA DEL VALOR Y LA DISTRIBUforma tal, que de-muestre cómo están
CIÓN
determinados ciertos resultados o evenesta manera, la formalización creciente tos; y un sistema de equilibrio, definido
de la materia se identificó con una cre- en términos de un conjunto de equivaciente neutralización de la influencia
lencias o identidades, puede llegar a ser
ideológica y para ejemplificar el progre- nada más que una serie de tautoloso científico se sostuvo el argumento
gías.17
que Schumpeter buscaba encontrar en Cuestionar el status de un cuerpo de
el examen histórico de la mar¬cha del
teoría de este tipo, apa-rentemente neuanálisis económico per se. Si este pro- tral, no equivale a negar la existencia de
greso en las técnicas analíticas involu- ciertas generalizaciones de alto nivel
que se aplican a una variedad de situaciones económicas, incluyendo hasta
situaciones pertenecientes a diferentes
sistemas institucionales. Los escritores
marxistas siem¬pre han admitido, por
ejemplo, que existen proposiciones gene¬rales, y aun “leyes” que se aplican a
todos los modos de produc¬ción o sistemas socioeconómicos, o en alguna
forma a todos los sistemas que incorporan una característica común, tal como
la producción de mercancías para la
venta en un mercado, y de ahí
17
Como lo ha demostrado, por
ejemplo, el doctor L. Pasinetti, que ->on
las teorías del beneficio del tipo de las
de Irvíng Fisher (en términos de "una
tasa de retribución al capital”). En Economic Journal, t. xxtx, n*? 315. setiembre de 1969, pp. 508 y ss., y especialmente en las pp. 511, 525 y 529.
INTRODUCCIÓN: SOBRE LA IDEOLOGIA
25
alguna forma de división del trabajo y
del cambio.18 Además» para tomar un
ejemplo ‟dé‟los modernos “modelos de
crecimiento" (el modelo de von Neumann, p.or ejemplo )„ existen ciertas
interrela- ciones-entre cantidades en el
crecimiento económico, que se
apli¬carán a cualquier sistema económico, dado solamente un mínimo de
supuestos comunes en cuanto a los
precios y a la flexibilidad de los mismos,
a las posibilidades técnicas y a las elasticidades de oferta. Pero no se deduce
de manera alguna que estas interrela¬ciones consistan simplemente en
proposiciones analíticas con refe¬rencia
a un equilibrio (indefinido) de variables
interrelacionadas: si así fuera, como
hemos visto, su significación para la
práctica sería muy trivial, y con toda
probabilidad podrían ser ignoradas,
aun como armazón, para afirmaciones
más concretas, sin mayor pérdida de
inspiración. Por cierto que una restricción de este tipo no se aplica a la clase
de proposiciones generales a las cuales
nos estábamos refiriendo, en torno a
situaciones de cambio o a rela¬ciones
estructurales en el crecimiento, lo cual
no impide hablar en términos causales
respecto de los factores que afectan a
los precios relativos de equilibrio o de
las influencias condicionantes sobre el
proceso de crecimiento.
Una vez más debe subrayarse, quizá,
para evitar cualquier posibilidad de
equivocación, qué no se trata en manera alguna de negar un lugar en la teoría
económica a las proposiciones de interdependencia compleja, mutua o recíproca, sumadas a las pro¬posiciones
más familiares de causalidad simple y
directa del tipo de “dado A, se deduce
que B” o “A es una condición necesaria
\ suficiente para que ocurra B”. La
cuestión es que (como lo hemos ya subrayado) estas proposiciones, en la, medida en que definen la naturaleza de la
interdependencia, hablan de la forma y
1S
Oskar Lange, por ejemplo, en su
Political Economy, t. r, Varsovia, 1963,
después de distinguir “las leyes técnicas
y del equilibrio de la produc¬ción” de
“las leyes de la conducta humana” y de
“las leyes de acción recí¬proca de las
acciones humanas”, y luego de señalar
que las primeras de éstas tienen “la
más amplia aplicación en la historia",
habla de las “leyes econó¬micas comunes” que se aplican a “las diferentes
formaciones sociales”, ade¬más de las
“leyes específicas de la economía de una
formación social determinada” (íbíd.,
pp. 58-68); a este respecto cita el postcriptum de Engels al t. tu de El capital,
donde se afirma que, puesto que “el intercambio de mercancías aparece en el
período anterior al de la historia escrita", "la ley
del valor reinó en forma suprema durante un período que duró entre cinco
y siete mil años”. Véase también la carta de Marx a Kugelmann del 11 de
julio de 1868.
26
TEORIA DEL VALOR Y LA DISTRIBUCIÓN
diseño de las situaciones y procesos
reales, con lo cual dependen, en algún
grado, por lo menos de la “visión'‟ de
estos últimos, y de ninguna manera son
puramente formales o a prior i. Es bastante curioso que lo que hemos dicho se
aplique a gran parte del aná¬lisis puro
subyacente en la teoría de la “optimización” (con sus afiliaciones a la economía
normativa, como veremos en un
mo¬mento), así también como a las
proposiciones del equilibrio gene¬ral del
tipo walrasiano.
Por ejemplo, tómese cualquier proposición de que ciertas variables están interrelacionadas, tal como la simple
afirmación de que el nivel actual de la
producción, la tasa de crecimiento de la
misma y la cantidad de los insumos de
mano de obra, en el siste¬ma, son interdependientes. Es verdad que esta
afirmación no implica la dirección de la
dependencia, la cual es por entero recí¬proca. Pero tan pronto como se introduce el supuesto según el cual (por
postulación o por conocimiento de cuál
es la situación general o “encuadre” del
problema) dos cantidades cualesquiera
de nuestro ejemplo deben ser tomadas
como dadas, en el sentido de ser tratadas como variables independientes (o
exógenamente determinadas), se deducirá, como es natural, que la otra queda
ipso jacto determinada (es decir, se
convierte en la variable depen¬diente).
Por lo tanto, si en una fecha cualquiera,
la fuerza de trabajo se toma como un
factor dado, como un rasgo de la situa¬ción demográfica (juntamente con
el imperativo político de su plena ocupación), para cada nivel dado de producto final circuns-tante habrá una
cierta tasa de crecimiento que es la máxima posible; de tal manera que si,
además, se toma como necesario un
determinado nivel de producto (como
un dato histórico o debido a que se hace menester para un cierto nivel mínimo de salarios reales o de consumo)
entonces queda determinada como resultan¬te la máxima tasa factible de
crecimiento. Si, añadiendo una cuarta
variable a la situación, en forma de
elección entre métodos alter¬nativos de
producción (o técnicas) se postula una
tasa de creci¬miento dada (como el objetivo político factible) de una economía
planificada, resulta entonces que existe
una determinada elección óptima de los
métodos de producción, en el sentido de
que uno de ellos maximizará el nivel de
la producción (y por ello del consu¬mo),
en forma consistente con el mantenimiento del objetivo perseguido (o en
forma alternativa, la de maximizar la
tasa de crecimiento que sea posible con
cualquier nivel dado de consumo | corriente). Por lo tanto, una transición
desde una simple proposi- \ ción de
dependencia mutua a un teorema de la
optimización re¬
sición se hace (o se comienza, por lo
menos) tan pronto como uno llena el
cuadro cüil Algunos "fgggOs adicionales
de una situación real. Al haceríoT* quedan implicados, de inmediato, ciertos
indicadores de la direc¬ción de la dependencia T.n qnpi ps más aún, este
“relleno del cuadro7‟ puede hacerse casi
en forma inconsciente y, por lo tanto,
no ser explícito, debido a que la mente
numana puede pensar en situa¬ciones
de jiiLeyritlnd,:"aiin¿T'Ere tenga, la intención de abstraer de ellas, sólo ciertos
rasgos v tratarlos aisladamente. Es así
como las diferen¬cias en la descripción
de una situación total deppndipnte de
dife¬rencias de “visión” y de perspectiva, pueden ser cruciales.
Hemos estado hablando de la teoría
económica que describe la estructura y
el funcionamiento de una sociedad de
cambio, sub¬rayando en particular,
cómo explica la teoría la .forma de inINTRODUCCIÓN: SOBRE LA IDEOLO- ter¬dependencia de las diferencias de
GÍA
precios y de mercados.. No es necesario
27
que se diga que ésta es una base esenquiere, por una parte, la postulación de cial para la polí¬tica, al disponer lo que
algún objetivo normativo / (la “función se puede y lo que no se puede hacer, y
objetiva”) y, por la otra alguna limitacon qué instrumentos puede perseguirción (o limi- I taciones), como un rasgo se este o aquel objetivo. Pero las teorías
aceptado de las situaciones presentes, ' del equilibrio per se ofrecen escasa
como-pueden serlo los recursos econó- orientación acerca de cuál política objemicos dados, a disposición de la protiva debiera perseguirse entre la varieducción (puesto que sin una limitación dad de alternativas posibles; y, evidende los mismos no sería el caso de ecotemente, las alternativas existen, a penomizar su uso y no habría problema
sar del determinismo implícito en la
econó¬mico a resolver).
postulación de los econo-mistas, según
El punto esencial aquí es que esta tran- la cual existen “leyes económicas”. Esta
preocupa¬ción por los fines de la política y los medios disponibles para alcanzarlos representa en economía la tradición normativa, de la que han tendido a
rehuir los positivistas, por ser un elemento extraño y una intrusión en la
teoría económica, qua disciplina
cien¬tífica, a la cual conciernen (se dice) las afirmaciones positivas respecto
de lo que es y no de lo que debería ser.
No obstante, en las últimas décadas ha
demandado un respeto y atención crecien¬tes, sin duda, como respuesta a la
presión cada vez mayor de los problemas relacionados con la intervención
conscientemente dise–ada, del Estado
en la esfera económica y aun más hoy
día con la planificación de la economía
como un todo. Por cierto que el desarrollo actual de la teoría, los elementos
“positivos” y los “ñor28
TEORIA DEL VALOR Y LA DISTRIBUCIÓN
mativos” han resultado difíciles de separar y han tendido a fusio¬narse cada
vez más. Además, el progreso en esta
dirección se ha registrado en la esfera
de las técnicas de análisis altamente
forma¬lizadas.10 Esto ha tomado la
forma de utilización de métodos de manejo de los llamados “problema.* extremos” para prescribir las condiciones
necesarias a la maximización de cualquier cantidad económica que se tome
como “la función objetiva”. Para la
elec¬ción de esta última, la técnica de
maximizar per se, es por supuesto neutral; pero su interpretación económica y
sus implicaciones em¬píricas serán
crucialmente afectadas con ello. Aquí,
en la elección y uso del factor de maximización está claro que existe abundante lugar para aquellas influencias
ideológicas que según hemos dicho se
introducen y ello en forma decisiva.
n
En la propia historia del pensamiento
económico, considerado en su totalidad,
existen abundantes evidencias del
acondicionamiento histórico de la teoría
económica, tratado como un sistema
más
o
menos integrado, en cualquiera
de las épocas, como procurare¬mos
demostrar más adelante. Como se trata
esencialmente de una ciencia aplicada,
vinculada muy de cerca con los juicios
y valo¬raciones de los sistemas y políticas reales, esto no es muy sorpren¬dente y lo podría ser más, por
cierto, si no se encontraran vesti¬gios
de tal acondicionamiento social. Además, esto es verdad aún con respecto al
pensamiento económico más abstracto
y a los sis¬temas más formalizados, los
cuales, el examinarlos, resultan estar
hablando con asombrosa inmediatez de
la realidad económica, y
19
Un escritor húngaro al referirse al
modelo de Von Neumann f„que no es un
modelo de optimización sino un modelo
de equilibrio'*) y al mo¬delo de Leontief
(el cual es "además de una estructura
descriptiva, una cau¬sal"), afirma que
“en realidad, los miembros individuales
de este grupo de modelos pueden —
independientemente de su estructura
original— ser del mismo modo interpretados como de equilibrio descriptivocausal o modelos de optimización teleológica. Entre estos aspectos no existe
contradicción alguna". En la programación lineal la conexión se toma explícita
en “la interrelación entre el programa
de actividad óptima y los precios sombra que le corresponde", como soluciones primordiales y duales del problema.
A. Bródy, en “The Dual Concept of the
Economy in Marx*s Capital”, en Acta
Oeconomica, Budapest, t. n, fase. 4,
1967, p. 311.
que colorea la visión de determinados
pensadores. Lo que sí puede negarse,
creo, es que sea éste el único o principal modo de acon¬dicionamiento. ¿e
podría hablar de ello, en verdad, como
de la forma menos interreante pn_que
las relaciones sociales condicio¬nan al
pensamiento, frlás fundamental, aunque quiza más difícil de identificar en
casos particulares, es la medida en que
éste^s moldeado por los problemas que
surgen aesoe un contexto social circunstanciado.20 Este contexto en sí
mismo es una mezcla com- pleja y una
interacción de ideas y sistemas de pensamiento acep¬tados (que más probable
que improbablemente consten, en parte, de elementos metafísicos y de hipóINTRODUCCIÓN: SOBRE LA IDEOLO- tesis no testeadas y contribuyen mucho
GIA
a que se ejerza una parcialidad conser29
vadora innata) y de los problemas que
nan ejercido considerable influencia (si presentan los acontecimientos corriense los analiza a fondo) sobre la política tes y las situaciones prácticas. Por lo
real; Ello suscita la cuestión de cómo y tanto, la generalización y la práctica
por qué debe ser así, es decir, en cuan- corriente aceptadas se confrontan una
to a la manera y modos de este acondi- a otra de continuo. Pero en esta concionamiento social e histórico dél' pen- frontación sería erróneo concebir algo
samiento abstracto.
denominado “prác¬tica”, engendrada en
No se desearía negar que el tipo de fac- forma independiente y anímica como
tor subjetivo al cual alude Schumpeter formu- ladora de problemas que el pen(los sentimientos emocionales, los desamiento habría de contemplar como
seos, las creencias) es parte de la expli- observador pasivo. Siempre existe un
cación y que, puesto que los ecoelemento subjetivo en la marcha del
no¬mistas están sujetos a las debilida- conocimiento, no sólo en el sentido de
des usuales de la carne y del espíritu
que la acción y la experimentación
humano, se lo ha de encontrar en mu- desempeñan un papel crucial, sino
chos, si no en la mayor parte de los ca- también
sos, como un importante ingrediente
a* Véase Gunnar Myrdal: “Rara vez, o
nunca, el desarrollo de la eco¬nomía ha
iluminado, con su propia fuerza, el camino de las nuevas perspec¬tivas. La
clave para la reorientación continua de
nuestra labor ha llegado normalmente
de la esfera de la política”, en Asian
Dramma, Londres, 1968, t. t, p. 9. “Los
científicos sociales están en una posición poco común, puesto que los objetivos de sus estudios y de sus propias
actividades se encuentran dentro del
mismo contexto. Por el hecho de que
estos estudios en sí mismos sean actividades socialmente condicionadas...
(los economistas) han tratado de continuo de elevar sus investigaciones por
encima del contexto social para colocarlas en un ámbito supuestamente „objetivo‟... Este intento hace que los economistas sean Ingenuamente inocentes de
sus propias determinantes sociales”
(ibid., t. ni, apéndice 3, p. 1941).
pues, el punto de partida de nuevos
pensamientos, la formación de nue¬vos
conceptos y de nuevas teorías y, en esta
medida, las últimas siempre tienen relación con un contexto histórico particular. Estos conceptos e ideas representan en parte un comentario sobre
una interpretación de la situación objetiva desde la perspectiva parti¬cular en
la cual se la ve; o una "reflexión”, si se
prefiere utilizar dicho símil en forma
pasiva. Pero como las ideas y los conceptos heredados, al funcionar como
medio refractario, afectan esta
pers¬pectiva y la visión resultante de
esta situación, las ideas nuevas son
siempre, al- mismo tiempo, una crítica
de las antiguas, que forman la herencia
del pensamiento; de aquí, pues, que
estas ideas por necesidad se configuran, en parte, por la relación antitética
en la cual se encuentran con respecto a
las antiguas, así también como por
30
afirmaciones empíricas sobre la realiTEORIA DEL VALOR Y LA DISTRIBUdad. Por esta razón, es que el debate en
CIÓN
cuanto a si las ideas tienen una geneaporque éstas van precedidas y configu- logía propia o, por el contrario, han de
radas por la.formación de conceptos.
reflejar siempre la realidad objetiva del
Los problemas corrientes constituyen
momento, es propenso a ser tan insatisalgo creado- tanto por la acción huma- factorio y frus¬trante. Sin embargo, lo
na, inspiradora del pensamiento con
que aquí por lo común se pasa por alto,
respecto a una situación existente, co- es que, en la medida en que las ideas se
mo por la propia situación objetiva da- van confrontando con los problemas, y
da (pero cambiante); y en este sentido
los problemas se formulan (ya sea en
puede decirse que represen¬tan de con- forma im¬plícita o explícita, y si no ditinuo, en diversos grados, una contra- recta por lo menos indirectamente) con
dicción entre am¬bas. Los problemas
referencia a la actividad potencial, el
que surgen de esta forma constituyen, proceso de crítica y desarrollo es difícil
que deje de estar influido por el milieu
social (o punto de referencia dentro del
complejo de las relaciones socia¬les) del
individuo o “escuela”, de quienes hacen
la formulación. La acción social o económica puede sólo concebirse teniendo
en el pensamiento por lo menos algún
tema, sea institución, persona, grupo
social, clase u organización; y para que
ios problemas tengan una interpretación operativa parecería que deben de
tener alguna referencia implícita de este
tipo.
Esta armazón heredada, dentro de la
cual (o por reacción a la cual) se formulan los problemas reales, y contra cuyo
trasfondo —aunque no literalmente en
términos del mismo— aparece el deba¬te teórico, incluye de manera necesaria presupuestos y afirmacio¬
INTRODUCCIÓN: SOBRE LA IDEOLOGIA
31
nes generales que son una mezcla de lo
analítico y lo sintético. Éstos forman
una “tela conceptual” (así se la llama) o
conjunto de categorías conceptuales o
“cajas” en términos de las cuales
fun¬ciona nuestro pensamiento21 y
que son-cruciales, tanto para la forma
en que se encuadran los problemas como para los métodos y los instrumentos
diseñados para lograr las respuestas a
ellos. Es muy poco posible que en la
formación de las nociones generales de
este tipo quede excluido por entero el
razonamiento por analo¬gía. Es por
cierto difícil suponer cómo algo que pretende ser un cuadro general de la sociedad, y por lo tanto de importancia
para la sociedad tratada como un todo
y para la transformación de su estructura total (diferente de la descripción
particular de fragmen¬tos y pedazos o
facetas de la misma) puede dejar de incluir pro¬posiciones, en forma implícita
o explícita, que vayan más allá de
lo
que el profesor Popper podría
admitir como “sintético” y “cien¬tífico”.
Estas proposiciones representan un
panorama (necesaria¬mente imperfecto,
pero no necesariamente carente de alguna pe¬netración verdadera) de cómo
es la sociedad como un todo y de cómo
funciona, panorama dentro del cual deben entrar en forma inevitable elementos subjetivos o apriorísticos de todo
tipo. Estos elementos no están fuera del
tiempo ni pueden ser juzgados con
simplicidad por ningún tipo de patrones
absolutos. Pero esto no significa que no
puedan ser debatidos racionalmente y
que no haya criterios mediante los cuales puedan ser criticados y valorados,
por
lo
menos en términos de mayor o
menor aproximación a la reali¬dad.
Tienen que ser juzgadas (sólo) como
aproximaciones; y puede haber buenas
razones para sostener que una aproximación está más cerca que otra, al
mismo tiempo que para sostener que
existe una explicación histórico-social
para el surgimiento de una
ai Véase T. S. Kuhn, The Structure of
Scientífic Revolutions (Interna¬tional
Encyclopedia of Unified Science), Chicago, t. n, n9 2, 1962, pp. 5 y 148. Este
autor ha utilizado el término “paradigma” para un grupo tal, o agregado de
nociones generales, o “maneras de ver
el mundo”; y, con referencia a las ciencias naturales, habla de su adquisición,
que implica, por cierto, “un signo de
madurez en el desarrollo de cualquier
campo científico determinado” (ibídp.
11). Estos paradigmas “ganan su status
debido a que tienen más éxito que sus
competidores para resolver algunos
problemas, que quienes forman el grupo de los científicos que la practican
han llegado a reconocer como agudos”;
al mismo tiempo “la investigación científica normal va dirigida a la articulación de aquellos fenómenos y teorías ya
suministradas por el paradigma” (ibíd.,
pp. 23-24). Véase también del mismo
autor The Copernican Revohition, Harvard, 1957; en especial las pp. 3-4 y
261-263.
32
TEORIA DEL VALOR V LA DISTRIBUCIÓN
aproximación particular en una época
particular (en cuyo sentido la última es
“históricamente pertinente”).*2
Cuando se habla de dichos marcos conceptuales es quizá necesario recalcar
dos cosas, aunque todo el tema sea reconocida¬mente polémico. Parecería
que, lejos de ser superfluo, algún marco
general de este tipo resulta difícil de ser
obviado por los empiristas más cumplidos, y menos aún de cualquier manera
en las ciencias sociales que en cosmología. El marco general es necesario
aunque más no sea como base para sugerir y seleccionar las preguntas que
han de servir para indagaciones ulteriores y por lo tanto para guiar investigaciones futuras y para lograr un orden
dentro de una masa de observaciones
empíricas que, sin conceptos e hipótesis
más generales, descriptivas de algún
modelo de interrelaciones, aparecería
tanto falto de coordinación como inexplicable. A dife¬rencia de afirmaciones
más particulares, dicho marco conceptual no puede ser verificado o refutado
con facilidad. Es cierto que lo que aquí
parecería importante no es tanto si está
formulado o no en una forma potencialmente “testeabie" o ”talseable" {.el
criterio de Popper 1. sino más bien el
prado de generalidad de la proposi¬ción, que esTcPque la vuelve distante
de la posibilidad real de refutación empírica.** Es en especial la ultima la que
la torna' éropensa a la intrusión de la
influencia ideológica. Úna vez que
aicñas influencias han penetrado no es
fácil. por lo. común. det¿c7 tarlas v
menos aun rnmhatirlas o desalojarlas.
Aquí, no sólo razo¬nes de orden lógico
sino también psicológico forzarán a
apelar a un concepto genera^ o en otro
caso contribuirán a que se lo rechace y
esto no sólo en un sentido de consistencia lógica, sino también en el sentido
más amplio de ser las “apropiadas”. Es
verdad que se ha dicho que la “observación nunca es absolutamen” Véase sobre esto, tratado de manera
más general, el libro de D. Bohm, Causality and Chance ín Modern Pltysics,
Londres, 1957» pp. 164- 170. „„No podemos llegar a conocer, en realidad, todas las relaciones recí-procas en un
tiempo finito,.por más largo que éste
sea. Sin embargo, cuanto más aprendamos acerca de ellas, más sabremos
de lo que es importante en el proceso de
llegar a ser, puesto que su totalidad se
define nada más que por la totalidad de
todas esas relaciones.. . El carácter
esencial de la inves¬tigación científica
es el de que tiende a lo absoluto por
medio del estudio de lo relativo, en su
multiplicidad y diversidad inextinguibles** ■(/bíd., p. 170).
13 El propio profesor Popper ha señalado que la falseabilidad es “un asunto de
graduación”, con “cero grado de falseabilidad" en materia de pro¬posiciones
metafísicas. Aun estas últimas “pueden
haber ayudado... a poner orden en la
imagen que el hombre tiene del mundo
y, en algunos casos, han conducido a
predicciones acertadas". Karl R. Popper,
The Logic of Scientífic Discovery, Londres, 1959, pp. 112, 116, 278.
maico y el coper- nicano) pueden continuar existiendo durante algún tiempo,
cada uno con su grupo rival de discípulos y apologistas-2,1 En las cien-. cias
sociales, las controversias entre teorías
generales opuestas suelen quedar notoriamente inconclusas y dilatarse en el
tiempo; su conclusión, cuando ésta llega, se debe con frecuencia tanto al
cambio de la moda intelectual o de los
supuestos de las circunstan¬cias, como
a la lógica estricta del argumento.
Si hablamos del impacto más directo de
las situaciones sobre la teoría económica, es bastante obvio —tan obvio hasta
parecer quizá un ejemplo demasiado
simple— que no se conciba una teoría
del dinero hasta que empieza a aparecer una economía monetaria de cualquier tipo; del mismo modo, las dificultades modernas refe¬rentes a una teoría monetaria y la controversia sobre su
interpre¬tación adecuada (es decir, en
lo que respecta a la influencia de la
oferta de dinero sobre el resto de la
economía y la eficacia de determinadas
acciones realizadas por los bancos centrales), depen¬den del crecimiento moderno de los sustitutos del dinero, de
los instrumentos del crédito y de otros
medios de pago. Es por lo menos improbable que pueda formularse un
INTRODUCCIÓN. SOBRE LA IDEOLO- “modelo” de equili¬brio general, hasta
GIA
que el crecimiento de las relaciones de
33
mercado y de movilidad económica hate incompatible con un esquema conyan alcanzado el nivel de desarrollo que
ceptual”;24 y los esquemas de estructu- había comenzado a darse en Inglaterra
ras rivales (como en cosmología el tole- a mediados del siglo xix: sin él, la mis-
ma noción de interdependencia de todos los precios podría difícilmente ser
aprehendida por la mente.28
T. S. Kuhn, The Copernican Revolutíon,
Harvard, 1957, p. 75.
Véase ibíd., p. 39, “La historia de la
ciencia está mezclada con los vestigios
de esquemas conceptuales en los cuales
se creyó fervientemente y que desde entonces han sido reemplazados por teorías incompatibles. No hay forma de
probar que un esquema conceptual sea
el último. Pero, precipitada o no, esta
adhesión a un esquema conceptual es
un fenómeno común en las ciencias, y
parece ser indispensable, porque dota a
los esquemas conceptuales de una función nueva y de importancia suprema.
Los esquemas conceptuales son comprehensivos; sus consecuencias no se
limitan a lo que ya se conoce ... La teoría trascenderá lo conocido y se convertirá primero y principalmente en una
poderosa herramienta para predecir y
explorar lo desconocido. Afec¬tará al
futuro de la ciencia tanto como a su
pasado‟*.
ae Se podría decir, quizá, que esta noción ya estaba latente, por lo menos en
Smith y Ricardo; pero aunque así fuera,
no había tomado todavía la forma de la
determinación interdependiente y recíproca del sistema de Walras, sino más
bien de la influencia de unos precios
sobre otros. Aunque los gérmenes de
las nociones de insumo-producto estaban presentes —como ahora se reconoce— en el Tablean de Quesnay, la no-
ción de interdependen34
TEORÍA DEL VALOR Y LA Dlb IKl IJUCIoN
Parece necesario alcanzar al menos algún grado de desarrollo en estas condiciones antes de que pueda llegar a formularse la noción de un nivel general
de salarios o de beneficios, como lo encontra¬mos en Adam Smith. En forma
similar se requería un cierto nivel de
técnica mecánica en la industria para
que pudieran reconocerse los problemas especiales asociados con el capital
fijo y para que se les prestara atención
(y aunque Ricardo añadió un capítulo
especial sobre maquinaria a su tercera
edición, éste llegó como un pensamiento tardío; y su tratamiento general del
beneficio lo expuso a la crítica de Marx,
según la cual dejó de apreciar el papel
de lo que luego llamaría el “capital
constante”). El mismo contenido de los
términos, en forma más notable el beneficio sobre el capital, puede variar, y
en su cambio reflejar las cam¬biantes
relaciones e instituciones.-T Sin duda
algo similar es verdad más comúnmente respecto de las relaciones y conexiones que los pensadores sostienen como
relevantes y significativas. Mientras la
posibilidad del desempleo, como producto crónico de la “deficien¬cia de la
demanda efectiva", había sido proclamada durante largo tiempo en “el submundo de los heréticos”, es un hecho
notable y por cierto significativo que
esta idea, previamente ignorada, tuviera
la oportunidad de reclamar reconocimiento académico sólo después del impacto de la crisis económica mundial de
1929-1931. Hasta entonces, la Ley de
Say imperó casi en forma indisputable
dentro de las opiniones económicas
admitidas, lo cual es seguramente una
flagrante evidencia de cómo puede enceguecer la visión humana, hasta un
punto obvio, la fuerza del prejuicio, de
la tradición y de la ansiedad del deseo.
¡Cuánto menor oportunidad do penetrar
la ortodoxia académica en una sociedad
burguesa, tuvo la noción marxista del
ingreso del capital como fruto de la explotación y la relación salario-beneficio,
como antagónica y no de asociación! Es
evidente, a todas luces, que difícilmente
el problema pudiera haber sido jamás
expuesto, si no hubiera aparecido, con
la creación de un
cia estaba allí nada más que en forma
embrionaria y funcionaba simplemente
mediante el intercambio entre la agricultura y la industria. Además, esta noción embrionaria, suficientemente significativa, parece haber hecho poco
o
ningún impacto sobre el pensamiento económico (salvo a través de su
influencia sobre Marx) durante un siglo
o más.
*7 Véase G. L. S. Tucker, Progress and
Profirs ¡n tiritish Economic Thoitgltí
1650-i850, Cambridge, 1960, p. 74: “A
primera vista puede pare¬cer que persiste, en forma más o mer.os continuada durante un largo periodo, lina dis-
cusión particular; en realidad, sin embargo, por debajo de las meras similitudes verbales, pueden haber surgido
nuevos significados que alteren la naturaleza total del punto en cuestión".
IN MUJIH-I l'lúN: SOHKti l.A IDFOl (>C¡
iA
prolctariaclo. un marcado libre para la
mano de obra asalariada en sus lincamientos modernos; y aún entonces, visto desde la perspec¬tiva de la clase dominante, lo que llamó la atención y pareció sig¬nificativo. fue la libertad y no
la -desposesión.
Sea lo que fuere que uno pudiera llegar
a esperar a prior i. )¡t historia de la economía política desde su comienzo aclara en for¬ma abundante cuán estrecha
(.y aun conscientemente) estuvo li¬gada
la formación de la teoría económica a la
formación y a la defensa de la política.
Aun cuando las doctrinas de la escuela
clá¬sica fueron muy abstractas, especialmente en la forma en que las
e.\presó Ricardo (a quien Bagehot llamó "„el verdadero fundador de la Economía Política abstracta"), ellas se relacionaban muy de cerca con los prohlemas prácticos de su época, por cierto
sorpren¬dentemente muy de cerca, como ya lo veremos. Además, apreciar
esta conexión y ver sus teorías a la luz
de los problemas de polí¬tica real, para
los cuales buscaban una respuesta es.
con frecuencia, una clave esencial para
comprender la intención y el énfasis
que pusieron sobre sus teorías. De este
modo, la propia estructura de Tfut
Wcalth o} Nationx, de Adam Smith, está
conformada y mo¬delada por su preocupación respecto de las políticas mercantilístas y de las teorías sobre las
cuales se asentaban. Es bien conocido
ci hecho ile que Malthus en su ■
Lxxay'tm VopultítUm da respuesta a los
puntos de vista de Godwin sostenidos
por su padre (que en esa época eran
radicales), respecto de las posibilidades
de un progreso material y de una futura
sociedad igualitaria de felicidad humana.-" La primera aparición pública de
Ricardo como economista, for¬mulando
una teoría del dinero y de los cambios
extranjeros, fue en su papel de crítico
de la política del Banco de Inglaterra
du¬rante la controversia del metálico y
el germen de sus teorías sobre e! valor y
la distribución apareció en un folleto
sobre el tema en febrero de IXJ5.*!< el
cual apuntaba al debate que en el mismo mes se sostenía en la Cámara de los
Comunes sobre la nueva Ley de Granos, y cuyo objetivo era sustentar teóricamente la libre impor¬tación de los
mismos. John Stuart Mili expuso, en
sus Principies de IK4X, doctrinas (con
especial énfasis en su „'aplicación social”)
Véase J. M. Keynes en líxxays in Biogruphy* ¿d. Londres, 1961. p. 9H. donde se ciui la autoridad del obispo Oiter
(amigo de Malthus y editor de la segunda edición postuma, do Principies) y
véase también Mcnioir of Ro- hert
Malthus en 1SÍ6, edición de tos Princi-
pies de Mtdfhus, pp. xxxviu-xxxix.
*" An Lxstiy on lite ¡nflnence of ti l.ow
Prive of C'oni an the Prvfiis of Stock:
She'vinf! the Inexpediency of Kextriciians on Importarían. Londres, 1X15.
Reproducido en el t. iv de la edición de
Sraffa, de Works and Cor- rrspondence
of lhi\id Ricardo. Cambridge. 1951. p.
1-41.
36
TEORIA DEL VALOR Y LA DISTRIBUCIÓN
las que deben ser consideradas sobre la
base de su defensa ante¬rior del “radicalismo filosófico” durante la década de
1820 en la Westminster Review; y si él
consideraba a su System of Logic muy
importante para establecer un punto de
vista empírico del conoci¬miento, contra “el punto de vista alemán „apriorístico‟ del conoci¬miento humano”, por ser
éste “el gran apoyo intelectual de
doc¬trinas falsas y malas instituciones”;:,f) algo semejante a esto era todavía más cierto respecto de su enfoque
de la economía política. Escritores como
Sénior y Mountifort Longfield, inmersos
en la marea de una primera reacción
contra las ideas de Ricardo, esta¬ban
en verdad, preocupados (y Longfield
muy explícitamente) por los molestos
reclamos de los sindicatos y por lograr
alguna justificación del beneficio, que
respondiera a las incipientes críti¬cas
socialistas. Por cierto que, en lo que a la
economía política se refiere, Edwin
Cannan ha hecho el siguiente comenta-
rio: “Entre todas las desilusiones que
prevalecen con referencia a la historia
de la economía política inglesa, no hay
ninguna mayor que la creen¬cia de que
la economía de la escuela y el período
ricardianos fueron de un carácter totalmente abstracto e inexperto”. De los
economistas del siglo xix dice, en términos generalas: “En la gran mayoría
de. los casos los fines prácticos eran de
suprema impor¬tancia- .. (y) la íntima
conexión entre la economía y ía política
del período ricardiano. . . nos provee de
una clave para despejar muchas incógnitas”.32
Pero nos preguntamos, ¿en materia de
enfoques sobre los pro¬blemas reales
no existen diferencias de grado, por
cierto de calidad,
80 Véase su Anlobiographyt Londres,
1873, p. 225.
31 Longfield, en el Prefacio de sus conferencias en Dublin, enfatiza su preocupación por demostrar „“cuán imposible es generalmente regular los salarios
ya sea por combinación de los trabajadores o por disposición legis-lativa”, y
en su conferencia final llega a la conclusión de que “las leyes de acuerdo
con las cuales se crea la riqueza, se la
distribuye y se la consume, han sido
forjadas por el Gran Autor de nuestras
existencias, con la misma consideración
por nuestra felicidad, lo cual se pone de
manifiesto por las leyes que gobiernan
el mundo materiar. (¿Estaría quizá hablando como juez más bien que como
economista?)
** History of the Theories of Production
and Distribittion in Etiglish Political
Econotny from 1796 to ¡848, 2^
edición, Londres, 1903, pp. 383- 384.
Cuando particulariza, Cannan dice (p.
391) que “para fundamentar la Ley de
Granos, hubiera sido difícil inventar
algo más efectivo que la teoría ricardiana de la distribución”; y que, en lo que
se refiere a Malthus, cuando publicó la
primera edición de su Ensayo sobre la
población, “éste se sintió inspirado por
la idea de provocar asentimiento, aunque no satisfacción, ante el orden de
cosas existentes y por la de prevenir el
prohijamiento de expe¬rimentos urgentes”, como la Revolución Francesa (p.
384). J. K. Ingram
neralización de alto nivel” o por la elegancia formal de sistemas y teoremas
de más reciente formulación, sin preocuparse por los corolarios y las prescripciones que puedan ex¬traerse de
ellas. Como ya lo hemos sugerido, dicho
contraste —o quizá más bien la diferencia en el énfasis y en el enfoque— no
depende necesariamente del grado de
abstracción de las teorías en cuestión.
Si bien en un sentido es verdad que los
teoremas que tienden a un “alto nivel
de generalización”, deben hacer abstrac¬ción, por su propia naturaleza, de
la multiplicidad de detalles
par¬ticulares, de ninguna manera se
puede deducir de ello que aque¬llos que
tienen una estrecha relación con la
práctica y ejercen si¬milares conseINTRODUCCIÓN: SOBRE LA IDEOLO- cuencias sobre ésta, tiendan a ser meGIA
nos abstractos en la formulación. Es
37
posible que la razón consista en que por
suficientes como para excluir cualquier su misma hazaña de concentración soetiqueta general adherida' a teorías de bre ciertos lineamientos ..y face¬tas de
algún período particular, que defina su la escena total (con el fin de darles altendenz social? Es claro que algunos
guna relevancia ope- racional) ésta
pensadores tienen más que otros, un
pueda involucrar, a su vez, una proeza
mayor conocimiento de los problemas
en la selec¬ción y abstracción de otros
contemporáneos particulares, ya sea en' aspectos, y de allí el encuadre de la
razón de sus contactos o de su experealidad dentro de una perspectiva esriencia, o debido a que su interés en las pecial (y en algún sentido y en alguna
prescripciones de política satisface sus medida, de una perspectiva “irreal”).
inclina¬ciones y su tipo particular de
Ricardo, y tam-bién quizá Walras, parementalidad. Además, otros menos
cen ilustrar esto en lo que concierne a
o
igualmente buenos conocedores
la teoría económica. En las últimas déde la escena contemporánea y de sus
cadas no hay muchas señales de que el
minucias, pueden sentir más interés
creciente formalismo de la teoría ecopor la síntesis de las ideas y por la “ge- nómica haya redu¬cido la intrusión de
problemas ideológicos en la discusión
econó¬mica (por ejemplo, respecto de la
estabilidad o inestabilidad de los modelos de crecimiento).33
atribuyó la alta reputación que Ricardo
alcanzó en su época, en parte por lo
menos a “una sensación de que su sistema daba apoyo a los industriales y a
otros capitalistas en su creciente antagonismo contra la antigua aristo¬cracia
de los terratenientes”, A History of Political Economy, 2? edición, Londres,
1907, p. 136.
33 Esto a pesar de lo que Oskar Lange
denominó la reciente “profe- sionalización de la ciencia económica”, en Political Economy, Varsovia y
38
TEORÍA DEL VALOR Y LA DISTRIBUCION
En este asunto del enfoque, y de allí en
el modo de selección y de abstracción,
ha habido una diferencia fundamental,
que in¬fluye tanto en la forma en que
se consideran e interpretan los problemas, como para darle importancia cardinal en la clasifica¬ción y apreciación
de las teorías. Uno de los métodos de
enfoque es el prescindir de las características específicas de un sistema
par¬ticular de instituciones (o “modos
de producción” en términos marxistas)
y concentrar la atención sobre aquellas
que son comu¬nes a todos, o por lo
menos a varios sistemas distintos, y
que en esta medida son suprahistóricas. Una teoría modelada de esta
for¬ma, fuera de lo que es “universal”.
si se presenta como algo más fofo un
prolegómeno/4 tiene como consecuencia que en la inter-pretación causal de
los acontecimientos, estas características son eñ algún sentido primarias y
que, lo que es peculiar al compiejo especial de instituciones, es secundario,
fcn otras palabras, la forma y ángulo de
la generalización, de acuerdo con lo que
se selecciona para enfatizar y de lo que
se condena a la oscuridad, no puede
dejar de tener influencia, no sólo sobre
las actitudes y creencias de los seres
humanos y, por lo tanto, sobre su actividad social (por ejemplo, si se intenta
la “ingeniería social‟* o se pretende un
cam¬bio radical de las instituciones)
sino también sobre el diagnóstico intelectual de problemas sociales y económicos particulares. La teoría no puede
abstenerse de ser ideológica en este
sentido. Un enfoque que parta del carácter históricamente cambiante de la
sus¬tancia temática propia de las ciencias sociales y concentre su aten¬ción
sobre lo que es históricamente contingente en la situación contemporánea
que se analiza, per contra, lleva implicaciones opuestas. Cada uno de estos
enfoques puede fracasar, por supuesto.
Londres, 1963, i. i, pp. 314-315, con lo
cual parece pensar que "se estimula a]
pensamiento económico más allá de los
límites de las realidades e inte¬reses del
medio social del cual surgió", lo cual
sucede, por lo menos hasta un cierto
punto.
Podría parecer que cualquier teoría histórico-social —incluyendo la marxista—
- debe ser de este tipo, puesto que ella
intenta generalizar con respecto a sociedades históricas diferentes y a sus
cambios. Puede muy bien ser verdad.
Pero a! hacerlo así estas teorías pueden
o no concentrar su aten¬ción sobre peculiaridades que son de importancia
esencial para el funcíoña- miento específico de una sociedad en particular; los
marxistas se distinguen, precisamente,
por su énfasis sobre la influencia específica de las “relaciones sociales" de
producción, que son las definitorias de
cualquier modo particu¬lar de producción (y de cambio). En este sentido es
en sí misma una forma de presentar no
sólo los elementos comunes sino también las diferencias.
realidad (puesto que es muy posible, y
por cierto no poco común, que al¬gunos
supuestos cruciales de un teorema
permanezcan implícitos e ignorados,
hasta que la intensa discusión polémica
y la crítica los descubra). Aun cuando
esta diferencia de visión se establezca y
se advierta con claridad, los puntos de
vista rivales pueden encontrar defensores sinceramente convencidos, debido a
que se ajustan con rigor, cada uno de
por sí, a la perspectiva desde la cual las
dife¬rentes clases sociales visualizan el
complejo social de las relaciones ínteractuantes y del cambio. En consecuencia» continúan lado a lado como escuelas rivales.
K1 ejemplo obvio del cqntTPigf<»
^srrihipnHn
(al cual retornaremos pronto) es el énfasis divergente de ese tipo de teoría,
INTRODUCCIÓN: SOBRE LA IDEOLO- que comprende a la mayor parte de las
GIA
simples teorías del “intercambio” o de
39
las teorías de mercado, las cuales molen manifestarse fecundo para una indean Tos problemas económicos en
terpretación por entero convin¬cente o términos fle tactores13 "naturales”
fructífera; de esta manera -^o
universales y tas teorías, que, por
probablemente la única en que los teo- subrayar las relaciones socia¬les de
remas de las ciencias sociales pueden
producción y/o de distribucióndel inser testeados— pueden ser refutados
greso, han dado pro¬minencia a los facpor la prueba de la experiencia. Lo más tores institucional^ y han mostrado los
probable, por lo menos durante un
proble- mas economicos en forma printiempo, es que coexistan dos tipos riva- cipalmente “institucional”. No es neceles de interpretación y haya conflicto en sario decir que el análisis de El capital
sus consecuencias sobre la acción y la de Marx “con un aná¬lisis crítico de la
experiencia, sin que, posiblemente reproducción capitalista”, como subtítulo
salte a simple vista, la verdadera natu- de su vo¬lumen inicial, corresponde a
raleza de sus diferentes visiones de la
este segundo tipo. Hemos de ver que
aun antes, John Stuart Mili comprendió
suficientemente el signi¬ficado de este
tipo de contradicción, como para aclarar, en opo-sición a sus predecesores,
que en su opinión, en tanto “las leyes
de la producción” eran naturales y universales, aquellas otras de la distribución, per contra, “formaban parte de las
instituciones hu¬manas, puesto que la
manera como la riqueza se distribuye
en cualquier sociedad, depende de los
reglamentos o costumbres que
88 Véase J. B. Clark, The Distribution
of Wealth, Nueva York, 1899, p. 37: “La
ley misma (de la distribución) es universal y, por lo tanto, „na¬tural‟
40
TEORIA DEL VALOR Y LA DISTRIBUCIÓN
allí prevalecen”:38 en este sentido eran
leyes de relatividad his¬tórica y enraizadas en instituciones especificas de
propiedad. Con la generación que siguió
a Mili y a su enfoque sobre una teoría
de la demanda en las relaciones de
cambio y una derivación de la distribución del ingreso (vía precio de factores),
y a partir de estas relaciones de cambio
volvió seguramente a ponerse énfasis
sobre la perspectiva del problema económico, como si fuera un cuadro donde
lo esencial estaba conformado y modelado por las condiciones universales y
suprahistóricas de cualquier sociedad
de cambio, sin importar cuáles fueran
sus relaciones sociales parti¬culares,
su estructura de clases y sus institu-
ciones de propiedad. De este modo, la
visión sobre la naturaleza del cambio
histórico —de su estructura, secuencia
y mecanismos causales— influirá sobre
la visión de tos límites permitidos y las
formas permisibles de generalización,
en el caso de que las proyecciones y
teoremas abstractos resultantes sean
relevantes para los problemas reales y
para una política factible.
Podríamos considerar como análogo,
aunque como un tipo diferente de
ejemplo de lo que afirmamos, el énfasis
opuesto, que siempre há existido entre
los teóricos, pues hay quienes ven nuevas revelaciones provenientes de la
construcción de modelos teóricos en el
más alto nivel de abstracción, y quienes
se impre¬sionan lo suficiente con la
multiplicidad y las diferencias concre¬tas, como para negarle a dicha generalización abstracta todo, menos un
papel oscurantista. Un ejemplo reciente
de esto último puede hallarse en el estudio sobre la pobreza y el subdesarrollo en el sur de Asia, realizado por el
profesor Gunnar Myrdal, quien, al subrayar las peculiaridades institucionales
de las econo¬mías que está investigando, pasa por alto las categorías que
usan los economistas, por irreales e inaplicables, y descarta, para criti¬carlos
en detalle, los modelos de crecimiento
semimatemáticos que han estado tan
de moda en las discusiones sobre el
desarrollo y la planificación desde la
segunda guerra mundial.*7 Un proble*• J. S. Mili, Principies of Politícal
Economy, Londres, 1848, 1. 1, p. 26.
aT El profesor Myrdal escribe, por
ejemplo: “Los modelos económicos han
llegado a estereotipar toda esta forma
de pensamiento, que hemos lla-mado el'
enfoque occidental o moderno, y que a
su vez ha influido con gran fuerza sobre
los planes y las discusiones de la planificación para el desarrollo en los países
del sur de Asia... Esta manera de pensar en forma de modelos ha prejuiciado
sistemáticamente 1a visión de la realidad que tiene el planificador, de forma
tal que se adecúa a la conveniencia y a
los intereses tanto de conservadores
como de radicales Observar que los modelos son selectivos, abstractos y lógicamente consistentes y cuantif¡cables
INTRODUCCIÓN: SOBRE LA IDEOLOGIA
41
raa de este tipo de relevancia y aplicabilidad no es fácil de deter¬minar, si es
que de. algún modo puede determinarse
por medio de cualquier criterio simple y
directo. A muy largo plazo, el problema
podría someterse a la prueba de contar
el número de corolarios o prescripciones de las escuelas rivales que parecen
haber “funcionado” en la práctica, y
otorgar el espaldarazo a quien demuestre el puntaje más alto. Mientras tanto,
es difícil que la decisión entre ellos no
se vea influida por los usos particulares
y las recetas políticas que ambas escuelas pueden haber adelantado, como
consecuencias de sus respectivas teo-
rías o puntos de vista, y por las actitudes de uno hacia ellas. Se pueden, por
ejemplo, considerar las recetas políticas
en cuestión como plausibles (o no) sobre otras bases, y también por el hecho
de que parezcan infe¬rirse de algún teorema general, uno puede considerarlas
como reforzantes del supuesto inicial
que se tenía. A este respecto, los juicios
—elaborados pragmáticamente a partir
de recetas políticas, para dar apoyo a
los conceptos generales-^- deben casi
inevita¬blemente estar influidos por
consideraciones y propensiones
“ideo¬lógicas”. Parece existir una copiosa experiencia como para demos¬trar
que en realidad lo están.
Con dichas diferencias en el tipo de generalización se vincula (aunque ello no
sea evidente de inmediato) el difícil problema de cómo —si es lícito hablar de
teorías sociales que tienen un carác¬ter
ideológico— se debe distinguir y clasificar este papel ideoló¬gico. Resulta innecesario decir que en la literatura polémica el uso de tales etiquetas, como
“apologético”, para describir una u otra
escuela de escritores y teorías, de
acuerdo con su procedencia y tendenz
social, ha estado lejos de ser claro o
consistente. Es bien sabido que Marx
hablaba de la escuela clásica de economía polí¬tica (término que él mismo
acuñó) como de la “escuela burgue¬sa”.
Pero al decirlo, de manera alguna quería pasar por alto sus
equivale a exponer sus limitaciones: no
son comprehensivos, sino parciales;
pueden ser difíciles de cuantificar ...
Facilitan también la omisión de lo rele¬vante y del realismo y, en razón de
las . varias interpretaciones posibles de
las premisas lógicamente formuladas,
dan paso a las ambigüedades. Cuando
los modelos se „aplican*, se olvida por lo
general su naturaleza selectiva y por lo
tanto arbitraria... Por lo general, la aplicación a los países subde- sarrollados
del sur de Asia, de conceptos que pueden ser apropiados para los desarrollados, conduce a lo que los filósofos denominan „errores de ca¬tegoría', o sea
los de adscribir a una categoría atributos apropiados para otra... Puede ser
más certero abstenerse de usar el modelo, que utilizar uno prejuiciado y falso”, en Asían Dramma, Londres, 1968,
t. mi, pp. 1942, 1944 y 1962.
mistas como “púgiles a sueldo” o como
una “masa homogénea de reaccionarios” (diciendo de John Stuart Mili y de
otros semejantes a él, por ejemplo, que
“sería un error grande cla¬sificarlos
dentro del rebaño de apologistas de la
economía vul¬gar”).30 Si nos acercamos al presente ¿se debe considerar a
The General Theory, de J, Maynard
Keynes como una crítica al capi¬talismo (de la variedad de su tiempo), o como una “teoría apologé¬tica del
capitalismo monopolista”, como lo reputaron algunos es¬critores marxistas. de
la época? *a Y si la consideráramos esto
último, ¿cuáles son sus derechos a que
se la compare con los resultados de algún trabajo de Schumpeter que trata de
proporcio¬nar una justificación dinámica del monopolio, y ha demostrado ser
de tanta influencia? Además, existe el
42
tipo de problema,
TEORÍA DEL VALOR Y LA DISTRIBU3f* Véase el Prefacio de Marx a la seCIÓN
gunda edición del t. i de El capi¬tal,
doctrinas como enteramente negativas Moore y Aveling (ed.), Londres, 1886,
y engañosas por su “falsa conciencia”;
pp. xxi-xxni. Es aquí donde él habla de
por cierto que separó, para encomiar,
la economía política “que continúa
los avances positivos del pensamiento
siendo una ciencia sólo mien¬tras esté
de los clásicos y la visión científica que latente la lucha de clases o se manifiesdemostraron tener de la naturaleza de te únicamente en fenómenos aislados y
la sociedad económica (aun cuando
esporádicos”, y de Ricardo como del “úldentro de “los límites más allá de los
timo gran representante” de la escuela
cuales” el pensa¬miento de ellos “no
clásica; también habla allí del período
podía pasar”).88 Hasta cuando habló
comprendido entre los años 1820 y
del perío¬do posterior a 1830, denomi- 1830, por ser “notable en Inglaterra por
nándolo el de la “economía vulgar”, tuvo la actividad científica en el dominio de
buen cuidado en discriminar y de nin- la economía política”. Fue al período
guna manera trató a todos los econoposterior a 1830 (cuando “la lucha de
clases en la práctica y en la teoría fue
tomando, cada vez más, formas francas
y amenazadoras") al que trató como si
sonara a “toque de difuntos de la economía científica burguesa” y como al
que intro¬dujo “en lugar de la investigación científica genuina, !a mala conciencia y el malévolo intento de lo apologético”. Antes había descripto (en los
Grund- risse) a Ricardo como el “economista par excellence de la producción” (lo cual para Marx era hacer un
alto elogio); y en Theorien über den
Mehrweri iba a hablar de “la importancia científica, del gran valor histórico de
la teoría de Ricardo”, a pesar de sus
defectos; Theorien, Kautsky (ed.), Berlín, 1923, t. ir, pp. 4-5, traducido al inglés por G. A. Bonner y Emile Burns,
con el nombre de Theories of Sttrpltts
Valué, Selections, Londres, 1951, pp.
203-204.
** El capital, t. i, M.oore y Aveling (ed.),
p. 623 nota.
49 Véanse, entre otros, el libro de texto
de la Unión Soviética sobre Political
Economy, edición en inglés, Londres,
1957; y una expresión un poco menos
cruda de este punto de vista en Fundamental of Marxism-Leni- nisme, O.
Kuusinen (ed.). Traducción al inglés,
Londres, 1961, pp. 338-339.
tico (que escribió con motivo del centenario de El capi¬tal) , según el cual se
puede trazar una distinción entre la
economía política propiamente dicha
(en el sentido clásico y marxista) y la
economía de aplicación generalizada, la
cual, dando por descon¬tada la base
socio-institucional de la sociedad, puede producir modelos teóricos respecto
de la estructura y del funcionamiento
mecánico de esa economía, modelos
que tienen una validez obje¬tiva, y, por
lo tanto, por deducción deben ser diferenciados de la “apología burguesa” (se
cita como ilustración gran parte de la
teoría macroeconómica moderna, en
especial los modelos de
cre¬cimiento).41 Parecería en verdad
como si un papel ideológico de una teoría —al tratar de proporcionar algún
tipo de justifica¬ción del sistema existente, y con ello apaciguar la crítica y
pre¬venir la revuelta (o, por el contrario, permitir la condenación del statu
quo)— debiera distinguirse del análisis
teórico, que no hace más que proveer
ciertos corolarios de política (por ejemplo, sobre política presupuestaria), para
que el gobierno pueda hacer frente a
contingencias particulares (“ingeniería
social‟1, en algún limi¬tado contexto ad
hoc). Además, no parece de ningún modo fácil de trazar la demarcación entre
INTRODUCCIÓN: SOBRE LA IDEOLO- estos dos tipos de teoría y un estudio,
GIA
aparentemente objetivo de las condicio43
nes generales de equilibrio del mercado
expuesto aún en fecha más reciente,
(estático o dinámico), del cual resulta
por sugestión de un econo-' mista sovié- un buen ejemplo el sistema de Walras.
Este ejemplo parecería sugerir que la
respuesta depende de que el último tipo
de teoría se muestre abierto a una interpretación normativa, y que ciertas
conclusiones normativas se derivan en
forma explícita, como lo fue en realidad
el caso del sistema walra- siano cuando
se le anexó el teorema referente a la
maximización de la utilidad bajo condiciones de libre competencia. No puede
negar¬se que ésta es una manera en la
cual el análisis formal puede tener, y ha
tenido, implicaciones apologéticas. Pero
¿es ésta la única manera? Si así fuera
parecería que el análisis formal per se
podría salir airoso del resultado y atribuir la función apologética a la intrusión normativa; el hecho que un tipo de
análisis se preste más que otro a dicho
tratamiento (por ejemplo, que coloque a
la utilidad en un papel clave) es “accidental”, en lo que concierne al análisis
per se. Sin embargo, adoptar este punto
de vista sería omitir lo que se ha subrayado antes; esto es, que el análisis teó*l V. Afanaseyev, Voprosi Ekonomiki, n?
7, 1967, p. 14 y ss. rico, en todo caso
en una teoría social como lo es la economía,
44
TEORIA DEL VALOR Y LA DIS1 RIBUCIÓN
debe incluir en forma inevitable un argumento causal. Los dife¬rentes tipos
de argumentos causales pueden tener
distintas conse¬cuencias para lo que es
posible hacer y alcanzar por medio de la
acción política y social; por lo tanto es
relevante y por cierto cru¬cial, para establecer cuáles son las alternativas viables -—si en verdad existe alguna alternativa viable para el marco socioeconó¬mico existente— y esto por entero dentro de los límites del razo¬namiento, positivo y no del normativo. Se puede poner como caso el simple
contraste entre el tratamiento keynesiano y prekeynesia- no de los determinantes del nivel de ingreso y de empleo,
el cual llevó a Keynes a describir el orden de determinación causal a partir de
la inversión—> ahorro (vía el efecto
multiplicador sobre el in¬greso, de un
cambio en la inversión);42 la teoría
prekeynesiana, en tanto, había tratado
a la inversión como determinada y limitada por el ahorro, via la influencia de
este último sobre la tasa de inte¬rés. Es
y casi innecesario extenderse sobre las
implicaciones suma- j mente importantes de este cambio teórico para la política.(en par¬ticular en lo que se refiere a
las técnicas y a los instrumentos operables para combatir el desempleo y
para incluir sobre el nivel de actividad).
Aun así, se podría decir que este tipo de
cambio de secuencia causal (dentro de
lo que Marx hubiera denominado la
I
“esfera de la circulación”) no
cambió fundamentalmente el cuadro
conceptual de. cómo funcionaba un sistema capitalista. Más crucial
II
para éste es el contraste entre las
teorías que enfocan la determiII
nación de los precios, o las rela-
ciones de cambio, a través y por
1
medio de las condiciones de producción (costos, coeficientes de
l
insumo y demás) y aquellas que
la enfocan principalmente desde
I
*el punto de vista de la demanda.
No cabe duda de que éste ha sido el
contraste principal y característico entre los dos sistemas esenciales y opuestos del pen-samiento económico desde
el siglo xix en adelante; y ésta es una
diferencia que se esconde detrás de intentos puramente formales de “reconciliarlas” o de interpretar alternativamente las diferencias entre ellas en términos exclusivamente formales. Ade¬más,
el contraste es mucho más profundo de
lo que parecería a primera vista, porque, como veremos, involucra una diferencia en las “fronteras” del tema, o en
los factores e influencias que se
** Véase en Mathur, Steady Growth, p.
71, la proposición más com¬pleta del
diseño causal implícito en la Teoría general de Keynes. También A. Tustin,
The Mechanism of Economic Systems,
Londres, 1958, pp. 4,
7
y ss. sobre “una secuencia de dependencia” en el sistema keynesiano.
de cambio partían necesariamente dé
aquellas condiciones socio-econó¬micas
que daban forma a las relaciones de
clase de una sociedad. Adam Smith
consideraba importante distinguir entre
“el temprano y rústico estado de la sociedad que precedía a la acumulación
de capital y a la apropiación de tierras”
de aquella sociedad de clases surgida
después que “el capital se hubiera
acumulado en las manos de personas
particulares”; en tanto, Ricardo vio “las
leyes que regulan” la distribución como
“el principal problema de la eco¬nomía
política”, puesto que éstas explicaban
los principios de acuerdo con los cuales, “el producto de la tierra se divide
entre tres clases de la comunidad, es
decir: el propietario de la tierra, el propietario del acervo o capital necesario
para su cultivo y los trabajadores que la
cultivan”.4” Se podría decir que para
ellos la economía política era una teoría
de la distribución antes que una teoría
del valor de cambio; y por cierto que
Ricardo, como vere¬mos después, diseñó su teoría del beneficio antes de perfeccionar su teoría del valor como fundamento y marco referencial de la primera. Más deliberada y explícitamente,
INTRODUCCIÓN: SOBRE LA IDEOLO- Marx siempre enfatizó la distinción enGIA
tre los procesos y relaciones esenciales
45
en la socie¬dad humana y el ámbito de
incluyen dentro del círculo-de influen- las apariencias, e identificó al cambio,
cias relevantes o de factores determio
sw, la circulación del dineronantes. Para los economistas clásicos, y mercancía, con el último y las relacioen especial para Marx, , el estudio de lá nes sociales de producción, con los
economía política y el análisis del valor primeros. Concentrar la atención sobre
el intercambio per se, aislado de su
marco socio- histórico, era la fuente de
la “mala conciencia” y de la teorización
ilusoria. En su polémica contra
Proudhon dijo: “En principio no hay
intercambio de productos, sino intercambio de trabajos que compiten en la
producción. El modo de intercambio de
los pro¬ductos depende del modo de
intercambio de las fuerzas produc¬tivas”.44 Vuelve a la misma idea
en su referencia al “fetichismo de las
mercancías” en El capital, cuando dice:
“Una determinada relación social entre
los hombres asume, ante sus ojos, la
forma fantástica de una relación entre
las cosas”;43 y de nuevo, en sus
*8 Adam Smith, An Inquíry Into the Nature and Causes of' the Wealth of Nations, cuarta edición completa en un
volumen único, Londres, 1826, libro i,
cap. vi, p. 51; D. Ricardo, On the Principies of Political Economy and Taxation, Prefacio; Works and Correspondence of Ricardo, Sraffa (ed.), Cambridge,
1951, t. i, p. 5.
** Misére de la Philosophie (edición de
1847), p. 61.
*“ El capital, 1.1 (traducción de Moore y
Aveling), Londres, 1886, p. 43.
46
TEORIA DEL VALOR Y LA DISTRIBUCIÓN
Theorien über den Mehrwert (Teorías
sobre la plusvalía) —cuan¬do habla de
la economía vulgar posricardiana— dice: “La existencia del ingreso, tal como
aparece superficialmente, ha sido separada de sus relaciones internas y de
todas sus vinculaciones. De este modo
la tierra se convierte en la fuente de la
renta, el capital en la fuente del beneficio y el trabajo en la fuente de los salarios”.4" Los límites del tema, tal como
los infirió, no eran por consiguiente arbitrarios, porque fueron considerados
en forma consistente con su interpretación del desarrollo histórico, y como
necesarios para abarcar a todos los factores indispensables para cualquier explica¬ción que fuera a la vez completa y
sustancial.
En contraste con este enfoque, la metodología introducida por la “revolución
de Jevons”, a la cual Menger y la “escuela austríaca” dieron una formulación más sistemática, procuró deri¬var
una explicación del valor de cambio de
las actitudes de los consumidores individuales frente a las mercancías, como
provee¬doras de valores de uso para la
satisfacción de las necesidades individuales. La significación de esto no es
simplemente (como por lo general se ha
enfocado la cuestión) que se haya puesto el énfasis en el extremo opuesto de
una cadena de eventos o proce¬sos interdependientes, sino más bien en dos
consecuencias crucia¬les de este enfoque. En primer lugar, este enfoque trataba a los individuos, á su estructura
de necesidades y a las elecciones y sustituciones de allí resultantes, como datos últimos del problema económico;
éstos eran los últimos átomos del pro-
ceso de cambio y del comportamiento
del mercado, más allá de lo cual el análisis no continuaba (es decir, no se ocupaba, y en realidad no podía hacerlo del
acondicionamiento social o interdependencia social de los deseos de los individuos y de las reacciones en su conducta). En segundo lugar de él derivó
una teoría de la distribución inci¬dental
al. proceso de formación de los precios,
es decir, como si los precios de los “factores originales” o servicios productivos
se formaran de acuerdo con el papel
que jugaban en la creación de mercancías, las cuales directa o indirectamente
fueran de utilidad a los consumidores
últimos. Como veremos, en la concepción de Menger existe una jerarquía
simple de “bienes de primer orden” y
“bienes de orden más alto”: los valores
de los últimos serían dependientes de
los primeros, de una manera simple, de
acuerdo con su papel en el proceso
unidireccional por el cual los bienes
*• Theorien über den Mehrwert, Karl
Kautsky (ed.), Berlín, 1923, t. m, pp.
521-522.
INTRODUCCIÓN: SOBRE LA IDEOLOGIA
47
y servicios de “orden más alto” fueran
transformados productiva¬mente para
los consumidores en bienes y valores de
uso finales. Ésta, y no la utilización del
instrumento formal de los incrementos
marginales, fue la cruz de la nueva tendencia del último cuarto del siglo xix,
razón por la cual la designación de
“marginalista” para describirla, es equivocada.
Aun cuando nos anticipemos a la discusión contenida en los últimos capítulos, quizá merezca una mención incidental el hecho de que esta inclusión de
una teoría de la distribución dentro de
la teoría del proceso de formación de
precios, como un conjunto constituyente de un conjunto más grande de procesos de mercado, considerados como un
todo interrelacionado, exige un cuestiona- miento en un aspecto importante.
La estructura de la demanda del mercado sólo puede derivarse de los deseos,
preferencias o reac¬ciones de conducta
de los consumidores, admitiendo el supuesto de que los consumidores están
provistos de una cantidad dada de ingreso monetario.47 De aquí que en el
proceso general de la for¬mación de
precios, esté implícita una distribución
inicial del ingre-so entre los individuos,
en el sentido de que ésta debe incluirse
como uno de los determinantes de la
estructura de demanda, de la cual se
derivan todos los precios (incluyendo
los de los factores productivos); todo el
proceso de formación de precios se relaciona con esta distribución postulada.
En otras palabras, una teoría de la distribución, si se concibe como una teoría
de precios deriva¬dos de los servicios
productivos o factores, no puede ser
indepen¬diente de la distribución inicial
del ingreso, como premisa esencial.48
+T Por ejemplo, en la formulación que
hace Walras de la rarete, como “la causa del valor de cambio”, éste aparece
como la “cantidad poseída
ini¬cialmente de las mercancías que
son objetos de intercambio”. (En la Leqon 14 señala que los precios permanecen invariables cuando tiene lugar la
redis¬tribución entre sus poseedores, si
(pero solamente si) “el valor de la suma
de las cantidades poseídas por cada
una de estas partes (para el intercambio) permanecen iguales". Se hace referencia (pero no en forma demasiado
con¬vincente, debe añadirse) a “la ley
de los grandes números” para suponer
que esta condición será cumplida, por
lo general, cuando las transacciones se
efectúen en un mercado competitivo.
** Para tomar un ejemplo, supóngase
una economía con dos mercan-cías, de
las cuales r satisface una necesidad y
es relativamente barata (com¬parada
con su utilidad) e y un artículo de lujo
relativamente caro, consumido sólo por
aquellos que tienen altos ingresos. El
hecho de que la demanda de x provenga
de los grupos de bajos ingresos (e inversamente la demanda de y de quienes
tienen altos ingresos) tenderá, ceteris
paribus, a mantener el precio de x bajo
(y el de y alto), y del mismo modo el
precio de cualquiera de los factores (por
ejemplo, mano de obra) que sea más
intensamente utili¬zado en su producción.
48
TEORIA DEL VALOR Y LA DISTRIBU-
CIÓN
La consecuencia importante 1 aunqnp
veces adver¬
tida, de este contraste entre el enfogue
clásico y el moderno se deduce directamente de lo que acaba de decirse: que
en el primero^ la distribución del ingreso es tratada como un resultado de las
ins¬tituciones sociales (la pertenencia
d? la prnpiedarir pnr ejemplo').
Y Cíe las relaciones sociales, pti tanto
qn» ni timo <»stá d ter¬
minad a por las condiciones del ramhío
En un caso está determinada Hesae
tuera y en el otro desde dentro del proceso de los precios de mercado (Marx
hubiera expresado lo primero diciendo
que las condiciones sociales y las fuerzas de las clases eran más funda¬mentales que las relaciones de
cambio).49 En términos clásicos, la distribución del ingreso (es decir, la relación entre salarios y be¬neficios) era
una pre-condición de la formación de
los precios relativos. Per contra, en la
teoría posterior a Jevons y a la escuela
austríaca, la distribución del ingreso se
deriva como una parte del proceso general de la formación de los precios,
como si se tratase de un conjunto constituyente de ecuaciones dentro - deí sistema total de ecuaciones de equilibrio
del mercado (aunque no sin cir- cularidad, como hemos visto, hasta el extremo de que debe supo¬nerse una distribución inicial del ingreso para traducir
las necesi¬dades o preferencias de los
consumidores en términos de la de-
man¬da del mercado). De este modo, se
hace aparecer la distribución del ingreso como algo independiente de las instituciones de propie¬dad y de las relaciones sociales; como algo suprainstitucional y suprahistórico, al menos en lo
concerniente a la distribución del ingreso entre factores. Veremos luego que
ésta es la sustancia y esencia de la crítica a la teoría de la productividad marginal en la discusión moderna (la polémica contra la llamada escuela
“neo¬clásica), aun cuando la discusión
en sí misma se ha ocupado principalmente de asuntos formales, como los de
la consistencia y cosas semejantes.
Como lo ha expresado hace poco un
escritor: “La teoría de las relaciones de
producción quiso ser independiente de
las instituciones de la sociedad; es decir, que las relaciones entre los hombres fueron tratadas como irrelevantes
para explicar
** Es verdad que Marx consideró que
los salarios (y de allí —dada la productividad— la plusvalía) estaban gobernados por la ley general del valor; es decir,
por el “valor de la fuerza del trabajo".
Pero su misma defi¬nición del “valor de
la fuerza del trabajo", y de allí la tasa de
la plusvalía, dependía de supuestos histórico-sociales, en tanto que cualquier
desviación del precio corriente de la
fuerza de trabajo de su valor, dependía
dél equi¬librio de las fuerzas de las clases sociales (es decir, de la fuerza de los
sindi¬catos). Véase capítulo 6.
INTRODUCCIÓN: SOBRE LA IDEOLOGIA
49
la distribución. Fue la visión de Marx la
que señaló que esta- separación no tenía validez' ni aun en el mundo de la
lógica pura y el significado de esta diferenciación, para el caso de más de un
bien de capital, ha sido .enfatizado, por
los críticos modernos dé las-parábolas
neoclásicas”.30
m
En resumen, ¿a qué conclusión parece
que hemos llegado? Dicho en términos
breves parece ser que la distinción que
Schumpeter trataba de hacer entre la
economía como análisis puro y la
eco¬nomía como visión del proceso
económico, dentro del cual entran el
sesgo y la coloración ideológica, no
puede ser sustentada, a menos que el
primero quede restringido al marco
formal, simple¬mente, de afirmaciones
económicas, y no a la teoría económica
como proposición sustancial respecto
de las relaciones reales de la sociedad
económica; ello es así porque dentro de
la formulación de la última, y dentro del
mismo acto que juzga su grado de realis¬mo no pueden dejar de entrar la intuición histórica, la perspectiva y la visión social. Por esta razón es posible
caracterizar y clasificar a las teorías
económicas, aun a las más abstractas,
de acuerdo con la manera como describen la estructura y las raíces de la sociedad económica y concordante con el
significado de haberlas descripto así
para el juicio de la historia y la práctica
social contemporá¬neas. Por cierto que
hacerlo es una parte esencial de la interpre¬tación intelectual de las teorías
en cuestión y de su lugar en la historia
de las ideas; porque sin dicha apreciación falta algo crucial en nuestra comprensión de las teorías particulares,
tratadas en forma aislada y consideradas exclusivamente en términos de su
estructura lógica interna, y a fortiori en
nuestra comprensión del desarrollo del
pensamiento económico. En este sentido, la apre¬ciación histórica de la teoría
y de su desenvolvimiento es esencial
para cualquier evaluación plena de la
teoría misma, si esto quiere significar la
relación (e implicaciones) de las estructuras formales con la realidad, así como
el análisis de las estructuras formales
80 Profesor G. C. Hartcourt, “Some
Cambridge Controversies in the Theory
of Capital** en Journal oj Economic Literature, t. vii, n? 3, junio de 1969, p.
395.
50
TEORIA DEL VALOR V LA DISTRIBUC
ION
per se. Mientras las últimas pueden ser
tratadas como un logro técnico, puro y
simple, la primera, que se vincula decisivamente con la relevancia —es decir,
si una teoría tiene objeto o no lo tiene—
y con la viabilidad general como teoría
social, no puede ser tratada del mismo
modo.
La valoración histórica y la interpreta-
ción de la doctrina económica han consistido, por lo general, en investigar los
proble¬mas reales que las doctrinas
particulares estaban destinadas a
ilu¬minar. Este es. por supuesto, uno
de los elementos de la interpre¬tación,
quizá un punto de partida esencial que
de cualquier ma¬nera provee de una
clave sugestiva. Pero debe reconocerse
que no es más que un punto de partida,
y en algunos casos pueden no existir
signos visibles de que la formulación
concreta de un pro¬blema preceda a la
invención teórica en la mente de un innovador intelectual. En otras palabras,
la interpretación histórica tiene que ser
concebida con más amplitud que esto y,
en cierto sentido, menos literalmente.
Es sensato tener presente al respecto,
que el desenvolvimiento y el desarrollo
del pensamiento no deben con¬cebirse,
por una parte, como una gran serie de
respuestas discon¬tinuas (o armazones
para las respuestas) ante problemas
que son diferentes en cada generación
de aquellos de la precedente, ni tampoco, por otra parte, como una elaboración en línea recta de un conjunto básico de conceptos, por sucesiva adaptación de éstos a los problemas que
emergen de los contactos con el mundo
real. Los conceptos y las estructuras
formales nuevaá son impul¬sadas por
el deseo de responder a las inadecuaciones de sus pre¬decesores (y por lo
tanto para contradecirlas o negarlas),
en lo que se refiere a la relevancia y al
realismo, y para dar respuesta, en
cualquier sentido simple e inmediato a
los problemas contem¬poráneos (por
ejemplo, los precios de los granos en
1815 o el desempleo en la década de
1930) aun si estos últimos dan impulso
(o lo refuerzan) para reconsiderar si la
estructura conceptual tra¬dicional es o
no adecuada. Es muy corriente que el
cuestionarmento de lo viejo comience
por descubrir supuestos previamente
latentes, que subyacen bajo el antiguo
formalismo o sus corolarios conven¬cionales; quizá sean supuestos con
respecto a la situación total de la cual
dependen, o referentes a la independencia (o alternativa¬mente la contingencia específica) de algún factor o factores invo¬lucrados, o aun, además, en
cuanto al valor de ciertos parámetros
que al examinarlos resultan ser cruciales para el modus operandi del modelo.
Es probable que como secuela se hagan
intentos no meramente para quitar y
reemplazar estos supuestos particulares.
antiguos.
Por cierto que esto puede no ser más
que una manera de decir
lo
que siempre se ha dicho: que los
conceptos y teoremas nuevos deben ser
encarados simultáneamente, como si se
hubieran mode¬lado en respuesta a los
anteriores (y, por lo tanto, comparados
con éstos) —como valoración crítica de
su adecuación para cumplir el papel
para el cual se han formulado— y como
una reflexión sobre la cambiante experiencia de la humanidad y los problemas y conflictos involucrados en la actividad social del hombre, que se motiva
a sí mismo por el uso de nociones abstractas aplicadas a los seres humanos
en general, a sus artefactos y a las “cosas”.
2. ADAM SMITH
I
La subyacente preocupación de los
primeros economistas de la época de
INTRODUCCIÓN: SOBRE LA IDEOLO- Adam Smith fue la noción del provecho
GIA
individual como fuerza conductora de la
51
economía. A partir de allí se modeló la
sino para construir una descripción ra- concepción general de un sistema ecodicalmente diferente de la situación to- nómico, propulsado por un ímpetu protal y - para explorar las implicaciones
pio y la idea de que su movimiento esque ello puede traer apareado; y esto
taba conformado por leyes económicas
aun si un regusto por la paradoja en el específicas fue la única contribución
innovador no añade aliciente á su bús- que reveló y estableció la economía políqueda de casos donde los nuevos teotica clásica. Esto estaba dicho en la
remas muestran relaciones o rindan
muy conocida frase de Hegel, “de las
corolarios precisa¬mente opuestos a los acciones de los hom¬bres se deriva algo
distinto de lo que ellos desearon y pensaron conscientemente”. La idea de la
fuerza potencialmente creadora del provecho individual retrotrae a los “vicios
privados, virtudes públicas”, de la Fable
of the Bees, de Mandeville (a pesar de
que Adam Smith la desechó como “totalmente perniciosa”);1 ésta es, por supuesto, la médula sustancial dentro de
la cáscara metafísica de la “mano invisible” de Adam Smith; en este sentido
hasta la Theory of Moral Sentiments le
era afín, puesto que se preocupaba de
explorar la motivación humana, la cual
fue la esencia del orden automático
burgués.2 Esta demostración de un
mecanismo dentro de las acciones de
los hombres, con el cual era incompatible la injerencia del soberano o del estadista, fue la innovación crucial
1
La razón que adujo fue la de que
„'parecía hacer desaparecer por completo la diferencia entre el vicio y la virtud"
(Theory of Moral Sentí- ments, 11? edición, Edimburgo, 1808, t. n, p. 290).
'* Wesley Mitchell dijo al parecer que
“cualquier sistema de economía de una
persona debe estar basado sobre su
concepción de la naturaleza humana,
sea ésta tácita o expresa, en tanto su
sistema de teoría económica esté constituido por razonamientos acerca de lo
que hará la gente". Luego continúa hablando de la “potente influencia de
Bentham sobre el desarrollo de la teoría
económica1* por el hecho "„de haber
sido él quien formulara, más explícita y
claramente que nadie, el concepto de la
naturaleza humana que prevalecía entre sus contemporáneos” (Wesley C.
Mitchell, Lee ture Notes on Tvpes of
Economic Theory, Nueva York. 1949. t.
i, pp. 9CÍ-91).
Steward en su Recuerdo de Adam
Smith) era el de “permitir que cada
hombre, en tanto observe las reglas de
justicia, persiga su propio interés a su
manera, aportando su propio trabajo y
su capital a la más libre de las compe54
tencias juntamente con los de sus conTEORIA DEL VALOR Y LA DISTRIBUciudadanos”.“ Además, fue en especial
CIÓN
característico de toda la escuela, esa
en el pensamiento humano respecto de preocupación por que predominara en
la sociedad y, en forma esencial, el resu pensamiento la política económica.
emplazo del pensamiento antiguo impli- Esta preocupación precedía y modelaba
cado en los términos de “derecho natu- sus
ral” y no su continuación, como algunas veces se ha alegado.3 Como lo dije- *
Para Gunnar Myrdal en The Poíira Lord Robbins, aunque Smith “utiliza tical Element in the Deveíopment of
tan frecuentemente la terminología del Economic Theory, Londres, 1953, el vaNaturrecht”, sus “argumentos son de
lor fue “por lo general identi¬ficado con
igual modo consistentemente utilitarios el precio „justo‟ o „verdadero', el justum
por su carácter”.4 Lo asombrosamente pretium", y la teoría de la ley natural
nuevo en ei “principio de la liber¬tad
“fue el punto de partida de la teoría del
natural”, de Smith, que ya había enun- valor-trabajo y de la doctrina del liberaciado en 1749, era la afirmación empí- lismo económico" (pp. 60-71). En otra
rica de que (como lo parafraseó Schum- parte define “la esencia de esta filosofía"
peter) “la libre interacción de los indivi- de la ley natural como “una identifiduos no produce el caos sino un
ca¬ción directa de la teleología y la caumo¬delo metódico que está lógicamente salidad” (Vahte in Social Theory, editadeterminado”,5 un modelo que en con- do por Paul Streeten, Londres, 1958, p.
secuencia podría ser dilucidado en tér- 206). Schumpeter habla del utilitarismo
minos racionales. Es cierto que en
de Bentham como si fuera “nada más
aquella época se hacía mucha referen- que otro sistema de ia ley natural” (Hiscia al “orden natural” y que éste se en- tory of Economic Analysis, p. 132).
contraba dotado de una estimación,
4
The Theory of Economic Policy in
he¬redada en razón de su independen- English Classical Poíitical Eco- nomy.
cia de las maquinaciones artifi¬ciales
Londres, 1952, p. 48.
producidas por el hombre. Pero el con- 6
History of Economic Analysis, p.
tenido real de este así llamado orden
185.
natural (según las palabras de Dugald *
Biographical Memoirs, editado
por sir William Hamilton, Edimburgo,
1958, p. 60. J. K. Ingram dijo del “sistema de la libertad natural" que “esta
leoría no está, por supuesto, presentada en forma explícita por Smith, como
uno de los fundamentos de sus doctrinas económicas, pero en realidad es el
secreto sobre el cual éstas descansan”
(History of Polítical Economy, Lon¬dres,
1907, p. 91).
ADAM SMITH
5.5
ideas con respecto al orden económico,
así como seguía el desa¬rrollo de estas
ideas y les servía de corolario.
De igual modo los fisiócratas,, los economistes de la escuela francesa del siglo xvui. se preocuparon por transformar las polí¬ticas tradicionales de los
gobiernos con respecto al comercio y a
los impuestos7 y con este fin acuñaron
el concepto de un “orden económico”.
En un cierto sentido lo hicieron en una
forma más objetiva que Smith y la escuela inglesa, porque les interesaban
menos la naturaleza y las motivaciones
humanas y dirigían su atención hacia
la estructura o modelo de relaciones
comerciales —'hacia una fisiología de la
sociedad económica que tenía su
con¬ducta y pautas propias, a las cuales la política gubernamental debía
adaptarse, cuando no subordinarse.8
Según el profesor Meek, “Los fisiócratas
suponían que el sistema de intercambio
del mercado, al cual tenían como objetivo principal de análisis, estaba sujeto
a ciertas leyes económicas objetivas,
que funcionaban independien¬temente
de la voluntad del hombre y eran susceptibles de ser des¬cubiertas a la luz
de la razón. Estas leyes gobernaban la
forma y el movimiento del orden económico y, por tanto ... la forma y el movimiento del orden social en su totalidad”.8 Lo peculiar de su enfoque fue
que ellos advirtieron el punto crucial de
la formula¬ción del problema en cuanto
a la fuente y explicación de un produií
net o excedente, e hicieron de la respuesta al mismo el eje de su sistema.
Postularon (es de presumir que como
una observación empírica) que sólo la
producción de la agricultura era capaz
de rendir un produit net o excedente.
La evidencia presunta de ello era que
una clase íntegra de terratenientes vivía, de hecho, en razón de tal excedente, que se lograba en forma de renta de
la tierra; resultaba entonces implícito
que, de esta forma y en este empeño
par excellence, la Naturaleza demostraba su generosidad para con ia mano del
hombre. “La plusvalía aparece como
una
7
Esto resulta claro de la discusión
entre Mirabeau y Quesnay, quien convirtió al primero a la fisiocracia, aun
cuando el punto del cual se trataba era
el de la política demográfica. Véase RL. Meek, The Economics of Physiocracy,
Londres, 1962, pp. 16-18.
8
Véase de Quesnay, Philosophíe
Rurcle: “Si los moralistas y filósofos no
basan sus estudios respecto del orden
económico, sobre la agricultura, sus
especulaciones serán inútiles e ilusorias. Serán como los doctores que advierten sólo los síntomas e ignoran la
enfermedad. Quienes nos describen las
conductas de la época sin remontarse a
las causas son sólo especuladores y no
filósofos*' (ibíd., p. 69).
■ Ibíd., p. 19.
56
TEORIA DEL VALOR Y LA DISTRIBUCION
donación de la naturaleza" (Marx).10
En otros renglones de la actividad económica humana, los insuraos (para
usar la termino¬logía moderna) producidos por la mano del hombre, podían
re¬emplazarse, pero en general nada
más podía hacerse: en este sen¬tido
eran stérile y no productif.'1 De aquí se
deducía, en forma más bien obvia, el
famoso impot unique. Si la actividad
agrícola era la fuente del excedente del
cual dependían tanto el Estado como la
aristocracia, se suponía que todo cuanto fuera restrictivo de esa actividad debía ser condenado como socialmente
dañino, a saber: las restricciones al
comercio y los impuestos onerosos que
gravaran a los. agricultores y a los comerciantes, porque minaban las fuentes de aquellos avances foncieres, primitives y annuelles, de cuya extensión
dependía esta actividad productiva. Esta fue, a la vez, la médula de su análisis
del flujo circular del intercambio (que
probablemente se llamaría hoy un “mo-
delo”) encuadrado en el famoso Tableau
Economique, de Quesnay. (“Cantillon y
Quesnay tuvieron esta concepción de la
interdependencia general dé todos los
sectores y de todos los elementos del
proceso econó¬mico en el cual —de esta
manera lo dice realmente Dupont— nada queda aislado y todas las cosas
permanecen unidas.”) 12 Se añadía a
esto —y no estaba del todo lógicamente
relacionada— una noción paralela a
aquella que según hemos visto caracterizó a los escritóres ingleses del siglo
xvm: la de que los intereses indi¬viduales, cuando funcionaban en
libertad, servían al bien público y esto
por la “magia” de la competencia, la
cual en una “sociedad bien ordenada”
asegura “que cada hombre trabaja para
los demás, mientras cree que está trabajando para sí mismo”. Sin embargo,
para ello no se apelaba a ninguna demostración lógica de que así debía ser,
sino a los “principios de la armonía
económica” conce¬didos al mundo por
la benevolencia divina.1*
Con referencia a la “deuda” que algunas
veces se dijo tenía Smith con la Escuela
francesa, por haber entrado en contacto
con ella durante su viaje por Francia y
Suiza en los años 1764-66, la verdadera
situación parecería haber sido la de un
paralelismo y una generación independiente de ideas, más bien que la de una
10 Theories of Surpíns-Vahie, parte i,
traducción de Eraile Burns, Moscú, sin
fecha,'p. 51.
ll„ Como carecieron de una teoría del
valor, no establecieron diferen¬cias entre la productividad física y la del valor
(como lo observa Schum- peter en History of Economic Analysis, p. 238).
ia Ibíd., p. 242.
13
Véase Meek, Economics of Physiocracy, p. 70.
ADAM SMITH
5?
dependencia a partir de una única
fuente original. Sabemos ahora que
muchas de las nociones características
desarrolladas por Smith en La riqueza
de las naciones estaban presentes en
forma embrio¬naria por lo menos en
sus conferencias 'primeras, anteriores
aí año 1764. Este fue el caso, no sólo de
la idea de la división del trabajo limitada por la extensión del comercio, sino
también del papel benéfico del provecho
individual, como lo expresó él en su eficaz aforismo: “no es .„de la benevolencia
del carnicero, del cervecero o del panadero que esperamos nuestra comida,
sino de su preocu¬pación por sus propios intereses. Apelamos, no a su sentido hu-manitario, sino a su autoestimación, y nunca les hablamos de nuestras
propias necesidades sino de sus ventajas”.14 Lo que sí. puede muy bien haber adquirido Smith en su visita a
Francia (aparte de reforzar su fe en lá
libertad económica) es la noción de capital entendido como un “adelanto.” en
el tiempo, es decir, un anticipo a la
producción o, por lo menos, a su terminación, noción esta que implícitamente
contenía todos los elementos
esen¬ciales de la teoría del capital como
luego se la desarrolló, en la medida en
que ésta ha tratado a la encrucijada del
problema del capital y su inversión como recurrente en el tiempo. De cualquier forma, se trata de la noción de
capital que afirma que éste con¬siste
esencialmente en anticipos de salarios a
los trabajadores, idea que corre a través
de toda la Economía Política Clásica en
In¬glaterra.15 No obstante, aun aquí,
Adam Smith parece haber te¬nido ya
un germen de 1¿ misma idea en sus
conferencias primeras cuando había
dicho que “cada industria requiere un
acervo de alimentos, indumentaria y
vivienda para comenzar” y que “el número de gente empleada debe estar en
proporción al mismo”.10 Disiente en
forma expresa del principio fundamental del sistema fisiocrático en lo que se
refiere a que la agricultura era la única
creadora del produit net aunque lo admite si se acepta la idea de que existen
“dos excedentes” en la agricultura. “Los
agricultores
14
Wealth of Naiions, completa en
un volumen, Londres, 1826, p. 21.
13 Esta noción dio origen a que él y sus
sucesores de la escuela clásica concibieran al capital —en mucho menor
medida que los economistas
mo¬dernos— como un factor de producción distinto del trabajo pero paralelo; y cuando Ricardo, por ejemplo, hablaba de la productividad decreciente
de
las sucesivas cantidades de capital empleado sobre la tierra, no era algo que él
distinguiera de la productividad de las
sucesivas cantidades de trabajo empleado sobre la tierra (como lo hace la
teoría moderna de la producti¬
vidad marginal).
18
Lectures on Justice, Pólice,
Reve/me and Arms by Adam Smith,
Reported by a Student in 1763, Edwin
Cannan (editor), Oxford, 1896, p. 181.
cuito de intercambio fertilizador del
am¬biente, Smith lo vio en términos de
fuerzas del mercado que esta¬blecían
ciertos “valores naturales”, debido a)
funcionamiento de la competencia, sobre la oferta y la demanda. Por lo tanto,
dichos valores naturales se convirtieron
en un término de comparación, o norma, con la cual todos los precios artificiales, establecidos por interferencias y
obstáculos en forma de reglamentaciones legales, “privilegios exclusivos de
las corporaciones, estatutos de aprendi¬ces” y monopolios, podían ser comparados y detectados. Por otra parte, el
precio del mercado, que dependía de
una configuración particular y ad hoc
de la oferta y la demanda en un determinado momento y lugar tendía —
cuando las condiciones de libertad lo
permitían— hacia el nivel “natural” en
el transcurso del tiempo (“regulados por
la cantidad que en realidad se lleva al
mercado y la demanda de aquellos . . .
que pueden llamarse los demandan¬tes
efectivos”), pero en un mundo variable o
no perfectamente libre, no había nunca
coincidencia. “El precio natural... es,
como si fuera el precio central, alrededor del cual los precios de todas las
mercancías están gravitando continuamente.” lft Ya en sus pri¬meras conferencias tenía muy clara en su mente
esta concepción:
'T Weaith of Nations. p. 634.
'■ //><</.. p- 61.
58
TEORIA DEL VALOR Y LA DISTRIBUCIÓN
y los trabajadores del campo, reproducen, por cierto cada año ade¬más del
acervo que los mantiene y los emplea,
un producto neto, aparte de la renta del
terrateniente. Del mismo modo que un
ma¬trimonio que logra tres hijos es por
cierto más productivo que aquel que
sólo logra dos, el trabajo de los agricultores y los tra¬bajadores del campo es
en verdad más productivo que el de los
comerciantes, artífices y artesanos”.17
Quizá el punto de vista de Smith, que
consideraremos luego, respecto de la
relación del interés de los terratenientes
con el interés general de la sociedad, se
vincule con esta afirmación.
II
La preocupación dominante de la economía, política clásica fue la de enunciar las “leyes naturales” de este orden
económico autorre¬gulador. En tanto
que esto había sido concebido por
Quesnay en términos de un flujo o cir- ADAM SMITH
59
“cualquier política que tienda a aumentar el precio de mercado por encima del
preció natural, tiende a disminuir la
riqueza pú¬blica”; “todos los monopolios .y privilegios exclusivos de las
cor¬poraciones, sean cuales fueren los
fines benéficos para los cuales fueron
instituidos originariamente, tienen el
mismo efecto perni¬cioso” que “los impuestos sobre las importaciones y las
exporta¬ciones”, los cuales, “también
obstaculizan el comercio”.19 Por tanto,
la mejor política es la de “dejar que las
cosas sigan su curso natural”. Ninguna
prueba se ofreció para una proposición
tan general como ésta. Sin embargo, no
es una afirmación metafísica, ni lo fue
la noción de “valor natural” per se (que
el equilibrio que definía fuera hipotético
no la hace metafísica), aunque por razo¬nes de terminología se le agregara
una aureola metafísica, la cual sin duda produjo un impacto retórico mucho
mayor sobre un au¬ditorio contemporáneo (como también sobre los que le
siguieron), puesto que era un auditorio
impregnado de nociones metafísicas
sobre el ius naturalis.
Cuando llegó a la definición más precisa de este valor natural y de su determinación, Adam Smith tuvo demasiado
poco que decir más allá de la afirmación de que éste era el precio de
equi¬librio que establecería la competencia a su debido tiempo, a tra¬vés del
funcionamiento de la oferta y la demanda y alrededor del cual “los precios
de todas las mercancías están gravitando conti¬nuamente”. El “precio natural”
de una mercancía se define como igual
a la suma de las “tasas naturales de
salarios, beneficio y renta”, tasas que, a
su vez, se definen como las “tasas ordinarias o promedio” de los salarios, beneficio o renta prevalecientes en las
“circunstancias generales de la sociedad” en ese momento, o sea, en otras
palabras, como determinadas por las
condiciones generales de oferta y demanda de mano de obra, capital y tierra, las cuales regulan respectivamente
a las tres “partes componentes del precio de las mercancías”, y por lo tanto,
“en toda sociedad, el precio de cada
mercancía lo determina una u otra, o
todas, de aquellas tres partes”. Es entonces cuando se demuestra cómo,
cuando “la cantidad ofrecida en el mercado puede en un determi¬nado momento ser menor que la demanda efectiva” o, a la inversa, “alguna de las partes componentes de su precio debe elevarse por encima de su tasa natural” o
alternativamente caer por debajo de
ella, y cómo esto influirá sobre la oferta
futura en el período subsiguiente, de tal
manera que logre adaptarse al nivel de
la
” Lee tures ... by Adam Smith, Cannan
(editor), pp. 178, 236.
60
TEORIA DEL VALOR Y LA DISTRIEUCfóN
demanda. Por lo tanto, la justificación
de la competencia, que tiende por medio de frecuentes y algunas veces largas
fluctuaciones a igualar el precio de
mercado con el precio natural, significaba que “la cantidad total empleada
anualmente por la industria, a fin de
llevar al mercado cualquier mercancía,
se adecúa natural¬mente de esta manera a la demanda efectiva”.20
Es verdad que al comienzo hay un esbozo de una teoría del valor natural del
trabajo, tanto en la discusión del “precio real y nominal” (a la cual se hará
referencia enseguida) como al
prin¬cipio del capítulo vi del libro i, titulado “De las partes compo¬nentes del
precio de las mercancías”. Pero rápidamente se de¬muestra que esto se aplica
sólo a “ese temprano y rudo estado de
la sociedad que precede tanto a la acumulación del capital como a la apropiación de la tierra”. Entonces, por cierto
que “será la proporción entre las cantidades de trabajo necesario para adquirir distintos objetos:.. la única circunstancia que puede ofrecer al¬guna pauta
para su intercambio recíproco ... En
este estado de cosas, el totál del producto del trabajo pertenece al trabajador; y la cantidad de trabajo comúnmente empleada en adquirir o
pro¬ducir una mercancía cualquiera es
la única circunstancia que puede regular la cantidad de trabajo, que se podría
de ordinario comprar, economizar o intercambiar”.21 Pero “tan pronto como el
capital se haya acumulado en manos de
personas particulares, algunas dé ellas
lo emplearán, como es natural, poniendo a trabajar a gente industriosa, a la
cual proveerán de materiales y de los
medios de subsistencia, a fin de obtener
un beneficio por la venta del trabajo de
ellos o por lo que el trabajo de ellos
añade al valor de sus materiales”. En
dichas circunstancias, “el valor que el
trabajador añade a los materiales se
resuelve en este caso en dos partes: salarios y beneficios”. “En este estado de
cosas, no siempre per¬tenece al trabajador la totalidad del producto. Debe en
la mayor parte de los casos, compartirlo
con el propietario del capital, que lo
emplea a él”. Se deduce que “en el precio de las mercancías ... los beneficios
del capital constituyen una parte componente, por completo distinta de los
salarios del trabajo, y regulada por
prin¬cipios totalmente diferentes”.
Además, la proporción de estos dos
componentes puede variar en forma
considerable en las diferentes ramas de
la producción.**
ao Wealth of Nations, pp. 53, 58-65.
81 lbíd.t p. 51.
” Ibíd., pp. 52-53.
ADAM SMITH
61
Como se ha observado con frecuencia,
hay aquí un iñdicior de una teoría de la
.deducción del beneficio; tanto el beneficio como la renta son tratados por implicación, como deducciones de lo que
es “naturalmente” u “originariamente”
el producto del tra¬bajo.23-Lo que no
es más que una insinuación en el caso
del be¬neficio, se hace mucho más explícito cuando llega al tercer
com¬ponente —la renta de la tierra—
con la observación de que “a los terratenientes, como a todos los demás
hombres, les gusta cosechar donde
nunca sembraron, y demandan una
renta hasta para su producto natural”
(a esto se añade: “La madera del bosque, la hierba del campo y todos los
frutos naturales de la tierra, que cuando ésta era del común, le costaban al
trabajador sólo el es- fue 170 de recogerlos”, ahora en cambio éste debe “pagar por el derecho a recogerlos y debe
darle al terrateniente una porción de .
lo que con su trabajo recolecta o produce”.24 Si dicha teoría de la “deducción”
hubiera tenido, en realidad, una intención, es posible que pudiera interpretársela dentro del marco de alguna teoría del “derecho natural” y hubiera sido
por cierto consistente con el en¬cuadre
general dentro del que Adam Smith la
colocara. Pero tam¬bién podría ser interpretada en un sentido histórico comparativo, como una teoría incipiente de
la explotación, vista como una re¬lación
social, en un sentido análogo al de
Marx.23
Por lo tanto, tenemos en Smith una teoría del precio que puede ser caracterizada (según la descripción del señor
Sraffa) 28
“ Es significativo que Marx tratara esto
como si fuese un concepto de plusvalía,
por lo menos en embrión, y lo es aún
más que hablara como tal de la teoría
de Ricardo; esto es, como de una “teoría
de la plusvalía, la cual por supuesto
existe en su obra, aunque él no defina a
la plusvalía como distinta de sus formas particulares, beneficio, renta e interés”. De paso. elo¬gia a Adam Smith
(a su “gran mérito") por su sentido histórico, al advertir (mucho mejor que Ricardo) que “con la acumulación del capital y la apari¬ción de la propiedad territorial... algo nuevo ocurre” (The oríes
of Sur plus Valué, parte 1, traducción
de E. Bums, Moscú, sin fecha, pp. 8386; parte 11. traducción de Renate
Simpson, Moscú, 1968, Londres, 1969,
p. 169).
24 Wealth of Nations, p. 53.
88 En este sentido fue que Bortkiewicz
habló luego de una teoría de la “deducción" del beneficio, prefiriendo este
nombre al de “explotación". Ya hemos
visto que Marx consideró la teoría de
Smith en este sentido como una* teoría
de la plusvalía, aunque sin atribuirla a
la aparición histórica de la propia fuerza de trabajo como mercancía.
38 Introducción general al t. 1 de
Works and Correspondence of David
Ricardo, P. Sraffa (ed.), Cambridge,
1951, p. xxxv. Marx se refirió a la forma
en que Smith determinaba el valor natural “sumando los precios natu¬rales
de salarios, beneficio y renta" (Theories
of Sur plus Valué, parte 1, p. 95).
62
TEORIA DEL VALOR Y LA DISTRIBU-
CIÓN
como una “teoría de la suma”, una adición simple de tres compo¬nentes primarios del precio. Se la ha descripto, a
veces, como una simple teoría del costo
de producción, forma con la que ha ido
trasmitiéndose a través del siglo xix y se
la ha conocido en los libros de texto sobre el tema. Smith extrajo de la misma
un coro¬lario que, al ser examinado,
puede verse que es un testimonio cuestionable para que esta teoría de la suma, como de oferta y demanda sea una
adecuada explicación del valor. El corolario, al cual se le atribuyó considerable
importancia, fue formulado con referencia al efecto que tendría un impuesto
sobre los bienes de consumo indispensables, o más particularmente sobre los
alimentos, efecto mucho mayor que el
de otros impuestos, porque al elevar el
niv^l de los salarios (monetarios) elevaría eventualmente los precios de todas
las mercancías. Por lo tanto, “el precio
en dinero del grano regula el precio de
todas las demás mercancías hechas en
el país”.27 La consecuencia de que
cuando sube el precio del grano, todo
sube, provoca de inmediato la pregunta:
“¿sube en términos de qwé?”. Esta pregunta la formuló, como veremos, Ricardo, y constituyó el trampolín de la
crítica de Ricardo al trata¬miento del
valor realizado por Adam Smith.
Sin embargo, la primera ocasión en que
Smith parece rela¬cionar el valor de
cambio con el trabajo, se encuentra en
el capí¬tulo v del libro i, al referirse a lo
que él llama “la medida real” de los valores de cambio “o en qué consiste el
precio real de todas las mercancías”,
como lo dice el título del capítulo. Como
el error ha sido frecuente existe la necesidad de insistir en que en este capítulo
al autor le interesa no la causa o “regla”
(es decir, el principio) del valor sino el
patrón de medida en términos del cual
pueden ser estimados en forma apropiada los valores de las mer-cancías y
los cambios de las mismas. Aunque estas dos cosas es¬tuvieran muy vinculadas en el pensamiento de la época conside¬rándose en particular al último
como clave para el primero (según lo
volveremos a ver en Ricardo) se trata de
cuestiones distintas y separables y era
la segunda y no la primera, la que aquí
constituía la preocupación inmediata de
Adam Smith. Después de subrayar que
el valor de cambio de una mercancía se
“estima más fre¬cuentemente por la
cantidad de dinero que por la cantidad
ya sea de trabajo o de cualquier otra
mercancía que pueda obtenerse a cambio de ella”, procede a señalar que el
dinero es variable en sí mismo (obsérvese la gran inflación de la época de los
Tudor) de
*T Wealth of Nations, p. 470.
como un pie natural, una brazada o un
puñado que de continuo varían- en su
propia cantidad, no pueden nunca "ser
una medida adecuada de la cantidad de
otras cosas, tampoco una mercancía
que está variando de continuo en su
propio valor puede ser jamás una medida adecuada del valor de otras mercancías”. Después de rechazar el dinero, vuelve de nuevo al trabajo como
único patrón de medida posible y las
razones que da para ello son de cierto
interés. Dice que “iguales cantidades de
trabajo, en todas las épocas y lugares,
puede decirse que son de igual valor
para el trabajador. En su estado ordinario de salud, fuerza y espíritu; en el
grado común de sus capacidades y destreza, siempre debe entregar la misma
porción de su tranquilidad, de su libertad y de su felicidad ... Por lo tanto, sólo
el trabajo, que nunca varía en su propio
valor, es el único patrón definitivo y real
por el cual puede ser estimado y comparado el valor de todas las mercancías
en todas las épocas y lugares. Es su
precio real; el dinero es solamente su
precio nominar‟.28 Quizá se podría traducir esta afirmación en términos
marshallianos y decir que era equiva¬lente a postular que el trabajo era el
costo real definitivo involu¬crado en la
ADAM SMITH
actividad económica y era, en conse63
cuencia, el único patrón satisfactorio en
acuerdo con las variaciones en la canti- términos del cual podrían ser medidos
dad de trabajo que invo-' lucra la prolos valores cambiantes de todas las
ducción, de oro y plata. “Del mismo
mercancías, incluyendo los de los metamodo que una medida de cantidad, tal les preciosos que se usaran como mer-
cancía-dinero.
En el parágrafo del cual se tomó este
pasaje, Adam Smith parece sostener
una distinción muy clara entre la cantidad de tra¬bajo que cuesta la producción de una mercancía y el precio al
que será intercambiado ese trabajo en
el mercado (o lo que, como veremos,
Marx habría de denominar el valor o
precio de la fuerza de trabajo). Smith
dice que “el precio que él [el trabajador]
pague debe siempre ser el mismo, sea
cual fuere la cantidad de bienes que
reciba a cambio. De estos bienes, por
cierto, puede adquirir a veces una cantidad mayor y otras una cantidad menor; pero es el valor de éstos el que varía y no el del trabajo con el cual los
com¬pra. En todas las épocas y lugares, aquello que es caro es lo que es difícil lograr o cuesta mucho trabajo adquirir; y aquello que es barato es lo que
puede obtenerse con facilidad o con
muy poco trabajo”. Además, en el párrafo siguiente dice: “Pero aun cuando
para el trabajador las cantidades iguales de trabajo son siempre
28 Ibíd.. p. 37.
64
TEORIA DEL VALOR Y LA DISTRIBUCIÓN
de igual valor, para aquella persona que
lo emplea parece como si algunas veces
fuera de un valor mayor y otras de un
valor menor. £1 empleador le compra
algunas veces con una cantidad mayor
y otras con una cantidad menor de bie-
nes, y para él, el precio del trabajo parece variar como el de todas las otras
cosas... No obstante, la realidad es que
son las mercancías las que son baratas
en un caso y caras en el otro”.29
Sorprende, sin embargo, encontrarlo
hablando en otra parte del mismo capítulo de la “cantidad de trabajo que [una
mercan¬cía] le permite adquirir o economizar” por ser “la medida real del valor de cambio de todas las mercancías”
y esto lo afirma, por cierto, en el parágrafo inicial de este capítulo.50 Ello
constituyó la báse de la crítica de Ricardo de que, evidentemente, confundió
el precio del trabajo (en el sentido de los
salarios pagados) con la cantidad de
trabajo requerida para producir un artículo deter¬minado, y de que en consecuencia fluctuaba entre un patrón de
trabajo economizado * y un patrón de
trabajo incorporado. (Ri¬cardo dijo de
Smith: “quien definió tan adecuadamente la fuente original del valor de
cambio” erigió otro patrón de medida
del valor... consistente no en la cantidad de trabajo gastado en la producción
de un objeto, sino en la cantidad de la
cual pueda dis¬poner en el mercado:
como si éstas fueran dos expresiones
equivalentes”.91
Se podría en verdad considerar esta noción de trabajo eco¬nomizado en el contexto de un patrón o medida, como paralela a la noción de los salarios como
una causa del valor, en el sentido de
“una parte componente del precio”, lo
cual según hemos visto Smith adoptó
como base de su corolario respecto del
papel domi¬nante del grano (qua biensalario) en la formación de los precios
de todas las demás mercancías. Evidentemente las dos medidas contrastadas
que habrían de ser debatidas agudamente por Ricardo y Malthus, llevarían
a idénticos resultados si (pero sólo si)
los salarios permanecieran constantes
como una proporción del valor total
producido (lo cual significa que los
cambios de salarios en el
a# Ibíd., pp. 37-38.
30 Ibíd., p. 35.
*
La expresión labor commanded
ha sido traducida como “trabajó^ economizado” de acuerdo con el contenido
que el profesor. Julio H. G. Olivera le ha
asignado en su obra Valor y trabajo
(Buenos Aires, Universidad Nacio¬nal
de Buenos Aires, Facultad de Ciencias
Económicas, 1957). [N. de la T.]
Sl Works and Correspondence of David
Ricardo, P. Sraffa (ed.), 1. i, pp. 13-14.
ADAM SMITH
65
tiempo están ligados a los cambios de la
productividad del traba- ; jo).32 Por
otrá parte, en el contexto de una regla
causal o principio para la formación del
precio o del valor de cambio, una teoría
de los salarios y una teoría del trabajo
incorporado serán equiva¬lentes (prescindiendo de la renta) si (pero sólo si) la
proporción entre el trabajo y el capital,
y de ahí la razón salario-beneficio es
uniforme en todas las ramas de la pro-
ducción.
No puede decirse que Adam Smith haya
hecho mucho uso de esta concepción de
una medida del valor en términos de
tra¬bajo, en ninguno de los sentidos a
los cuales alude. Puesto que está directamente vinculada con el problema de
la división pro¬porcional del producto,
se podría haber esperado, quizá, que
con¬dujera a alguna discusión sobre
este tema, bajo la forma de una disquisición más extensa en materia de distribución. Sin embargo, esto no lo encontramos expresado con propiedad. Lo
que sí encontramos, como secuela de la
investigación de las partes componentes del precio de las mercancías,
son dos proposiciones rela-cionadas
entre sí, concernientes a la tendencia
de dos de estos componentes (salarios y
beneficios) a la uniformidad, semejante
a la existente entre distintos empleos e
industrias, y la determi¬nación del nivel
general de cada una por las condiciones
de oferta y demanda de trabajo y de capital, respectivamente. Las “circuns¬tancias que determinan naturalmente” la tasa de salarios y la tasa de
beneficios, así como sus diferencias “en
los distintos empleos del trabajo y del
capital”, constituyen el tema de los capítulos siaa Para tomar un ejemplo simplificado:
supóngase que en una fecha determinada, para producir un bushel de granos se insumen tres unidades de trabajo y un siglo después sólo dos unidades.
Medido en términos de trabajo incorpo-
rado, el grano perdería un tercio de su
valor en el decurso de un siglo. Supóngase que los salarios en la primera de
las fechas fue¬ran de VA de bushel por
unidad de trabajo. Se -deduciría entonces que tres cuartas partes del producto total deben destinarse a los salarios,
dejando libre un cuarto para el beneficio (e ignorando la renta); en términos
de lo que puede comprar el trabajo, un
bushel igualaría a cuatro unidades. Si
el salario en términos de grano hubiera
permanecido invariable (es decir, V* de
bushel por unidad), entonces en la última de las fechas se destinaria a los
salarios sólo la mitad del producto y
quedaría la mitad para el beneficio; y en
términos de lo que el trabajo podría
comprar, como medida, el grano, permanecería invariable. Porque cómo el
grano se ha reducido en en términos de
lo qué el trabajo puede comprar, así
como en términos del tra¬bajo incorporado, los salarios en términos de grano
hubieran tenido que elevarse durante el
período desde VA hasta Va de bushel,
es decir, a la mitad de un cuarto o tanto
como hubiera subido la productividad
(de lo cual se deduciría que la división
proporcional del producto entre salarios
y bene¬ficio habría permanecido constante).
rra. Es en el primero de estos capítulos
en que, además de las bien conocidas
observaciones respecto de que la “mejora en las condiciones de les niveles más
bajos del pueblo” constituye una ventaja (“es seguro que ninguna sociedad
puede ser floreciente y feliz, si la mayor
parte de sus miembros es pobre y miserable”) 3B y respecto de los patrones
que tienen superioridad en el poder de
contratación y están “siempre y en todas partes en una especie de combinación tácita, pero constante y uniforme,
para no elevar los salarios del trabajador por encima de su tasa vigente”,34
aparece la proposición general más clara referente a que los salarios dependen
principalmente de la tasa de cambio en
la demanda de trabajadores, la cual a
su vez depende de la tasa de acumulación de capital o bienes de capital. “La
demanda de quie¬nes viven de los salarios ... aumenta necesariamente con el
aumen¬to del ingreso y del capital de
cada país, y no puede aumentar sin él...
Lo que causa un aumento en los salarios de los trabajadores no es la grandeza presente de la riqueza nacional,
sino su continuo crecimiento. En consecuencia no es en las naciones más
ricas, sino en las más prósperas, o sea,
en las que se están enriqueciendo con
más rapidez, que los salarios de los tra66
bajadores son más altos.” 3!> Y dice
TEORÍA DEL VALOR Y LA DISTRIBUademás: “Es digno de observar que es
CIÓN
en el estado pro¬gresivo, cuando la soguientes (viii, ix y x) seguido por un tra- ciedad está avanzando ... más bien que
tamiento distinto de la renta de la tiecuan¬do ha adquirido su plenitud de
riquezas, que la condición de los trabajadores pobres... parece ser la más feliz
y la más cómoda. [La condición de los
pobres] “es dura en el estado estacionario, y miserable cuando está declinando. El estado progresivo es en rea¬lidad
para todos los diferentes órdenes de la
sociedad, el estado alegre y sano. El estacionario es opaco, el declinante melan¬cólico.” 36 Este énfasis sobre la tasa de cambio, más que sobre el nivel de
la demanda, se añade, o mejor dicho se
deduce de una visión de la población,
como si ésta tendiera siempre a alcanzar cualquier incremento de la demanda y de los salarios (“si esta demanda
está en continuo crecimiento, la retribución al trabajo
ss Wealth of Nations, p. 80. Además se
argumenta (contra lo que era el punto
de vista corriente en los siglos xvii y
xvin) que la abundancia y los buenos
salarios son favorables a la industria y
a la productividad: “Donde los salarios
son altos encontraremos a los trabajadores más activos, diligen¬tes y rápidos
que donde éstos son bajos" (p. 83).
” Ibíd., p. 69.
“ Ibíd., p. 71.
•• Ibíd., p. 83.
ADAM SMITH
67
debe necesariamente estimular de igual
manera los matrimonios y la multiplicación de los trabajadores”) hasta que
“la multiplicación excesiva” de brazos
sobrepase a. esta demanda, pero a la
primera señal de disminución de su incrementó forzará a “retroceder su precio
[el del trabajo] a esa tasa apropiada que
requieren las circunstancias de la sociedad”. "De esta manera”, concluye, “la
demanda de hombres, al igual que la de
cualquier otra mercancía, regula necesariamente la producción de hombres;
la apresura cuan¬do va demasiado lenta y la detiene cuando avanza con demasiada rapidez”.*7
En cuanto al beneficio, también está
afectado por “el estado creciente o declinante de la riqueza de la sociedad”,
pero de ma¬nera contraria. “El incremento del capital, que eleva los salarios, tiende a disminuir los beneficios.
Cuando los capitales de muchos comerciantes ricos se dirigen hacia la misma
actividad, su mutua competencia tiende, naturalmente, a disminuir el beneficio, y cuan¬do se da un incremento
semejante de capital en todas las dife¬rentes ramas practicadas en la misma sociedad, la misma compe¬tencia
debe producir el mismo efecto en todas
ellas”/8 El resultado puede ser la caída
del precio de muchas mercancías, aunque la elevación de los salarios tenga el
efecto de elevar el precio de otras. Este
razonamiento de Smith con respecto a
una tasa de¬creciente del beneficio en
el transcurso de un proceso progresivo
fue también tema para la crítica posterior de Ricardo, quien evi¬dentemente
lo consideró como un ejemplo sorprendente de las inadecuadas explicaciones
de oferta y demanda sobre las cuales
Smith (y en sus huellas Malthus en
particular) se apoyó tanto. De cualquier
manera, en la forma.en que se la presentaba la conclusión se basaba sobre
una generalización cuestionable de lo
que tendía a suceder en una sola rama
de actividad, llevándolo a nivel macroeconómico de todas las actividades.
En cuanto a las diferencias de salarios
y beneficios, según fuesen sus distintos
empleos (diferencias, esto es, que son
consis¬tentes con el “precio natural” y
no con las desviaciones que de aquí
surjan) su tratamiento equivale a la
bien conocida teoría de las ventajas netas iguales. El capítulo x comienza con
la proposi¬ción clara y nada ambigua
de que “por lo menos en una socie¬dad., .donde haya libertad perfecta
y donde cada hombre sea perfectamente libre de elegir la ocupación que pensó
que le conve” Ibíd., pp. 81-82.
” Ibtd., p. 89.
68
TEORIA DEL VALOR Y LA DISTRIBUCIÓN
nía y libre para cambiarla... el total de
las ventajas y desventajas de los diferentes empleos del trabajo y del capital
debe ser, en la misma vecindad, o perfectamente igual o tendiente en forma
conti¬nuada hacia la igualdad”. Se hace
aquí manifiesto que, “si en la misma
vecindad hubiera cualquier empleo evidentemente más o menos ventajoso que
el resto, acudiría tanta gente en su caso
y tanta otra gente desertaría del otro,,
que sus ventajas pronto des¬cenderían
al nivel de los demás empleos”.3® El
resultado sería que los salarios y los
beneficios tenderían continuamente a
ser desigua¬les en la cantidad justa
como para compensar las diferencias en
la balanza de las ventajas y desventajas, aparte de la ganancia pecuniaria.
Se registraban como responsables de
tales desviaciones de las ganancias monetarias a partir de la uniformidad, cinco “cir¬cunstancias principales: la
amenidad o el desagrado de los empleos
en sí mismos”, la facilidad o dificultad
del aprendizaje de la tarea, la permanencia o no del empleo, el grado de responsabilidad vinculado a la vocación de
quien se tratara, y el grado de . insegu¬ridad de éxito. Sin embargo, como lo
subraya la segunda parte del capítulo,
“la política de Europa, al no dejar las
cosas en perfecta libertad, ocasiona desigualdades de mucha mayor importancia”; y por deducción se condena tal
política.
Cuando se llega a la tercera parte del
componente del precio, se encuentra
una curiosa inconsistencia. La renta
aparece como un componente en un
sentido distinto al de los otros dos: tan
diferente por cierto, como para despertar dudas sobre su capacidad de
desempeñar el papel que se le asigna
como explicación parcial o causa del
precio.40 “Debe observarse que la renta, por lo tanto, entra dentro de la composición del precio de las mercancías en
una forma distinta a la de los salarios y
el beneficio. Los altos o bajos salarios o
beneficios son las causas de los altos o
bajos pre¬cios; la renta, alta o baja es el
efecto de él”.41 A lo cual se añade que
la renta de la tierra. .. “es naturalmente
un precio de mono¬polio. No guarda
ninguna proporción con lo que el terrateniente pueda haber gastado para mejorar la tierra, o con lo que pueda procurarse, sino con lo que el agricultor
pueda dar”.
“• Ibíd., p. 99.
Véase la referencia de Marx a “esta inconsistencia”, en Theories of Surpltts
Valué, parte u, Londres, 1969, cap. xm,
p. 321. Ricardo, por supues¬to, había
notado su incompatibilidad con una
explicación del precio eVi términos de
una suma de tres “componentes”.
41
Wealth of Nations, p. 144.
ADAM SMITH
69
Sólo en. las últimas tres páginas, antes
de la conclusión de este capítulo,42
después- de una larga digresión histórica sobre el dinero y los precios, es que
se encuentra el único tratamiento de
ese aspecto de la. distribución al cual
Ricardo habría de atribuir tan grande
importancia: la relación entre “los réditos (o ingresos) de los tres grandes órdenes, originarios y constitutivos de
toda sociedad civilizada” y la relación de
cada uno de por sí con el “interés general de la sociedad”. Esta relación, como
aquella entre el inte¬rés individual y el
general, responde a una armonía general y no conflictiva en la medida en que
atañe sólo a terratenientes y
tra¬bajadores. Puesto que la renta de la
tierra se eleva “con cada incremento de
la riqueza real de la sociedad”, el interés
de los terratenientes (“el primero de
aquellos tres grandes órdenes”) “está
estricta e inseparablemente vinculado
con el interés de la sociedad”. También
el interés de los asalariados está “tan
estric¬tamente vinculado con el interés
de la sociedad como el del pri¬mero”,
puesto que los salarios “nunca son tan
altos como cuando la demanda de trabajo está en continuo ascenso”. Por lo
tanto, el interés de los asalariados así
como el de los terratenientes quedó
identificado con el progreso de la acumulación de capital.
La excepción, distintamente curiosa a
primera vista, es el in¬terés de los “comerciantes y dueños de manufacturas”,
que viven del beneficio. Con respecto a
este tercer orden se observa que “la tasa de beneficios no aumenta con la
prosperidad, como la renta y los salarios, ni cae con la decadencia de la sociedad. Por el contrario, es naturalmente baja en los países ricos y alta en los
países pobres y es siempre la más alta
en los países que van más rápidamente
hacia la ruina. Por lo tanto, el interés
de este tercer orden no tiene la misma
conexión con el interés general de la
sociedad como aquel de las otras dos”.
Nótese, sin embargo, que el fundamento
para condenarlo o, por lo menos, para
ponerse en guardia contra esta tercera
clase u orden social es su tendencia a
fomentar medidas que limitan la competencia puesto que, “ampliar el mercado y estrechar la competencia es siempre el interés de los traficantes... una
categoría de hombres cuyo interés nunca es exactamente el mismo que el del
público, sino que por lo general tiene
interés en engañarlo y hasta en oprimirlo y, en consecuen¬
** Ibíd., pp/ 244-247. El comentario de
Cannan es que “la teoría de - la distribución de Adam Smith ... está insertada ... como un simple apén¬dice o corolario de su doctrina de los precios” {en
History of Theories of Production and
Distribution, 2* edición, Londres, 1903,
p. 186).
70
TEORIA DEL VALOR Y LA DISTRIBUCION
cia, lo han tanto engañado como oprimido en muchas ocasiones”.43 Cuando
más adelante se habla en el libro de las
tarifas protec¬cionistas, Smith se refiere a “la mezquina rapacidad, al espíritu
monopolizador de comerciantes e industriales, quienes no son, ni deben
ser, los que gobiernen a la humanidad
... porque su interés es.. . directamente
el opuesto a aquel del gran cuerpo del
pueblo”.44
Estas son palabras duras y con frecuencia se ha sostenido que demuestran que Smith no puede ser considerado como quien ha dado “expresión
teórica a los intereses esenciales de la
clase nego¬ciante” 4Í1 o en ningún sentido como un panegirista del capitalis¬mo industrial. Es verdad que quienes esto dicen, toman en un sentido
algo simple y directo la palabra “panegirista”. El contexto histórico de La riqueza de las naciones fue por cierto más
com¬plejo que lo que implica una frase
de este tipo. En primer lugar, en la clase de juicio que hemos citado, Smith
tenía evidentemente en su pensamiento
al total de la red de reglamentos restrictivos incorporados en el sistema mercantil, que representaban, según su
visión, intereses mercantiles individuales y regionales y constituían un obstáculo al proceso general de acumulación de capital y de expansión industrial. No era inconsistente abogar en
favor del sis¬tema emergente (y hasta
en consecuencia en favor de la clase de
capitalistas industriales que eran simultáneamente sus pioneros y sus últimos beneficiarios) contra los intereses
regionales de “comer¬ciantes y dueños
de manufacturas”, pues éstos eran un
obstáculo para un fin más amplio. En
segundo lugar debe recordarse que
Smith estaba escribiendo en el alba
misma, si no en las vísperas, de la Revolución industrial, cuarenta años antes que Ricardo. Escri¬bía en una época
en que los “manufactureros” se identificaban prin-cipalmente con los semimercaderes, semi-entrepreneurs “producto¬res” del sistema de artesanías
domésticas (o a lo sumo de lo que Marx
habría de denominar “manufactura”
para distinguirlo de la “fabricación mecanizada”). Escribía, además, en un siglo en que se habían hecho algunos de
los más notables progresos en materia
de inversión de capitales y de nuevos
métodos productivos en la agricultura,
antes que en la industria. Su doctrina
puede ser enten¬dida con propiedad
sólo como un reflejo de un período de
tran** Wealth of Nations. pp. 246*247.
" Ibíd., pp. 456-457.
45
La descripción es Ja de sir Erich
Roll en A History of Economic Thoughí,
i? edición, Londres, 1937, p. 152; véase
Robbins. Engíish Cfassicaf Política/
Economy, pp. 20-22.
AHA.M 5MÍTH
71
»ición, cuyos problemas consistían en lo
esencial en preparar el campo para la
inversión y la expansión de la industria,
lo cual para él era sinónimo de abandono total de las reglamentaciones protectoras y de la aniquilación de los obstáculos y los regionalis¬mos, en su interés por apresurar la competencia y la
ampliación de los mercados.
Puede hacerse notar, de paso, que este
tratamiento de la distri-bución, en términos del efecto dei progreso sobre los
ingresos de las distintas clases fue incorporado como una novedad a La riqueza de las naciones y evidentemente
no hizo referencia a ello en sus
pri¬meras conferencias. Puede ser (co-
mo lo sugirió Cannan) que aquí fuera
influido por su contacto con los fisiócratas, en especial por el Tableau, de
Quesnay. En sus lecturas no hay más
que unas pocas observaciones dispersas tales como aquella de que “la división de la riqueza no va de acuerdo con
el trabajo... Por lo tanto, pareciera como
si quien lleva la carga de la sociedad
tiene las menores ventajas‟V"
III
El blanco principal para la crítica de
Adam Smith, como bien se sabe, fue la
doctrina (o “sistema de economía política”) de la escuela mercantil. El principio
básico de esa escuela o sistema, como
él la interpretó, consistía en una falacia
de identificación de la riqueza con el
dinero y en el supuesto de que se trataba “de atesorar oro y plata en cualquier
país por considerarse que era la forma
más rápida para enriquecerlo”. El vio en
esta falsa doc¬trina el principal obstáculo para una extensión de las ventajas de la Libertad Natural, a la esfera
del comercio, tanto exterior como doméstico, que según él traería consigo
todas las ventajas de la competencia y
de la baratura y la expansión progresiva
de la divi¬sión del trabajo junto con la
gran mejora de las fuerzas producti¬vas
que de allí se engendraran. En lo que
atañe la teoría del comercio internacional, aunque queda fuera de los límites
que nos
48 Lectures by Adam Smith, E. Cannan
(editor), 23 edición. Londres. 1903, p.
163. Edwin Cannan comenta: “Es fácil
que Smith adquiriera de los fisiócratas
la idea de la necesidad de un esquema
de la distribución y ane¬xara su propio
esquema... a su teoría de los precios, ya
existente" (Intro¬ducción del editor,
ihíd.t p. xxxt.)
72
TEORIA DEL VALOR Y LA DISTRIBUCIÓN
hemos fijado en este estudio, uno se
siente tentado de hacer aquí un comentario general. Este consiste en que, en
lo que concierne al meollo teórico de su
ataque a la doctrina mercantilista, el
mismo está resumido en la teoría de la
distribución de los metales precio¬sos
en el proceso del comercio y parecería
que ésta es, en su esencia, la que probablemente tomó de David Hume. Ya en
el año 1752 en un volumen de ensayos
intitulados Poíitical discour- ses, Hume,
al escribir “De la balanza de comercio”,
había incluido un pasaje notable respecto de las relaciones entre los flujos
de metálico que entraban y salían de un
país y la balanza de sus im¬portaciones
y de sus exportaciones. Este pasaje dice
lo siguiente:
"Supóngase que en Gran Bretaña se
aniquilen en una noche tres cuartas
partes de todo su dinero y la nación se
viera reducida a las mismas condiciones, con respecto al metálico, que prevalecían durante los reinados de los
Harrys y de los Edwards, ¿cuál podría
ser la conse¬cuencia? ¿No debieran los
precios de toda la mano de obra y de las
mercancías disminuir en proporción, y
venderse todo tan barato como en aquellas épocas? ¿Quién podría entonces
competir con nosotros en cualquier
mercado extranjero, pretender navegar
o vender manufacturas al mismo precio
con el que para nosotros produce ese
beneficio? En qué poco tiempo, por lo
tanto, volvería de nuevo todo el dinero
que hemos perdido, y nos elevaríamos
al nivel de todas las naciones veci¬nas;
con lo cual, después de esto, perderíamos de inmediato la ventaja de la baratura de la mano de obra y de las mercancías, y se detendría el flujo siguiente
de moneda, en razón de nuestra plenitud y de nuestra sociedad.”
Después de exponer el caso inverso
(“Ahora, supóngase que todo el dinero
de Gran Bretaña se multiplicara por
cuatro, de la noche a la mañana”), llega
a la conclusión de que:
“Ahora bien, es evidente que las mismas causas que corregirían estas exorbitantes desigualdades, si ocurrieran
por milagro, debiera impedirse que ocurrieran en el curso ordinario de lo natural, y siempre debería mantenerse el
dinero en todas las naciones vecinas en
las pro¬porciones adecuadas a las artes
y a la industria de cada nación. Siempre qué el agua se comunica, permanece al mismo nivel. Preguntad la razón a
los físicos; os dirán que si subieran en
algún lugar, la mayor gravedad de esa
parte no está compensada y ha de deprimirla hasta que encuentra un contrapeso; y que la misma causa que co-
rrige la desigualdad cuando sucede ha
de impedir siempre que se presente, en
ausencia de alguna operación externa.”47
47
Poíitical Discourses, Edimburgo,
1752, pp. 82-84, en David Hume, Writings on Economics, Rotwein E. (editor),
Londres, 1955, pp. 62-64*
ADAM SMITH
73
Este es sin. duda el pasaje al cual parece haberse referido Smith en sus primeras conferencias, cuando dice que el
señor Hume “demuestra ingeniosamente que el dinero debe siempre mantenerse en proporción a la cantidad" de
mercancías existentes en cada país;
puesto que cuando el dinero se acumula más allá de la proporción de mercancías, en cualquier país, subirá necesariamente el precio de los bienes; y entonces en los mercados extranjeros habrá quien venda más barato que este
país y en consecuencia el dinero se
marchará hacia las demás naciones”.48
El capítulo de La riqueza de las naciones dedicado a “Los principios del sistema comercial o mercantil" (capítulo i
del libro iv), contiene el siguiente elogio
del comercio internacional: “Con¬cede
valor a los artículos superfluos (para los
habitantes de un país), pues se cambian por otros que pueden satisfacer
una parte de sus necesidades y aumentar sus satisfacciones. Gracias a él, la
estrechez del mercado local no impide
que la división del trabajo alcance su
más alta perfección en ninguna rama
particular del arte o la manufactura. Al
abrir un mercado más extenso para la
parte de su producto que exceda la cantidad necesaria para el con¬sumo doméstico y dar estímulo al mejoramiento
de las fuerzas productivas, aumentándose el producto anual al máximo e incre-mentando, por lo tanto, los ingresos
reales y la riqueza de la socie¬dad. El
comercio internacional se ocupa de
continuo en desempeñar estos grandes
e importantes servicios en los diferentes
países entre los cuales se practica. Estos países pueden derivar del mismo
gran¬des beneficios.” Pero con el fin de
volver a atacar el mito de la necesidad
de un excedente en las exportaciones,
se añade: “Sin duda una parte del negocio en el comercio internacional es el
de importar oro y plata que pueden necesitar los países ,que no .tengan minas; pero, sin embargo, es una parte
muy insignificante del mismo. Un país
que realice su comercio internacional
sólo con ese propósito, no tendría quizá
oportunidad de fletar un barco en todo
un siglo”.41'
No obstante, no debe pasarse por alto el
hecho de que, antes de llegar a la conclusión de su crítica al mercantilismo,
el ataque se generaliza más allá de las
consideraciones sobre el comercio internacional y la distribución de los metales preciosos. En este capítulo (VIII
del libro iv) aparece la frase, muy citada, que tiene una resonancia y una
aplicación muy actual: “El consumo
** Lectures by Adam Smith, Cannan
(editor), p. 197.
4* Wealth of Nations, p. 411.
74
TEORÍA DEL. VAI.OR V LA DISTRIBUCIÓN
es la única finalidad y propósito de la
producción; y el interés del productor
debe ser tomado en cuenta sólo en la
medida en que pueda ser necesario para promover aquel del consumidor”. Per
contra, se agrega, “en el sistema mercantil, el interés del consu¬midor está
casi constantemente sacrificado en favor del productor; y parece que se considera a la producción, y no al consumo, como el fin y objeto último de toda
la industria y el comercio”.5ü Este fue
el “mensaje” esencial de La riqueza de
las naciones al emergente mundo de la
competencia.
Con el fin de no dejar incompleto ninguno de los temas que trató Adam
Smith, parece que debe prestarse, por
lo menos, alguna atención a dos cuestiones finales; su noción y uso de la distinción entre trabajo “productivo” y trabajo “improductivo” y la definición que
se vincula a ella, en forma estrecha, del
ingreso neto en contraste con el ingreso
bruto.
Al hablar del trabajo productivo, Smith
se ocupó desde un comienzo en rechazar la pretensión fisiocrática de que el
trabajo en la industria era estéril o improductivo. Deseaba reservar la deno¬minación de “improductivo” para el
trabajo de los “sirvientes do¬mésticos” y
para el de los dependientes (ya fueran
de casas de familias aristocráticas o del
gobierno) que realizaban sus servicios
en forma directa para su señor o dueño,
quien pagaba estos servicios con parte
del “ingreso” en una transacción que
debía ser calificada de “consumo” y no
de “producción”; la razón adu¬cida era
que estos servicios no eran seguidos ni
complementados por ninguna otra venta destinada a obtener beneficio. “El
trabajo de los sirvientes domésticos (a
diferencia del trabajo de artesanos e
industriales) no asegura la continuación de la existencia del fon¬do que los
mantiene y los emplea. A expensas de
sus dueños está su manutención y el
trabajo que realizan es de tal naturaleza
que no puede reembolsar ese gasto. Ese
trabajo está constituido por servicios
que perecen, por lo general, en el mismo instante en que se realizan, y no
quedan fijados ni concretados en alguna mercan¬cía que sea vendible. Al tomar esto en cuenta ... he clasificado a
ios artesanos, industriales y comerciantes, entre los trabajadores pro¬ductivos
y a los sirvientes domésticos entre los
estériles o im¬productivos”.'1
80
¡btd., p. 620.
51 Ibíd., p. 635. Véase la interpretación
(y aprobación) de Malthus de lo que
Smith llama “trabajo productivo", o sea
“el trabajo que se mani¬fiesta en la
producción o incremento de valor de...
objetos materiales*'. Principies of Poíitical Economy, Londres, 1820, p. 30.
ADAM SMITH
75
Pero Adam Smith está lejos de ser claro
cuando explica la diferencia entre “artesanos e industriales y comerciantes”.
Pre¬senta aquí dos definiciones distintas (aunque en gran medida superpuestas), que involucran (como lo'señaló
Marx) ciertas con? tradicciones entre
ellas, o, por lo menos, no trazan límites
precisos entre lo productivo y lo improductivo.
En primer lugar se encuentra la noción
de trabajo produc¬tivo: aquel que no
sólo reemplaza los gastos directos de
producción, incluyendo sus propios salarios, sino que además rinde un beneficio
o
un excedente superior y por encima de estos gastos (o dicho en términos modernos: un excedente sobre el
valor de. todos los insu¬mas). Esta es
en lo esencial la misma noción que la
de los fisiócra¬tas; y Marx hubo de llamarla “la definición correcta”.5En segundo lugar se encuentra la noción implícita en el pasaje que acabamos de citar, o sea la del trabajo productivo como incorporado a una “mercancía vendible", que tiene un valor de
cambio propio y por lo tanto es susceptible de reventa: esto en contraste con
los “servicios que, por lo general, perecen en el mis¬mo instante en que se
desempeñan”. Es en este sentido que se
ha concentrado principalmente la aten-
ción de los comentarios y discu¬siones
posteriores hasta llegar a nuestros días
(incluyendo la discusión con respecto a
tales categorías en los países socialistas). Esta connotación se desliza ya en
la primera mención que se hace del trabajo productivo e improductivo en relación con la Acumu¬lación del capital en
el capítulo 111, del libro II, aunque sólo
sea como una ambigüedad de la interpretación. La frase inicial de este capítulo de Smith dice que: “hay una única
especie de trabajo que añade valor a la
materia a la cual se incorpora: hay otra
que no tiene dicho efecto. Eí primero,
en cuanto producto valor, puede ser
llamado productivo... El trabajo de un
sirviente doméstico, por el contrario, no
añade ningún valor”.‟3 Después de una
propo“ Theories of SurpUts Valué, parte i,
traducción de Emile Burns, Mos¬cú.
sin fecha, p. 148: "El trabajo productivo, según su significado para la producción capitalista, es el trabajo asalariado que, intercambiado por la parte
variable del capital... reproduce no sólo
esta parte del capital (o el valor de su
propia fuerza de trabajo) sino que además produce plus¬valía para el capitalista... Sólo es trabajo productivo el que
produce un valor mayor que el suyo
propio'‟*. Véase también El capital, t. i
{edición de Moore y Aveling), p. 517: “La
producción capitalista no es simplemente la producción de mercancías
sino, en lo esencial, es la creación de
una plusvalía... Ese trabajador sólo es
productivo si produce una plusvalía para el capitalista, y de este modo trabaja
para la auioexpansíón del capital".
r‟3 Wftíllh of Nations, p. 311.
76
TEORIA DEL VALOR Y LA DISTRIBUCIÓN
sición para demostrar que “un hombre
se vuelve rico empleando a una multitud de gente industriosa y se vuelve pobre empleando a una multitud de sirvientes domésticos” este parágrafo inicial del capítulo se cierra de nuevo con
una referencia al trabajo que se fija sobre “materias primas particulares o
mercancías vendibles” en contraposición con los “servicios [que] por lo general, pere¬cen en el mismo instante en
que se desempeñan, y rara vez dejan
huella de valor, detrás de ellos”. Puede
suponerse, en forma razo¬nable, que
Adam Smith no vio el conflicto entre las
dos defini-ciones porque no consideraba la posibilidad de un beneficio o
plus¬valía, a menos que el trabajo en
cuestión produjera una mercancía vendible. Sin duda, en un sentido amplio,
las dos nociones vienen a significar la
misma cosa. Pero, como lo vuelve a observar Marx, los actores, los músicos,
los bailarines, los maestros, los cocineros y las prostitutas pueden todos crear
un excedente o beneficio para un empleador en el caso en que estén empleados por “un empre¬sario de teatros,
conciertos, burdeles, etcétera”.34 Además “un escritor es un trabajador pro-
ductivo, no en la medida en que
pro¬duce ideas, pero sí en cuanto enriquece a un editor”. Lo crucial del asunto, expresa Marx, es una “relación social de producción” y no “la especialidad
particular del trabajo” o “el valor de uso
particular al cual éste trabajo especial
se incorpora”; necesitamos “una definición del valor que se derive, no de su
contenido o de su resultado, sino de su
forma social particular”.5,1
Al hacer la distinción entre el ingreso
bruto y el ingreso neto es evidente que
Adam Smith tiene de nuevo en su pensamiento
s* Theorles of Surplus Valué, parte i,
pp. 160-164. Añade, además: “La cocinera del hotel produce una mercancía
para la persona que como capitalista ha
comprado su trabajo, o sea el propietario del hotel; el consu¬midor de costillas de cordero tiene que pagarle al propietario del hotel por el trabajo de ella,
y para el propietario del hotel este trabajo (aparte del beneficio) repone el
fondo del cual continúa él pagándole a
la cocinera. En cambio, si yo compro el
trabajo de una cocinera para que ella
cocine para mí ... entonces su trabajo
es improductivo, a pesar del hecho de
que su trabajo se fija en un objeto material y podría múy bien (en lo que resul¬tara) ser una mercancía vendible,
como lo es en realidad para el propietario del hotel", ibíd., p. 161.
14
Ibíd., pp. 153-154, 156. En El
capital dice Marx: “Ese trabajador sólo
es productivo si produce plusvalía para
el capitalista y por lo tanto trabaja para
la autoexpansión del capital... La característica que distingue al trabajador
productivo, según lo han señalado
siempre los economistas políticos clásicos, es la creación de plusvalía . - (El
capital, t. i, traduc¬ción de Moore y
Aveling, p. 517).
ADAM SMITH
77
la noción fisiocrática del produü net,
como, excedente que surge de la actividad económica. Pero la definición que
emerge es algo diferente. Tal como lo
define en el capítulo n del libro 11, el
ingre¬so neto parece en principio tener
él significado “moderno”, que hoy día se
acepta (es decir, el de sinónimo de ingreso nacional; o sea, el producto o ingreso bruto [“el producto anual de la
tierra y el trabajo de un país” minus el
capital utilizado para producir ese producto o “los gastos para mantener, primero su capital fijo y segundo su capital circulante”).58 No se menciona la
intención de hacerlo distinto del excedente del genre fisiocrático, aunque la
in¬terpretación de “mantener el capital
circulante” intacto lleva a que se lo califique diciendo que “el capital circulante
de una sociedad es, en este aspecto,
diferente de aquel de un individuo”. A
pesar de una cierta oscuridad que rodea a esta interpretación (en un capítulo dedicado principalmente a incursionar dentro del dinero bancario y del
papel moneda), se aclara que la inten-
ción es la de incluir dentro del “ingreso
neto” lo que gastan los habitantes de
un país “para su subsistencia” así como
para sus “satisfacciones y entretenimientos”, es decir, todo cuanto se- coloca “en su stock, como reserva para el
consumo inmediato”, “sin menguar su
capital”.
Una manera de formular el problema de
las diferencias posi¬bles de interpretación es la de preguntar si lo de mantener intacto el capitál circulante se debe
entender como que lo sea también en
una escala global (o nacional), manteniendo intacto simple¬mente el stock de
materia prima y de bienes en proceso
de pro¬ducción, o incluyendo también
en el capital circulante algún tipo de
fondo nacional para las subsistencias o
fondo de salarios. ¿Es que tiene que
deducirse, antes de calcular el excedente, un stock de bienes-salario terminados, suficiente para satisfacer las necesi-dades de la fuerza de trabajo durante
un ciclo dado de produc¬ción, así como
también los stocks de materias primas
y de produc¬tos semielaborados? En
una serie de pasajes de su obra, Adam
Smith parece negar que se considere el
primer tipo de deducción. Se podría tomar del caso simple de la agricultura,
que tanto Smith como los fisiócratas
tenían sin duda en su pensamiento, un
produc¬to en grano homogéneo, que
sirviera también como capital y un
48
Wealth of Nations, p. 267. De paso debe recordarse, que junto con la
mayor parte de los escritores clásicos,
Smith hizo el supuesto tácito de un ciclo anual de producción (semejante al
ciclo agrícola) con una rotación simple
del capital circulante durante el período
de producción. Véase Piero Sraffa, Production of Commodities by Means of
Commodities, Cambridge, 1960, pp. 3 y
10.
78
TEORIA DEL VALOR Y LA DISTRIBUCIÓN
ciclo de cosecha anual y tener, a nivel
microcósmico, este tipo de ejemplo simplificado:
El capital está constituido por 20 unidades de grano
j. .j.j { 10 semillas
1 10 { 10 salarios de subsistencia El
producto bruto (es decir, la cosecha
anual) es de 40 unidades.
El problema podría entonces ser expuesto de la siguiente forma: ¿consiste
el producto neto en (a) el beneficio del
agricultor des¬pués de haber reemplazado las 20 unidades de capital requeridas para proveer las semillas y los salarios de subsistencia para el año siguiente (es decir, un excedente de 20), o
bien en (b) el bene¬ficio del agricultor
junto con los salarios de sus trabajadores (es decir, 30 unidades, las cuales
constituyen la diferencia entre la cosecha bruta y el fondo de semillas necesarias para plantar al año siguiente)? De
acuerdo con la primera interpretación,
la definición en términos de mantener
intacto el capital circulante, si se con-
si¬dera que incluye tanto los salarios
como la semilla, parecería con-ducir al
mismo resultado que se logra de la noción fisiocrática. Pero este resultado
podría considerarse como accidental.57
Sólo la segunda interpretación es en
realidad consistente con la idea de que
el “ingreso neto” es idéntico al fondo de
consumo potencial de ambos, los capitalistas y los asalariados, como resulta
ser la intención franca de Adam Smith.
En este sentido, el “ingreso neto” de
Adam Smith es un concepto diferente
del produit net fisiocrá- tico y de la
“plusvalía marxista”.
Veremos que Ricardo toma la definición
sin ambigüedades en el primer sentido
del excedente, es decir, como beneficio
(y también la renla) después de pagar
los salarios; e incidentalmente critica a
Adam Smith porque “constantemente
magnifica las ven¬tajas que un país obtiene de un gran producto bruto y no de
un gran producto neto‟\SR
*T Adam Smith parece haber estado
consciente de que, en lo referente a los
salarios, al menos, el capital circulante
en una sociedad de intercambio, sería
mantenido fundamentalmente en forma
de dinero; y en determinado lugar dice:
*'Por lo tanto, el dinero es la única parte del capital circulante de una sociedad, cuya conservación puede ocasionar alguna disminución en el ingreso de
la misma" (Wealtii of Nations, p. 269).
B“ Works and Correspondente of Ricardo.. Sraffa (editor), t. i, pp. 347, 348,
422. Se califica a la definición en una
nota al pie de la p. 348 (y su intención
se clarifica después) hasta decir que los
salarios representan más “que los gastos absolutamente necesarios de la
producción: en ese caso una parte del
producto neto del pais Jo reciben los
trabajadores".
3. DAVID RICARDO
I
En su notable obra sobre el radicalismo
filosófico, Halevy llama la atención sobre el pesar expresado por James Mili
en el curso de un artículo publicado en
The Edinburgh Review para octubre de
1818 por “la gran dificultad con que las
saludables doctrinas de la economía
política se propagan en este país”; a lo
cual añade Mili que entre los años 1776
y 1817 “no apareció en Inglaterra ni un
solo tratado completo de economía política. La única auto¬ridad continuó
siendo Adam Smith y éste fue poco escuchado”.1 Los puntos de vista de Mili
sobre la propaganda doctrinal pueden
haber sido ambiciosos o puede ser también que haya escrito bajo una racha de
humor pesimista. Pero es cierto que no
hubo nada durante este período que.se
aproximara a un “tratado completo” sobre el tema. (Aun cuando el Manual2 de
Bentham, de 1793-1795 había sido publicado y hubiera sido más extenso de
lo que es, no po¬dría ser calificado como tal, porque se trataba de política y
no de teoría.) Esto no quiere decir que
no hubiera una actividad y una vigilancia considerables de los asuntos con-
cernientes a la econo¬mía política, en
especial a lo referente a la producción
de folletos sobre problemas particulares. Puede decirse que al último tipo
pertenecen Brítain Independent of
Commerce, en 1808, de William Spence
y la respuesta al mismo, de lames Mili,
titulada Commerce Defended, de ese
mismo año; se recuerda principalmente
a este último por su patrocinio de la
“Ley de Say”, tal como la proponía originariamente J. B. Say en su Traite
d'Economie Politique cinco años antes
de esa fecha. Además, el año de 1798
había sido el de la publicación del Essay on Population de Malthus y en la
primera
1
Elie Halevy, The Growth of Philosophic Radicalism, traducción de Mary
Morris, Londres, 1928, pp. 264-265. El
artículo de Mili .se titula “Di¬nero y
cambio".
*
Véase Jeremy Bentham's Economic tVriríngs. W. Stark (ed.),
Lon¬dres, 1952, t. i. pp. 223-273.
80
TEORÍA DEL VALOR Y LA DISTRIBUCIÓN
década.del nuevo siglo no era infrecuente que apareciesen artículos sobre
cuestiones de economía política en The
Edinburgh Review y éstos eran tópicos
de discusión entre los cognoscenti,3
Las discu¬siones sobre política monetaria y acerca de la depreciación de época
de guerra, cuando se produjo la controversia bullionista, dieron la ocasión pa-
ra que en el debate económico apareciese en público Ricardo por primera
vez. En el transcurso de los debates
parlamentarios sobre la Ley de Granos
en febrero de 1815, se habría de producir una verdadera florescencia de folletos durante ese mismo mes, en que se
perfeccionó la teoría de la renta y, en la
medida en que concerniría a Ricardo,
éste elaboró lo esencial de su teoría del
beneficio, con su tendencia a decrecer a
medida que avanza la acumulación del
capital. Ya estaban próximos al período
del cual iba a hablar Marx, como “notable, dada la acti¬vidad científica en el
dominio de la economía política” y la
época en que se “realizaron espléndidos
torneos”.4
Lo que puede decirse en verdad es que
hasta 1817, el año de la aparición de
los Principies de Ricardo, no hubo nada
que pudiera llamarse un simple sistema
teórico de economía política, ni aun
como bosquejo preliminar. Una característica de Wealth of Nations fue su carácter asistemático en lo que concierne
a la teoría. Algunos consideran que quizá sea ésta una de sus principales virtudes; es decir: que era capaz de iluminar tanto, porque se ocupaba mucho de
la historia y de situaciones particulares
y no se esforzaba por lograr una unidad
conceptual. Es verdad que contiene brillantes apercus, ajustados pedazos de
teoría elegante¬mente elaborados, los
más persuasivos comentarios y juicios
sobre políticas particulares y respecto
de sistemas de pensamiento como el
“mercantil” y el “agrícola”. Pero hemos
visto que, hablando con propiedad, carecía de una teoría de la distribución y
lo que contiene de una teoría del precio
o del valor (en la forma de la suma de
los tres componentes) es lógicamente
incompleto, ya que la distinción entre
precio natural y precio de mercado y su
princi¬pio de las ventajas netas iguales,
sus genuinas contribuciones en
3
Estos "primeros artículos*‟ desde
1802 en adelante, “con frecuencia nos
proporcionaban un tema agradable para platicar durante media hora, cuando
los negocios no nos apuraban" en la
bolsa de valores, tanto a Ri¬cardo como
a su amigo Hutches Trower (carta de
Ricardo a Trower el 26 de enero de
1818) en Works and Correspondence of
David Ricardo, Sraffa P. ted.), t. vil p.
246 y véase también el t. vi, p. xxm.
4
En el Prefacio del autor a la segunda edición (24 de enero de 1872). til
capital^ t. i (traducción de Moore y Aveling!, p. xxn.
DAVID RICARDO
81
esta esfera se sostienen por sí mismas.
Por el contrario, en Ricardo, encontramos algo muy diferente: una teoría integrada del valor, del beneficio y de las
reiitas;; sus aspectos o elementos tienen la nitidez y la precisión de una demostración matemática, a los cuales se
les agregó.un corolario de política, dé
fnanera muy persuasiva.
Es bien sabido que entre 1809 y 1811,
el interés de Ricardo por los problemas
económicos -se centró principalmente
en temas referentes al dinero y a los
precios y a su relación con los altibajos
en la tasa de cambio exterior. Sus puntos de vista sobre estas ma¬terias se
formaron en el curso de la crítica de la
política del Banco de Inglaterra durante
el período bélico. Se acusaba al Banco
de ser responsable de las emisiones excesivas de billetes, a los cuales se atribuía el premio corriente sobre el oro (en
términos de bille¬tes) y la caída del valor de cambio de la libra inglesa en
Ham- burgo, Amsterdam y otros centros financieros continentales. Esta crítica fue pregonada en primer lugar en
un artículo anónimo publicado por el
Morning Chronicle en agosto de 1809
(seguido por dos cartas en setiembre y
noviembre), y luego desarrollada en un
folleto titulado “El alto precio del metal,
una prueba de la depreciación de los
billetes de banco”, en 1810. Después de
la pu¬blicación del Informe del Comité
escribió otras tres cartas al Morning
Chronicle (en setiembre de 1810) en
apoyo de sus des¬cubrimientos (los
cuales “no pueden dejar de convencer a
toda mente desprejuiciada”).'1
En el curso de esta discusión referente
al precio en libras del oro metálico, se
enunciaron los elementos esenciales de
la teoría cuantitativa del dinero y de lo
que más tarde se llamaría la teoría de la
paridad del poder adquisitivo en los
cambios exteriores.
Los elementos esenciales de su teoría
del valor y la distri¬bución datan en
realidad del momento en que se publicó
su folleto, altamente especializado en
febrero de 1815, “Ensayo sobre la influencia del bajo precio del trigo sobre
las utilidades del capital”, donde se demuestra la ineficacia de las restricciones a la importa¬ción. Este folleto apareció en el mismo mes que otros escritos sobre el mismo tópico por Malthus,
West (la autoría reconocida en la página
del título era simplemente la de “Un
miembro del colegio de la Universidad
Oxford”) y por el Coronel Robert Torrens. Los Principies oj Poíitical Economy and Taxation publicado dos años
más tarde, fueron un desarrollo y elaboración de las ideas
s Works and Correspondence, Sraffa
(ed.), t. ni, pp. 15-153.
82
TEORIA DEL VALOR Y LA DISTRIBUCIÓN
elementales presentadas en el Essay
durante el transcurso de una argumentación especializada y sumamente
pragmática.
El Essay, de 1815, comienza con un
enunciado de lá famosa teoría de la renta diferencial, que ha llegado a ser conocida con el nombre de “Teoría Ricardiana de la renta”. En realidad Ricardo
reconoce su deuda, en lo que a esta
teoría se refiere, para con el folleto de
Malthus, publicado tres semanas antes,
titulado An Inquiry into Rent\ y como el
señor Sraffa ha señalado * lo que pare-
ce haber ocurrido es que Ricardo pensó
que la teoría, tal como la exponía
Malthus, complementaba en forma clara su pro¬pia teoría de los beneficios.
Con anterioridad se había familiari¬zado con la noción de los rendimientos decrecientes en el sentido de la productividad decreciente del trabajo en el
margen, a medida que se extiende (o se
intensifica) la producción agrícola. Por
cierto que de esto dependían no sólo el
precio del grano en rela¬ción con el de
las manufacturas, sino también el beneficio (del agricultor y también el del
industrial y el del comerciante). En
consecuencia se puede decir que Ricardo había logrado el marco esencial para
una teoría de la renta, pero no había
encontrado todavía el ajuste de la noción de la renta como un excedente, y la
forma de su determinación, hasta que
leyó el folleto de Mal¬thus. En el momento en que escribía su Essay,' Ricardo no había leído todavía el folleto escrito por West, publicado once días antes,
que enunciaba sustancialmente la
misma teoría de la renta basándose en
la productividad decreciente de los cultivos marginales.
Puede señalarse que, al exponer este
punto de vista sobre la renta como producto excedente de la tierra intramarginal (o alter¬nativamente, de las aplicaciones intramarginales del trabajo)
don¬de la productividad era mayor que
en el margen, Ricardo tenía muy clara
la noción de un margen tanto intensivo
como extensivo. De cualquier forma es-
to se le hizo muy evidente para la época
en que escribió sus Principies, donde
habla en términos generales de la renta
como de algo que “es siempre la diferencia entre el pro¬ducto obtenido por
el empleo de dos cantidades iguales de
capital y trabajo”8 y como dependiente
de la “desigualdad en el pro¬
*
En su nota sobre “Ensayo sobre
los beneficios” en Works and Cor- respondence of Ricardo, t. iv, pp. 6-8.
T Ibíd,, t. i, pp. 71 y ss. Véase M. Blaug,
Ricardian Economics, New Haven,
1958, pp. 12-13.
•
Ibíd., t. i. pp. 71 y ss. Véase M.
Blaug, Ricardian Economics, pp. 12-13.
DAVID RICARDO
83
ducto obtenido por medio de sucesivas
porciones de capital em¬pleado sobre la
misma o sobre nuevas tierras”.* Sea
cual fuere la manera como sé" explicó
—ya se atribuyera el incremento a la
aplicación creciente de trabajo, y capital
a una cantidad existente y dada- de tierra, o a una extensión de los cultivos a
tierras nuevas de inferior calidad— la
idea de que fueran “una creación de
valor, como yo entiendo esa palabra,
pero no una creación de riqueza" y que
su aumento sería “siempre el efecto de
la creciente riqueza del país, y de la dificultad de proveer de alimento a su incre¬mentada población”10 permanecía
inafectada; y cuando J. B. Say objetó
que no había tal cosa como una “tierra
sin renta”, Ricardo pudo replicarle que
esto no importaba, puesto que siempre
había unidades de capital y de trabajo
sin renta, en el margen intensivo de toda tierra.11
Más crucial por diversos motivos para
la estructura funda¬mental de su doctrina fue su teoría de los beneficios. Ésta —tiene alguna importancia el apreciarlo— se elaboró aún antes que el Essay y fue enunciada, con anterioridad a
su teoría del valor, en términos puramente de producto. El señor Sraffa ha
señalado, además, que puede muy bien
haber sido enunciada en un bosquejo
preliminar de un año antes, que no llegó hasta nuestros días, pero que está
descripto en una carta como “ensayos
sobre los beneficios del capital”, que
según parece mostró a Malthus y a
Hutches Trower.12 Esta era en lo esencial una teoría del excedente expues¬ta
en forma más clara y explícita que la
teoría de la “deducción” de Adam
Smith, y la desarrollaba con el fin de
señalar que los beneficios dependían de
la diferencia entre el producto marginal
de la mano de obra dedicada al cultivo,
y la subsistencia de esa mano de obra,
siendo ambos expresados en grano. En
consecuen¬cia, el beneficio estaba expresado como una simple proporción
“ Ibíd., también dice (p. 80) que “no es
necesario que la tierra deba estar excluida del cultivo, con el fin de reducir
la renta; para producir este efecto es
suficiente que se empleen sucesivas
porciones capital sobre la misma tierra
con diferentes resultados y que se sus-
traiga aquella porción que rinda menos
resultados". Sobre el punto de vista de
Torrens, de que para que exista renta ni
siquiera era necesario que existieran los
rendimien¬tos decrecientes (y simplemente la escasez), véase Lionel Robbins, Robert Torrens and the Evolution
of Classicaí Economics, Londres, 1938,
pp. 43 y ss.
10
Works and Correspondence of
Ricardo, t. i, pp. 399, 77.
11
!b':d., pp. 412-413, nota. Schumpeter habla de “lectores superficia¬les”
que piensan que la teoría requiere la
existencia de “tierra sin renta”. History
of Economic Analysis, p. 675, nota.
11 Introducción al 1.1 de Works and
Correspondence of Ricardo, p. xxi.
84
TEORIA DEL VALOR Y LA DISTRIBUCIÓN
del producto respecto de los salarios,
proporción que iba dismi¬nuyendo a
medida que el margen se extendía y declinaba el pro¬ducto de un día de trabajo. Tal como aparece en una carta de
junio de 1814, su teoría fue resumida
en la proposición siguiente: "la tasa de
beneficio y la del interés deben depender de la pro¬porción de la producción
[destinada] al consumo necesario para
esa producción”.13 En el Essay on Profits, de 1815, sostiene que “los beneficios generales del capital dependen en
su totalidad de los beneficios de la última porción de capital empleado en la
tierra”. De Quincey habría de expresar-
lo más tarde diciendo que "él [Ricar¬do]
fue el primero que hizo posible deducir
los salarios de la renta —y por lo tanto,
deducir los beneficios de los salarios...
con lo cual, en una fórmula breve podría decirse de los beneficios— que ellos
son tas migajas de los salarios.1*
Con esta teoría del beneficio en términos de grano (como se la puede llamar)
se vinculó en un principio la noción de
que los beneficios obtenidos en la agricultura determinaban los beneficios generales. No podían existir dos tasas de
beneficios diferentes en la industria y
en la agricultura, en forma que fuera
consistente con la “ley” (o tendencia hacia) de una tasa de beneficio unifor¬me.
Puesto que la relación de los beneficios
con respecto a los sala¬rios en la agricultura estaba dada por las condiciones
de la produc¬ción allí imperantes (y por
ser una proporción del producto era
inva¬riable ante cualquier cambio en el
precio del grano), se deducía que la tarea de la adaptación debían hacerla los
precios de las manufacturas, hasta que
como resultado de estos movimientos
de precios se obtuviera en la industria
la misma tasa de beneficios que en la
agricultura. La única forma en que podía ser alterada la tasa del beneficio en
la agricultura (que representaba la relación entre el producto en grano y el insumo en grano como semillas y salarios) era por medio de un desplazamiento en el margen del cultivo. De aquí que
cuando un crítico argumentaba (como
lo hizo Malthus en su correspondencia
con Ricardo en 1814-1815)
18 Ibld., p. xxxii; t. vi, p. 108. Véase
también la última referencia en Principies, citado en la p. 74.
14
T. de Quincey, The Logic of Poíitical Economy (Edimburgo y Londres,
1844, pp. 203-204) señaló con agudeza
este contraste con “la vieja doctrina jubilada" (es decir, la de Smith). Del contexto se advierte con cla¬ridad que,
cuando se refiere a la deducción de los
salarios que se hace de la renta, lo que
tenía en su pensamiento era el cambio
en los salarios moneta¬rios (o el “valor
de los salarios*' como consecuencia de
los cambios en el margen y en el valor
de] grano, y que con referencia a la renta aquf quiere significar la teoría de la
renta en su integridad).
DAVID RICARDO
8.5
que una expansión del comercio, en especial del comercio exterior, podía elevar ía tasa general del beneficio, quedaba a su cargo la responsabilidad de
demostrar cómo, podía desplazar los
beneficios de la .agricultura, desplazando el margen.'
Es verdad que en la concepción de Ricardo estaba implícito el supuesto de
que los salarios estaban dados en términos de grano, o sea, la teoría de salarios de subsistencia, dada en forma independiente en términos de grano o, al
menos (expresado en la terminología de
Marshall), un precio de oferta.18 Está
claro que Ricardo consideraba la de-
manda de grano* en cualquier momento
dado, y por lo tanto la posición del
margen agrícola, como determinadas
por el tamaño de la población trabajadora (y presumiblemente con una demanda inelástica de los artículos indispensables).18 Por deferencia hacia
los argumentos de Malthus ínás tarde
Ricardo modificó algo su primer punto
de vista, que era el de que los beneficios
de la agricultura determinan en forma
absoluta los beneficios generales. Y lo
hizo en la medida, por lo menos, de
admitir el hecho de que los trabajadores
no sólo consu¬mían grano, sino también algunos artículos manufacturados.
Sin embargo, á pesar de esto se mantuvo firme en el eje crucial de su posición
fundamental de que los beneficios generales no podían diverger de la razón entre grano producido y los salarios en
térmi-nos de grano involucrados en su
producción en el margen agrícola, aun
cuando hubiera circunstancias en las
cuales, en el transcurso del ajuste de la
posición de este margen, pudiera experimentar alguna alteración. En consecuencia siguió manteniendo, con esta
atenuación, que los beneficios son determinados por la relación entre el producto y los salarios en el margen de la
agricultura.
Cuando hubo ensamblado esta teoría
de los beneficios con la teoría de la renta, que es regulada por las diferencias
en la produc¬tividad del trabajo sucesivamente aplicado a la tierra, o a tierras
de diferentes calidades, llegó a acercar-
se mucho a la conclusión (aunque esto
no fue dicho explícitamente) de que el
beneficio y
1S
En su capítulo sobre los salarios
está la famosa referencia al hecho de
que “el precio natural de ta mano de
obra, aun estimado en alimentos y
otros artículos necesarios ... varía en
diferentes épocas en el mismo país, y
difiere muy sustancialmente en los distintos países” de acuerdo con los
“há¬bitos y costumbres de la gente" (a
lo cual añadió en la segunda edición
una
referencia a un pasaje escrito con el
mismo propósito en el Essay on the External Corn Trade, de Torrens: Works
and Correspondence of Ricardo,
Sraffa (ed.), t. i, pp. 96-97).
,e Véase Blaug, Ricardian Economics,
pp. 22-23.
86
TEORIA DEL VALOR Y LA DISTRIBUCIÓN
la renta eran dos especies del fisiocrático produit net. De cualquier fontía fueron considerados antagónicos, en el
sentido de que el aumento de la renta
era a expensas del beneficio y representaba simplemente una transferencia del
ingreso neto. Como lo expresa en el Essay: “La renta, entonces, es en todos los
casos, una parte de los beneficios previamente obtenidos sobre la tierra.
Nunca es una nueva creación de ingreso, sino una parte de un ingreso ya
creado”. Luego procede a poner la esen-
cia de su teoría en estas dos frases clave: “Los beneficios del capital decrecen
solamente debido a que no se encuentran disponibles tierras que se adaptan
en igual forma a la producción de alimentos; y el grado de la caída de los
beneficios y del alza de las rentas depende totalmente del gasto incrementado de la producción, Si, por lo tanto, en
el progreso de los países, en materia de
riqueza y población, pudiera añadirse a
ellos nuevas porciones de tierra fértil,
con cada incre¬mento de capital, nunca
caerían los beneficios ni se elevarían las
rentas”.17 Para completar el cuadro se
afirmaba que, como resul¬tado de la
productividad decreciente del trabajo, a
medida que se extendía el margen del
cultivo, los beneficios tendían a caer
mien¬tras se acumulaba el capital y
con ello crecía la población. Se estaba
dando así la explicación que faltaba en
la teoría de la ten¬dencia decreciente
del beneficio, de Adam Smith (teoría en
la cual Smith, según hemos visto, atribuía dicha tendencia a la mayor competencia en términos de oferta y demanda). En forma simul¬tánea se elevaba la
renta; así se transferían los que previamente habían sido los beneficios del
agricultor (o del industrial) a los bolsillos del terrateniente.18
Una vez establecido en. términos generales el antagonismo de intereses entre
la propiedad territorial y el capital industrial (“el interés del terrateniente
siempre se opone al interés de cualquier otra clase de la comunidad”) 10
continuó ejemplificándolo con una
11
Works and Correspondence of
Ricardo, Sraffa (ed.), t. iv. p. 18.
aB Ricardo puso cuidado en calificar
dichas proposiciones agregando siempre “en ausencia de mejoras". Hubo
quienes argumentaron que, con visión
dinámica, el efecto de las mejoras compensaría de sobra cualquier tendencia
de esa índole. Pero Edwin Cannan parecería probablemente haber estado en
lo cierto al mantener que “no existe duda alguna de que Ricardo, como West y
como Malthus, creía que los rendimientos de !a actividad agrícola disminuyen
realmente en el curso de la historia a
pesar de todas las mejoras (History of
the Theories of Prodnction and Distribution, 2? edi¬ción, Londres, 1903, p.
166).
*" Works and Correspondence of Ricardo, Sraffa (ed.), t. iv, p. 21. Más tarde,
en la primera edición de sus Principies
(Londres, 1817, p. 66,
DAVID RICARDO
87
crítica dirigida en ; forma particular a
las tarifas de importación sobre el
grano que existían entonces. Estas tarifas aduaneras incre¬mentaban en forma inevitable las rentas, al aumentar la
demanda y el costo y el precio del
grano' producido en el país; al mismo
tiempo tenía la inevitable consecuencia
ulterior de disminuir el beneficio (frente
a un nivel dado de salarios en términos
de gra¬no). A la inversa, una deroga-
ción de estas tarifas para permitir la
entrada del grano extranjero de bajo
precio elevaría el bene¬ficio y con ello
se promovería la acumulación del capital. El obstáculo a un procedimiento
tan ventajoso estaba en el interés del
terrateniente en mantener sus rentas.
El folleto termina con un tema de debate fundamental. Las mejoras introducidas en la agricultura, del mismo modo
que las importaciones de granos, redu¬cen el costo de producción del
grano y de allí que tanto los precios del
grano como las rentas tiendan a ser
más bajos. Quienes tengan alguna objeción que hacer a esto último, deben,
para ser consis¬tentes, negar también
lo primero. “Si los intereses de los terrate¬nientes tuvieran el peso suficiente
como para decidirnos a no aprovechar
todos los beneficios que podrían resultar de la impor¬tación del grano a bajo
precio, también debieran influir sobre
nosotros para hacernos rechazar todas
las mejoras introducidas en la agricultura y en los instrumentos de labranza;
pues si se afirma que disminuyen las
rentas y por lo tanto se reduce la capacidad de. los terratenientes para pagar
los impuestos al menos por un tiempo,
al abaratarse el grano en razón de dichas mejoras o por causa de su importación, entonces, para ser consistentes,
detengamos por me¬dio de una misma
ley las mejoras y prohibamos la importación”.20
nota) señaló su argumento contra la
posición de Adam Smith de la manera
siguiente: “Al hacer hincapié en que la
reproducción de la renta constituye una
ventaja tan grande para la sociedad, el
Dr. Smith no discurre que la renta es el
efecto del precio alto, y que lo que el
terrateniente gana de esta manera lo
gana a expensas de la comunidad en su
conjunto. No hay ganan¬cia absoluta
para la sociedad en razón de la reproducción de la renta: se trata sólo de los
beneficios de una clase a costa de otra
clase" (Works and Correspondence, t. i,
p. 77, nota). Schumpeter estimó que la
teoría de la renta de Ricardo “no es ni
necesaria ni suficiente como para constituir un ataque a los intereses de los
propietarios de tierras” (History of Economic Analysis, p. 675, nota). Esto es
curioso: ¿quiere referirse con ello a su
estruc¬tura formal o a su contenido
sustancial?
Works and Correspondence, t. iv, p. 41.
Más tarde, Malthus iba a desafiar esta
afirmación de que las mejoras reducían
la renta. Pero en lo fundamental Ricardo se adhirió a su punto de vista, aun
concediendo que a (ar%o plazo los terratenientes podían llegar a beneficiarse
en la medida en
una teoría desarrollada del valor. Desde
el mo¬mento en que todo estaba expresado en grano, tanto el producto como
el capital, también el excedente podía
expresarse en las mismas unidades físicas. Pero, tan pronto como se vio obligado a defender (por ejemplo contra
Malthus) el punto de vista de que los
beneficios de cualquier actividad estaban regulados por la tasa del producto
excedente en la agricultura, tuvo que
introducir una teoría del valor para demostrar cómo los precios de las otras
mercancías se movían (si es que de algún modo se movían), cuando aumentaba el costo del trabajo en término de
grano. Malthus le había contestado a
Ricardo pretendiendo que los bene¬ficios generales podían ser afectados
tanto por los altos precios de las manufacturas, debido a una fuerte demanda
de las mismas —como podría ocurrir si
existiera una floreciente demanda desde
el exterior—- como por “las capacidades
naturales de la última tierra puesta bajo cultivo”. En sus propios Principies
(capítulo v, sección IV) él había dicho
que “los beneficios dependen de los
pre¬cios de las mercancías y de la causa que determina estos precios, es de88
cir, de la oferta comparada con la deTEORIA DEL VALOR Y LA DISTRIBUmanda”; en cambio, “la teoría del beneCIÓN
ficio” —de Ricardo— “depende totalII
mente de la circunstancia de que la
Parece haber sido en el curso de la ge- masa de mercancías no varía de precio,
neralización de su primitiva teoría agrí- mientras el dinero mantiene su valor,
cola del beneficio, que Ricardo vio la
sea cual fuere la variación del precio del
necesidad de fun¬damentarla sobre
trabajo”... “Nada podemos inferir [con-
cluye] res¬pecto de la tasa de beneficios
derivada de un alza en los salarios nominales, si las mercancías en lugar de
mantener su precio son afectadas en
forma muy variada, es decir, que algunas aumentan, otras disminuyen y un
muy pequeño número, por cierto, permane¬cen estables”.21
que las mejoras hicieran posible un
aumento de la población, y el aumento
de la población elevara eventualmente
la demanda de granos y de tal forma
aumentaran las rentas.
21 T. R, Malthus, Principies of Poíitical
Economy Considered with a View to
Tkeir Practical Application, Londres,
1820, pp. 326-327, 334. Véase también
la carta de Malthus a Ricardo de fecha
noviembre 23 de 1814: “El problema es
saber si la agricultura es siempre la que
toma !a iniciativa en la determinación, y
yo por cierto diría que no” (Works and
Correspond¬ence of Ricardo, Sraffa editor, t. vi, p. 153).
total de la fuerza de trabajo; dicho en el
lenguaje de los Principies, el beneficio
dependía de la “proporción del trabajo
anual del país... que se destina a la
manu-tención de los trabajadores”.22
Como tal, era una versión más general
(general debido a que se apoyaba sobre
supuestos menos restrictivos), del dictum, que ya hemos citado, acerca de
que los beneficios dependían de “la razón de la producción con respecto al
consumo necesario para esa producción”, en tanto que el total de la producción y el consumo necesario se miden ahora en térmi¬nos del trabajo necesario para producirlos. Tan pronto
como esto se hubo establecido en términos de valor, la proposición de que
los beneficios disminuyen debido a una
caída en la productividad del trabajo en
términos de grano, llega a traducirse en
lo siguiente: los beneficios caen debido
al alza del valor del grano —y por tanto
del alza de los salarios— con relación a
Los demás productos.
DAVID RICARDO
Por cierto que en la argumentación del
89
Essay ya hemos en¬contrado en emAl utilizar la teoría ■ del valor-trabajo
brión esta teoría del valor, aun cuando
con ese propósito. Ricardo estaba eñ
los elemen¬tos esenciales de la teoría
efecto sustituyendo el trabajo por el
del beneficio, como los de la renta, esgrano, como la cantidad en cuyos
taban todavía enunciados en la forma
.términos $e expresarían el producto,
primitiva más “agrícola”. Por lo tanto, al
los salarios y el excedente en forma se- afirmar que, debido a los rendimientos
mejante. El beneficio se . concebía aho- decrecien¬tes de la tierra a medida que
ra como el excedente o diferencia resi- se extiende la producción del grano, los
dual entre la cantidad de trabajo reque- beneficios deben disminuir cuando aurida para producir las subsistencias
menta la renta, dice:
para la fuerza de trabajo y la cantidad
“El valor de cambio de todas las mer-
cancías se eleva a medida que se incrementa la dificultad de su producción. Si entonces ocurren nuevas dificultades en la producción del grano, y
se hace necesario más trabajo, en tanto
que no se requiere más trabajo para
producir oro, plata, lino, etcétera, el valor de cambio del grano se elevará necesa¬riamente en comparación con esas
cosas... Entonces ei único efecto del
progreso de la riqueza sobre los precios,
independientemente de todas las mejoras, ya sea en la agricultura o en las
manufacturas, parece ser el alza de los
precios de las materias primas del trabajo, sin alterar los precios de las demás mercancías, y el de reducir los bene¬ficios generales como consecuencia
del alza general de salarios.” 23
aa Works and Correspondence of Ricardo, Sraffa (cd.), t. i, p. 49.
2S Ibid., t. iv, pp. 19-20.
90
TEORÍA DEL VALOR Y LA DISTRIBUCIÓN
No es poco frecuente que la intención
de una doctrina se aprecie cuando se la
pone como antítesis directa de aquello
que se destina a contradecir. En relación con esto es esclarecedoca una nota
al pie que sigue muy de cerca al pasaje
que se acaba de mencionar. Se podría
decir, por cierto, que es crucial para
com¬prender la significación que tiene
para Ricardo su teoría del valor. En esta nota escribe: “Se ha pensado que el
precio del grano regula el precio de to-
das las demás cosas. Este me parece
ser un error. Si el precio del grano es
afectado por el alza o la caída de los
metales preciosos en sí mismos, entonces es cierto que los precios de las mercancías también serán afectados, pero
ellos varían porque varía el valor de la
moneda y no porque se altere el valor
del grano. Creo que las mercancías no
pueden materialmente subir o bajar de
precio en tanto la moneda y las mercancías continúen en las mismas proporciones, o más bien mientras el costo
de producción de ambos, estimado en
grano, continúe siendo el mismo.2*
La teoría a la cual está haciendo alusión aquí, es decir, la de que el precio
del grano regula a los otros precios (debido a que cuando sube el grano, los
salarios monetarios tienen que
ele¬varse para mantener constantes los
salarios en grano, y esto incre¬menta
los demás precios) era la teoría de
Adam Smith. Lo que Ricardo estaba enfrentando en particular con su teoría
del valor- trabajo era en forma manifiesta la teoría del valor -salarios de
Adam Smith (o aquella a la cual aludía
antes con el nombre de la teoría de la
suma);25 ésta trataba el valor de las
mercancías como regulado inter alia por
la suma de salarios que cuesta su produc¬ción (junto con la adición de las
cantidades respectivas de las otras dos
“partes componentes del precio”). Para
decirlo con las palabras de la sección
con que Ricardo comienza su capítulo
sobre el valor en las ediciones segunda
y tercera de sus Principies: “El valor de
una mercancía, o la cantidad de cualquier otra mer¬cancía por la cual se
intercambie, depende de la cantidad
relativa de trabajo que sea necesaria
para su producción y no de la mayor o
menor compensación que se pague por
ese trabajo".
Resulta claro, después de analizarla,
que la teoría de Adam Smith —sin calificarla— conduce a una conclusión absurda: la de que los valores de cada cosa pueden elevarse simultáneamente
** ibíd., p. 2!.
as Véase capítulo n.
DAVID RICARDO
91
cuando uno de los "componentes” se
eleva por cualquier razón, ya sea que
ello se deba a un alza en el costo de
subsistencia, como en el caso presente,
o. en forma, más general al funciona¬miento-de la oferta y la demanda.
Esto suscita lá siguiente pre¬gunta: ¿en
términos de qué se incrementan todos
los valores? Si es en términos de dinero,
entonces esto es equivalente a la depre¬ciación del dinero (“decir que las
mercancías incrementan su pre¬cio es
la misma cosa que decir que el dinero
rebaja su valor relativo; porque es en
términos de mercancías que se estima
el valor relativo del oro”). Pero con un
patrón dinero-mercancía tal depreciación sólo puede ocurrir si el costo de
producir la mercan- cía-dinero cae, o el
costo de la generalidad de las mercan-
cías, juera de la antedicha, se eleva. En
cuanto a los efectos posibles de un alza
de salarios sobre la mercancía-dinero,
Ricardo replica que si el oro fuera producido dentro del país en cuestión, el
efecto sobre el oro no sería diferente del
efecto sobre otras mercancías y sus valores relativos permanecerían invariables. En el caso en que el oro se produjera en el extranjero y se importara dice: “Si entonces el precio de todas las
mercancías se elevara, el oro no podría
venir del exterior para comprar estas
mercancías caras, sino que saldría del
país para emplearse con ventaja en la
compra de mercancías extranjeras
comparativamente más baratas. Parece
entonces que el alza de salarios no elevará los precios de las mercancías, ya
sea que el metal del cual se hace el dinero se produzca en el país o en el extranjero”.2"
Por lo tanto, su refutación a la teoría de
Smith puede con¬siderarse dependiente
de la propia entrada del dinero dentro
del círculo de las mercancías y al hacerlo así postula que el precio de cualquier
mercancía o grupo de mercancías sólo
puede elevar¬se si se requiere más trabajo para producirlo en relación con la
cantidad de trabajo necesario para producir una onza dé oro. De esta proposición (que concierne a la “invariabilidad
del valor de los metales preciosos”) hablaba en una carta a James Mili como
“el ancla mayor sobre la cual están
construidas todas mis proposiciones”.27
Cuando llegó el momento de escribir el
capítulo sobre el valor en sus Principies, Ricardo comenzó, en consecuencia, desa¬rrollando su propia argumentación teórica de oposición a la teoría
M Works and Correspondence of Ricardo, Sraffa (ed.), t. i, p. 105.
*T Citado en la Introducción de Sraffa
al t. i de Works and Corre- \pondence,
p. .xxxiv: véase t. vi, p. 48 (carta del 30
de diciembre de 1815).
92
TEORIA DEL VALOR Y LA DISTRIBUCIÓN
de Smith. En primer lugar criticó a
Smith por su confnsión entre cantidad
de trabajo y trabajo necesario, como
medida del valor. En segundo lugar
desarrolló el argumento de que el valor
de una mercancía depende de “la cantidad relativa de trabajo que es nece¬saria para su producción”, y no “de
la mayor o menor compensa¬ción que
se paga por ese trabajo”.28 Retomé luego el bien conocido ejemplo de Smith
del castor y el ciervo (“si es corriente
que cueste el doble de trabajo matar a
un castor que a un ciervo, un castor
debe naturalmente cambiarse) por ser
el equivalente de dos ciervos”), y declara
que el principio para el cual se utiliza la
ejemplificación, o sea, que el trabajo “es
realmente el fundamento del valor de
cambio de todas las cosas, con excepción de aquellas que no pueden incrementarse por la labor humana, es una
doctrina de la mayor importancia den-
tro de la economía política”. Critica luego a Smith cuando procede a hablar de
que una cosa es más o menos valiosa
en relación “no con la cantidad de trabajo incor¬porado en la producción de
cualquier objeto, sino con la~ cantidad
que puede economizar en el mercado”.
Al extender el ejemplo del castor y el
ciervo hasta comprender el caso en que
el capital, en forma de alguna arma,
“fuera necesario para capacitar [al cazador] a cobrar su pieza”, Ricardo demostró que su uso no impugna necesariamente su principio (como Adam
Smith había argüido), por cuanto los
precios comparativos del castor y del
ciervo “estarían en proporción al trabajo
real incorpo¬rado tanto en la formación
de capital como en el de la destrucción
de los animales”; ello no sería afectado
por el hecho que “los im¬plementos necesarios para matar al castor y al ciervo
pudieran pertenecer a una clase de
hombres y el trabajo empleado en su
destrucción pudiera ser realizado por
otra clase; y que tampoco sería afectado
si aquellos que proveen el capital “pudieran tomar la mitad, una cuarta parte
o un octavo del producto obtenido”, ya
que “sí los beneficios de los capitalistas
fueran mayores o meno¬res ... o si los
salarios del trabajo fueran más altos o
más bajos, igualmente producirían efectos sobre ambos empleos”.29
Es de hacer notar que aquí Ricardo estaba suponiendo en forma implícita que
las proporciones en las cuales era usado el
a“ Tal fue la enunciación del título de la
sección i de este capítulo en la segunda
edición (en la primera edición el capítulo no está dividido en secciones).
““ Ibíd., t. r, pp. 23-24; y véase su propia explicación enfática sobre el punto
en una carta a Mili, cit. ibíd., pp. xxxvixxxvrt.
DAVID RICARDO
93
capital (lo que Marx habría de llamar
“la composición orgánica: del capital”)
eraniguales én las diferentes líneas de
producción consideradas, ya se tratara
de la caza del castor y del ciervo o en la
tarea de la pesca o en el deporte de la
caza o en la fabricación de medias. Lo
que le importaba demostrar era que “la
acumula¬ción del capital... en manos
de personas particulares” y la
“apro¬piación de la tierra” no invalidaban per sé (como lo había decla¬rado
Smith) 30 el principio del intercambio
en proporción al tra¬bajo empleado en
la producción. Debe notarse también
que la importancia atribuida a lo que
hemos visto que llamaba “el ancla mayor” de su posición, explica su preocupación, en una sección posterior añadida a su tercera edición,31 por encontrar “una me¬dida invariable” del valor
y de las condiciones necesarias para
que tal patrón fuera invariable, asunto
sobre el cual volveremos luego. En la
conclusión del argumento sobre el valor
que acabamos de resumir, Ricardo escribe: “Si dispusiéramos de un patrón
inva¬riable, con el cual pudiéramos
medir las variaciones en las demás
mercancías, encontraríamos que el límite extremo al que éstas po¬drían elevarse en forma permanente sería proporcional a la can¬tidad adicional de
trabajo requerido para su producción y
que, a menos que se necesitara más
trabajo para su producción, no podrían
elevarse absolutamente en ningún grado”.34
En oposición a lo afirmado por Smith,
un alza de salarios no daría por resultado un alza general de los precios, sino
en cam¬bio una reducción de los beneficios, y esto hasta un punto de equilibrio. De Quincey iba a resumir el punto
de vista ricardiano de la relación de los
salarios con el beneficio, de la siguiente
ma¬nera: “Se podría decir de los beneficios, que son las migajas de los salarios: en cada acto de producción, el beneficio será tanto ... como los salarios
involucrados lo permitan ... Pero, ¿no
era por el contrario que los salarios y
los beneficios, en conjunto, predeterminaban ellos mismos, el precio? No,
ésa es la vieja doctrina de- fenestrada.
La nueva economía ha demostrado que
todo precio está regulado por la cantidad proporcional de trabajo productivo,
y solamente por él... Cualquier cambio
que pueda perturbar las relaciones
existentes entre los salarios y los beneficios, debe tener su origen en los salarios: sea cual fuere el cambio que pueda si” Véase capítulo n, p. 45.
*l Agregado a la tercera edición, donde
se convirtió en la sección vi de este capítulo.
12
Ibíd., p. 29.
94
TEORIA DEL VALOR Y LA üli> I Kl IR
CIÓN
lenciosamente tener lugar en los beneficios, debemos siempre con¬siderar que
registra y mide un cambio previo en los
salarios”.33
Muchos, si es que no la mayor parte de
los lectores de este capítulo sobre el valor, se sienten intrigados al encontrarse, inme¬diatamente después de esto,
frente al que les parece ser un argu¬mento contrario, resumido en el encabezamiento de la sección jv de la tercera edición como "El principio de que
la cantidad de trabajo incorporado en la
producción de mercancías regula su
valor relativo, modificado en forma considerable por el empleo de la maquinaria y demás capital fijo y durable".34 Es
aquí donde pro¬cede a tomar en cuenta
el hecho de que, “las herramientas, los
implementos, los edificios y la maquinaria empleados en las dife¬rentes industrias pueden ser de diferentes grados de durabilidad y pueden requerir
diferentes porciones de trabajo para
producir¬los ... también, las proporciones que el capital invierte en herramientas, maquinarias y edificios pueden estar variadamente com-binadas”.
Con ello se presenta “otra causa, además de la cantidad mayor o menor de
trabajo necesario para producir mercancías, de las variaciones en su valor
relativo”; y añade (lo que a primera vista nos deja perplejos): “esta causa es el
aumento o la dismi¬nución en el valor
del trabajo”.33 Para muchos, esta referencia a una segunda “causa” del valor,
especialmente por estar presentada en
forma abrupta en la tercera edición,
aparece como evidencia de una contradicción y de un rápido cambio de una
teoría “pri¬mitiva”, con la cual comenzó
en la época del Essay, hacia algo así
como una teoría del costo de producción, semejante a aquella en la cual se
transformó más tarde durante el siglo,3*1 y que difiere
” Thomas de Quincey, The Logic of Poíitical Economy, Edimburgo y Londres,
1844, pp. 204-205. En su Prefacio había hablado de “la revo¬lución efectuada en esa ciencia por Ricardo",
** Works and Correspondence of Ricardo, Sraffa (ed.)t t. i, p. 30.
ss Este es el enunciado del importante
parágrafo en la tercera edi¬ción, ibid.t
p. 30. En las primeras ediciones el
enunciado era diferente: “Ade¬más de
la alteración en el valor relativo de las
mercancías, ocasionado por el mayor o
menor trabajo requerido para producirlas, también están sujetas a las fluctuaciones derivadas de un alza de los
salarios, y la consecuente caíd<? de los
beneficios, si los capitales fijos empleados son de valor desigual
o
de durabilidad desigual" (ibíd., p.
53).
3* Como ejemplo de esta interpretación,
véase Erich Roll, A History of Economic
Thought, primera edición, Londres,
1938, p. 185: “Vemos una vez más que
la diferencia entre el precio y el valor,
ocasionada por la exis¬tencia de distintas estructuras de capital, estaba conduciendo a Ricardo, no a una distinción
entre valor y precios de producción, que
Marx desarrolló, sino hacia una teoría
del valor costo-de-producción"; y la referencia eu la
DAVID RICARDO
95
eñ lo esencial de la teoría de las “partes
componentes del precio": de Adam
Smith.
Desde que se publicó la famosa Introducción del señor Sraffa ya debemos
estar familiarizados ahora con el punto
de vista de que poco o ningún fundamento existe para esta interpretación y
que la situación es realmente diferente.
Fue después de la apari¬ción del Essay
on Profits y en el proceso de escribir los
Principies que Ricardo hizo el “descubrimiento” del “curioso efecto” —como
lo denominó— que un alza de los salarios [tiene] sobre los pro¬ductos de la
industria en la cual se utiliza una cantidad de capital fijo relativamente grande; es decir, el de que sus precios cayeran realmente (con una consecuente
caída de los beneficios). Era eso lo que
constituía la base de la referencia, que
hemos ci¬tado, a una “segunda causa”
(lo cual en la primera edición apa¬rece
como una referencia al valor relativo de
las mercancías que están “también sujetas a las fluctuaciones derivadas de
un alza en los salarios, y su consecuente caída de los beneficios, si los capi¬tales fijos empleados son de valor
desigual, o de duración des¬igual”)/7
Pero en lugar de considerar a ésta como
una concesión, él la estimaba como un
descubrimiento propio que representaba un refuerzo de su argumentación
contra Adam Smith; y como tal la
anunció en forma triunfante en sus
Principies de 1817. No sólo un alza de
salarios dejaba de elevar los precios de
las mercancías, sino que en realidad
era la causa de que bajaran los precios
de algunas mercancías.1*1 Por lo tanto,
el efecto secundario de las
pro¬porciones desiguales de capital,
lejos de calificar y debilitar el co¬rolario
anti-Smith de su principio primario del
valor, sirvió para
p. 181 del mismo texto a las "modificaciones en la ley del valor”, que parece
haber considerado con preocupación
creciente y a la que reservó cada vez
más espacio en las sucesivas ediciones.
Tanto Cannan como Hol- lander ofrecieron una interpretación similar, y Marshall la insinuó.
iT Véase Works and Correspondence of
Ricardo, Sraffa (ed.), t. i, p. 53. a* Parece entonces que, en proporción con la
cantidad y durabilidad del capital fijo
empleado en cualquier tipo de producción, los precios rela¬tivos de aquellas
mercancías sobre las cuales se emplea
dicho capital, varia¬rán en forma inversa a los salarios*, caerán cuando los
salarios aumentan. También parece ser
que en ninguna mercancía el precio absoluto se eleva sólo porque se eleven los
salarios; que éstos nunca se elevan a
menos que se incorpore a ellos trabajo
adicional; pero que todas las mercancías en cuya producción entra el capital
fijo, no sólo no aumentan con un alza
de salarios, sino que caen absolutamente”. (Principies of Poíitical Economy
and Taxation, Londres, 1817, pp. 4142, Works and Correspondence, Sraffa
led.). t. i, pp. 62-63.)
96
TEORIA DEL VALOR Y LA DISTRIBUCIÓN
reforzarlo con algo del efecto de ana paradoja. Resultaba algo sorprendente
bajo dichas circunstancias, que reemplazara su causa primaria (cantidad de
trabajo), que no puede ser “nunca reempla¬zada”, por la “segunda causa”
(variación en las proporciones y durabilidad del capital) “sino sólo modificada
por ella”/'9
En realidad, el elemento paradojal en
este “curioso efecto”, es decir, la conclusión de que ningún precio se elevara
y cayeran los de las cosas hechas con
capital fijo (como aparece en la edi¬ción
primera, de 1817) dependía de un supuesto: que su patrón invariable, o dinero, en térrqinos del cual eran medidos los precios de las mercancías, era
producido por “trabajo no auxiliado”.
Cuatro años más tarde, en la tercera
edición, cambió su definición de patrón
por otra, según la cual, éste estaba “integrado por tales proporciones de los
dos tipos de capital, que más se acercaban a la cantidad promedio empleada
en la producción de la mayor parte de
las mercancías”; y en términos de este
patrón, cuando se elevaran los salarios,
los precios de algunas cosas aumentarían (aquellas “que tenían menos capital fijo empleado en su elabora¬ción
que el medio en el cual fuera estimado
el precio” y/o con una rotación más rápida del capital fijo y circulante), en
tanto que los de otras cosas (las que
tenían más capital fijo) caerían; de
acuerdo con lo requerido por su corolario anti-Smith (como lo hemos llamado)
el nivel promedio de los precios permanecería invariable.1" Debe señalarse
que con esto se acerca mucho a la
po¬sición adoptada por Marx en su teoría de los precios de pro¬ducción en el
t. in de £7 capital.
El lugar ocupado en esta argumentación por la noción de un “patrón invariable” explica su preocupación por encontrar la forma apropiada de definir
una medida invariable del valor, así
como la estrecha relación existente en
su pensamiento, entre los dos problemas de la medida y de la causa o principio del valor. Tal como lo veía Ricardo,
la relación entre ellos está expresada en
la frase inicial de la sección “Sobre una
medida invariable del valor” (sección vi
en la tercera edición): “Cuando las mer-
can*“ Ibíd., t. i, p. xxxvií, y t. vi!, p. 377
(carta a MU!. 28 de diciem¬bre de
1818).
*“ ibíd., 1. r, pp. xx.xix, xlü-xliv, pp. 43.
63. Por deferencia hacia Torrens, en la
segunda edición había agregado: “Los
tiempos desiguales en que el capital
circulante puede circular" a los otros
dos tipos de variación de capital, a los
cuales había llamado “diferencias en la
durabilidad del capital fijo*‟ y "variedad
en las proporciones en las que los dos
tipos de capí- tul pueden ser combinados".
DAVID RICARDO
97
cías varíen en valor relatiw. sería
deseable tener los medios de ' verificar
cuáles de ellas se icdúcen y cuáles se
elevan en valor real, y esto podría efectuarse sólo comparándolas sucesivamente con algún patrón invariable demedida del valor, el cual en sí mismo no
estuviera sujeto a ninguna de las fluctuaciones a las cuales están expuestas
las demás mercancías”.'11 Continúa
diciendo que “es im¬posible disponer de
tal medida porque no hay mercancía
que en sí misma no esté expuesta a las
mismas variaciones que las cosas cuyo
valor ha de ser investigado”. Pero si
bien no hay cambio en su punto de vista sobre el “fundamento real del valor
de cambio”, la vacilación y la duda se
hacen cada vez más evidentes en su
bús¬queda de una definición precisa de
las condiciones necesarias para lograr
tal patrón invariable. En su tercera edición parece haber aceptado el punto de
vista de que la invariabilidad en un patrón no sólo era imposible de encontrarse en la práctica sino que era imposible en principio. La razón que esgrime
es la de que, aun suponiendo “que ha
de ser siempre requerida la misma cantidad de trabajo para obtener la misma
cantidad de oro, no sería aun el oro una
medida perfecta del valor, por medio del
cual podría-mos descubrir exactamente
las variaciones en todas las demás cosas, porque no sería producido con las
mismas combinacio¬nes precisas de
capital fijo y de capital circulante que
todas las demás cosas; ni con capital
fijo de la misma durabilidad; ni
re¬queriría exactamente el mismo período antes de ser traído al mercado”.
Por lo tanto, sólo podría “ser una medida perfecta del valor para todas las cosas que se produjeran bajo las mismas
cir¬cunstancias precisas que las propias, pero no para las demás”. Así pues,
al buscar una medida parecía que uno
se encontrara frente a una dualidad de
dos entidades no mensurables: trabajo
y tiempo (es decir, la extensión de tiempo sobre el cual fuera “avanzando” el
trabajo, o alternativamente se lo almacenara): fue en este con¬texto que hizo
la perspicaz observación de que todas
las diferen¬cias de capital podían ser
reducidas a diferencias de tiempo.42
Por lo tanto, uno tenía que contentarse
con “una aproximación a un patrón de
medida del valor tan cercana como
pueda ser concebida
41
Ibíd., p. 43.
42
“Todas las excepciones a la regla
general caen bajo esta tínica del tiempo" (ibíd., t. vm, p. 193, carta a McCulloch, 13 de junio de 1820). Véase también: “En esto, entonces, consiste la
dificultad del tema, puesto que las circunstancias del tiempo en el cual se
hacen los adelantos son casi tan variadas que se hace imposible encontrar
cualquier mercancía en particular que
sirva como medida irrecusable” (ibíd.. t.
iv, p. 370).
98
TEORIA DEL VALOR Y LA DISTRIBUCIÓN
teoréticamente”; es decir, “el oro considerado como una mercan¬cía producida con aquellas proporciones de los dos
tipos de capital que se aproximen lo
más posible a la cantidad promedio
empleada en la producción de la mayor
parte de las mercancías”.43 Y, sin embargo, tan importante le parecía esta
búsqueda de un valor ab¬soluto, como
para impulsarle a pasar el último verano de su vida dedicado a una intensa
correspondencia con Malthus, donde
trataba el tema de la medida del valor
(inmediatamente después de la publicación del folleto de este último, que lleva
ese título), y a dedicar las últimas semanas de su vida a componer varios
borra¬dores incompletos de un ensayo
sobre “¿Valor absoluto y valor de cam-
bio?”.44 De acuerdo con su propia confesión, en una última carta a Mili, “había estado pensando mucho sobre el
tema últi¬mamente, pero sin haber
progresado demasiado”.4''‟
Para los oídos modernos, esta búsqueda de una medida no¬cional o de un
patrón invariable puede parecer curiosa
y hasta sin sentido, hasta el punto de
que algunas veces se la desecha como
si fuera un problema de fantasmas, o
bien que se trata tan solo del familiar
problema de los números índices, bajo
una máscara anticuada. Es posible que
la posición que en los años recien¬tes
mantuvo en actividad la controversia
económica sobre cues¬tiones de medición de capital y de la influencia de la
distri¬bución sobre los precios, servirá
para que la preocupación de Ricardo
obtenga una atención más comprensiva. De nuevo estamos en deuda con el
señor Sraffa por revelar la verdadera
naturaleza del problema de Ricardo. El
ha demostrado que lo que inquietaba a
Ricardo era que la dimensión del producto nacional parece cambiar cuando
cambia la división del mismo entre las
clases. “Aunque nada haya ocurrido
para cambiar la magnitud del total,
pueden existir cambios aparentes debidos solamente a un cambio en la medición, por el hecho que la medición se
hace en términos de valor y los valores
relativos han sido alterados como resultado de un cambio en la división entre
salarios y beneficios”. Si Ricardo no se
hubiera interesado en un principio por
la cuestión de “por qué dos mercancías
producidas por las mismas cantidades
de tra¬bajo no tienen el mismo valor de
cambio”, esto no tenía por qué atormentarlo. Pero puesto que su primera preocupación fue la del
*s Ibíd., t. r. p. 45.
** Publicado por primera vez (después
de ser descubierto con una serie de cartas a Mili, entre algunos de los papeles
de la familia de Caimes. en Irlanda),
ibíd., t. iv, pp. 361-412.
44 (híd., p. 359. y t. ix. p. 387.
DAVID RíCARDO
99
efecto de una elevación Q de un descenso de los salarios —con el *„cambio”
más bien que con la „'diferencia”— era
crucial para su análisis “encontrar una
medida del valor que fuera invariable
ante los cambios en la división del producto; porque si un alza o una baja de"
los salarios, por sí mismas, dieran como
consecuencia, un cambio en la magnitud del producto social, sería difícil determinar con exactitud su efecto sobre
los beneficios”.**
ni
El interés fundamental de Ricardo por
la distribución, a la que consideraba “el
problema principal de la economía política”, es probablemente demasiado conocido como para que se necesite repetirlo; también puede serlo el esencial
corolario dinámico deri¬vado de su teoría de la distribución, bajo la forma de
un pro¬nóstico condicional del futuro.
No obstante, como éste ha sido por lo
común muy mal entendido, no estará
de más poner énfasis sobre determinados aspectos del mismo. Un punto inicial de la mala in¬terpretación se deriva
de su uso de las proporciones en relación con las variables participaciones
en el ingreso, y de allí la inter¬pretación
particular de algunas de sus afirmaciones. No es nece¬sario decir que las categorías de ingresos que Ricardo tomó
como tema de su investigación, no las
adoptó en forma arbitraria como categorías abstractas de factores productivos instrumentales, sino que fueron
elegidas por corresponder a las tres clases principales de la comunidad según
él y otros economistas de su época las
ad¬vertían. En este aspecto siguió las
huellas de Adam Smith; y aquí en la
base de su estructura introdujo un datum sociológico impor-tante. En aquellas primeras palabras de su prefacio —
tantas veces seguidas con ayuda de
nuestros dedos— “El producto de la tierra —todo lo que se obtiene de su superficie por la aplicación conjunta del
trabajo, la maquinaría y el capital— se
divide entre
■** Introducción del editor a Works and
Correspondence of Ricardo. i. t. pp. xiviii-xlix. En el cap. ix de este libro aparece la solución propuesta por el propio
Sraffa.
100
TEORIA DEL VALOR Y LA DISTRIBUCIÓN
tres clases de la comunidad: el propietario de la tierra, el dueño del acervo o
del capital necesario para su cultivo y
los trabajadores por cuyo trabajo se
cultiva”. Cuando él hablaba de estas
participa¬ciones, que se elevaban o
disminuían (y la dirección de su movi¬miento relativo fue su principal
preocupación) por lo general quería significar elevarse o reducirse en lo que él
llamaba “valor real” en términos de una
moneda invariable; en otras palabras
en términos de la cantidad de trabajo
requerido para producir la
par¬ticipación consabida. Aquí sus
afirmaciones se mantuvieron firmemente dentro de la categoría del valor
(absoluto), como mensura¬das por la
cantidad de trabajo. Con una escala
dada de produc¬ción, medida en términos de trabajo empleado, era en consecuen¬cia lo mismo que decir que la
proporción del valor total producido que
correspondía a las partes en cuestión
había aumentado o dis¬minuido; y es
en este sentido que deben entenderse
sus referencias a que un alza en los salarios sería la causa de una caída en los
beneficios. Por lo tanto, la frase “valor
real de los salarios”, que tan extraña
suena en un oído moderno, la define
Ricardo como “la cantidad de trabajo y
el capital empleado en producirlos”, es
decir: los salarios deben ser estimados
por ello “y no por su valor nominal ya
sea en abrigos, sombreros, dinero o
grano".47
En relación con esto, había alguna am-
bigüedad con respecto a la participación de la renta, en cuanto a que ésta
tendería a aumen¬tar en proporción al
progreso de la acumulación del capital
y al in¬cremento de la población; y ante
esta afirmación, Ricardo ha sido interpretado algunas veces en el sentido de
que sostenía que la renta aumentaría,
no sólo en forma absoluta, sino de manera rela¬tiva con respecto a los beneficios y a los salarios, o como una pro¬
47 Ibíd., t. i, p. 50. En sus Notes on
Malthus, dice: “Debo pensar que es un
gran error afirmar que los salarios habrían bajado, cuando quedó coavenido
que el trabajador „tenía una proporción
creciente del valor del producto total
obtenido por medio de una cantidad
dada de capital'. Creo que el valor se
mide por proporciones” (ibíd., t. n, p.
138). Éste fue en particular el tono del
lenguaje, acerbamente criticado por
Bailey (entre otros) como un “lenguaje
extraño” y una “perversión singular de
los términos”. A Critical Dissertation on
the Nature, Me asure and Causes of
Valué, Lon-dres, 1825, p. 50; y al cual
hace referencia Malthus como “esta
aplicación poco común, de términos
comunes, que ha hecho que la obra del
Sr. Ricardo sea para muchas personas
tan difícil de entender". Principies of
Poíitical Economy, Considered with a
View to Their Practical Application,
Londres, 1820, p. 214. Malthus siguió a
Smith en el uso de los términos “salarios reales” y “renta real” para referirse
al “trabajo economizado” y a las
“ne¬cesidades y conveniencias de la vida".
DAVID RICARDO
101
porción del producto total.*8 .Por empezar, es verdad que llegó muy cerca de
decir que las rentas aumentarían, no
sólo como una par¬ticipación del excedente total, y por ello a expensas del
beneficio, sino como una proporción del
total. En el-Essay de 1815, habla,, por
cierto, de la renta “en un país progresista” como “incremen¬tándose no sólo en
términos absolutos”, sino también “incremen¬tándose su proporción con respecto al capital empleado en la tierra” y
dice que “el terrateniente no sólo obtiene un producto mayor, sino una proporción más grande”. En la primera
edición de los Principies se repite este
“doble beneficio” para el terrate-niente y
se hace referencia a que “la proporción
de la producción en especie pagada al
terrateniente en concepto de renta” se
incre¬menta.*9 Frente a las críticas de
Malthus (en sus propios Princi¬pies)
por haber tratado a la renta en términos de proporciones, Ricardo, en sus
Notes on Malthus, admitió que su “lenguaje res¬pecto de las proporciones
puede no haber sido tan claro como debería haber sido”, y que si él había caído en el error de afirmar r'° que aumenta “la proporción del producto total que
corresponde a la participación del terrateniente”, deseaba “corregir el pasaje”
sustituyendo la palabra “proporción”
por “porción” o, “si se con-servara la
palabra proporción, debía ser la proporción del pro¬ducto obtenido en las tierras más fértiles”.81 De acuerdo con
esto, entre las revisiones que efectuó en
la tercera edición de sus Prin¬cipies,
Ricardo incluyó un cambio en su capítulo sobre la renta y én lugar de las palabras “proporción del producto total”
puso “la proporción del producto obtenido con un capital determinado en
cualquier establecimiento agrícola dado”.82 Por lo tanto, parece claro que
Ricardo, cuando habla de que la participación de la renta se incrementa
cuando se extiende el margen del cultivo, tenía en su pensamiento el producto
de las tierras anteriormente cultivadas.
Una mirada a un diagrama de la renta,
de los que aparecen en cualquier simple
libro de texto, demostraría que en esto
tenía razón, pero que al mismo tiempo
es muy posible que la renta disminuya
como proporción del total del producto,
obtenido de la tierra cul¬tivada con anterioridad y de las nuevas tierras cultivadas, cuando
** El profesor Blaug, por ejemplo, lo interpreta, evidentemente, en este sentido
(Economic Theory in Retrospect, Londres, 1964 y 1968* p; 111)»
4B Primera edición de Principies, Londres, 1817, p. 76. Works and Correspondence of Ricardo, Sraffa (ed.), t. i,
p. 83.
80
Esto va precedido por la afirmación: “No sé dónde he dicho c.«fo”.
81
Ibíd., t. n, p. 197; véase la Intro-
ducción del editor al t. >, < ívi.
aa Ibíd., t. i, p. 83.
102
TEORÍA DEL VALOR Y LA DISTRIBUCIÓN
el margen del cultivo se extiende.53 En
su argumentación general respecto de
la renta y de los beneficios nada parece
claramente afectado, aunque la renta
como una participación relativa se
in¬cremente o disminuya, como algunos parecen haber supuesto que suceda.
En su pronóstico de largo plazo (que
como hemos visto se basa sobre el supuesto de importaciones insignificantes
o por lo menos limitadas de grano) entra la noción del estado estacionario,
que bajo una apariencia levemente diferente y con diversos grados de énfasis,
apareció en muchos de los escritos del
período clásico. Si estuviéramos pintando el escenario con colores dramáticos, po¬dríamos vemos tentados a hablar del asunto como de un fantasma
de pesadilla acechando en el horizonte;
es que cuando se conside¬ran los efectos a largo plazo de las medidas de política, la posibili¬dad de su aparición
provoca un constante desvelo. La meta
in-mutable del esfuerzo y la garantía de
la prosperidad material del total de la
comunidad y para todas las clases, era
el progreso de la acumulación del capital. Adam Smith sostenía que el “estado
de progreso... en realidad es el estado
alegre y saludable para todos los dife-
rentes órdenes de la sociedad” (en contraste con el cual “el estacionario es
opaco, el declinante melancólico”)* Este
estado progresivo, “mientras la sociedad
está avanzando hacia ad¬quisiciones
futuras y no cuando ya ha colmado en
forma plena sus riquezas”, es aquel en
que las condiciones de los trabajadores
pobres, del gran cuerpo del pueblo, parecen ser más felices y más cómodas.64
Ricardo, inclinado al pesimismo en
cuanto a la visión dinámica, al menos
en ausencia de un comercio libre, sostuvo fir¬
69
El alza o la caída dependen de la
forma de la curva del costo. Es
evidente que el costo abarca proporcionalmente más (y en forma equivalente, la renta, menos) en condiciones
de
costos de producción más elevados cerca
del margen, que lo que ocurre en la tierra
más fértil; en cambio, el grado en el que
las rentas se elevan depende, en este
último
caso, de la rapidez con que el costo (y
por
tanto el precio) se eleva cuando el margen
se extiende. Así, en el diagrama que
aquí
se presenta, donde se utiliza una curva
de
costos rectilínea, el triángulo de la renta
continúa siendo una proporción constante del total; mientras que
la renta, como proporción del
producto de la tierra antigua, O A, se
eleva proporcionalmente cuando los
cultivos se expanden hasta O B y el
precio se eleva, en forma equivalente,
de O Pi a O Ps; véase Blaug, Ricardian
Economics, p. 110, donde per contra
se utilizan en la ilustración las curvas
de productividad media y marginal.
“* Wealth of Nations, p. 83.
DAVID RICARDO
103
memente la posibilidad de que el precio
de mercado del trabajo “en una sociedad progresiva, „no obstante la tendencia de los sala¬rios a ajustarse a su tasa natural‟, estuviera en forma constante du¬rante un período indefinido por
encima de' la misma, porque apenas se
observa una nueva demanda de trabajo,
surgida de un aumento de capital, otro
aumento de capital puede producir el
mismo efecto”. Esta posibilidad será
reforzada si las circunstancias permi¬ten “una adición a la cantidad de
alimentos y de vestidos de un país ...
que se logre con ayuda de la maquinaria, sin ningún in¬cremento, y aun con
una absoluta disminución en la cantidad pro-porcional de trabajo requerido
para producirlos”. Entonces, en verdad,
“la condición del trabajador mejorará
mucho”; y si llega¬ra a ocurrir que se
diera “una abundancia de tierras fértiles, en¬tonces, en períodos tales, la
acumulación es con frecuencia tan rá-
pida, que no se puede dar una oferta de
trabajadores con la misma rapidez que
la del capital”. También existe un indicio de una influencia posterior favorable, que John Stuart Mili iba más tarde
a hacer mucho más notable: que el
“precio natural del tra¬bajo”, al depender —como depende— “de los hábitos y
costum¬bres de la gente”, debiera incrementarse por cambios ascendentes
en estas últimas. Sobre esto escribió
Ricardo (en su segunda edi¬ción): “Los
amigos de la humanidad no pueden
sino desear que en todos los países las
clases trabajadoras gusten de las comodi¬dades y placeres, y sean estimulados por todos los medios legales en
sus esfuerzos para procurárselos. No
puede existir una mejor seguridad contra una población superabundante”.55
Sin embargo, y a pesar de esto, el cuadro más general o pro¬bable como es
posible que lo viera Ricardo en las circunstancias que prevalecían en Inglaterra, era el de que la población tendería
a dejar atrás a la acumulación del capital, y “a medida que la población aumenta, estos productos indispensables
irán constante¬mente aumentando de
precio, porque se necesitará más trabajo para producirlos”. Si en estas circunstancias los salarios en moneda elevaran en forma total o parcial la compensación a los trabajado¬res, esto
“disminuiría necesariamente los beneficios de los indus¬triales”, y tendería en
el futuro a desestimular la acumulación. SÍ bien el estado estacionario (“del
cual confío estamos , todavía muy distantes”) se menciona explícitamente sólo en el contexto de las Leyes de pobres
y sus efectos sobre la población, parece
relativa¬
46
Works and Correspondence of
Ricardo, Sraffa (ed.), t. i, pp. 94-95. 98,
100.
104
TEORIA DEL VALOR Y LA DISTRIBUCION
mente claro que lo que él visualizaba
era el último destino de esa ■„tendencia
natural de los beneficios a disminuir”,
la cual estaba amenazando de continuo
con minar al “estado progresivo”, en
especial frente a los obstáculos a la importación. Aun cuando “a intervalos
repetidos fuera contrarrestada” por las
mejoras de la maquinaria agrícola y los
descubrimientos en la ciencia de la
agri¬cultura, esta tendencia, mucho
antes de alcanzar su límite “habrá detenido toda la acumulación, y casi todo
el producto del país, después de pagar
a los trabajadores, será de propiedad de
los dueños de la tierra y de los perceptores de diezmos e impuestos”.58
No con poca frecuencia se ha llegado a
desdeñar estas tenden¬cias dinámicas
de Ricardo, contrastándolas con los
acontecimientos reales de la segunda
mitad del siglo xix. Ese pesimismo —no
sólo en su caso, sino en todos los que
rodean a las discusiones sobre el “estado estacionario”— ha sido descartado
como una curiosidad en la historia del
pensamiento, y hasta como un ejemplo
saludable del resultado de desarrollar
“largas cadenas de razonamiento deduc¬tivo”, tal como Marshall5r aconsejaba evitar a los economistas. Sin embargo, dichas críticas, en el caso de Ricardo, parecen ser menos que justas: es
cierto que la confrontación de su “pronóstico” con los hechos reales ocurridos
en un siglo que había de ser testigo del
comercio libre de Inglaterra y de una
revolución en los medios de transporte
marítimos y terrestres, es poco apropiada dada su mención explícita de los
“obstáculos a la libre importación” en el
contexto de las tendencias descriptas.
Puede decirse que en los Principies estos obstáculos a la importación son
muy poco subra¬yados como condicionantes; y que puesto que no son colocados firmemente en el centro del cuadro, la impresión que se tiene es que
sólo constituyen una influencia de refuerzo, que meramente afectaba a la
escala del tiempo de la “tendencia natural” descripta, la cual se daría de todos
modos, si bien en forma más lenta, ante
la ausencia de estos obstáculos a la importación. Sin embargo, en su propio
pensamiento parece claro que las Leyes
de Granos eran importantes, aunque no
fundamentales, en el contexto de su
pro¬nóstico dinámico. En la argumentación del Essay lo eran
evi¬dentemente; y su carácter prominente fue motivo para que Edwin Cannan afirmara lo que ya citamos en el
capítulo i, esto es que “como base para
una argumentación contra la Ley de
Granos, hubiera sido difícil encontrar
algo más efectivo que la teoría ri“ ibtdpp. 101-102, 109, 120-121.
117 Principies of Economics, 7^ edición, Londres, 1916, p. 781.
DAVID RICARDO
105
car diana de la distribución”.08 La libertad de importar, según Ricardo, era
ía compensación esencial a los rendimientos decre¬cientes, esencial para
mantener a raya al espectro de la recaída dentro de un estado estacionario.
Cuándo-escribía en el año 1819, y al
referirse a “la escasez y consecuente
alto valor de los alimentos y demás materias primas”, como “el único obstáculo11 para au¬mentar la riqueza y la población “durante un tiempo indefinido”,
dijo: “Dejemos que éstos [el alimento y
las materias primas] sean provistos
desde el exterior a cambio de artículos
manufacturados, y será difícil decir
dónde se encuentra el límite en el cual
se de¬jaría de acumular la riqueza y de
obtener beneficios en su empleo1‟. A
esto agrega: “Ésta es una cuestión de la
mayor importancia para la economía
política”/9 Un año más tarde, al escribirle a Trower, le dice: “Defiendo el libre
comercio para los granos sobre la base
de que, mientras el comercio sea libre, y
el grano barato, los bene¬ficios no caerán por más grande que sea la acumulación del capital. Quiero decir que si se
limita usted a los recursos de su propio
suelo, la renta irá absorbiendo con el
transcurrir del tiempo la mayor parte
de ese producto que queda después de
pagar los sala¬rios, y en consecuencia,
los beneficios serán bajos”.80 Parecería
que esta interpretación de sus propias
intenciones en los Principies (se estaba
refiriendo a la “tergiversación” de los
mismos en el libro de Malthus) fuera
decisiva.
Todavía no hemos dicho nada que se
refiera directamente al lugar que ocupa
la teoría malthusiana de la población en
el sistema de Ricardo, aun cuando esto
debe haber estado implícito en lo que
antecede. Basta decir que Ricardo aceptó por completo esta teoría y se sintió
en deuda, para con su amigo y compañero de lucha epistolar, por la misma.
La utilidad que prestó fue la de proveer
a Ricardo de una teoría de la oferta de
salarios. Propor¬cionó un mecanismo
de ajuste de la oferta, según el cual los
sala¬
8* E. Cannan, op. cit., p. 391.
“ Contribución a la Encyclopaedta Britannica, Works and Correspond¬ence of
Ricardo, Sraffa (ed.), t. iv, p. 179. Véase
Prof. M. Blaug: “El pre¬tendido „pesimismo‟ de Ricardo estaba por entero
relacionado con el man¬tenimiento de
la tarifa sobre la materia prima... la noción de un amena¬zante estado estacionario era, a lo sumo, un invento útil
para asustar a los amigos de la protección arancelaria... [era] una ficción metodológica”. Ricardian Economics, pp.
31-32.
Works and Correspondence of Ricardo,
Sraffa (ed.), t. vui, p. 208 (carta a Trower del 21 de jülio de 1820). Véase
también en las notas sobre
Malthus, ibíd., t. ii, p. 222: '“pero he
agregado que éste no será el caso si se
puede obtener alimento barato del exterior”.
106
TEORÍA DEL VALOR Y LA DISTRIBUCIÓN
rios, o el “precio de mercado” corriente
llegaba a ajustarse al “pre¬cio natural
del trabajo”; y se definió a este último
como “ese precio que es necesario para
permitir que los trabajadores
sub¬sistan y perpetúen su raza, sin que
exista aumento o disminu¬ción”.8' En
otras palabras, el precio del trabajo estaba regulado por su propio costo de
producción, en el sentido de un nivel de
salarios que fuera suficiente para mantener una población traba¬jadora determinada (o en forma alternativa, una
población que fuera creciendo con la
misma rapidez, aproximadamente, con
que se acumulara el capital pero nunca
quedó aclarado por completo cuál de
las alternativas posibles). Hemos visto
que esta noción de un nivel dado de salarios en grano o determinado en forma
independiente fue la base de esa teoría
de los beneficios formu¬lada en un
principio. Pero también hemos visto que
la interpretó como una cruda subsistencia física, como algunos han imaginado y como tal la han desdeñado con
ligereza. "Los hábitos y las
cos¬tumbres” entraban dentro de lo
que era convencionalmente “ne¬cesario”
en cada período o lugar. Por eso en su
capítulo sobre los salarios se encuentra
el pasaje, muchas veces citado, que dice: “No -debe entenderse que el precio
natural del trabajo, aun esti-mado en
alimentos y otros artículos necesarios,
sea absolutamente fijo y constante. Varía en distintas épocas en el mismo
país, y muy concretamente difiere en
los distintos países. Depende en lo
esencial de los hábitos y costumbres del
pueblo. Un trabajador inglés consideraría que sus salarios están por debajo de
la tasa natural, y son demasiado escasos para sostener a la familia, si no le
permitieran adquirir otro alimento que
las papas, y una vivienda que no fuera
mejor que una sucia choza; y, sin embargo, con frecuencia esas moderadas
demandas de la naturaleza se consi¬deran suficientes en los países donde
„la vida del hombre es ba¬rata‟ y sus
necesidades se satisfacen con facilidad”.BZ Era la cre¬ciente importancia
de este elemento social o convencional
en las épocas en que el precio de mercado del trabajo se elevaba por encima
del precio natural, aquel del cual “dependerá” la “per¬manencia” de “esta
alza” y sobre el cual “podían poner sus
espe¬ranzas los amigos de la humanidad”, como “un seguro contra una población superabundante”.
Es difícil cerrar un informe sobre la teoría de Ricardo sin hacer alguna referen-
cia a su discusión con Malthus acerca
de “las
61 Ibíd., t. i, p. 93.
•“ Ibíd., U t, pp. 96-97. En su segunda
edición añadió una nota al pJe para
reconocer su deuda con Torrens.
DAVID RICARDO
107
saturaciones” y de la posibilidad de una
superproducción general. Es aquí donde Ricardo confió en lo que ha resultado llamarse la Ley de Say, en tanto que
Malthus ha sido considerado precursor
de la doctrina del siglo xx, la cual, al
refutar la Ley de Say, pone énfasis sobre el nivel de la demanda efectiva.
Junto con Sismondi, Malthus estaba
allí prohijando lo que iba a ser considerado du¬rante un siglo o más como la
herejía del subconsumo. Una parte sustancial de las “Notes on Malthus”, de
Ricardo, se ocupa de este tema.
Malthus comienza con la posibilidad de
que exista una “par-simonia” por parte
de los capitalistas utilizada en el empleo de tra-bajadores adicionales (del
mismo modo que Ricardo, pensaba en
el caso en que el capital consiste en
forma exclusiva en el capital circulante
y en consecuencia todo capital nuevo
sirve para pagar salarios y materias
primas por medio del cual se pone a
trabajar a los nuevos trabajadores). Dice Malthus: “Sin duda es posible que
por parsimonia se dedique enseguida
una parte mucho mayor que la corriente del producto de cualquier país al
mantenimiento del trabajo productivo; y
es bien cierto que los trabajadores así
empleados serán consumidores”. Pero...
el consumo y la de¬manda ocasionada
por las personas empleadas en el trabajo pro¬ductivo nunca pueden por sí solos dar motivo a la acumulación y al
empleo del capital; y con respecto a los
propios capitalistas, junto con los terratenientes y otras personas ricas, ellos
han con¬venido, según la hipótesis en
ser parsimoniosos y en privarse ellos
mismos de sus comodidades y lujos para ahorrar de sus ingresos y aumentar
su capital. Me pregunto cómo es posible
suponer que el incremento en la cantidad de mercancías, obtenido por el
au¬mento en el número de trabajadores
productivos, podría encontrar compradores, sin que se diera uña caída tal de
los precios que probablemente hundiría
su valor por debajo de los costos de
pro¬ducción”."3 Éste casi podía ser un
pasaje de J. A. Hobson o de cualquier
otro teórico del subconsumo (o del exceso de ahorros); y sin embargo, no nos
suena como específicamente keynesiano (a
*s Rev. T. R. Malthus, Principies of
Poíitical Economy, Londres, 1820, pp.
352-353. Unos pocos parágrafos más
adelante, lo dice en forma más aguda,
de esta manera: “Un gran aumento del
producto... sí Jas necesida¬des disminuyen por austeridad, debe ocasionar
necesariamente una gran caída del valor estimado en trabajo, de tal manera
que el mismo producto, aunque pudiera
haber costado la misma cantidad de
trabajo que antes, ya no podría disponer la misma cantidad; y tanto el poder
de acumulación como el mo¬tivo para
acumular, serían fuertemente refrenados” (ibíd.., p. 355).
108
TtURlA DEL VALOR Y LA DISTRIBUCIÓN
primera vista, por lo menos), puesto
que la parsimonia adicional es compensada de inmediato por una inversión
adicional. Parece¬ría que la preocupación está dirigida hacia el efecto productivo de la inversión adicional, y que
ésta no fuera compensada por una expansión de la demanda (dándole así
algo como un sabor a Kalecky).
Con referencia a Say y a su “Ley de los
mercados”, Malthus continúa diciendo
que aunque “algunos escritores muy
capaces han pensado” que no puede
haber una sobreproducción general o
un atascamiento de todas las cosas
porque “si las mercancías se intercambian siempre por mercancías, la mitad
abastecerá a la otra mitad del mercado”
y sin embargo, en su opinión, “de ninguna manera es cierto... que siempre
las mercancías se intercambien por
mercancías. La gran masa de mercancías se cambia directa¬mente por trabajo”. De aquí que “es por completo evidente que esta masa de mercancías,
comparada con el trabajo por el cual se
intercambian, puede perder valor debido a un atascamiento, del mismo modo
que cualquier mercancía singular pierde valor debido a un exceso de oferta”.*4 Parecería que aquí su preocupación se debe a un aumento en los salarios reales como consecuencia de un
incremento en la tasa de acumulación,
con la resultante com¬presión de los
beneficios. Podría parecer demasiado
extraño por provenir de la pluma del
autor del Essay on Population (como
por cierto lo observó J. B. Say)."r‟
No obstante, más tarde vuelve a poner
énfasis sobre la defi¬ciencia de la demanda de mercancías. “Jamás puede
demandarse trabajo productivo, con el
fin de obtener beneficios, a menos que
cuando se obtenga el producto éste sea
de mayor valor que el del trabajo con el
cual se obtuvo. En ningún tipo de industria pueden emplearse nuevos brazos sólo como consecuencia de la demanda de su producto por parte de las
personas empleadas”.™ Como era muy
posible que se diera una tasa de acumulación demasiado rápida, se deduce
que existía una ventaja en tener una
clase de “consumidores no productivos”
como la que él evidentemente
con¬sideraba que era la de los terratenientes acomodados. Su demanda, más
indulgente, serviría para compensar la
frugalidad excesiva de
•* Ibíd., pp. 353-4.
HS Letters to Mr. Malthus on Severa!
Subjects of Poíitical Economy and on
the Cause of Stagnation of Commerce,
por J. B. Say (traducción de John Richter), Londres, 1821, p. 30.
T. R. Malthus, Principies of Poíitical
Economy, Londres, 1820, pp. 348-349.
sistencias se hubiera elevado. En las
circuns¬tancias supuestas, “la necesidad específica sería la de un incre¬mento de población”. Si bien se
admite que “en el caso de que la población no aumente con la misma rapidez
que los fondos que la habrán de emplear” se detendría la acumulación, lo
que no sería más que temporario, hasta
que la población la volviera a alcanzar.
Mientras tanto, “la condición del trabajador sería la más feliz posible", puesto
que la capacidad del consumo de los
traba¬jadores se habría incrementado.
Cierto que “los beneficios serían bajos,
debido a que los salarios serían altos”,
pero “sólo continua¬rían siendo bajos
hasta que la población se incrementara
y dismi-nuyera de nuevo el trabajo”."9
Los puntos de vista de Malthus sobre la
demanda efectiva y respecto del papel
beneficioso de una clase de “consumidores im-productivos” habían sido anticipados al comienzo del siglo por el
Conde Lauderdale, por quien él estuvo
con toda probabilidad muy influido,
como lo estuvo, sin duda alguna, en
sus opiniones sobre las Leyes de Granos, aunque declarara que “El Conde
Lauderdale parece haber ido muy lejos
al predicar contra !a mayor acumu*
" Ibíd., p. 370.
"# “Notes on Malthus", Works and Correspondence of Ricardo, Sraffa (ed.), t.
11, pp. 309, 311.
*" Ibíd., pp. 303, 318.
DAVID RICARDO
109.
los capitalistas y de esa manera se establecería un equilibrio eco¬nómico y
también social. Termina diciendo que:
“ninguna nación puede posiblemente
enriquecerse. por medio de una acumulación del capital que se produzca en
razón dé una disminución perma¬nente
del consumo; porque al llevarse dicha
acumulación mucho más allá de lo que
se desea, para proveer la demanda efectiva del producto, muy pronto perdería
una parte tanto de su uso como de su
valor, y dejaría de poseer el carácter de
riqueza”.67
No debe sorprender que Ricardo le contestara con los propios puntos de vista
de Malthus sobre la población. En primer lugar negó que la frugalidad, de ser
compensada por la inversión en capital
circulante adicional, pudiera dar como
resultado una defi¬ciencia en la demanda (a menos que la inversión fuera
dirigida en forma errónea); porque “las
necesidades de los consumidores” simplemente “se transferirían con la capacidad de consumo a otro conjunto de
consumidores”; “la capacidad de consumo... no se aniquila sino que se
transfiere al trabajador”.Ba En segundo
térmi¬no, si se elevaran los salarios,
esta alza no podría ser más que un estado temporario de los negocios, a menos que el costo, en trabajo, de las sub- 110
TEORIA DEL VALOR Y LA DISTRIBUCIÓN
lación, tanto como algunos otros escritores en recomendarla”.10 Aunque los
puntos de vista de Lauderdale respecto
de los males de la frugalidad, como veremos luego, fueron expresados en forma más vigorosa que los de Malthus,
cualquier análisis vinculado con la
afirmación de los mismos fue mucho
más débil. Aparte de ser un “instigador
y campeón de la Ley de Granos, tan beneficiosa para los intereses del terrateniente”, Lauderdale iba a convertirse en
“un adalid... de las políticas extremas
de los Tories” en la Cámara de los Lores.71 Malthus, aunque más cauteloso
en sus razonamientos y más moderado
en sus explicaciones de cualquier argumentación, simpatizaba en forma
evidente con los puntos de vista esenciales de Lauderdale y se inclinó, en
forma consistente, por lo regular, hacia
el lado conservador. Esta parecería ser
una clave más reveladora del desacuerdo que existía entre él y Ricardo, que la
que explica esta diferencia de opinión
en términos de que Malthus estaba
predispuesto a esperar “los efectos inmediatos y temporarios” y Ricardo, en
cambio, interesado en el largo plazo y
en los resultados más permanentes del
cambio económico (como Ricardo mismo lo expresó).73
70
Malthus, Principies of Poíitical
Economy, p. 352, nota.
71
Morton Paglin, Malthus and
Lauderdale: the Anti-Ricardian Tra- di-
tion, Nuev.i York, 1961, p. 90. Durante
los primeros años había sido un
seguidor Whig de Charles James Fox.
7* En una carta a Malthus del 24 de
enero de 1817, Works and
Cor¬respondence of Ricardo, Sraffa
(ed.), t. vii, p. 120.
Hemos visto que el más definido y franco de
1
Poíitical Economy Club: Centenary Volunte, t. vi, Londres, 1921, pp.
35, 36, 223. El cuestionamiento de Torreas se discutió el L3 de enero y después de nuevo el 14 de abril. Sin embargo, de acuerdo con Mallet, en la se4. LA REACCIÓN CONTRA RICARDO
gunda discusión, “fue admitido en geI
neral que... sus principios (los de RiDurante los años que siguieron a la
cardo) son correctos en lo fundamental.
muerte de Ricardo se acumu¬ló un vo- Ni sus teorías del valor, ni sus teorías
lumen considerable de críticas a su
de la renta y los beneficios son correcdoctrina y tal fue su impacto, ya antes tos, si se los juzga por los términos de
del fin de la década, que uno llega a
sus proposiciones; pero están bien, en
preguntarse si el respeto por su pensa- cuanto a los principios" (ibíd., p. 225).
miento hubiera continuado siendo tan Véase también Blaug, Ricardian Ecoprofundo como lo fue a mediados del
nomics, pp. 62-63; Meek, Economics
siglo xix, de no haber sido por la leal
and Ideology and Other Essays, Londefensa (tanto como la difusión) de sus dres, 1967, pp. 67-68; y para tos punprincipales doctrinas, realizadas por
tos de vista opuestos, véanse las obserJohn Stuart Mili. Es cierto que para
vaciones de Lionel Robbins, The Evolu1831, en el ámbito del Poíitical Econo- tion of Modern Economic Theory, Lonmy Club se propició una discusión so- dres^ 1970, . p. 59. El pro¬fesor Meek
bre el tema (puesto en la agenda por
observa que “Marx advirtió que el año
Torrens) refe¬rente a "si alguno de los
1830 marcaba el fin de la economía riprincipios que por primera vez fueron
cardiana; y por cierto no sólo de la riadelantados” en la obra del Sr. Ricardo cardiana sino también de la clásica y
“se reconocen actualmente como coaun de la economía científica. Desde
rrectos”; en la discusión Torrens afirmó entonces, los científicos se vieron oblique “todos los grandes principios de la gados a dejar el paso a los luchadores a
obra de Ricardo han sido sucesivamen- sueldo1‟ (ibíd., p. 52). Fue con especial
te abandonados y que sus teorías del
referencia a estas tendencias posteriovalor, la renta y el beneficio, en lo que
res al año 1830 que Marx acuñó el tértienen de general, se reconocían ahora mino vnlgarókonomie.
como erróneas”.1
Por supuesto que ya en vida de Ricardo 112
existieron polos doc¬trinarios rivales.
TEORIA DEL VALOR Y LA DISTRIBU-
CIÓN
quienes expresaban ideas conservadoras, era el conde Lauderdale, pensador
no desdeñable en materia económica y
persona que nadó intrépida contra la
entrante marea del Smithianismus. En
política fue no sólo proteccionista, por
lo menos en lo concerniente a las Leyes
de Granos, sino que su preocupación
fundamental fue la de denunciar la
“perniciosa pasión por acumular, la
cual ha sido falsamente denominada
una virtud” y la de demostrar “la total
amplitud del mal que debe surgir por
entregarse a ella”. El mal consistía en la
“disminución del valor” que “debe ser
producido... en los artículos en los cuales la austeridad ocasiona una contrac¬ción de la demanda” y de allí “una
disminución similar de las producciones del país.2 Se deducía de allí que “la
acumulación del capital debe en toda
época tener sus límites”.3 Ei punto de
vista de Smith sobre el beneficio como
una deducción fue otro de los puntos
para su crítica, pues con perspicacia se
había asegurado de las implicaciones
ideológicas del mismo. Por el contrario,
él veía el origen del beneficio en la capacidad del capital de “suplan¬tar una
porción del trabajo, que de otra manera
sería desempe¬ñado por la mano del
hombre; o, según él, se originaba en el
hecho de que el capital desempeñaba
una cantidad de trabajo, cuya realización está fuera del alcance del esfuerzo
humano.4 Aun¬que según hemos visto
influyó sin duda alguna sobre Malthus,
éste, en cambio, decidió elegir el papel
de panegirista de la tra¬dición smithiana, en aspectos de The Weálth of Nations, que Ricardo había criticado y había dado a sus doctrinas esenciales un
cariz más radical. No sólo es esto evidente en la tenaz defensa que Malthus
hacía de la teoría del valor “basado en
el trabajo economizado” contenida en
Adam Smith, sino también en su hábi¬to de enfocar problemas del valor de
cambio dentro de un marco general de
la oferta y la demanda (tal como Smith
lo había hecho en su “Teoría de la suma
de los componentes”)..En ninguna parte
a Conde de Lauderdale, An Inquiry into
the Nature and Origin of Public Wealth,
Edimburgo, 1804, pp. 218, 220, 248.
Podía ser que hubiera estado proclamando nada más que un crudo punto
de vista del subconsumo. Añade que la
formación de un fondo acumulativo habría sido la causa por la cual “la riqueza real se extinguiera" (debido a la caída
de la demanda) “antes que este fondo
acumulativo... pudiera haber convertido... el ingreso en capital” {ibíd., p.
249), lo cual algunos podrían considerar como una anticipación del pensamiento de Keynes con referencia al ahorro y la inversión y al efecto inmediato
de un cambio en la propensión al consumo.
a Ibíd., p. 265.
4
Ibíd., pp. 161 y ss. Continúa hablando de “cinco formas... según las
cuales el capital tiene derecho a un beneficio".
LA REACCIÓN CONTRA RICARDO
113
fue ello más evidente que en su tratamiento de la teoría de los ■ beneficios.5
No obstante, para una época en que la
reacción contra Ricardo estaba eñ pleno
apogeo, estas diferencias parecen haber
sido consideradas secundarias, yMalthus mismo parecía inclinarse, desde un punto de vista más amplio hada
el lado de Ricardo.8
La copiosa crítica a Ricardo, en los años
que siguieron a su muerte, se dirigió
fundamentalmente contra sus teorías
del valor y el beneficio; en segundo lugar contra su teoría de la renta, por
lo
menos en cuanto ésta se presentaba en forma tal que significara que los
intereses de los terratenientes eran
opuestos al interés social. El profesor R.
L. Meek ha explicado la vehemencia y el
éxito rápido de esta crítica por el hecho
de que “la mayor parte de los economistas tenía conciencia del uso peligroso
que un grupo de escritores radicales
estaba haciendo de los conceptos de
Ricar¬do”; 7 estos escritores, incluían,
en particular a Thomas Hodgskin
*
Por ejemplo, en la afirmación de
Malthus, resumida en el final de su capítulo titulado “De los beneficios del
capital”: “Si nos referimos en forma exclusiva a un alza de los salarios del trabajo sin referirnos a una caída en los
precios de las mercancías, vemos solamente la mitad del problema. Sus efectos sobre los beneficios pueden ser pre-
cisamente los mismos; pero el último
caso, donde no se trata de ninguna
cuestión relativa al estado de la tierra,
demuestra de inmediato en qué medida
los beneficios dependen de los precios
de las mercancías y de la causa que determina estos precios, es decir, de la
oferta comparada con la demanda”.
Principies of Poíitical Economy, Londres, 1820, p. 334.
*
Esto puede haber sido porque
Bailey unió sus críticas a las de
Malthus atacando a Ricardo, y Malthus
respondió, como veremos, dese¬chando
con desprecio el folleto de Bailey. El
doctor Robert M. Rauner, en su ensayo
sobre Bailey, habla “del hecho según el
cual, tanto Ricardo como Malthus, se
hicieron cada vez más adictos a un valor que no era relativo" y de que
Malthus “se solidarizó con Ricardo en la
creencia de que ese „valor‟ continuaría
siendo el mismo si el costo permaneciera constante”. Samuel Bailey and the
Classical Theory of Valué, Harvard,
1961, pp. 66, 119.
T Meek, Economics and Ideology, p. 70.
La obra de Hodgskin, Laboitr Defended
against the Claims of Capital se publicó
en 1825 y su Popular Poíitical Economy, en 1827, fecha para la cual él había
logrado tener una considerable influencia en los círculos del Instituto de Mecánica. El punto de vista de James Mili
con referencia a las ideas de Hodgskin,
tal como figura en una carta suya dirigida a Brougham era la de que “si se
disemi¬naran serían subversivas para
la sociedad civilizada” (citado por
Robbíns en The Theory of Economic Policy in English Classical Poíitical Economy, Londres, 1952, p. 135. De todo el
grupo de economistas de este período,
desde Bailey hasta Longfield, ha dícho
el profesor Blaug: “Es significativo que
los escritores que atacaron los puntos
de vista de los „teóricos del trabajo' —
Scrope, Read y Longfield— estuvieran
también entre los primeros en adelantar
la teoría de la abstinencia en relación
con los beneficios. En este sentido, las
innovaciones teóricas de los „economistas británicos olvidados‟
114
TEORÍA DHL VALOR Y LA DISTRIBUCION
y más tarde a otros denominados “socialistas ricardianos”. Aunque a mediados de la década de 1820 McCulloch
había organizado una serie de conferencias anuales en honor de Ricardo (y
habría de editar más tarde una colección de sus obras) por su formación y
orientación no estaba ¿i la altura de la
tarea de contestar con eficacia a estas
críticas, pues más que un pensador sutil y original era un periodista fluido (e
inteligente). Además con el trans¬curso
del tiempo él mismo fue separándose
poco a poco de la posición de Ricardo.
El primero y quizá el más influyente de
los ataques a Ricardo está contenido en
una obra de 1825, cuyo autor fue Samuel Bai¬ley, un comerciante de
Sheffíeld, de cierta importancia en esa
ciudad, quien más tarde se dedicó, ínter
alia a críticas filosóficas bastante agudas, entre ellas a la teoría de la visión
del obispo Berkeley. Su polémica contra
Ricardo tomó la forma de un ensayo de
unas 200 páginas titulado Disertación
crítica de la naturaleza, medida y causas del valor: con especial referencia a
los escritos del Sr. Ricardo y de sus epígonos (A Critical Dissertation of the Nature, Measure and Causes of Valué:
Chiefly in Reference to the Writings of
Mr. Ricardo and his Followers), que en
un principio fue publicado en forma
anónima, y que ha sido aclamado por
algunos economistas del siglo xx como
una anticipación notable de nociones
modernas. Aunque Torrens fue rápido
en apoyarlo en la discusión del año
1831 sostenida en el Poíitical Economy
Club, Seligman ha clasificado a Bailey
entre los “Economistas británicos olvidados”.8
La principal embestida de su crítica fue
la noción de valor absoluto de Ricardo y
con ello la noción de un patrón invariable. Bailey era un relativista cabal, y
comenzó por definir el valor haciéndolo
depender únicamente de lo que Ricardo
había denomi¬nado “valor relativo” o
“valor de cambio”. “El valor” —decía él—
“no denota nada positivo o intrínseco,
sino simplemente la relación en que se
encuentran dos objetos, recíprocamente, como mercan¬cías intercambiables... denota sólo esa relación entre
dos obje¬tos”, con lo cual “muestran un
parecido a lo que es la distancia”.®
no dejaban de estar relacionadas con la
naturaleza de la lucha de clases después de 1830... y si decidimos considerar la teoría del valor trabajo, como la
médula de la economía ricardiana, nos
vemos conducidos a afirmar que 1%
influencia vital de Ricardo llegó a su fin
en la década de 1830“ [Ricardian Economics, pp. 224-225).
*
Economic Journal, t. xm, 1903,
pp. 352-355.
*
A Critical Dissertation, pp. 4-5.
LA REACCIÓN CONTRA RICARDO
115
Se deducía que “el propio término valor
absoluto implica el mismo' tipo de disparate que- el de la distancia absoluta”,
y que la bús¬queda de Ricardo de una
mercancía de valor invariable que
sir¬viera como medida no tenía sentido,
puesto que no existía forma de definir el
“valor iúvariable”, “Mi proposición es la
de que, si las causas que afectan a
cualquiera de las mercancías continúan
sin alteración, esta mercancía no sería
invariable en su valor, a menos que las
causas que afecten a todas las mercancías que se le comparen permanecieran
inalteradas”.10 Al presentar esta
no¬ción sólo relativa del valor (y al negar cualquier otra) hablaba en forma
concomitante del “valor, en sus últimas
implicancias”, como significando “la estima en la cual es tenido cualquier objeto. Ella denota, hablando con propiedad, un efecto producido sobre la mente”.11 Es innecesario decir que esta ob-
servación provocó que fuera aclamado
como progenitor de la revolución jevoniana.12 Le corresponde a De Quincey
realizar el ataque especial como exponente de Ricardo y aun de Malthus patrocinando la noción de valor “invariable, absoluto, natural (en su Measure of
Válue) en contraste con el “valor nominal o relativo”.
Con respecto a la teoría de los beneficios, la contribución de Bailey no fue
más allá de la afirmación de que los beneficios de¬notan “sólo una participación o proporción de las mercancías” y
un alza de las mismas sólo puede significar que “la ganancia del capitalista
implica una mayor proporción del capital empleado”; de lo cual se extrae la
conclusión de que cuando los beneficios
se definen de esta manera la afirmación
de que cuando el trabajo aumenta los
beneficios deben disminuir es verdad
sólo cuando su aumento no se debe a
un incremento en su capacidad productiva” (por supuesto que aquí está hablando de salarios en el sentido de “salarios reales” de Smith y Malthus y no
de salarios como una proporción, o del
“valor real de los salarios” en el sentido
que les adjudicó Ricardo). Volviendo a
la cuestión del valor, afirma que el costo de producción que regula al valor en
régimen de compe¬tencia “debe ser. .. o
una cantidad de trabajo o una cantidad
de capital” y llega a la conclusión, concordante con la de Torrens de que como
una causa inmediata operante en el
pensamiento de los capitalistas, “la
cantidad de capital gastado es la causa
que determina el valor de la mercancía
producida”.13
ia Ibíd., p. 20.
11
Ibíd., p. 180.
'* Véase Rauner, Samuel Bailey, pp. 57.
13
Bailey, A Critical Dissertation ...,
p. 201.
116
TEORIA DEL VALOR Y LA DISTRIBUCIÓN
Una curiosidad menor, en su tratamiento del valor es una referencia al
monopolio. Distingue que éste es de dos
tipos prin¬cipales, el uno “en el cual
existe un solo interés”, el otro, “en el
cual existen intereses distintos”. En el
primero puede darse el in¬terés del
monopolista en retener parte de la oferta. Pero en el segundo caso, esto no sucede: aun cuando “esté defendido por
un privilegio exclusivo [por ejemplo un
gremio, o una industria protegida por
altos aranceles] o por el favor del público en cuanto a la competencia”, “el monopolista está obligado... a producir la
mayor oferta posible de que sea capaz,
mientras “el precio promedio le signifique un beneficio más alto que aquel
que pudie¬ra obtener en el empleo común del capital”.14 Continúa hasta incluir en esta última categoría la mayor
parte de las situaciones de corto plazo
(como se llamaría hoy díá) y sobre todo
las desviaciones temporarias del precio
de mercado a partir del costo de pro-
ducción. “Todas las mercancías que requieren para su producción un período
considerable es probable que en ocasio¬nes se deban incluir dentro de la
clase de artículos que deben su valor a
este segundo tipo de monopolio, debido
a una sú¬bita alteración en el estado
relativo de la oferta y la demanda. De
aquí surge lo que los economistas llaman valor de mercado”. Si aumentara
la demanda, “el poseedor de las mercancías disfruta¬ría de un monopolio
temporario” pero si en cambio disminuyera la demanda, éstos sufrirían la desventaja de que “la competencia entre
ellos les forzaría a que entregaran al
mercado el total de su oferta”.15 Concluye presentando lo que virtualmente
es un tercer tipo de monopolio: “el caso
en que la competencia no puede aumentar sino a un costo más elevado”.
La renta es .por tanto tratada como un
ejemplo de “valor de monopolio”, debido
a la limitación de tierras de fertilidad
superior, y “que tiene su origen en el
beneficio extraordinario que se obtiene
por poseer un ins¬trumento de producción protegida, hasta un cierto punto,
frente a la competencia”.1®
La Dissertation de Bailey fue citada en
forma aprobatoria por Torrens, por considerarla decisiva en su crítica contra lo
dicho por Ricardo “sobre el valor”, en la
discusión que antes se men¬cionó, y
que tuvo lugar en el Poíitical Economic
Club;17 en el
14
Ibídp. 187.
15
Ibíd., pp. 188-189.
Ibídpp. 185, 195-196.
17 Diario de Mallet, citado en Poíitical
Economy Club: Centenary Volunte, t.
vt, p. 223.
LA REACCIÓN CONTRA RICARDO
117
mismo año, Coterill sobre quien Bailey
había influido mucho, sé refirió en forma lacónica a “algunos ricardianos que
aún quedan”.18 Sin embargo, la Dissertation recibió un rudo tratamiento por
parte de un comentarista del Westminster Review, en enero de 1826 (quien parece haber sido probablemente James
Mili,19 aunque también se le atribuyó a
su hijo). Malthus volvió a contestar con
alguna aspereza en sus Definitions in
Poíitical Economy, de 1827, donde expresa que Bailey aplica su propia y exclusiva defi¬nición del valor “para considerar la verdad de un número de proposiciones emitidas por diferentes escritores, quienes de acuerdo con su propia
demostración han utilizado el término
en un sentido muy diferente”. Malthus
desdeña la obra de Bailey en forma
brus¬ca porque considera que está
“calculada en forma peculiar para retardar el progreso de aquella ciencia
que se debió haber inten¬tado promover”.20 Malthus continuó defendiendo
el uso de la dis¬tinción entre valor relativo y valor absoluto diciendo que
“com¬parar una mercancía ya fuese con
la masa de otras mercancías o con el
costo elemental de producción, es esencialmente distinto a compararla con
alguna mercancía particular dada... es
esencial para el idioma de la economía
política que se lo distinga por medio de
diferentes términos”. Añade a esto que
“nada es más común que el uso de los
términos real, positivo y absoluto, en
oposi¬ción al de relativo, cuando los
primeros tienen relación con algún objeto más general, en especial con algo
que se considera como un patrón”.21
No es sorprendente que Marx hablara
de ello “como de una obra carente de
positivo valor”; en tanto que en tiempos
recientes, por el contrario, Schumpeter
la ha aclamado como una “obra maestra de la crítica”.22
Es evidente que como rechazo de lo que
Ricardo dijo sobre el valor, puede considerarse que lo que Bailey sostuvo tiene mucho menos fuerza de la que sus
admiradores contemporáneos y moder¬nos le han atribuido, y poco de su
finalidad. Definir al valor como valor
relativo, o valor de intercambio, no es
per se una refutación contra aquellos
que, preocupados por encontrar un
fundamento o “causa” de este valor de
cambio, lo encuentran en el costo de
xt Véase Coterill, An Examination of the
Doctrines of Valué, Londres, 1831, p. 8.
“ Véase Rauner, Samuel Bailey, pp.
149-157.
39 T. R. Malthus, Definitions in Poíitical
Economy, Londres, 1827, pp. 145, 201202. '
Jl Ibíd., pp. 148-149, 151.
” Marx, Theorien über den Mehrwert,
Karl Kautsky (ed.), Berlín, 1923, vol. in,
p. 146; Schumpeter, History, p. 486.
U8
TEORÍA DEL VALOR Y LA DISTRIBUCION
producción (o, por cierto en cualquier
otra cosa) y definen a esto último por
medio de un término distinto, sea ya
valor “natu¬ral”, “real” o “absoluto”. Seguramente que aquí la réplica de
Malthus fue del todo justa. Lo que se
necesita demostrar es que ninguno de
dichos conceptos puede mantenerse en
forma consis¬tente. Aunque en la Dissertation de Bailey esto está implícito,
no puede decirse en verdad que quedara demostrado. En lo concer¬niente al
realismo de ningún modo es suficiente
para acusar a una noción de “metafísica”, decir que sólo existe (como el “valor
natural” de Smith) bajo ciertas condiciones hipotéticas, a menos que se
deseche de esta forma todo aquello a lo
que se ha llegado por razonamiento deductivo.
II
La aproximación de una teoría ricardiana del beneficio hacia algo que se asemeja a los teorías modernas, está asociada en lo funda¬mental con los nombres de Mountifort Longfield y Nassau
Sénior, cuyas obras fundamentales
aparecieron con un intervalo de dos
años, entre 1834 y 1836. En forma total
o parcial ambas se ofrecieron como conferencias dictadas, respectivamente, en
Dublin y en Oxford. El primero en sus
Lectures on Poíitical Economy expuso
algo semejante a una teoría de la productividad marginal de los beneficios
(beneficios que provenían de la productividad marginal derivada del trabajo
cuando el capital se invertía en maquinaria); el segundo de estos autores en
su Outline of Poíitical Economy propuso
su bien conocida teoría del beneficio
como un premio a la abstinencia con la
cual implicaba una interpretación dual
del “costo real” en su papel determinante del valor, como si este costo consistiera en trabajo más abstinencia.
Schumpeter dice que Longfield “produjo
un sistema que se hubiera sostenido
bien en 1890” y que “anticipaba lo
esencial de la teoría de Bohm- Bawerk”.23
Es probable que Sénior merezca una
mención especial puesto que en realidad fue suya la prioridad y que sus
conferencias fue33 Schumpeter, History, p. 465. ‟
postuma edición de los Principies de
Malthus. Desde 1830, como miembro
del Partido Whig actuó como consejero
de asuntos económicos, y fue miembro
de la famosa Comisión de las Leyes de
Pobres de 1832-1834. Su bien conocida
“oposición violenta al sindicalismo” como se ha dicho,*4 demuestra que de
ninguna manera desconocía o era insensible a las implicaciones sociales de
lo que estaba diciendo.28
No dice gran cosa de la abstinencia,
más allá de postular que es la causa y
explicación del beneficio: “El beneficio
es la remu¬neración de la abstinencia y
abstinencia es la postergación del disfrute”, en tanto que el capital debe “su
existencia y preser¬vación” a ésta. En
otra parte dice que la naturaleza y el
trabajo son las únicas fuerzas productivas primarias, pero “ellas requieren la
concurrencia de un tercer principio
productivo para lograr la eficiencia
completa. Al tercer principio... le dareLA REACCION CONTRA KICAKOU
mos el nombre de abstinencia, la cual
119
se relaciona con el beneficio de la misron pronunciadas antes de 1830. Nom- ma forma que el trabajo se relaciona
brado profesor de economía política en con los salarios.29 No obstante, prosila cátedra Drummond que acababa de gue con las calificaciones, afirmando
inaugurarse en 1825, por un período de que el capital tiende a aproximarse concinco años, habría de ocuparla más
tinuamente a la tierra (y de aquí, el betarde por segunda vez entre los años
neficio a la renta) al perder su movili1847 y 1852. Lo que formó la base de
dad una vez invertido en bienes dusu Outline of Poíitical Economy fueron ra¬bles. Pero (presentando una consisus conferen¬cias dictadas durante el
deración distinta) “para todo propósito
primero de estos períodos en la cátedra útil, ia distinción entre beneficio y renta
Drummond, en Oxford y la obra publi- cesa tan pronto como el capital del cual
cada el mismo año que la segunda y
surge un rédito determinado, se ha
con¬vertido, ya sea por donación o por
herencia, en la propiedad de una persona a cuya abstinencia y esfuerzos no
se debió su crea¬ción. El rédito que
surge de [la explotación] de un muelle,
un andén o un canal, es un beneficio en
manos del constructor
** Sir Eric Roll, A History of Economic
Tkought, Londres, 1938, p. 351.
35 En lo que refiere a la reacción posterior de Sénior respecto de los hechos
ocurridos en Francia en 1848, y la importancia que les atribuyó en esa oportunidad a las ideas socialistas germinadas entre la clase trabajadora, véase
Robbins, The Theory of Economic Policy
in English Classical Poíitical Economy,
Londres, 1952, p. 136.
” An Outline of the Science of Poíitical
Economy, Londres, 1836. pp. 58-59.
120
TEORÍA DEL VALOR Y LA DISTRIBUCIÓN
original. Es la recompensa por su abstinencia al haber empleado el capital
con fines productivos en lugar de haberlo disfrutado. Pero en manos de su
heredero tiene todos los atributos de
una renta, pues para él es un regalo de
la fortuna y no el resultado de un sacrificio”.27 Quizá no sea una sorpresa que
esta calificación haya recibido tan poca
atención por parte de quienes, al amparo de Sénior han “justificado” el beneficio y el interés en términos de abstinencia (o de “espera”, palabra mucho
menos expresiva, que indica la misma
cosa) y hayan tratado de asimilar el beneficio y los salarios como pagos de
“costos reales”, ya que la calificación de
Sénior deja bastante poco lugar para la
justificación (o expli¬cación, llámese
como quiera), que se ofrece.28 Aquí, el
comentario de Edwin Cannan es acertado: “En las modernas comunidades
civilizadas y ricas la propiedad heredada es mucho mayor que la propiedad
que ha sido adquirida por medio de los
ahorros de las persona vivientes”.28
*T Ibíd., p. 129. Continúa diciendo que
si tal ingreso o propiedad heredados
hubieran de ser considerados como “la
recompensa a la absti¬nencia del propietario, por no vender la dársena o el
canal para gastar el precio que de él
obtuviera en disfrutarlo”, entonces “la
misma observación se aplicaría a todas
las especies de capital transferible" y la
mayor parte de las rentas habrían de
denominarse beneficio.
*• Schumpeter sugiere (en History ..., p.
926) que la teoría de !a abstinencia y de
lo que él llama “limitación** (que la
oferta de capital es limitada y no indefinidamente expandible), son realmente
idénticas. Pero no es éste en verdad el
caso, o por lo menos no lo es necesariamente. Decir que el stock de capital
es de tamaño limitado, en una u otra
fecha, debido a este o aquel límite sobre
la tasa de inversión, es una cosa y esto
sería consistente con el tratamiento del
beneficio como análogo a la renta. Por
otro lado, “explicar” el beneficio en términos de “costo real*' sólo tiene sentido
si hay algún vínculo razonablemente
estrecho y directo entre este “costo real”
en el que se incurre, y el acrecentamiento del beneficio como ingreso (explicación que en particular es poco convincente cuando todas las cantidades,
con excepción de las marginales, de
cualquier stock de capital existente fueron el resultado de decisiones de ahorro
e inversión en el pasado). Pasar por alto
dicha consideración es, de seguro, un
signo de preocupación exclusiva por las
técnicas formales del análisis económico. Bohm-Bawerk admitía que “Lassalle
tenía en su mayor parte razón al enfrentarse a Sénior, puesto que la existencia y el nivel del interés de ninguna
manera corresponden en forma inevitable a un „sacrificio de absti-nencia‟ y
atribuía la popularidad de la teoría de
Sénior “no tanto a su superioridad como teoría, como al hecho de haberse
formulado en el momento preciso en
que urgía apoyar al interés contra los
severos ataques de que había sido objeto” (Capital and Interest, traducción al
inglés de W. Smart, Londres, 1890, pp.
277, 286).
” History of Theories of Production and
Distribution, segunda edición, Londres,
1903, p. 198. Con anterioridad había
dicho que Sénior simplemente
LA REACCIÓN CONTRA RICARDO
121
Al discutir los salarios, Sénior parte de
una teoría de la sub¬sistencia hasta el
punto de decir que los salarios depen-
den “de la extensión del fondo para el
mantenimiento de los trabajadores,
comparado con el número de trabajadores que deben ser manté-. nidos”.30 En
este sentido podría ser clasificado como
un defensor de la ingenua doctrina del
fondo de salarios. Pero él continúa cali¬ficando o extendiendo esta afirmación general con variados razo¬namientos. (Por cierto que, en forma
simultánea, pone cuidado en afirmar
como una inconsistencia con su propia
teoría, el punto de vista de que “la tasa
de salarios depende únicamente de la
propor¬ción que guarda el número de
trabajadores con la cantidad de capital
existente en el país”.)31 Con respecto al
tamaño del fondo, éste depende, primero, “de la productividad de la mano de
obra directa o indirecta en la producción de mercancías utilizadas por el
trabajador”, en segundo lugar, “del número de personas directa e indirectamente empleadas en la producción de
cosas para el uso de los trabajadores,
comparado con el número total de familias obreras”.32 Hasta aquí parecería
que permanece muy cerca de Ricardo
quien, según hemos visto, consideró
que los beneficios están determinados
por la productividad del trabajo en la
produc¬ción de bienes-salario, en relación con el nivel de salarios reales, o,
alternativamente, por la proporción de
la fuerza de trabajo nece¬saria para
producir los bienes destinados a los
trabajadores. Sin embargo, es significativo que Sénior viera que tal razón de-
termi¬naba no la relación de los beneficios con los salarios, sino por el contrario la demanda de trabajo expresada en
términos reales. Además, al explicar
posteriormente cómo se determina su
segun¬da razón la expresa en el orden
inverso de determinación al de Ricardo:
está determinada por “causas que desvían al trabajo de. la producción de
mercancías destinadas a las familias
obreras”; a saber: “I. La renta; II. Los
impuestos; III. El beneficio. En otras
palabras, en lugar de que los beneficios
estén determinados por las “migajas de
los salarios”, como lo expresó De Quincey 33 (tomando
había dado por sentado que el beneficio
era una recompensa al sacrificio “y no
hace ningún intento para probarlo” (p.
197), y vuelve de nuevo a decir, más
adelante, que su teoría “no nos lleva en
realidad más allá de la propo¬sición
que establece que el capital es la consecuencia del ahorro” (p. 214). so Sénior,
Outline of Poíitical Economy, p. 154.
S1 Ibíd., p. 154. Sobre este tema véase
Marian Bowley, Nassau Sénior and
Classical Economies, Londres, 1937,
pp. 197-2UO.
82
Sénior. Outline of Poíitical Economy. p. 174.
*•'‟ Op. cit.
122
TEORIA DEL VALOR Y LA DISTRIBUCIÓN
en cuenta la productividad dei trabajo
como factor que afecta al ta¬maño de
estas “migajas”) al beneficio se lo considera (junto con la renta), determinado
con anterioridad, y a los salarios, evidente¬mente, como el residuo una vez
que han sido efectuadas las deduc¬ciones anteriores.34 En un sentido
está dentro de la tradición de Adam
Smith, pero con la diferencia, no carente de importancia, de que el beneficio se
explica (si bien no con demasiada claridad) por la abstinencia. Cuando contesta al interrogante de qué es lo que determina la tasa del beneficio, introduce
la noción del “perío¬do promedio de
adelanto del capital”, es decir, el tiempo
durante el cual han de ser adelantados
los salarios; y como explicación de las
diferencias internacionales entre los
salarios, ofrece la inte¬resante sugestión de que éstas se deben a las diferencias en el valor, en términos de metales preciosos, de las mercancías de
exportación producibles por un obrero
promedio en un período dado, después
de permitir la. deducción del beneficio,
de acuerdo con la tasa del beneficio y el
“período de adelanto” (en Three Lectures on the Cost of Obtaining Money,
1830).
Con referencia al valor, Sénior parece
haber seguido en gran medida a J. B.
Say y a Lauderdale al considerarlo dependiente de la utilidad y condicionado
por la limitación de la oferta y la transferibilidad, añadiendo con respecto a
estas limitaciones que eran con mucho
“en buena medida lo más importante”.
Escribe que “la utilidad no denota una
cualidad intrínseca de las cosas que
Hartamos útiles, sino que expresa simplemente sus relaciones con las penas y
los placeres de la humanidad”. Hay
quienes lo han proclamado un precursor de la Ley de la Utilidad Decreciente
por su afirmación de que “no sólo existen límites al placer que cualquier tipo
de mercancía puede provocar, sino que
el placer disminuye en una proporción
rápidamente creciente mucho antes de
llegar a esos límites; ... dos artículos del
mismo tipo llegarán rara vez a producir
el doble del placer que uno”.35 Además,
algu¬nos pueden detectar un halo moderno en su proposición de que “nuestros deseos no se inclinan tanto por la
cantidad como por la diversidad” y el
deseo de lo diverso “es débil comparado
con el deseo de lo distintivo”.™
Mountifort Longfield fue un juez irlandés, a quien se designó en el año 1832
para ocupar la cátedra de economía política
** M. Bowley dice que los intentos de
Sénior para determinar los Hilarios en
forma residual fueron “infructuosos”.
{Nassau Sénior..., p. 185).
35 Sénior, Outline of Poíitical Economy,
p. 11.
3a tbíd., pp. 11-12.
Én su .Prefacio (p. vii) expresa su preocupación por probar „„cómo es imposible
por lo general regu¬lar los salarios, ya
sea por combinaciones de los obreros
como por medio de actos legislativos”;
por lo cual su interés, por no decir su
preocupación, con respecto “a la emergente cuestión del tra¬bajo”, está claro.
Así también su rechazo por Ricardo, al
menos en lo concerniente a la teoría del
beneficio. Comienza su discusión sobre
el mismo, atacando la proposición de
Ricardo, según la cual la tasa de beneficios sólo puede caer si entran a operarse los rendimientos decrecientes en
la agricultura, lo que al elevar el costo
de subsistencia eleva los salarios. Considera al capital inver¬tido como aquel
capital fijado en maquinaria o herramientas me¬joradas, para ayudar al
trabajo. El beneficio del capital que se
invierte primero de esta manera tenderá
a estar regulado “por la suma que pueda pagarse por el uso de cualquier maquinaria” y ello resulta así “por su eficacia en ayudar al trabajador en sus
operaciones”. Esto establecerá lo que él
llama “el límite máximo” del beneficio.
Pero “su límite menor está determinado
por la efi-cacia de ese capital que sin
imprudencia se emplea de la manera
menos eficiente”, en cuyo nivel la comLA REACCION CONTRA RICARDO
petencia tenderá a reducir todos los be123
neficios sobre el capital fijo/7 De aquí
fundada en el Trinity College de Dublin, llega a la con¬clusión de que el increpor el arzobispo Whate- -ly. Las confe- mento de capital per se “tiene una tenrencias en cuestión se dictaron en 1833 dencia a disminuir la tasa de benefiy fueron publicadas al año siguiente.
cios” aun cuando “no exista un in-
cre¬mento de la población” y una elevación en el precio del grano. Los beneficios del capital circulante “deben estar
regulados por los beneficios del capital
fijo”.38 Su noción de la “eficiencia
mar¬ginal” del beneficio (como lo que
sustancialmente es) se resume en la
frase siguiente: “En cada caso los beneficios del capital estarán regulados por
esa porción del mismo que está obligada a emplearse, juntamente con el trabajo, con menor eficiencia”.1** Es evidente que aquí tenemos un buen número de esbozos preli¬minares de la
teoría económica de fines de siglo.
En cuanto a los “salarios de los trabajadores”, dependen del valor de su trabajo y no de sus necesidades. Sostiene,
igual que Sénior, que los salarios reales
“dependen enteramente.de la tasa de
beneficios y de la eficiencia de.la mano
de obra para producir
,1T M. Longfield, Lectures on Poíitical
Economy, Dublin, 1834, p. 188.
38
Ibíd., p. 198.
3fl /bídp. 193.
124
TEORIA DEL VALOR Y LA DISTRIBUCIÓN
aquellos artículos en los cuales se gastan, por lo común, los salarios del trabajo”.40 El gran corolario que él deriva
es el consuelo de que "la cantidad de
beneficios y salarios está confinada
dentro de límites cuya extensión escapa
a los poderes legislativos, por cualquier
ejercicio directo de su autoridad. Aquí
la legislación y la combinación pueden
causar daño pero no pueden mejorar
las cosas”.41 Y en su undécima y final
conferencia resume los resul¬tados de
sus investigaciones (las cuales ^espero
que no serán desa¬gradables para el
pensamiento benevolente”) con la proposición referente a las leyes económicas que mencionamos en el capítulo
i.42 A ésta se le añade la observación
de que: “Encontraremos que todas las
causas que disminuyen cualquier fuente de riqueza se originan en el vicio o la
locura”.43 Evidentemente las leyes de
la producción y la distribución no sólo
están hechas de hierro sino que son de
origen divino.
En lo. que se refiere al valor, Longfield
pone también en la utilidad más atención de lo que había sido habitual, por
lo menos en Inglaterra. “El valor de cada, artículo depende de la demanda y
de la oferta e.. . indirectamente del costo de producción de cualquier mercancía, así como su utilidad tiene un efecto
sobre su precio”.44 Habla de “intensidades de demanda” variables y llega a
la conclusión de que “el precio de mercado se mide por esa deman¬da, que
aún siendo de intensidad mínima conduce, sin embargo, a compras reales. Si
la oferta existente es más que suficiente
para satisfacer toda la demanda, igual o
superior a un cierto grado de intensidad, los precios caerán, para acomodarse a una demanda menos intensa”.45 Ésta es por cierto una anticipación dé la ley de Jevons sobre la Utili-
dad Decreciente.
Sucedió a Sénior después de su primera
tenencia de la cátedra Drummond en
Oxford, Richard Whately, quien a su vez
fue suce¬dido por W. F. Lloyd en 1831.
Tanto Whately como Líoyd publi¬caron
sus clases (el hacerlo era una de las
condiciones para ocupar la cátedra); las
del primero se publicaron en 1831 bajo
el título Jntroductory Lectures on Poíitical Economy y las del último, en el
año 1834, con el nombre de A Lecture
on the Notion of Valué. Los puntos de
vista de ambos eran similares a los de
Sénior y a
40
Ibíd., pp. 206, 212.
41
Ibídp. 159.
** Véase p. 36 nota 31.
4S Ibíd., pp. 222-223.
4i Ibíd., p. 110.
45 Ibíd.. p. L13.
LA REACCIÓN CONTRA RICARDO
125
los de. su colega de Dublin y ambos están clasificados, por lo general, entre el
gnipó" de economistas de la reacción
antirricardia- na, quienes fueron los
que anticiparon algunas de las principales ideas de la “revolución jevoniana”
de cuarenta años después.
Whately, cuyo enfoque general puede
muy bien haber influido sobre Sénior,4*
sugirió el nombre de “cataláctica” en
lugar de economía política, por considerarlo más apropiado, por poner el énfasis en el sentido de lo que le concierne
fundamentalmente, el mecanismo del
cambio (lo que en Marx es “esfera de la
circula¬ción” Whately lo consideró como perteneciente a los “fenómenos”
más bien que a la “esencia”). W. F.
Lloyd fue sin duda el más importante
de los dos como descubridor del principio de la utilidad marginal y muchos lo
han considerado como tal; hablaba del
valor como de “un estado mental, indudablemente significativo, que se pone
de manifiesto siempre en el margen de
la separación entre necesidades satisfechas e insatisfechas”, y explicaba que
“un incremento de la cantidad a. la larga extinguirá, o satisfará al máximo, la
demanda de cualquier objeto específico
que se desea”.47
Otros escritores pertenecientes a este
período, aunque no a este grupo, muestran aún más claramente (como lo ha
señalado el profesor Meek) su preocupación por las repercusiones sociales de
la doctrina de Ricardo a la cual se oponían.48 Samuel Read hablaba con firmeza de lo que él sostenía que estaba
implícito en la teoría de Ricardo (que “el
trabajo es la única fuente de la riqueza”) y que consideraba “un error perjudicial y fundamental” ubicado en el
centro de su sistema.40 Poulett Scrope,
autor de Principies of Poíitical Economy, de 1833, decía de los trabajos de la
escuela ricardiana (en la cual incluía a
Malthus y a Whately a la vez) que él “no
podía descubrir en ellos ninguna respuesta que tuviera pro¬babilidades de
satisfacer el pensamiento de un hombre
mediana¬
** Véase Schumpeter, History of Economic Analysis, p. 484.
47
A Lecture on the Notion of Valué.
Londres, 1834, pp. 9, 16.
4* Véase R. L. Meek, Studies in the Labour Theory of Valué, Londres, 1956,
pp. 124-125: “Algunos de los opositores
de Ricardo (por ejemplo Scrope. Read y
Longfield) parecen haber estado bastante seguros de lo que estaban haciendo:
era el carácter peligroso de las doctrinas de Ricardo, más bien que lo que
ellos llamaban su falsedad, lo que les
preocupaba funda¬mentalmente*‟.
Véase también la explicación que sigue:
“Su enfoque fun¬damental ... estaba
determinado por una creencia de que lo
que era socialmente peligroso no podía
posiblemente ser verdad”. Meek, Economics and Ideology and Other Essays,
p. 71.
49
Samuel Read, An Inquiry into the
Natural Grounds of Right to Vendible
Prop^rty or Wealth, Edimburgo, 1829,
p. xxrx.
En otro lugar de la misma obra (Poíitical Economy for Plain People) se refiere
a la “equivocada hostilidad hacia el capital” y al “derecho al beneficio sobre el
capital”, mencionando a Hodg¬skin y a
su “despojo de los trabajadores”.a‟ En
sus Principies hace mención específica
de aquellos que “declaman contra el
capital considerándolo el veneno de la
sociedad, y contra el derecho al interés
sobre el capital que tienen sus dueños,
como un abuso, una injusticia y un
despojo a la clase trabajadora”; y condena la teoría del valor trabajo por no
reconocer que el beneficio es la compen¬sación al “tiempo durante el cual el
propietario del capital ha permitido que
se lo emplee”.‟52 No sorprende entonces, de manera alguna, que él hubiera
adelantado la noción de la abstinencia
(pa-recería que en forma independiente
de Sénior) como una explica¬ción del
beneficio “ ¿Era demasiado fuerte como
caracterización de estas ideas, la que
hizo Marx al considerarlas de „„mala
concien¬cia y malévolo intento apologé126
tico”?
TEORÍA DEL VALOR Y LA DISTRIBUIII
CION
Algunas veces, el grupo de los economente educado que con sentido común mistas de quienes hemos estado hay honestidad buscara allí alguna justifi- blando ha sido presentado, no como
cación a la inmensa disparidad de for- desautorizando al ricardianismo como
tunas y de cir¬cunstancia que se ven
sistema (o buscando hacerlo), sino coclaras por doquier. Por el contrario, es- mo desempeñando, en su totalidad un
tas palabras me parecen contener mu- papel conciliador y “mejorador” de los
chas inconsistencias y errores evidendefectos y de la parcialidad de la doctes, „con el objeto‟ de inculcar muchos
trina de Ricardo, pareprincipios falsos y perniciosos”.50
s0 Prefacio a Poíitical Economy for Plain
People, citado por Meek en Economics
and ídeology, p. 71.
aj Poíitical Economy for Plain People,
Londres, 1833; egunda edi¬ción, 1873,
pp. 103-105.
Ba Principies of Poíitical Economy,
Londres, 1833, p. 150.
** Schumpeter llega a hablar hasta de
una „Teoría del interés-absti¬nencia de
Scrope-Senior”, History of Economic A
nal y sis, p. 659.
LA REACCION CONTRA RICARDO
12.7
cido a la forma en que más tarde, y con
más esfuerzos declaraba Marshall que
lo estaba haciendo. Por eso se ha dicho
que Sénior “se dedicaba a reconciliar a
Say con Ricardo”."'4 Al hablar de Longfield, Schumpeter,. con más cautela dice que “no dejó de mantener contacto
con las enseñanzas de Ricardo” y que
tuvo cuidado en complementarlas con
“un análisis más gentilmente per¬fecto
y sin realizar ninguna ruptura violenta”.** Es verdad que las nuevas ideas
cuando se presentan por primera vez
aparecen con frecuencia (quizá con demasiada frecuencia) en forma de simples extensiones de una estructura
conceptual existente y hasta quizá como un intento de conciliar esta estructura con lo que había sido tratado antes
como nociones y observaciones inconsistentes (seme-jante a lo que ocurrió
con los epiciclos y el sistema tolemaico).
Sólo posteriormente las nuevas ideas u
observaciones encontrarán expresión
más convincente, como elementos cruciales o relaciones de una estructura
conceptual bastante nueva, que desafía
a la antigua en su integridad. Tal fue el
caso del nuevo sistema teórico del período posterior a 1870, asociado en este
país con el nombre de Jevons. No obstante, el interpretar, en retrospectiva,
las prime¬ras ideas de un Bailey, un
Sénior o un Longfield referentes a la
utilidad o a la productividad marginal,
todavía no refinadas y carentes de una
formulación más general, como simples
intentos de mejorar o extender las de
Ricardo, conciliando a éstas con sus
críticas es hacer muy poca justicia a su
novedad y a su papel crítico y eventualmente disruptivo. De la evidencia
existente puede caber muy poca duda
de que el grupo vinculado a Sénior (y
éste incluía a Longfield) estaba alejándose muy a conciencia de las doctrinas
más características de Ricardo, y especialmente de aque¬llas (tal como su teoría del beneficio con su insistencia sobre fa relación antagónica entre salarios
y beneficios y entre el beneficio y la renta) a las cuales ellos consideraban socialmente peligrosas y, por lo tanto, insostenibles.
Aun si confinamos nuestra atención,
como lo hace Schumpe¬ter, al modelo
analítico de las doctrinas, resulta claro
que existían, hablando en términos generales, dos tradiciones muy distintas y
rivales en el pensamiento económico del
siglo xix en cuanto al orden y al modo
de determinación de los fenómenos del
inter¬cambio y de la distribución del
ingreso. Una de éstas, arrancando de
Adam Smith, trataba el valor de cualquier mercancía como
84 Eric Roll, History of Economic
Thought, p. 341.
44
Schumpeter, History of Economic
Analysis, p. 464.
128
TEORIA DEL VALOR Y LA DISTRIBUCIÓN
determinado por la suma de los diversos gastos o costos involucra¬dos en su
producción; estos gastos, al depender
de los pagos nece¬sarios por el uso de
la tierra, el capital y el trabajo y de las
diver¬sas cantidades de éstos, eran requeridos para producir la mercan¬cía
en cuestión. La determinación de estos
pagos necesarios era considerada dentro de un marco general de oferta y demanda, y en Adam Smith era tratada
como el problema de la tasa general de
beneficios y la tasa de salarios y la renta de la tierra, las cuales en su conjunto constituían “las partes componentes
del precio”. Diversos escritores trataron
a uno u otro de estos compo¬nentes
como “residuales” en el cuadro global,
en el sentido de que recibían lo que
quedaba del producto total, después de
saber satis¬fecho inevitables participaciones predeterminadas. Ya hemos visto
que en el tratamiento que da Adam
Smith al ingreso de la pro¬piedad (es
decir, tanto al beneficio como a la renta)
éste aparecía como una deducción an-
terior, en un contexto levemente sugestivo de una teoría de la explotación (por
lo menos muchos lo han pensado así,
incluyendo a Bortkiewicz). Este concepto parecería considerar a los salarios
como un residuo; aun cuando fuera un
residuo sujeto a un mínimo. (“Existe
una cierta tasa por debajo de la cual
parece imposible reducir, durante cualquier período considerable, los salarios
ordinarios, aun para las especies más
bajas de trabajo”); la posibilidad de un
alza por encima de este mínimo estaría
condicionada (en forma más bien inconsistente, quizá), por un “aumento de
los fondos que se hayan destinado al
pago de los salarios”; esto último ocasionaría “una compe¬tencia entre los
patrones, que pujarán entre ellos, con
el fin de lograr trabajadores, y de esta
forma voluntariamente se rompe el
acuerdo natural de los patrones para
no elevar los salarios”.6*1 Fue este tipo
de concepción de Smith expresada en
forma suave y sugestiva, más bien que
rigurosa, en las décadas de 1820 y
1830, la que los economistas del grupo
Senior-Longfield buscaban desarrollar
en la que habría de llegar a ser conocida bajo el nombre de teoría del valor del
costo de producción. Como tal, fue
transmitida a través de John Stuart Mili (aunque en forma incongruente y saliendo a navegar bajo la bandera de Ricardo) a Alfred Marshall; y como tal fue
entonces pertrechada con una teoría
del costo real, concebida subjetivamente (haciéndose eco de las “fa¬tigas y las
preocupaciones” de Adam Smith) y, en
consecuencia, ca¬paz de ser utilizada
como base para la teoría del beneficio,
en adición
*• Adam Smith, Wealth of Nations, pp.
70. 71.
cios de los distintos factores o agentes
productivos como a los respectivos papeles de las condiciones de la oferta y
de las condiciones de la demanda.
(Marshall al establecer diferencias en
las últimas introduce el problema del
tiempo por medio de su bien conocida
LA REACCION CONTRA RICARDO
distinción entre el supuesto de un pe129
ríodo corto o de un período largo, en el
a una teoría de los salarios. (Bien tem- cual pudieran ocurrir cambios en la
prano había dicho Cotteril,- ¿n forma
adaptación de la oferta.)
muy clara: “existen-dos ingredientes en Es sólo en las versiones últimas y más
el costo de producción, los salarios del sofisticadas de la línea tradicional de la
trabajo... y los beneficios del caoferta-demanda como partes compopi¬tal”.67 En esta consideración, lanentes del precio, en especial con las
renta de la tierra continuaba siendo to- versiones que subrayan en forma
davía un excedente residual, puesto
prin¬cipal las influencias de la demanque no había un costo real —por más
da, donde nos encontramos con una
subjetivamente que se concibiera— co- consideración bastante esencial que
rrespondiente al uso de los dones de la antes hemos mencionado y a la cual
naturaleza como no fueran las posiretornaremos después. Esto es que el
bi¬lidades alternativas de uso precemarco teórico de la determinación se
dente. El acicate había sido ex¬traído
encuentra por entero dentro del proceso
de la sugerencia de que el beneficio era de cambio (o lo que comúnmente se
una “deducción anterior” del producto llama hoy día el proceso de formación
del trabajo, puesto que el capital y el
del precio), porque los precios de los
trabajo eran colocados en el nivel de
productos y la distribución del ingreso
factores de la producción que tenían
se asimilan e integran dentro de un sisresponsabilidad conjunta, aunque no
te¬ma de determinación mutua o siigual, respecto del producto. Además,
multánea de los precios de los productoda noción que tratara algunas formas tos y de los precios de los factores, en
del ingreso como “deducción previa” y
interacción recípro¬ca. Esto resultó
otras (u otra) como “residuales” llegaba verdadero, como veremos con referencia
a ser anodina, por cierto sin sentido,
a la es¬cuela austríaca, para quien la
ante la perspectiva de la introducción
noción de “costo real” se reemplaza por
subsiguiente de la noción de “determi- un supuesto de ofertas dadas de divernación simul¬tánea”; esta última se
sos factores con la con¬siguiente deaplica tanto a la formación de los preterminación de todos los precios por la
demanda (y de paso, la noción de excedente, aplicada a la renta tanto como
57 Coterill, Doctrines of Valué, p. 22.
130
TEORIA DEL VALOR Y LA DISTRIBUCIÓN
al beneficio, pierde todo significado en
este contexto). Ésta no fue una peculiaridad sólo del tratamiento austríaco:
también es verdad para el sistema de
Walras y sus derivados. Aun cuan¬do
(como es el caso de Marshall) se mantenga el costo real sub¬jetivo como una
determinante, en el margen, de las ofertas de capital y de trabajo se pone
inevitablemente un énfasis creciente en
las condiciones de la demanda (y en sus
determinantes subje¬tivos) en comparación con los cuales la teoría del costo
de pro¬ducción se desvanece, sin remedio, dentro de los fundamentos. De la
única manera en que las condiciones de
la producción penetran, como intrusas,
dentro del proceso esencialmente de
cambio o pro¬ceso del mercado, es en
la forma de “coeficientes técnicos”, defi¬niendo las posibilidades de la combinación de factores, y lo que hoy día por
lo común se denomina una “función de
producción” que establece el alcance de
los coeficientes técnicos alternativos.
Las relaciones y condiciones sociales, o
las instituciones tales como la forma de
la propiedad, no aparecen para nada 58
y son tratadas, por cierto, como si no
tuvieran un papel determinante y fueran irrelevantes para los resultados. Se
deduce, como podría esperarse, que un
concepto como el de "explotación” o el
del valor excedente (o aún algo más
suave que implicara un antagonismo —
a la manera de Ricardo— en la distribución del ingreso a largo plazo), no
puede tener lugar ni significado, puesto
que la validez de un concepto semejante
reposa sobre algo referente a las relaciones de precios, dependientes de algunas de las características de la estructura institucional (y si en lo referente a las relaciones nor¬males de precios
nada depende del cuadro social o institucional, estas relaciones de precios
sólo pueden reflejar los requisitos del
problema económico per se, es decir, el
modelo de las rarétés de Walras, que
continuaría siendo el mismo sea cual
fuere el sistema institucional, dada solamente la existencia de la libertad de
cam¬bio). Por supuesto que una intrusión del monopolio es otra cosa (un rasgo de la situación del mercado), y es
característico del enfoque “moderno”, ya
que el término “explotación”, si de alguna manera se usa, se empleaba en
un sentido por completo diferente, para
significar alguna desviación de las relaciones de precios “nor¬
** Estas pueden posiblemente ser admitidas en lo que respecta a la distribución personal del ingreso, por contraste
con la distribución entre factores; pero
si así fuera, sería corriendo el riesgo
(como lo veremos más adelante) de introducir una circularidad perjudicial
dentro del sistema de la distribución
regulada por la demanda.
que ser explicada en términos peculiares a la misma y no como un resultado
de las relaciones generales de cambio
de oferta y la demanda, como Smith la
había tratado. Este trata¬miento de
cualquier forma era evidentemente
inadecuado para ofrecer conclusiones
precisas, por la manera flexible en que
tanto Smith como Malthus lo formularon. Además, para Ricardo era una
condición necesaria y primordial dar
respuesta al problema de la distribución para poder calcular el efecto sobre
los precios de un cambio en los salarios
(tanto sobre los precios individuales
como sobre los generales): en otras palabras, para calcular las “modificaciones” presentadas por los precios relativos en razón de diferencias en las condiciones técnicas de producción, que
afec¬taran particularmente el uso del
capital fijo. (Como hemos hecho notar
antes, el “curioso efecto” de un alza de
salarios sobre los precios de las cosas
producidas con una cantidad desproporcio¬nada de capital fijo, fue una innovación suya y la introdujo para reforzar su propia posición y no como concesión, a aquella de Adam Smith.)
80 Véase el uso que hace Pigou del
término para referirse al pago de los
obreros en cantidad menor que la equivalente a su producto neto mar¬ginal,
A. C. Pigou, The Economics of Welfare,
Londres, 1920, pp. 511 y ss.
LA REACCIÓN CONTRA RICARDO
131
males”, debida a la presencia de algún
elemento monopolístico o de "imperfección‟.‟ del.mercado.
La segunda línea fundamental, de la
tradición que también se deriva de
Smith, aunque de una mañera casi hegeliana, es la de Ricardo, quien invierte
determinadas doctrinas o proposiciones
de Smith (que por lo tanto resultan metamorfosead as). En primer lugar Ricardo remodeló la peculiar teoría del
valor de Smith (con su distinción polarizada entre “el primitivo y rudo estado”
de la sociedad y la sociedad capitalista
desarrollada), como para hacer que las
condiciones de la producción, y en particular las cantida¬des de trabajo gastadas en la producción, fueran las determinantes básicas, igual en la sociedad capitalista que en la precapitalista.
Al hacerlo así rechazó la teoría de la
“suma de los componentes”, y en consecuencia rechazó la posibilidad de tratar la esfera de las relaciones de cambio
como un “sistema aislado, y asentó firme¬mente la explicación de estas relaciones de cambio, en las condi¬ciones y
circunstancias de la producción. En
segundo lugar, cuales¬quiera que hubieran sido sus razones para considerar
a la distri¬bución como el problema
central, su instinto al hacerlo fue sin
duda certero y su forma de tratar la dis- 132
tribución fue crucial. Vio que ésta tenía TEORIA DEL VALOR Y LA DISTRIBU-
CIÓN
En lo que a la distribución concierne,
Ricardo podía ser considerado como
alguien que extendiera y desarrollara la
breve sección que sobre el tema contiene The Wealth of Nations. Pero la extensión contenía un elemento adicional
de suma importancia: La incorporación
—implícita, aunque no explícita— de un
dato social o institucional, en forma de
condiciones socioeconómicas definitorias del nivel de los salarios reales. En
Ricardo esto no quedó definido en forma demasiado cuidadosa o satisfactoria: pareció apoyarse sobre un punto de
vista malthusiano del incre¬mento de la
población, aunque hemos señalado que
tuvo buen cuidado en incluir el elemento de los “hábitos y costumbres” en su
noción de necesidades para la subsistencia en cualquier fecha determinada o
en cualquier país. Pero su forma de
presentar la distribución y sus determinantes abrió la puerta a través de la
cual Marx introdujo dentro de la teoría
económica aquellas cruciales “relaciones sociales de producción” y en particular la aparición, históricamente condicionada, de un proletariado como pivote de su teoría de la plusvalía. Una
consecuencia fundamental de esto fue
(quizá en forma más explícita en Ricardo que en Marx) que una vez que el nivel de los salarios reales fuera
con¬siderado como determinado de esta
manera, las condiciones de la producción en la industria o industrias productoras de bienes esenciales para los
asalariados, desempeñaban un papel
clave para determinar la proporción de
los beneficios o del excedente con respecto a los salarios, y de aquí (dados los
gastos necesarios para mantener la
mano de obra en las diversas ramas de
la producción) los valores de cambio
relativos. La relación entre el producto
de un día de trabajo y el salario de un
día de trabajo, o alternativa¬mente en
una escala global, la proporción de la
fuerza de trabajo total necesaria para
producir las subsistencias, o los bienessalario necesarios, para esa fuerza del
trabajo era aquí crucial. Fue el poco
conocido economista ruso, W. K. Dmitriev, quien al comienzo del siglo parece
haber sido el primero en apreciar y formular en forma concisa la distintiva
novedad de la estructura analítica y del
enfoque de Ricardo, que permanecía
sumergido y olvidado entre las revisiones y reinterpretaciones que había sufrido en el intervalo. Al contestar una
crítica sobre la cual hablaremos más
adelante,00 Dmitriev demostró que la
esencia de la teoría de Ricardo podía
ser representada en la siguiente ecuación aplicada a un caso simpli¬ficado
de dos productos, donde uno de ellos,
A, es un insumo de
80
Véase capítulo 7, pp. 196-197.
LA REACCIÓN CONTRA RICARDO
133
la producción tanto de sí mismo, como
de B. Ésta es. la ecuación que escribe:
y — Ná Ü Xa ^ +'r**a NBaxa (/ 4- r)„fl ‟
donde Y es la razón precio de A con
respecto a fí; el salario real por unidad
de tiempo de trabajo es a unidades del
bien salario A; el precio por unidad de A
es xa\ NA y NB son. el número de
uni¬dades de trabajo requeridos para
producir respectivamente una unidad
de A y r es la tasa de beneficio y * es el
tiempo du¬rante el cual se adelanta el
trabajo (o sea el período de producción).
Esto, por supuesto, contiene una estrecha analogía con el caso de la agricultura de Ricardo, productora de grano
como bien-salario, y las manufacturas.
Dmitriev demuestra entonces que r
puede de¬rivarse directamente de N y
de /, en la industria de bienes-salario,
una vez que se conoce a (el salario real).
N, t y a forman parte de los datos en la
ecuación antes mencionada; N y t dependen de las condiciones técnicas de
producción de A; y no es necesario que
se determine primero el precio de A antes de que pueda ser derivada r. En
consecuencia, esta ecuación simple es
suficiente en el caso de dos productos
para determinar la razón de los
pre¬cios entre A y B, dadas las N y las t
y la á.*1
Fue contra esta forma integral de enfocar una teoría del beneficio que la escuela de Sénior y Longfield reaccionó
con tanta fuerza, y no sólo por ser el
enfoque una herramienta analítica inconveniente (la cual, del mismo modo
que la mayor parte de los críticos contemporáneos de Ricardo y posteriores a
él, parece probable que alcanzaron a
entender en forma imperfecta) sino en
contra de sus implicaciones y corolarios
más amplios. Al reaccio¬
81
Essais Economiques, V. K. Dmitriev, traducción d« Bernard Joly, París,
1968, p. 47 y también pp. 38 y 45. Tanto para Dmitriev cuanto para la teoría
ricardiana del beneficio, véase también
P. Garegnani, II Capitaie nelle teorie
delta Distribuzione, Milán, 1960, pp. 334, 54-59. El propio Dmitriev observa
que se le ha atribuido con frecuencia
una “importancia exagerada*‟ a la proposición de Ricardo con respecto a la
relación inversa entre el beneficio y los
salarios, mientras que “el mérito principal de la teoría del beneficio, de Ricardo, no reside en este particular, sino en
esta¬blecer las leyes que determinan el
nivel absoluto del beneficio” (ob. cit.. p.
45, nota). Sin embargo, lo que los antíricardianos encontraban social¬mente
perturbador era la primera de las proposiciones. De paso puede señalarse
que en la ecuación de más arriba, la
inclusión de X, es en términos estrictos
innecesaria en el caso de dos productos
puesto que las cantidades consideradas
pueden expresarse en unidades físicas
del bien-salario A.
ella), derivada de Adam Smith y al hacerlo así, la reforzaran. Si de alguna
manera se los describe como “me¬jorad
ores” o “conciliadores”, ese término debe en realidad apli¬cárseles por su papel en el desarrollo de esta tradición de
Smith y no la de la rama ricardiana.
Éste habría de ser el caso, como veremos, de John Stuarl Mili, a pesar de las
inhibiciones impues¬tas por la piedad
filial, por lo cual su influencia habría de
defi¬nir y desarrollar no la tradición
ricardiana, sino la tradición rival que en
forma eventual la sustituyó; en ese
momento ese hecho quedó oscurecido (y
desde entonces) por su insistencia en
dejar establecido que él estaba preservando y mejorando la doctrina de Ricardo. Esta última habría de reaparecer, hacia fines del reinado de Mili, en
Marx, quien la adaptó y extendió en su
propia forma dialéctica. No es de sorprenderse que desde entonces hubie¬ra
tenido que vivir en lo que Keynes llamó
“el submundo dé los heréticos” y fuera
mantenida a ia distancia por la élite
académica, quien la consideraba como
la engendradora desafortunada de
Marx, hasta que volvió a surgir sólo en
la década de los años 1960, en lo que
ha sido bautizado con el nombre de
134
„'neorricardia- nismo”, un movimiento
TEORÍA DEL VALOR Y LA DISTRIBUminoritario vinculado con la crítica de
CIÓN
!a doctrina ortodoxa.
nar de esta manera fue casi inevitable
Corresponde situar en este lugar una
que se dejaran arrastrar por los coconclusión final, casi entre paréntesis,
mienzos de la otra tradición, rival de Ja aludiendo a otro asunto que con freanterior (y even¬tualmente se unieran a cuencia ha oscurecido la verdadera na-
turaleza de la doctrina de Ricardo. De lo
que se ha dicho debe quedar bien claro
que un sistema que determina la distribución en términos de cambio y de sus
precios emergentes de una u otra manera debe ser formulada —con posi¬bilidad de variaciones en cuanto al
énfasis— en términos de ofer¬ta y demanda; pero au contraire el sistema
ricardiano, que expli¬ca el cambio en
términos de distribución y a la misma
distribución en términos de la productividad y de las condiciones de produc¬ción en una industria o en un sector de la industria (dado el salario real),
no hace lugar a las relaciones de oferta
y demanda, por lo menos hasta que llega a los movimientoa en los precios relativos, y en particular en los precios de
mercado de Smith. Mu¬chas veces Ricardo disintió con la posición de Smith
y de Malthus, criticó y descartó explicaciones dadas en términos de. “oferta y
“* Es innecesario decir que la “escasez"
es esencialmente una noción de oferta y
demanda.
LA REACCIÓN CONTRA RICARDO
135
demanda”; por hacerlo así Ricardo, a su
vez, ha sido criticado por la primitiva
incomprensión del hecho de que para
cortar se nece¬sitan las dos hojas de
las “tijeras”, de Marshall. Schumpeter
ha escrito,, por ejemplo, lo siguiente:
“Por lo tanto, para Ricardo, el punto
principal en cuestión era desde un comienzo el de la canti¬dad de trabajo
versus oferta y demanda... El verdadero
enemigo era la teoría de la oferta y la
demanda, que se “ha convertido casi en
un axioma de la economía política y ha
sido la fuente de muchos errores” (capítulo 30, tercer parágrafo) .. . Ello implica, por supuesto, que Ricardo estaba
completamente ciego respecto de la naturaleza y del lugar lógico que ocupa el
aparato de la oferta y la demanda dentro de la teoría económica e implica
tam¬bién que la tomó como una representación de la teoría del valor, distinta
y opuesta a la suya. Esto le hace poco
honor como teórico. Porque debe quedar bien claro que su propio teorema
sobre los valores de equilibrio es sostenible solamente —si es que de alguna
manera es sostenible—• en virtud de la
acción recíproca de la ofer¬ta y la demanda”.83
Es éste un cargo extraño y que sólo se
explica por una in-comprensión básica
(no poco frecuente). Por supuesto que
Ricar¬do no hubiera negado (como
tampoco lo hubiera hecho Marx,"4 a
quien también Schumpeter incluye en
su crítica) que en el con¬texto del preció de mercado, sus variaciones y ajustes, los cambios en las relaciones de la
oferta y la demanda actúan como causas inmediatas de los movimientos de
precios. Lo que Ricardo tenía en su
pensamiento era el uso que le daba
Smith a la noción de las relaciones de
oferta y demanda en el total de su sistema: como el vehículo y marco de la
determinación. En otras palabras, que
Ricardo la estaba utilizando como una
etiqueta para la teoría rival del valor y
la distribución, a la cual combatía. Es
muy significativo que a su vez Malthus
la usara como una frase gené¬rica en
oposición al sistema de Ricardo. En sus
Principies escribió que “los dos sistemas, uno de los cuales explica los precios de la gran masa de mercancías, en
todas las circunstancias, perma¬nentes
como temporarias, por medio de la relación de la demanda con la oferta, aunque necesariamente se tocan en gran
número
"* Schumpeter, Economic Analysis, pp.
600-601.
•* Hay bastantes referencias a la oferta
y la demanda en el capítulo sobre “Precios de mercado y valores de mercado”
en el t. in de El capital, y más en el capítulo 3 de Wage-Labonr and Capital, el
cual se refiere a la “competencia entre
compradores” y a la “competencia entre
vendedores" y at efecto de cada uno de
éstos de por sí, sobre el precio.
olvida de la definición que da Adam
Smith del precio natural, pues de otra
forma no diría que la demanda y la
oferta podrían determinar el precio natural. Pre¬cio natural es sólo otra denominación del costo de producción.
Cuando cualquier mercancía se haya
vendido por ese precio con el cual se
puedan pagar los salarios del trabajo
gastado en la misma, y pagar también
la renta y el beneficio, a sus tasas corrien¬tes en ese momento Adam Smith
diría que esa mercancía está en su precio natural. Ahora bien, estas retribuciones continuarían siendo las mismas,
ya fueran las mercancías mucho o muy
poco demandadas, y ya se vendieran a
un precio alto o bajo”.™ ¿Acaso este
comentario de Ricardo no pone fuera de
toda duda que en su pensamiento los
salarios y los beneficios estaban determinados inde¬pendientemente y con
anterioridad al precio del mercado, e
incluso antes que el valor natural?
88 Malthus, Principies of Poíitical
Economy, Londres, 1820, pp. 73, 75.
136
*® “Notas sobre Malthus", Works and
TEORIA DEL VALOR Y LA DISTRIBUCorrespondence of Ricardo, Sraffa (ed.),
CIÓN
t. n, p. 46. A esto añade que, *„el precio
de puntos, tienen en su esencia un di- de mercado dependerá de la oferta y la
ferente origen y requieren, por lo tanto, demanda” y que “la oferta será finalser distinguidos con cuidado”. Concluye mente determinada por ... el costo de
afirmando su fe en “que el gran princi- producción” (ibíd., p. 47). Véase tampio de la demanda y la oferta entre en
bién el capítulo xxx de sus Principies
acción para determinar lo que Adam
(ibíd., t. i, p. 382), que se intitula “Sobre
Smith llama precios naturales así como la influencia de la demanda y de la oferprecios de mercado”.''15 El comentario ta sobre los precios”.
de Ricar¬do sobre esto fue: “El autor se
5. JOHN STUART MILL
I
A primera vista es muy difícil situar a J.
S. Mili (1806-1873) dentro de la jerarquía que le corresponde por herencia,
especial¬mente con respecto a las dos
ramas o líneas de tradición de las cuales hablábamos en el último capítulo.
Por un lado fue un des¬cendiente en
línea directa de Ricardo, y de acuerdo
con sus propias afirmaciones y creencias era al mismo tiempo defensor de la
doc¬trina ricardiana frente a sus críticos y su elaborador. En su época fue
por cierto considerado como la encarnación de la ortodoxia ricardiana; y a
partir de 1848 y hasta la aparición de
Marshall, sus Principies of Poíitical
Economy wilh some of the ir Applications to Social Philosophy ocuparon un
lugar único como libro de. texto aceptado sobre el tema. Bagehot habló de su
“influencia monár¬quica” sobre sus
contemporáneos y dijo que desde entonces todos los estudiantes “ven el total de la materia a través de los ojos de
Mili”; añadió que “éstos ven en Ricardo
y en Adam Smith, lo que él les dijo que
vieran”.1 Por ser hijo de James Mili, el
amigo ínti¬mo de Ricardo por cuya sugestión este último había escrito sus
Principies en 1817 y había entrado en
el Parlamento, John Stuart, de joven,
había conocido personalmente a Ricardo, había visitado Gatcomb Park y había sido llevado de paseo por éste; además, su padre lo había entrenado en la
economía política (a la edad de 13 años)
siguiendo los Principies de Ricardo. Al
mismo tiem¬po, por naturaleza, era un
sistematizador y sintetizador (algunos
dirían ecléctico); y en el Prefacio a su
propio libro de 1848 declara que es su
propósito escribir un tratadó que contenga “los últimos progresos que han
sido hechos en la teoría”. “Muchas
ideas nuevas y nuevas aplicaciones de
ideas”, escribió, “han sido suscitadas
gracias a las discusiones de unos años
a esta parte... y parece
1
En una nota necrológica aparecida en The Econotnist, el 17 de mayo de
1873 (n9 1551), pp. 588-589.
prácticos la economía política está entretejida en forma inseparable con muchas otras ramas de la filosofía social”,
verdad ésta que “Adam Smith nunca
perdió de vista”.2 Estos sentimientos
podrían bien implicar que en su corazón era devoto del enfoque y de la tradición de Smith en cualquiera de sus interpretaciones y que la defensa de la
doctri¬na de Ricardo contra sus críticos
no fue más que un acto de piedad.
De cualquier manera, cuando se lo ve
en perspectiva a la distancia, se puede
advertir muy claramente que en lo que
respec¬ta a lo fundamental su propia
obra estaba más cerca de Marshall que
138
de Ricardo; y que, en cuanto se refiere a
TEORIA DEL VALOR Y LA DISTRIBUsu teoría del valor, en lugar de contiCIÓN
nuar y mejorar la de Ricardo, en lo
razonable que el campo de la Economía esencial se mantuvo en la posición de
Política deba ser vuelto a inspeccionar Smith, allí donde Ricardo se le había
en toda su extensión, aunque sólo sea estado oponiendo. Veremos que, de
con el fin de incorporar los resultados
cualquier forma, terminó con una teoría
de estas especulaciones, y de ponerlos del costo de producción que era esenen armonía con los principios estableci- cialmente la teoría de Smith de la suma
dos con anterioridad por los mejores
de los componentes, tomando en préspensadores sobre la materia”.
tamo algo de Sénior y aun de Say, por
Tomo adrede como modelo The Wealth una parte, y tratando de recon¬ciliar el
of Nations, y no a Ricardo, “puesto que resultado, por otra parte, con algunas
la calidad más característica” de esa
proposiciones ricar- dianas. Schumpeobra de Adam Smith había sido la de
ter habla de la “línea Smith-Mill-M ar
que “asocia invariablemente los princi- shalT y rehúsa incluir a J.S. Mili en la
pios con su aplicación”, y esto “implica escuela de Ricardo, basándose en que
un campo mucho más amplio de ideas “la economía de los Principies [de 1848]
y de tópicqs, que los que se incluyen en ya no es ricar¬diana”. Sostiene esta
una economía política considerada co- honrada opinión y la explica de la mamo una rama de la especulación absnera siguiente: “Esto está oscurecido
tracta”. Mili añadía que, “para los fines por el respeto filial y también, en forma
independiente de ello, por la propia
creencia de J. S. Mili de que estaba solamente calificando a la doctrina ricardiana. Pero esta creencia era errónea.
Sus calificaciones afectan lo esen¬cial
de la teoría y, aún más, por supuesto,
de la visión social. Sin
J J- S. Mili, Principies of Poíitical Economy. with some of their applications to
social philosophy. Londres, 1848, t. i,
pp. iii, ív.
JOHN STUART MILL
139
duda, el ricardianismo significaba para
él mucho más que para Marshall... de
los Principies de Marshall se puede suprimir el ricardianismo sin que se note
nada. De los Principies de Mili se lo
puede .omitir sin que se lo eche mucho
de menos”."
Como John Stuart Mili (quien nació en
PentonviUe, Londres, el 20 de mayo de
1806 y fue el hijo mayor de James Mili)
escribió en sus últimos años una autobiografía, no hay necesidad de hacer un
recuento de algunos de los extraños
detalles de su educación o de las influencias que experimentó, aun cuando
éstas son impor¬tantes para comprender sus ideas. Aparte de la influencia de
la educación intensiva que le dio su padre, se podría decir que quizá lo más
importante de ser señalado entre aquellas que después de su adolescencia se
ejercieron sobre su actitud y puntos de
vista filosófico-sociales, es la de la Sociedad de los Utilitaristas y la fundación
de la Westminster Review. La primera
de éstas era una asamblea (de un número nunca superior a diez) “compuesta de jóvenes que estaban de acuerdo
en los principios fundamenta¬les”, la
cual comenzó reuniéndose en la casa de
Bentham en el invierno de 1822-1823,
y continuó haciéndolo durante más de
tres años. Fue “la primera vez que alguien tomó el título de utilita¬rista”.
Para la misma época (en 1823), Bentham fundó la West¬minster Review,
como un órgano radical “para oponerse
con buen éxito a la de Edimburgo y a la
de Quarterly”. En esta nueva publi¬cación John Stuart participó contribuyendo con frecuencia con ar¬tículos
y juicios críticos. (Su padre había escrito para el primer número un artículo
criticando al partido Whig y a la Edinburgh Review, su principal órgano literario.) Del “radicalismo filosófico” (como
llegó a llamarse el grupo de los jóvenes
del Westminster) John Stuart (como
uno de ellos) escribe lo siguiente: “Su
mane¬ra de pensar no se caracterizaba
por el benthamismo en ningún sentido
que tuviera relación con Bentham como
jefe y guía, sino por una combinación
del punto de vista de Bentham con
aquel de la economía política moderna y
de la metafísica de Hartley‟V Abo¬gaban
por las restricciones malthusianas de
nacimientos entre la población trabajadora como “el único medio de lograr
mejoras en sus condiciones económicas” y en materia política por gobiernos
representativos y por la libertad de opi-
nión. Mili se refiere a su “ilimitada confianza” en un gobierno representativo y
en la liber¬tad de discusión política
como armas contra la clase dominante
*
History of Economic Analysis, pp.
529, 530.
*
Autobiography, Londres, 1873, p.
105.
140
TEORIA DEL VALOR Y LA DISTRIBUCIÓN
minoritaria: “sí la legislatura no representara ya un interés de clase se orientaría al interés general”. También habla
de sí mismo y de sus amigos en relación
con la conducta de la Westminster Reviewr por tener, como uno de sus dos
principales propósitos, el de liberar al
“radicalismo filosófico de la acusación
de bentha- mismo sectario... para dar
una base más amplia y un carácter más
libre y afable a las especulaciones radicales; para demostrar que existía una
filosofía radical mejor y más compléta
que la de Bentham, aunque se reconociese e incorporase todo lo de Bentham que tiene valor permanente”. Un
ejemplo de lo que hoy día sería llamado
el punto de vista "comprometido” de
estos jó¬venes radicales, de quienes
Mili era uno de los representantes, es
su descripción de lo que hemos citado
en el capítulo I de su System of Logic
(aun) de 1843 como “un libro de texto,..
que deriva todo conocimiento de la experiencia”, en oposición al “pun¬to de
vista de los alemanes, o apriorístico del
conocimiento y de las facultades cognoscitivas”, lo cual servía como “gran
apoyo inte¬lectual de falsas doctrinas y
malas instituciones”.5
Mili abandonó las actividades periodísticas después de 1828 y se dedicó a estudios más serios y a escribir, entre
otras cosas, en 1830-1831 los cinco ensayos (publicados más tarde, en 1844)
titulados Essays on Some Unsettled
Question of Poíitical Economy, de los
cuales hablaremos de inmediato. De
esta época data una significativa influencia sobre su vida que habría de
convertirlo, en su momento, en un “socialista” de estilo propio: su encuentro
(en 1830) con la señora Harriet Taylor,
quien se convertiría en su esposa veintiún años más tarde, o sea, tres años
después de la aparición de sus Principies of Poíitical Economy.
Esta influencia de su futura esposa sobre su trabajo (el cual, como observa
Leslic Stephen, “se hizo popular como
ninguna obra sobre el mismo tópico
había llegado a serlo desde The Wealth
o) Nations”) 6 fue lo suficientemente
grande como para merecer que nos refiramos a ella, aunque sólo sea en forma
de paréntesis. Según las propias palabras de Mili, esa influencia le dio al libro su “tono general por el cual se distingue de todas las exposiciones anteriores de economía política”; este tono
“consiste principal¬mente en que hace
las distinciones apropiadas entre las
leyes de la producción de la riqueza,
que son en verdad leyes naturales, de-
s Autobtography, p. 225.
*
Leslie Stephen, The English
Utiliíarians, Londres, 1900, t. m, p. 53.
Continúa diciendo que en las décadas
de 1850 y 1860 “una amplia escuela
consideraba a Mili como un oráculo casi infalible”.
JOHN STUART MILL
141
pendientes de las propiedades de los
objetos; y las formas de la dis-tribución,
las cuales, sujetas a determinadas condiciones, dependen de la voluntad humana”. En su opinión, otros economistas confun¬dían a ambas “bajo la designación de leyes económicas... impo-,
sibles de ser vencidas o modificadas por
el esfuerzo humano”.7 En otras palabras consideraba que la distribución del
ingreso era el producto de instituciones
sociales alterables, por ser leyes
„'ins¬titucionales” y de relatividad histórica, y no de leyes “naturales” o universales. Esta confesión explícita fue por
cierto un adelanto, tanto en relación
con lo que estaba implícito en sus predece¬sores como respecto a lo que habría de venir después con las teo-rías
de la “imputación” de las cuales ya hablaremos. Fue Marx quien lo subrayó,
como una razón por la cual “sería muy
equi¬vocado clasificar (a aquellos semejantes a J.S Mili) dentro del rebaño de
los economistas apologéticos vulgares”,8 aunque por supuesto, para Marx,
una declaración como la que se ha citado era una indicación inadecuada de la
conexión entre la distribución y las relaciones sociales de producción.
Mili habla más específicamente del
cambio en su filosofía social bajo la influencia de la señora Taylor, de esta
manera: “Yo era (antes) un demócrata,
pero de ningún modo un socialista”.
Luego, hablando de sí mismo y de su
esposa dice: “Nuestro ideal del progreso
iba mucho más allá que el de la democracia y nos clasificaría decididamente
bajo la designación general de socialis¬tas... Esperábamos que llegase una
época en que la sociedad ya no estuviera dividida entre ociosos y. trabajadores”.9 En los Princi¬pies estas nuevas
opiniones “estaban formuladas con menor pre¬cisión y claridad en la primera
edición, más claras y precisas en la segunda y en forma bastante inequívoca
en la tercera”. El. capí¬tulo que él atribuyó por completo a su mujer y en el
cual sostuvo haber recibido “una mayor
influencia de opinión que en todo el resto”, fue el titulado “El futuro probable
de las clases trabajado¬ras”. Este capítulo no existía “en el primer borrador
del libro”.10 Concluye en forma más
bien insustancial para nuestro tiempo,
aun¬que sonara revolucionario en su
época,11 abogando por algún tipo
7 Principies of Poíitical Economy, p.
246.
•
El capital, t. i, Aveling y Moore
(ed.), p. 623 nota.
*
Autobiography, p. 231.
10
Ibíd., p. 245.
11
Este capítulo contiene ínter alia
una afirmación tan honesta y radical
como la siguiente: “No puedo pensar
como probable que ellas [las clases trabajadoras] se contenten en forma permanente con la condición de traba¬jadores asalariados. Trabajar ofreciéndose y para beneficio de otro, sin
ningún
totalmente ricardiana.
Como hemos visto, la teoría de Ricardo
era que los beneficios dependen totalmente de los salarios, en el sentido de
constituir la diferencia entre el valor de
los salarios pagados al trabajo y el valor
del producto del trabajo; o, dicho en
otras palabras, de los salarios reales
como proporción del valor producido
142
cuando ambos se expresan en términos
TEORIA DEL VALOR Y LA DISTRIBUdel trabajo requerido para produ¬cirlos.
CION
De acuerdo con Mili ésta era “la forma
de participación en los beneficios y en
más perfecta; en la cual la ley de los
favor de la cogestión. Puede agregarse
beneficios parece haber sido expuesta
que, cuando en 1865 fue candidato al
hasta ahora” y era “la base de la verdaParlamento por Westminster, lo hizo
dera teoría de los beneficios”.12
por el partido Liberal porque allí estainterés en el trabajo —mientras el preban los sindicalistas que aquellos años cio de su labor se va ajustando en rase postulaban para el Parla¬mento.
zón de la competencia hostil— no es, ni
Después de perder su banca en 1868,
aun cuando los salarios sean altos, un
no volvió a postu¬larse pero prestó su
estado satisfactorio para seres humaapoyo y dinero a George Odger y a otros nos de inteligencia educada, que han
sindi¬calistas que sí lo hicieron.
dejado de pensar en sí mismos como
n
naturalmente inferiores a aquellos a
De las doctrinas características de Mili quienes sirven" (Principies, t. u, 2^ edipuede ser conveniente tra¬tar primero ción, 1849, p. 324).
su teoría del beneficio, antes de menl=* Essays on Some Unsettled Quescionar su trata¬miento del valor, del
tions, Londres, 1844, pp. 94-95, 98.
cual hay muy poco interesante que de- Marx, quizá un poco injustamente, cricir. Por cierto que su análisis de la pri- tica aquí a Mili por dejar de ver que, si
mera es de muchas maneras una clave bien esto es verdad con respecto a la
para la última (como lo fue también pa- tasa de plusvalía, no lo es necesara Ricardo). El bene¬ficio fue el tema
ria¬mente con referencia al beneficio y
del cuarto y más significativo ensayo de a la tasa del beneficio. (Theorien über
su temprana obra Essays on Some
den
Unsettled Questions; allí expone lo que
considera una reformulación de la teo- JOHN STUART MILL
ría de Ricardo, y en su forma parece ser 143
Mili traduce esto en su terminología
propia, diciendo que es equi¬valente a
la proposición de que los beneficios dependen del “costo, de producción de los
salarios”; pero después continúa señalando que parte de los requisitos de' la
producción (es decir, “las herramientas,
los materiales y los edificios”) está constituida por productos del trabajo gastados en el pasado. De aquí que, “el total
de su valor no pueda ser determinado
por el salario de los trabajadores que
los han producido”, sino que en parte
consiste en el beneficio de los capitalistas, que han adelantado estos sala-rios
del trabajo realizado en el pasado.13
Esto ha sido ilustrado con un ejemplo
que ha confundido a algunos y en sí es
bastante curioso. En realidad es una
forma notablemente simple de elabo¬rar el punto de vista en cuestión.
Consiste en una comparación entre dos
casos; en ambos, 100 hombres, trabajando durante un año y recibiendo cada
uno como salario una arroba de cereal,
producen 180 arrobas como producto
final. En el primer caso, parte del trabajo, el de 40 hombres, se gasta en el año
anterior para producir semillas y herramientas “que suman un valor de 60
arrobas”; en el segundo año, “con ayuda de este capital fijo y semilla”, trabajan 60 hombres para producir el producto final de 180 arrobas. En el segundo ejemplo, toda la mano de obra,
es decir, la de 100 hombres, se gasta en
el año corriente y puesto que está trabajando sin la ayuda de capital fijo su
productividad es menor, y este trabajo
de 100 hombres (en lugar de 60) rinde
el mismo producto final de 180 arrobas.
Sin embargo, aunque el gasto total en
trabajo es el mismo en los dos casos, y
también el costo en salarios, la tasa de
beneficio en un caso es de 50 %, o sea
lerramientas1A ' ‟ ' '
Mehrwert, KarI Kautsky, ed., Berlín,
1923, t. n, pp. 230 y ss.) Pero si es verdad con respecto al beneficio, o a la
plusvalía como una razón coa res¬pecto
a los salarios, también es presumiblemente verdad, ceteris paribus, de su
derivada, la razón entre el beneficio y el
capital total. Si este último cambia, es
verdad que la tasa de beneficio, ceteris
paribus, resultará afectada; pero esto
es justamente lo que pone de relieve
MUI en su ejemplo.
13 Essays on Some Unsettled Questions, p. 98.
x< El valor de las herramientas y de las
semillas producidas en el año
anterior está constituido por 40 arrobas
como salarios de 40 hombres em¬
pleados en ese año y (a la tasa de beneficio prevaleciente) 20 arrobas como
beneficio sobre el capital adelantado
durante ese año para el pago de salarios.
120 / 180—100 l 100
144
TEORIA DEL VALOR Y LA DISTRIBUCIÓN
be a esa parte del capital (20 arrobas)
que en el primer caso repre¬sentaba al
beneficio sobre los salarios adelantados
en el año ante¬rior. De aquí deduce que
“la teoría de Ricardo es defectuosa” en
lo que respecta a “que la tasa del beneficio no depende exclusiva¬mente del
valor de los salarios en cuanto a la cantidad de trabajo”; en consecuencia, “el
costo de producción de los salarios” de
los cuales dependen los beneficios, debe
ser interpretado de esta forma, como
para incluir dentro del “costo de producción” los beneficios adelantados así
como también los salarios adelantados.
Y concluye diciendo: “El principio del
señor Ricardo según el cual los beneficios no pueden subir a menos que los
salarios des¬ciendan, es estrictamente
verdadero, si por salarios bajos él quiere decir no sólo salarios que son el producto de una cantidad menor de trabajo, sino salarios que se producen a menor costo, compu¬tando juntos la mano
de obra y los beneficios previos”.15
¿Cómo debe tomarse esta enmienda?
¿Qué amplitud repre¬senta esta desviación a partir de la teoría de Ricardo?
Puede ob¬servarse que, a través de todo
este ensayo, a Mili le preocupó la tasa
de beneficio y el enfoque parece haberse
desplazado de la determinación del beneficio total, o del beneficio como una
pro¬porción de cualquier valor producido dado (y de aquí una pro¬porción con
respecto a los salarios),18 que fue la
preocupación fundamental de Ricardo,
hacia la proporción de este beneficio
con respecto al capital adelantado. La
enmienda de Mili equivale a señalar,
muy correctamente, que con capital fijo
dentro del cuadro, la razón citada en
último término será menor, ceteris paribus, cuanto mayor la proporción de
capital fijo con respecto al circu¬lante,
o mayor el tiempo durante el cual se
realizan los gastos de producción o el
trabajo deba ser adelantado; es éste un
punto que Ricardo no parece haber hecho explícito nunca, y hasta parece haberlo ignorado porque presumiblemente
no le interesaba dema¬siado el beneficio como razón con respecto al capital
total. For¬malmente esta enmienda
puede considerarse análoga a la crítica
que hizo Marx al decir que Ricardo ignoraba el llamado “capital
19 Ibíd., p. 104.
18 Debe hacerse notar que con el supuesto implícito en Ricardo, de un ciclo
de cosecha anual y de capital, consistente en adelantos de salarios, la tasa
de beneficio resultaba la misma que la
razón entre el beneficio y los salarios y
no surgía ningún problema de diferencia entre los dos. (Por su¬puesto, el
grano en semilla sería una calificación
de esto si fuera tratado como un adelanto de capital y no simplemente como
una deducción a partir del producto
bruto al final de cada año.)
JOHN STUART MILL
145
constante”, como uno de los factores
que determinan la tasa de beneficio o,
en otro aspecto, qué trataba al beneficio
y a la plus¬valía como idénticos. Mili
pudo haber dicho que el principio de
Ricardo de que los beneficios dependían-del valor de los salarios era completamente cierto con respecto a los beneficios totales, o a la cantidad de beneficio redituado por cualquier valor total
pro¬ducido; pero que cuando se expresa como una proporción con respecto al
capital dependía, naturalmente, del volumen del capital total y éste, a su vez,
de la cantidad de capital fijo que fuera
utilizado en la producción (comparado
con el gasto corriente en salarios). Pero
en realidad no dijo esto; prefirió decir
que el “costo de producción de los salarios” de Ricardo debe interpretarse como consistente “en dos partes”: los salarios y “los beneficios de quie¬nes en
cualquier etapa antecedente de la producción, hubieran adelantado cualquier
porción de esos salarios”; y el manejo
de este ejemplo podía ser tomado para
dejar implícito que el tiempo durante el
cual se adelanta el trabajo influye no
sólo sobre la tasa del beneficio (al influir sobre el tamaño del capital a ser
adelan¬tado), sino también sobre el tamaño del beneficio total disponible.
Más tarde, John Stuart Mili, en sus
Principies introduce la noción de un
beneficio mínimo para que los capitalistas continúen acumulando capital e
inviniéndolo en la industria, y para entonces ha adoptado la noción de Sénior
del interés como una recompensa de la
abstinencia y la noción del beneficio por
ser (o incluir) los “salarios de la dirección”.17 Aunque trata de vincular estas
ideas con su nebulosa versión, enmendada del principio de Ricardo, según el
cual los beneficios dependen del „„costo
de producción de los salarios”,18 termina con una teoría que está mucho
más próxi¬ma a la teoría del “beneficio
normal” de Marshall que a cualquier
cosa específicamente ricardiana.
El tratamiento que hace Mili de la teoría
del valor19 está precedido por su confiada afirmación de que: “Felizmente ya
no hay nada en las leyes del valor que
requiera ser aclarado por ningún escritor del presente o del futuro; la teoría
sobre el tema está completa”.20 Aquí de
nuevo comienza por proclamar que lo
17
Principies, t. i, Londres, 1848,
cap. xv, pp. 477-479.
18
Aquí esto lo interpreta Mili como
“la parte proporcional de los trabajadores” y hace que “los beneficios dependan de los salarios” porque “los beneficios dependen del costo del trabajó",
ibíd., pp. 492-493.
IU En su capítulo “sobre el valor”, en el
libro m, capítulo i, ibíd.. pp. 513 y ss.
5,0 Ibíd., p. 515.
precio”, de Adam Smith, su reformulación de la misma la lleva a acercarse
mucho a la teoría de Marshall del “valor
normal” a largo plazo. La teoría del beneficio de Ricardo queda traducida en
la proposición de que los beneficios dependen del “costo de producción de los
salarios”, de manera tal que incluye los
bene¬ficios durante el tiempo en que
los salarios han sido adelantados en el
costo de producción. Continúa Mili diciendo que “las cosas, en promedio, se
intercambian recíprocamente en la proporción de sus costos de producción”, y
define en forma explícita el costo de
prqducción como salarios más el beneficio que corresponda a la cantidad de
capital empleada, en conjunto con el
trabajo, a una tasa cuya expectativa es
necesaria para persuadir a los capitalistas para que continúen produciendo.
“Si consideramos como productor al
capitalista que hace los adelantos, la
palabra trabajo (en la teoría de Ricardo)
puede ser reemplazada por la palabra
salarios: lo que le cuesta a él la
pro¬ducción son los salarios que ha
tenido que pagar”. Pero, puesto que el
capital “es el resultado de la abstinencia”, se deduce que “el producto, o su
146
valor debe ser suficiente para remuneTEORIA DEL VALOR Y LA DISTRIBUrar, no sólo a todo el trabajo requerido,
CION
sino la abstinencia de todas las persoque está haciendo no es más que un
nas que han adelantado la remuneraordenamiento, una pequeña prolonga- ción de las diferentes clases de trabajo.
ción y una reformulación de Ricardo. Lo La retribución a la abstinencia es el beque en realidad hace es volver a la teo- neficio.21 “Como regla general, las coría de la “suma de los componentes del sas tienden a cambiarse recíproca-
men¬te según valores tales que capaciten a cada productor a recuperar el costo de producción incluido el beneficio
ordinario ... La in-fluencia latente por
medio de la cual los valores de las cosas
llegan, a largo plazo, a conformarse al
costo de producción, es la variación que
de otra manera tendría lugar en la oferta de la mercancía”. El capítulo titulado
“Del costo de producción” (capí¬tulo ni
del libro m) termina con el “acento de
una metáfora”; “la demanda y la oferta
siempre corren en pos de un equilibrio,
pero la condición del equilibrio estable
se da cuando las cosas se cambian recíprocamente de acuerdo con sus costos de producción;
o
según la expresión que hemos
utilizado, cuando las cosas están en su
valor natural”.22
ax Ibídpp. 540, 546. aa Ibíd., pp. 534535, 539.
samente a la oferta, la pro¬posición ricardiana parecería ser dejada de lado.
Schumpeter ha señalado que esta concepción del valor está por completo de
acuerdo con las críticas que Bailey le
hace a Ricardo y no da lugar a cosa alguna que se asemeje al “valor absoluto”. “La energía con la cual insiste sobre
el carácter rela¬tivo del [valor] aniquila
por completo el valor real de Ricardo y
reduce otros ricardianismos a inocuidades insípidas”.2* Si se mira el resultado desde un ángulo diferente, fue
Cairnes quien hizo el comentario de que
Mili había cambiado la perspectiva “hacia el punto de vista parcial y limitado
del empleador capita¬lista” forjando su
teoría en términos de gastos de producción, más que de ninguna otra forma de
costo real, concebido ya objetiva o subjetivamente.” Sin duda este comentario
es apropiado, hasta un cierto punto, e
indica en verdad la afinidad existente
JOHN STUART MILL
entre el tratamiento de Mili y el de
147
Smith. Pero como crítica resulta de sePor lo tanto, en un sentido formal, Mili guro secundaria al hecho de que en la
todavía retiene una base ricardiana pa- teoría de Mili la deter¬minación ricarra. su estructura renovada de Smith, al diana de la razón entre salario y benefiadmitir que I9S beneficios dependen,
cio es reem¬plazada por la noción de un
ínter alia, de los salarios, en su in“nivel mínimo” de beneficio, el cual, pater¬pretación enmendada y calificada
ra llegar a ser algo más que una caja
de esta-proposición. Pero como conside- vacía, debe descansar, se presume, sora que el beneficio tiende siempre al
bre “propensiones a acumular” más
nivel mínimo por el cual se remunera
bien nebulosas y contingentes del emexactamente a la “abstinencia” y al
presariado.
“trabajo de dirección” y nada más
** Schumpeter, History of Economic
(aparte del riesgo) y no puede caer por Analysis, p. 603. Esta es evidendebajo de éste sin que se afecte adver- te¬mente una referencia a la honesta
afirmación de Mili (Principies, t. 1, p.
543) de que, "el valor de una mercancía
no es el nombre de una cualidad inhe¬rente y sustantiva de una cosa, sino
que significa la cantidad de oirás cosas
que pueden obtenerse a cambio de ella.
Debe entenderse que el valor de □na
cosa es relativo al de alguna otra cosa o
al de las cosas en general”.
** J. E. Cairnes, Leading Principies of
Poíitical Economy Newly Expounded,
Londres, 1874, p. 53.
148
m
TEORIA DEL VALOR Y LA DISTRIBUCIÓN
En tercero y último Jugar, la doctrina
que mejor se conoce entre aquellas que
caracterizan a Mili es probablemente la
del fondo de salarios; la razón de esto
ha de encontrarse, sin duda, en su
dramática retractación de la misma
frente a la crítica de W. T. Thornton
en.su libro On Labour (la cual puede
haberlo conven¬cido de los usos reaccionarios a los cuales se prestaba su
doc¬trina).28 Ésta, en términos resumidos, suponía que el total de salarios
estaba limitado por el fondo de capital
existente, sobre todo por esa parte del
capital que estaba señalada (de manera
'inexplicable) para el pago de los salarios. Dado esté total, se llegaba a los
salarios individuales por el simple proceso de divi¬dir el total por el número
de la población trabajadora que
com¬petía por el empleo. Este punto de
vista, según el cual los salarios son
“pagados a costa del capital” considerado como adelanto de salarios, y por lo
tanto “limitado por el capital”, es lo que
Marshall llamó la “forma vulgar de la
teoría del fondo de salarios”, bajo la
cual "no puede defendérsela”.20 Como
tal estaba emparentada, por una parte,
con la doctrina que muchos han visto
implícita en la economía política clásica
y según la cual la industria (y en conse¬cuencia la población, a largo plazo)
está limitada por el capital; y, por otra
parte, a otra porfiada proposición de
Mili referente a que “la demanda de
mercancías no es demanda de trabajo”
(es decir, que no es el ingreso gastado
en consumo lo que crea el empleo, sino
el ingreso invertido como adelantos de
salarios al trabajo).
La expresión más sucinta de su doctrina en los Principies de Mili es la siguiente: “Los salarios, pues, dependen
de la deman¬da y de la oferta de trabajo; o como con frecuencia se expresa: de
la proporción entre la población y el capital. Aquí se entiende por población
sólo el número de la clase trabajadora,
o más bien el de aquellos que trabajan
como asalariados; y por capital se entiende sólo el capital circulante, y no el
total del mismo,
5,5 Por cierto que tres años antes, en
una carta a Henry Fawcett (del 1? de
enero de 1866), había discutido el capítulo de Fawcett sobre salarios, díciéndole: “Pienso que podría demostrar que
un aumento de sa¬larios, a expensas de
los beneficios, no sería impracticable
según los verda¬deros principios de la
economía política”, The Letters of John
Stuart Mili, H. S. R. Elliot (ed.), Londres, 1910, t. h, p. 52.
*• A. Marshall, Principies of Economics,
Londres, 1916, p. 823.
JOHN STUART MILL
149
sino la parte del. mismo que se gasta en
la compra directa de trabajo... Los salarios (por supuesto en el sentido de la
tasa general) no pueden elevarse, sino
por un incremento de los fondos globales que .se emplean en la "contratación
de trabajadores, o por una disminución
del número de quienes compiten por el
empleo".*7 Y, además: “Dado, por lo
tanto, que la tasa de salarios resultante
de la competencia distribuye el total del
fondo de salarios entre el total de la población trabajadora, si por ley o por
presión de la opinión, se fijan los salarios por encima de esta tasa, algunos
trabajadores quedarán sin empleo”.28
Esta doctrina, al aparecer así, con la
simplicidad y la fuerza de un truismo
aritmético, sirvió en forma manifiesta
como res¬puesta persuasiva .a las reclamaciones del sindicalismo, de ser
capaz de afectar el nivel general de salarios. Leslie Stephens habría de rechazarla por ser “una proposición de identidad: el fondo de salarios significa simplemente los salarios, y la tasa de salarios está dada por el total pagado dividido por el número de quienes los reci-
ben”.29 Ese rechazo, aun siendo un
comentario justo sobre algunas de las
más crudas versiones de la doctrina,80
parece ser
aT Mili, Principies, t. i, libro n, capítulo
xi, “De los salarios”.
” Ibídp. 426. Esto va precedido por la
siguiente afirmación en pp. 401, 402;
“Es un error suponer que la competencia únicamente mantiene bajos los salarios, también los puede sostener a un
nivel elevado. La competencia puede
reducir los salarios sólo hasta que se
pueda admitir a todos los trabajadores
a participar en la distribución del fondo
de salarios. Si el número de éstos es
menor que el requerido en este punto,
una porción del capital permanecerá
desocupada por falta de trabajadores;
comenzaría entonces una contracompetencia del lado de los capitalistas, y los
salarios subirían.” (Ibíd., pp. 425-426.)
a* The English Utilitarians, Londres,
1900, t. xn, p.. 216.
ao Podría bien hacerse un comentario
válido, por ejemplo sobre la proposición
de la señora M. G. Fawcett de que “los
salarios dependen de ia proporción entre el fondo de salarios y el número de
la población trabajadora. Si esta proporción permanece invariable no puede
elevarse la tasa promedio del salario”,
Poíitical Economy for Beginners, 5* edición, Londres, 1880, p. 102; quizá también la del profesor Henry Fawcett: “El
capital circulante de un país es su fondo de salarios. De aquí que, si se desea
calcular los salarios monetarios prome-
dio que cada trabajador recibe, tenemos
que dividir simplemente la suma de este capital por el número de la población
trabajadora. Por lo tanto es evidente
que el promedio de los salarios monetarios no puede incrementarse a menos
que, o bien se aumente el capital circulante o el número de la población trabajadora disminuya." Economic Position
of the British Labourer, Cambridge y
Londres, 1865, p. 120. Sidwick declaraba que, en la forma que había sido
propuesta por Mili “sería decir simplemente que un cociente puede llegar a
ser mayor sólo si se incrementa el dividendo o se disminuye el divisor”, pero
que
el pro¬pietario deba necesariamente
gastar en trabajo?”31
La retractación de Mili (en la cual, de
acuerdo con Marshall, “cedió demasiado y sobreestimó la medida de su error
anterior”),32 se produjo en el curso de
la reseña del libro de Thornton para el
número de iríayo de 1869 de la Fortnightly Review: Estas fueron sus palabras: “No existe una ley natural que haga imposible en forma inherente el alza
de salarios hasta el punto de absorber
no sólo los fondos que él (el empleador)
ha tenido la intención de dedicar a la
consecución de su empresa, sino hasta
el total de lo que ha pensado destinar a
sus gastos privados, excepto sus necesi¬dades primarias. El límite real del
150
aumento es la consideración práctica
TEORIA DEL VALOR Y LA DISTRIBUdel punto que lo llevaría a la ruina o le
CIÓN
obligaría a aban¬donar la empresa, y
un rechazo demasiado precipitado,
no los límites inexorables del fondo de
puesto que Mül y sus discípu¬los no
sala¬rios”. Pero, aun repudiada por uno
tenían evidentemente la intención de
de sus principales exponen tes,83 la
definir al fondo como al total de saladoctrina, con sus implicaciones, tuvo el
rios, sino que más bien afirmaban que destino de vivir bajo otras formas, ya
el total de salarios, y de aquí el nivel
fuera en la del “fondo de subsistencia”
promedio del salario estaba deterde Bohm- Bawerk, o en alguna versión
mi¬nado por alguna entidad, determide la doctrina de la productividad marnada a su vez en forma inde¬pendiente, ginal. Ya hemos señalado que, en opidenominada fondo de salarios. La refu- nión de Marshall había un sentido en el
tación requería que se demostrara que cual podía ser mantenida como verdano existía tal entidad independiente y
dera. Wickpre¬determinante, cosa que hizo Thorn- “lo que Mili quería significar en realidad
ton en realidad cuando planteó el inte- era que... la suma de riqueza dedicada
rrogante: ¿Existe realmente tal fondo?
al pago de salarios está fundamental¿Existe alguna por¬ción específica del
mente determinada... por el ahorro”,
capital de algún individuo aislado que
The Principies of Poíitical Economy,
Londres, 1887, p. 299. Luego añadió a
esto la observación de que uno existe
una franca línea divisoria entre las
mercancías consumidas por los trabajadores asalariados y aquellas que consumen las demás clases”, ibíd., p. 305.
91 W. T. Thornton, On Lcbour, Londres,
1869, p. 84.
** Marshall, Principies, p. 825.
” Su discípulo J. E. Cairnes no parece
haber abandonado la doctrina, aunque
en una carta a Mili le expresara aparentemente su acuerdo con el artículo de la
Fortnightly Review, The Letters of J. S.
Mili, Hugh, R. S. Elliot (ed.), t. n, p.
207.
JOHN STUART MILL
151
sell iba a señalar que la teoría austríaca
del capital sustituía eri efecto por la
simple relación W = C/L a la del fondo
de salarios
„ Lwt
■
dónde C es un fondo de subsistencia de
bienes para los obreros, w es el salario
y í el lapso del período de producción;
junto a la relación posterior p = w í
(dp/dí), para determinar t (sien¬do p la
producción anual por obrero) o, de otro
modo, también para determinar t, la
condición es que
sea un máximo.34
Es innecesario decir que un aspecto en
el que Mili se mantuvo por completo
tradicional y no hizo cambio alguno en
la doctrina aceptada, fue en su creencia
en la "Ley de Say”. A este respecto habló abiertamente con honestidad y sin
hacer ninguna concesión: “Una sobreproducción general o un exceso de todas las mercan¬cías por encuna de la
demanda, en cuanto la demanda consista en medios de pago, se demuestra
así que es imposible... Es evidente en
grado suficiente que la producción crea
un mercado para la producción”.35
No se puede dar por finalizada una revisión de los puntos de vista económicos de Mili sin hacer una breve referencia a la actitud peculiar que tomó con
respecto a la cuestión del “estado estacionario”. La noción de un estado semejante, en el cual se detendría la acumulación del capital, aparecía según hemos visto, en la obra tanto de Smith
como de Ricardo, pero ellos la habían
tratado como algo que se hallaría en el
futuro lejano, y de acuerdo con Ricardo
continuaría perteneciendo al futuro
mientras el co¬mercio libre de los granos y las mejoras en la agricultura
permi¬tieran mantener a raya la tendencia a los rendimientos decre¬cientes
y se sostuviera la tasa del beneficio. La
actitud de Mili en lo referente al “estado
estacionario” se caracterizó por dos peculiaridades especiales. En primer lugar, consideraba al “estado
a< K. Wicksell, Valué, Capital and Rent,
Londres, 1954, pp. 154-156. “La gran
importancia „de la teoría de BohmBawerk‟ consiste en parte en el hecho
de que, por primera vez, se ofrece en
ella un sustituto real para la obsoleta
teoría del fondo de salarios, a la cual
diversos escritores han tratado de desacreditar por medio de críticas superficiales, sin ser capaces de reemplazarla
por otra mejor”, p. 145.
“ Principies of Poíitical Economy, t. n,
2* ed., 1849, p. 94.
152
TEORIA DEL VALOR Y LA DISTRIBUCIÓN
estacionario” como si estuviera muy
próximo, cuanto más algunos años adelante y no más; su llegada estaría pospuesta por cosas tales como los empréstitos de los gobiernos, la exportación de capitales y el desperdicio de capital por errores en la dirección. En segundo lugar, consideraba su llegada
con mucho menor tris¬teza que la que
tuvieron quienes lo expusieron como
problema, porque tenía la esperanza de
que sería entonces la ocasión de mejorar la distribución del ingreso. “No puedo considerar al estado estacionario del
capital y la riqueza con la franca aversión que en forma tan general manifestaron hacia él los economistas políticos
de la vieja escuela”.38 Sostenía que a
no ser por la exportación de capital y el
desperdicio del mismo y por los préstamos del gobierno para gastos improductivos, lo que no podía confiarse que
durara indefinidamente, sería suficiente
tan solo la acumula¬ción de capital durante unos años más, a su tasa existente (si se lo “invirtiera anualmente en un
empleo realmente productivo dentro del
país”), para reducir los beneficios a su
nivel mínimo, con lo cual cesaría el incentivo para hacer nuevas inversiones.
Los beneficios, según pensaba, estaban
“separados del mínimo por una pequeña distancia” y, por lo tanto, “el país
estaba al mismo borde del estado estacionario”.37 Era capaz de contemplar
esto con ecua¬nimidad, puesto que sostenía que se debía “fijar la atención en
el mejoramiento de la distribución, y en
una mayor remuneración del trabajo,
como los verdaderos desiderata” más
que sobre “el simple incremento de la
producción” a la cual se “atribuía”, por
lo general, una “importancia excesiva”.38 Aunque desde el punto de vista
actual tal aspiración pueda parecer tibia, en una época en que el pensamiento prevaleciente era que la única cura
efec¬tiva para la pobreza estaba en dejar que los pobres se murieran de hambre (“el hombre rico en su castillo, el
pobre en el portal”), ésta era por cierto
una atrevida doctrina radical.
Sin embargo, el mejoramiento en la distribución del ingreso no podría ocurrir
si la población continuara creciendo a
una tasa malthusiana; por lo tanto estaba condicionado a la difusión de “previsores hábitos de conducta” entre las
clases trabajadoras —los que esperaba
y anticipaba— a medida que fuera aumentando su independencia y su educación. Lograda la propagación de estos
“hábitos previsores”, el resultado sería
que “la población irá alIbíd., p. 310.
*T Ibíd., pp. 289, 290.
*B Ibíd., p. 315.
JOHN STUART MILL
153
canzando en forma gradual una razón
decreciente con respecto ai capital y al
empleo”.?9
- Si se fueran a registrar por, completo
los aciertos del análisis de Mili, sería
una omisión dejar de ampliarlos con su
contribu¬ción a la teoría del comercio
internacional, donde fue el primero en
combinar una teoría de la demanda recíproca con los costos comparativos de
Ricardo. Su finalidad era la de demostrar cómo las ganancias del comercio se
compartían entre los países involu¬crados (siendo los últimos los únicos
capaces de definir los límites, dentro de
los cuales podían quedar situados los
términos del in-tercambio). Además, en
el curso de este análisis introdujo la
noción de elasticidad de demanda,
aunque sin darle el nombre o una definición precisa. Quizá pueda disculparse
que en el presente trabajo, cuyo tema
central es el de las teorías del valor y la
dis¬tribución, y en lo fundamental las
relaciones internas de un sistema de
economía cerrada, se dejen de desarrollar tales cuestiones.
” Ibíd., p. 322.
46. KARL MARX
I
Hemos visto que hubo críticos de las
tendencias posricardianas, en particular en lo referente a la teoría de los beneficios, que tra¬taron de llevar más
lejos la teoría de Ricardo y de convertirla en una crítica al propio capital. Fueron éstos, escritores y autores de folletos tales como Thomas Hodgskin, William Thompson, J. F. Bray y John
Gray, a quienes se les ha dado el nombre de "socia¬listas ricardianos”; y aunque habitaron lo que un siglo más tarde
Keynes habría de llamar el “submundo
de los heréticos”, su sig¬nificación no
pasó inadvertida para economistas de
abolengo en Dublin y Oxford. Aun
cuando su público se encontraba en los
Institutos de Mecánica y en los incipientes sindicatos y fraterni¬dades radicalizadas, más bien que en los claustros de las viejas universidades, escritores como Scrope y Read temían evidente¬mente su influencia real o potencial.1
Hodgskin presentaba su concepto poco
elaborado de la ex¬plotación desde el
punto de vista de un creyente en la
“armonía natural” —smithiana— de las
leyes naturales;2 y desde este punto de
vista era un crítico de Ricardo, en especial de su teoría de los salarios y de su
teoría de la renta. Su reclamo, según el
cual el trabajo tenía un derecho al total
de lo producido y la ganancia y
1 Véase la referencia (citada antes en la
p. 125) a las personas que "declaman
contra el capital por considerarlo el ve-
neno de la sociedad, y ... por despojar a
la clase de los trabajadores*', con una
nota al pie de pá¬gina referida a Hodgskin en Principies of Poíitical Economy, Londres, 1853, p. 150, y además,
una referencia a la expresión “despojo
de los trabajadores”, de Hodgskin y a
su “errónea hostilidad al capital”, en el
libro de Scrope titulado Poíitical Economy for Plain People, Londres. 1833;
segunda edición,
1873, pp. 103 y 105: Samuel Read, An
Inquiry into the Crounds of Right to
Vendible Property, Edimburgo, 1829, en
especial pp. xxx-xxx¡. Para otras generalidades véase, Blaug, Ricardian Economics, pp. 140-150.
4 Véase E. Halevy, Thomas Hodgskin,
Londres, 1956, pp. 58-59. 64-66, 80.
156
TEORJA DEL VALOR Y LA DISTRIBUCIÓN
la renta eran hurtadas al trabajo, constituía esencialmente una doc¬trina del
derecho natural, semejante a como es
interpretada por lo común, pero erróneamente, la plusvalía de Marx.* El derecho natural a la propiedad del fruto
del trabajo propio contrastaba agudamente con el derecho “legal o artificial”
de la apropiación del producto del trabajo de otros. Hodgskin se refiere al capital como si "abarcara la producción
total de un país, con excepción de la
simple subsistencia del trabajador, y el
producto excedente de la tierra fértil”;
habla de “la naturaleza totalmente cre-
ciente del interés compuesto” y en un
pasaje bien conocido lanza el desafío:
“Estoy seguro... que mientras no se
complete el triunfo del tra¬bajo; hasta
que la industria productiva sea opulenta y sólo la ociosidad sea pobre; mientras la admirable máxima „quien siembra recogerá‟, no sea sólidamente establecida; mientras el derecho de propiedad no llegue a basarse sobre principios
de justicia en lugar de los de esclavitud
... no podrá ni deberá haber paz sobre
la tierra ni buena voluntad entre los
hombres”.* Dos años después de la publicación de su Labour Defended se publicaron sus clases dictadas en la London Mechanics Institution (de la cual
había sido cofundador) bajo el título de
Popular Poíitical Economy.
Ya en el año posterior a la muerte de
Ricardo, William Thompson, en An Inquiry into the Principies of the Distribution of Wealth había deducido el derecho del trabajó al total produ¬cido, a
partir del postulado de que el trabajo es
el único creador (activo) de la riqueza.
En las sociedades existentes este derecho era obstruido por un sistema de
“intercambios desiguales”, los cuales
eran en parte la consecuencia de que
los detentadores del poder y de las ventajas económicas se apropiaban del
producto del trabajo. Dicho sistema,
aparte de su injusticia y de su agravio
contra la máxima de Bentham de "la
mayor felicidad” privaba al trabajo de
gran parte de su incentivo (al mismo
tiempo que tra¬taba de espolearlo) ra-
zón por la cual se transformaba en
enemigo de la producción de riqueza.
G. D. H. Colé, en su Introducción a la
reimpresión del año 1922 de Labour
Defended de Hodgskin, dijo de éste y de
Thomp¬son: “Hodgskin, en Labour Defended y William Thompson en su
*
Hálevy al hablar del “verdadero
origen psicológico de la teoría del valor
trabajo", dice que “Hodgskin, filósofo
que al mismo tiempo es econo¬mista,
encuentra la verdadera fuente de la teoría del valor trabajo en Locke“, ibíd., p.
181.
4 Labour Defended against the Claims
of Capital, or the Unproditc- tive/tess of
Capital Proved, por un trabajador, Londres, 1825, pp. 7, 23, 32.
tradición alista conservador más que
un socialista ri- cardiano, entre cuyas
filas se lo incluye algunas veces)8 había
pro¬puesto una teoría de la “deducción”
o de la “apropiación” de los ingresos de
la propiedad, que en varios puntos
guardaba una es¬trecha analogía con
las ideas de Thompson y de Hodgskin.
Había hablado de “la pretensión del terrateniente”, pretensión que era “la base de cualquier tipo de propiedad y que
según se ve se mul¬tiplica rápidamente
con el crecimiento de la civilización”;
sobre ella “se construyen las pretensiones de los fabricantes, de los
co¬merciantes, del capitalista”. “Desde
este momento el trabajo deja de ser libre. Un hombre no puede ejercer sus
facultades sin pagar el permiso de haKARL MARX
cerlo. No puede hacer uso de sus
157
miembros sin compartir el producto de
Inquiry into the Principies of the Distri- su trabajo con quienes no contribuyen
bution of Wealth (1824) y Labour Reen nada al éxito de sus esfuerzos. El
warded (1827) fueron los primeros en
ejercicio de la industria está tan efectiformular cla¬ramente las críticas de la vamente obstaculizado en las manufacclase trabajadora y la trasmutación del turas como en la tierra; en todas partes
sistema económico ricardianó. En su
debe pagarse un peaje antes de permitir
labor constructiva ambos hombres difi- el funcionamiento de la industria. En
rieron ampliamente. Thompson fue, en todas partes el trabajador debe comprar
términos ge¬nerales, un socialista
el permiso de ser útil.”7 Anticipándose
cooperativista de la escuela de Robert
a Marx se en¬cuentra también un énfaOwen; Hodgskin, un anarquista filosófi- sis similar en Richard Jones,, quien al
co que seguía la tradición de Wi¬lliam
hablar de la renta declaraba: “En el
Godwin. Pero, en esencia, sus deducprogreso actual de la socieciones a partir de los supuestos de Ri- s Introducción a la obra de Thomas
cardo, son las mismas”.'1
Hodgskin, Labour Defended against the
Aun antes, ya en 1821, Piercy RaClaims of Capital, Londres, 1922, p. 12.
venstone (a quien podría llamarse un
*
El profesor Blaug habla de él co-
mo “el primero de los denominados socialistas ricardianos”, Ricardian Economics, p. 14 L
T P. Ravenstone, A Few Doubts as to
the Correctness of Some Opinions Generally Entertained on the Subjects of
Population and Poíitical Economy, Londres, 1821, pp. 199-200. Hablando en
términos históricos, dice también que
“la renta y la esclavitud no pueden coexistir, aunque son diferentes modos de
obtener el mismo fin ... La esclavitud es
la consecuencia natural de la propiedad
en un país poco poblado, en tanto que
la renta lo es donde la población es más
abundante”, p. 211. Dice además que
“el fondo Dara el mantenimiento de los
ociosos es el producto excedente del
trabajo de los industriosos", p. 233.
158
TEORÍA DEL VALOR Y LA DISTRIBUCIÓN
dad humana, la renta, por lo general, se
ha originado en la apro¬piación del suelo, justamente en una época en que el
grueso de la población debe cultivarlo,
de la manera que pueda, o morirse de
hambre; y se la encadena... a la tierra
mediante una necesidad sobrepoderosa;
luego la necesidad que los compele a
pagar una renta... es totalmente independiente de cualquier diferencia en la
calidad de la tierra que ocupan, y no
desaparecería aun cuando el suelo fuera todó de igual calidad”.®
Aunque sería difícil afirmar que constituyeron una escuela de teoría económi-
ca, no debe omitirse mencionar que en
el con¬tinente, aparte del socialismo
utópico de Saint Simón y de Fourier,
quienes predicaban la igualdad y la armonía natural de los hom¬bres que
cooperan como productores, existieron
en Francia, Proudhon y sus epígonos,
autor de Qu'est-ce que la Propriéte y
acuñador del adagio “La propiedad es
un robo". Esta fue la res¬puesta de
Proudhon al derecho que, según Locke,
tenía el trabajo a la propiedad, y una
aseveración de los dos aspectos del derecho de propiedad en los cuales tanto
Ravenstone como Hodgskin ha-bían
insistido. Con todo, Proudhon podría
ser llamado “distribu- cionista” tanto
como (o probablemente más que) socialista; algún comentarista dijo de él: “En
el fondo de su corazón, siempre fue un
campesino”. Ejerció su influencia en la
dirección del anar¬quismo más bien
que ia del socialismo, ya que dos de sus
ideas centrales fueron la igualdad y la
libertad individual; predicaba contra el
comunismo y el estado autoritario en
tanto buscaba una respuesta a los males del interés como recompensa al capital por medio de un sistema universal
de créditos sin interés, organizado sobre la base de un Banco Mutual de
Crédito.10 En Alemania existió un escritor de economía muy importante,
Rodbertus, que expuso su teoría de la
plusvalía y de ia renta (a quien Marx
habría de dedicar un capítulo crítico
bastante largo, en su Theo¬rien über
den Mehrwert) sin mencionar al poste-
rior Eugen
*
Rev. Richard Jones, An Essay on
the Distribution of Wealth, Londres.
1831, p. 11. Marx le atribuyó a Jones la
cualidad de tener "un sentido de la diferencia histórica entre los modos de producción", lo cual se le ha escapado a
“rodos los economistas ingleses desde
James Steuart", Theorien über den
Mehrwert, t. ai, Kautsky (ed.) Berlín,
1923, p. 450.
“ Alcxander Gray, The Social i si Tradition, Londres, 1946, p. 256.
10 Schumpeter lo califica de anarquista
y habla de “la malévola crítica de Marx*'
(en Misére de la philosophie, 1847), diciendo que “Proudhon se la merecía,
aunque no estuviera bien encarada en
todos los aspectos", History of Economic Analysis, pp. 457-458.
KARL MARX
15?
Dühring,11 con su “teoría de la. fuerza”, que iba a suscitar la ira de
Fríedrich Engels. -.
Tales fueron los predecesores de Das
Kapital de Marx, o sea aquellos que algunas veces han sido llamados los “anticipa- dores” 12 de su teoría de la
plusvalía. Aparte de Rodbertus y de
Proudhon, Marx iba a seleccionar a Ravenstone y a Hodgskin (también, como
hemos visto, a Richard Jones) para comentarlos en forma más o menos extensa en su Theorien über den
Mehrwert; donde se refirió, sobre todo,
a los folletos de Hodgskin por estar “en-
tre los productos más significativos de
la economía política inglesa”.13 Todos
estos escritores fueron más fuertes en
intuición y sensibilidad que en el análisis riguroso; compartieron el
descu¬brimiento de una clave importante, inadvertida por los ortodoxos,
aun cuando fracasaran en el enfoque de
una solución completa. En particular
hubo algo que todos dejaron de hacer:
demostrar cómo “los intercambios desiguales” o “la plusvalía”, podría
con¬cillarse con la existencia de la
“competencia perfecta”.
n
Marx, más que cualquier otro economista de nota, ha sido esti¬mado de las
más diversas formas y con frecuencia
erróneamente interpretado. Dadas las
agudas consecuencias ideológicas involu¬cradas, tanto en la faz positiva como
polémica de sus doctrinas, esto no resulta de modo alguno sorprendente.
También disfruta de la distinción de ser
el autor más frecuentemente explicado
o refutado. Bóhm-Bawerk, quien por lo
menos lo tomó con serie¬dad (estimando que tenía “la misma mezcla de méritos positivos y negativos que su prototipo Hegel” y que ambos eran “genios
fi¬losóficos”) proclamaba lo que él llamó
la “caída del sistema de
n Fue por supuesto un contemporáneo
de Marx y no un predecesor; nació en
1833 y en realidad vivió hasta 1921; la
polémica con Engels tuvo lugar hacia el
fin de la década de los años 1870.
X2 Por ejemplo, Alexander Gray, Socia-
list Tradition, pp. 257, 262.
ls Theorien, Kautsky (ed.), Berlín, 1923,
t. m, p. 313 (el tratamiento de este grupo de escritores en general ocupa las
pp. 281-381).
160
TEORÍA DEL VALOR Y LA DISTRIBUCION
Marx” (en su obra polémica de 1896
intitulada Zum Abschluss des Marxchen Systems), con la declaración dudosamente profé- tica de que al “sistema marxista no le espera ningún futuro
de permanencia”.14 Marshall lo
desecha por considerarlo un pensador
tendencioso que había mal interpretado
en forma aviesa a Ri¬cardo.15 Edgeworth estimaba que “la importancia
atribuida a las teorías de Marx” era “totalmente emocional”.1* Keynes, cuando
se dignó mencionarlo, lo trató como a
un astro dentro del oscuro submundo
de los heréticos, de quien se podía
aprender menos que del reformador
monetario, relativamente oscuro, Silvio
Gesell;ir y Samuelson, desde su altura,
lo ha apodado “un posricardiano menor”... y además “un autodidacta”.18
Más categórico que nin¬guno es Ludwig
von Mises al decir que “el marxismo está contra la lógica, contra la ciencia y
contra la actividad del pensamiento
mismo”;19 en Inglaterra, un historiador
del pensamiento econó¬mico ha hablado desdeñosamente de “un desfile pedantesco de erudición”, un deslizarse
con pericia sobre hielo delgado, llegan-
do a veces con sus sutilezas peligrosamente cerca de la sofisticación y de que
“no existe en letra de imprenta un milagro parecido de confusión, tal supremo
ejemplo de cómo no debe razonarse”.20
En forma distinta, más respetuoso que
la mayor parte y también con mayor
percepción, Joseph Schumpeter habla
de “la totalidad de su visión”, la cual
“afirma su derecho en cada detalle y es
precisa¬mente la fuente de la fascinación intelectual que experimentan tanto
los amigos como los enemigos que lo
estudian”; y coloca a Marx en el rango
de ser “el único gran epígono de Ricardo”.31
l* Véase pp. 176-177.
15 Principies, 7^ edición, Londres,
1916, p. 503.
l* F. Y. Edgeworth, Papers relating to
Poíitical Economy, Londres, 1925, t. ni,
p. 275 (con motivo de la revisión crítica
de la obra de Karl Marx, de Achüle Loria, y de Revival of Marxism, de J. S.
Nicholson).
17 I. M. Keynes, General Theory of Employment, Interest and Money, Londres,
1936, p. 355.
l“ "Wages and Interest: Marxian Economic Models", American Econo¬mic
Review, t. LXIII, n*? 6, diciembre de
1957, p. 911.
19
Socialism, traducción de Kahane,
Londres, 1936, p. 17.
5,0 Sir Alexander Gray, The Development of Economic Doctrine,
Lon¬dres, 1931, pp. 300-302.
21 Schumpeter, History of Economic
Analysis, pp. 384, 596. Véase también
del mismo autor, Economic Doctrine
and Method, Londres, 1954, p. 72: “El
mismo se consideraba como continuador de Ricardo"; también en las pp.
119-122: “En la época en que apareció
su primer volumen [de Marx] nadie en
Alemania podía comparársele, ni por la
fuerza de su pensamiento ni por su conocimiento teórico‟*.
KARL MARX
161
Epígono de Ricardo en un sentido muy
importante lo es; por esa razón algunas
veces ha sido llamado —aunque con un
sentido especial, casi hegeíianó, del aufhebung— “el último de los economis¬tas clásicos”.22 Lo que por cierto
debe decirse es que desciende en línea
recta de Ricardo, y que su comprensión
e interpretación de la doctrina ricardiana ha sido corroborada sustancialmente, y más aún reforzada por el material
nuevo incorporado en la edi¬ción de
Piero Sraffa de Works and Correspondence de Ricardo, citado en profusión
en el capítulo m. Schumpeter explica la
refe¬rencia al “epígono de Ricardo” de
esta manera: “Ricardo es el único economista a quien Marx trató como a un
maestro ... Marx utilizó el aparato ricardiano: adoptó la disposición conceptual de Ricardo y los problemas de éste
se le presentaron en las formas que Ricardo les había dado. No cabe duda de
que transformó estas formas y llegó al
fin a conclusiones totalmente diferen-
tes. Pero siempre lo hizo partiendo de
Ricardo y criticándolo: La crí¬tica a Ricardo fue su método en su labor puramente teórica”.23
Sin embargo, para obtener una perspectiva correcta con res¬pecto a su teoría económica, en especial en lo referente a sus ele¬mentos originales, ésta necesita verse dentro del marco de su
concepto general del desarrollo histórico, respecto al cual Das Kapital fue diseñado como una aplicación especial.
Es además necesario apreciar las raíces
hegelianas de esta concepción para
" La Escuela de Política Económica Clásica fue un término acuñado por el
mísmú Marx para describir el sistema
teórico construido por Adam Smith y
Ricardo y sus contemporáneos inmediatos. Éste es el período “notable en Inglaterra por la actividad científica en el
dominio de la econo¬mía política”, en
que se dieron espléndidos torneos “y
cuando permanece latente la lucha de
clases‟*, o bien se manifiesta sólo en
fenómenos aislados y esporádicos. (Prefacio del autor a la segunda edición de
Das Kapital, t. r, 1872; traducción al
inglés de Moore y Aveling, p. xxiii.)
** Schumpeter, History of Economic
Analysis, p. 390. Es bastante evi¬dente
que, si bien critica sus limitaciones y
las supera, Marx tuvo por Ricardo una
gran estimación: véase su referencia a
Smith, quien en contraste con Ricardo,
está lejos “de alcanzar un punto de vista teórico, uniforme y com¬prehensivo
de los fundamentos generales, abstrac-
tos, del sistema capitalista"; y se refiere
luego al “gran significado histórico de
Ricardo para la ciencia ... Con este servicio de la ciencia económica se relaciona en forma inmediata el hecho de que
Ricardo descubra y proclame las contradicciones económicas entre las clases —como queda demostrado por las
relaciones intrínsecas— y de ahí que se
comprenda en sus raíces la lucha histórica y el proceso de desarrollo quede en
descubierto en la ciencia económica”.
Karl Marx, Theo- ries of Surplus Valué;
a selection, traducido por G. A. Bonner
y Emile Bums, Londres, 1951, pp. 129,
203, 204; Karl Marx, Theories of Surplus Valué, parte i, Moscú, sin fecha, p.
86; parte n, Moscú, 1968, p. 166.
162
TEORIA DEL VALOR Y LA DISTRIBUCIÓN
que se adviertan las sombras más finas
de su significación. Como es bien sabido, la dialéctica como patrón estructural del desarrollo comenzó con Hegel a
partir del ser abstracto considerado
mente o “espíritu”. Para Marx, per contra la dialéctica del desarrollo co¬menzó
a partir de la naturaleza y del hombre
formando inicial- mente parte integral
de aquélla. Pero, aun como parte de la
natu¬raleza y sujeto al determinismo de
las leyes naturales, el hombre, como ser
consciente tenía la capacidad distintiva
de la lucha con y contra la naturaleza,
de subordinarla y, en última instancia,
de transformarla para sus propios fines.
Éste era el papel distintivo de la actividad productiva del hombre, del trabajo
humano, que lo diferenciaba de todas (o
de casi todas) las demás criaturas animadas. Por esta razón, las diversas y
sucesivas formas de la actividad productiva, y en especial las relaciones entre los seres humanos en la sociedad
durante el transcurso de esta actividad,
formaban el plan básico de la historia
humana.
Un rasgo fundamental de esta dialéctica
del hombre versus la naturaleza, un
sine qua non de sus aspectos progresivos, fue por cierto la invención y el uso
de los instrumentos productivos que
simultáneamente fueron incorporaciones durables de trabajo y ayudas productivas para el mismo, o sea, instrumentos “que el trabajador interpone
entre él y el sujeto de su labor, y que
sirven como mediadores de su actividad”;24 y son éstos los que hacen del
trabajo productivo un proceso colectivo
o social y constituyen la clave principal
de la división del trabajo. “En la producción, los hombres no actúan sólo
sobre la naturaleza, sino que también
interactúan sobre sí mismos. Producen
sólo porque cooperan de una cierta
manera e intercambian mutuamente
sus actividades". Y además, “Al actuar
de esta manera sobre el mundo exterior, cam-biándolo, el hombre va cambiando su propia naturaleza”.25 De ahí
la importancia de las fuerzas productivas para una compren¬sión de la historia humana, aunque sólo en estrecha
conjunción con las relaciones sociales
que los hombres contraen, en el curso
de la producción asociada con estas
fuerzas productivas. (Quie¬nes han visto en ello una interpretación simplemente tecnológica, han empobrecido y
distorsionado el concepto.) Por lo tanto,
la clave de la periodización, así como
del movimiento de la histo¬ria humana
reside en los modos sucesivos de producción, carac¬terizados con toda rigurosidad, no sólo por las formas técnicas,
** El capital, t. i, traducción de Moore y
Aveling, p. 15S.
Zi¡ Ibídp. 157.
KARL MARX
163
la división del trabajo y del cambio, sino
también por las di¬ferentes formas de.
“relaciones sociales de producción” entre los seres sociales y las clases.
Al ser aplicado a un sistema económico
particular, era na¬tural que una concepción histórica de esta naturaleza enfocará el asunto desde el ángulo de las
condiciones de producción, inclu¬yendo
tales factores socio-económicos como
los de la propiedad o ausencia de propiedad de los medios de producción y
los efectos respectivos de estos factores
sobre la situación y la conducta de los
grupos o clases sociales.
No sólo el orden fundamental de determinación —como de inmediato se indica—, sino también las fronteras de la
materia se establecen de manera dife-
rente y más amplia de lo que se
acos¬tumbra concebir sobre la base de
una teoría económica sustentada sobre
las leyes de mercado (un estudio formal
concebido a fortiori de “la adaptación de
medios escasos para alcanzar fines determi¬nados*‟ según la frase muy citada de Lord Robbins, desde hace cuarenta años). Dicho enfoque sirve también
para explicar el lugar asignado al trabajo como actividad humana productiva,
razón por la cual Marx lo coloca en el
mismo centro de la escena. Por cierto
que con ello iba implícita una definición
de la apropiación o ex¬plotación en el
sentido de que aquellos que no han
contribuido a la actividad productiva20
y están ausentes de cualquier participación personal en el proceso de la producción per se, se adueñan o re¬ciben
parte de los frutos de la producción.
Como tal, la explota¬ción no es ni algo
metafísico ni simplemente un juicio ético (y mucho menos “sólo un ruido”)
como algunas veces ha sido
con¬siderada; 27 es una descripción
fáctica de una relación socioeco¬nómica, tanto como lo es la adecuada caracterización que hace
26 No por cierto “lo productivo”, que en
diversos contextos puede aplicarse a
cualquier cosa cuya presencia o ausencia significa una diferencia con la cantidad producida; víde la afirmación de
Marx que dice: “Sería erró¬neo afirmar
que el trabajo que produce valores de
uso sea la única fuente de la riqueza
que éste produce, es decir, de la riqueza
material”, Critique of Po- litical Economy, traducción de S. W. Ryazanskaia,
Londres, 1971, p. 36. Inclusive L. Rogin
en The Meaning and Validity of Economic Theory, Nueva York, 1956, p. 338,
le atribuye a la teoría de Marx la premisa de que “el trabajo vivo es la única
fuente del producto, o del valor agregado". Con referencia al uso del término
“trabajo productivo” véase el capítulo 2,
p. 60 n y 61 n.
87
Verbigracia, el profesor M. Blaug:
“Marx se ve enredado en el pro¬blema
puramente metafísico de determinar si
el capital es estéril o produc¬tivo, si el
interés o el beneficio constituye un pago
por los servicios que presta o si es simplemente ingreso robado a los trabajadores”; y señala los
164
TEORIA DEL VALOR Y LA DISTRIBUCIÓN
Marc Bloch del feudalismo como un sistema en que los señores feudales “vivían del trabajo de otros hombres”. Si
se considera a la historia como una sucesión de modos de producción, caracte¬rizada en los tiempos históricos y
hasta la fecha por dicha apro¬piación,
es natural que la investigación deba
comenzar por pre¬guntarse cuáles fueron los medios e instrumentos —
políticos, mili¬tares, legales, económicos— en virtud de los cuales ocurría tal
apropiación. En consecuencia, era muy
natural que Marx, enten¬diendo que
existía una analogía en las condiciones
del siglo xix con formas anteriores de
sociedad de clases, comenzara por inves¬tigar en qué consistía tal apropiación bajo el capitalismo, y cómo era posible que existiera en una sociedad en
la cual regían relacio¬nes contractuales
libres para todas las cosas y la competencia en el mercado, de acuerdo con
los economistas, aseguraba que el intercambio era siempre de equivalentes
por equivalentes de acuerdo con los
“valores naturales” de Smith. Y si el
cambio era siempre, o en forma predominante, un intercambio de equivalentes, ¿de dónde podía surgir un excedente?
Hay quien ha supuesto que la noción de
explotación, y de ahí la de plusvalía, se
deriva, de alguna manera, de la proposición de que las mercancías se intercambian de acuerdo con las canti¬dades de trabajo incorporado en las
mismas; presumiblemente con ayuda
de alguna doctrina del “derecho natural” semejante a la de Locke, con el fin
de explicar que el trabajo otorga el derecho de propiedad sobre su propio
producto. Para quienes sostienen este
punto de vista, la ley del valor es una
premisa y la plusvalía una consecuencia. Esto, o algo parecido, es cierto en
los socialistas ricardianos, que comenzaron por la posición de que, o bien el
trabajo da derecho al total del producto,
o bien sólo el trabajo crea “valor” (ya
sea en el sentido de valor de uso o de
valor de cambio, sin que se aclare
siempre si es el uno o el otro). Pero es
precisamente por esto que Marx consideraba que las teorías, de los socialistas
ricardianos, aun cuando sugestivas,
eran inade¬cuadas; y cuando se le aplica a Marx esta concepción se comete un
error. Para él, la analogía entre el capitalismo y las formas primitivas de la
sociedad, '-en lo que se refiere a la
apropiación de un excedente por quienes no' contribuían a la actividad productiva, era un dato histórico, es decir,
una observación hecha a partir
“argumentos emocionales respecto de la
naturaleza de la plusvalía" en Marx.
Economic Theory in Rétrospect, Nueva
York, 1962, Londres, 1964, pp. 243,
247.
KARL MARX
165
de la experiencia social. Lo. que él
deseaba subrayar, al hablar de„ una
forma específicamente capitalista de
explotación, era esta ana¬logía con los
casos donde la apropiación de un trabajo excedente o de un producto excedente éstabá directamente establecida
en términos políticos o en virtud de una
disposición legal o de una fuerza militar
y reconocido como tal. El problema específicamente económico, consistía no
en probar esto, sino en conciliario con
la ley del valor; esto es, en explicar cómo podía ocurrir en el ámbito de la
competencia y de la “mano invisible” de
los economistas, donde todo se intercambiaba por su “valor natural”. En
tono po¬pular, en su conferencia sobre
Valué, Price and Profit, dice: “Para explicar la naturaleza general de los beneficios, se debe partir del teorema según
el cual, en promedio, las mercancías se
venden a sus valores reales y los beneficios se derivan de venderlas a sus valores... Si no puede explicarse el beneficio sobre la base de este supuesto, no
se lo puede explicar de ninguna manera”.28
La teoría del valor que encontró en Ricardo era, para estos fines, evidentemente muy adecuada. Esta teoría coloca en primer término al trabajo, como
actividad humana productiva y hace de
ella la base de la explicación del valor
de cambio. Resulta muy natural que
comenzara por exponer esta teoría de la
plusvalía en el volumen i bajo el supuesto, según el cual las cosas se inter¬cambian por sus valores (es decir,
proporcionalmente al trabajo); y si hizo
esto no fue sólo porque venía bien, sino
también porque era una manera de
demostrar el origen y la persistencia de
la plus¬valía en el caso fuerte. Además,
permitía que la aparición de la plusvalía, y también la medida de la misma,
estuviera localizada con firmeza en los
hechos y en las relaciones de producción (en contraste, por ejemplo, con los
“intercambios desiguales” de Wi- lliam
Thompson). Que estaba bien seguro de
lo que hacía y de las limitaciones de
este caso como una “primera aproximación”, lo demuestra la proposición que
figura en el volumen i: “Si en la realidad
los precios divergen de los valores, de-
bemos, antes que nada, reducir los
primeros a los últimos, o en otras palabras: tratar las diferencias como accidentales, a fin de que los fenómenos
puedan ser observados en toda su pureza, y para que nuestras
ob¬servaciones no se vean interferidas
por circunstancias perturbado¬ras que
nada tienen que ver con el proceso en
cuestión”.88
Valué, Price and Profit, por Karl Marx,
Eleanor Aveling (ed.), Lon¬dres, Í899,
pp. 53-54. En bastardilla en el original.
*# El capital, t. i, la traducción de Moore y Aveling, Londres, 1886, p. 144.
Quizá otra forma de explicar el enfoque
sería decir con Oskar Lange
166
TEORÍA DEL VALOR Y LA DISTRIBUCIÓN
Pero sumada a su simplicidad y adecuación a los fines, existía una razón
formal por la cual habría de concentrarse en los valores en términos de
trabajo, y de aquí seguir muy de cerca
las huellas de Ricardo. Esto es algo que
casi todos los comentadores de Marx
parecen haber omitido, por lo menos
hasta hace muy poco. De lo que acaba
de decirse debe quedar bien en claro
que la naturaleza de su enfoque le exigía comenzar por la postulación de una
deter¬minada tasa de explotación o de
plusvalía (o dicho en términos de Ricardo una razón salario-beneficio, puesto
que esto era previo a la formación de los
valores de cambio o de precios y no de-
rivado de ellos. En otras palabras, tenía
que expresarse en términos de producción, antes de introducir la circulación
o el cambio.
¿Cómo haría entonces para expresar la
tasa de plusvalía como dato inicial? No
hubiera sido satisfactorio hacerlo en
términos que fueran ellos mismos relativos a los cambios en la razón misma.
Po¬día haberlo sido, como hemos visto
que lo hizo Ricardo en un prin¬cipio, en
términos de una sola mercancía tal como el grano, convir¬tiéndola en una
razón-producto que no fuera afectada
por las varia¬ciones en los valores de
cambio o de precios. O, si la noción ya
ha¬bía sido inventada para entonces,
en algo semejante a la mercancía promedio compuesta por Sraffa, de la cual
hablaremos enseguida. Pero mucho mejor para sus fines inmediatos que una
simple mer¬cancía (porque es más generalizada) fue su expresión en términos de trabajo; como por cierto lo había
hecho Ricardo con su razón salariobeneficio, determinada al margen de la
industria de bienes- salario. La tasa de
explotación podía entonces ser expresada sin ambigüedades, como una razón entre dos cantidades de trabajo
(promedio) que en forma simultánea
revelara también la fuente de la plusvalía. Si las cosas se intercambiaban en
proporción al tra¬bajo gastado, las variaciones en esta tasa no podían per se
afectar los valores de cambio relativos,
ni podían las variaciones de estos últimos influir sobre la razón de explota-
ción, cuando se represen¬tara de este
modo. La categoría valor (trabajo), o la
“aproxi(en un temprano artículo) que “Marx
desarrolló su teoría del valor para un
einfache Warenprodukt" (producción
simple de mercancía), y luego introdujo
la “leve modificación ... no esencial desde su punto de vísta”, "Marxian Economics and Modera Economics”, Review
of Economic Studies, t. u, 1934-5, p.
198. Debe hacerse notar que la “producción simple de mercancías” implica
que los productores poseen sus propios
medios de producción, de manera tal
que mientras exista movilidad del trabajo juntamente con sus medios de
producción entre las diferentes industrias, no existirá una “movilidad de capital”, por separado, en el sentido moderno.
KARL MARX
167
mación” del volumen i, incorporaba así
algo esencial que de otra- manera habría faltado.30 .
Al escribir hoy día, dado que el análisis
económico se ha convertido en algo casi
exclusivamente-cuantitativo, quizá
con¬venga 'añadir este comentario adicional, si es que no pone un énfasis superfluo sobre lo que ya está implícito. Si
bien le preo¬cupaba a Marx, no menos
que a Ricardo, exhibir la relación
cuan¬titativa entre las condiciones de
producción y los valores de cambio
reales o precios (porque de otra manera
hubiera faltado un enlace entre el análisis en términos de valor del volumen i
y los fenó-menos reales de mercado) le
preocupó del mismo modo demos¬trar
el aspecto cualitativo o relacional de las
cosas, en especial en lo referente a la
distribución del ingreso. Estimaba que
esto era crucial para comprender el carácter y el funcionamiento específi¬cos
del tipo capitalista de sociedad de clases. Se refirió a este as¬pecto cualitativo como revelador de la “esencia oculta”
y de la “forma interna” subyacente bajo
los superficiales “disfraces exte¬riores”
o “apariencias de mercado” de las cosas. Esto es lo que algunos han querido
significar al decir que su teoría tenía
que ser considerada como una “sociología económica” y no sólo como un análisis económico en el sentido más limitado y moderno del tér¬mino. Algo de
esto expresó Oskar Lange al afirmar
que “la supe¬rioridad de la economía
marxista” reside en su “exacta especifi¬cación de los datos institucionales,
cuando distingue al capitalismo del
concepto de una economía de cambio
en general”, permitiendo de esta manera “el establecimiento de una teoría de
la evolución económica” ignorada por la
teoría económica ordinaria.31 Por
30
Al punto de vista de que la Ley
del Valor era una “primera aproxi¬mación" basada sobre supuestos
simplificados, el profesor Samuelson ha
repli- cado que “la ciencia moderna y la
economía abundan en primeras aproximaciones simplíficadoras, pero que
debe admitirse su inferioridad
rá¬pidamente ante segundas aproximaciones, y abandonárselas cuando son
cues¬tionadas”, The Collected Economic Papers of Paul A. Samuelson, t. i,
Cambridge, Mass., 1966, J. E. Stiglitz
(ed.), p. 343. Esta réplica tan
ocu¬rrente puede tener algún fundamento si la “primera aproximación” no
con¬tiene nada esencial, de tal modo
que no pueda expresarse con la misma
facilidad en otros términos. Pero deja de
tenerlo cuando existe algo en la primera
aproximación que falta en aproximaciones posteriores, o que no puede expresarse tan fácilmente en sus términos
(por ejemplo, la primera aproximación
puede ser un mecanismo para subrayar
y poner de relieve algo que tenga mayor
generalidad y menos particularidad).
31
Poíitical Economy, pp. 196, 201.
Las palabras “economía de cam¬bio en
general” constituyen una interpretación
de einfache Warenprodukt a la cual se
hace referencia en una nota al pie de
página 166 y en forma más usual interpretada como “producción simple de
mercancías”.
168
TEORIA DEL VALOR Y LA DISTRIBUCIÓN
cierto que en esto puso el énfasis fundamental —y la contribución insigne—
de su análisis a nivel de valor, en el volumen i.
Realizar el análisis dentro de la categoría del valor involucraba ciertos su-
puestos implícitos del mismo tipo de los
que había hecho Ricardo al comienzo de
su capítulo sobre el valor, pero abando¬nados prontamente por él. Estos
supuestos consistían en una
uni¬formidad, en aspectos específicos,
de las condiciones de producción de las
industrias constituyentes o ramas de
producción. (Se podría hablar también
de ignorar por el momento los efectos
de la falta de uniformidad y concentrar
la atención sobre la configuración global, o hacer referencia a una situación
donde hubiera movilidad de la mano de
obra entre las industrias, pero no hubiera todavía movilidad separada del
capital en el sentido moderno.) Esta
uni¬formidad puede expresarse en términos de razones trabajo-ca¬pital,32 o
lo que Marx habría de llamar “la composición orgánica del capital”, o de otro
modo (y diferente), diciendo que se
su¬pone que todo el capital consiste en
adelantos de salarios a lcís trabajadores, concedidos a todas las ramas de la
producción por períodos similares.83
En términos modernos se podría decir
que, puesto que Marx estaba en esta
etapa interesado en el cuadro macroscópico —en el esquema general global
de la distribución y el cambio— consideraba tanto legítimo como apropiado
este, nivel de abstracción. Las minucias
de las relaciones micros¬cópicas, con
sus complicaciones adicionales, incluyendo las diver-gencias de los precios
individuales a partir de los valores (que
luego, a nivel microscópico, debió admi-
tir que se convirtieron en importantes)
revestían para él un interés secundario,34 y de ellas habría de ocuparse
más tarde. Se contentó con tratarlas,
como lo había hecho Ricardo, como
modificaciones secundarias del
prin¬cipio fundamental.
Una vez establecido el problema, la respuesta de Marx a la cuestión de conciliar la plusvalía con la previdencia de la
“ley del valor”, fue relativamente simple
y hoy día es bastante familiar. Estableció una distinción, a la cual atribuyó
importancia crucial, entre el trabajo y la
fuerza de trabajo. En El capital definió
a esta última como “energía transferida
a un organismo humano por
3a Esto incluye los períodos de circulación del capital circulante y la durabilidad del capital fijo.
“ En términos de la ecuación de Dmitriev, op. cit., esto equivale a la uniformidad de las /.
34 Si se admite, por supuesto, que ellas
fueran de un tipo y magnitud que no
invalidaran las generalizaciones alcanzadas a nivel macroscópico.
insumo material incluido en el trabajo
humano; y la posibilidad y dimensiones
de la plusvalía de¬pendían de que el
valor de la primera fuera menor que el
valor “creado” como producto por el
trabajo al que sostenía (susten¬taba).
Hablaba de la diferencia entre las dos
como de la diferencia entre “el tiempo
de trabajo necesario” (el insumo) y el
tiempo del trabajo total realmente gastado en la producción.39 Esta diferencia era análoga a la establecida por Ricardo entre “la producción y el consumo necesario para dicha producción”.
Lo que estableció y mantuvo la diferencia —y aquí es donde entró el dato histórico o institucional decisivo— fue el
hecho de que existiera un prole¬tariado
desposeído de tierras y de otras formas
de propiedad, y por lo tanto, en completa dependencia, pues para ganar su vida tenía que vender la fuerza de trabajo
por un salario. (Quizá de¬biera añadirse que su existencia estaba condicionada, no mera¬mente a una fuerza de
trabajo suficiente, sino a un excedente
real de fuerza de trabajo superior a las
cantidades compradas y em¬pleadas.)
KARL MARX
“Las condiciones históricas de su exis169
tencia” (las del, capital), escribe Marx,
medio de materia, nutriente” y como “la de ninguna manera están dadas por la
suma de aquellas capaci¬dades menta- mera circulación del dinero y las merles y físicas que existen en un ser hucancías. Sólo pueden surgir a la vida
mana, y que éste pone en ejercicio,
cuando el propietario de los medios de
cuando produce un valor de uso de
producción y de las subsistencias se
cualquier clase”.38 La “materia nutrien- encuentra en el mercado con el trabate” necesaria para reemplazar la
jador libre
ener¬gía utilizada en el trabajo era el
iS El capital, 1.1, Moore y Aveling (ed.),
pp. 145, 198. También habló de la
“creación de valor [como] transformación de la fuerza de trabajo en trabajo",
Ibíd., p. 198.
39
Aquí cabría preguntar: Si se habla de insumos que crean más insu¬mos como producto de lo que se necesita para su propio reemplazo, y se
los considera como fons et origo del
producto excedente, ¿por qué no sería
también éste el caso con referencia a
otros insumos que no fueran trabajo?
En cuyo caso ¿por qué habría de atribuírsele especial significación a una
diferencia de este tipo en conexión con
el trabajo? La respuesta (a poco que se
reflexione) es que cuando se habla de
una plusvalía como de una categoría de
la distribución del ingreso, para llegar a
dicho resultado es con¬dición necesaria
atribuirle al trabajo en su carácter de
insumo úna diferencia. El profesor M.
Morishima, en Marx's Economics: A
Dual Theory of Valué and Growth,
Cambridge, 1973, ha expresado este
tema de la manera si¬guiente: “La explotación de los trabajadores por los
capitalistas es «na- con¬dición necesaria y suficiente para la existencia de un
conjunto de precios no negativos y para
que la tasa de salarios rinda beneficios
positivos en cada industria‟*, y a esto lo
llama el “Teorema Marxista Fundamentar.
170
TEORÍA DEL VALOR Y LA DISTRIBUCIÓN
que vende su fuerza de trabajo.” 37 En
otras palabras, la fuerza de trabajo debía en sí misma convertirse en una
mercancía suscep¬tible de ser adquirida en el mercado y, dadas las “reglas de
juego” de la competencia, venderse por
su valor.38 Lo que Marx denominó la
“tasa de plusvalía” (la razón de la plusvalía con respecto al ade¬lanto del salario, o al precio de compra de la fuerza
de trabajo) dependía, cuando se la consideraba a escala global, de la recíproca
de la proporción de la fuerza de trabajo
total requerida para pro¬ducir las subsistencias para esa fuerza de trabajo.
Ésta era la rela¬ción de explotación
crucial sobre la que se basaba la estructura de la distribución del ingreso
(y en especial la distribución entre los
propietarios y los no propietarios) y la
estructura de los precios relativos. Repetimos que el resultado fue el de hacer
de la distribu¬ción del ingreso un producto históricamente relativo respecto
de un conjunto dado de condiciones
históricas o institucionales.
Con frecuencia estas ideas, lo mismo
que la teoría de Ricardo, han sido rechazadas por depender de una teoría de
salarios de subsistencia y, por lo tanto,
de algo que ya no puede ser soste¬nido.39 Se pueden decir dos cosas
con respecto a este punto. En primer
lugar, como lo había hecho Ricardo,
Marx aclaró que no estaba en su pensamiento el “valor de la fuerza de trabajo” en el sentido de la subsistencia puramente física, pues dentro, de la
de¬finición práctica de lo que se estimaba como “necesario”, en cual¬quier
época y lugar, entraba un “elemento
histórico y moral”.40
” Ibídp. 148.
‟* En la conferencia de nivel popular,
reproducida con el nombre de Wage~Labour and Capital, Londres, 1933,
pp. 26-27, hablaba él del “costo de producción de la fuerza de trabajo", y del
“costo de la existencia y propagación
del trabajador‟' como “el que fija el mínimo de los salarios”.
3" Por ejemplo, el profesor Kaldor. en su
conferencia en Pekín en el año 1956,
sostuvo que “el sistema marxista funciona... solamente en las primeras etapas del desarrollo capitalista", “Capitalist Evolution and Keyne- sian Economics", Essu\s on Economic Siabilitv
and Growth, Londres, 1960, pp. 243258.
40
El caoital. t. i, traducción de Moore y Aveling, p. 150. A esto añade las
palabras: “Para distinguir por contraste
el caso de otras mercan¬cías”.^ “El
número y extensión de sus necesidades
denominadas primarias y también los
modos de satisfacerlas, son en sí mismas el producto del desa¬rrollo histórico, y dependen por lo tanto en gran
medida del grado de civilización de un
país, en forma más particular de las
condiciones bajo las cuales (y en consecuencia, de los hábitos y grado de comodidades en los cua¬les) se ha ido
formando la clase de los trabajadores
libres” (y cita a Torrens y a Thornton).
Subraya el mismo punto en su conferencia de divulgación titulada Valué,
Prices and Profit, Eleanor Aveling (ed.),
Londres, 1899, páginas 85-88.
KARL MARX
171
De lá misma manera, sobre la mano de
obra entrenada o califi¬cada, decía: “La
fuerza de trabajo de un tipo especial...
una educación o entrenamiento especial son requisitos y esto, por su parte,
cuesta un equivalente- dé .mayor o menor cantidad de mer¬cancías. La
cantidad varía de acuerdo con el carácter más o menos complicado de la fuerza de trabajo. Los gastos de esta educa¬ción ... entran pro tanto dentro del
valor total gastado en su
pro¬ducción”.41 Por lo tanto, está bien
claro que los elementos
“con¬vencionalmente necesarios”,42 de
Marshall, están incluidos aquí; y hasta
podría muy bien usarse su término de
teoría de salarios de “precio de oferta”,
implícita en el caso, en vez de una teoría es¬tricta de la subsistencia. En segundo lugar, Marx inicialmente tenía
claro en su pensamiento un mercado de
trabajo “puro”, ca¬racterizado por la
competencia perfecta y la contratación
indivi¬dual. Sin embargo, admitía plenamente que el precio de la fuerza de
trabajo podía elevarse por encima (o, en
circunstancias espe¬ciales caer por debajo) de su valor, no solo de manera
tempo¬raria sino también permanente,
en la medida en que las con¬diciones
de un mercado “puro” de la fuerza de
trabajo fueran modificadas o perturbadas. En este contexto, se refirió a la
con¬tratación colectiva realizada por los
sindicatos como una influencia modificadora potencialmente importante, y
afirmó que “cada com¬binación de empleados y desempleados” efectuada por
los sindi¬catos era “perturbadora” de la
“acción armoniosa” de la ley de la oferta
y la demanda.43 En una situación de
contratación colectiva, que había empezado a darse como característica de los
países industriales avanzados en el
transcurso del siglo, admitía la
en¬trada de un elemento institucional,
cuya influencia sería necesario incluir
con el fin de postular la tasa de la plusvalía.44
41
El capital, t. i, pp. 150-151.
.** A. Marshall, Principies of Economics, 1$ edición, Londres, 1916, p. 70,
donde dice que hay cosas que “para obtenerlas el hombre y la mujer común
sacrifican algunas cosas necesarias para la eficiencia".
4Í El capital, t. i. Traducción de Moore y
Aveling, p. 655. Esta califi¬cación, que
viene al final de la sección donde se
elabora el tema del “empobrecimiento
absoluto” parece haber sido pasada por
alto por la mayor parte de los comentaristas. En su argumento contra el “ciudadano Weston", del cual ya hemos hecho una cita, sostiene que los obreros
“deben asociarse y luchar por un alza
de salarios y dentro de ciertos límites
pueden tener
éxito”. Valué, Prices and Profit, p. 12.
** Con fines formales se podría entonces estipular un cierto nivel de
salario real (o una determinada proporción de la plusvalía que aumentara el
salario en forma adicional ai “valor de la
fuerza de trabajo”). Véase más
adelante, en la p. 284, un artificio
adoptado por Sraffa.
172
TEORIA DEL VALOR Y LA DISTRIBUCIÓN
Debe agregarse a esto que, en todo su
pensamiento sobre la plusvalía ocupaba
un papel principal el denominado “ejército in¬dustrial de reserva”. Mientras
que la teoría de los salarios depen¬día
de la ley de la población de Malthus —
según el supuesto de una oferta de trabajo altamente elástica por razones
malthusia- nas-—, Marx la repudió con
fuerza y en lugar de basarse sobre ella
demostró la existencia crónica, y la recreación periódica (por las innovaciones
técnicas que ahorraban mano de obra,
impulsadas por cualquier tendencia
que elevara los salarios y menguara la
plusvalía) de un ejército de reserva de
mano de obra excedente. Ésta era “una
ley de la población” peculiar al modo
capitalista de producción.415 Esta ley
desempeñaba una función crucial para
que el sistema restringiera la tendencia
a la elevación de los salarios frente al
progreso de la acumulación del capital,48 y daba res¬puesta a la siguiente
pregunta: si es que existe una diferen-
cia entre el valor de la fuerza de trabajo
y su producto, ¿por qué no desaparece
esta diferencia en el largo plazo, dado el
progreso y la expansión del propio sistema? Una situación en la cual desapare¬ciese el excedente de la mano de
obra y prevaleciera el pleno em¬pleo,
sería de extraordinaria inestabilidad
para el modo capitalista de producción
y en esa situación podría muy bien ser
incapaz de sobrevivir.47
Después de haber enunciado su teoría
de la plusvalía, sur¬gida de la diferencia entre el valor de la propia fuerza de
trabajo cuando se vendía como una
mercancía y el valor de su producto,
Marx procedió a clasificar las formas en
que aumentaba la tasa de la plusvalía,
en dos grandes tipos. Uno de ellos, que
mantuvo alguna importancia potencial
por lo menos hasta la mitad del si¬glo
xix, y que denominó incremento de la
plusvalía absoluta, consistía en la prolongación de la jornada (o semana de
trabajo) con lo cual aumentaba el
“tiempo excedente de trabajo” de la
fuerza de trabajo existente, en términos
absolutos y también relati¬vos al “tiempo de trabajo necesario” (gastado en
reemplazo del va¬
48
El capital, t. i, p. 645. Se agrega
allí que: “En realidad cada modo histórico de producción tiene sus leyes especiales de población, válidas histó¬ricamente sólo dentro de sus límites.
Una ley abstracta de población existe
sólo para las plantas y los animales, y
solamente en la medida que el hombre
no haya interferido en ellos”.
4S
En razón de la acumulación del
capital “el alza de salarios se ve confinada dentro de los límites que... dejan
intactos los fundamentos del sistema
capitalista, Ibíd., p. 634.
47 Excepto que se introduzca alguna
forma de “Estado Corporativo” servil o
cuanto menos un control legal de salarios.
KARL MARX
173
lor de la fuerza de trabajo, o sea la nómina de salarios). El otro tipo, denominado incremento de la plusvalía relativa, consistía en la reducción del “tiempo de trabajo necesario” como una proporción del tiempo total de trabajo,
principalmente, como consecuencia del
incremento dé la productividad de la
mano de obra en el sector de bienessalarios de la producción. Debe hacerse
notar que sólo las mejoras de la productividad en el sector de bienessalarios tendrán este efecto, puesto que
las mejoras en la productividad en otros
sectores simplemente reducen en forma
equivalente el valor de sus productos y
dejan invariable el valor de la fuerza de
trabajo misma.48 El que a diferencia de
Ricardo, Marx no creyera en los rendimientos decrecientes como tendencia a
largo plazo (en el sentido histórico)
puede haber sido porque la agricultura
consti¬tuía una porción muy grande del
sector de bienes-salarios, y en su época
estuviera relativamente poco sujeta a la
marcha de los mé¬todos industriales
modernos; todo lo cual influyó para que
él diera poco peso a esta tendencia en
ciertos contextos (por*ejemplo, la tasa
decreciente del beneficio) donde podría
haberse esperado que le hubiera dado
más importancia.
III
En el volumen tercero, Marx llega a las
calificaciones que pre¬sentan las diversas “composiciones del capital”, según
sean las industrias lo que denomina
también el período de rotación del capital variable).49 Trata esto introduciendo
la categoría de “preVéase: “Por lo tanto, la tasa general de
plusvalía está en última instancia afectada por el proceso total, sólo cuando el
aumento de la produc¬tividad del trabajo se haya operado en aquellas ramas
de la producción que se relacionen con
los medios necesarios para la subsistencia, y hayan abara¬tado las mercancías que formen parte de la misma, y
que por lo tanto sean elementos del valor de la fuerza de trabajo”, Ibíd., p.
308.
■“* Con anterioridad (en el t. 11, traducido por E. Untermann, editado por
Kerr en Chicago en el año 1925, pp.
336 y ss.), Marx había hecho una distinción entre la “tasa simple de plusvalía” (la tasa que excede a los salarios
gastados durante un ciclo simple de
producción y la “tasa anual”, la cual era
igual a la anterior multiplicada por el
número de veces que se gastaba
174
TEORÍA DEL VALOR Y LA DISTRIBUCIÓN
cios de producción”, la cual difiere del
análisis de los “valores” del volumen i
debido a la necesidad de igualar las tasas de bene¬ficio sobre el capital —a la
que apoda en forma humorística
„„co¬munismo inconsciente del capitalismo”— y sin la cual el capital tendería
a emigrar de las industrias de tasas bajas de beneficio a industrias de tasas
altas, hasta que en virtud de la competencia, se alcanzara el requisito de
igualdad engendrado por la misma. Se
deduce que la tasa de valor excedente
(la razón entre la plusvalía y la nómina
de salarios) no es uniforme entre las
industrias. Antes había introducido su
propia distinción entre capital constante y capital variable, pasando por encima de la distinción tradicional entre fijo
y circulante; siendo el capital variable el
adelanto en forma de salarios para la
compra directa de fuerza de trabajo y el
constante lo que se invierta en insumos
de mercancías, que sir¬vieran como insumos —materias primas, combustibles
y partes componentes— o como instrumentos y estructuras durables que
por lo general se clasifican como capital
fijo. (La línea divisoria entre los dos tipos de capital dependerá de manera
evidente del grado de integración vertical de la industria.) En tanto que p/v
significaba la tasa de la plusvalía, la
tasa del beneficio estaba
dada por —-— donde v y c son respecti-
vamente capital varia- (v + c)
ble y capital constante.60 La razón c/v
fue llamada composición orgánica.
Marx definió los Precios de Producción
como Precios de Costo (iguales al costo
del salario más los elementos del
ca¬pital constante que entran dentro
del producto) r>1 más el porcen¬taje de
beneficio promedio o normal del capital
empleado.”
De esto se deduce que —dada la tasa
simple de plusvalía, o sea, la tasa de
explotación de la cual hemos hablado—
la tasa de
el capital variable en la medida que rotaran los salarios en el curso de un
año. La última, por supuesto, era relevante para la formación de la tasa
anual del beneficio. Véase también el t.
m, traducido por Untermann y edi¬tado
por Kerr en 1909, páginas 87-91.
50
Véase: “La plusvalía medida por
el capital variable se llama la tasa de
plusvalía. La plusvalía medida por el
capital total se denomina tasa de beneficio... La tasa de beneficio puede permanecer invariable y expre¬sar, sin
embargo, diferentes tasas de plusvalía".
El capital, t. ut traducción de Untermann, Kerr (ed.), Chicago, 1909, p. 55
61 En el caso de elementos durables
era, por supuesto, sólo la parte “utilizada” o depreciada de estos bienes la que
entraba dentro del precio de costo,
M /feírf„ p. 186.
KARL MARX
175
beneficio será más alta cuanto más corto sea el período de rota¬ción del capital variable y más baja cuanto más alta
sea la razón del capital constante con
respecto al capital variable, o “la
com¬posición del capital”. Lo primero
es; evidentemente, equivalente a ia “durabilidad del capital circuíante” de Ricardo y lo último, a sus “proporciones
de capital” y “durabilidad de capital fijo”/® El resultado era que, allí donde la
composición del capital estu¬viera por
encima del promedio general (y/o la rotación del capi¬tal variable por debajo
de él) la competencia en la forma de
“mi¬gración” de capital sería la causa
por la cual los precios de pro-ducción
excederían a los valores, e inversamente
en el caso opuesto. En tanto Ricardo
había expresado el efecto de las distintas ^pro¬porciones y durabilidades del
capital en términos del efecto aife- rencial de un alza de salarios sobre los
precios, Marx lo expresaba en términos
de divergencia de precios de producción
a partir de los valores, en casos individuales.54
Es en este mismo contexto, y a continuación (en la parte ni del volumen ni)
donde Marx da su propia respuesta al
problema clásico de la denominada
tendencia declinante de la tasa de bene¬ficio. Con respecto a esta respuesta
se han acumulado muchas polémicas y
una gran variedad de interpretaciones,
en lo que se refiere al movimiento dinámico del sistema, a largo plazo, y a la
interpretación de las crisis económicas
periódicas. Si las diferen¬cias en la
composición orgánica del capital de las
industrias fue¬ran las causantes de la
redistribución de la plusvalía entre ellas
en proporción al capital, parecería razonable suponer que los cam-bios en
esta composición, a través del tiempo,
explicarían los cambios a largo plazo en
la tasa de beneficio. En lugar de
recu¬rrir, como Ricardo, a los rendimientos decrecientes, Marx los
53 En rigor de verdad, en la mayor parte de su exposición sobre los Precios de
Producción, Marx ignoró los efectos de
estos últimos utilizando un “modelo de
capital circulante” y adoptó y simplificó
el supuesto de que el capital constante
rotaba una vez por año (un supuesto
corriente entre los clásicos, como lo ha
señalado Sraffa). Véase Ibíd., p. 183:
“Suponemos por razones de simplicidad, que el capital constante se transfiere con uniformi¬dad hacia todos lados y totalmente hacia los productos de
los capitales nombrados". Tres páginas
más adelante (p. 186) recalca que al
calcular los precios de producción debe
calcularse la tasa de beneficio “sobre el
capital total invertido (no simplemente
consumido)”.
** El precio de producción “es, en realidad, la misma cosa que Adam Smith
llama precio naturat, Ricardo precio de
producción o costo de pro¬ducción, y
los fisiócratas prix necessaire, debido a
que a largo plazo es un prerrequisito de
la oferta", ibíd., p. 233; (en bastardilla
en el original).
176
TEORIA DEL VALOR Y LA DISTRIBUCIÓN
sustituyó por el efecto del cambio técnico, que eleva la propor¬ción del capital
constante con respecto al variable, en
particular del capital fijo en relación
con la mano de obra asalariada, con lo
cual se reduce la tasa de beneficio que
pueda rendir una tasa determinada de
plusvalía. Inmediatamente registra un
número de “causas neutralizantes”, que
incluyen un “incremento en la
“plus¬valía relativa” (como consecuencia de la mayor productividad en las
industrias de bienes-salario) y que
“abaratan los propios ele¬mentos del
capital constante”. Aparte de esto, no
hay vestigios de que el progreso de la
técnica pudiera lograr lo que hoy día se
de¬nominan invenciones “que ahorran
capital” o las que “ahorran mano de
obra” (en el siglo xix parecería que el
prejuicio contra los adelantos técnicos
se inclinaba en contra de estas últimas); tampoco hay ninguna proposición
referente a la fuerza relativa anticipada
de “la tendencia” y de “las contratendencias”.55 Parece probable que Marx,
al igual que otros economistas de principios y mediados del siglo xix, suponía
que éste era un rumbo actual para el
cual se requería una explicación, y lo
tratabá más bien como tal y no como
un pronóstico dogmático para el futuro.
Queda, pues, abierto el interrogante de
saber si en su pensamiento le asignaba
o no un lugar significativo como factor
que contribuyera a causar crisis periódicas. Ya había dicho que, a veces,
cuando la acumulación del capital sobrepasa la oferta de la fuerza de trabajo, reduciendo el ejército industrial
de reserva a un nivel bajo (como tiende
a ocurrir en un período de auge) la inversión tiende a detenerse hasta que se
debilita la presión del alza de salarios
sobre los beneficios; esto sugiere que él
podría haber considerado a ésta como
una razón suficiente, y también más
plausible de la terminación de un período de expansión.
Fue así como Marx “admitió” (como dicen sus críticos) en el volumen ni, que
el intercambio, bajo el capitalismo, se
hacía nor-malmente en base a los precios de producción, de lo cual se tomó
Bóhm-Bawerk proclamándola como la
“gran contradicción” en la que se hundía el sistema marxista.™ Con referencia al volumen 111,
144 Sólo se hace la afirmación un tanto
vaga de que “el alza en la tasa de la
plusvalía... no suspende la ley general.
Pero es la causa de que esta ley se convierta más bien en una tendencia, es
decir, una ley cuyo funcio¬namiento
absoluto se frena, se retarda o se debilita por influencias contra* rrestantes".
El capital, t. m, traducción de Untermann, Kerr (ed.), 1909, página 275.
59 Zitm Abschluss des Marxscheti System, 1896; traducción al inglés por Alicia M. Macdonald, bajo el título de Karl
Marx and the Cióse of his System, Lon- naturaleza real del problema, en ningudres, 1896.
na parte mejora estos ejemplos;38 es
posible que ello se deba al carácter inKARL MARX
concluso del manuscrito del volumen
177
m, que nunca pudo terminar, ni siquiedeclaró: “No veo aquí ninguna explica- ra corregir. Además parece mantener
ción ni conciliación de una ; contradic- dos condiciones que son incompatibles,
ción, sino la propia-contradicción en su salvo en circunstancias excep¬cionales,
desnudez. El vo¬lumen iii de Marx con- esto es, que los precios totales serán
tradice al primero. La teoría de la tasa iguales al total de los valores y también
pro¬medio de beneficios y de los precios que el total del beneficio será igual al
de producción no puede con¬cillarse
total de la plusvalía.59
xon la teoría del valor. Creo que esta es 87
Ibíd., pp. 64, 128.
la impresión que debe recibir todo pen- *“ Véase Marx, El capital, t. III, p. 194.
sador lógico”. Y termina diciendo: “No
“Ahora bien» el precio de producción de
tengo ninguna duda. El sistema marxis- un determinado número de mercancías
ta tiene un pasado y un presente, pero es su precio de costo para el comprano le espera ningún futuro”.57 Es bas- dor, y este precio puede incorporarse a
tante cierto que Marx nunca demostró otras mercancías y convertirse en un
satisfactoriamente cómo se relacionaelemento de sus precios ... Existe siemban o “de¬rivaban” estos precios de
pre una posibilidad de error, si supoproducción a partir de los valores, y sin nemos que el precio de costo de las
tal demostración no existía ningún fun- mercancías de cualquier esfera en pardamento lógico para de¬clarar que los
ticular es igual al valor de los medios de
primeros estaban determinados por las producción consumi¬dos por ella".
condiciones de producción y por las re- Véase también Theorien über den
laciones sociales de producción de tes
Melhrwert, t. m, Kautsky (ed.), Berlín,
que se había ocupado en el volumen i. 1923, pp. 220-221, 212.
Del mismo modo, los ejemplos aritméti- 88
El capital, t. ni, pp. 185 y siguiencos que utiliza para demostrar la cone- tes. Diferentes autoridades han subraxión no son satisfactorios, puesto que
yado la igualdad de las diferentes relala transformación en precios de prociones entre la situación del valor y la
duc¬ción sólo se aplica a productos y
del precio, estimando que son más
no a insumos (de donde se de¬duce que esenciales a los fines de Marx. Por
usa la misma tasa de beneficio que en ejemplo, el profesor Meek sugiere que lo
la situación del valor). Aunque Marx
que Marx deseaba subrayar era que
demuestra que sabe que su propia so- “después de las transformaciones de
lución es incompleta y apunta hacia la valores en precios, la tasa
fun¬damental de la cual dependía el
beneficio podía decirse que todavía estaba determinada de acuerdo con el
análisis de! tomo i”, esto es, la razón
entre el producto total y el total de los
salarios, una igualdad que se cumple
cuando
178
TEORÍA DEL VALOR Y LA DISTRIBUCIÓN
Las discusiones subsiguientes al “problema de la transforma¬ción” (como ha
venido a llamárselo) han demostrado,
sin em¬bargo, que la lúcida polémica de
Bóhm-Bawerk era demasiado superficial como para entender la esencia del
problema (que pa¬rece haber comprendido en forma imperfecta) y que los valores y los precios de producción no se
encuentran necesariamente en contradicción aun cuando se los oponga. En
otras palabras, los últimos son derivables de los primeros (o de las condiciones de producción, incluyendo los gastos en mano de obra, de los cuales los
valores son la expresión, más la crucial
tasa de explotación). Pero puesto que
ambos insumos, incluyendo la fuerza
de trabajo y los productos, tienen que
ser transformados en términos de
pre¬cios, y es muy probable que de allí
saldrá afectada la tasa de be¬neficio,®0
estos precios tendrán que ser determinados todos en forma simultánea e interdependientemente, es decir, resolviendo un con¬junto de ecuaciones simultáneas. El primero en demostrar la
po¬sibilidad de hacerlo, adaptando las
ecuaciones de Dmitriev (a quien antes
nos hemos referido) fue Bortkievicz. Este utilizó un mo¬delo de tres sectores;
un sector de bienes salarios, otro con
los elementos del capital constante y un
tercero de bienes suntuarios susceptibles de ser consumidos en razón de la
plusvalía. De acuerdo con el supuesto
de condiciones estáticas, con una inversión neta igual a cero (la “reproducción simple” de Marx) se deduce que la
oferta del producto de cada sector o departamento de industria debe igualar la
demanda de la misma, surgida de la
suma de in¬gresos relevantes generados en los tres departamentos (en sus
cua¬dros, la suma de las columnas debe ser igual a la suma de las hileras
relevantes; es decir, el precio total de
los bienes-salarios, igual a la suma de
los salarios pagados en el total de los
tres sec¬tores). Una cosa curiosa en su
solución, que ha dado origen a
“la composición orgánica del capital en
las industrias de bienes-salarios es
igual al promedio social”. Meek, Economics and ¡deology and Other Essays,
p. 154. Véase también A. Emmanuel,
Unequal Exchange, traducción de Brian
Pearce, Londres, 1972, pp. 390 y ss.
Parecería, sin embargo, que la posi¬bilidad de cumplir con cualquiera de
dichas condiciones particulares es de
importancia secundaria a la de derivar
las relaciones de precios en general de
las relaciones de valor, o de la situación
del valor. Dada la última, ¿im¬porta
esencialmente la anterior?
*° Las excepciones se encuentran donde, en la industria de bienes- salarios
no existe capital constante y solamente
existe el variable (por ejem¬plo el caso
simple de Ricardo) y la tasa de beneficio
en la situación del precio es igual a la
tasa de plusvalía, y también el caso al
cual se refiere el profesor Meek, expuesto en la nota anterior.
KARL MARX
179
algunas discusiones, es que pone de
manifiesto que la tasa de be¬neficio depende exclusivamente de las condiciones de producción (en particular la
composición del capital, dada la tasa de
la plus¬valía) en los sectores que producen respectivamente bienes de
ca¬pital y bienes-salarios. Las circunstancias del tercer sector, que produce
artículos suntuarios para el consumo
capitalista, son irre¬levantes (“La tasa
de beneficio, dada una cierta tasa de
plusvalía, depende exclusivamente de la
composición orgánica del capital en los
Departamentos r y n”). Bortkiewicz procede a declarar que. “este resultado no
puede sorprender, si se admite el punto
de vista de la teoría del beneficio que ve
el origen del mismo en la 'plus¬valía‟
”,fll y presta apoyo a lo que llama, siguiendo a Adam Smith, una “teoría de
la deducción” del beneficio. “Si es verdad, que el nivel de la tasa de beneficio
no depende de ninguna manera de las
condiciones de producción de aquellos
bienes que no entran dentro de los salarios reales, entonces el origen del beneficio debe bus¬carse con toda claridad en la relación-salario y no en la capacidad del capital para aumentar la
producción. Porque si esta capacidad
fuera aquí relevante, sería entonces
inexplicable que ciertas esferas de la
producción llegaran a ser ir relevantes
para el problema del nivel del beneficio.” B2
En realidad existe aquí un estrecho paralelismo con Ricardo, quien, como hemos visto, consideraba que el beneficio
estaba de¬terminado exclusivamente
por las condiciones de la industria de
bienes-salarios (agricultura). Como Ricardo no tomaba en cuenta el capital
fijo en cuanto se refería a la producción
de bienes-sala¬rio, y consideraba que el
capital estaba constituido con exclusivi¬dad por “adelantos de salarios” (el
capital variable de Marx), en su tratamiento, la tasa de beneficio se derivaba
sólo de las condi¬ciones del sector bienes-salario y en este caso era idéntica a
la tasa de plusvalía.
Pienso que es intuitivamente obvio que
la demostración de Bortkievicz podría
extenderse^ de tres sectores o industrias a cual¬quier número mayor de
industrias. Después de su aporte, el Dr.
Francis Seton ha logrado una prueba
formal de que sí es exten41 Apéndice a Karl Marx and the Cióse
of his System hy E. von Bóhm- Bawerk‟s Criticism of Marx by Rüdoíf
Hilferding, Paul. M. Sweezy (ed.), Nueva
York, 1949, p. 209.
** L. von Bortkievicz, “Valué and Price
in the Marxian System”, Inter-national
Economic Paperst n? 2, p. 33. En este
caso los bienes suntuarios son aquellos
a los que el señor Sraffa (como veremos
más adelante) denomi¬na “no básicos”.
180
TEORIA DEL VALOR Y LA DISTRIBUCIÓN
sible al caso de n industrias, llegando a
la conclusión de que esto demuestra
que la “superestructura lógica” de la
teoría de Marx es “suficientemente sólida”.®3 Implícita en las ecuaciones de
Sraffa también hay una demostración
similar, según la cual los precios se derivan de las condiciones de producción
(en forma de canti¬dades registradas de
todos los insumos, incluyendo la fuerza
de trabajo, requeridas para producir n
productos) de la que hablare¬mos luego
con más detalle.w
La discusión de este problema, así como el de la estructura formal de la teoría de Marx, ha permanecido en términos gene¬rales, por cierto algo restringida y hasta oculta y entre sus discí¬pulos e intérpretes en su mayor parte ha provocado poco interés (y hasta
cautela). Sus intérpretes han limitado
la discusión prin¬cipalmente a lo que
Marx ha dicho sobre el tema de las crisis eco¬nómicas y de allí han extendido
dichas ideas a las relaciones
in¬ternacionales, en sus aspectos de
exportación de capitales e im— peria-
lismo. Por esta razón debe mencionarse, por lo menos, el fundamento de dicha discusión, aunque quede fuera de
nuestros términos de referencia (que yo
mismo me he impuesto).
Es hacia el final de su segundo volumen, antes de haber lle¬gado todavía al
problema del precio y del valor, donde
Marx de¬sarrolla su noción de los dos
departamentos principales de la
in¬dustria y su análisis de las relaciones estructurales entre ambos. Hsto ha
atraído bastante la atención, con referencia a las causas de las crisis periódicas, como también la ha atraído más
reciente¬mente en conexión con las relaciones estructurales del crecimiento
económico (el modelo Feldman y otros
semejantes). Este aná¬lisis comienza
con el caso de la “reproducción simple”
(inversión neta igual a cero), menos por
su importancia intrínseca que como
prolegómeno al estudio de la “reproducción ampliada”, donde una parte de la
plusvalía se dedica al desenvolvimiento
de uno, u otro, o ambos departamentos.
En el primer caso, la condición de equili•® F. Seton, “The Transformation Problem”, Review of Economic Studies, t.
xxiv, 1956-1957, pp. 149-160. (Al mismo tiempo, este escritor expresa su
desacuerdo con la caracterización del
beneficio como fruto de la explotación.)
Por cierto que esta solución había sido
anticipada por Kenneth May en “The
Structure of Classical Valué Theories*‟,
Review of Economic Studies, t. 17, n1?
42, 1949-1950, pp. 60-69, quien habla
del problema de la transformación como
“un asunto simplemente formal" y al
mismo tiempo señala que “no es plausible de solución sólo en términos de
agregados" (por ejemplo, el caso dé los
tres sectores).
#* Véanse las pp. 281-282.
KARL MARX
181
brio que se establece es que el capital
constante del Departamen¬to ii (productor de bienes de consumo) es igual
al capital variable (o más bien al total
de la nómina de salarios del período
consi¬derado) más la plusvalía del' Departamento í (que produce me¬dios de
producción o bienes de capital). La condición establecida para la reproducción
ampliada es análoga, pero menos simple (por ejemplo, tiene que hacerse la
distinción entre la parte jde la plusvalía
que se consume y la que se invierte, en
cada departa¬mento, y de lo que se invierte, debe distinguirse lo destinado a
capital variable y lo destinado a capital
constante).*5 Algunos (como por ejemplo Tugan-Baranowski), han tomado la
proposi-ción de estas condiciones como
una respuesta a los representantes del
„„subconsumo” como Malthus o Rodbertus, y como ilustración de que no existe
un obstáculo, insalvable por lo menos,
para la acumulación continua del capital, y que si ocurren crisis ellas deben
tener el carácter de un desarrollo “desproporcionado” de los dos sectores. Sin
embargo, Marx pensó evidentemente,
que un “equilibrio” como ése, aunque
concebible, era poco probable, salvo
debido a “un accidente” aB y señaló un
número de razones que impedirían que
llegara a lograrse tal equilibrio, o que
causa¬rían su ruptura periódica. Hubo,
no obstante, algunos de sus discípulos, como Rosa Luxemburg, que
criticaron su tratamiento de este esquema, declarando que esto daba muy
poco peso al pro¬blema de la “realización" de la plusvalía, en el sentido de su
realización por venta en el mercado, y
que esto representaba una amenaza
crónica al proceso de la “reproducción
ampliada” ante la ausencia del ímpetu
externo ofrecido por nuevas salidas al
merar‟ Véase, Marx, El capital, t. n, pp. 591
y ss.; también Oskar Lange, ¡ntroduction to Econometrics, 2? edición. Varsovía y Londres, 1962, pági¬nas 214-218,
donde la condición que se establece
como C2 + m2 = Vt + + nú + /ntT, en
que los subíndices representan a los
Departamentos I y II respectivamente,
m representa la plusvalía consumida y
mv y wr la plusvalía invertida en capital
variable y en capital constante respectivamente. El pro¬fesor Lange subraya la
conexión entre este esquema y el de
Leontief y sugiere que “el análisis de
Leontief... llegó con toda probabilidad a
conce¬birse históricamente bajo la influencia de la teoría marxista de la repro¬ducción y la práctica de los balances materiales de la Unión Soviética".
Ibíd., p. 218. (Una limitación menor de
los ejemplos aritméticos de Marx es, tal
como aparecen, qué ellos están expresados en términos de valor y no de precios.)
Marx. El capital, t. n, p. 578. “Puesto
que un equilibrio es un acci¬dente, bajo
las crudas condiciones de esta producción, estas condiciones llegan a constituir abundantes causas de movimientos
anormales que implican la posibilidad
de crisis.*'
182
TEORIA DEL VALOR Y LA DISTRIBUCIÓN
cado (que fueran expandiéndose continuamente).67 Lo curioso es que hay
una sugestión, en algunos pasajes muy
condensados hacia el fin del volumen n
(tan condensados en realidad que tienen casi la forma de notas) que indicarían que Marx puede haber entre¬visto
algo parecido). Sin embargo, lo que dice
se refiere (quizá) a la reproducción ampliada a una tasa creciente y no a una
tasa constante (aunque si la primera es
imposible, uno puede pregun¬tarse cómo puede alguna vez comenzar, en
primer lugar, la re¬producción ampliada). En tal caso, plantea el problema de
cómo pueden disponer de su producto
los capitalistas dé las industrias que
producen bienes de consumo, quienes
previamente encontra¬ron un mercado
de bienes susceptibles de ser consumidos en razón de la plusvalía; y, si no
pueden realizar su plusvalía en forma
de dinero, ¿cómo podrán continuar el
proceso de inversión? Si no pueden hacerlo, disminuirá, a su vez, la demanda
de medios de producción (o por lo menos dejará de expandirse en la forma
pre¬vista). La respuesta a la incógnita,
que se reserva para el último parágrafo
del volumen n (donde el manuscrito al
parecer se in¬terrumpe) es que el incremento de la inversión sólo puede
darse en tanto los bienes de consumo
ahora redundantes se exporten a cambio de oro nuevo obtenido de los productores de oro.88 Parece claro que un
excedente exportable financiado por la
exportación de capital desempeñaría
una función similar. Pero en ausencia
de cualquiera de los dos tipos de excedente de exportación, parece¬ría que
debía quedar en un impasse de los previstos por Rosa Luxemburg.
En relación con esto, debe recordarse
que Marx mismo re¬chazó decididamente la que luego, se conoció con el
nombre de la “ley de Say” subrayando
que el proceso de circulación de M-D-M
(Mercancías-Dinero-Mercancías) —o
más bien cuando hizo la sus¬titución
por D-M-D‟, donde D‟ es mayor que D—
no era un flujo automáticamente continuo, sino algo susceptible de ser contrarres¬tado por un atesoramiento de
D, en lugar de reconvertirlo en M (esto
es, un incremento temporario de la
propensión al ahorro, o a la liquidez).
De cualquier manera, en el párrafo siguiente queda
.87 Véase a este respecto, la demostra-
ción de Kalecki de que el creci¬miento
equilibrado de Harrod tiende de continuo al colapso hacia el cre¬cimiento
cero, al cual se hace referencia en las
pp. 253-254 de este libro. En cuanto a
sus comentarios sobre el debate TuganBaranowski versus Lu¬xemburg, véase
M. Kalecki, Selected Essays on the Dynamics of the Capi- taíist Economy,
1933-1970, Cambridge, 1971, pp. 146155.
•* El capital, t. ii, pp. 595-596, 610.
KAKI, MARX
183
demostrado que no era ciego ante el
aspecto de la “realización”: “Las condiciones de la explotación directa y aquellas de la reali¬zación de la plusvalía no
son. idénticas. Están lógicamente separa¬das tanto en el tiempo como en el
espacio. Las primeras se tikllan limitadas sólo por la fuerza productiva de la
sociedad, las últimas por las relaciones
de las diversas ramas de la producción
y por el poder de consumo de la sociedad”. Y añade a esto que “por lo tanto el
mercado debe ser extendido continuamente”.81*
Como hemos dicho, los volúmenes 11 y
m nunca fueron com-pletados, y mucho
menos revisados y vueltos a escribir
mientras Marx vivió, aun cuando habían sido bosquejados originariamente
a mediados de la década de 1860 (es
decir, antes de que se com¬pletara y
publicara el volumen i). A su muerte, en
1883, existían sólo como bosquejos y
notas sin terminar, a las cuales Engels
con fidelidad unió y publicó, en forma
de tomo n en 1885 y de tomo III en
1894. En su Prefacio al tomo u, Engels
hablaba de este material diciendo que
era “fragmentario” e incompleto, “sin
pulimento en el lenguaje”, pero compuesto del modo como Marx acostumbraba hacer sus bosquejos, es decir, de
estilo descuida¬do, pleno de expresiones y frases coloquiales, con frecuencia
rudo y humorístico.. . Las frases eran
volcadas tal como se desarrolla¬ban en
el cerebro del autor ... En los finales de
los capítulos solía haber algunas oraciones incoherentes, como hitos que
indicaban deducciones incompletas. “Y
finalmente —agrega Engels, para que se
tenga en cuenta—, allí estaba la bien
conocida letra, que Marx mismo algunas veces era incapaz de descifrar.”
Hubo de existir también un cuarto volumen, compuesto por todas sus notas
para una historia crítica del pensamiento econó¬mico.70 Pero Engels no vivió
lo suficiente como para completar su
edición. Fue Karl Kautsky quien las
reunió bajo el título de Theorien über
den Mehrwert en 1905. Aun cuando se
publicó en una traducción francesa en
ocho partes en 1924 y 1925, no fue traducida al inglés sino después de la primera mitad del siglo actual.71 El manuscrito de este trabajo pasó a manos
del Instituto
El capital, t. ni, pp. 286-287.
79 Consta de un manuscrito de más de
1.400 cuartillas, escritas entre agosto
de 1861 y junio de 1863 <según Engels).
71 Algunas partes seleccionadas de la
edición de Kautsky (principal¬mente
sobre los fisiócratas, Adam Smith y Ricardo) apareció, sin embargo, en inglés
bajo el título de Theories of Surplus Valué: Selections, traducidas por G. A.
Bonner y Emile Bnrns, Londres, 1951.
184
TEORIA DEL VALOR Y LA DISTRIBUCIÓN
M arx-Engels-Lenin, de Moscú, el cual
consideró con actitud crí¬tica la edición
y los arreglos de Kautsky y publicó su
propia edi¬ción de la obra en el curso
de los años cincuenta;78 está en preparación una traducción al inglés, de la
cual han aparecido en el momento de
escribirse el presente libro, dos de las
tres partes que lo constituyen.
1a La primera parte, publicada por
Dietz Verlag, de Berlín, llevaba lecha de
1956. La traducción al inglés está en
curso de publicación en Londres, por
Lawrence y Wishart.
7. LA REVOLUCION JEVON1ANA
t
Jevons completó esa reacción contra
Ricardo de la cual hemos hablado antes, implícita en una revolución que lleva su nombre, y a la cual se lo asocia
comúnmente;1 y aun cuando puede
de¬cirse que Menger representó con
más claridad y en forma más completa
esta ruptura con la tradición clásica,
Jevons fue al pa¬recer más consciente
del papel que estaba desempeñando al
poner al “tren de la ciencia económica”
de nuevo sobre sus rieles, ya que Ricardo, lo había dirigido tan perversamente “hacia una vía equivocada”.* Es
tentadora ia idea de considerar la aparición de su obra, sólo unos pocos años
después de la publicación del pri¬mer
volumen de Das Kapitat, como una respuesta al mismo, ten¬tación en la que
tanto influyen las especulaciones que
hoy día rea¬lizan los descendientes de
Ricardo,tan estimuladas como lo habían
1
Stigler, sin acertar demasiado, lo
llama “el precursor de la economía neoclásica", mientras que al mismo tiempo
estima que la teoría de Menger es “muy
superior a la de Jevons”, G. J. Stigler,
Production and Distribution Theories,
Nueva York, 1946, pp. 13 y 135.
*
Prefacio a la segunda edición
(1879) de su Theory of Política! Econonty, Jevons es particularmente adverso
a Mili, pero no sólo a su economía, sino
a todas sus ideas sobre lógica. Keynes
habla de la "violencia de la animadversión de Jevons hacia Mili, hasta llegar
casi al punto de la mor¬bosidad”. Essays in Biography, New (ed.), Londres
1951, p. 291.
3
Véase John Maurice Clark: “Las
teorías marginales de la distribución se
desarrollaron después de Marx; su
preocupación por las doctrinas del socialismo marxista es tan notable como
para sugerir que el desafío del
mar¬xismo actuó como un estímulo para la búsqueda de explicaciones más
satisfactorias. Ellas minan las bases de
la doctrina de la plusvalía marxista basando el valor sobre la utilidad en lugar
de fundamentarlo sobre el costo del
trabajo y ofrecen un sustituto para todas las formas de doctrinas de la explotación, marxistas y demás, que es la
teoría según la cual todos Ion factores
de la producción . . . reciben retribuciones basadas sobre sus contribuciones asignables al producto conjunto”, „Distribution* en Encyclopaedia
of Social Sciences, 1931; reproducido
en Readings in Income Distribution,
Filadelfia, 1946, pp. 64-65.
186
TEORÍA DEL VALOR Y LA DI.SI KIBUCJON
sido las innovaciones de la escuela de
Sénior y Longfield, con respecto a las
conclusiones más áridas de los “socialistas ricardia¬nos”. Pero no existe ninguna evidencia de que Jevons tuviera
esto conscientemente en su pensamiento, ni siquiera que la obra de Marx le
fuera conocida, ya que ésta se publicó
en cierto modo en forma oscura en
Hamburgo, lo cual hace en verdad muy
poco probable que se hubiera cruzado
en el camino de Jevons, cuyas ideas
principales, de cualquier modo, se formaron diez años antes (probablemente
durante su estadía en Australia) y tomaron forma en un ensayo dirigido a la
British Association en 1862. Fue di-
fe¬rente el caso de los austríacos, en
especial en lo que se refiere a Wieser y a
Bohm-Bawerk, quienes no sólo conocían muy bien la obra de Marx, sino
también la implicancia social de la propaganda de Lassalle y en alguna medida hasta los obsesionaba su repercu¬sión potencial. Con frecuencia se ha
hecho notar, y es por cierto sorprendente, la simultaneidad de las fechas de
publicación de estas ideas novedosas y
paralelas que habrían de dar un carácter y una dirección nuevos al pensamiento económico en el último cuarto
de siglo. La Theory of Poíitical Economy
de Jevons apa¬reció en 1871 y los
Grundsatze de Cari Menger en el mismo
año; de 1 874 4 son los Eléments de
Walras. Las obras de Wieser y de
Bohm-Bawerk pertenecen a la década
siguiente, la de 1880. Sobre sus innovaciones en conjunto, el Profesor Shackle ha dicho: “Los 40 años siguientes a
1870 vieron la creación de una Gran
Teoría o Gran Sistema de Economía,
completo y autosuficiente en sen¬tido
único, capaz, según sus propias palabras, de resolver todos los problemas
que esas palabras permitían ... En su
atractiva belleza y perfección, esta teoría ... parecía derivar de estas
cua¬lidades estéticas su propio sello de
autencidad y su influencia independiente sobre las inteligencias de los
hombres”/‟
4
Walras hablaba en el Prefacio de
su cuarta edición (del año 1900) de “la
teoría del cambio, basada sobre la pro-
porcionalidad de los precios con respecto a la intensidad de ias últimas necesidades satisfechas" como “desa¬rrollada casi con simultaneidad por
Jevons, por Menger y por mf\ Eléments, p. 44. Por supuesto que no se
debe omitir la mención de H. H. Gossen, de fecha muy anterior, es decir, su
obra de 1854, de la cual se dirá alguna
cosa más adelante. Jevons, en el Prefacio de la segunda edición de su obra,
habría de reconocer, en forma elegante
que éste “se me anticipó comple¬
tamente en lo referente a los principios
generales y al método de la teoría económica”. Segunda edición, Londres,
1879, p. xxxv; también Walras le
rindió tributo en el artículo contenido
en el Journal des Economistes en 1885.
*
G. L. S- Shackle. The Years of
High Theory, Cambridge, 1967. pp. 4-5.
LA REVOLUCIÓN JEVONIANA
187
Se puede decir, si se habla en términos
generales, que este cambio en la estructura y perspectiva del análisis económico, tuvo dos aspectos fundamentales.
En primer lugar, en lo referente a las
influencias y determinantes causales,
desvió el énfasis que se ponía en los
costos en que se incurría en la producción, y por lo tanto arraigado en las circunstancias y en las condiciones de
pro¬ducción, hacia la demanda y el
consumo final, poniendo así el acento
sobre la capacidad de lo que emergía de
la línea de pro¬ducción para contribuir
a la satisfacción de los deseos, urgencias y necesidades de los consumidores.
De este cambio de énfasis se derivó un
prejuicio individualista o atomístico del
pensamiento económico moderno conducente a la preocupación por el análisis microeconómico de la conducta y la
acción individuales en el mer¬cado y el
enraizamiento de las generalizaciones
económicas en esos mícrofenómenos.
Es un hecho conocido que esto resultó
intelec¬tualmente posible en razón del
descubrimiento (vía aplicación del
cálculo diferencial) de la noción de los
incrementos marginales de utilidad —
que en Jevons es el “grado final de utilidad”— con lo cual se superaron los
obstáculos que otros, deseosos de afirmar la importancia de la teoría del valor
de uso de Smith, habían en¬contrado
cuando trataban de relacionar el valor
de uso y el valor de cambio; Fue este
abandono del costo y de la producción
en favor de la demanda y de la utilidad
del consumo, lo que ha cau¬sado la
transformación, a ser descripta en términos de un cambio a una teoría subjetiva del valor.
En un pasaje muy citado del comienzo
de su obra, Jevons declaraba: “La continua reflexión y la investigación me
han con¬ducido a la idea, algo novedosa, de que el valor depende por en¬tero
de la utilidad. Las opiniones prevalecientes establecen que es en el trabajo,
más que en la utilidad, donde se encuentra el ori¬gen del valor... Con frecuencia se encuentra que es el trabajo
el que determina el valor, pero sólo de
una manera indirecta, al hacer variar
los grados de utilidad de una mercancía
mediante un incremento en la oferta”.'*
En el Prefacio explica: “En esta obra he
intentado tratar a la economía como un
cálculo del placer y del dolor y subraya
una analogía “con la ciencia de la mecánica estática”. En su Prefacio a la segunda edición (de 1879) renueva su
ataque contra Ricardo con una referencia a “los embrollados y absurdos supuestos de la escuela ricardiana”, añadiendo: “nues¬tros economistas ingleses han estado viviendo en un paraíso
de
8 The Theory of Polkical Economy, Londres, 1871, p. 2.
] 88
TEORIA DEL VALOR Y LA DISTRIBUCIÓN
tontos”. En el parágrafo final de la obra
dice: “Romper con la monótona repetición de las cuestionables doctrinas vigentes es un servicio positivo, aun a
riesgo de cometer un nuevo error”.7
Key¬nes habla de la Theory de Jevons
como del “primer tratado que presenta
en forma acabada la teoría del valor basada sobre eva¬luaciones subjetivas" y
“el principio margina!”.8
En segundo lugar, y en forma consecuente, los que se pueden llamar los
límites del tema, así como su estructura
de eslabones y dependencias causales,
fueron significativamente alterados,
aun cuando lo hayan sido de tal modo
que en su época despertaron poca atención o comentario. El sistema de variables económicas y su área de determinación fueron virtualmente identificados con el mercado, o con el conjunto
de mercados interconectados que constituye la esfera del cambio. A primera
vista esto puede no parecer importante,
al menos en la medida en que la teoría
eco¬nómica consiste en la teoría del
valor, la cual a partir de la propia naturaleza de la materia parecería estar
compuesta necesariamente de relaciones de cambio como si éstas formaran
su trama y ur¬dimbre. Pero en ello hay
algo implicado que afecta a la relación
entre la distribución y el cambio, que es
menos obvio y que tiene algunas consecuencias esenciales para la materia en
su conjunto. En el sistema de determinación visualizado por Ricardo, y a fortiori y en forma más explícita como lo
hacía Marx, había un sen¬tido crucial
en el cual la distribución era anterior al
cambio; es decir, que sólo se podía arribar a las relaciones de precio o a los
valores de cambio después de haber
sido postulado el principio que afectara
a la distribución del producto total.
Como hemos visto, los determinantes
de la distribución estaban situados en
las condiciones de producción (las condiciones de producción de los bienessalario en Ricardo y las “relaciones sociales de producción” de Marx, introducidas desde fuera del mercado, o como
si lo fueran a partir de un fundamento
histórico-social para el fenó¬meno del
cambio). Per contra, la nueva orientación del análisis económico redujo el
problema de la distribución a la formación de los precios de los insumos por
un proceso de mercado, que en forma
simultánea determinaba el sistema interconectado de pro¬ductos e insumos.
Más aún la distribución (lo que de ella
que, Ibíd., p. 267. segunda edición, 1879,
p. 277.
“ Essays in Biograpby, segunda edición,
Londres, 1951, p. 284. Allí añade: “El
primer texto moderno sobre economía
ha demostrado ser de un singular
atractivo para todas las mentes brillantes que de nuevo se están -ocupando
del tema„\
I A REVOLUCIÓN JEVONIANA
189
daba como un departamento de indagación económica) no sólo estaba determinada desde dentro del mercado o del
proceso de cambio, sino que lo estaba
en la forma de precios derivados de bienes intermedios o factores productivos
dados; es decir, que se consideraba que
esta determinación provenía del mercado de pro¬ductos finales, y desde allí,
en último término, de la estructura e
intensidad de la demanda de los consumidores. Esto no fue desa¬rrollado
en forma explícita por Jevons,9 quien
sólo completó en forma efectiva la mitad
de la “revolución” marginalista. No
obs¬tante, se pone en evidencia, en
particular en el tratamiento que da
Menger a los bienes, clasificándolos en
los de “primer orden” y de un “orden
más alto” y en la derivación que hace de
los precios de los últimos a partir de los
primeros por el proceso de “imputación” (zurechnung); en otras palabras,
en virtud de algún modo, de la productividad marginal de los bienes de producción en términos de bienes de consumo. Aun en el sistema walrasiano
esta derivación fue por entero explícita.
El mismo Walras la sub¬rayó cuando
dijo: “Aunque es verdad que los servicios productivos se compran y se venden en sus propios mercados especiales, los precios de estos servicios, sin
embargo, se determinan en el mer¬cado
de productos”.10 Es cierto que esta
apariencia de unidireccio- nalidad en la
determinación se debe a que los austríacos (como también Walras en lo
fundamental) simplificaban su problema al suponer que se comenzaba por
tener ofertas dadas de factores productivos, cuyos servicios entraban en el
proceso de cambio ante la perspectiva
de un “precio de alquiler”. En verdad,
ésta es la base de lo que habría de llegar a ser la elegante reducción del
con¬cepto del costo a la borrosa y eventual noción de “costo de opor¬tunidad”
(es decir, el costo del renunciamiento a
oportunidades productivas en virtud de
la creación de utilidades). Pero si se
sua¬viza este supuesto de ofertas dadas
de factores, la diferencia es¬triba sólo
en sustituir, a la: manera de Marshall,
una serie de “in¬véntanos de oferta de
factores”, definidos en forma más bien
vaga y concebidos de manera subjetiva,
de un realismo e independencia cuestionables (esto último porque dependen
de algún tipo de costos reales relativos
a la distribución de “esfuerzos y sacrifi*
T. W. Hutchison, A Review of
Economic Doctrines. 1870-1929,
Ox¬ford, 1953, p. 44. Como lo señala el
profesor Hutchison, Jevons se quedó
corto al aplicar su concepto marginal a
los bienes de producción o a los factores. Véase también León Walras, Elements of Puré 'Economics, traduc¬ción
de W. Jaffé, Londres, 1954. p. 45.
,u Ibíd., p. 422.
190
TEORIA DEL VALOR Y LA DISTRIBUCION
dos”).11 Se logra así la mutua determinación, por medio de un equilibrio de
las condiciones marginales en la oferta
de servicios o factores productivos, así
como también por el lado de la
de¬manda de los consumidores. Tal fue
el fantasma del llamado ri¬cardianismo
que quedó en el sistema de Marshall.
Es curioso, sin embargo, que la distribución, a la cual Ri¬cardo le había
asignado tal prominencia, aunque ahora estaba tan deteriorada, por no decir
despojada, continuó reclamando, en
forma vergonzante, una cierta prioridad
aun en el nuevo esquema conceptual.
Se ha desconocido bastante el hecho de
que esto su¬cediera y tan es así que
podría haberse pensado que este recla-
mo había pasado inadvertido, aunque
es difícil que no se hubiera no¬tado de
alguna manera. Ésta fue su influencia
prioritaria en cuanto a la conformación
de la estructura de la demanda de los
consumi¬dores, sirviendo como intermediaria entre la utilidad o satisfacción
de las necesidades del consumidor individual y la expresión de esta mediación
en el poder adquisitivo y en la demanda
real del mercado. En consecuencia, como ya se mencionó en el capítulo t de
este libro, alguna distribución preexistente del ingreso tenía que ser postulada con el fin de que esa distribución
pudiera conside¬rarse determinada por
un proceso de formación de precios
dentro de la esfera de cambio del mercado. Por cierto que, una vez que se reconociera, esto estropeaba los elegantes
bosquejos del cuadro conceptual, si
bien no su consistencia interna, aunque podría quizá esgrimirse el argumento (discutible al menos) de que para
los fines prácticos, la diferencia que
significa admitir esta influencia de
re¬tro alimentación no fue, hablando en
términos generales, de ma¬yores consecuencias, salvo en algunos casos especiales.
Por su parte, Wieser estaba bien seguro
de esta intrusión de la distribución dada la forma en que la escuela austríaca
derivaba el valor de cambio de la utilidad. En su Natural Valué escribió que:
“El precio de un artículo nunca expresa
por completo el valor de cambio que
tiene para su poseedor. Éste depende,
ade¬más, de la „ecuación personal‟ que
tiene para él el dinero... La „ecuación
personal‟ del dinero es indispensable en
cada economía, con el fin de que podamos pesar recíprocamente los bienes
esti¬mados de acuerdo con sus valores
de cambio... Cada acto dis-tinto de intercambio depende de ello”. Y, además:
“Un segundo elemento se mezcla en la
formación del valor de cambio: el poder
11 El término “sacrificios" era una referencia al término “abstinencia‟* de Sénior, o a lo que Marshall, en forma más
neutral denominó “espera'‟.
LA REVOLUCIÓN JEVONIANA
191
adquisitivo. En cuanto a valor natural,
los bienes se estiman sim-; plemente de
acuerdo con su utilidad marginal; en
cuanto a valor de cambio, de acuerdó
con una combinación de la utilidad
mar¬ginal y el poder adquisitivo, El valor de cambio, aun cuando se le considere perfecto, es, si así podemos llamarlo, una carica¬tura del valor natural,
porque perturba su simetría económica,
magnificando lo pequeño y reduciendo
lo grande”.12 Pero no puede decirse que
Wieser continuara con la lógica de esta
proposición, y menos aun resolviendo la
dificultad que la constituía. En
ge¬neral, los colegas y epígonos no llegaron a captar su sentido.1*
Una consecuencia importante del nuevo
esquema conceptual fue que la línea
que Mili había intentado trazar entre el
carácter institucional y de relatividad
histórica de la distribución, por una
parte, y el carácter “natural” de las leyes de la producción, por la otra, volvió
a esfumarse una vez más, aun cuando
no desapare¬ció por completo. Se admitió que las diferencias o cambios insti¬tucionales podían modificar el patrón
de la distribución del in¬greso entre
personas (por ejemplo, al afectar la cantidad de pro¬piedad poseída por varios
individuos); pero el esquema general de
la distribución entre factores (que en
sustancia significa la dis¬tribución entre el capital y el trabajo) no era susceptible de re¬cibir dicha influencia, dada
la relación entre las ofertas relativas de
factores y sus usos productivos, o su
papel en la producción y por tanto sobre la demanda de los mismos. Por eso
la teoría econó¬mica no pudo darle lugar a ninguna caracterización que tuviera relación con lo institucional como,
digamos, el ingreso de la propiedad, o
de la razón salario-beneficio; éstas eran
categorías puramente económicas, en el
sentido de ser dependientes de la naturaleza de la situación económica prevaleciente y del problema económico per
se.
Desde un punto de vista ideológico, sin
duda fue éste el re¬sultado más importante del cambio de orientación, por el
cuadro que ofrecía del sistema económico, de sus problemas e imperativos y
por lo tanto para los juicios respecto a
la exactitud o inexacti¬tud de los diagnósticos corrientes de los males sociales. Hemos
F. von Wieser, Natural Valué, W. Smart
(ed.), edición de 1956. pp. 49-50, 62.
11
El comentario de S¡r Hric Rol! es
el siguiente: "Aunque analítica¬mente
superior a similares intentos ... la doctrina de Wieser se apoya en el supuesto, común a todos ellos, según el cual
es posible concebir un valor social subjetivo. Es claro que dicho concepto se
contradice a sí mismo". A History of
Economic Thoiight, Londres, 1938, p.
402.
192
TEORIA DEL VALOR Y LA DISTRIBUCIÓN
hecho notar que el cambio estuvo asociado con el trazado de dis¬tintas fronteras limitantes del “sistema económico” tratado como un “sistema aislado”;
de tal manera se consideraba que los
pro¬blemas de la posesión de la propiedad o las relaciones y los con¬flictos de
clase caían fuera del dominio de los
economistas, sin afectar de manera directa, por lo menos en los aspectos
funda¬mentales, los fenómenos y relaciones concernientes en forma
apro¬piada al análisis económico, los
cuales pertenecían en cambio a la zona
del historiador económico o del sociólogo. Un problema tal cómo el del origen
del excedente, del cual hablamos en el
capí¬tulo anterior, no podía ni siquiera
ser formulado dentro de los tér¬minos
propuestos del análisis económico. Por
cierto que no fueron formulados y sí
desestimados como carentes de signifi-
cación o como problemas que caían fuera de ios límites de la materia.
Hubo otras consecuencias del cambio
que estuvieron destina¬das a transformarse en tema de debate ideológico,
pero que en términos generales fueron
de importancia secundaria. Por ejemplo, la mención de Jevons a la mecánica
estática —como vina semejanza apropiada para la metodología de la nueva
economía— resultó ser profética, pues
uno de los resultados de tomar en serio
tal semejanza fue que el análisis económico llegó a preocuparse de las posiciones de equilibrio bajo condiciones de
competencia; y en la medida en que éstas eran posiciones de equilibrio pierio,
se dio virtualmente por supuesto el
pleno empleo de todos los servi-cios
productivos o factores de la producción.1* Por lo tanto, se descuidó la posibilidad de equilibrios múltiples (correspondientes a diversos niveles de
empleo, entre otros) o casi se la ignoró
(hasta 1930, por ejemplo). También se
tendió a ignorar las considera¬ciones
dinámicas, puesto que aun cuando el
método de la mecá¬nica estática podía
adaptarse al tratamiento de problemas
de la denominada “estática comparativa”, no era adecuado para tratar la estabilidad o inestabilidad de la trayectoria del movimiento, y de allí las fluctuaciones o el cambio como un proceso.™
Otro resultado, sea o no lógicamente
consecuente, fue que el cambio de enfoque en cuanto al análisis del equilibrio particular
u Puesto que, si hubiera un excedente
sin usar de cualquiera de los factores,
la competencia reduciría su precio a
cero, y si hubiera cualquier elasticidad
en la demanda, el exceso sería absorbido.
15 Véase Sír John Hicks, Valué and
Capital, Oxford, 1939* pp. 115 y ss.,
302, ceta la duda final respecto de si
"un estado estacionario... es concebible
aun como caso especial”; también en su
Capital and Growth, Oxford, 1965, pp.
15 y ss., dice: “los economistas están
tan acostumbrados
LA REVOLUCIÓN JEVONIANA
193
condujo a la concentración sobre lo que
ha venido a llamarse la “microeconomía”, que excluye o- descuida las concatenaciones más amplias de interdependencias y efectos, cruciales para la
forma¬ción de mácrorrelaciones más
amplias, .pero con frecuencia
de¬masiado escondidas detrás de la
cláusula del: ceteris paribus y olvidadas
en el camino. (Ejemplos de esto fueron
los ingeniosos artificios simplificadores
de Marshall, quien supuso como constante la utilidad marginal del ingreso y
estimó que algunos efectos más amplios
de lo que estaba ocurriendo eran susceptibles de ser ig¬norados por considerarlos “de segundo orden o de cantidades pe¬queñas”; todo ello junto con el
supuesto similar, según el cual del lado
de la oferta, los precios de los factores
estaban dados, lo cual permitió el uso
de la noción de una oferta a largo plazo,
o sea, de la curva del costo de una industria.) Sin duda que esto dio por resultado un serio empobrecimiento de la
economía (como em¬pezó a llamarse en
lugar de economía política) lo cual comenzó a ser cuestionado seriamente
sólo en 1930 o aún más tarde con la
obra de Keynes y el desplazamiento de
la atención, después de la segunda guerra mundial, de la estática jevoniana a
la teoría del crecimiento.
Un subproducto de la nueva estructura
y metodología, que habría de rendir corolarios de una sorprendente tendenz
ideológica fue el hábito de optimizar.
Esto se desarrolló como un producto dé
la unión de la utilidad con la técnica de
los incrementos y de¬crementos marginales, lo cual condujo directamente a la
conside¬ración de los problemas externos. Por cierto que algunos han
iden¬tificado virtualmente el cambio
introducido por Jevons con la atención
a las condiciones de “asignación” 18 (en
forma simultánea el gasto de los consumidores entre productos finales y de
los re¬cursos productivos entre los usos
productivos via la elección y acción del
empresario) donde la noción de maximización está implícita en la manera de
formular el problema. No fue difícil llegar a la conclusión de que la supuesta
conducta maximizante (de la utilidad
por parte de los consumidores y del beneficio por los entrepreneurs) daba como resultado que, bajo condiciones de
a este supuesto del equilibrio que se
inclinan a darlo por sentado” aunque,
“existen formas de mercado, no necesariamente irreales o de poca
im¬portancia donde la simple existencia
del equilibrio, aun en un solo mercado,
es dudosa y quizá más que dudosa”.
18 Véase Hutchison, Economic Doctrines, pp. 42, 44, con sus referen¬cias a
la “fórmula de maximización de la asignación”.
194
TEORIA DEL VALOR Y LA DISTRIBUCIÓN
competencia en todos los mercados se
maximizaba el valor (neto) producido.
Por extensión, se tradujo esto en la
proposición de que se maximizaba la
suma social de las utilidades, la cual es
una tra¬ducción ilícita, pues hemos
visto que la relación entre los valores y
las utilidades, por la consiguiente adición de estas últimas, está condicionada por la distribución del ingreso (un
ejemplo, además de que la “prioridad”
de la última se introduce a la fuerza).
En un comienzo esto lo indicó Jevons al
decir que “en la medida en que esto sea
consistente con la desigualdad de la
riqueza en cada comunidad, todas las
mercancías se distribuyen a través del
cambio para producir el máximo de beneficio” 1T. Quizá su enunciación más
conocida a nivel social fue aquella de
Walras según la cual “con la producción
en un mercado regulado por la competencia.. . las consecuencias de la libre
competencia... pueden sumarse pa¬ra
lograr, dentro de ciertos límites, el máximo de utilidad”;18 segui¬da Juego
por el modificado y contingente (pero de
no menor influencia) optimum asociado
al nombre de su sucesor, Pareto. Aunque en su época estuvo sujeto a la crítica de economistas de la talla de Marshall y Wicksell (este último desdeñó con
brusque¬dad la proposición de Pareto
afirmando: “La doctrina de Pareto no
conduce a nada” l“, este corolario de
optimización, al cual vol¬veremos
cuando hablemos luego de la “Economía del Bienestar”, iba a ejercer una
influencia muy poco común como justificación de un régime de competencia
perfecta y dé libertad del mercado.
Hemos dicho que el reducir la distribución a la formación de precios de los
servicios o factores productivos dio como resul¬tado la exclusión de las circunstancias sociales de los oferentes (o
de los grupos sociales vinculados a la
oferta) de estos “servicios", hasta el
punto de perder de vista la existencia
misma de estos individuos. En el mejor
de los casos eran visibles en el trasfondo, como entidades borrosas y fantasmales carentes de contenido so¬cial
sustancial y aun de un perfil claro. El
caso extremo se dio cuando se postularon ofertas determinadas de factores, y
la distri-bución consistía simplemente
en la formación del precio de n insumos de factores; (en cuyo caso ni siquiera se podría considerar una tasa
uniforme del beneficio, puesto que la
formación de dicha tasa implica cambios adecuados en las ofertas de bienes
de capital
1 ‟ Jevons, Theory of PoÜticui Economy,
edición de 1871, p. 134.
*" Walras, Eléments of Pttre Economics,
pp. 125, 255.
1
w K. Wicksell, Lectttres on
Poíitical Economy, Londres, 1934, t. t.
página 83.
LA REVOLUCIÓN JEVONIANA
195
individuales). Aquí la ilusión de que la
distribución se integraba' por completo
dentro del procesó de cambio, llegó al
máximo. El concepto de oferta de un
factor variable, regulado por algún tipo
de cuadro de precios de oferta, .vuelve a
-introducir los patrones individúales
detrás de las ofertas, por lo menos en la
medida en que vincula sus acciones y
motivaciones con los servicios de los
factores. Pero en realidad el vínculo era
espurio, diseñado de tal ma¬nera como
para permitir en algún grado la atribución del valor de los servicios a los individuos. De tal modo, la “abstinencia”, o
algo semejante, desempeñaba la función del vínculo (y si no se ligaba en
forma explícita, por lo menos oscurecía
la distinción) entre el efecto productivo
de lo que se posee y su propietario legal. La for¬ma extrema de esto fue la
interpretación que dio J. B. Clark a la
productividad marginal: que cada factor, e implícitamente aquellos que son
responsables de su oferta, recibían el
equivalente de su “contribución” a la
producción, esto es, decía Clark, que “la
ley misma” “es universal y por lo tanto
„natural‟ ”.20 Aun cuando la forma más
cruda que le dio Clark fue desechada
como insosteni¬ble,21 persistió todavía
alguna influencia de la atribución (y
aun más de la inevitabilidad) hasta en
libros de texto de nivel superior, en la
medida en que el factor y su oferente (o
propietario) estaban vinculados por algún concepto, del tipo de la “abstinencia” o de la “espera”. Rara vez se pensó
que fuera necesario indicar que la propiedad era el primer requisito para que
hubiera oferta y que de este modo, una
vez más, la distribución y sus determinantes socia¬les, como condición previa, entraban por la puerta trasera.
A nivel puramente formal, no puede caber duda alguna de que el contexto y
los métodos nuevos, con sus analogías
matemá¬ticas, aunque no con formulación matemática, daban como resulta¬do el acrecentamiento de la precisión y del rigor del análisis. En este
sentido —el sentido al que Schumpeter
le da prominencia—
20
J. B. Clark, The Distribution of
Wealth, Nueva York, 1899, p. 46.
Véanse también pp. 7, 47, 323-4n.,
325.
21
G. J. Stigler, Production and Distribution Theories, Nueva York, 1946,
p. 297. “Introdujo ío que ha sido llamado una „ética ingenua^ de la productividad‟, ya que su teoría de la productividad marginal contenía una receta al
mismo tiempo que un análisis... Clark
era un blanco hecho a la medida para
los ataques de un Veblen”. Por supuesto que Clark no era el único. Como lo
ha señalado Ian Steedman, Jevons
también hablaba de “las leyes naturales” que regulaban la distribución entre
beneficios y salarios, de lo cual se deducía la inutilidad de los sindicatos y
una armonía esencial entre el capital y
el trabajo. “Jevon's Theory of Capital
and Interest", The Manchester Schooí,
marzo 1972, pp. 48-49.
196
TEORIA DEL VALOR Y LA DISTRIBUCION
puede decirse que el análisis económico
per se experimentó un progreso. Las
mordaces tijeras de la discusión económica se hicie¬ron más afiladas, aunque sería otra cuestión saber si fueron
utiliza¬das para cortar más a fondo. Por
lo menos en lo referente al fenómeno
del mercado, la percepción se benefició,
sin duda, y se refinó el conocimiento de
la formación del precio y los movi¬mientos de precio del mercado (hasta
incluir, más tarde, los de las situaciones de desequilibrio y de las fluctuaciones en torno al equi¬librio). A pesar de
las falacias relacionadas con su uso,
incluso la formulación de problemas de
asignación en términos de problemas
de extremos y de maximización, no careció de importancia ni es¬tuvo desprovista de aplicaciones fructíferas. En
primer lugar, ins¬piró, y quizá generó,
la técnica especial de la programación
lineal, con su evidente relevancia para
los problemas de la plani¬ficación. Decir esto no es aceptar el punto de vista
de Schumpeter de que el progreso en el
análisis “puro” fue el rasgo importante
del cambio y que su carácter ideológico
fue nada más que incidental. Lo cierto
fue lo contrario. Además, estos logros
formales tienen que ser contrapuestos
al tendido de algunas pistas falsas y,
con respecto a problemas más fundamentales, a un enfoque oscuran¬tista
basado sobre apariencias superficiales
y engañosas.
Las polémicas contra la temprana tradición ricardiana, y aun más contra el
sistema marxista al cual Ricardo fue
acusado de abrir la puerta, no se limitaron al rechazo que formuló Jevons en
términos generales (y contra el cual
protestó Marshall por considerarlo demasiado irreverente e iconoclasta),22
No es necesa¬rio repetir la mayor parte
de los argumentos utilizados, pues son
harto familiares ya que han constituido
el lugar común de libros de texto elementales durante muchas generaciones
(se puede re¬cordar entre otros el tema
según el cual si se ignora la influencia
de la demanda, cualquier tipo de teoría
del costo no es capaz de determinar el
precio en condiciones donde los costos
varían con la cantidad producida). Pero
existe una acusación particular, que
hemos mencionado en el capítulo 4, la
que quizá merezca
82 Principies, App. I, p. 817. Marshall
consideraba que Jevons “ha juzgado
tanto a Ricardo como a Mili con dureza"
debido a su “deseo de subrayar un aspecto del valor al cual éstos le habían
dado una importancia insuficiente”. La
proposición de Jevons de que “el valor
depende solo de la utilidad‟*, según
Marshall, “era no menos parcial y fragmentaria, y mucho más engañosa que
aquella dentro de !a cual se deslizó Ricardo muchas veces con descuidada
brevedad, cual es la dependencia del
valor a partir del costo de producción."
LA REVOLUCIÓN JEVONIANA
197
repetirse aquí debido a su. obvia sofisticación y al hecho de que provino de
personalidades de ía talla de Walras y
Jevons. Esta acusación consistía en
que Ricardo en su teoría había tratado
de hacer <jue “una sola ecuación determinara dos incógnitas”, al suge¬rir
que el precio está determinado por los
salarios más los benefi¬cios (cuando se
excluye la renta), mientras que al mismo tiem¬po trata al beneficio como él
excedente o exceso de valor producido
por encima de los salarios.28 Según
hemos visto, esta crítica, aun¬que potencialmente válida contra la teoría de
la “suma de los com¬ponentes” de
Smith, responde a una evidente concepción errónea del pensamiento de Ricardo, como Dmitriev lo ha señalado.
En el desarrollo de su respuesta, que ya
hemos citado antes, Dmitriev escribió el
pasaje siguiente (que transcribimos in
extenso, puesto que todo este asunto
ha sido malentendido durante largo
tiempo):
“Una sola ecuación no puede servir para determinar dos incógni¬tas. Por lo
tanto parece obvio que estamos dentro
de un círculo vicioso: para definir el valor se debe conocer el tamaño del beneficio; y el beneficio en sí mismo depende
de la dimensión del valor. Parecería que
no existe otra manera de seguir adelante que hacer que el tamaño del valor, o
del beneficio, dependa de condiciones
situadas fuera de la esfera de la producción; a un procedimiento semejante
recurrió A. Smith... cuando colocó al
beneficio bajo la dependencia de la oferta y la demanda de capital. Pero dicho
procedimiento representa admitir la inconsistencia de la propia teoría de los
gastos de producción. El mérito inmortal de Ricardo consiste precisamente en
su brillante reso¬lución de este problema que parecía insoluble.
"Continuó luego hasta demostrar que la
originalidad de Ricardo consistió en ser
él el primero en probar que, entre las
ecuaciones de pro¬ducción existe una
que ofrece la posibilidad de determinar
a r (el bene¬ficio) directamente; es decir, sin recurrir a otras ecuaciones. Las
condi¬ciones de producción de a (el
bien-salario) al cual son reducibles en
el análisis final los gastos en todos los
productos, nos proporciona esta ecuación”.24
Este punto suscita un interrogante, que
sin duda estará en el pensamiento de
muchos, aun entre quienes se sientan
inclinados a
“* Véase Walras, Elements of Puré Economics, p. 425. Walras se refiere específicamente a “la teoría inglesa” y no a
Ricardo por su nombre; pero su referencia a él es bastante evidente. Dice:
“Está claro que los eco* nomistas ingleses se encuentran frustrados por completo ante; el. problema de la determinación del precio”. Jevons tiene una
crítica idéntica para el intento “radicalmente falaz” de derivar dos cantidades desconocidas de una sola ecuación,
y la referencia a Ricardo es más clara.
Theory of Poíitical Econo¬my, p. 258.
24 W. K. Dmitriev, Essais économiques,
París, 1968, pp. 46-47.
198
TEORIA DEL VALOR V LA DISTRIBUCIÓN
aceptar lo que en forma de crítica se ha
dicho de la ortodoxia jevo¬niana. Aun
admitidas las grietas y deficiencias
mencionadas an¬tes, ¿se deduce realmente que nada se dice ni puede decirse con respecto a la estructura de las
relaciones de cambio, y que en medio
de la sofisticación semimatemática del
siglo pasado, a partir de Jevons, no
existe proposición alguna que tenga
consecuencias para el conocimiento
económico? ¿Es seguro que no existirán
al¬gunas proposiciones referentes a la
interrelación de los precios dentro de la
esfera del cambio, que tengan aplicación general a todos los tipos de socie-
dades de cambio, aun cuando estas
propo¬siciones no sean capaces de
desempeñar el papel que de ellas se reclama para que den una teoría de la
determinación de la distri¬bución del
ingreso, y por tanto una teoría satisfactoria del valor y la distribución en'el
sentido clásico? Dado un cierto esquema de raretés walrasianas, ¿no es acaso verdad que en algún sentido se torna
“necesario” un cierto esquema de precios? Y si esto es así, que dicha “necesidad” ¿será suprainstitucional?
Es obvio que la pregunta es pertinente
y que no puede ser eludida por los críticos de la doctrina moderna. Si la respuesta se da en términos generales, parecería que debe basarse sobre una distinción entre diferentes categorías de
proposiciones respecto de los fenómenos económicos. Cuando se habla dentro de lo que Marx podría haber llamado la categoría del "precio de mercado”
(a la cual él mismo llega hacia la mitad
de su tercer volumen), es verdad que se
pueden hacer diversas proposiciones
referentes a relaciones de oferta y demanda; y dado que su número es más
bien limitado, así como su significación
en una perspectiva más amplia, “macro”, no se deduce que ellas tengan menos importancia en ciertos con¬textos
especializados. El problema está en
que, con el fin de hacer dichas proposiciones, deben tomarse como dadas una
cantidad de cosas (como —para tomar
el caso extremo— en todas las proposi¬ciones respecto de situaciones “de
corto plazo” o cuasi corto plazo de
Marshall); es decir, datos que son variables dependientes en otro, y más
profundo nivel de análisis. Es decir que
para explicar menos, independientemente hay que postular más. Si es que
se lo entiende en forma correcta, esto es
equivalente (o análogo) a lo que el Profesor Hicks quiere decir con la expresión “equilibrio limita¬do”, al cual se
llega restringiendo el número de alternativas que “se presentan”.85 Fundamentalmente es ésta la razón por la
cual las proposiciones sobre la oferta y
la demanda no pueden, ina 5 Capital and Growth, Oxford, 1965,
pp. 25-26.
contextos, a los cuales son aplicables
las rela¬ciones de cambio determinadas
por la demanda, es lo siguiente: se podría suponer que todos los insumos
productivos fueran objetos naturales
disponibles, en una fecha determinada,
en cantidades establecidas por la naturaleza.28 Es obvio que algunas relaciones de cambio dentro del sistema reflejarían (y serían explicitables en
tér¬minos de) mercancías diversas y
estrictamente limitadas vis a vis la estructura del patrón de la demanda de
productos finales produ¬cidos a partir
de diferentes combinaciones de insumos. Pero en¬tonces, por supuesto, el
proceso de producción como de ordinario se lo considera (excluyendo un
LA REVOLUCIÓN JEVONIANA
mundo automatizado en su tota¬lidad)
199
sería no-existente. Podrían entonces
cluir (o llegar tan lejos como) una teoría modificarse las condi¬ciones supuestas,
apropiada de la distribu¬ción; ni es ca- considerando a la mano de obra como
paz este genus de teoría de determina- un insumo
ción por medio de la demanda, de ofre- lo
mismo que a los objetos naturales
cer una respuesta consistente al tipo
(por ejemplo, trabajo de recolección,
clásico del prohlema del valor (por cuya adaptación de organización); y mantesola razón, es inapropiado, e incluso
ner aun el mismo modo de relación en
erróneo, el epíteto de “neo-clásica” que lo concerniente al intercambio de objese aplica a tal teo¬ría) . Por cierto que, tos na¬turales, y al cambio entre ellos y
en lo que concierne a la distribución,
los productos finales (consumi¬dos) :
hemos dicho que alguna distribución
los objetos naturales funcionarían como
del ingreso ha de ser postulada, con el renten-guter, deman¬dando un precio
fin de dar significado al “patrón de la
proporcional al papel que desempeñademanda” y por tanto hacer alguna
ran en el proceso de transformación en
proposición general a nivel global del
bienes finales y a la demanda rela¬tiva
tipo oferta y demanda.
de los productos en los cuales desemA título ilustrativo, diremos que lo que peñaran un papel princi¬pal. Se podría
se quiere significar cuando se habla de por cierto afirmar que hay aquí una
analogía con los problemas a los cuales
se aplica la técnica de la programación
lineal: esto es, el problema de la asignación de objetos naturales (escasos) entre los usos productivos y su combinación óptima en cada uso, un óptimo
que se define en términos de una “función objetivo”, que por lo común se interpreta como alguna serie adecuadamente sopesada de bienes finales.
Bajo esta apariencia po¬dría describírselo, en forma un tanto libre, como una
técnica, más
2# Por ejemplo. las piedras meteóricas
de Marshall.
200
TEORIA DEL VALOR Y LA DISTRIBUCION
bien que como una explicación teórica
de la realidad. Aquí precisa¬mente la
analogía con la programación lineal sirve para aclarar las ideas, debido a que,
como bien se sabe, esta técnica de análisis puede aplicarse a ciertos problemas de una economía socialista, tanto a
nivel particular como general; lo mismo
que a una eco¬nomía capitalista, y en
esta función debe referirse a aspectos o
relaciones que son suprainstitucionales. Tal analogía puede tener, al menos,
esta ventaja: que los bienes finales deben ser arbitraria¬mente postulados
desde fuera del sistema, ya sea en la
forma de algún plan de “output” (por
ejemplo, Kantorovitch) o (si se basa sobre la demanda indicada por el mercado) en la postulación implícita de una
determinada distribución del ingreso.
Por el contrario, en la medida que se le
asigne a la actividad humana un papel
principal en el proceso productivo y los
insumos reproducibles (producto del
proceso productivo mismo) reempla¬cen
a los objetos naturales escasos, la esencia del problema eco¬nómico se toma
diferente; en primer lugar porque el
problema de la existencia y origen de
una plusvalía puede ahora ser formula¬do 27 en forma relevante y, en segundo lugar, debido a que la proporción
de cualquier producto-valor dado que
se le asigne a los salarios (costeados
como tales), y la forma de distribuir el
exce¬dente o la diferencia entre los dos,
será una determinante crucial de la.
estructura de precios resultante.
Pero si se puede construir un modelo
formal de determina¬ción en términos
de relaciones de escasez (definiendo y
midiendo la “escasez” con referencia al
conjunto de los usos finales) y este modelo puede trasmitir alguna información en una situación de medios o insumos determinados por la naturaleza,
¿por qué no sería posible hacer lo mismo en situaciones análogas donde algún conjunto de n medios o insumos,
aun sin depender de li¬mitaciones naturales, esté, no obstante determinado,
en cuanto a su oferta, de alguna otra
manera? Además ¿no pueden las relacio¬nes del precio de escasez derivadas
de tal manera que sean apli¬cables no
sólo a los productos sino a estos mismos medios o insumos? Por cierto que
es muy posible; pero como hemos visto
27 La razón por la cual un problema
semejante no tendría lugar en nuestro
caso hipotético anterior es, por supuesto, que las „"rentas” o los precios de escasez, de los medios o insumos escasos
por naturaleza se eleva¬rían hacia el
nivel de precios de los productos, o, si
alguno de estos insumos fuera capaz de
lograr más de sí mismo como producto
que lo que se requi¬riera como insumos, muy pronto dejarían de ser bienes
escasos (limitados por la naturaleza).
LA RbVOLUCIÓN JEVONIANA
201
cuando hablábamos de los. austríacos,
bajo la condición restrictiva de que el
conjunto de medios o insumos ya se ha
establecido como datum. La restricción
es müy limitativa, e impide considerar
to¬das agüellas situaciones en las'cuales exista la probabilidad de que estas
ofertas varíen (por ejemplo, que varíen
por el “efecto retroali- mentador” de sus
precios) y, por la limitación del análisis,
éste no podrá pronunciarse con respecto a por qué y cómo ocurren estos cambios o en cuanto a sus efectos; por esta
razón hablábamos de las situaciones a
las cuales una teoría como ésta puede
apli¬carse como de situaciones de cuasi-corto plazo. Es evidente que lo que
puede esperarse de una teoría que
esencialmente es una teoría de corto
plazo, no son respuestas a los problemas “de largo pla¬zo” (por ejemplo, los
concernientes a situaciones de equili-
brio que involucran una tasa de beneficio uniforme) .28 Se busca escapar de
esta limitación agrupando estos n medios o insumos dentro de grupos más
amplios de factores, y relacionar los
cambios en la ofer¬ta de los primeros a
las situaciones de los últimos; este escape tiene sus propias dificultades especiales (consistentes en la nece¬sidad
de postular como “factores” genéricos
algunas entidades bas-tante extrañas,
casi metafísicas) que hoy día se están
tornando familiares y a las cuales nos
habremos de referir luego.
Se puede hacer notar, de paso, que en
cualquiera de los dos últimos enfoques
(y en forma más visible en el segundo)
está implícito que la elección de las
combinaciones particulares de insu¬mos, o de técnicas, depende (y varía
con) la formación del pre¬cio de los factores o insumos, como derivada de las
relaciones de precios resultante del sistema como un todo. Esto, a su vez, lleva
implícita la noción de una “función de
producción” o esquema de sustitución
de factores, definitorio de todas las distintas combina¬ciones de factores o insumos capaces de redituar el mismo
pro¬ducto (esta curva de sustitución es
“objetiva” en el sentido de apoyarse
únicamente en datos técnicos, en un
estadio dado del co-nocimiento tecnológico). En esta noción de una “función
de pro¬ducción” existen dificultades
cruciales, como veremos en cuanto
lle¬guemos a las discusiones de los
años recientes. Si se abandona este en-
foque, hay que postular en su lugar un
conjunto de n procesos de producción
posibles o métodos de producción para
cada industria; pero aunque el que se
elija en un momento da¬do dependerá
de la razón salario-beneficio (y de la resultante esa* Véanse, sin embargo, más adelante
las pp. 224- 227.
paración de éste con el valor de cambio.
Ello reveló que sólo era necesario tratar
las diferencias, diferencias comparativamente peque–as en la utilidad, como cantidades, en la medida en que
fue¬sen comparables en términos de
mayor o menor. Jevons decía que la
comparación de dichas diferencias la
realizaba la gente en sus acciones cotidianas y, en consecuencia, cada uno
juzgaba la intensidad de sus sensaciones a partir de sus acciones. “Es a partir de los efectos cuantitativos de sus
sensaciones que debemos estimar sus
cantidades comparativas.” No se trataba de que fuera necesario comparar las
utilidades totales. Jevons decía: “Rara
vez, o nunca, podemos afirmar que un
placer es múltiplo de otro en can¬tidad,
pero el lector que critique cuidadosamente la teoría siguiente encontrará
que con poca frecuencia involucra la
comparación de cantidades de sensaciones que difieran mucho... Nunca intento estimar el total del placer logrado
ai comprar una mercancía; la teoría expresa simplemente que, cuando un
hombre ha comprado lo suficiente, deriva igual placer de la posesión de una
pequeña cantidad más (del bien adquirido) o de la posesión del precio en dinero de la misma”.*” Esto lo había prologado antes con la afirJevons, Theory of Política! Economy,
Londres, 1871, pp. 13-14, 20.
202
TEORÍA DEL VALOR Y LA DISTRIBUCION
Iructura de precios de los productos
utilizados como insumos), por razones
que surgirán no existirá la obligación,
como en el pri¬mer caso (donde los
grupos de factores y sus ofertas relativas desempeñaban un papel crucial) de
considerar estos procesos al¬ternativos
como si estuvieran ordenados de una
manera particular.
II
Antes de Jevons, la mayor parte de la
gente parecería que había creído que el
“valor de uso” de Adam Smith no podía
ser cuantifi- cado. De aquí que, a pesar
de la referencia de Bentham a los grados de intensidad del placer y del dolor,
y a pesar de las insi¬nuaciones de Say
y de otros que lo repitieron no hubo
ningún intento sistemático de introducirlo como una determinante (como algo
distinto a una condición) del valor de
cambio. El elemento no¬vedoso en Jevons que inclinó la balanza a su favor
fue evidente¬mente su singularización LA REVOLUCION JEVONIANA
del “grado final de utilidad” y su equi203
mación de que “Me parece que nuestra
ciencia debe ser matemá¬tica simplemente porque.trata de cantidades.
Siempre que las cosas tratadas sean
mayores o menores en magnitud, las
leyes y las re¬laciones deben ser de naturaleza matemática”.30
En su tercer capítulo Jevons desarrolla
con más detalles su teoría del valor.
Abre este capítulo con la afirmación de
que “el placer y la pena son sin duda
alguna los objetivos últimos del
cálcu¬lo de la economía” y continúa
diciendo que “satisfacer nuestras necesidades al máximo, coa el mínimo esfuerzo... o en otras pa¬labras, lograr la
máxima satisfacción y placer, es el problema de la economía”; define a la utilidad (citando a Say y a Bentham) como
“la cualidad abstracta por la cual un
objeto sirve a nuestros propósi¬tos y
adquiere el rango de una mercancía”;
más adelante afirma que “aunque la
utilidad es una cualidad de las cosas,
no les es inherente. Más adecuado sería
describirla, quizá, como una circuns¬tancia de las cosas, que surge de
sus relaciones con las necesidades del
hombre”.*'11 Propone la ley de la utilidad decreciente (llamán¬dola Ley de la
Variación de la Utilidad) en los siguientes térmi¬nos: “La utilidad no es proporcional a la mercancía”; distingue entre utilidad total y utilidad de un incremento adicional y diseña una curva
de utilidad del tipo familiar. Se define al
“grado de utilidad” como “el coeficiente
diferencial de la utilidad conside-rado
como una función de x (la cantidad de
la mercancía en cuestión), y ella misma
será otra función de x, siendo la que
decrece a medida que aumenta la cantidad de una mercancía “hasta que se
aproxima la satisfacción o saciedad” de
nuestros apetitos.'™ Eri el capítulo siguiente (sobre el intercambio), propone
que “la razón de cambio de dos mercancías cualesquiera será inversamente
(proporcional) a los grados finales de
utilidad de las cantidades de mercancía
disponible para el consumo, después
que se haya efectuado el intercambio”.s* Los capítulos v, vi y vil del libro
tra¬tan sobre las teorías del trabajo, la
renta y el capital.
En la segunda edición presentó la curiosa reformulación de su -teoría en
términos abreviados,3,1 sobre los cuales Marshall habría de hacer comentarios tan adversos:
30 ibíd., p. 4.
51 Ibíd., p. 44-45, 52.
3:í ¡ind.. pp. 53 y ss., 61.
*3 ibíd., pp. 95-96.
34 Theory of Poíitical Economy, Londres. 1879, p. Í65.
forma poco generosa (Keynes dice que
la hizo “refunfuñando”), en la Academy
en abril de 1872, comentó lo siguiente:35 “Ahora bien, si existiera realmente
esta serie de causaciones, no existiría
peligro alguno en omitir las etapas inter¬medias y decir que el costo de producción determina el valor. Por¬que si
A es la causa de B, que es la causa de
C, que es la causa de D; entonces A es
la causa de D. Pero en realidad ninguna
de dichas secuencias causales existe”.
Al proponer luego su propio punto de
vista de la “determinación mutua” del
“precio de oferta, precio de demanda y
cantidad producida” (que él considera
su mayor ob¬jeción a la presentación
de Jevons) termina por invertir el orden
de la proposición de Jevons (diciendo
que “puede hacerse una concatenación
algo menos engañosa que la suya”) en
esta forma:
“La utilidad determina la cantidad que
debe ser ofrecida, la cantidad que debe
ser ofrecida determina el costo de producción, el costo de producción determina el valor, debido a que deter¬mina
el precio de oferta que se requiere para
que los productores se mantengan en
204
su trabajo”.38
TEORIA DEL VALOR Y LA DISTRIBUPero esta cuestión del énfasis relativo,
CIÓN
por un lado, a las in¬fluencias sobre la
“El costo de producción determina la
oferta y por el otro sobre la demanda
oferta, la oferta determina el grado final (en lo fundamental ambas son concebide utilidad, el grado final de utilidad
das en forma subjetiva) fue en rea¬lidad
determina el valor.”
muy secundaria en relación con aqueSobre esto, Marshall, que había hecho llas otras características de la transla reseña crítica del libro de Jevons, en formación que hemos discutido previa-
mente. Lo que Marshall está en realidad
defendiendo contra Jevons es esa línea
tradicional que parte de “los componentes del precio” de Smith, y llega hasta la
teoría del valor natural de los gastos de
producción de Mili; y no una interpretación apropiada de la teoría de Ricardo.
Jevons fracasó en el desarrollo explícito
de una teoría gene¬ral de la distribución en términos similares (es decir, de
la determi¬nación por la utilidad), como
ya lo hemos visto. Sin embargo, con
respecto al trabajo afirma que “su valor
debe estar determinado por el valor del
producto y no el valor del producto por
el del trabajo”, sin describir, empero,
cómo se llega a esto. Aquí el problema,
que él no encara en forma directa, es
que si los factores
aB Marshall, Principies, Apéndice I, p.
818.
” Ibíd., pp. 818-819.
LA REVOLUCIÓN JEVONIANA
205
se demandan conjuntamente, en. el
sentido de ser utilizados en proporciones fijas (y* proporciones que son uniformes en diversos usos) no existe la
posibilidad de derivar los precios de los
fac¬tores de. los precios de los productos. Dicha derivación depende de las
proporciones en que se usen los factores variables (y varia¬bles en forma
continua, a lo largo de la curva de sustitución o de la función de producción),
o bien (como veremos al llegar a los
austríacos) de las proporciones en que
se combinen los factores, si son fijos en
cada uso, y entre los usos, si no son
uniformes.
La excepción (de una importancia relativamente grande) a lo que hemos dicho
de Jevons y la distribución, lo constituye el caso del capital; y es su teoría del
capital la que ha suscitado un interés
sólo menor al despertado por su análisis de la relación entre los incrementos
de utilidad y el precio. Por cierto que
aquí introduce Jevons lo que es esencialmente la noción de productivi¬dad
marginal, tratando a ésta como determinante de la tasa de interés. La presenta asociada con su punto de vista
especial sobre el fcapital, que consiste
en el adelanto de la subsistencia a los
trabajadores. Aquí se mantiene en la
tradición clásica, y admite que “sobre
este tema”, está “en fundamental
acuerdo con Ri¬cardo”. Tal noción del
capital como un “adelanto” implica una
dimensión temporal, o sea, el período
sobre el cual se hace el adelanto, o “período de la producción”, como esto ha
venido a llamarse luego. “El capital,
como lo trataré”, dice, “consiste
sim¬plemente en el total de agüeUaa
mercancías que se requieren pa¬ra
mantener a los trabajadores de cualquier tipo o clase compro-metidos en el
trabajo”. “Los medios corrientes de subsistencia constituyen el capital en su
forma libre o no invertida. La función
simple y más importante del capital es
la de capacitar al tra¬bajador para que
espere el resultado de cualquier trabajo
de larga duración (es decir), para poner
un intervalo entre el co¬mienzo y el final de una empresa... El capital nos
permite, simplemente, adelantar el gasto en trabajo.”37 La posibilidad de prolongar “el intervalo promedio entre el
momento en que se efectúa el trabajo y
aquel en que alcanza su resultado o
pro¬pósito final”, no sólo es tratada
como una de las funciones del capital;
Jevons lo considera como “el único uso
del capital”.88 Tal prolongación (de la
cual habla como de una “mejora”),
in¬crementa la productividad. De allí se
deduce que el capital tiene
37 Theory of Poíitical Economy, Londres. 1871, pp. 214 y ss.
88 ¡bíd.. pp. 217-220.
y, en términos de “cantidad de inversión” 31* amDiagrama jevoniano de la cantidad de
“inversión”
(o “período de producción")
bas serán iguales a cinco libras-año.
Ilustra esto con el famoso triángulo
donde el eje horizontal representa la
duración, la línea vertical la cantidad
invertida para cualquier fecha dada y el
área to¬tal, la entidad total bidimensional, es decir “la cantidad de la
in¬versión” para todo el período. Si 10
£. se invierten durante diez años consecutivos, entonces la cantidad invertida
al final de la década será de 100 £, pero
“la cantidad de la inversión” (to¬tal) será igual a 550 ¿£ (cifra que se aproxima
a 500 £,) o sea, la mitad de la superficie
total de T multiplicada por el trabajo
inver-tido durante el período a medida
que los intervalos entre sucesi¬vos actos de inversión se acortan; la inversión
se convierte vir- tualmente en un proceso continuo.
El interés sobre el capital, de acuerdo
con esta teoría, es “la tasa de incremento del producto”, resultante de un incremento dado en este período de adelanto (o período de producción)
ex¬presado como una razón con respecto al producto total; o, si desig-
206
TEORIA DEL VALOR Y LA DISTRIBUCIÓN
dos dimensiones: trabajo y tiempo. En
primer lugar, está la cantidad de trabajo invertido, es decir, un día de trabajo
en una determinada fecha. En segundo
lugar, está el espacio de tiem¬po durante el cual el trabajo invertido está “comprometido” o adelantado; por ejemplo,
durante un año o varios años o sólo durante un mes. Al producto de estas dos
dimensiones las de¬nomina “la cantidad de la inversión del capital”, por
contraste con la “cantidad invertida” (de Ihítl., pr- 221 -228.
capital). De ahí que una libra pueda
estar invertida durante cinco años, o
LA REVOLUCIÓN JEVONIANA
cinco libras invertidas durante un año 207
namos Ft al producto de lina cantidad
dada de trabajo adelantado, durante el
tiempo t y suponemos que Ft se incrementa con el trans¬curso de t, tenemos
que:
áFt I di Fi
Por esto es que “la tasa de interés varía
en forma inversa al tiempo de la inversión”.40 Por supuesto, esto era equivalente a determinar la tasa de retribución al capital por la productividad
marginal de la extensión del período de
producción*41
Se recuerda también a Jevons, por supuesto, como a un vigo¬roso escritor de
los problemas prácticos, tales como las
fluctuacio¬nes del valor del oro, las
“fluctuaciones comerciales”, la teoría de
los números índices y sobre todo, el
problema del carbón acerca del cual
escribió un folleto de muy amplia difusión en el año 1865. En esa época, estos problemas atraían más la atención
que la novedad de su teoría económica.
Sostuvo también definidos puntos de
vista respecto de la política del laissezfaire y el proble¬ma de los salarios (vide
su obra State in Relation to Labour, de
1882). A diferencia de sus contemporáneos del continente euro¬peo, de quienes hablaremos enseguida, su influencia académica durante su vida fue escasa, y sus. ideas teóricas no se abrieron mucho paso. Se ignoró su primera
enunciación de la nueva teo¬ría, contenida en un ensayo dirigido a la British
Association, en 1862, y aunque se lo
designó en una cátedra del Colegio de
Owen, en Manchester, en 1866, se abstuvo de enseñar sus propias ideas durante la década que estuvo a cargo de
ella; en cambio prefirió instruir a sus
alumnos en las doctrinas tradicionales
de Mili. Keynes habla de él como de “un
profesor mal dispuesto y sin éxito”42.
Cuando publicó su libro tuvo pocas reseñas críticas y
*° Ibíd., pp. 237-238. Se notará que el
incremento en la cantidad de la inversión es igual a dt. Ft, de tal manera que
la expresión es equivalente al incremento del producto como una razón del incremento en la cantidad de la inversión.
Sobre este aspecto, como explicación
defendible del interés, véase más adelante, p. 221.
41 Es más bien una sorpresa que el
profesor Stigler piense que “Jevons no
se separa mucho de la teoría clásica. Su
concepción del capital y de su retribución es básicamente la que se incorpora
en la doctrina del fondo de salarios”;
señala que la diferencia principal está
en que “la doctrina clásica supone un
período fijo de producción (un año)‟‟,
Prodnction and Distribution Theories,
p. 29. Aquí por “teoría clásica'* es evidente que quiere decir Ricardo, tal como lo interpreta Mili.
43 J. M. Keynes, Exsays in Biof>raphy,
nueva edición de 1951, p. 307,
208
TEORÍA DEL VALOR Y LA DISTRIBUCIÓN
éstas fueron frías (incluyendo la de
Marshall que ya hemos men¬cionado y
otra hostil de Cairnes). Cuatro años
después de acceder a la cátedra del Colegio de la Universidad de Londres (en
1876) renunció por enfermedad, y murió ahogado mientras se bañaba en el
mar, unos dos años después, a la edad
de 46 años. Schumpeter observa que
dejó pocos o ningún alumno inmediato:
“En Inglaterra nunca obtuvo lo que se
merecía... nunca se reconoció su origi¬nalidad como debía”.41* El comentario de Keynes sobre Jevons (al corripararlo con Marshall) es digno de ser recordado: “Fue volun¬tad de Jevons
desparramar sus ideas, golpear suavemente al mun¬do con ellas, lo cual le
otorgó su gran posición personal y su
capacidad sin par para estimular el
pensamiento de ios demás. Cada una
de las contribuciones de Jevons a la
economía tuvo ca¬rácter panfletario”.44
III
Cari Menger (un funcionario civil que
fue designado, dos años más tarde, para una de las dos cátedras dé economía
política de la Universidad de Viena) en
el libro que publicó el mismo año en
que apareció el de Jevons, produjo una
teoría muy semejante, formulada en
términos más generales y sin usar las
matemáticas de Jevons (a las que el
profesor Stigler ha llamado su “repelente formulación matemática”) 4R. A semejanza de Jevons expuso una teoría
subjetiva del valor, empezando por los
consumidores, con los
43 Schumpeter, History of Economic
Analysis, p. 826. También él habla de
Jevons como “sin duda alguna uno de
los economistas más genuína- mente
originales", aunque “su desempeño no
estuvo a Ja-altura de su visión”. El profesor Lionel Robbins hizo sobre Jevons
esta apreciación: “Después de su muerte ha sido universalmente reconocido
como una de las figuras más destacadas en la historia del pensamiento económico"; y añade que: k,No formó ninguna escuela. No creó ningún sistema”.
“The place of Jevons in the History of
Economic Thoughí ', Manchester
School, t. vn, n° I,
1936, p. 1.
** Essays in Biography, Londres, 1933,
p. 211, nueva edición, 1951, página
174.
46
Stigler, Prodnction and Distribution Theories, p. 135.
a la producción, está presente (o ausente). El apoyo de dicha imputación es el
llamado principio de la pérdida; por
ejem¬plo, el valor que para un campesino tiene un caballo, es aquel del cual
se ve privado si no lo tiene. Esta noción,
según puede verse, es en sustancia la
de la productividad marginal, aunque
sin utilizar el término como tal y sin
entrar en los refinamientos casi
ma¬temáticos con los que llegó a asociársela. Sin embargo, Menger tuvo cuidado dé distinguir entre los casos de
proporciones fijas y variables de los insumos o factores en la producción. Para
el pri¬mer caso (el de las proporciones
fijas) enunció el principio de que el valor de un insumo o factor sustraído sería igual a la pérdi¬da total resultante
en el producto minus el producto que
resultara del uso de ios insumos o factores complementarios en los em¬pleos
LA REVOLUCIÓN JEVONIANA
alternativos. En el segundo caso (el de
209
las proporciones variables) este valor
bienes de consumo (“los bienes de pri- era igual a la diferencia que se advertía
mer orden*‟), cuyo valor se deriva de su en el producto, si se prescindía de una
capacidad de-satisfacer las necesidades unidad del insumo o factor, después
humanas. Como hemos visto, deriva
que lo que quedara del mismo y de los
luego el valor de los bienes de los prodemás factores hu¬biera sido arreglado
ductores (“bienes de un orden, supey combinado en forma adecuada, para
rior”) -de la contribución que éstos- ha- obtener mayores ventajas. Dicha solucen, a la producción de bienes 'que
ción, como veremos dentro de un moabastecen directa¬mente a las necesimento, dejaba abierto un número de
dades humanas; esta derivación está
interrogantes y hasta pue¬de decirse,
dada por un proceso que ha venido a
que tal como se la presentó, encerraba
ser conocido con el nombre de
una contradicción.
“impu¬tación” (zurechnung) a cada in- Si volvemos a la consideración de los
sumo de la diferencia que con respecto “bienes de primer or¬den”, Menger sub-
rayaba que las necesidades se aproximan al punto de la saciedad a medida
que aumenta la disponibilidad de un
bien y decía que un consumidor lleva al
máximo su satisfacción cuando distribuye su ingreso de tal manera que la
necesidad que se satisface en el margen
se iguala en todas direcciones. (“Las
más importantes de todas aquellas necesidades concretas que no se satisfacen tienen la misma significación para
todos los tipos de ne¬cesidades, y en
consecuencia todas las necesidades
concretas se satisfacen en un nivel de
igual importancia”.) El sentido general
de esta proposición es, por supuesto,
bastante claro. Pero no está en manera
alguna enunciado con precisión, puesto
que no aclara en términos de cuál unidad se miden e igualan las necesidades
que
210
TEORÍA DEL VALOR Y LA l>lb l KIBUl'lriN
se satisfacen (o se dejan sin satisfacer).
La proposición será sen¬sata o insensata —y en forma manifiesta la diferencia
dependerá de ello— si se supone que la
igualación tiene lugar en términos de
unidades físicas de cada mercancía
(bushels de grano, yardas de telas o botellas de whisky) o en términos de unidades de in¬greso monetario gastado en
estas diversas mercancías. La última
interpretación se torna entonces equivalente a hablar no de igua¬lar la satisfacción de la necesidad o de la utilidad
marginal de las mercancías, sino de hacer su utilidad marginal proporcional a
sus precios (en términos de alguna unidad física de cada mercan¬cía). La clarificación es importante, no por pedantería, sino que es relevante con respecto
al problema de si puede' o no extenderse o agregarse una proposición de este
tipo y aplicarla a un grupo, partiendo
de individuos separados. Si los ingresos
monetarios son desiguales (de manera
tal que las utilidades marginales de los
ingre¬sos monetarios de esos individuos son desiguales) cualquier in¬tento
de extenderla es una falacia completa,
aunque la falacia esté lejos de serlo por
ignorancia.Nos encontramos, aún más.
que cuando esta proposición se extiende más allá de los individuos a un grupo sólo tiene una significación no ambigua después de haberse convenido en
hacer algún supuesto respecto de la
distri¬bución del ingreso.
Quizá deba explicarse que un rasgo del
enfoque de Menger, y de toda su escuela, fue que con referencia a las necesidades, así como a los bienes “de un orden más alto" utilizados como insumos
en la producción, se subrayaba el hecho de la complementaridad. y también
el hecho de que debía tratarse con unidades finitas (Teilquaniitat) y no con
cantidades infinitesimales (énfasis que
iba asociado con su antipatía por la
teoría u materna tizan te” a la manera
de Jevons y Walras). La significación de
esto queda en evidencia por la manera
particular en que ellos interpretan d
“valor imputado” o la productividad
marginal.
Menger (que habría de vivir hasta después de la primera guerra mundial) ha
sido llamado el padre de la escuela austríaca, puesto que austríacos fueron los
dos representantes mejor cono¬cidos de
esta escuela, sus discípulos directos
Wieser y Bohm-Ba¬werk, quienes desarrollaron su teoría, en especial desde el
punto de vista de ia “imputación” como
una teoría de la distribución y de la teoría del capital. Menger tuvo por supuesto mucho más éxito que Jevons en lo
que atañe a reconocimiento e influencia
mientras
** Véanse más adelante, las pp. 265266.
LA REVOLUCIÓN JEVONIANA
211
vivió; aunque puede dudarse de que lo
hubiera tenido —en espe-: cial contra la
oposición latente de la poderosa escuela
histórica alemana, con la cual mantuvo
luego largas polémicas— de no haber
sido por la ayuda y la actividad literaria
de sus dos principa¬les discípulos,'quienes lograron atraer la atención
con sus propios trabajos realizados en
el transcurso de la década siguiente,
sobre las doctrinas de Menger. Pero antes de tratar sus contribuciones (en algunos sentidos más interesantes que
las de su maestro) es importante que
digamos una palabra sobre un precursor alemán, de cuya existencia, aparentemente, ni Jevons ni Menger tenían
no¬ticias cuando escribieron sus respectivas obras en 1871, pero a quien
Jevons, como hemos visto, iba a reconocer cuando publicó la segunda edición de su libro. Ya en el año 1854,
Hermana Hcinrich Gossen había publicado una obra con el título de “Desa¬rrollo de las leyes de la acción humana y de los consecuentes principios
deí comercio humano” (Entwickhmg der
Gesetze des mensciilichen Verkchrs
und der daraus jlíessenden Regeln {ür
chliches Handeln) en la cual presentaba
una teoría semimate- mática del placer
y del dolor, con la noción de la saciedad
de las necesidades o de la utilidad decreciente (su “primera ley”) y el
prin¬cipio de que en el momento en que
se quiera obtener el máximo placer, esto se logrará igualando los incrementos
finales de todos ios placeres (o en forma
más correcta, como hemos visto, los
in¬crementos finales del ingreso monetario gastado en adquirir diver¬sos disfrutes). Por analogía se extendió este
principio a los bie¬nes utilizados en la
producción (a los cuales llamaba Gossen “bienes de tercera clase”) y al trabajo; y puesto que el trabajo involucraba
desutilidad el equilibrio en la producción involucraba una compensación de
la desutilidad del trabajo adicional contra el placer adicional resultante del
fruto de ese trabajo. El valor depen¬de
por entero de las relaciones entre el objeto y el sujeto.47
No obstante, Gossen trataba a la utilidad como si tuviera una relación lineal
con la cantidad, de tal forma que las
curvas de demanda en sus diagramas
son todas líneas rectas. Lo que es nota¬ble, aunque no del todo sorprendente, es que la obra de Gossen haya permanecido casi ignorada y sin ejercer
ninguna influencia, hasta 1879 en que
fue públicamente reconocida por Jevons.
Fue Friedrich von Wieser quien, además de tratar de desa¬rrollar una teoría
del valor de cambio a partir de una teoría de
47
Sobre Gossen. véase Erich Rol!,
History of Economic Thought. Londres,
1938. pp. 371-373.
212
TEORÍA DEL VALOR Y LA DISTRIBUCIÓN
los precios (o del “valor natural”) surgida en el contexto del inter¬cambio individual o del trueque entre partes o grupos negociantes, buscó desarrollar el
principio de la pérdida de Menger con
más rigor y como una teoría general (en
realidad la palabra zurechnung es suya); Bohm-Bawerk, por su parte, es conocido por su teoría del capital y del
interés, en la cual sigue los lincamientos de Je¬vons. Esta última teoría estuvo diseñada expresamente para
con¬testar a la teoría de la plusvalía de
Marx. En la mayor parte de los representantes de la escuela austríaca existía, por cierto, la preo¬cupación de criticar las doctrinas socialistas (como
también ocu¬rrió con Pareto, de quien
enseguida hablaremos); y Wieser
de¬sarrolló la teoría de la imputación
como una respuesta al reclamo socialista (derivado, según pensaba él, de la
teoría del valor tra¬bajo) de que el ingreso en razón de la propiedad representaba la “explotación” de la mano de
obra. Junto con Pareto podría muy bien
llamárselos los apologistas conscientes
del sistema exis¬tente y por cierto que
Schumpeter bautizó a Bohm-Bawerk
con el apodo de “el Marx de la burguesía”
Las dos obras más conocidas de Wieser
se publicaron en la década de 1880; la
primera de ellas, Über den Ursprung
und die Hauptgesetze des wirthschajtlichen Werthes (Origen y ley de los valores económicos), apareció en 1884, y !a
segunda, Der Natiir- ¡ichen Wert (traducida por C. A. Malloch y editada por
William Smart en 1893, con el nombre
de Natural Valué) en 1889. El principio
de la pérdida de Menger, para imputar
o derivar los valo¬res de los bienes de
producción a partir de los valores de los
bienes de consumo, es desarrollado en
dirección a una teoría de la
pro¬ductividad marginal -^aunque en
una versión especial suya— la de la
“productividad marginal con una diferencia" de Schumpe- ter.4i> Como tal,
se apoyó sobre la igualdad de precio de
un bien de producción (bajo condiciones de competencia perfecta) con lo que
él llamaba su “contribución productiva”
(también habló de esto como de la “contribución marginal” o del “producto
mar¬ginar*).
Hemos hecho notar que los austríacos
utilizan las unidades finitas y ponen su
énfasis sobre la complementaridad. Esto no fue accidental: surgió de su rechazo de cualquier clasificación amplia
de los factores de la producción, y de su
inclinación a tratar cada tipo discemible
de insumo como un bien de producción
distinto,
*“ Schumpeter, History of Econotnic
Analysis, p. 846.
4” Ibítl.% p. 915.
LA REVOLUCIÓN JEVONIANA
2,13
cuyo precio debía formarse a través del
proceso de la imputación; estos bienes
que acabamos de mencionar tenían que
tratarse cada uno en términos de su
propia-unidad- física* lo cual podía involu¬crar, en'especiál en el caso del capital fijo, grandes unidades indi¬visibles y significativos elementos de
complementaridad. Wieser comienza
por demostrar que el principio de la
pérdida de Men¬ger, cuando se aplica a
tales casos de complementaridad, da
co¬mo resultado que los valores de todos los factores complementarios excedan el valor de la producciónsu (es decir cuando los primeros se evalúan conforme a lo sugerido por Menger como
siendo igua¬les a la “mejor” combinación menos el producto de los otros facto¬res en la combinación en que se
aplican a un uso alternativo (se¬gundo
en preferencia). Si bien Wieser admite
que las proporciones pueden, por lo
común, variar y no siempre son fijas, da
por supuesto que cualquiera de dichas
variaciones (finitas) que se aparte de la
combinación que rinde “la retribución
más alta posi¬ble” están destinadas a
afectar en forma adversa al producto; y
en consecuencia ofrece una solución
diseñada para el caso “más fuer¬te”: en
que las proporciones son absolutamente fijas (consideración que el profesor
Stigler parece pasar por alto en su breve rechazo de la propuesta de Wieser).
Sin embargo, este principio alternativo
de la imputación propuesto por Wieser
requería el supuesto de que mientras
los factores o insumos se combinan en
proporciones fijas en cada uso, estas
proporciones son diferentes cuando se
tra*“ En Inglaterra fue P. H. Wicksteed
quien consideró este denominado “problema de la suma” y trató de demostrarlo con ayuda del teorema de Euler,
sujeto a la condición de que la función
de producción fuese “homo¬génea y de
primer grado" (o lineal); en otras palabras, que prevalecieran los rendimientos a escala o los costos constantes.
Coordination of the Laws vf Prodnction
and Distribution, Londres, 1894. Wicksell (y también Walras) apoyaron la
conclusión de Wicksteed, basándola en
que, aun cuando pudieran existir esferas de actividad (de una firma) dentro
de las cuales pudieran prevalecer los
rendimientos crecientes o decrecientes
a escala, el supuesto del equilibrio de la
competencia requería que la firma, en
equilibrio competitivo, estuviera produciendo al costo mínimo (y, por lo tanto,
en la vecindad inmediata del punto de
equilibrio a costos constantes). Parecería que esto deja fuera del cuadro a las
“'economías externas”. Sin embargo, la
profesora Joan Robinson demostró que
el problema a resolver era puramente
formal, puesto que áun cuando existieran las economías externas (y la industria estuviera sujeta, por esta razón, a
los rendimientos crecientes a escala)
era al producto marginal de la firma (y
no de la industria) al cual debía igualarse el precio de un factor en equilibrio
competitivo. Joan Robinson, “Euler‟s
Theorem and the Problems of Distribution”, The Economic Journal, setiembre
1934, pp. 398 y ss.; reproducido en Collected Economic Paper s, Oxford. 1951,
pp. 1-18.
de los productos (que se suponen predeterminados en el mercado de los bienes de consumo) a la derecha de cada
ecuación, y presentó las tres
ecua¬ciones para los tres productos en
la forma siguiente:
*
+ y = 100,
2 x -j- 3 z = 290,
4 y H- 5 z = 590.
“En lugar de la única ecuación x -J- y =
10”, tenemos ahora tres ecuaciones y
tres incógnitas, y los valores de x, y y z
pueden ser hallados resolviendo las
ecuaciones (en este caso se encuentra
que son respectivamente 40, 60 y 70).
“Luego, la contribución productiva es
aquella porción de la retribución en la
cual se halla contenido el trabajo del
elemento productivo individual en la
re¬tribución total de la producción. La
suma de todas las contribucio¬nes productivas agota exactamente el valor de
la retribución total.” 51
214
Esta ingeniosa solución implica sin emTEORÍA DEL VALOR Y LA DISTRIBUbargo, varias limitacio¬nes. En primer
CIÓN
lugar tiene que haber, por lo menos,
ta de diversos usos. Entonces los pretantos pro¬ductos finales como bienes
cios de los insumos se derivan de las
de producción diferentes, cuyos precios
diferencias en los coeficientes técnicos y han de ser determinados. Ésta no seria
de las diferencias en Jos precios de los una condición seria y li¬mitante si se
productos del sistema considerado co- tratara de factores de la producción
mo un todo.
agrupados en unas pocas clases o gruWieser ilustró este ejemplo, con un caso pos fundamentales, a la manera cláside 3 factores y 3 productos, de la sica. Pero cuando los bienes de producguiente manera: llamó x, y, z a los valo- ción distinguibles físicamente —cada
res de las unidades de los tres factores metal, combustible o máquinao insumos, de los cuales se utili¬zaban herramienta, o grado de trabajo o de
dos en cada industria, puso los valores tierra diferente— tienen que formar su
precio por separado, ésta podría ser
una limitación mucho más seria. En
segundo lugar, al¬gunos críticos (entre
ellos Stigler) han señalado que, como
los pre-cios de los productos se toman
como dados, esto implica que las demandas finales son infinitamente elásticas, de tal manera que los precios de
los bienes permanecen sin ser afectados
por los ajus¬tes del producto. Además,
esta objeción puede no ser tan insupe¬rable como podría parecer a primera
vista, puesto que puede posM Natural Valué, W. Smart (ed.)t Londres, 1893, p. 88.
LA REVOLUCIÓN JEVONIANA
215
tillarse una condición de-..equilibrio
adecuada (por ejemplo, una igualdad de
los costos y el ingreso) para permitir
que haya algu¬nos ajustes_ recíprocos
entre los precios —producto y los bienes fi¬nales— y los precios de los bienes de producción mientras se llega al
equilibrio. Fue Wieser el responsable de
la noción que iba a llegar a conocerse
bajo el nombre de costo alternativo o
costo de oportunidad —o sea que el
servicio de un insumo en cualquier uso
afecta su disponibilidad y de aquí el
costo de obtenerlo para usos alternativos o rivales— por lo cual es difícil que
pueda ser acusado de ignorar la reacción de los precios de los bienes de producción sobre el producto y de allí sobre los precios de los bie¬nes producidos.
En tercer lugar existe una dificultad de
consecuencias más fundamentales: lo
que puede llamarse un dilema concerniente al supuesto que ha de hacerse
respecto a la oferta de factores, ¿qué es
lo que debe tomarse como dado del lado
de la oferta? 92 Aquí es¬tamos de nuevo ante una dificultad crucial, que hemos mencio¬nado de manera preliminar en la primera sección de este capítulo, o sea, una dificultad a la que debe
hacer frente cualquier teoría de la determinación por la demanda que opere
con bienes de produc¬ción o insumos
distintos. Si lo que se supone en lo que
está dado (y tratado como constante) es
la oferta de diversos bienes de producción individuales, entonces no tenemos
más que lo que en términos de Marshall
podría llamarse una teoría de corto plazo (o cuasi-corto plazo). El valor de un
bien durable de producción, como ser
una máquina, se deriva como una
“cuasi-renta” y será diferente para los
diferentes tipos de capital fijo. Como
dijimos, no surgirá una tasa uniforme
de beneficio con respecto a los
di¬versos componentes del capital fijo.
Si, por otra parte, se hace el supuesto
de la constancia referido sólo a algún
agolpamiento más amplio de los factores (por ejemplo, para el capital) dentro
del cual puede admitirse que varíen las
ofertas relativas de items parti¬culares,
limitando la constancia sólo en cuanto
a la cantidad del genus como un todo,
se entra entonces dentro del problema,
ahora familiar, de cómo dar una signifi-
cación cuantitativa independiente
88
Hablando estrictamente, si se
han fijado los coeficientes, las ofertas
relativas de factores no pueden alterar
el resultado. Véase Stigler, Production
and Distribution Theories, p. 178. Pero
si se considera a éste sólo como el “caso
fuerte” y en la práctica permite la posibilidad de alguna variación en los coeficientes, entonces, tan pronto como estos últimos se introducen,
la oferta de factores se torna importante
y se hacen necesarios algunos
postulados con respecto a ellos.
216
TEORÍA DEL VALOR Y LA DISTRIBUCION
al capital, dificultad con la que volveremos a encontrarnos (dentro de una
perspectiva un poco diferente) en el caso de Walras y que examinaremos con
más detalle en relación con la discusión
y la crítica modernas.
Quizá debiera notarse, de paso, que si
se usan incrementos infinitesimales y
variaciones continuas, como llegó a ponerse de moda más tarde, puede demostrarse que la solución de Wieser y el
principio de la pérdida de Menger llegan
a una misma cosa aun cuando se trate
de proporciones fijas. No obstante, hay
una caren¬cia de realismo al hacerlo,
puesto que todos los problemas vincula¬dos con las indivisibilidades 83 se
excluyen ipso jacto. En términos de variaciones continuas puede resumirse la
posición de la manera siguiente: En el
caso de las proporciones fijas el valor de
un factor o de un insumo está determinado por su utilidad en usos alternativos. En el caso de las proporciones variables (es decir, variables dentro de
cada industria), dichas cantidades de
los di¬ferentes factores o insumos,
puesto que pueden ser sustituidas recíprocamente con el fin de obtener la
misma cantidad adicio¬nal del producto, deben ser de igual valor (esto es, que
sus pre¬cios sean iguales a la razón
entre sus productos marginales).
Para llenar la brecha existente en la
“imputación” de Menger- Wieser, en
cuanto involucra una teoría de los beneficios, se formuló la bien conocida
teoría del interés sobre el capital, que
iba a ser la contribución especial de
Eugen Bohm-Bawerk a la obra de la
Escuela Austríaca. Este la formuló de
acuerdo con los lincamien¬tos de Jevons, y la elaboró y presentó con perfección germánica, concentrándose sobre la noción de un período de producción como la esencia cuantitativa del
“capital” en tanto factor produc¬tivo. Su
obra en dos volúmenes, titulada Kapital
und Kapitalzins apareció también en la
década de 1880; el primero, de índole
his¬tórica, con el nombre de Geschichte
und Kritik, se publicó en 1884, y el segundo, Positive Theorie, en 1889.34
Aunque su intención era la de revisar
su obra sistemáticamente a la luz de las
discusio¬nes y críticas, su preocupación por los asuntos parlamentarios le
impidió hacerlo durante quince años,
durante los cuales fue tres veces Ministro de Finanzas; en el año 1905 retornó
a su labor
a* Por ejemplo, una categoría importante de economías externas
con¬cernientes a las economías en la
oferta de productos subsidiarios o de
espe- cialización creciente, en cuyo caso
en consecuencia el costo marginal divergirá del costo medio.
“* La edición inglesa, editada por W.
Smart. apareció en 1890 y 1891, respectivamente.
LA REVOLUCIÓN JEVONIANA
217
académica como' profesor en Viena
(mientras tanto no había si¬do más que
profesor honorario y mantuvo en algún
momento un seminario, pero nada
más). Esta revisión de su obra y réplica
a las críticas recién se completó a la
fecha de su muerte, nueve años más
tarde, en 1914. Su bien conocida crítica
de Karl Marx (que por varias décadas
fue muy influyente) la escribió durante
su época de parlamentario, en 1896.5S
Hemos dicho que sü teoría del capital,
que iba a constituir la teoría austríaca
del capital, tal como hoy la conocemos,
tenía gran afinidad con la de Jevons. Al
tratar el concepto de un período de producción como la esencia del capital,
subrayaba la produc¬tividad potencialmente mejorada del trabajo cuando
se asocia con procesos de producción
más “prolongados” o “más indirectos”,
la tasa de interés. estaría derivada de la
productividad adicional re¬sultante de
la prolongación de este período. “Que
los métodos indirectos conducen a resultados mayores que los métodos direc¬tos, es una de las proposiciones
más importantes y fundamen¬tales en
toda la teoría de la producción.” También tenía su teo¬ría afinidad con la de
Jevons en cuanto consideraba al capital
como constituido, en lo esencial, por los
adelantos de subsistencia a los trabajadores; es decir, como si básicamente
pudiera reducirse a un fondo de subsistencia. El aumento de la productividad
con la extensión del período de producción se daría, por lo general, en proporción decreciente a la extensión; o dicho
en otras pala¬bras, la productividad
marginal de la prolongación del período
tendía a caer. Con una cantidad dada
de trabajo, cualquier au¬mento del capital debe dar por resultado, necesariamente una pro¬longación de este período (ceteris paribus, un período más
largo requeriría más capital, debido a la
extensión de la dimensión del tiempo).
De acuerdo con un razonamiento familiar se deduce que, con una tasa de salarios dada y una oferta dada de capital, era posible promediar una determinada dimensión del período de producción; y la competencia aseguraría (la
competencia, es decir de los entrepreneurs, buscando capital con el cual extender el pe¬ríodo) que la tasa de interés igualara la razón del producto adicio¬nal logrado por la extensión del período, con respecto al capi¬tal adicional
requerido para ello (la “cantidad de inversión dé capital” de Jevons). De otra
manera podría expresarse en esta forma: dada la oferta de trabajadores que
compiten por los empleos en el mercado
(trocando sus trabajos por los bienes
para la sub** Véanse antes las pp. 150-160.
218
TEORÍA DEL VALOR Y LA DISTRIBUCIÓN
sistencia) y dada también la oferta de
capital en busca de inver¬sión, el nivel
de salarios, la extensión del período de
producción y la tasa de interés quedan
mutua y simultáneamente determinadas. “En una comunidad, el interés será
alto en la proporción en que sea bajo el
fondo nacional de subsistencia, en que
el número de trabajadores empleados
por el mismo sea grande y en que continúe alta la retribución al excedente
vinculado con cualquier extensión posterior del período de producción”.58
Pero, ¿qué es lo que determina el monto
del capital que busca inversión? Si éste
fuera ilimitado, no habría un límite supe¬rior a la extensión del período de
producción y ningún límite in¬ferior a
la tasa de interés que tendería a cero.
Es aquí donde Bohm-Bawerk coloca su
teoría del capital dentro del marco de la
teoría subjetiva del valor, enunciando
su famosa “subvaluación sub¬jetiva de
los bienes futuros en comparación con
los bienes presen¬tes". A partir de esta
noción se derivan todas las explicacio-
nes subsiguientes del interés, en términos de “preferencia en el tiempo" o del
“descuento en el tiempo” (por ejemplo
Trving Fisher). Puede decirse que es
esto lo que la escuela austríaca tiene
que decir con referencia al sector de la
oferta, en cuanto concierne a la oferta
de “ahorros” y de allí a la oferta .de capital que busca invertirse, en cualquier
momento dado. Para esta “subvaluación
subjetiva de los bienes futuros” ofrece
“tres fundamentos”, que han constituido el tema de gran parte de la discusión
(por momentos tediosa), discusión dentro de la cual podemos quizá excusarnos por no entrar.
El primer fundamento fue expresado de
la manera siguiente: “La primera de las
grandes causas de la diferencia entre la
valoración de los bienes presentes y la
de los futuros consiste en las diferentes
circunstancias de necesidad y aprovisionamiento en el presente y en el futuro”. En otras palabras, es probable que
el futuro esté mejor abastecido y tenga
un ingreso real más alto que el presente; esto se aplica considerando a la comunidad como un todo, aun cuando
entre los individuos las apreciaciones
respecti¬vas del presente y del futuro
puedan variar (dado que algunos individuos tienen la expectativa de una caída en el ingreso en tanto que otros prevén un alza).
En segundo lugar, “a los bienes destinados a satisfacer las ne-cesidades del
futuro les atribuimos un valor que en
realidad es me¬nor que la intensidad
verdadera de su utilidad marginal futura”.
58 The Positive Theory o} Capital. traducción de W. Smart. Londres, i891. p.
40!.
LA REVOLUCIÓN JEVONIANA
219
debido a defectos de !a. imaginación
que subestima las necesidades futuras
o en razón de una fuerza de voluntad
deficiente para re¬sistir la atracción de
las necesidades presentes, reforzada
por la brevedad de la vida humana. Se
trata obviamente de una diferen¬cia
irracional de la valoración en el tiempo
y algunos han negado su predominio."7
En tercer lugar se alega la superioridad
técnica de los bienes presentes sobre la
de los bienes futuros, debido a que los
bie¬nes presentes están disponibles
para ser invertidos en métodos de producción indirectos más productivos. Se
ha argumentado en for¬ma persuasiva
que ésta en realidad no es una razón
independiente del primero de los fundamentos, y es de hecho la base de las
expectativas de un ingreso futuro más
alto, del cual depende esta primera razón para descontar el ingreso futuro en
comparación con el ingreso presente.158
En resumen, explica Bohm-Bawerk:
“Intento demostrar que los hechos técnicos de la producción, que describo
como los de mayor productividad de los
métodos indirectos de producción que
más tiempo consumen, proveen de una
base parcial para la mayor valoración
de los bienes presentes cuya posesión
permite el uso de aquellos métodos indirectos más productivos. Desde este
punto de vista los hechos técnicos y
psicológicos se coordinan desde el principio”.™ Y después de unir los diversos
elementos de su teoría llega a la conclusión siguiente: “La relación entre la
necesidad y el abastecimiento para satisfacerla en el presente y en el futuro,
la subvaloración de los placeres y de los
dolores futuros y la venta¬ja técnica
incorporada a los bienes presentes,
producen el efecto sobre una abrumadora mayoría de hombres, de que el valor de uso subjetivo de los bienes presentes es más alto que el de los bienes
futuros similares”. Esta relación de valoración subjetiva se refleja
ST “Los bienes presentes deben tener
un agio, como consecuencia legítima de(
hecho permanente de que los bienes
presentes son más útiles y más deseados que los bienes futuros y de que
nunca se presentan ni son ofrecidos en
cantidad ilimitada. Por lo tanto este
agio es orgánicamente necesario”; ibid.,
p. 336. Si el cambio tiene lugar entre
mercancías presentes y futuras, la existencia de alguna ganancia es un fenómeno normal y por cierto económicamente necesario*', ibíd., p. 361.
aí Con respecto a los “Tres Fundamentos” véase ibíd., libro v, cap. ii, m, iv,
pp. 249 y ss.
Geschichte, 4* edición, pp. 301-302;
citado por T. W. Hutchison, -n A Review
of Economic Doctrines. i 70- ¡929. Oxford, 1953, p. 169.
220
TEORIA DEL VALOR Y LA DISTRIBUCIÓN
entonces en el mercado en “un valor dé
cambio objetivo y en un precio de mercado más alto para los bienes presentes”.80
Durante las tres décadas siguientes pocas cuestiones dividie¬ron más agudamente a los teóricos de la economía que
esta ma¬nera particular de considerar
al capital y de determinar la tasa del
interés. La teoría tuvo sus devotos admiradores y así también sus críticos.
Entre los primeros cabe mencionar a
Knut Wicksell, quien, aunque con críticas, con enmiendas y adiciones propias,
aceptó el período de producción y declaró que “en esta teoría se ofrece por primera vez un verdadero sustituto de la
obsoleta teoría del fondo de salarios”.81
En el año 1893 reformuló y defendió la
doctrina austríaca en Über Wert, Kapital und Rente.
Entre las críticas que se le hicieron a
Bohm-Bawerk, quizá la más común haya sido la que niega la idea de que un
período de producción corresponde a
algo real que desempeña el papel del
capital en la producción (en cuyo caso
parecería que se niega también la relevancia de la noción clásica del capital
que lo con¬cibe como “adelantos al trabajo”, en cualquier interpretación que
fuere). Por ejemplo, se ha argumentado
que en un equilibrio es¬tático, en ausencia de inversión, la producción y el
consumo son siempre simultáneos. Con
una existencia de bienes de capital (de
composición por edad constante), una
determinada proporción de este stock
se reemplaza cada año por el trabajo
aplicado en su transcurso; entonces se
puede considerar al producto corriente
como logrado por el trabajo empleado
normalmente para reem¬plazar estos
bienes de capital, sin recurrir a una noción de trabajo aplicado en fechas anteriores, para producir originariamente
los diversos items del stock existente de
bienes de capital en uso. Cuando nos
encontramos dentro del contexto del
equilibrio está¬tico, ésta parecería ser
una afirmación válida. Lo que se pasa
por alto, en cuanto crítica de una teoría
de formación del capital es que, tan
pronto como se introduce dentro del
cuadro la inversión neta y los cambios
en el stock del capital, no puede excluirse la consideración de que la ampliación de dicho stock inevitablemente
toma tiempo; y dicha consideración se
hace de inmediato relevante cuando se
formula el interrogante de por qué el
stock de capital es lo que es y no podría
ser tan grande con relación al trabajo y
a los factores naturales, como para alcanzar la “saturación del
*° Positive Theory, traducción de W.
Smart, Londres, 1891, p. 281.
B1 K. Wicksell, Valué, Capital and
Rent, traducción de S. H. Froweín, Londres, 1954, p. 145.
LA «.EVOLUCIÓN JEVONIANA
221
capital” y para reducir la productividad
marginal del capital a cero.62 ¿No reaparecería entonces algo por lo menos
parecido a la noción de un período de
producción, y no dejaría de ser sufi¬ciente la noción de adiciones al producto- final como logradas
en¬teramente por el trabajo corriente?
Una crítica más seria y más fundamental es la que se hace al “período de producción”, por carecer de un significado
cuantitativo claro. Si carece de él
tam¬poco puede asignársele significado
alguno a su constancia (por ejemplo
cuando se calcula la productividad
marginal de algún otro factor que no
sea el capital) o a un período supuestamente más largo que otro y de ahí
lograr un significado no ambiguo respecto de un incremento en el período y
en consecuencia en la cantidad del capital. Cuando algunos críticos argumentaron que la noción involucraba en
forma inevitable la de una regresión infinita, Bohm- Bawerk replicó (justificadamente) que después de un cierto
punto de la regresión ios insumos de
trabajo relevante se tornaban tan pequeños que resultaban despreciables
aun cuando fueran multi¬plicados por
el tiempo transcurrido; y se contentó
con medir (y comparar) su período promedio, como la media aritmética simple
de los insumos de trabajo de diversas
fechas, multiplicado por el período in-
tercurrente.fl:„ Pero la dificultad real es
más profunda. Nadie puede contentarse
con un promedio aritmético simple, ya
que esto no sería consistente (cuando
se tradujera en términos de valor) con
las diferentes inversiones que obtienen
la misma tasa de beneficio (lo cual requiere un equilibrio competitivo y una
movilidad, a largo plazo, del capital).
Sin embargo, tan pronto como se emplee el interés compuesto para mensurar los insumos de trabajo de diversas
fechas, se hace evidente que puede parecer “más largo” un período de producción que tenga una cierta es¬tructura
de los insumos de tiempo de trabajo,
que otro (con una estructura diferente)
a una determinada tasa de interés y
éste puede parecer aún “más corto” a
otra tasa distinta. En otras palabras,
cuando cambia la tasa de interés, pueden cambiar de lugar los esquemas de
los diferentes insumos de tiempo de
trabajo, en lo que se refiere al orden en
que encuentran la clasificación
8:1 Véase la afirmación de Schumpeter
(haciéndose eco de Bohm- Bawerk): “Si
el capital físico ha de rendir no sólo retribuciones sino también retribuciones
netas, algo debe impedirle reproducirse
hasta el punto en que sus ganancias no
alcanzarían sino para volver a pagar su
costo”. History of Economic Analysis, p.
926.
** Positive Theory of Capital, traducción
de W. Smart, Londres, 1891, páginas
88-89.
222
TEORIA DEL VALOR Y LA DISTRIBUCIÓN
por rango de los “períodos de producción” de acuerdo con sus res¬pectivas
'„duraciones‟‟.** Volveremos sobre este
problema, en sus más amplias implicaciones dentro del contexto de la discusión y crítica en décadas recientes de la
denominada doctrina neoclásica.
Queda por último la tercera corriente
innovadora asociada al nombre de León
Walras y a lo que algunas veces se describe como la Escuela de Lausana (o a
veces Escuela Matemática, para
dis¬tinguirla de la Austríaca). Walras, a
quien Marshall mencionó nada más que
tres veces en sus Principies, y esto sólo
en forma incidental, es considerado en
cambio por Schumpeter, “en mi
opi¬nión el más grande de todos los
economistas”. La razón que se aduce
para justificar este espaldarazo es que
“su sistema de equi¬librio económico,
que une la cualidad de la creación „revolucio¬naria* con la cualidad de la síntesis clásica, es la única obra rea¬lizada
por un economista que soportará la
comparación con los perfeccionamientos de la física teórica”.65 No obstante,
sus colegas contemporáneos fueron en
su mayor parte indiferentes u hosti¬les.8® En realidad su principal hazaña es la de haber realizado la síntesis
de diversos aspectos del nuevo enfoque
dentro de un sistema matemático de
dependencia mutua, sin nada novedoso
en materia de énfasis o de exposición.
Pero a pesar de su preocupa¬ción por la
formalización matemática, hemos visto
que sabía muy bien que la interpretación económica y las implicaciones causales de su sistema eran en lo esencial
similares a las de Jevons o Men¬ger,8Í
es decir, la derivación de los precios de
los productos de las
•* Una crítica análoga con respecto a
las nociones de Jevons sobre “la cantidad de la inversión" y “el tiempo promedio de la inversión” (con lo cual asevera que la tasa de interés es inversamente proporcional al período promedio
de inversión), es la que hace Ian Steedman en “Jevon‟s Theory of Capital and
Interest”, The Manchester Schoot, marzo de 1972, pp. 31 y ss., donde en forma convincente argumenta que “la teoría de Jevons no ofrece ninguna explicación sobre ia tasa de interés”.
•* Schumpeter, History of Economic
Analysis, p. 827.
** Ibíd., p. 829.
®T En^ su Prefacio a la cuarta edición
de los Eléments, Walras habla de “la
teoría del cambio” basada sobre la proporcionalidad de los precios con respecto a las intensidades de tas últimas necesidades satisfechas como si ésta hubiera sido “desarrollada casi simultáneamente por Jevons, Walras y por mí”.
Eléments of Puré Economics, W. Jaffé
(ed.), Londres, 1954, p. 44. También
habla de los “economistas austríacos”
como que éstos hubie¬ran “establecido
exactamente la misma relación entre el
valor del Produkte y el valor de los Pro-
duktivmittel que yo establecí”; ibíd., p.
45. Estas afirma¬ciones, como las que
se dan a continuación, demuestran que
Walras no era por cierto contrario a la
interpretación causal de sus ecuaciones: “Si es cierto
LA REVOLUCIÓN JEVONIANA
223
necesidades de los consumidores y del
valor de los servicios de los bienes de
capital y de.los. factores a partir de su
uso productivo en la creación de bienes
de consumo. Como dijo Walras en sus
Eléments d‟Economie Politique de 1874:
.“En un último análisis, las curvas de
utilidad y las cantidades poseídas constituyen los datos necesarios y suficientes para establecer los precios corrientes o de equilibrio”, “El valor proviene
de la escasez.” Opone este punto de vista al de Smith y Ricardo: “La teoría que
atribuye el origen del valor al trabajo es
una teoría desprovista de significado
más que demasiado estrecha, una aseveración injustificable más que inaceptable”."8 Y además, “Los precios de
equilibrio son igua¬les a las razones
entre las raretés”, a las cuales se define
como “las intensidades de las últimas
necesidades satisfechas por los
po¬seedores de las mercancías”.Eí principio de que los precios, en equilibrio
final, deben igualarse con los costos de
producción, junto al principio de la
productividad marginal, conduce a una
determinación simultánea de los precios de los productos y de los precios de
los servicios productivos (es decir, de
los bienes de producción o factores).
Dentro de dicha determinación entran
los “coeficientes técnicos” con que
Walras define los insumos necesa¬rios
para producir una cantidad unitaria de
un producto dado, los cuales, según un
supuesto inicial que enunció por razones de sim¬plicidad, son coeficientes
fijos, con lo que demuestra que su solu¬ción de equilibrio general es posible
con este supuesto. Pero más adelante
(en su tercera edición de 1896) extendió
la solución al caso de coeficientes variables, tratando a los coeficientes elegidos como funciones de los precios de
los servicios productivos y suponiendo
que la rareté y el valor de cambio son
dos fenómenos concomitantes y proporcionales, de igual manera es cierto que
la rareté es la causa del valor de cambio", ibíd., p. 145; o su referencia a las
“determinantes subyacentes del precio”;
ibíd., p. 146 y p. 307. Pareto, sin embargo habría de disentir de la proposición de Walras, sobre ta base de que la
determinación mutua (por un sistema
de ecuaciones simultáneas) tenía que
ser contrastada con la causación simple: “Puede decirse que cualquier economista que busca la causa dei valor
demuestra que no ha entendido nada
del fenómeno sintético del equilibrio
económico”; es esta "dependencia mutua de los fenómenos económicos la que
hace indispensable el uso de las matemáticas; la lógica ordinaria puede servir
muy bien para estudiar relaciones de
causa y efecto". Manuel, París, 1909,
pp. 246-247.
** Walras, Elements of Puré Economics,
pp. 143 , 202.
*® Ibíd., pp. 143, 145. Añade que, el
valor de cambio, como el peso, es un
fenómeno relativo, mientras que la rareté como la masa, es un fenómeno absoluto”, p. 145.
224
TEORIA DEL VALOR Y LA DISTRIBUCIÓN
que se elegía el método de producción
de menor costo para cual¬quier conjunto dado de precios de los servicios productivos.
Sin embargo, el sistema de Walras, como le ocurrió al de Men¬ger y al de
Wieser, se vio enfrentado al problema
de determinar qué era lo que tenía que
tomarse como “dado” en el sector de la
oferta. En cuanto concernía a las condiciones del equilibrio es¬tático se suponía que los bienes de capital específicos están pre¬sentes en cantidades determinadas como parte de los datos de
la situación histórica y que los servicios
productivos de éstos se eva¬lúan de la
forma acostumbrada, en conjunción
con los coeficientes técnicos y los precios de los productos. Mediante el proceso de la capitalización de los valores
de mercado de sus respectivos
ser¬vicios productivos por período unitario, se derivaba entonces un valor para los bienes durables de capital. Pero
de esto no podía surgir ninguna teoría
del beneficio; los servicios productivos
se determinaban como cuasi-rentas
marshallíanas y no había razón alguna
por la cual la valuación de los bienes
durables particulares debiera mantener
cualquier relación estrecha con sus costos de reproducción. Para superar está
dificultad, Walras tuvo que recu¬rrir,
en un contexto menos estático, a un
mercado de ahorros, los cuales se dirigían hacia la inversión en nuevos bienes de capital que, comparados con sus
costos, tenían una valoración relativa¬mente alta. De esta manera se establecía una tendencia en el curso de un
cambio de las cantidades (y de allí las
raretés) de los di¬versos bienes de capital, hacia una tasa uniforme de retribución (vía el valor de sus servicios productivos como una proporción de su
propio valor y costo).70 En los términos
de las controversias de la década de
1930, ésta ha sido denominada una
teoría de “fondos prestables‟V Pero
puesto que para darle un significado al
valor y al costo del capital, en primer
lugar debe suponerse la tasa de beneficio, éste parecería ser un procedimiento
cuestiona¬ble, y no sólo una tendencia
hacia la uniformidad de las tasas de
retribución, sino un nivel único determinado de esta tasa de retri¬bución‟al
capital en el equilibrio a largo plazo.72
Por cierto que
™ Ibíd., pp. 267-306.
1,1 F. A. Lutz, The Theory of interest,
Dordrecht, 1967, p. 81.
,!í Garegnani, II Capitule nelte T eorie
del la Distribuzione, Milán, 1960, pp.
112-121. Wicksell consideraba que este
punto de la teoría de Walras era “ciertamente incorrecto", porque se apoyaba
“sobre supuestos incorrectos" y de allí
que „"no puede ser considerado definitivo debido a que carece del concepto —
de Jevons y de Bohm-Bawerk— de un
período de producción y de la productividad marginal al prolongárselo. Valué,
Capital and Re tu.
LA REVOLUCIÓN JEVONIANA
225
cuanto más se examina esta forma de
recurrir a un mercado de “ahorros” como medio .para construir una teoría del
beneficio, se torna más curiosa y más
cuestionable.
Podría llevarse la crítica de- esteenfQque en estos términos: si se trata a
la situación en términos de bienes de
capital concretos (haciendo caso omiso
del genus del “capital” como un factor
su¬puestamente escaso) y por lo tanto
estos bienes son reproducibles, no debe
haber razón alguna para que exista una
tasa positiva de beneficio en condiciones estrictamente estáticas.73 Si todos
los in¬sumos, aparte de la mano de
obra, son insumos producidos ¿de dónde sale la “escasez” específica a partir
de la cual se supone que surge el beneficio? Si partimos de supuestos de
pleno equili¬brio estático en forma consistente, entonces la producción en el
sector de bienes de capital de la economía tenderá a ampliarse hasta que el
producto de estos bienes se adapte, cada uno de por sí, a la necesidad que de
ellos se tenga; esta necesidad consiste
en el reem¬plazo corriente de la cantidad existente (en equilibrio) de máquinas, etcétera, en industrias que producen para el consumo (en escala determinada por la demanda final) y en el
propio sector de bienes de capital. Si su
oferta se adapta por completo a la demanda de los mismos con fines del reemplazo corriente, no habrá ya ningún
fundamento para que sus precios estén
por encima del costo (pri¬mario) de su
propio reemplazo corriente (o depreciación).74 De
Londres, 1954, p. 167. Un poco más
adelante señaló que “es inútil intentar
—con Walras y sus seguidores— derivar
el valor de los bienes de capital de sus
propios costos de producción o reproducción; porque en realidad estos costos de producción incluyen al capital y
al interés. .. Estaríamos, por lo tanto
dentro de un circulo”, Lectures on Poíitical Economy, traducción de E. Classen, Londres, 1934, t. i, p. 149. En el
mismo texto llamó la atención a la consideración crucial (aunque sin desarrollar sus implicaciones, salvo para el caso de una anomalía menor) de que,
“mientras el trabajo y la tierra se miden, cada uno en términos de su propia
unidad técnica ... el capital, por el contrario... es estimado, en el lenguaje vulgar, como una suma de valor intercambiable... En otras palabras, cada bien
de capital en particular se mide por una
unidad extraña a sí misma”; ibíd., p.
149.
T* Véase el juicio de Keynes a este respecto: “Estoy seguro de que la demanda
de capital es estrictamente limitada, en
el sentido de que no sería difícil incrementar el stock de capital hasta un
punto en que ... el rendimiento total de
los bienes durables en el curso de su
vida ... cubriría justo los costos de la
mano de obra de la producción más
una asignación para cubrir riesgos y los
costos de capacitación y supervisión”,
General Theory, Londres, 1936, p. 375.
,4 En el pensamiento de Walras esta
posibilidad podía haber sido recusada
por el supuesto de que los ahorros antes de alcanzarse esta posición hubieran caído hasta cero; en otras palabras,
suponía un precio de oferta
226
TEORIA DEL VALOR V LA DISTRIBUCIÓN
cualquier manera esto sucederá en el
caso de equilibrio estático con coeficientes fijos, es decir, con una sola técnica
disponible para cada industria.
Pero, si se abandona el supuesto de los
coeficientes fijos ¿no será otro el caso?
Entonces cada industria se verá enfrentada a una amplia gama de alternativas
técnicas (el “espectro”, de la profesora
Joan Robinson) y como el beneficio (o el
interés) des¬ciende, se hará viable, económicamente, la utilización de equipos
más intensivos en capital y de costo cada vez mayor. Frente a estas posibilida-
des (tal vez infinitas) de “profundización'‟ cabe preguntarse si no habrá de
reaparecer la “escasez” de los bienes de
capital, puesto que los recursos productivos existentes pondrán un límite a las
posibilidades de extender más allá el
proceso "profundiza¬do^' y por tanto la
posibilidad de recurrir a los tipos de
equipa-mientos más intensivos en capital y más atractivos, aun cuando sean
más caros. En consecuencia surgirá
una tasa positiva de beneficio que en
cualquier fecha dada reflejará esta escasez. Pero lo que tendríamos aquí ya
no sería más un estado estacionario
con una inversión neta de cero; mientras el proceso “profu ndizador”
con¬tinuara, habría una situación de
cambio progresiva, caracterizada por
inversiones y crecimientos positivos. No
obstante, su. consecuen¬cia a largo
plazo sería otra vez un equilibrio estacionario con be¬neficio cero, aunque el
período fuese excepcional™ente largo.
En ausencia de progreso técnico, el
proceso de profundización estaría entonces acabado.
Una forma posible de salir del paso
(quizá pudiera denomi¬nársela neowalrasiana) podría ser la de recurrir a
alguno de los “tres fundamentos" de
Bohm-Bawerk y hacer que la voluntad
de aumentar los stocks de bienes de
capital dependiera del descuento subjetivo de los bienes futuros comparados
con los bienes pre¬sentes. Este descuento en el tiempo subjetivo formaría
la base de una tasa positiva de retribu-
ción que todos los diversos bienes de
capital deberían ganar a fin de ser inicialmente producidos, o man¬tenidos
en uso en determinadas cantidades, y
por tanto una tasa de interés de equilibrio positiva (y uniforme). Quizá casi no
sea necesario añadir que tal explicación
subjetiva, si evitara las dificul¬tades
asociadas con la noción de capital como
factor de producpositivo para el ahorro. Pero éste parece
un supuesto precario para poder basar
una teoría de la determinación del beneficio, en especial en las condi¬ciones
modernas de ahorros colectivos en gran
escala en forma de reservas de sociedades.
ciencia de explorarlos y rehusar la consideración de algo más abstracto que
un equilibrio a largo plazo marshalliano, donde se da la inversión neta
positiva y un “crecimiento secular”. Para el caso de un “equi¬librio móvil” de
este tipo, la “escasez” de Walras, al
aplicarse a los bienes de capital en términos generales, podría parecer que es
relevante, ya que de otra manera la
acumulación continua del capital no
tendría sentido. Pero en cuanto a lo que
concierne a la explicación del beneficio
en los términos de “escasez” de
Wal¬ras, nos encontramos ahora en
otra gama del dilema. La impu-tación,
del tipo de la de Menger es por lo menos
plausible en la medida en que la: proLA REVOLUCIÓN JEVONIANA
ducción tiene la forma de un proceso en
227
línea recta de determinados insumos
ción,7* compartiría el defecto de cualque se transforman en pro¬ductos finaquier teoría por parte de las preferenles. .Pero en cuanto se introducen la
cias o de las reacciones de conducta de inversión neta y el crecimiento contilos individuos: es decir que abstrae to- nuos, una parte significativa del procedas las influencias sociales sobre los
so produc¬tivo debe, en cambio, tener
deseos y la conducta de los individuos, la forma de un anillo, donde los
e ignora ia prescindencia de la natupro¬ductos, vuelven atrás como insura¬leza de la distribución relativa de
mos nuevos " antes de haber te¬nido la
cualquier sumatoria de las preoportunidad de surgir como bienes de
fe¬rencias o acciones de dichos indivi- consumo final. Es difícil ver cómo y por
duos. Será bueno recordar, ade¬más,
qué en estas circunstancias la determique en sistemas de equilibrio de este
na¬ción del ingreso debe hacerse por
tipo se corre el riesgo de encontrar un
los patrones de demanda de los consuconjunto de identidades de poco o de
midores más bien que por las caracteningún valor explicativo.70
rísticas del proceso
Cualquiera que sea la lógica de los es- 78
Podría muy bien preguntarse sí
tados estacionarios, la mayor parte de
escaparía en verdad al tipo de crítica
los economistas puede sentir la impasuscitada por el Dr. Pasinetti contra la
explicación de Fisher —publi¬cada en
Economic Journal de setiembre de
1969, pp. 508-529—, quien concibe que
los valores de los bienes de capital
cambiarían con los cambios en la tasa
de beneficio (sobre todo cuando varios
bienes distintos de capital se combinan
en una línea de producción).
T* Véanse pp. 23-25.
" Es verdad que parte de éstos aparecerán como bienes-salarios para los trabajadores empleados adicionalmente —
en la medida en que el empleo esté en
expansión— pero una parte de ellos (el
producto del sector de bienes de capital)
representará a las materias primas y
componentes y nuevas máquinas, etc.,
para equipar los nuevos procesos de
producción que están comenzando.
228
TEORIA DEL VALOR Y LA DISTRIBUCION
de crecimiento (y por el patrón de la
producción adecuado a ello). De acuerdo con un modelo teórico de crecimiento, ahora bien conocido, de Von Neumann, con un salario real constante
(dado) se maximiza el crecimiento
cuando los precios son tales como para
hacer que se igualen la tasa de beneficio y la tasa de crecimiento.78 Aquí, la
tasa de beneficio es independiente tanto
del patrón de consumo final79 como de
la cantidad existente de capital; y si es
independiente de esta última así como
de la primera, cualquier clase de explicación en términos de proporciones de
factor o de escasez relativa del factor,
deja de tener importancia,80 en forma
bien manifiesta.
El sucesor de Walras en la cátedra de
Lausana, Vilfredo Pareto, iba a ser
quien desarrollara la teoría de la demanda de los consumidores en términos de las “curvas de indiferencia” de
79 J. yon Neumann, “A Model of General Equilibrium”, Review of Economic
Studies, t. xui, n? I, 1945-1946, pp. 19. Si a partir del beneficio hubiera consumo, la tasa de beneficio, de acuerdo
con los supuestos del modelo de Neumann excederá la tasa de crecimiento;
esta última será, en forma equivalente,
más baja que su máximo potencial
(frente al nivel dado de salario real) y la
participación del beneficio en el producto total será, de la misma forma, mayor.
En otras palabras, el extravagante consumo capitalista beneficia a los capitalistas como clase, pero daña a la economía (contrariamente a lo que establece la tesis de Lauderdale y Malthus).
Véanse las pp. 242-243.
79
Debe hacerse notar que esto se
refiere al patrón de demanda relativa de
diversos bienes (y el grado de su satisfacción) y no al total de la demanda del
producto. Es lógico que el beneficio sólo
pueda realizarse sobre el producto que
se vende y deba, en este sentido estar
limitado por la demanda total (las inversiones más el gasto de los no asalariados). Tam¬poco es inconsistente con
que la razón entre el beneficio y los salarios sea igual a la razón del tiempo de
trabajo excedente con respecto al tiempo de trabajo necesario (siempre que
este último se interprete como trabajo
gastado en la producción de bienessalarios). Pero cualquiera de estas dos
proposiciones difiere por completo de
un tipo walrasiano de derivación de los
precios relativos de los factores, a partir
de la demanda.
10
El profesor Sir John Hicks ha sugerido la posibilidad de una posición de
compromiso (y evidentemente pragmática): “Yo no sostendría ahora que la
teoría de la distribución de factores es
aquella que se formula en términos de
funciones de producción y elasticidades
de sustitución, pero no abando¬naría
del todo' esa teoría. La luz que arroja
sobre los problemas prácticos puede no
ser muy brillante, pero tampoco lo es
aquella que arroja la teoría del Crecimiento Equilibrado.' Necesitamos, al
menos, ambos enfoques”, Capital and
Growth, Oxford, 1965, p. 172. Esta
conclusión parece apoyarse sobre la
presunción de que es posible tener una
pluralidad de verdades parciales y que
en sentido pragmático se justifica admitirlo. Pero parece difícilmente posible ir
muy lejos de esta mahera, sin verse envuelto en incertidumbres y contradicciones (a menos que se quiera significar
que ambas teorías son reconciliables).
curso de. su demostración resumió el
problema del equilibrio general en lina
frase muy citada donde afirma que es la
resultante del conflicto entre-los gustos
y los obstáculos para satisfacerlos (es
decir, obstáculos que surgen a partir de
las cir¬cunstancias de ia producción y
de la limitación de la oferta de factores)
.8l Así lo explicó en dos obras principales, el Cours d‟Eco- nomie politique de
1896 y el Manuel de 1909. Por lo general se considera que fue el primero en
divorciar la teoría de la demanda de sus
raíces hedónicas y utilitaristas, al definir, como lo hizo, la utilidad (u Ophelimité según prefirió llamarla) simplemente como “deseabilidad”, o sea, la
calidad de ser deseado por un consumidor, sin tomar en cuenta la capacidad de dar satisfacción real y de contribuir a su bienestar. En ese sentido trató a la utilidad como una magnitud puramente ordinal y además como algo no
com¬parable entre individuos, y por lo
tanto no susceptible de ser sumada a
los efectos de formar un total para un
grupo o para la sociedad. Fuera de esto
y de subrayar el mayor realismo de
su¬poner coeficientes fijos para tratar
problemas de la producción y de la determinación de los precios de los factores (“los coefi-cientes son en parte constantes o casi constantes y parcialmente
variables”),82 y de realizar algunas inLA REVOLUCIÓN JEVONIANA
cursiones en problemas de aplicación,
229
no hizo nada más que traducir el sisteEdgeworth, presentando a las curvas de ma de Walras a una forma más accesidemanda como derivadas de ellas. En el ble. En los últimos años su interés giró
hacia la sociología, sobre la cual habría
de escribir luego un tratado.
El contraste, y oposición, entre la “interdependencia matemá¬tica” del sistema de Walras y lo que ha sido llamado el enfoque “genético causal” de los
austríacos (es decir, el énfasis de estos
últimos sobre los eslabones en línea
recta de causa y efecto) fue subrayado
en especial por Pareto; esto guarda cierta analogía con la actitud de Marshall
hacia Jevons (aunque en lo fundamental Marshall evitó los métodos matemáticos, con excepción de los apéndices, y
favoreció un enfoque de “equilibrio parcial”). A este respecto Pareto logró ser
plus royaliste que le roi, y hasta llegó a
desaprobar algunas proposiciones de
sus predecesores porque pen¬saba que
favorecían demasiado el punto de vista83 “causal”. Con
11
Véase Manuel d‟Economie Politique, traducción de A. Bonnet, París,
1909, pp. 150 y ss.
s* Ibíd., p. 636.
“ Por ejemplo el pasaje de los Eléments
en pp. 307-308, al cual ya hemos hecho
referencia y el comentario de Pareto en
su Manuel, p. 246 b.
230
TEORfA DEL VALOR Y LA DISTRIBUCIÓN
relación a este énfasis exclusivo sobre
la dependencia mutua, pa¬rece haber
sido tan crudamente parcial como lo
fueron Jevons o los austríacos algunas
veces, en el sentido opuesto, al descri-
bir situaciones o procesos en cadenas
causales unidireccionales dema¬siado
simples. Hn alguna medida el contraste
puede sin duda ser explicado por el interés correspondiente a diferentes niveles de abstracción. Pero ya se ha dicho
quizá demasiado en nuestro pri¬mer
capítulo en el sentido de sugerir que la
dicotomía es de na-turaleza irreal, en lo
que concierne, por lo menos, a la materiu de la cual se trata en economía, y
que una vez que se ha dado una interpretación económica a un sistema como
el de Walras —y a jortiori una aplicación económica—- surge necesariamente una de¬terminación de algunos factores por otros. Así es, en verdad, cómo
el mismo Maestro Pareto parece haberlo
considerado y en dicha interpretación
cualquier diferencia sustancial entre su
enfoque y el de los austríacos o de Jevons, seguramente desaparece.
Jacques Le Goff
jUercatereá y banqueros be la Cfcab
ííletita
Aires, EUDEBA, 1982.
168 p. (Libros para todos/Economía)
Incluye bibliografía
ISBN 950-23-0018-1
Inst. Bib. - UBA
JACQUES LE GOFF
MERCADERES Y BANQUEROS DE LA
EDAD MEDIA
EDITORIAL UNIVERSITARIA DE BUENOS AIRES
Título de la obra original:
Marchands et banquiers du moyen age
Presses Universitaifes de France, París,
1956
Traducida por NATIVIDAD MASSANES
Tradujo poesías del francés antiguo:
IRIS ACACIA IBAÑEZ
La revisión técnica estuvo a cargo de
ENRIQUE SILBERSTEIN
Novena edición: Septiembre de 1982
EUDEBA S.E.M.
Fundada por la Universidad de Buenos
Aires
LIBROS PARA TODOS
©1969
EDITORIAL UNIVERSITARIA DE BUENOS AIRES
Le Goff, Jatques
Sociedad de Econom ía Mixta
Mercaderes y banqueros de la edad me- Rjvadavia 1571/73
dia. Trad. por Nati¬vidad Massanes
Hecho el depósito de ley 11.723
Traducción de poesías del francés anti- ISBN 950-23-0018-1
guo por Iris Acacia Ibáilez. Revisión
IMPRESO EN LA ARGENTINA - PRINtécnica de Enrique Silberstein. 9. ed,
TED IN ARGENTINA
/de la ed. en francés de 1956/. Buenos
INTRODUCCION
Éste es un ensayo de ambiciones limitadas. De él hemos excluido todo lo que
no ofrecía completa seguridad, cuanto
se apoyaba en documentos o tra-bajos
demasiado escasos, lo que es, antes que
con¬quista —-inclusive provisional— de
la ciencia, ob¬jeto de controversia entre
eruditos e historiadores y lo que permanece en las márgenes exploradas
solamente por unos pocos precursores
de la investi¬gación histórica. Con pesar se ha sacrificado el exa¬men. de los
problemas a la exposición del estado
actual de los conocimientos alcanzados.
No obstante, en el umbral de este pequeño libro es preciso explicar, si no
justificar, estas limitacio¬nes, plantear
los problemas y mencionar las direc¬ciones que siguen los investigadores.
En primer lugar, nos hemos encerrado
en un mar¬co geográfico: el de la Europa cristiana. Con ello esperamos ganar
cohesión, pero, inevitablemente, hemos
de perder amplitud. Renunciando al
merca¬der bizantino o ú mercader musulmán, evitamos hablar de gentes mal
conocidas, de tipos que per¬tenecen a
civilizaciones diferentes, si no hostiles.
7
mercial —base de otros contac¬tos—,
entre la Cristiandad occidental y el
mundo musulmán. Más aún; hasta podría afirmarse que ia constitución del
Islam, lejos de separar Oriente de Occidente, fusionó ambos mundos, y que
sus grandes centros urbanos de consumo crearon h\ demanda de productos que determinó la renova¬ción comercial del Occidente bárbaro. El merca¬der veneciano; no cabe duda, labró
su fortuna gra¬cias al contacto con Bizancio. Y es del dominio grecomusulmán •—de Ceuta a Trebisonda y
de Bizancio a Alejandría— que sacaron
esencialmente su riqueza ]as grandes
ciudades marítimas de Italia. ¿Acaso el
mercader cristiano, cuya actividad es
pos¬terior a la del mercader bizantino o
árabe, no tomó de éstos tatito los métodos como la mentalidad y las actitudes?
Prescindir del mundo oriental seria imperdo- nable si lo que estudiáramos
fuera el comercio me¬dieval. Pero, al
tratar del mercader, creemos poder hacerlo. Segunda limitación de este reducido tra¬bajo: no vamos a estudiar por
sí mismo el comer¬cio propiamente dicho —mercados, rutas, elemen¬tos de
trabajo, productos, evolución—. Aquí, lo
que nos interesa son los hombres que
se dedicaron a él. A ese respecto, el
Pero el comercio, aunque suscita conmercader cristiano, aunque de activiflictos, es tam¬bién uno de los principa- dad profesional forzosamente parecida
les vínculos entre las zonas geográficas, a la de sus colegas orientales, se halla
entre las civilizaciones y entre los
inmerso en un
pue¬blos. Inclusive en la época de las
8
Cruzadas no cesó el intercambio co-
contexto político, religioso y cultural
muy diferen¬te. Y lo que nos interesa
es, especialmente, ubicarlo en el marco
de su ciudad, de su estado, de su
so¬ciedad y de su civilización. Nuestra
atención se ha dirigido, en particular, a
lo que hizo fuera del cam¬po económico
con su riqueza y su poder.
También era necesario elegir entre los
hombres. Aquí hemos tenido que sacrificar a los pequeños: mercaderes al menudeo, usureros a corto plazo, buhoneros. A esa seleción nos ha llevado tanto
el hecho de que existan pocos documentos personales referentes a ellos y
que al historiador le sea difícil descubrir entre los mismos figuras individuales, co¬mo el deseo de mostrar, sobre
todo, a personajes cuyo poder económico permitió desempeñar un papel principal no sólo en el comercio sino
tam¬bién en la política y en el arte. Por
lo tanto, vamos a tratar de los mercatores y de los negociatores. De los hombres de negocios, como se les ha llamado.
Y
la expresión es excelente, porque
expresa la ex-tensión y complejidad de
sus intereses: comercio propiamente
dicho, operaciones financieras de todo
orden, especulación, inversiones inmobilarias y ru¬rales. Para referirnos a
ellos nos hemos limitado aquí a citar los
dos polos de su actividad: el comer¬cio
y la banca. Por otra parte ¿acaso no se
utilizó en la Edad Medía el término
mercaderes-banqueros para designar a
los más poderosos y representativos?
Ahora bien; este tipo de mercader va
unido a la fase ascendente de la economía de la Europa cris¬tiana a partir
del siglo XI. Por lo tanto, hemos te¬nido
que renunciar a hablar de los mercaderes de la
9
posición sistemática en la cual —
aunque investigando los lazos de unión
en¬tre las diversas actitudes de un
mismo hombre—- tomamos al mercader
banquero, primero en su ga¬binete de
trabajo o en el mercado —es decir, en
su actividad profesional—; después
frente al noble, al obrero, a la ciudad y
Alta Edad Media. Se dirá que es una
al Estado —es decir, en su función sosalida fácil. Evitamos de este modo la
cial y política—; luego en presencia de
exposición de las múl¬tiples y opuestas 10
tesis sobre el tema; no tendremos que
hablar de su número ni de su imporla Iglesia y de su conciencia —es decir,
tancia —pa¬ra algunos ínfima, grande en su actitud religiosa y moral—; y, fipara otros—; de su na¬turaleza —
nalmente, ante la ense–anza, el arte y
mercaderes especializados u ocasiona- la civilización —es decir, en su función
les, mercaderes independientes o vincu- cultural—.
lados a prínci¬pes o a establecimientos Estas preferencias no nos han causado
religiosos, simples buho¬neros o ya ca- sólo re-mordimientos. También han sipitalistas de amplios horizontes—; ni de do acompañadas de arrepentimientos
su nacionalidad —judíos o indígenas—; cuyas huellas, que nos han pare¬cido
ni del pro¬blema capital, pero oscuro y legítimas, y hasta necesarias, se hallaoscurecido por las teo¬rías, de su orirán más adelante.
gen: supervivencia del pasado, del
Si bien nos hemos limitado al mercader
mundo grecolatíno, aventureros erran- cristiano, no hemos disimulado ni la
tes o propie- rarios rurales que se lan- amplitud geográfica de su actividad, ni
zan a invertir capitales en el comercio. los problemas profesionales o mo¬rales
Eso nos permite zanjar más fácilmente que le plantearon los contactos con el
la última alternativa: ¿plan cronológico mundo cismático, hereje o pagano. No
o plan lógico? Lo que habría sido impo- hemos olvidado que el mercader crissible si hubiéramos partido de los orítiano de la Edad Media tenía hogenes medievales, parece legítimo en un ri¬zontes más amplios que muchos de
mar¬co temporal donde, después de la los eruditos mo¬dernos que lo han esllamada, con jus¬ticia, "revolución co- tudiado. Aun cuando Marco Polo' fuera
merciar‟, las condiciones de vida funun caso excepcional, o mejor dicho,
damentales deí gran mercader cristiano ex¬tremo, fueron innumerables sus coper-manecieron relativamente estables. legas que reco¬rrieron mentalmente las
Por lo tanto, hemos optado por una ex- rutas por las cuales él se aventuró.
Tampoco hemos querido citar al mercader o al banquero sin explicar en qué
consistía su vida pro-fesional. Por lo
tanto, hemos esbozado los métodos, la
organización y el marco dentro del cual
se mueve el comerciante.
No hemos olvidado, igualmente, que a
la som¬bra de los poderosos personajes
que nos ocupan, otros, los humildes y
los pequeños, constituían el tejido conjuntivo de un mundo imposible de
com¬prender sin ellos; y el lector podrá
descubrir su
11
rostro anónimo en la filigrana. Por lo
demás, si¬guiendo a eminentes historiadores hemos tenido que preguntarnos a qué correspondía la distinción
entre pequeño y gran comerciante en la
Edad Media, y si esa distinción se podía
reducir a la oposición entre comsrcio
mayorista y minorista.
Del mismo modo, si bien hemos dejado
de lado el problema del origen del mercader cristiano en la Alta Edad Media
en su aspecto histórico, no hemos eludido ni el problema conexo de las generaciones de comerciantes —nuevos ricos o hijos de ricos— ni otro también
unido a él: el de las preocupacio¬nes
rurales de los hombres de negocios del
Medioevo.
Por último, aun dentro de un marco
geográfico y cronológico que no cambió
fundamentalmente, hemos tenido en
cuenta no sólo la diversidad en el espacio (el mercader italiano no es el merca-
der han- seático), sino también la evolución en el tiempo. El precursor del
siglo xn no es el nuevo rico del siglo xiii;
las crisis del siglo xiv engendran otro
tipo de hombre de negocios que la
prosperidad del si¬glo xiii; el marco político del principado o de la monarquía
nacional configura un tipo de mer-cader
distinto del moldeado por el marco comunal en ios siglos precedentes. Esperamos que no se pier¬da de vista que el
desequilibrio que se hallará qui¬zás en
favor del mercader italiano tiene su expli¬cación en la excepcional abundancia de la docu¬mentación que le concierne, en el número y calidad de las
publicaciones que se han ocupado de él
y en el carácter de "precursor” de sus
métodos y la am¬plitud de sus perspectivas. Todo lo cual lo con¬
12
Lucien Febvre, el "derecho a la historia”.
13
CAPITULO PRIMERO LA ACTIVIDAD
PROFESIONAL
LA revolución comercial
La revolución comercial de la que fue
teatro la Cristiandad medieval entre los
siglos xi y xni se halla estrechamente
unida a algunos grandes fenómenos de
la época, y no resulta fácil determinar si
fue causa o efecto de los mismos.
En primer lugar, cesan las invasiones.
En cuanto dejan de penetrar en el corazón de la Cristiandad o de arribar a sus
costas germanos, escandinavos,
nó¬madas de las estepas eurasíáticas y
sarracenos, los intercambios pacíficos
—nacidos, por otra parte, modestamente en el mismo seno de las luchas—
su¬ceden a los combates. Y aquellos
mundos hostiles se revelan como grandes centros de producción o de consumo: se ofrecen los granos, las pieles y
los esclavos del mundo nórdico y oriental a las grandes metrópolis del mundo
musulmán, de las que aflu¬yen, en
cambio, los metales preciosos de África
y de Asia.
La paz —relativa— sucede a las incursiones y a los pillajes, creando una seguridad que permite re¬novar la economía y, sobre todo, al ser menos peli¬
14
vierte en tipo ejemplar —a condición de
recordar que, en general, el resto de los
mercaderes estaban lejos de ser tan
avanzados como él—.
Esperamos de la indulgencia del lector
se digne colocar en primera fila, entre
las figuras que per¬miten comprender
la Cristiandad medieval, entre aquellos
"estados del mundo” que el pesimismo
de la Edad Media agonizante arrastrará
a la Danza Macabra, junto al caballero,
al monje, al universi¬tario y al campesino, al mercader que hizo la his¬toria
como ellos y con ellos. Y con otros también que esperamos que algún día obgrosas las rutas de tierra y de mar, acetengan, según la hermosa expresión de lerar si no reanudar el comercio. Más
aún; al disminuir la mor-talidad por
accidente y mejorar las condiciones de
alimentación y las posibilidades de
subsistencia, se produce un extraordinario aumento demográfico que provee
a la Cristiandad de consumidores y
pro¬ductores, mano de obra y un stock
humano del que tomará sus hombres el
comercio. Y cuando el mo¬vimiento
cambia de dirección, cuando la Cristian¬dad ataca a su vez, el gran episodio militar de las Cruzadas no será más
que la fachada épica a la sombra de la
cual se intensificará el comercio
pa¬cífico.
Con estas convulsiones se halla vinculado el fe-nómeno capital del nacimiento o renacimiento de las ciudades. En
todas ellas, ya sean de nueva crea¬ción
o antiguos conglomerados, la característica más importante es ahora la primacía de la función económica. Etapas
de rutas comerciales, nudos de vías de
comunicación, puertos marítimos o fluvia¬les, su centro vital se encuentra
junto al viejo cas- trum feudal, núcleo
militar o religioso: es el nuevo barrio de
los comercios, del mercado y del tránsito de mercancías. El desarrollo de las
ciudades está vinculado a los progresos
del comercio, y en el marco urbano debemos situar el auge del mercader medieval.
No todas las regiones de la Cristiandad
conocen con igual intensidad estas manifestaciones primeras de la revolución
comercial. Podemos individualizar tres
grandes centros donde tiende a concen-
trarse la actividad comercial de Europa. el mercader medieval es, so¬bre todo,
Como el Mediterrá¬
un mercader errante.
15
El mercader errante 1 Los cominos
El mercader encuentra muchos obsneo y el Mar del Norte (dominio musul- táculos a lo
mán y do¬minio eslavo-escandinavo)
76
son los dos polos del comercio internacional, en las avanzadas de la
largo de los caminos de tierra, y de
Cris¬tiandad hacia esos dos centros de agua por donde transporta sus mercanatracción apare¬cen dos franjas de po- cías.
derosas ciudades comerciales: en Italia Ante todo, obstáculos naturales. En tiey, en menor grado, en Provenza y en
rra, hay que atravesar las montañas
Es¬paña por una parte, y en la Alema- por caminos que, si bien no tan malos
nia del norte por otra. De ahí el predo- como se ha dicho a veces y más
minio en la Europa me¬dieval de dos
elás¬ticos que los caminos empedrados
mercaderes, el italiano y el hanseático, y pavimentados de la Edad Antigua,
con sus dominios geográficos, sus mé- son, sin embargo, Muy rudimen¬tarios.
todos y su per¬sonalidad propios. Mas, Si pensamos que las grandes rutas del
entre esos dos dominios hay una zona co¬mercio norte-sur han de cruzar los
de contacto cuya originalidad estriba en Pirineos y sobre todo los Alpes —más
que, desde muy pronto, añade a su
permeables al tráfico, pero de dificultafunción de in-tercambio entre ambas
des multiplicadas por el volumen
zonas comerciales una fun¬ción promu¬cho más considerable de mercanductora, industrial: la Europa del nocías— nos damos cuenta en seguida de
roeste, o sea la Inglaterra del sudeste,
los esfuerzos y riesgos que
Normandía, Flandes, Champaña y las
re¬presentaba, por ejemplo, el transregiones del Mosa y del bajo Rín. Esta
porte de un carga¬mento desde Flandes
Europa del noroeste es el gran centro
a Italia. Y no debe olvidarse que, si bien
de la fa¬bricación de paños y —con la
en ciertos tramos se utiliza lo que pueItalia del norte y del centro— la única
da subsistir de las vías romanas, y en
región de la Europa medieval que peralgunos itine¬rarios se encuentran camite hablar de industria. Junto a las
rreteras de verdad, la ma-yoría de las
mercan¬cías del norte y de Oriente, el
veces los caminos medievales a través
hanseático y el ita¬liano van a buscar a de campos y colinas no son otra cosa
los mercados y ferias de Cham-paña y que ''el lugar por donde se pasa”. A eso
de Flandes estos productos de la indus- hay que añadir las insu¬ficiencia? del
tria textil europea. Porque, en esta pri- transporte. Sin duda los progresos
mera fase de na¬cimiento y expansión, rea¬lizados en los medios de acarreo a
partir del si¬glo x fueron una de las
condiciones técnicas favora¬bles, si no
imprescindibles, para el desarrollo del
comercio; pero, en los caminos sin pavimentar, los resultados de estos adelantos fueron muy limitados. Por eso,
junto con los pesados carros de cuatro
rue¬das y las carretas más ligeras de
dos ruedas, los anidas y sus sacos fueron los agentes
usuales de trans¬porte. Agreguemos a
eso la inseguridad, los bandi¬
17
dos, los señores feudales o las ciudades
ávidas de allegar recursos por medio del
simple robo o por la confiscación más o
menos legalizada de los carga-mentos
de los mercaderes. Agreguemos muy
espe-cialmente, quizás —por ser más
frecuentes y más regulares— los impuestos y derechos, peajes de to¬das
clases que los innumerables señores
feudales, las ciudades o las comunidades cobraban por pasar un puente, un
vado o por el simple tránsito a través de
sus tierras, en tiempos de extremo parcelamiento territorial y político. Cuando
todavía estos tribu* tos se recaudaban
como pago de un efectivo mantenimiento del camino, el gasto podía parecer legí¬simo a los mercaderes; y a
partir del siglo xm, los señores feudales,
los monasterios y, sobre todo, los habitantes de los burgos construyen puentes que facilitan y aumentan un tráfico
del cual sacan be¬neficios directos e
indirectos apreciables. Pero a ve¬ces se
construye “a expensas de los usuarios”,
de los propios mercaderes, como fue el
caso del puente colgante —el primero
en su género— del Gotardo, el cual, en
1237, abrió el camino más corto entre
Alemania e Italia. Esos gastos sólo se
atenuarán ha¬cia fines de la Edad Media, con una política de tra¬bajos públicos por parte de los príncipes y de los
reyes, en el marco de la organización de
los estados centralizados y mediante
rescate sistemático de los peajes. Por lo
tanto, a las fatigas y a lós riesgos
in¬ciertos ha de añadir el mercader estos gastos inelu¬dibles, lo que hace que
el transporte terrestre re¬sulte muy
oneroso. Para los productos raros y caros: esclavos, paños de lujo y sobre todo
"especias me¬
18
nudas” (expresión que cubre toda una
serie de mer-caderías de precio elevado
y de poco volumen, em-pleadas en perfumería, farmacia, .tintorería y co-cina),
el costo del transporte no representaba
más del 20 al 25 % del precio inicial.
Pero para lo que A. Sapori ha llamado
las "mercancías pobres”, pe¬sadas y
voluminosas y de un valor menor (granos, vinos, sal), esos gastos ascendían
basta un 100 y un 150 %, o más todavía, de su valor original.
Las vías fluviales
Por eso el mercader medieval prefería
las rutas navegables. Donde la navegabilidad de los ríos lo permite, se practica en gran escala el transporte de la
madera por flotación y de las demás
mercancías mediante barcas chatas. A
ese respecto, hay tres re¬des fluviales
que por la importancia de su tráfico deben destacarse.
1) La de Italia del norte, que con el Po y
sus afluentes constituía la mayor vía de
navega¬ción interior del mundo mediterráneo, compara¬ble —guardando la*
proporciones— a la red actual de los
grandes lagos norteamericanos. 2) El
Róda¬no, prolongado por el Mosela y el
Mosa, que fue hasta el siglo xrv el gran
eje del comercio norte-sur. 3 ) El enrejado que forman lbs ríos flamencos,
com¬pletado a partir del siglo XIX por
toda una red arti¬ficial de canales o
vaarten, y de pantanos-exclusas o overdragbes, y que fueron para la revolución co¬mercial del siglo xm lo que la
red de canales ingle¬
19
ses fue para la revolución industrial del
siglo XVIII. Debemos añadir la vía RinDanubio, de importan¬cia creciente a
fines de la Edad Media, ligada al
des¬arrollo económico de la Alemania
central y meri¬dional. Durante mucho
tiempo fueron los merca¬deres, más
que los príncipes, los que desempeñaron el papel preponderante en todo este
trabajo de do¬tación.
Las vías marítimas
Pero, de modo muy especial, es el
transporte ma-rítimo el medio por excelencia del comercio inter-nacional medieval, el que hará la riqueza de esos
grandes mercatores que son quienes
nos interesan en particular. También en
ese terreno los obstáculos siguen siendo grandes.
En primer lugar, tenemos el riesgo de
naufragio y la piratería. Esta última actuó siempre en gran escala. Primero fue
obra de marinos particulares, verdaderos empresarios de piratería, que la
practi¬caban alternándola con el comercio. Estos marinos, para el desarrollo de su actividad establecían
ver¬daderos contratos que aseguraban
su parte de be¬neficio a los honorables
comerciantes que financia¬ban sus
empresas. Obra también ds las ciudades y los Estados, en virtud del derecho
de guerra o de un derecho de precio
ampliamente interpretado; y si bien este
jus naufraggi pronto fue abolido en el
Mediterráneo (aunque los reyes angevinos de Ná20
poles lo restablecieran a fines del siglo
xiii con gran escándalo de los italianos),
siguió existiendo du¬rante mucho más
tiempo en el dominio nórdico, practicado especialmente por ingleses y bretones a lo largo de una tradición ininterrumpida que con¬ducirla a la guerra
de corso de los tiempos modernos. Solamente las grandes ciudades marítimas —sobre todo Venecia— pueden organizar convoyes regu¬lares escoltados
por naves de guerra.
Otro obstáculo es la poca capacidad de
las na¬ves. Desde luego, la revolución
comercial y el cre¬cimiento del tráfico
hacen que aumente el tonelaje de las
naves mercantes. Pero los pesados koggen hanseáticos adaptados al transporte de mercancías voluminosas y pesadísimas y las grandes galeras de comercio
italianas —especialmente venecianas—,
aunque alcanzan el millar de toneladas
a fines de la Edad Media, no representan en conjunto más que un escaso tonelaje. La mayoría de las naves tenía
menor capacidad: los koggen hanseáticos que trans¬portaban la lana inglesa
y el vino francés o alemán por el mar
del Norte y el Báltico, las carracas genovesas o españolas cargadas de especias y las naves rápidas venecianas que
iban a buscar el algodón a los puertos
de Siria y de Chipre, raramente supe¬raban las 500 toneladas.
Otro inconveniente es la escasa velocidad de esa navegación. A partir del siglo
xiii, la difusión de inventos como el timón de codaste, la vela latina y la brújula, y los progresos de la cartografía —
y aquí, junto a los aportes orientales y
extremo orien¬
21
tales, hay que hacer especial mención
de los ma¬rinos y sabios vascos, catalanes y genoveses— permi¬ten disminuir o eliminar las trabas que, para la
rapidez de las comunicaciones marítimas, signifi¬caron en la Edad Media el
anclaje nocturno, el paro en invierno
durante la época de vientos y el ca-
bo¬taje a lo largo de las costas. Todavía
a mediados del siglo xv el ciclo completo
de una operación de un mercader veneciano —llegada a Venecia de espe¬cias
de Alejandría, reexpedición hacia Londres de esas especias, regreso de Londres con flete de es¬taño, reexpedición
de ese estaño hacia Alejandría y nuevo
cargamento de especias para Venecia—
dura dos años enteros. El mercader
precisa paciencia y capitales. Por lo
demás, el costo del transporte por mar
es infinitamente más bajo que el transporte por tierra: el 2 % del valor de la
mercancía para la lana o la seda, el 15
% Para los granos y el 33 % para el
alumbre.
Sigamos con Roberto López y Armando
Sapori a un grupo de mercaderes que
en el siglo xiv se embarcan en Genova
rumbo a Oriente. El cargamento se
compone sobre todo de tejidos, armas y
metales. Costeando Italia o bien vía
Córcega, Cerdeña y Sicilia, se Hace escala primero en Túnez y después en
Trípoli. En Alejandría se aumenta el
cargamento con mer-cancías de toda
clase: productos de la industria local y,
espe¬cialmente, importaciones orientales. Las escalas en los puertos sirios •—
San Juan de Acre, Tiro, Antioquía—
tienen por ob¬jeto embarcar viajeros,
peregrinos o mercancías traídas del
Fste por las caravanas. Pero el gran depó$ito de las especias es Famagusta, en
la isla de Chipre. Se encuentran allí
“más especias que pan en Alemania”.
También en Latakieh, punto de arribo
de Jas rutas de Persia y de Armenia, se
encuentran,
22
según Marco Polo, "todas las especierías y tejidos de seda y oro de la tierra”.
En Fócea se embarca el precioso alumbre, mientras Quío es la escala de los
vinos y de la almáciga, que sirve tanto
para destilar un licor muy apreciado
como para la preparación de una pasta
dentífrica muy codiciada. Luego viene
Bizancio, parada obligatoria en el cruce
de las rutas de Levante. Después, atravesando el Mar Negro, se va a Caffa, en
Crimea, a recoger los productos de Rusia y de Asia trans¬portados a lo largo
de la ruta mongólica: trigo, pieles, cera,
salazones* seda y, quizás especialmente, esclavos. Muchos de estos productos
nuestros mercaderes no los llevan a
Occidente: se detienen en Sinope y en
Trebisonda y los venden. A partir de allí
y escoltados hasta Sivas por la policía
tártara, los más audaces pueden dirigirse a Tabriz y a la India, como Benedetto Vivaldi, a la China como Marco
Polo, por vía terrestre a tra¬vés del Asia
central o por mar de Basora a Ceylán.
Las ferias
Pero, en el siglo xiii, la meta más importante del mercader errante son las ferias de Champaña.
Estas ferias tenían lugar en Lagny, en
Bar-sur- Aube, en Provins y en Troyes,
y se sucedían a lo largo de todo el año:
en enero-febrero en Lagny; en marzoabril en Bar; las ferias de mayo, en ma-
yo- junio, en Provins; la feria de San
Juan en julio- agosto, en Troyes; la feria
de San Ayoul en sep¬tiembrenoviembre, de nuevo en Provins; y la
feria de San Remi en noviembrediciembre, otra vez en Troyes, Por lo
tanto, había en Champaña un mercado
casi permanente del mundo occidental,
lo que es importantísimo. Así, durante
dos o cua¬tro meses al año reinaba en
aquellas ciudades una
23
dios, y con grandes sótanos abovedados
para servir de al¬macén a las mercancías.
Mercaderes y habitantes gozaban de
importan¬tes privilegios, y la persistencia y el auge de las
J Cuando hay tibieza y calma, es verde
la hierba y los rosales están en flor. Entonces empiezan a errar los merca¬deres que trajeron sus bienes para
la venta, desde la mañana, al nacer el
día, hasta la tarde, en que anochece, no
cesan de ir y venir y llenan la ciudad.
extraordinaria animación, como la des- Fuera de los muros se instalan en el
crita en pri¬mavera por el trovador Ber- prado, y establecen sus tiendas y pabetrand de Bar-sur-Aube:
llones.
qu‟il fait cháud et seri,
24
Que l'erbe est vert et rosier sont flori.
Lors commencierent marcheant a errer ferias están íntimamente relacionados
Qui les avoirs ont a vendre aporté,
con el poder creciente de los condes de
Des le matin que ti fu ajomé,
Champaña y la libera¬lidad de su políDe si au soir que il fut avespré Ne finent tica.
il de venir ne d‟aller,
Esta liberalidad se manifiesta, en priQue tote en fu emplie la cité.
mer lugar, con los salvoconductos
De fors la vile se loge en mi le pré,
acordados para toda la ex¬tensión de
Et ont lor tres et pavejllons fermez 1.
las tierras condales. Y también con la
Para acudir a la feria, los mercaderes
exención de todo impuesto servil sobre
hicieron un viaje largo y difícil. Los ita- los terrenos donde se construyeran alolianos, que franquearon los pasos alpi- jamientos y locales para los mercadenos, estuvieron cinco semanas en
res. Los habitantes de los burgos
ca¬mino. Una vez llegados, precisaban que¬daron exentos de tributos y de tolalojarse. Al principio, se levantaban ba- tes a cambio de impuestos fijos rescarracas provisionales en las plazas y en tables. Las banalités (poyas) fueron
las afueras de la ciudad. Luego, los
abolidas o considerablemente limitadas.
ha¬bitantes alquilaron habitaciones o
Es¬tos comerciantes no tenían que pacasas a los mer¬caderes. Y al final se
gar derecho de represalias y de marca,
les construyeron casas especia¬les, de ni derecho dé' albarranía y de precio.
piedra, para que resistieran los incenEn especial, los condes aseguraban la
policía de las ferias, controlaban la legalidad y la honestidad de las transacciones y garantizaban las operaciones
comerciales y financieras. Para ello se
crearon funcionarios especiales, los
guardias de fe¬rias; esta función pública a menudo fue confiada a burgueses,
por lo menos hasta 1284, en que los
re¬yes de Francia, dueños de la Champaña, nombraron para tales cargos en
general a funcionarios reales. Además
de las razones puramente económicas,
el control de las operaciones financieras
y el carácter semipúblico de los cambistas contribuyó a otorgar a esas ferias
una de sus características más impor¬tantes: “el carácter de cleartng en
embrión”, al extenderse la costumbre
de pagar las deudas me¬diante compensación.
Pero estas ferias declinan a principios
del si¬glo xiv. A muchas causas se ha
atribuido esta de¬
25
cadencia: a la inseguridad reinante en
Francia en el siglo xiv con motivo de la
Guerra de los Cien. Años; al desarrollo
de la industria textil italiana que originó
una decadencia —seguida de reorgani¬zación— de la industria textil flamenca, principal proveedora de las ferias. Fenómenos ambos que con¬ducen
al abandono de la Strata francigena, la
ruta francesa, gran eje de unión entre el
mundo econó¬mico del Norte y el dominio mediterráneo, en be¬neficio de dos
rutas más rápidas y menos costosas;
una ruta marítima que partiendo de
Genova y de Venecia llega a Brujas y a
Londres a través del Atlántico, la Mancha y el Mar del Norte; y una ruta terrestre renana a lo largo de la cual, en
los si¬glos xiv y xv, se desarrollan las
ferias de Francfort y de Ginebra. Pero la
decadencia de las ferias de Champaña
se halla unida, sobre todo, a una
trans¬formación profunda de las estructuras comerciales, que da lugar a la
aparición de un nuevo tipo de comerciante: el mercader sedentario en lugar
del mercader errante. Este último era
un “tragaleguas” siempre en camino;
desde entonces, y gracias a téc¬nicas
cada vez más evolucionadas y a una
organiza¬ción cada vez más compleja,
el mercader sedentario dirige, desde la
sede central de sus negocios, toda una
red de asociados o de empleados que
hace inútil sus viajes.
EL mercader sedentario
t
Es cierto que la organización y los métodos uti- 26
vez más irresistible a medida que se
van ampliando y diver-sificando los negocios— el mercader ha de buscar capitales al margen de sus propios recursos.
El problema de los créditos, que como
veremos más adelante fue singularmente complicado en la Cristiandad medieval a causa de dificultades reli¬giosas y
morales, se resolvió de muy diferentes
for¬mas, de las cuales aquí sólo podemos esbozar las principales.
Existió, en primer lugar, el préstamo en
sus formas múl¬tiples. Una forma especialmente importante fue la letra de
cambio, que más adelante veremos
cuánto representó como operación de
crédito. Pero, junto al simple préstamo,
de¬bemos hacer mención especial del
préstamo marítimo. Su originalidad
procede del hecho de que el reembolso
del prés¬tamo estuviera supeditado al
regreso del navio sano y salvo con su
cargamento, salva cunte navi. Tales
préstamos casi siempre tenían por limite un viaje o, más exactamente, Un viaje de ida y vuelta, unidad de operación
lizados por el mercader sedentario cocomercial por mar durante la Edad Memenzaron a desarrollarse desde el mis- dia.
mo nacimiento de la revo¬lución coContratos y asociaciones
mercial. Pero es en los siglos xrv y xv
Fueron especialmente diversos tipos de
cuan¬do alcanzan su apogeo y se gene- asociaralizan de tal modo que nos obliga aho- 27
ra a tratar aquí a esa nueva clase de
mercaderes sedentarios, verdadero cen- ción, los que permitieron al mercader
tro de la tela de araña formada por sus salir de su aislamiento y extender la red
negocios.
de sus negocios.
Desde muy temprano —con fuerza cada Una forma fundamental de asociación
fue el contrato de commenda, también
llamado ¡ocíelas maris en Genova y colle- gantia en Venecia. En ella, los contratantes se presentaban como asociados, en la medida en que había reparto
de ríes- gos y beneficios; pero, en lo
demás, sus relaciones eran las de prestamista y deudor.
En el contrato de commenda pura y
simple, un comandi¬tario anticipa a un
mercader errante el capital necesario
para un viaje de negocios. Si hay pérdida, el prestamista corre con todo el peso financiero y el deudor no pierde otra
cosa que su trabajo. Si hay ganancias,
el prestamista, sin moverse de su domicilio, recobra $u capital y recibe una
parte de los beneficios, en general las
tres cuartas partes de éstos.
En U commenda Mamada específicamente socieias o colle- gantia, el comanditario que no viaja anticipa los dos
tercios del capital, en tanto que el deudor contribuye con el otro tercio y su
trabajo. Si hay pérdidas, se reparten
éstas propor¬cionalmente al capital invertido. Si hay ganancias, se dividen a
medias.
En general, ese tipo de contrato se firmaba por un viaje. Podía especificar la
naturaleza y el destino de la empresa a
la vez que ciertas condiciones —por
ejemplo, en qué mo¬neda se pagarían
los beneficios—, o bien dejar amplía liber¬tad al deudor quien, con el tiempo,
fue ganando indepen¬dencia.
He aquí el texto de uno de esos contratos, cele¬brado en Génova el 29 de se-
tiembre de 1163:
Testigos: Simone Bucuccio, Ogeriok Peloso, Ribaldo di Sauro y Genoardo Tosca. Stabile y Ansaldo Garraton forma¬ron una socieias en ía cual, según
sus declaraciones, Stabiíe aportó una
contribución de 88 liras, y Ansaldo, de
44 liras. Ansaldo se lleva este capital,
para hacerlo fructificar, a Tú¬
28
terrae recuerda a la commen¬da. El
prestamista corre con todos los riesgos
de pérdida, y las ganancias en general
se reparten a medias. Pero hay tnás
elasticidad en la mayoría de las cláusulas: la porción de ca¬pital invertido
puede variar muchísimo; en general, la
du¬ración de la organización no se limita a un negocio o a un viaje, sino que se
define por medio de un período de
tiem¬po, casi siempre de uno, dos, tres
nez o a cualquier parte adonde vaya el o cuatro años. Finalmente, entre estos
navio que él va a tomar: el navio de
tipos fundamentales de la compagnia y
Baldizzone Grasso y de Girardo. A su
la societas, existen numerosos tipos
vuelta, entregará los beneficios a Stabi- intermedios que combinan diversos asle o a un represen¬tante de él, para que pectos de ambos. Lamentablemente, la
los reparta. Deducido el capital, dicomplejidad de ta¬les contratos se exvi¬dirán los beneficios a medias. Dado presa en documentos demasiado extenen la casa del Cabildo, el 29 de setiem- sos para que podamos dar aquí algunos
bre de 1163.
ejemplos.
Además, Stabile autoriza a Ansaldo a
Alrededor de ciertos mercaderes, ciertas
enviar el dinero a Génova por el barco
familias
que este último disponga.
29
La diversidad de contratos de sociedad
era mayor que eí comercio terrestre,
y ciertos grupos se desarrollaron orgapero todos ellos pueden resumirse en
nismos com¬plejos y poderosos a los
dos tipos fundamentales: la compagnia que tradicionalmente se ha dado el
y la societas terrae. Los primeros ejem- nombre de "compañías” en el sentido
plos que se han conservado de ese tipo mt>- derno de la palabra 2. Las más
de contratos son vene¬cianos y llevan el célebres y mejor co¬nocidas fueron dirinombre especial de fraterna com- pag- gidas por ilustres familias flo¬rentinas:
nia; pero quienes más los emplearon
los Peruzzi, los Bardi, los Médicis. Mas,
fueron es¬pecialmente los mercaderes
según los historiadores que las han esde las ciudades del interior.
tudiado —Ar¬mando Sapori en primer
En la compagnia, los contratantes estérmino—, es preciso se¬ñalar que puetán íntimamente uni¬dos entre sí y se
den observarse profundas modifireparten los riesgos, las esperanzas, las ca¬ciones de estructura entre las del
pér¬didas y los beneficios. La societas
siglo xm y xiv y las del siglo xv, por lo
menos en el dominio ita¬liano.
Estas sociedades están basadas en contratos que sólo unen a los contratantes
por una operación co¬mercial o por una
duración limitada. Mas, a pesar del carácter efímero de las operaciones particulares y de los contratos que las definen, ciertos hechos, como la renovación
habitual de algunos de estos contratos
y la presencia en una vasta superficie
económica de los mismos nombres que
aportan a empresas de primerísima importancia y por lo re¬gular seguidas de
capitales considerables, convier¬ten a
las cabezas rectoras de esas redes de
negocios en jefes de organismos estables.
Pero en los siglos xm y xrv estas verdaderas casas comerciales están fuertemente centralizadas y tie¬nen a la cabeza a uno o varios mercaderes, que
po¬seen una serie de sucursales y están representados por empleados asalariados fuera de la sede principal donde
residen ellos o los dirigentes.
2
Pero están muy lejos de las sociedades modernas, que poseen una personalidad independiente de la de sus
miembros.
30
En el siglo xv, una casa como la de los
Médicis está des¬centralizada. Consiste
en una combinación de asociaciones
separadas, con su capital aparte, cada
una de las cuales tiene una sede geográfica propia: junto a la casa matriz de
Flo¬rencia, las filiales: Londres, Brujas,
Ginebra, Lyon, Aviñón, Milán, Venecia,
Roma, regidas por directores que sólo
parcial y secundariamente son empleados y cobran salario. Estos di- • rectores son ante todo socios capitalistas, a
la cabeza de una parte del capital: ése
es el caso de los Angelo Tani, los Tomaso Portinari, los Simone Neri, los
Amerigo Benci, etc. Los Médicis de Florencia son el vínculo que mantiene unidas todas esas casas solamente porque
tienen en cada una de ellas capitales
casi siempre mayoritarios, porque centralizan las cuentas, los informes y la
orientación de los negocios. Cuan¬do
un Lorenzo, menos cuidadoso que su
abuelo Cosme, se desentiende algo de
las cosas, en seguida las filiales tienden
a vivir con vida propia; surgen conflictos en el interior de la firma; el edificio
se disloca: es la ruina facilitada por el
número de personas ahora interesadas
en el negocio, porque parecería que de
la participación se ha pasado al depósito. El hecho de que, en adelante, los
depósitos representen una parte importante del capital, de la masa de maniobra de la firma, hace a ésta más vulnerable, a causa de las necesida¬des, las
vacilaciones, las exigencias y los temores de los de¬positarios que ahora ya
no tienen escrúpulos en reclamar el dinero como tenían los antiguos participantes, ligados en¬tre sí por la solidaridad de los vínculos familiares y de la
colaboración comercial.
En este nivel de grandes sociedades y
poderosos personajes fue donde pudie-
ron desarrollarse verda¬deros monopolios y lo que podríamos ya llamar
car¬teles. En efecto, se ha sostenido
que todas las cor¬poraciones medievales fueron carteles que reunían comerciantes o artesanos deseosos de suprimir la competencia mutua en el mercado urbario y esta¬blecer monopolio. Pero esta opinión no sólo no está
31
todos los grandes nombres del comercio
genovés— dominó el mercado del alumbre en el siglo xrv y comienzos del xv.
Después de la conquista turca, el
alumbre orien¬tal desapareció casi totalmente del mercado. Enton¬ces, en
1461, se descubrieron importantes yacimien¬tos en territorio pontificio, en
Tolfa, cerca de Civi- tavecchia. El gobiertio pontificio confió en seguida la
explotación y venta a la firma de los
probada en lo que concierne a la ecoMédicis. Así nació uno de los más exnomía corpo¬rativa urbana, sino que,
traordinarios intentos de monopolio inademás, tiende a introducir en un mar- ternacional de la Edad Media. La
co inadecuado conceptos que en reali- 32
dad sólo pueden aplicarse al comercio
internacional. Es¬tas sociedades mono- Santa Sede destinó su parte de benefipolistas a menudo se beneficia¬ron de cios en la em¬presa a la financiación de
la política colonial de ciertas ciudades o la Cruzada contra los turcos. . . que no
es¬tados medievales, especialmente de tuvo lugar. Al mismo tiempo, castigaba
Génova y Ve- necia.
con la excomunión a todos los princiLos carteles más célebres son, sin dupes, ciudades y particulares que comda, los que originó el comercio deí
praran alumbre que no fuera de Tolfa,
alumbre, uno de Jos pro¬ductos más
concedía derecho a enarbo¬lar el pabeimportantes y solicitados por el merllón pontificio a las naves utilizadas por
ca¬der medieval porque constituía una los Médicis para este comercio y presde las materias primas indispensables a taba todo su apoyo a éstos para que,
la industria textil, donde era empleado mediante presiones que llegaron hasta
como corrosivo. La mayor parte del
la expedición militar, obtuvieran el ciefiambre que se utilizaba se producía en rre de otras minas de alumbre existenhs islas o en las costas del rnar Egeo, y tes en la Cristiandad o bien la entrada
en especial en Fó- cea, en Asia Menor. en el cartel de sus propietarios: los reEn el siglo xiii su comercio pasó a ser
yes de Ñapóles, por ejemplo,
monopolio genovés y, después de Bene- po¬seedores de minas exi Ja isla de
detto Zacearía, comerciante genovés
Iscbia. Fue una de Jas mayores emprepionero en esta empresa, una poderosa sas de los Médicis.
sociedad genovesa, la maona de Quío — Mercaderes y poderes políticos
en la que se encuentran prácticamente Esos ejemplos nos muestran los víncu-
los que se crear0n entre gobiernos y
grandes mercaderes, sobre todo a fines
de la Edad Media cuando aumentaron
las necesidades de Jos príncipes; de ello
hablaremos al tratar del poder político
de los mercaderes. Ac^ií nos contentaremos con decir que, en los siglos Xiv y
xv, los préstamos a soberanos y ciudades, el arriendo de impuestos, la participación en las deudas del Estado, como, por ejemplo, en Venecía y Génova,
donde se estableció Un fondo de deuda
pública con la participación de los
grandes mercaderes de aquellas dos
ciudades —que se lan¬zaron a la especulación con esos verdaderos “valores”—, cons¬tituyó una parte cada vez
mayor de los negocios de los gran¬des
comerciantes. La prosperidad de ciertos
grandes comer¬ciantes italianos tuvo
su origen, en gran medida, en las operaciones financieras y comerciales que
realizaban a cuen¬
33
ta del Papado, una de las grandes potencias en dinero de la Edad Media —
sobre todo en el siglo xv, cuando el Papado de Aviñón, al engrosar el fisco
pontificio, drenó una parte de los recursos de la Cristiandad hacia las cajas de
la curia y de las compañías italianas —
sobre todo florentinas— que le servían
de banqueros. Además de los beneficios
propia¬mente financieros y comerciales
de estas operaciones, los grandes mercaderes obtenían privilegios (exención
de im¬puestos, participación en el go-
bierno), que tenían profun¬das repercusiones en su posición económica. Era
también ésa la época en que la legislación comercial se iba precisando en un
sentido que, al asegurar más estabilidad y seguridad a los negocios, beneficiaba ante todo a los mercaderes. Desde
Jos comienzos de la revolución comercial se vio a los señores y a los soberanos, y especialmente a los Papas mediante cáno¬nes conciliares, acordar su
protección a los mercaderes erran¬tes,
conceder salvoconductos (uso que se
remonta a La más Alta Edad Media, en
la que ya las inmunidades acordadas a
los eclesiásticos los convertían en "comerciantes privilegiados”), hacer construir edificios especiales para albergar a
los merca¬deres y a sus mercancías
(como la fondaco, el más célebre de
esos edificios, construido en Venecia
para los mercaderes alemanes). Ya hemos visto cómo el éxito de las ferias fue
muy facilitado por la protección acordada a sus participantes por la autoridad temporal del lugar donde se celebraban. Iba des¬arrollándose una legislación comercial, al principio obra de
los mismos mercaderes, como por
ejemplo la que se realizó en el seno del
famoso Tribunal de la Mercanzia de
Florencia que, como veremos, iba a
constituir una de las bases del poderío
político de los grandes mercaderes florentinos; y luego se des¬arrollaría en
escala internacional hasta insinuarse
en la legisla¬ción pública. En el dominio mediterráneo, por lo menos, los
contratos y los litigios comerciales dieron realce e hicieron pro- liferar una
multitud de notarios, personajes éstos
que fueron los auxiliares de los mercaderes a quienes deben en gran parte la
fortuna que conoció su profesión, y cuya función histórica se ha continuado
hasta nuestros días, porque sus archivos son una de las fuentes más ricas en
documentos sobre el mer¬
34
cader y el comercio medievales. El notario sigue al mercader donde quiera que
éste vaya: se los encuentra en Armenia
y en Crimea; se los encuentra también
a bordo de las naves, y vemos a uno de
ellos dar testimonio, el 16 de noviembre
de 1283, a la vista de las costas de Creta, a petición de unos comerciantes genovcses en ruta hacia Chipre y Armenia
con sus mercancías, furiosos porque el
capitán del navio, a des¬pecho de sus
compromisos, hace virar el navio hacia
Bizancio.
En el dominio hanseático la función de
los notarios fue desempeñada por las
autoridades públicas —municipales y
cor¬porativas—, y hoy debemos recurrir
a menudo a los documen¬tos oficiales
para seguir las operaciones del mercader medieval en el mundo nórdico.
Por lo demás, en la Edad Media la intervención de las auto¬ridades públicas
—que los historiadores liberales del siglo XIX consideraron como un obstáculo para el comercio y un signo de la
barbarie medieval— fue en general be-
neficiosa para los mercaderes quienes,
a fines de la Edad Media, inclusive se
beneficiaron de una verdadera política
económica por parte de ciertos príncipes, como Luis XI, el "rey de los mercaderes”. Fue también a fines de ese
mismo siglo xv cuando se definió con
más precisión la legislación sobre la
propiedad del subsuelo y la delimitación de las aguas territoriales.
Indudablemente, a fines de la Edad
Media los vínculos cada vez más estrechos entre príncipes y mercaderes hacen correr también a los últimos riesgos
mayores. La insolvencia de los soberanos tiene mucho que ver en las estrepitosas quiebras de banqueros italianos
en los siglos xiv y xv. Pero, no sólo han
intervenido otras causas en estas bancarrotas: imprudente ex-tensión del
crédito y de los negocios, función de la
coyuntura económica y, sobre todo, de
la coyuntura monetaria; sino que, además, desde muy temprano la legislación
de las quiebras atenuó los efectos más
duros. No sólo fueron absolutamente
ex¬cepcionales las penas extremas,
condena a muerte o sólo a pri¬sión,
sino que con mucha frecuencia se evitó
hasta la venta de ios bienes del que había quebrado, en pública subasta para
indemnizar a los acreedores. Se extendió la costumbre de con¬ceder al que
había quebrado y se hallaba en fuga,
un salvo¬
35
conducto por un período durante el
cual él procuraba un arre¬glo amistoso
con sus acreedores.
PROGRESO DE LOS MÉTODOS EN
LOS SIGLOS XIV Y XV
Si bien la extensión de los negocios a
partir del siglo xm llevó a algunos mercaderes a cometer im¬prudencias y creó
ciertos riesgos, en conjunto la evolución
produjo un progreso en los métodos y
las técnicas que permitió vencer o reducir muchas di¬ficultades y peligros.
El comercio marítimo recibió gran empuje, gra¬cias, en primer lugar, a la
práctica —sobre todo en Génova—• de
la división de los navios en partes iguales, verdaderas acciones de las cuales
una mis¬ma persona podía poseer varias. De esta forma se dividen y reparten los riesgos. Estas "partes”,
lla¬madas también sortes o loca, son
una mercancía que se puede vender,
hipotecar, dar en commenda y hacer
entrar en el capital de una asociación.
'
Los seguros
Más importante todavía es el desarrollo
de los métodos de seguro. Su evolución
es oscura. El tér¬mino securitas que
designaba primitivamente un salvoconducto, parece referirse hacia fines del
si¬glo XII a una especie de contrato de
seguro por el cual los mercaderes confían (locant) mercancías a alguien que,
a cambio de cierta suma pagada a tí¬
36
tulo de securitas, se compromete a entregar la mer-cancía en determinado
lugar. Hasta los siglos xiv y xv no se
extienden verdaderos contratos de
se¬guro en los cuales no cabe ya duda
de que los ase¬guradores son distintos
de los propietarios del barco. A fines del
siglo xiv algunas "compañías”, como por
ejemplo la del gran mercader pisano
Francesco di Marco da Prato, inclusive
se especializaron en esas operaciones.
Veamos el texto de un memorán¬dum
de fecha 3 de agosto de 1384, extraído
de uno de sus registros que lleva como
titulo el siguiente: "He aquí un registro
de Francesco di Prato y Com¬pañía,
residentes en Pisa, en el cual escribiremos todos los seguros que hagamos para otros. Dios haga que saquemos provecho de ellos y nos proteja de los peligros”:
Aseguramos a Baldo Ridolfi y Cía. por
cien florines oro de lana cargada en el
barco de Bartolomeo Vicale en tránsito
de Peñiscola a Porto Pisano. De estos
100 florines que aseguramos contra todo riesgo, recibimos 4 florines oro al
contado, como atestigua un acta manuscrita de Gherardo d‟Ormauno que
refrendamos.
Y
más abajo:
Dicho barco ha llegado a buen puerto
en Porto Pisano, el 4 de agosto de 1384,
y quedamos descargados de dichos
riesgos.
La letra de cambio
Otros progresos de la técnica —
ampliamente ex-tendidos más allá del
campo marítimo— a la vez
37
Bohemia e Inglaterra siguen el movique proporcionan nuevas posibilidades miento.
al merca¬der, extienden y complican
En adelante, en los pagos comerciales
sus negocios.
pasa a primer plano el problema del
El primero y más importante es el uso cambio. A ese resde la le¬tra de cambio. Si bien se discu- 38
te su nacimiento, sus características y
su función son hoy bien conocidas gra- pecto, además de la diversidad de mocias a los magníficos trabajos de R. de nedas, eviden-temente, debe tenerse en
Roover. El auge de la letra de cambio
cuenta:
debemos, ante todo, situarlo dentro de a)
La existencia de dos patrones,
la evolución monetaria.
paralelos en cierta forma: oro y plata.
Durante la Alta Edad Media, la tenden- b)
El precio de los metales preciocia a la economía cerrada y la poca am- sos, que sufrió un alza en los siglos xiv
plitud de los inter-cambios internacio- y xv. Alza que, según los períodos, afecnales habían reducido la fun¬ción de la ta en forma desigual al oro y a la plata
moneda. En el comercio internacional
pero que, frente a las necesidades credesempeñaron papel preponderante las cientes del comercio y a la imposibilimonedas no europeas: el nomisma bidad de aumentar al mismo ritmo el
zantino, llamado después hiperper y
numerario en circulación, a causa del
besante en Occidente, y los diñares
estancamiento o la decadencia de las
ára¬bes. A partir de la época carolingia, minas europeas y la disminución del
en la Europa cristiana, aunque hubo
suministro de meta¬les preciosos proun intento de retorno a la acuñación
venientes de África, delata ese
del oro, el patrón monetario era la pla- fe¬nómeno del "hambre monetaria” en
ta, representada sobre todo por el dena- la que debe si¬tuarse la actividad de los
rio, si bien tam¬bién aquí ocupó indu- mercaderes de finales de la Edad Medablemente un lugar de pri¬mer orden dia. Hambre sobre todo de oro, por
el dirhetn musulmán.
cuanto la plata pasa a ser relativamente
Con el auge de la revolución comercial, abundante hacia finales del siglo xv,
todo cambia en el siglo xm. Occidente
gracias a la explotación de nuevas mivuelve a acuñar oro. A partir de 12 S 2, nas en la Alemania media y meridional.
Génova acuña regularmente denarios
Lo cual, como se sabe, será uno de los
de oro y Florencia los famosos florines; principales motores de los grandes desa partir de 1266, Francia posee los pri- cubrimientos.
meros escudos de oro; a partir de 1284, c)
La acción de las autoridades políYenecia tiene sus ducados; en la prime- ticas. En efecto, el valor de las monedas
ra mitad del siglo xiv, Flandes, Castilla, estaba en poder de los gobiernos, que
podían variar el índice de la mis¬ma, es
decir, el peso, el título o el valor nominal. Las piezas no llevaban indicación
de valor, sino que éste era fijado por las
autoridades públicas que las acuñaban,
valorando las monedas reales en moneda de cuenta ficticia que generalmente
se expresaba en libras, céntimos y denarios derivados de un sis¬tema que,
por ejemplo, tomaba por patrón el dena39
rio tournois o denario parisis de Francia, o también el denario de gros de
Flandes. De tal manera que los príncipes y las ciudades podían proceder a
"mo¬vimientos monetarios”, "mutaciones” o desvalori¬zaciones, "refuerzos” o
re valorizaciones. Riesgos a menudo
imprevisibles para el mercader3.
d) Las variaciones estacionales del mercado del dinero. A causa de la falta de
datos, resulta difícil señalar la existencia en la Edad Media de ciclos económicos, fluctuaciones periódicas en ondas
lar¬gas y cortas, tal como se ha reconocido para el pe¬ríodo moderno, aun
cuando algunos historiadores, como
Cario M. Cipolla, han creído poder hacerlo. En todo caso, el mercader medieval no tenía, in¬dudablemente, conciencia de ellos, y no le preocu¬paban.
Por el contrario, los mercaderes medievales eran sensibles y prestaban mucha
atención a las va¬riaciones estacionales
del curso del dinero en las principales
plazas europeas, variaciones debidas,
entre otras causas, a las ferias, a la fecha de las cosechas y a la llegada y partida de los convoyes. Un mercader veneciano observó a mitad del si¬glo xv:
En Génova, el dinero es caro en setiembre, enero y abril en razén de la salida
de los barcos ... en Roma o donde se
encuentre el Papa, el precio del dinero
varía según el número de los beneficios
vacantes y de los desplazamientos del
Papa, que hace subir el precio del dinerb dondequiera que se en¬cuentre ...
en Valencía es caro en julio y en agosto
a causa del trigo y del arroz ... en
Montpellier hay tres ferias que originan
carestía de dinero ,..
3
Para una relación detallada, cf.
M. BLOCH, Esquisse d‟une histoire
monctatre de l‟Europe, 1954.,
40
ción de cam¬bio, ambas intimamente
unidas”.
He aquí una letra de cambio extraída de
los ar¬chivos de Francesca di Marco
Datini da Prato:
f En el nombre de Dios, el 18 de diciembre de 1399, paga¬réis por esta
primera letra "de uso” a Brunaccio di
Guido y Cía. . . . CCCCLXXII libras X
céntimos de Barcelona, las cuales 472
libras 10 céntimos valederas 900 y (escudos) a 10 céntimos 6 denarios por y
(escudo) me han sido pagadas aqui por
Ricardo degli Alberti y Cía. Pagadlas en
buena y de¬bida forma y ponedlas a mi
cuenta. Que Dios os guarde.
Ghuiglielmo Barberi,
Salut de Brujas
y de otra mano:
Aceptada el 12 de enero de 1399 (1400).
en el dorso:
Tales son los datos que el mercader de- Francesco di Marco y Cía., en Barcelobe tener .n cuenta para calcular los
na.
riesgos y los beneficios, y partiendo de Primera (letra).
los cuales puede desarrollar, según sus 41
posibilidades, un juego sutil fundado en
la prác¬tica de la letra de cambio.
Se trata de una letra de cambio pagada
Veamos, según R. de Roover, el princi- en Bar¬celona por el Hbrado —la supio y un ejemplo:
cursal en Barcelona de la firma Datini—
La letra de cambio era "una convención al beneficiario —la firma Bru- naccio di
por la cual el 'dador*. . . suministraba
Guido igualmente de Barcelona— a
una suma de dinero al 'arrendador‟... y pe¬tición del librador o tomador —
recibía a cambio un compromiso paga- Guglielmo Barberi, mercader italiano de
dero a término (opera¬ción de crédito), Brujas— a quien el dador —la casa Ricpero en otro lugar y en otra moneda
cardo degli Alberti de Brujas— ha pa(ope¬ración de cambio). Por lo tanto,
gado 900 escudos a 10 céntimos 6 detodo contrato de cambio en¬gendraba
narios el escudo.
una operación de crédito y una opera- Guglielmo Barberi, exportador de paños
flamen¬cos en relación regular con Cataluña, se hizo adelan¬tar dinero en
escudos de Flandes por la sucursal de
Brujas de los Alberti, poderosos mercaderes- banqueros florentinos. Como anticipó sobre la ven¬ta de las mercancías
que ha expedido a su corres¬ponsal de
Barcelona la casa Datini, libra sobre
ésta una letra de cambio a pagar en
Barcelona al corres¬ponsal en aquel
lugar de los Alberti, la casa Bru- naccio
di Guida y Cía. . . . Existe, pues, operación de crédito y operación de cambio.
Este pago se rea¬lizó en Barcelona el 11
de febrero de 1400, treinta días después de su aceptación, el 12 de enero
de 1400. Este plazo es el "término”, variable según las plazas —treinta días
entre Brujas y Barcelona— que permitía
verificar la autenticidad de la letra de
cambio y, si fuera preciso, procurarse el
dinero.
Por lo tanto, la letra de cambio respondía a cua¬tro eventuales deseos del
mercader, y le ofrecía cuatro posibilidades:
a)
El medio de pago de una operación comercial.
b)
El medio de transferir fondos entre plazas que utilizaban monedas diferentes.
42
c)
Una fuente de crédito.
d)
Una ganancia financiera al jugar
con las di-ferencias y las variaciones del
cambio en las dife¬rentes plazas, siempre dentro del marco definido más arri-
ba. En efecto, entre dos, o con más
fre¬cuencia entre tres plazas podía
existir comercio de letras de cambio,
además de operaciones comercia¬les.
Este comercio de cambios, muy activo
en los siglos xiv y xv, fue causa de vastas especulaciones.
Sin embargo, señalemos que, indudablemente, el mercader medieval ignoraba dos prácticas que ha¬bían de desarrollarse en la época moderna: el
en¬doso y el descuento. Aunque recientes investiga¬ciones de Federigo Melis
permiten descubrir ejem¬plos de endoso desde principios del siglo xvi en el
dominio mediterráneo; y que en el siglo
xv se ha¬llan casos parecidos, quizás,
para obligaciones —sim¬ples órdenes
de pago— en el dominio hanseático.
La contabilidad
Evidentemente, tales operaciones habían de ir del brazo con los progresos
en contabilidad. La tene¬duría de libros
de comercio se hace más precisa, los
métodos más sencillos y la lectura más
fácil. Cierto que seguía existiendo gran
complejidad. La conta¬bilidad se dispersaba en numerosos registros: los
li¬bros de las "sucursales”, de las
"compras”, de las "ventas”, de las "materias primas”, de los "depó¬sitos de
terceros”, de los "obreros a domicilio” y,
43
como ha destacado A. Sapori, el "libro
secreto” donde se consignaba el texto
de la asociación, la participación de los
asociados en el capital, los datos que
permitían calcular en todo momento la
posi¬ción de dichos asociados en la sociedad y la distri¬bución de beneficios y
pérdidas. Este "libro secre¬to” seguía
siendo objeto de los principales cuidados y es el mejor conservado hasta
nuestros días.
Pero se extendió la costumbre de hacer
un pre-supuesto. Pronto todas las
grandes firmas poseye¬ron un doble
juego de registros para las cuentas
abiertas a sus corresponsales en el extranjero: el compto nostro y el compto
vostro, equivalentes de nuestras cuentas corrientes y que ¿odavía hacían más
cómodos los pagos por compensación
medíante un simple juego de asientos
sin transferencia de numerario. Y, sobre todo, se desarrolló la contabi¬lidad
por partida doble que ha podido ser calificada de “revolución de la contabilidad”.
Sin duda los progresos no son iguales
en unas regiones que en otras, y hasta
se ha llegado a expli¬car el casi monopolio de los mercaderes y banqueros
italianos de la Edad Media, en una amplia zona geográfica, como resultado de
su avanzada técnica comercial. Pero en
el dominio hanseático podríamos hallar
métodos que, aunque diferentes y quizás algo retrasados en la perspectiva de
una eVolución general única, demostraron no obstante la eficacia de lo que
Fritz Rórig ha podido llamar “suprema¬cía intelectual”. Señalemos, por
otra parte, que no debe exagerarse la
superioridad germánica en el dominio
nórdico en cuanto a escritura y contabi¬
44
lidad. Los famosos manuscritos sobre
berestá (cor¬teza de abedul) descubiertos recientemente en Nov- gorod, demuestran que la escritura y el cálculo
es¬taban allí más extendidos entre los
autóctonos de lo que se creía 4. De todos modos, las técnicas ita¬lianas apenas fueron asimiladas antes del siglo
xvi por los mercaderes de las ciudades
atlánticas —bre¬tones, rocheleses, bordeleses— "cuyo arte parecía consistir en
evitar al máximo el recurrir al crédito
bajo todas sus formas”. Si bien Ph.
Wolíf ha des¬cubierto que el crédito estaba muy extendido entre los mercaderes de Tolosa, insiste sin embargo en el
"carácter rudimentario” de sus procedimientos.
De manera que, allí donde existe, el
gran merca¬der-banquero sedentario
reina ahora sobre todo un conjunto,
cuyos hilos maneja desde su despacho,
su palacio, su casa.
Un conjunto de contadores, comisionistas, repre-sentantes y empleados —los
"agentes”— le obe¬decen en el extranjero.
Al margen de la contabilidad, el mercader-banquero se¬dentario es centro de
una vasta correspondencia conducente
a recibir avisos y dar órdenes. Como
conoce el valor del tiempo, la importancia para el éxito de un negocio de saber
antes que los competidores la llegada
de los navios o su naufragio, el estado
de las cosechas —en una época en que
los factores naturales son tan poderosos y los cataclismos tan destructi¬vos— y los acontecimiento políticos y
militares que pue¬
4
Los métodos hanseáticos son en
realidad los normales, los más comentes en Occidente. En los siglos xrv y xv
re¬sultaron rudimentarios en relación
con los métodos de las grandes compañías italianas.
45
den influir en el valor del dinero y de
las mercancías, el mer-> caderbanquero lanza una verdadera carrera
por noticias. Pietro Sardella ha escrito
un apasionante ensayo sobre el te¬ma
Noticias y especulaciones en Venecia.
La mejor forma de seguir el trabajo del
mercader y comprender lo que fue su
actividad profesional, es leer la abundante correspondencia co¬mercial de la
Edad Media que nos ha sido conservada, pero que sólo en mínima parte ha
sido publicada hasta ahora.
Las categorías de mercaderes
Con Ja extensión de los negocios, el
mundo de los mercaderes sufre transformaciones.
El mercader flamenco errante que iba a
las ferias de Champaña a llevar paños y
traerse especias, ya no tiene que desplazarse. Pues las galeras de Génova y
Venecia van a Brujas a cargar y descargar mer¬cancías, los mercaderes italianos, los representantes y las sucursales
de las grandes casas de Florencia, de
Génova, de Luca y de Pisa se han instalado en Flan- des, y compradores y
vendedores mantienen con- tactos permanentes sobre el lugar, como ocurría
desde largo tiempo en Florencia, donde
Giovanni Villani señalaba orgullosamente la inutilidad de las ferias "porque
siempre hay mercado en Florencia”. Entonces, el mercader flamenco se convierte, a domicilio, en un intermediario
sedentario y pasivo: el corredor. Anuda
contactos entre mercaderes
ex¬tranjeros, arregla operaciones comerciales y finan¬cieras entre ellos, les
procura alojamiento y almace¬nes, y
vive de las comisiones que le pagan por
todos esos servicios.
46
clérigos, burgueses no comerciantes,
no¬bles de segunda categoría y campesinos. Las sumas que prestan "a corto
plazo”, durante uno, dos, a veces tres o
seis meses, no son de uso comercial,
sino que sirven para consumo personal
en un período difícil para el deudor que
deja en prenda objetos personales, vajilla, ropas, herramientas, armas, etc. No
hay que creer que el poder económico
de los lombardos fuera despreciable.
Para satisfacer las ne-cesidades de sus
numerosos clientes y los gastos considerables que precisa su actividad, los
lombardos se hallan a la cabeza de importantes capitales reunidos mediante
asociación familiar o merced a depósitos de terceros. A principos del siglo xv,
los cahorsins po¬seen en Brujas un
gran inmueble en el muelle largo de la
Se ha creado, igualmente, cierta espeparroquia de San Gilíes, y otro más chicialización entre los hombres de nego- co,
cios. Las categorías así formadas varían 5
Nombres genéricos que probasegún las regiones, los países y las ciu- blemente no responden a origen geográdades. Pero, a grandes rasgos, en el
fico preciso.
campo del comercio del dinero podemos 47
distinguir, como hace R. de Roover para
Brujas, los lombardos, los cam¬bistas
donde se alojan. Pero su horizonte es
en metales y los cambistas, que son los limitado. Por haber querido lanzarse a
mer¬caderes-banqueros propiamente
operaciones en gran escala, lombardos
dichos.
y cahorsins de Brujas quiebran estrepiLos lombardos o cahorsins5 son los
to-samente en 14*7. Por lo demás, coprestamis¬tas con prenda en garantía, mo veremos, se hallan obstaculizados
los usureros que prac¬tican el préstaen sus prácticas, expuestos a la hostilimo de consumo a corto plazo. De mane- dad pública y privada y sin posibilidara que sus clientes raramente son
des —salvo excepciones— de ascensión
grandes per¬sonajes, sino más bien
social.
gente de pequeña y media condición:
Por debajo de los lombardos, están los
cambis¬tas en metales. Su banco o mesa (bancho, tavola) está a la vista, en
un local que da a la calle como el de
todos los artesanos. Están agrupados,
para fa¬cilitar las operaciones de sus
clientes, que a menudo son comunes a
varios de ellos. En Brujas tienen me¬sa
cerca de la Grand-Place y de la GrandeHalle aux Draps, en Florencia tienen
banchi in mercato en el viejo Mercado y
en el Mercado Nuevo, en Venecia tienen
banchi di scritta en el puente de Rialto,
y en Génova los tienen junto a la casa
de San Gíorgio.
El román courtois de Galeran de Bretaña nos ha dejado una pintura viva de
los cambistas de Metz hacia 1220:
Si sont li changeurs en la tire Qui datjnt eulx ont leur monnoye:
Cil change, cil conté, cil note,
Cil dit: "C‟est voirs”, cil: "c‟est menfonge”. Onques yvres, tañí fmt en son ge,
Ne vit en dormant la merveille Que puet
cy veoir qui veille.
Cil n‟y resert mié d‟oysensez Qui y vent
pierres précieuses Et ymages d'argent
et d'or.
48
con más frecuencia, en vajilla. Según
las circunstancias, exportan también
esos metales preciosos, a pesar del monopolio teórico de los ¿tomadores. Mediante estas operaciones deter¬minan
el precio de los metales preciosos, ejercen considerable influencia sobre sus
fluctuaciones y tienden a dominar su
mercado.
Pero han añadido nuevas funciones a
las anti¬guas: aceptación de depósitos y
reinversiones por préstamo. Se han
convertido en banqueros. Estos depósitos, la aceptación a sus grandes clientes de operaciones al descubierto, los
préstamos, anticipos, inversiones y los
giros por simple asiento de escri¬turas,
los convierten en los auxiliares indispensables de los mercaderes y de la
gente acomodada, todos los cuales tienen cuenta con un cambista en meta¬les: a fines del siglo xiv ése es el caso
de 1 persona cada 35 ó 40 en Brujas, y
el 80 por ciento de los
6
Ésta es la fila de los cambistas
que ante sí tienen sus monedas: éste
cambia, éste cuenta, éste las limpia,
éste dice: "Es -verdad”, aquél: "es mentira”. Jamás ebrio, ni siquiera en sueAutre ont davant eulx grant tresor De
ños, vio dormido la maravilla que aquí
leur riche vesselment 6.
puede ver quien veta. No está ocioso
Ante todo, cumplen dos funciones tra- quien vende piedras preciosas e imágedicionales: el cambio de monedas (de
nes de plata y oro. Otros tienen ante sí
donde Ies viene el nom¬bre) y el comer- gran tesoro en rica vajilla.
cio de metales preciosos, pues son los
49
principales suministradores de moneda
gra¬cias a los metales preciosos que
clientes de los cambistas en metales de
reciben de su clien¬tela en lingotes o,
Brujas tienen depósitos inferiores a 50
libras flamencas. A los cambistas en
metales volveremos a encontrarlos en
las esferas elevadas de la jerarquía social.
Pero en la cúspide están los que llaman
en Brujas cambistas-banqueros, los
que tienen en Florencia los banchi
grossi, los mercaderes-banqueros propia¬mente dichos. Su actividad sigue
siendo no especia¬lizada. Al comercio
de mercancías de toda clase, realizado
en exportación e importación en escala
internacional» añaden una actividad
financiera múl¬tiple: comercio de letras
de cambio, aceptación de depósitos y
operaciones de créditos, participación
en varias “sociedades” y el ejercicio del
negocio de seguros. A menudo son
también productores, in¬dustriales como los Médicis, que poseen en Florencia dos fábricas de paños y una fábrica
de seda. Y Be- nedetto Zaccaría, que en
el siglo xm controla desde Génova el
mercado del alumbre, realiza un "fenómeno de integración** al transportarlo
en barcos de su propiedad y utilizarlo
en una fábrica de tintes por él montada.
Si bien en Venecia son sólo mayoristas,
dejando a los más pequeño* la venta al
por menor, en otras partes tienen con
frecuencia comercio abierto e inclusive,
como simples lombardos, no desdeñan
a veces practicar la usura, el pe¬queño
préstamo de consumo. Pero sus operaciones no se reali¬zan a la vista,
all‟aperto, sino dentro, en su casa, que
con frecuencia es un palacio, donde se
halla el scrittoio, la ofi¬cina que es el
centro de sus vastos negocios.
Jacques Coeur es uno de los ejemplos
más extraordinarios. Mollat, quien estudió todas las ramificaciones de sus
nego¬cios, ha esbozado su amplitud
tentacular: "un mapa que
50
reprodujera la distribución de sus intereses correspondería a un mapa económico de la Francia de mediados del
siglo xv”. Posee bienes inmuebles en
todas partes: tierras, asignaciones de
rentas rurales, ricos hoteles particulares en Bourges, Saint Pourgain, Tours,
Lyon, Montpellier. A ello añade toda
clase de especulaciones: arriendos de
ayudas e impuestos, rescate de prisioneros ingleses. Si bien sus naves operan con preferen¬cia en el Mediterráneo, también las tiene en el Atlántico,
en la Mancha y en el Mar del Norte, sin
contar los rio*: Loira, Ródano, Sena.
"No fue extraño a ningún objeto
sus¬ceptible de tráfico”. La platería,
guardamuebles y depósito real que dirige es sólo su mejor cliente. A esa empresa como a tantas otras vende lanas,
paños, tejidos, cueros, pieles, sal, especias y objetos de arte. Provee a los ejércitos del rey de arneses y armas. Tiene
intereses en Florencia, en España, en
Brujas. Después de haber caído en desgracia se evadió y buscó refugio junto al
Papado, gran potencia económica;
mu¬rió en Quío, el vasto emporio genovés.
¿Fue el mercader medieval un capitalis-
ta?
Claro es que ahora que se conoce mejor
al mer¬cader-banquero medieval no
puede seguir aceptán¬dose la célebre
tesis de Werner Sombart, para quien el
gran capitalista nació con la Edad Moderna, con el Renacimiento y la Reforma del siglo xvi.
Indudablemente, vale más considerar al
gran mercader como un precapitalista.
Según una defi¬nición estricta del capitalismo, como la que ofrece la doctrina
marxista, la Edad Media no lo conoció.
Su sistema económico y social es el
feudalismo, y dentro de ese marco actúan los mercatores. Pero, ellos contribuyen a romper el marco, a destruir las
estructuras feudales. Al actuar, como
veremos, so¬
51
en manos privadas y acelera el proceso
de enajenación del trabajo de los obreros y de los campesinos trans-formados
en asalariados. Y algunos historiadores
marxistas como V. I. Ruthenburg, al
estudiar las compañías florentinas del
siglo xiv, no han vaci¬lado en ver en
ellas los principios del capitalismo en el
sentido riguroso del término. Inclusive
un historiador como Frantisek Graus,
que se niega a hablar de capitalistas en
la Edad Media, reconoce que hay elementos de capitalismo y que, en Italia,
inclusive hay algo más. Tiene razón en
protestar contra concepciones anticientíficas y antihistóricas que apelan a un
"capitalismo eterno”, y en pedir para el
estudio de las estructuras prioridad sobre el estudio de las mentalidades. Cita
también a Marx, según quien "las corporaciones medievales tendían poderobre una evolución agrícola activada por samente a impedir la transformación
la intru¬sión de capitales urbanos —
del maestro artesano en capitalista, al
por lo menos en regio¬nes como Italia o limitar a un máximo muy bajo el númeFlandes— y precipitada por la amplia- ro de obreros que po¬
ción de una economía mundial (Welt52
wirtscbaft) que tienen profundas repercusiones so¬bre los precios agrícolas e día emplear un mismo maestro ... sienindustriales, los grandes mercaderes
do así que el poseedor de capitales o de
preparan el advenimiento del capitamercancías no se trans¬forma en capilis¬mo. E. A. Kosminsky ha visto en la talista más que cuando los mínimos
expropiación a las clases rurales de la
fijados a la producción superan ampropiedad de la tierra, espe¬cialmente
pliamente el máximo medieval”. Pero
en Inglaterra —evolución en la que to- aquí, el autor de El capital, tributario
ma¬ron parte los mercaderes—, la
de los conocimientos históricos de su
fuente de “la primi¬tiva acumulación”
épo¬ca, confunde con los artesanos a
del capital. El gran mercader me¬dieval los grandes merca¬deres que poco se
concentra ya los medios de producción preocupaban, como veremos, de los re-
glamentos de las corporaciones; y subestima considerablemente la amplitud
cualitativa y cuan¬titativa del dominio
económico y social de los mer¬caderes.
No hay que olvidar, ciertamente, que la
econo¬mía medieval siguió siendo fundamentalmente ru¬ral, que el artesanado predominaba en las ciudades y
que los grandes negocios no son más
que una capa superficial; pero, por la
masa de dinero que ma¬neja, por la extensión de sus horizontes geográfi¬cos y
económicos y por sus métodos comerciales y financieros, el mercaderbanquero medieval es un capitalista. Lo
es también por su espíritu, por su género de vida y por el lugar que ocupa en la
so¬ciedad.
53
no se confunde con el desarrollo de la
clase de los grandes mercaderes, aunque en Genova, por ejemplo, la asociación de hombres de negocios, la compagna, pase a ser des¬de 1099 el municipio y, en el dominio alemán, el consejo
(Rat) se identifique con los grandes
mer¬caderes; pero en ese auge desempeñaron los grandes mercaderes un papel capital y de ese auge fueron ellos los
principales beneficiados. A tal resultado
lle¬gó la clase de los grandes mercaderes a través de
54
bur¬guesía comercial sobre la nobleza
rural: tan diíícil resulta diferenciar a
ambas.
A veces, la nobleza, cuyo debilitamiento
está re-lacionado con la decadencia de
la economía rural, permaneció voluntariamente apartada de las acti-vidades
económicas que constituían la fuerza de
la clase mercantil. Así ocurrió en Francia y en Es¬paña, donde los nobles
desdeñaron ejercer el co¬mercio que,
jurídicamente, implicaba la pérdida de
sus privilegios y la renuncia a su "orden”: eso fue, a pesar de los esfuerzos
de Luis XI, la derogeance.
complejas relaciones con las demás ca- 55
tegorías socia¬les: nobles, artesanos,
obreros y campesinos. Sin contar a la
Pero, con. mucha frecuencia, los nobles
Iglesia, de la que se hablará en el caprocura¬ron participar de las nuevas
pí¬tulo siguiente, ni a las autoridades
fuentes de provecho, invirtieron capitaCAPITULO II
políticas supe¬riores, señores y monar- les en el comercio o se dedicaron persoFUNCION SOCIAL Y POLITICA
cas.
nalmente a los negocios y a la banca.
MERCADERES Y CIUDADES
MERCADERES Y NOBLEZA
Éste fue el caso, especialmente, de muSea cual fuere el origen de los grandes Con la nobleza hubo lucha, eliminación chos nobles italianos, cuya adaptación
mercade¬res medievales, una cosa es
o asimi-lación.
fue facilitada por el hecho de que mucierta: su poderío eco¬nómico va unido En Florencia, la lucha entre los nobles chos de ellos vivían en las ciudades;
al desarrollo de las ciudades, cen¬tro de de vieja estirpe, los magnaíi y los popo- porque en Italia, a pesar de la decadensus negocios. Igualmente en el marco
lani agrupados en las corporaciones
cia de la Alta Edad Me¬dia, el fenómeno
urbano será donde establezca su domi- ("Arti”) donde dominan los grandes
urbano conoció continuidad en¬tre la
nación social y polí¬tica, consecuencia mercaderes, parece terminar en 1293
Antigüedad y el período medieval. Por
y prenda de su poderío econó¬mico.
con las Orde¬nanzas de Justicia. Los
otra parte, algunos nobles rurales irán
Aunque esta evolución no haya seguido miembros de las ciento cua¬renta y sie- a establecerse en las ciudades al desael mismo ritmo, no haya conocido un
te familias de magnati son excluidos de rrollarse éstas.
sincronismo perfecto y haya revestido
.las funciones oficiales e inclusive casti- Estos nobles se fusionaron con la nueformas distintas, puede afirmarse que, gados con un régimen penal excepciova clase co-merciante y, a veces, de esa
en el siglo XIII, las ciudades están donal. Estas medidas re¬presentan tanto fusión nació una aris-tocracia en la que
minadas política y socialmente por los la lucha de la nueva capa mercan¬til
se confundían los antiguos seño¬res
grandes mercaderes. El auge comunal contra la antigua, como la victoria de la feudales, los antiguos funcionarios se-
ñoriales o reales y los nuevos ricos. Es
lo que se desprende, en lo que respecta
a Génova, de los magníficos estu¬dios
de André Sayous y de Roberto López y,
en lo que respecta a Venecia, de los
magníficos trabajos de Gino Luzzatto.
De Venecia se ha dicho que “los dogos
son mercaderes y los mercaderes son
almi¬rantes”.
En todo caso, inclusive donde la nueva
clase mer-cantil fue burguesa, plebeya,
“popular”, y hubo de conquistar su rango social y su poder político en lucha
con la nobleza feudal, la oposición entre
ella y la vieja aristocracia se atenuó
considerable¬mente en los siglos xiv y
xv, en especial bajo el efecto de una doble evolución.
56
La primera tendió a separar a la rica
burguesía mercantil de las clases populares urbanas, de las cuales se había
servido en su conquista del poder y a
las cuales comenzó a temer cuando pretendieron limitar o destruir su dominio
económico y social, a la vez que su hegemonía política. La clase social peligrosa para los mercaderes no era ya la
que estaba por encima, sino la de abajo; y los mercaderes se volvieron hacia
le que quedaba de la vieja nobleza, para
ganarse una aliada. Eso se vio, por
ejemplo, en Florencia, donde a fines del
si¬glo xiv, después de la revolución proletaria de los Ciompi, los grandes mercaderes reinstalaron a los antiguos nobles en el gobierno de la ciudad.
La segunda evolución a que nos referimos llevó desde muy temprano a los
mercaderes a entrar en la nobleza. En
efecto, muy pronto se revela esta tendencia a través de di¬ferentes procesos.
Unas visees es el mercader quien busca, por vía de ma¬trimonio, acceso a la
vieja nobleza. Un cronista florentino del
siglo Xiii escribe: "Cada día se ve plebeyos muy ricos que quieren casarse con
mujeres pobres pero nobles”.
Otras veces, el género de vida del mercader lo acerca a la nobleza, que pronto
lo considera como a uno de sus miembros. < Más tarde lo veremos en su palacio, participando en torneos. f Los célebres mercaderes-banqueros de Florencia, los Peruzzi, que jurídicamente
pertenecen al popolo, llevan espuelas y
se conducen como caballeros. Un cambista de Brujas, Evrard Goederic, es
llamado Sire, y su mujer Madame; comandante de la milicia urbana, combate a caballo. Villani dice de los Cancellini de Pistoia: *'No eran muy antiguos,
pero, con ayuda de sus riquezas todos
se convirtieron en caballeros, hombres
de valer y gente de bien”. He aquí una
hermosa yuxtaposición de términos nobles y de vocabulario burgués.
Y
todavía es más frecuente que
compre tierras, un do¬minio feudal que
—por lo menos al comienzo— más que
una buena inversión representa la ocasión de un ascenso social y el paso a la
nobleza.
Y
donde subsiste o se desarrolla un
poder principesco o monárquico, piedra
angular del sistema social, los mercaderes
57
mendigan y compran, según los casos,
títulos de nobleza jun¬to con las propiedades señoriales. Un reciente estudio lo ha demostrado de nuevo en relación con unos ricos burgueses de Lyon:
los Jossard.
A fines de la Edad Media, cuando numerosas fa¬milias de mercaderes se
retiran de los negocios a causa de dificultades que hacen preferibles las
in¬versiones inmobiliarias y rurales, o
por sentir atrac¬ción por la vida de rentista, más seductora que los afanes del
comercio, cuando la constitución de las
monarquías centralizadas les ofrece
nuevas sali¬das, a la rica burguesía
mercantil todavía le será más cómodo
trocarse en aristocracia rentista, en nobleza de toga o de oficio.
Sigamos brevemente la curva esquemática de la evolución de dos burguesías
francesas.
En Tolosa, P. Wolff ha narrado la ascensión de los Ysal- guier. Desde muy
temprano, estos comerciantes se alian
con la nobleza rural ya sea mediante la
compra de propiedades, ya mediante
una "política matrimonial” bien dirigida.
Lue¬go, se hacen soldados y sobre todo
agentes reales, a la vez que cumplen
funciones municipales como capitanes.
"A par¬tir de 1380, la evolución de la
familia parece acabada. Ya ningún
Ysalguier se dedicará al comercio ni al
intercambio”. Pero, en período de crisis
feudal, estos nuevos nobles com¬parten
la decadencia de los antiguos señores.
"A lo que tien¬de naturalmente el mercader es a la nobleza. Pero la nobleza
significa las más de las veces una medianía no exenta, sin embargo, de honores ni de orgullo .. . pero, al fin de
cuen¬tas, medianía.”
En Lila, el Dr. Feuchere ha distinguido
seis estadios de evolución burguesa entre los siglos xii y xrv:
1. La fortuna. Abandonando la tierra,
los futuros bur¬
58
gueses se instalan en la ciudad y se
convierten en tenderos. Los hijos o los
nietos consiguen una fortuna y se convierten en burgueses. 2. La regiduría.
Llegan a ocupar cargos mu¬nicipales;
participan en la dirección política de la
ciudad. 3. Los feudos rurales. Los adquieren por compra o matrimo¬nio. 4.
La nobleza. Hacen que se la concedan
los príncipes por los servicios prestados. Carlos VI, por ejemplo, en 1391
ennobleció a Guillermo de Terremonde.
5. La nobleza de toga. Durante el período borgoñón, se convierten en oficia¬les
del príncipe, lo que confiere la nobleza a
los que todavía no la habían recibido. 6.
Finalmente, tienen acceso a la no¬bleza
militar, convirtiéndose en caballeros.
En los comienzos, se dedican al comercio o a la indus¬tria textil. A partir del
cuarto estadio, ya no hay comercio. Sólo unas diez familias alcanzan el quinto
y el sexto estadio.
Por lo tanto, entre el mercader y el noble no hubo antagonismo profundo,
salvo durante el cor¬to período de lucha
violenta contra las sujeciones feudales
de la Alta Edad Medía. Casi en todas
par¬tes, un doble movimiento, inverso,
pero conver¬gente, de aburguesamiento
y de ennoblecimiento, los fue acercando
uno a otro.
En definitiva, la lucha, cuando se produjo, fue más bien entre antigua y nueva nobleza, resultante esta última de la
fusión de dos categorías de
co¬merciantes: los de origen noble y los
de origen burgués.
MERCADERES Y CLASES POPULARES
URBANAS
Sin embargo, en muchas ciudades los
comercian¬tes habían seguido siendo
"pueblo”. Pero sería un
59
error considerar a ése constituido por
una sola clase. Los ricos mercaderes y
banqueros forman en él una categoría
aparte, que domina por mucho tiempo.
Sobre la distinción entre esos mercaderes y el mundo de los artesanos, debemos citar las palabras profundas y brillantes de Armando Sapori sobre “la coexistencia de dos mundos”.
De un lado, el mundo tradicional y, en
consecuencia, esen¬cialmente medieval,
con su típica organización de los
ofi¬cios ... Es el mundo de maestros y
aprendices, el mundo de los innumerables talleres donde una humilde mu-
chedumbre de artesanos, casi siempre
iletrados e incultos, trabaja para un
mercado circunscripto a los límites de
una ciudad o de un barrio, que emplea
como medio de¡ intercambio la moneda
de los piccoli.. .
Junto a ese pequeño mundo vivía, del
otro lado, un mundo de vanguardia: la
organización de las compañías de comercio internacional, dueñas de ricos
almacenes donde se amontonaban las
mercancías rflás preciosas y donde
hombres provistos de larga experiencia
y de una cultura curiosa y variada,
hombres de ideas audaces y de ambición desenfre¬nada, tratan asuntos
comerciales y financieros con los
prin¬cipales centros económicos de los
países ultramontanos y ul¬tramarinos,
lanzando ríos de florines de oro y de
monedas de curso en todos los países
del mundo.
Ambos mundos estaban organizados
por igual sobre la do¬ble base de las
leyes morales de la Iglesia y las leyes
jurídicas de la ciudad y de las "artes”.
Por lo tanto, no debe sorpren¬demos
que eruditos que solamente han consultado como fuen¬tes los status, hayan llegado a la visión y a la captación
de un solo mundo: el de las corporaciones. Sin embargo, mien¬tras para los
artesanos esas leyes eran realmente
obligatorias ■—lo que las hizo plenamente eficaces y permitió frenar
even¬tuales iniciativas, nivelando los
géneros de vida y las activi¬dades—,
para los mercaderes tuvieron un valor
mucho más formal que sustancial. Establecidas en último análisis por los
60
Poitiers, donde quiera se estableció un
ré¬gimen corporativo éste no solamente
no molestó a los grandes mercaderes,
sino que fue para ellos uno de los mehombres que desempeñaron un papel
dios de su dominio sobre el mundo arpreponderante en la política de las co- tesa¬no. Tanto, que éste acabó por no
munas y en la economía de las corpora- gozar siquiera de una "coexistencia” en
cio¬nes —a pesar del complicado mela cual había tenido, sin em¬bargo, un
canismo de los consejos, los votos y los lugar modesto.
sorteos—, para esos seres privilegiados En Florencia, por ejemplo, la gran dislas leyes no representaban otra cosa
tinción entre popolo grasso y popolo
que pantallas providenciales, a cuyo
minuto encubre la- división de las coramparo podían ejercer una actividad
poraciones o "artes” en "artes mayores”,
que los conducía sin riesgos hacia sus agrupación de los ricos mercaderes, y
propios objetivos. Por otra parte, si se
61
daba el caso de que una de esas leyes
que ellos mismos habían dictado con
"artes menores”, formadas por 1os arteextrema habilidad, llegara a ser un obs- sanos. Más aún; muy a menudo la pretáculo y a partir de entonces resultara eminencia entre la vein¬tiuna artes floimposible disfrazar o justi¬ficar un acto rentinas estuvo restringida no sólo a las
de violación, suprimían el obstáculo con once artes mayores, sino a las cinco
tanta audacia como donaire, lo que, por primeras de éstas, que comprendían a
demás, no es un proce¬dimiento exclu- los únicos hombres de negocios de essivo de la Edad Media... Pero, si se incala de acción internacional: las artes
ter¬preta ai pie de la letra la ley y se
de Calimala (o sea de los grandes imcree que todos los hom¬bres eran igua- portado¬res-exportadores) , del cambio,
les ante ella, no se alcanza a explicar la de la lana, de Por Santa María (o sea de
forma¬ción de riquezas fabulosas, mo- la seda) y de los Médicos, Drogueros y
nopolios y trusts, en una pa¬labra, la
Merceros, reunidos en un "arte” que
formación de aquella organización eco- comerciaba con todos los productos
nómica que nada tuvo que envidiar a la llamados "es-pecias”, de las cuales un
que, más tarde, historiadores y econo- manual de la época enu¬mera doscienmistas han llamado de común acuerdo tas ochenta y ocho diferentes. La
"la organización del capital”.
do¬minación económica y política que
Sin hablar de las ciudades que no coestas cinco ar¬tes ejercieron en Florennocieron las corporaciones —como Gé- cia y que se expresó en el papel desemnova— o que sólo las vie¬ron establecer peñado por el Tribunal comercial de la
tardíamente, en el siglo xv, como Lyon y Mercanzia, su emanación a partir de
1308, ha sido estudiada por Armand
Grunzweíg, quien ha demostrado las
luchas empeñadas alrededor de la Mercanzia por los tenderos y artesanos de
las Artes menores, especialmente para
anular o dejar sin efecto las deudas
contraídas por los artesanos con los
mercaderes-banqueros.
Todavía era más fuerte, naturalmente,
el poder de éstos sobre los obreros, en
particular en las dos regiones donde, en
la Edad Media, es posible hablar de
proletariado obrero vinculado a la existencia de una gran industria de tipo
capitalista: la industria textil de Flandes y las industrias textil y naval de
Italia central y septentrional. Por otra
parte, ar¬tesanos y obreros se hallaban
a menudo en pie de igualdad frente al
mercader banquero en cuanto a
62
subordinación económica; y en Florencia, por ejem¬plo, asistimos en los siglos xiv y xv a la proletari¬zaron de los
pequeños artesanos. Los medios de
presión y de opresión de los
mer¬caderes sobre estas categorías sociales eran numero¬sos y poderosos.
Intentaremos mostrarlos a través del
ejemplo de Sire Jehan Boinebroke,
mercader-textil de Douai, « fines del siglo XIII.
Una serie de documentos extraordinarios que han llegado hasta nosotros y
que Georges Espinas ha editado y comentado en un libro admirable y célebre, nos han reconstruido las relaciones
entre aquel comerciante y todo un conjunto de "empleados" y "obligados”,
humildes vecinos, deudores,
pro¬veedores, sirvientes, obreros, pequeños patronos y emplea¬dos "que
trabajaban en o para su empresa de
tejidos de lana”. Ejecutando una cláusula de su testamento, los herederos
pro¬metieron reparación a las personas
que Sire Jehan hubiera da–ado en vida; algunas de ellas osaron presentarse
a reclamar, y el texto de las reclamaciones, acompañadas de cierta can¬tidad
de piezas justificativas, es lo que poseemos.
A las gentes humildes las domina, ante
todo, por su pode¬río económico. Tiene
el dinero y a sus deudores exige reem¬bolso antes del vencimiento, prendas indebidas de las cuales se apodera
a la fuerza, y sumas muy superiores a
las adeuda¬das ... hasta triplicar la
deuda.
Tiene el trabajo y de él dependen para
vivir no solamente los obreros y obreras
que emplea por su cuenta en su propia
casa o a domicilio, sino también los pequeños artesanos cu¬yas herramientas
a menudo son de su propiedad, que no
pue¬den procurarse materia prima fuera de él y no pueden ven¬der los productos de su trabajo sin pasar por él.
Ahora bien; engaña sobre la calidad de
la materia prima, y sobre el peso, y se
hace pagar precios exorbitantes. En
cuanto a los salarios
o
las compras, "paga poco, mal o
nada” y practica el truck system, el pa-
go en especies.
63
Tiene el alojamiento. Como la mayoría
de los grandes mer¬caderes, posee numerosas casas, inversión tanto más interesante cuanto que, también como la
mayoría de ellos, aloja en sus inmuebles a sus obreros, clientes y proveedores. De ese modo, alojados en una especie de ciudad-obrera, aunque muy
embrio¬naria, todavía dependen más de
él. Llega inclusive a suminis-trarles
conscientemente trabajo de valor inferior al precio del ¡Iquiler, para tenerlos
más a su merced. "Puede decirse que,
en sus casas, se convertían en verdaderos prisioneros del car¬celero que era
Boinebroke”. Por lo demás, la presión
de los grandes mercaderes sobre la
propiedad urbana era conside¬rable en
todas partes. En Liibeck poseen los mejores terrenos de esquina de las calles
principales, los graneros de cereales y
los almacenes del puerto, y los edificios
de la ciudad indis¬pensables para la
gente de oficio: bodegas, hornos, edificios del mercado ■ . . único lugar donde
los artesanos pueden ven¬der y, a veces, como en el caso de los orfebres,
producir.
A esta gente humilde, Boinebroke la
aplasta también con el peso de su poderío social. Tan pronto emplea con ellos
el desprecio como la fuerza. Sobre todo
con las mujeres, "que desprecia ostensiblemente”, emplea la ironía. A una
tintorera, de cuya mercancía se ha apo-
derado indebidamente, le dice: "Comadre, ve a trabajar al lodazal, ya que estás necesitada: me pesa verte así.” Y
como ella se ve forzada a aceptar, pero
protesta, añade: "jComadre! Nada te
debo, que yo sepa, pero me acordaré de
ti en mi testamento.” Y Georges
Es¬pinas observa: "el patricio juega con
su comadre, a la que arruina de hecho
y de palabra, y se diría que juega con
ella como el gato con el ratón que va a
estrangular: es la oposi¬ción de la omnipotencia y la extrema debilidad.”
Pero también se muestra colérico, como
con un locatario que había pagado sin
embargo el alquiler, pero se negaba a
pagar más: "Y Sire Jehan se enojó y le
echó de la casa sin ley y sin juicio.” Entonces, despliega la fuerza. Un campe¬sino no quería venderle las plantas
de rubia, en un momento en que el precio de la rubia subía, plantas que había
vendido ya a otro; Boinebroke llegó al
campo con dos de sus obreros e "hizo
arrancar de fuerza la rubia y llevarla a
su casa”.
Y
el infeliz campesino se quedó sin
plantas y sin dinero.
64
Frente a tanta arrogancia, los humildes
interlocutores de Boinebroke se atreven
a rebelarse contra él ni siquiera
des¬pués de muÉrl0> en el momento de
la investigación repara¬dora. "Fuero11
tan oprimidos y por tanto tiempo, que
se aban- donan con tP^a naturalidad a
su suerte. Ese sentimiento, que duró lo
que Ia existencia del fabricante de paños, cobró tanta fuerza que pudo persistir aun después de su desaparición,
y los llevó a n° arriesgarse más que tímidamente a dar a cono¬cer sus quejí*5- El recuerdo tiránico del muerto
parece pender y pesar sobre ellos, detenerlos y aterrorizarlos mientras vaci¬lan en expresar las reclamaciones
ante los ejecutores testa¬mentarios d¿l
difunto, en un medio que no es el suyo
y que, por el contrar¡°> era el de su
opresor.”
No obstante, las reacciones son a veces
violen¬tas, Ademas de huelgas y motines hay verdaderos movimientos revolucionarios que convierten al si¬glo xiv
er1 un siglo de crisis sociales con episodios violentos, crisis complejas pero
que presentan un aspecto esencial: la
rebelión de los artesanos y obre¬ros
explotados contra el gran mercader.
Mas, entonces los rebeldes chocan con
la última fuerza de aquél: su poderío
político. Desde muy temprano^ éste fue
a coronar el éxito comercial y la fortuné
Dueños de las comunas italianas, los
mercaderes lo son más toda vi a del
consejo urba¬no, del Rflt de las ciudades alemanas donde elabo¬ran un
d¿recho urbano que integra el ius
mcrcato- rum primitivo. Inclusive tardíamente encontra¬mos este proceso.
En 1433, Hans Popplau de Lieg- nitz se
instala en Breslau. Su primo Andrés se
le reúne algunos años más tarde. Fundan una socie¬dad que trafica en pa-
ños, arenques, aceites, espe-cias, cue- MERCADERES Y CAMPESINOS
ros y objetos de orfebrería. Los compran Si bien los contactos de los mercaderes
65
con los
66
en los Países Bajos y los revenden en
Baviera, en Austria, en Bohemia y en
campesinos fueron menos íntimos en
Polonia. Hans forma par¬te del Kat de
conjunto que los que tuvieron con las
Breslau desde 1446 y permanece en él demás clases sociales, fue¬ron no obshasta su muerte, en 1456. En 1448 es tante más numerosos y más imporburgo¬maestre. Su hijo Markus es
tan¬tes de lo que se cree. En la Edad
miembro del Kat de 1483 a 1499, mien- Media, ciudad y campo no vivían aislatras sigue ocupándose de los negocios. dos una de otro. Económica, demográfiEl mismo Boinebroke fue concejal de
ca y políticamente sus relaciones son
Douai, por lo menos nueve veces. Saun hecho capital. En las regiones fuerbemos en especial que lo fue en 1280, y temente urba¬nizadas donde los merque dicho año él y sus colegas, que per- caderes muy pronto se hicie¬ron podetenecían a su misma clase, reprimieron rosos, su acción sobre el campo se dejó
"con cruel energía” una huelga revolu- sentir temprano. Al principio, colaboracionaria de te¬jedores. "La ley que deron en la liberación de los campesinos,
bería castigarlo y vengar a sus víctimas, porque eso era a la vez un medio de lulo salva porque él es quien la ha hecho cha contra los señores feudales, ocay quien la aplica. Para comprender (lo), sión para la compra de tierras a los nono separemos nunca política y econobles pri¬vados así de mano de obra, o a
mía; una per-mitió y trajo a la otra que, los campesinos., pro-pietarios engolosia su vez, la completa y consolida; la le- nados con el dinero ofrecido y, quizás,
galiza y legaliza sus abusos.”
gracias a la emigración hacia las ciuda¿Que ese terrible Boinebroke es una
des de los campesinos liberados, ocaexcepción? Quisiéramos creerlo y, sin
sión sobre todo de procurarse mano de
duda, había en él cier¬tos rasgos indi- obra barata para la industria y el coviduales de carácter que pudieron acen- mercio.
tuar ciertas actitudes y ciertas conduc- En ciertas regiones, los mercaderes retas. Pe¬ro, como ha observado G. Espi- voluciona¬ron también las condiciones
nas y como demasia¬dos documentos
de explotación y de vida de los campeconfirman, es un prototipo,
sinos. Gracias a los capitales,
ca¬racterístico de una categoría cuyo
pu¬dieron invertir en el campo dinero
comportamien¬to social —fundado so- con que me¬jorar las técnicas, proceder
bre las estructuras económi¬cas y polí- —como en Flandes o en la llanura del
ticas— fue singularmente feroz.
Po— a grandes trabajos hidráulicos y
extender los molinos. Gracias a su espíritu y a sus métodos comerciales pudieron mejorar la pro¬ducción, racionalizarla en cierta medida. Gracias a su
orientación comercial y a su capacidad
eco¬nómica, pudieron a veces proceder
a una recon¬versión de los cultivos,
como recurso en las crisis agrícolas:
sustitución de los cultivos por la gana¬
67
pitales y del suministro de animales,
herramientas o semi¬llas, no solamente
les imponían obligaciones gene¬radoras
de progresos tales como el desmonte, la
explotación de la madera y la construcción de edi¬ficios, sino que, además,
dejaban en manos del mercader, socio
capitalista, la mayor parte de las ganancias. En el campo mesino, según J.
Schnei- der, los campesinos de los dominios burgueses ob¬tuvieron “la liberdería para responder a las necesidades tad personal pero con la sujeción ecode la indus¬tria textil, como en Inglate- nómica”.
rra y en la región de Metz; aumento del A partir del siglo xiv, cuando la crisis
cultivo de la rubia para tintes, como en econó¬
Flandes; luego, en los siglos xiv y xv,
68
desarrollo del glasto, que los mercaderes de Tolosa, por ejemplo, harán culti- mica dejó sentirse de un modo más esvar en vastas zonas del sudoeste de
pecia! en el campo, la actitud de los
Francia; e impulso dado en Italia por
mercaderes respecto de los campesinos
los mercaderes florentinos al cultivo de que dependían de ellos se hizo más dula morera cuando la seda del Turques- ra, tanto más cuanto que se generalizó
tán llega con mayor di¬ficultad. Los
el replie¬gue de capitales mercantiles
mercaderes se interesan también en
hacia el campo. Indu¬dablemente, desabastecer a las ciudadft que dominan
de muy temprano los mercaderes se
políticamen¬te. Se protege la agricultu- habían dedicado a comprar bienes rura; se fomentan ciertos cultivos, como
rales, signo y fuente tradicional de rila vid o los árboles frutales. Uno de los queza y consideración. Pero el movicélebres frescos de Ambrogio Lorenzetti, miento se aceleró a partir del siglo xiv,
en el palacio comunal de Siena, repre- acentuando la tendencia de ciertos
senta los efectos, para el campo, del
grandes merca¬deres a convertirse en
"buen gobierno” de la burgue- sía de los rentistas. Conocidas son las célebres
negocios.
casas de campo de los Médicis, que,
Pero no debe creerse que los campesiade¬más de lujosas villas de residencia,
nos saca¬ron sólo provechos dé seme- eran también centros de explotación.
jante contacto. Para beneficiarse del
Quizás en el seno de la familia de los
sostén de los mercaderes, tuvieron que Alberti es donde mejor puede seguirse
aceptar contratos que, a cambio de ca- una verdadera ruralización que, en el
siglo xv, ins¬piró a un miembro de la
familia, el famoso León Bautista, toda
una serie de reglas económicas y éticas.
Al mismo tiempo, los mercaderes buscan más que nunca mano de obra barata en el campo, sobre todo para la industria textil. Por ejemplo, la in¬dustria
textil marsellesa daba trabajo, además
de la región sudeste, a la región lionesa,
a la Bresse y hasta a la región de Chartres. Mientras los mer¬caderes de los
viejos centros textiles urbanos, como
Gante, se esforzaban por todos los medios, por la fuerza inclusive, en evitar el
desarrollo de esa in¬dustria competidora, a base de ella labraban su fortuna
los mercaderes de los nuevos centros,
que dominaban férreamente la mano de
obra campe¬sina. En Italia, las cláusulas de los contratos de
69
aparcería se vuelven draconianas; se
desarrolla . n asalariado agrícola de
condiciones de vida más mi-serables; la
situación de los pequeños campesinos
se agrava, e inclusive asistimos a una
verdadera reac¬ción por parte de los
mercaderes-propietarios ru¬rales, quienes, reanimando los censos señoriales,
tienden a retrotraer los campesinos al
estado servil. Este movimiento se
acompaña de un creciente desprecio
hacia los rustid, cuyos ecos hallamos
am¬pliamente en la literatura del siglo
xv, inspirada por la burguesía mercantil.
Aspectos del dominio político de la bur-
guesía mercantil
De esta manera, apoyándose en el dinero y en la red de los negocios, y en su
poder político en las ciudades, la burguesía mercantil constituyó en la Edad
Media una verdadera clase, dotada de
espíritu específico. De ella ha podido
decir Y. Renouard, refiriéndose a Florencia: “Es un régimen de clase establecido por el dominio político de los
hombres de negocios.” A ese grupo social, a pesar de las reservas expresadas
por eminentes historiadores contra el
término, hemos de llamarla el patriciado.
¿Qué es, pues, el patriciado? —escribe
J. Lestocquoy—. Es una clase social
cuyo contorno no ha recibido confirma¬ción jurídica, pues no debe confundirse a estos grupos, bas¬tante cerrados, con la burguesía. Es una fracción
de la bur¬guesía, a menudo la más rica, pero, sobre todo, la más pode¬rosa
por su dominio del gobierno de la ciudad. Es una clase
70
rios urba¬nos no sean más que breves
llamaradas pronto ex¬tinguidas, la clase media artesana logra a menudo
compartir con los grandes mercaderes
el poder po¬lítico en las ciudades.
Entre los motivos que levantaron al
pueblo me¬nor de las ciudades contra
la tiranía patricia al grito de "¡Abajo los
ricos!”, junto con la reacción de los miserables que muestran las uñas a los
mer¬caderes capitalistas, es preciso
destacar su resenti¬miento ante la forma en que los patricios manejan las
finanzas urbanas.
Los patricios en el poder dictan los impuestos, lo cual los condena ya a la impopularidad- Pero ésta llega a su colmo
por el hecho de que, siendo los que los
dictan, se dispensan de ellos, haciendo
recaer el peso sobre los más pobres.
Bien lo expresa Beaumanoir en sus famosas Contantes du Beau- v ai sis:
En las ciudades de comuna se quejan
mucho por los im¬puestos, porque a
menudo sucede que las gentes ricas
que go¬biernan los negocios de la ciudad declaran menos de lo que deben,
social que sólo adquiere total expansión tanto ellos como su familia, y hacen
en las ciudades donde la industria y el beneficiar de
gran comercio ofrecen posibilidades de 71
en¬riquecimiento casi sin límites.
Indudablemente, el apogeo del patricia- las mismas ventajas a otras gentes rido se si¬túa en el siglo xm, y en los si- cas, y así todo el peso recae sobre el
glos siguientes, por el impacto de las
conjunto de la gente pobre.
crisis económicas, la evolución social y El fraude fiscal fue tal, que a veces espolítica impone a veces límites a la om- talló el es-cándalo, como en Arras, donni¬potencia de los patricios.
de un miembro de la famosa familia de
Aunque los movimientos revolucionabanqueros Crespin ¡“olvidó” de¬clarar
20.000 libras!
Más aún; el fraude fiscal va acompañado de di-lapidación de los dineros públicos, parte de los cua¬les van a parar
a las cajas de los grandes mercaderes.
Las ciudades se endeudan y a veces
quiebran, como Noyon. Vemos a los famosos Bardi y Peruzzi de Florencia intentar adueñarse del poder en 134}
pa¬ra evitar la bancarrota de sus casas
y, en un mo¬mento de dificultad, el
Magnífico no vacila en sa¬car fondos de
la caja comunal para la dote de las muchachas pobres, a fin de poner a flote la
firma de los Médicis.
Los MERCADERES "DEMOCRÁTICOS”
Lo más curioso es, quizás, el papel que
desempe–aron ciertos grandes mercaderes, ciertos miembros del patriciado,
en los movimientos ''democráticos** e
inclusive francamente revolucionarios.
Jacques van Artevelde y Etienne Marcel
son dos ejemplos célebres»
Preboste de los mercaderes de París,
Etienne Marcel per¬tenece % uní de las
mis grandes y ticas familias de textiles
de la ciudad. Su oposición a la política
real es, primero, la de los miembros de
su clase, hostiles a la nobleza feudal
que
72
rodea a la realera y a los funcionarios
de la monarquía que intentan controlar
los negocios de los mercaderes. Aprovecha la derrota de Poitiers y la regencia
del joven delfín Carlos pata intentar que
París en rebelión imponga al regente y a
sus consejeros las condiciones de la
burguesía. Se trata especial¬mente de
disminuir las cargas fiscales que pesan
sobre las ciudades. Pero, para contar
con París es preciso apoyarse en el
pueblo parisiense, en el “común”.
Cuando estalla la Jac- querie, todavía
intenta no comprometerse en ese movimiento revolucionario rural y lo abandona a su suerte. Pero también el, a la
vez que sueña con una revolución política que susti¬tuya la monarquía de los
Valois por la dinastía de Navarra en la
persona de Carlos el Malo, como consecuencia de su toma de posesión se convierte cada vez mis en el vocero del común. Y también él es barrido por una
reacción de las clases dirigentes, que se
aprovechan, si no de la complicidad,
por lo meno# de la pasividad de las clases populares, que no están dispuestas
a sostener hasta el fin al tribuno que no
es realmente de los suyos. También ¿1
es asesinado el 31 de ju¬lio de 1358.
El odio de los patricios hacia estos mercaderes "democráticos” parece haber
sido legado a los his-toriadores, que a
menudo no han querido ver en ellos
otra cosa que "agitadores”. Así los pintaron los cronistas "reaccionarios” de
su época. Para el patricio florentino Villani, Artevelde fue un indi¬viduo despreciable, "de vil nación y oficio”, cuya
muerte dio motivo a una sentencia moral: "Tal es generalmente el fin de los
hombres presuntuosos que se erigen en
jefes de las comunas.”
A Henri de Dinant, que fue en Lieja otro
de esos "burgueses democráticos”, el
cronista Jean de Hocsem lo convierte
también en demagogo (ductor popvli) y
Jean ds Outremeuse dice de él:
73
"Hacía sublevar al pueblo contra el Señor y contra la clerecía y creían en él...
y fue tan falso y trai¬dor y envidioso
que no valía nada por las ganas que
tenía de dominar.” Devolviéndole su auténtico rostro, F. Vercauteren ha trazado un retrato que sirve para todos sus
semejantes:
Era un rico burgués, miembro del patriciado, pero no de los antiguos linajes
que detentaban el poder político en Lieja. Inteligente, ambicioso y elocuente,
deseó desempeñar un pa¬pel personal
en la conducción de los negocios urbanos, quiso liberar a la burguesía de la
autoridad del príncipe y que¬brantar, a
este fin, la oligarquía de los concejales.
Parece ser que intentó también realizar
una estrecha alianza entre las principales villas de Lieja con el objeto de oponer a la polí¬tica del príncipe una política de la burguesía. Para llevar a cabo
sus proyectos, se atrajo a las masas
populares que to¬davía estaban excluidas de toda participación en el poder
público pero que ya estaban maduras
para tal participación. Por tanto, discernió y utilizó un movimiento profundo
que buscaba un jefe. Su intervención
precipitó la lucha entre el pueblo y una
parte del patriciado que apoyaba al
príncipe, mientras una fracción del cle-
ro se mantenía neutral. Mas,
pri¬sionero de aquellos a quienes debía
su elevación, forzado poco a poco a actitudes cada vez más violentas y revolucionarias, fue abandonado por los elementos del patriciado que lo Ha¬bían
seguido al principio y a quienes su radicalismo acabó por asustar. El movimiento, que primero era político, se
con¬virtió en un movimiento social; durante los últimos meses de su administración, Henri de Dinant no pudo ya
contar con la ayuda popular y, desde
entonces* se le considera un demócrata, inclusive, como dice Hocsem, un
demagogo. Eso explica la importancia y
la fuerza de la coalición que se for¬ma
contra ¿I y que agrupa al príncipe, a la
nobleza y al pa¬triciado. No habrá sido
difícil a sus vencedores transmitir a la
posteridad una imagen deformada del
tribuno y conver¬tirlo en un vulgar agitador, inspirador de una política dema¬
74
gógica. La lectura de los cronistas de
Lieja demuestra el éxito que halló esta
versión, éxito que por lo demás se extenderá hasta el siglo xrx.
Cierto que, en muchos casos, las rivalidades per-sonales en el interior del patriciado —competencia de negocios y de
prestigio— y las consideraciones de
ambición personal desempeñaron su
papel. El interés hizo a menudo que los
ricos se pasaran al bando de los pobres.
Los ricos carniceros, como el famoso
Camboche de París, que animaron mo-
ví* mientos revolucionarios, querían sin
duda servirse dei pueblo para vencer el
desdén que, a pesar de su fortuna, les
manifestaba el resto de la alta
bur¬guesía. En Metz fueron también “el
elemento re¬volucionario más activo”.
Pero en muchos casos, esos tránsfugas,
asqueados del egoísmo y. la feroci¬dad
de su clase y conscientes de una evolución que iba a chocar con la obstinación de los patricios aferrados a sus
privilegios, no hicieron más que seguir
la voz de su conciencia y de inteligencia.
La comunidad de acción que encontramos, por ejemplo, en Tournai en 1280,
donde los patricios forman la "cofradía
de los Damoiseaux”, iiga de la gran
burguesía contra el pueblo amenazante,
no impidió sin embargo que en el interior del patri¬ciado se desarrollaran las
más ásperas rivalidades políticas, expresión de rivalidades de los negocios.
Luchas de los clanes burgueses
Las luchas entre grandes familias patricias son
75
particularmente célebres en Italia. A
menudo for- mán la base de la oposición entre güelfos y gibeli- nos, como
por ejemplo en Génova, donde de las
cuatro grandes familias, esas cuatro
"tribus”, los Fieschi y los Grimaldi, son
güelfos, mientras que los Doria y los
Spinola son gibelinos. Sin duda fue en
Florencia donde las luchas fueron más
famosas, entre "negros” y "blancos”,
inmortalizados por Dante, entre Alberti
y Albizzi a fines del siglo Xiv, entre Albizzi y Médicis, y Médicis y Pazzi en el
siglo xv. El triunfo político, la expulsión
de los ad-versarios, era un buen medio
para destruir los ne¬gocios y desembarazarse de los competidores. La gran
compañía de los Alberti declina y muere
des¬pués de la llegada al poder de los
Albizzi.
Pero en los dos últimos siglos de la
Edad Media las rivalidades en el seno
de las grandes familias de mercaderes
son, sin duda, ménos significativas y
menos importantes que el apoyo cada
vez más decidido que aporta esta clase
a nuevas estructuras políticas, en las
cuales cree ver un dique contra la ascensión de las clases populares y contra
el peli¬gro de ciertos movimientos revolucionarios. Nos referimos a la tiranía y
a la monarquía centrali¬zadas, allí
donde aparecen (no es, por ejemplo, el
caso de alemania).
Mercaderes y señorías
En Italia los grandes mercaderes favorecen el advenimiento y la consolidación de las señorías, y
76
for¬tunas por medio de la fuerza y la
demagogia.
MERCADERES Y PRÍNCIPES
También desde muy temprano los
grandes co-merciantes desempeñaron
un papel político junto a príncipes y
soberanos. El soporte de ese fenómeno
hay que buscarlo, evidentemente, en los
servicios financieros y económicos prestados por los merca¬deres-banqueros a
los poderes temporales.
Benedetro Zacearía puso su flota y su
competencia de marino al servicio de
los reyes de Francia y de Castilla, en
calidad de almirante. Reorganizó para
Felipe el Hermoso el arsenal de Ruán y
trazó el programa de construcciones
na¬vales del soberano.
Dino Rapondi, mercader y banquero de
Luca, desempeñó funciones de diplomático y de "verdadero ministro de finan¬zas” de los dos duques de Borgoña
y condes de Flandes: Fe¬lipe el Osado y
Juan Sin Miedo.
Las grandes empresas militares y políticas, que precisaban la movilización de
grandes capitales, si-tuaron en primer
plano a los mercaderes italianos.
En primer lugar, las Cruzadas. Los
hombres de negocios de Génova, Pisa y
las rivalidades que pueden amenazar a Venecia suministraban a los cruzados
éstas cuan¬do han sido constituidas
los barcos, los víveres y el dinero, a vepor una familia de mer- caderesces según métodos tan
banqueros, como los Médicis de Floren- 77
cia, no deben disimular el consentimiento profundo de la gran burguesía
evolucionados como lo* giros sobre el
de los negocios italiana frente a regíme- tesoro real, con lo* cuales los mercadenes que garantizan la seguridad de las res genoveses financiaron la séptima
Cru¬zada de San Luis. Pero no se contentan con los beneficios que le reportan esa* ventas o préstamos: controlan
Ja vid* económica de las conquistas
occidentales. Mientras los vene¬cianos
se inxalan en Bizancio después de la
cuarta Cruzada, vemos a grandes mercad res como los Embriaci administrar
para su patria genovesa las colonias de
Siria y Palestina.
Otro campo de acción: la conquista del
reino de Ñapóles por los angevinos con
ayuda del Papado. En la lucha de los
Papas contra los emperadores alemanes, el conflicto con los hijos de Federico II y, sobre todo, con su hijo natural
Man** fredo, dueño dfc la Italia del sur
y de Sicilia, pasa a primer plano desde
12SO. Los gibelinos, partidarios de
Manfredo, triunfan en Siena y en Florencia, y los principales mere ade¬resbanqueros de aquellas ciudades, en relaciones de negocios con la Santa Sede,
emigraron o fueron exiliados. A ellos se
di¬rigió Clemente IV, un champanes
muy al corriente de las operaciones financieras internacionales, para financiar la con¬quista del reino de Nápoles
confiada por el Papa a Carlos de Anjou,
hermano de San Luis, y que fue bautizada "Cruzada‟‟. Se trataba de una empresa considerable, de enorme riesgo.
Para que los hombres de negocios florentinos exiliados se de¬cidan, el Papa,
a cambio de los capitales adelantados,
pignor* el producto del impuesto sobre
la Cruzada a recaudar en las ferias de
Champaña, el tesoro pontificio, los bie-
nes de lat iglesias de Roma y, forzado
por U necesidad, los objetos pre-ciosos,
las vasijas de oro y plata de su capilla y
de su tesoro. La victoria de las tropas
francesas y la instalación de los an- gevinos en Nápoles abrió a los banqueros
de Carlos de An¬jou el dominio económico de la Italia del sur y de Sicilia..
Entre ellos eligieron los reyes angevinos
gran cantidad de suí principales consejeros. Éste es el caso de los Acciaiuoli
de Flo¬rencia. A comienzos del siglo xiv,
un Acciaiuoli es chambelán del rey Rene, vicario real y señor de Prato. Más
deslumbran¬te todavia va a ser la suerte de su hijo Nicolás. Gran hombre de
negocios, hábil administrador y diplomático sin igual, añade a esos talentos
cualidades físicas que lo convierten en
el favorito de la emperatriz Catalina de
Courtenay y de la
78
reina Juana I. Lleva una deslumbrante
vida de gran señor en los feudos que
recibe en Grecia o en Italia; embajador
del Papa en Aviñón, desempeña el papel
de "hacedor de reyes”, y un fresco de
Andrea del Castagno nos ha conservado
la altiva figura de ese gran senescal del
reino de Sicilia.
La gestión de las finanzas de la Santa
Sede comporta tam¬bién vastas posibilidades para los mercaderes italianos.
En tiempos de Aviñón, cuando el fisco
pontificio exige cada vez más a la Cristiandad, son los grandes banqueros italianos, so¬bre todo los florentinos,
quienes hacen ingresar en las cajas de
la Curia los múltiples impuestos, quienes adelantan al Papa las considerables
sumas que precisa, quienes realizan
por él todas las operaciones financieras
necesarias y dispo¬nen para sus negocios, en una vasta área geográfica, del
con¬siderable caudal que representa el
dinero de la Iglesia.1
Banqueros del Papa, como ha demostrado Y. Renouard, son también sus
consejeros políticos. Los Papas de Aviñón inclusive hicieron de la sociedad de
los “Alberti antichi" una verdadera
agencia de información a su servicio.
La política continental de los reyes jle
Inglaterra ofreció a los italianos otro
campo privilegiado de operaciones. Finan- ciadores de las empresas inglesas
en la Guerra de los Cien Años, consolidan cerca de los soberanos de' Londres
su posi¬ción económica al desempeñar
también cargos militares y po¬líticos.
Indudablemente, la importancia de los
riesgos resulta aquí en detrimento de
algunos prestamistas demasiado
im¬prudentes, y el fracaso de una campaña inglesa puede pro¬ducir la quiebra inevitable de algunas de las más
grandes compañías florentinas, como
fue el caso de las compañías de los Peruzzi y de los Bardi. Pero todavía en el
siglo xv vemos a los mercaderes italianos servir a los reyes de Ingla¬terra
como gobernadores y almirantes en lugares donde no tienen intereses de negocios, como en Goyena, por ejemplo.
A fines de la Edad Media vemos apare-
cer tam¬
1 Pero, sin duda, la ventaja mayor era
la posibilidad de transferir capitales.
79
bién mercaderes autóctonos en el primer plano de la escena política de las
monarquías cuyo carácter' nacional colorea cada vez más la acción centrama¬dora. Un Wílliam de La Pole es ya
influyente jun¬to a Eduardo III de Inglaterra. Y ya vimos el pa¬pel deslumbrante desempeñado en el siglo xv por
Jacques Coeur junto a Carlos VII de
Francia.
De tal manera, a lo largo de toda la
Edad Me¬dia, bien por medio del patriciado ciudadano en el marco urbano y
comunal, bien mediante los gran¬des
capitalistas en el marco estatal, los
mercaderes- banqueros apuntalaron y
coronaron su poderío económico con un
poder político en el que se mez¬claba la
búsqueda del interés y la del prestigio.
LAS GRANDES FAMILIAS BURGUESAS
Entre los mercaderes encontramos
siempre los mismos tnombres. Las
grandes casas de negocios se identificaron con los linajes del patriciado, con
las grandes familias del comercio, de la
banca y de la política. Dinastías burguesas, y a veces ennoble¬cidas, como
las de los Ziani y los Mastropiero, los
SoranzQ y los Balbi en Venecia; los Salimbeni, los Tolomei y los Buonsvgnori
en Siena; los Bardi, los Peruzzi, íos Acciaiuoli, los Alberti, los Albizzi, los Médicis y los Pazzi en Florencia; los Fies-
chi, los S pinol a, los Doria, los Grimaldi, los Uso di Mare, los Gattilusio, los
Lomellini y los Centurioni en Génova;
los Uten Hove y los Van der Meire en
80
osados y 'emprendedores, que se dejan
llevar audaz¬mente por el viento que
sopla y que saben orientar sus velas
siguiendo la dirección de ese viento;
hasta el día en que, al modificarse la
dirección del viento, se detienen a su
Gante; los du Markiet, los Boinebroke y vez y desaparecen ante un equipo prolos Le Blond en Douai; y los Crespin,
visto de fuerzas de refresco y de tenlos Hucquedieu, los Yser y los Stanfort dencias nuevas”.
en Arras.
Esta tesis ha encontrado diversos conPor tanto, parecería que la clase de los tradictores, y su fecunda sugestión ha
gran¬des hombres de negocios mediedado lugar a un debate —en el que han
vales hubiera cono¬cido también, ade- tomado parte especialmente G.
más de la cohesión económica y políti- Es¬pinas y J. Lestocquoy— todavía no
ca, otra forma de cohesión: la continui- zanjado: "¿Nuevos ricos o hijos de ridad
cos?”
En un estudio célebre, Henri Pirenne lo $1
ha negado. Para él, "a los diversos períodos‟* de la historia y especialmente
No nos ocuparemos aquí de uno de los
de la Edad Media "corresponde una cla- aspectos de la discusión: el que se refiese distinta de capitalis¬tas. . . No es del re al origen de la clase de los grandes
grupo de los capitalistas de una época mercaderes medievales. Es in¬dudable
dada de donde sale el grupo de los capi- que, en muchos lugares, fueron antitalistas de la época si' guíente. A cada
guas familias nobles, antiguos funciotransformación del movimiento econó- narios feudales que disponían de cierto
mico se produce una solución de conti- caudal económico, quienes se dedicaron
nuidad. Diriamos que los capitalistas
al comercio y le suministraron las caque hasta entonces desplegaron sus
be¬zas rectoras y los dirigentes. Mas
actividades, se reconocen incapaces de Pirenne ha lla¬mado la atención hacia
adaptarse a las condiciones que exi¬gen los que, a favor del creci¬miento demonecesidades antes desconocidas y que
gráfico de los siglos xaxny del
requieren métodos no empleados. Se
mo¬vimiento urbano que dislocó los
retiran - de la lucha para transformarse marcos de la so¬ciedad rural y militar
en una aristocracia cuyos miembros, si de la Alta Edad Media, gra¬cias al cotodavía intervienen en el manejo de los mercio alcanzaron lugares prominentes
negocios, intervienen solo en forma pa- partiendo de nada o de muy poco.
siva, en calidad de socios capitalistas.
Pero, una vez desaparecidas esas conEn su lugar surgen hombres nuevos,
diciones ex-cepcionales de movilidad
social, la clase de los grandes mercaderes se estabilizó. A partir del si¬glo xm,
los Rockefeller y los Carnegie fueron
ra¬ros en la Edad Media y constituyeron siempre una excepción. En la gran
burguesía de los negocios no entró
quien quiso, salvo quizás en Inglaterra,
don¬de la "fluidez” parece haber sido
muy grande en los siglos xiv y xv, sobre
todo entre los mercaderes londinenses2. Como ha dicho A. Sapori refirién¬dose a Florencia, solo hubo "compenetración” "en la clase por encima del
trabajador asalariado”. "Los miembros
de lo que llamamos generalmente
bur¬guesía formaban bloque contra el
pueblo bajo, al restablecer el sistema de
contribuciones basadas en
3 En Alemania, ei difícil distinguir el
aspecto social de la emigración hacia el
norte de los alemanes del sur en el siglo
xv.
82
cánicas” son excluidas de las funciones
municipales en Nevers.
Pero en la tesis de Pirenne sigue habiendo cier¬tas afirmaciones de primerísima importancia.
Es acertado vincular a las diversas fases del mo-vimiento económico la aparición de ciertas familias en el primer
plano de los negocios y la desaparición
de otras. Pero, siempre salvo excepciones, ni los recién llegados son desconocidos en el mundo del comercio y de la
banca, ni los antiguos desaparecen del
todo. En Venecia, los nuevos ricos que
se han enriquecido con su trabajo gracias a los beneficios del sistema de la
commenda y luego han pasado a ser
capitalistas cada vez más poderosos,
forman las case nuove, las "casas nuevas” que coexisten con las case vechte
de los antiguos ricos. En Flandes, en
los siglos xiv y xv la gran burguesía de
la poorterie comprende a los descendientes del antiguo patri- ciado junto
los impuestos indirectos, dictar las mo- con los nuevos ricos. Por otra parte, la
dalidades del trabajo manual y fijar su desaparición de ciertas familias puede
remuneración.” En el si¬glo xiv se con- estar vin¬culada a acontecimientos pocluye el divorcio —en los planos
líticos: lo hemos visto en el caso de los
po¬lítico e ideológico— entre capital y
Alberti. No debemos transformar
trabajo. Los burgueses convertidos en
83
rentistas son tratados de "ociosos”
(otiosi) por los trabajadores. La sepaen ley de la evolución económica y sora¬ción es total entre oficios "fundados cial las céle¬bres páginas —magnifica
sobre trabajo o sobre mercancía”. Des- muestra literaria—'es¬critas en el siglo
de fines del siglo xiii “solo quien no se
xv por León Bautista Alberti en su tragana la vida por medio de trabajo
tado De la familia, consagradas a las
ma¬nual” puede entrar en el Rat de
vicisitu¬des de las grandes familias coLübeck, y desde 1312 las "gentes memerciantes caídas desde la cumbre del
poder hasta la decadencia y el olvido.
Más interesante es seguir la evolución
que tiende a trans¬formar en rentista*
a lo* mercaderes activos. Indudablemente también aquí pesa la coyuntura
económica. Los capitales de¬dicados al
negocio y a la banca se repliegan y se
invierten en bienes inmobiliarios y rurales ante las -dificultades del co¬mercio,
el estrechamiento de horizontes y la
pérdida de cier¬tos mercados. Esto es
especialmente cierto para los italianos
en los siglos xiv y XV, como ya dijimos;
y el desarrollo de un imperio veneciano
en "tierra firme” va unido a este
re¬pliegue de los capitalistas hacia el
campo. F. C. Lañe lo ha demostrado en
lo que se refiere a Andrea Barbarigo y
su* descendientes; éste colocó todo su
dinero en el comercio y esperó a alcanzar la edad madura antes de comprarse
un dominio rural. Pero con su herencia
los tutores de sus hijos comienzan a
comprar otras propiedades en las regiones de Treviso y de Vcrona, sin contar los dominios coloniales en Creta, y
colocan de preferencia el dinero de sus
pupilos en ti culos de deuda del Estado.
Es el momento en que, a con¬secuencia
de la conquista turca, Venecia sufre
duras pér¬didas en Oriente. En 1426,
solo una décima parte del capi¬tal está
invertido en el comercio. Cuando el hijo
mayor, Nicolo, hace testamento en
1496, recomienda a su propio hijo no
colocar dinero en el comercio, que da
poco.
Igualmente, cuando en 14 5 7 una cri-
sis cierra los merca¬dos de Bohemia a
los Popplau de Breslau, Raspar Poppiau
pliega parte de sus capitales hacia el
campo, comprando tie¬rras. Y del mismo modo que esta nueva orientación de
los capitales mercantiles permite la
sustitución de la antigua aristocracia
rural por otra nueva, en las ciudades
un patri84
ciado de nuevos ricos sustituye el antiguo. En Lübcck, los bomines■ novt
compran rentas y sus deudores pertenecen esen¬cialmente a los viejos linajes y se encuentran ahora a la merced
de sus acreedores. De esta forma es la
viuda de Bertrand Morncwech "el primero y más feliz representante del nuevo tipo de mercader”, con 14.5 00 marcos de Lübeck entre los años 1286 y
1J00.
Pero si bien )a historia económica acentúa y ace¬lera esta evolución, no se relaciona únicamente con ella. Es un movimiento natural, que también en nuestra época lleva al comerciante de los
negocios a la propiedad inmobiliaria y
rural. En la juven¬tud, los viajes; en la
edad madura, los negocios
se¬dentarios; en la vejez, una semijubiiación en el campo. Más que una
cuestión de edad es una cu.es- tión de
generaciones. El padre, constructor de
la empresa, hace de ella su vida, le consagra su tiem¬po, sus esfuerzos y su
dinero, aun en el caso de que disponga
ya inicialmente de cierta fortuna. El hijo
o el nieto, criados en la abundancia,
que por edu-cación han recibido a la
vez gusto por la cultura y sensibilidad
artística, consagran menos tiempo a los
negocios y más a los gastos personales:
goces del espíritu y goces menos nobles.
Después de los que acumulan, los que
disfrutan. Después de los merca¬deres
que solo son mercaderes, los mercaderes-ar¬tistas. Thomas Mann en Los
Buddcnbrookc ha re¬tratado esta evolución en la época modernn, en el marco de una vieja ciudad alemana. En la
Edad Media fue frecuente. En los Médicis hallamos un ejemplo célebre. De
Cosme a Lorenzo, el dinero que ha ido a
irrigar el renacimiento florentino lia
85
sido retirado de los negocios de la firma
familiar.
De tal modo, si bien es conveniente distinguir matices y debemos desconfiar de
Ja “concepción de una clase burguesa
en bloque en cada época”, no por ello la
clase de los grandes mercaderes
bur¬gueses deja de presentar en la
Edad Media notable unidad, a pesar de
las vicisitudes y las renovacio¬nes.
Unidad hecha no solo de permanencias
eco¬nómicas sino también, de continuidades humanas en el seno de las
grandes familias del comercio y de la
banca.
86
CAPITULO III
LA ACTITUD RELIGIOSA Y MORAL
LA IGLESIA CONTRA LOS MERCADERES: LA TEORÍA
Con frecuencia se ha pretendido que la'
actitud de la Iglesia respecto del mercader medieval lo obstaculizó en su actividad profesional y lo rebajó en fi{
me<¡io
Condenado por ella en el
ejerci¬
cio mismo de su oficio, habría sido una
especie de paria de la sociedad medieval, dominada por la in¬fluencia cristiana.
La condenación
De hecho, algunos textos célebres parecen poner en el índice al mercader. Una
frase famosa extraída de una adición al
decreto de Graciano, monumento del
derecho canónico del siglo xn, lo resume: Homo mercator nunquam aut vix
pofest Deo place re (El mercader no
puede complacer a Dios... o muy difícilmente). Los documentos eclesiásticos
—manuales de confesión^ estaturas
.4i.ii/2d3 Les-, re¬pertorios de casos de
conciencia— que dan listas de profesiones prohibidas; illicita negocia, o de ofi87
cios deshonrosos; inhonesta mercivwnia, casi siem¬pre incluyen el comercio.
Reproducen una frase de una decretal
del papa San León el Grande —a ve¬ces
atribuida a Gregorio el Grande— según
la cual "es difícil no pecar cuando se
hace profesión de comprar y vender”,
Santo Tomás de Aquino sub¬rayará que
"el comercio, considerado en sí mismo,
tiene cierto carácter vergonzoso” —
quamdam turpitudinem habet—. Se
diría que la Iglesia re¬pudia al mercader, junto con las prostitutas, los juglares, los cocineros, los soldados, los carniceros, los posaderos y, por otra parte,
también junto con los abogados, los notarios, los jueces, los médicos, los cirujanos, etc.
Los motivos
¿Cuáles son los motivos de esta condenación? En primer lugar, la misma finalidad del comercio: el deseo de ganancias, la sed de dinero, el lucrum. Santo
Tomás declara que el comercio "es censu¬rado en justa ley porque en sí mismo satisface la apetencia de lucro que,
lejos de conocer límite, se extiende hasta el infinito”. La literatura y el arte medievales nos han conservado la imagen
que te¬nían sus contemporáneos del
mercader ávido de ga¬nancia y, por lo
mismo, en conflicto con la moral cristiana, castigado por Dios y por la Iglesia. Ejem¬plo de ello lo tenemos en el
Padrenuestro del usu¬rero que no puede evitar, mientras reza, seguir pensando en sus negocios y sus denarios; y
más
88
aún en el Credo del usurero, en el cual
el héroe moribundo, auténtico Grandet
medieval, no se contenta con entremezclar las últimas palabras de su plegaria
con alusiones a su dinero, sino que se
lo hace traer y lo amontona ante él y, al
acabar la oración, pide que lo entierren
con el saco mayor de dinero:
Alors il se retournc et ierre les dents
Soti time 5c separe de sem corps Et des
qh‟ellc fut sorlte Les Diables Vempreircvt,
A™en, dans l‟cnfcr eternel
Y
entre, los condenados, en el
círculo infernal donde se encuentran
quienes aman las riquezas, volveremos
a hallar a los mercaderes, entre su
di¬nero y los diablos que los torturan:
así, por ejem¬plo, en los frescos de Taddeo Di Bartolo, en la Co¬legiata de
San Gimignano. Por lo tanto, la causa
primera de la condena es cometer, casi
inevitable¬mente, por el objetivo mismo
que se proponen —la ganancia, las riquezas—, uno de los pecados capi- ales:
la avaritia, o sea la codicia.
La usura
. Precisando más: el mercader y el banquero se ven arrastrados por su oficio a
realizar acciones
1
Se vuelve entonces y aprieta Jos
dientes, / su alma se separa del cuerpo
/ y apenas sale / los diablos la aprisio¬nan, l amén, en el infierno eterno.
89
Las razones alegadas por la Iglesia para
conde¬nar la usura son múltiples. En
primer lugar —ar¬gumento decisivo para ella—, los textos de la Es¬crituras. A
ese respecto existe la autoridad de dos
textos, uno sacado del Antiguo Testamento y otro del Nuevo Testamento. El
primero, extraído del Dcuteronomio
(XX11I, 19-20, que por otra parte completa un texto del Éxodo, XXII, 25, y
otro del Lev!tico, XXV, 3 5-37) declara:
No exijas de tus hermanéis ínteres alguno ni por dinero ni por víveres ni por
nada de lo que con usura suele prestarse.
Las palabras del Nuevo Testamento están en la¬bios del mismo Cristo, quien
dice a sus discípulos:
Si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué gra¬cia tendréis?
También los pecadores prestan a los
pecadores para recibir de ellos igual
favor. . . Prestad sin esperanza de retribu'ción y será grande vuestra recompensa.
I.os autores eclesiásticos alegan también cierta cantidad de motivos basados
en la moral natural. Dos son particucondenadas por la Iglesia, operaciones lar¬mente interesantes, tn primeí Uigat,
ilícitas; la mayoría de las cuales entran el que prestí no Tel¬liza un verdadero
en la denominación de usura.
trabajo, no crea ni transfoma una maEn efecto, la Iglesia entiende por usura te¬ria, un objeto; explota el trabajo de
todo tra¬to que comporte el pago de un otros, el trabajo del
interés. De ahí que se halle prohibido el 90
crédito, base del gran comercio y de la
banca. En virtud- de esta definición,
deudor. Ahora bien, la Iglesia, cuya
prác¬ticamente todo mercaderdoctrina se ha formado en el medio rubanquero es un usurero.
ral y artesanal judio, solo reconoce a
ese tra¬bajo creador como fuente legitima de ganancias y de ri¬queza. Tanto
más cuanto que la ascensión en Occidente de las clases urbanas entre ios
siglos x y xm vuelve a poner en el primer plano social a trabajadores en este
sentido tradicional, comprendiendo entre ellos a ios primeros mercaderes
cris¬tianos errantes.
También interviene la dificultad que
canonistas y teólogos hallan en admitir
que el dinero pueda por sí mismo engendrar dinero, y que el tiempo —concretamente el que transcurre entre el
préstamo y su devolución— pueda dar
origen a dinero. La pri¬mera consideración que ha llevado al famoso
pro¬verbio: Nummus non parit nummos (El dinero no engendra dinero) viene de Aristóteles y se propagó en el siglo xiii con las obras y las ideas de este
fi¬lósofo.
Siguiendo al I'stagirita, Santo Tomás de
Aquino y Gilberto de Lessincs sostienen
que el dinero debe servir para favorecer
los intercambios, y que acumularlo y
hacerlo fructificar es una operación
contra natura. "En lugar de transferir
los bie¬nes neccsanos para la vida, se
acumula con espíritu de avaro”, dice
Gilberto de Lessines. Magnífico ejemplo
de los resulta¬dos de la influencia aristotélica en el pensamiento cristiano
medieval. Por una parte, un estímulo y
un sostén para la elaboración de una
reflexión que procura adaptarse a la*
nuevas condiciones de la economía, y
una teoría de la mo¬neda como instru-
mento de la circulación de los productos: innegables progresos sobre la acumulación de tesoros prac¬ticada por los
hombres de la Alta Edad Media, partidarios del ideal de economía cerrada.
Pero, por pura aceptación de una nueva
autoridad, es también obstáculo, estorbo, hdn~
91
dicap y fuente de incomprensión y de
nuevas dificultades. Porque esta teoría
de la moneda, al negar el valor del
cré¬dito, provoca un divorcio entre el
pensamiento cristiano y la evolución
económica.
Quizás más grave, porque pone en juego estruc¬turas mentales más complejas todavía y más fun¬damentales, es la
concepción cristiana del tiempo. En
Santo Tomás y en otros teólogos y canonistas encontramos, en efecto, este
argumento: que con la práctica del interés "se vende el tiempo”. Ahora bien,
éste no puede ser propiedad individual.
Per¬tenece solamente a Dios. De tal
forma que, a pesar de los considerables
esfuerzos de pensadores y ju¬ristas del
siglo XIII, la reflexión cristiana se declara incapaz de llegar a concepciones
económicas, al no poder escapar de un
marco teológico moral estre-cho. Por su
lado, tampoco el mercader logra una
concepción clara, ni la formulación de
las creen¬cias económicas que son el
fundamento moral de su actividad; pero
no es ésta su función. Él las ex¬presa
en sus operaciones: como eí que prueba
el movimiento andando, él prueba el
crédito comer¬ciando.
Mercaderes crntianos e infieles
Los mercaderes medievales se ganaron
la reprobación muy particular de la
Iglesia en circunstancias especiales: en
la lucha contra los infieles. Desde la
Alta Edad Mcdia> los mercaderes de los
primeros grandes centros italianos —
Ñi¬póles, Amalfí, Venecia— para quienes el tráfico con los mu92
julmanes representaba una importante
parte de sus activida¬des, tomaron a
veces en las luchas entabladas entre
cristianos e infieles el partido de estos
últimos, incurriendo en las ira» del Papado. El problema se agudizó en la época de las Cru¬zadas, cuando la Iglesia
se entregó sin reservas a la lucha
ar¬mada contra el Islam ... en una época en que el desarrollo del comercio internacional hacía prácticamente indispensable para los grandes mercaderes
occidentales los contactos de ne¬gocios
con los árabes. Venecia participó solo a
disgusto en la primera Cruzada, para
tener parte en el botín, y cuando la expedición estuvo suficientemente adelantada; y parece que siempre fue partidaria de desviarla hacia Bizancio, lo que
logró, como es sabido, en la cuarta Cruzada. En efecto, la legislación de la Cruzadas estípula la prohibición del
co¬mercio con el enemigo y decreta el
embargo de los productos estratégicos,
especialmente maderas, hierro, armas y
naves. De modo más general, la Iglesia
prohibía permanentemente la venta de
esclavos al Islam, lo que constituía uno
de ios mayores tráficos de los mercaderes cristianos medievales. Ahofa bien,
los intercambios nc ‟esaron ni siquiera
en tiem¬po de Cruzada. La corespondencia entre mercaderes musul¬manes
de Túnez y un mercader cristiano de
Pisa pone de manifiesto —junto con
otros documentos— excelentes rela¬ciones entre comerciantes infieles y
cristianos, eso que ha sido llamado "la
solidaridad de los mercaderes musulmanes^ y cristianos”. Por ejemplo, he
aquí el comienzo de una 4c esas cartas:
"En el nombre de Dios, clemente y misericordioso.
”A1 muy noble y distinguido sheik, el
virtuoso y honora¬ble Pace, pisano:
¿que Dios guarde su honor, vele por su
salvaguardia, le ayude y le asista en ta
realización del bicnt Hilal ibn JalifaalJamunsi, tu amigo dilecto y que bien
te quiere, a ti que siguen los senderos
de la virtud, te envía sus saludos, la
misericordia y las bendiciones de Dios”.
Y la carta se halla entrecortada de muchos:
"Mi querido aqiigo, mi querido amͣo
Pace."
93
mercaderes distaban mucho de la teoría
que acabamos de esbozar.
Protección a íos mercaderesk
Desde muy temprano, la Iglesia protegió
a los mercaderes. Ya en 1074, el Papa
Gregorio VII or¬dena a Felipe I, rey de
Francia, restituir a los mer¬caderes italianos que habían ido a su reino las
mer¬cancías que les confiscara. Llega
hasta amenazar al rey con la excomunión en el caso de negarse a hacerlo. Y,
como se ha dicho, se trata del
'„co¬mienzo de una serie de documentos
del mismo género”. En 1263 vemos inclusive que el obispo de Dinant hace
edificar un mercado "para provecho y
utilidad de todo el mundo y sobre todo
de los mercaderes”. Los manuales de
los confesores citan a los mercaderes
entre las personas que pueden ser dispensadas de ayuno o de la observancia
del reposo dominical, bien porque sus
negocios no pue-dan ser aplazados,
bien porque las fatigas de los via¬jes
hagan penosas las privaciones. Los esfuerzos de la Iglesia para obtener el cese de las guerras intesti¬nas, el fin de
las luchas entre principes cristianos,
todo el movimiento que tendía a imponer las "tre94
gua de Dios exige seguridad "para los
sacerdotes, los monjes, la clere¬cía, los
conversos, los peregrinos, los mercaderes, los campesinos y las bestias de
carga”. Ahí, como ha visto muy bien J.
Lestocquoy, hay "una especie de jerarquía de las profesiones” a los ojos de la
Igle¬sia. En ella los mercaderes están
bien situados, entre la clerecía y los
campesinos.
Igualmente también desde muy temprano ve¬mos que se considera como
buenos cristianos a los mercaderes y,
lejos de ser apartados de la Iglesia, son
acogidos por ella y profundamente integrados en el medio cristiano. En Arras
vemos un grupo en¬tero de ricos mercaderes estrechamente unidos a la abadía de San Vaast. Miembros de la familia Huc- quedíeu son "hombres de San
Vaast”. Jean' Bre- tel, quien comercia
en las ferias de Champaña, es funcionario de la abadía. Antes vimos un contrato comercial redactado en un convento genovés. Más adelante veremos
los vínculos recíprocos que en la Edad
Media unieron a la Iglesia con los ricos
mer¬caderes.
Impotencia de la Iglesia frente a los
mercaderes
Quizá sea, sobre todo, el estudio de los
docu¬mentos y la revisión de la historia
guas de Dios” y "la paz de Dios”, no po- económica me¬dieval lo que mejor deLA Iglesia y los mercaderes: la práctica dían dejar de favorecer la actividad de
muestre cuán impotente fue
Pero, así coma este ejemplo demuestra los mercaderes, y a ve¬ces esta finali95
la dis¬tancia entre la realidad y la doc- dad está explícitamente expresada. Así
trina de la Iglesia, también en la prácti- por ejemplo el canon 22 del Concilio de la Iglesia frente a ios mercaderes y cuán
ca las relaciones entre la Igle¬sia y los Letrán de 1179, al reglamentar la tredesarmada se halló para hacer respetar
su doctrina económica.
Desde luego, la Iglesia promulgó edictos
con toda una serie de sanciones contra
la usura, considerada pecado mortal,
fuente de fortunas ilícitas, y de la cual,
en tcoria, nadie po¬día servirse con fines caritativos. En primer lugar, penas
es¬pirituales: excomunión y privación
de sepultura. Después, penas temporales; obligación de restituir tos beneficios
ilí¬citos; y ciertas incapacidades civiles,
tales como la invali¬dación de los testamentos de los mercaderes en tanto
que la reparación de los pecados en materia económica no hubiera tenido efecto. Es indudable que la Iglesia intentó
aplicar su legislación en algunos casosSe conoce el caso de quince usureros de
Pistoya, llevados ante el tribunal del
obispo hacia finales del siglo xm. Pero
el mismo hecho de que las pruebas del
proceso indiquen que algunos de ellos
practicaban Ja usura desde h?cía veinte años, a la vista y conocimiento de
todo el mundo, demuestra muy bien
que la Iglesia no recurría a #us fulminaciones más qúe excepcionalmente. A
veces se trata de satisfacer a eclesiásticos o a personas relacionadas con la
Iglesia, en conflicto con mercaderes: así
la intervención pon¬tificia de 1228 a
favor de Robert de Béthune, abogado de
Sant Vaast de Arras, víctima de las
prácticas de varios de los principales
hombres de negocios locales. La mayoría de las veces la Iglesia cierra los ojos,
tanto más cuanto que los banqueros y
los mercaderes hallaron pronto nume-
rosos modos de esquivar las interdicciones eclesiásticas, de disimular Ja
usura disfrazando el interés. La Iglesia
aceptaba más fácil¬mente que se traicionara el espíritu cuando se respetaba
la letra. A veces, el interés pagado por el
deudor se presen¬taba como donación
voluntaria, otras, tomaba la forma e
multa pagada al expirar el pla2o de devolución, fijado ex pro¬feso con fecha
excesivamente próxima, multa pagada
anual¬mente, a cambio de la cual los
lombardos recibían licencia autorizando
la práctica de las operaciones teóricamente prohi¬bidas. A veces la usura
estaba tan bien disimulada que era
muy difícil descubrirla, como en el caso
del “cambio seco”,
96
que se operaba con la ayuda de una
letra de cambio ficticia que mencionaba
operaciones de intercambio que no habían tenido realmente lugar.
La justificación del mercader
Impotente en. la práctica, la Iglesia se
avino a una teoría muy tolerante, admitió poco a poco de¬rogaciones y justificó
excepciones cada vez más numerosas e
importantes. El estudio de las razones
de esas dispensas, obra de la elaboración jurídica de canonistas y teólogos
del siglo xm, resulta par¬ticularmente
interesante porque demuestra cómo la
Iglesia hizo aceptar ideológicamente la
posición conquistada por el mercader
en la sociedad medie¬val en el plano
económico y político.
En primer lugar, se consideraron los
riesgos corridos por d mercader, que
son evidentes cuando sufre un daño
real, damnum emt'rgcns. En ese caso,
como por ejemplo cuando ha sufrido un
retraso en la devolución, debe recibir
compensa¬ción, que pronto se admite
sin que haya que disimularía con el
nombre de multa, sino que puede ser
llamada "interés”. Por otra parte, el
prestador se priva de un beneficio posible, inclusive probable, al inmovilizar
en los prestamos dinero que habría podido serle útil inmediatamente para
otras co¬sas. Desde fines del siglo xm,
una decretal de Alejandro III al reglamentar la venta a crédito autoriza por
ese mo¬tivo, lucrum cessans, la percepción de una indemnización. De modo más general, el prestador corre
siempre riesgos: in¬solvencia o mala fe
del deudor, a lo que, a partir de fines
del siglo xii, se añade el peligro de ver
disminuir el valor del di¬nero prestado
en el momento del pago, bien a causa
de una mutación monetaria, bien por
efecto de las fluctuaciones del precio de
la plata. Ese riesgo, pericvlum sortis,
que cada vez >c toma más en consideración a medida que se comprenden
97
mejor los mecanismos económicos y
monetarios, suministra en¬tonces la
base de la doctrina de la Iglesia frente
al comercio y la banca. Basta que hayi
duda sobre el resultado de una operación, ratio incertitudinis —y la Iglesia
reconoce que ello puede ser lo propio de
toda la actividad del mercader— para
que se justifique la percepción de interés. La habilidad ca¬suística lleva a
fórmulas como la de Gilberto de Lessines, que declara que "la duda y el
riesgo no pueden borrar el ,-spíritu de
lucro, es decir, excusar ta usura”, pero
que cuan¬do hay "incertidumbre y no
cálculo ... la duda y el riesgo pueden
equivaler a la equidad de la justicia”. De
esta forma íq autorizan los contratos de
asociación, de "sociedad”, el cambio y
especialmente las operaciones a que da
lugar el empleo de la letra de cambio —
a excepción del "cambio en í.'lü”—, el
comercio de ¡as rencas constituidas, o
sea asen¬tadas sobre bienes raíces y el
interés de las deudas públicas.
También se tiene en cuenta —nuevo
progreso en el pro¬viso de justificación
del mercader por parte de la Iglesia— ;a
labor del mercader, el trabajo que realiza y por el cual debe recibir un salario,
stipendium laboris. Aquí hallamos la
teoría eclesiástica del salario vinculado
al trabajo, fruto de la reflexión cristiana
sobre el movimiento social de los siglos
x .1 xmi conducente a una sociedad
fundada en el trabajo re- partido entre
asalariados. La aplicación de esta teoría
al rii>.rcader fue fácil en una época en
que el mcrcadcr-tipo era .in viajero, un
hombre errante exputtto a toJos los peligros de que hablamos anteriormente.
Más dificil es hacer entrar en cst.is categorias a! mercader capitalista sedentario. Cierto que los cuidados de orga-
nización y las preocupaciones de
di¬rección que entrañaba su actividad
podían considerarse "tra¬bajo”. Pero,
fue más bien en consideración a los
servicios que prestaba a la sociedad con
el empleo cíe su dinero, de su organización y do sus métodos, por lo que se le
asimiló entonces a un trabajador.
ILo. U.
de. QjVkíJ, l<Ys.
útiles y necesarios fue !o que coronó la
evolu¬ción de la doctrina de la Iglesia y
les valió a ellos
98
el dcrcchP de ciudadanía definitivo en
la sociedad cristiana medieval. Desde
muy pronto se puso en evidencia Ia utilidad de los mercaderes que, al ir a bu
scar a países lejanos mercancías necesarias o agradables? géneros y cbjctos
que no se hallaban en Occidente» y
venderlas en las ferias, suministraban a
las diversas clases de la sociedad !o que
éstas nece-sitaban. JTÍc aclu* cómo
habla el autor del Dit des marchané-v:
. .C'ont doit les marchcanz Desear tóate
geni bonorer;
Quar il vont par terre et par mer
Et en maint estrange pan
Por querre lame et tair et gris.
Lei entre* revont ont re mer Por aroir de
pon achater,
Poit rc, ou can ele, ou garingal.
Dicx gart taz marchcanz de mal Que
nous en amettdons sovent.
Saín te Y glise premierement Fu par
Marchcanz estahlie Et sacbiez que Cite
valerte Doñent Marchcanz teñir cbiers
Qu‟ils amament les bons destriers A
Laingni, a Bar, o Provins Si i a marchcanz de vins,
De bla, de sel et de barenc,
Et de soie, et d'or et d‟argcnt,
Et de pierres qui bones sunt Marchéanz
vont par tout le mont Dii crses choses
achater 2.
- Por todas las gentes se debe honrar a
los mer<}ws van r?ur tjí‟.rrjx. v n?.ua-.v v x.
f.vn. W-Oñat co-marcas para obtener
lana y pieles.
Otros cí*«an el nur para comprar pimienta, o canela, o galanga.
99
Pero, a fines del siglo xm y comienzos
del xrv dos nociones vinieron a reforzar
singularmente es¬tas consideraciones.
La primera es consecuencia de la introducción del pensamiento antiguo y del
de¬recho romano en la teología cristiana y en el dere¬cho canónico. Los autores cristianos aplicaron a la actividad
de los mercaderes la idea del "bien
co¬mún ”, de la “utilidad común”, tan
importante en Aristóteles, poi ejemplo.
Uniendo esta idea a la del trabajo, Santo Tomás declara:
Si el comercio se ejerce en vista de la
utilidad pública, si la finalidad es que
no falten en el país las cosaj nece¬sarias a la existencia, el lucro, en
lugar de ser considerado como finalidad, es solo exigido como remuneración
del tra¬bajo.
Igual que Guillaume Durant y Bruchard
de Es-trasburgo, quien declara:
Los mercaderes trabajan en beneficio de
todos y realizan obra de utilidad pública al traer mercancías a las ferias.
La segunda noción es resultado del reconocimien¬to de la interdependencia
de los países y de las na¬ciones desde
el punto de vista económico. EvoluDios guarda de mal a todus los mercaderes que nosotros frecuentemente reverenciJmos.
Originariamente la Santa Iglesia fue
fundada por los mer- caderes, y sabed
que la Caballería debe estimar a los
merca¬deres que les traen los buenos
corceles. En Laingni, en Bar, en Provins
hay mercaderes de vinos, de trigo, sal y
aren¬ques, y de seda, oro, plata y buenas piodras. Los mercaderes van por
todo el mundo para comprar diversas
cosas.
100
dice:
Habría gran indigencia en muchos países si los merca¬deres no llevaran lo
que abunda en un lugar, a otro en que
esas mismas cosas faltan. De modo que
pueden recibir a justo título el premio
de su trabajo.
Su expresión más acabada la encontramos a prin-cipios del siglo xiv en los
versos del canónigo de Tournai, Gilíes le
Muisit. En el poema CVs/ des manchands . . . afirma:
Nul pays ne se poet de li scus gorvrener;
Pour chou vont manchéant travíllier et
pener Chou quifaut ¿s pays, en tous
régnes -mener;
Se ne les 4ott-on mié sans raison fourmener,
Chou que marchéant vont déla mer,
decbá mer Pour /ourvir les pays, les
font entr'amcr,
Pour riens ne ie feroient boin marción capital. Del pensamiento autártico chéant blasmer,
de la Alta Edad Media, que consideraba Mais ils se font amer, loyal et bon clala necesidad de in¬tercambios exterio- mer.
res como un defecto, una tara económi- Carites et amours par les pays nouca, se pasa a la creencia en la necesiri.icctt t;
dad y en el beneficio de tales intercam- Pour chou doit-on moult goir s'il enbios. Es el descu¬brimiento de lo que
rikiscent.
será el principio fundamental del libre 101
cambio, del capitalismo liberal. Razón
su¬plementaria para relacionar la revo- C‟est pites, quant en (tiére) boin marlución comer¬cial del siglo xm con la
chéant pouvriscent Or en ait Dieus les
del siglo xix.
ames quant dou siécle partiscent 3.
Esta noción está ya esbozada en TiloPor lo tanto, desde ahora el gran comas de Cobham, a principios del siglo
mercio in-ternacional es una necesidad
xm, quien en su Manual de confesión
querida por Dios. En¬tra en el plan de
la Providencia. Y con ella entra también
el mercader, personaje benéfico, provi¬dencial, y miembro esencial, por su
actividad, de la sociedad cristiana.
Eso es lo que Benedetto Cotrugli de Ragusa des¬tacará con énfasis en el siglo
xv en su manual sobre El comercio y el
mercader ideal:
La dignidad y el oficio de mercader son
grandes en mu¬chos aspectos... Y, ante
todo, en razón del bien común, porque
el progreso del bienestar público es un
objetivo muy honorable según Cicerón,
e inclusive débese estar dispuesto a
morir por él... El progreso, el bienestar
y la prosperidad de los Estados reposan
en gran parte sobre los mercaderes;
evi¬dentemente, no estamos hablando
de los mercaderes pequeños y vulgares,
sino de los gloriosos mercaderes cuya
loa es el tema de mi libro.. . Gracias al
comercio, adorno y motor de los Estados, los países estériles son provistos
de alimentos,
3
Ningún país puede por si manejarse;
por eso van los mercaderes a trabajar y
esforzarse y llevar a codos los reinos lo
que hace falta en la región; por eso no
se los debe sin razón proscribir.
El que los mercaderes vayan a uno y
otro lado del mar
para surtir a los países hace que se los
ame;
por nada un buen mercader daría motivo a la censura,
sino que ellos se hacen amar y se los
llama' leales y buenos.
Caridad y amor en los países nutren;
pot evi \M\& dtbft
si. vi «vtüyAectu.
Es penoso que buenos mercaderes empobrezcan (Que Dios reciba sus almas
cuando del siglo partan!
102
de géneroí Y de numerosos productos
raros importados de otras partas. . . Los
mercaderes traen también en abundan¬cia moneda, joyas, oro, plata y toda clase de metales... El trabajo de los
mercaderes está ordenado en vistas a la
salva¬ción de la humanidad.
LA MENTALIDAD DEL MERCADER
De tal forma justificado e inclusive exaltado, el mercader medieval puede dar
libre curso a su ge¬nio. Sus objetivos
son la riqueza, los negocios y la gloria.
El dinero
El amor al dinero sigue siendo su pasión fun-damental*
El mercader, dice Cotrugli, debe gobernarse y gobernar sus negocios de forma
racional para alcanzar su finalidad que
es la fortuna.
Todos los mercaderes estudiados por
los histo¬riadores de la Ecfad Media
sienten un amor arreba¬tado por el dinero, desde los banqueros de Arras de
quienes dijo Adam de La Halle en el siglo xiii: "aman demasiado el dinero”;
desde los florentinos pintados por Dante como “gente codiciosa, envi- diosa^
orgulIosa‟\ enamorada del florín., esa.
“floc maldita que ha descarriado a ovejas y corderos”; hasta los mercaderes de
Tolosa y de Ruán en el
703
!
siglo xv. Todos piensan como un mercader floren¬tino del siglo xrv que dice:
"Tu dinero es tu so¬corro, tu defensa,
tu honor y tu provecho”. Y al estudiar
los grandes mercaderes normandos de
fi¬nales de la Edad Media, Mollat ha
podido hablar del "dinero, fundamento
de una sociedad”.
La influencia social
Para acumular ese dinero es preciso
sentir la pa¬sión de los negocios, el
gusto por hacer fructificar el capital, el
espíritu de iniciativa. En su Libro de los
buenos usos el florentino Paolo di Messer Pace da Certaldo aconseja:
Si tenéis dinero, no estéis inactivos; no
lo guardéis estéril en casa, porque mejor es hacer algo, aunque no se saque
pro¬vecho, que permanecer pasivo,
también sin provecho.
También hay forma de hacer fortuna
inclusive cuando no se tiene dinero o se
tiene poco, como lo enseña Cotrugli,
que aconseja también no dejarse abatir
por los sinsabores:
He visto grandes personajes que, arruinados, no se avergon¬zaban de prestar
caballos a los carreteros, hacerse corredores, posaderos; cualquier cosa. Y he
visto a algunos de ellos volver a ser en
poco tiempo nuevamente ricos, con
10.000 ducados. No voy a nombrarlos,
porque no quiero que se enorgullezcan
de ello, ni quiero humillarlos en tu or-
gullo. Y es bien sabido que los genoveses y los catalanes se hacen piratas si
algún acci¬dente o alguna mala fortuna
los arruina; los florentinos aé
104
hacen corredores o artesanos y salen
del apuro gracias a *u habilidad ...
La dignidad
Y
los mercaderes pueden estar orgullosos.
Frecuentan a artistas, gentileshombre*,
barones, principes y prelados de todo
rango que acuden en tropel a visitar.a
los mercaderes, a quienes siempre necesitan. Inclusive se ve a grandes sabios ir a visitar a los mercaderes en su
casa ... Por¬que ningún hombre de oficio, en ningún reino o Estado, ha sabido manejar el dinero —que es la base'
de todos los estados humanos— como
lo hace un mercader honrado y experimen¬tado ... Ni reyes ni príncipes ni
hombre alguno del rango que sea tiene
tanta reputación y crédito como un
buen mer¬cader . .. Así que los mercaderes deben estar orgullosos de su eminente dignidad ... No deben tener las
maneras bruta¬les de los rudos soldados ni -las maneras dulzonas de los bufones y de los comediantes, sino que la
seriedad debe mos¬trarse siempre en
su lenguaje, en su paso y en todas sus
accio¬nes, para que estén a la altura de
su dignidad.
Así habla Benedetto Cotrugli, mercader
de Ra¬gú sa.
La ética del mercader
De este modo se va bosquejando una
ética del mercader, completamente
mundana y laica. Ética que se define
por una moral de los negocios que los
manuales de los mercaderes —Consejos
sobre el
105
dicarte en tus ne¬gocios.
Eso dice Paolo di Messer Pace da Certaldo.
106
Y, más que ningún oteo, el mercader
medieval tu¬vo el sentido y ei gusto —
casi patológico— del secreto de los necomercio, y otros— han expresado per- gocios.
fectamente. Al mercader se le exige
A esta superstición del secreto debemos
prudencia, sentido de sus
a menudo el estar tan mal informados
intereses, desconfianza frente a los de- inclusive en los casos en que existen
más, temor de perder el dinero y expe- documentos. Para no informar a evenriencia.
tuales competidores, los mercaderes
No frecuentes a los pobres, porque na- medieva¬les —sobre todo los genoveda debes esperar de ellos.
ses— omitieron en los libros los contraAsí dice nuestro anónimo florentino. Y tos y las actas notariales y el des¬tino
por en¬cima de todo, debe calcular. El de sus empresas; o las disimularon,
comercio está hecho de razonamiento, silenciaron el nombre de sus corresde organización y de método.
ponsales y la naturaleza de las mercanQué error —dice el anónimo— comercías. Como coronación de este estado
ciar empíricamente; el comercio se basa de espíritu y de estas prácticas, en el
en cálculo: si vuole jare per ragtone.
siglo xv León Bautista Alberti recomenComo ha expresado muy bien Y.
dará al mercader no sola-mente no teRenouard, los grandes hombres de ne- ner al corriente del secreto de los
gocios italianos del siglo xv, los merca- ne¬gocios a la familia —comenzando
deres medievales
por la esposa—, sino que inclusive lo
actúan como sí creyeran que la razón
exhortará a construirse una morada
humana puede com¬prenderlo todo,
que no trasluzca al exterior nada de lo
explicarlo todo y dirigir sus acciones... que ocurre en el interior, fortaleza de la
tie¬nen una mentalidad racionalista.
que son prototipo los palacios de los
Pero en ese empleo de la razón —la
mercaderes florenti¬nos. Aconseja
raiio latina, la ragione italiana—, preva- puertas y escaleras secretas, por las
lece mucho más el aspecto de cálculo
que se introducirá a los mensajeros, a
que el de investigación desinteresada.
los emplea¬dos y a los portadores de
De donde el egoísmo que se evidencia
noticias. De este modo, se materializa la
en la compe¬tencia:
muralla de los negocios que los capitaNo debes servir a los demás para perju- listas comenzaron a levantar en la Edad
Medía.
Hasta escandaliza ver al anónimo florentino del siglo xiv, citar en su Consejos a los mercaderes un texto de las Sagradas Escrituras solamente para servirse de la autoridad del Deuteronomio
(XIV, 19), y recomendar el empleo de la
corrupción:
107
Los regalos ciegan los ojos de los sabios
y hacen enmu¬decer los labios de los
justos.
LA religión del mercader
Sin embargo, cometeríamos un grave
error si nos limitáramos a la visión de
un mercader medie¬val solamente
preocupado por conseguir los bie- jies
de este mundo. Hombre de la Edad Media, de una sociedad ímpregnadísíma
de espíritu y de prácticas religiosas, el
mercader es también un cristiano.
La religión y los negocios
En los documentos citados anteriormente hemos visto ya que las actas de
los mercaderes se colocan siempre bajo
la invocación divina. Todos los libros de
comercio comienzan con estas líneas:
"En nombre de Nuestro Señor Jesucristo y de su Santa Madre la Virgen María,
y de toda la Santa Corte del Paraíso,
que por su santa gracia y misericordia
nos sean acordados beneficios y salud,
tanto en el mar como en la tierra, y que
nuestras riquezas y nuestros hijos se
multipli¬quen con la salvación del alma
y del cuerpo. Así sea.”
Es especialmente interesante a este
respecto el estudio de las relaciones entre los oficios, las corporaciones y las
cofra¬días. G. Espinas y M. Bloch* lo
han abordado con gran penetración.
4
Cf. M. Bloch (M. FoVJerés)
"Entr‟aide et piété: les associations urbaines au Moyen Age”, Mélanges
d‟bistoire so¬ciales, 1944.
108
Los estatutos de las corporaciones mercantiles, especial¬mente, manifiestan
las preocupaciones religiosas de sus
miem¬bros. A. Saporiti ha analizado los
del Arte de Calimala de Florencia. El
artículo primero ordena a los miembros
del Arte la observancia de la fe católica
y la colaboración con las autoridades
públicas en la lucha contra los herejes.
El se¬gundo enumera los días de fiesta
religosa que hay que guar¬dar. El quinto fija con minuciosidad la participación
de la corporación en las ceremonias religiosas solemnes en las que debe estar
representada. El decimocuarto prevee
los gastos de carácter religioso que debe
hacer la corporación: el mante¬nimiento de cierta cantidad de lámparas encendidas en ja iglesia de San
Juan, el pago de la iluminación completa de dicha iglesia durante las fiestas
solemnes; las limosnas espe¬ciales que
deben ser dadas a los pobres y la distribución tam-bién a los pobres, tres
veces por semana, de pan amasado con
buen trigo candeal.
En su famoso MmiiI del Comercio,
Francesco Pegolotti reproduce los Teños
de Diño Compagni:
El mercader que deaee gran mérito Debe actuar siempre según la equidad.
Que tea de gran previsión
Y
que mantenga siempre sus promesas.
Que sea, en lo posible, de aspecto afable,
Como conviene al honorable oficio que
ha elegido;
Franco cuando vende, atento cuando
compra,
Cordial en ni gratitud, y qoe se abstenga de recriminar.
Su mérito será mayor aún si frecuenta
la iglesia,
Da/por amor de Dios, cierra los tratos
Sin discutir y se niega absolutamente A
practicar la usura. Finalmente, que lleve bien Las cuentas, y no cometa en
ellas errores.
Amén, concluye Pegolotti.
La beneficencia En la práctica misma
de sus negocios, el mcrca709
Por otro lado, en Italia, al constituirse
una socie¬dad comercial, Dios recibía
participación en la em¬presa. Como tal
asociado, Dios tenía cuenta abier¬ta,
recibía su parte,de beneficios, que en
los libros se registraban a nombre de
Messer el Buen Dios y Messer Domeneddio; y en caso de quiebra, en el momento de la liquidación tenía prioridad
en el pago. En los libros de los Bardi
podemos compro¬bar que Dios recibió
864 libras y 14 céntimos en el año
1310. Dios, es decir, los pobres que lo
re¬presentaban en la tierra.
Cuando se firmaba un contrato, era
costumbre tomar a Dios de testigo y
pagarle en agradeci¬miento una ofrenda llamada denier d Dteu en Fran¬cia,
denaro di Dio en Italia y Gottespfennig
en Alemania. Se entregaba a los pobres.
Desde fines del siglo xi, Pantaleone de
Amalfi hace donación a la iglesia mayor
de su villa natal y a la basílica de San
Pablo Extramuros de Roma, de puertas
de bronce fundidas en Constantinopla,
donde él tiene vastos intereses; hace
der da la participación a Dios y á los
construir una magnífica iglesia sobre el
pobres, según la inspiración de la Igle- Monte Gargano, donde se apareció el
sia. Junto a la gran caja fuerte donde
Arcángel San Miguel; funda un hos¬
guardaba el dinero, otra caja menor en- 110
cerraba la moneda menuda. Servía para
las li¬mosnas; y los días de fiesta las
pital en Antioquía y restaura monastesociedades comer¬ciales entregaban
rios en Je- rusalén.
dinero de bolsillo a cada uno de sus
Los actos de beneficencia y las donamiembros, para que lo distribuyeran
ciones piadosas hechas por los mercaentre los pobres. Todas estas sumas
deres medievales son innumerables. J.
eran pasadas regular¬mente a los regis- Lestocquoy ha citado veintitrés hospitatros.
les, hospicios y asilos de Arras funda-
dos por familias de mercaderes. En
Gante, el famoso hospital de la Biloque
es una fundación de los Uten Hove. En
Siena, el hospital de Santa María della
Scala fue dotado por todos los grandes
mercaderes y banqueros de la ciudad.
Los frescos de Domenico di Bartolo,
obra única en su gé¬nero, desarrollan
en dicho hospital un verdadero “ciclo
hos¬pitalario” consagrado a la representación de obras de caridad.
La penitencia final Los ricos mercaderes
manifestaban sus senti¬mientos religiosos sobre todo al final de la vida y en el
momento de la muerte. Algunos inclusive abandonaban su oficio y sus riquezas y entraban en las Órdenes, retirándose a un convento para terminar allí
sus días.
Werimbold de Cambrai, a principios del
siglo xn, hace que el obispo anule su
matrimonio, se separa de su mujer y
ambos se retiran a. un convento a practicar la caridad. Re¬partió sus bienes
entre los pobres y dos Abadías: San
Oberto y Santa Cruz.
En 1178» el dux Sebastiano Ziani de
Venecia, que gra¬cias al comercio alcanzó una riqueza proverbial -—se decía "rico como un Ziani”— se retira al
monasterio de San Gior- gio Maggiore.
A él lega todas las casas que bordean la
Mer¬cería de la Iglesia de San Julián al
puente de San Salvador, y al capítulo
de San Marcos todas las que bordean la
plaza
111
de San Marcos, entre otros inmuebles.
Su hijo Pietro Ziani, también dux, se
retiró igualmente en 1229 al convento
de San Jorge el Mayor.
A principios del siglo xiv, Baude Crespin, el famoso ban¬quero de Arras,
acabó su vida como monje de San
Vaast.
Bernardo Tolomei, uno de los grandes
banqueros de Siena, funda la congregación de los Olivetanos, en el monasterio
de Monte Oliveto Maggiore, donde se
retira. La Iglesia lo ha beatificado. No es
el primer mercader llevado al altar. Ya a
comienzos del siglo XII fue canonizado
Godric de Fínchale» y uno de los primeros actos de Inocencio III fue canonizar
en 1197 a Homebon, un gran mercader
de Cremona. Más tarde, algunos autores piadosos alegarán el ejemplo de San
Homebon para demostrar que se puede
ganar el cielo a pesar
o
gracias al comercio. Con ellos, se
santifica la profesión.
Para estos grandes mercaderes, la
muerte es también el momento del
arrepentimiento y, con¬forme a las instrucciones de la Iglesia, el de la
res¬titución a sus víctimas de lo que
han adquirido indebidamente.
Remordimientos tardíos sin duda, y cuyas con-secuencias han de pesar en
especial sobre los here¬deros, encargados de proceder al reparto. Ya los hemos visto actuar en el caso de Boinebroke.
Pero, sin que se trate de restituciones
propia¬mente dichas, en los testamen-
tos de los merca¬deres son innumerables y considerables los legados a la
Iglesia y a los establecimientos caritativos* Francesco di Marco Datini da Prato, que fue un hombre de negocios metódico y ávido de ganan¬cias deja casi
toda su fortuna, 75.000 florines, para
obras de beneficencia.
5 Armando Sapori lo convierte en "el
segundo tipo del
712
El valor de estos sentimientos y los móviles de estos actos piadosos y caritativos podrían ser dis¬cutidos.
Los móviles religiosos
Podemos hallar sospechosa una religión
que con tanta facilidad mezcla a Dios
con los negocios, le pide éxitos terrenales y quizás atribuye supersti¬ciosamente la fortuna a la protección
divina. En Tolosa, en 1433, el cambiante Jacques de Saint- Antonin habla de
los bienes "que Dios le ha
pro¬porcionado y que con la ayuda de
Dios ha ganado en este siglo”. En todo
caso, observemos que esta mentalidad,
de la que ha querido hacerse una de las
características de la Reforma, se encuentra ya ampliamente en los mercaderes desde la Edad Media.
También podemos sospechar que el temor a la Iglesia, quien a pesar de todo
disponía de pode¬rosos medios de coerción temporal, pudo inspirar muchos
actos en apariencia puramente caritativos o piadosos.
Algunos eminentes historiadores seña-
lan que en el espíritu de los mercaderes
fue decisivo, sobre todo, el miedo al infierno. Ese terror, común a casi todas
las gentes de la Edad Media, parece
ha¬ber conmovido especialmente a los
mercaderes. En
mercader italiano” en quien "a la generosidad y la audacia sigue un, espíritu
prudente y estrecho”.
113
la prosperidad, en la cumbre de la fuerza y el po¬der, apartan fácilmente de sí
las terribles imáge¬nes que ante ellos
agitan predicadores, confesores y artistas. Pero cuando llega la hora de* dar
cuentas, ellos, que saben los implacables veredictos que pue¬den surgir de
un balance, y que gustosamente
ima¬ginan a Dios llevando registros
como los suyos, se asustan ante su pasivo. Entonces, se apresuran a cargar el
platillo bueno de la balanza. A toda prisa, echan en él donaciones, restituciones, se arrojan a sí mismos, si es preciso. Entonces, como en el célebre tríptico de Memling en el cual se sopesa a
Tommaso Portinari, el gran mercader de
Brujas, hacen caer la balanza hacia el
Paraíso de los Justos.
Corresponde a cada cual estimar el valor de tal sentimiento y tal conducta.
Pero no puede negarse que el temor al
infierno es una expresión del deseo de
salvación fundamentalmente cristiana,
ni que la mentalidad medieval, menos
sensible que la nuestra a lo que nos
sentimos tentados en llamar hipocresía,
podía admitir con más facilidad la coexistencia de un gran cinismo y una
profunda religiosidad.
Mercaderes y herejías
Desgraciadamente, es muy difícil valorar la parte que tomaron los mercaderes en los movi¬mientos heréticos de la
Edad Media. Indudable¬mente, la llamarada de herejías que se produjo en
114
teras entre la herejía y la ortodoxia,
como a los ZJmiliati italianos, órde¬nes
de monjes-obreros muy poderosos en la
industria lanera, a los cuales perteneció
quizás San Homebon de Cremona. Dentro de la Iglesia, volvemos a hallarlos en
el movimiento franciscano, con el propio San Francisco. Pero aquí choca¬mos con las contradicciones de esta
Orden, evidentes inclu¬sive en su espiritualismo de la pobreza y en los conlos siglos xn y XIII va unida al desarro- flictos de conciencia de sus miembros.
llo urbano; aunque los vínculos entre
La pobreza de los antiguos ricos no es
las doctrinas catara, val- dense, patari- igual que la de los que siempre han sido
na y las clases urbanas han sido mal
pobres. Ideal para unos, para los otros
aclarados. Entre los herejes se encuen- sigue siendo en cierta forma una malditran merca¬deres, especialmente en el ción. Y entre estos remolinos del mundo
Languedoc, en Provenza y en el norte de franciscano, mientras unos, aferrados a
Italia. Es difícil precisar su can¬tidad y las viejas estructuras económicas, siel papel que desempeñaron, y más difí- guen fieles a la idea de pobreza absolucil todavía valorar su motivos. ¿Partici- ta hasta el punto de caer en las herepación en la lucha contra el poderío
jías, otros, en contacto con las ciudades
eclesiástico, contra la Igle¬sia, ligada a y el movimento comercial, aceptarán
la sociedad feudal? ¿Motivos económás fácilmente tolerar y
mi¬cos y políticos? ¿Efecto de móviles
115
más propia¬mente religiosos?
En todo caso, es preciso señalar que en justificar la actividad del mercader, la
el mismo seno de la clase mercantil la
propiedad y el di¬nero ... a condición de
influencia cristiana a menudo suscitó
mantenerse "pobres de espíritu”.
reacciones de repugnancia y de miedo
EVOLUCIÓN DE LA ACTITUD DE LA
frente al dinero y al comercio. Mercade- IGLESIA
res —hemos visto algunos— que reRESPECTO DE LOS MERCADERES
nun¬cian a los negocios y al mundo.
El estudio de las relaciones concretas
Más aún, hijos de mercaderes en rupentre la Iglesia y los mercaderes nos
tura con la actividad y la psicología pa- lleva a corregir consi¬derablemente los
ternas. Es ése un movimiento que en la esquemas que los enfrentan. Para comvía religiosa puede llevar muy lejos. A la prender la complejidad de estas relaherejía, como a Pedro Valdo; a las fron- ciones, es preciso estudiar su evolución
y las causas que la producen. Sólo el
haber considerado a la Iglesia medieval
monolítica e inmutable ha hecho posible que se hayan arriesgado teorías de
tan inacep¬table simplismo sobre su
actitud respecto de los mercaderes.
El período feudal
Cuando tiene lugar la revolución comercial, que sólo alcanzará su apogeo
en los siglos XII y xm, la Iglesia por su
posición económica, por sus víncu¬los
políticos, por su reclutamiento social y
por sus ideales, está íntimamente unida
al mundo feudal y rural. Durante este
período, la Iglesia, poco abier¬ta a los
problemas del comercio, siente escasa
con¬sideración por el mercader. El hecho de que en esa época los judíos
desempeñen todavía una función importante en el comercio internacional
de Occi-dente, refuerza la actitud de
desprecio de la Igle¬
T16
sia hacia esas actividades. Por otra parte, tolera gus¬tosa su papel económico,
del que se benefician los cristianos. Para ella, la sociedad cristiana correspon¬de a la famosa clasificación de
Adalberón de Laon: los nobles, que defienden la sociedad; el clero, que ruega
por ella; los siervos, que la sustentan
con el trabajo rural, indigno, por lo demás, de las clases superiores. Sociedad
militar, clerical y rural. La Iglesia se
sorprende o se escandaliza al ver a un
miembro de esta sociedad dedicarse a
negocios. Ignobilis mercatura, dice la
vida de San Guidon de Anderlecht en el
siglo xi, y aquí, evidentemente, ignobilis
significa "que no conviene a un noble”
más que "infame”, y el mercader que
incita al santo a traficar es calificado de
diaboli minister, ministro del diablo.
La Iglesia y la revolución comercial
No es extraño que veamos a la Iglesia
modificar su actitud respecto de los
mercaderes al mismo tiempo que intenta desprenderse de la sociedad feudal.
Roberto López ha revelado el papel
desem¬peñado por los acuñadores de
moneda en el éxito de Gregorio VII. En
su lucha contra el dominio del feudalismo sobre la Iglesia, la Reforma grego¬riana tuvo que buscar aliados en el
mundo del di¬nero y del comercio, en
los mercaderes, potencia nueva. Recordemos las intervenciones de ese Papa
en su favor. Pero una parte del mundo
clerical si¬gue estrechamente unida al
feudalismo y a su ideo117
di¬nero y de su actividad. G. Le Bras ha
podido ha¬blar de "usura al servicio de
la Iglesia”.
Al papado sobre todo, como hemos visto, pronto le fue imprescindible el concurso de los grandes banqueros italia¬nos ; y en todas partes obispos y
abades debían apelar a los grandes
mercaderes y cambistas locales. No es
arriesgada la suposición de que éstos,
en una sociedad impregnada de religión, presionaron al clero para obtener
que la Iglesia los reha¬bilitara y justificara. La Iglesia canonizó mercaderes
como canonizaba, por política, a miembros de dinastías reales.
Más aún; muy pronto la Iglesia participó en el movimiento. Indirectamente,
por intermedio de sus banqueros, como
en el famoso trust del alumbre que unió
en el siglo xv a la Santa Sede con la
Banca Médicis. Y también directamente. Desde luego, la práctica de la usura
estaba especialmente prohibida al clero,
pero, del mismo modo que du¬rante la
logia. Sus representantes tardíos son
Alta Edad Media los monasterios haquienes, du¬rante mucho tiempo, sibían podido desempeñar la función de
guen esgrimiendo los textos contra los establecimientos de crédito, los abades
mercaderes; y lanzan invectivas contra y los obispos que poseían cael dinero, como San Bernardo, imbuidí- 178
simo de es¬píritu feudal y rural, o como
esos predicadores que se levantan con- pítales suficientes hacían oficio de prestra su siglo, como Jacques de Vitry.
tamistas y de usureros a despecho de
No obstante, la jerarquía eclesiástica
las interdicciones. To¬lerados a menuiba siendo cada vez más partidaria de la do, a veces actuaban abiertamente. Si
admisión del merca¬der. Ante todo, re- bien la Iglesia, cuya principal riqueza
conocía su impotencia frente a él; y lue- consistía en bienes rurales, afectados
go pronto tuvo necesidad de él, de su
por la crisis del feu¬dalismo, tuvo que
dejar a los laicos el papel pre¬eminente
en el desarrollo capitalista, en el siglo
xm se vio, por ejemplo, a la Orden de
los Templarios convertirse en uno de los
mayores bancos de la Cristiandad; y la
Orden Teutónica, gran mercader de lanas, mantenía, por ejemplo, una factoría en Flandes alrededor del año 1400.
Con mayor flexi¬bilidad que frente a
otras evoluciones, la Iglesia pasó del
compromiso con el feudalismo al compro¬miso con el capitalismo.
La Iglesia y los comienzos del capitalismo
A ello ayudó, ciertamente, la cantidad
cada vez mayor de miembros de la rica
clase mercantil que entraban en las órdenes. "He anotado —dice J. Lestocquoy— los nombres de los hijos del patri¬ciado de Arras que entraron en la
Iglesia: es la lista casi completa del patriciado en sí.” En pleno siglo XIII, el
papa Inocencio IV pertenece a una gran
familia de mercaderes genoveses: los
Fieschi. No se ha hecho bastante hincapié en la importan¬cia de este nuevo
reclutamiento eclesiástico. Los sacerdotes y los monjes salidos de la burguesía
mer¬cantil aportaban a la Iglesia el conocimiento de su clase. Aun cuando,
personalmente, se hubieran
U9
carnal, bien porque la frecuentación
íntima de los mer¬caderes les había
convencido de que eran buenos cristianos, a pesar de desobedecer ciertas
prescrip¬ciones de la Iglesia. Un lector
general de la Orden Franciscana que a
comienzos del siglo Xiv toma la defensa
de los mercaderes, pone en duda que el
préstamo con interés sea ilícito, porque,
dice:
los mercaderes lo practican habitualmente y sin embargo no parecen despreocuparse de su salvación, lo que debería ocurrir si esas prácticas fueran
ilícitas.
Paradójicamente, los más ardientes defensores de los mercaderes se hallaron
en las nuevas órdenes del siglo xm, las
órdenes mendicantes. En contacto con
los medios urbanos, a menudo provenientes ellos mismos de la clase mercantil y fieles servido¬res del papado,
deseoso de favorecer a sus nuevos sostenedores, conocían además las técnicas comer¬ciales en que les había iniciado su medio, a la vez que los métodos escolásticos, aprendidos en las universidades y escuelas de su Orden.
Ellos son, en el siglo xm y con el apoyo
del papado, el instru¬mento de la justificación ideológica y religiosa del mercader, mediante los manuales de confesión y las grandes obras de teología y
apartado de la práctica de los negocios, de derqpho canónico.
estaban des-tinados a colaborar en la
Inútil es entonces que sigan existiendo
justificación de los su¬yos, bien por es- en la Iglesia tradicionalístas opuestos a
píritu de clase, del que no se habían
los mercaderes;
despojado enteramente, bien por afecto 120
que haya inclusive a fines de la Edad
Media una especie de reacción eclesiástica contra los mercade¬res. Ya puede
tronar San Antonio de Florencia
con¬tra la usura y contra el dinero,
conmoviendo por algún tiempo a las
masas. Es sólo una reacción verbal sin
gran importancia. No servirá más que
para llevar agua al molino de breves
revueltas, co¬mo las de la Florencia de
Savonarola.
Por lo tanto, la Iglesia acogió pronto al
merca¬der y admitió rápidamente lo
esencial de sus prác¬ticas. Lejos de ser
un obstáculo para el desarrollo del capitalismo, inclusive podemos preguntarnos si no lo sirvió involuntariamente
con su hostilidad. La condena de la
usura y de ciertas formas de préstamo
con interés obligó a los mercaderes a
perfeccionar métodos y a recurrir a sutilezas. El desarrollo de la letra de cambio, pieza principal del auge de la clase
mercantil, tiene origen en el deseo de
obedecer a la Iglesia, al transformar
una operación de crédito que ella reprueba en una ope¬ración de cambio
que tolera.
El ideal de la Iglesia: las clases medias
Sin embargo, si bien la Iglesia cedió y
hasta se integró parcialmente en el
mundo capitalista, su ideal en ese terreno no es el gran mercader, frente a
quien no abandona totalmente su recelo: es el artesano» el pequeño mercader,
el miembro de las clases medias. El
mercader de las corporaciones, encua-
drado por estipulaciones que impiden el ci¬miento, por lo que ciertos grandes
frau¬
mercaderes bus127
122
de y la competencia y protegen —por lo
menos teóricamente— al consumidor,
en quien se realiza un equilibrio en la
mediocridad; el artesano, teóri¬camente
libre pero encerrado en el marco estrecho de su ciudad y de su tienda, donde
puede ser útil sin causar grandes males: ése es el ideal de la Igle¬sia. Es a él
a quien apoya inclusive con su maltu¬sianismo económico cuando, en el
siglo xiv y en el xv, por ejemplo, condena como pecado las "nove¬dades”, las
innovaciones técnicas que intenta
in¬troducir el mercader capitalista en el
marco de la competencia internacional.
A él es a quien toma como modelo
cuando fija al mercader nuevos límites
en su actividad. Porque, en definitiva, la
elaboración de los teólogos y de los canonistas del siglo xm tiene únicamente
por objeto poner diques al desarrollo
capitalista, pre¬dicar una ganancia
moderada —lucrum modera- tmn—,
respeto por el "justo precio” —justum
pre- tium— y separar al buen mercader
del malo. El buen mercader es aquel
que reduce sus horizontes y evita las
ocasiones de pecado grave limitando su
campo de acción.
Los mercaderes y el Renacimiento
¿Fue quizás para escapar a esa atmósfera enra¬recida más que para sacudir
un yugo, que ya he¬mos visto cuán
suave era en el albor del Rena-
vas, se halla remisa en confesar que no
puede tener doc¬trina económica y que
no la tiene realmente. Des¬pués de su
esfuerzo totalitario medieval para
carón evasión fuera de la Iglesia, fuera abar¬car el conjunto de las actividades
de la men¬talidad religiosa tradicional? humanas, le es difícil resolverse a
Cuando se elabora el culto del poder,
abandonar campos, a hacer las
del indi¬viduo y de la virtú, el gran
123
mercader ve en ello un trampolín para
su deseo de poderío, de explo¬ración y distinciones que impone la evolución
de descubrimiento.
material e intelectual. Ahora bien; el
Unos favorecerán el Renacimiento inte- Renacimiento hace dar un nuevo salto
lectual que, satisfaciendo las necesida- hacia adelante al proceso de laicides de sus fuertes personalidades, les
za¬ción que ya habían acelerado los
permitirá ser humanistas sin sa¬lir de siglos XII y xni. En el siglo de Maquiauna Iglesia a la cual les liga tanto una
velo, lo económico y lo reli¬gioso, igual
piedad que sigue siendo medieval como que lo moral y lo político, reclaman ser
el sentido de su propio interés, porque separados. Sigue habiendo católicos
la Iglesia puede ser y es a menudo un
que son mercaderes; pero cada vez haaliado social poderoso. Los Médicis,
brá menos mercaderes católicos.
después de haber animado y financiado 124
el Renaci¬miento platónico en Florencia, darán a la Iglesia un León X, huCAPITULO IV
manista y Papa.
LA FUNCION CULTURAL
Otros se unirán a la Reforma y le apor- LOS MERCADERES Y LA LAICIZACION
tarán la espiritualidad del éxito, donde DE LA CULTURA
a veces se halla la extraña alianza del
A msfiudo tenemos la impresión de que
mundo y del cielo, de la religión y de los en la Edad Media la clerecía monopolinegocios, de Dios y del mercader.
zaba la cultura. La enseñanza, el penPero, en el siglo xvi, aparte de las cirsamiento, las ciencias y las ar¬tes hacunstan¬cias locales, lo que decidirá la brían sido hechas para ellos y por ellos,
actitud religiosa del mercader será su
o por lo menos bajo su inspiración y su
propia elección individual.
control. Falsa imagen que debe correEs posible que sobre todo el mercader
girse ampliamente. El do¬minio de la
tome con-ciencia de que la economía no Iglesia sobre la cultura solamente fue
es del dominio de la Iglesia. Ésta, que
total durante la Alta Edad Media. Disen la Edad Media confundió a veces las tinta es la situación a partir de la revoexigencias morales con teorías positilución comercial y el apogeo de las ciu-
dades. Por fuertes que sigan sien¬do los
intereses religiosos, por poderoso que
sea aún el cerco eclesiástico, hay grupos sociales antiguos y nuevos con
otras preocupaciones, con sed de
co¬nocimientos prácticos o teóricos distintos de los religiosos y que crean instrumentos de saber pro-pios y medios
de expresión también propios.
El mercader desempeñó un papel capital en el nacimiento y desarrollo de esta
cultura laica. Para sus negocios precisa. con.<3cimi£atios técaicos. Pos su
mentalidad, se dirige a lo útil, a lo concreto y a lo racional. Gracias a su dinero y a su poder social y
125
ron.
En 1179 existen escuelas comunales en
Gante, y la liber¬tad de enseñanza •—
conquistada a pesar de la resistencia
en¬carnizada de la Iglesia— fue solemnemente reconocida por la condesa Matilde y el conde * Balduino IX en 1191.
En general, si bien la Iglesia logró conservar la enseñanza "supe-rior” y parte
de la enseñanza "secundaria”, tuvo que
aban¬donar la enseñanza primaria. En
las parvae scolae o scoiae minores —
por ejemplo en Ypres, en 1253, está
permitido a cualquiera abrir escuelas
de este tipo— los hijos de la bur¬guesía
mercantil reciben las nociones indispensables a su futuro oficio.
La influencia de la clase mercantil se
político, puede satisfacer sus necesida- deja sentir en especial en cuatro camdes y realizar sus aspiraciones.
pos: la escritura, el cálculo, la geografía
Las escuelas laicas
y las lenguas vivas.
Henri Pirenne, Armando Sapori y Amin- 126
tore Fanfani han abierto el camino hacia una investiga¬ción de la instrucción La escritura
del mercader y su papel en la historia
Sabido es cuán unida está la esde la educación. Por ahora sólo dispocritura a las necesidades a»
ne¬mos de informaciones dispersas so- que responde. Depende estrechamente
bre un tema capi¬tal: las escuelas laidel medio que la uti¬liza, es eminentecas medievales.
mente un "hecho de civilización”. SaPodemos suponer que, desde muy tem- bemos que el paso de la escritura antiprano —mas eso depende de los lugagua, "cursiva antigua”, a la escritura de
res, y quizás un me¬jor conocimiento
la Alta Edad Media, minúscula Carolide las condiciones escolares arro¬jaría na, sólo puede explicarse por la sustiluz sobre el adelanto de tal o cual retución de una civilización por otra.
gión en materia de organización comer- Igualmente, el retorno a la cursiva en
cial —los burgue¬ses, o sea esenciallos siglos xil-xm es un hecho- integrado
mente los mercaderes, obtuvieron- el
en todo el movimiento económico,
derecho de abrir escuelas, y lo utilizaso¬cial e intelectual que conduce al na-
cimiento de una sociedad nueva. En la
diversificación de escrituras que entonces se pro¬duce, junto a la escritura de
Cancillería elegante y cuidada, hecha
para actos solemnes, y a la escritura
notarial, a la vez embrollada y abreviada, debemos conceder un lugar a la escritura comercial, limpia y rápida, que
expresa "energía, equilibrio y gusto”. Es
la que responde a las crecientes nece¬sidades de la contabilidad, de la teneduría de libros y de la redacción de
actas comerciales. Escribirlo todo, escribirlo en seguida y escribirlo bien: he
aquí la regla de oro del merca¬der. Un
genovés aconseja a fines del siglo xn:
"No debes ol¬vidarte nunca de asentar
bien por escrito todo lo que haces. Escríbelo en seguida, antes de que se te
haya ido de la mente.”
Y
el anónimo florentino del siglo xiv
dice: "No se debe tener pereza de escribir” (Alio scrivere non si puo esere tardo). "Scripta manent” es más cierto para el mercader que para nadie. Gracias
a él, la escritura, una escritura limpia y
có¬moda, útil y corriente, ocupa un
puesto de primer orden en las escuelas
primarias.
El cálculo
Y
con la escritura, el cálculo. Su
utilidad para el mer¬cader es todavía
más evidente. La enseñanza del cálculo
co¬
127
mienza con el empleo de instrumentos
prácticos que sirven al escolar, y luego
al financista y al comerciante, para
calcu¬lar. Son el ábaco y el tablero,
“humildes antepasados de las máquinas de calcular modernas”. A partir del
siglo xm se multiplican los manuales de
aritmética elemental, como el escrito en
1340 por Paolo Dagomari de Prato,
apodado Paolo deíí'Abaco. Entre ios tratados científicos, hubo algunos que han
sido de singular importancia, tanto para la contabilidad como para la ciencia
matemática, Así el Tratado del ábaco —
Uber abbaci— que publica en 1202
Leonardo Fibonacci. Es un pisano cuyo
padre es oficial de aduanas de Ja Repú¬blica de Pisa en Bugia, África. Se
inicia en las matemáticas, que los árabes tomaron de los hindúes, en el
mundo cristiano- musulmán del comercio, en Bugia, en Egipto, en Siria y en
Sicilia, por donde viaja por negocios. En
su obra introduce el empleo de las cifras árabes y del cero, la innovación capital de la numeración por posición y de
las operaciones con frac¬ciones y del
cálculo proporcional. Ampliando más
sus estu¬dios, en 1220 publica una
Práctica de la geometría. A fines de la
Edad Media, Luca Pacioli escribe en
1494 su famosa
Summa de Arithmetica, resumen de los
conocimentos aritmé¬ticos y matemáticos del mundo del comercio; en él se
ex¬tiende especialmente sobre la contabilidad por partida doble. Mientras
tanto, desde 14F0 se difunde por Alemania otro manual, el Método de cálculo de Nuremberg.
La geografía
Otro campo de investigación necesario
para el mercader: la geografía práctica,
donde se codean los tratados científi¬cos, los relatos de viajes y la cartografía. Se ha dicho que el famoso Libro
de las maravillas de Marco Polo fue uno
de los best-sellers de la Edad Media; y
el gusto por los libros de aventuras, inclusive novelados, estuvo tan desarrollado en aquel tiempo que pudo asegurar el éxito del libro apócrifo de Sir
John Manndeville, donde la imaginación entraba en
128
mucho. Las escuelas cartográficas genovesas y catalanas pro¬dujeron los
admirables portulanos, descripciones —
acompa¬ñadas de mapas— de las rutas
marítimas, los puertos y las condiciones
de navegación. En este medio erudito
que escri¬bía para especialistas y profesionales provistos de compás, as- trolabios e instrumentos astronómicos,
nació Cristóbal Co¬lón, quien no partió
a la ventura, como quiere la leyenda,
sino provisto de un fuerte bagaje de conocimientos y de técnicas que lo llevaban hacia un objetivo determinado. Para uso del mercader que iba al extranjero había tratados que enseñaban, por
ejemplo, "lo que debe saberse al ir a Ingla¬terra”, como Indicaba Giovanní
Frescobaldi, mercader-ban¬quero florentino, o "lo que debe saber un mercader que se dirige a Catay”, es decir, a
China, como escribía en unas pá¬ginas
famosas Francesco di Balduccio Pegoloti, factor de los Peruzzi.
Las lenguas vulgares
El conocimiento de las lenguas vulgares
le es indispensable al mercader para
entrar en contacto con su clientes.
Desde muy pronto, los libros y las
cuentas se llevan en lengua vul¬gar, en
lengua vulgar se escriben las actas comerciales y, a pesar de la existencia de
intérpretes en los principales centros de
intercambio, se redactan diccionarios
para uso de merca¬deres, como un glosario árabe-latino y especialmente un
dic¬cionario trilingüe latín, cumano
(lengua turca que era la jerga comercial
del Mar Negro a! Mar Amarillo) y persa.
Al principio, sin duda a causa de la importancia de las ferias de Champaña, la
lengua internacional del comercio fue el
francés. Pero pronto tomó el primer
puesto la lengua italiana, mientras en
la esfera hanseática dominaba el bajo
alemán. No es de sorprender que el
desarrollo de las lenguas vulgares haya
ido unido al progreso de la clase mercantil y sus actividades. Li texto más
antiguo que se conoce en lengua italiana es un fragmento de las cuentas de
un mercader de Siena del año 1211.
129
La historia
Los mercaderes no se contentan con
estos cono-cimientos básicos. Se interesan por la historia. Ésta les ayuda no
sólo a glorificar su ciudad y el papel que
en ella desempeña su clase, sino tam-
bién a si¬tuar, comprender los acontecimentos que enmar¬can su actividad y
de los cuales son actores.^ En 1338,
Giovanni Millani describió en cifras
Flo¬rencia, en una página célebre y excepcional: can¬tidad de habitantes, de
barrios, de parroquias, de corporaciones y de miembros de las mismas,
nú¬mero de los negocios más importantes, monto de los impuestos y balance
de las finanzas públicas. En el siglo XV.
el veneciano Marian Sañudo intentará
también valorar en números el poderío
veneciano. Así, junto con los documentos oficiales, los censos y las listas fiscales, la literatura histórica alimenta —
aun cuando los datos sean a veces
erróneos— a la pobrísima estadística
medieval. Ss ha observado un hecho
impresionante: "que la historiografía
flo¬rentina del siglo xiv es el monopolio
casi exclusivo de los hombres de negocios”. Hombres de negocios son Dino
Compagni, Giovanni y Matteo Villani,
Giovanni Frescobaldi, Donato Velluti y
Marchione di Copo Stefani, quienes, en
cada generación, re¬dactan crónicas
precisas, basadas en datos reales, en
las cuales el autor, aun cuando sea
parte, no se conforma sólo con palabras." De este modo, junto a los cronistas atentos sólo a los hechos políticos
130
y religiosos, nace una categoría de historiógrafos preocupados por lo económico.
Los manuales de comercio
Ciertos mercaderes confiaron sus conocimientos y sus experiencias en manuales de inestimable va¬lor. Estas Prácticas del comercio enumeran y
des¬criben las mercancías, los pesos y
medidas, las mo¬nedas, las tarifas
aduaneras y los itinerarios.
Pro¬porcionan fórmulas de cálculo y
calendarios perpe¬tuos; describen los
procedimientos químicos para fabricar
aleaciones, tintes y medicinas; aconsejan tanto sobre la forma de defraudar al
fisco, como el modo de comprender y
utilizar los mecanismos económicos.
Están inspirados por un vivo senti¬miento de la dignidad de los mercaderes; ya hemos visto algún ejemplo de
los mismos.
Los más célebres son italianos. Son las
Prácticas del co¬mercio (Pratica della
mcrcatura) de los florentinos
Fran¬cesco di Balduccio Pegolotti, que
fue factor de los Peruzzi en Famagusta,
en Brujas y en Londres, y de Giovanni
di Antonio da Uzzano; El libro de las
mercancías y usos de los diversos países (El libro di mercantantie et usanze
de paesi), atribudo a Lorenzo Chiarint;
y una obra veneciana anónima, Tarifa y
conocimiento de los pesos y medidas de
las regiones y países que se dedican al
comercio en el mundo (Tarifa zoé noticia dy pexi et mesure di Ivoghie e tere
che s'adovra iriarcadatitia per il mundo).
131
Todo este bagaje intelectual, todas estas
herra¬mientas culturales siguen vías
divergentes de las de la Iglesia: conocimientos técnicos profesionales y no teóricos y generales; sentido de la diversidad y no de lo universal, que conduce,
por ejemplo, al abandono del latín por
las lenguas vulgares; busca de lo concreto, de lo material y mensurable.
La Iglesia no comienza a sentirse inquieta e in-cómoda hasta que el auge
comercial influye en el reclutamiento
universitario. Las Facultades más frecuentadas son las que conducen a los
oficios lai¬cos o semilaicos más lucrativos: la Facultad de De¬recho y la de
Medicina. La primera forma a los notarios, tan necesarios en el siglo xm a
causa de la abundancia de contratos
comerciales. La segunda desemboca en
un oficio con frecuencia mixto de médico y boticario: el droguista, que a menudo es el más solicitado en la sociedad
burguesa.
La racionalización
Y. Renouard ha destacado que la cultura mer¬cantil condujo a la laicización, a
la racionalización de la existencia. El
escenario, el marco de la vida dejaba de
ser coloreado por la religión. Los ritmos
de la existencia ya no obedecían a )a
Iglesia. Medir el tiempo se convertía en
necesidad para el merca¬der; y la Iglesia se revelaba inhábil para ello. Un calendario regulado por fiestas móviles
era muy poco cómodo para el hombre
de negocios. El año
132
religioso comenzaba en una fecha que
oscilaba en¬tre el 22 de marzo y el 25
de abril. Los mercaderes precisaban
puntos de partida y referencias fijas
pa¬ra sus cálculos y para establecer los
balances. Eli¬gieron entre las fiestas
litúrgicas una fiesta secun¬daria, la
Circuncisión, e hicieron que sus cuentas comenzaran y acabaran el l9 de
enero y el l9 de julio.
La Iglesia había determinado también
las horas por las estaciones y las oraciones que les correspon¬dían. Maitines, Primas y Ángelus se regulaban con
el sol y variaban durante el año. Las
campanas res¬pondían a los cuadrantes solares. El mercader nece¬sitaba un
cuadrante racional dividido en doce o
veinticuatro partes iguales. Él fue quien
favoreció el descubrimiento y la adopción de los relojes de repique automático y regular. Florencia lo tuvo desde
1325, Milán en 133 5, Padua en 1334,
Génova en 1353 y Siena en 1359. Desde 1314, Caen posee un “gran reloj”,
con una inscripción que destaca su
presencia: "Puesto que asi me aloja la
villa / sobre este puente para servir de
reloj / haré oír las horas / para alegrar
al pueblo común.” Desde en¬tonces, la
vida ya no se reguló por el reloj de la
Iglesia, sino por el reloj comunal laico.
A la hora del clero sucedía la hora de
los hombres de negocios.
Una cultura de clase
Sin embargo, sea cual fuere su influencia sobre el desarrollo de la enseñanza,
no debe creerse que
133
la clase mercantil intentara beneficiar
con su cul¬tura a todo el mundo.
Ya la especialización originaria, unida
al deseo de conservar esos famosos secretos que quería guardar celosamente,
la conducían a un aprendizaje inter¬no:
el que recibían sus hijos, al salir de la
escuela primaria, en la tienda paterna o
junto a asociados o colegas extranjeros.
Y esta enseñanza práctica, reservada a
los hijos de los mercaderes-banqueros,
demuestra que la movilidad social en el
mundo de los negocios en la Edad Media no fue tan grande como se ha dicho
a veces.
Y
la imposibilidad de hacer que sus
hijos reci¬bieran en las escuelas religiosas una formación téc¬nica apropiada
y, sobre todo, también el deseo de que
pronto sintieron de manifestar su rango
social me¬diante la segregación escolar,
llevó a los mercade¬res a apelar a preceptores y hacer que sus hijos recibieran lecciones particulares en su propia
casa.
EL mecenazgo mercantil
A la vez que desempeñaban esa función
en la evolución de la enseñanza, los
mercaderes influían grandemente en el
desarrollo literario y artístico.
El mecenazgo de la rica clientela mercantil se explica fácilmente. En primer
lugar, el encargo y la compra de obras
de arte representaba para los mercaderes y banqueros una fuente de provecho, una inversión. Algunos de ellos,
por lo menos, con¬sideraban dichas
obras como “mercancías”, *'ar134
tículos”. En el siglo xrv se estableció en
Aviñón un mercado de libros raros,
cuadros y tapices, a consecuencia de la
estada de la corte pontificia, que había
atraído allí a ricos clientes provocando
una amplia confrontación de estilos y
gustos. Vea¬mos, por ejemplo, una carta de Buoninsegna di Matteo, asociado
de Francesco Datini, a sus corres¬ponsales florentinos, fechada en
Aviñón el 17 de marzo de 1387 (momento, por otra parte, en que Aviñón,
desertado por el papado, había perdido
mucha importancia en ese aspecto):
Usted dice que no encuentra pinturas
al precio que nos¬otros deseamos, porque no las Hay a tan bajo precio. Enton¬ces, si no encuentra buenos artículos (cose) a buen precio, no compre,
porque no hay gran demanda aquí. Son
artículos que hay que comprar en el
momento que el artista necesita dinero.
Decida usted, porque para nosotros no
es una nece¬sidad lanzarnos al comercio de esos artículos, pues no son cosas
que se puedan vender todos los días o
para las que haya muchos compradores. Pero si algún día, buscándolo, encuentra un buen artículo de valor y el
artista necesita dinero, entonces cómprelo.
Hemos vendido tres de las cinco piezas
que compró An¬drea y hemos sacado
por ellas 10 florines de oro contantes
por cada una, lo que nos ha dado un
excelente beneficio. Si el artista a quien
él los compró tiene algunos cuadritos
bue¬nos, que valgan 4, í ó 6 florines
contantes —pero es preciso que sean
buenos y baratos—, cómprele uno o
dos, pero no más; o bien cómprelos a
otro artista mejor, porque si son buenos
dibujos se venderán bien. Aquí los
clientes son di¬fíciles.
Las pilas bautismales de Tournai del
siglo XII, los alabastros de Nottingham,
los marfiles parisien¬ses de los siglos
xiv y xv, las latonerías de arte y
135
frecuentación de las obras de arte en el
curso de sus viajes, los mercade¬res a
menudo adquirieron no solamente el
deseo del lujo, sino también el gusto
por las cosas bellas. Aca¬bamos de ver
que era una clientela cada vez más exigente, por ser cada vez más refinada.
Cuando los ríeos mercaderes que dominan las ciudades abren concurso público para la realización de una obra de
arte destinada a su ciudad —por ejemplo, los florentinos que dieron a concurso la decoración de las puertas del Baptiste¬rio— se preocupan menos de encontrar al artista que ejecute el trabajo
al mejor precio que de descubrir al calos tapices de Arras a fines de la Edad
paz de reali¬zar la obra más bella.
Media son objetos de gran exportación Cuando, en el Bargello, comparamos
y, en los dos últimos casos, industrias los modelos de Donatello y de Ghiberti,
de sustitución que reemplazan a otras aprobamos totalmente la elección estétradicionales, de consumo corriente, en tica de los grandes burgueses florenticrisis.
nos.
En el siglo xv, P. Surreau colecciona en 136
Ruán manuscritos; pero son prendas de
deudas. Ya vimos que Jacques Coeur y Pero, a menudo, para los mercaderes
los Popplau comerciaban con objetos de no se trata¬ba tanto de cumplir una
arte.
función artística, como cumplir una
Proteger a los artistas, comprarles las
función social mediante la benefiobras y en-cargarles trabajos en iglesias cen¬cia. En muchos casos, se trataba
o edificios públicos es también una tra- también de con¬trolar medios muy podicional manifestación de ri¬queza y
derosos de influencia sobre el pueblo:
rango social. De este modo los señores control de la literatura, para inspirar
feu¬dales y la Iglesia habían sido en la poe¬mas y escritos favorables a su perAlta Edad Me¬dia los únicos clientes de sona, su profe¬sión y su política; conlos artistas. Los nuevos ricos, los pode- trol del arte, cuyos temas debían resrosos del momento, se unieron a ellos y ponder a sus intenciones y a sus aslos relevaron de su función. Por otra
pi¬raciones; y, por encima de todo, meparte, con la riqueza, la educación y la dio de conten¬tar al pueblo dándole
materia de admiración y de diversión,
para evitar que se interesara demasiado
en la política o reflexionara sobre su
condición so¬cial. Poderoso instrumento de divertimento, hacía del mecenazgo
mercantil una continuación, por ejemplo, de la política patricia e imperial
romana, que daba a la plebe panem et
circenses. Esta polí¬tica del mecenazgo
fue llevada al máximo por las "señorías
mercantiles” del siglo xv y, entre ellas,
por la de los Médicis más que ninguna
otra. Lo¬renzo el Magnífico supo utilizarla magníficamente.
Tampoco resulta sorprendente que la
obra artís¬tica de los mercaderes mecenas encendiera a veces la cólera popular. Cuando había motines y movi¬mientos revolucionarios, uno de los
primeros cui¬dados del pueblo en rebelión era destruir la casa de los ricos,
símbolo de su dominación. Savonarola
explicó muy bien su cólera iconoclasta,
dirigida contra la política artística de
los Médicis, expresión de su opresión.
El vandalismo revolucionario fue ya en
la Edad Media una actitud política, réplica del pueblo a la política de sus
amos, quienes, ade¬
137
más, se habían preocupado poco de
educarlo artís-ticamente.
Por otra parte, sólo excepcionalmente
los ricos mercaderes dispensaban cierta
consideración a los artistas que empleaban. Solamente los poetas, los eruditos y los filósofos —sobre todo en el
si¬glo xv— fueron colmados de regalos
y de honores por algunos de ellos. La
mayoría de las veces, los mercaderes
los consideraban como criados, a lo
más como artesanos a quienes compraban las obras como compraban otras
mercancías. El trabajo de los pintores,
de los arquitectos y de los escultores se
consideraba sólo trabajo manual; de ahí
que fuera despreciado. El título de
maestro que usaban sig¬nificaba únicamente "maestro de obra”, "maestro
artesano”. Desde el siglo XII, los juglares al servicio 'de la burguesía rica tenían amargo sentido de su dependencia, y el autor de un poema en honor de
los mercaderes confiesa humildemente
que hace su elogio obligado y forzado,
porque sin el mercader el juglar moriría
de hambre. Sí bien numerosos
ar¬tistas, y especialmente los humanistas del siglo xv, entraron gustosamente
a formar parte de la servi¬dumbre de
las grandes familias mercantiles —
sien¬do en ello precursores de los escritores-cortesanos de la era monárquica—, algunos artistas tuvieron también
conciencia de su situación de trabajadores y asalariados. Tal Starnina, que
tomó parte activa en Florencia en el
Tumulto de los Ciompi, y tuvo luego
que exilarse.
138
sus objetivos y su política, y Jas obras
de arte que encargaron. La sociología
del ar¬te, llamada a renovar la historia
del arte, está en sus comienzos. No está
segura ni de los métodos ni de los principios, y no está exenta de pasos en falso o de temeridades bellas pero peligrosas. No debe olvidarse que el mecenazgo de los banqueros y de los mercaderes no siempre se materializó en
obras*significativas de la clase que las
hacía ejecutar.
A fines de la Edad Media, la religión todavía suministraba gran cantidad de
temas y lo esencial de la inspiración
artís¬tica. La Iglesia seguía ejerciendo
sobre la producción litera¬ria y artística
un control que a menudo podía contrariar el "espíritu burgués” de la clientela
mercantil. Cuando, des¬pués de la gran
peste de 1348, el mercader florentino
Buona- «nico di Lapo Guidalotti encargó
a Andrea da Firenze los frescos expiatorios de la capilla de los españoles de
Santa Maria Novella, el tema de la obra
fue el triunfo de la Igle- su y de los dominicanos, sus fieles instrumentos. La
burgue¬sía, se contentaba con servir la
causa de la Iglesia, que a su vez la servía asegurando un orden social que le
era favorable y suministrándole explicaciones de los acontecimientos que no
ponían en tela de juicio la organización
de la economía ni de la sociedad.
LA cultura burguesa
También hay que tener en cuenta la
No obstante, hay que ser muy prudente independencia de los artistas. Por mual esta¬blecer las relaciones precisas
cho que éstos dependieran de las conentre los mercade¬res, su mentalidad, di¬ciones fijadas por sus empleadores,
que a menudo determina¬ban en detalle los temas y la ejecución de sus encargos, el genio del artista seguía siendo, en definitiva, el dueño de lo
139
esencial. A veces el artista inclusive hallaba modo de expresar sus intenciones
criticas hacia sus empleadores, de una
manera disfrazada; y no es una de las
tareas más fáciles de los soció¬logos del
arte el descubrir esas intenciones encubiertas sin caer en el abuso de las
explicaciones fantasiosas. ¿Fue un movi¬miento de oposición popular lo que
quisieron expresar los pintores toscanos de la segunda mitad del siglo xiv,
que vol¬vieron a exaltar el estiJo gótico
tradicional e insistieron en los temas de
los eremitas que se retiran al desierto,
del mal ladrón en la Crucifixión, y de la
Resurrección de Cristo? Ver en ello temas revolucionarios de protesta sigue
siendo una aventurada conjetura, por
lo menos en el estado actual de nuestros conocimientos.
Finalmente, es muy importante destacar que el gusto de la burguesía mercantil no fue siempre original. Al principio, cuando la falta de educación artística obligaba a los nuevos ricos a
adoptar el gusto de las clases dominantes tradicionales, y tam¬bién más tarde,
cuando los mercaderes —como he¬mos
visto— se sintieron cada vez más deseosos de entrar en la nobleza y de borrar las distancias entre la antigua aristocracia y la nueva que ellos que¬rían
constituir, las tendencias artísticas de
la bur¬guesía no se diferenciaron de las
de la nobleza y de la Iglesia. Se ha dicho
que, para convertirse en noble, el mejor
medio era, ante todo, adoptar el "género
de vida” de la nobleza. ¿Qué campo podía ofrecer a los mercaderes mejor ocasión que el de la literatura y del arte
para esta asimilación? Ahí pudieron,
desde muy pronto, imitar las maneras
de la nobleza. Se sabe que Génova fue
"el centro de difusión de la poesía provenzal en Italia”. Miem¬bros de las más
importantes familias genovesas de
140
mercaderes -—un Calega Panzano, un
Luccheto Gattilusio— cantan y riman
en provenzal, en ese dolce stil nuovo
que se ha reconocido como una de las
formas más aristocráticas, más refinadas, más "estéticas” de la poesia. Encarcelado en Génova, un hombre de
negocios veneciano, Bartolomeo Zorzi,
consagra parte de sus ocios forzosos a
reali¬zar justas poéticas con el genovés
Bonifacio Calvo.
La poesía cortesana, en la que se ha
visto la flor y nata del arte de una sociedad señorial decadente, fue cultivada
desde muy pronto por la burguesía
mercantil. Se ha destaca¬do la parte
tomada por el patriciado de Arras en el
movi¬miento poético de la ciudad en el
siglo xm. Mathieu el Sastre, de rica familia de banqueros, se dedicó a la poesía; igual que los comerciantes que se
apasionaron por un género literario
nuevo, la justa literaria, discusión poética de casuística amo¬rosa en la cual,
por ejemplo, se pregunta “qué es más
triste: ver que se casa una persona a la
que se ama tiernamente, o verla morir”.
Los mercaderes son los grandes animadores de esas sociedades literarias, que
volveremos a encontrar en «1 siglo xv
tanto en los Puys normandos como en
las "Cámaras de retórica” flamencas o
los círculos platónicos florentinos. Si
bien en la poesía épica hallamos en alguna canción de gesta —las Enfances
Vivieti■— el antagonismo entre la psico¬logía noble y guerrera y la mentalidad mercantil y utilitaria, en Henri de
Mes ambas pueden cohabitar en el
mismo per¬sonaje, como el mercader
Thierry a quien el duque de Lorena hace su yerno y su heredero.
Puix fu il \i iiwi alirrs de grant pris
Qu‟il fist les Wandrcs a grant dolour
morir;
141
monumentos: la arqui¬tectura civil pública y la casa patricia. Esta última sólo
progresivamente se fue desprendiendo
del carácter militar de la Alta Edad Media. Tanto la preocupación defensiva
como el deseo de prestigio, habían llevado a los primeros ricos ciudadanos a
construir esas casas ornadas de torres
cuyos restos sorprendentes vemos aun
en San Gimigniano. En efecto, las torres son un signo deslumbrante de la
asimilación de la rica burguesía a la
nobleza. Con¬vertidos en propietarias
rurales, los mercaderes de Messina hicieron tonificar su granja, como Perrin Auchier en Longchamps entre 1313
y 1325, como los Hesson en el dominio
de Brieu hacia 1318.
1
Fue luego caballero de tanto valor
/ que hizo perecer en grandes sufrimientos a los wandrenses; / vengó pues
al barón san Remigio /ya san Nicasio el
gentil arzobispo.
142
Car il venga le barón saint Remi Et
saint Nicaise l‟archeveske gentil
¿Quiere eso decir que no hubo ni en
literatura ni en arte una específica influencia de la burgue¬sía mercantil?
La arquitectura
Donde primero imprimió su huella la
burgue¬sía fue en la arquitectura. La
Alta Edad Media había visto surgir dos
tipos de monumentos: la mansión señorial, el castillo-fortaleza; y el edi¬ficio
religioso, la iglesia. Desde ahora se
desarrolla¬rán otras dos categorías de
Esta costumbre pasa de Italia a Alemania: en e! siglo xv, unas cuarenta casas
burguesas de Regens- burg tienen torres. Pero pronto los palacios de los patricios pierden gran parte de su aspecto
militar. Sin embargo, el temor a los motines o a los asaltos y el desso de garantizar el secreto de la actividad interna
de los mercaderes, hizo que en Florencia los palacios de los Médicis y de los
Strozzi conser¬varan un aspecto severo
que tiene algo de fortaleza. En Siena,
numerosos palacios de grandes familias
de mercaderes, como el palacio Salimbeni, están todavía provistos de almenas. Sin embargo, las ri¬cas mansiones
de los patricios se abren hacia el
ex¬terior por todas partes, mediante
ventanas, gale¬rías o logias donde los
mercaderes ofrecen a sus conciudadanos el teatro suntuoso de sus ceremonias familiares: bodas y funerales. Como la logia de los Guinigi en Luca. La
búsqueda de la elegancia se manifiesta
sobre todo en los admirables patios inte¬riores, que son una de las primeras
manifestaciones del espíritu del Renacimento. En Venecia, libre de los temores de motín o de guerra entre sus
mu¬ros, la búsqueda de materiales, de
ligereza y de suntuosidad en las fachadas se manifestó con más brillo, como
testimonia todavía el extraordinario
despliegue de mármol y piedra a lo largo del Gran Canal.
La pintura
También la pintura llevó la marca del
mece743
en Santa María de Carmine (don¬de
Nasaccio revolucionó el arte del fresco);
capilla del palacio Médicis donde Benozzo Gozzoli repre¬sentó a los miembros
de la ilustre familia en el fresco de los
Reyes Magos; coro de Santa María Novella done Ghirlandaio nos conservó los
rasgos puros y serenos de las mujeres
de la familia Tor- nabuoni.
En efecto; en el arte del retrato la clientela burguesa in¬fluyó profundamente
en la pintura. Sentimientos piadosos y
gusto por el prestigio llevaron por igual
al mercader a ha¬cerse representar en
los cuadros. El mercader comparte con
el noble y el clero de alto rango el deseo
de aparecer bajo los rasgos del donante
y hacerse inmortalizar en él. A veces,
como en el tríptico de Meling "El Juicio
Final”, en el cual Tommaso Portinari y
su mujer son pesados por el arcángel
San Miguel, el mercader entra en la acción del cuadro. Pero los mercaderes
sienten más que los otros el deseo de
imponer a los contemporáneos y a la
posteridad su presencia eterni¬zada. A
ellos no les basta con hacerse represennazgo de los mercaderes. La encontra- tar a veces —ra¬ramente— con los atrimos en las iglesias, en las capillas don- butos de su función, como el famoso
de celebraban sus cere¬monias privapesador de oro y su mujer, o —lo que es
das y se hacían enterrar las grandes
más frecuente— en medio del lujo de
familias del comercio y de la banca, ca- sus interiores burgueses, como en el
pillas cuyos muros hacían adornar con cé¬lebre cuadro de V» Eyck <\ue reprefrescos: capilla de los Peruzzi y de los
senta, a Ar ttoiftm y sw mujer. Ellos,
Bardi en Santa Croce, de los Scro- veg- que no tienen, como los nobles, los
ni en Padua (donde desplegó su arte
obispos y los abades, armaduras, emGiotto), de los Strozzi y de los Pazzi en blemas, mitras o cruces que simbolicen
Santa María Novella; capillas Brancacci 144
su rango social, ponen más atención en
que se reproduzcan exactamente sus
rasgos. El realismo del retrato, que responde también a otras causas de la
evolución de la pintura, refleja el deseo
d¿l mercader que encarga un retrato, de
ser reco¬nocido gracias al parecido. No
quiere que se le pueda con¬fundir con
otro, del mismo modo que en los negocios afirma la originalidad y el valor dr
su firma comercial.
Le gusta que en los cuadros se le represente en el escena¬rio de su bogar, con
los ricos muebles y los objetos cotidia¬nos; y ese escenario, a la vez familiar y rico, desborda sobre la pintura
religiosa. Las vírgenes de la Anunciación y los san¬tos retirados del mundo
son representados como burguesas y
burgueses en su hogar; tal San Jerónimo, que abandona l.i gruta de la pintura primitiva por un despacho de mercader humanista. Le gusta también verse
rodeado de su familia, sobre todo de
sus hijos, prenda de la continuidad de
su casa, de sus negocios y de su prosperidad. A Arnolfini lo pintan junto a su
mujer encinta, detalle realista, pero
también sím¬bolo de fecundidad, como
la MaJona de Monterchi de Piero della
Frantesca.
Las artes menores. El lujo
Mayoí es aún la influencia del mercader
en las artes menores. Antes de él, estas
artes se debían sobre todo a la Iglesia:
orfebrería de relicarios y cálices, tejidos
preciosos de los ornamentos de Igle¬sia
y de las vestiduras eclesiásticas. Ahora
son las joyas y los muebles, gloria de la
familia burguesa. Gracias £ los ricos
mercaderes, dos artes menores se elevan hasta alcanzar el rango de las más
grandes: la pintura sobre madera, que
practican artistas cé¬lebres para ornamentar los cassoni —cofrecillos o arcas
de bodas donde la joven esposa guarda
el
145
ajuar y los regalos (algunos de los cuales se cuen¬tan entre las piezas más
finas de los grandes mu¬seos, como los
de la Galería de la Academia de Florencia)— y los tapices, que a partir del siglo xv se renuevan, surgiendo, después
de Arras, los talle¬res de Lila y de Bruselas.
La rica burguesía —nueva clientela selecta— provoca también un impulso
incomparable en la moda y los trajes.
Por espléndidos que sean los hombres,
que nada tienen que envidiar a los nobles ni a los dignatarios de la Iglesia,
quienes crean una extraordinaria demanda son las mujeres. Desde muy
pronto, su lujo esplendoroso las expuso
a las burlas de los poetas y a las invectivas de moralistas y predicadores.
El contraste entre la sencillez de las
costumbres de los viejos tiempos y el
lujo desenfrenado del presente se convierte en uno de los leitmotiv de los escritores florentinos. Dante es quien hace decir a su bisabuelo, hablando de un
matrimonio de la burguesía de antes:
He visto a Bellincion Bcrti usar cinturón de cuero y hueso, y a su esposa
volver del espejo sin llevar pintada la
cara. ¡Todavía no estábamos en Sardanópolis!
Y
Francesco Saccheti escribía:
Nunca acabaríamos de discurrir sobre
las mujeres, co¬menzando por el inverosímil atuendo de sus pies y llegando
hasta la cabeza; se pasan el día en el
tejado (para bron¬cearse al sol); se rizan, se estiran y se lavan, hasta el punto que a menudo mueren de catarro.
146
bargo, por dentro es sólo podredum¬bre. El testamento de Jeanne
Socquel describe su colección de abrigos con capuchón de terciopelo de todos colores, sus pieles, sus vestidos y
sus cin¬turones adornados de perlas.
Contra la invasión del lujo son impotentes las leyes suntuarias inspiradas por
eclesiásticos austeros, ancianos cascarrabias y nobles envidiosos. En vano
Felipe el Hermoso prohí¬be en 1314 a
los burgueses y a las burguesas llevar
pieles caras. En vano la comuna de Pistoia toma me¬didas en 1332-1333 contra el vestir femenino, el lujo de los reY
coloca en boca de un artista flogalos y los banquetes de bodas y la
rentino la opinión de que las florentinas pompa de los funerales; en vano Santa
son las más grandes pintoras y esculto- Catalina de Siena inspira medidas seras de su tiempo:
mejantes en Siena; en vano intenta FloSi no me creéis, buscad por todo nues- rencia, después de la Gran Peste, poner
tro país y no en¬contraréis una mujer
T47
que sea morena. Eso no se debe a que
la naturaleza las haya hecho blancas a freno a la redoblada munificencia de los
todas; sino que, me¬diante sabios cui- sobrevi¬vientes; y en vano Venecia insdados, la mayoría, de morenas que
tituye una magis¬tratura especial eneran, han pasado a blancas. Y lo mismo cargada de reglamentar el lujo.
ocurre con sus rostros y sus cuerpos;
Y
no olvidemos el arte gastronómiya sean derechos, torcidos o contrahe- co, que progresa con el refinamiento del
chos, ellas sa¬ben darles hermosas
gusto y la adopción de platos y recetas
proporciones por medio de muchos arti- extranjeras: numerosos manuales culifi¬cios y estratagemas.
narios que han llegado hasta nosotros
Desde el siglo xm, los poetas de Arras
lo atesti¬guan. A fines del siglo xv se
ponen en solfa a las mujeres de los ripuede observar en Ruán la importancia
cos banqueros de la ciudad. He ahí una creciente del consumo de azú¬car y de
que, arreglada, tiene una cabeza tan
frutas mediterráneas entre la rica
dorada que se diría un cuadro o un
bur¬guesía mercantil.
crucifijo precioso; sus cabellos están
El comercio a menudo se beneficia de
cubiertos de oro y de plata; y, sin emeste lujo. Citemos dos mercancías cuya
demanda pasa a ser considerable en los
siglos xiv y xv: las pieles que las ciudades hanseáticas o las factorías italianas
del Mar Negro traen del norte, y el azafrán, necesa¬rio para tintes, perfumería, medicina y para la co¬cina, producto este último que alcanzó gran
im¬portancia en la Baja Edad Media,
como acaba de demostrar A. Petino.
El mercader y la sociología del arte
¿Podemos ir más allá de estas observaciones sobre la in¬fluencia, a menudo
externa, de la clientela mercantil sobre
el desarrollo artístico? La sociología del
arte lo intenta, y ello ha de renovar muchos problemas. Hasta ahora, sus hipó¬tesis siguen -siendo aventuradas.
Federico Antal ha querido ver en los
temas y los estilos de la pintura toscana
del siglo xiv y comienzos del xv las oposiciones que recubren los antagonismos
existentes entre la lase de la rica burguesía mercantil y la democrática clase
de l.i pequeña burguesía artesana, episódicamente apoyada por
148
todo eso traicionaría- la influencia del
espíritu burgués en Ja pin¬tura, giottesca y postgiottesca, pintura de las ricas familias florentinas. Por el contrario, el retroceso económico y polí¬tico
de esta clase después de 1348, pondrá
de moda durante un cuarto de siglo,
más o menos, el estilo gótico, simbólico
y lírico, estilo de la reacción democrática. Analizando la pin¬tura florentina y
sienesa posterior a la Peste Negra,
Meiss ha intentado también descubrir
en la conmoción de la so¬ciedad y sobre
todo de la rica burguesía mercantil, la
aparición de un estilo nuevo que se
aparta de Giotto y busca temas de ifjspiración directamente relacionados con
los acontecimien¬tos y las reacciones
afectivas que éstos producen.
Pierre Francastel ha intentado relacionar pintura y socie¬dad en Italia, en el
siglo xv, en un nivel más profundo de
las estructuras mismas. La aparición de
una visión y de una repre¬sentación
nuevas de la realidad —el espacio del
Renacimien¬to—, lo que se llama tradicionalmente el descubrimiento de la
el proletariado obrero y el campesinado. perspectiva, sólo se explica en función
La primera hace triun¬far sus opiniode los progresos téc¬nicos, económicos
nes sobre pintura con Giotto. La huma- e intelectuales de la gran burguesía. Ya
nización de la religión, el aburguesahe¬mos visto cómo venció materialmenmiento de la pintura de la vida de Cris- te al espacio, cómo se afanó por comto y de la Virgen, la tergiversación del
prenderlo, dominarlo y medirlo. Esta
espíritu fran¬ciscano por un artista
domesticación del espacio por parte de
convertido también el en rico y duro
la clase mercantil se realizó también en
capitalista y que escribió un poema
la pintura italiana del Quattroccnto,
contra la pobreza, la apa-rición de un
cuyos artistas depen¬dían de la clienteestilo familiar, narrativo y descriptivo:
la burguesa. F. Brancacci, quien encar-
gó a Masaccio los revolucionarios frescos de la capilla de los Car¬mine, fue
uno de los primeros cónsules del mar
de Florencia, un hombre que estuvo en
Egipto, un hombre de vastos hori¬zontes. Así se amplían también los
horizontes de la pintura. Desde ahora,
el espacio pictórico es a medida del
hombre, he¬cho para ser medido y recorrido, mientras la perspectiva gó¬tica
correspondía a una visión plana, sincrónica y eterna: la
149
de Dios. También aquí vuelven a aparecer laicización, hu¬manización y racionalización; y el mercader es, en gran
parte, responsable de ello.
La literatura
Igualmente es delicadísimo delimitar en
forma exacta la influencia del mecenazgo mercantil en los caracteres internos
de la literatura medieval. Literatura
burguesa, se ha llamado a ciertos géne¬ros que se desarrollan en los medios
urbanos a par¬tir del siglo xn. Pero necesitaríamos estudios pre¬cisos para
definir lo que en las fábulas, las máxi¬mas y las moralejas revela un espíritu nuevo apor-tado por una clase social
nueva. Una moral a ras de tierra, hecha
de prudencia y de buen sentido práctico
y ligada a la preservación del dinero, de
la propiedad, de la familia y de la salud
—una moral de poseedores y de comerciantes—; el gusto mismo de moralizar,
que habría que distinguir de la pré¬dica
religiosa, no en la forma, lo cual es fá-
cil, sino en el espíritu, lo que es más
difícil, porque ¿acaso no hay moralistas
predicadores y predicadores de moral
burguesa? El amor al detalle realista y
fami¬liar aportado por una clase aficionada al decorado material de la vida y
sensible a las apariencias, el amor a lo
cómico, a la ironía algo pesada e inclu¬sive a lo burlesco; y la farsa medieval que, más que popular, es quizás
burguesa con su burla de las condiciones sociales y su crítica a menudo poco
caritativa del prójimo. Una literatura de
gentes que
150
los ideales del mercader. Por el magnífico estudio de A. Warburg sabemos que
este tema es uno de los que el mercader
prefiere que traten los artistas a quienes emplea. Se lo encuentra por todas
partes, en las armas y en la fachada del
palacio de los Rucellai o en el pavimento de la catedral de Siena.
El tema de la "virtü”, de la energía, expresión de la per¬sonalidad humana y
fuente de éxito terreno. Hay —dijimos—
una virtü del hombre de negocios en
lucha con los elemen¬tos, los hombres,
las mercancías y el dinero. Según el
Poggio, en su Líber de Nobilitate, ella es
quien, apoyada en la ri-queza, fuerza a
viven pared de por medio, que se obser- la fortuna a obedecer.
van, se es¬pían y se denigran como
En todo este movimiento, que desembocompetidores.
caría en lo que se ha llamado el espíritu
El humanismo
moderno, tanto en
Se ha dicho también todo lo que el na- 151
ciente hu-manismo debe al mecenazgo
de los mercaderes, a su espíritu y a su moral como en arte, los mercaderes no
necesidad de justificar su posición tese conten¬taron con participar indirecrrena. Tres grandes temas de la litera- tamente mediante sus encargos. Mutura huma¬nista, y más precisamente chos de ellos fueron cultos aficiode la literatura italiana del Quattrocen- na¬dos, e inclusive filósofos y poetas.
to, le deben muchísimo.
Lorenzo el Mag¬nífico es el más brillanEl tema de la riqueza, fuente de virtute ejemplo.
des, de plenitud, de goces exquisitos y Aquí volvemos a encontrarnos ante el
de aprobación divina. Después de Leo- problema de las generaciones que mennardo Bruni, es Poggio Bracciolini —el cionamos anteriormen¬te. El mercader
Poggio—, familiar de los Médicis, quien humanista es también con frecuen¬cia
hace de la riqueza la expresión tangible un mercader menos interesado en los
de la actividad humana.
negocios, que quita a sus empresas
El tema de la fortuna, que, al entremez- comerciales lo que da a sus intereses
clar la idea de ri¬queza y la de azar, es artísticos, que gasta en lujo lo que anuna especie de resumen de los actos y tes invertía en mercancías. Signo de
decadencia, qui¬zás; pero también aquí
la función cultural es a la vez causa y
efecto. Si bien acentúa la decadencia de
los negocios, frecuentemente se desarrolla por¬que éstos ya habían declinado. Entonces, el dinero acumulado se
invierte en otra parte, en bienes
cul¬turales, y esta nueva dirección que
toman los gas¬tos, impuesta por la crisis económica, la limitación de los horizontes comerciales y la inadaptación de
la organización profesional a las condiciones nue¬vas, puede ser también una
especulación no sólo intelectual sino
también material. A menudo, el mecenazgo de los grandes mercaderesbanqueros está inscrito en una política
cultural desarrollada por las ciudades
con objeto de reanimar su econo¬mía.
Cuando las vías comerciales se apartan
de ellas, y cuando las riquezas acumuladas no' encuen¬tran la forma de ser
empleadas en las empresas tradicionales, las ciudades gastan su tesoro en
ador¬narse con magnificencia. Pero este
último resplan¬dor no es sólo la traca
final de unos fuegos artifi¬
152
cíales. A veces es también punto de
partida de una política turística destinada a atraer a peregrinos y a viajeres,
fuente de nuevos beneficios. Por lo tanto es, parcialmente, una reconversión
económica.
MERCADERES Y CIVILIZACIÓN URBANA
Por lo pronto, en el marco urbano es
donde de¬bemos ubicar al mecenazgo
de los hombres de nego¬cios de la Edad
Media.
Piensan con frecuencia en su ciudad.
Ella está en la primera línea de sus
preocupaciones y de sus afectos. Desde
luego, el patriotismo urbano del
mer¬cader es también interesado. La
ciudad es el centro y el fundamento de
sus negocios y de su poder. Si ella les
debe mucho, ellos le deben mucho
también. Saben que es uno de los cimientos de su fuerza. Por eso recomponen en seguida en el extranjero una
uni¬dad a su imagen. Las naciones de
los mercaderes ex¬tranjeros, con su
organización política, su organi¬zación
corporativa, sus cofradías y sus fiestas
en ho¬nor de los santos de su país,
agrupados en un barrio de la ciudad
extranjera, hacen renacer allí la patria
que han abandonado pero a la cual
continúan sir¬viendo. En Brujas hay
una pequeña Florencia, una pequeña
Génova, una pequeña Luca. Y cuando
un mercader no tiene "corresponsal”, o
sea represen¬tante personal en una
plaza extranjera, recurre a un compatriota. Los Médicis dan a sus subordina¬dos recomendaciones estrictas sobre los colegas a
153
quienes deben dirigirse en aquellos lugares donde la casa no tiene sucursales. Todos son florentinos.
Cierto que ese patriotismo tuvo excepciones. No siempre cedió al interés
cuando éste le era contrario, y con el
tiem¬po hubo de relajarse. Al comienzo,
el mercader no vacilaba en tomar las
armas, combatir y dar su vida por su
ciudad. En 1260, cuando Siena estaba
en guerra con Florencia, en vísperas de
la gran victoria de Montaperti los mercaderes pagaron ampliamente: con sus
denarios (Salimbene dei Sa- limbeni dio
118.000 florines a la comuna para el
esfuerzo de guerra); y con sus personas:
el jefe de la más rica fa¬milia de banqueros sieneses, Orlando Bonsignori,
fue movili¬zado. Arnaldo Peruzzi, el
gran mercader florentino, murió en una
batalla contra el emperador Enrique VIL
Grandes hombres de sus ciudades, los
ricos mercaderes estaban por lo tanto
llamados a representarlas hasta en las
más trágicas circunstancias. Hacia comienzos del siglo xm, después de Bouvines, un Uten Hove figura entre lós
rehenes que Gante libra a Felipe Augusto. Y famoso es el episodio de los
bur¬gueses de Calais en el siglo xiv.
mercader, si bien se encontró con un
marco mayor para sus actividades, no
siempre trasladó a estas grandes patrias nacien¬tes el amor por la patria
chica urbana. Cuando
154
Carlos VII termina la reconquista del
reino de Francia a los ingleses, muchos
fueron los mercade¬res "colaboracionistas” que perdieron la cabeza o tuvieron
que cambiar de casaca. Mollat ha recons¬truido la figura de uno: Jehan
Marcel, de Ruán.
Y
algunos años más tarde, el famoso Jacques Coeur, platero del rey de
Francia, no vaciló en pa¬sar a un
enemigo, el rey de Aragón, informaciones secretas cuya entrega podía favorecer los negocios del gran financiero.
Llegando a este extremo límite de la
traición, los grandes capitalistas inauguraban su carrera de potencia internacional, súbditos de un reino del dinero que sólo conoce las fronteras cuando
favorecen a sus intereses.
Pero, con el tiempo, los mercaderes se
Pero durante toda la Edad Media el
negaron a ser soldados. La extensión de amor de los mercaderes a su ciudad se
los negocios no les permitía ya perder
manifestó sobre todo en el cuidado que
tiempo en la guerra, y la ex¬tensión de pusieron en embellecerla. A veces, como
su riqueza les permitía librarse de ella. en Alemania, inclusive imponen su
De modo que recurrieron a los merceconcep¬ción del trazado de la ciudad.
narios, al sis¬tema de la condotta. El
H. Planitz ha podido escribir que, en el
mercader hace negocios, y paga al con- siglo xm, "no sólo el mercado tenía que
dottiero, que hace la guerra. El merser el centro de la ciudad, sino que la
ca¬der se ha convertido en un civil.
ciudad entera se construía partiendo de
A fines de la Edad Media, cuando se
ese punto central”. Wiener Neustadt es
organizan los estados centralizados, el patente ejemplo de esto. En todas par-
tes los mercaderes contribuyeron al
adorno monumental de su ciudad. En
primer lugar, por medio de sus casas,
esos hermosos pala¬cios que hemos
citado. Luego, por medio de los edificios
profesionales y corporativos. Mercados
de Yprés y de Brujas, Poorterslogie de
Brujas, Loggia de la Mercanzia de Siena, sala del Collegio della Mercanzia de
Perusa, Casa del Arte della lana de
155
Florencia y, sobre todo, quizás, Or San
Michele y su guarnición de estatuas de
santos protectores de los mercaderes.
Por los monumentos religiosos que hicieron construir o adornar; por el espléndido decorado de frescos que hicieron pintar; por la do¬tación de capiteles
como el de los mercaderes de glasto de
la catedral de Amiens, medallones como
los del campaníle de Florencia —
verdadera enci¬clopedia de los oficios—,
y vitrales como los de la elegante nave
de la capilla de Jacques Coeur en Bourges. Mas también por medio de los edificios comunales donde desplegaron su
poderío político. Ayuntamiento y campanarios de Flandes, palacios comunales y campaniles de Italia: tengamos un
re¬cuerdo para ellos en el Campo de
Siena, ante los ciento dos metros de la
Torre del Mangia y el des¬lumbrante
Palazzo Pubblico en cuyo interior Ambrogio Lorenzetti magnificó el gobierno
de los mer¬caderes en el ciclo pictórico
más vasto de la Edad Media.
Allí, en ese escenario urbano que ha
llegado has¬ta nosotros, debemos representarnos al gran merca¬der de la
Edad Media- Dejémosle mientras le vemos atravesar una plaza de Florencia
en el célebre fres¬co de la capilla
Brancacci. Suntuosamente vestido,
avanza altivo entre el escenario monumental de la Florencia del Quattrocento
que tanto le debe, y el grupo edificante
de San Pedro curando a Tabitha. Allí
debemos saludarle por última vez, envuelto en su gloria y en su vanidad.
156
BIBLIOGRAFIA SUMARIA
TRABAJOS DE CONJUNTO
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b)
De familias
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Ptit. Woí'FF. "Une famille, du XIII au
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Mélanges d‟histoire sociale, 1942-1.
c)
De sociedades
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XIV y XVII).
Y. RenoiMRD, Les relations des Papes
d‟Avignon et des com- pagnies coirnneretales et bancaires de H 16 a 1178,
1942R. DE ROOVER.^ The Medid Bank,
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V. I. Ru'THEnbürg, Ocherk iz istorii
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d) De individualidades
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libro ll Quattrocenfo, 1954).
160
INDICE
INTRODUCCION
I.
La actividad profesional
CULTURA
La revolución comercial, 11; El
H.
Pirenne, "L‟instruction du
mer¬cader errante, 13; El mercader semarchand au Moyen Áge”, Ann, bist.
den¬tario, 22; Progreso de ios métodos
écon. et soc1929.
en los siglos XIV y XV, 30.
A. 1 ani an{, Le della spiriio
II.
Función social y política
cíi[>:tali*tico in Italia,
Mercaderes y ciudades, 47; Mercaderes
19}}.
y nobleza, 48; Mercaderes y clases
G.
mi I‟hujort, Fe lo?» merí^ant dans po¬pulares urbanas, 52; Mercaderes y
la htierat ure fran- <'aisc du Moytn A^'f, campesinos, 58, Los mercaderes
1933.
“de¬mocráticos”, 63; Mercaderes y
prínci¬pes, 67; Las grandes familias
burgue¬sas, 70.
III.
La actitud religiosa y moral
La Iglesia contra los mercaderes: la teoría, 76; La Iglesia y los mercaderes: la
práctica, 82; La mentalidad del
mer¬cader, 90; La religión del mercader,94.
IV.
La función cultural
Los mercaderes y la laicización de la
cultura, 110; El mecenazgo mercantil,
118; La cultura burguesa, 122; Merca¬deres y civilización urbana, 134.
BIBLIOGRAFIA SUMARIA.
Esta edición de 3.000 ejemplares, se
terminó de imprimir en offset en el mes
de septiembre de 1982, en los talleres
gráficos de la Compañía Impresora Argentina, S. A. calle Alsina 2049 - Buenos Aires - Argentina.
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