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Programa de
Orientación Familiar
Preadolescencia
Curso de Orientación Familiar
“Preadolescencia”
Apreciados participantes a este Curso de Orientación Familiar:
Nos satisface haceros llegar el material que iréis utilizando en las diferentes sesiones de este curso. En
esta carpeta encontraréis unos casos prácticos, de situaciones familiares que tendréis que estudiar y
debatir y unas notas técnicas que os servirán para profundizar en temas educativos y en otros
aspectos de la vida familiar.
Para que el curso os ayude realmente a mejorar vuestra tarea educativa, es fundamental que
preparéis bien estos Casos. Se comienza con la lectura individual seguida de un contraste
matrimonial. Esto puede suponeros entre 20 y 30 minutos.
En la sesión inaugural os propondremos un plan de trabajo que exige mantener unas reuniones de
equipo. Éstas consisten en mantener un intercambio de opiniones, en grupos de cuatro o cinco
matrimonios, para discutir los casos y los temas que se sugieren.
Es conveniente que dicha reunión se realice unos días antes de la sesión general, y a ser posible, de
forma rotativa, en las casas de los integrantes del grupo. Teniendo especial cuidado en que no duren
más de 60 minutos.
La riqueza de ese trabajo de equipo, se justifica y se apoya en que cada uno de los participantes
comente desde su perspectiva; escuche, piense, sepa decir, se sensibilice, discuta, plantee, pregunte,
sugiera y sobre todo elabore y aprenda. Se trata de una magnífica oportunidad para contrastar
nuestros criterios educativos.
La reunión de equipo no suple el estudio individual o matrimonial y no pretende consensuar
respuestas colectivas ni hacer declaraciones corporativas para la Sesiones Generales. En las reuniones
de equipo no se resuelve el caso.
En la sesión general se reunirán todos los equipos, enriqueciendo considerablemente la discusión.
Esta sesión estará dirigida por un moderador que ayudará a los participantes a resolver el caso
encontrando unas posibles soluciones y culminará brevemente con unas conclusiones, dando unos
criterios básicos sobre el tema de la sesión.
Para el buen funcionamiento del Curso, los moderadores/as de las sesiones generales empezarán
puntualmente, siguiendo el temario indicado en el plan del Curso e intentando no sobrepasar los 90
minutos de duración en sus sesiones.
Recibid nuestro más cordial saludo
© IFFD 2013
Preadolescencia Carta introductoria
Página: 1 de 1
Programa de Orientación Familiar: Preadolescencia
SESIÓN
TEMA
TÍTULO DEL DOCUMENTO
Caso
Cariño, los niños están creciendo muy deprisa
Cambios y alteraciones en torno a la pubertad
01
La etapa preadolescente
Nota
Anexo 1: Resumen global del Programa
Anexo 2: Si pudiera… un hijo/a preadolescente
te diría…
02
03
04
05
06
07
08
© IFFD 2013
Carácter,
valores
Estudios e
ambiente
personalidad
influencia
y
Caso
¡Qué diferentes son!
Nota
Carácter, personalidad y valores
Caso
No sirvo para estudiar… me aburre
Nota
Influencia del ambiente y la adquisición de
hábitos de estudio
Caso
A su aire
Nota
Autoridad y autonomía
Caso
El verano de Álex
Nota
La idea de servicio y la vida de piedad de los
hijos
Caso
¿Salgo?… ¿o me conecto?
Nota
La conquista de la autonomía y las nuevas
tecnologías
Caso
Carlos y Marta
Nota
Valor del cuerpo: masculinidad y feminidad
Caso
Ya no sé si nos queremos
Nota
Diálogo para superar las crisis conyugales
del
Autoridad y autonomía
Sentimiento espiritual
Primeras salidas y nuevas
tecnologías
Identidad sexual
Convivencia conyugal
Preadolescencia Índice
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Cariño, los niños están creciendo muy deprisa…
Los Martín son una familia jovial y divertida. Fernando trabaja de contable en una pequeña empresa
de materiales eléctricos, con jornadas de trabajo muy largas, y María, su esposa, es profesora en un
Instituto. Tienen 3 hijos: Esther, de 14 años, Álvaro, de 12, y Mercedes, de 10. Las cosas en casa
funcionan más o menos bien, el clima es de sosiego y suelen dialogar mucho con sus hijos. De hecho
en muchas ocasiones se han sentido orgullosos de cómo les han ido saliendo las cosas con relación a
la educación de sus hijos. Sus amigos siempre les dicen que han tenido “mucha suerte”, que tienen
unos niños muy majos y bien educados.
No obstante, este verano se han empezado a complicar las cosas: mucho tiempo en los ordenadores,
mucha televisión, discusiones por las salidas, amigos nuevos y, a la hora de obedecer, han aparecido
notables dificultades.
—Cariño, tenemos que hablar con los chicos, el verano ya termina y ahora hay que volver a la
normalidad —dice María.
—No te preocupes, ya verás cómo cuando tengan otra vez horarios y rutinas todo volverá a su
cauce. Lo que me preocupa es que te puedas sentir desbordada, con tu mayor dedicación al trabajo,
por esas clases añadidas de la ESO; lo de Primaria lo tenías muy controlado.
—Cariño, ya lo hablamos, la mejora del sueldo es considerable y las cosas no están fáciles.
La tarde ha sido movida. Al llegar María a casa antes de lo previsto, se ha encontrado a Álvaro
conectado a internet, a Mercedes viendo la tele, y Esther, la mayor, que estaba encargada de vigilar a
sus hermanos, no estaba.
—Hola, chicos, pero… ¿qué pasa aquí…? Y, vuestra hermana, ¿dónde está? —les pregunta María.
—Ha bajado un momento al parque, a ver a sus amigas… pero vendrá pronto, iba a llegar antes
de que estuvieras en casa. Pero no le digas que te lo he dicho. A Merche le he puesto la tele porque
no paraba de molestarme y no me dejaba jugar con el ordenador. Pero no te preocupes, le he dado
de merendar y ya ha hecho los deberes —le dice Álvaro.
Cuando María iba a contestar a Álvaro les interrumpe el timbre de la puerta; la madre abre, y aparece
su hija Esther.
—Hola, mamá, qué bien hoy hayas llegado pronto —le dice Esther.
—Señorita, ¿se puede saber de dónde vienes? —replica su madre.
—Mamá, tranquila, he bajado un momento a merendar con mis amigas. ¡Despierta, mami! ¡Ya soy
mayor!
—Con esta conducta poco lo demuestras; estás castigada sin salir, cuando llegue tu padre
hablaremos, ahora ¡vete a tu habitación!
—No tienes razón, qué injusta eres —replica Esther mientras va a su habitación.
—¡Y tú, apaga el ordenador, y tú, la tele! —les dice a Álvaro y a Mercedes.
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Preadolescencia Sesión La etapa preadolescente Caso
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Esa noche la cena es algo tensa. Papá iba a llegar tarde, pues tenía que cerrar unas cuentas del
trabajo. María da de cenar a los niños, que están enfadados y encima se han peleado y se han
quejado de la cena.
Fernando llega a su casa, tarde y cansado, y se encuentra a María esperándole con la cena puesta en
la cocina.
—Pero cielo, ¿por qué me has esperado?, te dije que llegaría tarde —le dice Fernando.
—Tenemos que hablar de los chicos, cariño.
—Estoy muy cansado, ¿qué ha pasado?… Cuéntame.
María le hace un detallado relato de las situaciones de la tarde y la cena:
—Esther ha salido con sus nuevas amigas sin pedir permiso, Álvaro está enganchado al
ordenador, y Merche, como siga así, copiará todo lo malo de sus hermanos.
—No exageres, cariño, los niños están creciendo muy deprisa y eso te agobia.
—Me contestan y no me obedecen —le replica María.
—No te preocupes, siempre hemos dialogado con ellos y ha ido bien, son buenos chicos. Lo que
pasa es que están creciendo. Hay que ir dándoles poco a poco libertad, que se responsabilicen de sus
actos, se aprende de los errores, amor.
Sin contestarle nada, María piensa para sus adentros:
«Qué fácil lo ves tú».
Cenan comentando las dificultades del despacho y de los alumnos de María y, al acostarse, ella vuelve
a la carga:
—Fernando, los chicos se pelean por todo, siempre hay quejas por lo que toca comer, nunca
tienen bastante, y si les dices algo, Álvaro siempre contesta con gritos o de malos modos. Se le está
contagiando a él, ahora, el «pavo» de Esther. Ya hacía meses que estaba en esta etapa, pero este
verano, con sus nuevas amigas, se ha desorientado demasiado. ¡Con lo orgullosa que yo estaba de lo
majos y equilibrados que se les veía hasta ahora! ¡Porque, si él está difícil, mucho más lo está ella! No
hay forma de que eche una mano. En cualquier cosa o plan que proponga siempre hay alguna queja…
Y con la ropa... ¡eso ya es el colmo!, no hay forma de que nos pongamos de acuerdo nunca: todo le
aprieta o es horroroso, y, ¡claro!, ¡yo soy la intransigente o la anticuada! Y me da miedo que Merche
siga sus malos pasos de ahora.
—A dormir, cielo, mañana será otro día y verás las cosas con mayor tranquilidad; no te
preocupes, hablaré con ellos.
A la mañana siguiente, Fernando aprovecha el trayecto de coche, mientras la lleva al instituto, para
hablar con su hija Esther.
—¿Qué está pasando, cariño? Mamá está muy enfadada contigo.
—Mamá no me entiende, papi. Me he hecho mayor —dice Esther.
—Pues demuéstraselo, ayúdala en casa y ocúpate más de la peque.
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Preadolescencia Sesión La etapa preadolescente Caso
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—Sí, papi, tranquilo. Sigo siendo tu «niña», no te preocupes. Por cierto, el sábado por la tarde
Maribel hace una fiesta, bueno, una «merienda» de cumpleaños (sonríe pícaramente) con los chicos
del Instituto. Podré ir, ¿verdad, papi?
—Gánatelo, ya hablaré con mamá.
Al mediodía Fernando llama a su mujer para comentarle su conversación con Esther.
—La encontré muy comunicativa y simpática. No te preocupes, se ha comprometido conmigo a
ayudarte en casa. Hablaré con Álvaro y ya verás cómo también lo entiende...
María se queda pensativa; en el fondo cree que, una vez más, Esther ha convencido a su padre. ¡Por
qué será todo tan difícil! ¿Será verdad que están creciendo muy deprisa…?
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Preadolescencia Sesión La etapa preadolescente Caso
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Cambios y alteraciones en torno a la pubertad
El desarrollo psicológico y somático de la vida de los hombres y las mujeres está marcado por una
serie de períodos de maduración. Algunos de estos espacios, etapas o estadios son muy llamativos
por las repercusiones externas que producen, otros, sin embargo, son cambios menos perceptibles,
aunque pueden estar llenos de tensiones y desasosiegos interiores, y otros se caracterizan por ser
épocas especialmente tranquilas, en las que se crece lenta y profundamente, pero sin que se note.
Son esas etapas que, en el lenguaje psicopedagógico, se conocen como «períodos de rentas».
Unas y otros se van alternando a lo largo de nuestra vida y parece ser que el buen acabamiento de
cada uno de estos periodos permite afrontar con éxito el siguiente. Pasar y superar estas etapas
desarrollando en ellas las capacidades que le son propias supone afrontar con seguridad de éxito el
siguiente paso de nuestro proceso de maduración. Uno de esos periodos, que al principio es poco
perceptible, pero que acaba siendo de los más notorios, es el de la Preadolescencia.
La Preadolescencia
Este corto pero complejo periodo de desarrollo viene precedido por los últimos años de la infancia,
que es la que venimos llamando etapa de las Primeras Decisiones. Esta etapa es digna de resaltar por
lo encantadora que resulta, sobre todo para los padres y los educadores. Se sitúa en torno a los diez
años y los niños y las niñas que hace un año —hacia los nueve— estaban primordialmente
preocupados por reafirmar y reorganizar su propia individualidad, lo que producía leves vaivenes en
sus comportamientos, han pasado ahora a una etapa de auténtico equilibrio y estabilidad, donde se
sedimenta todo lo vivido y experimentado en la última fase infantil.
La impresión externa de estos niños y niñas es de armonía y de tranquilidad. Las personas que les
rodean disfrutan con su compañía y con el trato que de ellos reciben, normalmente están alegres y
son bastante voluntariosos, disfrutan con todos sus logros y se sienten bastante seguros de sí
mismos. Ahora bien, como todo lo bueno, eso se acaba rápido y, hacia los 10 años y medio las chicas,
y los 11 y medio, aproximadamente, los chicos, empiezan a experimentar en su interior una serie de
sensaciones y agitaciones que les introducen en esta nueva etapa, que durará unos dos años
aproximadamente y que llamamos preadolescencia.
Esta etapa comienza en momentos diferentes para cada uno, pero un poco antes de que se
desencadenen determinados cambios de orden psicosomático que, de forma notable, les harán
percibir que están creciendo. Se romperá entonces ese equilibrio y esa armonía que, hasta ahora,
estaban teniendo y se encontrarán en esa fase que la psicología llama pubertad.
Serán varios los factores —de tipo genético, ambiental, familiar, etc.— que provoquen que esta etapa
empiece unos meses antes o después, pero, por la importancia y repercusión posterior que tiene, es
completamente necesario que los padres estemos especialmente atentos para poder acompañarles
con delicadeza y eficacia en todos esos cambios que van a experimentar.
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Preadolescencia Sesión La etapa preadolescente Nota técnica
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La pubertad
La pubertad es la fase del crecimiento humano durante la cual los órganos reproductores del hombre
y la mujer se hacen funcionalmente activos. Para que eso se alcance son necesarios una serie de
cambios psicosomáticos que desembocan en la madurez sexual. Este proceso, que incluye momentos
muy significativos desde el punto de vista biológico (se tratará en notas técnicas posteriores), tiene
repercusiones psicológicas y pedagógicas que pueden durar de entre uno y medio a dos años.
Los niños y niñas de esta etapa se encuentran en una apasionante fase de su desarrollo que, siendo
muy compleja y atrayente para ellos, no es tan agradable para las personas que les rodean, ni para
sus padres, ya que su estado emocional se torna voluble, cambiante y, en muchas ocasiones,
incontrolable. Se trata de un período en el que dejan de ser niños para pasar a convertirse en
preadolescentes, y, en algunas cosas, incluso casi adultos. Eso conlleva una serie de dificultades de
orden interno que, unidas a las agresivas influencias externas de hoy en día, hacen que esta sea una
de las fases más complicadas, del desarrollo de niños y niñas.
Algunas características fisiológicas:
Médicos por un lado y psicólogos por otro establecen diferentes períodos de duración para la
pubertad, entendida como los cambios psicosomáticos que se producen en esta etapa: unos nos dicen
que se produce en unos días, otros que a lo largo de un año y medio. Aquí designamos con este
nombre de preadolescencia a toda la etapa, desde que aparecen los primeros síntomas hasta que se
han superado todas las repercusiones psicológicas que dichos cambios provocan, de tal forma que
podemos decir que:
La Preadolescencia es la etapa en la que los niños y las niñas dejan de ser tales, para convertirse,
desde el punto de vista biológico, en adultos, y, psicológicamente, en adolescentes.
Una de las características más notables de esta etapa se centra en el descubrimiento del propio
cuerpo como vehículo del ser personal, las grandes transformaciones corporales que notan en sí
mismos; el crecimiento de los órganos genitales, la aparición del vello, los cambios de voz, etc.,
vienen a ser realidades sentidas como consecuencia de su masculinidad y de su feminidad y, por
tanto, empiezan ahora a tomar conciencia de ellas.
Otra característica de esta etapa es el hambre tan voraz que les entra. Eso, además de hacerles
crecer de semana en semana, puede favorecer que, a partir de este momento, se produzcan visitas
continuas a la nevera, más que por necesidad real, por capricho o para saciar su ansia. A este
respecto es conveniente que, sobre todo las madres, eviten ponerse tajantes por esos
comportamientos. Con habilidad, hay que convencerles de tener buenos hábitos alimentarios, para no
caer en las dependencias de las bulimias, o, más tarde, en las de las anorexias. Y aunque en esos
momentos cueste aceptar el desorden alimenticio, no se deben perder los nervios ni ver sus
conductas como posibles actitudes de egoísmo o de poco control.
Otro rasgo relacionado con su crecimiento corporal, que les hace tener extrañas conductas, es la
cambiante y contradictoria sensación de frío o de calor que experimentan. Tan pronto se abrigan en
verano, como quieren ir en manga corta en invierno. Estas formas de actuar están relacionadas con
las reacciones y los mecanismos funcionales que se están produciendo en su organismo. Así mismo,
alternan momentos de gran vitalidad con otros de gran cansancio y agotamiento. Una consecuencia
inmediata de todo esto es ver cómo la ropa se les queda pequeña de un mes para otro.
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Preadolescencia Sesión La etapa preadolescente Nota técnica
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Su autoimagen y su mundo emocional
Durante este período gustan de estar solos en algunas ocasiones. Les atrae notablemente encerrarse
en su cuarto y, sobre todo, en el cuarto de baño, donde se observan continuamente, mirándose una y
otra vez en el espejo y descubriendo sus gestos, sus peinados y sus atuendos más propios. (Esto sí,
esto no, aquello es una porquería, esto es «chulo» pero me queda fatal...). Una y otra vez buscan lo
más conveniente para su recién descubierta personalidad, empezándose a formar en ellos un espíritu
de independencia que marcará sus conductas y sus comportamientos en los meses siguientes.
Es en la preadolescencia cuando las emociones crecen, son frecuentes y les afectan, entendiendo por
emociones los estados de ánimo que les hacen aparecer agitados y exaltados en momentos
puntuales.
Hay quien piensa que esos frecuentes cambios de ánimo provienen de influencias externas, pero no
es así. Suelen provenir de las sensaciones que se dan dentro del infante, que ahora ya es un
preadolescente, y que le producen desasosiegos, inquietudes e incluso miedos que se reflejan en
rápidos y evidentes cambios en su estado de ánimo.
Muchas de sus respuestas emocionales pueden provenir de su temperamento personal, que además
se hace ahora más notorio y refleja las pautas educativas seguidas con él o con ella durante los
últimos años. No obstante, por encima de todos esos profundos rasgos emocionales, e
impregnándolos todos, se observan patrones de conducta de naturaleza intrínseca que son iguales
para los chicos y las chicas que se encuentran en un similar nivel de madurez (1). Esto nos permite
tener el convencimiento de que podemos seguir educando con eficacia a nuestros hijos
preadolescentes, pues se conocen bastante bien muchos de los rasgos y de las alteraciones
fisiológicas que van a «sufrir» en esta etapa.
Sus virtudes y sus valores
En el campo de los valores, interiorizan y viven muchos de ellos, gracias al equilibrio interior en el que
se han mantenido durante los dos o tres años pasados. Uno de los valores que vive el preadolescente
con más exigencia es el del compañerismo. El grupo de amigos se sigue creando por lazos
espontáneos, ya que todavía no son capaces de ver con claridad la conveniencia o no de algunos
amigos. Es la edad del grupo espontáneo por excelencia. Se trata normalmente de grupos de amigos
del mismo sexo, en los que habitualmente manda el líder natural. Es un grupo que solamente en
bloque es capaz de enfrentarse a las normas impuestas por los adultos. Es en esta edad cuando, en el
grupo, se producen duras exclusiones de compañeros o compañeras, si el líder lo promueve. En este
período suele existir un rechazo encubierto al sexo opuesto, ya que los intereses de unos y otras son
claramente dispares.
Además, suelen tener un profundo respeto por la propiedad ajena y, sobre todo, por la propia; ahora
bien, eso no impide que luego, a consecuencia de su desequilibrio afectivo, todas aquellas cosas que
aparezcan por casa o fuera de ella, sin dueño, puedan pasar a engrosar los artículos inservibles que
guardan.
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Preadolescencia Sesión La etapa preadolescente Nota técnica
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A esta edad se encuentran preparados para adquirir las virtudes de la generosidad, de la reciedumbre
y de la responsabilidad y, por supuesto, para consolidar sus hábitos de estudio, como parte
importante de la virtud de la laboriosidad.
A partir de los once años, la inteligencia de los niños y las niñas funciona de modo más dinámico y
abierto, y aunque los conocimientos escolares no son lo que más les atrae, están ahora en disposición
de adquirir métodos y hábitos de estudio, pues una de las cosas que más les ayudan en sus
desequilibrios emocionales es la sistematización, la regularidad de sus acciones y la monotonía de las
cosas que irremediablemente hay que hacer. Y, al mismo tiempo, a esta edad les suele atraer todo lo
que requiera iniciativa y creatividad (2).
Sus relaciones familiares
Por último, hemos de referirnos a sus intereses afectivos haciendo constar que:
Durante esta etapa los hijos... y las hijas, necesitan, mucho, tener cerca la figura paterna.
Por supuesto seguirán necesitando los cuidados y afectos maternales, pero ahora toman
preponderancia las actuaciones paternas, y no solo por contraste o por necesidad de modelo, sino
porque necesitan la simplicidad y la racionalidad paternas para poder soslayar mejor su incontrolable
inestabilidad afectiva. Es ahora cuando se hace completamente necesario el ejercicio de una autoridad
ponderada y razonable, pero firme.
Ahora los padres han de ser hábiles y sutiles en la imposición de las normas y en la exigencia de
actitudes y comportamientos; se han de exigir pocas cosas, pero con mucha firmeza.
Para eso, en este momento es muy necesaria la comunicación conyugal. Es tan o más grave la falta
de coordinación conyugal, como el autoritarismo riguroso, o el permisivismo despreocupado. La falta
de entendimiento de los padres en «pequeñas tonterías» hace que ellos se sientan incómodos y
prefieran desobedecer o encerrarse en su soledad. Solo con buenos acuerdos entre los padres se
pueden evitar rebeldías inconscientes que conducen al distanciamiento y, posteriormente, a la
desunión y al aislamiento, cuando no a la ruptura.
Aún siguen manteniendo un profundo respeto por sus abuelos, a los que ven con peso histórico y
experiencia de la vida; aunque se vuelven insolentes con ellos cuando éstos pretenden marcar pautas
de conducta, que ahora sólo aceptan de sus padres. En estas edades es necesario dar razones,
principalmente porque las necesitan, para asumir las normas impuestas.
Muchos de los conflictos o de las indecisiones, o de las decisiones mal tomadas, que emprenden los
preadolescentes, tienen sus raíces en los ambientes crispados que se viven en sus hogares.
Saber estar en casa y educar a los hijos con ciertas garantías de eficacia supone declarar la guerra al
nerviosismo y a la intransigencia. Hay que buscar por todos los medios la paz, el sosiego y el buen
humor en los hogares con hijos preadolescentes (3). Ellos necesitan a toda costa grandes dosis de
comprensión y cariño para encontrar los caminos hacia su madurez.
© IFFD 2013
Preadolescencia Sesión La etapa preadolescente Nota técnica
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Resumen global programa “Preadolescentes”
Este programa de “Preadolescencia” nos enseña que los hijos:
 Se encuentran en torno a la pubertad: Nuevo período de maduración que genera crisis.
 Padecen y soportan grandes cambios psicosomáticos.
 Dan al cuerpo y a su imagen una gran importancia.
 Sufren perturbaciones en su mundo íntimo y su sensibilidad:
•
Se empiezan a encerrar en sí mismos.
•
Tienen respuestas desproporcionadas.
•
Alteran a veces sus conductas habituales.
•
Provocan, sin querer, algunos enfrentamientos.
•
Les afecta cualquier cosa, sin que ellos mismos se lo expliquen.
El Programa propone como objetivos educativos:
 Explotar la figura paterna: simplicidad y racionalidad
 Dialogar: Escuchar, explicar… y razonar mucho.
 Exigir con firmeza, pero en pocas cosas.
 Buscar unidad de criterio matrimonial.
 Ayudarles a encontrar su identidad.
 Mucha atención y comprensión.
 Hablarles de virtudes como: Responsabilidad / respeto / esfuerzo / estudio.
 Mantener constantemente gran sentido del humor.
 Y sobre todo… ¡Paciencia! ¡Las crisis son necesarias para crecer!
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Preadolescencia Sesión La etapa preadolescente Anexo 1
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Si pudiera… un hijo/a preadolescente te diría…

No me grites. Te respeto, pero me cuesta hacerlo cuando me chillas.

No me des todo lo que pida. Muchas veces pido por pedir y para saber hasta dónde puedo llegar y
hasta dónde me vas a dar.

Déjame valerme por mí mismo. Si tú me lo das todo hecho, nunca aprenderé.

No me compares con nadie, especialmente con mis hermanos. Si me ensalzas, el otro sufrirá. Si me
haces de menos, quien sufre soy yo.

No me corrijas en público. No soporto que todo el mundo se entere.

No me des simples órdenes. Sé que estoy difícil, pero si me pidieras las cosas en vez de
ordenármelas, yo las haría antes y de mejor gana.

No cambies de opinión sobre lo que debo hacer. Mantén tu decisión.

Y cumple tus promesas, tanto si son buenas como si son malas. Si me prometes un permiso, dámelo.
…Y si es un castigo, también.

Cuando haga algo mal, no me fuerces a que te explique el porqué, lo he hecho y, a veces, ni yo
mismo sé por qué.

No mientas delante de mí. Y tampoco me pidas que mienta yo por ti.

Cuando estés equivocado en algo, admítelo y crecerá mi estima por ti; además, así, aprenderé a
admitir mis equivocaciones.

No me pidas que haga cosas que no estén a mi alcance. Aprenderé a hacer lo que tú hagas, aunque
no me lo digas.

Cuando te cuente mis pequeños problemas no me digas: “¡Eso no tiene importancia!”. Trata de
atenderme, comprenderme y ayudarme.

Aunque tú no lo creas necesario, necesito oírte decir que me quieres.
© IFFD 2013
Preadolescencia Sesión La etapa preadolescente Anexo 2
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¡Qué diferentes son!
—Marta, ¿todavía no has acabado los deberes? Tus hermanos ya han sacado tiempo para leer y
jugar y, tú,... ¡hija, que lenta eres! A ver, deja que te los mire... Mira, hay muchos despistes: ¿no
puedes estar más atenta? Corrige esas cuentas y date prisa, que no son horas ya. ¡Es que parece
mentira que sean hermanos! —comenta Alberto a Teresa—. Todos los días igual, no acaba de hacer
los deberes. Es que no le gusta estudiar, es una vaga...
—No te pongas así, que no va tan mal. Es despistada e imaginativa y, si no acaba pronto, es
igual.
Alberto y Teresa tienen tres hijos: Nuria, de 15 años; Fernando, de 12, y Marta, de 10. Nuria es muy
trabajadora y responsable; apenas ha sido niña. Casi siempre ha tenido razonamiento de persona
adulta, sabe distanciarse de las cosas y en sus intereses coincidía con su padre: le gustan los deportes
y los juegos en los que cuenta la destreza y la rapidez intelectual. Parece incansable: las tareas le
duran poco en las manos, enseguida termina y quiere más. Es una gran deportista y está
acostumbrada a que le cuelguen medallas en todo.
Fernando es un torbellino; dispara antes de apuntar, lo cual le lleva a estar siempre en el centro de
todos los conflictos, tanto en casa como en el cole: se pega con los compañeros y discute con los
profesores, aunque luego, como es de buena pasta, se reconcilia enseguida y tiene cientos de amigos.
Sus notas son muy irregulares: se nota el profesor que le cae bien y el que no; por eso hay
sobresalientes y suspensos. Al final siempre lo saca todo, por eso Alberto no se preocupa de los
altibajos.
Marta, la pequeña, es el problema. Está en las nubes, habla poco y le cunde muy poco el tiempo. Es
rencorosilla y se guarda las ofensas en la lista negra. Parece no importarle que los demás acaben
antes y triunfen. Alberto le pone a su hermana como ejemplo, pero ella, a lo suyo. En natación no se
esfuerza y, aunque sus hermanos ya tienen varias medallas, ella se lo toma con calma y le da igual no
llegar la primera. En el cole las notas son aceptables, pero no destaca en nada.
—Acabará como tu hermano, un perfecto inútil —repite Alberto a Teresa cuando Marta ha
conseguido una vez más sacarlo de sus casillas.
En una entrevista con la tutora de Marta, Alberto se muestra preocupado. ¿Por qué les ha salido esta
así? Rocío, la profesora, les habla muy bien de Marta: se preocupa de sus amigas, es creativa.
—Conoces bien a mi hija —espeta Alberto a Rocío—. Como es una mosquita muerta y no arma
jaleo, no te da problemas, ¿no? Pues yo no me conformo con que sea del montón. Tal y como están
las cosas en la vida, o eres el primero o no tienes nada que hacer. Marta es muy perezosa y no tiene
iniciativa. Tú también has tenido a Nuria y menuda diferencia, ¿no?
—Sí, conozco bien a Nuria y, desde luego, no se las puede comparar, pero...
© IFFD 2013
Preadolescencia Sesión Carácter, personalidad y valores Caso
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—Menos mal que empezamos a entendernos —dice Alberto, cortando a Rocío y sonriéndose—.
Pues eso quiero yo de Marta. Hay que poner manos a la obra; como es la más pequeña, Tere la tiene
muy protegida. Pero esto se ha acabado. Desde hoy quiero que le apretemos los tornillos. Cuento
contigo para ello.
Alberto salió muy contento de la entrevista. Teresa estaba algo enfadada.
—No sé porqué te empeñas en hacer dos equipos en casa: los triunfadores, entre los que estáis
tú y los mayores, y el resto de “perfectos inútiles”. Creo que se te notan demasiado las preferencias.
Yo no protejo en exceso a Marta; le exijo, pero no con tus modos. Hay gente que no funciona cuando
le gritan, se atasca. La verdad es que se te nota mucho tu preferencia por Nuria —dice Teresa, que
pocas veces pierde los nervios.
—Qué bobadas, solo me falta oír que no quiero a Marta.
—No es eso, Alberto, por supuesto que la quieres, pero no os lleváis bien, no conectas con ella, te
desespera —dice Teresa—. La castigas más que a sus hermanos y la humillas en público.
—No la humillo, quiero que se pique y saque el genio.
Como la situación es algo tensa, Tere intenta conciliar.
—Me parece que no es bueno comparar a los hijos. Tenemos tres hijos, pero cada uno de ellos
tiene solo un padre y una madre. Hay que conectar con cada uno de ellos. Creo que lo más difícil al
educar es aceptar cómo es el otro. Marta te dará muchas satisfacciones, porque tiene muchas
capacidades. Creo que tienes que tener más paciencia con ella para conocerla. ¿Por qué no lo
piensas? Intenta verla sin compararla.
Alberto permaneció todo el camino en silencio. Estaba desconcertado. Teresa y Rocío veían las cosas
de forma diametralmente opuesta a él.
A la semana de esta conversación, Alberto sufrió un pequeño accidente, un esguince de tobillo. El
médico le recomendó unos días de reposo. Fue una experiencia muy dura para él: dependía de su
familia para casi todo. La inactividad le sacaba de quicio, pero ¡qué remedio!
Ya que debido a su trabajo nunca estaba por las tardes en casa, durante estos días se convirtió en un
observador de primer orden de la rutina hogareña. Los primeros días papá recibió mimos de todos. En
cuanto llegaban del colegio, los niños merendaban. Nuria acababa enseguida y se encerraba a cal y
canto en la habitación que compartía con Marta. Fernando se enganchaba a la videoconsola. Marta
merendaba hablando con Teresa. Desde la habitación se oían risas. A Marta le costaba ponerse a
estudiar. Cuando entraba en la habitación, Nuria la recibía con enfado y riñéndola. Para poner paz
alguna vez intervenía Teresa, pero Nuria era difícil de callar:
—¡Estaba estudiando y Marta no hace más que interrumpirme! ¿Por qué no coge todas sus cosas
de una sola vez y me deja en paz?
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Marta se ponía a estudiar en el salón. Si sonaba el teléfono era ella la que lo cogía. Si Teresa tenía
alguna urgencia, era ella la que bajaba para hacer la compra de emergencia: después de cada
interrupción le costaba volver a sentarse, pero lo hacía. Si pasaba cerca de Alberto siempre le hacía
algún mimo o carantoña.
Una tarde Alberto le pidió a Marta su tarea, para ver cómo la había hecho. Marta puso cara de pánico
y a Alberto le dolió. Aunque había algún error, Alberto la felicitó por su cuidada presentación. Luego,
con mucho tacto, le hizo ver que se había equivocado en alguna cosilla. A Marta no le costó nada
borrar los errores y luego le dio un sonoro beso a su padre.
Esa noche, cuando ya todos dormían, Alberto recordaba aún la anécdota, pensando si, después de
todo, no tendrían algo de razón Teresa y Rocío...
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Carácter, personalidad y valores
1. Personalidad y carácter
Si definimos personalidad como la incidencia del sujeto en la manifestación y evolución de su propio
carácter, advertiremos que es en la preadolescencia donde se empieza a consolidar ese proceso. Si
esta etapa se entiende como el comienzo del puente que se tiende entre la niñez y la juventud o la
madurez, nos será fácil entender que personalidad y adolescencia son dos aspectos del desarrollo
humano que discurren en mutua dependencia.
Durante la preadolescencia y la adolescencia, los hijos van marcando una nueva forma de enfocar sus
relaciones con las demás personas de su entorno: padres, hermanos, amigos, profesores, etc.
Empiezan a definir así un nuevo marco de relación y a manifestar los primeros rasgos de su naciente
personalidad. Pero, para ser más eficaces en ese empleo, alguien ha de decirles cómo son, y ellos
tendrán que ir reconociendo las virtudes y las carencias de su propio carácter y las posibilidades de
que disponen, para irse forjando una personalidad, distinta de las demás. Después, mediante el
ejercicio de su libertad y manteniéndose firmes en los valores que hayan conquistando, conseguirán
conformar esa personalidad que todo ser humano, desde la preadolescencia, debe aprender a
construir.
Pero, para decirles a los hijos cómo son, tendremos que recordar y repasar lo que se estudió en los
anteriores programas de orientación familiar sobre los diferentes tipos de caracteres. Cada hijo es más
o menos clasificable en algunos de los caracteres que hace ya algunos años establecieron unos
cuantos psicólogos estudiosos del temperamento y el carácter1.
2. Antes que nada, prudencia
Está claro que hablar de educación del carácter no es un tema fácil, pues, además de la complejidad y
de la variabilidad que tiene el ser humano, no se trata de un tema matemático de aplicación
automática. No existen caracteres puros, pero cada uno de nuestros hijos puede clasificarse dentro de
algunos de esos caracteres y, desde el punto de vista pedagógico, eso ayuda mucho, pues te indica
qué conductas puede ser conveniente adoptar con ellos y cuáles serían poco aconsejables o
contraproducentes.
Ahora bien, antes de recordar los rasgos de las diferentes tipologías, conviene tener siempre
presentes los siguientes planteamientos:
1.- Cada hijo es diferente y, aunque existan rasgos parecidos o similares entre padres e hijos, nunca
deben hacerse comparaciones, ni buscar las mismas respuestas para tipologías semejantes. Cada ser
humano es irrepetible y siempre al final deberán ser ellos los que formen su propia personalidad y
cojan, aunque por ahora sea con nuestra ayuda, las riendas de su vida.
1
René Le Senne; Traité de caractérologie. Presses Universitaires de France, 1957.
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2.- No se puede pretender solucionar a corto plazo acostumbramientos o hábitos que han ido echando
raíces desde la infancia. Y es necesario saber que los rasgos de nuestro temperamento, en un gran
porcentaje, son genéticos, con lo que pretender cambiarlos es una lucha inútil que choca con el
método educativo que se pretende aplicar al analizar el carácter.
3.- Al estudiar el carácter de los hijos no pretendemos en ningún modo cambiar alguno de los rasgos
de su temperamento, sino conocerlos, para encauzarlos y modificarlos de tal forma que proyecten un
«buen carácter», base fundamental de una personalidad firme.
4.- Analizar su carácter en función del nuestro puede ser una manera de advertir que no son tan
graves algunos de los rasgos que descubrimos. Pero la mejor forma de analizar bien el suyo será
hacerlo fríamente, sin dejarse llevar por la precipitación o por el subjetivismo.
Para conocernos mejor y poder ayudar a conocer el carácter de nuestros hijos, damos ahora una
clasificación de ocho posibles caracteres. Incluimos también un sencillo test que ayuda a asignar
nuestros rasgos temperamentales a uno de esos ocho tipos. Ha de tenerse en cuenta que lo
importante no es conocer los rasgos del temperamento de cada persona, sino cómo estos condicionan
nuestras formas de actuar y cómo determinan nuestras relaciones con los demás.
3. Los ocho caracteres
De la combinación de los tres ejes de conducta: emotividad (que da lugar a los emotivos y a los noemotivos), actividad (activos y no-activos) y resonancia (primarios y secundarios) surgen ocho
caracteres que analizamos a continuación.
Se trata de arquetipos: es raro encontrar a alguien que tenga un carácter puro y, en cambio, es
frecuente encontrar rasgos de diferentes caracteres en una misma persona. Los caracteres que
describimos han de ser una pauta de análisis, una ayuda; nunca un cliché de juicio o un tópico
insalvable.
El Nervioso (emotivo, no activo, primario): cambia continuamente de intereses y ocupación, es
inconstante, se entusiasma pronto con lo nuevo, pero busca resultados inmediatos. Pasa pronto de la
euforia al abatimiento, le falta orden en el trabajo, utiliza mal el tiempo, tiene voluntad débil, es
extrovertido, generoso, sociable, y también indeciso e inestable.
El Sentimental (emotivo, no activo, secundario): es sensible, retraído, tímido, pesimista; busca aislarse
en soledad; es susceptible, rencoroso, se desmoraliza, es inseguro y vulnerable; lento en el trabajo,
indeciso e introvertido.
El Colérico (emotivo, activo, primario): siempre ocupado en proyectos y tareas nuevas; improvisa, se
precipita, se dispersa y despilfarra su energía, abandona cuando aparecen los obstáculos; es
extrovertido.
El Apasionado (emotivo, activo, secundario): tiene gran capacidad de trabajo, se guía por pasiones
dominantes, es independiente, decidido y violento, perseverante; poco valeroso y mal deportista.
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El Sanguíneo (no emotivo, activo, primario): tiene mentalidad pragmática y calculadora, poco sensible,
sólo le mueven los resultados a corto plazo; práctico y positivo, tendente a mentir y cerebral;
afectuoso y sociable, extrovertido.
El Flemático (no emotivo, activo, secundario): es prudente y tenaz a la vez, lo que le lleva a ser un
buen organizador; es también poco sensible y, fruto de lo muy reflexivo que es, a veces le cuesta
mucho decidir; es socarrón y tiene un profundo sentido del humor.
El Amorfo (no emotivo, no activo, primario): no tiene curiosidad ni sentido práctico, perezoso y
centrado en placeres orgánicos (comer, dormir...), poco original, poco puntual y despilfarrador;
sociable y dócil; carece de energía y entusiasmo; extrovertido.
El Apático (no emotivo, no activo, secundario): es muy cerrado en sí mismo, melancólico y testarudo,
irreconciliable, poco enérgico y vital, rutinario, pasivo, indiferente e introvertido.
4. Su carácter tiene que convivir con el nuestro
Como en la Preadolescencia se empieza a consolidar el carácter y a configurar la personalidad, para
que la convivencia familiar sea buena hemos de tener en cuenta la relación y las interferencias que se
producen entre los diferentes caracteres de los que componen la familia. Algunos ejemplos pueden
ser:
Si yo (padre o madre, esposa o esposo, hijo o hija) soy emotivo, diré de ti (padre o madre, esposa o
esposo, hijo o hija), si no eres emotiva, frases similares a éstas: «me haces sufrir inútilmente», «no te
importa nada», «me haces enfadar», «me ofendes constantemente».
Del mismo modo, si yo soy no-emotivo y tú eres emotivo, diré de ti que «siempre estás llorando»,
«cambias de ánimo sin cesar», «te enfadas por cualquier cosa», «lo sacas todo de quicio».
Si yo soy activo y tú eres no-activo, diré de ti que «eres vago y perezoso», «nunca me ayudas», «no
se te ocurre colaborar», «todo te lo tengo que decir yo»...
Si yo soy no-activo y tú eres activo, diré de ti que «he de recoger todo lo que tiras», «haces las cosas
sin pensar», «me fuerzas a trabajar más todavía», «siempre hacemos lo que tú quieres»...
Si yo soy primario y tú eres secundario, diré de ti que «piensas demasiado las cosas», «todo te afecta
en exceso», «tardas mucho en olvidar», «eres rencoroso»...
Si yo soy secundario y tú eres primario, diré de ti que «eres imprudente, no prevés las cosas», «lo
olvidas todo muy pronto», «no escarmientas», «no respetas nada», etc.
Detrás de todos estos ejemplos está la idea de que el carácter de nuestros hijos es algo que debemos
conocer y analizar, para que, conteniendo o potenciando aquellos rasgos que se estimen oportunos,
les ayudemos a mejorarlo y a que sea un auténtico apoyo de su futura personalidad. En otras
palabras, hacer que nuestro hijo moldee su carácter para que, junto con los valores que se le hayan
inculcado y él sea capaz de ir conquistando, forje y adquiera una personalidad firme.
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5. Las personalidades sólidas se sustentan en valores
Son ya muchos los autores que no dudan en afirmar que la familia constituye el contexto
socioeducativo más eficaz para la adquisición de los valores, de tal manera que, si esta no los muestra
y los niños, en su proceso evolutivo, no los van interiorizando, será muy difícil que los adquieran
después.
En el proceso socializador de cualquier persona, el aprendizaje de las normas y de los valores que las
rigen es algo que resulta completamente necesario conocer para llegar a ser una buena persona2. La
vía del afecto es el marco necesario para iniciar el conocimiento y la adquisición de los valores y, en
este sentido, la familia tiene un papel fundamental y privilegiado.
6. Valores y familia
Si la conducta humana se rige por valores que nos mueven a actuar y no hay nada en la naturaleza
biológica del hombre —salvo la satisfacción de sus necesidades básicas— que pueda explicar la
adopción de una u otras normas de conducta, debe ser a través de un proceso de aprendizaje como
las personas asuman estos patrones o motivaciones, que, en definitiva, son los valores que marcan
sus conductas.
Conscientes de esto, los padres de familia, hoy más que nunca, deben preocuparse y ocuparse por los
valores que están viviendo y desarrollando en sus vidas, porque son los que transmiten a sus hijos; y
éstos, una vez asumidos y encarnados, serán los puntos de referencia de esos hijos a la hora de
actuar y de manifestar una determinada personalidad.
Desde luego, si no somos capaces de llenar el interior, la intimidad de nuestros hijos, con la riqueza
de nuestros valores, ellos la llenarán con lo primero que encuentran y, muchas veces, eso que
encontrarán marcará para siempre sus vidas. Hemos de saber qué son los valores, cómo se enseñan y
cómo se interiorizan, para ayudarles a adquirir una jerarquía de principios válidos que les ayuden a
tener una personalidad sólida.
7. ¿Qué son los valores?
Son muchas las definiciones que podríamos encontrar de valor. Los valores son metas u objetivos de
carácter general, que permanecen estables a través de las distintas situaciones, guían la conducta de
los seres humanos y se ordenan según su importancia subjetiva 3.
Son aquellas cosas espirituales y materiales que valen por sí mismas. En teoría se podría discutir
mucho sobre ellos, pero, de una forma práctica, a la hora de actuar, sabemos que existen, que están
ahí, porque siempre se hacen las cosas teniéndolos en cuenta, son criterios para la acción.
2
3
Ricardo Yepes S. Fundamentos de antropología. Eunsa 1996.
Schwartz S.H. Universals in the content and structure of values. London. Academic Press.
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Un valor es una perfección de la naturaleza humana o un medio que sirve para alcanzarla, y eso lleva
a muchas personas a confundir los valores con las virtudes. Hay que dejar claro que, aunque todas las
virtudes son valores, no todos los valores son virtudes. Además, las virtudes siempre son de alguien,
mientras que los valores, como tales, son entes que pertenecen al mundo de las ideas. Aunque
algunos puedan ser más tangibles que otros, su entidad depende de su «valor» intrínseco, no de su
materialidad externa.
Según Cantista4, los valores son la especificación de un bien. Son concreciones que surgen de los
fines de la acción humana; son los modos de concretar y determinar la verdad y el bien que
constituyen los fines naturales del hombre.
Quien se educa debe notar y descubrir, encarnados en las personas que están pendientes de su
educación —padres, profesores, parientes, etc.—, los valores, en forma de pequeños detalles, en
ideas que le son expuestas, en los afectos, en las exigencias que le son transmitidas, etc.
Los niños, desde su primer año de vida, van grabando en su interior todos aquellos estímulos,
positivos y negativos, que le hacen más o menos grata la existencia, de tal manera que, con el paso
del tiempo, aprecian «aquello» que les lleva a ser mejores, a sentirse más dignos de sí mismos, en
definitiva, lo que les dirige al bien y a la verdad.
La familia, por ejemplo, uno de los valores más apreciados por gran parte de la juventud, está
asociada al valor de la seguridad. Seguridad física y material en un principio, pero también seguridad
de carácter intelectual y afectivo; «en mi familia me aceptan tal cual soy», «normalmente las mejores
cosas de mi vida las he aprendido en mi familia», etc. Esto debe llenarnos de responsabilidad a los
padres y madres de familia, porque nos hace darnos cuenta de la importancia que tienen para
nuestros hijos nuestras ideas, nuestros valores y, sobre todo, el ejemplo que les demos.
Santo Tomás afirma que el hombre es un ser errante en busca de la felicidad, y quizá sea esta un
valor buscado por la totalidad de los seres humanos. El problema está en que hay que entender bien
qué es encontrar felicidad y, sobre todo, cuáles son los caminos más apropiados para conseguirla.
8. ¿Cómo podemos educar en valores?
Los valores, como ya hemos dicho, son motivaciones para actuar. En este sentido, no basta con la
intención deliberada de educar en valores. Para lograrlo, los hijos deben ser agentes activos en el
proceso de la búsqueda y adquisición
de valores y, cuando este protagonismo falte, no tendrán
relación los valores adquiridos por los hijos con los propuestos por los padres.
Por eso, se trata de acercar los valores a nuestros hijos, para que, conociéndolos, los aprecien y sean
capaces de «conquistarlos»; de ser para ellos motivaciones interiores en su querer y en su actuar.
Todo valor, para ser interiorizado, necesita ser descubierto, aceptado, preferido, comprometido y, por
tanto, colocado en una jerarquía personal.
4
M J Cantista. El valor y su fundamentación ontológica. (NT OF 217:ICE Universidad de Navarra)
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Para reconocer valores, son muchos los estímulos favorecedores que se pueden dar, pero, desde el
punto de vista de la educación familiar, la coherencia, la comunicación y el cariño paterno y materno
son las tres pautas que tenemos que saber conjugar para educar en valores.
La coherencia en los valores se demuestra principalmente con el ejemplo y eso exige, luego, ejercer la
autoridad. Los padres que la ejercen establecen los marcos más convenientes para el correcto
desarrollo de la persona. Es necesario saber mandar y desarrollar en los hijos la virtud de la fortaleza,
que les permita mantenerse firmes en sus incipientes valores, frente a las influencias externas o
internas que intenten arrastrarlo. Ya se dijo anteriormente: demostrarán tener una personalidad firme
cuando, con fortaleza, sepan decir que no.
En un ámbito de comunicación personalizada y respetuosa, los hijos se sienten satisfechos y libres
para encontrar valores personales y, sobre todo, espirituales, que le dan sentido a su existencia.
Y, por último, debemos saber que las familias que presentan manifestaciones palpables de afecto y
aceptación hacia los hijos están favoreciendo unos márgenes de autonomía que les permiten explorar
el mundo, crear dominios en los que tienen criterio propio y actuar con autonomía, eficacia y
racionalidad. Es decir, que esas familias han educado hijos que, con fortaleza, han sabido ir
moldeando su carácter y, por consiguiente, tener una personalidad firme.
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No sirvo para estudiar… me aburre
Pilar y Juan son un matrimonio bien avenido. Tienen 2 hijas: Ana, de 12 años, y Luisa, que tiene 11.
Juan es un hombre hecho a sí mismo que, de la nada y con mucho esfuerzo, ha levantado una
pequeña empresa del sector textil. Pilar le ayuda en la gestión administrativa y es la que más se
encarga de las niñas. Él también procura estar pendiente de ellas, sobre todo ahora que se da cuenta
de que Pilar comienza a estar algo desbordada y que las niñas necesitan más firmeza y atención.
Ana es la más conflictiva y la que más les preocupa, ya que se encuentra en una edad crítica. El
reciente cambio de amistades que ha tenido este curso está afectando considerablemente su
rendimiento escolar.
—Ana, ¿te han dado ya las notas? —le dice Pilar.
—Sí, mamá, no son muy buenas… pero bueno —contesta esta con pasotismo.
—¿Que no son muy buenas? ¡Has traído 4 suspensos! ¿Cómo es posible? ¿Qué te está pasando?
Antes sacabas notables y sobresalientes y ahora no llegas ni al 5. ¡Te quedas castigada sin salir, me
parece que tienes que reflexionar!… y estudiar todo el tiempo que puedas, para recuperar todos los
suspensos.
—¡Sí, hombre!... ¡he quedado el sábado con mis amigas!
—¡Tú no saldrás ni el sábado ni…!
En medio de la bronca, llega Juan a casa…
—¡Papá! ¿Podré salir el sábado un rato con mis amigas?
—¡Te he dicho que no! —dice Pilar —Cariño, mira sus notas... 4 suspensos, y encima quiere salir a
divertirse con sus amigas. Estudiar es lo que tiene que hacer.
—Ana, ¡vete a tu cuarto! Más tarde ya hablaremos de esto. Tenemos que tener una charla larga —
contesta Juan con tono cansado y preocupado.
—¡¡Os odio!! —chilla Ana.
Por la noche, antes de acostarse, el matrimonio mantiene una conversación sobre Ana.
—Juan, estoy muy preocupada por Ana. Desde que ha cambiado de amigas todo está yendo a
peor. Antes era responsable, ordenada y estudiosa. Ahora se ha vuelto irresponsable; contesta y
replica a todo lo que le dices, no estudia y se pasa el día pendiente de las amigas. Es una niña muy
influenciable y ha ido a juntarse con niñas que no le hacen ningún bien. Quizás deberíamos ir a hablar
con su tutora para que nos cuente cómo la ve en clase y con sus nuevas amigas y, si la situación no
es conveniente, pedimos cambiarla de clase...
—Me parece buena idea, mañana llamaré al colegio para pedir tutoría con urgencia.
En dos días Teresa, la profesora de Ana, les hace un hueco y los atiende en tutoría.
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—Entiendo vuestra preocupación —les dice Teresa—. En clase desconecta y se distrae con mucha
facilidad y, aunque hasta ahora no tenía problemas de disciplina, últimamente empieza a estar algo
contestataria. Le cuesta concentrarse y, con frecuencia, a pesar de haber estudiado, equivoca las
respuestas en los exámenes. Hasta ahora teníamos la suerte de que todavía se dejaba aconsejar,
pero ahora no acepta recomendaciones. Sería bueno que hablarais con ella de sus nuevas amigas, no
son una buena influencia. Por otro lado, es un manojo de nervios, no puede estarse quieta ni un
minuto. Eso sí, es bastante ordenada y muy generosa.
Juan interrumpe para decirle a Teresa que han pensado ponerle un profesor particular para que le
exija y le obligue a trabajar más.
Teresa les explica que ha hablado con Ana antes de la tutoría. Que es consciente de sus malas notas
y que olvida todo lo estudiado cuando llegan los exámenes. Que sus amigas le dicen que no sirve
para estudiar y que se da cuenta de que no le gusta estudiar y no quiere hacerlo. Aunque piensa que
lo peor es que sus padres la riñen por sus malas notas y la castigan sin salir. Teresa prosigue,
reproduciéndoles el siguiente comentario de su hija:
—«¡Me han amenazado con ponerme un profesor!», me explicó Ana muy indignada. La encontré
muy comunicativa y simpática. Me parece que tiene problemas de concentración, que no sabía
estudiar, y he quedado con ella en hacer un plan de trabajo. Creo que mi propuesta le ha interesado y
le ha hecho ver que, si se esfuerza, sí servirá para estudiar. Le he hecho ver que su problema es más
un tema de técnicas de estudio que de capacidad.
Ya en el coche Juan y Pilar comentan la tutoría que han tenido con Teresa.
—Se la ve interesada, parece que ha captado bien el problema de Ana —dice Pilar.
—Cariño, el problema es que no hemos sabido exigir a Ana —replica Juan—. Siempre hemos
pensado que su educación en la «libertad» quedaría por encima de los ambientes y de los amigos.
Siempre habíamos pensado que los hijos deben elegir por ellos mismos lo que quieren ser. Imponer
ideas o conductas era un ataque a su libertad. ¡Y ya ves!, ahora Ana está desconcertada.
Entretanto, Ana, en casa, está pensando que Teresa, su profesora, igual tiene razón.
«No sé estudiar. Si me ayudaran sería más fácil. De pequeña tenía buenas notas y hacía lo que
quería con papá y mamá.».
Mientras se recrea en esos pensamientos le suena el «bip» de la Blackberry. ¡Es Isabel, su mejor
amiga de antes!:
«Qué pena que no nos veamos tanto. Era como mi hermana. Pero no encajaba en el grupo actual.
Sus padres no le dejan hacer nada y ella se resigna y lo acepta. Pero hablábamos mucho y me
ayudaba siempre. Voy a cogérselo y decirle que venga a casa esta tarde.».
Al ir a la cocina a prepararse un poco de merienda, mientras espera que llegue su amiga Isabel, pasa
por delante de la habitación de Luisa, su hermana, que está conectada a una red social.
—Enana, ¿saben papá y mamá que ya estás enganchada a las redes sociales? Me voy a chivar.
—No, no se lo digas… Antes éramos «amigas», ¿por qué has cambiado ahora tanto?
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Influencia del ambiente y la adquisición de hábitos de estudio
Sobre el desarrollo de sus atractivas relaciones sociales
A lo largo del período de la preadolescencia se generan con cierta frecuencia, por las cosas más
tontas, sentimientos de disgusto o poco placenteros, e incluso, en alguna ocasión, dolorosos. Esos
sentimientos, que los sufrimos todos y a lo largo de toda nuestra vida, son mucho más notables y
fastidiosos en esta edad. Ir abandonando costumbres, cuidados y atenciones propias de niños,
desligarse de la seguridad con la que se cubre a los más pequeños e ir desasiéndose de lo que, hasta
el momento, le ha sido a uno cercano y familiar, provoca en el niño-preadolescente incertidumbres y
desasosiegos.
Al mismo tiempo, la imperiosa necesidad que les aparece de poner en claro qué clase de persona son,
y en dónde están sus singularidades, les lleva a preguntarse: ¿En qué me distingo de los demás? Y la
dificultad que rápidamente se les presenta es que, queriendo ser diferentes, temen ser diferentes.
Uno de los grandes problemas que se le plantean al preadolescente es que siente interiormente una
fuerza que tiende a separarle de sus padres y, al mismo tiempo, otra que le empuja hacia ellos, y en
ese conflicto se rebela o se pone a la defensiva, para poder encontrar mientras tanto alguna buena
solución.
Desde el primer momento debemos ser conscientes de que estos sentimientos contrarios provocan
conductas incoherentes, cambiantes y, generalmente, desorganizadas. A veces pensaremos
satisfechos: «¡qué mayor se está haciendo!» y, transcurridos unos minutos, nos arrepentimos de
haber pensado así, porque nos parece que es todo lo contrario.
Durante esta etapa se hace especialmente importante la presencia de la figura paterna, que, junto a
los cuidados y afectos maternales, aporta simplicidad y racionalidad para poder manejar mejor esa
incontrolable inestabilidad afectiva que les envuelve (carácter irritable, susceptibilidad, cambios de
humor, afán de contradicción, extravagancias, etc.). El mundo de sus relaciones, el clima de
comunicación, son cuestiones que deben ser cuidadas. Su conflicto interior puede encerrarle en sí
mismo; en especial cuando tiene que relacionarse con los adultos.
A partir de ahora será necesario dar razones, enseñar valores y establecer criterios que ayuden a
asumir normas de conducta. Se tratará de hablar mucho con ellos para evitar rebeldías que solo
conducen al enfrentamiento, y quizá posteriormente al distanciamiento. Y habrá que evitar ambientes
crispados que pueden conducir a tomar mal muchas decisiones y, por tanto, a tener que soportar una
reacción de «rebote» que, aunque lógica, será muy desagradable.
«La convivencia requiere el desarrollo de actitudes positivas hacia los demás que no proceden de un
convencionalismo, sino de una necesidad y de un derecho de la persona». («Tus hijos adolescentes»,
Gerardo Castillo, Col. Hacer Familia nº 35). Siempre, después de un enfado, después de una
inevitable reacción de rebeldía, hay que hablar, hay que ayudar a razonar, a comprender, y hay que
escuchar.
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¿Cuáles son aquellas actitudes, aquellos valores que favorecen la convivencia? Podemos hablar de:
Sinceridad-Comprensión-Respeto-Generosidad-Paciencia-Lealtad. Quizá podríamos seguir encontrando
más, pero no se trata tanto de elaborar una lista exhaustiva como de procurar su conocimiento y su
vivencia. Deben saber decir qué significa cada una de ellas y en qué situaciones prácticas se están
viviendo o se están omitiendo.
Recordemos que el valor que el preadolescente vive con mayor intensidad es el del compañerismo. Es
la edad del grupo por excelencia. Es una de las estrategias más comunes para hacer frente a las
tensiones y a las incógnitas de la vida personal, social y escolar, para llenar el vacío que deja el
debilitamiento de los lazos familiares y para mejorar la confusa percepción que tienen de sí mismos.
Una causa frecuente de sufrimiento preadolescente es el no tener bien delimitado el grupo al que se
pertenece. Que los demás le acepten a uno y el poder mantener un rango dentro del grupo son cosas
importantísimas para él y para su propia seguridad.
Veamos algunas ideas para darles que les pueden servir de orientación y ayudarles a vivir unas
buenas relaciones interpersonales:
 Ayudar a distinguir entre: amistad, compañerismo, simpatía y amor. Es distinto lo que esperamos y
lo que damos en cada uno de los casos.
 Enfocar las relaciones personales bajo la necesidad de un comportamiento ético recíproco que se
deberá ir concretando en las diversas situaciones. Cualquier acción o planteamiento deberá estar
gobernado por el respeto.
 Orientar (= hablar/escuchar) ante posibles problemas de la amistad grupal (gregarismo excesivo,
conducta agresiva, acciones de sumisión, actitudes muy dominantes, etc.). Puede ser adecuado hablar
de situaciones de la clase sin buscar culpables, pero analizando situaciones y causas.
 Orientar (=hablar/escuchar) ante posibles defectos o desviaciones de la amistad (amistades
particulares, idealizaciones, acoso escolar como receptor o como emisor, etc.). Puede ser adecuado
ver qué se aporta a aquella amistad, y en qué le enriquece.
 Estimular y favorecer actividades que impliquen colaboración y actitudes de responsabilidad
personal: encargos, ayudar a otras personas (de casa, del colegio…), cuidado del propio material y del
propio entorno, participar en acciones de voluntariado, etc.
Hay que conseguir un clima de confianza en el que la sinceridad sea el tono imperante, en el que
quede desterrada la doblez y la mentira. Hay que saber disculpar y olvidar los tropiezos una vez
corregidos.
También podemos plantearnos cuestiones de tipo práctico, que les ayudarán en sus relaciones
sociales:
 Dedicarles tiempo de un modo habitual.
 Ayudarles a desarrollar algunas cualidades personales.
 Mostrar ejemplos de verdadera amistad, ejemplos de actitud cívica y de buena vecindad.
 Crear situaciones para convivir más intensamente, o aprovechar las existentes.
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 Trato asiduo en un clima de cariño y buen humor. El sentido del humor ayuda a desdramatizar.
 Respetar, y decírselo, su intimidad y su modo de ser propio.
 Escuchar atentamente y comentar sus puntos de vista.
 Permitirles, en la medida de lo posible, que tomen muchas decisiones personales.
La confianza se basa en la verdad, en la ausencia de engaño. Resulta pues muy conveniente que, en
la relación mutua con nuestros preadolescentes, exista una gran sinceridad. Eso les ayudará a vivirla
también entre ellos. La sinceridad se aprende a temprana edad, se adquiere conciencia de la mentira
y de la verdad antes de iniciar la enseñanza primaria.
En la preadolescencia pueden ser muchos los motivos para mentir (evitar una reprimenda, no
reconocer un fracaso, querer echar la culpa a otro, querer conseguir permisos como los demás,
justificar unas malas notas, etc.), pero, por encima de todos ellos, el preadolescente reconocerá
siempre la sinceridad como algo superior. Y, por nuestra parte, debe ser superior el contento que nos
produzca una respuesta sincera que el disgusto por la mala acción descubierta. Ellos han de notar que
nos importa más la sinceridad. Y no importa dejarse engañar alguna vez, pues eso será más
constructivo que humillarlos, que demostrarles que no tenemos confianza con ellos.
Los modelos de comportamiento: influencias y repercusiones
Es muy importante no olvidar lo influenciables que son los preadolescentes.
Debido a la inconsistencia de sus percepciones personales, a la incertidumbre en su identidad
personal, al deseo-temor de ser distinto, todavía es muy tierno y duda de sí mismo. Necesita no verse
solo y, para ello, se une de forma poco razonable a sus iguales.
«Recordemos que la ropa, el pelo, la música, la imagen, la apariencia y, sobre todo, el ser aceptado,
son las grandes preocupaciones de nuestros hijos.» (Comprendiendo a tu hijo…, Margot Waddell,
Paidós).
¿Conocemos cuál es el móvil de sus acciones? ¿A quién admira? Muchos siguen un modelo de
comportamiento explícito (visten y opinan como un cantante, un artista, un deportista, etc.), otros
siguen modelos poco aconsejables que se encuentran implícitos en su conducta y que ellos no saben
reconocer. E incluso puede ser tal la influencia de ese modelo que llegan a asumir los problemas o
dificultades que eso les crea, antes que rechazarlo como tal.
Hemos de procurar conocer, y que ellos conozcan, qué admiran de sus modelos humanos. ¿Son
rasgos buenos para su formación y su desarrollo, o, por el contrario, le dificultan la adopción de
actitudes y comportamientos nobles, positivos, coherentes? En ello puede jugar un papel muy
importante el grupo al que pertenezca, dado que le resultará muy duro enfrentarse a él, llevarle la
contraria a alguno o algunos y ponerse en evidencia. Deben aprender a conservar su identidad.
La sociedad en que vivimos, evidentemente, influye y aporta criterios de «normalidad» a procesos o
situaciones que están de moda, pero que no son adecuados a nuestras formas de pensar. Frente a
esta realidad se impone una campaña de personalización: hay que desarrollar el sentido crítico, el
criterio personal, tenemos que enseñarles a darse cuenta de lo que hay detrás de esas cosas.
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Debemos recalcar como idea importante de esta etapa que, dado su incipiente despegue social, no
tienen todavía la fuerza personal necesaria, las convicciones suficientes o la seguridad suficiente como
para ser capaces de hacer frente a ciertas situaciones que les supongan verse distintos de sus
compañeros o amigos.
Los modelos de comportamiento de los adultos más próximos son de un valor decisivo. ¿Les
enseñamos a vivir aceptándonos como somos, o quizá les mostramos un permanente descontento?
¿En qué entorno nos movemos?, ¿qué modelos de opinión y de acción hay a nuestro alrededor?
¿Tenemos opinión personal para saber dar razones de lo que apoyamos o de lo que censuramos?
¿Sabemos vivir el respeto y la tolerancia, el estar abierto a aprender de los demás, sin confundirlo con
una falta de firmeza en nuestros criterios?
Existe la influencia de ideologías de diversa índole con mensajes opuestos a la dignidad de la persona
humana. Y existe el predominio de la dimensión placentera y utilitaria de la vida sobre la dimensión
ética. Aquí también cabe preguntarnos algunas cosas, como:
¿En base a qué tomamos nuestras decisiones? ( compras diversas, opciones profesionales, distribución
de nuestros tiempos, planteamiento de las vacaciones…) ¿Cómo enfocamos nuestro tiempo de ocio y
el de nuestros hijos? ¿Se da en nuestras vidas una pérdida de vida de familia, a la que se sustituye
por actividades extraescolares? ¿Buscamos estar más presentes en el hogar para evitar el exceso de
tiempo de soledad en casa, especialmente a partir del período preadolescente?
La adquisición de hábitos intelectuales
Dentro del mundo preadolescente y unido a las muchas dificultades que encuentran en el terreno de
las relaciones sociales, aparece el hecho de que, por su desarrollo intelectual, en esta etapa de su
vida, etapa de las operaciones formales según Piaget, están obligados a generarse hábitos de estudio
y de desarrollo intelectual. Estos hábitos son fundamentales para sacar adelante las pequeñas
complejidades que conllevan los currículos escolares a los que se van a tener que enfrentar.
De la gran cantidad de estudiantes que existen, hay realmente pocos que sepan estudiar bien. Se
suele decir que ésta es una cuestión que, o preocupa mucho, o no preocupa nada. Algunos quizá ni
siquiera se la han planteado. Si los padres tuvieran que responder a la pregunta «¿Cómo estudia su
hijo?» es probable que casi todas las respuestas fueran vagas e imprecisas: «me parece que está
bastante tiempo con los codos en la mesa», «pues no sé cómo, pero aprueba», «de eso se ocupa su
madre», «se encierra en su habitación y no veo lo que hace»...
Estudiar es una actividad intelectual, y para aprender conocimientos hay que saber estudiar. Como no
se nace sabiendo, hay que aprender a estudiar. Eso resulta esforzado y fatigoso, y requiere tiempo.
Así pues, para aprender a estudiar habrá que desarrollar una serie de capacidades que serán la base
del esfuerzo intelectual, y que, con el tiempo, se consolidarán como virtudes. Podemos hablar de:
orden, paciencia, tesón, perseverancia, fortaleza, responsabilidad, etc.
Pero hay algo que no podemos olvidar, y es que, como se trata de una actividad intelectual y no todos
hemos sido dotados de las mismas capacidades intelectuales, para algunos el estudio requiere mucho
más esfuerzo que para otros. Generalizar en este campo es arriesgado, pues son muchas y diversas
las causas por las que se producen dificultades en el aprendizaje.
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Como aquí no nos es posible entrar en esta materia, nos limitaremos a dar unas ideas a los padres de
hijos preadolescentes, a fin de que puedan ayudar a sus hijos a mejorar y a triunfar, sacando
adelante, en la medida de sus posibilidades, los estudios que estén cursando.
Podemos enumerar aquí algunas de las situaciones con las que nos podemos encontrar en relación
con el interés o la falta de atención de nuestros hijos en los estudios:
Las faltas aparentes de interés son un signo de alarma: ¡algo no va bien! ¡Habrá que averiguar!
Con gran frecuencia atribuimos los fallos en los estudios a una falta de atención. Podrían ser muchas
las causas, pero, como principio general, hay que decir que sólo se percibe y se entiende
conscientemente aquello a lo que se atiende. La capacidad de atención es algo que debe figurar entre
los más elementales hábitos de trabajo, y se educa también en otros aspectos de nuestras vidas.
La concentración es la capacidad de fijar voluntariamente la atención en una cosa, en un aspecto
determinado, etc. A un nivel espontáneo nos fijamos en lo que nos interesa, en lo que nos impacta,
pero podemos no prestar atención a cosas más fundamentales. Así, vemos la diferencia entre oír y
escuchar, o entre ver y mirar. De este modo, un chico puede no haberse enterado de nada de lo dicho
en clase (no escuchaba), o de nada de lo leído en una lección (la lee mecánicamente, pero no la
comprende).
Una característica importante de la atención es que es selectiva: ante varios estímulos, inhibe o
minimiza unos para centrarse en otros. ¿Qué selecciona cada persona y en base a qué lo selecciona?
Esta es una cuestión clave para conocer los problemas de atención, ya que hay que saber filtrar lo
que en aquel momento no conviene (aunque quizá interese mucho), para evitar distraernos. La
atención es fácil cuando hay curiosidad y cuando hay cambio; del mismo modo, la atención se duerme
y desaparece bajo el efecto de la costumbre y la rutina.
¿Qué causas son las que influyen en la distracción y, por tanto, en la pérdida de concentración?
Veamos qué nos dice Carlos Ros Amador, en su obra «Los estudios y el desarrollo intelectual» (Hacer
Familia nº 17).
Podemos encontrar causas externas y causas internas. «Las primeras se refieren al medio ambiental
del estudiante y a su situación corporal:

Ruidos (incluso música).

Movimientos.

Mala iluminación.

Frío o calor.

Fatiga corporal.

Malestar corporal.

Sueño.

Desorden en las cosas; no tener a mano los instrumentos necesarios para el estudio.

Desorden en el tiempo. Estudiar a cualquier hora, cualquier cosa o en períodos muy variables.
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En resumen, todo lo que haga perder continuidad en la actividad o acorte los períodos normales de
concentración».
En cuanto a causas internas, «el estado afectivo en general y las emociones y sentimientos en
particular pueden ser importantes dificultades para la concentración. Las dificultades debidas a estas
causas son de mucha mayor gravedad que las otras, y mucho más difíciles de resolver, ya que la
eliminación de las interferencias solo es posible a través del dominio de la voluntad».
También en la misma obra se nos habla de tres etapas de eficacia bien distinta:
«Existe un período de adaptación, un período de máximo rendimiento y un período de pérdida de
eficacia por fatiga o distracción. Cada vez que se produce una interrupción de la atención se vuelve al
punto 0, aunque el tiempo de adaptación se acorte si la interrupción no ha sido larga».
Son frecuentes e importantes los problemas por falta de comprensión lectora. Si falta el conocimiento
del vocabulario y la comprensión de la frase, no se pueden hacer resúmenes, cuadros sinópticos,
mapas conceptuales, etc. Hay que trabajar la riqueza de vocabulario, los sinónimos y antónimos, la
buena construcción gramatical (conjugación de los verbos, correcta, utilización precisa y adecuada de
partículas, etc.).
Otra dificultad, no más grave, pero sí más desmoralizante para el hijo, es el caso del estudiante de
inteligencia verbal normal, que tiene interés en estudiar y que pasa muchas horas delante de los libros
pero que no consigue el menor lucimiento. Trabajan mucho pero no de un modo eficaz. Se ve claro
cuando se les compara con los chicos de una capacidad intelectual semejante que, aplicando un
esfuerzo igual o quizás menor, obtienen resultados más brillantes. ¿Qué diferencia hay entre unos y
otros? La diferencia estriba en que estos últimos tienen un método de estudio. Cuando surgen
problemas en este sentido a menudo falla la organización: no se utiliza bien el tiempo, no se sabe
resumir bien, no se sabe anticipar y prevenir el trabajo de manera suficiente, etc.
Volvamos a escuchar a Carlos Ros en «Los estudios y el desarrollo intelectual»:
«Sin comprensión del significado de lo estudiado es imposible un trabajo intelectual. Una palabra que
no es significativa sólo se puede aprender memorizándola de forma mecánica. No hay pensamiento
sin lenguaje».
Para el hijo preadolescente, estudiar es un arduo trabajo, y de cómo lo realice depende en gran parte
su futuro profesional.
¿Qué podemos hacer los padres?
Muchos padres están deseosos de ayudar a sus hijos, pero consideran que no pueden hacerlo por su
desconocimiento de las materias que estudian, o porque no disponen del tiempo necesario. Pero su
principal ayuda debe consistir en enseñarles a desarrollar capacidades y cualidades personales.
No se puede decir que se le esté ayudando correctamente al hijo por el simple hecho de obligarle a
estudiar o a que nos recite una lección. Si él no ve eso como ayuda, será más bien negativo y le
restará ánimos. Lo mismo que las comparaciones con hermanos o amigos. Todo lo que sean actitudes
rígidas no servirá para dar motivaciones válidas.
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Tampoco resultará positiva la postura de buscar por sistema un profesor particular. Será
recomendable en situaciones concretas y puntuales en las que el hijo es consciente de su necesidad,
pero, si no, puede servir de excusa para desconectar en las clases y no ocuparse en realizar su
trabajo.
La primera arma con la que realmente cuentan los padres es la observación. Hay que analizar cómo
estudian y conocer los defectos del hijo al estudiar. Es importante revisar el ambiente material que
rodea a los hijos en su estudio; tipo de habitación, mesa, luz, espacio para el material de trabajo,
temperatura, etc. Superadas las dificultades materiales y vistas las limitaciones del hijo, será preciso
proponer unas metas sucesivas y mantener una actitud de disponibilidad, —y de aprecio!— a los
esfuerzos del hijo, aunque no se den resultados inmediatos.
Para que los padres puedan hacerse cargo de la situación concreta del chico, tienen que considerar
también cuál es su estado de ánimo al enfrentarse al estudio.
Veamos diferentes posibilidades:
¿Le falta voluntad y constancia para seguir los planes establecidos? ¿Se encuentra desbordado, no
sabe por dónde empezar y por lo tanto no empieza?
¿Se siente inferior a sus hermanos más brillantes que él? ¿Se le ha comparado a veces? ¿Está
convencido de que no es capaz de superar la situación dado que se siente abrumado y la ve como
insuperable? ¿No encuentra una motivación capaz de ilusionarle y hacerle ver su esfuerzo como algo
positivo?
Sea cual sea su estado es fundamental conocerlo para ver por dónde tiene que empezar nuestra
actuación. Y, en cualquier caso, hay que plantearse un seguimiento muy próximo y muy constante,
hacerle adquirir pequeños compromisos y plantearle metas o propósitos accesibles a corto plazo. Es
muy recomendable hacer que participe él en la búsqueda de soluciones.
Debemos recordar que, por la edad en la que se encuentran, es posible que estén más perezosos,
más dispersos, más susceptibles y más rebeldes. Por esa razón nuestra actuación debe ser delicada,
oportuna y positiva, a fin de evitar quemarnos innecesariamente, perdiendo prestigio y autoridad.
Es importante contar con el aprovechamiento de las clases. Podemos pedirles que nos enseñen sus
apuntes como fruto de nuestro interés por aquella materia, y también como manera concreta de
ayudarles en su proceso de mejora: orden, presentación y contenido son aspectos que han de estar
bien llevados. También puede ser interesante pedirles un pequeño resumen de cada una de las clases
que han tenido durante el día, dado que fomenta su capacidad de atención y desarrolla una
interesante visión sintética.
Un posible y sencillo método de estudio puede ser:
1- Lectura rápida del conjunto para adquirir sentido de globalidad. Leer de esta forma requiere una
rapidez acorde con la comprensión del contenido. Existen sistemas que pueden ayudar a mejorar la
velocidad lectora.
2- Lectura atenta y reflexiva de la primera pregunta o apartado, teniendo a mano los libros de
consulta que se puedan necesitar (diccionario, libro de ampliación, etc.).
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3- Subrayar con un lápiz rojo lo más importante, las ideas centrales. Así el esfuerzo se hace una sola
vez y el repaso es más sencillo.
4- Hacer un esquema de lo subrayado que ayude a sintetizar y a fijar las ideas. A esto se le llama una
cadena mental.
5- Reconstruir el esquema en la mente tantas veces como sea preciso para aprenderlo; y hacer el
esfuerzo de memorizar.
6- Pasar a la pregunta siguiente y seguir el mismo proceso.
7- Repasar las preguntas y apartados en distinto orden, con el fin de comprobar si realmente se han
aprendido.
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A su aire
Cristina, la menor de la familia García, tiene 12 años. Ha llegado a casa a las 17.30 del colegio, donde
se queda a comer.
—¿Está mamá? —pregunta a su hermano Juan, de 18 años, quien le abre la puerta.
—No ha vuelto todavía.
Inés, de 16 años, está cómodamente tumbada en el sofá, viendo un vídeo-clip, y así permanece, sin
inmutarse, ante la presencia de su hermana. Cristina se va a la cocina a prepararse la merienda. Allí
queda la botella empezada de leche, abierta por sus hermanos, la mantequilla, el azucarero abierto, el
pan... todo disperso entre la mesa y la encimera.
Se sienta en la mesa del comedor con la merienda, abre la cartera y piensa: «mañana, matemáticas.
No entiendo nada. A Juan no le pido que me lo explique porque jamás quiere hacerlo. Voy a repasar
Sociales».
—Inés, ¿qué estás viendo? —pregunta a su hermana.
—Tú no puedes verlo, estudia, vete a tu habitación.
Pero Cristina se queda merendando en el comedor y viendo la televisión.
Son las 18.30. Cristina deja todo lo de la merienda en la mesa del comedor.
—Juan, ¿sabes a qué hora vendrá mamá?
—No lo sé. Me parece que ha ido a ver a la abuela.
—Si viene, le dices que estoy en casa de Begoña y Coral. ¿Vale? Adiós, ¡hasta luego!
La madre de las niñas le abre la puerta y la recibe muy cariñosa.
—Cristina... Ahora las niñas están estudiando en su habitación y luego me tienen que ayudar a
preparar la cena. De todas maneras, puedes ir a verlas un ratito.
A la media hora y tras los requerimientos de la mamá de sus amigas, Cristina se despide:
—Adiós y gracias.
—¡Dale recuerdos a tu madre de nuestra parte!
Llama al timbre de su casa varias veces.
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—¿Por qué no has cogido la llave? —le dice Juan a Cristina.
—Me he olvidado.
—¡Inés, podías haber abierto tú, que no estás haciendo nada! ¡Le diré a papá que estás todo el
tiempo viendo la tele! ¡Suena el teléfono! Al menos cógelo tú, que debe ser para ti —dice Juan.
Cristina va a la cocina con la ilusión de encontrar a su madre. La luz está encendida pero no hay
nadie.
Se oye el llavín de la puerta.
—¡Hola papá! ¡Qué pronto llegas hoy! ¿Me ayudas con las matemáticas?
—Cristina... ¿saludas a papá así...? Primero, dame un beso. Segundo, no te puedo ayudar con las
matemáticas porque éstas no las entiendo. Oye... ¿se puede saber por qué no lo preguntas en el
colegio? Tu tutora nos dijo que ella te enseñaría. Anda, déjame que hoy estoy muy cansado... ¿Y
mamá?
—Juan lo sabe —dice triste la niña— Me voy a comprar chucherías.
—¿Has terminado los deberes? —pregunta su padre.
—Es solo un momento— contesta Cristina, y se marcha.
—Inés, siempre que llego te encuentro «colgada» al teléfono. Tendré que poner un candado. ¿No
tienes nada que hacer? —pregunta su padre.
En este momento entra la madre con Cristina de la mano. Se han encontrado a media escalera. Llega
sofocadísima.
—¡Qué horror! ¡Una hora esperando el autobús! Pero... ¿qué es este desastre? ¡Qué desordenada
está toda la casa! ¿Has sido tú, Cristina? Como siempre has dejado restos por todos sitios. ¡En el
comedor, en la cocina... Recoge todo esto ahora mismo!
—¡Yo no he sido la única! ¡Siempre me riñes a mí!
—Hola mamá —saluda Juan— ¿me has comprado la camisa?
—No he tenido tiempo. Al salir del trabajo me he ido directamente a ver a la abuela, que no se
encuentra bien.
—Si me das dinero, puedo comprármela yo.
—No, no... ¡Vete a saber lo que te comprarías! Te la elegiré yo. ¿Me puedes recoger un poco todo
este desorden?
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—Que lo recoja Cristina —contesta Juan—, ha sido la última en merendar. Que lo recoja ella —
repite volviendo a su habitación.
—Hola cariño —saluda a su marido— no sabía que estabas en casa.
—Pues fíjate, hoy he salido un poco antes para que estés contenta. Pero ¡chica!, si lo llego a
saber... esto es un caos. Todo está desordenado, Cristina va su aire y no estudia, Inés solo habla por
teléfono, la cena por hacer... ¿dónde estabas?
—He ido a ver a tu madre. Me ha llamado y me ha dicho que no se encontraba bien. Por no
molestarte he ido yo a verla. Por cierto, ahora recuerdo que no tengo huevos para hacer las tortillas.
Voy un momento a pedírselos a la mamá de Coral y Begoña. Enseguida vuelvo.
Al entrar en casa de su vecina, se queda asombrada. Se respira un ambiente tranquilo. Su amiga la
recibe muy cordialmente.
—¡Hola! Tenía ganas de verte. ¿Te ha dicho Cristina que ha estado aquí un ratito? ¿Por qué no
vienes una tarde con tiempo y charlamos tranquilamente?
—¡Bien que me hace falta...! —dice con un suspiro— No consigo que mis hijos me ayuden, y son
unos desordenados... Mi marido hoy ha hecho el esfuerzo de llegar pronto y a mí se me ha olvidado
comprar huevos para la cena.
—No te preocupes, esto tiene fácil arreglo. ¿Para qué estamos las vecinas? Ven a la cocina
conmigo.
Entran en la cocina. Todo está en perfecto orden. La cena está preparada. Begoña y Coral ponen la
mesa ordenadamente con la ayuda de su padre.
—Hola Ernesto. ¿Ayudando a las niñas?
—¡Oh, no! Son ellas las que me ayudan a mí.
Vuelve a casa con los huevos y...
—¿Puedes ayudarme, por favor? —le pide a su marido.
—Bueno... Si nadie más puede hacerlo... ¡qué remedio!
Ella se va a la cocina triste y preocupada. Su marido está enfadado y la cena sin hacer. «¿Qué más
puedo hacer? —se pregunta—. ¡Después de todo no he estado de “chismorreo”, como otras! Estaba
haciendo compañía a mi suegra. Pero aquí, cada uno va a su aire...»
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Autoridad y autonomía
Algunos padres y madres de familia, en el desarrollo de su tarea educativa, se encuentran con
grandes dificultades cuando llega el momento de conjugar eficazmente la autoridad que es necesario
mantener con los hijos con la autonomía que hay que irles concediendo para completar su proceso
educativo.
Ambos factores de la acción educativa requieren tacto y aprendizaje, pero en la preadolescencia
mucho más. Primero porque ahora les cuesta aceptar cualquier tipo de imposición, y segundo porque
han empezado a darse cuenta de que existen muchos ámbitos de su vida en los que pueden y deben
ser autónomos, y eso les desborda. Es necesario tener ideas y criterios diáfanos para poder mantener
posturas responsables y firmes cuando sea necesario, y conocer sus necesidades, para orientarles
bien en determinados momentos.
En esta etapa del crecimiento de los hijos se hace indispensable saber contrarrestar, con el ejercicio
de la autoridad, las malas influencias del ambiente, que, en muchas ocasiones, sin ser completamente
contrarias a nuestros principios educativos, invitan a nuestros hijos a trasgredir normas y límites que,
hasta ese momento, no tenían inconvenientes en aceptar.
Siempre ha sido difícil mantener con firmeza la exigencia que hay que tener con los hijos que
empiezan a madurar, pero hoy día se plantean todavía más dificultades de las que se tuvieron en
otras épocas. La autoridad no está de moda. Han vendido a nuestros hijos que las normas son
imposiciones, y la más mínima exigencia una actitud dictatorial, o, por lo menos, seguro que en más
de una ocasión han oído decir: «las normas que se deban imponer se han de decidir por consenso».
Todas estos reduccionismos que solo tienen parte de verdad llevan a la confusión a muchos padres,
que cometen estúpidos desatinos cuando tienen que practicar la autoridad.
Pero es que además, en este siglo XXI en el que vivimos, las influencias ambientales están tan llenas
de malos ejemplos que no es fácil mantener posturas educativas seguras y sólidas. Al contrario, en
muchas ocasiones, estas influencias dificultan las actitudes firmes que los padres tienen que saber
mantener frente a los naturales requerimientos, en muchas ocasiones caprichosos, de los hijos.
La autoridad es una cualidad necesaria para poder educar bien a los hijos y, al mismo tiempo, es un
servicio al que ellos tienen derecho. La imposición de normas y su exigencia razonable es una actitud
y una actividad que sólo es capaz de «poner en práctica» el que ama de verdad.
Al ejercer la autoridad los padres establecemos los límites entre lo bueno y lo malo, entre lo bueno y
lo mejor; y encauzamos juicios, principios y comportamientos.
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¿Qué significa «tener autoridad»?
La autoridad que se ejerce en la familia nos viene dada por el simple hecho de ser padres y madres y,
por tanto, no tiene nada que ver con el poder, aunque haya muchas personas que inconscientemente
confundan ambos términos. Mientras que el poder es una cualidad humana adquirida artificialmente y
en muchas ocasiones coyuntural, la autoridad es una cualidad personalmente otorgada y duradera.
Normalmente los hijos quieren a sus padres y les obedecen no porque sean mayores, ni porque sean
más sabios o más fuertes, sino por el simple y grandioso hecho de que intuyen, desde que son muy
pequeños, que les exigen porque les quieren, y ese cariño incluye la responsabilidad de ayudarles y
exigirles a ser buenas personas.
No obstante, para que esa autoridad, en principio otorgada y concedida por intuición, se transforme
en autoridad adquirida y asumida por parte de los hijos, ha de ganarse desde el principio y poco a
poco, en el trato cotidiano, con un «buen hacer»; que se concreta en un cariño bien entendido hacia
los hijos, en la solidez de las convicciones y en el correcto uso de la autoridad paterna y materna, que
deberán ser complementarias y ejercidas con sentido común.
En ese ejercicio de la autoridad se puede caer tanto en excesos como en defectos. Cuando unos
padres abusan del poder que les concede la autoridad que tienen sobre sus hijos, se convierten en
unos tiranos, mientras que, si no la usan cuando deben, pecan de ingenuidad. Tanto lo uno como lo
otro siempre pasará factura, y mucho más en los tiempos que corren. Los padres y madres de familia
de hoy deben aprender a hacer un uso racional de la autoridad, conjugando ese cariño que tanto
necesitan sus hijos con la exigencia que también le es completamente necesaria. Y no podemos
olvidar que:
El fin que unos padres coherentes deben perseguir con el recto uso de la autoridad no debe ser otro
que el de lograr que sus hijos alcancen un correcto uso de su libertad.
La autoridad es un arte
A quien ejerce la autoridad se le debe exigir conocer bien a la persona a la que manda. Los padres
deben saber cómo son y cómo sienten sus hijos, deben conseguir que se sientan personas singulares,
útiles, imprescindibles y copartícipes en un proyecto familiar, porque sólo así podrán ser capaces de
establecer los marcos de autoridad más apropiados y convenientes para ellos.
Se requiere un mínimo de habilidad, como un arte especial, para hacer un buen uso de la autoridad;
con oportunidad, con coherencia y con la intensidad necesaria.
Algunos padres, y sobre todo algunas madres, se enfadan de una forma inapropiada cuando sus hijos
preadolescentes no les obedecen inmediatamente después de darles una orden. Otros; cuando las
respuestas se acompañan de alguna impertinencia, se enfrentan a ellos con demasiada ligereza, y
algunos incluso llegan a mostrarse violentos para que la obediencia se convierta en una respuesta
inmediata por parte de los hijos. Con frecuencia no pensamos suficientemente lo que significa tratar a
un niño o una niña de esta edad. Mandar bien y acertadamente es muy difícil, y en muchísimas
ocasiones no pensamos y nos olvidamos también de que obedecer, y con diligencia, cuesta mucho
más.
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Si queremos que nuestra autoridad sea marco principal del entramado educativo planteado con
nuestros hijos hemos de pensar siempre, más que en lo que queremos mandar, en si con nuestra
exigencia les estamos ayudando a hacer un buen uso de su libertad.
En la práctica de la autoridad que se deriva del amor paterno, no caben ni chantajes ni dependencias
afectivas, ni decisiones precipitadas fruto de arrebatos momentáneos.
Tampoco valen las predilecciones enfermizas; ni sirven las apelaciones a la moda o a los estados
particulares del ambiente, ni cabe escudarse en que así lo hace la mayoría.
Posibles estrategias
Para ejercer con eficacia la autoridad en estas edades preadolescentes, sería muy conveniente que
nuestros hijos hubiesen adquirido ya bien la virtud de la obediencia (a la que hacíamos referencia más
amplia en notas técnicas de programas anteriores), pues esto facilitaría las cosas; pero sea o no sea
así, habrá que priorizar algunas actuaciones sobre otras y establecer un modelo como el siguiente:
primero estimular a los hijos para que tengan muchas iniciativas en todos los marcos de su desarrollo,
luego encauzar sus comportamientos, después ayudarles en sus limitaciones o incapacidades y, más
adelante, informarles de la existencia de algunas normas y «reglas del juego». A partir de aquí
podremos mandar y exigir el correcto cumplimiento de dichas normas con constancia y firmeza… y, al
final del proceso, según convenga, alabar o sancionar.
Seguir ese orden nos exigirá:
1.- Tener establecida una escala de valores coherente y patente en nuestra vida de familia.
Esta debe ser la primera exigencia para unos padres que pretendan mantener la autoridad con sus
hijos. Cada cónyuge tendrá que tener bien establecida su personal jerarquía de valores, para así
poder luego unificar y saber cuáles serán los que conjuntamente transmitan a los hijos, pero con la
clara idea de que es imposible mantener determinadas normas y requerimientos con el «porque sí» o
con el «porque lo mando yo». Esas actitudes, que en alguna ocasión pudieran ser recomendables y
necesarias, sobre todo cuando eran pequeños, a partir de ahora pueden dar muy malos resultados e
incluso tornarse contraproducentes. Efectivamente, lo que ahora necesitan tener claro nuestros hijos
es que las normas que se imponen y los comportamientos que se les exigen no son fruto del antojo,
ni de las circunstancias del momento, sino que están fundamentadas en una tácita jerarquía de
valores que se vive desde hace años en la familia.
2.- Dar con prudencia y claridad las normas necesarias para que puedan desenvolverse con libertad
en esa vida de familia.
Sto. Tomás nos enseña que no se puede exigir el cumplimiento de una ley si esta no cumple los
requisitos de: ser clara, justa, tener un carácter permanente y haber sido promulgada. Esto nos puede
ayudar a padres y madres de familia a entender cómo deben ser las normas que se impongan en
casa. La prudencia es una virtud que debe vivirse con mayor intensidad desde el momento en que se
tienen que imponer determinados comportamientos a otros seres humanos, pero, además, sólo
podremos exigir su cumplimiento hasta el final si esas conductas han sido impuestas con respeto y
coherencia, bien sopesadas y evitando que sean fruto de una rabieta o improvisación nuestra.
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3.- Conseguir un clima de serenidad y sincera confianza entre todos los miembros de la familia
En una atmósfera crispada, bien por la opresión, bien por la falta de autoridad, es imposible que se dé
una obediencia confiada que incluya respuesta y comprensión de lo mandado, además de
asentimiento interior. Pestalozzi, en su obra «Cómo Gertrudis educa a sus hijos», coloca en estrecha
relación la obediencia de los hijos con el amor y la confianza que tengan estos hacia sus progenitores.
Y ciertamente así es; si los chicos que reciben una orden sospechan que no existe confianza en su
capacidad de respuesta, sino que el mandato viene envuelto de un «¡aunque no serás capaz de
hacerlo!», o de un «¡a ver si lo consigues alguna vez!», además de tratarse de una orden inútil,
estaremos preparándoles maravillosamente para que sean unos desobedientes.
Cuando el hijo que recibe una orden no tiene suficiente confianza en el progenitor que se la está
dando, seguro que nace en él la suspicacia, e intentará por todos los medios no tener que cumplirla.
Si no tiene más remedio que obedecerla, es posible que lo haga por miedo, y seguro que con temor,
con lo cual, dicho cumplimiento nunca podrá ser un reflejo de una autentica autoridad, ya que ésta
debe llevar al crecimiento de la libertad.
4.- Fomentar su autonomía
En el nivel más práctico del asunto, este es un punto principal. Si a los hijos se lo damos todo hecho...
¿qué les podremos exigir? Ayudarles a crecer en autonomía consiste en permitirles hacer solos, a la
edad correspondiente, todas aquellas cosas que pueden y son capaces de hacer a esa edad, y que
además ellos solicitan que se les deje hacer.
A otro nivel, fomentar su autonomía consiste en ceder, con prudencia y mano izquierda, en muchas
de las propuestas y decisiones que ellos aportan. Con frecuencia en la vida familiar habrá que dejar
que se equivoquen y, cuando sea necesario, alabarles cuando hayan tomado una buena decisión. A
esta edad, nuestros hijos han aumentado exponencialmente el número de decisiones que toman a lo
largo del día. Eso, además de observarlo, debemos incentivarlo y encauzarlo.
¿De qué calidad son las decisiones que está tomando ahora en cosas importantes y trascendentes? A
veces, inconscientemente, cortamos y coartamos las iniciativas de nuestros hijos, considerándolas
infantiles o desafortunadas, pero, si supiésemos encontrar la forma de dar cauce a muchas de esas
iniciativas y propuestas, nuestros hijos adquirirían mayor seguridad en sí mismos y la capacidad de ser
responsables de sus comportamientos.
La autonomía que necesitan para desenvolverse en una sociedad agresiva como la nuestra no se
adquiere en un día, por eso hay que dejarles que tomen muchas decisiones ellos solos, también en
cosas que carezcan de importancia. Solo así conseguirán ejercitarse en la asunción de
responsabilidades, capacidad que necesitarán en otras muchas cosas de mayor importancia.
5.- Seguir educando su voluntad.
Esto requiere un estudio mucho más sistemático del que aquí podemos hacer, y se enseña en otras
notas técnicas del programa, pero se trata de conseguir que nuestros hijos, por su propio impulso,
sean capaces de vencer y de vencerse en las pequeñas o grandes batallas diarias que tienen que
librar: contra sus propias perezas y comodidades, contra sus desordenadas tendencias, contra sus
temperamentales impulsos, contra los ambientes contrarios y contra las agresiones a sus principios.
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Tener una voluntad firme y decidida requiere principalmente valores y entrenamiento, aparte de
tiempo para conseguir ir de menos a más, pero ese entrenamiento, que dura años, debe tener muy
bien fijados los objetivos, debe haber provocado en nuestros hijos profundas motivaciones interiores,
y habrá exigido de nosotros una sistemática vigilancia y evaluación.
Quizás en la preadolescencia, por los vaivenes tan llamativos que se dan en el ámbito emocional, sea
muy necesaria la firmeza y el empuje de los padres, para que esa voluntad se ponga en juego, pero
hemos de ser conscientes de que esa exigencia firme debe ser pasajera, ya que, si siempre la
necesitase, sería un claro signo de que su fuerza de voluntad no habría sido educada.
6.- Exigir la responsabilidad necesaria en cada edad y en cada situación.
No podremos decir nunca que tenemos autoridad sobre los hijos si no se observa en ellos la
capacidad de asumir responsabilidad en los actos que se proponen. Un hijo es responsable cuando es
capaz de sopesar, en alguna medida, los peligros que se puedan derivar de algunas de sus conductas.
También se podrá decir que es responsable si tiene iniciativa para asumir serenamente riesgos
razonables, y también será muestra de responsabilidad el saber pedir perdón por aquellas acciones
que no sean conformes a las normas establecidas.
Los padres tenemos que saber exigir esas responsabilidades siempre, aunque contando con sus
edades y con sus capacidades, pero sabedores de que son muy capaces de asumirlas, a veces más de
lo que nos pensamos, y sobre todo sabiendo que nuestra autoridad tiene el valor que tienen las
responsabilidades que son capaces de asumir nuestros hijos.
7.- Ser constantes y firmes en el seguimiento de las normas establecidas.
Ya hemos dicho que el motivo de que tengamos normas establecidas y de que exijamos su
cumplimiento con nuestra autoridad no es otro que el de dar cauce y servir de guía al comportamiento
«libre» de nuestros hijos. Este seguimiento paternal y maternal en el cumplimiento de las normas
establecidas debe ir decreciendo conforme a su edad, no puede ser fruto de situaciones especiales o
pasajeras, sino que tiene que ser una actitud constante en los que hemos asumido la responsabilidad
educativa de los hijos, para que aprendan a ser libres.
Por último hay que decir que, desde el punto de vista más genuino de nuestra Orientación Familiar, la
constancia y la eficacia en el ejercicio de la autoridad estarán relacionadas con el nivel de diálogo y
comunicación matrimonial que tengamos. La firmeza en las sanciones y la diligencia en los perdones
estarán directamente relacionadas con la cantidad y la calidad del cariño que, como esposos, nos
tengamos y hacia ellos dirijamos.
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Preadolescencia Sesión Autoridad y autonomía NT
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El verano de Álex
Óscar está francamente preocupado con su amigo Álex. Aunque se llevan de maravilla, encuentra que
en ocasiones su comportamiento es un poco raro.
El otro día, en el vestuario, dos del equipo, mientras se duchaban, empezaron a hacer el tonto con
sus genitales, haciendo actos obscenos. Óscar se reía, pero Álex se puso serio y pasó de ellos,
diciéndoles:
—Dejaos de marranadas y vamos para casa.
Desde que Álex entró en el colegio el año pasado, en 6º de Primaria, por el traslado de su padre a
esta ciudad, se hicieron bastante amigos. Congenian en juegos y aficiones y pasan muchos ratos
juntos, tanto en la competición de hockey, en la que van subcampeones de su grupo, como en sus
ratos libres, en los que se dedican a jugar con la play station en casa de Óscar o en el ordenador en
casa de Álex, aunque la madre de este no les deja estar más de una hora.
A Óscar le sorprendían algunas cosas de las que hacía Álex, y su preocupación viene ya desde el
verano pasado, cuando Álex estuvo durante poco más de una semana en su casa de veraneo.
La vida en el pueblo era de lo más entretenida, y el ambiente, aunque muy materialista en algunos
aspectos, era bastante sano y muy familiar.
Óscar se quedó extrañadísimo cuando, la primera noche que Álex durmió en su habitación, después
de mucho rato de conversación, este, de rodillas, rezó sus oraciones de la noche. A Óscar le llamó la
atención e incluso le produjo vergüenza ajena, aunque había oído decir «cosas de estas» al sacerdote
del colegio, pero no le dijo nada. Quizá todavía le chocó más la actitud de sus propios padres, cuando,
en la comida del día siguiente, conocedores de que en la casa de Álex bendecían la mesa, le invitaron
a hacerlo; e incluso le acompañaron, no sin antes dirigirle una mirada a él para que se sumara al acto.
Tampoco le quiso dar más importancia, aunque no dejaba de parecerle exagerada tanta bendición
durante esos días, pero su perplejidad llegó al límite cuando una mañana, yendo los dos en bicicleta,
Álex le sugirió:
—Oye, ya que nos han coincidido las doce aquí, ¿por qué no rezamos el Ángelus como lo hacemos
en el colegio?
—Pero mira que eres raro, tío, Yo creo que eso está bien para el «cole», pero no creo que sea
necesario hacerlo fuera, ¿no? Como dicen mis padres, eso ahora ya está anticuado y no hace falta
rezar para hablar con Dios.
—¿Y cómo lo haces tú entonces?
—No, yo no rezo casi nada. Bueno, cuando estoy en el «cole» con vosotros sí, pero luego eso no
sirve para nada ¿no? ¿En tu otro colegio también rezaban tanto?
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Preadolescencia Sesión Sentimiento espiritual Caso
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—Sí y yo creo que sí sirve. Dios nos ayuda cuando se lo pedimos, pero además a mí me gusta
hacerlo, me siento mejor que cuando no lo hago... Oye, entonces... ¿mañana Domingo no iréis a
Misa?
—¡Hombre!, nosotros no solemos ir... ¿Para qué?
A la mañana siguiente a Óscar volvió a extrañarle la actitud de sus padres. Con gran simpatía y
diligencia les animaron a ir a Misa, e incluso dijeron que ellos irían también, como hacían muchas
veces. (Óscar, desde luego, no recordaba ni que fueran mucho, ni cómo era la iglesia del pueblo, pues
solo fue allí dos o tres domingos después de haber hecho la Primera Comunión, y al entierro del
abuelo Luis).
Álex, por su parte, había mantenido una pequeña lucha interior, ya que consideraba que no era bueno
hacerse notar tanto; si no podía ir un domingo a Misa, Dios no se iba a enfadar con él y, además,
luego ya se confesaría más adelante. Aunque, por otro lado, opinaba que debía enfrentarse y cumplir
lo que a él le habían enseñado sus padres. Tampoco pasaba nada por ser él el único que fuese a
Misa.
Luego todo se solucionó fácilmente, ya que los padres de Óscar le acompañaron a la iglesia.
Álex se sintió orgulloso de hacer que todos fueran a Misa, pero quedó sorprendido cuando vio que
también todos se acercaron a comulgar, a pesar de no ser practicantes. El no entendía nada y
deseaba tener a sus padres cerca para consultarles. ¡Qué extraño le parecía todo!
Al regresar, le preguntó a Óscar por qué había comulgado si no creía y sin confesarse antes. Le
sorprendió la simplicidad de la respuesta de Óscar.
—¿Para qué? ¡Si a Dios se le puede pedir perdón desde cualquier sitio! Además, ¿de qué tenemos
que confesarnos? ¿De eso que hablamos el otro día de los actos impuros? ¡Pero si eso es natural!
—Sí, será natural, pero hacerlo ofende a Dios.
—¿Por qué? —preguntó Óscar.
—Porque va en contra de sus Mandamientos —contestó Álex muy seguro de sí mismo.
—Pero... ¿de verdad te crees que los Mandamientos los dio Dios?
A Álex le entristecía la falta de fe de Óscar, y su pasotismo, pero, por otra parte, le faltaban
argumentos para convencerle. A Óscar, en cambio, le preocupaba Álex, porque podía acabar siendo
«cura» si seguía así.
La verdad es que, a pesar de todo, seguirían siendo amigos, porque se llevaban muy bien y Álex se lo
había pasado estupendamente esos días con Óscar. Había experimentado la libertad del pueblo, el
continuo corretear en pandilla y la agradable sensación de estar con chicos y chicas que le gustaban y
en un grupo en el que había sido tan bien acogido. Pero también se había dado cuenta de que ser
católico practicante era una cosa difícil y que exigía ser muy valiente en muchas ocasiones.
A la vuelta habló con sus padres de todas estas cosas. Ellos le hicieron recapacitar sobre el valor de su
vocación cristiana. Le felicitaron por su comportamiento y le animaron a seguir luchando por ser un
buen cristiano.
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La idea de servicio y la vida de piedad de los hijos
En un mundo materializado, que busca y valora lo inmediato, que mide a las personas por lo que
tienen más que por lo que son, se hace necesario promover, sobre todo desde la familia, ideales que
nos lleven a entender que los seres humanos somos algo más que pura materia orgánica y que toda
nuestra vida en esta tierra está llena de un sentido trascendente.
No faltan analistas contemporáneos que consideran el hecho religioso —así lo definen— como una
manifestación de la cultura de otros tiempos. Sin embargo, basta contrastar estudios sobre la vida de
los hombres en la Tierra para poner de manifiesto que la religión y el sentimiento de trascendencia de
los hombres ha estado siempre presente en todas las culturas y en todos los periodos de la historia de
la humanidad.
La idea de servicio como base para conquistar un sentimiento religioso
A los preadolescentes se les debe plantear la necesidad y la conveniencia de mantener actitudes y
acciones de servicio hacia los demás, ese deberá ser uno de los planes de acción que tendrán que
llevarse a cabo con hijos de estas edades si se quiere seguir educando aspectos religiosos de la vida.
Su condición preadolescente les hace estar lo suficientemente preocupados por todo lo que les está
pasando como para que la transcendencia de la vida les resulte poco atractiva y un tanto lejana. En
este periodo ellos van a necesitar estar pendientes de sí mismos, mirarse con mucha frecuencia hacia
dentro y dejar de lado lo que les pasa a los demás, porque necesitan descubrir cómo son, qué les
impide serlo, qué les sienta bien, en definitiva, cómo quieren ser. Con todo y con eso, para ellos no
pierde atractivo la satisfacción que supone darse a los demás, y, por eso, que hay que proponerles
que ayuden mucho en casa, aunque haya que repetírselo cincuenta veces.
Para crecer como personas necesitamos ejercitarnos en aquello que nos perfecciona. No basta con
querer ser responsables, es necesario ejercitarse en la responsabilidad cada vez que se presente la
oportunidad, hasta que consigamos serlo. De la misma manera, si queremos ser sinceros, ordenados
o generosos es necesario que, con esfuerzo y dedicación, practiquemos las acciones que exige esa
virtud hasta adquirir el hábito deseado. Estos hábitos que nos ayudan a crecer como personas más
plenas son las virtudes humanas, que a la vez son el fundamento de todas las demás virtudes
cristianas. Y esto es así hasta el punto de que, en quienes no tienen fe, esas virtudes —cuando
existen— son como un reducto de bondad, que les predispone, de algún modo, a recibir la acción de
la gracia de Dios.
Por eso, si conseguimos que perciban, aunque sea levemente, la grata satisfacción que supone servir
a los demás, les pondremos en situación de entender bien las máximas cristianas de: «Amaos los
unos a los otros como yo os he amado» y «No he venido a ser servido sino a servir». Plantear esto en
esta etapa será para ellos, que están muy cerrados en sí mismos, algo muy impactante, pero que les
pone en el cauce de interesarse por la figura de Jesucristo. En él reconocerán el paradigma de lo que
es servir a los demás, con el consiguiente atractivo que para ellos tendrá la figura de ese para ellos ya
conocido Mesías, que ahora han de empezar a entrever como redentor.
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Las virtudes: sustrato de una vida cristiana
En la nota técnica de la segunda sesión ya explicamos la necesidad de educar en valores y, como
consecuencia, la necesidad de que adquieran muchas virtudes. Todas tienen su importancia para
alcanzar la madurez humana, pero, centrándonos en la preadolescencia, cabría destacar como
importantes: la fortaleza, la laboriosidad, la responsabilidad, la generosidad y la sobriedad. Otras,
como la sinceridad, la obediencia, el orden o la justicia, sin perder su vigencia, deberían haberse
potenciado ya en etapas anteriores.
Pero para vivir una vida cristiana, además de las virtudes humanas es necesario favorecer las
sobrenaturales —fe, esperanza, caridad—, que, aunque fundamentalmente son don de Dios, exigen
de nuestra parte una respuesta y, en consecuencia, un esfuerzo por vivirlas. Durante esta etapa es
fundamental favorecer la virtud de la fe, íntimamente relacionada con la formación doctrinal religiosa
ya aludida anteriormente. La fe nos hace reconocer la existencia de un Ser Creador que nos revela
dónde se encuentra el bien y el mal y que nos pide unos mínimos comportamientos hacia Él para
sentirnos alegres y felices con nosotros mismos.
La conciencia de pecado
La conciencia humana no es un invento de algunas ciencias ni algo exclusivo de lo que hablan los
católicos. En todos los tiempos y culturas el hombre ha experimentado y ha tenido clara «idea» de
que comportarse de una manera o de otra le supone satisfacción o le produce tristeza. Es como una
ley que sentimos dentro de nosotros mismos, proviene de nuestro interior. Pero esa «voz» de la
conciencia, que suele ser infalible en cuestiones cotidianas, en algún caso puede estar desacertada.
Pese a ello incluso en ese caso sería legítimo seguir sus dictados.
Pero hemos de saber que, unas veces por influencias externas y otras por el fuerte influjo de nuestras
pasiones, puede deformarse. Esto ocurre más frecuentemente en unas épocas que en otras, y la
preadolescencia es una de ellas. Ocurre que «la persona que no vive como cree, acaba creyendo
como vive», de tal manera que si a los chicos jóvenes no se les forma bien la conciencia, se van
convirtiendo en reos de sus antojos y apetencias y se acostumbran a vivir a merced de sus pasiones.
Por todo esto tenemos que preocuparnos especialmente de dar una auténtica idea de lo que es
pecado, de lo que ofende a Dios, lo cual, al mismo tiempo que nos degrada como personas, nos hace
estar tristes y confundidos. Hoy existen organismos e ideologías que se están empleando
exhaustivamente en deformar —aunque ellos dicen que forman— las conciencias de los
preadolescentes y adolescentes y en dejar una mala huella en algunos durante mucho tiempo. Hay
corrientes que consideran la vida espiritual, en el marco de lo religioso, como un absurdo. A
consecuencia de tales campañas en algunos jovencitos se provocan situaciones de angustia, de
escrúpulos o de indiferencia hacia los temas espirituales, y eso a algunos les está dejando marcados
para toda la vida.
Ahora se nos intenta inculcar la idea de ofensa social o la de falta de sentido de ciudadanía, pero eso
ya va incluido en las ofensas a Dios y es mucho más grave ofenderle a Él. A nuestros preadolescentes
nadie les dice que hay cosas que ofenden a Dios y que, cuando no se siguen los mandamientos
propuestos por Él, todo se vuelve desorden y uno acaba estando triste y confuso. Es más, algunos
opinan que esto no debemos ni mencionarlo y que, como mucho, hemos de restringir esas
enseñanzas al ámbito de lo privado. Eso está provocando una falta de conciencia de pecado que está
llevando a muchos hombres y mujeres a hacer auténticas barbaridades con sus vidas.
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Desgraciadamente los cristianos tampoco explicamos con claridad cómo se ama a Dios, qué es amarle
y qué actos concretos se deben realizar para demostrarlo, y para colmo abundan ejemplos nefastos, y
hay una auténtica carencia de buenos ejemplos. Quizás sea por eso por lo que nos falta el auxilio
divino para encontrar el auténtico sentido a los mandamientos y las cosas que Él nos pide.
Es posible, sin duda, que subsista siempre alguna tensión en la consolidación de la vida de fe, que
cueste vivir una práctica religiosa o que no se valoren determinados cuidados que se deben tener
conforme a esa fe, pero los cristianos sabemos y no debemos olvidar que, donde no llegamos
nosotros con nuestros actos, llega la gracia.
Dios, Cristo, no nos ha dejado ya nunca más solos, contamos con su perdón, con su gracia y con su
auxilio, y por eso tenemos que enseñar a lo hijos que, cuando «metemos la pata», hay que saber
pedir perdón. Ellos han de hacer lo mismo de la misma forma que lo harían con nosotros, sus padres,
cuando se hubiesen equivocado o hubiesen trasgredido algunas de las normas que les hubiésemos
impuesto. Si lo hacen por lo menos con Él, irán sintiendo tranquilidad en sus desasosiegos y podrán
mantener una buena vida de piedad en esta etapa, que tiene sus dificultades.
Los preadolescentes bien formados (y los que no lo están también, aunque sea más vagamente) ya
tienen conciencia de pecar, es decir, de haber ofendido a su Padre Dios. Como es propio de la edad,
los impulsos sexuales les aparecen ahora con virulencia y por doquier, de tal forma que vivir la virtud
de la pureza en estas edades les supone un gran esfuerzo y les exige una gran templanza. Por eso, y
para ayudarles con eficacia, habrá que tenerles activos, por ejemplo haciendo mucho deporte o en
actitudes de servicio (siempre pueden echar una mano a alguien) y facilitarles con asiduidad y
siempre que sea preciso la posibilidad de acercarse a un confesor que los reconcilie con ellos mismos
y con Dios.
El trato con Dios
Ahora, a medida que va creciendo, será necesaria una formación doctrinal que respalde sus prácticas
piadosas. Como ocurrió en los demás campos de acción, en los que se inició a base de pura imitación,
ahora la piedad ha de racionalizarse e interiorizarse, y habrá que explicarle que la mejor forma de
tratar a Dios es por medio de la oración. Breve pero asidua.
En su oración, que al principio les costará, tendrán que aprender a hablar con Dios, con cortas
conversaciones en las que hablen de todas sus cosas, y, más adelante, sabiendo que con ello
aumenta la gloria de Dios. Así la religión se convierte para ellos en algo vivo, que pueden comprender,
y el amor a Dios y a la Virgen les sobreviene como cosa natural y espontánea surgida de un trato de
confianza.
Los últimos encuentros del Papa con la juventud han supuesto un excelente modelo para que los
jóvenes pierdan el miedo a acercarse a Jesucristo y a Dios. En muchos lugares encontramos a jóvenes
ilusionados y vibrantes que son capaces de rebelarse contra esa vida pasiva, conformista, indiferente
y carente de ideales que se les propone. Se plantean seriamente ser felices y buscan cómo servir a los
hombres y a la sociedad dando su tiempo sin miedo, para comprometerse en seguir una vida
cristiana.
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Muy importante: el ejemplo de los padres
En la preadolescencia los hijos construyen un tamiz por el que habrán de pasar todas las enseñanzas
recibidas. A partir de esta edad revisan lo recibido y ponen todo en tela de juicio, en especial aquello
que está relacionado con su intimidad. Lo relativo a la vida de fe de sus padres, naturalmente, no
escapa a dicha revisión, y tendrán que librar sus batallas hasta conseguir que éstas queden bien
resueltas. En la medida en que lo consigan con más o menos eficacia estas luchas persistirán durante
su adolescencia.
Su vida sentimental, su inseguridad y la necesidad de desmarcarse de todo aquello que piensan sus
padres, para dejar patente su identidad, hace que el preadolescente tenga una percepción muy
subjetiva de las realidades y de la sociedad. Si a todo ello añadimos la falta de criterios morales claros
sobre la conducta que deben seguir y el relativismo que invade nuestra sociedad, resulta entonces
que, por contraste y aunque les cueste admitirlo, el ejemplo de los padres se irá convirtiendo en un
verdadero punto de referencia en el que se pueden fijar, para así ser capaces de construir su propio
marco de actuación, es decir para llegar a ser ellos mismos.
Empezar a «ser uno mismo»
Durante esta etapa aún carecen de convicciones propias y personales suficientemente arraigadas. Su
personalidad comienza a hacerse de «retazos»; algunos, fruto de las influencias de sus padres, otros
de la de amigos, conocidos, profesores o personajes de moda, y ahora les faltará poner voluntad
personal para hacer frente a las embestidas del ambiente externo. Tendrán que aprender a mostrarse
firmes sin claudicar ante las situaciones complicadas que les planteen sus amigos y sus enemigos.
Por todo lo anteriormente expuesto, a partir de ahora es conveniente enseñarles a luchar para
mantener sus principios. Es un buen momento para empezar a hacer más sólidas sus creencias. Para
ello hay que facilitarles los medios de formación suficientes para conocer con la suficiente profundidad
los fundamentos de nuestra fe. Una formación que les permita a la vez tener una visión de conjunto
de lo que supone ser cristiano en todos sus ámbitos; el estudio, el trabajo, el amor humano, las
relaciones sociales, y no solo el cumplimiento de unas prácticas de piedad o de unos preceptos
morales desconectados del resto de la vida.
Esta unidad de vida que evita la disociación entre la formación humana y la espiritual fortalece la
unidad personal. Hay que proponer al preadolescente que empiece a ser él mismo y, con ello, que
vaya encontrando el auténtico sentido a todas las cosas que vaya haciendo en su vida.
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¿Salgo?… ¿o me conecto?
María y Pablo son un matrimonio muy motivado por la educación de sus hijos por lo que suelen
mantener un constante diálogo sobre estos temas. Tienen 3 hijos: Lucía, de 13 años, Alberto, que
tiene 11, y el pequeño Nicolás, que tiene 9. A pesar de ser una familia muy unida, el excesivo trabajo
de Pablo impide que pase mucho tiempo en casa, y es María la que se encarga muchas horas de ellos.
Él es arquitecto y, con la actual crisis económica, para mantener el despacho se ve obligado a viajar
mucho, buscando futuros clientes y proyectos. María, que es enfermera, dejó el trabajo al nacer
Nicolás para dedicarse totalmente a los niños. Últimamente los continuos viajes de Pablo y el
cansancio de María por tener que hacerlo todo sola han provocado «cierto descontrol» en el hogar:
Los niños tienen edades difíciles, de «cambios», y son continuas las peleas y las broncas entre ellos, e
incluso con ella, que es la que más horas está en casa.
Lucía es una preadolescente estudiosa, responsable y amiga de sus amigas. Desde pequeña, junto a
su hermano Alberto, ha tenido una vida muy cómoda y bastante permisiva, que no se vio alterada con
el nacimiento de Nicolás. Como la mayoría de preadolescentes, a esta edad tiene móvil, suele salir
algunas veces con sus amigas y participa activamente en las redes sociales. Tiene dos perfiles de
Facebook (el oficial para sus padres y el de incógnito para los amigos) y aporta muchas frases
ingeniosas a su Twitter. Pablo opina que las nuevas tecnologías son las grandes protagonistas en el
mundo de hoy y todo adolescente debe saber moverse en ese mundo. «Si no sales en Internet no
existes», dice Lucía muy convencida. María, su madre, siempre ha pensado que aunque todo eso
pueda parecer inocente, lo de las redes sociales va mucho más allá y, si no se actúa con prudencia,
las consecuencias pueden ser peligrosas.
Los otros hijos, por ahora, no les dan especiales problemas. Alberto, que es el más tranquilo de todos,
se pelea mucho con su hermano; con su pasión por los animales y la naturaleza pasa muchos ratos
solo, y las maquinitas no le atraen. Todo lo contrario de su hermano que, a pesar de su corta edad,
ya empieza a engancharse al mundo del Messenger y está todo el día con los juegos del PC.
Lucía habla con una compañera de clase, Marta:
—Hola, Marta, ¿Qué tal te va?
—Muy bien, Lucía, ¿y a ti?
—Bien; ¡oye Marta, he visto que tienes muchos amigos en tu Facebook, ¿eh?! ¿Cómo lo haces?
—¡Ah! tía, es muy fácil, acepta a todo el mundo que quiera agregarte. Así serás popular y todo el
mundo te conocerá y verá tus fotos.
—Ya, ¿pero eso no es peligroso?
—¡Qué va!, yo siempre acepto a amigos de amigos y, de vez en cuando, a algún desconocido.
Luego hablas con él y le conoces y ya está. Te voy a dar un truco, Lucía, que a mí me ha ido muy
bien. Hazte fotos algo sexis y súbelas, ponte una como principal y verás cómo la gente te agrega.
—Bueno, te haré caso, a ver si mi lista de amigos sube y te alcanzo.
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Preadolescencia Sesión Primeras salidas y nuevas tecnologías Caso
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—Ja, ja… no me ganarás, te lo garantizo.
—Quedamos mañana para estudiar en la entrada del cole ¿vale?
—Vale, hasta mañana.
Al salir del colegio, como cada tarde, Lucía se va a casa y, después de acabar los deberes, se conecta
a su Facebook y allí se queda hasta la hora de cenar.
Tiene el ordenador en la habitación, por lo que no le resulta muy difícil, nadie la controla. Está sola en
casa muchas horas, su padre trabajando o de viaje y su madre recogiendo a sus dos hermanos del
entrenamiento de baloncesto.
—¿Quién puede tener 400 amigos? —piensa Lucía—. No seamos ingenuos, de estos 400 seguro
que Marta no conoce ni a la mitad.
Echó un vistazo a sus fotos y añadió de todo un poco: en la playa este verano con sus maravillosos
bikinis, poses como las cantantes de moda, algún escote…
—Ahora conseguiré muchos comentarios y muchos amigos.
Son las nueve y media de la noche y es la hora de cenar. Como cada día, Lucía se retrasa. Lleva toda
la tarde conectada a Facebook y aun no ha descansado ni cinco minutos. La hora de la cena es el
momento de reunión para la familia, donde hablan todos juntos.
—¡Niños, a cenar! Papá y yo ya estamos sentados en la mesa —grita María.
—¡Sí, mamá, ya vamos! —contestan todos a la vez.
(Pasan unos minutos y solo Alberto y Nicolás han obedecido).
—Lucía, estamos todos esperándote, ven ya! —dice Pablo con tono cansado.
—Que sí... ya voy... estoy colgando unas fotos en Facebook.
(Pasan 10 minutos y Lucía no aparece) .
—Lucía, estamos cenando ya, o vienes o te quedas sin cenar.
—¡Ya voy!
(Finalmente aparece y se sienta en la mesa).
El ambiente es agradable. Pablo cuenta a los niños cómo le ha ido en el trabajo y éstos le explican su
día en el colegio. Todo marcha bien:
—¿Qué tal el cole, chicos? —dice María.
—Bien, mami —contesta Nicolás—. ¿Luego puedo conectarme al Messenger? He hecho todos los
deberes.
—Bueno hijo, pero solo un ratito —contesta Pablo.
—¿Tú, qué tal, Lucía?
—Muy bien. Mañana he quedado con Marta muy temprano en el cole, para estudiar un rato.
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—Muy bien, cariño. Estudia y trabaja. ¡Y no te conectes tanto al Facebook! Llevas toda la tarde…
—Déjala, mujer, está en la edad —dice Pablo.
—Pablo, por favor, lleva toda la tarde. Hemos de controlarlo un poco.
—¡Mamá, despierta! No seas anticuada, ja, ja. —dice sonriendo Lucía.
—Por cierto, «papis», aprovecho para comentaros una «cosita» —dice Lucía. Este fin de semana
«todas» mis amigas van a salir a «Opium» una nueva discoteca de tardes que inauguran. Ya sé
que no os gusta, pero es una ocasión especial. Van «todas», mis notas son buenas, podemos
hacer una excepción. ¿Puedo ir, «porfa»?
—Cariño, ya sabes que no, ¡no tienes edad para este tipo de diversión! Ya tendrás tiempo para ir
—contesta María tranquila.
—Jolín, nunca me dejáis hacer nada. Soy la «única» de mis amigas que no va a ir, nunca voy a
los planes con mis amigas, ¡vais a conseguir que me marginen y me vean como un bicho raro,
muchas gracias! —contesta Lucía elevando el tono de voz.
—¡Ahora no lo entiendes, de mayor lo entenderás y nos darás las gracias! —contesta Pablo—
Luego lo hablamos con calma, cariño.
—¡¡¡Me estáis haciendo la vida imposible!!! —chilla Lucía, histérica, y se marcha llorando a su
habitación.
Una hora más tarde:
—Pablo, hemos de hacer algo con esta niña, se nos está «escapando» de las manos. Se pasa el
día en Facebook y colgando fotos, actúa y responde de una manera que no es la correcta, ¿qué
estamos haciendo mal? —dice María.
—Cariño, es la edad. Está en una etapa difícil, cualquier cosa que hagamos le parecerá mal, pero
con el tiempo lo agradecerá y verá que lo que hacemos lo hacemos pensado en ella y por su bien.
En cuanto a lo de Facebook, deberíamos hablar con ella y hacerle ir a alguna sesión informativa
sobre los peligros que conllevan este tipo de redes, así como acotarle el horario de acceso a
Internet —contesta Pablo.
—¡Me parece bien! Mañana nos sentamos y hablamos con ella. Pero no sé, Pablo, me preocupa
que ya no hacemos cosas con ellos, todos juntos, tengo la sensación de que se nos están
«escapando».
—Cariño, estoy agotado, ¿lo hablamos mañana?
A la mañana siguiente, Lucía, al llegar al colegio, se encuentra con Marta y le cuenta la bronca con
sus padres y sus cambios en el Facebook. Cuando llegan a la biblioteca se encuentran con un grupo
de compañeros delante del tablón de anuncios.
—¿Qué estará pasando? —se pregunta Marta.
—¡Vamos a verlo! —le dice Lucía.
Hay un gran barullo y la gente chilla y cuchichea.
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—¡Mira, es ella! ¡Es la chica del bikini rosa!
—Hola, Lucía —le saludan otros chicos de su clase.
—¿Qué? ¡No entiendo nada! —grita un poco histérica Lucía.
—¡Tranquila! Vamos a ver qué pasa —dice Marta.
Al llegar al corcho, se encuentran varias fotos suyas, de las últimas que colgó en su perfil. ¡Son todas
las que ha puesto en Facebook! Entre gemidos y lloros Lucía arranca las fotos. Va a la papelera a
tirarlas y ve allí más fotos suyas. La gente las reparte y todos las siguen teniendo. Hay fotos por todas
partes.
«¡Qué pesadilla!, piensa Lucía, ¡Es como si me persiguieran y no pudiera deshacerme de ellas!»
— ¿Qué hago ahora? ¡Ayúdame, Marta!
—Tranquila, necesitas tranquilizarte —le dice Marta— Es el precio de la fama. Ahora tendrás todos
los chicos y amigos que quieras.
Han pasado varias semanas desde aquel horrible suceso, pero Lucía parece que ha aprendido la
lección. Ha bloqueado su Facebook y ha eliminado a todos aquellos que no conocía. Ha borrado las
fotos y ahora va con más cuidado.
Sus padres, que hoy siguen sin enterarse del suceso, creen que la actual prudencia que notan en
Lucía es fruto de la breve conversación que mantuvieron con ella hace unas semanas.
Hoy, al llegar a casa, Lucía ha visto a Nicolás jugando a «Comandar», un juego de violencia extrema,
en un ordenador que ya tienen los chicos también en su habitación.
—Nico, ¿qué haces? Se lo diré a mamá. Sabes que no te dejan jugar con ese juego ya.
—Me lo ha dejado Manuel, es genial. Si no te chivas te hago la cama el resto de la semana.
—Ok, serás mi esclavo —le dice Lucía riendo y saliendo de la habitación.
Mientras se prepara un vaso de leche en la cocina le escribe un WhatsApp a su padre, que vuelve a
estar de viaje.
—Papi: «porfa», mañana cuando vuelvas, ¿hablaremos de lo de la «disco»?
«A ver si lo consigo de una vez. ¡O salgo o me conecto!» se va pensando Lucía.
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La conquista de la autonomía y las nuevas tecnologías
La conquista de la autonomía y el ocio
Los padres no pueden desentenderse de las influencias culturales o subculturales que reciben los hijos
dentro y fuera de la familia, a través de vehículos de información muy variados: televisión, Internet,
juegos en el ordenador, cine, radio, prensa, revistas, libros de texto, libros de consulta, libros de
lectura, amistades, diversiones.
Deben estar atentos ante los instrumentos que les llegan para decidir si estas influencias son
aceptables o no desde el punto de vista de la educación que se le quiere dar al hijo. ¿Son elementos
de ayuda?, ¿son elementos neutros?, ¿son elementos de influencia negativa? Se hace imprescindible
que lo sepamos. Puede ser una tarea ardua, pero atañe de lleno a nuestra responsabilidad.
¿Quizá «ocio» es simplemente ociosidad, no hacer nada? ¿Quizá es el tiempo en el que uno hace solo
lo que le apetece? ¿Qué piensan nuestros hijos? Un chico o una chica que se entretiene positivamente
y que sabe aprovechar su tiempo libre con riqueza, es una persona que está desarrollando todas sus
potencialidades.
Un hito en la conquista de la autonomía personal de nuestros hijos lo marca el momento en el que se
considera que el niño puede regresar solo del colegio, realizar pequeños recados, tomar el autobús o
el metro, ir solo a determinadas actividades extraescolares. La entrega de una llave o de una tarjeta
de autobús podría considerarse como símbolo material del inicio de una nueva etapa en el ámbito de
la autonomía. Sin embargo, se podría cometer el error de pensar que este momento marca también el
tiempo en que el niño ya puede decidir libremente a dónde va, cuánto dinero necesita, a qué hora ha
de volver...
El preadolescente quiere ser mayor y busca referente en los «mayores», sin considerar los años que le
separan de ellos. Es previsible que los preadolescentes se planteen salir a divertirse como los
mayores, pero no conviene precipitarse.
Los padres han de ayudarles a esperar y no tratar de «quemar etapas» en su desarrollo y maduración
personal.
No se trata de cerrar puertas, sino de ayudarles a abrir los caminos adecuados para su realización
como personas.
Han de saber desenvolverse con soltura en ambientes adversos y deben estar capacitados para tomar
decisiones correctas en situaciones conflictivas. Ése es el camino de la conquista de la libertad que
han de comenzar a recorrer acompañados.
Lo primero que tiene que preocupar a los padres es el propio ejemplo:
-
Que los hijos vean que no emplean todo su tiempo libre solo en la diversión.
-
Que vean que no es solamente un escape, con una actitud frívola y superficial.
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Que observen que las elecciones realizadas obedecen a un criterio determinado, coherente con la
forma habitual de actuar y de educar 1. ¿Qué hacemos en casa cuando tenemos tiempo libre?
-
¿Sabemos tener alternativas al ocio de gasto y consumo mediante el llamado «Ocio de
satisfacción»? Éste implica saber pasarlo bien estando en casa, jugando juntos, haciendo excursiones,
relacionándonos con otros amigos, haciendo deporte, etc.
Seguidamente debemos saber que la preadolescencia es el momento en el que nuestros hijos dejan
de pasar todo su tiempo libre junto a nosotros. Se produce un cambio importante. Estamos dejando
de ser el centro de sus vidas. Algunos padres se resisten a este alejamiento natural. El lugar que
vamos perdiendo lo van ocupando progresivamente sus amigos.
La conquista del espacio social
El preadolescente se empieza a plantear quién es y cómo es. Las respuestas a estas preguntas las
encuentra en el ámbito familiar y en el ámbito social.
El preadolescente agradece la serenidad y la exigencia motivadora.
Las reprimendas constantes minan su autoestima. Descubre que es peculiar y diferente y que éstas
peculiaridades y diferencias pueden hacer que los demás se sientan atraídos hacia él o le rechacen.
Es importante manifestarle nuestro afecto tras una reprimenda o castigo: porque le queremos, no nos
es indiferente su conducta
En estas edades, la pandilla, el grupo, empieza a presionar con fuerza: el miedo a sentirse excluido
hace que se busque una uniformidad que a veces puede llevar a la sumisión a los valores comunes de
la pandilla y a su líder. Visten igual, ven los mismos programas, animan al mismo equipo, escuchan la
misma música, utilizan un léxico diferenciador, se divierten de la misma manera, critican los mismos
modelos...
El pertenecer a un grupo refuerza su seguridad y afirma su personalidad frente a las «verdades» de
los adultos.
Es importante conocer a los amigos de nuestros hijos en todo momento, pero en esta etapa, al abrir
las puertas de casa a la pandilla, podemos recabar, sin pedirla explícitamente, información sobre los
valores en alza entre ellos. No se trata de vigilarlos estrechamente, ni tampoco de permitirles todo
«con tal de que estén en casa». Por supuesto, es muy enriquecedor conocer a las familias de los
amigos de nuestros hijos.
Educar para la amistad es el antídoto más eficaz para proteger a nuestros hijos de compañías
inadecuadas.
Hay que decirles claramente que amistad no es: ser cómplice, ser esclavo, ser mecenas, ser idéntico,
ser jefe…
1.
“Tus hijos adolescentes”, G.Castillo, Col. Hacer Familia nº35
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Los amigos los elegimos entre personas que comparten nuestros valores y gustos. En la amistad hay
varios niveles. Nuestros hijos recorrerán esos grados de amistad si somos para ellos testimonio de
amistad. Así, podemos tener la seguridad de que escogerán como auténticos amigos a:
-
personas que les ayuden a mejorar porque les quieren.
-
personas que respeten sus decisiones y opiniones.
-
personas que no impongan aficiones ni actividades.
-
personas generosas que no les utilicen en provecho propio.
-
personas valiosas con proyectos y ganas de mejorar.
Todo este «cambio de panorama» debe ser paulatino, no radical. Es un aspecto nuevo para ellos,
pero también lo es para nosotros. A veces deberemos recordarles que todavía no son plenamente
mayores, «se van haciendo mayores» día a día. Así pues su tiempo libre en parte estará organizado
por el adulto, aunque también habrá unos espacios que ellos habrán de organizarse libremente, para
aprender a desarrollar su propia autonomía. Por nuestra parte se impone equilibrio y sentido común:
las actitudes excesivamente liberales son precipitadas a esta edad, pero las actitudes proteccionistas y
autoritarias sólo sirven para desencadenar el conflicto con los hijos.
Tiempo libre en casa
Hay que hablar con los hijos del sentido del ocio, pero también de cómo utilizar el tiempo de ocio en
cada caso concreto.
Es muy posible que la TV, el ordenador, las videoconsolas, ocupen una parte importante de este
tiempo. ¿Son una forma enriquecedora de entretenimiento?
Percibimos que son un recurso efectivo para tener ocupados a los hijos y que representan un mundo
nuevo con infinidad de posibilidades de información, de comunicación, de entretenimiento. Pero
también sabemos que, al mismo tiempo, están sustituyendo a otro tipo de aficiones y que, si no se
controla bien su utilización, pueden llegar a ser contraproducentes. Los chicos y las chicas se vuelven
pasivos, no se les ocurren otras actividades para entretenerse, se establece una dependencia y no
saben estar sin este tipo de entretenimiento. El abuso puede fomentar en exceso la soledad, el
individualismo, una falta de interés por el entorno.
«Su indudable magnetismo les convierte en un medio muy útil para proporcionar cierta información o
despertar la curiosidad intelectual. Es, en cambio, mucho menos útil a la hora de desarrollar y ordenar
los pensamientos: porque lo decisivo para pensar son las palabras, y en estos medios de
comunicación la palabra comparte protagonismo con las imágenes y la música»2.
Nuestra responsabilidad de gobierno se centra en dos aspectos principales: el tiempo y los contenidos.
-
Ordenar el tiempo de ocio. Debe supeditarse a otras actividades y no a la inversa. Ver cuáles son
los momentos más adecuados y marcar un horario. Evitar interferencias con el horario de sueño. Se
trata de una buena oportunidad para trabajar la obediencia y la responsabilidad.
2 Diez claves de la educación, J.R. Ayllón, ed. Styria.
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Seleccionar y pactar de antemano los programas que se van a ver. Seleccionar los juegos en
función de las necesidades de maduración de los chicos. Saber qué contenidos están recibiendo.
Pedirles opinión con sentido crítico.
El uso de las nuevas tecnologías
En los últimos años el auge de las nuevas tecnologías de información y comunicación es una realidad
muy visible. Son herramientas muy utilizadas por los niños y tienen un fuerte poder de atracción para
ellos. Sin embargo, en sí mismas no son ni buenas ni malas, todo dependerá del uso que se haga de
ellas.
Nuestros hijos han nacido con estas tecnologías (Internet, videojuegos, etc.), y dependerá de
nosotros, sus padres, la responsabilidad de enseñarles y educarles en su correcto uso, de modo que
sepan divertirse con ellas y, a la vez, crecer en su desarrollo como personas.
Los padres debemos considerar que el «problema ético de Internet es el problema de su recto uso o,
con otras palabras, el de la formación y las virtudes necesarias para usarlo rectamente 3.»
Los videojuegos pueden ser muy útiles para estimular la concentración, la agilidad mental, el afán de
superación, etc., pero debe evitarse su uso abusivo y sin control, y seleccionar y conocer los juegos
que utilizan. A título meramente enunciativo, adjuntamos algunos consejos y reflexiones para ayudar
en la educación de los niños, en su primera infancia, en el uso de las nuevas tecnologías:
Internet:
-
Dar criterios, enseñarles a navegar, hacerlo con ellos y siempre por un motivo concreto.
-
Utilizar filtros que impidan la recepción y el acceso a contenidos no recomendados, aunque lo
principal es formarles en el sentido de la responsabilidad. Hay que enseñar a vivir en el mundo de
hoy.
-
Establecer horarios y reglas consensuadas.
-
Ordenador con conexión a internet en un lugar visible de la casa, evitar su habitación y el uso
individual y aislado.
-
Hablar habitualmente con ellos sobre el tema, saber que páginas utilizan y para qué.
-
No se debería permitir estar estudiando o haciendo deberes con el chat conectado, es un mal
aliado para la concentración y para el aprovechamiento del tiempo.
Videojuegos:
-
Procurar el juego colectivo con hermanos, amigos, familia. Evitar el aislamiento del juego en
solitario durante largo tiempo.
-
Elegir adecuadamente los juegos: seleccionando los que aporten valores coherentes con nuestro
estilo educativo.
3
El recto uso de Internet. Angel Rodríguez Luño. Ediciones Palabra.
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Controlar los juegos que aparecen por casa en intercambios con compañeros, para que respeten el
criterio establecido en la familia.
-
Establecer horarios y limitar su uso para evitar que afecte a otras actividades fundamentales, como
estudio, deporte, sueño, amigos, familia…
-
Controlar el gasto en los juegos. Que sepan que un juego caro no se puede comprar en cualquier
momento, que sepan esperar la llegada de una celebración o festividad.
Además del tiempo dedicado a entretenerse mediante las nuevas tecnologías, corre en gran parte de
nuestra cuenta que en casa tengan también otras ocupaciones. Hay cuestiones que no pueden quedar
olvidadas y, con una buena organización, se pueden hacer compatibles. Se trata de:
-
Fomentar tiempos de lectura. Facilitar buenos libros. Organizar posibilidades de intercambio con
amigos. Pedirles que nos recomienden algunos de sus libros, leerlos y hacer comentarios conjuntos.
-
Tratar de desarrollar aficiones afines a su edad. Quizá a algunos les gustará coleccionar
determinadas cosas o desarrollar una actividad de tipo manual-creativo. Puede ser interesante
aprender a arreglar o a montar cosas de la casa, del coche, del jardín, etc. Fomentar su participación
en la cocina. Enseñar a coser y realizar alguna labor atractiva.
-
Que hagan vida de familia. Priorizar momentos que son para estar juntos. Saber estar en
sobremesas y tertulias. Hacer compañía a un hermano enfermo. Ayudar a uno pequeño. Visitar y
ayudar a los abuelos.
-
Ayuda y colaboración en tareas domésticas. Fomentar la responsabilidad, el tener algunas tareas
como propias (de una manera fija o rotativa). Enseñar a trabajar bien, dejar las cosas bien
terminadas. Enseñar a actuar «con cariño» y «por cariño», independientemente de las ganas de
hacerlo, a ser generosos.
Tiempo libre fuera de casa
Es el momento de empezar a permitir e incluso fomentar el inicio de una paulatina independencia. Se
tratará de ir y venir solos del colegio o de la parada, de que hagan las diversas actividades, de
pedirles diversos recados, de hacer alguna salida con amigos.
-
Actividades extraescolares:
Es un hecho que la mayoría de chicos, al salir del colegio, están cada vez más ocupados. Casi cada
día, o algunos cada día, acuden a sus actividades extraescolares. Queremos lo mejor para nuestros
hijos y, por este motivo, les apuntamos a muchas cosas. Pero debemos ahondar un poco más en este
tema.
¿Estaremos sumergiéndoles, sin querer, en el ritmo de estrés que llevamos los adultos? ¿Será que
pretendemos tener unos «hijos 10»? ¿Quizá buscamos la excelencia en lo académico como algo
primordial y descuidamos el cultivo de la sensibilidad, de la creatividad, de las relaciones humanas, de
la preocupación por los más necesitados? Evidentemente, se impone ser selectivos.
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Disponemos de una oferta llena de posibilidades y somos los padres los que, a esta edad todavía,
hemos de decidir, contando seriamente con su opinión, qué puede ser lo mejor para ellos. Es
fundamental conocer qué tipo de influencias van a recibir para buscar una sintonía con los criterios
educativos que hay en casa.
Nos encontramos en la edad idónea para promocionar futuros hobbies y aficiones, y esto pasa a
través de la práctica y el ejercicio de diferentes actividades en los tiempos de ocio.
Debemos pedirles el esfuerzo pertinente para mantener el interés a lo largo del curso, para asistir con
regularidad, en definitiva, para terminar lo que se empieza. El saber hacerlo así es ayudarles a
practicar la fortaleza, la constancia, es enriquecer su fuerza de voluntad.
-
Otras alternativas:
Ocurre en la actualidad que se van introduciendo algunas costumbres más propias de la edad
adolescente que de la preadolescencia propiamente dicha. Ellos tienen ganas de hacerse mayores y
muchas veces quieren correr. Recordemos que la edad en la que están en estos momentos se
caracteriza grosso modo por un incipiente avance hacia el desapego de los padres, de sus
costumbres, de su forma de pensar, a lo que hay que añadir la preponderancia de los líderes
externos: artistas, deportistas, músicos, amigos, etc. Los padres han de tener la habilidad de saber
sortear, aplazar, prohibir, animar, fomentar, etc. un sinfín de actividades, con sus horarios
correspondientes, a fin de adecuar el ocio de sus hijos a aquello que les resulta beneficioso para su
evolución y su desarrollo.
Como alternativas podríamos centrarnos en las revistas editadas especialmente para la edad, los
clubs, los cines, los paseos por centros comerciales, los bares y discotecas para algunos.
Podemos decir que es deber de los padres tratar de saber qué cosas admiran y a quién admiran sus
hijos, qué les gusta, qué les divierte. Hay que conocer qué cae en sus manos, quién dirige los lugares
donde les apuntamos. También es edad de saber qué hacen, con quién están y dónde están. Nada de
esto nos puede resultar indiferente, dado que es un agente de gran influencia.
Es muy interesante crear vías de diálogo para que ellos puedan entender, para despertar su sentido
crítico, para desarrollar unos criterios personales, para hablarles de la libertad, para fomentar
actitudes responsables basadas en la confianza, pero también para saber entender sus demandas, sus
gustos y los de sus amigos. Desde esta postura deberemos ir trazándoles un rumbo, sin dogmatismos,
sin rigideces, pero sí con la firmeza que nos proporciona el conocimiento del punto al que creemos
que deben llegar. Debemos saber pasar por momentos en los que predomine su enfado y su
malhumor, sin dejarnos llevar luego por el orgullo o por el rencor.
Ojo a querer ir «quemando etapas». Resulta muy aconsejable buscar alternativas que permitan
mantener todavía la etapa de convivencia y de formación familiar que les corresponde.
Por último, tres consideraciones: Ellos necesitan tanto nuestra comprensión como nuestra fuerza y
seguridad, para educar hay que estar presentes y no les pidamos respuestas que todavía no nos
pueden dar.
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Carlos y Marta
Jaime y Ana están en la cocina preparando la comida. Es sábado y la paella, especialidad de Jaime, es
el plato del día. Jaime está callado, pensativo; mientras, Ana habla por los codos, intentando suplir el
silencio de su marido.
Jaime y Ana van a hacer catorce años de casados y han tenido hasta la fecha tres hijos: los gemelos
Carlos y Marta, que cumplirán 12 años el próximo mes, y Mariona, que tiene 8 años.
La educación de los hijos ha sido siempre un tema importante para ambos. Han elegido un colegio
con formación religiosa, mantienen contacto periódico con los tutores de sus hijos, y en casa han
establecido normas de comportamiento y convivencia que procuran mantener, cumplirlas ellos mismos
y hacer que sus hijos las cumplan. Están satisfechos de lo que han conseguido, pues hasta ahora han
ido superando todas las pequeñas crisis de su vida matrimonial y ninguno de los hijos les ha dado
problemas.
Preocupada ante el silencio de su marido, Ana intenta romper el hielo:
—¡Ah! Olvidé decirte que hoy viene tu hermana Maribel a comer.
Jaime, que parece no haber oído a su mujer, le dice de repente:
—Ana, ¿tú sabes que Marta tiene revistas eróticas?
—¿Qué dices? Estás loco. ¿De dónde sacas semejante idea?
—Esta mañana Mariona me preguntó lo que significaba la palabra orgasmo. Al parecer Marta y su
amiga Elena estaban viendo una revista y buscaban esa palabra en el diccionario. No quiero ni
imaginar qué tipo de revista sería. La verdad es que esa Elena nunca me ha gustado: ¡Hay que
terminar con esa amistad!
—Jaime, no nos precipitemos al juzgar, no sabemos de quién ha sido la idea de la revista, ni qué
tipo de revista es. Ciertamente no me hace ninguna gracia lo que me has dicho, pero no olvidemos
que, al igual que Elena, Marta está a punto de cumplir 12 años.
—¿Qué quieres decir con eso? Carlos tiene la misma edad y te aseguro que sólo piensa en el fútbol,
la bici y sus juegos de ordenador. Y si alguna vez le digo alguna picardía sobre chicas, más bien le
molesta.
Ana, más tranquila al haber descubierto lo que mantenía tan callado a su marido, sigue diciendo:
—Sí, es cierto; de un tiempo a esta parte, ambos se comportan de manera muy distinta. Nadie diría
que tienen la misma edad. La verdad, Marta parece mayor que Carlos. El otro día, por ejemplo,
hablando sobre la celebración de su próximo cumpleaños, Carlos no quería ni oír hablar de invitar a
una chica; en cambio, Marta quiere invitar a tres o cuatro chicos de la academia de inglés, que, según
Carlos, son mayores que ella.
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—A propósito, Jaime, ¿qué le explicaste a Mariona sobre el orgasmo?
—Al principio me quedé mudo. Luego le dije que, para entender el significado de esa palabra, antes
tenía que saber otras cosas. Y me comprometí a explicárselas un día de estos. En cambio con Marta
creo que es mejor que hables tú; de mujer a mujer será más fácil que le saques la verdad.
—No te preocupes; buscaré el momento oportuno para hablar con ella —responde cariñosa Ana.
La paella está casi a punto, y la mesa puesta con un abundante aperitivo.
Suena el timbre y Mariona corre a abrir. Es tía Maribel. Al verla, Ana no puede reprimir un gesto de
enfado por la forma de vestir de su cuñada: pantalón muy ceñido y una camiseta muy escotada: mal
ejemplo para sus hijos, piensa Ana. Sin embargo, Jaime no parece darse cuenta: Maribel es su
hermana pequeña y todo lo que hace le resulta gracioso.
Ya en la mesa, la familia al completo da buena cuenta de la deliciosa paella que ha preparado Jaime:
Carlos come como una lima y, antes de que los demás terminen, él ya ha repetido. En cambio Marta
va dispersando los granos de arroz por el plato, intentando disimular la cantidad que no se come.
Aunque tiene mucha hambre, lleva semanas comiendo muy poco: quiere estar delgada para su
cumpleaños, por si vienen los chicos de inglés.
Mariona es como un radar. Mientras come de forma distraída, está pendiente de todo lo que pasa y se
dice en la mesa. Observa con interés a su tía Maribel, que, con sus 21 años, su moderna vestimenta y
su lenguaje peculiar, constituye una verdadera atracción para su sobrina pequeña. Pero, sobre todo,
no se pierde ninguno de los movimientos de su hermana. Está preocupada por ella y piensa qué dirían
sus padres si supieran que últimamente Marta tampoco desayuna.
Durante la comida la conversación es animada y distendida. De repente, Carlos interviene diciendo:
—Juan, el vecino, me ha invitado a su casa a ver el fútbol. Tiene una tele de pantalla gigante y dice
que es como si estuvieras en el mismo campo.
—Pues tú no irás a su casa —responde tajantemente Ana.
—¿Quién es ese Juan? —pregunta intrigado Jaime.
—Es el nuevo vecino —responde Ana—. A mí me da mala espina: yo diría que es homosexual.
—¡Ya estamos con los prejuicios! —salta tía Maribel, y todas las miradas, sobre todo los de sus
sobrinos, se vuelven a ella en espera de sus próximas palabras— Pues que sepáis que un homosexual
es un ser tan normal como otro cualquiera, como tú mismo, Jaime, sólo que ha hecho una elección
sexual distinta. Yo tengo amigos homosexuales y, la verdad, son muy buena gente.
—Cállate, Maribel, por favor —le ordena Jaime—. En esta casa no compartimos esa opinión. No
tengo nada contra los homosexuales, pero no quiero que mi hijo tenga relación con uno de ellos.
¿Queda claro, Carlos? Y ahora, no quiero oír hablar más del tema.
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Carlos asiente sin entender nada. Total, el solo había dicho que el vecino le había invitado a ver el
fútbol en la tele.
En un momento recogen la mesa entre todos y se sientan a ver la película de la tarde. De repente, en
medio de la publicidad, irrumpen unas escenas eróticas como avance de la programación de la noche.
Mariona cierra los ojos inmediatamente en espera de que alguien apague la tele o cambie de canal.
Carlos no sabe a dónde mirar: quiere ver las imágenes, pero, al mismo tiempo, siente vergüenza.
Marta mira la pantalla sobrecogida. No es totalmente consciente de lo que está pasando, pero sabe
que le cuesta dejar de mirar. Y, sin saber porqué, surge en su cabeza la pregunta: ¿cuántas veces lo
habrán hecho mis padres para tenernos a nosotros?
Ana está contrariada. Percibe una serie de cambios en sus hijos mayores que, de momento, no sabe
encajar. Por otra parte, aunque siempre habían tenido una buena comunicación con ellos, ahora, con
Marta, no resulta tan fácil; más callada y metida en sus pensamientos, han de esperar siempre el
momento oportuno para poder decirle algo, sin la seguridad de obtener respuesta. Con Carlos, al
menos de momento, pueden seguir hablando, aunque últimamente también está contestatario y
discutidor, y disfruta haciendo rabiar a sus hermanas. En el fondo, sigue siendo un niño, aunque quizá
por poco tiempo.
Ana es consciente de que, por la edad que tienen, estos cambios pueden ser normales, pero no puede
evitar sentirse alterada al constatarlos. Jaime parece más tranquilo, aunque la pregunta que Mariona
le hizo esta mañana ha despertado su interés y preocupación.
A solas nuevamente, en la cocina, Ana abraza a su marido y, como pensando en voz alta, le dice:
—Me asusta que los niños se hagan mayores. ¿Y a ti?
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Valor del cuerpo: masculinidad y feminidad
El ser humano está formado por un cuerpo material y un alma espiritual, integrados entre sí de tal
manera que forman una unidad sustancial compleja (Aristóteles). Ni el cuerpo es «la cárcel del alma»,
como creía Platón, ni tampoco un instrumento al servicio del espíritu.
El cuerpo no es algo externo a la persona, se entrelaza con su componente espiritual y es una parte
esencial del mismo ser personal: «Mi cuerpo es mi yo, es yo mismo». El cuerpo, que está
misteriosamente unido al alma, es el elemento que permite la manifestación de la persona, es
también «persona», que vive gracias a su alma espiritual. La parte anímica del hombre no está
situada en el cerebro o en el corazón, sino que vivifica todas las partes del cuerpo, dándoles unidad.
Cuando hacemos algo con el cuerpo, es la persona, no el cuerpo, quien realiza el acto. Gran parte de
lo anímico y espiritual tiene siempre también una manifestación y expresión corporal. Distintos
aspectos del alma se expresan a través de diversos aspectos del cuerpo: «La cara es el espejo del
alma».
A partir del siglo XIX, se pone especial acento en la importancia y valor del cuerpo como:
 centro de vivencias,
 principio de comunicación con el mundo y
 conjunto de actitudes y medio de expresión de la persona.
«El cuerpo comunica» por la expresión externa de la masculinidad y feminidad (diferencias
somáticas); pero también se manifiesta a través de las funciones de las estructuras internas del
organismo (fisiología de la reproducción, digestión, respiración), de las reacciones somáticas
(cansancio, envejecimiento, dolor), y psicosomáticas (risa, llanto, tristeza, rubor).
El «lenguaje del cuerpo» tiene un significado importante en las relaciones interpersonales,
principalmente cuando se trata de las relaciones entre hombre y mujer, en las que se pone de
manifiesto el influjo recíproco de la masculinidad y feminidad.
1. Masculinidad y feminidad
Hombre y mujer constituyen dos expresiones de una misma sexualidad humana: sexualidad femenina
y sexualidad masculina.
El conjunto de caracteres normales, propios y exclusivos de la sexualidad femenina, es lo que
constituye la feminidad. Igualmente, la masculinidad representa el conjunto de caracteres normales,
propios y exclusivos de la sexualidad masculina. Como consecuencia de su feminidad y masculinidad,
hombres y mujeres son distintos pero, a la vez, complementarios.
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Feminidad y masculinidad presentan características diferenciales a distintos niveles:
 A nivel físico: constitución y formas corporales, distribución del vello y la grasa corporal, órganos
genitales externos e internos, desarrollo mamario.
 A nivel biológico: tono de voz, potencia muscular, capacidad respiratoria, resistencia al alcohol,
función reproductora, secreción láctea de las mamas.
 A nivel psicológico: presentan una forma propia de ser, de sentir y de hacer las cosas:
 Hombres: racionales, abstractos, impulsivos, resolutivos.
 Mujeres: afectivas, comunicativas, concretas, intuitivas.
Estas características diferenciales, generales para cada sexo, no se dan en estado puro y presentan a
su vez diferencias individuales, propias de cada persona en particular y de cada cultura.
A través de sus diferencias, feminidad y masculinidad son, a su vez, complementarias. Cada uno tiene
lo que falta y complementa al otro, y, entre los dos, constituyen un todo armónico: «Es la armonía de
una partitura a dos voces».
Esta complementariedad alcanza su máxima expresión en la vivencia del acto conyugal:
 a nivel físico: unión de cuerpos, acoplamiento sexual;
 a nivel psicológico y espiritual: mutua entrega del yo personal;
 a nivel biológico: posibilidad procreativa.
Para el desarrollo de una personalidad armónica y equilibrada es indispensable asumir plenamente
nuestra feminidad o masculinidad, y su diferencia con el sexo opuesto.
2. Diferenciación sexual
La primera diferenciación entre los dos sexos queda establecida en el mismo momento de la
fecundación, cuando, al unirse el óvulo y el espermatozoide, queda determinado el sexo genético de
la persona: XX, hembra, XY, varón.
A partir de la fecundación, el desarrollo del embrión es idéntico en ambos sexos hasta
aproximadamente los 40 días de gestación. En ambos casos, presenta una gónada indiferenciada, que
posteriormente se transforma, según sea el sexo genético, en gónada masculina o testículo o en
gónada femenina u ovario, determinando así el sexo gonadal (gónada: órgano encargado de la
formación de las células sexuales).
Después de la formación de las gónadas y bajo la influencia de las secreciones hormonales de las
mismas, aparecen de forma prácticamente espontánea los caracteres sexuales primarios, constituidos
por los órganos genitales internos y externos propios de cada sexo. Por la simple observación de los
órganos genitales externos, el recién nacido es declarado y registrado como hembra o varón,
determinándose así lo que se denomina sexo a efectos de identificación administrativa.
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A partir del nacimiento y durante la infancia, los caracteres sexuales primarios prosiguen su desarrollo,
bajo la influencia de una débil secreción de las hormonas sexuales propias de cada sexo. Con la
pubertad, la secreción de hormonas sexuales por parte de las gónadas aumenta considerablemente,
dando lugar a la aparición y desarrollo de los caracteres sexuales secundarios, que podemos definir
como el conjunto de modificaciones morfológicas, somáticas y funcionales características de cada
sexo, y que diferencian a hombre y mujer (distribución del pelo, desarrollo mamario, estructura ósea,
gravedad de la voz, inicio de la función reproductora, etc.).
Existe también un sexo del comportamiento, determinado por dos factores:
 Un factor biológico, programado genéticamente, que determina el instinto sexual propio y
característico de cada sexo.
 Un factor medioambiental, determinado por el reconocimiento sexual que se ha hecho del niño
desde el nacimiento.
La interacción de estos dos factores determina el comportamiento sexual de la persona: su
identificación con un sexo concreto, sus actitudes hacia otras personas, el desarrollo de su vida
afectiva, etc.
3. Descubrimiento de la identidad sexual
La identidad sexual es la sensación personal de la propia masculinidad o feminidad integral.
El niño descubre su identidad sexual hacia los 3 años de edad, en parte por el descubrimiento de la
heterosexualidad de los padres. En esta época (2 a 4 años) el niño toma conciencia de la diferencia
sexual entre hombre y mujer: las figuras de los padres se sexualizan.
Este descubrimiento despierta en él interés e inquietud: unos tienen pene y otros no. En ese
momento para el niño sólo existe un órgano genital, el órgano masculino, y la mujer o la niña son
reconocidas por la falta del pene.
A partir del descubrimiento de la diferencia anatómica de los sexos comienza el reconocimiento
paulatino de la diferencia de los roles masculino y femenino.
Hacia los 5 años el niño entra en un período de calma aparente o fase de latencia, que se prolonga
hasta la pubertad. Durante este período, el niño entra en la edad de la razón, se impregna de
imperativos del YO y asimila el estatus propio de su sexo. Así, gradualmente, el niño va consolidando
su identidad sexual, hasta que, de forma consciente, establece diferencias sexuales que se traducen
en una serie de actitudes hacia los demás y hacia sí mismo.
Es imprescindible que, antes de llegar a la pubertad, niños y niñas sean plenamente conscientes del
sexo al que pertenecen, de las características propias de su sexo y de las diferencias con el sexo
opuesto. Para que lleguen a sentirse cómodos, satisfechos, e incluso orgullosos de pertenecer a su
grupo sexual, es importante que aprendan a conocer las virtudes y posibilidades de su sexo y a no
valorar como carencia lo que realmente es una diferencia.
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La mentalidad y usos «unisex» constituyen un peligro en el desarrollo y consolidación de la identidad
y la orientación sexual, al transmitir la idea y la imagen de una unificación sexual inexistente en la
naturaleza. Es aconsejable en estas edades cuidar y fomentar la diferenciación sexual: niños muy
varoniles y niñas muy femeninas, con naturalidad, sin llevarlo a extremos y teniendo en cuenta que
muchas veces la diferencia no está en las tareas (aunque haya algunas que se les dé mejor a uno u
otro sexo), sino en el modo de acometerlas.
En la pubertad, bajo la influencia de las transformaciones biológicas hormonales, se inicia el desarrollo
de los caracteres sexuales secundarios, que van a determinar la identidad somática propia de cada
sexo. El niño se convierte biológicamente en adulto, aunque, por su lógica inmadurez, no será
admitido como tal hasta después de algunos años de adolescencia. Durante la pubertad y la
adolescencia, principalmente en la preadolescencia, se va a consolidar la orientación sexual de la
persona y la adopción de su papel sexual.
El papel sexual es la expresión pública de la identidad sexual: opciones y acciones que muestran a los
demás la masculinidad o feminidad de una persona.
La orientación sexual es el patrón persistente de atracción física y/o emocional hacia los miembros del
sexo opuesto (heterosexualidad) o del mismo sexo (homosexualidad).
La dirección de la orientación sexual y la adopción de un papel sexual vienen determinados por la
interacción de tres factores:
 El patrón biológico del sujeto.
 La dinámica familiar.
 El ambiente social.
Es a nivel de la dinámica familiar y del ambiente social donde, con mayor facilidad y frecuencia,
aparecen circunstancias que pueden alterar la orientación sexual del adolescente: su relación con las
figuras paterna y materna, el rol que desempeña en la familia, los amigos, los lugares y ambientes
que frecuenta, la influencia de grupos o ideologías, etc.
A partir de la pubertad, la persona debe tener plena conciencia de que su sexualidad debe ser
sometida a códigos éticos y morales. Es importante fomentar, desde la pubertad, el respeto hacia la
sexualidad y la fecundidad potencial que la acompaña, el valor de la diferenciación sexual y su
complementariedad, el desarrollo del autodominio y la importancia del uso responsable de la
sexualidad.
Se habla de trastornos de la identidad sexual cuando existe una incongruencia entre esta y el sexo
anatómico del individuo, como se da en la homosexualidad, el transexualismo, el travestismo, etc.
Existe un trastorno de la identidad sexual en la infancia, que tiene lugar en niños prepúberes de
sexualidad inmadura y se caracteriza por una sensación persistente de malestar e inadecuación del
niño/niña respecto a su sexo anatómico, así como por un deseo de pertenecer al otro sexo. Este
trastorno suele manifestarse antes de los 4 años y es causa de problemas de escolarización y
socialización hacia los 7-8 años de edad.
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Es importante que estos niños reciban tratamiento psicológico a tiempo, para poder reorientar su
identidad sexual antes de llegar a la pubertad y así evitar la aparición de un trastorno psicosexual más
importante.
4. La homosexualidad
La homosexualidad es la atracción sexual y emocional persistente hacia los miembros del mismo sexo.
La homosexualidad ha existido en la mayoría de las culturas y de las sociedades. Los pueblos antiguos
aceptaban la sodomía como una forma de relación sexual. Las grandes religiones, sin embargo, la han
contemplado siempre como un desorden moral. A partir del siglo XIX, la clase médica reconoce la
sodomía como la manifestación de una patología del comportamiento a la que dan el nombre de
homosexualidad, siendo considerada desde entonces como una patología del comportamiento. La
mayoría de las organizaciones gays rechazan el término «homosexual», por su concepto médico de
patología, y prefieren el de gay en inglés, gai en francés o gaio en italiano, que quiere decir persona
alegre, festiva, jovial y de vida disipada.
Como consecuencia de la revolución sexual y el amor libre, se ha observado en los últimos años un
progresivo y creciente reconocimiento social y legal de la condición homosexual, que ha llevado a
gays y lesbianas a manifestar sin ningún reparo, abierta y públicamente, sus tendencias y
comportamiento homosexual.
La presión gay, que sobre todo en Estados Unidos tiene una gran fuerza, también se ha hecho sentir
en el ámbito de la ciencia médica. Así, en 1973, la Asociación Americana de Psiquiatría deja de
considerar la homosexualidad como una patología del comportamiento y la recalifica como una
«orientación o expresión sexual». Y en 1980, dicha Asociación acaba por retirar la homosexualidad de
su Manual de Diagnósticos.
En la búsqueda de un ansiado respaldo científico que proporcione respetabilidad a la comunidad gay,
se ha intentado demostrar el carácter innato de la homosexualidad, para justificar que el homosexual
nace, no se hace. Se dice que ya desde antes de nacer, como consecuencia de influencias genéticas,
determinadas estructuras biológicas (hormonas, enzimas, etc.) condicionan fuertemente la
cristalización de la tendencia sexual.
Lo cierto es que los estudios que se desarrollaron en este sentido tenían carencias importantes en su
metodología y no tienen hoy crédito en la comunidad científica.
Por el contrario, los conocimientos que se tienen hoy indican que las personas con inclinación
homosexual nacen con las mismas características físicas y psíquicas que cualquier otra y que la
inclinación homosexual hunde sus raíces en una variada etiología, una concatenación de causas: una
probable y no vinculante predisposición genética (como sucede en el caso del alcoholismo, en las
dependencias en general y en cualquier tendencia humana) junto con factores ambientales,
experiencias prematuras (abusos sexuales en algunos casos), conflictos y desequilibrios familiares,
heridas culturales o sociales, heridas hetero u homo emocionales o relacionadas con la propia imagen,
etc.
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Se podría calificar la inclinación homosexual como «un problema de identidad sexual» que tiene su
origen en un complejo de inferioridad ante el propio sexo, en el que subyace una personalidad
bloqueada, un desarrollo psico-afectivo que ha cristalizado prematuramente, en un estadio de vida
sexual infantil e inmadura.
¿Por qué un chico puede desarrollar un complejo de inferioridad homosexual?
Como se ha dicho, concurren una pluralidad de causas que aquí no podemos abordar en su totalidad,
pero sí nos detendremos en las que pueden tener su origen en el entorno familiar y que, por lo tanto,
podemos ayudar a reducir o suprimir. Uno de los cuadros familiares que pueden favorecer esta
inclinación responde al patrón de madre hiperprotectora y absorbente y padre ausente o que ha
tenido poca importancia en su educación, lo que determina una carencia del rol masculino en la vida
del niño.
Es en la preadolescencia cuando llega el momento decisivo, cuando el chico se compara con otros,
respecto a sus cualidades masculinas: aspecto varonil, fuerza, resistencia, etc.
Si, a pesar de las influencias familiares negativas, el chico consigue superar la barrera y se integra, el
peligro de una evolución homosexual está superado. Si, por el contrario, desalentado y oprimido por
la sensación de insuficiencia, el chico se repliega en un sentimiento de autocompasión, con la penosa
conciencia de ser distinto, en sentido negativo, se acaba generando un complejo de inferioridad con
respecto a su sexo que potencia la aparición de las tendencias homosexuales.
Hoy la homosexualidad puede considerarse como un trastorno psicológico que se puede superar.
Corroboran esta esperanza experiencias como las del psicólogo holandés Gerard Van Den Aardweg,
autor del libro Homosexualidad y Esperanza, que, tras veinte años de estudio sobre la
homosexualidad, ha llegado a tratar a más de 225 hombres homosexuales y unas 30 mujeres
lesbianas. También las experiencias de Organizaciones Americanas de ideología Cristiana como Coraje
y Exodus, en las cuales los homosexuales que consiguen superar su condición sirven de modelos de
fortaleza y esperanza para muchos otros.
Los resultados que se consiguen son satisfactorios y dependen de varios factores: motivación del
paciente, constancia en el tratamiento, sinceridad sobre todo consigo mismo, influencia del entorno,
etc.
Se pueden citar a este respecto dos obras de autores que han superado su tendencia homosexual y
han explicado su experiencia: Comprender y sanar la homosexualidad, de Richard Cohen, y Un más
allá para la homosexualidad, de David Morrison.
Es muy importante para la educación de la sexualidad y la afectividad de nuestros hijos, sobre todo en
la pubertad, adolescencia y juventud, que aprendan a respetar al homosexual, pero siendo
conscientes de que esta inclinación no es una opción más dentro de la sexualidad humana, sino una
tendencia inadecuada que les alejará de la felicidad que proporciona una vida vivida en plenitud.
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5. El pudor
El pudor es la «tendencia a mantener la propia intimidad a cubierto de los extraños».
La intimidad es la zona espiritual y reservada de una persona. Aquello que existe en lo más profundo
de nosotros mismos y que forma parte de la esencia de nuestra realidad personal.
Desde el punto de vista antropológico, pudor e intimidad forman un binomio inseparable.
En contraposición a la idea de que el pudor es un condicionamiento social de tipo cultural, es
importante poner de manifiesto el hecho de que esta tendencia es inherente a la persona humana y
tiene un carácter estrictamente personal.
La persona es dueña de su propia intimidad, y la protege a través del pudor. Gracias a este, la
persona es dueña de sí misma, se posee a sí misma y, por eso, puede entregarse libremente a otra
persona concreta.
Nuestra intimidad es nuestra y no de todo el mundo. Por consiguiente, podemos, libremente, hacer
entrega de la misma a una persona concreta, con la cual queremos compartirla. Pero, para entregar
nuestra intimidad, hace falta mantenerla en el mejor estado posible, y el pudor, que actúa como
salvaguarda de esa intimidad, es lo que permite a una persona poder entregarse a otra persona única
e irrepetible, en un acto privado, exclusivo de los dos.
El hombre construye casas porque necesita proyectar espacialmente su intimidad: «mi casa», es mi
lugar íntimo, es mi intimidad. Pero también en la casa existen niveles de intimidad: el recibidor, el
salón, la habitación, el cuarto de baño, etc. Vivir con otras personas en la misma casa es compartir
intimidades. Cuando se invita a un amigo a la propia casa, se le está invitando a compartir nuestra
intimidad familiar.
El pudor referido al lenguaje es la tendencia a no expresar verbalmente y de forma indiscriminada
nuestra intimidad afectiva: emociones, sentimientos y estados de ánimo. Pero ese mismo lenguaje es
el que nos da la posibilidad de entregar y compartir nuestra intimidad afectiva con la persona elegida,
a través de una comunicación interpersonal.
El pudor manifestado en cubrir el propio cuerpo significa que nuestro cuerpo es de nuestra propiedad:
que no está a disposición de nadie, que no estamos dispuestos a compartirlo con todo el mundo y que
estamos en condiciones de entregarlo a una persona o de no entregarlo a nadie.
En la medida en que «mi cuerpo» es mi persona, mi cuerpo es también mi propia intimidad. Decimos
que una persona no tiene pudor cuando se comporta en público de la manera en que las demás
personas suelen hacerlo solamente en privado.
El pudor aparece de forma espontánea y natural tanto en las niñas como en los niños, alrededor de
los 9-10 años, cuando de repente descubren que su cuerpo expresa y representa su propia intimidad.
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En ese momento, los niños quieren preservar su intimidad y comienzan a ser más pudorosos: sienten
vergüenza a desvestirse ante los demás, a pesar de que antes lo hubieran hecho sin recato; quieren
ducharse solos y se tapan al salir de la ducha; en las playas y piscinas no hay forma de que se
cambien delante de la gente, quieren llevar siempre puesto el bañador, y las niñas no se conforman
solo con las braguitas.
A muchos padres les cuesta entender este cambio repentino, sobre todo a aquellos que han educado
a sus hijos compartiendo la desnudez de sus cuerpos desde pequeños, en base a una mentalidad
«naturalista» (ducharse juntos, ir desnudos por casa, playas de nudistas o topless).
Y, con frecuencia, esta actitud pudorosa del niño es también motivo de burla y de comentarios
irónicos por parte de los padres, que, sin darse cuenta, hieren los sentimientos de sus hijos, al no
reconocer el valor que tiene para ellos su naciente intimidad.
Respetar el pudor de los hijos es contribuir a consolidar su intimidad y su madurez personal.
6. Culto al cuerpo
En la sociedad actual existe una clara tendencia somaticista, en la que el cuerpo se ha convertido casi
en un valor absoluto.
Se han invertido los papeles, y ahora es el espíritu el que se pone al servicio del cuerpo, para
proporcionarle todo lo que pueda resultarle apetecible y placentero.
Una vulgar creencia materialista transmite la idea de que las cualidades de una persona están en su
físico, en su edad, su sexo o su raza. La personalidad, el carácter, la inteligencia, el espíritu, los
valores interiores de la persona, no tienen necesariamente porqué sobresalir. El concepto de
«persona», formada por un cuerpo íntimamente ligado a un espíritu, que lo anima y le confiere su
dignidad de persona, es ignorado por muchos y soslayado por otros.
Como consecuencia de esta mentalidad somaticista, hoy se le rinde un verdadero «culto al cuerpo»,
como si la persona fuera exclusivamente «su cuerpo», hasta tal punto que la mayor parte de personas
fundamentan su «autoestima» sólo en su aspecto físico, ignorando sus verdaderos valores personales.
Manifestaciones sociales de esta mentalidad son:
 La anorexia: Trastorno de la alimentación en el que, por un miedo irracional a engordar, se deja de
ingerir alimentos. El peso se convierte en una obsesión que hace que, a pesar de estar muy delgada,
la persona se siga viendo gorda. Suele afectar más a chicas adolescentes, generalmente estudiosas,
responsables, dóciles, que no suelen salir con chicos ni tener interés por la sexualidad.
Es una enfermedad grave que compromete a todo el organismo y que puede llevar a quien la padece
a la muerte o al suicidio. Su tratamiento es psiquiátrico, requiere hospitalización y la atención de
distintos especialistas. Cada vez son más frecuentes los casos de anorexia, habiéndose diagnosticado
también en niños prepúberes y en mujeres adultas.
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 Las intervenciones de estética: Esta moda es particularmente nociva porque parte de un
presupuesto imposible: que el cuerpo se puede cambiar.
Bien es verdad que se generalizan las prácticas de la cirugía estética, estiramientos, implantaciones de
silicona, trasplantes de pelo, etc., pero toda esa ingeniería corporal tiene un límite. El cuerpo tiene
una base orgánica, constitucional, incluso heredada, que no se puede alterar en lo fundamental y que
exige un respeto. Se puede y se debe cuidar el cuerpo, pero sin alterarlo.
 «Cuerpos Danone»: La moda actual de mantener el cuerpo en forma, joven, terso y delgado, en
muchos casos se antepone al sentido común y se lleva a extremos exagerados. Hoy solo se valora la
juventud o la simulación de juventud. Sin embargo, el intento de recobrar la juventud es sólo un mito
y, si uno se lo toma como una obligación o cree que es una posibilidad, puede resultar suicida.
El culto a la apariencia y presencia física se ha llevado a tal extremo que, para ciertos trabajos, se
exige una edad y características físicas determinadas, fundamentadas en una estilizada silueta juvenil.
Pero la vida social, laboral, profesional, no puede ser un casting para las personas, pues estaríamos
ante una forma solapada de racismo.
Hoy las arrugas, las grasas, las canas, en resumen, el envejecimiento, no se perciben como una
evolución natural del ser humano, sino como una pérdida, un motivo de desasosiego o una derrota.
Se busca la eterna juventud y son muchos los personajes famosos que pagan cantidades
escandalosas por mantenerse siempre jóvenes… ¡sin que hoy por hoy lo haya conseguido nadie!
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Ya no sé si nos queremos
Juan y Elena se casaron hace once años. Actualmente él tiene 38 y ella 36 años. Tienen cuatro hijos:
Javi, el mayor, tiene 10 años, le siguen Sandra con 8 y Laura con 5, y hace 6 meses nació el pequeño
Santi.
En estos once años han librado muchas contiendas y transmiten una imagen de matrimonio normal y
feliz. Han compartido preocupaciones, problemas, satisfacciones y alegrías. Han pasado sus pequeñas
crisis, han discutido por no estar de acuerdo y han padecido algunas dificultades, pero siempre la
sensatez, la paciencia, el cariño y, a veces, el tiempo han acabado solucionando los diferentes
desencuentros con los que se han ido encontrando.
Últimamente parece que se acumulan demasiado los problemas. El trabajo de Juan ha aumentado en
exigencia y disminuido en rendimiento económico, en los últimos años nadie ha hablado de aumento
de sueldo.
Elena, que trabaja en un despacho a tiempo parcial, unas seis horas, normalmente, debido a la actual
situación económica de la familia, ha tenido que renunciar a la excedencia sin sueldo que hasta ahora
había podido disfrutar tras los anteriores nacimientos. Esta decisión fue tomada conjuntamente por
ambos, pero no sin un cierto «remordimiento de conciencia» por parte de Juan. Consideraba que sería
excesiva la carga de trabajo y, por tanto, el cansancio de su mujer.
Verdaderamente, a ella esta situación le supone una gran tensión y, con frecuencia, discuten por
cualquier motivo. Sin embargo, en el fondo de todo este malestar, subyace el problema principal:
Elena está convencida de que este último embarazo, algo más difícil que los anteriores, y la
dedicación que requiere el pequeño Santi, sumada a todo lo que ya tenía, han acabado
definitivamente con sus fuerzas y su capacidad para tener otro hijo. Juan, que acepta que su mujer
pueda estar más cansada, piensa que exagera un poco.
Entretanto, van pasando los días, las semanas y Elena va prolongando indefinidamente «su
cuarentena». Sus relaciones íntimas se van aplazando. Juan, cansado de una situación para él
incomprensible y que no parece vaya a cambiar nunca, explota:
—El ginecólogo ya te aconsejó que tomaras pastillas. Sabes que yo nunca he sido partidario de que
las tomes, pero ante esta situación, cabe un cambio de opinión. Si estás tan «agotada», sería como
un tratamiento terapéutico necesario.
Elena, ofendida, le increpa:
—No estaría tan «cansada» si contara un poco más con tu ayuda. Crees que con hacer cuatro cosas
en la casa ya has cumplido y no es suficiente, ¡hay muchas cosas por hacer!… ¡Además, ahora no
podemos tener otro hijo!
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—¿Por qué haces referencia a eso?, yo no…
—Sabes que Javi tiene dificultades escolares, que necesita clases especiales de recuperación, y tú
¿qué haces?
—¿Crees que las clases se las darán gratis? Porque yo no llego a más —exclama Juan, molesto.
—No me hables solo de dinero, Juan, que ya sabes que los dos lo ganamos. No olvides que sigo
trabajando en lugar de disfrutar de mi excedencia —reivindica airada Elena.
Y sigue diciendo con amargura:
—Además, no es solo eso. El otro día, al ver la película que daban en la televisión, Sandra te
preguntó cómo nacían los niños, y tú no le hiciste ni caso. Es más, hace poco tuve que hablar con Javi
de este tema, porque en el colegio les habían dado una clase sobre la procreación y tú ni te enteraste.
Te aseguro que yo sola no puedo hacerlo todo.
—Pues pídeme en qué quieres que te ayude; yo ya hago bastante. Además, siempre me recriminas
todo. No se puede hablar contigo, todo lo dramatizas —cortó Juan.
Esta hostilidad entre Juan y Elena va empeorando. Las fricciones se producen no solo en privado, sino
también delante de la familia y amigos.
María, la madre de una compañera de colegio de Laura, después de presenciar una de estas escenas,
busca la oportunidad para hablar a solas con Elena. Una tarde, a la salida del colegio, María se ofrece
para acompañarles en coche a casa y, conversando sobre las niñas, aprovecha para decirle:
—¿Sabes que han operado a la madre de Silvia? Yo pienso ir mañana a verla. Si quieres te paso a
recoger y vamos juntas.
Al día siguiente, ya en el coche y a solas, en un clima de amistad e intimidad, Elena va explicando de
forma entremezclada todos sus problemas:
—Mi hijo mayor tiene dislexia y no puede hacer recuperación... No pudimos hacer reformas en la
cocina... No tengo lavavajillas... Mi marido no me ayuda ni me comprende. Quiere mantener
relaciones matrimoniales a toda costa, incluso pretende que tome pastillas... No le importa que actúe
contra mis creencias... Su egoísmo ha supuesto una gran decepción para mí...
María escucha en silencio y con atención y deja que Elena vaya descargando todas sus angustias. Al
final, con voz cariñosa, le dice:
—Elena, entiendo muy bien los problemas que tienes y comprendo cómo te sientes, pero pienso que
hay dos factores que están agravando tu situación: la falta de sueño y los nervios a flor de piel. De
todas formas, lo más importante es que, a pesar de toda esta situación, vosotros dos os queréis.
Elena rompe a llorar:
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—Yo ya no sé si nos queremos. Todo el día nos peleamos: indirectas, reproches, discusiones... Poco
a poco nos estamos alejando uno del otro. Además, con tanto niño, nuestras posibilidades económicas
cada vez son menores; yo me veo obligada a seguir trabajando y, con todo lo que tengo en casa, me
siento agotada física y psíquicamente.
María enseguida interviene:
—Elena, esta situación no puede continuar. Hay que buscar una solución por el bien tuyo, de tu
matrimonio y de tu familia. Estáis pasando una crisis, como ocurre a muchos matrimonios, y eso tiene
solución. Lo primero es llegar a la raíz del problema y, para eso, debes ser muy sincera contigo
misma. ¿Cuándo y por qué crees que comenzó todo esto?
Elena, pensativa y cabizbaja, acaba diciendo:
—Desde que me quedé embarazada de Santi. La verdad es que no contábamos con otro hijo. Juan
lo asimiló muy pronto, pero yo todavía no lo he asimilado. Me aterra la posibilidad de tener otro hijo y
me niego a correr el riesgo de volver a quedarme embarazada.
—¿Quieres decir que desde que nació Santi, hace seis meses, no habéis...? —preguntó incrédula
María.
—No —contestó avergonzada Elena.
Más preocupada aún por lo que acababa de descubrir, María insiste:
—Escúchame Elena, por favor: los problemas, como las enfermedades, se curan mejor si se atacan
desde el principio y no se dejan hacer crónicos. El miedo a un nuevo embarazo lo tienes que
solucionar cuanto antes. Si quieres, yo puedo ayudarte. Llevo muchos años utilizando Métodos
Naturales y puedo asegurarte que son eficaces. Desde que los aprendimos, solamente hemos tenido
los hijos que voluntariamente hemos querido. ¿Por qué no te lo piensas y lo comentas con Juan? O,
mejor aún, ¿por qué no venís todos a comer el domingo a nuestra casa? Si te parece, podemos
comentarlo entre los cuatro, mientras los niños juegan.
Elena, agradecida por la comprensión y el interés de su amiga, acepta la invitación, con la esperanza
de encontrar una solución que les ayude a salvar su matrimonio.
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Las crisis en el amor conyugal
Todos somos conscientes de que, cuando se llevan vividos unos cuantos años de matrimonio, no
basta con desear y decirnos que estamos enamorados para conseguir que el matrimonio funcione
bien. En un determinado momento marido y mujer se dan cuenta de que, si no han sabido desarrollar
y desplegar su vida conyugal en todas sus manifestaciones —física, afectiva, sexual, intelectual, social,
económica, cultural, espiritual, etc.—, las cosas ni salen bien ni son satisfactorias para ninguno de los
dos.
La unidad y la compenetración matrimonial que exige una grata vida conyugal no es fácil de alcanzar,
requiere esfuerzo, renuncias, diligencias, desplegar habilidades y, sobre todo, tiempo. Y, si ambos
cónyuges no están lo suficientemente maduros para entender que la convivencia tiene todas esas
exigencias, y lo debidamente enamorados como para buscar y mantener las necesarias
manifestaciones amorosas que requiere el amor conyugal, por encima de los defectos del otro, será
muy difícil conseguir el conveniente entendimiento entre marido y mujer. Y mucho más difícil entregar
parte de nuestra vida al otro, sin renunciar además ninguno de los dos a la propia individualidad.
Si a todo esto se suma que los seres humanos nunca tenemos bastante, siempre queremos más, nos
cansamos enseguida de todo y, hasta en el amor, además de ser inconstantes, nos sentimos
fácilmente decepcionados, insatisfechos o mal queridos, se comprende que surjan crisis. En esta fase
matrimonial conviene estudiar esos conflictos y desavenencias para paliarlos y resolverlas.
1. Las crisis conyugales
En lo humano es imposible crecer si no es a través de las pequeñas crisis de crecimiento, por eso es
completamente normal que, a lo largo de una relación conyugal, por buena y estable que sea, más
tarde o más temprano, sobrevengan momentos difíciles o de crisis, como expresión del proceso de
crecimiento y maduración de esa vida conyugal.
Ya en los primeros años de matrimonio se dan y se viven las primeras crisis: se pasa de estar muchas
horas con uno mismo a compartir casi toda la vida con otra persona, a buscar la propia identidad en
el «nosotros», al descubrimiento de una vida en común y a la vivencia de una atractiva sexualidad
conyugal. Es un proceso atractivo y gratificante, pero que exige una difícil adaptación y un costoso
proyecto en el que se pone en juego el espíritu de tolerancia, la capacidad de sacrificio, la disposición
para el diálogo y la facilidad para superar dificultades.
Estas crisis, que son relativamente normales en el matrimonio, suelen coincidir con específicas etapas
de crecimiento de los hijos, o bien con situaciones familiares complejas, provocadas, principalmente,
por temas económicos o laborales. El desgaste en la convivencia diaria, los deficientes entendimientos
a la hora de dialogar y la falta de armonía en las relaciones sexuales conyugales, etc. pueden ser
causa de discusiones, distanciamientos y problemas en el matrimonio.
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Pero si estas crisis normales, o fisiológicas, se conocen y se saben manejar bien, se convierten en
crisis de crecimiento, de compenetración y de maduración de la pareja, y entonces contribuyen a
fortalecer el vínculo matrimonial. Bien superadas sirven para que marido y mujer adquieran un mejor
y más profundo conocimiento de sí mismos y del otro, con ellas aprenden a aceptar y «saber llevar»
el carácter del otro, y a adecuar su propia conducta a cada situación.
Marido y mujer han de ser conscientes de que la vida matrimonial es un trayecto/viaje que dura toda
una vida y, por eso, está en constante crecimiento, con oscilaciones lógicas y naturales que hay que
saber detectar a tiempo, de forma que, bien llevadas, se superen sin dificultades.
Por desgracia, algunas de estas crisis, normales, acaban mal, por no haber sabido darle un enfoque
correcto a la situación. Los problemas cotidianos, con frecuencia para evitar enfrentamientos, se van
dejando de lado sin darles solución, generalmente por incapacidad y, en algunos casos, por
comodidad. Eso va generando un estado de cansancio y de frustración en el que cualquier motivo,
incluso trivial e irrelevante, puede actuar como desencadenante de un conflicto y dar lugar a
enfrentamientos y discusiones que pueden llevar incluso al insulto. La repetición de estas emociones
negativas origina un resentimiento que va erosionando la relación conyugal, pudiendo llegar a
destruirla.
He aquí algunas de las causas más frecuentes de estas crisis:
* Cuando no se tiene presente que hombres y mujeres son distintos:
Sin ser claramente conscientes de nuestras diferencias, no nos detenemos a conocer, comprender y
respetarnos el uno al otro, sino que juzgamos al otro desde un punto de vista personal. Con
frecuencia somos exigentes, resentidos e intolerantes con la forma de ser y de pensar del otro, lo que
muchas veces constituye una verdadera injusticia.
* Cuando no se tiene un proyecto común de vida y de futuro:
Cuando marido y mujer tienen planteamientos de vida distintos, ilusiones y metas diferentes, resulta
muy difícil desarrollar con éxito una vida conyugal y familiar y se corre el riesgo de que acaben
llevando vidas paralelas, cuando no divergentes. La falta de un proyecto educativo común es con
frecuencia el origen de muchas de las crisis matrimoniales, por causa de los hijos.
* Cuando nuestro presupuesto económico no es realista:
Hace falta que seamos realistas con nuestras posibilidades económicas y, en función de los ingresos,
sea de uno o de ambos, elaborar conjuntamente un presupuesto adecuado, dando prioridad a
aquellos gastos que ambos consideramos importantes: alimentación, educación, vivienda, vestido,
vacaciones, etc. En ocasiones, se plantea la necesidad de que la mujer trabaje fuera de casa única y
exclusivamente para colaborar con el presupuesto familiar, sin que exista previamente una motivación
personal por parte de ella para hacerlo. Cuando esto ocurre, es importante que marido y mujer estén
de acuerdo y, juntos, valoren los beneficios y problemas que esta decisión pueda representar para el
bien de su matrimonio y de su familia.
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* Cuando las obligaciones domésticas y de atención a los hijos no están bien definidas:
Padre y madre son distintos, de eso no hay duda. En el trabajo de la casa (tareas domésticas y
cuidado de los hijos) no hay una fórmula magistral válida para todas las familias, pero si un criterio: la
responsabilidad es de ambos por igual y el amor y la idea de servicio es el telón de fondo. En cuanto a
la realización concreta de este trabajo (tareas domésticas y cuidado de los hijos) se realizará según
las posibilidades de cada uno.
Hay que distinguir dos tipos de tareas: las relacionadas con el ser y las relacionadas con el hacer. Las
relacionadas con el ser son exclusivas de cada sexo: en el caso de la mujer, la maternidad (concebir,
gestar, alumbrar, amamantar). Las tareas relacionadas con el hacer: limpiar, cuidar de los niños,
cocinar... pueden ser realizadas por ambos sexos y compartidas por ambos cónyuges. Es más pueden
ser intercambiables a lo largo de la vida matrimonial, es decir, la misma actividad puede realizarla
uno y otro dependiendo de lo que haga falta en cada momento.
Lo que refleja su masculinidad y su feminidad no es tanto lo que hacen sino cómo lo hacen, con sus
maravillosos y distintos matices que aportan tanto a la riqueza de la familia y a la psicología y
madurez de los hijos.
El punto de partida sería compartir un proyecto común de vida y tener acuerdos explícitos. Es
importantísimo que los dos decidan juntos teniendo en cuenta los diversos factores. Por supuesto, por
encima de estos acuerdos tácitos o explícitos está el amor incondicional que nos lleva, en última
instancia, a dar sin medir lo que recibimos a cambio.
En definitiva "la casa es de todos" y sólo con el planteamiento de sacarla adelante entre todos,
haciendo en cada momento cada uno todo lo que pueda hacer, las cosas salen, sin planteamientos
absurdos e inútiles de lucha de sexos.
* Cuando existen diferencias en los valores que se muestran en la educación de los hijos:
Es importante que exista respeto en la diversidad, pero en el tema de los valores que se van a vivir en
la familia y de los criterios que se han de transmitir a los hijos, hace falta estar muy de acuerdo. Las
discrepancias en temas fundamentales, como la ética que debe seguirse en temas sociales o en la
moralidad de los actos humanos, o en el respeto a la religión, o en el nivel de exigencia de nuestra
autoridad, además de crear confusión e inseguridad a los hijos, distancian al matrimonio.
* Cuando falta entendimiento en las relaciones conyugales:
La vivencia de la sexualidad en el matrimonio es uno de los puntos básicos para lograr una buena
compenetración matrimonial. Es necesario que marido y mujer lleguen a alcanzar en sus relaciones
conyugales una armonía sexual, pero es importante saber que, con frecuencia, esta armonía no llega
enseguida y que pueden hacer falta meses, o incluso años, para conseguirla. Solamente en un clima
de amor y de comunicación constante en el matrimonio es posible llegar a una mutua entrega
personal, profunda y completa, en las relaciones conyugales.
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Por otra parte, es indispensable que marido y mujer tengan presente que la vivencia de su amor y su
sexualidad está íntimamente unida a su posibilidad procreativa, para que, de forma responsable, se
planteen cómo han de vivir estos dos aspectos de la relación conyugal.
2. Problemas conyugales
Además de las crisis normales que el amor, la madurez y el tiempo suelen remediar, existen otras, de
distinto origen y significación, que constituyen verdaderos problemas conyugales y que, si no se
solucionan, ponen en peligro la estabilidad y la continuidad de la vida conyugal. Estas son:
2.1
La monotonía en la vida conyugal:
Con el paso de los años muchos matrimonios van cayendo gradualmente en una monotonía: la
relación conyugal se hace rutinaria y vacía, no hay nada que decirse, no se comparten cosas, hechos,
impresiones ni ilusiones. La vida conyugal se vuelve uniforme, insípida y aburrida; los días son
siempre iguales, sin la menor variedad. Aunque estos matrimonios parecen no tener problemas, el
cansancio y aburrimiento entre ellos les va distanciando progresivamente; cada uno comienza a hacer
su propia vida, a tener su propio mundo, sus entretenimientos y sus amistades. Se pierde el interés
por la vida conyugal y familiar y, así, se facilita el terreno para la intromisión de una tercera persona.
Volver a divertirse juntos depende mucho más de la actitud y el esfuerzo de ambos, que de lo que
pueda ofrecerles el entorno.
2.2
La dedicación excesiva al trabajo:
Una dedicación excesiva al trabajo hace que se tenga muy poco tiempo libre para uno mismo y para
la familia. Se vive para trabajar, y la vida en común pasa a un segundo plano. Cuando marido y mujer
no se ven lo suficiente, no tienen tiempo para hablar, compartir, ni proyectar nada juntos. Y, cuando
no se cultiva la relación de pareja, la falta de atención y cuidado de aquellas cosas que unen van
erosionando la arquitectura del hogar conyugal. Si alguno de los esposos se pasa muchas horas junto
a otras personas relacionadas con su actividad laboral, compartiendo intereses, proyectos y
problemas, con frecuencia eso trascenderá al ámbito familiar y, después, al personal.
2.3
La intromisión de las familias de origen:
La intromisión de las familias, tanto del marido como de la mujer, en la vida del matrimonio, de forma
constante o repetida, puede llegar a provocar situaciones difíciles y de gran tensión psicológica entre
marido y mujer, con enfrentamientos frecuentes que alteran la convivencia conyugal. Este tipo de
problemas deben solucionarse definitivamente cuanto antes, ya que pueden llevar al matrimonio a
una ruptura irreconciliable.
2.4
Planteamiento inmaduro de la vida matrimonial:
Un mal frecuente en la sociedad de nuestros días son matrimonios unidos por objetivos comunes de
tipo material, de confort y de diversión, pero vacíos de afectividad, sin ideales, ni contenidos serios.
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Interesados por adquirir las últimas novedades, ropa de marca, por renovar y reformar la casa, por
lucir un modelo de coche, por programar las vacaciones, los viajes, los fines de semana, por asistir a
fiestas y acontecimientos sociales. En realidad, más que un verdadero matrimonio, parecen
compañeros de vida, que comparten tendencias y gustos comunes.
Con este planteamiento inmaduro, el matrimonio puede acabar muriendo paulatinamente, a medida
que van desapareciendo los intereses comunes, o por la aparición de un nuevo «reclamo». Por otra
parte, existen personas inmaduras: inestables, inseguras, con criterios cambiantes, que no saben lo
que quieren, de reacciones caprichosas y gran dependencia del qué dirán. Son personas sin criterio
propio, poco realistas con sus posibilidades, incapaces de comprometerse seriamente ni de asumir
responsabilidades. Es fácil comprender que estas personas, hombres o mujeres, no están preparadas
para sacar adelante una empresa seria e importante como el matrimonio, ya que no son capaces de
afrontar las obligaciones que trae consigo la vida conyugal y la convivencia, dando lugar a problemas
y discusiones que precipitan al matrimonio a una posible ruptura conyugal.
3. Reflexiones en torno a los problemas conyugales:
Una de las principales enfermedades del amor es el egocentrismo. Cuando uno piensa que lo suyo es
más importante que lo del otro; cuando «mi mundo», «mi trabajo», «mis cosas», pasan por encima
de mi matrimonio y de mi familia; cuando el «yo» es capaz de destruir el «nosotros», desaparece la
unidad en el matrimonio. En estas circunstancias, la ruptura conyugal aparece como una solución
razonable, ya que hoy se acepta que, si el matrimonio no funciona, «lo normal» es la separación, sin
plantearse siquiera la posibilidad de luchar por recuperar el amor y una saludable vida familiar. Hoy
todo hombre adulto sabe que la separación es la peor solución y que solo acarrea desasosiego a los
hijos y malestar e insatisfacción a los cónyuges.
«El amor conyugal está en crisis porque al hombre y la mujer de hoy les resulta difícil entender que
dar y recibir amor implica entrega, esfuerzo, renuncia, sacrificio». (Prof. Enrique Rojas)
Si la ruptura conyugal supone un fracaso personal para ambos cónyuges, para los hijos resulta
totalmente traumático. Está demostrado que los hijos de los «broken home» (hogares rotos), los
llamados «niños ping-pong», sufren las consecuencias de las separaciones matrimoniales tanto a
corto, como a medio y largo plazo, y que constituyen terreno abonado para trastornos psicológicos y
problemas sociales: fracaso escolar, depresión, ansiedad, irritabilidad, agresividad, violencia, alcohol,
drogas, delincuencia, inadaptación social, etc.
«“El mejor amor” es aquel que lo da todo, que no se guarda nada, que busca el bien y la felicidad de
la otra persona, y que en este logro, encuentra su propia felicidad». (Prof. Enrique Rojas)
Por eso se hace necesario aprender a amar y es en el día a día de la convivencia conyugal donde se
va a ir forjando un amor conyugal sólido y maduro, capaz de soportar y vencer los avatares de la
vida.
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4. ¿Cómo afrontar los problemas conyugales?
Cuando se detecta un problema en la vida conyugal es importante intentar solucionarlo cuanto antes,
sea cual sea la índole del mismo. En un matrimonio, el que perciba que hay un problema es quien
debe llamar la atención sobre su existencia y la necesidad de buscar una solución, sin esperar a que el
otro sea también consciente del problema. Dar el primer paso nunca es una humillación; lo que está
en juego es nuestro matrimonio y vale la pena luchar por él.
Una vez identificado y reconocido el problema, lo ideal es que ambos cónyuges asuman la
responsabilidad de dicha solución con espíritu de colaboración y sin buscar culpables.
Lo primero: Saber exponer el problema:
 Ser oportuno en el momento elegido para hablar.
 Sentarse a charlar relajadamente.
 Utilizar un tono de voz suave y pausado.
 Iniciar la conversación con un comentario positivo.
 Tener claro el objetivo: ¿qué necesito decirle? ¿qué espero conseguir? ¿cómo se lo diré?
 Ser autocrítico en lo que nos corresponde de responsabilidad o culpa: así evitamos que el otro se
sienta atacado y se ponga a la defensiva.
 Ser receptivo a los argumentos del otro e intentar comprender su postura (saber ponernos en su
lugar).
 Tratar un solo problema.
Una vez expuesto el problema: Buscar soluciones válidas:
 Formular específicamente lo que se desea solucionar, y estar seguros de que nos han comprendido
(decir con claridad lo que esperamos concretamente de la otra persona).
 En lugar de decir lo que no nos gusta, decir lo que nos gustaría.
 Cada uno de los cónyuges debe aportar algo a la solución del problema (sin pensar en lo que está
dando el otro).
 Pedir cambios de conducta, pero no cambios de personalidad.
 Tener paciencia, pues los cambios necesitan tiempo.
 Buscar ayuda, consejo, asesoramiento de personas preparadas y formadas, cuando no
encontramos vías de solución.
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Por último: Perdonar y olvidar:
No es sano para la armonía conyugal ir acumulando día tras día pequeñeces, ni andar por la vida con
una mochila a la espalda cargada de agravios y ofensas, porque el peso puede acabar por romper
nuestra vida en común: la acumulación de malos recuerdos es caldo de cultivo para el deterioro de las
relaciones.
La mirada atrás solo es constructiva cuando se intenta buscar las raíces de los hechos, con objeto de
rectificar. Después de esa reflexión positiva es más saludable perdonar y olvidar. Tomar la iniciativa
de perdonar y olvidar produce alivio y satisfacción personal: permite mirar hacia el futuro y descubrir
múltiples posibilidades de mejora. Es imprescindible olvidar; nos va en ello la felicidad.
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Hoja de trabajo personal
Programa
Sesión
Relación de los hechos más significativos de los personajes del caso
Problemas que encuentro en este caso :
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Temas del caso que me
interesa discutir en la
reunión de equipo:
Criterios de la nota
técnica que me llaman la
atención:
Cuestiones que se han
discutido en la reunión de
equipo y me interesa
aplicar en mi familia:
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Hoja de trabajo personal
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Hoja de trabajo de la sesión general
Programa
Sesión
Hechos
Problemas
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Soluciones
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Conclusión personal
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Hoja de la sesión general
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Evaluación de sesión de curso de orientación familiar (COF)
Lugar donde se celebra el curso de orientación familiar:
Programa que se imparte en el COF (Primeros Pasos, Primeras Letras, etc.):
Familias a las que se dirige el COF (etapa, clase, etc.):
Indica, por favor, tu sexo:
Varón
Mujer
Nombre del centro de orientación familiar (CeOF) que imparte el COF:
Día
Mes
Año
Fecha de la sesión general que se evalúa:
Instrucciones para rellenar el cuestionario:
En cada una de las cuestiones, se debe contestar según el criterio siguiente:
Grado de acuerdo: hay que marcar sólo una casilla: nada, poco, bastante o mucho acuerdo con el enunciado; o No/Sí en respuestas de dos opciones
Mín.
Trabajo individual
1
He estudiado a fondo la nota técnica en algún momento.
2
He analizado el caso individualmente antes de discutirlo con mi cónyuge.
3
La nota técnica es clara y útil para mejorar la vida familiar o educar mejor.
Discusión matrimonial
4
He discutido a fondo el caso con mi cónyuge antes de la reunión de grupo.
5
La discusión matrimonial del caso puede ser útil para conocernos mejor.
6
La discusión matrimonial ayuda a afrontar problemas de la vida real.
Reunión de equipo
7
Ha habido reunión de equipo
8
Asistí a la reunión de equipo
9
Mi cónyuge asistió a la reunión de equipo
Grado de acuerdo
Max
Nada
Poco
Bastante
Mucho
Nada
Poco
Bastante
Mucho
No
Sí
10 La reunión de equipo tuvo lugar en día distinto que la sesión general.
11 La reunión de equipo tuvo lugar en una casa.
12 La reunión de equipo tuvo lugar en el colegio.
13 La reunión de equipo comenzó y terminó a las horas previstas.
Sesión general
Nada / No
Poco
Bastante
Mucho / Sí
14 Mi cónyuge ha asistido a la sesión general.
15 La sesión ha comenzado y terminado a las horas previstas.
16 Ha habido mucha participación y la discusión ha sido interesante.
17 Se han concretado problemas del caso y se han dado posibles soluciones
18 Lo representado en la pizarra ha ayudado a plantear o resolver problemas.
19 El moderador parece saber mucho del tema de la sesión.
20 El moderador parece tener buenas cualidades para dirigir sesiones.
21 La sesión ha resultado útil para mejorar algo de la vida familiar.
Sugerencias de mejora:
Muchas gracias por tu ayuda.
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