Subido por Milagros YT

Shakespeare William - Antonio Y Cleopatra libreto

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WILLIAM SHAKESPEARE
Antonio y
Cleopatra
William Shakespeare
ACTO I
Escena primera.
Alejandría. Una sala en el palacio de Cleopatra.
Entran Demetrio y Filón.
FILÓN
Cierto, pero este amor extravagante de nuestro general rebasa la
medida. Esos ojos soberbios que resplandecían como los de un Marte
con armadura cuando inspeccionaban los desfiles y las revistas de las
tropas de guerra, concentran ahora todas sus funciones, absorben toda
su facultad de contemplación en un rostro moreno. Su corazón de
capitán, que en las refriegas de las grandes batallas hacía estallar sobre
su pecho los lazos de su coraza, ha perdido todo su temple y sirve
ahora de fuelle y de abanico para enfriar a una egipcia fogosa.
(Trompetería). Mirad, vedles que vienen. Observad bien, y veréis a uno
de los tres pilares del mundo transformado en el personaje de loco por
una puta. Mirad y ved.
(Entran Antonio y Cleopatra con sus séquitos; los eunucos abanican a
Cleopatra).
CLEOPATRA
Si me amáis verdaderamente, decid cuánto me amáis.
ANTONIO
Es muy pobre el amor que puede contarse.
CLEOPATRA
Quiero saber el límite del amor que puedo inspirar.
ANTONIO
Entonces necesitas descubrir un nuevo cielo y una nueva tierra.
(Entra un Criado).
CRIADO
Noticias de Roma, mi buen señor.
ANTONIO
Me aburren ... Su sustancia.
CLEOPATRA
Vamos, escuchadlas, Antonio. Quizá Fulvia esté colérica; o quién sabe si
el casi imberbe César no os ha enviado su mandato soberano: Haz esto
o aquello; toma este reino, libera aquel; cumplimenta nuestras órdenes
o te condenamos.
ANTONIO
¡Cómo! ¡Amor mío!
CLEOPATRA
¡Puede ser! Sí, es muy verosímil. No debéis permanecer aquí más
tiempo; tal vez César os envíe vuestra destitución; por consiguiente,
escuchad ese mensaje, Antonio. ¿Dónde está la intimación de Fulvia ...,
de César, quise decir ..., o de los dos? Llamad a los mensajeros. Tan
verdad como soy reina de Egipto, que enrojeces, Antonio; esa sangre
rinde homenaje a César. ¿O es que pagan así tus mejillas su tributo de
rubor cuando riñe Fulvia con su voz gruñona? ¡Los mensajeros!
ANTONIO
¡Húndase Roma en el Tíber y que el arco inmenso de la arquitectura del
imperio se desplome! Aquí está mi invierno. Los reinos son de arcilla.
Nuestra tierra fangosa nutre lo mismo a la bestia que al hombre. La
nobleza de la vida consiste en hacer esto (la besa), cuando una pareja
así, cuando dos seres como nosotros pueden hacerla; y en este respecto
requiero al mundo, bajo pena de castigo, a que declare que somos
incomparables.
CLEOPATRA
¡Excelente impostura! ¿Por qué se ha casado con Fulvia, si no la amaba?
Pasaré por crédula, sin serlo. En cuanto a Antonio, será siempre el
mismo.
ANTONIO
Sí, pero puesto en movimiento por Cleopatra. Ahora, por el amor del
Amor y por sus dulces horas, no perdamos el tiempo en agrias
conferencias. Ni un minuto de nuestras existencias debe transcurrir
ahora sin gozar un nuevo placer. ¿Qué diversión hay esta noche?
CLEOPATRA
Escuchad a los embajadores.
ANTONIO
Quita, reina pendenciera, a quien todo se le vuelve refunfuñar, reír,
llorar; en quien cada pasión lucha con todas sus fuerzas por aparecer
bella y hacerse admirar de ti. Ningún otro mensajero sino tú misma, y
los dos iremos solos esta noche a través de las calles, y observaremos
las costumbres del pueblo. Venid, reina mía; la última noche
expresasteis este deseo. No nos habléis.
(Salen Antonio y Cleopatra con sus séquitos).
DEMETRIO
¿Con tan poca consideración es tratado César por Antonio?
FILÓN
Señor, algunas veces, cuando no es Antonio, olvida con exceso esa gran
dignidad de conducta que debiera siempre acompañar a Antonio.
DEMETRIO
Estoy muy disgustado con que dé la razón a la vulgar maledicencia que
le representa en Roma tal como le he visto. Pero espero mañana más
nobles acciones. ¡Feliz descanso!(Salen).
Escena segunda
Alejandría. Otra sala del palacio.
Entran Carmiana, Iras y Alejas.
CARMIANA
Señor Alejas, encantador Alejas, Alejas de cualidades universales;
Alejas, el casi soberano, ¿dónde está el adivino que habéis elogiado
tanto a la reina? ¡Oh, quisiera conocer a ese marido que, según vos,
debe coronar sus cuernos con guirnaldas!
ALEJAS
¡Adivino!
(Entra un adivino).
ADIVINO
¿Qué queréis?
CARMIANA
¿Es éste el hombre? ¿Sois vos, señor, quien conocéis las cosas?
ADIVINO
Puedo leer algo en el libro infinito de los secretos de la Naturaleza.
ALEJAS
Presentadle vuestra mano.
(Entra Enobarbo).
ENOBARBO
Preparad enseguida el banquete y llévese vino abundante para beber a
la salud de Cleopatra.
CARMIANA
Mi buen señor, dadme una buena suerte.
ADIVINO
Yo no doy, sino preveo.
CARMIANA
Pues bien, prevedme entonces una buena suerte.
ADIVINO
Llegaréis a ser mucho más bella de lo que sois.
CARMIANA
¿Quiere decir que engordaré?
IRAS
No, que os pintaréis cuando seáis vieja.
CARMIANA
¡Quieran que no las arrugas!
ALEJAS
No turbéis su presencia. Estad atenta.
CARMIANA
¡Silencio!
ADIVINO
Amaréis más de lo que seáis amada.
CARMIANA
Mejor quisiera calentar mi hígado a fuerza de beber.
ALEJAS
Veamos, escuchadle.
CARMIANA
¡Vamos, mi gran hombre, una mejor buena suerte! Que me case con
tres reyes en una misma mañana, y quede viuda de los tres. Que tenga
a los cincuenta años un hijo, a quien Herodes de Judea rinda homenaje.
Haced de suerte que me case con Octavio César y me convierta así en
camarada de mi señora.
ADIVINO
Sobreviviréis a la dama a quien servís.
CARMIANA
¡Oh, excelente! Prefiero una vida prolongada a dos hijos.
ADIVINO
Habéis visto y experimentado una primera fortuna más bella que la
que está por venir.
CARMIANA
Entonces es probable que mis hijos no tengan nombre. Dime, te lo
ruego, ¿cuántos chicos y chicas voy a tener?
ADIVINO
Si cada uno de vuestros deseos tuviese un vientre y cada deseo fuese
fértil, contarías un millón de hijos.
CARMIANA
¡Fuera, loco! Te perdono porque eres un hechicero.
ALEJAS
¡Ah! Creéis que nadie sino vuestras sábanas está en el secreto de
vuestros anhelos.
CARMIANA
Vamos, decid ahora a Iras su buena ventura.
ALEJAS
Todos queremos saber nuestras buenas venturas.
ENOBARBO
La mía, y la mayor parte de todas las demás, será ir a acostamos ebrios
esta noche.
IRAS
Aquí está una palma que presagia castidad, si no presagia ninguna otra
cosa.
CARMIANA
Sí, como el Nilo cuando se desborda presagia el hambre.
IRAS
Vamos, grosera camarada de lecho, no sabéis adivinar.
CARMIANA
Vaya, si una palma untuosa no indica fecundidad, soy incapaz de
rascarme la oreja. Te lo ruego, no le digas más que una buena ventura
de día de trabajo.
ADIVINO
Vuestras fortunas son parecidas.
IRAS
Pero ¿cómo es eso? ¿Cómo es eso? Dadme detalles.
ADIVINO
He dicho.
IRAS
¡Cómo! ¿Es que no tengo una buena ventura una pulgada mayor que
ella?
CARMIANA
Y si tuvierais esa ventura una pulgada mayor, ¿dónde querríais que
estuviera mejor colocada esa pulgada?
IRAS
En otra parte que no fuera la nariz de mi marido.
CARMIANA
¡Los cielos enmienden nuestros malos pensamientos! ¡Alejas ..., veamos
su buena ventura, su buena ventura! ¡Oh, que se case con una mujer
insoportable, dulce Isis, te lo suplico! ¡Que muera, y dale luego una
peor! ¡Que muera ésta, a su vez, y dale otra peor! ¡Y que la peor siga a la
peor, hasta que la peor de todas le siga riendo a su tumba, cincuenta
veces cornudo! Buena Isis, oye mi ruego, aun cuando me hayas de
negar una cosa más importante; buena Isis, te lo suplico.
IRAS
Amén. ¡Cara diosa, escucha esta imploración del pueblo! Pues así como
parte el corazón ver a un hombre decente unido a una mujer disoluta,
así es una pena mortal contemplar que un odioso bribón no sea
cornudo. Por tanto, cara Isis, guarda el decoro y dale la fortuna que
merece.
CARMIANA
Amén.
ALEJAS
Ya lo veis; si estuviese en sus facultades hacerme cornudo, se harían
putas sólo por eso.
ENOBARBO
¡Silencio! Aquí viene Antonio.
CARMIANA
No, no es él, sino la reina.
(Entra Cleopatra).
CLEOPATRA
¿Habéis visto a mi señor?
ENOBARBO
No, señora.
CLEOPATRA
¿No se hallaba aquí?
CARMIANA
No, señora.
CLEOPATRA
Estaba propicio a la alegría, pero de repente le ha asaltado un
pensamiento de Roma. ¡Enobarbo!
ENOBARBO
¡Señora!
CLEOPATRA
Buscadle y traedle aquÍ. ¿Dónde está Alejas?
ALEJAS
Aquí, a vuestro servicio. Mi señor llega.
CLEOPATRA
No queremos mirarle. Venid con nosotros.
(Salen Cleopatra, Enobarbo, Carmiana, Iras, Alejas y el Adivino. Entra
Antonio con un mensajero y gente de su séquito).
MENSAJERO
Fulvia, tu mujer, ha sido la primera en salir al campo de batalla.
ANTONIO
¿Contra mi hermano Lucio?
MENSAJERO
Sí, pero la lucha terminó pronto, y al hacerlos amigos las
circunstancias, han enviado sus tropas contra César, quien, más feliz
que ellos en la guerra, primer encuentro los ha arrojado de Italia.
ANTONIO
Bien. ¿Qué hay de peor?
MENSAJERO
Las malas noticias son de naturaleza infecciosa para el que las refiere.
ANTONIO
Cuando conciernen a un idiota o a un cobarde. Continúa. Las cosas
pasadas no tienen importancia para mí. Yo soy así; el que me dice la
verdad, aun cuando su relato oculte la muerte, le escucho como si me
adulara.
MENSAJERO
Labieno -y ésta es una dura noticia- con su ejército de Partos se ha
apoderado del Asia desde el Éufrates; ha desplegado su enseña
victoriosa desde la Siria hasta la Lidia y la Jonia; mientras que ...
ANTONIO
Antonio ibas a decir ...
MENSAJERO
¡Oh, mi señor!
ANTONIO
Háblame claramente; no atenúes la opinión general; nombra a
Cleopatra como se la nombra en Roma; búrlate de mí con las frases
mismas de Fulvia, y repróchame mis faltas con licencia tan plena como
pueden hacerlo la franqueza y la malicia reunidas. ¡Oh, hacemos crecer
las malas hierbas cuando no soplan los vientos fríos; y nuestras
desgracias, cuando se nos comunican, son para nosotros como un
laboreo! Que te vaya bien hasta nuevo aviso.
MENSAJERO
A vuestras órdenes, señor.
(Sale).
ANTONIO
¡Las noticias de Sicionia, eh! ¡Llamadle, aquí!
PRIMER HOMBRE DEL SÉQUITO
¡El hombre de Sicionia! ¿Hay aquí alguno de tal sitio?
SEGUNDO HOMBRE DEL SÉQUITO
Espera vuestras órdenes.
ANTONIO
Que se presente. Es preciso que rompa estos poderosos lazos egipcios
o va a perderme esta pasión extravagante.
(Entra un segundo mensajero).
ANTONIO
¿Quién sois?
SEGUNDO MENSAJERO
Fulvia, tu esposa, ha muerto.
ANTONIO
¿Dónde ha muerto?
SEGUNDO MENSAJERO
En Sicionia. La duración de su enfermedad, así como otras cosas más
serias que te importa conocer, están contenidas aquí. (Le da una carta).
ANTONIO
Déjame. (Sale el segundo mensajero). ¡He ahí un alma grande que ha
partido! ¡Así lo deseé! Pero lo que nuestro desdén rechaza lejos de
nosotros, con frecuencia deseamos poseerlo de nuevo. El placer
presente, disminuyendo a medida que el tiempo marcha, se convierte
justamente en su contrario. Es buena, ahora que no existe; la mano que
la apartó quisiera poderla recobrar. Es Preciso que rompa con esta
reina fascinadora. Mi pereza incuba diez mil desgracias peores que los
males que conozco. ¡Hola, Enobarbo!
(Vuelve a entrar Enobarbo).
ENOBARBO
¿Qué deseáis, señor?
ANTONIO
He de partir de aquí a toda prisa.
ENOBARBO
Muy bien; entonces vamos a matar a todas nuestras mujeres. Hemos
visto que la menor dureza les es mortal; si permiten nuestra partida, la
muerte es la palabra adecuada.
ANTONIO
Es necesario que parta.
ENOBARBO
En una ocasión de apuro, que mueran las mujeres. Sería una lástima
rechazarlas por nada; pero puestas en balanza con una gran causa,
deben estimarse en nada. En cuanto a Cleopatra, sorprendida por el
más leve rumor de esto, morirá inmediatamente; la he visto morir
veinte veces por motivos mucho menos importantes. Creo que hay en
la muerte una especie de pasión que ejerce en ella alguna
voluptuosidad: tanta es la prontitud que pone en morirse.
ANTONIO
Es astuta por encima de toda imaginación.
ENOBARBO
¡Ay! No, señor. Sus pasiones están formadas por la más fina esencia del
amor puro. No podemos llamar lágrimas y suspiros a sus chaparrones
y sus ventoleras, porque son las más grandes tempestades y las más
grandes tormentas que recuerda el almanaque. Esto no puede
obedecer a habilidad suya. Si es habilidad, provoca un aguacero tan
bien como Júpiter.
ANTONIO
¡Quisiera no haberla visto nunca!
ENOBARBO
¡Oh, Señor! En ese caso, habrías dejado de ver una obra maravillosa; de
no haber tenido esa dicha, vuestro viaje hubiera sido un fracaso.
ANTONIO
¡Fulvia ha muerto!
ENOBARBO
¡Señor!
ANTONIO
¡Fulvia ha muerto!
ENOBARBO
¡Fulvia!
ANTONIO
Muerta.
ENOBARBO
Pues bien, señor, ofreced a los dioses, un sacrificio de reconocimiento.
Cuando place a sus divinidades arrebatar su mujer a un hombre,
descubren a este hombre las sastrerías del cielo y le consuelan al
enseñarle que cuando los trajes viejos están usados hay que operarlos
para poder hacerlos nuevos. Si no hubiera más mujeres que Fulvia,
habrías sufrido, en efecto, una desgracia, y sería preciso lamentarse del
suceso. Pero este pesar está coronado por un consuelo: vuestra antigua
camisa de mujer os procura un refajo nuevo, y, verdaderamente, una
cebolla contiene las lágrimas con que es preciso regar este dolor.
ANTONIO
Los asuntos que ella había entablado en el Estado no permiten mi
ausencia.
ENOBARBO
Y los asuntos que habéis entablado aquí no pueden pasarse sin vos; en
especial el de Cleopatra, que exige absolutamente vuestra presencia.
ANTONIO
No más respuestas frívolas. Que nuestros oficiales tengan
conocimiento de nuestras intenciones. Voy a declarar a la reina la
causa de nuestra partida precipitada, y obtener de su amor nuestro
permiso. No es solamente la muerte de Fulvia; son motivos más
poderosos los que nos llaman; por otra parte, las cartas de muchos de
nuestros amigos adictos de Roma solicitan también nuestra vuelta.
Sexto Pompeyo ha desafiado a César y domina el imperio del mar.
Nuestro pueblo versátil, cuyo afecto no se dedica jamás al hombre
meritorio sino cuando sus méritos han pasado, comienza a trasladar el
recuerdo de Pompeyo y de todos sus triunfos a su hijo, que, grande por
el nombre y el poder, más grande aún por el ardor y la valentía, se ha
elevado al rango del más eminente soldado, eminencia que puede
acarrear grandes peligros al mundo, si persiste. Hay muchas cosas
semejantes a la crin de caballo que tienen ya existencia sin poseer
todavía el veneno de la serpiente. Informad a los que están bajo
vuestras órdenes que es nuestra voluntad nuestra pronta partida de
aquí.
ENOBARBO
Voy a hacerlo.
(Salen).
Escena tercera
Alejandría. Otra sala del palacio.
Entran Cleopatra, Carmiana, Iras y Alejas.
CLEOPATRA
¿Dónde está?
CARMIANA
No le he visto desde ese momento.
CLEOPATRA
Ved dónde está, con quién y lo que hace; obrad como si yo no os
hubiese enviado. Si le encontráis triste, decidle que bailo; si le halláis
alegre, referidle que he caído súbitamente enferma. Aprisa y
regresad.(Sale Alejas).
CARMIANA
Señora, me parece que, si le amáis tiernamente, no seguís buen método
para conseguir de él la reciprocidad.
CLEOPATRA
¿Qué debo hacer que no haga?
CARMIANA
Ceder en todo y no contrariarle en nada.
CLEOPATRA
Me enseñas como una loca; ese fuera el camino de perderle.
CARMIANA
No le sometáis a una prueba demasiado dura; tened cuidado, os lo
aconsejo. Con el tiempo odiamos lo que tenemos a menudo. Pero he
aquí que viene Antonio.
CLEOPATRA
Me pongo enferma y triste.(Entra Antonio).
ANTONIO
Siento verme obligado a anunciaros mi proyecto ...
CLEOPATRA
Ayúdame a salir, querida Carmiana; voy a caerme. Esto no puede durar
mucho tiempo así; las fuerzas de la naturaleza no lo permitirán.
ANTONIO
Ahora, mi queridísima reina ...
CLEOPATRA
Os lo ruego, manteneos más lejos de mí.
ANTONIO
¿Qué sucede?
CLEOPATRA
Leo en vuestros ojos que habéis recibido buenas noticias. ¿Qué dice la
mujer casada? Podéis partir. ¡Agradeced al cielo que no os hubiese
dado nunca permiso para venir! Que no diga que soy yo la que os
retiene; no tengo poder sobre vos. Sois de ella.
ANTONIO
Los dioses saben mejor.
CLEOPATRA
¡Oh! ¡Jamás reina alguna fue traicionada hasta este punto! Sin embargo,
vi desde el origen plantar estas traiciones ...
ANTONIO
Cleopatra ...
CLEOPATRA
Aun cuando hicierais juramentos para conmover a los dioses en sus
tronos, ¿cómo podría creer que sois mío y que sois sincero, cuando
habéis sido falso con Fulvia? Locura extravagante la que se deja atrapar
en el lazo de esos juramentos hechos de labios afuera, que se violan al
mismo tiempo que se pronuncian.
ANTONIO
Dulcísima reina ...
CLEOPATRA
Vamos, os lo ruego, no busquéis pretexto para vuestra partida, sino
decidme adiós, y partid. Cuando solicitabais quedaros, era, entonces, el
tiempo de las palabras; no hablabais entonces de partir; la eternidad
estaba en nuestros labios y en nuestros ojos; la dicha en nuestros
rostros, inclinados el uno contra el otro; ninguna parte de nosotros
mismos era tan pobre que no contuviera un sabor anticipado del cielo.
Aún continúan así, o tú, que eres el más grande soldado del mundo, te
has convertido en el más grande embustero.
ANTONIO
¿A qué viene esto, señora?
CLEOPATRA
Quisiera tener tu altura; sabrías entonces que hubo un corazón en
Egipto.
ANTONIO
Escuchadme, reina; la imperiosa necesidad de las circunstancias
reclama mis servicios algún tiempo; pero mi corazón queda por entero
en prenda cerca de vos. Nuestra Italia centellea con las espadas de la
guerra civil. Sexto Pompeyo se aproxima a las puertas de Roma. La
igualdad de fuerzas de los dos partidos nacionales engendra un ardor
faccioso. Pompeyo, el condenado, rico por el honor de su padre, se
insinúa rápidamente en los corazones de aquellos que no han
prosperado bajo el presente estado de cosas, y cuyo número se hace
amenazador; y la tranquilidad, enferma a fuerza de reposo, buscaría de
buena gana un remedio en cualquier cambio desesperado. Mi asunto
más puramente personal, y el que con preferencia a otro debe
tranquilizaros sobre mi partida, es que Fulvia ha muerto.
CLEOPATRA
Aunque la edad no haya podido liberarme de la locura, me ha librado,
sin embargo, de la infantilidad. ¿Puede morir Fulvia?
ANTONIO
Ha muerto, reina mía. Mira aquí y lee en tu soberano ocio las
conmociones que ha levantado; y al final de la carta lee sobre todo
cuándo y cómo murió.
CLEOPATRA
¡Oh, falsísimo amor! ¿Dónde están los vasos sagrados que debieras
henchir con lágrimas de tu dolor? Ahora veo, por la muerte de Fulvia,
cómo será recibida la mía.
ANTONIO
No me riñáis, sino preparaos a conocer los designios que medito,
designios que se o no se ejecutarán, según la opinión que emitáis. Por
el fuego que calienta el limo del Nilo, parto de aquí, tu soldado, tu
servidor, pronto a hacer la paz o la guerra, según lo estimes.
CLEOPATRA
Córtame este lazo, Carmiana, ven; pero no, déjale; estoy bien o mal en
un abrir y cerrar de ojos; así ama Antonio.
ANTONIO
Mi preciosa reina, excusa y concede una entera confianza al amor del
que va a someterse a una prueba honrosa.
CLEOPATRA
El ejemplo de Fulvia me ha alentado. Te lo ruego, vuélvete y llora sobre
ella; dame luego tu adiós y di que esas lágrimas pertenecen a la reina
de Egipto. Vamos, querido mío, represéntame una escena de excelente
disimulo y que dé la ilusión del perfecto honor.
ANTONIO
Me vais a quemar la sangre. ¡Basta!
CLEOPATRA
Podéis hacerlo mejor todavía; pero ya está bien.
ANTONIO
Te juro por mi espada ...
CLEOPATRA
¡Y por vuestra rodela! Hay progreso, pero no llega aún a la perfección.
Te lo ruego, Carmiana; mira cómo este romano, descendiente de
Hércules, hace honor a las formas de su antepasado.
ANTONIO
Voy a dejaros, señora.
CLEOPATRA
Una palabra cortés, señor, vos y yo debemos separarnos, pero no es
esto lo que quería decir: vos y yo nos hemos amado, pero no es esto;
eso lo sabéis perfectamente bien. Quería decir algo ... ¡Oh, mi memoria
es un verdadero caos, Antonio y todo se me ha olvidado!
ANTONIO
Si no fuera porque Vuestra Majestad cuenta a la ociosidad por súbdito,
os tomaría por la ociosidad misma.
CLEOPATRA
Es una labor fatigosa llevar semejante ociosidad cerca del corazón,
como la lleva Cleopatra. Pero, señor, perdonadme, puesto que las cosas
que me placen me matan desde que no son vistas por vos con buenos
ojos. ¡Que vuestro honor os haga acordaros de aquí; sed, pues, sordo a
mi locura y que todos los dioses vayan con vos! ¡Que la victoria,
coronada de laureles, guíe vuestra espada! ¡Que un fácil éxito se eleve
sobre cada uno de vuestros pasos!
ANTONIO
Salgamos. Venid. Nuestra separación es de un carácter a la vez tan
sedentario y tan ágil, que tú, residiendo aquí, partes, sin embargo,
conmigo, y yo, ál huir de aquí, quedo aquí contigo. ¡Partamos!(Salen).
Escena cuarta
Roma. Aposento en la casa de César.
Entran Octavio César, Lépido y gente de su séquito.
CÉSAR
Ya lo veis, Lépido, y desde ahora lo sabréis, no es un vicio natural en
César el odiar a nuestro gran colega. He aquí las novedades de
Alejandría: pesca, bebe y gasta en orgías las lámparas de la noche. No
es más viril que Cleopatra, ni la reina descendiente de los Ptolomeos es
más femenina que él. Con trabajo se ha dignado conceder audiencia o
reconocer que tenía colegas. Estas cartas os le presentarán como un
resumen de todos los defectos que extravían a la naturaleza humana.
LÉPIDO
No puedo creer que estos defectos sean tan grandes que oscurezcan
todas sus perfecciones. Sus vicios son comparables a esas manchas
luminosas del cielo, más resplandecientes cuanto más oscura es la
noche; son hereditarios antes que adquiridos y no puede cambiarlos
antes que no los ha buscado.
CÉSAR
Sois demasiado indulgente en que no es una falta revolverse en el lecho
de los Ptolomeos, dar un reino por una carcajada, sentarse y alternar
bebiendo con un esclavo, tambalearse de borrachera por las calles en
pleno mediodía, y darse de puñetazos con bribones que huelen a sudor.
Decid que esto le conviene, y será preciso que su organismo sea de una
rara composición para no ensuciarse con esas cosas. Pero Antonio no
tiene ninguna excusa por sus mancillas, cuando su ligereza nos impone
tan pesado fardo. Si no emplease en sus voluptuosidades más que sus
ocios, la indigestión y el agotamiento bastarían para hacerle pagar su
conducta; pero desperdiciar un tiempo que le llama a abandonar sus
placeres con voz de tambor, y que le habla tan alto como su fortuna y la
nuestra ... esto merecería que se le riñera duramente, como reñimos a
los muchachos que, ya maduros por el discernimiento, ponen bajo llave
su experiencia para dar libertad a sus placeres presentes y se
revuelven así contra el buen juicio.
(Entra un mensajero).
LÉPIDO
Aquí hay más noticias.
MENSAJERO
Tus órdenes han sido ejecutadas, y de hora en hora, muy noble César,
recibirás un parte sobre lo que pasa. Pompeyo se hace fuerte en el mar,
y parece muy amado de aquellos a quienes César no inspiraba otro
sentimiento que el temor. Los descontentos se trasladan a los puertos,
y la opinión le presenta como un hombre al que se ha hecho gran daño.
CÉSAR
No debí esperar menos. La historia nos enseña, desde el origen del
primer estado, que el hombre no fue deseado en el poder sino hasta
que estuvo en él, y que el hombre caído, que no fue nunca amado y
jamás digno de amor, se convierte en querido desde que no se le tiene.
La multitud, parecida a un gladiolo vagabundo sobre la corriente, va y
viene, obedeciendo con servilismo al movimiento cambiante de las olas
y pudriéndose por su misma agitación.
MENSAJERO
César, te traigo la noticia de que Menécrates y Menas, piratas famosos,
esclavizan el mar, que surcan y hieren con quillas de todas clases.
Hacen en Italia muchas incursiones violentas; a los habitantes de las
localidades ribereñas del mar les falta valor para resistirles, y los
jóvenes se rebelan, exasperados. Ninguna nave puede darse a la vela
que no sea capturada tan pronto como percibida; pues el solo nombre
de Pompeyo inspira más miedo que el que inspirara su ejército puesto
a librar batalla.
CÉSAR
Antonio, deja tus lascivas francachelas. Cuando en otra época fuiste
echado de Módena, donde mataste a los cónsules Hirtius y Pansa, el
hambre te siguió tras los talones, y combatiste contra ella, aunque
educado en el regalo, con una paciencia que habría cansado a los
salvajes. Bebiste la orina de los caballos y del cenagal amarillento que
habría hecho reventar a las bestias. Tu paladar no desdeñó entonces la
mora más agria de la zarza más espinosa. Sí, como el ciervo, cuando la
nieve extiende su manto sobre los pastos, ramoneaste las cortezas de
los árboles; se refiere que sobre los Alpes comiste de una carne extraña
que hizo morir varios hombres de sólo mirarla. Y todo esto (es un
ultraje para tu honor que me sea preciso relatado ahora), lo soportaste
tan a la manera de un soldado, que tu rostro no sufrió alteración
ninguna.
LÉPIDO
Es para compadecerle.
CÉSAR
Que sus vergüenzas le empujen rápidamente a Roma. Ya es hora de que
nos mostremos juntos en el campo de batalla, y a este fin nos es preciso
reunir inmediatamente nuestro Consejo. Pompeyo prospera a causa de
nuestra indolencia.
LÉPIDO
Mañana, César, estaré en situación de informarte exactamente de las
fuerzas de tierra y de mar que mis medios me permiten oponer a las
necesidades presentes.
CÉSAR
Hasta esa entrevista, parecidos cuidados me ocuparán por mi parte.
Adiós.
LÉPIDO
Adiós, señor; si durante este intervalo adquirís noticias de lo que pasa,
hacédmelas saber, os lo suplico.
CÉSAR
No lo dudéis, señor; sé que es una de mis obligaciones.
(Salen).
Escena quinta
Alejandría... Una estancia en el palacio.
Entran Cleopatra, Carmiana, Iras y Mardian.
CLEOPATRA
¡Carmiana!
CARMIANA
¿Señora?
CLEOPATRA
¡Eh! Dame a beber mandrágora.
CARMIANA
¿Por qué, señora?
CLEOPATRA
Para que pueda dormir gran lapso en que mi Antonio va a permanecer
ausente.
CARMIANA
Pensáis demasiado en él.
CLEOPATRA
¡Oh! ¡Eso es una traición!
CARMIANA
Estoy segura de que no, señora.
CLEOPATRA
¡Eunuco Mardián!
MARDIÁN
¿Qué desea Vuestra Alteza?
CLEOPATRA
No te llamo ahora para oírte cantar; no me agrada lo que pueda hacer
un eunuco. Eres feliz con estar castrado, puesto que de esa suerte tus
pensamientos no pueden tomar un vuelo libre lejos de Egipto. ¿Tienes
pasiones?
MARDIÁN
Sí, graciosa señora.
CLEOPATRA
¿En verdad?
MARDIÁN
No en verdad, señora; pues no puedo hacer sino lo que es
verdaderamente honesto. Pero tengo terribles pasiones, y pienso en lo
que Marte hizo con Venus.
CLEOPATRA
¡Oh, Carmiana! ¿Dónde piensas que esté en este instante? ¿De pie o
sentado? ¿Se pasea o va a caballo? ¡Oh, caballo feliz con llevar el peso
de Antonio! ¡Marcha orgulloso, caballo! Pues ¿sabes bien a quién
llevas? Al semi-Atlas de esta tierra, brazo y borgoñota del género
humano. (Ahora habla entre sí o murmura): ¿Dónde está mi serpiente
del viejo Nilo?, porque así es como me llama. -Vamos, he ahí que me
nutro del más delicioso veneno-. ¿Pensar en mí, que estoy negra por las
amorosas erosiones de Febo, y profundamente arrugada por los años?
César de frente despejada: cuando estabas vivo y aquí, era yo un
bocado de rey, entonces el gran Pompeyo permanecía inmóvil y fijaba
sus ojos en mi cara; y hubiera querido echar el ancla de su vista, y
morir mirando el ser que era su vida.(Entra Alejas).
ALEJAS
¡Salud, soberana de Egipto!
CLEOPATRA
¡Qué poco te pareces a Marco Antonio! Sin embargo, como acabas de
abandonarle, este poderoso elixir ha bastado para dorarte con su tinte.
¿Cómo van las cosas con mi bravo Marco Antonio?
ALEJAS
La última que ha hecho, querida reina, ha sido besar -el último de los
besos mil veces redoblados- esta perla de Oriente. En cuanto a sus
palabras, están adheridas a mi corazón.
CLEOPATRA
Mi oído debe arrancarlas de él.
ALEJAS
Mi buen amigo -exclamó- refiere que el firme romano envía a la gran
egipcia este tesoro de una ostra; para reparar lo que este presente
tiene de mezquino, decoraré con reinos su trono opulento; todo el
Oriente, díselo bien, la llamará su reina. Enseguida hizo una señal de
cabeza, y luego montó gravemente un corcel guerrero, que relinchó tan
fuerte, que me habría dejado bestialmente mudo si hubiera querido
hablar.
CLEOPATRA
Vamos, ¿estaba triste o alegre?
ALEJAS
Estaba como la estación del año que fluctúa entre los extremos del
calor y del frío, ni triste ni alegre.
CLEOPATRA
¡Oh, la disposición felizmente simétrica! Nótalo bien, nótalo bien, mi
buena Carmiana, he ahí el hombre; pero nótalo bien: no estaba triste,
porque no quería privar de la luz de sus ojos a los que modelan sus
miradas en la suya; no estaba lo que parecía decirles, que sus
recuerdos se hallaban en Egipto con sus alegrías; pero se mantenía en
un término medio. ¡Oh, la celeste mezcla! Estés triste o gozoso, el
exceso de la una o de la otra pasión, te adorna como no adorna a
ningún otro hombre. ¿Has encontrado mis correos?
ALEJAS
Sí, señora; veinte mensajeros diferentes. ¿Por qué los habéis enviado
tan seguidos?
CLEOPATRA
El que nazca el día en que yo me olvide de enviar un mensaje a Antonio,
morirá en la indigencia. Papel y tinta, Carmiana. Bienvenido seas, mi
buen Alejas. Carmiana, ¿amé tanto alguna vez al César?
CARMIANA
¡Oh, aquel bravo César!
CLEOPATRA
¡Que te asfixie tu exclamación, si la reanudas! Di, ¡oh, el bravo Antonio!
CARMIANA
¡El valiente César!
CLEOPATRA
Por Isis, voy a ensangrentarte los dienté$ si parangonas de nuevo a
César con mi más grande de los hombres.
CARMIANA
Con vuestro muy gracioso perdón, no hago más que cantar vuestro
propio aire de otro, tiempo.
CLEOPATRA
Eran mis días de inexperiencia juvenil, cuando estaba verde aun mi
juicio, y mi sangre fría. ¡Venir hoy a repetirme lo que decía entonces!
Pero salgamos, salgamos; ve a buscarme tinta y papel; recibirá cada día
un mensaje de ternura, aunque tuviese que despoblar Egipto.
(Salen).
ACTO II
Escena primera.
Mesina. Aposento en la casa de Pompeyo.
Entran Sexto Pompeyo, Menécrates y Menas.
POMPEYO
Si los poderosos dioses son justos, ayudarán las empresas de hombres
justísimos..
MENÉCRATES
Sabed, noble Pompeyo, que lo que retrasan, no lo niegan.
POMPEYO
Mientras solicitamos a los pies de sus tronos, lo que solicitamos se
desploma.
MENÉCRATES
Siendo, como somos, ignorantes de nosotros mismos, a menudo
solicitamos nuestro propio mal, que su sabiduría suprema nos niega
para nuestro bien, de suerte que encontramos nuestro provecho al
perder nuestras súplicas..
POMPEYO
Triunfaré. El pueblo me ama y la mar es mía; mi poder se agranda y mis
esperanzas me presagian que se realizarán enteramente. Marco
Antonio está de festines en Egipto, y no saldrá de ellos más que para
hacer la guerra. César recolecta dinero a costa del afecto de los
corazones. Lépido adula al uno y al otro, y es adulado por el uno y el
otro; pero no ama a ninguno de los dos ni ninguno de los dos se
preocupa por él.
MENAS
César y Lépido están en el campo de batalla; conducen un poderoso
ejército.
POMPEYO
¿Por quién lo sabéis? Es falso.
MENAS
Por Silvio, señor.
POMPEYO
Sueña; sé que están reunidos en Roma esperando a Antonio. Pero ¡oh;
lúbrica Cleopatra! ¡Que todos los encantos del amor suavicen tus labios
marchitos! ¡Que la hechicería se una en ti a la belleza, y la lascivia a la
una y la otra! Encadena al libertino en un campo de fiestas; mantén su
cerebro en ebullición; que los cocineros epicúreos agucen su apetito
por medio de salsas estimulantes, a fin de que el sueño y la buena
comida amodorren su honor hasta que haya caído en un letargo del
Leteo.
(Entra Varrio).
POMPEYO
¡Hola, Varrio! ¿Qué ocurre?
VARRIO
He aquí la noticia más cierta que puedo daros. En Roma se espera a
Marco Antonio de un momento a otro. Desde que partió de Egipto,
habría podido terminar un viaje más largo.
POMPEYO
Gustoso hubiera prestado oídos a un asunto menos serio. Menas, no
pensé que ese enamorado glotón se pusiera su casco por una guerra
tan mezquina. Su talento militar vale por dos veces el de los otros dos;
pero elevemos tanto más la opinión de nosotros mismos, puesto que
nuestra entrada en campaña ha podido arrancar del regazo de la viuda
egipcia a ese Antonio de insaciable lujuria.
MENAS
No creo que César y Antonio vuelvan a verse con buenos ojos. Su
mujer, que está muerta, había inferido ofensas a César; su hermano le
ha hecho la guerra, aunque, en mi opinión, no fueron excitados por
Antonio.
POMPEYO
No sé, Menas, hasta qué punto esas enemistades menores pueden
ceder a una más grande. Si no nos hubiésemos alzado contra todos
ellos, es evidente que se tirarían de los pelos entre sí, porque tienen
bastantes motivos para sacar sus espadas los unos contra los otros.
Pero ignoramos todavía hasta qué punto el miedo que tienen de
nosotros puede cimentar sus divisiones y encadenar sus pequeñas
querellas. Mas ¡cúmplase la voluntad de los dioses! Lo único cierto es
que nos va la vida en hacer uso de todas nuestras fuerzas. Ven, Menas.
(Salen).
Escena segunda
Roma. Una habitación en la casa de Lépido.
Entran Enorbarbo y Lépido.
LÉPIDO
Buen Enobarbo, es un acto noble y que os hará gran honor el de
suplicar a vuestro capitán que sea dulce y afable en su lenguaje.
ENOBARBO
Le suplicaré que tenga su lenguaje conforme a su carácter. Si César le
irrita, mire de Antonio a César por encima del hombro y hable tan alto
como Marte. ¡Por Júpiter, si yo llevase la barba de Antonio, no me la
afeitaría hoy!
LÉPIDO
Éste no es el tiempo de querellas particulares.
ENOBARBO
Todos los tiempos son buenos para los asuntos que hacen surgir.
LÉPIDO
Pero los pequeños asuntos deben ceder el puesto a los más grandes.
ENOBARBO
No así, si los más pequeños llegan los primeros.
LÉPIDO
Vuestro lenguaje no es más que pasión. Pero, os lo ruego, no remováis
las cenizas calientes. Aquí viene el noble Antonio.
(Entran Antonio y Ventidio).
ENOBARBO
Y állí César.
(Entran César, Mecenas y Agripa).
ANTONIO
Si llegamos a entendernos, hay que proceder enseguida contra los
Partos. ¿Escucháis, Ventidio?
CÉSAR
No sé, Mecenas; preguntad a Agripa.
LÉPIDO
Nobles amigos, el motivo que nos asoció fue muy grande; no
permitamos que el acto más útil nos divida. Que lo malo que ha pasado
sea oído con dulzura; cuando discutimos con calor nuestras miserables
diferencias, cometemos asesinatos queriendo curar heridas. Así, nobles
colegas, aunque no fuese más que en consideración a las súplicas que
os dirijo, os ruego que toquéis los puntos más sensibles con los
términos más dulces y que no se mezcle ninguna iracundia en la
discusión.
ANTONIO
Bien hablado. Aun cuando estuviéramos delante de nuestros ejércitos y
a punto de combatir, no obraría de otra manera.
CÉSAR
Sed bienvenido a Roma.
ANTONIO
Os doy las gracias.
CÉSAR
Sentaos.
ANTONIO
Sentaos, señor.
CÉSAR
Pues bien, en ese caso ...
ANTONIO
Me entero de que tomáis a mal cosas que no deben tomarse así, o que,
si son malas, no os afectan.
CÉSAR
Sería digno de risa si me considerara ofendido por nada o por poca
cosa, más todavía con vos que con cualquier otro hombre del mundo; y
me prestaría más aún a la risa si me hubiera ocurrido una Vez siquiera
pronunciar vuestro nombre con reproches, cuando no me convenía
pronunciarlo.
ANTONIO
¿Qué os importaba mi estancia en Egipto, César?
CÉSAR
No más que mi estancia aquí, en Roma, os importaba en Egipto. Sin
embargo, si desde allí intrigabais contra mi poder, vuestra estancia en
Egipto podía inquietarme.
ANTONIO
¿Qué entendéis por intrigar?
CÉSAR
Fácilmente podéis comprender mi pensamiento, si queréis acordaros
de lo que me ha sucedido aquí. Vuestra mujer y vuestro hermano me
han hecho la guerra. Erais el pretexto de su hostilidad, erais la palabra
de consigna de sus guerras.
ANTONIO
Os equivocáis. Jamás mi hermano me tomó por pretexto de su acción;
me he informado, y mi conocimiento de los hechos lo extraigo de las
relaciones exactas de aquellos que han sacado la espada por vos. ¿Es
que no atacaba mi autoridad tanto como la vuestra? ¿Es que no hacía la
guerra contra mis propios intereses, puesto que mi causa era también
la vuestra? Mis cartas han debido daros toda satisfacción a este
respecto. Si queréis provocar una querella, como no tenéis pretexto
nuevo qué emplear, no es tramando éste como la conseguiréis.
CÉSAR
Encontráis medios de discerniros alabanzas, imputándome faltas de
juicio; pero peliáis mal vuestras excusas.
ANTONIO
No, no, no podía ser, estoy seguro, de que este pensamiento tan natural
se os escapase: que yo, vuestro aliado en la causa contra la cual
combatía, no podía ver con ojos satisfechos una guerra que turbaba mi
propia paz. En cuanto a mi mujer, os desearía que hallaseis su alma en
otra. El tercio del mundo es vuestro, y os es fácil llevarle cómodamente
con un bridón, pero una esposa así, no.
ENOBARBO
¡Rogad al cielo que tuviésemos todos tales esposas! Los hombres
podrían entonces ir a la guerra con las mujeres.
ANTONIO
Indomable como era, os concedo con pena, César, que los alzamientos
provocados por su impaciencia, y que no carecían, sin embargo, de
habilidad política, os han causado demasiada inquietud; pero debéis
concederme también, al menos, que nada podía hacer yo en ello.
CÉSAR
Os escribí cuando estabais en pleno libertinaje en Alejandría; os
metisteis mis cartas en el bolsillo y negasteis audiencia a mi correo con
sarcasmos y burlas.
ANTONIO
Señor, se presentó delante de mi antes de ser admitido; acababa de dar
una fiesta a tres reyes y en aquel momento no era el mismo que por la
mañana; pero al día siguiente le di unas explicaciones, lo que equivalía
a pedirle perdón. Que este muchacho no entre para nada en nuestra
disputa. Si hemos de querellamos, pongámosle fuera de discusión.
CÉSAR
Habéis quebrantado el artículo de vuestro compromiso, lo que nunca
me podréis reprochar a mi.
LÉPIDO
¡Calma, César!
ANTONIO
No, Lépido; déjale hablar; el compromiso de honor a que alude,
suponiendo que yo haya faltado a él, es sagrado. Pero continua, César;
el artículo de mi compromiso ...
CÉSAR
Consistía en prestarme vuestras armas y vuestra ayuda cuando las
pidiera, y me habéis negado ambas.
ANTONIO
Descuidado en concedéroslas, más bien, y esto cuando horas
emponzoñadas me habían privado enteramente del conocimiento de
mí mismo. Quiero mostrarme tan arrepentido como sea posible ante
vos; pero mi dignidad no consentirá jamás humillar mi grandeza, ni mi
poder obrar sin el concurso de mi dignidad. La verdad es que Fulvia
hizo aquí la guerra para arrancarme de Egipto, acontecimiento por el
cual yo, que fui pretexto sin quererlo, os pido perdón tanto como
conviene a mi honor humillarse en tales circunstancias.
LÉPIDO
He ahí un noble lenguaje.
MECENAS
Haced el favor de no insistir más en vuestros mutuos agravios.
Olvidarlos por completo equivaldría a traer a vuestro recuerdo que la
hora presente os habla de la necesaria reconciliación.
LÉPIDO
Noblemente hablado, Mecenas.
ENOBARBO
Por otra parte, si queréis prestaros por el momento un afecto
recíproco, podréis reanudar vuestros agravios cuando no oigáis más
hablar de Pompeyo. Tiempo tendréis de disputar cuando no tengáis
otra cosa que hacer.
ANTONIO
Eres sólo un soldado. No hables más.
ENOBARBO
Casi había olvidado que la verdad debe ser silenciosa.
ANTONIO
Faltáis al respeto de esta asamblea; así, no habléis más.
ENOBARBO
Pues bien, proseguid; heme aquí mudo como una piedra.
CÉSAR
La forma de su discurso es lo que yo condenaría, pero no el fondo,
porque no puede ser que continuemos aliados con maneras de obrar
tan diferentes. Sin embargo, si supiera que existe un círculo capaz de
mantenernos estrechamente unidos, iría de un extremo a otro del
mundo para encontrarle.
AGRIPA
Dame permiso, César ...
CÉSAR
Habla, Agripa.
AGRIPA
Tienes una hermana por parte de madre, Octavia, objeto de todas tus
admiraciones. El gran Marco Antonio está ahora viudo.
CÉSAR
No hables así, Agripa; si Cleopatra te oyese, sus reprimendas
castigarían muy justamente la temeridad de tu lenguaje.
ANTONIO
No estoy casado, César; permitidme que continúe escuchando a Agripa.
AGRIPA
Si queréis estar unidos con los lazos de una amistad perpetua, haceros
hermanos y enlazar vuestros corazones con un nudo indisoluble, es
preciso que Antonio tome por esposa a Octavia, cuya belleza no
reclama por marido menos que el más eminente de los hombres, cuya
virtud y gracias de todo género hablan un lenguaje que ninguna otra
podría hablar. Por este matrimonio, todos esos pequeños celos que
ahora parecen tan grandes y todos esos grandes temores que
amenazan con sus peligros, quedarían reducidos a la nada. El amor que
ella tendría por ambos os encadenaría el uno al otro y os aseguraría los
corazones de todos los que arrastrase tras de sí. Perdonadme lo que he
dicho; no es un pensamiento espontáneo, sino estudiado, elaborado
por mi abnegación.
LÉPIDO
¿Quiere hablar César?
CÉSAR
No antes de que se haya enterado hasta qué punto está impresionado
Antonio por lo que acaba de decirse.
ANTONIO
Y si yo dijese: Agripa, sea ello así, ¿qué poder tendría Agripa para
realizar este deseo?
CÉSAR
El poder de César y el poder del mismo César sobre Octavia.
ANTONIO
¡Ojalá no sueñe nunca con un obstáculo para este noble proyecto que
se presenta tan felizmente! Dame tu mano; persevera en este acto de
gracia; y que a partir de esta hora un mismo corazón fraternal gobierne
nuestro afecto mutuo y dirija nuestros grandes designios.
CÉSAR
Aquí está mi mano. Os lego una hermana que nunca fue amada tan
tiernamente por su hermano. Que viva para unir nuestros reinos y
nuestros corazones. ¡Y que nuestro amor jamás llegue a extinguirse!
LÉPIDO
Amén, digo a este voto feliz.
ANTONIO
No soñaba con sacar mi espada contra Pompeyo, porque me ha dado
muy recientemente raras y grandes pruebas de cortesía. Debo enviarle
las gracias para que no me acuse de tener mala e ingrata memoria;
hecho lo cual, puedo declararme su enemigo.
LÉPIDO
El tiempo apremia. Nos es preciso buscar a Pompeyo inmediatamente,
o será él quien se nos adelante.
ANTONIO
¿Dónde se encuentra?
CÉSAR
En los alrededores de Monte Miseno.
ANTONIO
¿Cuáles son sus fuerzas de tierra?
CÉSAR
Grandes y crecientes. Pero en el mar es dueño absoluto.
ANTONIO
Es lo que se dice. ¡Que no hayamos podido conversar juntos!
Apresurémonos a atacarle; sin embargo, antes de tomar las armas
acabemos el asunto de que hemos hablado.
CÉSAR
Con la mayor alegría, y os invito a venir a ver a mi hermana, a cuya casa
voy a conduciros sin demora.
ANTONIO
No nos privéis de vuestra compañía, Lépido.
LÉPIDO
Noble Antonio, la enfermedad misma no podría retenerme.
(Trompetería. Salen César, Antonio y Lépido).
MECENAS
¡Sed bienvenido a vuestra vuelta de Egipto, señor!
ENOBARBO
¡El digno Mecenas la mitad del corazón de César! ¡Mi honorable amigo
Agripa!
AGRIPA
¡Mi buen Enobarbo!
MECENAS
Tenemos motivo para estar contentos de que se hayan arreglado los
asuntos tan bien. ¿Habéis hecho buena estancia en Egipto?
ENOBARBO
Sí, señor; dormíamos durante el día abochornado, y se nos hacían
cortas las noches bebiendo.
MECENAS
Ocho jabalíes salvajes asados enteros para un solo almuerzo, y doce
comensales solamente. ¿Es verdad?
ENOBARBO
¡Oh! Eso no era más que una mosca comparada con un águila. Hemos
tenido festines mucho más extraordinarios y dignos de contarse.
MECENAS
Ella es una dama irresistible, si su reputación dice verdad.
ENOBARBO
Desde su primer encuentro con Marco Antonio, se metió su corazón en
su bolsa; fue sobre el río Cidno.
AGRIPA
Allí apareció, en efecto; o el que me lo ha referido se la imaginó
felizmente.
ENOBARBO
Vaya contároslo. La galera en que iba sentada, resplandeciente como
un trono, parecía arder sobre el agua. La popa era de oro batido; las
velas, de púrpura, y tan perfumadas, que se dijera que los vientos
languidecían de amor por ellas; los remos, que eran de plata,
acordaban sus golpes al son de flautas y forzaban al agua que batían a
seguir más a prisa, como enamorada de ellos. En cuanto a la persona
misma de Cleopatra, hacía pobre toda descripción. Reclinada en su
pabellón, hecho de brocado de oro, excedía a la pintura de esa Venus,
donde vemos, sin embargo, a la imaginación sobrepujar la naturaleza.
En cada uno de sus costados se hallaban lindos niños con hoyuelos,
semejantes a Cupidos sonrientes, con abanicos de diversos colores. El
viento parecía encenderles las delicadas mejillas, al mismo tiempo que
las refrescaba, haciendo así lo que deshacía.
AGRIPA
¡Oh, espléndido espectáculo para Antonio!
ENOBARBO
Sus mujeres, parecidas a las nereidas, como otras tantas sirenas,
acechaban con sus ojos los deseos y añadían a la belleza de la escena la
gracia de sus inclinaciones. En el timón, una de ellas, que podría tornar
por sirena, dirige la embarcación; el velamen de seda se infla bajo la
maniobra de esas manos suaves como las flores, que llevan a cabo
listamente su oficio. De la embarcación se escapa invisible un perfume
extraño, que embriaga los sentidos del malecón adyacente. La ciudad
envía su población entera a su encuentro, y Antonio queda solo,
sentado en su trono, en la plaza pública, silbando al aire qUe, si hubiera
podido hacerse reemplazar, habría ido también a contemplar a
Cleopatra, y creado un vacío en la Naturaleza.
AGRIPA
¡Maravillosa egipcia!
ENOBARBO
En cuanto hubo desembarcado, Antonio le envió un mensajero y la
invitó a cenar. Ella respondió que estaría mejor que él fuera su huésped
e insistió por que se hiciese así. Nuestro cortés Antonio, a quien jamás
mujer alguna le oyó decir que no, después de haberse hecho afeitar
diez veces, se persona en el festín y allí, a escote, da su corazón en pago
de lo que sus ojos sólo habían comido.
AGRIPA
¡Real cortesana! Forzó al gran César a acostar en su lecho su espada; él
la labró y ella extrajo la cosecha.
ENOBARBO
La he visto una vez saltar a la pata coja cuarenta pasos en la calle, y
cuando perdió la respiración, habló y se agitó de tal suerte, que hizo de
este desfallecimiento una perfección, y de la falta de respiro exhaló un
poder de seducción.
MECENAS
Ahora Antonio la abandonará definitivamente.
ENOBARBO
Nunca; no querrá; la edad no puede marchitarla, ni la costumbre
debilitar la versatilidad infinita que hay en ella. Las demás mujeres
sacian los apetitos a que dan pasto; pero ella, cuanto más satisface el
hambre, más la despierta; pues infunde en cosaS más viles tal atractivo,
que los santos sacerdotes la bendicen cuando está rijosa.
MECENAS
Si la belleza, la sabiduría, el pudor pueden sentar el corazón de
Antonio, Octavia será para él un feliz regalo.
AGRIPA
Partamos. Mi buen
permanezcáis aquí.
Enobarbo,
sed
ENOBARBO
Os lo agradezco muy humildemente, señor.
(Salen).
mi
convidado
mientras
Escena tercera
Roma. Salón en el palacio de César.
Entran César, Antonio y Octavia en medio, con gente de sus séquitos.
ANTONIO
El mundo y mis grandes deberes me arrancarán alguna vez de vuestros
brazos.
OCTAVIA
Durante ese tiempo, mis oraciones, arrodillada ante los dioses, les
suplicarán por vos.
ANTONIO
Buenas noches, señor. Octavia mía, no juzgues de mis faltas por los
relatos del mundo. No he seguido siempre la línea recta, pero en el
porvenir será regular mi conducta. Buenas noches, querida dama.
OCTAVIA
Buenas noches, señor.
CÉSAR
Buenas noches.
(Salen César y Octavia. Entra el adivino).
ANTONIO
Vamos a ver, bribón, ¿echas de menos Egipto?
ADIVINO
¡Ojalá nunca hubiese salido de él, ni vos hubierais venido aquí!
ANTONIO
¿Vuestra razón, si es posible?
ADIVINO
Se trata de un presentimiento, pero mi lengua no quisiera revelarlo. No
obstante, apresuraos a volver a Egipto.
ANTONIO
Dime, ¿a quién elevará más alto la fortuna, a César o a mí?
ADIVINO
A César. Por consiguiente, ¡oh, Antonio!, no continúes a su lado. Tu
demonio, es decir, el espíritu que te protege, es noble, valiente,
educado, incomparable, mientras el de César no lo es de ningún modo.
Pero cuando estás cerca de él, tu buen ángel se sobrecoge de espanto,
como si estuviera dominado. Así, abre un espacio suficiente entre los
dos.Menas.
ANTONIO
No me hables más de eso.
ADIVINO
No hablo de ello más que a ti y no hablaré sino cuando me sea preciso
hablar te en persona de este asunto. A cualquier juego que juegues con
él, ten la evidencia de perder; por su suerte natural, te vence contra
todas las probabilidades. Tu resplandor se ensombrece cuando brilla
junto a ti. Te lo repito, tU buen genio teme ser doblegádo cuando él se
te aproxima; pero una vez que ha partido, vuelve a ser noble.
ANTONIO
Vamos, vete. Di a Ventidio que quisiera hablarle. (Sale el Adívíno). Irá a
Partia. Este hombre ha dicho la verdad, sea en virtud de su arte o por
casualidad. Los mismos dados obedecen a César, y en nuestros recreos,
mi destreza superior sucumbe ante su suerte. Si extraemos al albur, es
él quien gana; sus gallos consiguen siempre la victoria en su lucha con
los míos, y sus codornices baten siempre a las mías contra todas las
eventualidades y las echan fuera del circo. Iré a Egipto. Aunque
contraiga este matrimonio por tener paz, es en Egipto donde está mi
placer. (Entra Ventidio). ¡Oh! Venid, Ventidio. Es necesario que
marchéis al país de los Partos. Vuestro mandato está extendido.
Seguidme y lo recibiréis.
(Salen).
Escena cuarta
Roma. Una calle.
Entran Lépido, Mecenas y Agripa.
LÉPIDO
Os lo ruego, no os molestéis más. Despachad para reuniros con
vuestros generales.
AGRIPA
Señor, Marco Antonio sólo pide el tiempo preciso para besar a Octavia,
y enseguida partimos.
LÉPIDO
Pues bien, adiós. Hasta que os vuelva a ver con vuestro uniforme de
soldado, que os sentará admirablemente a los dos.
MECENAS
Me doy cuenta exacta del viaje. Estaremos antes que vos en el Monte
Miseno, Lépido.
LÉPIDO
Vuestro camino es el más corto. Mis proyectos me harán efectuar
largos rodeos. Me llevaréis dos días de ventaja.
MECENAS y AGRIPA
(A la vez). ¡Buen éxito, señor!
LÉPIDO
Adiós.
(Salen).
Escena quinta
Alejandría. Una sala en el palacio.
Entran Cleopatra, Carmiana, Iras, Alejas y gente del séquito.
CLEOPATRA
Hacedme música ..., música; alimento espiritual de los que vivimos del
amor.
UNO DEL SÉQUITO
¡Música, pronto!
(Entra Mardián).
CLEOPATRA
No, que no se le llame; vamos a jugar al billar. Ven, Carmiana.
CARMIANA
Me duele el brazo; mejor sería que jugarais con Mardián.
CLEOPATRA
Para una mujer tanto vale jugar con un eunuco como con una mujer.
Vamos, ¿queréis jugar conmigo, señor?
MARDIÁN
Haré lo que pueda, señora.
CLEOPATRA
Cuando se muestra buena voluntad, aunque haya insuficiencia, el actor
tiene derecho a rogar que se le excuse. No quiero jugar ya. Dadme mi
caña de pescar; iremos al río. Y allí, mientras toca la música a lo lejos,
traicionaré a los peces de aletas oscuras; mi anzuelo, sumergido,
atravesará sus bocas fangosas, y cuando los saque, me imaginaré que
cada uno de ellos es un Antonio y le diré: ¡Ah, ja, estáis atrapado!
CARMIANA
Lo pasamos muy bien el día en que hicisteis apuestas a quién pescaría
más, y en que vuestro buzo adhirió al anzuelo de Antonio un pescado
salado, que sacó del agua con verdadera ilusión.
CLEOPATRA
Aquel día -¡oh qué tiempo aquél!- me reí para hacerle perder la
paciencia; y por la noche, me reí para calmársela; y a la mañana
siguiente, antes de la hora de nona, le embriagué hasta hacerle meter
en la cama; entonces le puse encima mis vestidos y mis abrigos,
mientras me ceñí su espada filipense. (Entra un mensajero). ¡Oh, un
mensajero de Italia! Relléname con tu provisión de noticias mis oídos,
tanto tiempo vacíos de ellas.
MENSAJERO
Señora, señora ...
CLEOPATRA
¿Ha muerto Antonio? ... Si es eso lo que me dices, villano, matas a tu
ama. Pero si vienes a decirme que goza de buena salud y está libre, si
así me lo describes, aquí tienes oro, y aquí un beso de mis venas de
sangre azul de la más pura; una mano que los reyes han tocado con sus
labios y besado temblorosos.
MENSAJERO
Primero, señora, goza de buena salud.
CLEOPATRA
Pues bien, aquí tienes ya el oro. Pero, granuja, atención; tenemos
costumbre de decir que los muertos gozan de buena salud. Si hay que
entender así tus palabras, este oro que te doy lo haré fundir y verter
por tu garganta, órgano de desgracia.
MENSAJERO
Buena señora, escúchame.
CLEOPATRA
Bien, sigue, te escucharé; pero tu semblante no augura nada bueno. Si
Antonio está libre y en buena salud, ¿a qué viene esa fisonomía
desencajada para proclamar tan buenas noticias? Si no va bien,
debieras venir como una furia coronada de serpientes, y no como un
hombre de sangre fría.
MENSAJERO
¿Me haréis el favor de escucharme?
CLEOPATRA
Anda, dan ganas de pegarte antes de oírte. Sin embargo, si dices que
Antonio vive, que goza de buena salud, que es amigo de César, y no su
cautivo, haré caer una lluvia de oro y una granizada de ricas perlas
sobre ti.
MENSAJERO
Señora, goza de buena salud.
CLEOPATRA
Bien dicho.
MENSAJERO
Y es amigo de César.
CLEOPATRA
Eres un hombre honrado.
MENSAJERO
César y él son más grandes amigos que nunca.
CLEOPATRA
Hazte dar por mí una fortuna.
MENSAJERO
Pero, sin embargo, señora ...
CLEOPATRA
No me gusta ese pero. Atenúa tus buenas palabras precedentes. ¡Fuera
ese pero! Ese pero es como un carcelero encargado de hacer avanzar
algún malhechor espantoso. Te lo ruego, amigo mío; vierte de una vez
en mi oído el paquete de tus noticias, buenas y malas. Es amigo de
César, goza de buena salud, dices; y está libre, agregas.
MENSAJERO
¡Libre, señora! No, no he mencionado nada semejante. Está ligado a
Octavia.
CLEOPATRA
¿Por qué vínculo?
MENSAJERO
Por el mejor vínculo del lecho.
CLEOPATRA
Palidezco, Carmiana.
MENSAJERO
Señora, está casado con Octavia.
CLEOPATRA
¡Que la peste más maligna caiga sobre ti! (Le pega).
MENSAJERO
Buena señora, tened paciencia.
CLEOPATRA
¿Qué decís? ¡Fuera de aquí, horrible villano! (Le golpea de nuevo). O
vaya patear tus ojos delante de mí como pelotas; voy a arrancarte los
cabellos de la cabeza. (Le maltrata). Serás azotado con un látigo de
alambre, revolcado en la sal y cocerás lentamente en salmuera.
MENSAJERO
Graciosa señora, yo traigo las noticias; no he hecho la boda.
CLEOPATRA
Di que no es así, y te daré una provincia, una fortuna espléndida. Los
golpes que has recibido bastarán para que te perdone por haberme
encolerizado, y te concederé, además, cualquier don que tu condición
humilde pueda mendigarme.
MENSAJERO
Se ha casado, señora.
CLEOPATRA
Bribón, ya has vivido demasiado tiempo. (Saca un puñal).
MENSAJERO
¡Oh! Entonces voy a ponerme a salvo. ¿Qué pretendéis, señora? No he
cometido ofensa alguna.
(Sale).
CARMIANA
Mi buena señora, conteneos; ese hombre es inocente.
CLEOPATRA
Hay inocentes que no se escapan de los rayos. ¡Que Egipto se hunda en
el Nilo! ¡Y que todas las criaturas bienhechoras se cambien en
serpientes! Llamad a ese esclavo. Aunque esté loca, no le morderé.
Llamadle.
CARMIANA
Teme venir.
CLEOPATRA
No le haré daño. (Sale Carmiana). Se envilecerían estas manos si
pegaran a un inferior, cuando no tengo otro motivo que el que me he
dado yo misma. (Vuelven a entrar Carmiana y el mensajero). Venid
aquí, señor. Aunque sea honrado, nunca es bueno traer malas noticias.
Dad un ejército de lenguas a las buenas noticias; pero las malas nuevas
dejad que se relaten ellas mismas haciéndose sentir.
MENSAJERO
He cumplido mi deber.
CLEOPATRA
¿Se ha casado? No te puedo odiar más de lo que te odio, si me dices
todavía sí.
MENSAJERO
Se ha casado, señora.
CLEOPATRA
¡Los cielos te confundan! ¿Aún te atreves a persistir?
MENSAJERO
¿Habría de mentir, señora?
CLEOPATRA
¡Oh! Quisiera que hubieses mentido, aun cuando la mitad de mi Egipto
hubiera de sumergirse y transformarse en una cisterna de serpientes
escamosas. Anda, retírate de aquí. Aunque tuvieras realmente el rostro
de Narciso, me aparecerías, en verdad, repugnante. ¿Se ha casado?
MENSAJERO
Imploro perdón de Vuestra Alteza.
CLEOPATRA
¿Está casado?
MENSAJERO
No toméis a ofensa lo que no digo para ofenderos. Castigadme por
ejecutar lo que vos misma me ordenáis me parece muy injusto. Está
casado con Octavia.
CLEOPATRA
¡Oh! ¡Así el cielo hubiese hecho de ti, por su falta, un bellaco, que no lo
eres! ¡Cómo! ¿Estás seguro de ello? Parte de aquí. Las mercancías que
me has traído de Roma son demasiado caras para mí! ¡Ojalá se te
queden en los brazos y te arruinen!
(Sale el mensajero).
CARMIANA
Paciencia, buena Alteza.
CLEOPATRA
Al elogiar a Antonio he denigrado a César.
CARMIANA
Varias veces, señora.
CLEOPATRA
Ya estoy pagada. Condúceme fuera de aquí; me desmayo. ¡Oh, Iras,
Carmiana! ... ¡Bah! Poco importa. Ve a encontrar a ese muchacho, mi
buen Alejas; ordénale que te describa la persona de Octavia; que te
informe sobre su edad, sus inclinaciones y que no olvide el color de su
cabellera. Tráeme la respuesta acto seguido. (Sale Alejas). Que parta
para siempre ... Pero no, que no parta ... ¡Carmiana! ... Aunque está
pintado por un lado como una Gorgona, por el otro es un Marte. (A
Mardián). Ordenad a Alejas que me traiga los informes acerca de la
estatura de ella. Ten compasión de mí, Carmiana, pero no me hables.
Llévame a mi habitación.
(Salen).
Escena sexta
Cerca de Miseno.
Trompetería. Entran, por un lado, Pompeyo y Menas, con tambores y
trompetas; por el otro, César, Antonio, Lépido, Enobarbo, Mecenas, con
soldados en marcha.
POMPEYO
Tengo vuestros rehenes; vosotros tenéis los míos; podemos, pues,
conferenciar antes de combatir.
CÉSAR
Es de absoluta conveniencia que nos pongamos primero al habla, y por
eso nos hemos hecho preceder por nuestras proposiciones escritas; si
las has meditado, haznos saber si volverá tu espada descontenta a la
vaina y se restituirá a Sicilia toda esa juventud valerosa que, en caso
contrario, habrá de perecer aquí.
POMPEYO
¡Salud a vosotros tres, únicos senadores de este vasto universo,
principales agentes de los dioses! No comprendo por qué le habían de
faltar a mi padre vengadores, teniendo un hijo y amigos; puesto que
Julio César, cuyo fantasma visitó al bueno de Bruto en Filipos, os vio en
el mismo Filipos trabajar por vengarle. ¿Qué impulsó al débil Casio a
conspirar? ¿Qué animó a Bruto, que era un honrado romano, estimado
por todos, en compañía de los otros cortesanos armados de la
seductora libertad, a ensangrentar el Capitolio? ¿No era vuestro deseo
que un hombre no fuese más que un hombre? Pues he ahí la razón que
me ha hecho equipar una flota que haga espumajear al océano
embravecido bajo su peso, de la que pretendo servirme para castigar la
ingratitud que la perversa Roma ha mostrado con mi noble padre.
CÉSAR
Haced lo que os plazca.
ANTONIO
No puedes asustarnos con tus navíos, Pompeyo; te haremos frente en
el mar. En tierra ya sabes que te hallas lejos de poder medirte con
nosotros.
POMPEYO
En tierra, estás lejos de contender conmigo con todo el valor de la casa
de mi padre; esto es lo cierto. Pero puesto que el cuchillo no hace su
popio nido, quédate allá todo el tiempo que puedas.
LÉPIDO
Haced el favor de decirnos (pues esas recriminaciones nada tienen que
ver con el objeto de nuestra reunión), cómo tomáis las ofertas que os
hemos enviado.
CÉSAR
Éste es el punto.
ANTONIO
No se te suplica que las aceptes, sino que veas si valen la pena de ser
aceptadas.
CÉSAR
Y de considerar lo que ocurriría si buscaras una más alta fortuna.
POMPEYO
Me habéis ofrecido Sicilia y Cerdeña a condición de limpiar todo el mar
de piratas; además, tendré que enviar unas tantas medidas de trigo a
Roma; y una vez retribuido el acuerdo a este respecto, retirarnos con
nuestras espadas sin mellas y nuestros escudos sin abolladuras.
CÉSAR, ANTONIO y LÉPIDO
Ése es nuestro ofrecimiento.
POMPEYO
Sabed, pues, que vine ante vosotros decidido a aceptar ese
ofrecimiento. Pero Marco Antonio me ha causado alguna molestia.
Aunque aminore el mérito de esta acción refiriéndola, habéis de saber
que cuando César y vuestro hermano se hallaban en lucha, vuestra
madre vino a Sicilia y encontró allí una cordial bienvenida.
ANTONIO
Lo he sabido, Pompeyo, y estoy dispuesto a expresaros las gracias
infinitas que os debo.
POMPEYO
Dadme vuestra mano. No esperé encontraras aquí, señor.
ANTONIO
Los lechos son duros en Oriente; pero he de daros muchas gracias por
haberme reclamado aquí más de lo que era mi designio; he ganado con
esta vuelta.
CÉSAR
Estáis cambiado desde la última vez que os vi.
POMPEYO
Bien; no sé qué modificaciones haya podido hacer a mi semblante la
áspera fortuna; pero lo que sé bien es que no entrará en mi lecho para
hacer de mi corazón un vasallo.
LÉPIDO
Sed bienvenido.
POMPEYO
Lo espero, Lépido. Así, estamos de acuerdo. Pido que nuestro convenio
se escriba y selle entre nosotros.
CÉSAR
Es lo primero que hay que hacer.
POMPEYO
Hagamos el trato los unos con los otros antes de separarnos; saquemos
a la suerte quién comenzará.
ANTONIO
Seré yo, Pompeyo.
POMPEYO
No, Antonio; aceptad la decisión de la suerte. Pero venga la primera o la
última, vuestra exquisita cocina egipcia logrará la victoria. He oído
decir que los festines de aquel país hicieron engordar demasiado a
Julio César.
ANTONIO
Os han informado demasiado.
POMPEYO
Mis intenciones son puras.
ANTONIO
Y puras también, señor, las palabras con que las desarrolláis.
POMPEYO
Pues sí, me informaron bastante, y oí decir que Apolodoro había
llevado ...
ENOBARBO
Basta ya; la llevó.
POMPEYO
¿El qué, me hacéis el favor?
ENOBARBO
A cierta reina a César en un colchón.
POMPEYO
Ahora te reconozco. ¿Cómo te va, soldado?
ENOBARBO
Bien, y continuará yéndome aún mejor, pues me doy cuenta que hay
cuatro festines en perspectiva.
POMPEYO
Permíteme que te dé un apretón de manos; no te he odiado jamás. Te
he visto combatir y he admirado tu valentía.
ENOBARBO
Señor, nunca os quise mucho; pero he cantado vuestras alabanzas en
ocasiones en que merecíais diez veces más elogios de los que yo os
hacía.
POMPEYO
Sé franco a tu placer; eso no te va mal del todo. Os invito a todos a
bordo de mi galera. ¿Queréis pasar adelante, señores?
CÉSAR, ANTONIO y LÉPIDO
Enseñadnos el camino, señor.
POMPEYO
Venid.
(Salen todos, excepto Enobarbo y Menas).
MENAS
(Aparte). Su padre, Pompeyo, no habría hecho jamás esta alianza. (A
Enobarbo). Nosotros nos hemos conocido, señor.
ENOBARBO
En el mar, creo.
MENAS
Sí, señor.
ENOBARBO
Os habéis comportado bien en el mar.
MENAS
Y vos en la tierra.
ENOBARBO
Alabaré a todo hombre que me alabe, aunque no pueda negar lo que he
hecho en la tierra.
MENAS
No más que lo que he hecho en el mar.
ENOBARBO
Perdón, podéis negar algo para vuestra propia seguridad. Habéis sido
un gran ladrón en el mar.
MENAS
Y vos en la tierra.
ENOBARBO
Aquí niego mis servicios en tierra. Pero dadme vuestra mano, Menas. Si
nuestros ojos fueran magistrados podrían sorprender aquí dos
ladrones abrazándose.
MENAS
Los rostros de todos los hombres son sinceros, sean cuales fueren sus
manos.
ENOBARBO
Pero una mujer bonita no siempre tiene el rostro sincero.
MENAS
No hay maledicencia; roban los corazones.
ENOBARBO
Venimos aquí a combatir con vosotros.
MENAS
Por mi parte, siento que las cosas se hayan trocado en hablar. Pompeyo
ha despedido su fortuna, riendo.
ENOBARBO
Si es así, de seguro que no la recuperará llorando.
MENAS
Decís mucha verdad, señor. No esperábamos ver aquí a Marco Antonio.
Decidme, os lo ruego, ¿está casado con Cleopatra?
ENOBARBO
La hermana de César se llama Octavia.
MENAS
Es verdad, señor; era mujer de Cayo Marcelo.
ENOBARBO
Pero ahora es esposa de Marco Antonio.
MENAS
¿Qué estáis diciendo, señor?
ENOBARBO
La verdad.
MENAS
¿Entonces César y él están unidos para siempre?
ENOBARBO
Si estuviese obligado a predecir sobre esta unión, no profetizaría así.
MENAS
Pienso que la política habrá tenido más participación en esa boda que
el amor de los cónyuges.
ENOBARBO
Lo mismo pienso yo. Pero veréis cómo el lazo que parece estrechar su
amistad será el cordón mismo que la estrangule. Octavia es piadosa,
fría, de trato apacible.
MENAS
¿Quién no quisiera que su mujer fuese así?
ENOBARBO
Quien tiene cualidades contrarias, como es el caso de Marco Antonio.
Volverá a su plato egipcio. Entonces los suspiros de Octavia atizarán el
fuego en el corazón de César, y así, como os he dicho, ese matrimonio,
que es la fuerza de su unión, pasará a ser el autor inmediato de su
división. Antonio persistirá en su cariño. No se ha casado aquí sino por
un motivo de interés.
MENAS
Muy bien puede ser. ¿Vamos, señor? Tengo un brindis que ofreceros.
ENOBARBO
Le aceptaré, señor; hemos entrenado a nuestros gaznates en Egipto.
MENAS
Vamos, partamos.(Salen).
Escena séptima
A bordo de la galera de Pompeyo, cerca de Miseno.
MÚsica. Entran dos o tres criados con un postre.
PRIMER CRIADO
Van a venir aquí, amigo. Las plantas de los pies de algunos están ya
muy desarraigadas; el menor viento que sople en el mundo las
derribará.
SEGUNDO CRIADO
Lépido está muy colorado.
PRIMER CRIADO
Le han hecho beber lo que ellos no querían ya.
SEGUNDO CRIADO
Cuantas veces se pican en su amor propio, les grita: ¡Basta!, los
reconcilia con sus exhortaciones y él se reconcilia con el vino.
PRIMER CRIADO
Pero eso no hace más que provocar una guerra mayor entre él y su
prudencia.
SEGUNDO CRIADO
¡Por Dios! He ahí lo que es tener su nombre metido en la sociedad de
los grandes hombres; mejor quisiera tener un rosal del que pudiera
servirme, que una partes ana que no lograse levantar.
PRIMER CRIADO
Ser llamado a una esfera superior, sin que en ella se os vea moveros, es
como tener agujeros allí donde debiera haber ojos, lo que es estropear
lastimosamente la cara.(Toque de trompetas. Entran César, Antonio,
Lépido, Pompeyo, Agripa, Mecenas, Enobarbo, Menas y otros
capitanes).
ANTONIO
He aquí cómo proceden, señor. Miden la crecida del Nilo por ciertas
escalas sobre las Pirámides; según la ola es alta, baja o media saben lo
que va a venir: la miseria o la abundancia. Cuanto más sube el Nilo, más
grandes son sus promesas. Cuando el reflujo, el sembrador echa su
grano en el limo y el fango, y poco después viene la siega.
LÉPIDO
Tenéis extrañas serpientes en aquel país.
ANTONIO
Sí, Lépido.
LÉPIDO
Ved, vuestra serpiente de Egipto se engendra del barro por la acción
del sol. Lo mismo vuestros cocodrilos.
ANTONIO
Efectivamente.
POMPEYO
Sentémonos ... y venga el vino. ¡A la salud de Lépido!
LÉPIDO
No me encuentro tan bien como quisiera, pero jamás me dejaré quedar
fuera de un brindis.
ENOBARBO
No sin que antes hayáis dormido al menos; mucho me temo que no os
quedéis dentro sin salir.
LÉPIDO
Sí, por cierto; he oído decir que las pirámides de los Ptolomeos son
unas cosas estupendas; sin contradicción, lo he oído decir.
MENAS
(Aparte a Pompeyo). Pompeyo, una palabra.
POMPEYO
(Aparte a Menas). Dímela al oído. ¿De qué se trata?
MENAS
(Aparte a Pompeyo). Abandona tu sitio, por favor, capitán, y
escúchame una palabra.
POMPEYO
(Aparte a Menas). Espera unos minutos ... ¡Este brindis es por Lépido!
LÉPIDO
¿Qué especie de ser es vuestro cocodrilo?
ANTONIO
Tiene exactamente la forma que tiene, señor; es tan ancho como su
anchura; tan alto como su altura lo permite, y se mueve por sus propios
órganos. Vive de lo que le nutre, y cuando los elementos que le
componen se disuelven, transmigra.
LÉPIDO
¿De qué color es?
ANTONIO
De su propio color.
LÉPIDO
¡Es una serpiente extraña!
ANTONIO
Sí, y sus lágrimas son húmedas.
CÉSAR
¿Le satisfará esa descripción?
ANTONIO
Sí, con el brindis que le dedica Pompeyo, o será un verdadero Epicuro.
POMPEYO
(Aparte a Menas). ¡Andad a que os ahorquen, señor, andad a que os
ahorquen! ¿Hablarme de eso? ¡Basta! Haced lo que os he ordenado.
¿Dónde está esa copa que he pedido?
MENAS
(Aparte a Pompeyo). Si te dignas escucharme en consideración a mis
servicios, levántate de tu asiento.
POMPEYO
(Aparte a Menas). Creo que estás loco. ¿Qué ocurre?
(Se levanta y da algunos paseos con Menas).
MENAS
Siempre he tenido que descubrirme ante tu suerte.
POMPEYO
Siempre me has servido con mucha fidelidad. ¿Qué otra cosa tienes que
decirme? ¡Ánimo, señores!
ANTONIO
Tened cuidado con estas arenas movedizas, Lépido; retiraos de ellas,
pues os hundiréis.
MENAS
¿Quieres ser dueño del mundo entero?
POMPEYO
¿Qué dices?
MENAS
¿Quieres ser dueño del mundo entero? Por segunda vez te hago la
pregunta.
POMPEYO
¿Cómo podría serlo?
MENAS
Haz solamente lo que voy a decirte, y aunque me supongas pobre, te
daré el mundo entero.
POMPEYO
¿Te has embriagado?
MENAS
No, Pompeyo, me he abstenido de las copas. Eres, si te atreves, el
Júpiter terrestre. Todo lo que abraza el océano, todo lo que el cielo
cubre, es tuyo, si quieres.
POMPEYO
Muéstrame cómo.
MENAS
Esos tres copartícipes del mundo, esos tres asociados están en tu navío.
Déjame cortar el cable, y luego, cuando nos hallemos en alta mar,
cortémosles el pescuezo, y entonces todo será tuyo.
POMPEYO
¡Oh! ¡Debiste hacerlo y no decírmelo! En mí fuera una villanía, en ti
hubiese sido un buen servicio. Debes saber que no es mi interés el que
sirve de guía a mi honor, sino mi honor el que dirige mi interés.
Arrepiéntete de haber dejado a tu lengua traicionar tu intención. Si la
hubieses ejecutado sin yo saberlo, la hubiera aplaudido más tarde;
pero, al presente, debo condenarla. Renuncia a ella y vamos a
beber.(Vuelve con sus invitados).
MENAS
(Aparte). Después de esta repulsa, no quiero seguir más tu suerte en
declive!: ¡Quien busca y no toma cuando se le ofrece, no encontrará
jamás!
POMPEYO
¡A la salud de Lépido!
ANTONIO
Llevadle a tierra. Haré la razón por él, Pompeyo.
ENOBARBO
¡A tu salud, Menas!
MENAS
¡A tu felicidad, Enobarbo!
POMPEYO
Llenad la copa hasta los bordes.
ENOBARBO
(Señalando con el dedo a la gente que llevan a Lépido). He ahí un
vigoroso camarada, Menas.
MENAS
En ese caso, bebe para aumentar la velocidad del torbellino.
ENOBARBO
¿Por qué?
MENAS
Lleva a cuestas la tercera parte del mundo, amigo. ¿No lo ves?
ENOBARBO
Entonces el tercio del mundo está beodo. Quisiera que lo estuviese
todo entero, a fin de que rodara más fácilmente.
MENAS
Con mucho gusto.
POMPEYO
Esto no es aún una fiesta de Alejandría.
ANTONIO
Comienza a aproximársele. ¡Ea, chocad las copas! ¡A la salud de César!
CÉSAR
Puedo pasarme sin ello. Es un trabajo monstruoso; cuanto más lavo mi
cerebro, más turbio está.
ANTONIO
Hay que hacer frente a las circunstancias.
CÉSAR
Pues bien, dedicadme ese brindis; yo te corresponderé. Pero me
hubiera gustado más ayunar cuatro días que beber otro tanto en uno
solo.
ENOBARBO
(A Antonio). ¡Ah, mi bravo emperador! ¿Danzaremos ahora las
bacanales egipcias y celebraremos nuestra borrachera?
POMPEYO
Hagámoslo, bravo soldado.
ANTONIO
Vamos, tomémonos todos las manos hasta que el vino vencedor haya
adormecido nuestros sentidos en un dulce y delicado Leteo.
ENOBARBO
Tomaos todos de la mano. Atronad nuestros oídos con una música
ruidosa. Mientras suena, os acomodaré; luego el niño cantará, y cada
uno entonará una cancioncilla tan fuerte como se lo permitan sus
pulmones.(Suena la mÚsica. Enobarbo les junta las manos).
Canción
¡Ven, oh tú, monarca del vino,
Baco mofletudo de ojos guiñadores!
¡Que nuestras preocupaciones, se ahoguen en tus cubas!
¡Que tus racimos coronen nuestras cabelleras!
TODOS
¡Viértenos hasta que el mundo gire! ¡Viértenos hasta que el mundo
gire!
CÉSAR
¿Para qué más? Pompeyo, buenas noches. Mi buen hermano, permitid
que os lleve. Esta ligereza avergüenza a nuestros graves asuntos.
Amables señores, separémonos. Ved cómo nuestras mejillas están
encendidas. El vigoroso Enobarbo es más débil que el vino, y mi propia
lengua poda lo que dice; esta orgía salvaje nos ha puesto a todos casi
grotescos. ¿Qué necesidad tenemos de más? Buenas noches Vuestra
mano, mi buen Antonio.
POMPEYO
Voy a acompañaros a tierra.
ANTONIO
Aceptado, señor. Dadnos vuestra mano.
POMPEYO
¡Oh, Antonio, poseéis la casa de mi padre! Pero ¿qué importa? Somos
amigos. Bajemos al bote.
ENOBARBO
Cuidado con caer. (Salen César, Pompeyo, Antonio y gente de sus
séquitos). Menas, no quiero ir a tierra.
MENAS
No, venid a mi camarote. ¡Adelante tambores, trompetas, flautas!
¡Vamos, que oiga Neptuno el adiós ruidoso que deseamos a estos
grandes compañeros! ¡Tocad y que os ahorquen! ¡Tocad como es
debido!
(Trompetería con tambores).
ENOBARBO
¡Bravo, mi gorro en alto!
MENAS
¡Bravo! ¡venid, noble capitán!
(Salen).
ACTO III
Escena primera.
Una llanura en Siria.
Entran Ventidio en triunfo, con Silio y otros romanos, oficiales y
soldados; el cadáver de Pacoro es llevado delante.
VENTIDIO
Pues bien, ya estás castigado, país de los Partos flecheros. La suerte ha
querido hacerme el vengador de la muerte de Marco Crasso. Llevad
delante de nuestro ejército el cuerpo del hijo del rey. Orodes, tu Pacoro
paga por Marco Crasso.
SILIO
Noble Ventidio, en tanto que tu espada esté aún caliente de sangre
parta, persigue a los partos fugitivos; espoléalos a través de la Media, la
Mesopotamia y todos los asilos hacia donde se precipitan en derrota; y
más tarde tu gran general, Antonio, te instalará sobre carros de triunfo
y colocará coronas sobre tu cabeza.
VENTIDIO
¡Oh, Silio, Silio! Bastante he llevado a cabo. Un puesto inferior, nótalo
bien, puede hacer contraste con una hazaña demasiadq grande; porque
sábelo, Silio, vale más dejar una cosa inacabada que adquirir renombre
excesivo cuando el jefe a quien. servimos está ausente. César y Antonio
han vencido siempre más por sus lugartenientes que por sí mismos.
Sosio, su lugarteniente, que ocupaba mi puesto en Siria, por haber
adquirido una gloria rápidamente acumulada, perdió el favor que tenía.
Quien hace en la guerra más de lo que puede hacer su general, viene a
ser general de su general; y la ambición, esa virtud del soldado,
prefiere una pérdida a una ganancia que le eclipse. Más podría hacer en
interés de Antonio; pero esto fuera ofenderle, y bajo esta ofensa mis
hazañas perecerían.
SILIO
Posees, Ventidio, esa facultad sin la cual un soldado no es nada más que
una espada. ¿Escribirás a Antonio?
VENTIDIO
Le informaré humildemente lo que hemos realizado en su nombre, esta
palabra mágica de guerra; cómo con sus banderas y sus legiones bien
pagadas hemos echado fuera del campo de batalla la caballería parta,
que nunca fue batida.
SILIO
¿Dónde está ahora?
VENTIDIO
Se propone ir a Atenas, donde nos presentaremos a él tan rápidamente
como nos permita la impedimenta que arrastramos. ¡Adelante! ¡Por
aquí! ¡Desfilad!
(Salen).
Escena segunda
Roma. Una antecámara en el palacio de César.
Entran, encontrándose, Agripa y Enorbarbo.
AGRIPA
Qué, ¿se han separado los hermanos?
ENOBARBO
Han acabado con Pompeyo, que se ha marchado ya. Los otros tres
sellan el tratado. Octavia llora por tener que abandonar Roma; César
está triste, y desde la fiesta de Pompeyo, Lépido, como dice Menas, está
atacado por la clorosis.
AGRIPA
¡Ese noble Lépido!
ENOBARBO
Un hombre bien notable. ¡Oh, cómo ama a César!
AGRIPA
Cierto, pero ¡cómo adora tiernamente a Marco Antonio!
ENOBARBO
¿César? Pero si es, ¡por Dios!, el Júpiter de los hombres.
AGRIPA
¿Y qué es Antonio? El Dios de Júpiter.
ENOBARBO
¿Habláis de César? ¡Oh, el incomparable!
AGRIPA
¡Oh, Antonio! ¡Oh, Fénix de la Arabia!
ENOBARBO
Si queréis alabar a César, decid César, y no vayáis más lejos.
AGRIPA
Verdaderamente, les ha colmado a los dos de excelentes alabanzas.
ENOBARBO
Pero es a César a quien prefiere; sin embargo, ama a Antonio. ¡Oh, los
corazones, las lenguas, las figuras, los escritores, los cantantes, los
poetas no podrían sentir, expresar, figurar, escribir, cantar, medir su
amor por Antonio! ¡Oh! Pero en cuanto a César, ¡arrodillaos, arrodillaos
y admirad!
AGRIPA
Los quiere a ambos.
ENOBARBO
Son sus élitros, y él su escarabajo. (Trompetería). He ahí que nos llama
a montar a caballo. Adiós, noble Agripa.
AGRIPA
Buena suerte, noble soldado, y adiós.
(Se separan a un lado. Entran César, Antonio, Lipido y Octavia).
CÉSAR
¿Qué, Octavia?
OCTAVIA
Voy a decíroslo al oído.
ANTONIO
No vayáis más lejos, señor.
CÉSAR
Me separáis de una gran parte de mí mismo. Tratadme bien en esta
cara mitad. Hermana, muéstrate una esposa tal como mi pensamiento
lo ambiciona, y que tu conducta justifique todo lo que me atreviera a
garantizarte de ti. Muy noble Antonio, que este modelo de virtud,
colocado entre nosotros como el cimiento encargado de mantener el
edificio de nuestro afecto, no se convierta nunca en ariete para batir en
brechá la fortaleza de nuestra amistad. porque mejor fuera habernos
querido sin este lazo, si nO ha de ser cuidadosamente tratado por
ambas partes.
ANTONIO
No me ofendáis con vuestra desconfianza.
CÉSAR
He dicho.
ANTONIO
Por meticulosamente que procedáis en el examen de mi conducta no
encontraréis en ella el menor motivo para alarmaros a propósito de lo
que parecéis temer. Ahora, que los dioses quieran protegeros y poner a
disposición de vuestros designios los corazones de los romanos. Vamos
a separarnos aquí.
CÉSAR
Adiós, mi muy querida hermana, que te vaya bien. ¡Que los elementos
sean blandos contigo y no te den sino salud y alegría! Que te vaya bien.
OCTAVIA
¡Mi noble hermano!
ANTONIO
Abril está en sus ojos. Es la primavera del amor, y esas lágrimas, los
aguaceros encargados de hacerle nacer. Mostraos alegre.
OCTAVIA
Señor, velad por la casa de mi esposo, y ...
ANTONIO
Su lengua se niega a obedecer a su corazón, y su corazón es impotente
para enseñar su lengua; tal como el plumón del cisne que flota sobre
las olas de la marea alta, sin inclinarse a ningún lado.
ENOBARBO
(Aparte a Agripa) ¿Llorará César?
AGRIPA
(Aparte a Enobarbo). Tiene una nube en el rostro.
ENOBARBO
(Aparte a Agripa). Sería lamentable si fuera un caballo, y con mayor
razón siendo un hombre.
AGRIPA
(Aparte a Enobarbo). ¿Qué habré de deClrte Enobarbo? Cuando
Antonio halló muerto a Julio César, gimió hasta rugir, y lloró cuando en
Filipos vio en tierra a Bruto.
ENOBARBO
(Aparte a Agripa). En verdad, aquel año le aquejaba un reuma; se
lamentaba sobre el que había destruido voluntariamente, creedlo,
aunque yo también lloraba.
CÉSAR
No, amable Octavia; sabréis siempre noticias mías; el tiempo no
debilitará vuestro recuerdo en mi pensamiento.
ANTONIO
Vamos, señor, vamos; quiero luchar con vos en fortaleza de amor.
Mirad, os abrazo ... y ahora os suelto y os encomiendo a los dioses.
CÉSAR
¡Adiós; sé dichoso!
LÉPIDO
¡Que toda la multitud de estrellas ilumine tu feliz viaje!
CÉSAR
¡Adiós, adiós! (Besa a Octavía).
ANTONIO
¡Adiós!
(Trompetería. Salen).
Escena tercera
Alejandría. Una sala del palacio.
Entran Cleopatra, Carmiana, Iras y Alejas.
CLEOPATRA
¿Dónde está ese muchacho?
ALEJAS
No se atreve apenas a venir.
CLEOPATRA
Andad, andad. Venid aquí, señor.
(Entra un Mensajero).
ALEJAS
Noble Alteza, Herodes de Judea no osa miraros más que cuando estáis
de buen humor.
CLEOPATRA
Tendré la cabeza de ese Herodes. Pero ¿cómo tenerla, ahora que ha
partido Antonio, que hubiera podido dar la orden de traérmela?
Aproxímate.
MENSAJERO
¡Muy graciosa Majestad!
CLEOPATRA
¿Has visto a Octavia?
MENSAJERO
Sí, temida reina.
CLEOPATRA
¿Dónde?
MENSAJERO
Señora, en Roma. La he contemplado de frente, y la he visto conducida
entre su hermano y Marco Antonio.
CLEOPATRA
¿Es tan alta como yo?
MENSAJERO
No, señora.
CLEOPATRA
¿La has oído hablar? ¿Tiene la voz aguda o grave?
MENSAJERO
Señora, la he oído hablar; tiene la Voz grave.
CLEOPATRA
Tanto mejor. No la amará mucho tiempo.
CARMIANA
¡Amada! ¡Oh, Isis, eso es imposible!
CLEOPATRA
Lo creo, Carmiana. ¡Bajita y la voz gruesa! ¿Tiene majestuosidad en la
figura? Acuérdate, si has contemplado algunas veces la majestad.
MENSAJERO
Va a rastras. Ya esté inmóvil o ya marche, siempre es la misma; tiene el
aire de un cuerpo más bien que de un alma, de una ... estatua más que
de una persona que respira.
CLEOPATRA
¿Es cierto?
MENSAJERO
Sí; o no tengo el don de la observación.
CARMIANA
No hay tres en Egipto que pudieran hacer mejor un informe.
CLEOPATRA
Es muy inteligente, me parece. Pues bien; no veo aún nada en ella. Este
mozo está dotado de un buen criterio.
CARMIANA
Excelente.
CLEOPATRA
Infórmame sobre su edad, te lo ruego ...
MENSAJERO
Señora, era viuda.
CLEOPATRA
¡Viuda! ¿Oyes, Carmiana?
MENSAJERO
Y creo que tiene treinta años.
CLEOPATRA
¿Conservas su rostro en la memoria? ¿Es ovalado o redondo?
MENSAJERO
Redondo hasta la imperfección.
CLEOPATRA
Los que tienen la cara redonda son en su mayór parte imbéciles. Y su
cabellera, ¿de qué color es?
MENSAJERO
Morena, señora; y su frente tan baja como hecha de encargo.
CLEOPATRA
Aquí tienes, para ti. No debes tomar a mal mi precedente rudeza. Voy a
hacer que emprendas un nuevo viaje. Te encuentro muy apropiado
para los negocios. Ve a prepararte. Nuestras cartas están dispuestas.
(Sale el mensajero).
CARMIANA
Es un hombre listo.
CLEOPATRA
Sí, en verdad. Me arrepiento mucho de haberle molestado, como he
hecho. Verdaderamente, me parece que, según él, esta criatura no es
gran cosa.
CARMIANA
Nada en absoluto, señora.
CLEOPATRA
Ese hombre ha visto ciertas personas majestuosas, y entiende de ello.
CARMIANA
¿Si ha visto personas majestuosas? ¡Isis impida que, después de
haberos servido tan largo tiempo, ignore lo que es la majestad!
CLEOPATRA
Tengo aún que preguntarle una cosa, mi buena Carmiana. Pero poco
importa; me lo llevarás al aposento donde vaya escribir. Todo puede ir
bien todavía.
CARMIANA
Os lo garantizo, señora.
(Salen).
Escena cuarta
Atenas. Una sala en la morada de Antonio.
Entran Antonio y Octavia.
ANTONIO
No, no, Octavia; no es solamente eso ..., eso sería excusable; eso y otras
mil ofensas de parecida importancia; pero ha emprendido nuevas
guerras contra Pompeyo. Ha hecho su testamento y lo ha leído en
público. Ha hablado de mí ligeramente, y en las ocasiones en que no ha
podido dispensarse de hacer mi elogio, se ha expresado en términos
fríos y sin fuerza. Me ha medido en tan poco como le ha sido posible.
Cuando ha tenido ocasión de hacerme justicia, no la ha aprovechado, o
ha hablado de mí a flor de labios.
OCTAVIA
¡Oh, mi buen señor! No creáis todo; o si lo creéis, no lo toméis todo con
resentimiento. Jamás se ha encontrado mujer más desgraciada que yo,
puesto que si esta querella estalla, me será preciso mantenerme entre
vosotros dos, rogando por los dos partidos. Los dioses buenos van a
burlarse enseguida, cuando, después de haberles dicho: ¡Oh, bendecid a
mi señor y esposo!, oirán deshacer esta imploración, gritando también
en voz alta: ¡Oh, bendecid a mi hermano! Triunfe mi esposo, triunfe mi
hermano, mi plegaria destruye a mi plegaria. No hay término medio
entre esos extremos.
ANTONIO
Encantadora Octavia, que vuestro mejor amor se incline del lado del
que hace los mejores esfuerzos por conservarle; si pierdo mi honor, me
pierdo a mí mismo. Más valiera no ser vuestro, que perteneceros así
mutilado. Pero ya que lo habéis pedido, serviréis de intermediaria
entre nosotros dos. Durante este tiempo, señora, haré los preparativos
de una guerra capaz de volver a sumir a vuestro hermano en la sombra.
Haced vuestra más rápida diligencia; así, tenéis vuestros plenos deseos.
OCTAVIA
Gracias a mi señor. ¡Quiera el poderoso Júpiter hacer de mí, tan débil,
tan débil, el instrumento de vuestra reconciliación! ¡Una guerra entre
vosotros dos! ¡Es como si el mundo se partiese y fuera preciso llenar la
sima con cadáveres!
ANTONIO
Cuando hayáis descubierto quién ha comenzado, volveréis vuestro
disgusto del lado suyo; pues nuestras faltas no pueden ser tan iguales
que vuestro amor se divida igualmente entre nosotros dos. Haced
vuestros preparativos de partida, escoged las personas que os
acompañen y mandad, sea cual fuese, el gasto que os plazca.
(Salen).
Escena quinta
Atenas. Otro aposento en la morada de Antonio.
Entran, encOntrándose, Enobarbo y Eros.
ENOBARBO
¡Hola, amigo Eros!
EROS
Acaban de llegar extrañas noticias, señor.
ENOBARBO
¿Cuáles, amigo?
EROS
César y Lépido han declarado la guerra a Pompeyo.
ENOBARBO
Ésa es una noticia atrasada. ¿Cuál ha sido el resultado?
EROS
Después de haberse servido de Lípido en la guerra contra Pompeyo,
César le ha negado su título de colega; no ha querido que participase en
la gloria de la acción, Y no se ha detenido en esto; le acusa con cartas
que había escrito antes a Pompeyo, y por esta acusación le ha hecho
detener; así es que el pobre triunviro está enjaulado hasta que la
muerte le libere.
ENOBARBO
Entonces, mundo, tienes dos mandíbulas, no más; y al arrojar entre
ellas todo el alimento que guardas, rechinarán la una contra la otra.
¿Dónde está Antonio?
EROS
Se pasea por el jardín ... de este modo ..., patea los rosales que tiene
delante, de este otro ..., y grita: ¡Estúpido Lépido!, y jura cortar la
garganta del oficial que ha matado a Pompeyo.
ENOBARBO
Nuestra gran flota está equipada.
EROS
Para Italia y contra César. Hay otra cosa, Domicio; mi señor desea que
vayáis a encontrarle inmediatamente. Debí haber guardado mis
noticias para más tarde.
ENOBARBO
No tendrá nada que decirme. Pero sea. Condúceme al lado de Antonio.
EROS
Venid, señor.
(Salen).
Escena sexta
Roma. Un aposento en la casa de César.
Entran César, Agripa y Mecenas.
CÉSAR
Ha hecho todo eso y más aún en desprecio de Roma, en Alejandría. He
aquí cómo han pasado las cosas. En la plaza del mercado, en la cima de
una tribuna de plata, Cleopatra y él fueron públicamente instalados
sobre tronos de oro. A sus pies estaban sentados Cesarión, a quien
llaman hijo de mi padre, y toda la descendencia ilegítima que su
concupiscencia les ha proporcionado. Le dio el patrimonio de Egipto y
la hizo reina absoluta de la Baja Siria, de Chipre y de la Lidia.
MECENAS
¿Y eso a la vista del público?
CÉSAR
En la gran plaza pública, donde se hacen los ejercicios. Proclamó allí a
sus hijos reyes de reyes. A Alejandro le dio la Gran Media, la Partia y la
Armenia; a Ptolomeo le asignó la Siria, la Cilicia y la Fenicia. Aquel día
la reina apareció bajo las vestiduras de la diosa Iris. Por cierto que,
según cuentan, ya en otras ocasiones había dado audiencia con el
mismo traje.
MECENAS
Que se entere Roma de esto.
AGRIPA
Roma que, asqueada ya de su insolencia, le retirará toda estima.
CÉSAR
El pueblo lo sabe y ha recibido ya sus acusaciones.
AGRIPA
¿A quién acusa?
CÉSAR
A César. Se queja de que, habiendo despojado a Sexto Pompeyo de la
Sicilia, no le hayamos dado su parte de la isla. A continuación dice que
me ha prestado algunas naves que no han sido devueltas. En fin, se
enoja porque Lépido ha sido depuesto del triunvirato y porque, una vez
depuesto, hemos retenido todos sus ingresos.
AGRIPA
Señor, eso merece una respuesta.
CÉSAR
Ya está redactada, y el mensajero ha partido. Le he respondido que
Lépido se había vuelto demasiado cruel, abusando de su alta autoridad,
y que merecía su destitución; que en cuanto a mis conquistas, le había
concedido una parte, pero que yo pedía también la reciprocidad por su
Armenia y los otros reinos conquistados por él.
MECENAS
No consentirá jamás eso.
CÉSAR
Entonces no consentiré por mi lado en lo que me pide.
(Entra Octavia con su séquito).
OCTAVIA
¡Salve, César y señor mío! ¡Salve, queridísimo César!
CÉSAR
¡Qúién hubiera dicho que un día había de llamarte repudiada!
OCTAVIA
No me lo habéis llamado, ni tenéis razón alguna para llamármelo.
CÉSAR
¿Por qué, entonces, venís furtivamente de esa manera a encontrarnos?
No venís como conviene a la hermana de César. Un ejército debiera
preceder a la mujer de Antonio, y los relinchos de los caballos anunciar
su proximidad mucho tiempo antes de que apareciese; a todo lo largo
del camino los árboles deberían haberse hallado cargados de curiosos,
ilusionados con la espera y desalentados de no vislumbrar el objeto de
su impaciencia. El polvo levantado por vuestro numeroso cortejo debió
haber subido hasta la bóveda misma del cielo. Pero habéis venido a
Roma como una muchacha del mercado, sin permitirnos daros las
señales ostensibles de nuestro afecto, afecto que, de no expandirse, a
menudo corre el peligro de enfriarse. Hubiéramos salido a vuestro
encuentro por tierra y por mar, y en cada etapa de vuestro viaje os
habríamos deseado una bienvenida siempre creciente en esplendor.
OCTAVIA
Mi buen señor; no he sido obligada a venir así. Libremente lo he hecho.
Marco Antonio, mi esposo, al enterarse de que hacíais preparativos de
guerra, ha abrumado mis oídos con esas noticias, y entonces le he
rogado que me permitiera regresar.
CÉSAR
Lo que os ha concedido bien pronto, por ser vuestra persona un
obstáculo entre él y su lujuria.
OCTAVIA
No habléis de ese modo, mi señor.
CÉSAR
Tengo los ojos puestos en él, y el viento me ha traído noticias de sus
asuntos. ¿Dónde está ahora?
OCTAVIA
En Atenas, mi señor.
CÉSAR
No, hermana mía ultrajadísima; Cleopatra le ha indicado que vaya a
reunírsele. Ha entregado su imperio a una puta y ahora se ocupan en
establecer, para una guerra, una coalición de todos los reyes de la
tierra. Ha unido ya a Boco, rey de Lidia; Arquelao, rey de Capadocia;
Filadelfo rey de Paflagonia; Adallas, rey de Tracia; el rey Maleo, de
Arabia; el rey del Ponto; Herodes de Judea; Mitrídates, rey de
Comagena; Polemon y Amintas, reyes de Media y de Licaonia, y otros
muchos más porta cetros.
OCTAVIA
¡Oh, qué desgraciada soy, al tener mí corazón dividido entre dos
parientes que se hieren el uno al otro!
CÉSAR
Sed bienvenida. Vuestras cartas han retardado el estallido de nuestra
ruptura, hasta el día en que he visto a qué extremo estáis ultrajada y
qué peligro corríamos por negligencia. Tened valor. No os dejéis
perturbar por las circunstancias que suspenden sobre vuestra dicha
estas necesidades inevitables; dejad al destino las cosas decretadas de
antemano, sin tratar de detenerlas y sin gemir por ellas. ¡Sed
bienvenida a Roma! Ninguna persona me es tan querida como vos.
Estáis ultrajada por encima de toda imaginación, y, por haceros justicia,
los grandes dioses nos han elegido a nosotros y a los que os aman como
ministros de su venganza. Tened valor y sed bienvenida para siempre
entre nosotros.
AGRIPA
¡Sed bienvenida, señora!
MECENAS
¡Sed bienvenida, querida señora! Todos los corazones de Roma os
aman y os compadecen. Sólo el adúltero Antonio, sin freno en sus
desórdenes, se desvía de vos para entregar su poder temible a una
puta, que se sirve de él contra nosotros con escándalo.
OCTAVIA
¿Es posible, señor?
CÉSAR
Demasiado cierto. Sed, bienvenida, hermana mía. Os ruego que vuestra
paciencia no se acabe nunca. ¡Queridísima hermana mía!
(Salen).
Escena séptima
El campamento de Antonio, cerca del promontorio de Actium.
Entran Cleopatra y Enobarbo.
CLEOPATRA
Te lo haré pagar, no lo dudes.
ENOBARBO
Pero ¿Por qué, por qué, por qué?
CLEOPATRA
Te has pronunciado contra mi presencia en esta guerra, diciendo que
no era conveniente.
ENOBARBO
Bien, ¿y lo es, lo es?
CLEOPATRA
Si esta guerra no ha sido declarada contra nosotros, ¿por qué habíamos
de estar aquí en persona?
ENOBARBO
(Aparte). Bien, sé lo que tendría que responder. Si nos sirviéramos a la
vez de caballos y de yeguas, los caballos no nos rendirían
absolutamente ningún servicio; pues cada yegua llevaría un soldado y
su caballo.
CLEOPATRA
¿Qué es lo que decís?
ENOBARBO
Que vuestra presencia tiene que molestar necesariamente a Antonio y
ocuparle una parte de su corazón, de su cabeza y de su tiempo, cosas
que no le sobrarán por el momento, por muchas que tenga. Se le tacha
ya de ligereza, y se dice en Roma que esta guerra está dirigida por
Fotino, un eunuco, y vuestras mujeres.
CLEOPATRA
¡Que reviente Roma y se pudran las lenguas de todos los que hablen
contra nosotros! Tenemos intereses comprometidos en esta guerra, y,
como jefe de mi reino, debo mostrarme aquí como si fuera un hombre.
No habléis contra mi presencia, que no me iré.
ENOBARBO
Bueno, he terminado. Aquí viene el emperador.
(Entran Antonio y Canidio).
ANTONIO
¿No es extraño, Canidio, que desde Tarento y Brindis haya podido
cortar el mar Jónico y apoderarse de Torina? ¿Lo habéis sabido,
querida mía?
CLEOPATRA
La celeridad nunca es admirada sino por los negligentes.
ANTONIO
¡Excelente reprensión! Honraría a los hombres más valientes verse así
denostados por su indolencia. Canidio, les combatiremos por mar.
CLEOPATRA
¡Por mar! ¿Y no habría otro modo de combatirles?
CANIDIO
¿Por qué adopta mi señor esa resolución?
ANTONIO
Porque es en el mar donde nos desafía.
ENOBARBO
Mi señor también le ha desafiado en singular combate.
CANIDIO
Y vos le habéis ofrecido librar esa batalla en Farsalia, donde César
combatió con Pompeyo. Pero rechaza los ofrecimientos que no
redundan en ventaja suya; debierais hacer otro tanto.
ENOBARBO
Vuestras naves no están bien equipadas; vuestros marinos son
arrieros, segadores, gentes reclutadas a toda prisa para vuestras
necesidades; la flota de César está dirigida por los marinos que han
combatido con frecuencia contra Pompeyo; sus naves son ligeras, las
vuestras pesadas. No hay ningún deshonor en rehusar el combate en el
mar, cuando estáis preparado para un combate terrestre.
ANTONIO
En el mar, en el mar.
ENOBARBO
Nobilísimo señor, entonces renunciáis a la absoluta superioridad
militar que tenéis en tierra; mutiláis vuestro ejército, compuesto en su
mayoría de infantes experimentados en la guerra; renunciáis a
aprovechar vuestros afamados conocimientos; abandonáis la vía que
da promesas ciertas y os apartáis de una firme certeza para entregaros
simplemente al azar y a la casualidad.
ANTONIO
Combatiré por mar.
CLEOPATRA
Tengo sesenta veleros. César no los tiene mejores.
ANTONIO
Quemaremos el sobrante de nuestra flota, y con el resto, sólidamente
equipado, desde las alturas de Actio, batiremos a César cuando se
acerque. Si fracasamos, entonces podremos librar batalla en tierra.
(Entra un mensajero). ¿Qué tienes que decir?
MENSAJERO
Las noticias son verdaderas, mi señor. Están confirmadas. César ha
tomado Torina.
ANTONIO
¿Es posible que esté allí en persona? No puede ser. Resulta extraño que
sus fuerzas estén aquí. Canidio, quedarás en tierra, a la cabeza de
nuestras diez legiones y de nuestros doce mil jinetes. Nosotros
retornaremos a nuestro navío. ¡Partamos, mi Tetis! (Entra un soldado).
¡Hola! ¿Qué hay, bravo soldado?
SOLDADO
¡Oh, noble emperador! No combatáis por mar, no os fiéis de las tablas
podridas. ¿No confiáis en mi espada y mis heridas? Dejad los papeles
de patos para los fenicios y los egipcios; sobre tierra es donde nosotros
tenemos costumbre de vencer, combatiendo paso a paso.
ANTONIO
Bueno, bueno, partamos.
(Salen Antonio, Cleopatra y Enobarbo).
SOLDADO
¡Por Hércules! Estoy seguro de poseer la verdad.
CANIDIO
Sí, soldado; pero su orientación ya no se apoya en su fuerza legítima, de
suerte que nuestro jefe es dirigido, y resultamos los soldados de las
mujeres.
SOLDADO
Mandáis en tierra todas las legiones y la caballería, ¿no es eso?
CANIDIO
Marco Antonio, Marco Justeio, Publícola y Celio dirigen por mar. Pero
nosotros mandamos en todas las fuerzas de tierra. Esa celeridad de
César sobrepuja a cuanto puede imaginarse.
SOLDADO
Cuando se hallaba todavía en Roma hizo salir sus tropas por
destacamentos, de manera que se despistaran todos los espías.
CANIDIO
¿Quién es su lugarteniente, 10 sabéis?
SOLDADO
Un cierto Tauro, se dice.
CANIDIO
¡Ah, sí, le conozco!
(Entra un mensajero).
MENSAJERO
El emperador llama a Canidio.
CANIDIO
La hora presente está en gestación de noticias, y cada minuto pare
alguna.
(Salen).
Escena octava.
Una llanura cerca de Actium.
Entran César, Tauro, oficiales y otros.
CÉSAR
¡Tauro!
TAURO
¿Mi señor?
CÉSAR
No operes en tierra, guarda tus fuerzas intactas; no presentes batalla
antes de que hayamos terminado en el mar. No vayas más allá de las
prescripciones de este pergamino. Nuestra suerte pende toda entera de
este trance.
(Salen).
Escena novena
Otra parte de la llanura.
Entran Antonio y Enorbarbo.
ANTONIO
Coloquemos nuestros escuadrones allá, a este lado de la colina, a la
vista de los batallones de César; desde este sitio podremos distinguir el
número de sus naves y obrar en consecuencia.
(Salen).
Escena déclma
Otra parte de la llanura.
Entran Canidio, atravesando la escena, con su ejército de tierra, y
Tauro, el lugarteniente de César, que la atraviesa por otro lado.
Después se oye estrépito de un combate en el mar. Entra Enobarbo.
ENOBARBO
¡Perdido, perdido, todo está perdido! No puedo ver más. La Antoniada,
el barco almirante egipcio, gira el timón y huye con todas sus sesenta
naves. Mis ojos enferman de ver tal cosa.
(Entra Escaro).
ESCARO
¡Por todos los dioses y diosas de la asamblea olímpica!
ENOBARBO
¿Qué significa tu vehemencia?
ESCARO
Hemos perdido por simple estupidez la mayor parte del mundo; hemos
dado el beso de despedida a una multitud de reinos y de provincias.
ENOBARBO
¿Qué fisonomía ofrece el combate?
ESCARO
Por nuestra parte, la de la peste debidamente declarada, con
perspectiva de muerte cierta. Esta lujuriosa jaca de Egipto, que la lepra
se lleve, en medio del combate, cuando las ventajas estaban
balanceadas de ambos lados, iguales en los dos bandos, y aun
parecíamos tener la superioridad, de pronto, como si la picara una
mosca, cual a una vaca en junio, hace izar las velas y huye.
ENOBARBO
Lo he visto. Mis ojos han enfermado con ese espectáculo y no he podido
contemplarlo más tiempo.
ESCARO
Al virar en redondo ella, esa noble ruina de su magia, Antonio, como un
pájaro alocado, deja el combate en el más fogoso momento, iza sus
velas y corre en su persecución. Jamás he visto acción tan vergonzosa;
la experiencia, la virilidad, el honor nunca se han infligido parecido
oprobio.
ENOBARBO
¡Ay, ay!
(Entra Canidio).
CANIDIO
Nuestra fortuna en el mar está en la agonía y se derrumba de una
manera lamentable. Si nuestro general hubiese sido el que
acostumbraba, todo habría pasado bien. Nos ha dado, en cambio, el
ejemplo de la fuga huyendo cobardemente.
ENOBARBO
¿Sí? ¿Habéis llegado a eso? ¡Ah, bien, entonces buenas noches, a fe mía!
CANIDIO
Han huido hacia el Peloponeso.
ESCARO
Llegarán sin dificultad. Yo iré también a esperar los acontecimientos.
CANIDIO
Voy a entregar a César mis legiones y mi caballería; seis reyes me han
mostrado ya cómO se rinde.
ENOBARBO
Seguiré aún la suerte maltrecha de Antonio, aunque mi razón me sople
la opinión contraria.
(Salen).
Escena décima primera
Alejandría. Un aposento en el palacio.
Entran Antonio y la gente de su séquito.
ANTONIO
¡Escuchad! La tierra me prohibe hollarla más tiempo; está avergonzada
de sostenerme. Amigos, venid aquí. De tal manera me he retrasado en
el mundo, que he perdido para siempre mi camino. Tengo una nave
cargada de oro; tomadla, repartidla entre vosotros; huid y haced
vuestra paz con César.
TODOS
¡Huir! No, nosotros no huiremos.
ANTONIO
He huido yo mismo y enseñado a los cobardes a correr y mostrar las
espaldas. Amigos, partid; he adoptado una resolución para la que no
tengo necesidad de vosotros; tomadlo. ¡Oh, he perseguido lo que ahora
me sonrojo de mirar! Mis cabellos mismos se insurreccionan, pues los
blancos reprochan a los negros su precipitación temeraria, y los negros
censuran a los blancos por su temor y su locura. Partid, Compañeros,
os daré cartas para ciertos amigos que desembarazarán vuestra senda
de obstáculos. Os ruego que no aparezcáis tristes; no me respondáis
que ese bando os repugna, Seguid la opinión que os da mi
desesperación, Abandonad al que se abandona a sí mismo. A la orilla en
el acto. Quiero poneros en posesión de esa nave y de ese tesoro. Por
favor, dejadme un momento en esta hora. Veamos, haced lo que os
digo; he perdido ahora todo poder para mandaros y por eso os ruego.
Me uniré a vosotros más tarde.
(Se sienta. Entra Cleopatra, conducida por Iras y Carmiana; Eros les
sigue).
EROS
Vamos, buena señora, aproximaos a él, consoladle.
IRAS
Hacedlo, queridísima reina.
CARMIANA
¡Hacedlo! ¿Qué otra cosa podríais hacer?
CLEOPATRA
Dejad que me siente. ¡Oh, Juno!
ANTONIO
¡No, no, no, no, no!
EROS
¿Veis quién está aquí, señor?
ANTONIO
¡Oh! ¡Vergüenza, vergüenza, vergüenza!
IRAS
¡Señora, oh, buena emperatriz!
EROS
Señor, señor ...
ANTONIO
Sí, mi señor, sí. ¡El que en Fibpos llevaba su espada como un bailarín,
mientras yo me ensañaba en el flaco y arrugado Casio! y fui yo quien
acabé la derrota del loco de Bruto. Entonces obraba sólo como mi
lugarteniente, y no tenía ninguna experiencia de las valientes
maniobras de la guerra; y en esta hora, sin embargo ... Poco importa.
CLEOPATRA
¡Ah! Auxiliadme.
EROS
¡La reina, mi señor, la reina!
IRAS
Aproximaos a él, señora, habladle. La vergüenza le hace olvidar
completamente lo que es.
CLEOPATRA
Pues bien, entonces, sostenedme, ¡oh!
EROS
Muy noble señor, levantaos; la reina avanza, su cabeza se derrumba
sobre su hombro, y la muerte va a apoderarse de ella si no la socorréis
con vuestros consuelos.
ANTONIO
He manchado mi reputación. Una huída por demás innoble ...
EROS
Señor, la reina.
ANTONIO
¡Oh, reina de Egipto! ¿Adónde me has llevado? Ve cómo me desvía mi
vergüenza de tus ojos, dirigiendo atrás mis miradas sobre las cosas que
he dejado a lo lejos, destrozadas por el deshonor.
CLEOPATRA
¡Oh, mi señor, mi señor! ¡Perdonad a mis velas tímidas! No pensaba que
me habríais seguido.
ANTONIO
¡Reina de Egipto, sabías demasiado bien que mi corazón estaba ligado
por sus fibras a tu timón, y que me arrastrarías tras de ti; comprendías
tu entero imperio sobre mi espíritu y te constaba que a una señal tuya
habría desobedecido a los mismos dioses!
CLEOPATRA
¡Oh, perdonadme!
ANTONIO
Ahora es preciso que envíe a ese muchacho humildes proposiciones,
que me humille y soslaye por medio de rodeos tortuosos de la bajeza.
Yo que, dueño de la mitad del mundo, hacía el juego que me placía,
levantando y derribando las fortunas. Sabíais hasta qué punto erais
dueña de mí mismo y que mi espada debilitada, por mi amor, le
obedecería en todo estado de causa.
CLEOPATRA
¡Perdón! ¡Perdón!
ANTONIO
Vamos, no dejes caer uná lágrima, que una sola iguala a todo lo que ha
sido jugado y perdido. Dame un beso; esto me compensa enteramente.
Hemos enviado como mensajero a nuestro preceptor. ¿Está de vuelta?
Querida, me siento pesado como el plomo. ¡Vino de allá dentro y
nuestra comida! La fortuna sabe bien que en la hora en que nos alcanza
más fuertemente es cuando más la despreciamos.
(Salen).
Escena décima segunda
El campamento de César en Egipto.
Entran César, Dolabella, Tireo y otros.
CÉSAR
Haced que se aproxime el hombre que ha venido de parte de Antonio.
¿Le conocéis?
DOLABELLA
Es el preceptor de sus hijos, César. Prueba que está desplumado
cuando envía una pluma tan pobre de su ala, él que hace pocas lunas
tenía por mensajeros más reyes de los que quería.
(Entra Eufronio).
CÉSAR
Aproxímate y habla.
EUFRONIO
Humilde como soy, vengo de parte de Antonio. No hace mucho tiempo
era yo tan poco importante en sus asuntos, como la gota de rocío sobre
la hoja de mirto pueda serio para el vasto mar.
CÉSAR
Sea; expón tu mensaje.
EUFRONIO
Antonio te saluda como dueño de su suerte y pide que se le permita
vivir en Egipto. Si no le es concedido, se resuelve a aminorar su
demanda, y te suplica le dejes respirar entre cielo y tierra, como simple
particular, en Atenas. Esto en cuanto a él. Enseguida Cleopatra
reconoce tu grandeza, se somete a tu poder y solicita de ti para sus
herederos la diadema de los Ptolomeos, de que tu gracia puede
disponer ahora.
CÉSAR
Por lo que se refiere a Antonio, no tengo oído para sus requerimientos.
En cuanto a la reina, no le rehúso ni audiencia ni satisfacción, con tal de
que eche de Egipto a su amante, tan completamente deshonrado, o le
quite la vida. Si lo hace, no solicitará sin que se le atienda. Tal es
nuestra decisión para el uno y la otra.
EUFRONIO
¡Que la fortuna te acompañe!
CÉSAR
Conducidle a través de las tropas. (Sale Eufronio. A Tireo). He aquí la
hora de ensayar tu elocuencia. ¡Despáchate! Separa a Cleopatra de
Antonio. Prométele, y en nuestro nombre, lo que pide; añádele otras
ofertas de tu invención. Las mujeres no son fuertes a la mejor fortuna;
pero la necesidad haría perjurar a la vestal inmaculada. Pon en juego tu
habilidad, Tireo; redacta tú mismo la ordenanza de la remuneración
debida a tus trabajos, que nosotros~jecutaremos como una ley.
TIREO
Voy a ello, César.
CÉSAR
Observa cómo soporta Antonio su naufragio, y dime lo que conjeturas
de su actitud y lo que dejan presagiar sus movimientos.
TIREO
Lo haré, César.
(Salen).
Escena décima tercera
Alejandría. Una sala en el palacio.
Entran Cleopatra, Enobarbo, Carmiana e Iras.
CLEOPATRA
¿Qué nos queda por hacer, Enobarbo?
ENOBARBO
Desesperar y morir.
CLEOPATRA
¿Es en Antonio o en nosotros en quien recae esta falta?
ENOBARBO
En Antonio solo, que ha querido que su voluntad fuese dueña de su
razón. ¿Qué influía que hubieseis huido ante ese gran espectáculo de la
guerra, cuando las diversas filas se espantaban las unas de las otras?
¿Qué necesidad tenía de seguiros? El prurito de su amor no debió
entonces profanar su reputación de capitán, en parecido momento,
cuando la mitad del mundo estaba empeñada con la otra mitad, la sola
cuestión para él era vencer, y fue una vergüenza igual a la de su derrota
correr detrás de vuestra bandera fugitiva y abandonar su flota,
mirándola con estupefacción.
CLEOPATRA
Silencio, te lo ruego.
(Entran Antonio y Eufronio).
ANTONIO
¿Es ésa su respuesta?
EUFRONIO
Sí, mi señor.
ANTONIO
De modo que la reina será complacida, con tal de que nos ceda.
EUFRONIO
Así lo ha manifestado.
ANTONIO
Informémosle de ello. Envía al niño César esta cabeza encanecida y te
colmará de reinos más allá de tus deseos.
CLEOPATRA
¿Esa cabeza, mi señor?
ANTONIO
Vuelve hacia él. Dile que lleva en sus mejillas las rosas de la juventud, lo
que hace que el mundo espere verle señalarse por alguna hazaña muy
particular; pues un cobarde puede poseer su tesoro, sus naves, sus
legiones; porque sus generales pueden triunfar lo mismo bajo las
órdenes de un niño que bajo el mando de César; por consiguiente, le
invito a dejar a un lado todas esas felices ventajas y a venir a medirse
uno contra uno, espada contra espada, conmigo, que estoy ya en el
declive de la edad. Voy a escribirle una carta. Sígueme.
(Salen Antonio y Eufronio).
ENOBARBO
(Aparte). ¡Ah! ¿Cómo es posible que César, rodeado de un ejército
formidable, vaya a jugarse su porvenir y darse como espectáculo
midiéndose con un espadachín? Veo que los juicios de los hombres
constituyen una parte de sus fortunas, y que los acontecimientos
exteriores les sacan las facultades interiores para hacerles sufrir la
misma suerte que a ellos mismos. ¿Es posible que sueñe, conociendo la
medida de las cosas, que César, rebosante de poder, va a responderle a
él, desprovisto de fuerza? César, has conquistado también su buen
sentido.
(Entra un criado).
CRIADO
Un mensajero de parte de César.
CLEOPATRA
¡Cómo! ¿Sin más que esa ceremonia? ¡Mirad, mujeres mías! Los que se
arrodillaban ante la rosa en capullo se tapan la nariz ante la rosa
deshojada. Hacedle entrar, señor.
(Sale el criado).
ENOBARBO
(Aparte). Mi honradez y yo comenzamos a reñir. La lealtad fielmente
guardada a los locos hace de nuestra fe una pura tontería. Sin embargo,
el hombre capaz de seguir con deferencia a un amo caído, conquista al
conquistador de su amo y se gana un nombre en la historia.
(Entra Tireo).
CLEOPATRA
¿Cuál es la voluntad de César?
TIREO
Escuchadla en privado.
CLEOPATRA
No hay aquí más que amigos; hablad con desenvoltura.
TIREO
Es posible que sean al mismo tiempo amigos de Antonio.
ENOBARBO
Los precisa tanto como César los tiene, señor; o no tiene necesidad de
nosotros. Si le place a César, nuestro amo saldrá al encuentro de su
amistad. Por nosotros, sabed que estamos con quien él esté; por
consiguiente, con César, si él quiere.
TIREO
Bueno. Pues bien, ilustre reina, César te suplica que no te asustes de la
situación más de lo preciso y que pienses que él es César.
CLEOPATRA
Continuad. ¡He aquí una conducta muy real!
TIREO
Sabe que continuáis unida a Antonio, no por amor, sino por miedo.
CLEOPATRA
¡Oh!
TIREO
Así, deplora las heridas hechas a vuestro honor como ultrajes forzados
y no merecidos.
CLEOPATRA
Es un dios y sabe lo que es verdaderamente justo. Mi honor no ha
cedido; ha sido simplemente conquistado.
ENOBARBO
(Aparte). Para asegurarme de ello, voy a preguntárselo a Antonio.
Señor, señor, estás tan desplomado, que debemos dejarte hundir, ya
que lo que tienes de más caro te abandona.
(Sale).
TIREO
¿Qué diré a César que le pedís? Porque no quiere sino oíros desear para
conceder. El colmo de sus anhelos sería que consintierais en apoyaros
sobre su suerte. Pero estaría repleto de satisfacción si supiese por mí
que habéis abandonado a Antonio y que os habéis colocado bajo la
protección del que es poseedor del mundo.
CLEOPATRA
¿Cuál es vuestro nombre?
TIREO
Mi nombre es Tireo.
CLEOPATRA
Excelente mensajero, decid lo siguiente al gran César: Beso sin más
hablar su mano conquistadora; me apresuro, decidle, a depositar mi
corona a sus pies, ante los cuales me arrodillo; y decidle, además, que
espero de su voz, a la que obedezco en todo, la suerte de Egipto.
TIREO
Ésa es vuestra más noble postura. Cuando el saber y la suerte están en
pugna, si lo primero no se aventura más de lo que le es posible, ningún
acontecimiento puede quebrantada. Concededme la gracia de
depositar en vuestra mano la expresión de mi respeto.
CLEOPATRA
A menudo el padre de vuestro César, después de meditar en la
conquista de reinos, permitió a sus labios estacionarse en este indigno
sitio y depositar en él besos que hizo llover encima.
(Vuelven a entrar Antonio y Enobarbo).
ANTONIO
¡Favores! ¡Por Júpiter! ¿Quién eres, muchacho?
TIREO
Uno que cumplió únicamente las órdenes del hombre poderoso entre
todos y el más digno de que sus órdenes sean obedecidas.
ENOBARBO
(Aparte). Vais a ser azotado.
ANTONIO
¡Avanzad aquí, eh! ... ¡Ah, gavilán! ... ¡Dioses y diablos! Mi autoridad se
diluye a simple vista; hace poco tiempo, cuando gritaba: ¡Hola!, los
reyes acudían a toda prisa, como niños que se empujan en su carrera, y
respondía: ¿Cuál es vuestra voluntad? ¿No tenéis oídos? Soy todavía
Antonio. (Entran criados). Cogedme a ese y azotadle.
ENOBARBO
(Aparte). Es más seguro jugar con un leoncillo que con un viejo león
moribundo.
ANTONIO
¡Luna y estrellas! ¡Azotadle! Si hubiese aquí veinte de los más grandes
tributarios que acatan a César, si yo los sorprendiera tan
descaradamente con la mano de esta ... ¿cuál es su nombre desde que
fue Cleopatra? Azotadle, hijos míos, hasta que le veáis tomar un
semblante lloricón, como un nene, y gemir a gritos para pedir gracia.
Lleváoslo de aquí.
TIREO
Marco Antonio ...
ANTONIO
Arrancadle de aquí, y cuando haya sido azotado, volvedle a traer. Este
Jack de César le llevará un mensaje de nuestra parte. (Salen los criados
con Tireo). Estabais medio marchita antes de que os conociese. ¡Ah!
¿He dejado yo mi lecho vacío en Roma, y descuidado de engendrar una
raza legítima, y por dos joyas de mujeres, para ser puesto así en
ridículo por una persona que pone los ojos en los inferiores?
CLEOPATRA
Mi buen señor ...
ANTONIO
Siempre habéis sido falsa; pero cuando nos sumimos en nuestras
disposiciones viciosas -¡oh, qué miseria!- los justos dioses nos ciegan,
apagan en nuestro fango la claridad de nuestro juicio, nos hacen adorar
nuestros errores y se ríen de nosotros, mientras tropezamos con
nuestra ruina.
CLEOPATRA
¡Oh! ¿Hemos llegado a esto?
ANTONIO
Os encontré como un trozo de fiambre en el trinchero del difunto
César; o, mejor dicho, erais las sobras del Cneo Pompeyo. Y no hablo de
las cálidas horas, no registradas en el recuerdo del público, que os
habéis pasado lujuriosamente, pues estoy seguro de que, aunque os sea
posible sospechar qué es la continencia, ignoráis lo que es.
CLEOPATRA
¿A qué todo eso?
ANTONIO
¡Dejar a un muchacho que va recibiendo propinas y diciendo: Dios os lo
pague tomar familiaridades con vuestra mano, que es mi compañera de
placer, cón ese sello real y ese testigo de los grandes corazones! ¡Oh,
que no estuviera sobre la colina de Basan para dominar con mis
mugidos el rebaño de animales con cuernos! Pues esta cólera salvaje
tiene justa causa; pero explicada con calma sería tan difícil como para
un hombre que tenga la soga al cuello agradecer al verdugo el tener la
mano hábil con él. (Vuelve a entrar la gente del séquito con Tireo).
¿Está azotado?
PRIMER HOMBRE DEL SÉQUITO
Firmemente, mi señor ...
ANTONIO
¿Ha gritado y pedido perdón?
PRIMER HOMBRE DEL SÉQUITO
Ha pedido gracia.
ANTONIO
Si vive tu padre, que se arrepienta de no haber tenido una hija en tu
lugar; siente seguir a César en su triunfo, puesto que has sido azotado
por haberle seguido. Que desde ahora la blanca mano de una dama te
cause fiebre y te estremezcas mirándola. Retorna al lado de César,
cuéntale tu recepción. Ve y dile hasta qué punto me ha irritado; porque
se muestra hacia mí altivo y desdeñoso, y me trata según lo que soy, no
según lo que sabe que era. Me irrita, y es muy fácil en este momento en
que las buenas estrellas que me guiaban en otro tiempo han dejado sus
órbitas vacías y lanzado sus fuegos al abismo del infierno.
CLEOPATRA
¿Habéis acabado ya?
ANTONIO
¡Ay, nuestra luna terrestre se ha eclipsado ahora, y sólo presagia la
caída de Antonio!
CLEOPATRA
Es preciso que me contenga.
ANTONIO
Para halagar a César, ¿teníais necesidad de cambiar guiñas con quien le
ata sus agujetas?
CLEOPATRA
¿No me conocéis todavía?
ANTONIO
Sé que tenéis un corazón de hielo para mí.
CLEOPATRA
¡Ah, querido! Si es así, que el cielo de mi corazón helado suelte granizo
y le envenene en su fuente; que el primer pedrisco caiga sobre mi
cuello, y que cuando se liquide, liquide mi vida. Que el segundo alcance
a Cesarión, y así sucesivamenle, hasta que todo recuerdo de mi
descendencia y de mis bravos egipcios yazca sin sepultura bajo este
huracán de granizo fundente, hasta que las moscas y mosquitos del
Nilo les hayan sepultado, haciendo de ellos su presa.
ANTONIO
Me siento esperanzado. César se establece en Alejandría, donde
lucharé contra su fortuna. Nuestras tropas terrestres han resistido
noblemente; nuestras naves, dispersas, se reúnen de nuevo, y nuestra
flota presenta un aspecto temible. ¿Dónde estabas, corazón mío? ¿Oyes,
señora? Si regreso una vez más del campo de batalla para besar esos
labios, apareceré todo sangrante; yo y mi espada conquistaremos
nuestra crónica. Todavía hay esperanza.
CLEOPATRA
¡Éste es mi bravo señor!
ANTONIO
Tendré triples nervios, triple corazón, triple aliento y combatiré sin
piedad. Cuando la fortuna me era feliz y dulce, la gente me rescataba
sus vidas con una broma; pero ahora mantendré los dientes cerrados, y
enviaré al lugar de las tinieblas a todos aquellos que me pongan
obstáculos. Vamos, tengamos otra noche de fiestas. Llamadme a todos
mis capitanes entristecidos; llenad nuestras copas; una vez más
burlémonos de la campana de medianoche.
CLEOPATRA
Hoy es el aniversario de mi nacimiento; había pensado pasado
tristemente; pero puesto que mi señor ha vuelto a ser Antonio, seré
Cleopatra.
ANTONIO
¡Todavía lo pasaremos bien!
CLEOPATRA
Llamad ante mi señor a todos sus nobles capitanes.
ANTONIO
Hacedlo, quiero arengarles, y esta noche forzaré al vino a que rezume
por sus cicatrices. Vamos, reina mía; aún me queda savia. La primera
vez que combata, obligaré a la muerte a amarme porque he de rivalizar
casi con su guadaña pestilente.
(Salen todos, menos Enobarbo).
ENOBARBO
Ahora va a exceder al rayo. Estar furioso es no tener miedo, a fuerza de
tenerlo, y en este estado, la paloma dará picotazos al halcón. Veo que
nuestro capitán restaura siempre su corazón con lo que pierde de
cerebro; cuando el valor devora a la razón, ésta se traga la espada con
que pelea. Voy a buscar algún medio de abandonarle.
(Sale).
ACTO IV
Escena primera.
El campamento de César enfrente de Alejandría.
Entran César leyendo una carta; Agripa, Mecenas y otros.
CÉSAR
Me llama niño y me riñe, como si tuviese poder para echarme de
Egipto; ha hecho vapulear con varas a mi mensajero y me desafía en
combate personal. ¡César contra Antonio! Que el viejo rufián sepa que
tengo otras maneras de morir; entre tanto, me río de su desafío.
MECENAS
César debe pensar que cuando alguien tan eminente comienza a
encolerizarse, es impulsado a los excesos hasta que cae. No le dejéis
recobrar aliento, sino tomad ahora ventaja de su locura. Jamás la cólera
hizo buena guarda de sí misma.
CÉSAR
Que nuestros principales jefes sepan que mañana tenemos intención de
librar la última de tantas batallas. En el seno de nuestras filas hay
antiguos servidores de Marco Antonio que bastan para agarrarlo. Dad
una fiesta al ejército; tenemos sObradas provisiones, y los soldados han
merecido que se les trate con miramiento. ¡Pobre Antonio!
(Salen).
Escena segunda
Alejandría. Una sala del palacio.
Entran Antonio, Cleopatra, Enorbarbo, Carmiana, Iras, Alejas y otros.
ANTONIO
¿No quiere batirse conmigo, Domicio?
ENOBARBO
No.
ANTONIO
¿Por qué no quiere?
ENOBARBO
Piensa que teniendo una fortuna veinte veces mayor, vale por veinte
hombres contra uno solo.
ANTONIO
Mañana, soldado, combatiré por tierra y por mar. O viviré, o al morir,
entregaré mi vida a mi honor, dándole un baño de sangre. ¿Combatirás
bien?
ENOBARBO
Pelearé gritando: ¡No hay cuartel!
ANTONIO
Bien dicho; adelante. Llamad a los criados de mi casa; seamos
magníficos en nuestra comida de esta noche. (Entran los criados).
Dame tu mano; has sido austeramente honrado, y tú también ...; y tú, y
tú. Me habéis servido bien, y los reyes han sido vuestros compañeros.
CLEOPATRA
(Aparte a Enobarbo). ¿Qué significa eso?
ENOBARBO
(Aparte a Cleopatra). Es uno de esos caprichos extraños que el pesar
hace surgir del alma.
ANTONIO
Y tú eres honrado también. Quisiera estar multiplicado en tantos
hombres como sois, y que vosotros no formaseis más que un Antonio a
fin de serviros tan lealmente como me habéis servido.
CRIADOS
¡Les dioses lo impidan!
ANTONIO
Vamos, mis buenos amigos, servidme esta noche. No escatiméis mis
copas, y tened para mí las mismas atenciones que cuando mi imperio
era vuestro camarada y obedecía como vosotros a mis órdenes.
CLEOPATRA
(Aparte a Enobarbo). ¿Qué intenciones tiene?
ENOBARBO
(Aparte a Cleopatra). Hacer llorar a sus criados.
ANTONIO
Servidme esta noche; quizá sea el término de vuestra obediencia;
probablemente no me Veréis más, o, si me veis, sea la sombra mutilada
de mí mismo. Tal vez mañana sirváis a otro dueño. Os contemplo como
un hombre que está de despedida. Mis honrados amigos, no os licencio;
al contrario, como un amo enlazado con vuestro servicio, no os
abandono hasta la muerte. Servidme dos horas esta noche, no os pido
más, y que los dioses os recompensen.
ENOBARBO
¿En qué pensáis, señor, haciéndples pasar este disgusto? Mirad, lloran,
y mis ojos mismos, como los de un asno, tienen el aspecto de haber
sido frotados con cebolla. Por pudor, no nos convirtamos en mujeres.
ANTONIO
¡Oh, oh, oh! ¡Que las brujas me lleven, si yo abrigaba esa intención!
¡Crezca la gracia donde caen esas gotas! Mis cordiales amigos, tomáis
mis palabras en un sentido demasiado doloroso; porque os hablaba
para infundiros valor, para expresaros el deseo de veros consumir esta
noche al fulgor de las antorchas. Sabed, queridos corazones míos, que
auguro albricias para el mañana, y que espero conduciros más bien a
una vida victoriosa que a una muerte asociada al honor. Vamos a cenar.
Venid y ahoguemos toda preocupación en la embriaguez.
(Salen).
Escena tercera
Alejandría. Delante del palacio.
Entran dos soldados que vienen a montar la guardia.
PRIMER SOLDADO
Buenas noches, hermano. Mañana es el gran día.
SEGUNDO SOLDADO
Lo que decidirá las cosas en un sentido o en otro. Que lo paséis bien.
¿No habéis oído nada extraño por las calles?
PRIMER SOLDADO
Nada. ¿Qué novedades hay?
SEGUNDO SOLDADO
Quizá no sea más que un rumor. Buenas noches.
PRIMER SOLDADO
Pues bien, buenas noches, amigo.
(Entran otros dos Soldados).
SEGUNDO SOLDADO
Soldados, haced una guardia atenta.
TERCER SOLDADO
Y vos lo mismo. Buenas noches, buenas noches.
(El primer soldado y el segundo, se dirigen a sus puestos).
CUARTO SOLDADO
Aquí es nuestro puesto. (Ocupan sus puestos). Si mañana ayuda la
suerte a nuestra flota, tengo la absoluta convicción de que nuestras
tropas resistirán bien.
TERCER SOLDADO
Es un bravo ejército y lleno de ímpetus.
(Música de oboes bajo tierra).
CUARTO SOLDADO
¡Silencio! ¿Qué ruido es ése?
PRIMER SOLDADO
¡Escuchad, escuchad!
SEGUNDO SOLDADO
¡Silencio!
PRIMER SOLDADO
¡Música en el aire!
TERCER SOLDADO
¡Bajo tierra!
CUARTO SOLDADO
Buen signo, ¿no es eso?
TERCER SOLDADO
No.
PRIMER SOLDADO
¡Silencio, digo! ¿Qué podrá esto significar?
SEGUNDO SOLDADO
Es el dios Hércules, que amaba a Antonio, y que le abandona en este
momento. (Avanzan hacia el otro puesto). ¡Hola, camaradas!
LOS SOLDADOS
(Hablando todos a la vez). ¿Qué hay? ¿Qué hay? ¿No oís?
PRIMER SOLDADO
Sí; ¿no es extraño?
TERCER SOLDADO
¿Oís, camaradas, oís?
PRIMER SOLDADO
Sigamos el rumor tan lejos como nos sea posible. Veamos. ¿En qué
parará?
SOLDADOS
(Hablando en conjunto). Con mucho gusto ... ¡Es extraño!
Escena cuarta
Alejandría. Delante del palacio.
Entran Antonio y Cleopatra, Carmiana, Iras y otras personas de
servicio.
ANTONIO
¡Eros, mi armadura, Eros!
CLEOPATRA
Dormid un poco.
ANTONIO
No, polluela mía. ¡Eros llega; mi armadura, Eros! (Entra Eros con una
armadura). Avanza, mi buen muchacho; ponme la armadura. Si la
fortuna no nos es hoy propicia, será porque la retamos ... Vamos.
CLEOPATRA
Quiero ayudaros yo también. ¿Para qué sirve esto?
ANTONIO
¡Oh, deja, deja eso! Tú, tú eres el armero de mi corazón. Muy mal, muy
mal; déjalo, déjalo.
CLEOPATRA
Te ayudaré poquito a poco. Esto debe ponerse probablemente así.
ANTONIO
Bien, bien. ¡Tenemos que triunfar! Vamos, buen mozo, ve a equiparte.
EROS
Inmediatamente, señor.
CLEOPATRA
¿No está bien abrochada?
ANTONIO
Extremadamente bien, extremadamente bien. Quien la desabroche
antes de que nos plazca quitárnosla para nuestro reposo, sufrirá un
rudo asalto. Tus dedos maniobran mal, Eros, y mi reina es un escudero
más hábil que tú. ¡Date prisa! ¡Oh, amor mío, si pudieses ver mi batalla
de hoy y si supieses qué ocupación real es ésa, verías un famoso obrero
en la tarea! (Entra un oficial armado). Buenos días a ti. Sé bienvenido.
Tienes cara de hombre que sabe lo que es Una carga guerrera. Nos
levantamos temprano para ir a la faena que nos place, y nos
entregamos a ella con alegría.
OFICIAL
Aunque sea temprano,ya están otros mil revestidos de su equipo de
guerra y esperan en el puesto, señor.
(Trompetería y aclamaciones en el exterior. Entran otros oficiales y
soldados).
SEGUNDO OFICIAL
La mañana está hermosa. Buenos días, general.
TODOS
Buenos días, general.
ANTONIO
Bella música es la vuestra, hijos míos. Esta alborada, parecida al
espíritu de un joven que aspira a llegar a sér ilustre, comienza
temprano. Así, así; vamos, dadme eso. De este lado ...; está bien. Sed
dichosa, señora, ocurra lo que ocurra. Este beso es el de un soldado. (La
besaSalen Antonio, los oficiales y los soldados).
CARMIANA
¿Os agradaría retiraros a vuestro aposento?
CLEOPATRA
Llévame. Se aleja con aire muy valiente. ¡Oh, que no puedan él y César
convertir esta gran guerra en combate singular! Entonces Antonio ...
pero ahora ...; bien, marchemos.
(Salen).
Escena quinta
El campamento de Antonio cerca de Alejandría.
Suenan las trompetas. Entran Antonio y Eros; un soldado viene a su
encuentro.
SOLDADO
¡Los dioses hagan que este día sea feliz para Antonio!
ANTONIO
¡Ojalá que tú y tus heridas me hubieseis persuadido a combatir en
tierra!
SOLDADO
Si hubieras obrado así, los reyes que se han rebelado y el soldado que
te abandonó esta mañana seguirían aún tras tus talones.
ANTONIO
¿Quién ha partido esta mañana?
SOLDADO
¿Quién? Alguien que te tenía muy cerca. Llama a Enobarbo; no te
escuchará; o te gritará desde el campamento de César: No soy de los
tuyos.
ANTONIO
¿Qué dices?
SOLDADO
Está con César, señor.
EROS
Señor, no se llevó con él sus cajas ni su tesoro.
ANTONIO
¿Ha partido?
SOLDADO
Nada más cierto.
ANTONIO
Anda, Eros; envíale su tesoro; hazlo; no retengas un ápice, te lo ordeno.
Escríbele -yo la firmaré- una carta de felicitaciones y amables
despedidas; dile que deseo que no tenga nunca más causa para cambiar
de amo. ¡Oh, mi mala suerte ha corrompido a los hombres honrados!
Date prisa ... ¡Enobarbo!
(Salen).
Escena sexta
El campamento de César delante de Alejandría.
Trompeteria. Entra César con Agripa, Enobarbo y otros.
CÉSAR
Avanza, Agripa, y entabla combate. Nuestra voluntad es que Antonio
sea atrapadó vivo; hazlo saber.
AGRIPA
César, así se hará.
(Sale).
CÉSAR
El tiempo de la paz universal está próximo; que este día sea un día
próspero, y el mundo, en los tres ángulos, llevará libremente el ramo
de oliva.
(Entra un mensajero).
MENSAJERO
Antonio ha llegado al campo de batalla.
CÉSAR
Andad, decid a Agripa que coloque en la vanguardia a los que han
desertado, a fin de que Antonio aparezca desahogando su cólera en sí
mismo.
(Salen todos, excepto Enobarbo).
ENOBARBO
Alejas ha hecho traición; se había traslado a Judea por asuntos de
Antonio; allí ha persuadido al poderoso Herodes que debía inclinarse
del lado de César y abandonar a su amo Antonio. En pago de ello, César
lo ha mandado ahorcar. Canidio y los otros que han hecho defección
tienen empleos, pero no gozan de ninguna honorable confianza. He
obrado mal, y de ello me acuso tan amargamente, que desde ahora no
conoceré más la alegría.
(Entra un soldado del ejército del César).
SOLDADO
Enobarbo, Antonio te envía tu tesoro con otros testimonios de su
generosidad. El mensajero ha llegado bajo mi custodia, y se ocupa
ahora en descargar sus mulas en mi tienda.
ENOBARBO
Te lo regalo todo.
SOLDADO
No bromeéis, Enobarbo. Os digo la verdad. Haréis bien en poner a
seguro el portador fuera del campamento; yo mismo le hubiera
escoltado si no tuviera que cumplir mi consigna. Vuestro emperador
continúa siendo un Júpiter.
(Sale).
ENOBARBO
Soy el mayor villano del mundo y comprendo mi infamia. ¡Oh, Antonio,
mina de generosidad! ¿A qué precio no habrías pagado mis buenos
servicios, ya que das a mi ignominia una corona de oro? Se me hincha
el corazón, y si este rápido remordimiento no basta para destrozarlo,
un medio más rápido se adelantará al pensamiento, destruyéndole;
pero el remordimiento será suficiente, a lo que juzgo. ¡Yo combatir
contra ti! No; buscare alguna fosa para morir; la más inmunda es la que
mejor conviene a la última parte de mi vida.
(Sale).
Escena séptima.
Un campo de batalla entre los dos campamentos.
Alarmas. Tambores y trompetas. Entran Agripa y otros.
AGRIPA
Retirémonos; nos hemos aventurado demasiado. César mismo ha
tenido que combatir, y el peso que nos hace sostener excede lo que
esperábamos.
(Salen. Alarmas. Entran Antonio y Escaro, herido).
ESCARO
¡Oh, mi bravo emperador! ¡Eso es combatir! Si hubiésemos combatido
así desde el principio, habríamos penetrado en su campo, pasando
sobre sus cabezas.
ANTONIO
Tu sangre corre en oleadas.
ESCARO
Tenía una herida como una T; pero ahora es como una H.
ANTONIO
Se retiran.
ESCARO
Les empujaremos hasta sus agujeros de ratas. Aún tengo sitio en mi
cuerpo para seis cuchilladas.
(Entra Eros).
EROS
Están batidos, señor, y nuestra ventaja puede pasar por una magnífica
victoria.
ESCARO
Escopleémosles la retaguardia y atrapémosles como atrapamos a las
liebres, por detrás; es un placer azotar a un fugitivo.
ANTONIO
Te recompensaré una vez por la viva manera con que animas mi
corazón, y diez veces por tu valor, valor sin segundo. Ven conmigo.
ESCARO
Os sigo cojeando.
(Salen).
Escena Octava.
Bajo los muros de Alejandría.
Escaramuza. Entran Antonio, en marcha; Escaro y sus fuerzas.
ANTONIO
Le hemos rechazado hasta su campamento. Que alguien corra delante e
informe a la reina de nuestras proezas. Mañana, antes de que el sol nos
contemple, verteremos la sangre que se nos ha escapado hoy. Os doy
gracias a todos; pues, robustos de brazo, habéis combatido, no como
gentes que sirven una causa común, sino como si esta causa fuese la de
cada uno de vosotros, y no la mía; os habéis mostrado tan grandes
como Héctores. Entrad en la ciudad, besad a vuestras mujeres, a
vuestros amigos, narradles vuestros altos hechos mientras ellos, con
lágrimas de gozo, lavarán la sangre cuajada en la superficie de vuestras
heridas y curarán con sus besos vuestras cuchilladas de honor. (Entra
Cleopatra con su séquito. A Escaro). Dame tu mano, quiero alabar tus
acciones ante esta gran hechicera y atraer hacia ti la dicha de sus
agradecimientos. ¡Oh, tú, luz del mundo, enlaza con tus brazos mi
cuello recubierto con la armadura! ¡Salta hasta mi corazón,
atravesando coraza y todo, y triunfa allí, asentándote sobre mi corazón
palpitante de alegría!
CLEOPATRA
¡Señor de los señores! ¡Oh, heroísmo sin medida! ¿Regresas así, con la
sonrisa en los labios, sin quedar apresado en el gran lazo del mundo?
ANTONIO
Ruiseñor mío, les hemos mandado a sus lechos a toda prisa. ¡Ea, ea!,
querida, aunque algunos matices grises se mezclen al oscuro más joven
de nuestra cabellera, todavía tenemos un cerebro que nutre nuestros
nervios y podemos competir en velocidad con los jóvenes para
alcanzar el objetivo. Contempla a este hombre; concede a sus labios el
favor de tu mano; bésala, guerrero mío. Ha combatido hoy como si un
dios que odiara al género humano hubiese tomado como objeto de su
encarnizamiento a los hombres.
CLEOPATRA
Te daré una armadura de oro, amigo; era de un rey.
ANTONIO
La ha merecido, incluso resplandeciente de diamantes como el carro
del divino Febo. Dame tu mano. Hagamos, a través de Alejandría, una
marcha alegre. Llevemos nuestros escudos abollados a cuchilladas
como los que los llevan. Si nuestro gran palacio fuera lo bastante vasto
para permitir a nuestro ejército acampar en él, cenaríamos todos
juntos y beberíamos a grandes tragos por la suerte del día de mañana,
que nos promete un peligro real. ¡Trompetas, ensordeced el oído de la
ciudad con vuestro estrépito de bronce! ¡Mezclad ese estrépito al
rataplán de vuestros tambores, de suerte que el cielo y la tierra
trepiden a la vez y aplaudan nuestra aproximación!
(Salen).
Escena novena
El campamento de César.
Centinelas en sus puestos.
PRIMER SOLDADO
Si no se nos releva de aquí en una hora, volveremos al cuerpo de
guardia. La noche está clara, y se dice que nos alinearemos en batalla
en segunda hora matutina.
SEGUNDO SOLDADO
La última jornada nos ha sido cruel.
(Entra Enobarbo).
ENOBARBO
¡Oh, noche! séme testigo ...
TERCER SOLDADO
¿Quién es ese hombre?
SEGUNDO SOLDADO
Mantengámonos cerca y escuchémosle.
ENOBARBO
¡Oh, luna divina, cuando la historia persiga a los traidores con un
recuerdo odioso, séme testigo de que el pobre Enobarbo se arrepintió
ante tu faz!
PRIMER SOLDADO
¡Enobarbo!
TERCER SOLDADO
¡Silencio! Continuemos escuchando.
ENOBARBO
¡Oh, soberana señora de la verdadera melancolía! Vierte sobre mí la
humedad pestilente de la noche a fin de que la vida, que aletea contra
mi voluntad, no se obstine más en adherirse a mí; arroja mi corazón
contra la dura piedra de mi falta para que se reduzca a polvo, ya que
está seco de dolor, y acabe con todos los innobles pensamientos. ¡Oh
Antonio! ¡Eres más noble que infame es mi rebeldía; perdóname en el
secreto de tu corazón, pero que el mundo me clasifique en sus registros
entre los desertores de sus amos y los tránsfugas! ¡Oh, Antonio, oh,
Antonio!
(Muere).
SEGUNDO SOLDADO
Hablémosle.
PRIMER SOLDADO
Escuchémosle, porque las cosas que dice pueden interesar a César.
TERCER SOLDADO
Sí, eso es. Pero duerme.
PRIMER SOLDADO
Más bien se ha desmayado, pues una oración tan mala como la suya
jamás conduce al sueño.
SEGUNDO SOLDADO
Adelantémonos a él.
TERCER SOLDADO
¡Despertaos, señor, despertaos! ¡Háblanos!
SEGUNDO SOLDADO
¿Oís, señor?
PRIMER SOLDADO
¡Le ha tocado la mano de la muerte! (Tambores en la lejanía).
¡Escuchad! Los tambores despiertan a los durmientes con sus graves
sonoridades. Llevémosle al cuerpo de guardia; es un hombre de nota.
Nuestra hora ha quedado enteramente cumplida.
TERCER SOLDADO
Marchemos, entonces; aún puede volver en sí.(Salen, llevándose el
cuerpo).
Escena décima
Un terreno entre los dos campamentos.
Entran Antonio y Escaro con fuerzas en marcha.
ANTONIO
Sus preparativos los hacen hoy por mar; no les agradamos en tierra.
ESCARO
Hacen sus preparativos en la tierra y en el mar, señor.
ANTONIO
Quisiera que pudiesen combatir en el fuego o en el aire; les
combatiríamos allí también. Pero las cosas se han arreglado así;
nuestra infantería permanecerá con nosotros en las colinas adyacentes
a la ciudad. Se han dado órdenes para un combate en el mar. Su flota ha
salido del puerto. Desde las colinas podremos discernir mejor qué
medidas han tomado y sorprender sus maniobras.
(Salen. Entra César con sus fuerzas en marcha).
CÉSAR
A menos que seamos atacados, no haremos ningún movimiento en
tierra, y, si bien juzgo, no tendremos que hacerlo, pues sus principales
tropas han ido a tripular sus galeras. ¡A los valles, y conservemos la
posición más ventajosa!
(Salen. Vuelven a entrar Antonio y Escaro).
ANTONIO
No han operado su unión todavía; desde donde se alza aquel pino
podré descubrirlo todo. Vuelvo al instante para decirte cómo van a
desarrollarse probablemente las cosas.
(Sale).
ESCARO
Las golondrinas han fabricado sus nidos en las naves de Cleopatra. Los
augures dicen que no comprenden ... que no pueden decir; tienen una
fisonomía ensombrecida, y no osan decir lo que saben. Antonio está a
la par valiente y abatido, y su zarandeada fortuna le da, mediante
sobresaltos febriles, ya la esperanza, ya el temor, de lo que tiene y de lo
que no tiene.(Alarma a lo lejos, como de combate en el mar. Vuelve a
entrar Antonio).
ANTONIO
¡Todo está perdido! ¡Esa innoble egipcia me ha traicionado! Mi flota ha
cedido al enemigo; y allí están todos juntos arrojando sus gorras al aire
y fraternizando como amigos largo tiempo separados. ¡Triple puta! Tú
eres quien me ha vendido a este novicio; mi corazón no está en guerra
más que contigo sola. ¡Ordenadles a todos que huyan! Cuando me haya
vengado de la hechicera, ya nada tendré que hacer. ¡Que se pongan
todos en salvo! ¡Parte! (Sale Escaro). ¡Oh, sol, no veré más tu salida! La
fortuna y Antonio se separan aquí. Sí, aquí mismo nos damos el último
apretón de manos. Los corazones que me seguían los talones como
sabuesos, cuyas promesas había yo colmado, se funden y dejan caer su
dulzor sobre el floreciente César. ¡Ha sido descortezado este pino que
los dominaba a todos! ¡Estoy traicionado! ¡Oh, esa alma embustera de
egipcia! ¡Esa fatal hechicera, cuyos ojos daban la señal de mis guerras y
el toque de mis retiradas, cuyo seno era mi corona, mi bien supremo,
como una verdadera egipcia que es, por la sutileza de su falso juego, me
hunde al fin en el fondo de la ruina! ¡Eh, Eros, Eros! (Entra Cleopatra).
¡Ah, bruja, atrás!
CLEOPATRA
¿Por qué está furioso mi señor contra su bien amada?
ANTONIO
¡Desaparece, o te daré tu merecido, empañando así el triunfo de César!
Que se apodere de ti y te alce como espectáculó ante los plebeyos,
entre atronadoras aclamaciones. Sigue su carro como la más grande
mancha viviente de todo tu sexo; ser más que monstruoso, sé mostrado
por las más pobres retribuciones, por algunos óbolos; y que la paciente
Octavia labre tu rostro con sus uñas bien preparadas. (Sale Cleopatra).
Has hecho bien en partir, si has de vivir; pero mejor hubiera sido que
hubieses caído bajo mi furor, porque una sola muerte habría evitado
muchas. ¡Eros, hola! Llevo encima la túnica de Neso. ¡Alcides, oh, tú,
antepasado mío, enséñame tu furia; dame fuerza para lanzar a Licas a
los cuernos de la Luna, y con estas manos, que han blandido tu pesada
maza, aniquílame dignamente! ¡Morirá la hechicera! Me ha vendido al
jovenzuelo romano, y sucumbo bajo sus tramas; morirá por este hecho.
¡Eros, hola!
(Sale).
Escena décima primera
Alejandría. Una sala en el palacio.
Entran Cleopatra, Carmiana y Mardián.
CLEOPATRA
¡Socorro, mujeres mías! ¡Oh! Está más loco que Telainón por su escudo
-el jabalí de Tesalía no espumea nunca rabia semejante.
CARMIANA
¡Al monumento funerario! Encerraos allí y enviadle a decir que estáis
muerta. El alma no se separa del cuerpo con más sufrimiento que el
que experimenta la criatura humana cuando se separa de la grandeza.
CLEOPATRA
¡Al monumento funerario! Mardián, ve a decirle que me he matado; dile
que la última palabra que he pronunciado ha sido Antonio, y díselo, te
lo ruego, con un tono afligido. Parte, Mardián, y ven a decirme cómo
toma mi muerte. ¡Al monumento funerario!
(Sale).
Escena décima segunda
Otra sala del palacio.
Entran Antonio y Eros.
ANTONIO
Eros, ¿me contemplas aún?
EROS
Sí, noble señor.
ANTONIO
A veces vemos una nube que parece un dragón; otras, un vapor que
presenta la imagen de un oso o de un león, de una ciudadela
guarnecida de torres, de una roca suspendida, de una montaña de
doble cima, de un promontorio azul cubierto de árboles; esas imágenes
se balancean por encima de nuestras cabezas y engañan nuestros ojos
con una burla aérea. ¿Has visto esas imágenes? Son las mascaradas del
véspero oscuro.
EROS
Sí, mi señor.
ANTONIO
Lo que ahora es un caballo, casi con la velocidad del pensamiento un
jirón de nubes flotantes lo borra y lo hace indistinto, como el agua en el
agua.
EROS
Sí, señor.
ANTONIO
Mi buen muchacho Eros, tu capitán sufre en este momento un
fenómeno semejante. Heme aquí Antonio, y sin embargo, muchacho, no
puedo conservar esta forma visible. He hecho estas guerras por el
Egipto, y la reina cuyo corazón creí tener, pues tenía el mío -mi
corazón, que entonces me pertenecía y hubiera podido disponer de un
millón de otros ahora perdidos-, la reina, Eros, ha falseado naipes con
César, y ha trocado mi gloria por el triunfo de mi enemigo. Vamos, no
llores, gentil Eros, aún estamos aquí para poner fin a nuestros destinos.
(Entra Mardián). ¡Oh, tu vil ama! ¡Me ha robado mi espada!
MARDIÁN
No, Antonio; mi ama te amaba y ha asociado hasta el final su fortuna a
la tuya.
ANTONIO
¡Fuera de aquí, eunuco impúdico, silencio! Me ha traicionado, y pagará
su traición con la muerte.
MARDIÁN
La muerte es una deuda que cada uno paga no más que una vez, y ha
pagado esa deuda. Lo que pretendías hacer se ha hecho sin el auxilio de
tu brazo. Las últimas palabras que ha pronunciado han sido: ¡Antonio,
nobilísimo Antonio! Entonces, mientras las pronunciaba, un suspiro
desgarrador ha dividido el nombre de Antonio por la mitad entre su
corazón y sus labios. Ha entregado la vida con tu nombre, sepultado así
con ella.
ANTONIO
¿Está muerta, entonces?
MARDIÁN
Muerta.
ANTONIO
Desármame, Eros; la tarea de esta larga jornada se ha acabado y
debemos dormir. (A Mardián). Tente por ampliamente pagado de tu
mensaje, puesto que vuelves sano y salvo. Anda. (Sale Mardián). Quita,
quítame todo esto. El escudo de las siete envolturas de Ajax no PQdría
contener las palpitaciones de mi corazón. ¡Oh, rompeos, costados!
¡Corazón mío, sé una vez más fuerte que tu habitación, haz estallar tu
frágil estuche! ¡Aprisa, Eros, aprisa! No soy más soldado. ¡Piezas rotas
de mi armadura, adiós! ¡Habéis sido noblemente llevadas! Déjame
algunos instantes. (Sale Eros). Voy a reunirme contigo, Cleopatra, e
imploraré mi perdón. Así debe ser, pues ahora toda prolongación de
existencia es una tortura, pues la antorcha está apagada, acostémonos
y no nos extraviemos más. Ahora todo esfuerzo echaría a perder lo que
emprendiese; sí, la fuerza misma se enredaría en sus propios
movimientos; pongamos, pUes, el sello y todo habrá acabado. ¡Eros!
¡Voy, reina mía! ¡Eros! ... Espérame. Iremos juntos a esos lugares donde
las sombras se tienden sobre las flores, y tomados de la mano,
atraeremos las miradas de todas las almas por la gracia de nuestra
actitud. Dido y Eneas verán desierta su corte y todo el concurso de
males se vendrá con nosotros. ¡Ven, Eros, Eros!
(Vuelve a entrar Eros).
EROS
¿Qué quiere mi señor?
ANTONIO
Desde que ha muerto Cleopatra, vivir es para mí tal deshonor, que los
dioses detestan mi bajeza. Yo, que con mi espada he partido el mundo,
que con mis flotas construía ciudades sobre el lomo del verde Neptuno,
me acuso de faltarme el valor de una mujer; mi alma es menos noble
que la suya, que con su muerte acaba de decir a nuestro César: He
hecho la conquista de mí misma. Me has jurado, Eros, que cuando la
necesidad se presentara (y se presenta hoy verdaderamente), que
cuando vieras detrás de mí la inevitable persecución de la desgracia y
del horror me matarías, según la orden que te diese. Mátame, ha
llegado la hora ya; no es a mí a quien hieres, es de César del que
triunfas. Llama el color a tus mejillas.
EROS
¡Los dioses me libren! ¿Voy a hacer lo que todos los dardos partos,
aunque enemigos, no han conseguido realizar?
ANTONIO
Eros, ¿querrías mirar por una ventana de la gran Roma y ver a tu amo,
con los brazos así cruzados, doblando la cerviz sometida, su rostro
cubierto de una afrenta humillante, mientras el carro del feliz César,
precediéndole, se mofaba de la bajeza del cautivo que seguiría tras sus
ruedas?
EROS
¡No quisiera ver tal espectáculo!
ANTONIO
Avanza entonces; pues por una herida debo curarme. ¡Saca tu honrada
espada, que has llevado con utilidad por tu país!
EROS
¡Oh, señor, perdonadme!
ANTONIO
Al hacerte libre, ¿no juraste que ejecutarías esta orden cuando te la
diera? Ejecútala sobre la marcha, o todos tus precedentes servicios no
son para mí sino accidentes en que tu voluntad no tuvo parte. Saca tu
espada y avanza.
EROS
Desviad de mí, entonces, ese noble semblante donde se lee la majestad
del mundo entero.
ANTONIO
(Volviendo la cabeza). ¡Ahí, así!
EROS
Ya he sacado la espada.
ANTONIO
Pues bien, ejecuta sin demora aquello para lo que la has sacado.
EROS
Mi querido amo, mi capitán y mi emperador, antes de heriros con este
golpe cruel, dejadme que os diga adiós.
ANTONIO
De buen grado, amigo. Adiós.
EROS
Adiós, gran general. ¿Hiero ya?
ANTONIO
Ya, Eros.
EROS
¡Pues bien! ¡He aquí cómo escapo al dolor de la muerte de Antonio!
(Se arroja sobre su espada y muere).
ANTONIO
¡Tres veces más noble que yo mismo! ¡Oh, valeroso Eros, me enseñas
que soy yo quien debe hacer lo que no has podido realizar! Mi reina y
Eros, con la valiente enseñanza de su ejemplo, han inscrito su nobleza
antes que yo en el libro de la historia. Pero yo seré el prometido de mi
muerte y volaré a sus brazos como al lecho de una bien amada. Vamos
... Eros, tu amo muere discípulo tuyo; de ti es de quien he aprendido a
obrar así. (Se arroja sobre su espada). ¡Cómo! ¿Todavía no muero?
¿Todavía no muero? ¡La guardia! ¡Hola! ¡Oh, acabadme!
(Entra Dercetas y un guardia).
PRIMER GUARDIA
¿Qué ruido es ése?
ANTONIO
He hecho mal mi labor, amigos. ¡Oh, acabad lo que he comenzado!
SEGUNDO GUARDIA
¡La estrella ha caído!
PRIMER GUARDIA
Y el periodo de su carrera se ha acabado.
TODOS
¡Ay, desgracia!
ANTONIO
Que el que me ame, me hiera a muerte.
PRIMER GUARDIA
No seré yo.
SEGUNDO GUARDIA
Ni yo.
TERCER GUARDIA
Ni nadie.
(Salen los guardias).
DERCETAS
Tu muerte y tu fortuna dan a tus partidarios el aviso de huir. Con sólo
mostrar esta espada a César y llevarle esta noticia me ganaré su favor.
(Entra Diómedes).
DIÓMEDES
¿Dónde está Antonio?
DERCETAS
Aquí, Diómedes, aquí.
DIÓMEDES
¿Vive? ¿No quieres responderme?
(Sale Dercetas).
ANTONIO
¿Eres tú, Diómedes? Saca tu espada y dame un golpe suficiente para
matarme.
DIÓMEDES
Soberanísimo señor, mi dueña Cleopatra me envía a ti.
ANTONIO
¿Cuándo te ha enviado?
DIÓMEDES
Hace un instante, señor.
ANTONIO
¿Dónde está?
DIÓMEDES
Encerrada en un mausoleo funerario. Ha tenido un presentimiento de
lo sucedido. Cuando vio que la suponíais en contubernio con César
(cosa que no será jamás), y que vuestra rabia no podía apaciguarse, os
hizo saber que estaba muerta; pero temiendo las consecuencias de este
mensaje, me ha enviado a deciros la verdad, y he venido demasiado
tarde, me temo.
ANTONIO
Demasiado tarde, mi buen Diómedes. Llama a mi guardia, te lo ruego.
DIÓMEDES
¡Eh,hola! ¡La guardia del emperador! ¡Hola, eh! ¡La guardia! ¡Venid,
vuestro señor llama!
(Entran algunos guardias).
ANTONIO
¡Oh! Mis buenos amigos, llevadme donde esté Cleopatra; es el último
servicio que os mandaré.
PRIMER GUARDIA
Tristes, tristes estamos, señor, de que no podáis sobrevivir a todos
vuestros fieles partidarios.
TODOS
¡Ah, dolorosísimo día!
ANTONIO
Vamos, mis buenos camaradas, no deis al destino cruel el gusto de
honrarlo con vuestro dolor. Desead la bienvenida a la suerte que viene
a castigarnos; nosotros la castigamos a nuestra vez cuando parece que
la llevamos despreocupadamente. Levantadme; os he guiado con
frecuencia; llevadme vosotros ahora, mis buenos amigos, y recibid
todos mis agradecimientos.
(Salen llevando a Antonio).
Escena décima tercera.
Alejandría. Un monumento funerario.
Entran en las cámaras superiores Cleopatra, Carmiana e Iras.
CLEOPATRA
¡Oh, Carmiana! No saldré jamás de aquí.
CARMIANA
Querida señora, dejaos consolar.
CLEOPATRA
No, no quiero. Todos los acontecimientos terribles e inesperados son
bienvenidos, pero despreciamos los consuelos. El tamaño de nuestro
dolor, para guardar proporción con su causa, debe ser tan grande como
lo que engendra.
(Entra Diómedes en el vestíbulo del monumento).
CLEOPATRA
¡Hola! ¿Qué noticias hay? ¿Ha muerto?
DIÓMEDES
Tiene la muerte encima; pero no ha muerto. Mirad del otro lado de
vuestro mausoleo; su guardia le ha llevado allí.
(Entra en el vestíbulo del monumento Antonio llevado por sus
guardias).
CLEOPATRA
¡Oh, sol, calcina la gran esfera en que te mueves! ¡Tinieblas, cubrid
eternamente la orilla cambiante del mundo! ¡Oh, Antonio, Antonio,
Antonio! ¡Auxilio, Carmiana, auxilio! ¡Iras, auxilio! ¡Auxilio, abajo,
amigos míos! ¡Subámosle aquí!
ANTONIO
¡Silencio! No es el valor de César el que ha derribado a Antonio, sino el
valor de Antonio el que triunfa de sí mismo.
CLEOPATRA
Tenía que ser así. Nadie sino Antonio podía vencer a Antonio. Pero ¡qué
desgracia que haya sucedido!
ANTONIO
¡Muero, reina de Egipto, muero! Tan sólo vengo aquí a importunar un
instante a la muerte, para que aguarde hasta que de tantos besos como
he posado en tus labios te dé el mísero último.
CLEOPATRA
No me atrevo, querido -querido señor, perdón-, no me atrevo a
descender por miedo a que me apresen. El triunfo orgulloso de ese
César, favorito de la Fortuna, no se adornará jamás con la joya de mi
persona; si los puñales, los venenos, las serpientes tienen punta, efecto,
aguijón, estoy segura. Vuestra esposa Octavia, de miradas gazmoñas y
de invariable prestancia, jamás tendrá el honor de insultarme con su
desdén. Pero, ven, ven, Antonio; ayudadme, mujeres mías; -vamos a
subirle aquí; ayudadnos, buenos amigos.
ANTONIO
¡Oh, aprisa, o me muero!
CLEOPATRA
Ved aquí un ejercicio, a fe mía. ¡Cuánto pesa mi señor! Todas nuestras
fuerzas han quedado agotadas por el abatimiento; esto es lo que se
añade al peso. Si yo tuviera el poder de la gran Juno, Mercurio - el de
las fuertes alas - te llevaría y te colocaría al lado de Júpiter. Pero, ven
aquí un poco; lo que hacen los deseos, están siempre locos. ¡Oh, ven,
ven, ven! (Suben a Antonio a lo alto del monumento). ¡Oh, sed
bienvenido, sed bienvenido! ¡Muere donde viviste! ¡Resucita bajo mis
besos! ¡Oh, si mis labios tuvieran ese poder, los gastaría así en este
servicio!
TODOS
¡Triste espectáculo!
ANTONIO
¡Muero, reina de Egipto, muero! Dame un poco de vino y permíteme
hablar un instante.
CLEOPATRA
¡No, déjame hablar a mí! Déjame blasfemar tan alto, que esa embustera
ama de llaves, la Fortuna, irritada de mis insultos, rompa su rueda.
ANTONIO
Una palabra, amada reina: buscad cerca de César vuestro honor y
vuestra seguridad. ¡Oh!
CLEOPATRA
Las dos cosas no van juntas.
ANTONIO
Amada gentil, oídme. Entre las personas que rodean a César, no os fiéis
sino de Proculeyo.
CLEOPATRA
Me fiaré de mi sola resolución y de mis solas manos, pero no de
ninguno de los que rodean a César.
ANTONIO
No deploréis ni os apene el miserable cambio de fortuna que termina
mi carrera; sino que más bien plazca a vuestros pensamientos nutrirse
con el recuerdo de mi antigua suerte, cuando yo era el príncipe más
grande del mundo, que vivió como el más noble; que os plazca pensar
que no muero ruinmente, que no entrego cobardemente mi casco a mi
compatriota, sino que, romano, soy valientemente vencido por un
romano. Ahora, mi alma me abandona; no puedo más.
CLEOPATRA
¡Oh, el más noble de los hombres! ¿Deseas morir? ¿No te cuidas de mí?
¿Quedaré en este triste mundo que, tú ausente, no vale más que un
establo? ¡Oh, mirad, mujeres mías! ¡La diadema del mundo se funde!
(Antonio muere). ¡Mi señor! ¡Oh! ¡Marchita está ahora la guirnalda de
la guerra! ¡Caída la estrella polar de los soldados! Los mozalbetes y las
doncellas están ahora al nivel de los hombres; los seres incomparables
no existen ya, y nada queda de notable bajo el impulso de la luna.
(Se desmaya).
CARMIANA
¡Oh, calma, señoras
IRAS
¡Está muerta también nuestra soberana!
CARMIANA
¡Reina!
IRAS
¡Señora!
CARMIANA
¡Oh, señora, señora, señora!
IRAS
¡Reina de Egipto, emperatriz!
CARMIANA
¡Silencio, silencio, Iras!
CLEOPATRA
No más tiempo reina, sino simple mujer y dominada por las mismas
pobres pasiones que dominan a la lechera que efectúa las faenas más
humildes. Tendría derecho a arrojar mi cetro a los dioses insuItantes, a
decirles que este mundo igualaba al suyo antes de que nos hubiesen
robado nuestra joya. Todo es ya nada; la paciencia es tontería, y la
impaciencia se convierte en un perro loco de rabia. En estas
condiciones ¿es un crimen precipitarse en la secreta morada de la
muerte, antes de que la muerte ose venir a nos? ¿Cómo os halláis,
mujeres? ¡Vamos, vamos, mucho valor! ¡Cómo! ¿Qué es eso, Carmiana?
¡Nobles damas mías! ¡Oh, mujeres, mujeres, mirad, nuestra lámpara
está extinguida, está apagada! Buenos señores, tened valor. Vamos a
hacerle sepultar; y después de esta resolución, lo que es noble, lo que
es valeroso, lo ejecutaremos a la soberana manera romana y nos
entregaremos a la muerte, que se envanecerá de recibirnos. Partamos.
La envoltura de esta alma grande está ahora fría. ¡Ah, mujeres, mujeres
mías! Partamos; no tenemos ya otros amigos que la fuerza de la
resolución y el más rápido fin.
(Salen. Se llevan el cuerpo de Antonio).
ACTO V
Escena primera.
El campamento de César delante de Alejandría.
Entran César, Agripa, Dollabella, Mecenas, Galo, Proculeyo y otros.
CÉSAR
Vea buscarle, Dolabella; mándale que se entregue; dile que, reducido
como está a los extremos, los retardos que pone para rendirse son
burlas a costa nuestra.
DOLABELLA
Voy allá, César.
(Sale. Entra Dercetas con la espada de Antonio).
CÉSAR
¿Qué significa esto? ¿Y quién eres tú, que osas presentarte de ese modo
ante nosotros?
DERCETAS
Se me llama Dercetas; he servido a Marco Antonio, el hombre más
digno de ser el mejor servido. En tanto que estuvo en pie y habló, fue
mi amo, y gasté mi vida en emplearla contra sus enemigos. Si te place
tomarme a tu servicio seré para César lo que fuí para Antonio; si no te
place, te entrego mi vida.
CÉSAR
¿Qué es lo que dices?
DERCETAS
Digo, César, ¡oh, César!, que Antonio ha muerto.
CÉSAR
El derrumbamiento de una cosa tan grande debió haber producido
mayor estrépito. El redondo mundo debía sacudir los leones en las
calles ciudadanas y arrojar los ciudadanos en los cubiles de los leones.
La muerte de Antonio no es la de un simple individuo; en este nombre
estaba encerrada la mitad del mundo.
DERCETAS
Ha muerto, César; no por la mano de un ministro público de la justicia,
ni por un puñal mercenario; sino la mano misma que escribía en honor
de su dueño sobre los actos que llevaba a cabo es la que ha perforado
su corazón, con todo el valor que éste podía prestarle. Aquí está su
espada; la he robado de su herida; contempladla, manchada con su
nobilísima sangre,
CÉSAR
¡Parecéis tristes, amigos! ¡Castíguenme los dioses, si no son esas
noticias para hacer que lloren los ojos de los reyes!
AGRIPA
Y es verdaderamente extraño que la naturaleza nos fuerce a llorar por
aquellos de nuestros actos que hemos perseguido con la mayor
tenacidad.
MECENAS
En él se equilibraban sus defectos y sus méritos.
AGRIPA
Nunca espíritu más raro sirvió de piloto a la humanidad. Pero vosotros,
¡oh dioses!, nos dais algunos defectos para rebajamos al estado de
hombres ... César está conmovido.
MECENAS
Teniendo ante sí un espejo tan vasto, forzoso es que se mire en él.
CÉSAR
¡Oh, Antonio! Hasta este punto te he perseguido; pero sangramos
nuestros cuerpos para echar fuera de ellos las enfermedades. Era
absolutamente preciso que yo te diese el espectáculo de semejante día
de declinación o que asistiese al tuyo; no había sitio bastante para
nosotros dos en la extensión del universo. Sin embargo, déjame
deplorar con lágrimas tan reales como la sangre del corazón, ¡oh, tú, mi
hermano!, mi colega en la combinación de toda empresa, mi asociado
en el imperio, mi amigo y mi compañero a la cabeza de las legiones,
brazo de mi propio cuerpo, corazón en donde se alumbraban mis
pensamientos, que nuestras estrellas irreconciliables hayan separado a
este extremo la igualdad de nuestras condiciones. Escuchadme, mis
buenos amigos ...
(Entra un mensajero).
CÉSAR
Pero os hablaré en algún momento más oportuno; este hombre trae
nuevas cuya importancia disimula su fisonomía. Escuchemos lo que
tiene que decirnos. ¿Quién sois?
MENSAJERO
No más que un pobre egipcio en este instante. La reina, mi señora,
encerrada en su monumento funerario -que es todo lo que le queda-,
desea conocer tus propósitos, a fin de tomar sus disposiciones para la
conducta que se le imponga.
CÉSAR
Dile que se tranquilice. Sabrá bien pronto por alguno de los nuestros
hasta qué punto estamos determinados a tratarla con honor y afecto;
pues César no puede vivir sin mostrarse noble.
MENSAJERO
¡Que los dioses te conserven tal!
(Sale).
CÉSAR
Ven aquí, Proculeyo. Ve y dile que no pretendemos contra ella ningún
ultraje. Prodígale todos los consuelos que requiere la naturaleza y el
grado de su dolor, no vaya a ser que, en el orgullo de su grandeza, nos
inflija una derrota con algún golpe de muerte. Porque mostrada viva en
Roma hará eterno el recuerdo de nuestro triunfo; andad y venid a
participarnos lo más rápidamente posible lo que dice, y en qué estado
la habéis hallado.
PROCULEYO
Voy allá, César.
(Sale).
CÉSAR
Galo, acompañadle. (Sale Galo). ¿Dónde está Dolabellá para que
secunde a Proculeyo?
AGRIPA y MECENAS
(Llamando). ¡Dolabella!
CÉSAR
Dejadle; ahora recuerdo en qué está ocupado. Se hallará dispuesto a
tiempo. Venid conmigo a mi tienda. Allí os mostraré con qué
repugnancia me comprometí a esta guerra y con qué calma y
moderación procedí siempre en todas mis cartas. Venid conmigo a ver
la prueba de lo que os diga.
(Salen).
Escena segunda.
Alejandría. El monumento funerario
Entran Cleopatra, Carmiana e Iras.
CLEOPATRA
Mi desolación comienza a engendrarme una mejor vida. Es miserable
ser César; no siendo la Fortuna misma, no es sino el criado de la
Fortuna, el ministro de su voluntad. Pero es grande llevar al cabo la
acción que pone fin a todas las acciones, que atenaza todo accidente,
que cierra la puerta a todo cambio, que saborea el sueño eterno y no
paladea nunca más la teta de la naturaleza, nodriza a la vez de César y
del mendigo.
(Entran por las puertas del monumento Proculeyo, Galo y soldados).
PROCULEYO
César envía sus felicitaciones a la reina de Egipto y te invita a
reflexionar sobre las demandas que te será agradable ver concedidas.
CLEOPATRA
¿Cuál es tu nombre?
PROCULEYO
Mi nombre es Proculeyo.
CLEOPATRA
Antonio me habló de vos; advirtiéndome que podía fiarme de vuestra
persona; pero no me importa apenas que se me engañe ya que no he de
sacar utilidad de la confianza. Si vuestro amo desea tener una reina
para mendiga, podéis decirle que la majestad, para guardar el decoro,
no puede mendigar menos que un reino. Si le place darme para mi hijo
el Egipto conquistado, me dará tanto de lo que me pertenece, que le
ofreceré por ello mi gratitud de rodillas.
PROCULEYO
Abrid vuestra alma a la alegría; habéis caído en manos principescas; no
temáis nada; dirigid libremente y con toda amplitud vuestras
solicitudes a mi señor; está tan lleno de gracia, que se desborda sobre
todos aquellos que tienen necesidad de ella. Dadme permiso para
comunicarle vuestra graciosa sumisión, y encontraréis un
conquistador que pedirá por favor venir a secundarle cuando se
solicite su protección de rodillas.
CLEOPATRA
Decidle, os lo ruego, que soy la vasalla de su fortuna, y que le envío la
grandeza que ha conquistado. De hora en hora me instruyo en la
doctrina de la obediencia, y tendré mucho gusto de verle en persona.
PROCULEYO
Le comunicaré esas palabras, querida dama. Tened confianza, pues sé
que se apiada de vuestra situación, aunque sea de ella el causante.
GALO
(Aparte a Proculeyo). Ved con qué facilidad podemos atraparla.
(Proculeyo y dos de la Guardia suben a lo alto del monumento, por
medio de una escala, y se colocan detrás de Cleopatra. Algunos de la
Guardia corren los cerrojos, abren las puertas y descubren así la
cámara baja del monumento).
GALO
(En voz alta a Proculeyo). Guardadla hasta que llegue César.
(Sale).
IRAS
¡Real reina!
CARMIANA
¡Oh, Cleopatra, ya estás prisionera, reina.
CLEOPATRA
¡Pronto, pronto, manos propicias!
(Saca un puñal).
PROCULEYO
¡Deteneos, noble dama, deteneos! (La sujeta y la desarma). No os
causéis tal daño, vos, que por la acción que acabamos de efectuar estáis
socorrida y no traicionada.
CLEOPATRA
¡Cómo! ¿Ni aun siquiera la muerte, que libra a nuestros perros de una
larga enfermedad?
PROCULEYO
Cleopatra, no insultéis la generosidad de mi señor, destruyéndoos vos
misma. Permitid al universo contemplar su perfecta nobleza,
espectáculo que vuestra muerte le impediría mostrar.
CLEOPATRA
¿Dónde estás, muerte? ¡Ven aquí, ven! ¡Ven, ven, y toma una reina, que
vale por muchos niños y pordioseros!
PROCULEYO
¡Oh, moderación, señora!
CLEOPATRA
Señor, no comeré, ni beberé, y, si es necesario pronunciar todavía otras
palabras superfluas, no dormiré tampoco. Destruiré esta prisión de
carne, a despecho de César. Sabed, señores, que no iré maniatada a
figurar a la corte de vuestro amo, ni me expondré ni una sola vez a ser
humillada por los ojos desdeñosos de la necia Octavia. ¿Se cuenta acaso
con levantarme en brazos para mostrarme a la turbamulta vocinglera
de la insultante Roma? Que una fosa de Egipto me sirva más bien de
apacible tumba. ¡Antes me vea expuesta desnuda sobre el cieno del
Nilo y comida por los mosquitos, hasta llegar a ser un objeto de horror!
¡Que las altas pirámides de mi reino me sirvan más bien de patíbulo y
se me cuelgue allí de cadenas!
PROCULEYO
Lleváis esas ideas de horror a unos extremos que no justificará la
conducta de César.
(Entra Dolabella abajo).
DOLABELLA
Proculeyo, tu amo, César, sabe lo que has hecho y te envía a buscar. En
cuanto a la reina, la tomaré bajo mi custodia.
PROCULEYO
Bien, Dolabella; nada podía causarme más placer. (Conduce a Cleopatra
a la sala baja del monumento y la entrega a Dolabella). Sed dulce con
ella. (A Cleopatra). Si queréis emplearme como mensajero cerca de
César, le referiré lo que os plazca decirme.
CLEOPATRA
¡Decidle que quisiera morir!
(Salen Proculeyo y los soldados).
DOLABELLA
Nobilísima emperatriz, ¿habéis oído hablar de mí?
CLEOPATRA
No podría asegurarlo.
DOLABELLA
Seguramente me conocéis.
CLEOPATRA
Poco importa, señor, que os conozca o haya oído hablar de vos. Reís
cuando los niños o las mujeres cuentan sus sueños; ¿no es ésa vuestra
costumbre?
DOLABELLA
No os entiendo, señora.
CLEOPATRA
¡He soñado que existía un emperador llamado Antonio! ¡Ah, si pudiera
tener otro sueño semejante, sólo por ver otro hombre parecido!
DOLABELLA
Si os placiese ...
CLEOPATRA
Su cara era como los cielos, y en ella estaban tachonados un sol y una
luna, que observaban su curso y alumbraban esta pequeña esfera, la
tierra.
DOLABELLA
Muy soberana criatura ...
CLEOPATRA
Sus piernas cabalgaban a horcajadas el océano. Su brazo, levantado,
tocaba la frente del mundo y le cubría con el casco; al dirigirse a sus
amigos, su voz era armoniosa como la música de las esferas; pero
cuando quería domeñar y hacer temblar el globo, era como el estallido
del trueno. En cuanto a su generosidad, no conocía el invierno; era un
perpetuo otoño, siempre más fértil a medida que era más recolectado.
Sus voluptuosidades eran parecidas al delfín, mostraban su lomo por
encima del elemento en que vivían. Reyes portadores de coronas
grandes y pequeñas marchaban entre la gente de su séquito: islas y
reinos caían de sus bolsillos como monedas de plata ...
DOLABELLA
Cleopatra ...
CLEOPATRA
¿Pensáis que existió o pudo existir un hombre parecido al que he
soñado?
DOLABELLA
No, noble señora.
CLEOPATRA
¡Mentís en los oídos mismos de los dioses! Pero si existió o pudo existir
alguna vez uno parecido, ese hombre rebasa la potencia de los sueños.
A la naturaleza le falta materia para luchar en formas extrañas con la
imaginación. Sin embargo, imaginar un Antonio era una obra maestra
en que la naturaleza aventajaba a la imaginación, reduciendo a la nada
las ilusiones del pensamiento.
DOLABELLA
Escuchadme, buena señora. La pérdida que experimentáis es, como
vos, grande, y vuestro dolor está a su altura. Que no pueda yo nunca
obtener el éxito que persiga, si no es verdad que siento, de rechazo del
vuestro, un pesar que me hiere en la raíz misma del corazón.
CLEOPATRA
Os lo agradezco, señor. ¿Sabéis cuál es la intención de César respecto
de mí?
DOLABELLA
Me repugna enteraros de lo que quisiera que supieseis.
CLEOPATRA
Vamos, os lo ruego, sEñor ...
DOLABELLA
Aunque él sea generoso ...
CLEOPATRA
Me llevará encadenada a su triunfo, ¿no es eso?
DOLABELLA
Sí, señora; lo sé.
(Trompetería fuera).
VOZ
(En el exterior). ¡Haced sitio aquí! ¡César!
(Entran César, Galo, Proculeyo, Mecenas, Seleuco y gente de sus
séquitos).
CÉSAR
¿Dónde está la reina de Egipto?
DOLABELLA
Es el emperador, señora.
(Cleopatra se arrodilla).
CÉSAR
Levantaos, no os arrodilléis, os ruego que os levantéis; levantaos, reina
de Egipto.
CLEOPATRA
Señor, los dioses quieren que así sea. Debo obedecer a mi señor y amo.
CÉSAR
No os entreguéis a sombríos pensamientos. Las injurias que nos habéis
hecho, aunque escritas en nuestra carne, no queremos recordarlas sino
como cosas atribuibles al azar.
CLEOPATRA
Único señor del universo: no podría defender bien mi causa para que
resplandeciese mi inocencia; pero confieso que he sucumbido bajo esos
frágiles instintos que tan a menudo han deshonrado nuestro sexo.
CÉSAR
Cleopatra, sabed que estamos más bien dispuestos a excusar vuestras
faltas que a castigarlas. Si os conformáis con nuestras intenciones, que
son, respecto de vos, de lo más benévolas, hallaréis en ese cambio un
beneficio; pero si tratáis, siguiendo la conducta de Antonio, de que se
me acuse de crueldad, os privaréis vos misma de mi benevolencia y
entregaréis vuestros hijos a la ruina, de que los preservaré sí os
apoyáis en mí. Voy a partir.
CLEOPATRA
Y para el lugar del universo que queráis; el mundo os pertenece, y
nosotros, vuestros escudos de armas y signos de victoria, nos
ahorcaremos en el sitio que os plazca. (Le entrega un papel). Tomad
esto, mi buen señor.
CÉSAR
Me aconsejaréis en todo lo que concierne a Cleopatra.
CLEOPATRA
He aquí la nota de todo lo que poseo: dinero, joyas, juegos de plata.
Está exactamente redactada, salvo las bagatelas que he pasado por alto.
¿Dónde está Seleuco?
SELEUCO
Aquí, señora.
CLEOPATRA
Éste es mi tesorero; que diga, por su cuenta y riesgo, si he reservado
para mí alguna cosa. Di la verdad, Seleuco.
SELEUCO
Señora, preferiría sellar mis labios a decir lo que no es, aunque fuese
por salvar mi cabeza.
CLEOPATRA
¿Qué es lo que he guardado?
SELEUCO
Lo bastante para rescatar lo que habéis declarado poseer.
CÉSAR
Vamos, no os sonrojéis, Cleopatra; apruebo en esto vuestra cordura.
CLEOPATRA
¡Ved, César! ¡Oh, contemplad qué pronto halla amigos la pompa! Mis
servidores se disponen a ser vuestros, y si fuese posible cambiar
nuestras fortunas, los vuestros serían los míos. La ingratitud de ese
Seleuco me vuelve loca de furor. ¡Oh, esclavo de tan poca fe como el
amor comprado! ¡Cómo! ¿Retrocedes? Volverás, te lo garantizo; pero
aun cuando tuvieran alas, yo me apoderaré de tus ojos, esclavo, villano
sin alma, perro! ¡Oh raro modelo de bajeza!
CÉSAR
Buena reina, dejadnos interceder.
CLEOPATRA
¡Oh, César, qué vergüenza sangrante. es para mí que ante ti, que honras
con la presencia de tu señoría a una persona tan humillada, mi propio
criado aumente la suma de mis desgracias con la adición de su maldad!
Veamos, buen César, admite que yo haya conservado algunas bagatelas
de mujer, algunas fruslerías sin importancia, algunos objetos sin valor,
tales como aquellos que regalamos a los amigos ordinarios, admite aun
que haya apartado algún obsequio más fino para Livia u Octavia, a fin
de ganarme su mediación. ¿Es para que se me descubra por uno a
quien he mantenido? ¡Grandes dioses! Esto me causa más mal que la
caída misma que sufro. (A Seleuco). Te lo ruego, parte de aquí, o las
últimas llamaradas de mi alma se mostrarán a través de las cenizas de
mi mala fortuna. Si fueses hombre, habrías tenido piedad de mí.
CÉSAR
Esquivaos, Seleuco.
(Sale Seleuco).
CLEOPATRA
Sépase que nosotros, los más grandes de la tierra, somos juzgados
falsamente por acciones que otros han cometido; y cuando caemos,
llevamos la pena merecida por otros, Se nos debe, en verdad,
compasión.
CÉSAR
Cleopatra, en la lista de nuestras conquistas no hemos puesto ni lo que
os habéis reservado ni lo que habéis confesado. Que continúe siendo
vuestro y usadlo a vuestro gusto; y creed que César no es un mercader
para traficar con vos de cosas que venden los mercaderes. Conservad,
pues, vuestra serenidad, no hagáis de vuestros pensamientos prisiones
para vuestra alma. No, querida reina; porque esperamos tomar,
respecto de vos, las disposiciones que vos misma aconsejáis. Comed y
dormid. Nuestra solicitud y nuestra piedad se extienden a tal punto
sobre vos, que quedemos vuestros amigos; y ahora, adiós.
CLEOPATRA
¡Mi amo y mi señor!
CÉSAR
Nada de eso. Adiós.
(Trompetería. Salen César y su séquito).
CLEOPATRA
Me halaga, hijas mías; me halaga con bellas palabras, para que no sea
noble conmigo misma. Pero escucha, Carmiana.
(Cuchichea con Carmiana).
IRAS
Acabemos, noble señora; el día esplendoroso ha terminado, y estamos
destinadas a las tinieblas.
CLEOPATRA
Regresa pronto. Ya he dado las órdenes y todo está preparado; anda,
tráelo a toda prisa.
CARMIANA
Voy allá, señora.
(Vuelve a entrar Dolabella).
DOLABELLA
¿Dónde está la reina?
CARMIANA
Miradla, señor.
(Sale).
CLEOPATRA
¡Dolabella!
DOLABELLA
Señora, comprometido por el juramento que os he hecho a vuestra
instancia, justamente que mi cariño me impone mantener
religiosamente, os hago saber esto: César ha decidido que su viaje se
haga por la Siria, y de aquí a tres días ha de enviaros por delante a vos
y a vuestros hijos; haced de esta información el mejor uso que podáis;
he cumplido vuestro deseo y mi promesa.
CLEOPATRA
Dolabella, quedaré vuestra deudora.
DOLABELLA
Y yo vuestro servidor. Adiós, noble reina; es preciso que vaya a
reunirme con César.
CLEOPATRA
Adiós, y gracias. (Sale Dolabella). Y ahora, Iras, ¿ qué piensas? Serás, lo
mismo que yo, mostrada en Roma como una muñeca egipcia. Esclavos
artesanos, con sus delantales grasientos, sus reglas y sus martillos, se
alzarán para vernos; estaremos envueltas en la nube de sus pesados
alientos malolientes de su grosera comida, y forzadas a beber su vaho.
IRAS
¡Que los dioses lo impidan!
CLEOPATRA
Es por demás cierto, Iras; insolentes lectores nos tratarán como
rameras; miserables rimadores nos cantarán desafinadamente;
ingeniosos comediantes nos llevarán al tablado en sus improvisaciones
y pondrán en escena nuestras fiestas de Alejandría; se representará a
Antonio ebrio, y yo veré algún jovenzuelo de voz chillona hacer de
Cleopatra y dar a mi grandeza la postura de una prostituta.
IRAS
¡Oh, dioses benignos!
CLEOPATRA
Nada más cierto.
IRAS
No veré eso jamás, pues estoy segura de que mis uñas son más fuertes
que mis ojos.
CLEOPATRA
Verdaderamente ése es el medio de frustrar sus preparativos y de
triunfar de sus certísimas intenciones. (Vuelve a entrar Carmiana).
¡Hola, Carmiana! Vamos, mujeres mías, adornadme como una reina. Id
a buscar mis más hermosos atavíos ... Voy otra vez al encuentro de
Cidno, no al de Marco Antonio ... Anda, mi graciosa Iras ... Ahora, noble
Carmiana, apresurémonos, pues, y cuando me hayas hecho este
menester, te daré permiso para divertirte hasta el día del Juicio. Trae
nuestra corona y todo. (Sale Iras. Ruido en el exterior). ¿Por qué ese
ruido?
(Entra un soldado de la guardia).
GUARDIA
Aquí hay un mozo rural que a toda costa quiere ser introducido en
presencia de Vuestra Alteza. Trae higos.
CLEOPATRA
Que se le introduzca. (Sale el guardia). ¡Cómo un pobre instrumento
puede realizar una noble acción! ¡Me trae la libertad! ¡Mi resolución
está adoptada, y nada de mujer tengo ya en mí. Ahora, desde la cabeza
a los pies, soy firme como el mármol; ahora la luna no es mi planeta.
(Vuelve el guardia con un rústico que lleva una cesta).
GUARDIA
Aquí está el hombre.
CLEOPATRA
Salid y dejadle. (Sale el guardia). ¿Tienes ahí esa linda serpiente del
Nilo, que mata sin hacer sufrir?
RÚSTICO
Sí, en verdad, la tengo. Pero no quisiera ser el individuo que os
aconsejara tocarla, porque su mordedura es mortal; aquellos que ella
muerde, se restablecen rara vez o nunca.
CLEOPATRA
¿Te acuerdas de alguien que haya muerto de ella?
RÚSTICO
Y de muchos hombres y mujeres. He oído hablar de una, no más tarde
de ayer. Una honradísima mujer, pero un poco predispuesta a la
mentira, lo que en una honrada mujer no debiera consentirse, a no ser
por razón de honestidad. Se decía, cuando estaba muerta de su
mordedura, que sufrimiento no habría experimentado ... En verdad, dio
muy buen testimonio en favor de la víbora; mas los que quieren creer
todo lo que se dice, no se salvarán nunca por la mitad de lo que hacen;
sin embargo, lo infalible es que esta víbora es una víbora extraña.
CLEOPATRA
Sal de aquí, adiós.
RÚSTICO
Os deseo mucho placer con la víbora.
(Deposita la cesta).
CLEOPATRA
Adiós.
RÚSTICO
Pensadlo bien; mirad que la víbora obrará según su instinto.
CLEOPATRA
Sí, sí; adiós.
RÚSTICO
Mirad, no se debe confiar la víbora más que a la custodia de personas
prudentes; porque, para decir la verdad, no hay bondad ninguna en la
víbora.
CLEOPATRA
No te preocupes. Se la vigilará.
RÚSTICO
Muy bien. No le deis nada, os lo ruego, pues no vale la pena de que se la
alimente.
CLEOPATRA
¿Me comerá?
RÚSTICO
Debéis creer que no soy tan simple que no sepa que ni el diablo mismo
se comería a una mujer. Sé que una mujer es un manjar para los dioses,
si el diablo hace de ella la salsa. Pero, verdaderamente, esos putañeros
de diablos hacen gran daño a los dioses con sus mujeres; porque de
diez que hacen los dioses, los diablos estropean cinco.
CLEOPATRA
Bien, márchate; adiós.
RÚSTICO
Sí, Por mi fe; os deseo que os divirtáis con la víbora.
(Sale. Vuelve a entrar Iras con un vestido y una corona).
CLEOPATRA
Dame el vestido; colócame la corona; siento en mi la sed de la
inmortalidad. Ahora nunca más el zumo de los racimos de Egipto
mojará estos labios. Acelera, acelera, mi buena Iras; aprisa. Me parece
que oigo a Antonio que me llama. Le veo levantarse para alabar mi
noble acción; le oigo burlarse de la dicha de César -dicha que los dioses
conceden a los hombres para servir de excusa a sus cóleras ulteriores-.
Voy, esposo mio. ¡Ahora pruebo por mi valor mis títulos a este nombre!
No soy más que aire y fuego; abandono a la vida más grosera mis otros
elementos. Qué ..., ¿habéis terminado? Ven ahora y recibe el último
calor de mis labios. ¡Adiós, mi querida Carmiana! ... ¡Largo adiós, Iras!
(Las besa. Iras cae y muere). ¿Tengo el áspid en mis labios? ¿Caes? Si tú
Y la naturaleza podéis tan suavemente separaros, el golpe de la muerte
es como el pellizco de un amante, que hiere y desea. -¿Estás aún
inmóvil? Si así te has desvanecido, declaras al mundo que no vale la
pena despedirse de él.
CARMIANA
¡Disuélvete, espesa nube, y vierte la lluvia! ¡Que pueda decir que los
dioses mismos lloran!
CLEOPATRA
¡Soy cobarde! ... Si encuentra la primera a Antonio, el de la cabellera
rizada, le preguntará y le dará ese beso, cuya posesión es para mi el
cielo. (Toma un áspid, que se aplica al seno). ¡Ven, mortal asesino;
corta de un solo golpe con tus dientes agudos este nudo complicado de
la vida! ¡Pobre loco venenoso, entra en furor y apresúrate! ¡Oh, que no
puedas hablar para que te oiga llamar al gran César impolítico!
CARMIANA
¡Oh, estrella de Oriente!
CLEOPATRA
¡Silencio, silencio! ¿No ves el niño que tengo al pecho, y que su nodriza
le da pecho para dormirle?
CARMIANA
¡Oh, r6mpete, rómpete, corazón mío!
CLEOPATRA
Tan delicioso como el bálsamo, tan blando como el céfiro, tan gentil ...
¡Oh, Antonio! ... Sí, voy a encontrarte también. (Aplicándose otro áspid
al brazo). ¿Por qué había de permanecer ...?
(Muere).
CARMIANA
¿En este mundo vil? Vamos, adiós. Ahora puedes sentirte orgullosa,
muerte; estás en posesión de una mujer incomparable. ¡Párpados
abatidos, cerraos, y que el dorado Febo no sea contemplado jamás por
ojos tan reales! Se ha torcido vuestra corona; voy a colocarla derecha y
luego a llenar mi papel.
(Entra la guardia con precipitación).
PRIMER GUARDIA
¿Dónde está la reina?
CARMIANA
Hablad bajo, no la despertéis.
PRIMER GUARDIA
César envía ...
CARMIANA
Un mensajero demasiado lento. (Se aplica un áspid). ¡Oh, aprisa,
despacha! Siento ya tu poder.
PRIMER GUARDIA
Aproximaos, ¡vaya! No va todo bien; César ha sido engañado.
SEGUNDO GUARDIA
Aquí está Dolabella, enviado por César; llamadle.
PRIMER GUARDIA
¿Qué ha sucedido aquí? Carmiana, ¿es esto obrar bien?
CARMIANA
Esto es obrar bien y como convenía a una princesa descendiente de
tantos reyes soberanos. ¡Ah, soldado!
(Muere. Vuelve a entrar Dolabella).
DOLABELLA
¿Qué pasa aquí?
SEGUNDO GUARDIA
¡Todo está muerto!
DOLABELLA
César, tus temores han sido justos. Vienes en persona a ver cumplirse
el acto terrible que intentabas prevenir.
UNA VOZ
(Dentro). ¡Sitio aquí! ¡Sitio a César!
(Vuelve a entrar César con su séquito).
DOLABELLA
¡Oh, señor! Sois demasiado buen adivino. Se ha realizado lo que
temíais.
CÉSAR
¡Existencia bravamente acabada! Conjeturó nuestros proyectos, y como
una persona real ha tomado su partido ... ¿Cómo han muerto? No las
veo sangrar.
DOLABELLA
¿Quién estuvo el último con ellas?
PRIMER GUARDIA
Un simple aldeano que les trajo higos. Aquí está su cesto.
CÉSAR
Envenenadas, entonces.
PRIMER GUARDIA
¡Oh, César! Esta Carmiana vivía no hace un instante. Estaba en pie y
hablaba. La hallé ajustando la diadema de su ama difunta; se levantó
temblando, y se desplomó de repente.
CÉSAR
¡Oh, la noble debilidad! Si hubiese ingerido un veneno, se le
reconocería en la hinchazón exterior. Pero tiene aire de dormir, como
si quisiera atrapar otro Antonio en la irresistible red de su gracia.
DOLABELLA
Aquí, en su seno, hay un pequeño brote de sangre y un poco de
hinchazón; lo mismo en su brazo.
PRIMER GUARDIA
Es la huella de un áspid. Y sobre las hojas de estos higos, la misma baba
que los áspides dejan en las cavernas del Nilo.
CÉSAR
Es muy probable que así haya muerto, pues su médico me dijo que
había hecho infinitas averiguaciones sobre la manera más cómoda de
morir. Levantadla de su lecho y llevaos a sus mujeres del monumento.
Será sepultada al lado de su Antonio; ninguna tumba de la tierra
encerrará una pareja tan famosa. Acontecimientos tan grandes como
éstos hieren a los mismos que los causan, y la piedad que inspira su
historia iguala gloria del que los ha reducido a ser lamentados. Nuestro
ejército acompañará estos funerales con pompa solemne; y luego, a
Roma. Ven, Dolabella, cuida de que el orden más escrupuloso presida a
esta gran solemnidad.
(Salen).
INDICE
ACTO I ............................................................................................... 5
ACTO II ............................................................................................ 30
ACTO III .......................................................................................... 68
ACTO IV ........................................................................................ 109
ACTO V.......................................................................................... 143
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