LA VIDA RELIGIOSA (DE LA A A LA Z)

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"LA VIDA RELIGIOSA
(DE LA A A LA Z).
Autor: Padre George
Schwaiger. Ssp.
Presentación
Durante muchos siglos, las naciones y los pueblos de Europa
han recibido de monasterios y órdenes religiosas una
aportación decisiva, fecunda y capaz de caracterizar la cultura;
en múltiples regiones esto aconteció durante un milenio y
medio.
Al hablar de «vida religiosa», damos al vocablo su acepción
más amplia, la habitual, cjiie se refiere a grupos de personas
vinculadas por votos para optar por Cristo y servirlo en los
hermanos. Hoy el debate ha introducido también otras
expresiones: «consagración», «institutos de perfección». Con
el reconocimiento de los institutos seculares los conceptos se
han abierto, por lo que actualmente los términos, también a
raíz del Sínodo sobre la vida consagrada, en contacto con las
nuevas realidades, están adquiriendo una nueva definición.
«Precisamente por eso también nosotros, envueltos como
estamos en una gran nube de testigos, debemos liberarnos de
todo aquello que es un peso para nosotros y del pecado, que
fácilmente nos seduce, y correr con perseverancia en la
prueba que se nos propone, fijando nuestra mirada en Jesús,
el autor v consumador de la fe» (Heb 12,1-2).
Una historia de la vida religiosa puede leerse en dos niveles.
En el primero se considera el fenómeno, que es el de un grupo
de creyentes que se organizan, hacen opciones de vida, eligen
un lugar o un ámbito donde llevar a cabo una vida asociada. El
otro nivel es el del «misterio», que oculta y únicamente permite
intuir el sentido de una opción y la hondura de una entrega.
Tarea del historiador es sondear las coordenadas históricas
del hecho y proponerlo nuevamente con una clara
indumentaria explicativa, para que pueda ayudar a nuestros
contemporáneos a comprender el significado de esta forma de
vida. conocer sus mecanismos y dinamismos, y desenvolverse
en la selva de las diversas tipologías.
Existe un Dizionario degli Istituti di Perfezione, ideado y lleva-
do a termino por Guillermo Rocen, que es una de las mejores
iniciativas enciclopédicas que jamás se hayan realizado.
Constituye un seguro e indispensable punto de referencia para
los especialistas; pero, además de no haber sido traducido al
español, resulta demasiado voluminoso (l-VII/. Roma 1974/988). En nuestra lengua está el Diccionario teológico de la
vida consagrada (Madrid 1989), dirigido por A. Aparicio y J.
Canals, que afronta los problemas desde el punto de vista
teológico, espiritual. sociocultural y psicopedagó- gico. también
J. Alvarez Gómez ha publicado una interesante Historia de la
vida religiosa, obra muy completa, en tres volúmenes (Madrid
1987, 1989, 1990).
Pero era necesario un instrumento más rápido y flexible,
adecuado a un público no especializado pero sí interesado y
que necesita informaciones sintéticas y seguras, que fuera
capaz de explicar las estructuras, articulaciones y tipologías de
la vida religiosa.
Por eso se ha adaptado al ambiente español esta obra
coordinada por Georg Schwaiger, a la que han contribuido
valiosos estudiosos alemanes. Manteniendo lo mejor de la
edición alemana, que presenta amplios y originales artículos, y
adoptando varias voces encomendadas a competentes
historiadores para la edición italiana, se han adaptado y
añadido elementos y datos que permiten ampliar el
conocimiento de la realidad de la vida religiosa en nuestro
país.
José Antonio Pérez, SSP, además de haber realizado la
traducción de la obra, se ha encargado de la elaboración de
las voces que recogen nuevos términos específicos de España
y América Latina. A él se debe también la tarea de
actualización de los datos estadísticos, que se ha hecho
siguiendo el Anuario Pontificio de 1997, que recoge la
situación del 31 de diciembre de 1995.
Por cuanto concierne al «segundo nivel», el del «misterio» de
la vida religiosa, realmente no le corresponde tratarlo al
historiador como tal. Sin embargo, al hablar de las novedades,
al describir las épocas de florecimiento o las crisis de las
diversas familias religiosas, a! introducir al lector en los
fenómenos del seguimiento de Cristo. el historiador roza y
rodea, en cierto modo, el misterio. Diciendo el «ya» es posible
comprender el «todavía no» que, sin embargo, está presente
embrionariamente en nuestra historia.
Este Diccionario no se propone únicamente dar a conocer el
desarrollo histórico de la vida religiosa, sino también y al
mismo tiempo abrir un camino a la comprensión de esta
realidad. de su auto- conocimiento, de sus instituciones, sus
formas de vida y sus objetivos, y no en último lugar, de sus
formas culturales. Se dirige, pues, a un público amplio, no sólo
al curioso de conocer datos o noticias, sino también al
deseoso de ahondar con la inteligencia del amor en el
fenómeno de la vida religiosa.
El. Editor
Madrid, 2 de septiembre de 1998
La vida religiosa en la historia cristiana
La historia de las religiones conoce múltiples formas de
monacato, es decir, de vida ascética de orientación religiosa,
por un determinado período o de por vida. Habitualmente esto
va unido a un estilo de vida célibe, en pobreza y sobriedad de
costumbres. Esta forma de vida ascética puede llevarse en
solitario o en comunidad; en la historia de las religiones la han
vivido generalmente los hombres y más raramente las
mujeres. Numerosas religiones y culturas religiosas de la
historia de la humanidad han estado fuertemente marcadas
por el monacato; entre las grandes religiones, destaca de
forma especialmente significativa el budismo. En la historia del
cristianismo el monacato, sin estar necesariamente vinculado a
los orígenes, se convirtió, a partir del siglo IV. en una forma
particular de vida cristiana, que muy pronto gozó de gran
estima. Desde entonces, con diversas formas de desarrollo y
con caracteres diferentes, ha acompañado el camino de la
Iglesia y de las Iglesias a través de todos los siglos, mediante
iniciativas siempre nuevas, no raramente allanando el camino
a recorrer e indicando la dirección justa.
Comienzos en Oriente: Egipto
El cristianismo vive, desde sus orígenes, en una polaridad
cargada de tensión: superación del mundo (o fuga del mundo)
y cristianización del mundo. Aunque el monacato cristiano de
los primeros siglos estuviera totalmente caracterizado por la
idea de la fuga del mundo, en la antigüedad tardía, y
especialmente en la Edad media occidental, se desarrolló
también en la dirección de la cristianización de este mundo.
Precisamente de esta polaridad cargada de tensión se han
derivado para todo el mundo occidental elevadísimos aportes
de civilización.
La patria del monacato cristiano es el Oriente; su suelo nativo
el eremitismo cristiano, originado por la antigua ascesis
cristiana. Siguiendo la pauta de Cristo y de los apóstoles, los
cristianos sabían que no debían perderse en este mundo,
conformándose a él. Con ello se recordaba el valor de las
diversas formas de renuncia y abstinencia, con el fin de ganar
la vida eterna. Representantes de una forma muy severa de
ascesis cristiana, se apartaron de los vínculos familiares y de
casi todo tipo de contactos humanos, «se alejaron» (en griego
anakhorein) de las ciudades, más aún, de los lugares
civilizados, y fueron a lugares incultos y salvajes, para
encontrar allí a Dios, en medio de una vida de abstinencia,
penitencia y oración.
Son demostrables formas de vida anacorética ya a partir del
siglo III, primero en Egipto y después en Asia Menor y en Siria.
Los anacoretas más importantes de la época de los orígenes
fueron, en Egipto. san Arrimonas (t antes del año 356),
principal fundador del ana- coretismo en el desierto de Mitria, y
san Antonio el Grande, modelo muy venerado por todos los
ermitaños de la época siguiente, que vivió más de cien años y
murió en torno al año 356. Fueron millares los que siguieron su
ejemplo y poblaron desiertos y oasis como ermitaños, llegando
incluso a fundar verdaderas colonias eremíticas. Así se fueron
formando grupos de anacoretas y ermitaños. A partir del siglo
IV, también en Occidente se constituyeron comunidades
eremíticas según el modelo oriental. San Antonio no fue
fundador de una orden y ni siquiera compiló regla monástica
alguna. Sin embargo, influyó en la formación y posterior
desarrollo de comunidades monásticas orientadas a la «vida
común» o cenobíticas (del griego koi- nos bios).
La forma de vida cenobítica congregaba en el mismo lugar a
un mayor número de monjes, que vivían en una comunidad
ascética, bajo un guía común. Así tuvieron su origen los
primeros asentamientos monásticos. El primer organizador del
cenobitismo fue el monje egipcio Pacomio (i 347). En sus
escritos se encuentran ya todos los elementos esenciales del
monacato cenobítico: vida común en los mismos locales,
trabajo y tiempos comunes de oración; uniformidad de
comportamientos ascéticos, de alimentación y modo de vestir:
refuerzo de la comunidad a través de una regla escrita
establecida. El fundamento de todo ello era la obediencia
espiritual a esta regla y al propio superior. El obispo Basilio de
Cesárea de Capado- cia (t 379), con su «regla monástica», se
convirtió en el maestro teológico de esta vida conventual,
monástica. Que luego fue transportada al Occidente latino del
Imperio romano sobre todo por Juan Casiano (t alrededor del
430/435); aquí se introdujo a través de unas treinta reglas
conventuales de los siglos IV-VII y, a partir de los siglos VI-VII,
recibió su principal caracterización occidental con la regla de
san Benito de Nursia.
Palestina y Siria
Si bien los elementos que constituían su esencia eran los
mismos, el monacato se fue caracterizando con formas
diversas, según las diferentes regiones, empezando por las del
Imperio romano, que iba cristianizándose paulatinamente. Casi
contemporáneamente al de Egipto, el monaquisino se
desarrolló también en Palestina y en Siria, hasta Mesopotamia.
Una forma característica de Palestina fue la laura (en griego:
camino estrecho, sendero hundido). La laura representaba una
especie de vínculo entre el modelo de vida de los anacoretas y
el de los cenobitas: un grupo de ermitaños estaba bajo la guía
de un abad y se reunía en circunstancias particulares, sobre
todo para la celebración de la eucaristía dominical. Esta forma
de vida monástica experimentó su máximo florecimiento en
Palestina, los siglos V y VI. La laura más famosa fue la de san
Sabas (t 532). Desde sus comienzos, el monacato siríaco se
caracterizó por una ascesis especialmente dura y unas formas
radicales de vida penitencial. Desde mediados del siglo IV esto
fue apareciendo cada vez de manera más evidente. En Siria,
sobre todo, estaban los célebres estilitas (en griego: los que
están sobre columnas), que vivían su rigurosa vida sobre la
reducida y limitada plataforma de una columna, expuestos, sin
ningún tipo de protección, al viento y a las diversas
condiciones atmosféricas. Durante cierto tiempo, también en
Siria, se encuentran los dendritas (del griego den d ron, árbol),
afines a los estilitas, que vivían sobre los árboles. No obstante
su extravagante modo de vivir, estos santos varones
permanecieron unidos al pueblo como predicadores, como
operadores de paz y como reclamo bien concreto para no
perderse en el mundo. A partir del siglo VIL a causa de la
expansión islámica, las Iglesias cristianas del Medio Oriente y
el monacato a ellas vinculado sufrieron gravísimas pérdidas,
hasta su total aniquilación.
Bizancio y Rusia
Para el desarrollo del monacato en la zona oriental -bizantinadel Imperio romano, a la que pertenecieron las grandes
regiones citadas hasta la conquista árabe, resultó decisivo el
camino indicado por el
obispo Basilio de Cesárea. Sus sabios escritos constituyen
aún hoy el fundamento espiritual de la vida monástica dentro
de la Ortodoxia. En Asia Menor-actualmente territorio turco- los
asentamientos monásticos se encontraban a menudo y muy a
gusto en las montañas. A partir del siglo IV surgieron en el
Olimpo bitínico unos cuarenta monasterios. Uno de los centros
del monacato bizantino fue precisamente la capital,
Constantinopla. Aquí, el año 536, bajo el reinado del
emperador Justiniano, se contaban 73 monasterios, el mayor
de los cuales fue el «Studion», un monasterio fundado el año
463 por el entonces cónsul Studios. Bajo la guía del abad
Teodoro Estudita (759-826), a partir del año 798, el monasterio
se convirtió en centro de irradiación del monaquisino bizantino.
Sus discursos desarrollan las ideas fundamentales del
monacato cenobítico, según la tradición del obispo Basilio:
rígida dirección espiritual por parte del abad, relación
equilibrada entre oración y contemplación, trabajo manual y
ascesis. Esta reforma fue adoptada por los numerosos
monasterios del Monte Athos. Dentro y fuera del Imperio
bizantino el monacato del Monte Athos (en la península
calcídica) fue determinante para el futuro. Los numerosos
monasterios del Monte Athos sobrevivieron incluso a la caída
del Imperio bizantino y a la conquista turca de Constantinopla
(1453). Ya la primera «constitución» de los monasterios del
Athos (972) fue suscrita por responsables de los 58
monasterios. Cuando el Monte Athos cayó en 1430 bajo el
dominio turco, los sultanes no intervinieron en la organización
interna de los monasterios. A través de los siglos se mantuvo
intacto incluso el carácter nacional de los monasterios del
Athos. Lo habitaron griegos, georgianos, amalfitanos y, a partir
del siglo XII. también rusos, serbios y búlgaros.
A partir de la cristianización de los pueblos eslavos orientales,
a finales del primer milenio, el monaquismo ruso, aunque
insertado dentro de la ortodoxia, recorrió su propio camino.
Fue decisivo el hecho de que el cristianismo llegase a Rusia a
través de Bizancio, comenzando por Kíev. Aquí el «Monasterio
de las Grutas» se convirtió en el modelo en el que se fijó el
monacato de toda Rusia. Hacia mediados del siglo XIII se
contaban ya setenta monasterios rusos. Los centros más
importantes fueron Kíev y la rica ciudad comercial de
Nóvgorod. Durante las invasiones mongoles la vida estatal y
eclesial de Rusia se desplazó más al norte. Los numerosos
monasterios rusos permanecieron como puntos de referencia
de la cultura religiosa y espiritual del pueblo ruso hasta la
irrupción devastadora del bolchevismo en el siglo XX.
Desarrollos en la primera Edad media occidental
En la zona occidental del Imperio romano, el monacato, en su
forma anacorética y cenobítica, se conocía ya en el siglo IV.
Quien lo dio a conocer fue el obispo Atanasio de Alejandría de
Egipto (t 373), exiliado a Occidente durante las controversias
arrianas sobre la divinidad de Cristo. Su presentación de la
vida del padre del monaquis- mo, Antonio, ejerció un gran
influjo tanto en Oriente como en Occidente e impulsó a
muchos a imitarlo. Incluso los dos venerables e influyentes
padres de la Iglesia occidental, el obispo Agustín de H i pona (t
430) y Jerónimo (t 420) estuvieron influenciados por Atanasio
cuando, en latín, exaltaron el valor del ideal monástico. En las
enseñanzas de san Agustín, el más grande teólogo de la
Iglesia latina en la antigüedad tardía, se inspira la «regla de
san Agustín», que nos ha llegado en una redacción extensa y
en otra más concisa, que se remontan a finales del siglo IV.
Dicha regla está pensada para la vida espiritual común, tanto
de hombres como de mujeres, y es la regla más antigua de
Occidente. Está totalmente empapada del espíritu fraterno de
la comunidad cristiana de los orígenes, la cual, según el
testimonio de los Hechos de los apóstoles, tenía «un solo
corazón y una sola alma» (4,32). Sin embargo, el monacato
oriental se abrió camino en Occidente con lentitud y no sin
resistencias. Fue la Galia -y algo más tarde Irlanda- el terreno
más fecundo para esta forma de vida ascética. Pero en
Occidente no se llegaría sino algunos siglos más tarde a un
desarrollo unitario, semejante al que había tenido lugar en
Egipto.
En un primer momento, obispos y autores espirituales, de
forma aislada, impulsaron la vida común de clérigos y laicos,
hombres y mujeres piadosos, siguiendo el modelo de los
monjes. Por ejemplo Eusebio de Vercelli (t 371) y Ambrosio de
Milán (t 397), Paulino de Ñola (t 431) y Martín de Tours (t 397).
Impresionante fue el desarrollo del monacato en la Galia
suroriental. Poco después del 400, Honorato fundó un
asentamiento anacorético en la isla de Lérins, frente a Cannes.
Los cien años siguientes atrajeron a los miembros de las
clases más altas de la Galia a este monasterio insular, que
muy pronto llegó a convertirse en punto de partida de
numerosas fundaciones monásticas nuevas en muchas partes
de la Galia, además de en vivero de obispos. Entre las
fundaciones monásticas significativas de comienzos del siglo V
se cuentan también los llamados «monasterios del Jura», al
norte del lago de Ginebra, en el reino de Borgoña. Entre las
innovaciones más importantes estaba la introducción de un
dormitorio común (dormitorium) en lugar de la celda personal.
Este paso de los restos del anacoretismo a una forma
completa de vida común (vita communis) se verificó en la
misma época en Roma y en Constantinopla.
Entre los obispos procedentes del gran monasterio de Lérins
destacan Honorato de Arles. Máximo y Fausto de Riez,
Euquerio de Lyon y, sobre todo, Cesáreo de Arles (t 542).
Cesáreo es el gran representante del monacato en la Galia, en
la primera mitad del siglo VI. A él se deben una amplia regla
para las monjas y otra, más breve, para los monjes. Para su
redacción se basó en experiencias del monaquisino oriental,
en Juan Casiano y en la regla de san Agustín, que conocía
desde el año 525. A todo eso él añadió notables partes
originales. De acuerdo con la costumbre de Lérins, acentuó,
sobre todo, la forma solemne de la liturgia. Para los conventos
de monjas regía una clausura estricta.
En Aquitania occidental el monaquisino acentuó con vigor el
ideal ascético. Lérins y el monacato del valle del Ródano
transmitieron al Medievo occidental, sobre lodo, las formas de
organización, entre ellas la importantísima stabilitas loe i -la
vinculación a un lugar concreto-, que encontró después su
desarrollo más fecundo en el monacato benedictino.
Junto a Lérins, otro centro de vida monástica, en el
Mediterráneo, fue Marsella. Aquí, en los comienzos del
florecimiento monástico, vivió Juan Casiano (f 430/435),
originario de Oriente, donde había estudiado teología. Se
había hecho monje en Belén y luego había estado diez años
con los monjes de Egipto. Enriquecido con tal experiencia,
este monje y sacerdote cultísimo llegó a Marsella alrededor del
año 415, pasando por Roma. En aquella ciudad fundó un
monasterio masculino, del que más tarde procedería el célebre
monasterio de San Víctor, y un monasterio femenino. Lo que
dio importancia a Juan Casiano de cara a todo el monaquisino
occidental de la época siguiente fue, sobre todo, su obra
literaria. En sus libros De institu- íis eoenobiorum el de orto
principalibus vitiis (Instituciones de los cenobitas y los ocho
pecados capitales) describió las costumbres monásticas, tal
como las había conocido en Palestina y Egipto y, además, los
ocho pecados capitales. En la obra Collationes Patrian
(Conferencias de los Padres) propone diálogos con venerables
anacoretas egipcios, en forma literaria. De ese modo, Juan
Casiano se convertía en mediador para Occidente de
experiencias y puntos de vista orientales, propios tanto de los
ermitaños como de los cenobitas. Al mismo tiempo él era en el
Occidente latino el primero en trazar las líneas de una teoría
del monacato y de una espiritualidad monástica que incluso
san Benito recomendaría a sus monjes como lectura espiritual.
La importancia de Juan Casiano está vinculada también al
influjo que ejerció sobre la liturgia monástica de las horas. De
sus experiencias en Egipto surgió la costumbre de los monjes
de reunirse dos veces al día para la oración común, por la
mañana temprano y por la tarde. Con ocasión de estos
encuentros, se rezaban doce salmos cada vez. Al principio se
hacía mediante un lector que recitaba el salmo. Los monjes
escuchaban permaneciendo sentados en silencio. A cada
salmo le seguía la oración contemplativa en silencio. El último
salmo se cantaba en forma responsorial, y los monjes
respondían a cada versículo con el canto del aleluya. Con
Juan Casiano comenzaron a ampliarse estos dos momentos
de oración, introduciendo algunas lecturas. El rezo común de
las oraciones de la mañana y de la tarde, en forma de laudes
(alabanzas matutinas) y vesper (vísperas, oración de la tarde
al concluir la jornada), se convirtió en la estructura
fundamental de la liturgia monástica de las horas.
Motivada, entre otras cosas, por el aislamiento típico de las
regiones de Europa noroccidental, la Irlanda celta, jamás
conquistada por los romanos, fue el lugar donde, a partir del
siglo V, maduró una forma de vida eclesial propia, que muy
pronto se vio fuertemente marcada por el monacato. Cada clan
(tribu, grupo de familias) erigía su propio monasterio, que
debía responder a todas las necesidades religiosas. Esta
orientación acentuadamente monástica y el hecho de haberse
ceñido por más tiempo a costumbres eclesiales más antiguas,
como por ejemplo la fecha de la Pascua, separaron a la Iglesia
irlandesa del desarrollo de la Iglesia occidental. Esto motivó
conflictos con la Iglesia de los vecinos anglosajones de
Inglaterra, organizada según el modelo romano, pero también
entre los monjes irlandeses y las estructuras eclesiales del
continente. Desde finales del siglo VI, el cristianismo llegó,
también en forma monástica, de Irlanda a Escocia, habitada
asimismo por pueblos celtas. Para distinguirlo de la
Scotia Maior (Irlanda) este territorio se denominaba Scotia
Minar, y más adelante simplemente «Escocia». Los
monasterios irlandeses, o «iro-escoceses», gozaron de gran
prestigio y atrajeron a mucha gente. Este tipo de monacato se
caracterizaba por una extraordinaria severidad de vida
ascética y también por una búsqueda individual de ejercicios
de penitencia, lo que, bajo muchos aspectos, trae a la
memoria las experiencias más extremas de los anacoretas
orientales. Los monjes se reunían seis veces para la oración
común. Pero también se cultivaba con celo y se apreciaba el
trabajo manual, la escritura, el estudio y la enseñanza. Como
en otros muchos grandes monasterios del continente y, no
obstante su severidad, en los monasterios irlandeses reinaba
una intensa y dinámica vida espiritual, según el modelo de la
tardía antigüedad cristiana. El ideal ascético de la ausencia de
patria, de la peregrinación por amor a Cristo (peregrinatio pro
Dei amore) impulsaba a muchos monjes irlandeses o iroescoceses a retirarse a remotas islas del mar del Norte, y más
tarde a llegar a casi todas las partes de Europa, hasta Francia,
Italia y España.
El representante más significativo del monacato irlandés en el
continente, a partir de finales del siglo VI, fue san Columbano
el Joven, con sus fundaciones monásticas en Annegray,
Luxeuil y Fontai- nes, al oeste de los Vosgos. Columbano
había llegado al reino de los Francos y a Borgoña con doce
monjes irlandeses y había establecido de inmediato fecundas
relaciones de colaboración con los reyes merovingios y con la
nobleza franca. Pronto afluyeron a sus monasterios jóvenes
nobles de todo el territorio franco y burgundio. Para estos
monasterios «iro-francos» redactó Columbano, alrededor del
año 595, su Regula monachorum (Regla de los monjes). Es la
más antigua regla monástica irlandesa que conocemos,
además de la única regla de origen irlandés conservada en
latín. Columbano la escribió contemporáneamente a la llamada
Regula coenobialis o Regula Patrian (Regla monástica o Regla
de los Padres), que, sin embargo, es principalmente una lista
de castigos para casos de faltas en la conducta de los monjes.
Ambas obras reflejan la gran severidad ascética del monacato
irlandés. Alrededor del año 609/610 Columbano tuvo que
abandonar su monasterio principal de Luxeuil. Después de una
breve permanencia en los territorios franco-alemanes, junto al
lago de Zurich y de Constanza, se refugió sus últimos años en
Italia, en el reino de los Longobardos. Allí murió el año 615
como abad de Bo- bbio (junto a Piacenza), ocupado hasta el
último momento en el gobierno de sus monasterios, pero
también en la actividad misionera. Aunque sin pretenderlo
intencionadamente, a través de su empeño monástico,
Columbano había preparado el camino a los comienzos y más
tarde, a partir de los siglos VIII y IX, a la consolidación del
monacato benedictino.
En las ciudades de Italia, e incluso en Roma, se encuentran
las primeras noticias sobre la vida monástica de hombres y
mujeres, a partir de finales del siglo IV. A comienzos del siglo
VI, aproximadamente entre el año 500 y el 530, se encuentra
en el entorno de Roma la llamada Regula Magistri. la «Regla
del Maestro». En ella, a las preguntas de los discípulos sigue
la respuesta del maestro, generalmente introducida por la
frase: «El Señor ha respondido por medio del maestro». La
amplia Regula Magistri trata de concretar las características de
la vida monástica en todos sus detalles. Son sobre todo las
referencias litúrgicas las que reclaman su proximidad con el
entorno romano. Sin duda, la Regula Magistri tuvo origen
antes que la regla de san Benito. La regla de san Benito se
apropió de partes considerables de la Regula Magistri, pero en
extensión, se limitaba a un tercio de la misma. En el siglo VI,
en Italia, la Regula Magistri y la de san Benito fueron las reglas
monásticas más importantes. San Benito unió la regla de san
Agustín y la del Maestro. Lo mismo que en la Galia, junto a
ellas existían otras reglas monásticas, como por ejemplo la
Regla de Eugipio y la Regla de los santos Pablo y Esteban.
La regla de san Benito había de convertirse en el conjunto
normativo más importante del monacato occidental en la alta
Edad media y más allá todavía. La vida y la personalidad de
san Benito hay que descubrirla en los perfiles que nos han
transmitido ambas fuentes: su regla, redactada por los años
treinta o cuarenta del siglo VI, en el monasterio de
Montecassino, y el segundo libro de los Diálogos, obra del
papa Gregorio Magno (590-604). En la tradición más antigua la
vida de san Benito se sitúa entre el año 480 y el 547. La
investigación crítica de los últimos decenios indica como
tiempo en el que hay que situar su nacimiento entre los años
480 y 490, y su muerte entre el 555 y el 560
aproximadamente. Tras haber realizado sus estudios en
Roma, Benito entró a formar parte de una comunidad
monástica y se trasladó al valle de Aniene, en Subiaco (al este
de Roma). Las persecuciones de un sacerdote celoso lo
impulsaron a abandonar el gobierno de la comunidad de
Subiaco y a fundar, con algunos discípulos, una nueva
comunidad monástica en Montecassino. Mandó sepultar en su
tumba personal, en Montecassino, a su hermana Escolástica,
que sería después el modelo de las abadesas. En el mismo
lugar sería sepultado también él años más tarde. El papa
Gregorio Magno ensalza así a Benito, padre del monaquisino:
«En medio de muchos milagros, a través de los cuales el
hombre de Dios resplandecía en el mundo, brilló
especialmente por la palabra de su doctrina. En efecto,
redactó una regla para los monjes, única en moderación,
luminosa en su exposición. Quien desee conocer mejor su vida
y su conducta, encontrará en los preceptos de esta regla todo
lo que él, como maestro, vivió antes. Pues el santo no podía
enseñar nada diverso de lo que vivía» (Diálogos, 2,36). Con
esto se ha dicho ya lo esencial por lo que respecta a la
posterior y generalizada consolidación de esta regla sabia, y
fácilmente adaptable, en todo el Occidente, y también en
cuanto a su incidencia a lo largo de los siglos sucesivos, hasta
el presente. Un apoyo decisivo para esta afirmación llegó
precisamente por las palabras elogiosas del muy venerado
papa Gregorio. Y es que el estímulo no podía venir de
Montecassino, reducido a ruinas desde el año 577, hasta el
punto de que casi durante ciento cuarenta años, Benito
pareció haber sido relegado al olvido.
El monacato occidental, en su fase creativa inicial, que duró
cerca de trescientos años (hasta el 700 aproximadamente)
elaboró unas treinta reglas, totalmente diferentes por el
contenido y por la forma. Fue sobre todo el movimiento
monástico implantado por Columba- no en el reino de los
Francos, y más tarde también en la Italia lon- gobarda, el que
preparó el camino a la consolidación de la observancia
benedictina. Gracias a sus estrechos vínculos con la casa real
y con la nobleza, este movimiento, a partir de Luxeuil y de sus
numerosas filiaciones, había llegado a ser una potencia que
influía en todos los campos, aunque no sin conflictos.
Aproximadamente a partir del año 628. a poco más de diez
años de la muerte de Columba- no, en los monasterios irofrancos se introdujo la regla de san Benito. Aun cuando en
estos monasterios prevalecía la regla de san Columbano, se
llegó al período de la «regla mixta». Y poco a poco, la más
benigna y adaptable regla de san Benito acabó por afirmarse
también en esos monasterios. En efecto, respondía mejor a las
necesidades de los hombres de esa época. El año 651, en el
corazón del reino franco se erigió y dotó ricamente el
monasterio de Fleury. Dos decenios más tarde algunos monjes
de este monasterio acudieron a las ruinas de Montecassino
para buscar los restos de san Benito, que después (en el año
673 o 674) transportaron a la cripta de su iglesia. En esta
época también en la Iglesia de Inglaterra se afirmaron más
fuertemente usos eclesiales romanos (sínodo de Whitby del
664). Todas estas circunstancias contribuyeron a la vasta
difusión de la regla de san Benito; efectivamente, arropada por
la autoridad del papa Gregorio Magno, estaba considerada por
los pueblos nórdicos como la «regla romana». Misioneros
benedictinos anglosajones en el continente, con Bonifacio (t
754) a la cabeza, orientaron hacia ella a los monasterios.
Encontró todo el apoyo de los dominadores Carolingios en el
reino franco, entre otras razones para reforzar la unidad del
reino. Los sínodos francos de los años 743 y 744 impusieron la
introducción de la regla de san Benito en los monasterios. En
el año 787 Carlomagno (768-814) mandó llevar un ejemplar a
Aquisgrán, como modelo. La época de las reglas mixtas
tocaba su fin. No obstante, la
consolidación de la observancia benedictina en todos los
monasterios del reino franco sólo se consiguió con los sínodos
imperiales de Aquisgrán, de los años 816 y 817. El promotor
de todo esto fue, sobre todo, el abad Benito de Aniano, quien
gozó del pleno apoyo del emperador Ludovico Pío (814-840).
El capitular monástico del 23 de agosto del 816, nacido bajo el
influjo de Benito de Aniano, fue publicado por el emperador,
convirtiéndose así en norma obligatoria para todos los monjes
del reino franco. A partir de esta época puede hablarse de
monasterios benedictinos en sentido estricto.
La dieta imperial de Aquisgrán, del año 816, aportó también la
distinción clara entre monjes y canónigos. La confusión que
había reinado en la época de la regla mixta no había sido útil
ni para el clero secular ni para los monjes. Por eso, alrededor
del año 755, el obispo Crodegango de Metz (742-766) había
redactado una regla, pensada inicialmente para el clero de su
iglesia catedral. Los clérigos debían comprometerse a una vida
canónica común, en cuyo centro estaría, lo mismo que en el
caso de los monjes, la oración coral (liturgia de las horas). Los
canónigos llevarían mejores vestidos, de tela, en vez de toscos
tejidos de lana. Además, a ellos no se les impondría la
pobreza personal en su forma más rigurosa. La propiedad
personal y, posteriormente la casa privada, se convirtieron
después del año 816 en el elemento más importante para
distinguir a los monjes de los canónigos. Teniendo en cuenta
sus cometidos al servicio del obispo y de la diócesis, estos
últimos necesitaban disponer de bienes propios.
Todos los monasterios, incluidos los benedictinos, eran
originariamente comunidades laicales. Por motivos casi
siempre prácticos, y sobre todo para la celebración de la
Eucaristía, algún que otro monje, por indicación del abad,
recibía la ordenación sacerdotal. Un sacerdote no podía
acceder a una comunidad monástica sin especiales reservas.
Ni Benito de Nursia ni la mayor parte de los abades de la
época de los orígenes eran sacerdotes. En este aspecto
sobrevino un cambio que tuvo lugar en los monasterios del
siglo IX. Y fue que comenzó a considerarse la consagración
sacerdotal como plenitud de la vida espiritual. De ese modo,
de comunidad laical, el monasterio se convirtió en comunidad
clerical. Esto tuvo consecuencias notables en la configuración
solemne de la liturgia. Al oficio conventual común se añadieron
pronto las misas privadas de los monjes sacerdotes y con esta
finalidad se dotó a las iglesias conventuales de altares
laterales. También la creciente veneración de los santos y sus
reliquias, lo mismo que la petición de misas individuales,
especialmente de sufragio por los difuntos, favorecieron este
desarrollo.
El precepto de la lectura espiritual diaria (lectio divina) en la
regla de san Benito y la influencia de un hombre culto como
Casiodo- ro (fallecido alrededor del año 580 en su monasterio
de Vivarium) asignaron a la formación cultural, al estudio, a la
biblioteca, y pronto también a la enseñanza, un papel
relevante, al menos en los monasterios más grandes. El
monaquismo vinculado a Lérins, el irlandés de san Columbano
y luego los monasterios benedictinos tuvieron en gran estima
la formación cultural. Además, los reyes y emperadores
carolin- gios, lo mismo que más tarde los de las dinastías de
los Otones y los Salios, apoyaron el trabajo cultural de la
Iglesia, que tenía sus centros en las iglesias catedrales, en las
colegiatas y en los monasterios. En la zona oriental del reino
de los Francos, numerosos monasterios benedictinos
alcanzaron, ya en los siglos VIII y IX, un gran florecimiento
cultural; así sucedió con los de Reichenau y Sankt Gallen, St.
Emitiera m de Ratisbona, Fu Ida y Corvey, Niederaltaich y
Tegernsee.
Movimientos reformistas y nuevas órdenes desde la alta hasta
la baja Edad media
El vasto, aunque no generalizado, declive eclesial del siglo IX
y principios del X -provocado por la caída de ordenamientos
políticos difundidos en Occidente y por la irrupción de
enemigos externos (sarracenos, normandos, húngaros)- y el
avance, durante los siglos X y XI, de una mentalidad eclesial
reformista, dieron paso a una transformación de grandes
proporciones. Se trató de una encrucijada decisiva que, sin
que los contemporáneos se dieran cuenta de ello, produjo
profundos cambios en la Iglesia occidental latina. Un lugar
fundamental en este proceso lo ocuparon los movimientos
reformistas del monacato y de la vida canonical.
Progresivamente fueron involucrándose también el papado y la
curia romana, que entonces estaba formándose. Poco a poco
el mismo papado asumió la dirección de este movimiento de
reforma, que recibió de este modo su huella «gregoriana» (del
nombre del papa Gregorio Vil. 1073-1085).
A finales de la alta Edad media la observancia benedictina se
había abierto camino en todo el Occidente, afianzándose de
manera casi exclusiva. Con todo, ni siquiera en el siglo XI se
daba plena unanimidad en la interpretación y en la aplicación
concreta de la regla de san Benito. Casi en todas partes a la
regla se le añadía la consue- tudo («costumbre») y, en último
término, cada monasterio caminaba por su cuenta, bajo la
dirección de su propio abad.
En los siglos X y XI, algunos monasterios benedictinos de
Lore- na (Gorze, Brogne. Verdún, San Maximino en Tréveris) y
Borgoña (Cluny) se convirtieron respectivamente en centros de
irradiación de la reforma lorenense y cluniacense. Además, la
herencia espiritual de Benito de Aniano (t 821) volvió a
vincularse a esos rasgos eremíticos que, por lo demás, habían
acompañado desde el principio la vida ascética. Reforma
monástica y movimiento eremítico en Italia y en Francia, y
brotes reformistas en la misma Roma: estos son los
fenómenos renovadores que hoy se han conocido con mayor
claridad. La aspiración a una nueva y más profunda
cristianización, a un distan- ciamiento de la fugacidad del
mundo en función de una vida más abiertamente orientada a
su dimensión celestial, envolvió de manera creciente todos los
componentes de la cristiandad. No sólo los antiguos y nuevos
monasterios, sino también el clero secular, los conventos de
canónigos y canonesas, hombres de Iglesia y laicos, se vieron
envueltos en una fuerte tensión hacia la renovación religiosa.
La preocupación por la salvación eterna apareció, como nunca
hasta entonces, en la conciencia más atenta, aunque
temerosa, de los hombres de entonces. Lorena y Borgoña,
Germania y parte de Italia fueron los primeros escenarios
reconocibles de esa renovación religiosa que, en el siglo XI,
llegó a involucrar a todos los reinos de la cristiandad. Como en
esa cristiandad la autoridad espiritual y la autoridad temporal
estaban estrechamente vinculadas, no se pudieron evitar
tensiones y conflictos. Monasterios y órdenes se vieron
envueltos en ellos bajo muchos aspectos.
La reforma cluniacense fue el movimiento de renovación
monástica más importante de la Edad media. Punto de partida
y centro del mismo fue la abadía benedictina de Cluny, en
Borgoña, fundada entre los años 908 y 910 por voluntad del
duque Guillermo de Aquita- nia. A finales del siglo X y a lo
largo del siguiente, la reforma benedictina alcanzó gran
influencia en todo el Occidente, en Germania sobre todo a
través de la reforma de Hirsau, en la época de la lucha de las
investiduras y de los duros enfrentamientos entre autoridad
real y pontificia, que tuvieron lugar entre finales del siglo XI y
comienzos del XII. Hasta entonces en los monasterios
reformados alemanes habían predominado las tendencias
reformistas procedentes de Lorena (Gorze). Al principio Cluny
estaba todavía vinculada a los criterios de moderación
introducidos por Benito de Aniano, sobre todo en lo referente a
la amplitud del oficio coral y la liturgia de las horas. Sin
embargo, alrededor del año 970 los abades de Cluny
comenzaron a mostrarse mucho más exigentes con sus
monjes. La gran liturgia solemne, incluida la extensa oración
coral, se convertía en el centro de la vida monástica,
dominándola. Los Cluniacenses querían seguir íntegramente
la regla de san Benito, pero también querían mantener el
monasterio libre de todo influjo secular o episcopal. Por esta
razón decidieron ponerse bajo la protección del papa, en
dependencia directa de él. También era una innovación la
constitución de una federación de monasterios, bajo la guía del
abad mayor de Cluny. Al prestigio de esta congregación, que
fue adquiriendo un creciente poder, contribuyeron tres abades
que gobernaron sucesivamente, y todos por largo tiempo:
Ma'íeul (954-993), Odilón (993-1048) y Hugo (1049-1109). El
abad de Cluny podía designar a su propio sucesor. De ese
modo se garantizaba la continuidad. Sólo en Francia se
calculan 1.300 monasterios de la observancia cluniacense. El
monasterio de Hirsau en la Selva Negra se unió a esta
observancia ya desde 1073. El abad Guillermo de Hirsau
(1069-1091) procedía del monasterio reformado de St.
Emmeram en Ratisbona. Por medio de él, Hirsau llegó a ser
punto de partida de una nueva ola reformista dentro del
Imperio, severa pero también estrictamente filopapal. Pronto
los monasterios pertenecientes a la reforma de Hirsau fueron
más de cien. Durante la lucha de las investiduras, los monjes
de Hirsau fueron los más decididos sostenedores del partido
papal gregoriano contra los emperadores Enrique IV (10561106) y Enrique V (1106-1125). Y aunque no había sido este
su primer objetivo, el movimiento reformista se había
transformado en reforma eclesial general, hasta el punto de
llegar a ser una de las grandes fuerzas políticas de aquel
tiempo.
Con la afirmación del monacato cenobítico benedictino en la
alta Edad media, se habían descuidado, si no totalmente
olvidado, las más antiguas formas de vida anacorética y
eremítica. Las reformas monásticas de los siglos X-XI dieron
nuevo impulso a esta forma de vida de severa ascesis. La
nueva llamada a la «libertad de la Iglesia» (libertas Ecclesiae)
podía entenderse no sólo como liberación del influjo secular,
sino también como rechazo radical del mundo y de todos sus
fastos. Una vez más, en esta extraordinaria época de
transformaciones revolucionarias, ermitaños y grupos de
ermitaños buscaron lugares para vivir en soledad: si no los
desiertos de Oriente, al menos los valles más pobres y los
terrenos montañosos. Entre estos hombres se encuentran
figuras eminentes como Romualdo de Ravena (t 1027), Pedro
Damiani (t 1072), Juan Gualberto (f 1073) y Bruno de Colonia
(t 1101), fundador de la orden de los Cartujos. Emperadores,
príncipes y papas prestaron atención a estos hombres
divinamente inspirados. De los asentamientos eremíticos del
siglo XI nacieron las órdenes de los Camaldulenses y los
Vallombrosanos, comunidades severas, sometidas ambas a la
regla de san Benito; después llegaron los Cartujos y, en el
siglo XIII, los Carmelitas y los Ermitaños Agustinos, próximos a
las órdenes mendicantes ya existentes.
Un rasgo importante para las nuevas comunidades lo aportó el
nacimiento de órdenes religiosas en sentido estricto. En
muchos casos no se trataba sólo de la fundación de
monasterios aislados, sino de organizaciones de vida
monástica ampliamente ramificadas en diversos países. La
primera orden así estructurada fue la de los Benedictinos
cistercienses. Sus comienzos, en la soledad y con el rechazo
del mundo, no han sido hasta el momento plenamente
ilustrados desde el punto de vista histórico. La afirmación de la
Orden, que muy pronto se extendió por toda Europa, se dio
cuando en 1112 Bernardo de Claraval, exponente de la
nobleza borgoñona, entró en el monasterio reformado de
Citeaux, junto con otros treinta hombres atraídos por su
ejemplo. Poco después, en 1115, Bernardo fundó el
monasterio de Claraval, del que fue abad hasta su muerte, el
año 1153. A Claraval, viviendo aún san Bernardo, se afiliaron
nada menos que 68 fundaciones, de todas las partes de
Europa. Los Cistercienses, constituidos como orden propia a
partir de 1118, se proponían seguir la regla de san Benito,
interpretándola rígidamente. Fue sobre todo el florecimiento de
la Orden cisterciense lo que hizo disminuir sensiblemente el
influjo de Cluny.
También en los comienzos del movimiento de la reforma
canonical hay que reconocer la presencia de un carácter
eremítico, sostenido por la nostalgia de una vida apostólica en
el seguimiento de Cristo, en pobreza absoluta y amor fraterno.
La praxis moderada del obispo Crodegango de Metz y el
estatuto de Aquisgrán del año 816 parecían aportar
concesiones al espíritu de este mundo, sobre todo por lo que
se refería a la posesión de bienes personales. Era necesario,
en cambio, realizar la vida apostólica (vita apostólica, vita
canónica) de forma austera y radical. Esto condujo a duros
enfrentamientos en muchos lugares, hasta el punto de que fue
necesaria, finalmente, la constitución de dos orientaciones
fundamentales en las comunidades canonicales. Lo mismo
que en la tradición más antigua, como fundamento de la vida
común se pusieron las enseñanzas de la regla de san Agustín.
La observancia más mitigada halló expresión en los cabildos o
capítulos de las colegiatas y catedrales, formados por el clero
secular, bajo la obediencia del obispo. De la orientación más
severa nacieron los canónigos regulares: las órdenes de los
Canónigos Agustinos y los Premostratenses. Entre los
cometidos más importantes de los canónigos, junto al oficio
coral, estaban la cura pastoral y la enseñanza. Por esta razón
los conventos de canónigos pudieron gozar también del apoyo
especial de los obispos.
Entre las tareas de los monasterios habían estado siempre las
obras de misericordia, según el modelo bíblico, y el cuidado de
los pobres y enfermos. En los últimos siglos del Medievo
surgieron en muchos lugares comunidades piadosas de
hombres y mujeres que se dedicaban por completo al amor
cristiano al prójimo. De estas comunidades laicales nacieron, a
lo largo de toda la Edad media numerosas hermandades y
órdenes. Entre ellas se encontraban también, desde el
principio, las órdenes militares. Nacieron, a partir de la
segunda mitad del siglo XI. de los movimientos reformistas de
monjes y canónigos, en estrecha relación con las cruzadas
para la reconquista de los santos lugares de Palestina.
Partiendo de este contexto es como se logra comprender el
carácter especial del vínculo que une la vida monástica y el
ideal ecuestre. Los comienzos de estas órdenes se sitúan en
Palestina. Cometidos originales eran el acompañamiento de
los peregrinos cristianos a los santos lugares, su protección de
los ataques de musulmanes y salteadores y también el
cuidado de los peregrinos pobres y enfermos. Más tarde, a
estas tareas se añadieron la obligación de defender los santos
lugares, en tiempos de los estados cruzados de Oriente, la
lucha contra los musulmanes y los paganos y, en general, la
defensa de los estados cristianos. Las tres órdenes militares
más importantes fueron la de San Juan de Jerusalén (llamada
posteriormente de los Caballeros de Malta por el lugar donde
tenían su sede principal), la de los Templarios y la Orden
Teutónica. Entre los caballeros que componían las órdenes de
Malta y de los Templarios prevalecía la nobleza francesa,
borgoñona, normanda e inglesa. En la Orden Teutónica se
reunía de forma predominante la caballería procedente de
Germania. Las Ordenes militares estaban divididas en tres
clases: caballeros nobles para la protección de los peregrinos
y el servicio armado, capellanes para el servicio litúrgico y
espiritual y hermanos servidores para el servicio armado y los
trabajos manuales. Su constitución, acentuadamente
centralista, ponía en el vértice de las respectivas órdenes a un
Gran Maestre. Como guerreros, los caballeros, además de los
tres votos monásticos usuales (obediencia, castidad y pobreza
personal) se comprometían al servicio armado. Muy pronto las
órdenes militares consiguieron extensas posesiones
territoriales en el Próximo Oriente y en muchos países
europeos. Aquí fue donde encontraron refugio cuando, a
finales del siglo XIII, Palestina cayó definitivamente bajo el
dominio musulmán. La Orden de los Templarios fue aniquilada
a comienzos del siglo XIV por iniciativa del gobierno francés.
Monacato y órdenes religiosas al final de la Edad media
Es precisamente la historia de los monasterios, de las órdenes
y comunidades religiosas en general la que demuestra que
cada uno de los pasos que se dan en la vida cristiana tiene su
origen en el Evangelio. La cristiandad medieval experimentó
iniciativas de esta especie bajo formas siempre nuevas y
diversas. Rechazo del mundo, búsqueda de Dios en la
soledad, actividad en el mundo, tarea misionera, realización
del amor al prójimo con un compromiso desinteresado: todas
las posibilidades de la vida cristiana se encuentran
condensadas en estas comunidades. Una experiencia
posterior la proporciona el intenso florecimiento monástico que
se constata desde el siglo X hasta el siglo XII. El impulso
intenso y revolucionario de los comienzos suele durar en cada
regla sólo unos cien años; después prevalece la consolidación
tranquila, sobre rieles ya sólidamente establecidos, y no
raramente incluso el estancamiento. Esto vale para Cluny.
para las nuevas órdenes de los Cistercienses,
Premostratenses y Canónigos Agustinos y para monjes y
canónigos, lo mismo que para el nuevo modelo de orden
religiosa propio de los Mendicantes (del verbo latino
mendicare) del siglo XIII.
Las órdenes mendicantes tienen su origen en el variopinto
movimiento pauperista de los últimos siglos del Medievo. A
diferencia de los grupos que se deslizaron hacia la herejía sobre todo los cataros, pero también los valdenses-, ellos,
permaneciendo dentro de la Iglesia, trataban de realizar el
ideal del seguimiento de Cristo a través de una vida sencilla de
pobreza y penitencia, de predicación cristiana y amor activo al
prójimo. Las figuras más luminosas son las de Francisco de
Asís (t 1226) y Domingo de Guzmán (t 1221), fundadores de
las grandes órdenes de los Hermanos Menores (Franciscanos)
y la Orden de Predicadores (Dominicos). Junto a los conventos
masculinos surgieron también, como segunda orden, las
ramas religiosas femeninas. Franciscanos y Dominicos fueron
reconocidos, apoyados y confirmados en sus comienzos por
los papas Inocencio III (1198- 1216) y Honorio III (1216-1227).
También en el siglo XIII se constituyeron como comunidades
estables los Carmelitas y los Ermitaños Agustinos.
Franciscanos, Dominicos, Carmelitas y Agustinos
constituyen, hasta nuestros días, las órdenes mendicantes en
sentido estricto.
Con ellas nació un nuevo modelo de orden religiosa que se
distinguía claramente de las más antiguas comunidades
monásticas y canonicales: los miembros de las órdenes
mendicantes estaban vinculados con sus votos a una orden
religiosa, pero no a un convento determinado, durante toda su
vida. Las abadías, los conventos y los monasterios de las
comunidades religiosas existentes hasta entonces
comprendían grandes propiedades, a menudo de notable
extensión, aunque regularmente cada miembro hacía voto de
pobreza. Sólo las comunidades de severos ermitaños y -de
otra manera- los canónigos de las iglesias colegiatas podían
constituir una excepción en este punto. Las órdenes
mendicantes no exigían solamente, como era tradición, la
pobreza personal de sus miembros, sino que renunciaban
también a la propiedad por parte de la Orden y de sus
conventos, como se puede constatar, en medida
especialmente radical, en san Francisco de Asís, quien al
principio rechazó con decisión incluso las residencias
conventuales estables. La confrontación sobre la radica- lidad
de los comienzos estalló con aspereza mientras Francisco
estaba aún en vida, ocupó a los hermanos en los siglos
siguientes y contribuyó de manera decisiva a la división en tres
grandes órdenes (Franciscanos Conventuales, Menores y
Capuchinos).
También en sus constituciones se diferenciaban las órdenes
mendicantes de las órdenes más antiguas. Ellos no tienen ni la
autonomía de cada uno de los conventos ni la sumisión a una
autoridad central, según el modelo de los Jesuítas del siglo
XVI. Las órdenes están divididas en provincias, a las que
pertenecen los conventos de la provincia. Todos los superiores
son elegidos por un período limitado: los superiores de cada
convento, los de las provincias y los ministros generales, con
todos los demás responsables del gobierno de las órdenes. De
ese modo, su constitución asume un carácter abiertamente
representativo y democrático. Los miembros de las ramas
masculinas se ganan el sustento con el trabajo, el estudio, la
enseñanza, la cura pastoral, la actividad caritativa y también la
limosna; esta última fue posteriormente muy restringida,
aunque nunca abandonada del todo.
Franciscanos y Dominicos desde el principio, y Carmelitas y
Agustinos posteriormente, concentraron su actividad en las
ciudades. Ahí asumieron la cura pastoral de todos los estratos
sociales, a los que generalmente se prestaban libremente, sin
exigir diezmos u otro tipo de limosnas. Los habitantes de las
ciudades levantaron las grandes
iglesias de los mendicantes; se trataba intencionadamente de
sencillas y espaciosas iglesias en forma de salón o de iglesias
con naves de la misma altura, de estilo gótico, sin torres, ya
que había que evitar cualquier adorno inútil. La opción
arquitectónica estaba estrechamente vinculada a la función
que las iglesias tenían de reunir grandes masas de pueblo
para la predicación. Precisamente la cura de almas, la
predicación y la recogida de limosnas motivaron una continua
intervención reguladora por parte de papas y obispos, ya que
en estos ambientes se originaban comprensibles conflictos con
la labor que en las parroquias realizaba el clero secular.
Como había sucedido cien años antes con los Cistercienses y
los Premostratenses, también las grandes órdenes de los
Franciscanos y Dominicos reunieron en sus filas a la elite
espiritual de Occidente. Lo atestiguan algunas figuras
excepcionales de hombres de cultura, en la Iglesia y en las
universidades de aquel tiempo, como Alberto Magno y Tomás
de Aquino entre los Dominicos, Buenaventura y Duns Scoto
entre los Franciscanos, y, en otro sentido, los elocuentes
predicadores populares franciscanos Bertoldo de Ratisbona y
David de Augusta. Con el gran incremento de las
comunidades, las severas reivindicaciones de pobreza de los
comienzos tuvieron que ser notablemente atenuadas, incluso
por interés de las tareas eclesiales y caritativas que estas
órdenes desarrollaban. Por otro lado, la ausencia de
pretensiones por parte de los miembros de estas comunidades
religiosas y sus constituciones, crearon las condiciones ideales
para que se contara con Franciscanos y Dominicos para
ejercer difíciles legaciones ante los jefes mongoles o anunciar
la fe cristiana en países lejanos.
Junto a la Primera Orden masculina, todas las órdenes
mendicantes organizaron otra Segunda Orden femenina; por
ejemplo, las Clarisas franciscanas, llamadas así por santa
Clara de Asís, y las Dominicas. Nacieron, además, las nuevas
formas de la Tercera Orden. Al principio se encuentran pías
uniones de laicos, hombres y mujeres, que decidían unirse a
conventos y órdenes ya existentes, sin pertenecer
formalmente a esas comunidades, a causa del ejercicio de su
profesión o el vínculo conyugal. A pesar de ello, se pretendía
realizar el ideal de la Orden en las circunstancias concretas.
Muchas órdenes organizaron este tipo de comunidades más
libres. La más conocida y numerosa de ellas fue la Tercera
Orden franciscana, que surgió en vida de san Francisco. Junto
a estas asociaciones «seculares», que en muchos casos
subsisten aún hoy, en la Edad media se formaron numerosas
Terceras Ordenes masculinas y femeninas, de estilo
conventual y en obediencia a una regla. Incluso muchas
congregaciones de la era moderna han elegido la forma
regulada de Tercera Orden para su vida y para sus actividades
en comunidades religiosas.
En la última fase de la Edad media, en los siglos XIV y XV, no
faltaron en la Iglesia excelentes hombres y mujeres, tampoco
en las órdenes, en los monasterios y conventos. Y sin
embargo, muchas personalidades seriamente cristianas
experimentaban que la situación de la Iglesia, con todos sus
componentes, no era satisfactoria. La exigencia de una
«reforma en la cabeza y en los miembros» no podía
permanecer en el silencio y, a medida que pasaban los años,
se hacía cada vez más insistente. Monasterios y órdenes se
encontraban en una situación de estancamiento y, a menudo,
hasta de decadencia. Sin duda, han de evitarse los juicios
genéricos, pero los hechos son incontestables. Abadías
benedictinas, que en un tiempo resplandecían desde el punto
de vista espiritual y cultural, como Reichenau, Sankt Gallen,
Fulda y Kempten. se habían reducido ahora a lugares donde
acomodar a los hijos de los nobles; lo mismo sucedía en
muchas instituciones canonicales, tanto masculinas como
femeninas. Los monasterios de los Cistercienses y
Premostratenses se habían hecho ricos pero, bajo muchos
aspectos, su vida espiritual se había empobrecido. Después
de duros enfrentamientos, las órdenes mendicantes se habían
dividido, casi sin excepción, en una observancia mitigada y
otra más severa. Aparte de algunas pequeñas comunidades
nuevas, limitadas, además, a situaciones regionales, nacían
muy pocas fundaciones que, en todo caso, se quedaban muy
lejos del florecimiento monástico de los siglos precedentes.
A partir del siglo XIV, sobre todo en Holanda y en las ciudades
de Alemania septentrional, los «hermanos de vida común» o
freares devoti (hermanos devotos) llevaron a cabo ciertas
formas de renovación religiosa. Fueron los preconizadores de
una «nueva devoción» (devotio moderna) que renunciaba a las
especulaciones escolásticas y tendía a un seguimiento de
Cristo en la devoción interior, próxima a la experiencia mística
de Dios. Entre los fratres devoti, junto a la meditación de la
Sagrada Escritura y la necesidad de sumergirse en la pasión
de Cristo, se había puesto de relieve la asistencia cristiana en
la educación, en el cuidado de los enfermos y la ayuda a los
pobres. La devotio moderna, que sostenían sobre todo los
fratres devoti y la congregación reformada de los Canónigos
Agustinos de Win- desheim, recogió las mejores energías de la
renovación religiosa y se ganó el predominio en todos los
países. Su fruto más noble fue La imitación de Cristo (¡mitatio
Christi), atribuida al canónigo agustino Tomás de Kempis, que
sigue siendo aun hoy una de las mejores obras de edificación
cristiana.
Próxima a los fratres devoti en la contemplación de la vida y de
la pasión de Cristo está la orden fundada por santa Brígida de
Suecia (t 1373), gran espíritu místico y profético procedente de
Europa septentrional, quien, lo mismo que santa Catalina de
Siena (t 1380), llamó con fuerza a su deber espiritual a los
papas de Aviñón.
Todas las órdenes de la Iglesia se responsabilizaron, también
en la tardía Edad media, de la renovación religiosa y de las
reformas. Dentro del ambiente de los Benedictinos tuvieron
gran difusión las reformas de observancia de Kastl, en el Alto
Palatinado, de Melk en Austria y Bursfeld, en Gotinga. Pero
detrás de toda esta floreciente devoción, que tuvo espléndidas
expresiones en la riqueza religiosa del arte de esta época,
estaba presente, en último término, el miedo: miedo del Dios
vengador y castigador, miedo del purgatorio y del infierno, en
el que con tanta facilidad se podía caer, al menos según las
visiones de místicas arrebatadas en éxtasis y los temas
recurrentes en la predicación de entonces. Por encima de toda
la devoción, de la rebosante riqueza de esta época tardía, está
la angustiosa pregunta que al final de este período formularía
así un monje agustino: ¿cómo puede subsistir ante Dios el
hombre pecador? Con palabras de Martín Lutero: ¿cómo
puedo encontrar a un Dios benévolo?
Crisis y renovación en la época de las guerras de religión
La reforma que se extendiera a toda la Iglesia, deseada desde
hacía tiempo y varias veces intentada, no se llevó a cabo al
finalizar la Edad media. El siglo XVI trajo la revolución religiosa
a la Iglesia.
A finales del siglo XV y comienzos del XVI se acumulaban las
quejas sobre situaciones eclesiales indignas, incluidos los
graves escándalos existentes en muchos monasterios. Aunque
las generalizaciones no estén justificadas, habrá que constatar
que la Iglesia no estaba preparada para afrontar la grave crisis
que estalló al final del año 1517, cuando tomó la ofensiva
Martín Lutero (1483-1546), uno de sus monjes y sacerdotes.
Los comienzos de la reforma luterana ejercieron una
fascinación extraordinaria en hombres que suspiraban por
alguna forma de liberación, al experimentar su situación actual
como insatisfactoria, opri- mente y desdichada. Esto se daba
también en buena parte de los religiosos. Da que pensar el
hecho (Je que los primeros con cierto peso en apoyar a Martín
Lutero, exceptuando sólo al joven Philipp Melanchthon. eran
sacerdotes y religiosos. En general. las antiguas órdenes
opusieron escasa fuerza interna al desafío del sector luterano
y. en particular, concretamente al ataque que Lutero acarreó al
monacato y a la vida religiosa de su tiempo. De ese modo,
para muchos monasterios y órdenes religiosas, la reforma
protestante no fue sólo una prueba de resistencia, sino una
auténtica catástrofe. Al ataque del monacato y la defección de
muchos religiosos se añadió también la codicia de los señores
seculares, que pensaron que había llegado la ocasión
oportuna para meter mano al rico patrimonio de iglesias y
monasterios, reforzando su posición de poder. Esto sucedió en
todos los reinos escandinavos, en los reinos de Inglaterra y
Escocia y en una parte considerable de los principados
alemanes. En los territorios reformados. donde los monasterios
no fueron suprimidos de inmediato. las autoridades emanaron
para iglesias y monasterios disposiciones transitorias, es decir,
válidas hasta la extinción de los conventos aun existentes. En
todos los países reformados, lo que quedaba de las
instituciones monásticas y de los conventos o acabó en ruina o
se destinó a otros fines, como instituciones educativas o
escuelas. En Alemania los capítulos evangélicos siguieron
manteniendo sus dotaciones, como es el caso de los cabildos
catedralicios o de otras instituciones eclesiásticas dotadas de
beneficios, generalmente con la única finalidad de proveer a
los nobles. Sólo en algunos lugares -muy pocos-, que en un
tiempo habían sido monasterios masculinos, junto a la labor
pedagógica desarrollada por las escuelas monasteriales,
continuó cierta forma de vida comunitaria. Es el caso de
Loccum, Amelungsborn, Móllenbeck y el monasterio de San
Miguel en Lüneburg. En la abadía de Loccum se han
conservado hasta núes- tros días, aunque modificadas en
línea evangélica, ciertas tradiciones monásticas de los
Cistercienses.
La reforma protestante provocó en la Iglesia católica una
profunda crisis. Tras decenios de desánimo y turbación, poco
a poco las fuerzas de la reforma católica consiguieron abrirse
paso con el concilio de Trento (1545-1563). La renovación
religiosa interna se vinculaba ahora a la clara voluntad de
defender cuanto aún quedaba en pie y de recuperar, con la
Contrarreforma, las posiciones perdidas. En la reforma católica
una parte notable correspondió a nuevas órdenes religiosas
especialmente eficaces, pero también a las antiguas órdenes
que, poco a poco, iban regenerándose, a veces dando origen
a fuertes ramas reformadas, y, además, a nuevas
comunidades de clérigos regulares y congregaciones
religiosas, nacidas para responder a las necesidades de aquel
tiempo. En España esta reforma había alcanzado ya grandes
dimensiones a finales del siglo XV. En Italia, desde comienzos
del siglo XVI, se habían constituido algunos centros de
renovación religiosa. Allí surgieron el Oratorio del Amor divino,
las órdenes de los Barnabitas, los Somascos y los Teatinos,
los Capuchinos, como nueva rama de la orden franciscana
(1528), las Ursulinas, como orden femenina dedicada a la
educación, y los Jesuitas. En Granada nació la Orden de los
Hermanos de San Juan de Dios, la más importante dedicada
al cuidado de los enfermos.
Ya desde mediados del siglo XVI, a la vanguardia de las
nuevas órdenes estuvo la Compañía de Jesús (Jesuitas) de
san Ignacio de Loyola (1491-1556). Perteneciente a la
aristocracia vasca, Ignacio había emprendido anteriormente la
carrera militar. Una grave herida recibida durante el asedio de
Pamplona lo obligó a una larga convalecencia, durante la cual
descubrió la literatura religiosa. Tras una lucha interior que
duró varios años, decidió dedicarse por completo a Dios y
emprender, a sus treinta años, los estudios de filosofía y
teología. El 15 de agosto de 1534, en París, con seis
compañeros de estudio, hizo voto de vivir en pobreza y
castidad, de realizar una peregrinación a Jerusalén y de
trabajar por la salvación de las almas. Había nacido la
Compañía de Jesús (Societas Jesu). Fundamento espiritual de
la nueva comunidad fue la decisión, que Ignacio maduró
durante su etapa de conversión, de servir a Dios en la Iglesia
visible. Como la peregrinación a Tierra Santa no pudo
realizarse. Ignacio, junto con sus compañeros, decidió ponerse
directamente al servicio del papa. Siguiendo la pauta de una
Formula Instituti (programa de fundación de la nueva orden), el
27 de septiembre de 1540 el papa Pablo 111 aprobó la
Compañía de Jesús, encomendándole una tarea eclesial
específica: la difusión de la fe mediante la predicación, los
ejercicios espirituales, las obras de caridad, la dirección
espiritual y la formación religiosa en las escuelas. Este
programa encajaba perfectamente dentro del trabajo de
reforma eclesial de aquella época. El 8 de abril de 1541
Ignacio fue elegido primer superior general de la nueva orden.
El resto de su vida lo dedicó Ignacio a trabajar en la edificación
y consolidación de la comunidad. Como punto de partida del
estilo de vida de los Jesuitas quedó el proyecto escrito por
Ignacio en 1539, reconocido por Pablo III como una especie de
regla. Esta «regla» quedó integrada por las Constituciones,
que se publicaron en su forma definitiva el año 1558. La
organización de la Orden tiene una orientación estrictamente
jerárquica y acentuadamente centralizada. Los Jesuítas
constituyen una comunidad clerical regular, no vinculada a la
oración coral en común, dado el cometido que desarrollan, y
tampoco a un hábito religioso especial. Junto a los tres votos
solemnes relacionados con los consejos evangélicos (pobreza,
castidad y obediencia) los profesos prometen también, como
cuarto voto, una estricta obediencia al papa. La Compañía de
Jesús se difundió rápidamente por toda Europa, en todas las
naciones que habían seguido siendo católicas. A partir del
1540 los Jesuítas comenzaron a desarrollar su actividad
también en Alemania. Gracias a su cultura y a sus costumbres
esmeradamente cuidadas, consiguieron el favor de príncipes
seculares y eclesiásticos. Muy pronto su verdadero campo
apostólico llegó a ser la enseñanza en niveles superiores y
universitarios en los países católicos, la institución de colegios
con internados, los centros de estudios medios y superiores, y
pronto también la entrada en las facultades filosóficas y
teológicas de las universidades católicas. Intencionadamente
los Jesuítas se dedicaron a la educación de las clases más
elevadas, con un espíritu severamente eclesial e ignaciano. A
esto se añadió, a partir del siglo XVI, una vasta y ambiciosa
actividad misionera en los nuevos países descubiertos gracias
a la navegación: América central y meridional, India y China.
La misión de los Jesuítas se caracterizó desde el principio por
su capacidad de adaptación a las peculiaridades culturales de
los pueblos. Esta adaptación fue reconocida durante un tiempo
por los papas, pero fue atacada con dureza por otras órdenes.
Retrospectivamente, los primeros cien años de los Jesuítas
representan el apogeo de su obra generosa y gozosamente
activa en la Iglesia y en el mundo.
A través de la Compañía de Jesús también las antiguas
órdenes de los Benedictinos, los Canónigos Agustinos, los
Premostratenses y los Cistercienses experimentaron un
considerable incremento. Efectivamente, a finales del siglo XVI
y comienzos del XVII, muchos jóvenes monjes y futuros
canónigos recibieron su formación espiritual en los colegios de
los Jesuítas.
Precisamente siguiendo el modelo de los Jesuítas, el año
1609/ 1610, una enérgica e inteligente mujer, perteneciente a
la nobleza, María Ward (1585-1645), junto con otras
compañeras, procedentes también de Inglaterra y animadas
por su mismo espíritu, fundó en las Fiandras una comunidad
religiosa. En aquel tiempo los católicos de Inglaterra. Irlanda y
Escocia estaban duramente perseguidos. El deseo de instituir
una rama femenina de los Jesuítas se enfrentó, en la Iglesia
católica, con una dura oposición. Durante varios decenios,
María Ward luchó con tanta habilidad como tesón para obtener
la aprobación pontificia de su instituto. El objetivo de esta
mujer, tenazmente obstaculizada, encerrada algún tiempo en
un monasterio por la Inquisición, era la participación activa en
el testimonio de la fe en esa época perturbada por las luchas
confesionales, sobre todo mediante la educación de las
jóvenes. Con el apoyo de los obispos competentes y de los
señores locales, María Ward consiguió abrir casas en Lieja,
Colonia, Tréveris, Roma, Ñapóles, Perusa. Munich, Vie- na y
Bratislava. A pesar de las declaraciones ocasionalmente
benévolas de los papas, no se quería conceder a esta
valerosa mujer inglesa la exención de la clausura y la sumisión
directa al papa, como pedía María Ward en función de la
capacidad operativa de su instituto. En Roma, los pontífices
que se entrevistaron personalmente con esta desconcertante
mujer quedaron impresionados, visiblemente sorprendidos,
pero al mismo tiempo perplejos. De esta obra de María Ward,
nacida entre tantas dificultades, proceden las «Damas
inglesas», una de las más significativas comunidades
femeninas de la Iglesia católica, dedicadas a la educación y
formación.
Decadencia y derrumbamiento en los procesos de
secularización
Al final de las ásperas luchas confesionales, tras las graves
devastaciones de la guerra de los Treinta años, monasterios y
órdenes recuperaron nuevas energías. Demuestran la vitalidad
religiosa y cultural de la época barroca las magníficas
construcciones eclesiásticas y monásticas de los siglos XVII y
XVIII, especialmente impresionantes en Alemania meridional,
Austria y Bohemia. Pero la línea política dominante y la
sensibilidad cultural, cada vez más marcada por el avance de
la Ilustración, se mostraron poco bien dispuestas hacia el
monacato y, en general, hacia la vida religiosa. Sólo de forma
muy esporádica surgían nuevas comunidades, que luego se
encontraban, como es el caso de los Redentoristas de san
Alfonso de Ligorio (1696-1787), con notables resistencias.
Después de la paz de Westfalia (1648), en Alemania, o mejor
dicho -es más exacto desde el punto de vista histórico e
institucional-, en el Sacro Imperio Romano comenzó a abrirse
camino el debate político y literario sobre la secularización de
los principados eclesiásticos del Imperio, pero también sobre
la supresión, completa o parcial, de todos los monasterios y
capítulos dotados de beneficios. En el siglo XVIII estas
reflexiones fueron adquiriendo fuerza creciente. En todos los
países católicos, con permiso o sin permiso del papa, abadías
y monasterios fueron suprimidos ya antes de la revolución
francesa. Sometido a durísimas presiones por parte de las
cortes de París, Madrid, Lisboa y Ñapóles, en 1773 el papa
Clemente XIV se vio finalmente obligado a suprimir la Orden
de los Jesuítas.
Por secularización, en sentido propio, se entiende el proceso
de expropiación de los bienes eclesiásticos y conventuales
que tuvo lugar en torno al año 1800 en todos los países de
Europa, y América Latina, que se puso en marcha en
concomitancia con los comienzos de la revolución francesa
(1789), y se prolongó durante un cuarto de siglo de
acontecimientos revolucionarios, a través de las guerras
napoleónicas y los trastornos que les siguieron, hasta el nuevo
orden impuesto a Europa por el congreso de Viena (1815). En
estos decenios, y en casi todos los países de Europa y
América Latina, que precisamente entonces estaban
separándose de España y Portugal, muchas sedes
episcopales con sus respectivos capítulos catedralicios,
conventos y monasterios fueron suprimidos por las
autoridades gubernamentales, y sus bienes expropiados,
confiscados totalmente; y numerosas iglesias y conventos
fueron profanados, subastados o destruidos. Toda Francia y
buena parte de Alemania llevan aún hoy, según los
historiadores, las marcas de estas devastaciones tanto
culturales como religiosas.
La disolución y destrucción de la Iglesia imperial alemana con
sus principados episcopales y capítulos imperiales se
completó con la Reichsdeputationshauptschluss (Comisión
diputada por la dieta imperial para la secularización de los
principados eclesiásticos) del 25 de febrero de 1803. Todos los
estados eclesiásticos del Imperio quedaron mediatizados, es
decir, privados de su dependencia directa del Imperio,
sometidos a otras autoridades estatales, y suprimidos. Sólo el
Estado del príncipe elector y arzobispo canciller del Imperio,
Cari Theodor von Dalberg, y las dos órdenes militares del
Imperio (Orden de Malta y Orden Teutónica) consiguieron
subsistir, aunque de forma limitada y por pocos años. Sobre
todo por iniciativa del príncipe elector de Baviera, también los
cabildos y monasterios no vinculados inmediatamente a la
autoridad imperial, y por tanto de carácter local, fueron
entregados a sus respectivos señores, antiguos y nuevos; de
ello se derivó una forma de supresión «discrecional». En toda
Alemania, con rarísimas excepciones, incluso estos
monasterios e instituciones capitulares locales fueron
suprimidos, destinados a otros fines. transformados en
escuelas, cuarteles, manicomios, centros penitenciales o
prisiones; y en muchos casos fueron destruidos total o
parcialmente, mientras que su patrimonio cultural terminaba
dispersándose de formas muy diversas. Unicamente en los
territorios de los Habsburgo, a sólo dos decenios de la política
de restricciones aplicada por el emperador José II. que afectó
a las órdenes y monasterios, se renunció generalmente a una
nueva supresión de cabildos y monasterios.
En la segunda mitad del siglo XIX y a lo largo del siglo XX, por
lo que se refiere a monasterios, órdenes y congregaciones, se
dieron continuamente supresiones, expulsiones y embargos
patrimoniales por parte del Estado. Es lo que sucedió en
Suiza, Italia. España, Portugal. América Latina y, de forma
especialmente dura, en Francia, tras las leyes de separación
de 1905, y con toda brutalidad en las dictaduras comunistas y
por obra del nacionalsocialismo del siglo XX.
Nueva vida en los siglos XIX y XX
A pesar de las graves devastaciones sufridas a comienzos del
siglo XIX, en los siguientes decenios dio comienzo muy pronto
una profunda renovación religiosa en la Iglesia católica. Esta
se vio favorecida por el movimiento romántico, que en su
aproximación al pasado transfiguraba idealmente incluso el
mundo medieval; y, en el campo político, por la restauración.
En 1814 fue restablecida casi en todas partes la Orden de los
Jesuítas. Antiguos monasterios y órdenes retornaron a la vida.
Surgieron nuevas congregaciones y comunidades. entre ellas
los primeros núcleos de institutos seculares.
El siglo XIX fue para la Iglesia católica un período de
florecimiento de congregaciones. Sus orígenes, de forma
análoga a los de las comunidades de clérigos regulares, se
remontan al siglo XVI. Sus miembros, según el derecho
canónico, emitían solamente «votos simples», a diferencia de
los «votos solemnes», que se emitían en las órdenes en
sentido estricto. Su hábito religioso y sus obligaciones estaban
pensados en función de los cometidos que asumían.
Generalmente sus vínculos eran menos severos. Las
congregaciones masculinas y femeninas, muy numerosas,
eran de derecho diocesano, cuando su institución se realizaba
con el consentimiento del obispo únicamente, o de derecho
pontificio, si habían obtenido la aprobación del papa. Entre las
congregaciones más significativas del siglo XIX están las de
los Salesianos y Salesianas de san Juan Bosco, los Padres
Blancos y las Hermanas Blancas, los misioneros de la
Sociedad del Verbo Divino, muchas asociaciones misioneras y
numerosísimas comunidades de religiosas, dedicadas a la
enseñanza, al cuidado de los enfermos, a la asistencia a los
pobres, o al servicio de las misiones populares. Las medidas
anticlericales con respecto a los religiosos que llevaron a cabo
algunos gobiernos y los sistemas totalitarios ateos, golpearon
con dureza conventos y comunidades religiosas, pero no
consiguieron destruir su fuerza vital, ni siquiera en las más
enconadas persecuciones comunistas durante el siglo XX.
Una nueva forma de vida consagrada, que ha florecido en el
siglo XX, es la de los institutos seculares. Se trata de
sociedades de clérigos y laicos, hombres y mujeres, dentro de
la Iglesia católica, que tienden a realizar el amor cristiano a
través de una vida de consagración a Dios y tratan de dar su
aportación a la salvación del mundo permaneciendo dentro de
él. Sus miembros viven en sus ambientes seculares,
profesionales y familiares, o en pequeñas comunidades, a
partir de las cuales tratan de actuar conscientemente, desde
dentro del mundo. Por su naturaleza los institutos seculares se
caracterizan por el compromiso de sus miembros de vivir de
acuerdo con los consejos evangélicos de pobreza, castidad y
obediencia, por el hecho de actuar y testimoniar la fe desde
dentro del mundo, y por el vínculo recíproco con la comunidad
a través de compromisos duraderos. Los comienzos de estos
intentos hay que situarlos en las épocas especialmente críticas
del siglo XVI y de la revolución francesa. Las Ursulinas y las
«Damas Inglesas» pretendían realizar ya en su tiempo
objetivos que hoy son propios de los institutos seculares. A lo
largo del siglo XIX hubo intentos, por parte de algunos
hombres y mujeres, de retomar estas aspiraciones. Pero el
auténtico desarrollo de los institutos seculares no llegó en la
Iglesia católica hasta el siglo XX. En 1947 el papa Pío XII dio a
estas comunidades un primer fundamento jurídico con la
constitución apostólica Próvida Mater Ecclesia. El actual
código de derecho canónico, promulgado en 1983, describe su
estatuto jurídico. Los institutos seculares son actualmente muy
numerosos, significativos en su obra y están en continuo
crecimiento. aunque predominan los grupos femeninos.
Mención aparte merece la Prelatura de la Santa Cruz y Opus
Dei, popularmente conocida como Opus Dei, fundada en 1928
por Josemaría Escrivá de Balaguer y Albás (1902-1975), como
asociación masculina, a la que en 1930 se le añadió una
sección femenina. En 1943 surgió el Instituto sacerdotal de la
Santa Cruz, aprobado en 1950 por Pío XII como instituto
secular. En 1982, la Obra fue erigida por Juan Pablo 11 en
Prelatura personal, integrada por el Prelado
con su propio clero y laicos de toda clase y condición social.
Intrínsecamente unida a ella está la Sociedad sacerdotal de la
Santa Cruz, a la que pueden asociarse sacerdotes
incardinados en sus propias diócesis y dependientes de sus
propios ordinarios. Los objetivos del Opus Dei se centran en
vivir la plenitud cristiana y extender la llamada universal a la
santidad en el trabajo ordinario y en los propios deberes
familiares y sociales. Su influencia es especialmente fuerte en
España y en América Latina.
Un hecho característico de la situación del cristianismo en el
mundo contemporáneo es que dentro de la mayor parte de las
Iglesias cristianas surgen comunidades muy semejantes entre
sí. Las nuevas fraternidades y comunidades de la Iglesia
anglicana y de las Iglesias evangélicas presentan grandes
analogías con las más antiguas formas de comunidades
católicas, y más aún con los institutos seculares. La vida en
comunidades religiosas no ha llegado a desaparecer nunca.
En la devoción del pietismo, en la hermandad de Herrnhut, y
luego en las instituciones diaconales y en las casas de diaconisas del siglo XIX se pueden descubrir auténticas
experiencias de espiritualidad religiosa, formas preparatorias
de comunidades de vida religiosa en campo evangélico. En el
siglo XIX, dentro de la Iglesia anglicana, se formaron
comunidades benedictinas, franciscanas y algunas más,
siguiendo el modelo de los antiguos monasterios. En los
países escandinavos se dio un desarrollo análogo al que
acontecía en Alemania, también aquí apoyado de forma
notable por movimientos de despertar religioso. Un nuevo y
significativo comienzo se dio con la reflexión puesta en acto
dentro de las Iglesias reformadas después de la I Guerra
mundial y, más aún, después de la Segunda. En muchos
países protestantes se ha llegado de ese modo a la fundación
de numerosas comunidades semejantes a órdenes religiosas
y, por tanto, a auténticas comunidades conventuales en
sentido estricto, que han tenido una difusión mundial. La más
conocida es la comunidad de Tai- zé, en Francia, fundada y
guiada por el prior Roger Schutz. Despertar religioso, devoción
interior, celebración solemne de la liturgia de las horas y de la
eucaristía, amor activo al prójimo: todos estos ideales se
retoman del antiguo monacato, tratando de realizarlos hoy. Es
característico, además, el hecho de que estas nuevas
instituciones están empapadas claramente por el espíritu de
pertenencia recíproca y de responsabilidad común de todos
los cristianos.
En la Iglesia católica, un lugar de reflexión sobre la tarea
misionera del cristianismo en el mundo moderno ha sido sobre
todo el Vaticano II (1962-1965). Con él dio comienzo también
una nueva fase de reflexión dentro de las órdenes y de todas
las comunidades religiosas; reflexión acompañada de
profundas reformas y cambios y de polémicas casi inevitables,
que no raramente han asumido proporciones acentuadamente
críticas, como en situaciones semejantes de los siglos
pasados. Este desarrollo ha encontrado su expresión jurídica
en la revisión del Código de derecho canónico (1983), pero su
conclusión queda todavía lejos. Los hombres de nuestro
tiempo, sobre todo en los países de tradición cristiana, se
sienten atraídos por la aspiración a la libertad democrática y a
la autonomía individual; y, no obstante, también siguen
extrañamente dispuestos a establecer nuevos vínculos. Aquí
puede verse reflejada, aunque muchos jóvenes no sean
conscientes de ello, la nostalgia de una seguridad última,
como la que ofreció a lo largo de los siglos pasados una
religión viva, y como la que todavía hoy puede comunicar, a
quien la busca, un cristianismo vivo.
¿Por qué tantos hombres buscan las iglesias y los monasterios
antiguos? ¿Se trata sólo de un fenómeno inevitable del actual
turismo de masas, o detrás de todo eso se esconde una
inconfesada y profunda nostalgia de otra vida, de un «paraíso
perdido», que no puede ser de este mundo? Muchos
monasterios e iglesias rodeadas de silencio pueden ser.
también para un viajero cansado, lugar de reparo y refugio
seguro, un lugar donde cuerpo y alma se sientan en su propia
casa. Y aquí todavía puede brillar, para el hombre ansioso e
inquieto de finales del siglo XX, un resplandor de aquella
antigua sabiduría que se trasluce de las palabras que, hace
doscientos años, el abad premostratense Mariano Mayr de
Steingaden grabó con su anillo de diamante en la ventana de
la sala de los prelados, junto a la iglesia de Wies, dedicada «al
Salvador flagelado»: Hoc loco habitat fortuna. Hic quiescit cor
Aquí habita la fortuna. Aquí encuentra la paz el corazón.
La vida religiosa de la A a la Z
A
Abad. (Del arameo bíblico abba, en griego y en latín abbas,
padre). Es la designación y el título del superior de una
comunidad monástica. En el origen de esta palabra está la
antigua idea oriental de la paternidad espiritual. El monacato
cristiano de los orígenes fue desarrollando en formas jurídicas
el contenido espiritual y carismático fundamental: el padre, en
torno al cual se reúnen los discípulos, se convierte en portador
de un cargo y de la autoridad dentro de una comunidad
ordenada por medio de la regla. Esta forma de relación
espiritual entre padres e hijos, maestros y discípulos, se
manifestó en oriente desde el momento de la transición del
ana- coretismo, carente aún de regla (^anacoretas), a la vida
en comunidades monásticas (^cenobitas); en cambio, en
occidente apareció sobre todo en los monasterios de la regla
de san Benito (^Benedictinos): aquí el abad es «señor»
espiritual y «padre» de la comunidad (dominas et abbas). a
quien los monjes muestran respeto amoroso y obediencia. En
el abad los monjes aman y veneran a Cristo
mismo; y si para Benito el abad como persona no es nada, en
su función representa a Cristo en el servicio a los hermanos y
a los hijos. El título de abad se consagra en España con las
reglas de san Fructuoso y san Isidoro, aunque ya
anteriormente, en el siglo VI, se usa en el concilio de Lleida
(546). El título, originalmente honorífico, terminó designando
no sólo el cargo del superior de monjes que viven en un
monasterio (abadía) como una auténtica familia espiritual,
como es el caso de los Benedictinos y de las ramas religiosas
benedictinas (Cister- cienses, Trapenses). sino también a los
superiores de las colegiatas de f canónigos (vida canónica) y
los de las distintas ramas de canónigos regulares (^Canónigos
Regulares de Letrán y ^Premostra- tenses). Elección,
consagración y derechos del abad están determinados
respectivamente por la regla y por el derecho canónico, lo
mismo que la extensión de la ^exención. Basándose en el
concepto de «paternidad», el abad es elegido, por principio, de
por vida; sin embargo, existen tambien reglas jurídicas para un
cargo limitado en el tiempo (alrededor de diez años). Entre las
insignias de la dignidad propia del abad está generalmente el
uso de los /"pontificales (basado en el derecho
consuetudinario, o por concesión del papa, en el occidente
medieval y moderno): báculo, mitra, pectoral, anillo, etc. Las
abadías reunidas en congregación tienen a la cabeza un archiabad, abad presidente o abad general; la confederación de
los benedictinos, el abad primado, en Roma. El abad mtllius
del derecho canónico católico goza de jurisdicción episcopal
sobre el clero y el pueblo de las parroquias ligadas a la abadía;
y le corresponden poderes especiales en la administración de
los sacramentos (por ejemplo la confirmación y el orden);
antiguamente eran muy numerosas, pero en los tiempos
modernos su número se ha reducido notablemente (en España
no hay ninguna). En las Iglesias orientales, donde los
miembros de un monasterio viven según una regla propia, al
abad de la Iglesia católica le corresponde el archimandrita o
egúmeno. En las Iglesias evangélico-luteranas de Alemania
los títulos de abad y abadesa (o domina) se han mantenido en
las instituciones que se remontan a monasterios anteriores a la
reforma (por ejemplo. Loccum).
A la cabeza de una /"abadía imperial (Reichsabíei) estaba,
hasta el final de la Iglesia imperial (1803) y del f Sacro Imperio
Romano (1806), un abad imperial; a la cabeza de una abadía
principesca (Fiirstabtei) estaba un abad príncipe. En la Edad
media existían abades comendadores o laicos, o bien la
administración -y sobre todo el usufructo de las prebendas y
los ingresos monásticos- podía encomendarse a obispos y
miembros del clero, pero también a laicos. De ello se habían
derivado a menudo graves abusos, por lo que esa praxis fue
prohibida por el concilio de Tiento (1545-1563); sin embargo,
gracias a las dispensas papales, la costumbre continuó siendo
posible posteriormente (casi siempre bajo la forma de
«acumulación de prebendas» en una persona).
Abadesa. Del latín abbatissa, término derivado de /''abad. Es
la guía espiritual (temporal o de por vida) de una familia
conventual femenina (/"Benedictinas con las ramas femeninas
de la orden benedictina y también algunos monasterios de
Clarisas [ /" Franciscanos], /"Canonesas, «capítulos de f
Damas» y otras fundaciones monásticas femeninas). El
término se remonta al nacimiento mismo de las órdenes
religiosas femeninas, aunque en occidente no se empleó hasta
mucho más tarde (todavía en el siglo IX, san Eulogio lo
desconoce). En España, como en Inglaterra y Francia hubo
abadesas que llegaron a tener poderes excepcionales, con
autoridad sobre monasterios de hombres y mujeres. El cargo y
las tareas de la abadesa encuentran significado en la
maternidad espiritual con respecto a las religiosas a ella
encomendadas. La elección y la consagración (bendición) por
parte del obispo, lo mismo que sus competencias, están
establecidas por el derecho propio de la orden. Habitualmente
las insignias son la cruz pectoral y el báculo. De forma análoga
a la situación de las abadías masculinas, en el /''Sacro Imperio
Romano, hasta comienzos del siglo XIX, hubo /*abadías
imperiales y principescas, a cuya cabeza estaban abadesas
imperiales y principescas, casi siempre en forma de
fundaciones de derecho propio, como colegiatas o capítulos de
damas o cano- nesas.
Abadía. Del latín abatid, /"abad. Es el lugar donde residen los
monjes, canónigos regulares, religiosas o canonesas,
gobernada por un abad o una /"abadesa, que posee un
derecho patrimonial y administrativo propio y, por tanto, es
autónoma. En el siglo VII el térnyno designaba el cargo de
abad, superior de un monasterio o de una basílica; en la época
ca- rolingia (siglos VIII y IX), las prebendas (el patrimonio de la
abadía); a partir del siglo XI, un monasterio gobernado por un
abad o una abadesa. Filiaciones monásticas más reducidas,
nombradas generalmente en los orígenes de un monasterio o
sometidas a una abadía, son preposituras, prioratos o celdas.
Al principio las abadías eran, por regla, /* monasterios
autónomos dotados de patrimonio y con personalidad jurídica.
Los monasterios fundados en tierras que eran propiedad de la
corona estaban bajo la protección particular del rey (o del
emperador). Gracias a la concesión de inmunidad, los
monasterios se convirtieron en /"abadías imperiales que, con
el tiempo, estuvieron frecuentemente dotadas de rango
principesco. Las abadías imperiales y principescas
desaparecieron con el fin de la Iglesia imperial y del /''Sacro
Imperio Romano (1803, 1806). Con el fin de la Edad media
desaparecieron innumerables abadías y las que quedaron se
encontraban en el siglo XV en situación lamentable. Un duro
golpe para las abadías tuvo lugar en España en 1835, con la
/"desamortización de Mendizábal, que suprimió las órdenes
monásticas. A finales del siglo XIX empezó la restauración de
algunas de ellas, y actualmente España cuenta con doce
abadías en activo: una del Císter (Poblet), cuatro de la Trapa
(Cóbreces, Cardeña, San Isidro de Dueñas y La Oliva) y siete
benedictinas (Montserrat, Sainos, Silos, Leyre, Santa Cruz del
Valle de los Caídos, Lazcano y Estíbaliz); estas últimas están
unidas a la congregación francesa de Soles- mes o a la
italiana de Subiaco. Las abadías benedictinas de todo el
mundo están agrupadas en dieciséis congregaciones y todas
estas forman una confederación, que tiene al frente un abad
primado, elegido cada doce años por todos los abades.
Abadía imperial. En el f Sacro Imperio Romano la abadía
imperial (o abadía del Imperio) y el capítulo imperial (o capítulo
del Imperio, en alemán Reichstift) eran, respectivamente, un
monasterio o un capítulo colegial inmediatamente
dependientes de la autoridad imperial y representados en los
estados generales (clases, rangos) del Imperio y, por ello,
dotados de facultad de voto (plural e individual) dentro de la
dieta imperial.
Abogacía. En el Medievo occidental los abogados
eclesiásticos, o procuradores generales (en latín advoca ti),
eran los representantes y defensores de las instituciones y las
personalidades eclesiásticas en las cuestiones seculares,
sobre todo judiciales. La naturaleza y el fundamento jurídico de
la abogacía (en latín ad- vocatia) hunden sus raíces en el
derecho romano-germánico de la antigüedad tardía. En la
concepción germánica el eclesiástico no podía aparecer
personalmente en el juicio, ya que le estaba prohibido llevar
armas. Además, a las instituciones y personas eclesiásticas se
las consideraba especialmente dignas (y necesitadas) de
protección. Carlomagno (768- 814) ordenó que todas las
sedes episcopales y las abadías estuvieran representadas por
advocan. La misión del abogado consistía en representar a la
institución eclesiástica que le estaba confiada cuando era
llamada a juicio y protegerla en el exterior: por su parte, él
ejercía derechos soberanos, entre ellos la jurisdicción inferior y
en algún caso, a partir del siglo IX, también la jurisdicción
superior. Desde el siglo IX en adelante, la abogacía se
convirtió en hereditaria. Llegó a ser también un medio esencial
para potenciar el señorío territorial, muy codiciado por parte de
la nobleza, precisamente a causa de los derechos y rentas a él
ligados. Para las sedes episcopales y los monasterios el
ejercicio de los derechos de abogacía, relacionado con abusos
e intereses personales, fue con frecuencia motivo de
sufrimientos y opresión. Por esa razón, a partir de los siglos XI
y XII. los monasterios intentaron progresivamente reconocer
como abogados solamente al rey (o emperador) y al papa,
liberándose de los precedentes vínculos de abogacía,
pagando rescates o evitando vincu
lar a los abogados las nuevas fundaciones. En el plano
práctico, la evolución jurídica de la abogacía siguió pistas
bastante diversas. El rey y emperador romano-germánico
conservó de todos modos hasta el final del Sacro Imperio
Romano (1806) el título de Advocatus Ecclesiae (protector y
defensor de la Iglesia), especialmente como defensor de la
Iglesia romana.
Abstinencia. Con el término «abstinencia» (del latín abstinentia) se entiende, generalmente, la abstención o privación
de cosas superfluas o de la vida sensual. En la Iglesia católica,
sobre todo en los monasterios, con el término «abstinencia» se
entiende la abstención, en determinados días, de la carne de
animales de sangre caliente. Los días de abstinencia eran
frecuentes en el pasado; hoy lo son aún los viernes, en
memoria de la muerte de Cristo en la cruz (aunque este
precepto de la Iglesia, antes muy rígido, ha sido notablemente
atenuado, pudiéndose sustituir por otras prácticas, como la
lectura de la Escritura, la limosna, obras de caridad...); en
cambio, no ha disminuido la severidad el miércoles de ceniza y
el viernes santo. En los monasterios y algunas comunidades
religiosas los días de abstinencia eran y son mucho más
frecuentes, llegando incluso hasta el J ayuno. También las
Iglesias orientales conocen determinados días de abstinencia:
todos los viernes del año (excepto ciertos períodos o días
festivos) y los miércoles de cuaresma.
Acemetas o admitas. (Del griego: «los que no duermen»). Se
denominaban así los monjes de un célebre monasterio
bizantino, fundado en la orilla asiática del Bosforo, que se
remontaba al santo abad Alejandro (que vivió entre los años
350 y 430). El nombre procedía del uso de celebrar
ininterrumpidamente la liturgia, con coros que se relevaban
uno a otro. Estos monjes, austeros y rodeados de gran
prestigio, eran frecuentemente llamados a fundar o regir otros
monasterios. A partir de los siglos VIII y IX las noticias sobre
ellos son cada vez más raras. En los siglos XII y XIII tenían su
sede en Constantinopla.
Adoratrices. Varias son las congregaciones
femeninas conocidas comúnmente con este nombre.
Entre ellas: las Adoratrices de la Sangre de Cristo
(ASC) (/"Misioneros de la Preciosa Sangre) y las
Adoratrices Esclavas del Santísimo Sacramento y de
la Caridad (A ASC), fundadas en 1857, en Madrid,
por santa María Micaela Desmaisiéres y López de
Dicastillo, para la adoración del Santísimo
Sacramento y la reeducación de mujeres
marginadas.
Agustín, regla de san. La tradición nos ha dejado diversas
redacciones de la regla de san Agustín. Filólogos e
historiadores han discutido por largo tiempo cuál de ellas
debería considerarse como la versión auténtica de un texto tan
importante para la historia de la Iglesia. En efecto, se trata de
la más antigua regla monástica de occidente. Por lo que se
refiere a su autor, se ha sostenido que el texto de la regla es el
resultado de la combinación de dos reglas monásticas
atribuidas al santo padre de la Iglesia, Agustín (354-430). La
primera de ellas, denominada Ordo monas te rii (o Regida
secunda) describe de forma muy sintética un severo ideal
ascético, en una vida caracterizada por la pobreza total y la
penitencia rigurosa, con obligación del ayuno, del trabajo
manual y el silencio. La segunda regla, más completa -el
llamado Praeceptum (o Regula tenia)-, además de principios e
ideales ascéticos moderados, contiene algunas pautas
generales para la vida común, que el mismo Agustín, como
obispo de Hipona (Hippo Regias, en Africa septentrional),
conducía con su clero. El Praeceptum existe, además, en una
segunda redacción, dirigida a mujeres (Regularis informado) y
que, como consecuencia. ofrece una versión adaptada a las
situaciones propias de las comunidades femeninas. Este
último texto está precedido además por la carta CCXI de san
Agustín, un escrito dirigido a religiosas; muy probablemente se
ha conservado junto con esta versión del Praeceptum y por
esta razón se ha considerado durante mucho tiempo como
texto original de la regla. En cambio, tras las investigaciones
más recientes, es el Praeceptum el que se considera como la
regla «que Agustín entregó, en Hipona, a su primera fundación
monástica masculina sin tareas pastorales, cuando la dejó, en
torno al año 397» (Ver- heijen). Otras interpretaciones
suponen un tiempo anterior de composición por parte de
Agustín (388-393); además, a su pluma se deberían
únicamente la primera y la última proposición del Ordo
monasterii, mientras que el autor del resto se supone que
fuera Alipio, discípulo de Agustín.
La regla de san Agustín (o Praeceptum) está totalmente
impregnada del espíritu del anima una -«un solo corazón y una
sola alma»- del libro de los Hechos de los apóstoles (4,32). El
texto, concebido para la vida comunitaria conventual (vita communis), según el modelo de la primitiva comunidad cristiana,
subraya la tensión personal a la perfección, la atención
recíproca y el amor fraterno como los únicos elementos que
fundamentan el sentido y la orientación de
toda comunidad: «Amar significa: poner lo común por encima
de lo propio, no lo propio por encima de lo común. Avanzaréis
en la medida que os preocupéis del bien común, y no de
vuestro interés personal» (V,2).
Gracias a los principios fundamentales y universalmente
válidos en torno a la vida común fraterna, en la que puede
realizarse la existencia cristiana que vive del amor de Cristo, la
regla de san Agustín, con sus afirmaciones sobre pobreza,
castidad y obediencia, sobre la alabanza divina y la oración
común, resultó provechosamente utilizable por los grupos más
diversos; además, se demostraría especialmente fecunda para
el desarrollo de la vida comunitaria. La misma regla de san
Benito (/Benedictinos) tomó de ella partes enteras. Muchas
comunidades canonicales (/Canónigos) se han comprometido
a conducir una vida según la regla de san Agustín («secundum
beati Augustini regulam viven- íes»), con un estilo de vida
canonical, mediante la profesión de los tres votos solemnes
(/voto). Además de los /Canónigos Agustinos y los
/Premostraten- ses -que son las órdenes canonicales
regulares más importantes- la regla de san Agustín ha sido
asumida también por otras muchas comunidades masculinas y
femeninas como fundamento de su propia vida religiosa (/
Dominicos, Ermitaños / Agustinos, /Agustinos Descalzos).
Agustinas. Término aplicado, en sentido amplio, a todas las
/órdenes y /congregaciones femeninas que viven según la
regla de san /Agustín. Sus orígenes se remontan a aquel
convento de mujeres al que san Agustín (354- 430) dirigió una
carta (CCXI) sobre la vida comunitaria. Es probable que ya en
los siglos XI y XII hubiera monasterios femeninos que seguían
esa regla. A las órdenes que llevan el nombre de agustinas
pertenecen tanto religiosas con / votos solemnes, como las
Canonesas / Agustinas y las Ermitañas agustinas (Ermitaños
/Agustinos) y las congregaciones (casi todas de reciente
fundación) con votos simples, que siguen la regla de san
Agustín y que, por ejemplo, son agregadas como tercera orden
(/ Terciarios) a los Ermitaños Agustinos. Como segunda orden
de san Agustín, las Ermitañas agustinas pronuncian los tres
votos solemnes y observan /clausura estricta. En la Edad
media vivían en monasterios autónomos, difundidos por todas
partes, y destacaron sobre todo en la asistencia a los
enfermos. Las más antiguas comunidades conventuales
hospitalarias son las de las Agustinas del Hótel-Dieu, en París,
las Agustinas de Cambrai, de Arras y las Agustinas de la
Misericordia de Jesús, difundidas en todos los continentes
(fundadas en el siglo XIII en Dieppe). De la unificación de los
diversos grupos eremíticos (1256) quedaron excluidas las
Agustinas que usaban un hábito negro («religiosas negras»),
cuyos conventos continuaron siendo autónomos entre sí. A
comienzos del siglo XVII la orden contaba con más de
trescientos conventos. Aproximadamente hasta el concilio de
Tren- to (1545-1563), la mayor parte de las comunidades
conventuales dependían del general de los Ermitaños
Agustinos, luego del obispo local; sin embargo hubo también
monasterios (como, por ejemplo, Niederviehbach) que
siguieron dependiendo solamente del general de la orden
hasta la secularización.
En el año 1953 los monasterios italianos se reunieron en
confederación; dos años más tarde, los españoles se unieron
en tres grupos, entre ellos las Recoletas y las Agustinas
descalzas, fundadas en 1597 (/* Agustinos Descalzos).
Célebres agustinas son santa Clara de Montefalco en Umbría
[(Clara de la Cruz (t 1308)], santa Rita de Roccaporena. en
Casia, en Umbría (f 1457) y la estigmatizada Ana Catalina
Emme- riek (f 1824. en el convento de Agnetenberg, en
Diilmen). La mayor parte del centenar largo de conventos de
monjas se encuentran hoy en Italia y en España.
Entre las congregaciones modernas, están las Agustinas
Hermanas del Amparo (OSA), fundadas en Palma de Mallorca
por el canónigo Sebastián Gili Vives en 1859, y las Agustinas
Misioneras (AM), en cuyo origen está un grupo de mujeres que
conjugaban la contemplación con la actividad docente, y que
fueron reconocidas como congregación en Madrid el 6 de
mayo de 1890.
Agustinas, Canonesas ^Canone- sas Regulares de san
Agustín.
Agustinianas/os. Son innumerables las instituciones que se
inspiran en la llamada regla de san Agustín: además de los
Ermitaños /* Agustinos, cerca de cuarenta órdenes y
congregaciones, muy diversas entre sí (como los
Redentoristas de san Alfonso María de Ligorio); hay un
número equivalente de Canónigos Regulares; una quincena de
Ordenes militares (Caballeros de Malta, Teutónicos, etc.); y
finalmente, además de las Canonesas Regulares y las
Ermitañas fAgustinas, numerosos institutos femeninos
contemplativos, educativos, hospitalarios, misioneros, etc.
Agustinos, Canónigos /'Canónigos Regulares de san
Agustín.
Agustinos de la Asunción f Asunción i stas.
Agustinos Descalzos. A partir del siglo XV, de los Ermitaños
/"Agustinos nacieron diversas congregaciones reformadas, que
tendían a una separación del gobierno de la orden y
pretendían observar una conducta más severa. Entre ellos, a
finales del siglo XVI, están los Ermitaños Agustinos Descalzos
o Agustinos Descalzos (Ordo Augustiniensium Discalceatorum,
OAD). Dieron origen a cuatro congregaciones: los Agustinos
Descalzos españoles o Agustinos Recoletos y los Agustinos
Descalzos italianos, franceses y portugueses.
En 1588, Felipe II, con una carta dirigida al general de los
Agustinos, que entonces se encontraba precisamente
visitando España, pidió que se instituyeran casas de
«Recoletos» (del latín medio recollectio, recogimiento interior,
renovación espiritual). Este deseo del rey había sido
promovido por la monja agustina Madre María de Jesús, del
convento de santa Ursula, de Toledo. Ese mismo año, un
capítulo de la provincia de Castilla, bajo la guía del ministro
general de la orden, aprobó la institución de varios conventos
masculinos y femeninos de más estricta observancia. El año
siguiente, un capítulo privado prescribió a los miembros de las
casas de Recoletos un hábito negro, más austero y de tejido
basto, y Ies prohibió el uso de calzado.
En los años 1601 y 1602 el papa Clemente VIH erigió las
comunidades de Recoletos de Castilla como «provincia S. Augustini Fratrum Recollectorum D i sea ice alonan»,
disponiendo que permanecieran en relación de directa
dependencia del general de la orden. Posteriormente surgieron
otros conventos en España y en Filipinas, donde el agustino
fray Andrés de Urdaneta había fundado, ya en 1564, una
misión en la isla de Cebú. En 1621 el papa Gregorio XV dividió
los conventos de los Descalzos en tres provincias españolas
(Castilla, Andalucía y Valencia) y otra de ultramar (Filipinas), y
concedió a la congregación un vicario general propio, al que
todos los miembros debían prestar obediencia. En 1629,
Urbano VIII con el breve Universalis Ec- clesiae, incorpora a la
congregación española la recolección americana. Desde 1912
la congregación constituye una orden autónoma, cuyo vicario
general es el prior de los Agustinos Recoletos (Ordo
Augustinianorum Re- coUectorum, OAR). Los Agustinos
Descalzos españoles alcanzaron grandes méritos con su
acción misionera.
También los miembros de la congregación de Agustinos
Descalzos portugueses, fundados en 1675, promovieron una
severa /"ascesis: los monjes podían retirarse a las casas de
recolección.
a modo de refugios donde dedicarse, completamente aislados,
a la contemplación silenciosa. Les está prohibida la cocción de
alimentos, como también el consumo de alimentos fuera del
pan, la fruta, el vino y el aceite. Su hábito religioso consiste en
un austero sayo negro con una pequeña capucha y sandalias
de cuerda trenzada.
Los Agustinos Descalzos de Italia (a partir de 1593) -cuyo
estilo de vida es un poco menos severo: las sandalias son de
cuero y las capas más cortas- atribuyen su fundación al
recoleto español Andrés Díaz, que llegó a Sicilia en 1592. Una
vez aprobados por el papa sus estatutos, en 1610 y 1620, por
el gran número de conventos se llegó en 1624 a la división en
cuatro provincias (Roma, Nápoles, Génova y Sicilia). Dos años
después se fundó el primer convento en Praga. Cinco años
más tarde el emperador Fernando II entregó a los Agustinos
Descalzos el convento de los Agustinos de Viena.
Posteriormente se añadieron otras cinco provincias, entre ellas
la austríaca, con catorce conventos. Uno de ellos se
encontraba en Silesia (Strehlen) y otro en Ba- viera, en María
Stern en Taxa, junto a Odelzhausen/Dachau, lugar de
peregrinaciones y sede de un santuario que, con todos los
terrenos anejos, fue cedido al nuevo convento de los
Agustinos
Descalzos el año 1654; aquí trabajó de 1670 a 1672 el
entonces aún joven descalzo P. Abrahán de Santa Clara
(Ulrich Megerle, 1644-1709). Este célebre escritor y
predicador, con su grandiosa elocuencia barroca hizo célebre
ese lugar de gracia que, en 1802, fue destrozado por la
tormenta de la ^secularización.
Hacia finales del siglo XVI también en Francia se dieron los
primeros intentos de introducir una observancia más estricta.
La reforma penetró a través de Italia. El número de conventos
reformados, inicialmente en Villar- Benoit (Delfinado), Marsella
y Aviñón (aquí, en 1617, tuvo lugar el primer capítulo general)
creció notablemente. El rey Luis XIII y su esposa, Ana de
Austria, cedieron a los Agustinos Descalzos otros conventos
en París y en Tarascon-sur-Rhóne. En 1632, los estatutos de
la congregación francesa (existente desde 1596) fueron
aprobados por el general de la orden. Mientras tanto, también
el número de los conventos franceses creció tanto que fue
necesaria una división de la congregación en tres provincias
(París, Delfinado y Provenza). Los Agustinos Descalzos
franceses, cuya observancia es algo menos estricta, tienen el
mismo hábito que los españoles y llevan barba.
Situación de los Agustinos Descalzos en 1996: 25 conventos
con 185 miembros, 78 de ellos sacerdotes. Agustinos
Recoletos: 203 conventos con 1303 miembros, de los cuales
1016 son sacerdotes.
Agustinos, ermitaños. La orden de Ermitaños Agustinos (Ordo
Fratrum Eremitarum Sancti Au- gustini, OES A) se constituyó
entre los años 1244 y 1256, reuniendo varias comunidades
eremíticas italianas (/Ermitaños). Es una de las cuatro grandes
órdenes /mendicantes (/"Franciscanos, /Dominicos,
/Carmelitas). Estos monjes, con frecuencia denominados
también «Agustinos», se comprometían a llevar una vida
según la regla de san /Agustín y profesaban los tres /votos
solemnes de obediencia, castidad y pobreza. Durante el
capítulo general de Villanueva (Estados Unidos), en 1968, se
decidió eliminar de la denominación de la orden la expresión
«ermitaños», ya que aludía simplemente al movimiento
eremítico de los siglos XII y XIII y no expresaba «ningún
aspecto fundamental de la orden». Desde entonces el nombre
oficial de la orden es simplemente el de Ordo Fratrum Sancti
Angustia i (OSA).
En Toscana había varios grupos eremíticos que estaban
animados por el deseo de llevar una vida según la regla de
san Agustín, en una orden jurídicamente autónoma. El
cardenal Ricardo Annibaldi y el papa Inocencio IV, durante un
capítulo de fundación que tuvo lugar en Roma en el año 1244,
unificaron, pues, los eremitorios toscanos en la Ordo
Eremitarum Sancti Augustini. Fue el comienzo de la unión
(Magna Unió) de varias comunidades eremíticas
independientes en una única orden, formalmente reconocida
en 1256 con la bula Licet Ecclesiae catholicae del papa
Alejandro IV. Un importante impulso para la unificación ha de
verse en la voluntad del papa Alejandro IV de poner en
práctica las decisiones del IV concilio de Letrán, en 1215, cuya
XIII constitución prohibía la excesiva multiplicación (nimia
diversitas) de las comunidades religiosas, que podía acarrear
graves daños (gravis confusio) a la Iglesia. En efecto, entre las
diversas /Congregaciones habían existido contrastes, sobre
todo en cuestiones referentes al hábito, que podían superarse
con la unificación en una única orden. El hábito de los
Agustinos consiste hoy en un sayo (cogulla) hasta los pies,
con cinturón de cuero y una esclavina dotada de capucha a
punta, todo de color negro. La nueva orden adoptó la regla de
san Agustín, transmitida en diversas redacciones,
comprometiéndose a una vida inspirada en el padre de la
Iglesia. Agustín (354-430): el obispo de Hipona (Hippo Regias.
en Africa septentrional) se había preocupado por vivir con
su clero una vida comunitaria de acuerdo con una regla, en
comunión de amor y de bienes. Este estilo de vida fue
asumido por los Agustinos como modelo y como norma de
toda su actuación. y caracteriza aún hoy la espiritualidad de la
orden, en la que se subraya la pobreza, la fraternidad
espiritual, el servicio a la Iglesia (vita activa) y la contemplación
(vita contemplativa). La noticia de que la fundación de la orden
se remontaba al mismo Agustín se difundió en polémica con
los Canónigos Agustinos y debe considerarse legendaria. En
efecto, no es posible demostrar una relación directa con las
comunidades monásticas funda- das por Agustín en el Africa
septentrional.
Además de la regla de san Agustín, los Agustinos siguen
también unas constituciones propias. en las que se caracteriza
la identidad de la orden. Fueron elaboradas ya en la época de
la unión y aprobadas durante el capítulo general de Ratisbona
del año 1290, con un texto que debía ser definitivo; en
realidad, han tenido varias revisiones, incluso en nuestros
días.
La organización de la orden se estructuró según el modelo que
presentaba la orden de los ^Dominicos. Los conventos
(casas), cada uno de los cuales está presidido por un f prior
con funciones de superior, están congregados en provincias.
El provincial (prior provincialis) es el superior de la provincia y
es elegido cada cuatro años durante el capítulo provincial.
Cada seis años, durante el capítulo general, tiene lugar la
elección del prior general, que es el superior general de toda la
orden (prior gene ralis).
La orden se difundió rápidamente. sobre todo en las ciudades
(intensificación de la pastoral urbana), circunstancia que pudo
contribuir a la ^exención de la jurisdicción de los obispos
locales, concedida por los años 1244 y 1289. Hasta 1295 las
provincias erigidas eran dieciséis: diez en Italia, y una en
España, Alemania, Hungría, Francia, Inglaterra y Provenza
respectivamente. En 1329 había ya 24: en 1492 había en
Europa 26 provincias y seis congregaciones. En 1533 se
estableció en México y en 1551 en Perú; desde esos países se
dilataron por todo el continente americano. Cuarenta años
después de la llegada a México, Agustinos portugueses
llegaban a la India, donde se difundieron en un sector
geográfico que va desde Macao hasta las costas orientales de
África.
En el momento de su máximo desarrollo, a mediados del siglo
XVIII, la orden agustina contaba con 43 provincias y 13
congregaciones, con unos 1.500 con- ventos. A ello había que
añadir también, como segunda orden, muchos conventos de
Agustinas que, desde el siglo XIII, y hasta la segunda mitad
del siglo XVI, permanecieron dependientes del general de los
Ermitaños Agustinos. También una tercera orden (^Terciarios)
aparece documentada a partir del siglo XIII, aunque su
florecimiento se sitúa sobre todo en los siglos XVII y XVIII.
Como reacción contra el relajamiento de la disciplina en
muchos conventos, a lo largo del siglo XIV, junto con las
grandes pérdidas de miembros de la orden en los años de la
peste (1348-1351) y el gran cisma de occidente (1378-1417), a
partir de 1387 surgieron dentro de la orden diversas
congregaciones de observantes. Estos se esforzaban por
«observar» (del latín observare), con renovado rigor, la
fidelidad original a la regla. Entre las congregaciones de la
reforma de los Ermitaños Agustinos se encuentran, a finales
del siglo XVI, los Agustinos Descalzos, que posteriormente
formaron cuatro congregaciones: los Agustinos Descalzos
españoles o Recoletos, los italianos, los franceses y los
portugueses. También en Alemania, a partir del siglo XV, se
difundió el movimiento de los observantes, entre los que se
puede recordar especialmente la congregación de Sajonia-Turingia. Bajo la guía de sus vicarios, Andrés Proles (f 1503) y
Juan de Staupitz (t 1524), desarrolló una fecunda actividad
reformadora. Pronto se incorporaron a ella más de treinta
conventos, entre los que se cuenta el de Erfurt, al que
perteneció, desde 1505, Martín Lutero (1483- 1546). A partir
de 1517 se abrió la crisis más fuerte de la orden, que condujo
a un fin prematuro de la congregación alemana. Muchos
Agustinos, y sobre todo los alumnos de Lutero en la
universidad de Wittenberg, fundada en 1502 (donde Staupitz
había enseñado de 1502 a 1512), se alistaron, desde el
comienzo de la reforma protestante, al lado de su maestro,
propagando sus ideas. La iglesia conventual de Erfurt fue
cedida a los predicadores de Lutero en 1523; en 1561 de allí,
como de otros lugares, fueron expulsados por la fuerza los
últimos Agustinos. De los 160 conventos agustinos de las
provincias alemanas, durante la primera mitad del siglo XVI, se
perdieron 69; también en Italia. Francia, Hungría, Inglaterra e
Irlanda la orden fue duramente afectada por el avance de la
reforma protestante.
Después del concilio de Tiento (1545-1563), bajo el gobierno
del prior general Jerónimo Seri- pando, la orden adquirió
nuevo vigor, sobre todo en España y Portugal. A partir de ese
momento dio comienzo también una intensa actividad
misionera. Agustinos españoles trabajaron en América central
y meridional (donde ya estaban presentes, en algunos países,
desde 1533), en Filipinas (desde 1572), Japón (1602) y China
(1680).
En los siglos XVII y XVIII los Agustinos estuvieron activos en la
pastoral ordinaria y extraordinaria, como predicadores
(siempre se subrayó especialmente la preparación de los
predicadores) y en la educación de los jóvenes que estudiaban
en las numerosas escuelas fundadas por la orden. Aún hoy
estas actividades, además de los estudios científicos y las
misiones, constituyen las tareas más significativas de los
Agustinos.
La tremenda ola de supresiones conventuales que siguió a la
Ilustración y a la Revolución francesa, a finales del siglo XVIII y
comienzos del XIX, afectó también a la orden de los Ermitaños
Agustinos, conduciéndola al borde de la ruina. Si en los
territorios habsburgianos la mayor parte de los conventos
había sido ya suprimida durante el reinado de José II, en
Francia, Bélgica, Italia septentrional y central, y posteriormente
también en Portugal, España (con la ^desamortización de
Mendizábal), México y resto de Italia, prácticamente todos los
conventos se perdieron. En Alemania, durante la gran
^secularización de 1803, la orden fue aniquilada, con la
única excepción de sus dependencias en Würzburg y
Münners- tadt (en Bad Kissingen).
A finales de siglo XIX tuvo lugar una general recuperación de
la orden en Holanda, Bélgica y España (a partir del convento
de Valladolid, respetado por la desamortización). En Austria y
en Francia, en cambio, sólo lograron volver a constituirse las
comunidades conventuales de Viena y París. En Alemania los
estímulos para una reconstitución de la provincia de la orden
llegaron del convento de Münnerstadt; la actual provincia
alemana de la orden tiene su sede en Würzburg.
Los Agustinos consideraban el estudio de la teología como la
base de la orden. Con la unión del año 1256 dio comienzo
también la organización del sistema de estudios que debía
garantizar la formación religiosa y teológica de los miembros
de la orden, en función de la pastoral y el apostolado. Centro
de la actividad de estudio a nivel científico fue la universidad
de París, donde el agustino Egidio Romano ejerció como
magister a partir de 1285. Él llegó a ser el fundador de la
escuela agustiniana, estrechamente ligada a las enseñanzas
teológicas de san Agustín. Los Agustinos enseñaron también
en otras universidades y la orden pudo, además, abrir muchas
instituciones docentes para la enseñanza de la teología, los
llamados «estudios generales» (muy pronto también en Erfurt
y Estrasburgo). Entre los teólogos de la orden que más se
distinguieron, además de Egidio Romano (t 1316), hay que
recordar a Santiago de Viterbo (t 1307/1308), Agustín Trionfo
de Ancona (t 1328), Bartolomé de Urbi- no (t 1350), Enrique de
Friemar (t 1354), Guillermo de Cremona (t 1355), Tomás de
Estrasburgo (t 1357), Gregorio de Rímini (f 1358) y Agustín
Favaroni (f 1443). En el campo literario son dignos de mención
Fray Luis de León (t 1591), Malón de Chaide (t 1589) y toda
una generación de literatos, predicadores e historiadores
españoles, como Enrique Flórez (t 1773) y sus continuadores
de la «España sagrada». También hay que recordar a Manuel
Blanco, autor de la monumental «Flora de Filipinas» y al
biólogo Gregorio Mendel, que en 1865 descubrió las leyes de
la herencia («leyes de Mendel sobre la herencia y la
hibridación»); murió en 1884 como abad del convento agustino
de Brtínn (hoy Brno).
La orden ha aportado al santoral un respetable número de
santos y beatos; entre los más conocidos están los españoles
Juan de Sahagún (f 1479), Tomás de Vi- llanueva (t 1555), el
escritor místico y clásico Benito Alonso de Orozco (t 1591), y el
italiano Nicolás de Tolentino (t 1305).
Situación en 1996: 480 casas, con 2.911 miembros, de los
cuales 2.258 son sacerdotes.
Agustinos Recoletos /^Agustinos Descalzos.
Alejianos. Denominados así por san Alejo (Edessa, ¿siglo V?),
cuya figura está rodeada de leyenda, los Alejianos de Aquisgrán (Congregatio Fratrum Celli- tarum sen Alexianorum, CFA)
nacieron en el siglo XIV como comunidades religiosas de
hermanos laicos (^Begardos), sobre todo para atender a los
enfermos mentales y sepultar a los muertos. En la alta Edad
media, comunidades de «hermanos pobres», a veces
sospechosos de herejía, se encuentran, entre otros lugares, en
las Fiandras, en la cuenca del bajo Rin, en Aquisgrán,
Hambur- go. Braunschweig y Estrasburgo. El papa Sixto IV les
concedió, en 1472. poder seguir la regla de san f Agustín; por
eso también ellos se denominan Agustinos. Los Alejianos
llevan un hábito negro con cinturón de cuero. Después de una
grave decadencia en el siglo XVIII, a partir de 1826 dio
comienzo la renovación en Alemania. En 1996 los Alejianos
eran 113. distribuidos en 33 casas. Las correspondientes
comunidades religiosas femeninas (a partir del siglo XIV;
/*beguinas) se llaman Alejianas (también Agustinas). Estas
dos reducidas comunidades religiosas están hoy
comprometidas en la asistencia a los enfermos.
Alniucia. (Al mu ti uní. término de origen persa, adoptado por el
árabe). Era al principio un sombrero, alargado hacia abajo por
detrás, que llevaban los canónigos en el coro (como se puede
comprobar a partir del siglo XI), y más adelante una esclavina
compuesta de alzacuello y capucha ('""capa), generalmente
confeccionada o forrada de piel: es aun hoy un distintivo,
ocasionalmente usado por los canónigos, que se lleva en el
brazo izquierdo o se apoya en el sillón del coro. ^Muceta.
Amigonianos ^Terciarios.
Amigos de Dios. (En alemán Gottesfreunde). Se llamaban así.
en el siglo XIV/XV, los seguidores de un movimiento que se
proponía difundir los ideales de la vida mística. El apelativo se
inspira en Jn 15,14ss: «Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo
que yo os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no
sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos...».
Este movimiento religioso fue sostenido por religiosos y
seglares, pero sobre todo por los f Dominicos. En Alemania
suroccidental y en Re- nania asumió un estilo
acentuadamente intimista. Sus miembros
constituían una asociación bastante libre y mantenían
relaciones recíprocas muy estrechas, tanto personales como
epistolares. En el plano cultural este último aspecto tuvo una
importancia fundamental: se trata de la primera colección de
cartas en alemán. El hecho de que estos grupos carecieran de
verdaderas estructuras organizativas les hizo, más de una vez,
sospechosos de herejía (como sucedió a los /"Begardos).
Amor de Dios, Hermanas del.
La idea fundacional de las Religiosas del Amor de Dios (RAD)
se gestó en las Antillas, donde el fundador, P. Jerónimo
Mariano Usera pasó los últimos cuarenta años de su
existencia. El estado de ignorancia en que se encontraban las
clases más pobres, lo impulsó a fundar una institución que
encarnara el amor de Dios a través de la educación. Así nacía
en Toro (Zamora), el 27 de abril de 1864, la congregación de
las Religiosas del Amor de Dios, que se extiende hoy por
varios países de Europa, Africa y América. En 1996 eran 967,
distribuidas en 129 comunidades.
Anacoretas. Representantes de una forma muy severa de
^asee- sis cristiana, los anacoretas «se retiran» (en griego
anakhorein) a la soledad y exigen la separación de toda
comunidad humana, para
llevar una vida de abstinencia, oración y penitencia. Los
anacoretas viven en parajes incultos y desolados (desiertos) y
en absoluto aislamiento. Se conocen formas de vida
anacorética a partir del siglo III, primero en Egipto y luego en
Asia Menor y en Siria. El primer anacoreta cristiano fue san
Pablo de Tebaida (Alto Egipto), quien se refugió en el desierto
huyendo de la persecución de Decio (250), y murió allí ya
centenario. Importantes anacoretas de los primeros tiempos
fueron, en Egipto, san Amillonas (primer fundador del anacoretismo en el desierto de Ni- tria, f antes del año 356) y san
Antonio el Grande (f alrededor del 356, con más de 105 años
de edad). Sus seguidores, a millares, fueron poblando los
desiertos, formando muy pronto incluso colonias eremíticas.
También en occidente, siguiendo el modelo de Antonio,
surgieron comunidades eremíticas (en Roma, Milán, Tréveris). Antonio no fue fundador de una orden y ni siquiera
escribió una regla, pero influenció el proceso que condujo a la
formación de las comunidades monásticas. En la Iglesia
oriental el ana- coretismo fue considerado siempre como la
forma más sublime de vida monástica, a la que sólo unos
pocos son llamados. En occidente hubo un desarrollo diverso,
hasta llegar a la formación de comunidades eremíticas
(/'ermitaño).
*
Angel de la Guarda, Hermanas
del (SAC). Congregación femenina fundada por el Beato P.
Luis Ormiéres y M. San Pascual en Qui- llan (Francia), el 3 de
diciembre de 1839, para la educación, las misiones y el
cuidado de los enfermos.
Angélicas /'Sagrado Corazón de Jesús, hermandades y
congregaciones del.
Angélicas de San Pablo /*Barnabitas.
Antífona. (Griego y latín: «que suena como respuesta»). A
partir del siglo IV, es el canto litúrgico de la Iglesia (en la
recitación de salmos e himnos) con el que la comunidad de los
fieles responde, en versos alternos, a un grupo de antifonarios
(schola). Las antífonas se emplearon, sobre todo, en la
celebración de la eucaristía y en la A liturgia de las horas
(servicio /'coral) de monjes y canónigos. El libro litúrgico que
en la Edad media recogía las antífonas y los responsorios de
la misa y de la liturgia de las horas era el antifonario, que
corresponde al actual antifonal litúrgico. La oración coral y el
rezo del breviario se concluye con una de las «antífonas
mañanas», indicadas con sus primeras palabras latinas: Alma
Redempto- ris Maten Ave Regina caelorum, Regina caeli,
Salve Regina. Eran,
en la alta Edad media, auténticas antífonas de la oración coral.
Antonianos. (Orden de san Antonio, Hospitalarios de san
Antonio). Denominados así por el padre del monaquisino,
Antonio el ermitaño (siglo IV), fueron fundados alrededor de
1095 en Francia meridional como hermandad para la
asistencia de peregrinos y enfermos. Los Antonianos se
dedicaron, con éxito, de manera especial a los enfermos de
«fuego sagrado» («fuego de san Antonio» o herpes zoster). En
1247 Inocencio IV concedió a los hijos de san Antonio, que en
aquel tiempo cuidaban a los enfermos de la curia pontificia,
poder constituir una comunidad y vivir según la regla de san
/"Agustín. Desde entonces fueron considerados como orden
autónoma. En su época de florecimiento la orden contaba con
más de trescientas filiaciones («preceptorías») en toda la
cristiandad occidental. Entre sus privilegios estaba el de que
los fieles criaban gratuitamente el «cerdito de san Antonio»; el
animal podía moverse libremente en busca de alimento, hasta
el punto que aún hoy en algunos lugares se mantiene el
recuerdo en la expresión injuriosa «puerca andorrera» (en
alemán Rennsau). A pesar de su esplendor exterior, su
decadencia comenzó ya en el siglo XIV, llegando en 1776, tras
numerosos intentos de reforma, a la incorporación de los
Antonianos en la orden de Malta.
Entre las numerosas órdenes y comunidades que en la Edad
media tomaron nombre del ermitaño Antonio, sólo la Orden
militar de san Antonio, fundada en 1382 por el duque Alberto I
de Baja Baviera-Straubing, podría enumerarse
verdaderamente entre las
Ordenes militares, pero su desarrollo no fue más allá de los
comienzos.
Antonio el ermitaño, padre del monaquisino, no había fundado
orden alguna ni redactado ninguna regla; sin embargo,
diversas órdenes de las Iglesias orientales /"uniatas se
denominaron «Ordenes de san Antonio»; tuvieron su origen en
los siglos XVII-XIX y subsisten todavía hoy.
Anunciatas (o Anunciatinas). Orden de la Anunciación de
María (Annuntiatio Mariae), orden femenina rigurosamente
contemplativa: Anunciatas lombardas (fundadas en 1408, que
siguen la regla de san /"Agustín); Anunciatas francesas
(fundadas en 1501 como severa orden penitencial);
Anunciatas italianas (fundadas en 1604, llamadas también
Anunciatas celestes o turquesas, por el color de su manto).
Tras la revolución francesa, los conventos de Francia, Italia y
Alemania fueron casi totalmente suprimidos. Actualmente
existen
sólo algunas comunidades monásticas.
Apostolado de Jesús, Damas de la Paz. Fundadas en 1945,
en Madrid, por María Josefa R. Galiana Rodrigo para la
protección y cultura de la mujer.
Apostólicas de Cristo Crucificado (HHAAdeC). Fundadas en
1939 en Santo Angel (Murcia), por María Seiquer y Amalia
Martín, trabajan sobre todo entre las clases humildes del
pueblo.
Apostolinas. (Instituto Reina de los Apóstoles) ^ Familia
Paulina.
Archivo. Del griego arkheion: oficina administrativa; en latín:
archivuni. Es la institución encargada de recoger los
documentos jurídicos y políticos de todo género (actas,
documentos, cartas, manuscritos, relaciones...), pero también
el lugar donde se conservan dichos documentos. Los archivos
existen desde que llegó a ser usual documentar por escrito
importantes eventos jurídicos, políticos y económicos. Obispos
y monasterios tomaron este uso jurídico de la antigua
institución de los archivos. La institución de un archivo podía
hacerse con éxito sólo cuando el destinatario tenía morada fija,
cosa que para los reyes y demás altos dignatarios seculares
de occidente no ocurrió hasta el siglo XIII, razón por la que
estos archivos no tuvieron gran desarrollo. En el caso de los
obispos y monasterios de la Edad media, el archivo estaba
estrechamente vinculado con la biblioteca y con el tesoro de la
iglesia, dado que los documentos de reyes y emperadores, los
privilegios pontificios, las actas y los libros catastrales
(^urbario) y las listas de donativos (libros de ^tradición) tenían
la máxima importancia para el estado jurídico y para la
administración patrimonial. Por esta razón, los documentos
escritos más importantes se conservaban también en lugares
especialmente protegidos (lugares seguros, torreones,
sacristías, criptas, etc.), que tenían la función de «cámara del
tesoro» (anuaria) de títulos jurídicos. Sólo en la época
moderna, con la investigación y las ediciones críticas de
documentos, ha surgido con mayor fuerza el interés históricocientí- fico por estas colecciones.
Ascesis. El significado de la palabra ascesis (del griego
áskesis, «ejercicio» corporal y espiritual, modo de vivir) no es
hoy unívoco. En el lenguaje común designa, generalmente,
todos los fenómenos que (casi técnicamente regulados)
significan renuncia, abstinencia, mortificación personal. La
teología católica entiende la ascesis como lucha ferviente y
perseverante de la voluntad
humana, sostenida por la gracia de Dios, para una conducta
de vida cristiana; en pocas palabras: la tensión hacia la
perfección cristiana. En este sentido, la asee- sis se ha
cultivado siempre, en sus diversos aspectos, sobre todo en las
formas de vida monástica cristiana o asimilables a ella; así, la
vida religiosa era exaltada en la literatura más antigua como el
«estado de más alta perfección» (frente a los laicos, y también
frente a los sacerdotes seculares). La ascesis ha sido
considerada en todos los tiempos como parte esencial de la
vida religiosa y. tanto en el pasado como en el presente, ha
seguido modelos diversos. que van desde el más severo
rigorismo (consigo mismos y no raramente con los demás),
hasta las formas benévolas de piadosa interioridad, ligadas a
una más genuina humanidad.
Asistentes Sociales Misioneras
(AASSMM). Fundadas por el cardenal Ernesto Ruffini en Palermo (Italia), el 25 de marzo de 1954, se dedican al servicio
social misionero.
Asunción, Religiosas de la (RA). Fundadas en 1839, en
París (Francia), por M;‘ Eugenia Mille- ret, se dedican a la
educación en el sentido más amplio.
Asuncionistas (Agustinos de la Asunción). Congregación
fundada en 1845, en Nimes (Francia), por el P Manuel D'Alzon
(1810- 1880). La extensión del reino de Dios, meta de toda la
vida del fundador, es también el fin específico de la
congregación. Un fin que impulsa a sus miembros a dedicarse
totalmente a la proclamación de la verdad, a la evangelización y educación en la fe, a la pasión por la liturgia,
especialmente la eucaristía, y al amor sin límites a la Iglesia y
al papa. La dimensión trinitaria de su espiritualidad marca sus
tareas con un espíritu doctrinal, social y ecuménico, que se
expresa en múltiples actividades apostólicas. En 1871. el P.
D’Alzon fundó también la congregación femenina de las
Oblatas de la Asunción.
Auxiliadoras, Hermanas (SA). Eugenia Smet (María de la
Providencia) es la fundadora de esta congregación, nacida en
1856 en París (Francia), para el servicio de los marginados y el
anuncio del evangelio.
Auxiliares Diocesanas del Buen Pastor /*Buen Pastor.
Religiosas del.
Auxiliares Parroquiales de Cristo Sacerdote. Nacieron en
1927 en Irún (Guipúzcoa), por obra del Beato D. José Pio
Gurruchaga Castuariense, para el apostolado parroquial. En
1996 eran 107 hermanas. distribuidas en 18 casas. Ayuno. En
casi todas las religiones el ayuno se considera como una
abstinencia temporal, parcial o completa, de tomar alimento, o
también determinados alimentos y bebidas (abstinencia),
entendida como purificación, sacrificio y expiación. Con
frecuencia como preparación a celebraciones religiosas y
tiempos festivos. También se ha tenido siempre en cuenta el
aspecto positivo para la salud del cuerpo y del alma. Mediante
el ayuno religioso, el hombre estimula con la Aiscesis su
propia vida interior y espiritual, también en función de la
contemplación y como premisa para la iluminación interior y la
experiencia mística. Según la visión de la fe propia del Antiguo
y del Nuevo Testamento, el ayuno combate el pecado,
sostiene los propósitos de penitencia y protege del poder del
mal. Jesús, que ayunó durante cuarenta días antes de
comenzar su ministerio público, vio en el ayuno un arma en la
lucha contra Satanás, pero pone en guardia del exhibicionismo
de las «buenas obras». Según el consejo y el ejemplo de la
Biblia, al ayuno se le reconoció. desde los primeros tiempos de
la Iglesia, una gran importancia. frecuentemente relacionado
con las vigilias, las mortificaciones, la oración y la limosna. Por
eso, el ayuno se introdujo muy pronto en los ritos penitenciales
de la Iglesia, precisamente por
que se veía en él un arma contra el pecado y una defensa del
poder del mal. Los primeros días de ayuno atestiguados son el
miércoles (con referencia a la vida del Señor, del evangelio
según Marcos 14,1) y el viernes (día de la crucifixión de
Jesús), el viernes santo y el sábado santo, y luego toda la
semana santa, los días de preparación a determinados
acontecimientos (por ejemplo el bautismo) y a las fiestas del
año litúrgico. En la Iglesia romana al miércoles y al viernes se
le añadieron pronto, como días de ayuno, el sábado (día del
«reposo» de Cristo en el sepulcro) que, a partir del año 400
acabó por suplantar al miércoles. La Iglesia ''latina desarrolló
dos períodos de ayuno preparatorio: los cuarenta días de la
Quadrcigesima (o cuaresma), antes de Pascua, y las cuatro
semanas de Adviento, antes de Navidad. Las Iglesias
orientales (Iglesia ^ortodoxa) tienen cuatro períodos de ayuno
antes de las fiestas principales.
Desde el punto de vista puramente numérico, en la Edad
media occidental quedaban solamente 220-230 días al año en
los que no estaban prescritas algunas restricciones
relacionadas con el ayuno y la obligación de la abstinencia. Se
distinguían los siguientes tipos de ayuno: abstinencia completa
de alimento y bebida, comidas normales pero con abstinencia
de carnes, una sola comida al día sin carnes. Los alimentos
considerados adecuados para los tiempos de ayuno variaban
según las regiones y los climas, pero, en general, consistían
en harina de centeno y de trigo. frutos secos y diversas clases
de pescado. «Carne» se consideraba sólo la de los animales
de sangre caliente (por cuanto se refería al ayuno y la
abstinencia, el término se ampliaba también a los productos
derivados de estos animales, como leche, queso, grasas y
huevos); pescados, crustáceos y moluscos estaban permitidos,
por ser animales acuáticos. Esta última clase de animales,
cuyas carnes se consideraban lícitas, se interpretaba con
frecuencia, incluso en los monasterios, con cierta amplitud y se
aplicaba a «animales acuáticos» de toda especie (cercetas,
ocas, patos). Mitigaciones y excepciones eran frecuentemente
necesarias y bastante solicitadas, y podían obtenerse gracias
a especiales dispensas del ayuno por parte de los superiores
eclesiásticos.
Por su vinculación con la vida ascética, desde el principio los
anacoretas, monjes y monasterios, le reconocieron al ayuno
una gran importancia, al menos mientras se atenían
rigurosamente a las costumbres y a la regla y no cedían a una
praxis más moderada. En muchos puntos existieron (y existen)
notables diferencias en la historia del monacato, de los
monasterios y de las órdenes, dependiendo, sobre todo, de los
cometidos desempeñados por cada comunidad, tanto en el
pasado como en el presente. Entre las órdenes más austeras
de la Iglesia católica se encuentran aún hoy los Cartujos y los
Trapenses.
Barnabitas. El fundador principal de la Congregación de los
Clérigos Regulares de san Pablo, o Barnabitas (del nombre de
su casa madre de San Bernabé, en Milán), fue san Antonio
María Zacearía. Nacido en Cremona a finales del año 1502, de
una familia noble y rica, estudió letras en su ciudad natal. Tras
los estudios de medicina en la universidad de Padua, de vuelta
a Cremona, se entregó a la «vida espiritual», enseñando el
catecismo a los niños de la iglesia de San Vital. Ordenado
sacerdote en 1528, se prodigó en la predicación de «Cristo
crucificado» y en la «renovación del fervor cristiano». Fue
reclamado en Guastalla por la condesa Ludovica Torelli para
desempeñar el cargo de capellán. En 1530 tuvo ocasión de
frecuentar la compañía de la Eterna Sabiduría en Milán, donde
encontró a Bartolomé Ferrari (1499-1544) y a Santiago Morigia
(1497-1546), patricios mila- neses. Junto con ellos, y bajo la
dirección espiritual de fray Bautista de Crema, dio vida a la
congregación. denominada también
de los Hijos de san Pablo, que será aprobada oficialmente por
el papa Clemente VII el 18 de febrero de 1533 y confirmada
por Paulo III el 21 de julio de 1525. En el mismo período,
Zaccaría fundó el instituto de las religiosas Angélicas de San
Pablo, rama femenina de la orden, aprobada por el pontífice el
15 de enero de 1535. Las religiosas no estaban obligadas a la
clausura, sino que colaboraban con los Barnabitas, como lo
demuestran las misiones del Véneto, en la primera mitad del
siglo XVI. Constituyó, además, los Casados de San Pablo, o
Sociedad de Esposos, formada por hombres y mujeres
también casados, que compartían con pleno derecho el
espíritu y la actividad de los sacerdotes. La espiritualidad de la
congregación se caracteriza desde el comienzo por una
intensa vida de renovación interior, centrada en el crucifijo y en
la eucaristía, y por un fuerte sentido comunitario y un
compromiso especial por la reforma de las costumbres. Así
expresaba el fundador el «verdadero fin»: «El
puro honor de Cristo, la pura utilidad del prójimo, los puros
oprobios y desprecios de sí mismos». A los Barnabitas se les
debe la costumbre de repicar las campanas el viernes, en
memoria de la muerte de Cristo, y de las Cuarenta horas. En el
siglo XVII. la educación escolar de la juventud llegó a ser una
de las actividades principales de la congregación, junto al
trabajo en las parroquias, las casas de espiritualidad y las
misiones extranjeras. Zaccaría murió en Cremona el 5 de julio
de 1539 y fue canonizado por León XIII el 27 de mayo de
1897. La insignia de la orden es una cruz muy sencilla que se
alza sobre tres montañas, siguiendo el espíritu y el modelo
propuesto desde siempre a los Barnabitas: san Pablo. El
Apóstol de las gentes es el patrono principal de la
congregación.
En 1996 los Barnabitas eran casi 400. las religiosas Angélicas
250, y los laicos de san Pablo alcanzaban el centenar.
Basilios. En el Medievo latino se llamaban erróneamente
Basilios todos los monjes de rito griego (Iglesia oriental). Se
partía de la suposición equivocada de que todos los monjes
ortodoxos vivían según la «regla» de san Basilio Magno (t
379), lo mismo que los monjes del occidente latino seguían la
regla de san Benito. La «regla de san Basilio» no existe. Para
el monacato oriental, los escritos y exhortaciones de san
Basilio, dirigidos a la vida monástica, son una fuente de
espiritualidad. pero no una norma de vida fijada por escrito, en
el sentido de las reglas monásticas occidentales. Mas
adecuada es la descripción de «Basilios» como monjes
griegos que en la Edad media vivían en Italia y España y que
fueron favorecidos sobre todo durante el período de la
dominación normanda en Sicilia y en Italia meridional. Sólo a
partir del papa Honorio III (1216- 1227) los papas consiguieron
tener autoridad sobre el monacato griego de Italia meridional.
Hoy el único monasterio de este tipo es la abadía de
Grottaferrata. cerca de Roma. Los Basilios de rito latino fueron
suprimidos en España con la Zdesamortización de 1855. En
las Iglesias orientales unidas a Roma, comunidades más
recientes, con el nombre de Basilios, unen a la vida
contemplativa la actividad de la cura de almas.
Beaterío de Jesús, María y José.
Fue D. Diego A. De Viera y Márquez quien, en 1788, dio vida
en Alcalá de los Gazules (Cádiz) al Beaterío de Jesús, María y
José (JMJ), con el fin específico de la enseñanza y el cuidado
de enfermos v ancianos.
Begardos (llamados también Lolardos). Se encuentran, dentro
de los movimientos mendicantes medievales, a comienzos del
siglo XIII, en Holanda, y más tarde en Renánia y en otros
lugares. Aunque inferiores en número e importancia,
representan la versión masculina de las /Begui- nas. Las
comunidades masculinas de Begardos se situaban, como las
Beguinas, entre el estado religioso y el estado laical.
Inicialmente sin verdaderos votos monásticos, pretendían
llevar una vida sencilla, acorde con el evangelio; vivían
generalmente de su trabajo manual (a menudo como
tejedores) o se dedicaban especialmente al cuidado de los
enfermos y a sepultar a los difuntos. Los Begardos cayeron
pronto bajo la sospecha de herejía y también su conducta cayó
en descrédito; en 1311, en el concilio de Viena, fueron
condenados, aunque también tuvieron defensores. En el siglo
XV las comunidades que sobrevivieron adoptaron la regla de
san ^Agustín o se adhirieron a la tercera orden franciscana (/*
Terciarios). Los Begardos desaparecieron ya hacia el final de
la Edad media. De las comunidades de Begardos derivaron, ya
antes del siglo XIV. las comunidades de los f Alejianos,
existentes aún hoy.
Beguinas. (Término de origen holandés). Son mujeres
jóvenes, célibes o viudas, que, a partir de
finales del siglo XII, se reunían en comunidades orientadas a
la vida religiosa común y a las obras de amor cristiano al
prójimo, y también para asegurarse cierto sistema de vida
social. Comunidades de este tipo se formaron en Holanda,
Francia y Alemania: instituciones parecidas a esta surgieron
también en casi todos los países de la cristiandad occidental
de la Edad media. Durante la época de la reforma protestante,
en algunos lugares tuvieron un nuevo llore- cimiento. En
Bélgica y en Holanda se han conservado hasta hoy algunas
casas de Beguinas o be- guinajes. El nacimiento del beguinismo, en sus formas femenina y masculina (^Begardos),
no puede relacionarse con determinadas personas o lugares.
Tuvo origen a partir de la aspiración a una cristianización más
profunda que, a partir de los siglos XI y XII, afectó a toda la
cristiandad occidental. Expresión de esta nostalgia son, en esa
época, las numerosas reformas dentro de la vida religiosa, el
nacimiento de nuevas y más severas órdenes y la fuerte ola de
nuevas fundaciones monásticas. Todas las clases sociales,
clérigos y laicos, hombres y mujeres, se vieron involucradas
por esta tensión hacia una vida acorde con el Evangelio. Esto
es especialmente visible en el variegado movimiento
mendicante del Medievo, contemporáneo a la aparición de las
Beguinas. Es difícil
encontrar fuentes que ilustren sus comienzos. El movimiento
mendicante fue recuperado por la Iglesia sobre todo con las
Ordenes f mendicantes, principalmente los Hermanos Menores
de san Francisco de Asís y los Predicadores de santo
Domingo, a comienzos del siglo XIII. En cambio, en aquel
período se desligaron de la Iglesia grupos como los Cataros o
los Valdenses, primero sospechosos de herejía y, finalmente,
duramente perseguidos.
En el beguinismo tomó forma, a partir de Europa del norte
(Holanda, Renania septentrional), un movimiento religioso
laical, mantenido por mujeres y hombres deseosos de llevar
una vida evangélica al margen del estado clerical y religioso.
Este movimiento encontró total apoyo por parte de algunos
representantes de las autoridades seculares y espirituales,
pero con frecuencia cayó en sospecha de herejía y fue
también combatido a causa de las actividades económicas de
sus secuaces.
Las acusaciones de herejía condujeron a la condena de las
comunidades de Beguinas y Be- gardos en el concilio de
Viena, en 1311. Inmediatamente después, los «ortodoxos»
consiguieron nuevamente la aprobación y la protección de la
Iglesia. Mientras la rama masculina (los Begardos)
desapareció en la alta Edad Media, la femenina (las Beguinas)
experimentó una notable expansión, sobre todo en Holanda y
Renania septentrional. No obstante cierta ambigüedad jurídica,
las casas de las Beguinas ofrecieron alojamiento social y
asistencia espiritual a miles de mujeres, a las que, por diversos
motivos, no les era posible ingresar en una orden o en una
comunidad monástica. Las más seguras eran las comunidades
que, en forma jurídicamente bastante libre, se habían asociado
a los conventos de las órdenes mendicantes, sobre todo los
Franciscanos y Dominicos, pero también los Cis- tercienses y
Premostratenses, y habían apoyado su vida espiritual en la
obediencia a la Tercera Orden de san Francisco de Asís o a la
regla de san Agustín.
Las mujeres vivían juntas en «beguinajes», pequeños o
grandes, bajo la guía de una «maestra» (magistral sin ningún
tipo de clausura monástica. Sus ocupaciones consistían en la
oración, el trabajo manual, la asistencia a los enfermos
(incluso fuera de su ambiente), sepultar a los muertos y, con
frecuencia, también enseñar a las adolescentes. Precisamente
por el tipo de actividad desarrollado por las Beguinas, sus
casas surgían en las ciudades, desde Holanda y Francia
septentrional, a través de toda Alemania septentrional hasta
Livonia, Alemania central, Silesia, Polonia y Bohemia, en las
ciudades situadas a lo largo del Rin, y de forma aislada
también en Alemania meridional, Francia meridional e Italia.
En la segunda mitad del siglo XV había en Colonia 106 casas
de Beguinas (cada una con una comunidad femenina), 85 en
Estrasburgo, 28 en Maguncia y 22 en Basilea. En el siglo XVII
sólo el beguinaje de Bruselas contaba con unas mil mujeres.
Ante semejantes cifras, se puede advertir la dimensión
totalmente positiva del fenómeno de las Beguinas en la historia
del movimiento femenino. Hasta el siglo XIV las Beguinas
provenían sobre todo del patri- ciado ciudadano, de la nobleza
rural y de los sectores medios ciudadanos (burguesía,
artesanos y comerciantes de cierto nivel); posteriormente
prevaleció el número de mujeres provenientes de los sectores
sociales más bajos.
Benedictinas de la Providencia
(HBP). Deben su nombre a la fundadora. Benita Cambiagio
Frassinello. quien en 1838, entre estrecheces, penalidades y
calumnias, dio vida, en Ronco Scrivia (Génova, Italia), a esta
congregación, dedicada a la educación de la juventud, sobre
todo la más necesitada.
Benedictinos. /. Benito de Nur- sia. El año 593/594, unos
treinta después de la muerte de Benito, el papa Gregorio
Magno narró la vida del abad de Montecassino en el segundo
libro de los Diálogos, la más antigua y excepcional fuente
sobre él. Por otro lado, no se trata de una biografía en sentido
moderno. Como Egipto y las Galias podían sentirse orgullosos
de las Vidas de san Antonio y de san Martín, así Gregorio
quería «narrar algunos milagros del venerable varón Benito,
para alabanza del Redentor» (Dial. 1,12). Gregorio eligió a
Benito, prefiriéndolo a todos los monjes, abades y obispos, y lo
puso en el centro de sus Diálogos. Cuando en 1987 F. Clark
sostuvo que Gregorio no era el autor de esta obra, no tuvo que
esperar mucho tiempo la respuesta de algunos doctos monjes.
«Según el estado actual de la investigación, el intento de Clark
de presentar los Diálogos como una adulteración debe
considerarse fracasado», afirmaba tajantemente P Engel- bert
en 1989.
A pesar de la carga legendaria que les caracteriza, en los
Diálogos puede descubrirse, pues, un núcleo histórico cierto.
Benito nació en una familia noble del territorio de Nursia, en
Sabina. Las fechas tradicionales de su vida -nacimiento en
torno al año 480, estancia en Roma en el 500, traslado a
Montecassino en el 529. muerte alrededor del 547- son sólo
hipótesis. Su nacimiento se sitúa hoy generalmente entre los
años 480 y 490; su muerte está datada entre el 555 y el 560
(E. Manning llega hasta el 575). Benito f ue enviado a Roma a
estudiar, pero sólo permaneció allí por breve tiempo.
Disgustado por la conducta inmoral de la Ciudad Eterna, siguió
su vocación a la vida espiritual. Al comienzo se retiró a Afilie,
en la soledad de los montes Sabinos, trasladándose después
al valle del Aniene, junto a Subiaco, a 75 kilómetros al este de
Roma. Durante tres años permaneció oculto en una cueva.
Cuando se hizo famoso, le fue confiado el gobierno de una
comunidad de monjes que había en las proximidades. En este
primer cargo como superior monástico no tuvo éxito y volvió a
Subiaco. Su fama atrajo a numerosos ascetas, doce de los
cuales fueron enviados a monasterios situados en las
montañas, cada uno a la cabeza de una comunidad de doce
monjes. Benito, en cambio, permaneció en el monasterio
principal con algunos de sus discípulos. De la narración de
Gregorio no puede deducirse que en Subiaco Benito pensara
en una comunidad monástica al estilo de Paco- mio (t
alrededor del año 347).
Las asechanzas de un sacerdote envidioso que vivía por
aquellos parajes, movieron a Benito a dejar Subiaco. Se dirigió
hacia el sur y se estableció con algunos discípulos en el
Montecassino, a unos 140 kilómetros de Roma.
En el monte, en un templo dedicado a Apolo (o a Júpiter), se
practicaba aún el culto pagano. Benito destruyó aquel lugar y
consagró allí un oratorio dedicado a san Martín, anunciando a
los habitantes de aquellas tierras la fe cristiana. En la cima del
monte surgió un segundo oratorio en honor de san Juan
Bautista.
Los Diálogos mencionan solamente el paso de Subiaco a
Montecassino, donde Benito fundó un monasterio autónomo,
con el espíritu de su regla. Según parece, ya no volvió a dejar
su monasterio. Después de haber enterrado a su hermana
Escolástica, virgen consagrada a Dios, en su propia tumba,
murió y fue sepultado también él en Montecassino.
De la vida de Benito se traslucen constancia y perseverancia.
Sólo una vez cambió el lugar donde ejercía como superior
monástico, y fue contra su voluntad. Durante su vida, su obra
fue limitada y sus milagros poco importantes. Mantuvo
relaciones con personalidades relevantes que le confiaron a
sus hijos para que los educase. A obispos respetables y
monjas de abolengo les gustaba visitarlo con frecuencia. Sus
novicios provenían de familias cultas. Si Benito hubiera sido
sacerdote, seguramente el papa Gregorio lo habría
mencionado. Gregorio sabe bien que Benito ha redactado una
regla
monástica. En efecto, escribe: «En medio de muchos milagros,
a través de los cuales el hombre de Dios resplandeció en el
mundo, él brilló especialmente por la palabra de su doctrina.
Efectivamente, ha redactado una regla para los monjes, única
en su moderación, llena de luz en la exposición. Quien quiera
conocer mejor su vida y su conducta, hallará en los preceptos
de esta regla todo lo que él, como maestro, ha vivido antes. En
efecto, el santo no podía enseñar nada distinto de lo que
vivía» (Dial. 2,36). Por lo que respecta a la localización
histórica de Benito, existen dos puntos fijos: Gregorio cita al
obispo Sabino (f alrededor del año 566) de Canusium
(Canosa), en las Pullas, y al rey Totila (t 552). Sabino había
estado con Benito cuando la caída de Roma, ocupada por
Totila el 17 de diciembre del año 546. El papa narra también
una visita de Totila a Montecassino (Dial. 2,14ss).
2. La regla de san Benito. San Benito redactó su regla
monástica (Regula Benedicti = RB) el cuarto o quinto decenio
del siglo VI, en Montecassino; en su redacción no tenía en
cuenta sólo su propio monasterio, sino que pensaba también
en otros monasterios, de diversa magnitud, situados en
enclaves geográficos y climáticos diversos. La regla monástica
está escrita en el latín vivo del siglo VI, hablado en Italia por
las clases medias y altas. La RB permite una visión general de
las formas de vida monástica. Comienza con un prólogo,
según el estilo de los antiguos discursos de exhortación, y
concluye con un epílogo. En la primera parte se presentan las
estructuras fundamentales de la vida monástica: abad y
comunidad de hermanos (cc. 2-3), la vida espiritual (cc. 4-7),
ordenación del oficio divino (cc. 8-20), colaboradores del abad
y castigos (cc. 21-30), administración del monasterio (cc. 3157). Las partes siguientes proceden de forma orgánica. La
segunda tiene como objeto la aceptación de nuevos miembros
(cc. 58-63), la tercera trata de la elección del abad y el
nombramiento del prior (cc. 64- 65), la cuarta establece las
reglas de la clausura y de la portería del monasterio (c. 60).
Otras indicaciones se encuentran en los últimos capítulos (6772).
Aparte de la Biblia, ninguna obra de la antigua literatura
cristiana tiene una tradición manuscrita tan amplia como la RB.
L. Traube ha intentado reconstruir la historia del manuscrito
original de la RB (= Ü). El año 577, los monjes, ante el avance
de los longobardos, abandonaron Montecassino y huyeron al
monasterio de Letrán, en Roma, llevando consigo el
manuscrito original. Este manuscrito llegó luego a la biblioteca
pontificia de Letrán.
Poco después del 717, el abad Petronace volvió a
Montecassino. El monasterio fue reconstruido y, en torno al
año 750, el papa Zacarías le envió el manuscrito de la RB.
Aquí permaneció el precioso documento hasta el año 883.
Cuando los sarracenos amenazaron a la abadía, el códice de
la regla fue trasladado a Teano, donde, el año 886 fue
destruido por un incendio. Después del año 787, por deseo de
Carlomag- no, se había hecho una copia del texto de la regla
y, junto con un escrito de acompañamiento del abad
Theodemar, se había enviado a Aquisgrán. Este ejemplar
normal de Aquisgrán (A) se conservó en la biblioteca de la
corte y lo habría utilizado después el abad Benito de Aniano (f
821) como base para su reforma monástica en Francia.
También este ejemplar de la RB (A) desapareció; pero se
habían hecho copias e incluso los manuscritos ya existentes
se habían corregido según él.
En el monasterio reformado de Inda, en Aquisgrán, los monjes
Grimaído y Tatto de Reiche- nau, por encargo de su
bibliotecario Regimberto, hicieron una copia de A. Cuando, en
el año 840. Gri maído llegó a ser abad de Sankt Gallen, pudo
llevar consigo la transcripción de la copia A de la regla. Desde
entonces esta se encuentra, registrada como Codex
Sangallensis 914, en la
biblioteca del monasterio de Sankt Gallen. Según R. Haslink,
el códice es, en todo caso, una copia fiable del ejemplar que
Grimaldo y Tatto transcribieron en Inda. El Codex Sangallensis
9/4 (A) del año 817 es un representante del denominado
Textus puras. Sus características son: a) escrito en latín
espurio (Obscul- ta al comienzo del prólogo, en vez de
Ausculta); b) prólogo no abreviado (1-50); testimonios
precedentes son los que se refieren al llamado Textus
interpola- tus; el principal representante de este grupo es el
llamado Codex Oxoniensis Hatton 48 (O), que fue escrito en
Inglaterra, en torno al año 700. Con ligeras correcciones,
añadiduras y omisiones, el texto interpolado tuvo origen
seguramente en Roma en el siglo VII. Sus características son:
a) asimilación de la lengua a la gramática clásica y, así, el
comienzo del prólogo es Ausculta; b) falta de los versillos 4050 del prólogo. En el siglo IX se ha de dejar constancia de la
progresiva contaminación de las dos tradiciones textuales del
denominado Textus receptus. La división de los manuscritos
según el esquema tradicional (Textus puras, interpo- latas,
receptas) ya no es incontestada. R. Haslink, cuya edición
crítica de la RB apareció en 1977 en segunda edición como
LXXV volumen de la edición vienesa de los padres de la
Iglesia (CSEL), ha
ampliado el esquema a un cuarto grupo de manuscritos. El ha
examinado y confrontado trescientos manuscritos, poniendo
sesenta de ellos a la base de su edición crítica.
Hasta 1933 se consideraba generalmente que la Regula
Magis- tri (RM) era una compilación de RB. En esa época, por
encargo de la congregación francesa de los Benedictinos, A.
Genestout comenzó a estudiar la RB, con la finalidad de
preparar una edición crítica. En 1935 incluyó la RM en sus
investigaciones y llegó a la conclusión de que la RM había
sido, en muchas de sus partes, el modelo literario y monástico
más importante de la RB. Eso significaba un vuelco radical en
la opinión más difundida entonces sobre las relaciones de
dependencia entre los dos textos. Gracias a una comparación
crítica de las secciones textuales comunes a ambas reglas,
Genestout se inclinó por la hipótesis de que la RM, desde el
punto de vista lingüístico y teológico, había que situarla en una
época anterior a la RB. Resultó que no había sido el Magister
quien había corregido el texto de Benito, sino Benito quien
había corregido el del Magister. Investigaciones paleográficas
confirmaron su revolucionaria tesis de la prioridad de la RM.
Los primeros manuscritos de la RM son decididamente más
antiguos que los más
antiguos manuscritos de la RB. El Códice 12634 de la
Biblioteca Nacional de París había sido escrito a fines del siglo
VI en Italia meridional; el Códice 12205 de la misma biblioteca
había tenido origen en el mismo contexto geográfico, alrededor
del 600. Este hecho no prueba todavía la prioridad de la RM.
Pero, además de las observaciones paleográficas, la tesis de
Genestout se ve reforzada por investigaciones de crítica
textual y de orden lingüístico. Suponiendo que la RM hubiera
sido escrita durante el siglo VI, después de la RB, sería difícil
comprender por qué el Magister no tuvo en cuenta los últimos
capítulos de la RB (67- 73). En el contexto de la RM no se da
ningún motivo que justifi- .que esta omisión.
¡Qué impresión debió producir este descubrimiento en muchos
que hasta entonces habían venerado a Benito de Nursia como
padre del occidente y patriarca del monacato occidental!
Recibieron esta desconcertante tesis como un inoportuno
desencantamiento y como una injustificada desmitización del
autor de la RB. Pero el temor de desprestigio de san Benito
era infundado. Gracias a los resultados de la investigación
crítica de los últimos cincuenta años, y sacando a la luz la
verdad histórica, la RB no ha perdido en absoluto su
importancia. Los perfiles de la figura
de Benito y la verdad de lo que hizo aparecen ahora con una
luz más diáfana.
Es un mérito del benedictino francés A. de Vogüé haber
presentado de manera convincente la prioridad de la RM con
su obra en tres volúmenes, La Regle clu Maitre, de 1964-1965.
Él opina que la RM tuvo origen por los años 500 y 535, en los
alrededores de Roma. En parte, Benito transcribe literalmente
la RM. Al constatar este dato hay que observar que los
antiguos no tenían la idea de plagio. Estas son las partes de la
RB que están directamente vinculadas a la RM: prólogo 5-45,
50; capítulo 1,1- 11; 2, I - 18a, 18b-25, 30, 35-37; 4, 1-7, 9-59,
62-74; capítulos 5- 7. «Benito pasa por alto muchísimas cosas,
pero también da bastantes por supuestas; con frecuencia
abrevia, introduce elementos, resume capítulos de la RM en
uno solo, y otras veces los divide. Mientras la RM enlaza
lógicamente entre sí los distintos capítulos, Benito prefiere
aislarlos, pero resume sus capítulos con mayor energía» (B.
Steidle). Aceptada en general la prioridad de la RM. san Benito
y la RB se han visto de una forma totalmente nueva. Con la
investigación histórico-crítica de los últimos cincuenta años ha
tenido lugar una valoración de la RB completamente diferente.
3. El camino para la plena
afirmación de la RB. Premisa de la RB es el tesoro de la
tradición monástica, tal como se vivía en los monasterios de
Italia. El autor de la regla monástica conoce autores como
Juan Casiano y Basilio de Cesárea, así como las biografías de
los padres del monacato. Él recomienda esta espiritualidad a
aquellos que «en la vida monástica se apresuran hacia la
perfección» (c. 73). Con admirable sabiduría, Benito ha sabido
valorar la tradición monástica, adaptándola a la vida de su
propio monasterio. En medio del variegado y desbordante
movimiento monástico de su tiempo, la RB se distingue por su
orden y equilibrio. Benito no carga el itinerario hacia su forma
de vida con dificultades inusitadas y gravosas. El camino que
conduce a su monasterio debe estar abierto a toda persona
que busque a Dios con sinceridad. A la cabeza de la
comunidad monástica está el abad, elegido por todos, que
lleva toda la responsabilidad del monasterio. Todos los monjes
deben obediencia a su autoridad, ligada a la regla. En el
gobierno del monasterio le ayudan el prior y el celdario, el
maestro de novicios y otros. Con ocasión de algún
acontecimiento importante, además del consejo de los más
ancianos, debe escuchar la opinión de todos los monjes. La
RB tiende a ordenar todo lo referente a la vida monástica
como desean los que son más capaces, pero de tal modo que
los mas débiles no sucumban. Está rigurosamente prohibida la
posesión de bienes, y nadie puede usar libremente de ellos.
Sin embargo, el monje puede pedir al abad todo lo que sea
necesario. A modo de síntesis, se puede citar aquí el juicio del
franciscano K. S. Frank sobre san Benito: «En su regla plasmó
un conjunto de leyes totalmente posible de vivir, sencillo y
práctico, comedido y adaptable en sus exigencias ascéticas».
No es posible establecer con certeza si la RB se observó
también en otros monasterios en vida de san Benito -como tal
vez en su fundación de Terracina (Dial. 2,22)-. Desde el año
577, Montecassino permaneció en ruinas durante casi 140
años. Benito parecía olvidado y la difusión de su regla
procedía muy lentamente. Durante todo el siglo VII, Benito
permaneció en la oscuridad; no sabemos nada de la difusión
de su regla monástica en Italia y en Roma. ¿Cuándo y dónde
se comienza a encontrar la RB? Alrededor del año 620 se
encuentra por primera vez en Francia meridional.
Aproximadamente a partir del 628, los monjes de san
Columbario vincularon su regla (regla de san ^Columbario) con
la RB. como también con otros escritos legislativos
monásticos. Para el perdo siguiente se habla, por lo tanto, de
«período de las reglas mixtas» (/"regla mixta).
La RB aparece al lado o, mejor, a la sombra de la regla de
Columbario: en el año 632 en Solignac, en el 635 en Rebais,
en el 640 en Nivel les, en el 649 en St. Wandrille y en el 651
en Fleu- ry. En el sur, sobre todo en Lé- rins, alrededor del
660, se puede constatar la observancia de la regla mixta.
Tampoco en España, en el siglo Vil, el monaquismo debió
estar caracterizado exclusivamente por la RB. Sin ninguna
duda, el sínodo de Withby tiene una importancia decisiva para
la afirmación de las costumbres romanas, y también de la RB,
en Inglaterra (Wilfrido la introduce en los monasterios ingleses
como la «regla romana»); pero todavía a finales del siglo Vil la
Vida del abad Benito Biscop (f 691) nota que había estudiado
la regla de diecisiete monasterios. Biscop, que gracias a sus
numerosos viajes a la Galia y a Roma se había puesto en
contacto con la cultura latina, creó en Inglaterra un nuevo tipo
de monasterio como centro de arte y saber: Wear- mouth en el
año 674, y Jarrow en el 681. Jarrow es el monasterio de Beda
el Venerable, en quien las posteriores generaciones de monjes
vieron un modelo de benedictino. En su Historia eccle- siastica
gentis angla non, Beda podía afirmar de sí mismo: «He
puesto todo cuidado en el estudio de las Escrituras y, además
de la observancia de la disciplina regular y el cuidado diario del
canto del oficio eclesial, siempre he experimentado gozo en
aprender, enseñar y escribir» (V,24).
El año 651 se fundó en el corazón de Francia la abadía de
Fleury, dotada de grandes beneficios. También allí se ha de
constatar, desde los comienzos, un gran interés espiritual por
la regla. En el 672, una delegación enviada desde este
monasterio a las ruinas de Montecassino se puso a la
búsqueda de los restos de Benito. Y con éxito. El día 11 de
julio del 673 ó 674, las reliquias pudieron ser depositadas en la
cripta de la basílica de Santa María. Muy pronto, el día I 1 de
julio se comenzó a celebrar la fiesta de la deposición de san
Benito, y no sólo en Fleury: a partir del año 702 ó 704 está
documentada también en Ripon, en Inglaterra. Fue Inglaterra
el primer lugar donde la RB consiguió afianzarse como regla
única. Desde Inglaterra alcanzó después los demás países
europeos.
Tras la refundación de Montecassino, el año 717, es fácil
suponer una difusión de la RB a partir de Italia. Era la época
del entusiasmo romano en el reino de los Francos, como lo
testimonian las peregrinaciones a la tumba de san Pedro.
Como el papa Gregorio había celebrado a Benito de manera
totalmente extraordinaria, se le consideraba Abbas rom insis
(Co- dex Veronensis, siglo VIII). Benito y Roma, a los ojos de
los países nórdicos, eran exactamente lo mismo. Los sínodos
francos del 743 y 744 prescribieron de manera vinculante la
introducción de la RB. Fulda, la abadía más amada por san
Bonifacio, que la había fundado el año 744. recibió en la
persona de Sturmio un abad que había pasado todo un año en
Montecassino. Respetando las pautas de san Bonifacio, no
sólo se observó la RB, sino que incluso la mesa y el modo de
vestir se regularon de acuerdo con los usos de Montecassino.
4. La Edad media. Cari omagno, preocupado de que en los
monasterios del reino de los Francos hubiera una única
observancia, ordenó llevar un ejemplar de la RB a Aquisgrán,
el año 787: con este mismo hecho puso fin a la época de las
reglas mixtas. Sin embargo, la total afirmación de la una
consuetudo, es decir, de la observancia de la RB en todos los
monasterios, no se consiguió hasta los sínodos de Aquisgrán
de los años 816 y 817.
En los años 816-819 el abad reformador de Inda, Benito de
Aniano, o Benito II, como lo llaman fuentes contemporáneas,
promovió, gracias al apoyo de Ludo vico Pío, la unificación de
la observancia monástica. Explicó la RB a los participantes del
sínodo de Aquisgrán del año 816, y defendió como bueno todo
lo que concordaba con esta regla. El capitular monástico,
publicado bajo su influjo el 23 de agosto del año 816, llegó a
ser ley del imperio y norma vinculante para todos los monjes
del reino de los Francos. A la oposición, ligada a la tradición de
las reglas mixtas, Benito de Aniano le mostró con su
Concordia recularían que la una consuetudo monástico, en el
fondo, no estaba en contradicción con la tradición seguida
hasta entonces. El abad del imperio trató de aproximarse todo
lo posible al estilo de vida de Benito de Nursia y sus monjes
del siglo VI. La oración coral habría de regularse en lo
sucesivo de acuerdo con las indicaciones de la RB. A partir de
Benito de Aniano es cuando podemos hablar de monasterios
benedictinos en sentido estricto. Los anteriores conceptos de
monje y monasterio deben sustituirse por los de benedictino y
monasterio benedictino. La dieta imperial de Aquisgrán del año
816 quería llegar a una neta distinción entre ordo monásticas y
ordo canónicas. El verdadero rasgo distintivo del monje con
respecto al canónigo (^canónigos) consistía en la pobreza
personal. El monje debía dejar la cura de almas y permanecer
en el monasterio por toda la vida. La reforma de Benito de
Aniano marcó en profundidad a los Benedictinos de los siglos
IX y XII. El monasterio había alcanzado un puesto estable en
la vida ecle- sial y en la del Estado, gracias a la celebración de
la liturgia y a sus actividades culturales y económicas. El
monasterio de la RB fue al principio una comunidad laical
(/monacato laical), en la que había uno o varios sacerdotes
para la celebración de la eucaristía: «Si el abad desea que sea
ordenado un sacerdote o un diácono para su comunidad, elija
a uno de sus monjes que sea digno de ejercer el sacerdocio»
(RB 62,1). En los monasterios del siglo IX. en cambio, la
ordenación sacerdotal se consideraba generalmente como
coronación y plenitud de la vida espiritual. El monasterio se
había convertido en una comunidad clerical, en la que casi
ningún monje se quedaba privado de la ordenación hasta la
muerte. Si durante los primeros siglos las plegarias monásticas
-exceptuando la celebración de la misa- las formulaban los
laicos, ahora todos los momentos importantes de oración los
realizaban los sacerdotes. Es más, el monasterio había
llegado a ser un «lugar de liturgia altamente oficial» (A.
Angenendt). El número de altares aumentó notablemente,
debido al auge del culto a las reliquias y la creciente necesidad
de celebrar misas. Ya Benito de Aniano recomondaba el uso cultual del deambulatorio del ábside. Además
de la celebración común del oficio coral, pronto cada monje
celebró diariamente su misa privada. A la muerte de un monje
cada sacerdote de su monasterio debía celebrar tres misas.
En el monasterio de Sankt Gallen se ha conservado el plano
ideal de un ^monasterio carolingio. Reserva un espacio propio
para la sedes scriben- tium. Desde tiempos antiguos formaba
parte del monasterio un scriptorium (escritorio) y una
^biblioteca. En la Epístola de litteris colendis Carlomagno
había exhortado a los monjes a tomar parte en la renovación
cultural. Los scriptoria de los monasterios acogieron con
entusiasmo la invitación a conservar los textos antiguos. Los
mayores catálogos de la era carolingia, como el de Reichenau,
del año 822, catalogan un patrimonio que va desde 400 hasta
más de 600 volúmenes. Los códices de estas bibliotecas
estaban escritos en pergamino. Con el término pergamino se
entiende una piel sin curtir de cabra, oveja o ternero de la que
se eliminaba la carne, la materia grasa y los pelos, mediante
inmersión en una solución de cal; después se procedía a
encalarla y a pulirla. Tanto la parte interior (carne) como la
exterior se prestan bien para la escritura. «La primera época
carolingia perfeccionó la escritura minúscula que, no obstante
la libertad de expresión de cada uno de los scriptoria,
garantiza una clara legibilidad, armoniosas proporciones y
natural fluidez en la forma de cada uno de los escritos» (B.
Bischoff). En las bibliotecas monásticas predominaba la
patrística latina, junto a autores clásicos antiguos. Italia era la
fuente, es más, una verdadera mina, de libros antiguos. La
época carolingia es también la gran época de las miniaturas.
Los ^evangeliarios con sus ilustraciones canónicas y las
imágenes de los evangelistas son los códices preferidos por
los miniaturistas. De la época carolingia se conservan entre
siete y ocho mil manuscritos.
En la Admonitio generalis, del año 789, Carlomagno ordenó
que en todos los monasterios se instituyeran escuelas. El
sínodo de Maguncia del año 813 recomendaba a los creyentes
que «mandaran a sus hijos a la escuela. ya estuviera en un
monasterio o en el domicilio de un eclesiástico». Las escuelas
monásticas acogían en casi todos los países a los hijos de los
señores, de las familias nobles que mantenían el monasterio,
del patrono o alcalde, como también de los bienhechores y
amigos del monasterio. Sin embargo, en el año 817, Ludovico
Pío, por influjo de Benito de Aniano, dispuso que «en adelante
los monasterios deberán instituir una escuela interna sólo para
sus propios oblatos (/ oblato)». Para suavizar estas severas
prescripciones, muchos monasterios fundaron junto a la
escuela interna, una escuela externa, reservada a los laicos.
En el monasterio de Sankt Gallen existen espacios
expresamente pensados para los dos tipos de escuela. El
abad Sturmio introdujo en Fulda las clases anuales. Las
disciplinas no siempre coincidían con las del antiguo trivio y
cuatrivio. Las escuelas monásticas aportaron una atmósfera
de elevada cultura entre los monjes, ya que implicaban el
perfeccionamiento y permanente puesta al día de los
maestros.
Pero, ¿cómo reclutaban los monasterios a sus futuros
miembros? El concilio de Toledo, del año 633, establecía: «Se
llega a ser monje por la oblación hecha por parte del padre, o
bien por la profesión personal». La oblación de los niños (RB
59) estaba muy difundida; muchos monjes anglosajones. como
Willibrordo, Bonifacio, Lullo y Willibaldo eran pueri oblad.
Bonifacio preguntó al papa Gregorio II (f 731) si estos niños, al
alcanzar la mayoría de edad, podían dejar el monasterio. El
papa confirmó el carácter irrevocable de la oblación hecha por
los padres. Esta forma de reclutamiento de nuevos miembros
para el monasterio tenía ventajas económicas y personales.
Sin embargo, al hombre moderno le resulta muy difícil de
entender. La presentación de los niños se entendía como una
oferta a Dios, según el modelo vete- rotestamentario de
Samuel (cf 1 Sam 1,21-28).
Una decadencia generalizada de la vida monástica fue la
consecuencia de la crisis económica, espiritual y religiosa que
siguió a la disolución del imperio carolin- gio. Las incursiones
de los sarracenos, normandos y húngaros, tuvieron también su
parte en todo esto. Los monasterios fueron asignados por los
señores seculares y eclesiásticos a sus vasallos que, como
abades laicos, se preocupaban exclusivamente del patrimonio,
no dejando a los monjes casi nada. En Francia y en Lorena, en
la segunda mitad del siglo IX. se registran numerosos casos
de estos codiciosos abades laicos. En Inglaterra, por ejemplo,
el monaquismo desapareció casi por completo; por esta razón
el siglo X se considera como el siglo oscuro de la historia del
monacato benedictino. Y sin embargo, la renovación de la
Iglesia llegó precisamente gracias a los monjes y, no en último
término, a los benedictinos que ocuparon la sede de Pedro,
desde Gregorio Vil hasta Gelasio II.
La reforma partió de diversos monasterios, pero el centro más
significativo, por su permanente influjo y por la amplitud de
su incidencia, fue la abadía de Cluny. fundada el año 912. El
patrimonio de este monasterio se sustrajo a toda clase de
influjo extraño desde el momento de su fundación por obra del
duque Guillermo de Aquitania. Gracias a la sumisión del
monasterio a la protección de la Santa Sede, la abadía
borgoñense llegó a estar exenta de la autoridad episcopal
(^exención). «Para los abades de Cluny. la difusión de una
observancia fue un instrumento para garantizar la reforma de
los monasterios, gracias a su independencia de los obispos y
de los señores feudales del lugar: se trataba casi siempre de
monasterios que Cluny había obtenido como donación de sus
fundadores o propietarios, que se le habían unido por voluntad
de obispos y papas o cuya anexión habían solicitado ellos
mismos» (J. Le- clerq).
La difusión de la reforma /"cluniacense se llevó a cabo sin
ninguna intención de dominio sobre los demás monasterios
por parte de Cluny. Fue este un monasterio importantísimo,
que ningún historiador de la Edad media puede olvidar. Desde
el año 900/ 910 hasta la muerte de su último gran abad. Pedro
el Venerable (1 155), la orden de los Clunia- censes marcó de
forma decisiva la vida de la Iglesia de aquel tiempo. Se cree
que el número de sus monasterios llegó a ser de unos
1.300 en Francia, y otros 150 en Bélgica, Badén y Suiza. A
estos se añaden otros 40 en Inglaterra y Escocia, 24 en
España y Portugal y 35 en Lombardía. Cluny significaba una
determinada conducta de vida monástica, en la que la liturgia
tenía un lugar eminente en el conjunto de sus costumbres. Las
consuetudines (^costumbres) de Cluny fueron publicadas de
manera excelente, a partir de 1983. por K. Hallinger en el
Corpus Consuetudinum Monasticarum. Cluny poseía también
la más rica biblioteca de Francia. Si se exceptúa Montecassino, del siglo X al XII, no hubo ningún monasterio que
dispusiera de tan importante lista de autores y títulos.
En Alemania era reducido el número de monasterios
dependientes de Cluny. K. Hallinger ha sostenido haber
descubierto en el monasterio lorenense de Gorze. fundado el
año 749 y reconstituido en el 933, un centro de reforma que se
diferenciaba notablemente del programa de renovación de
Cluny, y que llegó a comprender cerca de 160 abadías del
Imperio (reforma f lorenense). Este movimiento tuvo el apoyo
de obispos y señores feudales y debió encontrar su unidad en
una consuetudo, sin llegar a tener una organización centralista
como Cluny. El hallazgo de Hallinger fue inicialmente
contrastado. Otros centros de reforma en Alemania, como
Siegburg, St. Blasien e /"Hirsau organizaban su vida según la
orden clu- niacense, sin depender jurídicamente de Cluny y de
los monasterios a él asociados. El diploma de Hirsau de 1075.
hoy reconocido como auténtico, podría responder tanto a las
ideas de reforma monástica como a los intereses de la familia
de los condes de Calw, fundadores del monasterio. Un nuevo
fundamento jurídico reemplazaría de este modo los antiguos
conceptos de monasterio autónomo y de '"iglesia privada.
Como compromiso se ha de ver la solución de la cuestión de
la '"abogacía, gracias a la cual fue posible ampliar
notablemente el campo de acción del monasterio de Hirsau.
Cuando el abad Guillermo decidió adoptar las costumbres de
Cluny, quiso que se adaptaran a la situación cultural y
climática propia de la Selva Negra. A la comunidad monástica
se le reconoció el derecho de elegir libremente a su propio
abad, según las pautas de la regla de san Benito. El abad, en
su plenitud de poderes, debía decidir, en nombre de Cristo,
sobre lodos los asuntos que afectaban a su monasterio. Por la
autoridad que le compete, el garante del ordenamiento jurídico
monástico debía ser el papa. Guillermo, a pesar de ser él
mismo un ¡mar obla- tus, abolió la '"oblación, como negación
de la libertad personal.
No permitió que los padres continuaran entregando al
monasterio los hijos deformes o demasiado numerosos. Otra
innovación fue la introducción en Hirsau de los hermanos
laicos ('"conversos). Por su parte, los fratres barban eran
personas que habían vivido la experiencia de una conversión a
la vida monástica. Trabajaban en el establo, en el taller o en
los campos. Los monjes necesitaban sus servicios para poder
dedicarse por completo a la vida espiritual. Esta división de
tareas se alejaba del aprecio que san Benito concedía al
trabajo manual dentro de la vida monástica. Hirsau. como
centro de reforma, influyó sobre otros monasterios de nueva
fundación o ya existentes en Alsacia, Suebia, Franconia,
Baviera, Bohemia, Carintia, Turingia, Sajonia y Suiza, aunque
sin dar lugar a una congregación centralizada.
Los primeros en apartarse del movimiento unitario del
monacato medieval fueron los /"ermitaños, con Bruno de
Colonia (f 1101, ^Cartujos). Con Romualdo (t 1027) dio
comienzo en el yermo de Camaldoli la congregación de los
'"Camaldulen- ses, con una estructura centralizada. Juan
Gualberto (t 1073) abandonó Camaldoli y fundó el año 1039 un
monasterio cenobítico en Vallombrosa (cerca de Florencia), del
que derivó después la congregación de los Vallombrosanos.
En 1098 se fundó el monasterio de Citeaux. del que tuvo
origen la orden de los '"Cistercienses, con su característica
vida sencilla, en soledad, apoyada en el propio trabajo. Pero
todos estos movimientos tenían un punto de convergencia en
su vinculación con la regla de san Benito. El monacato
benedictino no perdió su posición predominante hasta la
fundación de nuevas órdenes como los Canónigos '"Agustinos
y los '"Premostra- tenses, que se remontaban a la tradición de
Agustín, y también con la creciente difusión de conventos de
las órdenes f mendicantes.
La crisis del sistema feudal condujo a la decadencia
económica de las antiguas abadías benedictinas. En el siglo
XIV muchos monasterios benedictinos se redujeron a lugares
donde se instalaban los hijos de los nobles. Las esperanzas de
renovación se depositaron en la asociación de varios
monasterios en congregaciones regionales, tal como se
disponía en la denominada Benedictina, la bula Sununi
magistri, promulgada por el papa Benedicto XII en 1336.
Según ella, los monasterios benedictinos debían distribuirse en
treinta provincias; cada uno de ellos sería visitado cada tres
años y debería rendir cuentas a su propio capítulo provincial.
Pero la reforma no se logró. Sólo el capítulo general de la
provincia de Maguncia y Bamberg, reunido en
1417 en el monasterio de Peters- hausen por disposición del
concilio de Constanza, llevó a una nueva reflexión, cuyo fruto
fueron los movimientos de reforma de '"Kastl, '"Melk y
'"Bursfeld.
El conde palatino Ruprecht tomó la iniciativa de la reforma del
monasterio de Kastl, en el Alto Palatinado. Las ideas de
reforma, en las que intervino de forma decisiva la tradición del
monasterio de Subiaco, llegaron a Kastl junto con los monjes
bohemios. La reforma afectó a numerosos monasterios de
Alemania meridional, pero no condujo a la formación de una
congregación. Estimulado por el duque Alberto V de Austria, el
rector de la universidad de Viena, Nicolás de Dinkelsbühl,
trazó un programa de reforma para los monasterios austríacos.
Para conseguir implantarla quería recurrir a monjes alemanes
sensibles a los ideales de reforma, provenientes del
monasterio de Subiaco. En
1418 el monje reformista Nicolás Seyringer fue nombrado
abad de Melk. Gracias a su acción en Te- gernsee,
Benediktbeuern y Wei- henstephan, el monje de Melk, Pedro
de Rosenheim (t 1433), se convirtió en el mayor reformador del
monacato bávaro. La unidad de prescripciones litúrgicas y
costumbres monásticas dependía exclusivamente de la buena
voluntad de abades y monjes, como también de la vigilancia
de los visitadores; en efecto, también la reforma de Melk
terminó con la formación de una congregación. El monje
Johannes Dede- roth. de la abadía de Northeim, en la Baja
Sajónia. había tomado parte en el capítulo provincial de
Petershausen como representante de su abad, y se había
entusiasmado por la causa de la reforma. Gracias a la
mediación del duque Otón de Braunschweig fue enviado a
Clus, que logró transformar en un verdadero modelo de
monasterio reformado. El duque güelfo, que había seguido
atentamente esta evolución, confió al abad la reforma del
monasterio de Bursfeld. Otros monasterios, como Huysburg,
Reinhausen y San Pedro de Erfurt, asumieron este estilo de
vida y de fidelidad a la regla. En mayo de I 146 se reunió el
primer capítulo general de la unión de Bursfeld. al que se
asociaron casi todos los monasterios de Alemania
septentrional. A estos se añadieron también abadías
holandesas, danesas, belgas y alsacianas, de modo que. al
final del siglo XV. la congregación de Bursfeld comprendía casi
cien monasterios.
Es probable que el abad Dede- roth. durante un viaje a Italia,
conociera el movimiento de reforma originado en Santa
Justina, en Padua, y conducido por Ludo- vico Barbo (t 1443).
La congregación monástica de Santa Justina estaba
gobernada por un capítulo general que se reunía cada año.
Los superiores de los diversos monasterios se cambiaban
anualmente; de esa forma se pretendía que desaparecieran
los abades comendatarios (^encomienda). Desde el punto de
vista espiritual, esta congregación, difundida muy pronto en
toda Italia, sufrió el influjo de la devotio moderno . En 1446 se
fundó en España la congregación de Valladolid. a la que se
unieron, a partir de 1450, muchos monasterios españoles, y
que tuvo un importante maestro de vida espiritual en García
Jiménez de Cisneros (1456- 1510), abad de Montserrat.
5. Desde lo Reformo protestóme hasta lo secularización de
1803. A lo largo del siglo XV, de manera generalizada, se
habían producido en el monacato benedictino intentos y
experiencias reformistas: una reforma que precedió a la
reforma protestante. Pero precisamente en ese momento
estalló el protestantismo, extendiéndose con su fuerza
destructora en Inglaterra, en los países escandinavos, en
Holanda y en parte de Alemania. Sin contar prioratos y
dependencias monásticas. bajo los ataques de la reforma
protestante se perdió la mitad de las 1.550 abadías
benedictinas existentes. El golpe más brutal fue el que afectó a
los monjes ingleses. Después de la proclamación de Enrique
VIII como jefe de la Iglesia de Inglaterra, la supresión de
monasterios no fue más que «una gigantesca recompensa que
serviría para vincular indisolublemente a la revolución religiosa
las clases más influyentes de la sociedad inglesa. A la muerte
del rey. dos tercios de estos bienes se habían distribuido entre
cortesanos, parias del reino, nobles, corporaciones y ricos
comerciantes; fueron muy pocos, entre la gente corriente, los
que recibieron alguna pequeña brizna» (G. Costant). En 1540,
se habían eliminado ya en Inglaterra 54 abadías, con mil
trescientos monjes benedictinos, a los que hay que añadir
ocho prioratos cluniacenses con 108 monjes. En Gales, los
monjes huyeron y permanecieron unidos, escondidos entre las
florestas; en Escocia, los monasterios fueron suprimidos en
1559. También en Irlanda, la campaña contra los monjes
concluyó en 1540 con el fin de los monasterios. La supresión
arrastró consigo la ruina de numerosas iglesias y bibliotecas.
Según la concepción típica de la teología medieval, los votos
monásticos (estabilidad, conversión de costumbres y
obediencia, cf RB 58,17) eran un camino seguro de
seguimiento de Cristo. Contra este modo de pensar se
abalanzó Lutero en 1521 con su escrito De voíis monasticis
indi- cium. Según él. los votos monásticos se fundaban en la
justificación por las obras y no podían apoyarse en la Sagrada
Escritura. Por eso. Lutero declaró que todos los monjes y
monjas debían considerarse libres de sus /"votos. En realidad,
los monjes habrían podido encontrar una respuesta teológica a
ese desafío reflexionando sobre la teología monástica, pero
eso no sucedió. El polémico escrito antiluterano de Nicolás
Ellenbog, monje de Ottobeuren, aún no se ha publicado. En
Alemania se perdieron 95 abadías benedictinas masculinas y
75 femeninas. La ruptura confesional tuvo sus más graves
consecuencias en Alemania septentrional. Las ventajas
financieras derivadas de la confiscación de los bienes de los
monasterios animó a más de un príncipe a adherirse a la
reforma protestante. El monasterio de san Egidio, en
Brunswick pasó a la reforma protestante. promoviéndola en
aquel territorio. En cambio, de los diecisiete monasterios de la
congregación de Bursfeld presentes en la Baja Sajón i a, sólo
uno, el de Oldenstadt. pasó libremente a la reforma
protestante. En todas las demás abadías -incluida la de
Bursfeld- fueron necesarias presiones externas, generalmente
por parte de los señores locales. En la época de la reforma
protestante la congregación perdió, en total, cincuenta
abadías.
De la guerra de los campesinos (1525) y de los movimientos
hostiles a los monasterios por ser detentadores de diezmos,
impuestos y servicios, se derivaron graves daños en Alemania
meridional. Sin embargo, únicamente en Württemberg la
reforma protestante condujo a la ruina general de la vida
monástica. En Austria, en muchas srandes abadías fueron
pocos los monjes que quedaron. La abadía de los escoceses,
en Viena y St. Lambrecht permanecieron fieles a la Iglesia
antigua. También los Benedictinos suizos siguieron fieles a sus
votos, aunque con alguna excepción (Schaffhausen y St.
Georgen en Stein am Rhein). Después de la introducción
violenta del lute- ranismo en Suecia, en 1527, en ese país se
perdieron seis monasterios, ocho en Dinamarca y tres en
Noruega. En Holanda la mayor parte de los monasterios
benedictinos desapareció en torno al 1580.
Los Benedictinos franceses tuvieron que sufrir mucho después
del concordato de 1516. que concedía al rey grandes derechos
sobre sus monasterios, y también durante las guerras de
religión (1562-1593). Aquí la renovación de la vida benedictina
tuvo lugar con la fundación de la Congregación de St. Vanne
en Verdun, por obra de Didier de la Cour (t 1623). La
congregación de san Mauro, fundada en 1618, cuidó con
especial atención la formación cultural y científica. Su centro
fue sobre todo el monasterio de St. Germain-des-Prés en
París. En sus 178 casas vivían unos tres mil monjes. J.
d'Achéry montó en el monasterio de París una excelente
biblioteca. J. Mabillon es considerado como fundador de la
paleografía y diplomática sobre bases científicas.
En Alemania todos los intentos de reunir a los Benedictinos en
una única congregación fracasaron a causa de la resistencia
de los obispos. Diversos monasterios suizos, bávaros y de la
Alta y Baja Suebia estaban vinculados a los de las
congregaciones aus- triacas y salzburguesa (^congregación)
en una confederación orientada al mantenimiento de la
universidad benedictina de Salz- burgo. fundada en 1617. En
ningún otro país se dio un florecimiento cultural barroco
comparable al que se verificó en los siglos XVII y XVIII en las
fundaciones monásticas de Austria, Suiza y Alemania
meridional, con sus majestuosas iglesias y ricas bibliotecas.
Cada uno de los monasterios eran sede de estudios
teológicos, lo que constituía un estímulo para la investigación
científica. El abad príncipe Martín Gerberto de St. Bla- sien
(1764-1793), gracias a la novedad de sus escritos teológicos y
sus estudios históricos y litúrgicos, ejerció una influencia que
superó con mucho los límites
de su tiempo. Sin embargo, en la segunda mitad del siglo XVIII
las ideas ilustradas se abrieron camino también en muchos
monasterios. Escritos difamatorios antimonásticos, publicados
como anónimos, tuvieron como autores también a algunos
miembros de las abadías benedictinas.
En Francia, muchos monasterios habían sido ya suprimidos
cuando, el 13 de febrero de 1790, la Asamblea Nacional
declaró que no reconocía ningún valor a los votos monásticos
y prohibió para siempre, en suelo francés, las órdenes que
profesaban esos votos. En 1793 fueron expulsados todos los
eclesiásticos que rechazaban el «juramento de fidelidad».
Después de la anexión a Francia de los territorios de la
margen izquierda del Rin, en el artículo 7 de la paz de
Lunéville, del 9 de febrero de 1801, se prometieron a los
príncipes seculares resarcimientos por las pérdidas
territoriales. El 25 de febrero de 1803 la Comisión diputada de
la dieta imperial para la secularización de los principados
eclesiásticos. reunida en Ratisbona, dio su consentimiento a
esa propuesta. Todos los príncipes tomaron parte en el
despojo, confiscando los bienes eclesiásticos
(/*secularización). A la Baviera católica, con sus 47 abadías
benedictinas y sus 38 prioratos, le correspondió la parte del
león. En Alemania fueron suprimidas
103 abadías y 38 prioratos y filiaciones: sólo sobrevivió el
monasterio de los escoceses de Santiago, en Ratisbona, en
consideración a los monjes extranjeros que había en
Alemania.
ó. Restauración benedictina. Por vez primera después de la
secularización, el 29 de febrero de 1816 se pudo proceder a la
elección de un abad en el reino de Baviera. En Salzburgo, que
poco después pasó a Austria, también el monasterio
benedictino de San Pedro había sobrevivido a la
secularización: el nuevo abad se llamaba Josef Neumayr. Los
monasterios benedictinos que hoy existen en Baviera no se
remontan a una tradición igualmente ininterrumpida. En todo
caso, los testimonios de fidelidad a la profesión monástica y al
propio monasterio fueron numerosos.
Especial atención se reservó a dos nuevas fundaciones, que
llegaron a ser centro de congre- naciones monásticas
reformadas: Solesmes, en 1832, y Beuron, en 1863. Dom
Próspero Guéranger de Solesmes y el abad Mauro Wolter de
Beuron cuidaron especialmente el canto ^gregoriano y la
celebración solemne de la oración coral. Sus monasterios se
convirtieron así en centros de renovación litúrgica para toda la
Iglesia. A la congregación de Solesmes pertenecen los
monasterios españoles de Silos, Na Sra. de
Montserrat de Madrid. Leyre y Santa Cruz del Valle de los
Caídos. Un tercer punto de partida para nuevas fundaciones
benedictinas fue la abadía de Subia- co, bajo la guía del abad
Casa- retto, a mediados del siglo XIX. La congregación
sublacense se difundió en diversas provincias. Entre los más
importantes monasterios de esta congregación se cuentan
Subiaco, Finalpia. Pra- glia y Montevergine, en Italia. La
Pierre-qui-vire en Francia y Montserrat, en España. A esta
misma congregación pertenecen también los monasterios de
El Mi ráele. Sanios, Monforte, Val valiera, Lazcao, El Paular y
Estíbaliz.
En los territorios españoles de América Latina, los
Benedictinos no eran admitidos. Hasta el siglo XVI no se
pudieron fundar monasterios en el Brasil portugués. De las
doce fundaciones antiguas, sólo cuatro sobrevivieron a la
legislación antimonástica del siglo XIX. Recibieron nueva
vitalidad del apoyo recibido de la congregación benedictina de
Beuron. Por lo que se refiere a América septentrional, el primer
monasterio benedictino de Estados Unidos, el de St. Vincent,
en Pennsylvania, fue fundado en 1847 por el P. Bonifacio
Wimmer, monje de Metten. Otro gran monasterio surgió
después en St. John's Collegeville. De estos monasterios de
origen bávaro derivó la congregación americano- casinense,
que lia llegado a ser actualmente la mayor de la orden
benedictina. En St. Meinrad. en Indiana, algunos benedictinos
suizos fundaron en Estados Unidos su primera filiación, que
luego, junto con otras muchas, pasó a formar parte de la
congregación suizo-americana. Esta última se hizo
especialmente meritoria con su obra de exángel i/.ación entre
los indios de América septentrional.
El ejemplo de los monjes misioneros de la Edad media no
animó solamente a los Benedictinos de los monasterios suizos
y bávaros. También el monje de Beuron, Andreas Amrhein, se
sintió llamado a la misión, y en 1884 comenzó a organizar su
sociedad misionera benedictina en Reichenbach, en el Alto
Palatinado. Posteriormente fue trasladada a St. Otti- lien, en la
Alta Baviera. En 18% St. Ottilien, que había atraído a
numerosos jóvenes, fue incorporada a la confederación
benedictina. Junto con sus filiaciones monásticas de
Münsterschwar- zach y Schweiklberg. St. Ottilien, convertida
en archiabadía. abrió sedes misioneras en Africa Oriental y
Suráfrica, en Corea y Man- churia (/"Otil ¡anos).
A partir de 1602, los Benedictinos de la nueva congregación
inglesa se preparaban en el continente para la actividad
pastoral entre los católicos ingleses. Sus puntos de apoyo eran
Douai y
Lamspringe. No obstante, sólo a partir de 1816 lograron fundar
en su patria el primer monasterio, que en 1889 se convirtió en
abadía con un célebre college. Gracias a Ampleforth, Fort
Augustus y otros monasterios, tres de ellos en Estados
Unidos, a la congregación inglesa le corresponde un rol
eminente en la más reciente historia de la Orden benedictina.
También la abadía de Zevenker- ken/Sint Andries esta
comprometida con las misiones en Africa. Pertenece a la
congregación belga, presente con sus monasterios en diversos
países: Trinidad, Portugal, Irlanda, Nigeria, Polonia, Alemania,
Estados Unidos de América, República del Congo, India y
Francia. Los recientes cambios políticos en Europa oriental
han creado nuevas condiciones de desarrollo para los
Benedictinos de Pannonhalma, en Hungría. Con la ayuda de la
congregación austríaca, la vida del monasterio está
renaciendo también en los monasterios bohemios de Brevnov,
Raigern y Emaus. En 1847, benedictinos españoles fundaron
en Australia el gran centro de Nueva Nursia. destinado a
evangelizar a los aborígenes. Los monjes de Silos (restaurado
a partir de 1880) propagaron el espíritu de Solesmes por
España y América, siguiendo las huellas de Montserrat, que a
fines del siglo XVI había fundado dos monasterios en México.
En total, hay actualmente 21 congregaciones y algunas casas
no pertenecientes a ninguna congregación. Con el breve
Summum semper, del 12 de julio de 1893, el papa León XIII
había creado la confederación de congregaciones
benedictinas. Como primer abad primado de esta
confederación, el papa había elegido al abad de la abadía
belga de Maredsous, Hildebrand de Hemptinne. El abad
primado de los Benedictinos es uno de los superiores
mayores, pero no le corresponde la plenitud de poderes típica
del general de una orden religiosa. El abad primado es elegido
por cinco años por los abades y priores conventuales en
servicio, y reside en el Colegio de San Anselmo, en el
Aventino de Roma. En 1988 el Colegio celebró sus cien años
de existencia. Durante todo este tiempo se ha distinguido no
sólo por una serie de eminentes profesores, sino también
como lugar único de liturgia clásica en Roma. C. Butler ha
recordado otra ventaja de la que poco a poco han ido
disfrutando los estudiantes benedictinos que han cursado allí
sus estudios: «Sin embargo, el mayor beneficio consistía en el
hecho de que estos jóvenes, procedentes de todas las
congregaciones y de naciones diversas, vivían juntos, se
conocían y aprendían a estimarse recíprocamente,
estrechando amistades que se prolongaban más allá de los
años de San Anselmo. Efectivamente, de ese modo caían las
barreras del aislamiento nacional». Según los datos de 1996,
los miembros de la confederación benedictina eran 8.601, de
ellos 4.987 sacerdotes. Hasta 1960 se había dado un
crecimiento en el número de miembros (12.000); desde
entonces se ha asistido a una progresiva disminución.
7. Benedictinas. Según la narración de Gregorio (Dicíl. 2,3334), Benito tenía una hermana llamada Escolástica; era virgen
consagrada a Dios, pero, de acuerdo con la costumbre del
tiempo, no vivía en un monasterio. Las Benedictinas de todo el
mundo consideran como patrona a santa Escolástica.
El hecho de que unas mujeres consagradas a Dios siguieran
una regla escrita para monjes no era un hecho insólito. Con
algunos cambios, una regla de monjes podía vivirse también
en monasterios femeninos. Con las reglas de Pacomio, Basilio
y Columbano no había sucedido nada diferente. Sin embargo,
la recepción de la RB en los monasterios femeninos fue más
lenta que en los masculinos. Se discute si los monasterios
ingleses del siglo VII pueden considerarse como abadías
benedictinas. En todo caso, durante el sínodo de Whitby del
664, la célebre abadesa Ilda (t 680), se pronunció en favor de
la unión con Roma. Ilda era superiora de un ^monasterio
doble; es decir, estaba también al mando de una comunidad
de monjes. En el siglo VIII, junto con los monjes misioneros,
llegaron también a Europa monjas inglesas, como Lioba y
Walburga. Durante el concilio del año 742, Bonifacio insistió en
que todos los monasterios femeninos se comprometieran a
asumir la RB, pero la realidad era bastante diferente. Los más
antiguos monasterios femeninos alemanes, como el de
Nonnberg, en Salzbur- go, y el de Frauenwürth, a orillas del
Chiemsee, fueron durante mucho tiempo más capítulos o
colegiatas de canonesas que auténticos monasterios
benedictinos. De modo análogo a lo que sucedía en la vida de
los canónigos, a partir del año 816, la ¡nstitutio sanctimonalium
regulaba la vida de los monasterios femeninos. Esta y no la
RB, fue la regla que estaba en uso cuando se fundaron los
primeros monasterios femeninos en la Baja Sajonia (Bassum
860, Lamspringe 873, y el célebre monasterio de
Gandersheim, en torno al año 850). Antes del siglo XII sólo
Santa María de Gandersheim se debe considerar vinculada al
ordo monásticas, y, en todo caso, en el siglo XIII se transformó
en fundación de derecho secular. Hasta el siglo XII la
institución de las colegiatas o capítulos de canonesas, típico
de Sajonia. no ce- dio al espíritu de severa reforma monástica
que exigían los obispos. Las colegiatas de canonesas que
adoptaron la regla de san Benito llevaron, desde ese
momento, una vita convmmis en clausura: dormitorio y
^refectorio comunes, renuncia a la propiedad personal,
uniformidad de hábito y profesión de los votos religiosos. El
oficio de abadesa desapareció en Lamspringe y en Zeven.
pero no en Bassum. En lugar de la decana hubo una priora
que. no obstante, debía limitarse al gobierno interno del
monasterio; en cambio, la tutela de los intereses externos del
mismo pasaba al prepósito. que era el verdadero superior del
monasterio femenino.
Tras una época de decadencia (propiedad personal, vida
separada y descuido de la clausura), las reformas de Kastl,
Melk y Burs- feld. abrieron también en los monasterios
femeninos a una reflexión orientada a la recuperación de un
estilo de vida acorde con la RB. La buena situación en que se
encontraban generalmente los monasterios femeninos a
comienzos del siglo XVI. se vio gravemente turbada por los
desórdenes que siguieron a la reforma protestante. Durante la
guerra de los campesinos muchos monasterios femeninos de
Alemania meridional y central fueron saqueados o destruidos
por completo.
Existen en todo el mundo unas diez mil monjas que viven la
regla de san Benito en monasterios de clausura, a las que se
añaden más de diez mil que la viven en congregaciones sin
clausura papal (Z clausura). Entre estas últimas se encuentran
las Benedictinas Misioneras de Tutzing (HBM), fundadas por el
P. Andreas Amrhein en Reichenbach (Alemania), el 24 de
septiembre de 1885, que se dedican a las misiones y a la
formación de la juventud, y eran, en 1996, 1.418 religiosas,
distribuidas en 118 casas.
Biblioteca. (Del griego, estante, armario para libros). Es un
lugar donde se conservan los libros, con un orden sistemático.
Las bibliotecas son lugares de mediación cultural y como tales
se encuentran desde la antigüedad y en todas las
civilizaciones evolucionadas. Siguiendo el modelo
grecorromano, en las sedes episcopales y en los monasterios
surgieron bien pronto las bibliotecas. A que la biblioteca tuviera
asignado un lugar permanente en los monasterios
contribuyeron, ante todo, la regla de san Benito, mediante la
prescripción de la «lectura espiritual» diaria (lectio divina), y el
docto Casiodoro (t en torno al 580), con su esfuerzo por unir la
cultura romana y el cristianismo. Desde los comienzos del
Medievo occidental la biblioteca, que pronto se asoció a la
enseñanza monástica, era patrimonio estable de cualquier
monasterio de cierta magnitud. Fueron sobre todo el monacato
irlandés-columban¡ano, después el benedictino (en el siglo
VIII. partiendo de Inglaterra, especialmente a través de san
Bonifacio), y los esfuerzos de renovación cultural de la época
carolingia y. más tarde, la de la época de los Otones y los
Salios, los que sostuvieron y promovieron la cultura eclesial.
con monasterios, iglesias catedrales y colegiatas como puntos
de apoyo. Para proteger los preciosos patrimonios de archivos
y libros del peligro de incendios y guerras, se tomaron
especiales medidas de seguridad (por ejemplo, guardándolos
en torreones, salas abovedadas, edificios sólidos y separados
de los monásticos). El cuidado específico de la biblioteca y del
/"archivo se encomendaba a un miembro de la comunidad
conventual (archivero, bibliotecario). La importancia y la casi
exclusividad de las bibliotecas monásticas y capitulares
comenzó a disminuir únicamente cuando empezaron a
constituirse colecciones más extensas de libros en las
universidades, gracias a la colaboración de ciudades,
príncipes y hombres de cultura. Un nuevo auge, con
frecuencia bajo formas arquitectónicas grandiosas, se dio con
las bibliotecas monásticas y capitulares de la época barroca y
con el ansia de
saber de la Ilustración (siglos XVII-X VIII). El ataque más grave
a una tradición cultural secular llegó de la mano de la obra
destructora de las /"supresiones monásticas (/"secularización),
entre los siglos XVIII y XIX. En este período, en muchos
países, innumerables bibliotecas eclesiásticas se dispersaron
y destruyeron en su mayor parte. Puede tenerse una idea de lo
que eran las antiguas bibliotecas, por su amplitud y por su
significado espiritual y cultural, por ejemplo en la biblioteca
capitular de Sankt Gallen o en las bibliotecas de los
monasterios de órdenes prelaticias austríacas que no sufrieron
la supresión.
Bienaventurada Virgen María,
Instituto de la. (Ínstiíutum Hca- tae Marine Virginis, IBVM).
Congregación de derecho pontificio para la formación y
educación de la juventud femenina. El nombre está vinculado
a la fundadora, la inglesa, Beata María Ward (1585-1645).
Esta extraordinaria y enérgica mujer provenía de la nobleza
terrateniente de Yorkshi- re. En 1606 había ingresado en el
monasterio de las Clarisas de Saint-Omeren las Fiandras (en
Inglaterra los católicos eran duramente perseguidos). Aquí
María Ward, junto con algunas compañeras procedentes
también de Inglaterra, fundó entre el 1609 y el 1610 una
asociación religiosa a
imagen de la Compañía de Jesús (^Jesuítas). La adopción de
las constituciones de la Compañía de Jesús y la aspiración a
instituir una rama femenina de los Jesuítas («Jesuitinas»)
chocó con fuertes oposiciones en la Iglesia católica. El objetivo
de esta mujer, duramente obstaculizada y recluida durante
algún tiempo por la Inquisición en un monasterio, era la
participación activa en el testimonio de la fe en aquel tiempo
agitado por las luchas confesionales, sobre todo mediante la
educación cristiana de las chicas. Con el apoyo de los obispos
competentes y de los señores locales, María Ward logró abrir
casas en Lieja, Colonia, Tréveris, Roma, Ñapóles. Perusa,
Munich. Viena y Bratislava. En el año 1616 recibió la primera
respuesta favorable de Roma, pero las gestiones, que llevó
personalmente en 1622 y en 1629, ante la Sede Apostólica
para obtener la aprobación pontificia de su fundación
fracasaron como consecuencia de su solicitud de someterse
directamente a la autoridad del pontífice y de liberarse de la
/"clausura con el fin de hacer más eficaz su acción apostólica.
Efectivamente, en aquel tiempo no se quería conceder a las
religiosas este tipo de libertad. Con respecto al poco aprecio
que se tenía por las mujeres, María Ward se había expresado
así en 1617, cuando, al volver a
Saint-Omer después de un breve viaje a Inglaterra, había
encontrado a sus compañeras desanimadas: «Es verdad que
a veces el celo se enfría. ¿Y cuál es la causa? ¿Acaso el
hecho de que somos mujeres? No, en tal caso el hecho de que
somos mujeres imperfectas. No existe esta clase de
diferencias entre hombres y mujeres. Ventas Domini manet in
aeternum (La fidelidad del Señor dura por siempre). No se dice
ve- ritas hominis, la verdad de los hombres o de las mujeres,
sino ve ritas Domini, y esta fidelidad pueden tenerla las
mujeres igual que los hombres... Yo confío en Dios y espero
que en el futuro llegue a haber mujeres que hagan cosas
grandes... A las mujeres no les corresponde ni administrar los
sacramentos ni predicar en las iglesias: pero a cierto punto, en
todas las demás cosas, ¿somos inferiores a las demás
criaturas, para que se pueda llegar a decir: “Son sólo
mujeres"?... Dios quiera que todos los hombres comprendan
esta verdad, que nosotras las mujeres somos capaces de
hacer cosas grandes; no deben hacernos creer que porque
somos mujeres no somos capaces de nada...».
María Ward luchó para que se aceptaran y reconocieran en la
Iglesia los servicios de la mujer consagrada: la enseñanza
religiosa, la preparación a los sacramentos y el compromiso en
el campo social.
Durante muchos años, María Ward llevó personalmente las
gestiones ante la Santa Sede, con inteligencia y constancia.
En Roma encontró intercesores benévolos y también
adversarios. Junto con sus compañeras, fue recibida
personalmente por los papas Gregorio XV y Urbano VIII. Los
pontífices que se encontraron personalmente con ella
quedaron impresionados, admirados, pero al mismo tiempo
perplejos ante la novedad de sus propuestas. Sin embargo, en
1622 la congregación para la propagación de la fe
(Propaganda Fide), que había sido erigida hacía poco, se
alineó contra esta fundación de nuevo corte. La fundadora fue
convocada a Roma y, por iniciativa de la Inquisición,
mantenida por un cierto tiempo en régimen de reclusión
monástica, en Roma y en Munich, aunque encontró el apoyo
del príncipe elector Maximiliano I de Baviera, en Munich, y del
emperador Fernando II, en Viena. La acusación promovida
contra ella por las autoridades romanas era de desprecio de la
autoridad papal, rebelión y desobediencia a la Iglesia; la
fundadora era, además sospechosa de herejía. María Ward
rechazó con decisión estas acusaciones y rehusó con firmeza
confesar «culpas» que no había cometido. Esta ilustre dama
inglesa no fue comprendida por la curia romana,
como tampoco ella comprendió a la Roma papal de aquel
tiempo. Sin embargo, y precisamente en medio de las
tribulaciones que siguieron a la brusca supresión del instituto
en 1631, María Ward tuvo ocasión de experimentar también el
apoyo de muchos; entre ellos estaban, sobre todo, el príncipe
elector de Baviera y su mujer, en un Munich que estaba en el
centro de las agitaciones de la guerra de los Treinta años.
También el papa Urbano VIII le manifestó su aprecio.
Evidentemente, ni siquiera él podía sustraerse a la sensación
de sinceridad y rectitud que esta mujer era capaz de suscitar.
En septiembre de 1637. María Ward, gravemente enferma,
abandonó Roma. Dos de sus compañeras acudieron al papa
para implorar su bendición para aquel viaje. En aquella
ocasión, Urbano VIII declaró a propósito de María Ward:
«Descubrimos en ella una mujer de gran prudencia, de gran
espíritu y extraordinario valor, y, lo que es más, una santa
servidora de Dios». Pasando por París, María Ward retornó a
su patria, Inglaterra, donde murió en enero de 1645 en
Heworth, cerca de York. Hasta el último momento estuvo
convencida de que su instituto volvería a resurgir.
Efectivamente, María Ward fue quien preparó el camino a las
modernas congregaciones femeninas.
Con la supresión pontificia
del primer instituto, en 1631, no se había prohibido la actividad
formadora y educadora. Urbano VIII, desde 1632, concedió a
María Ward poder reunir en vida común a las compañeras que
habían permanecido fieles. La actividad docente de las
«Damas» se ganó el aprecio de muchos y logró proseguir
también en otros lugares. Así tuvo comienzo el segundo
instituto, que mantenía las reglas jesuíticas, aun con la
renuncia a algunas aspiraciones de la fundadora. Las
dificultades no cesaron. En torno al 1700, la superiora general,
Ana Bárbara Babthorpe trasladó la sede del gobierno del
instituto de Roma a Munich. El papa Clemente XI aprobó la
regla, que en su parte esencial se remontaba a la época de
María Ward. En 1749 Benedicto XIV reconoció el cargo de la
superiora general, hasta entonces contestado, pero prohibió
nombrar a María Ward como fundadora. Fue Pío X, en 1909,
quien declaró que no había ningún obstáculo para reconocer a
María Ward como fundadora. En 1929 la sede general fue
traslada- da nuevamente de Munich a Roma. En 1953 se tuvo
la reunión de los generalatos, hasta entonces separados. Ese
mismo año, los dos grados existentes -madres que enseñaban
y hermanas dedicadas a los trabajos domésticos- fueron
unificadas en un único grado, con el nombre de Damas
Inglesas. La congregación está hoy difundida en muchos
países de Europa y de buena parte del mundo, y se la
considera como uno de los más importantes institutos
religiosos católicos de enseñanza. Situación en 1996: 226
casas, con 2.474 miembros; la Rama Irlandesa: I 17 casas con
1.069 miembros.
Birrete o bonete. (Del latín decadente bireítum, gorro, boina).
Es un cubrecabeza desarrollado a partir de la «baretta» del
siglo XV-XVI, típico de los eclesiásticos católicos, seculares o
religiosos, cuadrado por la parte superior, con tres o cuatro
picos de forma arqueada, a veces con una borla en el centro.
Normalmente el bonete es negro, rojo para los cardenales,
morado para los obispos y prelados; algunas órdenes
religiosas, como los ^Premostra- tenses, lo llevan blanco.
Hasta 1960, aproximadamente, el bonete lo llevaban los
sacerdotes en la misa, al comienzo (desde la sacristía al altar)
y al final (de vuelta a la sacristía); con frecuencia también
durante la predicación desde el pú 1 pito y con ocasión de
funerales y otras celebraciones litúrgicas.
Breviario. (Del latín breviariwn, de brevis, corto). Es el libro de
la liturgia de las horas. En la Iglesia católica (latina) es el libro
que
sirve para la recitación diaria de la liturgia de las horas, a la
que están obligados los clérigos seculares y los miembros de
las órdenes religiosas masculinas y remeninas, según el
derecho canónico o las normas de las respectivas
constituciones. Cada una de las partes que constituían el oficio
de las horas, que al principio estaban distribuidas en diversos
libros litúrgicos, fueron recogidas en un «breviario» a partir del
siglo XI. Con el fin de poner un poco de orden entre las
diversas formas usadas, los papas emanaron en el siglo XVI
varias disposiciones para la reforma del breviario, dirigidas al
clero secular y a los religiosos; las más recientes son las que
siguieron al Vaticano II (1962-1965), que introdujo entre otras
cosas, el paso del latín a las lenguas vulgares. Hasta estos
últimos cambios, el breviario latino estaba editado
generalmente en cuatro partes, correspondiendo
aproximadamente a las cuatro estaciones del año. A lo largo
de la historia, muchas iglesias y comunidades religiosas han
tenido breviarios propios (cosa que, en parte, se da todavía
hoy). Liturgia de las horas.
Brígidas. La orden Brígida del Santísimo Salvador (Ordo
Sanc- tissimi Salvatoris, OSSalv) se remonta a la mística y
visionaria Brígida de Suecia (1301/13031373). Brígida era una mujer sueca, perteneciente a la
nobleza, esposa del canciller del reino Ulf Gudmarsson y
madre de ocho hijos. El marido, al volver de una peregrinación
a Santiago de Compostela, realizada con su mujer entre 1341
y 1343, se había retirado a la abadía cistercien- se de Alvastra.
en Óstergótland. A su muerte, acaecida en 1344, Brígida
concibió la idea de dar comienzo a una nueva orden
monástica, a cuya fundación contribuyó el rey Magnus
Eriksson donándole, en 1346, el castillo de Vadstena, junto al
lago de Vat- ter. Esta fundación había de convertirse, como ^
monasterio doble. en núcleo y punto de partida de una nueva
orden, tal como se le había aparecido en una visión y como lo
había ideado en la Regula Salvatoris, escrita con la ayuda de
su confesor, el prior Petrus Olavi de Alvastra (t 1390). El
monasterio debía albergar dos comunidades monásticas: la
primera femenina, que viviría en clausura, de tipo
contemplativo, que comprendía sesenta sórores; la otra,
también de clausura, encargada de la asistencia espiritual de
la primera, y dotada de iguales derechos, que comprendía
veinticinco fratres, es decir, trece sacerdotes, cuatro diáconos
y ocho ^conversos o hermanos laicos. Esta familia monástica,
en su conjunto, debía simbolizar la comunidad de los orígenes,
con los
trece apóstoles (incluido Pablo) y los setenta y dos discípulos.
A la cabeza del monasterio debía estar (como domina) una
abadesa. elegida por la asamblea de la congregatio (o
comunidad monástica en su conjunto); sin embargo, los fratres
debían estar en inmediata dependencia de un confesor
general, elegido de en- tre ellos por la abadesa y propuesto al
obispo local, a quien, como ordinario y visitador del
monasterio, correspondía confirmarlo. Sin embargo, los fratres,
vinculados a la orden mediante los f votos y a través de la
Estábil i tas loe i, lo mismo que las sórores, debían vivir
totalmente separados del monasterio femenino (o
monasterium) en una casa propia (curia), dotada de acceso
propio y directo a la iglesia conventual. Dentro de ella debían
tener a disposición un coro, situado en la parte inferior («chorum inferiorem habebunt»): las monjas, en cambio, debían
colocarse en un coro situado en la pafte superior («chorus veré
soro- rum erit saperias sab ledo») y desde allí «asistir a los
sacramentos» y escuchar la predicación y la liturgia de las
horas. Los diáconos y los conversos debían estar al lado de
los sacerdotes poniéndose a su servicio (proveer a su
mantenimiento), de modo que ellos pudieran estar libres para
dedicarse por completo al servicio de la cura de almas
(administración de los sacramentos, confesiones, predicación)
con las monjas y los peregrinos.
Este proyecto de Brígida, influenciado desde el comienzo por
el modelo cistereiense, presuponía y desarrollaba la
organización propia de los monasterios femeninos
cistercienses, donde la asistencia espiritual estaba confiada a
sacerdotes pertenecientes a la misma Orden. Por una parte,
en función de las tareas que les eran propias. Brígida
reservaba a estos últimos mayor autonomía y libertad de
acción con respecto a la praxis cistereiense; pero por otra
parte asignaba a las monjas la posición más importante y
central. Era la comunidad monástica femenina la que
constituía el monasterium, la abadía: las monjas
representaban a la Orden, que podía seguir subsistiendo
perfectamente sin la comunidad masculina. pero no sin la
comunidad femenina. Frente al elevado número de órdenes
religiosas, característico del tardío Medievo, Brígida creía
poder superar y llegar a hacer superfluas todas las órdenes
precedentes con su idea de vida religiosa completa, vivida en
el seguimiento de Cristo y de María, con total separación del
mundo y en una contemplación que no admitía distracciones,
en una comunidad que vivía de su propio trabajo y estaba al
servicio de las almas.
En 1349, impulsada también por sus «revelaciones», Brígida
acudió a Roma, acompañada por sus dos confesores, el prior
Pedro Olavi de Alvastra y el profesor de teología Pedro de
Skánninge. En Italia transcurrió los últimos 24 años de su vida,
entregada a una ascesis devota y a las obras de caridad,
difundiendo sus «revelaciones» y exhortando a la conversión a
laicos y eclesiásticos, empezando por el papa; era el tiempo
de la «cautividad de Babilonia». En 1367, cuando con Urbano
V (1362-1370) el papa entró en la Ciudad Eterna, tras sesenta
años de ausencia, Brígida consiguió la aprobación pontificia
para su fundación monástica en Vadstena, aunque de forma
condicionada, ya que Urbano V. con la bula Hits quae di vi ni.
del 5 de agosto de 1370, dirigida a tres obispos suecos, daba
su consentimiento a la fundación de dos monasterios
agustinos, uno para monjas y otro para frailes. En todo caso, la
bula tenía en consideración algunas proposiciones de la
Regula Salvatoris, aceptando que se estableciera cierta
vinculación entre los dos monasterios independientes. Pero la
fundación de Brígida quedaba frenada en los comienzos. En
Vadstena no había aún ningún monasterio femenino. Entre
1369 y 1374, se proveyó a transformar el castillo de Vadstena
en monasterio. Probablemente fue decisivo, para el éxito de la
fundación el traslado a Vadstena de los restos de Brígida
(fallecida en Roma el 23 de julio de 1373 después de un viaje
a Tierra Santa), que tuvo lugar el invierno de 1373/1374, y a la
que siguió la concesión, por parte del papa, de una indulgencia
a quienes visitaran su tumba (1375). Parece que precisamente
en esa época se constituyó en Vadstena una comunidad de
mujeres piadosas, entre quienes la hija de Brígida, Catalina,
ocupaba un lugar de guía. También parece que algunos
sacerdotes estaban a su disposición para la asistencia
espiritual. El I de octubre de 1377 -seguramente a petición de
Catalina, que entonces se encontraba en Roma- le
transmitieron, de parte del papa, al obispo Nicolás Hermán ni
de Linkoping, amigo de Brígida, el encargo de tomar bajo su
protección a esta comunidad de sórores. En la misma fecha.
Gregorio XI, con la bula Du- dum pedía a Nicolás Hermanni y a
otros dos obispos que recibieran la profesión de las hermanas
y de los hermanos que, a la llegada de la carta, vivieran en
Vadstena. Pedía, además, que eligieran entre ellos una
abadesa para las monjas y un prior para los frailes y,
posteriormente, dejaran que esos superiores se establecieran
mediante elección, respectivamente por parte de las monjas y
de los frailes. Finalmente, con la bula de Urbano VI Hiis quae
pro divini, del 3 de diciembre de 1378, el instituto de Brígida en
Vadstena -a petición de Catalina- quedaba reconocido como
«canonice fundatum, coiistrucia ni et sufficienter dolarían», y
sus «constituíiones» como «instas et rationabiles». En el texto
de la bula, por constituciones se entiende la regla de san ^
Agustín integrada por una redacción reelaborada de la Regula
Sal va taris. Más concretamente, la bula papal de 1378 creaba
un nuevo ordenamiento jurídico para un monasterio de monjas
y otro de monjes en Vadstena, como también para todas las
fundaciones que en el futuro nacieran de Vadstena, y que
habrían de ser «sometidas a uno de estos dos monasterios
como los miembros a la cabeza». Sin embargo, de hecho, en
Vadstena no hubo nunca un verdadero monasterio masculino,
con personalidad jurídica eclesiástica, a la que perteneciera
una iglesia conventual propia. Se desarrolló solamente un
monasterio femenino y. junto a él, una comunidad de frailes,
encargados de la asistencia espiritual de las monjas, con la
iglesia conventual en común. Precisamente esta última
institución -la iglesia conventual común- estaba prevista
expresamente por la Regula Salvatoris, incluso en su forma
reelaborada y aprobada por el papa, como normativamente
válida.
El monasterio de Vadstena -que por estas razones sólo se
podía considerar «monasterio doble» en sentido muy limitadollegó a ser muy pronto «modelo» de otras fundaciones: en
1399 se fundó el monasterio del Paraíso, en Florencia, muy
importante para los futuros desarrollos de la Orden: a
comienzos del siglo XV siguieron las dos fundaciones regias
de Syon, en Inglaterra, y Maribo, en Dinamarca, además de la
de Marienwohlde en Lubec- ca, y Mariental en Reval. Marienkron en Stralsund, y Marien- brunn en Danzica. esta última
a través de la transformación de un monasterio de penitentes
en monasterio de Brígidas. A lo largo del siglo XV, gracias al
apoyo de príncipes, nobles y ciudades, la Orden se difundió en
toda Europa. En su conjunto, la Orden comprendía en la Edad
media 27 monasterios. Ateniéndonos a lo que se lee en los
informes del monasterio de Maihingen, en el capítulo general
reunido en 1487 en Gnadenberg estaban representados treinta
monasterios de la Orden de santa Brígida, por un número
global de 929 monjas, 146 sacerdotes, 49 diáconos y 90
conversos (se trata de la única noticia estadística que se
conserva). Si bien la Orden de santa Brígida no se podía
comparar a las grandes órdenes medievales (y seguía siendo
algo singular con su constitución de «monasterio
doble»), sus filiaciones adquirieron gran importancia como
centros pastorales y culturales, sobre todo en los países de
Europa septentrional. El monasterio de Vadstena, por ejemplo,
disponía de una biblioteca de unos 1.400 volúmenes, 450 de
los cuales se conservan todavía (en su mayor parte en la
biblioteca de la universidad de Upsala). En todo caso, ningún
monasterio brígi- do, ni siquiera el de Vadstena, alcanzó el
número de miembros que Brígida había considerado «ideal».
Durante el siglo XVI, la mayor parte de las filiaciones
monásticas de la Orden fue víctima de la reforma protestante.
Vadstena. santuario nacional de santa Brígida (canonizada en
1391), pudo resistir hasta 1595, siendo el último monasterio
sueco, aunque en situación desastrosa. Gnaden- berg fue
suprimido en 1563, su edificio conventual y su iglesia fueron
incendiados y destruidos por los suecos; Maihingen fue
devastado durante la guerra de los campesinos y en torno a
1580 dejó de existir como monasterio brígido. De todas las
filiaciones monásticas que existían en Alemania meridional
sobrevivió únicamente el monasterio de Altomünster, en el
ducado de Baviera, gracias a la decidida política religiosa
llevada a cabo por los duques bávaros. El monasterio -del que,
desde abril de 1520 hasta enero de 1522, había formado parte
el monje Juan Ockolampad o Escompaladio(1482-1531),
posteriormente reformador de Basi- lea- comprendía en 1503
veintiocho monjas y no más de trece monjes, entre ellos cinco
sacerdotes. Con ocasión de la visita báva- ra de 1560, el
personal que lo componía estaba compuesto por dieciocho
monjas (con la abadesa) y diez monjes (siete sacerdotes con
el prior, un diácono y dos conversos). Poco a poco el
monasterio volvió a consolidarse. Tuvo lugar una intensa
actividad constructora (reedificación del monasterio femenino
1589-1593, construcción del Herrenkonvent barroco 17231729), coronado por la construcción de la iglesia barroca
tardía, comenzada en 1763 y consagrada en 1773. Esta obra,
que -como todo el complejo monástico- aparece
profundamente impregnada del espíritu de la Regula Salvatoris
de santa Brígida, fue la última realización de Miguel Juan
Fischer. Como «monasterio doble», Altomünster dejó de existir
con la ^secularización de 1802-1803. Sin embargo, aunque
formalmente había sido suprimida también la comunidad
monástica femenina (37 monjas incluida la abadesa) y el
monasterio estuviera destinado a la extinción, no llegó a
desaparecer. Aconteció que, gracias a las incesantes
oraciones de las últimas monjas brígidas que aún vivían, fue
abierto de nuevo por el rey Luis 1 y transformado en priorato.
Existe aún hoy y es el único monasterio brígido de Alemania.
Además de Altomünster, sobrevivieron y pudieron volver a
constituirse: Syon en Inglaterra, Uden y Wert en Holanda,
cinco monasterios en España -donde, gracias a la influencia
de la monja brígida y mística Marina de Escobar (1554-1633),
se llegó a constituir una rama reformada- y un monasterio en
México. La orden tuvo nueva vida gracias a la Congregación
monástica feme- nina del Santísimo Salvador, fundada en
1911 por la convertida sueca Santa Isabel Hesselblad (18701957) y reconocida en 1942 por Pío XII como «rama viva de la
antigua Orden fundada por santa Brígida». Esta congregación
-que en 1931 se hizo con la casa de Brígida de Suecia en la
plaza Farnese de Roma, donde posee también otros dos
monasterios- consiguió instituir en 1935 una filiación en
Vadstena, en el lugar donde había tenido origen la Orden de
santa Brígida. Esta filiación fue acogida en 1963 como priorato
de la abadía de Uden (María Refugio), un monasterio de la
antigua observancia, cuya tradición se remonta directamente a
Vadstena. En 1991 fue elevada a la categoría de abadía
autónoma, con todos los derechos y privilegios (elección de la
abadesa Karin Adolfsson el 14 de junio de 1991). Actualmente
la Orden de santa Brígida cuenta en el mundo con doce casas
exclusivamente femeninas, con 151 miembros.
El hábito religioso de las monjas es gris con velo negro, y una
«corona de lino» (formada por tres bandas blancas de lino)
con cinco puntos rojos que simbolizan las cinco llagas de
Cristo.
Buen Pastor, Religiosas del.
Con esta denominación se conoce actualmente una
congregación religiosa, de derecho pontificio desde 1959,
fundada en Turín por la Beata Julia Vitturnia Colbert (17851863), esposa del marqués Tancredo Falletti de Barolo.
Constituye la gradual fusión de tres institutos homónimos,
fundados en diversos años por la misma persona.
La primera congregación, de vida claustral, había tenido origen
en 1833, en Turín, con el nombre de Hijas de Santa María
Magdalena. Desde 1846 las «magdalenas», con la aprobación
de Carlos Alberto y de Gregorio XVI, se dedicaban a la
recuperación de chicas abandonadas. La misma marquesa
fundó otros institutos en varias ciudades, donde fueron
llamadas Religiosas del Buen Pastor, a semejanza de otros
dos institutos franceses, homónimos y dedicados al mismo
campo de apostolado. La delicada transición se efectuó en
cincuenta años, en torno al 1923. El primer instituto fuera de
Turín fue el de Cremona, abierto en 1834, bajo la guía de
Alfonsa Graglia (1831-1892), considerada cofun- dadora.
Durante su gobierno se abrieron otras casas, en Piacenza, en
1869, y en Crema, en 1871. Estas se fueron independizando y
se constituyeron en institutos autónomos de derecho
diocesano. En 1962 el instituto de las Religiosas del Buen
Pastor de Crema fue reconocido como de derecho pontificio.
Dado el reducido número de miembros, en 1963 se llevó a
cabo la fusión de las Religiosas del Buen Pastor de Cremona
con las de Piacenza, de aprobación pontificia desde 1947,
denominadas Hijas de Jesús fínen Pastor; las Penitentes de
Santa María Magdalena de Vercelli se fusionaron en 1971 y
las homónimas de Turín en 1973. En el capítulo especial de
1968 se había tomado la decisión de renovar las reglas y
constituciones a la luz del Vaticano II, y de ampliar el horizonte
pastoral también en el extranjero. La finalidad apostólica se
amplió en torno al 1930, incluyendo obras caritativas y
asistenciales, no exclusivamente orientadas a la recuperación.
Se pretende manifestar la bondad misericordiosa de Dios,
revelada en Jesús Buen Pastor, a través de la asistencia a la
infancia, la educación de la juventud. la acogida y
recuperación de las ex-toxicodependien- tes, cursos
profesionales y la colaboración pastoral.
La denominación de Religiosas del Buen Pastor de Milán se
refiere, en cambio, a una congregación, de derecho pontificio
desde 1912, fundada en Milán en 1843 por la marquesa
Carolina del Carretto-Suardo (1798-1874) y por el sacerdote
Luis Speroni (1804-1833). Las treinta componentes del
instituto, distribuidas en tres casas (en 1991), se ocupan de la
reeducación de menores de familias desadaptadas.
Bajo el nombre del Buen Pastor existen otras congregaciones
femeninas, como: las Hermanas de Jesús fínen Pastor
(/''Familia Paulina) y las Auxiliares Diocesanas del fínen
Pastor, fundadas en 1942 en Pamplona, por Isabel Garbayo
Ayala, para la evangeli- zación de mujeres marginadas.
Buen Salvador de Caen, Hijas
del. Fueron fundadas en 1730. en Caen-Normandía (Francia)
para manifestar el amor salvador de Jesús. Su fundadora es la
M. Ana Leroy.
Bursfeld, Congregación de. La
abadía benedictina de Bursfeld (en Gotinga) fue renovada en
1434 por el abad Juan Dederoth (con la ayuda de los monjes
procedentes de St. Matthias, en Tré- veris). Bajo su sucesor, el
abad Juan Hagen (1439-1469), se fundó la congregación de
Bursfeld. donde se reunieron algunos monasterios
benedictinos, defensores de la reforma, que en la vida común
y en la celebración del oficio litúrgico seguían principios
comunes. Esta congregación reformada comprendía 36
monasterios en 1469. y 94 abadías
en 1530. En el siglo XVI la abadía de Bursfeld se pasó a la
reforma; no obstante, la congregación continuó floreciente
(hasta 1780 comprendía 111 abadías, sin contar los
monasterios femeninos) y duró hasta la supresión monástica
general de comienzos del siglo XIX.
*
Caballería, órdenes de /"Ordenes militares.
*
Caballeros de Malta /"Ordenes militares.
Caballeros del Santo Sepulcro
/" Santo Sepulcro, Orden militar del.
Cabildo /"Capítulo. Colegio de sacerdotes instituido para hacer
más solemne el culto divino en la catedral.
Canialdilienses. Constituyen una austera rama colateral de
/"Benedictinos, que une la vida eremítica y la cenobítica. Sus
miembros llevan hábito blanco. La orden fue fundada a
comienzos del siglo XI por san Romualdo de Ravena (t 1027),
con el apoyo del obispo Tedaldo de Arezzo. Su nombre
procede del yermo de Camaldoli, en la provincia de Arezzo
(Italia), al que, desde el principio, se asoció el cenobio de
Fontebuono. Gracias al apoyo de los obispos de Arezzo , del
emperador Enrique III y de otras personalidades, la
congregación eremítica de Camaldoli floreció en toda Italia
central. En 1072 el papa Alejandro II la tomó bajo su
protección, junto con todas sus dependencias. El prestigio de
Camaldoli fue creciendo y la congregación logró difundirse con
rapidez durante el siglo XII. Sin embargo, el carácter
heterogéneo de este desarrollo y los diferentes modos de
entender y aplicar las constituciones de la Orden (a partir de
1080-1085) dieron origen también a ásperas polémicas dentro
de los monasterios masculinos y femeninos o. más
exactamente, dentro de los mismos eremitorios que
componían la congregación. A pesar de ello, logró extenderse
por muchos países de Europa y tuvo mucho que ver en la
cristianización de Polonia y Hungría. Fueron los
Camaldulenses quienes introdujeron la institución de los /"
hermanos laicos en el monacato benedictino. Los eremitorios
estaban compuestos por un grupo de casitas separadas (cada
una con su huertecito); el conjunto de las instalaciones estaba
rodeado de un muro. Había además, algunos lugares comunes
(iglesia, sala capitular, hospedería...). Las diferencias de
planteamiento a propósito de la relación entre vida eremítica y
cenobítica condujeron, con el tiempo, a la formación de
diversas congregaciones. La Orden ha dado a la Iglesia
muchos santos. En los siglos XV y XVI experimentó una cierta
apertura al humanismo. Hoy la Orden camaldu- lense, con sus
ramas masculina y femenina, subsiste con un restringido
número de monasterios. En 19% la rama masculina contaba
con doce monasterios y 120 monjes, entre ellos 62 sacerdotes.
Camilos. Los Camilos o Ministros de los enfermos (Ordo Clericorum Regularium Ministran- tinm Infmnis, MI u OSC) son los
miembros de una Orden dedicada a la caridad, fundada en
1582 por san Camilo de Lelis, con el fin principal de asistir a
los enfermos. Fue aprobada por el papa de forma provisional
en 1586, y definitivamente en 1591. La Orden fue una de las
expresiones del movimiento de renovación católica originado
por el concilio de Trento, y se extendió rápidamente por Italia y
España, difundiéndose posteriormente, en el siglo XVIII, en
Portugal y en América Latina. Tras su desaparición a finales
del siglo XVIII, la Orden renació en 1842, en Vero- na.
difundiéndose por casi todos los países de Europa, América
septentrional y meridional y, además, en muchos países de
misión. Fieles a la antigua tradición de la Orden, los Camilos
desempeñan actualmente su acción pastoral sobre todo en
hospitales, clínicas y residencias de ancianos. Además,
asisten, aún hoy, a los enfermos en hospitales gestionados por
la misma Orden. La provincia alemana ofrece un importante
contributo al tratamiento y recuperación de toxicodependientes.
La situación de la Orden en 1996 era de 140 casas, con 1.015
miembros, entre ellos 649 sacerdotes.
En muchos países de Europa y en tierras de misión trabajan
diversas comunidades femeninas de Camilas (fundadas en los
siglos XIX-XX), que se inspiran en los ideales de san Camilo
de Lelis; entre ellas están las Hijas de San Camilo, fundadas
en Roma, en 1892, por el camilo P. Luis Tezza y Josefina
Vannini. Existen también comunidades organizadas como f
institutos seculares.
Canonesas. El término canónica, como adjetivo, se encuentra
en las fuentes griegas a partir del siglo IV, para designar a una
mujer piadosa, cuyo nombre está registrado en una lista (en
griego canon). Después pasó a designar, en sentido genérico,
a mujeres que vivían la vida religiosa. Por
lo que respecta a la Iglesia occidental, en las disposiciones de
los concilios carolingios y a partir del siglo VIII, se encuentra el
término canonicae (correspondiente al latino sanctimoniales,
consagradas a Dios) como equivalente a canónicas
(^Canónigos). Con este concepto se entendía a las religiosas
que vivían en comunidad según las leyes de la Iglesia
(cánones), con propiedad o sin ella, pero que, en todo caso,
quedaban fuera de la forma de vida monástica, no estaban
vinculadas por votos y, por tanto, no eran móntales. Sin
embargo, por su estilo de vida, ordenado según las leyes de la
Iglesia, se distinguían también de las comunidades femeninas
formadas a partir del siglo XII, y que vivían también sin votos
religiosos (/* Beguinas). Su estado jurídico quedó definido de
forma general durante el sínodo de Aquisgrán del año SI6, con
las Institutio- nes Aquisgranenses, dirigidas a canónigos y
canonicae. La Cons- titutio sanctitnonaliuni canonice
degentium (o De institutione sanctimonulium) describía a las
canonesas -aunque la definición de canonissa es posterior,
pues se remonta a la tardía Edad media- como una comunidad
que vivía de acuerdo con normas severas, inspirada en el
espíritu de la regla de san Benito, a cuya cabeza estaba una
abadesa (abba- tissa canónica). Esta podía tomar
parte en los sínodos provinciales y diocesanos; y era quien,
oído el capítulo canonical, distribuía todos los cargos.
Era obligatoria la participación a la misa, la /"liturgia de las
horas y los trabajos manuales, entendidos como ejercicio
ascético; estaba mandada la permanencia frecuente en el
refectorio y en el dormitorio; y estaba prohibido hablar con los
hombres. No obstante, en estas disposiciones, parecidas a las
previstas para los canónigos en la Regula cano- nicorwn, se
daban también amplias concesiones: las canonesas podían
tener bienes propios, gozar de su usufructo y tener vivienda
privada, con criadas a su servicio.
Resulta difícil distinguir a las canonesas que vivían en común,
según los cánones, de las monjas vinculadas a la regla de san
Benito, sobre todo en el período que va desde el siglo IX al
siglo XI. A menudo se encuentran definiciones comunes a
ambos estados u órdenes (sanctimoniales, sórores o ancillae
Dei). Además, muchos monasterios albergaban tanto monjas
como canonesas.
A partir del siglo XI/XII tuvo lugar también la formación de
comunidades de ^conversas (con- versae sórores), que se
asociaban a monasterios masculinos (/"monasterio doble) y
que. como claustrum para canonesas regulares en las abadías
de los canónigos regulares, formaban el tercer campo de una
congregación canonical. Además de eso, surgieron también
abadías femeninas.
Las decisiones del sínodo de Letrán de 1059 y las invectivas
de Hildebrando -el futuro papa Gregorio Vil- sobre «el vicio de
la posesión personal» de los /'canónigos afectaron también a
las canonesas. En línea con la reforma canonical, parte
integrante de la más amplia «reforma gregoriana» del siglo
XI/XII. algunas colegiatas de canonesas se adhirieron a la
regla de san /"Agustín. Desde entonces estas canonesas se
denominan Canonesas Regulares o Canonesas Regulares de
san Agustín (Canonesas /"Agustinas). Sin embargo, con
frecuencia las canonesas mantuvieron su estilo de vida
anterior. En este caso, la vida común y la observancia de la
clausura fueron cada ve/, menos practicadas, dando lugar a
una creciente mundanización. Las colegiatas de canonesas
(denominadas también «capítulos de /"damas» a partir del
tardío Medievo) se fueron convirtiendo progresivamente en
lugares donde se situaban las jovencitas de familias nobles.
Las llamadas Canonesas Seculares no estaban atadas por
ningún tipo de vínculo, podían habitar libremente fuera de la
casa o capítulo de pertenencia y si así lo deseaban,
abandonarlo y casarse. Sólo las
abadesas u otras canonesas dotadas de especiales cargos
pronunciaban /"votos. Las damas de origen aristocrático tenían
a su disposición ingresos procedentes de un número
establecido de beneficios (prebendas), poseían bienes propios
y no estaban vinculadas por votos. En ese sentido
representaban la réplica femenina de los canonicatos
seculares masculinos (/'Canónigos).
Muchas de estas abadías consiguieron poder depender
directamente de la autoridad imperial, mientras que a sus
abadesas se les reconoció dignidad principesca dentro del
Imperio. La mayor parte de los capítulos de damas fueron
suprimidos en los tumultos que siguieron a la reforma
protestante (o bien fueron transformados en «capítulos de
damas» protestantes); otros, en cambio, desaparecieron con la
secularización, a comienzos del siglo XIX o después de las
dos guerras mundiales, después que, en Austria, numerosos
capítulos de damas habían sido reconstituidos a lo largo del
siglo XVIII.
Canonesas Regulares de san Agustín (Cononissae
Regulares S. Augustini, CSA) o Canonesas Agustinas, son las
/"canonesas que en los siglos XI y XII encarnaron la regla de
san /"Agustín y, mediante la profesión de los tres /"votos
solemnes, se entregaban a una vida en comunidad. Se
consideran Agustinas en sentido estricto. Anteriormente vivían
con frecuencia como /"conversas en las fundaciones de
Canónigos Regulares (/"conventos «asociados» o conventos
dobles) o tuvieron origen a partir de instituciones eremíticas.
Su vida canonical común está marcada por la observancia de
una estricta f clausura, por la celebración de la liturgia, la
renuncia a la posesión de bienes, la hospitalidad y la actividad
docente. Apoyadas por obispos, Canónigos /"Agustinos y
Dominicos, surgieron diversas congregaciones como las
Canonesas de Letrán, las Cano- nesas del Santo Sepulcro, las
Canonesas de /" Windesheim, las Canonesas Regulares de
san Agustín de la congregación de Notre-Dame, con casas
autónomas en Essen, Hagen. Offenburg y Paderborn, y las
fPremostra- tenses. Generalmente estaban vinculadas a las
correspondientes órdenes o congregaciones de canónigos
regulares; sin embargo existían también muchas fundaciones
autónomas. Muchas ramas subsisten todavía hoy.
Canónigos. Se entiende por canónigos los clérigos miembros
del cabildo o capítulo de una catedral, de una fundación
monástica, de una colegiata u otras iglesias; celebran juntos la
liturgia y viven de acuerdo con una regla determinada (en latín
capitulum canonicum, canonicorum o cathe- drcile). El
/"cabildo o capítulo estaba constituido por la comunidad de
eclesiásticos (presbyte- rium) activos en una iglesia catedral,
que estaban junto al obispo durante la celebración de la liturgia
y a los que correspondían diversas tareas, pastorales o no. En
cambio, recibían todo lo necesario para vivir de los bienes
eclesiásticos administrados por el obispo. El vocablo
«capítulo» (en latín capitulum, pequeña cabeza, y en sentido
traslaticio, sección de un texto o de una ley) recuerda que la
regla a la que estaba sometida la vida común de estos clérigos
se leía siempre por partes o capítulos.
También dentro del clero secular (es decir, entre los
eclesiásticos que no eran monjes) se encuentra bien pronto la
tendencia a vivir en comunidad, la vita communis (vita
canónica. vita apostólica) según el modelo monástico. entre
otras cosas para hacer más fecundo su ministerio. En la raíz
de todo esto estaba la concepción ideal de la vida apostólica,
representada por la vida común de Jesús con sus discípulos, y
por la comunidad de bienes y corazones de la Iglesia
apostólica, tal como aparece en el libro de los Hechos de los
apóstoles: «Todos los creyentes tenían un solo corazón y una
sola alma, y nadie llamaba propia cosa alguna de cuantas
poseían, sino que tenían en común todas las cosas» (He
4,32). El primer obispo occidental que puso en práctica esta
idea fue san Eusebio de Vercelli (entre los años 283-371), que
introdujo en el clero de su ciudad la vida común, reuniéndolo
en una especie de comunidad conventual (capítulo claustral).
Quien más contribuyó a promover la vida comunitaria del clero
secular fue seguramente san Agustín (354-430), padre de la
Iglesia y uno de los teólogos más influyentes de la Iglesia
latina. Personalmente proclive a la vida monástica, estaba
convencido de que del empobrecimiento cultural y espiritual se
derivaban graves peligros para la obra sacerdotal, y que la
existencia cristiana inspirada por el amor de Cristo podía
realizarse solamente en comunidad. Por eso, como obispo de
Hipona, en Africa septentrional, cultivó la vita communis de
acuerdo con una regla (regla de san Agustín), viviendo con sus
clérigos en comunión de espíritu y compartiendo con ellos la
casa y la mesa. Además de la observancia de la castidad y de
una moderada práctica ascética, quien pertenecía a esta
comunidad se comprometía a no poseer bien alguno personal.
Sus miembros, que trabajaban en la pastoral, debían tener
todo en común (He 2,44). De ese modo tomaba consistencia el
ideal de la vita communis como
vita canónica, es decir, como vida según los cánones, imitada
posteriormente también en la corte del papa Gregorio Magno
(590-604). Durante los siglos siguientes la vida comunitaria
pudo desarrollarse posteriormente, entre otras cosas, gracias
al reclamo de la experiencia de Agustín y de la comunidad
episcopal que se reunía en torno a él. y que llegó a ser un
auténtico centro cultural y «vivero» de sacerdotes y obispos.
En los siglos VI y VII quienes impulsaron la actualización del
estilo de vida canónico fueron especialmente los factores
económicos. Los clerici canonici, que vivían en comunidad de
acuerdo con una regla, trabajaban sobre todo en las ciudades
que eran también sedes episcopales. Sus cometidos
consistían en la celebración común del servicio litúrgico, en la
liturgia de las horas y algunas tareas de carácter pastoral. A
cambio, recibían todo lo necesario para el sustento del
patrimonio común de la Iglesia. En todo caso, dada la
contemporánea difusión de las iglesias privadas, constituían
una minoría entre el clero. Para los eclesiásticos que se
encontraban en iglesias de pueblo, la vida comunitaria
resultaba prácticamente imposible, de modo que, ante sus
necesidades concretas, la realización de este ideal pasaba a
menudo a segundo plano.
Además, hasta mediados del siglo VIII, continuó aumentando
el número de reglas mixtas y, con ellas, la confusión. En
efecto, estas se referían con frecuencia tanto al estilo de vida
mo- nástico-conventual (ordo monásticos) como al propio estilo
de los canónigos (ordo canónicos), haciendo difícil -y a veces
imposible- establecer a qué ordo pertenecía una determinada
institución eclesial. Los primeros esfuerzos por llegar a una
agrupación del clero, que hiciera posible precisar los perfiles
de la nueva forma de vida, distinta del ordo monásticos y a
mitad de camino entre la de los monjes y la del clero secular,
se dieron en la época carolingia, cuando la confusión entre las
ordines -entre monjes y conónigos- había llegado a ser ya un
grave obstáculo para la reforma de la Iglesia que,
precisamente entonces, se había acometido. Esta exigencia
encontró su expresión en una regla compuesta expresamente
para el ordo canónicos.
I. La regla de Crodegango de Metz. Esta regla fue elaborada
por Crodegango, obispo de Metz entre los años 742 y 766. Lo
que lo impulsó a redactar el texto fue el deseo de contribuir a
la elevación del clero secular. Para ello adaptó las instituciones
monásticas, con el fin de educar a su clero a un estilo y a unas
condiciones de vida marcados por la dignidad y la conciencia
de su tarea, además de la piedad religiosa y la aspiración a la
perfección. Por esta razón, quiso, ante todo, que los
eclesiásticos que trabajaban en su iglesia catedral se
comprometieran a una vida «canónica» en comunidad. En el
centro debía estar, como para los monjes, la oración coral.
Para regular más concretamente la vida común, ordenada
según los tiempos litúrgicos del día y del año, Crodegango se
inspiró, en casi todas sus directrices, en la regla de san Benito
(/*Benedictinos). Su regla, compuesta alrededor del año 755,
contiene en sus 34 capítulos muchas enseñanzas y preceptos
tomados de la regla de san Benito. Por ejemplo, los edificios
en que residían los canónigos -y donde se atendía a la
formación de los jóvenes destinados al sacerdocio, en el
mismo ambiente del obispo- debían estar cerrados lo más
posible a los laicos. Sin consentimiento del obispo, del
archidiácono o del primicerio, quien no era miembro de la
comunidad no podía acceder a la clausura; a las mujeres,
además, les estaba totalmente prohibida la entrada (c. 3).
Todos los canónigos, que, a diferencia de los monjes, llevaban
hábitos de un tejido mejor, debían cuidar la vida comunitaria,
tanto en los tiempos de descanso como durante el trabajo y las
comidas (cc. 3, 9.21).
El estatuto de Crodegango
respetaba la división jerárquica del clero, según los grados del
orden y las diversas obligaciones del trabajo, sobre todo
pastorales, propias de los clérigos, que, con frecuencia, los
obligaban a estar ausentes del ^capítulo. Las exigencias del
ministerio eclesiástico -servicio litúrgico y tareas pastoralesexigieron también una atenuación del precepto de la pobreza,
exigido por el seguimiento de Cristo y al que siempre se
habían atenido, aunque esto contrastara abiertamente con la
vita communis. Es verdad que quien entraba en el canonicato
debía donar sus bienes inmuebles a la iglesia de la que se
hacía canónigo, pero podía mantener el usufructo durante toda
su vida (c. 31). Para la edificación común se consideraba
indispensable la observancia puntual de los tiempos de la
liturgia de las horas, a la que se obligaban los miembros del
capítulo. A partir de la hora de Completas, que tenía lugar al
comenzar la noche, ya no se podía comer ni beber ni hablar.
Para las transgresiones se preveían medidas disciplinares
progresivas (cc. 4-6). Con ocasión de los domingos y
festividades, los canónigos recibían la sagrada comunión:
estaban obligados también a confesarse al menos dos veces
al año (c. 14). Después de la hora de Prima, que se cantaba
por la mañana hacia las seis, tenía lugar
el capítulo. Se leían párrafos de la Sagrada Escritura, de la
regla de Crodegango y, en días determinados, de otros libros
edificantes, incluidas las obras de los padres de la Iglesia. Al
final de la lectura se daban las disposiciones necesarias y se
intripartían las advertencias públicas (c. 8); luego se dedicaban
a los trabajos manuales (c. 9) o realizaban sus propias tareas
pastorales.
Aun con toda su atención puesta en la elevación del clero,
seguramente Crodegango. con su estatuto, no tenía intención
de crear ninguna institución eclesiástica de valor universal. Su
regla estaba pensada más bien para los eclesiásticos de su
iglesia catedral de San Esteban y para las iglesias que
pertenecían a ella. Sin embargo, su regla y su canonjía de
Metz se convirtieron en el «instituto modelo de la Iglesia
franca» (Hauck). Este modelo de vida canónico, o canonical,
consiguió una mayor importancia gracias al fuerte apoyo que
le prestaron primero el rey Pipi no -al menos en parte- y
después, sobre todo, Carlomagno, quienes la introdujeron
también en otras partes. La regla del obispo de Metz había
establecido la vita communis de los canónigos capitulares y,
por su carácter, específicamente pensado para los canónigos,
había permitido poner en evidencia los elementos
característicos del ordo canónicos respecio del monacato. En
este sentido se puede hablar realmente de una «reforma
clerical de Crode- gango» (Marchal).
2. La /nstitutio Ac/uisgranen- sis. Con la regla de Crodegango
se había comenzado ya, en el ámbito local de la diócesis de
Metz, lo que en el sínodo de Aquisgrán del año 816 y en la
/nstitutio canonicorum (Institu- tiones Aquisgranenses) allí
promulgada, llegó a ser ley vinculante de todo el reino franco:
la vida común de los canónigos y la clara distinción entre el
monacato vinculado a la regla de san Benito y la vita
monástica, por una parte, y la vita canónica de los canónigos y
f canonesas, para quienes la /nstitutio se convirtió en norma
vinculante, por otra.
En aquella ocasión, el emperador Ludovico Pío (814-840)
pronunció personalmente un discurso, insistiendo en la
urgencia de una «reforma» y en la necesidad de introducir la
vida canónica de los clérigos. Con este fin expresaba el deseo
de que se proveyera a recoger los textos de los antiguos
cánones y de los escritos de los Padres que contenían
indicaciones sobre la vida de los eclesiásticos. No todos los
obispos presentes en el sínodo estaban convencidos de la
urgencia de tal asamblea; además, sabían que se iban a
encontrar con el reproche de no haber cuidado la vida común
junto con su clero, tal como estaba previsto en los cánones.
No obstante, se elaboró y luego se aprobó un documento que
respondía a los deseos del emperador. Estas disposiciones
fueron posteriormente promulgadas, con una forma y un
contenido parecidos, para las canonesas. La mayor parte de
los estatutos de Aquisgrán (cc. 1-114) estaba dedicada a
principios de carácter general con respecto a la gestión del
sagrado ministerio. Los capítulos sobre la vida común (cc. 1
15-145) retoman las ideas ya formuladas, siete decenios
antes, en la regla de Crodegango (aunque sin citarla
directamente). Por ejemplo, la celebración común de la misa y
de la oración coral (servicio f coral) debía ser el fundamento de
una forma de vida vinculada a la vita conununis, armonizada
con los ritmos y los tiempos de la jornada y del año. A los
canónigos se les permitía comer carne y poseer bienes (c. 1
15); en todo caso, la regla de Aquisgrán contiene también un
texto de Agustín que prohíbe la posesión privada de bienes (c.
1 I2ss). Por lo demás, se dan disposiciones sobre los castigos
(c. 134) y se establecen las diversas competencias propias de
quien ocupaba determinados cargos. En el vértice está el
obispo o. en el caso de las iglesias colegiatas, el prepósito
(praepositus), o f preboste; luego quien proveía
y administraba el abastecimiento (cellerarius), el portero
(portarais) y el encargado de los huéspedes (hospitalarias). Se
daban, además, indicaciones sobre la hospitalidad que había
que prestar a pobres y forasteros. Las disposiciones de la
Institiitio son seguramente genéricas y más bien extensas,
pero tenían en cuenta todos los canonicatos o canonjías. El
ideal de vida monástica y de la pobreza aparece con más
fuerza que en la regla de Crodegango: «Toda la institución de
la vida canónica aparece como una concesión a la debilidad
humana» (Hauck).
3. La reforma canonical de los siglos XI y XII: introducción de
la vida regular en los capítulos canonicales (origen de los
canónigos regulares). No en todas las fundaciones
canonicales, especialmente durante el siglo IX, fue posible
realizar la vida común de los canónigos, tal como estaba
prevista en las leyes; es más, bien pronto cayó de nuevo en el
olvido. Sin embargo la regla de Aquisgrán contribuyó a reforzar
desde dentro la vida común de los clérigos, sobre todo
cuando, los siglos XI y XII, comenzó a abrirse camino la idea
de la reforma, con la renovación eclesial y monástica que se
derivó de ello (Cluny, Brogne, Gorze. Verdún). Partiendo de
numerosos centros eclesiales y sedes episcopales.
importantes y económicamente prósperos, se dio un llorecimiento de la vida canonical, con oración coral en común, en
Alemania. Lorena, Francia y en diversas partes de Italia.
Es significativo que, precisamente donde se daban situaciones
consolidadas, había, aparentemente, menos motivos para
apartarse de las disposiciones de la /nstitutio; por otra parte, la
«miserable condición» de muchas comunidades canonicales
de Francia meridional y de Italia era ya motivo, no secundario,
para emprender una reforma de la vida canonical.
Efectivamente, fue en esos países donde tuvieron lugar las
primeras experiencias y los comienzos de una reforma radical
de la institución canonical.
Tras la decadencia eclesial del siglo IX y comienzos del X. muy
difundida pero, en todo caso, no generalizada, debida al
desplome de los ordenamientos políticos de Occidente y al
ataque de enemigos externos (sarracenos, normandos,
húngaros), monasterios, clero secular, colegiatas de canónigos
y canonesas, eclesiásticos y laicos, experimentaron «una
nueva nostalgia de un cristianismo más profundo, de un
distanciamiento del pasado y de una orientación de la vida a
su fin celestial» (Schwaiger). Este movimiento reformista
originó también un nuevo modo de entender los sacramentos,
a los que
se vinculaba la exigencia de un ministerio sacerdotal vivido de
modo irreprensible. En esto tuvo mucho que ver el papado
reformista del siglo XI y comienzos del XII. A través de la
reivindicación de la «libertad de la Iglesia», entendida como
liberación de intromisiones procedentes del exterior, y gracias
a la contemporánea insistencia en una mayor unión con Roma,
se pretendía llegar a una nueva y más profunda religiosidad.
Un importante instrumento para conseguir esta finalidad y para
afirmar la reforma general de la Iglesia, se descubría
precisamente en la renovación de la vida apostólica canonical.
según el modelo monás- tico-conventual; para ello, era
necesario, ante todo, reforzar la vida comunitaria de los
clérigos, «según la regla de los Padres». En todo caso, no es
posible explicar las razones de la reforma eclesial y canonical
del siglo XI. reduciéndolas a una única causa. Las reformas
son el resultado de dinamismos diversos, que se remontan
mucho más atrás en el tiempo; ciertamente pueden atribuirse
también -aunque no exclusivamente- a las transformaciones
sociales, que exigían nuevas formas de presencia pastoral.
Una lectura atenta de la historia de la Iglesia demuestra
claramente que todo auténtico movimiento innovador tiene su
punto de partida en el evangelio.
De manera especial, los canónigos regulares (canonici
regulares) nacidos después de la reforma de la institución
canonical, estaban totalmente empapados del ideal apostólico
de la pobreza y del amor fraterno, según el modelo de los
orígenes cristianos. Efectivamente, se consideraba que el
seguimiento de Cristo era posible sólo para los pobres. Al
creciente aprecio por la asee- sis y por una nueva religiosidad,
vivida más interiormente, se unía también una nueva devotio,
que se apoyaba en el concepto de humildad, de renuncia de sí
mismos. Se reconocía que sólo en la cruz está el camino de la
salvación y de la vida, la protección contra las tentaciones y la
verdadera alegría, que nunca puede subsistir sin la cruz. Se
consideraba que en cargar con la propia cruz, siguiendo a
Cristo («espiritualidad cristocéntrica») radica la única
posibilidad de alcanzar la vida eterna. La vita apostólica se
vivía en el ideal del seguimiento de Cristo, que mantenía viva
la nostalgia de la vida ere- mítica ermitaño). El carácter
eremítico de los comienzos de la reforma canonical aparece
con claridad en las primeras fundaciones: San Rufo en Aviñón
(1039), Ravengiersburg (1074) y, en parte, también
Rottenbuch (1073).
Con la «reforma gregoriana», así denominada por el nombre
del papa Gregorio VII (1073- 1083), aumentaron las críticas a
los estatutos de la regla de Aquisgrán, considerados
demasiado liberales. Ya antes, el sínodo de Letrán de 1059
había recordado y subrayado enérgicamente la obligación de
los clérigos de vivir en comunidad: los eclesiásticos, «en las
iglesias a las que son destinados, como conviene a clérigos
devotos», debían «comer juntos, dormir juntos y poner en
común todos sus ingresos», tendiendo con to- das sus tuer/as
«a realizar el estilo de vida apostólico, es decir, comunitario»
(can. 4). En las iglesias catedrales y las colegiatas había que
vigilar para que esta obligación se mantuviera y, con ese fin.
se debían hacer más rígidas las disposiciones legislativas. El
sínodo de Letrán de 1059-1061, presidido por el papa Nicolás
II, que tanto iba a influir en el futuro, había contado con la
participación y la intervención decisiva de Hildebrando,
entonces archidiácono de la Iglesia romana y futuro papa
Gregorio Vil. Él pronunció un discurso cargado de ataques a la
vida lujuriosa de los canónigos, que «eran esclavos del vicio
de la propiedad personal y se hacían servir ciclópeas
cantidades de alimento» (Führmann). Sin embargo no se ha
de olvidar que, precisamente en aquel tiempo, se recurría con
gusto a formas enfá
ticas, para poner en evidencia ciertas formas de laxismo,
probablemente existentes realmente, para subrayar así, muy
drásticamente, la urgencia de adecuadas medidas de reforma.
Hildebrando pidió la abrogación de las disposiciones de la
regla de Aquisgrán, que él consideraba especialmente
escandalosas, porque permitían a los canónigos poseer bienes
y viviendas personales. Precisamente en esto identificaba él la
raíz de todos los males de muchas comunidades canonicales,
cuyos miembros denominaba él despectivamente «detentores
de prebendas». La Institutio de Aquisgrán no fue abrogada,
entre otras cosas porque la actitud de rechazo afectaba sólo a
algunas prescripciones aisladas. Sin embargo se hizo una
interpretación rigurosamente ascética de sus normas, en
función de la reforma canonical, y especialmente de la vida
común de los canónigos, de acuerdo con el modelo monástico;
y por tanto con jornadas distribuidas regularmente, con liturgia
de las horas, trabajo manual, obligación de la abstinencia y
silencio.
Junto a Hildebrando, entre quienes con más decisión y en
primer lugar lucharon para afirmar la reforma estuvo san Pedro
Damiani (1007-1072), monje y cardenal obispo de Ostia, con
un polémico escrito dirigido a los clérigos poseedores de
bienes que dedicó al papa reformista, Alejandro II (1061-1073).
Cuatro años más tarde, durante un sínodo romano celebrado
bajo el pontificado de este último, fueron ratificadas las
decisiones de 1059.
En la segunda mitad del siglo XI, fueron también enérgicos
promotores de la reforma canónica los santos obispos
Anselmo de Lucca e Ivo de Chartres, que dio comienzo a la
renovación de la vida canónica en Francia. En Alemania, el
primero en retomar las demandas de Roma para la reforma del
clero diocesano fue el obispo Altmann de Passau (1065-1091),
quien aplicó con coherencia y rigor el programa reformista. Los
centros de reforma por él fundados fueron principalmente San
Nicolás de Passau. San Florián de Linz y St. Pól- ten. El año
1073, en Rottenbuch, fuera de los límites de su diócesis, fundó
el «punto de apoyo» más importante para la reforma canonical
-v eclesial- del norte de los Alpes. Pero cuando intentó
introducir la reforma en el cabildo de su propia catedral se
encontró con un duro fracaso. Otros obispos reformistas, que
tuvieron parte importante en la renovación de la vida canónica,
fueron Conrado I de Salzburgo, Rainardo de Halberstadt
(1107-1123) y Esteban de Tournai (1135-1203). Entre ellos, el
arzobispo Conrado I de Salzburgo (1105-1147) aparece
realmente como el «tipo de obispo reformador del canonicato»
(Weinfurter); él promovió de manera racional la reforma
canonical dentro del cabildo de su catedral. de modo que,
posteriormente se difundió por toda la diócesis. Relaciones
con Salzburgo, como centro de reforma, tuvo también
Reichersberg, cuan- do llegó a ser preboste Gerhoh de
Reichersberg (f 1169), influyente escritor del siglo XII y radical
propulsor de la reforma canonical. El consiguió garantizar el
éxito de la reforma confiriendo en muchos casos la dignidad
ar- chidiaconal -que entonces gozaba de gran prestigio y
además tenía gran importancia para el gobierno de las
diócesis- a los prebostes de las colegiatas de canónigos
regulares en los territorios que dependían de él (por ejemplo,
Herrenchiemsee).
También la clase dirigente aristocrática se situó entre los más
importantes promotores del movimiento reformista. El número
de colegiatas y de cabildos reformados siguió aumentando
hasta finales de siglo XI y continuó a comienzos del XII. Hacia
mediados del mismo se contaban ya más de ciento cincuenta
fundaciones canonicales reformadas. Entre los centros de
reforma se distinguieron, en Francia, San Rufo en Aviñón, San
Víctor en París, Arrouaise en Aureil y San Quintín en
Beauvais; en Italia.
Santa María in Porto en Ravena; en Alemania el primer centro
de reforma fue Rottenbuch; luego vinieron Marbaeh en Alsacia
(1089), donde actuó como preboste Manegold de Lautenbach.
célebre exponente de la primera escolástica, Springiersbach
en la archidiócesis de Tréveris (1 107), Hamersleben. Steinfeld
en Eifel, Klosterrath en Aquisgrán y Salz- burgo. Por otra parte,
muchas colegiatas, situadas sobre todo en los territorios de la
margen izquierda del Rin, no se adhirieron a la reforma.
El estilo de vida de los canónigos. que hasta entonces habían
vivido simplemente «según los cánones» (canonice), se fue
haciendo cada vez más semejante al de los monjes, que vivían
según una regla. Una ola de entusiasmo reformista llevó a los
canónigos regulares a una nueva conciencia de su propia
identidad. Vivir en comunidad, siguiendo el modelo de los
monjes, y realizar al mismo tiempo la tarea encomendada por
el Señor, a través de la predicación de la palabra, era lo que
se entendía como forma de vida ideal, es decir, apostólico. Por
esta razón los obispos reformadores asignaron a los
canónigos regulares -los milites Christi («soldados de Cristo»)tareas pastorales. Los canónigos regulares, que se
denominaban también pauperes Christi («pobres de Cristo»),
fueron madurando progresivamente en la conciencia de que lo
más importante era precisamente la solicitud sacerdotal por la
salvación de las almas de gentes con frecuencia inseguras y
llenas de dudas, especialmente en una época que se percibía
como el fin de los tiempos.
Los papas reformistas advirtieron inmediatamente la
importancia que el movimiento de reforma canonical tenía para
la renovación del alto clero y para la pastoral; y, por ese
motivo, lo apoyaron. El papa Urbano II (1088-1099), cuya
personalidad estaba profundamente marcada por los ideales
cluniacenses y gregorianos, subrayó con fuerza los deberes
pastorales de los canónigos regulares. En un privilegio
concedido en 1092 a Rottenbuch, afirmó que la forma de vida
monástica y la canonical, por tanto la vida en el monasterio
con el principio de la fuga del mundo y la práctica de la cura de
almas, eran conciliables, iguales en dignidad, y podían
remitirse directamente a la Iglesia de los orígenes. Sobre todo,
es mérito de Urbano II haber determinado la posición de los
canónigos regulares entre el monacato y el clero disperso «por
el mundo», favoreciendo así su «autoconciencia». Mediante la
concesión de privilegios a las colegiatas de los canónigos
regu- lares. Urbano II trazó una línea clara de separación con
respecto a los simples eclesiásticos, llamados «canónigos
seculares», que no se habían adherido al programa de reforma
canonical.
En el citado privilegio de Ro- ttenbuch, con el que se permitía
la posesión de bienes y la libre elección del preboste, el papa
prohibía también a los canónigos regulares pasarse al ordo
monásticos o a los clérigos no regulares, cosa que no
raramente había sucedido hasta entonces.
La difusión de la reforma canonical acaeció de formas muy
diversas: mediante la aceptación de la reforma por parte de un
capítulo ya existente, con la fundación de casas propias por
parte de algunos grupos de clérigos, la introducción de una
regla en el capítulo colegial (/"colegiata) o, finalmente,
mediante fundaciones eremíticas y hospitalarias. Estas últimas
nacieron frecuentemente de comunidades laicales,
transformadas posteriormente en canonjías regulares, que
ofrecían a los transeúntes hospitalidad y ayuda en zonas y
caminos aislados, sobre todo a lo largo de los caminos que
conducían a metas de peregrinación. Se puede considerar
como la más importante de estas hospederías el monasterio
que se encuentra en el Gran San Bernardo (/"Canónigos
Regulares de san Agustín).
El «siglo bernardino», así llamado por el gran abad
cisterciense Bernardo de Claraval (^Cis- tercienses), estuvo
marcado también, y de manera estable, por la reforma
canonical, especialmente en los decenios desde 1110 al 1150.
El movimiento afectó también a las mujeres que. como
/"canonesas regulares, se llenaron de entusiasmo por el ideal
de la vida apostólica.
La evolución interna de los canónigos regulares no aconteció
de manera unívoca, dado que el patrimonio de tradiciones a
las que referirse era muy rico y diferenciado. Además de la
regla de Aquisgrán, del año 816. los canónigos regulares se
atuvieron también a decretos conciliares v textos patrísticos,
entre los que se encontraban también los escritos de san
Agustín. De ellos se había derivado muy pronto una regla, la
llamada «regla de san /"Agustín». Así, desde los años 50 y 60
del siglo XI. muchas comunidades canonicales se
reconocieron en ella, proponiéndose vivir de acuerdo con la
regla de san Agustín (secundum beati Augustini regulam
vívenles), o bien según un estilo de vida inspirado en el
modelo del obispo de Hipona y de su comunidad de clérigos.
A partir del siglo XII los cabildos se adhirieron a esa regla, de
la que, por otro lado, existían diversas tradiciones,
reconociendo en ella una especie de escrito confesional y
comprometiéndose al estilo de vida recomendado
por el santo padre de la Iglesia, a través de los tres f votos
solemnes. La Regula tenia o Praeceptum, más amplia, está
totalmente inspirada en el espíritu de los Hechos de los
apóstoles y contiene enseñanzas y preceptos ascéticos
moderados, mientras el Orelo manasterii (o Regula secunda)
presenta un severo ideal ascético, en una vida caracterizada
por una pobreza total y una rigurosa penitencia, con la
obligación del ayuno y del silencio, de la oración coral, las
vigilias y el trabajo manual. Objeto de controversias fueron (y
lo son aun hoy) las diversas opiniones sobre la validez de los
respectivos textos de la regla. Cuando, en I 107, se fundó el
cabildo reformado de Springiersbach, se aceptó y declaró
vinculante el conjunto de ambos textos, el Praeceptum y el
Ordo monasterii. La reforma se desarrolló desde entonces en
dos direcciones: la orientación más severa de los canónigos
regulares (Ordo novas) siguió los preceptos del Ordo
monasterii. al que no se adhirió, en cambio, el grupo más
moderado (Ordo anti- c/uus), que prefería acogerse a las
disposiciones más comedidas del Praeceptum. Del grupo de
reformadores más radicales se derivaron los f
Premostratenses, que. junto con los Canónigos Regulares de
san Agustín, constituyen la más importante orden de
canónigos regulares.
En la segunda mitad del siglo XII se desarrollaron diversas
consuetudines (^costumbres, del latín consuetudo), reglas y
estatutos, en los que, entre otras cosas, se exponían deberes
y tareas de los miembros de la colegiata de canónigos, la
ordenación de las jornadas y algunas pautas sobre la elección
del preboste (que en Francia se llamó generalmente «abad»).
Entre las reglas y estatutos más importantes, en uso en los
capítulos de los canónigos regulares, estaban: las
Consuetudines Sancti Ruji, sobre todo en Francia meridional,
España, Portugal e Italia septentrional: la Regula Portuensis
(Santa María in Porto, en Ravena), sobre todo en Italia: las
Constitutiones Marbacenses (Marbach, en Alsa- cia) que
ejercieron su influjo sobre todo en Alemania (diócesis de
Constanza, Basilea y Estrasburgo) y, además, las
consuetudines de Arrouaise, San Víctor en París, San Quintín
en Beauvais y Aureil. Ver también /"Canónigos Regulares de
san Agustín.
La ^secularización de 1802- 1803 marcó también el fin de
muchos cabildos de catedrales y colegiatas. Entre las que se
salvaron están las dos antiguas colé- matas de Ratisbona, la
de la Alte Kapelle y la de St. Johann.
Canónigos Regulares de san Agustín (Sacer el Apostólicas
Ordo Canonicorum Regularium
S. Augustini, CRSA). o Canónigos Agustinos, son los
/^canónigos regulares que, tras la reforma canonical de los
siglos XI y XII, hicieron propia la regla de san ^Agustín,
profesando los tres J votos solemnes de obediencia, castidad
y pobreza. Los Canónigos Agustinos reciben su nombre del
padre de la Iglesia san Agustín (354-430) y se comprometen a
un estilo de vida inspirado en él: como obispo de Hipona (Hippo Regius), en Africa septentrional, Agustín hacía vida común
(vita communis) con su clero, según una regla. Junto a la
importancia concedida al servicio sacerdotal. como también a
la observancia de la castidad y a una comedida ascesis, nadie
en esta comunidad debía poseer bienes. Con todo, Agustín
estaba bien lejos de la intención de fundar una «orden».
Los Canónigos Agustinos, a diferencia de las otras tres
grandes órdenes prelaticias de los f Benedictinos,
/"Cistercienses y Premostratenses, no pueden remitirse a un
fundador; su orden puede considerarse, en cambio, como el
punto culminante de un largo proceso histórico (^Canónigos).
En la segunda mitad del siglo XI muchas comunidades de
canónigos regulares quisieron asumir, en sentido general, un
estilo de vida inspirado en la regla de san Agustín («secundum
beati Augusiini regulam viventes»), es decir, una vida que
tomaba como modelo su persona y sus principios. Los
canónigos regulares más estrechamente vinculados a la regla
de san Agustín, transmitida en diversas redacciones, y que
pronunciaban votos, se difundieron a partir de 1 120-1 130. De
ese modo, para las órdenes canonicales dio comienzo un
período de recuperación. Por su vida conventual regulada, la
cuidada celebración solemne de la eucaristía y su actividad de
estudio, se distinguían poco de órdenes monásticas como la
de los Benedictinos. Sin embargo sabían unir de manera
peculiar la vida conventual en comunidad con el servicio
sacerdotal. La solicitud por la salvación de las almas fue su
tarea y obligación. Por su nueva e intensa actividad pastoral
confirieron al siglo XII el carácter de «época de los
canónigos». Muchos obispos reformistas apoyaron a los
Canónigos Agustinos, con el fin de ganárselos como energías
para la pastoral. El arzobispo Conrado I de Sal/burgo (11051147). durante la obra de reforma llevada a cabo en su
diócesis -de las mayores del imperio-, confirmando a los
Canónigos Agustinos ya presentes, introdujo nuevas
fundaciones canonicales y concedió a sus prebostes la
dignidad de archidiáconos, una dignidad de alto rango en
aquellos tiempos e importante para la administración de la
diócesis; como ejemplos se pueden citar Baumburg, Gars y
Herrenchiemsee. Antes aún. Conrado I había introducido ya en
el cabildo de su catedral la reforma canonical y la regla de san
Agustín. La mayor parte de las fundaciones monásticas
canonicales, sobre todo las de Alemania meridional,
permanecieron autónomas desde el punto de vista jurídico y
sometidas al respectivo obispo local. A la cabeza de la
comunidad conventual de los Canónigos Agustinos (en latín
canonia) estaba un superior, el prepósito o /* preboste, en
algunos casos llamado también ^abad; a su lado había un
decano o /"prior. El preboste asignaba las tareas de la
comunidad canonical (ecónomo, cocinero, ^cillerero, etc.),
nombraba al maestro de novicios y al bibliotecario. Un puesto
especial dentro de la comunidad canonical competía al
miembro más anciano del capítulo.
El hábito de los Canónigos Agustinos consistía originalmente
en una sotana blanca, sobre la que llevaban el alba, acortado
más tarde a modo de sobrepelliz; posteriormente en la /*
muceta, de piel en invierno y de algodón en verano, sobre el
roquete. En el siglo XVIII se fue adoptando en todas partes el
hábito talar negro; el roquete, sobre todo en Bavie- ra, Austria
y Suiza, se redujo a
una faja de lino, larga y estrecha, llamada sarroquín (roquete
de peregrino).
Para estrechar lazos más fuertes, diversas fundaciones
canonicales se reunieron en ^congregaciones, reuniéndose
regularmente en capítulos generales. Entre las
congregaciones más significativas estaban inicialmente la de
Letrán, o de los Canónigos Lateranenses de san Agustín, a
quienes estaba confiada la cura pastoral de la basílica de
Letrán, en Roma, la de San Rufo, en Aviñón, la de Santa
María in Porto, en Ravena; y además, los Canónigos del Santo
Sepulcro, en Jerusalén, la Congregación de San Mauricio (St.
Mo- ritz, Suiza), Marbach en Alsacia. Arrouaise en la diócesis
de Arras, San Víctor en París, la Congregación de la Santa
Cruz en Coimbra (Portugal), los Gilbertinos en Inglaterra, los
Hospitalarios del Espíritu Santo en Montpellier, los
/"Cruciferos, los Canónigos Regulares de san Antonio el
ermitaño (S Antonianos), la Congregación de /" Windesheim, la
Congregación de santa Genoveva en París y la de san
Bernardo de Mentón (los Canónigos de san Bernardo son
célebres por el Hospital fundado sobre el Gran San Bernardo
en Suiza y por sus célebres perros, con los que salvaron en
los montes la vida de numerosas personas).
La orden de los Canónigos
Agustinos, como tantos otros movimientos, no logró mantener
por mucho tiempo su primera, entusiasta y revolucionaria
fuerza de choque. En muchas fundaciones monásticas
tuvieron que constatarse los primeros fenómenos de
decadencia a través del debilitamiento de los lazos internos de
las congregaciones y las provincias, como también, en
general, de la disciplina de la Orden. El papa Benedicto XII, en
1339, con la constitución Ad decoran Ecclesiae, impuso a toda
la Orden la división en provincias, la convocación anual del
capítulo y la actuación regular de las visitas. De esa forma
intentaba poner freno a la decadencia de las fundaciones
canonicales y abrir el camino a la renovación de la Orden. En
Alemania la reforma conventual recibió un fuerte impulso sobre
todo gracias a la Congregación de Windesheim. Se había
desarrollado desde 1395 a partir de la abadía de Canónigos
Agustinos de Windesheim, en Holanda, fundada en 1387 por
Florencio Radewijns, discípulo del fundador de la de- votio
moderna, Gerhard Groote. La congregación respiraba
profundamente el espíritu de este movimiento de reforma
místico y ascético, que ejerció gran influjo también en
ambientes laicales. Los cuatro libros de la Imitación de Cristo
{De imitatione Christi), atribuidos al canónigo agustino
Tomás de Kempis (t 1471), se pueden considerar como
expresión perfecta de esta espiritualidad y son, sin duda, uno
de los testimonios literarios más hermosos de la devoción
consolante e íntimamente vinculada a Cristo, típica del siglo
XV.
Los estatutos de la Congregación de Windesheim se
preocupaban también de la promoción y consolidación del
capítulo general. que debía reunirse regularmente. Después,
sobre todo en las fundaciones canonicales de Alemania
septentrional, se subrayó con fuerza la vida contemplativa;
también se desarrolló una fecunda actividad literaria y
científica. Para Alemania meridional, especialmente para
Baviera y Moravia, fue determinante la reforma que tuvo
comienzo en el monasterio de Raudnitz, en Bohemia, fundado
en 1333 («Reforma de Raudnitz»). A pesar de los esfuerzos,
no se llegó aquí a la constitución de congregaciones, pero sí a
«hermandades de oración» (confederaciones) y, con el fuerte
apoyo de las autoridades seculares, a una genuina renovación
de las fundaciones canonicales (como Indersdorf en Da- chau,
Ranshofen en Braunau, a orillas del Inn, y Rottenbuch). En
Bohemia, Moravia y Austria se fundaron muchos nuevos
monasterios canonicales. Independientemente de estas
experiencias, en Italia se fundó la
Congregación de Letrán (Congrega tio Canonicorum Regularium Sanctissimi Salvatoris Late- ranensis, CRL). con una
nueva estructura jurídica, que experimentó su máximo
florecimiento en el siglo XVI.
A lo largo del siglo XV, a causa de los ataques de los husitas
en Bohemia y Moravia, y de las agresiones de los turcos en
Hungría, muchos monasterios acabaron en la ruina; pero la
verdadera catástrofe llegó con las guerras de religión de la
primera mitad del siglo XVI (en aquella época se contaban en
Europa unas 1.600 fundaciones canonicales). En los países en
los que se impuso la reforma protestante, sobre todo en
Holanda, Alemania septentrional, Inglaterra y Escan- dinavia.
todas las fundaciones monásticas canonicales fueron
prácticamente eliminadas. También sufrieron daños muchos
monasterios que se oponían a la supresión violenta y que
pudieron salvarse sólo gracias a la intervención de los
príncipes que habían seguido siendo católicos. Donde la
contrarreforma consiguió imponerse, se llegó también, con la
reforma católica, a un nuevo florecimiento «barroco». En
Lorena el camino para la revita- lización de la Orden se vio
allanado por la Congregación del Santísimo Salvador, fundada
por Pedro Fourier (1565-1640). En los siglos XVII y XVIII se
llegó a
una fuerte recuperación de las normales actividades
pastorales y de estudio en muchas fundaciones canonicales,
como Santa Genoveva en Francia, Kloster- neuburg y St.
Florian en Austria y el Hospital del Gran San Bernardo en
Suiza. Contemporáneamente surgieron magníficos edificios
monásticos. El número de Canónigos Agustinos aumentó de
forma notable.
Afínales del siglo XVIII y co- mienzos del XIX, una tremenda
ola de supresiones monásticas envistió también la orden de
los Canónigos Agustinos, provocando su desaparición casi
total. En Alemania, después de la Au- fklarung y de la
Revolución francesa, durante la gran secularización de 1803,
fueron suprimidas todas las fundaciones monásticas de
Canónigos Agustinos. Tampoco en Francia (en algún caso
hubo supresiones antes, incluso, del comienzo de la gran
revolución), ni en España y Portugal sobrevivió ningún
convento. En Italia las guerras napoleónicas provocaron
gravísimas pérdidas, y también en Suiza sufrió daños la
Orden.
En el transcurso del siglo XIX, a partir de Francia, hubo una
recuperación de la Orden. En 1865 don Adrián Gréa fundó la
Congregación de la Inmaculada Concepción (Congregatio
Cano- nicorum Regularinm Immacula- tae Conceptionis,
CRIC). Precedentemente la nueva Congregación de Letrán
había fundado monasterios en Francia, España, Bélgica,
Holanda, Inglaterra y Sudamérica.
En 1907 las seis fundaciones canonicales de Klosterneuburg,
en Viena, St. Florian (en estos dos monasterios se encuentran
también las mayores bibliotecas privadas de Austria),
Herogen- burg. Reichersberg, Vorau y Neu- stift en
Bressanone se reunieron en la Congregación austríaca, a cuya
cabeza está un abad general, elegido cada cinco años; cada
uno de los monasterios mantienen su autonomía jurídica
dentro de la congregación.
En 1959, novecientos años después del sínodo de Letrán de
1059, que tanta importancia tuvo para el movimiento y la
reforma canonical (^ canónigos), todas las congregaciones
(autónomas) de Canónigos Agustinos establecieron lazos
recíprocos, uniéndose en «confederación», bajo la guía de un
abad primado. Además de la ya citada Congregación austríaca
(cuyas tareas consisten en la pastoral parroquial, la formación
sacerdotal, la catcquesis de adultos, la educación de los
jóvenes y actividades de estudio), existen otras cinco
Congregaciones: la Congregación de Letrán (en Italia, Francia,
Holanda, Bélgica, Inglaterra, Polonia, Argentina, Brasil.
Uruguay y Congo, con tareas de pastoral.
enseñanza y actividad misionera); la Congregación del Gran
san Bernardo (el preboste de los canónigos, que trabajan en la
pastoral, en la enseñanza y en misiones en Taivvan, reside en
Martigny, en el cantón Vallés); la Congregación de san
Mauricio, en Suiza (cuyo centro, St. Mauri- ce, en el Vallés, es
el monasterio más antiguo que ha subsistido en Europa sin
interrupciones; su abad es también obispo); la Congregación
de ^Windesheim, restablecida en 1961 (a la que pertenecen
una abadía en Francia y otra en Italia; y, además, algunas
casas dependientes, entre ellas la fundación de los Canónigos
Agustinos de Paring en Ratisbo- na); y finalmente los
Canónigos de la Inmaculada Concepción, que trabajan en la
pastoral en Italia. Francia, Inglaterra, Canadá y Perú.
De la orden de los Canónigos Agustinos proceden muchos
santos, papas, entre ellos Adriano IV (*¡ 1 159) y Eugenio IV (t
1447), cardenales y obispos, importantes personalidades de la
ciencia, el arte y la literatura. Entre ellos se pueden recordar: el
santo obispo, gran teólogo, Ivo de Chartres (t 1116), Gerhoh
de Reichersberg (t I 169). uno de los escritores más
significativos del siglo XII, Santiago de Vitry (t 1240 siendo
cardenal obispo de Tús- culo), el místico Jan van Ruys- brock
(t 1381), el historiador
Andrés de Ratisbona, a quien Aventino consideró como «Livius Bavaricus», Tomás de Kem- pis (f 1471), el humanista
Desiderio Erasmo de Rotterdam (t 1536), el reformador de la
Orden Pedro Fourier (f 1640), Eusebio Amort de Polling (t
1775), importante teólogo, autor de 66 obras y fundador de la
docta sociedad «Parnassus Boicus». También en los siglos
XIX y XX muchos Canónigos Agustinos se han distinguido
como historiadores, poetas, científicos, matemáticos,
astrónomos, meteorólogos, escritores, compositores y
musicólogos.
Datos estadísticos, en 1996, de las seis congregaciones de
Canónigos Agustinos reunidas en 1959: 96 monasterios, con
828 miembros, de los que 663 son sacerdotes.
Canosianas (Hijas de la Caridad). Congregación religiosa de
derecho pontificio fundada en Verona en 1808 por santa
Magdalena de Canossa. La fundadora, de familia noble
(descendiente de la condesa Matilde), vivió una infancia
marcada por el sufrimiento. a causa de la prematura muerte de
su padre y el posterior abandono de su madre. Fue confiada.
junto con sus hermanos, a una tutora que no la supo
comprender y fue para ella motivo de grandes sufrimientos. En
la maduración de su vocación fue fundamental una grave
enfermedad que la afectó a la edad de quince años: de ella
salió decidida a consagrarse a Dios por completo. Tuvo
algunas breves experiencias monásticas, que demostraron su
espíritu contemplativo, pero que, al mismo tiempo, la dejaron
insatisfecha, porque «así no podría evitar pecados, ni cooperar
a la salvación de las almas». Finalmente la santa encontró un
iluminado guía espiritual en don Libera, sacerdote diocesano
muy apreciado, que la acompañó durante nueve años,
ayudándola a superar el rigorismo y los escrúpulos que
caracterizaban su religiosidad, y a clarificar su llamada a una
misión caritativa. Comenzó hacia 1799. colaborando con don
Leonardi en una hermandad dedicada a la asistencia de los
enfermos; pero ya durante su permanencia en Venecia (17961797) había tenido una visión de la que nacería la idea del
futuro instituto. Intervino también el obispo de Verona, mons.
Avogadro, pidiéndole que dejara los hospitales para dedicarse
a las «escuelas de caridad», que debían ofrecer educación
gratuita en los barrios más pobres de la ciudad. Con esta
finalidad abrió una casa que confió, desde el principio, a
algunas mujeres que se prestaron a ello, al no poder
trasladarse personalmente por tener que dedicarse a su propia
familia. Hasta 1808, Canossa no pudo realizar su sueño de
entregar su vida por las chicas abandonadas a su suerte,
dando al naciente instituto el impulso de su santidad, del
dinamismo y los conocimientos que poseía en alto grado. En
1810 fue invitada por los hermanos Cavanis a frecuentar en
Venecia las escuelas de caridad que ellos habían abierto:
pocos años después abrió otra casa en Milán, con la ayuda de
la condesa Durini, a la que la unía una profunda amistad. En
estos años, el número de mujeres, que se adherían a sus
ideales emitiendo votos simples, fue creciendo hasta hacer
necesaria la redacción de las Reglas de las Hijas de la
Caridad. que Magdalena no sacó de otros textos ni de
confrontaciones con otras personas, sino de sus experiencias
místicas: la contemplación de Cristo crucificado era su fuente.
Su instituto debería vivir su propio apostolado en la conte m p I
ac i ón - i m i tac i ó n - test i mon i o del amor de Cristo a Dios
y a los hombres. Los campos privilegiados de acción
encomendados a la congregación fueron: las escuelas de
caridad, la enseñanza de la doctrina cristiana y las visitas a los
hospitales. En 1816 llegó el decreto de alabanza de Pío VII y
en 1819 la aprobación del gobierno austríaco, al que siguió
inmediatamente la erección canónica.
Dándose cuenta de que la acción de su instituto corría el
riesgo de limitarse a los grandes centros urbanos, Canossa dio
comienzo en 1812 a la formación de las maestras campesinas,
jóvenes moralmente irreprensibles, que deberían enseñar en
las escuelas de caridad rurales. Para no dejar a medias esta
obra educativa, puso más adelante a su lado la obra de las
terciarias, con el intento de promover la vida cristiana también
entre los campesinos.
Un problema que se presentó diez años después de la muerte
de la fundadora fue el de la relación entre las diversas casas,
que no estaba definida con claridad: a partir de 1848 el
instituto, aun permaneciendo unido espiritualmente y
adoptando la misma regla, se dividió desde el punto de vista
disciplinar y organizativo en casas primarias, que, a su vez,
dieron vida a otras fundaciones. Tras el fracaso de varios
intentos de reunificación, la cosa concluyó en 1926, cuando
una asamblea general de las Canosianas aceptó que todas las
casas estuvieran unidas bajo la dirección de una única
superiora.
La acción del instituto se desarrolló notablemente en los
sectores catequístico, docente y asis- tencial, extendiéndose a
partir de 1860 al campo misionero, con la fundación de una
casa en Hong Kong. a la que siguieron muy pronto otras en
diversos continentes. En 1967-1968 tuvo lugar
un capítulo especial que revisó a fondo las constituciones,
estableciendo: un estilo de vida menos claustral: la atención a
la pastoral de conjunto; la prioridad de las necesidades más
urgentes. El capítulo general de 1990 lanzó una llamada «Ad
gentes» que ha dado vida ya a 32 nuevas casas, distribuidas
sobre todo en Asia y África. El de 1996 se orientó a reforzar la
vida fraterna, que hace que el testimonio de comunión sea
más auténtico y creíble. En 1996 el instituto contaba con 3.593
religiosas, divididas en 380 casas esparcidas por los cinco
continentes.
Capa, capucha. El término capa (del latín tardío cappa,
esclavina, hábito eclesiástico) designaba en la Edad media
una esclavina o un manto de amplias mangas, dotado de
capucha, usado diariamente tanto por hombres como por
mujeres, pero que las clases más altas usaban sólo en los
viajes. El término capucha (del latín tardío caputium. apertura
en un manto, por donde se puede meter la cabeza) designaba
una especie de gorro que llega hasta el cuello, casi siempre
unido a una vestidura (túnica o manto); desde entonces y
hasta nuestros días, forma parte integrante de muchos hábitos
religiosos (^hábito religioso).
Capítulo. (Del latín caput, cabeza; capitulum, sección,
capítulo). Indica una parte o sección de texto (de la Biblia o de
las lecturas contenidas en la liturgia de las horas); en las
abadías y monasterios, especialmente, indica un paso de la
regla monástica o de las constituciones, que introducía una
asamblea de religiosos o de clérigos seculares que vivían en
común. Es probable que de aquí provenga la denominación de
la asamblea (capítulo) y del lugar donde se reunía (sala
capitular). El capítulo, regulado por las leyes eclesiásticas y las
propias de cada instituto religioso (como reunión de miembros
autorizados para ello), sirve para la reflexión y para la
disciplina interna, tal como se establece en los estatutos (como
es el caso del «capítulo de culpas», para la confesión y
remoción de infracciones disciplinares fuera del sacramento de
la penitencia); pero sobre todo, constituye la autoridad
suprema en el cuidado de los intereses de una orden o
congregación. Según su articulación, los capítulos suelen
distinguirse en conventuales, provinciales y generales.
Capítulo de damas Adamas, capítulo de.
Capítulo imperial f abadía imperial.
Capuchinos (Orden de los Hermanos Menores Capuchinos,
OFMCap) ^Franciscanos.
Caracciolinos. Suelen denominarse así los Clérigos
Regulares Menores (Clerici Regulares Minores, CCRRMM),
fundados en 1588 en Ñapóles por el noble napolitano y
sacerdote Francisco Caracciolo. junto con otros dos
compañeros. La comunidad se dedicaba especialmente a la
asistencia pastoral de los pobres, los presos y los condenados
a muerte; su regla obtuvo la aprobación pontificia en 1588 y en
1605. Se difundió sobre todo en el reino de Ñapóles, en
España y Portugal, promoviendo por todas partes la adoración
perpetua (del santísimo Sacramento). Sin embargo.
actualmente cuenta sólo con catorce conventos; en 1996 eran
cuarenta y un miembros, entre ellos treinta sacerdotes.
Caridad bajo los auspicios de san Vicente de Paul (de
santa Juana Antida Thouret), Hermanas de la. Juana Antida
Thouret nació en Sancey el 27 de noviembre de 1765. A los
dieciséis años, tras la muerte de su madre, tuvo que asumir la
responsabilidad de la casa. Durante este tiempo Juana Antida
advirtió la llamada de Dios a pertenecerle por completo. En el
Carmelo de Besancon sintió con increíble intensidad la
llamada al servicio de los pobres y enfermos. Ingresó en las
/"Hijas de la Caridad de san Vicente de Paúl en 1787. A causa
de la revolución francesa. Juana Antida volvió a su pueblo
natal y se comprometió con todas sus fuerzas a vivir la
caridad. Luego pasó de nuevo a Suiza para unirse al grupo de
los «Solitarios», religiosos fundados por el P. Receveur de
Fontanelles, siguiéndoles hasta Austria, donde se refugiaron
huyendo de la avanzada de las tropas revolucionarias. Al cabo
de un año se cuestionó la oportunidad de su presencia entre
los Solitarios y, tras intensas y doIorosas peripecias, se sintió
inspirada a abandonarlos y a volver a Suiza.
En la aldea de Le Landeron. Dios le comunicó su voluntad:
«Cuando Dios llama y se le escucha, él da todo lo necesario».
A través de dos vicarios generales, recibió su mandato: «Ir a
Be- san^on para instruirá la juventud indigente y cuidar a los
enfermos pobres, para restablecer la fe y las buenas
costumbres». Juana Antida acogió la propuesta, y el II de abril
de 1799 dio comienzo a su instituto. Las fundaciones se
multiplicaron; desde Francia se propagaron hasta Saboya y en
1810, a petición del rey Joaquín Murat, al Reino de Ñapóles.
Juana Antida murió en Ñapóles el 24 de agosto de 1826. Fue
beatificada el 23 de mayo de 1926 y canonizada el 14 de
enero se 1934.
Desde hace casi doscientos años, las Hermanas de la Caridad
de santa Juana Antida no han cesado de poner todas sus
fuerzas, sus talentos y sus corazones al servicio de los pobres.
Sus actividades se han ido modificando, de acuerdo con la
evolución cultural y social, pero la primera inspiración sigue
siendo siempre actual: ponerse al servicio de los pobres,
ayudarles a encontrar su lugar en la sociedad, llevarles la
buena noticia de Cristo Salvador.
Caridad de las santas María Bartolomé Capitanio y Vicenta
Cerosa, Hermanas de la (Religiosas de la Virgen Niña). Es una
congregación religiosa de derecho pontificio desde 1840,
nacida en Lovere (Bérgamo) el 21 de diciembre de 1832, por
iniciativa de santa María Bartolomé Capitanio (1807-1833) y
santa Vicenta Gerosa (1784-1847), bajo la guía de don Angel
Bosio.
El fin del instituto es la práctica de la caridad a través de las
obras de misericorda, a imitación de Cristo Redentor. Las
fundadoras se inspiraron en el espíritu de san Vicente de Paul
y abrieron varias obras en favor de las chicas, y también
estuvieron presentes en el campo de la asistencia a los
enfermos. Con el tiempo esta faceta se expresó en hospitales,
clínicas y dispensarios.
Insertada activamente en la vida eclesial, Capitanio acogió los
retos de la educación femenina e involucró a Gerosa: así
comenzaron la vida común, dedicándose al cuidado de los
enfermos, a acoger niñas huérfanas y a la enseñanza.
Capitanio murió poco después de la fundación, dejando a su
compañera la tarea de continuar y desarrollar la obra. De
acuerdo con la normativa eclesial vigente, el instituto tuvo que
renunciar al reconocimiento jurídico de las reglas escritas por
Capitanio y adoptar las constituciones de un instituto
semejante ya reconocido. Tomó las de santa Juana Amida
Thouret y las religiosas se llamaron Hijas de la Caridad, hasta
1841. A partir de 1840 el instituto consiguió la plena autonomía
del de Thouret y al año siguiente la erección canónica.
En Milán, después de 1884. las religiosas se llamaron
Hermanas de la Virgen Niña, a raíz de una milagrosa
manifestación de una imagen de María Niña, regalada al
instituto en 1842. El hecho constituyó una ocasión para
recuperar y difundir el culto de la Virgen Niña en un campo
cada vez más extenso.
La denominación actual del instituto se remonta a 1050, año
de la canonización de las dos fundadoras. Se demostró muy
provechosa la colaboración prestada durante treinta años por
don Bosio, quien salvaguardó la uni
dad del instituto frente al intento del cardenal Gaetano Geisruk
de independizar y hacer diocesana la rama milanesa, mientras
la bula de 1840 había declarado ya la aprobación de la Santa
Sede. El instituto se organizó de manera centralizada y, a
partir de 1860, comenzó su actividad misionera.
La evolución de las constituciones ha seguido las orientaciones eclesiales, promoviendo la adaptación a las exigencias de
los tiempos. En 1996 el instituto contaba con 6.153 miembros
distribuidos en 470 casas en Italia, España, Gran Bretaña,
Rumania, Argentina, Brasil, Estados Unidos de América, Perú,
Bangla Desh. Japón. India, Israel. Myan- mar. Thailandia,
Zambia y Zim- babwe.
Caridad, Hermanas de la. Son
muchas las congregaciones religiosas femeninas, cuyo título
oficial incluye la palabra «caridad». Además de las Hermanas
de la SCaridad bajo los auspicios de san Vicente de Paúl (de
santa Juana Antida Thouret), las Hermanas de la SCaridad de
las santas María Bartolomé Capita- nioy Vicenta Cerosa
(Religiosas de la Virgen Niña), las Hijas de la Caridad
(^Canosianas) y las S Hijas de la Caridad de san Vicente de
Paúl, están las Hermanas de la Caridad Dominicas de la
Presentación de M. Poussepin, Francia 1696): las Hermanas
de la Caridad y de la Instrucción Cristiana de Nevers (Francia),
del benedictino P. De Laveyne, para el servicio a los más
necesitados; las Hermanas de la Caridad de Nanuir (SDLC),
fundadas en 1733, en Namur (Bélgica), por Marie Martine
Bourtonbourt, para el cuidado de los pobres y enfermos; las
Hermanas de la Caridad de san Vicente de Paúl (HHC),
fundadas por el canónigo Antonio Roig y Rexach en Fela- nix
(Mallorca), el 29 de septiembre de 1798, dedicadas a las obras
de caridad; la Congregación de Nuestra Señora de la Caridad
del Buen Pastor (BP), fundada en 1835 por santa María
Eufrasia Pelletier (1796-1868) en Angers (Francia), con el Fin
de ser presencia de Jesús Buen Pastor dondequiera que está
herida o en peligro la dignidad humana; la Congregación de la
Caridad del Cardenal Sancha (HCCS), fundada en Santiago
de Cuba por el burgalés Beato Cardenal Ciríaco Maria Sancha
Hervás, en 1869. para el servicio a los necesitados, con una
espiritualidad benedictina; las Hermanas de la Caridad del
Sagrado Corazón de Jesús, fundadas en Madrid el 2 de
febrero de 1877 por Isabel Larrañaga, para extender el reino
del Corazón de Jesús; las Josefinas de la Caridad. instituto
fundado en Vic (Barcelona), el 29 de junio de 1877, gracias a
la inquietud caritativa
de la M. Caterina Coromina Agustí, dedicado al servicio de
Cristo en los enfermos; las Mercería rías de la Caridad (Z Mercedarios), y las Hermanas de la Caridad de Santa Ana
(HCSA), fundadas el año 1904 por la Beata M. María Rafols
Bruna, en Zaragoza, para el ejercicio de la caridad con los
pobres.
Caridad, Hijas de la Caridad Canosianas; Hijas de la Caridad
de san Vicente de Paúl.
Carmelitas. /. Primera Orden. La orden de los Carmelitas (Ordo
Fratrnm Beatae Marine Virginis de Monte Carmelo, OC u
Ocarín) es una de las cuatro grandes órdenes Z mendicantes
de la Iglesia católica (junto con los Franciscanos, los
Dominicos y los Agustinos). El nombre proviene del Monte
Carmelo, en Tierra Santa. Allí había vivido en el siglo IX a.C.,
junto con sus discípulos, el célebre profeta Elias. Ya los
primeros cristianos consideraron como sagrado el Monte
Carmelo. En sus laderas se establecieron después muchos
Zermitaños. Los comienzos de la Orden, que continúan siendo
más bien oscuros, se pueden remontar a un grupo eremítico
que vivía en el Monte Carmelo. A finales del siglo XII. tras la
conquista de Palestina por parte de los cruzados, este grupo,
bajo la guía del cruzado francés Bertoldo, se había organizado
de acuerdo con un ideal ascético ( z ascesis) de separación
del mundo y seguimiento de Cristo en pobreza total. Una
primera «regla» (formula vitae) obtuvo la confirmación del
patriarca de Jerusalén Alberto y del papa Honorio III (1226).
Esta regla subrayaba vigorosamente el carácter anacorético (Z
anacoretas) y de huida del mundo de este modelo de vida
monástica: los monjes debían vivir en celdas separadas, bajo
la guía de un prior, en obediencia, castidad y pobreza, en el
silencio. en la oración y el ayuno. Para mantener la unidad
debían bastar la eucaristía diaria y el capítulo de culpas
semanal (Zcapítulo). Este planteamiento se ha mantenido en
los rasgos fundamentales de la espiritualidad de la Orden.
En el siglo XIII muchos monjes tuvieron que huir a Chipre, a
Sicilia, a Francia meridional y a Inglaterra, a causa de los
crecientes peligros vinculados al avance de los musulmanes.
Al principio continuaron viviendo en esas tierras de acuerdo
con su ideal eremítico. Sin embargo, muy pronto, bajo la guía
de Simón Stock (t 1265), se formó una corriente que pretendía
una adaptación a la realidad occidental, siguiendo el modelo
de las órdenes mendicantes. En 1247 el papa Inocencio IV
aprobó este cambio en el estilo de vida. La nueva regla insertó
a los Carmelitas en la lista de las órdenes mendicantes ya
existentes, con los Franciscanos y los Dominicos, haciendo
posible la apertura de conventos en las ciudades y el
comienzo de actividades pastorales. Contemplaba un
/"refectorio común y atenuaba tanto la abstinencia absoluta de
carnes cuanto la obligación del silencio. Gracias a su gran
devoción mariana, los Carmelitas encontraron el favor del
pueblo. El origen de la leyenda según la cual el profeta Elias
habría sido el fundador de la Orden, hay que buscarlo en el
hecho de que carecía de una verdadera figura de fundador. De
este modo los Carmelitas se convertían en «la más antigua»
de todas las órdenes. Durante el II concilio de Lyon (1274) la
Orden logró resistir a la supresión, solicitada por parte del clero
secular, pero también por muchos Franciscanos y Dominicos.
En 1286 el papa Honorio IV aprobó definitivamente la orden de
los Carmelitas. En 1326 en papa Juan XXII les concedió los
mismos privilegios que a los Franciscanos y Dominicos. Desde
entonces aumentaron los puntos de contacto de los Carmelitas
con las otras tres órdenes mendicantes.
A finales del siglo XIV se manifestaron claros signos de
decadencia, más graves aún a causa de la peste y la
confusión provocada por el Gran Cisma de Occidente (13781417). Las constituciones elaboradas al final de la Edad media
y las posteriores mitigaciones de la regla concedidas por el
papa Eugenio IV (1434-1435) constataron estos desarrollos,
pero también reforzaron las voces que solicitaban una reforma,
o el retorno a la /"observancia más antigua y más severa. Las
tendencias reformistas del siglo XV surgieron sobre todo bajo
el prior general Juan Soreth (1451-1471), a quien se remontan
las Carmelitas (como Segunda Orden de los Carmelitas) y los
comienzos de la Tercera Orden (/"Terciarios), instituidos con el
espíritu del Carmelo. El año 1452, por vez primera, el capítulo
general de Colonia acogió en la Orden a una comunidad de
^Beguinas, a la que siguieron, con el consentimiento de la
Santa Sede, otras comunidades femeninas de la Baja Renania
y Holanda.
Las tendencias reformistas que surgieron desde comienzos del
siglo XV condujeron hacia 1500 a la institución de numerosas
congregaciones de reforma, hasta la ruptura de la Orden,
acaecida a finales del siglo XVI. La rama masculina de finales
del siglo XV y comienzos del XVI contaba aún con numerosos
obispos. Pero la reforma protestante provocó daños
gravísimos. Bajo el gobierno de hábiles generales como
Nicolás Audet (1524-1562)
y Juan Bautista de Rossi (1564- 1578) pudo consolidarse la
renovación de la Orden, especialmente en España. Aquí los
protagonistas de la reforma del Carmelo fueron principalmente
santa Teresa de Jesús (1515-1582) y san Juan de la Cruz
(1542-1591), dos de los más espléndidos ejemplos de mística
cristiana (^mística). Para su modelo de observancia se
apoyaron directamente en la regla de 1247, rechazando las
posteriores atenuaciones. Los conventos que defendían esta
observancia tuvieron que padecer muchas tribulaciones. El
pueblo llamó a sus miembros Carmelitas «descalzos»
(Discalceati). De todas formas, los conventos reformados
obtuvieron la aprobación pontificia en 1562 y 1568. El largo
conflicto concluyó en 1593 con la separación de la Orden de
los Carmelitas Descalzos (Ordo Carme lita ruin
Discalceatorum) de la antigua Orden de los Carmelitas
Calzados (Calceati). En España el rey Felipe II apoyó la
difusión de los conventos «descalzos», tanto masculinos como
femeninos. En el siglo XVII en muchos países católicos de
Europa y América Latina se fundaron varios conventos de esta
observancia más severa. Desde entonces los Carmelitas
emprendieron también actividades misioneras (Persia,
Malabar, Siria, China). En este nuevo período de florecimiento
fueron muchos los hombres y mujeres pertenecientes a la
Orden que supieron distinguirse por la contemplación mística y
por sus grandes aportaciones a la teología y. más en general,
a la literatura espiritual, pero también a las demás ciencias. La
Revolución francesa y las ^supresiones monásticas de
principios del siglo XIX condujeron a la práctica desaparición
de las dos ramas de la Orden de Carmelitas. Sin embargo,
durante el siglo XIX recuperó su vitalidad, añadiendo a la
dimensión espiritual y contemplativa los más diversos servicios
caritativos, pastorales y misioneros, de acuerdo con su
tradición.
Las dos ramas de la Orden carmelitana tienen la misma regla
(los Carmelitas Descalzos sin las mitigaciones de 1434-1435)
y, además, constituciones propias. Los Carmelitas visten
hábito marrón con escapulario y capucha y, en ocasiones
solemnes, capa blanca con capucha también blanca.
Situación en 1996: Carmelitas Calzados (Calceati), 361
conventos con 2.197 miembros, de los cuales 1.434 son
sacerdotes. Carmelitas Descalzos (Discalceati): 525 conventos
con 3.809 miembros, de los cuales 2.422 son sacerdotes.
2. Segunda Orden. La Segunda Orden carmelitana hunde sus
raíces en los siglos XIII y XIV. unida al fenómeno religioso de
las oblatas y las beatas, mujeres
que, en un proceso de acercamiento a la espiritualidad del
Monte Carmelo, tuvieron acceso a la Orden a través de la
oblación, acompañada frecuentemente de un acta notarial.
Constituían dos grupos: conversas profesas, es decir,
religiosas de votos solemnes, y conversas no profesas, que no
emitían votos o los profesaban simples. En este caso, según el
derecho eclesiástico vigente, no pertenecían al estado de vida
religiosa. Los vínculos y las formas de adhesión a la Orden
variaban según los lugares. Sólo de forma gradual las
«mantellate» de la Virgen María consiguieron organizarse en
vida común: en 1450, en Florencia, en la iglesia del Carmen,
tuvo lugar una oblación colectiva de cuatro mujeres. Entre
ellas, la fundadora del monasterio de Santa María de los
Angeles. No faltaron dificultades para su aprobación. La carta
de fundación quiere remontarse a la bula Cum milla, del 7 de
octubre de 1452, que reconoce como válida la existencia de
«mantellate, beatas y beguinas, de mujeres religiosas vírgenes
y viudas, tanto viviendo aisladamente como en conventos»; se
requiere que profesen la continencia y sean guiadas por el
superior de los Carmelitas. No se alude a mujeres casadas
que, sin embargo existían. Al comienzo las comunidades
vivieron en el estado jurídico de conversas del convento de los
religiosos. Puede decirse que, desde 1481, la vida claustral se
determinó en su forma de oración y en 1515 las monjas
emitieron la profesión solemne, como coristas. Soreth. superior
de los Carmelitas, siguió atentamente su desarrollo en Bélgica,
Italia, España y, de manera incipiente, en Francia.
En España, la profesión solemne se coronaba con la velación,
que indicaba el ingreso en el estado de coristas, con respecto
a las beatas, oblatas conversas.
Cuando Teresa ingresó en Avila, en el monasterio no existía
clausura y se conservaban costumbres propias de las beatas,
con respecto a la vida común. La experiencia mística la hizo
decidirse a dejar el monasterio de la Encarnación, para
abrazar la observancia no mitigada de su propia regla, junto
con otras monjas que compartían su mismo ideal. La clausura
estricta, la oración profunda, entendida como relación
privilegiada de amistad con el Señor y la mortificación habían
de caracterizar la nueva fundación.
El 7 de febrero de 1562, Teresa obtuvo autorización para la
erección del monasterio de San José, que se abrió el 24 de
agosto de 1562, con la observancia de la regla que ella creía
«primitiva», identificada con la regla aprobada por Inocencio IV
en
1247. En el mes de diciembre, Teresa, con otras cuatro
monjas, recibió de la Penitenciaría la gracia de vivir en
pobreza absoluta y en comunidades no demasiado
numerosas. En el Camino destaca la dimensión eclesial como
horizonte de la oración constante vivida en un clima de alegría
y amor fraterno entre las monjas. Según el pensamiento de la
fundadora. deben ser capaces de vivir en soledad y estar
abiertas a la intimidad con Cristo, buscado en la oración y en
la mortificación, como participación activa en su pasión
redentora. Estas características, enriquecidas por la
experiencia de Teresa, fundadora de varios monasterios
(Medina del Campo, Malagón, Valladolid, Toledo, Pastrana,
Salamanca, Alba de Tormes y otros), se transmitieron también
a la reforma masculina, promovida por ella misma, y
empaparon las Constituciones. Estas fueron redactadas
primero por la santa y aprobadas por el general G. B. De Rossi
en 1568, y rehechas posteriormente, teniendo en cuenta las
observaciones recogidas entre las monjas y reelaboradas por
Teresa, antes de entregarlas al P. Gradan, que probablemente
fue quien redactó el nuevo texto, sometido al primer capítulo
de los Descalzos de Alcalá, en 1581, y finalmente impreso.
Permaneció como punto de referencia fundamental también en
los años sucesivos,
cuando la acción del P. Doria endureció ciertos aspectos del
gobierno de las religiosas, especialmente en el campo de las
confesiones, a pesar de las reacciones de Ana de Jesús (de
Lobera. 1545-1621), una de las más fieles intérpretes del
espíritu tere- siano y del P. Gradan. A pesar de las diferencias
que, por esta causa. se produjeron entre los monasterios,
estos aumentaron en número: a los dieciséis fundados por
santa Teresa se añadieron otros quince hasta el año 1593,
que fue cuando las Carmelitas Descalzas se separaron por
completo del antiguo tronco. Eran más de seiscientas las
monjas reformadas, distribuidas en un vasto territorio. Las
comunidades eran autónomas, unidas por estrechos vínculos
de caridad y, jurídicamente, por un vínculo que unía las casas
de una región bajo la dirección de la correspondiente provincia
masculina.
Las monjas españolas difundieron gradualmente a los demás
territorios europeos el espíritu te- resiano, luchando, a veces
enérgicamente, contra los influjos externos que pretendían
introducir novedades.
Es imposible mencionar nombres propios, pero hay que
reconocer el gran impulso que dieron a la vida espiritual todas
esas monjas, autoras de escritos con frecuencia
autobiográficos, que hicieron de los monasterios auténticos
centros de irradiación de espiritualidad cristiana. Las
Carmelitas han superado la devastadora ola anticlerical que en
diversos momentos ha investido los países europeos y siguen
estando aún hoy entre las órdenes monásticas más vivas, con
la fisonomía específica diseñada por santa Teresa.
Destacan, entre las más recientes, algunas figuras
contemporáneas: santa Teresa del Niño Jesús, del Carmelo de
Lisieux (1873-1897) y la beata Edith Stein (1891-1942), judía
convertida, filósofa, luego carmelita en Colonia y deportada a
Auschwitz, donde murió en 1942.
Situación actual (1996): antigua observancia (Calzudas), 64
conventos con 823 miembros; observancia «descalza»
(Descalzas) 877 conventos con 12.278 miembros.
3. Congregaciones, Existen, además, numerosas
congregaciones femeninas carmelitas (de las cuales unas
treinta son de derecho pontificio). Entre ellas, las Carmelitas
de la Caridad (HH- CaCh), para la educación cristiana y el
servicio a los enfermos, congregación fundada por santa
Joaquina de Vedruna en Vic (Barcelona), el 26 de febrero de
1826: las Carmelitas Misioneras Teresianas (CMT), que
nacieron en 1860 en las Islas Baleares, por obra de Francisco
de J. M. y J. Palau, para atender a las necesidades de la
Iglesia; las Carmelitas Misioneras (CM), fundadas en 1860, en
Ciudadela (Menorca), para la tarea educativa y la asistencia a
enfermos y desvalidos, por el P. Francisco Palau y Quer, que
fundó también la congregación de los Carmelitas Terciarios
Misioneros; las Carmelitas Teresas de San José (CTSJ),
congregación que nació en Barcelona el 22 de febrero de
1878, por iniciativa de Teresa Toda y su hija Teresa Guasch,
para la protección y educación de la infancia y juventud
marginada y desamparada; las Hermanas de la Virgen María
del Monte Carmelo, fundadas por la M. Elísea Oliver Molina
(1869-1931) en Caudete (Albacete), el 6 de marzo de 1891,
para la formación y asistencia de niños y enfermos; las
Carmelitas de San José (HCSJ), fundadas en Barcelona el año
1900, por José Margades y M. Rosa Ojeda, que procuran vivir
la unión con Dios en el apostolado activo; y las Carmelitas del
Sagrado Corazón de Jesús, para el servicio de los pobres,
fundadas en Málaga el 13 de mayo de 1924, por la M.
Asunción Soler Gimeno.
Cartujos (Ordo Cartusiensis). Son una orden eremítica de
carácter estrictamente contemplativo, en cuyos monasterios
(cartujas) se dan íntimamente compenetradas las formas de
vida eremítica y cenobítica. Los Cartujos
se remiten a san Bruno de Colonia. El fue primero canónigo de
Colonia, después superior de la escuela de la catedral de
Reims, donde tuvo entre sus discípulos al que luego sería
papa Urbano II. En 1082 Bruno acudió, junto con otros dos
compañeros, al abad Roberto de Molesmes y comenzó a vivir
como ermitaño en los terrenos propiedad del monasterio,
situados en Séche-Fon- taine (al norte de Molesmes). Un año
después dejó esta localidad y. con nuevos compañeros,
acudió al obispo Hugo de Grenoble. En junio de 1084, con el
apoyo del obispo y de otros bienhechores, Bruno, junto con
otros seis compañeros, comenzó una severa vida eremítica en
el solitario valle de la Chartreuse (en latín Cartusia, de donde
proviene «cartuja»), en Grenoble. aunque sin intención de
fundar una orden. Bruno y sus compañeros levantaron allí dos
casas, una para los clérigos y otra para los laicos. A diferencia
de muchos ermitaños de su tiempo, él no renunció jamás al
estudio de la Sagrada Escritura. Animado por el ejemplo de los
«padres del desierto» y por el de los santos Jerónimo, Agustín
y Benito, dividió la jornada entre oración y trabajo, entendiendo
con este término tanto el trabajo manual como el intelectual.
Los Cartujos emprendieron con gran interés especialmente el
estudio y la transcripción de la Sagrada Escritura. Invitado por
el papa Urbano II (1088-1099), Bruno acudió a Roma en
compañía de algunos compañeros, dejando a Landuino a la
cabeza de la comunidad eremítica de la Gran Cartuja. Sin
embargo, la carencia de un guía seguro y reconocido condujo
bien pronto a ciertos desórdenes y a la ruina de la comunidad.
Bruno confió entonces el control de la Gran Cartuja a la abadía
de La Chaise-Dieu. Cuando Landuino, junto con algunos
compañeros, pudo volver a la Gran Cartuja, Urbano II hizo
oficialmente ejecutiva la restitución del monasterio a la
comunidad eremítica, sancionándola solemnemente el año
1090. En cuanto a Bruno, en Roma no encontró el clima de
recogimiento al que aspiraba. En junio de 1090. en plena lucha
de las investiduras, y frente a las amenazas del emperador
Enrique IV, se vio obligado a huir, junto con el papa, primero a
Capua y después a Salerno. Posteriormente a Bruno se le
propuso como arzobispo de Reggio Calabria, pero él rehusó.
Entonces acudió a Calabria -que en aquel tiempo era meta de
numerosos ermitaños- y (probablemente en 1092) se
estableció en Serra (hoy Serra San Bruno), en la diócesis de
Squillace, en el lugar de La Torre. Aquí fundó el conjunto
eremítico de Santa María del Yermo.
Más importante llegó a ser su segunda fundación monástica,
San Esteban del Bosque. La única aspiración de Bruno era
entonces la de llevar una vida santa, en la paz y en la
tranquilidad de sus «cartujas». Su personalidad fue, sin duda,
rica y sorprendente. Bruno murió el 6 de octubre de 1101 en el
yermo de Santa María, como abad de su fundación. Fue
sepultado en San Esteban, pero en 1122 sus restos mortales
fueron trasladados a Santa María. La veneración de san Bruno
fue inicialmente un fenómeno local, mientras la orden de los
Cartujos se limitó durante muchos siglos a llamarlo «magister
Bruno»; a raíz de una decisión del capítulo general de la
Orden, su oficio fue integrado primero en los libros litúrgicos de
los Cartujos, hasta que en 1622 recibió la aprobación oficial y
fue introducido en el calendario de los santos del Misal
Romano.
Las dos comunidades eremíticas fundadas por Bruno, la de los
Alpes franceses y la de los montes de Calabria, sobrevivieron
a su muerte. Los monjes que vivían en la Gran Cartuja (Citartreuse) mantuvieron viva la herencia espiritual de Bruno. A raíz
de la destrucción de una de las dos casas (1 132), el
monasterio principal de los cartujos se construyó en el lugar
donde se encuentra aún hoy. Punto de referencia de la
observancia cartuja
son las Consuetudines (^costumbres), redactadas alrededor
del 1 125 por Guigo, prior de la Gran Cartuja, para tres
prioratos independientes. En 1141 el prior Antelmo reunió a los
priores de los yermos que seguían las Consuetud ines y les
añadió unas prescripciones litúrgicas (confirmadas en I 143
por el papa Inocencio III). En 1155 Basilio, prior de la Gran
Cartuja convocó el capítulo general de los Cartujos y en 1170
promulgó unos amplios estatutos como complemento de las
Consuetudines de Guigo. A finales de la Edad media se dieron
aún ciertas polémicas con respecto a la observancia. En 1509
la legislación medieval fue completada con la Tertia Compilatio
Statutorum (en tres volúmenes, impresa en Basilea en 1510).
La última renovación de los estatutos tuvo lugar en 1971.
Mientras tanto, la Orden había experimentado una gran
difusión. sobre todo en Francia. En 1200 las cartujas eran ya
treinta y siete, entre ellas dos femeninas. Los siglos XIV y XV
fueron épocas de florecimiento. Las cartujas se abrieron a la
mística medieval tardía de la Devotio moderno y al influjo del
humanismo. En Alemania esto aconteció sobre todo en las
grandes cartujas de Colonia, Maguncia. Estrasburgo. Wür/burg
y Nuremberg. Entre los escritores de la Orden destacan, por su
gran erudición, Ludolfo
de Sajonia (t 1378), de la cartuja de Estrasburgo, y Dionisio el
Cartujo (t 1471). de la cartuja de Roermond. En vísperas de la
reforma protestante (1510) había en toda Europa 197 cartujas,
agrupadas en diecisiete provincias. Las incursiones de los
husitas en el siglo XV. las guerras turcas, la reforma
protestante y las guerras confesionales de los siglos XVI/ XVII
acarrearon graves daños a la Orden. Especialmente cruel fue
la suerte de los cartujos ingleses, condenados a muerte por
oponerse a la política eclesiástica de Enrique VIII. La Orden
volvió a florecer en el siglo XVII en Francia. Sin embargo, el
avance de las ideas ilustradas del siglo XVIII, la incomprensión
hacia un estilo de vida rigurosamente contemplativo y apartado
del mundo, la revolución, la ^secularización y las guerras
napoleónicas, provocaron la aniquilación casi total de los
Cartujos. El nuevo comienzo partió de la Gran Cartuja, adonde
los monjes pudieron volver en 1816. Durante el siglo XIX los
Cartujos pudieron recuperar diez cartujas en Francia, nueve en
Italia y una en Suiza. A ellas se añadieron las nuevas
fundaciones: tres cartujas en España y una, respectivamente,
en Alemania, Inglaterra y Austria- Hungría, algunas de las
cuales fueron, después, suprimidas de nuevo por las
legislaciones anticlericales; en 1901 las once cartujas
francesas fueron clausuradas y hasta 1940 no pudo la Gran
Cartuja volver de nuevo a los Cartujos.
Mediante la introducción del capítulo general anual (a partir de
1155) y la exención de la autoridad episcopal, pudo
mantenerse la unidad de la Orden y la uniformidad en la
observancia. Las Consuetudines de Guigo permanecieron
siempre como norma fundamental de los estatutos (a partir del
1 143, y varias veces confirmados por los papas desde 1 176),
hasta el punto de que la orden de los Cartujos no fue jamás
reformada: Cartusia nimquam reformata quia num- quam
deformata («la orden de los Cartujos no ha sido nunca
reformada porque nunca se ha deformado»).
La organización y la situación de los monasterios cartujos
muestra la convivencia, en el mismo enclave, del modelo de
vida eremítico y cenobítico, no sólo cuando surgían en valles
solitarios y rodeados de bosques, como sucedió al principio,
sino también en las cartujas urbanas, instituidas más tarde. El
yermo-monasterio está constituido fundamentalmente por la
iglesia y el «claustro pequeño», unido a ella, junto con los
edificios comunes (la sala capitular, el refectorio para las
comidas comunes los domingos y con ocasión de ciertas
festividades, y la biblioteca). A estos «edificios principales» se
añade el «claustro grande», en torno al cual se levantan las
celdas, es decir, pequeñas casitas, cuyas puertas de entrada
dan al gran claustro, y cada una de las cuales está reservada
a un monje. Estas casitas pueden ser de uno o dos pisos.
Cada una de ellas está compuesta por pequeños espacios: el
cuartito donde el monje descansa o trabaja, el oratorio, la
cocina, el taller con la leñera y, además, un pequeño huerto o
jardin- cito cultivado por el mismo monje, rodeado de un muro.
Junto a la única puerta, que da al «claustro grande», en la
pared hay un pequeño torno para pasar los alimentos, el agua,
etc. Todo con gran sencillez. A este propósito, no deben llevar
a engaño ciertas cartujas espléndidas y grandiosas cartujas
edificadas por príncipes (con frecuencia para poner paz en sus
conciencias), como la célebre cartuja de Pavía (Italia) o las de
Granada y Miradores (Burgos). Los hermanos laicos
(/"'conversos) tienen una habitación común. Todo el complejo
monástico está rodeado de un muro. En torno a él se
extienden los terrenos del monasterio, cuando los posee.
En la clausura de su celda, el cartujo transcurre su tiempo en
la oración, el canto de los salmos, la contemplación, la /*
meditación, la lectura, la escritura y el trabajo manual. IX* ese
modo el corazón se acostumbra a la escucha silenciosa de la
voz de Dios. Los monjes se reúnen en la iglesia para el canto
común de la liturgia de las horas (diariamente alrededor de
ocho horas de canto coral y prácticas espirituales,
comenzando por el oficio nocturno, que dura unas tres horas,
desde las 22 o las 23 hasta las 2), para la celebración diaria de
la misa conventual, para las comidas en común los domingos y
solemnidades, y para las reuniones en la sala capitular, tal
como está previsto en la regla. Otros momentos de encuentro
son la hora del recreo los domingos y solemnidades y el paseo
común, de varias horas de duración, una vez a la semana.
Sólo estos momentos de recreo interrumpen la observancia
escrupulosa del precepto del silencio, fuera del servicio /"'coral.
Además de la /"liturgia de las horas, cada monje reza
diariamente el oficio mariano y el de difuntos (este último a
excepción del sábado, el domingo y los días solemnes con sus
respectivas vigilias). La prohibición de comer carne es
absoluta. Además, los viernes no se permite el consumo de
lacticinios (leche, queso, etc). Exceptuando los domingos y
solemnidades, el cartujo come solo en su celda. Desde
Pascua hasta la fiesta de la Exaltación de la Cruz (14 de
septiembre) hace dos comidas al día. excepto el día de ayuno
semanal a pan y agua. En el semestre invernal (desde el 14 de
septiembre hasta Pascua) hay sólo una comida al día. Por la
noche se permite únicamente un pequeño piscolabis (pan y
una bebida, generalmente una tisana de hierbas). Dos veces
al mes, como signo de humildad, los monjes se rapan por
completo la cabeza. Enfermos y moribundos son asistidos
amorosamente por todos los hermanos. Cuando un cartujo
llega al final de su peregrinación terrena, su cuerpo es
sepultado en el cementerio del monasterio, no en un ataúd,
sino envuelto en una sábana y colocado sobre una tabla. La
sencilla cruz de madera que se coloca sobre su tumba no lleva
ninguna inscripción, pues su nombre esta escrito en el libro de
la vida.
El hábito de los cartujos consiste en una túnica blanca con un
cinturón de cuero de color blanco y un ^escapulario blanco con
capucha.
Según las estadísticas, en 19% la rama masculina de la Orden
comprendía dieciocho cartujas con 365 monjes, ISO de ellos
sacerdotes. La rama femenina de las Cartujas (que existen
desde 1 145) tenía en la misma fecha cuatro monasterios con
59 monjas.
Sobre las funciones de los Cartujos en nuestro tiempo se lee
en los estatutos renovados de
1971 (Statuta Re novata, 4.31.1): «Sólo quien lo ha
experimentado sabe cuánta ganancia y gozo divino dispensan
la soledad y el silencio del desierto para quien es amigo de
ellos. Sin embargo, esta mejor parte los cartujos no la han
elegido solamente para su utilidad. Es más, con la elección de
la vida oculta no abandonan a la familia humana. Existiendo
exclusivamente para Dios, realizan en la Iglesia más bien una
tarea en la que lo visible está ordenado a lo invisible, la
actividad a la contemplación».
Castidad. (Del latín castitas). En la tradición cristiana, es la
actitud correcta y éticamente ordenada ante los bienes de la
sexualidad dentro de la totalidad de la persona humana,
sostenida por el amor a Dios y al hombre. Por lo que respecta
a los religiosos de ambos sexos, es uno de los compromisos
espirituales del estado de vida, canónicamente concretados en
los consejos evangélicos, en virtud de los f votos de pobreza,
castidad y ^obediencia por medio de la profesión religiosa.
Toda la existencia se ha de transformar, de ese modo, en una
ofrenda estable y duradera a Dios, en el seguimiento de Cristo.
El voto de castidad implica la obligación del ^celibato. En
situaciones especiales, el '"derecho canónico y la legislación
propia de cada orden religiosa regulan la posibilidad de
dispensas.
CEDIS / Federaciones de los Institutos de vida consagrada
y de Sociedades de vida apostólica.
Celadoras. Es el nombre con que se conoce a los miembros
de algunas congregaciones femeninas: las Celadoras del Culto
Eucarístico (CCE) fundadas en 1902 por D. Miguel Maura
Mon- taner. en Palma de Mallorca, y las Celadoras del
Reinado del Corazón de Jesús (CRCJ), fundadas por Amadora
Gómez Alonso en 1947.
Celda. La palabra latina celia significaba antiguamente
«habitación», «local» de una vivienda, en las termas, en los
teatros y. sobre todo, el lugar más interno del templo, donde se
custodiaba la efigie de la divinidad: posteriormente pasó a
designar también las construcciones sepulcrales. El
cristianismo adoptó este término primero en su sentido
profano, pero pronto también para indicar el aposento donde
moraba o se retiraba el monje, tanto /anacoreta como
^cenobita; finalmente, la palabra celda llegó a significar el
mismo edificio monástico. En español significa, sobre todo, la
habitación del monje o, a veces, una pequeña construcción
monástica.
Celibato. En la Iglesia católica de rito latino, el celibato (del
latín caelebs, no casado) es el compromiso de quienes
asumen el estado de vida eclesiástico de no casarse y vivir en
/castidad. Desde sus orígenes, el monacato (/anacoretas,
/cenobitas) está estrechamente vinculado a una vida casta y
celibataria. Más allá de las exigencias generales de una
conducta de vida cristiana, los miembros de las /órdenes
religiosas masculinas y femeninas siempre se han
comprometido, según las normas del derecho canónico y sus
propias constituciones. a la observancia de los tres consejos
evangélicos: /obediencia, /castidad (con la renuncia al
matrimonio) y /pobreza. Las modalidades de este compromiso
(/votos, /profesión) y las posibilidades de dispensa (/privilegio)
están establecidas por el derecho canónico y la legislación de
cada una de las órdenes.
Fuertemente influenciada por los ideales del monacato, la
Iglesia /latina, a diferencia de las orientales (Iglesia /ortodoxa),
en la antigüedad tardía y en la Edad media fue ampliando
progresivamente la exigencia del celibato. convirtiéndola en ley
eclesiástica para los miembros del clero secular ordenado
(subdiácono. diácono, presbítero y obispo; /orden clerical). El
actual derecho canónico (de rito latino) establece la obligación
del celibato para los diáconos, los presbíteros y los obispos.
Desde 1967 está establecida la posibilidad del diaconado
permanente sin obligación del celibato. Puesto que la
obligación del celibato para los clérigos de la Iglesia católica es
de derecho eclesiástico, existe la posibilidad de dispensa o de
cambios jurídicos. En las Iglesias orientales, aparte los monjes
y monjas, sólo los obispos están obligados al estado de vida
celibatario; por esta razón, generalmente se eligen entre los
monjes.
Cenobitas. (Del griego koinos bios, vida común, después
latinizado como coenobium, monasterio; caen obita, cenobita,
aquel que vive en el monasterio). Son monjes que viven
juntos. El término «cenobitismo» indica una forma de vida
monástica que reúne a cierto número de monjes en un lugar
para vivir ascéticamente y en comunidad, bajo un único guía.
Esta forma de vida ascético-monástica se desarrolló en
Oriente a partir de asociaciones libres de anacoretas y
^ermitaños. El primer organizador del cenobitismo fue el padre
del monaquisino, Pacomio (t 347). En su obra se encuentran
ya todos los elementos esenciales del monacato cenobítico: a)
vida común en lugares comunes, con es- pac ios para el
trabajo y la oración: b) uniformidad en el modo de vestir, en la
alimentación y en la actitud ascética fundamental; c)
consolidación de la comunidad mediante una regla escrita,
sobre la base de la obediencia espiritual a la regla y al propio
superior. Basilio de Cesárea en Ca- padocia (t 379), con sus
«reglas monásticas», fue el maestro teológico de esta forma
de vida, trasvasada al Occidente latino sobre todo por obra de
Juan Casiano (t entre el 430 y el 435). Son alrededor de treinta
las reglas monásticas que atestiguan el éxito de la forma de
vida cenobítica en Occidente entre los siglos IV y VII; pero es
sobre todo con la regla de san Benito de Nursia (S
Benedictinos) cuando el cenobitismo asumió su forma más
típica en la cultura occidental (a partir de los siglos VI y VII). El
monacato de los primeros siglos medievales y de la alta Edad
media -pero también con las órdenes J mendicantes del siglo
XIII- permaneció fundamentalmente fiel a la forma de vida
cenobítica, aunque junto a ella aparecieron, cada vez con
mayor fuerza, fenómenos de carácter eremítico (como es el
caso de los ^Camaldulenses, los ^Cartujos y los ^reclusos).
Censura. En el derecho canónico católico el antiguo término
técnico «censura» indica las penas medicinales impuestas a
un miembro de la Iglesia manchado con determinadas culpas.
En la antigua Roma la palabra latina censura (magistratura del
censor) adquirió un significado punitivo a causa de las
funciones desempeñadas por los censores, que, además de
ocuparse de la valoración del estado patrimonial de los
ciudadanos, velaban también por su conducta, pública y
privada. Posteriormente el término censura llegó a significar
simplemente «castigo», y con esa acepción pasó al derecho
canónico y al derecho propio de las órdenes e institutos
religiosos. La censura eclesiástica tiene como fin la penitencia,
la corrección y el mejoramiento del sujeto a quien se inflige,
con vistas a la salvación eterna.
Históricamente, el término «censura» indica también un
instrumento de control sobre las publicaciones de carácter
ecle- sial. Normalmente los miembros de las órdenes religiosas
están obligados, a norma del derecho canónico, a solicitar el
ni/iil obstat de su superior para los escritos que quieran
publicar.
Ceremonia. La caerimonia es un antiguo concepto de la
religión romana e indica una forma cultual esmerada, una
acción ritual de carácter sagrado. En campo cristiano, la
palabra mantiene el mismo significado. En sentido estricto, con
el término «ceremonia» se entienden las formas exteriores de
la ^ liturgia y todas las acciones (actitudes del cuerpo,
movimientos, uso de objetos litúrgicos, etc.) que contribuyen a
solemnizar el ejercicio del culto. El desarrollo pormenorizado
de las ceremonias cultuales (ritos) se encuentra fijado en los
libros litúrgicos. En la Iglesia católica existe un ceremonial para
la celebración solemne de la liturgia, de manera especial
cuando está presidida por los obispos o prelados mitrados.
Cillerero. En la vida monástica el cillerero (del latín cellerarius,
cellarius, cantinero y cocinero mayor) es el ecónomo o
«cantinero» del monasterio (Regla de san Benito, c. 31). En
las órdenes más recientes son varios los nombres para
designar al miembro que, en la comunidad, atiende a la
economía: ecónomo, procurador. ministro, etc.; en los
monasterios femeninos las denominaciones son análogas.
Cíngulo. (Del latín cingulum, cinturón con que se ciñe la
cintura). Es el cinturón de uso litúrgico (un sencillo cordón o
una cinta adornada), derivado de una antigua pieza de vestir
profana, que sirve para sujetar o atar el alba: generalmente es
blanco, pero puede tener también los colores de los
ornamentos litúrgicos (a excepción del negro). También se
llama cíngulo la faja talar Je los clérigos seculares y religiosos
(generalmente negra, morada para los obispos y prelados, roja
para los cardenales y blanca para el papa; algunas órdenes en
vez de la faja de tela llevan un cordón o un cinturón de cuero)
y el cinturón bendecido, de formas diversas, que llevan
muchas ^cofradías como signo distintivo o devocional.
Cistercienses /. Monjes Cistercienses (Sacer Ordo Cisterciensis, OCist). Así denominados por su primer monasterio de
Cíteaux en Borgoña, constituyen una Orden fruto de una
reforma. En su origen está un nuevo concepto religioso de
pobreza: es decir, la idea de la vita evangélica et apostólica,
que en la tardía Edad media afectó a no pocas comunidades
monásticas o de tipo monástico e indujo constantemente a los
monjes, individualmente o en grupos, a retirarse a la soledad al «yermo»- para vivir como pa upe res Christi en estricta
pobreza, con el trabajo de sus manos. La generación de los
fundadores cistercienses, fuertemente marcada por este
carácter eremítico. consideraba que para realizar este nuevo
ideal de pobreza y, así llevar a cabo la renovación de la vita
religiosa, era necesario volver a la pureza original de la regla
de san Benito (^Benedictinos); su opción suponía, pues, un
acentuado distanciamiento del monacato cluniacense,
entonces ya rico y poderoso, que obligaba a la pobreza
personal de los monjes, pero no de la comunidad monástica
en cuanto tal.
La primera fase de la evolución de la orden -sobre todo el
origen de su estructura organizativa- sigue estando aún, en
buena parte, bastante oscura. El descubrimiento de nuevas e
importantes fuentes ha suscitado también nuevas dudas sobre
las hipótesis que hasta ahora se consideraban como ciertas y
ha puesto de nuevo en movimiento la investigación
historiográfica. Los orígenes, de momento, sólo se pueden
reconstruir con reservas. El abad Roberto (hacia 1027- lili),
retoño de una familia noble de la Champagne, había fundado
el monasterio reformado de Molesmes (1075), en Borgoña.
Pero bien pronto también este monasterio se había convertido
en una rica abadía (con más de treinta prioratos dependientes
de ella). Roberto reunió entonces a algunos miembros de su
comunidad decididos a poner en práctica una «estricta
observancia»; en el año 1098, después de haberse asegurado
la aprobación del legado pontificio y la protección del duque de
Borgoña. se retiró con sus compañeros a los alrededores de
Dijon, decidido a comenzar allí una nueva vida monástica. Del
vizconde Renard de
Beaune, Roberto y sus compañeros recibieron como regalo
unas tierras donde se levantaba también una iglesia. Como
signo de su decisión, los monjes que lo habían acompañado
renovaron los f votos en sus manos y prometieron
expresamente la Ssta- bilitas en el Novum Manaste- ritan,
como llamaron desde el principio la nueva fundación, con un
claro distanciamiento de Molesmes. El verano de 1099.
cuando Roberto, por orden del papa, tuvo que volver a Molesmes, los monjes eligieron como nuevo abad a Alberico. que
hasta entonces había sido prior y había participado en la
fundación de la comunidad. Este consiguió de Pascual II la
aprobación pontificia para Cíteaux y -al principio sobre todo
para protegerse de la hostilidad de Molesmes y tutelar la
nueva observancia- la garantía de la libertad de intromisiones
eclesiásticas y seculares (Privilegian! Romanum, del 19 de
octubre del año 1 100), con lo que, al menos en embrión,
quedaban puestos los cimientos de la futura exención. A
Alberico le sucedió como abad Esteban Harding (1059-1134),
de origen inglés. Este se había formado en Lismore (Irlanda),
París y Roma; después había conocido los monasterios de
Cluny, Camaldoli y Vallombrosa, y había ingresado en
Molesmes, uniéndose finalmente al grupo reformista que
había ido a Cíteaux. En 1 IOS, cuando fue elegido abad, el Noviun Monasteñum halló en él un organizador excelente y
capaz. Bajo su guía no sólo mejoró la difícil situación
económica (gracias a numerosas donaciones), sino que la
misma vida monástica del Císter comenzó a prosperar.
Efectivamente, hasta entonces el crecimiento de Cíteaux había
sido laborioso, entre otras cosas por la severidad de vida de
esta comunidad. Una contribución decisiva para el cambio tuvo
lugar con el ingreso en la comunidad de Bernardo de
Fontaines (1090-1153), el futuro abad de Claraval. seguido de
treinta compañeros, en la primavera de 1 1 12. Fue la señal de
comienzo de un creciente aflujo de personas deseosas de
formar parte de la comunidad. Fue necesaria la fundación de
las primeras filiaciones monásticas. La primera surgió en 1113
en La Ferté: el año siguiente tocó el turno a Pontigny. En 1115,
Bernardo, con otros doce monjes, fue enviado a Clairvaux
(Claraval) y nombrado primer abad de aquella comunidad
(entre otras cosas, tal vez para hacer posible el trabajo común,
con idéntica finalidad, a dos personas de carácter tan fuerte y
tan distinto como el de Bernardo y Esteban Harding). Ese
mismo año tuvo lugar también la fundación de la cuarta
filiación monástica, la de Morimond. El único cargo que tuvo
Bernardo durante toda su vida, fue el de abad de Claraval. Sin
embargo, gracias a la enorme incidencia de su actividad de
política eclesiástica, Bernardo consiguió abrir toda Europa a la
Orden del Císter, contribuyendo de manera decisiva, con su
propia autoridad, a la consolidación organizativa.
Tras una fase inicial, que comprende 26 nuevas fundaciones,
algunas de ellas ya fuera de Bor- goña y de Francia (1 120-1
131: Tiglieto, en Liguria; 1123: Kamp. en la Baja Renania;
1124: Loce- dio, en Piamonte), entre 1 124 y 1151 la Orden
creció de manera verdaderamente espectacular. Sólo a
Bernardo de Claraval hay que atribuirle unas setenta nuevas
fundaciones, de las que se derivaron otras, o a las que se
unieron monasterios más antiguos que decidían unirse a la
reforma cisterciense. Hasta tal punto que. cuando él murió,
estaban bajo su autoridad más de 160 monasterios
cistercienses, desde España, pasando por Francia, hasta
Italia. Suiza. Alemania, las islas Británicas y Suecia. A pesar
de algunas medidas restrictivas promulgadas por el capítulo
general, esta expansión continuó incluso después de 1 152,
aunque de forma más moderada. El siglo siguiente, hasta
1250, fue, en todo caso, una fase de estabilización interna y
externa. Seguidamente la fuerza propulsora de los
Cistercienses comenzó a agotarse. El papel de guía en el
monacato occidental pasó entonces a sus «rivales», las
órdenes f mendicantes, que no sólo tenían un concepto más
radical de la pobreza, sino que -a diferencia del monacato
antiguo- querían establecerse en las ciudades y, renunciado a
la stabilitas loci, conseguían para sus miembros ilimitadas
posibilidades de movimiento y de presencia pastoral: de ese
modo tomaba forma un nuevo modelo de vida religiosa, más
adecuado a los tiempos. De todos modos, incluso en el
período sucesivo, hasta la época moderna, siguió habiendo
nuevas fundaciones cistercienses. En los territorios de cultura
alemana, al final de la Edad media, la Orden poseía más de
141 filiaciones, la mayor parte de ellas vinculadas a Morimond.
La difusión más amplia de los Cistercienses se dio,
obviamente, en Francia y, sobre todo en Borgoña, donde se
encontraban los más activos monasterios originales. Sin
embargo también en Alemania o, más concretamente, en el
Sacro Imperio Romano, al menos tres monasterios
cistercienses, con funciones de casa madre, alcanzaron gran
importancia: Kamp (Altenkamp) con sus catorce filiaciones, de
las que dependían otros cincuenta monasterios (a los que se
han de añadir 24 monasterios femenos); Ebrach. en
Franconia. fundado en 1127, con las filiaciones de Rein.
Heilsbronn. Langheim, Nepomuk, Aldersbach. Bildhausen,
Wilhering y Eytheren (al que se añadían los monasterios
femeninos de Schónau, Birken- feld, Himmelspforten y Maidbronn); finalmente Heiligen- kreuz, en Viena, fundado en 1133,
con las filiaciones de Zwettl, Baumgartenberg, Ciká- dor,
Marienberg. Lilienfeld, Gol- denkron y Neuberg.
Los fundamentos de la estructura organizativa del monacato
cisterciense se hallan expuestos en la Charla Caritatis, que se
remonta al abad Esteban Harding y que dio a la Orden su
carácter específico. Aún hoy se conocen tres redacciones de
este documento: la Cliaría Caritatis prior, la Suninui Charta
Caritatis y la Charía Caritatis posterior Ninguna de ellas puede
ser fechada con certeza. Sin embargo, la
Citaría Caritatis posterior puede considerarse como
preeminente, al menos en el contenido, por la autoridad que le
otorga la aprobación obtenida con la bula Sacrosancta del
papa Alejandro III (1165). Se sabe también con certeza que.
hasta aquel momento, la Charta Caritatis había sido
modificada y ampliada varias veces. Por otro lado, entre los
años 1 152 y I 165. la constitución de la Orden tuvo no menos
de cinco aprobaciones por parte de la autoridad pontificia.
Dado que cada una de las bulas de aprobación contenía
nuevas añadiduras y puntualizaciones, es posible reconstruir,
en sus líneas fundamentales, la evolución de la constitución
cisterciense en este espacio de tiempo. Por lo que respecta al
equilibrio de poderes dentro de la Orden, se puede constatar
una evolución en favor del capítulo general y de los «abades
padres», los abades de las cuatro primeras filiaciones (La
Ferié, Pontigny, Clairvaux y Morimond), a quienes
correspondía la posición particular de «abades primados». En
el caso del capítulo general (asamblea de todos los abades)
ha de notarse también que el fortalecimiento de esta institución
se dio sobre todo a costa de la autoridad del abad de Cíteaux.
Además, mientras en la Charla Caritais prior y en la Sanima
Charta Caritatis se considera aún el derecho de los obispos de
vigilar y corregir, en la Charta Caritatis posterior el tema ni se
toca: los Cistercienses reclamaban ya la plena exención de la
autoridad episcopal. Algunos puntos concretos de la
constitución de la Orden fueron modificados también
posteriormente. Sin embargo, la Charta Caritatis no fue objeto
de reelaboraciones. Los cambios que se consideraba
necesario aportar a las constituciones, tenían expresión
adecuada en los decretos del capítulo
general fInstituía gene ralis cap i- tul i).
La Cha ría Caritatis obligaba a los monasterios cistercienses a
amoldarse a los usos, a las Acostumbres y a la interpretación
de la regla propios del monasterio de Citeaux, considerado
como el monasterio «normativo». Esta uniformidad (una
caritate, una regula sitnilibusque vivamus morí hits) encajaba
dentro de la ley de la filiación, por la que el monasterio afiliado
debía ponerse en relación de dependencia con respecto a la
abadía madre (comparable a la relación de vasallaje típica de
la cultura medieval). Expresión de esta dependencia era el
derecho y el deber que el abad de la abadía madre tenía de
realizar una visita anual al monasterio afiliado que. de por sí.
era en todo caso autónomo. Por otra parte, la autoridad del
visitador estaba limitada por la plena responsabilidad del abad
elegido por el monasterio afiliado. Además, cada monasterio
podía adquirir el rango de abadía madre por medio de la
fundación de monasterios afiliados a él. con respecto a los
cuales venía a tener los mismos derechos que Citeaux tenía
con respecto a sus inmediatas filiaciones monásticas. Y,
puesto que cada monasterio podía ejercer derechos de
vigilancia solamente con sus filiaciones directas, las
posibilidades de un ejercicio centralista del
poder eran más bien limitadas. La autoridad superior de la
Orden residía, efectivamente, en el capítulo general, o
asamblea general de todos los abades de la Orden, que se
reunía anualmente bajo la presidencia del abad de Citeaux.
Las decisiones que se tomaban tenían, sin ninguna excepción,
carácter vinculante, incluso para el abad de Citeaux y para los
abades primados.
Con la Clwrta Caritatis los Cistercienses intentaron ponerse a
mitad de camino entre el sistema cluniacense de la
centralización (que por otro lado, implicaba también diversos
grados) y la antigua tradición benedictina de la absoluta
autonomía de cada monasterio y su abad. El sistema
organizativo cisterciense estaba pensado para salvaguardar
tanto la autonomía de cada abadía como la unidad de la Orden
y sus costumbres. Con el principio de la filiación, el método de
las visitas y la institución del capítulo general, los Cistercienses
se ponían conscientemente en la línea de las formas
organizativas y jurídicas de la vida monástica de antigua y
probada tradición. Su mérito estriba, no obstante, en haber
sabido hacer de ellas un uso más coherente y más
«constructivo» (en la línea, de la denominada «reforma
gregoriana»). Introduciendo la visita regular anual y el capítulo
general anual, los Cistercienses crearon
un óptimo sistema de control, desconocido hasta entonces,
para defender la uniformidad de la observancia. En el caso del
capítulo general, la novedad consistía en que estaba
constituido por abades autónomos y dotados de iguales
derechos, y que de su autoridad, en cuanto última instancia,
dependía también el abad de la abadía madre de Cíteaux.
Gracias a su eficiencia, la constitución cisterciense influyó
posteriormente en las constituciones de numerosas órdenes
religiosas, como los J Premostratenses, los '"Cartujos, los
Guillermitas (Ermitaños /'"Agustinos). En 1231 el papa
Gregorio XI llegó, incluso, a imponer a los Cluniacenses la
institución del capítulo general, según las costumbres de los
Cistercienses.
Por cuanto se refiere a la observancia. los Cistercienses, al
abrirse a la espiritualidad eremítica y a los ideales de los
movimientos pauperistas del tardío Medievo, trataron de poner
en práctica su forma de vida a través del retorno a la
observancia fiel de la regla benedictina, en relación estrecha
con la tradición monástica, pero rechazando costumbres,
difundidas sobre todo entre los Cluniacenses, en las que ellos
veían una deformado de la vida monástica. Para garantizar la
«pureza de la regla», según los preceptos de la Chuno
Caritotis, los Cistercienses fundaban sus monasterios en
lugares aislados y solitarios (in eretno, in sol i indine) y
defendían su libertad de toda forma de intromisión por parte de
poderes externos, incluso de '"iglesias privadas, dependientes
de los señores locales. Con la bula del papa Lucio III, del 21
de noviembre de 1 184, quedaron garantizadas las libertades
confirmadas en la Chana Cari tai is. La orden quedaba libre de
la '"jurisdicción episcopal precisamente en la medida en que,
con la Chano Caritotis se creaba un auténtico ordenamiento
jurídico interno, aunque eso. en todo caso, no coincidiera con
la exención absoluta. Sobre la «vía maestra de la Santa
Regla», los Cistercienses cuidaron el equilibrio entre opus Dei
(«servicio» u «oficio» divino), lectio divino (lectura espiritual) y
labor monuion (trabajo manual). Abandonadas las largas,
pomposas y solemnes liturgias de Cluny. el opus Dei fue
revivificado con el retorno a la brevedad, a la sencillez y a la
interioridad propia de la tradición benedictina. El abad Esteban
Har- ding. que condujo la reforma litúrgica interna, fue quien
puso las bases de esta acción renovadora, empeñándose
constantemente en la búsqueda de melodías y textos fiables y
auténticos. La búsqueda de la sencillez imprimió un carácter
especialmente severo incluso a la arquitectura
cisterciense, que, en un primer tiempo, se desarrolló en
contraposición con el concepto arquitectónico propio de los
Clunia- censes, influyendo también en las primitivas formas de
la arquitectura gótica. Bernardo de Cla- raval había indicado
cuáles debían ser los criterios de la arquitectura cisterciense.
Sus rasgos característicos son: «Estilo pobre y esencial de las
líneas arquitectónicas del edificio externo y del espacio interno,
a través de la sobriedad de los elementos decorativos y la
reducción de las estructuras arquitectónicas complicadas y
elaboradas» (Wolfgang Bickel). La Orden, no obstante, no
promulgó normas arquitectónicas oficiales -aparte la
prohibición de levantar torres de piedra (que, después, en
muchas iglesias cistercienses fueron sustituidas con unas
«linternas», tórrelas que se elevaban en la parte más alta del
techo)- pero, cuando fue necesario, intervino para hacer
correcciones. Con su revisión de la Vulgata, Esteban Harding
procuró hacer también más fecunda la lectio divina (la lectura y
meditación de la Sagrada Escritura y el estudio de la
interpretación que de ella habían dado los antiguos padres de
la Iglesia y del monacato, con el fin de profundizar el ideal
monástico). La lectio divina estimuló también la devoción
personal que, precisamente hacia el final de la Edad media,
tuvo múltiples manifestaciones, gracias, entre otras cosas, a la
afirmación de la Devotio moderna. En no menor medida
favoreció también el estudio de la filosofía, la teología y la
historia. Gracias al labor maninnn, en fin, los Cistercienses
debían procurarse lo necesario para vivir. También en este
aspecto quisieron diferenciarse de los C1 un i acenses,
renunciando (por lo menos al principio) a los ingresos y
beneficios derivados de '"iglesias privadas, diezmos y otros
derechos impuestos a pueblos y sirvientes. El mandato del
trabajo manual era un elemento importante de la reforma
cisterciense, aunque de por sí la regla benedictina no exige
necesariamente que los monjes cultiven la tierra con sus
propias manos. De hecho, sin embargo, las cosas fueron por
otros derroteros.
Los Cistercienses se consideraban obligados al ideal de la
pobreza radical por amor a Cristo y procuraron realizar esta
aspiración en la Jornia vi tac monástica. No obstante, como
comunidad cenobítica consagrada al opus De i y a la lectio
divina, no podían existir sin unas bases materiales, es decir,
sin la posesión de tierras cultivables (con estructuras y
edificios conexos), pues sólo eso les permitía proveer al
sustento con su propio trabajo, asegurándose así la libertad
necesaria para llevar a cabo la forma de vida que habían
elegido. Por esta razón, en la Orden no se cuestionó nunca la
posesión de tierras y dinero. Los estatutos del capítulo general
de 1134 permitían expresamente la posesión y adquisición de
tierras, corrientes de agua, bosques, viñas, pastos y ganado,
para proveer al mantenimiento y a la autonomía económica de
la propia comunidad monástica. Por otra parte, advirtieron muy
pronto que el opus Dei y la lee ti o divina -condiciones
esenciales para la formación a un monacato auténtico y
completo, incluso desde el punto de vista cultural- ocupaban a
los monjes hasta el punto de reconocer que sus fuerzas y su
tiempo no bastaban para cultivar las tierras del monasterio.
Así, los Cistercienses aceptaron muy pronto (seguramente
antes de 1119) la institución de los conver si o hermanos
laicos, que había sido introducida ya por los Cluniacen- ses y
otras órdenes reformadas, pero atribuyéndoles un status
jurídico totalmente distinto del de los monjes. Los conversos
cistercienses procedían sobre todo de los estratos más bajos
de la población y se les reconocía enseguida porque llevaban
barba (conversi barbati). Participaban de los bienes
espirituales y temporales de la Orden, pero no eran monjes, a
pesar de estar vinculados de por vida al monasterio a través
de los votos. Sin embargo, por razones prácticas y
funcionales, los conversos cistercienses hacían voto de
stabilitas, aunque, según la llamada interpretación casuística
de la regla benedictina, sólo se comprometían a la
«perseverancia». Además, y a diferencia de los conversos cluniacenses, no podían ni siquiera ascender al status de monjes,
sino que permanecían sometidos a los monjes, vivían en un
ala del monasterio reservada para ellos, separada de la
comunidad monástica y se mantenían alejados de las
actividades de los monjes mediante severísimas reglas
(prohibición de leer y poseer libros), para no distraerse de su
tarea: el trabajo manual. El empleo de los conversos como
mano de obra no remunerada no sólo aligeró las tareas de los
monjes, sino que permitió a la Orden organizar un sistema
económico propio, montando empresas agrícolas modelo, las
llamadas «granjas». Gracias a la eficiencia de este sistema, en
los siglos XII y XIII los cistercienses fueron considerados como
óptimos pioneros, a quienes se debía reconocer el mérito de
grandes mejoras e iniciativas (en el cultivo de árboles frutales y
vides, en la crianza de peces y caballos, e incluso en la
industria minera y en la elaboración y comercialización de la
lana). Por estas razones eran buscados desde los más lejanos
confines del occidente cristiano y sus monasterios se
inundaban de donaciones. Las granjas eran óptimamente
organizadas y por ello producían mucho más de lo que el
monasterio necesitaba: la diferencia se ponía en el mercado y
se vendía a cambio de dinero. La riqueza así amasada, fruto
de una eficiente organización económica, no se empleaba en
objetos preciosos -porque hasta las iglesias de los
Cistercienses eran intencionadamente sencillas-, sino que se
invertía en nuevas tierras que, a su vez, aumentaban después
la productividad de los monasterios. Algunas abadías
cistercienses, como la de Wettingen en Argovia (fundada en
1227), llevaron una decidida política de concentración, para
«completar» y reunir sus tierras desparramadas. Otros
monasterios llegaron a poseer pueblos enteros y, tras expulsar a los campesinos, los transformaban en granjas, como
sucedió, por ejemplo, con la abadía de Salem junto al lago de
Constanza, fundada en 1 134/ 1 138 en terrenos de un
pequeño asentamiento con una iglesia en ruinas. En contra de
lo que se ha sostenido, los monjes cistercienses no siempre
surgían en lugares desiertos, sino en terrenos ya cultivados
anteriormente. Efectivamente, la fundación de una nueva
filiación se confiaba a un bienhechor seglar, a quien
correspondía también la elección del lugar. Eran los monjes
quienes, a continuación, les daban (o intentaban darles) un
carácter solitario, pero a medida que adquirían las tierras
circundantes y los derechos a ellas conexos. Con estas
transacciones patrimoniales, mediante donaciones, hipotecas
y operaciones de compraventa, los Cistercienses llegaban a
encontrarse frecuentemente en una posición análoga a la de la
odiosa nobleza terrateniente. Cuando el cultivo y el cuidado de
las granjas y su expansión económica superaba incluso la
capacidad de los conversos, los monasterios tomaban
trabajadores a sueldo (mercenarii). Medidas que permitían
este tipo de solución se habían promulgado ya en el capítulo
general de 1 134. Algunos monasterios disponían incluso de
siervos de la gleba, a pesar de que las constituciones de la
Orden lo prohibían expresamente. Aunque más tarde los
capítulos generales de 1134 y 1157 habían prohibido
severamente la participación en actividades comerciales, el
desarrollo económico de las granjas fue tan fuerte que empujó
a los monasterios a estar presentes en los mercados. Los
monasterios comenzaron de ese modo a abrir filiales en
ciudades situadas en enclaves estratégicos, donde
depositaban y vendían sus productos, pero que. algunas
veces, funcionaban como auténticos centros administrativos.
De esta evolución se derivaron también algunos abusos,
prevaleció el ansia de ganancia, los monasterios llegaron
algunas veces a exponerse desde el punto de vista financiero
y a endeudarse. El capítulo general se vio obligado a extender
la vigilancia de los abades padres a la administración
patrimonial de las filiaciones monásticas y a emprender
iniciativas de apoyo económico para los monasterios con
dificultades. Con el tiempo, llegaron a estallar violentamente
incluso los contrastes sociales entre conversos y monjes. A
partir de la segunda mitad del siglo XII (aunque no sólo en los
monasterios cistercienses) hubo continuas revueltas de
conversos descontentos e insatisfechos que, en todo caso, no
lograron mejorar su posición jurídica. El decreto del capítulo
general de 1181 sobre la exclusión de los conversos en la
elección del abad puede que fuera una reacción a su rebeldía.
Por otra parte, la prosperidad económica de los Cistercienses,
que comenzó muy pronto, permitió a las comunidades
monásticas concentrarse en las actividades espirituales. Esto
llevó a un intenso trabajo literario dentro de la Orden. La obra
más eminente es ciertamente la de Bernardo de Claraval;
figura dotada de gran carisma, místico y hombre de Iglesia, en
la que se puede descubrir al verdadero fundador de la Orden
o, cuando menos, su más eficaz propagador (no sin razón en
la tardía Edad media a los Cistercienses se les llamaba con
frecuencia «Bernardos»). Su obra, aunque profundamente
vinculada a la tradición, por su profundidad teológica y por el
influjo que ejerció en su tiempo y en la posteridad, supera con
creces a la de todos los demás cistercienses. El docto monje
maurino Jean Mabillon (1632- 1707), a quien se debe la
primera edición crítica de la Opera omnia de san Bernardo, lo
definió eficazmente como «ultimas ínter Futres, sed primis
certe non impar»: último entre los padres de la Iglesia, pero
seguramente no inferior a ellos. No obstante, junto a Bernardo
de Claraval -por citar sólo algún nombre- hay importantes
escritores cistercienses como Guillermo de St. Thierry (f
1148/1149) y el abad Aelredo de Rievaulx (t 1167), con sus
obras teológicas empapadas de mística, o el historiador Otón
de Frisinga (en torno al 1112-1158). Este fue monje por breve
tiempo (1132-1138) y abad (1 138) de Morimond, pues un año
después de su elección como abad fue llamado a ocupar la
sede episcopal de Frisinga (sin renunciar por ello al hábito cisterciense). Sus dos obras, Chroñica si ve historia de duahus
civi- tatihus y Gesta Frederici sea rec- ti lis Crónica,
representan la cumbre de la historiografía medieval.
También está en buena parte inspirada por el espíritu
cisterciense la obra teológico-escatológica de Joaquín de Fiore
(alrededor de 1135-1202), monje y (a partir del 1117) abad del
monasterio cisterciense de Corazzo, cuyo influjo llega hasta
nuestros días. A través del tiempo, los Cistercienses fundaron
también colegios, importantes centros de estudio, sobre todo
de filosofía y teología, pero también de formación de las
nuevas levas de la Orden. Entre los centros bernardos más
importantes se pueden recordar el de París y, en Alemania, los
de Lip- sia, Frankfurt. Rostock, Heidel- berg y Viena.
Como testimonio de la capacidad y prestigio de los monjes de
la orden del Císter está el gran número de cistercienses
elevados a altos cargos eclesiásticos. Cerca de 580
cistercienses han sido obispos, 44 han recibido la púrpura
cardenalicia y dos subieron al solio pontificio: el abad Bernardo
Pignatelli de San Anastasio en Roma, con el nombre de
Eugenio III (1 145-1 153) y Santiago Fournier, abad de
Fontfroi- de (1310), obispo de Pamiers (1317) y Mirepoix
(1326), cardenal (1327) y papa en Aviñón con el nombre de
Benedicto XII (1334-1342). Para Eugenio III, su discípulo
Bernardo de Claraval escribió su De consideratione (1 148-1
152), donde lo invitaba -a él y al papado mundanizadoa reflexionar sobre el hecho de que no había sido elegido
sucesor del emperador Constantino, sino del apóstol Pedro, y
que tenía el deber de centrarse en sus tareas pastorales.
Con el paso del tiempo, los Cistercienses no lograron
mantener el nivel espiritual de los orígenes. Sus actividades
económicas estaban cada vez más alejadas de la regla de la
Orden y su estilo de vida era cada vez más parecido al de los
Cluniacenses, que en otro tiempo ellos mismos habían
censurado. A esto se añadieron las rivalidades entre el abad
de Citeaux y los cuatro abades primarios. Los conflictos que
de ello se derivaron afectaron a la estructura misma de la
Orden, que entró en una fase de crisis constitucional. Los
papas intentaron intervenir varias veces, pero sin conseguir
eliminar los contrastes, hasta que Clemente IV, con el fin de
superar la crisis, con la bula Parvas fons, del 9 de junio de
1265, reforzó la autoridad del capítulo general a costa de los
derechos de los abades primarios y del mismo sistema de las
filiaciones. Si en este caso el problema era la composición de
los contrastes jurisdiccionales, con la bula Fulgens sicut stella
matutina, del 12 de julio de 1335, el papa Benedicto XII trató
de restaurar la disciplina monástica dentro de la Orden. El
documento contenía normas precisas sobre la administración
de los bienes temporales y su eficaz control (en casos
especiales mediante la intervención directa del papa), sobre
los estudios, sobre la admisión de los novicios y sobre la vida
monástica como tal: se recrudeció el mandato de la pobreza
personal para los monjes y la obligación de la abstinencia de
carnes; se les prohibió toda forma de propiedad personal, y
vivir en celdas individuales.
Sin embargo, estas disposiciones autoritativas del papa no
consiguieron reconducir a la Orden a la primitiva observancia,
como tampoco lo lograron los decretos reformistas del capítulo
general de 1390. El deterioro de las costumbres de la Orden
estaba ya demasiado avanzado. Se puede deducir entre otras
cosas, por el hecho de que el capítulo general anual, al que los
papas habían otorgado nuevas y más amplias competencias,
ejercía de hecho una autoridad muy limitada, puesto que la
mayor parte de los abades no podían participar en ellos
regularmente a causa de las grandes distancias geográficas.
Con frecuencia ni siquiera estaban en grado de visitar
regularmente las filiaciones monásticas que de ellos
dependían, a pesar de estar prescrito en los estatutos. La
organización de la Orden estaba ya casi totalmente en la ruina.
Algunos abades, celosos reformadores, tomando quizás como
modelo la organización de las órdenes mendicantes,
intentaron entonces una vía de salida con la formación de
congregaciones de carácter regional o, concretamente,
nacional. La primera de ellas fue la Congregación castellana,
aprobada en 1425 por el papa Martín V. Este proceso era
entonces común a todos los ambientes benedictinos que
sentían la urgencia de introducir reformas y estuvo alentado
tanto por los papas como por las autoridades seculares (estas
últimas por razones jurisdiccionales, ya que los nacientes
estados nacionales tendían a ejercer un control sobre la
Iglesia). Nuevo órgano de control y gobierno de las
congregaciones era el capítulo provincial. Los cargos de los
superiores monásticos llegaron a ser temporales y se renovó
por completo también el sistema de las visitas. Las
congregaciones mantenían ciertos vínculos con Cíteaux y con
el capítulo general, pero, de hecho, su misma existencia
significaba el fin de la unidad de la Orden.
Al final de la Edad media la Orden cisterciense padeció
además graves pérdidas a causa de factores externos, como
la guerra de los Cien años entre Francia e Inglaterra y las
guerras husitas en Bohemia. En el siglo XVI la reforma
protestante condujo a la supresión de todos los monasterios
en Inglaterra, Escocia, Escandinavia, Holanda y Hungría, y de
una parte notable de ellos en Suiza y en los territorios del
/"Sacro Imperio Romano. En Francia, España e Italia el
fenómeno de las /"encomiendas acarreó graves daños a la
Orden. Siguiendo las pautas de la reforma tridentina y de los
impulsos centralistas por parte de Roma, la tendencia a
constituir congregaciones, común a los demás Benedictinos,
se reforzó posteriormente por las presiones de los papas en
ese sentido. Hasta entonces no había tenido lugar la formación
de congregaciones en los países no romanescos. En 1580 se
constituyó la congregación polaca, en 1618 la de Alemania
meridional y en 1626 la irlandesa. Los comienzos de la
alemana meridional se remontaban a la reunión de abades
que había tenido lugar en el monasterio de Fürstenberg, en el
año 1595, bajo la guía del abad general del Císter. Pero las
negociaciones llevadas a cabo en este encuentro habían
avanzado con dificultad, hasta el punto de que el papa Pablo
IV, en 1606, decidió que interviniera el nuncio de Lucerna. En
1609, después que también este último hubiera fracasado,
Pablo IV llegó a proponer la fusión de los Cistercienses suizos
(los que oponían mayor resistencia) con la congregación
benedictina suiza, hasta que en 1618 el acuerdo se materializó
con el reconocimiento explícito
del capítulo general y del abad general como instancia
superior, y la aceptación de las consuetu- dini del Císter. La
congregación comprendía 26 monasterios masculinos y 36
monasterios femeninos. En su vértice estaba el abad
presidente, elegido al principio por el capítulo provincial, pero a
partir de 1654 nombrado por el capítulo general o, más
exactamente, por el abad general. Sus competencias eran la
visita a los monasterios, la participación en la elección de los
abades, la bendición del abad electo, y las admisiones a la
congregación. Su monasterio, a su vez, era inspeccionado
anualmente por tres visitadores nombrados por el capítulo
provincial. En 1624 la congregación de Alemania meridional se
dividió en cuatro provincias: la de Suabia, la de Franconia, la
de Baviera y la «suizo-alsaciano- brisgoviana». A la cabeza de
cada una de ellas fue nombrado un vicarius provincialis dotado
de plenos poderes de visita. Fracasaron, en cambio, los
intentos de erigir una provincia suiza autónoma. El primer abad
presidente de la congregación de Alemania meridional fue el
hábil abad de Salem Tomás Wunn (1580- 1647), al que
correspondió la difícil tarea de gobernar los monasterios
alemanes durante la guerra de los Treinta años. Lo hizo con
prudencia y circunspección hasta su muerte, y gracias a
su empeño los monasterios de su congregación
experimentaron un nuevo florecimiento, cuya manifestación
exterior puede verse en la intensa actividad constructora del
periodo barroco y, después, en la prudente apertura a las
exigencias de la ilustración católica. En cambio, la época de la
ilustración en cuanto tal se demostró totalmente incapaz de
comprender los ideales de la vida monástica.
Por cuanto se refiere a Francia, durante el siglo XVII las
polémicas sobre la observancia, acentuadas por algunos
movimientos reformistas de carácter local, habían dado ya a la
autoridad regia el pretexto para intervenir en los asuntos de la
Orden. Al reavivarse en el siglo XVIII el conflicto de
competencias entre Cíteaux y los cuatro abades primarios,
ofreció la ocasión para un pleno control del gobierno de la
Orden por parte del Estado. De todos modos, en Francia los
Cistercienses no se vieron afectados por las primeras
supresiones monásticas de 1766. El comienzo de estas
medidas lo marcó la política eclesiástica de José II, que, entre
1782 y 1789 condujo a la supresión de catorce monasterios
masculinos y tres femeninos. En 1790 la revolución francesa
barrió todos los monasterios de Francia. Los Cistercienses
perdieron más de doscientas abadías, incluida su abadía
madre. Siguió la supresión de los monasterios belgas (1797) y
luego, con la secularización de 1802/1803, la de los
monasterios de la congregación de Alemania meridional, con
la excepción de los suizos, que a duras penas resistieron
hasta 1841/ 1848.
Después de los acontecimientos que perturbaron Europa entre
los siglos XVIII y XIX. la Orden, que anteriormente poseía
nada menos que 742 abadías, se había reducido a unas pocas
en Italia, Austria-Hungría y Bélgica. Hasta finales del siglo XIX
no comenzó un progresivo renacimiento de la Orden, después
que, en 1892 los Cistercienses de estricta observancia se
separaron y constituyeron una orden independiente (f
Trapenses). En 1933 los Cistercienses se dotaron de nuevas
constituciones (aprobadas por el papa en 1934) más
adecuadas al nuevo contexto histórico, de lo que se derivó un
mayor compromiso en tareas de pastoral y enseñanza.
Hoy la Orden, cuyo abad general reside en Roma, está
dividida en doce congregaciones, difundidas por todo el
mundo. El hábito de la Orden consiste en la amplia ^ cogulla
blanca (al principio era gris); fuera del coro, el hábito blanco
con ^escapulario negro y /"cíngulo.
Situación en 1996: 83 monasterios con 1.294 monjes, 762 de
los cuales son sacerdotes.
2. Monjas Cistercienses. También las monjas Cistercienses
nacieron del movimiento pauperis- ta religioso de la tardía
Edad media, que afectó igualmente a hombres y a mujeres. La
mayor parte de las comunidades de mujeres piadosas que se
formaban entonces necesitaban asistencia espiritual y formas
estables de organización. Fueron esos mismos círculos, que
aspiraban a una vida de contemplación y unión mística, los
que se pusieron bajo la tutela de monasterios masculinos con
una espiritualidad afín a la suya. De ese modo respondían
también a las iniciativas oficialmente emprendidas por la
Iglesia para «domesticar» y disciplinar el naciente «movimiento
femenino», canalizándolo hacia formas tradicionales de vida
monástica. Efectivamente, representaba un potencial peligroso
de inquietudes y desórdenes que, más de una vez, se hizo
sospechoso de herejía. En el siglo XII los papas
encomendaron el gobierno de las comunidades femeninas,
cada vez más numerosas, sobre todo a las nuevas órdenes
^mendicantes. Los Cistercienses, que muy pronto tuvieron que
enfrentarse con el problema de la asistencia espiritual de las
monjas, convencidos de su necesidad, se habían dedicado a
esta tarea desde la primera fase de su fundación. En efecto, el
monasterio de Tart. en Cíteaux, que fue la primera comunidad
monástica femenina cisterciense, surgió precisamente gracias
al interés decisivo del abad Esteban Harding, si no por directa
iniciativa suya. Tart fue fundado en 1 120 por un grupo de
monjas que poco antes habían dejado el monasterio de Jully,
un priorato clu- niacense que estaba bajo la jurisdicción de
Molesmes. Esteban Harding puso a la cabeza del monasterio
a una abadesa, ayudada por una priora. La vida interna de la
comunidad monástica se amoldó a las instituciones
cistercienses, es decir, a la regla de san Benito integrada con
la Cixurta Caritatis. Las mismas costumbres fueron observadas
después pollas filiaciones monásticas de Tart. lo que deja
entrever que todas esas comunidades fueron concebidas
desde el principio según los ideales cistercienses.
Seguramente es cierto que estas fundaciones fueron al
comienzo obra personal de algunos abades, antes que las
competencias en ese campo pasaran al capítulo general,
entonces aún en formación como órgano central de gobierno
de la Orden. No obstante, no cabe duda de que, desde los
primeros decenios del siglo XII, los Cistercienses erigieron
espontáneamente monasterios femeninos de su observancia o
que, cuando menos, participaron en su fundación,
garantizando también su asistencia espiritual, mucho antes de
que la unión jurídica de los monasterios femeninos a las
órdenes masculinas fuera objeto de la política oficial de la
Iglesia en este sector.
Por cuanto se refiere al vínculo jurídico de la orden del Císter
con los monasterios cistercienses femeninos, un documento
del tiempo del abad Guido II de CTteaux (1194-1200) define el
monasterio de Tart como propria filia cisterciensis. El
documento pone de relieve también el pleno poder
jurisdiccional («corregir y ordenar») del abad de CTteaux sobre
esta comunidad femenina y su abadesa, y confirma que
también los dieciocho monasterios afiliados a Tart y los que en
adelante llegaran a serlo, dependerían de la cura ct ordinaíio
de CTteaux. De un documento de 1233 se sabe, además, que
la abadesa de Tart visitaba los monasterios afiliados. De ello
puede deducirse que la abadesa de Tart ejercía las funciones
de «abadesa madre» con respecto a los monasterios afiliados.
Por otro lado, los Cistercienses reconocían la paternidad del
abad de CTteaux, con todos los derechos y deberes que ello
implicaba, como válida para todos los monasterios asociados a
Tart, lo que limitaba objetivamente la posición de la abadesa
con respecto a la del abad padre. Un ordenamiento jurídico
semejante se otorgó también al monasterio de monjas
Cistercienses de Las Huelgas, en Burgos, fundado en 1 IS7.
Con todo, existieron también formas menos comprometidas de
asociación monástica, por ejemplo por parte de Clarava!, hasta
que. a comienzos del siglo XIII. el capítulo general introdujo la
forma de la incorporación. Tal incorporación estaba reservada
al mismo capítulo general y, dado el creciente número de
comunidades femeninas que pedían asociarse, ponía
condiciones bien concretas. como la observancia de la
clausura estricta (^clausura) y una dote patrimonial que
garantizara el sustento de las monjas (en base a ella debían
regularse para el numero máximo de miembros de una
comunidad). Sin embargo, muy pronto las comunidades
femeninas asociadas a la Orden superaron en número a los
monasterios masculinos, de modo que estos tuvieron que
poner en práctica medidas selectivas para no ser totalmente
absorbidos por la cura monalium. Sólo en Alemania el número
de comunidades monásticas femeninas incorporadas, o que
vivían según las constituciones de los Cistercienses, ascendió
de quince en el siglo XII a 220 en torno al 1250, mientras que
en toda Europa eran ya más de mil. No obstante, sólo las
comunidades monásticas incorporadas formaban parte de la
unirás Ordinis y constituían un corpus con los monasterios
cistercienses. Por lo demás, los monasterios femeninos
cistercienses compartieron en la historia la suerte de los
monasterios masculinos. Los monasterios femeninos que aún
existen llevan vida contemplativa, en estricta clausura y
reservan gran espacio al trabajo manual. En algunas
comunidades las monjas gestionan también escuelas y se
dedican a la educación de la juventud. Estadística de las
monjas Cistercienses en 1996: 92 monasterios con 1.574
monjas.
Claretianos. La congregación de Misioneros Hijos del
Inmaculado Corazón de María (Cordis Mariac Filii, CMF)
fue fundada en 1849 en Vic (Barcelona) por san Antonio María
Claret i Ciará. El fundador nació en Sallent (Barcelona) el 23
de diciembre de 1807. Después de reproducir, en cierto modo,
en su juventud los avalares de su tiempo, ingresó en el
seminario de Vic, donde fue ordenado sacerdote el 13 de junio
de 1835. Desde ese momento, se dedicó al anuncio de la
Palabra, algo no muy habitual en la época. Después de un
viaje a Roma para ponerse a disposición de Propaganda Pide,
predicó durante nueve años en Cataluña y Canarias. En 1849
fue nombrado arzobispo de Santiago de Cuba. El
nombramiento de confesor de la reina Isabel II le acarreó erandes disgustos e incomprensiones, pero él nunca dejó de su
incansable labor de predicación con la palabra directa y a
través de la prensa. Participó en el concilio Vaticano I y murió
en el monasterio cisterciense de Font- froide (Francia) el 24 de
octubre de 1870. Fue canonizado por Pío XII el 7 de mayo de
1950.
Su profundo sentido eclesial y su celo misionero lo impulsaron
a fundar la congregación de Misioneros Hijos del Inmaculado
Corazón de María, con la finalidad de subsanar la grave
necesidad de evangelización a través de las misiones internas
y extranjeras; en 1870 la congregación fue aprobada
definitivamente por el papa Pío IX y hoy está difundida por
todo el mundo. Al principio, su ministerio apostólico revistió
especialmente dos formas: misiones populares y ejercicios
espirituales. Hasta 1880 no se aceptó el campo de la
enseñanza. Con el paso del tiempo, según las necesidades
pastorales, se han ido incorporando otros medios: misiones,
parroquias, dirección de seminarios, editoriales, etc.
La congregación de Misioneras Claretianas i Religiosas de
María Inmaculada, RIM), fundada el 25 de agosto de 1855, en
Cuba, por san Antonio María Claret. en colaboración con la M.
Antonia París, se dedica a la enseñanza y educación de
chicas. Otras dos instituciones se remiten hoy al carisma de
san Antonio María Claret: el instituto secular Filiación
Cordimariana (1973) y el movimiento laical Seglares
Claretianos (1979). La rama masculina de los Claretianos tenía
en 1996, 465 casas con 2.926 miembros, de ellos 1.996
sacerdotes. La rama femenina contaba en 1996 con 74 casas
y 557 religiosas.
Clarisas (Orden de santa Clara, OSC1) /* Franciscanos.
Claustro. (En latín ámbitos, lit. vuelta o claustrum, recinto, lugar
cerrado). Es un patio porticado de forma cuadrada, que puede
incluir un jardín, situado junto a una iglesia catedral, colegiata
o monasterio, generalmente en la parte meridional. Los arcos
del porticado están abiertos hacia la parte interior del patio; por
razones climáticas, en los países de Europa septentrional
están con frecuencia cerrados con cristaleras. La estructura
arquitectónica del claustro puede remontarse al antiguo
peristilo. El claustro servía para la comunicación entre los
miembros del /"monasterio y permitía el acceso a los
ambientes más importantes de la comunidad monástica (o
canonical): iglesia, sala capitular, celdas, refectorio, dormitorio.
A menudo estaba dotado también de una fuente, que los
monjes podían usar para lavarse. Algunos grandes complejos
monásticos poseían dos o más claustros. El claustro servía
también como lugar para la sepultura de los miembros de la
comunidad conventual y para los bienhechores del monasterio,
sobre todo en el arte románico. gótico y barroco.
Clausura (del latín claudere, cerrar; latín tardío clausura). En
sentido general es el espacio que, dentro de un monasterio, se
reserva a los religiosos (por lo tanto, un espacio cerrado). La
vida religiosa, por su propia naturaleza, implica cierta
separación del mundo y, por tanto, también un cierto
aislamiento. Diversas formas de clausura se practicaron ya
desde los comienzos del monacato y muy pronto fueron
determinadas por las reglas monásticas y la legislación
eclesiástica. En todos los tiempos se han dado normas, más o
menos rígidas, para regular la clausura, pero también para
conceder dispensas, basadas en motivos y circunstancias
fundadas. De por sí, la clausura monástica es una institución
eclesiástica que sirve para proteger a los religiosos de
distracciones e influjos negativos del mundo externo. Desde el
punto de vista formal. la clausura implica, para los religiosos, la
prohibición de abandonar sin permiso su ámbito claustral; para
los externos, la de entrar en él sin permiso. Desde el punto de
vista material, la clausu
ra es el lugar del monasterio sometido a esta «clausura».
Según el grado de severidad, se distin- guen la clausura papal
o estricta, para las órdenes con votos solemnes (Svotos
religiosos), y la simple o episcopal, para congregaciones o
institutos de votos simples. El código de derecho canónico
actualmente vigente (desde 1983) ha mitigado las normas
relativas a la clausura, antes mucho mas severas. Además de
por el derecho general, la clausura está regulada también por
las constituciones y estatutos propios de cada orden,
congregación o instituto.
Clérigos de San Viator (CSV). Nacieron en los
alrededores de Lyon (Francia) en 1831. Su Fundador,
Beato Padre Luis Querbes (1793-1859) fue párroco
en Vourles durante 37 años; allí constató el abandono
cultural y religioso del medio rural, lo que le movió a preparar
hombres que realizaran el ideal de «anunciar a Jesucristo y su
evangelio, y suscitar comunidades en las que se viva, se
ahonde y se celebre la fe», tomando como plataformas la
escuela y la parroquia. De ahí su nombre original de Clérigos
Parroquiales o Catequistas de San Viator. La congregación se
extiende hoy por numerosos países de todo el mundo. En
1996 eran 823 miembros. de ellos 347 sacerdotes, distribuidos
en 119 comunidades.
Clérigos regulares. Se denominan clérigos regulares (clerici
regulares) los miembros de comunidades religiosas nacidas en
los siglos XVI y XVII, dentro de la reforma católica. Sus tareas
fundamentales eran (y son) la cura de almas, la predicación,
las misiones populares, las actividades caritativas y culturales.
Se trataba de sociedades clericales, más libres que las
tradicionales formas de vida religiosa, cuyos miembros hacían
vida comunitaria y pronunciaban f votos solemnes.
Exceptuando a los Bar- nabitas, no celebraban solemnemente
la oración coral (/'"liturgia de las horas) y, debido a su misión,
no estaban siquiera vinculados a un lugar concreto (fstabilitas
loci). La más importante de estas comunidades es la
Compañía de Jesús (S Jesuítas), pero también hay que
destacar a los '"Teatinos, los ^Barna- bitas. los /^Somascos,
los '"Camilos, los '"Caracciolinos y los ? Escolapios. En sentido
muy amplio se llama «clérigos regulares» también a los
sacerdotes pertenecientes a órdenes religiosas, para
distinguirlos de los sacerdotes (o clérigos) seculares.
Cluniacense, reforma. La reforma cluniacense fue el
movimiento de renovación monástica más significativo de la
Edad media. Su centro y punto de origen fue la abadía
benedictina de Cluny
en Borgoña, fundada entre los años 908 y 910 por el duque
Guillermo de Aquitania. A finales del siglo X y a lo largo de
todo el siglo XI, esta reforma ejerció una enorme influencia en
toda la cristiandad occidental; en Alemania sobre todo, a
través de la reforma de Hirsau. Sus rasgos distintivos son: una
rígida observancia de la regla de san Benito según la tradición
de Benito de Aniano (/* Benedictinos); una vida monástica
independiente de influjos seculares y episcopales (sumisión a
la protección papal); constitución de una federación de
monasterios bajo la guía de Cluny. Aun sin pretenderlo
inicialmente, el movimiento de renovación monástica creció de
tal modo que (junto con la reforma lorenense, la reforma
canonical y las corrientes eremíticas), contribuyó de manera
decisiva a la reforma general de la Iglesia y a la cristianización
más profunda del sistema feudal en los siglos XI/ XII.
CMIS ^Federaciones de los Institutos de vida
consagrada y de Sociedades de vida apostólica.
Cofradía Hermandad.
Cogulla. Del latín tardío cuculla, capucha. Es una parte del
hábito monástico de algunas órdenes religiosas. Originalmente
era una pequeña esclavina con capucha
(^capa); hoy es una sobrerropa, a pliegues, y parecida a una
capa, con mangas amplias, usada sólo en ocasiones
especiales (por ejemplo, para la oración coral). El corte es
diverso, según las órdenes o congregaciones; la de los
Benedictinos es negra; la de los Cistercienses y Trapenses,
blanca.
Colecta ^Cuestación.
Colegiata. Colegiata o capítulo colegiado es una corporación
espiritual de /"canónigos, a la que se le confía la celebración
solemne del oficio divino (^liturgia de las horas y Anisa
conventual) en la iglesia colegiata (distinta de la iglesia
catedral). Estas corporaciones nacieron a partir de la vida
común de los clérigos seculares en las iglesias más
importantes. Las primeras reglas fueron redactadas en el reino
de los Francos por el obispo Crodegango de Metz, alrededor
del año 755, y en el sínodo de Aquisgrán del año 816.
Después de una época de decadencia, esta institución renació
gracias al movimiento de reforma canonical de los siglos XI y
XII. A partir del siglo XII se registran los términos iglesia
colegiata y capítulo colegial. En esa misma época el colegio
presbiteral o comunidad canonical de las iglesias catedrales se
transformó en cabildo o capítulo catedralicio, cuya
tarea principal era la elección del obispo. También los
capítulos colegiales participaron en la evolución histórica y
jurídica que afectó a los cabildos catedralicios, superiores a
ellos en rango. Los capítulos canonicales permanecieron
vinculados sobre todo a sus tareas pastorales o a las
actividades docentes. A diferencia de los monjes, los
canónigos capitulares poseían bienes propios y llevaban una
vida autónoma. Vivían en casas privadas (canonicatos,
viviendas prebendarías), situadas en los alrededores de la
iglesia colegiata. La vida común se limitaba de ordinario a la
recitación del oficio divino (/"coro, servicio ^coral) en la iglesia
colegiata, y a reuniones capitulares que tenían lugar
periódicamente y que. entre otras cosas, servían también para
la administración del patrimonio. Los ingresos del capítulo se
repartían con criterios jerárquicos en prebendas individuales,
distribuidas a los canónigos capitulares como provisión. El
número de canonjías estaba fijado por los límites estatutarios.
A la cabeza estaban el preboste y/o el decano. Análogamente
a los miembros del cabildo catedralicio, los canónigos, en el
coro o en circunstancias especialmente solemnes, además del
hábito prescrito por los estatutos, llevaban como especial
signo distintivo del capítulo una banda colo
cada sobre los hombros con una cruz o una medalla. Por lo
que se refiere a cometidos y organización. las diferencias entre
los numerosos capítulos colegiados de la época antigua eran
notables, aunque la estructura fundamental fuera idéntica o, al
menos, bastante parecida. En el /"Sacro Imperio Romano
muchos cabildos importantes consiguieron depender
directamente de la autoridad imperial (/"capítulo imperial). Con
todo, la mayor parte de ellos siguió dependiendo de la
autoridad del señor local y de la jurisdicción del obispo. En los
territorios alemanes que se adhirieron a la reforma protestante,
algunos capítulos se mantuvieron por largo tiempo, sobre todo
para el mantenimiento de la nobleza. En los países católicos la
ola de /"secularización que siguió a la Revolución francesa
condujo al fin de casi todos los cabildos colegiales. Sobre todo
en las ciudades que eran sedes de diócesis, hasta el final de la
Iglesia imperial (1803), los canónigos de los capítulos
colegiados habían desempeñado tareas importantísimas en la
administración de las mismas diócesis. Ricamente dotados -en
relación con la elección y coronación del rey de Germania y
emperador del Sacro Imperio Romano-, eran los capítul os de
Santa María, en Aquisgrán y de San Bartolomé en Frankfurt.
Entre los pocos capítulos colegiales alemanes actuales están
el de Nuestra Señora de la Antigua Capilla y el de los santos
Juan Bautista y Juan Evangelista en Ratisbona, ambos
supervivientes de las supresiones.
Columbano, regla de san. Columbano el Joven, nació en
torno al año 543 en Irlanda, y murió el 615 como abad del
monasterio de Bobbio, en Piacenza. fundado por él. Es el más
importante representante del monacato irlandés que actuó
como misionero en el continente europeo. Con doce
compañeros abandonó el gran monasterio de su ciudad natal
de Bangor. en Irlanda del Norte, donde había enseñado
durante varios decenios. Pasando por Bretaña, llegó al reino
de los Francos, donde estrechó fecundas relaciones de
colaboración con los reyes merovingios y con la nobleza
franca. Con el apoyo del rey y de la nobleza, pudo fundar, en
torno al 591/592, los monasterios de Annegray. Luxeuil y
Fontaines, en la parte occidental de la región de los Vosgos.
En ellos, gracias a la gran afluencia de jóvenes nobles francos,
llegaron a reunirse bien pronto más de doscientos monjes. El
monasterio principal era el de Luxeuil. Para estos monasterios
«iro-francos» escribió Columbano, en torno al 595, la Regula
monachorum (Regla de los monjes). Se trata de la más
antigua regla monástica irlandesa que ha llegado hasta
nosotros, además de ser también la única de origen irlandés
que se conserva en latín. En diez capítulos expone los
fundamentos de la vida monástica, en la forma severamente
ascética típica de la tradición celta irlandesa, y algunas pautas
sobre la vida espiritual de los monjes, afrontando también
algunas cuestiones organizativas de la vida cenobítica (las
comidas, el ordenamiento de la oración, etc). En esa misma
época Columbano escribió también la llamada Regula coe-
nobalis o Regula Patrian (Regla cenobítica o Regla de los
Padres), que, sin embargo, no es una verdadera regla, sino un
elenco de penas para las faltas de los monjes. En ella,
Columbano exige, además, prácticas penitenciales
extraordinariamente severas; aun los más pequeños errores
de los monjes se penalizan con castigos corporales. Ambas
obras reflejan la gran severidad del monacato irlandés, que
Columbano había experimentado en Bangor, bajo el abad
Comgall. Extraordinarias fueron las dotes de Columbano, lo
mismo que su cultura. Durante toda su vida defendió sin
titubeos sus principios, incluso en contra de los obispos
francos y borgoñones, de los reyes y del mismo papa. En el
año 609/610 tuvo que abandonar el monasterio de Luxeuil.
Después de una pausa -aprovechada con fines misioneros- en
tierras franco-alemanas del este (junto a los lagos de Zurich y
Constanza), encontró un refugio para sus últimos años en el
reino de los Longobardos (Bobbio), preocupado hasta el final
por sus monasterios y por la actividad misionera.
Con la fundación del gran monasterio borgoñón de Luxeuil. y
sus numerosas filiaciones, desde el comienzo vinculadas
estrictamente a los reyes y a la nobleza franco-borgoñona, el
monje irlandés Columbano dio origen a un grandioso
movimiento monástico que afectó a todo el reino de los
francos, y hasta lo superó. Este movimiento, estimulado por
Columbano y sus compañeros irlandeses. gracias, sobre todo,
a la adhesión de numerosos jóvenes nobles francos y a la
estrecha vinculación con la monarquía -por otra parte no
totalmente exenta de conflictos—, llegó a ser una gran
potencia capaz de ejercer su influjo en todos los campos. Con
la aceptación de la regla de san Benito (^Benedictinos) en los
monasterios «iro-francos» (a partir, aproximadamente, del año
628), dio comienzo la época de la f «regla mixta». Aunque al
principio la regla predominante continuó siendo la de san
Columbano, poco a poco la de san Benito, menos rígida y más
susceptible de adaptación, se abrió camino en los diversos
monasterios, hasta aventajarla. San Bonifacio (t 754) y las
disposiciones de Carlomagno y su hijo Ludovico Pío (sínodos
de Aquisgrán de los años 816 y 817) llevaron la observancia
benedictina a su victoria definitiva. Con su compromiso
monástico. Columbano, sin ser consciente de ello, había
preparado el camino a la difusión y a la definitiva afirmación
del monacato benedictino en la primera Edad media.
Combonianas f Misioneras Combonianas,
Religiosas; ^Misioneras Seculares Combonianas.
Combonianos f Misioneros Combonianos del
Corazón de Jesús.
Compañía. Es la denominación de varias instituciones, sobre
todo femeninas. Entre ellas: la Onlen de Ia Compañía de María
Nuestra Señora (ODN), fundada en Burdeos (Francia) el 7 de
abril de 1607 por santa Juana de Lestonnac, para atender a la
educación integral femenina; las Hermanas de la Compañía de
la Cruz (HC), de Santa Angela de la Cruz Guerrero, para imitar
a Cristo en el trabajo y la pobreza, fundada en Sevi- 1 la el 2
de agosto de 1875; la Compañía de Santa Teresa de Jesús
(STJ), dedicada a la educación cristiana de la juventud, nacida
el 23 de junio de 1876 en
Tarragona por iniciativa de San Enrique de Ossó y Cervelló; la
Compañía de Cristo Rey, fundada en 1939 en el Puerto de
Santa María (Cádiz) por Juana Amalia Cubero Catevilla, para
extender el reinado de Jesucristo; la Compañía Misionera del
Sagrado Corazón de Jesús, que nació en Madrid por obra de
Pilar Navarro Gañido, el 11 de febrero de 1942, con el empeño
misionero de la evangelización de los pueblos; y la Compañía
del Salvador (CS), fundada en 1952 en Barcelona por el Dr.
Modrego Casaus, con el fin específico de la enseñanza.
Compañía de Jesús f Jesuítas.
Compasión, Hermanas de Nuestra Señora de la. Fundadas
por Mauricio Mateo Garrigou y Juana María Desclaux, en
1817, en Toulouse (Francia), para prolongar en el mundo de
hoy la compasión de Jesús.
Completas (en latín completa, completorium, de complete,
completar, terminar). Es la oración que concluye la jornada en
la ^ liturgia de las horas de la Iglesia católica.
Comunidad de Betania. Es una
congregación femenina que tiene como fin la evangelización y
el ecumenismo. Nació en Blomendaal (Holanda) el 21 de junio
de 1919. Su fundador es el jesuíta
Beato Jacques van Ginneken (1877- 1944).
Comunidades evangélicas. Del latín communitas. Se
denominan así los grupos o hermandades de hombres y
mujeres que han surgido en el ámbito de las Iglesias
evangélicas durante el siglo XX. Se trata de «comunidades de
carácter espiritual en las que el seguimiento de Cristo se vive
de acuerdo con unas reglas» (I. Rei- mer). Bajo muchos
aspectos pueden equipararse a las ^órdenes y ^
congregaciones de la Iglesia católica, especialmente a formas
de vida religiosa más reciente, como los / institutos seculares,
que en Alemania reciben, a veces, el mismo nombre
(Kommnni- tdten).
En los países afectados por la reforma protestante, las
instituciones monásticas terminaron por sucumbir ante los
ataques de los reformadores, con pocas excepciones que, en
todo caso, sufrieron significativos cambios (por ejemplo la
abadía cisterciense de Loccum. en la Baja Sajonia). En
Alemania, donde siguieron subsistiendo los capítulos
evangélicos (capítulos catedralicios u otros), fue sobre todo
para proveer a la nobleza, aprovechando su antigua dotación
económica. Nuevos estímulos para una recuperación de la
vida común llegaron del pietismo, movimiento religioso
protestante que
se desarrolló entre finales del siglo XVII y el XVIII, y que
subrayaba la dimensión individual de la piedad religiosa, la
santificación personal y la interioridad. Todo esto halló
expresión especial en la Hermandad de ^Herrnhut. En el siglo
XIX, el desarrollo de las nuevas instituciones diaconales y de
las casas de dia- conisas (/"diácono) preparó el camino a las
comunidades. En Inglaterra, en la Iglesia anglicana, a partir de
mediados del siglo XIX, y siguiendo las huellas del movimiento
de Oxford, se formaron comunidades benedictinas,
franciscanas y de otras órdenes religiosas. En los países
escandinavos hubo un desarrollo semejante al de la Iglesia
evangélica alemana.
Después de la I Guerra mundial, la reflexión religiosa que se
originó en las Iglesias evangélicas fue creando las premisas
para el nacimiento de hermandades como la de San Miguel
(Mi- chaelsbruderschaft), que surgió después de los congresos
de renovación religiosa reunidos en Gut Berneuchen, en
Brandeburgo oriental (Neumerk), a partir de 1923. Fue en
estos ambientes donde se concentró la resistencia contra el
nacionalsocialismo en la Alemania evangélica, más allá de los
límites confesionales. Después de 1945, en muchos países
protestantes se fundaron numerosas comunidades de tipo
religioso. Estas comunidades se han difundido por todas las
Iglesias de la Reforma y. lo mismo que ocurría con los
institutos seculares católicos, se han nutrido del despertar
religioso, del amor activo al prójimo y de la nueva valoración
del antiguo monacato, de la liturgia solemne y de la
celebración comunitaria de la ^liturgia de las horas. Y es
significativo que estas nuevas instituciones en la mayor parte
de las Iglesias cristianas de hoy estén abiertamente marcadas
por el espíritu ecuménico. En ellas, lo mismo que en la tardía
antigüedad cristiana, se expresa la nostalgia religiosa de
muchas personas, como reacción frente a los excesos
autodestructivos de nuestra civilización y los aspectos más
violentos de nuestro mundo. Indudablemente en todo esto ha
tenido mucho que ver la creciente aspiración a una «vida
alternativa», característica, sobre todo, de la cultura occidental.
Estas nostalgias, miedos y esperanzas, a veces excesivas,
permiten comprender por qué muchas de estas comunidades
acaban sumidas en crisis incluso después de unos comienzos
prometedores.
Hoy existen numerosas comunidades evangélicas. Parte de
ellas viven según los /"consejos evangélicos: pobreza,
entendida como propiedad común de algunos bienes,
modestos en importancia, en función de las tareas
realizadas en comunidad; vida de castidad, celibataria o
conyugal; y obediencia con respecto al guía espiritual de la
comunidad. Algunas están organizadas también como
auténticas hermandades o fraternidades, aunque sin implicar
una total ruptura con la profesión y la familia. A diferencia de lo
que acontece con los institutos de vida religiosa en la Iglesia
católica, las comunidades evangélicas no poseen un especial
status dentro de las propias Iglesias (salvo pocas excepciones.
como la abadía de Loccum); sí se da, en cambio, una total
colaboración, efectuada en parte por medio de acuerdos y
convenciones. En Alemania estas comunidades son
instituciones de derecho propio, generalmente bajo la forma
jurídica de Ein- getragener Verein (asociación registrada). La
base financiera depende sobre todo de las actividades
profesionales y laborales de los miembros, a las que se
añaden las ofertas de amigos y simpatizantes. Las relaciones
recíprocas entre comunidades no están reguladas
jurídicamente, aunque sí existen muchas formas de contacto.
En el estado actual se pueden distinguir tres grupos:
comunidades de hermanos y hermanas de vida común, entre
las cuales la más conocida es la comunidad de Taizé;
fraternidades, masculinas y femeninas, sin ruptura
completa de relaciones familiares y profesionales, por ejemplo
la Michaelsbruderschaft (Fraternidad de san Miguel); y las
nuevas comunidades de la diaconía evangélica.
En Alemania, había en 1987 cerca de veinticinco fraternidades
evangélicas (masculinas y femeninas), con más de cinco mil
miembros (predominantemente masculinos, entre ellos
muchos pastores) y alrededor de veinte comunidades con
unos 750 miembros, que viven el celibato (cuatro quintos de
mujeres).
Las comunidades y fraternidades evangélicas tienen sus
propias circulares, actas, boletines de información y revistas.
La importancia de las comunidades y fraternidades
evangélicas en nuestro tiempo reside, sobre todo, «en su
irradiación espiritual. en sus servicios pastorales y diaconales y
en su compromiso en favor de la unidad de la Iglesia. Con sus
propuestas de lugares para el retiro y la meditación, con su
trabajo para preparar jornadas, congresos y otras
manifestaciones eclesiales, constituyen un importante factor
en la vida espiritual de las Iglesias. En un tiempo que aparece
marcado por las tendencias individualistas y por una
mentalidad liberal, representan alternativas en las que se
salvaguardan los valores tradicionales, pero en las que
también se pretende experimentar nue
vas formas de vida común» (I. Reimer).
Concepcionistas Misioneras de la Enseñanza (RCM).
Congregación dedicada especialmente a la educación de la
juventud, que fue fundada en Burgos, el 7 de diciembre de
1892, por Santa Carmen Salles y Barangueras (1848-
1911).
CONFER. Es la Conferencia española de religiosos y
religiosas ^Federaciones de los Institutos de vida consagrada y
de Sociedades de vida apostólica.
Congregación. El término «congregación» (del latín congregatio. congregación, asociación, del verbo congregare, reunir el
grex, el rebaño) tiene varios significados:
1. Congregación es la asociación de diversos monasterios de
las antiguas órdenes monásticas y canonicales, bajo la guía de
un superior, en una única observancia en la interpretación de
la regla (por ejemplo, las congregaciones de los Benedictinos,
de Windesheim, de los ^Canónigos Regulares de san Agustín).
2. A partir de finales del siglo XVI el término congregación
designa también los institutos religiosos cuyos miembros, por
las tareas específicas que desempeñan, se limitan a
pronunciar votos «simples», a diferencia de las antiguas
órdenes, en las que se pronuncian votos «solemnes» ( / voto).
Congregaciones son, por ejemplo, los ^Redentoristas y otras
muchas comunidades religiosas nacidas en los siglos XIX y
XX; los Jesuítas, en cambio, tienen un estado jurídico
particular. Las congregaciones no fueron reconocidas
plenamente como «estados de perfección», de forma análoga
a las antiguas órdenes, hasta el Código de ? Derecho
canónico de 1917- 1918. A partir del Vaticano II y del Código
de Derecho canónico de 1983, órdenes y congregaciones se
denominan genéricamente como instituía religiosa (institutos
religiosos). Entre las instituciones de vida consagrada, además
de los instituía religiosa, el código enumera también los
institutos seculares.
3. Las congregaciones romanas o congregaciones
cardenalicias de la curia romana son una especie de ministerio
o dicasterio eclesiástico para el gobierno de la Iglesia católica,
bajo la guía del papa. Se remontan a la reforma de la curia
llevada a cabo por el papa Sixto V en 1588. con la institución
de quince congregaciones cardenalicias. Entre ellas existe una
Congregación para los Institutos de vida consagrada y para las
Sociedades de vida apostólica; además, con una posición
semejante a la de una congregación, están también los
Consejos pontificios para los laicos y para la familia.
4. Con una acepción más amplia, en la Iglesia católica se
denominan congregaciones algunas asociaciones piadosas de
fieles, orientadas a la vida espiritual, como, por ejemplo, las
congregaciones mañanas y otras.
Congregación Apostólica «Marta y María» (CONG-AMMA).
Fundada en Jalapa (Guatemala) el 6 de enero de 1979, por
mons. Miguel Angel García Arauz, se dedica sobre todo a la
evangeliza- ción, la catcquesis y las obras sociales.
Consagración. Del latín consecrado, de consecrare,
consagrar, hacer sagrado. Es, en general, una acción religiosa
(cultual), a través de la cual un objeto o una persona se ponen
de manera especial al servicio de Dios. Son sobre todo las
personas las que se consagran, mientras que las cosas y los
lugares más bien se «dedican». A veces es más propio hablar
de «bendición». Entre estas acciones, en la Iglesia católica y
/"ortodoxa, están, entre otras, la consagración del /"abad y de
los /"monjes, la /"consagración de vírgenes, de iglesias,
campanas, cementerios y del agua (en determinados días y
solemnidades). Tanto en la Iglesia católica como en la
ortodoxa, ha de distinguirse claramente de estas
consagraciones y bendiciones (/"sacramentales), el
sacramento del orden sagrado (sacraméntala ordinis) en sus
tres grados: diaco- nado, presbiterado y episcopado
(ordenación diaconal, presbiteral y episcopal). Unicamente
puede ser ministro del orden sagrado un obispo lícitamente
ordenado en la sucesión apostólica, que actúe
mediante la oración consecratoria y la imposición de manos.
Consagración de vírgenes (en latín consecratio et benedictio
virginum). Está documentada a partir del siglo IV. La
celebración litúrgica consistía originalmente en una plegaria de
consagración, a cuya conclusión se entregaba el velo,
probablemente sin imposición de manos; fue en el reino de los
Francos donde se organizó de forma solemne. El rito está
reservado ordinariamente al obispo. Al principio, esta
/"consagración se concedía también a las vírge- nes que vivían
en el mundo, pero esta praxis se abandonó a partir del siglo X.
Al final de la Edad media fue desapareciendo incluso en las
órdenes religiosas femeninas, de manera análoga a cuanto
sucedía en la consagración monástica de las órdenes
masculinas. En el siglo XIX fue recuperada y renovada. A
partir del Vaticano II y, posteriormente, con el apoyo del
derecho canónico (Código de 1983, can. 604), ha vuelto a
ponerse en práctica en todas partes. Lo mismo que la
consagración del abad, en la Iglesia católica la consagración
de vírgenes se considera un ^sacramental, no un sacramento.
Por lo que se refiere al rito, ver: Ritual para la profesión de
religiosas, promulgado por la Congregación para el culto divino
el 2 de febrero de 1970.
Consagración monástica. En
los primeros tiempos del monaquisino la consagración
monástica coincidía con la recepción del hábito monástico,
como signo del abandono del mundo y de la propia entrega
total a Dios. Tanto en Oriente como en Occidente estaba
acompañada por una solemne celebración litúrgica. En la
Edad media la cultivaron de manera especial los Benedictinos
y, sobre todo, los monasterios de la reforma /" cluniacense y
los /"Cistercienses. Semejante a la consagración monástica
era la consagración de vírgenes. Con un reclamo a la
simbología bautismal, en la época barroca se la situó en el
marco de la /"profesión. como muerte simbólica para el mundo
(el candidato postrado por tierra era cubierto con un sudario
negro, mientras las campanas doblaban a muerto; esta
costumbre se conservó en algunos monasterios incluso hasta
el siglo XX). En la era moderna, tanto la consagración
monástica como la de las vírgenes se han ido sustituyendo
progresivamente con las ceremonias (jurídicamente
establecidas) de la /"ves- tición. la entrada al /"noviciado y la
/"profesión.
Consejos evangélicos. En la Iglesia católica se denominan
«consejos evangélicos» (a partir de la Edad media) las
palabras del evangelio que no se refieren a preceptos de vida
cristiana, sino a opciones «aconsejadas» que, si se siguen,
son expresión de esa libertad que es don de la gracia de Dios:
la decisión de no contraer matrimonio y vivir en /"castidad (o
virginidad), /"pobreza y /*obediencia. Estos tres «consejos
evangélicos» no pretenden fundar ningún tipo de moral
dividida en dos grados, sino que siguen estando subordinados
al precepto fundamental del amor a Dios y al prójimo. Los
«consejos» son solamente la indicación de un peculiar camino
de perfección cristiana. Desde finales de la Edad media las
opciones de vida antes citadas se entendieron como consejos
evangélicos tout court y se identificaron con los tres f votos
monásticos.
Consolación, Nuestra Señora de
la. En 1858, en Tortosa (Tarragona), santa María Rosa Molas
y Vallvé fundó este instituto con fines misioneros, benéficosanita- rios y docentes, «atendiendo a que las obras en que de
ordinario se ejercitan las Hermanas de su instituto se dirijan
todas a consolar a sus prójimos».
Constituciones. Del latín constituí io, derivado de constituí*re,
«constituir». Son los códigos fundamentales que regulan la
vida de cada instituto religioso. Según el Código de Derecho
canónico, contienen «las normas fundamentales sobre el
gobierno del instituto y la disciplina de sus miembros, la
incorporación y formación de estos, así como el objeto propio
de los vínculos sagrados» (can. 587). Además, ex- plicitan el
carisma, la espiritualidad y el fin del instituto, su naturaleza e
índole, según la mentalidad de los fundadores, así como las
sanas tradiciones del instituto mismo.
Contemplación (del latín con- templatio, examen,
contemplación). Es una forma de plegaria interior, que consiste
en una mirada sencilla y amorosa a Dios y a las cosas de Dios.
En el lenguaje hoy usual entre los católicos, se distingue de la
meditación, que es una atenta consideración de las verdades y
exigencias de la fe, caracterizada de forma más
marcadamente racional por la voluntad y el método.
Contemplación y meditación, de manera más o menos
acentuada según el propio carisma, forman parte esencial de
la vida espiritual de todas las órdenes y congregaciones
religiosas. Pueden ser un grado preliminar y un elemento
constitutivo de la unión íntima a
través de la cual el alma se sumerge en Dios (^mística). Junta
estas antiquísimas expresiones existen hoy formas de
meditación caracterizadas por ejercicios, practicas y técnicas,
originarias de contextos no cristianos, utilizados por cristianos
y hasta en algún monasterio (por ejemplo, las técnicas de
contemplación típicas del budismo-zen).
Convento. En sentido propio, la palabra «convento» (del latín
conventus, reunión, asamblea) designa la agrupación de los
miembros de la comunidad que tienen derecho al voto
(/"capítulo). Con este nombre se indica tanto la comunidad de
los miembros de un monasterio o de una casa religiosa
(comunidad conventual), como el edificio mismo.
Conventuales (Orden de los Hermanos Menores
Conventuales) /" Franciscanos.
Conversos. Del latín conversus, convertidos. Se denominaron
así, en los siglos IV y V, aquellos cristianos que se orientaban
a un ideal de vida ascética, «convirtiéndose» a la vida
monástica. En el siglo Vil, cuando la organización monástica
asumió formas más definidas, el término «conversos» (fmires
conversi) pasó a designar las personas que habían entrado a
formar parte de la comunidad monástica en edad adulta y que,
a causa de los donativos que llevaban consigo, se llamaban
donati, a diferencia de los que habían sido ofrecidos al
monasterio en edad infantil (pueri oblíiti, /"oblato). A este
respecto hay que recordar que los monjes de la época antigua
pertenecían en su mayoría al estado laical. Sólo a partir de los
siglos IX y X aumentó en los monasterios occidentales el
número de monjes sacerdotes, hasta llegar a ser
predominante. Estos últimos se dedicaban al ministerio
pastoral, y también al estudio y a la enseñanza en las escuelas
monásticas. En el siglo XI se dio en los monasterios una mayor
distinción entre los monjes sacerdotes, entregados al servicio
coral, y los hermanos laicos, a quienes se dejaban las tareas
más pesadas y las relaciones con el mundo. Junto a la antigua
institución de los conversos, surgió así una nueva forma de
/"monacato laical: estos religiosos pertenecían al monasterio
como hermanos laicos, a los que se confiaba la realización de
los trabajos necesarios para la comunidad y a los que, por esta
razón, se Ies exigía un menor empeño ascético. La
organización de este nuevo modo de entender la institución de
los conversos se debe sobre todo a los /"Cluniacenses y a la
reforma de /"Hirsau, pero también, un poco más tarde, a los
/^Cistercienses y a otras nuevas órdenes. A los
conversos (hermanos laicos) de las órdenes masculinas les
correspondía en los monasterios femeninos una distinción
análoga entre las monjas profesas, dedicadas al servicio coral
(o canonesas) y hermanas conversas o laicas.
De hecho, a lo largo de los siglos se fue formando en casi
todas las órdenes y congregaciones una especie de distinción
entre religiosos de primera y de segunda clase, incluso con
situaciones jurídicas distintas. En los últimos decenios, en casi
todas las órdenes y monasterios ha habido un esfuerzo por
superar esta división. tratando de poner a los hermanos laicos
y a las hermanas conversas en un plano lo más semejante
posible al de los religiosos clérigos o, en su caso, al de las
monjas profesas.
Cónyuges religiosos. Desde los orígenes de la Iglesia, el
matrimonio y la consagración a Dios en la virginidad no sólo
fueron tenidos en gran consideración, sino que llegaron a ser
objeto de una lenta y progresiva reflexión a partir del nuevo
dato del mensaje evangélico. El Evangelio sirvió no sólo como
regla de vida, sino que fue la base para comprender
plenamente tanto la consagración en la virginidad como la
antigua «institución» del matrimonio, en una doble dirección:
cristocéntrica y
eclesiológica. En particular, el matrimonio llegaba a ser el
sacramento-signo del amor de Cristo a la Iglesia. Eran estos
dos elementos intrínsecos a la unión matrimonial los que
hacían que esta unión no fuera ya únicamente un hecho
puramente natural, sino que entrara en el orden de la gracia
para aquellos que habían aceptado el cristianismo. Y sin
embargo, durante un largo período -no sin excepciones- toda
una corriente dentro de la Iglesia dio preferencia al camino de
la virginidad. No sólo se la consideró como una forma de vida
peculiar. sino incluso como un camino que superaba en
perfección a los demás. Las vírgenes y los vírgenes, que por el
reino de los cielos no se casaban, ocupaban un «puesto»
especial en la Iglesia por su dedicación total. No obstante,
jamás hubo una devaluación del matrimonio si no en sectores
extremistas, como sucedió en el montañismo. Sí se dieron,
durante los primeros siglos de la Iglesia, formas un tanto
peculiares de matrimonio: casados que vivieron una especie
de consagración que comprendía como parte esencial la
continencia y la ascesis. Si para algunos era una opción de
vida, para otros, en cambio, la continencia en el matrimonio,
era un compromiso que había que asumir explícitamente. Se
trataba de los ministros de la comunidad, obispos, presbíteros
y diáconos. Hasta el momento en que la Iglesia llegó a exigir
explícitamente el celibato para sus ministros, ellos, una vez
asumida la tarea de guiar a la co- munidad, se comprometían,
con el consentimiento de su mujer, a vivir la continencia en el
matrimonio. Refiriéndose al texto de Pablo «uniiis uxoris vir»
tanto para el obispo (ITim 3.2) como para el presbítero (Til 1,6)
y el diácono (ITim 3,12). en relación con 2Cor 1 1,2, toda una
exége- sis vio en esta fórmula un fundamento de la continencia
conyugal para los ministros y en ella se basaba la lev canónica
del siglo IV al hablar de la continencia y del celibato como una
praxis enseñada por los apóstoles y mantenida desde la
antigüedad (cf Concilio de Cartago, en CCL 149.13). Las
esposas de los ministros estaban especialmente asociadas al
ministerio de sus maridos, hasta el punto que en la Iglesia
gálica se llamaban «epis- copia», «presbitera» o «diaconi- sa»,
según el grado de ministerio de su esposo, y vivían entre ellos
como hermanos y hermanas, tal como la misma Iglesia
recomendaba.
Aparte esta forma de vida matrimonial propia de los ministros
de la Iglesia, con la llegada del monacato, no sólo las
personas individualmente lo dejaron todo para vivir el
cristianismo como una forma de martirio incruento, sino
también parejas de casados, especialmente después de
experiencias particularmente doloro- sas, se decidieron a
abrazar la vida monástica, dando origen a un movimiento de
espiritualidad matrimonial en la continencia y la ascesis. Con
todo, no se trata de una forma reconocida jurídicamente y
prevista por la Iglesia, sino de experiencias de parejas aisladas
que, respirando un clima de especial fervor y ascesis, decidían
transformar su unión en una nueva forma de vida que los
comprometía a una continua renuncia a la unión sexual.
Encontramos, por ejemplo, en los primerísimos años del siglo
IV la pareja de Pi- niano y Melania, que, tras la muerte de sus
dos hijos, se trasladaron a Sicilia, llegando hasta el norte de
Africa para establecerse allí llevando vida monástica.
Contemporáneamente Paulino y su mujer Terasia hicieron la
misma experiencia. La muerte de su hijo único no sólo aceleró
el proceso de conversión, sino que provocó también su
decisión de dedicarse totalmente a la ascesis, dando vida,
junto a la tumba del mártir Félix en Ñola, en Campa- nia, a una
comunidad monástica masculina y otra femenina
respectivamente. Son casos que se verificaron dentro de la
corriente monástica, donde era fuerte la atracción hacia la vida
ascética, hasta el punto de que hubo parejas que la
practicaban en su propia casa, sin acudir a lugares especiales
(cf Atanasio, Curta a Draconio). Tertuliano nos informa, en
cambio, de que muchos laicos vivían la continencia «pro cu
piel i tute regni coele stis» dentro del matrimonio (Ad uxorem,
1,6). En este apunte de Tertuliano se percibe claramente toda
aquella dimensión escatológica que caracterizó la Iglesia de
los primeros siglos.
En los umbrales de la Edad media, el deseo de parejas de
casados de vivir una vida monástica estaba muy lejos de
haber pasado de moda, cuando con el can. 340 el II concilio
de Nicea (787) aprobaba que los casados pudieran dedicarse
a la vida monástica en monasterios masculinos y femeninos
«porque Dios se complacerá ciertamente en ello». Hay que
notar la preocupación de diferenciar las comunidades
femeninas de las masculinas, aun en el caso de que se tratara
de cónyuges, lo que hace suponer que la opción monástica se
consideraba como definitiva también para quienes ya habían
contraído matrimonio. Posteriormente encontramos casos de
viudas y viudos que dejan el mundo para entregarse a la vida
contemplativa o, en la época moderna, también activa, en el
mundo. En todo caso, fue haciéndose más rara una
consagración posterior a la del matrimonio, fuera del caso de
cónyuges que vivían una determinada espiritualidad, o por
propia opción, como acontece aún hoy con los miembros de
terceras órdenes (^terciarios) o de los movimientos.
Cooperadoras de Betania (CdB). Fruto del corazón
bondadoso de su fundador, el sacerdote diocesano D. Pedro
García Cerdán (1887-1972), nacieron en Valencia, el 10 de
mayo de 1925, para ser. como Marta y María con Jesús, en
Betania, cooperadoras de la vida y ministerio de los
sacerdotes.
Cooperadores parroquiales.
Fundador de los Cooperadores Parroquiales de Cristo Rey
(CPCR) es el P. Francisco de Paula Vallet (1883-1947).
Primero jesuíta, abandonó la Compañía de Jesús para dar
comienzo a una nueva congregación de sacerdotes y
hermanos, dedicada, según sus propias constituciones, a «la
evangelización de los hombres (varones) adultos con el fin que motiva el nombre- de cooperar a la animación espiritual de
la parroquia, célula primera de la Iglesia». De acuerdo con su
espiritua- lidad ignaciana, concede gran importancia a los
ejercicios espirituales. Con el mismo espíritu y finalidad, el
fundador dio vida, en 1943, a las Cooperatrices Parroquiales
de Cristo Rey.
Coral (en latín cantus choralis, canto coral). Se denomina así
en la tardía Edad media al canto monódico, / gregoriano. El
tér- mino proviene del coro de los monjes en el lugar del
presbiterio a ellos reservado (coro).
Coral, libro. Es un libro de eran tamaño, escrito a mano en la
Edad media, y más adelante también impreso, que contenía
textos y anotaciones musicales, y se colocaba sobre un atril o
facistol para permitir a los cantores el canto común durante las
celebraciones litúrgicas. Libros corales para el canto coral
monódico (/gregoriano) estuvieron en uso desde el siglo XIII al
siglo XVIII, y para la música polifónica desde el siglo XV al
XVII.
Coral, servicio. Servicio del coro o servicio coral es la
celebración (diaria) común del oficio divino, al que están
obligados los miembros de un monasterio, de un capítulo (por
ejemplo, el cabildo de la catedral o de la colegiata) o de una
orden religiosa (en los conventos y monasterios masculinos y
femeninos). El servicio coral comprende por regla la
celebración común de la eucaristía (oficio conventual, misa
conventual) y la oración coral común (/liturgia de las horas).
Cora/onistas /Sagrado Corazón de Jesús, hermandades y
congregaciones del: /Sagrados Corazones, Padres de los.
Coro (del griego khorós, en latín chorus). En la antigua Grecia
esta palabra indicaba originalmente el espacio reservado a las
danzas cultuales; de este uso, pasó a designar más adelante
las personas involucradas y el texto del canto que se recitaba.
En la arquitectura eclesiástica se convierte en «coro» el lugar
de la iglesia reservado a los cantores. Posteriormente el
término pasó a designar el lugar en que los monjes y los
miembros de los cabildos catedralicios o de las colegiatas se
reunían para la oración coral (servicio /coral). En la antigüedad
cristiana y en la Edad media este espacio se encontraba
ordinariamente delante del altar mayor; posteriormente,
también a los lados o detrás del altar mayor, sobre una galería
superior o matroneo (en la época barroca, regularmente para
los cantores y la orquesta, pero con frecuencia usado también
para el servicio coral en las iglesias monásticas barrocas). En
sentido estricto, se entiende por coro de una iglesia el espacio
delimitado enfrente del altar mayor, a cuyos lados se colocan
los escaños o asientos del coro, con frecuencia artísticamente
labrados, donde el clero regular o los cañó- nigos recitan las
horas litúrgicas. Las iglesias góticas, sobre todo en España,
sitúan el coro en la
nave mayor, donde aparece cerrado por una verja ante el
crucero y rodeado en los otros tres lados por el muro del
trascoro. Por respeto a la clausura, el espacio coral de los
monasterios femeninos está regularmente situado en una
galería superior o matroneo (coro de monjas), dotado de
ventana enrejada. Según las funciones o la estructura y
posición arquitectónica, en las grandes iglesias medievales se
distinguen también el coro oriental y el coro occidental, el coro
elevado o coro alto (sobre una cripta) y las capillas corales,
limítrofes con el coro propiamente dicho. En algunas iglesias
monásticas, utilizadas por monjes y monjas, existían coros
rigurosamente separados para la oración litúrgica. Un
importante ejemplo de doble coro se conserva en la iglesia del
monasterio brígido (Brígidas) de Altomünster (Alta Baviera).
Los grandes monasterios, sobre todo en la época barroca,
además del coro invernal, poseían también un coro estivo para
la liturgia de las horas. En el lenguaje musical con el término
coro se entiende el grupo de cantores que ejecutan juntos
algunas composiciones (coro masculino, femenino, mixto, de
voces blancas).
Costumbres (en latín consuetudi- nes, costumbres). Son los
decretos de aplicación de las reglas monásticas, adaptadas al
tiempo y a las circunstancias concretas. Se
hicieron necesarias cuando los Benedictinos se difundieron por
todo el Occidente. Colecciones de estas consuetudines,
adaptadas a las situaciones particulares, se encuentran en los
más importantes centros de vida monástica, a partir de los
siglos VUI-IX; posteriormente se encuentran en los diversos
tipos de orden religiosa (como observancias, estatutos,
constituciones y otros, además de las específicas reglas
monásticas). Sin embargo, progresivamente fueron
cristalizando en formas más bien rígidas. Costumbres estables
siguen existiendo también en muchas corporaciones religiosas
actuales.
Cruciferos. Se denominan así diversas órdenes y
congregaciones de la Iglesia católica, cuyos miembros tienen
como símbolo una cruz (en latín cruciferi, cru- cigeri, cruciati,
de crux, cruz). En sentido estricto se llaman cruciferos los
miembros de las Ordenes hospitalarias y militares, nacidas
independientemente las unas de las otras durante los siglos
XII y XIII. Tienen en común la devoción a la santa cruz y los
orígenes, generalmente oscuros, en la época de las cruzadas.
Los más importantes son:
/. Los Canónigos Regulares de la Orden de la Santa Cruz
(Ordo Sanctae Cruéis), nacidos a mediados del siglo XIII en la
diócesis de Lieja, cuyas constituciones fueron aprobadas en
1248 por el obispo de Lieja, por encargo del papa Inocencio
IV. Se difundieron sobre todo en los Países Bajos, en Francia,
Inglaterra y Alemania occidental y tuvieron su momento de
máximo florecimiento en el siglo XV. Hoy están aún presentes
en los Países Bajos, Africa y América meridional.
2. La Orden de los Cruciferos con cruz y estrella roja, o
sencillamente Cruciferos de la estrella roja (Canónigos
Regulares), que se remontan al Hospital de san Francisco de
Praga (fundado en torno al 1231). En el siglo XV la primitiva
hermandad hospitalaria fue transformada en congregación de
clérigos regulares. Se difundieron sobre todo en Bohemia,
Silesia y Polonia. Esta reducida orden militar está presente en
Alemania y, desde hace poco, en la República Checa y
Eslovaquia.
3. Los Cruciferos portugueses u Orden de Canónigos
Regulares de la Santa Cruz de Coim- bra, fundada en I 132 en
la catedral de Coimbra. En 1135 obtuvieron del papa Inocencio
II el privilegio de la exención, adquiriendo después gran
importancia en Portugal y España. La orden fue suprimida en
1833.
4. Los Cruciferos italianos u Orden de Cruciferos de Bolonia,
nacidos de una pequeña hermandad hospitalaria, reunida en
torno al cruzado Cleto de Bolonia, y aprobados por el papa
Alejandro III en 1169. La decadencia de la comunidad
comenzó muy pronto; en 1591 la Orden consiguió los
privilegios de las órdenes ^mendicantes, pero en 1656 fue
suprimida por Alejandro VIL
5. Los Cruciferos polacos u Orden de Cruciferos del Corazón
Rojo, de la Penitencia de los Santos Mártires, nació alrededor
de 1250 y fue aprobada en 1256 por el papa Inocencio IV con
la regla de san Agustín, aunque pronto fue contada entre las
órdenes mendicantes. Su sede más importante fue Cracovia.
La época más significativa de la Orden fue el comienzo del
siglo XVI (difusión en Polonia, Lituania y Bohemia). Sobrevivió
en Lituania hasta el siglo XIX.
Cuestación. /. Premisa. Por cuestación se entiende la recogida
de limosnas de puerta en puerta, realizada por un
representante de una orden religiosa de forma sistemática y
habitual. La palabra proviene del latín quaestus, una
contracción de quaesitus, de quite re re, «buscar».
Popularmente esta práctica se denominó también «rebusca».
En este sentido queda excluida cualquier otra forma de
«recogida de bienes, ofertas o alimentos», que puede llevarse
a cabo dentro de la comunidad cristiana, como puede ser la
«colecta litúrgica», la solicitud de subvenciones a través de
boletines o cartas dirigidas a amigos y bienhechores, o bien
las colectas ocasionales, debidas a especiales exigencias,
situaciones y necesidades. Esta práctica tradicional tiene como
finalidad propia no la respuesta a una necesidad o iniciativa
específica, como puede ser la realización de una obra, o la
ayuda para determinados desastres, sino para el sustento de
la orden. La razón y los valores que mantuvieron esta práctica
a lo largo de los siglos fueron muy diversos: el testimonio del
seguimiento radical de Cristo; la exigencia de vivir y
testimoniar la pobreza, la humildad y el espíritu de sacrificio; el
valor penitencial del gesto; el deseo de abandonarse a la
Providencia y testimoniar la libertad de los bienes y valores
efímeros; el sustento de la orden misma, de una casa o
comunidad; la exigencia apostólica, tanto en el sentido de un
contacto personal vivo como en el de sostener diversas
iniciativas apostólicas; el deseo de socorrer a las necesidades
de los pobres y necesitados.
2. Historia. Su historia está relacionada con los aspectos más
generales de la vida religiosa, como la pobreza, la posesión
personal y comunitaria de bienes, el trabajo, la dote, la
itineran- cia... Para los monjes itinerantes y ermitaños aislados,
la cuestación fue algo casi natural; pero
asumió nuevas dimensiones y perspectivas cuando su práctica
fue adoptada por comunidades enteras y, como consecuencia,
tuvo que «institucionalizarse» como medio de sustento
previsto por las reglas. Como toda obra humana, también la
cuestación se sitúa bajo el signo de la ambigüedad, por lo que
junto a espléndidas y fúlgidas figuras de cuestores, ha habido
figuras menos heroicas y santas. Además, los abusos de esta
práctica han provocado no sólo el interés y el deseo de
reglamentación por parte del derecho canónico y civil, sino, por
parte de este último, en determinadas épocas (la Reforma
protestante, las supresiones del siglo XIX), el intento de
suprimirlas por medio de la legislación. declarando la
cuestación y la misma vida religiosa como dañosas para la
sociedad y contrarias a la naturaleza y a los derechos de la
persona. Especiales situaciones de dificultad económica, y a
veces los prejuicios, hicieron que las desviaciones en el uso de
esta práctica provocaran la hostilidad por parte de la
población, manifestada en la burla y la sátira áspera, dura y a
veces hasta vulgar. En la antigüedad la cuestación era un
gesto espontáneo y casi natural por parte de personas que
tenían necesidades especiales. En las primeras comunidades
cristianas era una práctica normal recurrir a recogidas, o
colectas, para ayudar a personas o comunidades necesitadas.
Se recurría a la práctica de poner los bienes en común (He
4,32s) para distribuirlos según las necesidades de cada uno,
aunque se recomendaba a todos que trabajaran para el
sustento. El monacato de los comienzos practicó la pobreza
evangélica y el trabajo en favor de los pobres, mientras
recurría a los bienhechores o a la limosna sólo
ocasionalmente. La solicitud de algunos monjes por vivir sólo
de la limosna fue rechazada como «peligrosa tentación». En la
Edad media la difusión de los movimientos paupe- ristas, la
movilidad de las personas, el nacimiento y difusión de las
órdenes mendicantes llevó, a partir del siglo XIII. a la
institucional ización de la cuestación. A diferencia de las
tradicionales órdenes monásticas, fundadas en la propiedad
común de bienes y, por tanto, dotadas de posesiones para
trabajar de acuerdo con las prescripciones de las reglas, los
ermitaños de Grandmont (en la diócesis de Limoges, en el
siglo XIII) fueron de los primeros en introducir la cuestación
como medio de sustento, a consecuencia de su rechazo de la
posesión de bienes comunes. La cuestación. en este caso, era
el medio necesario y concreto de sustento para una orden
dedicada a la contemplación y a la pobreza personal y
comunitaria. Esta
práctica, adoptada también por otras órdenes, no planteó
especiales problemas jurídico-institu- cionales a los canonistas
del siglo XII; pero con el nacimiento de los diversos
movimientos pauperistas ortodoxos y heterodoxos, como los
valdenses y posteriormente las órdenes ^mendicantes, el
problema apareció con toda su urgencia. Para los ^Dominicos
la cuestación tenía una finalidad apostólica, ya que permitía al
religioso poder mantenerse durante su predicación itinerante
hasta los límites de la cristiandad, o durante los grandes viajes
misioneros. El derecho canónico la justificaba como un caso
particular de una persona que se ponía al servicio de los
demás, y que, por tanto, tenía derecho a su recompensa. Los
Franciscanos, en cambio, recurrieron inicialmente a la
cuestación cuando el trabajo manual no era suficiente para
garantizarles lo necesario (cf Regula bul lata, c. V-VI, en
Fuentes Franciscanas, nn. 88-90). La gran difusión de los
Mendicantes y su pastoral al servicio de las necesidades de la
Iglesia creó naturalmente la necesidad de tener lugares de
estudio, bibliotecas bien provistas y personal dedicado al
estudio y a la formación de otros hermanos, por lo que la
práctica de la cuestación se fue difundiendo cada vez más y,
junto con ella, también los primeros
conflictos con el clero regular y de unas órdenes con otras.
Frente a las acusaciones contra los religiosos, santo Tomás
intervino subrayando el servicio que ellos prestaban a toda la
Iglesia (Sum. Th. II-II, q. 187, a. 4-5). De ese modo se llegó a
la reglamentación y a la necesidad de autorización para
ejercer la cuestación. Un caso especial de cuestación fue la
que ejercieron algunos Hermanos Menores encargados del
sustento de las Clarisas (/*Franciscanos) que, aunque era una
orden contemplativa, y por lo tanto obligada a la clausura,
había rehusado el planteamiento típicamente benedictino, para
atenerse a la más estricta observancia de la pobreza de san
Francisco (Fuentes Franciscanas, n. 2817). Esta práctica la
asumieron también otras comunidades femeninas no
franciscanas, aunque poco a poco a algunos «laicos religiosos
de la rama masculina» los sustituyeron, al menos en parte, las
«sórores extra mo- nasterium servientes». Con el
franciscanismo la cuestación asumió un valor eclesial, en el
sentido de que se vivió cada vez más como acto de humildad,
de abandono a la Providencia y de caridad (se pide para dar a
los pobres). Este tipo de cuestación no debe confundirse con
otras formas de limosna, como la que se realiza para recoger
fondos para las cruzadas, para la construcción de iglesias,
hospitales, etc., a las que, con frecuencia, se vinculaba la
concesión de indulgencias y beneficios espirituales, y cuyos
encargados tomaron el nombre de quaestores. La cuestación,
tanto la que practicaban las órdenes como la que practicaban
los quaestores, a pesar de estar reglamentada y prevista su
autorización, fue objeto de diversos abusos, por lo que los
papas y los concilios tuvieron que intervenir varias veces. Aquí
recordaremos únicamente que para eliminar los abusos, el
concilio de Trento (Ses. XXV. De Regularibus et monialibus, c.
III) impuso a todos los religiosos «la posesión común», con la
excepción de los Hermanos Menores y los Capuchinos,
pensando resolver así el problema del sustento necesario sin
tener que recurrir a la limosna. Sin embargo hubo quien quiso
interpretar la prescripción conciliar en sentido rígido, afirmando
que tampoco los Mendicantes tenían ya derecho a la
cuestación, por lo que surgió una nueva polémica. Pío V aclaró
la situación con la bula Etsi Mendicantiutn del 16 de mayo de
1567, con la que declaraba que a los Mendicantes, que por
regla debían observar la pobreza personal y comunitaria y vivir
de limosna, no se les podía negar su ejercicio. A lo largo de la
historia, los casos más conflictivos fueron: el derecho a la
cuestación de los Mendicantes sin necesidad de pedir
autorización al obispo en cuya diócesis estaba el convento; la
petición de autorización al Ordinario si la cuestación se hacia
fuera de la diócesis; y la obligación de respetar los «limites y
las precedencias» entre las diversas órdenes existentes en la
misma diócesis. Los papas prescribieron que los religiosos
hicieran la cuestación personalmente, sin delegar en otros, y
en tiempos más recientes han procurado evitar la formación de
nuevos institutos que fundaran su subsistencia en la
cuestación, especialmente en el caso de fundaciones
femeninas. Los Franciscanos tenían un permiso especial para
la cuestación en favor de Tierra Santa. El código de derecho
canónico de 1917 afrontó el problema en los cánones 621 624; 691; 1503; 2327. El Vaticano II no trató la cuestión de
forma específica, y la carta apostólica de Pablo VI, Ecclesiae
sánetele del 6 de agosto de 1966 reafirmó el derecho de los
Mendicantes a la cuestación, subordinando su ejercicio a la
reglamentación de las conferencias episcopales de cada
nación. El código actual habla de ello solamente en el n. 1265
§ 1-2, donde, además de dejar a salvo el derecho de los
Mendicantes, prohíbe a cualquier persona física o jurídica
recoger dinero para cualquier fin o institución sin permiso
escrito del propio Ordinario, o del Ordinario del lugar. Además
se afirma que las conferencias episcopales pueden establecer
normas para la cuestación, que han de ser respetadas por los
Mendicantes.
3. Conclusiones. La cuestación ha sufrido el influjo de las
condiciones del tiempo, de la mentalidad y de su evolución;
por eso, si en el contexto de una sociedad típicamente agrícola
era más fácil de entender, actualmente, en una sociedad
acentuadamente industrializada, su aceptación resulta mucho
más difícil. No es casualidad que en muchos edificios de las
grandes ciudades aparezcan letreros que desaconsejan o
prohíben esta práctica tan poco grata. Sus frutos, además de
los inmediatamente económicos, han sido pastorales y
ascéticos; entre ellos un mayor arraigo y difusión del
catolicismo, la atención pastoral de familias o viviendas
difícilmente accesibles para la acción pastoral ordinaria, la
aproximación a personas consideradas «alejadas de la fe y de
la Iglesia», el reclutamiento vocacional, el establecimiento de
relaciones humanas y amistosas entre el cuestor y las familias
visitadas, y, finalmente, la santidad de muchos cuestores de
todas las épocas y ambientes. Entre muchos recordemos a
Félix de Cantalicio (t 1587) en Roma, Ignacio de Laco- ni (t
1781) en Cagliari, Francisco María de Camporosso (t 1866) en
Génova. La figura del cuestor en determinadas órdenes, como
los Menores y, sobre todo, los Capuchinos, ha llegado a ser
una de las figuras más típicas y representativas, casi un
símbolo de la misma orden, alcanzando un notable grado de
popularidad, manifestada frecuentemente en expresiones
poético-artísticas. Baste recordar aquí la figura de fray Galdino
y la definición de cuestor que él mismo da en el capítulo III de
Los novios, de Alejandro Manzoni: «Nosotros somos como el
mar, que recibe agua de todas partes, y vuelve a distribuirla a
todos los ríos».
Para terminar, recordemos que la «sociedad civil», muchas
organizaciones laicas de diversa naturaleza y finalidad, y
distintos grupos religiosos, incluso no católicos, recurren hoy a
varias formas de «recogida» pública o privada para responder
a las más diversas necesidades.
Damas, capítulo de. «Capítulo de damas» (en alemán
Damestift) es el título que, a partir de la tardía Edad media,
designa las antiguas colegiatas nobiliarias reservadas a las
^eanonesas, que habían abandonado la vida monástica en
sentido estricto. Generalmente sólo la superiora (abadesa,
decana, priora) estaba vinculada por votos; las otras damas
vivían en una comunidad conventual bastante mitigada, con
pocas obligaciones de participación al coro; podían incluso
trasladarse, aunque en ese caso perdían sus prebendas. En el
Sacro Imperio Romano había un número considerable de
libres capítulos de damas (dependientes directamente del
Imperio); por ejemplo, Buchau, Essen. Lindau. Obermünster y
Niedermünster en Ratisbona. En época moderna, junto a
estas, fueron instituidas como capítulos de damas algunas
comunidades nobiliarias (para proveer a las mujeres no
casadas de familia noble); por ejemplo en Briinn (Bino) en
1654, en Praga en 1701 y 1755, en Innsbruck en 1765, en
Viena en 1769. en Munich en 1783 (Santa Ana). En la
Alemania evangélica, diversos mo-nasterios femeninos
siguieron subsistiendo incluso después de la reforma
protestante como capítulos de damas (para mujeres no
casadas de familia noble); por ejemplo Gandersheim, Herford y
Quedlinburg.
Damas de la Asunción de Nuestra Señora. María Bartolomé
y Errazu fundó en Burgos esta congregación, dedicada a la
educación cristiana de la juventud, el 27 de agosto de 1927.
Damas Inglesas /"Bienaventurada Virgen María, Instituto de la.
Dehonianos /"Sagrado Corazón de Jesús, hermandades y
congregaciones del.
Derecho canónico, derecho eclesiástico. En general, el término
de derecho eclesiástico (o derecho de la Iglesia) indica el
conjunto de normas emanadas por una Iglesia para regular la
vida de su comunidad eclesial. La expresión «derecho
eclesiástico» es ambigua, ya que indica tanto el
derecho de una Iglesia (derecho canónico) como el conjunto
de normas emanadas por el Estado en materia eclesiástica.
Ateniéndose a la anterior definición hay que distinguir un
derecho eclesiástico (canónico) católico-romano (latino),
ortodoxo, evangélico, anglicano, etc. En las Iglesias cristianas,
aunque de diferentes modos en cuanto a forma y amplitud, se
distingue generalmente entre derecho divino (dado por Dios en
la revelación) y derecho humano.
En el ámbito de este volumen importa sobre todo el derecho
eclesiástico católico-romano («derecho canónico» en sentido
propio). Dada la existencia de dos grandes ámbitos jurídicos
de pertenencia dentro de la Iglesia católica, hay que distinguir,
además, el derecho de la Iglesia /"latina y el derecho de las
Iglesias orientales unidas con la Iglesia católica (Iglesias
^uniatas). Para el monacato y para los religiosos valen,
generalmente, las normas del derecho canónico y las reglas,
constituciones, etc., de cada orden o congregación.
El primer milenio de la historia de la Iglesia se caracterizó por
un gran número de colecciones de fuentes jurídicas, tanto en
Oriente como en Occidente. En la Iglesia latina (católica),
fuente primaria del derecho de la Iglesia a lo largo del segundo
milenio ha sido el Corpus juris canonicé,
válido hasta Pentecostés de 1918. Sus componentes
esenciales (en parte colecciones oficiales, en parte no
oficiales) son: 1) El decreto de Graciano (colección de fuentes
jurídicas realizada en torno al año 1 140 por el monje y
ntagister Graciano de Bolonia); 2) las decretales de Gregorio
IX (recogidas por Raimundo de Peñafort y promulgadas en
1234, denominadas también Líber Extra); 3) el Líber Sextas de
Bonifacio VIII (promulgado en 1298); 4) las elementólas
(Clementinae Consti- tutiones, promulgadas en 1314 por
Clemente V, revisadas por Juan XXII en 1317); 5) las dos
colecciones de Extravagantes, es decir las Extravagantes de
Juan XXII y las Extravagantes commu- nes (decretales
pontificias desde Bonifacio VIII hasta Sixto IV). Además de
esto, existieron y existen fuentes jurídicas conciliares
(colecciones de cánones o decisiones conciliares), fuentes
pontificias de naturaleza diversa, concordatos (tratados entre
la Santa Sede y un Estado o monarquía) y fuentes particulares
de derecho canónico.
Fuente principal del derecho de la Iglesia católica en el siglo
XX es el Codex juris canonici, promulgado en 1917, que entró
en vigor el 19 de mayo de 1918, fiesta de Pentecostés; ha sido
sustituido por el Codex juris ca- nonici promulgado el 25 de
enero de 1983 y vigente a partir del 27 de noviembre de 1983
(primer domingo de adviento).
Derecho de los religiosos (derecho propio). En la Iglesia
católica el derecho de los religiosos es, en sentido amplio, el
conjunto de normas que regulan la vida de una comunidad
religiosa, tal como se desprenden de la regla, de las
constituciones y de la tradición de cada instituto. En este
sentido, el desarrollo del derecho de los religiosos, como
también los diversos modos de definir las sociedades de vida
consagrada, sigue de cerca la historia del estado de vida
religiosa, en todas las formas que ha ido asumiendo en el
pasado y que asume aún hoy. Como partes fundamentales del
derecho propio de los religiosos se pueden citar: el derecho
general, como ámbito legislativo de referencia (Codex juris
canonici 1917: can. 487-681; Codex juris canonici 1983: can.
573-746), los textos normativos de cada orden (regla, decretos
ejecutivos en la observancia, estatutos, constituciones,
costumbres, etc.), y los decretos pontificios particulares (por
ejemplo exenciones y privilegios). El actual Código de derecho
canónico (1983) establece el ámbito de referencia general en
la III parte, dedicada a las «agrupaciones de la Iglesia»: los
institutos de vida consagrada según los consejos
evangélicos (normas comunes, institutos religiosos e institutos
seculares), las sociedades con particulares fines apostólicos
(sociedades de vida apostólica), y las prelaturas personales
(como el O pus De i).
Desamortización. En concomitancia con el proceso de
secularización que tuvo lugar en torno al año 1800, y que se
prolongó durante un cuarto de siglo cargado de
acontecimientos revolucionarios, en casi todos los países de
Europa y América Latina muchas sedes episcopales, con sus
respectivos cabildos catedralicios, y la mayoría de los
conventos y monasterios fueron suprimidos por las
autoridades gubernamentales, y sus bienes expropiados y
confiscados; numerosas iglesias y conventos fueron
profanados, subastados o destruidos. En la segunda mitad del
siglo XIX y a lo largo del siglo XX, por lo que se refiere a
monasterios, órdenes y congregaciones, se dieron
continuamente supresiones, expulsiones y embargos
patrimoniales por parte del Estado. En España, aunque forma
parte de ese fenómeno mucho más complejo, se conoce por
desamortización la serie de disposiciones promulgadas entre
1835 y 1837, que suelen ir asociadas al nombre de Juan
Alvarez Mendizábal, para la venta de los bienes de la Iglesia,
con la
supresión de las órdenes religiosas. La situación terminó con
dos acuerdos (1851 y 1859) con la Santa Sede, que
aceptaban el hecho consumado de la desamortización, a
cambio de una dotación para el clero y la devolución de los
bienes no vendidos. Toda Francia y buena parte de Alemania
y de otros países llevan aún hoy, según los historiadores, las
marcas de estas devastaciones tanto culturales como
religiosas. f Supresiones, f Secularización.
Descalzos. Del latín discalceati, «descalzos». Es el nombre
con que se conoce a los miembros de órdenes que llevan sólo
sandalias o van completamente descalzos, en señal de
pobreza o penitencia. Además de algunas órdenes o
congregaciones reformadas, como los Capuchinos, también
otros, como los Carmelitas, los Serví tas, los Pasionistas, etc.,
consideraron como un deber andar siempre descalzos. Más
tarde, con la revisión de las Constituciones, estas
disposiciones fueron, con frecuencia, derogadas. Entre las
descalzas figuran también algunas órdenes femeninas, como
las Clarisas, las Capuchinas, las Carmelitas y las Agustinas.
Devotio moderna. El final de la era medieval conoció el
desmoronamiento lento e imparable de aquellos principios que
la habían mantenido durante tanto tiempo. Aquel ordo
universcdis en que se fundaba la única cultura y el único
poder, espiritual y político al mismo tiempo, iba declinando. El
tiempo de la teocracia papal e imperial iba dejando lugar a los
estados independientes que se iban consolidando lentamente
contra todo intento de intromisión. En el campo más
propiamente cultural, la universal objetividad del saber
expresado por las Summae cedía su puesto a otro método de
investigación científica. La filosofía y la teología andaban a la
búsqueda de una nueva vía para el estudio y pro- fundización
de las cuestiones particulares, que anteriormente quedaban
casi como absorbidas en síntesis omnicomprensivas. Es el
siglo XIV el que registra todos estos cambios. De la teocracia
universal al poder particular, de la síntesis universal del saber
a la discusión de cada una de sus partes. Es la via moderna
que se va afirmando contra la via antiqua, que había tenido en
los pensadores del siglo XIII sus grandes artífices y maestros.
La via moderna del nominalismo se asentará como novedad
no sólo metodológica, sino también de contenido: ya no será lo
universal lo que interese a la especulación filosófica y
teológica, sino lo particular, lo concreto; Ockham es el primer
maestro de esta nueva corriente. De lo universal a lo
particular, pues. En esta línea se sitúa esa
corriente de espiritualidad, que comenzó en el siglo XIV en los
Países Bajos y se mantendrá durante todo el siglo XV hasta la
reforma protestante, que se denomina devotio moderna. Una
espiritualidad moderna, nueva, que pondrá en el centro no ya
la mística, como alta expresión de espiritualidad, sino la
práctica de la vida espiritual. La atención se centra en el
concepto de la vida cristiana con una clara tendencia prácticoafectiva: el punto de referencia constante será la imitación del
Cristo histórico. La lectura de la Sagrada Escritura y de los
Padres de la Iglesia servirá al devoto para que consiga
reproducir en su propia vida cuanto Jesús realizó durante su
existencia terrena. Rechazará cualquier forma de
especulación, como la que podía existir en la mística alemana
del maestro Eckhart, se centrará solamente en el corazón del
acontecimiento histórico de Cristo para poder reproducirlo en
la propia vida. La carga afectiva sustituirá a la especulativa y
mística. Ya no será necesario el conocimiento intelectual y
mucho menos las expresiones religiosas puramente exteriores,
sino la vida concreta. El libro más difundido después de la
Sagrada Escritura, la Imitación de Cristo, de autor
desconocido, aunque es casi seguro que perteneció al círculo
de escritores de esta corriente espiritual, es la máxima
expresión de la espiritualidad y el método seguido por la
devotio moderna.
Padre y fundador de esta corriente espiritual, que caracterizó a
los Países Bajos y a la Alemania de los siglos XIV y XV, fue
Gerard Groote (1340-1384). Convertido profundamente al
cristianismo, después de un período de estudios en diversas
ciudades europeas, gracias a un encuentro con el prior del
monasterio cartujo de Monnikhuizen, en Arnheim, Groote puso
los cimientos de la nueva espiritualidad: entregarse a Dios en
una vida activa. Ordenado diácono para poder predicar, sin
llegar jamás a ser sacerdote por considerarse indigno, Groote
hizo de su existencia una continua predicación que llevaba el
sello de los grandes predicadores de su tiempo: guerra contra
una devoción puramente exterior, contra la simonía y el
concubinato del clero y contra la inobservancia de los votos
religiosos. Todo esto no podía no tener consecuencias. La
hostilidad del clero, acusado públicamente, y la oposición de
los religiosos no observantes, le acarrearon la prohibición de
predicar por parte de su obispo, hasta su muerte, acaecida el
20 de agosto de 1384, a causa de la peste. Su herencia
espiritual continuó viviéndose en tres comunidades diferentes
por él fundadas. Se trata de los /"Hermanos y Hermañas de la
vida común y los Canónigos Regulares de f Windes- heim, en
Zwolle, más monástica esta última, que posteriormente se
organizará como una verdadera congregación. Fieles al
espíritu del iniciador de este movimiento, y bajo la guía del
discípulo de Groote, Florencio Ra- dewijns, los Hermanos y
Hermanas de la vida común llevaban una vida en la que se
alternaba la contemplación y la acción. Trabajo y oración se
dividían la jornada. Su relación con el exterior de la casa
donde vivían y en la que, a diferencia de los Begardos y las
Beguinas de su tiempo, tenían todo en común, favorecía un
contacto, sobre todo, con la juventud, que hizo que se
desarrollara una interesante pedagogía, que podemos conocer
a través de los cuatro tratados de Di re de Herxen: Tractatus
de iaven i- bus trahendis cid Christum; De innocentia
sérvemela: Libellus ele parvulis trahendis ad Christum; Libellus
de laudabili studio eo- rum frahentium. La conducción del
nuevo estilo de vida consagrada, entre la intimidad de la casa
y la acción externa, provocó una auténtica reacción no sólo por
cuestiones frívolas, como la traducción de los evangelios a la
lengua vulgar, la asistencia espiritual de los Hermanos a las
Hermanas, o el trabajo artesanal que podía hacer competencia
a los artesanos del tiempo, sino una reacción mucho más
profunda que llega a tocar el nervio central. El dominico Mateo
Grabow sostuvo en el concilio de Constanza que no podía
existir verdadera consagración fuera de las órdenes
reconocidas por la Iglesia. Esto demuestra claramente la
dificultad para comprender la novedad de este movimiento
espiritual que no se identificaba en absoluto, ni en el estilo de
vida ni en el contenido del carisma, con otros movimientos y
órdenes religiosas oficialmente reconocidos. En todo caso, la
devotio moderna marcó una etapa fundamental en la
espiritualidad de los siglos XIV y XV. Algunos de sus
elementos -la lectura de la Sagrada Escritura, la intimidad, la
huida de la especulación filosófica y teológica, la condena de
una religión puramente exterior como el culto a las reliquias, la
falta de una clara eclesiología- si en algunos aspectos
sirvieron para la reforma de la Iglesia, en otros se identificarán,
sin pretenderlo, con la Reforma protestante. Esta es la razón
por la que. en los Países Bajos, mientras algunos devotos
fueron ajusticiados, otros no tuvieron problema en pasarse a la
Reforma.
Diácono, diaconisa, diaconado, diaconía. En la Iglesia
antigua, el diácono (en griego diakonos, sirviente) ayudaba al
obispo y al presbítero en el gobierno de la comunidad,
ayudaba al obispo en la liturgia, en la asistencia a los pobres y
en la administración de los bienes de la Iglesia. En la Iglesia
antigua las diaconisas eran mujeres que, después de recibir
una especial bendición del obispo («ordenación»), lo asistían
en cometidos y servicios dentro y fuera de la Iglesia. En la
Iglesia occidental (Iglesia /"latina), el diaconado permanente
desapareció durante el primer milenio, al prevalecer el orden
del presbiterado, hasta el punto de que el diaconado se redujo
a un grado transitorio (primer grado) del sacramento del orden,
que en la doctrina católica comprende tres grados (diaconado,
presbiterado y episcopado; borden sagrado). A lo largo de la
Edad media las tareas sociales del diácono las fueron
asumiendo las órdenes religiosas y las hermandades laicales
(hermandad). Con el Vaticano II el diaconado ha comenzado a
renacer en la Iglesia católica, como momento de práctica
pastoral en preparación al presbiterado y también como
«diaconado permanente» (a partir de 1967, en parte sin la
obligación del ^celibato). con tareas de predicación,
administración de sacramentos, asistencia litúrgica y también
guía de comunidades. En las Iglesias f ortodoxas el diaconado
es, como en la Iglesia católica, el primer grado del orden
sagrado; pero las tareas del diácono son
casi exclusivamente de tipo litúrgico.
En las Iglesias evangélicas el diaconado se ha mantenido, en
parte, como cargo con funciones de servicio (en la Iglesia
reformada de Calvino el diaconado es uno de los cuatro
oficios: predicador o pastor, doctor, anciano y diácono); en
parte ha resucitado en el siglo XIX gracias a los teólogos
Theodor Fliedner (1800- 1864) y Johann Heinrich Wichern
(1808-1881) en la institución de la Diakonie o «diaconía» (del
griego diakonia, servicio, servicio fraterno): el diácono y su
correspondiente femenino, la diaconisa, con su servicio
(profesional) de amor generoso y gratuito dentro de la
comunidad cristiana, sobre todo en la asistencia a enfermos,
desadaptados o víctimas de todo tipo de sufrimiento. corporal
o espiritual. La formación de los hermanos, diáconos y
diaconisas, para sus servicios específicos, tiene lugar en
instituciones destinadas a ese fin. La diaconía evangélica
experimentó una notable expansión en los años que siguieron
a la II Guerra mundial; en 1957 la Hil- fswerk (Obra asistencial)
de la Iglesia evangélica alemana y la Innerc Mission (Misión
interna) se asociaron en el DiakoniscJies Werk (Obra diaconal)
de la Evangelische K i relie in Deuts- chliind (Iglesia
Evangélica en Alemania).
Dieta del Imperio. En el ?Sacro Imperio Romano, la dieta era
la reunión de los estados (los príncipes, los señores
territoriales, los prelados y las ciudades imperiales) del Imperio
ante el emperador, convocados periódicamente por él durante
siglos y, desde 1663, reunida de manera permanente en
Ratisbona como «dieta permanente». A partir de 1489 la dieta
del Imperio se distinguía en tres curias o colegios: el colegio
de los príncipes electores, la dieta de los príncipes del Imperio
(con las sedes comital y prelaticia) y el colegio de las libres
ciudades imperiales. La dieta del Imperio fue disuelta el 1 de
agosto de 1806.
Diezmos. Es una de las más antiguas formas de tributo, que
originalmente consistía en la décima parte (en latín décima
pars) de la renta o de la recolección. A partir del siglo IV, la
Iglesia instituyó unos diezmos eclesiásticos, siguiendo el
modelo del Antiguo Testamento, pero sólo como oferta
individual y voluntaria. En la Iglesia occidental de la Edad
media los diezmos eran tributos en bienes reservados a la
iglesia parroquial, obligatorios a partir de la época carolingia.
La obligación de los diezmos contribuyó a la determinación de
los límites territoriales de las parroquias. En el caso de las
/"iglesias privadas, el señor se reservaba dos tercios del
diezmo, mientras que el otro tercio iba destinado al párroco.
En las demás iglesias, el diezmo debía dividirse en cuatro
partes: un cuarto para el párroco y otro para el obispo; otro
cuarto para los pobres y extranjeros, y otro para el
mantenimiento de los edificios eclesiásticos. Como línea de
principio, todos los fieles de la parroquia, tanto los seglares
como los eclesiásticos, por tanto también los monasterios,
estaban vinculados a la obligación de los diezmos. No
obstante, muy pronto los monasterios intentaron, a menudo
con éxito, liberarse de esta obligación. La Orden cister- ciense
fue dispensada de los diezmos en el siglo XIII. Muchos
cambios tuvieron lugar en la alta Edad media, a través de
compras, intercambios y embargos. Numerosos derechos de
diezmos acabaron siendo controlados por los laicos, abuso
que la Iglesia trató de impedir. La supresión del antiguo
derecho de los diezmos fue uno de los efectos de la revolución
francesa. En algunas localidades de Alemania se han
conservado hasta nuestros días huellas de aquel antiguo
derecho, con tributos en género (cereales, lúpulo y lino, o
sumas equivalentes en dinero) pagados a las iglesias.
Director espiritual. En los seminarios católicos y en muchos
monasterios y órdenes religiosas, el director espiritual (del latín
tardío director o magister spiritos o spiritualis) es un sacerdote
encargado del acompañamiento y la formación espiritual de los
candidatos al sacerdocio o, en su caso, de los novicios y
religiosos; su competencia se limita estrictamente al foro
interno (ámbito interior y espiritual).
Discípulas de Jesús (DJ). Desde una vida eucarística y
contemplativa, realizan un apostolado litúrgico y vocacional,
siguiendo las pautas que les dio su fundador, Beato D.
Pedro Ruiz de los Paños y Angel (1881-1936), de los
Sacerdotes Operarios. La congregación nació en
Valladolid, el 15 de diciembre de 1942.
Doctrina Cristiana, Hermanas
de la (HDC). Tambien llamadas Doctrineras. El día 26
de noviembre de 1880, la fundadora, Micaela Grau, establecía
en Molins de Rei (Barcelona) la primera comunidad de
Hermanas consagradas a la enseñanza de la doctrina cristiana
a personas de cualquier clase y condición, aunque con
preferencia para con los niños y pobres.
Dominicos, Dominicas. /. El
fundador v su obra. En la obra de la Orden de Predicadores
(Ordo Fratrum Predicatorion, OP) han confluido en igual
medida su origen y las experiencias de su fundador. Domingo,
nacido poco después de 1 170 en Caleruega (Burgos),
encarna la tradición y la herencia de su tierra y de su tiempo,
en sus múltiples facetas: el celo religioso de la Reconquista, la
reforma monástica de la Iglesia, las comunidades de
canónigos, modeladas por la regla de san ^Agustín, y la sed
de saber y de estudio. El nombre de Domingo se le impuso en
honor del santo abad de la cercana abadía de Silos, que había
tenido un influjo importante en la historia de España. Tras
haber realizado sus estudios en Palen- cia, Domingo entró a
formar parte del cabildo de la catedral de Osma, donde en
1201 aparece documentado como subprior. Esta forma de vida
dejaría una huella profunda en su existencia, caracterizando
de forma decisiva la organización de la orden fundada por él.
El ideal de la ortodoxia eclesial, reforzado en las luchas contra
los moros, y el clima de seguridad propio de las comunidades
canonicales hallaron un terreno en el que medirse cuando
Domingo tuvo la oportunidad de conocer la herejía cátara,
mientras pasaba por Francia meridional, en el transcurso de
los dos viajes que hizo a Europa septentrional por encargo del
rey y de su obispo Diego. Fue en aquella ocasión cuando
Domingo conoció también a los Valdenses, quienes,
comprometidos en el seguimiento del Señor pobre, difundían
el Evangelio a través de
la predicación itinerante, sirviéndose para ello de traducciones
de los textos sagrados a la lengua vulgar. También su modo
equivocado de interpretar las Sagradas Escrituras los había
conducido a la herejía. De nada habían servido los intentos de
convertir a estos grupos mediante el uso de la fuerza, intentos
que se habían llevado a cabo con la ayuda de los cistercienses
en Francia meridional. Y es que estos últimos eran
representantes de un viejo sistema, poco avezado a persuadir
con el ejemplo y los razonamientos a quienes pensaban de
forma diferente. Había que encontrar métodos más
adecuados. Haberse dado cuenta de esto es, sin duda, uno de
los méritos de los dos clérigos españoles. Ciertamente ni
Domingo ni su obispo sentían simpatía por estos herejes, pero
su estilo de vida y de apostolado les había hecho reflexionar,
disponiéndoles incluso a aprender algo de ellos. El estilo de
vida apostólico y la predicación podían y debían realizarse de
forma reconocida por la Iglesia, y esta habría de ser la
respuesta al reto de los tiempos. Una respuesta que iba
mucho más allá de la situación que se había creado en
Francia meridional, precisamente porque abordaban la
problemática suscitada en aquel siglo por el surgir de nuevas
clases sociales en las ciudades de Europa occidental.
Precisamente esta era la idea que Domingo se proponía llevar
a cabo con un reducido grupo de compañeros. El año 1215 el
obispo de Folco de Toulouse dio forma y reconocimiento
jurídico a esta comunidad de predicadores. Centro de su
actividad de predicación fue la casa situada junto a la capilla
de san Román. El 22 de diciembre de 1216 el papa Honorio III
(1216-1227) tomó bajo la protección de la Sede Apostólica a
esta comunidad de predicadores. La bula, aunque redactada
con el habitual estilo cancilleresco, tenía la ventaja de ser un
reconocimiento por parte del papado, que, de ese modo, ponía
bajo su propia tutela a la comunidad de canónigos de
Toulouse, denominada precisamente ordo canonicus. A ella le
siguió, el 21 de enero de 1217, otro documento, dirigido «al
prior y a los frailes predicadores de San Román en el territorio
de Toulouse», que ponía posteriormente en evidencia el
carácter extraordinario de la fundación. Efectivamente, con ella
la predicación, que hasta entonces había sido tarea específica
del obispo y de quienes eran delegados para ello, ahora se
encomendaba también a una «orden de predicadores». Esto
significaba que la comunidad iba desprendiéndose de su
vinculación con la diócesis, pasando a la obediencia directa
del papa. Se anunciaba así un
cambio significativo en las estructuras pastorales tradicionales,
que, por el momento, carecía aún de un fundamento teológico
y jurídico. De él se ocuparía más adelante la Orden de santo
Domingo.
Probablemente aquellos treinta frailes no habrían llegado
jamás a ser una orden religiosa universal, si en 1217 Domingo
no les hubiera enviado en misión por Europa, con un programa
que realmente parecía poco razonable. Los destinos son
significativos y programáticos: París y Bolonia, además de
otras ciudades de España. La elección de las dos primeras,
que entonces eran centros culturales y universitarios de primer
orden, seguramente formaba parte de un plan bien preparado.
Predicación y teología debían pertenecerse recíprocamente.
Domingo mismo acudió a Roma y consiguió una bula, fechada
el 21 de febrero de 1218, que recomendaba a los «frailes de la
orden de predicadores» a los obispos de toda la tierra, ya que
se dedicaban a la predicación y seguían al Señor en pobreza.
Era necesaria una clara y enérgica acción legislativa si se
quería garantizar el futuro a una comunidad que había
asumido unas tareas que iban más allá de los modelos y la
praxis tradicionales. Aunque ya no sea posible identificar con
todo detalle los elementos más antiguos de la estructura
organizativa dominicana, puede tenerse por cierto que debía
tratarse de comunidades conventuales inspiradas en el mismo
estilo de vida canonical, pero que últimamente representaban
alguna novedad. Como, por ejemplo, donde se dice: «Sólo
puede abrirse un convento si se compone al menos de doce
hermanos, un prior y un maestro de teología (doctor)». A esto
se añadía la /"liturgia de las horas, que Domingo había
cuidado desde su juventud en Osma. El hecho de que en el
convento se estudiara no era de por sí una novedad: también
los monasterios conocían la lectio. El cambio se encuentra
más bien en el método y en la «profesionalidad» con que
ahora se ponía en práctica. Todos los hermanos debían
dedicarse al estudio, ya que sin él no podía haber predicación.
Eso sí: al superior se le dejaba amplia facultad de dispensa,
para garantizar un trabajo libre y adecuado a las diversas
situaciones. La regla de san Agustín demuestra tener bastante
capacidad de adaptación. En cierto sentido, es como el techo
bajo el que se vive y se actúa. Todas las demás leyes son de
competencia del capítulo general y deben adaptarse a las
diversas situaciones. El 6 de agosto de 1221. cuando
Domingo murió en Bolonia, su Orden de predicadores
había logrado tener su propia fisonomía jurídica y espiritual,
capaz de suscitar grandes entusiasmos.
Queda reseñar algo que tendría gran importancia para el
futuro. Domingo había demostrado más de una vez gran
comprensión hacia las mujeres y su religiosidad. No sólo lo
demuestran los testimonios y declaraciones del proceso de
canonización; mas importante -incluso como anticipo de lo que
llegaría más tarde- es que, aun antes de proceder a la
fundación de su comunidad de predicadores, Domingo había
instituido una comunidad femenina en Prouille, dentro de un
territorio amenazado entonces por la herejía. Fue el primer
convento de Dominicas. También en Bolonia, Roma y Madrid,
Domingo se tomó a pecho la solicitud y la atención hacia las
mujeres, hasta el punto de que el papa le pidió que se hiciera
cargo de la reforma de los monasterios de Roma. Uno de los
motivos por los que posteriormente tantas mujeres se
orientaron hacia su Orden hay que buscarlo precisamente en
este aprecio por ellas, que en aquellos tiempos se
encontraban en desventaja desde el punto de vista espiritual y
cultural.
Las constituciones que la Orden se dio durante el capítulo
general de 1228, que tuvo lugar en el convento parisino de
Santiago, demuestran de forma ejemplar la capacidad
organizadora del fundador. En sus rasgos esenciales están
aún vigentes. El capítulo general de la Orden se reúne
periódicamente (anualmente en el siglo XIII). La Orden está
gobernada por un maestro general, que es elegido durante el
capítulo general por los provinciales y por dos delegados de
cada provincia (en 1228 existían doce). El capítulo tiene la
facultad de pedir cuentas al maestro general de su propia
actuación y. si fuera necesario, de deponerlo. El capítulo
general se compone alternativamente de los priores
provinciales y de los definidores (elegidos por los capítulos
provinciales), para permitir que también los súbditos tomen
parte del gobierno de la Orden y de la función legislativa. Una
decisión capitular adquiere valor de ley sólo cuando ha sido
aprobada por tres capítulos generales consecutivos. Al
comienzo estos se reunían en París o en Bolonia el lunes de
Pentecostés; a partir de 1243, el lugar se fija cada vez. Las
provincias, que deben comprender al menos tres conventos,
están presididas por un prior provincial, cuyo cargo, de cuatro
años de duración, es confirmado por el maestro general. El
prior, elegido por tres años, debe ser aprobado por el
provincial. Sistema electoral y autoridad monárquica se funden
así de manera totalmente particular. Siguiendo el modelo de
las corporaciones medievales, cada superior es elegido por un
tiempo determinado y debe dar cuenta de su mandato. Entre
las primeras tareas que las constituciones asignan al provincial
está la de cuidar la formación de los nuevos doctores y
maestros, en centros adecuados para ello (sobre todo
Santiago, en París). Visto cuanto se ha dicho, se entiende que
el estudio se orientaba a la pastoral y a la predicación. El
rango espiritual que se le asignaba puede comprenderse a
partir de una disposición que se sitúa en el marco de las
pautas litúrgicas: «Todas las horas deben recitarse de manera
breve y sucinta, de forma que los hermanos no pierdan su
devoción y el estudio no tenga que verse obstaculizado por
ello». En el convento deben ponerse a disposición de los
estudiantes espacios para las disputas escolásticas. y cuando
demuestran tener dotes suficientes, se les han de asignar
celdas individuales donde puedan realizar sus deberes
religiosos y de estudio. Pueden aceptarse iglesias, conventos
y bienes de modesta entidad. Son instrumentos indispensables
para la teología y la predicación. En cambio, contrasta con la
pobreza la posesión de propiedades inmobiliarias y las rentas
regulares, porque liberarían a los frailes de la necesidad de
procurarse el sustento con sus actividades pastorales. Por lo
demás, las constituciones evitan entrar en normas de carácter
particular, que son competencia del capítulo general. Son ellas
las que deben conducir el proceso de adaptación a las
diversas circunstancias históricas. Un modelo de esta
capacidad de adaptación lo tenemos en la nueva redacción de
las constituciones (1241), bajo el generalato de Raimundo de
Peñafort. La facultad concedida a los superiores de dispensar
de algunas leyes, en el caso de que sean un obstáculo a la
consecución del fin primario de la Orden, es uno de los
elementos jurídicos que han contribuido no poco a hacer
realidad esta capacidad de adaptación y flexibilidad. Otro
aspecto igualmente importante en este sentido es el tipo de
obligatoriedad de las constituciones. Las leyes de la Orden no
son vinculantes bajo pena de pecado, sino de castigo, cosa
que entonces se consideró como una innovación inaudita.
Además, se concedía a los súbditos un derecho de queja que
debía protegerlos del arbitrio y de los posibles abusos
derivados del voto de obediencia.
Puede sorprender que en el año 1228 se prohibiera aceptar la
cura pastoral de las monjas. La contradicción con respecto a
Domingo es manifiesta, tanto más que los testimonios de los
años precedentes son totalmente opuestos. Piénsese, por
ejemplo, en la hermosa relación del maestro general Giordano
de Sajonia. primer sucesor del fundador, con Diana D'Andalo
en Bolonia, como se puede constatar por la correspondencia
que se ha conservado. ¿Cuál fue la razón de este cambio? Se
trató probablemente de una medida cautelar, puesto que la
Orden temía tener que aceptar vínculos que habrían podido
constituir un obstáculo para su independencia y libertad de
vínculos territoriales. Además, se quería evitar el verse
involucrados en problemas económicos, que eran típicos de
los monasterios.
El hecho de que la Orden, pocos años después de la muerte
de su fundador se hubiera dotado de una constitución tan
equilibrada, no es en absoluto signo de cristalización jurídica
de los ideales de la primitiva comunidad de predicadores, sino
una demostración de su solidez interna y de su deseo de
existir en un nuevo y más amplio contexto. Los
acontecimientos sucesivos y, sobre todo, el hecho de que la
Orden se viera libre de terribles perturbaciones y de pruebas y
divisiones internas, demuestra claramente lo que podía
lograrse con una constitución sabia y equilibrada. La Orden se
difundió rápidamente -como lo demuestra el número de
provincias documentadas en 1228-, prefiriendo las grandes
ciudades, que ofrecían auditorio y recursos materiales.
Además, era importante que se tratase de lugares que
favoreciesen las actividades intelectuales y garantizasen el
reclutamiento de nuevos miembros. Un ejemplo lo ofrece la
provincia inglesa: los frailes predicadores llegaron primero a
Oxford (1221) y después a Londres (1224). Se ha calculado
que en torno al año 1277 los prioratos eran unos 404, que en
1303 habían ascendido a 590.
Tan admirable éxito se explica también por el hecho de que la
Orden respondía a la gran necesidad del momento: la
predicación. Para llevarla a cabo, se había dotado de un
marco institucional, imponiendo a los superiores que se
hicieran cargo de la opción y de la formación de los frailes. Las
constituciones de 1228 contemplaban que sólo los candidatos
con probada capacidad pudieran presentarse a las
autoridades, como lo exigía el alto ministerio (a propósito del
cual se usaba la expresión «gracia de la predicación»). Debían
haber estudiado teología al menos durante un año. Podían
incluso pedir ser liberados de todos los demás deberes
conventuales. Obviamente no era suficiente la aprobación por
parte de la Orden. A pesar de que Domingo había conseguido
poner su comunidad bajo la protección de la Sede Apostólica,
que no había dudado en aplicarle el título de «orden
de predicadores», cometido hasta entonces reservado a los
obispos, todas las partes interesadas eran plenamente
conscientes de que estaban en juego cuestiones nada
despreciables. El permiso de predicar concedido a cada uno
de los frailes de la Orden suponía la aprobación del obispo
diocesano competente. Cuando esta se negaba, los frailes
tenían que presentar cartas papales que había que considerar
jurídicamente superiores. Pero al mismo tiempo, no debían
provocar conflictos, sino buscar el acuerdo. Los hechos
demostrarían pronto que esta solución no era, ni mucho
menos, aceptada por todas las partes. Está claro, en cambio,
que la Orden, basándose en un mandato eclesial universal,
podía contar con el sólido apoyo del mismo papado al que, a
su vez. se proponía defender con todas sus fuerzas.
2. Consolidación teológica de la Orden. Entre los motivos por
los que la Orden pudo poner en poco tiempo cimientos
duraderos y jamás cuestionados, está, sin duda, el haber
tenido a lo largo del siglo XIII maestros generales dotados de
extraordinaria personalidad, como predicadores y como
legisladores y administradores. Así lograron atraer a jóvenes
capaces, situándolos en una posición que les permitía integrar
en la filosofía y en la teología la tarea de la predicación,
originalmente orientada a la praxis eclesial, hasta el punto de
hacer de él un nuevo campo de apostolado, que no estaba en
absoluto en contraste con el ideal primitivo de la Orden. Se
llegó así a un progresivo cambio de orientación, que comenzó
en la Universidad de París. La afirmación que las actas del
proceso de canonización atribuyen a santo Domingo de que
los siete frailes debían acudir a la ciudad del Sena, «para
estudiar, predicar y fundar un convento», tuvo consecuencias
imprevisibles. Allí tuvieron como maestro a Juan de San
Albano, probablemente de origen inglés. El hospicio de
Santiago, que obtuvieron como don, tendría gran importancia
para el destino de la Orden. En 1219, cuando Domingo llegó a
París, el convento tenía ya cerca de treinta frailes. La Orden se
ganó la adhesión de muchos estudiantes, entre ellos Giordano
de Sajonia y Reginaldo de Orleans. Con Juan de St. Giles y
Rolando de Cremona, que primero pertenecieron al clero
secular, la Orden contó con sus primeros magistri en la
universidad. Desde 1245, está entre ellos Alberto Magno. Por
encima de acontecimientos y nombres, eso significaba que la
Orden afrontaba el desafío intelectual del siglo, que sólo
inadecuadamente se puede pensar que consistiera en el
problema de la «recepción de Aristóteles». El hecho decisivo
es que, bajo la guía
de algunos de sus miembros, la teología fue concebida como
ciencia. Debía servir para la defensa y profundización de la fe
eclesial, pero también para la reflexión sobre la misión de la
Orden. De ese modo los frailes predicadores asumían un
cometido que en el futuro superaría incluso la misma
predicación.
En 1256, cuando Tomás de Aquino llegó a París, las órdenes
de los Franciscanos y los Dominicos estaban en una situación
muy peligrosa, ya que se cuestionaba su mismo derecho a
existir. Varios representantes del clero secular les reprochaban
que las comunidades dotadas de exención pontificia, y que por
ello tenían el derecho de predicar en todas partes, estaban en
contraste con el monacato tradicional. Efectivamente, entre
sus fines no había tenido el de la predicación, reservada a
obispos y párrocos. Objeto del ataque era, en realidad, la
enseñanza académica de los mendicantes que, según ellos,
debían considerarse como parte de la Iglesia discente, lo
mismo que los simples fieles. Lo que a primera vista puede
parecer un conflicto más bien mezquino, escondía en realidad
algo mucho más serio: el problema era un determinado modo
de concebir la Iglesia, que el papa había cambiado
profundamente al aprobar las órdenes ^mendicantes,
concediéndoles la exención de la jurisdicción territorial. Lo que
en la bula de recomendación de Honorio III parecía sonar más
bien como una ingenuidad, lo había visto ya como dificultad el
gobierno de la Orden dominica en 1228. En efecto, faltaba
todavía una justificación teológica convincente. Tomás de
Aquino la proporcionó con tal claridad que no sólo fue
suficiente para dejar en la barrera a los adversarios, sino que
sirvió para hacer madurar dentro de la Orden una nueva
conciencia de su identidad, casi tan decisiva como en el plano
jurídico lo habían sido las constituciones de 1228.
El hecho de que los religiosos, que han recibido la herencia del
movimiento evangélico, puedan enseñar, es algo que tiene su
justificación en su asiduo encuentro con la Sagrada Escritura y
en el seguimiento radical del Señor. Entre el magisterio
académico y quienes, en virtud de su estado de vida, deben
dedicarse a la contemplación, existen relaciones
estrechísimas. Además, la situación actual, marcada por una
grave falta de formación teológica del clero, exige que
profesores competentes se hagan cargo del asunto, con mayor
razón cuando la enseñanza debe estar a la misma altura que
una obra de misericordia, que no se puede negar a quienes
tienen necesidad de la palabra de Dios. La predicación sigue
estando reservada a los
obispos, sin duda ninguna, pero cuando el papa lo ordena,
ellos deben contar con ayudantes que la anuncien por encargo
suyo (del papa y de los mismos obispos). El pontífice, como
cabeza de la Iglesia universal, tiene una responsabilidad con
respecto a la realidad eclesial en su conjunto, con una
perspectiva de totalidad, que supera y comprende la de las
Iglesias locales. Tomás ve a las órdenes mendicantes
enraizadas a esta misión universal del primado, sin olvidar por
ello la referencia a los obispos. Chocaba, finalmente, la base
económica de las órdenes mendicantes: la mendicidad; o,
como se debería decir más propiamente, el procurarse lo
necesario para vivir, gracias a la actividad pastoral y científica,
ambas desempeñadas como servicio a los fieles. En cambio
van a menos el trabajo manual y la posesión de bienes
territoriales, fuentes clásicas de subsistencia del monacato
tradicional. Una sociedad fundada en la división y organización
del trabajo, como es la que empieza a desarrollarse en el siglo
XIII, es capaz de financiar a quienes trabajan por el bien
general.
Estos son, a grandes rasgos, los fundamentos de la defensa
que llevó a cabo Tomás. Una defensa acertada, ya que él
supo aportar argumentos convincentes en el plano racional y
teológico. Ciertamente, problemas de este tipo continuaron
surgiendo también posteriormente; pero el hecho de que,
fundamentalmente, se volviesen a tomar como referencia las
soluciones halladas entonces, confirma que el fundamento era
sólido. Unos años más tarde (después del 1269), en polémica
con algunos círculos radicales, Tomás presentó una síntesis
de todos los problemas relacionados con la situación y el
estado de la Orden, que condensaba en una célebre fórmula
los cometidos y el fin de los frailes predicadores: «Contemplar
y transmitir a otros lo que se ha conocido en la
contemplación». Teología, pastoral y predicación quedan
ensambladas en una unidad que traduce los ideales del
fundador al lenguaje erudito de un período posterior para
hacerlos capaces de durar.
Los capítulos generales de 1309 y 1313 declararon vinculante
para las escuelas de la Orden la doctrina de Santo Tomás.
Con esta decisión se pretendía también poner en evidencia
que este había dado a su Orden un programa teológicoespiritual capaz de recordar lo esencial de la primera
comunidad de Frailes Predicadores. Si se tiene en cuenta la
evolución de otras órdenes, paralelas a la dominicana, puede
observarse que las constituciones y la teología han contribuido
decisivamente a preservarla de las divisiones internas. A pesar
del papel dominante que desde entonces tuvo santo Tomás,
siempre ha habido defensores de otras líneas de
pensamiento. En el siglo XIV hay que recordar a Die- trich von
Freiberg; Bertoldo de Moosburg y Ulrico de Estrasburgo, que,
desgraciadamente, acabaron marginados y olvidados muy
pronto, hasta su descubrimiento, ya en tiempos recientes.
También otros dominicos se han hecho beneméritos. Hugo de
Saint-Cher (t 1263) escribió un gran comentario bíblico y una
meritoria concordancia bíblica. Moneta de Cremona (t 1250)
escribió una presentación y confutación de la herejía catara.
Los intensísimos estudios aristotélicos no habrían sido
posibles sin las traducciones de Guillermo de Moerbeeke (t
antes de 1286). Gran difusión consiguió la enciclopedia
histórica, teológica y científica de Vicente de Beauvais (t
alrededor de 1264), Sólo es posible aludir al puesto que ocupó
Alberto Magno (f 1280) en la recepción de Aristóteles y en la
mediación del saber antiguo. Raimundo de Peñafort (i 1275)
reunió las decretales de Gregorio IX. Martín de Troppau (t
1278) es autor de una crónica que llega hasta 1277 y que en la
tardía Edad media se citaba con frecuencia. La oposición de
algunos teólogos franciscanos (^Franciscanos) a opiniones
fundamentales de santo Tomás de Aquino, suscitó toda una
serie de escritos polémicos, que contribuyeron a la formación
de dos grandes corrientes escolásticas. Las controversias
surgidas en este contexto con respecto a la pobreza de la
Orden son un componente importante de la «cuestión de la
pobreza» que, desde que surgió, durante el pontificado de
Juan XXII (1316-1334), perturbó a la Iglesia de aquel tiempo.
La canonización de Tomás de Aquino, proclamada por este
papa en 1323. supuso para el tomismo un importante
reconocimiento, denso de consecuencias para el futuro.
Durante las luchas entre Felipe el Hermoso de Francia y
Bonifacio VIII, Juan Quidort de París (f 1306) escribió un
tratado de gran importancia para el desarrollo de la teoría del
estado «sobre el poder del rey y del papa», donde se
defendían algunas tesis en favor de la sumisión del papa al
concilio.
Aunque esto no entraba en los propósitos de la Orden, no se
pudo evitar que los dominicos fueran elegidos muy pronto
como obispos y cardenales. Con Inocencio V (1270) y
Benedicto XI (1303-1304) se tuvieron también los primeros
pontífices procedentes de la Orden dominica. Su proximidad al
papado y la sólida formación, necesaria para los procesos
complicados, son las razones por las que la Inquisición se
encomendó principalmente a los Dominicos. El hecho de que
después la Orden se identificara frecuentemente con ella,
resultó perjudicial para su fama, al menos desde el punto de
vista de cierta lectura de los hechos históricos.
De las prudentes declaraciones con respecto a la cura pastoral
de las monjas se ha hablado ya anteriormente. La disposición
de Inocencio IV de que la Orden debía introducir sus
constituciones también en los monasterios femeninos, chocó
con la fuerte resistencia del maestro general Juan Teutónico,
dado que de ello se derivarían obligaciones que iban a
obstaculizar la actividad de la predicación. Al principio la Orden
logró oponerse con cierto éxito, pero al final tuvo que ceder a
las presiones de la curia. El capítulo general del 1257 aceptó
garantizar la asistencia pastoral a todos los monasterios
dependientes de la Orden. Esto valdría también para el futuro,
con la condición de que tres capítulos generales aprobaran
esa decisión o que el papa diera explícitamente disposiciones
al respecto. En 1259 Humberto de Romans concedió a las
monjas unas constituciones que retomaban las de los frailes.
La Orden se preocupó de consolidar la situación financiera de
los monasterios, medida que tendría una importancia
considerable en el futuro. Es posible forjarse una idea de la
importancia de los problemas conexos a esta reorganización
institucional considerando algunos datos estadísticos: por
ejemplo, las dos provincias alemanas, Alemania meridional
(Tentón¡a) y Sajonia, poseían en 1303 no menos de 81
monasterios de monjas, mientras que los que estaban bajo la
tutela de la Orden eran en total 141. Los frailes predicadores,
una vez que aceptaron la asistencia a los monasterios
femeninos, se dedicaron a ella con entrega, poniendo a
disposición personas capaces. En 1303, por ejemplo, Meister
Eckhart, al concluir su actividad docente en París, asumió la
dirección de los monasterios femeninos de Alemania
meridional, con sede en Estrasburgo. Gracias a esta
asistencia. la literatura mística alemana recibió impulsos
decisivos. Influenciados por Eckhart están Enrique Suso (f
1366) y Juan Taulero (t 1503). cuyos sermones y libros -como
el Librito de la eterna sabiduría- estuvieron entre los más
difundidos de la Edad media.
En el marco de las controversias sobre la pobreza, que
surgieron en ámbitos franciscanos, los Dominicos intervinieron
con importantes tratados -como los de Erveo de Nédellec
(Hervaeus Natalis) y Durando de San Por- ziano- que
influyeron sobre el papa Juan XXII, hasta el punto de inducirlo
a rechazar como herética la tesis de la absoluta pobreza de
Jesús y sus discípulos. Se comprende que acontecimientos de
este tipo propiciaran viejas rivalidades que tuvieron posteriores
secuelas en un aspecto importante de la devoción medieval.
Nos referimos a la doctrina de la Inmaculada concepción de
María, defendida desde el tiempo de Duns Scoto (t 1308) y
apoyada a nivel popular con una apasionada obra de
predicación. Los Dominicos, en cambio, remitiéndose a santo
Tomás, la rechazaron con decisión. Los encendidos debates
llegaron a su cumbre durante el concilio de Basilea, cuando en
1439 la reunión sinodal, no reconocida ya como ecuménica,
definió la «nueva opinión». En 1476. el papa franciscano Sixto
IV dispuso la celebración de la fiesta de la Inmaculada en toda
la Iglesia; para la teología de la Orden supuso un duro golpe,
aunque las controversias cesaron. Aun cuando se trataba de
un tema secundario de teología dé la historia medieval,
aquellas discusiones representan una profunda cesura en la
historia de la Orden, pues son señal de que la posición de los
Dominicos, tan sólida hasta entonces, estaba flaqueando. Por
lo demás, incluso interiormente se percibían los signos de la
crisis. Como puede deducirse por las opiniones elaboradas
con ocasión de la controversia sobre
el modo de entender la pobreza, la tesis sobre la licitud de
cierta forma de posesión común de bienes por parte de los
conventos, para sostener las necesidades del estudio y la
pastoral, se había deslizado progresivamente desde los
principios rigurosos formulados por santo Tomás de Aqúino
hacia una interpretación más pragmática. Cada vez se
toleraban más ingresos regulares de considerable valor, en
otros tiempos totalmente inconciliables con el carácter
mendicante de la Orden. La obligación de procurarse lo
necesario para el sustento a través de la actividad pastoral iba
aflojándose cada vez más. El cambio no es simple cuestión de
laxismo; hay que situarlo más bien dentro del contexto de la
nueva situación socioeconómica en que se encuentran los
conventos de los mendicantes, a los que la burguesía atribuye
ahora nuevos cometidos. La construcción de iglesias y el
estudio se habían convertido en asuntos costosos. Teología y
predicación, en un tiempo íntimamente unidas, ahora
procedían con frecuencia por caminos separados. Prior y
doctor comenzaron a ser figuras recíprocamente extrañas. Los
responsables de la Orden advirtieron perfectamente estos
problemas, pero no encontraron instrumentos adecuados para
resolverlos.
A pesar de que los signos de decadencia general iban
aumentando, no faltaron numerosos ejemplos de vida
espiritual intensa y admirable. No siempre se ha concedido a
los místicos italianos la atención merecida, en comparación
con los alemanes. Su gran importancia es hoy incontestable.
Por ejemplo, Domingo Cavalca (f 1342), cuyas obras en
lengua v ulgar alcanzaron gran difusión, como manuscritos y a
través de las primeras ediciones impresas. O Jacopo
Passavanti (t 1357), que escribió un Espejo de verdadera
penitencia y dejó una rica colección de sermones en latín. Fray
Venturi- no de Bérgamo, célebre como predicador insigne,
mantuvo una rica correspondencia con los Dominicos
alemanes. En su personalidad se encuentran las tradiciones
espirituales alemana e italiana. Juan Dominici (f 1419), autor
de numerosas obras en latín e italiano, fue uno de los más
celosos reformadores de la Orden en el espíritu de la pobreza
evangélica. En este contexto se sitúan también Catalina de
Siena (t 1380) y su director espiritual Raimundo de Capua (t
1399). No es necesario recordar aquí el importante puesto que
corresponde a santa Catalina, como miembro de la Tercera
Orden (^terciarios), en la renovación de la Iglesia y del papado.
La riqueza y el influjo de estas grandes personalidades de la
Orden dominica en Italia y de su producción literaria se dejaron
sentir hasta comienzos del siglo XVI, alimentando los más
auténticos impulsos reformistas. No hay que ceder, pues, a
fáciles generalizaciones cuando se habla de la decadencia de
la Orden, aunque sigue siendo cierto que el destierro de los
papas en Aviñón, la peste de 1348 y el cisma de Occidente
condujeron a un debilitamiento de la disciplina y a la crisis de
la teología. Algunas figuras vinculadas al período en que se
celebró el concilio de Basilea confirman el eco que habían
encontrado los impulsos reformistas. Hay que recordar a Juan
Montenegro (t 1445/1446), provincial de Lombardía, que luchó
por la libertad de los mendicantes. Tuvo también el primer gran
discurso contra el intento de imponer a la Iglesia universal la
celebración de la fiesta de la Inmaculada Concepción. Actuó
contra los husitas Enrique Kalteisen (t 1465). Una de las
figuras dominantes fue Juan de Torquemada (t 1468),
representante del rey de Castilla en Basilea y autor de un
amplio tratado contra la Inmaculada Concepción, en el que
sostenía que la proclamación de este dogma iba a suponer
una ruptura con la tradición patrística y escolástica. Entre sus
obras, la que más influyó en los debates teológicos posteriores
es la Suin- tna de Ecclesia. Torquemada es considerado como
uno de los teóricos del primado pontificio. Sobre este tema la
Orden siguió desde el principio una línea coherente y unitaria,
aunque no faltaron voces aisladas que iban en otra dirección.
Así ocurrió también en Basilea, donde Juan de Ragusa (i
1443) publicó un tratado inspirado en la teología del
conciliarismo.
Digno de mención y significativo para el futuro es el hecho de
que en Basilea, en los años siguientes, se dio un renacimiento
tomista que, a finales de siglo, condujo en Colonia a una
innovación cargada de consecuencias. Efectivamente, en las
escuelas teológicas se comenzó a comentar la Summa
Theologiae de santo Tomás, que poco a poco ocupó el puesto
de las Sententiae de Pedro Lombardo, que hasta ese
momento habían sido el manual más usado en la enseñanza
académica. En este período se sitúa también el comentario a
las Sententiae de Juan Capreolo (f 1444), el último de esta
serie, citado frecuentemente en la escolástica.
3. La Orden en la era moderna. La renovación de la Orden
experimentó algunos éxitos -sobre todo en Italia y España-,
pero no llegaron a formarse centros espirituales de mayor
alcance. Así, en la segunda mitad del siglo XV no hay
personalidades que destaquen, exceptuando a Savonarola y el
convento de San
Marcos de Florencia. No obstante, la situación iba a cambiar
pronto. Aún hoy llama la atención el hecho de que el cambio
se produjera en el ambiente académico y a través de una
reflexión sobre la herencia intelectual de la Orden. El punto de
partida fueron los trabajos de un hombre de ciencia, al que
bien pronto se le confiaron tareas de gobierno. Nos referimos a
Tomás de Vio (t 1534), llamado Gaeta- no o Cayetano, cuya
obra fundamental, el comentario a la Summa de santo Tomás
de Aquino, elaborado entre 1507 y 1522, muestra cuáles son
las fuentes a las que acude. Como maestro general (15081518), logró introducir reformas orientadas a restablecer la
vida común, la observancia (^observante) y una buena
formación de los miembros de la Orden. En esta época se
sitúa también la redacción de un célebre tratado sobre la
autoridad pontificia y su participación en el V concilio de
Letrán. La controversia con Lutero, que tuvo lugar en 1518, en
Augusta, no logró cambiar el curso de las cosas, pero dejó en
él la convicción de que, detrás de lo que se agitaba en
Alemania, había hondas motivaciones religiosas. Las
conclusiones a las que llegó pueden deducirse de que, en los
últimos años de su vida, Tomás de Vio se dedicara casi
exclusivamente a los estudios bíblicos. Otro dominico,
Silvestre Prierias, se vio también involucrado en la «cuestión
luterana». Presa de un viejo anticonciliarismo, no supo estar a
la altura del Reformador, comprendiendo sus razones.
También en Alemania hubo dominicos que, con sus escritos,
se opusieron a la reforma protestante. Se pueden citar aquí
dos autores que trabajaron en Colonia, Jakob Hoogstraeten (t
1527) y Konrad Kóllin (t 1536), cuyo comentario a la Summa
es un testimonio de que se estaba abriendo paso un giro en la
teología; un giro que, sin embargo, no pudo desarrollarse
hasta sus últimas consecuencias, porque no corrían tiempos
favorables. También han de mencionarse Michael Vehe (í
1539), autor del primer cantoral católico, y Johannes
Dietenberger (t 1537), con su traducción de la Biblia. La
reforma protestante trastocó las provincias dominicanas de
Europa septentrional, dañándolas gravemente o aniquilándolas
del todo. Algunas de ellas no lograron reconstituir o consolidar
conventos hasta los siglos siguientes.
En los decenios de la Reforma. prescindiendo de algunos
elementos esperanzadores en Italia, la Orden ofrecía una
imagen desoladora. Una excepción impresionante era España.
Aquí, ya antes de la reforma emprendida por el cardenal
Cisneros, el obispo Alonso de Burgos había fundado en 1496
el colegio de San Gregorio, que había de convertirse en
fecundísimo centro de formación para los Dominicos
especialmente dotados. El más célebre docente fue Francisco
de Vitoria (t 1546). Había estudiado en París, donde había
establecido contacto con las corrientes religiosas, humanistas
y políticas de Europa central. En 1526 llegó a ser profesor en
la universidad de Salamanca, donde tuvo lecciones y disputas
que alcanzaron amplia resonancia. Vitoria abrió nuevas
perspectivas sobre la doctrina del estado y el modo de
entender las relaciones del mismo con la Iglesia; trazó también
un proyecto de propuesta de paz que debía poner fin a la
rivalidad entre Francia y el imperio de Carlos V. Lo que hizo
que su fama fuera inmortal fue su tratado sobre los derechos
de los pueblos recientemente descubiertos. Las noticias de las
infamias cometidas por los descubridores en tierras de
América, denunciadas por vez primera por el dominico Antonio
de Montesinos, lo alarmaron. Contra la resistencia de la
corona -el emperador Carlos V había intervenido con una carta
dirigida al prior-, Francisco de Vitoria defendió la adopción de
normas jurídicas, fundadas en el derecho de los pueblos, para
acabar con la arbitrariedad y el saqueo sistemático. Para dotar
de un fundamento teorético a la reforma de la Iglesia, muy
sentida entonces en España, Vitoria se pronunció a favor de
una especie de compromiso entre las teorías conciliaristas y el
centralismo eclesiástico, afirmando que el próximo concilio
debería tener amplios poderes.
Vitoria tuvo numerosos alumnos que desarrollaron sus ideas
en diversos campos de la teología. Uno de ellos fue Melchor
Cano (t 1560), autor de un manual que llegaría a ser clásico,
Loci Theologici, donde se confrontaban la teología escolástica
y la teología positiva. Domingo de Soto (f 1560) tuvo parte
importante en la redacción del decreto tridentino sobre la
justificación y se le considera como uno de los más grandes
teóricos del derecho de aquel tiempo. Al círculo de sus
discípulos, en sentido amplio, pertenece también Bartolomé
Carranza (t 1576), autor de un catecismo español de gran
éxito, que le puso en conflicto con la Inquisición, por haber
intentado divulgar la teología escolástica. Bartolomé de las
Casas (f 1566) fue uno de los grandes defensores de los
derechos de los indios, y su fama está viva aún hoy. Con el
apoyo del maestro general Cayetano, dio comienzo en 1509 a
la misión de los dominicos en América Latina. En 1530 surgió
la primera provincia, que comprendía todas las tierras
descubiertas desde hacía poco. A ella le siguió, en 1530, la de
México. El primer centro de estudios generales fue erigido en
1538 en Santo Domingo. En 1533 se fundó la universidad de
Lima. Tres santos -Rosa de Lima (t 1617), Martín de Porres (t
1639) y Juan Macías (t 1645)- atestiguan la intensa actividad
pastoral que acompañó la conquista del continente. No hay
que olvidar que los dos últimos santos citados fueron
hermanos laicos, que trataron de remediar la necesidad y la
miseria.
Como escritor espiritual y predicador. cuya obra tuvo
numerosas ediciones en la Europa católica, destaca Luis de
Granada (t 1558), que trabajó en España y Portugal y es
considerado un clásico de la literatura española. Finalmente se
ha de mencionar a Domingo Báñez, prestigioso teólogo, que
protegió a Teresa de Jesús frente a la Inquisición, poniendo a
salvo de ese modo la reforma del Carmelo (/"Carmelitas).
Importante es el influjo de los teólogos dominicos en el concilio
de Trento y la teología postridentina. En muchos lugares -
como, por ejemplo, en Colonia- apoyaron la reconstrucción de
las provincias destruidas por la reforma protestante y animaron
los estudios. Menos gloriosos para la Orden fueron los siglos
XVII y XVIII, en los que no supo estar a la altura de los
tiempos. Efectivamente, se dejó envolver
en las controversias, a menudo estériles, sobre el galicanismo,
el jansenismo y el josefismo. Pero incluso en este período no
faltaron espíritus ilustres. En París, Jacques Quétif (f 1698) y
Jacques Echard (t 1724) publicaron un índice, en dos
volúmenes, de los escritores de la Orden. Se trata de una obra
maestra de erudición crítica, que aún hoy merece la pena
consultar. Muy apreciado fue el historiador de la Iglesia Natalis
Alexander (í 1724) que, proclive a las ideas galicanas, fue
protagonista de encendidas polémicas con ciertos ambientes
romanos. A Jacques Goar (f 1653) se le considera como uno
de los padres de los modernos estudios bizantinos. En el
convento romano de Santa María in Minerva, en torno a la rica
Biblioteca Casana- tense, se formó un centro de erudición. En
este período no hay obras originales de teología sistemática,
aunque algunos autores -como Vicente Gotti (f 1742) y Charles
R. Billuart (f 1757)- fueron personalidades conocidas por su
magisterio académico.
La Revolución francesa, la ^secularización y las supresiones
monásticas en los países latinos y en América meridional donde aún hoy iglesias y conventos son testimonio del antiguo
esplendor- condujeron a la Orden casi a una ruina total. En
España fue suprimida por las leyes de la desamortización
(18351837), aunque ya antes habían sido suprimidos muchos de
sus conventos, iniciándose su restauración en 1860. Después
del congreso de Viena, la Orden volvió a arraigar en Italia. En
Francia, la reconstrucción se debió a Henri-Dominique
Lacordaire (t 1861), predicador y escritor extraordinariamente
dotado. Sin embargo, el intento de Lacordaire de remitirse a la
gran tradición intelectual y misionera del siglo XIII no tuvo
éxito. La reconstrucción de acuerdo con principios modernos
se vio impedida por la oposición de la dirección de la Orden,
que prefería las formas de observancia monástica. En el año
1803 se llegó a la fundación de una provincia en los Estados
Unidos de América; en cambio, muchas antiguas provincias
europeas no pudieron reconstituirse sino después de la
superación de numerosas resistencias políticas.
Con igual lentitud procedió la reorganización de los estudios
que, en todo caso, se vio positivamente afectada por los
estímulos derivados de la promoción del tomismo bajo el
pontificado de León XIII. Mérito suyo es también el haber
promovido la edición crítica de las obras de santo Tomás. En
1909 se fundó en Roma un centro internacional de estudios,
denominado Colle- gium Angelicum (desde 1963 Universidad
Santo Tomás de Aquino). En el 1890 la facultad
de teología de la universidad de Friburgo, en Suiza, se
encomendó a los dominicos. Gran importancia adquirió la
Ecole Biblique de Jerusalén. fundada en 1890 por iniciativa del
P. Lagrange (f 1938), a quien se debe reconocer como padre y
maestro de la moderna exégesis católica. Gracias a su
inteligencia y perseverancia se ha logrado imponer el estudio
crítico de la Sagrada Escritura, sobre todo en los países
latinos. En Heinrich Suso Denifle (t 1905) y en Pierre
Mandonnet (t 1936) tuvo la Orden dos excelentes estudiosos
de la Edad media, de la historia de la universalidad y de la
mística. Los institutos de estudio de algunas provincias
comenzaron a florecer. Mención especial merece Le Saulchoir,
centro de estudios de la provincia francesa, primero en el exilio
en Bélgica y luego en las cercanías de París. Gracias a
profundos esfuerzos de investigación sobre la escolástica, se
abrieron nuevas perspectivas para el tomismo. Entre los
estudiosos que allí trabajaron con mayor fruto hay que
recordar, por su gran cultura y por los estímulos que ofreció,
con efectos positivos también para afrontar la cuestión social
en Francia, a M.-D. Chenu (t 1990). Él, junto con Y. Congar (t
1995), se cuenta entre los propulsores del Vaticano II. En 1930
se fundó en Roma (Santa Sabina) el Instituto Histórico,
dedicado
al estudio de la historia de la Orden. T. Kappeli, su director
durante muchos años, publicó el monumental catálogo de
autores dominicos, en el que se encuentran reflejadas todas
las actividades literarias hasta 1500. No se puede dejar de
mencionar la universidad Santo Tomás de Manila, fundada en
1611 por los dominicos españoles, y considerada aún hoy
como una de las más prestigiosas instituciones académicas de
Asia. De la Orden dependen también un Instituto de Estudios
Orientales, con sede en El Cairo, que se ocupa del diálogo con
el Islam y publica su propia revista, y el centro de estudios
Istina en París, para el encuentro con la Iglesia ortodoxa.
Finalmente hay que citar la Eclitio Leonina, en Grottaferrata
(cerca de Roma), con secciones en los Estados Unidos de
América y Canadá.
Tan numerosas y distintas actividades no habrían sido
posibles sin un crecimiento constante del número de
miembros, que de unos 3.600 en el año 1876, habían llegado
a ser casi diez mil en 1966, aunque desde entonces han
descendido a cerca de siete mil. La Orden comprende hoy 42
provincias, dos viceprovincias y cuatro vicariatos generales, a
cuya cabeza está el maestro general Timothy Radcliffe. El
maestro general, que reside en Roma, en el convento de
Santa Sabina. permanece en el cargo nueve
años (hasta 1804 era vitalicio). La organización jurídica de la
Orden, que en su núcleo fundamental es idéntica a la de 1228.
se va adaptando e integrando en los capítulos generales. Al
maestro general lo acompañan nueve asistentes.
A lo largo de los siglos, la Orden ha asumido la asistencia
espiritual de las monjas. Durante mucho tiempo se trató
solamente de monasterios femeninos de clausura,
pertenecientes a la llamada Segunda Orden (Dominicas), cuyo
número asciende hoy a más de doscientos miembros. No
todos están directamente sometidos a la autoridad del maestro
general. Las constituciones de la Segunda Orden están
vigentes desde 1987 en una versión revisada. Destacan la
contemplación y la oración por la Iglesia y las actividades
misioneras de la Orden.
Datos estadísticos en 1996: Dominicos: 628 conventos con
6.618 miembros, de los cuales 4.913 sacerdotes. Dominicas
(Segunda Orden): 227 conventos con 3.928 religiosas.
Desde los comienzos han existido grupos de mujeres
vinculadas a la Orden: de ellos, sobre todo a partir del siglo
XIX, se han derivado diversas congregaciones de religiosas
dominicas (unas 140), que trabajan en todo el mundo en el
campo de la evangelización y la enseñanza.
con escuelas e instituciones caritativas. Pueden mencionarse:
la Congregación Romano de Santo Domingo (CRSD), fruto de
la fusión (en 1956) de otras cinco congregaciones; las
Dominicas de la Enseñanza de la Inmaculada Concepción
(DEIC), que tienen su origen en Pamplona, el año 1400,
procedentes del Beaterío de Santa Catalina de Siena; las
Dominicas del Santísimo Sacramento (DSS), fundadas en
Jerez de la Frontera (Cádiz), en 1799, por María Antonia de
Jesús Tirado; las Dominicas de Santa Catalina de Siena de
Albi, fundadas por M. Margarita Gerine Fabre en Albi (Francia)
el 2 de septiembre de 1852; las Dominicas de la Anunciata
(DA), que nacieron el 15 de agosto de 1856. en Vic
(Barcelona), por iniciativa de San Francisco Coll; las
Dominicas Docentes de la Inmaculada Concepción, fundadas
en 1886 en Toulouse (Francia) por María Eduvigis Portalet; las
Dominicas Misioneras de la Sagrada Familia (DMSF), nacidas
el 12 de junio de 1895 en Las Palmas de Gran Canaria, por
obra del P. José Cueto y Diez de la Maza; y las Dominicas
Hijas de Nuestra Señora de Nazaret (DN). que nacieron en
Bogotá (Colombia) para la formación integral de los
marginados, por iniciativa de María Sara Alvarado Pontón, el
25 de marzo de 1938; las Dominicas Oblatas de Jesús (OP),
fundadas en Madrid, el 14 de mayo de 1953, por el dominico
P. Silvestre Sancho Morales; y las Dominicas Siervos el el
Cenáculo (DSC), que nacieron en 1958, en Sonseca (Toledo),
fundadas por D. Joaquín González de la Casa, para orar y
colaborar con los sacerdotes. Desde el punto de vista jurídico
dependen de la Sede Apostólica o de los obispos diocesanos.
Junto a ellas existen también comunidades laicales dominicas
(/* terciarios), vinculadas espiritualmente a la Orden.
Dormitorio (del latín dormito- rium, lugar donde se duerme).
Son los locales o el edificio de un monasterio destinados al
descanso nocturno de la comunidad (sobre todo en la
antigüedad tardía y en la Edad media); posteriormente el
término ha pasado a
designar también la parte de un edificio monástico en el que se
encuentran las celdas de los monjes o monjas.
Doroteas, Hermanas. La congregación de Hermanas
Maestras de Santa Dorotea, Hijas de los Sagrados
Corazones, fue fundada en Vicenza (Italia) el 13 de
noviembre de 1836. por Beato Monseñor Giovanni
Antonio Fariña, con el Fin específico de la
enseñanza y la asistencia a pobres y abandonados.
También se conocen como Doroteas a las Hermanas
de Santa Dorotea de Frassinetti, fundadas el 12 de
agosto de 1834, en Quinto-Génova (Italia), por santa
Paula de Frassinetti (1809-1882), con una
espiritualidad inspirada en san Ignacio de Loyola. y
una actividad orientada a evangelizar a través de la
educación.
Economato. A partir de la tardía Edad media, el economato es
el departamento que se ocupa de los balances y de la
administración patrimonial de un ente eclesiástico (monasterio,
cabildo, etc). Quien lo gestiona se denomina «ecónomo». Las
grandes abadías y los cabildos, sobre todo imperiales, estaban
dotados de auténticas «oficinas de contabilidad», como
sucede aún hoy en algunos monasterios austríacos que
poseen un consistente patrimon io inmobiliario.
Enclaustraciones forzadas. Es
un fenómeno relativo al intento de instrumentalizar la
institución monástica. Ya en el siglo V los emperadores
bizantinos comenzaron a encerrar a sus adversarios en un
monasterio para liberarse definitivamente de ellos. En
Occidente se multiplicaron los casos durante la Edad media,
especialmente entre los Merovingios y Carolingios. También
en este caso parece que entre las razones de semejante
abuso prevalecían los motivos políticos, puesto que la
enclaustración de un enemigo
(a veces con toda su familia) equivalía a la aniquilación
irreversible de su reconocimiento público. Carlomagno la usó
en varias ocasiones como cosa lícita. En el caso de Taxilo III
(788), duque de Baviera. la enclaustración le fue impuesta
como atenuación de la pena de muerte y significaba en todo
caso su total desautorización política. Así, el canon 17 del VI
concilio de Toledo (638) sancionaba que un tonsurado no
podía ser elegido rey, ni siquiera en caso de fuga o salida del
monasterio. Se puede deducir que las enclaustraciones
forzadas constituían el equivalente a las mutilaciones de otras
culturas: una humillación y una reducción irrevocables.
En el desarrollo del fenómeno son también importantes los
motivos sociales: hasta el final del anden régime estaba en
vigor la institución jurídica medieval del mayorazgo. La
revolución francesa, a pesar de algunos intentos reaccionarios
en tiempos de la restauración, barrió esta férrea ley por la que
los hijos no primogénitos no podían heredar más que en
pequeña medida, para evitar la división del patrimonio familiar.
Esto obligaba a los hombres a dedicarse a la caballería o. en
todo caso, a las armas, o bien a entrar en un monasterio; a las
mujeres, excepto a una o dos, a renunciar al matrimonio, para
no tener que soportar el peso económico de la dote o
conformarse con un esposo de rango inferior. El monasterio
era la solución, ya que la dote que allí se exigía no era
demasiado onerosa. Hacia el final de la Edad media no eran
pocos los monasterios destinados sólo a los nobles, donde se
tendía a adaptar las condiciones de vida a las exigencias
sociales de los miembros, evitando una convivencia que se
percibía como humillante.
No es necesario recordar que la persistencia de esta
mentalidad provocó con el tiempo notables abusos dentro de
los monasterios y prolongó el ejercicio de una durísima
coacción por parte de las familias, especialmente con respecto
a las jóvenes. A menudo ingresaban en el convento
jovencísimas, para recibir instrucción y educación, y ya no
volvían a salir. Algo distinta era la situación de los oblatos y
oblatas, ofrecidos a los monasterios por motivos religiosos o
por dificultades económicas de las familias, que después de
los años de la adolescencia podían volver a casa, aunque esto
no sucediera con mucha frecuencia. Papas y obispos
intentaron vencer la coerción, pero sin conseguirlo hasta que
no se eliminaron radicalmente las causas del fenómeno. El
concilio de Trento había dispuesto que se garantizase la
libertad de las candidatas a los votos, mediante un serio
examen por parte del obispo o su delegado. La excomunión
era la pena para quien ejerciese la violencia. Las visitas a los
monasterios en el siglo XVII atestiguaron la necesidad de una
reforma. En conjunto, sin embargo, hay que decir que, a pesar
de que muchas vocaciones fueran forzadas, se evitaron, en
cambio, los abusos morales.
Encomienda (del latín commen- dare, encomendar, confiar).
Es un beneficio eclesiástico (benefi- cium) cuyas rentas se
asignan en usufructo a un titular que, no obstante, no está
vinculado a las obligaciones de servicio que se derivan de él.
Al principio se trataba solamente de concesiones temporales,
como en el caso de plaza vacante o de impedimento del titular
legítimo; pero ya en tiempos de los mayordomos caro- lingios,
en el reino de los francos se pasó a las asignaciones en
usufructo vitalicio. Fueron sobre todo las abadías las que se
asignaron como encomiendas a obispos, laicos y,
posteriormente, cardenales. Los «abades comendatarios»
ejercían también sobre el monasterio una jurisdicción limi
tada, que finalmente fue prohibida por la Santa Sede. A partir
del pontificado de León X la asignación quedó reservada a la
Santa Sede (1514). La institución de los abades
comendatarios condujo frecuentemente a la decadencia de la
disciplina monástica y a la ruina del patrimonio de los
monasterios. En la Edad media y en la época moderna el
fenómeno de las encomiendas se difundió sobre todo en
Francia, España y los Estados italianos, donde los señores
ejercían de diversos modos el derecho de investidura. La
encomienda y otras prácticas similares de usufructo estaban
en la Edad media y en la época moderna estrechamente
vinculadas al fenómeno de la acumulación de beneficios en un
solo sujeto (cumulatio beneficiorum) y, como tales, podían
extenderse a beneficios eclesiásticos de todo tipo. Las
encomiendas se mencionan aún en el código de derecho
canónico de 1917 (cán. 1412, 1435, 1439), pero no así ya en
el de 1983.
En las órdenes militares, se llama «encomienda» la entidad
administrativa mínima dotada de autonomía: cada uno de los
conventos, casas o filiaciones autónomas; en el vértice de esta
institución está el «comendador».
Eremita Ermitaño.
Ermitaño (del griego eremos,
solitario, solo). Es «quien vive solo»: un cristiano que se ha
apartado de los vínculos sociales para retirarse a la soledad,
con el fin de llevar una vida de penitencia y ^ascesis,
entregada a la perfecta unión con Dios. La forma original de
este tipo de monacato se encuentra a partir del siglo III entre
los anacoretas orientales que, aunque con ciertas reservas,
tuvieron imitadores también en el monacato occidental. En la
primera Edad media el eremitismo consistió sobre todo en la
renuncia ascética a una patria, unida a la peregrinatio pro
Christo -la condición de itinerantes por amor a Cristo-, como
era típico del monacato irlandés. Hubo nuevos impulsos a
partir de las severas reformas monásticas de los siglos X y XI,
y también de la lucha por la libertad de la Iglesia durante la
reforma gregoriana. Los monjes volvieron de nuevo al
«desierto» y a la soledad, solos o en pequeños grupos. De los
asentamientos eremíticos del siglo XI se formaron las órdenes
de los /'Camaldulenses y los Cartujos; y en el siglo XIII los
Ermitaños f Agustinos, que, no obstante, se identificaron con
las órdenes mendicantes. De ese modo nació una nueva
forma de vida de monacato occidental: con la unión del
anacoretismo y el cenobitismo (/*cenobitas) en una orden
centralizada. Además de las diversas formas de eremitismo
organizado, en la Edad media había «inclusos» (o ^reclusos),
hombres y mujeres que temporalmente o de por vida se
recluían en una celda, haciéndola incluso tapiar, y que, por el
heroísmo de su estilo de vida, gozaban de gran prestigio.
Mientras esta forma perdió rápidamente importancia en el siglo
XV, hasta llegar a desaparecer por completo en el siglo XVII,
el eremi- tismo, en cambio, siguió existiendo. En los siglos XVII
y XVIII hubo incluso una institución de escuelas eremíticas, en
lugares apartados. En 1S43, a comienzos del siglo XIX,
después de la /"secularización, en Alemania (diócesis de
Ratisbona) surgió una nueva fraternidad eremítica, cuyos
miembros, como '"terciarios de san Francisco de Asís, viven en
yermos de Alemania, Austria y Suiza. También en otros países
existen aún ermitaños.
Ermitaños Agustinos ^Agustinos, ermitaños.
Escapulario (del latín tardío scapulcire, vestidura que se pone
sobre las espaldas, escapulario; del latín scapula, espalda).
Forma parte del hábito de muchos institutos religiosos
católicos, y consiste en una larga franja de paño, formada por
dos piezas, que cuelga desde los hombros y llega hasta los
pies, y se viste sobre el verdadero hábito (sayal, túnica, talar)
cubriéndolo por delante, sobre el pecho, y por detrás, sobre la
espalda. En la regla de san Benito el escapulario se
presentaba originalmente como «delantal de trabajo» de los
monjes. Posteriormente fue adoptado por diversas
comunidades religiosas ( /" Benedictinos, /" Dominicos,
'"Carmelitas, /"Servitas, /"Teati- nos, etc.) y, con acabados y
colores diversos, pasó a formar parte de su hábito religioso.
Un escapulario reducido, que consiste en dos trozos
rectangulares de paño que se apoyan en los hombros por
medio de dos cintas, lo utilizan varias /"hermandades, los
/"oblatos y los /"terciarios; el de las hermandades se llama
«escapulario pequeño» y el de los terciarios «escapulario
grande»; en ambos casos proceden de las respectivas
órdenes religiosas. Una importancia especial en la historia de
la devoción tiene el escapulario de la Virgen del Carmen,
tradicionalmente vinculado a los comienzos de la Orden
carmelita y a las visiones marianas de san Simón Stock de
Cambridge (1251).
Esclavas. Son muchas las congregaciones femeninas que
adoptan el calificativo de «Esclavas». Se cuentan entre
ellas, además de las Esclavas del Amor
Misericordioso, fundadas por la religiosa española,
Beata Madre Esperanza Alhama: las Esclavas del
Corazón de Jesús (ECJ). fundadas en Córdoba
(Argentina), el 29 de septiembre de 1872, por la
Beata M. Catalina de M. Rodríguez, con fines educativos,
catequéticos y misionales; las Esclavas ele María Inmaculada
al Servicio de las Jóvenes Obreras (EDM), congregación
fundada el 19 de marzo de 1883 en Valencia, por la Beata
Juana María Condesa Lluch; y las Esclavas del Sagrado
Corazón de Jesús (ACJ), fundadas en Madrid por santa
Rafaela María del Sagrado Corazón, el 14 de abril de 1877,
con el fin específico de la reparación al Corazón de Jesús con
el culto eucarístico; las Esclavas del Divino Corazón (ADC),
fundadas por el Beato Cardenal Marcelo Spínola y la Sierva de
Dios, Madre Celia Méndez en Coria (Cáceres), el 26 de julio de
1885. para anunciar a los hombres el amor personal de Cristo,
fundamentalmente por la educación de la juventud; las
Esclavas de la Inmaculada Niña (EIN), nacidas el 23 de
febrero de 1901. en México, por iniciativa de Federico
Salvador y A. Rosario. para la extensión del reino de Dios por
medio de la educación y la evangelización; las Esclavas de la
Santísima Eucaristía y de la Madre de Dios (ESSE), para la
adoración eucarística y la enseñanza. que nacieron en
Granada el 1 1 de abril de 1925 por obra de Beata Trinidad del
Purísimo Corazón de María; las Esclavas de Cristo Rey (ECR),
fundadas el 15 de junio de 1928 en Tíldela (Navarra) por Beato
D. Pedro Legaría Armendáriz, para extender el reino de Cristo
a través de los ejercicios espirituales y la enseñanza; las
Esclavas de la Virgen Doloroso (AVP), de D. Manuel Herranz
Establés, que nacieron en Madrid, en 1940, para atender a
madres solteras y jóvenes deficientes; y las Esclavas del
Corazón Inmaculado de María (ECM), fundadas el 4 de
diciembre de 1954 en Oviedo por María del Pilar Martínez,
para reparación y desagravio de almas consagradas.
Esclavas del Amor Misericordioso. La fundadora,
Beata M. Esperanza de Jesús Alhama Valera, nacida
en Santomera (Murcia) en 1893, ingresó en la Congregación
de las Hijas del Calvario, anexionadas después a las
Misioneras Claretia- nas. En 1930 fundó en Madrid la
congregación de las Esclavas del Amor Misericordioso (EAM),
con el propósito de dar a conocer el amor y la misericordia de
Dios manifestados en Jesucristo. En agosto de 1951, la M.
Esperanza de Jesús fundó también en Collevalenza (Perusa,
Italia) la congregación de los Hijos del Amor Misericordioso,
para colaborar y trabajar con y en favor de los sacerdotes del
clero secular en toda clase de actividades pastorales. Esta
congregación está formada por religiosos sacerdotes,
sacerdotes diocesanos con votos religiosos y religiosos no
sacerdotes. Esclavos de María y de los Pobres (EdMp). La Pía
Unión de la Santa Esclavitud de María y de los Pobres fue
fundada por don Leocadio Galán Barrena el 2 de febrero de
1954, en Alcuéscar (Cáceres), con el fin específico de la
redención en el mundo obrero, rural y campesino, y la atención
a inválidos y desvalidos.
Escoceses, monasterios. La verdadera historia de los
monasterios escoceses (también scotti o scoti) en el continente
europeo comienza alrededor del año 1070, en pleno
movimiento de reforma de la Iglesia occidental. Sin embargo,
esta nueva ola monástica procedente de Irlanda (Scotia,
Irlanda; Scotia Minar, Escocia) debe considerarse dentro del
marco más amplio de las aportaciones de la Iglesia irlandesa
al continente europeo entre los siglos VI y XVI. Una primera
fase dio comienzo con la obra de Columbano el Joven,
fallecido el año 615 como abad de Bobbio (en el reino de los
Longobardos), después de una vida ajetreada. Característico
de esta primera fase del monacato irlandés era el ideal
ascético de la peregrinatio, de la ausencia de patria en este
mundo. La regla de san ? Columbano, extremadamente
severa, se sobrepuso muy pronto a la de san Benito (^
Benedictinos), más discreta, en su forma de f «regla mixta»
(regula mixta).
Surgieron monasterios, yermos y hospicios. Numerosos
monjes irlandeses se entregaron a una intensa obra misionera,
a menudo como obispos itinerantes, como Chiban (o Chiliano)
en la Fran- conia oriental (t en torno al 689) y Virgilio en
Salzburgo (f hacia el 783). Puntos de referencia esenciales
fueron los monasterios de Luxeuil (alrededor del 591), la
llamada celda de Sankt Gallen, al sur del lago de Constanza
(en torno al 610/61 1) y, poco después. la fundación de
Bobbio. en los territorios longobardos de Italia septentrional
(monacato ^irlandés).
Las devastadoras incursiones normandas en Irlanda
estuvieron en el origen de una segunda ola migratoria, que
trajo al continente europeo la presencia cultural y religiosa de
los monjes irlandeses. Esta vez no se trataba ya de
«peregrinos sin patria» (pe re- grini), sino de «desterrados»
(exules). Como tampoco fue el ideal ascético el que
caracterizó sobre todo la presencia de los irlandeses, sino la
actividad de doctas personalidades laicas en la corte carolingia
y en las sedes episcopales.
Distinta fue la tercera ola, que dio comienzo hacia mediados
del siglo X, cuando en Irlanda, libre ya de la dominación
normanda, se iba abriendo camino un nuevo período de
prosperidad espiritual y cultural, en estrecha
relación con la Europa continental. Una vez más se vio en
tierras europeas a los peregrini irlandeses, pero ahora, a
diferencia de lo que había ocurrido durante la primera fase, el
encuentro del mundo irlandés con el continental tuvo todas las
características de un intenso intercambio religioso y cultural,
recíprocamente fecundo. Los irlandeses mantuvieron su
relación con la madre patria, donde, mientras tanto iba
creciendo progresivamente el influjo del continente en el
campo eclesial y, más específicamente, en el monástico. En el
continente, en cambio, los frutos de esta tercera ola se dieron
primero en Francia septentrional y en las regiones que
circundan el Mosela y el Rin. Con los movimientos reformistas
benedictinos de Gor- ze. en Lorena, y Cluny, en Bor- goña, los
irlandeses mantuvieron relaciones estrechas, aunque no
exentas de tensiones. A finales del siglo XI el baricentro de la
presencia irlandesa se desvió hacia Baviera y. en particular, a
Ra- tisbona. En aquella época la antigua ciudad comercial y
residencia episcopal había adquirido un rango realmente
europeo. Los mercaderes de Ratisbona mantenían relaciones
comerciales que se extendían hasta Kíev, Bizando y el Oriente
Próximo. A esta ola monástica pueden remitirse los comienzos
de los «monasterios escoceses» de Weih-St. Peter
y St. Jakob. Aunque es difícil establecer con precisión cuándo
adoptaron estos monasterios la regla de san Benito. La abadía
escocesa de Santiago (St. Jakob) en Ratisbona, junto con el
pequeño monasterio de San Pedro (St. Peter), se convirtieron
en punto de partida para otras muchas fundaciones en
diversas ciudades alemanas (Würzburg, Nuremberg, Eichstatt,
Viena, Memmimgen, Erfurt, Constanza, Kelheim). En esta
época los monjes irlandeses estuvieron en el centro de la vida
cultural, religiosa y espiritual, apreciados como eruditos y
directores de almas. Sus monasterios, que tenían como
cabeza a Santiago de Ratisbona, fueron distinguidos con
numerosos privilegios pontificios, especialmente por obra de
Lucio III (1185) e Inocencio III (1215). A diferencia de todos los
demás monasterios benedictinos europeos, los escoceses
pudieron contar con una representación unitaria en el IV
concilio de Le- trán. a nivel nacional y no territorial; a la cabeza
de esta peculiar asociación matricular estaba la abadía de
Santiago (como eccle- sia nuitrix, «iglesia madre»). De ese
modo, gracias a la investidura pontificia, el abad de Santiago
adquirió una posición autorizada con respecto a todos los
monasterios escoceses de Alemania.
Hasta comienzos del siglo XVI los dos monasterios escoceses
de Ratisbona (el priorato de St. Peter fue destruido en 1552
durante una acción de guerra), como todos los monasterios
escoceses alemanes, estaban habitados por monjes
procedentes exclusivamente de Irlanda. Tras un comienzo
glorioso, la historia de estos monasterios tuvo que enfrentarse
con crecientes dificultades. Con el paso del tiempo se dejó
sentir cada vez más la falta de nuevos refuerzos monásticos
procedentes de la madre patria. Por otra parte los monjes
benedictinos alemanes veían como invasores a estos monjes
de origen extranjero. A finales de la Edad media muchos
monasterios escoceses alemanes pasaron (o tuvieron que ser
cedidos) a los Benedictinos locales. Posteriormente, la reforma
protestante tuvo efectos catastróficos en la presencia de los
escoceses. En Ratisbona siguió existiendo la abadía de
Santiago, que pasó a monjes procedentes de Escocia
propiamente dicha, pues en Roma no se comprendía ya el
sentido de la antigua denominación (scoti, irlandeses). En el
período siguiente a la reforma protestante, algunos intrépidos
abades escoceses de Santiago, a cuya jurisdicción pertenecía
también la pequeña casa de Erfurt, organizaron en sus
monasterios auténticos centros misioneros católicos en función
de su madre patria, Escocia, que ya se había
pasado al calvinismo. A comienzos del siglo XIX la abadía de
Santiago de Ratisbona se salvó de la secularización gracias a
una intervención del gobierno británico. Sin embargo, esta
antigua y gloriosa abadía -último vestigio de los monasterios
escoceses en Alemania-, reducida ya a sólo dos monjes
ancianos, fue suprimida por la Santa Sede en 1862.
Escolapios. Los Escolapios o, más precisamente, los
Clérigos Regulares Pobres de la Madre de Dios de las
Escuelas Pías (Ordo Clericorum Regularium Precutperum
Matris Dei Scholarum Piarum, SP o SchP) son una orden de
clérigos regulares que tienen como finalidad la formación y
educación de la juventud. Su fundador, san José de Calasanz,
nació en Peralta de la Sal (Huesca). Ordenado sacerdote,
después de algún tiempo fue a Roma, donde el contacto con la
pobreza y la ignorancia le cambió el corazón y lo impulsó a
ponerse por completo al servicio de los niños y jóvenes más
necesitados. Así nació la obra de las «Escuelas Pías», que
comenzó en 1597, en el barrio romano de Trastevere. En
1648, a los noventa años de edad, murió en Roma, José de
Calasanz, dejando su obra extendida ya por Italia, Alemania,
Polonia, Checoslovaquia, Austria, Hungría, Rumania y Suiza.
Erigida al comienzo como congregación de votos simples, sus
primeros decenios de existencia estuvieron marcados por
enormes dificultades, hasta su definitiva aprobación pontificia,
como Orden, en 1669. Desde ese momento la difusión de las
Escuelas Pías fue rápida, tanto en Italia como en otros países
católicos. La Orden supo distinguirse por un gran número de
miembros cultos y preparados, y también por las simpatías de
que gozó entre excelentes hombres de ciencia. Actualmente
sigue promoviendo los ideales de los comienzos en muchos
países. Situación en 1996: 230 casas con 1.458 miembros,
1.134 de ellos sacerdotes.
Se conocen como Escolapias a los miembros de una
congregación femenina cuyo título oficial es el de
Hijas de María, Religiosas de las Escuelas Pías
(SchP), que fue fundada en 1829 por la M. Santa
Paula Montal, en Figueras (Girona) para la educación
de la niñez y la juventud, y especialmente para la
promoción integral de la mujer.
Kscolasticado (del latín sellóla, escuela). Denominado también
clericado o estudiantado, es, en la mayor parte de las órdenes
y congregaciones clericales, el seminario donde los candidatos
al sacerdocio reciben su formación filosófico-teológica. Los
estudios comienzan, generalmente,
después de la primera profesión, duran seis años y pueden
realizarse en facultades teológicas universitarias o en centros
de la propia Orden. A ello se añade la dirección y la formación
espiritual dentro del propio instituto. La formación de los
Jesuitas considera además un tercer año de noviciado,
durante el escolastica- do. Escolástico (o clérigo estudiante) es
el religioso que está en el escolasticado (o estudiantado).
Actualmente, en el lenguaje común, se usa el término más
amplio de ^«juniorado».
Escudo. Es la señal distintiva, el emblema o insignia de una
persona, familia, corporación o institución. compuesto de
dibujos y colores, según las reglas de la heráldica (ciencia que
estudia las insignias y los escudos nobiliarios, del alemán
Herialt, mensajero, oficial público). El uso de escudos y
blasones se afirmó en el siglo XII, en el mundo de la
caballería, en Europa central y occidental, para distinguir a los
jefes y sus familias (el primer escudo conocido es el del conde
Godfredo V de Anjou, en 1127). En el siglo XIII, cuando ya el
escudo se había afirmado como señal distintiva de familias y
territorios, también los exponentes del alto clero (obispos,
abades y prebostes) comenzaron a usarlos en Asellos,
monumentos, iglesias y en otros objetos. Los mo
nasterios y las órdenes religiosas asumieron también esta
costumbre. Pero en este caso hay que distinguir el escudo
institucional de cabildos y monasterios del escudo propio de
los respectivos superiores (prebostes y abades). Los prelados
mitrados (S mitra) adornaban sus escudos con mitra y báculo;
los miembros eclesiásticos pertenecientes a las clases del
Imperio, dotados de poder jurisdiccional civil, añadían también
la espada. Las reglas para el uso correcto de los escudos -que
con frecuencia no se tienen suficientemente en cuenta- están
contenidas en la heráldica eclesiástica.
Estigmatinas, Hermanas. Las
Pobres Hijas de los Estigmas de San Francisco
constituyen una congregación religiosa entregada a
toda clase de obras sociales, que fue fundada en
Florencia (Italia) el 18 de mayo de 1850. por Santa
Ana Lapini, y su confesor, San Gaspar Bertoni, para
ser presencia discreta, levadura en la masa para
remover desde dentro las situaciones de
marginación.
Estilitas (del griego stylos, columna). Eran anacoretas que
vivían sobre una columna, según un modelo especialmente
severo y original de /"ascesis cristiana. La plataforma,
colocada sobre una columna, estaba protegida por una
balaustrada sobre la que los estilitas podían apoyarse para
breves momentos de descanso. Sin embargo, rechazaban
todo tipo de protección del sol, el frío y la lluvia. Jóvenes
discípulos se preocupaban de llevarles el alimento e incluso la
eucaristía, por medio de escaleras móviles apoyadas en las
columnas. El modo de vivir de los estilitas llevaba hasta las
últimas consecuencias los principios de la permanencia en un
lugar, de carecer de habitación y del stasis (estar siempre de
pie). Se considera el primero y más célebre de los estilitas a
san Simeón el Viejo (389/390-459), que comenzó su vida
eremítica alrededor del año 412, decidiendo, diez años
después, vivir en una columna que, desde los tres metros del
principio, llegó a elevarse al final hasta veinte metros. Aquí
vivió hasta su muerte, expuesto a toda forma de intemperie.
Su fama de santidad atraía ejércitos de peregrinos, a quienes
él predicaba dos veces al día. Fue consejero muy buscado,
artífice de paz y misionero; sus contemporáneos lo describen
como bondadoso y afable. Simeón Estilita el Joven (521 -592),
sirio como el anterior, subió a los seis años a su primera
columna, y a los doce a la segunda. Para huir de la multitud de
peregrinos vivió diez años sobre una roca escarpada,
transcurriendo después otros cuarenta y cinco años en una
tercera columna, expuesto a la intemperie. Aún vivo,
numerosos peregrinos lo veneraban como santo.
Esta extravagante forma de vida monástica se difundió por
todas las Iglesias orientales y por todo el Imperio Bizantino. Se
dieron también casos aislados de dendritas (del griego
denclron, árbol) que vivían su ideal monástico en árboles altos.
A partir del siglo VI algunos estilitas recibieron la ordenación
sacerdotal permaneciendo en sus columnas, mientras que
otros no se subieron hasta después de la ordenación. Entre los
que acudían a los estilitas, además de ejércitos de gente
sencilla, hubo también personas de alto rango. Algunos
estilitas fueron ordenados obispos, pero en este caso tuvieron
que abandonar su plataforma.
El intento de algunas mujeres devotas de imitar la experiencia
ascética de los estilitas no consiguió la aprobación de los
obispos orientales. Casos de monjes estilitas se dieron
también en el siglo XIX. En el Occidente latino esta forma de
vida ascética fue, en cambio, ignorada casi por completo. El
único caso de estilita conocido en Occidente es el del
anacoreta Wulflaich, que en el siglo VI erigió una columna en
las Ardenas; pero el obispo Magneri- co de Tréveris le prohibió
esta forma de vida y ordenó que su columna fuera destruida.
Wulflaich, entonces, ingresó en una comunidad monástica y
este fue el camino que lo condujo a la santidad.
Estola, derechos de (stolaria, de stolu, parte de las vestiduras
litúrgicas). En la Iglesia católica son los emolumentos debidos
al clero por determinadas prestaciones o servicios litúrgicos
(por ejemplo, bautizos, bodas o entierros). Sirven para el
mantenimiento del clero, de los ministros de la Iglesia y de las
instituciones eclesiásticas. Tasas y contribuciones semejantes
son frecuentes en todas las confesiones cristianas.
Estudiantado E Escolasticado.
Evangeliario (del latín tardío evangeliarium, a su vez de origen
griego). El término designaba al principio el libro litúrgico que
contenía el texto completo de los cuatro evangelios (Mateo,
Marcos, Lucas y Juan); posteriormente pasó a designar
también el volumen que contiene los pasajes evangélicos
utilizados en la liturgia («libro de las períco- pas»;
Eleccionario). Se conservan numerosos evangeliarios de la
tardía Edad media, de gran valor artístico.
Exclaustración (del latín exclaústrenlo, separación del
convento). Es la separación temporal de un religioso de la vida
comunitaria de una casa de su orden. Generalmente la
exclaustración se concede a petición del religioso, por un
privilegio pontificio (indulto). Sin embargo, la exclaustración
puede ser también impuesta. En el caso de institutos de
derecho diocesano, la autoridad competente es el obispo
diocesano. El religioso exclaustrado mantiene algunos
derechos y está sometido a determinadas obligaciones. La
exclaustración definitiva y total de las obligaciones de la vida
religiosa es la ^secularización.
Exención. En el derecho eclesiástico católico, la exención (del
latín exemplio, sustracción, separación) es la exoneración de
una persona física o jurídica de la jurisdicción del superior u
ordinario competente y su sumisión a otra autoridad de grado
más alto. Para los monasterios y órdenes religiosas, desde la
Edad media, fue importante sobre todo la exención total o
parcial de la potestad de gobierno del obispo, concedida
generalmente con privilegios pontificios, pero también con
frecuencia objeto de polémicas. El concilio de Trento (15451563) trató de reforzar la potestad de gobierno de los obispos
dentro de sus diócesis en relación con las órdenes y
monasterios exentos. En la misma línea se movió el Vaticano II
(1962- 1965). La exención debería tener en cuenta las tareas
específicas, la posición y la dignidad de los territorios y
personas «exentas». A pesar de que la institución jurídica de
la exención ya no aparece en el código de derecho canónico
actualmente en vigor (Codex juris canonici de 1983), órdenes y
congregaciones han mantenido su autonomía jurídica (insta
autonomía, can. 586 § 1).
Exequias. Todas las reglas y constituciones contienen normas
específicas con respecto a la asistencia a los enfermos y
moribundos. recordando el deber del cuidado amoroso y el
acompañamiento cristiano. Además, tienen también
disposiciones precisas sobre el modo de celebrar las exequias
de los miembros. En las antiguas órdenes, cuando un monje
muere, su cadáver generalmente se coloca en un nicho del
claustro o en una capilla adyacente; el túmulo se traslada
después a la iglesia para los funerales, después de los cuales
tiene lugar la sepultura, en la cripta o en el cementerio del
monasterio. En todo esto se ha de evitar toda forma de
ostentación. Por este motivo, en muchas órdenes religiosas no
se erigen monumentos sepulcrales permanentes,
conformándose con una simple cruz de madera. Algunas
órdenes especialmente austeras, como los /"Cartujos,
entierran los cadáveres de sus miembros envueltos
simplemente en sudarios fúnebres, sin ataúd; en la cruz de
madera que se coloca sobre la tumba no se pone ninguna
inscripción, porque su nombre está escrito en el libro de la
vida.
Familia Paulina. /. El fundador. Nacido el 4 de abril de 1884
en San Lorenzo de Fossano (Cuneo), el Beato Padre
Santiago Alberione (1884-1971), recibió su primera
formación eclesiástica en el seminario de Bra (1896-1900), y
luego en el de Alba (desde octubre de 1900 en adelante); fue
ordenado sacerdote el 28 de junio de 1907. Consiguió el
doctorado en teología en la Facultad teológica de Santo
Tomás de Aquino, en Genova (1908), y durante un brevísimo
tiempo (marzo-octubre de 1908) fue coadjutor en la parroquia
de San Bernardo, de Nar- zole. Después fue convocado por su
obispo, mons. José Francisco Re (t 1933), para asumir el
cargo de director espiritual en el seminario diocesano, cargo
que mantuvo hasta mediados de 1920, cuando consiguió de
mons. Re la facultad de dedicarse por completo al instituto que
había comenzado en 1914 para el apostolado de la buena
prensa. El resto de su vida se funde con la historia de sus
institutos. Murió en Roma el 26 de noviembre de 1971, fue
beatificado en 2001. Está en curso su proceso de
canonización.
II. Visión general de las fundaciones de la Familia Paulina. En
la vida del P. Alberione pueden distinguirse tres grandes
períodos.
I. Primer período (desde su nacimiento hasta el año 1914).
Nacimiento en el seno de una familia numerosa, primeros
estudios en el seminario de Bra y luego en el de Alba,
ordenación sacerdotal en Alba, relaciones con su director
espiritual, el canónigo Francisco Chiesa (Figura eminente del
clero albense), son, al menos en parte, elementos comunes en
la vida de cualquier aspirante al sacerdocio. El marco de
referencia ideal para Alberione lo constituye, en esta etapa, la
pastoral parroquial, no sólo por haber sido formado como
sacerdote diocesano o por haber sido nombrado director
espiritual de los seminaristas, es decir, de futuros sacerdotes
orientados a la parroquia, sino, sobre todo, porque sus dos
principales libros de aquel tiempo -Apuntes de teología
pastoral (primera edición italiana, Turín 1912) y La mujer
asociada al celo sacerdotal
(primera edición italiana, Alba 1915)- tenían como objetivo una
pastoral directa, parroquial. Cuando comenzó a preocuparse
más de cerca por la prensa, asumiendo la dirección del
semanario diocesano Gazzeta d'Alba (septiembre de 1913), el
P. Alberione permaneció siempre fiel a sus ideales
«pastorales» (en el sentido de llegar al pueblo cristiano),
aunque ahora había que realizarlos no ya en contacto directo
con la gente, sino más bien con la predicación a través de los
instrumentos de comunicación social. Cambiaba, pues, no sólo
la modalidad pastoral, sino también el lugar, que ya no era la
parroquia o la diócesis, sino Italia y el mundo entero.
2. Segundo período (desde 1914 hasta 1960,
aproximadamente). Así comenzaba, en 1914, la etapa
fundacional, que. sin embargo, no es una etapa unitaria, ya
que las ideas que movieron al P. Alberione como fundador no
fueron siempre las mismas.
a) La primera fase del movimiento fundacional va de 1914 a
1936, aproximadamente. Estos años y las fundaciones de este
período (Sociedad de San Pablo, Hijas de San Pablo y
Pías Discípulas del Divino Maestro) estaban totalmente
orientados a la prensa: la tipografía es una iglesia, las mesas
de composición el pulpito, como le gustaba repetir al P.
Alberione. El pensaba en una organización
de religiosos escritores (Sociedad de San Pablo) y religiosas
escritoras (Hijas de San Pablo), ayudados por las Pías
Discípulas, que constituían casi como una bisagra entre las
otras dos ramas y les permitían -y hacían fecunda con la
plegaria de adoración- una total entrega a la prensa. Todos
juntos constituirían un único instituto, dependiente de un único
superior general.
b) La segunda fase fundacional va aproximadamente de 1936
a 1947, y comienza con la fundación (1936) de las Pastorcitas.
que el P. Alberione pensaba orientar a la parroquia y, al menos
en parte, a la prensa. Las Pastorcitas podrían llegar a los
pueblos, revitalizando la parroquia, gracias a la utilización de
los nuevos medios, teniendo en cuenta que las Hijas de San
Pablo parecían limitarse ya a las librerías de las grandes
ciudades. Los tres grupos femeninos (es decir. Hijas
de San Pablo, Pías Discípulas y Pastorcitas), que el P.
Alberione pensaba poder mantener unidos en un solo instituto,
tenían en todo caso actividades demasiado diversas como
para permanecer por mucho tiempo bajo la guía de tres
vicesuperio- ras dependientes de una única superiora general,
que en aquel momento era la Beata Madre Tecla Merlo
(1894-1964). A madurar un nuevo marco, que preveía la
autonomía de cada uno de los institutos femenimos,
contribuyeron las mismas religiosas de los tres institutos. Así,
en 1947 las Pías Discípulas fueron apartadas del apostolado
de la prensa y de la dependencia de la superíora general de
las Hijas de San Pablo, y orientadas decididamente a la
liturgia. Y las Pastorcitas, para quienes el P. Alberione había
hablado de autonomía ya en 1943, fueron orientadas cada vez
más al apostolado directo («cura de almas», como sintetizó el
mismo fundador).
c) La tercera fase fundacional va de 1955 a 1960 y se
distingue por el hecho de que las nuevas fundaciones (las
Hermanas Apostolinas. que se pusieron en marcha en 1957, y
los institutos agregados -Jesús Sacerdote, Virgen de la
Anunciación y San Gabriel Arcángel- que nacieron poco
después) fueron ideadas y organizadas a partir de sugerencias
que le llegaron al P. Santiago Alberione desde fuera,
especialmente del claretiano P. Arcadio Larraona (futuro
cardenal).
3. Tercer período de la vida del P. Alberione (1960-1971).
Constituye una larga reflexión del P. Alberione sobre su vida y
sus obras. El ve ahora con gratitud no sólo la multiplicidad de
sus fundaciones, sino también que no todas están orientadas a
la prensa y a los medios de comunicación social. Juntas,
constituyen la «Familia Paulina».
///. Los diversos institutos de la Familia Paulina. Considerando
el marco fundacional en que se sitúan los institutos de la
Familia Paulina, es más fácil comprender la historia de cada
uno de ellos.
1. La Sociedad de San Pablo (SSP). Fundada en Alba
(Cuneo) el 20 de agosto de 1914, obtuvo la aprobación
diocesana como congregación religiosa el 12 de marzo de
1927, el decreto de alabanza el 10 de mayo de 1941. y la
aprobación definitiva el 27 de junio de 1949. La idea
fundamental del P. Alberione era que la predicación realizada
mediante la prensa (y después con los demás medios de
comunicación social) es verdadera predicación; y sobre esa
idea (por tanto sobre una base teológica) estructuró su
instituto, confiando la redacción a los sacerdotes (los únicos
autorizados a predicar), y a los hermanos laicos (llamados
Discípulos del Divino Maestro) la tarea de ayudar a los
sacerdotes en lo que globalmente se denominaba «técnica»
(es decir, impresión y difusión). La espiritualidad del instituto se
fue centrando progresivamente en san Pablo apóstol (la
referencia a san Ignacio de Loyola, presente en la solicitud de
aprobación diocesana, desapareció muy pronto) y en la
devoción a Cristo, venerado como Maestro, camino, verdad y
vida. En palabras del P Alberione. esta espiritualidad (que
llegará a ser después común a todos los institutos de la
Familia Paulina) se sintetizaría así: «La Familia Paulina aspira
a vivir integralmente el Evangelio de Jesucristo, camino,
verdad y vida, con el espíritu de san Pablo apóstol, bajo la
mirada de la Reina de los Apóstoles» (Las abundantes
riquezas..., 93). El desarrollo del instituto fue notable tanto en
Italia (caracterizado por una acentuada autarquía, por la que el
fundador intentó hacerlo todo en casa, incluida la producción
de papel, tintas, tipos, etc.) como fuera de Italia. La primera
filial en Italia se abrió en Roma (1926), mientras que en el
extranjero la primera fue Brasil (1931), llegando pronto a otras
naciones: Argentina (1931), Estados Unidos (1932), Francia
(1932), España (1933), Japón (1934), etc. La tipología de las
fundaciones presentaba dos modelos: el vocacionario y la
librería. Cada uno de los voca- cionarios se estructuraba como
una editorial, con su propia imprenta, mientras que las
librerías, presentes en las ciudades más importantes, se
preocupaban de difundir todo lo que los vocacio- narios
producían. Después de la II Guerra mundial, la tipología del
vocacionario se fue modificando íiradualmente. En efecto, el
mismo P. Alberione se dio cuenta de que ya no era posible
tener una multitud de editoriales en la misma nación. La
primera nación en encaminarse hacia la creación de un único
centro editorial fue Italia, primero con el sector de libros (ya en
los años 50), y después, de forma gradual, con todas las otras
expresiones del apostolado paulino (revistas y audiovisuales).
El mismo proceso de unificación se fue realizando en las otras
naciones, sobre todo las que están unidas por la lengua
(especialmente el mundo hispánico), mientras que después de
1980 se vio la necesidad de llegar a una coordinación
internacional (actualmente aún no elaborada definitivamente)
de las distintas obras apostólicas. En 1996 el instituto contaba
con 108 casas y 1.170 miembros, de los cuales 579 son
sacerdotes.
2. Hijas de San Pablo (FSP). Fueron fundadas en Alba en
junio de 1915, consiguieron la aprobación como congregación
diocesana por el ordinario de Alba el 15 de marzo de 1929, el
decreto de alabanza y la primera aprobación de las
constituciones el 13 de diciembre de 1943, y la aprobación
definitiva de las constituciones el 15 de marzo de 1953. La
aprobación del instituto fue, al principio, bastante laboriosa, ya
que el P Alberione pensaba que podía comprender dos grupos
distintos (incluso en el hábito): el primero dedicado al
apostolado de la prensa (las Hijas de San Pablo), y el segundo
a la adoración y al servicio doméstico (las Pías Discípulas del
Divino Maestro). La sagrada Congregación de Religiosos no
consideró adecuada esta estructura, y en 1929 se llegó a la
aprobación diocesana sin la distinción de los dos grupos,
siendo todas las religiosas Hijas de San Pablo. El instituto
experimentó una difusión análoga a la de la Sociedad de San
Pablo (con la tipología arriba indicada de vocacionario y
librería), con predominio de las librerías (en pocos años se
fundaron en Italia más de treinta). Contemporáneamente, las
Hijas de San Pablo organizaban las Fiestas del Evangelio y las
Semanas de la Prensa y dieron comienzo a la publicación de
la revista Familia Cristiana, que en varios países pasó
posteriormente a la Sociedad de San Pablo. Fuera de Italia,
las fundaciones estuvieron, al principio, unidas a las de la
Sociedad de San Pablo (Argentina y Brasil en 1931; Estados
Unidos en 1932, etc). Las fundaciones de vocacionarios y de
librerías autónomas, es decir, incluso en naciones donde los
Paulinos no estaban aún presentes, no comenzarían
prácticamente hasta después de la 11 Guerra mundial,
llegando a los cinco continentes: 194S: Chile, Colombia y
México; 1950: Portugal; etc. En 1947 tuvo lugar la separación
de las Pías Discípulas del grupo de las Hijas de San Pablo (v.
infra); y en 1978 un grupo de más de treinta Hijas de San
Pablo (que prestaban su servicio en la clínica de la Reina de
los Apóstoles, fundada en 1949 en Albano Lazial por el P.
Alberione) se separaron del instituto, constituyendo una nueva
congregación religiosa denominada «Siervas de la Visitación»,
aprobada en 1981 en Roma por el cardenal Hugo Poletti. A
partir de 1980, también las Hijas de San Pablo se orientaron
hacia una reorganización de los centros apóstol icos, de
manera análoga a como se estaba realizando en la Sociedad
de San Pablo; y después de 1990 decidieron dar comienzo a
una serie de nuevas fundaciones en los países del Este
europeo (Rusia, Rumania, etc). En 1996 el instituto de las
Hijas de San Pablo contaba con 265 comunidades y 2.696
religiosas.
3. Pías Discípulas del Divino Maestro (PDDM). Tras haber
elegido (1923) a dos Hijas de San Pablo, Úrsula Rivata y
Matilde Gerlotto, el 10 de febrero de 1924, el P Alberione dio
comienzo en Alba a un nuevo grupo, al que dio el nombre de
Pías Discípulas del Divino Maestro y al que presentó en 1927
(es decir, cuando pidió la aprobación de las Hijas de San
Pablo) como una segunda rama que «se dedica a adorar al
Divino Maestro y al servicio gratuito en las cosas necesarias a
la Pía Sociedad de San Pablo y a las Hijas de San Pablo».
Esta situación, no carente de dificultades, se prolongó hasta
1945, cuando el P. Alberione decidió solicitar la aprobación de
las Pías Discípulas como instituto autónomo de las Hijas de
San Pablo. Después de una primera negativa (1946), la
sagrada Congregación de religiosos aceptó que las Pías
Discípulas constituyesen una congregación autónoma, primero
diocesana (aprobada en 1947), y luego pontificia (decreto de
alabanza: 1948: aprobación definitiva de las constituciones:
1960). Sobre estas bases -que preveían el apostolado
(tradicional en el instituto) de la adoración y del servicio al
sacerdote, y además el de la liturgia- el instituto tuvo un
notable desarrollo, tanto en Italia (con apertura de casas en
Módena, 1948; Bari, 1950; Bolonia, 1951, etc.) como en el
extranjero (Portugal, Argentina y Estados Unidos en 1947;
Canadá en 1948; Japón en 1950; México en 1952; etc). En
1996 el instituto contaba con 175 casas y 1.469 religiosas.
4. Hermanas de Jesús Buen Pastor (HJBP). Fundadas en
Roma en 1936, comenzaron oficialmente su andadura en
1938, consiguieron la aprobación como congregación
diocesana el 23 de junio de 1953 por parte del ordinario de
Albano Lazial (Roma) y el decreto de alabanza
pontificio el 29 de junio de 1959. En el momento de la
fundación, el instituto representaba una novedad en el
panorama de la vida religiosa, ya que eran raras las religiosas
directamente implicadas en la pastoral parroquial (o
diocesana). Superados los años críticos de la II Guerra
mundial, el instituto abrió numerosas casas en Italia y fuera de
Italia: Brasil (1946); Australia (1955); Colombia (1964);
Argentina (1964); Filipinas (1965), etc. Experimentó un
especial movimiento de renovación en los años de preparación
al segundo capítulo general de 1975. En 1996 el instituto
contaba con 124 casas y 580 religiosas.
5. Hermanas Apostolinas (AP), o Instituto «Reina de los
Apóstoles para las Vocaciones». Tuvieron comienzo en
1957, como respuesta a una indicación de la Santa Sede, que
pedía iniciativas en favor de las vocaciones. Se establecieron
en Castel- gandolfo en 1959 (año que se considera como el de
su fundación) y consiguieron la aprobación como instituto
religioso de derecho diocesano el 26 de noviembre de 1993,
del ordinario de Albano. Su primer campo de apostolado
fueron las muestras vocacionales, a las que se añadieron la
publicación de la revista Se vuoi... (Si quieres...), fundada en
1960, cursos de retiros y otras iniciativas encaminadas a
la orientación vocacional. En 1996 el instituto contaba con
cuatro casas y unos treinta miembros.
6. Institutos agregados. Aludiendo a la posibilidad de dar vida
a nuevos institutos (después de 1955), el P. Alberione habló
de dos institutos «seculares» (esta es la terminología que usó
al comienzo), uno masculino (San Gabriel) y otro femenino
(Virgen de la Anunciación), con posibilidad de vida común,
como estaba previsto entonces para los miembros de los
institutos seculares. El instituto sacerdotal (Jesús Sacerdote)
se añadió después, a poca distancia de tiempo, como tercer
instituto, separando a los sacerdotes que, en el primer
proyecto, se consideraban parte del instituto San Gabriel. Una
serie de circunstancias hizo que se llegase a la aprobación
conjunta (1960) de los tres institutos como «obra propia» de la
Sociedad de San Pablo y. por lo tanto, agregados a esta
congregación. teniendo como superior directo al superior
general de la Sociedad de San Pablo. Varias veces, con el
transcurso de los años, ha surgido la cuestión sobre la
conveniencia de reconocer a estos institutos agregados como
institutos seculares, con su propia autonomía y su propia
jerarquía. El capítulo general de la Sociedad de San Pablo de
1975 decidió conservar el estatuto de obra propia. Los últimos
estatutos para los tres institutos agregados fueron aprobados
el 30 de marzo de 1990 por la Congregación para los institutos
de vida consagrada y las sociedades de vida apostólica. (Para
el instituto Santa Familia, v. infra).
a) Jesús Sacerdote. El grupo Jesús Sacerdote se ha
desarrollado notablemente, sobre todo en Italia, y se ha
considerado como «nodriza» del instituto Santa Familia. lo
mismo que la Sociedad de San Pablo fue considerada por el
P. Alberione como «nodriza» de las diversas instituciones
paulinas. Actualmente cuenta con unos 450 miembros (con
unos treinta obispos), la mayoría en Italia. (Al instituto Jesús
Sacerdote está agregada, aunque sin ningún vínculo canónico,
la asociación de las Ancillae Dontini, que se proponen ayudar
a los sacerdotes especialmente en las parroquias).
b) San Gabriel Arcángel. Siempre se ha mantenido en
dimensiones más bien modestas, y actualmente cuenta con
unos cuarenta miembros.
c) Virgen de la Anunciación. Ha tenido un rápido desarrollo,
aunque las dificultades internas relativas a su forma jurídica
(es decir, como obra propia de la Sociedad de San Pablo o
instituto secular) condujeron a los miembros de Brasil a
abandonar en bloque el instituto (en 1991) y a
constituir uno nuevo, para cuya aprobación como instituto
secular, la Congregación para los institutos de vida
consagrada y las sociedades de vida apostólica concedió su
aprobación en marzo de 1996. Actualmente el instituto Virgen
de la Anunciación cuenta con unos cuatrocientos miembros.
d) Santa Familia. En el estatuto aprobado en 1960 para los
institutos agregados estaba previsto, según las normas
entonces vigentes para los institutos seculares, que, como
miembros en sentido amplio de la asociación, pudieran
figurar los casados, con un reglamento apropiado que el
superior general de la Sociedad de San Pablo mandaría
elaborar. En la práctica, no se preparó ningún reglamento y no
parece que haya habido parejas de esposos agregadas a la
Sociedad de San Pablo mientras vivía el Fundador. Más tarde,
después de la muerte del P. Alberione, en el estatuto aprobado
en 1977 para los institutos agregados, no se mencionó a los
casados, que para entonces habían alcanzado ya un
desarrollo nada indiferente, habían adquirido su autonomía, e
incluso habían redactado un estatuto propio a partir de 1972.
En 19S2 el nuevo estatuto del instituto Santa Familia fue
aprobado por la Congregación para los religiosos y los
institutos seculares, precisando al mismo tiempo que
el instituto estaba agregado a la Sociedad de San Pablo y
había sido fundado en 1963. En 1993 el estatuto obtuvo la
aprobación definitiva. Actualmente el instituto Santa Familia
cuenta con unos dos mil miembros, la mayoría de ellos en
Italia, y el resto distribuidos en varias naciones (Argentina,
Venezuela, Colombia, Estados Unidos, España, etc).
IV. La «Familia Paulina». En el sentido de una multiplicidad de
institutos autónomos, la expresión «Familia Paulina» aparece,
en los textos paulinos sólo a partir de 1943, lo que significa,
consiguientemente, que el P. Alberione no tuvo, desde el
comienzo la visión clara de todos los institutos que después
iba a fundar.
Teniendo en cuenta sus diversas orientaciones apostólicas, el
Fundador se preguntó qué tenían en común los institutos
paulinos, y -reconociendo que la unión de todos ellos en una
única institución sólo provocaría desorganización y continuos
sufrimientos- respondió que la base común a todos ellos era el
mismo espíritu paulino (con referencia al apóstol Pablo) y la
misma devoción a Jesús Divino Maestro, camino, verdad y
vida, dando un rol especial -el de «nodriza» (es decir, ayuda,
guía, apoyo espiritual y moral, aunque sin ningún vínculo
jurídico)- a la Sociedad de San Pablo, con
respecto a todos los institutos de la Familia Paulina («Existe
separación en el gobierno y la administración, pero la Pía
Sociedad de San Pablo es nodriza...»: Las abundantes
riquezas..., n. 35).
Federaciones de los Iastitutos de vida consagrada y
de Sociedades de vida apostólica. Respondiendo a la
invitación del primer Congreso general de los Estados de
perfección, reunido en diciembre de 1950, en casi todas las
naciones se constituyeron las Conferencias o Consejos de
Superiores Mayores. Estas conferencias tienen sus propios
estatutos, aprobados por la Santa Sede, que es quien las
erige. Son, por lo tanto, organismos de derecho pontificio
integrados por los superiores y superioras mayores de los
institutos establecidos canónicamente en un país. Su finalidad
es la promoción y animación de la vida religiosa, respetando el
espíritu, la autonomía y las formas propias de cada instituto.
En España (CONFER) comprende los institutos religiosos, de
derecho pontificio y diocesano, a excepción de los monasterios
autónomos de religiosas contemplativas y algunos de
religiosos. El órgano directivo supremo es la Asamblea
general, en la que participan todos los miembros; el órgano
directivo ordinario es la Junta directiva constituida por el
presidente, el vicepresidente y diez vocales elegidos por la
Asamblea. Existen delegaciones territoriales y diocesanas.
Sus estatutos fueron aprobados el 8 de diciembre de 1953 y el
18 de noviembre de 1994. Se dan también asociaciones
sectoriales, como la Federación Española de Religiosos de
Enseñanza (FERE), erigida el 10 de abril de 1957, y la
Federación Española de Religiosas y Religiosos Sanitarios
(FERS), erigida el 18 de noviembre de 1988.
Existen también Uniones mundiales (de Superiores y
Superioras Generales) y Continentales (en América Latina y
Europa).
El 23 de mayo de 1974 la Congregación para los Institutos de
vida consagrada y las Sociedades de vida apostólica atribuyó
personalidad jurídica a la Conferencia Mundial de Institutos
seculares (CMIS). en España Conferencia Española de
Institutos Seculares (CEDIS).
FFRF ^Federaciones de los Institutos de vida consagrada y de
Sociedades de vida apostólica.
FERS ^Federaciones de los Institutos de vida consagrada y de
Sociedades de vida apostólica.
Filipenses. Se conocen con este
calificativo al menos dos congregaciones femeninas: las
Filipen- ses Misioneras de la Enseñanza (RF). que fueron
fundadas en Mataró (Barcelona) el II de julio de 1858, por los
hermanos Marcos y Gertrudis Castañer, y que están
comprometidas con varias formas de actividad en la
renovación cristiana de la sociedad; y las Filipenses Hijas de
María Doloroso (FMD), que tuvieron origen gracias al celo
apostólico del P. Francisco García Tejero, quien, con la
colaboración de Dolores Márquez Romero, dio comienzo en
Sevilla, el 22 de julio de 1859, a la fundación del instituto,
dedicado a la reeducación de la juventud.
Fossores de la Misericordia
(Hermanos). Instituto laical nacido en Guadix (Granada), en
1953, por inspiración del ermitaño Fray José María de Jesús
Crucificado Fossores Garcia. Prestan su servicio en los
cementerios, practicando la obra de misericordia de enterrar a
los muertos, cultivando la fe y la esperanza cristiana en la
resurrección.
Franciscanas. Además de la Segunda Orden franciscana
(Clarisas ^Franciscanos), ha ido surgiendo, sobre todo en los
últimos siglos, una serie innumerable de congregaciones
inspiradas en el espíritu de san Francisco de Asís, con
diversas actividades educativas, asistenciales y misioneras.
Entre ellas están: las Franciscanas Hospitalarias de Jesús
Nazareno (/"Hospitalarios); las Franciscanas de Dillingen
(Alemania), congregación que tuvo origen en 1241, a partir de
un grupo de jóvenes; las Franciscanas Misioneras de la Madre
del Divino Pastor (FDPM), fundadas en 1850, en Ripoll
(Girona) por la Beata María Ana Mogas Fontcuberta; también
en 1850 y en Ripoll (Girona) nacieron por iniciativa del
franciscano, Beato P. José Tous Soler, las Capuchinas de la
Madre del Divino Pastor (CDPM). dedicadas a la
evangelización de niños y jóvenes; las Franciscanas de la
Sagrada Familia de Mallersdorf (1855); las Franciscanas Hijas
de la Misericordia (FHM), fundadas en Mallorca (Baleares), el
14 de septiembre de 1856, por Gabriel y Concepción Ribas;
las Franciscanas de la Inmaculada Concepción, que nacieron
por iniciativa de la M. Marie de la Croix en Macornay-Jura
(Francia) en octubre de 1857; las Franciscanas Misioneras de
la Inmaculada Concepción, fundadas por María Ana Rave
Barrera, el 30 de octubre de 1859, en La Garriga (Barcelona);
las Franciscanas del Espíritu Santo (de Monlpellier), cuya
fundadora fue la M. Francisca del Espíritu Santo (SaintChinian, Francia, 19 de marzo de 1861); las Franciscanas de
Seillón, congregación
fundada en 1867, en una antigua cartuja de Seillón, cerca de
Bourg-en-Bresse (Francia), por Juan María Griffon; las
Franciscanas Hospitalarias de la Inmaculada Concepción
(CONFHIC), del P. Raimundo Dos Alijos Bei- ráo y la Beata M.
María Clara del Niño Jesús (Lisboa, 3 de mayo de 1871); las
Franciscanas de la Inmaculada Concepción (HFIC), fundadas
en México el 13 de agosto de 1874, por fray José del Refugio
Morales; las Franciscanas Alcantarillas (FA), que nacieron en
Napóles (Italia) también en 1874, por obra de D. Vicente
Garguilo; las Franciscanas de la Inmaculada, fundación de
Beata Francisca de la Cruz Pascual en Valencia (27 de febrero
de 1876), a partir de un beaterío existente ya antes del siglo
XIII; las Franciscanas Misioneras de María (FMM), fundadas
por Beata Madre María de la Pasión Chappotin de Neuville, en
Cotacamund (India), el 6 de enero de 1877; las Franciscanas
de la Furísima Concepción (RRFFPC), de Beata Francisca de
Paula Gil Cano en Murcia (5 de noviembre de 1879); las
Franciscanas Misioneras de la Natividad de Nuestra Señora
(FMN), conocidas también como Darde- ras, por su inspirador
Francisco Darder, que fueron reconocidas como congregación
gracias a la acción de la M. Isabel Ventosa en 1882; las
Franciscanas de los Sagrados Corazones fundadas en
Antequera (Málaga) el 8 de marzo de 1884. por la Beata M.
Carmen González Ramos; las Franciscanas de Nuestra
Señora del Fuen Consejo (FBC), fundación de la M. María
Teresa de Jesús Rodón en Astorga (León) en 1896; y las
Clarisas Franciscanas Misioneras del Santísimo Sacramento
(CFMSS), que nacieron el I de mayo de 1898 en Bertinoro-Forli (Italia), por iniciativa de la Beata Madre M. Clara Serafina
Farolfi.
Franciscanos. Las tres familias autónomas de que se
compone la rama masculina de la Orden franciscana son; la
Orden de los Hermanos Menores (Ordo Fra- trum Minorum,
OFM), la Orden de los Hermanos Menores Conventuales
(Ordo Fratrum Minorum Conventualium, OFMConv), y la Orden
de los Hermanos Menores Capuchinos (Ordo Fratrum Minorum
Cappuccinorum, OFM- Cap). La rama femenina (o Segunda
Orden Franciscana) toma el nombre de santa Clara de Asís;
Orden de Santa Clara (Ordo Sanctae Cíarae, OSC). Todas
estas órdenes se remiten a san Francisco y viven según su
regla o, en el caso de las Clarisas, según la regla de santa
Clara. Signo de esta común pertenencia es el ^cíngulo blanco
que llevan sobre el hábito, que es bastante diverso entre una
familia y otra. A la Orden franciscana pertenecen también las
congregaciones autónomas, masculinas y femeninas de la
Tercera Orden Regular de san Francisco (Terciarios).
/. Francisco de Asís y su fraternidad. Los orígenes de la Orden
están estrechamente vinculados a las vicisitudes biográficas
de san Francisco de Asís (1181/1182-1226). En torno al año
1205 el hijo del comerciante vivió una experiencia de
conversión que lo condujo a retirarse a la soledad para vivir
mejor los ideales evangélicos de pobreza y penitencia, y lo
llevó a descubrir como nueva tarea suya la reconstrucción de
una pequeña iglesia en ruinas y la asistencia a los leprosos.
Fue una conversión sensacional, que puso a Francisco en
situación de enfrentamiento con su familia. En el año 1206,
tras un proceso que tuvo lugar ante el obispo de Asís,
Francisco se liberó de los vínculos de la familia. Dos años más
tarde, el 24 de febrero de 1208, la lectura evangélica de
aquellos días (Mt 10,7-14) lo iluminó sobre el camino a
recorrer. Mientras tanto, se le unieron los primeros
compañeros. Las palabras de Mi 19,21; Le 9,3 y Mt 16,24 le
ofrecieron posteriores orientaciones acerca de esa «vida
según el Evangelio» que pretendía llevar junto con sus
compañeros. Probablemente en la primavera de 1209 acudió a
Roma para presentar al papa Inocencio III su «forma de vita»,
«y el señor Papa la confirmó» (Testamento, 15). Esta primera
regla no se ha conservado, pero es la que caracterizó la vida
de la primitiva comunidad, que los años siguientes creció
rápidamente en número. Francisco ensalzó el evangelis- mo
pauperista, subrayó la penitencia («penitentes de Asís») y optó
por las personas social mente marginadas («hermanos
menores») viviendo todo ello como iluminación de Dios («y el
mismo Altísimo me reveló...», Testamento\ 14). Esta forma de
vida debe encuadrarse en los movimientos religiosos del
tiempo, que tuvieron en Francisco y su fraternidad el más
abierto representante y su expresión más germina. Sin
embargo, a este estilo de vida, Francisco añadió la plena y
confiada fidelidad a la Iglesia. a cuya autoridad se abandonaba
con corazón de niño. A ella confió su comunidad apenas
comenzó a crecer. El año 1214 o 1215 el cardenal Ugolino se
convirtió en protector de la fraternidad. Después del 1215 se
vio la necesidad de reelaborar con mayor claridad aquella
forma de vida. El trabajo se prolongó por largo tiempo, hasta
que, en 1219 se consiguió finalmente el texto de una segunda
regla (la denominada Regla no bulada).
El largo texto (23 capítulos), lleno de citas bíblicas y de
estímulos ascéticos y espirituales, refleja muy bien la
personalidad de Francisco y de sus intenciones. En los años
siguientes fue nuevamente reelaborado y notablemente
acortado, hasta llegar a la tercera regla (Regla bu luda), que
comprendía sólo doce capítulos. En esta nueva forma, el texto
fue aprobado por el papa Honorio III el 27 de noviembre de
1223 como regla definitiva. A partir de 1220/1221, Francisco
se fue apartando cada ve/ más del gobierno de su comunidad,
confiándola a «vicarios». El primero fue Pedro Cattani; luego, a
partir de 1221, Elias de Asís (o de Cortona). A pesar de ello,
Francisco permaneció fiel a su vocación y a su misión y quiso
que estas se realizaran en su Orden. Su Testamento, escrito
poco antes de morir, es el conmovedor testimonio de esta
fidelidad y, al mismo tiempo, una llamada de atención a su
comunidad para que permaneciese fiel al camino que él le
había marcado: «Como el Señor me ha concedido decir y
escribir la Regla y estas palabras con sencillez y pureza, así,
simplemente y sin comentario, debéis comprenderlas y
santamente observarlas hasta el fin» (Testamento, 39). La
devoción a Cristo, de rasgos acentuadamente ascéticos y
contemplativos, tuvo plena expresión cuando Francisco recibió
los estigmas en el monte Alver- nia, en septiembre de 1224. El
3 de octubre de 1226, Francisco murió en la Porciúncula,
cerca de Asís. Dos años más tarde, el 16 de abril de 1228, fue
canonizado por el papa Gregorio IX. Por esa misma época
comenzaron los trabajos para la construcción de la gran
basílica de Asís, erigida sobre su tumba.
2. De la fraternidad a la Orden mendicante. Gracias a su
personalidad carismática, Francisco había constituido su
fraternidad de acuerdo con su modo personal de entender el
seguimiento de Cristo: «Advierto y exhorto a todos los
hermanos...» (Regla bulada, 2.18). «Ordeno firmemente a
todos los hermanos...» (Regla bulada, 4,1). «Mando
firmemente a todos los hermanos...» (Regla bulada. 11,1). La
misma ausencia de compromisos se encuentra cuando él
confía a sus hermanos a la guía y tutela de la Iglesia (Regla
bulada, 12,3; Testamento, 33). Esos primeros años, cuando la
fraternidad vivía en contacto directo con Francisco, eran
suficientes los vínculos personales. La comunidad aceptaba
laicos y clérigos sin distinción. Los hermanos trabajaban
manualmente, cuando podían hacerlo, ofrecían diversos
servicios, prefiriendo la asistencia a los leprosos, y anunciaban
de manera sencilla la palabra de Dios. El trabajo debía
proporcionarles el sustento necesario y sólo se les permitía
mendigar en caso de necesidad, cuando el trabajo realizado
no era suficiente. No existía forma alguna
de propiedad, ni personal ni comunitaria. y les estaba
estrictamente prohibido aceptar dinero {Regla no bulada, 8;
Regla bulada, 4). Al principio la fraternidad permaneció
circunscrita a la región de Umbría, pero después se difundió a
las regiones de alrededor. sobre todo a la Marca Anco- nitana,
y ya alrededor de 1216 los Hermanos Menores estaban
extendidos por toda Italia. Un año más tarde en el mapa
franciscano aparecieron también Francia. España, Alemania y
Palestina. La difusión exigía medidas organizativas y
estructurales. El primer paso fue la división regional de la
Orden en ^provincias, por lo que las fundaciones conventuales
existentes en un determinado territorio formaron una unidad
territorial (en 1217 las provincias italianas eran ya seis). Los
hermanos de cada provincia constituida de ese modo debían
reunirse todos los años para un capítulo provincial (Regla no
bulada, 16). El superior de una provincia se llamaba «ministro»
(ministro provincial), y todos ellos tenían que reunirse
anualmente, por Pentecostés, en la Porciúneula para el
capítulo general. Durante los primeros veinte años, algunas
provincias más grandes se dividieron posteriormente en
«custodias», a cuya cabeza se ponía un «custodio». Cada una
de las fundaciones o casas se llamaron «conventos», y su
superior se llamaba ^«guardián». La división territorial
implicaba una estructura jerárquica: guardián, custodio,
ministro provincial. capítulo provincial, ministro general y
capítulo general. A los superiores no se les dio ninguno de los
títulos usados en aquel tiempo: «Y a nadie se le llame prior,
sino que todos se llamen simplemente hermanos menores. Y
cada uno lave los pies al otro» (Regla no bulada, 6,3). Los
superiores eran elegidos por un tiempo determinado y, como
servidores de sus hermanos (ministros), cargaban con su
responsabilidad espiritual y material.
Este proceso de organización cristalizó en la elaboración de la
regla y fue mantenido enérgicamente por la curia pontificia con
la bula papal Cum secundara consi lium, 1220. A la difusión de
la Orden le siguió, desde el comienzo, su eleriealización y el
ingreso en el mundo académico. A la simple amonestación o
exhortación a la penitencia se añadió la predicación, que debía
hacerse según «la forma y las instituciones de la Santa
Iglesia» y para la que se requería el permiso de los ministros
(Regla no bulada, 17). Los hombres de cultura y los clérigos
fueron ganando prestigio y autoridad en la comunidad. tanto
más que Francisco declaró que tenía gran confianza en
aquellos (Testamento, 14; Carta a san Antonio, «que
enseñan la teología a los hermanos», del 1123/1224). Una
etapa importantísima de este desarrollo fue la llegada de los
Hermanos Menores a París, en 1219. La consecuencia de esta
evolución fue que el trabajo manual quedó relegado a un
segundo puesto y limitado a los laicos, mientras que los
clérigos se dedicaron al trabajo intelectual y espiritual. La
mendicidad se convirtió entonces en instrumento esencial para
garantizar a la Orden los medios necesarios de subsistencia.
Los Franciscanos se convirtieron así en una nueva Orden, con
grandes analogías con la de los Dominicos. Efectivamente,
constituyen las llamadas órdenes ^mendicantes, que se
distinguían notablemente de las órdenes más antiguas por su
opción de no poseer bienes, por sus actividades públicas, su
organización como fraternidad no vinculada a lugares
especiales, y su dirección centralista, aunque con elementos
democráticos.
3. Posterior difusión y controversia sobre la pobreza. A la
muerte del fundador (1226), los Hermanos Menores estaban
presentes en casi todos los países europeos. Al resto de los
países, como Irlanda, Escocia, Escandi- navia, Polonia y
Europa balcánica llegaron en los decenios siguientes. Antes
de terminar el siglo XII, también en estos países se
instituyeron nuevas provincias de la Orden, mientras que
donde la presencia franciscana era más antigua, se
organizaron aún mejor. Casi todos los conventos estaban en
las ciudades; y es que la rápida difusión de la Orden era
paralela al proceso de urbanización que se estaba llevando a
cabo en la Europa medieval, y el Fin de este proceso marcó
también el fin de la gran expansión de los Franciscanos. La
existencia de los Franciscanos (lo mismo que la de los
Dominicos) -debido a la clerical ización de la Orden y porque
sus actividades se centraban cada vez más en la pastoral-,
dependía ya de la población de las ciudades. Precisamente el
hecho de no poseer bienes y vivir como mendicantes los
impulsó hacia las ciudades, donde se les ofrecía medios de
subsistencia; por su parte, las ciudades acogían de buena
gana las nuevas órdenes, ya que los conventos de los
mendicantes eran puntos de referencia para los centros
urbanos en expansión. La opción de pobreza de la Orden
permitía que los conventos estuvieran al servicio de la vida
pública: en ellos tenían lugar reuniones, juntas de concejales y
debates judiciales; en ellos se podía acoger a los huéspedes
de la ciudad. También las iglesias, construidas en las formas
góticas propias de cada región, estaban a disposición de la
ciudad, a diferencia de las iglesias parroquiales que, con
frecuencia, pertenecían a
prelados forasteros. La población se dirigía así a los conventos
franciscanos, que realizaban una acción pastoral de
orientación personal y, mientras les garantizaba el sustento
económico, recibía a cambio oraciones de intercesión.
También para sus sepulturas, las familias de la ciudad
preferían las iglesias y cementerios pertenecientes a los
conventos de los mendicantes. La ciudad medieval vio
realizado en ellos, según sus obligaciones y necesidades, el
antiguo ideal monástico.
Cuando los Franciscanos llegaban a las ciudades
universitarias, establecían rápidamente vínculos con los
centros de estudio que allí hubiera: esto se dio sobre todo en
Italia, Francia e Inglaterra. A su vez, el ambiente académico
influyó en la Orden; junto con los Dominicos, también los
Franciscanos se convirtieron en una de las ordines studentes. La preparación para la actividad pastoral se realizaba
mediante una formación de carácter metódico y científico, y
para ello la Orden erigió casas propias o «centros de
estudios». En Alemania los centros franciscanos de Colonia y
Erfurt pueden considerarse como el embrión de las
universidades de estas ciudades. La difusión y el desarrollo de
la Orden se vieron apoyados por el interés y la benevolencia
de los papas.
Contra la voluntad del fundador (Testamento, 30-32), los
Hermanos Menores consiguieron de los papas algunas cartas
de protección, que atestiguaban su ortodoxia y que
desescombraron el terreno de posibles obstáculos para su
difusión. Este tipo de colaboración facilitó la expansión
franciscana, pero suscitó las resistencias del clero y los
obispos. Fue sobre todo el papa Gregorio IX quien, como
protector de los Hermanos Menores, trató de zanjar. con su
autoridad, las dificultades e incertidumbres que comenzaron a
sentirse dentro de la Orden. Con la bula Quo eíonga- ti, del 28
de septiembre de 1230, negó el carácter vinculante del
Testamento de san Francisco y estableció que todas las casas
de la Orden y lo que los hermanos necesitaban para vivir y
trabajar fueran propiedad de la Santa Sede. A los hermanos se
les concedía el «simple uso» (usus simples). De ese modo
quedaba a salvo la pobreza de la Orden, querida por
Francisco, y al mismo tiempo se sancionaba una situación de
hecho. Un año después, con la bula Ni mis iniqua, del 21 de
agosto de 1231, el papa sometió directamente a la Santa Sede
a los Franciscanos; sólo la fundación de nuevos conventos y la
predicación pública siguieron dependiendo del consentimiento
de los obispos.
Estas primeras declaraciones de los papas a propósito de la
regla se proponían conciliar la fidelidad a los orígenes con la
evolución de la Orden, la voluntad del fundador con las
necesidades que nacían de los compromisos asumidos en el
plano social y pastoral; por lo demás, la Orden misma asumió
estos retos. En 1239 un capítulo general elaboró una
explicación de la Regla (Constituciones) que, dejándola
inalterada en el texto, se propuso como su interpretación
vinculante.
La colaboración con ciudades, universidades y curias, y la
nueva imagen que, a causa de ella, la Orden iba adquiriendo,
no tuvieron dentro de la misma Orden un consenso unánime.
Sobre todo en Italia se dejó oír bien pronto la protesta de
quienes pedían el retorno a la voluntad original del fundador y
a la vida según la regla, interpretada literalmente y «sin
explicaciones». Punto de partida de la protesta fueron los
pequeños conventos de la Marca Anconitana. Contra estos
«celosos», la dirección de la Orden tomó las primeras medidas
ya antes de 1250. Los miembros de este grupo se
denominaron «Espirituales», porque pedían «observar
espiritualmente la regla» (Regla bulado, 10). A mediados de
siglo comenzaron a relacionar su modo de entender la
experiencia franciscana con las ¡deas de Joaquín de Fiore
(1130- 1202), defendiendo que en Francisco y en su vida de
fidelidad a la regla se habían realizado algunas profecías de
aquel autor. Pero de esta forma pusieron en peligro sus
ideales de reforma. San Buenaventura, general de la Orden
desde 1257 hasta 1264, trató de hacer justicia a esta
evolución. En su biografía de Francisco (Legenda maior) de
1260, determinó la imagen oficial de la Orden franciscana. En
sus escritos, san Buenaventura se remitió a las explicaciones
que los papas habían dado a la regla, tratando de armonizar la
evolución de la Orden con las intenciones del fundador.
Defendió la actividad pastoral y el estudio, no sólo de los
ataques que procedían de dentro, sino también de los que
procedían del clero secular. En las Constituciones de Narbona
(1260) recogió las deliberaciones de organización y las
medidas disciplinares emanadas hasta entonces. Con
respecto a los Espirituales y su doctrina se mostró inexorable;
no obstante, no consiguió ganarlos para su exigente
pragmatismo. Hacia finales de siglo, ellos retomaron la
iniciativa con renovado vigor a través de la obra de Pedro Juan
Olivi (t 1298), Ubertino da Cásale (t 1329) y Angel Clareno (f
1337). Rechazaron decididamente la praxis de san
Buenaventura, que en 1279 había sido convalidada por el
papa Nicolás III con la bula Exiit qui seminat, y pretendieron
ampliar a toda la
Iglesia la exigencia de pobreza de la Orden, queriendo
obligarla a vivir la misma pobreza de Jesús y los apóstoles. La
controversia de la pobreza afectó entonces a toda la Iglesia. Ni
siquiera las decisiones de los pontífices, como es el caso de la
bula Ex ivi de jm- radiso, de Clemente V, en 1312, lograron
aplacar la polémica. Juan XXII (1316-1334) condenó a los
Espirituales en 1317 y en 1323, y declaró herética su tesis,
según la cual Cristo y los apóstoles habían vivido en pobreza
absoluta. Las consecuencias de la controversia afectaron a
toda la historia de la Iglesia. La Orden salió de la polémica
fuertemente dañada, los Espirituales se sometieron. y muchos
vivieron en la incertidumbre, aunque la mayoría de los
Franciscanos se mantuvieron firmes, apoyándose en la forma
defendida por san Buenaventura y en la más antigua
explicación (o glossa) papal de la regla («Comunidad»).
A pesar de las divisiones internas y los enfrentamientos
externos de este período, la Orden continuó difundiéndose y
llevando adelante sus numerosas actividades. Se calcula que,
al final del siglo XIII. los Hermanos Menores eran unos
cuarenta mil. Su tarea principal era la pastoral ciudadana y la
fama de algunos predicadores franciscanos superó las
fronteras de las regiones donde vivían; en Alemania, por
ejemplo, Bertoldo de Ratisbona, Conrado de Sajonia y David
de Augsburgo. La actividad pastoral estaba acompañada del
compromiso caritativo y asistencial. La actividad de enseñanza
en las universidades, que en París comenzó con Alejandro de
Hales, condujo a la formación de una corriente teológica
franciscana, cuyo mayor representante fue san Buenaventura.
Esta escuela se apropió de la tradición platóni- co-agustiniana,
asociándola a la piedad franciscana. De los maestros de este
período se ha solido hablar, en historia de la teología, como de
«antigua escuela franciscana», a la que sucedió después la
«escuela media franciscana». La «nueva escuela franciscana»
tuvo su máximo exponente en el maestro inglés Juan Duns
Scoto, fallecido en 1308 en Colonia. Los papas se sirvieron
con frecuencia de los Franciscanos para algunas misiones
específicas, como la predicación de las cruzadas, la lucha
contra la herejía y la inquisición. En su regla, Francisco había
aludido a «aquellos que quieren ir a los sarracenos y los
demás infieles» (Regla bulada, 12). La Orden tuvo sus
primeros mártires en Marruecos, ya en 1220. Los Franciscanos
sintieron siempre como cometido especial suyo la misión
entre los musulmanes de Oriente Medio y Africa septentrional.
Un interés especial lo han dedicado
los Franciscanos a Tierra Santa, adonde el mismo Francisco
había acudido en 1219 y donde, desde entonces, han
trabajado. Algunos llegaron hasta el Extremo Oriente como
legados pontificios: Juan de Pian Carpí no, en 1246: y en 1307
el franciscano Juan de Montecorvino fue nombrado arzobispo
de Pekín.
4. Conventuales y Observantes. La eliminación de los
Espirituales y el reconocimiento de la Comunidad, a
comienzos del siglo XIV, no borraron el recuerdo de la
intención original del fundador. Pequeños grupos se atuvieron
a una observancia más estricta de la regla (strictioris re- gulae
observantia), apartándose de la explicación que los papas
habían dado de ella. Descubrieron de nuevo el valor de la vida
eremítica y abandonaron las ciudades, apoyándose en que
Francisco, entre 1217/1218 y 1221, había escrito una regla
para «los hermanos de los yermos». En Italia, grupos de estos
aparecieron hacia el año 1350; poco después tocó el turno a
España y. a finales de siglo, a Francia. Desde el punto de vista
de la historia de la Orden se les denominó «movimiento de la
Observancia», con una terminología que recogía una
tendencia presente entonces también en otras muchas
órdenes. De ese modo nacía en la Orden un grupo propio, que
reivindicaba una mayor fidelidad a los
orígenes. Los «Observantes» eran una minoría, mientras que
la mayoría se mantenía dentro del camino recorrido hasta
entonces, que llevó a la Comunidad al conventualismo.
Acontecimientos decisivos, como la guerra de los Cien años
(1339-1453), el cisma de Occidente (1378- 1418) y la peste
(1348-1350) golpearon duramente a esta parte de la Orden.
El debilitamiento de este grupo, acompañado de la
desaparición de algunas de las razones de su presencia en las
ciudades, se tornó en ventaja del movimiento de Observancia.
En el siglo XV confluyeron en él personalidades significativas
como Bernardino de Siena (1402), Juan de Capistrano (1414),
Alberto de Sarteano
(1415) y Santiago de la Marca
(1416) . Hábilmente reivindicaron para sí el papel de herederos
fieles de san Francisco, acusando a la Comunidad de laxismo
y traición de los ideales originales; además, retomaron la
predicación itinerante en uso en los primeros tiempos del
franciscanismo. En sus intervenciones desde el pulpito
fustigaron los abusos sociales de su tiempo, y para salir al
paso de las necesidades de los más pobres, fundaron los
«montes de piedad» (montes pietatis), para la concesión de
préstamos contra prendas, que se difundieron sobre todo en
Italia. Para apoyar a los pequeños agricultores instituyeron los
«graneros públicos» (montes frumentarii). Los Observantes
consiguieron pronto el apoyo de prelados y nobles, y con su
retorno a la pobreza franciscana, a una devoción próxima a la
sensibilidad del tiempo, su fervor pastoral y su compromiso
social, aparecieron a la opinión pública como los mejores
franciscanos, ganándose así el aprecio y el apoyo de muchos.
En el siglo XV, en todas las órdenes religiosas surgieron movimientos reformistas, que los Observantes asumieron. A la
Comunidad, que por otro lado no estaba cerrada a las
reformas, se le negó este reconocimiento. Los Observantes
consiguieron un primer éxito significativo en el concilio de
Constanza, en 1415, donde los Observantes franceses
consiguieron el permiso de elegir un superior propio
(commissahits). Este seguía sujeto a la autoridad del ministro
general de toda la Orden, pero de hecho había nacido una
Orden dentro de la Orden, más aún si se tiene en cuenta que
también en los demás países a los Observantes se les
concedió la autonomía. De ese modo la unidad de la Orden
quedó fuertemente comprometida y las relaciones entre
Conventuales y Observantes llegaron a ser generalmente
hostiles. Algunos intentos de reconstruir la unidad de
organización no tuvieron éxito. La fallida reforma de los
Conventuales, capaz de satisfacer las exigencias de los
Observantes, condujeron a estos últimos a fundar nuevos
conventos en las ciudades, lo que provocó choques entre los
dos grupos franciscanos. Otra solución fue la concesión de
conventos de los Conventuales a los Observantes, cosa que
no raramente aconteció con la ayuda de poderes seculares.
como por ejemplo en Ulm, en 1484, y en Friburgo, en Brisgovia, en 1515. Gracias a la superioridad numérica y al
reconocimiento de que gozaba, la Observancia llegó a asumir
la guía ca- rismática del franciscanismo, mientras los
Conventuales perdían terreno por doquier. El 29 de mayo de
1517, el papa León X, con la bula Ite vos in vineam meam
decidió la separación definitiva de los dos grupos; la herencia
franciscana se dividía en dos órdenes autónomas: los
Observantes (Ordo fratnon mino- non o regularis observantiae)
y los Conventuales (Ordo frat rom minarían Conventualium).
En tal decisión fue evidente la preferencia por los
Observantes. Incluso desde el punto de vista estadístico eran
la mayoría: 30.000- 32.(KK) los Observantes y 2().(XX)25.(XX) los Conventuales. La bula papal se denominó «bula de
unión», a pesar de que con ella se ratificaba la división entre
los dos grupos, porque algunos pequeños grupos reformistas,
que se
remontaban al siglo XV, se incorporaron a la nueva Orden de
los Observantes.
5. Nuevos retos desde fuero y desde dentro. A partir de 1517,
la historia de los Franciscanos debe escribirse teniendo en
cuenta las dos Órdenes. En efecto, en las dos permaneció
como determinante el vínculo con san Francisco de Asís y los
orígenes franciscanos; para ambas quedó como inquietante
«aguijón» la cuestión de la fidelidad a la regla. Las historias de
las dos Órdenes están igualmente marcadas por impulsos
reformistas, por reformas logradas y fallidas: ordo semper rejo
míandus. Inmediatamente después de la separación, las dos
Órdenes se encontraron ante un nuevo desafío que llegaba de
fuera: precisamente el año 1517. tan importante para la
historia de los Franciscanos, el ermitaño agustino Martín
Lutero dio comienzo a su reforma de la Iglesia. Esta aportó
cambios decisivos al mapa religioso europeo, borrando la
presencia franciscana en los países donde se impuso el
protestantismo. Martín Lutero había tomado posición explícita
con respecto a la forma de vida franciscana durante una
disputa mantenida en 1519, en Witten- berg, en la que
demostró no comprender en absoluto la verdadera naturaleza
del evangelismo franciscano. En los países donde se difundió
la Reforma, los
acontecimientos sucesivos pusieron a dura prueba tanto a
Conventuales como a Observantes.
La línea oficial seguida por las Órdenes fue la de rechazo del
protestantismo; sin embargo, en los diversos países, las
decisiones y comportamientos de los individuos, con
frecuencia dependían realmente de las circunstancias
inmediatas, de la opción de principios o del paso de una
ciudad de una confesión a otra. Los Franciscanos, tanto
Conventuales como Observantes, fueron a menudo
expulsados de las ciudades que se pasaban a la Reforma, ya
que en ellas no cabían conventos ni monasterios. De ambas
Órdenes surgieron decididos y autorizados opositores de
Lutero: el conventual estrasburgués Tilomas Murner, los
observantes Augustín von Alveldt. Nikolaus vori Herborn.
Gaspar Schatzgeyer y otros; pero también entusiastas
defensores de Lutero. Durante las luchas político-religiosas
que laceraron Suiza, Francia, Holanda, Inglaterra, Escocia,
Irlanda y Escandinavia, numerosos franciscanos murieron
mártires, y ambas Órdenes padecieron graves pérdidas
territoriales y personales, pero ambas se pusieron también al
servicio de la reforma eclesial. colaborando en el esfuerzo de
reconstrucción solicitado por el concilio de Tiento.
Durante el siglo XVI. un movimiento reformista iniciado entre
los Conventuales desembocó en el nacimiento de los
Conventuales Reformados, que en muchos aspectos estaban
próximos a los Observantes y eran sensibles a una
reunificación de la Orden. En la península Ibérica se llegó
concretamente a la unión de Conventuales Reformados y
Observantes en 1566/1567. En Italia tuvieron el apoyo del
papa Sixto V (1585-1590), que también era conventual, pero
durante el siglo XVII algunos grupos reformistas de
Conventuales fueron reprimidos en la península italiana. Hasta
Urbano VIII (1623-1644) no se logró un definitivo
esclarecimiento de la esencia del conventualismo. Nuevas
constituciones, que llevaron el nombre de este papa, las
Consti- tutiones Urbanae, de 1628, marcaron a los
Conventuales el camino para llevar a cabo el ideal franciscano.
Los Observantes, privilegiados por la decisión pontificia de
1517, se vieron afectados, sin embargo, por nuevos
movimientos reformistas, por lo que la regularis observantici,
oficialmente apoyada y reconocida, se puso nuevamente en
cuestión. La respuesta a estas demandas fue amplia y variada
dentro de la Orden. Ya en el siglo XV se dividió en una familia
cismontana (Italia, Austria-Hungría y Polonia) y otra
ultramontana (España, Francia, Alemania, países de la Europa
septentrional y América). Esta bipartición de tipo territorial, y
más aún política, condicionó la historia de los Observantes en
la era moderna. Los movimientos reformistas quedaron
circunscritos a cada una de las familias y, por lo tanto,
relegados a los límites de cada nación y vinculados a intereses
particulares. Se llegó así a la introducción de los denominados
comisarios nacionales o comisarios generales, que en 1526
eran uno para España, otro para Francia y otro para Alemania
junto con Flandes.
Estas concesiones en el campo de la organización
constituyeron una grave y constante amenaza para la unidad
de la Orden. Con todo, fue capaz de acoger los impulsos de la
reforma católica y sus comunidades se nutrieron de ella,
pudiendo, a su vez, ejercer un influjo positivo en toda la
Iglesia. En España nació en el siglo XV un nuevo movimiento
eremítico que dio origen, después de 1517, a una rama
reformada autónoma de la Orden: los Discalceati (Descalzos),
llamados también Alcantarinos, por san Pedro de Alcántara
(1499- 1562), uno de los consejeros espirituales de santa
Teresa de Jesús. Fue él, efectivamente, quien dio una
impronta concreta a la reforma, difundiéndola por toda la
península Ibérica. Los Alcantarinos dependían del general de
la Orden, pero tenían un vicario general propio, constituciones
propias e incluso una espiritualidad propia, profundamente
vinculada a la espiritualidad española del siglo XVI. Esta rama
autónoma de los Observantes se difundió en España y
también en América y en Extremo Oriente.
El mismo tipo de desarrollo se dio también en Italia: pues
también allí había fuerzas reformistas, que impulsaban a la
autonomía. El movimiento que tuvo más éxito fue el que
condujo a la formación de la Orden de los Hermanos Menores
Capuchinos (v. infra). Todos los demás grupos reformistas se
unieron, en cambio, a la rama de los Reformados, que
consiguieron el mismo grado de autonomía ya concedido a los
Alcan- tarinos, aunque permanecieron circunscritos a la familia
cismontana y a su territorio.
En las provincias no españolas de la familia ultramontana, la
reforma no se organizó hasta finales del siglo XVI; en ellas los
Observantes reformados se llamaron /"Recoletos. A esta
reforma pertenecieron también las provincias alemanas, a
excepción de la bávara, que se había unido a los Reformados
italianos. Junto a la regular Observancia, se habían formado
así tres grandes grupos, dotados de amplia autonomía, que
defendían celosamente sus características peculiares, entre
ellas la diversa forma del hábito religioso.
6. Múltiples actividades. Las diferencias afectaban sobre todo
al estilo de vida dentro de los conventos, mientras que las
actividades externas que llevaban a cabo las diversas familias
de Observantes y Conventuales eran más bien semejantes
entre sí. Las formas devocionales de la época barroca, con
sus específicos caracteres nacionales, fueron apoyadas y
difundidas por los Franciscanos. Entre ellas, la piedad
cristocéntrica, expresada a través del pesebre y la cruz (Via
crucis); la adoración eucarística; la devoción al Sagrado
Corazón; la devoción mariana (la Inmaculada Concepción, el
/"rosario franciscano de los siete gozos de María). De los
Jesuítas asumieron la práctica de los ejercicios; por lo demás,
los Franciscanos trabajaron junto a ellos en las misiones para
el pueblo. En los países y territorios de la Reforma protestante
se abrió un nuevo campo de trabajo; por eso en Inglaterra y
Alemania los Franciscanos se implicaron activamente en la
obra del retorno al catolicismo, donde las circunstancias lo
permitieron.
Todas las ramas franciscanas se vieron especialmente
involucradas en la misión de ultramar. La libertad de iniciativa
era en todo caso bastante limitada ya que, por una parte, las
misiones eran entonces cometido de la autoridad central de la
Iglesia (en 1622 fue instituida la Congregación de Propaganda
Pide) y, por oirá, era un asunto nacional, ya que el derecho de
patronato de las coronas portuguesa y española comprendía
también el derecho de enviar misioneros. Los reyes de
Portugal tenían competencia en las costas africanas, India y
Extremo Oriente; los de España, en América. Los reyes
enviaron al principio Franciscanos procedentes de sus
territorios, a los que después pudieron unirse también
Franciscanos de otras provincias. Los misioneros trabajaban
como comparsa de los conquistadores. Por ese motivo su
libertad de acción, respecto a una evangelización atenta a los
derechos del hombre y a la defensa de su dignidad, fue más
bien limitada. Los comienzos de la presencia eclesial en
América central y meridional están, en todo caso, ligados a la
actividad misionera de los Franciscanos. Desde 1532 se
nombró un vicecomisario general, con sede en Sevilla,
encargado de vigilar el paso de ida y vuelta de los
Franciscanos. de ayudarles en sus tramitaciones ante las
autoridades, etc. Para atender mejor al gobierno de provincias
tan distantes, el general de la Orden, a propuesta de Felipe II,
dispuso la creación de un comisario general para Indias, con
sede en Madrid (1572). Algunos de sus conventos e iglesias,
construidos en estilo colonial. se conservan aún hoy en
California. A San Junípero Serra (f 1784), que llevó a cabo la
última empresa evangelizadora, se le considera fundador de
San Francisco.
La misión en Africa negra estaba bajo el patronato portugués.
En los siglos XVI y XVII los Franciscanos fundaron misiones en
la costa africana, concretamente en Guinea, Sierra Leona,
Benin, Angola y Congo. Bajo el mismo patronato se
encontraba India, que en el año 1500 vio llegar a los primeros
Franciscanos a Goa. Estaba, en cambio, bajo patronato
español, Japón, donde los Franciscanos llegaron en 1593 y
consiguieron emprender iniciativas misioneras al sur del país;
pero a este feliz comienzo le siguió, tres años más tarde, una
sangrienta persecución. El trabajo misionero pudo
reemprenderse en 1602, pero a los diez años se desató una
nueva persecución, que puso fin a toda la actividad misionera
en Japón. Durante ambas persecuciones sufrieron el martirio
numerosos franciscanos.
En el siglo XVI, procedentes de Filipinas, los Franciscanos
llegaron, aunque por breve tiempo. hasta China, donde no
pudieron tornar hasta 1639, para abrir misiones junto con los
Jesuítas y los Dominicos. La llamada controversia de los ritos y
la persecución por parte del Estado pusieron fin, cien años
más tarde, a esta actividad misionera.
En condiciones sumamente difíciles, los Franciscanos lograron
mantener su antigua presencia en Oriente Medio. Trabajaron
incluso en territorios de la Iglesia /"ortodoxa, especialmente en
Grecia, en los Balcanes y en Rusia.
El mapamundi de entonces muestra a los Franciscanos
presentes en todas partes; con esta intensa actividad,
demostraban su vocación apostólica, por lo que la evolución
medieval hacia la comunidad clerical no volvió a cuestionarse
seriamente. Según cálculos aproximados, en la era moderna
debían ser sacerdotes unos dos tercios de los Franciscanos.
En todo caso, aproximadamente la mitad de ellos -con
oscilaciones en las distintas familias religiosas y en las
diversas provincias- estaban dedicados a la pastoral pública.
Como consecuencia, se cuidó mucho la formación sacerdotal y
los estudios; la tarea se delegó a las provincias, que. a través
de la institución de los estudiantados teológicos. situados en
conventos destinados a este fin, formaban a los «lectores».
Las autoridades de la Orden recordaron constantemente la
obligación de cultivar el saber, y las reformas de los estudios
estaban generalmente en la línea de las de las otras órdenes y
de toda la Iglesia. En la enseñanza no se olvidaba la tradición
específica de la Orden; Buenaventura y, sobre todo. Duns
Scoto fueron los maestros más seguidos. Los estudios y las
ciencias tuvieron siempre un puesto en la Orden franciscana.
Como era típico en aquel tiempo, también los Franciscanos
escribieron tratados sistemáticos (sunwuie, cursus) de filosofía
y teología, compartieron la predilección por el derecho y la
moral, reunieron material documental sobre la Orden y
estudiaron su historia. La intensa actividad misionera impulsó
a algunos misioneros a estudios de tipo histórico, etnológico y
filológico sobre los países en los que tenían su sede las
misiones. Entre los miembros de la Orden hubo también
escritores, poetas, músicos, pintores, escultores y arquitectos,
cuyas creaciones artísticas reflejaban el clima cultural y
espiritual del barroco. Pollo que se refiere a las artes
figurativas, los temas de sus obras eran predominantemente
franciscanos; la figura de san Francisco era. naturalmente, un
tema especialmente preferido, incluso fuera de la Orden. En
cambio, en la época barroca no hubo un tipo especial de
iglesia franciscana; en algunos casos, las antiguas iglesias
medievales fueron barro- quizadas; en otros se amoldaron a
las formas barrocas predominantes en las diversas regiones,
aunque no raramente se prefirió el tipo de iglesia en forma de
aula con preciosas decoraciones barrocas.
7. Una vez más: ruina y vuelta a empezar. Alrededor de 1750
la Orden franciscana alcanzó su máximo numérico, con unos
77.000 hermanos. Por lo que respecta a la vida interior y las
múltiples actividades desarrolladas, se caracterizaban por los
rasgos propios de aquella época barroca, que la misma Orden
había contribuido a plasmar. La desaparición de esta época
histórica produjo una profunda cesura en la historia de los
Franciscanos. Sin duda esto puede aplicarse a la historia de
todas las demás órdenes. En los últimos decenios del siglo
XVII hizo acto de presencia un clima adverso para las órdenes
religiosas, apoyado por fuerzas internas y externas a la Iglesia,
y los Franciscanos no resultaron inmunes. Al contrario, se
vieron especialmente afectados, entre otras cosas porque su
presencia, que a veces resultaba molesta, no podía pasar
inadvertida. No es necesario reconstruir aquí de forma
pormenorizada los acontecimientos. Las restricciones
amenazantes, impuestas por las «comisiones de reforma»
estatales a partir de 1765, la Revolución francesa e,
inmediatamente después. la secularización, cambiaron por
completo el mapa del franciscanismo. En Francia, por ejemplo.
Franciscanos, Conventuales y Capuchinos desaparecieron por
completo; lo mismo sucedió en España con las leyes de
exclaustración (1837), y en Portugal y Brasil, que entonces
dependía de Portugal, mientras que en otros países quedaba
una presencia que se iba consumiendo fatigosamente.
La Orden, en todas sus ramas, experimentaba la urgencia de
recomenzar de nuevo, lo que tuvo lugar durante el siglo XIX,
en paralelo con la restauración de la Iglesia en los distintos
países. Desde el punto de vista territorial, la reconstrucción
recuperó, fundamentalmente, la antigua división. Hacia mitad
de siglo la Orden logró entrar también de nuevo en Inglaterra,
mientras que América septentrional se abrió a los
Franciscanos como consecuencia del intenso movimiento
migratorio procedente de Europa. Cuando, a raíz del
Kulturkampf fueron suprimidos varios conventos prusianos, la
Orden buscó refugio en Estados Unidos, donde constituyó
nuevas provincias. También en América meridional, gracias a
las ayudas procedentes de Europa, se pudo encaminar,
aunque lentamente, la reconstrucción de la Orden. Mientras
tanto, la intensa política colonial de los gobiernos europeos
devolvió a los Franciscanos a los antiguos territorios de misión
(a China en 1839) y abrió otros nuevos.
En su actividad apostólica, los Franciscanos utilizaron los
instrumentos pastorales propios de
su tiempo: misiones populares, ejercicios, peregrinaciones,
prensa religiosa y, en medida creciente, la pastoral parroquial.
La industrialización y las transformaciones que se estaban
verificando en la sociedad exigían un empeño caritativo y
social más intenso. Con este fin surgieron nuevas
comunidades religiosas con la regla de la Tercera Orden
franciscana, con frecuencia fundadas por sacerdotes
pertenecientes a las órdenes franciscanas y comprometidos en
el plano social. Como congregaciones de «hermanos
franciscanos» y, en medida mucho mayor, de «hermanas
franciscanas», estos institutos retomaron el apostolado del
franciscanismo de los orígenes en medio de los pobres y
necesitados, poniendo como objetivo primario el servicio social
y caritativo, y la tarea educativa. Gracias a estas comunidades
tuvo lugar un aumento de la presencia franciscana en todo el
mundo que, en el caso de las comunidades de religiosas,
contribuyó a llevar a cabo en la Iglesia un impresionante
«catolicismo en femenino».
Con respecto al período pre- rrevolucionario, en el siglo XIX
las órdenes franciscanas tuvieron que cuidar de manera
especial la elección y formación de los nuevos candidatos.
Esta preocupación halló en los «colegios seráficos» su forma
institucional. Se
trataba de internados, con clases de enseñanza media,
instituidos a nivel provincial. En ese mismo nivel se volvieron a
organizar los estudios superiores; dentro de lo posible, cada
provincia instituía sus propios estudiantados filosó- ficoteológicos, mientras la formación de los lectores se debía
realizar preferentemente en los colegios internacionales de
Roma. Los Conventuales fundaron en 1885 su propio instituto
de estudios con reconocimiento pontificio; les siguieron los
Observantes, en 1890, y los Capuchinos en 1908. En todo
caso, los lectores consiguieron su capacitación para la
enseñanza también en universidades eclesiásticas y civiles.
A lo largo de esta dinámica fase de reconstrucción, los
Observantes estaban aún divididos en diferentes familias
(Observantes, Reformados, Descalzos, Recoletos). Hasta
León XIII (1878- 1903) no se llegó a su unificación. Por
sugerencia de la curia romana, el Capítulo general de 1895
comenzó los preparativos para la unión, elaborando unas
constituciones unitarias. El 15 de mayo de 1897 fueron
aprobadas estas nuevas constituciones, y el 4 de octubre de
1897 el papa León XIII dispuso la reunión de las cuatro
familias en la Orden de los Hermanos Menores (Ordo Fratrum
Minorum, OFM), nombrando como primer ministro general al
alemán Aloysius Lauer, fallecido en 1901. A él le tocó llevar a
cabo la unión, a pesar de las no pocas resistencias de los
Reformados italianos y los Descalzos españoles.
Con la unión se dio también un nuevo interés científico y
existencial para la historia de la Orden y para su tradición
teológica y filosófica. A un renovado conocimiento de la figura
del fundador contribuyó de manera decisiva la célebre Vida de
san Francisco de Asís, de Paul Sabatier, publicada en París en
1894. que impulsó a la Orden a un estudio más intenso y a
una mayor valoración de las fuentes relativas a la vida de san
Francisco de Asís (la denominada «cuestión franciscana»). En
Quaracchi. en los alrededores de Florencia, los Franciscanos
instituyeron un centro de estudios, con la tarea de ahondar en
los orígenes y la historia de la Orden. Entre sus méritos está la
publicación de fuentes importantes y. sobre todo, el de haber
preparado la edición crítica de las obras de san Buenaventura
y de otros importantes autores franciscanos de la Edad media.
Los Capuchinos. Poco después de la bula líe vos, de León
X, que sancionaba la separación de Conventuales y
Observantes, un nuevo movimiento reformista tuvo origen en
la Marca Anconitana. Se pedía la observancia fiel
y literal de la regla, que se concediera mayor importancia a la
dimensión eremítica y más espacio a la predicación itinerante,
además de la «vuelta al hábito original» de san Francisco
(capucha a pico, unida al hábito). Ma- tteo da Bascio, hermano
de la Observancia, pidió y obtuvo del papa Clemente Vil la
aprobación de esta peculiar reforma. Ya antes había sabido
ganarse la benevolencia de Catalina Cybo, duquesa de
Camerino y sobrina del papa, que tal vez tuvo mucho que ver
en la concesión de la aprobación, con su mediación ante el
papa. Ese mismo año los dos hermanos Ludovico y Rafael de
Fossombrone expresaron idénticas exigencias. Ante las
resistencias de su superior, se sustrajeron a la obediencia,
buscando refugio en los Conventuales y, más tarde, en los
Camaldulenses. También ellos lograron contar con la
protección de la duquesa de Camerino, pues ella fue quien
obtuvo de Clemente VII la aprobación pontificia de los grupos
reformistas con la bula Religionis zelus, del 3 de julio de 1528.
«La vida eremítica según la regla de san Francisco» se ponía
así al resguardo de los ataques de los propios hermanos de la
Observancia; había nacido la orden de los Capuchinos.
Formalmente la nueva comunidad dependía de los
Conventuales, pero en la práctica era independiente. El primer
capítulo general promulgó las constituciones en 1529.
Ludovico de Fossombrone, como vicario, se preocupó de
consolidar la joven comunidad y de organizar su difusión. Los
Observantes reaccionaron con dureza ante la nueva división e
intentaron por todos los medios recomponerla, pero la joven
Orden ya no podía detenerse; en torno a 1535 contaba ya con
unos setecientos miembros y, además, había encontrado
bienhechores poderosos e influyentes, entre ellos Victoria
Colonna, marquesa de Pescara, y otros representantes de la
alta nobleza romana. El 25 de agosto de 1536, con la bula £.vpon i vobis, el papa Pablo 111 reforzó posteriormente la
estabilidad de la Orden. Mientras tanto Matteo da Bascio había
abandonado la Orden, y Ludovico de Fossombrone fue
depuesto y apartado en 1536. El capítulo general de ese
mismo año elaboró las nuevas constituciones, en las que se
afirmaba que los Capuchinos querían observar la regla de san
Francisco literalmente y sin interpretaciones que la mitigaran,
de acuerdo con el Testamento del fundador y su misma vida.
La pobreza debía significar realmente el rechazo de toda
forma de posesión, la renuncia a las reservas y seguridades, y
la limitación a lo estrictamente necesario para la vida diaria.
Imponía también la solidaridad con los
pobres y los enfermos y, por lo tanto, la necesidad de
atenderlos realmente. El apostolado debía realizarse ante todo
a través de la predicación, y para prepararse a ella debían
promoverse estudios «santos y devotos», mientras en los
pequeños conventos debía reinar un clima de oración,
penitencia y contemplación.
La fraternidad, ya consolidada y rodeada de un prestigio
general, se encontró de nuevo ante un serio peligro cuando
Bernardino Ochino, vicario general, abandonó la Orden y la fe
católica, y acabó muriendo en Moravia en el año 1564,
después de varios años de inquieta peregrinación. El
escándalo fue tan grande, que provocó que solicitara la
supresión de la joven Orden. Pero también esta crisis fue
superada y la Orden recuperó su estabilidad bajo los nuevos
vicarios generales, Francisco da Jesi (1543- 1546) y
Bernardino d’Asti (1546-1552), que había sido ya vicario
general antes de Bernardino Ochino.
En 1550 la Orden, aunque se reducía sólo a Italia, contaba ya
con dos mil quinientos miembros, quince provincias y 105
conventos. Hasta 1574 no se concedió a los Capuchinos la
posibilidad de fundar conventos fuera de Italia. Uno de los
países más receptivos fue Francia, desde donde los
Capuchinos llegaron a Bélgica, mientras que en España, la
difusión de la Orden encontró al principio muchas dificultades,
pero se introdujo pronto; el primer convento se fundó en 1578,
en Sarria (Barcelona); de Cataluña pasaron los Capuchinos a
Valencia (1577). Aragón (1597) y Castilla (1610). En 1581
llegaron a Suiza, donde fueron llamados por san Carlos
Borromeo. En 1593 llegaron a Tirol y en el 1600 a Baviera.
Partiendo de Suiza, se fundaron después conventos
capuchinos en Alemania sur occidental y Alsacia; en 1599, en
Friburgo de Brisgovia. mientras que en 1611 los Capuchinos
belfas fundaron el con- vento de Colonia. Su rápida difusión en
toda Europa (en 1625 se habían instituido ya 42 provincias con
1.260 conventos y cerca de 17.000 miembros) atestigua la
simpatía de que estaban rodeados. Consiguieron el apoyo de
las autoridades eclesiásticas y políticas, pudiendo trabajar y
sostener sin problemas la fuerte competencia de las demás
órdenes religiosas. Su estilo de vida, sencillo y pobre, se
distinguía netamente del de las otras órdenes, incluidas las de
los Observantes y Conventuales. Gracias a su predicación y a
su disponibilidad en casos de epidemias y catástrofes, los
capuchinos se convirtieron en pastores de almas muy
apreciados y buscados. Mientras tanto, el apostolado y la
pastoral habían pasado a primer plano también entre los
Capuchinos; las misiones populares, los ejercicios, la
predicación, itinerante y estable, en las cortes, en las ciudades
y en los pueblos, se habían convertido en su terreno
predilecto. Sus conventos, generalmente a las afueras de las
ciudades, aun caracterizándose por su austeridad, seguían el
estilo y la organización de vida típicos de los monasterios
occidentales (/"monasterio). Con diferencias de tipo regional,
expresaron esa «pobreza constructiva» que, en la historia de
las órdenes religiosas, representó el último estilo
arquitectónico unitario en la construcción de iglesias y
conventos de una determinada orden.
La amplitud de actividades desempeñadas por los Capuchinos
podría documentarse a partir de la vida de muchos de ellos,
por ejemplo; san Félix de Cantalicio (t 1587), hermano
limosnero que se convirtió en «apóstol de Roma»; el general
de la Orden san Lorenzo de Brindis (t 1619), docto teólogo,
apasionado predicador, diplomático y constructor de paz; san
Fidel de Sigmaringa (t 1622), protomártir de Propaganda Fide.
Como misioneros, los Capuchinos se pusieron al servicio de la
congregación pontificia para la propagación de la fe, y
trabajaron en el Próximo Oriente, en Africa septentrional
islámica, y también en
el interior de África (en Congo en 1618). Otros territorios de
misión fueron la India, Asia, América central y meridional,
donde, no obstante, su obra se vio obstaculizada con
frecuencia por el patronato de España y Portugal. En los
territorios puestos bajo el influjo francés (Canadá, Luisia- na,
Antillas) las cosas fueron mejor. Pionero en este campo fue el
célebre José de París (Fran^ois Le Clerc du Tremblay, 15771638). El movilizó a sus hermanos en la obra de
convencimiento y recuperación de los Hugonotes y la vuelta al
catolicismo de vastos territorios de Francia. Como orden típica
de la reforma católica, los Capuchinos trabajaron también en
los demás países europeos, sobre todo en la tarea de retorno
al catolicismo.
En el campo de la espiritualidad y la devoción, los Capuchinos,
como las otras órdenes franciscanas, fueron hijos de su
tiempo. En Benito de Canfield (1562-1610) tuvieron un
influyente maestro de vida espiritual. Su tícela de perfección,
traducida a las principales lenguas europeas, e incluso al
árabe, se difundió ampliamente, aunque en 1689 fue
introducida en el Indice.
En 1761 los Capuchinos alcanzaron su número más alto, con
34.000 miembros. 1.730 conventos y 64 provincias. Veinte
años más tarde, el número se redujo a 28.500 miembros. En
los años siguientes, las conocidas medidas anticlericales
golpearon duramente también a los Capuchinos, que, entre
todas las órdenes mendicantes, cada vez más negativamente
valoradas, se convirtieron en los peor soportados. Como
sucedió con las demás órdenes, la recuperación llegó en el
siglo XIX y se centró en la reconstrucción de la Orden en los
países europeos y el refuerzo en los otros continentes. El
capítulo general de 1884 elaboró un enérgico programa de
renovación y eligió como ministro general al suizo Bernhard
Christen von An- dermatt, quien gobernó la Orden durante 24
años y logró llevar adelante la obra de renovación. La historia
más reciente de los Capuchinos corre paralela con la de las
otras órdenes franciscanas, aunque ellos han sabido encontrar
su propio modo de vivir el seguimiento de san Francisco,
incluso en un mundo tan diverso.
9. Clarisas. La orden de las Clarisas venera como
fundadora a santa Clara de Asís (1193-1253). Clara de
Favarone, siguiendo el ejemplo de san Francisco, se
convirtió al seguimiento de Cristo pobre y crucificado. La
noche del domingo de Ramos (18/19 de marzo de 1212)
quiso que Francisco le cortara los cabellos en la capilla de la
Porciúncula, recibiendo de él el hábito religioso. Por algún
tiempo, la convertida permaneció en dos monasterios
benedictinos, pasando luego a la capilla de San Damián, en
las afueras de Asís, donde se estableció. Mientras tanto, su
hermana menor, Inés, eligió el mismo camino, y con ella otras
mujeres. Su fama, con el nombre de «monjas de San
Damián», «hermanas pobres», o «mujeres pobres de San
Damián», creció con rapidez. No se denominaron Clarisas
hasta después de la muerte de santa Clara. En 1215, Clara se
convirtió en abadesa de la joven comunidad, para la que
Francisco escribió una breve regla, la Formula vitae,
caracterizada por una austera soledad contemplativa, la
perfecta pobreza y la carencia de propiedades y rentas. Lo
mismo que Francisco, Clara pretendía ser fiel hasta el extremo
al precepto evangélico de la pobreza, y precisamente en este
punto la «plantita» del santo se sentía estrechamente unida a
él. El ejemplo de las «mujeres pobres de San Damián» fue
imitado inmediatamente y condujo a la fundación de nuevos
monasterios del mismo estilo. El cardenal Ugolino tomó bajo
su protección estos monasterios y vio en ellos un modelo para
la reforma de los demás monasterios femeninos. Escribió su
propia regla, inspirada en la regla benedictina (/'"Benedictinos),
que introducía a las «mujeres pobres» en la corriente de la
tradición monástica occidental. Después de 1218 esta regla se
introdujo en la mayor parte de los monasterios que se habían
fundado inspirándose en el modelo de San Damián. Sin
embargo, Clara, junto con otros pocos monasterios, entre ellos
el que fundó la beata Inés de Bohemia en la ciudad de Praga,
permaneció fiel a la Formula vitae, por considerar que la regla
de Ugolino faltaba a la pobreza franciscana y ponía en peligro
la vinculación directa con los Hermanos Menores. En 1228
Ugolino, convertido en papa con el nombre de Gregorio IX,
rindiendo homenaje al valor de Clara, le concedió el «privilegio
de la pobreza», o privilegian! paupertatis.
En 1247, Inocencio IV dio a las hermanas una nueva regla,
que se atenía a la de 1223, escrita por san Francisco, y las
ponía en relación de dependencia directa de los Franciscanos,
de acuerdo con un planteamiento que respetaba el espíritu de
santa Clara. Pero la santa protestó nuevamente, porque
Inocencio IV concedía a los monasterios rentas estables y
propiedades comunes, haciendo caer, de ese modo, el
privilegium paupertatis. Por otra parte, también los
Franciscanos reaccionaron negativamente ante esta regla,
porque veían en la asistencia y la dirección espiritual a las
«hermanas pobres» un peso excesivo para ellos. Por estas
razones la regla papal fue retirada tres años más tarde.
Entonces, Clara emprendio personalmente la elaboración de
una regla, presentando en su Testamento, de manera análoga
al de Francisco, su camino de conversión al seguimiento de
Cristo pobre y crucificado. La regla de Clara fue aprobada por
el papa Inocencio IV el 9 de agosto de 1253, dos días antes de
la muerte de Clara, acaecida el 11 de agosto. Esta regla, de
todos modos, valía solamente para el monasterio de San
Damián. En los demás monasterios femeninos franciscanos
continuaron las incertidumbres y diferencias. Con el fin de
garantizar cierta unidad, el papa Urbano IV publicó en 1283
una nueva regla que, retomando ampliamente la de Inocencio
IV, concedía a los monasterios la propiedad común de bienes
y rentas estables para garantizar su subsistencia. De todos
modos, no fue posible llevar a cabo la uniformidad propuesta,
pues los monasterios se dividieron en dos grupos, de los
cuales unos siguieron la regla de Clara y otros la de Urbano
IV, cuyos miembros se llamaron «Urbanistas».
A pesar de esta incertidumbre interna, la Orden se difundió
rápidamente, hasta el punto de que, a la muerte de Clara,
existían ya 111 monasterios: 68 en Italia, 21 en España, 14 en
Francia y 8 en Alemania, mientras que al final del siglo XIV, los
monasterios eran en Europa ya más de cuatrocientos. Tan
rápida difusión se
vio alimentada también por el dinámico movimiento femenino
del tiempo. Prácticamente por todas partes había mujeres que
se unían en comunidades religiosas que, para asegurarse
mejor su asistencia espiritual y eclesial. debían tratar de unirse
a una orden reconocida. Los Franciscanos estuvieron
disponibles para acogerlas en su propia comunidad, aunque
de vez en cuando se oían voces contrarias a la asistencia de
los monasterios femeninos. Por otra parte, en 1263 san
Buenaventura había recomendado a la Orden la asistencia
espiritual de las monjas, presentando la cura monialium como
un servicio de amor.
La historia posterior de las Clarisas procedió en paralelo con la
de los Franciscanos. El deseo de Clara de fundar una pequeña
comunidad claustral de religiosas que vivieran la pobreza y la
contemplación no cayó en el olvido, aunque en la mayor parte
de los monasterios no se logró realizar. Por esta razón,
también entre las Clarisas surgieron muy pronto movimientos
reformistas. Colette Boylet, nacida en 1381 en Corbie y
fallecida en 1447 en Gent, se hizo clarisa en Niza, en 1406,
según la regla de santa Clara, y muy pronto comenzó a
reformar la orden en Francia y en Holanda. A su muerte, 18
monasterios habían aceptado la regla de santa Clara y las
constituciones que ella misma redactó. Las Clarisas Colettanas
mantuvieron estricta vinculación con la Orden franciscana y
dependencia de la familia de los Conventuales.
El movimiento de Observancia que surgió entre los
Franciscanos durante el siglo XV involucró también a las
Clarisas. En todo caso, la reforma no tocó la concesión de la
propiedad común y de las rentas estables, sino que consistió
sobre todo en una renovación de la vida espiritual y en el paso
de los monasterios a la dependencia de la familia de los
Observantes. No raramente los Observantes impusieron la
reforma con todos los medios, en parte incluso contra la
voluntad de las mismas monjas y con la ayuda del brazo
secular, como sucedió, por ejemplo, en 1484 en el célebre
monasterio de Clarisas de Ulm-Sófl ingen.
Cuando en 1517 se llegó a la separación de las dos familias
franciscanas, todos los monasterios reformados de las
Clarisas, incluidos los de las Colettanas, pasaron a la
dependencia de los Observantes. Los no reformados
permanecieron, en cambio, vinculados a los Conventuales. La
dependencia de los monasterios de las autoridades civiles de
las ciudades o de la nobleza territorial los condujo a su
desaparición, apenas las clases dominantes se pasaron a la
reforma protestante. Caritas Pirckheimer, abadesa del
monasterio de Clarisas de Nüremberg (t 1552), resistió con
todas sus fuerzas a la supresión de su monasterio por parte de
la autoridad civil y logró permanecer en él hasta su muerte.
También el ejemplo de los Capuchinos, con su estilo de vivir la
regla franciscana, fue seguido por algunas mujeres. La noble
María Lorenzo Longo (t 1542), fundó en Ñapóles un hospital
para enfermos incurables, a los que ella misma atendía, junto
con un grupo de terciarias franciscanas. Esta comunidad
femenina recibió la asistencia espiritual de los Capuchinos a
partir de 1530. Por influjo de san Cayetano de Thiene,
fundador de los ^Teatinos, las religiosas se dedicaron a una
vida contemplativa en estricta /"clausura. Posteriormente
adoptaron la regla de santa Clara y se pusieron bajo la
jurisdicción de los Capuchinos. El papa Pablo III aprobó el
primer convento de Clarisas Capuchinas el 10 de diciembre de
1538. Siguiendo el ejemplo de este convento, surgieron
después otros monasterios en Italia, en España y en otros
países europeos. En España fueron introducidas por la
venerable Angela Margarita Serafina, de Manresa; el primer
convento se fundó en Barcelona en 1602. Desde España, las
Clarisas Capuchinas llegaron en el siglo XVIII hasta México,
Lima, Guatemala y Santiago de Chile.
Una posterior difusión de las Clarisas se vio bloqueada por las
supresiones monásticas de finales del siglo XVIII y comienzos
del XIX. En 1782 el emperador José II suprimió de sus
territorios todos los monasterios; diez años más tarde llegó el
turno a Francia, y después a los demás países europeos. La
recuperación de las Clarisas comenzó en Francia, donde las
Colettanas experimentaron una nueva expansión. Desde
Bélgica llegaron luego a Miinster, en 1857, y a Dusseldorf en
1859; a partir de estos dos monasterios tuvo lugar la
reconstrucción de la Orden en Alemania, donde sólo el
monasterio de las Urbanistas de Ratisbona había sobrevivido
a la ^secularización. En París, de una comunidad de terciarias
franciscanas, asistida espiritualmente por los Capuchinos,
nacieron las Clarisas Capuchinas de la Adoración Perpetua.
Junto con las ramas masculinas de la Orden franciscana,
también las Clarisas llegaron a tierras de misión, donde poco a
poco han ido surgiendo monasterios indígenas.
Cada monasterio de Clarisas es autónomo y está bajo la guía
de una abadesa, elegida por un tiempo determinado. La mayor
parte de los monasterios están sometidos a la jurisdicción del
obispo local, pero mantienen también vínculos con la rama
masculina de la Orden: las Clarisas Urbanistas con los
Conventuales, las que siguen la regla de santa Clara y
las Colettanas, con los Hermanos Menores, y las Clarisas
Capuchinas con los Capuchinos. Los monasterios femeninos
tienden a establecer vínculos recíprocos, para promover sus
intereses, prestarse ayuda mutua y favorecer el intercambio de
experiencias espirituales. La constitución Sponsa Christi de
1950 representó un estímulo para esta tendencia, ya que
recomendaba la formación de las llamadas «federaciones»
monásticas; efectivamente, en los años posteriores se
fundaron estas federaciones en la mayor parte de los países.
Después del Vaticano II se han preparado nuevas
constituciones. generalmente realizadas a nivel nacional, o
dentro de las federaciones, que se proponen salvaguardar la
herencia de santa Clara, manteniéndola viva para el presente.
En los monasterios residen casi siempre comunidades
reducidas, que renuncian a toda actividad externa y viven del
trabajo manual y de ayudas que reciben de sus bienhechores.
Con su estilo de vida sencillo y esencial, realizan el mandato
de santa Clara, presente en la Carta tercera a la beata Inés de
Bohemia: «Considérate colaboradora del mismo Dios (cf ICor
3,9) y apoyo de los miembros débiles y vacilantes de su
inefable Cuerpo». Actualmente (1996) las Clarisas de la
primera regla son 8.315; las Colettanas, 846: las Urbanistas,
1.230; y las Clarisas Capuchinas, 2.331.
10. El presente. La restauración (Je las familias franciscanas
concluyó en el período comprendido entre las dos guerras
mundiales. Su nueva vitalidad duró hasta los años 60 del siglo
XX. En este período las tres ramas masculinas alcanzaron
también su máximo nivel numérico: los Hermanos Menores:
27.000; los Conventuales: 4.200; y los Capuchinos: 15.800. El
apostolado ha seguido generalmente las formas típicas del
siglo XIX, pero también ha sabido adaptarse a las actividades
pastorales que poco a poco han ido requiriendo los tiempos. El
empeño misionero no ha tenido interrupciones y, a medida que
los países del tercer mundo se fueron independizando
políticamente, también se aflojó el vínculo de las provincias de
misión con Europa y América septentrional: de ese modo
tuvieron origen nuevas provincias religiosas, cada vez más
apoyadas por fuerzas locales. Exceptuando la grave pérdida
de los territorios de misión en China, la presencia franciscana
en el tercer mundo salió reforzada.
Los estudios y las actividades de investigación se cultivaron
intensamente; casi cada provincia de la Orden tenía su propio
estudiantado filosófico-teológico y, por lo tanto, gran número
de religiosos dedicados al estudio. La investigación y las
publicaciones de carácter científico
abarcaban, ante todo, la tradición de la Orden y su historia;
pero también iban mucho más allá.
Esta etapa se esfumó rápidamente a finales de los años 60; en
este período las órdenes franciscanas compartieron el destino
de las demás órdenes religiosas y participaron de la crisis que
envolvió a toda la Iglesia a propósito de la relación entre
tradición y renovación. La accomodata renovatio, o «adecuada
renovación», solicitada por la Perfectae caritatis (n. 2) fue
acogida por todas las órdenes, y se reflejó después en el
trabajo de preparación de las nuevas constituciones. Los
rápidos e intensos cambios han conducido a una reflexión
dinámica sobre la herencia franciscana, comprendida de
nuevo a partir de la experiencia del presente y expresada a
través de la recuperación del valor de la fraternidad, las
comunidades pequeñas, la valoración de la vida eremítica y
contemplativa, la decidida opción por los pobres y marginados,
la teología de la liberación suramericana, etc. La desaparición
de los tradicionales campos de actividad, impulsa a las
órdenes franciscanas a una mayor colaboración pastoral con
las diócesis. En su servicio al mundo contemporáneo, los
Franciscanos han asumido diversos estímulos procedentes de
los movimientos que se proponen luchar por «la paz, la justicia
y la conservación de la creación», reinterpretando sus valores
a la luz de su propia tradición. Las tres familias franciscanas
siguen siendo actualmente órdenes religiosas independientes;
pero las rivalidades y polémicas del pasado han desaparecido;
contribuye a unirlas la herencia y la misión franciscana común.
Estadísticas: Menores. La revista oficial de la orden es Acta
Ordinis Fratrum Minarían. El 1 de enero de 1996 los miembros
de la orden eran 17.981 (12.062 sacerdotes), extendidos por
todos los continentes. Las últimas constituciones fueron
aprobadas en 1985, mientras el último capítulo general se
celebró en 1991.
Conventuales. La revista oficial de la orden es Commentarium Ordinis Fratrum Minarían Conventualium. El 1 de enero
de 1996 los Conventuales eran en todo el mundo 4.510 (2.715
sacerdotes). Las últimas constituciones fueron aprobadas en
1985. El último capítulo general fue en 1995.
Capuchinos. La revista oficial de la orden es Analecta Ordinis
Fratrum Minarían Capuccino- rum. El 1 de enero de 1996 los
Capuchinos eran 1 1.405 (7.489 sacerdotes), difundidos por
todo el mundo. El último capítulo general tuvo lugar en 1994.
Franciscanos de la Cruz Blanca, Hermanos (FCB).
Congregación fundada en 1975 en Tánger (Marruecos) por
Isidoro Lezcano Guerra, y erigida canónicamente por mons.
Carlos Amigo. Los hermanos se consagran, con un cuarto
voto, al cuidado de los más pobres y necesitados, extendiendo
su acción caritativa por España y en tierras de misión.
Franciscanos de la T.O.R. (Provincia española de la
Inmaculada Concepción de la Tercera Orden Regular de
Penitencia de San Francisco de Asís, TOR). Restauración de
la antigua Congregación de la T.O.R. española, desaparecida
con la ^exclaustración de Mendizábal, promovida por el
mallorquín P. Antonio Ri- poll. El 13 de mayo de 1906 se unió
a la T.O.R. de Penitencia de San Francisco de Asís, orden de
derecho pontificio y votos solemnes, al obtener la aprobación
de dicha unión por parte de la Santa Sede el 7 de mayo de ese
mismo año. Actualmente se extienden por España, Estados
Unidos, México, Perú y Brasil. Son 842 miembros, entre ellos
565 sacerdotes.
Generalato (de las órdenes religiosas). Es el gobierno
supremo de un instituto religioso organizado de forma
centralista. En el vértice está el moderador supremo o superior
general (abreviado como «general»), cuya denominación
exacta cambia según las órdenes religiosas: maestro general,
prior general, ministro general, abad general o primado. El
superior general es elegido por el capítulo general, de acuerdo
con las modalidades establecidas en las constituciones, y es
asistido por el consejo general. Los capítulos generales de
órdenes e institutos religiosos se celebran periódicamente o en
determinadas ocasiones. Al moderador supremo o superior
general de las órdenes masculinas corresponde la moderadora
suprema o superiora general de las órdenes e institutos
femeninos organizados de forma centralista.
Los derechos de los superiores generales están determinados
por el derecho común y en las constituciones de cada orden o
congregación (derecho propio). Las casas generales de la
mayor parte de los institutos religiosos católicos están en
Roma.
Gradual. Líber gradualis es, en la Iglesia latina, el volumen
que recoge los cantos de la misa (canto ^gregoriano). En su
forma abreviada cuenta con la aprobación de la Iglesia y se
denomina también Líber usualis.
El vocablo «gradual» indica también el segundo canto de la
liturgia latina de la misa, ejecutado, después del ¡ntroitus, entre
las lecturas (entre la epístola y el evangelio), por un solista o
por el coro, en forma responsorial. Al principio se cantaba todo
el salmo; posteriormente se redujo a dos versos (con la última
reforma litúrgica se ha recuperado el salmo, denominado
precisamente «salmo responsorial», para cuya ejecución
musical se usa el llamado «Libro del salmista»). El nombre (del
latín gradas, grada) de este canto gradualis (siglo IX) se refiere
probablemente al hecho de que se ejecutaba «sobre las
gradas» que conducían al ambón y no sobre este último, como
sucedía con el evangelio.
Hasta el siglo XII este canto lo realizaba predominantemente
un solista.
En la Edad media se llamaba también «gradual» el libro de los
cantos de la misa que el cantor ejecutaba solo desde las
gradas del ambón; para los otros cantos se usaba el
antifonario (^antífona).
Gran maestre. En el lenguaje jurídico de las órdenes
religiosas, es el superior general de una borden militar.
Gregoriano, canto (o, simplemente, «canto»). Recibe este
nombre del papa Gregorio I Magno (590-604), y es el canto
litúrgico monódico en latín, reconocido por la Iglesia católica
latina como su canto oficial (Iglesia ^latina). En su parte
esencial, el canto gregoriano se remite a la ordenación de la
liturgia solemne que llevó a cabo el papa Gregorio 1, aunque,
según la opinión de muchos investigadores, debe atribuirse de
forma predominante al papa Vitaliano (657-672). Al
desarrollarse posteriormente, a partir del siglo VII tomó en
Occidente algunas formas propias de las liturgias francogalicana, am- brosiana (Milán) y mozárabe (España). Durante
toda la Edad media el canto gregoriano fue la única forma
musical de Occidente, ya que incluso los textos profanos
tomaron de ella sus características fundamentales y su
sistema rítmico: monodicidad, diatonía (escala de siete
sonidos, carente de semitonos, al contrario de la escala
cromática moderna de doce sonidos, con semitonos) y tonos
eclesiásticos (imitando las teorías musicales propias de la
antigua Grecia, y a través de la mediación bizantina, los tonos
eclesiásticos se encuentran por primera vez en el siglo VIII, en
Alcuino. teólogo de corte del reino de los Francos). A partir del
siglo IX, para precisar el valor tonal y melódico, en el texto se
insertaron los neumas, primero sin líneas y luego, a partir del
siglo XII, con desarrollo gradual de cuatro líneas (tetragrama).
El espíritu humanista y la tendencia de la curia romana a la
unificación de la liturgia condujeron en los siglos XVI/XVII a
una reforma del canto coral. Desde la primera Edad media el
canto gregoriano fue objeto de atención especial en las
iglesias catedrales y monasterios. La restauración y
recuperación del canto gregoriano en los siglos XIX y XX se
debe, sobre todo, a los monjes benedictinos de Solesmes
(abadía próxima a Le Mans), a la que se debe también la
edición de los manuscritos medievales, aunque no siempre se
atiene a la redacción más antigua de los documentos editados.
Una gran contribución a la restauración del canto gregoriano
en la celebración de
la liturgia lo dio el papa Pío X (1903-1914), a través de la
publicación de la Editio Vaticana, que contenía la edición
«típica» de los textos gregorianos y considerada obligatoria
por la Iglesia católica: entre otros volúmenes están el Kyríale
(1905), el SGradúale (1908), el Antiphonarium (1912). El
cuidado y el uso de una tradición de música sagrada propia se
permitió solamente a las órdenes de los ^Cistercienses, los
JPremostratenses y los ^Dominicos, además de la tradición
ambrosiana propia de la Iglesia de Milán. El Vaticano II
confirmó en 1963 el canto gregoriano como canto litúrgico
oficial de la Iglesia católica romana (latina), pero, de hecho, dio
lugar a su replanteamiento, en la medida que permitió también
otras formas de música sagrada que se remontan a la Edad
media (polifónicas e instrumentales) y, sobre todo, con la
introducción de las lenguas vulgares en la Liturgia.
Guanelianos. Los Guanelianos o Siervos de la Caridad
(SdC) nacieron en 1886, en Como (Italia), por obra de San
Luis Guanella (1842-1915). Una fuerte
experiencia de la paternidad de Dios lo llevó a abrirse a los
pobres y necesitados, ofreciéndoles su persona y sus casas.
Tras varias pruebas y fracasos logró poner en marcha la
congregación de las Hijas de Santa María de la Providencia y
más tarde la de los Siervos de la Caridad, que hoy realizan su
misión de caridad sobre todo en Italia, pero también en
España, Suiza, Estados Unidos, Argentina, Brasil, Chile,
Paraguay, México, Colombia. Israel, India...
Guardián (del latín medieval guarda, guardia ñus, derivado, a
su vez, de la expresión germana Wardein, custodio, guardia,
guardián). La palabra designa, en las órdenes franciscanas, al
superior de una comunidad conventual. En la Edad media, por
algún tiempo fue elegido por la propia comunidad.
Posteriormente pasó a ser normalmente nombrado por el
provincial (con la colaboración de los definidores provinciales y
de acuerdo con las modalidades establecidas por el derecho
común y por las constituciones de la Orden) por un período de
tres años.
Hábito religioso. Es el vestido típico de los miembros de una
comunidad religiosa, a norma del derecho propio (regla, constitu- ción, costumbre). Desde los comienzos del monacato
consistía en unas partes fijas: túnica larga, cinturón (de piel o
de cuerda), capucha (^capa), a veces escapulario (sobrerropa
formada por una franja de tela rectangular puesta sobre los
hombros, que cae sobre el pecho y la espalda), y a veces
sandalias. De este tipo de vestidura, que al principio era
semejante al de los trabajadores y la gente sencilla, derivó
más adelante el verdadero hábito religioso, realizado según las
normas establecidas por las reglas y pronto llegó a ser incluso
un distintivo social. El modo de vestir prescrito en el capítulo
55 de la regla de san Benito (f Benedictinos) pasó luego, con
más o menos cambios, a las otras órdenes medievales. Las
ramas femeninas se comportaron, generalmente, de forma
análoga a las masculinas. Las órdenes y congregaciones de la
época moderna, incluidas las sociedades masculinas de los
siglos XIX y XX, adoptaron, en general, el modo de vestir
propio del clero secular. En los últimos decenios se ha
simplificado mucho el hábito religioso de los institutos
femeninos. La entrega solemne del hábito religioso en la
ceremonia de la vestición, a norma de las constituciones de
cada instituto, es un elemento esencial de la admisión en la
comunidad.
Hagiografía (del griego: escrito santo). Es, en general, la
presentación literaria de la vida de los santos; en sentido
específico es (en la época moderna) el trabajo científico sobre
la historia, las tradiciones y el culto a los santos. La hagiografía
supone el culto a los Asantos y se propone presentar la acción
de la gracia divina en las personas santas, con el fin de
edificar y estimular a su imitación. En ella se entrelazan
narración histórica e intenciones particulares. La hagiografía
comenzó con las actas y las vidas de los mártires de la Iglesia
primitiva, con las vidas de los anacoretas y de los padres del
monacato, pero se extendió después a la vida de casi todos
los santos de la Iglesia. Se cultivó sobre todo en los
monasterios medievales y, posteriormente, en la época
barroca. En la baja Edad media tuvo gran difusión la Leyenda
áurea del dominico Jacopo de Varazze o Vorágine (í 1298
siendo arzobispo de Genova). En la hagiografía de carácter
científico, a partir del siglo XVII. han representado un papel
preponderante los Bolan- distas (/" Jesuitas) con la edición
crítica de las Acta Sancionan (la mejor edición desde 1643,
aun sin concluir).
Hermana (o «sor», del latín sóror). Es título y apelativo
(/"nombre religioso) de los miembros de diversos institutos
religiosos femeninos de la Iglesia católica. En un tiempo el
término sórores indicaba a las religiosas con votos simples,
para distinguirlas de las de votos solemnes, llamadas moniales
(S monja).
Hermandad. Hoy, en la Iglesia católica, el término hermandad
(en latín confraternitas) indica una asociación libre, aprobada
por la Iglesia, de creyentes (generalmente laicos) que se unen
para llevar a cabo actividades voluntarias de piedad cristiana,
penitencia y amor al prójimo. Sus comienzos se remontan a las
uniones de fieles del siglo IV que, en Oriente, se dedicaban a
sepultar a los muertos y asistir a los enfermos, y también a las
/"hermandades de oración de la Edad media occidental (a
partir del siglo VI). Las hermandades medievales eran
semejantes a los gremios, o corporaciones de artes y oficios,
pero perseguían fines eminentemente religiosos. Con
frecuencia tomaban nombre de un misterio de la fe. de un
santo o de un cometido determinado (por ejemplo, hermandad
del Santísimo Sacramento, de la Virgen María, del Santo
Rosario o de Cristo Maestro), con frecuencia relacionado
también con una orden religiosa (por ejemplo, la Hermandad
del Cíngulo, vinculada a los Franciscanos, la del Rosario,
vinculada a los Dominicos, la del Escapulario, vinculada a los
Carmelitas). En la época barroca las hermandades vivieron un
nuevo momento de prosperidad; fueron después fuertemente
reprimidas durante la Ilustración. A partir del siglo XIX las
Conferencias de san Vicente y las de santa Isabel asumieron
tareas religiosas y caritativas semejantes a las de las antiguas
hermandades.
Dentro de las Iglesias nacidas de la reforma protestante,
comunidades (fraternidades masculinas y femeninas)
comparables a las asociaciones católicas (órdenes,
congregaciones, institutos seculares) habían desaparecido, si
se exceptúan algunos restos y raros intentos de dar vida a
algo nuevo (Hermanos de Herrnhut). A lo largo del siglo XIX
surgieron nuevas comunidades dentro de la Iglesia anglicana,
y en el siglo XX también en las Iglesias evangélico-Iuteranas y
reformadas. La más conocida es la fraternidad de Taizé
(Communauté de Taizé), que presenta rasgos semejantes a
los de una orden religiosa. La dirige su fundador, Roger Schutz
(nacido en 1915), que se estableció en Taizé, cerca de Cluny
(Borgoña), el año 1940. En 1949 los primeros hermanos de la
comunidad se comprometieron a llevar una vida en comunión
de bienes, en castidad y obediencia incondicionada, bajo su
dirección como prior. Mientras tanto, miembros de otras
confesiones han ingresado también en la comunidad de Taizé,
que tiene vocación ecuménica, es decir, se caracteriza por la
tensión hacia la unidad de la Iglesia (Una Iglesia). Desde
entonces han surgido diversas comunidades evangélicas, por
ejemplo en Alemania: unas con vida común (parecidas a los
conventos católicos), otras sin separación definitiva de la
familia y la profesión (como la fraternidad evangélica de san
Miguel, que nació a partir de las reuniones dedicadas a la
renovación religiosa que tuvieron lugar en Gut Berneuchen,
Neumark, a partir de 1923), y nuevas formas de diaconía
(diácono).
Hermandades de oración. Con
este término, ampliamente difundido a partir del siglo VIII, se
entendía al principio una forma de asociación entre diversos
monasterios; luego también entre monasterios y sacerdotes o
laicos, para sufragio de los miembros o bienhechores difuntos
de los monasterios. Los miembros de la hermandad prometen
ayudarse recíprocamente mediante la oración, las
celebraciones litúrgicas (santa Misa) y las buenas obras. Este
propósito se fundamenta en la caridad cristiana y en la fe en la
comunión de los santos. Este tipo de hermandad ha sido
cultivada por los monasterios y, posteriormente, asumida por
las formas más modernas de hermandades.
Hermanitas. Este nombre forma parte del título oficial de
varias instituciones religiosas, como: las Hermanitas de los
Pobres, dedicadas al cuidado de los ancianos, que fueron
fundadas el 15 de octubre de 1839. en Saint Servan (Francia),
por Juana Jugan; las Hermanitas de San José de Mont-gay,
fundadas en 1844, en Quillins (Francia) por José Rey, que se
dedican sobre todo a los niños pobres; las Hermanitas de la
Asunción (HA), que nacieron en París (Francia), en 1865,
fundadas por el P. Esteban Pernet para la promoción del
mundo obrero; las Hermanitas de los Ancianos Desamparados
(HAD), fundadas en Barbastro (Huesca) el 27 de enero de
1873, por iniciativa del Beato D. Saturnino López Novoa y la
caridad de la fundadora, santa Teresa Jornet Ibars, con el fin
específico de atender a los ancianos pobres y desvalidos; las
Hermánitas de los Pobres de Maiquetia (HPM), que nacieron
en Maiquetia (Venezuela) el 25 de septiembre de 1889, fruto
de la colaboración del Venerable Padre Santiago Machado
Oyarzábal y Beata Emilia Chapellín lstúriz, con el fin de
ejercitar la más exquisita caridad con los pobres y necesitados;
las Hermanitas del Sagrado Corazón de Carlos de Foucauld,
fundadas en Montpellier (Francia) en 1933, que, imitando a
Jesús, se proponen llevar una vida escondida; las Hermanitas
de Jesús, fundadas por la Venerable Magdeleine de Jesús
Hutin en Touggourt (Sahara) el 8 de septiembre de 1939, y
cuya característica es la vida contemplativa en medio del
mundo; y las Hermanitas de la Anunciación (EAD), nacidas en
Medellín (Colombia) el 14 de mayo de 1943, por obra de la M.
María Berenice Correa, para la evangelización
y la promoción social de la niñez y la juventud.
Hermano (en latín fruten pl.fra- tres). El término se utiliza en
las más antiguas reglas monásticas para designar a los
monjes en general; es también el apelativo con el que los
monjes o los miembros de una orden mendicante se llaman
entre ellos. Desde el final de la Edad media, al aumentar el
número de monjes sacerdotes y con el nacimiento de la
institución de los /^conversos, surgió la distinción entre
sacerdotes o padres (monjes y canónigos) y hermanos laicos
(aún hoy denominados simplemente «frailes» o «hermanos»).
En algunas órdenes, como signo de humildad, los monjes
sacerdotes siguen conservando el antiguo apelativo «fraile»
(abreviado fray, y antepuesto al nombre religioso); es el caso
de los /''Dominicos, los /* Franciscanos y los /"Carmelitas; en
vez del apelativo /* «padre», usado por los Premostratenses.
En sentido más estricto, se llama «hermanos» a los miembros
de una orden clerical que se encuentran aún en fase canónica
de preparación (/^noviciado) o en los estudios teológicos; pero
también a los miembros de las congregaciones laicales, por
ejemplo las que se dedican a la enseñanza y educación de la
juventud. En algunas abadías de órdenes monásticas se ha
recuperado recientemente la institución de los «hermanos
corales» que, en cuanto tales, se sitúan entre los monjes
sacerdotes y los hermanos laicos.
Hermanos de Belén. Conocidos también como Belemitas, su
título oficial es el de Orden de los Hermanos Hospitalarios de
Belén. La Orden fue fundada en Guatemala, en 1653, por San
Pedro de San José Betancur. Erigida como Orden en 1710,
fue disuelta por las Cortes de Cádiz en 1820, y restaurada por
la Santa Sede el 16 de enero de 1984. Sus miembros se
dedican a la asistencia de enfermos y a la educación de niños
pobres.
Hermanos de Jesús (P. Foucauld). Tienen su origen en el
espíritu de San Carlos de Foucauld (1858-1916), aunque la
primera fraternidad empezó con el P. René Voillaume, en
1933, en El- Abiodh (Argelia). Su fin específico es la vida
contemplativa en medio del mundo, siguiendo las huellas de
Jesús de Nazaret. Están presentes en más de cuarenta
países.
Hermanos de la Espada (Fratres militiae Christi de Livonia,
Hermanos de la Milicia de Cristo de Livonia). Conocidos
también como Orden de los Portaespada, eran una borden
militar de Livonia, fundada en 1202 por el
monje cisterciense Teodorico de Treyden siguiendo el modelo
de la Orden de los Templarios, para apoyar militarmente la
cristianización de Livonia. El nombre proviene de la espada
roja colocada en el costado izquierdo de la blanca capa
ecuestre. Los Hermanos de la Espada debían obediencia al
obispo Alberto I de Riga, pero entre 1207 y 1210 lograron
imponerle la cesión de un tercio de Livonia y la plena
soberanía (confirmada en 1212 por el emperador Otón IV).
Después de una dura derrota sufrida por obra de los Lituanos
en 1236, lo que quedaba de los Hermanos de la Espada
quedó incorporado a la f Orden teutónica (con la aprobación
del papa Gregorio IX, en 1237).
Hermanos de la Inmaculada Concepción. La congregación
de Hermanos de la Inmaculada Concepción de la Santísima
Virgen María (FIC) fue fundada por el sacerdote Beato
Ludovicus Humbertus Rutten (1809-1891) en Maastricht
(Holanda) para la educación y la enseñanza, para las obras
pastorales y sociales, especialmente en situaciones de
emergencia.
Hermanos de la Sagrada Familia de Belley (FSF) fue
fundado por San Gabriel Tabórin (1799-1864) en la diócesis
de Belley (Francia). Su espíritu, inspirado en la Familia de
Nazaret, se plasma en un estilo de vida humilde, sencillo y
activo, y en su obra apostólica, entregada especialmente a la
acción educativa, en el sentido más amplio de la palabra, y a
las tareas parroquiales. Los Hermanos están presentes en
varios países, sobre todo de Europa. Africa y América.
Hermanos de las Escuelas Cristianas (Institutum Fratrum
Scholarum Christianarum, FSC). Constituyen la mayor
congregación laical católica dedicada a la educación y a la
enseñanza. Fundador del instituto fue el sacerdote francés,
San Juan Bautista de la Salle (1651-1719), a quien se debe
la institución de escuelas populares en Reims (1681) y París
(1684). A pesar de las resistencias suscitadas frente a sus
«innovaciones» y sus nuevos métodos de enseñanza, la obra
obtuvo en 1724 la aprobación real y, un año después, la
pontificia. A España llegó en 1878. Tras un rápido crecimiento
en tierra francesa, la Revolución llevó al instituto casi a su
desaparición a finales del siglo XVIII. A lo largo del siglo XIX,
los Hermanos de las Escuelas Cristianas se recuperaron y se
extendieron por casi todos los países de Europa y América. En
Alemania el Instituto padeció graves daños durante el
Kulturkampf (después de 1870) y en los años de la dictadura
nacionalsocialista. Actualmente los Hermanos de las escuelas
cristianas enseñan a unos 700.000 estudiantes, en todas las
partes del mundo. Situación en 1996: 1.062 casas con 7.400
miembros.
Hermanos de Nuestra Señora de la Misericordia. En medio
del clima de miseria e ignorancia en que las guerras de
independencia y religión habían sumido a los Países Bajos,
mons. Víctor Scheppers (1802-1872), fundó en Malinas
(Bélgica) la congregación de los Hermanos de Nuestra Señora
de la Misericordia (FDM), con una finalidad educativa y
asisten- cial, que se plasma sobre todo en la asistencia en las
cárceles, casas de reeducación, escuelas populares... Su
espíritu universal les ha llevado a muchos países de Europa,
África y América, donde tratan de ser testimonio y símbolo de
la misericordia de Dios.
Hermanos de Nuestra Señora de Lourdes (Lourdistas).
Fundados en Ronse (Bélgica) por Esteban Modesto Glorieux,
el 25 de noviembre de 1830. se dedican a la enseñanza en
general y a la hospitalaria y psiquiátrica.
Hermanos del Evangelio. Constituyen uno de los frutos de la
espiritualidad de San Carlos de Foucauld. Fundados en
Francia, en 1956, por el P. Rene Voillaume, intentan ser
signos del amor de Dios, dando testimonio del evangelio y
compartiendo con los pobres su vida, sus penas y sus
esperanzas.
Hermanos y Hermanas de la vida común. Los Hermanos de
la vida común o Frciterherren (en latín fratres devoti, hermanos
devotos), aun sin ser una verdadera fundación, nacieron por
obra del holandés, Beato Abate Gerardo Groote (13401384), convertido en torno al 1374 a una vida penitente y
devota. Estimulado por él. El Beato Padre Florencio
Radewijns (1350-1400), amigo suyo y canónigo de Utrecht,
fundó la hermandad en 1383. Partiendo de Holanda, las
comunidades de Hermanos de la vida común y su rama
femenina, las Hermanas de la vida común, se difundieron en
Alemania septentrional. Los Fratres devoti vivían juntos,
siguiendo un modelo de vida conventual, pero sin pronunciar
formalmente votos monásticos. Ganaban lo necesario para su
modesto sustento con el trabajo de sus manos, sobre todo
trascribiendo libros litúrgicos y edificantes, predicando
misiones populares, y a través de la educación de jóvenes y
clérigos. Aun sin desempeñar una verdadera actividad de
estudio a nivel científico, con sus comunidades y sus escuelas
promovieron un auténtico humanismo. Cuando los Fratres
devoti comenzaron a sufrir oposición, sobre todo por parte de
las órdenes /"mendicantes, algunas casas adoptaron la regla
de san Agustín, comenzando por el nuevo convento de
Windesheim, en Zwolle (1387); de esta comunidad provino
después la Congregación reformada de /"Windesheim de los
/"Canónigos Regulares de san Agustín .
Bajo el influjo de los místicos, Beato Juan de Eckhart
(1327/1328) y San Juan Ruysbroeck (t 1381), Gerardo
Groote y sus amigos y discípulos cultivaron una forma de
devoción espiritual, la llamada ^ de vatio moderna (nueva
devoción), un movimiento de renovación religiosa que
renunciaba a la especulación escolástica y aspiraba al
seguimiento de Cristo vivido a través de una devoción íntima y
personal. En el centro de esta espiritualidad, además de la
lectura meditativa de la Biblia y del ahondamiento místico de la
pasión de Cristo, exigía la presencia en el mundo a través de
las obras cristianas (asistencia a los enfermos, ayuda a los
pobres, educación, etc). En el siglo XV numerosos
monasterios de la Baja Sajónia y de Turingia fueron
reformados dentro del espíritu de la devotio moderna, por el
canónigo agustino Juan Busch (hacia 1480). Los Hermanos
de la vida común (llamados también Kappenherren,
«hermanos de la capucha» por su cubrecabeza negro)
gozaron de gran prestigio y fueron llamados también a otras
partes de Alemania (Wiirttenberg). La devotio moderna,
apoyada sobre todo por los Hermanos de la vida común y por
la congregación de los Canónigos Agustinos de Windesheim,
se difundió por toda Europa. El movimiento de reforma
religiosa reunió en tomo a sí las mejores energías reformistas
de la Iglesia del final de la Edad media. La devotio moderna
encontró su mejor expresión en la Imitación de Cristo (Imitatio
Christi), que, aun con ciertas dudas, se ha atribuido al
canónigo agustino, Beato Tomás de Kempis (f 1471), del
monasterio de St. Agnetenberg, (en Zwolle). A Tomás
(Hemerken) de Kempis se le considera el mayor representante
de la devotio moderna. Gracias, sobre todo, a la Imitación de
Cristo, uno de los libros edificantes más difundidos, la devotio
moderna ha ejercido su influjo en todas las iglesias de la
época moderna. hasta nuestros días.
Herrnhut, Hermanos de. La comunidad de los Hermanos de
Herrnhut (o Hernutianos) es un fenómeno eclesial que tuvo
origen a partir del pietismo y que, a través de la vida
comunitaria, se propone renovar la fraternidad cristiana de los
comienzos. Su fundador es el conde Nicolás Ludovico
de Zinzendorf (1700- 1760). Algunos Hermanos bohemios
y moravos, de orientación moderada, se habían establecido en
las posesiones de Zinzendorf, en la Alta Lusacia (Sajorna),
donde habían fundado el poblado de Herrnhut. El lugar se
convirtió en refugio de pietistas, separatistas y entusiastas de
diversa procedencia. Gracias a su capacidad para encender
los ánimos, Zinzendorf logró juntar a todos estos grupos
dispares, reuniéndolos en 1727 en una «unidad fraterna
renovada».
Después de algunas dificultades iniciales, en 1748, a través de
una clara aceptación de la Confessio Angnstana de 1530
(evangélico-luterana), Zinzendorf consiguió el reconocimiento
del Estado de Sajonia. En poco tiempo surgieron varias fi- 4
daciones tanto en el viejo como en el nuevo mundo. Ya desde
1732 se había emprendido la misión entre los paganos en las
Indias Occidentales y en Groenlandia (esquimales). Zinzendorf
y los Hermanos de Herrnhut pretendían estar dentro de la
comunidad luterana, pero, de hecho, llegaron a constituir una
comunidad eclesial autónoma. Como base de la fe de los
Hermanos de Herrnhut está la Biblia (leída diariamente y
explicada a través de «consignas»), las tres antiguas
profesiones de fe, los escritos confesionales de la reforma
luterana y la aceptación de dos sacramentos (bautismo y
cena). Partiendo del principio del «amor fraterno», para la vida
religiosa son muy importantes las «asambleas» (predicación,
cena y servicio divino a los niños). También se le ha dado gran
importancia al canto eclesial. Con el paso del tiempo, el
entusiasmo religioso de los comienzos fue tomando el
carácter, más moderado, de la «devoción de Herrnhut»,
marcada por el optimismo cristiano: confianza en que es Dios
quien guía, acción de gracias por la reconciliación (realizada
mediante la muerte de Cristo en la cruz), celebración común
de la liturgia, asambleas comunitarias, educación de los
jóvenes y misión. La actividad de la comunidad se extiende
actualmente por muchas partes del mundo.
Hesiquiasmo (o hesicasmo). Es
un sistema espiritual característico de la ascética oriental, que
conduce a la paz y a la tranquilidad del cuerpo y del espíritu
(en griego hesykhía) como medio para conseguir la comunión
íntima con Dios en la contemplación. Este ideal, con
elementos comunes al estoicismo y al platonismo, implicaba
tres características fundamentales: la soledad como huida del
mundo; el silencio. misterio que revela el mundo futuro y
ultraterreno, como opuesto a la lengua, que es un órgano del
mundo presente; y la quietud, que supone el control de los
pensamientos, la sobriedad, la ausencia de preocupaciones
terrenas y la lucha contra los malos pensamientos. Los
hesiquias- tas fueron predominantemente monjes que
perseguían la perfección en la unión con Dios por medio de la
oración continua. Autores clásicos de esta tendencia fueron,
sobre todo, los padres de la escuela sinaítica, san Juan
Clímaco, Hesiquio y Filoteo Sinaíta (siglos VI-VII). El
hesiquiasmo se difundió por los monasterios de
Constantinopla, donde el principal representante fue Simeón el
Nuevo Teólogo (t 1022), autor de diversas obras sobre la
inteligencia del corazón y la iluminación divina. En el siglo XIV,
Gregorio el Sinaíta difundió el hesiquiasmo en los monasterios
del monte Athos y Nicéforo, monje athonita de origen calabrés,
inventó un «método físico» para abreviar el esfuerzo necesario
para la contemplación y lo propuso en el librito Sobre la
sobriedad y la guarda del corazón; con este método se
intentaba llegar a la luz maravillosa de Dios, portadora de gozo
celestial, que haría al hesiquias- ta invulnerable a los asaltos
del mal. Es fundamental la oración de Jesús («Señor
Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, que soy un
pecador»), que el hesi- quiasta debía repetir interiormente,
armonizándola con la respiración. Gregorio Palamás (12961359), primero monje athonita y después arzobispo de
Salónica, llevó el hesiquiasmo a su cumbre. Con su reflexión
teológica, Palamás intentó resolver el problema de la síntesis
entre la absoluta trascendencia de Dios y su inmanencia,
experimentada por los místicos y contemplativos. El admitía en
Dios la distinción real entre su esencia trascendente y sus
atributos o energía inmanentes, accesibles a la experiencia
mística. Entre las principales energías, según los seguidores
de Palamás, están la gracia y la luz tabórica, aquella misma
luz que vieron los tres discípulos predilectos de Jesús en el
monte de la transfiguración. El principal opositor del
palamismo fue el monje calabrés Barlaam, que acusó a los
hesiquiastas palami- tas de diversos errores, sobre todo por
distinguir en Dios naturaleza y energías. Así comenzó la
controversia palamita, que concluyó con el sínodo de 1351,
donde los palamitas prevalecieron y sus acusadores fueron
excomulgados.
El palamismo triunfó, a pesar de que la doctrina sobre la luz
tabórica y la distinción de esencia y energías en Dios fueron
abandonadas. El hesiquiasmo se difundió posteriormente en
los países eslavos y especialmente en Rusia; tuvo posterior
difusión en el siglo XVIII con la publicación de la Filocalia,
antología de textos de los padres y de los autores
hesiquiastas, preparada por Nicode- mo Agiorita en 1782. En
Occidente, la oración de Jesús de los hesiquiastas se conoció
gracias a la difusión de los Relatos del peregrino ruso. La
espiritualidad hesiquiasta continúa influyendo aún hoy en la
teología ortodoxa, sobre todo con la propuesta de la mística
del corazón.
Hijas. Son multitud las congregaciones femeninas que llevan
en su título oficial el apelativo «Hijas». Entre ellas están: las
Hijas de la Caridad de san Vicente de Paúl (1633); las Hijas de
la Sabiduría (1703) | f Monfortanos); las Hijas del Buen
Salvador de Caen (1730) I^Buen Salvador de Caen, Hijas del]:
las Hijas del Corazón de María, congregación fundada en
1784, en Bauge (Francia), por Ana de la Girouardiére, con el
apoyo del P. Renato Bérault, para la adoración y la actividad
hospitalaria; las Hijas del Corazón de María (HCM), fundadas
en 1790 en París (Francia), por el P. J. Picot y Adelaida
Champion de Cice para servir a la Iglesia en sus necesidades;
las Hijas de /a Cruz, llamadas también Hermanas de San
Andrés, que nacieron en 1807, gracias a la colaboración de
san Andrés Huberto Fournet y santa Juana Isabel Bichier, en
Saint Pierre de Maillé, diócesis de Poitiers (Francia), para la
evangelización de los pobres; las Hijas de la Caridad (1808)
[/*Canosianas]; las Hijas de María Inmaculada de Agen (1816)
| ^Marianistas); las Hijas de Santa María de la Providencia |
/*Guanelianos|, y otra congregación con el mismo nombre,
fundada en Saintes (Francia) el 29 de septiembre de 1817,
que intenta encarnar el amor suscitando esperanza; las Hijas
de María, Religiosas de las Escuelas Pías (1829) | Escolapios];
las Hijas de la Divina Providencia (HDP), fundadas por la
Beata Madre María Elena Bettini en Roma, el 8 de septiembre
de 1832, para la educación de los niños más pobres; las Hijas
de María Santísima del Huerto, fundación de san Antonio
María Gianelli en Chiavari (Italia) el 12 de enero de 1829. para
la santificación a través de la práctica de la caridad; las Hijas
de Jesús (FI), fundadas por la Beata M. Cándida María de
Jesús en Salamanca, el 8 de diciembre de 1871. con el
compromiso de la educación católica de los pueblos por medio
de la enseñanza; las Hijas de María Auxiliadora
(1872) | ^Salesianas de san Juan Bosco]; las Hijas de Nuestra
Señora del Sagrado Corazón, nacidas el 30 de agosto de 1874
en Issoudun para promover el culto al Corazón de Jesús en
unión con María, que fueron fundadas por los santos Julio
Chevalier y Luisa Hartzer; las Hijas de Cristo Rey (HHCR), que
se proponen instaurar en la sociedad el reino de Cristo, y
nacieron en Granada el 26 de mayo de 1876, por iniciativa de
D. José Gras y Granollers; las Hijas de San José (FSJ),
conocidas también como Josefinas, que nacieron el 13 de
febrero de 1875 en Calella de la Costa (Barcelona) de la
colaboración de Francisco Javier Butiñá e Isabel de Maranges,
con el Fin de evangelizar santificando el trabajo; las Hijas de
María Madre de la Iglesia, fundadas por la Beata Matilde
Téllez Robles en Béjar (Salamanca) el 19 de marzo de 1875.
para promover el culto eucarístico; las Hijas del Divino Celo
(1887) 1 f Rogacionistas del Corazón de Jesús]; las Hijas de
San Camilo (1892) | Camilos]; las Hijas de la Pasión de
Jesucristo v de María Dolorosa (CFP), conocidas también
como Hermanas Pasio-nistas, que se proponen la
configuración con Cristo crucificado, y nacieron en México, el 2
de febrero de 1896 por iniciativa de Dolores Medina Zepeda;
las Hijas de la Inmaculada Concepción de Buenos Aires (HIC),
fundadas el 14 de septiembre de 1904 en Buenos Aires por la
M. Eufrasia Jaconis para las obras sociales; las Hijas de los
Sagrados Corazones de Jesús y María (HHSSCC), para la
evangeliza- ción de enfermos y pobres, obra del salesiano
Beato P. Luis Variara, nacidas en Agua de Dios (Colombia), el
7 de mayo de 1905; las Hijas de San Pablo (1915) | Familia
Paulina); las Hijas del Patrocinio de Maria (HPM), cuyos
fundadores (Córdoba, 19 de marzo de 1919), los PP. Cosme
Muñoz y Luis Pérez, les encomendaron el apostolado de la
enseñanza; las Hijas de la Virgen de los Dolores (RRHHVD)
fundadas con fines vocacionales por Antonia María Hernández
y Juan Tena Fernández, en Trujillo (Cáceres), también en el
año 1919: las Hijas de la Caridad de María Inmaculada,
fundadas por Inés María Gasea Solórzano en México el 27 de
agosto de 1930; las Hijas de la Iglesia (EF), de María Oliva
Bonaldo, que nacieron en Roma, el 24 de junio de 1938. para
la evangelización, viviendo el misterio de la Iglesia; las Hijas
de Nuestra Señora de Nazaret, Dominicas (1938) | J
Dominicos!; las Hijas de Santa María de Lenca, que nacieron
como pía unión, también en 1938. en la diócesis de Ugento
(Italia), para la reeducación y asistencia de niños
abandonados, por obra de la M. Elisa Martínez; las Hijas de la
Virgen María para la Formación Cristiana (FC), de M. José de
la E. Galán Cáceres, fundadas en Alcuéscar (Cáceres) el 2 de
octubre de 1941; las Hijas de la Parroquia Auxiliares del Buen
Pastor, que se dedican al apostolado parroquial y fueron
fundadas en 1948 en Pamplona, por D. Antonio Ona de
Echave: y las Hijas del Cenáculo, fundación de Joaquín M.
González de la Llana en Sonseca (Toledo), el 5 de mayo de
1944, para el apostolado sacerdotal.
Hijas de la Caridad de san Vicente de Paúl. En 1617 san
Vicente De Paul (1581-1660), párroco en ChatiIIon-IesDombes fundaba la Fraternidad de la Caridad para el servicio
a domicilio de pobres y enfermos. Sus miembros se
difundieron en numerosas parroquias rurales y urbanas, sobre
todo en París, donde tomaron el nombre de Damas de la
Caridad. A partir de esta experiencia, san Vicente maduró la
convicción de que, a pesar del bien realizado, era necesario el
compromiso a tiempo pleno de personas deseosas de ser
pobres con los pobres. Con la colaboración de santa Luisa de
Marillac (1591-1660), en noviembre de 1633 dio vida a la
Compañía de las Hijas de la Caridad (HC): fue precisamente
en su casa donde se reunieron las cuatro primeras jóvenes. El
25 de marzo de 1642, Luisa y sus primeras compañeras
pronunciaron los votos privados de pobreza, castidad,
obediencia y servicio a los pobres. La obra se difundió y en
1646 obtuvo del arzobispo de París una primera aprobación
como «Fraternidad». En 1665 el cardenal de Retz aprobaba la
compañía, poniéndola «en perpetuo» bajo la dirección del
superior general de la Congregación de la Misión (^Paúles).
Esta forma de vida consagrada fue una novedad original en la
historia de la Iglesia y servirá de modelo para otras muchas
instituciones en los siglos sucesivos. En 1668 el cardenal
Vendóme, como legado de Clemente IX, concedía a la
compañía la aprobación pontificia. Las obras que
caracterizaron a las Hijas de la Caridad fueron, además del
servicio a domicilio a pobres y enfermos, la asistencia a los
incluseros y a los ancianos de los hospicios, compromisos en
los hospitales, escuelas, casas para enfermos mentales, y
atención a soldados inválidos y chicas con problemas. Las
reglas, fruto de un camino de varios años y varias veces
revisadas, fijaban la organización y el estilo de vida de las
religiosas. San Vicente y santa Luisa, con el fin de evitar las
restricciones de la legislación eclesiástica de su tiempo,
habían querido una compañía secular y no una nueva orden
religiosa, entonces imposible. Entre
1633 y 1790, la comunidad se difundió por toda Francia, y
también en Polonia. Cuando llegó la Revolución francesa
había 430 casas en Francia y veinte en Polonia. En 1792 la
Compañía fue disuelta y tuvo varias mártires, entre ellas las de
Arras y Angers. que han sido beatificadas. Restaurada en
1800 por Napoleón, tuvo una rápida expansión. Después de
llegar a España en 1790, abrieron casas en Suiza (1810). Italia
(1833). Alemania. Bélgica, Grecia e Irlanda. El celo misionero
las llevó después a Turquía. Egipto, Siria, China (1847),
Etiopía. Mudugascar, Indochina, y poco a poco a todo el
mundo. En 1954 tuvo lugar una revisión de las reglas, a la que
siguió la realizada después del Vaticano II, entre 1968 y 1980,
año en que fueron aprobadas por la Santa Sede. Entre las
religiosas más conocidas se encuentran Rosalía Rendu, santa
Catalina Labouré, sor Josefina N icol i, las mártires de China y
las de la Guerra civil española. En 1996 las Hijas de la Caridad
eran 26.640, en 2.887 comunidades esparcidas por los cinco
continentes.
Hijas de Santa Ana de Piacenza.
Congregación de derecho pontificio desde 1879, fundada en
Piacenza (Italia) el 8 de diciembre de
1866, por la Beata Ana Rosa Gattorno (1831- 1900) con la
colaboración del cofundador, el Beato P. Juan Bautista
Tornatore (1821-1895), de los Sacerdotes de la Misión.
Joven viuda, madre de tres hijos, Rosa Gattorno se abrió a
una vocación más amplia, aun garantizando el cuidado de sus
hijos. Animada explícitamente por Pío IX, fundó el instituto con
el fin primario de la asistencia a domicilio a los pobres
enfermos, y a la prevención y asistencia de chicas con
problemas. Rosa se encontró bien pronto con dificultades que
afrontó con el coraje madurado en una intensa experiencia
mística y una sincera adhesión a la Iglesia. Superada la
prueba, pudo abrir casas en toda Italia, con una media de diez
fundaciones por año, hasta la muerte de la fundadora. En los
últimos treinta años del siglo XIX el instituto abrió casas en
Bolivia, Brasil, Perú y Chile, en Eritrea en 1886, seguidas
pronto por Francia y España. A la muerte de la fundadora, la
congregación contaba con casi cuatro mil religiosas y 368
casas. Inspirándose en santa Ana, la actividad de las
religiosas se expresa en el campo de la sanidad y la asistencia
(enfermos, menores, huérfanos, marginados); en la educación
y formación de la juventud; en la colaboración
pastoral en las parroquias, en la evan- gelización y promoción
humana. En 1996, los miembros del instituto eran 1.846,
distribuidos en 273 casas. La familia religiosa de las Hijas de
santa Ana se ha enriquecido con un instituto secular, una rama
contemplativa y otras formas de presencia, incluso con un
posible instituto masculino.
Hijos de la Caridad. Sacerdotes del mundo obrero
(HC). Su fundador es el Beato Padre Juan Emilio Anizan
(1853-1928). Nacieron en París el 25 de diciembre de 1918
con el fin específico de evangelizar el mundo obrero y popular
a través del ministerio pastoral y apostólico en comunidades y
barrios obreros.
Hijos de la Sagrada Familia.
Los Hijos de la Sagrada Familia Jesús, María y José (SF)
fueron fundados por el sacerdote español, San José Manyanet
y Vives. Todo el pensamiento, el estilo de vida y la actividad
del P. Manyanet arranca del ejemplo de la Familia de Nazaret.
En ella descubrió el designio de Dios sobre la familia humana,
y todo su esfuerzo estuvo orientado a hacer familias como la
de Jesús, María y José. Esa fue también la finalidad de la
nueva familia religiosa, que comenzó su
andadura canónica en 2 de febrero de 1870 en Tremp (Lleida),
pasando por serias dificultades, como la pérdida de su
personalidad jurídica al ser anexionada a la Orden de Clérigos
Regulares Teatinos, o los gravísimos daños sufridos durante la
Guerra civil española. Para conseguir su fin. los religiosos
viven en comunidad, tratando de reproducir la vida de la
Sagrada Familia, y desarrollan su actividad en colegios,
escuelas, parroquias, misiones y movimientos apostólicos,
siempre centrando su atención de manera especial en las
familias. Con la misma espiritualidad e idéntico fin, el P.
Manyanet, con la colaboración de la M. Encarnación Colomina,
fundó, el 28 de junio de 1874, en Talarn (Lleida) la
congregación femenina de las Misioneras Hijas de la Sagrada
Familia, que desarrollan su actividad en colegios, parroquias,
misiones y movimientos apostólicos, dando a todas sus obras
el sello del espíritu de familia.
Hirsau, reforma de. La reforma benedictina de Hirsau
(/Benedictinos) dio comienzo en la abadía de Hirsau (Calw, en
la Selva Negra), dentro del amplio movimiento de reforma
monástica y canonical que afectó a la Iglesia occidental los
siglos X- XI. Hirsau fue fundada el año 830, y renovada a
mediados del siglo XI. El abad Guillermo (1069-1091),
procedente de St. Emmeram en Ratisbona, condujo a Hirsau a
un gran florecimiento, convirtiéndolo en un influyente centro de
reforma. Siguiendo inicialmente las costumbres de St.
Emmeram (y, por tanto, la reforma /lorenense), el abad
Guillermo se unió a la reforma clunia- cense y redactó, con
Ulrico de Zell las Consuetudines Hirsau- gienses. Logró que
los monasterios de la observancia de Hirsau se liberasen de
los vínculos de dependencias externas, poniéndolos
directamente bajo la autoridad del papa (carta de protección
del papa Gregorio VIL 1075). Guillermo perfeccionó la
institución de los hermanos /laicos y, mediante su predicación,
difundió el pensamiento reformista a nivel popular. Los
monasterios pertenecientes a la observancia de Hirsau eran
más de cien (fundaciones nuevas y monasterios que se habían
asociado libremente). Gracias a Hirsau la reforma cluniacense
influyó de veras en Alemania. Aquí fue donde, durante la lucha
de las investiduras, los monasterios vinculados a Hirsau fueron
los más decididos defensores del partido papal contra los
emperadores Enrique IV (1056-1106) y Enrique V (1106-1125).
Fueron importantes las escuelas de escritura y el noble estilo
románico de los monasterios pertenecientes a la reforma de
Hirsau, hasta su decadencia, que comenzó alrededor del
1150. Al final de la Edad media, Hirsau pareció recuperar su
antiguo esplendor, pero la reforma protestante del siglo XVI
puso fin a este nuevo florecimiento. Los edificios de la abadía
fueron destruidos en 1692 por las tropas francesas, pero sus
potentes ruinas logran comunicar, aún hoy, una idea de su
pasada grandeza.
Hospitalarios. Se llamaban así, en tiempos de las cruzadas,
todas las órdenes cuya actividad se orientaba al servicio de los
peregrinos y los enfermos. Al principio, el término hospitalcirius
indicaba al religioso o clérigo dedicado a la enfermería o al
hospicio de los pobres en los monasterios y colegiatas. En la
alta Edad media surgieron numerosas órdenes hospitalarias,
casi siempre en estrecha relación con las cruzadas; así, por
ejemplo, las órdenes hospitalarias militares (entre ellas la
Orden teutónica, la Orden de Malta, la Orden de Santiago y los
Hospitalarios de san Lázaro), los hospitalarios de las ciudades
(entre ellos los Antonianos y los Hermanos del Espíritu Santo)
y otras comunidades masculinas y femeninas dedicadas al
cuidado y la asistencia de pobres y enfermos. En sentido más
amplio pueden denominarse también «hospitalarios»
numerosos institutos de vida religiosa, especialmente
femeninos, nacidos en la era moderna (sobre todo en el siglo
XX) para la asistencia de pobres y enfermos. Entre ellos están:
las Hermanas Franciscanas, Hospitalarias de Jesús
Nazareno (HJN), fundadas en Córdoba (España) por
el P. Cristóbal de Santa Catalina Hernández, el 25 de
julio de 1638; las Hermanas Hospitalarias de la Santa Cruz
(HSC), fundadas en Barcelona por Teresa Cortés Baró, el 9 de
julio de 1792; y las Hospitalarias del Sagrado Corazón
de Jesús (HSC), fundadas en 1881. en Ciempozuelos
(Madrid), por san Benito Menni Figini.
Humillados (del latín humilis, humilde, pequeño). Tuvieron
origen en los movimientos paupe- ristas de los contrastes
sociales que surgieron en la Lombardía del siglo XII. Al
principio se trató de una pía ^ hermandad de artesanos
(laneros y tejedores) que se reunían por motivos económicos y
religiosos. No tuvieron en cuenta la prohibición papal de la
predicación de los laicos (promulgada en 1179 por el papa
Alejandro III), ni aceptaron someterse a la tutela de las
autoridades eclesiásticas y, como consecuencia, fueron
excomulgados como herejes por el papa Lucio III en 1184,
junto con los Valden- ses (Francia meridional), próximos a
ellos en sensibilidad religiosa. Parte de ellos se reconciliaron
después con la Iglesia, hasta el punto que, ya a comienzos del
pontificado de Inocencio III, algunos grupos de Humillados
pudieron constituirse como orden religiosa (1198-1199), hasta
la plena aprobación del papa (1201). Así los Humillados
aparecen como una orden religiosa tripartita: 1) canónigos
regulares (sacerdotes) y eanonesas; 2) hermanos y hermanas
reunidos en comunidades conventuales; 3) religiosos que
vivían con sus familias (tercera orden, primera forma del
fenómeno de los terciarios), como prolongación de las
antiguas ^fraternidades. Inocencio III salió con todas las
formas al encuentro de las expectativas de los Humillados. Así
pudieron difundirse rápidamente en toda Lombardía y en parte
de los territorios limítrofes de Umbría y Toscana.
Proporcionaban a la población más pobre telas y lana. Gracias
a su fiabilidad, a los Humillados se les encomendaron también
tareas en las administraciones comunales. En la Edad media
tardía, al variar las condiciones sociales y económicas.
desapareció la tercera orden. Las otras dos ramas de la Orden
decayeron rápidamente y fueron suprimidas por Pío V, en
1571. En Italia sobrevivieron, al menos por cierto tiempo,
algunos monasterios de la Segunda Orden (Humilladas).
Icono. Los iconos (del griego antiguo eikón, imagen) son
imágenes sagradas estrictamente vinculadas a la
espiritualidad y el culto típicos de las Iglesias ^ortodoxas (y de
las Iglesias /unia- tas), objeto de profunda veneración incluso
privada. Se trata generalmente de imágenes pintadas de Dios,
de la Trinidad, de los misterios de la salvación y de los santos,
realizadas en madera o en tela, a veces en esmalte, repujado
o mosaico; otros, en fin, son incrustaciones o bajorrelieves en
piedra o madera. Su existencia está documentada a partir del
siglo IV. En su interpretación teológica (a raíz del conflicto
iconoclasta de los siglos VIII/IX), el icono se considera como
una fiel representación de la Imagen original, histórica y
celestial, de la que obtiene su santa energía. En eso, el icono
puede compararse, en cierto modo, a las imágenes sagradas
veneradas en los santuarios, meta de peregrinaciones, de la
Iglesia católica. La realización de los iconos debe someterse a
prescripciones religiosas extremadamente rigurosas. Al final, el
icono debe ser consagrado. En tiempos más antiguos los
iconos eran utilizados por los monjes en la celebración de la
liturgia, pero también como objeto de veneración personal.
Con la función litúrgica de los iconos se relaciona el
iconostasio, pared divisoria, adornada con iconos, entre el
presbiterio y las naves de las iglesias de rito oriental.
IEME. Es el Instituto Español de San Francisco
Javier para Misiones Extranjeras, fundado en 1899, y
aprobado el 30 de abril de 1919, para la
evangelización. Tiene 88 centros y 185 miembros, de ellos
174 sacerdotes (datos de 1996).
Iglesia de los laicos. Edificio eclesiástico menor (con
funciones incluso parroquiales) que se construía junto a la
iglesia conventual, reservado a los laicos, para no estorbar la
celebración de la /liturgia de las horas, sin tener que renunciar
por ello a desempeñar tareas parroquiales de cura de almas
(por ejemplo:
fundido en muchos cultos antiguos y religiones orientales. La
mezcla olorosa se enriquecía además con otros ingredientes
perfumados. Del Antiguo Testamento y de los usos rituales
paganos del tiempo, el uso del incienso pasó también a las
celebraciones litúrgicas cristianas. En la Iglesia católica y en la
^ ortodoxa, el incienso, colocado sobre los carbones
encendidos en el hornillo del incensario, se utiliza en muchas
celebraciones solemnes (también en las consagraciones,
bendiciones y funerales).
Incorporación (en latín incorpo- ratio). En el derecho
eclesiástico católico se contempla la anexión de un beneficio
(generalmente una parroquia) a otra persona jurídica (sede
episcopal, monasterio. cabildo catedralicio o colegial). La
institución de la incorporación se remonta al siglo XI. como
evolución, desde el punto de vista del derecho patrimonial, de
las donaciones de iglesias (con beneficios) a colegiatas o
monasterios: por una parte era necesario garantizar la cura
pastoral de una iglesia, y por otra garantizar al monasterio
cierta ventaja económica. Esta institución se difundió
rápidamente a partir de la Edad media. La doctrina moderna
hizo una distinción entre incorporación sólo en lo temporal
(incorporación parcial) e incorporación pleno jure
(patrimonio y ministerio parroquial). El sacerdote, secular o
religioso, que ocupaba una parroquia incorporada, se
denominaba vicario parroquial y generalmente se le investía
de aquella responsabilidad de cura de almas tras presentación
patronal (^patronato, derecho de presentación). La mayor
parte de las antiguas relaciones de incorporación
desaparecieron con la ^secularización en torno al año 1800;
sin embargo pudieron seguir existiendo en Austria y, al menos
parcialmente, en Baviera. El código de derecho canónico de
1917 admitía la incorporación de una parroquia a una casa
religiosa masculina, a un cabildo catedralicio o colegial, o
también a otras personas jurídicas (a excepción de las casas
religiosas femeninas). El nuevo código de derecho canónico
(1983) prohíbe toda incorporación pleno jure (las relaciones
anteriores deben ser anuladas); la incorporación parcial no
está expresamente prohibida, pero no tiene ya ningún
fundamento jurídico. Hoy el obispo puede confiar una
parroquia a una orden religiosa clerical o a una sociedad
clerical de vida apostólica, pero no ya mediante el trámite de la
incorporación, sino con un simple acto de «confianza»
(convención). En estos casos, el sacerdote perteneciente a
esa comunidad queda investido en el oficio de la parroquia con
todos los derechos de un párroco canónico.
Inmaculada Concepción de Castres (IC). Es una
congregación femenina, fundada en Castres (Francia) por
Santa Emilia Villeneuve, el 8 de diciembre de 1836. para la
evangelización y la atención a los necesitados, sobre todo a
través de las obras educativas, sanitarias, sociales y
parroquiales.
Institución de Cristo Abandonado. Fue fundada por el
jesuíta P. Bernabé Copado, en Málaga, el 7 de febrero de
1947, para la formación de jóvenes desamparadas.
Institución Javeriana. Las Hermanas de San Francisco Javier
(Institución Javeriana, IJ) fueron fundadas en Madrid, el 12 de
enero de 1941, por el jesuíta P. Manuel Marín Triana, para el
apostolado con la juventud femenina trabajadora.
Instituto Calasancio Hijas de la Divina Pastora
(ICHDP). Nacido en Sanlúcar de Barrameda (Cádiz), fruto de
la entrega de San Faustino Miguez Gonzalez, el 2 de
enero de 1885. el instituto se dedica a la educación de niños y
jóvenes, con humildad y sencillez. Está presente en varios
países hispánicos.
Instituto Catequista Dolores Sopeña. Sus miembros,
conocidos también como Damas Catequistas, se dedican
especialmente a la evangelización de los adultos obreros. La
Beata Maria Dolores Rodríguez Sopeña fundó el Instituto en
Loyola (Guipúzcoa), el 24 de septiembre de 1901.
Instituto Pontificio de Misiones Extranjeras. El
Seminario Lombardo para las Misiones Extranjeras nació en
Milán en 1850, fundada por el Beato Angel Ramazzotti, como
expresión de la notable recuperación de la acción misionera de
la Iglesia del siglo XIX.
En 1847. Pío IX envió a Milán a un sacerdote de las Misiones
Extranjeras de París para expresarle al obispo de la principal
diócesis lombarda, Carlos Borromeo Romilli, su deseo de abrir
en Italia un seminario para las misiones extranjeras. El deseo
del papa fue acogido por el arzobispo ambrosiano y asumido
por el superior de la casa de los Oblatos de Rho, el P. Ángel
Ramazzotti, quien a comienzos del año 1850 elaboró un
proyecto para el instituto, poniendo a disposición, como
primera sede del Seminario, una casa de su propiedad en Saronno. Se le considera el fundador de este instituto, cuya acta
de fundación fue suscrita por los
Estados de la vocación particular de sacerdotes del clero
secular y de laicos que se dedican de forma total y definitiva a
la actividad misionera, en la forma concreta de una comunidad
apostólica, donde el instituto cumple la función de mediador y
garante de los fines generales con vistas a un mejor servicio a
la evangelización.
Ya en 1852, el Seminario Lombardo para las Misiones
Extranjeras envió a sus misioneros a las islas del Océano
Pacífico, a Melanesia y Micronesia. Posteriormente se le
encomendaron al instituto otros territorios de misión en Asia:
India. Bengala, Birmania oriental, Hong Kong y
China. El instituto abrió misiones propias en Africa en 1936 y
en América Latina en 1946.
El PIME se desarrolló en Italia y en los territorios de misión de
manera proporcional, aun permaneciendo el continente
asiático como objetivo primario en la actividad del instituto.
Actualmente el PIME desempeña su actividad en unos veinte
países. En 1996 los miembros del instituto eran 667, de ellos
528 sacerdotes.
Instituto Religiosas María Teresa, Siervas de
Jesucristo. Fundado en 1815 por el P. Bruno Lespiaut y
María Sofía Brochet en Burdeos (Francia), se dedica a
diversas actividades encaminadas a la salvación de las almas.
Institutos religiosos.
Constituyen en su conjunto el estado religioso, un estado
público y completo de vida consagrada, en el que a los
preceptos comunes para todos los fieles, se añaden los tres
votos de castidad, pobreza y obediencia, vinculantes por voto.
Estos votos pueden ser temporales o perpetuos, pero siempre
públicos, es decir, aceptados por la Iglesia. Este estado de
vida comporta la vida fraterna en comunidad y una cierta
separación del mundo, acorde con la índole y finalidad de cada
instituto en particular. Se denominan Ordenes los institutos
cuyos miembros emiten votos solemnes (y sus miembros se
llaman Regulares, en las órdenes masculinas, y Monjas en las
femeninas). Los demás institutos se llaman Congregaciones y
sus miembros Religiosos de votos simples. Históricamente son
anteriores las Órdenes.
Son Institutos clericales los que, según el proyecto del
fundador o por legítima tradición asumen el orden sagrado,
son gobernados por clérigos y son reconocidos por la Iglesia
como tales. En caso contrario, son Institutos laicales. No
obstante la disciplina común que les regula, subsisten aún
varias categorías de Institutos religiosos: Canónigos
Regulares. Monjes, Órdenes Mendicantes, Clérigos Regulares,
Congregaciones Religiosas Clericales y Congregaciones
Religiosas laicales, con sus correspondientes ramas
femeninas.
Institutos seculares. En la Iglesia católica se denominan
institutos seculares las asociaciones de fieles (clérigos y
laicos) que, a través de la vida consagrada, tienden a la
perfección de la vida cristiana en el mundo y se empeñan en
contribuir a la santificación del mundo, actuando dentro de él.
Los miembros de estos institutos continúan viviendo dentro de
sus propias condiciones seculares, profesionales y familiares,
o bien optan por vivir en pequeñas comunidades, como puntos
de partida y referencia para su presencia en el mundo. En la
esencia de los institutos seculares están comprendidos estos
elementos: 1) la consagración (compromiso de vivir de
acuerdo con los consejos evangélicos); 2) la secularidad
(presencia en el mundo); 3) el apostolado (testimonio
misionero en el mundo); 4) vínculo con la comunidad (estable
o con una referencia periódica).
Los orígenes de estas aspiraciones se remontan a épocas
especialmente dramáticas de la
historia de la Iglesia, como son los siglos XVI y XVII (ver
intenciones originales de las /^Ursulinas y las f Damas
Inglesas) y la revolución francesa. Estos intentos fueron
retomados en el siglo XIX. pero ha sido en el siglo XX cuando
los institutos seculares han alcanzado notable importancia.
Con la Constitución apostólica Próvida Mater Ecclesia, de
1947, el papa Pío XII dio un primer fundamento jurídico a estos
grupos, creando los presupuestos para su pleno
reconocimiento. El estado jurídico de los institutos seculares
está ampliamente descrito en el actual código de derecho
canónico, promulgado en 1983 (cán. 710-730). Los institutos
seculares pueden ser clericales o laicales, masculinos o
femeninos. Actualmente son muy numerosos, su presencia es
sumamente significativa y están en fase de crecimiento, con
un claro predominio de los grupos femeninos. Los institutos
seculares integrantes del /"CEDIS. nacidos en España, son
estos: Acies Christi, Activas del Apostolado Social, Alianza en
Jesús por María, Auxiliares de Jesús Maestro Divino,
Catequistas de la Virgen del Pino, Cruzada Evangélica,
Cruzadas de Santa María, Filiación Cordimariana, Hijas de la
Natividad de María, Hogar de Nazaret, ígnis Ardens, Instituto
Isidoriano. Lumen Christi, Misioneras Apostólicas de la
Caridad, Instituto Misioneras Seculares, Obreras de la Cruz,
Operarías Parroquiales, Sierras Seglares de Jesucristo
Sacerdote, y Vita et Pax in Christo Jesu. Institutos establecidos
en España son: Caritas Christi (nacido en Francia),
Cooperadoras de ¡a Familia (Portugal), Instituto Secular
Sagrada Familia (Francia), Instituto San Bonifacio (Alemania),
Instituto Secular de Schdnstatt Hermanas de María (Alemania),
Instituto Secular Padres de Schdnstatt (Alemania), Instituto
Secular Servita (Inglaterra), Misioneras Seculares
Combonianas (Italia), Pequeña Familia Franciscana (Italia),
Pro Ecclesia (Marruecos), Siervos de la Iglesia (Italia) y
Voluntarias de Don Hosco (Italia). Otros institutos o
asociaciones semejantes, son Acies Christi, Cooperadoras de
Jesús, Instituto Femenino del Prado, Legión de Cristo
Sacerdote, Mater Christi, Misioneras Seculares de Jesús
Obrero, Misioneras Seculares de la Iglesia, Misioneras
Reparadoras, Misioneras de la Unidad, Ora et Labora, y
Sacerdotes del Prado.
Por su estilo de vida y actividades, se asemejan a los institutos
seculares católicos diversos grupos de la Iglesia evangélica.
Institución Teresiana (I.T). Es una congregación o
instituto secular de educadores catolicos, fundada en 1911,
por el sacerdote, educador y martir español, San Pedro
Poveda Castroverde (1874-1936), y la Beata
Josefa Segovia Moron (1891-1957), quien a la
muerte del Padre Poveda, en 1936, doña Josefa Segovia,
asumió el mando del instituto. La Institución Teresiana tiene
colegios y universidades en todo el mundo.
Instrucción Caritativa del Santo Niño Jesús. Conocido
también con el nombre de Damas Negras, fue fundado en
Sotteville (Francia) en 1662. por el Beato P. Nicolás Barre,
con el fin de hacer conocer y amar a Jesucristo.
Irlandés, monacato. Irlanda (en latín Hibernia, Scotia)
nunca había sido ocupada por los Romanos y ni siquiera se
vio afectada por las migraciones de los pueblos bárbaros (las
llamadas «invasiones bárbaras»). En el siglo V la isla fue
cristianizada y dotada por san Patricio de una organización
diocesana. La posición marginal de esta isla con respecto al
resto de Europa propició el nacimiento de un modelo de Iglesia
muy marcada por la experiencia monástica. Ya a partir del
siglo VI surgieron numerosos monasterios. Cada clan (tribu,
grupo de familias) construía su monasterio, que atendía a
todas las necesidades religiosas. Los abades de estos
monasterios ejercían la jurisdicción eclesiástica. El abad o uno
de sus monjes era consagrado obispo y proveía después a las
ordenaciones reservadas al obispo. De ese modo, la
organización diocesana debida a san Patricio -que tenía como
centro la sede episcopal de Ar- magh- acabó pasando a
segundo plano. Y así, la estructura de la Iglesia irlandesa se
distanció de la evolución de la Iglesia universal, especialmente
la del Occidente romano-latino. Otro elemento de
diferenciación fue el
frecuencia estas pequeñas comunidades se convirtieron en
centros de vida cristiana y contribuyeron a la evangelización
de los territorios circunstantes.
El representante más significativo del monacato irlandés en el
continente fue. a partir de tíñales del siglo VI, san Columbano
el Joven (f 615), con sus fundaciones monásticas en
Annegray. Luxeuil y Fontaines, al oeste de los Vosgos. Con su
movimiento monástico, que pronto se difundió por todo el reino
de los Francos, Columbano abrió el camino a los comienzos -y
después, a partir de los siglos VIII y IX, a la afirmación- del
monacato benedictino (regla de san ^Columba- no). A través
del período de la f «regla mixta» (siglos VII y VIII) -en el que
coexistieron y se mezclaron la antigua observancia gálica, la
de san Columbano y la benedictina- la sabiduría y capacidad
de adaptación de
la regla de san Benito (^Benedictinos) hizo que esta
observancia se afirmara sobre todas las demás. En los siglos
centrales de la Edad media las formas continentales del
monacato llegaron también a Irlanda. A pesar de las
destrucciones y devastaciones (primero por los vikingos, luego
por las luchas entre facciones irlandesas y, por fin. por los
ingleses, sobre todo en los siglos XVI y XVII), existen aun hoy
soberbias ruinas, torres circulares, cruces de piedra y otros
monumentos, testigos del tiempo en que el antiguo monacato
irlandés fue más floreciente. La tradición monástica
«iroescocesa» perduró en los monasterios ^escoceses, con
sus últimas ramificaciones, incluso después de la adopción de
la regla de san Benito, hasta el siglo XIX.
Jesuitas (Compañia de Jesús). Fue fundado en 1535,
por San Ignacio de Loyola (1491-1556), sacerdote
español, nacido en Guipuzcoa, Navarra, quien antes era un
joven militar, fue herido en Pamplona, y ya curado, íñigo
decidió irse como penitente a Jerusalén. A finales de febrero
de 1522, abandonó el castillo paterno y acudió al monasterio y
santuario benedictino de Montserrat. Aquí hizo una confesión
general y, después de velar en oración la noche del 24 al 25
de marzo de 1522, ante la imagen de la madre de Dios,
comenzó su nueva vida como caballero de Cristo. Luego pasó
a Manresa, donde permaneció hasta febrero de 1523. Aquí
llevó una severa vida de penitencia y se le concedió vivir ricas
experiencias interiores. A una época de consuelos íntimos
siguieron momentos de angustia y desesperación, marcados
por terribles escrúpulos, hasta el punto de hacerle pensar en el
suicidio. Sin embargo, recibió la gracia inesperada de
profundas iluminaciones íntimas. La más fuerte la tuvo a orillas
del Cardoner. donde, según sus palabras, se le concedió
comprender muchas realidades referentes tanto a la vida
espiritual como a las verdades de la fe. También se le
concedió una nueva comprensión de la persona de Cristo; en
lugar del Señor sufriente, él veía ahora sobre todo al rey, que
buscaba colaboración para la misión, que el Padre le confiaba,
de ganar para sí al mundo entero. Los contenidos
fundamentales de la experiencia de Manresa, los expuso Iñigo
en el Libro de los ejercicios espirituales, que, no obstante, no
redactaría en su forma definitiva hasta unos año* más tarde,
en París y en Roma.
Después de permanecer durante casi un año en Manresa, en
1523 Iñigo comenzó la proyectada peregrinación a Tierra
Santa. Con gran desilusión por su parte no pudo permanecer
allí, por lo que tuvo que volver a España. A los 33 años, tomó
la decisión de estudiar para llegar a ser sacerdote y poder así
«ayudar a las almas». Primero estudió latín en Barcelona, y
luego filosofía en Alcalá y Salamanca. En este período Iñigo
predicaba también sus Ejercicios espirituales, provocando las
sospechas de las autoridades eclesiásticas, que creyeron ver
en él un alumbrado (seguidores de una corriente mística, que
se creían unívocamente «iluminados» por el Espíritu Santo), lo
que le costó hasta veintidós días de cárcel, pero sobre todo la
prohibición de predicar. Con el fin de realizar mejor sus
estudios, se fue a París, que era entonces el centro de
estudios teológicos más importante. Allí permaneció desde
1528 a 1535, año en que concluyó los estudios, consiguiendo
el grado de magister.
2. Del grupo de amigos a la fundación de la Compañía de
Jesús. En París, tras algunos intentos que acabaron en nada,
Ignacio consiguió reunir un grupo
de amigos que permanecieron con él de manera estable.
Después de predicarles los Ejercicios, el 15 de agosto de 1534
Ignacio se retiró a la capilla de los mártires en Montmartre, en
los alrededores de París, junto con sus compañeros: Pedro
Fabro, Francisco Javier. Simón Rodríguez, Diego Laínez,
Alfonso Salmerón y Nicolás de Bobadilla. Allí hicieron /'voto de
vivir en pobreza y castidad y prometieron emprender una
peregrinación a Tierra Santa. Pero si en el plazo de un año no
les era posible realizar ese viaje, irían a Roma para que el
papa, vicario de Cristo, que veía mejor que nadie las
necesidades de la Iglesia universal, decidiera dónde debían
comprometerse. En aquel tiempo no pensaban aún en la
fundación de una nueva orden. Simplemente se consideraban
«amigos en el Señor».
El viaje a Tierra Santa resultó imposible a causa de los
peligros de la guerra, por lo que entró en vigencia la cláusula
del voto de Montmartre. que los comprometía a ir a ver al
papa. El 24 de junio de 1537 se ordenaron sacerdotes en
Venecia. A partir de entonces comenzaron a denominarse
Compañía de Jesús, porque veían a Jesús como su verdadero
jefe. Luego se pusieron en viaje hacia Roma. En noviembre de
1537, poco antes de llegar a la ciudad, en la capilla de la
Storta
tuvo Ignacio una visión, en la que vio que Dios Padre lo ponía
como compañero de viaje a Cristo cargado con la cruz. En
esta visión, Ignacio reconoció la confirmación divina del viaje
hasta entonces realizado. En noviembre de 1528 el papa
Pablo III aceptó el ofrecimiento de los compañeros y les confió
diversas tareas pastorales en Roma. Pero cuando, en 1538, el
papa decidió enviar a algunos de ellos a otra ciudad italiana,
surgió la cuestión de si debían disolver su comunidad o
permanecer juntos y fundar una orden religiosa. Optaron por
esta última posibilidad. En septiembre de 1539 presentaron al
papa su programa de vida. Pero aún quedaban muchas
resistencias que superar. Algunos cardenales encontraban la
nueva orden demasiado «moderna»: su forma de vida
respondía demasiado poco a la vida religiosa tradicional; la
ausencia de obras penitenciales prescritas y de otras formas
de observancia sonaba como una concesión a los
protestantes; también el voto especial de obediencia al papa
era superfluo, puesto que todos los cristianos deben obedecer
al papa; y además de todo eso. había ya demasiadas órdenes
religiosas. No obstante, el 27 de septiembre de 1540 Pablo III
aprobó la Compañía de Jesús con la bula Regimini militantis
Ecclesiae.
En 1541 Ignacio fue elegido general de la nueva orden. Aceptó
el cargo sólo después de muchas resistencias. Además estaba
comprometido en otras muchas actividades pastorales, a
través de los ejercicios, la enseñanza catequística y la
predicación; y también, dio vida a numerosas obras sociales y
caritativas. Sin embargo, la actividad más importante de sus
últimos dieciséis años de vida consistió en el gobierno de la
Orden. Sobre todo era necesario elaborar las constituciones
de la Compañía de Jesús, obra para la que Ignacio pudo
contar, a partir de 1547, con la gran ayuda de su secretario,
Juan de Polanco. Los últimos años de Ignacio vieron el rápido
crecimiento de su fundación. Los diez compañeros de 1540 se
habían convertido, en 1556, en cerca de mil, y estaban
divididos en doce provincias. Con una densa correspondencia
(se conservan casi siete mil cartas), Ignacio procuró mantener
unidos a los miembros de su Orden, ya difundida por todo el
mundo. Afrontó este cúmulo de trabajo con un físico ya
extenuado por frecuentes enfermedades. Sufría una grave y
dolorosa enfermedad biliar que no se le diagnosticó
correctamente para poder curarla a tiempo. El 31 de julio de
1556 Ignacio de Loyola murió en Roma. Su canonización tuvo
lugar en 1622.
No es fácil caracterizar en poco espacio la figura de san
Ignacio. El reunía en sí una serie de elementos contrastantes,
que producían en su persona unas condiciones de gran
tensión. Fue un hombre ascético y, al mismo tiempo, un
místico profundo. Unió la contemplación y el compromiso en el
mundo, la atracción por las cosas grandes con el amor a los
detalles, la confianza en la providencia con el empeño
personal. Exigía obediencia, pero presuponía, al mismo
tiempo, la discretio y la iniciativa personal. Ignacio no puede
ser reducido a una fórmula expeditiva.
3. Espiritualidad y carisma. No obstante algunos acentos
propios, la espiritualidad de Ignacio y de la Compañía de
Jesús está estrechamente vinculada con la tradición. Muchos
de sus modos de vivir, muchos aspectos de su espiritualidad,
los debía Ignacio a las lecturas espirituales en Loyola,
Montserrat y Manresa. Otros influjos sobre él y su fundación lo
ejercieron las antiguas órdenes, sobre todo los /*
Franciscanos, los /'Dominicos, los fBenedictinos y los
/'Cartujos. Muchos eran, además, los puntos de contacto con
órdenes y congregaciones nacidas en aquel período, como los
/'Teatinos o los /'Clérigos regulares.
Los textos más significativos para la espiritualidad y el carisma
de la Compañía de Jesús son, sobre todo, la Formula Instituti y
las Constituciones, con el Examen General. En sentido amplio,
también los Ejercicios son expresión de la experiencia
espiritual ignaciana. El punto central de los Ejercicios consiste
en acoger, en la contemplación de la vida de Jesús, la llamada
de la Gracia al seguimiento del Señor, que se ha hecho pobre
por nosotros, y pronunciar, en la «opción», el sí personal, para
asemejarse cada vez más a Jesús, en la vocación de servicio
en la Iglesia. El auténtico documento de fundación de la
Compañía de Jesús es la bula del papa Pablo III Regimini
militan- tis Ecclesiae, del 27 de septiembre de 1540, llamada
también Formula Instituí i. En ella se describen las
características esenciales de la nueva Orden, incluido su
nombre, «Compañía de Jesús». La bula presenta los
cometidos de la Compañía de Jesús (servicio a Dios y a la
Iglesia, en dependencia del papa, vicario de Cristo), los tres
votos generales de pobreza, castidad y obediencia, a los que
se añade el voto de especial obediencia al papa con respecto
a las misiones apostólicas, y, finalmente, los diversos servicios
apostólicos. La segunda bula Exposcit debitum, de 1550,
contiene algunas puntualizaciones y correcciones. La Formula
corresponde en cierto modo a la regla de las órdenes más
antiguas, como por ejemplo la Regla bulada (1223) de
Francisco de Asís.
En las Constituciones, Ignacio explica con mayor precisión las
ideas fundamentales de la Formula ¡nstituti. El tema se
desarrolla en diez partes, en orden no temático, sino
«evolutivo», es decir, siguiendo las diversas etapas de la vida
de un jesuíta, desde el momento que es acogido en la Orden
hasta su envío apostólico. Las Constituciones no son un árido
y rígido código legislativo, sino que a los aspectos jurídicos
añaden elementos espirituales, institucionales y ascéticos, y
pueden comprenderse únicamente a partir del espíritu de los
Ejercicios. Son, además, el resultado de un discernimiento
espiritual de muchos años y de la reflexión sobre la
experiencia vivida por Ignacio y sus compañeros.
El elemento más importante de la espiritualidad ignaciana está
contenido en el nombre mismo de la Orden: Compañía de
Jesús. Jesús aparece como el verdadero jefe de la Orden. Sus
miembros se caracterizan a partir de su pertenencia a Jesús,
como compañeros de Jesús y, por consiguiente, los unos de
los otros. Con ello, la ley de su vida consiste en asemejarse a
Jesús, en el sentido propuesto por los Ejercicios, y eso implica
la pobreza (¡que para Ignacio está antes que la obediencia!), la
humildad, la capacidad de soportar humillaciones y ofensas,
cruces y persecuciones. Ignacio y sus primeros
compañeros no usaron el nombre de «jesuíta». Si nos
atenemos al relato de Pedro Canisio, este apelativo se aplicó a
los miembros de la Orden primero en sentido injurioso, pero
muy pronto, por su brevedad, se impuso también con una
acepción neutral. Además, el hecho de que Ignacio y sus
compañeros usaran el término Compañía para designar su
comunidad no implicaba ninguna connotación militar; este tipo
de denominación se usaba mucho en aquel tiempo para
designar a los grupos eclesiales.
Otro rasgo esencial de la espiritualidad ignaciana es la misión
apostólica. Ignacio siente que su Orden participa radicalmente
de la misión que Jesús ha recibido del Padre y transmitido a
los apóstoles, a la Iglesia y al papa. Concretamente el servicio
a Dios y a la Iglesia se describe en la Formula ¡nstituti con
estos términos: difusión y defensa de la fe (sin embargo, el
término «defensa» aparece en la segunda bula de 1550; la
Compañía de Jesús no había sido fundada en principio contra
la reforma protestante), progreso de las almas en la vida y la
doctrina cristiana, a través de la predicación, la enseñanza,
cualquier forma de servicio a la palabra de Dios, los ejercicios
espirituales, la catequesis de niños y de la gente sencilla, la
escucha de confesiones, la recomposición de pleitos y la
reconciliación de las partes en litigio, el servicio y la asistencia
a los enfermos y prisioneros. Este tipo de trabajo correspondía
plenamente a las necesidades de la Iglesia de entonces. El
nuevo modelo de orden religiosa del siglo XVI -al que
pertenecía también la Compañía de Jesús- era el de los
/"Clérigos regulares. Se caracterizaba por la unión de vida
religiosa («regular») y compromiso pastoral («clérigos»). Es
típica para Ignacio la universalidad del apostolado por cuanto
se refiere al territorio (sin limitarse a una diócesis concreta), a
las tareas y a los medios. En todo caso, el fin preferencial
sigue siendo la ayuda a los más necesitados, para quienes no
basta la normal asistencia pastoral de obispos y párrocos.
El tercer elemento esencial es la obediencia al papa por
cuanto concierne a la misión apostólica. Desde el punto de
vista histórico hay que entenderla a la luz del voto de
Montmartre, pero también posteriormente ha seguido siendo
«nuestro principio y principal fundamento» (Ignacio), hasta el
punto de hallar su plena expresión en el «cuarto voto»,
añadido a los tres votos religiosos tradicionales.
Toda la estructura de la Orden está organizada a partir de su
fin apostólico. Ignacio quiso que los Jesuítas fueran, no
monjes, sino clérigos y apóstoles; y esta opción suya explica
las innovaciones que introdujo con respecto a las órdenes
tradicionales: renuncia a la vida monástica tradicional, con
oración coral y solemne misa conventual; en su lugar, «buscar
a Dios en todo» (donde seguían ocupando el primer lugar el
rezo del breviario, la meditación y el examen de conciencia);
renuncia a un /"hábito religioso específico, a ejercicios
penitenciales y prácticas conventuales (observancias); en su
lugar quedan «el estilo de vida normal» de los «sacerdotes
dignos y respetables» del territorio donde los jesuítas
habitaban; renuncia a la /"clausura y a la Estabilitas, y en su
lugar «todo el mundo se convierte en nuestra casa» (Nadal).
Otro rasgo de la espiritualidad ignaciana puede descubrirse en
esas actitudes que constituyen la premisa para la misión
apostólica del enviado: disponibilidad, movilidad, indiferencia
(o libertad interior), prontitud para la obediencia, que, por lo
demás, no puede ser «ciega», sino que exige una gran dosis
de capacidad de discernimiento e iniciativa personal.
La especial estructura institucional de la Orden se explica
precisamente a partir de los fines que se propone y de sus
exigencias de apostolado universal. En ella se mantiene
coherentemente la idea de orden religiosa como
asociación, o sociedad, sin vínculos territoriales, que ya se
había desarrollado a partir de las /"órdenes militares y f
mendicantes. Sus características principales son el centralismo
y la forma monárquica de gobierno, que atribuyen gran poder
de decisión a los superiores provinciales y al general de la
Orden. La congregación general de la Orden sigue siendo, en
todo caso, la máxima autoridad legislativa dentro de la
Compañía de Jesús, y posee un carácter democrático. Se
reúne para la elección del prepósito general, pero también
para afrontar cuestiones de actualidad. El prepósito general es
elegido de por vida. Los demás superiores no son elegidos,
sino nombrados, normalmente por un período de seis años.
Son típicos los diversos grados de pertenencia a la Orden: los
escolásticos (estudiantes), al concluir el segundo año de
noviciado, con votos perpetuos, pero simples; los profesos.
cuya preparación específica es ya completa y que se
consideran aptos para la misión apostólica (emiten la profesión
definitiva, pronunciando, además de los tres votos
tradicionales, el de especial obediencia al papa); los
coadjutores, que no emiten el cuarto voto y son destinados a
otras tarcas: más en concreto, los coadjutores espirituales,
como sacerdotes, y los coadjutores temporales, como
hermanos laicos. Al principio, en la perspectiva ignaciana, los
profesos debían ser «apóstoles itinerantes», mientras que a
los coadjutores se les encomendaban todos los demás
trabajos que requerían stabilitas. En todo caso, hoy la
diferencia entre profesos y coadjutores ha llegado a ser muy
relativa, al menos en la práctica. En resumen, puede decirse
que el elemento típicamente ignaciano no consiste tanto en la
novedad de cada una de las disposiciones (con respecto a las
órdenes más antiguas), cuanto en el hecho de que todas las
disposiciones están ordenadas de manera consecuente al
servicio que la Orden asume en la Iglesia, acogiendo el
mandato apostólico de parte del papa. El carisma ignaciano es
un principio dinámico que requiere disponibilidad y movilidad,
con una continua adecuación a los tiempos, lugares, personas
y circunstancias.
Como la concepción ignaeia- na de orden religiosa respondía
de manera especial a las exigencias de la Iglesia de entonces,
hubo posteriormente otras órdenes que se inspiraron también
en las constituciones de los Jesuítas; por ejemplo el Institutum
Beatae Marine Virgin i s, de Mary Ward Damas Inglesas). Sin
embargo, Ignacio rehusó siempre constituir una rama
femenina de la Compañía de Jesús. También en otras órdenes
masculinas pueden encontrarse influjos ignacianos. Además,
puede constatarse un influjo general de las constituciones
ignacianas sobre las órdenes religiosas en lo referente a la
formulación de los aspectos legislativos generales de la vida
religiosa.
4. El primer siglo (1540- 1640). El primer siglo fue también el
más rico en resultados de toda la historia de la Compañía de
Jesús. No obstante, la evolución de la Orden sólo puede
entenderse correctamente en el marco de la historia general.
Era la época que seguía al Humanismo y al Renacimiento, a
los que se debía una fuerte acentuación de los valores
humanos y culturales, cosas que la Orden acogió en su propio
proyecto formativo y pedagógico. Antes aún, en el fondo,
estaba aquel gran deseo de reforma que, desde finales del
siglo XV, invadía a la Iglesia católica, tomando cada vez más
fuerza. La Compañía de Jesús asimiló los estímulos que se
desprendían de todo ello. Además, estaba en acto la Reforma
protestante, y la Orden se vio obligada a confrontarse con ella,
con cometidos defensivos, para los que no había sido fundada,
pero que pronto tuvo que asumir.
Primero algunos datos: a la muerte de Ignacio, en 1556, los
Jesuítas eran cerca de mil. En aquel tiempo se habían fundado
ya en Europa 48 colegios. En 1580 el número de miembros de
la Compañía había ascendido ya a más de cinco mil, divididos
en 21 provincias, con diez casas de 'profesos y 144 colegios.
En 1640, a un siglo de la fundación, la Compañía de Jesús
contaba con unos 16.000 miembros, divididos en 35
provincias, con 521 colegios, 49 seminarios y unas 280 casas
pequeñas.
Algún detalle más puede deducirse de un vistazo, aunque
rápido, a las actividades más importantes de la Compañía. Lo
que más destaca es el sorprendente desarrollo de los colegios.
Al principio debían servir sólo para la formación y preparación
de los candidatos de la Orden. Pero muy pronto se abrieron
también a los estudiantes externos. Nuncios, obispos,
príncipes y ciudades solicitaban, frecuentemente con
insistencia, que se fundaran nuevos colegios jesuítas y la
Orden vio en ello un «signo de los tiempos». En los colegios
se impartía a la juventud una formación inspirada en los
ideales humanistas del tiempo. Igual importancia tenía la
formación personal y religiosa de los jóvenes. Gracias a la
actividad de predicación y a las solemnes celebraciones
eucarísticas que tenían lugar en sus iglesias, los colegios de
los Jesuitas llegaron a ser también importantes centros
pastorales para los ambientes y lugares circundantes. Gran
importancia para la conservación y renovación de la fe
católica, tuvieron las congregaciones marianas, fundadas por
Juan Leunis en el colegio romano, pero que pronto se
difundieron por todos los colegios de los Jesuitas. Su finalidad
era la armonización del estudio, la santificación personal y el
apostolado (con servicios de caridad). Se ponían bajo la
protección de María y se esforzaban por imitar su ejemplo.
Pronto las congregaciones se ampliaron también a otros
grupos profesionales o sociales. El teatro escolar («teatro
jesuítico») resultó ser un medio excelente tanto para la
formación como para el apostolado.
Los Jesuitas consideraron, además, como cometido específico
la predicación de los ejercicios espirituales, sobre todo como
ejercicios personalizados, lo que explica su gran influjo. Los
conceptos fundamentales de los Ejercicios, sobre todo la
«primera semana», con la conversión y la confesión, se
extendieron a amplios estratos sociales, gracias a las misiones
populares. Territorios enteros fueron catequizados de este
modo. Durante mucho tiempo, en los países de lengua
alemana la enseñanza catequética de la doctrina católica tuvo
como texto básico el catecismo redactado por Pedro Canisio.
Gran importancia tuvo también la actividad de consejeros
desarrollada por los Jesuitas, por ejemplo, en el concilio de
Trento-, como acompañantes de nuncios o durante las dietas
imperiales y las conversaciones de religión. Por las ventajas
que podía tener para el bien común, los Jesuítas aceptaron
con frecuencia el cargo de confesores de cortes y príncipes,
aunque esto supuso enfrentarse con fuertes oposiciones. En
todas las cortes más importantes del tiempo hubo confesores
jesuítas, aunque fuera por breve tiempo: Viena, Munich, París,
Madrid y Lisboa. Esta actividad resultó incómoda para la
Orden en el período de la Contrarreforma, a causa de la
mezcla de problemas de conciencia y política religiosa.
Uno de los sectores más importantes donde los Jesuitas
desarrollaron su actividad fue el de las misiones. El primero de
sus misioneros es también el más conocido: Francisco Javier,
que a partir de 1542 trabajó en India, Malaca y Japón, y murió
en 1552, mientras estaba de viaje hacia China. Una de las
características fundamentales del método misionero de los
Jesuitas era la llamada «adaptación»: en vez de imponer usos
y modos de ser europeos, se intentaba adaptar lo más posible
el mensaje cristiano a la cultura y a la mentalidad del lugar, en
la medida en que estas no estuvieran en contradicción con la
fe. En China, el Beato Mateo Ricci (t 1610) y, posteriormente.
Adán Schall de Bell (t 1666), con su empeño de científicos,
astrónomos y matemáticos, trataron de abrir al cristianismo a
los chinos cultos y a la casa imperial. En India, Roberto de
Nobili (t 1656) vivió como penitente hindú, para ganar de ese
modo a los brahmanes. En 1609 dio comienzo en Paraguay el
experimento de las «reducciones», asentamientos misioneros
habitados por los indios Guaraníes, donde estos -protegidos
del influjo, frecuentemente negativo, de los europeos-, podían
llevar libremente su propia vida religiosa, social y económica.
Fue también muy intenso el empeño de los Jesuitas en el
campo científico. El más importante teólogo jesuíta fue
Francisco Suárez (t 1619); la teología polemista tuvo en el
cardenal Roberto Belarmino (t 1621) su exponente más
significativo. Célebres exégetas fueron Juan de Maldonado (t
1583) y Cornelio Lapide (t 1637). El colegio de los Bolandistas
comenzó una historia de todos los santos del calendario,
realizada con criterios científicos. En moral, el interés por la
praxis condujo a la formación de la casuística, es decir, al
tratado de los «casos de moral». El autor más famoso de
teatro jesuítico fue Jakob Bidermann (f 1639); entre los poetas
líricos del tiempo merece consideración especial Friedrich von
Spee (t 1635), quien, en su Cantío criminalis fue de los
primeros en oponerse a los procesos contra las brujas.
El desarrollo interno de la Orden puede advertirse fácilmente
por la sucesión de cada uno de los generalatos. A causa de
las complicaciones políticas entre el papa Pablo IV y el rey
Felipe II de España, la primera congregación general de la
Orden no pudo reunirse hasta 1558, dos años después de la
muerte de Ignacio. Aprobó las constituciones igna- cianas y
eligió a Diego Laínez (1558-1565) como prepósito general.
Laínez sostuvo la fundación de los colegios y tuvo gran
actividad en el concilio de Tren- to. Sucesor suyo fue Francisco
de Borja (1565-1572), que trabajó sobre todo por consolidar la
Orden desde dentro (organización de los noviciados, hora
matutina de meditación). Con ocasión de la elección de
Everardo Mercurian (1573-1580) emergieron las tensiones
existentes dentro de la Compañía entre Jesuítas españoles y
no españoles. Mercurian tomó también postura contra ciertas
corrientes místicas presentes en la Orden. De 1581 a 1615
gobernó Claudio Acquaviva, con quien puede decirse que
concluyó la fase organizativa de la Compañía de Jesús, tanto
hacia dentro como hacia fuera. En 1599 publicó un
«directorio» oficial para la predicación de los Ejercicios y una
Ratio Studiorum que, durante mucho tiempo, dio a los colegios
una forma unitaria. Acquaviva supo guiar a la Compañía con
gran prudencia a través de algunas crisis, como cuando el
papa Sixto V pretendió que se cambiaran algunas
disposiciones de las constituciones o cuando dentro de la
Orden se formó una corriente de oposición (sobre todo
española) que quería reducir los poderes del prepósito
general. Durante su gobierno se zanjó también la llamada
«controversia sobre la gracia» entre teólogos dominicos y
jesuítas, sobre la relación entre la gracia divina y la libertad
humana. A Acquaviva le sucedió Muzio Vitelleschi (16151645), quien trabajó en favor de la paz y del espíritu religioso
de la Orden, mientras el empuje exterior parecía haber
superado su cota más alta. En este período coincidió el
centenario de la Compañía de Jesús, celebrado con gratitud,
aunque también con excesos barrocos (cf el criti- cadísimo
documento conmemorativo de aquel jubileo: ¡mago primi se
culi SJ).
5. El segundo siglo (1641- 1773). Mientras el primer siglo se
caracterizó por el rápido crecimiento y los éxitos de la
Compañía de Jesús, durante el segundo siglo aparecieron
síntomas de cierto entumecimiento. Continuaba el trabajo en
tierra de misión. en las misiones populares y
en los colegios, pero en Europa se tuvo con frecuencia la
impresión de que la Compañía de Jesús tendía demasiado a
reforzar sus propias posiciones. Al mismo tiempo, hubo nuevas
discusiones y polémicas. La controversia sobre la gracia con
los Dominicos seguía produciendo sus efectos; la polémica
con los jansenistas sobre ciertos problemas morales dañó a
los Jesuítas, sobre todo a través de las Carias provinciales de
Blaise Pascal. A todo ello se añadía el hecho de que ahora
había muchos que actuaban en sectores en los que
anteriormente los Jesuítas habían desempeñado el papel de
guías.
Especialmente trágico fue el fracaso de los más importantes
intentos de «adaptación» en las misiones. En 1704, por vez
primera, y en 1742, de forma definitiva, el papa prohibió los
«ritos chinos», es decir, la veneración de Confucio y de los
antepasados. A causa de una variación territorial entre España
y Portugal sobre la línea divisoria entre Brasil, Argentina y
Paraguay de hoy, en 1750 los habitantes de siete reducciones
se vieron obligados a irse a otra parte. Se llegó así a una
revuelta de los indios, de la que fueron considerados
responsables los Jesuítas. Pero era sobre todo la Ilustración
quien veía como enemigos a los Jesuítas, por tener como fin la
defensa de la Iglesia
y del papado. La caída de la Orden fue obra de las cortes
borbónicas, impregnadas de ideales ilustrados y
jurisdiccionalistas (Iglesia de estado). La represión violenta
continuó a marchas forzadas: primero los Jesuítas fueron
expulsados de Portugal (1759), y después de Francia (1764),
España (en la Península entre el 31 de marzo y el 2 de abril, y
en las Indias en junio-julio de 1767), Ñapóles (1767) y Parma
(1768). Por fin, el papa Clemente XIV, tras muchos titubeos,
cedió a las presiones de las cortes borbónicas y suprimió la
Orden con la bula Dominas et Redemptor, de 1773. A
mediados del siglo XVIII la Compañía de Jesús contaba con
unos 22.500 miembros, 669 colegios, 176 seminarios y
colegios mayores, 335 casas menores y 273 misiones. Para
las misiones y para las escuelas católicas esta decisión fue un
duro golpe. En Prusia, Federico II vetó hasta 1776 la
publicación del breve de suspensión, porque apreciaba la labor
desarrollada por los Jesuítas en sus escuelas de Silesia,
ocupada hacía poco tiempo. Posteriormente los ex Jesuitas
pudieron continuar trabajando en aquellos territorios con el
nombre de «Instituto escolar del reino de Prusia». También
Catalina II de Rusia se negó a permitir la publicación del breve
de supresión, por consideración del trabajo realizado por los
co
legios de Jesuítas en territorios polacos sometidos a ella.
Parece que, a través del obispo competente, le había llegado
un consentimiento oral del papa, cosa que, sin embargo, no
consta en absoluto. De ese modo, los Jesuítas pudieron
obedecer a la emperatriz con recta conciencia, continuando su
trabajo hasta la restauración de la Orden.
Las transformaciones políticas que siguieron a la Revolución
francesa, los cambios de orientación de la curia bajo Pío VI y
Pío VII, las numerosas peticiones de restauración de la Orden
y las abundantes solicitudes de ingreso, hicieron posible una
progresiva restauración de la Compañía de Jesús. En 1801 la
Orden fue reconocida oficialmente en Rusia con el breve Catholicae fidei; en 1804 los Jesuítas fueron reconocidos también
en Napóles y en Sicilia. La solemne restauración de la Orden
fue llevada a cabo por el papa Pío Vil con la bula Sollicitudo
omnium Ecclesiarum, del 7 de agosto de 1814.
ó. La Compañia de Jesús después de la restauración (desde el
1514 hasta hoy). La reconstitución de la Compañía de Jesús
en 1814 aconteció bajo el signo de la restauración. Esto
caracterizó de forma decisiva la historia de la Orden en el siglo
XIX. Al comienzo los Jesuítas eran solamente unos
seiscientos. En los primeros años se preocuparon por retomar
sus antiguas actividades, sobre todo los colegios, si bien las
fuerzas para esta tarea no eran suficientes. También dentro de
la Orden intentaron recuperar hasta en los mínimos detalles
las disposiciones propias de la antigua Orden. Especial
importancia para la reconstrucción de la Compañía de Jesús
tuvo el generalato del holandés Johann Philipp Roothaan
(1829-1853), hombre piadoso, culto y perspicaz. Bajo su
gobierno el número de miembros de la Orden ascendió a *
5.200. El se apercibió también de los riesgos de una
expansión acelerada y se esforzó por mantener alto el nivel de
edificación ascética interior, sobre todo por medio de los
Ejercicios espirituales de san Ignacio. Con vistas a los
colegios, mandó publicar un ordenamiento de estudio
adecuado a los tiempos. También las actividades misioneras
de la Orden fueron recuperadas con vigor.
En la historia de la Compañía de Jesús, a lo largo del siglo
XIX. llama la atención el gran número de expulsiones de varios
estados. Se comenzó en 1820 con su expulsión de Rusia.
Siguieron las expulsiones de España, Ñapóles, Francia y
Portugal. En 1847. después de la guerra de Sonderbund, los
Jesuítas fueron expulsados también de Suiza, donde el
artículo de la constitución federal que prohibía la existencia
oficial de los Jesuítas en ese país, no fue suprimido hasta
1873, a raíz de una consulta popular. De Alemania fueron
expulsados en 1872, durante el Kulturkampf A los Jesuítas se
les consideraba como los adalides del ultramon- tanismo.
Defendieron el Sillabo del papa Pío IX (1864), que condenaba
toda una serie de «errores modernos», y durante el Vaticano I
se alinearon a favor de la definición de la infalibilidad del papa.
La ley sobre los Jesuítas del 4 de julio de 1872 vetaba la
presencia de la Orden en el territorio del Imperio Germánico.
Hasta 1917 no fue suprimida de manera definitiva esta ley.
En su compromiso apostólico los Jesuítas retomaron también
sus actividades anteriores: colegios, ejercicios y misiones
populares, congregaciones maria- nas, misiones, trabajo
científico, publicística. Pero mientras tanto los tiempos habían
cambiado. El apoyo de príncipes y gobiernos, que en el
pasado había hecho posibles obras grandiosas, había
desaparecido casi en todas partes. Las numerosas
expulsiones comprometían la estabilidad del trabajo realizado
por la Compañía. Las transformaciones en el clima cultural
hacían que gran parte del trabajo científico desarrollado por los
Jesuítas se situara en una línea defensiva de la fe cristiana de
los ataques externos. Entre los numerosos hombres de cultura
de la
Compañía de Jesús se pueden nombrar los teólogos de la
llamada «escuela romana»: Giovanni Perrone, Josef Kleutgen.
Clemens Schrader, Johannes Franzelin; y también los
exégetas Rudolf Cornely, Joseph Knabenbauer y Franz
Hummelauer; el astrónomo Angelo Secchi; el biólogo Erich
Wasmenn. Centros de estudio a nivel científico eran la
universidad Gregoriana en Roma, la universidad de Innsbruck
(desde 1857), la casa de estudio de los Jesuítas alemanes en
Valkenburg, en Holanda (1893-1942), el Instituto Bíblico
(desde 1909) y el Instituto Oriental (desde 1917), ambos con
sede en Roma. Importantes revistas, cuyas publicaciones
comenzaron a mediados del siglo XIX y perduran aun hoy, son
Etildes de París, la Civil- ¡¿i Cattolica. en Roma, Stimmen mis
María Laach, luego Sii/timen derZeit, en Munich.
En el siglo XX la Compañía de Jesús ha experimentado un
gran crecimiento numérico. Bajo el general Wlodimir
Ledóchowski (1915-1942) la Orden llegó a tener 26.000
miembros; bajo Johannes Janssens (1946-1964) se alcanzó la
cifra más elevada: 36.000 miembros. Sin embargo, también en
este siglo la Orden ha sufrido persecuciones: en México (1927:
ejecución del Beato P. Miguel Agustín Pro), en España (19311938), en Alemania, durante el nacionalsocialismo, cuando
numerosos Jesuítas acabaron en los campos de concentración
(entre otros el beato padre Rupert Mayer y el padre Al- fred
Delp. que fue ajusticiado a causa de su participación en el
circulo de Kreisau); y por fin en los países comunistas. En el
siglo XX la Compañía de Jesús ha superado la perspectiva
predominantemente restauradora del siglo anterior. Nombres
como los de Erich Przywara, Pierre Teil- hard de Chardin,
Henri de Lubac, Karl Rahner, Augustin Bea, Oswald von NellBreining, demuestran que la Orden ha sabido ponerse
activamente a la altura de su tiempo.
Desde 1965 hasta 1983 fue prepósito general de la Orden el
P. Pedro Arrupe. Los años de su generalato coincidieron con
la época llena de promesas, pero también de elementos de
crisis, que siguió al Vaticano II; un tiempo en el que la
renovación estuvo acompañada por la deses- tabilización del
sistema preexistente, mientras en la Iglesia y en el mundo se
sucedían con ritmo apremiante cambios de gran importancia.
Como consecuencia de todo ello, el número de miembros de la
Compañía de Jesús sufrió una grave inflexión: de los 36.000
de 1964 a los aproximadamente 24.000 de 1991, con un
descenso de un tercio, correspondiente al que tuvo lugar en la
mayor parte de las órdenes activas. En esos años en la
Compañía de Jesús creció la conciencia del estrecho vínculo
que existe entre el anuncio de la fe y el compromiso por la
justicia, lo que tiene especial expresión en los decretos de la
XXXII congregación general (1974/1975). La interpretación y la
puesta en práctica concreta de estos principios dieron lugar a
fuertes tensiones. En 1981 el P. Arrupe fue víctima de un
grave ataque de apoplejía (murió en 1991). Y el papa Juan
Pablo II intervino nombrando al P Paolo Dezza como delegado
pontificio en lugar del vicario general electo. Hasta 1983, en la
XXXIII congregación general, no pudo ser elegido como nuevo
prepósito general el P. Peter- Hans Kolvenbach.
7. Tareas actuales. En el año 1996 la Compañía de Jesús
contaba con 22.580 miembros, 15.837 de ellos sacerdotes. La
Orden está presente en todo el mundo con once
«asistencias», divididas en 82 «provincias». Una mirada a los
desarrollos más recientes muestra un lento desplazamiento de
la presencia y de la orientación apostólica de la Orden de norte
a sur y de oeste a este. Los ambientes y los sectores en los
que actualmente la Orden está más comprometida son las
universidades, la investigación científica, las escuelas
superiores, el mundo juvenil (tanto de manera personal como
mediante
asociaciones), las comunidades de vida cristiana (como se
llaman las antiguas congregaciones mañanas a partir de
1967), los ejercicios, la formación sacerdotal, la asistencia
espiritual a los estudiantes, las parroquias, las misiones, el
apostolado social, la catcquesis de adultos, los medios de
comunicación social, la asistencia espiritual a enfermos y
presos. En los últimos años han surgido diversas y nuevas
formas de compromiso, como el Jesuit Re- fugee Service, que
se preocupa de los prófugos, o los Jesuit Eu- ropean
Volonteers, que ofrecen a los jóvenes la posibilidad de vivir
juntos durante un año en pequeñas comunidades, con un
estilo de vida sencillo, trabajando codo a codo con franjas
sociales marginadas de nuestra sociedad.
El trabajo de los Jesuítas en los últimos decenios se ha
orientado en nuevas direcciones. Durante la XXXI
congregación general. el papa Pablo VI encomendó a la
Compañía de Jesús la tarea de luchar contra el ateísmo en
sus diversas formas, teóricas y prácticas. Como
frecuentemente a la raíz del ateísmo está la experiencia de la
injusticia, que constituye el principal impedimento para la fe. se
dieron cuenta enseguida de que para luchar contra el ateísmo
era necesario luchar contra la injusticia en todas sus formas.
La XXXII congregación general (1974/1975) afirmó, a
este propósito, que «el compromiso por la fe y la justicia es lo
que constituye al Jesuíta de nuestro tiempo». Además, al
aproximar a la fe otros pueblos y otros contextos religiosos se
ha dado cada vez más importancia al intento de encarnar en
las diversas culturas el anuncio del mensaje de Cristo. Este
proceso de arraigo de la fe y la vida se denomina
«inculturación». De este modo la Compañía de Jesús intenta
demostrar. también en nuestro tiempo, su antigua fuerza de
adaptación en la fidelidad a su objetivo original: servir a los
hombres en la Iglesia.
Jesús-María. La congregación de Jesús-María (RJM), para la
educación cristiana de los jóvenes, como medio ideal para
defender los verdaderos valores en la sociedad, nació en Lyon
(Francia) el 6 de octubre de 1818. Su fundadora es Santa
Claudina Thévenet (1774-1837), por inspiracion de su
confesor, Beato Padre Andres Coindre, fundador de los
Misioneros del Sagrado Corazon.
Jesús Redentor (JR). Congregación fundada en Roma en
mayo de 1883 con finalidad reparadora y reconciliadora. Sus
religiosas trabajan con la infancia y la juventud marginada. Su
fundadora es la Beata Madre Victorina Le Dieu.
Josefinas de la Santísima Trinidad. El instituto de las
Josefinas de la Santísima Trinidad (JST) surgió como fruto de
la espiritualidad de Eladio Mozas Santamera, el 18 de febrero
de 1886, en Plaseneia (Cáceres). Su finalidad es la gloria de
Dios Uno y Trino, viviendo y difundiendo el estilo de la Familia
de Nazaret. Lo realizan a través de la educación, la
catcquesis, los grupos de profun- dización de la fe, en el
campo sanitario y de la tercera edad y en las misiones.
Josefinos de Murialdo. La Congregación de san José
(CSI) fue fundada en Turín por san Leonardo Murialdo el 19 de
marzo de 1873. Su finalidad era, en parte, semejante a la de
otras familias religiosas nacidas en el siglo XIX: «La
santificación de los miembros mediante las obras de
educación de jóvenes pobres o rebeldes» (cf Reglamento de
1873, art. 1). El campo de acción se refería sobre todo a los
colegios que ofrecían asistencia y formación al trabajo a chicos
huérfanos y abandonados, a los reformatorios, colonias
agrícolas, oratorios para chicos de la calle, escuelas para hijos
del pueblo, patronatos, es decir, el acompañamiento de los
jóvenes obreros en sus primeros pasos de inserción en el
mundo del trabajo (cf ib, art 10). Aunque sin pertenecer al
«corazón» del cansina, no
quedaban fuera otros sectores, como la prensa popular y el
apostolado entre los obreros adultos (el «Resumen» del
Reglamento, 1875, art. 60, habla de una acción ampliada a las
asociaciones católicas de artesanos, o sea, las que en la
segunda mitad del siglo pasado eran las sociedades de
asistencia mutua para los obreros). Estos campos, más
propiamente sociales, son reflejo y prolongación de algunos
intereses muy vivos en el ánimo del fundador.
San Leonardo Murialdo nació en Turín el 26 de octubre de
1828, de una familia perteneciente a la rica burguesía de la
ciudad. Después de una dolorosa crisis de adolescencia,
decidió hacerse sacerdote. Su primer campo de apostolado
fueron los oratorios turineses. Seguidamente (1866), Murialdo
aceptó el cargo de rector del Colegio «Los Artesanitos» de
Turín. Se trataba de un instituto orientado a la asistencia, a la
educación cristiana y a la formación profesional de chicos
pobres y abandonados. Con el tiempo, Murialdo amplió su
radio de acción. En 1878 dio comienzo, en Rivoli Torinese, a
una colonia agrícola que pronto llegó a ser modelo para otras
escuelas de agricultura de Italia. El mismo año fundó en Turín
la casa-familia para jóvenes obreros, el primero de Italia.
Sin embargo, la acción de
y con problemas familiares a través de centros de acogida,
casas- familia, promoción de la seguridad familiar, centros de
apoyo escolar y asistencial diurno; parroquias; misiones y
formación profesional.
En el centro del carisma espiritual de los José finos de
Murialdo está la experiencia personal e íntima que el fundador
tuvo del amor de Dios: él nos ama primero, personalmente, en
todo momento. Su amor es infinito, tierno y misericordioso. El
trabajo apostólico de los religiosos de la Congregación de san
José intenta presentarse como una respuesta a este amor. La
Regla les exige ser buenos y sagaces educadores, junto a los
jóvenes, custodios y guías, con humildad y caridad, como san
José fue educador y custodio de Jesús.
Jubileo (del latín tardío jubilare, cantar de gozo, alegrarse: /'//hilas, iubilum, grito de júbilo, de alegría; por influencia del
hebreo jobel: «año jubilar», «año de perdón y liberación» de
los judíos; según el libro del Levíti- co (25.8-54), después de
siete años sabáticos, el año cincuenta debía festejarse como
año del jubileo; con esa ocasión se debía perdonar las deudas,
liberar a los esclavos israelitas y restituir las propiedades
adquiridas). El vocablo indica una celebración solemne en
ocasiones o circunstancias particulares. En las órdenes
religiosas se celebran como jubileos los aniversarios de
profesión religiosa (el vigésimo quinto y el quincuagésimo,
«bodas de plata» y «bodas de oro») de forma análoga a los
aniversarios de ordenación sacerdotal o de consagración de
abades y abadesas. En el siglo XVIII, en la Alemania católica
(/Sacro Imperio Romano) se celebraron muchos jubileos de
monasterios, en los que se recordaba el milésimo aniversario
de fundación, real o presunto. Entonces, lo mismo que hoy,
tales celebraciones fueron pretexto para la construcción o
restauración de iglesias y monasterios.
A partir de 1300 en la Iglesia católica se celebran «años
jubilares» (años santos) periódicamente o en ocasiones
particulares, siempre vinculados a la concesión de especiales
indulgencias (indulgencia plenaria jubilar).
Juniorado / Escolasticado.
Jurisdicción (del latín iurisdic- tio, administración de justicia,
sentencia). En la Iglesia católica el término equivale, en
sentido estricto, a «potestad de gobierno» (en latín potestas
regiminis) en sus funciones legislativa, ejecutiva
(administrativa) y judicial. En un sentido más amplio, el vocablo
indica todas las funciones de autoridad soberana dentro de la
Iglesia; esta es la «jurisdicción voluntaria», que se refiere a
actos de naturaleza administrativa en virtud de solicitud o
petición, como la concesión de ^privilegios, dispensas,
indultos, documentación y administración patrimonial. La
potestad de gobierno sobre los institutos religiosos está
regulada por el derecho común y por la legislación de cada
una de las órdenes e institutos.
Kastl, reforma de. La reforma de Kastl, que partió de la
abadía benedictina de Kastl (diócesis de Eichstatt, Alto
Palatinado) en el siglo XIV, fue la primera reforma benedictina
de la tardía Edad media en Alemania meridional. En el siglo
XV llegó a involucrar a
más de veinte monasterios, pero posteriormente fue superada
por los más fuertes movimientos reformistas que hacían
referencia a la Congregación de f Bursfeld y a la reforma de
^Melk Benedictinos).
Laico (hermano laico, hermana laica). Hermano laico y
hermana laica (el término «laico» viene del griego Utos,
pueblo) son expresiones de uso popular para denominar a
quienes, en las órdenes y congregaciones, no son clérigos (o,
en las órdenes femeninas, ca- nonesas). Sus cometidos se
relacionan sobre todo con los aspectos más prácticos de la
vida comunitaria. Actualmente, en todos los institutos católicos
de vida religiosa se tiende a superar este tipo de diferencia de
carácter histórico (f conversos, ^ hermano).
Latina, Iglesia. Iglesia latina -para diferenciarla de las Iglesias
orientales ^«uniatas»- se denomina a esa parte de la
cristiandad católica que en la liturgia usa el latín. El Vaticano II
(1962-1965) concedió el uso de las lenguas vernáculas junto
con el latín, que es la lengua oficial de la Iglesia de Occidente.
De hecho, esto ha conducido a una notable pérdida de
importancia del latín como lengua de la Iglesia. En la historia la
expresión «latinos» se encuentra frecuentemente como
atributo de la Iglesia occidental, vinculada al romano pontífice,
en oposición a los «griegos», denominación genérica de las
Iglesias ^ortodoxas de Oriente.
Laudes (del latín laudes). Constituyen la oración de alabanza
de la mañana, en el '"breviario y en la ^liturgia de las horas.
Leccionario. El término «leccio- nario» indicó, primero, el atril
donde se colocaban los libros litúrgicos; luego, tanto en las
Iglesias orientales como en la Iglesia católica, pasó a indicar el
libro que contiene las perícopas de la Sagrada Escritura para
el uso litúrgico (misa y liturgia de las horas). En las Iglesias
evangélicas el leccionario es el libro que contiene las lecturas
del año litúrgico.
Lectura durante las comidas.
En los monasterios regulares las comidas se hacen en
silencio. Además de la lectura de fragmentos de la Sagrada
Escritura, de la propia regla religiosa, de la
memoria de los '"santos patronos y de los difuntos,
ordinariamente se leen pasos de autores espirituales u obras
de contenido incluso profano, adecuadas a la situación. El
lector normalmente es uno de los hermanos más jóvenes. Los
días de fiesta o en ocasiones especiales (por ejemplo, visitas)
el superior, con el toque de una campanilla, da permiso para
hablar. Recientemente, se ha atenuado en muchos casos la
antigua costumbre del silencio.
Legionarios de Cristo. Los Misioneros del Sagrado
Corazón de Jesús y de la Virgen de los Dolores, más
conocidos como Legionarios de Cristo (LC), constituyen una
congregación clerical de derecho pontificio, fundada en 1941
por el sacerdote mexicano Marcial Maciel, en la Ciudad de
México. A los dieciséis años, en medio de un clima de
persecución religiosa, el joven Marcial concibió la idea de dar
vida a un instituto que trabajase para establecer el reino de
Dios en el mundo, según las exigencias de la justicia y la
caridad cristiana, mediante la devoción al Sagrado Corazón de
Jesús, entendida como amor salvífico de Dios a los hombres.
Los primeros años, hasta la ordenación del fundador, guiaron
el reducido grupo de jovencitos el salesiano Daniel Santana y
luego un sacerdote de la archidiócesis de México.
Mientras esperaban la aprobación de la Santa Sede, en 1946
un buen grupo de Legionarios se trasladó a Comillas para
completar sus estudios. En 1948 llegó la deseada aprobación
para la erección del grupo como congregación religiosa, que
tuvo lugar el 13 de junio de 1948. En 1954 se inauguró el
primer centro apostólico de los Legionarios de Cristo dedicado
a la educación de la juventud, y en 1964 se fundaba en la
Ciudad de México la Universidad Anáhuac para diez mil
estudiantes. En 1958 se inauguró en Roma la iglesia de
Nuestra Señora de Guadalupe y la nueva sede del noviciadojuniorado en Salamanca (España). Otros centros fueron
surgiendo en otros lugares de México, España. Irlanda,
Estados Unidos e Italia. En 1996 eran 1.460 miembros, de
ellos 344 sacerdotes.
Libro de horas (en francés Livre d'heures). Era un tipo de libro
de oración para laicos, en latín o en lengua vulgar, muy
apreciado en la tardía Edad media, y difundido sobre todo en
Francia y Bor- goña. El libro de horas, con frecuencia escrito
artísticamente y adornado con gran riqueza de imágenes,
contiene habitualmente, como parte esencial, los textos del
oficio cotidiano de la Virgen María (Home Beatae Virginis
Marine), al que se añaden otros textos tomados de los li
bros y oraciones oficiales. Un apasionado coleccionista de
libros de horas fue el cardenal Federico Borromeo (15641631); sus códices, espléndidamente miniados, se conservan
en la Biblioteca Ambrosiana de Milán.
Libro del salmista ^Gradual.
Libros de tradición /"Tradición, libros de.
Liturgia (del griego leitourghía, obra pública, fundación para el
bien público; luego en sentido predominantemente cultual). El
término indica, muy en general, el culto que las iglesias
cristianas rinden a Dios, de forma comunitaria y de acuerdo
con determinadas reglas. Los ejemplos más antiguos de textos
litúrgicos se encuentran ya en el Nuevo Testamento, por
ejemplo en las cartas paulinas (ICor 16,20-24; Ef 5,14; Flp 2.61 I). Después de una primera fase de libre improvisación aunque según una forma fundamentalmente unitaria-, a partir
de los siglos III y IV se encuentran costumbres eclesiásticas ya
consolidadas y normalizadas; pronto se da también la
formación de «familias litúrgicas» en torno a las grandes sedes
patriarcales (Antioquía en Siria, Alejandría en Egipto. Roma,
Je- rusalén). Será más tarde cuando se den los impulsos
unitarios más fuertes, en Occidente por parte de Roma y en
Oriente por parte de Constantinopla. La Iglesia romana no
llegó a establecer fórmulas vinculantes para sus sacerdotes
hasta el año 600 aproximadamente, con la aparición de los
auténticos sacramentarios. La existencia de liturgias orientales
diversas entre sí y de las liturgias occidentales -aun dentro de
una estructura unitaria común- está atestiguada, en cambio, a
partir del siglo IV. Se pueden considerar como tipos
fundamentales de liturgias orientales: 1. La liturgia griega de
Alejandría; 2. La liturgia copta (Egipto); 3. La liturgia etíope
(muy parecida a la copta); 4. La liturgia griega de Antioquía
(Siria); 5. La liturgia siria occidental; 6. La liturgia siria oriental;
7. La liturgia bizantina (la más difundida de todas las
orientales); 8. La liturgia armenia. El desarrollo de la liturgia en
el Occidente latino se caracterizó por la coexistencia de un tipo
occidental (romano y africano) y un tipo «galicano»,
fuertemente influenciado por el Oriente. Mientras la liturgia
romano-africana era más esencial y contenida, la galicana se
caracterizaba por una mayor inspiración poética. En Occidente
se formaron los siguientes tipos fundamentales: 1. La liturgia
romana, que a partir del siglo XI se impuso en todo Occidente
y en la que se inspiraron los libros litúrgicos unitarios para la
liturgia latina en color rosa, lo que fue imitado después por
muchas iglesias parroquiales y conventuales; actualmente se
puede usar también el color rosa en esos mismos días. Las
reformas litúrgicas de los últimos decenios han llevado a una
mayor libertad en el uso de los colores y vestiduras litúrgicas,
entre otras cosas por consideración al diverso valor simbólico
de los colores en los pueblos no europeos.
Liturgia de las horas. En la Iglesia católica, la liturgia de las
horas (oficio divino, breviario) es «una oración pública, elevada
en nombre de la Iglesia por algunos de sus miembros, a
quienes se les encomienda esta tarea de manera especial»
(Ludwig Eisenhofer). Las partes que la constituyen,
distribuidas en un primer momento en varios libros (por
ejemplo el salterio y el leccionario), a partir del siglo XI fueron
reunidas en el breviario.
El origen y la evolución de la liturgia de las horas no están
claras del todo. La liturgia de las horas (oración y canto)
procede de la oración de la comunidad cristiana de los
orígenes. Influenciados por el modo greco- romano de dividir la
jornada y por la espiritualidad judía, los primeros cristianos
oraban a la hora de tercia, de sexta y de nona
(aproximadamente a las 9.00, a las 12.00 y a las 15.00 de
hoy).
Ascetas y monjes incluyeron estos tres tiempos de plegaria
(Tercia, Sexta y Nona) en la ordenación regular de la jornada,
relacionando de ese modo las horas del día con la historia de
la salvación: la hora Tercia recordaba la venida del Espíritu
Santo en Pentecostés; Sexta era la oración de mediodía; Nona
recordaba la muerte de Jesús en la cruz y también la propia
muerte. De la vigilia pascual derivó la oración de la Vigilia
(turno nocturno de vigilancia), que concluía a la salida del sol
con el canto de alabanza a Dios (Maitines y, más adelante.
Laudes). Además, el obispo (o el presbítero), junto con el clero
(y la comunidad) rezaban oraciones en las primeras horas de
la mañana y de la noche (Laudes y Vísperas). La exigencia de
los tiempos de oración por la mañana y por la tarde llevó al
desarrollo de la hora Prima (prima hora) y de las completas
(completorium, cumplimiento, oración conclusiva).
Desde la tardía antigüedad cristiana el oficio divino del clero
secular sufrió una notable reelaboración en el ambiente
monástico. Este es el tipo de oración que Benito de Nursia
encontró en Roma (siglo VI) y que él adoptó y reelaboró en su
regla (cc. 8-18). Desde ese momento, el influjo de los
Benedictinos marcó de forma decisiva la liturgia de las horas,
ya fuera recitada o cantada.
Madre. «(Reverenda) madre» (del latín mater) es el título con
que se trata a las religiosas (o ca- nonesas) de diversas
órdenes y congregaciones femeninas de la Iglesia católica,
como, por ejemplo, las /"Damas Inglesas.
Madres de Desamparados y San José de la Montaña
(MD). Congregación que nació el 24 de diciembre de 1881 en
Málaga, para la acogida de ancianos y la educación de niños y
jóvenes. Su fundadora es la Beata Madre Petra de San
José Pérez Florido (1845-1906).
Maestras Pias Venerini.
Con esta denominación se conocen dos institutos religiosos
femeninos: el primero, en orden cronológico, de derecho
diocesano, y el otro de derecho pontificio desde 1760. Ambos
se dedican a la educación de la juventud femenina, y tienen en
común sus fundadores, Lucía Filippini y el cardenal M.
Barbarigo. Los orígenes de los dos institutos son comunes con
los de las /* Maestras Pías Venerini. El 20 de julio de 1923 se
transformaron de sociedad de vida común en congregación
religiosa. En 1926 se aprobaron las nuevas constituciones. En
1996 este instituto de oblatas, dedicadas a la enseñanza, a la
educación de la juventud en la escuela católica y a la
catcquesis, contaba con 920 religiosas distribuidas en 123
casas repartidas en varias regiones italianas, en Suiza,
Inglaterra, Estados Unidos de América, Brasil, Etiopía e India.
Es una
congregación religiosa, fundada en Viterbo (Italia) en 1685 por
Santa Rosa Venerini (1656-1728). «Educar para salvar»
es la síntesis del carisma, nacido en un ambiente todavía
reacio a aceptar la necesidad de la cultura para las chicas
menos pudientes. Rosa abrió la primera escuela, poniéndola
bajo la protección de san Ignacio de Loyola. En ella combinaba
la enseñanza teórica con las actividades relativas a las tareas
domésticas. A las chicas las enseñaba a leer, no a escribir (;se
consideraba peligroso para la virtud!). La escuela, gratuita,
duraba todo el día. alternándose el estudio con actividades
prácticas y oraciones. Actualmente los miembros del instituto
se ocupan del apostolado de la enseñanza, la catcquesis
parroquial, la promoción humana y la evangeliza- ción en
tierras de misión. En 1996 estaban presentes no sólo en Italia,
sino también en Estados Unidos, Brasil, India, y en algunas
misiones de Africa. El número de religiosas era de 423, en 58
casas.
Maitines. El oficio de lecturas o maitines (del latín hora
matutina, hora litúrgica del amanecer) era la hora litúrgica que,
en el breviario romano y monástico, precedía a las Aaudes
(^liturgia de las horas). Después de las reformas introducidas a
raíz del Vaticano II, los antiguos maitines se han transformado
en lectura espiritual (hora lectionis u «oficio de lecturas»), cuya
colocación dentro de la jornada litúrgica es libre. El carácter
originario de oración nocturna o de las primerísi- mas horas de
la mañana se ha conservado en los «maitines» y las vigilias
durante la semana santa (Jueves santo. Viernes santo y
Sábado santo).
Mallersdorf, Religiosas de. Las
Religiosas de Mallersdorf (llamadas así por su casa madre, en
el ex-monasterio benedictino de Mallersdorf, en la Baja
Baviera), constituyen la Congregación religiosa de las
Franciscanas de la Sagrada Familia de Mallersdorf. Fue
fundada en Pirmasens en 1855 por el párroco, Beato Padre
Paul Josef Nardini; en 1869 la casa madre se trasladó a
Mallersdorf. Desde el principio la congregación se implicó en el
campo caritativo (cuidado de la infancia, organización de los
asilos infantiles, escuelas de corte y confección para chicas,
asistencia en hospitales y casas de reposo; colaboración en
grupos juveniles y seminarios). Desde finales del siglo XIX las
religiosas de Mallersdorf se convirtieron en una de las
congregaciones femeninas más activas de Alemania (con
algunas casas en otros países).
Malta, orden de. Es el nombre con que se conoce a la
Soberana Orden Militar y Hospitalaria de San Juan de
Jerusalén (en latín Ordo militiae Sancti Joannis Baptistae
hospitalis Hierosolimitani). Es una de las tres grandes Andenes
militares, que tuvo origen en un hospital, dedicado a san Juan
Bautista, que algunos mercaderes de Amalfi habían erigido en
Jerusalén, en torno al año 1050, para asistir a los peregrinos
que acudían a Palestina. El hospital estaba unido a un
monasterio benedictino. Sus comienzos siguen siendo, en todo
caso, bastante oscuros. Las tareas del hospital aumentaron
después de la
primera cruzada, cuando Jerusalén fue conquistada por los
occidentales (1099) y se convirtió en sede de un reino cruzado
que, junto con otros, duraría cerca de doscientos años. Bajo
los maestres Gerardo (t en torno al 1120) y Raimundo de Puy
(1 120-1160) el hospital recibió una nueva organización: surgió
una orden religiosa con la obligación de dar hospitalidad a los
peregrinos y asistir a los enfermos. Se fundaron nuevos
hospitales y nuevas comunidades en Oriente Próximo y en
Occidente, sobre todo en las ciudades portuarias de Francia e
Italia y en los lugares que eran meta de peregrinaciones. Estas
instituciones fueron en aquel tiempo auténticos modelos de
asistencia sanitaria. En la segunda mitad del siglo XII, el
hospital central de Jerusalén llegó a acoger hasta dos mil
enfermos de ambos sexos; estaba dividido en diversos
sectores especializados, entre ellos uno de maternidad, para
asistencia de madres con dificultades. En él trabajaban cuatro
médicos y cuatro cirujanos, a los que se añadían nueve
enfermeros por sector y sacerdotes encargados de la
asistencia espiritual. Los miembros de la Orden veían a sus
asistidos como «santos pobres» y se consideraban ellos
mismos como «servidores de Cristo pobre». El hospital fue
reconocido, a partir de 1113. por el papa Pascual II como
institución autónoma; en 1130 hubo una primera regla; en
1154 la joven Orden consiguió la aprobación papal. La regla
de la Orden fue redactada aproximadamente entre el 1155 y el
1160. haciendo referencia a la regla de san /''Agustín,
integrada con la regla de los /''Templarios.
Hacia mediados del siglo XII. probablemente por influjo de los
Templarios, pero también por el cambio de origen social de los
miembros de la Orden, instituyeron una rama militar. El primer
noble que entró a formar parte de la Orden se encuentra
atestiguado en 1141. La decisión de asumir tareas militares,
además de las de asistencia a peregrinos y enfermos, había
llegado a ser necesaria debido a la situación del reino de
Jerusalén. A partir del I 136 se les asignaron algunas ciudades
cruzadas de gran importancia estratégica, por estar situadas
en lugares especialmente expuestos al riesgo de ataques
enemigos. De ese modo se encaminaba definitivamente la
transformación de la Orden en orden militar. A pesar de la
reprobación del papa, la rama militar de la Orden se vio
potenciada en detrimento del servicio hospitalario, hasta el
punto de que, después del 1160, se vio ahogada en deudas,
por los enormes costos financieros de su refuerzo militar. En
los estatutos de un capítulo general que tuvo lugar
probablemente en el año 1206, la Orden aparece como
auténtica orden militar, mientras que la actividad hospitalaria
ha pasado ya abiertamente a segundo plano. Se llegó también
así a la separación entre «caballeros», a quienes se reservaba
el uso de las armas y el rango más alto dentro de la Orden (a
partir de 1262 incluso el cargo de Maestre), y los «hermanos
servidores», que trabajaban en los hospitales o al servicio de
los caballeros; a ellos se añadía el grupo de sacerdotes, con la
función de capellanes de la Orden. Existía también una rama
femenina, pero no se dedicaba a la asistencia de los enfermos,
sino que vivía en ^clausura, bajo la regla de san ^ Agustín
(^canonesas). Como hábito religioso, los miembros de la
Orden de San Juan de Jerusalén llevaban una capa negra con
una cruz blanca de ocho puntas; durante las batallas, vestían
un uniforme rojo, con la cruz blanca. Favorecida por papas y
soberanos, la Orden consiguió gran poder y llegó a disponer
de grandes propiedades, tanto en Oriente Próximo como en
todo el Occidente. A la cabeza de la Orden estaba el gran
maestre y como autoridad máxima e instancia superior, el
capítulo general. La Orden estaba dividida en ocho regiones
lingüísticas o «lenguas» (Provenza, Auvernia, Francia, Italia,
Aragón, Alemania, Castilla -incluidos
León y Portugal- e Inglaterra), y estas, a su vez, en grandes
prioratos, bailiajes y encomiendas (^órdenes militares). Todos
los caballeros, además de los tres votos solemnes, prometían
también el «servicio a los pobres y la defensa de la fe». Tras la
pérdida de su último bastión en Palestina, tras la caída de
Accon, en 1291, la sede general de la Orden se trasladó
provisionalmente a Chipre. En 1309 la Orden conquistó Rodas
-por lo que se la conoce también con el nombre de
«Caballeros de Rodas»- convirtiéndola en base de su
potencia. Efectivamente, a partir de aquí, la Orden consiguió
reorganizar sus propias fuerzas, llegando a ser una gran
potencia naval en el Mediterráneo oriental y extendiéndose
también hasta las costas de Asia Menor. Aun hoy, como
testimonio de esta pasada grandeza, se pueden admirar las
ruinas de las majestuosas fortalezas levantadas precisamente
en esa época. Con el fin del Imperio bizantino y la conquista
de Constantinopla por los turcos (1453), la situación de la
Orden se fue haciendo cada vez más difícil. En 1522 tuvo que
ceder a los turcos la isla de Rodas. En 1530 el emperador
Carlos V le concedió la isla de Malta como sede de la Orden;
desde entonces se denominó «Orden Soberana Militar de
Malta», y a sus miembros «Caballeros de Malta».
El gran mérito de los caballeros de Malta está en haber
contribuido durante varios siglos a detener la agresión de los
turcos a Europa. Hasta el siglo XVIII la Orden continuó esa
importante acción de contención; en el siglo XVIII. al
desaparecer la amenaza y acabar las guerras turcas, perdió
también su sentido como orden militar. Anteriormente (en el
siglo XVI) la Orden había perdido ya sus posesiones en los
territorios que habían pasado a la reforma protestante. La
soberanía de la Orden (con sede en Malta) fue reconocida por
los emperadores Rodolfo II, en 1607, y Fernando II, en 1620,
con la elevación del gran maestre al status de príncipe del
Sagrado Imperio Romano. Con la Revolución francesa, la
Orden se vio privada, primero, de sus posesiones en Francia,
luego hasta de la misma isla de Malta (ocupada por Napoleón
en 1798), y por fin. de todas sus posesiones dentro del Sacro
Imperio Romano (1809), con la ^secularización.
Entretanto, en 1802. una rama española, la Orden de san Juan
Bautista, había sido puesta bajo la soberanía de los reyes de
España. Después de algunos difíciles decenios de transición,
en 1834 la sede de la Orden pasó a Roma: en 1879 León XIII
restauró el cargo de gran maestre de la Orden otorgándole la
dignidad cardenalicia y el título de eminencia. En los siglos XIX
y XX la soberanía de la Orden ha sido y es reconocida por
muchos Estados, incluso hasta el intercambio de embajadores
y la institución de recíprocas representaciones diplomáticas
(aún hoy).
En 1859 surgió la hermandad (católica) rcnano-westfálica de
los Caballeros de Malta, y en 1867 una asociación de
Caballeros de Malta de Silesia. En 1953 el status eclesial de la
Orden fue reorganizado por el papa Pío XII. que volvió a
aprobarla como orden religiosa y soberana, pero poniéndola
en dependencia directa de la Santa Sede. Como orden
religiosa en sentido estricto, la Orden contaba en 1990 con
cinco casas y sesenta miembros (vinculados por votos
religiosos). A ello hay que añadir las numerosas asociaciones
de la Orden, difundidas por casi todo el mundo. En tiempos
recientes la Orden de Malta ha recuperado vigorosamente su
compromiso -en realidad jamás abandonado- de asistencia a
los enfermos, extendiéndolo a nivel internacional y
modernizándolo en sus estructuras y funciones (asistencia a
enfermos y ancianos; ayuda a heridos, a las víctimas de la
guerra, a los prófugos; organización de numerosos servicios
de urgencias o de protección civil). En 1953 las asociaciones
alemanas de la Orden, junto con Cáritas alemana, instituyeron
la Malteser-Hilfsdienst («auxilio maltes») que, con varios miles
de voluntarios y voluntarias, ha llegado a ser, junto con la Cruz
Roja, una de las organizaciones humanitarias más importantes
de Alemania, con una presencia eficaz en el campo sanitario,
en protección civil, en intervenciones de emergencia y en la
asistencia a enfermos y ancianos.
En el reino de Prusia el rey Federico Guillermo III suprimió en
1810 el bailiaje protestante de Brandeburgo, que se remontaba
al siglo XVI, y fundó, en 1812, una «Real Orden prusiana de
san Juan», reorganizada después, en 1852, por el rey
Federico Guillermo IV, con tareas de asistencia a los
enfermos. A pesar de las graves pérdidas sufridas como
consecuencia de las guerras de los siglos XIX y XX, del fin de
la institución monárquica en muchos países, del comunismo y
el nacionalsocialismo, las ramas protestantes de la Orden
continuaron estando presentes en muchos países, como
Alemania, Holanda, Suecia y Gran Bretaña. Se trata de
asociaciones de carácter religioso, que trabajan en campo
social y caritativo, para lo que gestionan casas propias.
Vinculadas a la rama protestante de la Orden existen varias
asociaciones humanitarias y de urgencias sanitarias,
masculinas y femeninas (Jo- hanniterschwestvverschaft, Johanniterunfallhilfe y Johanniter- hilfsgemeinschaft).
María Inmaculada, Religiosas
de. La congregación de María Inmaculada (RMI) fue fundada
por santa Vicenta María López y Vicuña. Nacida en
Cascante (Navarra) en 1847, el 11 de junio de 1876 dio
comienzo al nuevo instituto, que perpetuará el ideal de toda su
vida: acoger y educar a las jóvenes, especialmente a las
trabajadoras que se encuentran lejos de su hogar.
María Niña, Religiosas de Caridad de las santas María
Bartolomé Capitanio y Vicenta Gerosa, quienes la
fundaron en 1876, para el cuidado de los huerfanos.
Hermanas de María Reparadora, Congregación de.
En Estrasburgo (Francia), el 1 de mayo de 1857, una mujer
belga, Beata Emilia d'Oultremont, fundaba la
Congregación de María Reparadora (MR). El instituto tiene
una finalidad evangelizados, de reparación o reconciliación,
con María, realizada en un estilo de vida que se inspira en las
reglas de san Ignacio de Loyola.
Marianistas. Su nombre oficial es el de Compañía de
María (Societas Marine, SM). Es una congregación de
sacerdotes y laicos con idénticos derechos, fundada en 1815,
por el Beato Abate Guillermo José Chaminade (17611850) era un sacerdote activamente comprometido en la
pastoral de la época de la revolución francesa. A su retorno del
exilio, fundó en Burdeos las «congregaciones marianas», de
las que se derivaron después dos institutos religiosos para la
educación religiosa y la enseñanza: las Hijas de María (1816)
y los Marianistas, o Hermanos de María. Estos últimos fueron
reconocidos por el papa en 1865, mientras su regla fue
aprobada en 1891. Actualmente los Marianistas están
presentes en muchos países europeos, en Estados Unidos, en
América del Sur y en Africa. Su actividad se orienta, sobre
todo, a la educación de la juventud, a través de la enseñanza
en escuelas de todo tipo y grado, aunque en ellas se cuida
especialmente la formación de las futuras clases dirigentes.
Los miembros de la «Compañía de María» renuevan
diariamente su consagración a María. Los sacerdotes visten
como el clero diocesano y los laicos llevan traje negro.
Situación en 1996: 220 casas con 1.722 miembros, 537 de
ellos sacerdotes. También se conocen con el nombre de
Marianistas a las Hijas de María Inmaculada de Agen (FMI),
fundadas por Adela de Batz Tenquelleon y Guillermo José
Chaminade, el 25 de mayo de 1816, en Agen (Francia).
Mariannhill, Misioneros de. El origen de los Misioneros
de Mariannhill (Religiosos Misioneros de Mariannhill, desde
1936: Congregatio Missionariorum de
Mariannhill, CMM) se remonta a la fundación del monasterio
de Mariannhill (1882) en Natal (Suráfrica), por obra del
trapense, Beato Franz Pfanner (1825-1909). En el año
1885 el monasterio fue erigido como abadía y, los años
siguientes, Mariannhill, con sus numerosas fundaciones, se
convirtió en el más importante y eficiente centro misionero de
Suráfrica, sobre todo gracias a sus instituciones docentes para
la población indígena y a las actividades económicas, sociales
y culturales desempeñadas por sus monjes. En consideración
al trabajo misionero desarrollado, en 1909 la abadía fue
separada de la orden de los ^Trapenses con decreto pontificio
y transformada en congregación misionera autónoma. A la
congregación pertenecen también diversas comunidades de
Alemania, Austria y Suiza. Situación en 1996: 37 casas, con
380 miembros, de los cuales 209 son sacerdotes.
Maristas (Societas Marie, SM). Fueron fundados en 1824
por el sacerdote francés, Beato Jean-Claude Marie Colin
(1790-1875) en Belley (su reconocimiento pontificio es de
1836, mientras la aprobación definitiva de la regla es del año
1873). Los miembros de la congregación -sacerdotes y
hermanos laicos- están comprometidos especialmente en la
educación de la juventud, en la pastoral social, y la educacion
catolicas.
Maristas de la Enseñanza, Hermanos (CHM). Es
una congregación religiosa, fundada en Lyon, Francia, en
1817, por San Marcelino Champagnat (1789-1840),
destinada a la educación catolica de niños y jovenes.
Mendicantes, órdenes (del latín mendicare, pedir limosna).
Son las órdenes que tuvieron origen en el siglo XIII a partir del
varié- gado movimiento pauperista. Al contrario de los grupos
que cayeron en la herejía (sobre todo Cataros y Valdenses),
trataban de realizar dentro de la Iglesia el ideal evangélico del
seguimiento de Cristo, mediante una vida sencilla de pobreza,
penitencia y predicación cristiana. Su origen ha de entenderse
partiendo también del contexto histórico de aquel tiempo,
caracterizado por transformaciones económicas y sociales, y
no en último lugar, por el rápido crecimiento de las ciudades.
Ordenes mendicantes en sentido estricto se consideran las
cuatro nuevas órdenes religiosas del siglo XIII: /Franciscanos
(aprobación pontificia provisional en 1209/1210 y definitiva en
1233), / Dominicos (confirmados en 1216), /Carmelitas y
Ermitaños /Agustinos. Las más importantes son las dos
primeras. Con las órdenes mendicantes comenzó un nuevo
tipo de orden religiosa que se distinguía netamente de las más
antiguas comunidades monásticas y canonicales: sus
miembros, en efecto, por medio de los votos, se vinculan a la
orden, pero no a un determinado convento de por vida. No
sólo se exige la pobreza individual, según la tradición, sino que
se rechaza en gran medida incluso la posesión de bienes por
parte de la orden y de sus conventos (de manera
especialmente radical en el caso de los Franciscanos en los
comienzos). Las órdenes mendicantes no gozan de la
autonomía de cada uno de los monasterios ni están sometidos
a una autoridad «de gobierno» central. Las órdenes están
divididas en provincias, que reúnen varios conventos. Todos
los superiores (a la cabeza de la comunidad conventual, de la
provincia y de toda la orden) son elegidos por un determinado
período de tiempo; de ese modo su estructura organizativa se
caracteriza por un matiz abiertamente «democrático» y
«representativo». Los miembros de las ramas masculinas de
estas órdenes se ganan el sustento con su trabajo, su estudio
(muy pronto también con la enseñanza), su actividad de cura
de almas, las obras caritativas y la colecta de limosnas
(posteriormente muy limitada, pero jamás abandonada del
todo). La ampliación de la actividad de cura de almas por parte
de las órdenes mendicantes condujo no raramente a conflictos
con la pastoral parroquial. La colecta de limosnas, vinculada a
tareas de predicación, era el principal cometido de los
«cuestores», que iban a un determinado territorio (terminas)
para la cuestación (a veces también llamada termina), o bien
para predicar y
pedir limosna (cuestar). Fueron precisamente la cura de almas,
la predicación y la ^cuestación las que hicieron necesaria una
intervención reguladora de la legislación eclesiástica. Las
órdenes mendicantes se concentraban en las ciudades, donde
generalmente sus miembros eran bien acogidos como
pastores de almas por las gentes de todos los estratos
sociales. Aquí surgieron las grandes iglesias de las órdenes
mendicantes, amplias, diáfanas o con naves de la misma
altura, cuya estructura arquitectónica (generalmente gótica) se
prestaba para reunir grandes masas de pueblo con vistas a la
predicación.
Las órdenes mendicantes fueron apoyadas por los papas, que.
a través de ellas, pensaban reforzar su posición universal,
mediante la exención y otros ^privilegios; esto suscitó muy
pronto las resistencias de obispos y del clero secular. Los
severísi- mos propósitos de pobreza de los comienzos tuvieron
que ser notablemente atenuados ante el crecimiento de las
comunidades y también en función de las actividades
desempeñadas al servicio de la Iglesia. Las constituciones de
estas órdenes y la disponibilidad de sus miembros crearon las
condiciones ideales para que se les incluyera frecuentemente
en la actividad misionera en todo el mundo.
A lo largo de los siglos, numerosas comunidades religiosas,
masculinas y femeninas, generalmente bastante reducidas, se
han alistado entre las órdenes mendicantes, de modo que su
número asciende actualmente a más de veinte.
Menesianos. Los Hermanos Menesianos o, más
exactamente, el Instituto de Hermanos de la Instrucción
Cristiana de Ploermel (HIC) fue fundado por Juan María de
la Mennais (1780-1860) en Francia, el año 1819. Constituyen
una congregación laical de derecho pontificio, que elige la
enseñanza como medio privilegiado, aunque no exclusivo,
para su actividad apostólica, siendo sus destinatarios, sobre
todo, los jóvenes, y especialmente los humildes y los pobres.
Su presencia misionera está consolidada en los cinco
continentes. El P. Juan María de la Mennais completó su obra
con la fundación de una congregación femenina, las Hijas de
la Providencia, implantada especialmente en Francia y
Canadá.
Mequitaristas (Ordo Mechiturista rum). Son una orden de
monjes armenios, uniatas (por estar unidos a la Iglesia
católica) y sometidos a la regla de san Benito ( f Benedictinos),
fundada en 1701 en Constantinopla por el abad Mekhithar
(Pedro Manuk) de Sebaste (t 1749). La casa madre fue
trasladada en 1717 al islote de San Lázaro, en Venecia.
Preocupación del fundador y de sus discípulos era, sobre todo,
la formación de los creyentes armenios, a través de la
publicación de libros y el cultivo de la lengua armenia. En 1749
la Orden se dividió en dos congregaciones, cada una con su
propio abad general; uno de los grupos se estableció primero
en Trieste (1773) y después en Viena (1810). Las dos órdenes
comprenden un número reducido de miembros. Tanto los
Mequitaristas de Venecia como los de Viena tienen como fines
específicos el trabajo intelectual, la formación de los jóvenes y
el cuidado pastoral de las comunidades armenias. Ambos
monasterios principales poseen ricas bibliotecas y colecciones
de preciosos manuscritos armenios.
Los Mequitaristas llevan un hábito religioso de color negro con
cinturón de cuero y rosario. La lengua oficial de la Orden es la
armenia, lo mismo que la liturgia. Situación en 1996:
congregación de Venecia, diez casas con 31 monjes, 29 de
ellos sacerdotes; congregación de Viena, cinco casas con
quince monjes, catorce de ellos sacerdotes.
Mercedarios (del latín tardío tuerces, merced, gracia,
misericordia). Ordo Beatae Marie Virginis de Mercede
redemptionis captivorum, Orden de la Santísima Virgen de la
Merced para la redención de los esclavos cristianos (OdeM).
Fueron fundados en 1218, en Barcelona, por Pedro Nolasco y
Raimundo de Peñafort, como orden militar de laicos y clérigos,
con el fin de liberar (redimir) a los cristianos prisioneros de los
musulmanes. La Orden fue enérgicamente apoyada por el rey
Jaime I de Aragón, y en 1235 obtuvo la aprobación del papa
Gregorio IX (con la regla de san ^Agustín); a los tres votos
monásticos tradicionales se añadía un cuarto voto: el
compromiso por la liberación de los cautivos.
En el siglo XIV la Orden perdió su carácter militar y se asemejó
a las órdenes /'mendicantes. Con el cumplimiento de su cuarto
voto, los Mercedarios alcanzaron grandes méritos asis- tiendo
a los galeotes, a los cristianos de los estados bereberes de
Africa septentrional y en las misiones de los territorios
españoles de América central y meridional. Con las
supresiones monásticas, entre los siglos XVIII y XIX, la Orden
desapareció casi por completo, pero posteriormente se
recuperó, dedicándose, desde entonces, a la educación de los
jóvenes y a las actividades misioneras y caritativas en algunos
países europeos y americanos. Entre sus miembros han
destacado grandes personalidades, como Tirso de Molina y
Remón en letras, Jerónimo Pérez y Zumel en teología, y
santos como Pedro Nolasco, Ramón Nonato, Pedro Armengol,
Pedro Pascual... Situación en 1996: 160 casas con 739
miembros, 525 de ellos sacerdotes.
Existe también una reducida comunidad de Mercedarios
Descalzos (MD), fundada en Madrid, en 1603, por
Juan Bautista del Santísimo Sacramento. La Reforma
Mercedaria, que se inscribe dentro del movimiento reformista
tridentino, fue aprobada en 1606. La Orden llegó a contar con
1.200 religiosos en el siglo XVIII. pero posteriormente, sobre
todo a causa de las medidas políticas, que supusieron en
ocasiones una auténtica persecución práctica, se vio reducida
de manera alarmante. El proceso desintegrador culminó con el
decreto de exclaustración, de Mendizábal. en 1836. La
restauración llegaría cincuenta años más tarde, en 1886.
Actualmente está extendida por España, Santo Domingo,
Venezuela y Estados Unidos, y cuenta con doce casas y 71 religiosos, 51 de ellos sacerdotes (situación en 1996).
En 1265 se fundó en Barcelona una rama femenina de Mereedarias, de la que se considera iniciadora a santa María de
Cervellón. Cuenta también con destacadas personalidades,
entre las que hay que recordar a la beata Mariana de Jesús.
Desde entonces han surgido en la Iglesia diversos institutos
femeninos con el nombre de Religiosas Mercedarias,
comprometidas en actividades misioneras, en la enseñanza y
la asistencia a los enfermos. Entre estas congregaciones están
las Religiosas de Nuestra Señora de la Merced de
Barcelona, llamadas también Mercedarios
Misioneras (RMM), que nacieron precisamente en
Barcelona el 21 de noviembre de 1860 para la promoción y
educación cristiana, por obra de Lutgarda Mas i Mateu,
ayudada por el merceda- rio P. Pedro Nolasco Tenas; las
Mercedarios de la Caridad (MC), cuyo fundador
(Málaga, 16 de marzo de 1878) es el Beato Padre
Juan Nepomuceno Zegrí y Moreno, que les encomendó
el carisma del «servicio omnímodo de caridad en orden a la
plena liberación de los hombres»; la Congregación de Nuestra
Señora de la Merced del Divino Maestro, dedicada a la
enseñanza, que fue fundada en Buenos Aires (Argentina) el 1
de agosto de 1889, por M. Antonio Rasore y M. Sofía Bunge;
las Mercedarios del Santísimo Sacramento
(HHMMSS), fundadas en México, el 25 de marzo de 1910,
por la Beata Madre María del Refugio Aguilar, para la
educación de la infancia y la juventud; y las Mercedarias
Misioneras de Bérriz (MMB), pura cooperar a la misión
evangelizadora de la Iglesia, fundadas en Bérriz (Vizcaya), el
23 de mayo de 1930. por la Beata Sor Margarita María
López de Maturana.
Existen también las «Fraternidades mercedarias» de seglares,
colaboradores en la misión caris- mática mercedaria.
Mínimos. La Orden de los Mínimos fue fundada por
san Francisco de Paula (1416-1507) a mediados del
siglo XV en Paula, pero se la conoció con diversos nombres,
según las regiones o naciones: en Calabria tomó el nombre de
Ermitaños del hermano Francisco de Asís en Paula; en Francia
el de Buenos Hombres, del apelativo Bonhomme que el rey
aplicaba al santo; en España el de Padres de la Victoria, para
recordar la predicción de Francisco de la victoria del rey
Fernando sobre los árabes; finalmente en Alemania se les
llamó sencillamente Paulanos. Sin embargo, el fundador
prefería Firmar y ser llamado como «el pobre ermitaño
Francisco de Paula». Con la bula del 26 de febrero de 1493,
Meritis religiosae vi toe, Alejandro VI decidió llamarlos
Ermitaños de la Orden de los Mínimos, que posteriormente fue
simplificado por Julio II como Orden de los Mínimos, con la
constitución Inter cáete ros, del 28 de julio de 1506.
Los comienzos de los Mínimos fueron típicamente eremíti- coanacoréticos, pero al pasar de la fase «eremítica» a la
«mendicante» se transformaron, asumiendo un carácter
penitencial y reformista. El texto de las nuevas constituciones
(1986) presenta los fines de la Orden en estos términos: «La
Orden se propone dar especial y cotidiano testimonio de la
penitencia evangélica con la vida cuaresmal, como total
conversión a Dios, íntima participación en la expiación de
Cristo y llamada a los valores evangélicos del desprendimiento
del mundo, de la primacía del espíritu sobre la materia y de la
urgencia de la penitencia que implica la práctica de la caridad,
el amor a la oración y la ascesis física» (art. 3). Además, los
artículos 33- 39 de las constituciones clarifican el significado
del voto especial de vida cuaresmal, característico de la
Orden, entendido como poenitentiam agite. La Orden está
actualmente comprometida pastoral mente en las parroquias,
en la enseñanza y la predicación.
La fase inicial de la Orden se caracterizaba por la vida
eremítica y la consideración del ermitaño como modelo ideal
de vida
artísticas, a veces muy elaboradas, especialmente en la Edad
media.
Misericordia, Hermanas de la.
Congregación religiosa de derecho pontificio, fundada en
Verona por el Beato Padre Carlos Steeb y la Venerable
Luisa Poloni en 1840. Carlos Steeb, era originario de
Tubinga, en Alemania, y había crecido en una familia de
convencida fe luterana. Al llegar a Verona en 1792. a raíz de la
revolución desencadenada en París, donde había acudido
para completar sus estudios, se convirtió al catolicismo,
decidiendo hacerse sacerdote. Desde los primeros años de su
ministerio se distinguió por su entrega a los enfermos y
dolientes, adhiriéndose a la «Evangélica Hermandad de
los Sacerdotes y Laicos Hospitalarios», fundada por
San Juan Leonardi en 1796 para la asistencia
espiritual y material de los enfermos, convirtiéndose
pronto en uno de sus mayores promotores. Era la
época de las campañas militares napoleónicas y de las
revueltas políticas y sociales, fruto de la revolución francesa,
que pretendía, entre otras cosas, sustraer a la Iglesia el
empeño caritativo asistencial. La ¡dea de una fundación que
respondiera a las necesidades de los enfermos que
imploraban «no manos mercenarias, sino corazones
maternos», y al mismo tiempo permitiera a la Iglesia recuperar,
de manera estable y a la altura de los tiempos, un espacio de
testimonio, era compartida en el primer decenio del siglo XIX
también por Ca- nossa y Leonardi, que, no obstante, se
dedicaron a la educación de los jóvenes. Steeb. en cambio,
cultivó la idea con perseverancia, y esperó con paciencia la
hora de Dios, que maduró en 1840, cuando Luisa Poloni,
mujer de temple fuerte y generoso, asumió esos ideales y se
ofreció para ser co- fundadora. Ella, con otras tres
compañeras, asumió la dirección y la asistencia de las
enfermas en las enfermerías femeninas, aun en medio de la
desconfianza inicial del inspector y de las demás enfermeras,
que veían su opción como una «fiebre». Pero pronto se
ganaron el aprecio de todos e incluso comenzaron a llegar
nuevas postulantes.
El ideal que, desde el comienzo, había inspirado a Carlos era
el de san Vicente de Paúl, y el nombre que dio a sus religiosas
fue el de Provisionales Hijas de la Caridad. Para obtener la
aprobación canónica de la «familia», que iba creciendo
rápidamente. era necesario conseguir la autorización
gubernativa, que el gobierno austríaco, de talante jurisdiccionalista, era muy reacio a conceder. Por eso Steeb
siguió el consejo de Schlór, sacerdote vie- nés, que por
aquellos años estaba en Verona, de adoptar las reglas de las
hermanas de la Misericordia. Sus
miembros se dedicaban al principio a la asistencia a los
enfermos y a los jóvenes encarcelados en el momento de su
inserción en la sociedad; los Hermanos de la Misericordia de
María Auxiliadora, congregación fundada en 1850 (regla de
san Agustín); desde hace cerca de cien años atienden a
jóvenes marcados por graves problemas educativos; la
Congregación de los Hermanos de la Misericordia de
Montabaur (diócesis de Limburg), congregación de hermanos
laicos fundada en 1856. También a los Alejianos, los
Franciscanos, los f Hospitalarios de san Juan de Dios y a otros
religiosos se les llama Hermanos de la Misericordia.
Misericordia, Religiosas de la.
Religiosas de la Misericordia se denominan numerosas
congregaciones femeninas de la Iglesia católica, dedicadas al
cuidado de los pobres y enfermos; en sentido propio, el
vocablo indica las religiosas pertenecientes a congregaciones
en cuyo nombre aparecen las palabras misericordia, amor o
caridad. Entre ellas, tienen importancia especial el instituto de
las Religiosas de la Misericordia. fundado en torno a
1830 en Dublín (Irlanda) por Catalina McAuley. Lo
constituían casas autónomas que se desarrollaron
rápidamente, sobre todo en los países de lengua inglesa
(Irlanda, Gran Bretaña. Estados
Unidos, Canadá y Australia). Sus miembros se dedicaban a la
educación de niñas y jóvenes y a la asistencia a los enfermos.
Otros institutos con la misma denominación y fines semejantes
son: las Hermanas de la Misericordia de Louviers
(Francia) fundado hacia 1700 por cinco jóvenes; de
Burdeos, fundado en 1801 por Marie-CharlotteThérése de Lamourous: de Moissac (Francia), fundado en
1807 por la M. María de Jesús Gouges; de Billom (Francia),
fundado en 1806: de Caen (Francia), fundado por el sacerdote
Jean Joseph Beausire (1766-1843); de Móntatei (Francia),
fundado en 1811 por Clotilde de Lavolvéne; de Rouen
(Francia), fundado en 1818 por Jean Baptiste Lefebvre y sus
hermanas Celeste y Eufrasia Harel: de Lieja (Bélgica) fundado
en 1819 por el sacerdote Martin Joseph Paschal Monon: de
Sées- Orne (Francia), fundado el 21 de marzo de 1823 por el
sacerdote Jean Jacques Bazin; de Montreal. iniciado en 1845,
por obra de mons. Ignace Bourget y Rosalie Jetté; de Renaix
(Bélgica), fundado en 1845 por el sacerdote Etienne Modeste
Glorieux y Antoinette Depoorter; del Maipo (Chile),
fundado en 1889 por el sacerdote, Beato Padre
Clemente Díaz Rodríguez. También están las Hermanas
de la Misericordia del Sagrado Corazón de Jesús, fundadas en
1837 en Isigny (Francia), del Corazón de María, conocidas
también como las Misioneras de la Inmaculada Concepción
(RMIC), para la evangelización por la acción transformadora
del mundo mediante la educación y la asistencia, nacieron en
Mataró (Barcelona), el 4 de agosto de 1850, por iniciativa de la
M. Alfonsa Cavin y Millot; las Misioneras Esclavas del
Inmaculado Corazón de María (MCMA), fundadas en Lleida el
19 de junio de 1862, por la M. Esperanza de Jesús González
(1823-1885), con la finalidad de vivir la caridad ejerciendo la
misión educativa y de protección y reeducación de menores:
las Misioneras de Nuestra Señora de Africa o Hermanas
Blancas (1869) /"Padres Blancos; las Misioneras Hijas de la
Sagrada Familia de Nazaret (1874) /"Hijos de la Sagrada
Familia; las Misioneras de la Doctrina Cristiana, fundadas, con
fines de evangelización y catcquesis, el 24 de septiembre de
1878, en Sevilla, por Mercedes Trullas y Soler, con el apoyo
del P. Francisco García Tejero; las Misioneras del
Sagrado Corazón de Jesús (MSCJ), de santa
Francisca Javiera Cabrini, para la educación de la
juventud y los emigrantes (Codogno, Italia, 14 de
noviembre de 1880); las Misioneras Hijas del Calvario
(CMFC), fruto de la colaboración de dos hermanas, María
Ernestina y María Enriqueta Larrainzar, que, el
19 de enero de 1885, fundaron en México esta congregación,
que realiza diversas actividades apostólicas, inspiradas por el
misterio de la redención; las Misioneras de Santo Domingo, a
las que con fines misioneros dieron vida, en 1887, los PP
Dominicos de Ocaña (Toledo): las Misioneras Cordimarianas
(MC), nacidas en Cervera (Lleida), por obra de la M. María
Güell y Puig, el 14 de septiembre de 1889, para el ejercicio
apostólico de la caridad; las Misioneras Siervas del Espíritu
Santo (1889) /* Verbo Divino, Misioneros del; las Misioneras
de los Sagrados Corazones de Jesús y María
(HHMMS- SC), nacidas el 17 de abril de 1891 en
Campos del Puerto (Mallorca), gracias a la
clarividencia de la fundadora, Santa María Rafaela
del Sagrado Corazón, para extender el reino de Cristo
mediante diversas actividades; las Misioneras de San Pedro
Claver (SPC), a quienes la Beata María Teresa Ledochówska
(1863-1922), al fundarlas el 29 de abril de 1894. en SalzburgoKaseran (Austria), les dio el fin específico de consolidar el
reino de Jesús en territorios de misión; las Misioneras del
Santísimo Sacramento y María Inmaculada, que nacieron el 25
de marzo de 1896 en Granada, por obra de la M. Emilia
Riquelme y Zayas, y se dedican a la adoración perpetua, a la
enseñanza y a las misiones; las Misioneras del Sagrado
Corazón de Jesús (MSC), de Humberto Linckens, para
testimoniar el amor misericordioso (Hiltrup, Alemania, 25 de
marzo de 1900); las Misioneras de María Inmaculada y
Santa Catalina de Siena (MMI), conocidas también
como Misioneras de la Madre Laura, por su
fundadora, Santa Laura Montoya Upegui, que les dio
origen el 14 de mayo de 1914, en Antio- quia (Colombia), con
el fin de anunciar y dar testimonio de la salvación traída por
Jesús; las Misioneras Catequistas de los Sagrados Corazones
(MC), fundadas en México el 1 2 de mayo de 1918, por la M.
Sofía Garduño Nava, para la evangeli- zación y catcquesis con
la familia; las Misioneras Dominicas del Rosario (ROSMICAS),
de mons. Ramón Zubieta, que tienen como fin específico la
evangelización de los pobres y nacieron en Lima (Perú) el 5 de
octubre de 1918; las Misioneras Mañanas (MM), del P. D. Luis
Martín Hernández, que nacieron en Querétaro (México), para
el servicio a los pobres, el 17 de febrero de 1920; las
Misioneras Eucarísticas de Nazaret (MEN), nacidas el 3
de mayo de 1921, y cuyo fundador, San Manuel González
García (1877-1940), ayudado de su hermana María Antonia
como cofun- dadora, les imprimió una profunda espiritualidad
eucarística, que expresan en múltiples actividades apostólicas;
la institución tiene otra rama secular con estatutos propios,
denominada de las Marías Auxiliares Nazarenas; las
Misioneras Hermanas de Betania (MHB), que
nacieron el 8 de septiembre de 1922, en Santiago de
Chile (Chile), fundadas por Domitila Huneeus Gana
(1874- 1955), especialmente para la cristianización de la
sociedad obrera; las Misioneras Cruzadas de la Iglesia
(MCI), que nacieron, para el anuncio del reino de
Dios, en Oruro (Bolivia), el año 1925, gracias al
coraje de su fundadora, la Beata M. Nazaria Ignacia
March y Mesa; las Misioneras del Sagrado Corazón de
Jesús y de María (MSC), fundadas el 1 de abril de 1926, en
San Sebastián (Guipúzcoa), por María Teresa Dupouy Bordes
(1873-1953), con la finalidad de promover las vocaciones
sacerdotales y misioneras; las Misioneras de Nuestra Señora
del Pilar (MdP), fundadas el 28 de octubre de 1939 en Lanaja
(Huesca) por María Esperanza Vitales Otin, para testimoniar el
amor de Dios en la vida; las Misioneras de María Janua Coeli,
fundadas en Madrid, por María del Pilar Arechavaleta, para el
apostolado con las jóvenes necesitadas, el 2 de julio de 1940;
las Misioneras de la Caridad y la Providencia, nacidas en
Madrid, el 8 de junio de 1941, por impulso de la M. María Luisa
Zancajo de la Mata, para «ser
premio Nobel de la paz. A finales de 1996. su Congregación
contaba ya con 559 casas y 4.050 religiosas.
Misioneras de la Consolata. El
fundador, Beato José Allamano (1851-1926). acogiendo
el deseo del papa Pío X. dio vida el 29 de enero de 1910 al
instituto de religiosas de las Misioneras de la Consolata (MC),
como colateral del instituto misionero masculino que había
fundado nueve años antes.
Un primer grupo de religiosas de la nueva fundación turinesa
partió para Africa en 1913. Incluso después de la muerte del
fundador, acaecida en Turín en 1926, la formación y la
actividad apostólica de las Religiosas de la Consolata
estuvieron siempre marcadas por el fin específicamente
misionero del instituto. Una característica de la actividad de las
Religiosas de la Consolata en Africa es la colaboración y la
disponibilidad prestadas en el proceso de erección de nuevas
congregaciones femeninas autóctonas.
La presencia de las Misioneras
de la Consolata y de sus obras ha ido ampliándose desde
Africa hasta América Latina, manteniendo siempre vivo el fin
del instituto acerca del primer anuncio del evangelio a los no
cristianos y prestando especial atención a los problemas
relativos a la
promoción de la mujer, desempeñando su apostolado a través
de escuelas, hospitales, orfanatos y otras obras asistenciales.
En 1996, las Misioneras de la Consolata eran 991, distribuidas
en 155 casas.
Misioneras de la Inmaculada, Religiosas.
El Instituto de las Religiosas Misioneras de la Inmaculada
reconoce como su fundador al '"Instituto Pontificio de Misiones
Extranjeras (PIME). El 8 de diciembre de 1936 se fundó en
Milán la rama femenina deseada por el capítulo general del
PIME que, durante su reunión en Hong Kong, en 1934, había
firmado una moción en ese sentido. Esta decisión había sido
promovida por el Beato P. Pablo Manna, que ya antes había
lanzado la idea de una fundación femenina paralela al instituto
misionero del PIME, al que pertenecía.
Otro punto de referencia inicial para las Misioneras de la
Inmaculada fue la madre Josefina Dones, de las religiosas
Reparadoras, primera superiora general de la congregación,
que había colaborado con el P. Manna en la animación
misionera de la Iglesia italiana a través de la prensa, ya desde
1917.
La congregación de las Misioneras de la Inmaculada se
caracteriza por su fin exclusivamente misionero. Las religiosas
se dedican al anuncio evangélico directo a todas las gentes,
expresado en el servicio de la caridad y en la evangelización
de los no cristianos, así como el ofrecimiento de colaboración
para la consolidación de Iglesias que, tras haber acogido la fe
cristiana, requieren un posterior esfuerzo misionero.
Actualmente (19%) las Misioneras de la Inmaculada son 762,
distribuidas en 90 casas, y ejercen su misión en Italia, Gran
Bretaña, Brasil, Bangladesh, India, Papua Nueva Guinea,
Hong Kong, Camerún y Guinea Bissau.
Misioneras Seculares Combonianas. El Instituto secular
de las Misioneras Combonianas fue fundado por el Padre
Egidio Ramponi, Religioso Comboniano, en 1950, en Gozzano
(Novara, Italia). Jurídicamente depende del obispo de Rímini.
Nació de la necesidad de sensibilizar a la Iglesia italiana sobre
su responsabilidad en la evangelización de los pueblos, a
través de la animación misionera. Posteriormente el instituto,
denominado de las «Celadoras de la Inmaculada», al
extenderse por varias diócesis italianas tomó el nombre de
«Auxiliares Combonianas». El obispo de Rímini concedió la
aprobación provisional del instituto en 1959. En 1966 fueron
nuevamente elaborados los reglamentos de acuerdo con las
indicaciones del Vaticano II, y el 8 de diciembre de 1968 la
Sagrada Congregación para los Religiosos y los Institutos
seculares aprobó canónicamente el Instituto. En 1969 alcanzó
su configuración jurídica definitiva.
Las Misioneras Seculares Combonianas, junto con el esfuerzo
de la animación de la Iglesia local al deber de la
evangelización ad gentes, han adoptado también el servicio
directo en la actividad misionera de la Iglesia en algunos
territorios de evangelización de América Latina.
Misioneros Combonianos del Corazón de Jesús
(MCCI). El instituto tiene como base el Plan para la
regeneración de Africa propuesto por San Daniel Comboni
(1831-1881), del Instituto Mazza de Verona. La iniciativa de
Daniel Comboni se inserta dentro de la fuerte recuperación de
la acción misionera de la Iglesia en el siglo XIX, especialmente
en Africa.
El Instituto Mazza, al que pertenecía Comboni, se había
integrado en la labor de evangelización desarrollada en los
territorios del Vicariato de África Central, que comprendía los
territorios de los actuales estados de Sudán, Chad, Níger,
República Centro- africana, Uganda, Kenia, Tanzania,
Ruanda, Burundi y parte de la República Democrática del
Congo, Nigeria y Camerún.
Mons. Daniel Comboni (1831-1881) zarpó en 1857 para Africa
Central, donde llegó en 1858. A a las dos congregaciones a
buscar el camino de la unidad. El 2 de septiembre de 1975 los
dos capítulos generales, convocados conjuntamente en
Alemania, en Ellwangen/Jagst, decidieron, con ordenamiento
jurídico especial, la reunificación de las dos congregaciones
(Hijos del Sagrado Corazón de Jesús y Misioneros Hijos del
Sagrado Corazón de Jesús) en un único Instituto. La decisión
fue ratificada por una gran mayoría de los respectivos
miembros, a través de un referéndum. Con decreto de la
sagrada Congregación de Propaganda Fide, el 22 de junio de
1979 fue sancionada oficialmente la unión de las dos
congregaciones que se inspiraban en Daniel Comboni como
fundador. Actualmente (1996) son 2.298 miembros, 1.316 de
ellos sacerdotes, distribuidos en 355 casas.
Misioneros de Enfermos Pobres (Hermanos). Fundados por
Antonio Jácome Pumar el 10 de junio de 1946, en Barcelona,
para la asistencia gratuita de enfermos pobres, tanto en sus
domicilios como en régimen de internado, talleres y escuelas
para adolescentes discapacitados, etc.
Misioneros de la Consolata. El
fundador del Instituto de Misioneros de la Consolata (Institutum
Missionum a Consolata, IMC) fue José Allamano, nacido el 21
de enero de 1851 en Castelnuovo de Asti, actualmente Castelnuovo Don Bosco. que vio nacer también a san José Cafasso
y a san Juan Bosco.
José Allamano entró en 1862, en Valdocco, en el oratorio de
Don Bosco para los estudios de bachillerato, y luego, en
noviembre de 1866, en el seminario de Turín. El 23 de
septiembre de 1873 fue ordenado sacerdote y destinado al
seminario, primero como asistente y después como director
espiritual. En 1880 llegó a ser rector del santuario de la
Consolata de Turín, donde desempeñó su actividad hasta su
muerte, haciendo del santuario un centro de espiritualidad mariana y de renovación de la vida cristiana para la ciudad de
Turín y para toda la región. Allamano tenía una salud débil, lo
que le impidió seguir la llamada a evangelizar personalmente a
los pueblos paganos. No obstante, en 1885 elaboró un
proyecto para la preparación de sacerdotes al trabajo en las
misiones. El proyecto fue aprobado por el cardenal arzobispo
de Turín y por los obispos piamonteses en 1900.
Finalidad del Instituto era la evangelización de los pueblos de
Africa ecuatorial. Los miembros
del nuevo Instituto estaban vinculados a él con un juramento
de observancia de los votos religiosos y se comprometían a
realizar un servicio de cinco años en tierras de misión antes de
entrar a formar parte de la nueva fundación de manera
definitiva. La primera expedición misionera del nuevo Instituto
partió en 1902 con destino a Kenia, cuyos territorios fueron
separados del vicariato apostólico de Zanzíbar, erigidos como
misión autónoma y encomendados a los miembros del nuevo
instituto turinés. El Instituto se convirtió en congregación
religiosa en 1909 con la aprobación de las primeras
constituciones. Obtuvo el decreto pontificio de alabanza el 28
de diciembre de 1909. El primer capítulo general, presidido por
el fundador, tuvo lugar en 1922. En él se adecuaron
canónicamente las constituciones, que fueron aprobadas por
diez años por la Sagrada Congregación de Propaganda Fide
en 1923, y más adelante de forma definitiva, el mismo año.
El fundador había sido elegido superior general de la
Congregación desde el primer capítulo general. Originalmente
el Instituto asumió como fin primario la conversión de los
pueblos de África ecuatorial, configurándose después como
congregación religiosa misionera con el fin específico de la
evangelización de los no cristianos, junto con la disponibilidad
para ayudar a Iglesias ya fundadas pero que requieran un
nuevo servicio en el campo de la evangelización. Actualmente
los misioneros de la Consolata trabajan en 24 países de Africa,
América, Europa y Asia. En 1996 los miembros de la
congregación eran 1.015 (754 sacerdotes), distribuidos en 236
casas.
José Allamano fue beatificado el 7 de octubre de 1990 por el
papa Juan Pablo II.
Misioneros de la Inmaculada Concepción de Lourdes
(MIC). Finalidad de la congregación, fundada en Garaison
(Francia) en 1848, por Jean-Louis Peydessus, es la animación
de santuarios marianos, así como el apostolado en colegios y
parroquias, con preferencia hacia los más pobres.
Misioneros de la Preciosa Sangre. Del culto a la
preciosísima sangre de Cristo nacieron a lo largo del siglo XIX
varios institutos religiosos masculinos y femeninos, todos ellos
dedicados a la actividad misionera y caritativa. Entre ellos hay
que recordar a los Misioneros de la Preciosísima Sangre
(CPPS), fundados en 1815 en San Felice di Giano (Pe- rusa,
Italia) por san Gaspar Baltasar Melchor del Búfalo,
presentes hoy en Europa y América, y activos, como
misioneros, sobre todo en Chile y Brasil. Entre los institutos
femeninos se pueden mencionar las Adorarices de la Sangre
de Cristo, fundadas en 1834 por María de Mattias, y las
Religiosas Misioneras de la Preciosa Sangre, fundadas en
1885 por el abad Franz Pfanner en Mariannhill (Misioneros de
/"Mariannhill), presentes sobre todo en Suráfrica.
Misioneros de la Sagrada Familia (MSF).
Congregación religiosa fundada en Grave (Holanda) por el P.
Juan Berthier, sacerdote francés perteneciente a los
Misioneros de La Salette. Misionero infatigable, quiso salir al
paso de los jóvenes que encontraban dificultades para realizar
sus ideales por su edad avanzada o la falta de recursos
económicos. Así surgió la congregación, aprobada por León
XIII, que tomó a la Sagrada Familia como modelo de unión
profunda de corazones, de obediencia a los planes de Dios y
de entrega generosa del Hijo de Dios a todos los hombres, con
un estilo de sencillez y laboriosidad. Realiza su misión
especialmente con la actividad misionera, la pastoral
vocacional y la pastoral familiar. Está extendida por 18 países
del mundo, y cuenta con casi 1.200 miembros.
Misioneros de los Sagrados Corazones. La
congregación de Misioneros de los Sagrados Corazones de
Jesús y María (MMS- SCC) fue fundada por el P. Joaquín
Roselló Ferra, el 17 de agosto de 1890, en la ermita de Sant
Honorat, Randa (Palma de Mallorca). para el ministerio
apostólico, especialmente por la predicación.
Misioneros de Nuestra Señora de La Salette. Más
conocidos con el título abreviado de Misioneros de La Salette
(MS) o Saletinos, tienen su origen en las apariciones de la
Virgen, en 1846, a dos pastores, Beatos Maximino Giraud
y Melania Calvat, en la parroquia de La Saleta (Isére,
Francia). Después de cinco años de silencio sobre el asunto,
en 1842 Filiberto de Bruillard, obispo de Grenoble, aprobó la
aparición, ordenando la construcción de una iglesia en el lugar
de la misma, y estableciendo un grupo de misioneros
diocesanos para cuidar el santuario y atender a los peregrinos
con la predicación de la Palabra, la celebración de la eucaristía
y, sobre todo, el ejercicio de la reconciliación, a la luz de la
aparición de la Virgen en La Salette. Estos sacerdotes serán
los Misioneros de Nuestra Señora de La Salette, aprobados
definitivamente como congregación de derecho pontificio el 7
de junio de 1879. A principios del siglo XX, a raíz de la
persecución religiosa en Francia, los Misioneros se
extendieron por el mundo entero, atendiendo santuarios en la
mayoría de los países. Actualmente están divididos en once
provincias, tres regiones y un distrito (España), y son unos
novecientos en todo el mundo.
Misioneros de San Carlos (Scalabrinianos).
Congregación de derecho pontificio, fundada por el Beato
Monseñor Juan Bautista Scalabrini, obispo de
Piacenza, el 28 de noviembre de 1887. El fin de la
Congregación es, según Scalabrini. «mantener viva en el
corazón de nuestros emigrantes la fe católica y procurar,
dentro de lo posible, su bienestar moral, civil y económico».
Este fin se consigue «enviando misioneros y maestros por
todas partes donde la necesidad lo requiera; erigiendo iglesias
y oratorios en los diversos centros..., y fundando casas de
misioneros; abriendo escuelas para los hijos de los
italianos...». En 1969 la Congregación amplió su finalidad de
asistencia religiosa también a los demás grupos étnicos.
La institución de mons. Scalabrini fue aprobada por León XIII
con el breve Libenter agnovi- mus, del 15 de noviembre de
1887. El 19 de octubre de 1888 la sagrada Congregación de
Propaganda Fide, de la que dependía, aprobó ad
experimentan] el reglamento. A comienzos de 1895, la nueva
Regla de los Misioneros de San Carlos para los
Italianos emigrados fue aprobada definitivamente,
introduciéndose en el instituto los votos religiosos perpetuos.
Los primeros destinos de los Scalabrinos fueron Nueva York,
en Estados Unidos, y los estados de Paraná y de Espirito
Santo, en Brasil (1888). En diciembre de 1888 León XIII envió
a los obispos de América una carta apostólica, Quam
aerumnosa, para presentar a los misioneros Scalabrinos.
Dos años más tarde, las misiones de Estados Unidos
constituyeron una provincia, dedicada a san Carlos Borromeo.
En 1896 los Scalabrinianos llegaron a Rio Grande do Sul y, al
año siguiente, también las misiones de Brasil llegaron a
constituir la «provincia de San Pablo». En 1901, cuando mons.
Sacalabrini visitó América del Norte, sus misioneros estaban
ya en los estados de Nueva York. Nueva Jersey, Ma- ryland,
Connecticut, Massachusetts. Rhode Island, Ohio, Michigan,
Minnesota y Missouri. En 1904, año de la visita del fundador a
las misiones de Brasil, estas, que habían crecido en número,
estaban ya divididas en dos provincias: la de «San Pablo»,
correspondiente a los territorios del estado homónimo y de
Paraná, y la de «San Pedro», en Rio Grande do Sul.
Desde 1905 hasta 1919, por dos sesenios consecutivos, dirigió
la Sociedad el veronés P Domenico Vicentini. Su superiorato
coincidió con los años más difíciles, por la guerra de 19151918. que dispersó a los pocos estudiantes de teología, pero
también por la revisión interna realizada en 1909 con la
sustitución de los votos religiosos por un juramento de
perseverancia. El cardenal Rafael Carlos Rossi, que llegó a
ser secretario de la Sagrada Congregación Consistorial en
1930. tomó a pecho la suerte de la Congregación, hasta el
punto de querer devolverle los rasgos jurídicos que había
querido el fundador, mediante la reintegración de los votos
religiosos, cosa que tuvo lugar el 8 de abril de 1934. En 1968
la Congregación experimentó su máxima expansión, con 794
religiosos y 220 residencias. En 1996 los miembros habían
descendido a 749 (623 sacerdotes), mientras las casas
aumentaron ligeramente (241). Junto a los misioneros scalabrinos trabajan entre los emigrantes las Religiosas
Misioneras de San Carlos Borromeo
(Scalabrinianas), fundada por Monseñor Scalabrini y la
Beata Madre Maria Asunta Marchetti.
Misioneros del Espíritu Santo
(MspS). Fundados en México por el Beato P. Félix de
Jesús Rougier, y la Beata Concepción Cabrera de
Armida, en 1914, tienen como fin específico la dirección
espiritual en general y las obras sacerdotales para la santidad
del pueblo de Dios.
Misioneros Espirítanos. Los Beatos Padres
Claudio Poullart des Places (1679-1709). abogado de
familia acomodada, y Francisco Libermann (18021852), hijo de un rabino judío, hicieron realidad el
carisma de la actual Congregación del Espíritu
Santo y del Inmaculado Corazón de María. El primero
dio comienzo en 1703 a la Congregación del Espíritu Santo,
para preparar sacerdotes «disponibles para todo: evangelizar
a los pobres, e incluso a los infieles; aceptar, mejor aún, amar
de todo corazón y preferir sobre todo los trabajos más
humildes y penosos para los cuales difícilmente se encuentran
obreros». El segundo comenzó en 1839 el primer noviciado de
los Misioneros del Corazón de María: y en 1848 fusionó su
instituto con la ya centenaria Congregación del Espíritu Santo,
siendo elegido primer superior general después de la fusión.
Desde su consagración en comunidad, los Misioneros
Espirítanos (CSSp) realizan su misión evangelizados de
múltiples formas, dando preferencia a los marginados y más
desfavorecidos individual o colectivamente. En 1996 eran
3.157 miembros (2.499 sacerdotes), distribuidos en 725 casas.
Sociedad de san Francisco Javier para las Misiones
Extranjeras (SX) fue fundada en 1895, en Parma, por San
Guido María Conforti (1865-1931), obispo de Ravena
(1902-1907) y Parma (1907-1931). El fundador se situó en el
camino de renacimiento del espíritu misionero de la Iglesia,
que tuvo lugar entre mediados del siglo XIX y mediados del
XX, como expresión de este camino, pero también como
protagonista del mismo.
Además de la fundación del Instituto de los Misioneros
Javerianos, se comprometió en la difusión de las Obras
Misionales Pontificias, colaboró con el Beato P. Pablo
Manna, en la fundación de la Unión Misionera del Clero,
llegando a ser su primer presidente. Con respecto al
Instituto misionero del que fue fundador, cuidó de manera
especial sus constituciones, desde 1896 hasta 1931. Quería
que su congregación se caracterizara por su finalidad
exclusivamente misionera; y en ese sentido estableció para los
miembros de su instituto «el voto de misión», con el que se
sancionaba el compromiso total por la conversión de los
infieles, añadido a la profesión de los tres votos religiosos
tradicionales, queriendo perfeccionar así la entrega total e
irrevocable de todo javeriano a la causa de la evan- gelización
de los no cristianos.
Los comienzos del Instituto, estuvieron llenos de dificultades;
pero esto no impidió el envío de los dos primeros misioneros
javerianos a China, ya en 1899.
La nueva fundación recibió el decreto pontificio de alabanza en
1906, mientras que la aprobación definitiva de las
constituciones llegó en 1921. Ese mismo año mons. Guido M.
Conforti fue nombrado por el papa Benedicto XV superior
general de por vida del Instituto, que dependía de Propaganda
Pide.
Mientras tanto, la congregación fue consolidándose en las
estructuras que soportaban la actividad misionera de sus
miembros. También la misión en China se desarrolló,
ampliándose al encomendarse al Instituto nuevos territorios
para evangelizar. El proceso de expansión quedó interrumpido
por la expulsión de todos los Misioneros Javerianos que se
encontraban en territorio chino, al pasar bajo el sistema de
gobierno inspirado en la línea comunista de Mao Tse-Tung.
Los Misioneros Javerianos expulsados de China se dedicaron
a la evangelización de nuevos pueblos: en 1949 fundaron sus
propias misiones en Japón. En los años inmediatos se
abrieron misiones de los Padres Javerianos en Sierra Leona,
Indonesia, Bangladesh y Brasil. Zaire y Burundi fueron
alcanzadas por las misiones javerianas en 1958 y 1973
respectivamente, mientras
y, una vez garantizada la predicación de las misiones
populares.
Misioneros Oblatos de Maria Inmaculada (OMI).
Fue fundado en 1815, por San Eugenio de Mazenod
(1782-1861), prelado frances y Obispo de Marsella. Esta
congregación esta destinada a las misiones populares. La
actividad de los Oblatos se difundió con gran rapidez por
Europa y otros continentes. En 1841 aceptó enviar misioneros
al extremo norte del continente americano, donde escribieron
sus más bellas páginas de apostolado fecundo. En 1847 envió
también misioneros a la isla de Ceilán y en 1851 a Suráfrica. y
posteriormente abrió misiones en Australia, Indochina,
Filipinas, Congo, Camerún, Japón. América Latina (Argentina,
Brasil, Chile, Paraguay. Uruguay).
Otro fin de la Congregación es la dirección de seminarios y la
enseñanza de la juventud; Mazenod no dudó en adoptar la
moral de san Alfonso contra el rigorismo semijansenista
dominante en las escuelas teológicas francesas. En 1848 los
Oblatos de María Inmaculada abrieron la Universidad de
Ottawa, en Canadá, y constituyeron prestigiosas escuelas
superiores en la isla de Ceilán y en Suráfrica. Eugenio de
Maze- nod llegó a ser obispo de Marsella en 1832. Antes de
morir el 21 de mayo de 1861 pudo alegrarse del gran
desarrollo misionero de su Congregación.
Actualmente (1996) forman parte de esta Congregación 5.061
miembros, entre religiosos y novicios (de los cuales 3.720 son
sacerdotes) y están distribuidos en 1.300 casas. Mons. Carlos
José Eugenio de Mazenod fue canonizado por el papa Juan
Pablo II el 3 de diciembre de 1995.
Mística. En el lenguaje específico de las ciencias religiosas, el
término «mística» (del griego myein. iniciar, consagrar) indica
una experiencia de la realidad divina trascendente que va más
allá del conocimiento racional y de la conciencia común. En
todos los pueblos y en todas las religiones existen testimonios
de experiencias de este tipo. La mística cristiana aparece
mencionada varias veces en la Sagrada Escritura, por ejemplo
en el apóstol Pablo, y, a lo largo de la historia, ha ido tomando
rasgos y matices diversos en todas las Iglesias cristianas,
sobre todo en la experiencia de hombres y mujeres de fe
profunda y vida santa, con frecuencia precisamente en los
monasterios. La mística cristiana está estrechamente
vinculada a la meditación y a la ^contemplación, aunque las
supera por ser «experiencia directa» de Dios. Numerosas y
variadas han sido las formas (y las vías) de la experiencia
mística en cada una de las Iglesias, monasterios, órdenes,
países y épocas históricas, tanto en Oriente como en
Occidente, e incluso en las Iglesias protestantes. Se trata de
un campo difícil y complejo, en el que no es fácil orientarse y
distinguir las experiencias auténticas de ciertos caminos
engañosos, y hasta de fenómenos pseudorreli- giosos.
Antiguamente se acostumbraba a distinguir los siguientes
grados de iniciación y de experiencia mística: 1) vía purgativa
(«vía de la purificación»), en la que se alcanza la propia
libertad a través del f ayuno, la ^ascesis y el abandono
confiado en Dios; 2) vía iluminativa («vía de la iluminación»),
por obra de la gracia de Dios; 3) vía unitiva («vía de la
unificación»), experiencia directa en la «visión» y en la «unión
mística» con Dios. A diferencia de las formas no cristianas,
como sucede por ejemplo en el budismo, en la mística
cristiana nunca se suprime la personalidad individual, ni
siquiera en el éxtasis (del griego ekstasis, rapto,
arrobamiento), sino que queda siempre a salvo.
Mitra. Mitra (vocablo latino de origen griego mitra, banda para
la cabeza, diadema) o ínfula (del latín infula, banda, como
adorno para la cabeza) es un sombrero especial, con
funciones de insignia litúrgica, propia de los obispos y prelados
«mitrados». Propiamente no se puede hablar de un influjo de
la antigüedad grecorromana en la evolución de la mitra. En los
primeros siglos de la Edad media, por influjo del Antiguo y del
Nuevo Testamento, se introdujo en la Iglesia latina una
especie de sombrero, especialmente usado por los obispos,
que pronto se llamó exclusivamente «mitra». El testimonio más
antiguo de la entrega de una mitra a un obispo por parte del
papa se remonta al año 1049 (al arzobispo Eberardo de
Tréveris). El primer abad que recibió la mitra fue Egelsino de
Cantorbery en 1069. Como insignia litúrgica de la dignidad
episcopal la mitra se impuso en todo el Occidente a lo largo de
los siglos XI y XII; su uso se amplió bien pronto también a los
abades, prebostes y otros altos prelados. Los abades y demás
superiores monásticos de alto rango, además de los altos
prelados, la recibían del papa; incluso el concilio de Basilea
(1431-1448) dio disposiciones para su asignación. La forma
inicialmente rica y complicada de la mitra episcopal se
sustituyó pronto con las dos cornua («puntas», «cúspides»,
especie de alas que salen en punta hacia arriba desde el
cubrecabezas curvado hacia dentro, en su propio centro). Las
dos cornua se interpretaban alegóricamente como símbolo del
Antiguo y del Nuevo Testamento. Generalmente la mitra
estaba ricamente embellecida y adornada con dos finas
bandas
(ínfulas) que descendían por los lados, de modo que eran uno
de los elementos característicos de las vestiduras pontificales.
Según su función y su valor artístico se distinguen diversos
tipos y formas de mitra.
De la mitra se derivó la tiara, como insignia extralitúrgica de la
autoridad pontificia. El papa Pablo VI la abandonó el 13 de
noviembre de 1964. con un gesto de valor testimonial.
La mitra se utiliza también en muchas iglesias de la reforma
protestante que quisieron conservar las costumbres de la
Iglesia medieval, como la Iglesia anglicana de Inglaterra y la
evangélico-luterana de Suecia.
Monacato o monaquisino. Es la
forma de vida del f monje. Se trata de un fenómeno
ampliamente difundido en la historia de las religiones, por el
que unos hombres o, más raramente, mujeres eligen vivir sin
casarse, renunciando a la posesión de bienes, durante toda su
vida o por un tiempo determinado, con una finalidad
exclusivamente religiosa. Esta forma de vida religiosa puede
llevarse dentro de una comunidad monástica, como ermitaños
o como ascetas itinerantes.
El monacato cristiano hunde sus raíces en el mensaje
evangélico. En su verdad más profunda, que en la historia se
ha explicitado de formas diversas y siempre
nuevas, el monacato encarna la aspiración ideal a una
pertenencia total a Dios en el seguimiento de Cristo, a través
de los ^ consejos evangélicos de pobreza, castidad y
obediencia. Esta aspiración no se entiende sólo como una
búsqueda de la propia santificación personal, sino que se
vincula a la presencia cristiana y caritativa en el mundo. Para
los desarrollos históricos del monaquismo, véase el ensayo
inicial de esta obra, La vida religiosa en la historia cristiana.
Monacato laical. Tanto en Orien-te como en Occidente el
monacato cristiano fue. desde sus orígenes, un fenómeno
esencialmente laical, aunque muy pronto se aceptó a los
sacerdotes y algunos monjes recibieron la ordenación
sacerdotal (en número creciente a partir del siglo IV). Esta
evolución tenía entre otras razones la de la celebración de la
liturgia dentro de los monasterios, dado que la celebración de
la eucaristía fue siempre una prerrogativa de los sacerdotes.
La regla de san Benito ('"Benedictinos) está pensada ante todo
para monjes laicos; no obstante, el capítulo 60 prevé que
también quien es sacerdote puede ser acogido en la
comunidad (aunque sin gozar de especiales privilegios). El
capítulo 62 afirma después que el abad puede solicitar que se
ordene sacerdote o diácono a un
monje que él considere idóneo para desempeñar este cargo.
Las cosas estaban fundamental mente lo mismo en las demás
comunidades monásticas en el paso de la tardía antigüedad a
la primera Edad media. A partir del siglo IX los sínodos
comenzaron a exigir que el abad de los monasterios
(benedictinos) recibiera la ordenación sacerdotal. También los
comienzos de las nuevas órdenes, a través de las cuales se
afirmó la reforma de la Iglesia de los siglos X-XIII. se
caracterizaron de forma predominante por el monaquisino
laical. Fue el concilio de Viena, en 131 1, el que transformó la
Orden benedictina en borden clerical, «para una celebración
más rica del servicio divino». A partir de la alta Edad media, en
casi todas las órdenes y congregaciones, junto a los monjes
sacerdotes y a los canónigos hubo «hermanos /"laicos» o
conversos; algo semejante sucedió también en los
monasterios femeninos, con la distinción entre canonesas y
«hermanas laicas» o conversas. En la Iglesia católica, en los
últimos decenios, ha habido un esfuerzo por superar la
distinción histórica de dos grados o rangos diversos dentro de
las órdenes religiosas, eliminando así las diferencias,
frecuentemente de orinen social. En los monasterios de las
Iglesias orientales aun hoy la mayor parte de los monjes son
laicos y gozan de los mismos derechos que sus hermanos
sacerdotes.
Monasterio. La palabra monasterio (en latín monasterium,
pero también claustrum, expresión latina tardía, derivada del
verbo claudere, cerrar; y además coeno- bium; abbatia; celia)
indica el lugar donde vive la comunidad de religiosos, es decir,
de las personas que consagran su vida a la práctica de los
/"consejos evangélicos (pobreza, castidad y obediencia).
A lo largo de la Edad media el término monasterio y sus
correspondientes no se emplearon de manera unívoca en latín
y en las diversas lenguas vulgares. Esta polivalencia de
significado y de uso del término permanece aún hoy. Con él se
puede entender el conjunto de edificios monásticos, el edificio
o fábrica de una iglesia, y también una comunidad monástica o
conventual (/"convento).
En los primeros siglos cristianos -los testimonios más antiguos
se remontan al siglo III- algunos ascetas que aspiraban a la
perfección se retiraron a la soledad. apartándose del mundo,
para vivir como /"anacoretas o '"ermitaños. Muy pronto estos
ascetas se reunieron en lauras (cabañas o cavernas),
rodeadas por un muro o empalizada, que comprendían
también una iglesia para la misa común dominical. Este
modelo de vida comunitaria de los primeros monjes egipcios y
sirios sirvió de estímulo para el nacimiento y desarrollo del
cenobitismo (^cenobitas) y, posteriormente, para el surgir de
los monasterios. En Oriente el primero en reunir a sus
discípulos en un único lugar común fue san Pacomio (t 347).
En Occidente el monacato se desarrolló desde el principio bajo
la forma de cenobitismo y, por tanto, en los monasterios. Fue
en los siglos XI y XII. con el movimiento eremítico, cuando
hubo monjes que volvieron a vivir en cabañas solitarias o en
cuevas aisladas. Sin embargo, en los primeros siglos de la
Edad media normalmente los monjes occidentales llevaron
una vida comunitaria, en los monasterios y sometidos a las
respectivas reglas monásticas ( f regla). A partir del siglo VI y
hasta el XI, el modelo monástico dominante fue el que se
inspiraba en la regla de san Benito (^Benedictinos); esto fue
decisivo no sólo para las órdenes monásticas sino también
para las fundaciones de los canónigos. Efectivamente, en la
regla de sar\ Benito aparecen ya todos los elementos
esenciales de un monasterio: oratorium («oratorio» o lugar
reservado a la oración. iglesia), refectorium (comedor),
dormitoñum (dormitorio), coquina (cocina), bibliotheca
(lugar reservado para la conservación de los libros y la
lectura), hortus (huerto o jardín), celia hospitum (lugar
reservado a los visitantes u hospedería), celia novitiorum
(espacio reservado a los «novicios» o noviciado), celia ostiarii
(portería), y celia infirmo ruin (enfermería).
Muy pronto la tradición benedictina añadió a estas partes del
monasterio la sala capitular (/* capítulo), el parlatorium
(locutorio o lugar destinado a las visitas), el calefactorium
(lugar caliente donde los monjes podían entrar en calor y secar
los hábitos y otras prendas mojadas cuando llovía; en la
estación fría este lugar se usaba también para escribir y para
otros menesteres) y la casa del abad. Benito había establecido
(c. 66 de la regla) que el monasterio debía construirse de
modo que todo lo indispensable para vivir (agua, molino,
jardín, talleres) se encontrara dentro de su recinto, de modo
que los monjes no tuvieran necesidad de salir del monasterio y
tener que andar dando vueltas, cosa que para el alma es más
dañoso que útil.
Estas disposiciones de la regla tuvieron carácter normativo
durante los siglos siguientes y hallaron plena realización en el
monasterio de Saint Gallen, cuyo proyecto, de época
carolingia, representa el tipo ideal de los grandes conjuntos
monásticos de comienzos del siglo IX. Sin embargo, dentro de
este amplio conjunto monástico, la vida religiosa de los monjes
se concentraba en un espacio más reducido: iglesia, claustro
(con la fuente para lavarse y afeitarse), refectorio, dormitorio y
capítulo. Estos ambientes estaban estrictamente reservados a
los religiosos y protegidos del mundo exterior mediante la
clausura. A las mujeres se les prohibía la entrada. En torno a
este centro se extendían los ambientes y lugares más
utilizados: jardines, huertos, cuadras, establos, cobertizos,
bodega, molino, talleres, habitaciones de los criados,
hospedería, locutorios, habitaciones y la casa (o apartamento)
del abad. Monasterios de esta magnitud podían comprender
muchas hectáreas de terreno, poseer numerosas iglesias
(para el servicio f coral de los monjes y para las necesidades
de los laicos: coro e f «iglesia de los laicos») y dar trabajo y
refugio a cientos de personas. Todo el conjunto monástico
estaba rodeado por un muro, dotado de puertas y a menudo
protegido incluso con torres. De ese modo el monasterio era al
mismo tiempo santuario, colonia rural y fortaleza; en caso de
guerra se convertía. además, en lugar de refugio para la
población (y para sus bienes muebles) de los alrededores.
Además de las tierras que se encontraban en las proximidades
del monasterio, y que él se encargaba de cultivar y
administrar, los grandes monasterios de los primeros siglos de
la Edad media poseían también amplias extensiones de
tierras, a menudo incluso a gran distancia, con granjas y
establos (apriscos para los animales de pastoreo), bosques,
aguas abundantes en pesca, etc. En el caso de algunos
monasterios estas posesiones llegaron a abarcar muchos
miles de hectáreas y acabaron por atraer las miradas de
muchos que codiciaban su posesión, como intendentes,
procuradores civiles o «abogados» (/"Abogacía), pero también
señores, seglares y eclesiásticos, de aquellas regiones. En
épocas de incertidumbre o de guerra, los monasterios con sus
riquezas, reales o presuntas, estaban siempre expuestas al
peligro de los saqueos. Todas las personas que directa o
indirectamente pertenecían al monasterio, constituían la familia
del monasterio, numerosa y estructurada jerárquicamente.
Cada «familia» tenía el nombre de un santo (por ejemplo, la
familia Sancli Quirini, del monasterio de Tegernsee).
El ingreso en el monasterio podía tener lugar a cualquier edad,
desde la primera infancia (/'"oblato, oblación) hasta la
ancianidad (para encontrar la paz del alma, pero también para
asegurarse una asistencia). Para ingresar en algunos
monasterios
masculinos y femeninos se requería tener origen noble y,
como consecuencia, aportar una dote.
Durante los primeros siglos de la Edad media y hasta bien
entrado el siglo XI, los grandes monasterios, con sus escuelas,
sus escritorios (escuelas de amanuenses y miniaturistas),
/"bibliotecas y talleres de arte, fueron los centros culturales
más importantes de todo Occidente. También el arte médico
se cultivó casi exclusivamente en ellos, al menos hasta la
fundación de las universidades (después de 1200). Con este
fin se cultivaban las hierbas curativas y, posteriormente, se
instituyeron las farmacias de los monasterios, para curar a
hombres y animales. Los monasterios más importantes se
encontraban en el campo, en las proximidades de las
ciudades, y únicamente en algunos casos dentro de las
mismas ciudades. Cuando esto sucedía, los monasterios eran
más pequeños. Con mayor frecuencia, en cambio, tenían su
sede en las ciudades los monasterios femeninos, ya que en
ellos los miembros podían contar con mayor protección.
Numerosos monasterios benedictinos alemanes ejercieron un
gran influjo no sólo espiritual y cultural, sino también político (al
servicio de los reyes y, posteriormente, también de los papas),
adquiriendo gran importancia incluso como centros misioneros
y coloniales, como es el caso de Reichenau, Sankt Gallen,
Fulda. Corvey. Nie- deraltaich, Tegernsee. St. Emme- ran de
Ratisbona y Kremsmüns- ter. En Alemania se conserva, aún
hoy, la estructura de un gran monasterio medieval en el
antiguo monasterio cisterciense de Maulbronn (Wüiltemberg).
A partir del siglo XI, con el renacimiento de las ciudades y con
los grandes cambios sociales de la alta Edad media, los
monasterios perdieron el rol dominante que habían ocupado
anteriormente. Siguiendo las huellas de los movimientos
reformistas de los siglos XI y XII, cambiaron también las
estructuras internas de los antiguos monasterios, que hasta
entonces habían conservado un carácter unitario. De este
modo, dio comienzo un gran proceso de di versificación,
incluso dentro de los mismos monasterios benedictinos. Aún
más marcadamente diferenciada fue la estructura de los
monasterios pertenecientes a las nuevas órdenes y,
especialmente, a las órdenes mendicantes del siglo XIII. Los
monasterios, o al menos gran parte de ellos, perdieron su
autonomía y fueron agrupados en asociaciones y
/^congregaciones. En el caso de las nuevas órdenes, desde el
comienzo fueron sometidos al gobierno de la autoridad central
de la Orden. Los últimos siglos de la Edad media no fueron, en
general, muy propicios para el desarrollo de los monasterios.
En los siglos XVI y XVII. la reforma protestante significó para
media Europa el fin de los monasterios y, en muchos casos,
incluso la destrucción de los mismos complejos monásticos
existentes. Lo demás lo hicieron las guerras, sobre todo la de
los Treinta años (1618-1648). Sin embargo, la vida monástica
volvió a florecer en los países católicos durante la época
barroca (siglos XVII y XVIII), en una fase de extraordinaria
vitalidad cultural y religiosa. Expresión visible de ello fueron,
sobre todo, los nuevos y grandiosos edificios monásticos
(iglesias, monasterios, edificios rurales y para usos laborales),
de forma especialmente impresionante en los territorios de los
Habsburgo y en toda la Alemania meridional. No obstante,
también estas grandiosas residencias permanecieron
fundamentalmente fieles al modelo de los conjuntos
monásticos de la primera Edad media; por ejemplo,
KIosterneuburg, Melk, Gótt- weig, St. Florian y Kremsmünster,
en la actual Austria, pero también las antiguas abadías
bávaras y las espléndidas Aibadías imperiales de Suabia,
como Kempten, Ottobeuren, Och sen ha usen, Zwiefalten,
Weingarten y Salem. En Europa y América Latina, la
Revolución francesa, con todas sus consecuencias, y en
primer lugar la secularización, condujo en casi todos los países
a la supresión de la mayor parte de los monasterios y, con
mucha frecuencia, incluso a su destrucción, lo que significó un
daño incalculable, aunque sea sólo por lo que respecta al
patrimonio arquitectónico. En Europa central, tras las leyes
sobre la reducción de los monasterios, promulgadas por el
emperador José II, entre 1780 y 1790, sólo las abadías y los
monasterios de los territorios de los Habsburgo lograron
mantener una tradición ininterrumpida hasta los siglos XIX y
XX.
Las órdenes católicas de la era moderna, comenzando por los
Jesuítas, habían construido un nuevo tipo de casa religiosa,
pensado en función de las tareas específicas de cada orden.
Un ejemplo de esta concepción eran precisamente los colegios
de los Jesuítas. Las congregaciones y los institutos religiosos
que nacieron o renacieron en el siglo XIX ocuparon sólo
parcialmente los antiguos monasterios; los demás crearon
casas nuevas, generalmente de estilo más bien sencillo,
ideadas y construidas en función de los cometidos que debían
desempeñar. Esto se ha mantenido fundamentalmente hasta
el presente, a pesar de la desolación que las guerras y las
dictaduras del siglo XX han dejado tras de sí.
En los monasterios actuales, a pesar de una fundamental
conformidad con los principios de la regla, las jornadas se
organizan de diferentes maneras, con horarios que pueden
variar incluso dentro de una misma orden, según las tareas
que desarrollan los miembros de cada comunidad. Como
ejemplo citamos la abadía benedictina de Schaftlarn (en el
valle del Isar, en Munich). El monasterio lo gobierna un abad
mitrado. La comunidad monástica la componen (situación en
1991) además del abad, que había dimitido en 1973, catorce
padres (monjes sacerdotes), cuatro hermanos y un clérigo. La
abadía gestiona un colegio de enseñanza media y un colegio
mayor. Organización de la jornada en el monasterio: 5,10
horas: levantarse; 5,30: laudes; 5,50: misa conventual (oficio
monástico); sigue la asistencia pastoral a las religiosas y en las
parroquias cercanas, la docencia en el colegio y otros trabajos;
12.15: hora intermedia; 12,30: comida; siguen la adoración
eucarística, el tiempo dedicado al trabajo, en el que a cada
monje se le asignan tareas especiales, y la asistencia a los
alumnos del colegio; 18,00: vísperas; 18,25: cena y recreo;
19,10: vigilia (anticipada)-com- pletas; 20,00: silencio (siten- ti
uní) y descanso.
Monasterio doble. Está compuesto por una comunidad de
monjes y otra de monjas que siguen la
misma regla y viven en un mismo lugar, aunque rígidamente
separadas la una de la otra. Esta institución se remonta al
siglo IV -primero en las Iglesias orientales- y está vinculada a
motivos pastorales, además de a preocupaciones de orden
social (ayuda mutua en el trabajo, mayor protección de las
comunidades monásticas femeninas en tiempo de guerra). Los
peligros con que se enfrentaba esta experiencia y algunos
abusos que se derivaron de ella supusieron una serie de
prohibiciones, como las que establecieron el emperador
Justinia- no (529) y el segundo concilio de Nicea (787). En la
Iglesia oriental los monasterios dobles desaparecieron durante
la Edad media.
También en Occidente, a partir de la primera Edad media,
hubo monasterios dobles, aunque en la mayor parte de los
casos se trata de monasterios femeninos, presididos por una
abadesa; el grupo de monjes asociado a estas comunidades
disminuyó rápidamente en número, para dejar lugar a
sacerdotes seculares y canónigos, encargados de la cura
pastoral de las monjas. En estos casos sólo puede hablarse de
monasterio doble dentro de ciertos límites, según el modelo de
las instituciones orientales análogas. Cierta recuperación
puede constatarse en el siglo XII, cuando algunas monjas
conversas contaron con frecuencia tumbas y sepulcros,
generalmente monumentales, en honor de fundadores y
bienhechores. La costumbre de las sepulturas en las iglesias
conventuales sobrevivió no raramente incluso a la reforma
protestante y a la ^secularización; y en algunos lugares
continúa todavía hoy.
Monfortanos. El fundador de los Monfortanos, o
Misioneros de la Compañía Monfortana de María (Societas
Marine Montfortana, SMM), fue San Luis María Grignon
de Montfort (1673-1716). Ordenado sacerdote el año 1700,
en el 1705, dio comienzo en Poitiers a la Compañía, invitando
a seguirlo al joven Beato Maturino Rangeard, que
tomará el nombre de hermano Maturino. De ese modo
pretendía dar vida a una compañía de misioneros que se
dedicaran a la evangelización de las poblaciones dispersas por
los campos. Muy pronto se le unieron varios sacerdotes y
hermanos coadjutores, que llevaron adelante la obra después
de su muerte, acaecida el 28 de abril de 1716. En esa
fecha las dos Congregaciones a las que Grignon había dado
vida y reglas eran aún muy reducidas: la «Compañía de
María» (rama masculina, llamada anteriormente
«Congregación de los Misioneros del Espíritu Santo») estaba
compuesta por dos sacerdotes y siete hermanos coadjutores,
mientras que las «Hijas de la Sabiduría» (rama
femenina), bajo la guía de la Venerable M. María
Luisa de Jesús Trichet (t 28 de abril de 1759),
contaban con cuatro religiosas y algunas postulantes.
Montfort fue uno de los grandes apóstoles de la devoción
mariana. La única obra que publicó en su vida fue Lettre aux
antis de la Croix. Otras obras suyas fueron postumas: L
'Amonrde la Sagesse étemelle (1929), que representa el
marco cristocéntrico de lo que Grignon dirá posteriormente de
la Virgen en su obra más conocida. Traite de la vraie dévotion
¿i la Sainte Vierge (Tratado de la verdadera devoción a la
Santísima Virgen, 1843). En 1722 se unieron al primer grupo
otros sacerdotes, y en St-Laurent- sur-Sévre pusieron los
cimientos de la reconstituida Compañía de María, que sería
aprobada, primero oralmente, por el papa Benedicto XIV, el 27
de septiembre de 1748, y definitivamente el 25 de noviembre
de 1775, siendo confirmada después con un breve del 16 de
diciembre del mismo año. El Instituto se caracteriza por la obra
de santificación, propia y de los demás, según la idea de la
«santa esclavitud de amor», es decir, de la consagración a
María y a Jesús-Dios por medio de María, de quien Montfort se
hizo apóstol para establecer el reino de Jesús. En Francia este
instituto se vio combatido con fuerza por los jansenistas. En
1816 sólo contaba con dieciséis sacerdotes y cuatro hermanos
laicos, pero más tarde el Instituto volvió a florecer con el
nacimiento de las escuelas apostólicas, queridas
personalmente por el papa Pío IX, superando así la voluntad
de Montfort, que había pretendido aceptar únicamente clero ya
formado. El Instituto cuenta con tres provincias: Francia,
Holanda y Canadá, y cuatro viceprovincias: Inglaterra, Estados
Unidos, Italia y Colombia. Tiene misiones en Nysaland.
Madagascar, Is- landia, Congo Belga, Dinamarca,
Mozambique, Haití. Indonesia y en otras partes del mundo.
La rama masculina estuvo formada en sus primeros años por
sacerdotes y hermanos laicos, denominados Hermanos del
Espíritu Santo. En 1853 estos hermanos se convirtieron en
congregación autónoma, con el nombre de Instituto de la
Instrucción Cristiana de Hermanos de San Gabriel,
más conocidos como Hermanos de San Gabriel
(SG), por haber sido el Beato P. Gabriel Deshayes
quien más impulso dio a la congregación. El fin específico de
este Instituto se mueve en el campo de la educación cristiana
en centros escolares. Actualmente la congregación trabaja en
todas partes del mundo, compartiendo en muchos casos
tareas comunes con la Compañía de
María y con las Hijas de la Sabiduría.
Actualmente (1996), la Compañía de María cuenta con 1.095
miembros, de ellos 812 sacerdotes, en 196 casas; los
Hermanos de la Instrucción Cristiana de San Gabriel son 1.240
(33 sacerdotes), distribuidos en 238 casas; mientras que las
Hijas de la Sabiduría son 2.634, con 358 casas.
Monja. El vocablo «monja», correspondiente del masculino
«monje» (del griego monakós, el que vive solo, latinizado
como monaclms), indica, en sentido estricto, a las vírgenes
consagradas, pertenecientes a una comunidad monástica
contemplativa o a una orden monástica de ^clausura. En
sentido amplio, el término se usa a veces también para
designar a las religiosas consagradas, pertenecientes a una
orden religiosa. Indica las religiosas con votos solemnes (moniales) con respecto a las que tienen votos simples (sórores), f
Consagración de vírgenes; f religioso, religiosa; f monje.
Monje (del griego monakós, el que vive solo, latinizado como
monaclms). En sentido estricto, quien es miembro de una
orden monástica con ?stabilitas loci, donde la vida interna del
monasterio (litúrgica, conventual) tiene preeminencia sobre las
actividades externas. Entre las órdenes
monásticas católicas pueden recordarse: los /"Benedictinos,
los /"Camaldulenses, los /"Vallombrosanos, los ^Silvestrinos,
los ^ 01 i vétanos, los /"Cistercien- ses, los /"Trapenses y los
^Cartujos. En sentido más amplio pueden denominarse monjes
también los miembros de las órdenes /"mendicantes, pues
mantienen la oración coral, aunque entre ellos prevalecen las
actividades externas. Igualmente pueden llamarse monjes los
miembros de todas las antiguas órdenes medievales,
exceptuando los canónigos y las órdenes canonicales
(/''canónigos) y. en general, los miembros de las /"órdenes
militares. El monje vive normalmente en una comunidad
monástica, aunque a veces también como /"ermitaño. El
término femenino correspondiente es «monja». Los miembros
de las comunidades religiosas que han nacido en la era
moderna, a partir de los
/"Jesuítas, no son monjes, sino, generalmente, /"clérigos
regulares, a los que se les llama comúnmente religiosos (con
el apelativo /"«padre»). /"Monacato.
Muceta (del italiano mozzare). Es una especie de esclavina,
de paño o a veces de seda, que cubre la espalda y llega hasta
los codos y está provista de botones por delante, y una
pequeña capucha (/"capa) por detrás. El nombre procede
precisamente del hecho de ser una especie de capa
«recortada» (mozzata). La muceta es una insignia que visten,
sobre el roquete o la sobrepelliz, los clérigos y prelados de alto
rango (papa, cardenales, obispos, canónigos de los cabildos
catedralicios, canónigos de los capítulos colegiales y otros). La
muceta forma parte también del hábito religioso de algunas
órdenes masculinas, y es del mismo color que el hábito.
Nazaret, Religiosas de. Constituyen una congregación
de origen francés (Monttnirail, 3 de mayo de 1822), que debe
su fundación a Madame de Doudeauville, esposa y madre de
familia, al jesuíta, Venerable P. Pierre Roger. apóstol de
la renovación cristiana en Lyon, y a la Beata
Elisabeth Rollat, la primera religiosa. Por medio de la
enseñanza y las misiones, se proponen vivir y comunicar el
misterio de Jesús en la pobreza y sencillez de su casa de
Nazaret.
Necrologios (del griego, latinizado como necrología) u
obituarios. Son volúmenes que contienen. en forma de
calendario, los nombres de los religiosos, de los fundadores y
bienhechores difuntos de una comunidad religiosa
(monasterio, capítulo, provincia religiosa). A lo largo del año
toda la comunidad, reunida para la oración en común, los va
recordando el día del aniversario de su muerte. Los orígenes
de esta costumbre se remontan a la tardía antigüedad cristiana
y a los comienzos de la Edad media. A partir del siglo VIII los
necrologios se compilaron según el día del aniversario de la
muerte («calendario de los difuntos»), generalmente sin indicar
el año, o según el año de la muerte («anales de los difuntos»).
Los necrologios son importantes fuentes históricas, sobre todo
para los estudiosos de la lengua y las genealogías. Por este
motivo se han publicado en gran número a partir del siglo XIX.
Niederbronn, Religiosas de. Se
denominan Religiosas de Niederbronn, en los países de
lengua alemana, a las Religiosas del Santísimo Salvador.
Fueron fundadas en 1849 por la Beata Elisabeth Eppinger
(1814-1867) en Niederbronn (Alsacia) como Hijas del Divino
Redentor, y obtuvieron la aprobación pontificia en 1866.
Dedicadas al principio a asistir a domicilio a los enfermos y a
atender a los pobres, las Religiosas de Niederbronn trabajan
actualmente, en Alemania y países limítrofes, sobre todo en
hospitales, residencias de ancianos, orfanatos y guarderías, en
escuelas profesionales femeninas y asistiendo a jóvenes con
dificultades.
Niño Jesús, Hermanas del. Se conocen con este
nombre varios institutos femeninos; entre ellos los fundados en
Rouen, Francia, con fines educativos y asistenciales, por el P.
Mínimo frances, Beato Padre Nicolás Barré (m. 1666) y
el Beato Abate Joseph Roussel (m. 1835),
respectivamente. Y también otra congregación, fundada por la
Beata Madre Clara Fey, en Aquisgrán (Alemania) el 2 de
febrero de 1844, denominada Hermanas del Niño Jesús
Pobre (PIJ). Y en Reims, estan las Hermanas del
Niño Jesus de Reims, fundado en 1620 por el Beato
Padre Nicolás Roland.
Nombre religioso. En la historia de las religiones el nombre
está estrechamente relacionado con la esencia de lo que se
nombra. Por este motivo, en la mayor parte de las religiones y
civilizaciones, incluida la Biblia, la elección del nombre es un
acto que exige gran esmero. El nombre acompaña la vida de
quien lo lleva, indica su destino y lo comparte. Precisamente
por estas razones, también el cambio de nombre tiene su
sentido: un nuevo estado de vida puede exigir un nombre
nuevo.
La Iglesia cristiana no exigía el cambio de nombre en el
momento del bautismo. Unicamente en casos particulares se
hicieron excepciones a esta praxis de la Iglesia antigua,
introduciendo un nombre cristiano junto al nombre originario.
Sólo cuando comenzó a difundirse la costumbre de bautizar a
los niños, se empezó a relacionar el bautismo con la
imposición de un nombre, generalmente de un mártir u otro
santo (culto de los ^santos). En estrecha relación con el auge
del culto a los santos, nació el «nombre de bautismo»: a los
bauti- zandos se les imponían los nombres de los santos
(incluidos los personajes de la Biblia) que. como santos
patronos (/'patrono), debían acompañar y proteger al cristiano
durante toda su vida, y a los que el cristiano debía recordar
con gratitud en su día onomástico. Posteriormente por
analogía con el bautismo, se dieron cambios de nombre
también en otras circunstancias, como, por ejemplo, la
confirmación, la ordenación presbiteral o episcopal o la
elección de pontífice. El primer papa que cambió de nombre
(exceptuando a Pedro, a quien Cristo mismo le dio este
nombre -Cefas- en lugar de Simón) fue Juan II el año 533, ya
que su nombre anterior. Mercurio, parecía poco conveniente
por pertenecer a una divinidad pagana. No obstante, hasta
Sergio IV (1009-1012) no comenzó la serie ininterrumpida de
papas que cambiaron el nombre. Sólo Julio II, Adriano VI y
Marcelo II conservaron su nombre anterior. Juan Pablo I y
Juan Pablo II han sido los primeros en llevar un nombre
compuesto.
A partir del siglo VI se convirtió en praxis generalizada el
abandono del nombre laical y la imposición de otro nombre
religioso con ocasión del ingreso en la vida religiosa. Tras esta
costumbre estaba la concepción teológica según la cual el
rechazo del «mundo» y el ingreso en el estado de vida
monástico podía, en cierto modo, compararse con el bautismo
(/consagración monástica; /consagración de vírgenes;
/profesión). 1.a costumbre del cambio de nombre en el
momento de la profesión religiosa se prolongó en el tiempo,
aunque sin llegar a imponerse en todas partes. En los últimos
tiempos, además de las órdenes monásticas y las
mendicantes, sólo las congregaciones femeninas imponían a
sus candidatas nombres nuevos en el momento de su ingreso
definitivo (el hecho de que los nombres de muchas religiosas
de los siglos XIX y XX sonaran bastante extraños se debía a la
necesidad de evitar la repetición del mismo nombre dentro de
una provincia o comunidad). Las órdenes y las sociedades
religiosas masculinas modernas (/"clérigos regulares) han
renunciado generalmente al cambio del nombre de bautismo.
Incluso, en muchos institutos religiosos se ha dado en los
últimos decenios la posibilidad de abandonar un nombre
religioso por el que se sentía poca predilección, para volver al
propio nombre de bautismo.
Las /Carmelitas Descalzas, los /Trinitarios, los /Escolapios y
los Agustinos Descalzos añaden a su propio nombre alguna
expresión peculiar (por ejemplo: Juan de Dios, Juan de la
Cruz, Teresa del Niño Jesús, Abrahán de santa Clara). Los
Capuchinos añaden al nombre religioso la indicación de su
lugar de origen (por ejemplo: Fidel de Sigmaringa, Pío de
Pietralcina, Lorenzo de Brindis), lo que no debe confundirse
con un predicado nobiliario. La mayor parte de las
comunidades monásticas femeninas, aunque también muchos
/Dominicos y /Servitas hacen preceder (o seguir) su nombre
con una «M.» (María). Son usuales también añadiduras como
«P» (/padre), «fray» o «hermano» (/hermano), «M.» (/madre),
«sor» o «hermana» (/hermana). También se acostumbra a
añadir al nombre la sigla oficial latina de la propia orden
religiosa (por ejemplo: OSB, Ordo Sancti Benedicti, para los
Benedictinos; OFM, Ordo Fra- trum Minornm para los
Franciscanos; OP. Ordo Praedicatorum para los Dominicos;
SJ, Societas Jesu para los Jesuitas; CM, Con- gregatio
Missionis para los Paúles), etc.
Nona (en latín nona hora, hora nona, hacia las 15:00 horas).
Es
la última de las «horas menores» (hora intermedia) de la
^liturgia de las horas breviario).
Noviciado. En la Iglesia católica el noviciado (del latín tardío
no~ vicius, novicio) es el período de tiempo exigido por el
derecho canónico para la preparación y verificación de la vida
religiosa, bajo la guía del maestro de novicios (o maestra de
novicias), antes de la Sprofesión de los votos. El noviciado
debe hacerse en la casa de noviciado y, para que sea válido,
debe durar al menos doce meses. Sobre la admisión al
noviciado y la profesión religiosa con que se concluye, quienes
deciden son los superiores de la orden o congregación,
ayudados por su consejo o capítulo, según las normas
establecidas por las propias constituciones. Desde el punto de
vista del derecho eclesiástico se atribuye gran importancia a la
comprobación de la libertad de decisión con que los
candidatos acceden a la vida religiosa. Durante el noviciado, a
los novicios
no se les debe imponer cargas de estudios u otras
ocupaciones no directamente pertinentes al período de
prueba. El novicio puede abandonar el noviciado libremente en
cualquier momento. Al concluir el período canónico, si se le
considera idóneo, es admitido a la profesión religiosa; en caso
contrario, se le despide. Si subsisten dudas acerca de la
idoneidad del candidato, el noviciado puede prolongarse, pero
no por más de seis meses.
Nuestra Señora de Sión, Religiosas de. Las Religiosas
de Nuestra Señora de Sión (DDS) fueron fundadas por
Alfonso Ratisbonne yTeodoro Ratisbonne, en París
(Francia), en 1843, para recordar el vínculo de la Iglesia con el
pueblo judío.
Nuestra Señora del Pilar y Santiago Apóstol. Es un
instituto fundado por José Codina Canals en Zaragoza, el 2 de
enero de 1958, para el cuidado de enfermos y niños, para las
misiones y para atender a los peregrinos, era parte
administrativa del Imperio romano; en las tierras de misión que
se encontraban fuera del Imperio, se adaptó constantemente a
las situaciones y exigencias locales. A lo largo de los siglos,
los obispos de sedes eminentes consiguieron derechos de
soberanía sobre territorios más vastos y sobre sus obispos;
este es el caso de patriarcas y arzobispos. En el Occidente
medieval, la Iglesia se dividió casi en todas partes en
provincias eclesiásticas, que consistían en el conjunto de
diversas diócesis con sus respectivos obispos, que tenían a la
cabeza al arzobispo o al metropolita quien, como tal, presidía
su propia diócesis y la provincia eclesiástica; después,
progresivamente, los arzobispos fueron perdiendo parte de sus
privilegios. Las diócesis, a su vez, están divididas en
parroquias, que son las demarcaciones territoriales más
importantes y esenciales en que se estructura la pastoral
diocesana, y que, para facilitar la labor pastoral, pueden unirse
en grupos peculiares, como son los arciprestaz- gos. Por la
misma razón, las diócesis más grandes pueden dividirse en
zonas llamadas vicarías, coordinadas por un «vicario»,
siempre dependiente del obispo.
Junto a los obispos diocesanos en servicio, se han formado
también otras figuras institucionales, como ayuda o
simplemente como título; por ejemplo, los obispos auxiliares,
llamados a colaborar con el obispo diocesano, y los obispos
titulares. Según la posición que ocupan los obispos dentro del
entramado estatal, han aparecido también las figuras de los
obispos y arzobispos príncipes. A lo largo de los siglos, y a
diferencia de la ordenación sacerdotal, en el caso de la
ordenación episcopal la Iglesia latina ha seguido vinculando la
figura del obispo a una sede determinada. Por esta razón, aún
hoy los obispos no diocesanos son ordenados en referencia a
una sede episcopal existente en el pasado o desaparecida;
antes se acostumbraba a añadir también al título la sigla ipi,
que significa in partí bus infidel i mu, en tierras de infieles.
Entre las insignias más importantes del obispo están el anillo,
el báculo (bastón encorvado) y la Smitra (insignias
^pontificales), a las que se ha de añadir la sede o trono
episcopal (cathe- dra) en la iglesia catedral (iglesia del obispo).
A causa de diversos privilegios de las órdenes religiosas,
sobre todo a la /^exención, con frecuencia se han dado
contrastes entre obispos y religiosos.
Oblatas de Santa Francisca Romana. Las Oblatas
del Monasterio de Tor de* Specchi (Congregatio Oblatarum
Turris Speculoruni) fueron instituidas como pía asociación por
santa Francisca
Romana (1384-1440). Las Oblatas, que con Francisca habían
emitido la promesa de dedicarse al servicio de Dios y de los
hermanos, vivieron con sus familias hasta el 25 de marzo de
1433. En esa fecha se trasladaron todas ellas a la casita de
Tor de' Spec- chi, al pie del Capitolio (de la que después
tomaron el nombre), que la familia Chiarelli había donado a la
santa y donde todavía reside la congregación. Fueron
aprobadas con bula pontificia por el papa Eugenio IV el 14 de
julio de 1433. El 15 de agosto de 1525 fueron reconocidas
como Oblatas de la Congregación benedictina del Monte
Olívete, junto a la iglesia de Santa María Nova, en el Foro
Romano, entonces y todavía atendida por los monjes
ol¡vétanos, que posteriormente se dedicó a santa Francisca
Romana, el año de su canonización (1608). En 1958 el
instituto fue elevado a congregación de derecho pontificio con
una «especial» dependencia de la Santa Sede. Los fines
específicos de este instituto están totalmente orientados a la
oración, a la mortificación oblativa y a responder a las
iniciativas en favor de la diócesis de Roma y de su obispo, el
papa.
Este especial interés espiritual y práctico por el romano
pontífice y su diócesis tiene origen en el contexto histórico en
que fue fundada la congregación y en las
experiencias de Iglesia que, a lo largo de su dramática
existencia, vivió santa Francisca Romana. En efecto, la santa
experimentó en sí misma el grave mal que afectaba a la Iglesia
de su tiempo: el cisma de Occidente (1378- 1449). Nacida
cuatro años después de la muerte de santa Catalina de Siena,
sintió su influjo espiritual, entre otras cosas, a raíz de la gran
veneración que rodeaba en Roma a la mística sienen- se. En
definitiva, se podría poner en evidencia cómo Francisca
Romana, con sus Oblatas, quiso continuar, en un nivel
religioso- institucional. la obra espiritual por la que santa
Catalina vivió y se consumó: el retorno del papa a Roma,
primero, y la solución del cisma de la Iglesia católica, después.
Sobre este antecedente histórico se fundamenta el caris- ma
propio del instituto de las Oblatas. Se comprende así que la
historia de esta congregación esté entretejida sobre la trama
de las vicisitudes de la Urbe romana.
Desde el principio esta institución se inspiró en la Regla
benedictina Benedictinos). Centrada en la obediencia, une la
vida común y la estabilidad en el monasterio al movimiento de
los oblatos de inspiración benedictina. Las constituciones
fueron aprobadas oficialmente por el papa Juan XXIII el 21 de
diciembre de 1958. Precisamente ese año las Oblatas
consolidaban
una vez más su pertenencia a la Iglesia con el vínculo
«jurídico» de los votos solemnes. Con ello, las hijas de santa
Francisca querían realizar completamente el ideal de la madre
fundadora que la normativa canónica del siglo XV impedía.
Efectivamente, en aquel tiempo no se admitía la posibilidad de
que las fieles que querían dedicarse a Dios con los votos
públicos pudieran desempeñar un servicio de caridad extema
a la clausura. Así santa Francisca, para armonizar
contemplación y apostolado, se encontró en la situación de
tener que renunciar al voto «jurídico», cosa que hizo sin
titubear con tal de encaminar la fundación de su obra. La
congregación se confederó a la Orden benedictina el 25 de
enero de 1982.
La acogida de las universitarias, los retiros espirituales, la
asistencia religiosa y moral, la catcquesis en parroquias, la
restauración de libros y pinturas antiguas, son las actividades
con que las Oblatas caracterizan su presencia en la diócesis
de Roma. En 1996 la congregación contaba con diecinueve
profesas.
Oblato, oblación (en latín oblatas, presentado, ofrecido, de
offc- rre, presentar, ofrecer, sacrificar). En la Iglesia antigua y
en la Edad media el término designaba a los niños que eran
«ofrecidos» a Dios (o sea, al monasterio) por
sus padres o tutores, y que estaban destinados a la vida
monástica. La costumbre se remitía al ejemplo del Antiguo
Testamento y se practicaba ya en el monacato antiguo,
aunque nunca faltaron las oposiciones. En la Iglesia católica
esta práctica se abandonó definitiva y oficialmente con el
concilio de Tiento (1563) que, para la validez de la profesión,
exigió que los candidatos hubieran cumplido, al menos, los
dieciséis años (Sessio XXV). La práctica de la oblación estaba
difundida sobre todo en los monasterios benedictinos y valía
tanto para los niños como para las niñas. La formación de los
oblatos era muy esmerada, puesto que eran educados en el
monasterio, y por lo tanto podían frecuentar las escuelas
monásticas en toda su amplitud.
Además de esto, a partir del siglo Vil hubo también oblatos
(llamados también donados. entregados como don, como
regalo) que, por motivos religiosos, entraban en el monasterio
entregándose a él con una promesa que, sin embargo, el
superior del monasterio o el mismo oblato podían anular en
cualquier momento. Esta institución de los oblatos existe aún
hoy en muchos monasterios masculinos y femeninos, en
formas diversas (hermanos oblatos, hermanas oblatas, oblatos
de coro...).
A partir del siglo XIII, en algunas ordenes, como las Oblatas
del
Santísimo Redentor (OSSR), fundadas en 1964 en
Ciempozuelos (Madrid) por mons. José María Benito Serra y
Antonia María de Oviedo, para continuar la obra redentora de
Cristo y la promoción de la mujer. Más recientemente, en
1950, nacieron en Madrid, fundadas por el Beato Monseñor
José María García Lahiguera, las Oblatas de Cristo
Sacerdote (OCS), congregación eminentemente
contemplativa, cuyos miembros, siguiendo el espíritu de la
«oración sacerdotal» de Cristo, entregan su vida por la
santificación de los sacerdotes; y las Oblatas de la Iglesia
o Misioneras Ecuménicas (ME), que trabajan por la
unidad de los cristianos, y nacieron en Roma el 2 de julio de
1959, fundadas por el Beato Padre Giulio Maria
Penitenti.
Obra Misionera de Jesús y María. El instituto femenino
de la Obra Misionera de Jesús y María (OMJM), conocido
también como de las Pilarinas, nació el 30 de mayo de 1948,
en Logroño. Su fundadora es la Beata M. María Pilar
Izquierdo Albero, cuya vida estuvo sembrada de
sufrimiento, soportado con admirable entereza y alegría. Su fin
específico es el de atender a los pobres y enfermos a
domicilio, infundiéndoles fe, esperanza y alegría.
Obreras de Jesús. Las Obreras de Jesús (OJ) nacieron en
1956, en
León, v se dedican a la enseñanza en medio de la clase
obrera. Su fundadora es la Beata M. Teresa Fernández
Rubio.
Obreras del Corazón de Jesús
(OCJ). Forman un instituto fundado por María Jesús
Herruzo Marios y Pedro Castro, en Villa- nueva de
Córdoba, el 15 de noviembre de 1940, con el fin específico de
la cristianización de los pobres.
Observantes, observancia (del latín observare, observar, ser
fieles). Son los pertenecientes a un movimiento reformista
franciscano del siglo XIV (en Italia, Francia y España), cuyo
objetivo era la observancia fiel de la regla de san Francisco de
Asís, contra la interpretación que de ella daban los
conventuales (^Franciscanos). En Italia, los observantes
llegaron a tener tanta fuerza que el papa León X decidió
separarlos de los conventuales (1517). En el siglo XV la
observancia llegó a Alemania y, desde allí a los países eslavos
católicos.
En la Iglesia católica el término «observancia» designa, en
sentido amplio, el modo de vivir de cierto grupo (costumbre)
que, en el caso de las órdenes monásticas, va unido a una
interpretación más severa de la propia regla. Como ejercicio
práctico, en la historia ha adquirido valor de costumbre
jurídica, aunque esto
borden sagrado. La ordenación presbiteral puede ser
administrada solamente por un obispo legítimamente
consagrado y es condición indispensable para la celebración
de la eucaristía (y misa), el sacramento de la penitencia y de la
unción de los enfermos (en un tiempo llamada
«extremaunción»).
Orden de San Jerónimo. Se la
conoce también como Orden Jerónima (OSH). El padre de
este linaje espiritual es precisamente san Jerónimo, uno de los
mayores genios y una de las personalidades más enérgicas
que ha tenido la Iglesia. Gran enamorado de Cristo, puso todo
su empeño en conocerlo e imitarlo. Esto le llevó a vivir retirado
en el desierto de Caléis y, después en Belén, donde fundó un
monasterio y se dedicó a escudriñar (y traducir) la palabra de
Dios, llevando una vida de austera penitencia. Murió el año
419 ó 420.
Sin embargo, su espíritu persistió en el tiempo, por su fama de
santidad y sus escritos. En medio de la decadencia de la vida
religiosa y eclesial del siglo XIV, surgieron en España y en
Italia varios grupos de hombres deseosos de perfección que,
inspirándose en el santo, trataron de vivir su carisma bajo
distintos
aspectos, dando origen a otros tantos institutos de vida
consagrada. Entre estos ermitaños destacan Pedro Fernández
Pecha y Fernando Yáñez de Figueroa, quienes consideraron
conveniente atarse con los vínculos de alguna regla aprobada
y pasar de la vida eremítica a la cenobítica, estableciéndose
en el monasterio de San Bartolomé de Lupiana (Guadalajara).
Fue Gregorio XI quien aprobó su opción el 18 de octubre de
1373, otorgándoles la regla de san Agustín y permitiéndoles
elaborar sus propias constituciones, tomando el nombre de
Hermanos o Ermitaños de San Jerónimo. En 1413. fecha de la
unión de la Orden, contaba ya con veinticinco monasterios,
que siguieron creciendo, especialmente durante el sislo XVI.
Por obra de María García de Toledo, surgió en el año 1375
una rama femenina de Jerónimas, difundida especialmente en
España y México.
Con la revolución liberal del siglo XIX y las leyes desamortizadoras, desaparecieron 46 comunidades jerónimas con un
millar de monjes. Sus monasterios acabaron en ruinas o
quedaron convertidos en cualquier otra cosa; algunos fueron
rescatados por la Iglesia o entregados a otras órdenes
religiosas. El año 1925, gracias a las monjas jerónimas, a las
que no había afectado la exclaustración, la Santa Sede
muestra su influencia en los hombres entregados a obras de
caridad. Desde 1605 hasta mediados del siglo XIX, se vivió
una época agitada en la que la Orden se dividió en dos ramas.
Actualmente la orden realiza su carisma dirigiendo hospitales y
clínicas donde se infunde a los agentes y a los enfermos el
sentido cristiano de la vida y del sufrimiento. Situación en
1996: 238 casas, 1.493 miembros, entre ellos 143 sacerdotes.
Orden Sagrado. Son uno de los sacramentos de la Iglesia
católica los grados del orden sagrado (sacrtimentum or- dinis)
son tres: diaconado, presbiterado y episcopado (ordenación
diaconal, presbiteral y episcopal). Esta consagración
sacramental (ordenación) puede administrarla solamente un
obispo lícitamente ordenado dentro de la sucesión apostólica
(serie ininterrumpida de las ordenaciones, desde los
apóstoles), mediante la oración consecratoria y la imposición
de las manos. Hasta llegar a la clara reestructuración de esta
triple división gradual, llevada a cabo por el Vaticano II y la
reforma litúrgica que le siguió, en la Iglesia católica de rito
latino ha existido una serie bastante amplia de grados de
ordenación, correspondientes a diversos ministerios de la
Iglesia antigua. Carácter preparatorio tenía la tonsura, que no
representaba forma alguna de consagración, sino solamente el
ingreso en el estado clerical. Las órdenes menores (ordines
minores) eran: os- tiariado, lectorado, acolitado y exorcistado;
las órdenes mayores (ordines menores) eran: subdiaco- nado
(nacido en el siglo III como ministerio subordinado al
diaconado y derivado de él; desde el tiempo de Inocencio II, 1
198- 1216. considerado como una de las órdenes mayores y,
por tanto, sujeto a la obligación del ^celibato y del rezo diario
del ^breviario), el diaconado y el presbiterado. La ordenación
episcopal es la plenitud y el grado más alto del sacramento del
orden sagra- do. Incluso el romano pontífice, por lo que
respecta a la ordenación, es obispo.
Ordenes militares. Las órdenes militares nacieron de la unión
del monacato con los ideales caballerescos. Tuvieron origen a
partir de la segunda mitad del siglo XI de los movimientos de
reforma monástica y canonical, en estrecha relación con el
movimiento de las cruzadas, orientado a la reconquista de los
santos lugares de Palestina. Es precisamente en Tierra Santa
donde han nacido la mayor parte de las órdenes militares.
Cometidos originales eran el acompañamiento de los
peregrinos cristianos a los santos lugares, su protección de los
ataques de musulmanes y salteadores y también la asistencia
a los peregrinos pobres y enfermos. Posteriormente, en la
época de los estados cruzados en Oriente, a estas tareas se
añadieron la obligación de defender los santos lugares, la
lucha contra los musulmanes y paganos y, en general, la
defensa de los estados cristianos. Las tres órdenes militares
más importantes fueron la Orden Militar y Hospitalaria de
San Juan de Jerusalén. llamada después de los Caballeros
de /"Malta por el lugar donde tenían su sede principal, los
/"Templarios y la Orden /*teutónica. A comienzos del siglo XIII,
se fundó en Livonia la orden de los /" Hermanos de la Espada
o Portaespada, que sobrevivieron por algunos decenios y
luego se incorporaron a la Orden teutónica (1237). Para los
Porta- espada y para los Templarios los cometidos militares
estuvieron desde el principio en primer plano; en cambio, no
sucedió lo mismo con la orden de los Caballeros de Malta y la
Orden teutónica, donde, en todo caso, esas tareas fueron
adquiriendo cada vez mayor importancia en los años
posteriores a su fundación. Las reglas de estas órdenes
surgieron en relación con las reglas monásticas de su tiempo y
a imitación suya, teniendo como modelo especialmente las de
los /"Cistercienses y los ^Canónigos regulares. Su
constitución, acentuadamente centralista, ponía en el vértice
de cada orden a un gran maestre. Las órdenes militares
estaban ordinariamente divididas en tres clases: caballeros
nobles para la protección de los peregrinos y el servicio
armado, capellanes para el servicio litúrgico y espiritual, y
hermanos sirv ientes para el serv icio armado y los trabajos
manuales. Entre los Caballeros de Malta y los Templarios
predominaba la nobleza francesa, borgoñona, normanda e
inglesa. En la Orden teutónica se reunía sobre todo la
caballería procedente de Alemania. En cuanto clase formada
por guerreros, los caballeros, además de los tres /"votos
monásticos habituales (obediencia, castidad y pobreza
personal), se comprometían también al servicio armado. Muy
pronto las órdenes militares consiguieron extensas posesiones
territoriales en Oriente Próximo y en los países europeos con
los que mantenían vínculos más fuertes. Estaban divididos en
provincias (llamadas naciones o lenguas), regidas por un
superior, con frecuencia llamado bailío (del latín baiulus,
portador; en latín medieval ballivus, administrador, abogado).
La provincia o bailiaje estaba dividida en prioratos, gobernados
por un prior
(en latín prior, el primero, el que preside), con las respectivas
encomiendas (del latín medieval commenda, usufructo de un
beneficio; commendator, el que goza de un beneficio).
La situación cambió cuando Palestina, tras la caída de la
fortaleza de Accon (1291), pasó definitivamente al dominio de
los musulmanes. Los Caballeros de Malta trasladaron su sede
primero a Chipre, después a Rodas (1308) y, finalmente, a
Malta (1530). De esta última sede procede el nombre de
Caballeros de Malta o Soberana Orden Militar de Malta. La
Orden teutónica se buscó una nueva ocupación, primero en la
guerra defensiva que se combatió en Transilvania (reino de
Hungría); luego, a partir del 1230, en la lucha contra los
paganos prusianos de la Masovia polaca. Los Templarios, en
cambio, fueron suprimidos en 1312 por el papa Clemente V,
como consecuencia de las fuertes presiones que ejerció sobre
él el rey de Francia, Felipe el Hermoso. La orden de los
Caballeros de Malta y la Orden teutónica subsisten aún hoy,
aunque adaptadas a las nuevas circunstancias históricas,
como órdenes exclusivamente religiosas.
Además de las tres mayores órdenes militares, en los últimos
siglos de la Edad media nacieron otras muchas órdenes de
este tipo, de menores dimensiones y
con frecuencia de carácter regional. en ocasiones también con
ramas femeninas. Entre ellas están las españolas de Calatrava
(1 158), Alcántara (1156/1166) y Santiago (1171). La mayor
parte de ellas desapareció en la época de las
^secularizaciones y como consecuencia de las
transformaciones acaecidas en Europa. Algunas siguen
existiendo, con una orientación exclusivamente religiosa, o
también como órdenes honoríficas, de derecho pontificio o
vinculadas a particulares ordenamientos estatales o
monárquicos. Una de las más prestigiosas órdenes de este
tipo, que aún existe, es la Orden del Toisón de Oro, fundada
en 1429 por el duque Felipe el Bueno de Borgoña, en honor
del apóstol Andrés, para la defensa de la fe cristiana y de la
Iglesia católica. Tras el matrimonio de la princesa heredera,
María de Borgoña. con el futuro emperador Maximiliano I de
Habsburgo (1477) el cargo de gran maestre de la Orden pasó
a la casa de Habsburgo: a raíz de la guerra de sucesión
española. a comienzos del siglo XVIII, surgieron dos órdenes
distintas, una en Austria y otra en España.
Ordenes mixtas. Se denominan así las comunidades
religiosas que, además de vivir la vida monástica, están
comprometidas en actividades externas.
Ordenes prelaticias. A veces se denominan así las órdenes
religiosas cuyos superiores son abades o prebostes y, como
tales, tienen derecho a la f mitra y a las insignias /"pontificales.
En Alemania y en Austria se conocen generalmente con este
nombre las órdenes de los Canónigos /"Agustinos y los
/"Premostra- tenses, los /"Benedictinos y los /"Cistercienses.
Orionistas. La Pequeña Obra de la Divina Providencia, o
Hijos de la Divina Providencia (FDP) es una congregación
clerical de derecho pontificio cuyo primer germen puede
remontarse hasta 1893, mientras que la aprobación
diocesana es del 1903. Su fundador es San Luis Orione
quien, en la escuela de Don Bosco, había reforzado su
deseo de trabajar por el bien de los niños pobres y
abandonados, y había bebido en la cercana Pequeña Casa
de la Divina Providencia de san José Benito Cottolengo,
en Turín, la compasión y la solidaridad con los que sufren
en el cuerpo y en el espíritu, jóvenes y ancianos.
Luis Orione había nacido en Pontecurone (Alessandria, Italia)
el 23 de junio de 1872, en una familia pobre. Hizo los estudios
secundarios en el Oratorio sale- siano de Turín y entró
seguidamente en el seminario de Tortona (Alessandria).
Siendo toda
vía seminarista, comenzó en 1892 un oratorio festivo, y el año
siguiente abrió en la ciudad un pequeño colegio para alumnos
pobres pero deseosos de ser sacerdotes, aunque no pudiesen
pagar la pensión del seminario. En abril de 1895 fue ordenado
sacerdote. Desde entonces se dedicó por completo a la
acogida de niños huérfanos y pobres, respondiendo a las
necesidades de los tiempos, en los que la todavía alta
mortalidad y las duras exigencias del trabajo privaban a
menudo a los muchachos del apoyo de sus padres. A estas
causas «endémicas» de abandono de los menores, se
añadieron el terremoto de Mesina (1908), el de Mársica (1915)
y la I Guerra mundial. Los dos acontecimientos telúricos vieron
a don Orione como protagonista de una valerosa presencia en
los lugares del desastre, para colaborar en la organización de
las ayudas y, sobre todo, para crear estructuras de acogida en
favor de la multitud de niños que se quedaron sin padres. Se
preocupó por los graves problemas de las trabajadoras de los
arrozales de la Lomellina, tierra no lejana de Tortona, y amplió
el horizonte de sus fundaciones hasta Brasil (1913), y
posteriormente hasta otros estados de Sudamérica. con
instituciones en favor de los emigrantes italianos, de los
huérfanos y de los pobres. Otras muchas naciones de Europa
y de fuera de ella vieron, mientras aún vivía él, la llegada de
sus hijos, quienes, bajo el impulso del fundador, se abrían a
otro apostolado típico, el de los «Pequeños Cottolengos»,
casas de acogida para ancianos, enfermos y discapacitados,
ayudados en todo ello por las Pequeñas Hermanas
Misioneras de la Caridad (PHMC), fundadas por él en
Tortona (Italia), en 1915. Don Luis Orione murió en
San Remo, donde se encontraba a causa de su
enfermedad, angina de pecho, el 12 de marzo de
1940. Fue proclamado beato el 26 de octubre de
1980, y canonizado en 2014.
Una carta del fundador (1 1 de febrero de 1903) delinea,
compendiándolos, los fines de su instituto: la educación de la
juventud, la evangelización de los humildes, la asistencia a los
aquejados de males físicos y morales, el trabajo por el
«retorno» de los hermanos separados a la Iglesia católica.
Otro escrito, de 1938, afirma que la Pequeña Obra, «planta
sus tiendas en los centros obreros, preferentemente en los
barrios o suburbios más miserables, que están en los
márgenes de las grandes ciudades industriales, y vive,
pequeña y pobre, entre los pequeños y los pobres,
fraternizando con los humildes trabajadores, con el objetivo
principal de aproximarlos a Cristo y a la Iglesia».
Actualmente los Orionistas
son más de un millar y trabajan en 26 naciones.
Ortodoxa, Iglesia (del griego, que profesa la recta opinión o
fe). Se denominaron así. al principio, las Iglesias que habían
aceptado las decisiones de los concilios de Nicea (325), Éfeso
(431) y Calcedonia (451), y que pretendían afirmar de esa
forma su «recta fe» con respecto a los grupos que se habían
desviado (herejes). Actualmente se denominan Iglesias
ortodoxas todas las Iglesias orientales, que han tenido origen
de la Iglesia bizantina y que se han separado de la Iglesia
occidental (Iglesia ^latina) a raíz del cisma de Oriente (ruptura
de la comunión eclesial entre Roma y Constantinopla, a partir
de 1054); sólo una pequeña parte de ellas ha vuelto a la
comunión con Roma como Iglesias Amia- tas. Ha habido
diversos intentos para volver a la plena comunión entre las
Iglesias ortodoxas y la Iglesia católica romana, pero hasta hoy,
jamás se ha conseguido alcanzar esa meta. Actualmente la
cristiandad ortodoxa está compuesta por toda una serie de
Iglesias autocéfalas (autónomas), que se sienten unidas a
partir de su uniformidad litúrgica, teológica y jerárquica. El
patriarcado ecuménico de Constantinopla goza de una forma
de preeminencia honorífica (primado de honor).
Monjes y monjas de la Iglesia ortodoxa viven generalmente
según las «reglas» de san Basilio (i* 379), reunidos en
monasterios, poblados monásticos (masculinos o femeninos) y
eremitorios. Debido a que en el clero ortodoxo la obligación del
celibato existe sólo para los obispos, generalmente estos se
eligen entre los monjes.
Otilianos. Se denominan así, de forma breve, los miembros
de la congregación misionera benedictina de St. Ottilien
(Congregatio Ottiliensis Ordinis Sane ti Benedicti.
Congregación Benedictina de San Otilio). El monje
benedictino, Beato P. Andrés Amrhein (nacido en 1844
en Gunzwill, en el cantón de Lucerna, monje
benedictino en Beuron en 1870, sacerdote en 1872 y
fallecido en 1927 en St. Ottilien) aspiraba a renovar el
antiguo ideal misionero benedictino en su tiempo. En 1884, en
medio de grandes dificultades, logró fundar una casa
misionera en Reichenbach, a orillas del Regen (diócesis de
Ratis- bona), en un antiguo monasterio benedictino,
obteniendo el mismo año el reconocimiento pontificio. Amrhein
había buscado a propósito un monasterio benedictino.
Posteriormente, como el monasterio de Reichenbach no podía
acoger convenientemente el desarrollo de su fundación,
Amrhein logró adquirir el castillo de Emming, al norte del lago
de Ammer (diócesis de Augsburgo). En 1887 la joven
comunidad pudo trasladarse a su nueva sede. Puesto que la
capilla que allí había estaba dedicada a santa Otilia, el centro
misionero se denominó con este nombre. En 1896 la
Congregación misionera benedictina de St. Ottilien consiguió
la aprobación pontificia; en 1902 St. Ottilien se convirtió en
abadía y casa madre de la floreciente congregación misionera.
Posteriormente St. Ottilien llegaría a ser uno de los mayores
monasterios de la Orden benedictina. La congregación recibió
el encargo de amplios territorios misioneros de Africa
meridional y oriental, de Corea, China (Man- churia), sufriendo
después pérdidas gravísimas por parte de los regímenes
comunistas. A la congregación, puesta bajo el gobierno del
archiabad de St. Ottilien, pertenecen la archiabadía de St.
Ottilien, las abadías de Müns- terschwarzach, a orillas del
Meno, Schweiklberg en Visho- fen, a orillas del Danubio, Kónigsmünster en Meschede, en la Sauerland (Westfalia
meridional), Otmarsberg, en Uznach (Suiza), St. Paufs Abbey
en Newton, Nueva Jersey (Estados Unidos), San José en
Caracas (Venezuela) y, desde 1967, también la antigua abadía
de Georgenberg- Fiecht en Schwaz, en Tirol, a las que hay
que añadir las abadías y conventos.
Padre (en latín pater). Es título y apelativo (antes del nombre
religioso) aplicado a los sacerdotes pertenecientes a órdenes e
institutos religiosos.
Padres Blancos (en francés Peres Blancs:
oficialmente Paires Albi). Se denominan así los miembros
de una congregación misionera fundada para la evangelización de Africa (Sociedad de Misioneros de Africa).
La iniciativa de su fundación se debe al arzobispo
francés, Beato Cardenal Charles Martial Allemand
Lavigerie de Argel, en 1868. Un año después fueron
fundadas las Hermanas Blancas (Hermanas
Misioneras de Nuestra Señora de África, HHBB),
como colaboradoras de la obra misionera entre los
musulmanes. Su nombre proviene del color del
hábito, parecido al vestido de los Cabilas. Desde 1870
la casa madre y el noviciado de los Padres Blancos tuvieron su
sede en Maison-Carrée, en Argel. A partir de 1872 la casa
general se trasladó a Roma. Después de cierta indecisión
inicial sobre el tipo de compromiso que asumir y sobre las
relaciones entre sacerdotes y hermanos laicos, el primer
capítulo general de 1874 optó por el compromiso misionero y
por la forma de instituto clerical, formado por clérigos y laicos.
La Sociedad obtuvo el decreto de alabanza de la Santa Sede
en 1879. En 1885 fue aprobada provisionalmente, y en 1908
definitivamente. La congregación creció con rapidez y se
aplicó con diligencia a la formación de sus miembros,
introduciéndoles en la cultura, las costumbres y usos de los
territorios de misión. A los Padres Blancos se les debe también
la fundación de importantes institutos lingüísticos africanos. Su
objetivo era. sobre todo, el de promover las fuerzas eclesiales
locales, especialmente al clero local, de modo que el
cristianismo pudiera enraizarse verdaderamente en aquellas
tierras, sin limitarse a reproducir las formas europeas. Los
Padres Blancos y las Hermanas Blancas tienen actualmente
casas en muchos países europeos y en América, además de
casi veinte países africanos. A pesar de algunas graves
pérdidas, vinculadas sobre todo al fin del dominio colonial
europeo, los Padres Blancos siguen comprometidos
especialmente en la actividad misionera de Africa, donde
garantizan asistencia pastoral a más de seis millones de
cristianos, y en la difícil acción misionera y caritativa entre los
musulmanes. Situación en 1996: 420 casas con 2.304
miembros, de los cuales 1.940 sacerdotes; Hermanas Blancas:
177 casas, con 1.311 religiosas.
Palotinos (Sacietas Apostolatus Catholici, Sociedad
del Apostolado Católico, SAC). Son una congregación
clerical exenta, sin /" votos, pero con promesa temporal o
perpetua de vida común según los /"consejos evangélicos.
Fueron fundados en 1834/1835 por el sacerdote, San
Vicente Pallotti (1795-1850) en Roma; reconocidos en
1835 por el papa Gregorio XVI y aprobados definitivamente en
1904. Desde sus comienzos, la comunidad tiene como fin el
apostolado católico en la cura de almas y en las misiones. Los
Palotinos se encuentran entre los precursores de la Acción
Católica, con su esfuerzo por estimular la acción y la presencia
de los laicos en la Iglesia católica. Hoy la presencia de los
Palotinos, activos en todo el mundo, se extiende a todos los
ámbitos pastorales y misioneros. De modo análogo, la rama
femenina de las Palotinas, fundadas por Vicente Pallotti en
1843, se dedica a tareas caritativas, educativas (escuelas) y
misioneras.
La especial devoción mariana de la comunidad ha dado origen
al «Movimiento de Schónstatt» (también «Obra de
Schónstatt»), fundado después de la I Guerra mundial por los
Palotinos alemanes en Vallendar-Schónstatt (en Coblenza) y
posteriormente difundido por todo el mundo, que ha dado lugar
a algunos institutos seculares (Hermanas de María, Instituto
Secular de Schóns- tatt e Instituto Secular Padres de
Schónstatt). El movimiento se propone ahondar en la vida
religiosa personal y en la presencia cristiana de los laicos en el
mundo, con una intensa acentuación de la devoción mariana.
La Obra de Schónstatt obtuvo en 1953 su propio estatuto
general y en 1964 se hizo autónoma de los Palotinos.
Situación en 1996: Palotinos, 377 casas con 2.283 miembros,
de ellos 1.537 sacerdotes. Palotinas, dos congregaciones:
Religiosas del Apostolado Católico. 76 casas y 527 miembros;
Religiosas Misioneras del Apostolado Católico, 78 casas y 724
miembros.
Parroquia. En la Iglesia católica la parroquia (término de
origen greco-latino parochia, vecindario, fracción, parroquia; o
tal vez
francés.
Paules o Religiosos de la Congregacion de la Mision
de San Vicente de Paul. Fue fundado en 1626, por San
Vicente de Paul. Dio comienzo un largo conflicto sobre el
reconocimiento del carácter francés de la congregación. Entre
finales del siglo XVII y comienzos del XVIII, los paúles Appiani,
Pedrini y Miillener llegaron a China como misioneros de
Propaganda Fide, alineándose contra los Jesuítas en la
cuestión de los ritos. Desde Italia, se fundaron casas en
España (1704) y Portugal (1713). En 1760 los Paúles abrieron
un seminario en Viena. Con la supresión de los Jesuítas, los
misioneros franceses y portugueses los sustituyeron en Pekín,
en Alemania y en el Este. Los Paúles preferían la misión
catequística más que penitencial; no eran partidarios de
concesiones a la religión popular (cantos populares,
predicación teatral). En la formación del clero cuidaban sobre
todo la formación pastoral de los futuros sacerdotes.
Durante la Revolución francesa los Paúles tuvieron que sufrir
mucho en Francia; restaurados por Napoleón, fueron
suprimidos de nuevo en 1809. La restauración no significó una
inmediata recuperación, pues hasta 1827 los misioneros
permanecieron divididos en dos obediencias (París y Roma).
Después de la re- unificación bajo un solo superior general
(1827), tuvo lugar el generalato de Juan Bautista Etienne
(1843-1874), durante el cual la Congregación se duplicó tanto
en casas como en miembros. Dos fueron las líneas principales
de este desarrollo: las misiones ad gentes y los seminarios.
La congregación tiene una fisonomía original. El fundador no
quiso que sus miembros fueran «religiosos», sino que
pertenecieran al clero secular. No hay noviciado, sino
seminario; no hay votos públicos, sino privados. Por mucho
tiempo el distintivo de los misioneros fue un cuellecito blanco
doblado hacia fuera sobre la sotana. Se les llamaba «messieurs» en Francia, «signori» en Italia y «señores» en España.
Actualmente (1996) la congregación tiene 4.005 miembros,
entre ellos un patriarca y 29 obispos, 3.224 sacerdotes, 673
estudiantes con vistas al sacerdocio, 253 hermanos y
aspirantes a hermanos, y once diáconos permanentes.
Al mismo san Vicente de Paúl se debe el instituto femenino de
la Unión Cristiana de San Chatimond (UCSC), para la
enseñanza y la pastoral juvenil, fundado en París (Francia) el
año 1652.
Paulinos (Ordo Fratrum Sancti Paitli Primi Eremitae,
Orden de los Hermanos de san Pablo, primer ermitaño;
con referencia al ermitaño egipcio Pablo de Tebas, que vivió
noventa años como anacoreta y murió alrededor del año 341,
a la edad de 113 años). La orden fue fundada como
congregación eremítica (/"ermitaño).
en tomo al año 1250, en Hungría. En la tardía Edad media,
desde Hungría se extendieron a Austria, Alemania meridional,
Polonia, Suecia e Italia. A finales del siglo XVI la Orden
experimentó un nuevo florecimiento, pero en 1786 fueron
suprimidos en todos los territorios de los Habsburgo por el
emperador José II. Se han mantenido los monasterios polacos
de Cracovia y Czestochowa (meta de peregrinaciones).
Actualmente (1996) la Orden cuenta con 42 monasterios y 427
miembros, 248 de ellos sacerdotes.
También se conocen como Paulinos los miembros de la
Sociedad de San Pablo ^Familia Paulina.
Pavonianos. La congregación religiosa de derecho
pontificio de los Hijos de María Inmaculada (FMI) nació
en 1847. Su fundador es San Ludovico Pavoni, que nació
en Brescia en 1784. Desde sus tiempos de seminarista se
había dedicado a la enseñanza de los niños y después, como
joven sacerdote, había ahondado en su opción en favor de la
juventud abandonada, especialmente en los oratorios.
En una época de grandes revoluciones (piénsese en el
huracán napoleónico, la restauración y los primeros
movimientos de insurrección), Pavoni se dio cuenta de la
necesidad de nuevas
instituciones educativas que se preocuparan no sólo de la
asistencia, sino también de la formación escolar, moral y
religiosa y de la formación profesional de la juventud
abandonada.
Así surgió en Brescia, entre los años 1818 y 1821, primero de
manera embrional y luego, poco a poco, de forma más
organizada, el Instituto de San Bernabé, una verdadera
«escuela de oficios», «donde al menos los abandonados y los
más olvidados de sus propios padres pudieran encontrar
alojamiento gratuito y crecer con tranquilidad, educados
incluso en las profesiones honradas». Se trataba de una de las
primeras experiencias de colegio u orfanato masculino con
talleres profesionales. La fórmula escuela-taller, ya presente
en algún otro caso, experimentaría un significativo auge en la
segunda mitad del siglo XIX. Primero se introdujo en el
orfanato de la Pequeña Casa de la Divina Providencia
(Cottolengo), también en Turín, pero allí los talleres, más que
para el adiestramiento en el trabajo, servían para las
necesidades internas de la casa. En 1853 don Bosco abrió en
Valdocco sus dos primeros talleres; en 1856 también el
Colegio «Los Artesanitos» de Turín (fundado por don Cocchi y
dirigido por Murialdo desde 1866) tuvo sus primeros talleres
internos.
Llegaron pronto a once las especialízaciones en las que se
instruía a los jóvenes «artesanitos» de Pavoni; entre ellas
sobresalía, sin duda, la de las artes tipográficas. Fue
precisamente en San Bernabé donde nació, en 1821, la
primera escuela gráfica de Italia. Esto ofreció al sacerdote
bres- ciano la oportunidad de introducir en su obra otra
iniciativa: la actividad editorial para la difusión de libros de
orientación cristiana, que sería el primer germen de la futura
editorial Ancora (1939).
Junto a los huérfanos, Pavoni acogió también a los pequeños
sordomudos (1842), y extendió su acción y la de sus
colaboradores a la formación de los hijos de los campesinos
(colonia agrícola de Saiano, Brescia). Mientras tanto, se había
ido abriendo camino (1825) en la mente de Pavoni la idea de
fundar una congregación religiosa, constituida por
consagrados que fueran «obreros entre los obreros»: así
nacieron los Hijos de María Inmaculada. Pavoni y sus primeros
compañeros se entregaron a Dios por vez primera en la vida
religiosa el 8 de diciembre de 1847, dedicándose al mismo
tiempo a la educación de la juventud abandonada. La joven
congregación, que muy pronto quedó huérfana de su fundador.
pues murió el 1 de abril de 1849, anticipaba algunos rasgos
que sólo posteriormente madurarían en otras familias
religiosas.
como la igualdad de pertenencia religiosa de sacerdotes y
laicos: también estos, llamados «hermanos coadjutores»,
están directamente implicados en la única misión, que
tradicionalmente se ha caracterizado como ministerio de la
educación a través de la formación al trabajo. De estas
intuiciones y de estas experiencias nacería más tarde en
Brescia un Instituto de Artesanitos y una nueva familia
religiosa con características parecidas, la Congregación de
la Sagrada Familia de Nazaret, del Padre San Juan
Piamarta.
La espiritualidad pavoniana está estrictamente relacionada con
la misión. Subraya especialmente la paternidad divina,
considerada como Providencia, y la humanidad de Cristo, que
prefiere a los pequeños y a los pobres; descubre en María «la
celestial inspiradora y la especial protectora de la
Congregación»; se fundamenta en la sencillez y la humildad,
que se convierten en servicio, ternura y paternidad para con
los últimos; valoriza, finalmente la «laicidad» y el trabajo,
presentado como medio de perfección.
Actualmente (1996) los Pavonianos son unos 233, de ellos 122
sacerdotes, y están presentes en Italia. Brasil, España,
Alemania, Eritrea y Colombia, donde desempeñan una
actividad predominantemente educativa, que incluye también
intervenciones en diversos paises,
Píxide. En la Iglesia católica, desde la Edad media, se
denomina «copón» o «píxide» (en latín pyxis, pyxidis, del
griego pyksis, «boj» y luego «vasito de boj») un vaso sagrado
en forma de cáliz y cerrado con una tapa, que sirve para
colocar y conservar en el sagrario las hostias consagradas
durante la celebración eucarística (^misa). La píxide suele
estar cubierta con un velo de seda finamente bordado, y de
esta forma se expone algunas veces al culto durante la
adoración eucarística, tanto en el sagrario con las puertas
abiertas, como sobre el altar; con ella puede el sacerdote
impartir la bendición a la comunidad al acabar la adoración.
Esta exposición, con la bendición que le sigue, es una forma
más sencilla de adoración eucarística, que hay que distinguir
de la celebración eucarística. En las solemnidades más
importantes, y sobre todo durante la procesión del Corpus, la
hostia consagrada se expone al culto y a la adoración del
pueblo en la custodia u ostensorio (en latín ostensorium, de os
tendere, mostrar, exponer), con la que se imparte también la
bendición eucarística solemne. Esta forma de
culto a la hostia consagrada es típico de la Iglesia occidental a
partir de la tardía Edad media.
Pobres Siervos de la Divina Providencia. Congregación
religiosa clerical de derecho pontificio, fundada por San
Juan Calabria, sacerdote diocesano veronés, beatificado
el 17 de abril de 1988, y canonizado en 1997. Al fundador le
gustaba denominar a su familia religiosa como «la Obra» para
subrayar su naturaleza de «obra de Dios»; efectivamente, el
criterio del sabio Gamaliel (He 5,38-39) parece ser la única
clave de lectura adecuada para explicar el nacimiento del
instituto y, antes aún, la figura sacerdotal de don Calabria.
La llegada al sacerdocio del beato recuerda mucho la aventura
del santo cura de Ars por su pobreza, la repetida interrupción
de su formación, y el consiguiente escaso provecho en los
estudios; sólo la iluminada decisión de su obispo, mons.
Bacilieri («Después de tantos seminaristas doctos, admitamos
a uno piadoso»), le permitió el acceso al sub- diaconado y la
coronación de su sueño con el sacerdocio (1 I de agosto de
1901), al que desde siempre se había sentido llamado.
También la Obra nace más de un corazón inflamado de amor
a Dios y a los pobres que del cálculo de los medios disponibles
y las capacidades: a don Calabria
le gustaba denominarse como «cero y miseria», y eso debió
parecer durante mucho tiempo a la mayoría. El primer germen
del instituto podemos descubrirlo en la pequeña «Casa de los
Niños Buenos» para la juventud abandonada, abierta el 26 de
noviembre de 1907, en uno de los barrios más pobres de
Verona. En pocos años la casa se amplió, confiando siempre y
de forma exclusiva en los dones generosos de la Providencia,
para responder a la situación de grave abandono y pobreza en
que estaba inmersa buena parte de la juventud masculina.
Pronto se pidió que se abrieran otras casas en Costozza
(1919), Este (1920) y en tierras veronesas. Desde el comienzo.
se reunieron junto al beato personas que compartieron sus
ideales, y de lo que nació una original experiencia de
colaboración entre laicos y sacerdotes que posteriormente
encontraría no pocas dificultades para dar con una
configuración jurídica. El problema se planteó en 1932 cuando
se intentó conseguir para la Obra la aprobación canónica: el
código entonces vigente no ofrecía ninguna fórmula
satisfactoria, obligando a la alternativa entre congregación
clerical, donde los hermanos laicos estaban excluidos de
cualquier careo de gobierno, v la congrega- ción mixta, que
ponía muchos límites al rol de los sacerdotes. El
obispo se decidió por la aprobación como congregación
religiosa clerical; sin embargo esto abrió un período de
sinsabores y disensiones dentro de la misma Obra, hasta el
punto de provocar la intervención de Roma con la visita
apostólica del padre benedictino Manuel Caronte. El actuó con
profunda intuición espiritual y con gran decisión, devolviendo
su autoridad al fundador y consiguiendo que Roma
reconociera la igualdad jurídica, aun confirmando la forma
clerical (derogando el c. 588 del código de derecho canónico):
el decreto de alabanza llegó el 25 de abril de 1949 y la
aprobación pontificia definitiva el 15 de diciembre de 1956.
«El fin especial de la Congregación es el de reavivar en el
mundo la fe y la confianza en Dios, Padre de todos los
hombres, mediante el abandono total a su Divina Providencia»
(Constituciones. n. 1). Para conseguir este objetivo se prohíbe
«exigir pensiones a los alumnos..., hacer cualquier forma de
publicidad..., promover cuestaciones..., buscar protecciones
humanas» (Const., n. 7). Los desvelos y preocupaciones de
don Calabria se orientaron en múltiples direcciones, por lo que
la congregación está comprometida en varios campos: 1)
asistencia material, moral v cultural a chicos necesitados: 2)
promoción de vocaciones religiosas y sacerdotales no sólo
para la Obra, sino para toda la Iglesia; 3) asistencia a ancianos
y enfermos (gestiona directamente un gran centro
hospitalario); 4) apostolado en parroquias, preferiblemente en
las zonas más abandonadas; 5) casas y parroquias en tierras
de misión. En su esfuerzo por abrirse a las nuevas situaciones
de necesidad, la congregación va desarrollando actualmente
iniciativas en favor de los discapacitados, los encarcelados y
los tóxicodependientes.
Viviendo aún el fundador, la Obra se había difundido por Italia
en Roma, Milán y Ferrara, cultivando el sueño de poder
responder a las insistentes solicitudes que llegaban de tierras
de misión. La muerte de don Calabria, el 4 de diciembre de
1954, tras varios años de enormes sufrimientos, pareció dar
nuevo vigor a la congregación. Se abrieron casas en Uruguay,
Brasil, Argentina, Colombia. Paraguay, Angola y, en los
últimos años, en Filipinas, Rusia, India y Chile. En 1996 la
Obra contaba con 76 comunidades y 254 miembros, entre
ellos 127 sacerdotes.
Pobreza. Para el desarrollo histórico de la idea cristiana de
pobreza han sido decisivos dos conceptos: la pobreza como
experiencia constante («a los pobres los tendréis siempre con
vosotros», Mt 26,1 I) y la caridad como correctivo cristiano
«cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis humildes
hermanos, conmigo lo hicisteis», Mt 25,40). En el Nuevo
Testamento, frente a la necesidad material está la riqueza
espiritual de los pobres. La idea de la pobreza como estado de
vida se encuentra ya en el siglo II: la actitud de un asceta es
incompatible con la posesión de la riqueza terrena.
Remitiéndose a este pensamiento, los /^ermitaños, como señal
de rechazo del mundo, renunciaban a todos sus bienes.
Cuando en el sido IV se impuso la vida ascética en
comunidades monásticas (/^cenobitas), la pobreza personal
fue posible en la medida en que la comunidad (monasterio)
podía poseer bienes y proveía a las necesidades de sustento.
Esta forma caracterizó totalmente el desarrollo de los
monasterios y comunidades religiosas de la época siguiente,
con considerables diferencias en la historia de estas mismas
órdenes y según modalidades diversas dentro del gran número
de órdenes y congregaciones posteriores. Llama la atención el
hecho de que, en el proceso ascético de santificación personal
o en relación con la práctica cristiana del amor al prójimo. se
han intentado siempre formas nuevas de pobreza radical en el
seguimiento de Cristo. Tales experiencias e intentos
renovados se encuentran, por ejemplo. en la regla de san
Benito, en los comienzos de los Cluniacenses, los
Camaldulenses y los Cistercienses; y de manera
especialmente resuelta en Francisco de Asís (t 1226) y en las
órdenes mendicantes del siglo XIII. La pobreza, convertida en
ideal ético con el cisterciense Bernardo de Claraval (t I 153),
con Francisco de Asís, y con las órdenes mendicantes y
^hospitalarias, suscitó en la alta y tardía Edad media una
actividad caritativa intensa y de primer orden: según la Historia
Anglorum, de Mateo de París (escrita en torno al 1244), las
órdenes hospitalarias poseían cerca de 19.000 casas y
refugios para leprosos. En la tardía Edad media surgieron.
incluso en las ciudades más pequeñas y barrios, hospitales
dotados de asistencia espiritual para el cuidado de pobres y
enfermos. Cada convento o monasterio, cada comunidad
religiosa estaba (y está) obligada a la asistencia a los pobres.
De los consejos evangélicos maduró la obligatoriedad de la
pobreza, la castidad y la obediencia, generalmente en forma
de f votos simples o solemnes, según las propias
constituciones, para los monjes y otros miembros de
comunidades religiosas. Dentro de la orden de los
Franciscanos surgieron, va en el siglo XIII, duros contrastes
sobre los límites de la obligación de la pobreza (cuestión de la
pobreza). Fuera de las comunidades franciscanas, el contraste
se convirtió, en realidad, en una confrontación sobre la
pobreza y la cura pastoral, sobre la actividad de enseñanza de
las órdenes mendicantes en la universidad de París, sobre la
relación entre pobreza y perfección cristiana (entre
^Franciscanos y ^Dominicos). Durante este siglo, las
cuestiones referentes a la pobreza y la ayuda a los pobres han
movilizado y estimulado a las comunidades cristianas, sobre
todo en América Latina (en este marco se sitúa también la
discusión sobre la «teología de la liberación» y la constitución
de «comunidades de base»).
Pontificales, insignias. En la Iglesia católica las insignias
pontificales (llamadas también «episcopales») son las que
corresponden a los obispos (y a los prelados que tienen
derecho a ellas), especialmente la f mitra y el báculo, pero
también el anillo, la cruz, pectoral y otras. A par- tir de la tardía
Edad media, el privilegio de llevar la mitra y el báculo lo
concedieron los papas y concilios a muchos abades y
prebostes de órdenes canonicales y también a otros altos
prelados, incluidos los dignatarios (canónigos) de cabildos
catedralicios y colegiales. El derecho de usar las insignias
pontificales se limitó mucho en 1968. Hoy, además de los
obispos diocesanos y titulares, los ordinarios con funciones de
vicarios episcopales y los legados pontificios, tienen derecho a
las insignias pontificales sólo los abades y prebostes de los
monasterios de canónigos.
También se llaman pontificales las celebraciones en las que,
según las normas litúrgicas, debe usarse la mitra y el báculo;
por ejemplo, la misa pontifical o las vísperas pontificales.
Postulantado. En el derecho de los religiosos el postulantado
(del latín postulatio, petición) es un período de prueba que
precede al f noviciado, y tiene la finalidad de conocer la vida
dentro de un determinado instituto religioso. El actual código
de derecho canónico no ofrece ninguna indicación explícita
acerca del postulantado. Con ello, se deja a cada instituto la
facultad de instituir o no el postulantado, según los propios
textos legislativos. De hecho, no obstante, existe en
numerosas órdenes y comunidades religiosas. Antes de 1983
el derecho canónico exigía un tiempo de postulantado para los
institutos femeninos con votos perpetuos y para los hermanos
laicos (con una duración mínima de seis meses y máxima de
doce).
Prácticas espirituales y penitenciales. Con esta
denominación se entienden diversas prácticas y acciones
mantenidas por motivos espirituales, a través de las cuales los
hombres han expresado su religiosidad, la voluntad de actuar
activamente en relación con el Absoluto. Las prácticas se han
diferenciado en el tiempo, bajo el influjo de las diversas
corrientes filosóficas y los contextos culturales en que se han
ido encarnando.
El monacato, que se desarrolló ya desde los primeros siglos
del cristianismo, ha favorecido las prácticas ascéticas y su di
versificación, así como su difusión en el pueblo cristiano,
dando una finalidad y un contenido diverso incluso a prácticas
que ya existían en la tradición filosófica. La lectura, la
meditación, el examen de conciencia, la idea de la muerte, la
mortificación del cuerpo, asumen motivaciones bíblicas y
mueven al reconocimiento de la necesidad de la ayuda de
Dios, es decir, de su gracia. Por eso la humildad se convierte
en fundamento de las demás virtudes; la caridad, en el alma
de cualquier gesto del creyente; la oración, en el ámbito vital
que da sentido a todo.
Para dar una idea articulada de las prácticas espirituales y
penitenciales habría que presentar su tradición en los diversos
institutos monásticos y religiosos, y en los Canónigos
Agustinos), comparable al abad benedictino. A los prebostes
de estos capítulos o fundaciones canonicales se les
consideraba (y se les considera) prelados en sentido amplio y
normalmente tienen derecho a llevar la /'mitra. El título de
preboste se usa también para designar al sacerdote titular de
una parroquia importante. En las iglesias evan- gélicoluteranas de Alemania y de los países escandinavos, preboste
(Propst) -y muy recientemente también «prebosta» (Prdpstin)es el apelativo reservado a los titulares de altos cargos
eclesiásticos.
Prelado. En la Iglesia católica, el prelado (del latín praelatus,
persona «superior a los demás» en dignidad) es, en sentido
estricto, quien posee jurisdicción ordinaria en el foro externo
(el obispo diocesano u otro clérigo, incluso regular, investido
de un oficio eclesiástico de igual rango). En sentido amplio se
llaman prelados los clérigos investidos de altos cargos
eclesiásticos. Son también prelados quienes son investidos de
tareas honoríficas, pero sin jurisdicción; también se les
denomina, como apelativo y de forma abreviada, monseñores;
por su rango, se dividen en tres grupos: protonotarios
apostólicos, prelados d