Subido por Julio Alpuche

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FREDERICK M. WATKIN8
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de la Europa moderna~l'linguna reacción posterior logr¡¡,ría nU!lca i
desóariTarpor_completo esas conquistas.
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~si bien el triunfo de los ejérci_tos franceses __a~e~!:iggQ,,~
--la---fuerza;-del liberalismo,- la condición efímera;:de-SlL victoria P;
_también.. demostró la incapacidad _de éste, como de. _ c~
__ideología pura, para aportar una solución duradera a ios pro­
_blemas de la politica moderna. _En lo que los ejércitos revoluci~
narios tuvieron éxito, por cierto, fue en exportar las debilidades
del movimiento revolucionario francés a toda Europa continental.
En todas partes la gente se sintió atraída inicialmente por la
promesa y ~os éxitos del liberalismo. El principio revolucionario
de igualdad de derechos para todos, al liberar laS energías crea­
doras de las frustraciones de un sistema político y social anti­
cuado, parecía en primer análisis estar llamado a eliminar todas
las barreras que obstaculizaran el progreso. La celeridad y 'la
extensión de los cambios subsiguientes. sin embargo, no tardaron
en producir en los territorios ocupados, no menos que en la misma
Francia, dolorosas y destructivas consecuencias y, con ello, una
creciente alienación. Además, !Q\lchasde las ventajas que repre­
~ntaban las innovaciones q\led.«E<:m neutralizadas por las exaccib­
~adura.-.nÍill~L=~:YYáS . necesl~~~
[email protected] iñcesan!~~~rific~Q~ _.de
_hombres}:.. dineF(). El
por la gloria de sus incomparablesvic-torIas brindó sin duda a
Francia cierta compensación por esos sacrificios, no así a los
. pueblos conquistados que acababan de incorporarse al sistema
imperial francés. A medida que aumentaba su hostilidad, el ré­
gjmen imperial se .tornó más opresivo, hasta que por fin se
derrumbó. T,anto -J~I1_el exterior_coIllQ __ciº"tt:Q _ -,I~LJl¡~,i~~.!Lbera",
lismo revQlp.cionario nOiqgrocrearun- c<msensG- político ~,
~dur-';'-d~Plo~iió- sel: liD Sl.l!ltit.Y!º--m1ijt inadecJ13dQ Tal (m.t..
_~_:e!l~~.do del prime~an_Jl~p~im~~t~_de la ideología moderna.
1
.\.
IV
EL CONSERVADORISMO
La derrota de Napoleón en Waterloo, en 1815, marca el fin
de una importante etapa en la historia de la ideología moderna.
El Emperador fue al exilio, y Europa durante toda una genera­
ción volvió a ser gobernada por monarcas conservadores. Esta
inversión de la fortuna fue resultado no sólo de la debilidad
interna y del fracaso final del movimiento revolucionario, sino
también la consecuencia de una nueva y cada vez más poderosa
corriente de pensamiento antirrevoluaionario. El conservadorismo
hizo su aparición por vez primera, como doctrina. netamente
definida, casi al mismo tiempo que la Revolución Francesa.
Cuando Paine escribió Los Derechos del Hombre en 1793, ya
se colocaba a la defensiva. Su obra era una refutación de las
Reflexiones sobre la Revolución Francesa, de Edmund Burke,
que había aparecido el año anterior. Pero la posición conser­
vadora de Burke era lo bastante firme como para CJ.ue se la
pudiese destruir fácilmente. La publicación de las Reflexiones
ayudó más que cualquier otro acontecimiento a provocar un primer
reflujo de la marea revolucionaria. Contra la ideología del libe­
ralismo proponía una antiideología conservadora que echó las
bases esenciales de una oposición efectiva. En gran medida por
su propio esfuerzo, Burke logr6 llevar -el conservadorismo a una
posición de confianza en sí miSlllo e intelectualmente respetable.
F'
48
FREDElUCK M. WATKINS
Desde entonces constituye una fuerza que debe ser tenida en
cuenta en la política moderna.
A esta altura puede ser útil una palabra de aclaraci6n para
evitar malos entendidos. El lenguaje es algo viviente y las pala~
bras a iquieren sin cesar nuevos si~nifica'1os. Esos cambios de
significacién tienden a ser singularmente amplios y rápidos en
.d caso de términos que han sido mucho tiempo obieto de uso
y de :abuso l!. los fines de la controversia política. "Conservado­
rumo" es un ejemplo extremo, aunque no atípico, de este pro­
ceso. En la política norteamericana ha despertado mucho in­
terés en los últimos tiempos al~o que se conoce como el Nuevo
Conservadorismo. La principal preocupación de sus voceros es
reducir el papel del gobiernO en la vida norteamericana y confiar
en la iniciativa individual .. y en el mercado libre como agentes
primarios del progreso. Exi: otras palabras, abogan por el retomo
a UI'a forma prístina v más pura de la i::Ieología liberal. En
muchos aspectos es lo diametralmente opuesto a la posición anti~
liberal de Burke y debs primitivos conservadores 'a los que nos
referirnos en este capítulo. .
. .
..
Necesidad de w:ia antiideología conservadora
La necesidad y la posibilidad de una reacci5n conservadora
contra la Revolucién Francesa surgió de una crucial debilidad
de la ideología liberal: la excesiva importaucia que daba a la
conveniencia de la innovación. Deslumbrados por el horizonte
cada veZ más vasto que les presentaban la ciencia y la tecnología
modernas, los liberales se aprestaron a abrir paso al futuro des~
echando el pasado. Su fe en los nuevos poderes de la invención
racional del hombre era tan grande que tendían a mirar con
desdén cuanto el hombre había hecho hasta entonces. Segím no
tardó' en demostrarlo la Revolución Industrial, su confianza en
eUuturo no carecía de fundamento. La dificultad residía en que,
debido' a su preocupación por la creación de nuevos valores,
prestaba demasiado' poca atención a los costos sociales conco­
r
,a
:
1.
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,,¡],
LA ERA DE LA IDEOLOGÍA
mitante~o!.. mucho
49
que le agrade al hombre mejorar su con­
dición, su felicidad depende también de la conservación de cierta
medida de estabilidad. El abandono de viejos hábitos y el apren~
dizaje de nuevos es de por sí un proceso penoso. Para aquellos
que ven amenazado su viejo estilo de vida y carecen de aptitudes
y habilidades especiales para ajustarse acertadamente al nuevo
estilo, es muy posible que las incomodidades de la innovación
pesen más que los placeres que ésta trae consigo. La ideología
del primitivo liberalismo desdeñó casi por completo los intereses
de esos ciudadanos. El conservadorismo fue el movimiento que
surgió en defensa de aquellos intereses.
En muy gran medida la respuesta conservadora al libera~
lismo no consistió en formular nuevas ideas, sino en aferrarse a
viejas y muy tradicionales formas de pensamiento. Frente a la
nueva ideología muchos conservadores se contentaban simple~
mente con refirmar los valores del antiguo orden. El deber de
obediencia a los magistrados, al clero y a otras autoridades tra.
dícionales había sido inculcado durante generaciones por las
fuerzas combinadas de la Iglesia y el Estado. Conformamos can
el lugar que nos ha tocado en suerte en la jerarquía social, cum­
plir con nuestro deber en el puesto para el cual Dios ha querido
destinarnos, habían sido desde largo tiempo los requisitos . pri­
marios de la virtud política y social. Aferrarse a esos viejos
hábitos de pensamiento y acción era la respuesta natural de quie­
nes rechazaban la revolución liberal.
Empero, si los conservadores querían hacer algo más que
dedícarse a una estrategia dilatoria, necesitaban una mejor res­
puesta al liberalismo. Por eficaces que hubiesen sido las creencias
tradicionales en épocas pasadas, nunca habían tenido que hacer
frente al desafío de una ideologia moderna. La Revolución brin­
daba la promesa de un brillante mundo nuevo, de un nuevo
orden de las edades, que ya había relegado a los sostenedores
del orden antiguo al montón de desechos de la hístoria. Por
aterradora que' pudiese ser en muchos aspectos la idea del pro­
greso por vía de la razón; ejercía un poder de atracción que a
la larga habría de resultar' irresistible. El único camino por el
··'
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,.
50
FREDERlCK M. WATltINS
cual los opositores de la Revolución podían afrontar el reto era
adoptar como propia la idea del progreso y demostrar que el
conservadorismo en sí constituía la única base posible para lograr
un mejoramiento constante y sustancial de la condición humana.
;,
'í
La carrera de Edmund Burke
Edmund Burke fue el hombre que evidenció mayor éxito en
aportar una base progresista a la reacción conservadora. La
experiencia 10 había ido preparando desde largo tiempo atrás
para la realización de esta tarea. Aunque irlandés de nacimiento,
Burke había hecho su carrera en Inglaterra. En la época de la
Revolución Francesa se 10 reconocía ya desde hacía mucho como
un miembro prominente del Parlamento Británico. Su vida fue
en ciertos aspectos sorprendentemente paralela a la de su insigne
rival, Paine. Disconforme con sus propias experiencias en una
Inglaterra dividida en castas, Paine se había convertido en un
ardiente revolucionario que encontró su verdadera patria en
Norteamérica; Burke dejó su Irlanda nativa para hallar en Ingla­
terra el país de sus grandes oportunidades. Después de ganarse
un lugar importante en el seno de las clases dirigentes británicas,
Burke adoptó el estilo de vida de éstas con todo el fervor de un
recién llegado. La Constitución británica le parecía la mejor de
las constituciones; el sistema parlamentario británico, el mejor
de los gobiernos. Los valores del orden establecido eran para él
cuestión de fe positiva, no algo que se da por descontado. Esto
lo volvía particularmente sensible y hostil a cualquier amenaza
contra el mantenimiento de esos valores.
Su actitud de compromiso con la Constitución británica no
significaba, sin embargo, que Burke se opusiera por completo
al cambio, o aun a la revolución. Como político práctico, tenía
plena conciencia del hecho de que las instituciones se hallan en
un constante fluir de decadenc::ia y regeneración, Y que a veces
hacen falta medidas drásticas para volverlas a sanear. Gran
Bretaña misma habia sufrido ese tipo de crisis en un pasado
111
LA ERA DE LA IDEOLOGÍA
51
bastante reciente. En 1688 los británicos habían llegado al extre­
mo de expulsar a su propio rey y entronizar una nueva dinastía
con poderes notablemente disminuidos. Este acontecimiento ha­
bía sido celebrado, especialmente por el partido whig, como la
Gloriosa Revolución, un momento crucial en la defensa de las
libertades británicas contra los abusos de la .tiranía real. Burke
era él mismo un whig, y compartía la tradición whig. A fuer de
tal, había sido en la época de la Revolución Norteamericana
un miembro destacado de aquel grupo de simpatizantes britá­
nicos que presionaban para que las dificultades en los Estados
Unidos se solucionasen, no por la coerción, sino mediante cambios
constitucionales. El conservadorismo no lo encegueció, ni en­
tonces ni después, como para impedirle ver el valor y la nece­
sidad de la reforma.
Todo ello, empero, no impidió que Burke fuera uno de los
pocos hombres cuya reacción frente a la Revolución Francesa
fue completamente negativa casi desde el comienzo. En el primer
momento la mayoría de los observadores extranjeros se habían
mostrado dispuestos a mirar el movimiento con buenos ojos.
Después de todo, se sabía que Francia era un país políticamente
atrasado, donde la reforma se había hecho esperar demasiado
tiempo. A. los ingleses, que desde hacia varias generaciones go­
zaban de numerosos frutos de la reforma, les resultó particular­
mente fácil asumir una actitud benévola, de afectuosa protección
hacia los franceses. Recordando su propia tradición revolucio­
naria, los whigs más radicales llegaron hasta el punto de adoptar
la nueva ideología y propugnar un enfoque paralelamente revo­
lucionario de los problemas de la política británica. Esta ten­
dencia de la opinión general británica, y de la opinión whig en
especial, no tardó en alarmar a Burke. En un momento en que
estaban aún distantes los más graves excesos del movimiento
revolucionario, él reconoció su carácter radicalmente subversivo
y predijo que aquél desembocaría necesariamente en una dicta­
dura militar represiva. Burke creía que sus compatriotas, sedu­
cidos por los atractivos de una ideología revolucionaria, se sentían
tentadós a destruir los cimientos mismos de la tradición consti.
r
t
52
FREDERICK M. WATKINS
tucional británica. Sus Reflexiones sobre la Revoluci.ón Francesa
fueron un intento poderoso de poner en guardia a sus conciu*
dadanos contra ese peligro.
Desafío de Burke a la ideología liberal
Si bien algunas de los objeciones de Burke al movimiento
revolucionario eran relativamente superficiales, la gran fuerza
de su libro reside en el método básico con que aborda el pro­
blema. Con una penetración poco común reconoci6 desde el'
comienzo que el carácter verdaderamente distintivo y peligroso
de esta Revolución en particular era el poder de su ideología.
La fuerza vital de la fe revolucionaria era su confianza suprema
en la capacidad racional del individuo. Alentaba a los hombres
a creer que el interés propio racional era una base suficiente pará
la vida social y que la progresiva realización del bienestar y la
felicidad del hombre debía necesariamente seguir a la liberación
del pensamiento y de la acci6n individuales respecto de las res­
tricciones tradicionales. Las Reflexiones de Burke eran un ataque
directo y libre de compromiso a toda esa posición. Trataba de
mostrar que las facultades racionales de todos los individuos, in­
clusive de los más inteligentes, son estrictamente limitadas; que
las sociedades se mantienen unidas no por la fuerza de la raz6n,
sino por la moral tradicional y por la fuerza del hábito; y que
el progreso de la civilización, lejos de ser inevitable, es un logro
precario que a su vez depende del mantenimiento del orden
social. Lo que hizo Burke, en otras palabras, fue contradecir
todos y cada uno de los puntos esenciales de la teoría revolu­
cionaria del progreso. Frente a la ideología liberal instauró una
antiideología conservadora. Su conservadorismo fue concebido
como una respuesta no 5610 a la Revolución Francesa, sino a
la ideología en general.
El fundamento de toda la, argumentación de Burke era su
concepto sobre la naturaleza humana. Como muchos pensadores
occidentales. entre ellos los revolucionarios, era esencialmente
M
~
LA ERA DE LA IDEOLOGÍA
53
un racionalista. Como ellos, creía que la razón es uno de los
dones humanos más distintivos y valiosos. Todas las realizaciones
específicamente humanas dependen de la capacidad racional del
hombre para captar los problemas y resolverlos. Pero por grande
que pueda ser el poder de la razón, no es ilimitado. Ser finito
dentro de un universo infinito, el hombre jamás puede abrigar
la esperanza de conocer todo cuanto necesita saber. La tendencia
de los liberales era creer que ellos ya tenían, o estaban a punto
de descubrir, la respuesta a todos los problemas humanos. Burke
se daba cuenta de que ésta era una desastrosa sobrestimación de
la capacidad racional del hombre.
En efecto, a su juicio, la razón era sólo la mitad de la bis­
toTÍa. El hombre no es únicamente un ser racional; es también
pasional. Exigencias e impulsos irracionales están constantemente
en pugna con su juicio racional. Abandonado a sus propios re­
cursos, un hombre no tardaría en fracasar por el desenfreno de
sus pasiones, destruyéndose a sí mismo y a los demás en la per­
secución de propósitos nocivos. El interés propio racional, en
consecuencia, dista muchísimo de proporcionar una guía ade­
cuada para la acci6n. Hace falta mucho más que eso para el
logro de los fines humanos.
JI'ersión evolutiva del progreso social
Si el hombre es tan limitado, ¿ cómo puede_ p.rogre~r La
respuesta de 'Bu~ke,-tfprca__ º~rcoIlsef\l'~dorismo, es que la civili­
_zá(:ión constitu}'eelXt:!!~tad() de un~é~o sO~Ál-~~IWjwQ::·~
c~do naclie-posee lacapacldad necesaria para captar o reso!ver
ninguno de los problemas. más-lillportarites de -la }xisteñcl¡;\ hu­
mana, la mayoría de la gente es lo bastante inteligente comC;:-para
hacel'-pequeños p!':rQ:.Íl.tilell ~IDnientos..':dentro -de los lírrutes de
su Rropia experiencia práctica. Por ser el hombre un animal
social, estos logros' iñslgrulíca;.teS-c~brnnSígIilficación con el
transcurso del tiempó:-Los liomoresapréridencie los experimentos
de sús veCmcJs- failfo- como-de-ros suyos propios, y enseñan a sus
hijos las-coTast1ti:1es qUe-eIlos--Iiá.ñUegadoaconºcer. Continuado
. f1I~! '
'!j) .
•~, ,1,
54
FREDERICK M. W ATKIN S
de generación en generaclOn, este pro~eso copdu<;e a un mejo­
ramiento progresiv.9, <ie_E__c;gn"ª?ióILhumana. No más atados
por sus limitaciones personales, l~mbr:es~ac~I}__pX.95echo de
un cuerpo cada vez más rico de hábitos_y destre~¡¡,_i!g~s. L~
tl'adición-soGi.al;_nQLlQ..tanto~ -esJ~ fu~í:z-ª_que-le- permite_ aLhom­
bre elevarse por encima de las limitaciones de su propia na_~llg­
leza individual. Es la única base posible para el progres~ de la
c i v i l i z a c i ó n . - - - --- ­
Parti~~d~ de premisas similares, un liberal se habría inclinado
a concluir que el progreso es inevitable; Burke, por el contrario,
usó estos argumentos para demostrar que la civilización en. sí
misma es una cosa frágil, acosada por peligros constantes. Lo
mejor del hombre mismo es un producto de la disciplina social, nO
de la razón individual. AbandonadQ a sus propios recursos, sería
inferior a las bestias del campo, las cuales al menos poseen buenos
instintos para guiarse. Se necesitan instituciones fuertes para repri­
mir los impulsos egoístas e irracionales de los individuos, y para in­
culcar hábitos civilizados. Pero la vida de las instituciones es preca­
ria. Una sola generación que rechace su herencia tradicional y deje
de transmitirla a sus descendientes, puede romper la cadena in­
dispensable de la continuidad social y deshacer la labor de cen­
turias. Si los hombres están conformes en 'mantener y mejorar
sus instituciones establecidas, el progreso es perfectamente posi­
ble. Si no lo están, una recaída en la barbarie es no sólo posible
sino segura.
Importancia de la autoridad tradicional
Contra este aterrador peligro existe una sola defensa: '1Ún
gobierno fuerte,
autoritario, apoyado por una Iglesia
sostenida
I
.-'... .-",
por el EstadoJ El' Estado, en realidad, no es más que una de las
muchas instituciones necesarias para el mantenimie;;'to de una
sólida tradición s~tLJ,-. Una amplia variedad de asociaciones
privadas, la fairiília por sobre todas, es vital para el manteni­
miento de la continuidad social. Grupos religiosos no oficiales,
como las sectas disidentes en Gran Bretaña, pueden también des-
r"
~
LA ERA DE LA IDEOLOGÍA
ss
empeñar un papel útil. Por encima de todas ellas, sin embargo,
la autoridad del gobierno se yergue como el regulador final e
indispensable de todo el proceso social. ~ólo el Estado cuenta
con el poder de coacción necesario para regular las actividades
de las aso~~ciones más pequeñas y para reprimir la conducta
antisocia~'~lamente el Estado cuenta con los recursos para
apoyar a una iglesia oficial realmente influyente y efectiva, sin I
la cual, a su vez, no podría existir orden moral o disciplina sociaLi
El Estado, en síntesis, es la encarnación definitiva y la garantia
de los intereses más vitales -del hombre. Le.jos de ser, como lo
querrían los liberales~ una-asociación li~tada para. propósitos
limi tados, es una__ ~~º_ciación )limi tada a la,~ que se_..~ilian__ los
miembros de muchas g~ne~a..ciom;s sl.l:cesivaspara la conservación
y progreso ae~~viC!a común como,hombres-Cí\1ilizados. La única
riqueza que cuenta ~eaImeñte'-és la que los hombres comparten
bajo instituciones de gobierno comunes. Preservar e incrementar
esa herencia es el más elevado de todos los deberes seculares.
Al desarrollar estos principios generales, el objetivo inme­
diat-o de Burke era refutar la ideología peculiar de la Revolución
Francesa. Otros veían en la Revolución una especie de liberación
de energías individuales respecto de restricciones sociales inne­
cesarias; para él significaba un trágico retroceso en la ~e
batalla entre el_bienestar social y el egoísmo individMl. ~~.!Ea
era esencialmente de los fil6sofoLde_la Ilustración. Presuntuosa­
mente confiad;jg-ensu propia capacidad para aportar una solu­
ción inmediata y perfectamente racional a todos los problemas
humanos, habían descarriado a toda una generación de franceses
induciéndolos a destruir su herencia tradicional y a embarcarse
en una carrera sin rumbos. Al rechazar la posibilidad de refor­
mar abusos mediante cautos y progresivos ajustes parciales, es­
tadistas presuntuosos se habían atrevido a meter sus manos torpes
e inexpertas en la frágil textura de la sociedad. Todas las estruc­
turas de la Iglesia y el Estado puestas a prueba a lo largo de los
siglos habían sido arrasadas para dar lugar a las nuevas estruc­
turas. Al preferir su propia débil razón a la razón de los siglos,
habían cometido el pecado de orgullo y provocado como conse­
56
FREDERlCK M. WATKlN,r
,
"
~
i~
cuencia su propia caída. Una-ll.ez.Jib~rados de sus lazos traqicio- j
nales de lealtad, los hombres perderían el h~b.~o_ deJa obedienci-ª <I~
a cualquier autoridad legalmente consti~'Llida. Las pasiones individuales no conocerían fronteras y no se someterían a ninguna
las normas de la conducta civilizada logradas con tanta difi­
¡~ultad. Así, pues, las promesas de los filósofos eran promesas
falsas; su razón era una falsa razón. Por la naturaleza de las cosas
nunca podrían construir el brillante mundo nuevo que con tanta
arrogancia esperaban erigir sobre las ruinas del antiguo. Tras el
ocaso de su época, quedarían únicamente las ruinas como monu­
mento en recuerdo de su paso. Tal era el pavoroso precio que ya
estaban pagando los franceses por haber aceptado una falsa ideo- '
logía. Y eSe mismo sería, también, el destino de otros pueblos
que siguieran su ejemplo.
1
Logros y limitaciones de la reacción conservadora
Las Reflexiones de Burke eran una obra de gran elocuencia,
escrita en un estado de fuerte emoción. Como tal, adolece de los
defectos obvios propios de esas características. Burke poseía más
bien escasos conocimientos directos de las condiciones reinantes
en_Er~cia..Su experienda-iJI:~ªca se refer~stema poBricó
bHtáliico, el cual habíadeiIíost:¡:ado~n...eLP-~ado, y seguiría de­
mostrando en ad~lante, una n~~ble.~,capacidad~¡ai~ lográi-i:!
progreso dentro del marco de--una tradi<:!§~__~~_Il,cia~e~t«:_coIl.­
servlldara. Esto lo llevó naturaIlnente a sobrestimar las posibili­
dades de una reforma de tipo conservador en Francia, donde el
orden establecido ofrecía mucho mayor resistencia al cambio, y
por lo tanto a subestimar la necesidad de una revolución. Tam­
bién tendía a exagerar los costos de la revolución. Pese a los
aP:etlOs de Bl11'ke en predecir el advenimiento de la dictadura
desgracias", la suerte ae"F.ríUícra:ñí.Inca comenzó
siquiera a ser tan negra como él la había pin~<!~- Lascostum­
bres sociales son inás tenaces y sus raíces mis profundas que 10
que Burke había osado imaginar. Si bien la Revolución fue una
xhllitar y-otras
LA ERA DE LA IDEOLOGÍA
57
experiencia impresionante, y en ciertos aspectos paralizante, distó
mucho de destruir la continuidad de la civilización francesa o de
agotar su vitalidad. El elocuente cuadro que nos pinta Burke
de la naturaleza y de las consecuencias de un movimiento ideoló­
gico no debe tomarse de manera alguna como la última palabra
sobre el tema.
En resumidas cuentas, sin embargo, las Reflexiones sobre la
Revolución Francesa fueron un logro notable. Después de casi
200 años perdura como el modelo clásico de una antiideología
elocuente y eficaz. La ideología del liberalismo, cuando Burke
se las vio con ella por primera vez, era algo nuevo bajo el sol,
algo nuevo y, según lo habían demostrado los acontecimientos
en Francia, algo enormemente atractivo. En un momento en que
muchos de sus. camaradas whigs caían bajó esé hechizo, Burke
sup~ entrever sus pretensiones. Recono<;i6J~ utói?tªdesus pro­
mesas más brillantes y la tosca insuficiencia Ci-e-ios medi;s-polí­
ticos y sociales con que se propcmÍa realizarl~. SJñ.~r.e~~ar~.Ja
iQea_~e ~greso, trató de demostrar que el cambio "evoluciona­
rlo", ~,quc;:.:cl:"~~YQiiiiQ~rTq:es·ern:iédI~-normaLcIe-desa~~l1o
social, ._y'_~u~J.~ civiliza~q~. mis'madeeeriae"ae-que se m~tenga
por ~o_Ill~no~c:!~~o mínimo indispensable de continuidad scx:i~.
Su obra hizo mucho para alertar a lós ingleses de su época-contra
los peligros del liberalismo revolucionarlo y para confirmar la
fe de aquéllos en la validez d~ sus propias tradiciones constitu­
cionales. Ayudó a alentar la terca resistencia británica que final­
mente condujo a la caída de Napoleón y a la restauración con­
servadora en Europa. Desde entonces hasta nuestros días, aunque
desafiada por muchas ideologías más recientes, la obra de Burke
nunca perdió su posición como una de las expresiones más claras
y persuasivas del punto de vista conservador.
r
f
Jr
v
EL NACIONALISMO
Con la caída del imperio napoleónico en 1815 parecía que
10l! principios antüdeológicos de Burke habían triunfado final"
mente sobre el liberalismo de Paine. Habían sido restauradas las
monarquías conservadoras, y las viejas clases dirigentes habían
vuelto por sus fueros. Para ese entonces, sin embargo, hacía
mucho que la lucha había dejado de ser una contienda circuns­
crita a conservadores y liberales. El nacionalismo era ahora un
factor con el que también debía contarse. El vigoroso movimiento
de resistencia que culminó con la caída de Napoleón había sido
por lo menos tan nacionalista como conservador en su inspiración,
y tenía pretensiones nacionalistas que hacer valer frente a los
monarcas que había rescatado. A su vez, una generación de gloria
imperial había dado a los franceses un sentido enaltecido de
conciencia nacional. Se dice que cuando Luis XVIII reasumió
el trono de sus antepasados Borbones, sus primeras palabras al
cruzar la frontera fueron: "Otro francés más retorna a Francia".
Este oportuno ardid publicitario era un reconocimiento implícito
del hecho de que ya no bastaba el derecho hereditario, y de que
en adelante los monarcas harían bien en aparecer como repre­
!entantes de la nación. Los sentimientos nacionales habían lle­
gado a ser una fuerza formidable con la cual todas las demás
doctrinas, entonces y en adelante, tendrían que hacer las paces.
Es obvio que el nacionalismo constituye una fuerza. en el
111
60
LA ERA DE LA IDEOLOGÍA
FREDERICK M. WATKINS
mundo moderno; mucho más difícil es decir qué es una nación.
Las lealtades tribales, locales y profesionales son fáciles de expli­
car. Las gentes que comparten un pasado común siempre han
tendido a considerarse como un grupo y a mirar a los demás
como extraños. También una nación es un grupo consciente de
sí mismo, pero con un carácter propio. Típicamente es más bien
de grandes proporciones, con muchos millones de individuos, que
abarcan toda la gama de clases y profesiones, ya menudo incluye
una amplia variedad de sub culturas regionales. Sus miembros
suelen estar divididos en distintas confesiones religiosas, e inclu­
slve muchos hablan idiomas diferentes. A pesar de todo, sin
bargo, hay algo en su experiencia pasada o presente que los hace
sentir como una unidad, en tanto que todos los demás quedan
englobados en el concepto de extranjeros. Dado que frecuente­
mente resulta imposible detemúnar las causas de la nacionalidad,
ésta sólo puede definirse por sus consecuencias. Una nación es
un grupo que, cualquiera que sea el motivo para ello, tiene tan
alta conciencia de sus rasgos distintivos que siente como un
agravio el ser gobernada por extranjeros y exige un Estado so­
berano propio. Tales exigencias han desempeñado un papel im­
portante en la evolución de la política moderna.
em­
Nacionalismo y democracia
Por oscuros que puedan ser sus orígenes, el desarrollo del
nacionalismo se halla claramente asociado al surgimiento de la
ideología; Si bien los rudimentos del sentimiento nacional se re­
montan mucho más atrás, estuvo frenado largo tiempo por un
poderoso sentido de respeto a la autoridad tradicional. Los te­
rritorios cambiaron de dueños, por conquista o por herencia, sin
"tener en cuenta las preferencias de sus habitantes. Todo ello
cambió cuando los liberales comenzaron a recurrir a la autoridad
del pueblo. Ellos mismos eran demasiado racionalistas. como para
que les preocupasen demasiado los sentimientos nacionales. Paíne
fue- un caso extremo, aunque no atípico, de cosmopolitismo libe-
61
Interesado primordialmente en princlplOS racionales de go­
bierno, se sentía feliz viviendo y trabajando en cualquier país
donde se aproximase el advenimiento de gobiernos racionales.
La democracia, sin embargo, depende del consenso, y a las ma­
yorías les resulta muy fácil llegar a un común acuerdo con otros
grupos que muestran algún tipo de similitud con ellas. Uno
de los recursos más fáciles para unir a un pueblo es ponerlo en
guerra con otro. Paine fomentó el desarrollo del nacionalismo
norteamericano predicando la hostilidad contra Gran Bretaña;
los jacobinos apelaban al patriotismo de los franceses en sus gue­
rras contra tiranos extranjeros. Por cosmopolitas que fuesen en
sus propios enfoques, ya estaban descubriendo las ventajas del
nacionalismo militante como base de un liderazgo democtático.
Pese a todos sus matices nacionalistas, sin embargo, las revo­
luciones francesa y norteamericana no dejaron de ser en gran
medida movimientos cosmopolitas, que ofrecían la libertad no a
una sola nación sino a toda la humanidad. Como fuerza clara­
mente opuesta al cosmopolitismo, el nacionalismo alcanzó plena
vigencia por vez primera en el siguiente período de la resistencia
contra Napoleón. La cada vez mayor hostilidad despertada por
el imperialismo francés no tardó en dar lugar a que las monar­
quías tradicionales sobrevivientes adquirieran renovada popula­
ridad. Inspirados por sentimientos nacionales, patriotas de todas
partes de Alemania comenzaron a acudir en apoyo de Prusia y
Austria, los Estados germanos más poderosos e independientes
que existían a la sazón, y a esforzarse por aumentar su poderío.
Los españoles permanecíeron fieles a su rey desterrado y lucharon
contra su sucesor napoleónico con desesperada resistencia de gue"
rriUeros. En la propia Francia los· monárquicos lograron cierto
éxito al señalar que el emperador era un extranjero corso con
apellido italiano, Buonaparte, en tanto que los Borbones eran
franceses auténticos. Aunque el nacionalismo no era el único
motivo, desempeñó indudablemente un papel importante en la
coalición de fuerzas que finalmente destronaron a Napoleón.
Aquí por vez primera y por algún tiempo, se mostró claramente
el poder del nacionalismo.
62
PREDElUCK M. WATKINS
La tendencia hacia el nacionalismo liberal
Mucho menos claras fueron, con todo, las implicaciones úl·
timas de ese poder. En la lucha contra Napoleón, se había aso­
ciado a la caUSa del conservadorismo. Esta asociación estaba
destinada, en parte al menos, a convertirse en duradera. En el
énfasis que pone en los valores de una herencia nacional espe­
cífica, y en su buena disposición para subordinar los intereses
individuales a la defensa de tales valores, deja traslucir una
estrecha relación con los principios del conservadorismo de Burke.
No es sorprendente, entonces, que los conservadores hayan ten­
dido por lo general, a adoptar el nacionalismo como cosa propia,
utilizando a menudo el vocablo "nacional" o alguna variante del
mismo, como de significación oficial de partidos conservadores.
Pero aun aSÍ, la asociación nunca ha sido completa. La dificultad
radica en que el nacionalismo es esencialmente democrático, un
llamado a la voluntad del pueblo, y la voluntad del pueblo no
es necesariamente conservadora. Típicamente, un nacionalista
está dispuesto a sacrificar todo lo demás, incluso los valores tra­
dicionales, al poder y a la unidad de la nación. En la era napo­
leónica, por ejemplo, los nacionalistas que acudieron a socorrer
a Prusia eran también destacados reformadores. Cuando advir­
tieron que ciertos usos tradicionales colocaban a los ejércitos pru­
sianos en desventaja al competir con los franceses, no vacilaron
para nada en abolirlos. Por lo demás, no puede garantizarse que
el sentimiento nacional coincida con laS instituciones tradicionales
de gobierno, y por consiguiente las refuerce. En efecto, el nacio­
nalismo que surgió en Alemania no era preponderantemente un
nacionalismo prusiano o austríaco, sino un nacionalismo germano,
que sólo podía sentirse satisfecho con la unificación de muchos
Estados hasta entonces independientes. Desde sus mismos comien­
zos, por lo tanto, el nacionalismo tenía proyecciones dinámicas
incompatibles con el mantenimiento de muchas instituciones tra­
dicionales. Ello no tardó en dar origen, y aún hoy continúa el
LA ERA DE LA IDEOLOGÍA
63
mismo proceso, a muchos encarnizados conflictos entre fuerzas
nacionalistas y conservadoras.
El que en definitiva cosechó los beneficios fue el liberalismo.
Durante el período 1815 - 1848, cuando los gobiernos conserva­
dores unidos en la llamada Santa Alianza aunaron sus esfuerzos
para reprimir a unos y otros, era natural que liberales y nacio­
nalistas hiciesen causa común. También en este caso la alianza
se basaba en ideas compartidas así como en necesidades tác­
ticas. El terreno común era aquí la democracia. A los liberales
acostumbrados a considerar al gobierno opresor como el principal
enemigo de la libertad y el progreso, la lucha de las naciones
nuevas para expulsar a sus opresores extranjeros debía parecerles
justa. Si el pueblo tiene derecho a f'legir sus propios gobernantes,
se sigue que le cabe el derecho de tener gobiernos nacionales. Este
argumento les pareció particularmente convincente a los norte­
americanos, cuya propia y bienquerida revolución había sido una
guerra de liberación nacional. El derecho a la autodeterminación
naéional se prestaba así fácilmente para ser incorporado a la lista
estándar de principios generales aceptados.
Por plausible que pudiese parecer en la superficie, sin em­
bargo la aceptación del nacionalismo representaba en realidad
Una seria brecha en la coherencia ideológica del liberalismo.
Desde un punto de vista liberal, el principio de la autodetermi­
nación nacional s610 era permisible en el supuesto de que todas
1& naciones liberadas respetasen las libertades individuales y re­
dujeran al mínimo las funciones del gobierno. Esta hipótesis era
precaria en los hechos, y dudosa aun en teoría. La esencia del
nacionalismo, ante todo, es la afirmación de que los intereses
de un grupo social determinado, la naci6n, son más importantes
que los intereses de cualquier individuo, y en que el gobierno es
un organismo indispensable para la expresión de tales intereses.
En un país como los Estados Unidos, donde la lealtad a los prin­
cipios liberales ha constituido siempre una parte esencial de la
tradición nacional, tiene cierto sentido hablar del nacionalismo
liberal. En otros contextos esta expresión no está lejos de ser
Una paradoja, una contradicción en sus términos.
64
FREDERICK M. WATKlNS
El nacionalismo de MazzÍDi
Tal vez la mejor manera de apreciar la naturaleza del pro­
blema sea examinar los escritos de un eminente nacionalista de
la primera hora: Giuseppe Mazzini. Manini fue un patriota
italiano, una figura descollante en la larga y penosa lucha por
unir al pueblo italiano bajo un gobierno nacional único. Fue
también un teórico general, que creía en la autodeterminación
nacional como principio universal para la solución de todos los
problemas politicos. En muchos aspectos su doctrina suena como
una versión nacionalista de la ideología liberal. Personalmente,
sin embargo, distaba mucho de ser un liberal. Para Mazzini toda
forma de egoísmo individual era una vulgar traición a la nación.
El título de su ensayo más notable, Los deberes del hombre, era
un deliberado desafío al principio liberal de los derechos indivi­
duales. Con inusitada claridad, y sin comprometerse, su obra
pone al descubierto todas las dificultades inherentes a la postura
nacionalista liberal.
Sus aspectos liberales
El aspecto más liberal del pensamiento de Mazzini es su
cosmopolitismo. Los liberales habían creído siempre que ellos
actuaban no sólo para un pueblo sino para toda la raza humana.
Su meta. final era un mundo de Estados democráticos que coope­
rasen pacíficamente, dentro del marco de un mercado libre uni­
VErsal, en pro del bienestar y el progreso de la humanidad. La
concepción de Mazzini sobre el orden del mundo, aunque expre­
sada en términos más místicos, era muy similar. Creía que la Di­
vina Providencia había creado un mundo de naciones aisladas,
cada una de ellaS, como los hijos de Israel, con su propia Tierra
Prometida. Esto no significaba, sin embargo, que las naciones
tuvieran que vivir como enemigas. Todos los hombres son igual­
mente hijos de Dios y, por consiguiente, hermanos. El primer
deber de cada hombre enervir a Dios y '30"130' humanidad. Cada
r
LA ERA DE LA IDEOLOGÍA
65
nación ha sido dotada por Dios de características y talentos par­
ticulares. Mediante el cultivo de sus dones dentro del propio
territorio, cabe esperar que cada nación ha de aportar sus propias
y singulares contribuciones al bienestar común. Un mundo de
naciones-estados que cooperan en paz y que sólo rivalizan entre
ellas en su deseo de ser útiles al conjunto, es el plan prefijado por
Dios para el progreso universal de la humanidad.
En su visión del bienestar universal aparece claramente la
gran deuda de Mazzini para con el liberalismo; su programa
para concretar aquella visión lo acerca aún más a esa ideología
li.l1terior. Para Mazzini, como para los liberales, los gobiernos ti­
ránicos son los únicos enemigos verdaderos del destino progre­
sista del hombre. La gran mayoría de los hombres, con que sola­
mente pudieran seguir sus inclinaciones naturales, no tendrían
otro interés que el de servir a Dios y: a la humanidad bajo los
gobiernos nacionales que ellos mismos eligiesen. En la actualidad
esto no puede ser así. Gobiernos tiránicos mantienen al hombre
en situ3:ción de esclavo de Estados monstruosos que desconocen
106 limítes naturales de las naciones. Ambiciones territoriales en
pugna los inducen a librar constantes guerras de agresión. El
único remedio consiste en que los pueblos se alcen y rehagan el
IIlapa de Europa según el plan trazado por Dios. Los enemigos
son poderosos y hará falta un gran esfuerzo para vencerlos, pero
w recompensas de la victoria serán aún más grandes. Una vez
que el principio de la autodeterminación nacional haya sido
puesto en práctica universalmente, los hombres ya no serán lla­
mados a luchar unos contra otros. Las naciones, por lo tanto,
vivirán en paz y sus esfuerzos se consagrarán íntegramente al
. bienestar común de la humanidad.
Sus aspectos antiliberales
Si bien Mazzini, al referirse a las relaciones internacionales,
empleaba los térnúnos "libertad" y "progreso" de una manera
.que lo hacía parecer un liberal, la semejanza no era más que
aparente. La diferencia esenCial residía en que Mazzini se inte­
66
FREDERICK M. WATKINS
resaba por la libertad de las colectiVidades nacionales, no de los
indiViduos. También los liberales habían previsto un orden mun­
dial pacífico y progresista, pero ellos pensaban en los individuos,
no en los grupos sociales, como fuente primaria del progreso. Su
mundo habría de ser un lugar donde se respetase universalmente
la libertad de pensamiento, donde el programa intelectual estu­
viese garantizado por el libre intercambio de ideas. Del mismo
modo, el progreso económico habría de ser fruto del libre inter­
cambio de bienes y serVicios producidos por la actividad indivi­
dual. Esa fe en el progreso logrado a través de la libertad indi­
vidual era algo ajeno a Mazzini. Según él, el progreso e~a una
cuestión de acción colectiva, no individual. Las contribuciones al
bienestar de la humanidad eran contribuciones nacionales, y la
única manera que tenía un hombre de serVir a la humanidad
era sirViendo a su nación. De estas premisas Mazzini extraía
conclusiones que discrepaban fundamentalmente con el punto
de vista liberal.
El caso más importante al respecto es su rechazo de la li­
bertad de pensamiento. En parte a raíz de sus temores al regio­
nalismo italiano, Mazzini puso gran énfasis en la unidad nacional.
A los efectos de contribuir al progreso de la humanidad, cada
nación debe cultivar sus propios dones específicos. Una de las
responsabilidades fundamentales del gobierno, por lo tanto, debe
ser la de preservar y desarrollar el carácter nacional, procurando
que todos los ciudadanos compartan una común tradición nacio­
nal. Esto requiere un sistema educacional sujeto a un control
central y la cuidadosa eliminación de toda forma de pensamiento
que implique una desviación. Es cierto que el progreso depen­
derá del surgimiento ocasional de indiViduos con nuevas ideas
propias. Tales indiViduos no deben ser desalentados del todo.
:La unidad nacional, sin embargo, constituye la consideración
básica y no deben tolerarse ideas nuevas si hay alguna probabi­
lidad de que éstas pongan en peligro el consenso nacional. La
finalidad de la educación no consiste en crear indiViduos libre­
pensadores, sino en forjar una nación uniformemente adoctrinada.
LA ERA DE LA IDEOLOGÍA
67
A esta meta deben subordinarse siempre las pretensiones de auto­
desarrollo individual, y aun las de progreso social.
Debido di. su preocupación por la unidad nacional, Mazzini
tampOco simpatizaba con la idea del individualismo económico.
Una economía competitiva estimula el egoísmo indiVidual y en­
frenta a hermanos contra hermanos. También conduce a des­
igualdades de riqueza que dividen a la nación, para su propio
perjuicio, en clases sociales hostiles. Todo esto es absolutamente
intolerable. En lo que a la vida económica se refiere, Mazzini
no creía, como en el caso de la educación, que la solución fuese
el control gubernamental. Propiciaba, en cambio, la formación
de asociaciones cooperativas que, al dar a los trabajadores la
propiedad de sus fábricas y de otros instrumentos de producción,
eliminarían las diferencias entre ricos y pobres y fomentarían la
unidad nacional. Esto significarí'a, a su manera de ver, una gran
mejora con respecto al sistema liberal de competencia indiVidual.
La importancia de este aspecto del pensamiento de Mazzini la
revela el hecho de que en Los deberes del hombre, si bien desa­
rrolla una teoría general del nacionalismo, apunta específicamente
a las necesidades e intereses de las clases trabajadoras en Italia.
Esa obra fue concebida no sólo como un tratado nacionalista,
sino también como un alegato en pro del socialismo.
Mazzini no era un nacionalista típico en el sentido en que
Paine y Burke pueden ser tomados como representantes de las
posiciones liberal y conservadora, respectivamente. Pocos de sus
contemporáneos o de sus sucesores sostuVieron un punto de Vista
tan utópico acerca de los beneficios que pueden esperarse de la
autodeterminacién nacional, y muchos habrían rechazado, total
o parcialmente, sus conclusiones antiliberales. Es significativo que,
aun en la propia Italia de Mazzini, fue la monarquía liberal del
Piamonte, con la conducción de Cavour, y no los mazzinianos
antiliberales, la que finalmente logró alcanzar la meta de la re­
unificación nacional. El liberalismo y el nacionalismo han de­
mostrado ser mucho menos antitéticos en la realidad que lo que
aparecen en Los deberes del hombre. Pero aun cuando el con­
flIcto entre las dos doctrinas no era completamente irreconcilia­
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LA ERA DE LA IDEOLOGÍA
68
FREDERICK M. WATKINS
ble, como pensaba Mazzini, no dejaba de ser un auténtico con­
mcto. Al adoptar el principio de la autodeterminación nacional,
el movimiento liberal se exponía, al margen de sus victorias, a
muchos peligros latentes. El nacionalismo de Mazzini, precisa­
mente por ser inusitadamente intransigE'nte Y extremo, tiene
la ventaja de que saca a luz aquellos peligros latentes.
Las dificultades del nacionalismo liberal
La primera dificultad se refiere a la utopía extrema 'de las
premisas en que se funda la idea de la autodeterminación na­
cicmal. Aun después de su larga experiencia como formuladores
de este principio, los nacionalistas liberales todavía hoy son ca­
paces de mostrarse sorprendidos por la' violencia y el desorden
que con harta regularidad acompañan a cada intento' de aplica­
ción práctica de esos principios. Una ojeada a Los deberes del
hombre debería bastar para desengañar a quienquiera que piense
que se trata de una operación sencilla. Es verdad que el propio
Mazzini la cree sencilla, pero también expone con tajante dari­
dad las hipótesis que yacen en lo profundo de tal idea. Dios
mismo ha preparado el camino al dividir a todos los pueblos de
la tierra, o al menos a los de Europa, en naciones con caracteres
definidos, y ha asignado a cada uno un hogar nacional con lí­
mites territoriales definidos. Si así fuera, todo podría resultar bien,
por cierto. Pero la realidad nos muestra que hay mucha gente
cuyas lealtades nacionales son inciertas o no existen, y es la excep­
ción más que la regla hallar una frontera geográfica que separe
netamente a una nación de otra. En tales circunstancias, cual,
quier intento en el sentido de aplicar el principio de la autode­
terminación nacional conduce fatalmente a un sinnúmero de ro;.
ficultades. La adhesión a ese principio no ha simplificado, sino
más bien complicado en gran medida, el problema de la vida
internacional, y ha llevado a los liberales a adoptar muchas
posiciones irrealistas e insostenibles. El contraste entre la divina
simplicidad de la visión de Mazzini y la desconcertante comple-
lJl
69
jidad de la realidad ofrece una medida exacta de la utopía im­
plícita en cualquier teoría global y rígida de nacionalismo liberal.
Además, aun en el caso de no existir dificultades para de­
finir las fronteras nacionales, la opinión de Mazzini acerca del
orden internacional seguiría exhibiendo todas las marcas distin­
tivas de un irrealismo ideológico. Su esperanza en un futuro
orden mt.mdial deséansa en el supuesto de que ninguna riación
sentirá la tentación de reclamar nada especial para sí a costa de
otra. Esto es mucho pedir a pueblos que suponemos comple­
tamente absorbidos por una tradición nacional en pa.rticular y
consagrados a ella. Es significativo que Mazzini mismo, cuando
imaginó un futuro congreso de naciones, supuso inmediatamente
que el congreso se reuniría en Roma y reconocería a Italia como
país dirigente. Pese a su gran fe en la humanidad y en la fra­
ternidad de los hombres, su patriotismo era demasiado grande
para permitirle pensar que Italia no era mejor que otras naciones.
La mayor parte de las dificultades de la cooperación internacional
están implícitas en este hecho.
. -Sin embargo, no era en el campo internacional donde el
nacionalismo daría pruebas de ser sumamente perjudicial para
el futuro del liberalismo; la pureza original de su ideología
se vio comprometida mucho más por los resultados que se
siguieron en el terreno de la politica interna.
La esencia del liberalismo ha sido siempre su fe en la
acción individual. Su fórmula de progreso consistía en redu­
cir al mínimo las funciones del gobierno, dejando así a los
hombres en libertad para seguir los dictados de sus propios
intereses racionales. Al aceptar los principios del nacionalismo,
los liberales introdujeron un elemento radicalmente extrafio
el¡ lo que hasta entonces había sido un sistema simple y en
sí mismo coherente. En el caso de la nación, habían reconocido
por vez primera la existencia de una entidad social que re­
clama el derecho a una vida propia. Para todo auténtico na­
cionalista, por liberal que fuese, los intereses de la nación
estaban por encima de los intereses de sinlples individuos.
El interés nacional podía ser interpretado, desde luego,
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