David Felipe Arranz,El universo de Clint Eastwood, por Juan Pablo

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A
veces, las apariencias llevan a engaño. Estamos tan
saturados de información y reclamos que, al contemplar el grosor y peso de este libro y al hojear la variedad
de fotografías que ilustran sus páginas, seguramente más
de uno lo habrá clasificado como “libro de regalo” o, para
qué engañarnos, como “el típico libro de oferta en tiendas-restaurante y librerías de saldo”. Falsa impresión. No
sólo es que muchos libros de cine se presenten en un formato y tamaño similar (piénsese en los volúmenes que,
de tanto en tanto, editan las distintas filmotecas de este
país). Es que, además, El universo de Clint Eastwood es de las
mejores introducciones a la figura del actor y director de
San Francisco disponible en lengua castellana y, sin lugar
a dudas, la más amena.
Para ello, los impulsores del libro (no identificados en
el mismo) se rodean de un inmejorable plantel de autores,
que incluye —entre otros— a académicos como David
Felipe Arranz, Fernando R. Lafuente y José Luis Sánchez
Noriega; periodistas como Carlos Reviriego, Juan Carlos
Laviana y Victor Arribas; reconocidos escritores cinéfilos
como Eduardo Torres-Dulce y Miguel Marías; y críticos
sagaces y cultivados como Alejandro G. Calvo, Antonio
José Navarro e Hilario J. Rodríguez. Entre todos se encargan de glosar todas —repito: todas, lo que incluye sus primeras incursiones como intérprete de reparto— las producciones en que Clint Eastwood ha intervenido como
actor y/o director, a razón de unas dos caras completas
por película, tres en el caso de los títulos que gozan de
mayor aclamación y consenso crítico (El jinete pálido, Sin
perdón, Los puentes de Madison, Million Dollar Baby, Gran Torino).
Concebido como obra colectiva y organizado por entradas ordenadas alfabéticamente, ciertamente quizá el libro
carece de la profesionalidad del estudio de Quim Casas
(2003) dedicado al director o de las sabrosas introducciones globales a su obra que incluían tanto el volumen de
Ángel Comas (2006) como el de Carlos Aguilar (2009)
—este último muy persuasivo cuando prueba la influencia de Sergio Leone en el cine de Eastwood. Abunda más
bien poco en el enfoque psico-social de García Mainar
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Revista de Libros
de la Torre del Virrey
Número 3
2014/1
ISSN 2255-2022
David Felipe Arranz
(et al.), El universo de Clint
Eastwood, Notorious, Madrid, 2009, 404 pp. ISBN
978-84-93714-84-0.
Palabras clave:
cine
educación
western
cine policíaco
cine romántico
«El universo de Clint
Eastwood es de las mejores
introducciones a la figura
del actor y director de San
Francisco disponible en lengua castellana y, sin lugar
a dudas, la más amena»
(2006) y, si nos fijamos en algunos autores foráneos traducidos al castellano, no pretende el rigor informativo de
Alberto Pezzota (1997) ni la exploración temático-cinéfila
de Bernard Benoliel (2010).
Pero, a cambio, El universo de Clint Eastwood aborda
prácticamente todo lo que —al margen de las películas de
Eastwood— el cinéfilo puede reclamar de una obra monográfica. Para ello, el periodista Jaime Vicente Echagüe
lleva a cabo una labor encomiable a la hora de glosar los
personajes asociados con su vida y su trabajo (directores,
productores, actores y actrices, esposas y ex-parejas, hijos), los temas recurrentes de su filmografía (o atribuidos
por prensa y críticos) y detalles biográficos varios (desde
la participación de Eastwood en política hasta su afición
al jazz). Y lo hace de un modo lo suficientemente serio
como para interesar incluso a aquellos que ya estén bien
adentrados en el estudio de la filmografía eastwoodiana.
Por poner sólo un par de ejemplos, en la entrada “Antibelicismo” (pp. 16-17), Echagüe subraya con acierto el escepticismo eastwoodiano ante la utilidad del sacrificio en
la guerra y, a la vez, el humanismo del director, más interesado en la condición humana que en la guerra como tal y,
sólo por ello, dispuesto a mostrar los efectos (universales)
de la guerra en la gente concreta. También son notables
los apuntes que aparecen en la entrada “Antihéroe” (pp.
17-18) cuando Echagüe señala que los personajes de Eastwood “narrativamente, cumplen las funciones del héroe
tradicional, pero en lo ético y en lo estético bien podrían
ser su reverso tenebroso”, pues son alcohólicos, mujeriegos, desarraigados y, sobre todo, personajes heridos (física y/o psicológicamente) por algún suceso del pasado. Y,
quizá por lo inusual que resulta de encontrar en los libros
sobre Eastwood, no deja de asombrar la precisión de la
breve entrada “Religión” (p. 342), donde Echagüe recuerda que Eastwood no practica ninguna religión, pero sí la
meditación trascendental. Con todo, al director de San
Francisco le interesa la religión: afirma creer en algo superior (aunque no en un Dios personal) y tanto en Million
Dollar Baby como Gran Torino los sacerdotes que aparecen
orientan a sus protagonistas y les muestran el camino más
virtuoso.
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Como suele suceder en toda obra colectiva, su valoración global depende mucho del lector, de su grado de instrucción e interés en el asunto. Quien esto escribe no sólo
es aficionado al cine de Eastwood, sino que ha procurado
investigar en el estilo y los temas de fondo recurrentes en
la filmografía de su autor. Si estas credenciales son suficientes, permítame el lector que le haga una pequeña selección de lo mejor que puede encontrar en este volumen.
El comentario de Carlos Reviriego sobre El aventurero de medianoche (1982) (pp. 20-23) es, posiblemente, de lo
mejor que puedan leer sobre esta película. Y lo es porque
incide en un asunto clave tanto de la película como de la
obra de Eastwood: su vocación educadora, que figura en
esta película como un legado (el amor por la música y un
estilo de vida) que es necesario transmitir de generación
en generación. También en torno a la educación, aunque
esta vez como introducción a la realidad, gira El sargento
de hierro (1986), pero Antonio José Navarro (pp. 352-355)
prefiere enfatizar el retrato realista y amargo del ejército
USA que aparece en el film, alejado de todo romanticismo. Million Dollar Baby (2004) es, igualmente, una historia
de instrucción pero quizá, más todavía, de reconstrucción
de dos personajes heridos: un viejo entrenador a quien la
hija devuelve sus cartas sin abrir, y una esforzada boxeadora criada entre buscavidas. Eduardo Torres-Dulce (pp.
270-275) destaca la complejidad del personaje de Frankie
Dunn —es sobreprotector, quizá porque conoce bien el
daño que ocasiona la vida— y, también, la manera que tiene Eastwood de humanizar a sus personajes, sentándoles
en sendas secuencias en la barra de un bar, ora para hablar
de sus vidas, ora para degustar una tarta de limón (una
entrañable cotidianeidad que insinúa la esperanza que, a
modo de purgatorio, se percibe en el terrible final de la
película). Gran Torino (2008) será muchas cosas, pero está
claro que su eje gira en torno a la educación, aunque sólo
sea porque en ella se formula la pregunta fundamental de
cualquier relación constructiva entre un adulto y un joven: “¿qué quieres hacer con tu vida?”. Javier Ors (pp.
172-178) recuerda algo de esto cuando indica la defensa
implícita del esfuerzo, el sacrificio y la dedicación al trabajo concreto que hay en la película, y el contraste que este
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«Echagüe subraya con
acierto el escepticismo eastwoodiano ante la utilidad
del sacrificio en la guerra»
«Eastwood no practica
ninguna religión,
pero sí la meditación
trascendental»
temple moral supone en los tiempos actuales. “La insistencia de Kowalski para que ese muchacho [Tao], que cae
bajo su tutela, consiga un trabajo y, de manera individual,
que no individualista, obtenga un sueldo con su esfuerzo y sudor es un rasgo de la mentalidad americana y un
punto diferenciador entre los tiempos de Clint Eastwood
y los que se avecinan sobre su nación”. No obstante, lo
que Ors destaca, sobre todo, es la síntesis de la carrera de
Eastwood que, en cierta manera, representa Gran Torino:
primero, como reflexión sobre la violencia, el heroísmo, la
legalidad y la sociedad; pero, segundo, añadiría yo, como
reivindicación de la pluralidad de la experiencia por encima del prejuicio como vía de acceso a lo real y posibilidad de relaciones humanas plenas y redentoras. Y es
que si algo es constante en el “método educativo” entre
los personajes eastwoodianos es, justamente, la primacía
y valor del saber adquirido por experiencia: con todas sus
limitaciones, la inmediatez de la vivencia acompañada de
reflexión es, en el cine de Eastwood, mucho mejor maestra que cualquier manual, rumor o leyenda.
Hay asimismo en Sin perdón (1992) una subtrama de
aprendizaje, sintetizada en la célebre frase que el ladrón
y asesino William Munny dice al miope y bravucón Schofield Kid: “matar a un hombre es muy duro, le quitas todo
lo que tiene… y todo lo que podría llegar a tener”. En su
comentario de la película, Eduardo Torres-Dulce (pp. 366371) matiza que, más que con Don Siegel y Sergio Leone
(directores con los que Eastwood trabajó en sus inicios y
a los que dedica la película), la herencia más reconocible
en los fotogramas de Sin perdón tiene que ver tanto con
Howard Hawks y sus historias de compañerismo (aquí los
dos antiguos compinches William y Ned) como con John
Ford y sus planos de miradas silenciosas, sus cuadros poéticos y las visitas a las tumbas. La esposa del protagonista,
Claudia, fallece antes de que comience la película pero su
influencia moral agita la película. “William Munny abandonó por Claudia la bebida y el crimen y se sepultó en una
granja de cerdos para llevar una vida olvidada y probablemente miserable. El sacrificio de Claudia, su renuncia a
sus posibilidades sociales y personales para vivir con un
pistolero bebedor y asesino, es un misterio insondable,
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tan fordiano, renuncia, sacrificio, muerte, como sus visitas
silenciosas pero fieles a la tumba de Claudia con un ramillete de flores silvestres en sus manos”.
El violento final de Sin perdón, que corona el descenso al
centro mismo del infierno, ya había sido en cierta manera ensayado por Eastwood tanto en El jinete pálido (1985)
como, sobre todo, en Infierno de cobardes (1973), sus otras
dos incursiones en el western si no contamos la magnífica
El fuera de la ley (1976). En el caso de Infierno de cobardes, la
influencia de Leone es clara en el diseño de su protagonista, El Forastero, un silencioso “(anti) héroe que hace lo
que se espera de él: combatir la violencia con la violencia
para restablecer una justicia “natural” —y extramoral—
cuya profundidad y honestidad están muy por encima de
las imperfectas leyes humanas”, como señala Antonio José
Navarro (pp. 208-211) en su análisis del film. Lo peculiar
de esta historia, en todo caso, es la inclusión del elemento
fantasmagórico y gótico que ha llamado la atención de numerosos comentaristas, pues El Forastero “es un sheriff
que regresa de la tumba para ajustarles las cuentas tanto a
aquellos que lo eliminaron físicamente… como a quienes
no hicieron nada por impedirlo”. Lo cual introduce algunos misterios e interrogantes que la película deja abiertos,
como en aquella secuencia en que, mientras duerme, El
Forastero recuerda el asesinato del sheriff Duncan, o sea,
de él mismo (¿pueden soñar los fantasmas con su muerte?).
Aparte del western, como es sabido, la imagen de Eastwood se suele asociar al cine policíaco y a Harry el Sucio.
Ruta suicida (1977) no es una película muy conocida, aunque resulta una muy entretenida cinta de acción, que autores como Ángel Comas no dudan en situar bajo el modelo del policía justiciero de San Francisco. Ciertamente, el
propio Comas reconoce que su protagonista es la antítesis
de Harry el Sucio. Y es que, en realidad, como recuerda
Antonio José Navarro (pp. 346-349), si por algo llama la
atención esta película es porque en ella aparece ya la mirada amarga y pesimista sobre el mundo que Eastwood
desplegará en filmes posteriores (y que ya había mostrado
en Licencia para matar, de 1975). Fiscales relativistas, comisarios corruptos y autoritarios, patrulleros prepotentes,
policías matones y moteros sádicos son algunos de los
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«Million Dollar Baby
(2004) es, igualmente,
una historia de instrucción
pero quizá, más todavía,
de reconstrucción de dos
personajes heridos»
«La síntesis de la carrera de Eastwood que, en
cierta manera, representa
Gran Torino: primero,
como reflexión sobre la
violencia, el heroísmo, la
legalidad y la sociedad;
pero, segundo, añadiría
yo, como reivindicación de
la pluralidad de la experiencia por encima del
prejuicio»
personajes que configuran un mundo en descomposición
en el que un rudo y no muy competente Ben Shockley se
empeña en cumplir una misión que nadie cree (ni quiere)
que pueda cumplir: escoltar a una prostituta de altos vuelos, testigo de cargo en un juicio contra el crimen organizado. En medio de la excesiva violencia que un corrupto
comisario conchabado con la mafia orquesta contra Shockley, policía y prostituta se comprenden, se aman y se reconocen en su sueño de formar, algún día, una familia, un
singular apunte de luminosidad en medio de la suciedad
que retrata la película. Salvando las distancias, un contraste
similar aparece en El intercambio (2008), obra de madurez
basada en hechos reales donde Eastwood narra la lucha
de una madre soltera por recuperar a su hijo desaparecido, a pesar del empecinamiento de policía y autoridades
en desacreditarla. Con mucho acierto, Hilario J. Rodríguez
(pp. 212-215) alaba tanto la labor de la actriz Angelina
Jolie —cuyo personaje “apenas está descrito en el guión,
pero ella le confiere una cualidad icónica que sabe ajustarse a lo que cualquiera entiende por una madre”— como
el paisaje social que describe el film, donde “nadie se redime, nadie consigue realmente sus propósitos, la verdad
nunca llega a conocerse por completo, el Mal no se destruye, únicamente se neutraliza a unas cuantas personas
que lo practican, y el Bien tiene que resignarse, tiene que
seguir”. A decir verdad, hay más en El intercambio que la
descripción de un mundo sin sentido y fuera de control. Y
es que, siendo muy cierto lo que escribe Rodríguez y muy
negro el panorama que muestra la película, hay también
en ella una sutil apología de la esperanza muy coherente
con la visión ética de Eastwood que Sara Vaux (2012) ha
desarrollado en su reciente ensayo sobre el director. Basta
recordar que la referencia a la esperanza en el cierre de
la historia se pronuncia tras un hecho de amor y unidad
(el reencuentro de una familia) que demuestra que, en el
mundo, no todo es arribismo, injusticia y abuso de poder.
Si bien, para sostener esta interpretación, se necesita un
análisis más detenido de los últimos planos del film, que
he llevado a cabo en otro sitio (2011).
En su biografía no autorizada (1999), Patrick McGilligan presenta el éxito Eastwood en lo artístico como fruto
de la suerte y, en lo personal, le retrata como un manipulador, egocéntrico y adicto al sexo. Obviamente, habría que
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conocerle en persona para corroborar estas afirmaciones,
pero la prepotencia con las mujeres que McGilligan atribuye a Eastwood es algo de lo que no hay ni rastro en
la pantalla, al menos en las tres incursiones en el género
romántico del actor-director. Primavera en otoño (1973) fue
el tercer largometraje dirigido por Eastwood y, curiosamente, uno en el que no intervino como actor. Escrito
por la misma autora que firmó el libreto de su debut en
la realización, hasta hace poco esta película no gozaba de
reconocimiento alguno en nuestro país. Sin embargo, gracias a la reivindicación que de ella hizo Tomás Fernández
Valentí en su especial sobre Eastwood para la revista Dirigido (diciembre 2008), poco a poco va ganando en consideración entre los expertos. David Felipe Arranz parece
sumarse a este redescubrimiento de Primavera en otoño, un
romance intergeneracional entre un vendedor de pisos
maduro, divorciado y desengañado y una hippie menor de
edad y llena de inocencia. En su comentario del film (pp.
322-325), Arranz ensalza tanto sus aspectos formales —
un magnífico retrato de la vida en California y la soledad
urbana a través de una historia de amor encantadora y
muy bien interpretada— como el fondo del relato, que
intenta “explicar el misterio del amor como contemplación gozosa del mundo más allá de las diferencias sociales
y diacrónicas” y teorizar sobre el “amor como vehículo
de comunicación que desde su génesis se presenta sujeto
a una continua amenaza de ruptura y que… renace una
y otra vez merced a las voluntades de dos luchadores”.
Como puede verse, no andan estas reflexiones muy alejadas de lo que dos décadas más tarde narró en Los puentes de
Madison (1995), la famosa adaptación de la novela homónima de Robert James Waller que, en manos de Eastwood,
se convierte en una nueva reivindicación de la experiencia
posible (en este caso, pasada: “los viejos sueños eran buenos sueños; no se realizaron, pero me alegro de haberlos
tenido”) así como en una nueva cartografía del sentimiento amoroso entre una acomodada ama de casa y un fotógrafo independiente. En el marco de cuatro días inolvidables, ambos recorrerán un itinerario afectivo cuyas fases
resume bien José Luis Sánchez Noriega (pp. 330-335) en
enamoramiento inicial, presencia de condicionantes so7
«El violento final de Sin
perdón, que corona el
descenso al centro mismo
del infierno, ya había sido
en cierta manera ensayado
por Eastwood tanto en El
jinete pálido»
«Primavera en otoño,
un romance intergeneracional entre un vendedor
de pisos maduro, divorciado y desengañado y una
hippie menor de edad y
llena de inocencia»
ciales, la incertidumbre sobre el futuro, las dificultades del
presente y, sobre todo, el anhelo de eternidad presente en
todo amor auténtico.
Una obra panorámica como esta necesariamente tiene
que dejar fuera análisis de detalle y contribuciones técnicas. No obstante, creo no equivocarme si digo que una de
las ausencias más reprochables de El universo de Clint Eastwood es una explicación pormenorizada de las notas de
estilo de su autor. Ciertamente, es una ausencia que adolece gran parte de la bibliografía sobre Eastwood, y que
afortunadamente autores como Gonzálvez (2013) están
contribuyendo a paliar. Quizá el lector ocasional no detecte esta falta pues, como decía antes, el interés y disfrute
de un libro como este depende mucho de la formación
previa del lector. En todo caso, con los extractos que he
recogido en esta reseña confío en haber ofrecido suficientes elementos de juicio tanto para animar al neófito como,
sobre todo, para intrigar al iniciado que desconozca esta
obra. Casi con toda seguridad, ninguno de los dos saldrá
defraudado de su consulta y lectura.
Juan Pablo Serra
Referencias bibliográficas
Carlos Aguilar (2009): Clint Eastwood, Madrid, Cátedra.
Bernard Benoliel (2010): Clint Eastwood, París, Cahiers
du cinéma.
Quim Casas, (2003): Clint Eastwood. Avatares del último
cineasta clásico, Madrid, Jaguar.
Ángel Comas (2006): Clint Eastwood: tras las huellas de
Harry, Madrid, T&B.
Tomás Fernández Valentí (2008): “Clint Eastwood:
el fuera de la ley de Hollywood —primera parte”, Dirigido,
384 (diciembre), 44-65.
Luis Miguel García Mainar (2006): Clint Eastwood. De
actor a autor, Barcelona, Paidós.
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José Luis Gonzálvez (2013): El estilema autorial en el
cine de Clint Eastwood, Tesis doctoral, Madrid, Universidad
Complutense de Madrid.
Patrick McGilligan (1999): Clint: The Life & Legend,
Londres, Harper Collins.
Alberto Pezzota (1997): Clint Eastwood, Madrid, Cátedra.
Juan Pablo Serra (2011): “El fundamento de la esperanza en El intercambio, de Clint Eastwood”, E. Fuster y J.
Wauck (a cura di), Ragione, fiction e fede. Convegno internazionale su Flanery O’Connor, Roma, Edusc, 361-370.
Sara Vaux (2012): The Ethical Vision of Clint Eastwood,
Grand Rapids, Eerdmans.
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