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Libros
¿POR QUÉ SOMOS
ROBESPIERRISTAS?
ROBESPIERRE. UNA VIDA
REVOLUCIONARIA
Peter McPhee
Trad. Ricardo García.
Península, Barcelona, 2012. 462 págs.
La Revolución Francesa es uno de los
momentos inaugurales de la contemporaneidad. Su trascendencia es difícilmente cuestionable, a pesar de que su
interpretación y su significado hayan ido
a lo largo del tiempo variando y reajustándose. De las iniciales historias aún
“románticas” de Chatelet, o comprometidas de Blanc, hasta el revisionismo de
las últimas décadas y sus versiones liberales, pasando por la época de la hegemonía hermenéutica marxista, el “problema” de la Revolución Francesa –el de
cualquier auténtica revolución, en suma– permanece. Y las consecuencias,
tanto del acontecimiento como de sus
interpretaciones, siguen sin cerrarse. Algo, sin embargo, es común a todas ellas:
la asunción de la centralidad de la figura
de Robespierre en el devenir histórico de
la revolución, su ejemplaridad como
aglutinante de una secuencia que transita, aparentemente, de la virtud al terror.
No es extraño que Žižek, hace apenas
unos años, titulase así su presentación
del personaje: Virtud y terror, aunque, si
bien es verdad que la defensa de la virtud como fundamento indispensable de
la república es, desde el principio, una
convicción del “incorruptible”, su relación con el terror es más problemática.
Ya Montesquieu había establecido la
idea de que la virtud era el principio rector del gobierno democrático, y Rousseau,
el pensador que más influyó en Robespierre, hizo de ello prácticamente un
axioma: “una República no puede
subsistir sin virtud”. El revolucionario haría de ello
una divisa: la democracia no puede sostenerse sin
virtud, esto es, sin
“espíritu cívico”.
An ti-Maquiavelo
convencido, la virtú del florentino
nada tiene que ver
con la vertu del de mócrata, ni el cinis mo de aquél
con la condena del
Antonio Muñoz Molina
despotismo de este. Con RobespieRobespierre y sus amigos Saint-Just y Couthon
rre, escribe Georges Labica, “se trata de pensar la revolución en el momen- acerca de las propuestas políticas y
to mismo en que se produce, en el mo- sociales de un hombre de estado, ni
mento en que, a veces a tientas, a veces sobre el acierto o valor de sus “prograde forma fulgurante, ella pretende con- mas”, aunque de todo ello también se
trolar intelectualmente sus actos, inven- hable, sino de una biografía de “ese Protando toda una terminología con todas custo moderno”, como lo caracterizara
sus piezas”. Es cierto que Robespierre su contemporáneo el capitán Watkin
estaba de acuerdo con su amigo Saint- Tench , del “hombre más infeliz de la tieJust o con Marat en que “la libertad de rra”, como él mismo se consideró en
un pueblo se funda con la espada”, y que algún momento, de uno de los hombres
se extrañaba de los hipócritas escrúpu- más vilipendiado, calumniado, insultalos de quienes se ofendían por la violen- do, admirado, glorificado y, probablecia de los secularmente oprimidos: “¿es mente, malinterpretado de la historia.
que queríais una revolución sin revolu- Una biografía, la del historiador austración?”, pero fundamentalmente fue un liano Peter McPhee, que, por fortuna,
hombre de “palabras” (más de un millar huye de las estúpidas y abusivas interde discursos) a quien, en su última hora, pretaciones psicoanalíticas o psicologise le negó el derecho a defenderse: si le cistas, a lo Max Gallo, que lo condenan
hubieran permitido hablar, se hubiera desde su infancia como a una especie de
salvado, se aseguraba. Solo le cupo gri- perturbado, congénito o sobrevenido, y
tar: “Pido la muerte”. En el de Arras se compone un libro sobrio, equilibrado,
identifican filosofía y política, convic- bien documentado, cauto y lo suficiención inquebrantable y cierto pragmatis- temente distante y empático como para
mo, idealismo, geometría y, evidente- mostrarnos a un Robespierre si no en su
mente, humanidad, pues el libro del que justo relieve, algo quizá imposible, sí tan
ahora nos ocupamos no es un tratado bien perfilado como para poder destacar
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Libros
su innegable relevancia y, del mismo
modo, señalar sus inevitables debilidades. “Debemos lidiar con categorías psicológicas e inferencias”, explica McPhee.
“Pero este tipo de reflexión debería
recordarnos por encima de todo que
Maximilien fue en una ocasión un niño
pequeño y vulnerable y que, cuando los
niños se vuelven adultos no se convierten en santos o diablos, sino en hombres
y mujeres. Deberíamos ser precavidos a
la hora de aplicar categorías psicoanalíticas de forma burda con la intención de
explicar las acciones de los demás”. Y Mc
Phee lo es. Han cambiado mucho algunas cosas; otras, desde luego, parece que
van a peor, pero no deja de ser curioso
que, por ejemplo, su busto permanezca
hoy día encerrado, en su ciudad natal, en
una especie de caja fuerte, como no deja
de ser sintomático que si en las barriadas
obreras parisinas pueden descubrirse
homenajes, por muy discretos que sean,
al revolucionario, en el centro de París
nada recuerda a “uno de la media docena de profetas relevantes de la democracia”, como destacaba R. R. Palmer, el
autor del estudio clásico sobre el Comité
de Salvación Pública Twelve Who Ruled:
The Year of the Terror in the French Revolution. Si el propio Palmer o Mathiez o
Georges Lefebvre habían luchado durante años por recuperar su figura, aún en
2009 la BBC emitía una producción,
Terror! Robespierre and the French Revolution, en la que algunos “historiadores”
asociaban de forma explícita el nombre
del demócrata republicano no ya con el
Terror, sino que asemejaban a Francia
con el Gulag y el Tercer Reich. Un disparate.
Es verdad que quizás no fue un niño
“feliz”, que perdió muy pronto a su
madre –algo, por cierto, relativamente
frecuente en aquella época– y que su
padre abandonó a la familia, pero los
lazos con sus hermanos fueron estrechos
y duraderos. No estableció ninguna relación amorosa efectiva a lo largo de su
vida, pero ello no significa que no pudiera ser afectuoso y sensible. Era poco
agraciado pero atildado, y con su retórica conquistó la admiración de muchísimas mujeres. Era frugal, trabajador,
enfermizo y se le consideró incorruptible. A la postre, tal vez, fue el “chivo expiatorio” de un proceso turbulento y
contradictorio que le convirtió no en
innecesario, sino en peligroso para los
que, finalmente, dieron carpetazo a la
revolución, como lúcidamente interpretó Souberbielle, su médico, años después de su asesinato, pues, como escribiera William Augustus Miles, un liberal
inglés que conocía bien París, a un amigo: “los compatriotas de Robespierre
están convencidos de su incorruptibilidad. Tal vez sea asesinado o lo condenen
en juicio sumarísimo, pero jamás acabarán con él mediante un proceso ordinario”. Defendió la abolición de la esclavitud y de la pena de muerte e, igualmente, expuso la evidencia de que había que
decapitar al rey. Si Saint-Just exclama:
“Tened por muy cierto que la Revolución
empieza cuando acaba el tirano”, Maximilien razona: “cuando una nación se ha
visto forzada a recurrir al derecho de la
insurrección, vuelve, a los ojos del tirano,
al estado de naturaleza. ¿Cómo podría
invocar el pacto social? Lo ha aniquilado.
La nación puede conservarlo, si lo considera adecuado, por lo que concierne a
las relaciones de los ciudadanos entre sí;
pero el efecto de la tiranía y de la insurrección es romper ese pacto absolutamente con relación al tirano; consiste en
constituirlo recíprocamente en estado
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de guerra. Los tribunales, los procesos
judiciales, solo están hechos para los
miembros de la ciudad”. Ciudadanos ya,
por tanto. No súbditos. Si a Robespierre
le horroriza la violencia y huye de ella,
sin embargo contribuye –no el que más–
al Terror. Fue Barère, ansioso por salvarse él mismo atacando al “incorruptible”
y hurtarse a la sospecha de “terrorista”, el
primero que usó la expresión “el sistema
del Terror”. Tuvo éxito en su proclama
contra el “monstruo”, el “déspota hipócrita”. En plena vorágine de acontecimientos incontrolables, acuciado por
conspiraciones, por una guerra exterior
y una lucha intestina entre “extremistas”
y contrarrevolucionarios, Robespierre
intentaba controlar el timón: “En tal
situación, la máxima principal de vuestra política deberá ser la de guiar al pueblo con la razón, y a los enemigos del
pueblo con el terror. Si la fuerza del
gobierno popular es, en tiempo de paz,
la virtud, la fuerza del gobierno popular
en tiempo de revolución es, al mismo
tiempo, la virtud y el terror. La virtud, sin
la cual el terror es cosa funesta; el terror,
sin el cual la virtud es impotente. El terror no es otra cosa que la justicia expeditiva, severa, inflexible...” E insistía: “Si
la tiranía reinase un solo día, al siguiente
no quedaría ni un patriota. ¿Hasta cuándo el furor de los déspotas será llamado
‘justicia’, y la justicia del pueblo ‘barbarie’ o ‘rebelión’? ¡Cuán sentimental se es
con los opresores y cuán inexorable con
los oprimidos! Nada más natural: el que
no odia el crimen no puede amar la virtud”. Algo, al menos, estaba claro: “cuando un grupo de hombres puede matar de
hambre impunemente a otro, la libertad
solo es una quimera”, y el objetivo de la
revolución era convertir esa quimera en
realidad: “una sociedad que no es capaz
Libros
Ejecución de Robespierre
de alimentar a sus ciudadanos, debe ser
cambiada”. Robespierre, demócrata, republicano, jacobino, lo intentó: “La resistencia a la opresión es la consecuencia
de los otros derechos del hombre y del
ciudadano. Hay opresión contra el cuerpo social cuando uno solo de sus miembros es oprimido. Hay opresión contra
cada miembro cuando el cuerpo social
es oprimido. Cuando el gobierno oprime
al pueblo, la insurrección del pueblo
entero y de cada porción del pueblo es el
más santo de los deberes. Cuando la
garantía social falta a un ciudadano, él
adquiere el derecho natural de defenderse por sí mismo. En uno u otro caso fijar
normas legales al derecho a la resistencia
a la opresión es el último refinamiento
de la tiranía”. Georges Labica, en el libro
que citábamos al comienzo, Robespierre.
Una política de la filosofía (El Viejo Topo,
2005), trata de la prevalencia de lo político sobre lo económico en el de Arras, de
su creación práctica, de la publicidad de
una revolución que se esforzó “por funcionar a plena luz, sin secreto, como una
inmensa toma de la palabra colectiva, de
los debates públicos, o semipúblicos
(clubes), en los diarios, carteles, panfletos o canciones populares”. Y resalta,
muy en especial, que Robespierre “ofreció a las ideas la posibilidad de encontrar
las realidades, de trabajarlas, y sobre todo de dejarse trabajar por ellas, a fin de
transformarse en principios”. No en vano, años más tarde el joven Marx, en su
crítica a la filosofía del derecho hegeliana, concluirá: “No hay derecho a medir
la Idea, en relación a lo que existe, es preciso necesariamente medir lo que existe
con relación a la Idea”. Para que las cosas
no encajen de cualquier modo, es decir,
como la historia y los poderosos deciden, sino como “deben”. Robespierre fue
un abogado, un demócrata radical, distante del comunismo de Babeuf, quien,
un par de años después de la caída del
jacobino, llegó a escribir: “el robespie rrismo es la democracia”; un hombre de
principios, y su “incorruptibilidad” le
costó cara. Su muerte fue “ejemplar”. El 9
Termidor (27 de julio) de 1794 la Con-
vención se convirtió, como escribe
McPhee, “en una estampida de hombres
culpables cuyo objetivo era matar a
Robespierre y sus aliados”. Ese día fueron detenidos, entre otros, Hanriot,
Dumas, Robespierre, Saint-Just, Couthon y Lebas. Al “incorruptible” se le
trasladó a la prisión Luxemburgo, donde
los guardias se negaron a encerrarle, y, a
continuación, a la oficina del alcalde. Las
fuerzas armadas, guiadas por Léonard
Bourdon, entraron, pasadas las dos de la
madrugada, en el Ayuntamiento, donde
hallaron a Robespierre firmando un llamamiento a la sección de su distrito. No
pudo terminar de firmarla y la hoja
quedó salpicada de sangre. Se dijo que
intentó suicidarse; más probable es que
un gendarme le disparara a la cara, destrozándole la mandíbula. Faltaban, aún,
diecisiete horas de agonía. Se le vendó la
cabeza y arreciaron las burlas contra el
caído. A las once de la mañana, junto a
los demás presos, fue trasladado a la
Conciergerie y condenado, como el resto, a muerte. Finalmente, a las seis de la
tarde, tres carretas condujeron a los
veintidós reos a las Tullerías, a la Place de
la Révolution, donde había sido reinstalada la guillotina. A las siete y media comenzó el espectáculo. A Robespierre le
ejecutaron el vigésimo primero, tras
arrancarle el verdugo el vendaje y ver cómo lo que le restaba de mandíbula se le
desencajaba. Fue enterrado, junto con
los demás, en una fosa común del cementerio de Errancis. Terminaba, así,
una “vida revolucionaria”. Comenzaba,
así, una leyenda. Tenía 38 años, los que
Peer McPhee sintetiza y explora en esta
más que recomendable biografía del, así
llamado, Incorruptible: Maximilien Robespierre. Su figura, su obra, hoy día,
precisamente hoy día, tiene aún mucho
que ofrecernos.
Antonio García Vila
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Libros
UN LIBRO ÚTIL
DICCIONARIO CRÍTICO DE EMPRESAS
TRANSNACIONALES
CLAVES PARA ENFRENTAR EL PODER DE
LAS GRANDES CORPORACIONES
J. Hernández, E. González y P. Ramiro
(eds.)
Icaria, Barcelona, 2012. 312 págs.
Este libro, complementado con uno
anterior de la misma colección, La
armadura del capitalismo (de Alejandro
Teitelbaum) nos ofrece una panorámica
básica para entender lo que son las multinacionales y su papel en la EconomíaMundo Capitalista. Lo digo un poco provocativamente, porque esta noción básica de Immanuel Wallerstein está ausente
del libro. Como lo estaba en el libro de
Teitelbaum, con el que mantuve una
pequeña polémica en torno a este sociólogo, que a mí me parece grande y a él
pequeño, por decirlo así. Es una lástima,
porque sigo pensando que es uno de los
analistas más lúcidos del sistema capitalista y está ausente totalmente de este
libro.
Luchar por la democracia quiere decir
hacerlo contra los poderes oligárquicos
que hoy la limitan. El más importante de
ellos, sin duda, el poder económico de
las multinacionales que se impone al
poder político. Quizás esto ya lo sabemos, pero es importante precisar cómo.
Las multinacionales tejen redes específicas para hacerlo y este libro nos ayuda a
entenderlas. Los mecanismos quedan
bien descritos. Uno son las instituciones
financieras internacionales con un po der real sobre las políticas económicas
de los gobiernos. Son la gran Tríada: El
Banco Mundial, El Fondo Monetario In ternacional y la Organización Mundial
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del Comercio. Otra es la puerta giratoria
que hay entre los ejecutivos y asesores de
multinacionales y los gobiernos. Antiguos ejecutivos de multinacionales, por
ejemplo, se convierten en Ministros de
Economía (Luis de Guindos) o de Educación (José Ignacio Wert). Antiguos Presidentes del Gobierno pasan a ser asesores
de multinacionales (Felipe González de
Gas Natural y José Maria Aznar de Endesa) seguidos de multiples ex-ministros,
tanto del PSOE (Solbes) como del PP (Za plana). Otro son los lobbies, grupos
específicos de presión que trabajan para
las multinacionales, cuya función es
intervenir en las decisiones políticas que
les pueden beneficiar o perjudicar. El
poder económico de las multinacionales
es inmenso y tienen además a su favor a
los mass media (faltan en el libro refe rencias a esta cuestión), que condicionan una opinión pública a partir del discurso neoliberal. Pero es que hay otro
problema añadido, que es que al ser los
grandes ganadores de la crisis ni siquiera
son capaces de pagar lo que les corres-
ponde en una legislación más que favorable a sus intereses. Me refiero aquí a los
paraísos fiscales. Parece que los gobiernos van a intervenir mínimamente en el
tema, lo cual es lógico. Digo lógico porque es la propia supervivencia de su sistema la que está en juego, no evidentemente porque vayan a gobernar con una
racionalidad de fines, poniendo la política al servicio del bien común. Esta ya es
otra cuestión y mucho habremos de
luchar y de una forma muy coordinada
para cambiar los rumbos políticos de los
gobiernos. Y en este combate no hay que
olvidar a este monstruo con mil cabezas
que son las multinacionales, cuyo interés, que no es otro que la lógica del máximo beneficio, está radicalmente en contra de los intereses de la inmensa mayoría de los ciudadanos. La lucha será dura
pero inevitable. Ellas serán, sin duda, el
enemigo principal para una transformación justa de la sociedad y los medios
que utilizarán serán despiadados. Como
siempre lo han sido y siempre lo serán.
En todo caso éste es un libro útil para
Libros
entender al enemigo . Sigue un método
muy didáctico con respecto a cada uno
de los conceptos que trata: formula una
definición, realiza un pequeño análisis
histórico y una introducción a las problemáticas actuales que plantea. Quizás
podrían hacerse unos pequeños retoques formales, como eliminar palabras
mayúsculas que aparecen arbitraria-
mente o una cierta dispersión terminológica inútil, como por ejemplo la de
decir a veces multinacionales y otras
transnacionales. Encuentro también
que algunos términos introducidos no
tienen tanta importancia como para ser
tratados aquí (por ejemplo el ecofeminismo) y que otros deberían desarrollarse (por ejemplo: el Banco Mundial, el
Fondo Monetario Internacional y la Or ganización Mundial del Comercio merecerían por su enorme importancia un
tratamiento específico). En todo caso
nada importante. El trabajo es riguroso,
sintético y nos da la información necesaria.
Luis Roca Jusmet
AFROAMERICANA E
INTERNACIONALISTA
UNA AUTOBIOGRAFÍA
Assata Shakur
Prefacio de Angela Davis
Trad. de E. Odriozola y C. Valle, Capitán
Swing, Madrid, 2013, 390 páginas.
Assata Shakur, nacida en 1947, fue uno
de los objetivos centrales de Edgar Hoover. Se trataba de difamar y criminalizar
las organizaciones negras de liberación,
a los Panteras Negras y al Ejército Negro
de Liberación en particular, y a sus líderes. Shakur pasó cuatro años en la cárcel
antes de ser condenada por el asesinato
del policía estatal Werner Foerster y del
compañero activista Zayd Shakur en
1977, con pruebas muy poco sólidas. Fue
acusada del asesinato del policía a pesar
de haber recibido un tiro en la clavícula
que la inhabilitaba para disparar. Tampoco se encontró ningún rastro de pólvora o arsénico en sus ropas. El juicio
contra ella, como ha explicado Lennox S
Hinds, su abogado, autor del prólogo del
libro, se celebró sin respetar ninguna
garantía procesal. Los miembros del
jurado, todos ellos, eran blancos, y los
medios de comunicación habían diseñado y realizado una intensa campaña previa de criminalización. Sin ninguna evi-
Assata con grilletes en pies y manos
dencia contra ella, fue condenada.
Dos años después de la condena escapó de la cárcel. Pidió asilo político y lo
obtuvo finalmente cuatro años después.
Anteriormente, enjuiciada por seis causas distintas, había sido golpeada y torturada durante su encarcelamiento en
varias prisiones federales. En mayo de
1973, por ejemplo, mientras estaba en
estado crítico y esposada a la cama, las
autoridades locales y la policía federal
trataron de interrogarla acerca del tiroteo en una autopista de Nueva Jeysey en
el que murió el policía
Sirva lo anterior de breve preámbulo.
Lo esencial de esta reseña se puede decir
en apenas dos líneas: la autobiografía de
Shakur, nacida como JoAnne Deborah
Byron Chesimard, lectora de Hesse, Castro, Marx, Guevara y Ho Chi Minh, es
uno de los textos más imprescindibles
que el firmante de esta nota ha leído en
estos últimos años. No se lo pierdan. Ni
es exageración ni es pasión ciega, ni siquiera devoción sentida, afirmar, como
se apunta en la contraportada del volumen, que su libro debe ocupar, ocupa ya,
un lugar destacado junto a la Autobio-
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Libros
grafía de Malcolm X y las obras de Maya
Angelou
Una autobiografía está compuesto
por 21 capítulos, un epílogo, un glosario,
una cronología, un magnífico prefacio
de Angela Ivonne Davis (actualmente
profesora de filosofía en la Universidad
de California en Santa Cruz, liberada en
la década del 70 gracias a la enorme ola
mundial de protestas que provocó su
encarcelamiento) y un prólogo no menos excelente de Lennox S. Hinds, y está
escrita con fuerza y prosa excelente.
El prefacio de Angela Davis se abre
con estas palabras: “En los años sesenta,
mientras Assata se encontraba a la espera de juicio acusada de complicidad en
un asesinato, yo participé en un acto
benéfico en la universidad de Rutgers,
en New Brunswick, Nueva Jersey, con el
fin de recaudar fondos para su defensa.
En aquel momento, ella se encontraba
en la cercana cárcel de hombres del condado de Middlesex”. Se cierra con estas
otras: “Assata nos habla a todos y cada
uno de nosotros, en particular a aquellos
de nosotros que están recluidos en una
red global creciente de prisiones y cárceles. En un momento en que el optimismo ha retrocedido en nuestro vocabulario político, Assata nos ofrece regalos de
valor incalculable: esperanza e inspiración. Sus palabras nos recuerdan, como
una vez comentó Walter Benjamin, que
la esperanza se nos ha concedido sólo
por el bien de aquellos que no la tienen”.
Luis Martin-Cabrera –“La doble pedagogía del Imperio. Assata Shakur y Cuba
en la lista de terroristas más buscados”–
ha recordado las palabras que Shakur
escribió en una carta abierta dirigida al
Papa Juan Pablo II con motivo de su visita a Cuba en 1998 y a raíz de la petición
de extradición del gobierno de Estados
Unidos: “Me llamo Assata Shakur, nací y
me crié en los Estados Unidos. Soy descendiente de africanos secuestrados y
traídos a las Américas como esclavos.
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Pasé mi primera infancia en el sur racista y segregado. Más tarde me mudé al
norte del país y me di cuenta de que allí
los negros eran igualmente víctimas del
racismo y la opresión. Crecí y me transformé en una activista política, participé
en las luchas estudiantiles, en el movimiento contra la guerra y, sobre todo, en
el movimiento de liberación de los afroamericanos en Estados Unidos. Después
me afilié al Partido de las Panteras Negras, una organización que fue perseguida por el programa COINTELPRO, un
programa creado por el FBI para eliminar toda oposición a las políticas del
gobierno estadounidense, destrozar el
Movimiento de Liberación Negra en los
Estados Unidos, desacreditar a los activistas políticos y eliminar a sus potenciales líderes… En este momento creo
que es importante dejar algo muy claro”.
Lo que Shakur quiso dejar muy claro:
“He abogado y todavía abogo a favor de
cambios revolucionarios en la estructura
y los principios que gobiernan los Estados Unidos. Defiendo la autodeterminación de mi pueblo y de todos los pueblos
oprimidos dentro de los Estados Unidos.
Abogo por el final de la explotación capitalista, la abolición de las políticas racistas, la erradicación del sexismo y la eliminación de la represión política”. Añadió finalmente: “Si esto es un crimen,
soy totalmente culpable”.
Pero hay más. En 1979 Shakur escapó
de la prisión de Clinton, en New Jersey, y
recibió asilo político en 1984. La persecución siguió. En mayo de 2013 –¡2013!–
el FBI y el fiscal general del estado de
New Jersey han redoblado su agresión
situando a Assata Shakur en la lista de
los 10 terroristas más buscados. Ofrecían
1 millón de dólares hasta ese momento;
ofrecen ahora 2 millones de dólares por
su captura. Como en los viejos tiempos
del Oeste salvaje: “¡Se busca!”
¿Qué sentido tiene entonces, cuarenta
años después, colocar a Assata Shakur
Assata en su exilio cubano
en la lista de terroristas más buscadas?,
¿qué tipo de amenaza representa Shakur
para la seguridad de los Estados Unidos?, se ha preguntado Luis Martín-Cabrera. Su razonable respuesta: “creo que
en esta decisión hay una pedagogía doble del imperio, un mensaje hacia dentro y hacia fuera, una llamada de atención para paralizar los movimientos de
resistencia y emancipación en Estados
Unidos y en América Latina que pone en
el punto de mira y en una situación de
extrema vulnerabilidad a la activista
afroamericana.”
En 1984, como se apuntó, le fue concedido asilo político en una isla del Caribe. Allí sigue viviendo, allí escribió su
autobiografía. ¿Conjeturan el nombre de
la isla? Han acertado, el país donde también vivió Ernesto Guevara. Así describe
Shakur su llegada a la isla: “A medida que
el avión descendía sobre La Habana, el
corazón se me iba a salir del pecho. Me
dolía el estómago. La boca, seca como
una alpargata. Me pareció que salió un
millón de personas antes de que aquella
Libros
niña alta de ojos grandes bajara por la
rampa. Y ahí estaba mi madre [Un hermoso poema a ella dedicado puede leerse en las páginas 269-271], con aspecto
frágil pero decidido. Y mi tía detrás, con
aire triunfante. Habíamos pasado tanto… Nuestra lucha había comenzado en
un barco de esclavos incluso antes de
que naciéramos”. A Shakur le vino a su
cabeza “Venceremos”, su palabra favorita en castellano. “Diez millones de personas se habían enfrentado al monstruo,
diez millones de personas a menos de
ciento cincuenta kilómetros. Y aquí estábamos, mi pequeña familia, juntas de
nuevo en su tierra, abrazándonos después de tanto tiempo. No cabía duda, un
día nuestra gente sería libre. El mundo
no pertenecía a los cowboys y a los bandidos” (p. 375). Cuba, lo escribe así, es un
país de esperanza para ella. ¿Para quién
no?
Su abogado, Lennox S. Hinds, señala
en su presentación: “Os animo ya a que
entréis en el alma y el corazón de Assata
Shakur, quien a pesar de todo lo que le
ha sucedido, conserva su idealismo original y la confianza en que las personas
de principios pueden conseguir juntas el
cambo por el bien común de los pueblos
del mundo” (p. 22). Las hago mías, como
también hago mías –¿cómo si no?– sus
hermosas palabras de agradecimiento.
“Querida hermana, gracias por enviarnos tu voz tan vital y por compartir con
nosotros tu pasión y tu compromiso.
Mientras tanto, nosotros en esta sociedad tenemos que recordarnos una vez
más como ponemos en peligro nuestros
propios intereses y derechos cuando
condonamos con nuestro silencio el uso
por parte del gobierno de tácticas de
vigilancia, ataques contra la legitimidad
de los activistas políticos, y el uso del
Derecho criminal para suprimir y castigar la disidencia política.”
Salvador López Arnal
NEUROCIENCIAS Y FILOSOFÍA,
UN ENCUENTRO NECESARIO
ASALTO A LO MENTAL
NEUROCIENCIAS, CONSCIENCIA Y
LIBERTAD
F. Rodríguez , C. Diosdano y
J. Arana (eds.)
Biblioteca Nueva, Madrid, 2012. 240 págs.
Plantear un debate interdisciplinario
entre la filosofía y la ciencia contemporánea es necesario y posible. Falta hacerlo y
libros como éste son buenos pasos en
este sentido. Dicho esto y pasando al
contendido del libro he de decir que éste
me parece desigual. Hay buenos artículos, como el de Pedro Jesús Teruel, titulado “Unidad de la experiencia consciente
y coherencia cuántica”, que elabora además en el ingenioso formato del diálogo.
Otros menos brillantes y algunos prescindibles.
En conjunto me parece que falta un
hilo conductor porque aunque el tema
está centrado en la relación entre el cuerpo-cerebro y la mente, y más centrado
aún en los aspectos de la consciencia y la
libertad, me parece que en su conjunto
resulta algo confuso. El mismo título
(“Asalto a lo mental”) no acaba de clarificar nada, sino más bien lo contrario.
Tampoco hay una explicación preliminar
de por qué identificamos la consciencia y
la libertad con lo mental. Lo mental, la
conciencia y la libertad son tres temas
suficientemente importantes como para
ser tratados de manera específica. De
todas formas me parece que este tipo de
libros necesitan una reseña que intente
unificar más que diversificar. Por esta
razón, más que comentar los artículos de
manera independiente intentaré formular los problemas más interesantes que
aparecen en el libro y las soluciones que
se apunten.
El primero es el de las concepciones
dualistas y materialistas de la mente o
conciencia. Digo mente o conciencia porque a veces se identifican y otras veces se
entienden de manera diferente. Hay en
primer lugar las teorías dualistas, que son
muy variadas. Marcelino Rodriguez Donís, por ejemplo, intenta dar sentido al
dualismo cartesiano (tan defenestrado
por el prestigioso neurocientífico Antonio Damasio) y lo relaciona con otros
dualismos anteriores. El problema es que
el artículo tiene un sentido académico
que no acabo de ver que aporte demasiado al diálogo actual. Podemos explicarnos porqué Descartes afirmaba justificadamente en su época algunas cosas, pero
estas no son hoy actualizables. Más interesante es el artículo de Juan Arana, que
reivindica un dualismo no sustancialista.
Lo que deberíamos criticarle a Descartes
es plantear el cuerpo y la mente como
dos sustancias separadas, no como dos
realidades separadas. El yo (mente-consciencia) no es una realidad física porque
no es mecánica, dice, por lo cual no podemos considerarla como la parte de la
física, ni siquiera a nivel cuántico. Rela-
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Libros
cionar la plasticidad neuronal, que es,
ciertamente fundamental para entender
al hombre, con teorías espiritualistas
como las de Max Scheller o Victor Frankl,
como hace Concepción Diosdado en un
breve artículo, no me parece un buen camino porque es una mezcla confusa.
El tema de la libertad en Roger Penrose
es analizado por Kharim Gherab-Martín
de manera muy concisa pero apuntado a
una cuestión sugerente: que la mente, la
consciencia y la libertad pueden abordarse con un materialismo que no sea
computacional (mecánico, reducible a
un algoritmo) y que la explicación cuántica que da Penrose, siendo materialista y
determinista es suficientemente compleja como para integrar estos conceptos,
cosa que no puede hacer el determinismo mecanicista. Martín López Corredera
argumenta que los procesos mentales
están determinados y tienen una explicación física, por lo que somos un producto de la interacción del azar y de la necesidad. Francisco Rodríguez Valls se empeña, a mi modo de ver inútilmente, en
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darle una justificación evolucionista a la
conciencia, con lo cual caemos en un
teleologismo, el de pensar que cada cambio responde a una función.
El mejor desarrollo es el que plantea
Pedro Jesús Teruel, que da una orientación kantiana al problema, pero desde
las aportaciones de la mecánica cuántica. Se trata entonces de entender el mun do como una construcción humana, una
configuración desde el sujeto, es decir la
conciencia, entre los mundos posibles. El
sujeto es la condición de la experiencia y
por lo tanto no podemos hablar desde un
materialismo como causa del sujeto, es
decir de la conciencia. Hay aquí un enigma que es como el límite de lo que podemos analizar.
Héctor Velázquez Fernández elabora
una reflexión crítica sobre las contradicciones de John Searle, que plantea una
especie de dualismo no dualista. Los cerebros causan mentes y lo mental es lo
cerebral es una formulación contradictoria. En el intervalo entre los estados neuronales y la acción aparece lo que se ha lla-
mado el libre albedrío, que es donde aparecen los procesos mentales conscientes
(la intención, la decisión). Este intervalo es
el misterio y lo es por nuestra ignorancia.
Aunque niega el dualismo también lo hace
con lo que llama materialismos reduccionistas (funcionalistas, conductistas, mecanicistas). La cuestión queda abierta.
José Domingo Vilapalana Guerrero defiende el concepto naturalista de Daniel
Dennett en su concepción del sujeto, la
conciencia y la libertad. Para Dennett el
sujeto es el cuerpo (con su cerebro) y el
yo es una ficción construida desde el cerebro. Lo único que hay es un cuerpo con
cerebro capaz de aprender a distanciarse
de los estímulos (compara, razona, decide) a partir de esta ficción que ha construido como un yo y al que consideramos
agente de nuestras acciones.
Muchos son los temas y los problemas.
El libro, como decía, tiene sus limitaciones, pero aún así es una aportación y
como tal la hemos de valorar.
Luis Roca Jusmet
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