La avenida de los dioses

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La avenida de los dioses
La Mitología es la forma en que la especie humana mantiene a lo largo de los milenios la memoria de
acontecimientos que en alguna forma debieron suceder en su más remoto pasado.
Naturalmente la narración está revestida con el ropaje de los mitos y leyendas, de modo que una apreciación
meramente superficial puede darle apariencia de simple fabulación fruto de las mentes imaginativas de nuestros
antepasados.
Sin embargo, el panteón de divinidades y personajes tanto egipcios como grecorromanos, alimenta la inspiración
de los artistas y poetas en todas las épocas, y en especial desde el Renacimiento.
Podríamos preguntarnos cuál es el motivo de este hecho evidente. Una respuesta sería que estimula y despierta
en las profundidades del subconsciente colectivo “algo” que guardamos allí, como un legado depositado por
nuestros antepasados ancestrales..
En la ciudad de Madrid tenemos un ejemplo evidente de todo ello.
Hace apenas unos años se celebró el centenario de una calle emblemática, la Gran Vía.
Con este motivo dediqué algún tiempo a estudiar esta arteria, orgullo de nuestra Villa y Corte.
Asombrosamente, fui de sorpresa en sorpresa, y terminé cautivado por lo que iba descubriendo.
Resultaba que esta popularísima avenida tiene dos lecturas. La primera es obvia, Se trata de un armónico
conjunto de edificios de hermosa y señorial factura. Esta sería la descripción más cabal, la cara “exotérica”.
Pero nuestra admirada calle, tiene una segunda lectura, no menos interesante, aunque resulte menos patente.
Esta resultaría ser, aunque bien visible, la cara “oculta”, o esotérica.
El interesante descubrimiento consistió en que esta ruta urbana está dedicada a las divinidades, formando un
verdadero compendio de Mitología clásica.
El recorrido se prolonga por su extremo oriental hasta la Plaza de Neptuno, en el Paseo del Prado.
Por el extremo opuesto de Poniente, más allá de la Plaza de España hasta, el Templo de Debod, traído piedra a
piedra desde el lejano Egipto.
Cuentan los más antiguos clásicos griegos que en lo más alto del Monte Olimpo tenían su morada unos seres
“inmortales”, a los que los humanos denominaban “dioses”.
Convertidos en curiosos rastreadores, vamos a buscar la huella de esos mismos dioses por estos nuestros lares.
Como punto de partida, una hermosísima fontana situada en uno de los enclaves más señoriales de la ciudad. Allí
tiene su asiento uno de los tres dioses principales del panteón olímpico: Poseidón (Neptuno), el hermano mayor
de Zeus.
Es el dios de los mares y los océanos, y está muy próximo al Cuartel General de la Armada, antiguo Ministerio de
Marina. ¿Será casualidad? Yo pienso que el propio Neptuno eligió esta cercanía.
Escuchamos como el propio Poseidón nos relata su complicada historia. Su padre el dios Cronos (Saturno para los
romanos) tenía la atroz costumbre de devorar a sus hijos según iban naciendo, pues temía que alguno lo
destronase. Goya lo explica magistralmente en el cercano Museo del Prado.
Neptuno fue el primero en sucumbir. Después sucesivamente fueron engullidos Démeter (Ceres-Cibeles); Hestia
(Vesta); Hera (Juno); y Hades (Plutón).
Al nacer el último, Zeus, su madre la diosa Rea, engañó a Cronos entregándole una piedra envuelta en pañales,
mientras el bebé era escondido en la isla de Creta, donde fue criado en secreto.
Zeus ya adulto peleó y venció a su padre, obligándole a vomitar uno por uno a sus hermanos, Sin embargo, la
guerra entre dioses continuó. Con Zeus se alinearon todos sus hermanos. Con Cronos lo hicieron los Titanes, que
eran semidioses.
Al fin venció Zeus. Cronos fue desterrado y los Titanes fueron encadenados para siempre.
Los dioses vencedores ocuparon sus “tronos de oro” en el Olimpo, y los tres hermanos varones se repartieron el
mundo.
Zeus, aceptado como jefe de todos, extendía su poder a la superficie de la tierra, al cielo, a los demás
dioses y a los hombres.
Hades (Plutón) quedó como señor del subsuelo, es decir, de los “infiernos”, a donde van los cuerpos y
almas de los muertos. Ni a los dioses, ni a los hombres les gusta visitar ese siniestro lugar…
Finalmente Poseidón quedó como señor de mares y océanos.
Sin embargo, la ambición también es pecado de dioses, y Neptuno, con la complicidad de su hermana Hera, quiso
encadenar a Zeus, como lo estaban los Titanes.
Fracasado su intento, fue expulsado del Olimpo, y obligado a establecer su sede en el fondo de los mares,
adoptando como símbolo de poder el tridente, con el que gobierna las tempestades y los terremotos que originan
olas gigantescas (“Tsunamis”).
Sus mascotas son el caballo, el toro, y el delfín. Con ayuda de este último raptó una Nereida, llamada Anfitrite y la
hizo su esposa. Con ella tuvo un hijo, Tritón, con cuerpo de hombre y cola de pez, o sea un auténtico “sireno”.
Los humanos le atribuyen haber fundado una civilización muy próspera y avanzada en algún lugar del Océano,
cuyo primer monarca fue Atlas, su hijo primogénito.
Se trata de la Atlántida, desaparecida como consecuencia de una catástrofe universal, ¿el diluvio?
Hubo supervivientes, uno de los cuales se identifica como Noé, cuyo hijo Jafet repartió sus vástagos por Europa.
Uno de ellos llamado Túbal, vino a nuestra península para instruir a nuestros primitivos antepasados que estaban
en el Paleolítico como cazadores y recolectores, y que fueron evolucionando hacia el Neolítico convirtiéndose en
sedentarios pastores y agricultores. Funda una ciudad-estado llamada Tartessos, que prosperó durante muchos
siglos en la Turdetania occidental (valle del Guadalquivir). Sus últimos reyes tienen carácter rigurosamente
histórico, como el legendario Argantonio.
Tartessos desapareció bruscamente hace 23 siglos por la acción de los belicosos cartagineses.
Continuamos el paseo hacia Cibeles saludando a mitad de camino al bello Apolo, el “dios de la luz”.
Fue el fruto de uno de los numerosos devaneos de su libertino padre Zeus. Su madre, Leto, era una hija de los
Titanes encadenados.
El parto fue muy laborioso y duró nueve días. A continuación vino una segunda criatura, que resultó ser ArtemisaDiana que se haría famosa por sus dotes como cazadora.
Apolo tuvo dos pasiones, la música (la lira) y la adivinación.
Por ello fundó el Oráculo de Delfos, que se haría famosísimo.
Tuvo numerosos amores y muchísimos hijos, pero del que se sentía más orgulloso era de Asclepio-Esculapio, fruto
de su unión con una mortal (Corónide). Los médicos le reconocen como el fundador y protector de esta ciencia.
Por cierto, Apolo también participó en la conspiración de Neptuno contra Zeus. Fue castigado por ello a construir
las inexpugnables murallas de Troya.
Y ahora sí llegamos hasta nuestra querida diosa, que descansa majestuosa en su carro.
Cibeles, nombre frigio, es la evolución de la diosa primigenia, la Gran Madre Tierra, Gea, que unida con Urano (el
cielo estrellado), dio vida a los Titanes y las Tinánides: Océano, Cronos (un viejo conocido nuestro), Tetis, Rea, etc.
Rea fue esposa de Cronos, y por tanto madre de todos los dioses Olímpicos.
Los sacerdotes de Cibeles hacían un sacrificio matando un toro. Si nuestra diosa madrileña se voltease , podría ver
a lo lejos la Plaza Monumental de las Ventas, donde con frecuencia se realiza el sacrificio ritual, no de uno, sino de
seis toros, ¿en su honor?
En voz muy baja, Cibeles nos reveló un secreto muy bien guardado: el de sus dos leones. Se llaman Hipómenes y
Atalanta (¡ojo, es femenino!). Se trata de una historia romántica y trágica por igual.
Atalanta era una de las compañeras de Diana, la hermana cazadora de Apolo. Era bellísima e invencible en la
carrera. Tenía infinidad de pretendientes, pero ella exigía que su elegido debía vencerla en una carrera de
velocidad. En caso de perder, ella misma le quitaba la vida.
Hubo muchos aspirantes… y todos terminaban difuntos.
Hipómenes, el último aspirante, estaba desesperado e indeciso. Le suplicó a Venus (diosa del Amor) que le
ayudase… y ésta le ayudó.
Mediante el truco de las tres manzanas de oro del jardín de las Hespérides. Iba arrojándolas y mientras Atalanta
se detenía para recogerlas, él tomó ventaja y ganó. Las malas lenguas afirman que ella “se dejó ganar”. Al parecer
también estaba enamorada del joven.
Sin embargo la feliz parejita cometió un dramático error, pues fueron a consumar su amor al templo de Zeus. Este
les sorprendió “in fraganti”, y furioso convirtió a los amantes en sendos leones, pero machos los dos, para evitar
que pecaran de nuevo.
Cibeles compadecida, les unció a su carro, donde permanecen dócilmente petrificados por los siglos de los siglos.
Decimos adiós a esta Titánide, diosa protectora de los madriles.
El primer edificio de gran Vía es “Metrópolis”. Hasta hace unos años estuvo coronado por el Ave Fénix. Era un ave
de plumaje rojo. Cada 500 años moría consumido por el fuego producido por el sol. De sus cenizas nacía una
oruga, que acababa transformándose en un nuevo Ave Fénix.
En 1.972 inexplicablemente el Ave Fénix fue sustituído por una Victoria Alada que es la que se observa en la
actualidad.
En la acera de enfrente, el famoso bar de Perico Chicote. Este simpático personaje de los años de la posguerra
civil, podría haber sido una reencarnación, no en piedra, de un dios muy campechano: Dionisio, Baco para los
romanos. Fue el resultado de otro amorío de Zeus con la mortal Sémele, que fue sacrificada pro la celosa Hera.
Zeus salvó la vida del bebé ocultándole en el interior de su propio muslo.
Dionisio-Baco enseñó a los mortales el cultivo de la vid… y el consumo del vino. Nos recuerda a Noé.
La pandilla de Baco eran los Sátiros (humanos con cola y patas de caballo), y los Faunos, que jugaban y perseguían
a las Ninfas en los bosques.
Les solía acompañar un dios menor, que era pastor y se llamaba Pan y era como los Sátiros pero con patas de
macho cabrío.
Baco tuvo amores con Venus, y el fruto fue Príapo, también famoso.
Por cierto, que Baco es la antítesis de Apolo.
Lo “apolíneo es lo elegante, lo bello, lo luminoso, lo respetable”…
Lo “dionisíaco” es lo irracional, lo instintivo, el vivir sin represiones,… lo demoníaco.
Junto a Chicote, el edificio de “La Estrella” nos presenta unas cariátides que sostienen las cornisas.
Caria fue una ciudad griega traidora, que durante las Guerras Médicas se alió con los persas.
Los varones fueron exterminados por los griegos vencedores. Las mujeres fueron convertidas en esclavas y
condenadas a llevar sobre sus cabezas las cargas más pesadas. “¡Vae victis!”.
Por este motivo a veces se las esculpe en los templos, en sustitución de las columnas, condenadas así por toda la
eternidad.
Las Cariátides más famosas son las situadas en el Erecteion, templo muy cercano al Partenón, en la Acrópolis
ateniense.
Si cruzamos la Gran Via, tenemos el Casino Militar, hoy Centro Cultural de los Ejércitos. Aquí nos encontramos con
los dioses, Ares (Marte) y Atenea (Minerva), es decir la Guerra y la Cultura; las armas y las Letras,; la fuerza y la
Inteligencia; la furia ciega y la Prudencia valerosa.
Ares era hijo ¡ilegítimo! De Zeus y Hera, pero debido a su mal carácter ninguna ciudad le quiso designar protector.
Con Venus-Afrodita tuvo cuatro hijos. También fue hija suya aunque de otra madre la feroz Pentesilea, reina de
las Amazonas.
Fue vencida y degollada por el héroe Aquiles en la guerra de Troya.
En el interior del Casino, no hay rastro del antipático Ares, pero sí de atenea que nos contempla luciendo casco,
lana y escudo.
Una de sus hazañas fue competir con Neptuno en el concurso para designar la divinidad protectora del Ática.
Neptuno se adelantó golpeando una roca con un tridente, y allí brotó una fuente de agua salada.
Atenea golpeó el suelo con el pie, y así nació el primer olivo del mundo.
La ciudad adoptó el nombre de la ganadora: Atenas. De los numerosos templos que le fueron dedicados, el más
famoso es el Partenón, hoy día declarado Patrimonio de la Humanidad.
Esta amable diosa amiga y benefactora de los mortales, ayudó a Aquiles en la guerra de Troya, y a Ulises-Odiseo
en su complicado viaje de retorno a su Isla de Itaca, magistralmente relatado en La Odisea.
Protegió a los filósofos y a los poetas. Inspiró el ambiente intelectual de los “Ateneos”.
Se la llamó Palas (“la joven doncella”), y también Partenos (virgen). Casi de sopetón nos tropezamos con una
mole, la Telefónica. Fue durante muchos años el edificio más alto de Madrid y el centro de comunicaciones más
importante de España.
Es el templo (¿) más adecuado para el “dios mensajero”, “el corre ve y dile” del Olimpo. Su nombre, Hermes
(Mercurio). Su padre, cómo no, fue Zeus. Siendo todavía un bebé, le robó 50 vacas a su hermanastro Apolo.
Hermes como desagravio, le regaló su propio cayado, que Hermes llevaba siempre consigo.
Zeus le convirtió en su mensajero y pasó a ser así el mensajero de los dioses.
Tuvo un famosísimo descendiente llamado Ulises (Odiseo). También se le considera el dios protector de los
ladrones… quizá sería por lo de las vacas… o por las facturas del teléfono.
En la misma acera y nada más cruzar la calle Valverde, observamos una cúpula con el auténtico Ave fénix. El
descenso hasta la Plaza de España decae en belleza y presencia mitológica.
Si cruzamos en diagonal la Plaza de España hacia el Parque del Oeste, toparemos con una antiquísimo templo
egipcio: Debod, dedicado a Amón-Ra, el rey de todos los dioses egipcios, es un clarísimo antecedente de Zeus. Su
descendencia es una triada formada por Isis, Osiris, y el hijo de ambos, Horus.
Isis, la principal divinidad femenina, es el antecedente de todas las diosas que después proliferaron en Oriente y
el Mediterráneo, y por supuesto de nuestra castiza Cibeles.
Practicaba la magia en su grado supremo. Todavía hoy día se asegura que las verdaderas brujas son sacerdotisas
del culto secreto a Isis, la Gran Maga. Vale.
Mayo 2013
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