mayo-agosto, 2014 Las mujeres en los procesos de paz en

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 mayo-agosto, 2014
Las mujeres en los procesos de paz en Colombia
María Herminia Rojas Pacheco*
Avances y retrocesos de paz de los últimos procesos de paz
La búsqueda de la paz en Colombia ha sido un esfuerzo al que le han apostado muchos colombianos
y colombianas. En la década de 1950, varios grupos guerrilleros, tras la oferta de una amnistía del
entonces presidente Rojas Pinilla, depusieron las armas. Juan de la Cruz Varela y su grupo hicieron
entrega de armas el 30 de octubre de 1953, en la plaza de Cabrera Sumapaz (Cundinamarca). En ese
mismo año, “las guerrillas del llano”, dirigidas por Guadalupe Salcedo, entregaron más de quinientos
fusiles, escopetas y otras armas. De parte del gobierno, recibían como garantía de seguridad un
salvoconducto. Según el escritor (Sánchez: 1989), la paz para los guerrilleros significaba que se les
reconociera el legítimo derecho a la tierra, el respeto a la vida y los bienes; contrariamente, para los
terratenientes, la paz significaba garantías plenas para el desalojo de los campesinos y la apropiación
de las tierras forzosamente abandonadas.
El acuerdo del respeto a la vida de los guerrilleros no fue cumplido. En 1954 fueron fusilados en la
plaza de Puerto Nuevo (Meta) más de cien campesinos liberales que esperaban por el tan nombrado
salvoconducto. La paz quedó solo como otro lema más de la oligarquía (Sánchez: 1989).
En los años ochenta del siglo XX, el comandante y fundador de la guerrilla de izquierda del
Movimiento 19 de Abril (M-19), Jaime Bateman Cayón, se dirigió en reiteradas ocasiones al
gobierno con propuestas de salidas negociadas al conflicto en Colombia, basadas en la democracia y
la concordia nacional. Este llamado fue hecho públicamente para que todas las fuerzas vivas del país
participaran en un gran diálogo nacional.
Un primer paso hacia la paz negociada se dio con la toma de la Embajada de República Dominicana,
el 27 de febrero de 1980, en Bogotá, cuando la columna “Marcos Zambrano” del M-19 ocupó esta
sede, reteniendo a personal diplomático acreditado en el país. Con esta acción, el M-19 denunciaba
que en Colombia se violaban los derechos humanos y se torturaba a los presos políticos; al tiempo
que exigía al gobierno la liberación de más de trecientos presos políticos, la publicación de un
comunicado del M-19 en la prensa mundial y el pago de un millón de dólares. El gobierno nombró
como sus representantes para negociar con el grupo insurgente a Ramiro Zambrano y Camilo
Jiménez, entonces funcionarios del Ministerio de Relaciones Exteriores.
Fue una mujer, Carmenza Cardona Londoño, “La Chiqui”, quien representó al M-19 como
negociadora. Según la valoración de los medios de comunicación y la opinión pública, su desempeño
demostró capacidad, prudencia, responsabilidad y seguridad. (Torres: 1991, en El Espectador, p. 25)
Desde entonces, la Chiqui representa el símbolo de la mujer rebelde, que salía a negociar con el
gobierno en la camioneta amarilla haciendo con su mano la V de la victoria, al tiempo que le
mostraba al mundo que el acto de sentarse a dialogar era un avance y una forma de ejercer la
democracia.
La Chiqui escribe en su diario su vivencia, mientras caminaba por primera vez hacia la camioneta
53 amarilla para negociar con los representantes del gobierno:
En el camino hacia la camioneta me maravilla y espanta lo que veo a mi alrededor: militares y
militares con kepis bordados, con los pechos llenos de hojalata, con sus uniformes verde-represión,
sin una arruga, que nos miran serios. Listos sus subalternos inmediatos para ordenar a sus otros
subalternos que manden a los soldados a disparar. Veo que aunque el pedazo de la avenida 30 que
observamos desde las puertas de vigilancia se ve desierto, alrededor hay un mundo: tropas por
cientos y dos emplazamientos de ametralladoras a los lados de la casa. Y para mi alegría, muchos
periodistas que nos acompañan durante todo el tiempo y nos darán calor con su presencia, con sus
denuncias y sus cámaras indiscretas. Ya sé qué tengo que hacer. Pienso en mi patria, tan pisoteada,
en los compañeros de la cárcel, los del M-19, del ADO, las FARC, del ELN, cuyos nombres están en
la lista; en aquellos líderes sindicales y luchadores del barrio, en los miembros de organizaciones
gremiales. A nombre de ellos voy a hablar, a nombre de mi pueblo. Y me digo: ¡Adelante Chiqui!
(Pabón: 1985, p. 71).
Sobre la elección de “La Chiqui” como negociadora, Rosemberg Pabón (“Comandante Uno” en esa
operación guerrillera) comenta en su libro Así nos tomamos la embajada:
Nosotros escogimos para representarnos a una compañera porque pensamos que a esta burguesía
machista lo que más podía dolerle era que le mandáramos a una mujer (…) ellos, sabían que había
hombres y mujeres en nuestro comando y esperaban negociar con un hombre. Decíamos,
Mandémosle una persona dura que les grite, que pelee con ellos, pero también sensitiva, capaz de
desarmarlos. Alguien firme, pero flexible. Mandemos a la mujer para que vean con qué se van a
encontrar. Escogimos a Carmenza Cardona Londoño, La Chiqui, una compañera bien probada en la
lucha, disciplinada, clara en nuestra concepción política, con gran experiencia en el trabajo de masas
en las barriadas de Cali y con comunidades indígenas, tierna, alegre, vital y ¡una fiera en la pelea!
(Pabón: 1985, pp. 60, 61).
Con esta acción, se sentó un precedente, se demostró que la negociación a través del diálogo entre las
partes en conflicto es un medio eficaz para llegar a acuerdos. En abril de 1980, Jaime Bateman
Cayon envió un mensaje al entonces presidente Turbay Ayala, a través del periodista Jaime Castro
Caicedo, con la propuesta de realizar una reunión de notables en Panamá el 1º de mayo de 1980, para
dialogar y buscar caminos hacia la verdadera democracia en Colombia (Castro: 1980, en El
Espectador, p. 13). Este encuentro no fue posible, el presidente Turbay rechazó la propuesta y, por el
contrario, propuso la rendición del movimiento armado.
En ese mismo año, el M-19 envió un nuevo mensaje de paz a Turbay a través del periodista y
animador de televisión Fernando González Pacheco, allí proponía el levantamiento del Estado de
sitio, amnistía general y sin condiciones y diálogo con todos los estamentos del país. Al tiempo,
invitaba a todos —colombianos y colombianas— a propender por la paz, a que expresaran su opinión
en torno a esa propuesta y/o a buscar otras vías para el logro de la concordia nacional. La misiva
también enfatizaba: “Evitemos el desangre de nuestro país, hagamos a un lado las pretensiones
revanchistas y humillantes. Nosotros el M-19 por nuestra patria haremos lo imposible” (El
Espectador: 1981, pp. 1, 7, 12).
En agosto de 1982, el M-19 seguía insistiendo en la propuesta de un gran diálogo nacional, ahora a
través de la reportera Ligia Riveros, a quien encomendaron entregar una nueva carta dirigida al
entonces presidente Belisario Betancur en los siguientes términos:
Le proponemos que se convoque a un gran diálogo nacional porque los problemas que hoy viven la
nación y el pueblo atañen a todas las fuerzas vivas del país. Usted ha encontrado al país con un alto
índice de desempleo, una industria nacional arruinada, escándalos en el sector financiero con miseria
54 y hambre de millones. Esto no es democracia, ni paz. Para el M-19 son libertades políticas, respeto a
la vida de los luchadores populares, es participación del pueblo en las riquezas nacionales, es una
política social que cubra las inmensas necesidades del pueblo de pan, techo, trabajo, educación y
salud. (Riveros: 1982, en Cromos, 3371,16).
Contrariamente, en el país aumentaba el desempleo, el desplazamiento forzado, las desapariciones de
dirigentes políticos y sindicales.
Por esa misma época, la Asociación de Familiares de Detenidos y Desaparecidos (ASFADDES)
solicitaba al Procurador General de la Nación investigación y sanción por 325 casos de
desapariciones forzadas. Estas cifras de muertos y desaparecidos dejaban claro que se vivían tiempos
de terror opuestos a lo que se puede considerar como democracia y paz.
En la misma línea un comunicado del M-19, de mayo de 1985, señalaba:
Una amplia franja de la opinión nacional está inconforme con los resultados escuálidos del actual
proceso de paz. Para las mayorías expectantes y esperanzadas del país, la paz no ha tenido sabor a
leche, a pan, a empleo, por eso, para la paz, apenas hoy se han puesto sus cimientos que por precarios
y frágiles que estén, no vamos a permitir que los destruyan, pues en ellos está el porvenir y el destino
de la patria. (Documentos M-19: 1985, No.86).
La paz y la democracia van de la mano, sin democracia no hay paz. Colombia ha sido escenario de
continuas guerras internas y la paz utilizada como lema por los gobernantes y políticos, puesta en el
papel o en el discurso, pero no en la práctica. Para la gran mayoría de la población, la paz es un
sueño, algo que a veces se piensa que es inalcanzable. No obstante, una gran mayoría sigue luchando
para la concreción de la tan anhelada paz. Y de otra parte también hay sectores de extrema derecha
que no quieren la paz, porque eso les significa tener que responder por sus actos frente al país y ante
la justicia internacional, por eso prefieren mantenerse en la impunidad y persiguen y asesinan a los
que denuncian y luchan por cambios para el bienestar general.
La periodista Laura Restrepo en su libro Colombia: historia de una traición narra en detalle los
alcances y fracasos del camino hacia la Paz. Relata que, el 23 de abril de 1983, Jaime Bateman murió
de forma misteriosa en una avioneta cuando se dirigía en su último viaje hacia Panamá para
encontrarse con un portavoz del presidente Betancur para hablar de paz. (Restrepo: 1986, p. 48).
En esta guerra contra la paz también fueron perseguidos y asesinados Álvaro Fayad, Iván Marino
Ospina, Carmenza Cardona Londoño (La Chiqui), Yolanda Acevedo (Silvia), Zoraida Tellez (Anita),
Gloria Amanda Rincón (Renata), Carlos Toledo Plata, y muchos (as) más dirigentes y combatientes
del M-19; así como líderes cívicos (as), sindicales y políticos (as) de diferentes organizaciones y
sectores sociales.
Los acuerdos de Cese al Fuego y Diálogo Nacional fueron torpedeados en reiteradas ocasiones, con
asesinatos, atentados, encarcelamientos y persecución a las y los voceros de los movimientos
insurgentes armados. Así como a las organizaciones de izquierda y dirigentes políticos y sociales.
El 24 de agosto de 1984, se dio un intento de asesinato al dirigente del M-19 Carlos Pizarro junto con
un grupo de combatientes en Florida (Valle), al ser atacados por un grupo de policías cuando se
dirigían hacia Corinto (Cauca) a firmar el acuerdo con el gobierno, siendo heridos de gravedad
Carlos Pizarro y Laura García. Sin embargo, y a pesar de tan horrenda afrenta, Ivan Marino Ospina,
Carlos Pizarro, y otros dirigentes del M-19 y del EPL, firmaron con el gobierno un Acuerdo de Cese
al Fuego Tregua y Diálogo Nacional. El 26 de agosto de 1984 el presidente Betancur se dirigió a los
colombianos y colombianas a través de radio y televisión para informar sobre los acuerdos firmados,
55 a la vez que ordenó a las autoridades civiles y militares bajo su mando suspender todas las acciones
que realizaban contra el M-19 y el EPL.
Como ustedes seguramente lo han visto y oído, el jueves y viernes pasados se firmaron nuevos
acuerdos entre las comisiones de paz y de negociación y diálogo, con los dirigentes del M-19, el
partido comunista de Colombia (Marxista-Leninista), el EPL y un sector del ADO. Lo anterior, con
la aprobación que en este momento imparte solamente el presidente de la República a los acuerdos; y
con la ayuda de todos ustedes, y con la asistencia de Dios, significa que hemos cumplido otra etapa
en este duro y largo pero hermoso y trascendental camino de la paz. Se estableció que la fecha de
cese al fuego será el 30 de agosto a las 13 horas, es decir, el próximo jueves a la 1:00 de la tarde.
¡Bienvenida la Paz! (Villamizar: 1995, p. 367).
El acuerdo de Tregua y Diálogo Nacional no fue respetado a cabalidad, era un remedo de la práctica
de la democracia. El investigador Cuesta narra cómo, en lugares y escenarios diferentes, el Ejército
atacaba a los grupos insurgentes firmantes de la tregua.
Sin que se hubiese cumplido un mes de haber entrado en vigencia el alto al fuego, el Ejercito asaltó
un campamento del EPL que se encontraba en tregua, ubicado en las montañas del municipio de
Riosucio, departamento de Caldas. Luego de comenzar oficialmente el diálogo nacional cuya
comisión fue instalada el primero de noviembre de 1984, fue detenido por la policía en “extraño
operativo” el jefe político de la comisión de voceros destacada por el M-19 para asumir el reto de la
legalidad, Antonio Navarro Wolf. Un mes después se inició la operación Garfio, ejecutada por el
Ejército contra el campamento “Libertad” del M-19, ubicado en el Alto de Yarumales, municipio de
Corinto en el Departamento del Cauca. (Cuesta: 1997, p. 112).
El 20 de enero de 1985 fue asesinado en Bogotá el vocero político del EPL- M.L Oscar William
Calvo, junto con Ángela Trujillo y Alejandro Arcila. Luego, en 1992, sobre el asesinato de Oscar
William, la Organización Mundial Contra la Tortura (OMCT), simultáneamente con varias
organizaciones no gubernamentales europeas y latinoamericanas, denunciaron de forma pública que
el Brigadier General, Iván Ramírez Quintero, había impartido la orden a un grupo de la Compañía de
Operaciones Especiales de la XX Brigada del Ejército para “seguir y eliminar” a este dirigente de
izquierda y vocero del EPL en los diálogos de paz. (Calvo: 1987, pp. 144-149).
En 1985, también varios voceros del M-19 sufrieron atropellos, encarcelamientos y atentados contra
sus vidas: El 23 de mayo, en Cali (Valle), un grupo de voceros del M-19 fue atacado con una granada
mientras desayunaban en un restaurante. Entre ellos, María Eugenia Vásquez (La Negra), Carlos
Alonso Lucio, Eduardo Chávez (Goyo) y Antonio Navarro Wolff quien perdió una pierna y quedó
con secuelas en su garganta, sin que hasta hoy se haya hecho justicia por esos hechos.
El 15 de febrero de 1987 fue asesinado Jairo de Jesús Calvo, conocido como Ernesto Rojas,
comandante del EPL, vocero en las conversaciones de paz con Belisario Betancur. Impulsor de los
procesos de la creación de la Coordinadora Guerrillera Simón Bolívar.
Era claro que la paz estaba amenazada, la extrema derecha no estaba dispuesta a permitir que el
proceso de paz se consolidara. Sin embargo, de parte de la insurgencia y de un amplio sector de la
sociedad seguía latente la decisión de continuar en el proceso de paz. El 9 de marzo de 1990 fue
firmado el Acuerdo Político de Paz entre: el Gobierno nacional, los partidos políticos y el M-19 y la
iglesia católica, en calidad de garante moral del proceso. Este pacto consignaba temas fundamentales
para la reconciliación nacional, como reformas a la administración de justicia, manejo del
narcotráfico, una reforma electoral, inversiones públicas en zonas de conflicto, y propuestas para
consolidar la paz, el orden público y la vida ciudadana. Aspectos que serían tomados en cuenta en la
56 nueva Constitución Política que se firmó en 1991.
Entre 24 de mayo de 1990, y el 20 de marzo de 1992, el Gobierno Nacional firmó acuerdos políticos
que comenzaron en esa primera fecha con una facción del Ejército Popular de Liberación (EPL).
El 2 de agosto de 1990 fue rubricado el acuerdo político con el Partido Revolucionario de los
Trabajadores (PRT).
El 27 de mayo de 1991 fue signado el acuerdo de Paz entre el Gobierno Nacional y el Movimiento
Armado Indígena “Quintín Lame”, y el 20 de marzo de 1992 los Comandos “Ernesto Rojas” y el
Gobierno acordaron acogerse a los acuerdos suscritos entre el gobierno Nacional y el Ejército
Popular de Liberación que habían sido refrendados durante los días 2 y 15 de febrero de 1991.
Posteriormente fue firmado un pacto por la consolidación de los procesos de paz entre el Gobierno
Nacional y los voceros de los grupos desmovilizados del M-19, el EPL, el PRT, el Movimiento
Quintín Lame y los Comandos “Ernesto Rojas”, con el propósito de reiterar su voluntad de paz.
(Colombia: Programa para la Reinserción: 1999).
La participación de las mujeres en los procesos de paz y el no reconocimiento en las decisiones
Según datos oficiales, entre 30 % y 40 % de la militancia de los movimientos mencionados estaba
constituido por mujeres; sin embargo, ellas no tuvieron participación en las mesas de negociación.
Sobre este aspecto uno de los negociadores estatales, Fernando Britto,[1] refirió que: “El tema de la
participación de las mujeres en el diálogo no se tocó, y mucho menos se cuestionó, por qué no había
mujeres en las mesas de negociación; eso era algo ‘natural’, que ni las mujeres cuestionaron, ni los
hombres tampoco”. (Memorias encuentro Mujeres y Perspectiva de Género en la Negociación de la
Paz: 2001, junio)
La participación directa de las mujeres en los diálogos fue mínima. Vera Grabe formó parte de la
Comisión de Diálogo Nacional, y Adriana Velásquez del “Grupo de los 12 apóstoles” creado en
Bogotá en 1989, para dinamizar un ambiente político propicio para el diálogo y crear las condiciones
para que los diferentes sectores sociales se involucraran activamente en las mesas de diálogo.
En dicho proceso también participaron: Tatiana Rincón, María Eugenia Vásquez, Martha Botero del
M-19. Como ellas, fueron cientos de mujeres militantes, familiares y simpatizantes de la causa de la
paz y la democracia las que dieron su respaldo incondicional a todos los pasos que culminaron con la
firma del acuerdo de paz.
Comentaba Myriam Criado quien militó en el EPL que las mujeres de este movimiento se
desempeñaban principalmente en tareas de acercamiento a las comunidades campesinas y de trabajo
popular. Con ocasión de los diálogos de paz, algunas militantes del EPL tuvieron como misión hablar
con las comunidades sobre este tema y crear ambientes y condiciones para propiciar el diálogo entre
el gobierno y el EPL. (Memorias encuentro Mujeres y Perspectiva de Género en la Realización de la
Paz: 2001, junio)Denis Dussán, militante del Movimiento Corriente de Renovación Socialista
(CRS),[2] señala en el evento anteriormente citado:
En el proceso de negociación de la CRS, las mujeres (éramos un 17%), algunas logramos estar en los
organismos de dirección y en la parte urbana, en los organismos regionales tuvimos una participación
muy significativa. Pero ya en el momento mismo de la negociación, no aparecimos en ningún tipo de
escenario. El tema de mujeres no era discutido, ni siquiera mencionado en ninguna mesa de
negociación, ni en ninguna comisión de diálogo. Los escenarios fueron absolutamente masculinos y
ni nosotras nos preguntábamos por qué no estábamos, y yo creo que los compañeros tampoco se
preguntaron (Memorias encuentro Mujeres y perspectiva de Género en la Realización de la Paz:
57 2001, junio).
La construcción de la credibilidad de un posible acuerdo de paz involucraba a militantes —hombres
y mujeres—. Según testimonios de excombatientes, no había confianza plena en el gobierno,
tampoco certeza por lo que iba a suceder, algunos combatientes visualizaban ese paso como algo
peligroso e incierto. Una de las razones de ello eran los antecedentes históricos de Guadalupe
Salcedo, quien, después de llegar a un acuerdo con el gobierno de la dictadura de Gustavo Rojas
Pinilla y entregar las armas, fue perseguido y asesinado junto con militantes y campesinos liberales
que le habían apoyado o que consideraban sospechosos de haber sido sus colaboradores.
Por su parte, un estudio de la investigadora Socorro Ramírez precisa que el 28 de marzo de 1984, en
la Uribe (Meta), la Comisión de paz del gobierno encabezada por el presidente Birgilio Barco firmó
un acuerdo con las FARC-EP en que se incluía el cese del fuego y verificación de su cumplimiento
entre las partes firmantes; una vez dadas las condiciones las FARC-EP participarían en política
electoral, para lo cual, en 1985, fue creada la Unión Patriótica (UP). Después de avances y retrocesos
de las conversaciones entre el gobierno y las FARC, el 2 de marzo de 1986, firmaron un nuevo
acuerdo de prorroga mediante el cual el partido político (UP) podía participar en las elecciones. No
obstante, “seis meses después de Fundada la (UP) ya habían caído asesinados 165 de sus dirigentes y
militantes”. (Caballero Antonio: 1986, citado por Ramírez: 1998, p. 193).Esta desconfianza también
se basaba en la propia experiencia, ya que el gobierno había dado muchos bandazos durante el
proceso para llegar a acuerdos. Sin embargo, hubo consenso en priorizar la búsqueda de la paz,
cumplir con los pactos y trabajar en torno a salidas negociadas del conflicto.
Se sabe que el proceso de acercamiento entre los movimientos insurgentes y el gobierno llevó varios
años. En tanto que la decisión de dejación de armas fue el resultado de un profundo análisis y
discusión al interior de los grupos rebeldes, en un proceso que se desarrolló también durante un largo
tiempo, acorde con las condiciones de seguridad y de movilidad de cada organización.
Al preguntar a algunas mujeres excombatientes su opinión sobre la dejación de armas, expresaron
diferentes puntos de vista, entre los que se destaca dos puntos: llegar a acuerdos para intervenir en
política electoral, como una oportunidad de participar directamente en el gobierno y coadyuvar a
construir un país con justicia social; y también las que dejaron claras sus dudas y hasta rechazo su
hacia algo que en cierta forma era incierto.
Beatriz Rojas del M-19, después de la firma de los acuerdos de paz, ha desarrollado actividades de
trabajo social en atención a jóvenes provenientes de grupos insurgentes desmovilizados que
individualmente se acogieron al Decreto 1385 de 1984. (Diario oficial, 1994, No. 41420, p. 1).
Beatriz manifiesta su punto de vista sobre los acuerdos entre el M-19 y el gobierno:
Pues la verdad, no estaba de acuerdo con la desmovilización, tanto que me aislé; tomé la
determinación de no saber nada de nadie, porque creía que no había valido la pena tantos sacrificios
para haber terminado en una mesa de negociaciones. Ya que nosotros teníamos un objetivo claro, que
era la toma del poder y hacia allá apuntaba la lucha, y desde luego, que el dejar las armas nos
demostraba que no habíamos sido capaces de cumplir con el objetivo que nos habíamos propuesto.[3]
Por su parte, “Rosario” expresó no haber estado presente durante el proceso de negociación y, al
enterarse, manifestó que sintió profunda tristeza de la dejación de las armas, puntualizó no haber
estado de acuerdo, al tiempo que aclaró que si la llamaran a tomar de nuevo las armas, no cogería ni
una aguja.[4]
Asimismo, Ana Lucia o “Sonia” comentó:
58 Yo estaba muy confundida; no sabía qué íbamos a hacer. En ese entonces, me encontraba en una
finca, me había quedado allí para el nacimiento de mi hija. Entonces, Elías —mi compañero— me
dijo que nos íbamos a desmovilizar. Para mí, era una incertidumbre, tenía mucho miedo, era como si
a uno lo echaran en un río sin saber nadar. No sabía cuál era la verdadera intención del gobierno.[5]
Al preguntar a Jenny o “Tonia”[6] sobre la decisión de la desmovilización, sin vacilar dice:
Con la dejación de las armas yo nunca estuve de acuerdo, no, yo pienso y sigo pensando que no era el
momento todavía, debíamos esperar unos años más, pero como esa fue una decisión de los altos
mandos yo pienso que habíamos logrado el objetivo.[7]
La incertidumbre y el no estar de acuerdo con la dejación de las armas de algunas de las participantes
se basaba en que los acuerdos no habían sido cumplidos a cabalidad por parte del gobierno: muchos
dirigentes habían sido asesinados o desaparecidos y los programas de gobierno pregonados en las
campañas presidenciales, después de que el candidato ganador ocupara el cargo, iban a parar a los
anaqueles sin ser ejecutados.
La opinión de Ana Teofilde[8] es la siguiente:
Para mí, la decisión de la desmovilización fue una preocupación grandísima: pensé, “no podemos
confiar en los gobiernos”, pensé que a la gente que iba a salir a las calles, las iban a ir matando poco
a poco, tenía mucho miedo que después que nosotros contribuimos con tantas cosas, que perdimos
los seres queridos, tanta gente tan buena, que murió en ese proceso, para mí fue un momento duro de
asimilarlo, no lo podía creer.[9]
La preocupación, incertidumbre, temor o desacuerdo de estas mujeres con el proceso de paz y la
desmovilización, era justificado; se debía en gran medida a la amarga experiencia acumulada durante
todo el proceso. No se lograba con los acuerdos una verdadera concordia, no se cumplían los
compromisos, no se respetaba la vida de los desmovilizados, pero, además, no tenía la mujer una
garantía sobre su futuro, pues varias habían quedado viudas y con la responsabilidad del cuidado de
los hijos e hijas, además del vacío político al perder el sentido colectivo en medio de una precaria
situación económica.
El paso siguiente de la dejación de las armas y el retorno a la vida civil ha sido una tarea ardua para
las mujeres, pues si bien algunos sectores de la sociedad ven al guerrero varón como un héroe, esta
percepción no es igual hacia las mujeres. Ellas tienen que enfrentar el reclamo social de haberse
atrevido a oponerse a los cánones establecidos de sumisión y cuidado de la familia. Al volver a la
civilidad, fueron muchos los casos en que las mujeres continuaron en su rol de velar por el cuidado
de sus hijos e hijas solas, sin el apoyo de su compañero, con muy pocas oportunidades para
vincularse a un trabajo remunerado y poco o nada de apoyo para participar en política. A ello se
agrega el estigma social que imposibilita que la memoria fluya, al no haber la libertad real para
referir las vivencias en un país donde sus gobernantes pregonan la paz, pero se continúa en guerra.
No es menos cierto que las mujeres que se vincularon a los movimientos armados ganaron
posiciones dentro de estas organizaciones, ganaron el escenario público y dejaron la cocina. Pero con
la desmovilización, esos avances fueron relativamente perdidos en este proceso. Porque significó
para ellas el regreso a las casas, a las familias que habían perdido, con sus hijos, y asumir que no
solamente nos volvimos discriminadas por ser mujeres, sino por ser insurgentes. Lo cual conllevó a
que desafiáramos un espacio que es el escenario de la cotidianidad, de la casa, que buscáramos
transformar esa cultura de exclusión, esa cultura machista. Entonces cuando retomamos hoy la
discusión encontramos comentarios como estos: Dije que iba a la reunión y me preguntaron “y la
59 comida ¿qué?”.[10]
Otros procesos, otras experiencias
Al parecer, la suscripción de los acuerdos de paz en Colombia no tuvo en cuenta las lecciones
aprendidas en otras latitudes. En los países centroamericanos, donde los movimientos insurgentes
tuvieron gran relevancia, la situación de las mujeres excombatientes fue muy similar. Por ejemplo, en
El Salvador, la incorporación de las mujeres excombatientes a la vida civil resultó una tarea ardua al
no contar con condiciones mínimas que les permitieran sobrevivir en la sociedad de consumo,
después de haber permanecido la mayor parte de su vida en el movimiento revolucionario y no tener
asegurados vivienda y trabajo remunerado, el no poseer una preparación profesional o académica, y
encontrarse en condiciones precarias para emprender el cuidado de sus hogares. Hicieron
notablemente difícil emprender cualquier actividad de reconstrucción social.
Comenta Morena Herrera que, en 1992, las mujeres excombatientes de El Salvador realizaron un
“Encuentro Nacional de Mujeres” en que revisaron los acuerdos de paz y llegaron a la conclusión que
ellas habían estado ausentes de dichos acuerdos y de los planes de Reconstrucción Nacional, tanto en
los del Gobierno como los del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN).
Entonces, decidieron sacar una página en blanco en un diario nacional en la que, de ese modo,
señalaban la necesidad de visibilizar la presencia femenina en los acuerdos de paz y los planes de
reconstrucción (Herrera: 2000, p. 5).
Por su parte, en la reforma agraria de Nicaragua, tras la llegada al poder del FSLN, solamente un
16% de las tierras fueron entregadas a las mujeres campesinas. En tal sentido, Sofia Montenegro
refiere que: las mujeres no fueron tenidas en cuenta como sujetas políticas y económicas, ni como
partícipes de propiedad y de créditos, ni tampoco reconocidas jurídicamente con plenos derechos.
(Montenegro: 1995, p. 38.).
Las mujeres provenientes del Ejército sandinista fueron marginadas con sus hijos e hijas, y en
muchos casos, con los hijos y las hijas de compañeras(os) fallecidas o desaparecidas. La sandinista
Zoilamérica, en su libro, relata que después de los acuerdos de desmovilización, y retiro de la
“contra”, se produce la incorporación de la mayoría de combatientes sandinistas a la Policía.
También hace referencia a la situación económica de las mujeres así:
La tierra debía estar a nombre del familiar masculino más cercano, miembro de la resistencia
nicaragüense. Se mantuvo entonces la visión que la mujer no había participado como tal en el
conflicto, y que por ende, no era sujeta de reconocimiento material, sino solamente como adjunta del
combatiente masculino.
Tampoco las militares sandinistas fueron reconocidas como tales. Las indemnizaciones y beneficios
fueron diseñados conforme las características culturales y genéricas de la oficialidad militar
masculina. No figuraban en el escalafón mujeres cuya función era, por ejemplo, atender labores
domésticas en apoyo a los altos militares. En la guerra y en la desmovilización se mantuvo la lógica
discriminatoria. (Ortega: 1996, p. 71).
La vida en busca de la paz
Retomando el caso de Colombia, es preciso destacar que, en su mayoría, las mujeres han afrontado
con tenacidad y persistencia el sostenimiento de sus familias y de su propia superación personal, pues
algunas lograron estudiar, convirtiéndose en profesionales eficientes.
La mayoría de ellas trabaja actualmente en el seno de sus comunidades, apoyando actividades de
60 carácter social, de ayuda humanitaria, en aras de reconstruir el tejido social. En medio de ese
trasegar, las mujeres también, poco a poco, han ido abriendo espacios de participación y de
desarrollo. Las encontramos luchando por construir escenarios de reconocimiento de búsqueda de la
paz. Es lo que se evidencia en los testimonios de las mujeres. Ana Teofilde, quien desde muy joven
ha trabajado estrechamente con su comunidad, relata así su experiencia y su persistencia en la lucha
por sus derechos y los de su comunidad:
Después de la desmovilización, nosotros participamos en lo político, se lograron escaños en el
Senado, en las alcaldías, los concejos tuvieron mayoría en cabeza del candidato a la alcaldía de
Bogotá, Carlos Pizarro.[11] Nosotros veíamos en ellos una esperanza. Por ejemplo, aquí en Barbosa
(Santander) algunas mujeres nos encaminamos por el lado de la política. Yo en una ocasión me lancé
al Concejo, eso fue hace como 12 años, pero no se logró nada. Aquí en Barbosa, para la mujer es
muy duro porque siempre tiene que haber un potencial electoral alto y hay manipulación, entonces,
es muy difícil y siempre hemos estado en la lucha, hemos pensado que de pronto haya alguna
esperanza para los pueblos infelices, los pueblos que estamos sometidos a la pobreza. Yo he hecho un
trabajo con mujeres madres comunitarias; hace más o menos 18 años emprendimos una lucha para
trabajar con los Hogares Comunitarios de Bienestar Familiar, pero siempre nosotras, con tristeza, nos
hemos dado cuenta cómo la mujer ha sido relegada y desde mucho tiempo atrás, hace más de 2000
años que la mujer ha sido más discriminada, es desde la historia que se lee en la Biblia de los profetas
que a la mujer se la ha tenido a un lado.[12]
Son muchos los caminos recorridos por las mujeres en ese proceso de búsqueda de la paz, eso se ve
reflejado en el quehacer diario de ellas, y el debate sobre este tema también tiene diferentes miradas
de acuerdo a las vivencias y concepción sobre la vida misma, la experiencia vivida, las oportunidades
de trabajo, el lugar de vivienda, la edad.
Luz Estela[13] plantea que su militancia fue corta y que, por eso, la desmovilización o el paso a la
civilidad lo asumió con tranquilidad porque continuó trabajando en las comunidades en formación y
apoyo para la consolidación del tejido social que permita la convivencia ciudadana, en donde se
puedan solucionar los conflictos sin recurrir a la fuerza, ni la eliminación del otro o la otra, sino con
la lógica del entendimiento y el respeto mutuo, también expresa su opinión sobre lo que significó esa
experiencia:
El M-19 me dejó muchas cosas para mis hijas, para la construcción inclusive de la vida de ellas, del
pensamiento, para mí, eso es vital. Para mí el M-19 fue muy importante, fue un movimiento armado
que está allá, que se quedó en 1990. Yo aprendí de Rodrigo, uno construye y construye sin
resentimiento, sin pensar que nadie me debe nada y sobre todo, con optimismo hacia el futuro.
Yo tuve la suerte de estar vinculada casi siempre a cosas del proceso de paz, estuve vinculada más o
menos diez años a COMPAZ,[14] lo cual me permitió trabajar en torno a salidas del conflicto con
personas que habían estado en situaciones del conflicto armado, con compañeros nuestros, en torno a
construcciones de salida pacífica de los conflictos locales de las comunidades, en proyectos de
convivencia y eso nos permitió un poco aportar no solo sobre lo que eran las condiciones de
convivencia del M-19, sino también seguir construyéndome como persona.[15]
Para Yenny, su experiencia vivida ha sido un permanente aprendizaje, de continuas búsquedas, con
activa participación en el campo de la política, en lo social con comunidades y en lo laboral. Al
repasar en su memoria sobre su desempeño antes y después de la firma de los acuerdos, Yenny dice:
“Soy afortunada por haber encontrado al M-19 y participar en sus luchas”. Y relata algunas de las
actividades que realiza después de los acuerdos de Paz de 1991: “En el momento en que Pizarro se
lanzó a la presidencia, nosotros, mi compañero y yo, decidimos trabajar duro por esa campaña para
61 él, logramos ese objetivo. Desafortunadamente lo mataron (…)”.[16]
No obstante, Yenny continúa en el empeño de ayudar en la construcción de un país que sea
verdaderamente democrático, donde la participación sea el pan de cada día y el respeto por la vida
uno de los principios fundamentales.
Ella también narra en su testimonio que el sentimiento por luchar contra la injusticia es algo que se
lleva dentro, que está ahí presente en todos los momentos que sea necesario, sin temores, ni tardanzas
para hacer lo que haya que hacer en el momento preciso; en correspondencia, continúa apoyando a la
comunidad de su barrio, en lo que ella califica como “más trabajo social que político” porque está
muy pendiente de lo que le sucede a las personas de la comunidad, a veces como consejera o como
amiga: refiere que, durante el año, recolecta juguetes para los niños y en diciembre recoge
mercancías y productos entre la gente amiga o en supermercados y empresas que luego va y entrega a
las familias más necesitadas del barrio Alfonso López y Las Acacias donde vivió con su familia por
más de once años y donde trabajó en la Junta de Acción Comunal. También hace referencia a su
participación en el partido político “Polo Democrático Independiente (PDI)”, en el que se desempeña
activamente como líder. Puntualiza que en el (PDI) se ve el machismo, que las mujeres han luchado
porque se les respete su participación con igualdad de derechos, después de varios debates internos se
logró establecer algunos aspectos puntuales:
Para cualquier decisión siempre hay un porcentaje que es el 40 % para las mujeres, el 10 % debe de
ser para minorías, para las negritudes, para los gays, y un 50 % para los hombres (…). Ahí se les pide
que se respete el porcentaje para la mujer, entonces ahora en esta campaña se va a formar la nueva
mesa directiva para lo cual se hizo una gran convocatoria, se escogieron 46 personas yo quedé entre
las 46, primero se escogieron 10 personas de cada comuna y entre esas 10 quedé yo, salieron 280
personas escogidas en todas las comunas de Cali y de esas se escogen 46, pero siempre recordando
que es un hombre, una mujer. Sin embargo, siempre que hay una reunión estamos peleando por eso,
porque constantemente nos quieren como opacar, en general quieren ser ellos, los líderes, los que
mandan, los que dirigen todo y esa ha sido la pelea de nosotras (…).[17]
Yenny enfatiza que, si bien se ha avanzado en el reconocimiento de las mujeres, el hecho de tener
que estar insistiendo en cada reunión por sus derechos a participar, significa que todavía falta mucho
para lograr el reconocimiento pleno de los derechos de las féminas. También plantea la necesidad de
crear una conciencia entre las mismas mujeres, para agruparse y luchar de forma unida por sus
derechos, puesto que, por la misma situación de discriminación, en algunos casos, hay rivalidad entre
ellas.
En general, las mujeres entrevistadas narran que en sus actividades apoyan a las personas más
necesitadas que carecen de un empleo fijo, que en muchos casos no tienen vivienda y cuentan con
pocas posibilidades de acceder a la educación, la salud o la recreación.
Así lo evidencia Fanny,[18] cuya ocupación es vender ropa usada en un barrio marginal de Cali
(Valle). Si bien ella dice que este negocio le ha permitido ganar algo para su sustento, resalta que el
mayor logro ha sido la relación con la comunidad, el tratar de comprender las particularidades y
formas de ver la vida de las personas que acuden a su negocio y las que habitan en aquella zona.
Fanny, quien es una mujer cálida, también comenta que con la persistencia en su trabajo ha logrado
llegar al corazón de dicha comunidad, ganar liderazgo y muchas veces ser consejera.
Yo, con el almacencito de ropa usada, he aprendido mucho, por ejemplo: he aprendido a conocer a la
gente, sus carencias, he conocido la pobreza. Yo nací en un hogar muy pobre, sin embargo, ahora he
conocido la pobreza, las necesidades de la gente, he estado muy cerca de ellos, por ejemplo, yo sé
que a una mamá, el día domingo, día de la madre, le regalan un vestido, y el día lunes siguiente ella
62 tiene que ir a mi almacén a vender ese vestido, por dos mil pesos para comprarle a sus hijos una libra
de papas y una libra de arroz, para poder darles de comer. Entonces eso me ha enseñado sobre las
dificultades que hay en Siloé, que es la zona que yo conozco. Allí hablo con mucha gente, con
muchachos de pandilla, la gente que me compra no es la gente que trabaja en una empresa, es la
gente que vive del rebusque que, por ejemplo, un vestido que tiene un valor de cinco mil pesos, una
persona no lo puede comprar de contado, porque las necesidades son tantas que ella no puede zafarse
de cinco mil pesos para comprar el vestido, entonces ese vestido ella lo tiene que pisar[19] con
quinientos pesos. La señora, que es vendedora ambulante, a los cinco o quince días pasa por el
almacén y me dice ‘Doña Fanny le vendo un chontadur’ [20] y me lo abona a la cuenta entonces yo,
le recibo el chontaduro.[21]
Encuentros de las excombatientes para reflexionar sobre la paz
Después de la dejación de las armas, las mujeres excombatientes también continúan trabajando en la
reconstrucción de la memoria y la reflexión sobre su condición como mujeres rebeldes. Fue así como
en 2001 se realizó en Bogotá un Encuentro Nacional de Mujeres Excombatientes con la participación
de 130 féminas de diferentes organizaciones firmantes de los acuerdos de paz con el gobierno. En
dicho encuentro se analizaron aspectos relacionados con los aspectos políticos, económicos y
sociales de las mujeres. Al valorar su situación económica, se encontró que la mayoría no contaba
con trabajo remunerado estable y en muchos casos estaban sobreviviendo del trabajo informal, como
venta de comidas rápidas, y con contratos esporádicos, en otros casos, debido a las reformas
económicas; las que tenían trabajo estable fueron despedidas, por lo que se vieron abocadas a trabajar
en actividades manuales, artesanales y en reciclaje. También se constató la participación de las
mujeres en sus comunidades en trabajos comunitarios, en organizaciones de mujeres, de jóvenes,
niños y niñas, ancianos, entre otros (Memorias, Colectivo de Mujeres Excombatientes, 2001).
Las excombatientes que accedieron a proyectos productivos agrícolas señalaron que, por amenazas,
algunas fueron obligadas a desplazarse con sus familias a otros lugares.
Uno de los principales logros de la firma de los acuerdos de paz entre los movimientos insurgentes y
el gobierno de Colombia en 1990 fue la Constitución de 1991, en que participaron diferentes sectores
sociales y políticos del país, así como representantes de los movimientos insurgentes. A través de
esta Carta Magna se logran aspectos importantes en el ejercicio de la democracia y de unos nuevos
lineamientos políticos y sociales. Pero nuevamente la mujer tuvo poca participación. Antonio
Navarro Wolff,[22]quien participó por el M-19 en el grupo de constituyentes, expresó posteriormente
en conferencia dictada al curso de verano de la Universidad Complutense de Madrid, España: “La
historia recordará la Constituyente colombiana de 1991 por muchas cosas, pero especialmente por
haber sido la Asamblea más representativa que ha tenido el país en toda su historia ‘Ahí estábamos
todos’” (Huellas de paz: 1990-2000, p. 43). Y, si bien es cierto, como señalaba Antonio, que
estuvieron presentes diversas fuerzas y grupos de la sociedad, no es menos cierto que la presencia
femenina estuvo casi ausente. En su análisis, a Navarro le hizo falta decir que la representatividad de
las mujeres fue mínima y que no hubo mujeres de los movimientos insurgentes dentro de este grupo
de constituyentes.
Posteriormente, en 2002, después de más de diez años de dejación de armas, fue realizado también en
Colombia un Encuentro Internacional de Mujeres Excombatientes[23] con participación de mujeres
de América Latina y el Caribe para reflexionar sobre sus experiencias y aportes a la paz, donde se
destacan temas como la dejación de las armas y el cumplimiento de la palabra empeñada de continuar
luchando por una paz verdadera. También se señalaron las reflexiones de las mujeres sobre su papel
como sujetas sociales desde el reconocimiento de sí mismas y la valoración de las experiencias
vividas en su familia en el entorno social y en el ámbito laboral. En dicho encuentro, la paz fue
63 definida así:
Un proceso dinámico de construcción social e histórica que no niega el conflicto y busca su
tramitación de manera no violenta.
La paz requiere una sociedad democrática incluyente en la cual mujeres y hombres sean sujetas y
sujetos de sus propias determinaciones y acciones.
Concebimos la paz como un estado de bienestar integral, colectivo, que implica la exigibilidad y el
disfrute pleno de los derechos vigentes (políticos, económicos, sociales, y culturales, individuales y
colectivos de mujeres, hombres, infancia, pueblos indígenas y afro colombianos) así como de
aquellos nuevos derechos que promuevan los sujetos y las sujetas sociales.
Actualmente en Colombia, la paz es un compromiso permanente, de crear las condiciones hacia una
ética en donde el amor, el respeto, el cuidado de la vida y la justicia social, sean principios
fundamentales asumidos desde el ser, la familia, la escuela, la comunidad y el Estado.
La paz también es: repensar y reconstruir el amor a nosotras mismas para hablar de una armonía que
nos permita mantener un equilibrio con la vida. (Memorias, Colectivo de Mujeres Excombatientes,
2002).
A manera de conclusión se establecieron así las insatisfacciones de las mujeres en el nivel personal y
en el contexto del país:
Personales: la falta de comprensión de nuestro ser femenino, la percepción de una ausencia de
proyección social de nuestro trabajo, la escasa valoración de nuestro trabajo político y social, la
sensación de no aportar lo suficiente, la ausencia de espacios colectivos para elaboración de duelos y
la ausencia de una atención integral con enfoque de género en el proceso de reinserción.
Derivadas del contexto del país nosotras anotamos: La frustración frente al desgaste y la poca
credibilidad que despertaron los intentos por consolidar un proceso de paz, la hostilidad de una
sociedad que estigmatiza doblemente a las mujeres excombatientes, la ausencia de una política de
paz coherente por parte del Estado, la escasa consolidación del trabajo colectivo de mujeres, la
ausencia de espacios partidarios y de propuestas políticas acordes con las demandas, intereses y
expectativas de las mujeres aquí presentes. (Memorias, Colectivo de Mujeres Excombatientes, 2002).
La palabra empeñada ha sido cumplida por las y los insurgentes firmantes, durante los veinte años
transcurridos de dicho acuerdo, sin embargo, muchos insurgentes han perdido la vida por “fuerzas
oscuras” sin que hasta ahora se haya hecho justicia.
Las mujeres estudiadas y entrevistadas continúan trabajando en función de construir una paz que se
plasme en hechos, en transformaciones, donde se respete la vida, los derechos individuales y
colectivos, aspectos fundamentales para la democracia plena.
Todo este proceso ha hecho que la mujer comience a tomar conciencia plena sobre su quehacer como
ciudadana activa e íntegra, parte fundamental de la sociedad y como tal se asocia y conforma
colectivos para trabajar conjuntamente, como los de maestras, periodistas, artistas, escritoras,
anarquistas, lesbianas, a favor del aborto, de la paz, de derecho a la vida digna, en contra de la
violencia, en contra de la guerra, en defensa de la vida, en la lucha por la comida sana y orgánica, en
defensa del medioambiente. Se han constituido colectivos como los de “mujeres excombatientes”,
“Mujeres de Abril”, “Mujeres en contra de la violencia sexual y el maltrato”, “Mujeres defensoras de
64 los derechos humanos”, entre otros.
Al dar una mirada crítica, María Eugenia Vásquez,[24] con motivo del encuentro nacional de mujeres
excombatientes el 11 y 12 de agosto de 2001, exponía:
Los grupos insurgentes en los cuales militamos tienen una deuda histórica con nosotras, reconocernos
como actoras políticas y destacar nuestros aportes concretos en la construcción y desarrollo de cada
una de las organizaciones. La sociedad colombiana tiene una doble deuda con nosotras: como
mujeres y como insurgentas que decidieron apostarle a la paz. Nosotras mismas tenemos una deuda
con nosotras y con las otras: reconocernos, valorarnos, apoyarnos, no para pelear contra los varones,
sino para que juntos intentemos reparar la inequidad histórica que nos mantuvo en el anonimato.
(Memorias, Colectivo de Mujeres Excombatientes, 2001).
Actual proceso de negociaciones de paz Gobierno-FARC-EP
El 7 de noviembre de 1998 fue creada la zona de distención o área territorial en San Vicente del
Caguan (Caquetá), donde no debía haber confrontación armada para posibilitar los diálogos de paz
entre las FARC-EP y el Gobierno del presidente Andrés Pastrana; así el 7 de enero de 1999 se dio
inicio a dichas conversaciones, pero estas se dilataron en largas discusiones sin llegar a acuerdos
favorables para la paz. En medio de esta disyuntiva de la paz, el 20 de febrero de 2002 el gobierno
dio por terminada la zona de distención a raíz del secuestro del senador Eduardo Gechen. (El
Colombiano: 2002, Febrero, 20; Hechos de paz V, 1999).
Después de dichos diálogos, varios negociadores de las FARC-EP han sido detenidos, encarcelados o
asesinados: el 2 de marzo de 2004 fue detenido, en Ecuador, Ricardo Oviedo Palma, “Simón
Trinidad”, y, posteriormente, extraditado a las cárceles de los Estados Unidos. (Semana: 2004, Enero,
4).
Raul Reyes y Julian Conrado fueron muertos en territorio ecuatoriano el 1 de marzo de 2008, junto
con los combatientes que se encontraban en el campamento (El Tiempo: 2008, Marzo, 2)
La revista Semana informó el 5 de noviembre de 2011 sobre la muerte de Alfonso Cano la semana
anterior en el (Cauca), tras un bombardeo del Ejército, al tiempo que hace un recuento de otros
fallecidos de las FARC- EP en esta carrera de la muerte. (Semana: 2011, Noviembre, 5).
Nuevamente, en 2012 se sientan a la mesa de negociación las FARC-EP y el Gobierno del Presidente
de Colombia, Juan Manuel Santos, para un posible acuerdo de paz.[25] En el marco de estas
negociaciones, las mujeres opinan y exigen participar:
La Red de Mujeres Excombatientes de la Insurgencia[26] se reunió en Bogotá, Cali, Barranquilla y
Chianauta (2012, Agosto) para analizar la resolución 1325 de 2000 de la ONU, que habla sobre la
importancia del papel que desempeñan las mujeres en la prevención y solución de los conflictos y en
la consolidación de la paz, subraya la importancia de que ellas participen en pie de igualdad e
intervengan plenamente en todas las iniciativas encaminadas al mantenimiento y el fomento de la paz
y la seguridad, y la necesidad de aumentar su participación en los procesos de adopción de decisiones
(Resolución 1325. C.2000).
Asimismo, fue una ocasión para reflexionar sobre sus vivencias en la búsqueda de la paz. Pues ellas
hacen un análisis sobre sus aportes a la construcción de la paz en Colombia y concluyen que, en el
transcurso de los veintidós años que van después de la firma de los primeros Acuerdos de Paz, ellas
continúan en la tarea de conseguir la verdadera paz. En esta reflexión destacan algunos de sus aportes
a la paz y enfatizan en la necesidad de la participación de las mujeres en las mesas de negociación
65 que actualmente se están desarrollando en La Habana, Cuba. Algunos de los puntos de vista
expuestos en este evento fueron:
Hemos aportado nuestra experiencia, nuestras vivencias, en procesos de formación con otros grupos
de mujeres, en lo local, en lo regional; en la creación de redes de protección, entre otros. También
hay muchos casos de excombatientes que no tenemos trabajo remunerado y que estamos dedicadas al
trabajo doméstico en los hogares y al cuidado de las hijas e hijos en condiciones económicas difíciles
e invisibilizadas. Por nuestra parte, hemos cumplido el compromiso y seguimos cumpliendo, porque
le apostamos a la paz, a pesar de que el país se encuentra sumido en la guerra.
Dentro del segundo punto de análisis, “¿Qué aportaríamos a un proceso de negociación de paz?”, las
conclusiones apuntan a decir:
Nosotras creemos que primero debe de incluirse a la nación. Estamos en un momento diferente de la
historia, con otras condiciones, la idoneidad de este proceso es que esté incluida toda la nación, no
solo los grupos que están en la problemática de las armas y el gobierno. Esas negociaciones no deben
ser aisladas, deben ser de carácter participativo. En tanto que las decisiones sobre la paz deben ser
concertadas y no impuestas.
En este debate también fue explícito que las excombatientes deberán tener asiento en las mesas de
negociación como premisa de un aporte a la paz. Debe haber igualdad de oportunidades entre
hombres y mujeres en los programas resultantes de los acuerdos. Debe haber desestigmatización de
las mujeres insurgentes, como personas resistentes al destino social y culturalmente impuesto a las
mujeres. Exigir el compromiso del estado de garantizar la defensa de los derechos individuales y
colectivos. (Memorias, Colectivo de Mujeres excombatientes: 2012).
En esta misma línea, dentro del actual marco de las negociaciones de paz con las FARC y
posiblemente con el Ejército de Liberación Nacional (ELN), las mujeres colombianas se han
pronunciado en diferentes escenarios para exigir al gobierno participación real, con poder de decisión
en los procesos de negociación, porque, si bien en esas mesas hay dos mujeres por parte de la
insurgencia y dos por parte del gobierno, ellas no tienen poder decisorio, no están incluidas dentro de
los cinco plenipotenciarios representantes de cada una de las partes.
El 19 de octubre de 2012 las mujeres de diferentes regiones del país y de grupos sociales, artistas,
feministas, mujeres en condición de desplazamiento forzado, dirigentas y estudiantes, se dieron cita
en Bogotá para exigir participación en las mesas de negociación, con la consigna “terminemos la
guerra construyamos la paz”. Este reclamo de exigir participación de las mujeres en las mesas de
negociación fue expresado por Patricia Ariza,[27] en entrevista para el programa televisivo de la
Cadena estatal de la ciudad de Bogotá “Ni Reinas ni Cenicientas”, de la siguiente manera:
Si las mujeres no estamos no puede haber paz, no puede haber democracia, la paz no es solamente
que se sienten a resolver el problema de la guerra. Hay un problema de justicia, de reconstruir el país
democrático, necesitamos acabar con la inequidad en este país, entones las mujeres debemos de
participar del todo al todo. (Calvo: Canal Capital: 2012, Enero, 16).
Otras mujeres y hombres entrevistados en la calle por el programa señalado, “Ni Reinas Ni
cenicientas”, expresan que las mujeres deben estar en esas mesas de negociación porque son la mitad
de la población de Colombia, porque han estado excluidas durante años, porque es una negociación
de paz que involucra a todo el país, porque las mujeres tienen elementos que aportar en esas
negociaciones, porque estamos en un estado social de derecho; es decir, son múltiples las razones por
las que las mujeres deben estar en esas mesas de negociación. Acerca de estas opiniones, Adriana
Benjumea, directora de la Corporación Humanas, plantea que a través de la historia del país las
66 mujeres han estado aportando en los procesos de participación política de paz de búsquedas
negociadas al conflicto, están todos los días aportando desde la cotidianidad. Pero como la sociedad
es patriarcal, se ha vuelto normal que las mujeres sean invisibilizadas. Y pregunta: ¿Por qué hay que
buscar razones para que las mujeres participen? En un Estado Social de Derecho, las mujeres tienen
derecho a participar, en eso no hay discusión. Si es así, entonces también habría que cuestionar por
qué están los hombres allí sentados. Una democracia no es posible sin las voces de las mujeres.
(Calvo: Canal Capital: 2012, Enero, 16).
En el encuentro “Mujeres por la Paz”, realizado en Bogotá los días 4 y 5 de diciembre de 2012, se
reunieron mujeres representantes de 85 organizaciones de mujeres, de diferentes regiones del país
para tratar el tema de la participación de las mujeres en las mesas de diálogo y negociación para la
paz que actualmente se está desarrollando en La Habana, y elaboraron un manifiesto que puntualiza:
“La paz sin las mujeres ¡No va!”, y en este Manifiesto por la paz, en uno de sus apartes, anotan:
La paz no es silenciar los fusiles en lo público y en lo privado. La paz implica hacer realidad la
justicia social para todos y todas sin distención de etnia, sexo, religión, postura política o condición
económica; significa garantizar los derechos a la verdad, la justicia y la reparación de todas las
víctimas; erradicar la violencia como ejercicio de la política y la negación del otro o de la otra como
práctica cotidiana. La paz implica desmilitarizar los territorios las mentes y la palabra.
Las mujeres reunidas en el Encuentro nacional de mujeres por la Paz, demandamos al gobierno y a la
insurgencia no pararse de la mesa hasta no llegar al acuerdo que dé fin al conflicto armado,
consideramos que debe superar todos los obstáculos y ubicar la consecución de la paz como un
derecho de todos los colombianos y colombianas. Es imprescindible que nosotras las mujeres
seamos protagonistas en el proceso de diálogo, en la construcción de la paz y en las decisiones que
se tomen para la consecución de estos propósitos. Porque los problemas que nos afectan a las
mujeres implican a toda la sociedad y consideramos que deben estar en el centro de la agenda que
se discute entre el Gobierno y la insurgencia en La Habana, Cuba. (Mujeres por la paz: 2012).
Conclusiones
Se concluye que todos los acuerdos de paz en Colombia han sido violentados por “fuerzas oscuras”,
con una pérdida irreparable de vidas humanas y de recursos. Por eso, las mujeres gestoras de este
trabajo exigen poner fin a la violencia, pero no con la destrucción o muerte del contendor, sino con la
búsqueda de acuerdos transparentes que posibiliten vivir en armonía, para lo cual debe haber una
política del gobierno decidida a crear condiciones y mecanismos para acabar con la violencia.
Después de este recorrido —en que se plasman las miradas de mujeres de diferentes grupos armados
insurgentes firmantes de los acuerdos de paz y de muchas otras mujeres que de distintos espacios
sociales y políticos han estado aportando como gestoras de procesos de convivencia ciudadana, de
acciones cívicas y políticas que posibiliten la conservación de la vida— , se reafirma que las mujeres
han sido eje fundamental en estas negociaciones; sin embargo, no han sido incluidas como actoras
para la toma de decisiones. Y esa ha sido otra de las grandes falencias en los acuerdos de paz
firmados. Se concluye que, en un país donde rige un Estado Social de Derecho, las mujeres deben
formar parte de las mesas de negociación con igualdad de derechos y como garantes para lograr una
paz incluyente y sostenible.
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administradora de proyectos de interés social. Militó en el M-19. Entrevista realizada por la autora en
Bogotá, en 1999.
Ana Lucía Vanegas o “Sonia”. Nació el 4 de diciembre de 1965, en Támesis (Antioquia). Tecnóloga
en regencia de farmacia. Milito en el M-19. Entrevista realizada por la autora en 1.999 en Neiva
(Huila).
Ana Teofilde Vargas. Nació el 28 de diciembre de 1956, en Bolívar (Santander). Militó en el M-19.
Se desempeña como madre comunitaria, hogares adscrito al Instituto Colombiano de Bienestar
Familiar (Cuida en su propia casa de 15 a 20 niños y niñas, hijos (as) de madres cabeza de familia).
También forma parte de una comunidad religiosa llamada Movimiento Cósmico Solar. Entrevista
realizada por la autora en Barbosa (Santander), el 27 de diciembre de 2007.
Fanny Gómez. De cincuenta y seis años de edad, formó parte de la Juventud Comunista de Colombia
y cuando tenía de catorce a dieciséis años se desempeñó como tesorera de dicha organización.
Posteriormente militó en el M-19, hasta la firma de los Acuerdos políticos de dejación de armas en
1990. En la actualidad se desempeña como comerciante vendiendo ropa usada. Ocupación que, según
ella misma cuenta, le dio la oportunidad de apoyar y conocer a la gente que vive del rebusque o que
no tiene un trabajo remunerado o estable. Entrevista realizada por la autora en Cali (Valle), el 10 de
enero de 2008.
Luz Estela Navas Murminacho. Nació el 12 de septiembre de 1965 en Cantón Quito, provincia de
Pichincha, Ecuador. Pertenecía a un grupo de izquierda en su país natal y en Colombia Militó en el
M-19. Ingeniera Ambiental. Entrevista realizada por la autora en Bogotá, el 18 de mayo de 2007.
Rosario. Nació en Bucaramanga (Santander), el 21 de agosto de 1949; de profesión artesana de
calzado. Militó en el ELN y el M-19. Por razones de seguridad prefirió no develar su nombre de pila.
Entrevista realizada por la autora en octubre de 1999.
Yenny Morales o “Tonia”. Nació en Cali Valle, forma parte de una familia extensa. Militó en el M19, durante su estancia en la insurgencia utilizó como seudónimo el nombre de “Tonia”. Durante
años se ha dedicado a realizar trabajos de organización social y política. Entrevista realizada por la
autora el 10 de noviembre de 2005, en Cali (Valle).
* Candidata a doctora en Historia, Magister en Desarrollo Educativo y Social, Universidad
Pedagógica Nacional de Colombia CINDE; historiadora, Asesora del Programa de Educación de
adultos desarrollado por el Programa presidencial para la Reinserción 1999-2000 . Investigadora en
70 temas de reconstrucción de la memoria.
[1] Fernando Britto, vocero del gobierno en los diálogos entre el gobierno y el M-19 en 1990.
[2] Corriente de Renovación Socialista (CRS). Facción desmovilizada del Ejército Popular de
Liberación (ELN), firmó un acuerdo de paz con el gobierno del presidente Cesar Gaviria el 9 de abril
de 1994, en el corregimiento de Ovejas, Flor del Monte (Sucre).
[3] Beatriz Rojas, desmovilizada del Movimiento 19 de Abril, M-19. Entrevista realizada por la
autora en 1999.
[4] Rosario militó en el ELN y el M-19 por razones de seguridad prefirió no reflejar su nombre de
pila. Entrevista realizada por la autora en octubre de 1999 en Bogotá.
[5] Ana Lucía Vanegas. Militó en el M-19 y utilizó como seudónimo el nombre “Sonia”, cuenta que
se vinculó al M-19 en 1985 y que su primera acción militar fue en la toma de Herrera (Tolima), el 1º
de junio de 1985. Entrevista realizada por la autora en 1999, citada en Rojas, M. (2001). Mujeres
desmovilizadas un aporte a la paz en Colombia, tesis de maestría para obtención del título de
Magister en Desarrollo Educativo y Social, Centro Internacional de Educación y Desarrollo Humano,
(CINDE) Universidad Pedagógica Nacional (UPN), Bogotá, Colombia. p. 75. Manuscrito no
publicado.
[6] Yenny Morales. Militó en el M-19 y utilizó como seudónimo el nombre “Tonia”. Entrevista
realizada por la autora el 10 de noviembre de 2005 en Cali (Valle).
[7] Yenny Morales o “Tonia”. Entrevista citada.
[8] Ana Teofilde Vargas, nació el 28 de diciembre de 1956, militó en el movimiento 19 de abril M-19
en el Dpto. de Santander del Sur, su vida la ha dedicado a trabajar con comunidades en actividades de
desarrollo social. Entrevista realizada por la autora, 20 de diciembre de 2007.
[9] Ana Teofilde Vargas. Entrevista citada.
[10] Intervención de Alix María Salazar Salazar, quien fue militante del M-19, en Encuentro
Internacional: Mujeres y perspectiva de género en la negociación de la paz, celebrado en Bogotá el
23 de junio de 2001.
[11] Carlos Pizarro Leongómez, comandante del M-19, firmó el acuerdo político de dejación de
armas con el gobierno del presidente Virgilio Barco el 9 de marzo de 1990. Fue asesinado, siendo
candidato a la Presidencia de la Republica, el 26 de abril de 1990 por fuerzas oscuras sin que se haya
hecho justicia.
[12] Ana Teofilde Vargas. Entrevista citada.
[13] Luz Estela Navas, militante de la izquierda del Ecuador, militó en el M-19, se desempeñó como
comunicadora y en actividades políticas. Entrevista realizada por la autora el 18 de mayo de 2007.
[14] Compañía Nacional para la Paz (COMPAZ), ONG creada por excombatientes del M-19 con el
objetivo de apoyar a las y los excombatientes en el proceso de regreso a la civilidad.
[15] Luz Estela Navas. Entrevista citada.
71 [16] Yenny Morales o Tonia. Entrevista citada.
[17] Yenny Morales o “Tonia”. Entrevista citada.
[18] Fanny Gómez, fue militante de la juventud comunista y a la edad de 14-16 años ocupó el cargo
de tesorera dentro de dicha organización, posteriormente militó en el Movimiento 19 de Abril M-19,
y que en 1990 hizo dejación de armas. Entrevista realizada por la autora el 10 de enero de 2008.
[19] Pisar: en este caso significa que el comprador entregar al vendedor una parte del costo de la
prenda, que queda en la tienda hasta cuando el comprador aporta el valor total de esta.
[20]Chontaduro: es un fruto típico del Sur Oriente de Colombia, de la palma Bactris Gaipaes rico en
harinas, proteínas, cenizas y azucares, fue plantado desde la época precolombina, para comer el fruto
se cocina durante dos horas y se le agrega sal al gusto o como se prefiera. Hay numerosas especies:
con espinas, sin espinas y se le conoce con diferentes nombre: Chontaduro (Colombia), Palma de
Chonta (Ecuador), pijibaye (República Dominicana), manaco (Guatemala), Pijuayo (Perú), pijiguao
(Venezuela), tembe (Bolivia), pixbae o piba (Panamá), peach palm o pewa (Trinidad y Tobago).
Tomado de Estudio Centro de Agricultura Tropical Cali Colombia y Wikipedia la enciclopedia libre,
Bactris Gasipaes.
[21] Fanny Gómez. Entrevista citada.
[22]Antonio Navarro Wolff, nació en Pasto (Nariño) el 9 de julio de 1948, Comandante del M-19.,
Copresidente de la Asamblea Nacional Constituyente de 1991, miembro de la Comisión Tercera de la
misma. Ingeniero Sanitario con posgrado en investigaciones operativas, en el año de 1990 fue
ministro de salud. Gobernador del Departamento de Nariño y alcalde del Municipio de Pasto
(Nariño)
[23] Encuentro convocado por el Colectivo de Mujeres Excombatientes conformado por mujeres
pertenecientes a los movimientos insurgentes que firmaron acuerdos de paz con el gobierno de
Colombia en la década de 1990.
[24] María Eugenia Vásquez militó en el M-19, antropóloga, ganadora del premio Nacional de
Cultura 1998 con el libro Escrito para no morir, bitácora de una militancia.
[25] El 4 de noviembre de 2012, el presidente de Colombia Juan Manuel Santos hizo público el
Acuerdo para iniciar las negociaciones de paz con las FARC como un Acuerdo General para la
terminación del Conflicto en Colombia, teniendo como anfitriones y garantes de las negociaciones a
Cuba y Noruega, y a Venezuela y Chile como acompañantes del proceso. Un primer encuentro se
realizó en Oslo (Noruega) el 18 de octubre de 2012 y luego continuaron en La Habana, Cuba, a partir
del 6 de noviembre de 2012. http://www.noticias.univisión.com/americalatina/colombia
[26] No publicada. Encuentro convocado por el Colectivo de Mujeres Excombatientes, celebrado en
Barranquilla (Atlántico) los días 25 y 26 de agosto de 2012.
[27] Patricia Ariza, dramaturga, poetisa, actriz de teatro, fundadora del Teatro “La Candelaria” en
Bogotá.
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