LA PUERTA DE LA FE

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Campaña 2012-2013
LA PUERTA DE
LA FE
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TEMArIO 2012-2013
INTRODUCCIÓN
E
l 11 de octubre de 2012 se cumple el aniversario de
dos acontecimientos importantes para la Iglesia que
camina en nuestro tiempo: el cincuenta aniversario
de la apertura del Concilio Vaticano II y el 20 aniversario de la
publicación del Catecismo de la Iglesia Católica. Ambas fechas
no están unidas casualmente, sino que revelan la intima conexión del Catecismo con el Concilio. El propio Juan Pablo II lo
señala en la Constitución Apostólica “Fidei depositum”: «Este
Catecismo contribuirá en gran medida a la obra de renovación
de toda la vida eclesial, que quiso y comenzó el concilio
Vaticano II». Y Benedicto XVI llama al Catecismo «auténtico
fruto del Concilio Vaticano II» (PF 4).
Benedicto XVI, con motivo de estos dos aniversarios ha
querido convocar el 11 de octubre, un Año de la fe y, en el
mismo mes de octubre de 2012, la Asamblea General del
Sínodo de los Obispos, sobre el tema de La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana.
Este año, por tanto, ha de ser para la Acción Católica
General de Madrid, como para toda la Iglesia «un tiempo de
especial reflexión y redescubrimiento de la fe» (PF 4). Por este
motivo hemos querido dedicar el temario de este curso 20122013 al estudio de la fe y su conexión con los diversos ámbitos
de la vida. De este modo la relación con Jesucristo, Señor resucitado, que nos revela al Padre Eterno y nos da su Espíritu
Santo, ha de convertirse en la auténtica raíz de la existencia de
todos aquellos que trabajen con esta campaña para su formación durante este curso.
Hemos pretendido también que, a través de los diversos
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temas, volvamos a tomar contacto tanto con los textos del
Concilio Vaticano II como con el Catecismo, instrumentos fundamentales para nuestra acción apostólica. También, siguiendo
la propuesta de Benedicto XVI en la JMJ Madrid 2011, motivaremos el uso del YOUCAT. Será también importante que, de
cara a nuestro compromiso apostólico, tengamos presente la
“Nota con indicaciones pastorales para el Año de la fe”,
(Congregación para la doctrina de la fe, 6 de enero de 2012),
especialmente en su apartado IV, dedicado al «ámbito de las
parroquias / comunidades / asociaciones / movimientos».
El Papa nos ha pedido que nos pongamos en camino, que
salgamos de nuestras comodidades y caminemos, firmes en la
fe, hacia Cristo. El mismo hecho de ponernos en pie y empezar
a caminar en una vida nueva es testimonio de que algo ha
acontecido en nosotros. «Es el amor de Cristo el que llena
nuestros corazones y nos impulsa a evangelizar. Hoy como
ayer, Él nos envía por los caminos del mundo para proclamar
su Evangelio a todos los pueblos de la tierra» (PF 7).
Este año, nuestro obispo, el Sr. Cardenal D. Antonio Mª
rouco Varela, nos ha convocado para una misión diocesana:
“Misión Madrid”. Esperamos que este temario reavive en nosotros el don del bautismo (cf. 2Tm 1,6) y nos conduzca a hacer
memoria de Jesucristo por cuyo amor somos testigos (cf. 2Tm
2,8).
Madrid, septiembre de 2012
El Consejo Diocesano de
Acción Católica General.
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TEMArIO 2012-2013
TEMA 1: LA PUERTA DE LA FE
“Te aseguro que el que no nace de nuevo no puede ver el reino de
Dios” Jn 3,3
Objetivo: redescubrir el Bautismo como la puerta de la fe que nos posibilita
la vida en Cristo.
Introducción
S
i recordamos las visitas que hemos hecho a catedrales y a otras
iglesias antiguas, es fácil que nos hayamos fijado en la posición
que ocupa la pila bautismal. En contra de lo que estamos acostumbrados a ver en las iglesias modernas, en las que la pila bautismal está
situada junto al presbiterio o cerca del altar, durante siglos la pila bautismal se
situaba en la entrada o junto a la puerta, e incluso en una capilla aparte o en
un edificio independiente llamado baptisterio, simbolizando así que “el santo
Bautismo es el fundamento de toda la vida cristiana, el pórtico de la vida en el
espíritu y la puerta que abre el acceso a los otros sacramentos” (CEC 1213).
Atravesar esa puerta supone emprender un camino, el camino de la fe, que
dura toda la vida y comienza con el Bautismo y se concluye con el paso de la
muerte a la vida eterna (cf. PF 1).
¿Por qué con el Bautismo comienza una nueva vida que lleva hasta la
vida eterna? Porque el Bautismo es la forma en la que los hombres participamos en la muerte y resurrección de Cristo. “Por el bautismo fuimos sepultados
con Él en la muerte, para que, lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva.”
(rm 6,4). El Bautismo es el comienzo de una comunión permanente con Dios,
de una sinergia auténtica entre Dios y nosotros. “Gracias a la fe, esta vida
nueva plasma toda la existencia humana en la novedad radical de la resurrección. En la medida de su disponibilidad libre, los pensamientos y los afectos, la
mentalidad y el comportamiento del hombre se purifican y transforman lentamente, en un proceso que no termina de cumplirse totalmente en esta vida. La
«fe que actúa por el amor» (Ga 5,6) se convierte en un nuevo criterio de pensamiento y de acción que cambia toda la vida del hombre (cf. rm 12,2; Col 3,910; Ef 4,20-29; 2 Co 5,17)” (PF 6).
El mismo Jesucristo, entre todas las cosas que afrontó por causa nuestra, consintió ser bautizado con el bautismo de Juan, antes de empezar su vida
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pública, para significar y anunciar así que Él iba a sumergirse en la muerte y a
emerger de ella a la vida nueva. Además, en su Bautismo prefigura el Bautismo
que Él nos traía, para significar que esta es la única puerta al cielo, el único
sendero que nos lleva a Él. “El Señor ha sido, pues, bautizado: No quería Él
ser purificado, sino purificar las aguas a fin de que, limpias por la carne de
Cristo que jamás conoció el pecado, tuviesen el poder de bautizar.” (San
Ambrosio, Catequesis bautismal)
La fe infundida lo es, entonces, en la persona de Cristo. No creemos sin
más, creemos en Cristo. El bautizado lo es en la fe de la Iglesia, que nos da a
luz. “Iluminación” (fotismos) es uno de los nombres que recibe el Bautismo,
pues es el sacramento que nos comunica una nueva Luz que debe iluminar
todos nuestros caminos; nos comunica el conocimiento personal de Cristo, la
“luz del mundo”, y “quienes reciben esta enseñanza (catequética) su espíritu
es iluminado…” (S. Justino, Apol. 1, 61). Dios, por medio del Bautismo, nos da
la gracia por la que nos hace partícipes de su misma Vida y de su mismo conocimiento. La Iglesia es la primera que cree, la primera que, en todas partes,
confiesa al Señor, y así conduce, alimenta y sostiene mi fe (cf. CEC 168). Paul
Claudel, en el relato de su conversión, alaba a la Iglesia como Madre y
Maestra: “El gran libro que se me abrió y en que hice mi aprendizaje, fue la
Iglesia. ¡Sea eternamente alabada esta Madre grande y majestuosa, en cuyo
regazo lo he aprendido todo!".
Según el ritual del Bautismo, en los ritos iniciales el ministro pregunta a
los catecúmenos o a los padres y padrinos, en el caso de bautismo de niños:
“¿Qué pedís a la Iglesia de Dios?” Y responden: “¡La fe!” Dejando así claro, que
por medio de la Iglesia recibimos la fe, ya que nadie se ha dado la fe a sí
mismo, como nadie se ha dado la vida a sí mismo. Creer es un acto esencialmente eclesial. El creyente recibe de la Iglesia el contenido de su fe, cuyo símbolo es el credo, y encuentra en la fe católica la comunión con Dios y con los
demás miembros de la Iglesia. “La misma profesión de fe es un acto personal
y al mismo tiempo comunitario. En efecto, el primer sujeto de la fe es la Iglesia.
En la fe de la comunidad cristiana cada uno recibe el bautismo, signo eficaz de
la entrada en el pueblo de los creyentes para alcanzar la salvación. «“Creo”, es
también la Iglesia, nuestra Madre, que responde a Dios por su fe y que nos
enseña a decir: “creo”, “creemos”» (PF 10).
Ser bautizado no es otra cosa que nacer en Cristo, empezar a ser y subsistir en Él. Para los que vivimos en Cristo, el Bautismo es el inicio de la existencia, nos introduce en la Vida, sacándonos de la corrupción y la muerte, por
eso es el primero de los sacramentos de la iniciación cristiana. Por el Bautismo,
ya no tenemos vida (bios), sino Vida (zoé).
Por medio de los sacramentos, la fe se manifiesta como un don que infor6
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ma a la persona entera. Afecta a la existencia entera del cristiano. “Ser bautizado quiere decir que la historia de mi vida personal se sumerge en la corriente del amor de Dios” (YOUCAT 200). Todo en nuestra vida tiene que ser relativo al Señor, estar en relación al Señor. Los sacramentos son “las puertas del
cielo” por las que Cristo sale a nuestro encuentro. No sólo suponen la fe, sino
que también la fortalecen y la expresan. “Sin la liturgia y los sacramentos, la
profesión de fe no tendría eficacia, pues carecería de la gracia que sostiene el
testimonio de los cristianos.” (PF 11)
El bautizado es ungido para configurarse con Cristo. Este compromiso
implica una continua conversión, puesto que el Bautismo borra el pecado pero
no la inclinación al pecado. Este Credo deberá ir cambiando nuestro corazón
para adherirse plenamente con la inteligencia y la voluntad a lo que propone la
Iglesia. En palabras de San Agustín: “Que tu Credo sea para ti como un espejo. Mírate en él, para ver, si crees todo lo que dices creer. Y alégrate cada día
por tu fe.”
Partiendo de la vida (Ver)
1.- El Bautismo es la puerta que da paso al resto de los sacramentos, lugar
de encuentro con Cristo. Puedo recordar aquella ocasión en la que he vivido la celebración de alguno de los sacramentos como vínculo con Cristo y
con su Iglesia; o por el contrario, aquella en la que he ido a lo mío, con una
actitud egoísta.
2.- ¿Vivo como tales las distintas formas de renovación del Bautismo: sacramento de la Penitencia, renovación de las promesas bautismales, profesión
del Credo, aspersión, tomar agua bendita de la pila al entrar en la iglesia, la
noche de Pascua…? Puedo recordar alguna ocasión en la que lo haya vivido conscientemente.
3.- Nos dice el Papa que “el conocimiento de los contenidos de la fe es
esencial para dar el propio asentimiento”. Puedo compartir algún hecho de
vida en el que, tras el estudio de alguna de las verdades de la fe, haya cambiado mi forma de pensar al respecto y haya podido aceptar mejor el misterio de la fe. ¿Me preocupa profundizar en mi fe o pienso que con el bautismo ya está hecho todo?
4.- Es posible que, recientemente, en mi ambiente, en mi lugar de estudio,
de trabajo, en donde estoy llamado a que mi testimonio de vida sea creíble,
me hayan preguntado sobre mi fe. ¿He sabido responder a lo que se me
preguntaba? ¿Puedo decir que haya “profesado con los labios la fe que
llevo en el corazón”? ¿Cómo me he sentido? ¿He confiado en la gracia que
el Bautismo me comunica haciéndome partícipe del conocimiento de Dios?
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Iluminación desde la fe (Juzgar)
A) Sagrada Escritura.
t Desde antiguo el Señor, por medio de los profetas, anunciaba el Bautismo
(Ez 36,24-28). En la noche de Pascua, la Iglesia hace memoria de los acontecimientos que prefiguran el Bautismo: ya desde el origen del mundo el
agua es fuente de vida (Gn 1,2); por medio del arca de Noé unos pocos fueron salvados a través del agua (1P 3,20-22); el paso del mar rojo anuncia
la liberación obrada por el Bautismo (Ex 14,16-28); el paso del Jordán es
imagen de vida eterna (Jos 3).
t Jesús anuncia con su bautismo en el Jordán que Él iba a sumergirse en
la muerte y emerger de ella a la vida nueva (Mt 3,13-17), para, después de
su resurrección, conferir a los apóstoles la misión de bautizar (Mt 28,19-20;
Mc 16,14-18; Hch 2,37-38; Hch 22,16). Por el Bautismo participamos de su
muerte y resurrección (rm 6,1-14).
t El mismo Jesús explica a Nicodemo cuál es la puerta para entrar en el
reino de Dios (Jn 3,1-8); la samaritana le pide a Jesús de esa agua viva (Jn
4,5-29); en el Bautismo se abren nuestros ojos, se iluminan al igual que le
ocurre al ciego de nacimiento (Jn 9,1-12), se nos comunica una nueva Luz
(Jn 8,12), somos iluminados por la luz de Cristo (Ef 5,8-14).
t San Pablo en sus cartas escribe a las diferentes comunidades en qué
consiste esa nueva vida en Cristo (rm 12,2; Col 3,5-11; Ef 4,20-29), y la
comunión con Él (Ga 3,27;Ga 5,5-6; 2 Co 5,17).
B) Magisterio de la Iglesia.
t Benedicto XVI en su carta apostólica Porta Fidei habla de la nueva vida
que comienza en el Bautismo y de la comunión con Dios (PF 1; 6; 15) y de
cómo debemos hacer crecer y alimentar la fe (PF 7; 10; 11; 12; 13).
t El Catecismo dedica varios números al Bautismo como puerta de la Vida
(CEC 1213), iluminación (CEC 1216) y sacramento de la fe (CEC 1226;
1253); las prefiguraciones del Bautismo (CEC 1217-1222) y el Bautismo de
Jesús (CEC 1223-1225); la gracia del Bautismo (CEC 1262-1266); la Iglesia
como Madre y Maestra (CEC 168-171)
t El Papa en su Encíclica Spe Salvi explica como sólo en relación con el
que es la Vida misma estamos en la vida (SpS 27).
t El Bautismo engendra una vida nueva (LG 32; 64; AG 14), une a Cristo
(SC 6; LG 7), concede el don de la fe (GE 2), abre las puertas a la vida
sacramental (Ur 22).
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TEMArIO 2012-2013
Compromiso apostólico (Actuar)
Como hemos visto en el tema, el Bautismo es el inicio de una Vida
nueva, el inicio de la Vida en Cristo. Los mozárabes no sabían la fecha de
su nacimiento, pero sí conocían la fecha de su Bautismo. Un buen compromiso podría consistir en el conocimiento de nuestro propio Bautismo, interesarnos por saber cuándo, dónde y quién nos bautizó, celebrarlo cada año
y organizar nuestra pequeña peregrinación de acción de gracias al lugar de
nuestro Bautismo.
San Agustín dice: “La fe sólo crece y se fortalece creyendo”. Puesto
que liturgia es la celebración comunitaria de la fe, otro compromiso podría
ser el vivir la liturgia y los sacramentos más intensamente y con más regularidad, para cuidar, fortalecer y alimentar así nuestra fe: comunión diaria,
penitencia frecuente, el rezo de la liturgia de las horas…
La alegría es uno de los frutos del Bautismo. Quien siente la presencia
del bien lo ama y se alegra necesariamente. Podríamos pedir la gracia para
vivir con alegría algún sufrimiento o dificultad concreta por los que estemos
pasando, siguiendo el ejemplo de la vida de tantos santos que conocieron
la experiencia de la alegría y el sufrimiento, la soledad, el silencio de Dios…
En este Año de la fe, el Papa nos invita a “redescubrir y estudiar los
contenidos fundamentales de la fe, sintetizados sistemáticamente y orgánicamente en el Catecismo de la Iglesia Católica”, por lo que como grupo
podríamos plantearnos recuperar, para este curso, el estudio del Catecismo,
con la ayuda también de otros instrumentos como el Compendio, las fichas
o el YOUCAT.
Anotaciones:
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TEMA 2: LA FE: RESPUESTA DEL HOMBRE A DIOS
““Dios tenía ya dispuesto algo mejor para nosotros” Hb 11,40
Objetivo: reavivar el sentido concreto de la fe como amistad con
Jesucristo, que despierta en nosotros una sencilla confianza y nos lleva a
querer su voluntad.
Introducción
L
a declaración Dei Verbum dice que Dios se revela a los hombres
hablando «como un amigo movido por su gran amor, y mora con
ellos para invitarlos a la comunicación consigo» (DV 2). La respuesta a esta revelación es la fe, que, entendida como obediencia, significa
aceptar de buen grado la palabra escuchada, y someterse a ella libremente.
Esta obediencia sólo es entendible en un contexto de amor, donde el que
habla ama al que escucha y el que escucha ama al que habla.
Pero la obediencia, desde un punto de vista meramente humano, puede
tener varios motivos. El miedo a un superior, a una reprimenda o a una represalia puede ser una fuente de motivación a la hora de acatar lo mandado; el
deber también puede ser una razón; la falta de libertad, cuando mi voluntad no
interviene en la toma de decisión. La obediencia de la fe, que debemos a Dios
no se fundamenta en estas premisas. El Señor no quiere siervos atenazados
por el miedo o la esclavitud. El Señor quiere amigos y la amistad no se funda
en conceptos que anulen nuestra libertad sino en el amor. El amor abre nuestros horizontes superando los límites de mi propio interés y haciéndonos ver la
calidad del amor de Cristo por nosotros, que no puede pedirnos nada que vaya
en nuestro perjuicio. Así es como podemos llegar a comprender con el
corazón, que su voluntad es lo único bueno para nosotros, aunque a la inteligencia le cueste. Su amor por nosotros y nuestro amor por Él nos colocará en
el lugar donde nuestra libertad podrá optar por lo mejor para nosotros que es
lo que el Señor nos pide.
Esta relación de amor, donde la obediencia es un signo de libertad, la
expresa de un modo precioso la carta a los Hebreos en el capítulo 11, donde
se habla de los modelos de fe en la Historia Sagrada. La fe de Abel, que ofrece un sacrificio agradable a Dios (Hb 11,4); la de Noé, quien «advertido por
Dios» (Hb 11,7), obedece y construye el arca, haciendo de la obediencia un
camino de salvación. También la fe de nuestro padre Abraham, que «obedeció y salió para el lugar que había de recibir en herencia» (Hb 11,8).
Igualmente Sara, su mujer, que tuvo como «digno de fe» (Hb 11,11) al que le
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prometió descendencia en su vejez.
El pueblo de Israel, por la fe, sale de Egipto y, según dice Hb 11,27, «se
mantuvo firme como si viera al invisible». Esta presencia que asegura el camino por el que ha de andar el hombre creyente, la manifiesta el pueblo en la
celebración de la Pascua, «por la fe» (Hb 11,27). La santa obediencia a la que
se le llama, es celebrada como el inicio de su libertad. En esta fiesta celebrarán en adelante el paso de la esclavitud a la libertad, que comenzó cuando obedecieron a Dios.
La Madre del Señor, María, prestó obediencia pronta a la palabra del
ángel, manifestando su libre disposición (Lc 1,26-38). Ella, a quien Dios pide
permiso para realizar su obra, se califica a sí misma como «esclava del
Señor» y se abandona confiada, durante toda su vida, a la acción de Dios.
Todos los ejemplos de la Historia Sagrada ponen de manifiesto la amistad que se establece entre Dios y los hombres. Mediante la llamada a la confianza de la fe y de la obediencia, cada uno de nosotros entra en una relación
donde el vínculo con el Señor es el amor. En la cruz, Jesús atrae a los hombres hacia Él, haciendo de la obediencia una relación libre. La premisa para
poder obedecer es ser libre.
Las palabras de Jesús en el evangelio de Juan: «Nadie me quita la vida,
sino que yo la entrego voluntariamente» (Jn 10,18), explican que la obediencia es una disposición libre de la persona, no una anulación. Sólo puede obedecer quien dice «sí» libremente. De lo contrario estamos consintiendo, es
decir, sometiéndonos por temor, en lugar de obedeciendo. Nuestra libertad
está limitada por el egoísmo, por la primacía de nuestro propio interés por
encima de cualquier otra cosa. Y de esta forma se desvirtúa la obediencia:
consentimos con que Dios intervenga en la vida, pero obedecemos a regañadientes, y con la esperanza de recuperar un día lo que hemos entregado. La
obediencia se convierte entonces en una transacción comercial, en una inversión de futuro totalmente interesada: “te doy ahora para que luego Tú me des”.
En la relación de amistad que Dios establece con nosotros, la obediencia
y la libertad van de la mano. Separadas estas dos, nos sentiremos robados.
Lo que no damos libremente no lo acabamos de dar. Una expresión de esta
libertad, necesaria para la obediencia de la fe, la condensa la máxima de san
José María rubio, conocido como “el apóstol de Madrid”, que decía: “Hacer lo
que Dios quiere y querer lo que Dios hace”.
Partiendo de la vida (Ver)
1-. En el Huerto de los Olivos se juega todo el drama de la libertad humana en
el corazón de Cristo. Puedo mostrar con hechos de mi vida cómo la obedien12
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cia a los designios concretos de Dios a veces aparece como dificultosa, porque dichos designios son oscuros o parecen contradictorios o no están en consonancia con mi voluntad.
2.- El Apóstol Pedro, que negó a Jesús para poder “salvarse él”, cuando es
rehabilitado por el Señor mediante la triple pregunta acerca del amor, entra en
la obediencia de la amistad. ¿Me ha pasado alguna vez que desconfío de las
cosas de Dios y sólo me doy cuenta más tarde de que eran buenas para mí?
¿Cómo vivo yo estos hechos? Muéstralo con hechos de tu vida.
3.- El ejemplo contrario a la necesidad de garantías de Pedro es María. Ella
dice «sí» al principio, sin saber nada de su futuro. ¿He vivido alguna vez este
abandono con la sencilla confianza de que Dios es bueno, que ni falla ni puede
fallar?
4.- La obediencia a la Iglesia es signo de la obediencia a Dios. ¿Vivo con
alegría esta obediencia como un camino seguro para amar más y mejor al
Señor? ¿Confío en lo que me dice o me pide la Iglesia, porque es una madre
santa y sabia, o cuestiono sus opiniones o peticiones hasta que las hago pasar
por el aro de mi voluntad?
Iluminación desde la fe (Juzgar)
A) Sagrada Escritura.
t Ejemplos de obediencia en la Historia Sagrada: (Hb 11,1-40); el salmista dice:
“hacer tu voluntad, eso me es grato” (Sal 40,8-9).
t La Virgen María es ejemplo de obediencia desde la libertad: (Lc 1,26-38; Lc 2,17). Asumió como suya la voluntad de Dios hasta en el momento más duro de su
vida, al pie de la cruz: (Jn 19,25-27). S. José tomó siempre en su vida la opción de
cumplir la voluntad del Padre: (Mt 1,18-25; Mt 2,13-21).
t La obediencia de Pedro después de la caída es un testimonio de humildad que
emociona: (Jn 21,15-17).
t La voluntad del Padre es para Cristo alimento: (Jn 4,34; 8,28); Cumplirla es el
motivo por el que ha venido al mundo: (Jn 6,38); en Getsemaní, es el ejemplo supremo de quien obedece libremente a tan alto precio: (Mt 26,32-44).
B) Magisterio de la Iglesia.
t La fe es la respuesta del hombre a Dios que se revela: (CEC 142-143); la
obediencia de la fe es un acto de libertad: (CEC 144; 160; DV 5); “el acto de
fe es voluntario por su propia naturaleza” (DH 10); la libertad alcanza su plenitud cuando está ordenada a Dios: (CEC 1731-1733).
t La obediencia libre de Cristo redime (LG 3); los laicos deben seguir este
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ejemplo de Cristo (LG 37); el amor es la razón de la obediencia de Cristo en
la cruz (DCE 12). La eucaristía es la realización cotidiana de este misterio
de obediencia (SCa 9).
t María ofrece al Señor su entera voluntad y se abandona en Él durante
todos los momentos de su vida (rMa 11 y 13); san José, desde el principio,
opta desde su libertad, por poner su voluntad al servicio del misterio (rC 1721)
t La libertad del hombre se realiza en la voluntad de Dios (VS 35); la obediencia hace permanecer en la verdad (VS 42); por la obediencia desde la
libertad, el hombre se adhiere a Dios y llega a la felicidad (GS 17).
Compromiso apostólico (Actuar)
Un posible compromiso para este tema es hacer una lectura orante o rezar
personalmente durante una semana o dos el capítulo 11 de la carta a los
Hebreos. En esta lectura puedo detenerme en los ejemplos de la fe de nuestros
padres.
Puedo profundizar en alguno de los artículos del Credo que no entienda
bien, o sobre el que necesite más formación. Buscar en el Catecismo o en algún
documento pontificio información sobre el significado de eso que no entiendo o
recurrir al YOUCAT para dar respuesta a esas preguntas que me planteo yo
mismo o me plantean amigos y conocidos acerca de cuestiones concretas de la
fe.
También puede servir como compromiso, estar más atento a lo que Dios
me pide en mi relación con los demás (mayor entrega a mi cónyuge, a mis hijos,
a mis padres…) y obedecerle en lo concreto de la vida cotidiana con la libertad
que da el amor.
Otro compromiso, que ya hemos propuesto otras veces, podría ser estar
disponible a lo que la Iglesia me pida por medio de los sacerdotes, de los responsables de tareas parroquiales, o los dirigentes de Acción Católica.
Como grupo, podríamos ponernos como compromiso, redactar una oración
en la que pidamos el espíritu de la santa obediencia de Cristo y renovar la confianza en Dios y en la Iglesia. Podemos rezarla en el grupo durante una temporada.
También podemos fomentar en la parroquia la difusión del YOUCAT, organizando alguna actividad para darlo a conocer o para enseñar a trabajar con él,
especialmente a los jóvenes.
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Anotaciones:
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TEMA 3: FE Y RAZÓN
“““El que tenga oídos para oír que oiga” Mt 13,9
Objetivo: Hacernos conscientes de la importancia del recto uso de la razón para
alcanzar la madurez de la fe.
Introducción
P
robablemente la característica más distintiva del ser humano es
su capacidad racional. Gracias a la razón el género humano ha
avanzado social y tecnológicamente. La razón es nuestra herramienta más importante a la hora de solucionar problemas y sobre todo a la
hora de buscar y encontrar respuestas.
La búsqueda más importante a la que se enfrenta el hombre es la que
provoca su inquietud existencial. Deseamos saber y el objeto de este deseo
de saber es la verdad. El ser humano necesita vivir en la verdad, desde lo
más cotidiano a lo más trascendente. Lo que se construye sobre la duda o
incluso la mentira, sólo proporciona miedo y angustia, inseguridad y sufrimiento. Sólo la verdad, el conocimiento consciente de la verdad, produce
satisfacción y devuelve al hombre la paz.
En la sociedad actual se tiende a pensar que lo único real es lo demostrable, y se vive dominado por el uso científico de la razón. Se busca en la
ciencia la manera más fiable de acercarnos a la verdad. Pero, a la vez, se
ha despojado a la verdad de su carácter de absoluto convirtiéndola en un
término relativo, por lo que no hay manera de saber si una hipótesis es
absolutamente cierta. Por eso ningún científico serio proclamará que ha
demostrado algo definitivamente. El hecho de no poder demostrar nada
definitivamente es uno de los pilares principales de la ciencia moderna.
Para encontrar la verdad no podemos ceñirnos al empirismo en que se
basa el método científico; para empezar, el amor no es demostrable científicamente. La vida y la experiencia humana sobrepasan ampliamente los
límites de la ciencia.
¿Es razonable creer? En mayor o menor medida, todo el mundo tiene
una fe cotidiana sin la cual no se puede vivir: la creencia de que ese conductor no va a dar un volantazo causando un accidente o de que el ascensor no se va a descolgar. Es una creencia para la cual no tenemos fundamento mas allá de nuestra propia experiencia, sin embargo, es razonable
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pensar que el edificio en el que estás ahora no se va a desplomar pese a
que no conozcas al arquitecto que lo diseñó. La razón se apoya en la creencia, aunque esta creencia no sea fe. La diferencia entre fe y creencia es
que la fe es la forma de creer sobre las verdades últimas.
Nuestra razón corre el peligro de perderse en la carrera en pos de la
verdad, en la que puede encontrar muchos obstáculos. De hecho, desde la
desobediencia de Adán, quedó herida y perdió su capacidad de acceder a
Dios con facilidad a partir del dato sensible. Su mirada quedó oscurecida y
sus razonamientos se vieron inclinados a lo falso. Aun así, sigue siendo
capaz de llevarnos lejos pero no puede hacer sola todo el camino: necesita
que algo la ilumine; que la ilumine sin eclipsarla o infravalorarla, y ese algo
es la fe. Según Juan Pablo II, la fe “no interviene para menospreciar la autonomía de la razón o para limitar su espacio de acción (…) La fe agudiza la
mirada interior abriendo la mente para que descubra, en el suceder de los
acontecimientos, la presencia operante de la Providencia” (Fr 16).
Ante el hecho de la revelación como realidad (histórica y científicamente comprobable), la razón es provocada y la fe es interpelada. Aunque
tengamos fuentes históricas fiables que hablen de Jesucristo, no tenemos
nada que pruebe que Jesucristo es el Hijo de Dios hecho hombre.
Conocemos a Dios mediante la experiencia de las verdades reveladas (lo
que Dios ha querido manifestarnos); nos llega a través de los sentidos, igual
que una relación con otra persona: es una realidad objetiva. Sin embargo,
va más allá de nuestra razón, ya que jamás comprenderemos el misterio de
la Encarnación. Si el hombre solo pudiese darse las respuestas que necesita, ya se las habría dado.
Hay que admitir que ante un personaje histórico que hace una llamada
universal a todos los hombres, la razón tiene un camino para conocerla,
pero para aceptarla con todo lo que el hombre es, no podemos valernos únicamente de la razón; necesitamos la fe, que “abre los ojos del corazón” (Ef
1,18).
La respuesta que pide la revelación no la damos sólo con la razón, sino
que implica un asentimiento de toda la persona, que cree con una fe razonable.
Solamente podemos estar seguros de comprender la persona de
Jesús de Nazaret si nos apoyamos en una razón iluminada por la fe. «No
se comienza a ser cristiano por una decisión ética o por una gran idea, sino
por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo
horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva». (Benedicto XVI,
Deus caritas est)
Fe y razón no pueden separarse sin correr el riesgo de llegar a un
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conocimiento defectuoso del mundo, del propio hombre y de Dios. Se necesitan. Cada una aporta a la otra el apoyo para no perder la orientación en su
tarea. La fe le da a la razón fuerza para perseverar en su peregrinación
hacia la verdad y la inclina hacia la belleza, y el bien; la abre al infinito y a
la trascendencia e impide que vaya por derroteros peligrosos que puedan,
a la postre, destruir al mismo hombre. Por su parte, la razón le da a la fe la
posibilidad de madurar, de profundizar en sus contenidos, la depura de
mitos y supersticiones, la preserva frente a doctrinas falaces que se fundamentan en lo mundano y no en Cristo.
“Fe y razón son como las dos alas con las cuales el espíritu humano
se eleva hacia la contemplación de la verdad. Dios ha puesto en el corazón
del hombre el deseo de conocer la verdad y, en definitiva, de conocerle a Él
para que, conociéndolo y amándolo, pueda alcanzar también la plena verdad sobre sí mismo” (inicio de la encíclica Fides et ratio).
Partiendo de la vida (Ver)
1.- Puedo contar al grupo aquel momento de mi vida en el que, apoyándome en mi fe algo infantil, sostuve posturas poco racionales, por falta de formación o de profundización.
2.- Presentar hechos de vida en los que la sola razón no me ha bastado
para superar una crisis y he recurrido a la fe que, iluminando la situación,
me ha ayudado a seguir adelante.
3.- Mostrar con hechos de vida cuál es mi actitud al profundizar en la fe por
medio del estudio o la lectura: si es de satisfacción por comprender con más
claridad el mensaje del Señor, si me deja indiferente, si me mueve a profundizar más, etc.
4.- Puedo compartir aquella ocasión en la que me di cuenta de que no estaba poniendo mis dones al servicio de los demás, de la sociedad, para mejorar el mundo; o por el contrario, aquella otra en la que sólo me moví por un
puro activismo racional y olvidé el cimiento de la acción cristiana.
Iluminación desde la fe (Juzgar)
A) Sagrada Escritura.
t El autor sagrado llama feliz al que busca la sabiduría (Si 14,20-27);
la inteligencia puede hacer alcanzar “el agua profunda” (Prov 20,5);
razonando sobre la naturaleza se puede llegar a Dios (Sab 13,5); Dios
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oculta, el hombre busca (Prov 25,2)
t El hombre medita y Dios guía sus pasos (Prov 16,6); el temor de Dios
como principio de sabiduría (Prov 1,7); mediante las criaturas, la razón
intuye a Dios (rom 1,20); Dios nos da la inteligencia para usarla (Mt
13,9).
t Por el pecado, la razón se ve herida (rom 1,21-22); la razón herida
por el pecado no entiende el plan salvador de Dios (1Cor 1,16-20); la
fe, apoyada en la razón, no se deja embaucar (Col 2,8).
B) Magisterio de la Iglesia.
t La fe y la inteligencia deben estar unidas (CEC 156-157), “Creo para
entender; comprendo para creer mejor” S. Agustín (CEC158); las ciencia
contribuyen a profundizar en el misterio del hombre (GS 54).
t Los filósofos clásicos se esforzaron en dar fundamento racional a sus creencias (Fr 36); en los Santos Padres y los posteriores filósofos cristianos,
la razón como aporte a la fe tiene un gran peso (Fr 40-44); Dios ha hecho
a la razón humana capaz de alcanzarle (VS 43; DH 3).
t La razón tiene necesidad de la fe para no perder su orientación (Fr 47;
rH 15); es necesaria y urgente la unidad entre fe y razón (Fr 48).
t Las ciencias contribuyen a profundizar en el misterio del hombre (GS 54);
sobre fe y cultura (GS 57-58).
t La total autonomía de la razón dejaría a Dios al margen de la actividad
humana (VS 36); la razón encuentra su verdad en la sabiduría divina (VS
40).
Compromiso apostólico (Actuar)
En este tema, el compromiso debe ir encaminado a profundizar en la relación entre fe y razón. Para ello, puede sernos muy útil la lectura de algún
documento, por ejemplo, Fides et ratio, de Juan Pablo II, o el discurso de
Benedicto XVI en el encuentro con representantes de la sociedad británica
(17 septiembre de 2010); o algún libro como ¿En qué creen los que no creen?
de Humberto Eco y el cardenal Carlo María Martini, Un fraile vestido de cardenal, conversaciones con Mons. Carlos Amigo Vallejo (sobre todo el capítulo Fe y Cultura).
También puede ser una buena ocasión para depurar nuestra fe de irracionalidades que, sin llegar a ser supersticiones, la hacen cojear y nos privan de
la total confianza en Dios, atreverse a usar la razón para hacer madurar la fe.
Otro buen compromiso podría ser dejar aflorar esas dudas o posturas de
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la Iglesia que no me encajan y consultarlas con alguien de confianza que
pueda iluminarme.
El compromiso de grupo podría consistir en organizar un debate, invitando a alguien competente, sobre relación fe-razón, filosofía de la ciencia, qué
explica la ciencia y dónde debe ser iluminada por la fe, etc.
Anotaciones:
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TEMA 4: FE Y CONCIENCIA
“Para que sepáis discernir cuál es la voluntad de Dios” Rom 12,2
Objetivo: Caer en la cuenta de que la conciencia no es dedo acusador, sino
el lugar sagrado en el que el hombre dialoga con Dios, quien le muestra la
Verdad y el Camino para llegar a la Vida.
Introducción
L
a iglesia naciente, en su afán por seguir con entusiasmo el mandato del Señor de hacer discípulos a todas las gentes, pronto
entendió que no debía circunscribirse al pueblo de Israel sino salir
también a evangelizar a los gentiles. Y aquí se encontraron con un problema: en el caso de los judíos no era difícil llegar al misterio de Jesucristo partiendo de la Escritura, de Moisés, la Ley y los profetas. El mismo Señor les
había enseñado cómo hacerlo en el camino de Emaús. Pero, ¿cómo hacer
con los gentiles? Para ellos, conceptos como Alianza, Mesías, promesa de
salvación, eran completamente lejanos, faltos de sentido y de difícil entendimiento. ¿Cómo proceder entonces? Porque estaba claro que la voluntad
de Jesús era que la fe llegara a todo hombre, de todo lugar y de todo tiempo. Apelaron así a algo universal, presente en todos los hombres, a saber,
el conocimiento natural de la ley divina y la voz de la conciencia.
El hombre, en su interior, “descubre una ley que él no se da a sí mismo,
a la cual debe obedecer y cuya voz suena oportunamente en los oídos de
su corazón”. Es la ley natural, inscrita por Dios en el corazón del hombre, de
cualquier hombre, creyente o no, cultivado o sencillo, rico o pobre, “cuyo
cumplimiento consiste en el amor de Dios y del prójimo y en cuya obediencia consiste su propia dignidad” (GS 16).
Dios no abandona al hombre. No le entrega su libertad y lo deja solo ante
la responsabilidad de la elección. Le da un valioso y fiable instrumento, su
propia ley grabada en su corazón: inclínate hacia el bien, rechaza el mal. La
ley natural es “aquella luz originaria sobre el bien y el mal, reflejo de la sabiduría creadora de Dios, la cual, como una chispa indestructible, brilla en el
corazón de cada hombre” (VS 59). La ley natural ilumina las exigencias del
bien moral; es, por decirlo de alguna manera, la teoría sobre lo bueno, sobre
aquello a lo que hay que tender. La parte práctica la desempeña la conciencia. El Concilio Vaticano II dice que la conciencia es “un sagrario dentro
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del hombre, donde tiene a solas sus citas con Dios” (GS 16). El misterio y
la dignidad de la conciencia moral reside en que es “el lugar, el espacio
santo donde Dios habla al hombre” (Juan Pablo II, Audiencia General 17VIII-1983). Y san Buenaventura la define así: “La conciencia es como un
heraldo de Dios y su mensajero, y lo que dice no lo manda por sí misma,
sino que lo manda como venido de Dios, igual que un heraldo cuando proclama el edicto del rey”.
Muchas veces pensamos en la conciencia como en un agente de la ley
que, placa en mano, nos persigue incansablemente tras haber cometido un
pecado. La conciencia nos acusa, ciertamente, pero intentemos ir más allá.
Según el Concilio, el hombre tiene en su conciencia sus citas a solas con
Dios, pero para tener una cita con alguien hay que acudir a ella. Allí, en lo
profundo de nuestro ser nos espera Dios, nos espera su ley inscrita por Él
en nosotros. Se trata de preguntarse antes de actuar, de preguntarle antes
de actuar. Se trata de buscar la verdad allí donde Dios la ha puesto, la verdad sobre la bondad de mi actuar. Se trata, en definitiva, de encontrar la
voluntad de Dios sobre mí en este trance concreto. Por esto, la conciencia
no se impone por sí misma, sino que nos brinda la oportunidad de descubrir
lo que Dios quiere. Su dignidad proviene, no de que sea fuente autónoma
de decisiones, sino de que basa sus juicios en la verdad sobre el bien moral
y el mal moral y esta verdad dimana directamente de la ley divina, es decir,
de Dios mismo.
En este sentido, la conciencia tiene la fuerza de obligar, pero no coacciona. Sus juicios surgen como fruto del vínculo de la verdad con la libertad.
No son decisiones arbitrarias según los vientos de las modas o las conveniencias. Están firmemente anclados en la verdad. Por eso hay que seguir
los dictados de la conciencia. Pero siempre vigilantes porque no es un juez
infalible, puede cometer errores, por ignorancia, por dejadez o por abandono. Por ese motivo debemos preocuparnos de tener una conciencia madura y formada. Y, ¿cómo se forma la conciencia? Con lectura de la Palabra,
con la oración, con lecturas y estudios que completen nuestra formación
cristiana, en la dirección espiritual, con la escucha del Magisterio de la
Iglesia. Y lo más importante: no creyendo nunca que nuestra conciencia
está ya formada definitivamente. Debemos tener siempre una actitud de
continua búsqueda de la verdad y del bien; de no conformarnos con la mentalidad mundana; de no dejarnos atrapar por medias verdades, sino ser
siempre fieles a la voluntad del Señor y crecer en nuestra amistad con Él.
Es necesario que nuestro corazón esté continuamente convirtiéndose a
Dios; que, con esfuerzo y perseverancia, a través de las virtudes, vaya dándose una especie de connaturalidad entre nuestra voluntad y el bien, entre
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mi voluntad y la Suya. Si nos esforzamos habitualmente por seguir la voz de
una conciencia recta y formada, esto podrá convertirse en una suerte de
inercia que nos haga inclinarnos cada vez con más frecuencia hacia lo
bueno. Pero lo contrario también se da: si muchas veces acallamos nuestra
conciencia optando, no por el Señor, sino por nuestro propio gusto, iremos
progresivamente dejándola muda y sin autoridad, abandonándonos a un
vacío de verdad en el que el relativismo y el propio yo se harán los amos.
Trabajemos por avanzar en el camino de la amistad con Jesús y pidámosle conformar cada día más nuestra voluntad con la suya y que nuestra
conciencia sea capaz de guiarnos para elegir siempre el bien y la verdad.
Cristo, “en la hora de Getsemaní transformó nuestra voluntad humana rebelde en voluntad conforme y unida a la voluntad divina. Sufrió todo el drama
de nuestra autonomía y, precisamente poniendo nuestra voluntad en las
manos de Dios, nos da la verdadera libertad. En esta comunión de voluntades se realiza nuestra redención.” (Cardenal ratzinger, Homilía pro eligendo pontifice 18-IV-2005)
Partiendo de la vida (Ver)
1.- Presentar hechos de vida que muestren el concepto que tengo de conciencia: si sólo la identifico con la voz que me acusa cuando cometo un error
consciente y consentido; o si, por el contrario, la entiendo como el rincón de
mi corazón donde consultar y dejarme guiar por el Señor.
2.- Nuestra conciencia suele mostrarnos con claridad el camino del bien y a
veces tratamos con desesperación de argumentar en contra suya para actuar
según nuestro propio interés. Puedo contar un hecho de mi vida en el que a
fuerza de insistir he conseguido silenciar mi conciencia; o aquel otro hecho en
el que al fin me he rendido y he hecho lo que ella me indicaba. Y los sentimientos que en cada caso se me han suscitado.
3.- Hemos visto que la conciencia sólo conduce por el camino de la verdad si
está rectamente formada. Puedo compartir con el equipo un momento de mi
vida que refleje mi preocupación por formar mi conciencia en la fe de la Iglesia
para que sea mi fiel consejero; o al revés, si descuido mi formación y luego
pretendo apelar a mi conciencia aunque sea ignorante e inmadura.
4.- Contar un hecho de vida en el que haya entrado en la intimidad de mi
corazón con ánimo real de buscar la voluntad del Señor. Si, con mayor o
menor esfuerzo, he conformado mi voluntad a la suya o si me ha vencido mi
fragilidad y me he apartado de Él. No se trata de revelar secretos o intimidades, sino de profundizar en mi actitud.
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Iluminación desde la fe (Juzgar)
A) Sagrada Escritura
t Pablo describe la ley natural inscrita también en los corazones de los gentiles (rom 2,14-15); es algo que nos hace descubrir la voluntad de Dios
(rom 12,2). También los profetas hablan de la ley de Dios escrita en el hombre (Jer 31-35; Ez 11,19).
t La caridad procede de una conciencia recta (Tim 1,5). La conciencia es
testigo de la verdad (rom 9,1). Abrazar la verdad, que es Cristo, para no ser
arrastrados por cualquier falsedad (Ef 4, 14-15; 1 Tim 5,7).
t Salomón pide a Dios sabiduría para discernir el bien y el mal (re 3,9).
t Desde los primeros tiempos del cristianismo se subraya la tarea de mantener la conciencia limpia y recta (Hch 24,14-16); se insiste en que una conciencia mal formada conduce al error (1 Cor 8,7-12; Tit 1,15-16).
t Cumplir la voluntad de Dios es lo que realmente alimenta el alma del hombre (Mt 4,4; Jn 4,34). En el momento cumbre de su entrega, Cristo abraza
la voluntad del Padre anteponiéndola a la suya (Mt 26,39).
B) Magisterio de la Iglesia.
t La Ley natural, escrita por Dios en el corazón del hombre (GS 16) es inclinación al bien y rechazo del mal (La verdad os hará libres, VL 40); reflejo de
la sabiduría creadora de Dios (VL 59).
t La verdad como cimiento del actuar humano (VL 37); hay una estrecha
relación entre verdad y libertad (VS 61; VL 38). Los juicios de la conciencia
se fundan en la verdad sobre el bien moral (VS 61). La verdad guía al hombre de lo visible a lo invisible GS 15).
t Conciencia como sagrario del hombre, lugar santo de encuentro con Dios
(GS 16). Es la voz de Dios en el hombre (VL 39). Fruto de la conciencia es
llamar por su nombre al bien y al mal (DeV 43).
t Es necesario que formemos nuestra conciencia (VS 62; VL 39), profundizando en el conocimiento de la ley de Dios y en el desarrollo de las virtudes
(VS 64). Los cristianos estamos especialmente llamados a formarnos (DH
14; AA 20 y 29). La falta de formación de la conciencia como causa de la
grave crisis actual (VL 55). El Magisterio de la Iglesia está siempre al servicio de la conciencia para que alcance la verdad (VS 64).
Se puede consultar VS en textos para el juzgar (pg 77)
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TEMArIO 2012-2013
Compromiso apostólico (Actuar)
Llegado el momento del compromiso, proponemos varias opciones. Por
un lado, un compromiso de formación, por ejemplo, leer con atención y detenimiento el capítulo que dedica a la conciencia la encíclica Veritatis splendor, 5464; o sobre la familia, por supuesto la exhortación apostólica Familiaris consortio, o los números de la constitución pastoral Gaudium et spes, 47-52.
Por otro lado, podemos comprometernos a entrar con más asiduidad en la
intimidad de la conciencia para buscar la voluntad del Señor en cada paso de
mi vida y no sólo en lo que a mí me parece importante o más trascendental.
También podemos asumir como compromiso, estar más atentos y hacer
más por la formación de la conciencia de los que nos han sido encomendados:
nuestros hijos, nuestros niños o juveniles de catequesis, los jóvenes de nuestro grupo de iniciación, etc.; procurándoles buenas lecturas, buenas indicaciones, buenos consejeros… Para ello nos puede servir como instrumento el
YOUCAT, que trata en los números 295-298 sobre la conciencia y en los números 333-334 sobre la ley moral natural.
Como compromiso de grupo, proponemos asistir a alguna charla o conferencia que pueda ampliar nuestra formación cristiana, o incluso, animarnos a
participar asiduamente en algún curso de teología en la parroquia o en el Aula
de Teología de Acción Católica.
Anotaciones:
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TEMA 5: EL MAGISTERIO DE LA IGLESIA AL SERVICIO DE LA FE
““El Espíritu Santo os lo enseñará todo” Jn 14,26
Objetivo: reconocer que, por la gracia del Espíritu Santo, nos adherimos al
Magisterio y, como Pueblo de Dios, participamos del sentido sobrenatural de
la fe (sensus fidei).
Introducción
V
ivir la fe requiere sentir en y con la Iglesia. Así lo expresamos en
la Eucaristía cuando imploramos: «Señor, no mires nuestros
pecados, sino la fe de tu Iglesia». Esta petición, asimismo, nos
invita a reflexionar en la grandeza de la fe de la Comunidad eclesial. Es
decir, en el sensus fidei o sentido sobrenatural de la fe, que expresa la capacidad espiritual de experiencia y de conocimiento, propia del creyente, que
tiene lugar como resultado del encuentro personal con el Misterio (cf. 1 Tes
2,13).
El fundamento teológico del «sentido de la fe» (sensus fidei) se
encuentra en el Nuevo Testamento. En él se nos narra que la acción del
Espíritu genera en cada cristiano y en toda la Iglesia de Cristo una especial
capacidad para comprender y vivir la fe (cf. Jn 14,13. 17. 26). Por ello, la teología, el Magisterio y el mismo sensus fidei, solo se validarán teológicamente en la medida en que ellos ―cada uno a su modo― nos enseñen
aquello que han recibido: el Evangelio de la gracia. Es lo que San Pablo afirma en tono enfático: «si yo mismo o incluso un ángel del cielo os anuncia
un evangelio distinto del que yo os anuncié, sea maldito» (Gal 1,8). Como
vemos, ni el mismo apóstol Pablo se constituye en la referencia de la predicación, puesto que el Evangelio que predica no es «según los hombres» (cf.
Gal 1,11), sino que es el Evangelio de Dios (cf. rom 1,1; 15,16; 2 Cor 11,7).
Algunos de estos testimonios bíblicos, y también patrísticos y teológicos, los recoge el Concilio Vaticano II cuando enseña, en la Constitución
Dogmática sobre la Iglesia, que el Pueblo santo de Dios participa del don
profético de Cristo y “que la universalidad de los fieles, que tienen la unción
del Santo Espíritu, no puede fallar en su creencia” (universale suum consensum), ni en las cosas de fe y costumbres. “Con ese sentido de la fe, que el
Espíritu de verdad mueve y sostiene, el pueblo de Dios, bajo la dirección del
sagrado Magisterio, se adhiere indefectiblemente a la fe dada de una vez
para siempre a los santos (cf. Jds 3), penetra profundamente en ella con
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rectitud de juicio y la aplica más íntegramente en la vida”(LG 12).
Esta unidad entre Pueblo de Dios y Magisterio es vital. El “sensus fidei”
no sería sino mera subjetividad, si no estuviera en relación al Magisterio de
la Iglesia, a lo que el Papa y los obispos enseñan y que confirma que el sentir de la fe venga realmente del Espíritu y no de mí mismo. A ellos, a los obispos, Cristo los ha constituido en maestros auténticos y les ha dotado de su
autoridad a fin de que prediquen y enseñen la fe que ha de creerse y, con
actitud vigilante, aparten del pueblo los errores que puedan amenazar su fe
(cf. LG 25).
Los cristianos y, en particular, nosotros, militantes de Acción Católica,
recibimos el Magisterio del Papa o de los obispos como un regalo que el
Señor Jesús nos hace para, como dice el beato Juan Pablo II en Novo
millennio ineunte, servirnos como una brújula que oriente nuestros pasos en
este siglo XXI (cf. NMI 57).
Los obispos, y el Papa en particular, ejercen su oficio de enseñar al
pueblo de Dios a través de homilías, discursos y documentos, en los que se
profundiza en la fe, se la hace más inteligible y se iluminan los numerosos
problemas que preocupan a la humanidad en cada momento histórico. La
riqueza del Magisterio, especialmente el pontificio, es enorme y siempre
profundamente actual y a él debemos acudir en busca de luz y sabiduría
para hacer más madura nuestra fe.
La imagen de los fieles alrededor de su obispo o del Sucesor de Pedro
recibiendo sus enseñanzas, nos remite a las escenas evangélicas en las
que el Señor enseñaba, rodeado de una muchedumbre. Sintámonos como
aquellos primeros discípulos que tuvieron el privilegio de escuchar su voz y
recibir el Evangelio directamente de Él.
Partiendo de la vida (Ver)
1.- Puedo narrar un hecho de mi vida en el que se vea cómo mi desconfianza en el “sensus fidei” de la comunidad, firmemente anclado en la
enseñanza de la Iglesia, me ha llevado a desoír consejos u orientaciones de
personas que me quieren y se preocupan, y esto me ha llevado a la soledad, a la duda o incluso a tomar decisiones erróneas; por el contrario,
hechos en los que me he dejado iluminar por alguien de la comunidad cristiana y me ha sido más fácil decidir o salir del trance en que me hallaba.
2.- También puedo contar aquella vez en la que la luz del Espíritu Santo me
hizo experimentar el gozo y la grandeza de los contenidos de la fe cristiana
que profeso, y, asimismo, esto me llevó a dar gracias a Dios por «haber
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revelado estas cosas a los pequeños y sencillos».
3.- A través de un hecho de vida, puedo profundizar en mi actitud cuando
algún pasaje del magisterio pontificio o conciliar me iluminó sobre aspectos
de la fe que tenía poco claros. O también, qué actitud despierta en mí la
publicación de un nuevo documento del Papa: si lo espero, lo compro y rápidamente lo leo; o si por el contrario, me pasa inadvertido o, aunque lo compre, no lo leo.
4.- Contar el bien que nos hace escuchar a algún cristiano que habla con
elocuencia acerca de algún aspecto de la fe cristiana. Puedo expresar cómo
cuando me he dejado enseñar he descubierto mis contradicciones o mi falta
de claridad sobre esos aspectos.
Iluminación desde la fe (Juzgar)
A) Sagrada Escritura
t El Nuevo Testamento nos muestra cómo Dios instruye y concede a la
Comunidad una especial sensibilidad para discernir correctamente la verdad revelada (Mt 16,18-19; Jn 6,44-45; Jn 14,7-26; 1 Jn 2,20-23). Dios revela el misterio de su sabiduría y la mente de Cristo a aquellos que le aman (1
Cor 2,6-15; 1 Cor 11,2). La Iglesia es, entre otras cosas, tradición viviente y
Palabra de Dios que permanece operante en los creyentes (1 Tes 2,13-14).
t La gente acudía a Jesús para que les enseñara (Mt 5,1-10; 13,1); Jesús
enseña con autoridad (Mt 7,28); responde a las preguntas que se le hacen
(Mc 2,18-22); en la misión de Jesús está predicar y enseñar (Mt 11,1); instruye a los apóstoles más profundamente (Mt 13,10-23); ante su petición,
les enseña el Padrenuestro (Lc 11,1-4; Mt 6,9-13).
t Los apóstoles continúan la tradición de enseñar de Jesús mediante sus
cartas. En ellas exhortan (rom 12,1-2; Col 3,5-15; 2Pe 3,14-18); muestran
su cariño (rom 1,10-12; Ef 1,15-23; Flp 1,3-11); amonestan (1 Cor 1,10-15;
5,1-13; 6,15-20; Gal 1,6-10); animan en el combate espiritual y ante las
pruebas (Ef 6,10-18; Sant 1,2-4; 12-14).
t También enseñan sobre la figura de Cristo (rom 5,12-20; Col 1,15-20; Flp
2,5-11; 1Jn 1,1-4); sobre moral (rom 6,12-14; 12,14-21; 1Cor 7,1-24; Ef
5,21-33; 1Pe 3,1-12).
B) Magisterio de la Iglesia.
t Gracias al don del Espíritu Santo, los fieles cristianos son aptos para realizar las obras y deberes que son útiles para la renovación y edificación de
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la Iglesia, y para no equivocarse cuando creen (LG 12; DV 10; CEC
84).Cristo cumple su misión profética, no sólo a través de la jerarquía, sino
también por medio de los laicos, a quienes constituye en testigos, y les dota
del sentido de la fe (sensus fidei) y de la gracia (LG 35).
t El Papa Benedicto XVI recuerda que el Pueblo de Dios precede a los teólogos, subrayando la importancia del sensus fidei (Audiencia del Papa
Benedicto XVI, 7 de julio de 2010).
t La esencia del Magisterio es la Sagrada Escritura y la Tradición (DV 10);
el Catecismo como regla segura para la enseñanza de la fe (PF 11); importancia del magisterio del Papa (LG 18); los sacerdotes deben conocer el
Magisterio (PO 19); la enseñanza de la teología debe estar bajo la guía del
Magisterio (OT 16).
t Los seglares deben estar atentos a las enseñanzas del Magisterio (GS
43); el Magisterio, también para la vida matrimonial y familiar (GS 50).
t Importancia del Magisterio del Concilio Vaticano II (PF 5; NMI 57).
Se puede consultar Audiencia del Papa Benedicto XVI, 7 de julio de 2010 en textos
para el juzgar (pg 69)
Compromiso apostólico (Actuar)
«Creo, Señor, pero aumenta mi fe». Estas palabras de confianza y
abandono que dijo Pedro a Jesús pueden ser un compromiso sencillo.
Como hizo el apóstol, durante unos días puedo proponerme dirigir al Señor
estas palabras para que fortalezca mi fe o me ayude a superar las dudas
que pueda tener sobre algún aspecto del dogma.
Otro compromiso podría ser hacer la obra de caridad de enseñar o
ayudar a comprender algún aspecto del dogma eclesial, dado que, a veces,
la desconfianza de algunas personas en la fe cristiana viene provocada por
la ignorancia. Puedo animar a consultar el YOUCAT para superar esta ignorancia.
También puede venirme bien, en el fortalecimiento de mi fe, apoyarme
en la enseñanza de los «santos» (sensus fidei); es decir, en aquellas personas que son testigos de la fe por su forma de vivir y morir en relación con
el misterio de Dios.
Como compromiso orientado a la formación, proponemos leer en profundidad los documentos fundamentales del Concilio, para valorar y adherirnos más fielmente al Magisterio en ellos contenido; por ejemplo las
Constituciones Lumen Gentium, Sacrosantum Concilium, Dei Verbum,
Gaudium et Spes. También sería un buen compromiso leer la carta que
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nuestro cardenal nos envía por la fiesta de Pentecostés.
El compromiso de grupo puede ser redactar una oración de acción de
gracias, para rezarla durante una temporada, en la que expresemos el gozo
de tener una fe que, por estar apoyada en el sensus fidei, vive con firmeza
y esperanza el compromiso cristiano.
Anotaciones:
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TEMArIO 2012-2013
TEMA 6: FE Y CULTURA
““Examinadlo todo y quedaos con lo bueno” 1Tes 5,21
Objetivo: Tomar conciencia de que, desde nuestra fe y cada uno según sus
posibilidades, debemos participar activamente en construir la cultura que
nos rodea, para que sea un vehículo que lleve al hombre a ser verdadera y
plenamente humano, ordenándolo todo hacia Dios Padre, belleza infinita.
Introducción
L
a sociedad en la que vivimos, a pesar de la crisis actual, ha hecho
posible que, en un principio, todos tengamos acceso a la cultura.
Cultura que abarca una formación y un cúmulo de conocimientos
que deberían hacernos cada vez más capaces de tener unos criterios y
unas ideas con las que podamos movernos en el mundo. A esto deberíamos
añadir las costumbres y tradiciones que hemos adquirido y heredado de
nuestros mayores y de la forma en la que se ha entiendo el mundo en la
sociedad concreta en la que cada uno vive. Pero, si a todo lo anterior no se
le añade una fe que lo atraviese y lo impregne todo, el hombre actual, gracias a todos los logros de las artes y las ciencias, puede caer en la tentación de ver el progreso como un fin en sí mismo. Es más, puede colocarse
él mismo como el fin último de toda actividad humana. Y en ese mismo instante estará perdido. Habrá apartado a Dios como verdadero fin de su existencia y se habrá colocado él en su lugar. Estaremos entonces ante el
mayor de todos los errores del mundo actual.
Los cristianos debemos trabajar para conseguir que la cultura nos lleve
a “la perfección integral de la persona humana, al bien de la comunidad y
de la sociedad humana entera. Por lo cual es preciso cultivar el espíritu de
tal manera que se promueva la capacidad de admiración, de intuición, de
contemplación y de formarse un juicio personal, así como el poder cultivar
el sentido religioso, moral y social” (GS 59). ¡Qué bellas palabras del
Concilio! Y qué certeras como análisis de nuestra sociedad actual. Casi
podríamos calificarlas de proféticas. Hoy en día, cuando el ser humano tiene
a su alcance unos medios impensables hace apenas unos años, nuestros
jóvenes (y los no tan jóvenes) han perdido su capacidad de admiración, contemplación, intuición… y sin estas capacidades el ser humano está cerce35
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nado y no es capaz de elaborar un juicio auténticamente personal.
A partir de ese momento, el hombre se convierte en un ser manipulable, mediocre y vulnerable y, a la postre, infeliz, aunque él crea que está
gozando de una vida plena y llena de satisfacciones. No es así. Se está perdiendo la fuente infinita de gozo y belleza. De ahí que todos los cristianos
tengamos un campo muy amplio de trabajo con respecto a la cultura. No
importa cuál sea mi situación personal. Vivo inmerso en la sociedad y por
ello, inmerso en una cultura concreta. Y partiendo de esta base, tengo que
impregnarla del mensaje de salvación de Jesucristo. Cada uno debe analizar cuál es su situación y, partiendo de su lugar concreto, trabajar por que
todos puedan conocer a Jesús. Es cierto que nuestra sociedad es cada vez
más laicista y, en algunos casos, incluso abiertamente anticristiana. Pero no
debemos arredrarnos. Debemos proponer nuestros criterios basados en la
fe que tenemos en Jesucristo. Debemos ser capaces de rechazar aquello
que atente contra nuestras creencias. No debemos ser cómplices de aquellos lugares (libros, programas de radio o televisión, páginas de internet,
películas de cine, partidos políticos, etc.) que dañen nuestra forma de entender la vida, así como debemos apoyar los acontecimientos que sí estén en
sintonía con nuestra propuesta vital. De esta forma estaremos construyendo la cultura de la vida, frente a la cultura de la muerte, que nos rodea en
muchos casos. Este mensaje debe adecuarse a cada cultura y cada cultura a este mensaje. Es un equilibrio que se ha venido a llamar inculturación,
con la que todos estamos llamados a colaborar.
Debemos luchar contra la mediocridad y “contribuir sobremanera a que
la familia humana se eleve a los más altos pensamientos sobre la verdad,
el bien y la belleza” (GS 57). Debe arder en nosotros el deseo “de no reducir los horizontes de la existencia a la mera materialidad, a una visión reductiva y banal” (Benedicto XVI, Discurso a los artistas, 21 noviembre 2009).
Como decía Pablo VI en la clausura del Concilio, “este mundo en que vivimos tiene necesidad de la belleza para no caer en la desesperanza. La
belleza, como la verdad, pone alegría en el corazón de los hombres”. Así
pues, nuestro camino debe transcurrir hacia aquello que es verdadero reflejo del creador: la belleza. La auténtica belleza, dice Benedicto XVI, abre el
corazón humano a la nostalgia, al deseo profundo de conocer, de amar, de
salir hacia el otro, más allá de sí mismo. «La belleza puede convertirse en
un camino hacia lo trascendente, hacia el misterio último, hacia Dios (…) por
eso la belleza de las cosas creadas no puede saciar del todo y suscita esa
arcana nostalgia de Dios que un enamorado de la belleza como san Agustín
ha sabido interpretar de manera inigualable: “¡Tarde te amé, belleza tan antigua y tan nueva, tarde te amé!”».
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Partiendo de la vida (Ver)
1.- Mostrar hechos de vida en los que muestre cómo me he dejado arrastrar
por una moda pasajera y he aceptado como “normal” algo que fuera en contra de alguno de mis principios religiosos.
2.- Presentar hechos de mi vida en los que haya participado activamente en
alguna manifestación cultural (alguna revista, publicación, campaña de
alguna organización, manifestación en la calle, promoción de alguna película, etc.) impregnada de los valores evangélicos y lo que este hecho supuso en mi vida.
3.- Señalar hechos de vida que muestren mi interés por cultivar mi espíritu
en consonancia con el evangelio, por ejemplo, siendo más exigente en la
elección de mis lecturas, de los programas de TV que veo, del cine o teatro
a los que voy; o por el contrario, que muestren cierta apatía o dejadez en
este campo.
4.- Exponer algún hecho de mi vida en que se vea de qué forma he contribuido a señalar y que se haga efectivo el derecho de todos a la cultura.
Iluminación desde la fe (Juzgar)
A) Sagrada Escritura
t El primero de los Salmos nos invita a seguir los caminos que marca el
Señor.
t En el Libro Segundo de los Macabeos podemos ver cómo hay judíos que
llegan al martirio por no tomar parte en una cultura contraria a Dios: 2Mac
6,1-11; 18-28.
t En rom 16,25 o en Ef 3,5-8 el apóstol de los gentiles nos muestra cómo
el Evangelio es noticia para todas las personas y culturas. Y nos habla en 1
Cor 1,17-25 de cómo la forma de comunicar esta Buena Nueva ha de adaptarse a quien la va a recibir.
t El mensaje de Cristo enriquece a los que lo hacen suyo Ef 1,10. En 1Tes
5,19-22 se nos invita a examinarlo todo desde los criterios de la fe y quedarnos con lo bueno. Los Salmos 103 y 104 nos hablan de la belleza de la
creación, obra de Dios y en los salmos 33, 81, 95, 98 o 150 se nos muestra
la música como vehículo idóneo para alabar a Dios.
B) Magisterio de la Iglesia.
t El derecho a la cultura es proclamado en la instrucción Libertatis
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Conscientia 92.
t De los documentos conciliares, sería imprescindible en este tema la lectura atenta y reposada del capítulo segundo de la Gaudium et spes o los
números 15 y 22 del decreto Ad gentes divinitus.
t Algunos de los lugares donde Juan Pablo II habló de la inculturación son
la rM 52-54, o en la CT 53 y 54, y también en la CA nº 50 y 51. Pío XII
abordó este tema anteriormente en su Evangelii praecones capítulo 12.
t Pablo VI se hace eco de la sensibilidad hacia la cultura en su encíclica
Populorum Progressio nº 40
Se puede consultar el Discurso a los artistas de Benedicto XVI, 21 noviembre 2009
en textos para el juzgar (pg 61)
Compromiso apostólico (Actuar)
Como compromiso para este tema sería precioso iniciar o continuar un
acercamiento al arte cristiano, contemplando las obras como arte, que lo son,
pero fundamentalmente como vehículo privilegiado que nos remite directamente a Dios, por el camino de la belleza. Orar con el arte. Para ello recomendamos dos libritos de recopilaciones de cuadros referentes a dos
momentos fundamentales de la Historia: la Anunciación y el Descendimiento,
de la editorial Phaidon. Dejarse empapar por las imágenes y ver cómo, a lo
largo del tiempo, los artistas han ido captando los diversos matices.
El tema de la inculturación nos ofrece un campo amplio para el compromiso. Podemos, por ejemplo, negarnos rotundamente a ver ciertos programas de T.V., visitar páginas web o asistir a espectáculos en los que se ensalza lo feo, lo desagradable o lo banal, y dar razón de nuestra opción. Por otra
parte, estar atentos y elogiar cualquier manifestación cultural que, sin ser
estrictamente religiosa, subraye valores como la verdad, la belleza, la bondad. También podríamos incluir en nuestra vida diaria símbolos religiosos
que, con discreción, atestigüen la presencia de un cristiano, como por ejemplo, una cruz o una medalla al cuello; una cruz de mesa, en el caso de que
seamos médicos, asesores, abogados…; en lugar de despedirnos con un
“hasta luego”, hacerlo con un “adiós”, que etimológicamente significa “a Dios
vayáis” o “con Dios quedad”.
Como compromiso de grupo, proponemos organizar una visita acompañados por alguien que nos pueda ilustrar, a ver, por ejemplo, los grecos del
Prado o tantos cuadros de temática religiosa que hay en el mismo Museo del
Prado o en el Thyssen.
A partir de la pregunta 461 del YOUCAT podemos reflexionar en grupo
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sobre el valor de la belleza en nuestra sociedad, o proponer este debate con
amigos o en la parroquia.
Anotaciones:
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"“Por
TEMA 7: FE Y OBRAS
sus frutos los conoceréis” Mt 7,16
Objetivo: Caer en la cuenta de la importancia de mis obras, por ser éstas la
concreción de mi fe en Cristo y su expresión de cara a los demás.
Introducción
L
eemos en la segunda carta a los Corintios que el que es de Cristo
es "una criatura nueva" (2 Co 5,17). Ciertamente el creer en
Cristo lleva a una total renovación, especialmente en nuestro interior, y permite ver el mundo de un modo diferente, a través de los ojos de la
fe.
Sin embargo, como advierte Santiago en su carta, la fe no puede permanecer en nosotros como algo estático, sino que necesariamente nos
debe mover a actuar, y sólo en ese movimiento hacia los demás, es llevada
a la plenitud. La fe es el primer paso, y es además la causa del segundo,
que son las obras ("Muéstrame tu fe sin obras, y yo por mis obras te probaré mi fe", St 2,18). De ese modo, las obras contribuyen a "completar" la
fe, de modo que ésta no sea una fe vacía, sino que lleve a hacer el bien a
todo el que la ha recibido. El Papa Benedicto XVI nos muestra una serie de
ejemplos de las grandes obras que los hombres han llegado a realizar,
movidos por su fe en Cristo: "por la fe, María acogió la palabra del Ángel y
creyó en el anuncio de que sería la Madre de Dios en la obediencia de su
entrega [...]; por la fe, los Apóstoles dejaron todo para seguir al Maestro [...];
por la fe, los discípulos formaron la primera comunidad reunida en torno a
la enseñanza de los Apóstoles [...]; por la fe, los mártires entregaron su vida
como testimonio de la verdad del Evangelio [...]; por la fe, hombres y mujeres han consagrado su vida a Cristo, dejando todo para vivir en la obediencia, la pobreza y la castidad" (Benedicto XVI, Carta apostólica Porta Fidei,
13).
Es evidente, por tanto, la importancia de que la fe nos mueva a actuar
en nuestras vidas, pero debemos mantenernos alerta frente al extremo
opuesto. Cuando las obras no nacen de la fe se puede llegar a caer en un
activismo que las deje vacías, o incluso peor, pueden llegar a estar movidas
por nuestro propio interés o vanidad. El cristiano es realmente un instrumento de Dios, y no debe perder de vista el hecho de que es Él siempre el
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que actúa, aunque lo haga valiéndose del hombre. Dios es la fuente de
todo, y la causa última de nuestro actuar, y no perder esto de vista será fundamental para que todas nuestras obras tengan siempre un sentido pleno y
contribuyan a edificar el reino de Dios. Así lo afirmó María, que respondió
ante el anuncio del ángel con un "hágase en mí según tu palabra". Ella se
sabía instrumento de Dios, pero sabía que era el propio Dios el que tenía
que actuar.
A todo ello se añade el papel esencial que en la realización de obras
buenas desempeña la caridad. Si entendemos la fe como el modo que tiene
el hombre de acoger el amor de Dios, tiene sentido considerar nuestras
acciones como la manifestación espontánea o implícita del amor de Dios por
los hombres, y la respuesta que los hombres dan a ese amor. Estas características son claras en la figura de Jesucristo, que nos anima a amarnos
"como Él nos ha amado" (Jn 15,9), y del que dice S. Lucas que pasó
"haciendo el bien" (Hch 10,38).
Esta herencia del amor de Dios en Jesucristo la recoge hoy en día la
Iglesia, cuya actividad hacia los hombres tiene su fuente en la caridad, y en
la convicción de que, por ser criaturas de Dios, hemos sido amados, y estamos llamados a responder a ese amor llevándolo a los demás a través de
nuestras obras. Así lo recordaba Benedicto XVI en el mensaje para la
Cuaresma de 2012, en el que se refería a la importancia de la ayuda al hermano con las siguientes palabras: "La atención recíproca tiene como finalidad animarse mutuamente a un amor efectivo cada vez mayor, «como la luz
del alba, que va en aumento hasta llegar a pleno día» (Pr 4,18), en espera
de vivir el día sin ocaso en Dios. El tiempo que se nos ha dado en nuestra
vida es precioso para descubrir y realizar buenas obras en el amor de Dios."
Otra importante dimensión de las obras del hombre es la que las convierte en un testimonio de fe ante el resto de los hombres. Decía San Juan
Bosco que la prédica más eficaz es el buen ejemplo, y así lo vemos en
nuestra rutina diaria. Muchas veces no encontraremos la manera de hablar
de Dios a los que nos rodean, pero siempre podremos, a través de nuestro
ejemplo y de nuestro modo de actuar, hacer ver que nuestra vida ha sido
completamente transformada por Aquél que nos ha amado: "A través de la
vida moral la fe llega a ser confesión, no sólo ante Dios, sino también ante
los hombres: se convierte en testimonio" (VS 89).
Así pues, del mismo modo que "el árbol bueno da frutos buenos, pero
el árbol malo da frutos malos" (Mt 7,17), pidamos al Señor en nuestra oración que seamos capaces de fortalecer nuestra fe mediante obras buenas,
que den copioso fruto para la Iglesia y para el mundo.
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Partiendo de la vida (Ver)
1.- Presentar hechos de mi vida en los que, pese a estar seguro de mi fe,
no he sido capaz de concretarla en obras. O al contrario, hechos en los que
la oración y la vida espiritual han sido la fuente que me ha animado a comprometerme en alguna actividad para bien de los demás.
2.- Mostrar alguna ocasión en la que me haya encontrado colaborando en
gran cantidad de actividades a nivel parroquial o diocesano, pero llegando
a olvidar por qué las hago o qué me mueve, y perdiendo éstas su sentido
inicial.
3.- Mencionar algún hecho de vida en el que el amor a Dios o a los hermanos me haya animado a realizar algún tipo de obra buena. También puedo
comentar aquellos hechos en los que mis acciones no estaban movidas por
el amor, sino por mi egoísmo o interés propio.
4.- Quizás en algún momento mis obras se han convertido en testimonio de
mi fe ante personas no creyentes. Puedo compartir aquellos momentos en
los que, viendo cómo actuaba otra persona, he visto fortalecida mi fe por su
ejemplo y su amor a Dios.
Iluminación desde la fe (Juzgar)
A) Sagrada Escritura
t La epístola de Santiago dedica un capítulo casi completo a la relación
entre la fe y las obras (St 2,14-26).
t Jesús emplea parábolas para explicar cómo la caridad lleva a realizar
buenas obras, como se ve en la del buen samaritano (Lc 10,25-37). En la
parábola de los dos hijos (Mt 21,28-31) vemos cómo nuestras obras serán
buenas si cumplen la voluntad del Padre.
t Jesús dice a sus discípulos que las buenas obras han de brillar como la
lámpara en el candelero (Mt 5,13-16). También resalta la importancia de las
obras frente a los que sólo tienen buenas palabras (Lc 6,46-49).
t San Pablo, en su epístola a Tito, explica cuáles son los deberes propios
de los buenos cristianos (Tt 2,1-10).
t San Juan en su primera epístola comenta las condiciones para vivir como
hijos de Dios, y entre ellas incluye el amar no con la boca, sino con obras y
según la verdad (1 Jn 3,12-24).
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B) Magisterio de la Iglesia.
t Podemos leer los puntos 1815 y 1816 del Catecismo, sobre la importancia de que la fe vaya acompañada de obras, y se convierta así en testimonio para el mundo.
t El número 1821 del CEC nos muestra cómo el cristiano puede alcanzar
el gozo del cielo a través de las buenas obras realizadas. También puede
resultar útil el punto 1829, que explica la relación de la caridad con las buenas obras.
t En la encíclica Evangelium Vitae, Juan Pablo II se refiere a las obras del
cristiano, las heroicas y las cotidianas, como signo de entrega de la propia
vida y participación de la cruz de Cristo. Podemos leerlo en los puntos 86 y
87.
t Otra encíclica que puede ayudarnos a profundizar en este tema es la
Veritatis Splendor. En su número 78 se nos explica la importancia de las
obras desde el punto de vista de la moralidad del acto humano. El número
89 ahonda en la coherencia imprescindible de todo cristiano, para mantener
la unidad de vida y convertir todo acto en un testimonio de la fe.
Compromiso apostólico (Actuar)
El compromiso personal de este tema puede ir orientado a dar un paso
más en nuestra relación con Cristo a través de nuestros hermanos. Para
ello, podemos pensar en aquellas personas que solemos tener en nuestras
oraciones, buscando qué podemos hacer nosotros por ayudarles de modo
activo, y no solo a través de la oración.
También podría ser este un buen momento para pasar del “habría que
hacer” al “voy a hacerlo yo”, en cuestiones parroquiales o de familia que a
todos nos preocupan pero de las que no se ocupa nadie.
Otro buen compromiso sería tratar de atender a esa persona cercana
que me parece que necesita ayuda, ya sea material, de compañía, de consejo, y proporcionarle también ese tipo de apoyo y no sólo el de la oración.
Como grupo, podemos aprovechar la oportunidad para analizar el modo
y frecuencia con la que revisamos el Plan Personal Militante.
Comprometernos a revisarlo asiduamente y de modo exhaustivo puede ayudarnos a crecer en el servicio a los hermanos y a la Iglesia. Para los que no
sigan el Plan Personal Militante, el compromiso puede consistir en pedir al
Consejo Diocesano formación sobre él y poner en marcha este precioso instrumento.
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TEMArIO 2012-2013
De forma personal o en grupo podemos estudiar, por ejemplo, los números 426 al 451 del YOUCAT, que tratan muchos temas acerca de nuestras
acciones y su valor moral.
Anotaciones:
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TEMArIO 2012-2013
“Id,
TEMA 8: FE Y SOCIEDAD
pues, y haced discípulos a todas las gentes” Mt 28,19-20
Objetivo: Conscientes del don recibido en la fe, renovar nuestro impulso
misionero en el ámbito de la Nueva Evangelización en nuestras situaciones
concretas.
Introducción
C
omo hemos podido ir viendo en los temas anteriores, la fe es
ante todo un don de Dios, el mejor regalo que se nos puede
hacer que, poco a poco, en un proceso que dura toda la vida,
va cambiando nuestra existencia. Por la fe vivimos en comunión con Jesús,
somos hechos hijos del Padre y somos modelados por el Espíritu Santo
para parecernos cada vez más a Jesús. La fe, por lo tanto, es la virtud que
nos inserta cada vez más en quien es la auténtica vida, la verdadera alegría,
el verdadero amor: Jesús. En una palabra, cuando Dios ofrece el don de la
fe a una persona y ésta lo acoge, su vida se transforma.
Si nos fijamos en los Evangelios, descubrimos que, después de que
Jesús cambie algo en la vida de los que se encuentran con Él, suele haber
algún tipo de reacción. Por ejemplo, cuando curó a la suegra de Pedro, ella
“se puso a servirle” (Mt. 8,15); o, cuando curó a los leprosos, uno de ellos
dio gloria a Dios y a Jesús las gracias (Lc.17,15-16). Pero una de las reacciones más llamativas consiste en contar a todo el mundo lo que Jesús ha
hecho en su vida, incluso cuando el Maestro, por prudencia, lo prohíbe (Mc.
1,40-45; 7,31-37). En estos casos, da la impresión de que la gente “tocada”
por Jesús no puede reprimir las ganas que tiene de contar lo que ha pasado en sus vidas. Algo parecido es lo que sucede cuando alguien empieza a
creer. Lo que le ha ocurrido es tan grande que, con frecuencia, lo cuenta a
sus amigos, familiares, compañeros… De forma más o menos consciente
da testimonio de las maravillas de Dios y propone la fe a los que le rodean.
Si volvemos a los Evangelios, después de que Jesús revelara con la
cruz y la resurrección quién era Él, justo antes de ascender junto al Padre,
deja un encargo totalmente explícito: “Id, pues, y haced discípulos a todas
las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu
Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado” (Mt 28,1920). Es decir, Jesús quiere que continúe su misión en sus discípulos, la
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misión de proponer a todos los hombres la fe en Dios Padre, Hijo y Espíritu
Santo.
A lo largo de la historia esta fe ha sido propuesta y vivida por muchos,
hasta tal punto que, al ser los ciudadanos cristianos el tejido social, Europa
y occidente en general, han sido cristianos. La fe ha configurado toda una
cultura, una sociedad. Basta con mirar cómo algunas instituciones fundadas
por cristianos se han mantenido en pie hasta hoy como la Universidad, instituciones educativas, caritativas, etc. “Se debe afirmar que la identidad
europea es incomprensible sin el cristianismo y que precisamente en él se
hallan aquellas raíces comunes, de las que ha madurado la civilización del
continente, su cultura, su dinamismo, su actividad, su capacidad de expansión constructiva también en los demás continentes; en una palabra, todo lo
que constituye su gloria” (Discurso en el Acto Europeísta, Juan Pablo II, en
su visita a España de 1982). Este “empapar” la sociedad de Cristo, es uno
de los retos al proponer la fe porque “una fe que no se hace cultura es una
fe no plenamente acogida, no totalmente pensada, no fielmente vivida”
(Juan Pablo II, en 1982 durante la inauguración del Pontificio Consejo de
Cultura).
Como bien indica Benedicto XVI en PF 2, sin personas cristianas, la
sociedad deja de ser cristiana: “Mientras que en el pasado era posible reconocer un tejido cultural unitario, ampliamente aceptado en su referencia al
contenido de la fe y a los valores inspirados por ella, hoy no parece que sea
ya así en vastos sectores de la sociedad, a causa de una profunda crisis de
fe que afecta a muchas personas”. Por lo tanto, para vivir en una sociedad
en la que se respire la fe cristiana, tienen que ser cristianos los que la forman.
Para ello tendrá una importancia vital que los cristianos acojan y vivan
su fe de forma natural, con gozo y alegría, de modo que los que los rodeen
se interroguen por el secreto de esta gente, que es la acogida de Cristo en
la fe. Por otro lado, el testimonio de la caridad, como se vio en temas anteriores, tiene una importancia vital para esta propuesta.
“La Iglesia en el día de Pentecostés muestra con toda evidencia esta
dimensión pública del creer y del anunciar a todos sin temor la propia fe. Es
el don del Espíritu Santo el que capacita para la misión y fortalece nuestro
testimonio, haciéndolo franco y valeroso” (PF 10). En efecto, la propuesta
de la fe en la sociedad, no es algo que podamos hacer por nuestras propias
fuerzas, sino que sólo con la ayuda de Dios es posible. Él será el que inspire los “nuevos métodos, nuevas formas, nuevo ardor y nuevas expresiones”, de los que hablaba el beato Juan Pablo II.
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TEMArIO 2012-2013
Partiendo de la vida (Ver)
1.- Presentar hechos de mi vida en los que la alegría de vivir en comunión
con Cristo ha sido tan fuerte que, espontáneamente, he propuesto la fe a los
que me rodeaban; o, por el contrario, hechos en los que, por hacer de mi fe
algo rutinario, no me he sentido impulsado a compartirla.
2.- Puedo contar en el grupo, aquella vez en que tuve que tomar una decisión en el trabajo, o dar una opinión que contribuyera a que el ambiente
laboral o incluso, la sociedad, estuviera más empapada de la fe en Jesús.
3.- ¿He participado alguna vez en alguna acción evangelizadora de la
Iglesia, tipo misión popular o campaña divulgativa de algún evento? ¿Qué
sentimientos o qué actitudes se despertaron en mí? Ilustrar con hechos de
vida.
4.- Puede que últimamente haya participado en la Nueva Evangelización a
través de nuevos métodos, como por ejemplo, Internet, las redes sociales,
etc. Contar hechos de vida que muestren mi actitud ante estos nuevos retos
para la Iglesia.
Iluminación desde la fe (Juzgar)
A) Sagrada Escritura
t Jesús es bastante explícito al enviar a evangelizar: Mt 10,5-15; Mc 16,15-
20. La misión es para Jesús un asunto urgente (Lc 4,43)
t Los cristianos tienen que irradiar el amor de Jesús allí donde estén (Lc
11,33); para que quien vea a un cristiano vea al mismo Jesús (Mt 10,40).
t Evangelizar es un acto de caridad porque es ayudar a otros, como descubre san Pablo en Hch 16,9-15.
t En Pentecostés, el Espíritu disipa los miedos de los apóstoles, que salen
a pregonar su fe, dispuestos a cambiar la sociedad (Hch 2,1-11); la samaritana, impactada por su encuentro con Jesús, corre a la aldea a contar lo que
le ha sucedido (Jn 4,5-30); el ciego de Jericó da testimonio glorificando a
Dios tras haber sido curado por Jesús (Lc 18,35-43); y Zaqueo se comprometió en público a cambiar su vida después de haber estado con el Señor
(Lc 19,1-10).
t San Pablo introduce nuevos métodos en el Areópago al hablar del “Dios
desconocido” de los griegos (Hch 17,22-31).
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B) Magisterio de la Iglesia.
t La misión es algo intrínseco a la Iglesia (EN 13-15), e involucra especial-
mente a los laicos en la Nueva Evangelización (ChL 34). Los seglares están
llamados al apostolado en virtud de su bautismo (AA 6; 9-12); en la sociedad, el seglar “ejerce el apostolado del compañero con el compañero” (AA
13).
t El capítulo II de la GS (23-32) puede ayudar a comprender la evangelización de la sociedad, así como los números del Catecismo 1886-1889, o el
apartado 13 del documento Apostolicam Actuositatem del Vaticano II.
t La evangelización precisa de un testimonio claro (EN 21), pero también
de un anuncio explícito (EN 22; AG 11; EE 49). El centro del mensaje es y
debe ser siempre la persona de Jesucristo (EN 27).
t El testimonio de los creyentes pasa por la conversión y la renovación (PF
6); la alegría de creer nos da el entusiasmo para comunicar la fe (PF 7); la
fe implica “un testimonio y un compromiso público (PF 10).
Compromiso apostólico (Actuar)
El compromiso para este tema podría ser, con la ayuda de Dios, cambiar en mí mismo aquello que me impide dar testimonio de mi fe entre los
que me rodean, por ejemplo: la falta de espiritualidad o de formación, el no
atreverme o considerar que eso sería meterme en la vida de otros, etc.
Podría también proponer explícitamente, con la ayuda de Dios y si es prudente, a algún amigo o familiar el tesoro de la fe, si no me he atrevido antes
por respetos humanos.
Podría pedir la gracia para ser valiente y no tomar decisiones laborales que estén en contra del Evangelio y, por lo tanto de la verdad, para que
la sociedad (laboral en este caso) se acerque más a la verdad, a Dios. A
esta reflexión me puede ayudar el YOUCAT, que a partir del número 438
trata varios aspectos de la Doctrina Social de la Iglesia.
Como grupo podríamos participar en alguna misión explícita que la
parroquia vaya a realizar en el barrio. También podríamos pensar en alguna
iniciativa en consonancia con los “nuevos métodos” y el “nuevo ardor” del
que habla Juan Pablo II para la Nueva Evangelización y proponerlo en la
parroquia para emprender una acción misionera en el barrio.
Ya en este final de curso, podemos revisar a fondo cómo ha sido nuestra participación, personal y de grupo, en la Misión Madrid y qué compromisos para el curso siguiente han surgido de ella.
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TEMArIO 2012-2013
Anotaciones:
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CARTA PASTORAL DEL
EMMO. Y RVDMO.
SR. D. ANTONIO MARÍA
ROUCO VARELA,
CARDENAL ARZOBISPO DE MADRID,
EN EL DÍA NACIONAL DEL
APOSTOLADO SEGLAR Y DE LA
ACCIÓN CATÓLICA
MAYO 2012
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Carta Pastoral por el Día del Apostolado Seglar
"APÓSTOLES PARA LA NUEVA
EVANGELIZACIÓN”
Carta Pastoral del Emmo. y Rvdmo.
Sr. D. Antonio Mª Rouco Varela,
Cardenal Arzobispo de Madrid
en el Día Nacional del Apostolado Seglar
y de la Acción Católica
Solemnidad de Pentecostés, 27 de mayo de 2012
Queridos hermanos y hermanas en el Señor:
En la celebración de la solemnidad de Pentecostés de este año deseo
recordar la experiencia del Espíritu Santo que vivimos en el agosto pasado
en Madrid, durante la celebración de la XXVI Jornada Mundial de la
Juventud. Allí, una inmensa multitud de jóvenes se reunió junto al Papa, con
sus obispos, sacerdotes y educadores, para celebrar la presencia gozosa
del Señor resucitado. Esta magna convocatoria fue, al mismo tiempo, un
vivo testimonio de la universalidad y de la vitalidad de la Iglesia. Por la gracia del Espíritu Santo, el Evangelio se sigue proponiendo a cada generación
como la única respuesta verdadera y plena a los grandes interrogantes de
la humanidad, que, especialmente en el periodo de la juventud, se presentan con especial urgencia. Con la ayuda de las catequesis de los obispos,
de las celebraciones eucarísticas, de la fiesta del perdón, de la participación
en los actos culturales y los luminosos mensajes que nos dejó el Santo
Padre, la presencia del Señor se hizo especialmente visible en nuestra
Archidiócesis. Aquellos días todos pudieron ver con sus propios ojos la
belleza de ser cristiano. Por eso, la JMJ 2011 supuso también una llamada
a comunicar esta vida y a transmitir este gozo a todos los hombres.
resuenan aún muy vivamente las palabras que el Papa dirigió a los jóvenes
en la homilía de la Eucaristía de clausura en el aeródromo de Cuatro
Vientos: «No os guardéis a Cristo para vosotros mismos. Comunicad a los
demás la alegría de vuestra fe». Las Jornadas Mundiales de la Juventud
son un claro exponente del nuevo ardor, de los nuevos métodos y del nuevo
lenguaje con los que el Beato Juan Pablo II, iniciador de las mismas, definía
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los rasgos de la nueva evangelización.
En mi alocución al inicio del presente curso pastoral (21 de septiembre
de 2011) señalé como una de las necesidades que nacían de la experiencia vivida, la de «alentar y promover el espíritu y el compromiso apostólico
y misionero». El acontecimiento de Pentecostés, que hoy celebramos, nos
da la clave para llevar a cabo este envío misionero. Es la fuerza del Espíritu
Santo, derramado en nuestros corazones, la que nos mueve a ser testigos
valientes del Evangelio en medio de una sociedad necesitada, en estos
dolorosos tiempos de crisis, de un verdadero aliento de fe, esperanza y caridad.
Nos disponemos a comenzar en nuestra Archidiócesis un nuevo proyecto pastoral marcado por la “Misión Madrid”, que nos ayudará a dar otro
impulso misionero en continuidad con lo ya hecho en los años previos a la
JMJ 2011. Con motivo del Día del Apostolado Seglar y de la Acción Católica
hemos de poner nuestra mirada en la importancia que el apostolado asociado tiene en la tarea de la nueva evangelización. La Acción Católica y las
demás asociaciones de apostolado seglar, unidas como un solo cuerpo,
tanto en las parroquias como en los distintos sectores de la vida social, son
un testimonio elocuente muy valioso de la comunión eclesial, y de la eficacia en el anuncio del Evangelio. Gracias a la labor asociada de los seglares
se hace visible la comunión con los obispos y sacerdotes en un mismo
empeño evangelizador. Esta comunión es imprescindible para que los hombres puedan conocer el amor de Dios que nos ha sido dado por Jesucristo
con el Don del Espíritu Santo. Al mismo tiempo nos permite realizar más eficazmente acciones que, de otro modo, serían imposibles. La misma organización de la Jornada Mundial de la Juventud ha sido un testimonio magnífico de ello.
En este día, Solemnidad de Pentecostés, hago de nuevo una llamada
a todos los fieles de la Iglesia que peregrina en Madrid a que valoréis el
apostolado asociado como un camino esencial para unir fuerzas en este
impulso misionero y os animo a que, participando en la Acción Católica y en
las diversas asociaciones, según su carisma, colaboréis en la nueva evangelización a la que todos hemos sido convocados por el Señor resucitado.
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Carta Pastoral por el Día del Apostolado Seglar
Que la Virgen María, Nuestra Señora de la Almudena, a la que invocamos como Estrella de la Nueva Evangelización, nos ilumine para que podamos llevar el anuncio de la salvación a todos los hombres con renovado
ardor.
Con mi afecto y bendición
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Textos para el juzgar
TEXTOS
PARA
EL JUZGAR
1, Encuentro con los artistas, discurso del Santo Padre Benedicto XVI,
21 de noviembre de 2009.
2. Audiencia general del Santo Padre Benedicto XVI, 7 de julio de
2010.
3. Veritatis Splendor, números del 54 al 64, Carta encíclica del Santo
Padre Juan Pablo II.
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Textos para el juzgar
ENCUENTRO CON LOS ARTISTAS
DISCURSO DEL SANTO PADRE
BENEDICTO XVI
Capilla Sixtina
Sábado 21 de noviembre de 2009
Señores cardenales; venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio; ilustres artistas; señoras y señores:
Con gran alegría os acojo en este lugar solemne y rico de arte y de
recuerdos. A todos y cada uno dirijo mi cordial saludo, y os agradezco que
hayáis aceptado mi invitación. Con este encuentro deseo expresar y renovar la amistad de la Iglesia con el mundo del arte, una amistad consolidada
en el tiempo, puesto que el cristianismo, desde sus orígenes, ha comprendido bien el valor de las artes y ha utilizado sabiamente sus multiformes lenguajes para comunicar su mensaje inmutable de salvación. Es preciso promover y sostener continuamente esta amistad, para que sea auténtica y
fecunda, adecuada a los tiempos y tenga en cuenta las situaciones y los
cambios sociales y culturales. Este es el motivo de nuestra cita. Agradezco
de corazón a monseñor Gianfranco ravasi, presidente del Consejo pontificio para la cultura y de la Comisión pontificia para los bienes culturales de
la Iglesia, que lo haya promovido y preparado, junto con sus colaboradores,
y le agradezco también las palabras que me acaba de dirigir. Saludo a los
señores cardenales, a los obispos, a los sacerdotes y a las ilustres personalidades presentes. Doy las gracias también a la Capilla musical pontificia
Sixtina que acompaña este significativo momento. Los protagonistas de
este encuentro sois vosotros, queridos e ilustres artistas, pertenecientes a
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países, culturas y religiones distintas, quizá también alejados de las experiencias religiosas, pero deseosos de mantener viva una comunicación con
la Iglesia católica y de no reducir los horizontes de la existencia a la mera
materialidad, a una visión limitada y banal. Vosotros representáis al variado
mundo de las artes y, precisamente por esto, a través de vosotros quiero
hacer llegar a todos los artistas mi invitación a la amistad, al diálogo y a la
colaboración.
Algunas circunstancias significativas enriquecen este momento.
recordamos el décimo aniversario de la Carta a los artistas de mi venerado predecesor, el siervo de Dios Juan Pablo II. Por primera vez, en la víspera del gran jubileo del año 2000, este romano Pontífice, también él artista, escribió directamente a los artistas con la solemnidad de un documento
papal y el tono amistoso de una conversación entre "los que —como reza el
encabezamiento— con apasionada entrega buscan nuevas "epifanías" de la
belleza". El mismo Papa, hace veinticinco años, había proclamado patrono
de los artistas al beato Angélico, presentándolo como un modelo de perfecta sintonía entre fe y arte. Pienso también en el 7 de mayo de 1964, hace
cuarenta y cinco años, cuando en este mismo lugar se realizaba un acontecimiento histórico, que el Papa Pablo VI deseó intensamente para reafirmar
la amistad entre la Iglesia y las artes. Las palabras que pronunció en aquella circunstancia siguen resonando hoy bajo la bóveda de esta Capilla
Sixtina, tocando el corazón y el intelecto. "Os necesitamos —dijo—. Nuestro
ministerio necesita vuestra colaboración. Porque, como sabéis, nuestro
ministerio es predicar y hacer accesible y comprensible, más aún, conmovedor, el mundo del espíritu, de lo invisible, de lo inefable, de Dios. Y en esta
operación... vosotros sois maestros. Es vuestro oficio, vuestra misión; y
vuestro arte consiste en descubrir los tesoros del cielo del espíritu y revestirlos de palabra, de colores, de formas, de accesibilidad" (Insegnamenti II,
[1964], 313). La estima de Pablo VI por los artistas era tan grande que lo
impulsó a formular expresiones realmente atrevidas: "Si nos faltara vuestra
ayuda —proseguía—, el ministerio sería balbuciente e inseguro y necesitaría hacer un esfuerzo, diríamos, para ser él mismo artístico, es más, para
ser profético. Para alcanzar la fuerza de expresión lírica de la belleza intuitiva, necesitaría hacer coincidir el sacerdocio con el arte" (ib., 314). En esa
circunstancia, Pablo VI asumió el compromiso de "restablecer la amistad
entre la Iglesia y los artistas", y les pidió que aceptaran y compartieran ese
compromiso, analizando con seriedad y objetividad los motivos que habían
turbado esa relación, y asumiendo cada uno, con valentía y pasión, la responsabilidad de un renovado itinerario de conocimiento y de diálogo, pro62
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Textos para el juzgar
fundo, con vistas a un auténtico "renacimiento" del arte, en el contexto de
un nuevo humanismo.
Ese histórico encuentro, como decía, tuvo lugar aquí, en este santuario
de fe y de creatividad humana. Por lo tanto, no es una casualidad que nos
encontremos precisamente en este lugar, precioso por su arquitectura y por
sus dimensiones simbólicas, pero más aún por los frescos que lo hacen
inconfundible, comenzando por las obras maestras de Perugino y Botticelli,
Ghirlandaio y Cosimo rosselli, Luca Signorelli y otros, hasta llegar a las
Historias del Génesis y al Juicio universal, obras excelsas de Miguel Ángel
Buonarroti, que dejó aquí una de las creaciones más extraordinarias de toda
la historia del arte. También aquí ha resonado a menudo el lenguaje universal de la música, gracias al genio de grandes músicos, que pusieron su arte
al servicio de la liturgia, ayudando al alma a elevarse a Dios. Al mismo tiempo, la Capilla Sixtina es un cofre singular de recuerdos, ya que constituye el
escenario, solemne y austero, de acontecimientos que marcan la historia de
la Iglesia y de la humanidad. Aquí como sabéis, el Colegio de los cardenales elige al Papa; aquí viví también yo, con trepidación y confianza absoluta en el Señor, el inolvidable momento de mi elección como Sucesor del
Apóstol Pedro.
Queridos amigos, dejemos que estos frescos nos hablen hoy, atrayéndonos hacia la meta última de la historia humana. El Juicio universal, que
podéis ver majestuoso a mis espaldas, recuerda que la historia de la humanidad es movimiento y ascensión, es tensión inexhausta hacia la plenitud,
hacia la felicidad última, hacia un horizonte que siempre supera el presente
mientras lo cruza. Pero con su dramatismo, este fresco también nos pone a
la vista el peligro de la caída definitiva del hombre, una amenaza que se
cierne sobre la humanidad cuando se deja seducir por las fuerzas del mal.
El fresco lanza un fuerte grito profético contra el mal, contra toda forma de
injusticia. Sin embargo, para los creyentes Cristo resucitado es el camino, la
verdad y la vida; para quien lo sigue fielmente es la puerta que introduce en
el "cara a cara", en la visión de Dios de la que brota ya sin limitaciones la
felicidad plena y definitiva. Miguel Ángel ofrece así a nuestra vista el Alfa y
la Omega, el Principio y el Fin de la historia, y nos invita a recorrer con
alegría, valentía y esperanza el itinerario de la vida. Así pues, la dramática
belleza de la pintura de Miguel Ángel, con sus colores y sus formas, se hace
anuncio de esperanza, invitación apremiante a elevar la mirada hacia el
horizonte último. El vínculo profundo entre belleza y esperanza constituía
también el núcleo fundamental del sugestivo Mensaje que Pablo VI dirigió a
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los artistas al clausurar el concilio ecuménico Vaticano II, el 8 de diciembre
de 1965: "A todos vosotros —proclamó solemnemente— la Iglesia del
Concilio dice por nuestra voz: si sois los amigos del arte verdadero, vosotros sois nuestros amigos" (Concilio Vaticano II. Constituciones. Decretos.
Declaraciones, BAC 1968, p. 841). Y añadió: "Este mundo en que vivimos
tiene necesidad de la belleza para no caer en la desesperanza. La belleza,
como la verdad, es lo que pone la alegría en el corazón de los hombres; es
el fruto precioso que resiste a la usura del tiempo, que une las generaciones y las hace comunicarse en la admiración. Y todo ello por vuestras
manos... recordad que sois los guardianes de la belleza en el mundo" (ib.).
Lamentablemente, el momento actual no sólo está marcado por fenómenos negativos a nivel social y económico, sino también por una esperanza cada vez más débil, por cierta desconfianza en las relaciones humanas, de manera que aumentan los signos de resignación, de agresividad y
de desesperación. Además, el mundo en que vivimos corre el riesgo de
cambiar su rostro a causa de la acción no siempre sensata del hombre, que,
en lugar de cultivar su belleza, explota sin conciencia los recursos del planeta en beneficio de pocos y a menudo daña sus maravillas naturales. ¿Qué
puede volver a dar entusiasmo y confianza, qué puede alentar al espíritu
humano a encontrar de nuevo el camino, a levantar la mirada hacia el horizonte, a soñar con una vida digna de su vocación, sino la belleza? Vosotros,
queridos artistas, sabéis bien que la experiencia de la belleza, de la belleza
auténtica, no efímera ni superficial, no es algo accesorio o secundario en la
búsqueda del sentido y de la felicidad, porque esa experiencia no aleja de
la realidad, sino, al contrario, lleva a una confrontación abierta con la vida
diaria, para liberarla de la oscuridad y trasfigurarla, a fin de hacerla luminosa y bella.
Una función esencial de la verdadera belleza, que ya puso de relieve
Platón, consiste en dar al hombre una saludable "sacudida", que lo hace
salir de sí mismo, lo arranca de la resignación, del acomodamiento del día
a día e incluso lo hace sufrir, como un dardo que lo hiere, pero precisamente de este modo lo "despierta" y le vuelve a abrir los ojos del corazón y de
la mente, dándole alas e impulsándolo hacia lo alto. La expresión de
Dostoievski que voy a citar es sin duda atrevida y paradójica, pero invita a
reflexionar: "La humanidad puede vivir —dice— sin la ciencia, puede vivir
sin pan, pero nunca podría vivir sin la belleza, porque ya no habría motivo
para estar en el mundo. Todo el secreto está aquí, toda la historia está aquí".
En la misma línea dice el pintor Georges Braque: "El arte está hecho para
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Textos para el juzgar
turbar, mientras que la ciencia tranquiliza". La belleza impresiona, pero precisamente así recuerda al hombre su destino último, lo pone de nuevo en
marcha, lo llena de nueva esperanza, le da la valentía para vivir a fondo el
don único de la existencia. La búsqueda de la belleza de la que hablo, evidentemente no consiste en una fuga hacia lo irracional o en el mero estetismo.
Con demasiada frecuencia, sin embargo, la belleza que se promociona
es ilusoria y falaz, superficial y deslumbrante hasta el aturdimiento y, en
lugar de hacer que los hombres salgan de sí mismos y se abran a horizontes de verdadera libertad atrayéndolos hacia lo alto, los encierra en sí mismos y los hace todavía más esclavos, privados de esperanza y de alegría.
Se trata de una belleza seductora pero hipócrita, que vuelve a despertar el
afán, la voluntad de poder, de poseer, de dominar al otro, y que se trasforma, muy pronto, en lo contrario, asumiendo los rostros de la obscenidad, de
la trasgresión o de la provocación fin en sí misma. La belleza auténtica, en
cambio, abre el corazón humano a la nostalgia, al deseo profundo de conocer, de amar, de ir hacia el Otro, hacia el más allá. Si aceptamos que la
belleza nos toque íntimamente, nos hiera, nos abra los ojos, redescubrimos
la alegría de la visión, de la capacidad de captar el sentido profundo de
nuestra existencia, el Misterio del que formamos parte y que nos puede dar
la plenitud, la felicidad, la pasión del compromiso diario. Juan Pablo II, en la
Carta a los artistas, cita al respecto este verso de un poeta polaco, Cyprian
Norwid: "La belleza sirve para entusiasmar en el trabajo; el trabajo, para
resurgir" (n. 3). Y más adelante añade: "En cuanto búsqueda de la belleza,
fruto de una imaginación que va más allá de lo cotidiano, es por su naturaleza una especie de llamada al Misterio. Incluso cuando escudriña las profundidades más oscuras del alma o los aspectos más desconcertantes del
mal, el artista se hace, de algún modo, voz de la expectativa universal de
redención" (n. 10). Y en la conclusión afirma: "La belleza es clave del misterio y llamada a lo trascendente" (n. 16).
Estas últimas expresiones nos impulsan a dar un paso adelante en nuestra reflexión. La belleza, desde la que se manifiesta en el cosmos y en la
naturaleza hasta la que se expresa mediante las creaciones artísticas, precisamente por su característica de abrir y ensanchar los horizontes de la
conciencia humana, de remitirla más allá de sí misma, de hacer que se
asome a la inmensidad del Infinito, puede convertirse en un camino hacia lo
trascendente, hacia el Misterio último, hacia Dios. El arte, en todas sus
expresiones, cuando se confronta con los grandes interrogantes de la exis65
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tencia, con los temas fundamentales de los que deriva el sentido de la vida,
puede asumir un valor religioso y transformarse en un camino de profunda
reflexión interior y de espiritualidad. Una prueba de esta afinidad, de esta
sintonía entre el camino de fe y el itinerario artístico, es el número incalculable de obras de arte que tienen como protagonistas a los personajes, las
historias, los símbolos de esa inmensa reserva de "figuras" —en sentido
lato— que es la Biblia, la Sagrada Escritura. Las grandes narraciones bíblicas, los temas, las imágenes, las parábolas han inspirado innumerables
obras maestras en todos los sectores de las artes, y han hablado al corazón
de todas las generaciones de creyentes mediante las obras de la artesanía
y del arte local, no menos elocuentes y cautivadoras.
A este propósito se habla de una via pulchritudinis, un camino de la belleza que constituye al mismo tiempo un recorrido artístico, estético, y un itinerario de fe, de búsqueda teológica. El teólogo Hans Urs von Balthasar
abre su gran obra titulada "Gloria. Una estética teológica" con estas sugestivas expresiones: "Nuestra palabra inicial se llama belleza. La belleza es la
última palabra a la que puede llegar el intelecto reflexivo, ya que es la aureola de resplandor imborrable que rodea a la estrella de la verdad y del bien,
y su indisociable unión" (Gloria. Una estética teológica, Ediciones
Encuentro, Madrid 1985, p. 22) . Observa también: "Es la belleza desinteresada sin la cual no sabía entenderse a sí mismo el mundo antiguo, pero que
se ha despedido sigilosamente y de puntillas del mundo moderno de los
intereses, abandonándolo a su avidez y a su tristeza. Es la belleza que tampoco es ya apreciada ni protegida por la religión" (ib.). Y concluye: "De aquel
cuyo semblante se crispa ante la sola mención de su nombre —pues para
él la belleza sólo es chuchería exótica del pasado burgués— podemos asegurar que, abierta o tácitamente, ya no es capaz de rezar y, pronto, ni siquiera será capaz de amar" (ib.). Por lo tanto, el camino de la belleza nos lleva
a reconocer el Todo en el fragmento, el Infinito en lo finito, a Dios en la historia de la humanidad. Simone Weil escribía al respecto: "En todo lo que
suscita en nosotros el sentimiento puro y auténtico de la belleza está realmente la presencia de Dios. Existe casi una especie de encarnación de Dios
en el mundo, cuyo signo es la belleza. Lo bello es la prueba experimental
de que la encarnación es posible. Por esto todo arte de primer orden es, por
su esencia, religioso". La afirmación de Hermann Hesse es todavía más
icástica: "Arte significa: dentro de cada cosa mostrar a Dios". Haciéndose
eco de las palabras del Papa Pablo VI, el siervo de Dios Juan Pablo II reafirmó el deseo de la Iglesia de renovar el diálogo y la colaboración con los
artistas: "Para transmitir el mensaje que Cristo le ha encomendado, la
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Iglesia necesita del arte" (Carta a los artistas, 12); pero preguntaba a continuación: "¿El arte tiene necesidad de la Iglesia?", invitando de este modo a
los artistas a volver a encontrar en la experiencia religiosa, en la revelación
cristiana y en el "gran código" que es la Biblia una fuente renovada y motivada de inspiración.
Queridos artistas, ya para concluir, también yo quiero dirigiros, como mi
predecesor, un llamamiento cordial, amistoso y apasionado. Vosotros sois
los guardianes de la belleza; gracias a vuestro talento, tenéis la posibilidad
de hablar al corazón de la humanidad, de tocar la sensibilidad individual y
colectiva, de suscitar sueños y esperanzas, de ensanchar los horizontes del
conocimiento y del compromiso humano. Por eso, sed agradecidos por los
dones recibidos y plenamente conscientes de la gran responsabilidad de
comunicar la belleza, de hacer comunicar en la belleza y mediante la belleza. Sed también vosotros, mediante vuestro arte, anunciadores y testigos
de esperanza para la humanidad. Y no tengáis miedo de confrontaros con
la fuente primera y última de la belleza, de dialogar con los creyentes, con
quienes como vosotros se sienten peregrinos en el mundo y en la historia
hacia la Belleza infinita. La fe no quita nada a vuestro genio, a vuestro arte,
más aún, los exalta y los alimenta, los alienta a cruzar el umbral y a contemplar con mirada fascinada y conmovida la meta última y definitiva, el sol
sin ocaso que ilumina y embellece el presente.
San Agustín, cantor enamorado de la belleza, reflexionando sobre el
destino último del hombre y casi comentando ante litteram la escena del
Juicio que hoy tenéis delante de vuestros ojos, escribía: "Gozaremos, por
tanto, hermanos, de una visión que los ojos nunca contemplaron, que los
oídos nunca oyeron, que la fantasía nunca imaginó: una visión que supera
todas las bellezas terrenas, la del oro, la de la plata, la de los bosques y los
campos, la del mar y el cielo, la del sol y la luna, la de las estrellas y los
ángeles; la razón es la siguiente: que esta es la fuente de todas las demás
bellezas" (In Ep. Jo. Tr. 4, 5: PL 35, 2008). Queridos artistas, os deseo a
todos que llevéis en vuestros ojos, en vuestras manos, en vuestro corazón
esta visión, para que os dé alegría e inspire siempre vuestras obras bellas.
A la vez que os bendigo de corazón, os saludo, como ya hizo Pablo VI, con
una sola palabra: ¡Hasta la vista!
BENEDICTUS PP. XVI
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Textos para el juzgar
BENEDICTO XVI
AUDIENCIA GENERAL
Sala Pablo VI
Miércoles 7 de julio de 2010
Queridos hermanos y hermanas:
Esta mañana, después de algunas catequesis sobre varios grandes teólogos, deseo presentaros otra figura importante en la historia de la teología:
se trata del beato Juan Duns Scoto, que vivió a finales del siglo XIII. Una
antigua inscripción en su sepultura resume las coordenadas geográficas de
su biografía: «Inglaterra lo acogió; Francia lo educó; Colonia, en Alemania,
conserva sus restos mortales; en Escocia nació». No podemos olvidar estas
informaciones, entre otras cosas porque poseemos muy pocas noticias
sobre la vida de Duns Scoto. Nació probablemente en 1266 en un pueblo,
que se llamaba precisamente Duns, cerca de Edimburgo. Atraído por el
carisma de san Francisco de Asís, ingresó en la familia de los Frailes
Menores y en 1291 fue ordenado sacerdote. Dotado de una inteligencia brillante e inclinada a la especulación —la inteligencia que le mereció de la tradición el título de Doctor subtilis, «doctor sutil»— Duns Scoto fue orientado
hacia los estudios de filosofía y de teología en las célebres universidades de
Oxford y de París. Una vez concluida con éxito su formación, emprendió la
enseñanza de la teología en las universidades de Oxford y de Cambridge,
y más tarde en París, iniciando a comentar, como todos los maestros del
tiempo, las Sentencias de Pedro Lombardo. Las obras principales de Duns
Scoto representan el fruto maduro de estas lecciones, y toman el título de
los lugares en los que enseñó: Ordinatio (llamada en el pasado Opus
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Oxoniense - Oxford, reportatio Cantabrigensis (Cambridge), reportata
Parisiensia (París). A éstas se han de añadir, al menos, las Quodlibeta (o
Quaestiones quodlibetales), una obra muy importante constituida por 21
cuestiones sobre diversos temas teológicos. De París se alejó cuando, al
estallar un grave conflicto entre el rey Felipe IV el Hermoso y el Papa
Bonifacio VIII, Duns Scoto prefirió el exilio voluntario a tener que firmar un
documento hostil al Sumo Pontífice, como el rey había impuesto a todos los
religiosos. Así —por amor a la Sede de Pedro—, junto a los frailes franciscanos, abandonó el país.
Queridos hermanos y hermanas, este hecho nos invita a recordar cuántas veces en la historia de la Iglesia los creyentes han encontrado hostilidades y sufrido incluso persecuciones a causa de su fidelidad y de su devoción a Cristo, a la Iglesia y al Papa. Todos nosotros miramos con admiración
a estos cristianos, que nos enseñan a custodiar como un bien precioso la fe
en Cristo y la comunión con el Sucesor de Pedro y, así, con la Iglesia universal.
Sin embargo, las relaciones entre el rey de Francia y el sucesor de
Bonifacio VIII pronto volvieron a ser cordiales, y en 1305 Duns Scoto pudo
regresar a París para enseñar allí teología con el título de Magister regens,
que hoy equivaldría a catedrático. Sucesivamente, sus superiores lo enviaron a Colonia como profesor del Estudio teológico franciscano, pero murió
el 8 de noviembre de 1308, con sólo 43 años, dejando, de todas formas, un
número relevante de obras.
Con motivo de la fama de santidad de la que gozaba, en la Orden franciscana muy pronto se difundió su culto y el venerable Papa Juan Pablo II
quiso confirmarlo solemnemente beato el 20 de marzo de 1993, definiéndolo «cantor del Verbo encarnado y defensor de la Inmaculada Concepción».
En esta expresión se sintetiza la gran contribución que Duns Scoto dio a la
historia de la teología.
Ante todo, meditó sobre el misterio de la encarnación y, a diferencia de
muchos pensadores cristianos del tiempo, sostuvo que el Hijo de Dios se
habría hecho hombre aunque la humanidad no hubiese pecado. Afirma en
la «reportata Parisiensia»: «¡Pensar que Dios habría renunciado a esa
obra si Adán no hubiera pecado sería completamente irrazonable! Por tanto,
digo que la caída no fue la causa de la predestinación de Cristo, y que —
aunque nadie hubiese caído, ni el ángel ni el hombre— en esta hipótesis
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Cristo habría estado de todos modos predestinado de la misma manera»
(en III Sent., d. 7, 4). Este pensamiento, quizá algo sorprendente, nace porque para Duns Scoto la encarnación del Hijo de Dios, proyectada desde la
eternidad por Dios Padre en su designio de amor, es el cumplimiento de la
creación, y hace posible a toda criatura, en Cristo y por medio de él, ser colmada de gracia, y alabar y dar gloria a Dios en la eternidad. Duns Scoto,
aun consciente de que, en realidad, a causa del pecado original, Cristo nos
redimió con su pasión, muerte y resurrección, confirma que la encarnación
es la obra mayor y más bella de toda la historia de la salvación, y que no
está condicionada por ningún hecho contingente, sino que es la idea original de Dios de unir finalmente toda la creación consigo mismo en la persona y en la carne del Hijo.
Fiel discípulo de san Francisco, a Duns Scoto le gustaba contemplar y
predicar el misterio de la pasión salvífica de Cristo, expresión de la voluntad
de amor, del amor inmenso de Dios, el cual comunica con grandísima generosidad fuera de sí los rayos de su bondad y de su amor (cf. Tractatus de
primo principio, c. 4). Y este amor no se revela sólo en el Calvario, sino también en la santísima Eucaristía, de la que Duns Scoto era devotísimo y contemplaba como el sacramento de la presencia real de Jesús y de la unidad
y la comunión que impulsa a amarnos los unos a los otros y a amar a Dios
como el Sumo Bien común (cf. reportata Parisiensia, en IV Sent., d. 8, q. 1,
n. 3). «Y del mismo modo que este amor, esta caridad – escribí en la Carta
con ocasión del Congreso Internacional en Colonia por al VII Centenario de
la muerte del beato Duns Scoto, citando el pensamiento de nuestro autor –
fue el inicio de todo, así también sólo en el amor y en la caridad estará nuestra felicidad: “El querer, o la voluntad amorosa, es simplemente la vida eterna, feliz y perfecta”». (L'Osservatore romano, edición en lengua española,
2 de enero de 2010, p. 5).
Queridos hermanos y hermanas, esta visión teológica, fuertemente «cristocéntrica», nos abre a la contemplación, al estupor y a la gratitud: Cristo es
el centro de la historia y del cosmos, es quien que da sentido, dignidad y
valor a nuestra vida. Como el Papa Pablo VI en Manila, también hoy quiero
gritar al mundo: «[Cristo] es el que manifiesta al Dios invisible, es el primogénito de toda criatura, es el fundamento de todas las cosas; él es el
Maestro de la humanidad, es el redentor; él nació, murió y resucitó por
nosotros; él es el centro de la historia y del mundo; él es aquel que nos
conoce y nos ama; él es el compañero y el amigo de nuestra vida... Yo no
acabaría nunca de hablar de él» (Homilía, 29 de noviembre de 1970:
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L'Osservatore romano, edición en lengua española, 13 de diciembre de
1970, p. 2).
No sólo el papel de Cristo en la historia de la salvación, sino también el
de María es objeto de la reflexión del Doctor subtilis. En los tiempos de Duns
Scoto la mayoría de los teólogos oponía una objeción, que parecía insuperable, a la doctrina según la cual María santísima estuvo exenta del pecado
original desde el primer instante de su concepción: de hecho la universalidad de la redención que realiza Cristo, a primera vista, podía parecer comprometida por una afirmación semejante, como si María no hubiera necesitado a Cristo y su redención. Por esto, los teólogos se oponían a esta tesis.
Duns Scoto, para que se comprendiera esta preservación del pecado original, desarrolló un argumento que más tarde adoptará también el beato Papa
Pío IX en 1854, cuando definió solemnemente el dogma de la Inmaculada
Concepción de María. Y este argumento es el de la «redención preventiva»,
según el cual la Inmaculada Concepción representa la obra maestra de la
redención realizada por Cristo, porque precisamente el poder de su amor y
de su mediación obtuvo que la Madre fuera preservada del pecado original.
Por tanto, María es totalmente redimida por Cristo, pero ya antes de la concepción. Los franciscanos, sus hermanos, acogieron y difundieron con entusiasmo esta doctrina, y otros teólogos —a menudo con juramento solemne— se comprometieron a defenderla y a perfeccionarla.
Al respecto, quiero poner de relieve un dato que me parece importante.
Teólogos de valía, como Duns Scoto acerca de la doctrina sobre la
Inmaculada Concepción, han enriquecido con su específica contribución de
pensamiento lo que el pueblo de Dios ya creía espontáneamente sobre la
Virgen santísima, y manifestaba en los actos de piedad, en las expresiones
del arte y, en general, en la vida cristiana. Así, la fe, tanto en la Inmaculada
Concepción como en la Asunción corporal de la Virgen, ya estaba presente
en el pueblo de Dios, mientras que la teología todavía no había encontrado
la clave para interpretarla en la totalidad de la doctrina de la fe. Por tanto, el
pueblo de Dios precede a los teólogos y todo esto gracias a ese sobrenatural sensus fidei, es decir, a la capacidad infusa del Espíritu Santo, que habilita para abrazar la realidad de la fe, con la humildad del corazón y de la
mente. En este sentido, el pueblo de Dios es «magisterio que precede», y
que después la teología debe profundizar y acoger intelectualmente. ¡Ojalá
los teólogos escuchen siempre esta fuente de la fe y conserven la humildad
y la sencillez de los pequeños! Lo recordé hace algunos meses diciendo:
«Hay grandes doctos, grandes especialistas, grandes teólogos, maestros
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de la fe, que nos han enseñado muchas cosas. Han penetrado en los detalles de la Sagrada Escritura... pero no han podido ver el misterio mismo, el
núcleo verdadero... Lo esencial ha quedado oculto... En cambio, también en
nuestro tiempo están los pequeños que han conocido ese misterio.
Pensemos en santa Bernardita Soubirous; en santa Teresa de Lisieux, con
su nueva lectura de la Biblia “no científica”», pero que entra en el corazón
de la Sagrada Escritura» (Homilía en la santa misa con los miembros de la
Comisión teológica internacional, 1 de diciembre de 2009: L'Osservatore
romano, edición en lengua española, 4 de diciembre de 2009, p. 10).
Por último, Duns Scoto desarrolló un punto sobre el cual la modernidad
es muy sensible. Se trata del tema de la libertad y de su relación con la
voluntad y con el intelecto. Nuestro autor subraya la libertad como cualidad
fundamental de la voluntad, comenzando un planteamiento che valora
mayormente la voluntad. En autores posteriores, por desgracia, esta línea
de pensamiento se desarrolló en un voluntarismo, en contraste con el llamado intelectualismo agustiniano y tomista. Para santo Tomás de Aquino,
que sigue a san Agustín, la libertad no puede considerarse una cualidad
innata de la voluntad, sino el fruto de la colaboración de la voluntad y del
intelecto. En efecto, una idea de la libertad innata y absoluta - tal como se
desarrolló precisamente después de Duns Scoto - situada en la voluntad
que precede al intelecto, tanto en Dios como en el hombre, corre el riesgo
de llevar a la idea de un Dios que tampoco estaría vinculado a la verdad y
al bien. El deseo de salvar la absoluta trascendencia y diversidad de Dios
con una acentuación tan radical e impenetrable de su voluntad no tiene en
cuenta que el Dios que se ha revelado en Cristo es el Dios «logos», que ha
actuado y actúa lleno de amor por nosotros. Ciertamente, el amor rebasa el
conocimiento y es capaz de percibir más que el simple pensamiento, pero
es siempre el amor del Dios «logos» (cf. Benedicto XVI, Discurso en la universidad de ratisbona: L'Osservatore romano, edición en lengua española, 22 de septiembre de 2006, p. 12). También en el hombre la idea de libertad absoluta, situada en la voluntad, olvidando el nexo con la verdad, ignora que la misma libertad debe ser liberada de los límites que le vienen del
pecado. En todo caso, la visión de Scoto no cae en estos extremismos: para
él, un acto libre resulta del concurso de la inteligencia y de la voluntad; y si
é habla de un “primado” de la voluntad, lo justifica precisamente porque la
voluntad sigue siempre al intelecto.
El año pasado, hablando a los seminaristas romanos, recordaba que «en
todas las épocas, desde los comienzos, pero de modo especial en la época
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moderna, la libertad ha sido el gran sueño de la humanidad» (Discurso al
Pontificio Seminario romano mayor, 20 de febrero de 2009: L'Osservatore
romano, edición en lengua española, 27 de febrero de 2009, p. 9). Pero
precisamente la historia moderna, además de nuestra experiencia cotidiana, nos enseña que la libertad es auténtica, y ayuda a la construcción de
una civilización verdaderamente humana, sólo cuando está reconciliada con
la verdad. Separada de la verdad, la libertad se convierte trágicamente en
principio de destrucción de la armonía interior de la persona humana, fuente de prevaricación de los más fuertes y de los violentos, y causa de sufrimientos y de lutos. La libertad, como todas las facultades de las que el hombre está dotado, crece y se perfecciona —afirma Duns Scoto— cuando el
hombre se abre a Dios, valorizando la disposición a la escucha de la voz
divina: cuando escuchamos la revelación divina la Palabra de Dios, para
acogerla, nos alcanza un mensaje que llena de luz y de esperanza nuestra
vida y somos verdaderamente libres.
Queridos hermanos y hermanas, el beato Duns Scoto nos enseña que lo
esencial en nuestra vida es creer que Dios está cerca de nosotros y nos
ama en Jesucristo y, por tanto, cultivar un profundo amor a él y a su Iglesia.
De este amor nosotros somos testigos en esta tierra. Que María santísima
nos ayude a recibir este infinito amor de Dios del que gozaremos plenamente, por la eternidad, en el cielo, cuando finalmente nuestra alma se unirá
para siempre a Dios, en la comunión de los santos.
BENEDICTUS PP. XVI
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Textos para el juzgar
CARTA ENCÍCLICA DEL SANTO PADRE
JUAN PABLO II
VERITATIS SPLENDOR
a todos los Obispos de la Iglesia Catolica sobre
algunas cuestiones fundamentales de la
Enseñanza Moral de la Iglesia
[...]
II. Conciencia y verdad
El sagrario del hombre
54. La relación que hay entre libertad del hombre y ley de Dios tiene
su base en el corazón de la persona, o sea, en su conciencia moral: «En lo
profundo de su conciencia —afirma el concilio Vaticano II—, el hombre descubre una ley que él no se da a sí mismo, pero a la que debe obedecer y
cuya voz resuena, cuando es necesario, en los oídos de su corazón, llamándolo siempre a amar y a hacer el bien y a evitar el mal: haz esto, evita aquello. Porque el hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya
obediencia está la dignidad humana y según la cual será juzgado (cf. rm 2,
14-16)» 101
Por esto, el modo como se conciba la relación entre libertad y ley está
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íntimamente vinculado con la interpretación que se da a la conciencia moral.
En este sentido, las tendencias culturales recordadas más arriba, que contraponen y separan entre sí libertad y ley, y exaltan de modo idolátrico la
libertad, llevan a una interpretación «creativa» de la conciencia moral, que
se aleja de la posición tradicional de la Iglesia y de su Magisterio.
55. Según la opinión de algunos teólogos, la función de la conciencia
se habría reducido, al menos en un cierto pasado, a una simple aplicación
de normas morales generales a cada caso de la vida de la persona. Pero
semejantes normas —afirman— no son capaces de acoger y respetar toda
la irrepetible especificidad de todos los actos concretos de las personas; de
alguna manera, pueden ayudar a una justa valoración de la situación, pero
no pueden sustituir a las personas en tomar una decisión personal sobre
cómo comportarse en determinados casos particulares. Es más, la citada
crítica a la interpretación tradicional de la naturaleza humana y de su importancia para la vida moral induce a algunos autores a afirmar que estas normas no son tanto un criterio objetivo vinculante para los juicios de conciencia, sino más bien una perspectiva general que, en un primer momento,
ayuda al hombre a dar un planteamiento ordenado a su vida personal y
social. Además, revelan la complejidad típica del fenómeno de la conciencia: ésta se relaciona profundamente con toda la esfera psicológica y afectiva, así como con los múltiples influjos del ambiente social y cultural de la
persona. Por otra parte, se exalta al máximo el valor de la conciencia, que
el Concilio mismo ha definido «el sagrario del hombre, en el que está solo
con Dios, cuya voz resuena en lo más íntimo de ella» 102. Esta voz —se
dice— induce al hombre no tanto a una meticulosa observancia de las normas universales, cuanto a una creativa y responsable aceptación de los
cometidos personales que Dios le encomienda.
Algunos autores, queriendo poner de relieve el carácter creativo de la
conciencia, ya no llaman a sus actos con el nombre de juicios, sino con el
de decisiones. Sólo tomando autónomamente estas decisiones el hombre
podría alcanzar su madurez moral. No falta quien piensa que este proceso
de maduración sería obstaculizado por la postura demasiado categórica
que, en muchas cuestiones morales, asume el Magisterio de la Iglesia,
cuyas intervenciones originarían, entre los fieles, la aparición de inútiles
conflictos de conciencia.
56. Para justificar semejantes posturas, algunos han propuesto una
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especie de doble estatuto de la verdad moral. Además del nivel doctrinal y
abstracto, sería necesario reconocer la originalidad de una cierta consideración existencial más concreta. Ésta, teniendo en cuenta las circunstancias
y la situación, podría establecer legítimamente unas excepciones a la regla
general y permitir así la realización práctica, con buena conciencia, de lo
que está calificado por la ley moral como intrínsecamente malo. De este
modo se instaura en algunos casos una separación, o incluso una oposición, entre la doctrina del precepto válido en general y la norma de la conciencia individual, que decidiría de hecho, en última instancia, sobre el bien
y el mal. Con esta base se pretende establecer la legitimidad de las llamadas soluciones pastorales contrarias a las enseñanzas del Magisterio, y justificar una hermenéutica creativa, según la cual la conciencia moral no
estaría obligada en absoluto, en todos los casos, por un precepto negativo
particular.
Con estos planteamientos se pone en discusión la identidad misma de
la conciencia moral ante la libertad del hombre y ante la ley de Dios. Sólo la
clarificación hecha anteriormente sobre la relación entre libertad y ley basada en la verdad hace posible el discernimiento sobre esta interpretación creativa de la conciencia.
El juicio de la conciencia
57. El mismo texto de la carta a los romanos, que nos ha presentado la esencia de la ley natural, indica también el sentido bíblico de la conciencia, especialmente en su vinculación específica con la ley: «Cuando los
gentiles, que no tienen ley, cumplen naturalmente las prescripciones de la
ley, sin tener ley, para sí mismos son ley; como quienes muestran tener la
realidad de esa ley escrita en su corazón, atestiguándolo su conciencia con
sus juicios contrapuestos que los acusan y también los defienden» (rm 2,
14-15).
Según las palabras de san Pablo, la conciencia, en cierto modo, pone
al hombre ante la ley, siendo ella misma «testigo» para el hombre: testigo
de su fidelidad o infidelidad a la ley, o sea, de su esencial rectitud o maldad
moral. La conciencia es el único testigo. Lo que sucede en la intimidad de
la persona está oculto a la vista de los demás desde fuera. La conciencia
dirige su testimonio solamente hacia la persona misma. Y, a su vez, sólo la
persona conoce la propia respuesta a la voz de la conciencia.
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58. Nunca se valorará adecuadamente la importancia de este íntimo
diálogo del hombre consigo mismo. Pero, en realidad, éste es el diálogo del
hombre con Dios, autor de la ley, primer modelo y fin último del hombre. «La
conciencia —dice san Buenaventura— es como un heraldo de Dios y su
mensajero, y lo que dice no lo manda por sí misma, sino que lo manda como
venido de Dios, igual que un heraldo cuando proclama el edicto del rey. Y
de ello deriva el hecho de que la conciencia tiene la fuerza de obligar» 103.
Se puede decir, pues, que la conciencia da testimonio de la rectitud o maldad del hombre al hombre mismo, pero a la vez y antes aún, es testimonio
de Dios mismo, cuya voz y cuyo juicio penetran la intimidad del hombre
hasta las raíces de su alma, invitándolo «fortiter et suaviter» a la obediencia: «La conciencia moral no encierra al hombre en una soledad infranqueable e impenetrable, sino que lo abre a la llamada, a la voz de Dios. En esto,
y no en otra cosa, reside todo el misterio y dignidad de la conciencia moral:
en ser el lugar, el espacio santo donde Dios habla al hombre» 104.
59. San Pablo no se limita a reconocer que la conciencia hace de testigo, sino que manifiesta también el modo como ella realiza semejante función. Se trata de razonamientos que acusan o defienden a los paganos en
relación con sus comportamientos (cf. rm 2, 15). El término razonamientos
evidencia el carácter propio de la conciencia, que es el de ser un juicio moral
sobre el hombre y sus actos. Es un juicio de absolución o de condena según
que los actos humanos sean conformes o no con la ley de Dios escrita en
el corazón. Precisamente, del juicio de los actos y, al mismo tiempo, de su
autor y del momento de su definitivo cumplimiento, habla el apóstol Pablo
en el mismo texto: así será «en el día en que Dios juzgará las acciones
secretas de los hombres, según mi evangelio, por Cristo Jesús» (rm 2, 16).
El juicio de la conciencia es un juicio práctico, o sea, un juicio que ordena lo que el hombre debe hacer o no hacer, o bien, que valora un acto ya
realizado por él. Es un juicio que aplica a una situación concreta la convicción racional de que se debe amar, hacer el bien y evitar el mal. Este primer
principio de la razón práctica pertenece a la ley natural, más aún, constituye su mismo fundamento al expresar aquella luz originaria sobre el bien y el
mal, reflejo de la sabiduría creadora de Dios, que, como una chispa indestructible («scintilla animae»), brilla en el corazón de cada hombre. Sin
embargo, mientras la ley natural ilumina sobre todo las exigencias objetivas
y universales del bien moral, la conciencia es la aplicación de la ley a cada
caso particular, la cual se convierte así para el hombre en un dictamen inte80
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rior, una llamada a realizar el bien en una situación concreta. La conciencia
formula así la obligación moral a la luz de la ley natural: es la obligación de
hacer lo que el hombre, mediante el acto de su conciencia, conoce como un
bien que le es señalado aquí y ahora. El carácter universal de la ley y de la
obligación no es anulado, sino más bien reconocido, cuando la razón determina sus aplicaciones a la actualidad concreta. El juicio de la conciencia
muestra en última instancia la conformidad de un comportamiento determinado respecto a la ley; formula la norma próxima de la moralidad de un acto
voluntario, actuando «la aplicación de la ley objetiva a un caso particular»
105.
60. Igual que la misma ley natural y todo conocimiento práctico, también el juicio de la conciencia tiene un carácter imperativo: el hombre debe
actuar en conformidad con dicho juicio. Si el hombre actúa contra este juicio, o bien, lo realiza incluso no estando seguro si un determinado acto es
correcto o bueno, es condenado por su misma conciencia, norma próxima
de la moralidad personal. La dignidad de esta instancia racional y la autoridad de su voz y de sus juicios derivan de la verdad sobre el bien y sobre el
mal moral, que está llamada a escuchar y expresar. Esta verdad está indicada por la «ley divina», norma universal y objetiva de la moralidad. El juicio de la conciencia no establece la ley, sino que afirma la autoridad de la
ley natural y de la razón práctica con relación al bien supremo, cuyo atractivo acepta y cuyos mandamientos acoge la persona humana: «La conciencia, por tanto, no es una fuente autónoma y exclusiva para decidir lo que es
bueno o malo; al contrario, en ella está grabado profundamente un principio
de obediencia a la norma objetiva, que fundamenta y condiciona la congruencia de sus decisiones con los preceptos y prohibiciones en los que se
basa el comportamiento humano» 106.
61. La verdad sobre el bien moral, manifestada en la ley de la razón,
es reconocida práctica y concretamente por el juicio de la conciencia, el cual
lleva a asumir la responsabilidad del bien realizado y del mal cometido; si el
hombre comete el mal, el justo juicio de su conciencia es en él testigo de la
verdad universal del bien, así como de la malicia de su decisión particular.
Pero el veredicto de la conciencia queda en el hombre incluso como un
signo de esperanza y de misericordia. Mientras demuestra el mal cometido,
recuerda también el perdón que se ha de pedir, el bien que hay que practicar y las virtudes que se han de cultivar siempre, con la gracia de Dios.
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Así, en el juicio práctico de la conciencia, que impone a la persona la
obligación de realizar un determinado acto, se manifiesta el vínculo de la
libertad con la verdad. Precisamente por esto la conciencia se expresa con
actos de juicio, que reflejan la verdad sobre el bien, y no como decisiones
arbitrarias. La madurez y responsabilidad de estos juicios —y, en definitiva,
del hombre, que es su sujeto— se demuestran no con la liberación de la
conciencia de la verdad objetiva, en favor de una presunta autonomía de las
propias decisiones, sino, al contrario, con una apremiante búsqueda de la
verdad y con dejarse guiar por ella en el obrar.
Buscar la verdad y el bien
62. La conciencia, como juicio de un acto, no está exenta de la posibilidad de error. «Sin embargo, —dice el Concilio— muchas veces ocurre
que la conciencia yerra por ignorancia invencible, sin que por ello pierda su
dignidad. Pero no se puede decir esto cuando el hombre no se preocupa de
buscar la verdad y el bien y, poco a poco, por el hábito del pecado, la conciencia se queda casi ciega» 107. Con estas breves palabras, el Concilio
ofrece una síntesis de la doctrina que la Iglesia ha elaborado a lo largo de
los siglos sobre la conciencia errónea.
Ciertamente, para tener una «conciencia recta» (1 Tm 1, 5), el hombre
debe buscar la verdad y debe juzgar según esta misma verdad. Como dice
el apóstol Pablo, la conciencia debe estar «iluminada por el Espíritu Santo»
(cf. rm 9, 1), debe ser «pura» (2 Tm 1, 3), no debe «con astucia falsear la
palabra de Dios» sino «manifestar claramente la verdad» (cf. 2 Co 4, 2). Por
otra parte, el mismo Apóstol amonesta a los cristianos diciendo: «No os acomodéis al mundo presente, antes bien transformaos mediante la renovación
de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de
Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto» (rm 12, 2).
La amonestación de Pablo nos invita a la vigilancia, advirtiéndonos que
en los juicios de nuestra conciencia anida siempre la posibilidad de error.
Ella no es un juez infalible: puede errar. No obstante, el error de la conciencia puede ser el fruto de una ignorancia invencible, es decir, de una ignorancia de la que el sujeto no es consciente y de la que no puede salir por sí
mismo.
En el caso de que tal ignorancia invencible no sea culpable —nos
recuerda el Concilio— la conciencia no pierde su dignidad porque ella, aun82
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que de hecho nos orienta en modo no conforme al orden moral objetivo, no
cesa de hablar en nombre de la verdad sobre el bien, que el sujeto está llamado a buscar sinceramente.
63. De cualquier modo, la dignidad de la conciencia deriva siempre
de la verdad: en el caso de la conciencia recta, se trata de la verdad objetiva acogida por el hombre; en el de la conciencia errónea, se trata de lo que
el hombre, equivocándose, considera subjetivamente verdadero. Nunca es
aceptable confundir un error subjetivo sobre el bien moral con la verdad
objetiva, propuesta racionalmente al hombre en virtud de su fin, ni equiparar el valor moral del acto realizado con una conciencia verdadera y recta,
con el realizado siguiendo el juicio de una conciencia errónea 108. El mal
cometido a causa de una ignorancia invencible, o de un error de juicio no
culpable, puede no ser imputable a la persona que lo hace; pero tampoco
en este caso aquél deja de ser un mal, un desorden con relación a la verdad sobre el bien. Además, el bien no reconocido no contribuye al crecimiento moral de la persona que lo realiza; éste no la perfecciona y no sirve
para disponerla al bien supremo. Así, antes de sentirnos fácilmente justificados en nombre de nuestra conciencia, debemos meditar en las palabras
del salmo: «¿Quién se da cuenta de sus yerros? De las faltas ocultas límpiame» (Sal 19, 13). Hay culpas que no logramos ver y que no obstante son
culpas, porque hemos rechazado caminar hacia la luz (cf. Jn 9, 39-41).
La conciencia, como juicio último concreto, compromete su dignidad
cuando es errónea culpablemente, o sea «cuando el hombre no trata de
buscar la verdad y el bien, y cuando, de esta manera, la conciencia se hace
casi ciega como consecuencia de su hábito de pecado» 109. Jesús alude a
los peligros de la deformación de la conciencia cuando advierte: «La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo está sano, todo tu cuerpo estará luminoso; pero si tu ojo está malo, todo tu cuerpo estará a oscuras. Y, si la luz que
hay en ti es oscuridad, ¡qué oscuridad habrá!» (Mt 6, 22-23).
64. En las palabras de Jesús antes mencionadas, encontramos también la llamada a formar la conciencia, a hacerla objeto de continua conversión a la verdad y al bien. Es análoga la exhortación del Apóstol a no conformarse con la mentalidad de este mundo, sino a «transformarse renovando nuestra mente» (cf. rm 12, 2). En realidad, el corazón convertido al
Señor y al amor del bien es la fuente de los juicios verdaderos de la conciencia. En efecto, para poder «distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo
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bueno, lo agradable, lo perfecto» (rm 12, 2), sí es necesario el conocimiento de la ley de Dios en general, pero ésta no es suficiente: es indispensable una especie de «connaturalidad» entre el hombre y el verdadero
bien 110. Tal connaturalidad se fundamenta y se desarrolla en las actitudes
virtuosas del hombre mismo: la prudencia y las otras virtudes cardinales, y
en primer lugar las virtudes teologales de la fe, la esperanza y la caridad. En
este sentido, Jesús dijo: «El que obra la verdad, va a la luz» (Jn 3, 21).
Los cristianos tienen —como afirma el Concilio— en la Iglesia y en su
Magisterio una gran ayuda para la formación de la conciencia: «Los cristianos, al formar su conciencia, deben atender con diligencia a la doctrina cierta y sagrada de la Iglesia. Pues, por voluntad de Cristo, la Iglesia católica es
maestra de la verdad y su misión es anunciar y enseñar auténticamente la
Verdad, que es Cristo, y, al mismo tiempo, declarar y confirmar con su autoridad los principios de orden moral que fluyen de la misma naturaleza humana» 111. Por tanto, la autoridad de la Iglesia, que se pronuncia sobre las
cuestiones morales, no menoscaba de ningún modo la libertad de conciencia de los cristianos; no sólo porque la libertad de la conciencia no es nunca
libertad con respecto a la verdad, sino siempre y sólo en la verdad, sino también porque el Magisterio no presenta verdades ajenas a la conciencia cristiana, sino que manifiesta las verdades que ya debería poseer, desarrollándolas a partir del acto originario de la fe. La Iglesia se pone sólo y siempre
al servicio de la conciencia, ayudándola a no ser zarandeada aquí y allá por
cualquier viento de doctrina según el engaño de los hombres (cf. Ef 4, 14),
a no desviarse de la verdad sobre el bien del hombre, sino a alcanzar con
seguridad, especialmente en las cuestiones más difíciles, la verdad y a
mantenerse en ella.
[101] Const. past. sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes,
16.
[102] Ibid.
[103] In II Librum Sentent., dist. 39, a. 1, q.3, concl.: Ed. Ad Claras Aquas,
II, 907 b.
[104] Discurso (Audiencia general, 17 agosto 1983), 2: Insegnamenti, VI, 2
(1983), 256.
[105] Suprema S. Congregación del Santo Oficio, Instrucción sobre la
«ética de situación» Contra doctrinam (2 febrero 1956): AAS 48 (1956),
144.
[106] Carta enc. Dominum et vivificantem (18 mayo 1986), 43: AAS 78
(1986), 859; Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. sobre la Iglesia en el
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Textos para el juzgar
mundo actual Gaudium et spes, 16; Declaración sobre la libertad religiosa
Dignitatis humanae, 3.
[107] Const. past. sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes,
16.
[108] Cf. S. Tomás de Aquino, De Veritate, q. 17, a. 4.
[109] Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. sobre la Iglesia en el mundo actual
Gaudium et spes, 16.
[110] Cf. S. Tomás de Aquino, Summa Theologiae, II-II, q. 45.
[111] Declaración sobre la libertad religiosa Dignitatis humanae, 14.
85
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AGENDA
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Agenda del curso 2012-2013
Septiembre
15
Sábado
16
DOMINGO
17
Lunes
18
Martes
19
Miércoles
Nuestra Señora de los Dolores
20 Jueves
21 Viernes
22
Sábado
23
DOMINGO
San Mateo
San Pío de Pietrelcina
24 Lunes
25
Martes
26
Miércoles
27
Jueves
28
Viernes
29
Sábado
30
DOMINGO
Convivencia Inicio Curso Adultos
89
Santos arcángeles
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2012
OCtUbre
1
Lunes
2
Martes
3
Miércoles
4
Jueves
5
Viernes
6
Sábado
7
DOMINGO
8
Lunes
9
Martes
10
Miércoles
11
Jueves
12
13
Santa Teresita del Niño Jesús
Ángeles custodios
San Francisco de Asis
Santa María Faustina Kowalska
Doctorado de San Juan de Ávila
Viernes
Ntra. Sra del Pilar
Sábado
14
DOMINGO
15
Lunes
16
Martes
Santa Teresa de Jesús
90
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Agenda del curso 2012-2013
OCtUbre
17
Miércoles
18
Jueves
19
Viernes
20
Sábado
21
DOMINGO
22
Lunes
23
Martes
24
Miércoles
25
Jueves
26
Viernes
27
Sábado
28
29
San Lucas
Beato Juan Pablo II
DOMINGO
Lunes
30
Martes
31
Miércoles
Aniversario Ordenación episcopal D. Antonio María Rouco Varela
NOTAS
91
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2012
NOViembre
1
Jueves
Todos los Santos
2
Viernes
Fieles Difuntos
3
Sábado
4
DOMINGO
5
Lunes
6
Martes
7
Miércoles
8
Jueves
9
Viernes
10
Sábado
11
DOMINGO
12
Lunes
13
Martes
14
Miércoles
15
Jueves
16
rETIrO MENSUAL (SILVA)
Ntra. Sra. de la Almudena
Viernes
92
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Agenda del curso 2012-2013
NOViembre
17
Sábado
18
DOMINGO
19
Lunes
20
Martes
21
Miércoles
22
Jueves
23
Viernes
24
Sábado
25
DOMINGO
26
Lunes
27
Martes
28
29
Miércoles
30
Presentación de la Virgen
Cristo Rey
Jueves
Viernes
San Andrés apostol
NOTAS
93
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2012
DiCiembre
1
Sábado
2
DOMINGO
I Domingo de Adviento
3
Lunes
San Francisco Javier
4
Martes
5
Miércoles
6
Jueves
EJErCICIOS ESPIrITUALES
7
Viernes
EJErCICIOS ESPIrITUALES
8
Sábado
EJErCICIOS ESPIrITUALES
inmaculada Concepción
9
DOMINGO
EJErCICIOS ESPIrITUALES
II Domingo de Adviento
10
Lunes
11
Martes
12
Miércoles
13
Jueves
14
Viernes
15
Sábado
16
DOMINGO
rETIrO MENSUAL ( SILVA)
Ntra Sra de Loreto
III Domingo de Adviento
94
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Agenda del curso 2012-2013
DiCiembre
17
Lunes
18
Martes
19
Miércoles
20
Jueves
21
Viernes
22
Sábado
23
DOMINGO
24
Lunes
25
Martes
26
Miércoles
27
Jueves
28
Viernes
29
Sábado
30
DOMINGO
31
Lunes
IV Domingo de Adviento
Natividad de Ntro. Señor
San Juan Apóstol
Santos Inocentes
Sagrada Familia
NOTAS
95
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2013
eNerO
1
Martes
2
Miércoles
3
Jueves
4
Viernes
5
Sábado
6
DOMINGO
7
Lunes
8
Martes
9
Maternidad de María
Epifanía del Señor
rETIrO MENSUAL ( SILVA)
Miércoles
10
Jueves
11
Viernes
12
Sábado
13
DOMINGO
14
Lunes
15
Martes
16
Miércoles
r
Bautismo de Ntr Señor; Solemnidad del Santo Niño de Remedio
96
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Agenda del curso 2012-2013
eNerO
17
Jueves
18
Viernes
19
Sábado
20
DOMINGO
21
Lunes
22
Martes
23
Miércoles
24
Jueves
25
Viernes
26
Sábado
27
DOMINGO
28
Lunes
29
Martes
30
Miércoles
31
Jueves
Conversión de San Pablo
Santo Tomás de Aquino
NOTAS
97
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2013
FebrerO
1
2
Viernes
3
DOMINGO
4
Lunes
5
Martes
6
Miércoles
7
Jueves
8
Viernes
9
Sábado
Sábado
10
DOMINGO
11
Lunes
12
Martes
13
14
Presentación del Señor
rETIrO MENSUAL ( SILVA)
DÍA DEL MILITANTE
Ntra. Sra. de Lourdes
Miércoles
de Ceniza
Jueves
15
Viernes
16
Sábado
98
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Agenda del curso 2012-2013
FebrerO
17
18
DOMINGO
i domingo de cuaresma
Lunes
19
Martes
20
Miércoles
21
Jueves
22
Viernes
23
Sábado
24
DOMINGO
25
Lunes
26
Martes
II Domingo de Cuaresma
27 Miércoles
28
Jueves
NOTAS
99
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2013
mArZO
1
Viernes
2
Sábado
3
DOMINGO
4
Lunes
5
6
Martes
III Domingo de Cuaresma
rETIrO MENSUAL ( SILVA)
Miércoles
7
Jueves
8
Viernes
9
Sábado
10
DOMINGO
11
Lunes
12
13
IV Domingo de Cuaresma
Martes
Miércoles
14
Jueves
15
Viernes
EJErCICIOS ESPIrITUALES Y JAVIErADA
16
Sábado
EJErCICIOS ESPIrITUALES Y JAVIErADA
100
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Agenda del curso 2012-2013
mArZO
17
DOMINGO
18
Lunes
19
Martes
20
Miércoles
21
Jueves
22
Viernes
23
Sábado
24
DOMINGO
25
Lunes
26
Martes
27
Miércoles
28 Jueves Santo
29 ViernesSanto
30
Sábado Santo
31
DOMINGO
EJErCICIOS ESPIrITUALES Y JAVIErADA V Domingo de Cuaresma
San José
de Ramos
Encarnación del Señor
SEMANA SANTA MISIONErA
SEMANA SANTA MISIONErA
SEMANA SANTA MISIONErA
SEMANA SANTA MISIONErA
SEMANA SANTA MISIONErA
NOTAS
101
de Resurrección
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2013
AbriL
1
2
Lunes
Martes
3
Miércoles
4
Jueves
5
Viernes
6
Sábado
7
DOMINGO
8
9
rETIrO MENSUAL ( SILVA)
II Domingo de Pascua
Lunes
Anunciación del Señor
Martes
10
Miércoles
11
Jueves
12
Viernes
13
Sábado
14
DOMINGO
15
Lunes
16
III Domingo de Pascua
Martess
102
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Agenda del curso 2012-2013
AbriL
17
Miércoles
18
Jueves
19
Viernes
20
Sábado
21
DOMINGO
22
Lunes
23
Martes
24
Miércoles
25
Jueves
26
Viernes
27
28
Sábado
29
Lunes
30
Martes
DOMINGO
IV Domingo de Pascua
San Jorge
San Marcos
V Domingo de Pascua
NOTAS
103
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2013
mAYO
1
Miércoles
2
Jueves
EJERCICIOS ESPIRITUALES
3
Viernes
EJERCICIOS ESPIRITUALES
4
Sábado
EJERCICIOS ESPIRITUALES
5
DOMINGO
EJERCICIOS ESPIRITUALES
6
Lunes
7
Martes
8
Miércoles
9
Jueves
10
Viernes
11
Sábado
12
DOMINGO
13
Lunes
14
Martes
15
Miércoles
16
Jueves
San José Obrero
Día de la CAM
VI Domingo de Pascua
rETIrO MENSUAL ( SILVA)
Ascensión del Señor
Nuestra Señora de Fátima
San Isidro Labrador
104
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Agenda del curso 2012-2013
mAYO
17
Viernes
18
Sábado
19
DOMINGO
20
Lunes
21
Martes
22
Miércoles
23
Jueves
24
Viernes
25
Sábado
26
DOMINGO
27
Lunes
28
Martes
29
Miércoles
30
Jueves
31
Viernes
Pentecostés
Santísima Trinidad
NOTAS
105
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2013
JUNiO
1
Sábado
2
DOMINGO
3
Lunes
4
Martes
5
Miércoles
6
Jueves
7
Viernes
8
Sábado
9
DOMINGO
10
Lunes
11
Martes
12
13
14
Miércoles
Jueves
Viernes
15
Sábado
16
DOMINGO
106
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Agenda del curso 2012-2013
JUNiO
17
Lunes
18
Martes
19
Miércoles
20
Jueves
21
Viernes
22
Sábado
23
DOMINGO
24
Lunes
25
Martes
26
Miércoles
27
Jueves
28
Viernes
29
Sábado
30
DOMINGO
San José María Escrivá
San Ireneo
San Pedro y San Pablo
NOTAS
107
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2013
JULiO
1
Lunes
2
Martes
CAMPAMENTOS ACGM
3
Miercoles
CAMPAMENTOS ACGM
4
Jueves
CAMPAMENTOS ACGM
5
Viernes
CAMPAMENTOS ACGM
6
Sábado
CAMPAMENTOS ACGM
7
DOMINGO
CAMPAMENTOS ACGM
8
Lunes
CAMPAMENTOS ACGM
9
Martes
CAMPAMENTOS ACGM
10
Miercoles
CAMPAMENTOS ACGM
11
Jueves
CAMPAMENTOS ACGM
12
Viernes
CAMPAMENTOS ACGM
13
Sábado
CAMPAMENTOS ACGM
14
DOMINGO
CAMPAMENTOS ACGM
15
Lunes
CAMPAMENTOS ACGM
16
Martes
Sto. Tomás
San Benito
Ntra. Sra del Carmen
108
temario1213:temario08_con_portada.qxd 01/08/2012 11:41 Página 109
Agenda del curso 2012-2013
JULiO
17
Miercoles
18
Jueves
19
Viernes
20
Sábado
21
DOMINGO
22
Lunes
23
Martes
24
Miercoles
25
Jueves
26
Viernes
27
Sábado
28
DOMINGO
29
Lunes
30
31
Santa María Magdalena
Santiago Apóstol
Martes
Miercoles
San Ignacio de Loyola
NOTAS
109
temario1213:temario08_con_portada.qxd 01/08/2012 11:41 Página 110
P
reguntas que el Señor Cardenal, o el obispo en el
que él delegue, hace a quienes desean dar el paso a
la militancia. Tras las cuales estas personas, tanto
jóvenes como adultos, tanto hombres como mujeres,
pasan a formar parte de la familia de los militantes de
Acción Católica General de Madrid.
Los militantes expresan su compromiso:
Sr. Cardenal: ¿Queréis, por amor a Jesucristo, como militantes de
Acción Católica, participar en el fin apostólico de la Iglesia, es
decir, transformar el mundo según el plan de Dios por la santificación y la evangelización?
Militantes: Sí, quiero.
Sr. Cardenal: ¿Estáis dispuestos a dejaros conformar por Cristo
mediante la vida de sacramentos, la oración y la formación,
poniendo vuestro tiempo y demás bienes que Dios os ha dado, en
servicio a Dios y a los hombres, especialmente a los más necesitados?
Militantes: Sí, estoy dispuesto.
Sr. Cardenal: ¿Os comprometéis a trabajar unidos a modo de un
cuerpo orgánico en la Acción Católica, en comunión con vuestros
compañeros y dirigentes, para que se manifieste mejor la comunidad de la Iglesia y sea más eficaz el apostolado?
Militantes: Sí, me comprometo.
Sr. Cardenal: ¿Prometéis asumir las orientaciones de vuestros
Pastores, colaborando con ellos, y aportando vuestra experiencia
como seglares al servicio de la Iglesia?
Militantes: Sí, prometo.
110
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TEMArIO 2012-2013
ÍNDICE
LA PUERTA DE LA FE
1.
LA PUERTA DE LA FE.
5
2.
LA FE: RESPUESTA DEL HOMBRE A DIOS.
11
3.
FE Y RAZÓN.
17
4.
FE Y CONCIENCIA.
23
5.
EL MAGISTERIO DE LA IGLESIA AL SERVICIO DE LA FE.
29
6.
FE Y CULTURA.
35
7.
FE Y OBRAS.
41
8.
FE Y SOCIEDAD.
47
Carta pastoral en el día nacional
del Apostolado Seglar y la Acción CAtólica
53
Textos para el juzgar
59
Agenda
87
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