Marzo - El Almendro

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Marzo - 1
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Martes 1 de marzo
EVANGELIO
Mateo 18, 21-35
21
Entonces se adelantó Pedro y le pregunto:
-Señor, y si mi hermano me sigue ofendiendo, ¿cuántas veces lo tendré que perdonar?,
¿siete veces?
22
Jesús le contestó:
-Siete veces, no; setenta veces siete.
23
Por esto el reinado de Dios se parece a un rey que quiso saldar cuentas con sus
empleados. 24Para empezar, le presentaron a uno que le debía muchos millones. 25Como no tenía
con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él, con su mujer, sus hijos y todas sus
posesiones, y que pagara con eso.
26
E1 empleado se echó a sus pies suplicándole:
-Ten paciencia conmigo, que te lo pagaré todo.
27
El señor, conmovido, dejó marcharse a aquel empleado, perdonándole la deuda.
28
Pero, al salir, el empleado encontró a un compañero suyo que le debía algún dinero, lo
agarró por el cuello y le decía apretando:
-Págame lo que me debes.
29
El compañero se echó a sus pies suplicándole:
-Ten paciencia conmigo, que te lo pagaré.
30
Pero él no quiso, sino que fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía.
31
Al ver aquello sus compañeros, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor lo
sucedido. 32Entonces el señor llamó al empleado y le dijo:
-¡Miserable! Cuando me suplicaste te perdoné toda aquella deuda. 33¿No era tu deber
tener también compasión de tu compañero como yo la tuve de ti? 34Y su señor, indignado, lo
entregó a los verdugos hasta que pagara toda su deuda.
35
Pues lo mismo os tratará mi Padre del cielo si no perdonáis de corazón, cada uno a su
hermano.
COMENTARIOS
I
vv. 21-22. Se discutía sobre el número de veces que había que perdonar, y solía proponerse
el número cuatro como cifra máxima. Pedro va más allá, pero se mueve aún en el plano de la
casuística. La pregunta de Pedro se refiere directamente al v. 15. La respuesta de Jesús juega con el
término «siete» propuesto por Pedro, aludiendo a Gn 4,24 (cántico de Lamec): «si la venganza de
Caín valía por siete, la de Lamec valdrá por setenta y siete». El perdón debe extenderse hasta donde
]legó el deseo de venganza.
vv. 23-35. El sentido de la parábola es claro. «Empleados» (23): lit. «siervos/esclavos». En
la concepción de la corte oriental, donde el rey era señor absoluto, todos los miembros de la corte,
por alta que fuera su categoría, se consideraban siervos del rey (1 Sm 8,14; 2 Re 5,6; Mt 25,1430). En este pasaje, un siervo que debía millones al rey era ciertamente un personaje importante.
Marzo - 2
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II
El amor no tiene límites. Ese es el principio que lleva a Jesús a proponer incansablemente la
reconciliación y el perdón. Pero, el amor que Jesús quiere no es el romanticismo melifluo de las
novelas rosa o de las películas comerciales. Jesús propone un amor radical, una apertura absoluta al
otro: a su miseria, a su ignorancia, a su diversidad. No podemos decir que amamos al prójimo si al
mismo tiempo lo descalificamos, lo hacemos sentir ridículo o lo reducimos a ser una pantomima de
nuestros caprichos. El prójimo tiene que ser siempre diferente, tiene que ser como es, incluso si se
equivoca. Si aceptamos estas consecuencias del amor radical, comprendemos entonces el perdón sin
límites, hasta setenta veces siete
Pero, atención, no nos engañemos. El amor radical por el prójimo y el incansable perdón no nos
pueden poner de parte del opresor o del injusto. Porque, el amor generoso es ante todo exigencia de
justicia, de equilibrio y de equidad. No seamos indulgentes sólo con nosotros mismos y con los que
nos simpatizan, sino con todos los que están en contacto con nosotros. Pero no como mecanismo
para esquivar problemas, sino como un poderoso recurso para crear un clima de diálogo donde las
inevitables diferencias humanas se resuelvan de manera pacífica y realista. El evangelio nos invita a
hacer del perdón una fuente inagotable de vida y de la reconciliación, el camino que conduce hacia
ella.
Miércoles 2 de marzo
EVANGELIO
Mateo 5, 17-19
17
¡No penséis que he venido a echar abajo la Ley ni los Profetas! No he venido a echar
abajo, sino a dar cumplimiento: 18porque os aseguro que antes que desaparezcan el cielo y la
tierra, ni una letra ni una coma desaparecerá de la Ley antes que todo se realice.
19
Por tanto, el que se exima de uno solo de esos mandamientos mínimos y lo enseñe así a los
hombres, será llamado mínimo en el reino de Dios; en cambio, el que los cumpla y enseñe, ése será
llamado grande en el reino de Dios: 20porque os digo que, si vuestra fidelidad no se sitúa muy por
encima de la de los letrados y fariseos, no entráis en el reino de Dios.
COMENTARIOS
I
v. 17. Jesús quiere deshacer un malentendido y una decepción. Quienes conocen la grandeza
de las promesas del AT, que se han traducido en la expectativa mesiánica, pueden sentirse
defraudados ante el horizonte que presenta Jesús. Una comunidad de pobres y perseguidos no
parece responder a la expectativa de felicidad y prosperidad anunciadas. Jesús afirma que su misión
(«he venido») no consiste en echar abajo el AT (la Ley ni los Profetas) como promesa del reinado
de Dios, sino todo lo contrario: dar cumplimiento a esas promesas.
«Echar abajo»: el verbo gr. kataluó significa «echar abajo, demoler, derribar» un edificio,
no abolir una ley; en Mt se usa siempre del templo (24,2; 26,61; 27,40). «La Ley y los Profetas»
es un modo de designar el conjunto del AT. El doble complemento excluye también el sentido de
«derogar», como si se tratara sólo de preceptos legales. «Dar cumplimiento»: el verbo gr. plerôsai
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es utilizado continuamente por Mt para indicar el cumplimiento de profecías (1,22; 2,15.17.23;
4,14; 8,17; 12,17, etc.). Su relación con «los Profetas» es clara; pero también tiene relación con
«la Ley», es decir, con los escritos de Moisés, pues se pensaba que el Mesías había de realizar el
éxodo definitivo, del que el realizado por Moisés era sólo tipo. De hecho, Mt considera la Ley y
los Profetas como profecía del reinado de Dios (cf. 11,13). La misión de Jesús es positiva, no
negativa; viene precisamente a dar cumplimiento a las promesas del reinado de Dios contenidas
en el AT.
v. 18. Jesús confirma solemnemente lo dicho («os aseguro»). Todo lo contenido en la
Escritura (lit. «la Ley», otro modo de designar el AT, que pone el énfasis en la obra de Moisés) se
realizará (gr. genêtai), hasta en sus mínimos detalles, antes que desaparezca el mundo visible. No
se trata, pues, en el texto de observar una ley, sino de realizar una promesa (cf. 6,10: «realícese en
la tierra tu designio del cielo», que equivale a la llegada del reino mencionada inmediatamente
antes). El término «la Ley» se refiere en particular al nuevo éxodo y a la entrada en la nueva tierra
prometida. El éxodo liberador comienza con la muerte de Jesús y queda abierto para toda la
humanidad. No hay lugar, por tanto, a decepción alguna por lo que Jesús ha dicho. El programa
propuesto por él es el único eficaz para llevar a cabo el designio de Dios anunciado en el AT. El
malentendido que disipa Jesús revelaba una mentalidad particular: la de aquellos que esperaban
un reinado de Dios implantado desde arriba, sin colaboración humana. Jesús ha expuesto en su
programa (las bienaventuranzas) que esta colaboración es indispensable para crear la sociedad
humana justa que es el reinado de Dios y la tierra prometida a la que conduce su éxodo.
v. 19. De ahí la necesidad para los discípulos de practicar cada una de las bienaventuranzas
antes propuestas. «Esos mandamientos mínimos»: «esos» (toutôn) no puede referirse a los de la
Ley, no mencionados antes, sino a los expuestos por Jesús, es decir, a las bienaventuranzas,
código de la comunidad del reino. Para referirse a los de la Ley -ni la letra ni el acento son
mandamientos-, el texto debería decir «sus mandamientos». El nombre «mandamientos» indica
precisamente que las bienaventuranzas toman el lugar de los de la antigua Ley. El calificativo
«mínimos» corresponde a lo expresado por Jesús en 11,30: «Mi yugo es llevadero y mi carga
ligera.»
Las frases «será llamado mínimo/grande en el reino de Dios» no indican jerarquía en el
reino; son expresiones judías que designan la exclusión del reino o la pertenencia a él. La
exigencia de Jesús es, por tanto, total; no se puede pertenecer al reino si no se practican todas y
cada una de las bienaventuranzas que tocan al discípulo. Se refiere principalmente a la primera y a
la última, que invitan a la opción y a la fidelidad a ella; de éstas nacen la disposición y la actividad
en favor de los otros (5,6-9).
Estos «mínimos» o excluidos del reino de Dios reaparecen bajo diversas imágenes en otros
pasajes del evangelio: son los falsos profetas (7,15), los árboles dañados que dan fruto dañado
(7,17s), los que invocan a Jesús y actúan en su nombre, pero cometen la iniquidad (7,21-23; cf.
13,41), la cizaña en el campo (13,38), los peces que se excluyen (13,48s), el invitado sin traje de
fiesta (22,12s). La imagen del árbol (7,17s) los pone en relación con el dicho de Juan Bautista
(3,10): son los que no han hecho una verdadera enmienda, los que no han roto con la injusticia del
pasado (3,8).
II
El Deuteronomio, después de una larga exhortación a ‘cumplir’ la ley, termina con una
recomendación sorprendente: “cuídate de olvidar los acontecimientos que han visto tus ojos”. El
fundamento de la ley de Israel no es el capricho de algún legislador, sino la conciencia que el
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pueblo tiene de que Dios actúa en su historia liberándolos de la opresión y conduciéndolos a una
tierra de promisión. Esa misma lógica es la que aplica Jesús cuando nos enseña que él lleva a la
plenitud la ley y los profetas, es decir, el nos recuerda que nosotros debemos tomar conciencia de
cómo Dios actúa en nuestra historia. La acción de Dios no se mide por la cantidad de preceptos o
reglas conservemos en nuestra memoria ni por el infalible cálculo de nuestras faltas. Las leyes, las
disposiciones, las exhortaciones nos ayudan a tomar conciencia del paso de Dios por nuestra
historia y a hacer de esa experiencia el capital de nuestra vida. El cumplimiento de la Ley y los
Profetas, su plenitud, consiste en nuestra capacidad para acoger la voluntad de Dios y hacerla
realidad en nuestra existencia personal y en la historia de nuestro pueblo.
Hoy como ayer, el pueblo de Dios se debate entre el legalismo y la falta de criterios claros
de acción. Pero, la solución no está en ninguno de los dos extremos, pues lo que Jesús propone
supera esta aparente contradicción y nos lleva a buscar siempre la ‘voluntad’ de Dios por el camino
del discernimiento.
Jueves 3 de marzo
EVANGELIO
Lucas 11, 14-23
14
Estaba Jesús echando un demonio que era mudo y, apenas salió el demonio, el mudo
habló. Las multitudes quedaron admiradas, 15pero algunos de ellos dijeron:
-Echa los demonios con poder de Belcebú, el jefe de los demonios.
16
Otros, para tentarlo, le exigían una señal que viniera del cielo.
17
Él, calando sus intenciones, les dijo:
-Todo reino dividido queda asolado y se derrumba casa tras casa. 18Pues si también
Satanás se ha dividido, ¿cómo va a mantenerse en pie su reino? ..., ya que decís que yo echo los
demonios con poder de Belcebú. 19Ahora, si yo echo los demonios con poder de Belcebú,
vuestros adeptos, ¿con poder de quién los echan? Por eso, ellos mismos serán vuestro jueces.
20
En cambio, si yo echo los demonios con la fuerza de Dios, señal de que el reinado de Dios ha
llegado hasta vosotros.
21
Mientras el fuerte bien armado guarda su palacio, sus bienes están seguros. 22Pero
cuando otro más fuerte que él lo asalta y lo vence, le quita las armas en que confiaba y reparte el
botín. 23El que no está conmigo, está contra mí; y el que no reúne conmigo, dispersa.
COMENTARIOS
I
REACCIONES ENCONTRADAS ANTE EL MENSAJE DE JESUS
Aunque no se indique, hay cambio de escenario: Jesús ya no se encuentra «orando en cierto
lugar», sino que «estaba expulsando un demonio, y éste era sordomudo» (11,14a). El sitio aquél,
por lo que se ve, es un lugar abierto (cf. v. 29a). El auditorio se compone: a) de un endemoniado
sordomudo que empezó a hablar cuando salió el demonio expulsado por Jesús (11,l4ab); b) de una
multitud en la que hay de todo: «las multitudes se extrañaron» de la liberación del hombre (11, 14c),
pero que más tarde -liberada de sus dirigentes religiosos y de los instigadores políticos que la
incitaban a la violencia- tomará partido a favor de Jesús: «Como las multitudes se apiñaban a su
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alrededor» (11 ,29a); c) de unos objetores anónimos que también forman parte de las multitudes,
pero que manifiestan su profundo desacuerdo con la actuación de Jesús y tratan de descalificarlo:
«pero algunos de ellos dijeron: "Expulsa los demonios con poder de Belcebú, el jefe de los
demonios"» (11,15); d) de unos provocadores que se encuentran también entre la multitud y que
tratan de comprometerlo: «Otros, para tentarlo, le exigían una señal que viniera del cielo» (11,16);
finalmente e) de una nacionalista israelita que reacciona ante los adversarios y trata de ganarse a
Jesús para la causa de Israel: «una mujer de entre la multitud le dijo gritando: "¡Dichoso el vientre
que te llevó y los pechos que te criaron » (11,27), es decir, que invoca los privilegios nacionales
basados en el pasado glorioso del pueblo.
El endemoniado representa la parte del pueblo sometida a la institución oficial/poseída por
su ideología: son los que han acogido sin espíritu crítico la doctrina oficial proclamada por los
letrados y juristas pertenecientes al partido fariseo. Los fariseos, sin embargo, no aparecen aquí para
nada; se explicitarán en la secuencia correlativa. Es «sordo y mudo» por haber 'escuchado'
(acogido) una ideología que es contraria al plan de Dios («demonio» adversario de Dios) que le ha
dejado 'sin voz' ni voto. Son los fanáticos del sistema que han vendido por cuatro ochavos la
libertad de expresión («mudos») y han quedado incapacitados para siempre para poder escuchar a
nadie que pudiera poner en cuarentena su seguridad («sordos»). La sordera-mudez es signo, en el
lenguaje bíblico, de cerrazón a la palabra de Dios (recuérdese el caso de Zacarías, 1,22). En
contrapartida, entre las credenciales del Mesías con las que Jesús acreditó su obra ante los enviados
de Juan Bautista, que dudaba de su misión, encontramos la expresión «los sordos oyen» (7,22).
Dentro de la comunidad eclesial hay quienes se han hecho 'sordos' al mensaje del Evangelio por
miedo a que éste les haga tambalear las seguridades adquiridas, por temor al riesgo que comporta el
hecho de estar abiertos al clamor de los más pobres y marginados, a través de los cuales proféticamente continúa hablando Jesús, el proscrito por excelencia y excomulgado por la religión
oficial de su tiempo. La historia se repite.
La liberación del 'sordomudo' desencadena un enfrentamiento abierto. Hay dos clases de
adversarios: 1) los que representan la institución oficial y que lo acusan a su vez de endemoniado
por excelencia (11,15); 2) los que se aprovechan de la nueva situación creada con la liberación del
pueblo para llevar el agua a su molino y que tratan de comprometerlo públicamente (11,16).
II
La frase final del evangelio, “el que no está conmigo, está contra mí”, debemos entenderla
en el contexto del episodio de la liberación del endemoniado. El milagro que Jesús realiza le
devuelve la palabra a una persona que antes no podía comunicarse. El mudo no podía decir lo que
sentía, pensaba y quería porque el demonio de la petulancia, el desprecio y la opresión lo reducía al
silencio. Él era uno de los miles de excluidos que deambulaban por los caminos sin que nadie
escuchara su silencioso lamento. El encuentro con Jesús lo libera de esa limitación y le permite
reconocer que su palabra tiene un inmenso valor. Pero, esta acción de ‘devolverle la voz’ a quien se
la han arrebatado despierta la ira y envidia de sus adversarios. Ellos tratan de demonizar la acción
de Jesús atribuyéndola al príncipe de los demonios. No soportan que una persona que durante tanto
tiempo había sido reducida al silencio ahora esté proclamando la bueno noticia a los cuatro vientos.
Por esta razón, Jesús les propone una parábola donde pone en evidencia que el asunto no es estar o
no de acuerdo con él, sino ponerse de acuerdo para luchar contra el mal. Jesús no está diciendo que
quien no este en su pequeño grupo de discípulos está contra él, sino que quien no luche contra el
mal se opone a la acción misma de Dios.
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Viernes 4 de marzo
EVANGELIO
Marcos 12, 28-34
28
Se le acercó un letrado que había oído la discusión y notado lo bien que respondía, y le
preguntó:
-¿Qué mandamiento es el primero de todos?
29
Respondió Jesús:
-El primero es: «Escucha, Israel: El Señor nuestro Dios es el único Señor; 30amarás al
Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas».
31
El segundo, éste: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». No hay ningún mandamiento mayor
que éstos.
32
El letrado le dijo:
-Muy bien, Maestro, es verdad lo que has dicho, que es uno solo y que no hay otro fuera
de él; 33y que amarlo con todo el corazón y con todo el entendimiento y con todas las fuerzas y
amar al prójimo como a uno mismo supera todos los holocaustos y sacrificios.
34
Viendo Jesús que había respondido inteligentemente, le dijo:
-No estás lejos del reino de Dios.
Y ya nadie se atrevía a hacerle más preguntas.
COMENTARIOS
I
v. 28: Se le acercó un letrado que había oído la discusión y notado lo bien que respondía, y
le preguntó: «¿Qué mandamiento es el primero de todos?»
Hasta ahora se han presentado grupos, ahora lo hace un individuo, un letrado, que, según el
esquema de Mc, es fariseo. En dos ocasiones (3,22; 7,1) han sido letrados de Jerusalén los que han
vigilado la actividad de Jesús y se han opuesto a ella. Este hombre es una excepción. Aunque
pertenece al círculo de los adversarios de Jesús (11,27b), su conciencia personal domina sobre su
pertenencia al grupo dirigente. No pretende comprometer a Jesús, sino que, al ver la maestría con
que interpreta la Escritura, busca solución a una cuestión muy debatida. El fondo de su pregunta es
éste: qué es lo más importante para Dios según la tradición de Israel, cuál es la expresión suprema
de su voluntad y lo primario en el comportamiento del hombre.
vv. 29-31: Respondió Jesús: «El primero es: "Escucha, Israel: el Señor nuestro Dios es el
único Señor; amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y
con todas tus fuerzas". El segundo, éste: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo". No hay ningún
mandamiento mayor que éstos».
Jesús comienza su respuesta haciendo suyo el llamamiento a Israel de Dt 6,4-5 (Escucha,
Israel). No solamente va a enunciar el mandamiento, sino que va a proclamarlo, tomando la
exhortación de Moisés al pueblo; pero no nombra a Moisés ni cita explícitamente la Escritura, hace
un llamamiento personal suyo, que es una invitación implícita a la enmienda (cf. 1,15).
Recuerda a todo Israel que su único Señor es Dios, no los dirigentes que explotan al pueblo
(11,17), ni el César que lo somete (12,16) ni el dios de muertos (12,27). Rectifica la pregunta del
letrado: en la antigua alianza no había un solo mandamiento principal, sino dos, pues el amor-fide-
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lidad a Dios era inseparable del amor-lealtad al prójimo. Para ser verdadero, el amor a Dios tenía
que traducirse en amor al hombre.
Dios era el valor absoluto (con todo tu corazón, etc.), el hombre, relativo (como a ti mismo),
pero el mandamiento tendía a crear una sociedad de iguales. Su práctica habría sido la preparación
para la plena realidad del Mesías.
Con la afirmación que sigue (no hay ningún mandamiento mayor que éstos) relativiza Jesús
todos los demás, que aparecen como secundarios, accesorios, dispensables. Son estos dos los que
deben regular la vida del israelita; ninguna otra práctica es esencial. Del amor a Dios no se deriva el
culto religioso, sino el amor al hombre, su imagen.
Jesús echa así abajo la pretensión de muchas piedades religiosas, entre ellas la farisea, que
pretenden honrar a Dios olvidándose del hombre.
El ideal de amor propio del Reino será propuesto en la institución de la eucaristía (14,22-25;
cf. 10,45; 13,37).
vv. 32-33: El letrado le dijo: «Muy bien, Maestro, es verdad lo que has dicho, que es uno
solo y que no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón y con todo el entendimiento y
con todas las fuerzas y amar al prójimo como a uno mismo supera todos los holocaustos y
sacrificios».
El letrado manifiesta su pleno acuerdo con Jesús (Muy bien) y ahora, ante la respuesta de
éste, lo llama Maestro. Funde en un solo bloque la relación con Dios y con el prójimo y explicita la
relativización hecha antes genéricamente por Jesús: el culto religioso según la Ley pierde su
importancia. Invierte la escala de valores existente, según la cual el objetivo primordial de la vida
del hombre era dar culto a Dios; se alinea con los profetas contra los sacerdotes (cf. Os 6,6:
«misericordia quiero, no sacrificios; conocimiento de Dios [= justicia], no holocaustos»). En el
templo, donde están Jesús y el letrado, se pretende dar culto a Dios oprimiendo y explotando al
pueblo: han eliminado el amor al prójimo.
v. 34: Viendo Jesús que había respondido inteligentemente, le dijo: «No estás lejos del
reino de Dios». Y ya nadie se atrevía a hacerle más preguntas.
Jesús aprecia la respuesta del letrado (inteligentemente), viendo que es un hombre a quien
interesa la verdad. Quien está por el bien del hombre no está lejos del Reino. Jesús abre al letrado el
horizonte del reinado de Dios, que deja atrás toda la antigua época (1,15). Hay en sus palabras una
invitación implícita: ya que ha aprobado su primera respuesta, después de la frase elogiosa (no estas
lejos) debería buscar mayor cercanía. La dificultad está en que el letrado quiere ser fiel a Dios, pero
dentro de su tradición, sin deseo de novedad. Ha reconocido en Jesús un maestro, pero, como
aparece en la perícopa siguiente, no puede darle su adhesión como Mesías.
Al ver el acierto y el rigor de las respuestas de Jesús, que ha puesto en su sitio a los saduceos
y corregido al letrado, nadie se atreve a hacerle mas preguntas.
II
Estamos acostumbrados a pensar en los fariseos y escribas como los malos del paseo;
incluso en nuestro lenguaje la palabra ‘fariseo’ se ha convertido en un insulto bastante regular, pero
muy impreciso. El evangelio no estigmatiza a ninguno de estos grupos, sino que muestra la
confrontación, siempre productiva, con Jesús y con el grupo de discípulos. Ser fariseo en la época
de Jesús era todo un honor y de ese partido políticoreligioso provenía un número significativo de
discípulos suyos (Mateo, Pablo y otros). Ser escriba o maestro de la ley era una profesión con
altísimo reconocimiento social (Mt 13, 52). Eran ellos quienes más cultivaban el estudio de las
Sagradas Escrituras y quienes orientaban al pueblo en muchos asuntos prácticos de la vida
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relacionados con la interpretación de la Ley. Por esta razón, cuando el escriba de la ley lo interroga,
él responde citando los dos preceptos fundamentales del código del Deuteronomio. De este modo,
Jesús daba un derrotero muy preciso a su interpretación de la ley ya que era fácil perderse en los
vericuetos legales de los seiscientos trece preceptos que la conformaban. Esta visión la confirma la
voz del escriba que descubre en la respuesta de Jesús toda la tradición profética, por lo que añade
‘vale más que todos los holocaustos y sacrificios’, que era una de las frases centrales de la
predicación de Oseas (6, 6).
El ser humano, por su misma naturaleza, está expuesto a convertir todas las bendiciones en
maldiciones. Las dotes personales se convierte, con frecuencia, en un mecanismo para imponerse a
los demás; los recursos económicos se han convertido en el principal mecanismo de exclusión de
nuestra época. Pero de esta dinámica no escapa ni siquiera la vivencia religiosa que, en el
cristianismo, está destinada a crear lazos de solidarias, comunión y respeto. Sin embargo, con
frecuencia se convierten en mecanismos de exclusión, agresión y violencia al interior de la
comunidad cristiana. Las personas más piadosas y ritualistas son las que más se ufanan de ser
‘mejores’ que los pobres pecadores, pervertidos por las ‘maléficas’ costumbres. El evangelio nos
pone en guardia contra esta ideología encubridora del propio pecado, ya que la autojustificación nos
lleva a creernos mejores que los demás y, de modo inevitable, a crear interminables y dolorosos
procesos de marginación. Porque para Jesús la verdadera religión no es un pedestal para oprimir a
los demás, sino una mano amiga que demuestre siempre amor, comprensión y respeto.
El evangelio de hoy nos invita a mirarnos a nosotros mismos, a abrir nuestro interior a Dios
antes de levantar el dedo acusador contra los que evidentemente están en el pecado. Debemos
dejarnos redimir por el amor de Jesús antes de convertirnos en jueces de las personas que sufren por
el pecado. Bien dice el profeta “misericordia quiero y no sacrificios”.
Sábado 5 de marzo
EVANGELIO
Lucas 18, 9-14
9
Refiriéndose a algunos que estaban plenamente convencidos de estar a bien con Dios y
despreciaban a los demás, añadió esta parábola:
10
-Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo, el otro recaudador. 11E1 fariseo
se plantó y se puso a orar para sus adentros: «Dios mío, te doy gracias de no ser como los demás:
ladrón, injusto o adúltero; ni tampoco como ese recaudador. 12Ayuno dos veces por semana y pago
el diezmo de todo lo que gano». 13E1 recaudador, en cambio, se quedó a distancia y no se atrevía
ni a levantar los ojos al cielo; se daba golpes de pecho diciendo:
«¡Dios mío, ten piedad de este pecador!»
14
Os digo que éste bajó a su casa a bien con Dios y aquél no. Porque a todo el que se
encumbra, lo abajarán, y al que se abaja, lo encumbrarán.
COMENTARIOS
I
LA ORACION DEL RECAUDADOR SE CORRESPONDE CON LA DE JESUS
Esta escena de Lucas contrapone la oración arrogante del fariseo a la sencilla y confiada del
recaudador de impuestos. Jesús se dirige a los discípulos, algunos de los cuales comparten la
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mentalidad farisaica (cf. 16,15). El fariseo, satisfecho de su condición de hombre pretendidamente
«justo», no pide nada a Dios. Su acción de gracias está vacía de contenido, es un monólogo de
autocomplacencia. Es Dios quien le tendría que estar agradecido por su fidelidad de hombre
observante. Forma una casta aparte (18,11: «no soy como los demás hombres») y juzga
severamente el comportamiento del recaudador. Cumple con sus obligaciones religiosas (18,12), sin
ninguna clase de compromiso con el prójimo. Su figura contrasta con la figura del recaudador: su
oración es una petición, reconociendo su condición de pecador (18,13). Su petición confiada
obtendrá la misericordia de Dios, mientras que la acción de gracias arrogante del fariseo, que cree
que se lo merece todo por sus obras, será rechazada (18,14). Lucas contrasta la figura del creyente
seguro de sí mismo con la del marginado religiosamente hablando que confía en el
amor/misericordia de Dios. En medio hay un amplio abanico de opciones. ¿Hacia qué polo nos
orientamos?
II
El texto de la primera lectura es de Oseas, del Primer Testamento diríamos, pero lo recogerá
Jesús en su predicación y quedará recogido en el Evangelio. Se trata de uno de los principios
básicos del mensaje de los profetas, y una de las características también centrales de la visión de
Jesús: más importante siempre que el culto vertical directo hacia Dios, es el «culto horizontal» que
le damos a través del hermano. Dios quiere «misericordia», o sea, compasión hacia el que sufre,
amor hacia los demás, tratarlos bien y sin injusticia... y prefiere esa misericordia a cualquier
«sacrificio», que aquí singifica no esfuerzo o mortificación o dolor, sino sacrificio de culto,
sacrificios cultuales hechos a Dios para agradarle. No hay ningún sacrificio cultual que pueda
agradarle tanto como la misericordia. Más: sin misericordia, los sacrificios culturales no sólo no le
agradan, sino que le desagradan profundamente: ¡resultan sacrificios blasfemos!
Eso era una dimensión esencial del mensaje de los profetas. Y Jesús lo recoge, lo hace suyo,
sin retoques, sin suavizamientos. Jesús en este punto es un profeta más, el Profeta del Segundo
Testamento, que renueva y hace suyo el mismo mensaje. Desde entonces, este mensaje debe ser un
criterio para medir la autenticidad de la vida cristiana. Por supuesto que el culto, la oración, la
dimensión «vertical» hacia Dios, es importante. Pero, para Jesús, y para Dios mismo, siempre es
prioritaria la dimensión horizontal, la del amor y la justicia. Sin estos componentes, toda pretensión
de dar culto «directo» hacia Dios, en «vertical», queda descalificado. Como discípulos de Jesús
debemos ser ultracelosos en esto: primero debemos ser justos, totalmente justos, luego debemos ser
amorosos, cariñosos, acogedores, gratuitos... El culto, la oración, la dimensión vertical vendrá a
confirmar todo aquello.
Domingo 6 de marzo
CUARTO DOMINGO DE CUARESMA
Primera lectura: 1 Samuel 16, 1b. 6-7. 10,13 a
Salmo responsorial: 22, 1-5
Segunda lectura: Efesios 5, 8-14
EVANGELIO
Juan 9, 1-41
9 1Al pasar vio Jesús un hombre ciego de nacimiento. 2Le preguntaron sus discípulos:
-Maestro, ¿quién había pecado, él o sus padres, para que naciera ciego?
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3
Marzo - 10
-
Contestó Jesús:
-Ni había pecado él ni tampoco sus padres, pero así se manifestarán en él las obras de Dios.
4
Mientras es de día, nosotros tenemos que trabajar realizando las obras del que me envió. Se
acerca la noche, cuando nadie puede trabajar. 5Mientras esté en el mundo, soy luz del mundo.
6
Dicho esto, escupió en tierra, hizo barro con la saliva, le untó su barro en los ojos 7y le
dijo:
-Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa "Enviado").
Fue, se lavó y volvió con vista. 8Los vecinos y los que antes solían verlo, porque era
mendigo, preguntaban:
-¿No es éste el que estaba sentado y mendigaba?
9
Unos decían:
-El mismo.
Otros, en cambio:
-No, pero se le parece.
Él afirmaba:
-Soy yo.
10
Le preguntaron entonces:
-¿Cómo se te han abierto los ojos?
11
Contestó él:
-Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, me lo untó en los ojos y me dijo: "Ve a Siloé y
lávate". Fui entonces, y al lavarme empecé a ver.
12
Le preguntaron:
-¿Dónde está él?
Respondió:
-No sé.
13
Llevaron a los fariseos al que había sido ciego. 14El día en que Jesús hizo el barro y le
abrió los ojos era día de precepto. 15Los fariseos, a su vez, le preguntaron también cómo había
llegado a ver. Él les respondió:
-Me puso barro en los ojos, me lavé y veo.
16
Algunos de los fariseos comentaban:
-Ese hombre no viene de parte de Dios, porque no guarda el precepto.
Otros, en cambio, decían:
-¿Cómo puede un hombre, siendo pecador, realizar semejantes señales?
Y estaban divididos.
17
Le preguntaron otra vez al ciego:
-A ti te ha abierto los ojos, ¿qué piensas tú de él?
Él respondió:
-Es un profeta.
18
Los dirigentes judíos no creyeron que aquél había sido ciego y había llegado a ver hasta
que no llamaron a los padres del que había conseguido la vista 19y les preguntaron:
-¿Es éste vuestro hijo, el que vosotros decís que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?
20
Respondieron sus padres.
-Sabemos que éste es nuestro hijo y que nació ciego. 21Ahora bien, cómo es que ve ahora, no
lo sabemos, y quién le ha abierto los ojos, nosotros tampoco lo sabemos. Preguntádselo a él, ya es
mayor de edad; él dará razón de sí mismo.
22
Sus padres respondieron así por miedo a los dirigentes judíos, porque los dirigentes
tenían ya convenido que fuera excluido de la sinagoga quien lo reconociese por Mesías. 23Por eso
dijeron sus padres: "Ya es mayor de edad, preguntadle a él".
24
Llamaron entonces por segunda vez al hombre que había sido ciego y le dijeron:
-Reconócelo tú ante Dios. A nosotros nos consta que ese hombre es un pecador.
Marzo - 11
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25
-
Replicó entonces él:
-Si es pecador o no, no lo sé; una cosa sé, que yo era ciego y ahora veo.
26
Insistieron:
-¿Qué te hizo? ¿Como te abrió los ojos?
27
Les replicó:
-Ya os lo he dicho y no me habéis hecho caso. ¿Para qué queréis oírlo otra vez? ¿Es que
queréis haceros discípulos suyos también vosotros?
28
Ellos lo llenaron de improperios y le dijeron:
-Discípulo de ése lo serás tú, nosotros somos discípulos de Moisés. 29A nosotros nos consta
que a Moisés le habló Dios; ése, en cambio, no sabemos de dónde procede.
30
Les replicó el hombre:
-Pues eso es lo raro, que vosotros no sepáis de dónde procede cuando me ha abierto los
ojos. 31Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, sino que al que lo respeta y realiza su
designio a ése lo escucha. 32Jamás se ha oído decir que nadie haya abierto los ojos a uno que nació
ciego; 33si éste no viniera de parte de Dios, no podría hacer nada.
34
Le replicaron:
-Empecatado naciste tú de arriba abajo, ¡y vas tú a darnos lecciones a nosotros!
Y lo echaron fuera.
35
Se enteró Jesús de que lo habían echado fuera, fue a buscarlo y le dijo:
-¿Das tu adhesión al Hijo del hombre?
36
Contestó él:
-Y ¿quién es, Señor, para dársela?
37
Le contestó Jesús:
-Ya lo has visto; el que habla contigo, ése es.
38
Él declaró:
-Te doy mi adhesión, Señor.
Y se postró ante él.
39
Añadió Jesús:
-Yo he venido a abrir un proceso contra el orden este; así, los que no ven, verán, y los que
ven, quedarán ciegos.
40
Se enteraron de esto aquellos fariseos que habían estado con él, y le preguntaron:
-¿Es que también nosotros somos ciegos?
41
Les contestó Jesús:
-Si fuerais ciegos, no tendríais pecado; pero como decís que veis, vuestro pecado persiste.
COMENTARIOS
I
Y LA VISTA A LOS CIEGOS
El Espíritu del Señor está sobre mi,
porque él me ha ungido
para que dé la buena noticia a los pobres.
Me ha enviado para anunciar la libertad a los cautivos
y la vista a los ciegos,
para poner en libertad a los oprimidos,
para proclamar el año de gracia del Señor.
(Is 61,1-2; Lc 4,18-19)
Marzo - 12
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-
CIEGOS DE NACIMIENTO
«Al pasar vio Jesús un hombre, ciego de nacimiento».
Hay en nuestro mundo muchos que nunca, desde que nacieron, han podido experimentar
lo que significa ser persona; muchos a los que jamás les ha sido permitido que conozcan su
dignidad de seres humanos. Ellos - ciegos de nacimiento, que malviven al margen de la sociedad,
mendigando, sentados al borde del camino- están representados por el personaje del ciego de
nacimiento que protagoniza el relato del evangelio de este domingo.
Lo que nos cuenta este evangelio no es un milagro aislado de Jesús, sino una lección que
él da a sus seguidores para enseñarles en qué consiste su actividad, la que ya está desarrollando
Jesús y que habrán de continuar sus discípulos: «Mientras es de día, nosotros debemos trabajar
realizando las obras del que me mandó». Esa tarea consiste en ofrecer al hombre la posibilidad de
tomar conciencia de cuál es su auténtica condición y, por tanto, de saber cuáles son sus
verdaderas posibilidades.
Toda la narración es simbólica, y así hay que interpretar los gestos que en ella se
describen.
CONCIENCIACION
Un hombre ciego de nacimiento, al borde del camino. Un marginado. Y la pregunta de los
discípulos, que da por descontado que la ceguera es un castigo de Dios por los pecados de
alguien: «Maestro, ¿quién había pecado, él o sus padres, para que naciera ciego? » Era la
ideología dominante. Los males de la sociedad no se podían achacar directamente a Dios, pero se
le atribuían indirectamente: alguien que había pecado individualmente había provocado contra sí
mismo o contra sus descendientes la ira divina. Así no había que preocuparse demasiado por los
sufrimientos de los demás: siempre se debía a algún oscuro pecado. No, las cosas no son así.
Aquel hombre debía su ceguera no a Dios, sino a una sociedad que, diciendo que hablaba en
nombre de Dios, le había impedido conocer a Dios y conocer su proyecto sobre el hombre.
«[Jesús] escupió en tierra, hizo barro con la saliva, le untó su barro en los ojos y le dijo:
Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa 'Enviado')».
Hecha de su propio barro, Jesús pone en los ojos del ciego la imagen del hombre nuevo. Y
lo manda a lavarse en la piscina del Enviado. Esto es, le ofrece un proyecto de hombre, el hombre
que vive preocupándose, por amor, de la felicidad de los demás; ese proyecto es Jesús mismo -su
saliva, su barro-, que es la luz del mundo. Se lo pone en los ojos y lo invita a descubrirlo y a
aceptarlo libremente. Sin adoctrinarlo, sino facilitándole una experiencia.
Y el que había sido ciego percibe la luz por primera vez y ve, se ve a sí mismo, se conoce:
«Fue, se lavó, y volvió con vista. Los vecinos... preguntaban: ¿No es ése el que estaba sentado y
mendigaba?... El afirmaba: Soy yo». Ya no va a dejar que la tiniebla le venza de nuevo, aunque la
tiniebla lo va a intentar.
CONFLICTO
La tiniebla, que se había disfrazado de luz, no tardó en atacar.
Los fariseos, los ideólogos religiosos de aquel tiempo, los que se sentían responsables de
conservar la fe y las tradiciones recibidas, empezaron a cavilar: ¿Cómo es posible que un hombre
que no cumple las leyes religiosas actúe en nombre de Dios? ¿Cómo es posible que un hombre
que hace barro en día de sábado (día en el que estaba expresamente prohibido hacer barro y
cualquier otro trabajo) dé vista a los ciegos, tarea que los profetas habían anunciado que realizaría
el Mesías?
Marzo - 13
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-
El problema era la idea de Dios que tenían estos fariseos: un Dios que exige sometimiento
y obediencia sin que le importen la libertad y la felicidad del ser humano. A pesar de que los
hechos de su propia historia de pueblo lo demostraban, no les cabía en la cabeza un Dios
liberador del hombre.
Por eso atacan. Y el ataque es violento: primero intentan negar el hecho, a pesar de estar
clarísimo: «Los dirigentes judíos no creyeron que aquél había sido ciego y había llegado a ver...»;
después pretenden que aquel hombre afirme, también en contra de la evidencia de los hechos, que
el que lo había curado era un pecador y, por tanto, no actuaba en nombre de Dios: «Llamaron
entonces por segunda vez al hombre que había sido ciego y le dijeron: Reconócelo tú ante Dios.
A nosotros nos consta que ese hombre es un pecador». Y como el hombre se resiste, lo
excomulgan, lo declaran fuera del pueblo de Dios: «Empecatado naciste tú de arriba abajo... Y lo
echaron fuera». Al no someterse, lo marginan.
COMPROMISO
Cuando el hombre aquel ha asumido su nueva realidad con firmeza, después de haber sido
expulsado de su religión y haberse mantenido firme, Jesús sale a su encuentro y se da a conocer.
Sólo entonces le propone que le dé su adhesión, que acepte su fe: «Se enteró Jesús de que lo
habían echado fuera, fue a buscarlo, y le dijo: ¿Das tu adhesión al Hombre? » Fe que le exigiría
ponerse, manos a la obra, a devolver la vista a todos los ciegos de nacimiento que encuentre en su
camino. Y el que había sido ciego, ahora que ve claro, acepta: «Te doy mi adhesión, Señor».
HOY
Hoy se vuelve a repetir este conflicto dentro de las Iglesias cristianas. También hoy
resulta difícil a muchos aceptar que Dios, el Dios de Jesús, el Dios de los cristianos, es un Dios
liberador. Y les resulta peligroso que se afirme que creer en Dios exige trabajar por la igualdad, la
justicia y la liberación del pueblo. Y se vuelve a utilizar la coacción moral y la amenaza de
expulsión contra los que afirman que la ciencia de Dios tiene que ser ciencia de la liberación.
Bien. No se trata de juzgar a nadie. Pidamos al Dios de Jesús que nos abra definitivamente
los ojos.
II
vv. 1-12. Jesús explica su declaración anterior: Yo soy la luz del mundo (8,12), dando
vista a un ciego de nacimiento. El ciego, que no conoce la luz (1,4), es figura de los que nunca
han podido saber lo que puede y debe ser el hombre. En paralelo con los enfermos de la piscina
(5,3), representa a un sector del pueblo oprimido.
Fuera del templo (1: Al pasar). Pregunta de los discípulos (2): en el judaísmo se pensaba
que la desgracia era efecto del pecado, que Dios castigaba en proporción a la gravedad de la
culpa; los defectos corporales congénitos se atribuían a las faltas de los padres. Jesús rechaza esa
concepción (3). Sentido simbólico de la ceguera (cf. 9,40s; Is 6,95): este hombre representa a los
que desde siempre (ni él ni sus padres) han vivido sometidos a tal opresión, que nunca han
siquiera vislumbrado lo que significa ser hombre ni, por tanto, lo han deseado. Son otros los
culpables de su ceguera. No es un castigo ni Dios es indiferente ante el mal (se manifestarán en él
las obras de Dios).
Los discípulos han de asociarse a la actividad de Jesús (tenemos que trabajar), librando al
hombre de su impotencia y dándole capacidad de acción. Las situaciones de injusticia son una
llamada a colaborar con la acción de Dios. Urgencia (4: mientras es de día): aprovechar la
oportunidad. Luz del mundo (cf. 8,12): misión liberadora (Is 42,6ss; 49,6ss).
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Marzo - 14
-
Jesús pasa a la acción (6). Va a ponerle ante los ojos el proyecto de Dios sobre el hombre.
La decisión de obtener la vista quedará en sus manos. El barro alude a la creación del hombre
(Gn 2,7; Job 10,9; Is 64,7); se pensaba que la saliva transmitía la propia fuerza o energía vital;
Jesús crea el hombre nuevo, compuesto de tierra/carne y saliva/Espíritu de Jesús; le untó su barro
en los ojos, le pone ante los ojos su propia humanidad, la del Hombre-Dios, proyecto divino
realizado; untar/ungir, en relación con Mesías (Ungido); lo invita a ser hombre acabado, ungido e
hijo de Dios por el Espíritu.
Toca al ciego aceptar la luz y optar libremente por ella (7). Segunda piscina, ésta fuera de
la ciudad (5,2: dentro de la ciudad), la del agua mansa (cf. Is 8,6s; cf. Jn 5,7: agitación del agua).
El ciego ha alcanzado su integridad humana (volvió con vista); ha visto la luz, no a través de una
enseñanza, sino gracias a su opción. Ha percibido lo que es el Hombre; la vista adquirida le
permitirá distinguir los verdaderos valores de los falsos. Dar vista a los ciegos, símbolo de la
liberación de la opresión (Is 29,18ss; 35,5.10; 42,6s).
Perplejidad en la gente (8). Era un mendigo: inmóvil (sentado), impotente, dependiente de
los demás. Jesús le ha dado la movilidad y la independencia. La duda sobre la identidad del ciego
refleja la novedad que produce el Espíritu; siendo el mismo, es otro (9). Soy yo, palabras que usa
Jesús para identificarse él mismo (4,25s; 6,20; 8,24.28.58): nueva identidad del hombre acabado
por el Espíritu. Interés por el hecho (10). Se repite el relato de la curación, mostrando su
importancia (11); un hombre como él (cf. 9,1). Interés por la persona de Jesús (12): se ha
suscitado una esperanza.
vv. 13-34. Los fariseos, enemigos de Jesús (7,47; 8,13) (13). Para Jesús no cuentan los
preceptos de la Ley (14). Interrogatorio (15): a los fariseos no les interesa el hecho ni se alegran
por él, quieren saber el cómo, para ver si ha habido infracción de la Ley. División de opiniones
(16): un grupo toma como criterio de juicio la observancia de la Ley (no guarda el precepto);
otro parte de los hechos y descubre en ellos el poder de Dios (señales). Opinión del hombre (es
un profeta) (17): no ha descubierto toda la realidad de Jesús, pero afirma que su actividad es de
Dios (cf. 4,19).
Ahora los dirigentes, que incluyen a los fariseos (18). Ante el insoluble problema se
refugian en la incredulidad. No quieren ver el hecho, que derriba los fundamentos de su sistema
teológico. Doble pregunta a los padres (19): si su hijo nació ciego y, en caso afirmativo, cómo ha
recobrado la vista; oculta esperanza de que el hecho sea falso. Los padres afirman el hecho que
saben (20); los padres tienen miedo, el hijo no va a tenerlo (21); mayor de edad (21.23), capaz de
hablar con libertad: la madurez dada por el Espíritu (cf. 6,10: “hombres adultos”). Presión de los
dirigentes sobre el pueblo para evitar la adhesión a Jesús (22-23).
Ante la imposibilidad de negar el hecho, recurren a su autoridad doctrinal (24) y definen
que la acción de Jesús es contraria a Dios (pecador). Quieren evitar el testimonio del hombre en
favor de Jesús, que desprestigiaría a su institución. Intentan que reniegue de Jesús, pero él, con la
nueva vida que experimenta, se niega a someterse. El hombre no se mete en cuestiones
teológicas; opone el hecho a la teoría (25). Intranquilidad de los dirigentes (26). Réplica (cf. Is
42,8: “Sordos, escuchad y oid”). Pregunta irónica (¿queréis haceros discípulos suyos?).
La violenta reacción (28) muestra que la pregunta ha tocado en lo vivo. Están intentando
rechazar la evidencia. Se refugian en el pasado (Moisés); optan por la Ley sin amor y en contra
del amor fiel (1,17). No quieren leer directamente la realidad, donde se manifiesta el amor de
Dios; la miran a través de una ideología rígida que la deforma. Quieren denigrar la persona de
Jesús (no sabemos de dónde procede) (29). Los que exaltan la liberación antigua (Moisés) se
oponen a la nueva. El hombre ridiculiza el argumento de los dirigentes (30-33). Su dicho es
irrebatible; los dirigentes, acorralados, pasan al insulto (cf. 7,52) (34); soberbia (a nosotros). El
hombre debería cegarse de nuevo para darles la razón. Sigue la violencia (y lo echaron fuera); el
hombre que ha tenido la experiencia de vida es un obstáculo para su dominio.
Marzo - 15
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vv. 35-38. Jesús no abandona al que ha sido fiel a la nueva visión de sí mismo y del
mundo (35). Con su pregunta va a acabar la labor de iluminación que había comenzado. El
hombre se identifica con el modelo de hombre que Jesús le puso ante los ojos con su barro, la
imagen de su misma persona, que descubría al ciego una nueva condición humana que antes
desconocía. Jesús le pregunta si mantiene su adhesión al ideal que ha visto. El hombre no sabía
que ese ideal estuviera realizado (36) y desea identificar al que lo realiza. Jesús se revela a él
(37). Adhesión personal (38); se postró: expulsado de la institución judía, encuentra en Jesús el
nuevo santuario, donde brilla la gloria/amor del Padre; es un adorador de los que el Padre busca.
vv. 39-41. No es misión de Jesús juzgar a la humanidad (3,17; 12,47), pero su presencia y
actividad denuncian el modo de obrar del orden opresor (7,7; 8,23) y abren un proceso contra él
(39): quienes estén por la liberación y la vida se pondrán de parte de Jesús. Se van a trastornar las
situaciones establecidas (los que no ven, verán, etc.): los que nunca han podido conocer, como el
ciego, experimentarán la acción/amor de Dios, y conocerán. Los que podían conocer, pero
engañaban con una falsa doctrina, al consumar su rechazo de Jesús perderán para siempre la luz
de la vida.
Los fariseos (40), jueces del ciego (9,13); pregunta irónica, con incredulidad y
autosuficiencia: los que poseen el conocimiento basado en la Ley tienen la luz y nunca podrán
perderla. Jesús los coge con su misma afirmación (41): no es pecado ser ciego (cf. 9,3), sino serlo
voluntariamente, rechazar la evidencia, como han hecho ellos (9,16.24). Además, imponen su
mentira como verdad (cf. Is 5,20). Doble mala fe. Ejercen la opresión con plena conciencia de lo
que hacen. Se obstinan en su mentira (vuestro pecado persiste; cf. 8,23)..
III
El pueblo de Dios se planteó desde antiguo un gran problema: ¿cómo saber quién es el
enviado de Dios?. Muchos aparecían haciendo alarde de sus habilidades físicas, de su astucia, de su
sabiduría, incluso, de su profunda religiosidad, pero era muy difícil saber quien procedía de acuerdo
con la voluntad del Señor y quien quería ser líder únicamente para obtener el poder.
En la época de Samuel la situación era realmente complicada. El profeta, movido por el
Espíritu de Dios, buscó un líder que sacara al pueblo del difícil atolladero de la crisis interna de las
instituciones tribales y de la amenaza de los filisteos. Surgió Saúl, un muchacho distinguido, de
buena familia y de extraordinaria complexión física. Los hebreos más pudientes lo apoyaron de
inmediato, esperando que el nuevo rey lograra controlar el avance de los filisteos. Sin embargo, el
nuevo rey en poco tiempo se convirtió en un tirano insoportable que agravó el conflicto interno y
que, por sus constantes cambios de comportamiento, comprometió seriamente la seguridad de las
tierras cultivables. Samuel, entonces, pensó que la solución era ungir un nuevo rey, una persona que
se pudiera hacer cargo de la situación. La unción profética se convirtió, en aquel momento, en el
medio por el cual se legitimaba la acción de un nuevo líder ‘salvador’ del pueblo. Siglos más tarde,
los profetas se dieron cuenta de que no bastaba cambiar el rey para cambiar la situación, sino que
era necesario buscar un sistema social que respetara los ideales tribales, lo que luego se llamo ‘el
derecho divino’. Sin embargo, subsistió la idea de que el ‘líder salvador’ tenía que ser designado
por un profeta reconocido. De este modo, la unción de los caudillos de Israel pasó a ser un símbolo
de esperanza en un futuro mejor, más acorde con los planes de Dios.
En la época del Nuevo Testamento, el pueblo de Dios que habitaba en Palestina enfrentó un
gran reto: ¿cómo hacer reconocer a Jesús como ungido del Señor?. Aunque Jesús había conocido a
Juan Bautista y, luego, había retomado su predicación, se cernía aún sobre él la duda, debido a su
origen humilde, a la manera tan diferente de interpretar la ley y a su poca vinculación con el templo
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Marzo - 16
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y sus rituales. Muchos se oponían a reconocer que él era un profeta ungido por el Señor, movidos
simplemente por prejuicios culturales y sociales. La comunidad cristiana tuvo que abrirse paso en
medio de estos obstáculos y proclamar la legitimidad de la misión de Jesús. Solamente quien
conociera la obra del Nazareno, su entrañable amor a la vida, su dedicación a los pobres, su
predicación del reinado de Dios, podía reconocer que él era el ungido, el Mesías (como se dice en
hebreo), el Cristo (como se dice en griego).
Las ‘señales y prodigios’ que Jesús actuó en medio de la gente pobre causaron gran impacto
y, por esto, fueron motivo de controversia. Los opositores del cristianismo veían en las sanaciones
que Jesús obraba, simplemente la labor de un curandero. Sus discípulos, por el contrario,
comprendían todo su valor liberador y salvífico. Pues, no se trataba sólo de poner remedio a las
limitaciones humanas, sino de devolverle toda la dignidad al ser humano. La persona que
recuperaba la visión podía descubrir que su problema no era un castigo de Dios por los pecados de
sus antepasados, ni una terrible prueba del destino. Era una persona que pasana de la desesperación
a la fe y descubría en Jesús al profeta, al ungido del Señor. Su problema, una limitación física, se le
había convertido en una terrible marca social y religiosa. Pero, el problema no era su limitación
visual, sino la terrible carga de desprecio que la cultura le había impuesto. Jesús lo libera del
insufrible peso de la marginación social y lo conduce hacia una comunidad donde lo aceptan por lo
que él es, sin importar las etiquetas que los prejuicios sociales le habían impuesto.
En el evangelio se nos relata una especie de drama entre los vecinos del lugar donde el ciego
solía pedir limosna, los fariseos que eran un grupo de judíos piadosos y cumplidores de la ley y los
“judíos” en general, una expresión genérica con la que el evangelista designa a las altas autoridades
religiosas del pueblo judío de la época de Jesús. Hasta los padres del ciego son involucrados en el
drama.
Se trata de un verdadero drama teológico, simbólico, de una gran belleza literaria. De
ninguna manera se trata de una narración cuasiperiodística de unos hechos históricos, o de un relato
que nos describa ingenuamente cómo sucedieron las cosas. No olvidemos que es Juan quien escribe,
y que su Evangelio se mueve siempre en un alto nivel de sofisticación, de recurso al símbolo y a la
expresión indirecta. Si tenemos que dirigir la palabra en la homilía, conviene no «contar» las cosas
como quien cuenta hechos históricos indiscutibles, como si estuviera entreteniendo a unos niños.
Los oyentes son adultos y agradecen que se les trate como a tales, sin abusar de que se tiene la
palabra en un ámbito sagrado donde por respeto nadie contradirá, y por eso se puede decir cualquier
cosa, que «todo vale» en ese ambiente.
En el drama teológico que hoy leemos de Juan, el ciego se convierte en el centro. Todos se
preguntan cómo es posible que un ciego de nacimiento sea ahora capaz de ver. Sospechan que algo
grande ha sucedido, preguntan por el que ha hecho ver al ciego, pero no llegan a creer que Jesús sea
la causa de la luz de los ojos del ciego que no veía. Un simple hombre como Jesús no les parece
capaz de obrar tales maravillas. Menos aún habiéndolas obrado en sábado, día sagrado de descanso
que los fariseos se empeñaban en guardar de manera tan escrupulosa. Y menos aún siendo el ciego
un pobretón que pedía limosna al pie de una de las puertas de la ciudad. Todos interrogan al pobre
ciego que ahora ve: los vecinos, los fariseos, los jefes del templo. Jesús se hace encontradizo con él,
solidariamente, al enterarse de que el pobre ha sido expulsado de la sinagoga judía. Y en este nuevo
encuentro con Jesús el ciego llega a «ver plenamente», a «ver» no sólo la luz, sino la «gloria» de
Dios, reconociendo en él al enviado definitivo de Dios, el Hijo del hombre escatológico, el Señor
digno de ser adorado... Es el mensaje que Juan nos quiere transmitir narrando un drama teológico como es su estilo- más que afirmando proposiciones abstractas -como hubiera hecho si hubiera sido
de formación filosófica griega-.
Al final del evangelio de hoy las palabras que Juan pone en labios de Jesús hacen explotar el
mensaje teológico del drama: Jesús es un juicio, es el juicio del mundo, que viene a poner al mundo
patas arriba: los que veían no ven, y los que no veían consiguen ver. ¿Y qué es lo que hay que ver?
A Jesús. Él es la luz que ilumina.
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Marzo - 17
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No haría falta echarle metafísica y ontología griega a este drama... Es un lenguaje de
confesión de fe. Juan y su comunidad está «en-tusiasmada», llena de gozo y de amor, poseída
realmente por el descubrimiento que han hecho en Jesús. Sienten que Él les cambia el mundo, que
ven las cosas al revés que antes, y que es en Él en quien Dios se les ha hecho patente. Y así lo
confiesan. No hace falta más. La Ontología de los siglos subsiguientes es cultural, occidental,
griega. Para el caso, sobra.
¿Qué significa hoy para nosotros? Lo mismo, sólo que a 20 siglos de distancia. Con más
perspectiva, con más sentido crítico, con más conciencia de la relatividad (no digo “relativismo”) de
nuestras afirmaciones, sin fanatismos ni exclusivismos, sabiendo que la misma manifestación de
Dios se ha dado en tantos otros lugares, en tantas otras religiones, a través de tantos otros
mediadores. Pero con la misma alegría, el mismo amor y el mismo convencimiento.
Para la revisión de vida
Jesús dice que ha venido para “abrir un juicio”. Su vida y su testimonio nos
emplazan con un desafío ante el que necesitamos pronunciarnos. Sugerencia: entrar en mí mismo,
en oración profunda, encarándome con este ser-humano-que-es-juicio-de-Dios. Renovar y
profundizar mi encuentro con Jesús. Sentirme desafiado por su vida y por su palabra. Aceptar
gozoso el reto de vivir a la altura del desafío que nos hace.
Para la reunión de grupo
La “selección” de David (primera lectura) para ser ungido es uno de los casos típicos en la
Biblia –de los que hay muchos más- en el que “los caminos de Dios no son nuestros caminos”, ni
sus criterios son los nuestros… Estudiemos y glosemos en grupo esas diferencias entre los criterios
de Dios y los criterios de los humanos…
Para los que creemos en Jesús, Él, con su vida plenamente realizada en el amor y la entrega,
hace presente el amor de Dios a los humanos, y por eso “abre un juicio” a la humanidad. El juicio
universal, en una cierta dimensión, ya ha acontecido: se ha dado en Jesús; y se sigue dando: en Él,
en el testimonio que de él nos sigue llegando transmitido por sus seguidores (la comunidad de los
creyentes).
Nos preguntamos: ¿es un juicio “universal”, para todos los seres humanos? ¿También para
aquellos a quienes no les llega el testimonio de Jesús? ¿También para los hombres y mujeres que
vivieron antes que Él (muchísimos más, cualitativamente, que los que han vivido después de Él? Si
no es “universal”
Parece que Juan quisiera hacer énfasis en la ceguera especial que tienen las autoridades
religiosas para admitir el milagro de Jesús. Quienes deberían ser los más lúcidos resultan los más
ciegos. ¿Tiene este aspecto del evangelio de hoy alguna relevancia para nuestros días?
El episodio 79 de «Un tal Jesús» escenifica el evangelio de hoy. Tanto el texto cuanto el
audio puede ser recogido en http://www.untaljesus.net
Para la oración de los fieles
Para que la Iglesia abandone toda forma de autoritarismo y actúe llevando al mundo la luz
que recibe del Evangelio. Oremos...
Para que prevalezcan las personas y sus derechos sobre las leyes y las tradiciones. Oremos...
Para que quienes dudan de la presencia de Dios entre nosotros, descubran su amor por el
testimonio vivo y eficaz de la iglesia. Oremos...
Para que caminemos como hijos de la luz, denunciando toda opresión, violencia e injusticia.
Oremos...
Para que el Señor. abra nuestros ojos y no vayamos nunca tras ningún “otro pastor”.
Oremos...
Marzo - 18
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Para que nuestra comunidad, que comparte un mismo pan, comparta igualmente los demás
bienes. Oremos...
Oración comunitaria
Tú, Señor, que nos abres los ojos para que descubramos la hermosura de la creación
y la grandeza de tu amor, ayúdanos a colaborar contigo para que todas las personas puedan
alegrarse en su vida al ver tu luz. Nosotros te lo pedimos por Jesús, hijo tuyo y hermano nuestro.
Amén
Lunes 7 de marzo
EVANGELIO
Juan 4, 43-54
43
Al cabo de los dos días salió de allí para Galilea, 44pues Jesús mismo había declarado
que a ningún profeta se le honra en su propia tierra.
45
Cuando llegó a Galilea, los galileos lo recibieron bien, por haber visto personalmente
todo lo que había hecho en Jerusalén durante la fiesta, pues también ellos habían ido a la fiesta.
46a
Llegó así de nuevo a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino.
46b
Había un funcionario real, cuyo hijo estaba enfermo en Cafarnaún.
47
A1 oír éste que Jesús había llegado de Judea a Galilea, fue a verlo y le pidió que bajase y
curase a su hijo, que estaba para morirse.
48
Le contestó Jesús:
-Como no veáis señales portentosas, no creéis.
49
El funcionario le insistió:
-Señor, baja antes que se muera mi chiquillo.
50
Jesús le dijo:
-Ponte en camino, que tu hijo vive.
Se fió el hombre de las palabras que le dijo Jesús y se puso en camino.
51
Cuando iba ya bajando lo encontraron sus siervos, y le dijeron que su chico vivía. 52Les
preguntó a qué hora se había puesto mejor, y ellos le contestaron:
-Ayer a la hora séptima se le quitó la fiebre.
53
Cayó en la cuenta el padre de que había sido aquélla la hora en que le había dicho Jesús:
«Tu hijo vive», y creyó él con toda su familia.
54
Esto hizo Jesús, esta vez como segunda señal, al llegar de Judea a Galilea.
COMENTARIOS
I
El tema del profeta rechazado por los suyos se había hecho proverbio. Los galileos habían
tenido noticia de la actividad de Jesús en Jerusalén y reciben bien a Jesús, porque habían visto
personalmente lo que había hecho en Jerusalén durante la fiesta. Ahora comienza un nuevo ciclo,
una nueva etapa de su actividad, con un cambio de táctica. El episodio del funcionario real con su
hijo enfermo está en paralelo con el de la boda de Caná y es la segunda señal y constituye un nuevo
comienzo.
Marzo - 19
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El poder político (46b, el funcionario real) ve en Jesús un Mesías reformista y poderoso,
según la interpretación de su persona y actividad dada en Jerusalén (2,17.23). Preocupado por la
situación del pueblo (representado en el hijo) que depende de él, busca en Jesús un aliado del poder
(le pidió que bajase a Cafarnaún) que procure una solución dentro del sistema de relaciones
existente (autoridad-subordinación).
El poder, representado por el funcionario, se muestra impotente para salvar (su hijo estaba
para morirse). Jesús denuncia la mentalidad de los poderosos (que no tienen fe) y esperan la
salvación de una demostración de poder, como en el antiguo éxodo (Éx 7,3.9; 11,9,10; 15,11). Pero
Jesús va a efectuar la liberación (éxodo) sin alarde de fuerza ni ostentación de poder.
Se dirige al hijo del funcionario con la palabra "chiquillo" (v. 49), expresión de cariño, y al
mismo tiempo de dependencia, pues es menor de edad. Después llama al enfermo "tu hijo" (v. 50),
subrayando la igualdad; la salvación implica la libertad, no puede efectuarse en la relación de
dependencia. Su mensaje (sus palabras) son vida, que él comunica independientemente de la
voluntad del poderoso (vv. 50-51).
El cambio de actitud del funcionario se muestra en el texto por los diferentes modos como se
le designa (vv. 46b.49: el funcionario; v. 50: el hombre; v. 53: el padre).
El hijo queda curado a la hora séptima (v. 52), que sigue a la sexta, hora de la muerte de
Jesús (19,45), la hora en que, terminada su obra, produce la vida con la entrega del Espíritu (19,30).
La salvación de Jesús será universal: no se limitará a los judíos; también este funcionario
real participa de ella, y consistirá en comunicar vida al pueblo, independientemente del deseo de
los dirigentes.
De este modo Jesús manifiesta su gloria / amor (2,11), pero, ante una institución que rechaza
el plan de Dios, Jesús da vida al hombre directamente, fuera del marco institucional (54): no en
Jerusalén, sino en Galilea.
II
El evangelio de Juan nos insiste en el valor de los ‘signos’ para comprender mejor la acción
de Jesús. Pero, nuestra tendencia al ‘milagrerismo’ nos impide comprender todo el alcance de estos
gestos proféticos de Jesús. Si nos el evangelio nos relata que Jesús con su palabra sana al niño
enfermo, nosotros nos volcamos completamente en la espectacularidad del milagro y comenzamos a
soñarlo como si lo trasmitieran en la pantalla del televisor, pero ignoramos deliberadamente lo que
el texto nos dice: es el padre, un funcionario de Herodes, el beneficiario de la acción de Jesús. Y lo
más espectacular no es como el niño ‘abría los ojitos’, sino la respuesta de fe de este hombre que se
salta todos los prejuicios sociales y cree en la persona de Jesús. Este hombre que seguramente era
una persona notable, abandona todas sus exigencias y ‘se pone en camino’, en el difícil camino de
la fe en Jesús, pero no sólo él, sino que convida a toda su familia.
Jesús nos echa en cara un defecto terrible de nuestra religiosidad: no somos capaces de
comprender porque solamente creemos en lo que vemos. ‘Ver para creer’ dice el famoso adagio
popular. Pero, esto se puede convertir sólo en un prejuicio que nos impide ver en lo pequeño e
insignificante la magnífica obra de Dios.
Marzo - 20
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Martes 8 de marzo
EVANGELIO
Juan 5, 1-3. 5-16
5 1Algún tiempo después era fiesta de los Judíos y subió Jesús a Jerusalén.
2
Hay en Jerusalén, junto a la Puerta de las Ovejas, una piscina que en la lengua del país
llaman El Foso, con cinco pórticos; 3en ellos yacía una muchedumbre, los enfermos: ciegos,
tullidos, resecos.
5
Había un hombre allí que llevaba treinta y ocho años con su enfermedad. 6Viéndolo Jesús
echado y notando que llevaba mucho tiempo, le dijo:
-¿Quieres ponerte sano?
7
Le contestó el enfermo:
-Señor, no tengo un hombre que, cuando se agita el agua, me meta en la piscina; mientras
yo llego, otro baja antes que yo.
8
Le dice Jesús:
-Levántate, carga con tu camilla y echa a andar.
9ª
Inmediatamente se puso sano el hombre, cargó su camilla y echó a andar.
9b
Era aquél un día de precepto. 10Dijeron, pues, los dirigentes judíos al que había quedado
curado:
-Es día de precepto y no te está permitido cargar con tu camilla.
11
É1 replicó:
-El que me dio la salud fue quien me dijo: «Carga con tu camilla y echa a andar».
12
Le preguntaron:
-¿Quién es el hombre que te dijo: «Cárgatela y echa a andar»?
13
E1 que había sido curado no sabía quién era, pues, como había mucha gente en el lugar,
Jesús se había escabullido.
14
Algún tiempo después, Jesús fue a buscarlo en el templo y le dijo:
-Mira, has quedado sano. No peques más, no sea que te ocurra algo peor.
15
E1 hombre notificó a los dirigentes judíos que era Jesús quien le había dado la salud.
16
Precisamente por esto empezaron los dirigentes judíos a perseguir a Jesús, porque hacía
aquellas cosas en día de precepto.
COMENTARIOS
I
5,1-3a Algún tiempo después era fiesta de los Judíos y subió Jesús a Jerusalén. Hay en
Jerusalén, junto a la Puerta de las Ovejas, una piscina que en la lengua del país llaman El Foso,
con cinco pórticos; en ellos yacía una muchedumbre, los enfermos: ciegos, tullidos, resecos.
No se precisa de qué fiesta se trata, pero, como a la Pascua anterior (2,13), se la califica de
“fiesta de los judíos”. No es, por tanto, una fiesta del pueblo, sino una fiesta del sistema, dirigida
y controlada por los dirigentes. Jesús sube a Jerusalén por segunda vez.
El evangelista describe un ambiente. Aparece de nuevo el tema de las ovejas (la Puerta de
las Ovejas, por donde entraban los rebaños en la capital; cf. Neh 3,1.32), aludiendo a las que
Jesús echó fuera del templo (éxodo) (2,14s; cf. 10,1ss).
Se menciona una piscina que tiene cinco pórticos. Los pórticos relacionan a este lugar con
el templo (cf. 10,23), en cuyos pórticos se enseñaba la Ley; la mención del número cinco, aunque
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Marzo - 21
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responde a la realidad histórica (además de los cuatro que rodeaban la piscina, tenía uno que la
cruzaba por la mitad), era innecesaria para la narración; por eso, en paralelo con "los pórticos",
insinúa un sentido más allá del histórico, una alusión a los cinco libros de la Ley (el Pentateuco),
bajo cuya opresión vivía el pueblo.
Existe un contraste enorme entre la fiesta oficial y la muchedumbre que se describe: una
masa de gente enferma, sin fuerza ni actividad, tirada por el suelo. El término muchedumbre, que
denota una masa de gente mayor que "multitud", incluye a la gran mayoría del pueblo, como
contradistinto de los dirigentes. Son los excluidos de la fiesta (2Sm 5,8).
La muchedumbre enferma tiene tres características: está ciega por obra de la tiniebla, por
haber hecho suya la doctrina de la Ley que le impide conocer el amor de Dios y su proyecto sobre
el hombre; está tullida, privada de actividad de movimiento y de acción, reducida a la impotencia,
y reseca, sin vida; es un pueblo muerto (Ez 37,1-14).
En su primera visita a Jerusalén fue directamente al templo, ciudadela del régimen, para
denunciarlo; ahora, en cambio, va al lugar donde yacen las ovejas enfermas y derrengadas (cf.
Zac 10,2-3 LXX). La situación de esta muchedumbre explica la oposición de Jesús a la
institución religioso-política (cf. 2,13ss).
Los vv. 3b-4: "que aguardaban la agitación del agua, porque de vez en cuando el ángel del
Señor bajaba a la piscina y removía el agua; y entonces, el primero que entraba después de la
agitación del agua quedaba sano de cualquier enfermedad que tuviese", son una interpolación,
inexistente en los mejores códices y que contradice el sentido del pasaje.
5-7 Había un hombre allí que llevaba treinta y ocho años con su enfermedad. Viéndolo
Jesús echado y notando que llevaba mucho tiempo, le dijo: «¿Quieres ponerte sano?» Le
contestó el enfermo: «Señor, no tengo un hombre que, cuando se agita el agua, me meta en la
piscina; mientras yo llego, otro baja antes que yo».
El enfermo es un inválido que apenas puede moverse (v. 7) y representa a la entera
muchedumbre. Según Dt 2,4, fueron treinta y ocho años los que duró la generación que murió en
el desierto sin ver la tierra prometida; la mención de la misma cifra para indicar la duración de la
enfermedad del inválido significa que la muchedumbre representada por él va a morir sin
encontrar salvación. La enfermedad es suya, del hombre, es decir, él es responsable de ella por
haber aceptado la ideología del sistema, que apaga la vida (1,5).
No se afirma que Jesús vaya a la piscina ni que entre en su recinto; sólo se ha dicho que
subió a Jerusalén. Sin más explicación, se encuentra entre la muchedumbre de los enfermos. De
hecho, la piscina representa a la ciudad; la muchedumbre, a la masa marginada que existe en
Jerusalén.
Las señales de la larga enfermedad son visibles. Jesús se da cuenta de lo avanzado del mal
(notando que llevaba mucho tiempo) y le pregunta al hombre si desea la salud; implícitamente se
la ofrece. El enfermo responde con respeto (Señor). Se atribuían a la agitación del agua de la
piscina propiedades curativas, y el hombre se imagina que Jesús va a meterlo en el agua. El verbo
agitarse se usa en el NT sólo de personas y de multitudes; la agitación del agua representa así las
revueltas mesiánicas o agitaciones populares del tiempo, en las que el pueblo oprimido esperaba
vanamente encontrar remedio a sus males.
8-9a Le dice Jesús: «Levántate, carga con tu camilla y echa a andar». Inmediatamente se
puso sano el hombre, cargó con su camilla y echó a andar.
Jesús responde de otro modo a la expectación del enfermo-pueblo. No lo levanta él, le da
la capacidad de actuar por sí mismo, sin depender de otros (levántate), y lo incita a usar de su
libertad cargando con su camilla en día de fiesta, contra la prescripción legal. Lo hace dueño de
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Marzo - 22
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aquello de lo que dependía (la camilla). El hombre estaba postrado y privado de iniciativa propia:
ahora puede disponer de sí mismo, con plena libertad de acción (echa a andar).
La orden de Jesús se cumple inmediatamente y a la letra. Él no ha puesto ninguna
condición, solamente el deseo de la salud. Ni siquiera se ha dado a conocer al enfermo. No lo ha
llamado a ser discípulo, sencillamente lo ha hecho persona. Le deja plena libertad. Ya liberado,
debe encontrar su propia ruta.
9b-11 Era aquél un día de descanso. Dijeron, pues, los dirigentes judíos al que había
quedado curado: «Es día de descanso y no te está permitido cargar con tu camilla». Él replicó:
«El que me dio la salud fue quien me dijo: “Carga con tu camilla y echa a andar”».
Jesús no se ha preocupado del precepto del descanso; para él cuenta sólo el bien del
hombre en cualquier circunstancia. Para los dirigentes judíos, por el contrario, cuenta sólo la
observancia de la Ley y, en nombre de ella, recuerdan al hombre que está prohibido llevar la
camilla.
Según la doctrina de las escuelas, la observancia del precepto del descanso equivalía a la
de toda la Ley, y su violación o desprecio lo era de la Ley entera. Llevar la camilla a cuestas,
sabiendo que era día de precepto, significaba no reconocer la validez de Ley, considerarse libre
de sus obligaciones y no acatar la autoridad de los dirigentes, sus custodios e intérpretes.
Interpretada y controlada por los dirigentes, la Ley no tolera la libertad del hombre, y
quieren quitarle la que le ha dado Jesús, quien, sin dar valor al precepto, le ha dicho que cargue
con la camilla.
El hombre les contesta que no actúa así por propia iniciativa; ha sido otro quien, además
de darle la salud, le ha dicho que cargase con la camilla.
12-13 Le preguntaron: «¿Quién es el hombre que te dijo: “Cárgatela y echa a andar”?»
E1 que había sido curado no sabía quién era, pues, como había mucha gente en el lugar, Jesús
se había escabullido.
La réplica del hombre alarma a los dirigentes. Lo sucedido no se reduce a una violación
particular de la Ley cometida por un individuo poco religioso; hay algo peor: existe un individuo
que se arroga el derecho de eximir a otros de la Ley.
No se alegran de que el hombre haya recobrado la salud ni lo felicitan por ello; los
inquieta, en cambio, que alguien se atreva a dispensar de las obligaciones religiosas que ellos
imponen. No les preocupa la gente ni la miseria en que vive, pero sí su propia hegemonía. El
pasaje subraya la total despreocupación de los dirigentes por el pueblo.
El enfermo se ha fiado de un hombre (¿Quién es el hombre?) y ha recobrado su propia
humanidad. El que había perdido la esperanza de que alguien le ayudase (5,7), ha encontrado
ayuda en Jesús. Antes nadie le mostraba solidaridad, es decir, amor; la Ley no se lo había dado; al
contrario, utilizada por los dirigentes, lo impedía. Ahora, en Jesús, comienza a brillar para él el
amor fiel de Dios.
Jesús se había escabullido entre la multitud. No busca popularidad, sólo pretende dar vida.
Ha devuelto al hombre su fuerza, sin exigirle nada. El amor es don gratuito.
14-15 Algún tiempo después, Jesús fue a buscarlo en el templo y le dijo: «Mira, has
quedado sano. No peques más, no sea que te ocurra algo peor». E1 hombre notificó a los
dirigentes judíos que era Jesús quien le había dado la salud.
Ha pasado algún tiempo y Jesús se encuentra con el hombre a quien había liberado de su
enfermedad. El individuo está en el templo, que ha dejado de ser el lugar donde está Dios y de
donde Jesús quiere sacar al pueblo (2,15b). Mantenerse en el recinto del templo, significa
renunciar de nuevo a la libertad y aceptar la explotación.
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Marzo - 23
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El templo era la expresión simbólica más clara de la separación y el antagonismo entre el
espacio divino y el espacio humano, entre el tiempo de Dios y el tiempo del hombre, entre los
intereses de Dios y los del hombre. Los dirigentes se hacen fuertes en esta oposición entre lo
sagrado y lo profano, que les permite, en nombre de Dios, dominar al pueblo sin atender a sus
necesidades. De hecho, este templo está llamado a desaparecer (4,21); será sustituido por la
persona de Jesús (2,19).
Ahora bien, el hombre curado, que, siguiendo la recomendación de Jesús, había echado a
andar (5,9), se ha detenido; ha vuelto a someterse al dominio de la institución (en el templo). Ése
es su pecado: la renuncia voluntaria a la vida (1,29 el pecado del mundo), por la adhesión a una
ideología-tiniebla que impide la plenitud humana; eso era precisamente lo que causaba su
enfermedad y la de la muchedumbre de la piscina.
Jesús le advierte: si, después de haber descubierto la libertad, sigue profesándose adicto al
régimen injusto, puede sucederle algo peor; no ya la enfermedad, sino la muerte misma. No
fuerza, sin embargo, su decisión; Jesús no se impone al hombre ni lo domina.
Una vez que ha conocido a Jesús y ha recibido su aviso, el hombre se presenta ante los
dirigentes que le habían prohibido ser libre invocando el precepto. Ahora ha comprendido: el que
da la salud y la vida sustituye a la Ley de muerte; Jesús es la norma, en lugar del precepto. Por
boca de este hombre, el pueblo liberado atribuye su salvación a Jesús y da testimonio de ella ante
sus antiguos opresores.
16-18 Precisamente por esto empezaron los dirigentes judíos a perseguir a Jesús, porque
hacía aquellas cosas en día de descanso.
Comienza la persecución contra Jesús. Ante la oposición de los dirigentes judíos, que
invocan el precepto de la Ley como expresión de la voluntad divina, Jesús expone el fundamento
de su actividad liberadora, que ellos no aceptan: su obra se identifica con la de Dios creador, que
continúa trabajando para llevar al hombre a la plenitud de vida. El amor del Padre no descansa, su
actuación en bien del hombre no conoce pausa ni límite; y la actividad de Jesús está legitimada
por la del Padre; es más, la hace presente. Él actúa como el Padre y no reconoce leyes que limiten
su acción en favor de los hombres. Para Jesús, Dios, antes que legislador, es creador; antes que
Señor, es Padre.
En otras palabras: Dios no ha establecido en el mundo un orden cerrado e invariable, sino
que sigue abierta la tarea de la creación del mundo y del hombre. No se puede pretender que una
organización social se considere definitiva; hay que estar en perpetuo trabajo de eliminación de
todo obstáculo que en esa sociedad impida la plenitud humana. Mientras haya oprimidos y
hombres privados de libertad, no está realizado el designio creador. Esta concepción hace
derrumbarse el sistema cerrado creado por la Ley absolutizada, es decir, tenida por la
manifestación última e inmutable de la voluntad divina.
La actividad de Jesús, la del amor leal a la humanidad (1,14), es la misma de Dios y
encarna su voluntad y su designio. Esto implica que una doctrina religiosa que prescinde del bien
del hombre no viene de Dios, y las obligaciones que impone, tampoco.
Al llamar a Dios su propio Padre, Jesús afirma que Dios está con él y en contra de los que
se le oponen, que es el único representante de Dios. En consecuencia, la institución regida por sus
adversarios es ilegítima y se arroga falsamente autoridad divina. Entran en conflicto dos
intereses: uno, el del bien del hombre, promovido por Jesús; el otro, el del prestigio de la
institución religiosa. Los dirigentes no dudan ni por un momento: si Jesús se pone de parte del
pueblo y con eso amenaza su poder, ha de ser eliminado. No basta con reprimir su actividad,
deciden matarlo.
Se descubre la ignorancia de Dios que tienen los dirigentes, que acusan a Jesús de hacerse
igual a Dios, cuando el proyecto creador es precisamente que el hombre alcance la condición
divina (1,2).
Marzo - 24
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-
II
El profeta Ezequiel tuvo una visión maravillosa: un torrente de agua que vivificaba todo a su
paso, incluso las impotables aguas del Mar muerto. La comunidad cristiana vio esa promesa hecha
realidad en la persona de Jesús. Todos los relatos de milagros, parábolas y alegorías enfatizan ese
hecho sorprendente: un humilde hombre de Nazaret hace realidad todas las promesas de Dios. ¡En
él se encarna la Vida misma!
El evangelio, sin embargo, nos pone en guardia contra el efecto automático de la milagrería.
¡No todos los que reciben una sanación reciben un milagro! Porque el milagro no se produce en la
realidad exterior de la persona, sino en su conciencia, en lo que la Biblia con sabiduría denomina
‘corazón’. Y en el episodio de hoy ocurre lo contrario de ayer. El paralítico es incapaz de ponerse
en camino hacia Jesús, de reconocer la oferta de salvación que Dios le hace en la persona de Jesús.
Apenas descubre quién lo curó pone una denuncia ante las autoridades. Jesús previendo tal
respuesta le advierte ‘no peques más’, porque el pecado de este hombre paralizado en la piscina de
Betesda consiste en su incapacidad de tomar el camino de la conversión. Su cuerpo queda libre para
el movimiento, pero todo su ser queda paralizado por el temor a las autoridades.
Cuando pidamos un milagro, no pidamos cualquier prodigio, sino el milagro principal:
nuestra propia conversión. ¡Bebamos del agua viva que conduce a la liberación total de nuestro ser
y no de las aguas saladas que paralizan nuestro corazón!
Miércoles 9 de marzo
EVANGELIO
Juan 5, 17-30
17
Jesús les replicó:
-Mi Padre, hasta el presente, sigue trabajando y yo también trabajo.
18
Más aún, en vista de esto, los dirigentes judíos trataban de matarlo, ya que no sólo
suprimía el descanso de precepto, sino también llamaba a Dios su propio Padre, haciéndose él
mismo igual a Dios.
19
Reaccionó Jesús diciéndoles:
-Pues sí, os lo aseguro: Un hijo no puede hacer nada de por sí, tiene que vérselo hacer al
padre. Así, cualquier cosa que éste haga, también el hijo la hace igual, 20porque el padre quiere al
hijo y le enseña todo lo que él hace. Y le enseñará obras mayores que éstas, para vuestro asombro.
21
Así, igual que el Padre levanta a los muertos dándoles vida, también el Hijo da vida a los
que quiere; 22de hecho ni siquiera da el Padre sentencia contra nadie, sino que la sentencia la ha
delegado toda en el Hijo, 23para que todos honren al Hijo como lo honran a él. Negarse a honrar al
Hijo significa negarse a honrar al Padre que lo envió.
24
Sí, os aseguro que quien escuche mi mensaje, y así da fe al que me envió, posee vida
definitiva y no está sujeto a juicio: ya ha pasado de la muerte a la vida.
25
Sí, os aseguro que se acerca la hora, o, mejor dicho, ha llegado, en que los muertos van a
oír la voz del Hijo de Dios, y los que la escuchen tendrán vida. 26Porque lo mismo que el Padre
dispone de la vida, así también ha concedido al Hijo disponer de la vida 27y, además, le ha dado
autoridad para pronunciar sentencia, porque es hombre.
Marzo - 25
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28
No os asombre esto, porque se acerca la hora en que van a oír su voz los que están en el
sepulcro, 29y saldrán: los que practicaron el bien, para comparecer y tener vida; los que obraron
con bajeza, para comparecer y recibir sentencia.
30
Yo no puedo hacer nada de por mí; doy sentencia según lo que aprendo, y esa sentencia es
justa, porque no persigo un designio mío, sino el designio del que me envió.
COMENTARIOS
I
v. 17-18. Jesús les replicó: «Mi Padre, hasta el presente, sigue trabajando y yo también
trabajo». Más aún, en vista de esto, los dirigentes judíos trataban de matarlo, ya que no sólo
suprimía el descanso de precepto, sino también llamaba a Dios su propio Padre, haciéndose él
mismo igual a Dios.
Comienza la persecución contra Jesús. Ante la oposición de los dirigentes judíos, que
invocan el precepto de la Ley como expresión de la voluntad divina, Jesús expone el fundamento
de su actividad liberadora, que ellos no aceptan: su obra se identifica con la de Dios creador, que
continúa trabajando para llevar al hombre a la plenitud de vida. El amor del Padre no descansa, su
actuación en bien del hombre no conoce pausa ni límite; y la actividad de Jesús está legitimada
por la del Padre; es más, la hace presente. Él actúa como el Padre y no reconoce leyes que limiten
su acción en favor de los hombres. Para Jesús, Dios, antes que legislador, es creador; antes que
Señor, es Padre.
En otras palabras: Dios no ha establecido en el mundo un orden cerrado e invariable, sino
que sigue abierta la tarea de la creación del mundo y del hombre. No se puede pretender que una
organización social se considere definitiva; hay que estar en perpetuo trabajo de eliminación de
todo obstáculo que en esa sociedad impida la plenitud humana. Mientras haya oprimidos y
hombres privados de libertad, no está realizado el designio creador. Esta concepción hace
derrumbarse el sistema cerrado creado por la Ley absolutizada, es decir, tenida por la
manifestación última e inmutable de la voluntad divina.
La actividad de Jesús, la del amor leal a la humanidad (1,14), es la misma de Dios y
encarna su voluntad y su designio. Esto implica que una doctrina religiosa que prescinde del bien
del hombre no viene de Dios, y las obligaciones que impone, tampoco.
Al llamar a Dios su propio Padre, Jesús afirma que Dios está con él y en contra de los que
se le oponen, que es el único representante de Dios. En consecuencia, la institución regida por sus
adversarios es ilegítima y se arroga falsamente autoridad divina. Entran en conflicto dos
intereses: uno, el del bien del hombre, promovido por Jesús; el otro, el del prestigio de la
institución religiosa. Los dirigentes no dudan ni por un momento: si Jesús se pone de parte del
pueblo y con eso amenaza su poder, ha de ser eliminado. No basta con reprimir su actividad,
deciden matarlo.
Se descubre la ignorancia de Dios que tienen los dirigentes, que acusan a Jesús de hacerse
igual a Dios, cuando el proyecto creador es precisamente que el hombre alcance la condición
divina (1,2).
Ante la oposición de los dirigentes judíos, que invocan la Ley como expresión de la
voluntad divina, expone Jesús el fundamento de su actividad liberadora: su obra se identifica con
la de Dios creador, que continúa trabajando a favor del hombre, para llevarlo a la plenitud de
vida.
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Marzo - 26
-
El designio de Dios sobre el hombre se manifiesta en Jesús y en su actividad en favor de
los seres humanos, y sustituye todos los antiguos códigos de moralidad o de conducta. Estar con
Jesús es estar con Dios; estar contra él es estar contra Dios.
19-20 Reaccionó Jesús diciéndoles: «Pues sí, os lo aseguro: Un hijo no puede hacer nada
de por sí, tiene que vérselo hacer al padre. Así, cualquier cosa que éste haga, también el hijo la
hace igual, porque el padre quiere al hijo y le enseña todo lo que él hace. Y le enseñará obras
mayores que éstas, para vuestro asombro.
Jesús responde con fuerza (Pues sí, os lo aseguro). Toma pie de un hecho de experiencia,
el del padre que enseña al hijo su oficio; el padre lo hace por cariño (porque el padre quiere al
hijo) y no tiene secretos para el hijo (le enseña todo lo que él hace). El Padre no manifiesta al
Hijo verdades arcanas, sino su forma de "trabajar". Jesús no se basa la Ley para distinguir entre lo
bueno y lo malo, entre lo que ha de hacerse o evitarse, sino en otra comprensión de Dios. Para él,
Dios no es en primera instancia el Señor, el legislador, sino el Padre, el dador de vida, que se
vuelca para procurar la plenitud de vida del ser humano. Lo que el Padre hace, es para Jesús la
norma del bien. Pero aún no han visto ellos todo lo que el Padre puede enseñar a Jesús. No todo
está dicho ni hecho; en la creación abierta hay que esperar novedad.
Con esta comparación afirma Jesús la identidad de su acción con la del Padre; su obra es
la obra creadora aprendida de él. Recalca la legitimidad de su postura. La controversia ya no gira
en torno al episodio particular del inválido; se oponen ahora la Ley mosaica, representada por el
precepto del descanso (v. 18) que prohíbe la actividad, y la persona de Jesús, que con su actividad
se coloca por encima de la Ley. Es decir, Jesús no admite norma exterior que limite su acción y
afirma que ellos no son quién para juzgarla, pues se trata de la actividad de Dios mismo.
A continuación va a exponerles cuál es la actividad que ha aprendido de Dios.
21 Así, igual que el Padre levanta a los muertos dándoles vida, también el Hijo da vida a
los que quiere».
Jesús acaba de levantar a un inválido (5,8); está dando vida a un pueblo muerto (cf. Ez
37,11s). Ésa es la actividad de Dios respecto del hombre (1,4) y lo mismo la de Jesús. Se abre así
un horizonte para la humanidad maltrecha.
La frase a los que quiere no expresa discriminación, pues en Jesús Dios ofrece la vida a
todos (3,16), sino absoluta libertad de Jesús para obrar; nadie puede impedir su actividad, como
han intentado hacerlo los dirigentes.
22-23 «De hecho, ni siquiera da el Padre sentencia contra nadie, sino que la sentencia la
ha delegado toda en el Hijo, para que todos honren al Hijo como lo honran a él. Negarse a
honrar al Hijo significa negarse a honrar al Padre que lo envió.
El Padre no da sentencia contra nadie, porque el criterio que decide la suerte del hombre
no es estar en pro o en contra del Padre invisible, sino del Hijo, que lo hace presente en la historia
humana (la ha delegado toda en el Hijo). La norma visible es Jesús mismo: lo que está de
acuerdo con él y su actividad, está de acuerdo con Dios y queda considerado bueno; lo que a él se
oponga, está contra Dios y es condenado como malo.
Pero esa norma o criterio no se expresa, como en el caso de la Ley, en un precepto
negativo: "no está permitido" (5,10), sino en una actividad vivificante (v. 21). De hecho, ese
mandamiento vivo, que es Jesús, urge la realización del proyecto creador de Dios sobre el
hombre, la plenitud de vida. Quien lo acepta, está con Dios; quien lo rechaza, está contra Dios.
Por otra parte, no se trata de una sentencia que se dará en el futuro, ese juicio se está
celebrando ya (3,18). La presencia de Jesús provoca una distinción y separación clara entre los
que están a favor o en contra del hombre y de la plenitud humana o, lo que es lo mismo, entre los
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Marzo - 27
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que han optado por la vida o por la muerte; éstos últimos, con su opción, pronuncian su propia
sentencia.
El Padre quiere que todos honren al Hijo como a él, lo pone a su nivel. No es, por tanto,
Dios una instancia superior a quien se pueda apelar contra Jesús. No existen tampoco códigos de
moralidad o de conducta que puedan pretender autoridad divina aparte de Jesús; no se puede
apelar contra él en nombre de la Ley. Jesús mismo, expresión plena y total del proyecto de Dios,
es el criterio: su persona y actividad disciernen entre bien y mal.
24 Sí, os aseguro que quien escucha mi mensaje, y así da fe al que me envió, posee vida
definitiva y no está sujeto a juicio: ya ha pasado de la muerte a la vida».
Segunda declaración solemne. Jesús acaba de exponer la identidad de su acción con la del
Padre y la existencia de un único criterio de bien y de mal. Ahora invita a hacer suyas sus
palabras; su manera de actuar se convierte en mensaje destinado a todos. Su enunciado es
tajante: quien hace caso de ese mensaje, el de trabajar en favor de la humanidad, reconoce que
Dios es veraz y posee ya vida definitiva. La frase Haber pasado de la muerte a la vida a la vida"
expresa el éxodo de Jesús, que hace salir a los hombres del dominio de la tiniebla, y significa que
para ese individuo no hay juicio ni sentencia (cf. 3,18).
25-27 Sí, os aseguro que se acerca la hora, o, mejor dicho, ha llegado, en que los muertos
van a oír la voz del Hijo de Dios, y los que la escuchen tendrán vida. Porque lo mismo que el
Padre dispone de la vida, así también ha concedido al Hijo disponer de la vida y, además, le ha
dado autoridad para pronunciar sentencia, porque es hombre.
Tercera declaración solemne, que aplica el tema anterior. La vida que Jesús anuncia para
el hombre empieza a ser realidad (la hora... ha llegado). La humanidad vive en la zona de la
muerte (la tiniebla), pero esos muertos en vida (alusión a 5,3: la muchedumbre de la piscina), van
a oír la voz del Hijo de Dios, que los invita a aceptar su mensaje (v. 24) para tener la vida que él
da.
Como el Padre, Jesús posee la vida y dispone libremente de ella; pero no son dos
actividades independientes; la del Padre se manifiesta en la de Jesús. Por otra parte, insiste Jesús
en que la exclusión de la vida, que es la sentencia, está en manos del Hijo.
Es decir, la comunicación de vida al ser humano presupone una opción personal de éste, y
el punto de referencia de esa opción, afirma Jesús, es él mismo, pero no por ser Hijo de Dios, sino
simplemente por ser hombre. En consecuencia, es la actitud ante el ser humano la que va a
decidir la suerte de cada uno: ella produce la sentencia. No hay situación ante Dios que no
dependa de la opción ante el hombre; la norma que juzga es el bien del hombre; el juicio es la
confrontación con el hombre.
La sentencia, por tanto, no se da por iniciativa de Jesús. Lo que ocurre es que su presencia
y actividad provocan rechazo (3,19) en los que están en contra de la vida y, con ello, se condenan
ellos mismos a la muerte. Jesús sólo ratifica la decisión del hombre: quien se opone a la vida no
puede recibirla.
28-29 No os asombre esto, porque se acerca la hora en que van a oír su voz los que están
en el sepulcro, y saldrán: los que practicaron el bien, para comparecer y tener vida; los que
obraron con bajeza, para comparecer y recibir sentencia.
Los dirigentes no deben extrañarse de lo que Jesús afirma. El criterio de juicio que él
representa vale también para el pasado, porque corresponde al proyecto que presidió la creación.
De ahí que también los ya físicamente muertos (los que están en el sepulcro, por oposición a v.
25, los muertos en vida) sean juzgados por la misma norma: es la opción en favor o en contra del
ser humano la que decide el destino de los hombres de toda época.
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Esa hora va a llegar, pero aún no está presente (en oposición a v. 25). En efecto, "la hora"
se refiere a la muerte de Jesús. La hora ya presente (4,23; 5,24) sólo anticipa lo que va a tener
realidad definitiva en aquel día. Será entonces cuando comience realmente la nueva época de la
humanidad.
Jesús afirma que la vida que Dios da al que opta por ella no está limitada por la muerte; el
sepulcro no va a impedir su continuación. La muerte no iguala a los hombres, tampoco a los del
pasado. Quien haya practicado el bien (3,21: la lealtad - el amor fiel) no tendrá una muerte
definitiva; se levantará para seguir viviendo. Quien haya practicado el mal quedará
definitivamente excluido de la vida. No se opone una vida feliz a otra desgraciada, sino vida
definitiva a muerte definitiva (cf. Dn 12,2). Cada ser humano, con su conducta hacia sus
semejantes, lleva al éxito o al fracaso el proyecto de Dios sobre él.
30 Yo no puedo hacer nada de por mí; doy sentencia según lo que oigo, y esa sentencia es
justa, porque no persigo un designio mío, sino el designio del que me envió.
Jesús no actúa arbitrariamente. Su sentencia se basa en el testimonio sobre el modo de
obrar de las personas (lo que oigo) y es necesariamente justa, pues él no busca su propio interés
ni llevar adelante un proyecto propio; su único criterio es el designio del Padre, que es el bien del
hombre.
II
Jesús percibía su propia acción como una continuación de la obra de Dios. La creación mas
que una curiosa metáfora sobre el origen del mundo es una buena enseñanza sobre lo que Dios
quiere de este mundo. El creador hace pasar el ingente caos a un maravilloso universo, la tiniebla la
convierte en luz, la muerte en vida. Y eso es lo que hace Jesús, convertir el maléfico orden de la
destructividad humana en un camino de plenitud en redención. Rescata a los oprimidos por el
demonio de la exclusión y la marginación. Conduce a la vida a todos aquellos que han perdido la
esperanza. Y todo lo hace con la fuerza de su palabra, en la que coloca toda la potencia de su ser.
Jesús no cuenta con multinacionales que financien sus obras ni con ingentes ingresos. Todo lo hace
con la misericordia de Dios y el apoyo de personas solidarias.
Jesús nos llama para que, apenas escuchemos la voz de la vida, salgamos del sepulcro de
nuestro egoísmo y del estrés de nuestras neurosis. La angustia que nos invade cada día es la
manifestación patente de que el sistema de muerte que produce odio y violencia, comienza a
apoderarse de lo más íntimo de nuestro ser. Pero, no estamos a merced de las inclemencias de los
mecanismos sociales, sino que podemos romper todos los círculos viciosos si escuchamos la voz del
señor que nos llama a una ‘resurrección de vida’.
Jueves 10 de marzo
EVANGELIO
Juan 5, 31-47
31
Si yo fuera testigo en causa propia, mi testimonio no sería válido. 32Otro es el testigo en
mi causa, y me consta que es válido el testimonio que da sobre mí.
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33
Vosotros enviasteis a interrogar a Juan, y él dejó testimonio en favor de la verdad .34No es
que yo acepte el testimonio de un hombre; lo digo, sin embargo, para que os salvéis vosotros.
35
É1 era la lámpara encendida que brillaba, y vosotros quisisteis por un tiempo disfrutar de
36
su luz. Pero el testimonio en que yo me apoyo vale más que el de Juan, pues las obras que el
Padre me ha encargado llevar a término, esas obras que estoy haciendo, me acreditan como
enviado del Padre; 37y así el Padre que me envió va dejando él mismo un testimonio en mi favor.
Nunca habéis escuchado su voz ni visto su figura, 38y tampoco conserváis su mensaje entre
vosotros; la prueba es que no dais fe a su enviado.
Vosotros estudiáis las Escrituras pensando encontrar en ellas vida definitiva; son ellas las
que dan testimonio en mi favor, 40y, sin embargo, no queréis acercaros a mí para tener vida.
41
Gloria humana, no la acepto; 42pero sé muy bien que vosotros no tenéis el amor de Dios.
43
yo he venido en nombre de mi Padre, y no me aceptáis; si otro viniese en su propio nombre, a ése
lo aceptaríais. 44¿Cómo os va a ser posible creer a vosotros, que aceptáis gloria unos de otros y no
buscáis la gloria que se recibe de Dios solo?
45
No penséis que os voy a acusar yo ante el Padre; vuestro acusador es Moisés, en quien
tenéis puesta vuestra esperanza. 46Porque si creyerais a Moisés, me creeríais a mí, dado que de mí
escribió el. 47Pero si no dais fe a sus escritos, ¿cómo vais a dar fe a mis palabras?
COMENTARIOS
I
La situación se concibe figuradamente como un litigio en que Jesús, frente a un adversario,
tiene que probar la validez de su causa (v. 31). Jesús ha declarado que su actitud en favor del
hombre es la única norma de conducta establecida por Dios, el único criterio para distinguir entre
bien y mal. El adversario implícito es, pues, la Ley, que, según la opinión de todos, tenía a su favor
el testimonio de Dios.
Toca, pues, a Jesús aducir testimonios que corroboren su pretensión. Como lo que se discute
es quién goza de autoridad divina -Jesús o la Ley- sólo Dios mismo puede dirimir la cuestión; por
eso Jesús no acepta testimonios humanos, ni siquiera el de Juan (32-34).
El argumento único y decisivo de su misión divina es su propia actividad; Jesús no emplea
dialéctica, aduce obras (5,17). Dios da testimonio en favor de Jesús a través de las obras que éste
realiza. Quien conciba a Dios como dador de vida (Padre) tiene que concluir que las obras de Jesús,
que efectúan el bien concreto del hombre comunicándole vida, son de Dios (Is 1,17; 58,6s; 61,1; Jr
21,11s; 22,15s; Ex 34,2-4; Sal 72,4.12-14).
Jesús ataca a los dirigentes, pretendidos depositarios de la auténtica tradición, que se han
endurecido desde antiguo ("nunca"): han desobedecido a Dios, no han conservado su alianza y han
dejado perder el mensaje de justicia / amor que ésta pretendía comunicar y que había sido renovado
por los profetas. Se encuentran aquí dos concepciones opuestas de Dios: el Padre, que ama al
hombre y lo muestra dándole vida y libertad; el Dios de los dirigentes, el Soberano que impone un
orden jurídico prescindiendo del bien concreto del hombre (vv. 37b-38).
El papel de la antigua Escritura, de la cual es parte la Ley que ellos han absolutizado, es ser
promesa y anuncio de la realidad que se verifica en Jesús. Considerarlas como fuente de vida en sí
mismas, suprimiendo su relación esencial al futuro, impide comprender su verdadero sentido (vv.
39-40).
Hay una segunda invectiva: los dirigentes buscan su riqueza y prestigio (gloria humana), y
esto los hace explotadores; no buscan el amor (gloria que viene de Dios). Los que se dicen
representantes de Dios carecen de la única credencial que les permitirá afirmarlo (vv. 41-42).
Aceptarían a uno que fuese como ellos (v. 43). Quienes no conocen el amor al hombre no pueden
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dar la adhesión a Jesús (v. 44). Moisés, realizador del éxodo, adquiere su pleno significado como
figura que anunciaba la actividad liberadora de Jesús (vv. 45-47).
II
El evangelio nos habla hoy del peligro que encierra la interpretación fundamentalista de la
Biblia. Los que conocieron a Jesús no estaban obligados a creer en él, a escuchar sus palabras o a
ser sus discípulos, pero si estaban obligados a dar honor a la verdad porque se proclamaban
creyentes en las Sagradas Escrituras. Las ‘obras’ que Jesús realizaba daban testimonio de que él
estaba de parte de Dios, sin embargo, sus detractores cerraban sus ojos ante esto y buscaban
solamente su eliminación. Los opositores de Jesús no eran malos en sí mismos, sino que hacían
falsas opciones de fe y se negaban a aceptar la evidencia. No necesitaban hacerse parte de la
comunidad cristiana, sino ponerse de parte del bien y la justicia. Sin embargo, se negaron a hacer
esta opción válida apoyándose en lo que ellos consideraban decía la ‘Biblia’. Dios creo el libro de la
Biblia para ayudar a interpretar el libro de la vida, pero ellos convirtieron la escritura en excusa para
no leer la vida.
En muchos grupos cristianos ocurre algo similar. Se hace una selección de textos bíblicos
sin criterio ni contexto y se impone esta lectura parcial como la única. Pero, el testimonio de la
misma Escritura los contradice y sus propias acciones los condenan. Quieren una religión de
‘hombres buenos’, pero crean una horda de fanáticos dispuestos a arrancarle la cabeza al que les
diga lo contrario. Quieren leer la Biblia como Jesús, pero sólo le imponen los prejuicios de sus
propias costumbres al texto. Pongámonos una mano en el corazón y examinemos nuestras
palabras...
Viernes 11 de marzo
EVANGELIO
Juan 7, 1-2. 10. 25-30
7 1Después de esto andaba Jesús por Galilea; no quería andar por Judea porque los
dirigentes judíos trataban de matarlo. 2Se acercaba la gran fiesta de los judíos, la de las chozas.
10
Después que subió su gente a la fiesta, entonces subió él también, no de modo manifiesto,
sino clandestinamente.
25
Unos vecinos de Jerusalén comentaban:
-¿No es éste al que tratan de matar? 26Pues miradlo, habla públicamente y no le dicen nada.
¿Será que los jefes se han convencido de que es éste el Mesías? 27Pero éste sabemos de dónde
procede, mientras, cuando llegue el Mesías, nadie sabrá de dónde procede.
28
Gritó entonces Jesús, mientras enseñaba en el templo:
-¿Conque sabéis quién soy y sabéis de dónde procedo? Y, sin embargo, no he venido por
decisión propia, sino que hay realmente uno que me ha enviado, aunque vosotros no sabéis quién
es. 29Yo sí sé quién es, porque procedo de él y él me ha enviado.
30
Intentaron entonces prenderlo, pero nadie le puso la mano encima, porque todavía no
había llegado su hora.
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COMENTARIOS
I
7,1-2 Después de esto andaba Jesús por Galilea; no quería andar por Judea porque los
dirigentes judíos trataban de matarlo. Se acercaba la gran fiesta de los Judíos, la de las Chozas.
Los dirigentes de Jerusalén no perdonan a Jesús su actuación en favor de los oprimidos
(cf. 5,16); siguen considerándolo un peligro para su sociedad y buscan darle muerte, idea que
habían concebido a raíz de la curación del inválido-pueblo (5,18). Toda la provincia del sur
(Judea), donde los sumos sacerdotes tienen jurisdicción, es territorio peligroso para Jesús. Por el
momento, él se mantiene a distancia, no se expone innecesariamente.
La fiesta de las Chozas, que caía al principio del otoño, era la más popular del año
litúrgico y la ocasión en que acudían más peregrinos a la capital. Tenía marcado carácter
mesiánico (cf. Zac 14,16.19; 9,9; 12,10; 13,1; 14,8) y excitaba la esperanza del futuro reinado de
Dios y de la liberación del pueblo. Las festividades duraban siete días. Como las que han
aparecido anteriormente, era una fiesta de los dirigentes (los Judíos), es decir, estaba
instrumentalizada por ellos.
10 Después que subieron sus hermanos a la fiesta, entonces subió él también, no de modo
manifiesto, sino clandestinamente.
Jesús no subirá al templo hasta ya mediadas las festividades, y no será como peregrino,
para participar en las celebraciones, sino para enseñar. No va a buscar el conflicto, pero su
presencia y sus declaraciones lo provocarán, hasta el punto de que intentarán apedrearlo (8,59).
25-27 Unos vecinos de Jerusalén comentaban: «¿No es éste el que tratan de matar? Pues
miradlo, habla públicamente y no le dicen nada. ¿Será que los jefes se han convencido de que es
éste el Mesías? Pero éste sabemos de dónde procede, mientras, cuando llegue el Mesías, nadie
sabrá de dónde procede».
Los vecinos de Jerusalén están al corriente de la intención de los jefes. Expresan su
extrañeza porque no ven cómo pueden conciliarse dos hechos: por una parte, quieren matar a
Jesús; por otra, lo dejan hablar en público en el templo mismo, sin tomar medidas. Se preguntan
si habrán cambiado de parecer y lo habrán reconocido por Mesías.
Ellos mismos, sin embargo, basándose en las ideas del tiempo sobre la llegada del Mesías,
descartan esa posibilidad. Se pensaba que el Mesías procedería de la casa de David y nacería en
Belén, pero que, antes de su manifestación triunfante, nadie, ni él mismo, sabría que había sido
elegido Mesías. Además, debería aparecer en público súbitamente, sin que se supiera de dónde
venía. Jesús, en cambio, va y viene de Galilea, es una persona conocida. Sus venidas a Jerusalén
no podían estar en relación con la del Mesías, cuya llegada tendría lugar por sorpresa y
ocasionaría un cambio inmediato y definitivo.
28-29 Gritó entonces Jesús, mientras enseñaba en el templo: «¿Conque sabéis quién soy
y sabéis de dónde procedo? Y, sin embargo, no he venido por decisión propia, sino que hay
realmente uno que me ha enviado, aunque vosotros no sabéis quién es. Yo sí sé quién es, porque
procedo de él y él me ha enviado».
Jesús estaba enseñando. Su grito recuerda el de la Sabiduría (Prov 1,21s: "[ella] grita en lo
más ruidoso de la ciudad...: «¿Hasta cuándo, inexpertos, amaréis la inexperiencia..., y vosotros,
necios, odiaréis el saber?»). El evangelista presenta la actividad docente de Jesús como la de la
Sabiduría de Dios.
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Ante aquellas creencias fantásticas que, tenidas por verdades indiscutibles, impedían a la
gente reconocerlo por Mesías, Jesús reacciona enérgicamente para refutarlas. Esas creencias
pretenden dictar a Dios cómo tiene que actuar, le planean el futuro; su acción tendrá que
acomodarse a ellas o no se reconocerá por suya.
Jesús las rebate cambiando el planteamiento de la cuestión: el verdadero Mesías no ha de
ser reconocido por su lugar de procedencia, como ellos piensan; su autenticidad depende
solamente de que sea enviado por Dios (no he venido por decisión propia), como lo ha demostrado Jesús con sus obras (5,36). El Mesías liberador ha de reconocerse porque da libertad al
oprimido (5,36-37; 7,18). Si ellos no lo reconocen es por haber subordinado el plan y la acción de
Dios a sus propios prejuicios. Ellos no conocen a Dios, se lo impide la ideología religiosa (2,6;
5,38), que les oculta el amor de Dios por el hombre. Jesús sí lo conoce, porque procede de él
(1,18.32; 3,31) y ése es el fundamento de su misión y actividad (6,57).
30-31 Intentaron entonces prenderlo, pero nadie le puso la mano encima, porque todavía
no había llegado su hora. Entre la multitud, sin embargo, muchos le dieron su adhesión y decían:
«Cuando venga el Mesías, ¿va a realizar más señales de las que éste ha realizado?»
La declaración de Jesús, que ha invalidado el modo corriente de concebir al Mesías y ha
acusado a los que lo profesan de no conocer a Dios, provoca una doble reacción. Una parte de los
oyentes intenta prenderlo; no toleran que sus convicciones sean puestas en tela de juicio; quieren
por Mesías al triunfador de aparición misteriosa y victoria inmediata. Pero no consiguen echarle
mano, pues Jesús dará su vida voluntariamente, cuando llegue su momento; ninguno se la quitará
por la fuerza (aún no había llegado su hora).
Sin embargo, gran parte de la multitud que escucha queda convencida por sus palabras y
se pone de su parte. Lo reconocen por Mesías y le dan su adhesión. Jesús les ha abierto los ojos:
dejan las teorías para fijarse en los hechos, superando los prejuicios. El Mesías no se reconoce
por referencia al pasado o al futuro, sino al presente: si de él se esperaba una liberación, Jesús ha
mostrado ser el liberador del pueblo oprimido.
Como al principio (v. 12), la multitud está dividida respecto a Jesús. Sus declaraciones
han llevado las actitudes iniciales a sus últimas consecuencias: los que lo consideraban
heterodoxo (v. 12b), han intentado ahora prenderlo; los que lo juzgaban según la bondad de sus
obras (v. 7,12a), le han dado su adhesión como Mesías.
II
Uno de los mayores obstáculos de todos los lideres comunitarios es, por lo general, la propia
vecindad. Nadie está dispuesto a ver en su vecino la persona que puede orientarlo, ayudarlo o darle
una mano. Mucho menos, la persona que se ponga al frente de las propias organizaciones. Todos
esperan al Mesías que viene de afuera, aunque no se sepa con exactitud de dónde. Lo mismo le
ocurrió a Jesús. Las autoridades los buscan, pero no para pedirle consejo, sino para matarlo.
Consideran que ese hijo de vecina no está a la altura de ellos y que, por supuesto, no los puede
cuestionar. Su simple origen popular lo hace reo de muerte. Sin embargo, Jesús no teme hablar
abiertamente, decir lo que el piensa, confrontar lo que hacen sus paisanos con la voluntad de Dios.
Jesús viene y va. A veces a escondidas, otras al descubierto; pero siempre con la certeza de que su
acción continúa la obra creadora de Dios. No teme que sus coterráneos le digan: ‘este sabemos de
dónde viene, pero el Mesías no se sabe de dónde vendrá’, porque él es consciente que viene de
Dios, aunque su familia haya vivido siempre en un remoto pueblo de Galilea.
Los lideres comunitarios están ante el mismo desafío, pero tienen al frente la figura y el
talante de Jesús. ¡Ánimo!
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Sábado 12 de marzo
EVANGELIO
Juan 7, 40-53
40
A1 oír estas palabras, algunos de la multitud decían:
-Ciertamente éste es el Profeta.
41
Decían otros:
-Este es el Mesías.
Pero aquéllos replicaban:
-¿Es que el Mesías va a venir de Galilea? 42¿No dice aquel pasaje que el Mesías vendrá del
linaje de David, y de Belén, el pueblo de David?
43
Se produjo división entre la gente a propósito de él.
44
Algunos de ellos querían prenderlo, pero nadie le puso las manos encima.
45
Volvieron entonces los guardias adonde estaban los sumos sacerdotes y fariseos y estos
les preguntaron:
-¿Se puede saber por qué no lo habéis traído?
46
Replicaron los guardias:
-Nunca hombre alguno ha hablado así.
47
Les replicaron los fariseos:
-¿Es que también vosotros os habéis dejado engañar? 48¿Es que alguno de los jefes le ha
dado su adhesión o alguno de los fariseos? 49En cambio, esa plebe que no conoce la Ley está
maldita.
50
Los interpeló Nicodemo, el que había ido a verlo al principio, y que era uno de ellos:
51
-¿Es que nuestra Ley condena a un hombre sin antes escucharlo y averiguar lo que hace?
52
Le replicaron:
-¿Es que también tú eres de Galilea? Estudia y verás que de Galilea no salen profetas.
COMENTARIOS
I
40-44 A1 oír estas palabras, algunos de la multitud decían: «Ciertamente éste es el
Profeta». Decían otros: «Éste es el Mesías». Pero aquéllos replicaban: «¿Es que el Mesías va a
venir de Galilea? ¿No dice aquel pasaje que el Mesías vendrá del linaje de David, y de Belén, el
pueblo de David?» Se produjo división entre la gente a propósito de él. Algunos de ellos querían
prenderlo, pero nadie le puso las manos encima.
Las palabras de Jesús provocan una división de opiniones en el pueblo. Unos, como antes
en Galilea (6,14), reconocen en él al Profeta igual a Moisés, según Dt 18,15-18; es decir, no ven
la novedad de Jesús; no han entendido su declaración. Otros, en cambio, lo ven como Mesías; han
comprendido las alusiones contenidas en ella.
Los que lo han identificado con el Profeta, proponen, sin embargo, su objeción. Ellos
saben que Jesús viene de Galilea y que allí ha residido. No encuentran manera de combinar este
dato con las profecías que anunciaban un Mesías del linaje de David (2Sm 7,12; Sal 89,4-5; Is
11,1ss) y que nacería en Belén, la ciudad de David (Miq 5,1-2). El evangelista, por su parte, no da
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Marzo - 34
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importancia al origen humano de Jesús; de hecho, no pone respuesta alguna en boca de Jesús
mismo; para él, lo único importante es la misión divina (7,25ss). Al Mesías no se le reconoce por
referencias al pasado, sino, sobre todo, por el presente; es su manera de obrar lo que lo revela
como enviado de Dios.
Hay todavía un tercer grupo, decididamente hostil a Jesús, que ya anteriormente había
intentado echarle mano (7,30). Éstos han entendido su declaración y no pueden soportar que se
declare Mesías. Son, por tanto, los que defienden el templo y la Ley, cuya sustitución ha
anunciado Jesús.
45-49 Volvieron entonces los guardias adonde estaban los sumos sacerdotes y fariseos, y
éstos les preguntaron: «¿Se puede saber por qué no lo habéis traído?» Replicaron los guardias:
«Nunca hombre alguno ha hablado así». Les replicaron los fariseos: «¿Es que también vosotros
os habéis dejado engañar? ¿Es que alguno de los jefes le ha dado su adhesión ó alguno de los
fariseos? En cambio, esa plebe que no conoce la Ley está maldita».
La vuelta de los guardias con las manos vacías provoca la indignación de los sumos
sacerdotes y fariseos. La réplica de los guardias es elocuente: han quedado tan impresionados del
modo como habla Jesús, que no se han atrevido a detenerlo.
Son los fariseos los que más se exasperan. Para ellos, quien se les opone es un impostor, y
el que se deja convencer por Jesús, se deja engañar. Al decir también vosotros, aluden a los
muchos que habían reconocido a Jesús por Mesías (v. 41).
Según los fariseos, la opinión oficial es normativa para todos; los individuos no tienen
derecho a formarse un juicio (cf. 7,l3.26). Manifiestan su desprecio por la multitud ignorante,
maldita porque no conoce la Ley y no puede practicarla. Para ellos, sólo quienes estudian pueden
estar a bien con Dios; han hecho una religión de élite. Por eso, han de ser ellos, los entendidos,
quienes enseñen lo que Dios exige y requiere para asegurar su benevolencia. Así tienen en su
mano el poder religioso y el dominio sobre la masa, que carece de opinión personal.
Contraste entre los fariseos y Jesús. Éste ha curado y liberado al inválido-pueblo (5,8), ha
repartido el pan a la multitud en Galilea (6,11), mostrándoles un Dios que ama al hombre; ha
invitado a todos sin distinción a acercarse para recibir el Espíritu (vv. 37-39), sin más condición
que reconocer su necesidad y dar la adhesión a su persona. Los fariseos, en cambio, han cavado
un abismo entre ellos mismos y el pueblo; se colocan por encima de la multitud y afirman su
propia superioridad. Se sienten seguros en la Ley, que es su dominio y su sabiduría; confunden el
conocimiento de la Ley con el conocimiento de Dios. Mientras están orgullosos de su fidelidad a
Dios, están muy lejos de él, por despreciar al pueblo y no preocuparse por su bien. Es el amor a lo
seres humanos lo único que acerca a Dios.
50-52 Los interpeló Nicodemo, el que había ido a verlo al principio, y que era uno de
ellos: «¿Es que nuestra Ley condena al hombre sin antes escucharlo y averiguar lo que hace?»
Le replicaron: «¿Es que también tú eres de Galilea? Estudia y verás que de Galilea no salen
profetas».
Nicodemo, miembro del gran Consejo y fariseo (3,1), apoyándose en la Ley, exige un
juicio justo (Dt 1,16-17). Él conoce personalmente a Jesús: son las obras (lo que hace), no los
prejuicios, las que han de decidir en pro o en contra de un acusado. Piensa que la Ley puede
usarse como instrumento de justicia. No se da cuenta de que, en manos de los dirigentes, es sólo
medio de dominio y arma de violencia (cf. 19,7).
Los otros fariseos no responden a la cuestión que Nicodemo ha planteado, no atienden a
razones; ellos no pretenden juzgar a Jesús, quieren matarlo (7,1.19.25). En lugar de responder a
Nicodemo, lo insultan, lo llaman galileo como si fuera uno del vulgo despreciable. Con sus
insultos quieren encubrir su postura; de hecho, ellos prescinden de la Ley cuando estorba a sus
intereses.
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Tachan a Nicodemo de ignorante (Estudia). Pretenden apoyar su prejuicio en la Escritura
(verás que de Galilea no salen profetas) (pero cf. 2Re 14,25). Están obnubilados por su aversión
a Jesús. Si no consideran la posibilidad de que sea un profeta, mucho menos el Mesías.
Jesús había afirmado que el estudio de la Escritura debía haber llevado a los dirigentes a
darle fe, pues daba testimonio de su persona (5,39). Ahora, los fariseos recomiendan a Nicodemo
el estudio de la misma Escritura para disuadirlo de tomar partido por Jesús. En realidad, la
interpretación de la Escritura depende de la disposición profunda del hombre y de los objetivos
que se proponga: quien no esté de antemano dispuesto a trabajar por el bien de la humanidad,
secundando el designio de Dios creador (cf. 7,17), no podrá entenderla.
II
En poco tiempo, tal vez dos o tres años, Jesús se convirtió en un verdadero quebradero de
cabeza para todo el mundo. Las autoridades, supuestamente amparadas en la ley, no le reconocían
ninguna autoridad. Para ellos los únicos buenos profetas eran los que yacían varios metros bajo
tierra. El pueblo se dividía, unos a favor y otros en contra. Los que estaban a favor no atinaba a
decir si era un profeta o el mismísimo Mesías. Los que estaban en contra no lo reconocían porque
esperaban que fuera una persona de alcurnia, un prestigioso descendiente de David. La cereza en el
postre la ponían los fariseos que consideraban malditos a todos los que no se supieran los vericuetos
de la Ley al derecho y al revés, o sea, a la mayor parte de los seguidores de Jesús. En fin, la
verdadera identidad de Jesús se confundía entre tantas opiniones disparatadas y contradictorias, que
se preocupaban de clasificarlo, pero que no entendían que era lo que el hacía o decía.
Nosotros con frecuencia nos encontramos en una situación parecida. Escuchamos tantas
opiniones, revelaciones y visiones, pero pocas veces intentamos saber que es lo que él, de verdad,
nos dice en la Biblia y en la vida. Volvamos a las fuentes y dejemos que la palabra del Jesús
histórico toque nuestro espíritu
Domingo 13 de marzo
QUINTO DOMINGO DE CUARESMA
Primera lectura: Ezequiel 37, 12-14
Salmo responsorial: 129, 1-6
Segunda lectura: Romanos 8, 8-11
EVANGELIO
Juan 11, 1-45
11 1Había cierto enfermo, Lázaro, que era de Betania, de la aldea de María y de Marta su
hermana. 2(María era la que ungió al Señor con perfume y le secó los pies con el pelo, y su
hermano Lázaro estaba enfermo.)
3
Las hermanas le enviaron recado:
-Señor, mira que tu amigo está enfermo.
4
Al oírlo, dijo Jesús:
-Esta enfermedad no es para muerte, sino para la gloria de Dios; así se manifestará por ella
la gloria del Hijo de Dios.
5
Jesús quería a Marta, a su hermana y a Lázaro. 6Al enterarse de que estaba enfermo, se
quedó, aun así, dos días en el lugar donde estaba.
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7
Marzo - 36
-
Luego, después de esto, dijo a los discípulos:
-Vamos otra vez a Judea.
8
Los discípulos le dijeron:
-Maestro, hace nada querían apedrearte los judíos, y ¿vas a ir otra vez allí?
9
Replicó Jesús:
-¿No hay doce horas de día? Si uno camina de día no tropieza, porque ve la luz de este
mundo; 10en cambio, si uno camina de noche, tropieza, porque le falta la luz.
11
Esto dijo, y a continuación añadió:
-Lázaro, nuestro amigo, se ha dormido, pero voy a despertarlo.
12
Le dijeron los discípulos:
-Señor, si se ha dormido, se salvará.
13
Jesús lo había dicho de su muerte, pero ellos pensaron que hablaba del sueño natural.)
14
Entonces Jesús les dijo abiertamente:
-Lázaro ha muerto, 15y me alegro por vosotros de no haber estado allí, para que lleguéis a
creer. Ea, vamos a verlo.
16
Entonces Tomás, es decir, Mellizo, dijo a sus compañeros:
-Vamos también nosotros a morir con él.
17
Á1 llegar Jesús, encontró que Lázaro llevaba ya cuatro días en el sepulcro.
18
Betania estaba cerca de Jerusalén, a unos tres kilómetros, 19y muchos judíos habían ido a
ver a Marta y a Maria para darles el pésame por el hermano.
20
Al enterarse Marta de que llegaba Jesús, le salió al encuentro (María estaba sentada en la
casa).
21
Dijo Marta a Jesús:
-Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano; 22pero, incluso ahora, sé que
todo lo que le pidas a Dios, Dios te lo dará.
23
Jesús le dijo:
-Tu hermano resucitará.
24
Respondió Marta:
-Ya sé que resucitará en la resurrección del último día.
25
Le dijo Jesús:
-Yo soy la resurrección y la vida; el que el me presta adhesión, aunque muera vivirá, 26pues
todo el que vive y me presta adhesión, no morirá nunca. ¿Crees esto?
27
Ella le contestó:
-Sí, Señor, yo creo firmemente que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir
al mundo.
28
Dicho esto, se marchó y llamó a María, su hermana, diciéndole en secreto:
-El Maestro está ahí y te llama.
29
Ella, al oírlo, se levantó deprisa y se dirigió adonde estaba él. 30Jesús no había entrado
todavía en la aldea, estaba aún en el lugar adonde había ido Marta a encontrarlo.
31
Los judíos que estaban con María en la casa dándole el pésame, al ver que se había
levantado de prisa y había salido, la siguieron, pensando que iba al sepulcro a llorar allí.
32
Cuando llegó María adonde estaba Jesús, al verlo se le echó a los pies, diciéndole:
-Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto.
33
Jesús entonces, al ver que lloraba ella y que lloraban los judíos que la acompañaban, se
reprimió con una sacudida 34y preguntó:
-¿Dónde lo habéis puesto?
Le contestaron:
-Ven a verlo, Señor.
35
A Jesús se le saltaron las lágrimas. 36Los judíos comentaban:
-¡Mirad cuánto lo quería!
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37
En cambio, algunos de ellos dijeron:
-¿Y éste, que le abrió los ojos al ciego, no podía hacer también que este otro no muriese?
38a
Jesús entonces, reprimiéndose de nuevo, se dirigió al sepulcro.
38b
Era una cueva y una losa estaba puesta en la entrada. 39Dijo Jesús:
-Quitad la losa.
Le dijo Marta, la hermana del difunto:
-Señor, ya huele mal, lleva cuatro días.
40
Le contestó Jesús:
-¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?
41
Entonces quitaron la losa.
Jesús levantó los ojos a lo alto y dijo:
-Gracias, Padre, por haberme escuchado. 42Yo sabia que siempre me escuchas, pero lo digo
por la gente que está alrededor, para que crean que tú me has enviado.
43
Dicho esto, gritó muy fuerte:
-¡Lázaro, ven fuera!
44
Salió el muerto con las piernas y los brazos atados con vendas; su cara estaba envuelta en
un sudario. Les dijo Jesús:
-Desatadlo y dejadlo que se marche.
45
Muchos de los judíos que habían ido a ver a María y habían presenciado lo que hizo, le dieron su
adhesión.
COMENTARIOS
I
LA MUERTE ES SUEÑO
La bolsa o la vida. Son los dos grandes miedos del hombre de todos los tiempos: el miedo a
perder la bolsa y el miedo a perder la vida. El miedo a la miseria y el miedo a la muerte. El temor a estas
dos realidades puede llegar a conseguir que nos hagamos esclavos de quien nos amenace con ellas. Jesús
nos libera de ambos miedos. Del miedo a la miseria, invitándonos a construir un mundo en el que reine la
justicia de Dios, y del miedo a la muerte, el último de nuestros enemigos, diciéndonos que, no la vida, la
muerte es sueño.
EL MIEDO
¿ Quién no ha tenido miedo alguna vez? Este sentimiento lo experimentamos todos los
seres humanos, en todas partes, en todos los tiempos. Por eso muchos usan el miedo para dominar
a los hombres: al votante, en vez de informarle para que pueda votar sabiendo lo que hace, se le
mete el miedo en el cuerpo para que, asustado, no arriesgue demasiado al elegir (¿verdad que
recuerdan todavía el referéndum contra- acerca de-en favor de la OTAN que nos montaron?); al
trabajador para que acepte condiciones injustas de trabajo (sueldos bajos, sin seguro, horas
extraordinarias...), y para que rompa la solidaridad con los suyos se le atemoriza con el paro; al
estudiante, con el suspenso; al niño, con la oscuridad; al rico -al que lo es o al que busca serio-,
con la miseria..., y a todos, pero especialmente a quienes están dispuestos a luchar para construir
un mundo más justo -y ésta es el arma más usada por los sistemas opresores-, se nos amenaza con
la muerte, la única desgracia verdaderamente irreparable.
EL ULTIMO ENEMIGO
El hombre no quiere sufrir e intenta evitar, como sea, el dolor, la desgracia y la
destrucción de su persona. Por eso el miedo, hábilmente manejado por quienes pueden provocar
aquello que el hombre teme, hace dóciles a los hombres y los convierte en esclavos. Pero ¿no es
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ya sufrimiento, desgracia y destrucción de la persona humana el miedo mismo y la esclavitud a
que el miedo lleva?
Dios, que no quiere que el hombre sufra (¿nos convenceremos alguna vez de que a Dios
no le agrada que los hombres sufran?), nos envió a su Hijo para librarnos de todas nuestras
esclavitudes, y nos ofrece por medio de él su propia vida, que nos hará superar la misma muerte «el último enemigo», en palabras del apóstol Pablo (1 Cor 15,26) y, por tanto, el miedo a ella.
YA NO HAY RAZON PARA EL MIEDO
«Había un cierto enfermo, Lázaro, que era de Betania, de la aldea de Maria y de Marta su
hermana... Las hermanas le enviaron recado:
-Señor, mira, que tu amigo está enfermo.
Se quedó dos días en el lugar donde estaba. Luego dijo a los discípulos:
-Vamos otra vez a Judea.
Los discípulos le dijeron:
Maestro, hace nada querían apedrearte los judíos, y ¿vas a ir otra vez allí?»
Los discípulos de Jesús tenían miedo a la muerte y no se atrevían a ir a visitar a un
miembro de una comunidad de seguidores de Jesús que estaba enfermo, porque estaba en territorio hostil. El miedo, el miedo a la muerte, les impedía la práctica del amor y la solidaridad.
Jesús va a aprovechar la ocasión de esa enfermedad para mostrar a sus discípulos cuál es la
calidad de la vida que él les está ofreciendo: una vida que vence a la muerte: «Esta enfermedad no
es para muerte, sino para la gloria de Dios; así se manifestará por ella la gloria del Hijo de Dios».
Las doctrinas fariseas hablaban ya de la resurrección de los muertos, y los discípulos de
Jesús, como Marta y María, compartían esa esperanza. Pero la esperanza en una vida que,
después de perdida, se recupera al final de los tiempos -¡que vaya usted a saber cuándo llegará!casi nunca ha consolado de veras a nadie: es dejarlo para muy tarde.
Marta y María sentían la ausencia de Lázaro, ausencia que creían definitiva, pues aunque
habían dado su adhesión a Jesús, todavía no comprendían cuál era la calidad de la vida que Jesús
les había hecho compartir. Y seguían pensando que sólo un milagro podía devolverles a su
hermano. Jesús, que también sufre por la muerte física de su amigo, les muestra a ellas y a todos
los allí presentes (la mayoría partidarios de quienes habían intentado ya matar a Jesús) que
Lázaro, el muerto, está vivo y que su muerte física sólo era una apariencia de muerte.
«YO SOY LA RESURRECCION Y LA VIDA»
«Dijo Marta a Jesús:
-Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano... Jesús le dijo:
-Tu hermano resucitará.
Respondió Marta:
-Ya sé que resucitará en la resurrección del ultimo día.
Le dijo Jesús:
-Yo soy la resurrección y la vida; el que me presta su adhesión, aunque muera, vivirá, pues todo el
que vive y me presta adhesión, no morirá nunca. ¿Crees esto?»
La Buena Noticia que nos da Jesús es que la vida no se pierde y que, por tanto, no hay que
esperar para recuperarla a la resurrección de los últimos tiempos, porque él es ya la resurrección y
la vida. Y a todos los que le den su adhesión, esto es, a todos los que se pongan de su parte, los
hará partícipes de esa vida, ya resucitada, que es la vida del mismo Dios y que, por tanto, es
indestructible. Vida que él ofrece a cada hombre y que, una vez aceptada y recibida, convierte la
vida humana en vida definitiva.
En el evangelio de Juan a Lázaro se le sigue llamando «el muerto» (12,1), pero todos
saben ya que está vivo y que está con ellos. Y es que Jesús no va a eliminar el hecho de la muerte
física. Pero va a mostrar una realidad que cambiará radicalmente la experiencia del hombre ante
este hecho ineludible. La realidad que Jesús descubre es que la muerte no es invencible, puesto
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que todo el que de' su adhesión a Jesús y practique el amor y la solidaridad según su estilo, todo
el que esté dispuesto a jugarse la vida para que en este mundo se implante la justicia de Dios,
aunque muera, no morirá.
¿ Un acertijo? ¿ Una paradoja?
No. Es sólo que el amor es más fuerte que la muerte (Cant 8,6).
II
vv. 1-17. Lázaro y sus hermanas representan una comunidad de discípulos. Son de
Betania, lugar figurado de la comunidad de Jesús (1,28; 10,40). La enfermedad de Lázaro
representa la amenaza de la muerte física, de la cual no está exento el discípulo.
Es María la que ungirá a Jesús (12,1-3) (2). No hay petición explícita (3), sólo
información. confianza en el amor de Jesús. Afecto y amistad, vínculo de Jesús con los suyos (t~
amigo). La enfermedad de un discípulo no tiene por término la muerte (4), pues la vida comunicada con el Espíritu es definitiva; al ser percibida manifestará la gloria/amor de Dios y la de su
Hijo (cf. 2,11), que es su presencia entre los hombres. Se insiste sobre el amor de Jesús (5). Sin
embargo, él se retrasa deliberadamente, dejando que Lázaro muera. No es misión suya liberar al
hombre de la muerte física, sino dar a ésta un nuevo sentido.
Judea (7) evoca la oposición a Jesús (4,1-3.47.54; 7,1; 10,22-39). Los discípulos tienen
miedo por él (10,31.39) (8); para ellos, su muerte sería el final de todo y ha de ser evitada. Jesús
responde a ese miedo (9-10); doce horas de día, duración de su actividad (el día sexto, cf. 2,1),
que va a terminar con la resurrección de Lázaro y la decisión de matar a Jesús por parte de las
autoridades; la luz, la posibilidad de trabajar; la noche, la cesación de su actividad. Para los
discípulos, Jesús será la luz (8,12; 9,5) que les permita trabajar sin miedo.
Quitados los motivos de temor, expone la razón para ir a Judea (11). Lenguaje ambiguo
(se ha dormido), aunque conocido (1 Cor 7,39; 11,30; 15,6.18; 1 Tes 4,13); no es un mero
eufemismo, porque la muerte no es definitiva. Como “hermano” (1.2), amigo era un modo de
llamarse los cristianos en las comunidades joaneas (3 Jn 15). Jesús no puede abandonar al amigo.
Los discípulos, en su temor, encuentran pretexto para disuadirlo de su propósito (12-13). Para
ellos, salvarse significa evitar la muerte física; para Jesús, tener una vida que supera la muerte
(3,16). No han comprendido la calidad de vida que comunica Jesús, siguen aferrados a la antigua
concepción de la muerte. Jesús les aclara el sentido de sus palabras (14-15); no han alcanzado una
fe plena. La resurrección de Lázaro, que anticipa la de Jesús, va a mostrarles el entero
fundamento de la fe: percibirán todo el alcance del amor de Dios, viendo que la vida vence la
muerte.
La traducción del nombre de Tomás (16) muestra la importancia de su significado. Éste se
deduce de la frase de Tomás, que está dispuesto a morir “con Jesús” (no como Pedro, que estará
dispuesto a morir “por Jesús”, 13,37); el que está dispuesto a seguir a Jesús hasta la muerte es el
doble (mellizo) de Jesús. Tomás piensa que la muerte es inminente y, además, su horizonte acaba
en ella. Llega al máximo de la adhesión dentro de la perspectiva humana, y ahí se detendrá (cf.
20,25) hasta que palpe la victoria de la vida sobre la muerte (20,27ss).
Se pensaba que la muerte era definitiva a partir del tercer día. Cuando llega Jesús, nadie
puede dudar de que Lázaro está muerto (17). Pero además, la cifra cuatro indica la totalidad del
tiempo; el sepulcro, la ausencia de vida (por eso Jesús sacará a Lázaro del sepulcro). Éste ha sido
el destino de la humanidad desde el principio. La muerte de Lázaro ha sido asimilada por los
suyos a la muerte de siempre, sin esperanza.
vv. 18-27. Betania es el lugar figurado de la comunidad de Jesús y se ha colocado hasta
ahora más allá del Jordán (1,28; 10,40); esta otra Betania, sin embargo, está muy cerca de
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Jerusalén (18); la comunidad representada por los tres hermanos se encuentra dentro del territorio
de
Israel, es decir, aunque ha dado la adhesión a Jesús, no ha roto con la institución y modo
de pensar judíos; de ahí nacen las falsas concepciones sobre la muerte y la resurrección y sobre la
obra el Mesías.
Los judíos presentes en Betania (19) pertenecen a la institución enemiga de Jesús; sin
embargo, dan muestras de amistad a esta comunidad de discípulos; no han visto en ellos una
ruptura semejante a la de su Maestro.
El movimiento de Marta, cuyas creencias representan a las de la comunidad, responde al
acercamiento de Jesús (20) que llega, aunque él no entra en la casa donde se expresa la
solidaridad con la muerte. La frase de Marta (21) insinúa un reproche; ella cree que la muerte de
su hermano ha interrumpido su vida. Esperaba una curación, sin darse cuenta de que la vida que
Jesús les ha comunicado ha curado ya el mal radical del hombre: su esclavitud a la muerte.
Primera de las cosas que sabe Marta (22; cf. 24), ambas por debajo del nivel de fe propio del discípulo: ve en Jesús un mediador infalible ante Dios, no comprende que Jesús y el Padre son uno
(10,30) y que las obras de Jesús son las del Padre (10, 32.37). Espera una intervención
taumatúrgica de Jesús, como la del profeta Eliseo (2 Re 4,8ss).
Jesús responde restituyendo la esperanza (23): la muerte de Lázaro no es definitiva; no
atribuye la resurrección a una nueva acción suya personal, pues significa la persistencia de la vida
comunicada con el Espíritu que efundirá en su muerte (6,39s). Marta interpreta las palabras de
Jesús según la creencia farisea (24). Las palabras de Marta delatan una decepción (ya sé); ha oído
lo mismo muchas veces. Para ella, como para los judíos, el último día está lejos; no comprende la
novedad de Jesús.
Jesús no viene a suprimir o retrasar indefinidamente la muerte física, sino a comunicar la
vida que él mismo posee y de la que dispone (5,26), su mismo Espíritu. En la frase de Jesús (25:
yo soy la resurrección y la vida) el primer término depende del segundo: es la resurrección por
ser la vida (14,6). La vida que él comunica, al encontrarse con la muerte, la supera; a esto se
llama resurrección; no está relegada a un futuro, porque Jesús, que es la vida, está presente.
Para que la realidad de vida invencible que es Jesús llegue al hombre se requiere la
adhesión, a la que él responde con el don del Espíritu, nuevo nacimiento a una vida nueva y
permanente (3,3s; cf. 5,24). Expone Jesús (26) el principio que funda la afirmación anterior (cf.
8,51):
para el discípulo, la muerte física no tiene realidad ¿e muerte: la muerte, de hecho, no
existe. Esta es la fe que Jesús espera de Marta (¿Crees esto?). Marta responde con la perfecta
profesión de fe cristiana (20,31); ya no es el Profeta (6,14), sino el Hijo de Dios, igual al Padre.
vv. 28-38a. El recado a María en voz baja (28) delata la hostilidad que reinaba contra
Jesús en los ambientes judíos. El Maestro, de cuyos labios va a oír María lo mismo que Marta.
María, que representa a la comunidad apenada por la muerte, reconoce la llamada de Jesús
(10,3s) (29-30). Los visitantes interpretan su salida como un nuevo impulso de dolor, como si el
sepulcro la llamase (31); lo único que conciben es el llanto. Sin esperárselo, van a encontrarse
con Jesús.
El dolor de María es más expresivo que el de Marta (32: se le echó a 105 pies). Palabras
casi idénticas a las de su hermana: nuevo reproche implícito. La repetición subraya no ser misión
de Jesús preservar a los suyos de la muerte natural. Jesús no le responde; el dolor de esta muerte
no puede encontrar más consuelo que la vida misma.
María y los visitantes lloran desconsolados, por la inevitabilidad y definitividad de una
muerte sin esperanza. Jesús se reprime; no quiere participar en esta clase de dolor. Diferencia
entre el dolor desesperanzado de María, igual al de los judíos que no creen en Jesús, y el dolor
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sereno de Jesús mismo (35). Comentarios (36-37). Jesús va al sepulcro (38a) para manifestar la
gloria/amor de Dios, que salva al hombre de una muerte irreparable.
vv. 38b-46. Sepulcro-cueva (38b), de los patriarcas (Gn 49,29-32; 50,13), ligado a los
orígenes del pueblo. Es el antiguo sepulcro, el de la muerte, donde todos han sido puestos, en
oposición al sepulcro nuevo de Jesús, el de la vida, donde nadie había sido puesto todavía
(19,41). Lázaro ha sido enterrado a la manera y según la concepción judía, «para reunirse con sus
padres» (Gn 15,15). La losa, que cierra el paso, simboliza la definitividad de la muerte.
Jesús pide a la comunidad que se despoje de esa creencia (Quitad la losa) (39) que relega
la resurrección al final de los tiempos, separando a los vivos de los muertos. Marta no ve
diferencia entre la muerte de un discípulo y la que ha sufrido la humanidad desde siempre (cuatro
días, cf. 11,17). Su fe (11,27) vacila ante la cruda realidad (ya huele mal). Jesús le reprocha su
incredulidad (40); la vida que vence la muerte manifiesta la gloria/amor de Dios. Ante el
reproche, la comunidad se decide a dejar su idea de la muerte (41: quitaron la losa).
El gesto de Jesús (41: levantó los ojos) muestra su comunicación con la esfera de Dios.
Jesús no ora ni pide nada al Padre, le da gracias, porque el Padre se lo ha dado todo (3,35). Tiene
conciencia permanente (siempre) de su relación con el Padre (42). El agradecimiento, expresión
del amor. La fe de los presentes será efecto de la manifestación. Con su orden (43), saca a Lázaro
del lugar de la muerte, que no le corresponde, pues el creyente sigue viviendo (11,25; 19,41).
Como el hedor (39), también las vendas y el sudario (44) subrayan la realidad de la muerte física.
Las piernas y los brazos atados muestran al hombre incapaz de movimiento y actividad. Paradoja:
el que sale está muerto, pero sale él mismo, porque está vivo. La exhortación a quitarle las vendas
invita a la comunidad a traducir en la práctica la nueva convicción de que el discípulo no está
sometido al poder de la muerte.
Jesús no devuelve a Lázaro a la comunidad, lo deja marcharse, pero ya libre. El camino de
Lázaro lleva al Padre, con quien está vivo. La narración escenifica el cambio de mentalidad frente
a la muerte que Jesús les pide; son ellos los que lo han atado y a ellos les toca desatarlo. Como la
losa encerraba al muerto en el pasado, en el sepulcro de Abrahán, las vendas le impedían llegar a
la casa del Padre. Se describe dramáticamente la concepción judía del destino del hombre, que
impedía a la comunidad comprender el amor de Dios manifestado en Jesús. No es que Lázaro
tenga aún que irse con el Padre, son ellos los que tienen que dejarlo ir, comprendiendo que
Lázaro está vivo en la esfera de Dios, en vez de retenerlo en su mente como un difunto sin vida.
Al desatar a Lázaro «muerto» son ellos los que se desatan del miedo a la muerte que los
paralizaba. Se liberan todos de la esclavitud a la muerte. Sólo ahora, sabiendo que morir no
significa dejar de vivir, podrá la comunidad entregar su vida como Jesús, para recobrarla (10,18).
Reacción natural, la adhesión a Jesús (45); mientras tenía miedo a la muerte, la
comunidad no interpelaba ni se veía diferencia alguna entre los judíos y los discípulos de Jesús.
Ahora, la comunidad es un testimonio del amor de Dios que libra al hombre del temor más
profundo, raíz de todas las esclavitudes.
III
Muchos pueblos de la tierra, en el pasado y en el presente, se han visto forzados a abandonar
su tierra, a marchar al exilio. Sus habitantes forman las legiones de desplazados y refugiados que,
hoy por hoy, las Naciones Unidas, a través de su Alto Comisionado para los Refugiados (ACNUR),
se esfuerzan por atender. Para un desplazado no hay peor desgracia que morir en el destierro, lejos
del suelo patrio, del paisaje familiar, de la tierra nutricia. El profeta Ezequiel, en la primera lectura,
enfrenta esta situación frente a su pueblo de Judá, hace 26 siglos: comienzan a morir los ancianos,
los enfermos, los más débiles, lejos de Jerusalén, de la tierra que Dios prometiera a los patriarcas, la
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tierra a la cual Moisés condujera al pueblo, la que conquistara Josué. Al dolor por la muerte de los
seres queridos se suma el de verlos morir en suelo extranjero, el de tener que sepultarlos entre
extraños.
Pero la voz del profeta se convierte en consuelo de Dios: Él mismo sacará de las tumbas a su
pueblo, abrirá sus sepulcros y los hará volver a la amada tierra de Israel. Conocerá su pueblo que
Dios es el Señor cuando El derrame en abundancia su Espíritu sobre los sobrevivientes.
En el Antiguo Testamento no aparece claramente una expectativa de vida eterna, de vida
más allá de la muerte. Los israelitas esperaban las bendiciones divinas para este tiempo de la vida
terrena: larga vida, numerosa descendencia, habitar en la tierra que Dios donó a su pueblo, riquezas
suficientes para vivir holgadamente. Más allá de la muerte sólo quedaba acostarse y dormir con los
padres, con los antepasados; las almas de los muertos habitaban en el “sheol”, el abismo
subterráneo en donde ni si gozaba, ni se sufría.
Sólo en los últimos libros del Antiguo Testamento, por ejemplo en Daniel, en Sabiduría y en
Macabeos, encontramos textos que hablan más o menos confusamente de una esperanza de vida
más allá de la muerte, de una posibilidad de volver a vivir por voluntad de Dios, de resucitar. Esta
esperanza tímida surge en el contexto de la pregunta por la retribución y el ejercicio de la justicia
divina: ¿Cuándo premiará Dios al justo, al mártir de la fe, por ejemplo, o castigará al impío
perseguidor de su pueblo, si la muerte se los ha llevado? ¿Cuándo realizará Dios plenamente las
promesas a favor de su pueblo elegido? Algunas corrientes del judaísmo contemporáneo de Jesús,
como el fariseísmo, creían firmemente en la resurrección de los muertos como un acontecimiento
escatológico, de los últimos tiempos, un acontecimiento que haría brillar la insobornable justicia de
Dios sobre justos y pecadores. Los saduceos por el contrario, se atenían a la doctrina tradicional, les
bastaba esta vida de privilegios para los de su casta, y consideraban cumplida la justicia divina en el
“status quo” que ellos defendían: El mundo estaba bien como estaba, en manos de los dominadores
romanos que respetaban su poder religioso y sacerdotal sobre el pueblo.
La segunda lectura está tomada de la carta de Pablo a los romanos, considerada como su
testamento espiritual, redactada con unas categorías antropológicas complicadas, muy alejadas de
las nuestras, que se prestan fácilmente a confusión. El fragmento de hoy está escogido para hacer
referencia al tema que hemos escuchado en la 1ª lectura: los cristianos hemos recibido el Espíritu
que el Señor prometía en los ya lejanos tiempos del exilio, no estamos ya en la “carne” es decir -en
el lenguaje de Pablo-: no estamos ya en el pecado, en el egoísmo estéril, en la codicia desenfrenada.
Estamos en el Espíritu, o sea, en la vida verdadera del amor, el perdón y el servicio, como Cristo,
que posee plenamente el Espíritu para dárnoslo sin medida. Y si el Espíritu resucitó a Jesús de entre
los muertos, también nos resucitará a nosotros, para que participemos de la vida plena de Dios.
El pasaje evangélico que leemos hoy, la «reviviscencia» de Lázaro, narra el último de los
siete “signos” u “obras” que constituyen el armazón del cuarto evangelio. Según Juan, antes de
enfrentarse a la muerte Jesús se manifiesta como Señor de la vida, declara solemnemente en público
que Él es la resurrección y la vida, que los muertos por la fe en Él revivirán, que los vivos que crean
en Él no morirán para siempre....
Bonita la escena, bien construido el relato, tremendas y lapidarias las palabras de Jesús, rico
en simbolismo el conjunto... pero difícil el texto para nosotros hoy, cuando estamos en una
mentalidad tan alejada de la de Juan y su comunidad. A nosotros no nos llaman tanto la atención los
milagros de Jesús como sus actitudes y su praxis ordinaria. Preferimos mirarlo en su lado imitable
más que en su aspecto simplemente admirable que no podemos imitar. No somos tampoco muy
dados a creer fácilmente en la posibilidad de los milagros. Para la mentalidad adulta y crítica de una
persona de hoy, una persona de la calle, este texto no es fácil. (Puede ser más fácil para unas
religiosas de clausura, o para los niños de la catequesis infantil).
En la muy sofisticada elaboración del evangelio de Juan, éste es el «signo» culminante de
Jesús, no sólo por ser mucho más llamativo que los otros (nada menos que una reviviscencia) sino
porque está presentado como el que derrama la gota de la paciencia de los enemigos de Jesús, que
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por este milagro deciden matar a Jesús. Quizá por eso ha sido elegido para este último domingo
antes de la semana santa. Estamos acercándonos al climas del drama de la vida de Jesús, y este
hecho de su vida es presentado por Juan como el que provoca el desenlace final.
La causa de la muerte de Jesús fue mucho más que la decisión de unos enemigos temerosos
del crecimiento de la popularidad de un Jesús taumaturgo, como aquí lo presenta Juan. Este puede
ser un filón de la reflexión de hoy: «Por qué muere Jesús y por qué le matan». Remitimos a un
artículo clásico de Ignacio Ellacuría (http://servicioskoinonia.org/relat/125.htm) con ese mismo
título. El episodio 102 de la famosa serie «Un tal Jesús» (http://www.untaljesus.net) también
interpreta este pasaje de Juan en relación con la «clandestinidad» a que Jesús tendría que someterse
sin duda en el último período de su vida.
Otro tema puede ser el de la «fe» o del «creer en Jesús», con tal de que no identificar la «fe»
en «creer que Jesús puede hacer milagros» o «creer en los milagros de Jesús». La fe es algo mucho
más serio y profundo. Podría uno creer en Jesús y creer que el Jesús histórico tal vez no hizo ningún
milagro... No podemos plantear la fe como si un «Dios allá arriba» jugase a ver si allá abajo los
humanos dan crédito o no a las tradiciones que les cuentan sus mayores referentes a Jesús de
Nazaret... La fe en Jesús tiene que ser algo mucho más profundo.
Y un tercer tema -todavía más complejo- para nuestra reflexión, puede ser el de la
resurrección. Precisamente porque, la de Lázaro no fue una resurrección. Lógicamente, a Lázaro
simplemente se le dio una prórroga, una «propina», un suplemento... de esta misma vida. Un «más
de lo mismo». Y el Lázaro «resucitado» -como tantas veces se lo mal llamó- tenía que volver a
morir. Porque para nosotros «vivir es morir». Cada día que vivimos es un día que morimos, un día
que nos queda menos de vida, un día más que gastamos de vida... Pero «resucitar» es otra cosa.
Aquí habría que subrayar y proclamar y denunciar que es bien probable que en la cabeza de la
mayor parte de nosotros, la idea de «resurrección» que hay es una idea equivocada, por esta misma
razón por la que decimos que Lázaro era «mal llamado resucitado»: porque pensamos, o mejor,
«imaginamos» la vida resucitada un poco como «prolongación, suplemento, continuación...» de ésta
de ahora. Y no. No es sólo que la diferencia será que «aquella vida no se acaba», o que «no tiene
necesidades materiales» porque «allí serán como los ángeles del cielo»... No. Es que es otra cosa. Y
es que es sobre todo un misterio. Nuestra llamada «fe en la resurrección» no es un creer que hay un
«segundo piso» al que subimos tras la muerte y allí «continuamos viviendo»... Podríamos decir que
todas esas «imágenes» no corresponden al «misterio» en el que creemos, y como tales, pueden ser
dejadas de lado. También aquí, yo puedo creer en lo que denominamos «resurrección» sin aceptar la
interpretación facilona de que Dios nos creó aquí primero para luego llevarnos a un lugar
definitivo... Muchos pueblos primitivos han pensado esto, que es una forma plausible de
interpretación de la vida humana en un determinado contexto cultural. Pero hoy, si no queremos
seguir anclados en las «creencias» típicas de las religiones de la edad agraria... es necesario hacer
un esfuerzo de purificación, y quizá también haga falta aceptar la ascesis de un no saber/poder
expresar bien aquello en lo que «creemos»... Es un punto demasiado importante y demasiado sutil
como para llegar y ponernos directamente a hablar de la resurrección de Lázaro y de la nuestra sin
necesidad de más preámbulos... (Sobre la transformación de las condiciones de credibilidad de las
religiones en este nuevo tiempo sugerimos la lectura de los artículos 352
(http://servicioskoinonia.org/relat/352.htm), de Marià Corbí, y 344, de Amando Robles
(http://servicioskoinonia.org/relat/344.htm).
Para la revisión de vida
A una semana de la semana mayor, ¿cómo la estoy programando, cómo la preparo?
¿Voy a encontrar tiempo también para mí mismo, para mi interioridad, para hacer un alto en el
camino y examinar la marcha de mi vida, para hacer una revisión de mi relación con Dios? Estoy a
tiempo...
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Para la reunión de grupo
Con
el
artículo
de
Ellacuría
que
hemos
recomendado
(http://servicioskoinonia.org/relat/125.htm) se puede elaborar una muy provechosa reunión de
estudio, muy recomendable.
También será muy útil el episodio 102 de «Un tal Jesús», http://ww.untaljesus.net de donde
se puede recoger tanto el audio como el texto.
El caso de la amistad entrañable de Jesús con Lázaro y sus hermanas, nos presenta una
faceta humana de Jesús que de alguna manera pasaba desapercibida antiguamente; no parecía
«relevante« ni «revelante» para la «cristología vertical» que casi veía en Jesús un ser casi sólo
divino, no humano. El Jesús que llora por la muerte de Lázaro, que se hospeda -o tal vez se refugiaen casa de estos amigos/amigas... es un Jesús «muy humano». La humanidad plena forma parte del
seguimiento de Jesús. Comentar la relevancia de estos rasgos «tan humanos» de Jesús, y su porqué.
¿«Resucitó» Lázaro? ¿Qué hay en la «resurrección» de Lázaro de elementos que no tienen
que ver nada con la «resurrección» en la que creemos para nosotros? «Re-suscitare», es la palabra
latina por «resucitar», que fácilmente se ve que significa «volverse a levantar», creada a partir de la
imagen del cadáver que recupera la vida. ¿No será que la palabra -y con ella el concepto mismo- es
deudor de una imagen inadecuada? ¿Tendrá que haber reanimación de un cadáver para que haya
«resurrección», de ésa que es objeto de nuestra fe? ¿Podríamos expresar con la máxima rigurosidad
cuál es la esencia de la «fe en la resurrección», despojándola de todas las adherencias imaginativas,
culturales...? ¿Cuál sería el núcleo esencial mínimo asegurado como contenido de la fe en la
resurrección? La resurrección objeto de la fe cristiana, ¿no será uno de esos temas de los que es
mejor no hablar si es que n se va a tener posibilidad de hablar con sumo respeto y toda matización?
El episodio 102 de «Un tal Jesús» glosa el evangelio de hoy. Su guión y su audio puede ser
recogido en www.untaljesus.net
Para la oración de los fieles
Por toda la Humanidad, para que mantenga siempre viva la utopía de la felicidad para
todos. Oremos.
Para que renazca la esperanza de los más pobres y oprimidos en un mundo más igualitario y
compartido. Oremos.
Para que aquellos que arriesgan sus vidas por el bien de los demás permanezcan firmes y no
caigan en el desánimo. Oremos.
Para que siempre se mantengan viva en nosotros la esperanza de alcanzar la utopía del
Reino y llegar a vivirlo en toda su plenitud. Oremos.
Para que apoyemos y defendamos siempre la vida en todas sus manifestaciones. Oremos.
Para que todos los países supriman la pena de muerte. Oremos.
Para que siempre se mantenga viva en nosotros la esperanza en la resurrección y
transmitamos esta buena noticia a todas las personas. Oremos.
Oración comunitaria
Dios, Padre y Madre universal, que inspiras desde siempre inspiras en los seres
humanos el deseo de felicidad plena e incluso «eterna», una felicidad que triunfe incluso sobre la
muerte. Te expresamos humildemente nuestro deseo de ser coherentes con esta fuerza interior que
habita en nosotros, para buscar su realización con los medios más honestos y por el camino que sea
más beneficioso para nosotros y para quienes nos rodean. En unión con todos los hombres y
mujeres de todas las religiones, nosotros te lo pedimos por Jesús, hijo tuyo y hermano nuestro.
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Lunes 14 de marzo
EVANGELIO
Juan 8, 1-11
8 1Jesús se fue al Monte de los Olivos.
2
Al alba se presentó de nuevo en el templo y acudió a él el pueblo en masa; él se sentó y se
puso a enseñarles.
3
Los letrados y los fariseos le llevaron una mujer sorprendida en adulterio y, poniéndola en
medio, 4le dijeron:
-Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio; 5en la Ley nos mandó
Moisés apedrear a esta clase de mujeres; ahora bien, ¿tú qué dices?
6
Esto se lo decían con mala idea, para poder acusarlo. Jesús se inclinó y se puso a escribir
con el dedo en el suelo.
7
Como persistían en su pregunta, se incorporó y les dijo:
-Aquel de vosotros que no tenga pecado, sea el primero en tirarle una piedra.
8
Él, inclinándose de nuevo, siguió escribiendo en el suelo.
9
Al oír aquello, se fueron saliendo uno a uno, empezando por los ancianos, y lo dejaron solo
con la mujer, que seguía allí en medio.
10
Se incorporó Jesús y le preguntó:
-Mujer, ¿dónde están?, ¿ninguno te ha condenado?
11
Respondió ella:
-Ninguno, Señor.
Jesús le dijo:
-Tampoco yo te condeno. Vete y, en adelante, no vuelvas a pecar.
COMENTARIOS
I
LA PRIMERA PIEDRA
En aquella sociedad, el varón llevaba las de ganar. La situación de la mujer dejaba mucho
que desear. Su equiparación en derechos y obligaciones con el hombre era todavía un lejano sueño.
Dentro del matrimonio, la mujer no tenía acceso al divorcio, privilegio del que el varón podía hacer
uso casi arbitrario; reducida a mera propiedad del marido, la esposa no era amparada por unas leyes
dictadas por y en favor de varones. La desigualdad radical entre ambos sexos se ponía en evidencia
con ocasión de la legislación sobre el adulterio.
El Antiguo Testamento considera adúltero al marido que entabla relación sexual con una
mujer casada o con una prometida, pero no cuando se trata de una soltera. Por el contrario, la esposa
es considerada adúltera por cualquier tipo de relación sexual extramatrimonial, con casados o
solteros. Al fin y al cabo, en aquella sociedad 'marido' se decía ba’al) palabra hebrea que significa
'señor, amo, propietario'. La esposa era una propiedad del marido, la más preciosa, tal vez.
En aquel tiempo, el marido que sospechaba de la infidelidad de su mujer debía llevarla al
sacerdote. Este le hacía beber una mezcla de agua y ceniza del suelo del santuario mientras decía:
«Si has engañado a tu marido, estando bajo su potestad, si te has manchado acostándote con otro
que no sea tu marido... entonces que el Señor te entregue a la maldición entre los tuyos, haciendo
que se te aflojen los muslos y se te hinche el vientre; que entre esta agua de maldición en tus entrañas para hincharte el vientre y aflojarte los muslos» (Nm 5,11-31). El método puede parecernos
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poco convincente en orden a probar la presumida infidelidad de la esposa. Las mujeres que tuvieran
un estómago a prueba de veneno podrían permitirse el lujo de ser adúlteras...
El libro del Levítico (20,10) condena el adulterio con la pena de muerte que se ejecutaba
mediante lapidación (Ez 16,40).
Así estaban las cosas cuando «los letrados y fariseos trajeron a Jesús una mujer sorprendida
en adulterio, la pusieron en medio y le preguntaron: -Maestro, a esta mujer la han sorprendido en
flagrante adulterio; la Ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices? Le
preguntaban esto con mala idea, para tener de qué acusarlo.»
Desde el año treinta de nuestra era parece ser que los romanos habían retirado al sanedrín
judío el derecho a ejecutar la pena de muerte. Fariseos y letrados quieren meter a Jesús en un
aprieto: si perdona y defiende a la mujer, se pone en contra de la ley mosaica; si manda que la
apredreen, se declara contra los romanos. Jesús irá a la raíz del problema y dejará que cada uno
actúe en consecuencia.
«-A ver, el que no tenga pecado, que tire la primera piedra. Volvió a inclinarse y siguió
escribiendo en la tierra. Al oír aquello se fueron saliendo uno a uno, empezando por los más viejos,
y él se quedó solo con la mujer, que seguía allí delante. Se incorporó y le preguntó: ¿Dónde están
los otros? ¿Ninguno te ha condenado? Contestó ella: -Ninguno, Señor. Jesús le dijo: -Pues tampoco
yo te condeno. Vete y en adelante no vuelvas a pecar» (Jn 8,1-11).
La primera piedra la tiró Jesús contra aquella sociedad en la que el varón dominaba a la
mujer, con frecuencia desamparada ante la arbitrariedad de sus legisladores, situada en clara
inferioridad respecto a los hombres, vejada en sus derechos más fundamentales, reducida a
propiedad del marido o esclava de su señor.
II
Este relato pertenece ciertamente al Jesús histórico. Dado su carácter “escandaloso” es
imposible pensar que lo hubiera inventado la comunidad cristiana posterior.
Jesús está continuamente acosado y perseguido por los judíos. Por eso no llama la atención
que los escribas y fariseos le traigan una mujer sorprendida en adulterio “para tentarle y así tener de
qué acusarle” (8, 6).
El contexto es el Templo, donde está Jesús en todo momento enseñando. El evangelista ve el
pasaje como una ‘enseñanza’ de Jesús. Los escribas y fariseos traen a la mujer, no porque les
importe la mujer o la ley, sino únicamente para acusar a Jesús. A Jesús, por el contrario, lo único
que le interesa es la situación de la mujer. Sus enemigos quieren llevar a Jesús a un juicio, pero es
Jesús el que finalmente lleva a juicio a sus enemigos: “Aquel de ustedes que esté sin pecado, que
tire la primera piedra”. Todos se van, reconociendo así su pecado. Jesús los obliga, delante de la
mujer acusada, a reconocer que ellos son los pecadores. Jesús escribe en a tierra el acta de
acusación contra los escribas y fariseos. Jesús escribe en el suelo todos los pecados de abuso de la
mujer. No lo hace para salvar su vida propia, sino para salvar la vida de la mujer.
Las autoridades habían llegado para acusar a Jesús. Jesús revierte la situación y acusa a las
autoridades. La mujer sorprendida en adulterio había quedado totalmente al margen. El relato pudo
haber terminado aquí. Sin embargo Jesús ahora se ocupa directamente de la mujer: no la condena,
pero también le exige que no peque más. Jesús libera a la mujer de la condena de la ley y la libera
también del pecado.
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Martes 15 de marzo
EVANGELIO
Juan 8, 21-30
21
Entonces les dijo de nuevo:
-Yo me voy, me buscaréis, pero vuestro pecado os llevará a la muerte. Adonde yo voy,
vosotros no sois capaces de venir.
22
Los judíos del régimen comentaban:
-¿Irá a suicidarse, y por eso dice «Adonde yo voy, vosotros no sois capaces de venir»?
23
É1 continuó:
-Vosotros pertenecéis a lo de aquí abajo, yo pertenezco a lo de arriba; vosotros pertenecéis
a este orden, yo no pertenezco al orden este. 24Por eso os he dicho que os llevarán a la muerte
vuestros pecados; es decir, si no llegáis a creer que yo soy lo que soy, os llevarán a la muerte
vuestros pecados.
25
Entonces le preguntaron:
-Tú, ¿quién eres?
Les contestó Jesús:
-Ante todo, eso mismo que os estoy diciendo. 26Mucho tengo que decir de vosotros y
condenarlo; pero el que me envió es digno de fe, y lo que yo digo contra el mundo es lo mismo que
le he escuchado a él.
27
No comprendieron que les hablaba del Padre. 28Jesús entonces les dijo:
-Cuando levantéis en alto al Hombre, entonces comprenderéis que yo soy lo que soy y que
no hago nada de por mí, sino que propongo exactamente lo que me ha enseñado el Padre. A
demás, el que me envió está conmigo, no me ha dejado solo; la prueba es que yo hago siempre lo
que le agrada a él.
30
Mientras hablaba así muchos le dieron su adhesión.
COMENTARIOS
I
21 Entonces les dijo de nuevo: «Yo me voy, me buscaréis, pero vuestro pecado os llevará
a la muerte. Adonde yo voy, vosotros no sois capaces de venir».
La escena se desarrolla en el mismo lugar, en el Tesoro, dentro del recinto del templo, y
con el mismo auditorio, los fariseos de la perícopa anterior, aunque más adelante será designado
como “los judíos”, refiriéndose en particular a la clase dirigente. Todo el debate es una
controversia entre Jesús y los representantes de la situación religioso-política.
De nuevo pronuncia Jesús la frase enigmática (me buscaréis, cf. 7,34), que, aludiendo al
discurso de la Sabiduría, anunciaba la ruina. Ahora explicita la causa del peligro que corren
(vuestro pecado os llevará a la muerte, cf. Prov 1,27-28).
Es la primera vez que en este evangelio aparece el término "pecado" en boca de Jesús (cf.
1,29, en boca de Juan Bautista). Es un pecado concreto, único y colectivo (vuestro pecado) y
puede tener consecuencias desastrosas para ellos, pues, si permanecen en él, los llevará a la
muerte. Tal es la lógica del pecado mismo. El desastre amenaza a todos, pero la responsabilidad
recae sobre los dirigentes.
Ellos planeaban dar muerte a Jesús como a un enemigo peligroso; pero él les descubre que
el peligro no está en él, sino en la hostilidad contra él; son ellos los que están en peligro de morir.
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El presunto enemigo es el único que puede salvarlos; rechazarlo será su ruina. Jesús les avisa de
la responsabilidad que pesa sobre ellos.
Jesús sabe adónde va (8,14), a dar su vida para mostrar el amor del Padre a la humanidad;
pero ellos no aceptarán nunca un Mesías crucificado (no sois capaces de venir). No están
dispuestos a dar su vida por el pueblo, sino a quitársela. Deberían seguir a Jesús, pero para ello
tendrían que renunciar a su posición de privilegio.
22 Los judíos del régimen comentaban: «¿Irá a suicidarse, y por eso dice “Adonde yo
voy, vosotros no sois capaces de venir”?»
Los partidarios del sistema comentan la frase de Jesús. Por segunda vez se sienten
intrigados, pero no ya inquietos (7,35s). Su comentario es irónico (suicidarse). Ellos, que buscan
sólo su propio interés, no comprenden que alguien pueda dar la vida por amor a los demás.
23-24 É1 continuó: «Vosotros pertenecéis a lo de aquí abajo, yo pertenezco a lo de
arriba; vosotros pertenecéis a este orden, yo no pertenezco al orden este. Por eso os he dicho
que os llevarán a la muerte vuestros pecados; es decir, si no llegáis a creer que yo soy, os
llevarán a la muerte vuestros pecados».
Jesús les explica dónde está la diferencia radical entre ellos y él; en consecuencia, en qué
consiste su pecado. Según las palabras de Jesús, el pecado tiene dos aspectos: el aspecto
“objetivo” está en relación con la existencia de dos esferas contrapuestas: “la de arriba”, que es la
de Dios, la del Espíritu, y “la de abajo”, que se caracteriza, no por la mera ausencia de Dios, sino
por la presencia de un principio de muerte.
Esta oposición (abajo-arriba), formulada en términos espaciales, equivale a las que se
hacen en términos cualitativos entre espíritu-carne, luz-tiniebla, vida-muerte. Los términos
negativos (carne, tiniebla, muerte), que se encuadran en la esfera de abajo, se refieren, bajo
diversos aspectos, a la realidad objetiva del “pecado”.
Ésta cristaliza en "el mundo / el orden este", que, en esta acepción peyorativa, denota una
estructura organizada por un dinamismo de violencia, mentira y muerte (cf. 8,44); profesa y
propugna una escala de valores centrada en el propio interés, desentendiéndose del bien de los
demás o positivamente dañándolo.
El segundo aspecto del pecado está en relación con la libertad de opción del hombre
(pertenecer). Ante “el mundo” u orden injusto, el hombre puede optar por integrarse en él o bien
por salir de él dando la adhesión a Jesús y adoptando su escala de valores, la del amor a todos y la
solidaridad con todos.
En términos más generales, el pecado que los llevará a la muerte (cf. Jr 31,29s) consiste
en reprimir o suprimir la vida, impidiendo la plenitud a que Dios llama al hombre (1,29: el
pecado del mundo). Ese pecado se comete al dar la adhesión a un orden o sistema injusto y
someterse a su disciplina: con ello, el hombre se priva y priva a otros de la libertad, ejerce o
acepta la opresión y se hace cómplice de la injusticia. En el caso de los dirigentes judíos y sus
secuaces se concreta en la pertenencia a una institución en la que los conceptos de Dios, ley
divina, templo, etc. han sido viciados por un principio de muerte que ha pervertido su sentido.
La opción por el orden injusto constituye el pecado subjetivo; es, al mismo tiempo, la
propia sentencia (cf. 3,19). La injusticia radical del orden social lleva la muerte en sí misma y
está necesariamente abocada a la ruina, arrastrando consigo a los individuos.
Jesús repite su afirmación anterior (v. 21), pero “vuestro pecado” se ramifica en vuestros
pecados. Esto significa que la opción por el sistema injusto (el pecado), llevará a cometer
múltiples injusticias (los pecados; cf. 7,7). Es la dinámica del mal.
La única manera de salir de esa dinámica pecado-muerte consiste en reconocer a Jesús
(que yo soy). La frase enigmática Yo soy aparece en el AT como fórmula de identificación de
Dios (Éx 3,14; Dt 32,39), en particular en el libro de Isaías (Is 43,10s; 48,12; 52,6), y significaba
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Marzo - 49
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la presencia divina salvadora. Teniendo en cuenta la reciente declaración de Jesús: Yo soy la luz
del mundo (8,12, cf. 4,26), indica en este contexto que es en Jesús como Mesías en quien se
verifica y actúa la presencia salvadora de Dios (cf. Is 52,6: "Mi pueblo... comprenderá aquel día
que yo soy el que habla, y aquí estoy").
25-26 Entonces le preguntaron: «Tú, ¿quién eres?» Les contestó Jesús: «Ante todo, eso
mismo que os estoy diciendo. Mucho tengo que decir de vosotros y condenarlo; más aún, el que
me envió es digno de fe, y lo que yo digo contra el mundo es lo mismo que le he escuchado a él».
La pregunta es la misma que hicieron a Juan Bautista, a la que éste contestó: Yo no soy el
Mesías (1,19s). Parece innecesaria después de las repetidas declaraciones de Jesús: él es lo que ha
venido afirmando: el enviado de Dios (5,36; 7,28; 8,18), el que, como tal, propone el mensaje de
Dios. No pronuncia el título "Mesías", que podía prestarse a interpretaciones nacionalistas y
guerreras.
Jesús, que realiza las obras del Padre (5,17-23), se encara con los dirigentes judíos. La
denuncia que hace de ellos ya ha sido y va a ser grave, pero está avalada por Dios mismo, pues él
es perfectamente fiel a la misión recibida. Va a denunciar la institución judía, a los que aparecen
públicamente como representantes de Dios. Ellos son "el mundo", el orden injusto, los agentes de
muerte. Jesús no da sentencia contra ellos (3,17), pero les expone crudamente la situación de
injusticia que mantienen y las consecuencias a que los lleva (vv. 21.23).
27-29 No comprendieron que les hablaba del Padre. Jesús entonces les dijo: «Cuando
levantéis en alto al Hijo del hombre, entonces comprenderéis que yo soy y que no hago nada de
por mí, sino que propongo exactamente lo que me ha enseñado el Padre. Además, el que me
envió está conmigo, no me ha dejado solo; la prueba es que yo hago siempre lo que le agrada a
él».
Ellos siguen sin entender: no ven ningún vínculo entre Jesús y Dios. Según su idea de
Dios, Jesús no puede ser su enviado. El Dios de ellos somete al hombre, mientras que el de Jesús
es el Padre, el que está a favor del hombre y lo libera.
Jesús les anuncia que llegará un momento en que no podrán dejar de comprender.
Sustituye el título "Mesías" por la denominación "el Hijo del hombre", dando a entender que el
Mesías salvador es aquel que realiza en sí mismo la plenitud humana y cuya misión es capacitar a
los hombres para alcanzarla.
A ese modelo de hombre, ellos quieren darle muerte (8,19.25.32). Como de ordinario, usa
el evangelista la expresión "levantar en alto", que presenta la muerte como exaltación. Van a
desahogar en él su intolerancia con lo verdaderamente humano; para ellos, levantarlo en alto
equivaldrá a destruirlo. Pero ese odio que llevará a Jesús a la muerte será para él la ocasión de
mostrar patentemente lo que es. Al acto máximo de odio por parte de ellos va a responder Jesús
con el acto máximo de amor a la humanidad.
Entonces, lo quieran o no, les entrará por los ojos el origen divino de su misión y de su
mensaje; no podrán negar la evidencia. Repite Jesús la frase enigmática "yo soy", que subraya la
presencia salvadora de Dios en su persona. Cuando crean haberlo eliminado, se darán cuenta de
que surge con mayor fuerza.
A pesar de la oposición que sufre y el peligro que corre, Jesús no se acobarda, porque el
Padre lo acompaña y lo apoya. La prueba de esta presencia de Dios en él es que, a pesar de tanta
hostilidad, no se desvía del designio del Padre (5,30; 6,38), que consiste en que todo hombre
tenga vida y se realiza apostando la vida propia, no por una idea, ni siquiera por un dios, sino por
los seres humanos que sufren y la solidaridad con ellos.
30 Mientras hablaba así muchos le dieron su adhesión.
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Reacción favorable de muchos a sus palabras. La claridad de su denuncia ha hecho
impresión.
II
Dos veces aparece aquí la expresión: “yo soy” (vv. 24 y 28). Muchos ven una referencia al
nombre divino revelado a Moisés: “yo soy el que soy” (Ex 3, 13-15). El Dios de Moisés es el Dios
que actúa: el Dios que escucha el clamor del pueblo y ha decidido liberarlo”. Jesús no se autodenomina con el nombre de Yahvé, sino como el enviado de Dios que revela la luz y la verdad de
Dios.
Jesús va donde su Padre, está orientado totalmente hacia su Padre, por eso puede revelar la
Palabra de Dios que es luz y vida. Los que no escuchan esta palabra y caminan en la oscuridad,
mueren en su pecado (v.21). Los que no creen en Jesús son de abajo, es decir, son de este mundo,
un mundo de tinieblas. Caminan en el oscuridad, no son discípulos de Jesús que es la luz del mundo
(v. 23). Jesús es de arriba, Jesús es luz del mundo porque no hace nada por su cuenta, sino sólo hace
lo que el Padre le ha enseñado (v. 28).
Para Juan, la cruz es el momento cumbre de la revelación de Jesús. Es en la cruz donde los
discípulos descubren lo que Jesús había dicho: Yo soy la luz del mundo; es en la cruz que los
discípulos conocen la Verdad que los hace libres. La cruz es lo radicalmente opuesto al poder. Jesús
es rey, no sentado en un trono en un palacio real, sino crucificado en un madero. Nosotros tampoco
debemos buscar la luz y la verdad en el poder, sino en el seguimiento de Jesús hasta cruz.
Miércoles 16 de marzo
EVANGELIO
Juan 8, 31-42
31
Dijo entonces Jesús a los judíos que le habían dado crédito:
-Vosotros, para ser de verdad mis discípulos, tenéis que ateneros a ese mensaje mío;
32
conoceréis la verdad y la verdad os hará libres.
33
Reaccionaron contra él:
-Somos linaje de Abrahán y nunca hemos sido esclavos de nadie: ¿cómo dices tú: «Llegaréis
a ser libres»?
34
Les replicó Jesús:
-Pues sí, os aseguro que todo el que practica el pecado es esclavo. 35Ahora bien, el esclavo
no se queda en la casa para siempre, el hijo se queda para siempre. 36Por tanto, si el Hijo os da la
libertad, seréis realmente libres.
37
Ya se que sois linaje de Abrahán, y, sin embargo, tratáis de matarme a mí, porque ese
mensaje mío no os cabe en la cabeza. 38Yo propongo lo que he visto personalmente junto al Padre,
y también vosotros hacéis lo que habéis aprendido de vuestro padre.
39
Le repusieron:
-Nuestro padre es Abrahán.
Les respondió Jesús:
-Si fuerais hijos de Abrahán, realizaríais las obras de Abrahán; 40en cambio, tratáis de
matarme a mí, hombre que os he estado proponiendo la verdad que aprendí de Dios. Eso no lo hizo
Abrahán. 41Vosotros realizáis las obras de vuestro padre.
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Le replicaron entonces:
-Nosotros no hemos nacido de prostitución; un solo padre tenemos, Dios.
42
Les replicó Jesús:
-Si Dios fuera vuestro padre, me querríais a mí, porque yo estoy aquí procedente de Dios; y
tampoco he venido por decisión propia, fue él quien me envió.
COMENTARIOS
I
31-32 Dijo entonces Jesús a los judíos que le habían dado crédito: «Vosotros, para ser de
verdad mis discípulos, tenéis que ateneros a ese mensaje mío; conoceréis la verdad y la verdad
os hará libres».
A los judíos que le han dado fe, Jesús los invita a practicar su mensaje. No le bastan
adhesiones parciales; es posible dar crédito a Jesús sin sacar las consecuencias. Quien acepta el
mensaje, pero no pasa a la práctica del amor al hombre, rompiendo con todo lo que se le opone o
la impide, no es verdadero discípulo.
De hecho, el mensaje de Jesús eleva a principio absoluto el amor del Padre, que se traduce
en actividad incesante en favor del hombre. Todo lo demás: linaje, tradiciones, instituciones por
muy sagradas que parezcan, queda relativizado y sometido a ese principio legitimador y
autentificador. Lo divino y sus expresiones visibles, si no se identifican con el amor del Padre,
pueden enmascarar un principio destructor. Poner en evidencia ese principio de muerte que se ha
instalado en la institución religiosa, usurpando el puesto del Padre (cf. 2,16), es lo que está
haciendo Jesús.
De este modo, la verdad liberadora no es otra que el descubrimiento del amor universal
del Padre, fuente de vida que comunica al hombre su Espíritu. Esa verdad no es una idea, sino
una experiencia que se adquiere a medida que se van ajustando el pensar y el hacer a este
principio divino. A través de la práctica del amor universal el hombre percibe a Dios como Padre
y a sí mismo como hijo. Esta nueva relación hace libres, pues tal vivencia es incompatible con el
sometimiento a instituciones o usos sociales opresores. Así se constituye el discípulo de Jesús.
La libertad que comunica Jesús sobrepasa la mera posibilidad de opción; sitúa al hombre
en su verdadero rango: partícipe de la libertad del Padre; como él, es señor de sí mismo.
33-36 Reaccionaron contra él: «Somos linaje de Abrahán y nunca hemos sido esclavos de
nadie: ¿cómo dices tú: “Llegaréis a ser libres”?» Les replicó Jesús: «Pues sí, os aseguro que
todo el que practica el pecado es esclavo. Ahora bien, el esclavo no se queda en la casa para
siempre, el hijo se queda para siempre. Por tanto, si el Hijo os da la libertad, seréis realmente
libres»
Las palabras de Jesús producen una reacción indignada de sus adversarios, que manifiesta
el orgullo de raza: basta pertenecer al linaje de Abrahán para ser libre. Se sienten ofendidos.
La réplica de Jesús es categórica: el linaje no garantiza la libertad, pues no impide que
cometan el pecado, la injusticia, dando su adhesión a un sistema represivo y opresor. Quien no
tiene experiencia del amor de Dios a través del amor a los demás, no puede concebirlo como
Padre sino como Soberano, y él mismo queda reducido a la condición de esclavo. En lugar de la
relación inmediata y familiar propia del hijo, existirá una relación distante y mediata, a través de
instituciones y personas que encarnan la soberanía de Dios y expresan su dominio sobre el
hombre.
Después de la mención de Abrahán, la alusión es clara a sus dos hijos: Ismael, nacido de
la esclava, e Isaac, de la mujer libre (Gn 21,9s). Ser del linaje de Abrahán no asegura la calidad
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de hombre libre. Es más, el hijo-esclavo de Abrahán fue expulsado de la casa para que no pudiese
heredar con el hijo libre.
En un segundo plano de significado aparecen tres paralelos: en paralelo con Abrahán,
Dios; en paralelo con Isaac, Jesús, el que procede de Dios; en paralelo con Ismael, los que son
esclavos por pertenecer al “mundo”. Se puede ser descendiente de Abrahán y, por ser esclavo, no
tener derecho a la herencia ni a permanecer en su casa. Ahora bien, quien practica el pecado, la
injusticia, se rebaja él mismo a la condición de esclavo y deja de ser hijo y heredero.
El hijo vive en la casa por su propio derecho y puede disponer de lo que hay en ella
(3,35). Sólo él, que es dueño, puede dar la libertad a un esclavo. Sólo Jesús, el Hijo libre, puede
dar la libertad, infundiendo su Espíritu.
37-40 «Ya sé que sois linaje de Abrahán, y, sin embargo, tratáis de matarme a mí,
porque ese mensaje mío no os cabe en la cabeza. Yo propongo lo que he visto personalmente
junto al Padre, y también vosotros hacéis lo que habéis aprendido de vuestro padre». Le
repusieron: «Nuestro padre es Abrahán». Les respondió Jesús: «Si fuerais hijos de Abrahán,
realizaríais las obras de Abrahán; en cambio, tratáis de matarme a mí, hombre que os he estado
proponiendo la verdad que aprendí de Dios. Eso no lo hizo Abrahán».
Reconoce Jesús que sus adversarios son descendientes de Abrahán, aunque la frase resulte
irónica después de haberlos llamado esclavos. Subraya la contradicción que implica su conducta.
Gloriarse de tener por padre a Abrahán y, al mismo tiempo, perseguir a muerte a Jesús son dos
hechos que no se compaginan.
La causa de su hostilidad a Jesús es que son absolutamente refractarios a su mensaje,
manifestado en su actividad; no lo toleran porque, al poner el bien del ser humano como valor
absoluto, destruye su idea de Dios y denuncia la corrupción de sus instituciones. Pero Jesús no
habla en nombre propio: su mensaje es el de Dios mismo. Al quererlo matar a él se oponen al
Padre, el Dios que ama al hombre. Insinúa que ellos tienen otro padre que no es Abrahán ni
tampoco Dios.
Nueva reacción, afirmando su ascendencia. Pero Jesús los enfrenta de nuevo con su modo
de obrar: no tienen por padre a Abrahán, pues no se portan como él. En la tradición judía, "las
obras de Abrahán" designaban la benevolencia, la modestia y la humildad. No basta ser
descendiente para ser hijo: la comunidad de sangre tiene que traducirse en semejanza de
conducta. Y ellos, que pretenden descender de Abrahán, no tienen parecido con él.
41-42 «Vosotros realizáis las obras de vuestro padre». Le replicaron entonces:
«Nosotros no hemos nacido de prostitución; un solo padre tenemos, Dios». Les replicó Jesús: «Si
Dios fuera vuestro padre, me querríais a mí, porque yo estoy aquí procedente de Dios; y
tampoco he venido por decisión propia, fue él quien me envió.
Según la concepción de aquel tiempo, si no imitan a Abrahán es porque no tienen el Dios
de Abrahán: son idólatras. Al mencionar la prostitución, los dirigentes muestran entender
perfectamente la alusión de Jesús, pues en los profetas la idolatría se comparaba a la prostitución.
Finalmente han comprendido que hay un Padre por encima de Abrahán. Se profesan fieles al
único Dios e, implícitamente, a su alianza y a su Ley.
Jesús los rebate siempre con el mismo argumento: ser hijo de alguien significa parecerse a
él, comportarse como él. La única prueba de ser hijos es la semejanza con el propio padre. Si su
conducta la aprendiesen de Dios, necesariamente querrían a Jesús, que viene de parte de Dios; en
cambio, lo odian y quieren matarlo. No tienen los mismos sentimientos ni el modo de actuar de
Dios, luego no son hijos de Dios. El que inspira la actividad de los dirigentes no es el Padre que
da vida, sino otro dios.
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Sigue, por tanto, en pie la acusación de idolatría. Por eso no reconocen al enviado de Dios
ni aceptan la verdad que les propone en su nombre. No entienden lo que les dice, porque Jesús es
la negación misma de toda su mentalidad y su sistema.
II
La Verdad que nos hace libres no es una verdad filosófica, sino la Verdad que se conoce
escuchando con perseverancia y resistencia la Palabra de Jesús, para ser verdaderamente sus
discípulos. Los que escuchan a Jesús afirman que ellos ya son libres, porque son hijos de Abrahán.
Ellos han nacido de Sara y son libres como lo es Isaac. No son como Ismael, hijos de la esclava
Agar (Gn 16 y 21). Jesús cuestiona esta libertad “genética”. El ser humano libre es el ser humano
capaz de construir y crear vida. Los opositores de Jesús no son libres porque tratan de matar a Jesús.
Eso no lo hizo Abrahán. El trasfondo de este texto es Gn 22: Abrahán, tentado por los dioses, cree
falsamente que él debe sacrificar a su hijo primogénito Isaac, como era costumbre en todos los
pueblos vecinos. Pero Abrahán descubre, en último momento, que la voluntad de Yahvé es salvar a
su hijo. Abrahán salva a Isaac porque sabe diferenciar entre Yahvé como Dios de vida y todos los
demás dioses de muerte. Abrahán escucha a Dios y no mata a su hijo. Esta es la obra de Abrahán:
escuchar la voz de Yahvé y salvar la vida de Isaac. Los adversarios no son hijos de Abrahán porque
no escuchan a Jesús y quieren matarlo. Los dirigentes de Israel son más bien hijos del diablo, el cual
es asesino y mentiroso.
La Verdad de la fe no es creer en Dios, sino saber diferenciar entre el Dios de la vida y los
ídolos de la muerte. El ser humano libre es el que conoce esta Verdad y la conoce escuchando la
Palabra de Jesús.
Jueves 17 de marzo
EVANGELIO
Juan 8, 51-59
51
Pues sí, os lo aseguro: Quien cumpla mi mensaje, no sabrá nunca lo que es morir.
Replicaron entonces los dirigentes:
-Ahora estamos seguros de que estás loco. Abrahán murió y los profetas también, ¿y tú
sales diciendo que quien cumpla tu mensaje no probará nunca la muerte? ¿Acaso eres tú más que
nuestro padre Abrahán, que murió? También los profetas murieron. ¿Quién pretendes ser?
54
Repuso Jesús:
-Si yo mismo me procurase gloria, mi gloria no valdría nada; es mi Padre quien me la
procura, el que vosotros decís que es vuestro Dios, 55aunque nunca lo habéis conocido. Yo, en
cambio, sé quién es y, si negase saberlo, sería un mentiroso parecido a vosotros. Pero sé quién es y
cumplo su mensaje. 56Abrahán, vuestro padre, saltó de gozo porque iba a ver este día mío, lo vio y
se llenó de alegría.
57
Los dirigentes le replicaron:
-¿No tienes todavía cincuenta años y has visto a Abrahán en persona?
58
Les contestó Jesús:
-Pues sí, os lo aseguro: Desde antes que existiera Abrahán, soy yo lo que soy.
59
Cogieron piedras para tirárselas, pero Jesús se ocultó saliendo del templo.
52
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COMENTARIOS
I
51 Pues sí, os lo aseguro: Quien cumpla mi mensaje, no sabrá nunca lo que es morir».
Les expone el fruto del amor al hombre, de las exigencias de Dios. A los que quieren
matarlo no responde con odio ni los excluye de su acción salvadora, quiere atraerlos a la vida.
Les da de nuevo ocasión de rectificar. Su pecado los lleva a la muerte (8,21.24). Jesús les señala
la manera de escapar de ella. La actividad en favor del hombre (Quien cumpla mi mensaje), a la
que lleva el Espíritu, es fuente de vida, hasta el punto de excluir la muerte. Ésta no existe para el
que sigue a Jesús, pues la muerte física no interrumpe la vida ni es una experiencia de
destrucción. La vida que Jesús comunica no conoce fin (3,16; 4,14; 5,21).
52-53 Replicaron entonces los dirigentes: «Ahora estamos seguros de que estás loco.
Abrahán murió y los profetas también, ¿y tú sales diciendo que quien cumpla tu mensaje no
probará nunca la muerte? ¿Acaso eres tú más que nuestro padre Abrahán, que murió? También
los profetas murieron. ¿Quién pretendes ser?»
Ellos no responden a la invitación, continúan oponiéndose a Jesús. Piensan haber
encontrado la prueba final de su locura. Han muerto hasta los hombres más cercanos a Dios
(Abrahán y los profetas; cf. Zac 1,5), y Jesús afirma que su mensaje exime de la muerte. Refieren
el dicho a la muerte física, mientras que Jesús sólo ha negado a ésta su calidad de destrucción (v.
51). Ellos, en cambio, la ven como una experiencia amarga (probar / gustar).
Insisten en la idea de la muerte inevitable. Sospechan que Jesús se pone por encima de
Abrahán, al que llaman de nuevo "nuestro padre", aun cuando Jesús les ha negado su condición
de hijos (cf. 8,39). Pero recuerdan sólo su muerte (que murió), no que Abrahán fue el depositario
de una promesa. Para ellos es sólo un pasado, no una esperanza. Abrahán no los lleva al Mesias,
cumplimiento de la promesa.
También los profetas murieron, los que anunciaban la restauración, sobre cuyos escritos
se había construido la esperanza mesiánica. Ni por parte de Abrahán ni de los profetas esperan
nada para el futuro.
Los dirigentes no se preguntan si Jesús será el Mesías, que, al menos en el judaísmo más
reciente, se consideraba superior a Abrahán. Le preguntan de nuevo por su identidad, ahora con
tono escéptico. No llegan nunca a una conclusión propia (8,19.25), porque se niegan a examinar
los hechos.
54-56 Repuso Jesús: «Si yo mismo me procurase gloria, mi gloria no valdría nada; es mi
Padre quien me la procura, el que vosotros decís que es vuestro Dios, aunque nunca lo habéis
conocido. Yo, en cambio, sé quién es y, si negase saberlo, sería un mentiroso parecido a
vosotros. Pero sé quién es y cumplo su mensaje. Abrahán, vuestro padre, saltó de gozo porque
iba a ver este día mío, lo vio y se llenó de alegría».
Contra lo que ellos piensan, Jesús no pretende arrogarse títulos; le basta el amor-gloria del
Padre que resplandece en él. El Padre que honra a Jesús es aquel al que ellos llaman su Dios, y al
oponerse a Jesús se oponen a él. Vuelven a mostrar que no tienen a Dios por Padre y que ni
siquiera lo conocen (8,41s; cf. 5,37ss).
Los acusa de no conocer al Dios que llaman suyo. Conocer a Dios significa practicar la
justicia y el derecho (Jr 22,16; Os 4,1-2), y ellos nunca los han practicado. Imitan al padre asesino
y mentiroso.
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Jesús sabe que Dios es el Padre cuyo designio es comunicar vida al hombre. Si él
desistiese de su actividad, negando esa realidad de Dios, se haría cómplice de la mentira con
ellos, quienes presentan un Dios que apoya la opresión.
Se distancia de nuevo de los israelitas (Abrahán, vuestro padre); no quiere
particularismos; no reconoce más Padre que Dios.
Se pensaba que, cuando Dios hizo alianza con Abrahán, le había revelado el lejano futuro,
que podía incluir los días del Mesías. Jesús es superior a Abrahán por ser el cumplimiento de la
promesa que Dios le hizo. Abrahán se alegró al ver este futuro, miraba con alegría el día en que la
bendición prometida se haría realidad. Ellos no, al contrario, se enfurecen con Jesús; muestran de
nuevo no ser hijos de Abrahán.
57-58 Los dirigentes le replicaron: «¿No tienes todavía cincuenta años y has visto a
Abrahán en persona?» Les contestó Jesús: « Pues sí, os lo aseguro: Desde antes que existiera
Abrahán, yo soy».
No entienden la alusión mesiánica y responden con el sarcasmo. A los cincuenta años
terminaba la vida activa. Cambian la perspectiva: Jesús les había dicho que Abrahán había visto
su día; ellos le preguntan si él había visto a Abrahán.
Jesús responde con una declaración solemne. No se detiene en la cuestión que ellos
plantean; su afirmación es más genérica y, como antes, toma pie de las opiniones del tiempo
sobre el Mesías. Se afirmaba que, desde antes de la creación del mundo, Dios había concebido el
proyecto de varias realidades futuras, entre ellas Israel, la Ley y el Mesías (cf. Sal 72,17). Jesús,
el Mesías, fue desde siempre un determinante de la historia, pues en él había de brillar la gloriaamor de Dios (17,1) y realizarse su proyecto (1,14).
59 Cogieron piedras para tirárselas, pero Jesús se ocultó saliendo del templo.
No pueden tolerar aquella afirmación de Jesús, que se hace superior a Abrahán. Los que
buscaban su muerte (7,1) se aprestan a ejecutarla: son hijos legítimos del asesino (8,44). Jesús
vuelve a la clandestinidad (cf. 7,10.14). Al salir Jesús, es la misma gloria de Dios la que se aleja
del templo, dejándolo vacío (Ez 10,18; cf. 10,22).
II
Al comienzo del diálogo había dicho Jesús: “si se mantienen en mi Palabra…conocerán la
Verdad y la Verdad los hará libres” (v.31); ahora dice: “si alguno guarda mi Palabra no verá la
muerte jamás” (v. 51). Los dos textos se interpretan el uno con el otro. Es la Palabra de Dios, la
Verdad sobre Dios, lo que nos permite salvar la vida.
Hay una relación entre Palabra y Vida. La Palabra nos revela la diferencia entre el Dios de la
vida y los ídolos de muerte. Abrahán escuchó la voz de Yahvé y salvó la vida de Isaac. En el
Evangelio el que se mantiene en la Palabra, el que guarda la Palabra, conoce la Verdad, es libre y no
ve la muerte jamás. Los que mueren, mueren por creer en un ídolo de muerte. Si Abrahán hubiera
creído en el dios de los cananeos que exigía el sacrificio de los primogénitos, habría asesinado a su
hijo Isaac. Los adversarios de Jesús que no escuchan su Palabra, no son hijos de Abrahán, sino hijos
de Satanás que es mentiroso y asesino.
El día de Jesús es el momento cuando Jesús revela el Dios de vida. Abrahán se alegra de ver
este día de Jesús. Los judíos entienden esta afirmación de Jesús en su sentido material y
cronológico. Jesús por el contrario habla de la sintonía entre Abrahán y su persona. El día de
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Abrahán y el día de Jesús es el mismo: es el gran día cuando dejan claro quién es Dios. Abrahán se
alegró por salvar la vida de su hijo. Jesús se alegra por salvar la vida de los todos creyentes.
Viernes 18 de marzo
EVANGELIO
Juan 10, 31-42
31
Los dirigentes cogieron de nuevo piedras para apedrearlo. 32Les replicó Jesús:
-Muchas obras excelentes os he hecho ver, que son obras del Padre; ¿por cuál de ellas me
apedreáis?
33
Le contestaron los dirigentes:
-No te apedreamos por ninguna obra excelente, sino por blasfemia; porque tú, siendo un
hombre, te haces Dios.
34
Les replicó Jesús:
-¿No está escrito en vuestra Ley: «Yo he dicho: Sois dioses»? 35Si llamó dioses a aquellos a
quienes Dios dirigió su palabra, y ese pasaje no se puede suprimir, 36de mí, a quien el Padre
consagró y envió al mundo, ¿vosotros decís que blasfemo porque he dicho: «Soy hijo de Dios»?
37
Si yo no realizo las obras de mi Padre, no me creáis; 38pero si las realizo, aunque no me creáis a
mí, creed a las obras; así sabréis de una vez que el Padre está identificado conmigo y yo con el
Padre.
39
Otra vez intentaron prenderlo, pero se les escapó de las manos.
40
Se fue esta vez al otro lado del Jordán, al lugar donde Juan había estado bautizando al
principio, y se quedó allí. 41Acudieron a él muchos y decían:
-Juan no realizó ninguna señal, pero todo lo que dijo Juan de éste era verdad.
42
y allí muchos le dieron su adhesión.
COMENTARIOS
I
31-33 Los dirigentes cogieron de nuevo piedras para apedrearlo. Les replicó Jesús:
«Muchas obras excelentes os he hecho ver, que son obras del Padre; ¿por cuál de ellas me
apedreáis?» Le contestaron los dirigentes: «No te apedreamos por ninguna obra excelente, sino
por blasfemia; porque tú, siendo un hombre, te haces Dios».
Recurren a la violencia, con intención de matarlo (apedrearlo, cf. 8,59); son los
mentirosos y homicidas (8,44). Jesús les pregunta el motivo. Él no ha presentado más
credenciales que sus obras; no tiene ninguna otra pretensión ni reclama ningún privilegio. "Obras
excelentes" son las que suprimen la indigencia, el dolor, la debilidad, las que hacen crecer al
hombre llevándolo a ser adulto, libre y responsable. Son obras que producen vida, según el
designio creador (1,4).
Ya que no pueden impugnar las obras de Jesús, los dirigentes pretenden atacar la
ortodoxia de sus palabras. Hablan de blasfemia. Para ellos, haber convertido la casa de Dios en
un mercado (2,16), explotar al pueblo y tenerlo moribundo (5,3), no importa, con tal de tener en
los labios el nombre de Dios (cf. Is 1,14s; 29,13). De palabra, respetan a Dios y, con los hechos,
dan muerte al hombre.
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En la acusación que hacen a Jesús se trasluce la ironía del evangelista: la expresión que
ellos tachan de blasfemia describe exactamente el proyecto de Dios sobre el hombre (tú, siendo
un hombre, te haces Dios; cf. 1,1). Ellos, que no tienen amor, sino odio (7,7), no conocen el amor
de Dios (5,42), ni, por tanto, comprenden su propósito.
34-37 Les replicó Jesús: «¿No está escrito en vuestra Ley: “Yo he dicho: Sois dioses”? Si
llamó dioses a aquellos a quienes Dios dirigió esa palabra suya, y ese pasaje no se puede
suprimir, de mí, a quien el Padre consagró y envió al mundo, ¿vosotros decís que blasfemo
porque he dicho: “Soy hijo de Dios”?
Jesús los rebate con su propia Ley. El término "Ley" designa a menudo el AT entero o
cualquier parte de él y, de hecho, el pasaje que aduce Jesús pertenece al Sal 82,6: “Yo declaro:
Sois dioses e hijos del Altísimo todos”. El apelativo "dioses" o seres divinos indica una particular
semejanza con Dios; el salmo advierte a los príncipes que su condición los obligaba a ser como
Dios en el impartir justicia (Sal 82,3s: «Proteged al desvalido y al huérfano, haced justicia al
humilde y al necesitado; defended al pobre y al indigente, sacándolos de la mano del culpable»).
Jesús, sin embargo, se distancia de nuevo de las instituciones de Israel y, en particular, del texto
que cita (en vuestra Ley; cf. 7,19; 8,17; 15,25), porque la semejanza con Dios no está en el
ejercicio del poder, sino en la actividad del amor.
Los príncipes mencionados en el salmo tenían una misión transitoria y circunstancial.
Jesús, en cambio, no es uno de tantos a los que Dios haya dirigido esa u otra palabra; es mucho
más. Es el consagrado con el Espíritu (1,32), en quien se ha realizado la Palabra-Proyecto
primigenio de Dios; por eso puede aplicarse con mayor razón el título de Hijo de Dios (cf. 1,18).
Tal es la calidad del enviado por el Padre. Contesta así indirectamente a la pregunta del principio
sobre si era el Mesías (v. 24).
El diálogo está colocado en el contexto de la dedicación o consagración del templo. Al
declarar Jesús ser él el consagrado por el Padre está afirmando que toma el lugar del templo. El
Mesías es, al mismo tiempo, el santuario donde brilla la gloria de Dios, su amor fiel.
38 Si yo no realizo las obras de mi Padre, no me creáis; pero si las realizo, aunque no me
creáis a mí, creed a las obras; así sabréis de una vez que el Padre está identificado conmigo y yo
con el Padre».
Desafío final a los dirigentes. La calidad del hombre se prueba por la de sus obras; Jesús
demuestra ser enviado e Hijo de Dios con las obras que realiza. Ellos, en cambio, que son
embusteros y asesinos (8,44; 10,1.8.10), no pueden de ningún modo representar a Dios. Las
credenciales jurídicas de que se glorían, para Jesús no cuentan, pues lo que acredita una misión
divina no son las afirmaciones ni los argumentos que se aduzcan para probarlas (no me creáis),
sino únicamente las obras. De ellas deben deducir la unidad entre Jesús y el Padre (cf. 8,46);
ambos tienen el mismo objetivo, dar vida al hombre. Si reconocen que su actividad es de Dios, lo
que implica ponerse a favor del hombre, él es indiscutiblemente el Mesías. Si no quieren
reconocerlo, toda discusión es inútil.
39Otra vez intentaron prenderlo, pero se les escapó de las manos.
Al no poder responder a la argumentación de Jesús, intentan prenderlo. El poder no
rectifica; al verse derrotado, apela a la violencia (7,30; 8,20.59). Jesús sale definitivamente del
templo, la ciudadela del sistema judío que rechaza al Mesías de forma irrevocable.
Después de su segunda visita a Jerusalén, Jesús realizó la primera etapa de su éxodo fuera
de la institución religiosa judía (6,1: el paso del mar, como Moisés); después de la esta tercera y
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última visita, tanto él como los que se adhieren a él efectúan la segunda etapa, consumando la
ruptura con esa institución (el paso al otro lado del Jordán, como Josué). Sitúa a su comunidad
fuera del país judío.
40 Se fue esta vez al otro lado del Jordán, al lugar donde Juan había estado bautizando
al principio, y se quedó allí.
Después de la ruptura definitiva con la institución, Jesús realiza la segunda etapa de su
éxodo, el paso del Jordán, que recuerda el de Josué con el pueblo israelita para entrar en la tierra
prometida (Jos 3-4).
El lugar donde Juan había estado bautizando al principio era Betania (1,28), que, por
estar situado fuera del país judío, señalaba la ruptura con las instituciones de Israel. Jesús, a su
vez, que ha dado fuerza, libertad y visión al pueblo, personificado en el inválido y el ciego, sitúa
su comunidad, nueva tierra prometida, en ese lugar, fuera del país judío que lo rechaza.
La localización "allí" está en oposición a Jerusalén y al templo, donde han querido
apedrearlo (v. 31) y prenderlo (v.39). Para dar la adhesión a Jesús hay que pasar una frontera. Los
que no salgan del territorio de Israel, es decir, los que no rompan con el sistema de injusticia, no
creerán.
41 Acudieron a él muchos y decían: «Juan no realizó ninguna señal, pero todo lo que dijo
Juan de éste era verdad».
Muchos se asocian a su éxodo; son los que él ha hecho salir de la institución, los que han
optado por él, frente a los que lo persiguen a muerte. Jesús va delante y ellos acuden adonde está
él. La nueva comunidad empieza a existir.
Se insiste en el papel de Juan Bautista, precursor del Mesías. No hizo señales porque no
era el realizador de la esperanza; sólo anunciaba a Jesús. Éste ha cumplido enteramente lo que
anunciaba Juan: está quitando el pecado del mundo, la sumisión a la tiniebla.
42 Y allí muchos le dieron su adhesión.
En Betania, fuera del territorio judío, muchos que han visto en la actividad de Jesús la
manifestación del amor de Dios al hombre, reconocen por sus obras su calidad de Mesías y le dan
su adhesión. Crece la comunidad de Jesús y se insinúa su universalidad.
II
El argumento de Jesús es simple: “Muchas obras buenas les he mostrado de parte del Padre”
(v. 32). Esto quiere decir que Jesús muestra en sus obras el poder, la energía, la fuerza del Padre.
Que Jesús en su accionar está en total comunión con el Padre. Hay un poder común entre Jesús y el
Padre. Jesús no se está haciendo a sí mismo Dios, como interpretan los judíos, sino simplemente
diciendo que en sus obras se revela el poder del Padre. Aquí no se afirma la divinidad de Jesús, sino
la profundidad divina de su humanidad.
Además de sus obras, Jesús cita el Salmo 82, 6: “Yo he dicho dioses”. Esta frase se refiere a
los jueces en Israel. Como el juicio era visto como función divina, entonces los jueces son llamados
“hijos de Dios”. Jesús es más que un juez, es el enviado y santificado por Dios, por eso puede decir
“yo soy Hijo de Dios”. También hoy nosotros debemos vivir como Hijos de Dios.
El sentido de todo este texto es mostrarnos la identidad profunda de la humanidad de Jesús.
La gran herejía de hoy es que los cristianos no creemos en la humanidad de Jesús. Todos creen en
su divinidad, pero no creen en su humanidad. El Evangelio se Juan nos muestra toda la profundidad
y grandeza “divina” de la humanidad de Jesús, para que nosotros también vivamos en nosotros
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todas esa profundidad y grandeza que vivió Jesús en su humanidad. No se trata de “hacerse como
Dios”, esa es la blasfemia que viven los poderosos de este mundo.
Sábado 19 de marzo
EVANGELIO
Mateo 1, 16-24
16
y Jacob engendró a José, el esposo de María, de la que nació Jesús, llamado el Mesías.
Así nació Jesús el Mesías: María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir
juntos, resultó que esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. 19Su esposo, José, que era
hombre justo y no quería infamaría, decidió repudiarla en secreto. 20Pero, apenas tomó esta
resolución, se le apareció en sueños el ángel del Señor, que le dijo:
-José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte contigo a María, tu mujer, porque a
criatura que lleva en su seno viene del Espíritu Santo. 21Dará a luz un hijo, y le pondrás de
nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados.
22
Esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por el profeta:
23
Mirad: la virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrán de nombre Emanuel
(Is 7,14). (que significa «Dios con nosotros»).
18
24
Cuando se despertó José, hizo lo que le había dicho el ángel del Señor y se llevó a su mujer a su
casa.
COMENTARIOS
I
Con esta genealogía se inserta el Mesías en la historia. Hombre entre los hombres.
Solidaridad: su ascendencia empieza con la de un idólatra convertido (Abrahán) y pasa por todas las
clases sociales: patriarcas opulentos, esclavos en Egipto, pastor llegado a rey (David), carpintero
(José).
Aparte María su madre, de las cuatro mujeres citadas, Tamar se prostituyó (Gn 38,2-26), Rut
era extranjera, Rahab extranjera y prostituta (Jos 2,1), Betsabé, «la de Urías», adúltera (2 Sm 11,4).
Ni racismo ni pureza de sangre, la humanidad como es.
En Jesús Mesías va a culminar la historia de Israel. La genealogía se divide en tres períodos
de catorce generaciones, marcados por David y por la deportación a Babilonia. La división en generaciones no es estrictamente histórica, sino arreglada por el evangelista para obtener el número
«catorce» (valor numérico de las letras con que se escribe el nombre de David), estableciendo al
mismo tiempo seis septenarios o «semanas» de generaciones. Jesús, el Mesías, comienza la séptima
semana, que representa la época final de Israel y de la humanidad. La octava será el mundo futuro.
Con la aparición de Jesús Mesías da comienzo, por tanto, la última edad del mundo.
«Engendrar», en el lenguaje bíblico, significa transmitir no sólo el propio ser, sino la propia
manera de ser y de comportarse. El hijo es imagen de su padre. Por eso, la genealogía se interrumpe
bruscamente al final. José no es padre natural de Jesús, sino solamente legal. Es decir, a Jesús
pertenece toda la tradición anterior, pero él no es imagen de José; no está condicionado por una
herencia histórica; su único Padre será Dios, su ser y su actividad reflejarán los de Dios mismo. El
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Mesías no es un producto de la historia, sino una novedad en ella. Su mesianismo no será davídico
(cf. 22,4146).
Mateo hace comenzar la genealogía de Jesús con los comienzos de Israel (Abrahán) (Lc 3
23-38 se remonta hasta Adán). Esto corresponde a su visión teológica que integra en el Israel
mesiánico a todo hombre que dé su adhesión a Jesús. La historia de Israel es, para Mateo, la de la
humanidad.
El hecho de que Abrahán no lleve patronímico y, por otra parte, se niegue la paternidad de
José respecto de Jesús, puede indicar un nuevo comienzo. Así como con Abrahán empieza el Israel
étnico, con Jesús va a empezar el Israel universal, que abarcará a la humanidad entera.
El Mesías salvador nace por una intervención de Dios en la historia humana. Jesús no es un
hombre cualquiera. El significado primario del nacimiento virginal, por obra del Espíritu Santo,
hace aparecer esta acción divina como una segunda creación, que supera la descrita en Gn 1,lss. En
la primera (Gn 1,2), el Espíritu de Dios actuaba sobre el mundo material (“El Espíritu de Dios se
cernía sobre las aguas”); ahora hace culminar en Jesús la creación del hombre. Esta culminación no
es mera evolución o desarrollo de lo pasado; por ser nueva creación se realiza mediante una
intervención de Dios mismo.
Puede aún compararse Mt 1,2-17 y 1,18-25 con los dos relatos de la creación del hombre. En
el primero (Gn 1,1-2,3) aparece el hombre como la obra final de la creación del mundo; en el segundo (Gn 2,4bss) se describe con detalle la creación del hombre, separado del resto de las obras de
Dios. Así Mateo coloca a Jesús, por una parte, como la culminación de una historia pasada
(genealogía) y, a continuación, describe en detalle el modo de su concepción y nacimiento, con los
que comienza la nueva humanidad. Jesús es al mismo tiempo novedad absoluta y plenitud de un
proceso histórico.
La escena presenta tres personajes: José, María y el ángel del Señor, denominación del AT
para designar al mensajero de Dios, que a veces se confunde con Dios mismo (Gn 16,7; 22,11; Ex
3,2, etc.).
v. 18: Así nació Jesús el Mesías: María, su madre, estaba desposada con José y, antes de
vivir juntos, resultó que esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo.
El matrimonio judío se celebraba en dos etapas: el contrato y la cohabitación. Entre uno y
otra transcurría un intervalo, que podía durar un año. El contrato podía hacerse desde que la joven
tenía doce años; el intervalo daba tiempo a la maduración física de la esposa. María está ya unida a
José por contrato, pero aún no cohabitan. La fidelidad que debe la desposada a su marido es la
propia de personas casadas, de modo que la infidelidad se consideraba adulterio. El «Espíritu
Santo» (en gr. sin artículo en todo el pasaje) es la fuerza vital de Dios (espíritu = viento, aliento),
que hace concebir a María. El Padre de Jesús es, por tanto, Dios mismo. Su concepción y
nacimiento no son casuales, tienen lugar por voluntad y obra de Dios. Así expresa el evangelista la
elección de Jesús para su misión mesiánica y la novedad absoluta que supone en la historia (nueva
creación).
v. 19: Su esposo, José, que era hombre justo y no quería infamaría, decidió repudiarla en
secreto.
José es el hombre justo o recto. Por el uso positivo que hace Mateo del término (cf. 13,17;
23,29; en ambos casos «justos» asociados a «profetas») se ve que es prototipo del israelita fiel a los
mandamientos de Dios, que da fe a los anuncios proféticos y espera su cumplimiento; puede
considerarse figura del resto de Israel. Su amor o fidelidad a Dios (cf. 22,37) lo manifiesta queriendo cumplir la Ley, que lo obligaba a repudiar a María, a la que consideraba culpable de
adulterio; el amor al prójimo como a sí mismo (cf. 22,39) le impedía, sin embargo, infamaría. De
ahí su decisión de repudiarla en secreto y no exponerla a la vergüenza pública. Interviene «el ángel
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del Señor» (cf. 28,2), y José, que encarna al resto de Israel, es dócil a su aviso; comprende que la
expectación ha llegado a su término: se va a cumplir lo anunciado por los profetas.
Se percibe al mismo tiempo el significado que el evangelista atribuye a la figura de María
quien más tarde aparecerá asociada a Jesús, en ausencia de José (2, 11). Ella representa a la
comunidad cristiana, en cuyo seno nace la nueva creación por la obra continua del Espíritu. La duda
de José refleja, por tanto, el conflicto interno de los israelitas fieles ante la nueva realidad la
comunidad cristiana. Por la ruptura con la tradición que percibe en esta comunidad (= nacimiento
virginal, sin padre o modelo humano/judío), José/Israel debe repudiarla para ser fiel a esa tradición;
por otra parte, no tiene motivo alguno real para difamarla pues su conducta intachable es patente. El
ángel del Señor, que representa a Dios mismo, resuelve el conflicto invitando al Israel fiel a aceptar
la nueva comunidad, porque lo 'que nace en ella es obra de Dios. Ese Israel comprende entonces la
novedad del mesianismo de Jesús y acepta la ruptura con el pasado.
v. 20: Pero, apenas tomó esta resolución, se le apareció en sueños el ángel del Señor, que
le dijo: -José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte contigo a María, tu mujer, porque a
criatura que lleva en su seno viene del Espíritu Santo.
La apelación «hijo de David» aplicada a José, indica, en relación con 1,1, que el derecho a
la realeza le viene a Jesús por la línea de José (cf 1223 2030) El hecho de que el ángel se
aparezca a José siempre en sueños (2,13.19) muestra que el evangelista no quiere subrayar la
realidad del ángel del Señor.
v. 21: Dará a luz un hijo, y le pondrás de nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de
los pecados.
El ángel disipa las dudas de José, le anuncia el nacimiento y le encarga, como a padre legal
de imponer el nombre al niño. El nombre Jesús, «Dios salva» es el mismo de Josué, el que introdujo
al pueblo en la tierra prometida. Se imponía en la ceremonia de la circuncisión, que incorporaba al
niño al pueblo de alianza. El significado del nombre se explica por la misión del niño: éste va a
salvar a «su pueblo», el que pertenecía a Dios (Dt 27,9; 32,9; Ex 15,16; 19,5; Sal 135,4): se anticipa
el contenido de la profecía citada a continuación. El va a ocupar el puesto de Dios en el pueblo. No
va a salvar del yugo de los enemigos o del poder extranjero, sino de «los pecados», es decir, de un
pasado de injusticia. «Salvar» significa hacer pasar de un estado de mal y de peligro a otro de bien y
de seguridad: el mal y el peligro del pueblo están sobre todo en «sus pecados», en la injusticia de la
sociedad, a la que todos contribuyen.
vv. 22-23: Esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por el profeta:
Mirad: la virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrán de nombre Emanuel (Is 7,14). (que
significa «Dios con nosotros»)... 24Cuando se despertó José, hizo lo que le había dicho el ángel
del Señor y se llevó a su mujer a su casa.
23
El evangelista comenta el hecho y lo considera cumplimiento de una profecía (1,22:
"Todo esto sucedió etc."). Mientras, por un lado, el nacimiento de Jesús es un nuevo punto de
partida en la historia por otro es el punto de llegada de un largo y atormentado proceso. Con el
término Emmanuel, «Dios con nosotros» o, mejor, «entre nosotros» da la clave de interpretación
de la persona y obra de Jesús. No es éste un mero enviado divino en paralelo con los del AT.
Representa una novedad radical. El que nace sin padre humano, sin modelo humano al que
ajustarse, es el que puede ser y de hecho va a ser la presencia de Dios en la tierra, y por eso será
el salvador. Respecto de José por el designio de Dios cumplido en María.
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II
El Evangelio de Mateo resalta mucho la imagen de José. Es a José a quién se revela el
misterio de la concepción virginal de Jesús en el seno de María por obra del Espíritu Santo.
En 1, 18-25 se narra el origen (“génesis”) de Jesús por obra del Espíritu Santo. El primer
génesis de Jesús (1, 1-17) es su genealogía desde Abraham hasta José. En esta genealogía de Jesús
sólo aparecen hombres. Es una genealogía totalmente patriarcal. Pero hay 4 mujeres que rompen
violentamente este patriarcalismo: Tamar, Rajab, Rut y Betsabé, la mujer de Urías. Todas son
extranjeras (aramea, cananea, moabita e hitita respectivamente). Estas mujeres están anunciando a
otra mujer: María, la madre de Jesús, que es la protagonista del segundo génesis de Jesús. El
Espíritu irrumpe en la historia a través de María y así rompe con dieciocho siglos de patriarcalismo,
desde Abraham hasta José.
En niño que nace de María recibe el nombre “Jesús”, que significa "Yahvéh salva" (1, 21),
pues Jesús salvará a su pueblo de sus pecados. José tendrá que enfrentar muchas dificultades:
cuando se entera que su desposada María estaba encinta antes de que comenzaran a vivir juntos (1,
20), después del nacimiento de Jesús cuando tienen que huir a Egipto porque Herodes quiere matar
al niño (2, 13) y cuando regresa de Egipto a Judea y tiene que huir hacia Galilea por miedo a
Arquéalo, rey de Judea e hijo de Herodes (2, 22). En todas estas circunstancias, José es guiado por
los sueños. Esta presentación de José lo muestra como un místico, un hombre de Dios, abierto a la
revelación de Dios y obediente a su Palabra.
Domingo 20 de marzo
DOMINGO DE RAMOS
Primera lectura: Isaías 50, 4-7
Salmo responsorial: 21, 8-9.17-20. 23-24
Segunda lectura: Filipenses 2, 6-11
EVANGELIO
Mateo 26, 14-28
14
Entonces uno de los Doce, Judas Iscariote, fue a ver a los sumos sacerdotes
15
y les
propuso:
-¿Cuánto estáis dispuestos a darme si os lo entrego? Ellos quedaron en darle treinta
monedas de plata (Zac 11,12). 16Desde entonces andaba buscando ocasión propicia para
entregarlo.
17
El primer día de los Ázimos se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron:
-¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?
18
-Él contestó:
-Id a la ciudad, a casa de Fulano, y dadle este recado: «El Maestro dice que su momento
está cerca y que va a celebrar la Pascua en tu casa con sus discípulos».
19
Los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la cena de Pascua.
20
Caída la tarde se puso a la mesa con los Doce.
21
Mientras comían, dijo:
-Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar.
22
Ellos, consternados, empezaron a replicarle uno tras otro:
-¿Acaso soy yo, Señor?
23
Respondió él:
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-Uno que ha mojado en la misma fuente que yo me va a entregar. 24El Hijo del hombre se
va, como está escrito de él; pero ¡ay de ese hombre que va a entregar al Hijo del hombre! Más le
valdría a ese hombre no haber nacido.
25
Entonces reaccionó Judas, el que lo iba a entregar, diciéndole:
-¿Acaso soy yo, Rabbí?
Respondió:
-Tú lo has dicho.
26
Mientras comían, Jesús cogió un pan, pronunció una bendición y lo partió; luego lo dio
a sus discípulos, diciendo:
-Tomad, comed: esto es mi cuerpo.
27
Y cogiendo una copa, pronunció una acción de gracias y se la pasó, diciendo:
-Bebed todos de ella, 28pues esto es la sangre de la alianza mía, que se derrama por todos para el
perdón de los pecados.
COMENTARIOS
I
Y POR ESO LO MATARON
Dios no es un sádico, sino un Padre. Por eso no podemos decir que la muerte de Jesús fue una
exigencia de Dios para expiar los pecados de la humanidad. No fue Dios, sino la humanidad, la que
exigió tal sacrificio: la torpeza de una humanidad que necesita ver morir a alguien para tomar conciencia
de sus miserias, que necesitó ver morir al Hijo de Dios para descubrir el camino de su salvación.
DIOS NO ES UN SADICO
No. Dios no es un sádico a quien le guste el sufrimiento de los hombres. No. La pasión y
muerte de Jesús no es la satisfacción que Dios exige para conceder el perdón a la humanidad
pecadora. La muerte de Jesús no es el castigo que se merecía la humanidad y que Jesús sufre en
nombre de todos los hombres, sus hermanos. Dios no necesita ni exige que nadie sufra para
perdonar. Dios perdona gratuitamente, no porque nosotros nos lo merezcamos ni porque haya
tenido que merecérnoslo nadie. Dios perdona porque es Padre, porque es amor, porque nos quiere
y desea nuestra felicidad. Y eso sí que se manifiesta en la cruz de Jesús: el amor de Dios en el
amor de Jesús, su hijo, quien, al enseñarnos a amar, se dejó la piel en el empeño.
Y POR ESO LO MATARON
«Es que sabía que se lo habían entregado por envidia».
¿Cuál fue, entonces, la causa de la muerte de Jesús?
Está claro, desde el principio del evangelio, que Jesús no se lleva bien con determinados
grupos de la sociedad judía ni con los representantes de determinadas instituciones.
El gobierno autónomo judío estaba formado por tres grupos, con los que repetidamente
había chocado Jesús: los sumos sacerdotes, responsables últimos del aparato religioso; los senadores, miembros de las grandes familias de terratenientes de Palestina, y los letrados, los
teólogos oficiales del régimen, casi todos del partido fariseo.
Jesús se había enfrentado con todos estos grupos diciéndoles cosas como éstas: que habían
convertido -los sumos sacerdotes- la religión en un negocio y que ellos eran unos bandidos (Mt
21,13); que era más fácil que un camello pasara por el ojo de una aguja que un rico entrara en el
reino de Dios (Mt 19,23-24); que eran -los fariseos- unos hipócritas que, con el pretexto de la
religiosidad, se aprovechaban de la gente (Mt 23,1-36)... Y no se lo perdonaron.
«ESTE ES JESUS, EL REY DE LOS JUDÍOS»
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En el juicio que le hicieron los dirigentes de su pueblo lo acusaron de delitos religiosos.
Para ellos tenían más importancia y, además, en su predicación Jesús había arremetido con fuerza
contra aquella religión opresora que se habían montado. Pero como ellos no podían matarlo -los
que allí mandaban de verdad eran los romanos (Roma era la superpotencia de entonces, lo
llevaron al tribunal del gobernador y allí lo acusaron de delitos políticos: que pretendía hacerse
rey (lo que no era verdad) y que defendía que no se debían pagar impuestos a los invasores (y en
esto se quedaron cortos).
A Jesús lo mataron porque estorbaba: a los religiosos, que se habían apropiado de Dios, y
Jesús se lo devolvió al pueblo; a los ricos, que agradecían a Dios sus riquezas, cuando en realidad
Dios, según Jesús, estaba de parte de los pobres, víctimas de la injusticia de la riqueza; a los
teólogos oficiales, que hablaban de un Dios amo) dueño, mientras que Jesús mostró que Dios es
Padre y Liberador; a los poderosos, que también ellos ponían a Dios en el origen de su poder, y
Jesús, en cambio, decía que era el demonio el que ofrecía todos los reinos y todo su esplendor...
Les estorbaba. Y por eso lo mataron.
Y POR ESO SE DEJO MATAR
Jesús sabía que, desde el principio, le tenían ganas todos los que hemos citado antes. Pero
no se echó para atrás. El había asumido un compromiso de lealtad para con Dios y de solidaridad
con la humanidad y estaba dispuesto a llevarlo hasta el final, hasta la muerte si era preciso.
Porque su enfrentamiento con los ricos y poderosos de este mundo no se debía a su deseo
de conseguir él los puestos que ellos ocupaban, como casi siempre ocurre, sino, muy al contrario,
a su propósito de ofrecer a los hombres un modo alternativo de vivir, un modo de organizar la
sociedad humana en el que no cabe ni la injusticia, ni la explotación de los pobres, ni la opresión
de los humildes, ni la alienación (alienación comedura de coco) de los sencillos. El venía a
revelar el verdadero rostro de Dios: dador de vida y amor, Padre que no puede soportar el
sufrimiento de sus hijos y que quiere que los hombres sean verdaderamente libres, que sean
dichosos y que construyan su felicidad compartiendo el amor y viviendo como hermanos.
Jesús tenía que enseñar a los hombres que lo que puede salvar al mundo de éstos no es ni
el poder, ni el dinero, ni la violencia, ni la sabiduría que justifica todo esto; que lo único que
puede salvar a la humanidad es el amor.
Y por eso se dejó matar: por amor. Para ser fiel a su compromiso de amor y para
enseñarnos cómo es posible amar hasta la muerte.
«... Y EXHALO EL ESPIRITU»
Por eso, al exhalar su último suspiro, entregó su Espíritu
-el Espíritu de Dios, que el poseía en plenitud-, como el último y definitivo acto de su
compromiso de amor con sus hermanos los hombres. Era parte esencial de su misión: tenía que
ofrecer el Espíritu a los hombres para que, con la fuerza de ese Espíritu, fueran capaces de amar a
los demás más que a sí mismos, para que, amando de ese modo, fueran haciéndose hijos de Dios
y hermanos unos de otros. Y así, de su amor, llevado hasta la exageración en la cruz, nace la
posibilidad para cada hombre de llegar a ser hijo de Dios y de vivir como hermanos de los
hombres.
Así, lo que parecía su derrota se convirtió en la manifestación de su gloria:
«Verdaderamente éste era Hijo de Dios».
II
Al contrario que en Mc, es Judas quien pide dinero por entregar a Jesús (v. 14). Judas es el
hombre que no ha hecho la opción por la pobreza (5,3), y el afán de dinero lo ha llevado a traicionar
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el mensaje (13,22). El precio que los sumos sacerdotes ponen a Jesús se encuentra en Zac 11,12
(LXX). Las treinta monedas de plata eran el precio de un esclavo (Ex 21,32).
La escena tiene lugar "el primer día de los Azimos" (fiesta de los panes sin levadura), la
tarde de la víspera de Pascua. Son los discípulos los que recuerdan a Jesús que ha de ser preparada
la cena. Jesús, consciente de que "su momento" -el de su muerte- está cerca, manda a todos los
discípulos a dar el recado a un desconocido.
"Caída la tarde se puso a la mesa con los Doce" (v. 20). "Los Doce" se identifican con
"sus discípulos"; se ve el valor simbólico del número, que designa al grupo como el Israel
mesiánico. Jesús anuncia la traición, provocando la tristeza y la inseguridad de ellos (v. 21);
"mojar en la misma fuente" era gesto de amistad e intimidad.
Y añade: "El Hijo del hombre se va, como está escrito de él; pero ¡ay de ese hombre que
va a entregar al Hijo del hombre! Más le valdría a ese hombre no haber nacido". Hay una clara
oposición entre "el Hijo del Hombre" y "ese hombre", es decir, entre el portador del Espíritu de
Dios (3,16) y el que carece de él. Al entregar al Hijo del hombre a la muerte, Judas elimina de sí
mismo todos los valores propios del Hijo del hombre y pretende acabar definitivamente con ellos.
Renuncia para siempre a su plenitud humana. Prefiere el dinero a su propio ser. La vida del
hombre es un camino hacia la plenitud; quien renuncia a ella se condena él mismo al fracaso; más
le valdría no haber nacido.
"Entonces reaccionó Judas, el que lo iba a entregar, diciendo: -¿Acaso soy yo, Rabbí?
Jesús respondió: -Tú lo has dicho (v. 25). Jesús va estrechando el circulo de los posibles traidores
(v. 21: «uno de vosotros»; v. 23: "Uno que ha mojado en la misma fuente que yo"). A la primera
denuncia todos reaccionan, excepto Judas: "Ellos, consternados, empezaron a replicarle uno tras
otro: ¿Acaso soy yo, Señor?" (v. 22).
A la segunda, Jesús se ve forzado a reaccionar: "Tú lo has dicho" (v. 25).
Sin reproche alguno, Jesús identifica al traidor, aunque no necesariamente a los oídos de
todos. Es su último esfuerzo para que Judas tome conciencia de lo que va a hacer y recapacite.
“Cuerpo” significaba la persona en cuanto identificable y activa; “sangre” (símbolo de la
muerte violenta) denotaba también a la persona en cuanto entregada a la muerte.
El sentido inmediato del pan es el de alimento, y como tal indispensable para la vida. Al
mismo tiempo, era símbolo de la Ley. Al identificar Jesús el pan con “su cuerpo” sustituye el
código de la alianza antigua por el de la suya: la norma de vida para el discípulo es él mismo, su
persona y su actividad. Invita a los discípulos a comer el pan, es decir, a asimilarse a su persona; es
una expresión del seguimiento. La bendición que pronuncia Jesús pone este relato en relación con el
primer episodio de los panes (14,19). La entrega de los discípulos a la gente, simbolizada por el
reparto del pan, se hace posible por esta entrega de Jesús a ellos y la identificación de ellos con
Jesús.
Al darles este pan, simboliza Jesús su entrega a ellos por amor; ellos, a su vez, deberán
entregarse a todos en el pan que repartan. Mt no constata que los discípulos comiesen el pan.
La copa es símbolo de pasión y de muerte. La acción de gracias pone el relato en relación
con el segundo episodio de los panes (15, 35s).
III
Ya teníamos redactado el comentario bíblico para este domingo, cuando nos hemos decidido
a rechazarlo y a redactar otro desde un planteamiento distinto al habitual. Pedimos disculpas a
quienes buscarán un comentario «normal» -que esperamos podrán encontrar fácilmente en la red -.
Esta vez nosotros vamos a tratar de hacer un comentario pensando en aquellas personas que -como
también nosotros esta vez ante el comentario que teníamos ya redactado- se sienten mal ante ese
ámbito de conceptos bíblicos que se repiten y enlazan indefinidamente sin salir de un ambiente en el
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que muchos de nosotros -que pensamos como personas seculares, de la calle, con las
preocupaciones diarias de la vida- sentimos que casi nos asfixiamos.
En efecto, muchos de nuestros comentarios bíblicos al uso pareciera que se mueven en «otro
mundo», un mundo propio de referencias bíblicas intrasistémicas, que funcionan con lógica
particular, y que están de antemano inmunizados contra toda crítica, porque, en ese ambiente
bíblico-litúrgico al que están destinados, todo debe ser recibido sin discusión, sin espíritu crítico y
«con fe». Los que tenemos una fe crítica, una fe que no quiere dejar de ser de personas de hoy y de
la calle, nos preguntamos: ¿es posible celebrar la semana santa de otra manera? ¿Así como
buscamos «otra forma de creer», hay «otra forma de celebrar y acoger la semana santa»?
Veamos. Comencemos preguntándonos: ¿qué sienten, qué sentimos, ante la semana santa,
muchas personas creyentes de hoy?
Muchos creyentes adultos (trabajadores, profesionales de las más variadas ramas, y también
intelectuales, o simples personas cultas) se sienten mal cuando, en semana santa, por la especial
significación de tales días, o por acompañar a la familia -y con el recuerdo de una infancia y
juventud tal vez religiosa-, entran en una iglesia, captan el ambiente, y escuchan la predicación. Se
sienten de pronto sumergidos de nuevo en aquel mundo de conceptos, símbolos, referencias
bíblicas... que elaboran un mensaje sobre la base de una creencia central que fuera del templo uno
nunca se encuentra en ningún otro dominio de la vida: la «redención». Estamos en semana santa, y
lo que celebramos -así perciben en el templo- es el gran misterio de todos los tiempos, lo más
importante que ha ocurrido desde que el mundo es mundo...: la redención. El «hombre» fue creado
por Dios (sólo en segundo término la mujer, según la Biblia), pero ésta, la mujer, convenció al
varón para que comieran juntos una fruta prohibida por Dios. Aquello fue la debacle del plan de
Dios, que se vino abajo, se interrumpió, y hubo de ser sustituido por un nuevo plan, el plan de la
redención del ser humano, caído desde entonces en desgracia de Dios por la infinita ofensa que le
fue infligida por el «pecado original».
Esa redención consistió en la «venida de Dios al mundo», encarnado en Jesús, para asumir
así nuestra representación y «pagar» por nosotros a Dios una reparación por semejante ofensa
infinita. Y es por eso por lo que Jesús sufrió indecibles tormentos en su Pasión y Muerte, para
«repararla», redimiendo y rescatando a la Humanidad, y consiguiéndole el perdón de Dios. Esta es
la interpretación, la teología sobre la que se construyen y giran la mayor parte de las
interpretaciones en curso durante la semana santa. Y éste es el ambiente ante el que muchos
creyentes de hoy se sienten mal. Sienten que se asfixian. Se ven trasladados a otro mundo, que ver
ni con el mundo real de cada día, ni con el de la ciencia, de la información, o del sentido más
profundo de la existencia.
¿Hay otra forma de entender la Semana Santa, que no tenga que transitar por el mundo
manido de esa teología en la que muchos ya no creemos?
¿«No creemos», he dicho? Ante todo hay que decir -para alivio de muchos- que
efectivamente, se puede no creer en tal teología. No se trata de ningún «dogma de fe» (aunque se
tratara, tampoco ello la haría creíble). Se trata de una maravillosa construcción interpretativa del
misterio de Cristo, debida a la genialidad medieval de san Anselmo de Canterbury, que desde su
visión del derecho romano, construyó, «imaginó» una forma de explicarse a sí mismo, en aquel
contexto cultural, el sentido de la muerte de Jesús. Estaba condicionado por muchas creencias
propias de la Edad Media, e hizo lo que pudo, y lo hizo bien: elaboró una fantástica interpretación
que cautivó las mentes de sus coetáneos y perduró hasta el siglo XX. Habría que felicitar a san
Anselmo, sin duda.
El Concilio Vaticano II es el primer momento eclesial que supone el abandono o al menos la
superación de la interpretación de la significación de Jesús más allá de la redención. Por supuesto
que en los documentos conciliares aparece la materialidad del concepto, numerosas veces incluso,
pero la estructura del pensamiento y de la espiritualidad conciliar van ya mucho más allá. El
significado de Jesús para la Iglesia posconciliar -no digamos para la Iglesia con espiritualidad de la
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liberación- deja de pasar por la redención, la sustitución penal satisfactoria, el pecado original, los
terribles sufrimientos expiatorios. Desaparecen estas referencias, y cuando sorpresivamente se oyen,
suenan extrañas, incomprensibles, y hasta suscitan rechazo. Es el caso de la película de Mel Gibson,
que fue rechazada por tantos espectadores creyentes, no por otra cosa que por la imagen del «Dios
cruel y vengador» que daba por supuesta, imagen que, evidentemente, hoy no sólo no es creíble
sino que invita vehementemente al rechazo.
¿Cómo celebrar la semana santa cuando se es un cristiano que ya no cree en esas creencias?
Uno se siente profundamente cristiano, admirador de Jesús, discípulo suyo, seguidor de su Causa,
luchador de la misma Utopía... pero se siente mal en ese otro ambiente asfixiante de las
representaciones de la pasión al nuevo y viejo estilo de Mel Gibson, de los viacrucis, los pasos de
semana santa, las meditaciones las siete palabras, las horas santas que retoman repetitivamente las
mismas categorías teológicas del san Anselmo del siglo XI...
«Otra semana santa es posible». Sí. Una semana santa que no deja de ser, en primer lugar, la
celebración festiva de raíces indígenas originarias que nuestros ancestros ya pusieron en práctica
sobre la base astronómica cierta del equinoccio. Una fiesta que ha evolucionado muy creativamente
al ser heredada de un pueblo a otro, de una a otra cultura, de una religión a otra. Una fiesta que fue
heredada también por los nómadas israelitas como la fiesta del cordero pascual, y después
transformada por los israelitas sedentarios como la fiesta de los panes ácimos, en la Pascua... La
fiesta que los cristianos luego cristianizaron como la fiesta de la Resurrección, y que sólo más tarde,
con el devenir de los siglos, en la oscura Edad Media, fue dominada por la interpretación de la
redención.
¿Por qué quedarse prendidos de una interpretación medieval, cautivos de una teología y una
interpretación que no es ya la nuestra y que podemos licenciar porque ya cumplió su papel? ¿Por
qué no sentirse parte de esta procesión tan humana y tan festiva de interpretaciones y
hermenéuticas, para aportar nosotros también a ese cortejo, con creatividad, lo que nos corresponde
hoy?
No vamos a desarrollar aquí, ahora, una nueva interpretación de estas fiestas. Vamos a
dejarlo a la creatividad de cada quien. Bástenos por hoy cumplir nuestra pretensión doble: aliviar a
los que se sentían culpables del deseo de que «otra semana santa es posible», por una parte, y, por
otra, de invitar a todos a la creatividad, libre, consciente, responsable y gozosa.
--Aunque los señalaremos concretamente en los próximos días, recordamos que los temas de
la Pasión de Jesús están recogidos ampliamente en la serie «Un tal Jesús», principalmente en los
episodios 106 a 126. Los audios y los guiones de estos episodios pueden recogerse libremente de
http://www.untaljesus.net
Como bibliografía para recuperar lo mejor de la visión clásica de la teología respecto a la
pasión y muerte de Jesús, recomendamos el excelente libro de Boff Pasión de Cristo, Pasión del
mundo (Sal Terrae en España, Indoamerican Press en Colombia, Vozes en Brasil...). Del mismo
autor, el artículo 217 en la RELaT (http://servicioskoinonia.org/relat).
Para la revisión de vida
Comienza la «semana mayor» de todo el año. La semana santa se ha convertido en
muchos lugares en una minivacación. Sugerencia: plantearme bien la semana santa. Si tengo
posibilidad, dedicar esta «vacación» a atender lo que en la agitada vida diaria me veo imposibilitado
de cuidar suficientemente: mi profundidad, mi oración, mi paz interior, el respaldo de coherencia
interna que quiero dar a mi compromiso externo…
El siervo de Dios responde con prontitud a la llamada para escuchar y anunciar la
palabra del Señor. ¿Tengo yo esa misma disponibilidad? ¿Me puede el miedo a la persecución de
los que quedan desenmascarados por esa palabra o es más fuerte mi confianza en Dios?
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Marzo - 68
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Para la reunión de grupo
La semana santa puede ser buena ocasión para dar un repaso a las hipótesis teológicas más
conocidas sobre la muerte de Jesús y su valor salvífico. Un buen material para preparar una
exposición inicial en la reunión de grupo, o un libro para tenerlo todos y estudiarlo y comentarlo es
“Pasión de Cristo, Pasión del Mundo”, de Leonardo BOFF, con ediciones en varias editoriales y
países: Sal Terrae (España), Indoamerican Press (Colombia), Vozes (Brasil)…
La semana santa es la «semana mayor» y el triduo sacro es el la concentración de la
celebración pascual, y la vigilia pascual es el momento culminante. Será bueno preguntar a algunas
personas mayores que recuerden cómo eran las celebraciones de la Semana Santa antes de la
reforma de Pío XII en 1950, con sus notorias diferencias con el modo actual. Y cabe preguntar: ¿por
qué la vigilia pascual no ha entrado todavía en la conciencia del pueblo cristiano como lo que es: el
centro de todo el año litúrgico?
Se puede montar diferentes reuniones de estudio sobre la pasión de Jesús y/o los temas
propios de la semana santa en general tomando como base algunos de los capítulos de la serie «Un
tal Jesús», principalmente del 106 al 126. Los audios y los guiones pueden ser recogidos de
www.untaljesus.net
Aunque no estamos acostumbrados a hacerlo, también puede ser una buena actividad de
grupo escuchar la Pasión según san Mateo, de Johan Sebastian Bach, presentada y comentada
previamente por un buen conocedor de la misma.
Para la oración de los fieles
Para que la Iglesia, siguiendo el ejemplo de Jesús, lleve su obediencia al Padre y su servicio
a las personas hasta las últimas consecuencias. Roguemos al Señor...
Para que los gobernantes sirvan a los intereses de los pueblos y no a sus propias
aspiraciones. Roguemos...
Para que los pobres y los oprimidos sean los primeros en obtener el respeto a sus derechos y
la justicia para sus vidas. Roguemos...
Para que mostremos nuestra devoción a Cristo crucificado siendo solidarios con los
crucificados de nuestro tiempo. Roguemos...
Para que sepamos descubrir y transmitir la fuerza del amor de Dios en medio de las
dificultades, los sufrimientos, y la muerte. Roguemos...
Para que todos los difuntos compartan la resurrección de Cristo, igual que han compartido
ya con él la muerte. Roguemos...
Oración comunitaria
Dios, Padre nuestro, tú enviaste a tu Hijo entre nosotros, para que descubramos todo
el amor que nos tienes. Y cuando nosotros respondemos a ese amor con nuestro rechazo, matando a
tu hijo, Tú no te echaste atrás sino que seguiste adelante con tu plan de ser nuestro mejor amigo.
Ablanda nuestros corazones para que sepamos responder a tu amor con el nuestro. Por Jesucristo.
Oh Dios, Padre y Madre Universal, de todos los pueblos y de todos los hombres y
mujeres, en quienes has depositado, por medio de sus culturas y religiones, la sed de encontrarse
consigo mismos y contigo, Fuente Originaria. Te pedimos que en estas fiestas que se avecinan, tan
tradicionales y ancestrales, nos sintamos en comunión con todos los hombres y mujeres que te
buscan a Ti y buscan también el sentido de su vida. Nosotros lo celebramos en el seguimiento de
Jesús, hijo tuyo y hermano nuestro. Amén.
Lunes 21 de marzo
Marzo - 69
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Lunes Santo
EVANGELIO
Juan 12, 1-11
1
12
Jesús, seis días antes de la Pascua, fue a Betania, donde estaba Lázaro, el muerto al que
él había levantado de la muerte. 2Le ofrecieron allí una cena, y Marta servía; Lázaro era uno de
los que estaban reclinados con él a la mesa. 3Entonces María, tomando una libra de perfume de
nardo auténtico de mucho precio, le ungió los pies a Jesús y le secó los pies con el pelo. Y la
casa se llenó de la fragancia del perfume.
4
Pero Judas Iscariote, uno de sus discípulos, el que iba a entregarlo, dijo:
5
-¿Por qué razón no se ha vendido ese perfume por trescientos denarios de plata y no se
ha dado a los pobres?
6
Dijo esto no porque le importasen los pobres, sino porque era un ladrón, y como tenía la
bolsa, se llevaba lo que echaban.
7
Dijo entonces Jesús:
-¡Déjala!, que lo guarde para el día de mi sepultura; 8pues a los pobres los tenéis siempre
entre vosotros, en cambio a mí no me vais a tener siempre.
9
Una gran multitud de judíos se enteró de que estaba allí y fueron no sólo por Jesús, sino
también para ver a Lázaro, al que había levantado de la muerte.
10
Los sumos sacerdotes, por su parte, acordaron matar también a Lázaro, 11porque debido
a él muchos de aquellos judíos se marchaban y daban su adhesión a Jesús.
COMENTARIOS
I
12,1-2 Jesús, seis días antes de la Pascua, fue a Betania, donde estaba Lázaro, al que él
había levantado de la muerte. Le ofrecieron allí una cena, y Marta servía; Lázaro era uno de los
que estaban recostados con él a la mesa.
Se menciona la Pascua sin la determinación “de los Judíos” (2,13; 6,4; 11,55), porque la
que va a celebrarse es la Pascua de Jesús. Betania, sin localización precisa (cf. 1,28; 10,40;
11,1.18), es el lugar de su comunidad. Allí, donde está presente Lázaro muerto y vivo al mismo
tiempo, va a celebrarse una fiesta en honor de Jesús.
Esta cena (13,2.4; 21,10), que sustituye al banquete fúnebre, es una acción de gracias a
Jesús por el don de la vida. La celebración cristiana no se dirige a un Jesús ausente o distante,
sino presente y participante.
Los personajes establecen relaciones diversas, mostrando ser figuras complementarias.
Marta sirve: representa a la comunidad donde el amor a Jesús se traduce en servicio a todos.
Lázaro, el comensal pasivo, está en relación solamente con Jesús (estaba recostado con él a la
mesa). Una vez quitada la losa que separaba a los muertos de los vivos, y desatado Lázaro, éste
puede tomar parte en la cena. Se había marchado con el Padre (11,44) y está presente en la
comunidad, lugar de la presencia del Padre (14,23). Físicamente muerto, pero vivo para siempre,
representa a la comunidad de Jesús, en cuanto ésta posee una vida que supera la muerte.
3 Entonces María, tomando una libra de perfume de nardo auténtico de mucho precio, le
ungió los pies a Jesús y le secó los pies con el pelo. Y la casa se llenó de la fragancia del
perfume.
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Marzo - 70
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María representa a la comunidad en su relación íntima con Jesús. Su gesto muestra el
agradecimiento por el don de la vida definitiva. El alto precio del perfume es símbolo de su amor
sin tasa. El evangelista utiliza el lenguaje del Cantar de los cantares, mostrando que María,
representante de la comunidad, asume el papel de Esposa respecto a Jesús, el Esposo (3,29) (Cant
1,12: “mientras el rey [= el esposo] estaba en su diván, mi nardo despedía su perfume”). El
perfume que derrama María simboliza así el amor de la comunidad por Jesús, que responde al
amor que él le ha mostrado comunicándole la vida (1,16). La frase le secó los pies con el pelo,
alude a Cant 7,6 (“con tus trenzas cautivas a un rey”) e insinúa el amor de Jesús por los suyos.
La frase final: la casa se llenó de la fragancia del perfume, subraya que el ambiente de la
comunidad está impregnado del aroma del amor-Espíritu (contraste con Jr 25,10 LXX), perfume
de vida e inmortalidad, que tiene por centro a Jesús (Cant 1,3: “La fragancia de tus perfumes
supera todos los aromas; perfume derramado es tu nombre, por eso las doncellas se enamoran de
ti”). Con Jesús, el Esposo, ha vuelto la alegría que llenó a Juan Bautista (3,29); existe de nuevo el
aroma del amor, amor recibido de Jesús y devuelto a él, que es vínculo de unión entre los
discípulos.
En resumen: La comunidad cristiana celebra la nueva vida, el fin de la creación del
hombre por obra de Jesús. En esa celebración Jesús está presente, y el amor y agradecimiento que
se le expresan redundan en la comunidad, llenándola de Espíritu. Éste se simboliza con el
perfume porque es vida e inmortalidad, y se opone al hedor que temía Marta de su hermano
muerto (11,39); éste se ha cambiado en perfume, porque la comunidad sabe que la vida ha
vencido a la muerte. Jesús ha llevado a cabo el designio de Dios sobre el hombre, dándole vida
definitiva. De ahí el precio del perfume: esa vida sobrepasa todo precio.
4-6 Pero Judas Iscariote, uno de sus discípulos, el que iba a entregarlo, dijo: «¿Por qué
razón no se ha vendido ese perfume por trescientos denarios y no se ha dado a los pobres?» Dijo
esto no porque le importasen los pobres, sino porque era un ladrón y, como tenía la bolsa, se
llevaba lo que echaban.
En la comunidad hay una voz discordante. Judas es el traidor; uno que es discípulo va a
entregar a Jesús. La pregunta de Judas es una protesta; la cifra que menciona, trescientos
denarios, representa una suma considerable, pues el denario era el jornal de un obrero; equivale,
por tanto, casi a un año de trabajo.
Judas prefiere el dinero al amor y, por tanto, a Jesús. En realidad, está poniendo precio a
su persona, tasando lo que no tiene precio. Resuena de nuevo el texto del Cantar: “Si alguno
quisiera comprar el amor con todas las riquezas de su casa, se haría despreciable” (8,7). Judas no
cree en el amor generoso; el dinero es para él el valor supremo. María desvaloriza el dinero;
Judas, el amor.
El pretexto que aduce pone la actividad exterior de la comunidad por encima de la
expresión de su propia vida; habla como si se pudiese amar a otros sin experimentar el amor de
Jesús y corresponder a él; como si el amor mutuo no fuese la identidad y el distintivo de la
comunidad y la plataforma necesaria para la actividad.
Pretende oponer los pobres a Jesús. Estima que la muestra de amor debe darse únicamente
a ellos. Como solución a la pobreza propone Judas la limosna, el dinero sin entrega personal.
Pero el único modo de llegar a los pobres es identificarse con Jesús, que da vida dándose él; así
han de hacerlo los suyos: entregarse a los demás para comunicar vida.
Judas es mentiroso: los pobres no le importan; siendo ladrón, pretendía sacar ventaja de la
venta del perfume. En realidad, no opone Jesús a los pobres, sino a su propio interés. Le molesta
el amor demostrado a Jesús porque impide su provecho personal. El que pretende ocuparse de los
pobres, en vez de compartir lo suyo (6,11), se apropia de lo ajeno (se llevaba). Acapara, cuando
el acaparar es la razón de que haya pobres. En vez de darse él mismo, como Jesús, despoja a los
demás y retiene para sí, causando pobreza.
Marzo - 71
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7-8 Dijo entonces Jesús: «¡Déjala!, que lo guarde para el día de mi sepultura; pues a los
pobres los tenéis siempre entre vosotros, en cambio a mí no me vais a tener siempre».
El homenaje que tributa la comunidad a Jesús tiene por motivo la victoria de la vida sobre
la muerte. Cuando llegue el momento de la muerte de Jesús deberán afirmar de nuevo esa
victoria. Lo que ya saben de Lázaro, deberán creerlo de Jesús. Pero, a pesar de la recomendación
que éste les hace, el perfume no será conservado (19,38).
A través de su muerte, Jesús va a vincularse con todos los pobres, oprimidos, perseguidos
de este mundo. Como él, la comunidad cristiana tendrá que mostrar su solidaridad con ellos.
Cuando cese la presencia física de Jesús entre los suyos, serán los pobres, de los que la
comunidad no se distancia (entre vosotros), los que tomen su puesto. Es a ellos a quienes deberá
dar muestras de su amor. Pero el amor no pone una limosna en la mano para desentenderse luego.
Amar significa acoger: es en la relación personal donde deberá manifestarse el amor. Es decir, la
comunidad se dará a los pobres no en cuanto pobres, sino en cuanto hermanos.
9 Una gran multitud de judíos se enteró de que estaba allí y fueron no sólo por Jesús, sino
también para ver a Lázaro, al que había levantado de la muerte.
Jesús estaba allí, en la comunidad (cf. 12,2: le ofrecieron allí una cena). Es el lugar donde
se celebra la vida rindiendo homenaje a Jesús presente. Lázaro, el muerto-vivo, se convierte en
figura de la comunidad cristiana, la de los que resucitan de la muerte. La comunidad da
testimonio ante el mundo, más que con palabras, con su nuevo talante: sus miembros, al haber
perdido el miedo a la muerte, son personas plenamente libres. Por eso, no sólo Jesús, sino
también ella es centro de atracción. La fe en la vida definitiva como ya presente da a la
comunidad su fisonomía y la hace testigo de la salvación.
Este testimonio tiene una vasta repercusión entre los adictos a la institución judía. Con su
obra, Jesús ha creado la esperanza. La vida y la alegría que reinan en su comunidad atrae a los
que nunca las habían conocido por estar integrados en un sistema de muerte.
10-11 Los sumos sacerdotes, por su parte, acordaron matar también a Lázaro, porque
debido a él muchos de aquellos judíos se marchaban y daban su adhesión a Jesús.
Las autoridades religiosas no toleran la libertad ni la autonomía de la comunidad cristiana.
Reaccionan, sin vacilar tampoco ahora ante el homicidio; es decir, se proponen eliminar, no sólo
a Jesús (11,53), sino también a los suyos, que poseen una vida cuya evidencia provoca el éxodo
de sus partidarios. Los sumos sacerdotes ven derrumbarse su credibilidad y, con ella, su poder.
Ven que sus mismos adeptos se ponen de parte del condenado por ellos. La existencia de un
grupo alternativo pone en peligro las bases del sistema, pues muestra la nueva calidad humana
que es posible para todos. El propósito de matar a Lázaro, es decir, eliminar al grupo de Jesús, es
el intento de apagar la esperanza.
II
En la última cena en Betania, poco antes de la cena donde Jesús celebró la Pascua con sus
discípulos y discípulas, Jesús es ungido con un perfume. Esta cena está en Marcos 14, 3-9 y en
Mateo 26, 6-13 y ahora aquí en Jn 12, 1-11. En el capítulo 11 del Evangelio de Juan vimos la
resurrección de Lázaro, donde el personaje principal es Marta. Ahora es María. No debemos
confundir esta María, hermana de Lázaro, con María Magdalena. Menos aún confundir estas dos
Marías con la pecadora pública de Lc 7.
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Marzo - 72
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María unge los pies de Jesús, no su cabeza, anunciando el lavado de los pies que realizará
Jesús a sus discípulos en la cena de Pascua (Jn 13, 1-13). El IV Evangelio ha contextualizado toda
la escena de la unción de los pies de Jesús en la casa de Lázaro y sus dos hermanas. Toda la sección
de los capítulos 11 y 12 está dominada por la figura de esta familia. Por eso las autoridades deciden
no sólo dar muerte a Jesús (11, 45-54), sino también a Lázaro (12, 9-11).
El capítulo 103 de «Un tal Jesús» glosa evangelio de hoy.
Martes 22 de marzo
MARTES SANTO
EVANGELIO
Juan 13, 21-33, 36-38
21
Dicho esto, Jesús, estremeciéndose, declaró:
-Sí, os aseguro que uno de vosotros me va a entregar.
22
Los discípulos se miraban unos a otros sin poderse explicar por quién lo decía.
23
Uno de sus discípulos estaba reclinado inmediato a Jesús; era el predilecto de Jesús.
24
Simón Pedro le hizo señas de que averiguase por quién podría decirlo. 25Reclinándose entonces
sin más sobre el pecho de Jesús, le pregunto:
-Señor, ¿quién es?
26
Jesús contestó:
-Es aquel para quien yo voy a mojar el trozo y a quien se lo voy a dar.
Mojando, pues, el trozo se lo dio a Judas de Simón Iscariote. 27y en cuanto recibió el
trozo, entró en él Satanás. Por eso le dijo Jesús:
-Lo que vas a hacer, hazlo pronto.
28
Ninguno de los comensales se dio cuenta de por qué le decía esto. 29Algunos pensaban
que, como Judas tenía la bolsa, Jesús le decía: «Compra lo que necesitamos para la fiesta», o
que diese algo a los pobres.
30
E1 tomó el trozo y salió en seguida; era de noche.
31
Cuando salió, dijo Jesús:
-Acaba de manifestarse la gloria del Hombre y, por su medio, la de Dios; 32y, por su
medio, Dios va a manifestar su gloria y va a manifestarla muy pronto.
33
Hijos míos, ya me queda poco que estar con vosotros. Me buscaréis, pero aquello que
dije a los judíos: "Adonde yo voy, vosotros no sois capaces de venir", os lo digo también a
vosotros ahora.
36
Le preguntó Simón Pedro:
-Señor, ¿adónde vas?
Le repuso Jesús:
-Adonde me voy no eres capaz de seguirme ahora, pero, al fin, me seguirás.
37
Le dice Pedro:
-Señor, ¿por qué no soy capaz de seguirte ya ahora? Daré mi vida por ti.
38
Replicó Jesús:
-¿Que vas a dar tu vida por mí? Pues sí, te lo aseguro: Antes que cante el gallo me
habrás negado tres veces.
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COMENTARIOS
I
21-22 Dicho esto, Jesús, estremeciéndose, declaró: «Sí, os aseguro que uno de vosotros
me va a entregar». Los discípulos se miraban unos a otros sin poderse explicar por quién lo
decía.
Se pone el acento en uno de vosotros (cf. 6,70.71; 12,4). Al ver que, a pesar de su amor,
uno de los suyos va a la ruina y a la muerte, Jesús se estremece. Su vida está en peligro; pero,
sobre todo, él, que había siempre amado a los suyos y que va a demostrarles su amor hasta el fin
(13,1), siente horror al percibir el odio que le opone Judas. Todo el esfuerzo de su amor queda
inutilizado, porque este hombre no lo acepta. La frase me va a entregar señala la doble tragedia:
la de Jesús y la de Judas.
La declaración de Jesús coge a los discípulos por sorpresa; provoca inquietud en ellos y
crea una sospecha difusa.
23-26a Uno de sus discípulos estaba recostado inmediato a Jesús; era el predilecto de
Jesús. Simón Pedro le hizo señas de que averiguase por quién podría decirlo. Reclinándose
entonces sin más sobre el pecho de Jesús, le preguntó: «Señor, ¿quién es?» Jesús contestó: «Es
aquel para quien yo voy a mojar el trozo y a quien se lo voy a dar».
Primera mención del discípulo predilecto, que no llevará nunca nombre; está recostado a
la izquierda de Jesús, el más próximo a él. La identificación del discípulo con Jesús se expresa
por la cercanía del puesto que ocupa (inmediato); la de Jesús con él, por el amor que le profesa
(el predilecto de Jesús). Es figura de la nueva comunidad, bajo los rasgos del amigo íntimo.
La figura de este discípulo se contrapone a la de Simón Pedro (cf. 18,15; 20,2ss; 21,7.2023). Éste no puede tomar la iniciativa y hacer la pregunta, porque no está cercano a Jesús, dado
que no comprende su amor ni acepta ser amado, como ha aparecido en el lavado de los pies
(13,8). El primer discípulo, en cambio, puede permitirse un gesto de total intimidad y, echándose
hacia atrás, se apoya sobre el pecho de Jesús y le pregunta sin rodeos.
Jesús no denuncia al traidor a los oídos de todos; no revela su nombre ni lo señala. Sólo el
discípulo predilecto podrá identificarlo por un gesto hacia Judas que va a significar al mismo
tiempo aceptación. Jesús no rompe con el que va a traicionarlo: no ha venido a juzgar, sino a
salvar (12,47).
Con el pan, se ofrecerá él mismo; va a brindar su amistad a Judas hasta el final. Ofrecer a
un comensal un trozo de pan mojado en la salsa era señal de deferencia.
26b-30 Mojando, pues, el trozo, se lo dio a Judas de Simón Iscariote. Y en cuanto recibió
el trozo, entró en él Satanás. Por eso le dijo Jesús: «Lo que vas a hacer, hazlo pronto». Ninguno
de los comensales se dio cuenta de por qué le decía esto. Algunos pensaban que, como Judas
tenía la bolsa, Jesús le decía: “Compra lo que necesitamos para la fiesta”, o que diese algo a los
pobres. Él tomó el trozo y salió en seguida: era de noche.
No se especifica de qué era el trozo, que se menciona cuatro veces en el pasaje; el
evangelista juega con la ambigüedad entre la comida y la eucaristía (pan / carne). Tampoco dice
en qué lo moja Jesús, creando otra ambigüedad (salsa / sangre). En realidad, lo que Jesús ofrece a
Judas es su misma persona dispuesta a aceptar la muerte. Lo invita a rectificar y ser de los suyos,
a comer su carne y beber su sangre y así unirse a él (6,56). Responde al odio con amor, poniendo
su vida en manos de su enemigo. Es el amor hasta el fin, el que no se desmiente nunca. Toca a
Judas hacer su última opción.
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Marzo - 74
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El evangelista evita decir que Judas comió el trozo, lo que habría significado la voluntad
de asimilarse a Jesús. Más adelante se explicará lo que hace con él.
El gesto de amistad de Jesús no encuentra respuesta en Judas; antes al contrario, aumenta
su antagonismo. Se identifica con los principios y valores del sistema: interioriza (entró en él) a
Satanás, el dinero-poder, que lo hace agente suyo y homicida (8,44).
Jesús ha mostrado a Judas su amor hasta el fin, pero no intenta forzarlo. Le ha dejado
plena libertad de opción, aun a costa de su propia vida, y Judas se ha dado su propia sentencia. Es
inútil prolongar la situación (hazlo pronto). Nadie se da cuenta de que la traición es inminente.
Judas administraba los fondos del grupo (12,6). Entre los discípulos se dan dos interpretaciones de las palabras de Jesús, que muestran la falta de comprensión de lo que está sucediendo.
Unos hablan de "comprar" lo necesario para la fiesta, como si Jesús, para celebrar su Pascua,
cuyo lugar será la cruz, tuviese que pedir algo al sistema económico explotador que lo condena a
muerte.; él mismo es el Cordero que va a ser sacrificado. Otros hablan de "dar a los pobres", que
fue la propuesta de Judas para el precio del perfume (cf. 12,5); Jesús la corrigió al afirmar que los
pobres no han de recibir “algo” de la comunidad, sino que han de ser acogidos por ella y han de
recibir de ella, junto con la ayuda, amor y entrega personal.
Se dibuja así la complejidad del grupo: al lado de Judas, el traidor, está Simón Pedro, que
no sabe aceptar el amor de Jesús (13,8); hay otros discípulos, que no han comprendido que el
amor se expresa en el don y, frente a todos ellos, la figura del discípulo predilecto, que representa
el ideal de discípulo de Jesús.
Judas sale llevándose el trozo, la vida de Jesús, para entregarla. Entra en la tiniebla (era de
noche), en el ámbito de los enemigos de Jesús; lleva consigo la luz, para extinguirla (1,5).
31-32 Cuando salió, dijo Jesús: «Acaba de manifestarse la gloria del Hijo del hombre y,
en él, la de Dios; y Dios va a manifestar esa gloria en él y va a manifestarla muy pronto».
Usando la expresión “el Hijo del hombre “Jesús quiere hacer comprender a los discípulos
que es su actitud la que lleva a la plenitud humana, a la realización del proyecto divino.
Antes había interpretado el lavado de los pies (13,12); ahora, tras la salida de Judas,
interpreta lo que está sucediendo. En la primera parte de la frase que pronuncia, destaca la
manifestación de su amor, que revela el de Dios mismo; amor tan grande que, traducido por Jesús
en términos humanos, llega al don de la propia vida; de hecho, por amor al hombre, para salvarlo,
la ha puesto libremente en manos de sus enemigos. En la segunda parte de la frase, afirma que
Dios, a su vez, va a hacer brillar la gloria del Hijo del hombre, pues éste, llegado en la cruz a la
plena condición divina, será el dador del Espíritu.
33 «Hijos míos, ya me queda poco que estar con vosotros. Me buscaréis, pero aquello
que dije a los judíos: “Adonde yo voy, vosotros no sois capaces de venir”, os lo digo también a
vosotros ahora».
Jesús se dirige a los discípulos con un término de afecto (Hijos míos, lit. “hijitos”). El momento es emocionante, porque va a anunciarles su próxima partida. Con esto, las palabras que
siguen toman el carácter de testamento.
Alude Jesús a una frase que pronunció en el templo (8,21). Los discípulos lo buscarán,
porque su ausencia les causará dolor; pero no será como para los judíos, una ausencia definitiva
que los lleve a la ruina. No morirán por su pecado, porque están limpios (13,10).
Sin embargo, tampoco ellos son capaces de ir adonde él se marcha. Él va libremente a la
cruz y, por ella, al Padre (13,3), y en este itinerario nadie es capaz de acompañarlo, porque nadie
puede aún comprender hasta dónde ha de llegar el don de sí mismo, ni la magnitud del amor de
Jesús; nadie puede, por tanto, todavía asociarse a él.
36 Le pregunta Simón Pedro: «Señor, ¿adónde te vas?» Le repuso Jesús: «Adonde me
voy no eres capaz de seguirme ahora, pero, al fin, me seguirás».
Marzo - 75
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De las palabras anteriores, Pedro ha retenido solamente las que anunciaban la marcha de
Jesús (13,33). Quiere saber adónde va. Jesús había dicho que se marchaba solo y que ellos no
podían seguirlo aún. Les dejaba por testamento el mandamiento del amor mutuo. Pedro no se fija
en lo que le toca como discípulo, sino solamente en lo que afecta a Jesús.
Jesús le repite lo que ha dicho antes, pero añadiendo que seguirá su mismo itinerario en el
futuro. Él es el pionero, tiene que abrir el camino del amor total. Lo que ellos hagan será un
seguimiento, no una compañía.
37-38 Le dice Pedro: «Señor, ¿por qué no soy capaz de seguirte ya ahora? Daré mi vida
por ti». Replicó Jesús: «¿Que vas a dar tu vida por mí? Pues sí, te lo aseguro: Antes que cante el
gallo me habrás negado tres veces».
Pedro (por segunda vez, no se le llama Simón Pedro, cf 13,8) no se conforma. Cree que
Jesús no lo conoce suficientemente y que sólo él mismo sabe cuáles son sus propias posibilidades
(¿por qué no soy capaz...?). Vuelve a singularizarse entre sus compañeros (cf. 13,6-10);
queriendo mostrar a Jesús una adhesión mayor que la de ellos, se declara dispuesto a dar la vida
por él. Pasa por alto el mandamiento del amor a los demás, que lo exhortaba a amar a los otros
como Jesús. Él se vincula solamente a su Señor y quiere sustituirlo en la muerte. Como no
entiende el sentido de la de Jesús, para él, una muerte equivale a otra.
Su generosidad manifiesta su profunda incomprensión: nadie puede sustituir a Jesús en su
función liberadora y manifestadora del amor del Padre. No comprende Pedro que no se trata de
morir por Jesús, sino de dar la vida, con él y como él, por el bien de los hombres. Siguiendo a
Jesús, el discípulo no tiene que sacrificarse por Dios, sino que se hace don de Dios a los demás
hombres, así como Dios mismo, por el Espíritu, se hace don para el hombre. Dios no absorbe,
sino que empuja a amar.
Pedro ha mostrado su arrogancia y su ignorancia. Jesús le responde con ironía (¿Que vas
a dar tu vida por mí?). Él no necesita sacrificios por él ni los acepta. A continuación predice a
Pedro lo que realmente va a suceder, en qué irán a parar sus bravatas.
Pedro, que se ofrece a morir por su Señor, acabará negándolo. Su relación con Jesús no es
tanto la adhesión a su persona (amor) cuanto al papel mesiánico que le atribuye. Su falsa idea de
Mesías va a derrumbarse; sus negaciones manifestarán su profunda decepción.
II
La figura de Judas, contrapuesta a aquella de los discípulos, domina el texto de hoy. En el
pasaje de la unción en Betania, se nos decía que Judas administraba la bolsa común del grupo, que
no le interesaban los pobres y que era ladrón (12, 6). Ahora se nos dice que, cuando tomó el bocado
que le dio Jesús “entró en él Satanás” (13, 27 ver también 13, 2). Judas aparece así como el antidiscípulo. Satanás actúa por detrás del poder, por detrás del dinero y por detrás de personas como
Judas. Satanás tienta a Jesús y a los discípulos con el poder y con el dinero. Satanás es la fuerza
“espiritual” detrás de las instituciones opresoras. Satanás es el príncipe de este mundo.
Lo que mas nos interesa resaltar es la contraposición entre Pedro y el “discípulo que Jesús
quería”. Este discípulo es el testigo de la lanzada cuando Jesús ya ha muerto (19, 35) y el autor del
IV Evangelio (21, 24). Mucho tiempo después se identificó este discípulo anónimo con el apóstol
Juan.
En 13, 23-26 la oposición entre Pedro y el discípulo es muy visible. El discípulo es el que
está cerca de Jesús, el que está recostado en su pecho. Pedro se comunica con Jesús a través del
discípulo. En esta oposición muchos ven la oposición entre una Iglesia más estructurada y el
discipulado. El IV Evangelio representaría la tradición del discípulo en cuanto discípulo, no la
Marzo - 76
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tradición apostólica. En este discipulado hay espacio en igualdad de condiciones para hombres y
mujeres como María Magdalena, Marta y María y la madre de Jesús.
Miércoles 23 de marzo
MIERCOLES SANTO
EVANGELIO
Mateo 26, 14-25
14
Entonces uno de los Doce, Judas Iscariote, fue a ver a los sumos sacerdotes
15
y les
propuso:
-¿Cuánto estáis dispuestos a darme si os lo entrego? Ellos quedaron en darle treinta
monedas de plata (Zac 11,12). 16Desde entonces andaba buscando ocasión propicia para
entregarlo.
17
E1 primer día de los Ázimos se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron:
Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua. 18Él contestó:
-Id a la ciudad, a casa de Fulano, y dadle este recado: «El Maestro dice que su momento
está cerca y que va a celebrar la Pascua en tu casa con sus discípulos».
19
Los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la cena de Pascua.
20
Caída la tarde se puso a la mesa con los Doce.
21
Mientras comían, dijo:
-Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar.
22
Ellos, consternados, empezaron a replicarle uno tras otro:
-¿Acaso soy yo, Señor?
23
Respondió él:
-Uno que ha mojado en la misma fuente que yo me va a entregar. 24El Hijo del hombre se
va, como está escrito de él; pero ¡ay de ese hombre que va a entregar al Hijo del hombre! Más le
valdría a ese hombre no haber nacido.
25
Entonces reaccionó Judas, el que lo iba a entregar, diciéndole:
-¿Acaso soy yo, Rabbí?
Respondió:
-Tú lo has dicho.
COMENTARIOS
I
Al contrario que en Mc, es Judas quien pide dinero por entregar a Jesús (v. 14). Judas es el
hombre que no ha hecho la opción por la pobreza (5,3), y el afán de dinero lo ha llevado a traicionar
el mensaje (13,22). El precio que los sumos sacerdotes ponen a Jesús se encuentra en Zac 11,12
(LXX). Las treinta monedas de plata eran el precio de un esclavo (Ex 21,32).
La escena tiene lugar "el primer día de los Azimos" (fiesta de los panes sin levadura), la
tarde de la víspera de Pascua. Son los discípulos los que recuerdan a Jesús que ha de ser preparada
la cena. Jesús, consciente de que "su momento" -el de su muerte- está cerca, manda a todos los
discípulos a dar el recado a un desconocido.
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"Caída la tarde se puso a la mesa con los Doce" (v. 20). "Los Doce" se identifican con
"sus discípulos"; se ve el valor simbólico del número, que designa al grupo como el Israel
mesiánico. Jesús anuncia la traición, provocando la tristeza y la inseguridad de ellos (v. 21);
"mojar en la misma fuente" era gesto de amistad e intimidad.
Y añade: "El Hijo del hombre se va, como está escrito de él; pero ¡ay de ese hombre que
va a entregar al Hijo del hombre! Más le valdría a ese hombre no haber nacido". Hay una clara
oposición entre "el Hijo del Hombre" y "ese hombre", es decir, entre el portador del Espíritu de
Dios (3,16) y el que carece de él. Al entregar al Hijo del hombre a la muerte, Judas elimina de sí
mismo todos los valores propios del Hijo del hombre y pretende acabar definitivamente con ellos.
Renuncia para siempre a su plenitud humana. Prefiere el dinero a su propio ser. La vida del
hombre es un camino hacia la plenitud; quien renuncia a ella se condena él mismo al fracaso; más
le valdría no haber nacido.
"Entonces reaccionó Judas, el que lo iba a entregar, diciendo: -¿Acaso soy yo, Rabbí?
Jesús respondió: -Tú lo has dicho (v. 25). Jesús va estrechando el circulo de los posibles traidores
(v. 21: «uno de vosotros»; v. 23: "Uno que ha mojado en la misma fuente que yo"). A la primera
denuncia todos reaccionan, excepto Judas: "Ellos, consternados, empezaron a replicarle uno tras
otro: ¿Acaso soy yo, Señor?" (v. 22).
A la segunda, Jesús se ve forzado a reaccionar: "Tú lo has dicho" (v. 25).
Sin reproche alguno, Jesús identifica al traidor, aunque no necesariamente a los oídos de
todos. Es su último esfuerzo para que Judas tome conciencia de lo que va a hacer y recapacite.
II
En plena Semana Santa la liturgia nos invita a reflexionar sobre la traición de Judas para
advertirnos que también nosotros podemos llegar a ser Judas. Pero ¿cómo entender la traición de
Judas? Los evangelios le dan mucho importancia a la traición, pero también muestran un gran
desconcierto, pues no encuentran una razón convincente que la explique. ¿Fue Judas un ladrón que
actuó simplemente por avaricia? Los 30 ciclos de plata que le ofrecieron por entregar a Jesús no era
una gran suma de dinero. Para Lucas (22, 3) y Juan (13, 2) la única explicación es que Satanás entró
en Judas, pero ¿qué significa esto?
Una posible explicación sería que Judas pensaba como uno de aquellos grupos mesiánicos
que esperaban un mesías poderoso, que echaría violentamente fuera de Israel a los Romanos y
restablecería la monarquía de David. Esta mentalidad aparece en algunos discípulos (véase Lc 24 y
Hch 1, 6). Quizás Judas, al pensar que Jesús era un mesías de ese tipo, lo entrega a los judíos para
que Jesús se vea obligado a actuar como tal. Quizás pensaba que Jesús aguardaba un momento
oportuno para manifestarse y Judas, impaciente, lo entrega para acelerar esa decisión de Jesús.
Cuando ve que nada de esto sucede y Jesús es crucificado, Judas se da cuenta de su equivocación,
se desespera y se ahorca.
¿Qué nos enseña este relato? La importancia de entender bien a Jesús, sobretodo entender
bien su poder mesiánico y su proyecto de Reino de Dios. Una mala comprensión de Jesús ha
llevado a muchos a actuar como Judas. Si uno de sus discípulos mas cercanos se equivocó ¿No es
también posible que nosotros nos equivoquemos? Que esta reflexión sobre Judas nos urja a conocer
mejor a Jesús, para no ser hoy nosotros otro Judas.
El capítulo 112 de «Un tal Jesús» glosa evangelio de hoy.
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Jueves 24 de marzo
JUEVES SANTO
EVANGELIO
Juan 13, 1-15
13 1Antes de la fiesta de Pascua, consciente Jesús de que había llegado su hora, la de
pasar del mundo este al Padre, él, que había amado a los suyos que estaban en medio del mundo,
les demostró su amor hasta el fin.
2
Mientras cenaban (el Enemigo había ya inducido a Judas de Simón Iscariote a
entregarlo), 3consciente de que el Padre lo había puesto todo en sus manos y que de Dios
procedía y con Dios se marchaba, 4se levantó de la mesa, dejó el manto y, tomando un paño, se
lo ató a la cintura. 5Echó luego agua en el barreño y se puso a lavarles los pies a los discípulos y
a secárselos con el paño que llevaba ceñido.
6
A1 acercarse a Simón Pedro, éste le dijo:
-Señor, ¿tú a mí lavarme los pies?
7
Jesús le replicó:
-Lo que yo estoy haciendo tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás dentro de
algún tiempo.
8
Le dijo Pedro:
-No me lavarás los pies jamás.
Le repuso Jesús:
-Si no dejas que te lave, no tienes nada que ver conmigo.
9
Simón Pedro le dijo:
-Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza.
10
Jesús le contestó:
-El que ya se ha bañado no necesita que le laven más que los pies. Está enteramente
limpio. También vosotros estáis limpios, aunque no todos.
11
(Es que sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: «No todos estáis limpios».)
12
Cuando les lavó los pies, tomó su manto y se recostó de nuevo a la mesa. Entonces les
dijo:
-¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? 13Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y
con razón, porque lo soy. 14Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, también
vosotros debéis lavaros los pies unos a otros.
15
Es decir, os dejo un ejemplo para que igual que yo he hecho con vosotros, hagáis
también vosotros.
COMENTARIOS
I
1 Antes de la fiesta de Pascua, consciente Jesús de que había llegado su hora, la de pasar
del mundo este al Padre, él, que había amado a los suyos que estaban en medio del mundo, les
demostró su amor hasta el fin.
La frase inicial introduce no sólo el discurso de la cena, sino toda la narración de la
entrega y muerte de Jesús, hasta sus palabras en la cruz (19,30).
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Marzo - 79
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No se menciona lugar; ya no se nombra a Jerusalén, con la que Jesús ha roto
definitivamente. Esta Pascua no es ya “la Pascua de los Judíos” (2,13; 6,4), ahora es la Pascua de
Jesús, la del Cordero de Dios (1,19), que va a permitir el éxodo de las tinieblas a la luz.
Para Jesús, el paso de este mundo al Padre será la cruz, donde se entregará para dar vida al
hombre; allí realizará la última etapa de su éxodo, la llegada a la tierra prometida. Es consciente
del momento que vive y, en consecuencia, de su misión. No va a la muerte (su hora) arrastrado
por las circunstancias, es él quien da su vida. La conciencia de esa hora es la que motiva la
expresión de su amor hasta el fin.
Los suyos (Israel) no lo acogieron (1,11). Jesús, sin embargo, tiene ahora otros a quienes
llama los suyos, los que le han dado su adhesión. Son la nueva comunidad, que sustituye al
antiguo Israel.
Su amor al hombre se ha demostrado en su vida, pero va a resplandecer en su muerte. En
Dt 31,24 se dice: “Cuando Moisés terminó de escribir los artículos de esta Ley hasta el final...”.
Jesús va a demostrar su amor hasta el fin, y ésa será la nueva Escritura que sustituirá a la Ley.
Los dos miembros de la frase: había amado... demostró su amor hasta el fin, son la
definición de la gloria: amor y lealtad (1,14). El amor que no cesa, que no se desmiente ni se
escatima, es la característica de la nueva alianza (1,17).
2-3 Mientras cenaban (el Enemigo había ya inducido a Judas de Simón Iscariote a
entregarlo), consciente de que el Padre lo había puesto todo en sus manos y que de Dios
procedía y con Dios se marchaba...,
Jesús está cenando con los suyos. No se trata de la comida ritual de Pascua, anticipada,
sino de una cena ordinaria. Jesús no celebra el rito establecido; la cena cristiana no es una
continuación de la judía. Aparece de nuevo la ruptura de Jesús con las instituciones de la antigua
alianza. La cena pascual cristiana, la cena de su éxodo, será la de su cuerpo y su sangre,
preparados en la cruz (6,51.54).
“El Enemigo” ha sido presentado antes como “el padre” de los dirigentes judíos (8,44); es
el principio de homicidio y mentira que inspira al círculo de poder, el dios-dinero entronizado en
el templo (2,16; 8,20).
Dios, que es Espíritu (4,24), engendra como Padre hombres que son “espíritu” (3,6); el
Enemigo/diablo engendra hombres que son “enemigos/diablos” (6,70). El hombre nace de Dios al
recibir su amor y tomar por norma de conducta el bien de los demás; nace del Enemigo (el
dinero) al recibir el anti-amor (la ambición de riqueza y la codicia) y tomar por norma el interés
propio, despojando a los demás (12,6: “ladrón” = explotador) y usando para ello la violencia y la
mentira (8,44). El Enemigo, el dios que es el propio interés, ha inducido ya a Judas a entregar a
Jesús, aliándose con el círculo de poder.
Por segunda vez aparece la denominación Judas de Simón Iscariote (cf. 6,71), en
proximidad con una mención de Simón Pedro. Mediante la coincidencia del nombre Simón con el
patronímico de Judas, el evangelista insinúa cierta comunidad de rasgos entre los dos que
traicionan a Jesús, uno de obra y el otro de palabra.
Jesús sabe que de él depende la salvación de la humanidad, el éxito del designio creador
de Dios. Con el lavado de los pies va a mostrar cómo se lleva a término la obra del Padre. Es
consciente de tenerlo todo en su mano, empezando por su propia vida. Al estar en relación con
“la hora”, la de su muerte, la acción que sigue es expresión de su última voluntad y adquiere por
ello carácter fundacional para la nueva comunidad humana.
Jesús tiene plena conciencia de su verdadero origen, Dios, que lo llenó del Espíritu (1,32s;
1,14: “plenitud de amor y lealtad”), y de su itinerario y meta: el don total de sí, en el que Dios
estará plenamente presente como vida absoluta.
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4-5 ...se levantó de la mesa, dejó el manto y, tomando un paño, se lo ató a la cintura.
Echó luego agua en el barreño y se puso a lavarles los pies a los discípulos y a secárselos con el
paño que llevaba ceñido.
Jesús va a mostrar a sus discípulos cuál va a ser la obra de su amor por ellos y por la
humanidad, interpretándola en clave de servicio. Para ello, se despoja del manto, la prenda
exterior, y se ciñe un paño o delantal, propio del que sirve.
La expresión dejó el manto y su correlativa tomó el manto, que aparecerá más adelante
(v. 12), usan en griego los mismos verbos que en 10,17s: entregar la vida... recobrarla. Este
paralelo indica que “dejar el manto” simboliza la entrega de la vida. La obra de Jesús está, pues,
íntimamente ligada a su muerte.
Como imagen de esa obra suya con los hombres elige Jesús la acción de lavar los pies a
los discípulos. Lavar los pies a alguien era un signo de acogida y hospitalidad o deferencia. De
ordinario, lo hacía un esclavo no judío o una mujer; también la esposa a su marido, los hijos e
hijas al padre, es decir, un inferior a un superior; éste último era siempre un hombre libre, un
"señor".
De aquí se deduce el significado del lavado de los pies: Jesús, el Señor, el hombre libre
por antonomasia, se hace servidor de los suyos, dándoles con ello categoría de "señores". A
través de su muerte, su obra será, por tanto, hacer hombres libres, darles su dignidad y crear la
igualdad. Ése va a ser su gran servicio a la humanidad y el fruto de su amor hasta el fin. Lo hará
comunicando a los hombres el Espíritu, la vida divina. De este modo, haciéndolos nacer de Dios,
los colocará en el umbral de su plenitud humana.
"Dar la vida" formula el caso extremo del servicio al ser humano; éste incluye una extensa
gama de actividades que lo promocionan, lo humanizan y lo hacen crecer y madurar.
Por otra parte, al ponerse Jesús, presencia de Dios entre los hombres, a los pies de sus
discípulos, destruye la idea de Dios creada por las religiones: Dios no actúa como soberano
celeste, sino como servidor del hombre. El trabajo de Dios en favor de la humanidad (5,17) no se
hace desde arriba, como una condescendencia, sino desde abajo, levantando al hombre al propio
nivel. En consecuencia, ni el deseo de hacer bien puede justificar ponerse por encima del ser
humano, pues esto equivaldría a ponerse por encima de Dios, que sirve al hombre y lo eleva hasta
él. Invalida así Jesús todo dominio y deslegitima todo autoritarismo.
De lo dicho se desprende que el lavado de los pies no puede interpretarse como un acto de
humildad de Jesús. La grandeza mundana no es un valor al que él renuncie, sino una falsedad e
injusticia que él no acepta. La única grandeza está en ser como el Padre, don total y gratuito de sí
mismo (3,16).
Jesús no pide ayuda, porque en esta acción nadie puede prestársela. Él mismo prepara lo
necesario (echó agua en el barreño). Luego se pone a lavar los pies a los discípulos.
No se indica quién es el primer discípulo a quien Jesús lava los pies ni cuál va a ser el
último: entre ellos no hay orden de precedencia, no hay desigualdad. El evangelista vuelve a
mencionar que Jesús lleva el paño ceñido; no quiere que se olvide esta señal de su servicio.
6-8 A1 acercarse a Simón Pedro, éste le dijo: «Señor, ¿tú a mí lavarme los pies?» Jesús
le replicó: «Lo que yo estoy haciendo tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás dentro de
algún tiempo». Le dijo Pedro: «No me lavarás los pies jamás». Le repuso Jesús: «Si no dejas que
te lave, no tienes nada que ver conmigo».
Extrañeza y protesta de Pedro. Llama a Jesús “Señor”, título de superioridad, en contraste
con “lavar”, servicio de un inferior. Ha comprendido que la acción de Jesús invierte el orden de
valores admitido. Reconoce la diferencia entre Jesús y él y la subraya (¿tú a mí?) para mostrar su
desaprobación. Según él, Jesús debe ocupar el trono de Israel: el discípulo es súbdito, no admite
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la igualdad. Se figura el reino mesiánico como una sociedad parecida a la antigua. No comprende
la alternativa de Jesús. Mientras los demás discípulos aceptan el gesto de Jesús, Pedro se
singulariza entre ellos.
Jesús no se extraña de la incomprensión de Pedro (no lo entiendes ahora), él conoce a los
que ha elegido. Le anuncia que acabará por entender, pero requerirá tiempo.
Sin embargo, Pedro ("Piedra" - se omite "Simón", para subrayar su testarudez) insiste con
una negativa rotunda, en la que ya no llama a Jesús "Señor". No acepta en absoluto que Jesús se
abaje; cada uno ha de estar en su sitio. Defender el rango de otro es defender el propio. No
aceptar la acción de Jesús significa no estar dispuesto a portarse como él.
Pedro mantiene aún los principios de la sociedad injusta, cree que la desigualdad es
legítima y necesaria. Que el líder abandone su puesto para hacerse como los suyos, lo desorienta
y, en consecuencia, no acepta su servicio ni, por tanto, su muerte por él. Sigue en la idea de
cuando quisieron hacer rey a Jesús (6,15), aunque éste se había puesto al servicio de la gente
(6,11). No entiende lo que significa amor, pues no deja que Jesús se lo manifieste.
Respuesta de Jesús: Si no admite la igualdad, no puede estar con él. Hay que aceptar que
no hay jefes, sino servidores. Jesús, el Señor, es miembro de una comunidad de servicio; quien
rechaza este rasgo distintivo de su grupo queda excluido de la unión con él. Su amenazadora
declaración (no tienes nada que ver conmigo) muestra lo grave de la actitud de Pedro; está al
borde de la defección.
9 Simón Pedro le dijo: «Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza».
La reacción de Pedro (Señor, no sólo los pies, etc.) muestra su adhesión personal a Jesús,
pero también que no entiende su manera de obrar. Con tal de no separarse de él está dispuesto a
hacer lo que quiera, pero por ser voluntad del jefe, no por convicción. Sigue siendo dependiente.
Se muestra dispuesto a obedecer, pero no a imitar.
Al ofrecerse a que le lave las manos y la cabeza, Pedro piensa que el lavado es
purificatorio. Si el no dejarse lavar significa no ser aceptado, deduce que el lavado elimina algún
obstáculo, alguna impureza o falta, y que es condición para ser admitido por Jesús. No aceptaba
la acción como servicio, la acepta como rito religioso. Ahora que ha conseguido explicarse la
acción de Jesús de manera compatible con sus principios, vuelve a llamarlo "Señor".
10-11 Jesús le contestó: «El que ya se ha bañado no necesita que le laven más que los
pies. Está enteramente limpio. También vosotros estáis limpios, aunque no todos». (Es que sabía
quién lo iba a entregar, por eso dijo: “No todos estáis limpios”.)
Jesús corrige la segunda interpretación de Pedro; no se trata de rito purificatorio, sino de
servicio. Así lo había mostrado el gesto de Jesús de quitarse el manto y ceñirse un paño o
delantal, como un criado. Además, no existía un lavado ritual para purificar los pies, sólo para las
manos. La acción muestra la actitud interior del que la ejecuta; es decir, enseña que Jesús no se
pone por encima de sus discípulos.
“Haberse bañado” significa estar enteramente limpio (puro). Para Jesús, sus discípulos lo
están, es decir, no se interpone ningún obstáculo entre ellos y Dios; éste los acepta y los quiere.
El único motivo por el que el hombre puede desagradar a Dios es la negativa a hacer caso al Hijo,
es decir, la permanencia voluntaria en la zona de la tiniebla (3,36). Al aceptar el mensaje de
Jesús, han pasado a la luz y han quedado limpios.
En ese estado de limpieza hay, sin embargo, una excepción. Hay uno que se opone a
Jesús, porque no comparte sus valores ni su programa. Quien rehúsa dar su adhesión a Jesús está
separado de Dios. Cesa la antigua pureza legal, que se perdía por el contacto con objetos o por
funciones naturales. Es la actitud ante el ser humano, representado por Jesús, la que determina la
situación ante Dios.
Judas, aunque Jesús le ha lavado los pies, no está limpio. Esto indica de nuevo que el
lavado no significaba purificación. La limpieza o no limpieza eran anteriores a la acción de Jesús,
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y ésta no ha cambiado la situación. Pero Jesús no ha excluido a Judas de su aceptación ni de su
amor. Le ha dado la misma muestra que a los demás. Sus palabras: aunque no todos, avisan al
traidor de que conoce su actitud.
12-15 Cuando les lavó los pies, tomó su manto y se recostó de nuevo a la mesa. Entonces
les dijo: «¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? 13Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y
con razón, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, también
vosotros debéis lavaros los pies unos a otros. Es decir, os dejo un ejemplo para que igual que yo
he hecho con vosotros, hagáis también vosotros».
Como se ha dicho, tomar el manto simboliza recobrar la vida (10,17s) o, lo que es lo
mismo, la victoria sobre la muerte. Sin embargo, al volver a la mesa, no se dice que Jesús se quite
el paño, señal de su servicio; éste se convierte así en su atributo permanente: su amor-servicio
culminará en la cruz, pero continuará para siempre.
Con el paño puesto, de nuevo toma Jesús la postura de hombre libre (se recostó a la
mesa), indicando que el servicio prestado por amor no disminuye la dignidad del hombre. Los ha
hecho libres (señores), pero él no ha dejado de ser libre y señor.
Jesús, el Maestro y el Señor, los ha colocado a ellos en su mismo nivel. Los hace iguales y
los trata como iguales. Ellos deben hacer lo mismo. En su comunidad, las diferencias no han de
crear categorías; las dotes personales o las funciones comunitarias no justifican las pretensiones
de superioridad. No hay más funciones que las que requiere la eficacia del amor mutuo, y éstas
nunca deben eclipsar la relación personal de hermanos. La estructura de la comunidad no será
piramidal, con estratos superpuestos, sino horizontal, todos al servicio de todos.
Al lavarles los pies, Jesús les ha mostrado su actitud interior, la de un amor que no
excluye a nadie, ni siquiera al traidor. Si lo llaman “Señor”, han de estar identificados con él; si lo
llaman “Maestro”, han de aprender de él.
Jesús es Maestro, porque con su acción, que preludia su muerte, les da la experiencia de
ser amados, y así les enseña a amar con un amor que responde al suyo (1,16).
Jesús es Señor porque es soberanamente libre. Su señorío, como el de Dios, no se ejerce
dominando, sino dando al ser humano una fuerza que desde su interior lo lleva a la expansión. No
somete al hombre, sino que lo desarrolla. Jesús no es Señor porque imponga su voluntad; incluso
su seguimiento es una asimilación a él (6,53s: “comer su carne”), no una obediencia. Él no
suprime la libertad, sino que la exalta, para acercarla a la suya.
Por otra parte, lo que ha hecho Jesús, el Maestro y el Señor, no es un gesto transitorio, es
una norma válida para todos y para todo tiempo. Pero el servicio no se impone; no nace del
sentido del deber, sino de la espontaneidad del amor.
II
La Pascua era una fiesta con un sentido profundo de liberación, puesto que en ella se
recordaba el Exodo de Egipto. Es a partir de esta tradición, que nace la Pascua cristiana, donde se
celebra el paso de Jesús de la muerte a la vida. Jesús es el cordero inmolado en la cruz, que nos
libera de la muerte y nos comunica su vida por la resurrección.
En la cena de Pascua de Jesús con sus discípulos Jesús hizo un gesto extraordinario cuando
partió el pan y compartió la copa de vino. En el pan destrozado para comer vio su propio cuerpo
entregado. En la vino compartido vino su sangre derramada. En el comer el pan y beber el vino se
estaba anunciando su propia muerte. Nos ordenó además hacer ese gesto en memoria de él. En este
gesto la Iglesia vio siempre el rito que llamó Eucaristía.
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Marzo - 83
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El Evangelio no nos narra la institución de la Eucaristía en la última cena de Jesús. Este
Sacramento irrumpe mas bien en el largo discurso después de la multiplicación de los panes en
Galilea (Jn 6). En la última cena tenemos la escena de Jesús lavando los pies a sus discípulos. Es
también un “sacramento”, un signo único y constitutivo de la comunidad, que nos revela el misterio
profundo de la persona de Jesús. Jesús, con este espíritu y conciencia, se despojó de sus vestidos y
fue lavando los pies a los discípulos y discípulas (que ciertamente estaban ahí).
Hoy es el 25 aniversario del martirio «san Romero de América», un día apropiado para
visitar la página de Mons. Romero (http://servicioskoinonia.org/romero y se puede encontrar varias
otras por los buscadores de internet), meditar su discurso como doctor honoris causa por la
Universidad
de
Lovaina
sobre
la
dimensión
política
de
la
fe
(http://servicioskoinonia.org/relat/135.htm), o echar una mirada a colección de sus homilías
(http://servicioskoinonia.org/romero/homilias/indice.htm). O también, para entrar en contacto con
los "Comités Cristianos de Solidaridad Oscar Romero", de España (zaragoza@comitesromero.org)
por ejemplo...
La conocida poesía de Pedro Casaldáliga a la muerte de Romero, “San Romero de América,
Pastor y Mártir nuestro” se puede recoger de http://servicioskoinonia.org/romero/poesia.htm
El año 2000 fue hecha una nueva edición de las homilías y del diario de Mons. Romero, en
10 tomos de precio muy reducido, subsidiado por CAFOD de Londres. Si se tiene algún
amigo/amiga que viaje a El Salvador sugerimos pedirle el favor de que le compre y envíe una
colección.
Los temas del Jueves Santo están recogidos en los episodios 110 y 111 de la serie «Un tal
Jesús».
Viernes 25 de marzo
VIERNES SANTO
EVANGELIO
Juan 18, 1-19
18 1Dicho esto, salió Jesús con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había
un huerto; allí entró él, y sus discípulos. 2(También Judas, el que lo entregaba, conocía el lugar,
porque muchas veces se había reunido allí Jesús con sus discípulos.)
3
Entonces Judas cogió la cohorte y guardias de los sumos sacerdotes y de los fariseos y
llegó allí con faroles, antorchas y armas.
4
Jesús, entonces, consciente de todo lo que se le venía encima, salió y les dijo:
-¿A quién buscáis?
5
Le contestaron:
-A Jesús el Nazoreo.
Les dijo:
-Soy yo.
(También Judas, el que lo entregaba, estaba presente con ellos.)
6
Al decirles. "Soy yo", se echaron atrás y cayeron a tierra.
7
Les preguntó de nuevo:
-¿A quién buscáis?
Ellos dijeron:
Marzo - 84
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-
-A Jesús el Nazoreo.
8
Replicó Jesús:
-Os he dicho que soy yo; pues si me buscáis a mí, dejad que se marchen éstos.
9
Así se cumplieron las palabras que había dicho: "De los que me entregaste, no he perdido
a ninguno".
10
Entonces, Simón Pedro, que llevaba un machete, lo sacó, agredió al siervo del sumo
sacerdote y le cortó el lóbulo de la oreja derecha. El siervo se llamaba Malco.
11
Jesús le dijo a Pedro:
-Mete el machete en su funda. El trago que me ha mandado beber el Padre, ¿voy a dejar de
beberlo?
12
Entonces, la cohorte, el comandante y los guardias de las autoridades judías prendieron a
Jesús, lo ataron 13y lo condujeron primero a presencia de Anás, porque era suegro de Caifás, que
era sumo sacerdote el año aquel. 14Era Caifás el que había persuadido a los dirigentes judíos de
que convenía que un solo hombre muriese por el pueblo.
15
Seguía a Jesús Simón Pedro y, además, otro discípulo. El discípulo aquel le era conocido
al sumo sacerdote y entró junto con Jesús en el atrio del sumo sacerdote. 16Pedro, en cambio, se
quedó junto a la puerta, fuera.
Salió entonces el otro discípulo, el conocido del sumo sacerdote; se lo dijo a la portera y
condujo a Pedro dentro. 17Le dice entonces a Pedro la sirvienta que hacía de portera:
-¿Acaso eres también tú discípulo de ese hombre?
Dijo él:
-No lo soy.
18
Se habían quedado allí los siervos y los guardias, que, como hacía frío, teñían encendidas
unas brasas, y se calentaban. (Estaba también Pedro con ellos allí parado y calentándose.)
19
Entonces, el sumo sacerdote interrogó a Jesús acerca de sus discípulos y de su doctrina.
COMENTARIOS
I
18,1-2 Dicho esto, salió Jesús con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde
había un huerto; allí entró él, y sus discípulos. (También Judas, el que lo entregaba, conocía el
lugar, porque muchas veces se había reunido allí Jesús con sus discípulos.)
La frase inicial: Dicho esto, enlaza la Pasión con el discurso de la cena, en particular con
la oración final (cap. 17). Con su salida al otro lado del torrente, que indica el comienzo de su
paso al Padre, muestra Jesús su determinación de dar la vida (cf. 10,18).
El torrente señalaba el límite de la ciudad. Jesús, con los suyos, abandona Jerusalén,
centro de la institución que busca darle muerte (11,53). Él y los discípulos van juntos. Ni él ni
ellos pertenecen al orden injusto.
Primera mención de un huerto, lugar de vida y fecundidad. Este huerto era el lugar
habitual de reunión, privado y clandestino, para Jesús y los suyos. Para poder localizar a Jesús,
los dirigentes tienen que esperar la delación de un miembro de su grupo.
El huerto tiene un valor simbólico: situado más allá del torrente, fuera de la ciudad y de la
institución judía, aparece como el lugar propio de la comunidad que, unida a Jesús, se encuentra
en el ámbito de la vida.
3-9 Entonces Judas cogió la cohorte y guardias de los sumos sacerdotes y de los fariseos
y llegó allí con faroles, antorchas y armas. Jesús, entonces, consciente de todo lo que se le venía
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encima, salió y les dijo: «¿A quién buscáis?» Le contestaron: «A Jesús el Nazoreo». Les dijo:
«Yo soy ». (También Judas, el que lo entregaba, estaba presente con ellos.) A1 decirles: “Yo
soy”, se echaron atrás y cayeron a tierra. Les preguntó de nuevo: «¿A quién buscáis?» Ellos
dijeron: «A Jesús el Nazoreo». Replicó Jesús: «Os he dicho que yo soy; pues si me buscáis a mí,
dejad que se marchen éstos». Así se cumplieron las palabras que había dicho: “De los que me
entregaste, no he perdido a ninguno”.
Al ofrecer Jesús a Judas el trozo mojado (13,26), había puesto en su mano su propia
persona. Judas cogió el trozo y salió para entregar a Jesús (13,30). Ahora coge la cohorte y los
guardias para detenerlo y que le den muerte. Ha cumplido el encargo de Jesús: Lo que vas a
hacer, hazlo pronto (13,27).
Resalta el número de las fuerzas que intervienen en el prendimiento. Esto muestra, por un
lado, el peligro que representa Jesús para “el mundo” y, por otro, la intensidad de la violencia de
éste y la magnitud del odio (7,7; 15,18-25). Se hacen presentes todos los componentes de la
oposición a Jesús: la cohorte representa el poder político romano; los guardias, a los sumos
sacerdotes, poder religioso oficial y miembros de la aristocracia del dinero, y a los fariseos, los
defensores e intérpretes de la Ley. Es una movilización de las fuerzas del “mundo” con toda su
capacidad represiva.
A la cabeza, Judas hace de jefe; él es quien conduce la tropa; personificando al jefe del
orden este (14,30).
Es una escena clamorosa; no pretenden ocultarse. Los faroles y antorchas muestran que
caminan en la tiniebla. Llevan armas, instrumentos de muerte. Se identifican tinieblas y muerte.
Quieren extinguir la luz-vida (1,5).
Jesús es plenamente consciente de la circunstancia. Él mismo sale; los que llegan no
pueden entrar en el huerto, lugar de la vida. Su salida señala de nuevo la voluntariedad de su
entrega.
No se dirige a Judas, sino al grupo entero (¿A quién buscáis?). Preguntan por “el
Nazoreo”, denominación que señala al descendiente de David (alusión a Is 11,1; Jr 23,5; 33,15;
Zac 3,8 y 6,12: “el Germen”). Jesús se identifica él mismo, no hacen falta contraseñas. La
expresión Yo soy lo designa como Mesías, la presencia salvadora de Dios (8,24.28; cf. 6,20).
Por última vez se menciona al traidor (También Judas...); queda alineado con los
enemigos de Jesús, a los que siempre había pertenecido (6,70).
La frase se echaron atrás (Sal 27,2; 35,4; 56, 10; 70,13) y cayeron a tierra es lenguaje
simbólico que significa la derrota total. La entrega de Jesús no es su derrota, sino la del mundo
(14,30; 16,33). No se señala reacción alguna de la tropa a la caída, lo que confirma el sentido
simbólico de la escena.
Cuando ha quedado constancia de su identidad y de su entrega voluntaria, Jesús repite su
pregunta, que va a permitirles detenerlo. Aunque podría hacerlo, no intenta escapar. Jesús se
identifica de nuevo (os he dicho que yo soy) y les da orden de limitarse a la misión que traen y
dejar en libertad a los suyos. Éstos no son capaces de seguirlo, y Jesús no quiere que simplemente
pierdan la vida por la violencia; tienen que aprender a darla por amor.
Pone a salvo a sus amigos, por quienes va a dar la vida (15,15), para darles la vida
definitiva.
10-11 Entonces, Simón Pedro, que llevaba un machete, lo sacó, agredió al siervo del
sumo sacerdote y le cortó el lóbulo de la oreja derecha. El siervo se llamaba Malco. Jesús le dijo
a Pedro: «Mete el machete en su funda. El trago que me ha mandado beber el Padre, ¿voy a
dejar de beberlo?»
Simón Pedro va armado, dispuesto a la agresión o a la defensa violenta. No ha
comprendido la alternativa de Jesús ni su designio (1,42; 13,8), que no consiste en triunfar dando
muerte, sino en entregarse para comunicar vida. Estaba dispuesto a arriesgar la suya para mostrar
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su amor a Jesús (13,37), pero quiere impedir que Jesús, con su entrega, le manifieste el suyo. No
ha superado la tentación de hacerlo rey (6,15; 12~13) y no acepta su muerte (12,34).
“El siervo”, determinado, es un personaje calificado, el delegado del sumo sacerdote.
Pedro se enfrenta con el representante de la suprema autoridad política y religiosa de Israel, que
encarnaba la institución.
La extrema precisión del evangelista, le cortó el lóbulo de la oreja, alude a Éx 29,20 y Lv
8,23, donde se prescribe y se ejecuta la consagración de Aarón, el sumo sacerdote, y de sus hijos.
Para consagrarlos, se les untaban con sangre del animal sacrificado varias partes del cuerpo, entre
ellas el lóbulo de la oreja derecha. Así, el gesto de Pedro, que corta al siervo el lóbulo de la oreja,
es figura de la destitución del sumo sacerdote. Pedro no se enfrenta con los soldados, sino con la
máxima autoridad religioso-política de su pueblo. Muestra con ello su espíritu reformista
violento. Con su gesto, declara ilegítimo el sumo sacerdocio existente.
El nombre del siervo, “Malco”, en arameo significa “rey”. Malco, por tanto, por la
representación que ostenta y por su nombre, es figura del sistema teocrático, del poder político en
manos de la jerarquía sacerdotal.
Por tercera vez a partir de la Cena aparece el sobrenombre Pedro sin acompañar al nombre
Simón (13,8.37), de nuevo ahora en un pasaje donde Pedro se opone al designio de Jesús. Se
confirma que el sobrenombre “Piedra”, que Jesús le anunció (1,42), describía la obstinación de su
carácter.
Jesús detiene a Pedro. La aceptación de la muerte entra en el designio del Padre: él debe
presentar, ante el odio y la violencia, la alternativa del amor. El Padre no ha destinado a Jesús a la
muerte; la misión que le había encomendado era dar testimonio de su amor a los hombres. Pero,
en el mundo de la tiniebla opresora, el enfrentamiento era inevitable y su muerte violenta va a
manifestar hasta el máximo la maldad del mundo y el amor de Dios.
Jesús no busca el dolor, pero lo acepta cuando es consecuencia ineludible del testimonio
del amor y la denuncia de la opresión. No responde al odio con el odio ni combate la violencia
con la violencia, para no imitar, aunque le cueste la vida, la maldad del sistema opresor. Muestra
así que Dios es puro amor y ajeno a toda violencia.
12-14 Entonces, la cohorte, el comandante y los guardias de las autoridades judías
prendieron a Jesús, lo ataron y lo condujeron primero a presencia de Anás, porque era suegro
de Caifás, que era sumo sacerdote el año aquel. Era Caifás el que había persuadido a los
dirigentes judíos de que convenía que un solo hombre muriese por el pueblo.
Insiste el evangelista en la complicidad de todos los poderes, civiles y religiosos (la
cohorte, el comandante y los guardias). En el momento decisivo, todos descubren su verdadero
rostro: son los enemigos del hombre y de la vida. Las palabras lo ataron recuerdan el pasaje de Is
3,9-10: «"Atemos al justo, porque nos es insoportable". Pero comerán los frutos de sus obras».
Anás había sido sumo sacerdote en los años 6-15, y sus cinco hijos lo fueron después de
él. Era conocido por su ambición, riqueza y codicia. Es el personaje más importante de la
institución judía, el verdadero poder, que maneja a los que ejercen la función en cada momento
(Caifás, el año aquel); representa “al Enemigo” (8,44), del que Caifás es instrumento. La
mención del dicho de Caifás: conviene que un solo hombre muera por el pueblo, revela el sentido
del prendimiento de Jesús: quieren ejecutar el acuerdo del Consejo (11,53).
15-16a Seguía a Jesús Simón Pedro y, además, otro discípulo. El discípulo aquel le era
conocido al sumo sacerdote y entró junto con Jesús en el atrio del sumo sacerdote. Pedro, en
cambio, se quedó junto a la puerta, fuera.
Pedro no hace caso del aviso que le había dado Jesús (13,36) de que no está preparado
para seguirlo. El otro discípulo, innominado, pero asociado a Pedro, como en 13,23s (cf. 20,2.4;
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21,7.20-22), es el predilecto de Jesús. Ahora muestra el evangelista el amor con el que este
discípulo corresponde a Jesús.
El discípulo aquel era conocido del sumo sacerdote. Esta afirmación alude al dicho de
Jesús en 13,35: En esto conocerán todos que sois discípulos míos, en que os tenéis amor entre
vosotros. Es decir, este discípulo lleva el distintivo propio de los que son de Jesús, el amor a los
demás, y por eso es conocido. En consecuencia, como Jesús, que ha sido detenido, es objeto del
odio del “mundo” (15,18s), representado aquí por la autoridad religiosa suprema, el sumo
sacerdote. Se completa así la figura de este discípulo: el que experimentaba el amor de Jesús
(13,23) responde a ese amor aceptando el riesgo de seguir a Jesús hasta el fin (entró con Jesús).
Contraste con Pedro. El otro entra porque es conocido como discípulo; Pedro, en cambio,
a quien no se le conoce como discípulo, no entra; se detiene fuera, junto a la puerta. Por cuarta
vez aparece el sobrenombre “Pedro” sin ir acompañado por el nombre "Simón" (cf. 13,8.37;
18,11); el evangelista subraya así la actitud negativa de Pedro.
16b-17 Salió entonces el otro discípulo, el conocido del sumo sacerdote; se lo dijo a la
portera y condujo a Pedro dentro. Le dice entonces a Pedro la sirvienta que hacía de portera:
«¿Acaso eres también tú discípulo de ese hombre?» Dijo él: «No lo soy».
El otro discípulo, representante de la comunidad fiel, va a ofrecer a Pedro la oportunidad
de declararse discípulo y seguir a Jesús en su entrega. Pedro, sin embargo, no entra
espontáneamente, sólo se deja conducir (cf. 1,42). Aunque es llevado dentro, no ha dado el paso,
sigue en su postura. No lleva el distintivo del discípulo (13,35); hay que preguntarle si lo es, y
tiene que definirse.
Toda su arrogancia ha desaparecido, se asusta de una sirvienta. Teme las posibles
consecuencias de declararse partidario del preso. Su adhesión se dirigía en realidad a su propia
idea de Mesías triunfador, que esperaba ver encarnada en Jesús. Pero Jesús ha defraudado su
expectativa y Pedro ya no se siente vinculado a él. Niega ser discípulo suyo.
18 Se habían quedado allí los siervos y los guardias, que, como hacía frío, tenían
encendidas unas brasas, y se calentaban. Estaba también Pedro con ellos allí parado y
calentándose.
Al romper con Jesús, Pedro se encuentra mezclado con sus enemigos, los que fueron al
huerto a prenderlo (los guardias). No habiendo alcanzado la libertad, está entre los siervos. El
frío, como la noche y la tiniebla, es símbolo de muerte. A los faroles y antorchas que en el
prendimiento intentaban vencer la tiniebla (18,3), corresponden ahora las brasas, que intentan
vencer el frío.
19 Entonces, el sumo sacerdote interrogó a Jesús acerca de sus discípulos y de su
doctrina.
Contraste con lo que ocurre en el patio. El sumo sacerdote, el poder supremo, quiere saber
quiénes apoyan a Jesús, su influjo (sus discípulos) y qué doctrina propone. No hace ninguna
alusión a Dios, ni pregunta a Jesús por el origen o legitimación de su persona y doctrina. Su
preocupación es meramente política: proteger los intereses de la institución. La entrevista no es
un juicio; no hay formalidad jurídica alguna. La sentencia está ya dada (11,53).
II
En el centro de todo el juicio (19, 1-3) Jesús es coronado, vestido con un manto de púrpura y
aclamado como rey de los judíos. Pero antes es azotado y después recibe bofetadas, la corona es de
espinas y el manto es una burla. Con esto el evangelio nos revela que Jesús es realmente Rey, pero
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un rey que recibe azotes y bofeteadas. Es un rey que reina desde los azotados y abofeteados por el
poder romano, desde los pobres, desde los excluidos, desde los que no tienen poder.
La escena de la madre de Jesús y del discípulo amado junto a la cruz es única del cuarto
evangelio ( 19, 26-27). La madre de Jesús aparece únicamente al comienzo del mismo en las bodas
de Cana y ahora al fin al pie de la cruz. En ambos casos Jesús la llama “mujer” y en estos dos casos
no aparece su nombre. Para el autor de este evangelio la madre de Jesús es la mujer discípula, así
como el autor anónimo del evangelio es el discípulo. Es un evangelio de discípulos y discípulas.
En la sepultura de Jesús (19, 38-42) aparecen José de Arimatea y Nicodemo. Dos discípulos
con fe insuficiente. El primero era discípulo en secreto por miedo a los judíos. El segundo visitaba a
Jesús de noche por el mismo motivo. Ahora los dos hacen un acto de mucho valor, pues siempre
después de la crucifixión de un profeta o un mesías famoso se perseguía a muerte a todos sus
discípulos. Por eso Pedro negó a Jesús por miedo a que lo crucificaran junto con Jesús.
Los capítulos 112-122 de «Un tal Jesús» glosan evangelio de hoy.
Sábado 26 de marzo
SABADO SANTO
EVANGELIO
Mateo 28, 1-10
28 1Pasado el sábado, al clarear el primer día de la semana, María Magdalena y la otra
María fueron a ver el sepulcro. 2De pronto la tierra tembló violentamente, porque el ángel del
Señor bajo del cielo y se acerco, corrió la losa y se sentó encima. 3Tenia aspecto de relámpago y
su vestido era blanco como la nieve 4Los centinelas temblaron del miedo y se quedaron como
muertos.
5
El ángel habló a las mujeres
-Vosotras, no tengáis miedo Ya se que buscáis a Jesús el crucificado; 6no esta aquí, ha
resucitado, como tenía dicho. Venid a ver el sitio donde yacía, 7y después id aprisa a decir a sus
discípulos que ha resucitado de la muerte y que va delante de ellos a Galilea allí lo verán. Esto
es todo.
8
Con miedo, pero con mucha alegría, se marcharon a toda prisa del sepulcro y corrieron
a anunciárselo a los discípulos. 9De pronto Jesús les salió al encuentro y las saludó diciendo:
-¡Alegraos!
Ellas se acercaron y se postraron abrazándole los pies. 10Jesús les dijo:
-No tengáis miedo; id a avisar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán.
COMENTARIOS
I
vv. 1-7. El primer día de la semana (lit. «el uno de la semana») hace alusión, como en
todos los evangelistas, al primer día de la creación (Gn 1,5). Comienza el mundo nuevo, la
creación definitiva. Las dos mujeres, las mismas que habían sido testigos de la sepultura, han
observado el descanso judío; no han roto aún con la institución que ha crucificado a Jesús. Van a
visitar el sepulcro y esto las hace testigos de los sucesos.
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El temblor de tierra, como en la crucifixión (27,51), es señal de la teofanía o
manifestación divina. Anticipadas por la oración de Getsemaní y la transfiguración, la muerte de
Jesús y su resurrección muestran los dos aspectos complementarios de la misma teofanía: la
muerte a manos de sus enemigos manifiesta el amor que da su vida (debilidad del amor); el
sepulcro vacío, señal de la resurrección, el amor que da vida (fuerza del amor).
El sepulcro va a ser abierto por «el ángel del Señor», que ha cobrado tanto relieve en la
infancia de Jesús (1,20; 2,13.¡9). ~ ángel va revestido de la gloria divina (color blanco); aparta la
losa, quitando la separación entre el mundo de los vivos y el de los muertos (cf. 22,32). Jesús no
ha quedado prisionero de la muerte. La aparición inutiliza la vigilancia de los guardias, que los
sumos sacerdotes y fariseos habían querido asegurar (27,66).
El ángel es mensajero. Ellas buscan a Jesús el crucificado, es decir, piensan que Jesús está
definitivamente muerto. De hecho, habían ido a visitar el sepulcro sin esperar nada
extraordinario, pensando que allí estaba encerrado el cuerpo de Jesús. La alusión del ángel a las
predicciones de la resurrección implican un reproche a las mujeres y a los discípulos.
El ángel ha corrido la losa para que pueda constatarse que Jesús no está en el sepulcro.
Las mujeres deben ser testigos del hecho, para comunicarlo inmediatamente a los discípulos. La
cita en Galilea para después de la resurrección había sido dada por Jesús camino de Getsemaní
(26,32). El ángel la confirma.
«Esto es todo» (7), lit. «he aquí, os he dicho», fórmula conclusiva como, en estilo
oratorio, «he dicho».
v. 8. Al contrario que en Mc, el miedo está mezclado de gran alegría, y van a cumplir el
encargo, pero ellas mismas tienen un encuentro con Jesús. El saludo de éste («alegraos») es el
ordinario de la cultura griega, traducido en 27,29 por «salud». En este con-texto, sin embargo,
recuerda la recomendación de Jesús a los discípulos para el tiempo de persecución (5,12):
«alegraos y regocijaos, que Dios os va a dar una gran recompensa». La recompensa allí
anunciada es la vida que supera la muerte, visible ahora en Jesús.
v. 10. Jesús las exhorta a no temer. Su resurrección es sólo causa de alegría. Repite el
encargo del ángel y llama a los discípulos «sus hermanos». Ahora, cuando está disponible el
Espíritu, puede llamarlos así: el Espíritu los hace hijos del mismo Padre.
II
Celebramos hoy la vigilia pascual, que es la vigilia más solemne y la madre de todas las
liturgias del año. Los textos escogidos para esta vigilia son textos fundantes de la Historia del
Pueblo de Dios, tanto en la Biblia Hebrea como en la Biblia Cristiana.
Antes de la Creación había caos y confusión. La oscuridad cubría el abismo, la luz todavía
no había sido creada. Era también caos y confusión lo que vivían los israelitas antes de cruzar el
mar, cuando eran perseguidos a muerte por los egipcios. Es en la última vigilia de la noche (entre
las 2 y las 6 de la mañana ) que Yahvé seca el mar y salva al pueblo de Israel; los egipcios se
sumergen en la confusión y el caos y en la profundidad de las aguas. Al alborear el primer día de la
semana (“cuando todavía estaba oscuro” agrega el IV Evangelio) las mujeres van al sepulcro de
Jesús. El ángel del Señor, con el aspecto del relámpago, anuncia la resurrección de Jesús. Pablo de
Tarso nos habla del triunfo de la vida sobre la muerte en el cuerpo de Jesús. La muerte ya no tiene
señorío sobre Jesús; su vida es un vivir para Dios.
La liturgia esta noche medita sobre la resurrección de Jesús, teniendo como trasfondo la
Creación del mundo y el Éxodo del Pueblo de Dios en su fase final, cuando atraviesan el mar y el
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faraón con sus ejércitos se hunde en las aguas profundas. Pablo reflexiona también sobre nuestra
muerte y vida a la luz de la muerte y resurrección de Jesús. En esta noche santa de Gloria, hacemos
la experiencia de toda la Historia de la Salvación, desde la Creación del mundo, pasando por el
Éxodo, hasta la Resurrección de Jesús.
Los temas del sábado santo están recogidos en los episodios 123 y 124 de la serie «Un tal
Jesús».
Domingo 27 de marzo
DOMINGO DE RESURRECCIÓN
Primera lectura: Hechos 10, 34 a. 37-43
Salmo responsorial: Sal 117, 1-2. 16ab-17. 22-23
Segunda lectura: Colosenses 3, 1-4
EVANGELIO
Juan 20, 1-9
20 1El primer día de la semana, por la mañana temprano, todavía en tinieblas fue María
Magdalena al sepulcro y vio la losa quitada. 2Fue entonces corriendo a ver a Simón Pedro y
también al otro discípulo, el predilecto de Jesús, y les dijo:
-Se han llevado al Señor del sepulcro y no sabemos dónde lo han puesto.
3
Salió entonces Pedro y también el otro discípulo y se dirigieron al sepulcro. 4Corrían los
dos juntos, pero el otro discípulo se adelantó, corriendo más de prisa que Pedro, y llegó primero
al sepulcro. 5Asomándose vio puestos los lienzos; sin embargo, no entró. 6Llegó también Simón
Pedro siguiéndolo, entró en el sepulcro y contempló los lienzos puestos, 7y el sudario, que había
cubierto su cabeza, no puesto con los lienzos, sino aparte, envolviendo determinado lugar.
8
Entonces, al fin, entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro, vio y
creyó.
9
Es que aún no habían entendido aquel pasaje donde se dice que tenía que resucitar de la
muerte.
COMENTARIOS
I
PASION Y RESURRECCION DEL PUEBLO
Cansado de sufrir, casi resignado a su suerte, nuestro pueblo se ha fijado en la pasión y
muerte de Jesús de Nazaret. Su dolor y marginación, su vejación y postración de siglos se han
proyectado religiosamente en la imagen del nazareno, varón de dolores, y de su madre, María. Los
artistas han ido captando en los pasos de Semana Santa, uno a uno, todos los fotogramas de la
película de los últimos días del profeta galileo, plasmándolos en tallas e imágenes de las más
variadas escuelas escultóricas de los últimos siglos.
El Cristo de la borriquita, de la oración del huerto, del prendimiento, de la sentencia,
amarrado a la columna, con la cruz a cuestas, caído, coronado de espinas... El Cristo que se
encuentra con su madre, crucificado en el Calvario, de la buena muerte, descendido de la cruz,
sepultado... Cristo de la expiación, de la clemencia, de la humildad y paciencia, de la misericordia,
de la gracia y perdón. También María, su madre, su fiel compañera, María de la esperanza, de
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gracia y amparo, de la merced, de la piedad, del amor, del silencio, de la paz... Maria de los
desamparados, de la amargura, de los dolores, de las lágrimas en su desamparo, del mayor dolor en
su soledad, de la Madre de Dios en sus tristezas...
De los pasos procesionales que tiene la Semana Santa, muy pocos son los que recuerdan el
desenlace subversivo de tan trágico triduo sagrado, que el apóstol Pedro anunció así a los israelitas:
«Rechazasteis al santo, al justo, y pedisteis el indulto de un asesino; matasteis al autor de la vida,
pero Dios lo resucitó; nosotros somos testigos (Hch 3,14-15).
Parece como si nuestro pueblo, vejado durante siglos, se hubiera identificado casi en
exclusiva con tanto padecimiento y, armado de paciencia, se hubiera resignado a vivir zarandeado
por los poderosos de la tierra que injustamente lo han oprimido. Al final o al principio, poco
importa, este sentimiento, esta compasión se han hecho liturgia en la calle, rezo y fiesta, celebración
del dolor compartido.
Poca atención ha merecido en las procesiones de Semana Santa la Resurrección de Jesús.
Sin embargo, el domingo de Resurrección presenta al creyente una rara utopía, el sueño dorado y
frustrado de tanta marginación, la subversión de tantos derechos humanos pisoteados, el grito de
victoria de un pueblo que no se deja vencer, que sabe llevar airosamente la cruz de sus dolores, pero
que espera, cada día con más fuerza, ver la luz, la libertad, el gozo, la alegría.
Es una pena que toda esta celebración de Pascua de Resurrección se haya quedado encerrada
en los templos, expresada en una hierática y fría liturgia que deja poco margen a la fiesta.
En este día, los cristianos tendríamos que salir a las calles a gritar que es posible la vida, y
otra vida, y otro mundo, sin tantas injusticias y desigualdades. Tendríamos que denunciar a todos
los que, desde alguna de las gradas del poder, nos llevan a diario a la marginación, al paro, a la
pobreza, a la dominación. Como los apóstoles, deberíamos denunciar el suplicio, la tortura, la
muerte de todos aquellos que, injustamente, van cayendo a nuestro lado cada día, víctimas de un
sistema que da vida a pocos y muerte a los más. Habría que entonar un no nos vencerán' dedicado a
quienes manejan los hilos de nuestra historia y disponen de nuestro futuro. Tanto dolor no puede ser
baldío ni tanta lucha sofocada. Y todo esto equivaldría a gritar con palabras de hoy el mensaje de
siempre: que ese Cristo doloroso con el que se identifica nuestro pueblo no acabó en la muerte y en
la tumba.
Ninguna tumba puede encerrar tanto amor, tanta lucha, tanta ilusión, tanta fuerza, tanta vida.
Tras tanto padecer, como Jesús, también a nuestro pueblo le espera la vida, ¿lo creemos?
II
EL AMOR SIGUE SIENDO SUBVERSIVO
La muerte de Jesús no entraba, como tal muerte, dentro del plan de Dios; pero era seguro que llegaría, al
mantener Jesús con firmeza su compromiso de amor. Pero el amor es siempre la derrota de la muerte y la victoria la
vida. Murió por amor, y el amor lo devolvió a la vida. Decir esto en un mundo de muerte sigue siendo subversivo, pero,
por eso, necesario.
LO ENCONTRO EL AMOR
El primer día de la semana, por la mañana temprano, todavía en tinieblas, fue María Magdalena al sepulcro y
vio la losa quitada del sepulcro. Fue entonces corriendo a ver a Simón Pedro y también al otro discípulo a quien quería
Jesús y les dijo:
-Se han llevado al Señor del sepulcro y no sabemos dónde lo han puesto.
Aquel día, aunque ya había amanecido, María Magdalena (que simboliza a la comunidad de
Jesús) estaba aún en tinieblas, pues muy a su pesar creía que la tiniebla había vencido
definitivamente a la luz, que la muerte había prevalecido sobre la vida, que el poder había vencido
al amor. Cuando llegó al sepulcro no encontró al Señor: la tumba estaba vacía; sólo quedaban los
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lienzos con los que lo ataron después de su muerte. María se asustó. Y fue corriendo a avisar a los
discípulos.
Ante el anuncio de María reaccionan dos discípulos: Pedro, el que había negado a Jesús
porque en el fondo creía que la muerte es más fuerte que el amor Jn 18,16.25-27), y el que había
entrado con Jesús en la sala del juicio y lo había acompañado hasta la misma cruz Jn 18,15; 19,26),
dispuesto a dar la vida, por amor, con él. Allí, al pie de la cruz, fue testigo de que cuando la vida se
entrega por amor es fuente de más y más vida. Por eso, al llegar al sepulcro, sólo él supo interpretar
los signos que tenían ante sí y sólo creyó él.
María tardó muy poco -lo cuenta el evangelio en el párrafo siguiente (20,1l-18)-en descubrir
vivo a Jesús. María Magdalena y el discípulo amado son, en el evangelio de Juan, figuras
simbólicas del amor de Jesús -ternura y compromiso- que da fruto en la comunidad cristiana; ellos
son figura de la comunidad que ha recibido y aceptado el amor de Jesús, amor que están dispuestos
a poner en práctica. Y porque están identificados con su amor, lo buscan y lo encuentran vivo.
Pedro tardó un poco más. Entra el primero y ve antes que nadie que el sepulcro está vacío...;
vio, pero no creyó. Porque no había aceptado todavía ni la fuerza revolucionaria del amor ni la
revolución que nace de esa fuerza. El, preocupado de conseguir el poder y de aumentar el prestigio
de su santa religión, tardó un poco más en acoger sin condiciones el mensaje de Jesús. Entonces sí:
aceptó el amor sin límites a la humanidad y decidió seguir a Jesús y comprometiéndose a ser, como
él, pastor dispuesto a dar la vida por las ovejas, compromiso que lo llevaría a manifestar, también
él, con una muerte por amor, la gloria de Dios Jn 21,15-19).
BARRED LA LEVADURA VIEJA
¿No sabéis que una pizca de levadura fermenta toda la masa? Haced buena limpieza de la levadura del pasado
para ser una masa nueva.
(Segunda lectura)
Era «el primer día de la semana», el día que empezó una nueva cuenta de los días porque un
hombre nuevo y una nueva humanidad habían nacido del costado abierto del Nazareno; surgía una
nueva posibilidad: un modo nuevo de ser hombre, comprometido en la tarea de transformar este
mundo y de construir y consolidar un modelo de relaciones entre los hombres que de verdad se
pudiera decir que procedía de Dios. Relaciones basadas en el amor y la vida, en la verdad y la
justicia, y en la libertad, la única tierra que produce amor y vida, verdad, justicia y paz.
En esta nueva etapa continuará el conflicto entre el amor y la muerte, pero desde ahora con
la certeza de que la victoria se iría logrando. Aunque no sin resistencias, que persisten hasta el
presente: el odio y la arrogancia del poder todavía son fuertes, el imperio aún se opone al designio
de Dios, que quiere la libertad para los hombres y para los pueblos; todavía hay algún imperio que
busca la alianza del altar para poner también a Dios a su servicio, mientras obliga a que se rece en
las escuelas, dispone la muerte de los que están del lado de los pobres, y todavía hay algún altar que
acepta con gusto la alianza con el imperio. Todavía queda mucha levadura (en este párrafo de Pablo
la levadura simboliza todo lo que hay que abandonar para poder ser cristiano) por barrer para que
este mundo llegue a «ser una masa nueva». En el momento presente no son el amor y la vida los
valores en los que se funda la convivencia entre los hombres. Sigue siendo el dinero, el fanatismo,
la adulación al poder imperial..., la muerte. La muerte voluntaria de aquellos que renuncian a amar
para aparentar que siguen viviendo, y la muerte violenta de los que, para que otros vivan, se juegan
la vida y momentáneamente la pierden. Por eso no podemos soltar la escoba. No podemos bajar la
guardia.
Hoy, domingo de resurrección, proclamamos la victoria de la vida; pero cuidado!, que
defender la vida sigue siendo, ya en los umbrales del siglo XXI, subversivo. Y, además, para
algunos, pasado de moda. No hay más que oír lo que dicen y ver lo que hacen- algunos que fueron
progres cuando estaba de moda -¡y cuando parecía que el viento del poder soplaba en esa
dirección!- serlo. Pero si queremos dar testimonio de que a Dios no se le puede atribuir la muerte,
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sino la vida, si creemos que el amor vencerá, que está venciendo a pesar de las apariencias, si
seguimos creyendo en la resurrección. .., no podemos abandonar. ¡Aunque nos llamen subversivos!
¿Es que acaso no lo somos?
III
v. 1: El primer día de la semana, por la mañana temprano, todavía en tinieblas fue María
Magdalena al sepulcro y vio la losa quitada.
Comienza ahora el nuevo ciclo: el de la creación nueva y la Pascua definitiva. Prescinde
Juan del dato cronológico exacto, para subrayar que el tiempo mesiánico sigue inmediatamente a
la muerte de Jesús. «El último día» de la cruz viene presentado ahora como el primer día (v.1),
que abre el tiempo nuevo. Por la mañana temprano indica un momento en que ya hay luz
(18,28); dato inconciliable con todavía en tinieblas; pero en Juan la tiniebla designa la ideología
contraria a la verdad de la vida (1,5; 3,19; 6,17; 12,35). María va al sepulcro creyendo que la
muerte ha triunfado; espera encontrar el cadáver de Jesús, alusión a la esposa del Cantar de los
cantares (3,1): "lo busqué y no lo encontré". La losa puesta habría sido el sello de la muerte
definitiva, pero la historia de Jesús no se ha cerrado.
v. 2: Fue entonces corriendo a ver a Simón Pedro y también al otro discípulo, el
predilecto de Jesús, y les dijo:
-Se han llevado al Señor del sepulcro y no sabemos dónde lo han puesto.
María se alarma y avisa a los dos discípulos por separado; la muerte de Jesús ha
provocado la dispersión (16,32). Conclusión de lo que ha visto: se han llevado al Señor. No
entiende lo que era señal de vida (el sepulcro abierto); para ella, el Señor, muerto, está á merced
de lo que quieran hacer con él. El plural no sabemos muestra a la comunidad desorientada.
vv- 3-4: Salió entonces Pedro y también el otro discípulo y se dirigieron al sepulcro.
Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo se adelantó, corriendo más de prisa que Pedro, y
llegó primero al sepulcro. Igual reacción de ambos discípulos, ir al sepulcro (3-4).
Correr juntos indica la común adhesión a Jesús. Pero hay una diferencia entre los que
corren: el amigo de Jesús se adelanta a Pedro. Las dos veces que hasta ahora Pedro y el discípulo
predilecto han aparecido juntos (13,23-25; 18,l5ss), Juan ha dado la ventaja al segundo. Corre
más de prisa el que ha sido testigo del fruto de la cruz (19,35). Pedro no concibe aún la muerte
como muestra de amor y fuente de vida (12,24).
4
v. 5: Asomándose vio puestos los lienzos; sin embargo, no entró.
El discípulo ve puestos los lienzos , como sábanas en el lecho nupcial; ya no atan a Jesús
(19,40). Distingue la señal de la vida, pero no la comprende. Deberían deducir que Jesús se ha
marchado solo (cf. 11,44, de Lázaro: «Desatadlo y dejadlo que se marche»), pero no conciben
que la vida pueda vencer a la muerte.
vv. 6-7: Llegó también Simón Pedro siguiéndolo, entró en el sepulcro y contempló los
lienzos puestos, 7y el sudario, que había cubierto su cabeza, no puesto con los lienzos, sino
aparte, envolviendo determinado lugar.
El discípulo no entra en el sepulcro; va a ceder el paso a Pedro. Después de las negaciones
de éste (18,15-17.25), es un gesto de aceptación y reconciliación. Pedro sigue al otro discípulo: el
que es amigo de Jesús marca el camino. Ve también los lienzos puestos; descubre, además, el
sudario, símbolo de muerte (11,44, de Lázaro), pero colocado aparte: envolviendo determinado
lugar. La expresión es extraña, indicando un segundo sentido. «El lugar» denota en Juan el
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templo de Jerusalén (4,20; 5,13; 11,48) o, por contraste, el lugar donde se encuentra Jesús, nuevo
santuario (6,10.23; 10,40, etc.). Aquí este «lugar», separado del que es propio de Jesús, designa el
templo. Al matar a Jesús han intentado suprimir la presencia de Dios; con ello han condenado su
propio templo a la destrucción (cf. 2,19). La muerte, vencida por Jesús, amenaza sin remedio a la
institución que lo condenó. No hay reacción de Pedro ante los signos.
v. 8: Entonces, al fin, entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al
sepulcro, vio y creyó.
Insiste Juan en la deferencia del otro discípulo (v. 8: el que había llegado antes), que
muestra una actitud de amor como la de Jesús. Al ver las señales, comprende: la muerte no ha
interrumpido la vida, simbolizada por el lecho nupcial preparado. Ahora cree y ve así la gloria /
amor de Dios (11,40), que da vida definitiva. Nuevo contraste entre los dos discípulos: sólo cree
el segundo.
v. 9: Es que aún no habían entendido aquel pasaje donde se dice que tenía que resucitar
de la muerte.
Juan se refiere al pasaje de Is 26,19-21 (9), al que aludía en 16,16: «Dentro de poco
dejaréis de verme, pero un poco más tarde me veréis», y en el que decía el profeta: «Resucitarán
los muertos ... el Señor va a salir de su morada». No sabían que se ha producido el nacimiento del
Hombre (16,21).
IV
En la primera lectura, los Hechos de los Apóstoles reflejan el esfuerzo de las primeras
comunidades por presentar el ministerio de Jesús en forma sencilla y atractiva. El texto que hoy
leemos es una especie de ‘credo’, kerigma, o anuncio fundamental. Se narran los antecedentes de la
misión de Jesús y el significado de su acción para los pobres. Luego se hace un gran énfasis en la
labor de la comunidad como testigo de su resurrección.
La comunidad cristiana siempre estuvo interesada en comunicar el significado y valor de la
vida, muerte y resurrección de Jesús de Nazaret y no sólo en narrar el acontecimiento como tal.
Toda la vida apostólica de Jesús ha sido concentrada en esta predicación que está destinada a
mostrarle a los nuevos discípulos cómo la acción del Maestro de Galilea perdura en la obra de la
comunidad.
El discurso de Pedro conserva el recuerdo fidedigno de lo que ellos, los apóstoles,
predicaban después de la resurrección de Jesús. Es el llamado «Kerygma» o proclamación solemne
del núcleo de la fe cristiana, destinada a los judíos y a los paganos, invitándolos a creer en
Jesucristo, a confiarse en Él y a incorporarse a su Iglesia. No se trata de una ideología, ni de un
código moral detallado. Se trata del anuncio de los acontecimientos que acabamos de celebrar en la
Semana Santa: la vida de Jesús de Nazaret, circunscrita geográficamente desde Galilea, al norte del
país de los judíos, hasta Jerusalén, la capital. Su predicación y sus milagros como signos de la
misericordia de Dios. Su muerte en la cruz y su resurrección de entre los muertos, de la cual los
apóstoles han sido constituidos testigos fidedignos. A sus oyentes, y a nosotros hoy, Pedro exhorta a
creer en Jesucristo para obtener la salvación. Este es el contenido fundamental de nuestra fe, que
todos debemos testimoniar gozosamente con nuestra vida y con nuestras palabras. Porque son
hechos salvadores, liberadores, por los cuales Dios se nos entrega como Padre, perdonando nuestros
pecados y dándole sentido a nuestra vida, a veces tan extraviada y tan sufrida.
En la segunda lectura, de la carta a los Colosenses, nos invita a radicalizar nuestro estilo de
vida cristiano. La exhortación a buscar los bienes «de arriba» no es una manera de legitimar la
evasión de nuestras responsabilidades en el presente, sino, por el contrario, una invitación a
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encararlas desde la perspectiva y los valores de Jesús. Los valores de ‘arriba’ son los valores que en
su vida histórica proclamó y vivió el resucitado: el amor universal, la justicia y la solidaridad. Los
valores que nos conducen hacia él, hacia su experiencia de resurrección. Los valores del «mundo»
son aquellos modos de vida que imperan en los sistemas que imponen el egoísmo, el individualismo
y la acumulación de bienes. Por «mundo» no se entiende nuestra existencia histórica como tal, sino
las organizaciones humanas que crean modos de vida, con frecuencia, incompatibles con el
evangelio.
El evangelio de Juan nos habla hoy precisamente de ese conjunto de dificultades que nublan
el entendimiento humano y lo hacen incapaz de comprender las verdades de la fe. Los discípulas y
discípulos no deben ir a buscar al Maestro al sepulcro. El lugar de Jesús de Nazaret ya no está entre
los muertos, sino en la presencia de Dios desde donde anima a la comunidad a continuar su misión.
María Magdalena comprende perfectamente este acontecimiento y, en lo profundo de su corazón,
experimenta una alegría desbordante cuando descubre que el lugar para buscar a su Señor ya no es
el cementerio.
Pedro y el otro discípulo corren alertados por la voz de la Magdalena. Pero, sólo el otro
discípulo comprende el significado de la ausencia de Jesús. Pedro examina la tumba y las vendas,
pero su entendimiento aún está atado a sus temores.
El evangelio concluye con la frase: «hasta entonces no habían comprendido la Escritura»,
para mostrarnos cómo la comunidad de creyentes debió recorrer un largo camino antes de
comprender el significado y el alcance histórico de la resurrección de Jesús. Mientras ellos y ellas
aún lloraban de dolor por la ausencia del Maestro, él ya estaba animando la vida de la comunidad en
la eucaristía, en la vida comunitaria y en la solidaridad con los más pobres.
El texto nos invita a hacer un camino de fe que nos haga comprender el significado de la
resurrección de Jesús para nuestras vidas. No basta con correr de un lado para otro buscando al
Señor sin comprender lo que su resurrección significa. Es necesario aprender a descubrir en los
signos de muerte el germen de la vida. Allí donde el discípulo desprevenido experimenta el vacío de
la tumba, el ‘otro discípulo’, el que ama entrañablemente al Señor, descubre la manifestación más
profunda del Dios de la vida.
Les ofrecemos también este segundo guión para las homilías de Pascua:
«El Resucitado es el Crucificado»
Lo que no es la resurrección de Jesús.
Se suele decir en teología que la resurrección de Jesús no es un hecho "histórico", con lo
cual se quiere decir no que sea un hecho irreal, sino que su realidad está más allá de lo físico. La
resurrección de Jesús no es un hecho realmente registrable en la historia; nadie hubiera podido
fotografiar aquella resurrección. La resurrección de Jesús objeto de nuestra fe es más que un
fenómeno físico. De hecho, los evangelios no nos narran la resurrección: nadie la vio. Los
testimonios que nos aportan son experiencias de creyentes que, después de la muerte de Jesús,
"sienten vivo" al resucitado; no son testimonios del hecho mismo de la resurrección.
La resurrección de Jesús no tiene parecido alguno con la "reviviscencia" de Lázaro. La de
Jesús no consistió en la vuelta a esta vida, ni en la reanimación de un cadáver (de hecho, en teoría,
no repugnaría creer en la resurrección de Jesús aunque hubiera quedado su cadáver entre nosotros,
porque el cuerpo resucitado no es, sin más, el cadáver). La resurrección (tanto la de Jesús como la
nuestra) no es una vuelta hacia atrás, sino un paso adelante, un paso hacia otra forma de vida, la de
Dios.
Importa recalcar este aspecto para darnos cuenta de que nuestra fe en la resurrección no es la
adhesión a un "mito", como ocurre en tantas religiones, que tienen mitos de resurrección. Nuestra
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afirmación de la resurrección no tiene por objeto un hecho físico sino una verdad de fe con un
sentido muy profundo, que es el que queremos desentrañar.
La "buena noticia" de la resurrección fue conflictiva.
Una primera lectura de los Hechos de los Apóstoles suscita una cierta extrañeza: ¿por qué la
noticia de la resurrección suscitó la ira y la persecución por parte de los judíos? Noticias de
resurrecciones eran en aquel mundo religioso menos infrecuentes y extrañas que entre nosotros. A
nadie hubiera tenido que ofender, en principio, la noticia de que alguien hubiera tenido la suerte de
ser resucitado por Dios. Sin embargo, la resurrección de Jesús fue recibida con una agresividad
extrema por parte de las autoridades judías. Hace pensar el fuerte contraste con la situación actual:
hoy día nadie se irrita al escuchar esa noticia. El anuncio pascual de la resurrección de Jesús puede
ahora suscitar indiferencia. ¿Por qué esa diferencia con lo que ocurrió entonces? ¿Será que no
anunciamos la misma resurrección, o que no anunciamos lo mismo en el mismo anuncio de la
resurrección de Jesús?
Leyendo más atentamente los Hechos de los Apóstoles ya se da uno cuenta de que el
anuncio que hacían los apóstoles tenía ya en sí mismo un aire polémico: anunciaban la resurrección
"de ese Jesús a quien ustedes crucificaron". Es decir, no anunciaban la resurrección en abstracto,
como si la resurrección de Jesús fuese simplemente la afirmación de la prolongación de la vida
humana tras la muerte. Tampoco estaban anunciando la resurrección de un alguien cualquiera,
como si lo que importara fuera simplemente que un ser humano, cualquiera que fuese, hubiera
traspasado las puertas de la muerte.
El crucificado es el resucitado
Los apóstoles no anunciaban una resurrección abstracta, sino una muy concreta: la de aquel
hombre llamado Jesús, a quien las autoridades civiles y religiosas habían rechazado, excomulgado y
condenado.
Cuando Jesús fue atacado por las autoridades, se encontró solo. Sus discípulos lo
abandonaron, y Dios mismo guardó silencio, como si también lo hubiera abandonado. Con su
muerte en cruz, todo pareció concluir. Sus discípulos se dispersaron y quisieron olvidar.
Pero ahí ocurrió algo. Una experiencia nueva y poderosa se les impuso: sintieron que estaba
vivo. Les invadió una certeza extraña: que Dios sacaba la cara por Jesús, y se empeñaba en
reivindicar su nombre y su honra. «Jesús está vivo», no ha podido la muerte con él. Dios lo ha
resucitado, lo ha sentado a su derecha misma, confirmando la veracidad y el valor de su vida, de su
palabra, de su Causa. Jesús tenía razón, y no la tenían los que lo expulsaron de este mundo. Dios
está de parte de Jesús, Dios respalda la Causa del Crucificado. El Crucificado ha resucitado, ¡vive!
Y esto era lo que verdaderamente irritó a las autoridades judías: Jesús les irritó cuando
estaba vivo, y les irritó aún más cuando resucitó entre sus discípulos. A las autoridades judías, lo
que tanto les irritaba no era el hecho físico mismo de una resurrección, que un ser humano esté
muerto o vivo; lo que no podían tolerar era que aquel ser humano concreto, Jesús de Nazaret, cuya
Causa (su proyecto, su utopía, su buena noticia) que tan peligrosa habían considerado y que creían
ya descartada al haberlo crucificado, volviera a ponerse en pie, resucitara.
Y no podían aceptar que Dios estuviera sacando la cara por aquel crucificado condenado y
excomulgado. Era imposible para ellos que Dios se manifestara a favor de Jesús, que lo avalara.
Ellos creían en otro Dios, no en el que los discípulos de Jesús creían reconocer en aquella
experiencia de sentir a Jesús resucitado.
Creer con la fe de Jesús
Pero los discípulos, que redescubrieron en Jesús el rostro de Dios (como Dios-de-Jesús)
comprendieron que él era el Hijo, el Señor, la Verdad, el Camino, la Vida, el Alfa, la Omega. La
muerte no tenía ya ningún poder sobre él. Estaba vivo. Había resucitado. Y no podían sino
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confesarlo y «seguirlo», «persiguiendo su Causa», obedeciendo a Dios antes que a los humanos,
aunque costase la muerte.
Creer en la resurrección no era pues para ellos tanto la afirmación de un hecho físicohistórico, ni una verdad teórica abstracta (la vida postmortal), sino la afirmación contundente de la
validez suprema de la Causa de Jesús (¡el Reinado de Dios!), a la altura misma de Dios («a la
derecha del Padre», como valor absoluto), por la que es necesario vivir y luchar «hasta dar la vida».
Creer en la resurrección de Jesús es sobre todo creer que su palabra, su proyecto y su Causa
(¡el Reino!) expresan el valor fundamental de nuestra vida.
Y si nuestra fe reproduce realmente la fe de Jesús (su visión de la vida, su opción ante la
historia, su actitud ante los pobres y ante los poderes...) será tan conflictiva como lo fue en la
predicación de los apóstoles o en la vida misma del nazareno.
En cambio, si la resurrección de Jesús la reducimos a un símbolo universal de vida
postmortal (como podría serlo en el universo común de las religiones), o a la simple afirmación de
la vida sobre la muerte, o a un hecho físico-histórico que ocurrió hace veinte siglos... entonces esa
resurrección queda vaciada del contenido que tuvo en Jesús y ya no dice nada a nadie, ni irrita a los
poderes de este mundo, o incluso desmoviliza en el camino de la Causa de Jesús.
Lo importante no es creer en Jesús, sino creer como Jesús. No es tener fe en Jesús, sino tener
la fe de Jesús: su actitud ante la historia, su Causa, su opción por los pobres, su propuesta, su lucha
decidida...
Creer lúcidamente en Jesús en esta América Latina, o en este Occidente llamado "cristiano",
donde la noticia de su resurrección ya no irrita a tantos que invocan su nombre para justificar
incluso las actitudes contrarias a las que tuvo él, implica volver a descubrir al Jesús histórico y el
sentido de la fe en la resurrección.
Creyendo con esa fe de Jesús, las «cosas de arriba» y las de la tierra no son ya dos
direcciones opuestas, ni siquiera distintas. Las "cosas de arriba" son la Tierra Nueva que está
injertada ya aquí abajo. Hay que hacerla nacer en el doloroso parto de la Historia, sabiendo que
nunca será fruto adecuado de nuestra planificación sino don gratuito de Aquel que viene. Buscar
"las cosas de arriba" no es esperar pasivamente que suene la hora escatológica (que ya sonó en la
resurrección de Jesús) sino hacer realidad en nuestro mundo el Reinado del Resucitado y su Causa:
Reino de Vida, de Justicia, de Amor y de Paz.
Nota para lectores críticos
La homilía de la vigilia pascual o la de la misa del domingo de Pascua no son la mejor
ocasión para dar en síntesis un curso teología sobre el tema de la resurrección, pero sí son un
momento oportuno para caer en la cuenta de la necesidad de darnos una sacudida en este tema
teológico.
Por una parte, el ambiente litúrgico es tal que permite al «orador sagrado» elaborar
libremente su discurso, sin temor a ser interrumpido, ni cuestionado ni siquiera solicitado por sus
oyentes para una explicación más amplia. Lo que él diga, por muy abstracto, complicado o
inverosímil que sea, va a ser aceptado por los asistentes con una actitud de piadosa acogida, o al
menos de silencio respetuoso. No le va a ser necesario «justificar» lo que dice, ni explicarlo de un
modo exigente, porque en la celebración litúrgica a veces la palabra tiene un valor ritual, al margen
de su contenido real, razón por la que muchos oyentes «se desconectan» mentalmente, pues están
conscientes de no estar recibiendo un mensaje interpelador real.
Este es un gran peligro para todo agente de pastoral: la utilización de fórmulas fáciles,
abstractas, solemnes, que no evangelizan, porque no tratan de dar razón de la fe y de hacerla
inteligible –hasta donde se puede-, sino de cumplir un rito.
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Por otra parte, el tema concreto de la resurrección es un tema que está sufriendo en los
últimos tiempos una profunda revisión. Algunos teólogos hablan de un «cambio de paradigma»: no
se trataría de cambios en detalles, sino de una comprensión radicalmente nueva del conjunto.
No hay que olvidar que venimos de un tiempo en el que la Resurrección estaba ausente del
horizonte de comprensión de la salvación: ésta se jugaba el viernes santo, en la muerte de Jesús; y
ahí concluía el drama de nuestra salvación; la resurrección era sólo un apéndice añadido, como para
dejar buen sabor de boca. Los mayores de entre nosotros pueden recordar que antes de la reforma de
la liturgia de la semana santa de Pío XII, la vigilia pascual había sido olvidada. Los manuales de
teología por su parte casi no la contemplaban (cfr por ejemplo, la Sacrae Theologiae Summa, en 3
volúmenes, de la BAC, Madrid, 1956, que de sus 326 páginas dedica menos de una a la
resurrección). El libro de F.X.DURWELL, La resurrección de Jesús, misterio de salvación (Herder,
Barcelona), fue el libro clave de la renovación de la comprensión teológico-bíblica de la
resurrección a partir de los años 60. El Concilio Vaticano II restituyó el misterio pascual en el
centro de la liturgia. Y a partir de ahí, se puede decir que hemos vivido de rentas, dejando el tema
de la resurrección en el desván de nuestras creencias intocadas, mientras nuestra cultura y nuestra
antropología han ido evolucionando sin detenerse… ¿No notamos el desajuste?
Nos han preocupado otros temas más «urgentes y prácticos». Nuestro pueblo sencillo (y
cuántos de nosotros) no sabría dar razón convincente ni convencida de lo que cree acerca tanto de la
resurrección de Jesús como de la nuestra.
Respecto a la de Jesús, la mayor parte de nosotros todavía piensa la resurrección de Jesús
como un hecho «físico milagroso». La fuerza imaginativa de las narraciones de las apariciones es
tan fuerte, que cuando las proclamamos en las lecturas litúrgicas (o cuando nos referimos a ellas en
las homilías) para la mayoría de los cristianos pasan por literalmente históricas. El hecho físico
histórico de las apariciones, junto con el sepulcro vacío, la desaparición del cadáver de Jesús, y el
testimonio de los testigos privilegiados que lo «vieron» redivivo y comieron con él… es tenido
como la prueba máxima de la veracidad de nuestra fe. La resurrección puede acabar siendo un mito
anacrónico, momificado en las vendas de conceptos o figuras que pertenecen a una cultura
irremediablemente pasada en aspectos fundamentales. Pero la teología actual representa un cambio
literalmente espectacular respecto a la teología de ayer mismo.
Baste pensar lo siguiente: «se ha eliminado todo rastro de concebir la resurrección como la
‘revivificación’ de un cadáver, se insiste en su carácter incluso no milagroso y no histórico (en
cuanto no empíricamente constatable), y son cada vez más los teólogos –incluso moderados- que
afirman que la fe en la resurrección no depende de la permanencia o no del cadáver de Jesús en el
sepulcro, cuando no afirman expresamente tal permanencia. Y es de prever que la permanencia del
cadáver no tardará en ser opinión unánime» (Queiruga).
«Hoy se toma en serio el carácter transcendente, es decir, no mundano y no espaciotemporal de la resurrección, por lo que resulta absurdo tomar a la letra datos o escenas sólo posibles
para una experiencia de tipo empírico: tocar con el dedo y agarrar al resucitado, o imaginarle
comiendo… son pinturas de innegable corte mitológico, que hoy nos resultan sencillamente
impensables. (Para la Ascensión ya se ha asumido generalmente que, tomada a la letra, sería un
puro absurdo). No es que las apariciones sean verdad o mentira, sino que carece de sentido hablar
de la percepción empírica de una realidad transcendente. No se puede ver al resucitado por la
misma razón que no se puede ver a Dios, con quien se ha identificado en comunión total y gloriosa.
Si alguien dice que lo ha ‘visto’ o ‘tocado’ no tiene por qué mentir, pero habla de una experiencia
subjetiva, como cuando muchos santos dicen haber visto o tenido en sus brazos al Niño Jesús: son
sinceros, pero eso no es posible, sencillamente porque el ‘Niño Jesús’ no existe» (Queiruga).
No podemos extendernos más. Sólo queríamos dar provocativamente una saludable
«sacudida» a nuestra fe en la resurrección, llamando la atención sobre la necesidad de no dejarla
dormir beatíficamente el sueño de los justos, y de afrontar seriamente su actualización teológica.
Por nuestra parte, en los Servicios Koinonía, concretamente en la RELaT (Revista Electrónica
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Latinoamericana de Teología), hemos puesto en línea el epílogo del libro «Repensar la
Resurrección», de Andrés TORRES QUEIRUGA (http://servicioskoinonia.org/relat/321.htm),
epílogo que resume el libro y que invita a afrontar esa actualización. Recomendado asumir el tema
en la comunidad cristiana como una actividad formativa de actualización teológica.
Insistimos en que no es un buen servicio evangelizador el mantener al pueblo cristiano
ignorante respecto a la actualización de la comprensión de la resurrección que se están dando en la
exégesis y en la teología, y que no hace bien el agente de pastoral que se limita a repetir las sonoras
afirmaciones de siempre sobre la resurrección, y refiriéndose a las apariciones dando a entender a
sus oyentes que se trata de datos históricos indubitables no necesitados de interpretación… Según
las estadísticas, no son pocas las personas cristianas que no creen en la resurrección; sin duda, algo
tiene que ver con ello el hecho de que carecemos de una interpretación teológica actualizada
respecto a este elemento capital de nuestra fe, momificado en las vendas de unas descripciones y
supuestos con los que una persona culta de hoy no puede comulgar. La evangelización
desactualizada puede convertirse en factor ateizante.
Para la revisión de vida
¿Cómo va mi alegría, mi esperanza, mi «optimismo realista» de que la última palabra
la tiene el bien, el amor, Dios…?
¿Es mi fe en la Resurrección de Jesús una opción también por la vida a todos sus
niveles?
¿Soy testigo de la Resurrección?
Para la reunión de grupo
-¿Qué quiere decir la teología cuando afirma que la Resurrección de Jesús no es un «hecho
histórico»? ¿Quiere decir que es un mito? ¿O que es un hecho que por su propia naturaleza no
podría ser «registrado empíricamente», ya que está más allá de lo material?
-Algunas presentaciones de la Resurrección de Jesús, acentúan tanto el valor salvífico de la
resurrección en sí mismo, que desaparece el significado de la persona de Jesús, sujeto de la
resurrección. La teología actual, sobre todo la latinoamericana, ha reaccionando acentuando que no
resucita un ser humano cualquiera, sino Jesús de Nazaret, y que eso es relevante. «El Resucitado es
el Crucificado». El Padre resucita a un crucificado, a una persona que fue descalificada y expulsada
de este mundo. Dios saca la cara por él, frente a los que lo descalificaron. La Resurrección es,
también, un acto de justicia, una rehabilitación del ajusticiado crucificado, un ponerse Dios de parte
del ajusticiado, de parte de los valores por los que dio la vida. ¿Qué relación existe pues entre la
Resurrección de Jesús por obra del Padre y la opción por los pobres?
-Andrés Torres Queiruga acaba de publicar (editorial Trotta, Madrid) el libro titulado
«Repensar la Resurrección». (El epílogo del libro puede ser leído en la Revista Electrónica
Latinoamericana de Teología, RELaT, un epílogo que resume todo el libro). Es un libro apto para
ser estudiado en grupo, en comunidad, en círculo de estudio. Y ese estudio puede ser una bella
forma de vivir y celebrar comunitariamente este tiempo pascual.
Para la oración de los fieles
Para que la Vida que significa la Resurrección de Jesús se expanda a toda la
Humanidad y al Cosmos, y triunfe siempre el Amor y la Esperanza, roguemos al Señor...
Para que vivamos siempre el cristianismo como lo que es: la Buena Noticia del
triunfo del Amor y de la Vida...
Por las Iglesias cristianas, para que sean siempre testimonio de esperanza, de
optimismo, de alegría, de acogida y de ecumenismo humilde y respetuoso...
Para que el Señor nos dé coraje para afirmar siempre la vida sobre la muerte, la
esperanza sobre la desesperanza, y el amor sobre toda forma de egoísmo...
Marzo - 100
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Por todos los hombres y mujeres del mundo, y sus pueblos, cada uno con su propia religión
como camino particular de su encuentro con Dios; para que gocen de la Salvación que Dios a todos
da, «por los caminos que sólo él conoce»…
Oración comunitaria
Dios, Padre justo y fiel, que rescataste a tu Hijo de la muerte que le infligieron sus
perseguidores, para poner en claro que tú estabas de su parte y que su Causa era tu mismo Proyecto
sobre el mundo; rescata también del sufrimiento, del olvido y de la muerte a todos los que como
Jesús, han dado la vida a favor de la Utopía, y haz de nosotros testigos convencidos del triunfo final
del Amor y de la Vida, por Jesucristo N.S.
Dios, Padre nuestro, que nos llenas de gozo al abrir para todos en este día las puertas
de la Vida, por medio de tu Hijo, vencedor de la muerte; protégenos y ayúdanos para que,
renovados por esta gran alegría pascual, trabajemos siempre por vencer a la muerte y hacer crecer tu
Reino, hasta que lo experimentemos en su consumación plena. Por Jesucristo N.S..
Oh Dios que en la Resurrección de Jesús has dejado clara tu voluntad y tu propuesta
de Vida abundante para todos; llenos de alegría te damos gracias por la confirmación que con la
resurrección de Jesús has dado a nuestras esperanzas. Por el mismo Jesucristo N.S.
Lunes 28 de marzo
EVANGELIO
Mateo 28, 8-15
8
Con miedo, pero con mucha alegría, se marcharon a toda prisa del sepulcro y corrieron
a anunciárselo a los discípulos. 9De pronto Jesús les salió al encuentro y les saludó diciendo:
-¡ Alegraos!
Ellas se acercaron y se postraron abrazándole los pies. 10Jesús les dijo:
-No tengáis miedo; id a avisar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán.
11
Mientras las mujeres iban de camino, algunos de la guardia fueron a la ciudad e
informaron a los sumos sacerdotes de todo lo sucedido. 12Éstos se reunieron con los senadores,
llegaron a un acuerdo y dieron a los soldados una suma considerable, 13encargándoles:
-Decid que sus discípulos fueron de noche y robaron el cuerpo mientras vosotros
dormíais 14y si esto llega a oídos del gobernador, nosotros lo calmaremos y os sacaremos de
apuros.
15
Los soldados aceptaron el dinero y siguieron las instrucciones. Por eso corre esta versión
entre los judíos hasta el día de hoy.
COMENTARIOS
I
Las mujeres buscan en el sepulcro a Jesús el crucificado, es decir, piensan que Jesús está
definitivamente muerto. De hecho, habían ido a visitar el sepulcro sin esperar nada
extraordinario, pensando que allí estaba encerrado el cuerpo de Jesús.
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El ángel ha corrido la losa para que pueda constatarse que Jesús no está en el sepulcro.
Las mujeres deben ser testigos del hecho, para comunicarlo inmediatamente a los discípulos.
Al contrario que en Mc, evangelio en el que no dicen nada a nadie "del miedo que tenían",
el miedo de las mujeres en el evangelio de Mateo está mezclado de gran alegría, y van a cumplir
el encargo, y ellas mismas tienen un encuentro con Jesús. El saludo de éste («alegraos») es el
ordinario de la cultura griega, traducido en 27,29 por «salud». En este contexto, sin embargo,
recuerda la recomendación de Jesús a los discípulos para el tiempo de persecución (5,12):
«alegraos y regocijaos, que Dios os va a dar una gran recompensa». La recompensa allí
anunciada es la vida que supera la muerte, visible ahora en Jesús.
Jesús las exhorta a no temer. Su resurrección es sólo causa de alegría, repite el encargo del
ángel: "No tengáis miedo; id a avisar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán" (v. 10).
El Resucitado llama a los discípulos «sus hermanos». Ahora, cuando está disponible el Espíritu,
puede llamarlos así: el Espíritu los hace hijos del mismo Padre.
"Mientras las mujeres iban de camino, algunos de la guardia fueron a la ciudad e
informaron a los sumos sacerdotes de todo lo sucedido. 12Éstos se reunieron con los senadores,
llegaron a un acuerdo y dieron a los soldados una suma considerable (vv. 11-12)".
. Mateo quiere subrayar de nuevo la mala fe de los dirigentes judíos. Lo mismo que las
mujeres han ido a dar la noticia a los amigos de Jesús, los guardias van a sus enemigos. Ante el
informe de los guardias, se reúne de nuevo el Gran Consejo (cf. 26,3.59; 27,1.7.62) para tratar de
contrarrestar los hechos. No les interesa lo que realmente suceda, sino la repercusión que pueda
tener en el pueblo. Se adivina la ofensiva de las comunidades judías contra la primitiva
predicación cristiana.
Encargándoles: -Decid que sus discípulos fueron de noche y robaron el cuerpo mientras
vosotros dormíais, y si esto llega a oídos del gobernador, nosotros lo calmaremos y os sacaremos de apuros. Los soldados aceptaron el dinero y siguieron las instrucciones. Por eso corre
esta versión entre los judíos hasta el día de hoy (vv. 13-15).
Encargan a los soldados que difundan un rumor y les prometen su apoyo ante Pilato, si
fuese necesario. El gobernador es vulnerable después de la sentencia que le han obligado a
pronunciar (27,26). Los pretorianos eran mercenarios y están dispuestos a ser sobornados.
Aceptan el dinero como lo había aceptado Judas (26, l4-l6). Insiste Mateo en el poder corruptor
del dinero, arma del sistema opresor. Con dinero se habían apoderado de Jesús; con dinero
quieren impedir la fe en él: el dios falso se opone al Dios verdadero. El efecto del rumor llega
hasta los tiempos de Mateo.
II
Las autoridades recurrieron a todo tipo de artimañas para eliminar cualquier rastro de Jesús.
Incluso no dudaron en pagar una fuerte suma de dinero a Judas Iscariote para que delatara a su
Maestro. Ahora, cuando la comunidad, liderada por el grupo de mujeres, vive la experiencia de la
resurrección las autoridades se inventan otra treta para desprestigiar a sus discípulos que proclaman
el valor universal de la obra de Jesús. Pareciera que el escándalo de la ignominiosa muerte en la
cruz en lugar de callar la voz de Jesús la hubiera transformado en un clamor universal. El temor
inicial de la comunidad da paso a una impetuosa confianza en el resucitado. La comunidad abraza
los pies del resucitado y se encamina a la misión universal. La vuelta a Galilea señala un nuevo
comienzo.
En muchas partes del mundo, especialmente en Europa, el cristianismo parece haber
‘envejecido’. El ímpetu misionero de los siglos anteriores ha cedido y ahora las comunidades sufren
por falta de animadores. Parece como si el cansancio de las organizaciones sociales hubiera
contagiado a los fieles cristianos. Pero, aún en esos signos negativos que algunos verían como
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signos de muerte, el cristianismo manifiesta todo su vigor y novedad. Nacen nuevas maneras de
vivir la fe en el resucitado; las grandes masas de cristianos dan paso a los pequeños grupos que
quieren encarnar los valores del evangelio.
El evangelio nos invita a abrazarnos a los pies del Señor para seguir su huella por los
inesperados caminos del Espíritu.
Martes 29 de marzo
EVANGELIO
Juan 20, 11-18
11
Maria se había quedado junto al sepulcro, fuera, llorando. Sin dejar de llorar, se asomó al
sepulcro 12y vio dos ángeles vestidos de blanco sentados uno a la cabecera y otro a los pies, en el
lugar donde había estado puesto el cuerpo de Jesús.
13
Le preguntaron ellos:
-Mujer, ¿por qué lloras?
Les dijo:
-Se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto.
14
Dicho esto, se volvió hacia atrás y vio a Jesús de pie, pero no sabía que era Jesús.
15
Jesús le preguntó:
-Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas?
Ellá, pensando que era el hortelano, le dice:
-Señor; si te lo has llevado tú, dime dónde lo has puesto y yo me lo llevaré.
16
Le dice Jesús:
-María.
Volviéndose ella, le dijo en su lengua:
-Rabbuni (que equivale a "Maestro").
17
Le dijo Jesús:
-Suéltame, que aún no he subido con el Padre para quedarme. En cambio, ve a decirles a
mis hermanos: “Subo a mi Padre, que es vuestro Padre, mi Dios y vuestro Dios".
18
María fue anunciando a los discípulos:
-He visto al Señor en persona, y me ha dicho esto y esto.
COMENTARIOS
I
11-13 María se había quedado junto al sepulcro, fuera, llorando. Sin dejar de llorar, se
asomó al sepulcro y vio dos ángeles vestidos de blanco sentados, uno a la cabecera y otro a los
pies, en el lugar donde había estado puesto el cuerpo de Jesús. 3Le preguntaron ellos: «Mujer,
¿por qué lloras?» Les dijo: «Se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto».
Jesús había anunciado a los suyos la tristeza por su muerte, pero asegurándoles la
brevedad de la prueba y la alegría que les produciría su vuelta (16,16-23a). María, en cambio,
llora sin esperanza (cf. 11,33); ha olvidado las palabras de Jesús. No se separa del sepulcro,
donde ya no puede encontrarlo.
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Marzo - 103
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Sin interrumpir su llanto, se asoma al interior del sepulcro. En los extremos del lecho ve
dos ángeles o mensajeros de Dios; son los testigos de la resurrección y están dispuestos a
anunciarla. Van vestidos de blanco, color de la gloria divina; su presencia es un anuncio de vida.
Están sentados: su testimonio del sepulcro vacío es el término de su misión. Colocados a un lado
y a otro, como los querubines del arca de la alianza (Éx 25,18), custodian el lugar donde ha
brillado la gloria de Dios.
El vestido de los ángeles indica que no hay razón para el llanto. Siendo mensajeros, si ella
les preguntara (cf. Cant 3,2s: "¿Habéis visto al amor de mi alma"?) le darían la información que
poseen. Pero no es María la que les pregunta, sino ellos a María («Mujer, ¿por qué lloras?»).
La llaman Mujer, apelativo usado por Jesús con su madre (2,4 y 19,6), la esposa fiel de
Dios en la antigua alianza, y con la samaritana (4,21), la esposa infiel. Los ángeles ven en María a
la esposa de la nueva alianza, que busca desolada al esposo, pensando haberlo perdido. María, de
hecho, llama a Jesús mi Señor, como mujer al marido, según el uso de entonces.
La respuesta de María delata su estado de ánimo. Es el mismo que tenía cuando llegó al
sepulcro por primera vez (20,2): sigue pensando que todo ha terminado con la muerte.
14-15a Dicho esto, se volvió hacia atrás y vio a Jesús de pie, pero no sabía que era Jesús.
Jesús le preguntó: «Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas?»
Mientras siga mirando al sepulcro, lugar de muerte, María no encontrará a Jesús. En
cuanto se vuelve, lo ve de pie, como corresponde a una persona viva, pero la idea de la muerte la
domina y no lo reconoce. Habría reconocido a un Jesús yacente, pero no lo reconoce vivo.
La pregunta de Jesús repite en primer lugar la de los ángeles; como ellos, insinúa a María
que no hay motivo para llorar. Añade ¿A quién buscas?, como preguntó a los que iban a
prenderlo (18,4.7), y espera la misma respuesta que aquéllos dieron entonces: "A Jesús el
Nazoreo". Quiere darse a conocer. Pero María no pronuncia su nombre.
15
15b Ella, pensando que era el hortelano, le dice: «Señor, si te lo has llevado tú, dime
dónde lo has puesto y yo me lo llevaré».
Al no reconocer a Jesús, su presencia en el huerto le hace pensar que sea el hortelano. Con
esta palabra reintroduce el evangelista la idea del huerto-jardín (19,41), volviendo al lenguaje del
Cantar. Se prepara el encuentro de la esposa (Mujer) con el esposo (3,29). María no se da cuenta
aún, pero ya está presente la primera pareja del mundo nuevo, el comienzo de la nueva
humanidad.
Jesús, como los ángeles, la ha llamado “mujer” (esposa); ella, expresando sin saberlo la
realidad de Jesús, lo llama “Señor” (esposo, marido).
Sin embargo, obsesionada con su idea, piensa que si Jesús no está en el sepulcro se debe a
la acción de otros (si te lo has llevado tú). No sabe que, al dar su vida libremente, Jesús tenía en
su mano recobrarla (10,18). Cree también María que la presencia de Jesús está vinculada a un
lugar preciso (dime dónde lo has puesto), donde ella podría encontrarlo. Quiere asegurarse la
cercanía a Jesús, aunque sea muerto (y yo me lo llevaré).
16-17a Le dice Jesús: «María». Volviéndose ella, le dijo en su lengua: «Rabbuni» (que
equivale a “Maestro”). Le dijo Jesús: «Suéltame, que aún no he subido con el Padre para
quedarme».
Jesús la llama por su nombre y ella reconoce su voz (10,3; cf. Cant 5,2). Se vuelve del
todo, sin mirar más al sepulcro, que es el pasado. Al esposo responde la esposa (cf. Jr 33,11: "Se
oirán la voz alegre y la voz gozosa, la voz del novio y la voz de la novia"; Jn 3,29): se establece
la nueva alianza por medio del Mesías.
Rabbuni, “Señor mío”, era tratamiento dado a los maestros, como lo hace notar el
evangelista; pero lo usaba también la mujer para dirigirse al marido. Se combinan así los dos
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aspectos de la escena. Como término del lenguaje conyugal, Rabbuni expresa la relación de amor
y fidelidad que une la comunidad a Jesús. Como tratamiento para el maestro, indica que ese amor
se concibe en términos de discipulado, es decir, de seguimiento, de práctica de un amor como el
suyo (1,16; cf. 13,34: Igual que yo os he amado).
Hay un gesto implícito de María respecto a Jesús (Cant 3,4: “Encontré al amor de mi
alma; lo agarraré y ya no lo soltaré”). A ese gesto responde Jesús al decir a María: Suéltame. Da
la razón (aún no he subido al Padre para quedarme). No es aún el momento de la subida
definitiva de Jesús al Padre (para quedarme) ni de la fiesta nupcial.
Con este detalle de la narración, el evangelista llama a la realidad a las comunidades
cristianas. Aún no se encuentran en el estadio final. No pueden centrarse en la unión gozosa con
el resucitado, olvidando la misión. Hay que continuar la de Jesús, realizando las obras del que lo
envió (9,4) y mostrando hasta el fin el amor de Dios al ser humano.
17b «En cambio, ve a decirles a mis hermanos: “Subo a mi Padre, que es vuestro Padre,
mi Dios y vuestro Dios”».
Jesús interrumpe el deseo de unión definitiva para enviar a María con un mensaje para los
discípulos, a los que por primera vez llama “sus hermanos”: amor fraterno, comunidad de iguales.
Antes de la definitiva hay otra subida de Jesús al Padre (Subo a mi Padre), que dará
comienzo a la nueva historia. Después volverá con los discípulos (14,18), estará presente con los
suyos y seguirá “llegando” a la comunidad. Cuando deje de “llegar” será el momento de la subida
definitiva, a la que se incorporará la nueva humanidad, formada a lo largo de la historia y
representada aquí en su primicia por María Magdalena. Será la entrada del reino de Dios en su
estadio final; la creación habrá quedado plenamente realizada.
La mención del Padre de Jesús como Padre de los discípulos responde a la promesa de
14,2-3: “En el hogar de mi Padre hay vivienda para muchos, etc.”. Jesús sube ahora para dar a
los suyos la condición de hijos de Dios (mis hermanos), mediante la infusión de su Espíritu
(14,16s).
Esta experiencia les hará conocer a Dios como Padre (17,3); será su primera experiencia
verdadera de Dios. No van a llamar Padre al que ya creen conocer como Dios, sino al contrario:
llamarán Dios al que experimentan pro primera vez como Padre. No reconocerán a otro Dios más
que al que ha manifestado en la cruz de Jesús su amor gratuito y generoso por el hombre,
comunicándole su propia vida. Es el único Dios verdadero (17,3).
18 María fue anunciando a los discípulos: «He visto al Señor en persona, y me ha dicho
esto y esto».
Por boca de su representante, la comunidad recibe noticia de la resurrección de Jesús.
María, que lo ha visto, se convierte en mensajera. Su anuncio parte de la experiencia personal de
Jesús y del mensaje que él le comunica. Con este mensaje va a comenzar la nueva comunidad de
hermanos, cuyo centro será Jesús.
II
El evangelio de hoy nos muestra, a través de la experiencia de la Magdalena, cómo la
comunidad maduró su experiencia de fe y pudo comprender el alcance y el significado de la
resurrección de Jesús. En un primer momento la comunidad se deja intimidar por la actitud
despectiva de las autoridades. Los que enviaron a Jesús a la tumba quieren oficializar su propia
versión de los acontecimientos recurriendo al engaño, al mentira y el soborno. Ellos piensan que la
muerte es la prisión definitiva en la que pueden encerrar a Jesús y a su mensaje. Sin embargo, se
equivocan, porque la voz viene de Dios “y la voz de Dios no muere”. En un segundo momento la
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comunidad desconsolada busca a Jesús, y el temor y la desesperanza los lleva al lugar donde él no
se encuentra. La comunidad, entonces, descubre la vaciedad de la tumba y la inutilidad de la
angustia. La comunidad pasa, casi inadvertidamente, del cansancio a la escucha y, por esto,
comienzan a tomar en serio las voces que los invitan a ‘darse la vuelta’ y reconocer que Jesús está
vivo en medio de ellos. Jesús estaba frente a la comunidad pero no lo aceptaban porque aún miraban
para atrás, hacia la tumba que parecía haber consumido toda esperanza. En el momento que
descubren a Jesús lo abrazan, lo retienen, lo quieren todo para la propia comunidad. Sin embargo, el
resucitado se libera y los libera para que toda la comunidad se ponga en camino hacia la misión.
Miércoles 30 de marzo
EVANGELIO
Lucas 24, 13-35
13
Aquel mismo día, dos de ellos iban camino de una aldea llamada Emaús, distante unas
dos leguas de Jerusalén, 14y conversaban de todo lo que había sucedido. 15Mientras conversaban
y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos, 16pero algo en sus ojos les
impedía reconocerlo. 17E1 les preguntó:
-¿Qué conversación es esa que os traéis por el camino? Se detuvieron cariacontecidos,
18
y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le replicó:
-¿Eres tú el único de paso en Jerusalén que no se ha enterado de lo ocurrido estos días en
la ciudad?
19
É1 les preguntó:
-¿De qué?
Contestaron:
-De lo de Jesús Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras ante Dios y
ante todo el pueblo; 20cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo
condenaran a muerte, y lo crucificaron, 21cuando nosotros esperábamos que él fuese el liberador
de Israel. Pero, además de todo eso, con hoy son ya tres días que ocurrió. 22Es verdad que
algunas mujeres de nuestro grupo nos han dado un susto: fueron muy de mañana al sepulcro 23y,
no encontrando su cuerpo, volvieron contando que incluso habían tenido una aparición de ángeles, que decían que está vivo. 24Algunos de nuestros compañeros fueron también al sepulcro y
lo encontraron tal y como habían dicho las mujeres, pero a él no lo vieron.
25
Entonces Jesús les replicó:
-¡Qué torpes sois y qué lentos para creer en todo lo que dijeron los profetas! 26¿No tenía
el Mesías que padecer todo eso para entrar en su gloria? 27y, tomando pie de Moisés y los
profetas, les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura. 28Cerca ya de la aldea adonde
iban, hizo ademán de seguir adelante, 29pero ellos le apremiaron diciendo:
-Quédate con nosotros, que está atardeciendo y el día va ya de caída.
El entró para quedarse con ellos. 30Estando recostado con ellos a la mesa, tomó el pan, lo
bendijo, lo partió y se lo ofreció. 315e les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero él desapareció
de su vista. 32Entonces se dijeron uno a otro:
-¿No estábamos en ascuas mientras nos hablaba por el camino haciéndonos comprender
la Escritura?
33
Y levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén; encontraron reunidos a los Once
con sus compañeros, 34que decían:
-Realmente ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón.
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35
Ellos contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al
partir el pan.
COMENTARIOS
I
EL LARGO CAMINO DEL HOMBRE OBSTINADO EN TENER RAZON
El episodio de Emaús, propio de Lucas, describe el camino que tienen que hacer los
discípulos para reconocer la presencia de Jesús en la historia. Lucas enfoca («Y mirad») la
comunidad de discípulos («dos de ellos») en el momento en que, simbólicamente, deciden, de
mala gana, dejar la institución judía («que distaba dos leguas de Jerusalén») en dirección a una
aldea, llamada Emaús (24,13).
La conversación que sostienen entre ellos explicita, de palabra, el recorrido que hacen
físicamente. Comentan los acontecimientos negativos que han dejado en ellos una profunda
frustración (24,14). La ideología que comparten les impide reconocer a Jesús en el compañero de
viaje (24,15-16). Reconocen que era un Profeta, pero siguen adictos a los dirigentes de Israel, a
pesar de que éstos lo han traicionado y ejecutado («los sumos sacerdotes y nuestros jefes»,
24,20), y proyectan sobre su persona rasgos nacionalistas («Jesús, el Nazareno», 24,19): «Cuando
nosotros esperábamos que él fuese el liberador de Israel» (24,21a). Como quiera que sólo
esperaban un triunfo terrenal, ni las repetidas predicciones de Jesús (9,22.44s; 18,32-34) ni los
indicios de su resurrección (testimonio de las mujeres y de los representantes de la Escritura,
24,22; ni la confirmación del relato de las mujeres por parte de Pedro (24,24) no han avivado su
esperanza: «Pero, además de todo eso, con hoy son ya tres días que ocurrió» (24,21b).
JESUS ABRE EL SENTIDO PROFUNDO DE LA ESCRITURA
Lucas concentra en esta escena y en la que seguirá, de la que ésta es un desdoblamiento,
toda la artillería pesada con el fin de librar la batalla decisiva contra la mentalidad que continúa
amarrando a tierra a sus comunidades y les impide reconocer a Jesús en el camino de la historia
de los hombres. La resistencia proviene, como en el caso de los discípulos, de la mentalidad que
los invade y de la falta de entrega personal, con la excusa de que no lo ven claro, de que la
situación no hay quien la arregle, de que ya están de vuelta de todo.
En primer lugar Jesús les recuerda, de palabra, lo que ya les había dicho antes por partida
triple (las predicciones sobre su muerte y resurrección), insistiendo en que todo eso ya estaba
contenido en la Escritura: «¡Qué torpes sois y qué lentos para creer en todo lo que dijeron los
Profetas! ¿No tenía el Mesías que padecer todo eso para entrar en su gloria?" Y, tomando pie de
Moisés y de los Profetas, les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura» (24,25-27). La
temática es la misma de la escena de la transfiguración y de la escena de las mujeres en el sepulcro.
Aquí es Jesús en persona el que les imparte la lección. En el prólogo de Hch 1,3 dirá Lucas, de
forma resumida, que la lección duró «cuarenta días». Su mentalidad nacionalista a ultranza y
triunfalista les impide comprender el sentido de las Escrituras. Ni siquiera el fracaso del Mesías los
ha hecho cambiar. Ahora, peor todavía, como están quemados y de vuelta, regresan al bastión
inexpugnable que les queda, la «aldea de Emaús». El día ya declina, oscurece, cae la tiniebla: pero
ellos siguen adelante, arrastrándose por la vida decepcionados y resignados.
La segunda lección que les impartirá Jesús será con hechos. Pero antes ha sido preciso que
ellos diesen señales de vida: «Quédate con nosotros, que está atardeciendo y el día va ya de
caída» (24,29). Han acogido al hombre, sin saber que era Jesús. Este ha hecho ademán de seguir
adelante (24,28), para que fuesen ellos quienes tomasen la iniciativa de darle acogida. Tienen que
hacerse «prójimos», acercándose a las necesidades humanas y compartiendo lo que tienen. «Y
sucedió que, estando recostado con ellos a la mesa, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió
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y se lo ofreció» (24,30). Jesús les da la misma señal que les había dado en la escena del compartir
los panes (9,16) y que los llevó a reconocerlo como Mesías (9,18-20). Se dan cuenta de que es él
en la acción de compartir el pan (24,35) para que comiera de él todo Israel. Lo sienten viviente,
como cuando «estaban en ascuas mientras les hablaba por el camino» (24,32).
Palabra y gesto: si queremos comprender el plan de Dios, debemos habituarnos también
nosotros a compartir, como Jesús se entregó a sí mismo en un acto supremo de donación (22,19)
y lo significó mediante la «partición del pan». Mientras vayamos en busca de una iglesia
triunfante, bien considerada y aplaudida por los poderosos, mientras confiemos en los grandes
medios de comunicación como formas de evangelización, por el estilo de los carismáticos
evangelistas que dominan las televisiones americanas, remaremos contra corriente y no
descubriremos nunca a Jesús en la pequeña, pobre e insignificante historia de los hombres y
mujeres que nos rodean o que se nos acercan.
II
El relato de los discípulos de Emaús es una grandiosa síntesis de la catequesis cristiana.
Contiene las dos partes esenciales de la misa: la liturgia de la Palabra y la liturgia de la Eucaristía.
La primera parte se concentra en la interpretación de la Escritura, ‘comenzado por Moisés y
siguiendo por los profetas’, es decir, todo lo que nosotros llamamos Antiguo Testamento. Se junta
toda la proclamación de la obra de Jesús, ‘profeta grande en palabras y obras’, con la interpretación
de su vida y Misión a la luz de la Biblia. De este modo, la catequesis tiene la oportunidad de
recuperar la historia de Jesús y la interpretación de la Biblia. El camino de Emaús es el camino de
los creyentes de la segunda generación que escucharon el testimonio de quienes fueron testigos
oculares y luego se convirtieron en ‘servidores y oyentes’ de la Palabra (Lc 1, 1-4).
La interpretación de los acontecimientos salvíficos a la luz de las enseñanzas de la Ley y de
los oráculos de los profetas nos abren al gran misterio del Señor resucitado que viene al encuentro
de la comunidad en la historia. Él parte el pan y explica las escrituras, confirma el testimonio de las
mujeres y ayuda a la comunidad a descubrir su presencia en el gesto cotidiano y solidario de partir
el pan y repartir el vino. Esta experiencia los lleva de vuelta a Jerusalén, donde comparten el
anuncio fundamental de la comunidad: Jesús ha resucitado y nosotros somos sus testigos (Hch 1,3).
Jueves 31 de marzo
EVANGELIO
Lucas 24, 35-48
36
Mientras hablaban de esto, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo:
-Paz con vosotros.
37
Se asustaron y, despavoridos, pensaban ver un fantasma.
38
É1 les dijo:
-¿Por qué ese espanto y a qué vienen esas dudas?
39
Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y mirad; un fantasma no
tiene carne ni huesos como veis que yo tengo.
40
Dicho esto, les mostró las manos y los pies. 41Como aún no acababan de creer de la
alegría y no salían de su asombro, les dijo:
-¿Tenéis ahí algo de comer?
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42
Ellos le ofrecieron un trozo de pescado asado; 43él lo cogió y comió delante de ellos.
44
Después les dijo:
-Esto significaban mis palabras cuando os dije, estando todavía con vosotros, que todo lo
escrito en la Ley de Moisés y en los Profetas y Salmos acerca de mi tenía que cumplirse.
45
Entonces les abrió el entendimiento para que comprendieran la Escritura. 46y añadió:
-Así estaba escrito: El Mesías padecerá, pero al tercer día resucitará de la muerte; 47y en
su nombre se predicará la enmienda y el perdón de los pecados a todas las naciones. Empezando
por Jerusalén 48vosotros seréis testigos de todo esto.
COMENTARIOS
I
ORDEN TAJANTE DE NO EMPRENDER NADA
ANTES DE RECIBIR EL ESPÍRITU
Ya hemos visto antes que «uno» y «cuarenta», referidos al período transcurrido entre la
resurrección y la ascensión, engloban un periodo unitario y considerablemente largo de instrucción a los discípulos sobre el reinado de Dios, a la manera de los cuarenta años que Israel
permaneció en el desierto o de los cuarenta días en que Jesús fue puesto a prueba. La escena de la
aparición de Jesús al grupo de discípulos se narra también por partida doble, pero en Hechos, en
razón precisamente del desdoblamiento de «uno» en «cuarenta días», se reserva para los últimos
días lo que hace referencia a la realización de la promesa y al encargo universal.
La orden tajante, impartida por Jesús a los apóstoles, de permanecer totalmente inactivos
«en la ciudad» (lit. y gráficamente: «permaneced sentados en la ciudad», 24,49b), tiene lugar en
el libro de los Hechos en una ocasión en que Jesús «comía con ellos», hacia el final del largo
periodo en que se les presentó viviente (Hch 1,3): «Mientras comía con ellos, les mandó: "No os
alejéis de Jerosólima; al contrario, aguardad a que se cumpla la promesa del Padre, de la que ya
os he hablado; porque Juan bautizó con agua; vosotros, en cambio, seréis bautizados con Espíritu
Santo de aquí a pocos días"» (Hch 1,4-5). Es exactamente la misma orden que les impuso según
Lc 24,29: «Y mirad, yo os enviaré la promesa de mi Padre; vosotros quedaos en la ciudad hasta
que de lo alto os revistan de fuerza.»
LOS DISCIPULOS NO CEDEN NI UN PALMO,
PERO JESUS TAMPOCO
El Mesías padecerá, pero al tercer día resucitará de la muerte; y en su nombre se predicará
la enmienda y el perdón de los pecados a todas las naciones paganas. Empezando por Jerusalén,
vosotros seréis testigos de todo esto"» (Lc 24,46-48), en Hechos tiene lugar el último día, después
que los apóstoles se confabulasen -más adelante veremos el motivo- para pedirle que restaurase el
reino a Israel (Hch 1,6), cuya representatividad les había confiado el propio Jesús, pero que, por
culpa de la deserción de Judas, se había ido al traste (recuérdese 22,3 y 22,47): «No es cosa
vuestra conocer ocasiones o momentos que el Padre ha reservado a su propia autoridad
(argumento disuasorio); al contrario, recibiréis fuerza cuando el Espíritu Santo venga sobre
vosotros, y así seréis mis testigos en Jerusalén y también en toda Judea y Samaria, y hasta los
confines de la tierra» (Hch 1,7-8). Cuándo y cómo Dios intervendrá en la historia es cosa suya,
nadie debe ni puede manipular sus planes; y él respeta y secunda la libertad de los hombres. El
Espíritu Santo, en cambio, les dará fuerzas para realizar la utopía del reino.
En el texto del Evangelio, el deseo de justicia y de solidaridad humana son condición
previa para poder proclamar entre las naciones paganas la nueva y definitiva presencia de Jesús
como Señor de la historia del hombre. El testimonio lo tienen que dar, en primer lugar, «en
Jerusalén» (transliteración del nombre hebreo), en sentido sacral (característica que se repite -
Marzo - 109
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manera de subrayar su importancia- al final del primer libro y al principio del segundo), tal como
lo acaba de dar él; esto les habría acarreado el éxodo forzoso, pero liberador, fuera de la ciudad
sagrada. De hecho no fue así, como tendremos ocasión de comprobar cuando empecemos el
segundo libro. La segunda etapa debería haber abarcado «toda la Judea (incluyendo la Galilea) y
Samaria». La tercera, después de entrenarse entre los heterodoxos samaritanos, «todas las
naciones paganas» (Lc), «hasta los confines de la tierra» (Hch).
II
Discurso de Pedro: 3, 11-26: Pedro habla en el Templo, prescindiendo de los jefes de Israel;
habla con extraordinaria autoridad, como maestro, como profeta, como jefe del pueblo. Se insiste en
la participación de "todo el pueblo" (vv. 9 y 11) y es a ese pueblo a quien habla. Pedro invoca al
Dios de Abraham, Isaac y Jacob, interpreta a Moisés y a todos los profetas. Da la impresión que
Pedro se ha apoderado del pueblo y del Templo y como jefe lo orienta en la tradición profética de
Israel. Los que creen en Jesús, son el verdadero Israel, fiel a Abraham, Moisés y todos los profetas.
Pedro anuncia la resurrección de Jesús, después de haber sanado al tullido. El tullido convertido en
sujeto, que camina, salta y alaba a Dios, anuncia a Cristo muerto y resucitado. La práctica de Pedro
(curación) precede su discurso (anuncio de la resurrección).
Pedro comienza deshaciendo un mal entendido: el tullido ha sido sanado, no por el poder
mágico de Pedro, sino por la fe en el nombre de Jesús (v.12 y v. 16, que hacen de inclusión a la
primera parte del discurso). En el centro (vv.13-15) está el testimonio de Pedro: el pueblo entregó a
Jesús, renegó de él ante Pilato y lo mató, pero Dios lo resucitó. Pedro y los apóstoles son testigos de
esto. La resurrección necesita del testimonio de los apóstoles; es el testimonio el que da fuerza
histórica a la resurrección. Jesús es designado como el siervo, el santo y el justo, el jefe que lleva a
la vida, lo que representa una cristología antigua. La muerte de Jesús es presentada como un
asesinato realizado por el pueblo judío. Todavía no aparece la reflexión teológica sobre el sentido
salvífico de la muerte de Jesús. Lucas disculpa a Pilatos, no para congraciarse con el Imperio
romano, sino para darle un sentido a la muerte de Jesús en el contexto histórico del pueblo de Israel.
La segunda parte del discurso (vv. 17-26) agrega motivos nuevos y más elaborados. Se
insiste mucho en los profetas (seis veces aparece la palabra "profeta"). Los profetas han anunciado
un Mesías sufriente, que por su resurrección ha instaurado "tiempos de consolación" (kairoi
anapsyxeos) y "tiempos de restauración" (jronoi apokastáseos) de todas las cosas (vv. 20-21); esos
tiempos sólo pueden realizarse si el pueblo de Israel se convierte y se arrepiente de sus pecados.
Mientras el pueblo no se convierta, el "cielo retiene a Jesús". Aquí no se está hablando de la
segunda venida de Jesús, sino del tiempo de la resurrección (tiempos de consolación y
restauración), que incluye su exaltación, la venida del Espíritu, la predicación apostólica y su
Parusía. Este tiempo de la resurrección es el tiempo presente y es el pecado del pueblo el que
impide su plena realización. Todos los profetas han anunciado estos días de resurrecciónconsolación-restauración. Jesús ha resucitado en primer lugar para el pueblo de Israel, para
bendecirlo y para apartar a cada uno de sus iniquidades. Es así como Pedro llama a la conversión
del pueblo y a su arrepentimiento. Pedro presenta la conversión a Jesús, el Mesías muerto y
resucitado, como la opción más coherente con toda la tradición profética de Israel. La comunidad
que sigue a Jesús es el verdadero pueblo de Israel, el auténtico pueblo de Dios fiel a sus promesas.
Pedro habla al pueblo que ha sido testigo de la resurrección del tullido y que escucha ahora el
testimonio de Pedro sobre la resurrección de Jesús. Su testimonio será interrumpido por las
autoridades del Templo.
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