PAISAJES DEL PROGRESO La resignificación de la Patagonia Norte, 1880-1916 Pedro NAVARRO FLORIA (coordinador) Carla LOIS Gabriela NACACH Leonardo SALGADO Pablo AZAR Alberto GARRIDO Universidad Nacional del Comahue Rectora Teresa P. VEGA Universidad Nacional del Comahue Buenos Aires 1400 - (8300) Neuquén Tel: (0299) 4490363 / Fax: (0299) 4490351 [email protected] Secretaría de Extensión Universitaria Tel: (0299) 4490328 [email protected] Editorial de la Universidad Nacional del Comahue Editor responsable: Luis Alberto NARBONA Tel: (0299) 4490300 - Int. 617 [email protected] Prohibida la reproducción total o parcial por cualquier medio, sin el permiso expreso de educo. REUN RED DElibro EDITORIALES Este e DE UNIVERSIDADES en NACIONALES su c atálogo 2 Universidad Nacional del Comahue PAISAJES DEL PROGRESO La resignificación de la Patagonia Norte, 1880-1916 Pedro NAVARRO FLORIA (coordinador) Carla LOIS Gabriela NACACH Leonardo SALGADO Pablo AZAR Alberto GARRIDO educo Editorial de la Universidad Nacional del Comahue Neuquén, 2007 3 Paisajes del progreso : la resignificación de la Patagonia Norte, 1880-1916 / Pedro Navarro Floria ... [et al.] ; coordinado por Pedro Navarro Floria. - 1a ed. Neuquén : EDUCO - Universidad Nacional del Comahue, 2007. 296 p. ; 24x18 cm. ISBN 978-987-604-071-6 1. Desarrollo Regional. I. Navarro Floria, Pedro, coord. CDD 338.9 Diseño de Tapa: Enzo CANALE educo Editorial de la Universidad Nacional del Comahue Neuquén, Noviembre 2007. Impreso en Argentina - Printed in Argentina 2007 - Editorial de la Universidad Nacional del Comahue Buenos Aires 1400 – (8300) Neuquén – Argentina [email protected] 4 ÍNDICE 7 Prólogo Por Perla Zusman A modo de presentación 11 Capítulo 1 Paisajes de un progreso incierto. La Norpatagonia en las revistas científicas argentinas (1876-1909) Por Pedro Navarro Floria 13 Capítulo 2 Antropología, genocidio y olvido en la representación del Otro étnico a partir de la conquista Por Pablo Azar, Gabriela Nacach y Pedro Navarro Floria 79 Capítulo 3 La Patagonia en el mapa de la Argentina moderna. Política y “deseo territorial” en la cartografía oficial argentina en la segunda mitad del siglo XIX Por Carla Lois 107 Capítulo 4 Huellas del mar en la tierra. Los estudios de los antiguos terrenos marinos del territorio pampeano-patagónico y sus fósiles, 1824-1900 Por Leonardo Salgado, Pedro Navarro Floria y Alberto C. Garrido 135 Capítulo 5 La “República posible” conquista el “desierto”. La mirada del reformismo liberal sobre los Territorios del Sur argentino Por Pedro Navarro Floria 191 Capítulo 6 La Comisión del Paralelo 41º (1911-1914). Las condiciones y los límites del “progreso” liberal en los Territorios Nacionales Por Pedro Navarro Floria 235 Los autores 297 5 6 PRÓLOGO Perla ZUSMAN La imagen de la Patagonia se ha vinculado y se vincula a distintos intereses, a diversos sueños y utopías tejidos a distintas escalas. Si nos restringimos a los intereses económicos transnacionales, podemos observar cómo estos la construyen como un destino exótico para el turismo internacional o como ámbito rico en recursos minerales y energéticos, con tierras “disponibles” para su explotación. Estas imágenes se yuxtaponen con aquellas que circulan por el ámbito nacional. En este contexto, la relevancia turística, ambiental y económica de la Patagonia se cruza con perspectivas que debaten tanto su papel en la construcción de la comunidad imaginada argentina como su integración y autonomía en el contexto de la política del país. En realidad, tanto las imágenes como los debates políticos que dan cuerpo a la Patagonia hoy, no son nuevos. Unos y otros encuentran su génesis en las distintas estrategias discursivas que la “inventaron como lugar” (Nouzeilles 1999) y que legitimaron las distintas estrategias políticas que incorporaron esta región austral al proyecto territorial nacional durante el período que va desde la creación del Estado nacional hasta su redefinición en el marco de los gobiernos reformistas. Justamente, el libro que tienen entre sus manos busca dar cuenta de la diversidad de argumentaciones científicas que apoyaron las distintas representaciones de la Patagonia y que acompañaron y promovieron las propuestas políticas puestas en juego en la coyuntura señalada. Se trata de una nueva contribución realizada por el Centro de Estudios Patagónicos dirigido por Pedro Navarro Floria al conocimiento de los vínculos entre la historia de la ciencia y de la formación territorial de la región. Este trabajo ha sido precedido por otros como Ciencia y política en la región Norpatagónica: el ciclo fundador (1779-1806) publicado en 1994 por la Universidad de la Frontera (Temuco, Chile), y Patagonia: ciencia y conquista editado por el Centro de Estudios Patagónicos en el año 2004. En un contexto en que las lecturas sobre la Patagonia se multiplican y en que proliferan las miradas exóticas y despolitizadas -a la manera de aquellas ofrecidas por relatos orientalistas criticados por E. Said- las lecturas locales del pasado, atravesadas por los problemas del presente, resultan relevantes para comprender la realidad regional. La originalidad del texto reside en la forma de encarar el análisis de la relación entre ciencia y política mediada por el territorio. De hecho Paisajes del progreso explora la posibilidad de pensar la transformación espacio-temporal del paisaje como indicio de los cambios políticos orientados por la mutación de la idea de progreso, que es la que llevará en definitiva a la (des)incorporación de la región al proyecto estatal nacional. A través de los diversos capítulos puede comprenderse la construcción de la Patagonia como desierto antes de la Campaña de Roca de 1879 (capítulo 1). Esta 7 imagen desarrollada tanto discursiva como cartográficamente (capítulo 3) buscó, ante todo, mostrar que se trataba de un ámbito geográfico ausente de civilización, o como lo señaló Victorica, de un territorio que era esterilizado por sus habitantes originarios. La propia ocupación y aniquilación de los indígenas (con su consecuente arqueologización y museificación, como lo demuestra el capítulo 2) abrió paso a la diversificación de los paisajes patagónicos y a la descripción de algunos de ellos como vergeles. Tal es el caso del área cordillerana norte, denominada ya por Martin De Moussy como la Suiza Argentina. El estudio de la Comisión Hidrológica (1911-1914) establece las bases empíricas para construir aquella Suiza argentina: define diferentes aprovechamientos productivos y obras de infraestructura que, junto con la organización de colonias, garantizarían el desarrollo de la región (ver capítulo 6) Desierto y vergel son dos imágenes que hablan de la mutación espacio-temporal pero también de la yuxtaposición de estas dimensiones sólo captables a través del concepto del paisaje. Al igual que el relato de viaje y el mapa, el paisaje es un dispositivo cultural occidental de aproximación a lo desconocido, a lo distante. En esta aproximación se solapan representaciones del lugar, imágenes de otros paisajes (pictóricas o literarias), valoraciones estética y proyectos. Se trata de una tentativa de dominar estéticamente la fusión naturaleza/cultura que se presenta a los ojos de los visitantes. Desde los relatos de viajeros como Mansilla, Zeballos o Moreno, hasta los estudios incorporados en los boletines de las Sociedades Geográficas o los trabajos de carácter más histórico o sociológicos aparecidos en la Revista de Derecho, Historia y Letras (ver capítulo 5) se conforman paisajes vividos o imaginados, presentes y futuros de la Patagonia que, en última instancia, legitiman las acciones políticas que se llevan adelante en esta región. Pero si las distintas contribuciones científicas construyen argumentaciones visuales y discursivas que apoyan la acción estatal, también el proceso de formación estatal nacional ofrece a las distintas disciplinas un contexto favorable para su despliegue. En este sentido la historia natural da paso a las primeras propuestas de institucionalización de la geografía (como proyecto de conocimiento utilitario, englobador de distintos saberes sobre el territorio tal como puede observarse en el capítulo 1), de la antropología (con estudios de carácter arqueológico, etnológico o de antropología física, como se ve en el capítulo 2) o de la geología (como se observa en el capítulo 4). Dicho de otra forma, si las argumentaciones científicas permiten incorporar al Estado nacional en el proyecto político civilizatorio, también el Estado nacional contribuye a situar los desarrollos disciplinarios en el marco de las propuestas científicas lideradas desde Europa. A través de artículos, conferencias en Europa o a través de participaciones en Congresos Internacionales o Exposiciones Universales, la Patagonia entra en la arena epistemológica como laboratorio; su flora y su fauna, junto con los hallazgos arqueológicos o la producción cartográfica sobre el área sirven para apoyar posturas en debate en la ciencia internacional. Y, de esta manera, esta vez, el país entra a la propuesta civilizatoria desde el campo científico-cultural. 8 Entonces, incorporarse cultural y políticamente al proyecto eurocéntrico significaba también aceptar la idea de un progreso unilineal y evolutivo que conduciría a alcanzar los valores vigentes en el viejo continente y que, de hecho, estaba justificando la expansión colonial en Asia y África. Este modelo de progreso europeo será paulatinamente sustituido por una propuesta en que el crecimiento económico y los adelantos tecnológicos adquirían un mayor protagonismo. Esta concepción de progreso acompañaría los ideales de las elites reformistas de inicios del siglo. Estas últimas veían que en Estados Unidos se estaba llevando este ideal de progreso. Además las características geográficas de este país y la forma en que se había constituido como estado republicano y confederado ofrecía más posibilidades para imitar que el espejo europeo. En síntesis, Estados Unidos se presentaba así como el modelo de progreso para la República Posible. ¿Pero qué implicancias tuvo esta mudanza en la idea de progreso en la política sobre la Patagonia? Si bien ella permitió la formulación de una serie de proyectos de distribución de tierra, de planes de colonización, de extensión de redes ferroviarias y de propuestas de planes de regadío, ellos apenas pasaron a ser realmente efectivizados. ¿Esto implica entonces que la Patagonia fue un espacio “olvidado” implícita o explícitamente de los proyectos políticos luego de su incorporación al territorio del Estado? ¿El largo tiempo de su mantenimiento como territorio nacional y las dificultades que encontraron sus habitantes para ser reconocidos como ciudadanos contribuyó a ello? ¿Si las propuestas “desarrollistas” se hubieran efectivizado, su papel en la política nacional hubiera sido otro? ¿O en realidad, su materialidad letárgica (Silveira 1999) es sólo una ventana más que da cuenta de la forma en que históricamente se trabajó la cuestión regional en el marco de la República Federativa? Sin duda, Paisajes del Progreso ofrece algunos elementos para reflexionar históricamente sobre estas cuestiones. Referencias NOUZEILLES, G. Patagonia as Borderland: Nature, Culture and the Idea of the State. Journal of Latin American Cultural Studies, vol 8:1 (1999), 35-48. SILVEIRA, L. Um pais, uma região. Fim de século e modernidade na Argentina. São Paulo, Fapesp/Laboplan USP, 1999. 9 10 A MODO DE PRESENTACIÓN La historia de las ciencias, del conocimiento, del pensamiento y de la cultura en general, estudia las propuestas y soluciones formuladas a lo largo del tiempo, muchas veces frente a problemas que ya han quedado en el pasado. Pero en otros casos esa historia contribuye a revivir ideas que todavía nos pueden ayudar a pensar, a organizar el presente y a proyectar el futuro. La historia siempre se propone, en definitiva, rehistorizar y reproblematizar el mundo en el que vivimos, generar nuevas ideas –que casi siempre son viejas- y presentarnos alternativas. Nadie puede negar la actualidad de problemas como los relacionados con los bienes comunes –o “recursos”- naturales, con la propiedad, distribución y uso de la tierra, con la diversidad cultural, con el rol del Estado en la gestión de la infraestructura, y un largo etcétera. Esa historia de las ideas, por otra parte, es tanto un análisis y un relato acerca de lo que pensaban y creían determinados actores sociales, de los significados, sentidos y valores de una época, como también es un estudio de la realidad que esas personas y grupos componían a través de sus representaciones. Porque las representaciones hacen a la realidad. Más aún cuando las ideas acerca de, por ejemplo, una región como la Patagonia Norte inmediatamente después de su conquista, se encuentran tan fuertemente estructuradas alrededor de la idea de progreso y de los consiguientes proyectos de futuro. Los trabajos que presentamos aquí son producto del proyecto de investigación 04-H082 de la Universidad Nacional del Comahue (Argentina), titulado La contribución científica a la resignificación de la Patagonia (1880-1916), desarrollado en el Centro de Estudios Patagónicos entre 2004 y 2007. Su precedente directo es el proyecto que realizamos entre 2000 y 2003, que centraba su mirada sobre la época inmediatamente anterior a la conquista, 1860-1880, y cuyos resultados se reflejaron en el libro Patagonia: ciencia y conquista. La mirada de la primera comunidad científica argentina (Gral. Roca, CEP/PubliFaDeCS, 2004). Entre el análisis de una y otra etapa, hemos podido revalidar la idea ya corriente en la historiografía de la ciencia y del pensamiento en la Argentina, acerca de la progresiva y veloz complejización de la mirada científica operada entre las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX. La diversificación de disciplinas, la enorme ampliación de los objetos de interés y estudio – entre los cuales se encuentran los espacios recién incorporados por el Estado-nación-, la construcción durante todo el siglo XIX de potentes teorías y marcos explicativos, de herramientas metodológicas y formas de sistematización de la información, la conformación de una opinión pública y de una esfera pública interesada en el conocimiento del país –reflejadas en asociaciones, medios de comunicación y difusión del saber, etc.-, la creciente institucionalización y profesionalización del conocimiento, son todos factores que han guiado y servido de contexto a nuestro trabajo. Por añadidura, ese proceso de complejización del conocimiento del país coincidió cronológicamente con procesos de institucionalización del Estado y de los espacios 11 públicos de producción científica, y, decisivamente para nosotros, con el proceso de definición territorial del Estado y la creación de los Territorios Nacionales. Ese conjunto de trayectorias paralelas y entremezcladas entre sí, en un período de la historia occidental en el que la idea y el deseo de progreso constituían prácticamente una religión laica de culto oficial, hizo de los espacios recién conquistados por la Argentina –y una serie de procesos comparables se vivió en el resto de América- verdaderos campos de experimentación de ese progreso deseado. En esos laboratorios, la experiencia crucial de la época consistió en la determinación de los objetos de interés regional en términos de recursos, y su puesta a disposición del sistema productivo nacional de acuerdo con un esquema que no podía producir sino una persistente matriz de colonialismo interno. El gesto positivista de tomar distancia del objeto de observación resultó funcional a una visión materialista y extractiva de la naturaleza de los Territorios y a una lectura también utilitaria de la sociedad, la política y la historia regional. Esos primeros abordajes se vieron matizados, según veremos, por algunas miradas críticas que, sin embargo, no tuvieron peso significativo como para reencauzar un proceso de nacionalización de los Territorios fuertemente insatisfactorio ni, mucho menos, para discutir –tampoco se lo proponían- la fe dominante en un progreso que no terminaba de definir claramente sus términos. En este marco, el proyecto de nacionalización de la Patagonia Norte formulado por la oligarquía gobernante hasta 1916 pronto chocó con sus propios límites. Sin habernos adentrado en la investigación de épocas posteriores y a partir de las primeras inferencias que puede trazar nuestra inquietud intelectual por el presente y el futuro regional, no resulta aventurado afirmar que muchos de los rasgos que la región adquirió en esas primeras décadas de presencia estatal permanecen como marcas de identidad –o pecados originales, según como se los vea- hasta hoy. Los capítulos de este libro, si bien pertenecen a sus autores individuales y conservan su identidad, son el producto de un trabajo realizado por un equipo interdisciplinario, de estilo abierto y poco estructurado. Sus hipótesis, líneas de investigación, ideas y conclusiones preliminares fueron ampliamente discutidas internamente, en el ámbito del Centro de Estudios Patagónicos, en actividades docentes y en numerosas reuniones científicas que hemos hecho constar en cada caso. También somos deudores de la valiosa colaboración de Carla Lois –autora de un capítulo- y del asesoramiento de Perla Zusman –nuestra prologuista-. Todo eso no exime a los autores de la responsabilidad sobre lo escrito, naturalmente. Pero contribuye a un diálogo que esperamos que no se cierre, sino todo lo contrario, con su lectura. 12 Capítulo 1 PAISAJES DE UN PROGRESO INCIERTO LA NORPATAGONIA EN LAS REVISTAS CIENTÍFICAS ARGENTINAS (1876-1909)1 Pedro NAVARRO FLORIA Una serie de instituciones científicas creadas en la Argentina en la segunda mitad del siglo XIX, paralelamente con la formación del Estado nacional, algunas de ellas directamente dependientes del Estado –como la Academia Nacional de Ciencias de Córdoba- y otras más relacionadas con la iniciativa colonialista occidental de exploración y sistematización geográfica del mundo, emprendieron el estudio del territorio nacional. La indagación se centró en los Territorios Nacionales, recientemente incorporados al cuerpo del Estado mediante la conquista2, y el conocimiento resultante se volcó en una narrativa presente en diversas publicaciones institucionales. Las representaciones resultantes –nos concentraremos en las referidas a la Patagonia Norte3 (actuales provincias de Neuquén y Río Negro)- resultan coincidentes en líneas generales, y funcionales al proceso de legitimación y 1 Las ideas centrales de este capítulo fueron expuestas y discutidas en la Mesa 61 de las X Jornadas Interescuelas/Departamentos de Historia (Rosario, 2005), coordinada por el autor y por Perla Zusman, y en el VIII Coloquio Internacional de Geocrítica (Ciudad de México, 2006). Agradezco los comentarios y aportes recibidos en esas circunstancias de Perla Zusman, Liliana DaOrden, Hugo Beck y los demás integrantes de la mesa de Rosario, de Carla Lois, Luz Fernanda Azuela, Pere Sunyer y demás participantes del coloquio de México, como también los de Mirta Teobaldo, María Andrea Nicoletti y Alicia Laurín en el marco del Seminario Interno del Centro de Estudios Patagónicos de la UNCo, y los de Jens Andermann en comunicaciones personales. Versiones preliminares y reducidas han sido publicadas como “Paisajes del progreso. La Norpatagonia en el discurso científico y político argentino de fines del siglo XIX y principios del XX”, Scripta Nova. Revista electrónica de geografía y ciencias sociales (Universidad de Barcelona), vol. X, núm. 218 (76) (1 de agosto de 2006), http://www.ub.es/geocrit/sn/sn-218-76.htm; y en inglés en “Landscapes of an uncertain progress. Northern Patagonia in Argentine scientific journals (1876-1909)”, Journal of Latin American Cultural Studies (London), 16:2 (2007), 261-283. 2 Aunque CASTRO (2005) señala acertadamente que un espacio colonizado desde siglos antes como el Noroeste argentino, en función de su lejanía y exotismo respecto del centro político del Estado, también fue objeto de relevamiento y resignificación en la misma época. 3 El recorte espacial de la Norpatagonia es una opción metodológica nuestra y nace de una inquietud actual. En el discurso geográfico que analizaremos existe la idea no muy claramente explicitada de un corredor norpatagónico, origen de la representación que permanece aún hoy y que ha emergido a lo largo del siglo XX cada vez que el Estado formuló una iniciativa planificadora (en el proyecto del ministro Ezequiel Ramos Mexía, en los Planes Quinquenales de Perón, en el Plan Comahue y hasta en los actuales intentos de regionalización). Ese corredor estaría articulado tanto por la cuenca del río Negro y el ferrocarril Bahía Blanca-Zapala como, más tarde, por el ferrocarril San Antonio Oeste – San Carlos de Bariloche. Con ese sentido, veremos de qué modo a fines del siglo XIX se construyó una serie de paisajes que aparecen como articulados y complementarios: la “Suiza argentina”, por ejemplo, que tendría salida para su producción por el río Negro, o el Valle de este último que proveería el comercio con Chile. El origen de la división política (actual, porque perduró en los límites provinciales) de los Territorios Nacionales, que reparte la Norpatagonia entre los Territorios de Neuquén y de Río Negro, es un tema por investigarse. 13 delimitación territorial del Estado, pero divergentes en algunos aspectos específicos. Nos muestran, así, un abanico de posiciones respecto de los perfiles institucionales e ideológicos de los actores y de las redes sociales implicadas, de sus objetos de interés y de preferencia, y de sus omisiones discursivas. Podemos inscribir a todas ellas en la retórica progresista característica de la época, por el rol decisivo que introduce el factor tiempo en su relato, transformando simbólicamente al territorio en paisaje del progreso y a la descripción de sus recursos en una narración del futuro regional, pero cada institución-publicación, vista como un fragmento del corpus discursivo bajo análisis, pone el acento en aspectos diferentes de la realidad que propone. En ese sentido, el análisis del discurso científico-territorial de las élites argentinas nos permite identificar distintos proyectos de futuro para la región en cuestión, tiene interesantes puntos de contacto con el discurso político de la misma época y contribuye al mismo proceso que ya hemos identificado y descripto (Navarro Floria 2004a) como de nacionalización fallida de la región Norpatagónica. 1. El contexto social de las representaciones Las sociedades científicas y geográficas en la esfera pública El impulso exploratorio del mundo no colonizado se había iniciado ya a mediados del siglo XVIII y retomado en el XIX, tras el ciclo de las revoluciones burguesas occidentales, como parte de la llamada “unificación del mundo”. Esa unificación habría sido operada por la multiplicación del comercio, “el entusiasmo misionero, la curiosidad científica y […] la empresa periodística y publicitaria” que lanzaba a los exploradores, “un subgrupo […] de escasa importancia numérica perteneciente a una asociación muy grande de hombres que abrieron el mundo al conocimiento”, gracias a los nuevos medios de comunicación y transporte más regulares y veloces, a las áreas menos conocidas del globo (Hobsbawm 1998a:60-64). A este impulso de las burguesías se sumaban los esfuerzos de las democracias representativas modernas dirigidos a elaborar elementos discursivos de legitimación de su poder y entre ellos a producir conocimiento acerca de los distintos aspectos de su realidad social y natural: colectando, inventariando, clasificando, sistematizando analíticamente, exponiendo literariamente, representando textual y figurativamente los resultados de la exploración, cartografiando su propio territorio y clasificando las reservas de recursos humanos y naturales coloniales (Escolar 1997:59-60). La Geografía, en consecuencia, fue el campo disciplinario legitimador de las nacionalidades, de los proyectos nacionales, de los sentimientos patrióticos y de las identidades espaciales, no creando sino apropiando, sistematizando, escolarizando y naturalizando la reflexión estatal sobre la identidad territorial (Moraes 1991:166-167). Exploradores, auspiciantes e interesados se reunían en sociedades geográficas de las cuales se crearon cincuenta y tres durante el siglo XIX, treinta de ellas entre 1875 14 y 1880 y la mayoría en Europa y América del Norte (Dodds 1993:311). Esas instituciones “constituyeron el lugar privilegiado de la socialización del saber geográfico, de su aplicación práctica y de su transmisión intelectual” (H. Capel, cit. en Escolar 1997:76), y fueron establecimientos legitimadores de la expansión territorial de los Estados, generando un saber geográfico práctico cercano a la planificación (Zusman 1996:14; Zusman y Minvielle:1), volcado en un relevamiento estadístico y cartográfico que constituiría el primer gran sistema de información nacional fundado en la racionalidad de la idea de progreso y en la representación de un espacio neutro y homogéneo que permitiría codificar y controlar la realidad social (Escolar 1997:73). En una perspectiva comparada, frente a la relativa autonomía de las comunidades científicas en Europa, los Estados Unidos, Argentina o Brasil, en el caso mexicano se destaca su dependencia del Estado, en continuidad con la política ilustrada española de fines del siglo XVIII, desde un Estado “consciente del valor de la práctica científica para el progreso material e intelectual del país” aún bajo el mandato de distintas facciones políticas, valor mutuamente reforzado y legitimado por “una efectiva red de relaciones personales entre la comunidad científica y el poder político” y por “los convincentes resultados de los proyectos que les habían sido encomendados”, y determinante de una orientación eminentemente práctica y funcional de la ciencia a una “política de industrialización y modernización del país” (Azuela Bernal 1996:18-26 y 129-130; cfr. también Sunyer Martín 2002:37-41). En el caso del Perú, la Sociedad Geográfica de Lima creada por el gobierno en 1891 cumpliría funciones similares (Martínez Riaza 1998). También en Chile las iniciativas exploradoras fueron llevadas adelante, fundamentalmente, por personal contratado por el Estado o por reparticiones públicas (Saldivia Maldonado 2005). Sin embargo, el perfil institucional de las asociaciones científicas no se agota en su funcionalidad a los Estados nacionales sino que reconoce distintos niveles, como capas superpuestas de una dermis orgánicamente integrada. En su estudio de la Sociedad de Geografía de Río de Janeiro, Pereira (2003:178) señala la paradoja aparente que constituye la formación de sociedades geográficas en países, como Brasil o Argentina, que en el contexto mundial serían objetos del interés colonialista. Desde un punto de vista exclusivamente formal, este desarrollo institucional se explicaría por la intención de las élites latinoamericanas de emular a sus semejantes europeas y estadounidenses. Es claro que los sectores dirigentes latinoamericanos trasladaron este sentido al proceso de formación de sus Estados y territorios nacionales propios (Zusman 1996:20).4 Sin embargo, debemos subrayar dos consecuencias interesantes de esta refracción institucional, que van más allá de lo 4 En Chile, donde también se mapeaba todo el territorio, corrigiendo los trabajos de Gay y Pissis anteriores a 1875, complementando la tarea del IGA y participando, desde 1909, de la Carta Internacional del Mundo al millonésimo (ÁLVAREZ CORREA 2000), ese rol fue cumplido por instituciones del Estado mismo, como la Oficina Hidrográfica de la Armada (creada en 1874 y dirigida por Francisco Vidal Gormáz hasta 1891; íntimamente conectada con la Societé Scientifique du Chili) y su Anuario Hidrográfico de la Marina de Chile, en el que se publicaron las exploraciones del Sur (SALDIVIA MALDONADO 2005: 132-140; SALDIVIA MALDONADO 2007). 15 formal. En primer lugar, las sociedades geográficas latinoamericanas se incorporaron al proceso y al proyecto colonialista mundial, reproduciendo la matriz discursiva y práctica de las sociedades del hemisferio norte e intercambiando con ellas conocimientos y reconocimientos (Zusman 1996:48-49; Zusman y Lois 2004), funcionando, en definitiva, a la manera de filiales informales, es decir, como instituciones del imperialismo de la época. En segundo lugar, la identidad de formas nos lleva a la identidad de sentidos: esa coincidencia de propósitos y de procedimientos determinó, al menos en el caso del Instituto Geográfico Argentino, como veremos, que la visión generada sobre sus objetos de exploración y relevamiento –la Patagonia y el Chaco, fundamentalmente- produjera un colonialismo interno fuertemente problemático. En relación con ese colonialismo interno y desde una perspectiva comparativa con el caso del Brasil, tanto Sousa (2005) como Magnoli (1997:272-287) señalan de qué modo, al proponerse el Brasil de la misma época mejorar sus comunicaciones internas con territorios marginales como el del Mato Grosso, generó el problema de garantizar su integración al Estado mediante la posesión formal, la reivindicación de su propiedad y el relevamiento cartográfico, pero al mismo tiempo el desafío de instituirlos como reserva para el futuro, manteniéndolos desocupados. En el caso argentino, si bien no aparece como intención en el discurso político de la época la conservación de la Patagonia como vacío sino todo lo contrario, en la práctica se produjo un resultado similar al brasileño. Moraes (1991:168 y 2002:112ss) agrega la explicación acerca de qué modo, en los países de formación colonial, los procesos de conquista estatal de espacios contribuyeron a acentuar el peso del factor territorial –dado que la colonización es en sí misma un proceso de relación entre la sociedad y el espacio- en la formación estatal. De este modo, “en un mismo discurso, [el Estado conquistador] presenta un proyecto para las élites, un horizonte referencial unificador de todo el ‘pueblo’ y también una justificación de la unidad nacional (considerada como proyecto) que en sí misma legitima al Estado” (Moraes 1991:168). Si bien la continuidad de la monarquía y del esclavismo en el caso del Brasil hace más visible el pacto oligárquico entre las élites regionales que permitió ese proceso de construcción del país, la matriz discursiva es exactamente la misma que actúa en la Argentina y seguramente en otros casos de la región. Las sociedades geográficas latinoamericanas de la época fueron, entonces, doblemente funcionales: a la “promoción del proceso de apropiación territorial en sus diferentes dimensiones (reconocimiento, sistematización de información, control del territorio, resolución de conflictos de límites)” en el ámbito del Estado-nación (Zusman 1996:181), y al proceso colonialista mundial. Esta doble funcionalidad o el doble sentido de las representaciones generadas contribuyeron innegablemente a la producción de una imagen de la Patagonia como lugar de interés nacional a la vez que mundial –un doble mito (Livon-Grosman 2003:9-10)- en tanto reserva natural, destino turístico, etc., relativamente desligada de la representación general de la Argentina. 16 Un tercer nivel de funcionalidad de estas instituciones, en cada caso nacional, debe reconocerse en su relación con un público lector local en proceso de nacionalización, en el sentido de que el conocimiento sobre el territorio y sus habitantes se va produciendo e incorporando en el horizonte intelectual colectivo y constituyendo la identidad nacional sin la mediación, prácticamente, de una comunidad académica que lo valide. La cientificidad entendida como pretensión de neutralidad, objetividad o referencia perfecta a realidades objetivas y patentes -en tanto materiales, en el contexto positivista- juega aquí un rol decisivo: no en vano centramos nuestro estudio en la producción de instituciones que se autodefinen y definen sus acciones como científicas. En virtud de sus condiciones de producción -la autoridad epistémica de sus productores- y de comunicación –las revistas científicas, para nuestro caso-, algunas de estas representaciones se socializan y naturalizan, constituyendo el patrimonio de creencias de una comunidad determinada, aún en un contexto como la escena cultural argentina de esa época, escasamente institucionalizada y prácticamente sin mecanismos formales de legitimación de la producción intelectual (Bruno 2005:66). Es precisamente por ese carácter todavía difuso del espacio intelectual argentino que las personas –a menudo llamativamente jóvenes y sin formación sistemática-, los grupos, las asociaciones y las publicaciones que analizamos ocuparon con tanta facilidad el lugar del discurso científico autorizado. Pereira (2003:180-181), al reflexionar sobre el carácter práctico del saber geográfico de la segunda mitad del XIX y sobre su compromiso con su actualidad, que lo llevaba a ser considerado como la ciencia “más capacitada que cualquier otra para documentar la marcha del progreso en la superficie del planeta”, nos invita a la comparación entre casos similares. La actualidad y practicidad del conocimiento producido por las instituciones argentinas no se relacionaba tanto con el uso de modernos dispositivos técnicos como con su percepción en términos de condición de posibilidad para la tarea de modernización que el Estado proponía. Esto nos coloca ante la más importante de las contradicciones entre el orden del discurso –las prácticas de representación- y las prácticas materiales hacia la Patagonia Norte, objeto de abundantes proyectos de desarrollo pero carente de políticas de Estado a fines del siglo XIX (Navarro Floria 2003). De tal modo que los límites del desarrollo social, económico y político de la región, marcados por la imposibilidad de su incorporación al sistema político federal y por las serias dificultades para su integración en el sistema socioeconómico nacional, se constituían en límites u obstáculos epistemológicos para la Geografía de la época, y viceversa: la representación de una región despoblada y disputada producía a su vez fuertes restricciones a la colonización y la ciudadanización de su población. De este modo, los gestos políticos y las miradas científicas se retroalimentaban. El presente estudio se inscribe en el campo de la historia intelectual y de la ciencia fortalecido en el último cuarto de siglo, que no se limita al análisis interno de las instituciones y de sus acciones sino que las refiere a sus contextos político, socioeconómico, intelectual, etc. Esta línea de trabajo nos permite, en primer lugar, 17 desplazar la mirada de las instituciones científicas propiamente dichas a su producción; y, en segundo lugar, considerar a esta producción como parte de un entramado político de época –la era del imperio caracterizada por la segmentación del mundo en dominantes y dominados, la dinámica del progreso, los imperialismos y los nacionalismos en el nivel general (Hobsbawm 1998b); la construcción del territorio estatal a través de la conquista y de un problemático colonialismo interno en el nivel nacional-, estructura que contiene su propio relato del mundo y de la historia –que llamaremos el discurso del progreso-. En consecuencia, el discurso científico-político que nos proponemos analizar se inscribe claramente en el proyecto colonialista occidental caracterizado por sus agentes como civilizatorio, proyecto que contenía a las redes institucionales de las que las sociedades en cuestión formaban parte mediante el intercambio de publicaciones, conferencias, etc. (Zusman y Lois 2004). Esta contextualización contribuye a explicar la complejidad de las prácticas espaciales desarrolladas por las sociedades geográficas en el marco de la apropiación de los nuevos espacios y del sometimiento de las naciones indígenas al orden estatal: observación, descripción, cartografía, acciones materiales, etc. Pero la pertenencia del discurso progresista regional y nacional a un marco global no nos autoriza a trazar generalizaciones simplificadoras sino que, por el contrario, nos habilita para buscar explicaciones a través del análisis y en la complejidad propia de una lectura crítica. El análisis crítico del discurso de las publicaciones científicas de fines del siglo XIX y principios del XX acerca de la Norpatagonia nos ha puesto frente a una serie de problemas. En primer lugar, el de la relación entre estas instituciones científicas – públicas o privadas, en diversos sentidos-, su contexto político nacional e internacional –el de otras instituciones similares, el del proyecto colonialista global-, su público y el marco formal del Estado. En segundo lugar, el de la correspondencia entre el corpus discursivo analizado, las representaciones del territorio y de sus habitantes, y las políticas hacia ellos. En relación con el primer problema mencionado, nos han sido útiles los conceptos ya mencionados del proyecto colonialista internacional característico de la era del imperio, y el discurso del progreso funcional a ese proyecto, y en el plano nacional las ideas de esfera pública como articuladora entre Estado y sociedad civil, y de comunidad imaginada como definición de lo público inclusiva de las dimensiones intangibles de la realidad. La esfera pública abarca las diversas formas de asociación, movilización y comunicación (Habermas 1997) –incluidas, en un lugar notable, la prensa y la opinión pública por ella alimentada-, características de las élites decimonónicas que son las productoras de nuestro objeto de análisis. A su vez, como el contexto político primario de estas élites era en ese momento la nación, necesitamos definir a ésta como una comunidad política que se imagina inherentemente limitada y soberana, es decir, fundamentalmente desde su carácter de fenómeno de autoconciencia y de invención (Anderson 1993). Es claro que no nos referimos todavía, en la Argentina del último cuarto del siglo XIX o principios del XX, a una burguesía nacional amplia y consolidada sino más bien a una burocracia estatal recientemente constituida, 18 restringida en número y clase, con trazas de corporación intelectual, integrante de una red de relaciones culturales, políticas y científicas indiscernibles entre sí5, que se manifiesta tanto en las publicaciones especializadas que estudiamos aquí como en una prensa de alcances más amplios. Era característica de las instituciones científicas decimonónicas la producción de publicaciones que servían al mismo tiempo de órganos institucionales y de expresiones de los resultados de sus trabajos de investigación. Lo hicieron, por ejemplo, las instituciones brasileñas (Pires Menezes 2006), las chilenas (Saldivia Maldonado 2005:99-120), las peruanas (Martínez Riaza 1998:101-104) y las mexicanas (Azuela Bernal 1996:14-15). El Boletín del Instituto Geográfico Argentino, que su director consideraba en 1897 la publicación más solicitada del país entre los hombres de ciencia, comenzó sosteniéndose mediante la suscripción estatal de la modesta cantidad de cincuenta ejemplares mensuales (Goicoechea 1970:9 y 27)6. Este corto alcance cuantitativo debe verse, sin embargo, en el marco de un régimen político que también restringía el ámbito de las decisiones a un grupo exiguo de personas. En ese marco encuadramos, entonces, la explicación acerca de las sociedades científicas productoras del material analizado: su origen, definición, contexto, vinculaciones, caracterización, etc. La segunda cuestión, que percibimos como más relevante para nuestra investigación, intentaremos resolverla mediante la consideración de la narrativa en cuestión como una serie de textos, un discurso generador de representaciones sociales. Estas configuran un conjunto de prácticas de representación que, junto con las políticas concretas o prácticas materiales, constituye el universo de las prácticas espaciales y temporales entendidas como formas de construcción territorial sometidas a permanentes transformaciones, que se superponen en el espacio-tiempo y se alimentan mutuamente. Consideramos texto a todo producto lingüístico acerca de un objeto, y discurso al conjunto de textos con sus contextos y con los roles sociales, políticos e institucionales de sus emisores, en la esfera pública en la que ese discurso pretende establecer significados que no se reducen a ser reflejos de la realidad que describen sino constitutivos de esa misma realidad (Raiter et al. 1999:14-15 y 55-56). Consideramos representación social, entonces, al producto cultural colectivo que, como un corpus organizado de conocimientos, hace inteligible la realidad física y social y se propone tanto comunicar a los individuos –permitiéndoles “sentirse dentro del ambiente social”, familiarizando lo 5 Una excelente y breve puesta al día acerca de la doble adscripción intelectual y política de muchos de los hombres de la llamada “generación del ochenta” y de la relación entre la esfera de la cultura y las esferas del poder en la época, y una también breve caracterización del espacio intelectual a que nos referimos, en BRUNO 2005:13-14 y 64-67. 6 Una nota curiosa acerca de la autopercepción de la élite argentina de la época: en 1879, cuando el Senado de la Nación debate la petición de suscripción de quinientos ejemplares del Viaje a la Patagonia Austral de Moreno y doscientos cincuenta del Viaje al país de los tehuelches y exploración de la Patagonia Austral de Lista, y algunos senadores oponen objeciones de conciencia por algunas afirmaciones evolucionistas de Moreno, el senador Manuel Pizarro arguye que la difusión de la obra de Moreno no va a “comprometer las creencias populares, porque no va a estar al alcance del pueblo” (REPÚBLICA ARGENTINA 1879:490-491). 19 extraño, percibiendo lo invisible, naturalizando lo simbólico- como regular sus acciones (Mora 2002:7). Si bien la psicología social hace hincapié en los procesos de objetivación y anclaje mediante los cuales las representaciones sociales simplifican y naturalizan componentes del discurso ideológico-científico, proponiendo guías operacionales sobre la realidad y volviéndose así funcionales a prácticas materiales concretas (idem:8-11), en esta etapa de nuestra investigación nos detendremos en el momento de elaboración de una serie de representaciones acerca de un territorio, intuyendo o infiriendo pero no analizando sus trayectorias posteriores. El concepto de prácticas espaciales y temporales sintetiza las acciones tanto materiales como simbólicas de producción del espacio y del tiempo social (Harvey 1998: 243-250, inspirado en Lefebvre, La production de l’espace, 1974). Desde este punto de vista, por ejemplo, el viejo concepto geográfico de región se ve problematizado actualmente por la idea de que, en realidad, siempre ha sido más un objeto de discurso o de acciones simbólicas que un objeto de prácticas materiales: “la región es dicha, no vivida” por unos Estados cuya lógica es la de la uniformidad y que históricamente han actuado más sobre el mapa que sobre el territorio (Raffestin 1993:182; cfr. Lois 2006). Las representaciones, entonces, imágenes prototípicas construidas por la percepción y la cognición, abarcadoras de todos los signos, códigos y saberes que hacen posibles y comprensibles las prácticas materiales, desde el sentido común cotidiano hasta las jergas académicas, intervienen condicionando tanto las nuevas imágenes producidas en cada nueva interacción con el objeto exterior como las prácticas materiales sobre el objeto representado, actuando a la vez como producto y como productor, mediante “invenciones mentales” –discursos, proyectos, utopías y paisajes imaginarios- “que imaginan nuevos sentidos o nuevas posibilidades de las prácticas espaciales” (Harvey 1998:241-244). En definitiva, adscribimos a una historia intelectual que supone, a la vez, el análisis de los significados, sentidos y valores presentes en el discurso de una élite de “cultura científica”, de las ideas y creencias de un conjunto de agentes culturales, y de la realidad que estos actores componían con sus representaciones, desde una conciencia clara acerca de que las ideas regulan las prácticas políticas pero no las impregnan en forma homogénea sino que pasan por procesos de selección, recorte y olvido (Terán 2000:9-10). La consideración de las prácticas de representación como constitutivas de la realidad regional es lo que nos permite, entonces, hablar de su carácter proyectivo en relación con lo que entonces se percibía como el futuro de la nación y de la región: estas representaciones, en tanto objetos imaginarios o espacios de representación históricos y complejos, fundan verdaderos proyectos de desarrollo territorial diferenciados, superpuestos, y por lo tanto en conflicto. A partir de este carácter proyectivo de la literatura científica intentaremos establecer vinculaciones con el discurso político de la época sobre la misma región. De acuerdo con la clasificación de los tiempos sociales tomada de Gurvitch y expuesta por Harvey (1998:248-249), nos encontraríamos ante una formación social transformadora, especulativa, competitiva, hacedora de un tiempo que se percibe a sí mismo como precipitándose al futuro, pero que propone para el 20 espacio social que crea en los nuevos territorios un “tiempo engañoso” por su apariencia de “duración larga y lenta que enmascara crisis repentinas e inesperadas y rupturas entre pasado y presente”, siendo esta ruptura oculta nada menos que la conquista del espacio. Recrear esa complejidad y conflictividad del proceso de formación regional, a través de la revisión de los fundamentos epistemológicos del discurso científico y político y de su consiguiente desnaturalización –objetivo final de nuestro trabajo-, contribuirá a comprender mejor qué actores, intereses y representaciones constituyen la matriz de los procesos sociales en la historia regional. La ficción nacionalista argentina acerca de la naturalidad del territorio estatal –particularmente importante para el caso de la Patagonia-, construida en el siglo XIX en función de la conquista y de los conflictos limítrofes con los países vecinos, contribuyó a encubrir la historicidad, intencionalidad, multicausalidad y problematicidad del proceso de conformación territorial en general y del sistema de Territorios Nacionales en particular. En definitiva, esperamos contribuir a la restitución del régimen de historicidad a la región bajo análisis. Las sociedades científicas y geográficas argentinas: coincidencias y divergencias En el caso argentino, la Sociedad Científica Argentina (SCA) formada por profesores y alumnos del Departamento de Ciencias Exactas de la Universidad de Buenos Aires en 1872 (Babini 1986:140-143; Pompert de Valenzuela 1970:II-VI) – entre quienes se destacaba Estanislao S. Zeballos- publicó sus propios Anales y fue el tronco común de una importante biblioteca propia (1874), del primer Museo dirigido por Francisco P. Moreno (1875) –embrión del Museo de La Plata-, del Club Industrial Argentino (1876), del Instituto Geográfico Argentino (IGA) y su Boletín (1879), de la Sociedad Geográfica Argentina (SGA) y su Revista (1881), y de los Congresos Científicos Latinoamericanos (desde 1898) y Panamericanos (desde 1908). En el corpus de las publicaciones de divulgación científica de la época, es claro que los Anales de la SCA (en adelante, ASCA), cuya publicación se inició en 1876 –tras el precedente de los Anales Científicos Argentinos (1874) (Pompert de Valenzuela 1970:VI-VII)-, abrieron un frente pionero y conservaron, al mismo tiempo, un perfil de mayor nivel de complejidad científica y una mayor diversidad disciplinar que las posteriores revistas de las asociaciones propiamente geográficas. Por de pronto, las motivaciones y los trabajos de la SCA no se vincularon solamente ni principalmente con la cuestión territorial, y por lo tanto las prácticas exploratorias, en su contexto institucional, quedaron en un segundo plano respecto de las discusiones teóricas en los campos de la Antropología, la Geografía y las Ciencias Exactas y Naturales en general. Los aportes de los ASCA a la representación de la Norpatagonia pueden encontrarse, entonces, en tres grupos de trabajos: en primer lugar y en el mismo tono de las contribuciones de las revistas geográficas, la intervención de Ramón Lista en el debate 21 por la cuestión de límites con Chile; en segundo lugar, y como materiales relativamente cercanos a las descripciones de las revistas geográficas, el relato de viaje de Francisco Moreno a la región y los artículos del mismo Moreno y de Ramón Lista sobre las tierras patagónicas; en tercer lugar, y como materiales pertenecientes a un campo de interés diferente del de las revistas geográficas, los ensayos antropológicos de Émile Daireaux y de Moreno. Los momentos en los que la SCA fijó su interés en la región, en consecuencia, fueron los años de la conquista (1876-1881) y el lapso del diferendo limítrofe con Chile (1896). Tanto el IGA como la SGA, en cambio, resultan ejemplos claros del perfil general de las sociedades geográficas decimonónicas caracterizado más arriba. Efectivamente, durante sus primeros años, el Boletín del Instituto Geográfico Argentino7 proveyó a sus lectores información internacional acerca de la situación de la geografía y de su inserción en ella: “Allá por el sur ha hecho el comandante argentino Fontana una expedición muy interesante, recorriendo todo el curso del Chubut y su desconocido territorio desde el Atlántico hasta lo alto de la cordillera de los Andes, donde nace aquel río. “El Gobierno de Buenos Aires acaba de crear siete nuevos distritos en los terrenos del sur, que hace cinco o seis años estaban en poder de las tribus indias, y ha decretado la fundación de los pueblos que deben ser cabezas de aquellos distritos...” (BIGA VIII:53, 1887). En años de estrechez económica, en cambio, cuando se discutía en el Congreso de la Nación el otorgamiento de un subsidio al IGA, los legisladores destacaban la funcionalidad de la institución a los proyectos estatales: “El Instituto Geográfico es la única asociación científica del país que se ha preocupado de la geografía nacional... “... uno de los más eficaces medios de propaganda que tienen los pueblos nuevos es la difusión de los conocimientos geográficos. Nosotros [el Estado argentino] no la hemos hecho hasta ahora con elementos propios sino valiéndonos de la ciencia más o menos buena de los que generosamente han querido ayudarnos. “... “A mi juicio, [el subsidio] es una obra de civilización, es un concurso que la nación debe prestar a esta clase de estudio, que se hace desinteresadamente por un centro científico, no por un centro comercial.” (BIGA XVI:540-544, 1885) “Nosotros, que [...] no conocemos nuestro territorio, que tenemos inmensas regiones inexploradas dentro de nuestras mismas fronteras, ¿por qué hemos de escatimar la ayuda a una institución de esta naturaleza que por objeto de interés 7 En adelante, cuando citemos textualmente al Boletín del Instituto Geográfico Argentino indicaremos entre paréntesis la sigla BIGA, el número de tomo, página/s y año, y del mismo modo las siglas RSGA para la Revista de la Sociedad Geográfica Argentina y ASCA para los Anales de la Sociedad Científica Argentina. 22 público, sin ningún interés personal, se propone un fin tan laudable, tan simpático al país entero como es el conocimiento del territorio, de su producción, de sus límites mismos, para saber hasta dónde llega la soberanía de la nación?” (BIGA XVII:217, 1886) En esta línea de análisis de la función de estas corporaciones, es posible distinguir redes de actores sociales que participaban de ellas y ponían en juego intereses sectoriales en las acciones institucionales. Por ejemplo, si bien puede observarse a primera vista una cierta heterogeneidad entre los miembros del IGA, Zusman (1996:37) destaca la presencia de más militares que naturalistas, explicable desde la relevancia de un proceso político que, para la región que nos interesa, consistió fundamentalmente en su conquista y delimitación internacional. Sin embargo, el IGA no parece haber perdido su perfil de institución predominantemente científica. Sus presidentes fueron casi todos ingenieros, y de los autores sobre la temática de nuestro interés –la Patagonia Norte-, los datos biográficos que hemos obtenido nos muestran una mayoría de agrimensores, topógrafos, ingenieros, naturalistas y antropólogos. Los miembros de expediciones militares lo son generalmente en su carácter de ingenieros o topógrafos, y los militares de carrera son más de la Armada que del Ejército de tierra. Este último dato puede ser de interés, por otra parte, para explicar la relevancia dada al estudio de vías navegables.8 Los actores concretos que produjeron la literatura de las sociedades geográficas y científicas han sido caracterizados muy insuficientemente como “viajeros” representativos de los sectores dominantes argentinos, un conjunto abigarrado de militares, científicos y políticos cuyos rasgos comunes serían el positivismo como matriz de pensamiento y el liberalismo político (Carnevale 2002:1-2). Otros autores (López 2002 y 2005) se limitan a identificar una serie de formulaciones evolucionistas y mecanicistas presentes en escritos de hombres como Francisco P. Moreno, Ramón Lista, Luis J. Fontana y Carlos María Moyano, señalando en tono de denuncia su funcionalidad a determinados procesos políticos contemporáneos. Este último dato, sin embargo, más que su matriz ideológica, es el que otorga un cierto carácter de corpus a una narrativa de “militares, científicos y periodistas” (Torre 2002:1-2) que de otro modo nos veríamos forzados a reunir en función exclusivamente de su presencia en una determinada revista, o de su objeto común, razones por demás débiles. Nos resulta 8 Parece haber existido una competencia conflictiva entre el Ejército (de tierra) y la Armada (fuerza naval) en la exploración de la Patagonia. Significativamente, al retornar la primera expedición por agua al Nahuel Huapi dentro del ciclo de las expediciones de conquista, en 1881, comandada por el teniente coronel Erasmo Obligado e integrada, entre otros, por Jorge Rohde, éste se anticipa a su superior y presenta al Ministerio de Guerra un informe y plano topográfico. Obligado, con su equipo de la Armada integrado por Eduardo O’Connor y otros marinos, presenta después su informe descalificando a Rohde (GONZÁLEZ LONZIÈME 1977:112). Tanto Rohde como O’Connor, en sus descripciones de la región del Nahuel Huapi presentadas al IGA en 1883 y 1884, destacan su carácter de primeros descubridores e imponen nuevos nombres a los objetos de sus observaciones, cada uno desde una perspectiva y proyectiva diferente: Rohde desde una idea de integración territorial fundada en las vías terrestres y los ferrocarriles, y O’Connor en la vinculación fluvial con el río Negro. 23 interesante, a los fines de caracterizar a este grupo y su relación con el Estado nacional, la identificación de una serie de actores intermedios, de perfil técnico muchos de ellos, verdaderos constructores materiales del Estado en el sentido de que desde sus saberes contribuyen a consolidar un espacio de dominación que por entonces permanecía en estado de liquidez (Cacopardo y DaOrden 2005). En realidad, se debe tener en cuenta también el proceso de profesionalización de las comunidades científicas y técnicas. Azuela Bernal (1996:131-132), por ejemplo, refiriéndose al caso mexicano, explica que: “En un inicio se recurre a los miembros de las élites intelectuales… Posteriormente, estos ‘sabios’ serán reemplazados por expertos y profesionales, egresados de los establecimientos educativos creados para apoyar la estrategia modernizadora”, como efecto de las reformas educativas que acompañaron a esas políticas. “Con los años, dominios enteros de la burocracia estarán constituidos por expertos, como ocurrió en México en la Secretaría de Fomento”. En nuestro caso de estudio podemos constatar esa variación del perfil personal de los actores sociales concretos mediante la observación de los autores del corpus documental bajo análisis: en los primeros años “naturalistas” relativamente aficionados y vinculados directamente a las esferas del poder, progresivamente reemplazados por profesionales, expertos y técnicos –en la Argentina son mayoritariamente extranjeros, contratados por instituciones académicas estatales-. Entre los autores de los temas de nuestro interés, si bien predomina el perfil científico y técnico ya señalado, algunos se destacan por su compromiso político, tanto en las filas del roquismo como del mitrismo y del juarismo –facciones, por otro lado, siempre relacionadas entre sí entre las últimas décadas del siglo XIX y la primera del XX-. Un análisis más preciso de sus escritos nos mostraría –y este es uno de los propósitos de nuestro estudio- una diversidad ideológica mayor de la que a menudo se supone. La coexistencia de dos instituciones geográficas paralelas –el IGA y la SGA- es explicada por distintos autores a partir de una serie de divergencias personales, ideológicas o políticas al interior de esa élite, que habrían llevado a la SGA y a su fundador Ramón Lista, en coincidencia cronológica con la conquista argentina del Chaco, a poner un mayor énfasis en la divulgación del conocimiento y en el debate sobre la temática humana y política en general y sobre la cuestión indígena en particular, reflexiones prácticamente ausentes del ámbito del IGA (De Jorge 1988:1314; Zusman 1996:43-45; Lois y Troncoso 1998; Lois 2004:81-82). En ese contexto, la SGA se habría construido como un espacio público relativamente más autónomo respecto de las políticas nacionales y hasta como un núcleo ideológicamente minoritario por su inclusión de antidarwinistas y católicos (Zusman 1996:45). No es de descartar el factor generacional, dado el peso que tendrían en la nueva SGA algunos jóvenes como el mismo Lista (25 años al momento de la fundación), Alberto Navarro Viola (23), José N. Matienzo (21), etc. Para el caso de la SGA, el antievolucionismo de Ramón Lista es un dato sobresaliente de su perfil ideológico, tanto en el plano científico-biológico como en el 24 político.9 En diversos pasajes de sus escritos expresa su desconfianza hacia las explicaciones mecanicistas o fatalistas de la realidad tanto natural como social. Durante la exploración de la costa patagónica emprendida en 1879, por ejemplo, dice que la extinción de las grandes especies cuyos restos se encuentran frecuentemente en el suelo patagónico no alcanza a ser explicada por “la teoría transformista” de Darwin, y se inclina por postular la ocurrencia de una “catástrofe” consistente en el enfriamiento climático del hemisferio Sur (Lista 1975 [1880]:140-141). En su última obra sobre los tehuelches, finalmente, diferencia claramente la extinción de un pueblo por la refundición de poblaciones, de la desaparición violenta –que es lo que estaban sufriendo los tehuelches, precisamente- entendida como una “catástrofe” provocada intencionalmente por “malignidad civilizada” y consentida por la pasividad de los gobiernos (Lista 1894:7-12). Del mismo modo que esos procesos adquieren en el pensamiento de Lista un sentido catastrofista, su acción como funcionario parece haber encarnado el activismo autoritario que el presidente Miguel Juárez Celman (18861890) imprimía a algunas de sus decisiones al aplicar, por ejemplo, el lema “regar es poblar” durante su gestión en la gobernación de Córdoba (Rivero Astengo 1975:459460). El perfil institucional de la SGA se encuentra relativamente diferenciado, efectivamente, del IGA y de otros espacios y actores más claramente funcionales al discurso oficial de la coalición roquista. Ya en 1879, cuando Moreno y Lista publicaban sus primeras obras importantes, el diputado Vicente G. Quesada hacía notar que mientras el primero gozaba de un sueldo público del Museo de la Provincia de Buenos Aires “el señor Lista es muy modesto; carece, quizás, de protectores” (Congreso de la Nación 1880:573)10. Por 1885, cuando se discutía en el Congreso de la Nación el otorgamiento de un subsidio al IGA, los legisladores destacaban la funcionalidad de la institución a los proyectos estatales señalándola, como ya vimos, como la única asociación científica del país que se había preocupado de la geografía nacional, y nada se dice de la SGA. Haya sido uno u otro el factor decisivo para la apertura de la SGA, lo que resulta relevante constatar es que la nueva institución produce una mirada disidente sobre el objeto de la Patagonia –en particular su sección Norte-, sus territorios y sus 9 Cabe aclarar que nos referimos a evolucionismo con dos sentidos diferentes pero a menudo complementarios: el evolucionismo biológico, consistente en explicar la transformación (anatómica, fisiológica, del comportamiento y de la distribución) de los seres vivos a lo largo del tiempo en forma gradual y de acuerdo con mecanismos naturales propios (en contraposición, por ejemplo, al catastrofismo), y el evolucionismo político, consistente en explicar el cambio social a lo largo del tiempo también en forma gradual y asimilando el comportamiento de las sociedades al de los organismos vivos. Más allá del biologismo que puede traer aparejado este evolucionismo político, es claro que se trata de una posición conservadora, antirreformista y antirrevolucionaria, contrapuesta a la mentalidad progresista, revolucionaria o voluntarista, negadora de la necesidad y del fatalismo (cfr. SEGOVIA 1998:381-382). 10 Quesada era particularmente sensible al tema, debido a su adhesión ideológica al nacionalismo territorial y a las dificultades que encontró para que el Estado financiara sus publicaciones La Patagonia (1875) y Virreinato del Río de la Plata (1881), con las que buscaba contribuir a los intereses argentinos frente a las intenciones territoriales chilenas. También Aristóbulo del Valle defendió el subsidio a Moreno y Lista (CAVALERI 2004:91-92 y 121). 25 habitantes. Si en el marco de la naciente Antropología nacional una serie de “argumentos supuestamente científicos se van tornando funcionales a proyectos preexistentes de territorialización y proletarización compulsiva” (Briones 1998), ante las divergencias en los discursos sobre el otro interno –los pueblos indígenas- cabe formular la pregunta acerca de cuáles eran los modelos de formación social en juego, y a cuál de ellos respondía la mirada de cada una de las sociedades geográficas sobre las naciones indígenas incorporadas por el Estado argentino. Por otra parte, si estas instituciones comparten con otras la idea de una Geografía funcional a la construcción del nuevo espacio de dominación estatal mediante una identificación perfecta de referencias empíricas y una valorización de sus potencialidades económicas, la preferencia de cada grupo o sociedad por determinados referentes materiales y por determinados recursos amerita el interrogante acerca de qué proyectos políticoterritoriales eran servidos por sus exploradores y descriptores. La decadencia de la Sociedad y de su Revista, que llevaría a su extinción en 1890, coincide, por un lado, con el alejamiento de Lista de Buenos Aires, designado gobernador del Territorio Nacional de Santa Cruz en 1887, y en ese sentido puede indicar hasta qué punto la institución dependía de la iniciativa personal de su líder. Pero, por otro lado, el ’90 es una fecha demasiado significativa en la historia política argentina como para ignorar su peso como punto de quiebre del impulso progresista del ’80, impulso que comprende la conquista del Sur y la construcción de los Territorios Nacionales. Así, la identificación de la RSGA con el período de la incorporación de los Territorios a la Nación y, por consiguiente, con los debates y aspectos más controvertidos de ese proceso, resulta una clave de lectura necesaria. En definitiva, ambas sociedades geográficas formaban parte de una esfera pública nacional, ocupando un punto en el que se entrecruzaban sus vínculos con otras instituciones internacionales y nacionales similares –principalmente la Sociedad Científica-, con el Estado nacional y sus agencias –Fuerzas Armadas, Academia de Ciencias, sistema educativo, etc.- y su pertenencia a una amplia comunidad imaginada parcialmente lectora de sus publicaciones y beneficiaria de la expansión territorial de la Argentina. En este contexto, podemos anticipar que la corta vida de la SGA se centró en la disidencia, la problematización y la producción de una mirada alternativa respecto del discurso del IGA11. Ambas instituciones coincidieron en el propósito de explorar 11 En la historia de la educación superior y la investigación científica occidental ocupan un lugar importante junto a las universidades, particularmente desde el siglo XVIII, las academias y sociedades científicas. Entre ellas, y ante la resistencia al cambio que experimentaron muchos centros de altos estudios durante la época de la Ilustración, surgieron en Inglaterra y luego en la Europa continental, durante el tercer cuarto del XVIII, las academias disidentes, de alto nivel de estudios, más abiertas intelectualmente, innovadoras, menos elitistas y hasta políticamente “incorrectas” en sus posiciones (BARSKY Y DÁVILA 2002:9). En ellas se mezclaban y colaboraban científicos, ingenieros y artesanos, generando un “equilibrio dinámico entre la técnica y la ciencia” (BERNAL 1979:406). Academias y sociedades científicas generaron y mantuvieron a menudo publicaciones periódicas que respondieron y al mismo tiempo alimentaron al mercado lector de novedades científicas. Por extensión del concepto, proponemos la consideración de la Sociedad Geográfica Argentina como una sociedad disidente respecto de la posición más fiel a los factores tradicionales de poder representados en el Instituto Geográfico Argentino. En un plano similar, por ejemplo algunos de los científicos alemanes contratados en Córdoba fundaron en 1874 la Sociedad Zoológica Argentina, que publicaba un Periódico Zoológico y 26 para dominar los nuevos espacios estatales, pero si el IGA construyó selectivamente una serie de ideas -objetos simbólicos- acerca de la Norpatagonia en función de su pertinencia al marco ideológico-político del régimen oligárquico, la SGA parece haberse propuesto producir una mirada desplazada respecto de ese eje, capaz de formular una serie de ideas relativamente críticas para los intereses dominantes. La disidencia de la SGA respecto del IGA y otros círculos científicos reconoce matices y grados. Por ejemplo, en el tema de los límites internacionales, la RSGA refleja las mismas posiciones que el BIGA y que los principales periódicos porteños, en una cerrada defensa de las interpretaciones más favorables a la Argentina en su diferendo con Chile. En cambio, en relación con el modelo de desarrollo y el modo de incorporación de los nuevos espacios al sistema económico nacional, si bien la SGA coincide en la preponderancia del modelo primario-exportador, pone un acento muy particular sobre las potencialidades de desarrollo agrícola mediante la colonización, y en función de eso genera una representación claramente diferente de los recursos y necesidades de la Patagonia Norte. Pero el punto en que se hace más notoria la disidencia es en relación con el proceso de poblamiento de la región, en la medida en que el discurso de la RSGA resulta evidentemente contestatario de la concepción de los Territorios Nacionales como vacíos de población y no oculta su preferencia por el sistema de colonización indígena. En función de estas diferencias –mayores en unos temas, menores en otros-, frente a la construcción simbólica dominante de la “Suiza argentina” potenciada por el IGA -una denominación para la franja andina patagónica que la marca como objeto preferencial tanto de las políticas de apropiación como del imaginario futurista sobre la región- la SGA propone como objeto preferente de su consideración a las tierras agrícolas del valle del río Negro y a las obras de riego y colonización que el Estado debía realizar en ellas. Lois (1999), refiriéndose al caso similar del Chaco, destaca –sin excluir otras posibles- como orientaciones iniciales del discurso geográfico argentino, las de afirmar la territorialidad estatal –definida como la intención de delimitar y controlar un área, un conjunto humano y sus fenómenos y relaciones- en un área étnicamente diversa, establecer límites internacionales, y estandarizar la imagen del territorio nacional. Dodds (1993:314 y 321-322) define esta politización de la geografía material como la puesta en práctica de una serie de “tecnologías de poder” tales como explorar, nombrar, mapear, que operan una serie de recortes de la realidad, incluyendo y excluyendo a unos u otros, colonizan la definición de normalidad, codifican formalmente el proyecto estatal sobre el territorio y lo representan como humanamente vacío.12 Entre esas convocaba a colaborar a los amantes de la naturaleza en general, y que se atrevió a designar miembro honorario al controvertido Charles Darwin, contra todas las ideas y los deseos de Hermann Burmeister, director científico de la Academia de Ciencias (MANTEGARI 2003:153-155). 12 Los textos geográficos –verbales o gráficos, incluso los mapas y planos en tanto son operaciones intelectuales antes que herramientas- siempre interpretan y postulan algo sobre el sentido de los objetos que describen, ubican, etc. para las sociedades que los piensan y producen y en un conjunto de elementos extratextuales (QUINTERO 2003:57 y 64; LOIS 2004:8-10). 27 imágenes oficiales y patrióticas, la resignificación de la Norpatagonia como repositorio de recursos tan valiosos como inexplotados tiene un eco persistente hasta la actualidad.13 También obedecieron a factores más coyunturales, tales como el proceso de definición de los límites internacionales, pero permanecieron también como constitutivas del concepto de soberanía, que en el caso argentino jerarquiza el componente patrimonialista de dominación territorial y deja en segundo plano el significado democrático de pertenencia a un pueblo. El IGA, en efecto, generó intencionalmente una serie de representaciones del territorio y de la población de los espacios recién conquistados por el Estado, definidas socialmente como científicas pero funcionales al programa político de conquista y de colonialismo interno y por eso mismo profundamente ideológicas. Las sociedades geográficas de la época construían un tipo de conocimiento geográfico constitutivo de nuevos espacios de dominación, con referencia inmediata a lo material pero desligado de los marcos teóricos de moda en la disciplina (Lois 2004:39-42): “un saber útil a los fines del proyecto territorial estatal”, retóricamente cientificista en su propuesta de modernización, sostenido por “los valores asociados a la cientificidad” que justificaban “las prácticas políticas que engendrarían los anhelados orden y progreso”. Dentro de esta retórica cientificista la misma autora cuenta el situarse del autor como observador neutral de la realidad y “la apelación a las leyes de la naturaleza para la explicación de fenómenos sociales”. Los propios exploradores-autores, particularmente los del IGA, advertían frecuentemente acerca de la improvisación o la subjetividad presentes en sus propios escritos, proporcionándonos elementos para analizar el tipo de cientificidad del conocimiento generado por las sociedades geográficas. El mismo fundador y mentor del Instituto, Zeballos, expresaba que las “conquistas útiles a la Humanidad y gloria para los espíritus esforzados” logradas por los primeros exploradores argentinos producían trabajos casi todos “superficiales y escasos de mérito científico [...], descriptivos e históricos y salpicados con las investigaciones de naturalistas de mérito a quienes se sigue en ellos” pero merecedores, sin embargo, del apoyo de los poderes públicos en carácter de estímulo (BIGA I:61, 1879). Con la misma frecuencia con que los autores llamaban la atención acerca de la poca sistematicidad de sus observaciones, señalaban también que todo lo descrito y registrado se correspondía perfectamente con la realidad, participando así de la pretensión de objetividad característica del método positivista. El criterio expuesto en general consiste, entonces, en ameritar no la calidad científica de estos trabajos sino su utilidad política. De una primera lectura de los índices del Boletín del Instituto Geográfico Argentino se desprende que el desarrollo y la publicación de trabajos geográficos sobre la Patagonia Norte acompañaron, fundamentalmente, dos iniciativas políticas en sendos 13 LIVON-GROSMAN (2003:15) observa que la Patagonia se convierte en un capítulo insoslayable de la larga literatura sobre el fracaso argentino del siglo XX. SOUTO (2003), p.e., identifica en el Segundo Plan Quinquenal de 1952 representaciones que provienen de Carlos III, de Sarmiento y de Avellaneda. 28 momentos sucesivos: en primer lugar el ciclo de expediciones militares de conquista que se extendió hasta 1885, y en segundo lugar el desarrollo del diferendo limítrofe con Chile que culminó en el laudo arbitral de 1902. Fuera de esos dos grandes temas, sólo algunos aspectos puntuales del desarrollo regional llamaron la atención de la institución, pero sin generar debates ni análisis más profundos. La Revista de la Sociedad Geográfica Argentina describe y fundamentalmente propone, en cambio, la operación de apropiación productiva del espacio inmediatamente siguiente a la conquista. La conquista militar había sido posible gracias a una serie de exploraciones previas realizadas desde mediados del siglo XIX (De Jorge 1988:14), y la exploración había sido un elemento constitutivo del plan de conquista desarrollado por el gobierno de Nicolás Avellaneda (Auza 1980:62-75). Al mismo tiempo, la conquista proveía información, según Zeballos, “que la geografía nacional guarda con avidez, que el país agradecerá vivamente, y que el Boletín del Instituto Geográfico Argentino llevará [...] al seno de las principales sociedades congéneres de América, Europa y Asia, con las cuales sostiene fecundas relaciones” (BIGA I:184-185, 1879). Conocimientos que generaron “la época más brillante del Instituto” (Goicoechea 1970:9) y el corto ciclo de vida de la Sociedad, es decir el momento del giro entre el discurso territorial “topográfico” evidenciado en la cartografía del “primer nacionalismo voluntarista” que “avanza sobre un desierto despojado de huellas culturales” –mirada de “apercepción”- y la narrativa “de integración del Estado-nación y de redefinición de sus contenidos”, explorando y describiendo sistemáticamente, clausurando la idea de desierto e inaugurando la de espacio disponible –en un movimiento de “apreciación”- (Andermann 2000:18-19 y 106-109; cfr. Lois 2006). Esta lectura encaja perfectamente con la correlación ya advertida entre los límites de las políticas estatales y los límites de la Geografía, al señalar la ambivalencia entre la retórica a veces utópica de relevamiento y ampliación de la nación y el “discurso crítico hacia el Estado que hasta entonces no ha sabido hacerse cargo de esa riqueza interior” (idem:108). Dentro de este gesto de apreciación del territorio llama la atención la prioridad asignada a la puesta en valor y en práctica de vías de comunicación, tarea asumida inicialmente por la Armada Argentina y centrada en los ríos y lagos de la cuenca del Negro (Auza 1980:75-76). Los trabajos de marinos como Guerrico y O’Connor, en ese contexto, son especialmente valorados. La ambivalencia del discurso geográfico, entre la utopía futurista y la crítica por la inacción estatal, surge fundamentalmente del punto de quiebre de la crisis política, económica y general de 1890, por todo lo que significó en cuanto a desfinanciamiento de las instituciones científicas, de sus actividades y de sus publicaciones, por el estancamiento y retroceso de la ciencia pura y por la extensión del nuevo espíritu utilitario y materialista (Babini 1986:196-198).14 14 WEINBERG (1998:76-77) extiende a toda América Latina esta característica de la época, y BERNAL (1979:438-439) habla de “la gran depresión” de la ciencia occidental a fines del XIX por su carácter conscientemente contrarrevolucionario, alejándose de “cualquier idea que pudiera ser utilizada para mejorar de algún modo significativo la 29 Los problemas de límites con Chile generaron un segundo ciclo de exploraciones (De Jorge 1988:14), coincidiendo con el retorno al IGA de los fundadores de la Sociedad Geográfica y con cierto mejoramiento del estado financiero del Instituto (Goicoechea 1970:11). De acuerdo con esas observaciones acerca de los momentos de mayor intensidad de producción científica sobre la región presentes en los Anales, en el Boletín y en la Revista, y con estas notas acerca del sentido que fue adquiriendo la literatura científica en la época, podemos concluir a priori que las representaciones de la Norpatagonia presentes en esos materiales se fueron alejando progresivamente de los estereotipos negativos marcados por el concepto axial de desierto, establecidos en las décadas anteriores, y que se recentraron en la identificación y valorización de recursos útiles. Sin embargo esto no es más que una hipótesis inicial, y dejamos abierto el análisis que nos permita determinar en qué momentos, respecto de qué temas concretos, con qué distintos sentidos, alcances y consecuencias se dio esta resignificación de la región. 2. El proceso de objetivación de las representaciones15 El aporte a la delimitación territorial Un eje discursivo en el que coinciden perfectamente –como ya señalamos- las prácticas de las distintas asociaciones científicas y geográficas argentinas es su contribución a la delimitación internacional del territorio en el marco del diferendo con Chile, un problema que, indudablemente, era percibido como superior a las diferencias coyunturales entre instituciones, partidos políticos y grupos de opinión. Se ha señalado acertadamente la importancia singular que adquirió en América Latina el factor territorial para la construcción de identidades nacionales. En el marco de unas naciones jóvenes, que no se diferenciaban significativamente entre sí en el plano cultural, la “alquimia de la tierra” era el principal factor de cohesión para las identidades particulares (Quijada 2000). La delimitación externa del territorio, junto con su control político interior y la construcción de ciudadanía, forman parte de un mismo proceso de incorporación, agregación y modificación de elementos resuelto en el nivel del imaginario colectivo, si bien en el caso argentino el componente territorial de esa construcción nacional se destaca muy por encima de los otros dos (idem:181, 192194 y 217). Entonces, si “la delimitación de un territorio de dominación es parte constituyente del proceso de cohesión interna y de diferenciación externa” (Zusman y condición del hombre” y siendo absorbida “por la maquinaria del capitalismo como consecuencia del aumento de su necesidad técnica”. 15 Entendemos por objetivación de una representación social el proceso por el cual se seleccionan y retienen, se descomponen, simplifican y naturalizan determinados objetos del discurso generando una reconstrucción de la realidad en torno de un sentido (MORA 2002 (8-11). 30 Minvielle:1), el aspecto conflictivo de ese proceso está dado por la oposición resultante con otros procesos de construcción estatal en el mismo espacio, para este caso el de Chile. Por otra parte, como señala Pires Menezes (2006) para el caso brasileño, detrás de la preocupación por las cuestiones de límites subyacían “las cuestiones de la centralización y descentralización administrativa y territorial, la unidad y cohesión social, esto es, las problemáticas que envolvían territorio y nación”, que podían variar ligeramente de un país a otro pero que nos muestran, en definitiva, que detrás de las cuestiones de límites se ponían en juego representaciones y proyectos perdurables acerca de la formación territorial de las áreas en disputa. El modo de imponerse en el conflicto consistía, entonces, en traducir la unidad de sentido entre naturaleza e historia característica de los nacionalismos, originalmente situada en tensión entre el espacio continental y el espacio local, ahora en una escala nacional, naturalizando –es decir, representando como naturalmente y atemporalmente argentino- un territorio diseñado a priori desde el proyecto político nacionalista-liberal. Un componente importante de esta visión nacionalista es la representación del Virreinato del Río de la Plata como matriz territorial original de la Argentina, y por ende la idea del proceso de formación del Estado argentino moderno como una serie de pérdidas y mutilaciones atribuidas a enemigos externos como los países limítrofes y los “imperios” británico o estadounidense (Cavaleri 2004). Los mapas del Virreinato incluyendo en su espacio la Patagonia oriental entera, a veces incluso la Patagonia chilena u occidental, y/o Tierra del Fuego o el estrecho de Magallanes, presentes aún hoy en materiales de divulgación y textos escolares, contribuyen a esa representación social. Desde el momento mismo de la conquista, coincidente con el tratado general de límites entre Argentina y Chile de 1881, la exploración de la región Norpatagónica resultó funcional a la determinación de criterios para la fijación definitiva del límite internacional: “se buscó la determinación de ciertos criterios conceptuales que, legitimados en el marco del derecho internacional, encontraran su referente en el terreno y fueran reconocidos como el límite internacional más adecuado” (Zusman y Minvielle:5). En la medida en que crecía el conocimiento detallado de la zona cordillerana, se advertía que la línea de las más altas cumbres de los Andes no coincidía necesariamente con la divisoria de aguas entre las vertientes del Atlántico y del Pacífico. En busca de un mayor provecho para la Argentina resultaba pertinente generar una representación favorable tanto de una como de otra línea. Esto significaba mostrar un caudal consistente de información que demostrara una divisoria de aguas lo más oriental posible –lo que la invalidaría como límite internacional, al separarse claramente de las altas cumbres-, o bien una línea de altas cumbres lo más occidental posible de tal modo que diera, al menos en algún punto, acceso a la Argentina a la costa del Pacífico. El representante central del IGA en la polémica en torno del límite internacional en la Patagonia Norte fue el mayor Rohde, que esgrime los resultados de su búsqueda del paso Bariloche: la divisoria de aguas, atravesada apenas al sur del Nahuel Huapi, no 31 podía ser el límite, que debía pasar necesariamente por una línea de altas cumbres. Ésta –sostenía el explorador- atravesaba el seno de Reloncaví; por lo tanto, propone – provocativamente- trazar un ferrocarril enteramente argentino desde el Atlántico hasta ese punto del Pacífico (BIGA IV:172-178, 1883). Pronto es rebatido por una comisión exploradora chilena, que por medio de su informante Emilio Valverde declara la imposibilidad de divisar el Reloncaví desde el sur del Tronador -”una ilusión óptica o el deseo de ver el Pacífico lo ha engañado” al argentino- y comunica la imposición del nombre de “Bariloche” al boquete Pérez Rosales, tradicional acceso desde los lagos chilenos al Nahuel Huapi (BIGA VI:300-301, 1885; cfr. el informe completo de Valverde en RSGA III:208-235, 1885). Rohde refuta fácilmente esa identificación de los pasos cordilleranos con el auxilio de documentación de los misioneros Jesuitas, pero el eje de su argumentación consiste en afirmar que la cordillera, en esa latitud, está quebrada por invasiones del Pacífico que forman “puertos en parte chilenos, en parte argentinos, así que se puede pasar a la Patagonia oriental, sin subir una cadena de importancia”, de modo que las cumbres principales están en los volcanes Calbuco, Osorno y Puntiagudo, al oeste del Reloncaví, y la Argentina debería colonizar los valles cordilleranos intermedios (BIGA VI:304-313, 1885 y RSGA III:235-254, 1885). Todavía en el mapa del Chubut elaborado por el ingeniero Ezcurra y publicado por el IGA en 1895, aunque la línea del límite argentino-chileno coincide con la actual, las más altas cumbres están representadas por una serie de alturas más occidentales: los volcanes Michinmahuida, Corcovado y Nevado, y los cerros Melimoyu, Montalat y Macá (BIGA XVI:mapa entre 226 y 227, 1895).16 La publicación de estos materiales por el IGA y la SGA en ese contexto tiene dos resultados. Uno, inmediato y evidente, que es el de contribuir a sostener la posición argentina y a lograr un laudo arbitral favorable. El otro deriva indirectamente del primero: quizás el mejor tributo de estas instituciones al proceso político de territorialización consistió, mediante la determinación de los términos del debate, en la identificación del objeto en disputa. Ese objeto era las tierras situadas entre las dos líneas propuestas como límite internacional: la de las altas cumbres y la divisoria de aguas. En partes significativas –como las cuencas del lago Lácar y de los ríos Manso, Puelo, Futaleufú-Yelcho y Palena- esas tierras formaban parte de la “Suiza argentina” y eran consideradas, como hemos visto, las más fértiles de la Patagonia. Después del laudo de 1902, entonces, la abundante información reunida, sistematizada y publicada 16 En este aspecto, Rohde y Ezcurra continúan una tradición ya establecida: en el “Mapa de la República Argentina construido por A. de Seelstrang y A. Tourmente ingenieros por orden del Comité Central Argentino para la Exposición de Filadelfia, Buenos Aires, 1875”, el límite argentino-chileno norpatagónico pasa por los citados volcanes y cerros actualmente chilenos; en el Atlas de V. Martin de Moussy (en la “Carte de la Province de Mendoza, de l’Araucanie et de la plus grande partie du Chili par le Dr. V. Martin de Moussy, 1865”, donde está trazado el límite internacional, y en la “Carte de la Patagonie et des archipels de la Terre de Feu, des Malouines et des côtes occidentales jusq’au golfe de Reloncavi par le Dr. V. Martin de Moussy, 1865”, donde no figura), en cambio, el límite parece seguir la divisoria de aguas allí donde era mejor conocida gracias a Cox –volcando el lago Lácar hacia el lado chileno- y las altas cumbres aparecen constituidas más al sur, entre el Nahuel Huapi y los 45° de latitud, por los mismos volcanes y cerros que en los otros mapas. 32 sobre la zona limítrofe contribuiría a la representación de la zona andina norpatagónica como principal objeto de interés regional. Una década después del incidente Rohde-Valverde, cuando el protocolo de 1893 ya había admitido la invalidez de la divisoria de aguas como criterio de delimitación y el diferendo limítrofe se encaminaba a la solución arbitral, el IGA continuaba publicando cartografía resultante de sus propios relevamientos y volvía a situarse en la vanguardia de las exploraciones al señalar que al sur del Nahuel Huapi, en la región cordillerana del Territorio del Chubut, entre la cordillera y la divisoria de aguas, se encuentran las tierras más fértiles de la Patagonia, que sin embargo constaban en los mapas como “territorio inexplorado” (BIGA XVI:5-10 y 226, 1895). Un intercambio similar al de 1885 se produjo entre Lista y los chilenos Steffen, Fonck y Fischer, y repercutió esta vez en los Anales de la SCA (ASCA 41:286-296 y mapa, 1896). Así como una década atrás la discusión se había centrado en los pasos de la zona del Nahuel Huapi, ahora se focalizaba en la zona al sur del gran lago, hasta la cuenca del río Puelo, de la vertiente del Pacífico pero al este de las altas cumbres. Las notas salientes de la valorización de la zona por Lista consisten en el modo en que llama la atención sobre la potencialidad agrícola del Valle Nuevo (actual valle de El Bolsón) y en que proporciona visibilidad a la población indígena en su recorrido por el pedemonte andino. La idea de la imprecisión de la divisoria de aguas es reforzada por Moreno en su conferencia londinense de 1899, en la que afirma que el Nahuel Huapi constituía un fiordo antiguamente abierto al Pacífico pero actualmente vertiente en el Atlántico (BIGA XX:385, 1899).17 Esta teoría sigue siendo sostenida años más tarde por el profesor Kühn, que destaca la existencia de una serie de lagos encadenados sobre el paralelo 41°, a ambos lados de la cordillera (BIGA XXIII:200, 1909). La generación de información y de interpretaciones sobre el tema, por parte del IGA y en función de la solución del conflicto territorial con Chile, fue acompañada por la divulgación de abundante material documental: todos los tratados, convenciones, protocolos, actas, proposiciones, memorias, informes y mapas inherentes al conflicto, y finalmente el laudo arbitral fueron publicados en su Boletín (BIGA XIX:511-560, 1898, y XXI:249302, 1903). En síntesis, las tres instituciones con sus publicaciones científicas divulgativas estudiadas coincidieron plenamente, durante el desarrollo del diferendo limítrofe argentino-chileno, en su compromiso de generar conocimiento geográfico sobre el terreno y, a partir de él, producir una interpretación favorable a la Argentina, a menudo polemizando con las interpretaciones chilenas. 17 Una explicación –según me ha aclarado la geóloga Susana Heredia- no del todo incorrecta, pero poco precisa en el uso de los conceptos de “antiguo” y “actual” y en la determinación de los datos sobre los que se debería afirmar. 33 Los objetos preferenciales de representación: la zona andina y los valles agrícolas Los estudios publicados por el Boletín del IGA sobre la Patagonia Norte consagran un nuevo itinerario canónico para el viaje al Sur argentino: el viaje por la cordillera de los lagos. Un primer itinerario, inaugurado por los primeros conquistadores europeos, había sido el recorrido de la costa (Livon-Grosman 2004), y, en un segundo momento, la penetración desde la costa hacia la cordillera siguiendo los ríos había sido abierta por los exploradores españoles del XVIII –Basilio Villarino, Antonio Viedma- y reproducida como un rito por Darwin, Feilberg, Moreno y Lista. Este segundo itinerario había hecho posible establecer diferencias entre la costa generalmente inhospitalaria, la estepa desértica y el rico ambiente cordillerano, y percibir a este último como el objeto preferencial del deseo y de la conquista. En comparación con esos primeros abordajes, los exploradores de fines del siglo XIX –y en particular los del IGA- se entusiasman en la contemplación, la descripción, la evaluación y el goce anticipado de la Norpatagonia andina, la “Suiza argentina”, como lugar de las posibilidades plenas. Paralelamente con las expediciones militares de conquista de la Norpatagonia andina al mando del general Villegas, se comenzó a percibir la especificidad de esa subregión desde el punto de vista geográfico. Ya en 1879 Francisco Host, en el primer relevamiento sistemático del curso del Neuquén, al llegar a la Confluencia con el Limay observa que “el terreno es muy propio para la agricultura” (BIGA I:158, 1879). La necesidad de obras de regulación de los caudales, la nula disposición del Estado para emprenderlas y, finalmente, la experiencia trágica de 1899, contribuyeron a que las miradas de la época se concentraran en la zona andina, en “la verdadera riqueza territorial” que todavía en 1880 Zeballos veía “en poder del enemigo”: “Como campos de pastoreo los valles andinos son de excelente calidad; allí están, asimismo, aquellas maderas seculares de que los españoles construían grandes navíos, allí los metales desde el plomo hasta el oro, allí el carbón de piedra en las entrañas de la tierra y en su superficie las sabrosas frutas como la cereza, la pera y el manzano.” (BIGA I:190, 1880) Esa mirada se vuelca en una serie de exploraciones, mapas y descripciones realizadas por ingenieros militares, viajeros civiles y agrimensores. La descripción del corredor de los lagos aparece compuesta por el ingeniero militar Jorge Bronsted, desde Pulmarí al Nahuel Huapi, por el capitán de la Armada Eduardo O’Connor en torno del gran lago, y por Rohde –concentrado en la cuestión del límite internacional- en lo referente a la zona sur del Nahuel Huapi. Relativamente diferentes en estilos y énfasis, estas descripciones –fundamentalmente las dos primeras- pueden ser leídas como el “interrogatorio utilitarista” referido por Andermann, que culmina en una valoración no exenta de una estética marcada por la delectación en el paisaje cordillerano. 34 Bronsted, en “Territorios andinos”, la descripción topográfica que complementa la campaña del general Villegas al Nahuel Huapi (BIGA IV:247-260, 1883), releva el territorio situado entre el gran lago, los ríos Limay, Collón Curá y Aluminé, el lago Aluminé y la cordillera de los Andes con el objeto de servir a lo que “se propusiese para llevar la civilización a aquellas apartadas comarcas tan bendecidas por la naturaleza”. El itinerario exploratorio liga el ascenso de los ríos mencionados con el recorrido de los lagos y valles cordilleranos, de norte a sur. En ese camino se identifican y se clasifican cuidadosamente las tierras, las vías de comunicación y demás recursos. No se dejan de hacer observaciones acerca de la cuestión limítrofe con Chile, señalando la lejanía de la divisoria de aguas –en el cordón Chapelco- respecto de las altas cumbres y, en consecuencia, los derechos argentinos sobre las mejores tierras de la vertiente oriental de los Andes. En primer lugar, el autor ubica las tierras de aptitud agrícola: el valle donde se sitúan el fortín y pueblo de Junín de los Andes –estratégicamente ubicado respecto de los caminos a Chile y al oeste de la divisoria de aguas mencionada-, los valles del Curruhué, Chimehuín y Malleo, los declivios alrededor del lago Huechulafquen, la zona del lago Tromen, los valles alrededor del lago Lácar, “de los más fértiles y más extensos entre los de las Cordilleras del Sud” y los también “fértiles y hermosos valles” al sur de allí, hasta el lago Traful. Otras zonas no muestran las mismas calidades pero sí parecen aptas para el pastoreo, como los valles del Collón Curá y el Quemquemtreu, o los buenos campos al norte del río Malleo. Otro recurso interesante parece ser una mina de plata en el volcán Lanín18, que habría sido explotada por chilenos. Esas tierras fértiles, abundantes en ríos, arroyitos, manantiales innumerables, buenos pastos, manzanares, “bosques de pinos, robles y cipreses” de admirable frondosidad, lagos de “aguas azuladas, profundas y silenciosas”, frutillares exuberantes, conforman una “naturaleza a la vez risueña y salvaje”, útil y disponible para su colonización. Las vías de comunicación no abundan pero existen seis pasos cordilleranos, entre Pulmarí y el Nahuel Huapi, muy mejorables con “la azada, el pico y el hacha”: el paso pantanoso y difícil pero bajo de Carirriñe, cercano a una “población chilena, en territorio también chileno, con ranchos y grandes chacras bien labrados”, el paso Villarrica (actual Tromen), el paso lacustre-fluvial de los lagos Lácar y Pirehueico, el paso Huahum y otros dos no especificados, uno de los cuales era muy frecuentado por comerciantes chilenos que buscaban manzana para sidra. Sin embargo, se contaba también con la navegabilidad de los ríos para el transporte de maderas y como vías de intercambio en general. Es de notar que, con perspectiva de futuro, Bronsted se posiciona respecto de uno de los temas más controvertidos que derivarían del relevamiento de la zona andina norpatagónica: su modalidad de distribución y ocupación. “Las condiciones naturales de esas regiones y la poca extensión de las áreas aptas para el cultivo y aún para el 18 El autor escribe sobre el volcán Quetrupillán, de “majestuosa grandeza”, pero por las referencias que da es claro que se trata del Lanín; el Quetrupillán está en territorio chileno, 25 km al NO del Lanín. 35 pastoreo no invitan a los ganaderos exclusivos, ni ofrecen conveniencias para estancias a la manera de las provincias de Buenos Aires, Entre Ríos, etc.” (BIGA IV:257, 1883). Propone, en cambio, una explotación fundada en la ganadería intensiva al modo suizo, escocés o escandinavo: “estoy convencido de que una colonización llamada de los países europeos indicada y planteada convenientemente allá, dentro de pocos años convertiría esa región en una Suiza americana no menos productiva, hermosa y risueña que el [país] suizo europeo” (idem, 258). Con ese propósito, compara el clima local con el de Alemania, Francia y Bélgica, ideal para los cereales y mejor que el de las colonias agrícolas de Santa Fe. A diferencia de otros exploradores del IGA, el ingeniero de la 2ª División del Ejército no representa un territorio vacío sino portador de abundantes señales de una presencia tanto indígena –reciente pero pasada- como española, demostrada ésta por las “ruinas de un fortín viejo” que fue rehallado recién en 1998 cerca del Lácar. En cuanto a las abundantes trazas indígenas, funcionan en el texto como un elemento de valoración suplementario para las tierras a colonizar: “El conjunto de esos valles cuya naturaleza tan abundante, tan pintoresca y tan virgen recién se presenta a la vista del hombre civilizado deja una impresión como si se pisasen lugares sagrados [...]. En esos valles vivían los indios; sus toldos de los que muchos son bien construidos, sus sembrados de trigo, cebada, alverjas, porotos, papas, etc., y aún sus trabajos destinados al riego comprueban que a pesar de sus instintos salvajes habían adquirido cierta civilización y que estos sus últimos refugios también fueron sus lares predilectos. “[...] ”[...] las sendas y caminos que cruzan esos lugares en todas las direcciones tanto como los restos de toldos y corrales son testimonios inequívocos de que esas regiones han sido de las preferidas entre los indios” (BIGA IV:250 y 254, 1883). Finalmente, Bronsted intenta establecer el carácter determinante de sus observaciones y opiniones: ”Siendo el plano el primero que se ha levantado y hasta la fecha el único que existe sobre esta parte de la República, lo envío a la Superioridad en la convicción de que en adelante no habrá controversia sobre la exactitud de su contenido”. Sus opiniones, por otra parte, se basan según él “sobre la verdad neta de las cosas” (BIGA IV:260, 1883). En el otro texto paradigmático de esta resignificación de la zona andina norpatagónica operada por el IGA, la “Exploración del Alto Limay y del lago Nahuel Huapi” realizada y redactada por O’Connor (BIGA V:196-201, 232-240 y 261-263, 1884), aparecen muchos de los perfiles característicos de las exploraciones patagónicas de fines del siglo XIX. En primer lugar, se destaca la relectura de los antecedentes y testimonios históricos sobre la zona, hasta los inmediatamente anteriores al autor –Falkner, Villarino, los jesuitas de Chile y Menéndez, Hess y Fonck, Cox, Ramírez, Guerrico y Obligado-, como falsos, erróneos o intrascendentes. También contribuye a poner de 36 relieve la tarea exploratoria del autor la representación de la expedición misma como empresa riesgosa, navegando a la sirga contra la fuerte corriente del Limay y recordando el naufragio de Cox y los esfuerzos inmensos, incluso con el costo de vidas, de los expedicionarios anteriores. En consecuencia, la propia experiencia es exaltada como empresa nacional e internacionalmente significativa, comparable a las de Livingstone y Stanley en África y por la que el gobierno argentino, “colocándose a la altura de la civilización moderna, ha seguido las huellas o el ejemplo de las naciones europeas más avanzadas que se apresuran en el siglo actual a completar el conocimiento físico y geográfico del globo”. En segundo lugar, la zona explorada –el lago Nahuel Huapi y su entorno- es recreada como lugar novedoso: “completamente desconocido del hombre civilizado [...] durante el largo período de tres siglos [...] también muy poco frecuentado por el hombre americano antes de Colón”; “en ningún sitio encontramos la huella del hombre”; etc. La idea de que se trataba de una zona fundamentalmente desconocida se repite en trabajos posteriores, como el de los doctores Fritz Kurtz y Guillermo Bodenbender, pero desde el punto de vista de los científicos que dicen generar conocimiento verdadero, a diferencia de los militares y los comisionados de mensuras (BIGA X:319, 321 y 326, 1889). En O’Connor, la imagen del imponente escenario natural –recientemente vaciado de población, a juzgar por los “muchos restos de toldos y corrales destruidos” o por las piraguas “abandonadas allí [en el Nahuel Huapi] por los salvajes, que alguna vez surcaron aquellas solitarias y apartadas regiones”- es cargada de un nuevo simbolismo nacional por la descripción del izamiento de la bandera, de la presencia de las tropas y del silencio solemne del momento. Ese vacío imaginario de conocimientos y de población es remediado discursivamente mediante la descripción sistemática de la superficie del terreno: las medidas del Nahuel Huapi, su ubicación, altura, extensión, topografía, profundidad, lecho, temperatura, corrientes, la altura de sus aguas, sus islas, los bosques que lo rodean, los arroyos y ríos Grande, Chico y Blanco que desembocan en el Nahuel Huapi, los lagos Correntoso, Gutiérrez, Frías, Moreno, 25 de enero y Albarracín, la boca y el régimen del Limay, los vientos, la amplitud térmica, el clima y la geología de la zona, la fauna “rica y variada”, la vegetación, etc. El renombramiento de los accidentes naturales -el lago Moreno en honor al primer argentino que divisó la gran cuenca; la isla Victorica (actualmente llamada Victoria) en honor del “progresista ministro” de Guerra protector de las exploraciones- es otro gesto de apropiación intelectual característico. También contribuyen la imaginación futurista del “rico territorio [como] asiento futuro de populosas ciudades”, la comparación con otras latitudes -según la cual “el lago Nahuel Huapi, no cede en importancia geográfica a ninguno de los otros grandes lagos del mundo” como los suizos y los norteamericanos- y la alusión a la disponibilidad de esos “extensos terrenos fertilísimos, con un clima fácilmente soportable y habitable por los hombres de cualquier zona del globo”. En definitiva, la cordillera norpatagónica aparece en O’Connor y en menor medida en Bronsted como una región con características propias, como una unidad de 37 análisis centrada en un objeto destacado -el lago Nahuel Huapi en el caso del marino, las tierras agrícolas en el caso del militar de tierra-, vacía de población preexistente, básicamente desconocida para la ciencia, incorporada ahora por la “civilización” – representada por el Estado argentino y por los arriesgados expedicionarios de sus fuerzas armadas- al mundo conocido –en una cadena de subrogaciones que legitima en ambas direcciones-, riquísima en recursos naturales, apropiada y renombrada por la Nación a través de sus agentes y símbolos, comparable con otros escenarios del desenvolvimiento del capitalismo en climas templados, disponible para el trabajo productivo e imaginable como lugar de desarrollo futuro. Esta representación de la subregión persiste con escasas variaciones hasta hoy. Desde un punto de vista, esto demuestra lo poco que ha cambiado la región a lo largo de más de un siglo. Pero también podemos interpretar que el discurso de la Geografía de la época aproxima a ésta a la Historia: si la exploración y descripción sistemática del terreno es producto de una Geografía fijista, poco sensible a los procesos humanos, a la dinámica y al conflicto, también es cierto que produce a su vez una Historia fría, cuya dinámica se expresa con la lógica de las leyes de la naturaleza y evoluciona tan lentamente como ésta, pero que enmascara –el “tiempo engañoso” de Gurvitch- la crisis estructural de la conquista. En otro texto, extraño al estilo general del Boletín, el médico, naturalista y literato Eduardo L. Holmberg pronuncia una conferencia que sintetiza bien, en 1889, la representación fragmentada de la Patagonia generada en la primera década de vida del IGA. “Nuestra tierra a vuelo de pájaro” (BIGA X:174-183, 1889) describe en prosa lírica, desde el punto de vista imaginario de un cóndor que sobrevuela la Argentina19, el contraste entre, de un lado, las montañas “en cuyo duro seno forma el esqueleto una filigrana de los más ricos metales”, “los manzanares no habitados ya por los antiguos señores de la comarca”, los bosques y frutillares, y del otro lado la meseta con su “árido suelo, totalmente desnudo de yerbas”, de clima durísimo, frío eterno y huracanes helados, signado por la ”tristeza y desolación por todas partes”. Un texto que representa el efecto estético de la apropiación nacionalizadora del paisaje, producido como consecuencia del interrogatorio utilitarista de los exploradores (Andermann 2000:123). El concepto de desierto –aplicado a los territorios fronterizos de la Pampa y la Patagonia en forma inseparable al concepto de salvaje asignado a su población- había adquirido, efectivamente, un denso significado político en la Argentina del siglo XIX y 19 En la literatura de Holmberg, hombre de la llamada “generación del ‘80” pero de ningún modo limitado al craso materialismo con que se suele caracterizar la época, conviven los estilos científico-denotativo y poético-connotativo en un intento de conciliación de saberes ciertamente antipositivista (GUZMÁN CONEJEROS 2003:140-150) o relativamente excéntrico respecto de la tradición escriturística de los viajes científicos del siglo XIX (SALTO 2002). Por otra parte, el vuelo o el viaje a alta velocidad imaginario forma parte del arsenal discursivo de la literatura decimonónica, en la proyección del viaje real al campo de la ficción científica (CICERCHIA 2005), y en ese sentido podemos comparar la fantasía aeronáutica de Holmberg con la “visibilidad asombrosa” y panorámica lograda, por ejemplo, por Don Bosco en sus sueños sobre las misiones salesianas y en particular sobre la Patagonia (BOSCO 1995:327-332; BLENGINO 2005:126). Para una explicación del “punto de vista alto” como ilusión de control y dominio, influenciado por los sistemas modernos de representación cartográfica, v. PENHOS 2005:47ss. 38 constituía la matriz ideológica legitimadora tanto de la conquista militar como de la formación de unos Territorios Nacionales concebidos como colonias internas y vacías (Navarro Floria 2001 y 2002). Sin embargo, el sentido de ese término se fue cargando de ambigüedad en la misma medida en que las regiones a las que se aplicaba se vieron revalorizadas y resignificadas por su exploración y conocimiento más directo. ¿En qué sentido se podía seguir conceptualizando como desierto a los valles fluviales o a la zona cordillerana en los que se registraban, a fines del siglo XIX, tan abundantes recursos para el progreso material? Solamente en relación con la población: como tierras fértiles pero vacías, y por lo tanto disponibles. La representación de la Patagonia se fragmenta: ya no es un desierto uniformemente inhóspito sino, por un lado, una estepa estéril, por el otro una franja andina fértil y rica, y secundariamente una serie de valles u oasis fluviales que interrumpen la monotonía de la meseta. La resignificación del término “desierto”, que a partir de entonces se aplica lisa y llanamente a la estepa patagónica y sólo en el sentido de vacío de población a la zona andina, se relaciona con dos temas de interés central para la época y para el desarrollo posterior de la región pero que aparecen en un lugar muy subalterno en el Boletín. En primer lugar, el de la colonización agrícola. En segundo lugar, el de la población indígena y mestiza preexistente a la conquista. La resignificación del área cordillerana norpatagónica como tierra fértil contiene, como ya veremos, su proyección al futuro como asiento de una población abundante e industriosa, representación resumida en la imagen de “la Suiza argentina”. El relevamiento de tierras agrícolas aptas continúa espontáneamente en su representación como espacios disponibles para la colonización, que se ofrecen en el mercado internacional. En las ensoñaciones industrialistas iniciales abundan las imágenes del arado, del labrador, de los campos cerealeros y de los canales de riego. Pero en cuanto a la ausencia de colonización agrícola, el discurso geográfico acompaña a los hechos: el programa colonizador desaparece de las páginas del BIGA en la misma medida en que el sistema de apropiación de la tierra en la región, en la década de 1880, lo va transformando en una utopía de cumplimiento imposible. Como muestra del giro que da el tema de la colonización agrícola entre los años de la conquista y la etapa posterior a 1890, están, de un lado, la propuesta excepcional del ingeniero Bronsted, que en 1883 se anima a proponer –en una manifestación que en el BIGA resulta, de todos modos, excepcional- una colonización intensiva de modelo europeo para la Norpatagonia andina, y del otro lado las denuncias que una década después señalan la mala distribución de la tierra por una legislación funcional al latifundio. En cambio, la representación de las tierras fértiles regionales identificadas por la literatura de la SGA en los valles cordilleranos y fluviales y aún en la mesopotamia Colorado-Negro, no aparece, en general -en los ensayos y en la documentación oficial propagada por la RSGA-, relacionada con la conservación del modelo económico dominante sino, claramente, con un sentido reformista, es decir con la necesidad de obras de riego y de colonización agrícola, con la demanda de inmigración, con la crítica del latifundio especulativo y con el programa de subdivisión y de perfeccionamiento de 39 la propiedad de la tierra pública. Por otra parte, la agricultura es repetidamente indicada como la principal actividad productiva primaria prevista para la Norpatagonia, movilizadora del intercambio comercial y determinante de las necesidades y de los proyectos de vías de comunicación terrestres y fluviales –caminos, ferrocarriles y líneas de navegación- y de las obras públicas en general. La ganadería y la minería son mencionadas sólo secundariamente. El pueblo de General Roca, por ejemplo, en este contexto, es promocionado desde las páginas de la RSGA como polo de desarrollo económico regional, en función tanto de su productividad agrícola como de su ubicación central en el corredor norpatagónico. Esta selección de objetos del paisaje –complementaria con el reconocimiento de la población indígena y criolla como sujeto regional, como veremos-, de recursos naturales y de recursos humanos, adquiere mayor relieve contra el fondo comparativo del BIGA. Si la colonización agrícola de la tierra está ausente del discurso del IGA, es predominante, en cambio, en la representación de la región propuesta por la SGA. En el BIGA el tema del “desierto” patagónico es resignificado mediante una bifurcación de sentidos: la conquista de una Norpatagonia fértil pero vacía, y por lo tanto disponible, equivale así a un vaciamiento y a una proyección de toda idea de desarrollo a un futuro utópico para el que ni la colonización agrícola ni la población autóctona son convocados20. En contraste, la representación de la región puesta de manifiesto por la RSGA constituye, como proponíamos al principio, una mirada verdaderamente disidente. Así, la preferencia de la SGA por los objetos y recursos del territorio relacionados con la colonización agrícola resulta funcional a un proyecto políticoterritorial también divergente, complementario de aquella imagen de la sociedad, caracterizado por la proposición de un modelo de desarrollo no centrado en el latifundio ganadero sino en la pequeña propiedad agrícola. No hace falta explicar que la pauta de poblamiento y de distribución de la propiedad que este modelo suponía se contraponía con el esquema de poder del régimen oligárquico que por entonces gobernaba la Argentina, que se resistía a la ampliación de la ciudadanía y encontraba en la concentración de la propiedad de la tierra y en la capacidad de dirigir la inversión pública la herramienta privilegiada de su predominio. Después de 1890, el Boletín del IGA insiste en la caracterización de la región andina en tanto rica y disponible, pero con el tono crítico propio del fin del siglo y de la conciencia de no haber avanzado significativamente en el desarrollo del territorio. El peligro previsto por Bronsted en 1883, de que se instalaran en la Norpatagonia andina estancias ganaderas similares a las de la Pampa Húmeda, pocos años después es una realidad lamentable. Oliveros Escola, en su descripción del Neuquén, da cuenta de las riquezas minerales, termales, forestales y ganaderas de la cordillera, cuyos “verdaderos océanos” compara con los pequeños lagos suizos, y señala su desaprovechamiento: “Todo inexplorado, todo en abandono constante sin una sola iniciativa ni aún privada 20 Aquí vuelve a ser oportuna la comparación con la política brasileña de mantener los nuevos territorios como reservorios de recursos para un futuro indeterminado. 40 siquiera”. Observa que los bienes de consumo provenientes de Chile son más baratos que los disponibles en General Roca y que el potencial agrícola de la cordillera neuquina es comparable al del Chubut si se hacen obras de irrigación (BIGA XIV:373383, 1893). Casi dos décadas después el panorama no parece haber cambiado demasiado, a juzgar por el modo en que el profesor Kühn retoma el tema de una “Suiza argentina” que cuenta con “los elementos necesarios para la colonización en los inmigrantes, y los que vienen de regiones montañosas encontrarán en ese territorio un paisaje que les agradará más que la Pampa”, pero que sufre el despoblamiento y el aislamiento: “la población vive en ranchos miserables a gran distancia los unos de los otros, de tal manera que el viajero lleva la impresión de una región despoblada. Ella está formada por chilenos e indios, muy raramente se encuentra una familia argentina” (BIGA XXIII:186-198, 1909). El autor pone esperanzas en las únicas obras públicas que por entonces proponían alguna solución al aislamiento cordillerano: los ferrocarriles de Neuquén a Las Lajas y de San Antonio Oeste al Nahuel Huapi.21 De este modo, si la representación de la “Suiza argentina” había funcionado, en el momento de la conquista de la Patagonia, como prototipo para la resignificación de toda la región como fértil y rica, a fines del XIX y principios del XX opera como prototipo para el diagnóstico del fracaso del Estado y de la falta de iniciativas que pongan en valor a la región entera. Los objetos controvertidos: la población preexistente El tema de la población preexistente en los territorios conquistados se presenta rico en matices y en sentidos. Lois (1999), que centra su estudio del imaginario geográfico sobre el Chaco en el análisis del término “desierto”, encuentra en él la clave utilizada por las sociedades geográficas para representar ese espacio como vacío – soslayando la existencia de población indígena-, como desconocido –postulando la urgencia de su relevamiento y la presencia hipotética de cuantiosos recursos en él- y como soporte de la barbarie –legitimando la acción militar del Estado-. El programa del vaciamiento territorial se anunciaba ya en los textos que convertían a los territorios fronterizos “en área que a fuerza de anunciarse despoblada debe despoblarse por la fuerza” (Quintero 2003:68). La representación del territorio vacío resulta ser tan generadora de violencia como surgida de la violencia, en cuanto inmediatamente después de la conquista se postula la necesidad de borrar de los mapas toda memoria del otro y de renombrar los lugares y accidentes geográficos (Andermann, Argentine literature...). Otras representaciones políticas del territorio producidas por el Estado, como los censos, estadísticas y mapas, también hacían permanente énfasis en el proceso 21 El ferrocarril de Bahía Blanca a Chile se inició en 1896 en el puerto del sur bonaerense, llegó en 1899 a la Confluencia y en 1913 se detuvo su trazado en Zapala, que sigue siendo hasta hoy la punta de rieles a pesar de los múltiples proyectos de concretar el proyecto bioceánico. El ramal de San Antonio al Nahuel Huapi, también diseñado inicialmente para llegar al Pacífico mediante su conexión con otros transversales y paralelos, y parte de un proyecto integrado –e irrealizado- de desarrollo industrial, se inició en 1909 y llegó a San Carlos de Bariloche recién en 1934. 41 de despoblamiento indígena y repoblamiento “civilizado”, en la desaparición de los nombres y las marcas de la diversidad y en la presencia creciente de las nuevas marcas de la estatalidad y el progreso (González Bollo 1999:24; Quintero 2003:passim; Lois 2003:169-172). Una de las estrategias del vaciamiento simbólico del espacio conquistado consiste en la remisión discursiva al pasado y en la arqueologización conceptual de la población indígena, por los exploradores militares que describen corrales vacíos, sembrados arrasados y toldos abandonados en toda la franja cordillerana norpatagónica, desde el norte neuquino hasta el área del Nahuel Huapi. Bronsted explicita una conclusión obvia: unas tierras tan ricas en recursos debieron haber sido también valoradas por la población expulsada por los cuerpos militares argentinos. Conclusión que no amerita, sin embargo, en él ni en ningún otro de los autores del Boletín, objeción ética o política alguna al despojo realizado. El territorio es representado, en primera instancia, como vacío. Para Holmberg, por ejemplo, las únicas “formas humanas” reconocibles sobre el paisaje patagónico son las de los exploradores que trabajan registrando y renombrando el paisaje. Zeballos se propone iniciar con los territorios del Sur su Descripción amena de la República Argentina, “para orientar hacia ellos una vigorosa corriente de población”. Ese repoblamiento proyectado al futuro contrasta con su tarea de reconocimiento de los “restos” indígenas, “descubriendo cementerios y paraderos [...] hasta algunos de los cuales no había llegado aún la mirada audaz del explorador a sorprender tan valiosos secretos” (BIGA I:111-112, 1880). Pocos años después, según Villanueva, los indígenas ya han sido reemplazados por chilenos –seguramente mapuches muchos de ellos-, que “son siempre los primeros que ocupan los valles argentinos de la falda oriental de los Andes” (BIGA V:205, 1884). Sólo un agente de la Iglesia Católica, monseñor Antonio Espinosa, hace mención expresa de la población indígena, aunque fuertemente subestimada –unas mil trescientas personas en un total de casi treinta y un mil habitantes- y en retroceso, y sin referencia al pueblo mapuche, identificado como enemigo del Estado argentino en la región (BIGA V:190-191, 1884). La colección de restos humanos y culturales indígenas al modo de Zeballos pasó a ser, así, otra de las formas de expresar interés por una sociedad que se consideraba muerta y desaparecida, como lo haría el viajero francés Henri de la Vaulx al atesorar tanto restos humanos como instrumental asociado a ellos, fundamentalmente saqueando sepulturas, desde Carmen de Patagones hasta Punta Arenas (BIGA XVIII:601-602, 1897). Otro abordaje posible de la población originaria de la región, desde el punto de vista científico, fue la discusión teórica acerca de cuestiones antropológicas generales o de aspectos particulares, tales como –en la Argentina- las características y adscripciones étnicas de agrupaciones conocidas a través de fuentes documentales etnohistóricas. En el marco del primer grupo de temas puede ubicarse el ensayo entre antropológico y sociológico de Émile Daireaux, “Las razas indias en la América del Sud”, reproducido por los Anales de la SCA (4:37-48, 103-109, 148-149 y 218-223, 1877) de la Revue des deux mondes parisina; la conferencia de Moreno (ASCA 12:160-173 42 y 193-207, 1881) sobre antropología y arqueología, un verdadero ensayo teórico destinado a legitimar políticamente el trabajo de los antropólogos y arqueólogos como contribución a la construcción de una genealogía de los argentinos; o también en los aportes de Lista mediante la publicación de un “Vocabulario tzóneka o tchuelche” [sic] elaborado en su anterior viaje a la Patagonia (RSGA III:334-335; cfr. Lista 1975 [1880]:119-121 y Lista 1894:48-55 y 104ss), y por el aporte, más interesante aún, del texto de una conferencia dictada por el mismo mentor de la SGA y en el mismo año 1885 sobre “El hombre primitivo” (RSGA III:193-199, 1885). En la segunda línea mencionada, encontramos, por ejemplo, el debate sobre el origen de los querandíes iniciado por Manuel R. Trelles, Hermann Burmeister y Francisco Moreno y sostenido por dos representantes del campo profesional de la antropología del siglo XX, Félix F. Outes y Samuel Lafone Quevedo (BIGA XIX:106-118 y XX:3-9, 1898-1899). Ambas miradas –la de la arqueología de superficie y la de la etnología, antropología o sociología teóricas- eludían intencionalmente o no, en mayor o menor medida, la cuestión indígena real, es decir el debate acerca de las políticas hacia los indígenas contemporáneos que hubiera supuesto, probablemente, algún tipo de revisión crítica de la conquista y de sus consecuencias. Los materiales publicados por la RSGA acerca de los indígenas habitantes de la región en cuestión se completan con una nota periodística breve, un reportaje y una nota propia de la SGA, esta última de neto corte político. Esta diversidad también denota tanto la cercanía de la cuestión indígena concreta, descripta prematuramente por el presidente Nicolás Avellaneda (1874-1880) en su último mensaje anual al Congreso como “un problema de solución difícil” (República Argentina 1879:10), como la contribución a la perspectiva alejada y teórica sobre un tema tan controvertido. Esta última intención aparece manifestada en las mencionadas publicaciones de Lista. El ensayo de Daireaux es uno de los primeros textos que -liberada por la ofensiva militar la tensión contenida en la cuestión fronteriza- manifiestan el desplazamiento de la mirada antropológica centrada en el tema de las “razas” y el conflicto interétnico a una mirada más sociológica, que se interroga acerca del lugar social que ocuparán los vencidos. Daireaux procede sistemáticamente, retomando argumentos de los primeros estudiosos rioplatenses y europeos de la cuestión indígena –fundamentalmente los que explicaban la dinámica de los pueblos a través de la filología, como Andrés Lamas, Juan María Gutiérrez, Vicente F. López, los Humboldt y Alcide d’Orbigny- y posicionándose en el relativismo cultural y el determinismo ambiental. El resultado de los complejos procesos derivados de la conquista europea habría sido la formación de una serie de “razas neoamericanas” (ASCA 4:46-47). Su propósito no es simplemente erudito sino brindar elementos para el estudio de la “historia de las sociedades” sudamericanas (idem:223) y la mejor comprensión de estas. Las conferencias de Moreno y Lista, desde un punto de vista más local y hasta nacionalista, se proponen sentar las bases de una historia de los argentinos, aunque sobre elementos levemente diferenciados. Si Moreno busca la recuperación simbólica de los pueblos indígenas como lejanos ancestros de la nación pero se sitúa claramente 43 del lado de la Argentina moderna regenerada por la inmigración y la cultura europea, Lista se detiene con más cuidado en la valoración del legado cultural indígena. Moreno se define a favor del evolucionismo como matriz explicativa, y postula la importancia de los datos obtenidos en territorio argentino para revelar la historia de la Humanidad. El panorama de los tipos raciales y culturales que describe le sirve para proponer una serie de elementos progresistas o retardatarios presentes en la herencia argentina, y legitimar así los estudios antropológicos en curso y la creación de un museo nacional. Al año siguiente, Moreno completaría esta explicación proponiendo, en una segunda conferencia (Moreno 1882) y en un éxtasis de nacionalismo, a la Argentina nada menos que como cuna de la Humanidad y de las civilizaciones más antiguas (Navarro Floria, Salgado y Azar 2004:415-416). Lista, mediante su conferencia de 1885, busca posicionarse en el escenario de los científicos rioplatenses que –como Moreno o Hermann Burmeister- participaban del debate antropológico internacional sobre los pueblos de la Patagonia y así entrar en la discusión sobre su origen, características y destino. Lista ya había reunido una serie de estudios antropológicos en sus Mémoires d’archéologie (1878) y había publicado algunas observaciones de viaje tanto en su Viaje al país de los tehuelches (1879) como en la primera parte y en las conclusiones de Mis exploraciones y descubrimientos en la Patagonia, 1877-1880 (1880), pero recién después de su gestión como gobernador del Territorio Nacional de Santa Cruz (1887-1892) publicaría Los indios tehuelches (1894) y una serie de artículos en los Anales de la Sociedad Científica Argentina de 1896. En esta conferencia de 1885, situada entre sus dos series de publicaciones sobre los tehuelches, Lista toma claro partido por la ciencia moderna contra las explicaciones tradicionales basadas erróneamente en la Biblia, y por el poligenismo contra el monogenismo. Sin embargo, como en 1877-1878 (Lista 1878), se muestra escéptico respecto de los hallazgos que asignaban al “autóctono americano” una antigüedad muy alta.22 Menciona el “hallazgo del hombre cuaternario en Norteamérica, en México y en el Brasil”, pero en la cuenca del Plata y en la Patagonia “la antigüedad del hombre se halla limitada por los primeros sedimentos de la época actual”: “Hasta aquí el autoctonismo no se revela: hay que buscarlo”. Respecto de la posición, generalizada por entonces, acerca de la existencia de una “raza” dolicocéfala patagónica (Navarro Floria, Salgado y Azar 2004:410-413), curiosamente, Lista la considera confirmada por hallazgos y determinaciones propias y respaldada por un comentario publicado por el antropólogo francés Joseph Deniker –discípulo de Paul Broca junto con Paul Topinard- en la Revista de Antropología de París, antes que por la colección de cráneos iniciada por Moreno hacia 1870 y por el intenso debate generado por esa colección entre Buenos Aires, París y Berlín. De todos modos, sus conclusiones son exactamente 22 En el volumen titulado Mémoires d’archéologie (1878), Lista incluye tres trabajos: “Sur les débris humains fósiles signalés dans la République Argentine (Journal de Zoologie, t. VI, 1877, Paris)”, “Sur les indiens querandis” y “Les cimitières et paraderos minuanes de la Province d’Entre-Ríos (Revue d’anthropologie, t. I, 1878)”. Estos trabajos se relacionan con una polémica que Lista mantuvo con Florentino Ameghino sobre la antigüedad de restos humanos encontrados en el Plata (TORCELLI 1915:141-144). 44 las mismas que las compartidas por los participantes de ese intercambio: el tipo “patagón antiguo”, dolicocéfalo, sería el autóctono americano. Por otra parte, Lista (1975 [1880]:167) ya había admitido la validez de aquellas primeras determinaciones en trabajos anteriores. En una segunda parte de su disertación, Lista describe la disposición y dotación de las necrópolis en las que recogió los cráneos estudiados, interpretando que esos elementos manifiestan una presunta creencia en una vida trascendente, como en sus contemporáneos “araucanos y puelches”. El instrumental lítico hallado constituiría, según él, “un trabajo esmerado, sin rival entre las antigüedades sudamericanas de la edad de piedra”, y enriquece esa expresión con la comparación entre las producciones de distintos pueblos indígenas de la cuenca del Plata (Cfr. Lista 1975 [1880]:165-166). En definitiva, la visión sobre las naciones indígenas contenida en la conferencia de Lista, si bien deja abierta la puerta a las hipótesis autoctonistas características de la época y a la creencia en una antigüedad del hombre americano equivalente a la del europeo, relaciona más estrechamente sus culturas con la actualidad y con rasgos de civilización que los convertirían en adaptables a las condiciones de vida modernas, tales como el desarrollo de una espiritualidad y de industrias relativamente ricas, en la misma línea de sus trabajos anteriores y posteriores sobre los tehuelches de la Patagonia. Los materiales publicados por la Revista en relación con el aspecto político de la cuestión indígena contribuyen a esta línea de pensamiento relativamente proindígena, tanto al destacar la disposición a someterse a la autoridad estatal y a participar de la utopía de la colonización agrícola que mostraban los caciques derrotados, como al caracterizar fenotípicamente a los indígenas como de apariencia mestiza –en el caso de Namuncurá- y culturalmente avanzados, contradiciendo las marcas de alteridad radical que el pensamiento más difundido de la época asignaba a los supuestos “salvajes”. A pesar de estas estrategias de mediatización de la cuestión indígena, algunos análisis acerca de la población norpatagónica de la RSGA, y del BIGA de los años ’90, mostraban hasta qué punto esa teorización de las culturas indígenas contrastaba con la realidad. La intención de la SGA de informar acerca del proceso político desde una perspectiva propia –intención ausente, como hemos visto, de las prácticas del IGA y componente del perfil disidente de la SGA-, se refleja en la reproducción de una noticia breve del diario porteño La Nación acerca de la “presentación” de caciques menores y capitanejos en el fortín neuquino de Paso de los Indios en 1884 (RSGA II:93), como también en un reportaje sobre la presencia del cacique pampeano Manuel Namuncurá en Buenos Aires, ese mismo año (RSGA II:194-196). El reportaje sobre Namuncurá y su comitiva guarda las formas de las notas periodísticas que se hicieron frecuentes en esos años, en la medida en que la Capital Federal se convertía en lugar de recepción tanto de contingentes de indígenas que serían puestos prisioneros, distribuidos forzosamente o sometidos a la servidumbre, como de representantes y autoridades de las naciones vencidas que se acercaban a negociar mejores condiciones de supervivencia dentro de los nuevos límites 45 territoriales y legales del Estado. En ese sentido el texto no oculta la subjetividad del observador, asumido como el ojo de la civilización que examina a esos nuevos huéspedes y evalúa su aptitud para la ciudadanía en el significado más amplio y original del concepto. Las apreciaciones van desde la descripción de la vestimenta que el cacique luce para la ocasión –un uniforme de teniente coronel que le fue regalado en General Roca- y la admiración por el buen estado físico del contingente –unos acompañantes “jóvenes y robustos”; un Namuncurá fuerte, ágil y de “anchas espaldas” a sus sesenta y tres años; sus esposas “jóvenes y bastante bonitas”- hasta una breve narración de la trayectoria del jefe indígena tras su derrota por el Ejército nacional y el análisis de los hábitos materiales del grupo en un contraste pintoresco con los de la “civilización”. El estudio de la fisonomía de Namuncurá lo muestra como un “tipo franco, abierto, mezcla de gaucho y de indio”, acentuando más su cercanía y su pertenencia al mundo mestizo que la radical alteridad o salvajismo que cierto discurso de la época todavía asignaba a los pueblos originarios, y el examen de su rostro –insoslayable de acuerdo con el canon frenológico de la época- muestra una frente “no muy angosta”, es decir capaz de pensamiento. El relato de su retirada de la Pampa a la cordillera neuquina, de allí a Chile y su regreso para presentarse a las autoridades en General Roca deja como conclusión que nunca había sido su intención oponerse al trato pacífico con el gobierno argentino, y que no encontró apoyo en las autoridades ni en sus pares chilenos. En continuidad con esa disposición, Namuncurá reclamaba tierras y medios de trabajo para su gente en Chichinales, en el valle del río Negro, con el propósito de formar “una gran colonia agrícola indígena”, en plena sintonía con los mejores propósitos del Estado que ahora lo contenía. Un segundo momento de esta mirada de la SGA sobre la cuestión indígena en la Norpatagonia es una nota sobre colonias indígenas publicada en 1888 (RSGA VI:170176), la única sobre los Territorios Nacionales en que la Sociedad Geográfica se refiere a sí misma como entidad presente en el ámbito público con un propósito determinado, por cuanto la SGA “ha contribuido en su esfera de acción a la exploración de los territorios del desierto y a la redención del salvaje”. La nota expresa el apoyo de la SGA al proyecto de ley de colonización indígena alternativo al del Poder Ejecutivo, presentado por el diputado nacional Víctor M. Molina. Tras considerar que “someter al indio por las armas y librarlo a sus propios instintos en el desierto no era en manera alguna el medio más eficaz de redimirlo”, la SGA propone “redimirlo por medio del trabajo que enaltece y dignifica y de la educación que lo equipara a las razas superiores y lo hace parte integrante de una comunidad inteligente y sociable”. En efecto, los mismos que antes de la conquista impedían la colonización al saquear los campos “urgidos por la necesidad o por el instinto” habían sido reducidos después a “una vida mísera”, impidiéndoseles convertirse en “ciudadanos útiles para la patria con la conciencia de sus derechos y obligaciones” (RSGA VI:170-171). A continuación, la Revista reproduce la fundamentación del diputado Molina (cfr. República Argentina 1889a:98 y 105-114) y el proyecto sancionado por la Cámara de Diputados, que acordaba la mensura y distribución de tierras en la orilla sur del río Negro y en 46 Valcheta, destinadas a las familias de los caciques Namuncurá, Reuquecurá y Sayhueque, con auxilio del Gobierno en la asignación de animales, viviendas, escuelas, capillas, comisarías y autoridades civiles para las nuevas colonias. Los argumentos del diputado Molina que la SGA hace suyos se inscriben en la corriente de discurso crítico del liberalismo extremo surgida en la Argentina alrededor de la crisis de 1890. Se refiere a la ausencia de políticas activas del Estado para “civilizar a los indios” asimilándolos a las prácticas sociales y políticas del sistema dominante; recorre la historia, tanto la de la explotación del trabajo indígena bajo el régimen colonial como la de las políticas de exterminio llevadas a cabo por los gobiernos argentinos independientes; acude al ejemplo del modelo estadounidense de reducciones; apela, finalmente, tanto a la necesidad de población autóctona para las nuevas tierras como a argumentos de orden biologista que sostienen un correlato entre el cambio cultural y la evolución física (RSGA VI:171-175). Sin abandonar el biologismo característico de las reflexiones de la época sobre las relaciones interétnicas, el discurso político muestra un giro, a lo largo de la década de 1880, acompañando el fin de la conquista territorial y la apertura de la cuestión de los indígenas sometidos, desde “un duro racismo que intenta mantener las estructuras heredadas” hacia “un moderno evolucionismo social [que] trata de beneficiarse de las novedades conseguidas” (Peset 1983:219). Efectivamente, las ideas a favor de iniciativas activas del Estado, tanto en materia de colonización como de asistencia a los indígenas sobrevivientes de las campañas militares, se irían imponiendo progresivamente en el discurso político nacional tras la crisis de 1890, el diagnóstico del fracaso estatal en la nacionalización de los nuevos territorios –durante la segunda gestión del presidente Julio A. Roca (1898-1904)- y la formulación de proyectos reformistas hacia éstos, en la primera década del siglo XX (Navarro Floria 2004a). Una de las preocupaciones más salientes del líder de la SGA, Ramón Lista, fue precisamente el destino de los tehuelches patagónicos (Auza 1975:10ss). Desde su Viaje al país de los tehuelches, en el que describe un pueblo de “carácter dulce, cariñosos y serviciales” (Lista 1879:77), pasando por la misma descripción corregida, ampliada e incluida en la crónica del viaje al río Chico, donde destaca su hospitalidad y sus “corazones sencillos y leales” (Lista 1975 [1880]:118), o la Esploración de la Pampa y de la Patagonia en compañía de cinco “nobles y humildes criaturas” de la tribu de Orkeke (Lista 1885:5-6), y hasta su enérgico alegato contenido en la obra Los indios tehuelches (1894), Lista se esforzó por describir en toda su riqueza una cultura en vías de catastrófica desaparición, pero también intentó proponer una política activa en su favor. Efectivamente, si el peligro que corrían los tehuelches era producto de un “aniquilamiento implacable y artero por un instinto de malignidad civilizada y tácitamente consentida por los que mandan”, motivado por el “móvil único” de la riqueza, generado no por “evolucionismo natural sino por la pólvora y el licor”, entonces su supervivencia dependía de que se revirtiera la pasividad gubernamental ante el genocidio y el Estado pusiera en práctica un sistema de “reserva agraria” indígena similar al aplicado por los Estados Unidos en relación con los sioux (Lista 47 1894:8-14). Llamativamente, la preocupación de Lista por los tehuelches no se extendía a otros pueblos indígenas. En sus exploraciones, los manzaneros y otros colectivos de origen “araucano” son significados como peligrosos (Lista 1975 [1880]:143 y 148), salvajes (Lista 1885:5) y corresponsables del empobrecimiento de los tehuelches (Lista 1894:39-47). Por otra parte, si la lengua tehuelche merece, por su riqueza, ser considerada por Lista en el tercer lugar entre las grandes lenguas indígenas de la Argentina, tras el quechua y el guaraní, la lengua mapuche ni siquiera es mencionada (Lista 1894:52). En los materiales del IGA, el mayor contraste con la representación de la Patagonia Norte como vacía y disponible para la inmigración europea emerge en los últimos años del siglo, allí donde se menciona a los campesinos indígenas y mestizos preexistentes. En su descripción del Neuquén, Oliveros Escola presenta, bajo la apariencia del reemplazo de población, la indeseada continuidad de la sociedad fronteriza anterior a la conquista: “Despejada la incógnita –el indio- la población derramóse por los valles del Agrio, Neuquén y Limay”, pero la vecindad con Chile “nos ha arrojado pobladores por lujo como que en su tierra se mueren de hambre y pasan la vida bohemia y gitana del hombre sin trabajo”: “He tenido oportunidad de ver desarrollada la criminalidad y el bandalaje como la holgazanería y la desidia en la población del Neuquén, que toma proporciones alarmantes especialmente en el verano con la apertura de los boquetes de la cordillera. “Por un lado, colonos parásitos que trasmontan las alturas para venir simplemente a saquear, por otro, los indios ya radicados en el territorio que tienen por vía práctica de su existencia vivir recorriendo eternamente el suelo y durmiendo en las estaciones propicias bajo los pinares y los manzanares, originando esa vida nómade el abigeato y el cuatrerismo. ”[...] “Pasará mucho tiempo para que esa raza que muchos creen extinguida desaparezca, y como no ha habido preocupación por darle un derrotero fijo después de su sometimiento, como ya lo he dicho, los bárbaros ya dóciles que quedan en el Neuquén sin trabajo reproductor, vagan como gitanos y viven la vida exótica y errante del escita [...]. Un libro podría escribirse sobre esta sociedad sui generis del Neuquén” (BIGA XIV:370-372 y 379-381, 1893). La imposibilidad real de escribir ese libro imaginario sobre la “sociedad sui generis del Neuquén” se relaciona con la necesidad de escribir sobre lo que el Estado deseaba encontrar en la Norpatagonia. Los modos en los que el IGA y la SCA hablan del indígena –como objeto arqueológico o como “raza” en extinción- son, en síntesis, modos de no hablar del indígena real y de la complejidad y conflictividad –apenas entrevistas- de la sociedad mestiza desestructurada por la violencia de la conquista. Pero la SGA representa también aquí una mirada alternativa, al internarse en la cuestión indígena real y adoptar una posición relativamente crítica de las políticas dominantes. Los actores del 48 proyecto de desarrollo agrícola implícito en la visión de la SGA, aludidos en relación con las tierras fértiles, son diversos: los campesinos chilenos del norte neuquino, trabajadores de los establecimientos productivos más notables de la región en el momento de su conquista por el Estado argentino; los indígenas sometidos, presentados –como en el reportaje sobre Namuncurá- como colonos potenciales; los sectores medios criollos destacados por Furque como pioneros del Alto Valle rionegrino; finalmente, los inmigrantes europeos siempre demandados y apoyados por las políticas públicas con escaso acierto, dado que rara vez tenían la experiencia agrícola necesaria. El discurso antropológico disidente de la SGA sobre las naciones indígenas sometidas, no evolucionista ni fatalista, caracterizable en términos generales como catastrofista respecto de los procesos socioculturales en curso a fines del siglo XIX, tiene su consecuencia política más importante en la asignación de responsabilidades concretas al Estado conquistador por la situación de los vencidos. El sentido de esa responsibilización es la postulación de un modelo de formación social que discrepa con el modelo dominante. Mientras este último se caracterizaba por la exclusión de los diferentes –de las “razas” consideradas inferiores- manifestada en el ejercicio de la violencia física, jurídica y simbólica hacia ellos, la representación de la sociedad deseada por la SGA resultaba relativamente inclusiva del otro mediante la asimilación de un indígena que se postula enaltecido por la educación –lo que supone su educabilidad y contesta al estereotipo del salvaje- y convertido en ciudadano útil para la patria. 3. El anclaje de las representaciones23 La resignificación de las tierras de la Patagonia Norte: ¿desierto fértil o colonia agrícola? El aporte central de los primeros estudios de las revistas analizadas sobre la región Norpatagónica fue su representación como territorio fértil y explotable, y su consiguiente diferenciación del estereotipo decimonónico del desierto aplicado uniformemente, hasta entonces, a la Pampa y la Patagonia enteras. Esa nueva percepción de las características naturales de la región es todavía débil en el primer viaje de Francisco Moreno a la Patagonia Septentrional, como él la llama. En su relato identifica la transición, al salir de Bahía Blanca, entre la “Pampa baja” de pastos blandos y la “Pampa alta” de pastos duros pero apta para las “colonias ganaderas y agrícolas” (ASCA 1:183, 1876). Sin embargo, encuentra que “los campos del río Negro no merecen la fama de espléndidos de que gozan” (idem:187)24, que el 23 En tendemos por anclaje de una representación social al establecimiento de relaciones claras entre las estructuras materiales y simbólicas objetivadas, y un marco de referencia social, proceso por el cual la representación adquiere el sentido de un proyecto o guía operacional sobre la realidad (MORA 2002:8-12). 24 Probablemente alude al testimonio de William H. Hudson, con quien había entrado en contacto a través del director del Museo de Buenos Aires, Hermann Burmeister (cfr. NAVARRO FLORIA 2004b). 49 Chubut tampoco amerita la idea de colonización en gran escala, como sí Bahía Blanca y Santa Cruz (idem:188), y que entre el país de las Manzanas y el Nahuel Huapi las tierras con aptitud agrícola son escasas (idem:194-197). Dos años después, en cambio, el mismo Moreno resume su experiencia patagónica señalando que la aridez y las dificultades de la costa no deben opacar la existencia de una franja precordillerana, entre los grados 35 y 55, “fertilísima” con “bosques inmensos”, “espléndidos valles” “donde pacen magníficos animales salvajes” de “proporciones y belleza desconocida entre nosotros y que sólo son perseguidos por el guerrero araucano o por el gigante patagón que los ataca” pero no los utiliza, un territorio que reclama Chile “dejándonos a nosotros las salinas patagónicas” (ASCA 5:191, 1878). “El territorio del Limay, que conozco, formará algún día la Provincia más rica de la República Argentina” (idem:192). Destaca también la abundancia de ríos navegables, puertos y valles colonizables, llegando a comparar los campos de Santa Cruz con “un inmenso parque inglés, con sus prados, bosques, lagos y montañas artificiales” (idem:197). Desde 1879 Zeballos refiere que el gobernador de la Patagonia Álvaro Barros verifica “estudios y observaciones que, según nos informa, rectificarán las noticias corrientes, autorizadas por sabios distinguidos, respecto a la fertilidad geográfica de la Patagonia Septentrional”, al mismo tiempo que en la Pampa Octavio Pico y Alfred Ébelot25 describían un paisaje no uniformemente llano sino ondulado, no desierto sino poblado de bosques y frutales, pastos y agua, sembrado por los ranqueles con cereales y hortalizas, salpicado de lagunas y guadales (BIGA I:110-116, 1879). En los años siguientes y hasta el fin del siglo serían los exploradores, funcionarios civiles y jefes militares los que corroborarían esas primeras impresiones. Francisco Host acompaña la crónica de la campaña contra los pehuenches con la descripción del norte neuquino, rico en sal, oro y plata, tierras agrícolas y pasturas bien explotadas por chilenos e indígenas, paisaje contrastante con los campos del Atuel y con la travesía del sur de Mendoza, e inicia la valoración de la Confluencia del Neuquén y el Limay (BIGA I:915, 1879; I:157-159, 1880; II:10-15, 64-65, 76 y 99, 1881). Manuel J. Olascoaga, a punto de ser designado gobernador del Territorio del Neuquén en 1884, identifica esa misma cuenca de los ríos Neuquén y Negro como “la continuidad más feliz que puede ofrecerse en el Sud para que avance la civilización con todos sus recursos”, y describe los “buenos pastos, leña y agua” y las riquezas mineras del camino a Ñorquín (BIGA V:99-100, 1884). Yendo hacia el mismo destino pero desde Mendoza, el corresponsal del IGA Carlos A. Villanueva confirma las riquezas de la región (Idem:202-208). Otro corresponsal y pionero del Alto Valle rionegrino, el ingeniero sanjuanino Hilarión Furque, destaca la ubicación del joven pueblo de General Roca como “centro geográfico y centro comercial” del Sur, ventajosamente ubicado entre la costa atlántica y la cordillera y entre los mercados argentinos y chilenos, produciendo -gracias a su 25 Sobre la narrativa de Ébelot en su doble función de técnico y de cronista de la frontera, y particularmente en relación con el tema del progreso, cfr. BLENGINO 2005. 50 canal de riego único en el Sur y a sus 40.000 hectáreas de excelente tierra- trigo y maíz, y una alfalfa mejor que la de Cuyo (BIGA IX:125-127, 188826). No sólo la región andina y los valles fluviales: también las aguadas y valles de la meseta patagónica son redescubiertos y valorados. Aunque la primera impresión transmitida por Ramón Lista tras su exploración de la costa oriental de la Patagonia no promete “espléndidas descripciones de comarcas fecundas” sino la de una naturaleza que “parece muerta”, poblada por “espinosos arbustos y áridas planicies pedregosas” (BIGA I:239-240, 1880), unos años después el comandante Lino Oris de Roa constata que entre los 40 y 45°, “la parte central de la Patagonia no responde a las ideas que hasta hoy se tienen de ella, no siendo una región llana, semejante a la pampa” sino accidentada y entrecortada; contrastando sus zonas rocosas y áridas con “hermosos y abrigados cañadones, ricos en agua y pastos, y de una fertilidad que encanta”, y que “explorado el río Chubut, se halló que no es lo que se creía, es decir, que tiene valle, cosa que muchos negaban sin fundamento”: “presenta ancho campo, grandes rincones fértiles [...] de una rica y variada vegetación” (BIGA V:55 y 57, 1884). También el viejo paradero de Valcheta fue rescatado por el ingeniero Pedro Ezcurra (BIGA XIX:134138, 1898). Incluso en el marco de la discusión territorial con Chile se contraponen la vieja concepción de la Patagonia como desierto -que Zeballos atribuye, por ejemplo, al alegato La Patagonia publicado por el chileno Benjamín Vicuña Mackenna (BIGA I:289, 1880)- y la nueva opinión construida después de la conquista del territorio (BIGA XIX:79-81, 1898). La nueva representación de la Patagonia Norte como región fértil y abierta al desarrollo tuvo, lógicamente, una repercusión internacional de la que también se hizo eco el IGA, comentando el cuadro “vivo y brillante de la Patagonia y sus habitantes” trazado por la obra de propaganda Colonización en la República Argentina (1884) publicada por Francisco Seguí. Tanto la fertilísima zona cordillerana -descripta por George Musters “como el jardín verdadero del Paraíso”- como las colonias estatales del Valle Inferior del río Negro se ofrecen al mundo: “Hay tierra y hay trabajo. Hay paz y progreso, elementos de bienestar que se brindan fácil, franca y sinceramente” (BIGA VI:85-90, 1885). Unos años después, la consagración definitiva de esa mirada vendría dada por la lectura por Moreno, en la Real Sociedad Geográfica de Londres, de una comunicación destinada a desmentir la mala impresión sobre la Patagonia generada por Robert FitzRoy y Charles Darwin, mostrando a través de las primeras fotos de la región andina la variedad de paisajes disponibles (BIGA XX:342-345, 1899). En la lectura de la literatura producida o publicada por la SGA sobre el territorio Norpatagónico también es posible identificar el tópico de la fertilidad y potencialidad agrícola de la tierra, sin duda el tema más importante para esta institución y en contraposición relativa a la representación imperial de la Patagonia como desierto. De ese tópico derivan una serie de representaciones referentes tanto a los recursos 26 Descripción publicada también en la RSGA 6:28-35, como veremos más adelante. 51 preexistentes como al desarrollo futuro, y una selección de objetos de interés que, más allá de la descripción geográfica sistemática, pretende condicionar las decisiones políticas acerca del desarrollo de los Territorios norpatagónicos. El País de las Manzanas del actual sur neuquino es claramente descrito por Lista, en uno de los primeros textos publicados por la RSGA, como “un país fértil y pintoresco, poblado de verdes arboledas y regadas por caudalosas corrientes, que nacen al pie de nevadas cumbres” e identificado como “la región más rica de la Patagonia Septentrional” (RSGA I:59, 1881). La detallada exploración del norte neuquino narrada por el teniente coronel ingeniero Francisco Host también parte del dato de que las aguas de los abundantes ríos de la zona “se pueden utilizar con facilidad para la irrigación y hacer útil el terreno adyacente, a la agricultura” (RSGA I:79), y a cada paso del recorrido se detiene a considerar la riqueza agrícola del cajón del Atreuco, de Varvarco, de Las Ovejas y de todo el valle del alto Neuquén y del Agrio –“No he visto aún un territorio más hermoso y pastoso en la República Argentina” (RSGA I:88), dice el autor-, comparándolos con la escasez del territorio chileno más allá de los pasos cordilleranos. Mientras las “noticias geográficas” seleccionadas por la SGA del diario porteño La Nación se centran en el “filón de oro” hallado en las tierras del valle del río Negro y en la necesidad de poner en explotación bajo riego “la provincia más fértil de la República” mediante la construcción de canales de riego, “condición sine qua non de vida” del Alto Valle del río Negro (RSGA II:92-93;95-97;100), se reproduce también un parte oficial del coronel Manuel J. Olascoaga al presidente de la Nación dando cuenta del estudio del valle del Neuquén, “muy extenso de rica tierra” y fácilmente comunicable con Bahía Blanca (RSGA II:127). Pocas páginas más adelante, el mensaje presidencial del general Roca para el Congreso Nacional de 1884 anuncia la construcción de “un canal de irrigación destinado a fertilizar un área de dieciséis a veinte leguas cuadradas de tierras, que presentan excelentes condiciones para la agricultura” y para la colonización ya próxima (RSGA II:138-139). Años más tarde vuelven a aparecer en la revista noticias sobre el proceso ya iniciado de colonización agrícola en el valle del río Negro, destacando las continuas solicitudes de tierras dirigidas al Ministerio del Interior (RSGA IV:236). Ese proceso es ilustrado por el informe sobre la colonia General Roca elaborado por el pionero valletano de origen sanjuanino Hilarión Furque, escrito que hemos visto reproducido, por el interés que suscitó, tanto en la RSGA (VI:28-35) como por el BIGA del mismo año 1888 (IX:125-130; cfr. arriba, nota 11) y por el Boletín del Departamento Nacional de Agricultura. La descripción de Furque no se limita a consignar las potencialidades futuras del valle rionegrino sino que se introduce en un análisis de su situación presente –la posición relativa de la colonia General Roca como centro comercial regional; el tipo y calidad de la producción agrícola local- y expresa una serie de críticas y demandas acerca de la política nacional de Territorios. En primer lugar se refiere a la política de distribución de la tierra pública: “algunos pobladores atraídos por los trabajos del canal cuando se trabajaba en su apertura y halagados con la esperanza de obtener terreno de cultivo a bajo precio” no lo obtuvieron porque “el 52 Gobierno dispuso que sólo se concediese a colonos europeos”. Éstos, a su vez – menciona los casos de unos cien franceses y doscientos alemanes enviados entre 1884 y 1885-, consumían racionamiento oficial durante meses y terminaban volviendo a Buenos Aires porque prácticamente ninguno de ellos era agricultor. Finalmente, los lotes puestos en venta en 1886 fueron rápidamente adquiridos por “sanjuaninos y mendocinos de la clase media de la sociedad”, “hombres morales, industriosos con algún capital” en su mayoría, pero los compradores demoraron años en obtener el título de propiedad. Finalmente, augura que Roca “será en poco tiempo el pueblo más importante de los territorios del sur” con la ayuda del “proyectado ferrocarril de Buenos Aires a la confluencia de los ríos Limay y Neuquén”. Un año más tarde el mismo autor encontraría eco nuevamente en la RSGA (VII:173-195), que reproduciría su descripción general de Río Negro encomendada e impresa por el gobernador territoriano Napoleón Berreaute y anexa a su memoria anual sobre 1888 (República Argentina 1889b:310-330). En ese documento, Furque pone el acento en la necesidad de extender las obras de riego al valle medio e inferior del río Negro y de mejorar su comunicación por vía fluvial: “dotados de ellos [elementos] no pasarán diez años sin que este territorio empiece a llamar la atención y ocupe, por sus producciones, un puesto prominente en la agricultura argentina”. Un aspecto interesante del escrito, desde nuestro punto de vista, es que esta demanda de obras públicas se fundamenta en la necesidad de revertir una representación del territorio que se necesitaba superar: la imagen imperial de la Patagonia como desierto estéril. Las demás publicaciones de la RSGA sobre la cuestión del desarrollo agrícola y la colonización, en sus dos últimos años de vida institucional y dos últimos tomos, son en general reproducciones de informes oficiales: las memorias gubernamentales del coronel Manuel J. Olascoaga sobre el Territorio del Neuquén en 1887 y 1888 (la primera, junto con otros documentos, en RSGA VI:277-295, y la segunda en RSGA VII:196-198; cfr. la publicación oficial de las memorias en República Argentina 1888:567-574 y 1889b:331-333), o el fragmento del mensaje anual del presidente Juárez Celman al Congreso Nacional de 1889 correspondiente a tierras públicas, colonización y Territorios Nacionales (RSGA VII:76-80; cfr. República Argentina 1890:XXXVII-XXXIX). A pesar de no constituir productos de la Sociedad Geográfica, su selección entre muchos otros documentos para su publicación por la RSGA amerita un breve análisis de estos mensajes. Efectivamente, la publicación de las memorias e informes del gobernador Olascoaga supone una valoración especial de su obra de gobierno, centrada según el mismo protagonista en la apertura de vías de comunicación y en la fijación de población y colonización de la franja andina, iniciativas derivadas de una concepción disidente del rol del Estado, por la importancia que asignaba a las políticas activas frente al evolucionismo político dominante (Navarro Floria 2004a). En relación con las vías de comunicación, la Revista publica una primera nota de Olascoaga al ministro del Interior Eduardo Wilde, anterior a su memoria anual, en la que justifica la ubicación de 53 Chos Malal, la capital neuquina, por ser la confluencia del Neuquén y el Curileuvú, además de asiento de la Cuarta División del Ejército en las campañas de conquista, un importante cruce de caminos y futuro punto de la traza del ferrocarril interoceánico de General Acha al paso de Pichachén y Los Ángeles (RSGA VI:277-279). En la memoria anual inmediata (RSGA VI:279-286), el gobernador neuquino dice haber abierto un camino de carros de Paso de los Indios a Chos Malal –comunicando el alto Neuquén con el valle del Negro- “adelantándose algo a las obras más perfectas que el Gobierno tenga a bien hacer después” y otro hasta las lagunas de Epulafquen. En nota complementaria al Director de Correos y Telégrafos27 (RSGA VI:286-295), responsable inmediato de las comunicaciones internas en los Territorios Nacionales, subraya que “dadas las condiciones de topografía y de distancias, en aquel territorio, las empresas de ferrocarriles y colonias no entrarán en ciertos trabajos indispensablemente solicitados, por ejemplo: líneas y ubicaciones, los que, por fuerza tendrá que hacer el Gobierno” (RSGA VI:288). Estas obras que reclama del Estado consistirían en “cinco o seis puentes… y dos o tres caminos carreteros” -un gasto “insignificante” en relación con los recursos nacionales y con los beneficios futuros- y líneas telegráficas de General Roca a Junín de los Andes y de Chos Malal a Chile (RSGA VI:289 y 292-293). En la memoria del año siguiente se repite la demanda de “vías fáciles de comunicación y de transporte, a fin de que tenga salida la producción agrícola como también puedan explotarse las valiosas minas” (RSGA VII:198). Los proyectos de vías de comunicación se referían claramente, en el ideario del primer gobernador neuquino, no solamente a consideraciones de orden estratégico militar sino a propósitos de desarrollo socioeconómico fundados en los recursos del territorio. Así, señala que el ferrocarril proyectado a Chile coincidiría con riquezas minerales que adquirirían “verdadero valor e importancia industrial”; que la colonización de la franja andina necesita de vías de comunicación porque “no creo posible que se hagan pueblos sin caminos carreteros”; o que la carencia de caminos limita la producción agrícola porque impide el intercambio. En su escrito al director de Correos dice que el aislamiento lo sufrían tanto las personas como los productos del Territorio, entre ellos “ese elemento de opulencia” que era el carbón mineral, pero también la sal, las maderas fuertes y el ganado. “Pero todo esto es para el porvenir; porvenir que está en la mano del Gobierno”, concluye Olascoaga reclamando políticas activas de un régimen liberal que se mostraba poco inclinado a ellas. La descripción dirigida al director de Correos contiene una caracterización del Neuquén ya elaborada por Olascoaga para su primera memoria gubernamental, la de 1884 (AHPN, Libro copiador 1, Nota 1, pp. 3-11), consistente en la división de la Norpatagonia en tres secciones: la franja longitudinal paralela e inmediata a la cordillera de los Andes, rica en pastos y maderas pero habitable sólo en verano, los valles cultivables y habitables en todo tiempo, y la meseta, de tierra “buena pero escasa 27 El director nacional de Correos y Telégrafos era por entonces el cordobés Ramón J. Cárcano, un joven intelectual y funcionario que se perfilaba como candidato a suceder a Juárez Celman en la Presidencia de la Nación en 1892. 54 de riego”. Los valles son, según Olascoaga, los lugares privilegiados para la colonización agrícola. Y sus actores, tanto la inmigración espontánea de origen chileno que el gobierno territoriano intenta asentar y concentrar en el norte neuquino como la inmigración de las “razas del norte” de Europa que alguna empresa colonizadora propone establecer en los departamentos del sur territoriano, alrededor de Junín y su “pintoresco valle”. El fragmento del mensaje presidencial del presidente Juárez Celman de 1889 reproducido por la RSGA constituye una muestra temprana del reformismo finisecular, por cuanto contiene una serie de iniciativas activas que modificarían sensiblemente las políticas liberales y evolucionistas aplicadas hasta entonces en materia de tierras públicas, colonización y Territorios Nacionales. Básicamente, el presidente propone una subdivisión de la tierra agrícola que impida la especulación y la concentración y favorezca al pequeño propietario “que es el que crea la pequeña industria, nervio de las naciones ricas”; la limitación al máximo de la política de concesiones liberales de tierras públicas; el fin de la colonización oficial y la inspección de los establecimientos existentes; y el impulso a las obras de comunicación en los Territorios Nacionales. El Gobierno no se posiciona claramente allí respecto del debate que se libraba desde unos años antes en torno de la colonización estatal, porque no asigna responsabilidades, por el fracaso de las colonias, ni a su abandono por el Estado –el argumento de los que defendían las colonias, en general- ni a la inadecuación de los recursos humanos –el argumento preponderante contra la colonización por parte de la opinión racista que consideraba incapaces a los indígenas y criollos-, pero, en cambio, profundiza implícitamente la tendencia a favorecer al inmigrante europeo por sobre el poblador criollo, al poner las tierras a disposición del Ministerio de Relaciones Exteriores para su oferta en sus representaciones extranjeras. Sin embargo, además de la reproducción de documentación institucional del Estado la RSGA contiene unos pocos productos propios pero significativos acerca de la cuestión agrícola. Uno de ellos es la nota en apoyo del proyecto de colonización indígena presentado por el diputado Víctor Molina en 1888, que ya hemos analizado. Un segundo producto de la posición asumida por la SGA respecto de los Territorios Nacionales en favor de políticas activas hacia ellos, es una breve nota presente en el último volumen de la Revista en la que se explica el propósito de la publicación de distintas memorias de gobierno de los Territorios (RSGA VII:85): la falta de publicaciones sobre los Territorios contribuye a la persistencia de una representación de ellos considerada errónea, imaginándose como “desiertos inhospitalarios” a lugares que son, “por el contrario, muy aptos para la inmigración, por su seguridad, por su clima, y por la fertilidad del suelo”, que “encierran casi todas las producciones del reino mineral, vegetal y animal y que pueden contener la población que tiene toda la Europa”.28 Resulta llamativa la insistencia de la SGA en este argumento, dado que en el 28 El texto citado aparece bajo el título de “El Territorio de Formosa” aunque se refiere al conjunto de los Territorios Nacionales, lo que demuestra que la propuesta de resignificación de los espacios recientemente conquistados iba más allá de la Norpatagonia que hemos tomado aquí como caso de estudio. 55 mismo volumen de la publicación se encuentra la descripción ya reseñada de Río Negro por Furque, que parte, precisamente, de la decisión de revertir una representación persistente de la Patagonia Norte que impedía percibir tanto la utilidad agrícola de las tierras como la necesidad de obras de riego para ponerlas en valor. En síntesis, la práctica intelectual de resignificación de la región norpatagónica insinuada por Moreno desde la SCA e iniciada por los exploradores nucleados en el IGA al momento de la conquista es continuada por los hombres de la SGA, pero relacionándola más directa y explícitamente con la demanda de determinadas políticas estatales como la realización de obras de regadío, la subdivisión y perfeccionamiento de la propiedad de la tierra y la apertura de vías de comunicación. Después de 1890 y en consonancia con el giro del discurso político derivado de la crisis que estalló ese año, a la representación de la Patagonia Norte como una naturaleza fértil se suma su valoración como riqueza abandonada o desaprovechada por el Estado que la conquistó. Desde una posición crítica, el periodista Francis Albert29 llama la atención en 1893 tanto sobre la calidad y producción de los suelos y bosques cordilleranos, la proximidad del mercado chileno, las posibilidades del transporte fluvial, la baratura de la mano de obra, la abundancia de recursos mineros y la generosidad de las termas del volcán Copahue, como sobre la ignorancia generalizada sobre el Neuquén y el aislamiento del Territorio, factores retardatarios del progreso (BIGA XIV:154-169, 1893). En el sur del territorio, Lista –de vuelta en el IGAencuentra que el valle del Collón Curá “ya comienza a poblarse de ganados, mientras llega la hora del repartimiento inteligente de la tierra que produzca como consecuencia inmediata la utilización agrícola de extensas y bien situadas comarcas”; se maravilla con el valle del Traful y sus manzanares y describe el invierno en el Nahuel Huapi como benigno y apto para el cultivo y cosecha de cereales, hortalizas, quínoa, etc. y la cría de ganado: “será la Suiza argentina; pero para esto se necesitan poderosas iniciativas [...] la colonización será fácil, y hoy que han caducado algunas de las inicuas concesiones de tierra fiscal, el gobierno de la República puede hacer mucho por Nahuel Huapi” (BIGA XVII:405-414, 1896). Lista sintetiza y sistematiza la representación de la “Suiza argentina”, construida durante todos esos años, en uno de sus últimos escritos sobre el tema: “La Patagonia Andina” (ASCA 42:401-425, 1896). Supone a esa franja –del Tronador al Payne- una “tierra de promisión”, hasta poco antes vista con prevención y recelo pero destinada a atraer una numerosa inmigración por la riqueza de sus recursos forestales y minerales, la benignidad de su clima –que demuestra con el desarrollo logrado por las colonias galesas-, sus importantes ríos y lagos rodeados de buenas tierras –como las que explota 29 Albert constituye una relativa excepción entre los autores de las revistas geográficas, en tanto expresa el punto de vista de los sectores gobernantes territorianos: periodista profesional, director de La Estrella de Chos Malal, semanario promovido por el gobernador Olascoaga y publicado desde 1889, corresponsal de La Prensa de Buenos Aires, colaborador del semanario chosmalense Neuquén (1893-1900) y de otros periódicos, secretario de la gobernación neuquina, y varias veces concejal y presidente de los concejos municipales capitalinos del Neuquén, en Ñorquín y Chos Malal (KIRCHER 2001:22). 56 la Argentine Southern Land Company Ltd.-, sus condiciones agrícolas y ganaderas y su buena comunicabilidad por el “grande y muy antiguo camino de los tehuelches que cruza toda la Patagonia” –la actual ruta 40- y los ríos transversales. Finalmente, en veinte años más, “cuando la región de los Andes se haya poblado con cincuenta mil colonos agricultores y pastores” y cuando lleguen los ferrocarriles, “entonces, los fértiles valles de esta tierra prometida ostentarán toda suerte de ganados y cultivos; las moradas del hombre se alzarán aquí y allá como jalones de civilización y progreso; y los lagos, que hoy sólo sirven de admiración […] se habrán convertido en carriles del comercio, en fuerza motriz para las industrias”. Como deja ver claramente el discurso de Lista –sobre todo en su artículo para el BIGA-, la resignificación de la Patagonia Norte como tierra fértil contiene también una crítica política dirigida genéricamente hacia quienes –desde el siglo XVI hasta su tiempo- no supieron valorar esos recursos, y específicamente hacia algunos actores. Para Arturo Seelstrang, autor de una extensa compilación de “Apuntes históricos sobre la Patagonia y la Tierra del Fuego” publicada en el Boletín en varias partes, fueron los navegantes coloniales y en particular los españoles los que “contribuyeron al extraño abandono que el mundo civilizado ha hecho hasta ahora de tan vasta extensión de terreno descubierto hace tres siglos y medio”, hasta que los criollos independientes convocaron al mundo a esta tierra “rica y virgen a la vez” (BIGA I:85, 1880, y III:236, 1882). Para el teniente coronel Eduardo Oliveros Escola, en cambio, descriptor del Neuquén de fin de siglo, el pecado original está en la improductividad de “los indios, quienes para proveerse de vacas y caballos asaltaban nuestros pueblos limítrofes con la frontera y les hacían pagar aquel tributo que se podría considerar como el del Minotauro mitológico”. Pero pronto esta mirada hacia el pasado se enlaza con la crítica del presente, cuando Lista, como hemos visto, se manifiesta en contra de los latifundios improductivos o cuando Oliveros coincide con Albert en que la falta de una legislación adecuada y de obras públicas convierten al mismo Estado conquistador en el principal responsable de que ese rico pedazo de la nación marche “a paso de tortuga en el camino de nuestra civilización y progreso”: “Hemos conquistado el desierto, pero luego lo hemos dejado librado a sus propias fuerzas” (BIGA XIV:154-156 y 377-385, 1893). Parece clara la contribución de las publicaciones de divulgación científicageográfica al cambio operado en la percepción del paisaje norpatagónico en las décadas clave de 1880 y 1890. La nueva representación surge de la coyuntura misma de la conquista y de la problemática limítrofe con Chile, y es fácil ver cómo esta conflictividad condiciona la creación de un interés especial por la franja cordillerana, que al mismo tiempo de ser la fracción del territorio directamente en disputa, resulta la más atractiva por sus recursos. Entre las tres publicaciones analizadas, sin embargo, también podemos percibir matices diferenciados: la Revista de la SGA, evidentemente, expresa una corriente de opinión que no se limita a registrar la potencialidad de la tierra sino que va un paso más adelante y propone políticas estatales activas y concretas de subdivisión en pequeñas y medianas propiedades, realización de obras de infraestructura –comunicaciones, riego, etc.-, fomento de la colonización por paisanos o 57 inmigrantes, etc. Estas propuestas se manifiestan en clara disidencia respecto de la corriente principal de opinión y de acción estatal, que se mostraba favorable a permitir la reproducción relativamente espontánea, en la Patagonia, de la matriz social y productiva de la gran propiedad ganadera (estancia) bonaerense, que dificultaría tanto la permanencia de la población preexistente como la llegada de nueva inmigración, y eximiría al Estado de mayores responsabilidades. El conflicto de representaciones que esta disidencia supone emergería después de 1890, cuando comienza a sonar con fuerza creciente un discurso crítico de la inacción estatal, que resonaría durante todo el siglo XX recordando que aquellas riquezas halladas en la Patagonia siguen allí disponibles, a la espera de un proyecto de desarrollo que las ponga en valor. Sueños de progreso, o la Geografía convertida en Historia regional proyectada al futuro Las prácticas de conquista y exploración del territorio, personificadas en el Estado y en instituciones funcionales a él, constituyen una secuencia lógica y metodológica de operaciones por las cuales se ponía en juego el instrumental técnico y conceptual de la apropiación del espacio, se estructuraba una representación del espacio y del tiempo y se organizaba la realidad regional misma. Explorar, renombrar, describir, sistematizar lo descripto, cartografiar, son entonces los momentos salientes del relato científico sobre los nuevos espacios nacionales. El primer movimiento de la secuencia histórica propuesta tras la conquista, gesto en el cual las sociedades geográficas se autoidentifican, es la exploración del territorio. La experiencia exploratoria de los nuevos Territorios Nacionales es exaltada en las páginas del Boletín del IGA, por ejemplo, mediante la mención constante de los obstáculos y peligros que los agentes del Instituto y del Estado debían superar. Para Holmberg, las nuevas armas de los exploradores “son el sextante y el barómetro, el cincel y la brújula, la pólvora y el cuchillo de monte, el cronómetro y la cadena, el termómetro, la sonda y la corredera. En sus festines preside el hambre, en sus sueños les cobija la nieve” pero los sostiene “el heroísmo y la convicción” (BIGA X:178, 1889). En la prensa porteña impactaba la descripción de la oposición violenta de grupos indígenas a los exploradores: el asalto y hostigamiento a la expedición del capitán Martín Guerrico a la cuenca del río Negro (BIGA I:108, 1880), los ataques y la destrucción de instrumental científico de la expedición de Jordán Wisocki al puerto de San Antonio (BIGA III:205-207, 1882), o los encarnizados combates con indígenas armados de armas de fuego durante la expedición militar al Nahuel Huapi (BIGA IV:23, 1883). La presentación por el Boletín de esta última invasión del territorio indígena cordillerano como “campaña contra los salvajes de la Pampa”, y la de su comandante el general de división Conrado E. Villegas, miembro del IGA y de su Junta Directiva, como expedicionario geográfico-militar (BIGA IV:51, 1883; II:36, 1881) es demostrativa de la unidad simbólica y real entre la apropiación material del espacio – 58 mediante la conquista- y la apropiación imaginaria –mediante la exploración y representación-. Terminada la conquista parece haber cesado la resistencia activa de la población fronteriza, pero no por ello el Boletín deja de exaltar las dificultades que acompañan la vida del explorador, algunas de ellas, como la falta de personal o de instrumental (BIGA VII:2, 1886) atribuibles a la desidia del mismo Estado que se beneficiaba de esos trabajos. En algún caso, como el Kurtz y Bodenbender, los grandes inconvenientes y apuros a que se exponen las expediciones científicas son comparados con la actitud de quien viaja sólo con el objeto de adquirir ideas generales sobre un país, sin necesidad de programa previo y detallado, sin detenerse en la investigación profunda de cuestiones particulares (BIGA X:312 y 317, 1889). En todos estos casos el señalamiento de las dificultades y obstáculos que enfrentan el conquistador, el explorador y el científico no constituye sino una delimitación discursiva del campo y de la trayectoria intelectual que las instituciones geográficas proponen para todos ellos y para la apropiación imaginaria de la región por la nación: conquistar, explorar, renombrar. El redescubrimiento de lugares y objetos del paisaje es acompañado en muchos casos, efectivamente, del renombramiento, con expresa ignorancia de los topónimos existentes. En su recorrido por la margen sur del Nahuel Huapi en busca del paso Bariloche, el entonces mayor Rohde consigna el hallazgo de sobradas muestras de presencia humana anterior, pero impugna los datos proporcionados tanto por el explorador precedente –el chileno Guillermo Cox- como por los indígenas, y no reconoce ningún nombre nativo (BIGA IV:166, 1883). Al año siguiente, Roa concluye su parte de exploración del Chubut rebautizando “los territorios del norte de la Patagonia que hasta hoy se registraban en nuestros mapas con el nombre de ‘territorios inexplorados’”, con los nombres del lago Vintter, de varias sierras con nombres de ministros de Guerra e Interior, y de la sierra Zeballos (BIGA V:57, 1884). Contemporáneamente, cuando Zeballos y Seguí proponen una expedición desde el Nahuel Huapi al estrecho de Magallanes por la falda oriental de los Andes, la imaginan como el llenado de un mapa en blanco con los nombres de su propia generación y la de sus maestros, en una actitud de apropiación de lo nombrado que concibe a la nación como fin y a la ciencia como herramienta (Podgorny 1999:167-169): “La mente es hacer de esta expedición una empresa en regla a fin de conseguir todos los datos convenientes en los terrenos conocidos, no estudiados aún, depurar por el estudio los errores que se hayan cometido en la relación sobre los terrenos estudiados y, en fin, descorrer el velo en todos aquellos territorios ignotos que imponen enormes lagunas en nuestras cartas y descripciones físicas y geográficas” (BIGA V:256-257, 1884). Esta actitud sería impugnada en el marco del IGA recién a principios del siglo XX por un miembro de una nueva generación de geógrafos, Elina González Acha de 59 Correa Morales30, que considera lamentable la deformación e ignorancia de la toponimia indígena y el renombramiento de accidentes geográficos con los apellidos de funcionarios circunstanciales, recomendando, a los jefes y oficiales del Ejército, el estudio de la lengua mapuche (BIGA XXIII:166, 1909). La exploración territorial, en definitiva, es percibida y presentada por los agentes del IGA como el avance sobre sucesivas fronteras científicas de la Geografía o sucesivos modos de estudiar el espacio. Si una primera “frontera científica” argentina en la región fue marcada por descripciones superficiales como La conquista de quince mil leguas de Zeballos (BIGA II:33, 1881), las “relaciones anecdóticas y descriptivas” de Moreno y Lista que prometían para más adelante “resultados científicos” (BIGA I:62, 1879), o las “ligeras anotaciones” generadas por otros exploradores militares o funcionarios (BIGA XIV:369, 1893), es claro que apenas terminada la conquista del territorio se quiso avanzar un paso más mediante el relevamiento de recursos y la puesta en juego del arsenal conceptual de las ciencias de la tierra. El plan de trabajo para el viaje a lo largo de los Andes dirigido por Moyano, diseñado en 1885, considera la determinación de la posición de los accidentes más notables, altas cumbres, pasos, corrientes o vertientes, mediante la topografía, hidrografía, geología, mineralogía, botánica, meteorología, zoología, paleontología, la realización de colecciones de historia natural y la descripción del territorio como un nuevo abordaje más preciso de esos objetos, “teniendo en cuenta su utilidad bajo el punto de vista económico, especificando las industrias que pudieran desarrollarse ventajosamente para facilitar el intercambio” (BIGA VI:289-290, 1885). Un tercer paso en el avance de esa “frontera científica” sería dado por los técnicos y científicos generalmente extranjeros que exponen en las páginas del BIGA observaciones sistemáticas sobre espacios acotados y objetos o problemas particulares con la pretensión de que sus conclusiones fueran leídas como producto de una adecuación perfecta entre sus palabras y los objetos materiales estudiados. Entre esos estudios está el “Estudio orográfico en la cordillera de Mendoza y Neuquén” del ingeniero Germán Avé-Lallemant, que contiene fuertes críticas a los trabajos orográficos y cartográficos del geólogo franco-chileno Pierre Pissis y a los planos “que carecen absolutamente de valor real, no obstante su carácter de ‘ciencia oficial’”, y que identifica entre otras cosas una “formación petrolífera argentina” en la zona (BIGA VIII:173-188, 1887). También la “Expedición al Neuquén” de Kurtz y Bodenbender, enviados por el IGA a estudiar la geología y la botánica de la cordillera entre el río Diamante y el lago Nahuel Huapi, que hacen notar la necesidad de un programa científico preciso, analizan el instrumental a utilizar, señalan los errores y aciertos de sus antecedentes31, critican la cartografía de grandes extensiones publicada con fines 30 Para más datos sobre esta geógrafa, v. ZUSMAN 1996:65-74. 31 En un puntilloso análisis, comparten la crítica de Avé-Lallemant a Pissis, consideran válido el trabajo del ingeniero y aprecian –señalando sus “apariencias modestas”- el valor de los itinerarios de Rohde para la sección meridional de su trayecto. Es de notar que en la actualidad se considera -a diferencia de los trabajos geográficos de la época- que “tanto los nuevos métodos sofisticados como los recientes conceptos globales ciertamente permitieron precisar y completar los 60 políticos pero poco exacta, y se presentan, en consecuencia, como los primeros auténticos estudiosos de los territorios que atraviesan (BIGA X:311-322, 1889). Finalmente, los “Estudios geográficos de la vertiente oriental de la cordillera argentina entre 39° y 41° de latitud sur (Territorio Nacional del Neuquén)” del profesor Franz Kühn, un trabajo que se diferencia explícitamente de la “topografía exterior” y se interna en “la configuración del suelo [...] por medio de las ciencias naturales”, cita como antecedentes académicos una serie numerosa de artículos en alemán, francés y castellano, y se centra en un recorrido personal de la cordillera entre Zapala y el Nahuel Huapi (BIGA XXIII:177-178, 1909). Más allá del predominio de las corrientes deterministas y sistemáticas en la Geografía de la época32, debemos tomar en cuenta, como criterio para la caracterización del discurso científico generado por el IGA, otros factores más cercanos a los actores concretos de la aventura exploratoria del nuevo interior argentino. Como hace Pereira (2003:188-189) en su estudio de la sociedad geográfica carioca, podemos considerar al discurso de sus similares argentinas como modelado por la practicidad y la actualidad, no tradicional ni preestablecido sino “estructurado a partir de las posiciones asumidas por determinados actores que en ella interactuaban dinámicamente”, por cuanto no se trasluce de sus publicaciones más declaración de principios que la de servir al Estado y la obsesión por la exactitud de sus determinaciones. El proceso político argentino de construcción simultáneamente institucional y material del Estado llevaba a una tematización forzada del territorio como forma de mostrar la congruencia y simultaneidad de existencia de un ámbito de dominación y un escenario físico o ámbito de extensión (Zusman 1996:9). Esta fuerte determinación del conocimiento geográfico y social en general por el proceso político es lo que convierte a ese saber en eminentemente práctico, útil y actual. La referencia a la geografía material debía ser inmediata, mediante una perfecta “identificación entre el referente empírico y el discurso producido” (Idem:46). Esta necesidad se adecuaba al paradigma naturalista, que facilitaba la apelación a metáforas biologicistas y a leyes superiores a la voluntad humana –como las de gravitación universal, evolución, etc.- para explicar procesos políticos o sociales tales como las dinámicas de la población humana o la estructura institucional de los Territorios. trabajos que efectuara Bodenbender, pero que sus investigaciones dejaron un fundamento claro y estable para los estudios que desarrollaron sus sucesores” (MILLER 2005:12). La expedición al Neuquén fue la primera que hizo Bodenbender en la Argentina (HÜNICKEN 2005:16-17). 32 En el caso argentino, se señala un período de reconocimiento y fijación de las denominaciones regionales –sintetizado por Ricardo Napp en 1876-, y de sistematización -tras el paso del “último gran viajero”, George Musters- caracterizado por los aportes de la geología, la hidrología, la geomorfología, la botánica y la zoología, fundamentalmente desde la fundación de la Academia de Ciencias de Córdoba. Los “escritos referidos a la geografía económica, política y humana” se vieron relegados a “los periódicos de la época y las notas de los agregados diplomáticos, comerciantes, viajeros...” (DE JORGE 1988:1-6 y 17-18). El mismo autor considera que esa Geografía sistemática predominante fue el eje de trabajo de los primeros años del IGA, y que la aparición de artículos antropológicos y etnológicos en los últimos años del Boletín son “índice elocuente de la decadencia” del IGA como institución geográfica (Idem:10). 61 En ese sentido, la diferencia más notable entre los exploradores funcionarios o militares del momento de la conquista y los exploradores científicos posteriores a 1885 probablemente sea la distancia que toman estos últimos –implícitamente, al no hacer referencia alguna al proceso político- respecto de la utilidad de sus determinaciones. Como dice Bodenbender, señalando los límites prácticos de su trabajo: “Las ciencias no se contentan con constatar la existencia de los objetos y sus agrupaciones en el espacio, ella[s] va[n] más lejos y quiere[n] resolver la cuestión del por qué de todo lo existente” (BIGA X:321, 1889). Otro de los gestos constitutivos del acto de explorar consistía, como hemos visto, en acreditar el vaciamiento humano del territorio. A pesar del pronto abandono del estereotipo del “desierto” para referirse a la naturaleza de la Pampa y la Patagonia Norte –en especial a la zona andina y a sus valles fluviales- hemos visto que la literatura geográfica de la época hace persistir la idea de que estas ricas regiones, sobre todo después de la conquista, permanecen despobladas y deben ser repobladas. La representación se fragmenta: por un lado, lo que antes se consideraba desierto árido y estéril es ahora –en buena medida- una tierra fértil; por otro lado esa tierra vuelve a imaginarse como desierto mediante la impresión que transmiten los exploradores – heredada de Darwin y tradicional en los viajeros del siglo XIX- de ser los primeros humanos en estar ahí. La necesaria conexión de estas estrategias intelectuales con el siguiente paso en esa representación de la historia regional, la explotación productiva que correspondería al trabajador pionero, se constituye en la práctica temporal característica de toda otra vertiente del discurso científico y político analizado, cuyo tema es el futuro regional. De este modo y como característica más notable de esta literatura exploratoria, por las consecuencias que tendría en el proceso social-territorial de la época y de tiempos posteriores, aparece la apertura de la secuencia metodológica descripta – conquistar/explorar/renombrar- hacia el futuro, a un nuevo espacio de representación signado por la idea positivista de progreso. La exploración de los nuevos territorios se convierte en las páginas de las revistas analizadas, entonces, en la postulación de un proyecto regional estructurado en torno de la idea de progreso y de la puesta en tensión del futuro respecto del pasado. En esa lógica, las instancias de la conquista, la exploración y la explotación de la tierra integran una secuencia forzosa –discursivamente naturalizada-, expresándose las acciones que constituirían este último momento, generalmente, en verbos de tiempo futuro. Esto supone en los exploradores y descriptores el gesto imperial –quizás inaugurado por Darwin y más evidente en algunos textos que en otros- de imaginar la Patagonia como pura naturaleza, “como una condición anterior a la civilización, a la espera de que las fuerzas del progreso la cultiven” (Livon-Grosman 2003:95), como lugar nunca transitado antes por el hombre o que parece no cambiar con el tiempo, actitud que implica la idea de que quienes descubren, exploran y nombran el territorio serían los primeros y únicos capaces de cultivo, progreso e historia. 62 Quijada (2000:186-191) ha señalado ya que el positivismo decimonónico recoge, en esta unidad de significado entre la historia natural y la historia humana, la herencia tanto de la “historia natural y moral” americana del Renacimiento como de los jesuitas transterrados que participaron de la disputa ilustrada sobre América y del paisajismo romántico de Humboldt, aportes claves todos ellos para la construcción simbólica de territorios nacionales. La descripción del país (la naturaleza), la patria (la historia) y el reino (la matriz política) como un continuum sólo se ve alterada, a fines del siglo XIX, por la sustitución del objeto reino por el de nación, en atención al concepto corriente de Estado-nación, aún no escindido. El deseo baconiano de “mejorar la suerte de los hombres extendiendo su dominio sobre la naturaleza” aproximó así metodológicamente las ciencias físicas a las morales, contribuyendo a que desde el siglo XVIII la historia de la civilización fuera leída a través del progreso humano en ese dominio (Di Filippo 2003:15). Esta aproximación se fortaleció mediante el monismo –la “creencia acerca del predominio de un vasto, uniforme y no interrumpido proceso de desarrollo sobre la naturaleza”- presente como ideología historiográfica en autores como Haeckel, Darwin o Spencer, que permitiría la extrapolación de postulados organicistas al ámbito social (idem:91). En el marco del positivismo comtiano proyectado más tarde en el materialismo marxista, esta unidad absoluta entre los fenómenos físicos y los intelectuales y morales llevaría a resumir todo el conocimiento en dos grandes ramas: el estudio de la Tierra o cosmología y el del Hombre o sociología (idem:101-115). Desde el punto de vista del pensamiento histórico entendido como ideología, Blengino (2005) acierta, sin duda, al hilvanar distintos registros textuales de científicos, exploradores, funcionarios y misioneros que abordaron la frontera pampeano-patagónica en las últimas décadas del siglo XIX mediante el hilo conductor de una común tensión hacia el futuro, una representación progresista del devenir regional que subrayaba tanto el anacronismo del Otro antropológico como su contraste con el proyecto civilizador occidental expresado en el discurso utópico del progreso. En el contexto de nuestro análisis, por fin, parece claro que ese retorno del discurso a la lógica explicativa de la Historia Natural y Moral renacentista se relaciona con el intento de naturalizar determinadas representaciones sociales. De acuerdo con esta clave de lectura, resulta importante determinar de qué modo se representaba el futuro de la región, supuesto que esas prácticas de representación acompañarían a las prácticas materiales sobre el territorio y contribuirían a configurarlo como producto a la vez de una imaginación geográfica y una imaginación histórica. Así, identificaremos los distintos futuros contingentes o posibles de la Norpatagonia tal como se pensaban en la época bajo análisis. En los primeros números del Boletín, apenas finalizada la campaña al río Negro, Zeballos –el principal propagandista de la operación- no vacila en proponer nuevos objetivos para la conquista alimentando la conflictividad fronteriza, fortificando los boquetes cordilleranos, por ejemplo, para impedir el regreso de los indígenas fugitivos, trasladar la guerra de frontera a Chile y generarle un problema al país hermano: “nuestra frontera interna desaparecerá, situándose las tropas argentinas sobre la 63 frontera internacional” (BIGA I:187-191, 1880). Sin embargo, ya en los tempranos “Apuntes sobre las tierras patagónicas” de Moreno (ASCA 5: 189-205, 1878) se anuncia “un porvenir halagüeño para las tierras patagónicas” constituido por la extinción fatal de los indígenas, la formación, en el triángulo neuquino, de “la Provincia más rica de la República Argentina”33, la explotación del carbón “alma de la industria moderna”, etc., en una línea interpretativa mucho más fecunda que la primera, según la cual la conquista se liga con la explotación económica. Efectivamente, la vinculación entre las prácticas exploratorias y un futuro conflicto con Chile aparece solamente en el discurso de Zeballos, mientras que las alusiones a la relación entre el relevamiento científico y la productividad futura se inscriben más claramente en el programa civilizatorio característico del colonialismo decimonónico. En la citada carta al coronel Napoleón Uriburu, el mentor del IGA ensalza la victoria militar -“desde la víspera de Chacabuco, las nieves de la cumbre andina no habían sido holladas por el soldado vencedor de la República”- y la compara con el avance exploratorio: “No es menos brillante la gloria científica de la jornada, durante la cual han luchado la chuza de la tacuara, distintivo de los araucanos, con el sextante y el cronómetro, que marchan a la vanguardia de la Humanidad descubriendo y situando en todas las zonas del Planeta nuevos teatros para la actividad prodigiosa de la Civilización” (BIGA I:184, 1880). La prosperidad futura se encontraría, así, directamente relacionada con el proceso presente. Para Host, en los ricos bosques cordilleranos desaprovechados por los indígenas “los nuevos pobladores prosperarán rápidamente”, y eso es, precisamente, lo que según Zeballos da sentido a la conquista militar, que “ha tenido por objeto libertar de los salvajes un territorio fértil e inexplorado, para entregarlo a la acción de los exploradores que han de preparar el teatro más tarde para que el brazo y la inteligencia del hombre lo fecunden” (BIGA II:76 y 36, 1881). En palabras de Jorge Rohde, “el rémington y el sable han cumplido su misión y se apartan hoy gustosamente, para dar paso al arado y al vapor” (BIGA IV:178, 1883). Cuatro años antes, el mismo autor describía la conquista del punto estratégico de Choele Choel como cabecera de playa para la ofensiva militar sobre la Patagonia al sur del Negro, al mismo tiempo que como sitio de interés económico para la colonización agrícola y las comunicaciones con la zona andina (BIGA I:152-156, 1879). En su itinerario de Mendoza a Ñorquín, Villanueva señala que en el sur mendocino “a las invasiones de los salvajes ha sucedido, por fortuna, la invasión de la industria y de la civilización que va con ella” (BIGA V:205, 1884). Y unos años después, Lista observa –socorrido por una imagen auditiva muy de su tiempo- que en la promisoria zona del Nahuel Huapi “con el 33 Moreno se refiere, posiblemente, al Territorio del Limay diseñado en el proyecto de ley de Territorios Nacionales presentado en 1872 por una comisión del Senado presidida por Bartolomé Mitre y misteriosamente desaparecido (REPÚBLICA ARGENTINA 1894:24-26), que a pesar de no haber sido aprobado permaneció como representación vigente de los Territorios hasta la ley 1.532 de 1884, que estableció los límites actuales. 64 último alarido del indio que se marchaba vencido, se oyó el arre de la caravana de pastores que iba a levantar su choza al borde del Limay o a la orilla del lago, quizá en los mismos sitios en donde Mascardi y Guillelmo catequizaban a los poyas y araucanos” (BIGA XVII:408-409, 1896). De este modo, el explorador-funcionario reinterpretaba en sentido progresista no sólo el pasado inmediato sino el ciclo entero de la presencia occidental en la cordillera norpatagónica, asimilando la reciente conquista militar a los propósitos de los misioneros del siglo XVII. Esta interpretación del devenir regional en clave progresista derivaba frecuentemente, como era común en el siglo XIX, en ideas nebulosas y ensoñaciones industrialistas que rara vez se concretaban en proyectos. Al exponer su supuesto redescubrimiento del paso cordillerano de Bariloche, Rohde ya lo imaginaba atravesado por un ferrocarril interoceánico de impacto mundial (BIGA IV:162, 1883), lo mismo que Olascoaga en su descripción del norte neuquino (BIGA V:100, 1884). Otro objeto de estas proyecciones eran los caudalosos ríos de la cuenca del Negro, vista por el capitán Martín Rivadavia desde su desembocadura como una “zona vastísima que arranca de las ricas comarcas andinas, [que] aprovechará esta salida fácil de sus productos al mercado universal” (BIGA VII:2, 1886). También en su exploración del Chubut el comandante Roa imaginaba el valle del Senguerr como “asiento de una populosa ciudad” futura (BIGA V:56, 1884). Lista cierra su texto propagandístico sobre la Patagonia andina (ASCA 42:401-425, 1896) con una visión de futuro titulada “Dentro de veinte años”, en la que prevé que “cuando la región de los Andes se haya poblado con cincuenta mil colonos agricultores y pastores”, cuando el Ferrocarril del Sud llegue a la Confluencia y al Nahuel Huapi: “entonces, los fértiles valles de esta tierra prometida ostentarán toda suerte de ganados y cultivos; las moradas del hombre se alzarán aquí y allá como jalones de civilización y progreso; y los lagos, que hoy sólo sirven de admiración […] se habrán convertido en carriles del comercio, en fuerza motriz para las industrias […]” (idem:424-425). En uno de los primeros estudios sobre la regulación de los caudales fluviales, Enrique Chanourdie deja correr su imaginación y reproduce en su informe párrafos ficticios de crónicas futuras sobre “uno de los períodos más brillantes en la historia de esa gran nación americana que cuenta hoy ciento cincuenta millones de almas, producto de una mezcla en la que priman las antiguas razas grecolatina y céltica”, y se refiere al primer tercio del siglo XX como el momento en el cual se habrían echado definitivamente –desde ese futuro potencial- los cimientos de la prosperidad argentina a partir “del legendario valle del río Negro que nos ha hecho olvidar al Nilo de los egipcios” (BIGA XX:483, 1899). Los científicos europeos que participaban de las tareas de relevamiento de recursos solían asimilar –alimentando el tópico de la “Suiza argentina” instituido por 65 Victor Martin de Moussy y reutilizado por Lista34- el paisaje de las comarcas andinas al de sus países natales. Para el geólogo Bodenbender la región de los lagos andinos “era nuestra querida Alemania, que encontrábamos de este lado del océano; y a la vez nos entusiasmaba la idea de que en tiempos no muy distantes quizás estos lugares brindarían felicidad y bienestar a millares de hombres” (BIGA X:329, 1889). Lista encuentra allí, desmintiendo el mito de la “tierra maldita”: “una fisonomía única en América y que, apropiadamente, todos los exploradores y turistas han dado en considerar como una copia del paisaje montañoso suizo […] a lo largo de la Cordillera, desde el lago Nahuel Huapi hasta los canales occidentales de la Patagonia” (ASCA 42:401-402, 1896). Resulta interesante comprobar que este género futurista cercano a la ficción científica está prácticamente ausente de las páginas de la Revista de la SGA, una publicación, como ya hemos analizado, que daba un sentido explícitamente más político que científico a sus contenidos, y que, en esa línea, elaboraba un discurso más cercano a problemas determinados y precisos que a principios generales. De todos modos, algunas de las ideas que acabamos de identificar también aparecen formuladas en un tono más concreto, constituyendo anteproyectos o proponiendo soluciones a problemas puntuales ya previstos. Por ejemplo, cuando Olascoaga, retomando una vieja idea de Sarmiento, proponía sacar un canal del río Colorado para regar la mesopotamia árida entre ese río y el Negro (BIGA I:69-70, 1879; V:99, 1884; RSGA II:92-97, 1884). O cuando Albert, clamando contra el aislamiento neuquino, pedía que las fuerzas de línea del Ejército acantonadas en General Acha abrieran una serie de jagüeles35 en la travesía hasta Chos Malal, que la guarnición del río Negro prolongara la línea telegráfica desde Paso de los Indios hasta la capital territoriana y hasta Chile, que la Marina explorara y estudiara la navegabilidad del Neuquén, que se corriera la línea militar a la cordillera de los Andes llevando esas tropas a la verdadera avanzada, y que se estudiara la factibilidad de un ferrocarril trasandino por el paso de Antuco (BIGA XIV:171-176, 1893). El ferrocarril de Buenos Aires a Talcahuano por Antuco, ya proyectado, o bien un ramal de Bahía Blanca y General Acha al mismo paso cordillerano, sería para el periodista neuquino “quizás la línea más importante de Sudamérica”. En la Revista de la SGA los proyectos se orientaban fundamentalmente a la concreción de obras de riego en el Alto Valle rionegrino, a la navegabilidad del río y a las vías de comunicación de esa zona (RSGA II:100 y 138-139, 1884). 34 V. MARTIN DE MOUSSY, Description Géographique et Statistique de la Confédération Argentine, Paris, 1860, tomo 1, refiriéndose a los lagos y lagunas (capítulo III del libro de Hidrografía) destaca en realidad a la región recién colonizada de los lagos chilenos como “la Suisse sudaméricaine”. Unos años después, en sus primeras exploraciones, será Ramón Lista quien extenderá el uso del topónimo “Suiza argentina” para referirse a la vertiente oriental de los Andes patagónicos y a sus recursos económicos (LISTA 1999:9 y 17; BIGA XVII:414, 1896; ASCA 42:412, 1896). También en la misma época Rohde, por ejemplo, se refiere al área del Nahuel Huapi como un futuro “centro de una abundante producción agrícola... un pedazo de Suiza trasplantado al suelo argentino” (ROHDE 1889:35-36). 35 Pozos de agua de balde. 66 En la misma línea de los proyectos ferroviarios que habían constituido una verdadera fiebre en los años siguientes a la conquista de la Pampa y la Patagonia, Federico R. Cibils proyectaba dos trazados para continuar el flamante ramal de Bahía Blanca a la Confluencia y comunicar este último punto con Chile: uno siguiendo el curso del río Neuquén hasta Chos Malal y el paso de Antuco, y el otro siguiendo el Limay hasta el Nahuel Huapi (BIGA XX:475-482, 1899).36 También el artículo citado de Chanourdie sobre las inundaciones del río Negro, antes de su epílogo futurista, retoma los estudios del ingeniero César Cipolletti que acababa de publicar el Ministerio de Obras Públicas de la Nación y del ingeniero Constante Tzaut publicados en la Revista Técnica, y aporta datos acerca de las crecientes del siglo XIX, concluyendo con Tzaut que la clave del control de las crecidas estaba en la realización de embalses, que debería construir el Estado nacional por tratarse de obras de bien público (BIGA XX:483-491 y 494-495, 1899). De todos modos, si en el plano del progreso material los sueños difícilmente se concretaban en proyectos y estas intenciones encontraban el obstáculo de la inercia del Estado liberal, mucho menor espacio ocupaban las ideas de cambio político. La crítica de la estructura institucional de los Territorios Nacionales provenía de quienes la conocían directamente y la sufrían cotidianamente: los funcionarios territorianos mismos. Así, en el escrito de Albert sobre el Neuquén el sueño de progreso material es acompañado por el sueño de una evolución política consistente en la creación de una Legislatura territoriana, en el envío de delegados territorianos al Congreso, en la revisión del proyectado Código Rural de los Territorios en función de “los verdaderos intereses de esa zona” y en que el Estado se haga cargo eficazmente de la educación primaria (BIGA XIV:155-156 y 176, 1893). Al representar a la Patagonia Norte como una tierra de futuro y particularmente a su zona andina y a los valles fluviales como objetos preferentes de las mejores expectativas, se refuerza la yuxtaposición discursiva de la Geografía con la Historia. Si los representantes de la civilización han llegado, por fin, a los Andes como límite último de la Nación, ese viaje en el espacio se convierte también en una propuesta de itinerario en el tiempo, hacia el futuro. Los temas de estas proyecciones al futuro configuran, entonces, las representaciones de una serie de futuros contingentes y distintos para la región norpatagónica. Uno de los futuros posibles es el que se refiere a los ferrocarriles, y por lo tanto a la franja norpatagónica como corredor bioceánico: todos los proyectos de ferrocarril formulados en estos materiales (de General Acha a Chos Malal y de allí a Chile por el paso de Antuco; de Bahía Blanca a la Confluencia y prolongándose a Chos Malal y al Nahuel Huapi; del Nahuel Huapi a Chile), con mayor o menor grado de sustento en estudios de factibilidad, imaginan una Norpatagonia relacionada con los mercados externos a través de uno de los artefactos característicos 36 El tema de los proyectos ferroviarios de la época puede verse desarrollado en NAVARRO FLORIA 2003:101-104. El mismo CIBILS (1902), pocos años después, llama la atención acerca de las potencialidades del área del Nahuel Huapi, de la inacción del Estado argentino y del “peligro araucano” chileno, en un tono racista y xenófobo similar al de Zeballos. 67 de la era industrial y del proceso de achicamiento del mundo por las comunicaciones. Un segundo futuro posible destacado en esta literatura científica es el que habla de las posibles obras de riego, y por lo tanto de la Norpatagonia como región de colonización agrícola mediante el esfuerzo transformador del hombre: la reiterada solicitud de realización de canales de riego en los valles del Negro y del Neuquén; la visión de la mesopotamia entre el Colorado y el Negro como zona regable; los proyectos de embalses de los ríos de la cuenca del Negro; son proyecciones que asignan un rol activo al Estado como hacedor y como regulador tanto de obras públicas como de los flujos inmigratorios. Una tercera representación importante de futuro posible es la que destaca la presencia de un paisaje que despierta la comparación con la Europa montañosa y rural -la Suiza argentina- y a través de esa comparación propone una Norpatagonia andina como destino de la colonización y del desarrollo: en la medida en que esta representación de la Suiza argentina no se plasma en proyectos concretos de acción sino que se limita a constatar la presencia de determinados elementos valiosos –suelos, clima, recursos hídricos, bosques, minerales, etc.- que recuerdan a la Suiza original, registrando una serie de recursos dados por la naturaleza y no objetos por hacer mediante el trabajo constructivo del hombre, es la imagen que permanece con mayor carga utópica y con menor grado de materialización. El hecho de que a lo largo del siglo XX esta representación haya derivado de la proposición de un desarrollo agroindustrial similar al suizo a una proyección como mero recurso paisajístico visual destinado a su contemplación por el turismo, en todo caso, nos habla de hasta qué punto la Suiza argentina quedó en el plano de las prácticas discursivas y su traslado al plano material se limitó al desarrollo de un recurso turístico. Conclusiones: entre la ciencia como construcción de certezas y la política como arte de lo posible El estudio de los contenidos de las revistas científicas argentinas de fines del siglo XIX y principios del XX sobre la Patagonia Norte nos aporta nuevos materiales explicativos acerca de las prácticas espaciales y temporales de la época hacia esta región, enriqueciendo también nuestro conocimiento de la relación entre discursos y materializaciones, representaciones y políticas. Abordamos este estudio desde un punto de vista que atiende con preferencia a los contextos de producción de esos contenidos, con el propósito de explicar cómo generaron, sobre los territorios marginales de la nación, una serie de representaciones coincidentes en su funcionalidad al proyecto civilizatorio global, característico de la época, y al proceso estatal-nacional, pero divergentes –por los perfiles institucionales, ideológicos y políticos de los actores- en aspectos particulares de sus discursos. Las coincidencias fundamentales se relacionan con el origen de estas representaciones en un grupo de instituciones científicas, predominantemente geográficas, productoras de un colonialismo interno en su afán de integrar los nuevos espacios nacionales a sistemas de poder externos a ellos. Las divergencias provienen de la diversidad de 68 instituciones –para el caso argentino, el Instituto Geográfico y la Sociedad Geográfica, junto con otras, procedentes del tronco común de la Sociedad Científica- que reflejan la existencia de grupos y redes sociales e intelectuales relativamente diferenciados entre sí por sus contornos profesionales, ideológicos y políticos. Identificamos en el discurso de las instituciones y publicaciones analizadas una retórica progresista común, que despliega sobre el territorio la conciencia de hallarse ante unos paisajes donde se realiza o se realizará el progreso tal como esta narrativa lo concibe. Esta retórica común está claramente determinada por su funcionalidad al proceso estatal-nacional de territorialización –muy claramente perceptible, por ejemplo, en relación con la cuestión de los límites internacionales-, por la superación – para esta región- del estereotipo del desierto, y por la identificación de recursos materiales para el desarrollo socioeconómico futuro. En la medida en que el discurso geográfico avanza sobre el espacio y sobre la explicación de la interacción sociedadnaturaleza en el pasado, el presente y el futuro, hemos visto cómo se acentúa la superposición entre Geografía e Historia –característica de la unidad de sentido positivista entre ciencias del hombre y ciencias de la naturaleza- y se postula un desarrollo histórico regional caracterizado por aquella retórica del progreso. Sin embargo, la diversidad de miradas –de instituciones, de grupos, de descriptores y de momentos- genera una diversidad de sentidos para ese discurso del progreso. Una pluralidad evidente de proyectos de desarrollo territorial se expresa en una serie de futuros contingentes y alternativos para la Norpatagonia. En primer lugar, la Norpatagonia es resignificada como fértil en función de sus suelos, ríos, bosques, valles, etc. El discurso de la RSGA, en particular, apunta a condicionar las decisiones políticas sobre el desarrollo regional futuro centrado en la colonización agrícola de los valles fluviales mediante la realización de obras de regadío, la subdivisión y perfeccionamiento de la propiedad de la tierra y la apertura de vías de comunicación. Alrededor de la crisis de 1890 surge y se suma a la anterior la representación crítica de la Norpatagonia como riqueza abandonada o desaprovechada, acentuándose la demanda de políticas estatales activas. Esta demanda, sin duda, contribuye al cambio en la percepción de la región constatado en el discurso político (Navarro Floria 2004a) y a la crítica de la inacción estatal que se proyecta sobre el siglo XX. En segundo lugar, cada una de las representaciones identifica su objeto preferencial de interés. La mirada dominante, que centraba su preocupación en la conquista estatal y la delimitación del territorio nacional, hacía hincapié en la franja cordillerana –la “Suiza argentina”-, mientras que la mirada disidente, que fijaba su interés en el desarrollo productivo, generaba fuertes imágenes de las tierras con aptitud agrícola y de la población indígena y criolla con un sentido claramente reformista respecto del modelo socioeconómico dominante. El vaciamiento imaginario del espacio que acompañó a la coyuntura de la conquista –mejor reflejado en el BIGA- fue puesto en cuestión por la RSGA y hasta por el mismo BIGA después de 1890, mediante una relativa valorización de la población originaria y de sus posibilidades de integración al 69 sistema productivo, y una posición crítica hacia las políticas dominantes en la materia. El perfil ideológico catastrofista y antievolucionista de los sectores disidentes se refleja aquí en la responsibilización política del Estado acerca de los efectos negativos de la conquista y en la proposición de un modelo de formación social inclusivo del Otro. Las sociedades geográficas en cuestión se autoidentificaban con la exploración del territorio entendida como operación práctica y teórica complementaria de la conquista material, capaz de producir una apropiación definitiva del espacio que se reflejaba, por ejemplo, en la imposición de una nueva toponimia. Además del progreso en el sentido epistemológico del conocimiento geográfico, estas representaciones del espacio y del tiempo incluían la proposición de un futuro regional signado por la idea positivista del progreso y por la consiguiente puesta en tensión del futuro respecto del pasado. Retomando la tendencia moderna a asignar una unidad de sentido a la naturaleza y a la historia, entonces, el discurso geográfico sobre la Norpatagonia generó una serie de representaciones sobre el futuro regional que acompañaron y contribuyeron a configurar las prácticas materiales sobre el territorio. La Norpatagonia como corredor bioceánico mediante el trazado de líneas ferroviarias, como región de colonización agrícola mediante el esfuerzo transformador del hombre y la intervención activa del Estado, o bien como región de desarrollo restringido a la franja andina y librado a un proceso evolutivo espontáneo, son los futuros posibles y alternativos que se prefiguran en el discurso científico de las revistas analizadas. La conflictividad registrada entre estos distintos discursos geográficos y sus consiguientes proyectos de futuro regional nos permite contribuir a desnaturalizar algunas representaciones instaladas con mucha fuerza en la historia regional y, en definitiva, a restituir historicidad al proceso sociopolítico regional, en tanto percibimos distintos futuros –que desde nuestra perspectiva ya son pasados- posibles. Esas distintas Patagonias posibles, ayer como hoy, nos llevan de la problematización del pasado a la construcción del presente. La relación entre el proceso de edificación de certezas que pretendía constituir la ciencia decimonónica y el arte de lo posible que era y es la política, también nos permite destacar puntos de coincidencia entre el discurso geográfico y el discurso político –que ya analizamos en trabajos anteriores (Navarro Floria 2004a)-, ambos constitutivos del proceso de nacionalización deficitaria de la Norpatagonia –un territorio incorporado formalmente al Estado pero no integrado eficazmente a la sociedad ni al sistema económico ni al régimen político nacional- que caracterizó las últimas décadas del siglo XIX. De ahí lo incierto del progreso soñado en esos tiempos. Referencias AHPN = República Argentina, Provincia del Neuquén, Sistema Provincial de Archivos, Archivo Histórico Provincial. 70 ÁLVAREZ CORREA, Lily. Cartografía y geodesia: las innovaciones de la Oficina de Mensura de Tierras de Chile a principios del siglo XX (1907-1914). 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Introducción El vaciamiento físico y simbólico del espacio conquistado por el Estado en el Sur argentino, desde el inicio de las campañas de exterminio sistemático a partir de 1875, y el consiguiente ocultamiento del Otro étnico en las estadísticas y los imaginarios colectivos de la República conservadora que prevalece hasta 1916, fue acompañado por la ciencia de la época. Si antes y durante la conquista la mirada científica y política sobre las naciones indígenas las había considerado como cuestión presente, en los años posteriores la intelectualidad argentina comenzó a ocuparse del problema de otro modo. En los espacios institucionales científicos de discusión antropológica -las sociedades científicas argentinas recientemente creadas-, las formas de no hablar sobre los indios vivos y reales de la época se hicieron patentes. Una vez concretada la conquista, los observadores del Otro pasaron a ocuparse de cuestiones menos problemáticas que del producto de la violencia del proceso. Se volcaron a temas inocuos, menos polémicos que el conflicto interétnico. Una de las estrategias discursivas características del período posconquista en relación con el Otro fue su desplazamiento al pasado remoto y su arqueologización conceptual. Los escritos arqueológicos dan muestras profusas de esta remisión a la forma de “restos”, “rastros”, “antigüedades”, gesto que acompaña el vaciamiento del “desierto” de subjetividades invocando a su dueño legítimo: el Estado-nación (Andermann 2000: 124-126). Otra de las estrategias derivó de un giro en el tratamiento del Otro interno, que de objeto antropológico devino rápidamente en objeto sociológico, en virtud de su inclusión subordinada en el cuerpo colectivo, invisibilizada su identidad étnica originaria. En todo caso, el estudio de la problemática del Otro desde una ciencia antropológica que buscaba fundar su objetividad en métodos cuantitativos establecidos en el siglo XIX, mantuvo vigencia hasta bien entrado el siglo XX. También la disciplina resultó funcional a la tarea estatal de invisibilizar y museizar a las poblaciones indígenas y mestizas, refiriéndose a ellas como a un pasado remoto, borrando del espacio y de la memoria colectiva la complejidad y conflictividad interétnica propia de la sociedad de frontera desarticulada por la conquista. 79 La arqueologización del Otro “¿Qué se hace en un Museo de Ciencias Naturales? En un museo de Ciencias Naturales se colecciona, prepara, preserva, estudia y exhibe los objetos de la Naturaleza que el público observa en sus salas”. (Página web del Museo de la Plata, 2006: http://www.fcnym.unlp.edu.ar/museo/acerca.html) La antropología como disciplina científica se consolidaba en Europa en espacios de discusión como la Sociedad Etnológica de París (fundada en 1839), la Sociedad Etnológica de Londres (1844), la Sociedad Antropológica de París (1859) y la Sociedad Antropológica de Londres (1863). Los ecos de esta onda expansiva de creación de sociedades científicas se hicieron sentir en nuestro país recién en 1872, cuando se fundó la Sociedad Científica Argentina, y en 1885, con el Museo de Ciencias Naturales de La Plata. Ambas instituciones, a través de sus prácticas y escritos, legitimaron una relación que resultó indisociable entre el conocimiento científico y las prácticas políticas que se desarrollaban sin pausa en nuestro país, desde mediados de siglo XIX. Muchos de los conceptos empleados por la antropología desde sus comienzos –como raza, cultura, etnia, pueblo, ejemplar, tipo, etc.-, forjados en la segunda mitad del siglo XIX, se volvieron conceptos claves para una lógica racista de inclusión/exclusión que dio lugar a prácticas políticas contra pueblos enteros. Las sociedades científicas y los museos aparecieron como los únicos espacios institucionales posibles donde poder escribir y debatir antropología y, en definitiva, acerca de la alteridad y, desde un lugar privilegiado, manifestar los intereses que el Estado-nación consolidado buscaba transmitir acerca de la cuestión. De esta forma la ciencia, acompañante infatigable de las políticas de Estado, no hizo otra cosa que contribuir a la producción de una formación social, en un territorio nacional entendido como laboratorio sociológico y político y estableciendo un claro binomio antropológico entre un Nosotros y un Otro que, por otra parte, ya no generaba peligro alguno. Idóneos y profesionales En la época contemporánea e inmediatamente posterior a la conquista, entre 1875 y 1900, podemos apreciar la emergencia de un discurso antropológico producido por “idóneos” de la disciplina, aunque refleja el pensamiento antropológico europeo de la época: estudiosos, sabios y naturalistas, dentro de los cuales podemos mencionar a Estanislao Zeballos, a Francisco P. Moreno y a Ramón Lista, entre otros. Recién a principios de la década de 1890 y hasta 1916 sobresaldrían los investigadores especialistas -generalmente doctores en ciencias naturales, filosofía o medicina-, en algunos casos provenientes de países europeos, que se ocuparon exclusivamente del estudio de las poblaciones indígenas; tanto desde lo arqueológico como desde lo biológico. Podemos mencionar dentro de esta segunda generación al alemán Robert Lehmann-Nitsche, al 80 inglés Samuel Lafone Quevedo, al holandés Herman Ten Kate, a los argentinos Juan B. Ambrosetti y Félix Outes, entre otros. Tanto los investigadores nacionales como los extranjeros mostraron, respecto de sus predecesores, contrastes y continuidades. Compartieron una lógica racista de tono moral y de clase, produciendo un cúmulo de ideas que dieron sustento al cuerpo ideológico dominante de fines del siglo XIX y principios del XX. Estos intelectuales resultaron funcionales a una determinada invención del país. Desde la dinámica de construcción de la nación se elaboraron mitos de unidad. Y en este aspecto, la invención de una nación de raza blanca y homogénea, de la cual participaron las ciencias sociales en general, tuvo su costado disciplinar en la tesis determinante de nuestro país como un país sin indios. Esta idea se asentaba en la estrategia de “su remisión discursiva al pasado [y] la arqueologización conceptual de la población indígena” (Navarro Floria 2006:1)37. Así, podemos leer en Outes: “Pues bien, en nuestro país existe un número ya bastante crecido de hombres animosos que han dedicado su tiempo a estudiar el pasado de nuestro territorio. Han investigado el origen de sus habitantes, han tratado de reconstruir las diversas modalidades de la vida de las primitivas sociedades que ocuparon la vasta extensión donde hoy se yergue nuestra joven República, y paulatinamente han llegado, si no a diseñar un cuadro completo, por lo menos un excelente boceto de nuestro pasado.” (Outes 1900:202) En este sentido, las investigaciones arqueológicas y las que redundaban en la antropología física, en continuidad con la ciencia de corte racista de mediados del siglo XIX, junto con las investigaciones lingüísticas y folklóricas, ampararon la deshistorización del Otro y relegaron al fondo de la historia toda memoria cultural de los recientemente conquistados. De hecho, y aunque la antropología de la época se ocupó de multiplicidad de temas, la arqueología fue de los más proficuos de la época. Pero el segundo momento -el del surgimiento de eruditos con un discurso antropológico- no es posible si antes no se arqueologiza al indígena. Paso necesario para la posterior museologización del mismo. Es decir: es necesario convertirlo en algo que pueda ser exhibido, en una pieza de museo, aislando al objeto de su contexto, dando lugar a una verdadera “antropología de la morbosidad” (“El cráneo ha sido abierto en mi ausencia y el corte del serrucho llegó demasiado bajo”, apuntaba Lehmann-Nitsche, jefe de la Sección Antropología del Museo de La Plata, acerca del tratamiento que se le realizó a una joven aché a comienzos del siglo XX). Podría tomarse como el límite entre ambos momentos el punto de vista desde el cual se hacen los estudios. En el primero, se estudia al indígena inmerso en la 37 Hay coincidencia en torno de esta idea en una serie de trabajos actuales provenientes de distintas líneas y lugares, como por ejemplo Andermann 2000, Quijada 1998. 81 naturaleza, como parte de ella, considerándose que ambos deber ser controlados (Azar, Navarro Floria y Nacach, 2005). Los antecedentes del segundo momento, de esta manera de hacer ciencia, la encontramos ya en Moreno cuando traslada de la Patagonia al Museo de Ciencias Naturales los restos de tumbas profanadas e incluso indios vivos, como por ejemplo el cacique Inacayal -que lo había recibido en 1879 en Tecka-, que muere en 1888; “…de inmediato su esqueleto (es) descarnado, su cerebro y su cabello fueron incorporados a la macabra colección de los ‘últimamente vencidos’” (Trofeos de Guerra 2006:11). En el segundo momento se convierte al indígena en objeto de estudio aislado, en dato arqueológico. Todas las miradas están puestas sobre su persona, hábitos, costumbres; temas enfocados disciplinariamente por la Etnografía, la Etnología, la Raciología, la Antropología Física y Morfológica y la Lingüística. Parafraseando la terminología arqueológica, el indígena pasa al contexto arqueológico, al menos discursivamente. Luego, los antropólogos de principios del siglo XX “desentierran” ese indio, ese dato arqueológico, convirtiéndolo en una pieza de museo, a los efectos de aportar datos para la reconstrucción de los ancestros nacionales. En consecuencia, las sociedades científicas y los museos, espacios institucionales por excelencia, se convirtieron también en el único espacio posible donde el indígena podía convivir con la “civilización”, en el contexto del objetivo mayor de la incorporación del Otro en el Estado-nación. 2. Discurso, espacio y lugar antropológico en el Viaje al país de los araucanos (1881), de Estanislao S. Zeballos38 A fines de 1879, sólo seis meses después de que el general Julio A. Roca cumpliera el objetivo de llegar hasta el río Negro, culminando la ocupación militar de la Pampa, Estanislao S. Zeballos se lanzó a recorrerla para registrar lo conquistado. El Viaje al país de los araucanos, publicado en 1881 como primer tomo de su Descripción amena de la República Argentina, constituye un texto difícil de definir en términos de género, dado que contiene elementos de diario de viaje, de crónica histórica y de novela de aventuras. Respecto de la modalidad literaria de los viajeros científicos del XIX, Zeballos produce la narración del viaje, aunque no el usual tratado científico posterior. Escribe para formar opinión en el gran público, pero también intenta dar a su relato un sesgo científico -mediante la interpolación de datos observacionales del mundo físico, la descripción de un instrumental específico, una serie de apelaciones a la autoridad de sus “amigos” científicos y el uso de terminología de matriz biologicista característica de la época-, al hablar de la “fisonomía” de la patria, el “carácter” de la población y el “tipo” 38 Una versión preliminar de este apartado fue presentada y discutida como ponencia en la mesa coordinada por Diana Lenton y Walter Delrio en la VI Reunión de Antropología del Mercosur “Identidad, Fragmentación y Diversidad” (Montevideo, 16-18 noviembre 2005), y publicado en el CD-ROM de actas. Agradecemos los comentarios allí recibidos. 82 de los objetos relevados. El estilo del escrito oscila así entre la percepción subjetiva del paisaje y la medición y cuantificación de sus recursos. Un primer aspecto destacable de esta mirada es el tema del desierto, en tanto espacio a ser practicado y ocupado, ya no como el continente de la barbarie diagnosticada por Sarmiento como orden alternativo al estatal y peligroso, sino vacío, y su transformación discursiva –que anticipa y prescribe la transformación material- en territorio. Este relato en torno del fenómeno de la “Pampa regenerada” se apoya en una serie de supuestos: que esa regeneración es obra de la “civilización” que el autor encarna y no de los pueblos indígenas, observados como un objeto natural (subrayando la dicotomía naturaleza/cultura); y que se requiere de un previo vaciamiento del espacio –material, mediante la conquista; e imaginario, mediante la supresión simbólica de los sobrevivientes y de toda marca de su presencia-. La conflictividad por la representación del territorio se materializa en la disputa entre el mapa indígena, virtual y dibujado en la misma tierra, y el mapa moderno, entendido como herramienta que traduce o codifica, en los términos de la “civilización”, la información útil, y que, al mismo tiempo, da forma al territorio. El modo en que el mapa resulta ser un artefacto preformativo del territorio se pone de manifiesto, por ejemplo, en el gesto de renombrar los accidentes del terreno. Un segundo aspecto presente en el Viaje y decisivo para la resignificación de la región recién conquistada es el tema del Otro antropológico. Zeballos se desplaza a los confines de la civilización para ver lo anormal o distinto, para estar allí, y contarlo a los de su mismo entorno social. El Otro, el indígena, es codificado como relicto del pasado, como anacronismo, y entonces su presencia (o ausencia) es estudiada con ese sentido: los objetos de la cultura material de la Pampa y los despojos mortales de los vencidos son considerados restos y destinados a los museos; mientras que los sobrevivientes son observados como una incongruencia cronológica que hay que suprimir. La tensión entre la realidad de la presencia del otro y el deseo del autor de que ese Otro desaparezca, se resuelve en torno del tema de la mirada. El Otro indígena mira de forma diferente, su mirada es sangrienta, traidora y esquiva, denota un carácter peligroso; mientras que la mirada de la “civilización”, mimetizada con la cámara fotográfica en su pretensión de objetividad, media entre la realidad material observada y la imagen que nos transmite; transforma las fotografías de personas concretas en individuos estereotipados, en una evidencia étnica que dará cuenta, ante el público lector, del nuevo lugar social y político que ocupan los vencidos, tras el fin de su historia. En conclusión, ¿qué aporta el Viaje de Zeballos a la representación geográfica y antropológica de la Pampa y Patagonia? El vaciamiento del “desierto”: ya no hay indígenas y el territorio está disponible para la “civilización”. Este discurso, sostenido por el poder, desdice el de autores, exploradores y agentes estatales, como por ejemplo Lucio V. Mansilla, que habían descripto pocos años antes a las sociedades mestizas fronterizas de la Pampa y Patagonia. 83 Cuestión de formas: ¿novela, diario de viaje o tratado científico? Analizar la obra de Zeballos conlleva, en primer lugar, problemas de definición de su género literario. ¿Es un diario de viaje? ¿Es una crónica? ¿Es una novela? ¿Es literatura científica? Colocarle un rótulo se torna difícil en la medida en que el Viaje al país de los araucanos (en adelante, VPA39) es una combinación de géneros, propia de la época. En principio, podemos reconocer en este libro todos los ingredientes de la literatura verneana: entre ellos, un inicio en el que se relatan los preparativos de la expedición, se describen los instrumentos científicos que se van a llevar, los miembros que integrarán la partida y, por sobre todo, los motivos que llevan al autor a realizar su periplo. El relato en sí abunda en alusiones al heroísmo y a hazañas personales, en las que se honra la valentía de los protagonistas en un mundo hostil a la civilización. Valores como la verdad, la justicia, el honor, la sinceridad y la pureza de sentimientos terminan prevaleciendo en la resolución de los conflictos y son exaltados en todas las peripecias de sus actores. Este aspecto de aventura o experiencia personal se encuentra, en mayor o menor medida, en toda la narrativa de viajes del siglo XIX, pero no deja de ser un terreno común con la novela de la época. También la obra tiene visos de crónica, porque relata pormenorizadamente todos los acontecimientos de su expedición, hasta el más ínfimo detalle. El estilo discursivo de los viajes científicos del XIX indica que cada viajero producía, básicamente, dos tipos de texto: el relato o diario de viaje, por un lado, adornado de sensaciones, anécdotas, experiencias personales y digresiones pintorescas; y el tratado científico, por el otro, despojado éste –al menos, así se lo proponía- de toda subjetividad. Además de su cuidada retórica (de suma importancia, por su condición de ideólogo funcional al gobierno, divulgando las acciones oficiales para formar opinión entre la gente común), Zeballos le impone rigor científico a su viaje, aunque en la introducción explicite lo contrario. La advertencia acerca de que el VPA “no es una obra de ciencia pura sino de ejemplo para la juventud y de gobierno para la patria” se repite varias veces, generalmente al iniciar distintos capítulos: “la bella tierra de Carhué… aguarda todavía la llegada de los exploradores” (VPA 142); de su viaje, dice el autor que “no es posible esperar ni obtener sino conocimientos generales, precursores de estudios especiales” (VPA 328), dado que “poco debía esperar la ciencia de quien tanto la ama sin alcanzar sus alturas” (VPA 396). Incluso, al iniciar la segunda parte de la obra, titulada “Causas y teorías”, realiza una deliberada homologación con Una excursión a los indios ranqueles, de Lucio V. Mansilla, mediante la cita que reza: “No puedo hablar como un sabio: hablo como un hombre observador”. Sin embargo, así como al principio despliega ante sus lectores el instrumental científico que lo acompañará (VPA 25-26), cerrará varios de sus capítulos intercalando 39 Citaremos la paginación de la edición de 1960, por ser más accesible a los lectores. 84 ideas acerca de las glaciaciones (VPA 66-67, citando a Burmeister y Agassiz), observaciones meteorológicas (VPA 119-122;127-129) y topográficas (VPA 129-131), medidas antropométricas (VPA 89), entre otras. Dice llevar, aparte de sus notas sobre “impresiones y descripción física del territorio”, un cuaderno de observaciones meteorológicas (VPA 168), y también limitarse a “consignar los hechos”, dejando para la segunda parte del libro la “explicación de fenómenos tan interesantes” (VPA 248). Otro rasgo de la pretensión cientificista de Zeballos está en su obsesión por el registro toponímico y la fijación de su recorrido en un mapa que intenta esclarecer cualquier vacilación cartográfica. En la anunciada segunda parte se reproduce la misma ambigüedad: entre la cita de Mansilla y una segunda comparación tan ambiciosa como aquella -nada menos que con el Facundo de Domingo F. Sarmiento40-, el autor produce una acumulación de datos antropológicos, históricos y geográficos de los que infiere, por ejemplo, analogías entre los indígenas pampeanos y el “hombre cuaternario” europeo (VPA 410), o bien, una clasificación de formaciones geológicas (VPA 420). El rigor científico consistiría, entonces, en desplegar una serie de herramientas discursivas capaces de generar la ilusión de objetividad, del “estar allí” positivista, de referencialidad directa entre lo que se dice y la realidad supuestamente observada. Tablas de los tipos de suelo, de las condiciones climáticas, de distancias entre localidades, descripciones de la flora, la fauna y la geomorfología, dan cuenta del perfil erudito que el autor ostenta ante los lectores de sus trabajos, con un rigor seudo-científico. Aunque sería más atinado decir que presenta un barniz científico. ¿Quiere emular a los naturalistas de su época, tal vez al mismo Moreno? No lo sabemos con certeza, pero no hay dudas de que su obra dista del estilo de Humboldt, Darwin, Claraz, y tantos otros formados en la rigurosa disciplina de las ciencias naturales. Desde un punto de vista crítico, podríamos interpretar que la apariencia de cientificidad que nuestro autor da a su escrito procura clausurar la discusión política sobre el tema de la frontera, por cuanto la ciencia –en el contexto genéricamente positivista en el que se mueve Zeballos- no opina ni discute: demuestra verdades definitivas. Por otra parte, cuando brinda la información “científica” tabulada, no explicita la metodología de obtención de los datos, las fuentes, entre otras omisiones. Estas incógnitas no hacen más que corroborar nuestras sospechas sobre el estatus seudocientífico de su obra. Sin embargo, hay que reconocer que su herramienta de persuasión más eficiente y potente es la palabra; la palabra escrita. Nos encontramos con un escritor que parece navegar entre el espíritu romántico propio del siglo XIX y el espíritu racionalista que considera que la naturaleza – incluidos quienes la habitan- puede ser medida, cuantificada. Sin embargo, esa dualidad aparente se manifiesta solamente en el plano de las formas, por cuanto del fondo de la obra no se desprende una cercanía o empatía entre el observador –portador de la civilización- y el objeto de la observación –la naturaleza-, sino lo contrario: un 40 Zeballos a Sarmiento, Buenos Aires 23 de junio de 1882, cit. en Zeballos 2004:560. 85 distanciamiento deliberado –construido ya desde el principio del texto, por la descripción del instrumental científico que mediará entre el viajero y el paisaje- y una fuerte definición de la naturaleza como externa y hostil. Distanciamiento u objetividad que en los hechos sólo alcanza el nivel de pretensión por parte del autor. El desierto vaciado y codificado El elemento más demostrativo de la externalidad de la naturaleza observada es su caracterización como “desierto”. Zeballos recurre a esta imagen como espacio a ser practicado y ocupado; espacio en el sentido más abstracto del término, que “se aplica indiferentemente a una extensión, a una distancia entre dos cosas o dos puntos [...] o a una dimensión temporal” (Augé 1998:87). El autor pone, entonces, en práctica una serie de operaciones intelectuales, características de la acción estatal sobre sus márgenes: el vaciamiento simbólico de la frontera –al caracterizarla como vacía de habitantes- y su postulación, en consecuencia, como lugar a conquistar, ocupar, poblar y poner en producción. Al rebautizar la geografía que recorre, Zeballos resignifica el desierto. Desde un punto de vista positivista, recrear la toponimia es producir el lugar, dar existencia a lo observado, medido y constatado. Pero para que esto ocurra, se debe negar, borrar, invisibilizar la existencia previa, simbolizada en la toponimia indígena. Nuestro autor convierte el espacio en un territorio, un espacio humanizable de seres civilizados; algo que, sin duda, no podrían hacer los indígenas, concebidos por Zeballos como parte de la naturaleza salvaje. Alrededor del concepto de desierto, el autor da un vuelco significativo respecto del ideario sarmientino, dominante hasta la coyuntura de la conquista. Para Sarmiento, el desierto era el lugar de la barbarie, constituyendo ambos conceptos un par inseparable para designar la antítesis del orden estatal-civilizado deseado, en construcción, y, en consecuencia, otro orden a combatir (Navarro Floria 2002). La mejor expresión literaria de esta concepción es la del coronel Mansilla en Una excursión a los indios ranqueles, relato en el que se describe y analiza cuidadosamente ese otro mundo mestizo y fronterizo de Tierra Adentro (Navarro Floria y Nacach 2004). Zeballos, en cambio, tiene interés en representar un vacío intacto y disponible, codificado en términos comprensibles para la civilización, un desierto en el que ya no habita nadie y que no representa desafío político alguno, sino simplemente una serie de obstáculos naturales a sortear. Al imponer nuevas denominaciones al paisaje, éste existe por las palabras que evoca. Según Augé (1998:99), “la palabra crea la imagen, produce el mito y al mismo tiempo lo echa a andar”. Cuando Zeballos habla del “antiguo País del Diablo”, implícitamente está reconociendo que el nuevo país que proyecta es un país nuevo, un país cristiano. Y esto es importante, porque aquí entendemos cómo las palabras tejen la trama de las costumbres, educan la mirada e informan sobre el paisaje. Desde esta perspectiva, Zeballos, como buen abogado, convierte su obra en un gran alegato 86 jurídico, para convencer a la ciudadanía porteña sobre la necesidad de emprender “la ocupación y apertura al hombre civilizado de treinta y cinco mil leguas de espléndido suelo” (VPA 417). Y recurriendo nuevamente a Augé (1998:92), encontramos en este viaje de pretexto u ocasión “la evocación profética de espacios donde ni la identidad ni la relación ni la historia tienen verdadero sentido, donde la soledad se experimenta con exceso o vaciamiento de la individualidad, donde sólo el movimiento de las imágenes deja entrever borrosamente por momentos, a aquel que las mira desaparecer, la hipótesis de un pasado y la posibilidad de un porvenir”. La toponimia se constituye, en este contexto, en otro acto de conquista, y reconstituye la geografía devenida como objeto de descubrimiento. La toponimia indígena original debe ser conservada, según Zeballos, “no únicamente como un recuerdo histórico, sino también como depósito de luz para las investigaciones científicas”, por cuanto –proviniendo de una cultura que es considerada parte de la naturaleza local- resulta perfectamente expresiva de las características naturales locales; mientras que, ante la necesidad de imponer nombres nuevos, prefiere “los de los jefes, oficiales y soldados que se han distinguido en la conquista” (VPA 211-212). Así, bautiza el lago Levalle (VPA 266) y una serie de accidentes menores. Sin embargo, no duda en sustituir nombres como el del fortín Arroyo Corto por el de Las Víboras (VPA 79), o el de las sierras de Lihuel-Calel -así llamadas por los indígenas- por los de sus “distinguidos amigos” -Gould, Burmeister, Rawson, Juan María Gutiérrez-, o denominando a algunos accidentes geográficos con el nombre de Sociedad Científica Argentina y el del Instituto Geográfico Argentino (VPA 267, 287 y 299). Una toponimia del espacio redescubierto, que se constituye en un verdadero acto de encubrimiento u olvido consciente de los espacios, la naturaleza y los habitantes de la frontera, ahora vaciada de contenido y sentido y vuelta a significar desde el proyecto conquistador. Entre la ciencia y la ficción Otra línea discursiva en la que el autor pone en práctica la reinterpretación del paisaje es, claramente, la de la cartografía: tanto la que acompaña al texto, efectivamente realizada, como la narrada e imaginada. El modo en que Zeballos representa el paisaje es una mezcla de mapa medieval, -en el que se presenta esencialmente el trazado del itinerario jalonado por etapas-, y de mapa moderno, en que se plasma el saber geográfico de la época. En el trayecto, permeado por el imaginario del viajero, el relato se convierte en una suerte de confrontación de lo que piensa que es ese “desierto” con la realidad que va viviendo. A tal punto se mueve el autor en el plano de los supuestos, que ante la pregunta del coronel Levalle sobre el recorrido, responde: “Cuando se penetra a un país desconocido el explorador no puede trazarse el itinerario. Las circunstancias, los accidentes geográficos, las investigaciones emprendidas y hasta los casos fortuitos deciden el itinerario” (VPA 143). La actitud de Zeballos no hace más que subrayar el carácter arbitrario del mapa, que aparece como 87 irrealizable en el momento de su formulación. Si ciertos lugares no existen sino por las palabras, el mapa, entonces, puede no coincidir con la realidad; en consecuencia el mapa es una ficción. Y esto nuestro autor lo intuye cuando reconoce que los indígenas no necesitan mapas porque “saben de memoria todo su país” (VPA 159), hasta en los más insignificantes accidentes, y cae en la cuenta de su propia invención. Él, al preguntarse retóricamente “¿Dónde está la pampa, la uniforme, monótona e inmensa llanura que en las lecturas y en los sueños entrevén los argentinos, extendida desde las olas del Plata hasta las bases andinas?”, confronta sus propias ficciones sobre este extenso espacio con el entorno que le toca vivir (VPA 165). Por lo tanto, si consideramos el paisaje como un texto que podemos leer, Zeballos se da cuenta de que el territorio que recorre no es un escrito llano sino un texto críptico, a descifrar. El imaginario del viajero colisiona con la realidad contundente del paisaje. Cuando Zeballos le muestra a Pancho Francisco -su indio baqueano- un mapa, éste responde que el mapa miente, y sobre la tierra, “hablando en su lengua”, dibuja el mapa que tiene incorporado mentalmente (VPA 145). Así, el autor pone de manifiesto no solamente el contraste entre las distintas percepciones del paisaje, sino también su carácter de traductor exclusivo o mediador clave. Sólo él, portador del imaginario existente sobre el desierto -en un gesto típicamente positivista- estuvo ahí para confrontar esa idea con la realidad palpable y para traducir el croquis dibujado en la arena en un instrumento técnicamente superior, propio de la civilización: un texto impreso o un mapa moderno, que no mienta. En esta actitud, Zeballos se constituye en la contrafigura de Mansilla: si el osado coronel había penetrado en la Pampa, en 1870, para mostrarle a la opinión porteña y al presidente Sarmiento la realidad compleja y alternativa del mundo fronterizo, el periodista-jurista-naturalista vuelve al mismo territorio tras las columnas militares conquistadoras, a certificar el vaciamiento del desierto y la verdad sobre su topografía. A partir de esta actitud de mediador clave en el conocimiento geográfico, Zeballos traduce, comprueba personalmente y hace suya la percepción indígena acerca de la calidad de los campos más afuera de Carhué o al oeste del meridiano 5º de Buenos Aires, augurándoles un porvenir ganadero (VPA 179, 184, 252). Prueba de ello, en este sentido, es su aporte a la resolución del problema del desagüe del Chadileuvú en el Colorado, superando las “narraciones vagas, descripciones superficiales, referencias de indígenas e inducciones” heredadas de épocas anteriores, y abordando en el terreno “la interesantísima incógnita” del río Callvucurá, el curso de agua que conectaba ambas cuencas, que por entonces encuentra Zeballos (VPA 309-311). El reconocimiento es narrado como una verdadera aventura, en la que son acosados por la sed, el calor, las fieras y los tábanos, pero compensados por el hallazgo de un río “perdido hasta hoy para la geografía, en medio de la majestad y de los cambiantes [sic] de esta porción del mundo primitivo” (VPA 329). En contraste con los ricos campos de la Pampa central, a ambos lados del Colorado se revela una región inhóspita que inspira el rescate –para el “Entre Ríos del Sur”, bautizado por Martin De Moussy en 1865- de la vieja denominación del “País del Diablo” (VPA 335-336). Una impresión negativa que sólo 88 cesa a la vista del valle del Negro, un espectáculo que “hacía palpitar el corazón expansivamente” (VPA 337). El futuro de la Pampa “regenerada”, inventado en clave de progreso Así como, desde el romanticismo, el desierto era el lugar habitado por la barbarie, y en torno de la conquista se lo resignificó como vacío, también la narración de la historia de la frontera reflejaba ese complejo escenario humano de relaciones interétnicas inconstantes (Navarro Floria y Nacach 2005) hasta que, en la misma coyuntura de la conquista, se generó un discurso historiográfico deshistorizador (Navarro Floria 2005), funcional al vaciamiento de la Pampa y a su proposición como escenario de un futuro -el del progreso- que excluye al pasado. Uno de los mayores contribuyentes a esta resignificación de la mirada historiográfica sobre la Pampa y la Patagonia fue, como propagador de la conquista, Zeballos. En este sentido, el itinerario de Zeballos en su VPA contiene una permanente “perforación del espacio por el tiempo” (Andermann 2005): es un viaje tanto de las tierras viejas a tierras nuevas, como del presente hacia el futuro. La vieja frontera es el pasado que debe ser dejado atrás. En los primeros cuatro capítulos se recorre la “Pampa regenerada” de la Provincia de Buenos Aires, relevando sistemáticamente los objetos del progreso recién iniciado: partiendo del “gran puerto de esta capital”, que se vería “pronto transformado en el Clyde argentino”; viajando en el embrión del “gran ferrocarril continental, llamado a ligar los más importantes puertos y teatros comerciales de la región meridional de Sudamérica”; atravesando el pueblo de Las Flores, “que será en breve una próspera ciudad”; desembarcando en la punta de riel de Azul, “cuartel general de la civilización” en la “guerra contra los indios”; continuando en el carruaje del comandante militar de la frontera Sur hasta la próspera colonia de Olavarría y luego eligiendo el camino “del telégrafo, trazado a brújula”, en vez de la rastrillada indígena “de los chilenos” (VPA 27, 29, 39, 44, 51-55, 76-77), para internarse, por fin, en la Pampa: “¡He aquí la Pampa! Ayer debía ser pavorosa por su soledad, en la cual vagaba la vista sin hallar un punto de socorro, cuando brotaban los indios de su seno como salen los avestruces de sus pajonales. “Hoy la soledad va cediendo su imperio a la población, el miedo a la barbarie ha desaparecido, para siempre, después de tres siglos de sangrientas luchas, la extensión está dominada por el alambre eléctrico y silba a su puerta la locomotora, mientras que la ciencia la invade y escudriña, iluminando sus arcanos. ¡He aquí la Pampa regenerada!” (VPA 77) La sola vista de los primeros fortines estremece a Zeballos y le hace tomar conciencia de la cercanía -en el espacio y en el tiempo- del peligro fronterizo: ya no los enemigos indígenas, sino las víboras, las fatigas, el sol y los alimentos de campaña (VPA 78ss). Como contrapartida, la compañía de “la hilera de postes del telégrafo a 89 ochenta metros unos de otros, que nos acompañaban desde Buenos Aires”, le recordaba que viajaba “bajo los auspicios de la civilización argentina”, y las viejas piezas de artillería de los fortines resultaban testigos de las luchas políticas y civiles constitutivas de la nacionalidad (VPA 91-93). En los siguientes siete capítulos –del V al XI-, el autor despliega su discurso deshistorizador del mundo mestizo e indígena que había ocupado el espacio recorrido hasta unos pocos años antes: al mismo tiempo que lo suprime simbólicamente como sujeto social contemporáneo, verifica y releva la existencia de “restos” indígenas, que colecciona ávidamente como testimonios mudos de su caducidad. Apenas llega el viajero a la laguna de Epecuén, imagina al sudoeste “la ancha pampa… morada pavorosa, teatro de misterios, de horrores, de cautividad, de sangre y de barbarie hasta ayer”, pero que hoy, por su fertilidad, “atrae al poblador, que viene a reemplazar con su casa el toldo del bárbaro” (VPA 104-105). En la digresión historiográfica que acompaña este primer contacto con las líneas militares de dos o tres años atrás, Zeballos se retrotrae a 1874, cuando Adolfo Alsina ideaba su “muralla china de cerca de cien leguas en la Pampa” (VPA 112-113), costosa e inútil. Retrata el heroísmo de los jefes militares fronterizos y culmina en la figura providencial del general Julio A. Roca, destinatario de todos los panegíricos relacionados con la conquista recién operada. En definitiva, además de ejecutor de la campaña militar, Roca, como ideólogo-estadista de esa inclusión territorial, es quien propone releer el pasado de la frontera en función del futuro del Estado: la conquista como destino inevitable, el límite andino y oceánico como objetivos inmediatos, y toda una retórica basada en las polaridades que luego desarrollará Zeballos: pasado-futuro, defensivaofensiva, barbarie-civilización, desierto-Pampa redimida (Navarro Floria 2005). El resto del itinerario alterna la descripción de los nuevos objetos del progreso transformador del paisaje –pueblos, recursos tecnológicos- con la consideración del significado de esas conquistas, a través de la narración intercalada de alguno de los episodios militares recientes. A la vista de Guaminí (provincia de Buenos Aires), “espectáculo de la civilización, donde hace apenas tres años había una toldería de sanguinarios vándalos” (VPA 125), sucede el recuerdo del campamento “con foso y parapeto de tierra, dentro del cual pasó un año la división [Freyre] bajo las inútiles carpas, batallando de día y de noche”; y a renglón seguido, la narración de la ocupación del lugar tomada de la correspondencia del teniente Zeballos, hermano del autor. Más adelante, al llegar “a la gran rastrillada o camino general de las Pampas que un día unió a Buenos Aires […] con Valdivia […] adonde los araucanos iban a celebrar ferias con los animales que nos robaban”, se recuerda la “noche memorable y terrible” de 1876, en que el mismo ministro Alsina se vio rodeado de lanzas montoneras (VPA 159-160). A continuación, se narra la historia del cabo Barrasa, “héroe desconocido” de la conquista del territorio, “para entregarlo seguro a la patria y a la actividad de la civilización” (VPA 165). La memoria histórica de la frontera va siendo así reescrita a partir de los testimonios militares inmediatos, los “episodios” (Zeballos 2004) que el autor pensaba, 90 antes de su viaje, que constituirían el primer tomo de la Descripción amena de la República. La olla de Atreuco “ha sido el asiento de una población indígena importante o paradero araucano, como lo atestiguan las sepulturas situadas al pie de los médanos, abiertas por la codicia del soldado”, pero hoy “es el mejor terreno de pastoreo que se encuentra algunas leguas a la redonda de Salinas Grandes” (VPA 181-182), ayer capital indígena y hoy elegida por Zeballos como “base de operaciones” (VPA 187). Esta operación discursiva produce una regeneración casi mágica del territorio, por la sola presencia del hombre blanco, y en función del corto tiempo de que hace uso el autor. En función de dicha operación, trae a colación el concepto de paisaje entendido como percepción subjetiva, y hasta la idea de la historiografía como destructora y constructora de mitos. El saqueo de sepulturas indígenas –que Zeballos venía practicando sistemáticamente desde el principio de su viaje por la Pampa, en beneficio de los museos públicos y de su colección particular- adquiere también el significado de acto probatorio de la desaparición del enemigo (Navarro Floria, Salgado y Azar 2004:417420), y el de una minuciosa autopsia del mundo derrotado, realizada con la delectación del vencedor que proclama, con gesto teatral, que “no quedarán en el desierto ni los despojos de sus muertos”. El caldenar incendiado en 1878, las rastrilladas en desuso, las “tolderías solitarias y las reliquias de una civilización araucana característica”, “las ruinas de la población araucana, de sus aduares, corrales y sembrados”, el memorable fortín de Quethré Huithrú, los campos labrados por los indígenas, las lagunas ayer “rodeadas de chinas y chinitos, hoy solitarias”, las “reliquias de la civilización araucana, majestuosas en su misma rudeza primitiva”, otra vez las “tolderías solitarias” de Tharu Lavquen -donde se alza con una importante colección material- (VPA 199-211 y 242ss), son todos objetos registrados como restos, que le permiten al viajero y a sus lectores constatar que para la frontera ha llegado el fin de la historia, y que el escenario recorrido está plenamente disponible para el progreso. Zeballos, ya finalizando su viaje, vuelve a percibir señales de ese futuro promisorio, profetizado por él a lo largo de su expedición -capítulos XVI y XVII- que es, a su vez, el objetivo de la campaña del desierto llevada a cabo por el Ejército en 1878-1879 y teatralizada por el general Roca: el río Negro. Choele Choel, “posición estratégica […] llave de todas las comunicaciones […] cuya dominación era necesaria […] reclamada durante un siglo”, es el símbolo de la teleología de esa anti-historia, lugar “de una riqueza imponderable […] donde la colonización pueda plantear un establecimiento sobre bases seguras y con probabilidades de éxito rápido y fácil” (VPA 337-338). Las páginas siguientes están dedicadas a la identificación de tierras agrícolas, la descripción de los pueblos fundados y, finalmente, la “esplendidez” de la “Suiza argentina” del triángulo entre el Limay y el Neuquén, a mitad de camino entre la “salida rápida y barata para los mercados consumidores”, por el Negro, y los “excelentes puertos de Valdivia y de Llanquihue” (VPA 349). El regreso, finalmente, a 91 Bahía Blanca -“hasta 1878 […] amenazada constantemente por la chuza del indio” y hoy con “un porvenir político y mercantil” como futura capital y gran puerto de ultramar de la franja norpatagónica (VPA 385)- significa el cierre del itinerario progresista de Zeballos. El lugar lejano del Otro Para asir al personaje de mil rostros, a veces incluso sin rostro, del Otro antropológico, Zeballos está obligado a desplazarse, cruzarse hacia los confines del perímetro humano (en este caso, la última línea de fortines) y penetrar en una zona de contornos imprecisos, donde las normas generalmente admitidas de la condición humana se diluyen hasta desaparecer por completo. En los confines de la sociedad civilizada, se pone en juego también la terminología de sesgo científico ya caracterizada, mediante conceptos como “fisonomía”, “tipo”, “carácter”, que sirven para codificar a los sujetos fronterizos en términos comprensibles para la moderna sociedad de clases, sin abandonar la actitud racista característica del siglo XIX. En esta misma línea, un tema que no debe pasarse por alto es el de la mirada de los indígenas, su “mirada traicionera”, desde la percepción del autor, en contraste con el lenguaje gestual del “civilizado” –como el inglés que lo observa a Zeballos en el tren, que se despide estrechándole “franca y fuertemente” la mano (VPA 38-39); el laborioso inmigrante francés de Azul, cuya “callosa mano” busca Zeballos para felicitarlo (VPA 47); o el alférez que lo recibe en el fortín Arroyo Corto y lo despide siguiéndolo “con la mirada y con su serena sonrisa” (VPA 78 y 80)-. Aunque parezca un tema colateral, el discurso del viajero encierra fuertes connotaciones psicológicas y antropológicas. En varias ocasiones hace alusión directa a este argumento, refiriendo que la mirada denota la personalidad del sujeto que se está observando. Cuando sale de la localidad de Nievas, provincia de Buenos Aires, se encuentra con un indio que tiene “ojos envueltos en red de sangre vagando sin cesar, como si quisieran esquivar nuestras miradas” (VPA 52). En otro lugar, refiriéndose a tres indios, comenta que “tenían en la mirada la energía típica de la familia araucana, los ojos cubiertos de una red de nervios inyectados en sangre, y una manera traidora de mirar a hurtadillas, sin fijar la vista con franqueza jamás en el interlocutor” (VPA 87). Enseguida sobreviene el episodio de las mujeres que no quieren “levantar la vista” ante la cámara porque “quedarían ciegas” (VPA 89). Finalmente, refiriéndose al capitanejo Pichi Juan, observa “sangrienta y traidora la mirada, y siempre fija en el suelo” (VPA 153). También Pancho Francisco, “indio araucano puro”, se había presentado “con los ojos clavados en el suelo”, y habló “sin levantar del piso la mirada” hasta que lo asustó un compás y siguió el diálogo “de lejos”, sin querer acercarse al mapa y al instrumental (VPA 145). El baqueano cabalgaba siempre silencioso, “la faz inclinada constantemente al suelo, como si no tuviese necesidad de interrogar al horizonte para conocer la dirección de la marcha” (VPA 166), y cuando lo hizo, por requerimiento de Zeballos, “alzó majestuosamente la vista, hundió su mirada en la dirección que yo [Zeballos] le señalaba, y con cierto 92 desdén volvió a fijar sus ojos en el suelo, como de costumbre”, respondiendo “con cierta negligencia” a su pregunta (VPA 180). En primer lugar se pueden observar dos asociaciones contextuales establecidas por la bipolaridad entre la mirada inyectada en sangre y la mirada franca. En la primera agrupación, esta dupla está presente implícitamente. De dicha asociación, el discurso de Zeballos centrado en la asociación sangre/mirada sugiere que la mirada traicionera la llevan los indígenas en la sangre; que son de sangre vengativa; que la venganza es inherente a la condición de los indígenas; que la sangre los une; que la sangre lo distancia de ellos; que ellos y él son de distinta sangre. En cuanto a la segunda agrupación, generada por la asociación mirada/franqueza, está implícito que la mirada esquiva es traicionera; que la mirada frontal es sinónimo de franqueza; que el indio mira de reojo mientras que el blanco mira de frente. La paradoja que se nos presenta es que el discurso de Zeballos encierra otro discurso tan traicionero como la mirada que denuesta. La cuarta alusión a la mirada se produce en el contexto de una toma fotográfica, de las tolderías de Chipitruz, transformada luego en una litografía que presenta Zeballos (1881: entre pp. 72 y 73). Se puede apreciar que algunos integrantes del grupo no miran hacia la cámara: lo hacen hacia un costado o hacia el suelo. Cuando el fotógrafo se dispone a tomarles la fotografía, “dos viejas no querían levantar la vista. Decían [ellas] que cuando el cristiano sacara el tapón de la máquina quedarían ciegas” (VPA 89), aludiendo, posiblemente, tanto al fogonazo producido por el magnesio del fotógrafo como a la creencia tradicional de que la imagen de la persona se lleva algo de su alma. Con estos datos debemos preguntarnos qué tipo de imagen quiere construir Zeballos de los indígenas. Su discurso transita lo imaginario y lo simbólico. En este sentido, coincidimos con Caviglia (2001) en que “la construcción de la identidad se apoya sobre dos ejes fundamentales, el estadio imaginario y el estadio simbólico. En este proceso es donde construimos nuestras imágenes personales con todos los condicionantes culturales y familiares”. Por cierto, “el dominio de la imagen es muchas veces más fuerte que la letra pues evoca y suscita en forma más directa las pulsiones más primarias del psiquismo y remiten a un lenguaje más universal y primario (orden de lo imaginario) que el pensamiento abstracto (orden de lo simbólico)”. Estamos ante un discurso que se convierte en un reflejo vívido de la imagen. Pero, ¿qué pasa cuando al narrar y describir se emplean palabras tan contundentes, tan connotadas, al punto que logran vencer su propia “obstinada estrechez” (Briones 1998, cit. por Caviglia 2001), como es el caso del discurso de Zeballos? En ese caso, la mirada del observador se convierte en prejuicio, en tanto que alude a la personalidad del indígena. Si consideramos las descripciones que hace Zeballos de los indígenas como fotografías narradas, puede entenderse que implícita y explícitamente se construye un juicio de valor. Y desde este lugar, construimos la imagen del Otro étnico. También es un hecho destacable que Zeballos haya incluido en el libro apenas una de las fotografías de los indígenas tomadas por su fotógrafo Mathile, pues las restantes son de fortines, pueblos, parajes o alguna escena campestre. 93 El fotógrafo sólo es mencionado para aludir a los problemas que éste tenía con las mulas que transportaban todo su equipo, mientras que los ojos de Zeballos son la verdadera cámara fotográfica de la expedición: su discurso evoca imágenes de un contexto no civilizado y, por lo tanto, también simbólicamente desertificado. Por otra parte, en esa única fotografía de un grupo humano -la ya citada de los toldos de Chipitruz, en Ranculcó (Zeballos 1881: entre pp. 72 y 73)- aparece claramente la transformación de personas concretas en un dibujo de arquetipos. En efecto, los rostros de los indígenas “araucanos” son marcadamente redondeados para confirmar que efectivamente responden al tipo craneano braquicéfalo, que en los estudios de la época eran identificados con la “raza” enemiga, el “tipo puro” definido a priori que Zeballos desenterraba en los cementerios indígenas de la Pampa conquistada (Navarro Floria, Salgado y Azar 2004:418-419). Creemos que queda claro qué mira Zeballos en los indígenas, pero ¿cuál es la mirada de éstos sobre él, o qué palabras pone Zeballos –que simboliza la civilizaciónen sus bocas? Cuando los indígenas observan horrorizados que el viajero profana los cementerios para engrosar las colecciones de los museos, ellos trasladan ese espanto, ese horror, a toda la población blanca: todos deben de ser como Zeballos. Cuando éste junta huesos de un cementerio indígena, alude a la actitud de un indígena sobre su conducta sacrílega: “Era de ver al indio Carriqueo. [...] Hablaba en su lengua rápidamente y casi a gritos, accionaba señalándome con el dedo, parecía desesperado de no poder blandir la lanza y agregar mi cadáver al de sus hermanos; y bajando de repente el tono de sus peroratas, suplicaba con voz de sollozos. [...] El indio no se me acercó en toda la noche” (VPA 264). También puede interrogarse la mirada del indígena hacia el hombre blanco en sus cantos melancólicos, en los que se aprecian sentimientos de añoranza y nostalgia. En un alto de la partida, los mapuches hacen un fogón aparte y Zeballos oye cómo canta el indígena Pancho Francisco, recordando “los hogares abandonados, la mujer cautiva, los hijos esclavos, los campos quemados, su libertad perdida y tal vez derramaba lágrimas al invocar el terrible infortunio de su raza” (VPA 191). Cuando el indígena se percata de la presencia de Zeballos, cambia el tono de voz y canta: “Ya me voy con el cristiano “Al país de las arboledas “Tierra amada. “Volveré a ver arruinada “Cerca de Quethré Huitrú “¡Ay! ¡Mi casa!” (VPA 191) 94 Teniendo en cuenta que siempre se trata de una narración del mismo Zeballos, Pancho Francisco constituye aquí su contrafigura, en tanto expresa el supuesto punto de vista del Otro. El autor no pone en su boca un discurso reivindicativo ni de resistencia a la conquista, sino el llanto de alguien vencido, lo que corrobora así el que “el terrible infortunio de su raza” es un destino inevitable, casi una mala suerte genética que persigue a las razas consideradas inferiores. Creemos que esta cuestión de la mirada nos puede brindar elementos para apreciar de qué modo el lenguaje gestual –mediado por el relato de una de las partes, en este caso- construye la relación interpersonal. La mirada “torcida”, esquiva o indirecta del indígena derrotado contribuye a su caracterización como restos apenas vivos de un pasado indeseable y como adaptables a la nueva nacionalidad en construcción, sólo en la medida en que se amolden o “civilicen”. Al principio de su viaje, Zeballos identifica a algunos indígenas útiles: baqueanos, auxiliares del Ejército, el coronel Manuel Grande –combatiente leal y bravo contra sus connacionales (VPA 107108)-, Tripailaf y los suyos que, sin embargo, “resisten obstinadamente a adaptarse a los usos y costumbres de la vida civilizada” (VPA 109) y se muestran brutos, borrachos, vanos e ineducables: “La índole de estos indios es incorregible después de la pubertad, y aún educados desde la infancia, una vez en los toldos, vuelven a ser indios […] entregado al alcohol, al sensualismo y a la holgazanería: las tres grandes virtudes privadas, a cuyo culto se consagran con emulación los indios” (VPA 110-111). A partir de allí, y durante la marcha, Zeballos va creando un clima de deliberada desconfianza y distancia: se siente acechado por los “ímpetus feroces de venganza” de sus mismos baqueanos (VPA 143); la mirada de Pichi Juan produce desconfianza mutua, intenta ganárselo alcoholizándolo, pero fracasa y le prohíbe “mezclarse con los otros vándalos” (VPA 153-154); marca la diferencia entre la denominación “indio” que usa él y la de “paisano” que usan los indígenas entre sí (VPA 160); observa el miedo de los paisanos al Remington (VPA 161); desconfía de la información obtenida de Pincén en 1878, aunque después admite que el cacique ha sido veraz (VPA 179). Los que no son leales o prisioneros están “condenados a vagar y vivir sobre el haz del desierto y bajo el techo único de los cielos o de cueros de potro” (VPA 184), y los encuentra “audazmente impasibles, acechándonos por el camino, acosados por la viruela y el miedo pero golpeando donde podían y hasta envenenando las fuentes de agua dulce a su paso” (VPA 210; 232; 263; 265; 271; 285; 272; 323). La relación se convierte progresivamente, así, en un contrapunto entre la presencia siempre silenciosa pero vigilante de los indígenas enemigos y el ensañamiento de Zeballos con las sepulturas y las “reliquias indígenas” (VPA 278) que va recogiendo, asimilable a una sorda lucha entre la intención de que no permanezcan en el suelo de la Pampa ni los restos de los muertos, contra la indeclinable voluntad de los sobrevivientes de mostrar que siguen allí. En la misma medida en que, al llegar al 95 valle del Negro, Zeballos retoma el cauce discursivo del progreso, esos Otros amenazadores se desdibujan hasta desaparecer del cuadro. Una lucha por el espacio y los recursos; en fin, una guerra de representaciones en la que, como en toda novela de aventuras, el final feliz está dado por el triunfo del héroe y la muerte del villano. Ya de regreso en Azul, luego de constatar que “no hay para el cristiano perro más rabioso y dañino que el indio pampa” (VPA 394), Zeballos cierra su relato con la noticia del deceso, por “una fiebre violenta”, de Pancho Francisco, el “indio generoso que me alimentó y condujo en los desiertos con la lealtad de un amigo y la sagacidad de un piloto” (VPA 399). La muerte final del “indio bueno” habilita a Zeballos para reconocer sus méritos y señalar implícitamente que el único indio realmente bueno es el indio muerto. La certificación de la muerte del indígena –material, pero sobre todo social y simbólica- por parte de la literatura post-conquista que inaugura Zeballos, constituirá un primer paso insoslayable para el posterior rescate –simbólico, pero no social ni material- del “indio argentino” por el nacionalismo del siglo XX. La obstinada persistencia del autor en el más duro racismo biológico contrasta con el giro que la antropología realizaba en ese momento, hacia un evolucionismo social más moderno y menos cruento, que intentaba explicar no ya la necesidad de la guerra étnica, sino los mecanismos de asimilación de los sobrevivientes en la sociedad dominante. La instalación de la mirada antropológica de la conquista El Viaje al país de los araucanos, escrito y publicado por Estanislao Zeballos inmediatamente después del avance de los límites del Estado nacional hasta los ríos Neuquén y Negro mediante la conquista violenta de la Pampa inicia, en conclusión, un profundo proceso de resignificación del territorio conquistado y del Otro sometido. Lo hace mediante una escritura que se inscribe en un proyecto mayor –una Descripción amena de la República Argentina, destinada a la divulgación de la nueva representación del país- y que combina hábilmente elementos de la literatura de viajes, la novela de aventuras, el viaje científico y la crónica histórica. La compenetración de la crónica con el relato de viaje produce un efecto de reescritura y reinterpretación de la historia, así como de viaje en el tiempo: un itinerario marcado por la idea rectora del progreso, que, en consecuencia, proyecta hacia el futuro la misma representación que produce. La intercalación de datos observacionales dota al relato de un cariz de cientificidad que refuerza su verosimilitud. Mediante estas herramientas discursivas, la representación que Zeballos produce y busca instalar en el imaginario colectivo es la de un territorio nuevo, desconocido hasta entonces –por lo tanto, que sólo él conoce y puede describir a sus lectores-, rico en recursos y disponible para el trabajo productivo. El futuro propuesto para la Pampa conquistada queda configurado por la “Pampa regenerada” de la provincia de Buenos Aires, ocupada ya por los objetos y sujetos del progreso: ferrocarriles, ciudades, inmigrantes prósperos. 96 Sobre ese espacio reinterpretado ya no viven los indígenas que lo convertían, poco tiempo atrás, en territorio enemigo. Con los gestos de una verdadera autopsia de la Pampa (Andermann 2005), Zeballos recoge y registra los restos mortales de los vencidos al mismo tiempo que construye una relación distante y desconfiada con los sobrevivientes, que son colocados discursivamente en el lugar antropológico de relictos del pasado. La comparación entre estos sujetos de la conquista y los sujetos del progreso, protagonistas del futuro, emerge deliberadamente e inevitablemente y refuerza la resignificación post-conquista del espacio y de la sociedad regional. El vaciamiento simbólico del desierto que opera Zeballos contribuye a su vaciamiento material del mismo modo en que toda práctica de representación –la idea del país sin indios- produce una práctica material –la discriminación, el desplazamiento, el despojo-, y en este sentido forma parte de la corriente principal de ideas, funcional a la conquista, aún cuando se contradice con otros puntos de vista de la época que siguen encontrando una sociedad mestiza y fronteriza en los Territorios Nacionales. 2. Temas y métodos de la antropología posconquista Si bien hubo tensiones entre distintas escuelas –las cuales muchas veces pasaron a convertirse en una cuestión ideológica, aún cuando las disidencias no se percibieron hasta 1910-, ciertas problemáticas comunes mantuvieron en vilo a la intelectualidad argentina e internacional por varios años. La cuestión del hombre fósil fue una de ellas. Florentino Ameghino, y lo revolucionario de sus postulados, chocó con la escuela opuesta, “patrocinada en sus principios por Burmeister y Moreno (quienes abandonaron) pronto el trabajo de campo a favor de las fuentes escritas. La Prehistoria se hizo Etnohistoria, y el pasado americano fue visto como algo sincrónico, como un breve episodio que apenas precedió a la conquista europea” (Sociedad Científica Argentina 1985:86; cfr. Podgorny 2004). La hipótesis de Ameghino de la autoctonía y la mayor antigüedad del hombre americano, sostenida en su lectura de la estratigrafía bonaerense, era contraria a la de quienes postulaban un origen asiático y más moderno del mismo. Sin embargo, su línea de pensamiento dio argumentos a quienes querían -desde la corriente hegemónicahablar del hombre de la Pampa y la Patagonia como de una antigüedad asombrosa, con el fin de darle a la Argentina un status histórico equiparable al que exhibían los países europeos (Navarro Floria, Salgado y Azar 2004). La estratigrafía daba cuenta, en efecto, de la representación de un horizonte muchísimo más antiguo, pudiéndose justificar la relación de algunos tipos raciales actuales con la raza primitiva; y más aún, permitía pensar una cultura tan ancestral como las más antiguas de la Humanidad, lo cual inevitablemente otorgaba prestigio internacional. Así, Ameghino diría: “sería interesante saber si los indígenas de Tierra del Fuego […] no son también dolicocéfalos y representantes de la población primitiva […] aquellos indígenas parecen ser los representantes actuales de esa raza primitiva” (Ameghino 1880:121). 97 Sin ir más lejos, vinculó a “los fueguinos actuales” con ocho cráneos extraídos por Moreno en la Bahía de San Blas, de “tipo dolicocéfalo”. Un título sugerente, y congruente en relación con esta línea de pensamiento, es el propuesto por Outes y Bruch todavía en 1910: “Las viejas razas argentinas”. Santiago Barabino, miembro fundador de la Sociedad Científica, comentando el trabajo de Outes y Bruch, señala: “Dicen los autores en su prefacio, que los cuadros murales que han preparado sobre las viejas razas argentinas son una síntesis de una amplia y seleccionada información gráfica, metódicamente agrupada por provincias geo-étnicas, vale decir, dividiendo la república en regiones que ofrecen respectivamente un carácter físico predominante, y en los primitivos habitantes una similitud cuasi constante, tanto en su aspecto externo, como en sus costumbres, usos y lenguas, satisfaciendo así una de las tendencias modernas de la etnografía racional. (Barabino 1910:191) En la misma época también asistimos a estudios pormenorizados del folklore y la lingüística de los indígenas sometidos con el fin de reforzar la hipótesis de la antigüedad de los Otros, refiriendo una vez más sus problemáticas actuales a un pasado remoto. De esta forma, los estudios sobre el idioma mbyara, el “Tesoro de catamarqueñismos, con etimología de nombres de lugar y de persona en la antigua provincia del Tucumán”, por Samuel A. Lafone Quevedo (1896), la “Supuesta derivación Súmero-Asiria de las lenguas Kechua y Aymará”, por el mismo autor y con una nota complementaria por Félix F. Outes (1901) y el estudio de las “Antigüedades Calchaquíes”, por Juan B. Ambrosetti (1901), son la tónica de la época. Quijada (1996) ha trabajado otra muestra de esta línea característica de los estudios lingüísticos del siglo XIX, que pretendía reconstruir la “cadena del ser” de las lenguas –y por lo tanto de las civilizaciones- a partir de semejanzas y paralelismos. Al mismo tiempo la ciencia antropológica, amparándose en su prestigio social en materia de indios, escondía, eludía y enmascaraba la problemática contemporánea del sometimiento que justamente en esos momentos los convertía en sectores subordinados de la naciente sociedad capitalista. “Creemos que felizmente ha pasado la época en que nuestros etnólogos se empeñaban en insignificantes rencillas caseras, argumentando con base de futilezas y trivialidades. Hay que convencernos una vez por todas: no estamos en la infancia de los conocimientos etnográficos y antropológicos; poseemos un valiosísimo caudal de datos recogidos indudablemente con más o menos criterio, por lo que, nos hallamos en condiciones de esbozar aunque más no sea las leyes generales de los cambios operados en las viejas sociedades que pasaron”. (Outes 1899:9) Ahora bien: hacia 1900 se diluyó la preocupación por el Sur cuando, paradójicamente, esta región había sido la primera, en comparación con el resto del 98 país, en atraer poderosamente la atención de los investigadores. Recién después de 1916 volvió a surgir esta inquietud con cierta intensidad. De hecho, en el período señalado nos hallamos ante una paralización de la actividad antropológica sobre nuestra región. Otros intereses se pusieron bajo la mirada antropológica: la arqueología del NOA y la colonización del Chaco. El Museo Etnográfico de la Universidad de Buenos Aires, recién creado, que abordaría en sus investigaciones el Norte argentino, con Ambrosetti a la cabeza de ellas. Consideramos que la razón básica de este silencio sobre el Sur también tiene que ver con una estrategia implícita: el ocultamiento y la distracción de la realidad indígena presente. En todo caso, como apunta Navarro Floria, “Ambas miradas -la de la arqueología de superficie y la de la etnología, antropología o sociología teóricas- eludían intencionalmente o no, en mayor o menor medida, la cuestión indígena real, es decir el debate acerca de las políticas hacia los indígenas contemporáneos que hubiera supuesto, probablemente, algún tipo de revisión crítica de la conquista y sus consecuencias”. (Navarro Floria 2006:2) Las líneas de investigación de la antropología de la época sobre el Sur responden a una doble necesidad. La de clasificación, por un lado, y la de igualdad u homogeneidad, por el otro, en aparente contradicción. Sin embargo, ambos son complementarios. Instalado el paradigma de la homogeneidad nacional (Quijada 2000) y creada en el plano simbólico esa unidad, desplazados los pueblos indígenas fuera de ella, al lugar del Otro, ese Otro se encontró habilitado como objeto de estudio y por tanto de clasificación. En última instancia, de eso trataban las políticas clasificatorias: para homogeneizar había que saber quién era el diferente (el “otro”), para aplicarle el consiguiente tratamiento; y eso suponía encasillar y subordinar. De esta manera, toda explicación teórica de la inferioridad de los grupos indígenas resultaba funcional a la jerarquización social que suponía la diferencia. Establecido el paradigma, los exploradores viajaban al campo en busca de pruebas por medio de las cuales establecer una caracterización somática-morfológica diferencial, reinventando a los indígenas actuales como ancestros simbólicos. Las misiones científicas, en su mayoría extranjeras, actuaron en distintas regiones del país, y “al tiempo de describir otros aspectos antropológicos (Arqueología, Etnografía, etc.) también lo hicieron sobre las características somáticas de los indígenas o bien llamaron la atención acerca de la necesidad de un abordaje especializado” (Sociedad Científica Argentina 1985:131). En este contexto, por ejemplo Félix Outes realiza una excursión por las provincias chilenas centrales y meridionales, y de éstas al lago argentino Nahuel Huapi, haciendo observaciones sobre la somatología y morfología de once mujeres y tres hombres selk’nam en Puerto Harris (isla Dawson) y, más tarde, nueve alacalufes. Para ellas se centra básicamente en las tablas de Paul Broca y Paul Topinard, afirmando lo siguiente: 99 “Conviene se sepa, igualmente, que para el índice cefálico, tanto del cráneo como del indio vivo, empleo la clasificación y nomenclatura de Pablo Topinard, sin conversión alguna cuando se trata del índice cefalométrico. He adoptado las designaciones y agrupaciones de S. Weissemberg para expresar los índices facial, total y superior, obtenidos mediante las fórmulas de Kollmann, ya conocidas. Para los índices longitudino-vertical y transverso-vertical en el vivo, he seguido las indicaciones de René Collington; y, para el cráneo, las contenidas en las clásicas Instructions, de Pablo Broca; sin embargo, en el primer caso he sustituido, en el grupo medio, la designación de mesocéfalos por la de ortocéfalos, y en el segundo he aplicado las designaciones de Collington, con la salvedad a la que acabo de referirme. También he adoptado la nomenclatura quinaria del índice nasal en el vivo, propuesta por Collington, y la de Broca para el cráneo. Por último, las pocas veces que me ocupo del índice orbitario, lo hago empleando la nomenclatura y clasificación del eximio antropólogo francés que acabo de nombrar” (Outes 1908:217-218). A la pregunta de por qué se seguía midiendo a los indígenas de manera casi compulsiva, debemos señalar la continuidad, hasta mediados del siglo XX, de la mirada frenológica, que incluso había encontrado nuevos objetos y herramientas de aplicación en los criminales –por eso se fotografiaba del mismo modo, de frente y perfil, tanto a éstos como a los indígenas sometidos (v. Lehmann-Nitsche y De Madrid 1900; Penhos 2005)- y también la de la necesidad de catalogar, estableciendo una dicotomía necesaria, desde una Antropología comprometida con la ideología del momento. La continuidad metodológica con el siglo XIX también alcanzaba a las inferencias que se solían trazar, a partir de rasgos somáticos, acerca de comportamientos que se consideraban característicos de los indígenas. Por ejemplo, intentando explicar la frecuencia con que aparecía la arthritis deformans en los restos óseos de supuestos ancestros de los tehuelches, Lehmann-Nitsche afirmaba: “cualquier europeo, hasta el más pobre, que sufre de esta enfermedad tan dolorosa, goza del reposo y del cuidado de la familia y mueve la extremidad enferma lo menos posible. Todo lo contrario sucede con los indios patagones, verdaderos cazadores nómades en los desiertos inmensos de la inhabitable Patagonia. […] Y no obstante todo, los indios no conocen la vida sedentaria, caminan cazando y cazan caminando. […] Pero algo más podemos deducir de estas alteraciones, esto es una sensibilidad poco desarrollada.” (Lehmann-Nitsche 1904:202-203) Desde lo somático, el investigador infería comportamientos negativos y antisociales, como son la insensibilidad -con toda la connotación psicológica que el término acepta- y la ausencia de los afectos familiares presentes en la sociedad europea. Sintetizando, podría decirse que si en el sigo XIX se había consolidado el discurso nacional -avalado por la comunidad científica- acerca de la polaridad superiores-inferiores, el comienzo del siglo XX fue la época en que se propuso constatar empíricamente esa diferencia atravesada por lo físico, lo cultural y lo 100 espiritual. Por ese motivo las publicaciones científicas nacionales -influidas por el exterior- se vieron abarrotadas, por ejemplo, de listas de mediciones craneométricas que confirmaban la dicotomía mencionada. El problema de los indígenas presentes En torno a lo dicho, la investigación antropológica operaba como una máscara para ocultar una realidad indiscutible: que los indios, a pesar de todo, estaban vivos. Si por un lado se remitía a los pueblos indígenas a un pasado remoto, por el otro, se vislumbraban algunas inquietudes relativas a los que subsistían: por ejemplo, cómo solucionar la problemática territorial (Lehmann-Nitsche 1915). Desde 1900 en adelante, la antropología, y por ende el racismo con todos sus matices -después de 1880/1900-, dirigió su atención preferencial a la cuestión del inmigrante más que a la del indio. El peligro, desde el punto de vista de la época, ya no lo encarnaba el indio, sino el inmigrante anarquista. Los “indios” –como categoría étnico/biológica- pasaron a ser conceptualizados como “pobres” -categoría socialaunque no por ello menos sujetos a una estigmatización marcada, ya que cargaban sobre sí una herencia doblemente negativa: la condición de pobreza sumada a su condición supuesta de inferiores biológicos. De hecho, no solamente el racismo del siglo XIX contiene un claro clasismo, sino que el clasismo del siglo XX siguió operando con herramientas similares a las del racismo.41 El paradigma nacionalista del XIX y su pretendida homogeneización sociocultural escondían en su seno mecanismos de diferenciación tajante. Su razón dominante clasificaba y encasillaba según su conveniencia creando sujetos obedientes, diferenciados, pero sobre todo subalternos en nuevas situaciones de clase-. De tal forma, la antropología adquiría un perfil preciso en esta posibilidad de establecer la jerarquía necesaria: si bien ya no hay indios, los que existen, son pobres, pertenecientes a la escala más baja de la escala social. Tal como apunta Quijada, en Argentina: “se articuló un sistema que favoreció la inclusión física, en la sociedad mayoritaria, de todos aquellos que portaban rasgos de diferenciación fenotípica, al tiempo que esa integración se producía en los estratos más bajos de la jerarquía social y era acompañada de una negación simbólica de la diferencia. En otras palabras, tuvo lugar un ocultamiento de la diferenciación fenotípica en tanto categoría ‘racial’, pero esa diferencia fue traducida en jerarquización social” (Quijada 2000:20). A modo de ejemplo, Outes, en quien las preocupaciones parecían pasar por las mediciones craneológicas y fisonómicas del Otro étnico, no dejaba de lado la realidad social de estos Otros: 41 La cuestión clasismo-racismo es compleja y merecería un estudio aparte, pero nos parece interesante dejar constancia de esta hipótesis en relación al giro que se produce en torno a la percepción del indígena, desde una mirada antropológica a una sociológica. O lo que es lo mismo; del indio al pobre. 101 “Ante los muchos inconvenientes opuestos por las mujeres Chilotes -así llaman generalmente los chilenos a los naturales de Chiloé- me reduje a medir y observar 50 individuos masculinos, en su mayor parte jornaleros, leñadores o criados que, en la época de mi viaje, trabajaban en Peulla, localidad cercana a la frontera con la Argentina; o en las obras del ferrocarril de Osorno a Puerto Montt, en la sección próxima a esta última ciudad” (Outes, 1908: 218). Los indígenas, a su vez, vivían desde su misma ambigüedad la batalla verbal y pragmática que se daba por la tierra y sus recursos. Y por debajo de esta batalla estaba sin más la ocupación, que no es sino la cara del conflicto. En todo caso, Claudia Briones nos alerta acerca de: “cómo ciertos discursos y propuestas en apariencia contradictorias acerca de la posibilidad de redimir al indígena e incorporarlo a la ‘civilización’ muestran por un lado en bajorrelieve las autoimágenes de país que las élites querían imponer y, por el otro, sirven proyectos estatales concretos de expansión económica y consolidación territorial [que] en verdad, ilustran inteligentemente cómo argumentos supuestamente científicos se van tornando funcionales a proyectos preexistentes de territorialización y proletarización compulsiva en obrajes e ingenios, coadyuvando a la legitimación de esos proyectos por estigmatización selectiva de aspectos de la organización política, social y económica de los indígenas” (Briones 1998). En el período que va de 1880 a 1916, en los Anales de la Sociedad Científica Argentina hay apenas algunas líneas que tratan de la cuestión indígena del momento. En “El problema indígena”, por ejemplo, Lehmann-Nitsche manifiesta la “necesidad de destinar territorios reservados a los indígenas de Patagonia, Tierra del Fuego y Chaco según el proceder de los Estados Unidos de Norte América” (Lehmann Nitsche, 1915:385). Y si bien hay cierta comprensión hacia los pueblos indígenas cuyo suelo “fue arrebatado […] por los invasores de raza distinta”, la pregunta que se mantiene con enorme vigencia es: “¿Qué hacer con ellos?” (idem:385). La aparente tolerancia hacia los pueblos sometidos no hace otra cosa que, bajo un paternalismo explícito, continuar justificando la subordinación: “Es consecuencia fatal, biológica, que al chocar raza con raza, la más fuerte, y en este caso la superior, triunfe sobre la otra, cuya suerte es problema que ha de ocupar a la victoriosa”(ibid: 385). Y lo que debe ocupar a la “raza” victoriosa es, sin más, insertarlos en el nuevo modelo de país. Por tanto: “Esta gente representa sin duda un elemento importante en la explotación de la riqueza del país, fomento de industrias y del comercio de aquellas regiones, y en la época en que se necesitan brazos, constituyen un cuerpo de obreros sumamente barato y sin pretensiones, hábil para el desempeño de trabajos ordinarios y pesados del campo y de los ingenios para lo cual el peón europeo sería demasiado caro e incapaz de soportar el clima húmedo y caliente de aquella zona (Chaco). El indígena, por el 102 contrario, proporciona la mano de obra barata y fácil de manejar de que se sirve uno cuando la necesita, y que en la época cuando no se trabaja, no ocasiona gastos ni de casa ni de comida…”(idem:387). La denigración del indígena llegó a tal punto, entonces, que ni siquiera se le permitió conservar su condición de tal, ya que su identidad cultural se invisibilizó bajo la figura del explotado, de acuerdo a su oficio: el puestero, el zafrero, el obrero, el esquilador, etc. Esto no implicó, sin embargo, que el estigma étnico con el que cargaban haya desaparecido. En todo caso, insistimos, llevaban sobre sus espaldas un doble estigma: ser “indios” y ser “pobres”. Conclusiones En el período que va de 1880 a 1885 -año en el culminan las campañas de exterminio sistemático y conquista de los territorios del sur-, aparecieron textos claves como los de E. Zeballos (Viaje al País de los Araucanos, 1880), Moreno (Viaje a la Patagonia Austral, 1876-1877), entre otros; todos ellos formando parte ya de una mirada pretendidamente científica o cientificista. Estos autores operaron un borramiento de las huellas de los vencidos; convirtieron discursivamente a los indígenas en ancestros simbólicos de la nación y desde ahí, contribuyeron a la consiguiente homogeneización discursiva y política del país en términos de una nación de “raza” blanca. En un segundo momento, y agrupando en grandes áreas temáticas lo que los científicos decían entre 1880 y 1916 sobre los pueblos indígenas de Pampa y Patagonia, el pasaje a nuevos sistemas de pensamiento y clasificación de mayor contenido teórico se dio con la primera generación de antropólogos propiamente dichos, a principios del siglo XX (Outes, Lehmann-Nitsche, Ameghino, Ambrosetti, etc.), y los primeros sociólogos (Ramos Mejía, Ingenieros, etc). Si bien es cierto que la independencia total de los proyectos políticos no existe, en la medida en que se fueron constituyendo campos intelectuales o profesionales más concretos se rompió con la tradición de los estudiosos-viajeros-funcionarios, vinculados a la política de manera tan visible. Sin embargo, las investigaciones antropológicas ampararon la deshistorización retórica del Otro y borraron toda memoria cultural de los recientemente conquistados. Más allá del estudio de los indígenas vivos, la matriz teórica naturalista se mantuvo vigente hasta bien entrado el siglo XX. Pero también consideramos que estos investigadores que desarrollaron la Antropología con una fuerza inusitada contribuyeron a la manifestación disciplinar como productora de una formación social a través del estudio de determinadas temáticas. Estas temáticas fueron parte de un discurso que remitiría a un pasado remoto a los grupos étnicos y contribuiría al ocultamiento y la distracción de la realidad indígena. En última instancia: “Los modos en los que el Instituto Geográfico Argentino y la Sociedad Científica Argentina hablan del indígena –como objeto arqueológico o como ‘raza’ en extinción103 son, en síntesis, modos de no hablar del indígena real y de la complejidad y conflictividad –apenas entrevistas- de la sociedad mestiza desestructurada por la violencia de la conquista” (Navarro Floria 2006:8). Referencias AMBROSETTI, Juan B. Antigüedades Calchaquíes. Datos arqueológicos sobre la provincia de Jujuy. Anales de la Sociedad Científica Argentina (Buenos Aires), LII (1901). ANDERMANN, Jens. Mapas de poder. Una arqueología literaria del espacio argentino. Rosario, Beatriz Viterbo, 2000. ANDERMANN, Jens. El tiempo conquistado. Viaje finisecular e iniciación estatal en Zeballos, Moyano y Holmberg. Conferencia pronunciada en el Centro de Estudios Patagónicos, Universidad Nacional del Comahue, Neuquén, 2005. ARENAS, Patricia. Damiana vuelve a los suyos. 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Buenos Aires, El Elefante Blanco, 2004. 106 Capítulo 3 LA PATAGONIA EN EL MAPA DE LA ARGENTINA MODERNA POLÍTICA Y “DESEO TERRITORIAL” EN LA CARTOGRAFÍA OFICIAL EN LA SEGUNDA MITAD DEL SIGLO XIX42 ARGENTINA Carla LOIS Desde mediados del siglo XIX, en los tempranos tiempos de la organización estatal en la Argentina43, los gobiernos centrales participaron en diversos emprendimientos cartográficos, asumiendo que era de vital importancia y trascendencia disponer de mapas que, al igual que en gran parte de los estados modernos, permitieran visualizar, gobernar y administrar el territorio del nuevo estado. Pero, a pesar de que, desde la ruptura de los lazos coloniales con España, en 1810, se habían registrado diversos intentos por organizar tareas cartográficas en sedes militares44, todavía en la década de 1880 las únicas cartografías existentes que ofrecían una descripción integral del territorio del estado correspondían a las obras de extranjeros, y tenían variable y desarticulada información topográfica. En efecto, en la segunda mitad del siglo XIX se llevaron a cabo un conjunto de políticas territoriales e institucionales orientadas a definir y consolidar el territorio estatal. Probablemente, las acciones más rotundas realizadas en ese sentido fueron las avanzadas militares sobre los territorios indígenas del Chaco y de la Patagonia: la ofensiva militar y la anexión de las tierras indígenas no sólo implicaron el exterminio y la reducción de las poblaciones indígenas sino que también se articularon con un acelerado proceso de reparto de tierras y con la implementación de un proyecto económico basado en la producción agropecuaria. Las particularidades de este proceso de formación territorial parecen haber incidido en el desarrollo de tareas cartográficas (que respondieron a diversas necesidades específicas planteadas en esos contextos). 42 Este trabajo expone resultados de una investigación financiada por el Programa Universia – Banco Río. Una versión preliminar fue presentada en el VIII Coloquio de Geocrítica, Ciudad de México, mayo de 2006. 43 Cuando nos referimos a los tiempos tempranos de formación y organización estatal estamos remitiendo a la época de la sanción de la primera Constitución federal (1853), acordada por catorce provincias que, desde la independencia, habían tenido gobiernos relativamente autónomos. 44 Entre 1810 y 1850, varios colegios y academias militares que adoptan el modelo curricular español de la enseñanza en matemáticas, aritmética, geometría e ingeniería para la formación de oficiales e ingenieros militares. Algunos de ellos fueron: Academia Militar de Matemáticas (1810-1812), Escuela de Matemática y sus aplicaciones al arte militar, Tucumán (1814), Academia Militar de Matemáticas del Consulado de Buenos Aires (1816-1821), Colegio Militar de la provincia de Buenos Aires (1828-1830). El errático funcionamiento de esas instituciones, la interrumpida formación profesional y la escasa producción cartográfica de esos organismos corrobora que los explícitos intentos por reproducir las instituciones de los ingenieros militares de España quedaron inconclusos. 107 En este trabajo analizaremos el desarrollo de los proyectos y las tareas cartográficas oficiales del Estado argentino, desde los primeros tiempos de organización nacional hasta la coyuntura de cambio de siglo, del XIX al XX (momento en el que los mapas de la parte continental de la Argentina incorporan la Patagonia y, así, adquiere un aspecto similar al que tiene en la actualidad). En el primer apartado presentaremos los primeros estudios geográficos y cartográficos que ofrecieron una imagen integral de la Argentina, y analizaremos algunos aspectos centrales y característicos de las obras de este periodo relativos a la interpretación del territorio del nuevo estado federal. En el segundo indagaremos dos cartografías de los territorios indígenas anexados, realizadas con materiales tomados en las campañas militares y veremos qué alternativas proponen en la representación de esas regiones respecto de los mapas anteriores. En el tercero nos centraremos en la relación que hubo entre cartografía y política internacional para analizar tanto el uso de mapas en demarcaciones limítrofes y conflictos diplomáticos en zona de frontera como la intervención sobre la geografía representada en los mapas con vistas a utilizar dichos mapas como documentos probatorios en este tipo de conflictos. Finalmente, en el cuarto apartado repasaremos los modos en que fue interpretada la Patagonia en diferentes momentos de la segunda mitad del siglo XIX y su relación con la política territorial del Estado. La Argentina dibujada por extranjeros Hacia 1880, en pleno proceso de incorporación del estado Argentino en el sistema económico mundial, tres de las principales obras de literatura geográfica que tuvieron por tema central la geografía de la Argentina y que se ocuparon de producir un mapa integral del territorio estatal habían sido elaboradas por extranjeros45. En efecto, la participación de extranjeros en diferentes esferas de la administración pública y, especialmente, en los ámbitos de la ciencia era uno de los motores de los proyectos de modernización encarados por las elites gobernantes: en los campos de la geografía y la cartografía, ante la falta de especialistas y profesionales argentinos capacitados para encarar ese tipo de emprendimientos, la “importación” de técnicos y científicos permitió superar la carencia de personal, y, sobre todo, disponer de textos y mapas modernos que mostraran a los europeos las potencialidades de este estado nuevo. 45 Aunque por razones de espacio no la analizamos en este trabajo, señalamos que algunos autores incluyen la Description physique de la République Argentine, d’après des observations personnelles et étrangères (París y Buenos Aires, 1876), de Germán Burmeister, en este corpus primario de literatura geográfica escrita por extranjeros (Navarro Floria y Mc Caskill, 2004; Quintero, 2002). 108 El primer antecedente de este tipo de literatura geográfica es la obra de Woodbine Parish46, Buenos Ayres and the Provinces of the Rio de la Plata from their discovery and conquest by the Spaniards to the establishment of their political independence. Publicada originalmente en Londres, en 1852, le siguieron dos ediciones castellanas realizadas en Buenos Aires, en 1852 y 1853. En rigor se trataba de una especie de manual para inversores, donde se reseñaban las características físicas del territorio argentino y sus potencialidades económicas. Si bien la edición inglesa sólo incluyó planos de Buenos Aires, la primera edición castellana ya contaba con el mapa “The provinces of the Rio de la Plata and adjacent countries” (tanto el título como todas las inscripciones del mapa aparecen en inglés). [Figura 1] Este mapa, dibujado por el reconocido cartógrafo August Peterman, representaba las tierras que se extienden desde el sur de la provincia de Buenos Aires hasta el norte del Gran Chaco (en rigor, hacia el norte alcanza hasta los 15° de latitud Sur, es decir, llega hasta más allá de Chiquitos, en los territorios bolivianos). Tres asuntos distinguen a este mapa. El primero de ellos es que, aunque se pueden identificar los topónimos de las antiguas audiencias del periodo hispánico, no hay traza de límites jurisdiccionales que diferencie los territorios de las provincias47. El segundo tema está relacionado con los habitantes de estas tierras reconocidos en el mapa: abajo de la inscripción El Gran Chaco, en letras más pequeñas, se lee occupied by various tribes of indians. Incluso, por debajo de los 34° de latitud sur, la densidad toponímica e iconográfica disminuye, y aparece la presencia indígena en su diversidad: Puelches or eastern indians; Pehuenches indians; Ranqueles indians; Huilliches or southern indians. Y el último aspecto singular que destacaremos es la forma en que fue insertada la Patagonia; en un cuadro lateral y con una escala mayor, se agrega el cono patagónico. Se trata apenas un contorno (con nombres de puertos y accidentes costeros) y el interior aparece casi en blanco (sólo un par de ríos de la vertiente atlántica), lo que evidencia con elocuencia el estado de desconocimiento de esas zonas. Unos años más tarde, el médico francés Victor Martin de Moussy48 encaró la publicación de una de las obras geográficas y cartográficas que mayor trascendencia ha 46 Woodbine Parish (1796-1882) había sido designado por el ministro británico George Canning para desempeñarse como Cónsul General en el Río de la Plata. Antes de partir, el ministro habría ordenado: “Enviadme todos los datos que podáis y mapas si los hay” (Busaniche, 1958: 9). Tras su arribo en 1824 envió varios reportes que fueron publicados en The Geographical Journal, de la Royal Geographical Society (de que la fue miembro y llegó a ser vicepresidente). Parish también formó parte de la Sociedad Geológica (Londres), la Sociedad de Estadística (París) y del Instituto Histórico y Geográfico Brasileño (Río de Janeiro). 47 La única excepción es la delimitación de “Chile”. Se representan la red hidrográfica y las ciudades. La cordillera es apenas visible en el mapa: dice Andes y hay algunas cotas señaladas. En cambio, las dimensiones y las formas del relieve se aprecian mejor en los perfiles topográficos que hay en los laterales. 48 Victor Martin de Moussy (1810-1869) propuso sistematizar la información obtenida en viajes exploratorios realizados por el territorio argentino con el objetivo de publicar una descripción física de la Argentina y un atlas. Por esos trabajos, el gobierno le suministraría un sueldo mensual de 300 pesos fuertes (asignados por el decreto del 8 de enero de 1855) que le fueron entregados regularmente con la excepción de un breve periodo durante la presidencia de Derqui (1860-1861) (Cutolo, 1969: 690-692). 109 tenido en el campo intelectual local, cuya vigencia (no exenta de discusiones e, incluso, impugnaciones) se mantuvo fuerte hasta entrado el siglo XX. Su Description géographique et statistique de la Confédération Argentine constó de tres tomos (el primero, publicado en 1860; los dos siguientes, en 1864) y un Atlas de la Confédération Argentine (cuya primera edición parisina es de 1865 y su reedición en Buenos Aires, de 1873)49. Figura 1 49 Cabe señalar que todas las ediciones mencionadas están íntegramente realizadas en francés. La primera edición castellana es de 2005 y fue realizada por la Academia Nacional de la Historia. 110 En diversas láminas del Atlas de De Moussy, se nombra a los indios: tanto en la primera lámina general53, como en la correspondiente a América del Sur y en la de la Confederación Argentina, se individualizan toponímicamente todas las tribus indígenas. Además, las láminas correspondientes a la Patagonia y al Chaco tienen por título: Carte du territoire indien du sud et de la région des pampas (la primera) y Carte du Grand Chaco (territoire indien du nord) et des contrées voisines. Es decir que, al igual que Parish, había un reconocimiento explícito de la presencia y el dominio indígenas en gran parte del territorio atribuido a la Confederación. Figura 2 53 Se trata de la Carte de l’empire espagnol dans les deux Amériques en 1776 à l’epoque de la fondation de la Vice Royauté de la Plata (1867). 111 La lámina general de la Confederación [Figura 2] abarca una superficie similar a la que se encuentra en la obra de Parish (esto quiere decir que no incluye la Patagonia)54. A continuación de la lámina del territoire indien du sud hay una Carte de la Patagonie et des archipels de la Terre de Feu; el título se encuentra acompañado por la siguiente leyenda: Il n’existe d’autres points habités dans la Patagonie que Carmen sur le Rio Negro, et la colonie chilienne de Punta-Arenas, dans la Péninsule de Brunswich, à l’extrémité du continent. Las autres points que nous avons marqués pour l’exactitude historique, telles que les colonies de Viedma, les fortins de la côte et du Rio Negro, sont tous inoccupés maintenant. En Araucanie, il n’existe au pouvoir des Chrétiens que la ville de Valdivia, sur la côte. Les colonies Allemandes commencent seulement a s’etendre et sont en dehors du domaine des Araucans. Reconocida como una obra de referencia55, la Description… pronto comenzó a ser objeto de críticas que sirvieron para legitimar nuevas obras geográficas y cartográficas. Las críticas supieron centrarse en aspectos relacionados con los límites, y la localización de pueblos y elementos geográficos. Las críticas que hicieron blanco en el atlas son una muestra del tipo de objeciones a las que se sometió a la cartografía circulante para fundamentar y justificar la necesidad de emprender una nueva obra cartográfica con el apoyo estatal. La opinión generalizada de los especialistas coincidía con la del Plenipotenciario argentino en Brasil, Luis Domínguez, quien aseguraba que “el Atlas de Moussy en que el Gobierno Nacional gastó tanto dinero, está plagado de errores, especialmente en los datos que consigna relativos a la Geografía Histórica, ramo tan interesante para el estudio y resolución de las cuestiones de límites con los Estados vecinos.” (IGA, 1880: T I 266). En el mismo sentido se expresó Zeballos, presidente del Instituto Geográfico Argentino: “Las cartas modernas desde las de De Moussy hasta la de Petterman, son igualmente imperfectas, porque las exploraciones eran todavía una vaga aspiración en las épocas en que ellas fueron grabadas” (IGA; T III, 161). Por otra parte, otros se dedicaron a puntualizar tales errores, como también se ha señalado que Rudecindo Ibazeta, después de una expedición, le escribe al Inspector y Comandante General de Armas de la República Luis M. Campos que “M. de Moussy y obras muy competentes en sus mapas y datos geográficos del Chaco han cometido errores notables en diferentes sentidos. Moussy, por ejemplo, pone el pueblo de Rivadavia más arriba de Esquina Grande, siendo todo lo contrario; sufriendo la misma equivocación en la determinación de otras poblaciones” (SHE, caja 8, Documento 1372). 54 Aunque en su título indica Carte de la Confédération Argentine / divisée en ses différentes provinces et territoires / et des pays voisins (…), los límites de las jurisdicciones aparecen interrumpidos. No obstante ello, las láminas del atlas proponen y siguen una división político administrativa de las unidades que componen la Confederación. 55 La obra de Martín de Moussy, el Atlas de la Confederación Argentina (1863) fue considerada como el documento cartográfico oficial hasta la elaboración del atlas del Instituto Geográfico Argentino (García Aparicio, 1913; Orellana, 1986; IGM, 1979). Todavía en 1913, el director del Instituto Geográfico Militar sostiene que “la obra de De Moussy es, sin ninguna duda, uno de los grandes documentos de nuestra cartografía, resultado de un trabajo de dieciséis años del ilustre geógrafo en la cuenca del Río de la Plata (1841-1859)” (IGM, 1913: 4). 112 En suma, no es difícil apreciar que, hacia fines del siglo XIX, la interpretación del territorio de la entonces Confederación que había hecho De Moussy ya no era funcional a la política territorial del estado. Es decir: en diferentes instancias, tanto el mapa de Parish como las diversas láminas del atlas de De Moussy reconocen y afirman el dominio indígena sobre territorios en los que, hacia 1880, el Estado encararía agresivas campañas de conquista y colonización basándose en la negación del derecho a la propiedad de las comunidades aborígenes. Dicho en pocas palabras: en vísperas de las grandes campañas militares los mapas más conocidos y difundidos dejaban ver vastos territorios indígenas. Eso parece explicar que estas cartografías, tan prestigiosas en los años 1860s, quedaran desacreditadas dos décadas después: en los años 1880s, esas tierras pobladas por indígenas (y más aún: sólo por indígenas), ¿no formaban un paisaje poco deseable para una sociedad que parecía (o pretendía) ubicarse entre las más modernas? Esos mapas habitados por indios, ¿no eran una imagen poco satisfactoria para aquellos que invertían dinero y prestigio, y hasta arriesgaban sus propias vidas en la conquista militar de tierras indias? No parece muy osado sugerir que la gran visibilidad que tenían los indígenas en las cartografías mencionadas, sumada a la exclusión de la Patagonia y la imprecisión de los límites, parece haber sido un argumento muy potente para desacreditar esta cartografía, independientemente de la precisión que hubieran tenido en la localización de puntos. Volveremos sobre esto en el apartado siguiente. Hasta entonces, esas obras geográficas y cartográficas habían contado con apoyo (fundamentalmente económico) de los diferentes gobiernos, pero el diseño y la ejecución del proyecto siempre se había mantenido como una prerrogativa del autor o responsable. Sin embargo, hacia fines de la década de 1860, en el marco de una serie de emprendimientos de producción de información estadística56, se reorganizó la antigua Oficina de Ingenieros bajo el nombre de Departamento de Ingenieros Nacionales (1869). Una de las tareas que se le encomendó a esta repartición fue la elaboración de un mapa general de la República que se base en información estadística producida por las oficinas estatales. Fue en ese marco que, unos años más tarde, se publicó el Mapa de la República Argentina, realizado por la Oficina Nacional de Ingenieros en 1875 bajo la responsabilidad de Arthur von Seelstrang57 y A. Tourmente [Figura 3]. 56 Aquí interesa citar la organización y el desarrollo del Primer Censo Nacional de Población en 1869, bajo la presidencia de Domingo F. Sarmiento. La publicación de este primer censo no incluyó ningún mapa. Todos los censos siguientes incluyeron cartografías. 57 El ingeniero y topógrafo prusiano Arthur von Seelstrang llegó a Buenos Aires en 1863 contratado por el gobierno. Aquí participó en el trazado del ferrocarril a San Nicolás. Obtuvo el título de agrimensor en el Departamento Topográfico de Santa Fe (1866) y en Córdoba (1872). Para la reválida de su título en Buenos Aires presentó un trabajo titulado Idea sobre la triangulación y mapa general de la República, donde desarrolló por primera vez un esquema de triangulación fundamental, algo inédito en la Argentina. Luis Brackebusch lo llevó a Córdoba donde fue nombrado profesor de Topografía y, junto a él, publicó Ideas sobre la exploración científica de la parte noroeste de la República (IGA, 1882: v III 312-315 y 323-331). En 1880 asumió como miembro activo de la Academia de Ciencias de Córdoba y en 1882 pasó a la categoría de miembro directivo de la misma Academia. En los períodos 1883-1886 y 1894-1896 se desempeñó como decano de la Facultad de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales (Cutolo, 1968: T I 40). Además, actuó como Jefe Científico de la Comisión de Límites con el Brasil presidida por el General Garmendia. 113 Figura 3 114 Si rastreamos el derrotero de este mapa, podremos advertir la envergadura que tuvo ese proyecto cartográfico. Un tiempo antes, ya había sido convocado Richard Napp, un profesor alemán que trabajaba en la Universidad Nacional de Córdoba, para coordinar la elaboración de una obra de geografía que consistiría en la presentación oficial que la República Argentina llevaría a la Exposición de Filadelfia de 1876. El resultado fue Die Argentinische Republik58, una obra que contaba con veinticinco capítulos temáticos y seis mapas. Uno de esos mapas es el firmado por Von Seelstrang y Tourmente, dos extranjeros que se habían insertado profesionalmente en la burocracia académica y estatal. Ese mapa ha sido considerado el primer mapa oficial de la Argentina y se le ha reconocido la particularidad de haber sido la primera obra que incluyó “en forma explícita y concreta a toda la Patagonia en el mapa del territorio argentino” (Navarro Floria y Mc Caskill, 2004: 103). En suma, todo el proyecto Filadelfia y el mapa en particular fueron pensados como una potente carta de presentación ante la comunidad científica internacional, y se confiaba que esas “señales de progreso” también posibilitarían un posicionamiento político favorable ante los estados europeos y ante Estados Unidos. Sin embargo, a pesar de tratarse de un mapa realizado en una oficina pública y con la intención de promocionar la modernidad argentina para atraer inmigrantes e inversores extranjeros, inesperadamente el mapa se transformó en objeto de un duro conflicto diplomático: el límite con Brasil fijado en este mapa fue uno de los argumentos utilizados por el Baron de Rio Branco para fundamentar los reclamos de Brasil sobre los territorios en disputa59. En la década siguiente, el prusiano Seelstrang encaró un nuevo proyecto cartográfico monumental, esta vez en la sede del Instituto Geográfico Argentino60. El atlas tuvo por título “Atlas de la República Argentina. Construido y publicado por el Instituto Geográfico Argentino. Bajo los auspicios del Exmo. Gobierno Nacional. Buenos Aires. 1892 (1886)”61 y fue realizado en base a una minuciosa recopilación de 58 La obra de Napp fue publicada por el Comité Central Argentino para la Exposición de Filadelfia, en 1876 en Buenos Aires, en castellano, francés, alemán e inglés. Además de haber sido entregada en la Exposición, fue distribuida en los consulados argentinos en Europa. 59 El barón de Rio Branco también recurrió al mapa de los ingenieros Allan y Campbell (1855), y a los del Atlas de Martin de Moussy (1865) (Sanz, 1985: 22). 60 La fundación del Instituto Geográfico Argentino en 1879 fue una propuesta de Estanislao Zeballos, apoyada por un grupo de individuos de formación muy diversa, entre los que se incluían abogados, marinos, militares e ingenieros y a la que adherían importantes personalidades de la ciencia y la política. Diversos trabajos han establecido vinculaciones entre la Campaña de Roca (1879) y la institucionalización de una sociedad interesada “particularmente en promover la exploración y descripción de los territorios, costas, islas y mares adyacentes de la República Argentina” (IGA, 1879: T I 79). Véase Navarro Floria 2004, Zusman, 1996; Minvielle y Zusman, 1995; Lois, 2002. 61 El Instituto Geográfico Argentino nacional formó una Comisión de Carta en la Sección Córdoba (bajo la presidencia honoraria de Bartolomé Mitre), patrocinado por el gobierno nacional y bajo la dirección de Arthur von Seelstrang, en 1886 publicó un atlas compuesto por veintiocho cartas La introducción del Atlas estaba firmada por el presidente de la Nación Julio A. Roca e incluía una reproducción del proyecto de ley aprobado por el Senado y la Cámara de Diputados para el financiamiento de la impresión. 115 fuentes62. El antecedente de Rio Branco y la mirada atenta del cónsul Estanislao Zeballos63 volvieron a poner sobre el tapete la importancia que tenía el diseño de los límites en las cartografías que llevaran el escudo nacional. El canciller en persona seguía atentamente la publicación del atlas del Instituto Geográfico Argentino y, en varias oportunidades, reclamó por la rectificación de límites interprovinciales e internacionales. El IGA supo enmendar algunos “errores” pero en otros casos, por ejemplo en los que las láminas se encontraban grabadas, el IGA optó por “mejorar” el trazado con un coloreado ad hoc que diera cuenta del límite (pretendidamente) correcto64. A sugerencia del propio Zeballos, las enmiendas a las láminas del Atlas quedaban asentadas en el libro de Actas. Por ese entonces, se iba instalando un prejuicio que se generalizaría en poco tiempo: que el origen extranjero de los cartógrafos estaba en la base de los conflictos. Las críticas y los debates contemporáneos insistieron sobre este punto una y otra vez. Hemos iniciado este apartado comentando que hacia 1880 gran parte de la cartografía reconocida había sido elaborada por europeos y a lo largo de estas páginas procuramos demostrar que, a pesar de que la condición de extranjero de sus autores fue usada como argumento para desacreditar sus obras, habrían sido las nuevas coyunturas políticas, económicas y territoriales que emergieron fuertemente en los años 1880s las que están en el trasfondo de esas críticas y de la necesidad de repensar las producción de mapas oficiales de la Argentina. Como hemos anticipado, la participación de extranjeros no sólo había sido deseable sino que también y, sobre todo, fue necesaria (recordemos que muchos de ellos llegaron contratados por el gobierno) para suplir la falta de personal idóneo en la tarea de construir un corpus estadístico, cartográfico y científico para el Estado argentino. Sin embargo, en las cuestiones cartográficas la aparente incongruencia entre los intereses nacionales y aquellos de los extranjeros parece haber entrado en conflicto antes de lo que se hizo evidente en otras esferas65. 62 “Con motivo de la construcción del mapa de la República, de que se ocupa el Instituto, y de la necesidad de que aquello sea lo más exacto posible, la Comisión Directiva había resuelto dirigirse a los Gobernadores de las provincias pidiéndoles la remisión de datos geográficos sobre los territorios de su jurisdicción” (firmado por Zeballos; IGA, 1883: T IV 46). “Por tales medios el Instituto logró reunir en su oficina cartográfica, mil ciento cincuenta mapas, planos, croquis publicados o inéditos que han servido a la elaboración del Atlas después de un escrupuloso examen comparativo y depurativo en que han tomado parte personas y profesores de competencia reconocida, estando la revisión final del trabajo sometida a una Comisión de geógrafos y eruditos” (IGA; Tomo V 266). 63 Estanislao Zeballos, abogado y doctor en jurisprudencia, se desempeñó como director y redactor de La Prensa, diputado provincial en la Legislatura de Buenos Aires (1879), diputado nacional por la Capital Federal (1880-1884) y diputado nacional por Santa Fe (1884-1888), y llegó a presidir la Cámara de Diputados en 1887. Fue ministro de Relaciones Exteriores de Juárez Celman, cargo que reasumió en 1891 durante la presidencia de Pellegrini. Fue profesor de Derecho Internacional Privado en la UBA, vicedecano de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA (1895) y Decano de la Facultad de Derecho de la UBA (1919) (Sanz, 1985). 64 En la lámina de la provincia de Catamarca se extendió el color amarillo, asignado a la Argentina, hasta el meridiano 68° y hacia el Sur para incluir territorios que aparecían grabados como chilenos (Sanz, 1985: 20). 65 En las primeras décadas del siglo XX, comenzó a registrarse un progresivo proceso de “nacionalización” de técnicos y funcionarios en los diferentes ámbitos públicos y científicos. Un ejemplo de ello es la designación del ingeniero y astrónomo Félix Aguilar al frente de varias instituciones: tanto cuando asumió al frente de la sección de geodesia del 116 Estas geografías vistas con ojos extranjeros no parecen haber sido demasiado sensibles a los intereses del nuevo estado. Los conflictos desatados en torno a los mapas de De Moussy y de Seelstrang presagian los aspectos nodales que motorizarán la política cartográfica del estado argentino: los territorios indígenas, los límites internacionales y la preocupación por producir un mapa “científico”. Primeros mapas militares: expansión territorial y cartografía Desde los primeros intentos de centralización de las milicias en el periodo de organización nacional, uno de los objetivos estratégicos del Ejército fue establecer el control estatal sobre las extensas zonas ocupadas por comunidades indígenas: el Chaco y la Patagonia66. En las diversas expediciones exploratorias participaron comisiones científicas y se realizaron cartografías parciales, principalmente dedicadas al establecimiento de itinerarios y a la planificación de poblados y colonias. Pero en las dos grandes campañas (la de la Patagonia, en 1879; la del Chaco, en 1884) se confeccionaron sendos planos generales. Esos planos, originalmente incluidos en los informes oficiales, fueron también reimpresos e incluidos en diversas publicaciones académicas, políticas y diplomáticas, y fueron leídos como documentos de la política territorial del Estado. Tenían la particularidad de ofrecer una imagen inédita de territorios que, hasta entonces, aparecían como “tierras inexploradas” en la mayoría de los cartografías o, como hemos visto, ni siquiera aparecían en los mapas generales de la Argentina. El título completo del plano elaborado en ocasión de la Campaña al Desierto es: Plano del territorio de la Pampa y Río Negro y las once provincias chilenas que lo avencindan por el oeste. Comprende el trazo de la batida y exploración general hecha últimamente en el desierto hasta la ocupación definitiva y establecimiento de la línea militar del Río Negro y Neuquén por el Ejército Nacional a órdenes del Sr. Gral. D. Julio A. Roca. Construido en vista de planos, croquis parciales, itinerarios de los jefes de las divisiones y cuerpos espedicionarios [sic] de los ingenieros militares que los acompañaron y según exploraciones y estudios propios por el Tte. Cnel. Manuel J. Olascoaga, Jefe de la Oficina Topográfica Militar. [Figura 4] Su título puede ser tomado como una declaración de la política territorial, reforzada por los ítems seleccionados en la leyenda. En la leyenda se privilegian los itinerarios de las tropas, así como las diversas líneas de fortines (que permiten leer, en la imagen, un avance de la frontera) y las “demarcaciones de terrenos reservados por el gobierno nacional para fortines y colonias”; también se señalan las líneas de telégrafos IGM (1921) como cuando fue designado como responsable del Observatorio de La Plata, su posicionamiento significó el desplazamiento de profesionales extranjeros (Ortiz, 2005: 111). La contratación de profesores y especialistas extranjeros siguió siendo una práctica habitual en campos académicos y científicos diversos. Algunos estudios de caso pueden consultarse en dos recientes compilaciones de trabajos sobre historia de la ciencia argentina (véase Montserrat, 2000 y Lorenzano, 2005). 66 La suma de la superficie de ambas áreas alcanza el 40% del territorio estatal. 117 militares, los ferrocarriles y los caminos. La alusión a los indios en la leyenda remite a una clasificación basada en la política de avance militar: “toldos habitados” y “toldos abandonados”. Más aún, los indígenas quedan literalmente afuera del mapa: en una columna lateral se organiza un vocabulario de términos indígenas porque se entiende que “los nombres indios son siempre descriptivos de la topografía u otros accidentes importantes de los lugares a que se aplican. Así que he creído útil incluir acá la traducción de los que contiene este Plano”. Este glosario inscripto en el margen tiene, al menos, dos efectos: se apropia de los topónimos indígenas mediante la traducción y deshistoriza la presencia indígena (cuyos rastros quedan reducidos a la información geográfica que pueda aportar para la comprensión del territorio por parte del hombre occidental). Figura 4 El firmante del plano, Manuel Olascoaga67, tuvo acceso a los planos más recientemente elaborados sobre el área. Una de sus fuentes fue la Carta topográfica de La Pampa y de la línea de defensa (actual y proyectada) contra los indios [figura 5]. 67 Manuel Olascoaga fue un militar, topógrafo, periodista y funcionario de diversos gobiernos en la Argentina. Participó en expediciones militares e hizo levantamientos topográficos (en base a los cuales publicó cartografías y tratados). Después de la campaña a los territorios indígenas del sur fue designado gobernador de los territorios anexados. 118 Figura 5 El responsable de este plano fue el Sgto. Mayor Melchert, de la Oficina de Ingenieros Militares68. Gran parte de la información topográfica y militar del mapa de Olascoaga está tomada de aquí. Sin embargo, en el plano de Melchert, la zona ubicada más allá de la línea de fortines tiene, reiteradamente, la inscripción campos no explorados. En cambio, el mapa de Olascoaga apenas sugiere que se trata de tierras inexploradas con el recurso del espacio en blanco. De este “diálogo” entre ambos mapas es posible avizorar que el mapa de Olascoaga, basado en el trabajo de campo que se realizó al compás del avance militar sobre los territorios indígenas, fue una fuente primaria para otras cartografías que le siguieron. No obstante, el valor de este mapa no era sólo científico (por haber sido confeccionado con modernas técnicas de mensura y por haber 68 Este mapa también fue incluido en Richard Napp, Die Argentinische Republik (1876, Buenos Aires). En esa obra, Melchert, además, escribe dos artículos sobre cuestiones militares y frontera. 119 incluido datos actualizados que no se conocían hasta entonces), sino que también había sido pensado para ser puesto en circulación y dejar asentado el proyecto territorial que estaba encarando el ejército. El plano de Olascoaga ha filtrado la información sobre los indígenas y ha sobreimpuesto una nueva matriz sobre los territorios anexados, organizada a partir de una red de infraestructura de comunicaciones moderna (en gran parte, todavía inexistente, aunque figura como “planificada”). En efecto, mientras que los mapas de De Moussy y de Parish hablan del pasado (recordemos que tienen inscripciones y relatos de exploraciones realizadas en los doscientos años previos), los mapas militares se dedican al futuro: telégrafos, ferrocarriles, líneas de fortines y colonias (algunos reales y otros, apenas proyectados) componen una nueva geografía. Sobre el mencionado mapa de Olascoaga y otro de Moyano sobre la Patagonia, Jens Andermann ha dicho que “son imágenes declamatorias más que representaciones técnicas, iconografías de un proyecto de nación más que topografías operativas para el manejo administrativo-geográfico de esa masa territorial” (Andermann, 2000: 119). En el caso del Chaco, el mapa elaborado en la campaña militar de 1884 involucra mecanismos análogos en la representación de los territorios indígenas. El mapa confeccionado con los datos obtenidos durante la Campaña Militar de 1884 a cargo de Benjamín Victorica fue adjuntado al Informe oficial publicado69 tal como se consigna en la portada70. El título completo, ubicado en el ángulo superior derecho, es "Plano nuevo de los territorios del Chaco argentino. Confeccionado con los datos de las Comisiones Topográficas que acompañaron las columnas expedicionarias al mando del Comandante en Jefe del Ministro de Guerra y Marina General Benjamín Victorica en 1884 y, por su orden, por los oficiales de la IV Sección del Estado Mayor General capitanes Jorge Rohde y Servando Quiroz, 1885. Escala de 1: 800.000” y está firmado por el Jefe de la IV Sección del Estado Mayor del Ejército, Czetz71. El mapa no tiene leyenda y, a primera vista, parece que trata de una zona completamente conocida, repleta de íconos diversos. No obstante, en letras muy pequeñas y perdidas en una superficie coloreada y sembrada de signos que simbolizan vegetación se indica “Tierras inexploradas” y “Terrenos altos cubiertos de bosques 69 Victorica, B. (1885) Campaña del Chaco, Imprenta Europea. 70 El texto de la portada es el siguiente: “Campaña del Chaco / Expedición llevada a cabo / bajo el comando inmediato del Exmo. señor ministro de guerra y marina general / Dr. D. Benjamín Victorica / en el año 1884 / para la exploración, ocupación y dominio de todo el Chaco argentino / Parte general y diario de marcha con todos los documentos relativos, los partes de los Jefes de las diversas columnas militares e informes de las Comisiones Científicas &&/ Precedido de una introducción ilustrativa y acompañado del Plano General Topográfico / Publicación oficial / Buenos Aires / Imprenta Europea, Moreno 51, esquina Defensa/ 1885” (Victorica, 1885; las cursivas son nuestras). 71 Juan F. Czetz fue un militar nacido en Hungría que, tras casarse en España con una sobrina de Juan Manuel de Rosas, se radicó en la Argentina y trabajó en sucesivas secciones del Ejército en tareas de mensura y relevamiento topográfico. Antes de la guerra contra el Paraguay, siendo el Jefe de la Sección Ingenieros de la Inspección General de Obras, estuvo abocado en la confección de un mapa de los límites de la República Argentina. Fue el primer director del Colegio Militar (1870-1874) y también participó en su organización. Desde 1885 hasta su retiro fue Jefe de la IV Sección del Estado Mayor del Ejército (IGM, 1979: 264). 120 impenetrables”. El hecho de que el conocimiento geográfico es desparejo sólo puede apreciarse en una lectura atenta y que recorra todas las inscripciones (topónimos, relatos y descripciones) del mapa; nunca, en la lectura inicial. Hacia el oeste de la denominada “Gobernación del Chaco Central” disminuye la densidad de los íconos indicadores de vegetación, en clara concordancia con el menor grado de conocimiento que se tenía de los terrenos del oeste chaqueño. En rigor, se trataba de zonas sin explorar y bajo control absoluto de los indígenas. Las formas de asentamiento representadas son: colonias, fortines y tolderías. Por la densidad de los íconos desplegados en el mapa, se destacan las dos formas más deseadas desde el punto de vista de la empresa civilizadora de la campaña militar: las colonias y los fortines. Los pueblos y las colonias, así como los fortines de suerte errática, están señalados con pequeños círculos, cuadraditos y cuadrículas de diferentes tamaños acompañados por sus respectivos nombres. Las colonias fueron representadas con cuadrículas72, que, por cierto, remiten a un referente de urbe ideal planificada, absolutamente racional, también refuerza la idea de que el Chaco había dejado de ser un desierto para convertirse en un espacio potencialmente fértil para el desarrollo económico. Las numerosas tolderías y tribus fueron representadas con mayor densidad en las márgenes del río Teuco, alejadas de las zonas civilizadas. Fueron consignadas toponímicamente por su nombre conocido o por el de su cacique y están representadas con un pequeño triángulo. Es notable la similitud entre este ícono triangular y otros dos que indicarían vegetación73: de no ser por la inscripción correspondiente, se confundirían con facilidad. Así queda diluida la presencia indígena en la espesura de los “bosques impenetrables”. Así, las dificultades que planteaba la resistencia indígena fueron resueltas discursivamente homologando aborígenes y vegetación. De hecho, en este momento histórico donde la ocupación sistemática del territorio chaqueño era apenas incipiente, los asentamientos indígenas predominaban respecto de los del hombre blanco. Sin embargo, se multiplican las retóricas gráficas que visualmente ofrecen una imagen que representa el ideario territorial de la época: un territorio íntegro y bajo el dominio efectivo del Estado. Abundan los itinerarios de diversas expediciones y exploraciones realizadas, en donde se consignan el trazado del recorrido, el oficial a cargo y la fecha en que se desarrolló. Con mayor minuciosidad se detallan los recorridos efectuados por las distintas comisiones de la expedición de Victorica. Estos itinerarios servían tanto para 72 Con cuadrículas se señalan, sobre el eje fluvial del Paraná: Timbó (desde donde parte la expedición de Victorica), C. Ocampo, Las Toscas, C. Florencia de Longworthy, Resistencia, Corrientes (con letras mayúsculas) y Puerto Bermejo; sobre el río Bermejo, Puerto Expedición y, la más septentrional, Presidencia Roca. 73 Aunque, como se ha mencionado, no existe una leyenda que normalice en forma precisa la decodificación de los símbolos, dos de esos íconos podrían indicar vegetación: uno de esos íconos, el que aparece con más frecuencia, es usado convencionalmente como indicador de vegetación en la mayor parte de las cartografías de la época; el otro (una suerte de palmera simplificada) resulta fácilmente asociable a un tipo de vegetación y, por otra parte, en el Atlas… de Martin de Moussy es señalado toponímicamente como “palmeras caranday”. 121 explicar y fundamentar retrospectivamente el dominio sobre estas áreas como para “llenar” el espacio cartográfico con elementos que indiquen civilización. Estas formas de describir los territorios y, más ampliamente estas producciones cartográficas, sólo pueden comprenderse si se considera el locus institucional en el que se desarrollaron. En esos tiempos de campañas militares se asiste a un proceso de modernización y profesionalización del Ejército, que incluía reformas en el organigrama, nuevos planes de estudio y renovados emprendimientos relacionados con tareas de reconocimiento y cartografiado en las tierras ganadas a los indígenas. Con la creación del Estado Mayor General del Ejército (1884), la Oficina Topográfica Militar pasó a constituir la Cuarta Sección de Ingenieros Militares del Estado Mayor, bajo la jefatura de Manuel Olascoaga (que, en el mismo año fue reemplazado por Juan Czetz). Tras algunas reorganizaciones, esta dependencia se consolidó bajo la designación Instituto Geográfico Militar (IGM) en 1904 (y, en las primeras décadas del siglo XX, pasó a concentrar el control de toda la actividad cartográfica oficial de la Argentina). Al mismo tiempo, la organización de las dependencias del Ejército para desempeñar tareas cartográficas se orientó hacia la especialización técnica de las secciones geográficas y cartográficas. Dicha especialización técnica se inscribió en el contexto de la profesionalización del Ejército y de la formación de ingenieros militares en el Estado Mayor del Ejército (a partir de 1886)74. Con esta propuesta profesional el IGM se posicionaba como una institución capaz técnica, financiera y profesionalmente para producir mapas basados en la mensura geodésica y la precisión técnica. Hacia fines del siglo XIX, los trabajos cartográficos de estas secciones militares se concentraron, cada vez más, en el levantamiento de planos de las “fronteras interiores”, acompañando la expansión militar sobre territorios indígenas. Esos planos se caracterizaron por destacar fuertes y construcciones militares, líneas de fortines y, cuando fuera necesario, planos nuevos a gran escala que mostraran el detalle de las tierras indígenas incorporadas a las jurisdicciones estatales. Aunque en otros marcos institucionales y con prácticas profesionales levemente diferentes a las mencionadas en este apartado, algunos de estos militares también participaron de las comisiones de límites en que se dibujaban las líneas interestatales. Cartografía, límites y política internacional Un conjunto de conflictos diplomáticos condensados en torno a las demandas 74 La formación académica de los aspirantes a oficiales de Ingenieros se basaba en conocimientos de ingeniería civil y militar y en el dominio de las matemáticas. Se impartían cursos tales como Álgebra Superior, Trigonometría Rectilínea y Esférica, Dibujo Lineal y Topográfico, Caminos y Ferrocarriles, Geometría Analítica, Geodesia I, Dibujo, Puentes, Fortificación Pasajera, Cálculo Diferencial e Integral, Fortificación Permanente, Geodesia II y Astronomía. Además, en forma complementaria debía cursarse en la Facultad: Geometría Descriptiva I, Geometría Descriptiva II y Mecánica y Arquitectura (Martin, De Paula y Gutiérrez, 1976: 240). 122 territoriales de los países vecinos pusieron el foco de atención sobre las cartografías: resulta que, como hemos visto, algunos de los mapas de la Argentina, financiados con fondos públicos y firmados por funcionarios de diversos organismos del Estado eran utilizados por países extranjeros como fuente para legitimar sus reclamos de terrenos que la Argentina pretendía para sí. En ese contexto, el presidente Juárez Celman firmó, el 20 de noviembre de 1889, una resolución presidencial por la cual se desconocía todo carácter público a las cartas geográficas publicadas en el país o fuera de él, que no fueran aprobadas por el Ministerio de Relaciones Exteriores (por ese entonces, a cargo de Estanislao Zeballos). Este ministro, que había fundado el Instituto Geográfico Argentino en 1879, estaba particularmente familiarizado tanto en los temas limítrofes como en asuntos cartográficos. Considérese sintomático de su perfil el hecho de que a su llegada a la cancillería ordenó la reorganización de la mapoteca y la elaboración de un catálogo de mapas; y encargó esta tarea al ingeniero geógrafo Carlos Beyer75. Al mencionado caso sobre el límite con Brasil en el mapa de Seelstrang y Tourmente, se sumaron otros. En 1890, la presentación oficial del gobierno argentino ante la Exposición de París incluyó el Mapa de la República firmado por Luis Brackebusch76. En este mapa, el límite oeste de la Argentina (lindante con Chile) estaba trazado según la demarcación realizada por Bertrand (geógrafo francés asesor de la cancillería chilena), que, a su vez, era la traza recuperada por Seelstrang. El hecho sirvió a Chile en sus reclamos y, a raíz de ello, el ministro de Relaciones Exteriores Zeballos lo desautorizó y quitó de circulación, con una recomendación explícita al Ministerio de Instrucción Pública para que adopte medidas contra su autor en su calidad de profesor universitario77. En ese entonces, funcionaban dos comisiones bilaterales de límites: una con Brasil y otra con Chile. Ambas realizaban tareas de mensura y levantaban planos topográficos que se discutían en las comisiones binacionales. Pero esos resultados cartográficos, en su carácter de documentos técnicos, eran de circulación restringida, y por tanto no solían ser volcados en la producción de otras cartografías. Con la intención de resolver esas diferencias, el 21 de diciembre de 1891 se creó la Oficina de Límites Internacionales, bajo la órbita del Ministerio de Relaciones Exteriores. Su 75 Decreto 7 de diciembre de 1891. Sanz, 1985: 19. 76 Luis Brackebusch (1849-1906) fue un geólogo nacido en Northeim (Alemania). Después de haberse graduado en la Universidad de Gotinga, trabajó como geólogo auxiliar en el Instituto Geológico de Prusia. En 1872 llegó a Buenos Aires contratado por el gobierno con el objetivo de participar en diversos emprendimientos científicos. Sucedió a Alfred Stelzner en la cátedra de Mineralogía y Geología de la Facultad de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales de la Provincia de Córdoba; en 1880 es nombrado decano de la misma Facultad y miembro de la Academia Nacional de Ciencias de Córdoba. También colaboró con la Sociedad Científica Argentina. Su producción cartográfica incluye las siguientes publicaciones: Plano General de la Provincia de Córdoba, escala 1 : 1.000.000 (1876); Mapa interior de la República Argentina, construido sobre los datos oficiales y sus propias observaciones, escala 1 : 1.000.000 (1885), Mapa General de la República Argentina y de los países limítrofes (1889) con 13 láminas; Relieve de la República, en yeso, escala 1:1.000.000 (1889) y Mapa Geológico de la República, publicado por la Academia Nacional de Ciencias de Córdoba. 77 Sanz, 1985. 123 dirección quedó a cargo del capitán de fragata Carlos M. Moyano78. Entre sus principales funciones, la oficina debía: a) reunir y organizar todos los datos históricos, geográficos y topográficos concernientes a las fronteras de la República; b) asegurar el trazado de los límites internacionales según títulos y derechos de los tratados sobre fronteras en el mapa de la República; c) coordinar las tareas de las comisiones de límites (Brasil, Chile) y conservar los materiales elaborados por ellas. Tanto las comisiones como la Oficina de Límites llevaron adelante demarcaciones y triangulaciones en zonas de frontera: comisiones argentino-brasileñas efectuaron reconocimientos y determinaciones astronómicas en la región comprendida entre los ríos Pequirí y San Antonio (1887-1888) y, más tarde, se realizaron operaciones de demarcación realizadas bajo la dirección del ingeniero Ezcurra (1901-02). En la frontera chilena se desarrollaron operaciones de demarcación (1892-1906) para la ejecución del tratado suscrito en 1881, en diversas zonas de la Cordillera de los Andes desde la latitud 23° hasta la parte austral de Tierra del Fuego. En las fronteras con Paraguay y Bolivia hubo operaciones y trabajos de base entre 1894 y 1907. Si bien parte de esa cartografía fue publicada en las Memorias e Informes correspondientes79, en la mayoría de los casos siguieron siendo documentos de circulación restringida. En una coyuntura de conflicto con los países vecinos y de arbitrajes de terceros, la vigilancia sobre la cartografía de firma nacional se volvió un problema acuciante. Los antecedes de Chile y Brasil significaron un alerta para las autoridades y, en 1893, un nuevo decreto establecía que los trabajos sobre geografía nacional (y eso incluía especialmente la cartografía) serían reconocidos como oficiales sólo si estaban acompañados por una declaración especial del Ministerio de Relaciones Exteriores. Y queda claro que esa declaración se obtendría sólo si el mapa era congruente con la posición oficial respecto de los reclamos80. Esta medida ponía a resguardo la diplomacia frente a la circulación de obras que habían sido enfática y públicamente apoyadas por el gobierno. Y no fue la única: desde entonces, fueron reiteradas las intervenciones normativas sobre la imagen cartográfica81. Para el cumplimiento de estas disposiciones se recurría a los planos elaborados por las comisiones y recopilados por la Oficina de Límites. En suma, estos episodios diplomáticos y los ensayos institucionales y normativos que buscaron apuntalar la producción cartográfica oficial no hacían sino poner de relieve las dificultades que acarreaba el hecho de no contar con una cartografía 78 Moyano, que había viajado por la Patagonia entre 1877 y 1880, publicó la Carta General de la Patagonia en 1881. Fue presentada en los salones del Instituto Geográfico Argentino y reproducida en las páginas de su boletín. También fue el Comisario de la República Argentina en la Exposición de Geografía de Venecia de 1881. 79 Por ejemplo, La frontera argentino brasileña. Estudios y demarcación general 1887-1904. División de Límites Internacionales. Tomo I. Buenos Aires, 1910 Impreso en Talleres Gráficos de la Penitenciaría Nacional. 80 “A raíz de estas disposiciones gubernamentales, es que algunos mapas argentinos que erróneamente indicaban a las islas Lennox, Picton y Nueva como chilenas, las muestran en adelante correctamente como argentinas” (Sanz, 1985: 22). 81 Un análisis de las disposiciones legales que afectaron la producción y la imagen cartográfica del estado argentino, véase Mazzitelli y Lois, 2004. 124 topográfica de base geodésica sobre la que establecer claros criterios de demarcación limítrofe. Y también dejan en evidencia las implicancias políticas asociadas a la imagen territorial consagrada en la cartografía. La Patagonia: la pieza que completa el puzzle cartográfico de la Argentina moderna Tal vez una de las modificaciones más evidentes entre las primeras cartografías de la Argentina asumidas como oficiales y las que se hicieron hacia fines del siglo XIX es la incorporación definitiva e irrevocable de la vasta superficie patagónica. En este aspecto, el punto que divide aguas en la historia de la cartografía argentina es el ya comentado mapa de Seelstrang y Tourmente (1876). Más arriba se ha señalado que los objetivos de esa publicación (un encargo oficial para participar en la exposición internacional de Filadelfia) probablemente sirvan para explicar el rediseño -que implicó la incorporación de la Patagonia- de la imagen cartográfica de la República Argentina. Si bien la singularidad de haber incluido la Patagonia en el mapa general puede ser relevante en sí misma, aquí interesa más señalar que esa incorporación sintetiza un momento bisagra, a partir del cual es posible distinguir un antes y un después en los modos de representar los terrenos patagónicos. Como se ha mencionado, el atlas de De Moussy (1863) no incluye la Patagonia en la lámina general de la Confederación. En cambio, tiene dos láminas que comprenden territorios patagónicos. La primera es Carte du territoire indien du sud et de la région des pampas y la segunda, Carte de la Patagonie et des archipels de la Terre de Feu. [Figura 6] .La primera llega hasta poco más de los 41° de latitud Sur82: La segunda forma una unidad geográfica genéricamente denominada Patagonie, es decir, con un topónimo que por entonces ya tenía una tradición de más de tres siglos en la cultura europea y, en particular, en las representaciones europeas de Sudamérica83, y que no evocaba ninguna forma de administración política colonial. La Carte du territoire indien du sud tiene una leyenda que sigue el estilo de código nomenclado: a cada ícono le corresponde una categoría. Algunos de esos íconos se repiten en la mayoría de las láminas (como “Capitale de province”, “Ville”, “Bourg”) pero aparecen otros: algunos de ellos remiten a la situación local (e.g. “Fort devenu un bourg”, “Fortin et garde avancée” y “Campement d’Indiens”) y otros, al medio físico (“Cascade ou rapide”, “Terrains inondés”, “Bouquets de bois”, etc.). Además de la mencionada localización de tribus indígenas identificadas en toda la superficie del mapa, abundan las inscripciones que afirman taxativamente el desconocimiento 82 Este límite corresponde con la ocupación territorial efectiva del Virreinato del Río de la Plata en vísperas de la Revolución de 1810 (Lacaste, 2002: 237). 83 Es sabido que el topónimo Patagonia se originó en la leyenda de los gigantes descritos en el diario de Pigafetta que relata la primera circunnavegación terrestre de la empresa Magallanes-Elcano (1519-1522). 125 geográfico y el dominio indígena84. Esto se repite –y aun se acentúa-en la lámina siguiente, donde se remarcan las condiciones desérticas de la estepa patagónica85 y el predominio indígena86. Este énfasis llega a un punto tal que se ha eliminado la típica leyenda que hay en las láminas de los atlas para explicar el código iconográfico y se la ha reemplazado por un texto que, por si hacía falta todavía, hace un balance de la relación entre la ocupación indígena y la de los hombres blancos claramente volcado hacia la capacidad de control territorial de los primeros87. En este mapa, las escasas señales de la ocupación blanca se concentran al norte del Río Negro (son principalmente fortines). Y es preciso aguzar la mirada para encontrar otras inscripciones de este tipo más al sur88. En el Atlas del Instituto Geográfico Argentino89, la Patagonia no es una unidad geográfica ni política ni administrativa, sino que aparece seccionada en gobernaciones. A continuación de las catorce provincias tradicionales, se suceden las hojas de la Gobernación del Neuquén (lámina XXIII), la Gobernación del Río Negro (lámina XXIV), la Gobernación del Río Chubut (lámina XXV), la Gobernación de Santa Cruz 84 Algunos ejemplos : “Désert du Sud qui n’est parcouru que par les nomades”; “Plaine non explorée. Les Indiens la disent être aride et sans pâturages une partie de l’année. Tout le terrain entre le Rio Negro et le Rio Colorado est jusqu'à présent peu connu”; “Ces fortins n’existent plus, mais on va les rétablir”. 85 “Désert salé”, “Région sallenneuse et aride, véritable désert, qui n’est traversé que par les nomades”, entre otras. 86 “La Patagonie Boréale n’est connue que par les rapports des Indiens”. 87 La leyenda afirma con elocuencia: “Il n’existe d’autres points habités dans la Patagonie que Carmen, sur le Rio Negro, et la colonie chilienne de Punta-Arenas, dans la Péninsule de Brunswich, à l’extrémité du continent. Les autres points que nous avons marqués pour l’exactitude historique, telles que les colonies de Viedma, les fortins de la côte et du Rio Negro, sont tous inoccupés maintenant. En Araucanie, il n’existe au pouvoir des Chrétiens que la ville de Valdivia, sur la côte. Les colonies Allemandes commencent seulement a s’étendre et sont en dehors du domaine des Araucans.” [No existen otros puntos habitados en la Patagonia más que Carmen, sobre el Río Negro, y la colonia chilena Punta Arenas, en la península de Brunswich, en el extremo del continente. Los otros puntos que hemos marcado para exactitud histórica, tales como las colonias de Viedma, los fortines de la costa y del Río Negro, están todos desocupados ahora. En Araucanía, no existe bajo el poder de los cristianos más que la ciudad de Valdivia, sobre la costa. Las colonias alemanas comienzas apenas a extenderse y están fuera del dominio de los araucanos.] 88 En la lámina Carte de la Patagonie son muy escasas las leyendas que indican modos y tiempos de la ocupación blanca de la Patagonia. Unas pocas marcas, tales como “Ancien F. abandonné” y “Colonie projectée”, dan cuenta de las intenciones políticas de ocupar y colonizar esos territorios. Hay algunas colonias, acompañadas por lo que parece ser su fecha de fundación (“Colonie de la Piedra, 1779”, “Colonia de Viedma, 1780”). Sólo se consigna un itinerario de expedición (“Route suivi par Viedma en 1781”). Como señala Pablo Lacoste, por esas fechas se habían registrado los últimos intentos de colonizar la Patagonia: aunque una Real Cédula de 1570 autorizaba a la gobernación de Buenos Aires a descubrir y poblar todas las costas patagónicas hasta el paralelo 48°, fue recién en torno a los años 1770’s en que convergieron varios factores que estimularon el interés por esas tierras. Tanto la rivalidad con Inglaterra como la publicación de los textos de Ambrosio Higgins (1767) y Thomas Falkner (1778), alentaron la fundación de cuatro poblados. Pero en pocos años fueron desmantelados por los altos costos y la difícil administración que podía sostener Buenos Aires (Lacoste, 2002: 230-237). 89 Aunque las láminas comenzaron a publicarse en 1886, el Atlas lleva como fecha de edición 1892. Sin embargo, la lámina de Tierra del Fuego e Islas Malvinas está datada en 1893. 126 (lámina XXVI) y la Gobernación de la Tierra del Fuego e Islas Malvinas (lámina XXVII)90. Figura 6 90 La Gobernación de Misiones cierra la serie de láminas del atlas del IGA. 127 El atlas no incluye descripciones geográficas, pero mantiene la estructura clásica del género: la primera parte, texto; la segunda, láminas. En la primera parte se detallan las fuentes utilizadas: hay una exhaustiva lista de referencias cartográficas y, a continuación y bajo el subtítulo “Límites”, se indican los tratados y las leyes que fundamentan la traza de líneas limítrofes (tanto entre distritos nacionales como respecto de los países vecinos). En las láminas patagónicas, la división entre gobernaciones se apoya en la “Ley del Congreso de octubre de 1884”93; y para la demarcación argentino-chilena que toca a cada gobernación se repite la siguiente fórmula: “Con la República de Chile: Tratado de 23 de julio de 1881. Estando desconocida casi totalmente la cordillera de los Andes en esa parte, figuróse la línea divisoria según los conocimientos actuales, sin que por eso quiera establecerse antecedente alguno”. En los mapas de estas gobernaciones, a pesar de insinuar el límite internacional con colores diferentes, una leyenda visible repite insistentemente “Límite sin fijar”. Para las Malvinas, además de invocar la ley de Territorios Nacionales (para el límite con Santa Cruz) y el tratado de 1881 (para el límite con Chile), añade: “Las islas Malvinas hánse agregado a este mapa por los antiguos y bien fundados derechos que tiene la República sobre ellas” (25). La selección de las fuentes revela, en todos los casos, un minucioso conocimiento de las más recientes cartografías. Como es de esperar, la mayor parte de esos croquis y planos tienen firma de militares (algunos de ellos fueron publicados en hojas o incluidos en informes, pero también se cita cartografía manuscrita). Asimismo, entre las fuentes se mencionan oficinas públicas, como el Departamento de Ingenieros Civiles y la Dirección de Tierras y Colonias, y privadas, como las empresas ferroviarias. No falta, por supuesto, la obligada cita de los planos que acompañan el Tratado de 1881. Los mapas extranjeros están casi restringidos a aquellos publicados en la Revista Geográfica de Petterman (Gotha) en los años inmediatamente anteriores a la publicación del atlas, aunque es posible encontrar alguna otra referencia de cartografía extranjera dispersa94. Y, en algunos casos, parece evidente que los mapas de origen extranjero tienen lugar sólo cuando no hay información “nacional” disponible: en la lámina de la Gobernación de la Tierra del Fuego e Islas Malvinas se consignan sólo seis fuentes: dos son inglesas, una lleva la firma de Seelstrang, otra corresponde al conjunto de planos levantados en ocasión de la “expedición austral argentina” de 1883, y las dos últimas son documentos implicados en el tratado de 1881. En las láminas, cada una de las gobernaciones tiene una subdivisión territorial en departamentos. Todas comparten un criterio muy peculiar para el trazado 93 Refiere a la Ley Orgánica de los Territorios Nacionales n° 1532. 94 Es el caso del Atlas de la Geografía Física de Chile, de A. Pissis, del que se cita el mapa de Neuquén 1 : 25.000 (IGA, 1886: 21). 128 interdepartamental: las líneas están trazadas en forma geométrica (siguiendo líneas paralelas o meridianas) o “geográfica” (siguiendo cursos de ríos). Con la sola excepción de la lámina de la Gobernación del Río Negro, todos los departamentos de las gobernaciones patagónicas llevan designaciones que ilustran la voluntad de imponer una nueva racionalidad territorial que hace tabula rasa del pasado indígena e impone criterios ordenadores nuevos y funcionales a la gestión estatal (e.g. “Departamento 1°”, “Departamento 2°”, etc.95, y “Departamento Capital” y “Departamento Sud”96). Parece que la falta de una historia que conformase las expectativas políticas del momento fue suplida por un trazado territorial nuevo que ignora el pasado y por una toponimia departamental de aspecto aséptico97. En otras palabras: delimitación interdepartamental y toponimia parecen huellas de una conquista cartográfica que todavía estaba lejos de haberse plasmado en una realidad tangible… La lámina de Río Negro ofrece una variante respecto de lo que se acaba de afirmar: si bien el trazado de las líneas interdepartamentales también parece el resultado de operaciones gráficas sobre el papel más que el resultado de procesos históricos y realidades administrativas, sus topónimos remiten, de diferentes maneras, al imaginario nacional: próceres y efemérides sirven para bautizar esas unidades administrativas98. También es la que lleva la fecha más temprana (1886). Como es habitual en los atlas, las leyendas están estandarizadas, es decir, repiten una fórmula con escasas variaciones. Y como es habitual en este tipo de atlas nacionales, las leyendas de estas láminas no reflejan la realidad de esos territorios de tradición indígena sino el imaginario civilizatorio que se proyecta sobre el mapa99: las leyendas de las láminas de Neuquén y Río Negro indican “Ferrocarriles en exploración”, “Ferrocarriles proyectados”, “Caminos carreteros”, “Sendas”, “Telégrafos”, “Rutas de exploradores” y Paraderos indios”. Las de Chubut y Santa Cruz replican ese perfil pero reducen las categorías hasta su mínima expresión100: en la 95 Son los casos de Neuquén y Santa Cruz. La lámina de Neuquén, además, muestra una subdivisión del Departamento 5° en 35 unidades menores que tienen forma cuadrada (apenas modificada cuando el límite departamental es el curso de un río). 96 Es el caso de Chubut. 97 Tal vez no sea demasiado osado sugerir que esto de “borrar y dibujar de nuevo” tiene algunas resonancias del caso francés post revolucionario. Probablemente el más célebre antecedente de este tipo de estrategia de re-ordenamiento territorial es la división departamental de Francia (e incluso los arrondisement de París, numerados en forma circular) tras la Revolución Francesa (1789). Ambas operatorias tuvieron la deliberada intención de eliminar cualquier vestigio de organizaciones territoriales del Antiguo Régimen (Rosanvallon, 1992). 98 Los departamentos de la Gobernación de Río Negro son: “Bariloche”, “Nueve de Julio”, “Veinticinco de Mayo”, “Coronel Pringles”, “Avellaneda” y “General Roca”. 99 En un trabajo anterior (Lois, 2002) se ha desarrollado esta hipótesis para el caso chaqueño. 100 En la lámina de Chubut dice: “Ferrocarriles en exploración”, “Caminos”, “Sendas”, “Rutas de exploradores” y “Paraderos indios” (se eliminan “Ferrocarriles proyectados” y “Telégrafos”). La lámina de Tierra del Fuego e Islas Malvinas sólo tiene la escala y no lleva leyenda. 129 lámina de Santa Cruz sólo se indican “Rutas de exploradores” y Paraderos indios”, lo que parece sintetizar crudamente la oposición binaria de civilización y barbarie. Los interiores de cada gobernación aparecen casi desprovistos de topónimos, pero el sombreado que ilustra el relieve montañoso recrea la ilusión de “relleno”, de manera análoga a lo que representa la vegetación en los mapas chaqueños analizados anteriormente. Finalmente, la secuencia cronológica de las láminas parece replicar un proceso de avance territorial hacia el sur: la de Río Negro es de 1886; la de Neuquén, de 1889; la de Chubut, también de 1889; la de Santa Cruz, de 1892; y la de Tierra del Fuego e Islas Malvinas, de 1893101. Estas láminas reinterpretan la Patagonia para integrarla a una Argentina moderna. El diseño de estos mapas sugiere al lector interpretar esos territorios casi ignotos en la misma clave que las históricas provincias argentinas, con lo que termina por elevar el “estatus moral” de esas tierras bárbaras hasta transformarlas en territorios, en piezas de un mismo rompecabezas. Reflexiones finales En las décadas centrales del siglo XIX, cartografías, manuales y descripciones geográficas elaborados por viajeros y profesionales extranjeros proporcionaron –tanto al público local como al europeo- las primeras imágenes de la geografía argentina. Gran parte de esos emprendimientos individuales y colectivos fueron apoyados y sostenidos por los gobiernos nacionales y, en algunos casos, sus responsables fueron contratados e incorporados en diferentes cuadros de la burocracia estatal. Pero hacia fines de siglo, esas cartografías dejaron de ser satisfactorias y, para desautorizarlas, a menudo se recurrió al simplista argumento de que los extranjeros producían mapas “erróneos por no estar comprometidos con la causa nacional”. Los motivos que explicarían la emergencia temprana de afirmaciones de corte nacionalista en temas relacionados con la producción de mapas parecen radicar en una combinación de factores: por un lado, la inexistencia de cartografía oficial y los conflictos diplomáticos centrados en cartografía producida en la Argentina por especialistas extranjeros; por otro, la profesionalización del Ejército y la organización de programas de formación de especialistas locales, que pronto aportaría una cantera de profesionales dispuestos a trabajar articuladamente en un programa cartográfico centralizado. En ese marco, se diseñó un nuevo territorio estatal, en el que se incorporaron los territorios indígenas (conquistados o no): el Chaco, aunque había aparecido tempranamente en los mapas de las Provincias Unidas del Río de la Plata, empieza a ser representado con íconos e inscripciones que no dan cuenta de su situación real sino del futuro que se le prepara; la Patagonia, en cambio, es anexada cartográficamente casi al mismo tiempo que se embiste militarmente contra las comunidades que allí habitaban. 101 En esta línea podemos incorporar la lámina que antecede a las aquí analizadas: la de la Pampa está fechada en 1886. 130 A diferencia del territorio indígena del Chaco (que ya en los primeros mapas de la Confederación formaba parte de la imagen cartográfica que representaba el conjunto del territorio del nuevo estado argentino), la inclusión de la Patagonia requería un cambio de escala del mapa general. Sólo así era posible incluir la parte sur. Pero este cambio de escala no beneficiaba la representación del resto, que eran territorios conocidos y efectivamente organizados bajo el modelo estatal: al incluir la Patagonia, las provincias y las otras gobernaciones disminuían su participación relativa en el mapa general y, por tanto, se perdían detalles. Sin embargo, esa nueva imagen era coherente con la política territorial (aunque probablemente fuera menos operativa desde el punto de vista gráfico) y, por tanto, fue desde entonces la imagen impulsada por los proyectos cartográficos que siguieron. Pese a todos los esfuerzos orientados a producir un mapa general adaptado a los cánones científicos contemporáneos, tras décadas de proyectos (y sus respectivos ajustes), a mediados del siglo XX todavía no se había concluido un mapa topográfico de la República basado en mediciones geodésicas y topográficas de primer orden102. Las “buenas intenciones” de llevar a cabo un proyecto cartográfico en diálogo con los que encaraban los principales estados modernos103, muchas veces se vieron truncadas por coyunturas que se han zanjado no con innovaciones técnicas sino con iniciativas políticas (desde títulos promisorios para los mapas que representaban los territorios ganados a los indios hasta las leyes que fijaron el tipo de imagen cartográfica que se publicará en el país). Los mapas oficiales de la República Argentina (y, en particular, el proyecto de un mapa topográfico a gran escala) han sido, en gran medida, el resultado de un “deseo territorial” antes que el resultado de operaciones geodésicas. En el siglo XIX, los mapas han conquistado y “civilizado” territorios antes que las fuerzas militares los vaciaran de indios. De la misma manera, en el siglo XX (y aun en el siglo XXI), los mapas oficiales expresan renovados deseos territoriales: en virtud de la legislación vigente, los mapas oficiales suman una superficie territorial que representa casi el doble de la superficie que se encuentra bajo dominio efectivo del Estado, porque incluyen territorios, como las islas Malvinas y el sector Antártico, sobre los que el Estado no ejerce soberanía pero cuyo reclamo ante la comunidad internacional sostiene. 102 Los aspectos técnicos y los derroteros políticos de la producción de cartografía topográfica en la primera mitad del siglo XX que no están desarrollados aquí pueden consultarse en una versión diferente de este mismo trabajo publicada en http://www.ub.es/geocrit/sn/sn-218-52.htm. 103 Ese fue uno de los aspectos más destacados, incluso actualmente, por los miembros del IGM: “Es interesante el estudio de este plan a fin de lograr la comprensión de unidad de pensamiento, donde el hecho de que una sola institución, a través de una metodología ordenada científicamente, llevara a cabo el plan de unidad total. Esto se lograría, sin necesidad de recurrir a otras entidades públicas o privadas, que, teniendo objetivos divergentes, atrasarían el resultado final” (IGM, 1979: 56). 131 Referencias 1. Bibliografía ANDERMANN, Jens. Entre la topografía y la iconografía. Mapas y nación, 1880. En: MONTSERRAT, Marcelo (comp). La ciencia en la Argentina entre siglos. Textos, contextos e instituciones. Buenos Aires, Manantial, 2000. CAPEL, Horacio. Geografía y Matemáticas en la España del Siglo XVIII, Barcelona, OikosTau, 1982. CAPEL, Horacio, Joan Eugeni SÁNCHEZ y Omar MONCADA. De Palas a Minerva. La formación científica y la estructura institucional de los ingenieros militares en el siglo XVIII. Barcelona-Madrid, SERBAL/CSIC, 1988. CUTOLO, Jorge. Nuevo diccionario biográfico argentino. Buenos Aires, Editorial Elche, 1968. GOICOECHEA, Hilda. El Instituto Geográfico Argentino Historia e Indice de su Boletín (1879-1911, 1926-1928). Resistencia, Universidad Nacional del Nordeste, 1970. JACOB, Christian. 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En el viejo continente y hasta bien entrado el siglo XIX, este tipo de hallazgo se contextualizaba en la tradición neptunista, es decir que esos estratos y sus fósiles eran entendidos como el residuo de un antiguo océano, en cuyas profundidades se había formado la mayor parte de las rocas de la corteza terrestre y labrado el relieve continental. En este caso, la enorme cantidad de restos fósiles, enteros o desmenuzados en forma de cascajos calcáreos, eran, para esos primeros exploradores, la prueba incontestable de la antigua condición oceánica de nuestro territorio. En este capítulo se reseñará una parte importante de la historia de las investigaciones geológicas sobre Patagonia y la región pampeana: el período que abarca los estudios realizados sobre los terrenos marinos terciarios y cuaternarios. Los depósitos geológicos que se nombrarán a lo largo del texto guardan interés desde un punto de vista histórico, no sólo por haber sido los primeros en ser estudiados “científicamente”, sino porque, a partir de ellos, como se irá viendo, fue articulándose el actual cuadro estratigráfico de la región pampeano-patagónica, proceso que, hacia los últimos años del siglo XIX, estuvo animado por un interés casi obsesivo: el origen y evolución de las faunas mamalianas sudamericanas105. 104 Los autores desean agradecer muy especialmente a la Dra. Ana Parras, y al Lic. Leandro M. Pérez por la valiosa colaboración prestada en este trabajo. 105 Actualmente, se sabe que los niveles marinos del Terciario de Patagonia son varios, y que comprenden un lapso muy amplio de tiempo (hay ingresiones en el Paleoceno, el Eoceno tardío, el Oligoceno-Mioceno medio temprano y el 135 El período que nos interesa abarca prácticamente todo el siglo XIX, desde las primeras observaciones de d’Orbigny y Darwin, entre 1820 y 1835, hasta los significativos aportes de Ameghino, entre 1880 y 1910. Los comienzos del siglo XX presencian una creciente profesionalización de la geología, disciplina que, durante todo el siglo anterior, había sido cultivada por personalidades de la más variada formación: desde naturalistas viajeros –como Darwin y d’Orbigny–, hasta médicos –como Martin de Moussy–, químicos –como Doering–, y paleontólogos-antropólogos –como Ameghino–. A partir de 1907, con el descubrimiento del petróleo en Comodoro Rivadavia, los estudios geológicos sobre el territorio se reorientaron mayormente hacia ese recurso, y de algún modo, el interés paleontológico pasó desde ese momento a un segundo plano, al menos en el ámbito la geología profesional. Alcide d’Orbigny y su Voyage dans L’Amérique Méridionale A Alcide d’Orbigny (1802-1857) debemos el primer informe geo-paleontológico sobre el actual territorio argentino. Enviado por el Museo de París como explorador viajero, su periplo abarcará el noreste argentino (las actuales provincias de Misiones, Corrientes y Entre Ríos), el sur de la de Buenos Aires, y las costas del norte de Patagonia (en la actual provincia de Río Negro). El viaje de d’Orbigny, al igual que el de Charles R. Darwin (1809-1882), se inscribe en lo que Pratt (1997) denominó “la vanguardia capitalista”, para designar a los primeros viajeros europeos llegados a América Latina luego de las revoluciones independentistas finalizadas hacia 1824, con el propósito de explorar nuevas posibilidades económicas. El viaje de d’Orbigny comprendió el período 1826-1834, permanenciendo en el actual territorio argentino entre los años 1827-1829. Sus observaciones y notas de campo fueron publicadas, a su vuelta a Francia, en un tratado general de nueve tomos, su Voyage dans L’Amérique Méridionale, de 1835-1847, dos de los cuales tratan sobre geología y paleontología (d’Orbigny 1842). La etapa argentina del viaje de d’Orbigny fue casi enteramente náutica, valiéndose de las dos principales vías navegables del territorio, la cuenca del Paraná y del Plata, y el litoral Atlántico, hasta las costas del golfo San Matías, en el norte de Patagonia. Con relación a las exploraciones en la región del litoral, existían en tiempos de d’Orbigny sólo dos antecedentes: el del militar aragonés Felix de Azara (1742-1821), y el del botánico francés Aimé Bonpland (1773-1858). Sobre Patagonia, sólo se cita en el Voyage la obra de Robert Fitz Roy Narrative of the Surveying of his Majesty’s ships Adventure and Beagle de 1839 (cuyo tomo 3, Journal and Remarks, 1832-1836, contiene el Mioceno tardío temprano), y entre los cuales se intercalan niveles continentales en un complejo marino-continental de hasta 1200 m de espesor (Del Río 2004). 136 diario de viaje de Charles Darwin) (idem:14). Al momento de iniciar sus respectivos viajes, ni d’Orbigny ni Darwin contaban con el trabajo del otro: las referencias cruzadas fueron sin duda introducidas en el transcurso de la producción de sus respectivos volúmenes, una vez de vuelta en Europa. Desde Buenos Aires, d’Orbigny recorrió el río Paraná a bordo de una goleta hasta Corrientes, región en la que permaneció durante casi un año. Desde allí, llegó hasta las Misiones –que por entonces pertenecían a la provincia de Corrientes– en una frágil piragua, tomando notas de campo y coleccionando numerosas muestras geológicas: describió rocas ígneas formadas, según él, durante los llamados tiempos primordiales (idem:266), mencionadas en los antiguos informes de Bonpland.106 En Corrientes compró una pequeña embarcación con la que navegó río abajo el Paraná y desde donde inspeccionó los estratos geológicos que se le revelaban, sobre todo en los acantilados de la margen izquierda. En toda esta región, d’Orbigny distinguió un terreno prácticamente llano, el cual, pensó, debía esconder una geología igualmente uniforme (idem:28). Observó en este territorio que las barrancas se componían principalmente de una roca rojiza, cuarzosa, friable, ferruginosa, carente de fósiles –a la que dio el nombre de grès ferrugineux (idem:30)–, la cual, en algunos sectores, alcanzaba los seis metros de espesor (idem:33). Esas rocas, precisamente, eran las que se habían empleado en la construcción de varios edificios importantes de la ciudad de Corrientes (idem:31)107. Por encima de la grès ferrugineux, d’Orbigny distinguió una capa de caliza hidratada –su calcaire à fer hydraté–, y luego una capa de arcilla yesosa impermeable –a la que dio el nombre de argile gypseuse grise–: consideró a esta última la responsable de la formación de los extensos pantanos o “esteros” que caracterizan el interior de Corrientes. Observó también que las capas superiores a la grès ferrugineux iban perdiendo importancia hacia el sur de la ciudad de Corrientes (idem:34). Geológicamente, ambas márgenes del Paraná eran muy diferentes, siendo la derecha siempre muy baja, carente de barrancos. Sobre esta última, incluso a varias leguas de la costa, d’Orbigny reconoció sólo depósitos correspondientes a su argile pampéene, un sedimento característico del subsuelo de la llanura rioplatense108, y en ningún lado la piedra rojiza ferruginosa que había registrado en Corrientes. Luego de 106 Sin duda, d’Orbigny estaba observando los basaltos de la Fm. Serra Geral, los cuales forman el lecho de varios ríos del norte y oeste mesopotámico, produciendo una serie de saltos, entre otros las Cataratas del Iguazú. 107 Este horizonte corresponde actualmente a la formación Ituzaingó, la cual, según Herbst (2000), correspondería al Plioceno medio-superior. 108 Actualmente, su argile pampéene no corresponde a una única Formación, sino que adopta diferentes nombres. En la Provincia de Entre Ríos, se conoce como Formación Hernandarias de edad Pleistocena, en la ciudad de Buenos Aires, formaciones Ensenada y Buenos Aires. 137 Bella Vista, la margen izquierda del Paraná continuaba mostrándole sus capas geológicas; la calcaire à fer hydraté estaba allí muy reducida y la argile gypseuse grise era casi inexistente; sólo vio restos de una capa de piedra ferruginosa que supuso equivalente a la grès ferrugineux (idem:35). Unas cinco leguas al norte de Cavallú Cuatiá, en el Arroyo Verde, ya en la Provincia de Entre Ríos, comenzó a observar, en las partes inferiores de la barranca, una capa marina de dos metros (idem:36)109 –su grès tertiaire marin–, con restos fósiles correspondientes a dos géneros de moluscos marinos: Ostrea y Venus, además de abundante madera fósil (idem:36)110. Por encima de este estrato, el explorador francés distinguió otra capa de roca, de donde extrajo, en la localidad de Feliciano –al norte de Bajada del Paraná y al sur de Cavallu Cuatiá (idem:113)–, el húmero de un gran mamífero ungulado, al que más tarde denominará, junto con Charles L. Laurillard (1783-1853), Toxodon paranensis (idem:36)111, uno de los primeros mamíferos terciarios hallados en territorio argentino. El hueso hallado era prácticamente idéntico al de Toxodon platensis112 recogido por Darwin en cercanías del arroyo Sarandí, en Uruguay, y en proximidades de la actual ciudad de Bahía Blanca, descripto por Richard Owen (1804-1892), aunque proveniente de un nivel inferior. Al igual que el explorador inglés, el francés creyó que estaba frente a una forma “intermedia” entre roedores y paquidermos. La roca de donde extrajo el hueso del Toxodon se continuaba por tramos en una caliza que pasaba a una arcilla en sus partes superiores. D’Orbigny supuso que el conjunto de los estratos que se exponían entre Cavallu Cuatiá y el arroyo Las Conchitas, localidad próxima a la Bajada, se disponían sobre los de Bella Vista y Corrientes (idem:37)113. Al sur del río Las Conchitas identificó una capa de piedra cuarzosa con muchos restos de peces, restos de moluscos marinos y madera petrificada. En esa capa –a la que denominó grès ostreén (idem:38)– d’Orbigny registró una serie de moluscos: Pecten 109 Según d’Orbigny, los términos superiores de este nuevo depósito no se corresponderían con los estratos expuestos en Corrientes. Como veremos, el francés pensaba que el tertiaire patagonien se sobreponía al tertiaire guaranien, por lo tanto, en la Bajada del Paraná –actual ciudad de Paraná, Entre Ríos–, este último debería encontrarse en el subsuelo. 110 Estos restos fósiles, los primeros que d’Orbigny registra en territorio argentino, seguramente corresponden a la Formación Paraná, de edad Mioceno Medio. En la provincia de Buenos Aires, esta misma unidad se encuentra en subsuelo. 111 Restos que seguramente provienen de lo que actualmente se conoce como “conglomerado osífero”, la parte inferior de la Formación Ituzaingó (Cione et al. 2000). 112 Los nombres de las especies fósiles han sido mantenidos en su versión original. Como irá viéndose a lo largo del trabajo, varios de ellos son escritos de un modo ligeramente diferente, de acuerdo con los distintos autores. 113 Como hoy se sabe, los depósitos fosilíferos de Entre Ríos (Formación Paraná) son, en realidad, inferiores con relación a los de Corrientes (Formación Ituzaingó). 138 paranensis, Pecten Darwinianus, Ostrea patagonica y Ostrea Alvarezii. Eran sólo unas pocas especies, pero representadas por un gran número de ejemplares. Por encima del grès ostreén se disponía otra capa, la calcaire arénifère, con muchos fósiles, sobre todo en su banco inferior; había allí restos de Ostrea Alvarezii, Venus Munsterii, Arca Bonplandiana, y Cardium platense.114 Sobrepuesta a la “caliza arenífera”, d’Orbigny encontró una gruesa capa de piedra cuarzosa friable, su grès quartzeux, de tres a cuatro metros de espesor, desprovista de fósiles. Por encima de todo, finalizando la secuencia, halló una capa arcillosa calcárea rojiza (ausente en Corrientes) que, a partir de su contenido fósil, reconoció como la argile pampéene. A las diez o doce leguas al sur de Bajada, debido a la desaparición de los acantilados (idem:38), d’Orbigny debió manejarse con información geológica del subsuelo, obtenida, sobre todo en el ámbito bonaerense, de perforaciones. Basado en lo observado en Corrientes y Entre Ríos, el explorador francés dividió el sistema Terciario en tres: 1, tertiaire guaranien (Terciario guaraní), inferior, sin restos fósiles (los estratos que observó en Corrientes, grès ferrugineux, calcaire à fer hydratè, y argile gypseuse grise, pertenecen a este sistema) (idem:39); 2, tertiaire patagonien (Terciario patagónico, integrado por sus pisos grès ostréen y calcaire arénifère, llamado de ese modo por ser el único de los tres sub-sistemas que, como veremos, registró en el norte patagónico), con una alternancia de capas marinas y capas conteniendo osamentas de mamíferos y madera; y 3, la argile pampéene. En la zona sur de Santa Fe, el propio d’Orbigny había encontrado, en este último estrato, restos de Megatherium, Canis, Ctenomys bonariensis, y Kerodon antiquum (idem:42)115. La relación entre esos tres sub-sistemas podía observarse claramente, según d’Orbigny, en diferentes puntos de la América Meridional. En la zona de Chiquitos – actual Bolivia–, el tertiaire guaranien se apoyaba sobre rocas gnéisicas, mientras que en la zona de Misiones lo hacía sobre rocas de origen ígneo (idem:69). En Bajada y en otros puntos aledaños, la argile pampéene se apoyaba directamente sobre el tertiaire patagonien (idem:42 y 70), mientras que este último lo hacía sobre el tertiaire guaranien (idem:71). Como se ha visto, la argile se extendía sobre toda la llanura chaco-pampeana, lo que llevó a pensar a d’Orbigny que el levantamiento de Corrientes y Entre Ríos –que le era evidente, a partir de la gran altura de los barrancos de la margen izquierda del Paraná, y del hecho de que, en esos acantilados, toda la secuencia se encontraba levantada con relación a la margen derecha– se había producido luego de la acumulación de los depósitos marinos del tertiaire patagonien y 114 Actualmente, la calcaire arénifère es una facies de la Formación Paraná (Aceñolaza 2000). 115 Como se ha visto, d’Orbigny suponía que los niveles que se encontraban expuestos en Corrientes eran más antiguos que los que se presentaban en Bajada: en realidad, hoy se sabe que es a la inversa: la Formación Ituzaingo (expuesta en Corrientes) es estratigráficamente más alta que la Formación Paraná (en Entre Ríos). 139 antes de la formación de la argile pampéene, a través de una falla por la que corría el río Paraná. No le preocupó mayormente que, en Entre Rios, el depósito de la argile pampéene se encontrara a mayor altura que en Santa Fe y Chaco (idem:figura 4): se verá más adelante cómo d’Orbigny explicó el modo en que esto pudo producirse. Hacia el Sur, dejando la provincia de Entre Ríos, ya en Buenos Aires y a la altura de San Pedro, d’Orbigny encontró, a unos treinta metros por encima del nivel del río, pequeñas acumulaciones de una importante almeja, la Azara labiata116, que en nuestros días habita en el Río de la Plata, en cercanías de Buenos Aires. Estos bancos conchíferos, algunos de los cuales llegaban a los tres metros de espesor (idem:44), se apoyaban invariablemente sobre la argile pampéene, la cual, en Buenos Aires, según los datos obtenidos de un pozo realizado en la década de 1820, alcanzaría los treinta metros de espesor (idem:51)117. A diferencia de Darwin, d’Orbigny no pudo internarse en territorio bonaerense debido a las difíciles circunstancias políticas de la provincia posteriores a la caída de Rivadavia (idem:48). El inglés, en cambio, contaría con un salvoconducto de Juan Manuel de Rosas, y recorrería por tierra el territorio comprendido entre el río Negro y Bahía Blanca. En este sentido, mucho de lo que d’Orbigny conoció de la geología de la Provincia de Buenos Aires –y, como veremos, de las costas patagónicas– fue en base a observaciones incluidas en el Journal and Remarks de Darwin. También fue sumamente útil la ayuda prestada por Narcise Parchappe, un ingeniero y agrimensor francés que había participado como ingeniero militar en la fundación de Cruz de Guerra y de la fortaleza Protectora Argentina, actual ciudad de Bahía Blanca. Parchappe, quien había hecho amistad con d’Orbigny en Corrientes, suministró al naturalista información sobre el interior de la Provincia, desde el Salado hasta Bahía Blanca. Fue también Parchappe quien le informó de la existencia de dunas de hasta treinta metros de altura al sur del río Salado, cuyo origen era, para d’Orbigny, explicable en los mismos términos que en el caso los bancos de almejas observados en San Pedro: el avance del mar sobre el interior del territorio. Parchappe también dio datos sobre la composición del subsuelo del sur bonaerense, obtenidos de perforaciones efectuadas en Bahía Blanca. D’Orbigny comprendió que la argile pampéene se continuaba en el sur de la Provincia; en rigor, no el mismo depósito que se presentaba en el resto de la llanura, sino uno equivalente. D’Orbigny creía que, hacia el sur de la Provincia de Buenos Aires, la argile pampéene (o el depósito equivalente) se apoyaba sobre rocas más antiguas. Los sistemas 116 En la actualidad, A. labiata es un sinónimo junior de Erodona mactroides, un corbúlido de las costas del Rio de la Plata (Scarabino 2003). 117 Hoy se sabe que existen varios depósitos marinos en el post-pampeano de Buenos Aires. En los alrededores de San Pedro, aflora la Formación Querandí (resto de un antiguo “mar Querandinense”), de unos 13.000 a 6.000 años. 140 graníticos de Tandil y la Sierra de la Tinta eran, para él, peñones en un extenso “mar” de arcilla pampeana. Relacionó el sistema rocoso de Tandil con el de Montevideo y, a partir de informaciones verbales de Parchappe sobre la composición litológica de la Sierra de la Tinta, sospechó que ésta última podía corresponder a un sistema más joven aún. Era posible que se tratara de rocas cretácicas, como las que existían en Tierra del Fuego y, tal vez, en los Andes mendocinos (idem:47). La información sobre la sierra de la Ventana que d’Orbigny no pudo obtener de Parchappe, la tomó del Journal and Remarks de Darwin, como dijimos, a su regreso a Francia. Darwin, según parece, opinaba que el sistema de la Ventana se había elevado con simultaneidad a la depositación de la argile. D’Orbigny se oponía a esta idea: para el francés, como se vio, la argile se habría depositado, en el sur bonaerense, en las áreas bajas comprendidas entre elevaciones preexistentes que sobresalían como islotes rocosos. Otras fuentes de información de d’Orbigny fueron el piloto navarro Pablo Zizur (1743-?) y el explorador chileno Luis de la Cruz (1768-1828), dos funcionarios coloniales que se habían internado en la Pampa décadas antes y cuyos diarios se habían publicado en Buenos Aires. Entre otras cosas, los informes de estos personajes contenían datos sobre la extensión geográfica de la argile pampéene y los terrenos terciarios. Específicamente, Zizur118 dio información sobre el posible límite sudoeste de esos depósitos (hasta la laguna Las Salinas, a los 37º grados 12 minutos de latitud meridional, y los 66º grados de longitud occidental de París, en la zona de las lagunas existentes actualmente en el oeste de la Provincia de Buenos Aires y este de La Pampa), mientras que De la Cruz hizo lo propio con el límite noroeste (los ríos Quinto y Segundo); d’Orbigny complementará estos datos con los aportados por los aborígenes. De especial interés eran para d’Orbigny los restos de grandes mamíferos hallados por Darwin en la zona de Punta Alta, en los alrededores de Bahía Blanca, como megaterios y toxodontes. Darwin había interpretado, en su Journal and Remarks, que esos especimenes, así como los restos marinos asociados –todos pertenecientes a especies actuales– se encontraban in situ. Además, el inglés pensaba que era perfectamente posible que todos esos animales vivieran en una misma época, lo que además era coherente con la idea de Charles Lyell que, en general, las especies de mamíferos tenían una existencia más breve que las de invertebrados119. Para Darwin, 118 La misión de Zizur era registrar las lagunas y las salinas de la llanura bonaerense (v. De Angelis 1972, VIII-A:431479). 119 Darwin (1935:114) cita la “Ley de Lyell”: “(the) (l)ongevity of the species in the mammalia, is upon the whole inferior to that of the testacea”. En los Principles of Geology de Lyell (1830-1833, III c.5, p. 49) se indica lo siguiente: “we even find the skeleton of extinct quadrupeds in deposites wherein all the land and fresh-water shells are of recen 141 los moluscos actuales ya existían antes de la desaparición de esos mamíferos; d’Orbigny opinaba, en cambio, que, o bien los restos de los moluscos colectados por Darwin en Bahía Blanca habían sido mal identificados y pertenecían a especies diferentes de las actuales, o los mamíferos y moluscos pertenecían a tiempos distintos. Al final, terminó inclinándose hacia esta última posibilidad (idem:49): los esqueletos habrían llegado flotando y se habrían depositado en arcillas –la argile pampéene–; luego de la compactación, el mar lo cubrió todo, destapando ligeramente los restos, de manera que los antiguos esqueletos se vieron cubiertos de serpulas y de moluscos pertenecientes a especies actuales. Como se ve, d’Orbigny no pensaba que los restos de mamíferos estuvieran redepositados, sino que creía que había habido un descubrimiento parcial y un posterior recubrimiento. En el capítulo V del Voyage, d’Orbigny se ocupa de la geología de la Patagonia septentrional (idem:53). Los ocho meses que permaneció en Carmen de Patagones con el propósito específico de estudiar a los “patagones” (Navarro Floria 2005) le permitieron adquirir un conocimiento bastante preciso del territorio, al menos hasta los 42º de Latitud Sur. También remontó el curso inferior del río Negro. Como se mencionó, D’Orbigny reconoció en Patagonia sólo su tertiaire patagonien (no el tertiaire guaranien). Éste se extendía desde los 40º de latitud hasta el estrecho de Magallanes; al Norte, hacía su aparición por debajo de la argile pampéene (d’Orbigny 1842:64). En la bahía San Blas, a unos 70 km al noreste de la desembocadura del río Negro, d’Orbigny registró una gruesa capa de grava y piedras circulares que los lugareños llamaban chinas120. Generalmente, estas piedras no aparecían sólo en los acantilados de las costas, sino también cubriendo grandes superficies. D’Orbigny suponía que las chinas provenían de los Andes, y que su depósito era posterior al tertiaire patagonien. En el riacho del Inglés (ubicado al fondo de la bahía de San Blas), encontró un banco de moluscos in situ, con muy pocas indicaciones de transporte, coincidente con los de San Pedro y Montevideo; se trataba de especies vivientes, muy similares a las que actualmente poblaban el ámbito de la bahía (Volutella angulata, Scalaria elegans, Natica limbata, Olivancyllaria brasiliensis, O. auricularia, Voluta brasiliana, V. tuberculata, Buccinanops cochlidium, B. globulosum, Nucula lanceolata, N. puelcha, Lucina patagonica, Lutraria plicatula y Cyprina patagonica)121. Descartó la acción de las mareas como species”. En el caso de Punta Alta, la asociación no es exactamente la ejemplificada por Lyell, sino que los moluscos son, en este caso, marinos. 120 Actualmente, acumulaciones de rodados, gravas y arenas, genéricamente conocidas como “Rodados Patagónicos” o “Rodados Tehuelches”. 121 Estos restos posiblemente corresponden al “mar Querandinense”. 142 agente de transporte, y sospechó que las conchas habían llegado hasta allí debido a un levantamiento general del terreno. Al describir las barrancas ubicadas al norte de la desembocadura del río Negro, d’Orbigny obtuvo un panorama bastante preciso de la geología de la región. Por encima de una capa margosa –su calcaire dendritique–, describió una capa a la que dio el nombre de grès à ossements, provista de algunos restos de mamíferos. Superpuesta encontró una capa, su grès à Unio, con restos de invertebrados dulceacuícolas – pertenecientes a los géneros Chilina y Unio– y de peces de agua dulce. Por encima se disponía otra capa, la grès azuré, luego una arcilla calcárea, y nuevamente la grès azuré; esos acantilados mostraban una continuidad estratigráfica con los de la margen izquierda del río Negro.122 Hacia el Sur, luego de la desembocadura del río Negro y ya en el Golfo de San Matías, observó dunas por espacio de media legua y luego, nuevamente, los acantilados, de más de 75 metros de altura (idem:56). En la base del barranco, desde allí y hasta la Ensenada de Ros123, distinguió una capa ausente en las barrancas del Norte a la que denominó grès marin, con restos de dos especies de moluscos no registradas en Bajada: Ostrea Ferrarisi y Pecten patagoniensis. Por encima se disponía la calcaire dendritique descripta para la base de las barrancas del Norte, por lo que supuso que la grès marin estaba en el subsuelo en las barrancas del Norte. Como puede verse en la figura 5 de Voyage, las capas más basales de las barrancas del Sur, no están representadas en las barrancas del Norte.124 Por sobre la grès azuré, en lo alto de la barranca, d’Orbigny encontró una capa con numerosos restos de Ostrea patagonica, una especie que ya había registrado en su grès ostreén del Río las Conchitas, en Bajada. A esta capa –la capa 5 (idem:72) de su tertiaire patagonien125– la denominó calcaire ostréen. Al igual que la grès marin, la calcaire ostréen no estaba representada en las barrancas del Norte. En las barrancas del Sur, esta capa de ostras se presentaba en realidad como intercalaciones de la grès azuré (idem:57 122 Todos estos niveles forman parte actualmente de la misma unidad: la Formación Río Negro. 123 Actualmente, bahía Rosas (provincia de Río Negro), a unos 45 km al oeste del balneario El Cóndor, en la boca del río Negro. 124 Comienza a observarse, en las barrancas del Golfo San Matías, al sur de la desembocadura del río Negro, el Miembro medio de la Formación Río Negro, correspondiente a una ingresión marina de poca extensión, con fauna entrerriense, algo posterior a la que produjo la Formación Barranca Final. Hacia el Oeste, más cerca de San Antonio, se encuentra la localidad típica de Barranca Final (d’Orbigny no llegó hasta allí). En ese punto, los niveles marinos del Entrerriense correspondientes a la Formación Barranca Final están claramente por debajo de la Formación Río Negro (el grès azuré de d’Orbigny) (Farinati y Zavala 2005). 125 Los niveles del calcaire ostreén -y posiblemente los del grès marin basal- que se intercalan en el grès azuré, corresponden al miembro medio de la Formación Río Negro, de acuerdo con Farinati y Zavala (2005). Se Equivaldrían, además, a las Facies “Balneario la Lobería” de Angulo y Casamiquela (1982). 143 y fig. 5). De estos niveles, d’Orbigny reportó los siguientes fósiles: Ostrea patagonica, O. Alvarezii, O. Ferrarisi, Venus Munsterii, Arca Bonplandiana, Cardium platense, Pecten Paranensis, Pecten Darwinianus. Eran, en total, las nueve especies que caracterizaban el tertiaire patagonien: una registrada en el grès marin (Pecten patagoniensis) y estas ocho últimas en la capa 5. La barranca del Sur, en definitiva, se presentaba en conjunto más completa, y paleontológicamente más rica que la del Norte. El hallazgo de las especies Ostrea Alvarezii, Venus Munsterii, y Arca Bonplandiana lo convenció de la contemporaneidad de los bancos patagónicos y entrerrianos. Al oeste de la Ensenada de Ros y hasta la Ensenada del Agua de los Loros126, siempre en las barrancas del Sur, los acantilados se hacían realmente imponentes, alcanzando los 110 metros de altura (idem:fig.5). D’Orbigny cubrió a pie el trayecto entre ambas ensenadas, aprovechando la oportunidad que le brindaban las horas de bajamar. Curiosamente, no halló aquí su grès marin inferior y sí en cambio su grès a ossements (ibidem, banco d), de la cual recogió una gran cantidad de huesos. Es precisamente de este banco que extrajo la tibia y rótula del roedor Megamys patagoniensis, identificado por Laurillard. La calcaire ostréen sí se hallaba presente entre ambas ensenadas, intercalada en la grès azuré pero dividida en tres capas. La capa del medio, de dos metros de espesor, poseía restos de Ostrea patagonica en su posición natural. Remontando el río Negro, observó en las barrancas del Norte una continuidad geológica con el litoral atlántico. La grés marin aparecía en el Carmen, a diez leguas de la desembocadura de ese importante río patagónico. Se presentaban allí algunos fósiles correspondientes a Ostrea Ferrarisi, pero no en su posición natural (idem:60). Sin duda, la capa mejor representada en las barrancas del río Negro era la grès azuré. Sobre esta roca se hallaba construido el mismo pueblo del Carmen, e incluso las murallas del fuerte local habían sido levantadas con bloques de roca extraídas de esa capa (idem:61). Contrariamente, no encontró en las barrancas del río Negro la grès à ossements y la grès à unio. Basándose en los informes de Villarino de 1782, d’Orbigny pensó que los acantilados del río Negro tendrían esa misma constitución hasta, al menos, “Choleechel” (idem:64). En cuanto a la conformación geomorfológica del territorio, d’Orbigny se interesó por las depresiones y las salinas que éstas contenían. Supuso, como veremos más adelante, que habían sido excavadas sobre el tertiaire patagonien (idem:65), y que eran el resultado del escurrimiento violento de aguas revueltas provenientes del Oeste (idem:63). 126 Actualmente, la Ensenada de los Loros, entre la caleta de los Loros y Punta Mejillones (costa del Golfo de San Matías, Provincia de Río Negro). 144 A partir de la información recabada en América del Sur, d’Orbigny compuso una historia geológica del continente, no muy diferente de otras enmarcadas en la antigua tradición neptunista. El mismo d’Orbigny había sido formado intelectualmente en el neptunismo, y sus observaciones fueron hechas desde esa perspectiva. Un argumento central del credo neptunista –como ya hemos señalado– era la existencia de un extenso mar primordial. En América del Sur, pensaba d’Orbigny, los sistemas de Chiquitos, Banda Oriental y la Pampa –que comprendía los sitemas gnéisicos y graníticos de Ventana y Tandil– habían sido los primeros puntos emergidos de las aguas de ese antiguo océano primitivo (idem:75). Antes del Terciario, d’Orbigny imaginaba a América Meridional atravesando un largo período caracterizado por una sucesión de convulsiones, de ahí la escasa representación de los depósitos jurásicos y, en menor medida, cretácicos. Elie de Beaumont (1798-1874), autor del mapa geológico de Francia, había informado la existencia de depósitos cretácicos en la cordillera chilena, Christian Leopold von Buch (1774-1853)127 y Jean-Baptiste Boussingault (1802-1887), en Colombia, Guilloux en el extremo del continente, en el estrecho de Magallanes. Posiblemente haya que agregar a esta lista las rocas de la Sierra de la Tinta, en Buenos Aires, y los existentes en algunos puntos de Mendoza, observados por Darwin. Más tarde, la depositación de los sedimentos terciarios del mar guaranien niveló ese relieve. Este periodo representaba para d’Orbigny un tiempo de transición –su “Quinto tiempo” (idem:271)–, durante el cual las aguas se habían aquietado. A esta época le habría sucedido un período de mayor tranquilidad, durante el cual los mares se poblaron de moluscos (idem:77), bien representados ya en su tertiaire patagonien o “Sexto tiempo” (idem:272). Por supuesto, no todo estaba cubierto por mar durante el Terciario: prueba de ello son los troncos fósiles y los restos del Toxodon paranensis descubiertos en Feliciano, al norte de Entre Ríos, los delicados huesos del Megamys y los moluscos de agua dulce hallados en Patagonia, los cuales certificaban la existencia cercana de tierras emergidas. D’Orbigny analizó la composición de los terrenos terciarios de Mesopotamia y Patagonia, y llegó a la conclusión que ambos se habían formado gracias al aporte de materiales de continentes distintos (idem:78). Para demostrar el modo en que esos materiales se habrían movilizado desde esos antiguos continentes hasta Mesopotamia y Patagonia respectivamente, debió imaginar el sentido de las paleocorrientes de la época. El enfriamiento y el posterior ahuecamiento de la corteza ya consolidada, sumados a la presión de la materia desplazada, habrían dado origen a las cordilleras (idem:81). Este proceso, a su vez, habría ocasionado grandes perturbaciones en la 127 Geólogo alemán, uno de los primeros en definir el sistema jurásico europeo. 145 superficie; especialmente, importantes desplazamientos de las aguas del mar. Las aguas perturbadas como resultado del levantamiento de las cordilleras arrasaron con las faunas continentales, y movilizaron materiales y restos por todo el interior del contiente, incluso hasta el interior de las cavernas de Brasil (idem:251). Estas convulsiones violentas produjeron el depósito de la argile pampéene. Precisamente, el hecho de que la argile se localizara a distintas alturas en diferentes puntos del contiente, era uno de los principales argumentos de d’Orbigny contrarios a la hipótesis de Darwin sobre el origen estuárico de los depósitos pampeanos (idem:255). El súbito escurrimiento de las aguas agitadas produjo, además, las depresiones características de la Patagonia y los lagos salados. La comprobación de que las agitaciones marinas producidas por el levantamiento de la cordillera y el depósito de la argile fueron sucesos relacionados, la encontró d’Orbigny en el hecho de que, en Patagonia, las acumulaciones de chinas se disponían invariablemente sobre el tertiaire patagonien, en una posición estratigráfica equivalente a la de la argile, aunque en una geografía distinta (idem:83). La hecatombe habría afectado extensas áreas del continente con distintas historias geológicas previas (de hecho, la argile se apoyaba sobre depósitos silúricos, devonianos, carboníferos, triásicos en la meseta boliviana, en Moxos sobre el tertiaire guaranien), y sobre el Tertiarire patagonien (marino) en la Pampa (idem:253). Luego de esta debacle geológica, la “creación” actual vino a sustituir a la extinguida (idem:86). En el Terciario, durante la formación de la argile, el clima era más cálido que el actual (idem:81). Esto d’Orbigny lo pensó en función del mayor tamaño de los mamíferos enterrados en la argile con relación al de las especies actuales, argumentando que en la actualidad, por ejemplo, los tatus de los trópicos son mayores que los que habitan las zonas más templadas (idem:85). La otra posibilidad era suponer que esos restos de gran tamaño fueron transportados desde otras regiones, algo que en definitiva le pareció improbable (idem:254). La convulsión que provocó el depósito de la argile no había sido la primera; para los depósitos del Tertiaire guaranien propuso un origen similar (idem:245); no eran sedimentos marinos típicos, sino acumulaciones que resultaron de la masa de agua de mar desplazada, algo así como un gran y súbito oleaje o marejada a escala contiental (idem:246). En el caso de los depósitos correspondientes al Tertiaire guaranien, se trataba de convulsiones ocurridas luego de formarse el relieve de la cordillera; en el de la argile, aquellas sucedidas durante la fase principal del levantamiento de los Andes. Éstas tampoco fueron las últimas convulsiones aunque sí posiblemente las más violentas: luego –durante su “Séptimo tiempo” (idem:274)– se produjeron otros movimientos más leves, que ocasionaron ligeros cambios. Estos últimos movimientos causaron los depósitos de conchillas sobre el suelo pampeano (idem:86), y la formación 146 de los médanos del interior de la llanura informados por Parchappe; los mismos estarían vinculados al vulcanismo andino, no al levantamiento de la cordillera. En efecto, de acuerdo con d’Orbigny, las erupciones de los Andes habrían producido, en épocas recientes, un balanceo de las aguas, similar al acontecido durante los tiempos terciarios, el cual implicó que los extensos aluviones inundaran los llanos (idem:261). A los terrenos depositados durante el tiempo actual, luego de la formación de la argile, d’Orbigny los llamó “terrenos diluvianos” (idem:257), a diferencia de Burmeister, quien, como veremos, reservó el término diluvium para los sedimentos del Pampeano. Los terenos diluvianos podían ser marinos –como los depósitos de conchillas de San Pedro, Montevideo y San Blas– o terrestres. En cuanto a los primeros –los terrenos diluvianos marinos–, d’Orbigny remarcó el hecho de que en muchos puntos esos moluscos permanecían articulados y en posición vertical, lo que le hizo pensar en un levantamiento súbito del continente –de otro modo, las olas los habrían roto– (idem:260). Los terrenos diluvianos terrestres, además, contenían restos arqueológicos, lo que confirmaba que eran posteriores a la creación del hombre. Los movimientos que causaron los depósitos diluvianos coincidían con la tradición histórica del diluvio (idem:261). El diluvium, al igual que la argile, habría alcanzado el interior de las cuevas de Brasil, y ese hecho explicaría la asociación (artificial) de restos humanos y fauna extinguida (idem:262). D’Orbigny mencionó las obras coloniales de Garcilaso, García, Solórzano, Acosta y Herrera, como apoyo de la antigua tradición peruana del diluvio (idem:262), aunque significativamente se cuidó de mencionar la Biblia y otras tradiciones análogas del viejo mundo. Charles Darwin: una Patagonia sin sobresaltos Luego de graduarse en Cambridge en 1831, Charles R. Darwin (1809-1881) se embarcó como naturalista ad honorem, a los 22 años, en el HMS Beagle, gracias a las recomendaciones de John Stevens Henslow, un naturalista que había conocido en Cambridge, para emprender una expedición científica alrededor del mundo que abarcaría los años 1831 a 1836. Los resultados del viaje de Darwin fueron publicados en varias obras. Entre 1838 y 1843 fue publicado The Zoology of the Voyage of H.M.S. Beagle; Darwin contribuyó con una introducción geológica a la primera parte de esta obra (The Fossil Mammalia, a cargo de Richard Owen), y con una introducción geográfica a la segunda parte (The Mammalia, a cargo de George Robert Waterhouse). También agregó datos sueltos a prácticamente la totalidad de los volúmenes, incluyendo los de Peces (escrito por Leonard Jenyns), Reptiles (por Thomas Bell) y Aves (por John Gould). 147 El año de publicación del libro Journal of Researches into the Geology and Natural History of the Various Countries Visited by H.M.S. Beagle (un nombre alternativo a la obra Journal and Remarks) es, como dijimos, 1839. Sin embargo, las principales conclusiones geológicas del viaje de Darwin están en sus Geological Observations on South America, de diciembre de 1846, que citaremos aquí. Durante los años en que permaneció en nuestro país, Darwin exploró el territorio del Plata, la costa patagónica más extensamente que d’Orbigny128, y la Mesopotamia sólo en las inmediaciones de la Bajada del Paraná. En sus Geological Observations, Darwin menciona la existencia de antiguos bancos de moluscos en el estuario del Plata, cerca de Maldonado, Montevideo y Colonia de Sacramento. Además de Azara labiata, registró otras especies actuales: Mytilus eduliformis, Paludestrina Isabellei, Solen Caribaeus. Woodbine Parish, representante británico en Buenos Aires entre 1824 y 1832 (Schávelzon y Arenas 1992), le había comunicado la existencia de restos de Azara labiata en el camino de Buenos Aires a San Isidro. El propio Parish le había acercado algunos restos encontrados en superficie a más de una legua del río de la Plata, en los alrededores de Ensenada, una serie de restos identificados por Darwin como Ostrea pulchella, Venus flexuosa y Mactra Isabellei. También le había hablado de la existencia de restos de Azara labiata embebidos en una masa estratificada de roca, en un punto distante dos o tres millas al norte del Plata. Éste último era, evidentemente, un depósito similar al que había observado d’Orbigny en San Pedro.129 Todas estas evidencias hicieron pensar a Darwin que la zona del Plata se había elevado y el mar retirado130, aunque no mucho, de modo que la línea de costa apenas se habría modificado desde los tiempos en que se depositaron esos restos. En este sentido, la opinión de Darwin era contraria a la de d’Orbigny, quien, basado en las observaciones de Parchappe, había supuesto que el mar había penetrado hasta el interior de la Provincia de Buenos Aires, produciendo las dunas que existían en ese punto del territorio. Darwin informó, además, que las upraised shells (conchillas elevadas) estaban en toda la costa atlántica, desde los 33º 40’ hasta los 53º 20’, a lo largo de unos 1180 millas, mientras que d’Orbigny las había registrado sólo en el riacho del Inglés. En sus 128 Darwin hizo breves desembarcos en Río Negro y San José, como consta en sus Geological Observations. En el caso de Golfo Nuevo, Darwin menciona en el capítulo V, las notas y los materiales aportados por el subteniente Stokes. Estos puntos no figuran en su Diario de un Naturalista, otro de los nombres con el que fue publicado el Journal of Researches. 129 Probablemente correspondiente al “mar Querandinense”, del Holoceno. 130 En realidad, como hoy se sabe, la costa retrocedió efectivamente como resultado de un descenso del nivel del mar durante un período glacial, no por una elevación del terreno. En la época de Darwin era impensable un aumento o una disminución del volumen de las aguas oceánicas. 148 Geological Observations, Darwin da mucho valor a la altura sobre el nivel del mar a la que se encuentran esos restos, desde unos pocos pies en la región del Plata, hasta 400 en la Patagonia austral. Pensaba, como d’Orbigny, que el mar había cubierto la totalidad de la Patagonia desde el Terciario; calculó el ancho de la superficie inundada en 360 millas, aunque a la altura de Maldonado habría alcanzado las 760 millas. En cierto momento, antes de su definitiva elevación, todo el ancho de la Patagonia habría estado cubierto por el mar. Darwin registró en los alrededores de Bahía Blanca, zona que d’Orbigny sólo pudo conocer por el informe de Parchappe, moluscos actuales asociados con cuadrúpedos extinguidos, y no dudó en pensar que esa asociación era natural, no secundaria. Como se ha visto, D’Orbigny negaba la posibilidad de que especies hoy extinguidas coexistieran con especies actuales. Como Darwin lo explica en sus Geological Observations, en Punta Alta, más precisamente, en las capas de grava (beds A y C), se registraban más de 20 especies de organismos marinos actuales asociados a mamíferos extinguidos: Olivina puelchana, corales y diversas especies de cirripedios (Darwin 1846: capítulo IV). Cuatro o cinco de esas especies eran comunes con las upraised shells de las llanuras rioplatenses. Al igual que d’Orbigny en la zona del riacho del Inglés, Darwin no encontró en Punta Alta restos de Azara labiata, el cual es, como hoy se sabe, un molusco típicamente estuarial. En su capa B (clayed mud) Darwin no encontró fósiles marinos con excepción de unos pocos fragmentos, y sí restos de un dasypodeo de gran tamaño; litológicamente, esta capa era la más parecida al verdadero Pampean mud –término inglés correspondiente a la argile pampéene de d’Orbigny– de todas las que reconoció en Punta Alta. Entre los mamíferos hallados en las capas de grava de Punta Alta (beds A y C) se encontraban los fósiles más célebres recolectados durante su viaje: Megatherium Cuvierii, Megalonyx Jeffersonii, Mylodon Darwinii, Scelidotherium leptocephalum, Toxodon Platensis, y Equus curvidens. Los huesos de estas especies en su mayoría presentaban adherida una serie de microorganismos, entre ellos, según le informaron, se encontraban varios infusorios Phytolitharia, de un origen claramente continental. Darwin aquí no tuvo problemas en admitir que los mismos, los que se observaban en los huesos de la capa C, provenían de la denudación del Pampean mud, es decir de su capa B. Pero varios de los huesos tenían también adheridos serpulas y cirripedios fósiles, de un origen claramente marino. A estos Darwin los interpretó como el resultado de una temprana exposición, antes de su total recubrimiento de grava. Por lo tanto, para Darwin, la diferencia temporal entre los mamíferos y los cirripedios y serpulas era despreciable. En esto hay una clara diferencia con d’Orbigny: el francés pensaba, como se vio, que los restos de mamíferos y los fósiles marinos de especies actuales que Darwin menciona en su Narrative 149 (Darwin 1935:113-114), correspondían a tiempos diferentes. Para Darwin, en cambio, eran de una misma antigüedad y estaban in situ. En Puerto San Julián, actual provincia de Santa Cruz, los restos de Macrauchenia correspondían según Darwin a un momento geológico en el que ya vivían al menos ocho especies de moluscos actuales. Aquí, sin embargo, los restos de mamíferos y moluscos no se hallaban asociados en las mismas capas, y la contemporaneidad debió ser, en este caso, inferida131. Según Darwin, d’Orbigny había afirmado que los restos de mamíferos extinguidos hallados en la zona de Punta Alta habían sido arrancados de estratos más profundos, posiblemente del estrato B de la secuencia, el cual, según Darwin, recordaba al verdadero Pampean mud. En realidad, lo que d’Orbigny creía era que los fósiles de su argile habían sido parcialmente expuestos, de manera que las serpulas y cirripedios se habrían adherido a ellos. Como vemos, d’Orbigny y Darwin no pensaban muy diferente, salvo por un –importante– asunto de tiempos: el primero consideraba una exposición tardía de los restos de los mamíferos, y el inglés una exposición temprana. El esqueleto de Scelidotherium que supuestamente provenía de la capa C, perfectamente conservado, no presentaba restos del Pampean mud (su capa B); por esta razón, Darwin entendió que los mamíferos extinguidos y los moluscos actuales habían sido sepultados simultáneamente, con posterioridad al depósito del “barro pampeano”. El que moluscos actuales y mamíferos extinguidos de hecho coexistieran, le permitió a Darwin suponer que las upraised shells habían sido depositadas en los “tiempos pampeanos”, es decir, durante la depositación de las capas A-C de Punta Alta. De hecho, los niveles estratificados en los cuales Parish había encontrado embebidos los restos de “Azara labiata”, procedentes de dos o tres millas al norte del Plata, indicarían que el Pampean mud habría continuado depositándose durante el período de la formación del actual estuario del río de la Plata: es más, los mismos depósitos del Pampean mud, corresponderían a antiguos depósitos estuariales. Debe recordarse que d’Orbigny había interpretado que ambos depósitos eran el resultado de procesos diferentes: la argile pampéene, vinculada al levantamiento de la cordillera y los niveles marinos recientes, al vulcanismo traquítico andino. Darwin en cambio planteó una continuidad entre ambos depósitos, como el resultado de un mismo proceso vinculado a la acción del río de la Plata en tiempos prehistóricos, tiempos en los que la fauna de invertebrados marinos ya había alcanzado su conformación actual. Aquí debemos referirnos, aunque sea sólo brevemente, a la teoría darwiniana sobre el origen del Pampean mud. Como se ha mencionado, Darwin creía que esta 131 Los restos de Macrauchenia extraidos por Darwin provendrían de los limos Punta Asconapé, de edad PleistocenaHolocena. 150 unidad se había formado en el antiguo estuario del río de La Plata, y su continuación hacia el Sur en el mar adyacente. Al elevarse el sur de la provincia de Buenos Aires, el Pampean mud habría continuado acumulándose, pero ya como un depósito continental. En este sentido, los terrenos litorales de Punta Alta, con restos de moluscos marinos actuales y mamíferos continentales extinguidos, habrían sido subsecuentes al Pampean mud de Monte Hermoso, y ambos a su vez subsecuentes a las planicies elevadas de tosca de Sierra de la Ventana (Darwin 1846:87). En otras palabras, los depósitos de Monte Hermoso estaban siendo depositados en un ambiente más elevado, mientras que los depósitos de Punta Alta se producían en puntos más alejados (es decir, subsecuentes), en un ambiente marino litoral. Era necesario que la zona de Sierra de la Ventana se elevara en primera instancia aunque no necesariamente en otro tiempo geológico, de manera de aportar los restos de mamíferos en perfecto estado, los fragmentos rodados de hueso negro hallados en Monte Hemoso, y los cantos de tosca de los depósitos de grava de Punta Alta. Como puede verse, la explicación de Darwin no dejaba lugar a convulsiones violentas y extinciones súbitas. Dejando de lado las teorías sobre la formación del depósito pampeano, y con relación a los depósitos de conchillas que se encuentran por encima del pampeano, d’Orbigny había opinado, de acuerdo con el buen estado de preservación de algunos moluscos –por ejemplo, los bancos de Azara labiata, en San Pedro–, que la elevación del territorio argentino había sido rápida, porque, de haber sido lenta, los restos se habrían roto por la acción de las olas. Para Darwin esto no era necesariamente cierto, sobre todo si el proceso ocurría en bahías protegidas. Darwin afirmó que el conjunto de la evidencia indicaba una elevación lenta y gradual del terreno, y fundamentó su hipótesis con el mismo argumento que el francés: el buen estado de preservación de los fósiles. Sin embargo, reconoció que el ascenso gradual del continente pudo ser acompañado de pequeñas sacudidas, de la magnitud de los actuales terremotos (idem:58). En Monte Hermoso, Darwin no había registrado restos marinos significativos en las capas inferiores de la secuencia, excepto una esponja probablemente de la especie Spongolithis Fustis (idem:80-81). En niveles correspondientes al Pampean mud, halló sí delicados restos de roedores extinguidos (Ctenomys antiquus132) y de otros pequeños mamíferos que, de alguna forma, dan una pauta del ascenso lento y gradual del terreno en los tiempos pampeanos (idem: capítulo IV). Durante la elevación de la Patagonia, a medida que las aguas oceánicas se retiraban, se habría desparramado en toda su superficie la gravel Formation133, ampliamente extendida a lo largo de todo el territorio; no se le ocurrió de qué otro 132 Restos actualmente asignados a Actenomys priscus. 133 Equivalente al depósito de chinas mencionado por d’Orbigny. 151 modo, que no sea por la acción del mar, tal vez de las olas, esas gravas pudieron haber sido transportadas; descartó la acción de ríos y glaciares. Darwin no tuvo dudas de que esos depósitos de grava eran el resultado de la acción ordinaria del mar, y que era absolutamente innecesaria la intervención de “debacles” (idem:35). Esa gravel Formation habría sido sincrónica con la parte superior del Pampean mud, al norte del río Colorado. En este aspecto, su hipótesis coincide con la de d’Orbigny, quien también pensaba en la contemporaneidad de los depósitos de grava y de su argile pampéene, aunque para el francés ambos sucesos se vinculaban a convulsiones de las aguas marinas como resultado del levantamiento brusco de la cordillera. Según Darwin, las terrazas que se observaban en la Patagonia habrían sido el resultado de sucesivos períodos de elevación y de relativo reposo, durante los cuales se habría producido denudación y redepositación de los sedimentos previos, principalmente los de la Patagonian tertiary Formation, de probable antigüedad eocénica, mientras que d’Orbigny sólo había dado una edad terciaria para su tertiaire patagonien. Las elevaciones producidas en diferentes puntos del extremo sur de América del Sur habrían sido para Darwin el resultado de diferentes ejes de acción sobre la Pampa y la Patagonia. En el Plata, la elevación habría sido de 100 pies, mientras que en la Patagonia, de unos 400 pies. Toda la Patagonia se habría elevado, pero no podía decirse que toda la región del Plata lo hubiera hecho, sino sólo su litoral. Supuestamente, esa lenta elevación gradual del terreno continaba produciéndose en la actualidad, en el oeste del continente sudamericano, en Chile y Perú. Darwin aceptaba el origen marino de una determinada formación sólo en el caso que existieran restos fósiles que lo confirmaran, de otro modo, prefirió siempre explicaciones alternativas; en esto muestra un alejamiento de sus precursores neptunistas. Por ejemplo, al referirse a algunas salinas del río Negro, afirmó que era probable que se hubieran originado por la acción de aguas subterráneas y no por un retroceso de la línea de costa, como había explicado d’Orbigny (Darwin 1846b). Para Darwin, la mayor parte de la Patagonia estaba constituida por los depósitos de la Patagonian tertiary Formation, equivalentes a los del tertiaire patagonien de d’Orbigny. Éste estaba caracterizado por la presencia de especies marinas extinguidas –treinta y seis especies en total–, siendo la principal la Ostrea Patagonica, descrita por d’Orbigny y registrada por Darwin en todas las secciones realizadas en Patagonia: el río Negro, San José, Puerto Deseado, Puerto San Julián, Santa Cruz134. Otro importante fósil era la Ostrea Alvarezii, recolectada sólo en el río Negro y San José; y la Ostrea Ferrarisi, registrada en el río Negro. La amplitud de estos depósitos daba una 134 En realidad, Darwin había identificado como Ostrea Patagonica, restos hoy asignables a otras especies: Ostrea hatcheri y Ostrea orbigny, reconocida hacia 1897 por von Ihering. 152 pauta de la magnitud de la inundación que, en el Terciario, había borrado del mapa el territorio patagónico. Darwin refirió que de las seis especies de moluscos registradas por d’Orbigny en el río Negro, cuatro (Ostrea Patagonica, Ostrea Alvarezii, Venus Munsterii, y Arca Bonplandiana), también estaban presentes en Entre Ríos. En San José, durante un breve desembarco, el propio Darwin encontró dos especies más en común con Santa Fe (Pecten Paranensis y Pecten Darwinianus), registradas en la “capa 5” de Bajada, correspondiente a la calcaire ostréen identificada por d’Orbigny en las barrancas del sur del río Negro135. Sin duda, la falta de restos de mamíferos extinguidos en Patagonia complicaba el cálculo de la antigüedad de estos depósitos. Una excepción importante a esta ausencia eran los restos de Macrauchenia hallados por Darwin en San Julián, incluidos en un estrato sobre cuya superficie había conchillas recientes (Darwin 1846:112). Habría que agregar a este registro los abundantes restos de mamíferos colectados al sur de Santa Cruz, que aún no habían sido examinados por Owen, pero entre los cuales Darwin reconocía algunos grandes y pequeños Pachydermata, Edentata y Rodentia (idem:119). Darwin pensaba que una misma Formación Terciaria se había desarrollado en el litoral argentino (Entre Ríos) y en Patagonia. Años más tarde, esta formación marina será extendida a todo el subsuelo del territorio, por Bravard, Burmeister y Doering. Darwin, por supuesto, reconocía las diferencias paleontológicas entre las secciones estudiadas, pero le parecía que la existencia de elementos en común era un argumento de peso suficiente para considerarlos como aproximadamente de una misma antigüedad. D’Orbigny no había sido tampoco concluyente sobre este aspecto: si bien sus ideas muestran que durante los tiempos terciarios buena parte de la América Meridional había permanecido sumergida, en algunos sitios, el Pampean mud se apoyaba directamente sobre el tertiaire guaranien, lo que demostraba que las convulsiones habían afectado también áreas emergidas. La Monografía de Auguste Bravard Auguste Bravard (1803-1861) fue el primero en realizar investigaciones desde el territorio de la entonces Confederación Argentina; aunque la mirada del investigador es aún la del extranjero, sus estudios fueron hechos por encargo de los funcionarios locales, de acuerdo con intereses y expectativas nacionales. Bravard fue el primer inspector general de Minas de la Confederación Argentina y el sucesor del belga Alfred Du Graty (1823-1891) al frente del Museo de Paraná 135 Posiblemente Darwin haya colectado esos moluscos de la Formación Puerto Madryn, equivalente a la Formación Paraná, aflorante en Entre Ríos. 153 (Aceñolaza 1995). A otro francés, Victor Martin de Moussy (1810-1869), se le había encargado el relevamiento del territorio; Bravard se ocuparía en particular de los recursos mineros. Las observaciones de Martin de Moussy, médico de formación, diferían mucho de las de d’Orbigny y Darwin, y por lo tanto serán muy criticadas por Bravard, amigo del primero y admirador de ambos. La contribución de Bravard al conocimiento de la geología patagónica consisitirá en una reinterpretación personal de los trabajos anteriores de d’Orbigny y Darwin, enriquecida con observaciones propias en Entre Ríos y Buenos Aires. A diferencia de los dos autores anteriores, no puede decirse que Bravard haya sido un explorador; de hecho, nunca estuvo en la región Patagónica, la cual, por otra parte, pertencecía nominalmente a la provincia de Buenos Aires, en ese entonces enemiga de la Confederación. Su Monografía de los Terrenos Marinos Terciarios de las cercanías del Paraná, publicada en 1858, es la primera obra escrita en castellano en donde se abordan, aunque lateralmente, cuestiones geológicas sobre Patagonia. Al comienzo de su Monografía, Bravard explica que el objeto central de su trabajo es zanjar las dudas acerca de la edad y naturaleza de los depósitos marinos del Paraná, surgidas a partir de las diferentes conclusiones de d’Orbigny y Darwin por un lado –para quienes los terrenos de los alrededores de Paraná eran terciarios– y de Martin de Moussy por el otro –para quien eran jurásicos–. Desde las primeras páginas, Bravard se muestra a favor de la opinión de los primeros, quienes, a pesar de que “no han hecho más que pasar” (Bravard 1858:11), acertaron en la edad terciaria que atribuyeron a esos depósitos. En cambio, es muy crítico para con Martin de Moussy – que no había tratado la geología patagónica–. Este último había determinado la edad jurásica de los depósitos de los alrededores de Paraná, a partir de una serie de fósiles que, según señaló Bravard, habrían sido directamente transcriptos de la lista de un curso de geología de Beudant (idem:5). Bravard hace una diferenciación entre Terreno marino superior –para referirse a ciertos depósitos sobrepuestos al cuaternario que se presentaban en ciertos puntos de la Provincia de Buenos Aires–136 y Terreno marino inferior –para designar los terrenos marinos terciarios de Patagonia y Entre Ríos, equivalentes a los depósitos del tertiaire patagonien de d’Orbigny, y a los de la Patagonian tertiary Formation de Darwin–. La monografía de Bravard trata únicamente del Terreno marino inferior, el único que el Inspector de Minas de la Confederación registró en los alrededores de Paraná. En este lugar, precisamente, esos depósitos servían de basamento a las “dunas cuaternarias”. Bravard ya había propuesto en un trabajo anterior el origen eólico de los depósitos pampeanos; equivalentes a la argile pampéene de d’Orbigny y al Pampean mud de Darwin 136 Actualmente, depósitos dejados por varias ingresiones marinas durante el Pleistoceno superior y el Holoceno. 154 (Bravard 1857). Las dunas cuaternarias se habrían formado en el litoral atlántico y movido hacia el interior del territorio. Esas formaciones eólicas se apoyaban en “terrenos marinos miocenos”, depositados antes de la emersión del continente (Bravard 1858:106). Según Bravard, la antigüedad terciaria de su Terreno marino inferior estaba confirmada, entre otras cosas, por los fósiles hallados por d’Orbigny: ocho especies de moluscos en total, entre su grès ostreèn y su calcaire arénifère. El explorador francés había recolectado en las barrancas del sur del río Negro y en depresiones aledañas, de niveles correspondientes a su grès azuré, tres especies en común con Bajada: Ostrea Alvarezii, Venus Munsterii, y Arca Bonplandiana; y de la calcaire ostréen, a Ostrea patagonica. Las únicas especies patagonicas que d’Orbigny no registró en Bajada eran Ostrea Ferrarisi y Pecten patagoniensis –tampoco las registrará Bravard–. A su vez, Pecten Paranensis y Pecten Darwinianus, las cuales d’Orbigny sólo había registrado en Bajada, habían sido registradas por Darwin en San José, ampliándose a seis la lista de taxones comunes a Patagonia y Bajada. En la zona de la Quebrada del Puerto de la Santiagueña, en sus capas 11 y 13 – en la 12 los fósiles eran muy raros–, Bravard descubrió una gran cantidad de fósiles marinos, sobre todo restos asignables a los géneros Ostrea, Pecten y Cardium. De la capa 13 extrajo, además, restos de dos especies de mamíferos paquidermos, Anoplotherium y Palaeotherium, que eran, en Europa, eocénicos. Por esa razón, Bravard pensó que los mismos pudieron haber sido arrancados de capas más antiguas. En la Quebrada del Puerto de la Santiagueña Bravard no encontró, como sí lo hizo en todos los demás sitios, las “arenas arcillosas pampeanas” (idem:17). Las mismas aparecían, con un espesor de 3,5 m, recién a unos 400 m al Este, en la cantera del Sr. José Garrigó. Bravard se lamentó de no haber encontrado fósiles en ellas (idem:19). Más adelante, sin embargo, refiere en su Monografía el hallazgo en esta misma cantera de una vértebra lumbar de Scelidotherium (idem:28). Éste es el primer registro de un mamífero cuaternario en la región, y la pieza que, en definitva, confirmó la antigüedad de los depósitos ubicados por encima del terciario marino. En la cantera de Garrigó había una capa, la 28, que era la que contenía las ocho especies descriptas por d’Orbigny. Esta capa se encontraba por encima de la 29, considerada como equivalente a la capa fosilífera de la quebrada del puerto de la Santiagueña (capas 11-13 de esta última localidad). Remontando el arroyo Salto137 hacia el Este, las capas marinas desaparecían. Bravard reconoció que su Terreno marino inferior se componía, a su vez, de dos formaciones o sistemas marinos, considerando las columnas geológicas que había 137 Nombre con el que entonces era conocido el arroyo Antoñico, en la ciudad de Paraná (Aceñolaza 2000). 155 levantado en la Quebrada y la Cantera: 1, un sistema calcáreo con impresiones de valvas y osamentas rotas de mamíferos, dientes de escualos y otros restos fragmentarios (las siete capas superiores de la quebrada del puerto de la Santiagueña y las 17 capas superiores de Garrigó) y 2, un sistema de arenas arcillosas, con restos de moluscos bien preservados, restos de mamíferos terrestres y marinos, gran cantidad de osamentas hechas pedazos, dientes, restos de cocodrilos y tortugas, etc. (idem:31) (las seis capas inferiores de la Quebrada del Puerto de la Santiagueña y los 12 inferiores de Garrigó).138 Las investigaciones de Bravard arrojaron como novedad la existencia de una capa predominantemente marina con abundantes restos terrestres (el estrato 13 de la Quebrada del Puerto de la Santiagueña) (idem:44-45), lo que sin duda abría nuevas posibilidades para el establecimiento de correlaciones entre Argentina y Europa. No se trataba de un resto aislado –después de todo, ya existía el antecedente del Toxodon paranensis hallado por d’Orbigny–, sino de un depósito repleto de restos de vertebrados continentales. Como hemos dicho, Martin de Moussy, convencido de la existencia de estratos jurásicos en la región, había referido el registro de un megalosáuro –un tipo de dinosaurio carnívoro– en las orillas del Paraná. Escéptico, Bravard pensó que esos restos más probablemente correspondían a una Balaena dubia: él mismo había colectado partes de un cráneo y vértebras de esta misma especie (idem:5). Bravard da una lista de los fósiles encontrados por él mismo. Entre los bivalvos, identificó unos 28 (idem:34-41). Darwin había señalado que cuatro de los taxones reconocidos originalmente por d’Orbigny en Entre Ríos, estaban también en Río Negro. Bravard confirmó la presencia de esos mismos cuatro (Ostrea Patagonica, Ostrea Alvarezii, Arca Bomplandiana y Cytherea (Venus) Munsterii) y de dos más que d’Orbigny había registrado sólo en Bajada y Darwin sólo en San José (Pecten Paranensis y P. Darwinianus). También proporciona una lista de vertebrados, entre ellos, Palaeotherium Paranense, Anoplotherium Americanum, cocodrilos, tortugas y otras formas. A los vertebrados los interpretó como restos redepositados, arrancados de estratos más profundos. En esta lista está además el Megamys Patagoniensis, identificado por d’Orbigny en las barrancas del Sur, en Patagonia. Naturalmente, no le extrañó a Bravard la existencia de una misma especie de mamífero en el Terciario de Paraná y de Patagonia; después de todo, los moluscos marinos también eran iguales (al menos ocho de ellos). Estos animales, terrestres según informa en su Monografía (idem:60), habrían vivido antes de la depositación de las capas marinas, aunque estén actualmente incluidos en ella. En otras palabras, Anoplotheriium y Palaeotherium eran formas 138 A este segundo sistema corresponde atualmente el “conglomerado osífero”, parte inferior de la Formación Ituzaingó, en tanto que el sistema calcáreo corresponde a la Formación Paraná. 156 eocénicas (idem:94), pero al haber sido arrancados de estratos más profundos y redepositados, no podía atribuirse esa antigüedad a los depósitos de donde se los había colectado. En Europa, según Bravard, se daban algunas situaciones análogas (idem:97). Existían también restos que estaban in situ, que no habían sido arrancados de estratos más profundos: el Toxodon Paranensis y la Balaena, además de “una magnífica cabeza de delfín” no incluida en la lista pero mencionada en la p. 92, y que correspondería a una nueva especie: Delphin Rectifrens.139 Al estar debajo de las dunas pampeanas, el Terreno marino inferior debía ubicarse entre el Eoceno y el Plioceno (para d’Orbigny eran simplemente terciarios); más probablemente era miocénico, dado que las faunas malacológicas de ese terreno eran similares a las faunas miocénicas de París estudiadas por d’Orbigny. Para Bravard, “en la época de los mares miocenos, más de la mitad de la América actual estaba sepultada bajo las aguas” (idem:103). Esto no tendría que ver con variaciones en el nivel del mar –“sería admitir la opinión de ciertos filósofos sobre la retirada súbita o gradual del mar; opinión completamente abandonada” (idem:103)–, sino con la evolución natural del relieve contiental, que causaba la redistribución de las masas de agua. De acuerdo con Bravard, los depósitos marinos patagónicos “son el resultado de causas geológicas simultáneas, y que, durante el largo período de tiempo que la naturaleza ha empleado para formarlos, la vida animal, en el fondo de los mares donde se han acumulado, no ha experimentado ninguna modificación apreciable” (idem:71). Bravard mencionó que entre los depósitos terciarios patagónicos y entrerrianos no habría indicios de continuidad (idem:73), aunque admitió que en su trabajo de 1857 esa continuidad había sido sugerida a partir de la supuesta existencia de terrenos marinos entre San Nicolás y Bahía Blanca. En la Monografía, Bravard corrige esa interpretación, y reconoce que esos terrenos estaban en realidad por encima del pampeano, y que nada tienen que ver con el Terciario140. De todos modos, era perfectamente posible, para Bravard, que el terreno marino inferior se hubiera extendido de forma continua entre esas dos regiones del país. Por último, los niveles marinos representados en Patagonia equivalían al sistema inferior de Paraná, no reconociendo en Patagonia el sistema superior (idem:77). A continuación, Bravard da una lista de ocho especies de moluscos en común entre Patagonia y Entre Ríos (idem:78): 1, Cerithium Americanum?; 2, Voluta alta; 3, Ostrea Patagonica; 4, Ostrea Alvarezii; 5, Pecten Paranensis; 6, Pecten Darwinianus; 7, Arca Bomplandiana y 8, Venus Munsterii. Tres, cuatro, siete y ocho, son las cuatro especies en 139 El pontopórido Pontistes rectifrons, según Cione et al. 2000. 140 En la p. 86 de su Monografía informa que esos depósitos “pertenecen a una época relativamente reciente, aunque probablemente ella sea anterior a la aparición del hombre sobre la tierra”. 157 común que d’Orbigny había reconocido en Río Negro y Entre Ríos; cinco y seis, las especies en común que había agregado Darwin; uno y dos, las especies de gasterópodos en común identificadas por el propio Bravard. Con relación a la primera de las especies de gasterópodos, Bravard reconoció que en San José no había macrofósiles, aunque entendió que quizás correspondieran a Cerithium los “casts” encontrados por Darwin en San José, y clasificados en sus Geological Observations como pertenecientes a Turitella. La amplia distribución latitudinal de esos ocho invertebrados llamó la atención de Bravard: en particular, la de Ostrea Patagonica, cuyos restos habían sido encontrados, según él, incluso en algunos depósitos de Bahía (Brasil); no se conocía un registro tan amplio de los depósitos marinos del Terciario de Europa, ni existían ejemplos actuales similares. Hermann Burmeister: una Patagonia sin secretos El naturalista alemán Hermann Karl Konrad Burmeister (1807-1892), designado por Bartolomé Mitre director de la Academia de Ciencias de Córdoba desde 1862 y luego director del Museo de Buenos Aires, se hizo conocer inicialmente en la región por sus viajes por Brasil (1850-1852), Uruguay y Argentina (1856-1859), donde hizo abundantes observaciones y colecciones. Organizó el Museo porteño a partir de sus propios materiales y de las colecciones de fósiles de Bravard, promovió la publicación de los Anales de la institución, y formó una Sociedad Paleontológica de Buenos Aires (1866-1868). Bajo los auspicios de Sarmiento, reunió en Córdoba, desde 1873, a un importante grupo de científicos europeos en la recientemente creada Academia Nacional de Ciencias de Córdoba, una institución educacional de gran importancia en el proceso de profesionalización de las ciencias naturales en Argentina (cfr. Tognetti 2000 y 2004). No es mucho lo que se conoce sobre la evolución de su pensamiento geológico, aunque en su Historia de la Creación, una obra de síntesis anterior a su llegada a Buenos Aires, emplea una terminología definitivamente neptunista.141 Al igual que Bravard, Burmeister nunca recorrió la Patagonia. En su Description physique de la République Argentine d’après des observations personnelles et étrangères, publicada entre 1876 y 1886 con el apoyo del Estado 141 En Historia de la Creación (I, 244), Burmeister habla de rocas “normales” para referirse a las neptunianas y de rocas “anormales”, refiriéndose a las volcánicas. Si bien se utilizan en la obra términos de la antigua tradición werneriana, el neptunismo extremo estaría, para Burmeister, sólo “parcialmente confirmado” (8). El neptunismo explicaría cómo se modelaron y formaron las rocas actuales, mientras que el vulcanismo permitiría explicar su “primer origen” (I, 12). Burmeister parece volcarse hacia una combinación de plutonismo y neptunismo: “Una vez llegada la tierra a ese período de desarrollo, la misión de las acciones plutónicas había terminado en lo que tiene de esencial, y ha de empezar la del agua.” (I, 180). Para un análisis de su “filosofía de la naturaleza”, cfr. Salgado y Navarro Floria 2001. 158 argentino142, Burmeister subrayó el carácter uniforme de la geología argentina y de la patagónica en particular. Las capas geológicas superiores, de uno a unos pocos metros de grosor, un nivel arenoso de origen contiental, correspondían a la Formation Moderne des alluvions (“formación moderna de los aluviones”), y las inferiores, conteniendo las osamentas de los mamíferos extinguidos, sobre todo su parte basal, a la formation diluvienne (“formación diluviana”)143. Normalmente desprovistos de piedras, los depósitos de la primera unidad tenían más de medio metro de espesor, pero alcanzaban los 3-4 m en el lecho del Río de la Plata (Burmeister 1876: 2,158). Estos terrenos se dividían a su vez en dos: una de origen fluvial y otra marino-litoral. El primero, normalmente superficial, contenía distintas especies de moluscos actuales: Ampularia australis, Planorbis montanus, y Paludinella perchappi, especies creadas por d’Orbigny (idem:158). En algunos sectores bajos, en las proximidades de los ríos de la campaña bonaerense, pero lejos de la costa del río de la Plata, se exponía la capa marina litoral, con moluscos marino-litorales actuales, como Azara labiata (idem:160). Estos fósiles eran precisamente los que recubrían los paseos de las plazas y parques de la ciudad de Buenos Aires. La capa profunda de la Formation de alluvions correspondía, sin duda, al “terreno marino superior” de Bravard. La capa marino-litoral de la Formation de alluvions no formaba una capa simple sino discontinua: se los encontraba en superficie en distintos puntos de la llanura rioplatense: Belgrano, Quilmes, Puente Chico, etc. La costa de ese antiguo mar, recordando la interpretación de d’Orbigny, coincidiría con el arco de dunas identificado por Parchappe (idem:163). Según Burmeister, esos depósitos marino-litorales no se habrían formado rápidamente, sino como resultado de siglos de lenta acumulación (idem:167). Aquí encontramos un Burmeister muy distinto del autor de Historia de la Creación. En efecto, cada “período de creación” establecido en esta obra comenzaba luego de una fase crítica de violentos movimientos del mar, levantamientos, cambios del nivel oceánico, en suma, de “revoluciones (geológicas) fatales a la vida de los organismos” (Burmeister 1843: 1,189). El poder de esas revoluciones era decreciente a través del tiempo; antes eran más generales e intensas; en la actualidad, más leves y de carácter local (idem:249). Con relación a la antigüedad de los niveles marino-litorales de su Formation de alluvions, Burmeister señaló que Darwin pensaba que eran de la époque diluvienne; mientras que para d’Orbigny y Bravard correspondían a una época entre el alluvienne y 142 Domingo F. Sarmiento, ya como senador, impulsará el apoyo oficial a esta obra (Asúa 1989). 143 Los depósitos de esta formation diluvienne, como señala Burmeister en su Historia de la Creación (333), tenía un origen continental. 159 el diluvienne: Burmeister no dudaba que correspondían a la époque alluvienne (Burmeister 1876: 2,167), por la existencia de restos arqueológicos (idem:170); es más, pensaba que eran las capas más antiguas del alluvienne, de modo que reconocía que esta época se inauguraba con un depósito marino o, en realidad, marino-litoral.144 Como se vio, Darwin creía que los moluscos marino-litorales hallados en el interior de la llanura pampeana y las osamentas de los grandes mamíferos extinguidos eran coetáneos, mientras que Bravard y d’Orbigny sostenían, como Burmeister, que los restos de mamíferos provenían de capas más profundas (idem:171). Por debajo de los niveles marino-litorales, estaban los niveles margososarenosos de la formation diluvienne, de cuya mitad inferior provenían las osamentas de los mamíferos extinguidos. Estos últimos parecían no tenían relación con los actuales: los de la mitad superior eran, por el contrario, idénticos o tan similares a las formas vivientes que podía considerarselos “prototipos” de estos últimos (idem:214). La formation diluvienne, equivalente a la argile pampéene de d’Orbigny y al Pampean mud de Darwin, tenía para Burmeister una localización amplia y continua. Se extendía desde el volcán Maipú al Oeste (34º LS), hasta un punto intermedio entre Tandil y Ventana, a la altura del río Quequén. En Patagonia, sólo se la hallaba muy esporádicamente en algunos puntos, como en San Julián (idem:200). En Bajada, en la quebrada del puerto de la Santiagueña, la formation diluvienne estaba bien representada sólo en la orilla occidental. En este lugar, Burmeister no encontró restos fósiles en el sitio donde Bravard había colectado los materiales del Palaeotherium (un perisodáctilo según Burmeister) y del Anoplotherium (un supuesto artiodáctilo) (idem:235). Sí encontró un coprolito (al igual que Bravard) y otros restos de vertebrados, entre ellos, de cocodrilos y cetáceos, pero prefirió creer que eran contemporáneos al depósito, no arrancados de estratos más profundos, como había afirmado Bravard (1858:44). Con relación a la formación de estos depósitos, Burmeister no aceptó su origen marino, por la falta de fósiles correspondientes a ese ambiente (idem:175). Con relación a esto último, se menciona en la Description physique la contribución de un joven científico del país, Francisco P. Moreno, quien le había acercado una roca coralina – marina– de San Nicolás, supuestamente procedente de la formation diluvienne; Burmeister consideró que esas muestras eran extrañas a dicha unidad145, y que por lo 144 Hoy se sabe que, efectivamente, ha habido ingresiones marinas pleistocénicas (“diluvianas”) y holocénicas (“aluviales”). 145 Debe hacerse aquí una aclaración con relación al uso de ciertos términos geológicos, que hoy poseen un significado distinto. Como explica Tonni (2000:11), en el siglo XIX, “(u)na formación no era una unidad litoestratigráfica, sino básicamente una unidad de tiempo inferido a partir del contenido fosilífero (…). Subordinados a las formaciones están los pisos u horizontes geológicos, que insisto, tampoco son estrictamente –como los definimos en la actualidad- unidades de tiempo-roca, aunque en este caso se aproximan bastante a lo que a partir de la década de 1940 van a ser las unidades cronoestratigráficas”. 160 tanto no indicaban su origen marino (idem:177). Por otra parte, aceptar que los depósitos de la formation diluvienne eran el resultado de una inundación suponía admitir que, mientras la altiplanicie boliviana estuvo bajo el agua, la Patagonia había permanecido emergida. En Bolivia, a diferencia de Patagonia, sí se presentan depósitos de ese tipo (idem:204). Admitió, en todo caso, que los corales que le había traído Moreno indicaban la extensión de un antiguo golfo, pero negó que el mar haya tenido que ver con los depósitos de la formation diluvienne. Burmeister rechazó también el origen estuarial propuesto por Darwin, básicamente por las mismas razones. El origen eólico de los sedimentos pampeanos postulado por Bravard, también le resultaba extravagante (idem:206): no creía que una tormenta de arena hubiera podido enterrar a tantos animales en un área tan extensa. Además, la existencia de piedras, aunque pocas, en los niveles margosos-arenosos de la formation diluvienne, sobre todo en el Norte (idem:179), sugería un origen fluvial –aunque distal–. El hecho de que la arena dominara en la parte occidental de la provincia de Buenos Aires y la arcilla en la parte oriental, era coherente con un origen fluvial (idem:180). La “marga diluviana” era para Burmeister el resultado de la lenta descomposición de rocas metamórficas localizadas al Oeste, desintegradas, transportadas, y redepositadas por la acción de lluvias y ríos (idem:208-209). Enemigo de las debacles d’orbignyanas, ni siquiera admitió que la descomposición y remoción de las rocas de la cordillera haya sido el resultado de la caída de dramáticos chubascos; más bien prefería la acción de precipitaciones continuadas a lo largo de muchos miles de años (idem:211). Burmeister tampoco creía en la muerte catastrófica de los grandes mamíferos del diluvienne; a lo sumo podía pensarse en empantanamientos individuales. Estos animales se habrían extinguido antes de la finalización de la époque diluvienne (idem:191). Ciertamente, los depósitos inferiores de la formation diluvienne, en donde se encontraban las osamentas, corresponderían, según Burmeister, al período preglacial europeo, y el superior al postglacial, aunque admitió que en Argentina no había pruebas firmes sobre la ocurrencia de glaciaciones (idem:192). El origen de las salinas y salitrales estaba en la disolución de rocas y en las reacciones químicas (idem:184), a lo sumo, esos depósitos podrían haberse formado en grandes lagos de agua dulce (idem:187); aquí tampoco había tenido que ver el violento balanceo de las aguas sobre el continente, como había imaginado d’Orbigny. Por debajo de los depósitos de la formation diluvienne se presentaban los de la formation tertiaire, representada por dos capas: la superior, nombrada por d’Orbigny – según Burmeister– como formation patagonienne (el real nombre empleado por d’Orbigny es tertiaire patagonien), y la inferior, o guaranienne (tertiaire guaranien de d’Orbigny). En Historia de la Creación (Burmeister 1843: 1,286), Burmeister había explicado que los organismos “completos y acabados” habían podido desarrollarse 161 recién cuando la tierra firme y el mar habían llegado a un estado de equilibrio más o menos permanente. En América del Sur, esas condiciones se habrían logrado recién en el Terciario, con la aparición de un gran número de fósiles marinos. Si bien hasta ese momento las rocas de la formation tertiaire habían sido reconocidas en unos pocos lugares de la Argentina, las mismas se encontrarían en todo el subsuelo del territorio. Como se verá más adelante, A. Doering será el primero en confirmar la existencia de esta formation en el interior de Patagonia. En este sentido, como ya se explicó, Burmeister simplemente generalizó a todo el territorio los esquemas esbozados previamente para el litoral argentino. Recordemos que Darwin no creía que los niveles marinos terciarios (eocénicos, según él) se extendieran por debajo del Pampean mud en el ámbito de la llanura pampeana. La descripción que hace Burmeister de los depósitos de la formation tertiaire está basada en datos recabados en la región de Paraná, desde Diamante hasta la desembocadura del Guaiquiraro, en el límite norte de la Provincia. La formation patagonienne se dispondría por debajo de la formation diluvienne. Sus depósitos se hallaban en la orilla oriental del río Paraná, y en toda la Patagonia hasta el estrecho de Magallanes, y hasta el pie de la cordillera, así como en el subsuelo, por debajo del diluvienne. En Buenos Aires, los informes de las perforaciones realizadas por ciertos empresarios (Burmeister 1876: 2,239), indicaban que la formation patagonienne comenzaba a unos 50 metros de profundidad. Al igual que d’Orbigny y Darwin, Burmeister creía que durante gran parte del Terciario, prácticamente la totalidad del territorio argentino estuvo bajo el agua. Las capas –predominantemente marinas– de la formation patagonienne eran muy variables: las calizas predominaban en la parte superior, donde existía una gran candidad de restos de ostras y turritelas empleados como materiales de construcción (idem:219). Burmeister mencionó que d’Orbigny había encontrado en depósitos de la formation patagonienne las siguientes especies: Ostrea Patagonica, Pecten darviniana, Ostrea Ferrarisi (del calcaire ostréen; no cita al Pecten Patagoniensis, del grès marin de Patagonia y del grès ostréen de Bajada), Venus Münsteri, Ostrea Alvarezii, Arca Bondplandiana, Pecten Paranensis y Cardium mutiradiatum (ocho especies en total). Darwin había agregado a esta lista un número importante de formas: Pecten aetinoides, Nucula ornata, Pecten centralis, Nucula glabra, Pecten geminatus, Fusus patagonicus, Cardium puelchum, Fusus noachinus, Cardita patagonica, Scalaria rugosa, Mactra rugata, Turritela ambulacrum, Mactra Darwini, Turritela patagonica, Terbratula patagonica, Voluta alta, Cucullaea alta, Trochus collares, y Crepiduila gregaria. Bravard ya había demostrado la existencia de niveles terrestres intercalados en las capas de la formation patagonienne, como resultado probable de la acción de antiguos ríos que desembocaban en un golfo (idem:224). Durante esa época, suponía Burmeister, 162 todo el continente había sido un enorme archipiélago, cuyo sector oriental habría correspondido a las actuales provincias de Entre Ríos y Corrientes, sumadas a los territorios vecinos de Brasil. La existencia de unos pocos restos de moluscos, pero intactos, en las partes inferiores del depósito demostraba que, al principio, el mar no había sido muy profundo (ibidem). A medida que el estuario se iba colmatando, el hipotético golfo se había ido retirando, de modo las conchillas de moluscos predominaban en la parte superior de la unidad, en especial ostras de las especies O. Patagonica y O. Ferrarisi (idem:229). Los depósitos del guaranienne, también terciarios, se encontraban por debajo de los de la formation patagonienne. Si bien hasta ese momento se lo había reconocido en Corrientes y en algunos otros puntos de la orilla oriental del Paraná, era muy posible que el guaranienne se extendiera hasta el pie de las cordilleras, y en todo el territorio argentino, por debajo de los depósitos de la formation patagonienne. Burmeister ignoraba si los depósitos del guaranienne eran marinos o continentales, por no haber encontrado restos fósiles en él (idem:153). Hacia 1870, nada se conocía sobre la conformación geológica del territorio por debajo de los depósitos del guaranienne y hasta los “terrenos hullíferos”: en este sentido, Burmeister no creyó confiables las noticias recibidas por Darwin sobre la existencia de niveles jurásicos o cretácicos, aunque en Mendoza le habían acercado restos de un Amonitas communis, los cuales, en su opinión, sí demostrarían la existencia de terrenos jurásicos, al menos en esa parte de los Andes (idem:154). Las primeras observaciones directas sobre el interior patagónico: Adolf Doering y la Comisión Científica de la Expedición al Río Negro El profesor Adolf Doering (1848-1925) había sido traído a la Argentina por Burmeister durante la presidencia de Domingo F. Sarmiento (1868-1874) para integrar la Academia Nacional de Ciencias de Córdoba. Convocado por el Gobierno Nacional, acompañará a la campaña militar de conquista de la Pampa y la Patagonia de 1879, formando parte de una Comisión Científica cuyo propósito era el de explorar las posibilidades económicas que los territorios anexados ofrecían. Doering debió cumplir con su misión bajo condiciones desfavorables (Podgorny 2004), supeditado a los rápidos movimientos de los cuerpos militares. Como pudo, Doering describió la geología del interior del norte patagónico –la región que llama “Mesopotamia Austral”146, entre los ríos Colorado y Negro, sobre todo el valle del Río Negro–, lo que le permitió discutir las opiniones previas de 146 La denominación de “Entre Ríos del Sur” para esa región de la Patagonia, como también la de “Mesopotamia” para la comprendida entre los ríos Paraná y Uruguay, había sido introducida por V. Martin de Moussy. 163 Darwin y Burmeister sobre la conformación geológica del territorio. Los informes geológicos del profesor de la Academia fueron reunidos en un Informe Oficial (Doering 1882). Como Burmeister, Doering describe en su Informe una América del Sur geológicamente uniforme: “[u]na enorme extensión geográfica y una pronunciada uniformidad paleontológica y hasta petrográfica caracteriza en general a todas las formaciones sedimentarias, antiguas y modernas, de Sudamérica...” (idem:464). Otra particularidad de la geología americana era, para Doering, la falta de una discordancia definida entre los estratos cretácicos y terciarios, de modo que era muy común, por ejemplo, registrar un nivel post-cretáceo “que lleva mezclados los caracteres de ambos períodos” (idem:462). Muchos estudiosos, como el alemán Rudolf Philippi y el propio Darwin, habían quedado perplejos ante esta situación. El límite Cretácico-Terciario era entonces motivo de arduas controversias. Doering refirió en su Informe Oficial que Charles O. Marsh había propuesto para América del Norte tomar como pauta la desaparición de los dinosaurios (ibidem). Al año siguiente de la publicación del Informe se conocerían los primeros restos de dinosaurios procedentes de la región. Sin embargo, no siempre era posible recurrir a los fósiles para realizar este tipo de estimaciones. En este sentido, Doering no pudo determinar, por ejemplo, si su piso Guaranítico147 era continental o marino, debido precisamente a la ausencia de restos orgánicos in situ. Con relación a la antigua división del tertiaire guaranien efectuada por d’Orbigny en tres horizontes –de abajo hacia arriba, sus gres ferrugineux; calcaire á fér hydraté y argile gypseuse grise–, Doering interpretó que el piso superior (la argile) se correspondía con la división inferior de su formación Patagónica, al menos en Patagonia. De este modo, reunió a los estratos superiores de la formación Guaranítica y los inferiores de la formación Patagónica en su piso Paranense, que suponía eocénico, al igual que el piso inmediatamente inferior, dentro de su formación Guaranítica: el piso Pehuenche148. El Paranense de Doering era de origen marino (de ahí se justificaba su reunión con el Patagónico), en tanto que el piso Pehuenche era continental por el hallazgo, en los alrededores de Fresno Menoco, en niveles correspondientes a su “primera terraza inferior” (idem:450), de un hueso gigantesco no identificado, posiblemente de un gran 147 Doering relacionaba esta unidad, expuesta en el norte de Patagonia, con el tertiaire guaranien de d’Orbigny. Recuérdese que el francés no había registrado en Patagonia su tertiaire guaranien, sólo el tertiaire patagonien. Burmeister sólo había intuido la presencia de su guaranienne en el subsuelo de todo el territorio argentino. 148 El piso Pehuenche lo había creado Doering para designar a las areniscas rojas de Fresno Menoco como un piso de su formación Guaranítica. Actualmente corresponde al Grupo Neuquén (Digregorio 1972). El nombre de la localidad es una transcripción errónea pero corriente en la época -como también “Fisco Menuco” o “Menoco”- del nombre mapuche del paraje donde se asentó el Fuerte (actual ciudad) General Roca, Fiske Menuko. Se seguirá utilizando en el texto por ser la denominación que aparece en la documentación analizada. 164 dinosaurio, y de un mamífero, ambos colectados por los oficiales de la expedición. (Moreno más tarde publicaría los restos del mamífero con el nombre de Mesotherium Marshi.149) Estos hallazgos indicaban, según Doering, la edad eocénica de los estratos del piso Pehuenche de su formación Guaranítica. Los niveles del piso Guaranítico no estaban expuestos en ningún lugar de Patagonia. De este modo, Doering incluyó los depósitos continentales de Fresno Menoco en la misma unidad que el tertiaire guaranien, conformando un piso distinto pero equivalente al Guaranítico: el piso Pehuenche. En Patagonia, la formación Guaranítica, representada por su piso Pehuenche, era, como se vio, eocénica; en otros puntos del país –por ejemplo, las Sierras Centrales y en general en el resto del norte del país– poseía según Doering una antigüedad mayor, llegando al Cretácico Superior, al menos sus pisos inferiores. Doering pensaba que los estratos guaraníticos del norte del país tenían una estrecha relación con ciertos estratos de Brasil, el “gres brasileño” de Franz Foetterle (1823-1876)150, “una formación intermedia entre el horizonte cretáceo y el Terciario” (idem:448). Comparado con el de Burmeister, el esquema de Doering resulta ciertamente complejo. El primero no veía que los diferentes horizontes de su guaranienne tuvieran diferente antigüedad; contrariamente, para el segundo, los horizontes inferiores de su formación Guaranítica del Norte podrían incluso ser Cretácicos. En Patagonia, las divisiones inferiores de la misma estaban representadas por una unidad local –su piso Pehuenche–, mientras que las superiores lo estaban, según Doering, aunque trasladadas como la división inferior marina de la formación Patagónica, bajo el nombre de Paranaense. El Paranense era el horizonte portador de la Ostrea Ferrarisi. Constituía la base de la Formación Patagónica y se encontraba en la zona de Bajada del Paraná inmediatemante sobre el nivel de las aguas del río homónimo (idem:472). En Patagonia, el mismo d’Orbigny había reportado el hallazgo de Ostrea patagonica y Ostrea Ferrarisi, en su calcaire ostréen –un piso de su tertiaire patagonien–, en lo alto de los acantilados atlánticos del sur del río Negro. Doering dudaba que la O. Ferrarisi registrada por d’Orbigny proviniera de los estratos superiores de la formación 149 En la actualidad, Mesitotherium marshi. Ameghino se refiere al Mesotherium Marshii en estos términos, en su conferencia “Un recuerdo a la memoria de Darwin: el transformismo considerado como ciencia exacta”, pronunciada en el Instituto Geográfico Argentino de Buenos Aires (Ameghino 1882:54-56): “Así podría hacerlo esperar, por lo que se refiere al hombre, el hallazgo que he hecho, de restos de grandes monos en el terreno pampeano inferior, y por parte de los proboscídeos un fragmento de cráneo de un animal relativamente pequeño que hace pocos días, el señor Moreno (que tratándose de estos estudios no tiene para mí nada reservado), me mostraba; cráneo aparentemente con dientes de elefante y procedente de una formación muy antigua de Patagonia septentrional, de donde se lo acababa de traer un señor cuyo nombre no recuerdo”. El nombre que dice no recordar es el de Jorge Rohde. 150 Geólogo vienés, autor del primer mapa geológico de Brasil, en 1846. 165 Patagónica; suponía que el francés la había encontrado únicamente en el horizonte inferior de esta unidad, cerca de Patagones (idem:473)151. Si las ostras provenían efectivamente del piso superior, las partes inferiores del acantilado debían corresponder al piso Pehuenche, algo que era inadmisible. Doering pensaba que los estratos marinos de Fresno Menoco se correspondían con el Paranense, no ciertamente por su contenido paleontológico –recordemos que no encontró en ellos a la Ostrea Ferrarisi, el fósil distintivo de esta unidad–, sino simplemente por encontrarse intercalados entre los pisos Pehuenche y Mesopotámico. Este último era el piso de la formación Patagónica inmediatamente superior al Paranense. Doering esperaba que las observaciones del Sr. Rohde confirmaran esa suposición. En realidad, el hallazgo de niveles marinos en los alrededores de Fresno Menoco, no era mérito de Doering, quien afirmó no haberlos visto, sino del propio Rohde: “en las barrancas del río Negro, al sur de Fresno Menoco (39 Lat. S.) donde parece que el capitán Rohde ha observado, si mal no recordamos, depósitos de conchas marinas, en el nivel inferior, debajo de los bancos de formaciones sub-aéreas, mesopotámica y araucana que allí predominan” (idem:467) Los depósitos marinos de Fresno Menoco del Paranense eran, para Doering, equivalentes a otros observados por Moreno en Patagonia meridional, cerca del lago San Martín (idem:466-467). Basado en estos informes, Doering supuso que el avance oceánico del Eoceno correspondiente al Paranenese, había llegado “hasta cerca de la región subandina” (idem:495); esto confirmaba la idea de d’Orbigny, Darwin, y Burmeister sobre la existencia de un antiguo mar sobre la mayor parte de la geografía patagónica, hasta ese momento basada en conjeturas. La escasa exposición de las formaciones marinas en el interior del territorio patagónico, y, sobre todo, la virtual ausencia de la formación Patagónica, existente sólo en la desembocadura del río Negro, al menos sus estratos medios y superiores, eran para Doering una verdadera decepción (idem:459). Refiriéndose al piso Patagónico superior de su formación Patagónica, Doering escribió: 151 Doering no registró Ostrea Ferrarisi en Fresno Menoco. De hecho, refiere simplemente que d’Orbigny halló esta especie en el río Negro y en Paraná. Actualmente, Ostrea ferrarisi es considerada como típica del Entrerriense. Guzmán et al. (2000) la consideran miocénica- superior -pliocénica. 166 “(e)n las regiones occidentales e intermedias de la mesopotamia patagónica no hemos encontrado en ninguna parte los estratos marinos, fosilíferos del piso superior patagónico, a pesar de nuestros esfuerzos y excursiones continuas en las barrancas y declives, puestas a descubierto por las erosiones de los Ríos Colorado y Negro, a la vez que hemos tenido muchas ocasiones de observar el notable desarrollo, en las regiones occidentales, de la división patagónica intermedia o piso mesopotámico, de origen subaéreo, y de cuya formación nos ocuparemos detalladamente en el lugar correspondiente” (idem:468) En este sentido, los mares eocénicos habrían sido más extensos y habrían cubierto una mayor superficie que los del Oligoceno: “Las bahías del océano oligoceno, con sus habitantes del piso patagónico superior, parece que no llegaron en ninguna parte hasta las inmediaciones de la Cordillera, probablemente ni siquiera hasta la mitad o tercera parte de la distancia entre las costas actuales y el aludido centro de plegamiento, exceptuando la probabilidad de la existencia, en uno que otro punto, de tal o cual golfo o estrecho, ramificado más hacia adentro” (idem:467) Con relación a la antigüedad de la formación Patagónica, Doering recordó que Darwin la había considerado eocénica, y d’Orbigny equivalente al calcaire grossier de la Cuenca de París, también asignada al Terciario Inferior. En su Historia de la Creación, Burmeister había estimado que la “calcárea grosera” se había comenzado a depositar antes de finalizada la depositación de la “formación numulítica”, unidad ausente en América del Sur (Burmeister 1843: 2,461). Según Doering, los estudios de Sowerby y Philippi confirmaban, en parte, la edad eógena (terciaria inferior) de la formación Patagónica propuesta por Darwin. Sin embargo, y debido a las diferencias con otras faunas eógenas, como la norteamericana, la antigüedad del piso Patagónico podía ser, como mucho, miocénica inferior (Doering 1882:464). De este modo, el Paranense correspondería al Oligoceno Inferior, el Mesopotámico al Oligoceno Superior, y el Patagónico al tránsito Oligoceno-Mioceno. Doering entendió que las estimaciones de Burmeister eran coincidentes con las suyas –como vimos, Burmeister había defendido una edad miocénica para la formación Patagónica–. Por otro lado, el hecho de que Burmeister, en un trabajo posterior, asignara una edad miocénica a un estrato considerado erróneamente por Burmeister como “Formación Patagónica superior”, demostraba que, sobre este punto, ambos científicos tenían “opiniones completamente armónicas” (idem:461). Para Doering, la formación Patagónica en Patagonia Septentrional era “completamente idéntica” a la de la Cuenca de Paraná (idem:465). Esta afirmación fue 167 fundamentada mediante una lista de ocho especies de moluscos comunes a ambas cuencas: Ostrea patagonica; Ostrea Alvarezii: Venus Muensteri; Venus meridionalis; Arca Bonplandiana; Cardium platense; Pecten paranensis y Pecten Darwininanus. Doering opinaba, como Burmeister, que la formación Patagónica se encontraba en el subsuelo de la “Cuenca Pampeana”, aunque no estaba seguro sobre la extensión occidental de los depósitos (idem:466). En este sentido, se quejó de la liberalidad con que muchos geólogos habían hecho avanzar el antiguo océano terciario hasta el pie mismo de la cordillera, para lo cual no había ninguna base firme. Hasta donde tenía conocimiento, no había registros de niveles marinos en el interior del territorio, por ejemplo en las Sierras de Córdoba (ibidem). Doering sabía que Moreno había referido la existencia de un área deprimida al pie de la cordillera, cuya continuación en la Patagonia Austral se hallaba actualmente invadida por las aguas oceánicas. No le llamó la atención, entonces, que en determinados puntos de la región subandina se encontraran fósiles marinos oligocénicos o miocénicos (idem:467). Esto es, sin duda, un claro antecedente de la idea del “mar ándico” de Ameghino que se verá más adelante. De cualquier modo, el probable registro de fósiles marinos al pie de la cordillera no demostraba que el océano hubiera cubierto toda la Patagonia en el Oligoceno-Mioceno, sino sólo la existencia, en ese momento, de “canales y estrechos marinos”, en la franja hoy ocupada por los lagos y lagunas cordilleranas. D’Orbigny había establecido para la formación Patagónica (su tertiaire patagonien) la siguiente subdivisión, a partir de observaciones hechas al norte y sur del territorio pampeano (idem:471), desde lo más antiguo a lo más reciente: 1. Gres marino (grès marin) (con Ostrea, Pecten, y Venus) 2. Gres y calcáreo dendrítico, duro y bien estratificado (calcaire dendritique) (río Negro); Gres ferruginoso muy duro (Paraná). Sin fósiles. 3. Gres de osamentas (grès à ossements), con restos de animales terrestres y de agua dulce. 4. Gres azulado (grès azuré) (río Negro); arcilla yesífera (Paraná). Sin fósiles. 5. Margas y areniscas calcáreas, ostreras (calcaire ostréen), con un gran número de especies idénticas en ambas regiones. Según Doering, la subdivisión intermedia (grès à ossements) estaba muy bien representada en la Patagonia Occidental y correspondía a su piso Mesopotámico. En cambio, como se vio, las subdivisiones marinas, o no contenían fósiles (grès marin= piso Paranense), o no estaban representadas (calcaire ostréen=piso Patagónico). La subdivisión de Doering de la formación Patagónica en tres pisos –Paranense, Mesopotámico y Patagónico– estuvo basada en las diferencias petrológicas 168 mencionadas por d’Orbigny y confirmadas por posteriores observaciones de Bravard y Burmeister. En el Piso Paranense, como se indicó, los fósiles típicos eran Ostrea Ferrarisi y Pecten patagoniensis. Se correspondería, según Doering con la capa fosilífera al pie de los acantilados, al sur de la desembocadura del río Negro, el grès marin de d’Orbigny, y con el grès tertiaire marin observado por d’Orbigny en la zona de Arroyo Verde, en Entre Ríos. Para Doering, gran parte de la confusión sobre las subdivisiones de la formación Patagónica se debían a que “algunos viajeros” no “(hacían) diferencia entre la naturaleza paleontológica de los bancos ostreros en la base y en el horizonte superior de aquella formación” (idem:473). Entre esos viajeros se hallaba el mismo Darwin. En el capítulo V de sus Geological Observations, Darwin había dado una lista de las especies encontradas por d’Orbigny en Río Negro: 1. Ostrea Patagonica (también en Santa Fe, y en toda la costa de Patagonia); 2. Ostrea Ferrarisi; 3. Ostrea Alvarezii (también en Santa Fe, y San José); 4. Pecten Patagoniensis; 5. Venus Munsterii (también en Santa Fe); y 6. Arca Bonplandiana (también en Santa Fe). De acuerdo con Doering, de esta forma, Darwin al igual que otros, no advirtió que el francés había encontrado la Ostrea Ferrarisi sólo en la base del depósito. Para Doering este hecho era de suma importancia, porque no creía que las Ostrea Ferrarisi provinieran del calcaire ostréen, en la parte alta del acantilado. En realidad, Darwin ya había descripto una la secuencia de estratos correspondientes a la Patagonian tertiary Formation, con sus diferentes fósiles. El inglés había reconocido que en la base de la barranca d’Orbigny había encontrado a Megamys –correspondiente al piso Mesopotámico de Doering– y que este estrato descansaba sobre otros niveles marinos: los correspondientes al grès marin de d’Orbigny y al Paranense de Doering. En sus Geological Observations Darwin dio una lista de los fósiles registrados en la secuencia, pero en ningún texto indicó que provinieran de un mismo estrato. En el capítulo V, refiriéndose a Río Negro, Darwin señaló: “In a bed at the base of the southern cliffs, M. d'Orbigny found two extinct fresh-water shells, namely, a Unio and Chilina. This bed rested on one with bones of an extinct rodent, namely, the Megamys Patagoniensis; and this again on another with extinct marine shells. The species found by M. d'Orbigny in different parts of this formation152 consist of: “1. Ostrea Patagonica, d'Orbigny, "Voyage, Pal." (also at St. Fe, and whole coast of Patagonia). 152 Itálicas nuestras. 169 “2. Ostrea Ferrarisi, d'Orbigny, "Voyage, Pal." “3. Ostrea Alvarezii, d'Orbigny, "Voyage, Pal." (also at St. Fe, and S. Josef). “4. Pecten Patagoniensis, d'Orbigny, "Voyage, Pal." “5. Venus Munsterii, d'Orbigny, "Voyage, Pal." (also at St. Fe). “6. Arca Bonplandiana, d'Orbigny, "Voyage, Pal." (also at St. Fe).”153 Según Doering, los estratos que representarían el piso Paranense eran los estratos fosilíferos de Fresno Menoco que informó Rohde y los de la Patagonia Austral informados por Moreno. En el Paraná, sólo la parte superior de esta subdivisión formaría, según Doering, la base sobre la cual descansaban todas las demás formaciones terciarias; en Paraná, este nivel era escaso en fósiles, aunque Bravard había descubierto allí su delfín Pontoporia paranensis154, lo que según Doering confirmaba la existencia del piso Paranense en el Paraná, aunque faltaba su fósil típico, la Ostrea Ferrarisi. Como se vio, Doering pensaba que el Paranense marcaba un período de avance oceánico durante el Eoceno que llegó hasta la Patagonia occidental: fue ésta la ingresión marina más importante de la historia (idem:495). El piso Mesopotámico correspondía principalmente al grès à ossements de d’Orbigny, aunque también comprendía los estratos sin fósiles por encima del grès marin hasta el grès à ossements).155 El Mesopotámico de Doering se distribuía en la “Mesopotamia Austral”, entre los ríos Colorado y Negro, y en la “Mesopotamia Septentrional”, desde Paraná al Norte (idem:475)156. Doering mencionó que este depósito no contenía fósiles marinos y que correspondía a una época de retroceso entre dos períodos sucesivos de ascenso oceánico (idem:495). El fósil característico del Mesopotámico entonces, no era marino sino continental, el mamífero Megamys patagoniensis, hallado por d’Orbigny en las barrancas del Sur, en el “golfo de San Antonio”. Según Doering, los estratos que se disponían entre el Paranense (grès marin de d’Orbigny) y el Mesopotámico propiamente dicho (grès à ossements) eran probablemente “el producto de una precipitación calcárea, dentro de un caspio o gran lago, separado a consecuencia del retroceso oceánico; de un lago ya no afectado por el movimiento turbulento de las olas y mareas oceánicas” (idem:477). Estos depósitos, estériles –un 153 El original en inglés. 154 Mencionado en Bravard (1858:92) como Delfinus Rectifrons, sinónimo junior de Pontistes rectifrons. 155 Corresponde a la Formación Río Negro. 156 Se está referiendo a los niveles del “Mesopotamiense” o “conglomerado osífero” en la base de la formación Formación Ituzaingó. 170 gres detrítico, estratificado, seguido de una pizarra calcárea detrítica– indicaban claramente que el mar Paranense no se había retirado abruptamente. El piso Mesopotámico no se registraba en el subsuelo de la cuenca pampeana, y Doering suspuso que, en esta región, este depósito se correspondería con un nivel marino equivalente. Por lo tanto, de acuerdo con la interpretación de Doering, durante la primera parte del Oligoceno, la región Patagónica y la cuenca del Paraná se habrían hallado emergidas, y la cuenca pampeana inundada. Doering reconoció que en algunos sitios cercanos a Paraná existían algunos estratos que podían ser interpretados como el resultado de la remoción secundaria del piso Mesopotámico157. En efecto, Doering pensaba que la costa del mar pampeano no estaba lejos durante esos tiempos, lo que explicaría la remoción de materiales: “Es muy posible, no obstante, que en aquella época de retroceso oceánico el avance de la tierra continental no haya pasado hasta mas allá del S.E. de aquella región, y que la tierra firme no se haya extendido todavía sobre los mismos sitios en cuestión, sino solo muy cerca de ellos, debiendo verificarse, entonces, el acarreo de los sedimentos con estos organismos terrestres, desde las costas vecinas, por avenidas que embocaron en el golfo oceánico vecino, como suponía Burmeister.” (idem:476) A diferencia de Bravard, quien asumía que los depósitos con vertebrados continentales de Paraná eran marinos aunque litorales, Burmeister y Doering pensaban que eran depósitos continentales aunque cercanos al mar. En Patagonia Occidental, el piso Mesopotámico alcanzaba, según Doering, un espesor considerable que disminuía hacia la costa. Según su Informe, “la mayor parte de las capas que constituyen la parte basal de la meseta y de las barrancas del río Negro” correspondían al Mesopotámico (idem:478).158 Como en estas regiones faltaba el piso Patagónico (marino), Doering entendió que debía haber un depósito terrestre contemporáneo, entre el Mesopotámico y su Araucano (idem:478). La prisa de los jefes de la expedición por continuar el avance de las tropas impidió a Doering identificar esta hipotética unidad a la altura de Fresno Menoco; más aún, ni siquiera pudo ver bien allí el límite entre el Mesopotámico y el Araucano. Recién podría poner un pie en tierra en la confluencia de los ríos Limay y Neuquén (idem:479). Esta circunstancia fue para él una nueva decepción, agravada por la misteriosa sustracción de las noticias y perfiles estratigráficos del viaje (ibidem). 157 Se está refiriendo nuevamente al “conglomerado osífero” de la base de la Formación Ituzaingó. 158 Posiblemente, niveles actualmente correspondientes a la Formación Chichinales, del Mioceno Temprano. 171 De la margen sur del río Negro, obtuvo información y fósiles del capitán Jorge Rohde y el “piloto Moisés”. Rohde le comunicó la existencia en Fresno Menoco de tres terrazas que se continuaban hacia el Oeste (idem:481). Los fósiles que le mostró, al igual que los que le enseñó el general Conrado Villegas, muy probablemente provenían de niveles diferentes; algunos incluso estaban cubiertos de líquenes, lo que le demostraba a Doering que habían sido levantados de la superficie. Entre los fósiles recogidos por Rohde, Moyzes y Villegas, sobresalían los troncos petrificados. Le fue muy dificultoso a Doering precisar la procedencia de los fósiles aportados por los militares expedicionarios, ya que la mayoría de ellos parecía haber rodado desde su posición original. No obstante, analizando sus fisuras, concluyó que los troncos provenían de una “arenisca arcillosa que constituye principalmente la “parte basal o intermedia de la segunda terraza” y los huesos de un banco de gres rojizo, subyacente al anterior (idem:483). Estos últimos niveles sólo podían corresponder a las divisiones guaraníticas superiores, y, por lo tanto, los bancos superiores con los troncos, sólo podían corresponder al Mesopotámico159. Entonces, los estratos rojizos de los niveles superiores de la segunda o tercera terraza, no pertenecían a la formación Guaranítica (cretáceo-eocénica) sino al piso Mesopotámico, al equivalente subaéreo del piso Patagónico (oligocénicos en ambos casos), o bien al Araucano (miocénico). Esos niveles rojos eran, para Doering, el producto de la trituración y denudación de los bancos de arenisca rojizos de la formación huilliche o pehuenche –mencionada como “Tehuelche” en el Informe Oficial (idem:480)–, situados más hacia el Oeste. Doering no tenía dudas de que los estratos blancos superiores de Fresno Menoco correspondieran a las verdaderas tobas o margas traquíticas del Mioceno (idem:483). La subdivisión superior de la formación Patagónica, finalmente, era el piso Patagónico. El fósil tipico de este horizonte era la Ostrea patagonica. Según Doering, el piso Patagónico podría corresponder al “aquitánico” europeo, que algunos autores daban como Mioceno Inferior, aunque la mayoría lo asignaba al Oligoceno (idem:487). En las costas patagónicas septentrionales, Doering dividió el piso Patagónico en tres secciones. La subdivisión inferior (“gres azulado”) podría corresponder en realidad al piso Mesopotámico, no al Patagónico. La subdivisión intermedia (“estratos conchíferos”) era la única que poseía ostras; además de la O. patagonica, otros moluscos como Turritella patagonica, Venus meridionalis, Cucullaea alta, Voluta alta, etc.160 Eran 159 Los troncos serán enviados y estudiados por H. Conwentz, director del Museo de Danzig (actualmente la ciudad polaca de Gdańsk); según su informe, los troncos correspondientes a las angiospermas habrían sido extraídos en las barrancas del sur del río Negro, a una legua de General Roca. Todos los troncos coleccionados corresponden al Mesopotámico, excepto uno que provendría de niveles superiores. Entre las piezas figuran la nueva especie Betuloxylon Rocae, dedicada al presidente Roca (Conwentz 1884). 160 Son, sin duda, los niveles con fauna entrerriense intercalados en la Formación Río Negro. 172 estos los niveles que se presentaban también en Paraná. La sección superior estaba formada por detritos volcánicos, con muy pocos moluscos, y se encontraba desarrollada sobre todo en Patagonia Austral. La misma pasaba transicionalmente a la Formación Araucana (idem:488). En las costas de la Patagonia Septentrional, el “gres azulado” y los “estratos conchíferos” se encontraban muy bien representados. El “gres azulado” correspondía al grès azuré de d’Orbigny161, y los “estratos conchíferos” al calcaire ostréen162 que d’Orbigny había registrado en las barrancas del Sur, intercaladas en el grès azuré. Este último tenía un gran espesor en toda la región y a los ojos del viajero se presentaba como preponderante. Como se refirió, Doering no estaba seguro de si el grès azuré debía ser reunido con el piso Mesopotámico o con el Patagónico. De hecho, Doering pensaba que, al menos los niveles del grès azuré que, en las costas de Patagonia Septentrional descansaban sobre los “estratos conchíferos”, podían no ser depósitos marinos propiamente, sino “el producto de una sedimentación secundaria a causa de la denudación y transporte, verificado con posterioridad, de bancos de la formación inferior, depositados con anterioridad a los estratos marinos, en regiones más occidentales” (idem:488). Los “estratos conchíferos” que descansaban sobre los anteriores eran los verdaderos niveles fosilíferos con la Ostrea patagonica. Estas capas llegaban, en la Patagonia Austral, hasta los niveles más inferiores de la barranca, por no hallarse allí representados ni el Paranense ni el Mesopotámico (idem:492), a diferencia de lo que sucedía en la Patagonia Septentrional. Según Doering, estos mismos niveles estaban en el subsuelo de la cuenca pampeana. La ingresión marina oligocénica representada por el piso Patagónico no había tenido, según d’Orbigny, la extensión de la ingresión representada por el piso Paranense del Eoceno (idem:495). Posteriormente a la depositación del piso Patagónico, los avances del mar se habrían interrumpido, hasta el último y definitivo correspondiente al piso Querandino163 del Diluvial (idem: cuadro final). Este último era el que contenía los restos de Azara labiata que tanto llamaban la atención al explorador. En general, durante el Neógeno –o Terciario Superior– “(e)l continente sudamericano ya era así un continente en tiempos en que la Europa no presentaba sino los contornos de un archipiélago” (idem:498). La extensión del continente sudamericano 161 Actualmente, la Formación Río Negro. 162 También, el miembro medio de la Formación Río Negro, con fauna entrerriense. 163 Los depósitos holocénicos del “Querandino” o “Querandinense” corresponden actualmente a distintas unidades formacionales, distribuidas en diferentes sectores de la Provincia de Buenos Aires: Formación Medaland, etc. 173 durante el Neógeno debió extenderse más hacia el Este. Esta idea sería muy importante de aquí en adelante: la suposición de que las condiciones en nuestro continente habían sido más propicias que en el viejo mundo para la evolución ininterrumpida de las faunas. Santiago Roth y las expediciones científicas sistemáticas Con la presencia efectiva de las fuerzas militares en la Patagonia, la situación se volvió más favorable para naturalistas y exploradores. La creación del Museo de la Plata en 1884 y la designación de Florentino Ameghino como su subdirector, y de su hermano Carlos (1865-1936) como naturalista viajero, darían un gran impulso a las investigaciones geo-paleontológicas en la región. La primera serie de expediciones del museo de La Plata a la Patagonia fue organizada por los Ameghino, cuyas teorías se comentan más adelante, y la última por el explorador suizo Kaspar Jacob (Santiago) Roth (1850-1924), a cargo del área de Paleontología del Museo luego del enfrentamiento de los Ameghino con el fundador y director del mismo, Francisco Moreno. Por lo tanto, al escribir el artículo del cual nos ocuparemos, Roth conocía el pensamiento de Ameghino sobre las cuestiones centrales de la estratigrafía patagónica. Debido a la importancia de las ideas de Ameghino, se abordará en primer lugar a Roth, cuya contribución es, en cuanto a su volumen, mucho más modesta. La primera serie de exploraciones de Roth a la Patagonia abarcó los años 1895 a 1899. Su primera campaña a Río Negro, desde diciembre de 1895 a junio de 1896, contó con la participación del geólogo alemán Walther Schiller (1879-1944), quien se incorporaría definitivamente al plantel del Museo de La Plata en 1905 (Camacho 2001). Los resultados de esta primera expedición (Roth 1899) fueron volcados en un número de la Revista del Museo de La Plata, que se publicaba desde 1892. El principal aporte de Roth al conocimiento de los depósitos marinos de la Patagonia es el descubrimiento de una antigua ingresión marina, representada por un estrato fosilífero muy importante que Hermann von Ihering (1850-1930) designará como etage Rocaneén (Ihering 1903). En su trabajo de 1899, Roth identificó en las inmediaciones de Carmen de Patagones, una formación marina cuyos fósiles indicaban una relación con la formación Patagónica del Chubut. A diferencia de los demás autores que hemos estudiado, Roth no se ocupó de las subdivisiones y edad de la formación Patagónica, una cuestión que le resultaba muy enredada (Roth 1899:147). Desde Patagones hasta Chichinales –valles inferior y medio del río Negro– Roth distinguió tres formaciones: una marina, expuesta sólo en algunos pocos puntos cercanos a Carmen de Patagones y del litoral atlántico, otra continental, de areniscas y 174 con restos de mamíferos, que se extendía por lo menos hasta Choele Choel, y por último los rodados. La formación intermedia observada por Roth, portadora de restos de mamíferos, correspondía seguramente a depósitos neógenos comprendidos bajo el nombre de estratos Araucanos por Doering en la zona del Chichinal. Según el alemán, el piso Araucano estaba representado por el “horizonte superior de los bancos de la meseta araucana, en el curso intermedio del Río Colorado y del Río Negro” (Doering 1882:499). Los rodados que observó Roth correspondían seguramente a una sucesión de niveles de diferente origen, de edad Plio-Pleistoceno.164 Luego de la “Bajada del Chichinal”, ya en el valle superior del río Negro, Roth distinguió, por debajo del nivel de areniscas, una nueva formación165. Frente al fuerte Roca, observó un nivel de arcillas con invertebrados marinos hasta ese momento desconocido. Esa misma formación marina se encontraba expuesta en diversos puntos de la Patagonia (Roth 1899:150). Por su fauna, esos niveles le indicaban una edad terciaria, aunque los mismos se intercalaban con niveles rojos portadores de restos de dinosaurios, por lo que supuso que eran Cretácicos (Bertels 1970). Esto en definitiva no lo sorprendió, ya que en India y Brasil también existían faunas de invertebrados indudablemente cretácicas, con “características terciarias”. De todos modos, la antigüedad cretácica de esos depósitos debía ser confirmada por un especialista, de modo que Roth envió una gran cantidad de fósiles a Carlos Burckhardt (1869-1935), quien a su vez se los entregó a von Ihering, director del Museu Paulista (São Paulo, Brasil) entre 1894 y 1915 (Lopes 2001). Éste finalmente describió los restos en 1903, y dio el nombre de “Piso Rocanense” a la unidad (Bertels 1970). En realidad, como se vio, Doering ya conocía la existencia de un nivel con moluscos marinos en Fresno Menoco, el cual suponía correspondiente a su Paranense, por encontrarse interpuesto entre el Guaranítico y el Mesopotámico. No es improbable que Roth deconociera el hallazgo de Rohde y el informe de Doering (ibidem). Von Ihering, al igual que otros investigadores, advirtió tempranamente la mezcla de elementos cretácicos y terciarios en los depósitos de Fresno Menoco. Recién en 1922 Windhausen confirmará que en ese lugar existía un nivel marino más antiguo por debajo del Rocanense. Esa unidad, pero en la zona de Auca Mahuida, será designada por Windhausen como “Capas del Jagüel”. 164 Los estratos Araucanos de Doering (reconocibles en el valle del río Negro) comprendían la actual Formación Río Negro (pliocénica), y tal vez parte de la Formación El Palo (miocénica). En la zona atlántica, la Formación Río Negro se corresponde con el gres azuré de d’Orbigny. En la zona del valle, Doering había considerado que el “gres azulado” era parte de su piso Patagónico inferior o del Mesopotámico (los estratos Araucanos estaban por encima). 165 Los niveles observados por Roth corresponden seguramente a la Formación Chichinales de Fossa Mancini et al. (1938). En las bardas ubicadas en frente a la localidad de Villa Regina, unos kilómetros al oeste de la “Bajada del Chichinal”, pueden observarse la Formación El Palo, en la mitad superior de la barda, y la Formación Chichinales, en su mitad inferior. Recordemos que Doering ya había asignado esos mismos niveles a su piso Mesopotámico. 175 Las investigaciones de Roth indicaban que en la zona de Neuquén no existían niveles marinos como los de Roca166. En su informe, el suizo mencionó que los restos colectados por él y estudiados por el paleontólogo inglés A. Smith Woodward (18641944), los cocodrilos Notosuchus, Cynodontosuchus y una víbora indeterminada167, provenían de una capa en donde predominaban las areniscas, por encima de la cual había otra con predominancia de arcillas y restos de grandes saurios168. Refiriéndose a la capa de areniscas de la zona de la confluencia apuntó: “El señor Lapalowicz169 hace resaltar en su trabajo170 […] la semejanza de esta formación con la de Monte Hermoso, y parece que este señor se inclina a creer que las dos formaciones pertenecen a una misma edad. Efectivamente; se pudiera confundir mirándola de lejos con la formación pampeana inferior; pero examinándola, se ve bien que se trata de dos formaciones completamente distintas, que no tienen otra analogía que el color.” (Roth 1899:152-153) Hacia el interior del Territorio del Neuquén, en la zona del Collón Curá, camino a Junín de los Andes, Roth observó una capa de toba gris sin estratificar. Los fósiles que encontró allí eran los mismos que en la formación Santacruceña de Ameghino (idem:156). Según el explorador del museo platense, la formación se extendía hacia el sur del río Limay, incluso en la zona del río Senguerr, en Chubut, los fósiles colectados eran muy parecidos. Roth pensó que los depósitos marinos existentes cerca del litoral atlántico, en el valle del río Chubut, eran parte de esta misma formación. En estos últimos, Roth había encontrado fósiles de mamíferos muy semejantes. Como se verá, Ameghino pensaba que la formación Santacruceña correspondía al Eoceno Inferior, mientras que otros la creían miocénica. Roth se mostró básicamente de acuerdo con esta última opinión: “Comparando los moluscos fósiles de los depósitos marinos del Chubut, donde en la parte superior abundan los restos de mamíferos de la formación Santacruceña con los moluscos de los depósitos marinos de Entre Ríos, a los cuales nunca se ha dado una 166 Evidentemente, no registró los niveles ubicados en el Cerro Azul, frente a Cipolletti (Río Negro), en la zona de la confluencia de los ríos Limay y Neuquén. 167 Esta forma será más adelante nominada Dinylisia por el propio Smith Woodward. 168 Se refiere a la Formación Bajo de la Carpa, de donde provienen los restos estudiados por Smith Woodward, y la Formación Anacleto, la cual se dispone sobre la anterior. 169 El nombre está escrito aquí de forma errónea; más adelante -p. 156-, se lo indica correctamente: Zapalowicz. 170 El trabajo citado por Roth es: “Das Rio Negro-Gebiet in Patagonien”. Denks-chrift der kaiserlichen Academie der Wissenschaften (Viena, 1893). 176 edad más antigua que miocénica, se ha llegado a la conclusión que estas dos formaciones pertenecen a la misma edad [...]. Es cierto que Ameghino cree que existen en el Chubut dos formaciones marinas, una miocénica y otra eocénica, pero este no es el caso“. (idem:166) Las interrelaciones de los diferentes estratos marinos y continentales del Terciario, en especial de los de la formación Patagónica, alcanzará su máximo grado de complicación con Florentino Ameghino. El pensamiento de Ameghino Las referencias de Florentino Ameghino (1854-1911) sobre la geología del Terciario patagónico –en particular, sobre los pisos marinos y su contenido fósil– se hallan a lo largo de su vasta producción científica. Lógicamente, la obra geopaleontológica de Ameghino no es un corpus de ideas homogéneo, habida cuenta de las innumerables introducciones y rectificaciones efectuadas a lo largo de los años, como resultado discusiones con otros investigadores, nuevas observaciones y estudios, etc. Más allá de esto, puede asegurarse que el interés real de Ameghino siempre estuvo, no en los depósitos marinos y sus moluscos, sino en la evolución de las faunas mamalianas que se registraban en los pisos subaéreos que alternaban o intercalaban con aquellos: “El gran interés que ofrece hoy día la geología de Patagonia tiene por causa los fósiles que encierran las capas sedimentarias de aquella región, y principalmente la de Mamíferos” (Ameghino 1906:29). Ameghino fue uno de los primeros en aceptar el evolucionismo biológico en nuestro país, y esto le permitió plantear los problemas geológicos desde una nueva mirada. En consecuencia, compondrá su cuadro crono/geoestratigráfico a partir de observaciones directas en terreno –mayormente a cargo de su hermano Carlos– y del estudio del grado evolutivo de las faunas –algo sobre lo que, hasta ese momento, no se había prestado atención, debido a la falta de una masa crítica de fósiles–. Ambos criterios eran aplicados complementariamente: cuando la secuencia estratigráfica no estaba clara, Ameghino subrayaba la mayor relevancia del método evolutivo: “el verdadero cronómetro invariable, que se presta siempre a conclusiones generales de igual valor y comparables entre sí, sin exceptuar a las de las regiones más distanciadas, es el que juzga la edad de las formaciones según el grado de evolución de la fauna” (idem:31). Pero cuando esas diferencias progresivas no eran tan obvias o se prestaban a múltiples interpretaciones, no dudaba en exponer la conveniencia del método estratigráfico. Por ejemplo, discutiendo la edad eocénica de su formación Patagónica dirá: “Desde el punto de vista absolutamente estratigráfico, que es el más decisivo […] el 177 Patagónico reposa directamente sobre el Cretácico más reciente, en concordancia perfecta” (idem:269; itálicas nuestras). Las Formaciones sedimentarias del Cretácico Superior y del Terciario de Patagonia, de 1906, es una obra clave para comprender a Ameghino. Este tratado de más de 500 páginas contiene las principales ideas de su autor sobre la geología y paleontología de Patagonia. Con relación al asunto que nos interesa, Ameghino creía, según se lee en Las Formaciones, que los avances marinos sobre la Patagonia durante el Terciario nunca habían tenido un carácter global, y que, en general, era posible correlacionar los depósitos marinos con los depósitos continentales o “subaéreos”. De esta manera, cada formación poseía pisos marinos y continentales equivalentes, lo que suponía una tremenda complejización con relación a los cuadros previos, caracterizados por la sucesión alternada de pisos marinos y continentales. Así, le era posible a Ameghino, basándose en el estudio de las ostras e invertebrados de los pisos marinos correspondientes, asignar una determinada antigüedad a los diferentes pisos subaéreos –lo que realmente a él le interesaba–. Obviamente, el hecho de que Patagonia nunca hubiera estado cubierta completamente por las aguas del océano, como hasta ese momento se pensaba, era un dato fundamental para los intereses de Ameghino, por cuanto él necesitaba un escenario propicio –es decir, siempre seco– para la evolución initerrumpida de las faunas de mamíferos. De este modo, Ameghino se vio enredado en una áspera discusión cruzada sobre las faunas de moluscos marinos de Patagonia, de la cual también tomaría parte, en su favor, von Ihering, quien, como vimos, ya había estudiado los materiales colectados por Roth. Por supuesto, Ihering nunca había visitado los sitios de colecta (Lopes 2001), y la crucial correlación de los depósitos marinos con los subaéreos, en definitiva, correrá por cuenta de los Ameghino. En primer lugar, Ameghino estableció claramente la existencia de dos series de depósitos marinos, correspondientes a ingresiones distintas: a esos depósitos los agrupó en sus formaciones Patagónica y Entrerriana. Recordemos que cada una de sus formaciones poseía pisos marinos y subaéreos equivalentes. El término “formación Patagónica” quedó restringido a una serie de pisos, supuestamente del Eoceno Inferior, que afloraban en algunos puntos de Chubut y Santa Cruz; de los más antiguos a los más modernos, el Camaronense (cerca de Camarones, en la Provincia de Chubut171), el 171 Caracterizado según Del Río (2004) por una particular asociación de moluscos (AVG Assemblage). La edad de esta asociación es aún motivo de discusión; algunos autores la consideran eocénica, coincidiendo en este punto con Ameghino; aunque actualmente es más probablemente neógena. Debe recordarse que el mismo Darwin había postulado una edad eocénica para su Patagonian tertiary Formation. 178 Juliense (en el bajo de San Julián, en Santa Cruz)172, y el Leonense173 (en Monte León, Santa Cruz).174 La antigüedad eocénica atribuida a la formación Patagónica estaba basada en el hecho de que, en varios puntos de la Patagonia Central y Oriental, dicha unidad se apoyaba concordantemente sobre el Cretácico –más precisamente sobre la formación Guaranítica (Ameghino 1906:269)–, y sobre todo, porque las faunas mamalianas de los estratos continentales correspondientes (Tequense [=Camaronense], Colpodense [=Juliense] y Astrapotericulense [=Leonense]) eran, para Ameghino, muy antiguas, de un grado evolutivo que, en el Hemisferio Norte, correspondía al Eoceno. A los pisos marinos que se extendían al norte de la Península Valdés, hasta la boca del río Negro y en el valle inferior del mismo río, Ameghino los agrupó en su formación Entrerriana; les dio el nombre de pisos Paranense y Mesopotamiense (los mismos nombres eran aplicados a los correspondientes pisos subaéreos), y les atribuyó una edad Oligocena. De hecho, las localidades clásicas de d’Orbigny, aquellas en donde el francés había reconocido su “terrain tertiaire patagonien”, desde Carmen de Patagones hasta San José, corresponderían, según Ameghino, a la formación Entrerriana, no a la Patagónica (idem:229). Las ostras antes características del tertiaire patagonien, de la Patagonian tertiary Formation, o del piso Patagónico (Ostrea patagonica y Ostrea Alvarezii), correspondían ahora a la formación Entrerriana (piso Paranense)175. Otras ostras como la Ostrea Hatctheri, eran para Ameghino típicas de su formación Patagónica, más antigua. Los niveles marinos del Terciario de Paraná (y del subsuelo bonaerense), no correspondían a la formación Patagónica sino a la Entrerriana. De esta forma: “(l)a formación Entrerriana constituye una franja muy estrecha y muy larga, correspondiente a un brazo de mar que penetraba en el interior del continente, de Sur a Norte. Esta conformación es la que explica la presencia de restos de mamíferos en la formación marina: esos restos procedían de la tierra firme, que estaba muy cerca” (idem:45) 172 Según Del Río (2004), el Juliense de Ameghino comprende la Formación San Julián de Santa Cruz, y la parte baja de la Formación Chenque del Golfo San Jorge, en Chubut. El “Juliense” de Ameghino presenta, efectivamente, asociaciones de moluscos que lo distinguen (PP y JR assemblages de Del Río 2004). La edad de estas asociaciones es Oligoceno Superior-Mioceno Inferior. 173 Caracterizado, según Del Río (2004), por una particular asociación de moluscos, su RSP Assemblage, de edad Mioceno Inferior. 174 Según Del Río (2004) los actuales bioestratígrafos reconocen que el Patagoniense representa al menos dos eventos ingresivos, uno representado en la Cuenca Austral por los sedimentos de San Julián, el otro por los sedimentos de Monte León, en la Cuenca Austral, y por la parte superior de la formación Chenque, en la Cuenca San Jorge. 175 Actualmente, la Formación Puerto Madryn y equivalentes. 179 Para explicar las diferencias faunísticas entre las formaciones Patagónica y Entrerriana, Ihering había postulado la ruptura de un continente hipotético, su “Archelenis” –que comprendía, entre otros continentes, América del Sur y África, y el posterior ingreso de moluscos marinos de características caribeñas, a través de la llamada “manga de Tethys”. Estos últimos compondrían la fauna del Entrerriense. El estudio de los moluscos marinos de Patagonia permitió a Ameghino reconocer diferencias entre faunas registradas en diferentes sitios, y ordenarlas según el grado de similitud con las faunas actuales, basándose en el porcentaje de especies vivientes. De este modo, pudo fundamentar la antigüedad dada a las faunas de mamíferos registradas en los pisos “subaéreos de agua dulce” correlacionados. La idea aceptada en los centros de investigación norteamericanos y europeos era que la evolución de las faunas sudamericanas estaba retardada con relación a las del Hemisferio Norte. En efecto, la formación Santacruceña, considerada por la mayoría de los paleontólogos como miocénica, contenía restos de géneros totalmente extinguidos; mientras que en el Norte, las unidades de la misma antigüedad tenían un contenido paleontológico más similar al actual. Esto hacía suponer que las faunas sudamericanas habían evolucionado más rápidamente desde el Mioceno. Ameghino rechazará enérgicamente esta idea. Un argumento similar existía con relación a la formación Entrerriana, a la cual los demás investigadores suponían pliocénica (recordemos que para Ameghino era oligocénica superior). Como en Patagonia el número de faunas sucesivas de mamíferos desde esa formación hasta la actualidad duplica el de Europa, se asumía que cada una de esas faunas había tenido aquí una duración más breve que en el Viejo Mundo. Otra vez, Ameghino se opondrá: para él las faunas patagónicas del Entrerriense eran sencillamente más antiguas, lo que explicaba, además, el hecho de que eran más primitivas. Otra novedad introducida por Ameghino, que, de hecho, causó aún más confusión y controversia, es la identificación de un piso marino Superpatagónico –uno superior y otro inferior–, como parte de su formación Santacruceña176. Desde un punto de vista estratigráfico, esos niveles se encontraban entre sus formaciones Patagónica y Entrerriana. Geográficamente, los depósitos del Superpatagónico se hallaban restringidos al sur de Chubut y sur de Santa Cruz. Los pisos marinos de la formación Patagónica eran continuos y más extensos que los niveles continentales correspondientes (idem:341). En el caso de la formación 176 El piso Superpatagónico correspondería a los niveles superiores de la Formación Monte León, portadores de restos de Ostrea orbigny (Parras, comunicación personal). 180 Santacruceña, era exactamente al revés: los niveles continentales y marinos se alternaban, y los primeros superaban ampliamente a los segundos (idem:343). Con su estilo exagerado, Ameghino defendió la separación entre sus pisos Superpatagónicos y la formación Patagónica, una diferenciación “reconocible hasta por los profanos […] tan neta que parece trazada a cordel” (idem:223). La clave de esa separación, en definitiva, recaía en las ostras fósiles presentes en cada uno de esos niveles: la ostra típica del piso superpatagónico era la “Ostrea d’Orbigny” (en lugar de la Ostrea Hatcheri, típica de la Formación Patagónica177), y el gastrópodo típico era Struthiolaria Ameghinoi.178 Uno de sus principales objetores en este terreno fue el paleontólogo alemán Rudolf Otto Wilckens (1876-1943). Uno de los puntos de desacuerdo era, precisamente, la cantidad de especies en común entre las formaciones Patagónica y Santacruceña; Wilckens sostenía que eran simples diferencias locales, en tanto Ameghino pensaba que las diferencias eran profundas, significativas, y que reflejaban un diferente grado de evolución. Ameghino acusó a Wilckens de no conocer la Patagonia, una descalificación muy propia de él (idem:217). Para Ameghino, cada fauna marina (patagónica y superpatagónica), se relacionaba con una fauna de mamíferos distinta; a la formación Patagónica le correspondían los niveles continentales Colpodense y Astrapotericulense, mientras que a los pisos Superpatagónicos, el Notohipidiense y el Santacrucense. Para Wilckens, los pisos continentales de Ameghino (Colpodense, Astrapotericulense, etc.) no eran la expresión subaérea de los pisos marinos indicados por Ameghino, sino que se trataba de niveles que se les intercalaban. Wilckens pensaba que desde el Cretáceo Superior se habían producido en Patagonia sólo tres ingresiones marinas (idem:39): la primera en el Cretácico Superior, representada por los depósitos marinos del rocaense y salamanquense179, reunidos por Wilckens junto a otros en su “formación Jorgense”; otra Miocénica, representada por los pisos marinos de la formación Patagónica; una última pliocénica, representada por los pisos marinos de la formación Entrerriana. Entre las dos primeras ingresiones, según Wilckens, se habría extendido un largo período continental durante el cual se habrían desarrollado las faunas de 177 Darwin había identificado como Ostrea patagonica, los restos hoy asignados a estas dos especies (Parras, comunicación personal). 178 La existencia de un “Superpatagoniense” fue defendida por eminentes geólogos posteriores, como J. Frenguelli y E. Feruglio. En la actualidad, se reconoce en esos mismos niveles (incluidos formalmente en diferentes unidades formacionales) una asociación de moluscos particular (PA Assemblage, Del Río 2004). 179 “Salamancaéen” es el Nombre dado por Ihering (1903) a unos depósitos descubiertos por Carlos Ameghino en actual la provincia del Chubut. 181 Notostylops-Astraponotus-Pyrotherium. Al producirse la ingresión marina del Mioceno, continúa Wilckens, esas faunas habrían emigrado, y durante la regresión ocurrida entre las dos últimas ingresiones, Patagonia habría sido repoblada por formas inmigrantes. Según Wilckens, estas faunas habrían evolucionado en otro lugar. Todo esto le resultaba a Ameghino inadmisible. Para el argentino, las ingresiones habrían sido más numerosas (idem:41); las faunas de Notostylops, Pyrotherium, etc. eran de épocas distintas, no más recientes que el “Jorgense” de Wilckens. Todas esas capas corresponderían a una única formación que iba desde el Cenomaniano hasta el Daniano: su formación Guaranítica180. La formación Patagónica se dispondría por encima de todo esto y sería eocénica, no miocénica. Wilckens había afirmado que cada una de sus tres ingresiones marinas había tenido un amplio alcance, llegando hasta la cordillera. Para Ameghino, las numerosas ingresiones que reconocía habían avanzado apenas algunas leguas desde la costa actual. La parte central de Patagonia y todo el resto de la Argentina nunca habrían estado bajo el agua, lo que había permitido, en ese lugar, la evolución ininterrumpida de las faunas de mamíferos. Según Ameghino, desde el Cretácico, entre la cordillera –ya presente para esa época– y la meseta central patagónica, existió una franja deprimida por donde repetidas veces había ingresado el mar: su “Mar Ándico” (idem:43). Recuérdese que una idea similar había sido anticipada por Doering. Para complicar el asunto, Ameghino postuló la existencia de una serie de brazos del Pacífico que atravesaban la Cordillera, explicando así el origen de ciertos depósitos, como los “estratos de Corral del Foyel”, etc. Efectivamente, los estratos marinos cretácicos no podían ser admitidos como el resultado de ingresiones atlánticas, por cuanto el Atlántico no existía en esa época, su lugar era ocupado por la prolongación del continente hacia el Este, el antiguo “Archelenis” de von Ihering. Para Ameghino, la única formación marina al norte del río Negro era la Entrerriana; excepto el área inundada por el “mar entrerriense”, toda la región pampeana había estado siempre emergida: “al Norte del río Negro, las formaciones marinas desempeñan un papel insignificante, porque el conjunto de los terrenos sedimentarios está constituido únicamente por capas terrestres, de agua dulce o subaérea” (idem:45). Más aún, como se mencionó, Ameghino pensaba que, durante el Terciario, el continente se había extendido mucho más hacia el Este –algo que ya Doering había propuesto para los tiempos neógenos–. Esto había sido así posiblemente desde principios del Jurásico, y trae en apoyo de esta idea una frase de Bodenbender, con relación a una memoria sobre las sierras de Córdoba, de 1905: “Como no se hallan 180 Al igual que la formación Guaranítica de Doering, las capas más antiguas de la formación Guaranítica de Ameghino eran Cretácicas. 182 indicios de sedimentos marinos de los terrenos jurásicos, cretáceo y terciario antiguo, es de suponer que toda la región, como en general gran parte de esta zona central de la República, han sido continente durante aquellas épocas” (idem:41). Con relación a los niveles marinos más antiguos, Roth había descubierto los depósitos marinos de Roca, cuya antigüedad cretácica había sido luego confirmada con las determinaciones de Burchardt. En un primer momento, Ameghino pensó que esos depósitos eran simultáneos con su Sehuenense, un piso marino Daniano, parte de su formación Guaranítica, que él mismo había establecido para ciertos depósitos del Chubut. Sin embargo, no tardó en convencerse de que se trataba de un depósito más antiguo, de edad cenomaniana. En 1903 Ihering dio a conocer sus estudios sobre los fósiles del Golfo San Jorge –aportados por Carlos Ameghino–, llegando luego a la conclusión de que eran algo más recientes que los de Roca. Como se mencionó, dio el nombre de “Salamancanéen”, más tarde “Salamanquense”, a los segundos (Ihering 1903). Después de varias idas y venidas, Ameghino estableció para la formación Guaranítica, cuatro pisos marinos distintos: Luisense (el más antiguo, cerca del Lago Argentino); Rocaense181; Salamanquense y Sehuenense. Para Wilckens, naturalmente, todos esos depósitos eran equivalentes. Ameghino admitió que entre el Salamanquense y el Rocanense había especies en común, pero la similitud entre las faunas no era significativa para considerarlas de la misma antigüedad. La edad cretácica del Rocaense estaba fundamentada, además, por la existencia de amonites, un tipo de molusco típicamente mesozoico. En efecto, en una oportunidad, le habían acercado a Ameghino un amonite supuestamente proveniente de los alrededores de Roca. Luego Ameghino se enteró de que, en realidad, el resto no había sido colectado en ese punto, sino más al Oeste. Cuando lo supo, escribió urgentemente a Ihering para que lo suprimiera de su trabajo Les mollusques des térrains crétaciques supérieurs de l’Argentine orientale, que estaba en prensa. Más tarde recibió de parte del coronel Antonio A. Romero182 una noticia tranquilizadora: el rocaense se extendía hacia el Oeste, hasta al menos la confluencia (Ameghino 1906:83)183; por lo tanto, el problemático amonite provenía muy probablemente del Rocaense. 181 Doering había incluido esta unidad, llamada por él “piso Paranense”, como un parte de su formación Patagónica. 182 Romero había enviado una serie de huesos de dinosaurios provenientes de la zona de Roca al recientemente inaugurado Museo de La Plata, en 1887. Los huesos de dinosaurio enviados por Romero y otros militares de la Expedición al Río Negro serán luego estudiados por el paleontólogo inglés Richard Lydekker (1849-1915) durante una serie de visitas a la Argentina. 183 Romero se había topado evidentemente con los depósitos marinos del Cerro Azul, en la margen Norte del río Negro, a la altura de Cipolletti, aquellos mismos depósitos que inexplicablemente Roth había pasado por alto. 183 Para Wilckens el rocanense no era cretácico –al menos no Cretácico Inferior– por cuanto por encima se hallaban los estratos rojos con dinosaurios. Ameghino recordó que, según Roth, esos niveles se intercalaban –más que superponían– con los estratos con dinosaurios: “todos los viajeros que han visitado esa localidad confirman los datos de Roth” (idem:97). Con relación a la formación Entrerriana, Wilckens la consideraba pliocénica (idem:385), y la refería a la formación Araucana. Había reunido las capas marinas de Paraná y las capas coetáneas terrestres con las capas marinas Araucanas y sus correspondientes depósitos terrestres, para constituir una sola formación, su “formación Paranense” (Paraná-Stufe) (idem:401). Para Ameghino, la Formación Araucana184 (miocénica) era más moderna que la Entrerriana (oligocénica). En Patagonia, la primera estaba representada por su piso inferior, el “Rionegrense”, tanto en su versión marina como “subaérea”. “La Formación Araucana (o Tehuelche antigua) no es contemporánea de la Entrerriana: difiere de ella tanto por la fauna marina como por la fauna terrestre; y difiere también porque está superpuesta a la última en completa discordancia” (ibidem). Para Ameghino, la fauna de moluscos (12 % de especies vivientes) y de mamíferos (un 4 % de géneros vivientes) de la formación Entrerriana era muy primitiva; de considerarse miocénica, habría que pensar en un ritmo de evolución mayor, lo que a Ameghino le resultaba inaceptable: “Me parece inútil buscar la explicación de esta diferencia en una aceleración de la evolución de la fauna entrerriana, puesto que, en otros casos (tal como sucede con las demás faunas mastológicas fósiles de la Argentina), se pretende lo contrario, o sea; que ella está atrasada en su evolución. La lógica dice que es preciso aceptar los hechos tales como se presentan. En este caso, se ve que la fauna mastológica de la Fm Entrerriana difiere de la actual mucho más que la del Mioceno del hemisferio Norte.” (idem:413) En Las Formaciones hay una referencia sobre una cuestión de términos con relación a una “formación Tehuelche”. Esta unidad se correspondía con la formación Araucana de Doering, al norte del Colorado (idem:415). Ameghino había hablado en trabajos anteriores de una formación “Tehuelche del Sur” y otra “Araucana del Norte”, 184 La formación Araucana había sido la denominación de Doering para el conjunto de depósitos dispuestos por encima de la formación Patagónica y por debajo de la formación Pampeana. En Patagonia, según Doering, los depósitos de esta unidad se hallaban bien distribuidos; en la parte alta de los bancos de la “meseta araucana”, entre los ríos Colorado y Negro (actualmenteabarca una serie de formaciones neógenas, sobre todo la Formación Río Negro). Ameghino respetará básicamente la ubicación de la formación Araucana (como una unidad intermedia entre la formación Patagónica y el Pampeano), pero esta franja estará ocupada además por una serie de divisiones nuevas (formaciones Santacruceña y Entrerriana, entre otras). 184 para referirse básicamente a lo mismo. El problema era que Doering ya había designado una “formación Tehuelche” para la formación de Rodados, la cual, como Ameghino reconocía, ni siquiera correspondía a un solo objeto, ni en edad ni en ambiente. Por lo tanto, aceptando, aquí sí, las razonables críticas de Wilckens, decidió abandonar el uso de formación Tehuelche y referirse sólo a formación Araucana. Con relación a la formación Pampeana, Ameghino reconoció explícitamente que en Patagonia existía una formación Pampeana pliocénica. D’Orbigny y Darwin pensaban que el depósito que equivalía al pampeano en Patagonia –al sur del río Colorado– era el de grava; Burmeister había admitido que, al menos en ciertos puntos estaba; Doering tampoco la reconocía. “Desde el Chubut hasta Santa Cruz se conocen depósitos subaéreos o de agua dulce que presentan el mismo aspecto que el limo pampeano de la llanura de Buenos Aires” (idem:437). Ameghino reconocía la existencia de algunas capas marinas del pampeano e inmediatamente posteriores al pampeano (Fairweateriense, Ensenadense, Belgranonese, Lujanense, Querandinense, etc.). Algunos de estos depósitos (como el Fairweateriense185 y el Aimarense), estaban representados en Patagonia, lo que indicaba que la totalidad del territorio argentino había estado sujeta a repetidos avances del nivel del mar, sin que esto significara una inundación general. En Buenos Aires, Ameghino distinguió tres niveles correspondientes a su formación Pampeana, y uno a la Postpampeana, que cronológicamente eran algo más recientes que el Fairweateriense de Patagonia y más antiguos que el Aimarense: el piso Ensenadense186, el piso Belgranense187, el piso Lujanense, y el Querandinense188. Conclusión Los depósitos marinos y sus moluscos fósiles han sido una pieza fundamental para el conocimiento geológico de la Patagonia. La abundancia y calidad de los restos, sobre todo los provenientes de algunas de las capas que se mencionan a lo largo de este trabajo, permitieron establecer, con relativa rapidez, correlaciones con los pisos 185 J. B. Hatcher (1861-1904) había llamado Cap Fairweather beds a estos depósitos por haber sido observados en ese cabo (Cabo Buen Tiempo, al norte de la desembocadura del río Gallegos, en la Provincia de Santa Cruz). En la Provincia de Buenos Aires, la Formación Puelche (equivalente subaéreo del Fairweateriense marino) no presenta niveles marinos intercalados. 186 Hoy considerada una intercalación marina de una antigüedad de 700.000 años de la Formación Ensenada; el llamado “mar Interensenadense”. 187 Actualmente la Formación Belgrano de 120.000 años, entre Las Formaciones Ensenada y Buenos Aires: el “mar Belgranense”. 188 Sobre la Formación Luján (6500 años), llegó por el Paraná hasta la altura de Diamante. Este “mar Querandinense“ se encuentra sobre la formación Luján (Novas 2007). 185 europeos mejor conocidos. La escarpada geografía de su litoral atlántico permitió a los primeros viajeros adquirir un conocimiento bastante preciso de la estratigrafía de Patagonia. En lugar de estudiar los fósiles de forma aislada, aquellos debieron dar razones que explicaran el avance del mar sobre el continente. Si bien las causas de esas ingresiones marinas pudieron establecerse con verosimilitud recién en el siglo XX, debido a la falta de una base teórica sólida que permitiera explicarlas (e.g, teoría de la tectónica de placas, teoría glacial, etc.), los viajeros europeos no dejaron de arriesgar una interpretación. Algunos, como d’Orbigny, fueron más allá, y elaboraron historias más o menos ingeniosas sobre la evolución geológica del continente. La evolución intelectual desde una posición catastrofista en su variante neptunista –presente en d’Orbigny– hasta una actualista-gradualista, como la de Darwin o Ameghino, se advierte en Burmeister, durante cuya formación académica recibió seguramente influencias de la primera –en base a lo que se lee en su Historia de la Creación– en tanto que en su Description physique hay un vuelco decidido hacia la segunda, llegando incluso a superar al propio Darwin en la contundencia de sus afirmaciones actualistas. Paradójicamente, la aceptación de la teoría glacial –una teoría originalmente catastrofista– iba a dar el argumento que los estudiosos actualistas de la geología del territorio necesitaban para explicar las repetidas invasiones marinas durante el Cuaternario. El mismo Doering, quien aceptaba una era “pre-glacial” y otra “glacial”, no afirmó abiertamente que las ingresiones marinas de su piso Querándico hayan sido el resultado del derretimiento de los hielos, aunque eso parece verse en un cuadro incluido en el Informe Oficial. Muy probablemente, Doering también haya recibido, como Burmeister, cierta influencia del catastrofismo. La causa de las ingresiones marinas cuaternarias estaba al alcance, pero seguramente el descrédito de esa antigua tradición bloqueó durante años su aceptación. Hacia mediados del siglo XIX la teoría glacial contaba ya con un cierto consenso en Europa, pero aún faltaba bastante para que se demostrara su importancia en el hemisferio sur. De todos los investigadores incluidos en nuestra incompleta lista de autores, Ameghino fue el que mejor comprendió la necesidad de contar con un marco estratigráfico general del territorio; de hecho, trabajó en ello durante toda su vida profesional, siendo él quien primero se volcó de lleno a la geología de Patagonia, aprovechando la oportunidad histórica que se le presentaba –la llamada “conquista” del territorio–. A diferencia de varios de sus predecesores –aunque aún no se cuente con estudios específicos sobre ellos– Ameghino se inició a la vida científica como “actualista”, mostrándose contrario al catastrofismo desde sus primeros trabajos (Ingenieros 1951). 186 Como se ha visto a lo largo de este capítulo, el interés de Ameghino era demostrar que América del Sur y en particular Patagonia habían sido el centro de origen e irradiación de los diferentes grupos de mamíferos, y su esquema estratigráfico apoyaba –naturalmente– esa idea. La modificación de cualquier aspecto de su estratigrafía –incluso el menor cambio sobre la identificación de tal o cual género de molusco– podía hacer caer todo el edificio de sus teorías, y esa es la razón por la que defendió sus ideas con un ardor y una agresividad que no mostraron otros. Ameghino debió reducir al mínimo la amplitud de las invasiones marinas en Patagonia, y echar por tierra, definitivamente, la antigua creencia en una única formación marina terciaria, a la que pertenecían, como se pensaba desde los tiempos de d’Orbigny, prácticamente la totalidad de las rocas que conformaban este extremo del continente. Para los autores anteriores a Ameghino, la sucesión de niveles subaéreos y marinos había sido un dato sin mayor interés, algo que apenas era visto como el testimonio de una alternancia entre escenarios marinos y continentales. El evolucionista Ameghino veía las cosas de manera muy distinta. Para él, los pisos marinos y sus moluscos eran cruciales para conocer la antigüedad de los depósitos subaéreos que le interesaban. De hecho, las importantes revisiones realizadas sobre los invertebrados fósiles de Patagonia identificados por d’Orbigny a principios de siglo fueron hechas por su encargo… o por encargo de quienes buscaban desacreditar sus ideas. Era, evidentemente, una línea de investigación hasta ese momento descuidada con relación a otros estudios, como el de los mamíferos fósiles –a cargo de Darwin, Bravard, Burmeister, etc. – que brindaba pruebas tanto o más concluyentes sobre temas trascendentes para la época, como el de la evolución o fijismo de las especies. Referencias ACEÑOLAZA, F. G. 1995. Prólogo. En: Bravard, A. 1858. Monografía de los Terrenos Marinos Terciarios de las cercanías de Paraná. Buenos Aires, Cámara de Diputados de la Nación. ACEÑOLAZA, F.G. 2000. La Formación Paraná (Mioceno medio): estratigrafía, distribución regional y unidades equivalentes. 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En consecuencia, cada generación ha tenido su objetivo, su ideal, ha consagrado sus esfuerzos a nuevos problemas, y su manera de ser patriota.” (Denis 1987 [1920]:34) “Sin duda Alberdi está lejos de ver en esta etapa de acelerado desarrollo económico, hecho posible por una estricta disciplina política y social, el punto de llegada definitivo de la historia argentina. La mejor justificación de la república posible (esa república tan poco republicana) es que está destinada a dejar paso a la república verdadera. Esta será también posible cuando (pero sólo cuando) el país haya adquirido una estructura económica y social comparable a la de las naciones que han creado y son capaces de conservar ese sistema institucional.” (Halperin Donghi 1992:41) “Porque así terminé: Patagonia estaba ya poblada desde Viedma hasta la punta Dungeness, desde el Atlántico hasta los valles habitantes de los Andes; cada puerto era un pueblo, cada caleta una aldea; luego la población se hacía más densa a medida que avanzaba a la falda de la cordillera, donde vivía con una vida intensa y pacífica, libre y feliz. Esos pobladores eran ya tostados y nervudos hombres de campo, derechos sobre el caballo o encorvados sobre la esteva, manufactureros vigorosos, leñadores, mineros... Los trenes llevaban a la costa los productos de todo el interior. Por los grandes ríos que bajan de la montaña, iban y venían las chatas a vapor, llenas de mercaderías, de minerales, de maderas. Variaba el clima, brotaba el bosque hasta en el arenal, perdía Patagonia su fisonomía misteriosa y amenazadora, y de aquel territorio inculto y casi desierto, surgían una, dos, tres provincias que reclamaban el self government, con más razón que muchas otras, diciendo: ‘¡Ah! nos habéis dejado, y hemos crecido solas, por nosotras mismas, con nuestras fuerzas personales, sin ayuda, sin simpatía, sin educación casi, y hoy tenemos otro modo de ser, otras costumbres, otros hijos distintos de los vuestros. Y contad con que sólo queremos ser estados dentro del estado... Nos habéis dado gobiernos que han detenido nuestro progreso, preocupados sólo, egoísta, delictuosamente, del progreso individual de los que los componían; nos habéis hecho 191 permanecer largos, muy largos años, en un destierro que comercialmente nos acercaba a Inglaterra y a Chile más que a vosotros... Ahora venimos a daros la sorpresa de nuestra mayoría de edad, en que no pensasteis nunca, para la cual no nos habéis preparado...’ “Bien. Esto es pura fantasía. Pero, sea lo que fuere, ese ensueño se puede realizar, porque Patagonia, más que geográficamente, está alejada del resto de la república por la indiferencia.” (Payró 1898:83-84) El pronóstico de Roberto J. Payró incluido en La Australia argentina (1898) es una de las tantas voces de alarma que se encendían dos décadas después de la conquista de la Pampa y la Patagonia y de su organización en Territorios Nacionales, acerca de su desarticulación respecto del resto del cuerpo de la nación, de quiénes eran los sujetos concretos que estaban labrando el progreso en aquellas lejanas tierras y de la autonomía política que demandarían en un futuro no muy lejano. Tomando como marco un escenario más amplio, puede servir de ejemplo para describir en qué consistió concretamente el giro que Weinberg (1998:39) atribuye a toda la América Latina de fines del siglo XIX hacia un progreso material sin ciudadanía política, es decir: “la seria inflexión registrada desde las grandes propuestas de cambio generadas a mediados del siglo XIX por reformadores audaces hasta los posteriores procesos de crecimiento sin desarrollo, de modernización sin democratización, muchas veces encandiladas estas últimas generaciones por ideas harto equívocas como la de ‘progreso’, a la cual tantas y mágicas virtudes solían atribuírsele, y que para algunos […] sólo era instrumento para alcanzar el orden, un orden ayuno de justicia”. Nos proponemos explorar el campo de las nacientes ciencias sociales, del pensamiento jurídico y político, de la sociología impregnada de la cultura científica de la época, en lo que se refiere a los Territorios Nacionales del Sur argentino y a su situación entre fines del siglo XIX y principios del XX. Nos situamos deliberadamente en la coyuntura en que la oligarquía gobernante reacciona ante la visión de ese “desierto” conquistado pero abandonado a sus propias fuerzas, porque esa reacción produce una serie particularmente densa de propuestas reformistas, destinadas a lograr la incorporación efectiva de esos espacios sociales al cuerpo y al sistema de la nación, incorporación que hasta entonces se percibía como fallida. Recorreremos los “hilos referenciales” que vinculaban el discurso y la acción política con el ensayo y el discurso científico (Terán 2000:9-14), y analizaremos las posibilidades y los límites que el liberalismo reformista asignaba a los cambios. De este modo, intentaremos determinar qué tipo de integración con el resto del país se pensó para los Territorios del Sur en el contexto de ese reformismo liberal. Concentraremos nuestro análisis –sin dejar de acudir a otras referencias interesantes- en la obra de dos de los representantes más significativos de 192 la élite de la época en relación con nuestro tema: Estanislao Zeballos506 y su Revista de Derecho, Historia y Letras, y Joaquín V. González507 y sus propuestas presentadas como jurista, legislador y ministro de tres presidentes consecutivos. Dejaremos de lado adrede, en cuanto nos sea posible, la lectura de la documentación político-institucional –leyes y proyectos, memorias ministeriales, mensajes presidenciales- que ya hemos analizado en un trabajo anterior (Navarro Floria 2004a) cuya explicación, seguramente, complementaremos. Proponemos trabajar a partir de dos supuestos básicos: en primer lugar, el de que el cuerpo documental estudiado aquí compendia el núcleo duro de los significados, sentidos y valores presentes en el discurso de la élite liberal-reformista de la época, sobre el tema que nos interesa; en segundo lugar, la presunción de que sus representaciones y proposiciones contribuyeron a producir la realidad de los Territorios del Sur. De este modo, intentaremos contribuir al conocimiento de la formación institucional, política y social regional, desde la convicción de que también las percepciones, valores y actitudes subjetivas son determinantes de la constitución de esa formación en tanto producto cultural. 506 Nacido en Rosario en 1854, pensionado por el Estado desde su niñez, oficial del ejército brasileño en la guerra del Paraguay, iniciado en el periodismo junto a José C. Paz –el fundador de La Prensa-, doctor en Jurisprudencia a los veinte años, fundador de la Sociedad Científica Argentina, del Instituto Geográfico Argentino, de entidades públicas como el Departamento de Inmigración, Colonización y Agricultura (1883) y de varias publicaciones. Ocupó varios cargos importantes en la Universidad de Buenos Aires. Políticamente, adhirió sucesivamente al mitrismo, al autonomismo, al roquismo, al juarismo y al sector modernista o reformista de la oligarquía que permitió la apertura política de 1912. Fue diputado nacional en varios períodos, entre 1880 y 1916. Obsesionado por la construcción territorial del país, se ocupó fundamentalmente de las relaciones exteriores argentinas (fue ministro del ramo en 1889-1890, 1891-1892 y 1906-1908) desde una posición armamentista y xenófoba, pero también atendió a temas conexos como la inmigración, la colonización, la educación, el crédito público, el perfeccionamiento de la administración pública, etc. Murió en Liverpool en 1923. Cfr. PUNZI 1998. 507 Nacido en Nonogasta, La Rioja, en 1863. Fue un intelectual sobresaliente y al mismo tiempo un funcionario político a cuyo cursus honorum sólo faltó la presidencia de la Nación: escritor, periodista, abogado y doctor en Jurisprudencia por la Universidad de Córdoba (1886), diputado por La Rioja (1886-1889, 1892-1896 y 1898-1901), autor de un proyecto de Constitución para su provincia (1887), gobernador de La Rioja (1889-1891), profesor de Legislación de Minas en la Universidad de Buenos Aires, vocal del Consejo Nacional de Educación (1896 y 1899), autor de reformas al Código de Minería (1896), convencional constituyente en 1898, ministro del Interior del presidente Julio A. Roca (1901-1904) e interinamente a cargo de las carteras de Justicia e Instrucción Pública (1902 y 1904) y de Relaciones Exteriores (1902 y 1903, durante la discusión parlamentaria de los Pactos de Mayo con Chile), ministro de Justicia e Instrucción Pública del presidente Manuel Quintana (1904-1906), primer presidente de la Universidad Nacional de La Plata (1906-1918), ministro del Interior del presidente José Figueroa Alcorta (1906), y senador por La Rioja (1907-1923). Autor de iniciativas importantes en todas las grandes cuestiones argentinas de la época, concentradas sobre todo en el período 1902-1905: la reforma electoral de 1902 (que introdujo la elección de diputados por circunscripciones uninominales), el proyecto de Código del Trabajo de 1904 y la creación de la Universidad Nacional de La Plata. Pertenecía a la fracción más progresista de la élite liberal, acercándose incluso al socialismo; varias de sus iniciativas reformistas fueron rechazadas o derogadas, y paradójicamente fue desplazado del Poder Ejecutivo cuando el reformismo accedió al poder en 1906. En 1916 intentó organizar democráticamente al conservadorismo en torno del Partido Demócrata Progresista y de la candidatura de Lisandro de la Torre. Colaborador de La Prensa (1887-1901), La Nación (1916-1923), y otras publicaciones. Murió en Buenos Aires en 1923. Cfr. Obras completas de Joaquín V. González 1935:I,29-36; GRANATA 1998; ROLDÁN 1993:8-22. BOTANA (1985:163) considera al curriculum vitae de González demostrativo de “la exitosa efectividad de los medios puestos en juego para conservar un sistema de dominación” en un período cruzado por revoluciones y conflictos políticos. 193 1. El contexto social de las representaciones Ideas, actores, medios y temas del reformismo liberal El discurso de las incipientes ciencias sociales o simplemente del pensamiento social sobre las cuestiones nacionales adquirió, en la Argentina, una densidad particular después de la crisis de 1890 y en los últimos años del siglo XIX. La historiografía reciente destaca algunas características del clima de ideas de fin de siglo. En el campo del pensamiento político, se respiraba desde 1889 una atmósfera de crisis proveniente de debates y de procesos inherentes a la construcción del Estado nacional, acerca, por ejemplo, de la tensión entre centralismo y federalismo, o del estilo de ejercicio del poder, marcado a la vez por un decisionismo fuerte en la organización de la administración pública y por el evolucionismo respecto del régimen político y de la democratización social (Botana 2000:48-55). Tras la crisis de 1890 este escenario daría lugar a una renovación tanto en las ideas políticas –con iniciativas que han recibido diversos nombres: progresismo, regeneracionismo, reformismo- como en el terreno de las representaciones sociológicas e historiográficas, que buscaban las causas profundas de las tensiones y conflictos (idem:57-59) en el marco interpretativo de una cultura científica no siempre positivista pero cuyos hilos referenciales –a los que ya hemos aludido- enlazaban el discurso político con el ensayo, la tesis jurídica, etc. Esa misma indagación se manifestaba, por ejemplo, en el realismo literario, nativista o criollista (Barcia 2001:334), y en un naturalismo de cariz cientificista, que consideraba –como en general el pensamiento de la época- “a la realidad como un gran laboratorio en el que [los escritores] realizan sus observaciones sobre la naturaleza humana y sobre la sociedad” (Pagliai 2005:86). El producto de esa observación parece haber sido una literatura que, al decir de Altamirano (1997:204-206) tiene su centro de gravedad más allá del campo estrictamente literario e instala una suerte de incertidumbre y de malestar por el estilo del progreso, por la persistencia de prácticas políticas antiliberales o por lo que se llamaba la “crisis moral”. Las claves de interpretación acerca de los actores concretos de este nuevo clima de pensamiento son diversas. Zimmermann (1995:25-35), para describir a los “liberales reformistas”, se refiere a una esfera de poder político constituida tanto por partidos –en general organizados y movilizados a partir de los hechos de 1890- como por canales informales –clubes, círculos intelectuales, prensa, logias-, un sector, en fin, conformado con una generación que se manifestaría como heredera de la oligarquía liberal a través del juarismo, o como contestataria a través del radicalismo o del socialismo, pero siempre y de distintos modos progresista y crecientemente profesionalizada. Tau Anzoátegui (2001:404), por ejemplo, consigna la aparición pública de un grupo de juristas caracterizado como la “generación de 1896”, formado por hombres nacidos en el tercer cuarto del siglo que terminaba, como Rodolfo Rivarola, Ernesto Quesada, José N. Matienzo, Juan A. Bibiloni, Juan A. García, Joaquín V. González y Roque Sáenz Peña. Roldán (2006:11-13) describe un contexto cultural transformado en torno del 194 cambio de siglo, marcado por la especialización de funciones, la diferenciación de disciplinas, la “relativa autonomía de los escritores respecto de los poderes públicos” – un rasgo señalado por diversos autores- y la creación de un público lector ampliado y de “un mercado de bienes culturales también socialmente diversificado”, notas que permitirían diferenciar, a los fines del análisis, a intelectuales profesionalizados, “políticos escritores” al viejo modo de Mitre o Sarmiento, “gentlemen escritores”, liberales reformistas, y académicos de la vertiente de las ciencias sociales o de la de la higiene pública, la medicina social y la criminología. Ruffini (2006:3-4) intenta un breve análisis del reformismo en cuestión, señalando que se muestra contradictorio en sus políticas sociales –conteniendo al mismo tiempo iniciativas represivas y aperturistaspero uniformemente conservador en relación con el orden económico, donde se proponen simples “ajustes” del modelo dominante, por ejemplo en relación con la distribución de la tierra. Los medios a través de los cuales los hombres de fin de siglo daban forma a sus ideas eran tanto el discurso público institucional como la prensa. Baste observar, por ejemplo, la dinámica generacional de las publicaciones periódicas culturales porteñas: en la década de 1860 habían aparecido las primeras revistas eruditas de la élite liberal, como La Revista de Buenos Aires de Vicente G. Quesada y Miguel Navarro Viola, o La Revista Argentina de José M. Estrada; en los años ’70 o alrededor del ’80, las primeras revistas económicas (El Industrial, del Club Industrial, y La Industria Argentina, del Centro Industrial Argentino), la Revista de la Biblioteca Pública, los Anales de la Sociedad Científica Argentina y las publicaciones de asociaciones geográficas como el Boletín del Instituto Geográfico Argentino y la Revista de la Sociedad Geográfica Argentina. Pero en los ’90 hay una nueva madurez de la prensa dedicada a las cuestiones políticas, jurídicas, históricas, sociales y literarias, con el surgimiento de la Revista Nacional fundada por el joven roquista Adolfo P. Carranza –en realidad, unos años antes: en 1886-, y principalmente con la aparición de La Biblioteca (1896-1898), la efímera empresa personal del director de la Biblioteca Nacional Paul Groussac (cfr. Bruno 2005:73-81), y, finalmente, al mismo tiempo que se iniciaba la segunda presidencia del general Julio A. Roca, en 1898, de la satírica Caras y Caretas508 y de la Revista de Derecho, Historia y Letras dirigida por Estanislao S. Zeballos, “ligera la una, sesuda la otra, aunque igualmente valiosas” (Auza 1968:20). También se ha incluido a esta última en el clima de proliferación de publicaciones periódicas de principios del siglo XX, junto a la Revista de Ciencias Políticas (1910) de Rodolfo Rivarola, la Revista de Filosofía, Ciencias, Educación y Cultura (1915) de José Ingenieros y la Revista de Economía Argentina (1918) de Alejandro Bunge (Roldán 2006:9). Mencionamos solamente los casos más conocidos y durables, porque las iniciativas de corta vida y menor impacto son incontables, en Buenos Aires como en las ciudades del interior del país. Esta dinámica también fue acompañada por cambios en el público lector y en el clima de ideas: “la gravedad de los 508 Acerca del rol de las revistas ilustradas Caras y Caretas y El Mosquito en relación con la construcción territorial del Estado argentino, cfr. la interesante ponencia de ZUSMAN Y HEVILLA 2003. 195 problemas políticos, la crisis económica, el surgimiento de cuestiones sociales, nuevas corrientes ideológicas y literarias” (idem:10) son algunos de los factores de la aparición y desaparición de numerosos órganos, de la dispersión temática del discurso social y del aumento de la tirada de las publicaciones más exitosas, por la ampliación de la demanda pública. Como observaba Émile Daireaux509 en el Buenos Aires de fines de la década del ’80: “La prensa hará aún, por largo tiempo, las veces del libro y de la biblioteca” (Daireaux 1888:427). Por lo que se refiere a los nuevos territorios y a sus problemas, esa corta historia de la prensa cultural parece proponer una hipótesis que pronto se revela errónea. Efectivamente, el interés utilitario en la exploración y la identificación de los recursos materiales de esos espacios se manifestó fuertemente en las décadas de 1880 y 1890 y en las revistas de las asociaciones científicas y geográficas. Con la aparición de la prensa orientada al campo de las ciencias sociales, hacia el fin de siglo, cabría suponer que había llegado el momento de una inquietud por la construcción social territoriana. La cuestión social emerge, en efecto, aunque las propuestas reformistas pronto chocaron, como veremos, con los límites propios del régimen oligárquico, fundamentalmente en lo que se refiere al desarrollo político de los Territorios. La creciente profesionalización e institucionalización de los que opinaban y la presencia respetada de expertos junto a los intelectuales genéricos de viejo perfil (Neiburg y Plotkin 2004:15-17), favorecían tanto la aparición de trabajos y de publicaciones pertenecientes a campos profesionales específicos –como el Derecho, la Economía, la Sociología, etc.- como la discusión en diversos medios y ámbitos acerca de problemas precisos, tales como el rol del Estado en asuntos determinados y las reformas posibles para el mejoramiento de la gestión pública en aspectos concretos. De este modo, por ejemplo, la vieja cuestión del centralismo, tras la derrota de la Provincia de Buenos Aires y la federalización de la ciudad en 1880, la supresión de los ejércitos provinciales, la creación de un régimen unitario para los Territorios Nacionales en 1884, la unificación monetaria, etc., derivó a problemas más concretos como el de la jurisdicción nacional sobre los ferrocarriles, las tierras públicas, las minas y demás recursos. O la cuestión de la democratización y de la evolución del régimen político, que –pasando por experiencias sociales tan inquietantes como el aluvión inmigratorio, el sometimiento de las naciones indígenas de los territorios conquistados y la crisis del ’90- generó una serie de interesantes especulaciones acerca del pueblo supuestamente gobernante y hacedor del progreso, reflexiones marcadas por determinismos racistas y clasistas pero que derivaron en propuestas concretas de reformas en las normas electorales, laborales, educativas, inmigratorias, etc. Si hay una idea que atraviesa como un eje ese clima de ideas y esa época, es la idea de progreso entendida en términos muy generales como la “confiada certeza en los buenos tiempos futuros” (Di Filippo 2003:43). Pero ¿buenos para qué, y para quién? La 509 Nació en Río de Janeiro en 1843 y murió en París en 1916; radicado en Buenos Aires en 1867, ejerció como abogado y colaborador de diversas publicaciones francesas e inglesas; autor de importantes obras sobre la Argentina. Cfr. PICCIRILLI, ROMAY Y GIANELLO 1954:III,59. 196 idea de progreso provenía de la observación de la historia de la cultura, e intentaba formular leyes del cambio sociocultural y predecir su sentido, determinando –en tanto las nuevas ciencias sociales se presentaban como ciencias naturales de la sociedad y como lugar desde donde formular propuestas de progreso- sus factores ambientales, étnicos, etc. (idem:37-46 y 152). Una idea, en definitiva, cuya imprecisión rompía con los determinismos decimonónicos marcados por “el optimismo absoluto y el tétrico pesimismo que declaraba eterno e irreparable al mal” (idem:76) pero que podía imponer nuevos rumbos con la fuerza acumulativa del consenso. Nos interesa, en consecuencia y a partir de la ambigüedad del sentido de esta idea de progreso, planteada por Weinberg, explorar los posibles sentidos que habría adquirido en el espacio de nuestro Sur, en el discurso de los liberales reformistas y en relación con sus propuestas. Desde el punto de vista metodológico, los materiales estudiados proceden exclusivamente por observación, directa o indirecta, de la realidad social. Los Territorios y la harto equívoca idea de su progreso en los liberales reformistas En relación con los Territorios Nacionales de la región de la Pampa y la Patagonia, conquistados militarmente por el Estado argentino entre 1876 y 1884 e institucionalizados al final de ese proceso mediante la ley 1.532, los últimos años del siglo XIX asisten –como en otras líneas temáticas- al surgimiento de una corriente crítica dentro del discurso de la oligarquía gobernante. Junto a un discurso del progreso sustitutivo del romanticismo decimonónico, como derivación de las “tensiones entre tradición patricia y parvenues” (Pagliai 2005:145), entre criollismo, inmigración y ascenso de clase, élite y multitud, poder oligárquico y democratización, aparece la consiguiente mirada crítica o, por decir lo menos, la ambigüedad de ese sueño progresista. Como ya hemos analizado en otro trabajo (Navarro Floria 2004a), esta crítica no solamente surgía de la voz relativamente inaudible de los recién llegados sino que constituía, acerca del tema que nos ocupa, el diagnóstico compartido por la corriente principal del discurso político bajo la segunda presidencia del general Roca (1898-1904): la idea del fracaso provisorio de la incorporación de esos territorios al sistema nacional. El presidente Roca presentaba al Congreso su proyecto de ley de tierras, en 1902, afirmando: “El desierto ha sido conquistado militar y políticamente; es menester ahora dominarlo para la geografía y la producción y entregarlo conocido al trabajo” (República Argentina 1902:932). Las ideas acerca de la necesidad de políticas estatales activas en el terreno de las obras públicas, la educación y la institucionalización política eran recurrentes en esos años. Como afirmaba unos años antes uno de los exploradores militares del Territorio del Neuquén en las páginas del Boletín del Instituto Geográfico Argentino: “Hemos conquistado el desierto, pero luego lo hemos dejado librado a sus propias fuerzas” (Oliveros Escola 1893:383). Sin embargo, y como también hemos constatado mediante el análisis del discurso institucional (Navarro Floria 2004a), las propuestas supuestamente superadoras de ese estado de parálisis expresan más el ya 197 citado carácter equívoco de la idea de progreso que una representación unívoca de su sentido. La Revista de Derecho, Historia y Letras (en adelante, RDHL) fundada y dirigida por Estanislao S. Zeballos en la Buenos Aires de 1898 constituyó un proyecto cultural generado por un sector importante de la élite para un círculo de lectores culto y académico, conscientes de su “rol en el proceso de construcción social” del Estado y de la nación (Shaw 2003:29) pero también de la necesidad de divulgación y de educación sobre algunos temas y problemas. El proyecto surgía, según su director, en forma complementaria con “la reacción jurídica y […] la defensa social empeñada ya por diarios y revistas” -medios entre los cuales se contarían, seguramente, tanto La Nación que había publicado en folletín La Australia argentina de Roberto J. Payró como La Prensa que también dirigía Zeballos-, como reflejo defensivo contra “la vulgaridad utilitaria” de la época (RDHL I:7). Un momento importante de ese proceso de construcción intelectual y simbólica, en el caso de Zeballos, es la identificación y proposición de políticas de Estado tanto en el campo de las relaciones exteriores – fundamentalmente, el establecimiento de una agenda internacional respecto de los dos vecinos más poderosos de la Argentina: Chile y Brasil- como en el de determinadas políticas internas. Ambos campos están unidos por una preocupación común en torno de la construcción territorial del Estado-nación, una inquietud que atraviesa toda la obra intelectual y la acción política de Zeballos. En el campo de la política interior, es evidente que a Zeballos y a su sector les interesaban las iniciativas relacionadas con los espacios recientemente conquistados e imperfectamente incorporados por el Estado, institucionalizados como Territorios Nacionales pero también percibidos como en peligro de pérdida desde su visión particularmente nacionalista y Realpolitik de las relaciones internacionales (Conil Paz 1980:665-666) –visión que se proyectaba, para el caso de la Patagonia, sobre Chile (cfr. Lacoste y Arpini 2002:126-142)-. En los primeros años de la Revista confluyen dos circunstancias importantes: Zeballos se distancia del presidente Roca por disentir con una política exterior que el rosarino percibe como ingenua y pacifista, y está en pleno desarrollo el arbitraje de la Corona Británica en la cuestión de límites con Chile. El diferendo limítrofe parece haber sido determinante nada menos que de las designaciones del embajador en Santiago, José E. Uriburu, para la vicepresidencia de la Nación en 1892 –que derivó en el ejercicio de la presidencia entre 1895 y 1898-, y del general Roca para la presidencia en 1898 (Etchepareborda 1980:256). En relación con este tema, los argumentos de Zeballos giran permanentemente en torno de la descalificación del arbitraje como método para la solución de la controversia, por cuanto implicaba un reconocimiento de ciertos derechos del otro en un pie de igualdad con los propios. Esta fue, sin duda, una de las fracturas que atravesaba no solamente a la oligarquía sino a la misma facción roquista (Shaw 2003:70). En ese contexto, el primer artículo de la Revista de Zeballos (RDHL I:5ss) manifiesta, a modo de diagnóstico, algunas de las tensiones características de la época y nos anticipa los disensos que giraban en torno de la idea de progreso. Zeballos señala 198 que la “raza fundadora”, “enérgica y hospitalaria” no ha sabido producir el proceso democratizador esperado; que hay progreso y abundancia material pero retraso institucional; que la “indiferencia cívica” de “los elementos inferiores y parasitarios” amenaza al sistema constituido; que la educación no responde a la necesidad de recrear –o inventar- las tradiciones. De tal modo, Zeballos instala como destinatario de su discurso, en un gesto muy de su tiempo, a un sector de la oligarquía imaginado como sanior pars, capaz de regenerar el gobierno de la nación y de proponer el progreso moral hasta entonces postergado. Estas preocupaciones iniciales deben ser leídas, según entendemos, a la luz de la mencionada obsesión de Zeballos por la integridad de la construcción territorial del Estado, es decir del espacio de dominación sobre el cual la Argentina, según su modo de ver, tenía derechos soberanos inalienables. A partir de este nudo temático y problemático se comprende con facilidad la red conceptual que se despliega en las páginas de la Revista. Esa red se teje en torno de dos grandes ejes: el de la política exterior y el de las políticas interiores. En el campo de la política exterior, la prioridad estaba dada –como ya dijimos- por las relaciones con los dos vecinos más poderosos, Brasil y Chile. Los asuntos de interés eran la determinación final de los respectivos espacios de dominación mediante el trazado de los límites; el equilibrio de poder mediante una carrera armamentista a tono con la “paz armada” europea; la generación y divulgación de conocimiento acerca del territorio, sus límites y recursos; la regulación selectiva de la inmigración en función de la ocupación efectiva del espacio. En el campo interior se destaca la problemática de los espacios relativamente poco poblados y explotados -que por añadidura, en el caso de la Patagonia, habían sido pretendidos hasta unos pocos años antes y todavía eran parcialmente disputados por Chile-. Los temas prioritarios, claramente vinculados entre sí, eran la inmigración –tema cercano al de las relaciones exteriores-, la nacionalización de los inmigrantes mediante la educación, su procedencia y las posibilidades de seleccionar a los huéspedes y dirigir el proceso; la población originaria; la distribución de la tierra pública y su colonización; la estructura administrativa de los Territorios Nacionales; su infraestructura material – fundamentalmente las vías de comunicación, y dentro de ellas los ferrocarriles- y la explotación de sus recursos, y en general lo que se entendía por “fomento” de los Territorios. Si bien la Revista de Zeballos aborda otros temas parcialmente conectados con los mencionados aquí, es claro que estos son los que sostienen sus principales líneas argumentativas y los que conforman, vistos en conjunto y en sus relaciones transversales, el programa de regeneración de la política territorial nacional contenido en el proyecto cultural de esa publicación. La producción intelectual de González sobre el área temática de nuestro interés no es abundante pero se inserta en un corpus largamente extendido en el tiempo, constituido más por intervenciones políticas coyunturales que por obras orgánicas –su actuación pública ocupó casi cuatro décadas- y con puntos de contacto con todas las cuestiones relevantes de la Argentina de fines del siglo XIX y principios del XX. No en vano se trata del autor de varias de las más importantes iniciativas legislativas de la 199 época, y como senador intervino decisivamente en el debate de la ley de fomento de los Territorios Nacionales, en 1906 y 1907. Roldán (1993:10-22) lo caracteriza como un hombre en movimiento –intelectualmente y espacialmente, de La Rioja natal a Córdoba, Buenos Aires y La Plata- en una época y una sociedad en movimiento, más como orador público que como escritor, en fin, como un funcionario singularmente atento al cambio social. Su trayectoria intelectual, según la opinión del mismo autor, que compartimos en lo esencial, se resumiría en torno de la cuestión social y de los cambios políticos que conllevaba. Su lectura de la historia, de la sociedad y del sistema político nacional desemboca en una serie de propuestas de reforma entendidas como reajustes que harían posible la persistencia del sistema construido alrededor de la Constitución de 1853, concebida como programa progresista aún vigente. La principal de las novedades que se requerían de esas reformas era, sin duda, la redefinición del sujeto político hacedor y destinatario de la arquitectura política constitucional: el pueblo de la nación. Ese pueblo al que González dedicó sus esfuerzos en materia política –mediante la reforma electoral-, social –mediante su famoso proyecto de legislación laboral- y educativa –desde la sistematización de la investigación educativa en la Universidad de La Plata, fundamentalmente- tenía perfiles diferenciados en los Territorios Nacionales. Estos espacios de reciente formación institucional se percibían como sociedades nuevas, de frontera, en proceso de constitución como sujeto de derechos civiles y políticos. Este es el otro sentido posible que atraviesa la mirada y el proyecto reformista de la época producidos desde el centro del poder nacional hacia el Sur lejano. El reclamo de madurez política en Zeballos y la oferta de progreso material en González son, esquemáticamente, las dos caras de una misma mirada generacional sobre la cuestión del progreso de los Territorios del Sur. Según el momento y la circunstancia, se hace énfasis en uno u otro de estos matices, pero el balance final es el de un orden destinado a garantizar la dominación territorial y el control de los recursos naturales en juego pero no los derechos de los ciudadanos habitantes del espacio patagónico. Frecuentemente vinculada a estos autores, nos referiremos también a la mirada inquisitiva y novedosa del escritor y periodista Roberto J. Payró510, que con su obra La Australia argentina, dedicada a la Patagonia, tomó posesión de la región en nombre de la literatura –al decir de Bartolomé Mitre- “como comentario de un mapa geográfico hasta hoy casi mudo” (Payró 1898:VI). Payró tuvo la virtud de inscribir la crónica periodística moderna en la larga tradición de indagación en el espacio nacional mediante el viaje al interior (Andermann 2000:102-109). Lejos del estilo reposado de los intelectuales que consideraban el estado de cosas desde sus bibliotecas capitalinas, su lenguaje era el de la narración veloz, en primera persona y cargada de subjetividad, que informaba con sentido realista sobre una problemática que percibía directamente. 510 Nacido en Mercedes (Buenos Aires) en 1867, falleció en Buenos Aires en 1928. Narrador, dramaturgo y periodista inclinado al realismo y la picaresca. Militante mitrista, radical y finalmente cofundador del Partido Socialista Argentino. Vivió en Paraguay, Buenos Aires, Barcelona y Bruselas; viajó por la Patagonia y el Noroeste argentino. Cfr. AIRA 2001:425-426 y PICCIRILLI, ROMAY Y GIANELLO 1954:V,699. 200 Porque su herramienta intelectual más valiosa era, precisamente, la observación inmediata. Contaba, como contraparte, con una opinión pública interesada y con un clima político e ideológico que lo encontraba en el campo de los intelectuales socialistas, junto a José Ingenieros y otros, pero compartiendo con los reformistas de diversos signos –incluidos Zeballos y González- el descontento con la inmovilidad de la oligarquía tradicional (Larra 1963:5; Sarlo 1984:IX-XXI; Zimmermann 1995:59). La escritura de Payró, en efecto, situada deliberadamente en un término medio entre la voz oficialista y la crítica radical, en un lugar de mediación y de consenso, relativamente independiente del aparato ideológico dominante –socialista, aunque contratado por La Nación de Mitre-, “vuelve de los confines de la nación con un discurso crítico hacia el Estado que hasta entonces no ha sabido hacerse cargo de esa riqueza interior”, proponiendo convertir los Territorios todavía no corrompidos por la política tradicional en “escenario de una virtual refundación simbólica de la nación sobre bases modernas y dinámicas” (Andermann 2000:135, 108 y 132). También Gabriel Carrasco511, uno de los más notables representantes de la segunda línea del roquismo, visitador de los Territorios Nacionales delegado por el ministro González en 1902 como “estadista trashumante” (Carrasco 1902a:5 y 20), nos dejó en su recorrida por el Neuquén y el Alto Valle rionegrino una serie de observaciones interesantes, más en su relato de viaje (Carrasco 1902a) que en su informe oficial (Carrasco 1902b), acerca de lo que la élite liberal esperaba del progreso en los años del cambio de siglo. Y, finalmente, Ezequiel Ramos Mexía512, uno de los más connotados liberales reformistas, en diálogo con nuestros otros interlocutores, también será convocado en el marco de este estudio para que dé razón de sus ideas. Comentaremos brevemente algunos de los textos que se refieren más claramente a la situación y a las propuestas elaboradas para los Territorios del Sur argentino, e 511 José Gabriel Carrasco nació, como Zeballos, en Rosario en 1854, estudió Abogacía y desempeñó desde joven numerosos cargos públicos municipales, provinciales y nacionales, entre ellos el de intendente de Rosario, vocal del Consejo Nacional de Educación y director del segundo Censo Nacional (1895); periodista, ensayista, poeta y eficaz administrador; miembro del Instituto Geográfico Argentino y de la Junta de Historia y Numismática Americana (hoy Academia Nacional de la Historia); roquista y defensor de la conquista violenta de los territorios indígenas. Autor del decreto de división departamental de los Territorios Nacionales en 1904 y asistente de Joaquín V. González en el Ministerio del Interior. Murió en Buenos Aires en 1908. Cfr. FRUTOS Y LATTUCA 1980:389-393; PICCIRILLI, ROMAY Y GIANELLO 1954:II,186. 512 Al publicar en 1901 su proyecto sobre tierras públicas, Zeballos lo presenta como nacido en Buenos Aires en 1853, estudioso del Derecho sin haberse graduado, militante político cercano a Carlos Pellegrini y participante de la redacción del Sud América, director del Banco Hipotecario Nacional (1890-1896) y presidente de la Comisión de Desagües de la Provincia de Buenos Aires (1890-1893), diputado nacional y ministro de Agricultura (1901), renunciante por desacuerdo con el presidente Roca y en solidaridad con Pellegrini (RAMOS MEXÍA 1901:206-207). RUFFINI (2006:5-6) señala su pertenencia a una vieja familia terrateniente porteña y su actuación en la Sociedad Rural Argentina (SRA), su adscripción al Partido Modernista en 1892 en apoyo de la candidatura fallida de Roque Sáenz Peña, su cercanía a Pellegrini y su posición crítica frente a Roca. Al llegar los reformistas al poder, fue ministro de Agricultura y de Obras Públicas de los presidentes Figueroa Alcorta (1906-1910) y Sáenz Peña (1910-1913), luego directivo de la SRA y de diversas empresas ferroviarias, y militante del Partido Demócrata Progresista desde 1914. Murió en Buenos Aires en 1935. Es conocida su actuación en relación con la formación de la Comisión de Estudios Hidrológicos presidida por el geólogo estadounidense Bailey Willis y la construcción del ferrocarril estatal al Nahuel Huapi. Cfr. PICCIRILLI, ROMAY Y GIANELLO 1954:VI,45. 201 intentaremos algunas conclusiones a partir de ellos. Los hemos organizado en torno de dos grandes núcleos temáticos: el de las condiciones espaciales y materiales del progreso y el de los sujetos del progreso, que responden a los dos polos de la tensión presente en el discurso liberal-reformista de la época. 2. Las condiciones espaciales y materiales del progreso La definición de los límites exteriores La posición crítica de Zeballos acerca de la política exterior de las administraciones de Uriburu y Roca en materia de límites tenía un alcance relativo. El disenso terminaba, como es lógico, allí donde se ponían en juego los intereses superiores del Estado nacional en la cuestión territorial. El contraste es claro, por ejemplo, entre su crónica de 1898 sobre la zona del lago Lácar (Zeballos 1898a), donde el autor -fundándose en su conocimiento previo y profundo del tema- acompaña al gobierno frente a un reclamo chileno (cfr. Shaw 2003:71), y su nota sobre el arbitraje con Chile (Zeballos 1898d), en la que impugna claramente la admisión argentina del diferendo y del consiguiente procedimiento sobre espacios que no estaban originalmente en disputa. El discurso de la élite se unificaba en torno del reconocimiento de la conquista territorial del Sur y de su hacedor. Todavía en 1914, al morir el general Roca, González lo consideraba el realizador de: “una gran misión histórica: la integración de la unidad territorial de la patria, disputada por la guerra secular del indio salvaje de la Patagonia –terra incógnita, res nullius, codiciada y expuesta [...]- conductor de los anhelos y el alma de la Nación entera” (González 1935:XIX,349-350). Pero no todas son coincidencias. En esos primeros años de la Revista, el diferendo con Chile ocupa un espacio significativo a través de textos producidos mayoritariamente por el mismo Zeballos. El director de la publicación critica el arbitraje como un logro de la diplomacia chilena, y la actitud utilitaria que habría empujado, según su interpretación, al gobierno argentino a subordinar intereses geopolíticos a conveniencias económicas (Zeballos 1898b; cfr. Shaw 2003:70). También advierte acerca de las pretensiones chilenas (Zeballos 1898c), y da lugar a la divulgación de materiales de otros autores. Entre estos últimos se encuentra un mapa llamativamente anacrónico de las divisiones administrativas hispanoamericanas entre 1528 y 1776 elaborado por el ingeniero Pedro Ezcurra –cartógrafo de la Cancillería argentina- (Ezcurra 1899) que muestra un Virreinato de Buenos Aires que se habría extendido desde el extremo norte de la cuenca del Plata hasta el cabo de Hornos y 202 desde la línea de Tordesillas hasta el Pacífico, incluyendo la isla de Chiloé y el territorio actualmente chileno hacia el sur.513 A partir de la publicación del extenso “Alegato de Chile en la cuestión de límites con la República Argentina” (RDHL V:493-558 y VI:5-52) en 1900, atribuido por Zeballos al perito chileno Diego Barros Arana, la cuestión chilena desaparece de las páginas de la Revista. Durante esos primeros años, sin embargo, fue uno de los principales temas referidos a los Territorios Nacionales del Sur del país presentes en la publicación. La crítica de Zeballos al utilitarismo gubernamental, dirigida a la liberalidad de una política económica que permitía a capitales chilenos, británicos, etc., participar de la expansión comercial y ganadera patagónica, es, en todo caso, un matiz de diferenciación respecto de la mirada que privilegiaba claramente el crecimiento material por sobre el desarrollo integral y la integración armónica de la región al país. El fomento económico Precisamente en el contexto de esa política económica que privilegiaba las libertades en aras del progreso material, debe leerse la cuestión de la tierra pública, de su colonización e irrigación. La crítica finisecular a la liberalidad y al absentismo estatal tuvo uno de sus motivos centrales en el modo en que se había distribuido la tierra pública, permitiendo la formación de una estructura excesivamente concentrada de la propiedad. Un adecuado reparto de la tierra, que revirtiera o al menos atenuara la tendencia latifundista dominante, era percibido como una de las más importantes condiciones para completar la obra iniciada con la conquista de los Territorios. La mirada de Payró durante su viaje de 1898 oscila entre la admiración del progreso y la crítica a las políticas estatales que lo detienen. La primera actitud se refleja en textos que no se apartan significativamente del tropo de la “ensoñación industrial” (Pratt 1997:264) típica del progresismo occidental decimonónico: “... sus campos se pueblan de ovejas llevadas de las Malvinas, en sus puertos se levantan edificios que muchas veces no bastan al número de sus habitantes, las estancias avanzan su conquista hacia el interior, nacen algunas industrias, resuenan en sus bosques los golpes del hacha y los chirridos de la sierra, navegan en sus aguas numerosos barcos de poco tonelaje, los vapores de la P.S.N.C. y del Kosmos, etcétera, pasan casi diariamente a lo largo de sus costas, y si un gobierno progresista y bien inspirado se propusiera darles nuevo impulso, veríamos en pocos años surgir en aquellas comarcas aún solitarias otro emporio de civilización, cuna de una de esas razas fuertes y dominadoras de las zonas frías...” (Payró 1898:9) 513 Sobre la tesis nacionalista según la cual la República Argentina sería la heredera “natural” del supuesto territorio del Virreinato del Río de la Plata, progresivamente desmembrado por la acción corrosiva de sus vecinos y enemigos, cfr. CAVALERI 2004. 203 La posición crítica, ya insinuada en el deseo de gobiernos mejor inspirados, recurre al tema la distribución justa de la tierra. Para sostenerla, Payró acude –como en ningún otro punto de su trayecto- al argumento de autoridad. Cita a Francisco Moreno, en referencia a la colonia galesa del noroeste chubutense: “... si los colonos que llegaron y se establecieron allí desde 1888 recibieran en propiedad el lote que se les prometió, que poblaron y que aún no se les ha otorgado, indudablemente la colonia 16 de octubre sería hoy la más importante de Patagonia; pero, desgraciadamente no pocos tropiezos tienen en sus afanes, pues las tierras que rodean el valle ya han sido ubicadas desde Buenos Aires, y las quejas que oigo sobre avances de los nuevos propietarios, me apenan. ¿Cómo hemos de desarrollar la población en Patagonia, cuando tras una iniciativa laudable se dictan medidas que la anulan?” (idem:37) Cita la obra de Teodoro Alemann, Ein Ausflug nach dem Chubut-Territorium, que les propone a los pioneros usurpar campos de propietarios ausentes, dado que “las leyes nacionales no ayudan al pobre”, y también una memoria del gobernador chubutense Alejandro Conessa que recomienda “la liberal y conveniente distribución local de la tierra pública entre los pobladores de buena fe” (idem:30), para terminar acusando al gobierno nacional de desidia al no realizar los estudios necesarios, no legislar, etc., y denunciando la negación de títulos a los colonos (idem:52-56; cfr. Guzmán Conejeros y Pouso 2006:2). Menos crítica es la mirada de Gabriel Carrasco sobre los objetos del progreso territoriano en la Norpatagonia andina. Sus notas de viaje están atravesadas por una lectura de la historia regional que exalta la conquista militar, que pone un acento reiterado en el contraste entre la barbarie pasada y la civilización presente, y que recurre, incluso, a la muy frecuentada imagen sonora de los alaridos de los indios reemplazados por el silbato de la locomotora (Carrasco 1902a:11). Los objetos del progreso son, fundamentalmente, en su mirada, los ferrocarriles, caminos, canales de riego e hilos de telégrafo, pero también los edificios públicos, la capilla y las aduanas. “Saliendo de Bahía Blanca, el antiguo punto ‘terminus’ de nuestra civilización, todo o casi todo lo que se ve es nuevo” (idem:7), y la resultante de su visita es la siguiente: “¡Todo es cuestión de viabilidad! ¡Ferrocarriles, caminos, puentes, facilidades de movimiento! ¡Ese es el progreso para el Neuquén y para la república!” (idem:41). Esas obras requeridas permitirían “consolidar la nacionalización de los habitantes, haciendo argentinos por el corazón, por el amor, por la prosperidad material, a los muchos millares de chilenos que hoy lo pueblan considerándose casi como en tierra enemiga” (idem:40) y superar la “anormalidad política y sociológica” neuquina (idem:49; cfr. Carrasco 1902b:5) bajo el lema “ubi bene, ibi patria” (Carrasco 1902b:42). Sin embargo, también el “estadista viajero” del Ministerio del Interior observa como un problema para la prosperidad de los Territorios el de los grandes propietarios ausentes y los miles de viejos pobladores que trabajan la tierra pero no la pueden adquirir, contando 204 sólo con títulos provisionales dados por los jefes militares conquistadores pero luego invalidados por los compradores (Carrasco 1902a:81-83). La Revista de Zeballos hace su aporte a la corriente crítica del latifundio al dar lugar en sus páginas al extenso proyecto de ley de tierras públicas propuesto en 1901 por el ministro de Agricultura Ezequiel Ramos Mexía al presidente Roca antes de renunciar a su cargo (Ramos Mexía 1901). En síntesis, Ramos Mexía proponía eliminar la ocupación y el arrendamiento –vías de ocupación precaria- como modos de acceso a la tierra, para permitir o bien la venta de la tierra en subasta pública y pagada mediante crédito hipotecario, con límites que impidieran el acaparamiento, o bien su donación para formar colonias agrícolas o ganaderas, nacionales o extranjeras. Señalaba falencias de la legislación anterior y le solicitaba a Roca su acuerdo con esta “reforma agraria”, respuesta que, según Zeballos, el presidente nunca brindó. La puesta en valor de la tierra mediante su distribución racional y la realización de obras públicas de infraestructura se convertiría en un tema recurrente de la última etapa de la vida pública de Zeballos, en la que participó de diversos proyectos al respecto (Bazán 1912:96-99), inclusive proponiendo, en la línea de la regeneración administrativa del Estado nacional, la reorganización de la Dirección General de Irrigación a semejanza de su equivalente en los Estados Unidos, con un directorio, cinco secciones territoriales, comisiones técnicas regionales y un plan de colonización (Zeballos 1915 y 1916). Ya una década antes Zeballos se había preocupado por la creación de dependencias estatales dedicadas específicamente a la cuestión, publicando un artículo estadounidense (Poe 1905) en el que se describen los avances epistémicos y técnicos logrados en los Estados Unidos desde la creación de un Departamento de Agricultura. Pero la contextualización más evidente de la cuestión de las tierras públicas en el proyecto de desarrollo económico de los Territorios se dio en el debate, entre 1906 y 1908, de la ley 5.559 que se llamó “de fomento de los Territorios Nacionales” (República Argentina 1907a:66-70, 635; 1907b:912, 917-920; 1907c:167-168, 171-172, 231, 236-237, 306, 355, 373, 497-549, 563-583, 596, 627-642; 1907d:882, 1389, 1404, 1420; 1908a:814, 849-850; 1908b:872-882, 938-949; 1909:878-880). El proyecto del Poder Ejecutivo preveía la construcción de ferrocarriles económicos del puerto de San Antonio al Nahuel Huapi, de Puerto Deseado a la Colonia 16 de Octubre con ramales a Comodoro Rivadavia y al lago Buenos Aires, de instalaciones portuarias, la limpieza y dragado de las rías del Santa Cruz y del Chubut y otras obras; su financiamiento; la venta en remate de las tierras afectadas; etc. El presidente Figueroa Alcorta convocaba al Congreso a tratar la situación de unos Territorios “que han dejado de ser los desiertos de otros tiempos” (República Argentina 1907a:11), y Ramos Mexía, otra vez como ministro de Agricultura, trazaba entonces con claridad meridiana la relación entre la política de tierras, las obras públicas y el desarrollo económico de los Territorios: “la tierra pública debe ser destinada a fomentar con su producto las regiones en que se encuentra ubicada, siempre que por sus condiciones no convenga más dedicarla a 205 provocar la atracción de grandes masas de inmigrantes [...]. La base esencial del desenvolvimiento del país es la multiplicación sistemática de las vías de comunicación [...]. No hay ya desiertos en la República. [...] Lo que hay en la realidad son treinta y dos mil leguas cuadradas de tierras, que representan para la Nación varios centenares de millones de pesos oro! ¿Y qué es lo que hacemos con ellas?” (idem:66; cfr. González 1935:VIII,538). La disyuntiva que presentaba Ramos Mexía ilustra, en realidad, la diferencia entre el evolucionismo político roquista y un nuevo rol del Estado que se manifestaría en la proposición y realización de políticas públicas activas: o “se decide el país a esperar a que la densidad de la población resuelva a empresas particulares a exponer en ellas sus capitales”, o se responde con un cambio radical de política al cambio radical de circunstancias (idem:67-70). González intervendría en el debate como senador informante de las comisiones de Obras Públicas y de Agricultura (República Argentina 1907c:505-519; González 1935:VIII,547-571), presentando el proyecto, con su habitual minuciosidad, como producto de una elaboración cuidadosa y como solución integral para la cuestión del gobierno de los Territorios Nacionales. Llama la atención, precisamente, que González enfoque la cuestión, al principio de su exposición, como el abordaje definitivo del problema “del gobierno de los territorios”, habiendo consultado toda la bibliografía existente sobre ellos, la legislación vigente y su propia experiencia como ministro del Interior, y que luego ese problema se reduzca al del desarrollo de la infraestructura material. El problema provenía, según González, de que los Territorios respondían a “la misma ley de raza, la misma ley histórica que ha precedido a la formación y al desarrollo de nuestras provincias”, desarrollo que “no ha sido el más a propósito para hacer de ellos los organismos vitales de verdaderos estados autónomos”. En ese sentido, los Territorios se ofrecían como “campo experimental” que “necesitamos fomentar”, “ya que es un axioma político y social que la autonomía es una consecuencia de la independencia económica” y del “consentimiento voluntario de la opinión”. La aplicación de una única ley de Territorios, la de 1884, habría producido una diferencia entre Territorios “prósperos y ricos” -Misiones, La Pampa, Río Negro, Chubut-, “secundarios” con riquezas naturales pero sin población suficiente -Chaco, Santa Cruz, Neuquén514-, y “de tercer orden” que quizás no deberían constituir Gobernaciones -Los Andes, Tierra del Fuego, Formosa-, porque según Spencer “todo progreso está en la diferenciación”, pero su lenta evolución provenía de la variabilidad e incertidumbre de la legislación sobre tierras y de “la inestabilidad política y administrativa”. Frente a ese 514 Resulta llamativo que un funcionario de primera línea como Joaquín V. González considerase al Neuquén falto de población cuando en el censo nacional de 1895 se habían contabilizado allí más de 14.500 habitantes, que por entonces era la mitad de la población de la Patagonia y superaba ampliamente a cualquiera de los demás Territorios de la región, y en 1906 (censo de los Territorios, cit. en Sarobe 1935:106), con más de 24.000 habitantes, todavía superaba a los 20.000 de Río Negro y los 11.000 del Chubut. Es posible que, de acuerdo con sus ideas eugenésicas, la población neuquina, mayoritariamente chilena e indígena, no fuese considerada apta para el progreso deseado. 206 estilo administrativo proveniente de la época colonial, que radicaba en gobernar sin estudiar “las leyes naturales y sociales” de cada entidad, el reformismo liberal proponía una administración científica consistente en “desarrollar las fuerzas vitales, independientes y autónomas de cada región territorial, para que la población que en ella se radique pueda organizar el núcleo social y político del porvenir sobre cimientos inconmovibles”, con el fin de que la autonomía se apoye en la realidad y no en leyes o convenciones. De ese modo, la posición mayoritaria del Congreso expresada por González se manifestaba favorable a la postergación de la autonomía política, supeditándola al crecimiento económico de los Territorios. Los “cimientos inconmovibles” del porvenir no estarían, en consecuencia, en la extensión de la ciudadanía ni en la autonomía política sino en la infraestructura material. En una muestra insuperable de la “fiebre ferroviaria” positivista (Weinberg 1998:114-120), se explicaba que el ferrocarril de San Antonio al Nahuel Huapi reforzaría el desarrollo visible de “la población industrial, ganadera y agrícola” -aunque no humana- de las estancias de la región, para evitar “esa especie de divorcio impuesto por el desierto intermedio” entre la cordillera y la costa, y compensar “la ley natural de expansión de los grupos sociales [que] es centrífuga” y deriva, por lo tanto, el producto de la zona cordillerana hacia Chile y el de la costa a la navegación europea; se trataba de “dar cohesión social, política y económica a los distintos centros”. El Chubut, compuesto por diferentes centros “de distintas razas y de distintos orígenes”, donde la colonia galesa se mostraba como ejemplo de “la verdadera doctrina: el fraccionamiento racional [de la tierra] para concederla en propiedad a la explotación de los agricultores” en pequeñas parcelas que producen “una gran riqueza colectiva”, ya no necesitaba fomento, pero sí las conexiones ferroviarias entre la costa y la cordillera que convirtiera al Territorio en “un verdadero sistema de explotación económica, calculado con el conocimiento real de la geografía de la región y los puntos más importantes para el desarrollo prospectivo”. En Río Negro, donde los estudios realizados sobre el sistema de riego y el proyecto de Carlos Pellegrini sobre una nueva provincia (cfr. Navarro Floria 2004a:75-76) le producían al senador González “una impresión de turista o una sensación de cuore” sobre los “elementos de progreso” concurrentes, el Ferrocarril del Sud ya había revertido la “fuerza centrífuga” del Neuquén –“ese territorio no nos pertenecía, comercialmente hablando”- y la canalización del Alto Valle presentaba “uno de los pensamientos económicos más grandes” de la época y “un progreso económico de primera magnitud”. El argumento era similar al expuesto por Payró, cuando señalaba irónicamente en 1898 que el gobierno argentino se esforzaba por fomentar el desarrollo de la ciudad chilena de Punta Arenas al permitir que fuera el único puerto libre de la región (Payró 1898:3031), y se apoyaba en lo observado por Carrasco durante su viaje al interior neuquino. De este modo se construía ideológicamente una infraestructura de transportes que consolidaba no solo la lógica centralista de la organización espacial nacional sino también la dependencia de las economías regionales respecto de los mercados internacionales (Weinberg 1998:114-116). El discurso progresista se expresa, en 207 González, capaz de contrapesar las fuerzas de la naturaleza para construir el necesario dispositivo de dominación funcional al esquema de poder nacional, cuyos símbolos más socorridos eran el ferrocarril y el telégrafo. Ramos Mexía expresaba una concepción relativamente más amplia de lo que en ese momento se dio en llamar “fomento” económico, vinculando la infraestructura ferroviaria con la política de tierras y la política inmigratoria (República Argentina 1907c:519-523 y 528-533), aunque sin desligarla claramente de los intereses de los grandes propietarios, como cuando propone a la Patagonia como “el país de promisión para la crianza de la oveja”. Ruffini (2006:9) caracteriza su plan como “una solución para el problema de la concentración del migrante y su potencial conflictividad”, habilitando nuevos espacios para la explotación y derivando hacia ellos la corriente inmigratoria que por entonces se concentraba en el litoral rioplatense. Esto implicaba, de todos modos, un giro importante en la posición del Estado como regulador de la propiedad de la tierra y como planificador a mediano y largo plazo, mediante el trazado de vías de comunicación y su realización como obras públicas de infraestructura. A lo largo del extenso debate de la ley de fomento de los Territorios, y con la introducción de varias modificaciones importantes en su redacción, la iniciativa fue dejando atrás su aspecto original de “reforma agraria” y se redujo a un plan de obras públicas que, lejos de transformar el régimen latifundista, lo reforzaría (idem:13-15). Payró también reclamaba la presencia activa del Estado por medio de un transporte marítimo más frecuente, el ferrocarril, el telégrafo, la dotación material de las reparticiones públicas, etc. Otro modo de poner a consideración de la esfera pública el estilo de progreso propuesto por los liberales reformistas estaba constituido por un recurso característico de la obra de Zeballos: la consideración del tiempo como factor del adelanto material. Compara su percepción del paisaje pampeano en 1891 con la que había transmitido en el Viaje al país de los araucanos (1881) en cuanto al movimiento comercial, las industrias y demás empresas, la vida cultural, el ferrocarril, factores que habían convertido a Bahía Blanca en “pulpo de la región”, en una muestra más de la presencia embrionaria ya señalada del concepto de polo de desarrollo (Zeballos 1901a). Esa “ciudad de los puertos” era, en definitiva, la “tierra de promisión” del Sur (Zeballos 1901b). Unos años después el mismo autor (Zeballos 1909) recordaba un episodio vivido en la Pampa a fines de 1879: “en un punto inmediato al actual pueblo General Acha, desde una región donde aún vivían restos dispersos de las tribus indígenas y donde hoy, en breve lapso de tiempo, una civilización vigorosa y próspera, apoyada en los ferrocarriles y en la industria, ocupa y transforma los campos”. En un registro discursivo menos técnico y más próximo a la prosa lírica, cuando González participó, como ministro del Interior, de la inauguración de la nueva capital del Neuquén, en 1904 (González 1935:XIII,421-427), había expresado la misma concepción materialista del progreso. En ese caso, “la epopeya accidentada y dolorosa 208 del ejército” había permitido la puesta en práctica de “una política antes desconocida, que no es la del simple reparto de la tierra reivindicada, sino la de organización, gobierno e impulso de las poblaciones”, la del “trabajo robusto”, la de las “fuerzas y energías productoras”, que entonces iba a instalar en la Confluencia a la nueva capital territoriana como “centro estratégico sin igual de una doble corriente de comunicaciones fluviales y terrestres que lo vinculan al mar y al corazón de la República”. El progreso se imaginaba, como en el proyecto de Pellegrini de 1900, en términos de construcción de polos de desarrollo y de una infraestructura de comunicaciones que los pusiera en función del sistema nacional. Recién en el capítulo final de El juicio del siglo o cien años de historia argentina (1913) González (1935:XXI,205-207) se preguntaría “¿Exigen los tiempos nuevos una nueva política?”, contestándose que el país debía dedicarse a “la ocupación efectiva, población, colonización y aprovechamiento de sus territorios federales, donde millones de leguas baldías esperan la fecundación del trabajo, y la condensación más estrecha de los núcleos primitivos de la población”, y recién entonces -ya vigente la ley Sáenz Peña de voto masculino universal, secreto y obligatorio- reconocía la urgencia de “el más grave de todos los problemas interiores, el de la educación política”. También en 1914 un proyecto oficial de ley de Territorios Nacionales –que nunca fue tratado por el Congreso- retomaba la idea de establecer tres categorías de Territorios según su cantidad de población argentina y de favorecer la formación de instancias participativas tales como Municipios, Juntas de fomento y Legislaturas territorianas, la elección de representantes de los Territorios ante el Congreso y, finalmente, la creación de nuevos Estados Provinciales (República Argentina s/f:295-308). El progreso económico propugnado se ponía en juego en una serie de acciones concretas relacionadas con la administración de los recursos naturales del Sur. Las posiciones acerca de la construcción del Estado nacional y de su jurisdicción se mostraban, en los ámbitos de opinión estudiados, generalmente favorables al fortalecimiento del centralismo respecto de la explotación de esos recursos y, por lo tanto, proclives a consolidar un modelo extractivo de vinculación entre los Territorios y el Estado nacional. En la discusión entre los Estados provinciales y la Nación acerca de la jurisdicción sobre los ferrocarriles nacionales e interprovinciales, por ejemplo, una parte importante de las respuestas (Drago 1898-1899; Saldías 1898-1899; Ferreira Cortés 1898-1899; Garro 1898-1899; Civit 1899; González 1935:V,28-30; Corvalán 1905) propone, en términos generales, la concurrencia entre Estado Nacional y Provincias, con la supremacía nacional cuando el ferrocarril superara los límites de una provincia. Manuel D. Pizarro (1898-1899) fue un poco más allá, al señalar el “poder de concentración social” de infraestructuras paradigmáticas de la modernidad como el ferrocarril y la electricidad. Aunque ninguno de los consultados relacionó la cuestión con la situación de los Territorios Nacionales, la iniciativa de la ley de fomento de 1908 deja muy en claro el valor económico que se asignaba al tendido de líneas férreas en la Patagonia. 209 Otras proposiciones destacaban la potencialidad productiva de determinados recursos naturales presentes, fundamentalmente, en los Territorios, como factores que alentarían también al Estado nacional a extender hasta los límites internacionales su presencia efectiva. En este campo entran las consideraciones, por ejemplo, acerca de los recursos del subsuelo, que la legislación tradicional, como señalaba González (1935:IV,53-54) en sus clases de la Facultad de Derecho de Buenos Aires en 1900, consideraba de dominio nacional. En los Territorios Nacionales, “poblaciones nuevas” y como tal terreno de experimentación legal, ya había información acerca de diversos depósitos de importantes recursos minerales, particularmente en el Neuquén. Al año siguiente, Eleodoro Lobos (1901) criticaba la falta de prospección minera, la carencia de legislación adecuada y la inoperancia política y administrativa en el tema, en vías de solución por el Ministerio del Interior a cargo de González. Lobos enmarcaba sus expectativas en el contexto internacional de “la cuestión del carbón”, marcada coyunturalmente por el agotamiento de las reservas inglesas, el aumento de la producción norteamericana y el interés de los Estados Unidos en los mercados sudamericanos; proponía buscar el autoabastecimiento, apoyándose en las prospecciones favorables realizadas por Rickard, Stelzner, Carlos Berg en San Juan, Bodenbender, Kurtz y Salas en San Rafael, otros en el centro-oeste de San Luis, Francis Albert en Neuquén, Hoskold y Nunes en Tierra del Fuego, etc. En 1907, como ministro de Hacienda del gobierno de Figueroa Alcorta, Lobos defendería con entusiasmo el proyecto de fomento de los Territorios propuesto por Ramos Mexía, considerándolo preparatorio de futuras provincias “cuya fundación solemnizará dignamente el centenario de la Independencia, ha de acreditar la extensión de nuestros progresos, la energía de nuestra raza, la bondad de nuestras instituciones y amplitud de nuestros destinos” (República Argentina 1907c:541). La cuestión del carbón sería pronto desplazada por la cuestión del petróleo, sobre la que llamaba la atención, precisamente, una de las autoridades citadas por Lobos: el ingeniero de minas Juan Carlos Thierry, que ubicaba el hallazgo de hidrocarburos en Comodoro Rivadavia y las exploraciones en el Neuquén, Salta, el sur de Mendoza y el norte de Jujuy en el nuevo auge mundial, proponiendo también el autoabastecimiento a partir de los yacimientos patagónicos, fuentes de energía barata (Thierry 1908). Carrasco había transmitido su entusiasmo, en el Neuquén, por “la explotación de las riquezas minerales en que este territorio abunda y que harán de él, en un futuro no muy remoto, una de las regiones más prósperas del país” (Carrasco 1902a:40). Destaca la riqueza de los Territorios en oro, carbón, petróleo, cobre, hierro y diversas piedras, visita minas de carbón y lavaderos de oro, calcula su producción y valor y describe sus formas de trabajo (idem:43-44,60-61,65,85,91). Propone, incluso, la instalación de una sucursal del Banco de la Nación en Chos Malal que permitiera el depósito del oro, sin más consideraciones acerca de la autonomía política que, hipotéticamente, esos recursos podrían haber justificado. 210 La valorización de estos recursos naturales presentes en el subsuelo de los Territorios Nacionales contribuía, así, a la consolidación de la representación del Sur del país como repositorio material disponible para actividades extractivas, dejando en segundo plano las cuestiones de la población, del desarrollo regional y de su evolución política. 3. Los sujetos del progreso El poblamiento En su excursión periodística al Sur, Roberto J. Payró describía así a sus compañeros de navegación: “... el Villarino conducía a su bordo comisionados científicos, ocupados de la demarcación de límites con Chile, al encargado de resolver el problema de la comunicación telegráfica con el extremo sur de la República, una comisión de mensura de los terrenos de la Tierra del Fuego, pioneers y nuevos pobladores para las costas patagónicas, toda gente útil que, ya enviada por el Gobierno, ya lanzándose a buscar mayor campo de acción a su actividad, contribuyen en este momento a dar impulso a esas tierras, que poco a poco van saliendo del misterio en que las envolvía maliciosamente la especulación, y mostrando que ellas también son productivas y generosas con los que las trabajan...” (Payró 1898:6) Esta referencia de Payró a la “gente útil” -que implícitamente incluye al mismo autor, el periodista viajero, como sujeto reformista que cumple su rol de comunicar la realidad de la Patagonia lejana a la opinión pública porteña lectora de La Nación (Andermann 2000:133-134)- indica –uno directamente, el otro indirectamente- los dos aspectos que comprendía la cuestión de la población de los Territorios en las décadas posteriores a la conquista. Uno era el de la inmigración ultramarina, y en este sentido entra en contacto con la cuestión general de la inmigración europea en la Argentina. El otro aspecto es el de la población indígena, cercano a la cuestión de la construcción étnica de la nación. Ambos, planteados en términos funcionales al programa utilitario de crecimiento material. El análisis de la problemática étnica de la sociedad –terreno constituido a mediados del siglo XIX en el que se entrecruzaban la antropología y la sociología- permitía injertar la evolución social en el relato de la evolución biológica (Di Filippo 2003:155) al mismo tiempo que establecer un suelo observacional científico capaz de sustentar tanto el derecho –es decir, la estructura legal e institucional de los Territorios- como la política territorial misma. La mirada de Carrasco sobre el Neuquén se encuentra relativamente desplazada respecto de esos ejes, dada la ya citada “anormalidad política y sociológica” local producida por la presencia de tres cuartas partes de población chilena (Carrasco 211 1902a:49). Considerando a la Patagonia aún desierta en 1902 y a la población como la cuestión central de la ciencia política en la Argentina de su tiempo, Carrasco, como Payró, también encuentra al progreso encarnado en una población pionera compuesta por “trabajadores de la línea férrea, troperos, estancieros que van y vienen de sus propiedades, artesanos que preparan los convoyes para el interior, algunos comerciantes que surten de los productos de consumo a los que se dirigen a las lejanías del oeste; pocas mujeres” (idem:9), por los “avanzados pioneers de la civilización en el desierto” que trazaban la Colonia Lucinda (actual Cipolletti) como “verdaderos patriotas que contribuyen con su trabajo al fomento de los progresos del país” (idem:13-17), por los conscriptos “salidos de las masas del pueblo argentino para constituir las defensas de la patria” (idem:33), por un minero sanjuanino a quien considera “uno de los hombres más importantes, más útiles, más verdaderamente patriotas de este territorio, a cuyo progreso contribuye con su labor” (idem:65), y aún por los misioneros salesianos dedicados “a redimir de la ignorancia y de la barbarie a los hijos de los antiguos habitantes selváticos de aquellas comarcas [que] deben contarse entre los más avanzados pioneers del progreso argentino” (idem:108). Sin embargo, el problema más inmediato que identifica es, como ya señalamos, el de la argentinización y arraigo de los campesinos chilenos mediante el aseguramiento de su prosperidad material. La inmigración extranjera fue uno de los temas de preocupación del sector de la élite reunido en torno de la Revista de Zeballos. El aluvión inmigratorio que experimentaba la Argentina de fines del siglo XIX y principios del XX estaba en el centro de una serie de problemas y debates cruzados: la cuestión urbana, la cuestión social (Devoto 2000:97) y la cuestión de la colonización y del poblamiento de los espacios recientemente incorporados a la nación. Frente al ideal de una inmigración espontánea y culta, soñado en las primeras décadas de la organización institucional, los reformistas finiseculares se encontraban con la inmigración real y problemática (Botana 2000:61). Devoto (2000:97) destaca como tareas prioritarias autoimpuestas por la oligarquía gobernante el “asegurar la paz social y nacionalizar a los inmigrantes y sus descendientes”, para lo cual se propusieron tanto soluciones represivas –leyes de residencia (1902) y de defensa social (1910)- como integradoras –servicio militar obligatorio (1901), reformas electorales (1901 y 1912), educación patriótica, etc.-. En los últimos años del siglo, en un contexto en el que la inmigración europea, preferentemente de eslavos y sajones, era identificada con el futuro, frente al factor incapaz de progreso representado por la población indígena (Alfonso 1898), Augusto Belín Sarmiento (1898) proponía la naturalización de los italianos515 para su 515 Dentro del marco general descripto, la colectividad italiana presentaba una dificultad especial por su importancia numérica y por la tensión entre una dirigencia hostil a la integración -a tal punto que “en las influyentes sociedades italianas de socorros mutuos (pero también en sus congéneres españolas), la adopción de la ciudadanía argentina implicaba, en casi todos los casos, la pérdida de los derechos sociales y la exclusión o expulsión de la entidad étnica” (DEVOTO 2000:102)- y la tendencia a la integración que mostraban los inmigrantes y sus descendientes (ODDONE 1980:577). GALLO (2000:522) supone que la baja tasa de nacionalización de los inmigrantes pudo deberse a lo poco estimulante que resultaba un sistema electoral y partidario fraudulento y excluyente, y al hecho de que “manteniendo la 212 integración en la colectividad nacional. Al año siguiente, la Revista daba cabida a la opinión de Baltasar Ávalos a favor de un “gran plan de colonización agrícola que se pensaba desarrollar en la Patagonia”516, de la imposición del ius soli a los hijos de inmigrantes (Ávalos 1899), y de la extensión de los derechos políticos a los extranjeros naturalizados (Ávalos 1899-1900). Era la misma coyuntura en la que González, desde el Ministerio del Interior, presentaba y defendía el proyecto de reforma electoral que proponía, entre otras cosas, el voto de los extranjeros en función de la necesidad de progreso político, como una “gran concesión a la democracia” que daría representación a los nuevos intereses y conflictos sociales (González 1935:VI,19-22,88-89,181-182). En 1903, una vez aprobada con fuertes recortes la reforma electoral –uno de ellos, precisamente, consistió en no permitir la participación de los extranjeros-, vuelve el tema a la Revista, con varias notas conexas. Entre ellas, una del mismo Zeballos en la que, ante la decadencia numérica de la inmigración y la falta de tierras disponibles, postula la necesidad de seleccionar “la mejor inmigración latina y del norte de Europa” con “aptitudes adaptables a nuestro medio agrícola” (Zeballos 1903:552). Aunque también se daba cabida a críticas al carácter excluyente de la legislación inmigratoria (Soria 1904), el tono general de las opiniones ya no denotaba un optimismo ingenuo respecto de la potencialidad transformadora espontánea de la inmigración –como habían sostenido, por ejemplo, Sarmiento, Alberdi o Mitre décadas atrás- sino a determinar bajo qué condiciones ese abigarrado contingente podría traer más beneficios que problemas al país. En esa línea de pensamiento, y en relación con los Territorios Nacionales, es claro que la cuestión inmigratoria se vinculaba con la posibilidad de poblar y de explotar racionalmente los espacios percibidos como vacíos. Y en ese punto era donde el programa nacionalizador y ciudadanizador de los extranjeros entraba en más fuerte contradicción con la lógica del poder oligárquico (Shaw 2003:126-127), precisamente porque la ampliación de la participación ciudadana –y especialmente de los extranjerosen los Territorios era vista, fundamentalmente desde el roquismo, como un problema innecesario (Navarro Floria 2004a:82-84). Un segundo aspecto del tema de la población de los Territorios era, como ya señalamos, el de los pueblos indígenas sometidos. Contra el fondo común del racismo generalizado durante el siglo XIX se recortaba una serie de opiniones relativamente divergentes en torno de las políticas concretas hacia ellos y de su relación con el poblamiento de los Territorios. Émile Daireaux, por ejemplo, que se había manifestado nacionalidad de origen, los inmigrantes podían acceder a dos fuentes de protección: la de las leyes civiles argentinas y la de los representantes diplomáticos de sus países de nacimiento”, que a menudo hacían campañas en contra de la naturalización de sus compatriotas. En esta problemática se inscribe la polémica entre el periódico socialista La Vanguardia y el órgano comunitario La patria degli Italiani (idem:520-522), a la que responden tanto la Revista de Zeballos con una serie de artículos, como el gobierno con el proyecto de reforma electoral de 1901, en el que el ministro González impulsó –sin éxito- la apertura del voto a los extranjeros que se inscribieran sin necesidad de nacionalizarse. 516 Aunque el autor no especifica a qué propuesta se refiere, es posible que se trate de alguna de las que formularon los misioneros Salesianos en la Patagonia Norte. Cfr. NICOLETTI Y NAVARRO FLORIA 2004. 213 tempranamente contrario a la guerra contra los indígenas (Daireaux 1877:220), consideraba que esa tendencia destructiva de la población que había desembocado en un desastre étnico se mostraba particularmente injustificada en un país en el que abundaba el espacio y se necesitaba población (Daireaux 1888:52). La conquista de la Pampa y la Patagonia, para él: “Ha sido el acto definitivo de la constitución geográfica de la República Argentina, y el primero de su constitución nacional. Para que la obra sea completa, es preciso que el desierto sea civilizado, es decir poblado, y que se repare aquel gran error que dio principio de modo tan extraño a la obra necesaria de la población, destruyendo la población indígena.” (idem:92) En la misma línea de pensamiento que, en relación con la inmigración extranjera, buscaba perfeccionar los mecanismos de disciplinamiento y control social, se proponían la aplicación del servicio militar obligatorio como una política civilizadora y nacionalizadora de los indígenas y como parte de un mejor trato que el que se les había proporcionado hasta entonces (Garmendia 1901), o la reducción y castellanización de los pueblos originarios como medio de ciudadanización no forzada, evolutiva y por fusión racial (Uribe Uribe 1907). Parte de esta política indígena se refleja en el proyecto de Ley Nacional del Trabajo presentado y defendido por González como ministro del Interior en 1904: el texto legal considera a “los indios que habitan los territorios nacionales” como “personas libres y dueños de todos los derechos civiles inherentes a todo habitante de la república” y establece mecanismos de protección de ese status. Su autor cuidaba señalar ante el Congreso que en los Territorios Nacionales no regía la ciudadanía política pero sí la condición civil, y que este tratamiento civil de los indígenas no era más que una nueva interpretación del mandato constitucional de sostener un “trato pacífico”, que ahora tenía como propósito el de reducirlos a mano de obra útil (González 1935:VI,373 y 491; cfr. República Argentina 1904:28-29). Ya en su Manual de la Constitución argentina (1897), González había interpretado que el trato pacífico con los “indios” encomendado al Congreso de la Nación implicaba “no solamente que la reducción de ellos se hiciese por una guerra humanitaria y cristiana [sic], sino que se les convirtiese en hombres útiles para la sociedad” (González 1935:III,391). Esta posición constituía un verdadero giro ideológico en la cuestión del trato pacífico con las naciones indígenas, mandato cuya presencia en la Constitución de 1853 respondía a una larga tradición de origen colonial y que había sido claramente interrumpida por la política de conquista en la década de 1870 (cfr. Navarro Floria 2004b). Reinventado por el liberalismo reformista, el trato pacífico quedaba así inscripto en una concepción del orden constitucional – característica del discurso y de la doctrina jurídica de González- que enfatizaba su carácter de programa económico (Roldán 1993:19) y que, en este caso de las naciones indígenas, daba prioridad a su transformación en “hombres útiles”. 214 Por otra parte, aún cuando la situación de sometimiento de las naciones originarias producida por las campañas de 1875-1885 habilitaba a los miembros de la oligarquía gobernante a tratar la materia como un aspecto más de la cuestión social, ni Zeballos ni González dejaban de reconocer la acción militar como el hecho fundante de una política territorial y étnica que se les representaba como un gran experimento destinado a construir la modernidad sobre la tabla rasa del “desierto”. En efecto, el tema de la conquista territorial de la Pampa y la Patagonia y del sometimiento de las naciones originarias marca, como ya señalamos al principio, uno de los puntos de encuentro hacia el interior de la oligarquía. Zeballos, en El Tesoro de la Juventud (III,999) muestra a Roca como un personaje de actuación política y administrativa “agitada y discutida”, pero le reconoce el status incuestionable de héroe militar “por haber resuelto el problema de los indios que rodeaban a la civilización argentina”, gracias a la “gloriosa campaña” cuyo plan el autor se atribuye a sí mismo, colocándose discursivamente en un plano heroico civil equivalente al del militar. Del mismo modo González, que en El juicio del siglo proclama que “la política económica de la Constitución ha triunfado del pasado, del desierto y de la raza misma” (González 1935:XXI,177), despide a Roca en el Senado, en 1914, según ya hemos visto, como el realizador de la misión histórica de haber integrado la unidad territorial de la patria (idem:XIX,349-350). Si bien en La tradición nacional (1888) había atribuido al pueblo mapuche “una adelantada civilización” con conocimientos de ciencias exactas, retórica, arte, pensamiento, etc., digna de ser rescatada (idem:XVII,52-54), en El juicio del siglo elogiaba la acción del general Roca y consideraba que la extinción de los indígenas “por la guerra, la servidumbre y la inadaptabilidad a la vida civilizada” había salvado a los Territorios del “peligro regresivo de la mezcla de su sangre inferior con la sangre seleccionada y pura de la raza europea” (idem:XXI,175-177). En el Senado, en ese mismo año, exponiendo sobre el próximo censo nacional de población, González se refería al problema étnico como “la verdad científica que más esencialmente afecta el porvenir de la patria, el porvenir de la nacionalidad”, y aludía también a la inmigración como “fenómeno físico inevitable”, a la necesidad de establecer políticas de selección de población, y a la suerte argentina de tener “el mayor coeficiente en América de población blanca, europea y civilizada”, de mayor “valor productivo que el hombre inferior, que el hombre de raza mezclada, mestiza”: “nosotros no tenemos indios en una cantidad apreciable, ni están incorporados a la vida social argentina. No tenemos negros [...]; no se avienen a nuestro medio social, y si existen algunos adventicios, de otras razas, son en cantidad insignificante” (idem:XI,393-397). Aunque estas apreciaciones tienden una línea de continuidad con los racismos decimonónicos, el punto de vista de González es menos permeable al biologismo que a la preocupación por la construcción social nacional (Roldán 1993:31 y 72-73) entendida como una experiencia crucial para el futuro del país. 215 También Payró se refería con mal disimulado entusiasmo a la Patagonia como laboratorio étnico de la nación. Guzmán Conejeros y Pouso (2006:1-3) señalan el aporte de Payró a la idea de un “tipo nacional” en formación mediante el trillado tema de la “fusión de razas”. Por ejemplo la colonia del Chubut, “animada de una voluntad y una perseverancia engendradoras de progreso y bienestar”, se había convertido “en centro de recursos y en núcleo de lo que dentro de algunos años será la Patagonia” gracias a los galeses, “hombres de costumbres sencillas, trabajadores, honrados, pacíficos: buen pueblo, y excelente plantel para el futuro”, de espíritu solidario y prácticas de ayuda mutua permanente (Payró 1898:24-25). Esa comunidad, que desde tiempo atrás los sectores dominantes argentinos observaban como modelo del tipo de poblamiento que pretendían para la Patagonia, contribuía a la peculiaridad regional también desde su experiencia de formación étnica y social: “... si bien en otros territorios se nota con mayor intensidad esta especie de separación en lo que atañe a los intereses materiales, en el Chubut se la ve también de otra manera: costumbres, idioma, religión, todo aleja a sus habitantes del tipo común en nuestro país, y se diría que se ha salido de él, al entrar en la colonia. Naturalmente, estas diferencias irán disminuyendo a medida que el tiempo pase, y este elemento heterogéneo irá fundiéndose en la masa general, así como comienzan a asimilarse las diversas razas, en un principio aisladas, que forman -por ejemplo- la población de Santa Fe. Más lejano, el Chubut no ha facilitado tanto la mezcla, y su aislamiento es lo que ha mantenido la casta sin variación apreciable en estos treinta y dos años.” (idem:25) Sin embargo, donde se revela en plenitud el sentido racista y biologista que Payró le asignaba al experimento demográfico, es en el relato del incipiente romance, “símbolo de la fuerza de atracción de estos países y estas razas nuevas” (idem:81), entre una inmigrante inglesa y un argentino que iban a establecerse en el lejano Sur, narración que da pie a una hipótesis acerca de la formación social de la región y del país entero: “Ella [...] va desde luego a convertirse en pobladora de la Patagonia, tiene un significado histórico, es una nueva energía que colaborará desde hoy en la obra de las energías poderosas que allí trabajan. Él, con su juventud, con su brío, con la corriente de simpatía franca y jovial que emana de los latinos de América, regenerados y reforzados por otras sangres más ingenuas pero más fuertes, viene a ser en el caso, representativo y útil; porque reúne nuestras cualidades de atracción, y tiene en su persona y en su modo de ser, la juventud, el desprendimiento, la despreocupación de nuestro país... todo eso malo, que a nadie daña sino a nosotros mismos. “Y esa mujer, libre como lo son sus compatriotas, que ni teme a las hablillas, ni cree peligroso conversar con un hombre -seguía yo reflexionando-, da, a bordo del Villarino y en pequeño, la nota tónica del progreso de esta región, que a mi juicio está 216 llamada a ser, geográfica y sociológicamente, la homóloga de los Estados Unidos del Norte, pese a la ceguedad de los gobiernos. “Este fuerte sexo débil ha desalojado ya en mucha parte de la Patagonia a la india Tehuelche, de enérgica e inteligente raza, sobre cuyos -cada vez más escasosejemplares, domina desde las estancias inglesas y alemanas, salpicadas en el desierto como núcleos de futura civilización. Ante ella, la mujer que llevaban los ejércitos de fronteras, y que allí quedó llenando sus funciones étnicas, y la mestiza que nació del contacto entre indios y cristianos, ceden palmo a palmo el terreno, que prepararon ha tiempo, como tipos de un período de transición. Vienen de fuera, al par de miss Mary, y en continua y poco observada inmigración, a cooperar en la tarea evolutiva, miembros femeninos de pueblos varoniles crecidos en climas análogos; [...] una especie de haras humano, cuyos productos están llamados a extenderse por gran parte de la Patagonia y a influir de una manera decisiva en el tipo de su población, [...] en Patagonia se prepara una raza distinta de la nuestra, no sólo porque el medio lo exige así, sino también porque los elementos que trabajan en su formación, los antepasados de los nietos por venir, son diferentes en absoluto de nuestros abuelos. “ [...] “¡Oh, miss Mary! Si usted supiera el interés etnológico que tiene su persona, en su carácter futuro de antepasada!... “ [...] “La naturaleza echa mano de medios complicados y a veces invisibles para arribar al resultado final que se propone y a que siempre llega. Hizo una raza de ovejas para la Patagonia; con facilidad igual, sin el concurso de sabios ni estadistas, está haciendo un pueblo...” (idem:81-83) La hipótesis de Payró no se refiere solamente a la creación de una “raza” local nueva a partir de los aportes autóctonos y alóctonos, sino a la regeneración del criollo que, aclimatado al exigente medio patagónico, podría adquirir una ética del trabajo productivo y “atemperar las pasiones desmesuradas de su sangre indígena” (Andermann 2000:130-131).517 De modo que la cuestión del poblamiento de los Territorios Nacionales, en el discurso dominante de la época, aparece claramente subordinado al problema del crecimiento económico. Los pobladores, antiguos o nuevos, aparecen caracterizados y conceptuados como sujetos del progreso en tanto “hombres útiles”, con un sesgo económico determinado por el sentido que, a su vez, tenía la idea de progreso para los 517 Otros abordajes de la cuestión étnica recorrían los caminos de la naciente antropología nacional, ocupándose, más que del indígena real y concreto y de sus problemas, de cuestiones eruditas como el origen de las lenguas indígenas (PATRÓN 1901; RDHL LI:287-289), las costumbres funerarias (PENNA 1909) o los ecos de los Congresos Internacionales de Americanistas, que se centran también en cuestiones lingüísticas y folklóricas (SCHULLER 1907a y 1907b; LEHMANNNITSCHE 1908; LAVAL 1909) o paleontológicas (HEGER 1912). También el Centenario de la Revolución de 1810, que ocupó unos cuantos números de la Revista de Zeballos con la crónica de banquetes, discursos y festejos, dio pie a la publicación de la “Disertación sobre la condición jurídica de los indios”, de Mariano Moreno (RDHL XXXVIII). 217 emisores del discurso. Los espacios nuevos de la nación eran concebidos como el gran laboratorio social donde las políticas inmigratorias e indígenas –ligadas entre sí por el hilo conductor de las consideraciones acerca de las “razas”- operarían el experimento destinado a generar una “raza” nacional también nueva y mejor en función de su productividad. La construcción del pueblo gobernante A partir del análisis anterior de las condiciones materiales y espaciales del progreso presentes en el discurso científico-social de los liberales reformistas, y de las determinaciones que su concepción del progreso proyectaban sobre sus sujetos concretos, resulta claro que la reglamentación del rol de esos sujetos –el pueblo- en el plano político y su construcción como sociedad autogobernada en virtud de la soberanía popular, resultaban problemáticos para la élite dominante. En el campo de las ciencias sociales y en relación con los Territorios Nacionales, la de la ciudadanía política era una cuestión deliberadamente postergada. Una metáfora desarrollada por Joaquín V. González en el ya citado debate parlamentario de 1907 nos muestra de qué modo el pensamiento sociológico de la época no sólo cruzaba sus líneas de análisis con las de la antropología sino también con las de la psicología, al mismo tiempo que nos ilustra acerca de la representación que los sectores dominantes construían sobre la cuestión. Allí González señala que, en el aspecto institucional, “los Territorios Nacionales han sido colocados por la Constitución [...] en condiciones de menores de edad [...] son estados en formación” encomendados al Congreso para que realizara en ellos la apertura a “todas las fuerzas vivas y civilizadoras del mundo”. “Lo mismo que pasa con los hombres, que poseen más o menos fuerzas y eficacia, según hayan sido los elementos adquiridos durante su educación elemental y moral, en la edad juvenil.” La infancia de los Territorios habría culminado, según González, entre 1879 y 1884, con su ocupación y organización, su juventud habría transcurrido de 1884 a 1902, durante los “tanteos de colonización” y hasta su dominio definitivo asegurado por los Pactos de Mayo, y desde 1902 se desplegaban “las obras de verdadero progreso económico, que preparan el período definitivo, que será el del desarrollo y expansión política de los territorios, en su categoría de estados de la unión federativa de las provincias argentinas”. La misma idea fue retomada en la Cámara de Diputados por Adrián Escobar, cuando proponía, para los Territorios Nacionales, “acompañar con solícitos cuidados sus pasos de adolescente, hasta que ya plenamente formados puedan entrar sin reato y con todo vigor a gozar de la plenitud de sus autonomías”, comenzando por “poner en contacto directo, inmediato y permanente las regiones costaneras o externas, con las cordilleranas o internas”, lo que complementaría pacíficamente la conquista armada y realizaría el último período de la evolución propuesta por el senador González (República Argentina 1908b:876881). La metáfora de la psicología evolutiva sirve para expresar, en este caso, que el 218 desarrollo político de los Territorios y la consideración de su población como ciudadanía estaba siendo diferida intencionadamente, en aras del progreso económico. La problemática político-administrativa de los Territorios aparece reducida a la cuestión de la regeneración de la administración pública nacional mediante la introducción de buenas prácticas de gestión. En cambio, se descuida el aspecto relacionado con la inadecuación entre el régimen político de colonialismo interno impuesto por la ley 1.532 y una Constitución Nacional formalmente federal. Al respecto, puede resultar ilustrativa la divergencia entre concepciones más amplias y más restringidas de la democracia –en relación con a quiénes se consideraba actores políticos capaces de autonomía- en la coyuntura del cambio de siglo, y acerca de los modos en los que la opinión dominante se proponía limitar el concepto y el ejercicio concreto de la ciudadanía política. Payró concebía su tarea de periodista viajero independiente del Estado como la de un interlocutor entre la opinión pública y las autoridades capitalinas, por un lado, y los pioneros progresistas, por el otro. “La Nación ha hecho un noble esfuerzo, enviándonos quien nos oiga y nos vea de cerca”, pone el escritor en boca de uno de los colonos, que reclamaba su presencia frecuente, a lo que él contestaba: “tenga usted la seguridad de que el diario mira con verdadero interés estos territorios, que -como usted dice- son grandes semilleros que sin duda nos guardan muchas sorpresas” (Payró 1898:29). En cualquier caso, desde el punto de vista de Payró, el futuro en la Patagonia era de los nuevos emprendedores provenientes de los sectores sociales dispuestos al esfuerzo personal: “Conversando con uno de los pioneers que están ya a punto de conquistar la fortuna, inquiría yo: “-¿De modo que aquí el hombre cuenta con un porvenir cierto? ¿Los que vienen conquistan seguramente la riqueza? “Y mi interlocutor, haciendo una mueca expresiva y despreciativa y abarcando el horizonte con el ademán de su brazo derecho: “-Según -me contestó-. Aquí sólo tienen éxito los hombres de acción, de trabajo y de perseverancia. El que venga a Patagonia a mandar hacer, puede estar seguro de un fracaso; el que se imagine que se enriquecerá sin sacrificio, quédese, es mejor... Aquí, muchas veces, hay que sufrir hambre y sed... Aquí sólo medra el trabajo personal, continuo. Pero el que, en medio de estas privaciones, sea obrero y patrón, sobrelleve necesidades y fatigas, y luche con esperanza y sin tregua, ese llegará infaliblemente a rico. “[...] “¡Oh, qué animosos y qué dignos del triunfo son esos hombres del sur, que pasean la Patagonia desde los Andes hasta el Atlántico, sin más defensa que su propio esfuerzo, sin más protección que la ayuda propia, y que abren a la civilización y al progreso aquella inmensa tierra ignota y virgen, ingrata para el muelle, generosa y maternal para el bien templado!” (idem:33-34) 219 El perfil trazado así por Payró alcanza el plano de los derechos civiles: la ejemplaridad de la colonia galesa del Chubut también proviene de que “allí donde pueden ejercer los habitantes algún derecho político, lo ejercen haciendo abstracción de los argentinos” (idem:84). Gente de trabajo que conquista su porvenir con base en el esfuerzo propio, que ocupa tierras soslayando incluso la legislación vigente y los derechos de los propietarios absentistas, que siendo a un tiempo “obrero y patrón” anula el conflicto social, y que se hace oír por las autoridades a través de la prensa y no por los canales de las relaciones personales que atravesaban el mundo de la élite, presentaba un aspecto muy distinto, por cierto, al de esa misma élite que respondía al marco legal porque se sabía beneficiado por él, que contaba con contactos en el gobierno y que se enriquecía sin sacrificio porque mandaba a trabajar a otros. De este modo, mostrando a unos colonos que se hacían valer a través del trabajo productivo y sin necesidad de los derechos políticos que la administración argentina podía ofrecerles, Payró dibuja un perfil de ciudadanos relativamente diferente del de los sectores privilegiados, sin cuestionar, sin embargo, las reglas del juego colonial que se aplicaban a los Territorios, sino asignando a los pioneros un lugar en ellas. Otros actores políticos parcialmente diferenciados de esos esforzados pioneros eran los miembros de las pequeñas élites locales de propietarios y empleados públicos, que la dirigencia nacional cooptaba como interlocutores en relación con las cuestiones político-administrativas. Zeballos apoyó desde las páginas de la Revista (Zeballos 1899) el viaje presidencial del general Roca a la Patagonia realizado en 1899518, desde el punto de vista de “los que hemos promovido incesantemente la defensa y civilización de esas regiones durante un cuarto de siglo”, porque “el jefe del Poder Ejecutivo y los ministros deben conocer el país, mezclarse a sus masas, penetrar todas las necesidades, las aspiraciones profundas y las simples tendencias regionales”. Inmediatamente, en un gesto retórico propio del conservadorismo populista que propone, se apropia de la voz de las supuestas masas desatendidas y se convierte en intérprete de sus aspiraciones, señalando que: “La visita del jefe del Estado era especialmente reclamada en el sur, donde nuestra inaptitud política y desidia administrativa habían dejado penetrar a Chile en la Patagonia y a la Gran Bretaña en Malvinas y en la Tierra del Fuego, en el último punto extraoficialmente y en misión cristiana, por fortuna; y donde la solitaria y cuasi abandonada colonia galense del Chubut luchaba tan enérgicamente con la naturaleza y el aislamiento, como con la falta de atención y de aptitudes colonizadoras de la nación.” 518 Sobre los viajes presidenciales como despliegue de una “nueva dramaturgia” política destinada a fortalecer la imagen presidencial, ampliar el espacio de ejercicio del poder, incorporar a la vida política nacional a grupos normalmente ajenos, lógicamente, a favor de los intereses políticos del gobernante viajero, los de su gobierno y los del Estado, y también como herramienta singular de conocimiento e instancia generadora de representaciones en las repúblicas oligárquicas, cfr. SAGREDO 2001 y NAVARRO FLORIA 2007. 220 Contra las críticas que recibió el viaje por el poco espacio que el presidente dio a sus ministros, que Zeballos atribuye a la inexistencia de “administraciones ordenadas” y de “hombres de Estado” en el país, contrapone “la excelencia de los propósitos perseguidos” señalando unos resultados “excelentes, pero superficiales”. Cuando “hace [...] veinte años que la prensa, el Instituto Geográfico y numerosas iniciativas parlamentarias han revelado los males que abruman a las colonias del sur” y “en copiosos y meditados documentos han sido proyectadas las reformas requeridas”, el presidente no parece haber percibido esas opiniones. La base del cambio reclamado, según Zeballos, estaba “en la provisión de gobernadores”, que “en los desiertos, casi incomunicados con el mundo, sin horizontes, sin halagos y peligrosos” no están a la altura de “su complicado objeto” y de “los anhelos de los vecinos”. Se ha enviado a militares que no hablan inglés a gobernar a británicos “de tradiciones eminentemente civiles y libres”, o a exponentes del “proletariado social de la gran metrópoli” con sueldos bajos; no se forma, como en Gran Bretaña o Alemania, “gobernadores y empleados especiales para la administración colonial”, con buenos sueldos, “personas de aptitudes intelectuales, de arraigo social, de carácter moral intachable, de visiones patrióticas y si fuera posible, de prestigiosa tradición administrativa”. En síntesis, una élite territoriana capaz de buen gobierno. Carrasco selecciona, precisamente, entre la élite territoriana existente, a sus interlocutores: si bien los pioneros identificados como sujetos del progreso son los trabajadores y comerciantes que observa en la punta de riel y centro comercial de la Confluencia, es en una segunda instancia cuando encuentra a quienes le interesa consultar: “Pronto me relaciono con los principales vecinos”, empleados de la Gobernación y un comisario recién nombrado (Carrasco 1902a:9-10). Una vez en la capital territoriana, relata haber recibido en el hotel a “todas las autoridades y vecinos más notables de la población”, incluso a “siete vecinos” que le acercan una denuncia contra el gobernador Lisandro Olmos (Carrasco 1902b:6). Decide no dar lugar a la acusación, y no cuestiona el nombramiento, por el gobernador, de una comisión municipal (idem:13), haciendo caso omiso del dictamen del Procurador General de la Nación, que ya un año y medio antes había ordenado que se repusiera al Concejo por elección popular (República Argentina 1901b:46-47). El personal de gobierno territoriano tampoco parece ser una preocupación central en el relato de Payró, para quien –refiriéndose al Chubut- “las autoridades nombradas por el Gobierno de la nación han sido generalmente elegidas con bastante acierto” (Payró 1898:25). Para Zeballos, sin embargo, toda otra reforma “será de detalle y estéril”: “robustecer el adelanto material, sin ideales definidos” no contribuiría más que “a fortalecer las administraciones defectuosas, a nutrir nuevos errores, a estimular los apetitos extraviados, a consolidar la injusticia, el desorden y el notorio malestar que se advierte en los territorios”. En cambio: “Las buenas gobernaciones crearán la intimidad e inteligencia que ahora falta entre los ingleses pobladores y la República, robustecerán el sentimiento nacional en los hijos de 221 éstos y promoverán una serie de reformas y de progresos sugeridos por la experiencia local.” Resulta interesante inferir de la opinión de Zeballos una cierta estructura del discurso liberal-reformista, relativamente diferente del discurso de Payró, respecto de la situación política de los Territorios y particularmente de sus actores. De un lado están los colonos, cuya única identificación concreta es con los galeses del Chubut o – más genéricamente- con británicos a quienes se supone de avanzada cultura civil. No hay otra población, en esta instancia, digna de ser considerada interlocutora de las autoridades. De otro lado está una administración pública marcada por la ineptitud y la desidia, que produce gobernadores pertenecientes a sectores medios mejor identificados con el proletariado urbano que con la élite –o con una fracción de ella- que se supone antiguamente preocupada por la “civilización” de los Territorios y moralmente, intelectualmente, socialmente y técnicamente preparada para gobernarlos. En conclusión, los que rigen los Territorios no son los que deberían hacerlo. Se apela, entonces, al presidente como árbitro superior que –esclarecido ahora por la experiencia directa de la Patagonia, argumento de autoridad incuestionable para el imaginario positivista- tendría en sus manos el remedio de la situación. Todo esto se plantea en un marco institucional en el que se considera a los Territorios como colonias internas, y en el que contrapone, a una cierta insuficiencia del desarrollo material, una necesidad de excelencia moral. Esta concepción restringida de la democracia se corresponde también parcialmente con la noción manifestada por González al presentar, en 1902, el proyecto de reforma electoral que dio lugar a la elección de diputados nacionales por circunscripciones uninominales y que contemplaba originalmente –si bien el Congreso no lo consintió, como ya señalamos- el voto secreto y la habilitación a los extranjeros. En esa oportunidad, el ministro del Interior reconocía el problema de la inmovilidad política frente a los grandes progresos operados en la cultura pública, la necesidad de una “gran concesión a la democracia” que atendiera a los nuevos intereses y conflictos sociales, y el inconveniente que representaban las vastas extensiones despobladas para ese progreso político (González 1935:VI,19-22,88-89,103-104,181-182; cfr. Botana 2000:61-62). En definitiva, la propuesta consistía en generar una pieza legal clave para la cuidadosa arquitectura política del régimen, destinada a definir, calificar y determinar a “la entidad pueblo” (González 1935:VI,22) en términos progresivamente ampliados, mediante lo que Botana (1985:260-261) denomina “una estrategia electoral de incorporación controlada”, a la vez generosa, realista y previsora. También González reconocía, como ya hemos visto, que junto al fomento económico la “nueva política” del Centenario se encontraba frente al desafío de la educación cívica (González 1935:XXI,207), es decir de construir a un pueblo gobernante que no contaba con derechos adquiridos en el terreno político sino que debía, de algún modo, ganárselos. Sin embargo, la concepción de la ciudadanía política de los Territorios había recorrido un camino en el pensamiento de González, que se muestra relativamente 222 fluctuante al respecto. Las interpretaciones más difundidas eran claramente restrictivas. La necesaria evolución hacia la ciudadanía ya había sido descripta por González en su Manual de la Constitución argentina (1897), donde había considerado a los Territorios –recurriendo también, como en 1907, a la metáfora de la minoridadcomo gobiernos “de educación y aprendizaje” para el pueblo de la Nación, que “tienen todos los derechos civiles reconocidos a todo individuo, mas no así los derechos políticos [...] de los que pueden ser privados hasta que obtengan plena capacidad”, es decir “dependencias del Gobierno Federal, que tiene sobre ellos jurisdicción exclusiva por medio de sus tres poderes” (González 1935:III,389-390). En un tono similar, el proyecto de nueva ley de Territorios Nacionales que el Congreso rechazó en 1901, en el que intervino como ministro del Interior el cordobés Felipe Yofre, optaba por considerarlos colonias internas del Estado nacional cuyo problema crucial consistía en el diseño de “un sistema conveniente de apropiación de la tierra pública, y en un buen régimen comercial que facilite la exportación e intercambio de los frutos de la colonización”, y cuya experiencia política debía reducirse al ámbito municipal por no ser “conveniente aún interesarlos vivamente en las luchas políticas propias de una organización más autónoma” (República Argentina 1900:61-62 y 227-228; cfr. Navarro Floria 2004a:79-84). En el proyecto definitivo de Roca y Yofre, esto devino en una restricción aún más fuerte de las democracias municipales, en la privación expresa de los derechos civiles para los “indios que viven en tribus” y en la supresión de las Legislaturas territorianas previstas en 1884 –que, por otra parte, nunca habían sido creadas- por considerárselas “una complicación inútil” (República Argentina 1901a:2122). En su memoria ministerial de Interior de 1904, González explica la continuidad de esa misma política tendiente a cristalizar la estructura de poder vigente: en los lugares de los Territorios donde se habían dado, a criterio del ministro, “ensayos prematuros de gobierno municipal electivo donde no había núcleos de población suficiente”, el tema se ha dejado en manos del gobernador o bien: “se han nombrado comisiones provisorias de vecinos honorables, que con las atribuciones de los Concejos y libres de los rencores que despertaban los intereses encontrados de los bandos que se disputaban su preponderancia, han podido responder eficazmente a los verdaderos intereses de las localidades” (República Argentina 1904:31). Los “verdaderos intereses” sociales a defender no habrían sido, entonces, los expresados por el incipiente sistema de partidos políticos mayoritarios ni los de la “gente de trabajo” que invocaba Payró, sino los de la minoría de “vecinos honorables” en quienes la élite gobernante depositaba su confianza. Una posición similar era presentada por un joven abogado pampeano (Rollino 1901-1902), que reconocía en el gobierno el “laudable propósito de cimentar una organización que garantice eficazmente los intereses de la civilización y del progreso en aquellas lejanas circunscripciones administrativas” pero que señalaba el problema 223 del “poder personal y peligrosamente extenso de los gobernadores”, siendo éstos personas sin arraigo, residencia previa ni conocimiento “del celoso mecanismo político, social y económico”de los Territorios de destino: eran, en definitiva, “gente de afuera”. Los cargos habrían sido tratados: “como pingües prebendas, adecuadas para distribuir entre los amigos políticos de figuración secundaria o de aptitudes insuficientes para confiarles puestos en [el gobierno de] la Nación o en las provincias; [...] una falange abigarrada de políticos caídos, de candidatos desahuciados y de elementos electorales de inferiores tendencias.” Esto habría sido causa, según el autor, de una impresionante serie de problemas: el “estancamiento inexplicable” de comarcas riquísimas, la especulación con tierras, el contrabando, el cuatrerismo, el robo, la falta de garantías, la injusticia, la improductividad, el desaliento de “la población y [el] capital progresista”, el bandolerismo y el abigeato “convertido en la más lucrativa y segura de las profesiones en los territorios”, las exacciones, atropellos y venganzas, la impunidad, el favoritismo, la complicidad de las autoridades, etc., males “que mantienen a aquellos desventurados territorios envueltos en una penumbra de barbarie indigna de nuestros progresos y de nuestra cultura”. Una situación que haría comparable a la administración de los Territorios con el gobierno colonial español, los procónsules romanos o los sátrapas persas: “a la vez autócratas y débiles, arbitrarios y de probidad a veces acusada”. La imitación de una institución estadounidense, en este caso, habría sido ineficaz. Incluso “un escritor argentino” habría denunciado poco tiempo antes que los galeses del Chubut habían pensado en pedir la protección de la Corona británica a causa de la defectuosa administración argentina. La reforma “que una dura experiencia de un cuarto de siglo viene reclamando imperiosamente” consistía, según Rollino, en la formación, en cada Territorio, de “un consejo o corporación de vecinos afincados y honorables” “consultivo y moderador”, a modo de un Senado local en torno del gobernador; una solución “armónica con el espíritu de nuestra constitución política, que exige en principio capital la intervención de la voluntad del pueblo en todos los actos de gobierno”; un “consejo de administración, que reflejaría los intereses generales y sería el intérprete y el portavoz de la opinión pública”; un “gobierno democrático”. Es decir, de la voluntad popular y la democracia según las entendían los sectores dominantes, restringida a la opinión de los “vecinos afincados y honorables” que Zeballos identificaba como interlocutores del presidente Roca en su gira patagónica y que Carrasco había elegido como participantes de su excursión neuquina. El pueblo de los Territorios, en conclusión, era para el liberalismo reformista una cuestión para el futuro. Los intereses sociales funcionales al sistema colonial interno, dignos de ser considerados por la élite porteña, en consecuencia, eran distintos según cuál fuera el punto de vista del observador. González y Carrasco, con la corriente principal del pensamiento roquista, enfocaban su atención en los “vecinos” 224 principales, interlocutores y auxiliares eventuales de los gobiernos locales. Zeballos se fijaba en los funcionarios entendidos como correas transmisoras de las políticas centrales. Y Payró en los pioneros como realizadores concretos del progreso deseado. Ninguna de estas miradas contenía una demanda de ampliación de la participación política ciudadana. Ante el diagnóstico del fracaso del Estado en la nacionalización de los Territorios –leído, en buena medida, como fracaso del programa sarmientino de colonización producido por un Estado y un régimen que nunca lo había asumido seriamente como propio- la propuesta, en definitiva, fue volver a Alberdi. En el debate de la ley de Territorios (República Argentina 1885:1064 y 1187-1191), el artículo séptimo del proyecto original proponía que cada Gobernación adquiriera el derecho a la autonomía cuando “sus recursos cubran sus presupuestos de gastos”, sujetando así el desarrollo de la ciudadanía a un prerrequisito de crecimiento material y evitando, en palabras del diputado Cárcano, la formación de “Estados parásitos de la Nación”. Sin embargo, pudo más la oposición de los diputados Puebla, Ortiz y Delfín Gallo a la manipulación de los recursos territorianos por el Congreso, y ese requisito fue desechado por la mayoría. En los últimos años del siglo XIX el péndulo volvía a oscilar hacia el autoritarismo progresista alberdiano, que –a pesar de posiciones más republicanas como la que refleja Payró- terminaría imponiéndose, como hemos visto, como política hacia los Territorios. El llamado de atención de Joaquín V. González en torno de la necesidad de una “nueva política” en el Centenario parece, en ese contexto, más un arrepentimiento tardío y parcial que un regreso del péndulo a su posición anterior. Por otra parte, debe señalarse la complejidad de la demanda de ciudadanía, que a menudo no se manifestaba como una solicitud de inclusión, participación popular o voto universal al estilo radical ni menos aún de autonomía provincial sino, como lo expresan bien Rollino o Zeballos en la Revista de Derecho, Historia y Letras o como después de 1910 se encarnaría en la Revista Argentina de Ciencias Políticas de Rodolfo Rivarola (Roldán 2006:25-27), más bien como una demanda de representación en el sentido de expresión de ciertos y determinados “intereses ordenados y agrupados” de la sociedad (idem:69) o de sus sectores mejor “caracterizados” para los ojos de las autoridades nacionales. Aquí hay, claramente, un germen de ese retorno a una concepción alberdiana de la vida política municipal o local entendida no como la escuela de democracia que preveía la ley 1.532 sino como una instancia administrativa, complementaria de un gobierno nacional unitario en quien residiría el poder auténticamente “político” (Roldán 2006:48; Ternavasio 2006). Conclusiones: la “República posible” como propuesta para la Norpatagonia El discurso del reformismo, marcado por la cultura científica de la época, recurre con insistencia a la imagen del experimento al referirse a los procesos sociales en curso. 225 El marco normativo del liberalismo nacional constituía el programa, y el progreso era el objetivo consensuado. Dentro de esos márgenes, cada uno de los sectores y actores jugaba un rol en la construcción de la sociedad nacional: la élite gobernante administraba y regulaba el marco normativo, los intelectuales y expertos proponían ideas y procedimientos, y los escritores y periodistas describían el proceso. En ese escenario general, un rincón particular se destacaba por su carácter incitante de espacio nuevo, y como tal disponible para experimentar como sobre una tabla rasa, sin condicionamientos: los Territorios Nacionales recién incorporados formalmente al cuerpo de la nación. Si bien la idea de progreso era lo suficientemente general e indeterminada como para admitir diferentes formas concretas de realización, ritmos de aplicación, sujetos y objetos, la observación de la sociedad territoriana en el contexto de sus condiciones materiales, étnicas, etc., llevó a los funcionarios e intelectuales del liberalismo reformista –incipientes cientistas sociales- a formular una serie de proposiciones que dieron forma a una concepción dominante del progreso deseado para los Territorios. Esa concepción, retornando a la lógica alberdiana, anteponía el crecimiento material y postergaba –sometiéndolo a la lógica evolucionista tan de moda- el desarrollo político de la autonomía de las futuras provincias. Hemos recorrido el abanico de cuestiones, de temas y de políticas abordadas por el liberalismo reformista en relación con los Territorios del Sur argentino, y en cada una de ellas se percibe la tensión entre distintas formas de articulación entre los Territorios y la Nación, que son, en definitiva, diferentes estilos de progreso. En primer lugar se hace presente, en el análisis del discurso reformista, el tema de la definición de los límites exteriores: este es un lugar de coincidencia de ideas, en torno del reconocimiento de la conquista territorial como hecho fundante de la historia regional y también de las políticas de establecimiento de un espacio estatal de dominación. En segundo lugar, el tema de los recursos materiales con que cuentan los Territorios, su administración centralizada por la Nación –de acuerdo con el esquema de colonialismo interno establecido por el marco normativo- y la articulación de la nueva infraestructura territorial con el sistema económico nacional e internacional, operación que se describía en aquellos años como de “fomento” de los recursos territorianos. En tercer lugar, y sin solución de continuidad con el tema del fomento material, las políticas de población, dirigidas básicamente a dos objetos –los inmigrantes chilenos y europeos y los pueblos originarios-, ambos destinados por el sistema nacional a convertirse en “útiles” para el progreso material. En cuarto lugar, finalmente, la consideración de esta misma población como “pueblo” gobernante, como sujeto de ciudadanía, no en aquel presente sino en un futuro indeterminado respecto del cual aquella población padecía –desde el punto de vista dominante- una situación de minoridad o incapacidad para el ejercicio de sus derechos políticos. Ya hemos estudiado (Navarro Floria 2006) de qué modo el discurso de la Geografía de fines del siglo XIX se yuxtaponía con el de la Historia regional, porque producía un relato que articulaba las prácticas de conquista y exploración del territorio 226 en una secuencia lógica y metodológica de operaciones de apropiación del espacio, estructuraba una representación del espacio y del tiempo, postulaba una serie de proyectos de futuro para la Patagonia Norte y organizaba la realidad regional misma en torno de la idea positivista de progreso. La observación y la lectura de la realidad social regional que producen los liberales reformistas acusan esa misma penetración del espacio por la dimensión temporal de la realidad, pero en distintos términos: los Territorios constituyen un experimento en curso, y en el protocolo de esa experiencia todavía no ha llegado el momento de que el pueblo soberano ejerza la soberanía política. La metáfora psicológica de la minoridad de las personas aplicada al desarrollo evolutivo de las sociedades es suficientemente ilustrativa de este argumento. En ese sentido, la representación de la región generada por los liberales reformistas también se inscribe en las prácticas temporales formadoras de la sociedad regional. El resultado provisorio del experimento social territoriano y la propuesta que, desde el discurso de las élites, dio forma a la realidad regional, era, entonces, a caballo entre los siglos XIX y XX, el de unos espacios incorporados al patrimonio de la soberanía territorial nacional, habitados por una población protegida por los derechos civiles pero sin acceso, todavía, al ejercicio de la soberanía política popular. Referencias a. Fuentes ALFONSO, Paulino. Conferencia. Revista de Derecho, Historia y Letras (Buenos Aires), I (1898), 435-445. ÁVALOS, Baltasar. Proyecto italiano de colonización. La nacionalidad y los extranjeros. Revista de Derecho, Historia y Letras (Buenos Aires), IV (1899), 572-578. ÁVALOS, Baltasar. La naturalización de los extranjeros. Revista de Derecho, Historia y Letras (Buenos Aires), V (1899-1900), 23-28. [BARROS ARANA, Diego] Alegato de Chile en la cuestión de límites con la República Argentina. 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(REPÚBLICA ARGENTINA, MINISTERIO DE OBRAS PÚBLICAS 1911:8) “La zona que será beneficiada por las líneas de Fofocahuel a 16 de Octubre y a San Martín, es la más vasta e importante de la región sud de la Cordillera […]. El destino principal de toda esa región es para la ganadería […]. Exceptuando los propietarios de algunas estancias, argentinos y alemanes, la población es indígena, que generalmente no trabaja más que para el sustento, ignorando por completo la importancia de la refinación de las haciendas. […] Estas observaciones sirven para dejar constancia del atraso de la región, debido a la falta de comunicación rápida con los puertos del Atlántico.” (REPÚBLICA ARGENTINA, MINISTERIO DE OBRAS PÚBLICAS 1915:16 y 18-19) “Es deber afirmar, para ayudar al justo entendimiento de estos hechos, que en aquellos tiempos y lugares los sueños de las criaturas tenían la consistencia de la vigilia. Y cada sueño era un camino, como cualquier otro de tierra, por donde iban y venían preguntas, mensajes, señales y órdenes. Sería bueno recordar que los sueños de entonces poseían anchura y extensión, duración y profundidad como cualquier bosque.” Liliana BODOC. La Saga de los Confines. Libro III: Los días del fuego (2004) Los trabajos desarrollados entre 1911 y 1914 por la Comisión de Estudios Hidrológicos (en adelante: CEH) dependiente del Ministerio de Obras Públicas y –casi 519 Algunas de las líneas iniciales de este capítulo fueron presentadas y discutidas en dos ponencias: “La nacionalización de los espacios de conquista tardía a través del imaginario científico-tecnológico. El caso de la Norpatagonia argentina a fines del siglo XIX”, CD-ROM VII Congreso Argentino-Chileno de Estudios Históricos e Integración Cultural (Salta, 25-27 abril 2007), Salta, EUNSa, 2007; y “La Comisión de Estudios Hidrológicos en la Patagonia Norte (1911-1914): representaciones territoriales en pugna”, Mesa Temática 95 ‘Saberes y prácticas de representación en los procesos de formación territorial, siglos XIX-XX’ de las XIas Jornadas Interescuelas/Departamentos de Historia (Tucumán, 19-21 setiembre 2007). Agradezco los comentarios y aportes recibidos allí. 235 personalmente– del ministro Ezequiel Ramos Mexía (1852-1935), su vinculación con el proyecto de fomento de los Territorios Nacionales, y la acción, en ese contexto, de un personaje singular como el geólogo estadounidense Bailey Willis (1857-1949)520, nos permiten comprender las condiciones, los límites y algunas derivaciones de los proyectos reformistas de la oligarquía liberal argentina en relación con la Patagonia Norte. Esos proyectos, expresados en la triple escritura de esta experiencia producida por Willis –el informe técnico El Norte de la Patagonia (el primer tomo editado en 1914 y el segundo adquirido por el Estado argentino en 1938 y aún inédito, citado aquí como NP2), la narrativa de viaje de la Historia de la CEH (1943) y su versión más personal en Un yanqui en la Patagonia (1947)- aparecen fuertemente atravesados por la idea de que se trataba de determinar posibilidades. Como tales, esas posibilidades se proyectaban al futuro en forma de planes o proyectos, pero también se señalaban claramente las condiciones necesarias para su realización, y se describían con no menor crudeza los límites encontrados en el camino, que finalmente producirían el fracaso o retraso del proyecto. De modo tal que la acción misma de la CEH constituye una experiencia de negociación entre la Argentina real de la época y la Argentina futura de una generación después: se trataba de probar si la Norpatagonia que Willis comparaba con el extremo oeste estadounidense de cuarenta o cincuenta años antes estaba o no en condiciones de seguir un camino similar de desarrollo. 1. El plan de fomento de Ramos Mexía para la Patagonia Las iniciativas reformistas surgidas desde el interior del régimen oligárquico argentino propusieron, después de la crisis de 1890, algunas soluciones prácticas a los desafíos que la movilización social le planteaba al sector gobernante (Rock 2006:265ss). Particularmente Ruffini (2006:2-4) imputa al sector inspirado por el liderazgo alternativo de Carlos Pellegrini (1846-1906) la proposición de una serie de reformas en el campo de la legislación social y electoral, que permitiera “brindar nuevos espacios de radicación para los inmigrantes y aventar así los peligros del cosmopolitismo concentrado en las ciudades”. Ramos Mexía había acompañado desde el principio de su carrera política la trayectoria ascendente de Pellegrini, uno de los hombres más lúcidos de la llamada “generación del ’80”. Pellegrini había sido el piloto de tormentas frente a la crisis de 520 Bailey Willis (n. Idlewild-on-Hudson, New York, 1857; m. Palo Alto, California, 1949), formado como ingeniero civil y de minas, se inclinó a la geología, trabajando inicialmente para el Northern Pacific Railroad y luego (1884-1915) para el United States Geological Survey en la etapa de su organización. Enseñó en la Johns Hopkins University (18951902) y en la Stanford University (1915-1922), publicó importantes y abundantes trabajos, encabezó exploraciones geológicas en China (1903-1904), Argentina (1911-1914), Chile (1923), el este de África (1929) y Asia (1937), y recibió premios y distinciones en Estados Unidos y Europa. Participó de la fundación del parque nacional Mount Rainier en 1899 y se comprometió con la conservación de la naturaleza. Desarrolló teorías sobre los movimientos sísmicos y la estructura e historia geológica de la superficie terrestre. Cfr. SMITH 2005; CENTRE NATIONAL DE LA RECHERCHE SCIENTIFIQUE; MOUNT RAINIER; KING ET AL. 1997; WILLIS 2001. 236 1890 –ejerciendo la Presidencia hasta 1892- y uno de los artífices del regreso del general Roca a ese cargo en 1898. En 1900 presentó al Congreso un proyecto –que no fue aprobado, probablemente por su enfrentamiento con Roca- para crear con el Territorio Nacional de La Pampa y parte de la provincia de Buenos Aires un nuevo estado provincial, con capital en Bahía Blanca (Pellegrini 1941, V:397-400; Navarro Floria 2004:75-76). Aplicaba así, anticipadamente, el concepto de polo de desarrollo y se mostraba como el único líder político de peso de su generación dispuesto a admitir y alentar la autonomía política como parte del progreso de las “colonias internas”. Alentado por Pellegrini y avalado por su elección en el año anterior como presidente de la Sociedad Rural en representación de las tendencias modernizadoras, Ramos Mexía accedió al Ministerio de Agricultura en 1901 (Ramos Mexía 1936:193-197). Durante ese fugaz paso por el ministerio, Ramos presentó un proyecto de ley de tierras públicas destinado a la colonización, que no fue apoyado por el presidente Roca (Ramos Mexía 1901; 1936:201-204). Una serie de diferencias relacionadas en lo inmediato con la renegociación internacional de la deuda pública, y más profundamente con la lectura que los distintos líderes conservadores hacían de la coyuntura, alejaron a Pellegrini y a su facción “modernista” o reformista del roquismo, que se mantuvo en posiciones más cerradas frente al cambio. Ramos y otros funcionarios renunciaron, los “notables” designaron para la Presidencia a Manuel Quintana (1904-1906), y los reformistas debieron esperar a 1906 –año en el que murieron tanto el presidente Quintana como Pellegrini- para llegar al poder a través del vicepresidente José Figueroa Alcorta (1906-1910). Figueroa desarticuló definitivamente la coalición roquista, convocó a Ramos y a otros reformistas y dio lugar a la transición que, mediante la presidencia de Roque Sáenz Peña y Victorino de la Plaza (1910-1916), desembocaría en la elección presidencial de Hipólito Yrigoyen. A su regreso al Ministerio de Agricultura, en 1906, Ramos presentó y defendió en el Congreso de la Nación el proyecto de la ley 5.559 de fomento de los Territorios Nacionales, aprobado en 1908 con el propósito de construir ferrocarriles estatales y colonizar tierras fiscales (Ramos Mexía 1908; 1936:228). En octubre de 1907 pasó al Ministerio de Obras Públicas dejando en Agricultura a su segundo, el ingeniero Pedro Ezcurra, pero la política de tierras pronto cambió y se detuvo la venta necesaria para la prosecución de las obras previstas en la ley 5.559 (Ramos Mexía 1936:286; 1921:121 y 131-132). Ramos también tuvo la iniciativa de buscar petróleo en Comodoro Rivadavia, reservando su propiedad exclusiva al Estado nacional (Frondizi 1964:15-16; Sepiurka 1997:21-22; Ramos Mexía 1936:287-288); y tras viajar al valle del río Negro impulsó en 1909 una ley de obras de irrigación que permitió la construcción del sistema del Alto Valle de Río Negro y Neuquén (Ramos Mexía 1936:293-297 y 360-363). Desde el mismo cargo contrató, finalmente, a Bailey Willis en 1910 para que formara la Comisión de Estudios Hidrológicos. Durante la segunda presidencia de Julio A. Roca (1898-1904) se había instalado en la clase gobernante argentina la idea de que la incorporación real y efectiva de la 237 Patagonia al país había fracasado (Navarro Floria 2004). La primera iniciativa orgánica destinada a revertir algún aspecto de ese fracaso fue el proyecto de ley de fomento de los Territorios, ya mencionado. Unos años después, el presidente Figueroa Alcorta señalaba el vínculo entre la ley de fomento y la ley de Territorios de 1884, al afirmar que aquella se proponía dar a los Territorios la “base económica” que esta otra requería para su autonomía política (República Argentina 1910:46). Sin embargo, el hecho discursivo de poner de manifiesto esa continuidad marca, por contraste, la diferencia: dado que el Estado roquista no había sido capaz de poner a los nuevos Territorios en el camino del desarrollo y la autonomía, la administración “modernista” recogía el guante de ese desafío. Efectivamente, el proyecto, señala Ruffini (2006:6 y 9), contenía la idea relativamente novedosa de un Estado que debía ejercer un rol activo, compensador de las desigualdades económicas regionales. La propiedad de las tierras ya distribuidas – las más productivas, obviamente- no resultaba objetable para su punto de vista, pero sí se proponía una mejor repartición de las que permanecían en manos fiscales. Frondizi (1964:16-17) subraya la idea de contrapesar con el desarrollo industrial de los Territorios Nacionales el crecimiento de la producción primaria de la Pampa Húmeda. Para posibilitar lo que el presidente Figueroa Alcorta llamaba “impulsar el progreso de los Territorios Nacionales, llevando a ellos la población y las industrias” (República Argentina 1907a:12) se hacía necesario desarrollar un ambicioso plan de obras públicas, entre las cuales sobresalían los ferrocarriles estatales y las obras de regadío. Esto generaría un círculo virtuoso: las tierras valorizadas por las vías de comunicación se pondrían en producción, y esa producción contribuiría a financiar las obras y a incrementar el valor de la tierra (idem:67). Los ferrocarriles, en particular, eran pensados como factor de desarrollo y no como simples transportes de materias primas (Frondizi 1964:17-18). El artículo 2 del proyecto de mayo de 1906 (República Argentina 1907a:68) preveía la construcción, en la Patagonia, de ferrocarriles del puerto San Antonio al lago Nahuel Huapi, de Puerto Deseado a Comodoro Rivadavia y la colonia Sarmiento, y ramales al lago Buenos Aires, a San Martín y a la colonia 16 de Octubre, y de esta última al Nahuel Huapi. Tras un largo estudio en comisiones, en agosto de 1907 un nuevo proyecto (República Argentina 1907b:497-499) modificó el plan, agregándole una propuesta del senador Manuel Láinez y otras precisiones: ferrocarriles de San Antonio al Nahuel Huapi y de Deseado al mismo lago, pasando por San Martín y 16 de Octubre y con ramales a Sarmiento, Comodoro Rivadavia y el lago Buenos Aires; limpieza y dragado de las rías del Santa Cruz y del Chubut, regularización del río Negro para evitar inundaciones, y para navegación y riego. Más tarde, en el debate en particular, se agregarían otros objetivos relacionados. El nuevo proyecto no establece la forma de venta de las tierras, perdiendo así el carácter de reforma agraria parcial del original. Ramos Mexía percibía que su plan de colonización se había convertido prácticamente en un proyecto de obras públicas, pero lo defendió como plan general de gobierno territoriano, dotado de una serie de reformas vinculadas entre sí (idem:519523). En un largo discurso, analizó la factibilidad técnica de las obras dejando 238 constancia de que estaban pendientes estudios definitivos, y relacionó el programa con el problema de la población, tanto humana como ganadera. El ejemplo estadounidense no dejó de hacerse presente (idem:545), como tampoco el de la revalorización producida en el valle del río Negro por la inversión privada del Ferrocarril del Sud. La sanción definitiva, por la Cámara de Diputados, llegaría un año después: en agosto de 1908. Torres, Ciselli y Duplatt (2004:12 y 18) consideran que el plan de fomento patagónico de Ramos Mexía constituyó “un proyecto de gran escala comparable al canal de Suez o más recientemente a la represa de Yacyretá, porque se hallaba estructuralmente conectado con la expansión del sistema económico nacional e implicaba grandes movimientos de capital y de trabajo, en una zona totalmente aislada del mercado nacional”, También entran en esta consideración la instalación de casas de comercio en la zona servida por el ferrocarril Deseado – Las Heras y la vinculación económica entre la misma zona y Punta Arenas, generada por el crecimiento de la ganadería ovina. Algo similar se puede afirmar del ferrocarril iniciado en San Antonio, cuya construcción quedaría paralizada en 1916 en la estación Huahuel Niyeo (actual Ingeniero Jacobacci), sirviendo fundamentalmente a la exportación de lana ovina de la región. Si bien estos modestos logros contrastan con la amplitud de los propósitos iniciales, no deben dejar de ser considerados. Además se ha señalado (Rock 2006:25) que el proyecto de Ramos Mexía completa un ciclo de inspiración estadounidense en las políticas argentinas hacia el Sur, abierto por las iniciativas e ideas de Domingo F. Sarmiento (cfr. Navarro Floria 2000) y coincidente con la vigencia del régimen oligárquico liberal. Lolich (2001:9-11) subraya el carácter estadounidense de algunas de las soluciones técnicas propuestas por Willis. En realidad, esa inspiración estadounidense continuaría a lo largo del siglo XX, por ejemplo en lo relativo a los Parques Nacionales (Scarzanella 2002:2). En el debate parlamentario y ante las objeciones del senador Láinez, Ramos Mexía reclamaba “que se estudie menos y que se haga más” (República Argentina 1907b:569), es decir no postergar el inicio de las obras en beneficio de investigaciones más detalladas. Esta opción pragmática cobró su precio. En 1910 el trazado del ferrocarril de San Antonio al Nahuel Huapi se hallaba detenido por dos obstáculos: la falta de agua en su recorrido y los desniveles del macizo del Anecón Grande (2.012 msnm). 2. La Comisión de Estudios Hidrológicos y su contexto político Aprovechando la oportunidad de la asistencia de Bailey Willis, junto con otros investigadores estadounidenses, al Congreso Científico reunido por la Argentina con 239 motivo del Centenario521, Ramos Mexía –ministro, entonces, de Obras Públicas- lo entrevistó y contrató con un doble objetivo: en lo inmediato, superar los problemas del ferrocarril al Nahuel Huapi; en lo mediato, formular un plan integral de desarrollo económico del área andina norpatagónica. El informe de Willis de 1914 comienza reseñando el plan de fomento de los Territorios formulado por Ramos en 1906, definiendo Río Negro, el norte del Chubut y el sur del Neuquén como “zona de influencia del ferrocarril de San Antonio”, y menciona las “grandes dificultades” en que se encontraba el plan, “debidas en parte a obstáculos naturales, y en parte a la falta de datos adecuados sobre las regiones que habían de cruzar las líneas” (Willis 1914a:V). El objetivo inicial de la CEH fue “investigar las existencias de agua de los territorios en que se construían las ferrovías” (idem:VI), fundándose en la experiencia similar de los Estados Unidos, pero “desde un principio se concibió que el alcance de la obra fuera más amplio”, por lo que se contrató, en enero de 1911, a un equipo de topógrafos, geólogos y estudiantes de geografía económica (idem:VII522). Ramos le dio plena libertad de acción y le solicitó ampliar progresivamente el alcance de los estudios: la resolución del problema de la escasez de agua dulce en San Antonio y en el primer tramo del ferrocarril al Nahuel Huapi –mediante pozos artesianos o, en su defecto, mediante el manejo del caudal del arroyo Valcheta-; el trazado definitivo del ferrocarril en su sección occidental y su prolongación hasta Chile; y el relevamiento de los recursos en la franja que atravesaba el ferrocarril y en la cordillera al norte y al sur, entre los 38º y los 44º de latitud aproximadamente –clasificación de tierras; reconocimiento de vías de comunicación; evaluación de la energía hidráulica- (idem:VIII-X). La Historia de la CEH, en cambio, escrita por el mismo Willis tres décadas después, relata que fue él quien propuso a Ramos un estudio topográfico completo y un plan de “investigaciones de toda especie que tuvieran relación con posibles riquezas naturales que podían concurrir al desarrollo de las zonas correspondientes” (Willis 1943:3), idea que fue aceptada por el ministro. La amplitud de los propósitos de la Comisión llevó a Willis a proponer, tardíamente, que se la denominara Forty-first Parallel Survey (Willis s/f), nombre que en el título de este trabajo hemos traducido como Comisión del Paralelo 41º. Entre marzo y septiembre de 1911 el equipo hizo la campaña destinada al primer objetivo, y en octubre Willis concluyó el “proyecto Valcheta”. El verano siguiente fue dedicado al trazado del ferrocarril entre el cerro Anecón Grande, el Nahuel Huapi y el paso cordillerano de Cajón Negro: el estudio de la zona se desarrolló hasta junio de 521 Según Willis (NP2:380), él llevaba al Congreso de Buenos Aires la propuesta de sumar a América del Sur al acuerdo internacional alcanzado en 1909 para realizar un levantamiento cartográfico mundial. Estimamos que se trataría de la realización del Mapa al Millonésimo acordado en Ginebra en 1908 y en Londres en 1909 (cfr. LOIS Y ZUSMAN 2007:9). 522 En nota a pie de página, Willis detalla la composición de la CEH y explica que el contrato inicial de dos años se prorrogó primero hasta fines de 1913 y nuevamente en 1914. En sus memorias recuerda a “un equipo selecto de jóvenes norteamericanos”: el geólogo Chester W. Washburne, el geógrafo económico Wellington D. Jones, el geólogoexplorador John Rothwell “Bill” Pemberton y los topógrafos C.L. Nelson, W.B. Lewis y Eberly (WILLIS 2001:60,133; cfr. WILLIS 1943:5-6; WILLIS s/f:714). 240 1912, momento en que se desactivó el equipo y Willis volvió transitoriamente a los Estados Unidos. De vuelta en la Patagonia, entre enero y marzo de 1913 se llevó a cabo la campaña de clasificación de tierras y evaluación de recursos del área cordillerana, durante los meses subsiguientes se preparó el informe en el campamento de Maquinchao, y en julio Willis volvió a los Estados Unidos para coordinar la edición de El Norte de la Patagonia. En octubre regresó a la Argentina, habiendo renunciado ya –en julio- Ramos Mexía junto con los ministros de Hacienda y de Justicia e Instrucción Pública, pero el nuevo ministro de Obras Públicas, Carlos Meyer Pellegrini, prorrogó el contrato de Willis hasta junio de 1914. La campaña de ese verano se centró en el área del Nahuel Huapi y en los planes de desarrollo turístico e industrial de la zona, culminando en mayo con la navegación del río Limay y el regreso a Buenos Aires desde Neuquén. Pero el reemplazo de Meyer Pellegrini por Manuel Moyano significó el fin de la CEH. Willis permaneció en la capital hasta septiembre, gestionando una nueva prórroga de su contrato para la publicación del segundo tomo de su informe, pero cuando trabajaba en él en los Estados Unidos, en enero de 1915, recibió su cesantía. La trayectoria de la CEH está visiblemente atravesada por la complicada situación política en la que se encontraba, por esos años, la oligarquía liberal argentina: tensionada entre sectores conservadores y reformistas, estremecida por un proceso de movilización social que no podía ignorar pero tampoco controlar, y sin lograr encontrar su lugar en un sistema de partidos que –de haberse construido- posiblemente habría dado a la Argentina una historia política más estable en el siglo XX. Eran una clase política y un gobierno en retirada, con conciencia de estar disputando nuevos espacios políticos, desconcertada por las inesperadas derrotas que comenzó a sufrir con la aplicación de las nuevas reglas del juego electoral desde 1912 (Halperin Donghi 2007:31-69) y, por lo tanto, inflexibles y poco dispuestos a la negociación. Los mayores problemas políticos para un trabajo científico-técnico como el de la CEH, en consecuencia, no provenían de la oposición radical o socialista, sino de las divisiones y contradicciones internas de la propia oligarquía liberal. Algunos reflejos de esa crisis fueron las permanentes tensiones entre Ramos y la mayoría del Congreso durante, por ejemplo, los debates de la ley 5.559, o durante los trabajos de la CEH. Willis describe con lucidez, en la Historia de la CEH y en sus memorias personales, las implicancias de esta coyuntura para sus tareas. Ya en sus primeros contactos, en 1910, se hace evidente la ansiedad del ministro por obtener resultados positivos en la construcción del ferrocarril al Nahuel Huapi, para no poner en peligro la continuidad de sus proyectos (Willis 1943:1-3; 2001:53-56). Al año siguiente, presentado el “proyecto Valcheta”, “la oposición en el Congreso era vigorosa” y Willis encontraba constantes trabas burocráticas para el manejo de los fondos necesarios (Willis 1943:21; 2001:75). El director de Irrigación consideraba al proyecto técnicamente factible pero económicamente imposible, demoró deliberadamente la correspondiente estimación presupuestaria, y el Congreso negó los fondos. Se llegó al extremo de quemar los informes y mapas presentados por Willis, 241 que afortunadamente eran sólo copias de los originales que él conservaba (Willis 1943:30-31; 2001:76-77; Frondizi 1964:29-32; los originales en NP2:474-563). En 1912 Ramos fue interpelado por el Congreso y acusado de desviar fondos públicos, pero el presidente Sáenz Peña lo sostuvo en su cargo. Francisco Moreno, por su parte, desde su banca de diputado nacional, presentó una serie de proyectos funcionales al plan reformista sobre los Territorios Nacionales, pero sin éxito.523 La adversidad parecía desafiar a Ramos, que se entusiasmaba cada vez más con la futura provincia cordillerana norpatagónica. En conversaciones con Willis: “Tuvieron el mismo sueño: que se pudieran crear las bases de este futuro estado argentino en los Andes. Pero soñaron en forma distinta. Ramos Mexía, el estadista, concibió el desenvolvimiento social y la organización, las posibilidades financieras, educacionales y políticas. Él veía la obra hecha. El señor Willis, el ingeniero, comprendió la necesidad de tener mejores conocimientos sobre las condiciones naturales. […] “El señor Ramos Mexía acogió las sugestiones del señor Willis, pero no quiso entrar en los detalles de los planes para la ejecución; diciendo al efecto: ‘No tengo instrucciones que darle. Vaya y lleve a cabo sus estudios’.” (Willis 1943:50-51) Al volver a Buenos Aires en junio de 1913, Willis encontraba que los ataques del Congreso a Ramos arreciaban, acusándoselo de desatender a las Provincias en beneficio de unos Territorios Nacionales todavía concebidos como desiertos (Ramos Mexía 1913:11), y se le retaceaban los fondos necesarios (Willis 1943:92). En sus notas, interpretaba la situación como un conflicto “característico del régimen democrático” entre “la clase gobernante inteligente” representada por Ramos, “un estadista patriótico”, los “políticos elegidos por las masas no inteligentes” representados en el Congreso, “ambiciosos, vivos y de horizontes mezquinos”, y el “Imperio invisible del capital”, “paciente, resuelto” y más fuerte que los anteriores pero, a pesar de todo, necesario para el progreso. Las presiones del capital las experimentó Willis a través del administrador general de la empresa británica del Ferrocarril del Sud, que le hizo patente el disgusto que sentía por la competencia de los futuros ferrocarriles nacionales (Willis 1943:93; 2001:171-172; Frondizi 1964:46). En un interesante capítulo de sus memorias (Willis 2001:161-165), el geólogo describe el clima político porteño y relata cómo los representantes de capitales británicos en el Congreso privaban de presupuesto al Ministerio de Obras Públicas al mismo tiempo que las empresas proponían comprar o alquilar los ferrocarriles estatales. Un aspecto en particular de los estudios de la CEH, el proyecto de ciudad industrial (NP2:221-270), fue sometido a una comisión ad-hoc formada por los directores de Territorios Nacionales, de Ferrocarriles y de Irrigación como miembros de los Ministerios del Interior, de Obras Públicas y de Agricultura (el informe de esa comisión a Ramos Mexía en NP2:271-290). El primero 523 Agradezco el dato acerca de los proyectos legislativos de Moreno en 1912 a Norberto Fortunato. 242 apoyaba abiertamente la iniciativa, el tercero presentaba objeciones técnicas y presupuestarias y el segundo, Pablo Nogués, cuenta Willis (2001:164), “me ofendía con adulaciones mientras esperaba para apuñalarme por la espalda”. Logrados los fondos para publicar El Norte de la Patagonia, Willis viajó a Estados Unidos. A su regreso en octubre, como ya señalamos, Ramos había sido obligado a renunciar, pero el ministro Meyer Pellegrini prorrogó el contrato de la CEH (Willis 1943:101-102; Willis 2001:166)524. La relación entre Willis y Meyer no fue mala: el estadounidense recuerda al nuevo ministro como un hombre cuidadoso en los detalles y abierto a las novedades. En enero de 1914 el director general de Ferrocarriles elevó al nuevo ministro una solicitud de prórroga para el contrato de la CEH, detallando el contenido de los futuros tomos 1 y 2 de El Norte de la Patagonia y proponiendo el plan de trabajos para la continuación del proyecto.525 Pero se produjeron dificultades adicionales por la asunción del vicepresidente De la Plaza, en febrero de 1914, en lugar del presidente Sáenz Peña -que fallecería en agosto- y el consiguiente cambio de gabinete. El sector reunido en torno del presidente se mostraba tan enemistado con amplios sectores del conservadorismo como con la oposición radical (Halperin Donghi 2007:57-68). Los fondos inicialmente asignados a la preparación y edición del segundo tomo de El Norte de la Patagonia habían sido utilizados –con acuerdo superior- para los trabajos de campo del verano de 1914, y el nuevo gobierno exigía fuertes economías. El Ministerio de Obras Públicas fue encomendado nada menos que a Manuel Moyano, “un burócrata y ex director de la compañía británica de ferrocarriles, el Ferrocarril Sud” (Willis 2001:171), identificado con los intereses de esa empresa, que se oponía totalmente a la continuación del proyecto y que llegó a amenazar a Willis con encarcelarlo por no haber publicado el primer tomo. Si bien Moyano firmó el decreto de prórroga del contrato hasta fines de abril526, puso todos los obstáculos posibles para la continuación del proyecto. Willis explica que “los informes incompletos […] constituían las raíces del crecimiento futuro de los recursos y población de inmenso valor para la República”. Pero providencialmente llegó a Buenos Aires el primer tomo y Willis se encargó personalmente de distribuir cuatrocientos ejemplares en el Congreso, para evitar que corrieran la misma suerte que sus informes anteriores (Willis 2001:173). Sendas entrevistas con el ministro de Hacienda y con el presidente De la Plaza, en la difícil coyuntura de la muerte del presidente Sáenz Peña y del inicio de la Gran Guerra europea, sólo consiguieron salvar provisoriamente la CEH transfiriéndola a la órbita de 524 El conflicto entre Ramos Mexía y la mayoría parlamentaria también quedó reflejado en los diarios de sesiones: en 1912 el Senado pide interpelar a Ramos Mexía y un senador lo acusa de malversar fondos públicos (REPÚBLICA ARGENTINA 1912a:637-643); los proyectos legislativos de Moreno, en REPÚBLICA ARGENTINA 1912b:972-980,982-983 y 1104-1107; en 1913 se aprueba un presupuesto con importantes recortes para su área (REPÚBLICA ARGENTINA 1913:I,181ss), pocas semanas después –en julio- Ramos renuncia, y más tarde el Congreso amplía el presupuesto a su sucesor Meyer Pellegrini (REPÚBLICA ARGENTINA 1913:II,1124-1125 y 1167). 525 CF, bibliorato 2, Comisión de Estudios Hidrológicos, documento 156. 526 CF, bibliorato 2, Comisión de Estudios Hidrológicos, documento 179. 243 la Dirección de Territorios Nacionales del Ministerio del Interior, pero el contrato no fue refrendado por el presidente y la preparación del segundo tomo del informe se interrumpió en enero de 1915 (Willis 1943:115-121; 2001:176-178).527 Las vicisitudes de los últimos meses de la CEH también se reflejan en la correspondencia entre Bailey Willis y Emilio Frey528. En junio, confiando en una nueva prórroga del contrato, Willis instruía a Frey para que continuara el relevamiento de tierras al oeste de Bariloche. En septiembre le comunicaba el logro de la ansiada prórroga y le relataba las tensiones entre Moyano –a quien llama “el hipopótamo”, que “está opuesto a mí personalmente como el jefe de los criminales extranjeros”-, Ruiz Moreno –que activaba en el Congreso la creación del nuevo Territorio Nacional de Los Lagos529-, los ministros Carbó y Ortiz –de Hacienda e Interior, respectivamente- y el presidente De la Plaza, a quien encontraba en una difícil posición mediadora. Logrado el traspaso de la CEH al Ministerio del Interior y la promesa de contrato hasta fines de 1915, Willis pensaba instalarse en los Estados Unidos hasta entonces “trabajando para el progreso de nuestros proyectos sobre el Gran Lago” y después publicarlos. “Qué felicidad tener trabajo, seguridad y tranquilidad en estos días terribles, mientras que la civilización europea cae en el abismo de la guerra”, expresaba el geólogo, sin tener en cuenta la inseguridad intrínseca que implica ser empleado del Estado argentino. En su respuesta, Frey también expresaba sus esperanzas en que la guerra motivara al gobierno y a los europeos para poblar la Patagonia: “lo que quiere el país es una self made nation, y para ello necesitamos hombres dirigentes y patrióticos, necesitamos unos cuantos Mr. Willis”. Tras recibir la negativa del presidente al nuevo contrato, en febrero de 1915, Willis seguía expresando optimismo: “Poco importa un presidente, mientras que existen los recursos y las bellezas de la naturaleza, más atrayentes que jamás antes para las poblaciones cansadas de la guerra”. Continuaría trabajando en el 527 Significativamente, cuando el terrateniente estadounidense George Newbery ofrece al gobierno nacional la donación de las tierras necesarias para la fundación de la ciudad industrial de Nahuel Huapi en agosto de 1914, el director general de Ferrocarriles Pablo Nogués responde que el Ministerio del Interior debería tomar nota del ofrecimiento para el futuro, dado que “la fundación y traza de ese pueblo no se ha resuelto todavía”, mientras que el director general de Territorios Nacionales Isidoro Ruiz Moreno devuelve el expediente a Obras Públicas alegando que es un proyecto “en estudio”. Obras Públicas lo archiva en octubre del mismo año porque considera que el proyecto “no existe”. AGN-AI, OOPP, caja 318, expte. 8604/1914. Sobre el rol de Newbery en relación con la colonia estadounidense local, cfr. JUÁREZ 2005:133145. 528 CF, bibliorato 2, Comisión de Estudios Hidrológicos, documentos 210, 214, 215, 231 y 242; y bibliorato 7, Libro, documento 1. 529 La conferencia de gobernadores de los Territorios Nacionales realizada en 1913 había pedido al gobierno nacional, entre otras cosas, estudiar una nueva división territorial de la Patagonia (TERRITORIOS NACIONALES 1914:189). Varias de sus demandas, incluida esa nueva división, fueron recogidas en un proyecto de ley presentado por el Ejecutivo al Senado el 5 de septiembre de 1914, que, además de los Territorios de Río Negro, Neuquén, Chubut, Santa Cruz y Tierra del Fuego, creaba los nuevos de Los Lagos, San Martín y Patagonia. El primero abarcaría el área cordillerana desde la latitud aproximada del volcán Lanín y Catán Lil (Neuquén) hasta la de Cholila (Chubut), el segundo desde esta latitud hasta aproximadamente la del río Senguerr (Chubut), y el tercero ocuparía una franja entre Chubut y Santa Cruz (REPÚBLICA ARGENTINA s/f:295-308). Hasta donde hemos podido averiguar, el proyecto nunca fue tratado por el Congreso. El propósito reapareció en 1934, en un anteproyecto de ley de Territorios elaborado por el Ministerio del Interior que tampoco encontró eco. 244 proyecto argentino mientras no consiguiera otro trabajo: “tengo esperanzas de volver y no dejaré de trabajar para el Gran Lago”. Casi un año después y ya desde Stanford, ironizaba sobre la cuantiosa deuda que el Estado argentino mantenía con él: “mi gran amigo Moyano me ha olvidado seguramente”. Los planos y proyectos, decía, “los guardo para el futuro, esperando al ministro que los apreciare”. Los materiales del tomo 2 de El Norte de la Patagonia (NP2) quedaron en manos de Willis hasta que en 1938 los recuperó el Estado argentino gracias a la gestión de Exequiel Bustillo.530 3. El estudio sistemático del Norte de la Patagonia En el complejo contexto descripto, la CEH logró desarrollar prácticamente la totalidad de los trabajos previstos. Según Willis (2001:166; NP2:4-7, 567-574, 575579, 580-582), solamente quedaron inconclusos algunos estudios definitivos: el del camino de Bariloche al paso Pérez Rosales, el del desarrollo turístico de la zona al oeste de Bariloche y la inspección detallada del lugar para la futura ciudad industrial de Nahuel Huapi. Tampoco se exploraron pormenorizadamente las zonas cordilleranas al norte del lago Huechulafquen y al sur del río Futaleufú, en ambos extremos de la región bajo análisis. A pesar de esos detalles, El Norte de la Patagonia constituye el más avanzado y completo informe técnico disponible hasta entonces sobre la naturaleza de la región estudiada en términos de recurso –es decir de objeto potencialmente y socialmente apropiable, utilizable-. Su propósito central es una clasificación de los recursos naturales, técnicamente avanzada respecto de la potencialidad profesional argentina de la época pero similar a otras acciones similares ya realizadas en los Estados Unidos. La metodología seguida por la CEH perfecciona las técnicas de apropiación (visualización, codificación y ordenamiento) de la naturaleza mediante la producción y el uso práctico de mapas, fotos y textos que contribuyen a la construcción de paisajes. La experiencia previa y el método de Bailey Willis La formación intelectual y profesional que permitió a Willis producir una obra tan importante se compuso de varios factores. En sus escritos sobre su experiencia patagónica, Willis da cuenta del amor e interés por la naturaleza que le transmitió su madre en “un hogar repleto de cultura y refinamiento”, de su educación en Europa y de la profunda influencia de los cuatro años que pasó bajo las órdenes del ingeniero Raphael Pumpelly –un hombre con experiencia en los Alpes, Japón, China y el Oeste 530 En 1938 Willis donó el original de la Historia de la Comisión al Museo de la Patagonia (San Carlos de Bariloche) –de donde el Ministerio de Agricultura la editó en 1943- y cedió mediante retribución el original del tomo II del informe a la Administración de Parques Nacionales (WILLIS 2001:179-180; NP2:4-7; BUSTILLO 1968:390-398; FRONDIZI 1964:51-52 y 61-62; SEPIURKA 1997:53-62), donde aún hoy permanece inédito y lo hemos podido consultar. 245 norteamericano-, al iniciarse en el Servicio Geológico de los Estados Unidos (Willis 2001:16-18). El Servicio Geológico había sido organizado en la década de 1880 por su segundo director, J.W. Powell, “para que abarcara todas las ramas de la ciencia e hiciera públicos los resultados a través de informes y mapas accesibles”, estableciendo, según Willis (idem:45), una clara y directa relación entre la naturaleza y su conocimiento. Se proponía lograr “una base amplia de conocimientos” antes que los “resultados obvios y prácticos” que pedían “los hombres del Congreso”, los capitalistas relacionados con los recursos madereros y mineros, los “cazadores de tierras” y “todo tipo de hombres ambiciosos que buscaban ganancias personales”. El Servicio parecía contener, así, un fuerte sentido de lo público por encima de los intereses privados, y del valor de la investigación científica básica como paso previo al desarrollo tecnológico. La experiencia del rápido desarrollo material del oeste estadounidense producía en Willis la convicción de que el proceso podía reproducirse en condiciones similares: “Estaba seguro de que podía volver a realizarse, siempre que la iniciativa contase con el apoyo de estudios serios e investigaciones adecuadas antes de lanzarse a proyectos constructivos como ser ferrocarriles. En primer lugar los estudios; luego, caminos y líneas férreas; enseguida, agua proveniente de pozos artesianos o de grandes embalses y, finalmente, población creciente. Tal era el método de fomento practicado en los Estados Unidos. Podría ser el método a seguir en la República Argentina.” (Willis 1943:4) En los Estados Unidos, Willis adquirió experiencia en el descubrimiento y mapeo de los recursos de carga del ferrocarril Northern Pacific entre North Dakota y la costa oeste, en la búsqueda de mantos carboníferos y, en virtud de su habilidad para el dibujo, en la edición de los mapas geológicos para un futuro atlas geológico del país (Willis 2001:20-21,30-31,46). Durante esas tareas maduró como explorador, viviendo apasionantes aventuras en contacto con una naturaleza relativamente novedosa para la cultura científica y técnica que él encarnaba, y se habituó a formar y coordinar equipos de trabajo muy autónomos y complejos por las grandes áreas que cubrían y por la heterogeneidad de sus componentes. El trabajo en equipo, combinando eficazmente los saberes científico-técnicos y empíricos, parece haber sido una de las características salientes de la formación y de la experiencia profesional de Willis. Durante sus primeros años en el Servicio Geológico estadounidense, según nos relata, exploraba “con la ayuda de montañeses de barba gris y contrabandistas”, o “con la ayuda de indios y acompañado por dos leñadores”: “El color no hacía diferencia. Dormíamos lado a lado…” (idem:18-20). En la Patagonia destaca el rol clave de los baqueanos Juan y Alejandro Torrontegui531 y de un conjunto abigarrado de peones de diversos orígenes, “caballeros de la desgracia”, pioneros y 531 En WILLIS 2001 el apellido aparece escrito “Torrentegui”. 246 aventureros (Willis 2001:67-69; Willis 1943:6-7). Con ellos formó, para la exploración de la zona cordillerana norpatagónica, varios equipos autónomos y dispersos, cada uno bajo la dirección de un técnico y con su capataz y peonada, y asistidos todos logísticamente por Emilio Frey y Juan Torrontegui desde San Carlos de Bariloche. “Cada equipo formaba una unidad resistente y autosuficiente”: los topógrafos relevaban cada uno una zona, y Pemberton y Willis inspeccionaban los trabajos y clasificaban las tierras. En otro momento, Willis (1914a:303) dice que para la clasificación de tierras y recursos del área cordillerana asignó al geógrafo W.J. Jones el área entre los lagos Huechulafquen y Nahuel Huapi, al geólogo J.R. Pemberton el área andina del Chubut y a sí mismo el área andina rionegrina, además de la coordinación general. “La Comisión fue espléndidamente eficiente como un todo, a pesar de que cada grupo era tan individual como su jefe” (Willis 2001:133-134). En relación con su propio equipo, Willis recuerda con admiración y cariño: “Mi capataz era Alejandro Torrontegui, príncipe de los gauchos y mi ángel guardián. También estaban el sólido y pequeño Juancito, el chilote; Manquito, un indio de la guerrera raza araucana; y como cocinero, Pérez, el padre de Victoriano. Podíamos […] llegar lejos, transportando sólo una manta, una lona y una pata de cordero atada a nuestras monturas. Era una vida en movimiento y una vida conmovedora.” (idem:134) También en las cartas enviadas a Frey en 1914 y 1915 recuerda y manda saludos a sus baqueanos los Torrontegui y el mapuche “Manquito”. Varias fotos inmortalizan tanto al equipo técnico de la CEH (Willis 1943: frente a pp. 10, 14 y 46) como a los peones (idem: frente a p. 50). Algunas de ellas están reproducidas en las memorias de Willis (2001: entre 128 y 129). Otro dato importante es la caracterización del perfil profesional de los técnicos: “El topógrafo norteamericano es una clase especial de investigador, que no tiene igual en cuanto a su velocidad y exactitud para hacer mapas”, aptitudes desarrolladas en el Servicio Geológico como resultado de la aplicación de la “tabla plana” alemana, con “un alto grado de exactitud y eficiencia”, a la demanda de una cartografía rápida para amplios espacios territoriales (Willis 2001:60-61). Este método de relevamiento topográfico previo –según Willis- no solía estar incluido en la formación académica de los geólogos (idem:132) y era diferente del método de prueba y error que presuntamente usaban los ingenieros argentinos, que no eran formados en relación con la resolución de problemas prácticos (Cecchetto 2007). El método estadounidense le permitió a la Comisión resolver varios problemas: el del abastecimiento de agua al puerto de San Antonio y al ferrocarril, el del trazado de ese mismo ferrocarril al Nahuel Huapi en torno del cerro Anecón Grande sobre las curvas de nivel ya dibujadas, y el trazado ferroviario del Nahuel Huapi a Chile por el paso Cajón Negro, en territorio descripto por la Comisión de Límites chilena (Willis 2001:74-80). 247 En un escrito sobre “El mapa topográfico de Argentina”, dirigido en julio de 1913 por Willis al director de Agricultura Julio López Mañán532 (NP2:360-381), el geólogo compara la metodología europea de levantamiento topográfico, propia de países poblados y pequeños y financiada por el presupuesto de defensa, y la metodología estadounidense, desarrollada sobre el terreno por el Geological Survey, consistente en dibujar in situ las curvas de nivel “como artista en presencia de su modelo”, y determinar su distribución por observaciones que fijan sus posiciones relativas. Con ese procedimiento, según Willis, se podía relevar unos trescientos o cuatrocientos kilómetros cuadrados por mes en escala 1:100.000 y con una equidistancia de 20 metros entre curvas, poniendo como ejemplo lo realizado en la zona del Anecón Grande. Con ese fundamento, para evitar “el costo extravagante de administrar y fomentar una nación en ignorancia del país” y para contribuir al progreso de la ciencia mundial (idem:380), Willis proponía la formación de un servicio topográfico argentino, siguiendo el ejemplo de Chile, y la venta pública de los mapas resultantes. Es importante señalar que pocos meses antes Francisco Moreno, acompañado por los diputados Miguel Coronado, Manuel Ordóñez y Augusto Echegaray, había presentado y defendido en el Congreso de la Nación un proyecto de ley de creación de un Servicio Científico Nacional (República Argentina 1912b:972980) prácticamente calcado de la estructura y propósitos de la CEH –relevamiento topográfico, hidrográfico, biológico y cartográfico, clasificación de tierras y demás recursos, publicación de mapas, boletines y memorias- pero extendido al territorio nacional completo, dependiente del Ministerio del Interior y con un presupuesto mínimo de nada menos que el 2 por mil de los recursos fiscales de la Nación. En su presentación, Moreno señala la necesidad de un conocimiento sistemático para el emprendimiento de obras públicas y para la administración de la tierra, citando expresamente el ejemplo de la CEH y aludiendo al modelo del Geological Survey estadounidense y a las iniciativas conservacionistas sobre los bienes comunes. Al mismo tiempo, como veremos más adelante, Moreno presentaba también un proyecto de Parque Nacional para el Sur. 532 El abogado tucumano Julio López Mañán (1878-1922) formó parte de un destacado grupo conocido como la “Generación del Centenario”, caracterizado por iniciativas culturales progresistas tales como la fundación de la Universidad Nacional de Tucumán. En Buenos Aires se vinculó a Carlos Meyer Pellegrini, Enrique Lahitte y otros personajes públicos. Fue funcionario provincial y diputado nacional (1908-1912). Durante la presidencia de Roque Sáenz Peña, tras haber apoyado decisivamente en el Congreso la reforma electoral, se desempeñó como Director General de Agricultura y Defensa Agrícola (1912-1914), y se preocupó por la tecnificación del campo, el estudio sistemático de sus problemas mediante la creación de estaciones experimentales agrícolas, el desarrollo del mutualismo y el cooperativismo, el manejo de los bosques y la creación de parques nacionales –en 1913 ideó la creación de un parque en Tucumán-. Aproximadamente al mismo tiempo que el escrito sobre el relevamiento topográfico del país, Willis le hizo llegar también, como veremos más adelante, al anteproyecto del Parque Nacional del Sud, que López Mañán hizo publicar por el Ministerio de Agricultura y que se incluyó en El Norte de la Patagonia (WILLIS 1914a:427; cfr. PÁEZ DE LA TORRE 1971). 248 La metodología de clasificación de tierras Willis estimaba que la “Suiza argentina” podía sostener por lo menos a una población de tres millones de “ciudadanos robustos e industriosos” (Willis 1943:50): “Para probar ese pronóstico necesitaba saber la cantidad de kilómetros cuadrados aptos para las ocupaciones básicas: agricultura, pastoreo y forestación; debía investigar los recorridos principales para rutas o trenes, y estimar el poder de la energía hidráulica disponible. […] Bajo la dirección del gran explorador Raphael Pumpelly, había aprendido los conceptos básicos de la mejor utilización de las tierras de distintos tipos. En otra oportunidad, en asociación con el fundador del Servicio Forestal de los Estados Unidos, Gifford Pinchot, había tomado parte en la estimación del uso futuro (1950) de las tierras de ese país y del Canadá. […] Cuando examinaba un paisaje, me resultaba natural pensar en términos de un eventual desarrollo económico.” (Willis 2001:132) De modo que Willis y Pemberton realizaban la clasificación de las tierras del siguiente modo: “La región había sido estudiada por la Comisión de Límites, que había hecho un mapa de reconocimiento excelente. […] Nos guiábamos por la ubicación del terreno, el crecimiento de la vegetación, la naturaleza del suelo y la accesibilidad de un área; tras clasificarla, delineábamos sus contornos en el mapa de los límites. Tras un tiempo lógico, todas figuraban en el mapa con sus medidas; los resultados fueron publicados, distrito por distrito, en el volumen El norte de la Patagonia.” (idem:133-134) Es interesante comprobar que la cartografía utilizada como base para la clasificación de las tierras productivas de la “Suiza argentina” fue la originada por la Comisión de Límites, sin duda la más completa disponible por entonces. Al respecto, Willis también señala su coincidencia con el criterio general del árbitro británico Sir Thomas Holdich –cita su libro Countries of the King’s Award- respecto de que “cualquier zona productiva dentro de la cordillera debía contar con una salida actual o futura hacia el comercio mundial, a través de tierras de su propia nacionalidad” (idem:112). La metodología de clasificación y la estimación de la capacidad ganadera de las tierras pastoriles fueron especialmente discutidas por Willis con Hackett, su amigo administrador de la estancia Leleque, y su aprobación resultó importante para el estadounidense (Willis 1943:88-89). Las descripciones locales y el inventario de la naturaleza La base de los proyectos posteriores e, inclusive, de la clasificación general de las tierras entendidas como recurso básico, está en una serie de descripciones generales y 249 locales e inventarios de “riquezas” naturales, que el informe de la CEH divide entre las dos grandes áreas de las Pampas o mesetas y de los Andes, y dentro de esta segunda área –la estudiada con mayor detalle- se subdivide en diecinueve cuencas. En la descripción de la meseta norpatagónica (Willis 1914a:53-81), se destaca la presencia de fuentes de agua –los arroyos Valcheta, Maquinchao y otros- como recursos de los que dependen San Antonio, el ferrocarril y las tierras adyacentes. Su presencia permite el pastoreo y por ende la formación de las empresas características de la primera distribución estatal de las tierras de la zona: las estancias ganaderas. Menciona la “estancia inglesa” de Sierra Colorada al pie de la meseta de Somuncura (idem:68), que reúne ganado y cultiva alfalfa; la estancia Huanuluan de la Compañía de Tierras de Río Negro, en la cabecera del arroyo Guagüel Niyeu, un cuadrado de 400 km2; y la estancia Pilcaniyeu de la Southern Land Company of Argentina, de 16 leguas, “una de las fincas más pequeñas de aquella región, su administración ha sido excepcionalmente buena, y es una de las estancias que han tenido mayor éxito” (idem:78-79), con una estación ferroviaria cerca de su casco. Al llegar al Nahuel Huapi la mirada valorativa se vuelve hacia la belleza escénica: “Detrás del viajero, una monotonía inhospitalaria; ante él, una región rica en paisajes bellísimos y llamada a ser el asiento de un próspero estado, por su clima, sus fuerzas hidráulicas y sus riquezas naturales” (idem:81). El capítulo dedicado a las “riquezas e industrias” de la meseta (idem:81-153) destaca las existencias de agua, de “suelos transportados” por el viento y de pasturas, como factores de colonización en lugares determinados. La agricultura, necesariamente bajo riego, debe limitarse a la producción de pasturas y, en algunos casos muy localizados, a la producción de granos y frutas. El pastoreo, en cambio, instalado desde la conquista territorial por el Estado pero afectado por la sobrecarga de los campos, el despoblamiento indígena, la ocupación “desordenada y libre” de las tierras (idem:131), la subdivisión sin tomar en cuenta las fuentes de agua disponibles, etc., necesita ser organizado mediante un “manejo inteligente” (idem:132) de los recursos, siguiendo el ejemplo de la estancia Pilcaniyeu. El estudio de la zona cordillerana se abre con una descripción general (idem:154162) y articula las descripciones locales con el inventario de “riquezas” mediante otra consideración general del proyecto (idem:292-300), que justifica la profundización del análisis de esa sección del territorio. La primera descripción general define un área de 31.000 km2, entre los 39º40’ y los 43º40’ de latitud sur, de un ancho de entre sesenta y cien kilómetros, que incluye altas cumbres, cuencas lacustres transversales y longitudinales respecto de los Andes, y valles “ricos, fértiles y saludables” para el establecimiento de “comunidades prósperas”, como el “pequeño paraíso” de El Bolsón (idem:161-162). En la introducción a la clasificación de las riquezas regionales (idem:292ss) el autor vuelve a caracterizar el área: situada entre los 38º y 44º, con condiciones climáticas favorables, rodeada de otras zonas menos favorecidas por sus condiciones más extremas, abarcando unas 20.000 millas cuadradas de las cuales se recorrieron y estudiaron unas 12.000 millas determinándose y clasificándose los 250 recursos, de temperaturas moderadas, buenas precipitaciones y belleza paisajística. Concluye –destacando el carácter de condición necesaria pero no suficiente del estudioque “rara vez se ha presentado una oportunidad semejante para la iniciación, en interés de una región virtualmente virgen y de gran porvenir, de un sabio programa de desenvolvimiento basado en conocimientos exactos y que redundará en la prosperidad sólida de las comunidades futuras” (idem:298). Las descripciones locales de la franja andina (idem:163-291), como ya señalamos, se subdividen en diecinueve secciones: lago Huechulafquen y río Chimehuín, lago Lolog, lago Lácar, cabeceras de los ríos Caleufú, Meliquina y Filohuahum, río Traful, lago Nahuel Huapi, arroyos Ñirihuau y Ñireco, lago Mascardi y alto río Manso, lagos Hess y Vidal Gormaz, lagos Martín y Steffen, bajo río Manso y ríos Villegas y Foyel, valle de El Bolsón con los ríos Quemquemtreu y Azul, lago Epuyén, lago Puelo y río Turbio, alto río Chubut, Cholila y alto río Futaleufú, lagos Rivadavia, Menéndez y Futalaufquen, bajo río Futaleufú, y río Corcovado. En cada una de esas secciones se repite el esquema general que considera las tierras boscosas del oeste como destinadas a la reserva natural y el turismo, y las del este a la colonización agrícola y ganadera. Ese esquema establece, además, una correlación ecológica clara entre ambos tipos de tierras y un concepto de la conservación de los recursos más asociado al uso sustentable que a la intangibilidad533. Por ejemplo: “Así, sirven estos bosques para mantener los pastos y los ganados de las estribaciones, y por tanto deben ser cuidadosamente protegidos. […] La función que así desempeñan esos bosques sirve para establecer la relación entre ellos y todas las colonias agrícolas de los valles inferiores. […] Sin embargo, la exuberancia que da a las selvas su gran valor, da margen a que sean explotadas ventajosamente bajo las restricciones que establezca el Servicio Forestal, a fin de conservar los árboles jóvenes y de aprovechar los viejos.” (idem:170-171) El problema de los incendios forestales, sobre todo al sur del Nahuel Huapi, implica que el recurso “debe ponerse bajo el control del servicio forestal y mantenerse con una cuidadosa explotación de los árboles, a fin de conservar el suelo y preservar la belleza escénica” (idem:231). Poco más adelante, al observar la importancia de mantener arboladas las faldas andinas donde nacen el río Manso y sus tributarios, Willis apunta que la conservación del bosque “debe ser uno de los primordiales deberes de los que tienen la región a su cargo” y “es el objetivo que merece siempre la preferencia en la clasificación de las tierras” (idem:236). Propone que el sector 533 De acuerdo con la terminología actual, consideramos distintas formas de conservación de los recursos: preservación – cuando se trata de su intangibilidad-, restauración y uso. De modo que la conservación no excluye sino que incluye el uso sustentable y racional. 251 cordillerano entre los ríos Puelo y Futaleufú, de unos 100 km de largo norte-sur por unos 40 km de ancho este-oeste, constituya una reserva forestal donde “las selvas tendrán que desmontarse gradualmente y al propio tiempo deberán ser reemplazadas hasta que pasen del estado silvestre al que es más útil para los fines del hombre […] mediante métodos adecuados de selvicultura juntamente [con] la explotación regularizada de las maderas, siempre que la región esté protegida contra incendios y contra la tala ilegal” (idem:283). También se observa el problema del sobrepastoreo y la necesidad de calcular adecuadamente la capacidad ganadera de los campos y regular su aprovechamiento mediante el uso estacional de distintos pastos (idem:217-220). Las descripciones determinan una multiplicidad de posibilidades y objetos de interés: • Zonas de colonización -al este del lago Huechulafquen, en el valle del lago Hermoso, en el río Traful, en el río Manso inferior, en El Hoyo de Epuyén, en el alto río Chubut, en Cholila, en el río Corcovado-; zonas de irrigación -en la pampa del Nahuel Huapi, en El Bolsón-; de pastoreo, etc. • Vías de comunicación como los caminos de Junín de los Andes a la cordillera (actual ruta provincial 60), de San Martín de los Andes a Chile (previsto como ferrocarril trasandino; actual ruta provincial 48) o al sur (actual ruta nacional 234 “de los Siete Lagos”), de la cordillera al Limay (actuales rutas provinciales 63 y 65), de San Carlos de Bariloche al oeste (actual ruta provincial 79) y al sur (actual ruta nacional 40534), del Nahuel Huapi a Chile por el paso de las Lagunitas al sur del volcán Tronador y por el río Manso, de El Bolsón a Chile por el río Puelo, de El Bolsón al Chubut por Cholila y al alto río Chubut por El Maitén (actual ruta provincial 4), de Cholila a Chile por Vodudahue. • Recursos turísticos tales como termas (en Epulaufquen), vapores lacustres (en los lagos Falkner y Traful), la belleza de los lagos y bosques, etc. • Lugares donde se podrían establecer hoteles de turismo “siempre en manos de la nación” (idem:177), en la margen sur del lago Huechulafquen -aprovechando la vista del volcán Lanín-, en las termas de Epulaufquen, y en la margen norte del lago 534 En relación con la ruta nacional 40 se ha dado recientemente un cambio destacable. La ruta 40 recorre el pedemonte andino del extremo norte al extremo sur de la Argentina. En el tramo norpatagónico de Junín de los Andes a Esquel, aproximadamente, determina el límite oriental de un área restringida para ciertas inversiones y actividades económicas. Hasta 2006, la ruta 40 era el camino que, proveniente de Zapala, iba del empalme con la ruta nacional 234 (a la altura de Junín de los Andes) -cruzando la ruta nacional 237- al Limay, cruzaba este río por el antiguo Paso Flores (después por la represa de Alicura) y continuaba al sur por Pilcaniyeu, Ñorquinco, El Maitén y Leleque. Desde 2006, la ruta 40 ya no cruza el Limay por Alicura sino que sustituye a la antigua 237 desde su empalme hasta las nacientes del Limay y San Carlos de Bariloche, y desde allí al sur sustituye a la antigua ruta nacional 258 por El Bolsón hasta Leleque. De modo que, en lugar de revisar el régimen legal de las inversiones en la región, lo que previsiblemente hubiera despertado resistencias locales, simplemente se corrió el límite hacia el oeste declarando “ruta 40” a un camino paralelo al original. 252 Moreno. Se considera que el río Villegas debería marcar el límite meridional de la zona de aprovechamiento turístico, aunque más adelante se prevé la situación de El Bolsón como centro turístico y comercial (idem:249 y 255), lo mismo que Cholila (idem:276). • Posibles represas reguladoras de caudales u obras hidroeléctricas, en la boca del lago Huechulafquen, en el río Chachín, en el primer tramo del río Limay, en el río Ñirihuau, en el río Manso, en el río Villegas, en la boca del lago Epuyén y en el lago Menéndez. Se destaca la presencia de colonos, sobre todo en el valle de El Bolsón, considerado “el mejor distrito de los Andes meridionales” para cultivo de granos y frutales aunque gravemente afectado por los incendios forestales y el sobrepastoreo (idem:251), y en la Colonia 16 de Octubre, “la mayor y más rica de las áreas agrícolas de los Andes meridionales” donde, sin embargo, los galeses aislados “han degenerado a un modo de vida casi igual al de los nómadas chilenos con quienes han estado asociados” (idem:287-288). También la presencia de estancias en Junín de los Andes (estancia Collunco), en el lago Meliquina, en el Traful, en la margen norte del lago Nahuel Huapi, al este del gran lago (estancias San Ramón y del coronel Bernal) y en la meseta (estancia Leleque). El aserradero de la estancia Leleque en Epuyén es descripto como un caso líder de explotación del recurso forestal (idem:258), y esa empresa propietaria de más de cien leguas cuadradas es marcada como “punto de especial interés como central de una compañía de tierras establecida hace veinticinco años y que ha tenido mucho éxito en la cría de ovejas, vacunos, caballos y mulos”, además de haber iniciado “con buen éxito” experimentos agrícolas con cereales, alfalfa y frutales (idem:264-265). En la introducción a la sección que considera las riquezas de los Andes entre los 39 y los 44º sur, se destaca la idea rectora –“la idea de una comunidad industrial y su relación con las poblaciones agrícolas de la nación misma” (idem:300)- de que la región contenía la posibilidad de un desarrollo industrial complementario con la producción agrícola pampeana. El concepto, derivado de una detallada comparación entre el área andina bajo análisis y Suiza, anticipaba las estrategias de sustitución de importaciones que la Argentina emprendería un cuarto de siglo después y que proponía una ruptura superadora del modelo primario-exportador entonces en vigencia. En segundo lugar, llama la atención la importancia que se da, en esas páginas introductorias, a la cuestión de la población regional (idem:292-297). Se señala la lentitud y debilidad del proceso colonizador, la presencia de ocupantes chilenos, etc., para pasar inmediatamente a una verdadera clasificación de personas –paralela a la clasificación de las tierras que viene después-: “los elementos variados que generalmente se establecen en las fronteras” deberán transformarse en “una comunidad más estable”; “los indios y mestizos de Chile”, “intrusos”, “prófugos” y “hombres de las fronteras de diversas naciones” deberán ser reemplazados por “una población numerosa y próspera”. Mientras al norte del Nahuel Huapi Willis encuentra una colonización marcadamente argentina, de propietarios ganaderos, al sur del lago registra una mayor presencia chilena; la colonia 253 de Bariloche se componía de “unas 1.500 almas”, “mayormente de elementos norteeuropeos (suizos, franceses, alemanes e ingleses) y norteamericanos […] del mismo tipo robusto, industrioso e independiente que ha poblado grandes áreas de los Estados Unidos”, “un núcleo a cuyo alrededor habrá de agruparse una población mayor de buenos colonos” que deberán ser “cuidadosamente protegidos” por el Estado. Por contraposición –retomando lo dicho sobre los colonos de El Bolsón y de la colonia 16 de Octubre-, en los valles y campos de allí al sur y hasta la colonia galesa del noroeste chubutense, encuentra unos 3.500 pobladores, más de la mitad chilenos y dos tercios “colonos intrusos en los terrenos del Estado”, mayoritariamente “individuos sin ambición”, despreocupados del futuro de los recursos, que “serán reemplazados por colonos permanentes”, por “gente enérgica de la zona templada” a la que el Estado deberá adjudicar legalmente sus tierras. La población a reemplazar es nuevamente identificada más adelante en el informe, en referencia a las tierras agrícolas de la cordillera: los “intrusos chilenos” de los valles de El Bolsón y Epuyén, “gente sin recursos ni educación” (idem:357), y los colonos galeses de Esquel, que en su mayoría no han sido capaces de introducir mejoras en la tierra (idem:359). La producción derivada del trabajo de clasificación de tierras ocupa una parte importante del informe El Norte de la Patagonia. En un informe preliminar elaborado en 1913, Willis consigna como realizados los “levantamientos exactos de la topografía, con triangulación, nivelación y trabajos de plancheta, el área de los cuales alcanza a 16.000 kilómetros cuadrados”, en el área cordillerana desde el lago Huechulafquen hasta el río Corcovado, separados por una distancia norte-sur de 450 kilómetros y cubriendo un área de unas 1.300 leguas cuadradas (NP2:567-568). En la meseta se distinguieron tierras pastoriles y agrícolas, bajo riego o de secano. En la cordillera, tierras ganaderas, agrícolas y bosques. “Examinarlas en el terreno, determinar su uso más provechoso, acertar la extensión de terrenos de cada clase, estudiar los métodos de su aprovechamiento, eso es clasificar los terrenos de una región” (idem:572). A continuación, se presenta un cuadro de resultados provisorios, que consigna un 47,5% de las tierras cordilleranas como aptas para la ganadería y prevé, por lo tanto, el desarrollo de industrias intensivas basadas en la carne y los productos lácteos (idem:573-574). En el texto definitivo se declara el objetivo de “determinar las diferentes clases [de tierras] según el uso económico que tengan o tuvieren en lo futuro de acuerdo con diversas condiciones de colonización y población” (Willis 1914a:300). Así como en el informe preliminar citado se señalaba que “los estudios han comprendido todas las industrias actuales o probables del territorio”, como “todo lo relacionado a las poblaciones actuales y a las que tendrán que existir en las zonas investigadas” (NP2:568), el informe final también contiene un alto grado de probabilismo. El uso económico futuro de los recursos aparece allí claramente condicionado por el proceso de poblamiento y por el desarrollo de vías de comunicación. 254 “Por lo tanto, una clasificación basada en las condiciones existentes diferiría considerablemente de la que se fundara sobre condiciones que existieran en una fecha futura determinada […] que se ajustaría a una fase económica probable de la ocupación de tierras e implica la aplicación del discernimiento” (Willis 1914a:300). En consecuencia, se estimó “cuál sería el aprovechamiento económico más ventajoso dentro de treinta años” (idem:300-301). Las condiciones naturales permanentes marcaban ciertos límites a ese pensamiento probabilista: los llamados “pastos alpinos” situados a más de 1.500 msnm no se consideraron aptos para la población pero sí para el pastoreo estacional; las áreas forestales vírgenes se consideraron reemplazables por arboledas cultivadas pero no desmontables, por su rol en la regulación de los caudales fluviales; las tierras inadecuadas para la agricultura o la silvicultura se consideraron limitadas al pastoreo (idem:301). Otras áreas –los valles y faldas inferiores- podrían desarrollarse en uno u otro sentido, según condiciones locales: se preferiría el desarrollo agrícola de aquellas más aptas para el cultivo “por su situación, suelo y desagüe”; se clasificaron como forestales las tierras cercanas pero de poblamiento y labranza menos probable en treinta años, aunque fueran potencialmente agrícolas; y se consideraron de pastoreo prácticamente todas las demás, condición siempre subordinada al “bienestar general de la comunidad” (idem:302). “El resultado general de estos estudios ha sido el de demostrar que la cría de vacunos de raza fina y la lechería serán las industrias principales dependientes de las tierras de la región”, complementándose con las necesarias y extensas reservas forestales, instalaciones para la generación de energía hidroeléctrica y cultivos en extensiones muy limitadas (idem:303). La información aparece sistematizada en cuadros y mapas. Los cuadros (idem:305-343) contienen un mayor nivel de análisis que el texto y que los mapas, por cuanto distinguen clases de tierras agrícolas –con o sin riego-, de áreas forestales –en estado virgen, quemadas recientemente, o quemadas y regeneradas-, de pastoreo – serranías herbosas de la precordillera o la meseta; pastos alpinos a más de 1.500 msnm, y áreas de lagos. En este sentido, también se ponen en evidencia los distintos criterios y realidades propios de cada una de las subcomisiones exploradoras: al norte del Nahuel Huapi no se consignan quemazones recientes de bosques, pero sí –y abundantemente- al sur del gran lago; al norte se consideran tierras de pastoreo solamente las de precordillera, mientras que al sur se incluyen las zonas forestales adecuadas a esa actividad. Las doce coloridas hojas cartográficas plegables, clasificadas por cuencas –lagos Huechulafquen, Lácar, Traful, Nahuel Huapi norte y sur, río Manso, valle de El Bolsón, lagos Puelo, Cholila y Futalaufquen, ríos Futaleufú y Corcovado- se encuentran intercaladas a lo largo de casi toda esta sección del informe referida a las “Riquezas de los Andes” (idem:306-371). Los recursos del área cordillerana están clasificados en: tierras agrícolas, tierras de pastoreo, bosques y energía hidráulica. Las tierras agrícolas (idem:344-360) son caracterizadas en función de su exposición a heladas y de su necesidad de riego. 255 También se identifican algunos establecimientos pioneros, generalmente propiedad de estadounidenses o europeos, poseedores de chacras, plantaciones de cereales o molinos, como Newbery, Boock, Becker, Jones, Bernal, Hube, etc. Las tierras de pastoreo (idem:360-371), más abundantes, se clasifican según las precipitaciones y la vegetación, que determinan su aptitud para vacunos, ovinos o ambos. Se vuelve a describir una situación caracterizada por el sobrepastoreo y el desorden en el uso de los recursos, y se proponen condiciones de mejoramiento. Los recursos forestales (idem:371-389) son descriptos y comparados con los del noroeste de los Estados Unidos, son identificadas las especies explotables, y se vuelve a desarrollar el problema de las talas y quemas descontroladas, proponiéndose la protección, explotación y reforestación a largo plazo por el Estado. La descripción de los recursos hidroenergéticos (idem:389-426) da lugar a la consideración de su rol en el sistema económico nacional, señalando a la Norpatagonia, en función de la disponibilidad de energía –calculada en dos millones de caballos de fuerza-, como la mejor región para una “población manufacturera numerosa” si se realizan algunas represas: en el lago Lolog, el río Meliquina, el río Traful, el arroyo Cuyín Manzano, en la desembocadura del Nahuel Huapi – precisamente, en la Segunda Angostura del Limay-, en el lago Hess, el río Villegas, el lago Puelo, el río Epuyén y el río Hielo. Algunas de estas obras servirían a la generación de energía eléctrica para la industria o para los ferrocarriles, otras también al riego o a la alimentación de canales o tuberías. Volviendo momentáneamente a un punto anterior, podemos observar que la descripción local de la cuenca del lago Nahuel Huapi (idem:199-213), como era ya una tradición establecida en la literatura de viajes por la región, había destacado la zona como objeto de atención preferencial y se detenía en datos que no eran registrados en relación con otras secciones del recorrido. Se desarrollaba, por ejemplo, la comparación con otros lagos de Suiza, el Reino Unido y los Estados Unidos; se transmitía información sobre la historia local desde el siglo XVI en adelante; se analizaba la población desde el punto de vista de su origen étnico –distinguiendo, sobre todo, a los indígenas de los colonos-; etc. El texto culminaba, lógicamente, destacando las posibilidades del extremo oriental del lago como asiento de la futura ciudad industrial, centro de comunicaciones regional, nudo ferroviario y represa hidroeléctrica. Más adelante, en la descripción de los recursos hidráulicos, el Nahuel Huapi era considerado el objeto y “rasgo central” de la región (idem:411). Finalmente, el informe le dedica su cuarta y última sección (idem:427-442), en función tanto de los recursos ya identificados, como del “valor de su belleza escénica como atractivo para el turismo y como fuente de ingreso” (idem:427). Los dos objetos en que se centra esta parte del informe, relacionados con el Nahuel Huapi, son el Parque Nacional del Sud y la ciudad industrial. De este modo, El Norte de la Patagonia se cierra volviendo al esquema dual que atraviesa toda la descripción de los recursos del área cordillerana: la cordillera occidental como recurso turístico, administrado mediante la figura de un Parque Nacional, y los valles orientales como recursos agrícola-ganaderos articulados en torno de un complejo 256 industrial. De todos modos, al momento de presentarse esta primera etapa del trabajo de la CEH faltaban estudios más específicos tanto sobre el parque como sobre la ciudad industrial. Esos estudios fueron realizados en los años siguientes y quedaron inéditos, destinados al segundo tomo del informe. Los consideraremos, en consecuencia, en el contexto del proyecto más amplio y de los escritos posteriores. 4. El plan de desarrollo de la Provincia cordillerana La idea de plan y de planificación en la obra de la Comisión de Estudios Hidrológicos La experiencia de Willis en la identificación y clasificación de recursos, su perspectiva comparativa con Suiza y con los territorios montañosos norteamericanos, y su adhesión a los criterios del arbitraje británico sobre los límites argentino-chilenos y al proyecto de Ramos Mexía, le proporcionaron elementos para elaborar una representación amplia de la región bajo estudio. Esta visión se refleja tanto en el título de su informe –El norte de la Patagonia- como en el mapa general producido y en las diversas referencias a objetos del paisaje como partes de un conjunto constituido por el corredor norpatagónico, del sur de Chile al Atlántico. Las ideas de Ramos Mexía acerca del desarrollo regional y el proyecto general plasmado en la ley de Fomento de los Territorios Nacionales constituían un marco adecuado. Así, por ejemplo, el desarrollo del puerto San Antonio dependería de la instalación de industrias en la Cordillera y del ferrocarril a Chile (Willis 2001:77); al mismo tiempo, el complejo industrial cordillerano resultaría funcional a la producción lanera de las estancias inglesas –según acordaba Willis con Hackett, su amigo administrador de la estancia Leleque- (idem:158-159). Por añadidura, Willis se entusiasmó con la visión del sur de Chile, “una tierra maravillosamente fértil” colonizada por alemanes (idem:82). En ese sentido, los conocimientos logrados por la Comisión representaban un paso adelante respecto de las ideas básicas formuladas por Ramos Mexía. Según Willis, Ramos era consciente de la disponibilidad de tierras áridas, de la necesidad de agua y de ferrocarriles para ponerlas en producción, y de la experiencia estadounidense en situaciones similares: por eso lo habría contratado en 1910 (idem:54). Pero los planes del ministro le parecían al yanqui vastos pero imprecisos (idem:55,131), y lo compara con su sucesor de 1914, Meyer Pellegrini: “Ramos se había imaginado los objetivos desde una visión inspirada; Meyer Pellegrini consideraba cada detalle” (idem:166). El avance que aportaba el estudio sistemático de la región por la Comisión, respecto de las ideas generales de Ramos Mexía, pronto se plasmó en el bosquejo de un plan integral. La producción científico-técnica de la CEH entendida como conjunto puede dividirse, efectivamente, en subproyectos: el proyecto Valcheta, el trazado del ferrocarril al Nahuel Huapi y el proyecto Cordillera, subdividiéndose este último en el relevamiento general de vías de comunicación, clasificación de tierras y evaluación de 257 la energía hidroeléctrica, y, en lo referente al área del Nahuel Huapi, al desarrollo turístico del Parque Nacional, a la colonización agrícola y a la ciudad industrial. Se advierte inmediatamente que los primeros tramos –el proyecto Valcheta y la resolución del trazado del ferrocarril- constituyeron momentos meramente instrumentales y funcionales al tercero: el proyecto Cordillera. Si bien Willis siempre consideró que el área de influencia de sus trabajos era un corredor transversal del mar a la cordillera, y aún de mar a mar, incluyendo al sur de Chile en un corredor bioceánico cuyo eje era, simbólicamente, el paralelo 41º, también entendía que la concreción política del proyecto debía ser la creación de un nuevo Estado provincial identificado con la “Suiza argentina” del área cordillerana norpatagónica, las 1.300 leguas cuadradas entre el lago Huechulafquen y el río Corcovado cuyas tierras fueron clasificadas, con capital en la nueva ciudad de Nahuel Huapi. Este nuevo espacio territorial fue concebido originalmente bajo una estructura dual: de un lado el Parque Nacional destinado fundamentalmente al turismo, y del otro las tierras productivas destinadas primordialmente a la ganadería y secundariamente a la agricultura y la forestación, ambas partes articuladas por una red de vías de comunicación y por un nodo administrativo e industrial en la ciudad capital. El proyecto Valcheta, además de resolver inmediatamente el problema del abastecimiento de agua dulce al puerto de San Antonio y al primer tramo del ferrocarril al Nahuel Huapi, se proponía, de acuerdo con las instrucciones de Ramos Mexía, “verificar hasta qué punto se podía explotar en el norte patagónico el cultivo [de] ‘secano’” mediante la realización de experiencias controladas de cultivo de trigo en distintos puntos del corredor, a lo largo del ferrocarril. El éxito de los experimentos y la factibilidad de regar 4.000 ha en cercanías de Valcheta sólo sirvió “para fortalecer la oposición de algunos a la política de fomento”, presumiblemente a causa del temor de que la Patagonia compitiera exitosamente con otras zonas cultivadas de país (Willis 1943:18-19). El trazado del ferrocarril fue la segunda misión asignada a la CEH, “pero ideas mayores se estaban engendrando en la mente siempre alerta de Ramos Mexía, patriota previsor que era. El ferrocarril, después de todo, era un medio para un fin, un implemento necesario para el desarrollo de la región de la Cordillera como provincia económica de la heredad argentina. “[…] “Además, el ferrocarril de Puerto San Antonio – Nahuel Huapi debía, eventualmente, extenderse a través de la Cordillera a un puerto del Pacífico en Chile. Debía llegar a ser una línea transcontinental.” (Willis 1943:34-35). Así, a su regreso a la Patagonia, a fines de 1911, Willis se encontraba encargado “también de las cuestiones más amplias relacionadas con los recursos de la Cordillera de los Andes. El Dr. Ramos Mexía le había encarecido que explorara la ruta del 258 proyectado ferrocarril transcontinental y que investigara la capacidad de la región para sostener una población considerable al fomentar industrias que pudieran ser beneficiosas a la nación” (Willis 1943:44). De este modo se fue configurando, por ampliaciones sucesivas del propósito inicial, un plan general de desarrollo regional. En ese contexto es que Willis encuadra el proyecto en la comparación con Suiza y acuerda con Ramos Mexía los lineamientos generales: “Estaban acordes en que el rico territorio que casi provocara una guerra, pero que quedó argentino sin pagar ese precio, por el arbitraje de 1902, valía muy bien cualquier inversión que fuera necesaria para hacer estudios, construir líneas de transporte y comunicación, transformar la fuerza de las aguas en energía, atraer población y promover el establecimiento de industrias para la utilización de las materias primas de la región en el lugar de su producción. Previeron una época no muy lejana en que la República Argentina podría independizarse de las manufacturas extranjeras de paños y artículos de cuero, época en que sus ciudadanos cesarían de pagar fletes oceánicos y utilidades sobre vestimenta y calzado, que podrían fabricarse en el país. Ambos planearon el porvenir de una provincia industrial que debía enriquecer y liberar al país.” (idem:50) Esos lineamientos contenían, como es evidente, no una idea aislada acerca del desarrollo regional sino su articulación con un proyecto nacional superador del modelo primario-exportador vigente y orientado a lograr el mismo tipo de desarrollo industrial que los Estados Unidos habían iniciado medio siglo antes (idem:40). Las vías de comunicación Los estudios sobre las proyectadas vías de comunicación, a diferencia de otros aspectos del plan norpatagónico, se realizaron y se conservaron en forma dispersa y relativamente desarticulada. Sin embargo, contamos con elementos para determinar su sentido de conjunto. Siguiendo la cronología de la Historia de las tareas de la CEH como narración de sus movimientos (idem:72), encontramos, en primer lugar y en el marco del trazado del ferrocarril de San Antonio al Nahuel Huapi, la previsión de su prolongación a Chile en la visión de Ramos Mexía y el viaje de Willis al país hermano siguiendo la ruta Buenos Aires–Mendoza–Santiago–Osorno–Bariloche, en busca de información, en la primavera de 1911 (idem:35-37). El director de Obras Públicas de Chile y antiguo integrante de la Comisión de Límites, Enrique Doll, le señaló el boquete del Cajón Negro como el más apropiado por su accesibilidad y baja altura, y Willis envió al geólogo Jones a explorarlo. Willis preveía una ruta por la orilla norte del lago Nahuel Huapi hasta el lago Correntoso, de allí al norte hasta el lago Villarino, e internándose en la cordillera. 259 La exploración, asistida por el baqueano chileno-alemán Hechenleitner y por el mismo Willis, está narrada en la Historia (idem:44-48). El informe habría sido publicado en el Boletín de Obras Públicas de la República Argentina de enero de 1912. En los meses del verano y otoño de 1912 la Comisión se concentró, con el aporte del ingeniero D.L. Raeburn (su informe original en NP2:215-220) y el agrimensor J.G. Morgan, ambos estadounidenses, en el trazado del tramo del ferrocarril de Huanuluan al Nahuel Huapi, determinándose que correría al norte del Anecón Grande, por Comallo y Pilcaniyeu (Willis 1943:38-44). La elección de este trazado en contra de la opinión técnica de Willis, que era favorable a tender la línea por el sur del Anecón Grande, fue de la Dirección de Ferrocarriles. También del verano de 1912 data un informe de Frey a Willis, publicado en el Boletín de Obras Públicas y reproducido por Sepiurka (1997:43-46), sobre los dos posibles trazados del ferrocarril del Nahuel Huapi a la Colonia 16 de Octubre: por “la falda oriental del divortium aquarum interoceánico, pasando por Ñorquinco, Maitén, Leleque y Esquel”, o por “la gran depresión” de los lagos Gutiérrez, Mascardi, Guillermo, Rivadavia y Futalaufquen, pasando por el valle de El Bolsón. Comparándolos, Frey encuentra el segundo trazado más bajo, menos accidentado, cercano a las mejores tierras agrícolas y fiscales –desde este punto de vista, mucho más apropiado a los fines del plan de fomento de los Territorios-. Recompuesto el equipo para la campaña de 1913 y retomando el propósito de Francisco Moreno, los antecedentes chilenos registrados por Francisco Fonck y las exploraciones de Emilio Frey, Willis se dirigió a rehabilitar el paso terrestre de los Vuriloches, utilizado por misioneros coloniales provenientes de Chile para pasar al área del Nahuel Huapi y largamente buscado después de 1879 tanto por argentinos como por chilenos (idem:61-67; Willis 2001:126-130). Su conclusión, marcada sobre un mapa de Fonck de 1899 (Willis 1943: frente a p. 70) es que el paso era el “de las Lagunitas”, por el sur del Tronador, que desembocaba en el “valle Vuriloche” –las nacientes del río Manso-, y que los misioneros, evitando el lago Mascardi, habrían accedido al Nahuel Huapi por los senderos que unen los cerros Tronador y López, o bien rodeando los lagos Mascardi y Gutiérrez por el norte y oeste. Tras ascender al López y revisar los escritos del padre Guillelmo, que dan cuenta de haber transitado el paso con mulas cargadas, Willis se inclinó por la segunda opción: la de un sendero más bajo y menos dificultoso (Willis 2001:129-130). La etapa siguiente consistió en la exploración de la cuenca de los ríos Manso y Villegas, por donde el ingeniero Lewis estudió “el futuro trazado de una carretera o línea férrea desde El Bolsón hasta el lago Nahuel Huapi” (Willis 1943:69; 2001:137138), sobre una senda de herradura existente y salvando el desafío de los profundos cañones de los ríos Villegas y Foyel. Se propusieron vencer al primero, el más difícil, mediante “un puente suspendido como el de las Cataratas del Niágara”, o bien haciendo bajar la vía hasta el fondo “y subir otra vez por medio de planos inclinados, valiéndose de la energía producida por el río” (Willis 1943:71). Estas determinaciones se hacían al mismo tiempo que la clasificación de tierras (idem:72) y algunas de las proyecciones de 260 Lewis se basan explícitamente en observaciones previas de Lügenbuhl o Pemberton. La Comisión continuó explorando hacia el sur, hasta la Colonia 16 de Octubre, por el valle central relevado por el topógrafo Eberly (idem:71-76 y 83; 2001:138-143). A partir del lago Rivadavia se plantearon las alternativas de abrir una senda hacia el lago Futalaufquen –lo que hizo Willis personalmente- o de buscar un trazado más al este, por la estancia Leleque –que Willis apreciaba como un establecimiento especialmente progresista-. Esta segunda variante ofrecía la posibilidad de continuar “a Maquinchao por la ruta exterior de la montaña […] que bordea el Alto Chubut, pasando por El Maitén” (Willis 1943:85). El extenso “Reporte sobre el relevamiento y estudio de reconocimiento de la línea ferroviaria proyectada de Bariloche a la Colonia 16 de Octubre”535, de Lewis (NP2:90-161), estudia detalladamente ese recorrido (cfr. mapas parciales en Willis 2001:98, 108 y 135) dividido en veintidós secciones; plantea tres rutas posibles y las dos soluciones técnicas para salvar el cañón del Villegas; de Epuyén al sur sigue la ruta occidental, por los lagos Rivadavia y Futalaufquen; propone la ubicación de veintiséis estaciones –que Willis corrige disminuyéndolas a veintidós-; y estudia la energía hidroeléctrica disponible a lo largo del camino. También contiene los diseños de las obras de ingeniería propuestas para salvar los ríos Villegas y Foyel (NP2:162-173), y un detallado estudio de costos de las obras de toda la línea (idem:174-214). De vuelta de Bariloche a Leleque, Willis dice haber recorrido “apenas un sendero de animales, y en partes ni eso”, totalmente desconocido para los barilochenses, “desde el extremo oriental del lago Nahuel Huapi, que pasa por las cabeceras del Pichileufu y Las Bayas a la cabecera del Chubut” (Willis 1943:86). Otro camino interesante resultó ser el de Fofocahuel a Maquinchao (idem:89), adonde se dirigió el equipo de la Comisión para reunir materiales y preparar el informe durante el mes de mayo. Mientras tanto, Nelson y Mercer diseñaban el trazado del ferrocarril del Nahuel Huapi a San Martín de los Andes (idem:83 y 91). El informe de Mercer –que no menciona ferrocarriles sino caminos para el servicio de automóviles- sobre los caminos de Bariloche a Pilcaniyeu, del Nahuel Huapi a San Martín de los Andes y de Piedra del Águila a Paso Limay (NP2:456-473) incluye descripciones, consideraciones de trazados alternativos y cálculos de costos. En el primer caso –inicio de la actual ruta nacional 23-, se prefiere el paso por la estancia San Ramón, que por entonces –según Mercer- los propietarios mantenían cerrado. Para el segundo caso descarta el camino por los pasos Córdoba y Pilpil –actual ruta provincial 63- y prefiere el camino por el paso Miranda y la Vega Maipú –actual ruta provincial 49-. En el tercer caso se trata solamente del mejoramiento de un camino ya existente y transitado. En sus conclusiones recomienda tomar a Pilcaniyeu como principal cruce de caminos norte-sur y este-oeste, vinculando esa localidad con Neuquén a través de Paso Limay y Piedra del Águila, con San Martín de los Andes por la ruta propuesta, con el Nahuel Huapi y con la punta de rieles del ferrocarril de San Antonio, y con Esquel, 535 “Report on Reconnaissance Study and Survey of Projected Railroad Line from Bariloche to Colonia 16th of October”. 261 coincidiendo el camino troncal norte-sur con la antigua ruta nacional 40. Desde allí entiende que debería administrarse el servicio de automóviles y el mantenimiento de las rutas de la región. Finalmente, la síntesis elaborada por Willis acerca de los “Estudios relacionados al ferrocarril de San Antonio al lago Nahuel Huapi y a varios ramales del mismo” (NP2:78-89), retoma algunas de las observaciones realizadas en las dos campañas de 1912 y 1913 con el propósito aparente de incluirlas en un informe al ministro. En primer lugar, se refiere al trazado definitivo del ferrocarril de San Antonio desde su punta de rieles, Huanuluan, hasta Bariloche y la naciente del Limay. Hace notar que los estudios de Raeburn y Morgan, en colaboración con el director de la obra, el ingeniero Jacobacci, demuestran la factibilidad de la obra en cualquiera de sus dos variantes. En segundo lugar, aborda la selección del punto terminal del ferrocarril al Nahuel Huapi en relación con el proyecto de la ciudad industrial. Como veremos en relación con este último, se desecha San Carlos de Bariloche y se remite al informe presentado oportunamente a la comisión interministerial, con el proyecto de embalse en la Segunda Angostura, formación del lago Limay, etc. Señala la conveniencia del punto elegido en función de las conexiones ferroviarias futuras con Neuquén y con Chile. En tercer lugar, considera la extensión de un ramal ferroviario del Nahuel Huapi hacia San Martín de los Andes por los lagos Correntoso y Villarino, su trazado por el paso Pilpil –estudiado por Mercer y Nelson-, el ramal a Chile por el paso Cajón Negro –también un segundo posible ramal al país hermano por el paso Huahum- y la posible conexión con Junín de los Andes y con el Ferrocarril del Sud en algún punto al oeste de Neuquén. En cuarto lugar, se refiere al trazado del ferrocarril del Nahuel Huapi a la Colonia 16 de Octubre, basándose en el estudio topográfico de Lewis y Eberly pero sin mencionar el informe preliminar de Frey. Describe su trayecto por el valle longitudinal, desde Bariloche hasta el Hoyo de Epuyén. Complementariamente, se agregan unas “observaciones” sobre los empalmes entre ese “sistema” y el proveniente del sur, en un único “sistema de los ferrocarriles patagónicos” pensado para un proyecto integral de desarrollo (idem:84). Ese sistema se compondría, además de la línea San Antonio – Nahuel Huapi, de sus ramales al norte y al sur por los valles longitudinales de la cordillera como “líneas estratégicas y esenciales para establecer la comunicación entre la Argentina propia y los territorios fronterizos, que se desarrollan actualmente por medio del país extranjero”, y como líneas de explotación racional de los recursos naturales disponibles, deteniendo el deterioro de pastos y bosques antes de que fuera irreparable. El ramal a San Martín de los Andes podría ser de trocha ancha y a vapor, pero el ramal a la Colonia 16 de Octubre, debido a sus mayores pendientes, debería ser eléctrico y de trocha menor. Sin embargo, la necesidad de una conexión de trocha ancha entre la ciudad industrial de Nahuel Huapi y la Patagonia austral llevó a la realización de levantamientos topográficos generales por Pemberton y Willis, y a la recomendación de estudiar dos rutas posibles a partir de Epuyén: siguiendo el valle longitudinal, por los lagos Rivadavia y Futalaufquen, o al sudeste, por Cholila y la estancia Leleque –empalmando con el ferrocarril a San Antonio por medio de un ramal 262 que pasaría al Alto Chubut por Fofocahuel-. La conexión de Maquinchao a Fofocahuel podría ser la línea de trocha ancha necesaria, y la construcción de la sección eléctrica de Bariloche a Epuyén podría postergarse hasta ser más conveniente. La síntesis de la compleja red de vías de comunicación propuesta puede visualizarse en el “Croquis del Ferrocarril de San Antonio y los proyectados ramales” (Willis 1914a: frente a p. 50), y definitivamente en el “Mapa general del Norte de la Patagonia” que acompaña la edición de la Historia de la CEH536. En este último se superponen dos redes de vías de comunicación: los ferrocarriles por entonces construidos y proyectados, y los caminos –sin distinguir, en este caso, los existentes de los planeados-. Los tres ferrocarriles existentes en la región norpatagónica, de norte a sur, eran el de Bahía Blanca a Zapala, el de San Antonio a Huanuluan y el de Puerto Madryn a Trelew. El primero se preveía que se prolongaría hacia el oeste, hasta un punto indeterminado. Para el segundo se diseñaron los siguientes ramales: a. Terminación de la línea principal de Huanuluan a Pilcaniyeu, Nahuel Huapi (Neuquén) y San Carlos de Bariloche (Río Negro). b. Marilafquen (Río Negro) a Fofocahuel (Chubut). c. Pilcaniyeu (Río Negro) a Paso Limay (Neuquén). d. Pilcaniyeu (Río Negro) a Paso Flores y Junín de los Andes (Neuquén). e. Junín de los Andes (Neuquén) a San Martín de los Andes, lagos Falkner y Correntoso (Neuquén), y Nahuel Huapi (Neuquén). f. San Martín de los Andes (Neuquén) a Corral (Chile) por el paso Huahum. g. Lago Falkner (Neuquén) a La Unión (Chile) por el paso Cajón Negro. h. Nahuel Huapi (Neuquén) a Piedra del Águila (Neuquén) y Neuquén, cruzando los ramales (c) y (d) en Paso Limay y Paso Flores respectivamente. i. Pilcaniyeu (Río Negro) a Fofocahuel (Chubut). j. De un punto intermedio entre Pilcaniyeu y el Nahuel Huapi a Fofocahuel (Chubut). k. San Carlos de Bariloche (Río Negro) a El Bolsón (Río Negro) y Epuyén (Chubut). l. Epuyén (Chubut) a estancia Leleque y Fofocahuel (Chubut). m. Epuyén (Chubut) a Cholila, lagos Rivadavia y Futalaufquen, y Esquel (Chubut). n. Fofocahuel (Chubut) a San Martín (Chubut). De los ramales considerados en los informes técnicos, el único que no figura en el mapa general es el de Junín de los Andes al norte, que enlazaría con el Ferrocarril del Sud. El tercero de los ferrocarriles existentes –el Central del Chubut- se prolongaría a través del Territorio del Chubut, de Trelew a Esquel, cruzando al ramal (n) cerca de Súnica (Chubut). Los tres ferrocarriles quedarían interconectados por los ramales (h) de Neuquén a Nahuel Huapi y (m) de Epuyén a Esquel, y el ramal (n) de Fofocahuel a 536 Otra versión del mismo mapa general, aunque con el agregado de algunos datos geológicos como las líneas de drenaje del Plioceno y las fallas, titulado “General Map of Northern Patagonia”, pegado a NP2:687. 263 San Martín (Chubut) los conectaría con la Patagonia Austral537. Las localidades de Pilcaniyeu y Fofocahuel se constituirían en nudos ferroviarios en los que se cruzarían los principales ramales norte-sur y este-oeste. Esta red se superpondría, como señalamos, con la de caminos. En el mismo mapa quedan señalados caminos secundarios, pero también algunos importantes como los de Junín de los Andes hacia el norte, hacia Villarrica (Chile) y hacia Piedra del Águila, del Nahuel Huapi hacia Neuquén, de Pilcaniyeu a Esquel pasando por Leleque –en un recorrido intermedio entre ramales ferroviarios paralelos-, y una serie de trazados que vincularían el Alto Chubut y la Colonia 16 de Octubre tanto con la cordillera más al sur como con la costa atlántica. Algunos de estos caminos proyectados y la centralidad asignada a Pilcaniyeu hacen pensar en que se respetó, básicamente, la propuesta técnica de Mercer. El conjunto de las vías de comunicación proyectadas se puede sintetizar como un sistema de vinculación entre la costa y la cordillera patagónica, de la región con Chile y de las partes de la zona cordillerana entre sí. El informe-síntesis de Willis y varios de los informes técnicos sobre las vías de comunicación se encuentran precedidos, en la documentación inédita de la CEH, por un escrito titulado “Ferrocarriles o Caminos Reales”, redactado por Willis en 1938 como observaciones complementarias (NP2:76-77). En él recuerda el carácter fundamental que tenían los ferrocarriles en el proyecto de Ramos Mexía: en función de ellos, esperando “el desarrollo de la competencia económica futura para justificar la construcción misma”, se hicieron los estudios del terreno cuya exactitud permitiría “ubicar cualquier obra de ingeniería” en las curvas altimétricas trazadas. Sin embargo, observa que en el cuarto de siglo transcurrido desde los estudios originales hasta entonces se habían dado cambios fundamentales en las modalidades de transporte, generándose ventajas económicas para el transporte automotor sobre caminos de construcción más fácil y económica que los ferrocarriles. Considera, entonces, que bastaría construir “caminos reales” en la zona cordillerana norpatagónica, utilizando los mismos relevamientos topográficos. Sepiurka (1997:47) interpreta, a la luz solamente del informe preliminar de Frey de 1912, la construcción tardía –terminada en 1945- del ramal de trocha económica conocido como “La Trochita”, entre Ingeniero Jacobacci y Esquel y pasando por las estancias de El Maitén, Leleque, Fofocahuel, etc., y la no concreción del ramal por el valle longitudinal de la cordillera, como una imposición de los intereses capitalistas ligados a las empresas ganaderas y ferroviarias británicas. Sin embargo, un análisis 537 Como vimos antes, la ley de fomento de los Territorios Nacionales preveía la construcción de una serie de ramales entre la Colonia 16 de Octubre (Chubut) y Puerto Deseado (Santa Cruz) pasando por las localidades chubutenses de San Martín, Sarmiento y Comodoro Rivadavia y las santacruceñas de Las Heras y Perito Moreno (entonces identificada como Lago Buenos Aires). Entre 1909 y 1914 se llegaron a construir solamente 283 km entre Puerto Deseado y Las Heras, y en esas condiciones, similares a las de la línea San Antonio – Nahuel Huapi, no cumplió sus propósitos de colonización ni de diversificación productiva. Diversos intentos de prolongarlo, en las décadas de 1920 y 1940, habrían chocado con consideraciones geopolíticas y con la competencia creciente del transporte automotor. Cfr. TORRES, CISELLI Y DUPLATT 2003 y 2004. Una puesta al día acerca de la bibliografía sobre historia de los ferrocarriles, en TORRES, CISELLI Y DUPLATT 2004:18-21. 264 completo del asunto no puede dejar de lado los extensos estudios técnicos de la CEH y el informe final de Willis, materiales donde las dificultades minimizadas por Frey –los cañones de los ríos Villegas y Foyel- fueron evaluadas en su verdadera dimensión y costos. Finalmente, la realización de la actual ruta 40 reemplazó –de acuerdo con el criterio manifestado por Willis en 1938- al ramal ferroviario intracordillerano proyectado. La realización de “La Trochita” debe atribuirse, entonces, tanto a los intereses creados por las estancias ganaderas de la zona como a la ausencia de un Estado decidido a llevar adelante el proyecto de la CEH en todas sus facetas. El Parque Nacional del Sud El informe El Norte de la Patagonia contiene una idea preliminar acerca del parque, que proviene de la experiencia de Willis en la creación del parque del Mount Rainier en los Estados Unidos y de la consideración de la zona cordillerana del Nahuel Huapi como destinada a la conservación y el turismo. Willis describe el proceso de creación del parque nacional Mount Rainier, inspirado por el geólogo alemán Karl Zittel y el alpinista inglés James Bryce, bajo el manejo estricto de la Secretaría del Interior, claramente destinado a la conservación y el turismo y determinándose sus objetos y puntos de interés (Willis 1899; 2001:37,120-121). En unas observaciones escritas en 1938 (NP2:39-40), Willis compara al Rainier con el Tronador, recuerda su iniciativa de 1883 respecto del primero y expresa su “convencimiento bien fundado e inalterable [acerca] de la utilidad y de la inspiración para la cultura nacional, promovida por la belleza y grandeza de la Natura, apropiadamente conservadas bajo la protección del Gobierno”. En la Historia de la Comisión, Willis relata la campaña del verano de 1913 como un momento de ampliación de sus objetivos: “Ahora se requería estudios económicos de gran alcance” (Willis 1943:52). La CEH se reestructuró y se dedicó al estudio más detallado de la cordillera. El primer lugar que recorrió Willis fue, precisamente, el destinado a la actividad turística: la península San Pedro y sus cercanías. Transcribe su diario del 19 de enero: “Lunes a la tarde, al campamento de Frey a 25 kilómetros al oeste de Bariloche. Martes, examinando la península de San Pedro para hallar un buen sitio donde ubicar un hotel. Miércoles, escalando alturas y bajando de ellas” (idem:54). A la vista de las referencias presentes en sus memorias, como veremos más adelante, lo que Willis llama en esta primera aproximación “península de San Pedro” sería la franja intermedia entre los lagos Nahuel Huapi y Moreno. Por otra parte, en El Norte de la Patagonia caracteriza la zona turística al oeste de Bariloche como conformada por tres penínsulas: Campanario –la que actualmente denominamos San Pedro-, Llao Llao y San Pedro, comprendidas entre el Nahuel Huapi y el cerro López (Willis 1914a:434). Volviendo al relato histórico, Willis describe la zona como poblada desde veinte años antes, con sus bosques incendiados pero con “hermosos sitios para la edificación de residencias, […] una de las combinaciones de lago, montaña y bosque más magníficas que se puede[n] soñar para lugar de veraneo” una vez que recuperara su vegetación 265 para “un pueblo que carece de lugar de veraneo en todo el dilatado campo de ‘las pampas’”. Imagina que “la inclinación o la necesidad se desarrollarán y producirán el ambiente” de “una comunidad de villas” accesible por tierra y por agua, ubicada sobre el camino a Chile que se abriría por Puerto Blest y el paso Pérez Rosales. Para ese fin, el gobierno “debería dar en arrendamiento pequeñas parcelas de tierra […] o vender lotes a largos plazos […] en forma similar a lo dispuesto por las leyes australianas […]. La construcción de un hotel en cada zona, sería la mejor forma de hacer conocer las tierras en ella” (Willis 1943:55-56). Desde allí, guiado por el colono suizo Félix Goye, Willis ascendió a lo que presumimos que serían –por el tipo de camino y por las referencias al Tronador y al López- los cerros bautizados con su nombre (cfr. Biedma 1967:253). La información derivada de ese primer recorrido es la que se vuelca en el anteproyecto de Parque Nacional presentado al Ministerio de Agricultura, publicado en el primer tomo de El Norte de la Patagonia y cuya versión completa obra en la documentación depositada en Parques Nacionales (NP2:9-13). El parque proyectado se componía de algunas reservas –entre ellas, la donación de tierras hecha por Francisco P. Moreno en la costa sudoeste del gran lago con ese fin538-, terrenos fiscales y algunas fracciones particulares. La versión completa del escrito hace referencia a la necesidad de expropiar los terrenos particulares ubicados en los lugares más deseables y accesibles, pero como un mínimo de población permanente se consideraba necesaria para la producción básica y el mantenimiento del parque, “la ley debe establecer condiciones bajo las cuales pobladores podrán ocupar ciertos terrenos sin perjuicio del control esencial para el objeto del Parque como propiedad de toda la Nación” (NP2:13). Se prevé la comunicación ferroviaria con Buenos Aires y caminos a San Martín de los Andes, Neuquén, la colonia 16 de Octubre y Chile; se describen “el aire fragante, las aguas cristalinas, los rincones umbrosos y las hermosas vistas [que] invitan al descanso y al reposo” (NP2:10; Willis 1914a:429); se propone una extensión de 440 leguas para el parque –llegando hasta los lagos Villarino, Falkner y Traful al norte, el valle del Limay y la divisoria de aguas al este y los ríos Villegas y Manso al sur- y la creación de un parque chileno adyacente; se invita a la ubicación de “hoteles, villas de campo y recreos de toda clase”, especialmente en las penínsulas San Pedro y Llao Llao. Finalmente, se define: 538 En recompensa por su desempeño como perito en el conflicto limítrofe con Chile, el Estado argentino le otorgó a Moreno, en 1902, la propiedad de veinticinco leguas cuadradas (unos 80 km2) al sudoeste del Nahuel Huapi. Moreno, a su vez, devolvió en 1903 tres leguas al Estado en la zona de Puerto Blest y la laguna Frías, para que se creara con ellas un parque nacional (cfr. la donación en NP2:23-24 y en http://www.bariloche.com.ar/museo/docu.htm). En 1912 Moreno presentó en la Cámara de Diputados, sin éxito, un proyecto de Parque Nacional del Sur que disponía la expropiación y el relevamiento de una extensa zona de la cordillera norpatagónica: de la divisoria de aguas al norte del lago Traful hasta los ríos Villegas y Manso, y desde el límite con Chile hasta los ríos Limay y Pichileufu (REPÚBLICA ARGENTINA 1912b:982983). Moreno fundamentaba la idea en el proyecto de la ciudad industrial, la “nueva Ginebra” de la “Suiza argentina” soñada por Ramos Mexía. En 1919 el gobierno nacional amplió la reserva de 1903 a un área de 780.000 ha, en 1922 se creó una comisión de personalidades porteñas y barilochenses de la que formaba parte, entre otros, Emilio Frey, y en 1934 se creó definitivamente el Parque Nacional Nahuel Huapi, que abarca actualmente 705.000 ha (BUSTILLO 1968:8889; http://www.parquesnacionales.gov.ar). 266 “¿Qué es un Parque Nacional? ¿Una región salvaje destinada al placer de cazadores o alpinistas ocasionales que tengan deseos de afrontar las dificultades de los cerros despoblados? Es una concepción que parece común, pero que no tiene razón. Un Parque Nacional es una zona reservada por el Estado para el placer y el bienestar de toda la población.” (Willis 1914a:430) La sensibilidad universal por lo imponente justificaba la presencia de parques tanto en los Estados Unidos como en la Argentina, en torno de las cataratas del Iguazú en el norte, y del Nahuel Huapi y el Tronador en el sur. Más allá de lo que decidieran los argentinos, Willis proponía abrirlo a las comunicaciones terrestres y lacustres, edificar un hotel central y varias hosterías menores, conceder lotes a particulares pudientes por plazos largos –al modo de los arrendamientos australianos-, edificar por el Estado chalets modestos arrendables por mes, y asignar lugares para campamentos, de modo de habilitar al acceso a todas las clases sociales (idem:431). Ya en la sección correspondiente al desarrollo futuro de Bariloche y la ciudad industrial de Nahuel Huapi, considera la zona turística al oeste de Bariloche como ideal para el veraneo, y al lago Moreno –cuyo entorno compara con “las peñascosas costas de Maine”- apto para los deportes acuáticos (idem:435). Willis planeaba escribir una obra específica sobre el parque y esbozar su reglamento, para cuyo fin realizó varias exploraciones desde las alturas y encargó estudios concretos, como el del trazado de un camino de Bariloche a la península San Pedro (Willis 1943:109) y el de un hotel de turismo. Algunos avances en estos sentidos se encuentran en la documentación reunida para el tomo 2 de El Norte de la Patagonia. Allí se encuentra el bosquejo de un informe de enero de 1915 (NP2:14-22), que Willis no parece haber llegado a escribir entonces, con un listado de sesenta y una vistas para ilustrar el proyecto. Más interesantes son otros documentos, como un proyecto de ley para el Parque Nacional del Sud (NP2:25-30) y un anteproyecto arquitectónico para el hotel rústico del lago Moreno (NP2:35-38). El proyecto de ley preparado por Willis propone: • La fijación de los límites del parque en el perímetro descripto en su informe, declarándolo “reservado a los usos y objetos del Parque Nacional con todo lo que contribuya a la belleza, sanidad y tranquilidad de la naturaleza, como también a su aprovechamiento como centro de recreo y descanso para todos”. • La clasificación de las tierras incluidas en reservas absolutas -exclusivamente públicas e inalienables- y reservas condicionales –donde se permitirían propiedades privadas condicionadas por normas sobre conservación, plantación y explotación de bosques, caza y pesca, pastoreo, etc.-. • La autorización al Estado a expropiar propiedades particulares. 267 • La autorización al Estado para conceder hoteles, medios de comunicación, obras hidráulicas y demás obras públicas “sin enajenar ningún elemento de la naturaleza del Parque” ni permitir monopolios permanentes. • La aplicación del producto de la venta de tierras fiscales de reserva condicional, de los arrendamientos y de las concesiones, al presupuesto del Parque. • La administración del parque por un director nombrado por el Poder Ejecutivo, residente en el parque, dependiente de la Dirección General de Territorios Nacionales, dotado de personal subalterno y remunerado como un gobernador de Territorio. Deja abierta la posibilidad de que el Parque Nacional se transforme o quede incluido en un nuevo Territorio, en cuyo caso su director será a la vez gobernador. • El encargo al director del Parque de velar “especialmente por la conservación, explotación razonable y replanteo de los bosques”. Comparando la iniciativa argentina con su experiencia de Mount Rainier, Willis veía como símbolo del parque argentino al monte Tronador. San Carlos de Bariloche – por entonces apenas “un pueblo disperso de cabañas techadas” con “una hostería de frontera” (Willis 2001:121)- serviría de terminal ferroviaria para los visitantes que se dirigirían a “un hotel amplio, diseñado apropiadamente para el placer y las actividades sociales, con terrenos acondicionados para los deportes populares y un establo con buenos caballos de montar”, ubicado “a unos 180 metros por encima del lago y a veinte minutos de la estación, con una vista soberbia del lago y de los Andes nevados” (idem:122). La altura en la que preveía la ubicación del hotel de turismo (Willis 1943:109) es el cerro Runge o Viejo, actualmente en el oeste del centro urbano de San Carlos de Bariloche. Además planificaba la construcción de un hotel rústico más alejado, en la ubicación aproximada del actual hotel Llao Llao: “Este lugar de vacaciones se encontraba entre quince y treinta kilómetros al oeste de Bariloche, en medio del paisaje encantador de la península San Pedro539. […] La zona todavía era salvaje y ruda, había sido desfigurada por el fuego y el destrozo ignorante, pero podía recuperarse. Relevamos las rutas que haría falta construir y planeamos una hostería rústica ubicada lejos, en el extremo occidental, mirando hacia la entrada del Brazo de la Tristeza y los límites más lejanos del lago Nahuel Huapi.” (Willis 2001:122; cfr. 1914a:435) Esta última hostería “sería una parada en el camino a Chile” que –según el mapa de la p. 98- correría a lo largo de la costa sur del lago Moreno540, cruzaría con un 539 Por la distancia que da respecto del pueblo de Bariloche y por el mapa de la p. 98, es claro que Willis, como ya hemos señalado, no se refiere a la península San Pedro propiamente dicha sino a la franja de tierra encerrada por el lago Nahuel Huapi al norte y el lago Moreno al sur, que comienza por el este en Puerto Moreno y termina al oeste en la península Llao-Llao. 540 Siguiendo el trazado actual de la ruta provincial 79. 268 puente el brazo de la Tristeza y se adentraría en el brazo de Puerto Blest, igual que la Axenstrasse del lago de Lucerna, “bajo arcos de granito, abriéndose sobre vistas soberbias” (idem:122-123). El anteproyecto encargado por Willis a un arquitecto de Bariloche –cuya firma nos resulta ilegible- y datado en marzo de 1914 (NP2:35-38) concibe, curiosamente, al hotel como un panóptico de hall central octogonal y alas en cada lado, con amplias instalaciones para cien turistas. En síntesis, el proyecto del Parque Nacional del Sud fue el primer objetivo que atacó la CEH en el marco del proyecto de desarrollo integral del área cordillerana norpatagónica. Fue una idea fuertemente influenciada por el precedente estadounidense y articulada en torno de la visión de un Estado nacional que delimitaría un espacio territorial dándole, inclusive, el status político de Territorio Nacional o de Provincia aunque el proyecto no plantea ni resuelve la contradicción entre la autonomía que tendría una Provincia cordillerana y la presencia fuerte del Estado nacional en el Parque-. El parque cumpliría el doble propósito de conservar bajo un régimen de explotación racional los recursos naturales en general y el bosque en particular, y de ofrecerlos para el disfrute turístico democrático del pueblo de la nación, lo que implicaría una importante intervención estatal en la creación de infraestructura y en la regulación de su funcionamiento. La Ciudad Industrial de Nahuel Huapi Complementariamente con el Parque Nacional, el proyecto de desarrollo cordillerano contenía, como ya hemos señalado, la idea de un desarrollo industrial centrado en la futura ciudad de Nahuel Huapi. Su diseño detallado era, según Willis (2001:166), uno de los aspectos incompletos del plan o de los estudios faltantes al caer Ramos Mexía, en 1914, junto con el trazado de una ruta de Bariloche al paso Pérez Rosales y el desarrollo turístico del Parque Nacional. Efectivamente, en la misma campaña del verano de 1913 que Willis dedicó a la exploración de la futura zona turística cordillerana y de las zonas colonizables hasta el noroeste chubutense, se comenzó a dar forma a esta otra idea. El “gran sueño” inicial del “gran patriota” Ramos Mexía consistía en “una ciudad progresista de muchos miles de ciudadanos industriosos ocupados en las manufacturas, el comercio, la educación y los deportes, ganando prosperidad para ellos mismos y riquezas para la República de los recursos de la Cordillera, y recibiendo del medio ambiente el vigor, la inspiración necesaria para la elevación del pensamiento y de la iniciativa nacional.” (Willis 1943:96; cfr. 1914a:436) Sería la capital de una provincia que iría desde Junín de los Andes hasta la Colonia 16 de Octubre, situada sobre un ferrocarril transcontinental y en el área del lago Nahuel Huapi. La sección oeste del lago quedó descartada porque “no era 269 consecuente con los fines del Parque que la industria entorpeciera la tranquilidad de la naturaleza” (Willis 1943:97). Un decreto presidencial de febrero de 1913 creó una comisión interministerial sobre el asunto, que debía ser informada por Willis (Willis 1914a:437). Figura 1 Las ideas centrales del informe (NP2:222-270) fueron posteriormente volcadas en el final de El Norte de la Patagonia (Willis 1914a:432-442). El informe contiene el mapa del lugar de la ciudad y del futuro lago Limay, dibujado por Willis (NP2:222) [Figura 1], un esquema general del trazado urbano (idem:223), el texto del proyecto y otros materiales complementarios. En el proyecto, el geólogo explica el encargo ministerial y la entrega de un informe preliminar, en enero de 1913, “en el cual se indicaba la posibilidad de embalsar el río Limay por medio de un dique, formando en el valle del Limay un lago confluente con el lago Nahuel Huapi, y delimitando un sitio apto para la ciudad entre los dos lagos” (idem:224). Como consecuencia de ese informe se creó la comisión formada por los directores de Territorios Nacionales, de Irrigación y de Ferrocarriles, que en abril convocó a Willis a Buenos Aires. El informe de Willis comienza explicando las razones de fondo que llevaron a Ramos Mexía, “estadista perspicaz” (Willis 1914a:437), a prever un desarrollo industrial de la cordillera norpatagónica y a encargar los estudios, dadas determinadas materias primas, disponibilidad de energía hidroeléctrica y mercado consumidor en la Argentina agrícola. Si los Territorios norpatagónicos fueran destinados exclusivamente a la ganadería y la exportación, “sólo habría ocasión para el desarrollo de una población de negociantes extranjeros en el término del ferrocarril”, idea que no era la del ministro Ramos Mexía (NP2:226). En el Nahuel Huapi estaban la fuente de energía, las materias primas, el clima propicio y se veía “atractiva la naturaleza para la 270 gente vigorosa de las naciones industriales del norte”, para la producción de textiles, artículos de cuero, de madera, sustancias químicas y nitratos fertilizantes. La Argentina producía y exportaba las materias primas de buena parte de los productos manufacturados que importaba, pero el crecimiento de su mercado interno marcaba una tendencia a romper esa dependencia, sustituyendo el costoso carbón por la energía hidroeléctrica (Willis 1914a:438; NP2:227-228). En el resumen publicado se señalan las previsiones acerca de las “futuras ciudades” convenientes en función de los medios de comunicación y del desarrollo de industrias, incluyendo a Bariloche, aclarando que se trata de un bosquejo y que los estudios técnicos correspondientes se publicarían en el segundo tomo del informe. La mirada se centraba en el sector oriental del lago Nahuel Huapi, de costas bajas y despejadas, distinto del sector boscoso occidental: “El descanso y el recreo son tan naturales en un medio, como la actividad y el comercio lo son en el otro” (Willis 1914a:432-433), y Bariloche estaba en la divisoria. Comparando a Bariloche con Lucerna como centro turístico, se observaba que su terraza costera era apta para un centro mercantil con estación ferroviaria y muelle, y las terrazas superiores y las faldas del Ottoshöhe (cerro Otto) para el turismo. Pero San Carlos de Bariloche no fue considerado un lugar apto para la ciudad industrial, por sus limitaciones topográficas, su exposición a los vientos y su ubicación a la entrada del futuro Parque Nacional (NP2:235; Willis 1914a:440; 1943:98). La desembocadura del Nahuel Huapi sería el punto de convergencia de los futuros ferrocarriles a San Antonio, a Neuquén, a Valdivia, a San Martín de los Andes, y de los caminos al Alto Chubut y al valle central que bordea el lago Gutiérrez, y por lo tanto el punto elegido para la nueva ciudad industrial. El sitio sobre la Segunda Angostura contaba con un llano de 1.100 ha541 con suave declive, accesibilidad a los futuros ferrocarriles y a la navegación por el Limay, disponibilidad de agua, protección de los vientos y separación de la zona turística por la morena del Nahuel Huapi (Willis 1914a:440-441). El informe completo, inédito, contiene mayores precisiones. Los requisitos para el sitio de la nueva ciudad eran: acceso tanto al ferrocarril como a aguas navegables, topografía favorable, disponibilidad de agua, resguardo de los vientos y no interferencia con la conservación de la naturaleza y la actividad turística (NP2:228-229; Willis 1914a:439). El sector este del Nahuel Huapi accedería al ferrocarril, pero pocos puntos están al abrigo del viento. La fuerza motriz en esa zona sólo la podría proporcionar el Limay; ya el ingeniero Severini –director de Irrigación- había previsto embalsar la Primera Angostura para regular su caudal, pero la caída sería insignificante. Los conocimientos geológicos previos llevaron entonces a Willis a explorar la “llanura de resaca” existente más allá de la morena glaciaria del Nahuel Huapi, en el valle del Limay, encontrando una segunda morena más antigua a la que llamó Segunda Angostura, en la que previó construir la represa que dotara a la futura 541 En El Norte de la Patagonia dice 11.000 ha, pero se advierte por lógica y por el mapa y proyecto de Willis que son 1.100 (NP2:222, 236 y 262; cfr. idem:79). 271 ciudad de energía hidroeléctrica (Willis 1943:97-100). En el informe se explica el estudio del lugar realizado por los ingenieros Nelson –de la CEH- y Gilardi –de la Dirección de Irrigación- y la posibilidad de construir un dique de bajo costo y 40 m de altura (NP2:232-233). En conclusión, se comparan tres ubicaciones posibles: en Chacabuco, en San Ramón y en el arroyo Castillo, siendo la primera –al noreste de la morena del Nahuel Huapi- la que reunía mejores condiciones (idem:233-234). El plano de la futura ciudad prevé una población de 100.000 habitantes –Willis la llama “la Mendoza del Sud” para subrayar su importancia-, la instalación de varios rubros de industria, la formación del lago Limay y su unión al Nahuel Huapi por la canalización del río, el estudio de accesibilidad a las vías de comunicación, la navegabilidad del Limay, y el aprovechamiento sostenible de la naturaleza, “como también la comodidad y salud de la población” (NP2:235-236). A continuación describe la localidad en sus detalles físicos, su futura subdivisión en cuatro distritos urbanos manufacturero, comercial-obrero, residencial y militar-ferroviario-, el diseño detallado de las calles, avenidas, diagonales, plazas, parques, manzanas y lotes de acuerdo a los distintos usos, las previsiones para el abastecimiento de agua desde el río Ñirihuau – comparando el sitio con el de Salt Lake City en cuanto a su aridez original- y el consumo del elemento –comparado con el de Washington y otras ciudades estadounidenses-, el sistema de cloacas, el acceso por ferrocarril y por caminos en los distintos rumbos previstos, el puerto, la navegabilidad de los lagos y la regulación de su altura, los materiales de construcción disponibles –previendo tanto la escasez de maderas como la prohibición absoluta de abrir canteras de granito en “la naturaleza majestuosa del Parque Nacional […], aún en cañadones retirados”-, los límites del ejido y su desarrollo futuro -calcula una población futura de entre 40.000 y 100.000 habitantes, en una ciudad que sería el mayor centro de la cordillera al sur de Mendoza y una de las primeras ciudades de la Argentina- (idem:237-261). La descripción de las obras de abastecimiento de agua abunda en detalles técnicos. El plano de la ciudad y el diseño de los distintos tipos de calles y manzanas se encuentran dibujados por Willis (idem:307-311), e incluso el estadounidense esbozó una vista de la futura ciudad sobre una foto del sitio (idem:346). Tres apéndices (idem:262-270) se dedican a aspectos específicos del proyecto: el valor de las tierras a sumergir y las condiciones de su expropiación –por la elevación del nivel del Nahuel Huapi prevé, por ejemplo, la pérdida de la huerta de Christian Boock en Puerto Manzano-, el embalse en la Segunda Angostura y el lago Limay -previendo que para la total regulación del Limay también deberían embalsarse “los otros lagos tributarios […] hasta el Aluminé”- y el cálculo del caudal del río Ñirihuau542. Una breve síntesis de este proyecto cierra, como ya dijimos, el primer tomo de El Norte de la Patagonia (Willis 1914a:441-442), y algunos de sus aspectos también se encuentran desarrollados en un documento sin firma titulado “The City of Nahuel Huapi” (NP2:292-306). 542 Willis insiste aquí en que los cálculos del caudal del Limay y del Ñirihuau son aproximados y provisorios, y se remite a la obra de Gualterio Davis Clima de Argentina (1910). 272 Sin haber accedido a la documentación inédita de la CEH, Lolich (2001) alcanza a destacar algunas características del diseño que dan fe de las influencias en él de modelos teóricos de prestigio internacional. Por ejemplo, elementos característicos de la ciudad liberal como los distritos diferenciados, el ferrocarril y las diagonales, o el influjo de los modelos estadounidenses de Washington y Chicago. En esta ciudad de nueva fundación se destacarían, según Lolich, las instalaciones militares y la universidad –una originalidad absoluta en el contexto latinoamericano, precursora de ciudades universitarias erigidas décadas después-, y en cambio brilla por su ausencia una institución tan tradicional en Latinoamérica como la Iglesia Católica. También es de destacar la continuidad de la idea de la ciudad de Nahuel Huapi en un proyecto del urbanista José María Pastor, del año 1948 (idem:11-12). En el informe de la comisión interministerial al ministro Ramos Mexía, elevado en junio del mismo año (NP2:271-290), se evalúan varios aspectos del proyecto. En cuanto a la ubicación del punto terminal del ferrocarril de San Antonio al Nahuel Huapi y la ubicación de la ciudad industrial, la comisión adopta el punto de vista de Willis, manifestando su coincidencia con “los fines patrióticos” de elaborar en origen las materias primas disponibles con el auxilio de la energía hidráulica “barata, fácil y abundante”. Sin embargo, contrapone al proyecto Segunda Angostura el proyecto original de Severini, de un dique en la Primera Angostura, que permitiría la producción de una energía menor pero apreciable, y el aprovechamiento bajo regadío del valle del Limay hasta la Segunda Angostura, en lugar de su inundación, dejando la solución definitiva sujeta a estudios futuros. Otro punto novedoso que se introduce es el de la posible revisión de los límites de los Territorios Nacionales en la región, y la posible ubicación de la capital de un nuevo Territorio en el Nahuel Huapi, reuniendo fines administrativos y turísticos. Para que la hipotética nueva capital tenga vista al lago, se propone ampliar urgentemente el área a expropiar a toda su cabecera oriental –antes de que las obras de desarrollo del lugar multiplicaran los precios de las tierras543- y considera la instalación provisoria de la capital en Bariloche. El área a expropiar se ampliaría enormemente e incluiría al pueblo de Bariloche, pero se recomienda no alterar la propiedad de los pobladores existentes allí, y suspender la venta prevista de lotes en torno del Nahuel Huapi. La cuestión de la posible expropiación de tierras nos permite acceder a un largo listado inicial de pobladores del área –con abundantes agregados y enmiendas manuscritas- (NP2:342-344).544 El informe aclara que la lista proviene de una elaborada por el Sr. Giovanelli, inspector de Bosques de Bariloche, en diciembre de 1912, verificada por el inspector de Tierras del Ministerio de Agricultura y comparada con los archivos de la Dirección de Tierras y Colonias, pero como “quedan indeterminadas 543 La idea de una expropiación amplia había sido defendida pocos meses antes por Francisco Moreno en el Congreso de la Nación, en el marco de su proyecto de Parque Nacional del Sur. Cfr. nota 338. 544 Agradezco a Susana Lara las precisiones acerca de la cuestión de las tierras en torno del Nahuel Huapi en la época bajo análisis. 273 algunas cuestiones sobre decretos, títulos y límites, […] la lista incluida sólo tiene un valor aproximativo” (NP2:284). Finalmente, la comisión interministerial propone, mediante un listado depurado (NP2: 318-320), expropiar 10.000 ha de Jarred Jones, 7.000 ha de Liborio Bernal, 3.000 ha de la estancia San Ramón, las de propietarios como la Compañía Chile-Argentina, Mesas, Boock, Goedecke, Becker, Huenul, Baillet, Juergens, Nahuelquin, Millán, Goye, Lebau, Parsons, y las de una larga lista de poseedores de títulos provisorios en la que se mezclan apellidos europeos de pioneros como Runge, Capraro, Muehlempfort o Benroth con apellidos mapuches e hispanocriollos como Vargas, Vera, Nahuelquin o Cheuquepil. A los abundantes pobladores rurales existentes –sobre un total de unas 30.500 ha- se propone dejarle a cada uno diez hectáreas para agricultura y cien cabezas vacunas en tierras fiscales. A pesar de que la comisión planteaba inicialmente expropiar la cabecera oriental del lago, el posterior listado de lotes incluye también la expropiación de todas las tierras que rodean los brazos Huemul, Última Esperanza, Rincón, Machete y Puerto Blest del Nahuel Huapi -que se extienden al norte y noroeste (lotes 1 al 76)-, una fracción al oeste del brazo de la Tristeza (lote 77), una en la cabecera norte del lago Gutiérrez (lote 110), una al sudeste de San Carlos de Bariloche (lote 116), los lotes correspondientes a la Colonia Suiza (lotes 83 a 85), y la reserva de toda una franja de tierras que van desde el sur del lago Moreno a la costa del Nahuel Huapi frente a la península San Pedro (lotes 86 a 88, 94 y 95), además de otros lotes fiscales en las mismas áreas antedichas (lotes 16, 22, 36, 51, 56, 57 y 82). Esto nos hace pensar en que el proyecto de expropiación incluiría las áreas que se preveía resguardar bajo la figura del Parque Nacional, pero sin embargo quedan fuera de la expropiación prevista –salvo las excepciones señaladas- las tierras costeras de los lagos Nahuel Huapi y Gutiérrez desde al brazo de la Tristeza hasta San Carlos de Bariloche, y los alrededores del mismo pueblo. Finalmente, sobre la base de un detalle preparado por Willis (NP2:312-316), se propone y se presupuesta una serie de trabajos preliminares a cualquier otra obra pública: la expropiación de las tierras, un levantamiento definitivo del sitio de la ciudad en escala 1:5.000 y del resto de la zona de 400 km2 en escala 1:20.000, el trazado definitivo del ferrocarril, la realización de obras de riego para la ciudad industrial, los estudios para el embalsamiento del Limay y la colocación de un puente sobre el río en su nacimiento. Un escrito posterior de Willis titulado “Embalse del río Limay en la Segunda Angostura, 1914” (NP2:350-358) amplía y defiende su punto de vista sobre el tema. Señala que los proyectos previos, del ingeniero Lange, de la Oficina Meteorológica, y del ingeniero Decio Severini, director de Irrigación, se proponían la regulación del caudal del Limay pero no la generación de energía que necesitaría la ciudad industrial. Se pregunta si hay algún proyecto alternativo al suyo pero de menor costo -un punto que ya había explorado Severini al proponer o bien el aprovechamiento de otros arroyos de la zona o bien la construcción de un canal a partir del dique en la Primera Angostura-, y observa que el agua que Severini proponía usar para riego en el valle del 274 Limay sería mejor aprovechada en el Alto Valle del río Negro. Los estudios de costos no muestran alternativas válidas al proyecto de Willis y los estudios posteriores de los ingenieros Gilardi y Bjerregaard y los propios de Willis confirman su factibilidad, pero señalan una alternativa en cuanto a la ubicación del dique: Gilardi propone construirlo un poco más abajo545. Willis prevé salvar la navegabilidad del Limay mediante esclusas, e instalar una usina eléctrica. En una serie de observaciones agregadas en 1938 (NP2:347-349), Willis abunda en la explicación de la historia geológica del lugar y su relación con el diseño del dique, que entiende que debería ser construido con materiales de la morena elegidos y apisonados –como hay varios en los Estados Unidos- y no de mampostería. Finaliza señalando que ni el dique ni la ciudad se habían construido para entonces, pero: “Hemos descubierto la Ciudad de los Césares. No hay más que construirla”546. La ciudad industrial de Nahuel Huapi, la Mendoza del Sur o la nueva Ciudad de los Césares, núcleo duro del proyecto de desarrollo de Ezequiel Ramos Mexía, fue imaginada y representada en sucesivas aproximaciones. A diferencia del proyecto del Parque Nacional o de otros aspectos del plan norpatagónico, el proyecto de la ciudad fue cuidadosamente examinado, a iniciativa del presidente Sáenz Peña, por funcionarios de otros departamentos del gobierno nacional. Finalmente, el proyecto sufrió los vaivenes de la crisis política que acabaría con la carrera política de su mentor. El plan de colonización y los sujetos del progreso En febrero de 1913, acampando junto al lago Hess en busca del paso de los Vuriloches, Willis pasó un día lluvioso “redactando un plan para la colonización de los Andes, que más tarde fue aprobado por Ramos” (Willis 2001:128). El plan no formaba parte de los estudios previstos y se conecta, como ya veremos, con otros escritos de Willis acerca del tema de la inmigración, pero su interés radica en que forma parte de un mismo mapa conceptual con los otros aspectos que consideramos partes fundamentales del plan norpatagónico: el Parque Nacional, la Ciudad Industrial y las vías de comunicación. Por añadidura, es el documento que mejor expresa las ideas de Willis acerca del rol del Estado en el proyecto de desarrollo norpatagónico del reformismo. Una muestra del interés en la idea es el hecho de haber sido incluido, ese documento, en la publicación de la Historia de la CEH en 1943. 545 En una anotación manuscrita agregada por Willis en 1938, señala su desacuerdo con la propuesta de Gilardi. Las dos alternativas aparecen en el plano dibujado por Willis en 1913 (NP2:222): el de aguas abajo en el dibujo original, en tinta, y el de aguas arriba –después preferido por Willis- agregado posteriormente con lápiz rojo por el mismo autor. 546 La apelación de Willis al más antiguo mito impulsador de la conquista de la Patagonia, el de la Ciudad de los Césares, es hábil y busca excitar el imaginario de la clase dirigente argentina dotando a su proyecto de una genealogía prestigiosa. También la vista de la futura ciudad dibujada por Willis sobre una foto (NP2:346) se titula “La Ciudad de los Césares sobre el lago Limay, una visión del futuro”. 275 La comparación con Suiza, que ya era un lugar común para los exploradores de la Norpatagonia andina, le inspiró –“mientras cabalgaba por la Cordillera”- la posibilidad de sistematizar sus observaciones en un conjunto: “El gobierno poseía ciertos bienes, las tierras y las concesiones para los ferrocarriles y las obras hidráulicas. Con ellos podría atraer el capital, imponiéndole condiciones adecuadas de responsabilidad y oportunidad. Y también podría decidir sobre la calidad de los inmigrantes que ocuparán la tierra prometida. Mi mente se dirigió hacia los checos, gente del bosque e industriales de probada civilidad. Pensé en Osorno y sus prósperos pioneros teutones. La empresa podría ser exitosa, pero no lo sería si caía en manos de los burócratas. Pensando así, el día que estuve encerrado por la tormenta en el lago Hess, escribí una larga carta a Ramos describiendo las relaciones que debería haber entre el gobierno, un sindicato547 y los colonos. Un tiempo después recibí una respuesta favorable, en la que daba su aprobación al plan general. Y mientras tanto nosotros habíamos avanzado con nuestras investigaciones.” (idem:133) Tras su conversación con Hackett, el administrador inglés de la estancia Leleque, unas semanas después –“nos sentamos junto a la fogata como dos viejos compinches y discutimos silenciosamente la situación” (idem:158)-, Willis amplía sus ideas respecto de la colonización de la zona: “La provincia [de la Cordillera] necesitaba la puesta en práctica de la ley, el orden y el desarrollo. No tenía sentido esperar mejoras de los empleados miserables y corruptos que estaban al mando [de los Territorios Nacionales]. El remedio se encontraría en la introducción de buenos ciudadanos a través de la colonización dirigida, con un sindicato unido por contrato al gobierno central. Hacían falta diez o tal vez veinte millones de dólares.” (idem:159) Una copia de la carta original en inglés se encuentra entre los papeles para el segundo tomo de El Norte de la Patagonia (NP2:45-63), y el documento completo en castellano fue incluido como primer apéndice de la Historia de la CEH (Willis 1943:125-146). El autor comienza diciendo que la colonización era el propósito final de los estudios que realizaba la CEH, y que pese a lo incompleto de ellos le manifestaba las líneas generales de su plan a Ramos para que en su próximo viaje a Europa tuviera oportunidad de iniciar las gestiones pertinentes. Repite algunas observaciones 547 Willis se refiere a un syndicate, que tanto la edición del Ministerio de Agricultura de 1943 como la de sus memorias de 2001 traducen textualmente como “sindicato”. Mientras en inglés la palabra syndicate admite un significado amplio, pudiendo abarcar a cualquier grupo u organización reunido o asociado con un objetivo común, generalmente relacionado con negocios o inversiones, en castellano el término “sindicato” tiene un sentido más estricto, de asociación de trabajadores formada para la defensa y promoción de sus intereses comunes. En consecuencia, preferimos traducir syndicate como “empresa”. 276 generales sobre la región y su futuro como centro industrial, pero agrega un dato no abordado en los estudios de la CEH: los sujetos de ese desarrollo, “gentes progresistas cuya inteligencia, economía e iniciativa desarrollarán los recursos de esta maravillosa región […] tendrán inteligencia, capacidad y carácter de acuerdo con la inteligencia, capacidad y carácter de sus padres […], gentes cuya habilidad superior contribuiría al poder argentino […] hombres de habilidad y empresa en los ramos de agricultura, ganadería, comercio e industria fabril” (idem:126-127). Tanto en sus memorias como en un breve comentario escrito en 1938 sobre el plan de colonización, el estadounidense se refiere a los “checos” (Willis 2001:133) o a los “checoslovacos, cuya capacidad y espíritu democrático se han demostrado tan evidentemente” (NP2:43-44), como colonos ideales. Sin embargo, esa preferencia no consta en el plan presentado a Ramos Mexía. Tras la formulación general inicial en la que se entrecruzan proposiciones sobre lo que en la época se consideraban diferentes “razas” humanas, sobre el desarrollo económico y sobre la competencia entre las naciones, Willis entra en los aspectos prácticos de su idea. Propone la cooperación entre tres agentes: el gobierno como autoridad superior representada por un funcionario especial “de elevados sentimientos, patriota y leal como lo fue el perito Moreno” (NP2:129), seleccionado por mérito –más poderoso, mejor acompañado y remunerado que los gobernadores territorianos de entonces-, los colonos que adquirirían tierras y medios de vida, y una empresa inversora formada por hombres de reputación, “financistas con habilidad de estadistas” (idem:131), que actuaría como agente de colonización siendo remunerada con dinero, tierras o franquicias. La empresa proveería un capital inicial; fomentaría la colonización mediante la publicidad en los Estados Unidos y Europa, la investigación acerca de los posibles colonos y su ubicación en las tierras cordilleranas sin endeudarlo; sería remunerada con tierras cuando cada colono recibiera la propiedad de las suyas; realizaría obras públicas de transporte y las explotaría bajo regulación estatal incluidos un camino longitudinal de San Martín de los Andes a la Colonia 16 de Octubre y sus ramales, un ferrocarril en los mismos rumbos, tranvías eléctricos y vapores locales-, quedando la línea de San Antonio a Chile en manos del Estado, y podría realizar obras de energía hidráulica en forma subsidiaria del Estado. Estas últimas se consideraba que debían ser de construcción estatal, aún cuando fueran concedidas temporalmente a la empresa, y destinadas finalmente a la propiedad de la comunidad beneficiaria. La empresa también iniciaría, sin establecer monopolios, el desarrollo de manufacturas de lana y cuero –y, posteriormente, de carnes, lácteos y maderas- destinadas a los grandes centros urbanos y consumidores del país, compitiendo con productos extranjeros bajo condiciones de protección arancelaria y 277 percibiendo también un subsidio estatal por tiempo limitado –bajo un régimen similar a los de promoción industrial que se aplicaron en épocas posteriores-: “La nación necesita el elemento económico de manufacturas domésticas. El Gobierno podrá promover, sabiamente, el desarrollo de aquel elemento como Estados Unidos lo hizo por medio de derechos aduaneros proteccionistas hasta que tal expediente no fue más necesario. Pero aquí la posición es que las manufacturas deben ser establecidas en una más o menos remota y desconocida región, y si las tarifas aduaneras resultan insuficientes para satisfacer al capital, entonces podría concederse un subsidio […] sobre el valor de mercaderías fabricadas y vendidas en la Argentina.” (idem:137-138) Las oportunidades de inversión para la empresa serían principalmente la compra de tierras, la realización de usinas energéticas y vías de comunicación, y el comercio, pero encontraban las limitaciones de no haberse terminado el ferrocarril de San Antonio al Nahuel Huapi y de no haberse adoptado todavía una política definida de tierras en el área, mensurándolas y subdividiéndolas de acuerdo con su clasificación. Los colonos, considera Willis, no deberían ser “inferiores a los agricultores de los Estados Unidos en el término medio de inteligencia, educación e iniciativa”, es decir “superiores al término medio del campesino alemán, francés o inglés” (idem:141), debiendo haber recibido instrucción escolar hasta los 14 años, ser personas honorables y cubrir sus gastos de traslado e instalación en la zona: “el colono será el padre del futuro ciudadano”, y no se debería repetir la experiencia de las empresas colonizadoras que convertían a los inmigrantes en dependientes porque en la cordillera norpatagónica “la Naturaleza exige hombres fuertes para devolverles su fuerza en hijos vigorosos” (idem:142). La empresa facilitaría este resultado conviniendo con las empresas de transporte tarifas reducidas e instalando en el Nahuel Huapi una proveeduría que vendiera a bajo costo. Esta operativa y el hecho de que la empresa recibiría tierras solamente cuando las adquiriera el colono, producirían una identidad de intereses. El Estado concurriría a estos objetivos dictando una ley de colonización de la zona cordillerana, mensurando y subdividiendo la tierra, haciendo un contrato con la empresa, facilitando el traslado de los colonos, mejorando la eficiencia de la administración pública territoriana, asegurando la educación de la nueva comunidad y prestando servicios de correo, telégrafo, teléfono y caminos. Siendo, de acuerdo con los primeros estudios, limitadas las tierras agrícolas disponibles, todas ellas serían cultivadas eficazmente si se las distribuyera a razón de entre 20 y 50 hectáreas por familia, dependiendo de su ubicación y calidad, y entregándose las tierras de pastoreo en arrendamiento. Esto resultaría en el establecimiento de unas sesenta familias por legua de campo agrícola, pudiendo colocarse entre 2.000 y 3.000 colonos por año. El ejemplo del Far West norteamericano vuelve a ser útil: “Gente independiente e inteligente ha ido allí de a miles, sin auxilio, y sin otro aliciente que el del ofrecimiento de tierras libres (homesteads) […], pero todo 278 depende de la confianza que el Gobierno puede inspirar” (idem:146). Como es constante en el discurso de Willis, todo progreso posible se muestra condicionado a prácticas políticas tan precisamente determinadas como difíciles de lograr en el contexto del Estado argentino de esos años. Inmediatamente a continuación de la carta del lago Hess, en la documentación para el segundo tomo de El Norte de la Patagonia, Willis agrega tres escritos sin fecha titulados “Principios de una base de fomento” (NP2:64-65), “Base de un acuerdo de fomento” (idem:66-67) y, en inglés, la “Propuesta base de un contrato entre el Gobierno argentino y una empresa para desarrollar la población y los recursos de la Patagonia Norte por medio de los ferrocarriles, las tierras y las aguas”549 (idem:68-74). La “Base de un acuerdo…” mencionada en segundo término es la traducción de las condiciones contractuales previstas en la “Propuesta…” redactada originalmente en inglés. En el primero de los documentos se sintetiza la política de fomento de los Territorios por medio de los ferrocarriles estatales, señalando que el Gobierno estaría dispuesto a completar las líneas proyectadas concediendo las obras “bajo condiciones liberales” y a largo plazo a una empresa que luego se los devolviera sin cargo. Observa la necesidad de subdividir las tierras de acuerdo con su clasificación y con la disponibilidad de agua, y también la necesidad de conservar la propiedad estatal sobre las aguas y su energía, pudiendo concederse a empresas la realización de las obras y su explotación por un tiempo. La propuesta de contrato comienza considerando, a modo preliminar, las diferencias entre la meseta y el área cordillerana, la presencia en los campos ganaderos fiscales de ocupantes irresponsables que no pagan arrendamiento y causan serios daños, y la destrucción de los bosques por el fuego, y señalando la urgencia de poner esos recursos bajo el control eficiente del Estado. También se retoman las ideas básicas del plan de fomento mediante los ferrocarriles y la venta de tierras fiscales, observando la necesidad de disponer de mejores conocimientos. En un plano más general, se consideran la dependencia de la Argentina respecto de las manufacturas europeas y las posibilidades e interés en desarrollar industrias propias con los recursos de la región y sin endeudamiento externo. La idea básica es que el Estado dispone del ferrocarril, las tierras y las aguas, pudiendo determinar cómo se usarían esos recursos para el desarrollo regional y su explotación por un agente apropiado: una empresa de capital suficiente que sería atraída por las oportunidades y condiciones a establecer. En las páginas siguientes se desarrollan los requisitos. Esas condiciones se ordenan en relación con el ferrocarril, las tierras fiscales y las aguas. Respecto del ferrocarril de San Antonio al Nahuel Huapi y sus extensiones y ramales, se prevé el préstamo por diez años del tramo ya realizado, la exención de derechos aduaneros para la importación de materiales por diez años y la concesión de 549 “Proposed Basis of Agreement Between the Argentine Government and a Syndicate to Develop the Population & Resources of Northern Patagonia by Means of the Railways, Lands & Waters”. 279 su explotación por 99 años a una empresa que debería, a cambio, completar la línea hasta el Nahuel Huapi y Bariloche en tres años, completar los ramales a San Martín de los Andes, al límite con Chile y a la Colonia 16 de Octubre en ocho años, y explotar el servicio. En relación con las tierras fiscales, el Estado apoderaría a la empresa para venderlas o arrendarlas hasta un límite a diez leguas al norte y treinta leguas al sur de la línea ferroviaria principal y hasta el límite con Chile, volcándose la renta estatal –el 40% de las entradas- en el fomento de la misma región y debiendo la empresa completar los levantamientos y estudios para la producción haciéndose cargo de la mitad de los gastos. Los cursos de agua de la zona, incluyendo los ríos Aluminé, Limay superior y Chubut superior, serían concedidos para su estudio por quince años, para realizar –por cuenta de la empresa- los embalses que permitieran su uso para energía, riego y consumo; las obras de embalse se concederían por 99 años, pagando el Estado una renta por su uso en los primeros diez años y debiendo la empresa comenzar la construcción del dique en la Segunda Angostura dentro del año siguiente a la llegada del ferrocarril al Nahuel Huapi. En otros documentos de la CEH se insiste, directa o indirectamente, en la necesidad de atraer a la región a colonos europeos. En la descripción general del área cordillerana entre los lagos Huechulafquen y Nahuel Huapi realizada por J. R. Pemberton (NP2:606-657)550, por ejemplo, al detallar la población del área y sus actividades, sólo los inmigrantes europeos son referidos con nombre propio; los demás son simplemente “familias”. En un documento complementario redactado por Willis en 1914 pero probablemente inconcluso, “Argentina y Chile. Comparaciones y contrastes de la América templada”551 (idem:688-711), el estadounidense le asigna a la porción templada de América del Sur –el sur de Brasil, Argentina y Chile- un rol dirigente sobre los países tropicales (“banana lands”; “the land of the siesta”) del mismo subcontinente. En ese contexto, entra a considerar la composición étnica del cono sur americano de acuerdo con los prejuicios decimonónicos acerca de las “razas” humanas. Por ejemplo, mientras que en Chile los conquistadores se mezclaron con los independientes, osados y agresivos “araucanos”, en el Río de la Plata habrían mantenido una mayor pureza de sangre europea, constantemente renovada por nuevos inmigrantes, dando por resultado al más emprendedor, cosmopolita y progresista de los pueblos sudamericanos. Considera insuficiente la inmigración que recibía por entonces la Argentina, y valora en poco a españoles e italianos. La cuestión de la composición étnica de los futuros ciudadanos norpatagónicos era un tema que, evidentemente, preocupaba a Willis y se adecuaba a la concepción de la región como escenario de un verdadero experimento biopolítico, idea propia del reformismo liberal argentino. El tema vuelve a aparecer, más extensamente desarrollado y fundamentado, en un artículo publicado por Willis en 1914 en una revista titulada, significativamente, The Journal of Race Development (Willis 1914b), y 550 “General Description of the Argentine Cordillera from Lago Nahuel Huapi to Lago Huechulafquen”. 551 “Argentina and Chile. Comparisons and Contrasts of the Temperate Americas”. 280 reproducido en castellano en la Historia de la CEH (Willis 1943:149-170): “Las bases físicas de la Nación argentina”. Toma como punto de partida el principio de que todo organismo, al emigrar, se adapta a sus nuevas condiciones de vida, de que este principio conserva validez “al aplicarse a las razas de hombres y hasta a naciones” y de que, finalmente, el ambiente es el factor decisivo del progreso, como cuando “las tribus asiáticas” migradas a Europa encontraron allí condiciones para “la civilización”, o como cuando el hallazgo de América dio lugar a “la evolución de un tipo más elevado de hombre: el pan-americano” (idem:149). En toda América las razas europeas estarían evolucionando y modificando, a su vez, el ambiente, pero Willis se centra en la comparación entre los Estados Unidos y la Argentina, dos pueblos de zonas templadas distanciados solamente por cincuenta años en el camino del desarrollo de sus recursos. Compara largamente sus bases físicas, sus recursos y sus problemas de conservación, haciendo hincapié en la necesidad de un mejor conocimiento científico de la Argentina: “El mundo todavía ignora hechos que afectan vitalmente su disponibilidad como ambiente para razas nuevas” (idem:168). Finalmente, se adentra en un análisis de la cuestión de las “razas” humanas argentinas: encuentra en el “argentino nativo de ascendencia latina” “la promesa de un pueblo viril” (idem); considera que entre “las clases más humildes y la clase que por su inteligencia, habilidad, educación y riqueza gobierna el país” existe espacio para una futura población agrícola, “una clase media de ciudadanos prósperos” cuya selección es de importancia “para la calidad de la futura raza” (idem:169); observa la necesidad de mayor conocimiento de los recursos del país, alentando a los jóvenes argentinos a dedicarse a la ingeniería y a las ciencias naturales. En definitiva, Willis veía en la Argentina condiciones similares a las de los Estados Unidos para convertirse en escenario del progreso, pero también observaba las limitaciones derivadas de una estructura social fragmentada, de una distribución de la tierra propensa a la concentración, y de la falta de conocimientos científicos, para que los argentinos evolucionaran hacia el “tipo más elevado” del hombre panamericano. La respuesta de Ramos Mexía a la propuesta de Willis de febrero de 1913, transcripta en la Historia (Willis 1943:147-148), es tardía.552 La aprobación del proyecto, en consecuencia, tenía un alcance muy limitado, y por eso Ramos sujeta las “perspectivas muy brillantes para una vasta empresa con muchos millones de dollars” a las “condiciones a obtenerse” e invita a Willis a “interesar a algún Big Syndicate en el vasto negocio”. Viendo el proceso en perspectiva, tres décadas después, Willis admite el alto grado de utopía presente en ese plan, y lo dificultoso del contexto político en el que fue propuesto: “Cuando […] dirigí a Ramos el esbozo de un plan para la colonización y el desarrollo de la cordillera, no existía el interés de los colonizadores ni del público, 552 Según la edición, la carta data de julio de 1914, es decir de cuando ya hacía un año que Ramos había renunciado al gobierno. Es probable que la fecha impresa sea errónea, y que la fecha real sea julio de 1913. Sin embargo, eso no modifica sustancialmente el resultado. 281 apenas contábamos con el embrión de un parque nacional. Escribí sobre una organización tripartita que incluyera una oficina gubernamental, un sindicato fuerte y una población seleccionada. Ramos Mexía aprobó el plan; en la plenitud de su mandato, tal vez lo hubiera puesto en práctica, pero ya era demasiado tarde. […] Ramos había perdido el control del Congreso y sus enemigos lograron que cayera.” (Willis 2001:180-181) En síntesis, Willis agrega a los estudios demandados por Ramos Mexía una serie de consideraciones de su propia cosecha acerca de la forma, los actores y los sujetos concretos que deberían –desde su punto de vista- obrar la colonización de la región estudiada. Su propuesta es consistente con el tono probabilista y negociador que atraviesa al plan norpatagónico en general. Tres agentes –el Estado, los colonos y una empresa colonizadora- deberían coincidir en sus intereses y articular sus compromisos de tal modo de producir un desarrollo regional caracterizado por el poblamiento y por la explotación intensiva y a largo plazo de los recursos naturales. Dado el destino industrial que se preveía para esos recursos, se consideraba que los actores concretos de ese desarrollo debían ser inmigrantes europeos portadores de una educación formal y una iniciativa superiores a los del promedio de los sectores populares de la época. Las condiciones a cumplir tanto por la empresa colonizadora como por el Estado son determinadas detalladamente, a fin de preservar la propiedad estatal del agua, garantizar una distribución y explotación racional de las tierras fiscales, lograr la instalación de importantes obras de infraestructura, promover la administración pública eficiente de los bienes comunes y generar a la vez las oportunidades de inversión que hicieran atractiva la empresa para el capital. 5. Algunas lecturas del proyecto de la CEH La abundante información producida por los trabajos de la CEH, su carácter proyectivo y las circunstancias en que esas tareas se vieron interrumpidas, dieron pie a una serie de relecturas e intentos de actualización, a lo largo del siglo XX. Es de destacar que prácticamente todas las relecturas realizadas por otras personas no directamente involucradas en la CEH se fundaron solamente en la documentación publicada, es decir el primer tomo de El Norte de la Patagonia, la Historia de la Comisión de Estudios Hidrológicos y, en menor medida, los recuerdos de Willis reunidos en Un yanqui en la Patagonia. En primer lugar, debemos considerar las relecturas y reinterpretaciones generadas por los mismos protagonistas del proceso, reflejadas en escritos de Emilio Frey, de Ezequiel Ramos Mexía y de Bailey Willis. El primero de ellos en retomar las propuestas de la CEH recién disuelta fue Emilio Frey (1872-1964) –asistente de Francisco Moreno en el peritaje de los límites con Chile y luego de Willis, más tarde intendente de Bariloche y director de la Oficina 282 de Tierras local, es decir, el más calificado agente de la política nacional en el Nahuel Huapi-, en su rol de presidente de la Comisión de Fomento de San Carlos de Bariloche, cuando estando en Buenos Aires a fines de 1916 y alentado por Moreno, elevó un memorial en nombre de los barilochenses invitando al nuevo presidente Hipólito Yrigoyen (1916-1922) a visitar la región y expresando algunas de las aspiraciones locales.553 En el contexto de la crisis de la economía agrícola regional provocada por “la baja rentabilidad, las dificultades de comercialización, prácticas culturales inapropiadas que disminuyeron los fantásticos rendimientos iniciales y la falta de políticas gubernamentales activas que apoyaran la actividad” (Bessera 2006:9; cfr. Méndez e Iwanow 2001:156-160), esta mirada local sobre el desarrollo volvía sobre algunos de los contenidos del proyecto de la CEH y subrayaba la nueva alternativa económica representada por la actividad turística. Se reclamaba: la capitalidad de Bariloche para el nuevo Territorio Nacional de Los Lagos cuya creación estaba bajo la consideración del Congreso y para la cual se pide “un gobernador de acción, no de sillón”; la terminación del ferrocarril San Antonio – Nahuel Huapi y de sus ramales a Junín de los Andes y a Fofocahuel –que permitirían tanto el desarrollo industrial como el del turismo-; la habilitación de las tierras fiscales pastoriles –en particular, los lotes reservados de la Colonia Nahuel Huapi- para la colonización por “gente sana y robusta, colonos verdaderos” que desplacen a la “gente intrusa”; el otorgamiento de títulos de propiedad sobre quintas y chacras vecinas; la expropiación o el parcelamiento en pequeñas unidades de unas 30 leguas cuadradas de las grandes estancias existentes alrededor del lago; la creación de un vivero regional y una chacra experimental; la construcción de los caminos de Bariloche a El Bolsón y Epuyén, al paso Puyehue y a San Martín y Junín de los Andes; la construcción de varios puentes sobre ríos y arroyos; el reemplazo de la lancha a nafta por un vaporcito para la policía del lago; la instalación de una sucursal del Banco de la Nación en Bariloche; la construcción de edificios para la Escuela estatal, el Juzgado, la Comisaría y la oficina de Correos y Telégrafos; la conexión telegráfica entre Bariloche y Puerto Varas (Chile) abriendo una oficina en Puerto Blest, lo que también beneficiaría al turismo; y la apertura del correo por el paso Pérez Rosales como alternativa al de Uspallata (Mendoza). En lo relacionado con el proyecto de la CEH, el petitorio sintetiza: “El ferrocarril, así como está, beneficia unos 50 mil km cuadrados de tierras pobres; es necesario que eche raíces hacia la Cordillera, para que la zona tributaria abarque 100 mil km más de campos ricos en pastos, de tierras fértiles, de valles andinos con abundante fuerza de agua y donde se radicarán industrias con los productos de materia prima característicos de la región. […] “Con la extensión del riel hasta el lago Nahuel Huapi y con la conexión del tronco de la línea con la demás red del país, veremos surgir para estas regiones una nueva industria, la del turismo.” 553 CF, bibliorato 1, Memorial a Yrigoyen, documentos 4 y 6; cfr. BESSERA 2006:11. 283 Como señala Bessera (2006:11-12), el mismo Frey, desde 1922 como primer director del Parque Nacional del Sud y autor de su proyecto inicial, y el empresario italiano-barilochense Primo Capraro (Méndez e Iwanow 2001:160-164), hasta su muerte en 1932, fueron los principales impulsores de un proyecto de desarrollo local cada vez más volcado a la actividad turística. De modo que, a través de estos casos, se puede considerar que una versión local del proyecto de la CEH se incorporó al imaginario regional sobre el desarrollo de la zona cordillerana norpatagónica y del área del Nahuel Huapi en particular. Ramos Mexía, cuyas memorias quedaron truncas a su muerte en 1935, precisamente cuando estaba por redactar sus recuerdos posteriores a 1911, reconoce en el prólogo a la obra del coronel José María Sarobe sobre la Patagonia –que Sepiurka (1997:63-68) considera su testamento político- la vigencia que aún en 1935 conservaban, desde su mirada, algunas de las ideas de su plan de fomento y de los estudios de Willis: en primer lugar, la de considerar a la Patagonia como compuesta por “dos países” distintos –la meseta y la cordillera-; en segundo lugar, sus iniciativas relacionadas con los ferrocarriles –“obra de argentinización de los valles andinos”- y con la distribución de la tierra pública –contra “el monstruoso latifundio aún en manos del Estado”-. Ramos ya había atribuido en numerosas oportunidades la frustración de su plan de fomento a la decisión estatal de suspender la venta de tierras fiscales en los Territorios, pieza clave del mecanismo financiero previsto (Ramos Mexía 1913:74-76; 1915:126-127; 1921:18, 121 y 131-132). En cambio, comparte con Sarobe la posición crítica frente a la construcción de caminos carreteros en lugar de ferrocarriles, ya que los considera más costosos en el largo plazo (Sarobe 1935:9-16). Sarobe, que representa una continuidad ideológica importante con Ramos en el marco del nacionalismo conservador de los años ’30, valoraba particularmente las propuestas de la CEH relacionadas con la conservación del bosque andino, con el desarrollo industrial – reproduce el mapa del Nahuel Huapi que incluye la proyectada ciudad industrial, trazado por Willis- y con el sentido democrático de los Parques Nacionales (idem:163166, 217-223, 266). Las notas agregadas por el propio Willis a la documentación que cedió a Parques Nacionales en 1938 también sirven de relectura de sus proyectos de un cuarto de siglo antes, con la perspectiva adquirida a través del paso del tiempo y de las nuevas circunstancias. En algunos aspectos concretos, como por ejemplo en el escrito “Ferrocarriles o Caminos Reales” (NP2:76-77), Willis revisa y actualiza las conclusiones de sus estudios –en este caso, recomendando la construcción de caminos en lugar de ferrocarriles, lo que difería de la opinión de Ramos Mexía, como hemos visto-. En otros, como en lo referente al Parque Nacional (idem:39-40), al embalse de la Segunda Angostura (idem:347-349) o a su plan de colonización (idem:43-44), Willis ratifica sus convicciones y abunda en la misma línea argumental. La admiración por la obra de Willis y por los proyectos de Ramos Mexía para la Patagonia resurgió cuando los conservadores volvieron al poder, en la década del ’30, 284 bajo la influencia también del nacionalismo de entreguerras, que revalorizó –como en el caso de Sarobe- los recursos de la región. Exequiel Bustillo, un hombre que se sentía, por lazos familiares, culturales y políticos, heredero de la “generación del ‘80” “que vino a consolidar el orden institucional, elevar la cultura, desarrollar la industria y el comercio, europeizar la República” (Bustillo 1968:400), que se desempeñó como funcionario durante la década conservadora de 1930 y que promovió la instalación de estatuas de Roca, Moreno y Ramos Mexía en Bariloche, observa que El Norte de la Patagonia “no faltaba en la casa de ningún poblador” barilochense (idem:385). Bustillo gestionó en 1937, como director de Parques Nacionales, la recuperación del material documental que conservaba Willis, avaló la publicación de la Historia de la CEH en 1943 y retomó claramente, al fundar el Parque Nacional Nahuel Huapi en 1934, el proyecto del estadounidense, si bien despojado de su sentido democrático original que sí fue valorado, por ejemplo, por un militar nacionalista pero de una vertiente más democrática como Sarobe. El presidente Arturo Frondizi (1958-1963), derrocado por un movimiento militar y recluido en Bariloche, descubrió allí la historia de la CEH y propuso rescatar del olvido a sus actores, víctimas de los “políticos del atraso” (Frondizi 1964:7-8). Desde su perspectiva nacionalista y desarrollista, exalta también la conquista militar de la Patagonia, y la visión estatista e industrialista de Ramos Mexía acerca del petróleo y los ferrocarriles. A la vista de la experiencia de Frondizi, Bustillo (1968:387) se animó a proponer, irónicamente, “que los futuros presidentes sean confinados en Bariloche, antes y no después de ser derrocados”. Los trabajos de la CEH aparecen así, a lo largo del siglo XX, apropiados en general por la lectura de sectores conservadores y carentes de un enfoque progresista capaz de rescatar los aspectos de pensamiento crítico presentes en la obra de Willis. Su replanteo industrialista acerca del modelo productivo nacional y regional, sus fuertes observaciones acerca de la necesidad de una mejor distribución de la tierra, su visión de la Norpatagonia como corredor bioceánico y hasta un relativo reconocimiento de la capacidad productiva de la población indígena –manifestado sobre todo a través de sus fotografías de las “industrias” y de sus colaboradores indígenas (Willis 1914a: frente a pp. 274, 302, 360, 388 y 438), que contrastan también con sus consideraciones sobre la colonización de la región por “razas” desde su punto de vista más adecuadas-, son aspectos de su discurso que han sido poco valorados. Aún así, la impresión general que transmiten los lectores del proyecto es que se trata de una iniciativa progresista –en el sentido que la generación del reformismo liberal le daba al concepto de progreso- pero frustrada. Vale la pena discutir brevemente estas lecturas apreciando la proyección y el alcance que han tenido algunos de los aspectos particulares del proyecto en el desarrollo posterior de la región. Las vías de comunicación 285 Buena parte de las vías de comunicación proyectadas por la CEH se abrieron posteriormente, aunque, como lo previó Willis, no como ferrocarriles sino como caminos carreteros. Los mejores ejemplos son tanto la antigua como la actual ruta nacional 40, que recorren el pie de la cordillera en sentido norte-sur, la ruta nacional 25 a lo largo del río Chubut, o las rutas a Chile. La realización del ramal ferroviario al sur por fuera de la cordillera, como ya hemos mostrado, no impidió que se trazara también una importante ruta por el valle longitudinal intracordillerano, aunque la prioridad de las obras siguió, evidentemente, la lógica del capital. La lógica general del sistema diseñado, de buscar la vinculación entre la zona cordillerana norpatagónica, el sur de Chile y la costa atlántica, continuó vigente, aunque la pérdida del sentido sistemático de las obras hizo que algunas de ellas se retardaran significativamente en el tiempo. El mejor ejemplo de esto último quizás sea el asfalto de la ruta nacional 23, entre Bariloche y San Antonio Oeste, tantas veces postergado y tan lentamente realizado. Esta continuidad de los proyectos de vías de comunicación demuestra su relativa autonomía y su valor meramente instrumental respecto del proyecto Cordillera, verdadero objetivo de los trabajos de la CEH, compuesto básicamente por el Parque Nacional del Sud y la Ciudad Industrial de Nahuel Huapi. La vinculación terrestre con Chile, en cambio, no era valorada en la época del mismo modo que lo era antes del conflicto limítrofe de fines del siglo XIX o que lo es en la actualidad, en el marco de los procesos de integración regional. Según Frondizi (1964:33 y 42) el restablecimiento de “una línea histórica de comercio interlatinoamericano, quebrada en el siglo XIX” y el desarrollo de territorios cercanos a los límites chocaba con la rancia teoría militar según la cual convenía mantener aislados y despoblados los territorios limítrofes, como Neuquén. El Parque Nacional y la Ciudad Industrial El proyecto de parque nacional contenido en los trabajos de la CEH proviene de la iniciativa estadounidense iniciada en 1872 y extendida también a países como Canadá, Australia y Nueva Zelanda, cuya característica común sería la de haber buscado en las bellezas naturales “las razones de la propia identidad” que no les proporcionaba ni a esos países ni a la Argentina la presencia de grandes monumentos históricos (Scarzanella 2002:2). Fortunato (2005) analiza en profundidad el tema y también identifica en los “valores fundacionales” de los parques argentinos motivaciones similares. Más allá de la continuidad institucional entre el proyecto de Willis y su aplicación por Bustillo en los años ’30, cuando se creó el Parque Nacional Nahuel Huapi, es claro que el olvido del aspecto democratizador contenido en la idea original hace que esa faceta del proyecto reaparezca hoy como precursora de la concepción de turismo social propia del nacionalismo de la segunda posguerra. Por otro lado hay un contraste notable entre la idea de Willis de unos parques argentinos integrados con parques chilenos al otro lado de la frontera, y la idea de los parques 286 nacionales como bastiones defensivos de una frontera cerrada, como los diseñó Bustillo dos décadas después. La confrontación de los informes y diseños de Willis sobre la ciudad industrial de Nahuel Huapi con el informe de la comisión interministerial que estudió esta parte del proyecto Cordillera deja en evidencia, al menos, dos niveles de discrepancia. En un plano inferior, emergen diferencias técnicas como la que separaba los proyectos de dique en la Primera Angostura del Limay y en la Segunda. Pero en un plano superior, relativamente disimulado por la aprobación general que los comisionados dijeron prestar a las ideas de Ramos Mexía y Willis, emerge un desacuerdo fundamental: el que distanciaba a la mayoría de la oligarquía conservadora de cualquier proyecto de desarrollo industrial que pusiera en duda el lugar que ocupaba la Argentina en la división internacional del trabajo. Un detalle que parece menor –la posibilidad de crear un nuevo Territorio Nacional, que no podía encontrar oposición en Ramos porque era una de sus ideas, y la instalación de su capital en Bariloche- desplaza el centro de gravedad del proyecto, de un asentamiento industrial –articulado con un proyecto de desarrollo nacional decididamente reformista- a una localidad administrativa y turística. La historia posterior del Nahuel Huapi y de San Carlos de Bariloche demuestran que el perfil turístico se impuso claramente por sobre el industrial. Los límites políticos del proyecto de Ramos Mexía El punto débil del proyecto de fomento de los Territorios, desde el punto de vista de las ideas de la época sobre el desarrollo económico –o al menos desde la posición mayoritaria en el Congreso-, parece haber residido en el propósito de realizar una fuerte inversión pública en los espacios recién incorporados al país, en detrimento de las zonas de más antiguo poblamiento y desarrollo. Esto le granjeó la oposición de muchos representantes parlamentarios de las Provincias, que se sumó a la oposición de los representantes de capitales ferroviarios y terratenientes privados. En los escritos de Ramos Mexía es recurrente la idea de que no logró, en sus gestiones ministeriales, romper la cadena de intereses que en la coyuntura del cambio de siglo transformaban, como señala Sepiurka (2004:55), a “un Estado que lo había regalado todo” en materia de tierras públicas, en “otro Estado que no vendía nada”, deteniendo el desarrollo patagónico. La suspensión de los remates de tierras valorizadas por las obras de “fomento” de los Territorios –como el ferrocarril al Nahuel Huapi- interrumpió el financiamiento necesario para la conclusión de esas mismas obras y la consumación del plan (Ramos Mexía 1913:74-76; 1915:126 y 132). Frente a los temores despertados por la situación financiera argentina entre 1912 y 1914, Ramos preveía –equivocadamenteel pronto fin de la “crisis balcánica” y defendía la posibilidad de financiar las obras con endeudamiento externo (Ramos Mexía 1913:15-63). En particular, criticaba la detención de la obra del ferrocarril al Nahuel Huapi, que carecía de sentido productivo si no llegaba a los valles cordilleranos y que en la década de 1930 llegó a Bariloche 287 pero como ferrocarril turístico, olvidando su propósito original (Ramos Mexía 1921:18-19, 131-132; 1936:232-234). El análisis clásico de Cárcano sobre las políticas de tierras públicas, al reseñar la historia de la ley 5.559 y la política agraria de la presidencia Sáenz Peña – De la Plaza (Cárcano 1925:467-499), menciona las constantes presiones sectoriales sobre la tierra pública, critica la política de fomento por dirigir sus esfuerzos a los Territorios y no a las zonas productivas ya desarrolladas y por obligar a vender tierras públicas al ritmo de las obras de valorización (idem:450-453), y defiende la suspensión de las ventas de tierras. Sin embargo, sus alabanzas a la ley son desmesuradas: “Inspirada en el ejemplo norteamericano, sugerida por las observaciones prácticas de los problemas nacionales, por la elocuente enseñanza de los mismos territorios desiertos, por la reproducción de procedimientos empleados por empresas colonizadoras…” (idem:443-444). Pero Cárcano agrega, a las críticas teóricas ya señaladas, los factores, no bien calculados por Ramos, de la coyuntura económica de la segunda década del siglo XX. Si bien la situación general del país se mostraba próspera, ya en 1911 la desvalorización de la tierra dificultaba el financiamiento de las obras mediante su venta. De a poco se fue imponiendo la idea del fracaso de la ley 5.559, y de que sólo la concurrencia con los capitales privados para la conclusión de los ferrocarriles y la colonización de las tierras públicas podría salvar el proyecto. La crisis de 1914 habría terminado de inclinar la balanza a favor de la privatización del fomento de los Territorios (idem:482-484 y 497-499). Los mismos escritos de Willis, por otra parte, contienen la idea de que, si bien el Estado debía ejercer una fuerte regulación e intervención en las políticas de desarrollo regional, habría que convocar a capitales privados: por ejemplo, en el tema más propiamente suyo del proyecto Cordillera, que sin duda es el plan de colonización por una empresa (syndicate). Estos aspectos no deben hacer olvidar la oposición activa, ya señalada por el mismo Willis en sus memorias y por otros autores, ejercida contra el proyecto por los intereses representativos de los capitales británicos y sus socios en la Argentina, encarnados, para este caso, en el mismo ministro de Obras Públicas Manuel Moyano. Conclusión: en negociación con los límites del reformismo Las obras de la CEH contienen, como hemos visto, distintos niveles de concreción de un proyecto: desde las observaciones empíricas más elementales vinculadas con los aspectos técnicos de las obras y organizadas en descripciones 288 sistemáticas, hasta una serie de derivaciones expresadas en forma de comparaciones generales y concretas, juicios de valor, opiniones y ensoñaciones, que forman parte de la misma racionalidad utilitaria. El sentido general de esas conclusiones propias de Willis contiene una intención más o menos explícita, según los casos, de reformular las relaciones de producción y el ordenamiento territorial consiguiente, establecidos por los factores de poder de la Argentina durante el proceso de conquista de la Patagonia y formación de los Territorios Nacionales. Ese reformismo resulta una de las claves de interpretación de los paisajes generados por la mirada de Willis, mediante un discurso que constituye una permanente negociación entre su mirada imperial externa –estructurada en torno de la idea de los Estados Unidos como modelo a seguir-, la mirada del colonialismo interno de los liberales reformistas que gobernaban en Buenos Aires y un abanico de miradas locales que van desde la de Frey hasta las de los peones indígenas que acompañaron a la Comisión, pasando por colonos, pobladores locales, estancieros y comisarios fronterizos con los que Willis dialogó durante sus campañas. De esa negociación y construcción colectiva del paisaje resulta un programa de obras públicas y de reformas que –como no podía ser de otro modo— aparece formulado en términos probabilísticos respecto del futuro y a menudo críticos respecto del pasado y de su presente regional. Willis dice, en definitiva, que el desarrollo norpatagónico tal como Ramos Mexía y él lo pensaron sería posible siempre y cuando se dieran determinadas condiciones de muy difícil concreción. En este sentido, advertimos que el discurso de la CEH completa el giro, respecto de la idea del progreso regional, iniciado por los liberales reformistas en los años del cambio de siglo. Si en el discurso de los hombres representativos del régimen oligárquico, en la etapa inmediatamente posterior a la conquista, el progreso de los nuevos Territorios Nacionales era narrado como parte de un continuum naturaleza-sociedad que se produciría espontáneamente, después de la crisis de 1890 y más claramente en la segunda presidencia de Roca (18981904) se advierte que ese progreso espontáneo no se ha producido, que no podría inscribirse en la evolución natural de las cosas sino que debería derivar de decisiones y procesos políticos e intencionales. En ningún otro momento de los proyectos para la Patagonia más que en los planes de Ramos Mexía y Willis se lee tan claramente la idea de que esas decisiones estaban definitivamente en el campo de lo político, es decir de lo controvertido y de lo posible, que debían ser instaladas en el debate público y que su realización dependía de una serie de condiciones y encontraría límites. Esas condiciones venían dadas, en parte, por el cambiante escenario internacional, en parte por la también crítica situación de los factores de poder político en la Argentina, y en parte por los movimientos de los factores de poder permanentes –el “Imperio invisible del capital”, como lo llamaba Willis- relacionados con el modelo de inserción de la región y del país en el sistema mundial. Mediante una lúcida lectura de estas circunstancias, Willis produjo, entonces, un discurso posibilista, y no ingenuamente optimista, respecto del plan de fomento de los Territorios, determinando con precisión, 289 para cada aspecto, qué condiciones deberían cumplirse para que las propuestas fueran posibles. De acuerdo con esa coyuntura política, se advierte que en la misma medida en que el plan de desarrollo se fue ampliando progresivamente, también se fue volcando hacia la idea de que no sería el Estado sino el capital privado –la empresa que prevé Willis en su carta del lago Hess- el actor económico capaz de llevar adelante las obras públicas necesarias. En este sentido, el plan de La Comisión del Paralelo 41º contiene definiciones importantes tanto acerca del rol del Estado como del rol del capital en relación con el progreso propugnado. La contracara de la desconfianza que Willis sentía tanto por “los burócratas” como por el “Imperio invisible del capital” era una clara asignación de roles. El Estado debía asumir la realización de las principales obras de infraestructura –ferrocarriles, caminos, represas, hoteles e instalaciones turísticas-, la regulación del uso de los bienes comunes más valiosos –el agua, los bosques-, la reparación y prevención del daño ambiental –mediante la creación de reservas forestales y del Parque Nacional mismo-, interviniendo activamente para brindar, en definitiva, el marco apropiado para el “manejo inteligente” de los bosques, las aguas, las tierras y los pastos por el capital, en un concepto que se aproxima a la idea actual de uso sustentable. Los modelos reales o ideales de intervención privada en ese contexto eran las estancias ganaderas, por contraste con los pobladores originarios o los colonos que no hacían un uso racional de la tierra, y la empresa colonizadora que, estrechamente controlada por instancias públicas y limitada en el tiempo, podría hacerse cargo de la gestión de los bienes comunes. El límite más evidente, entonces, que encontraba el proyecto de Ramos Mexía y Willis para la Patagonia era el modo mismo de articulación de la región con la nación y de ésta con el mundo, la racionalidad utilitaria y funcionalista instalada en la Patagonia tras su conquista, que buscaba la maximización de sus beneficios o la explotación más eficaz de la naturaleza –siempre dentro del marco del capitalismo— pero desde una lógica desplazada respecto del proyecto de “fomento de los Territorios”. El proyecto regional de la Comisión del Paralelo 41º se insertaba claramente en un proyecto nacional alternativo de industrialización y de distribución democrática de los bienes – tanto la tierra productiva como el disfrute de la belleza escénica por el turismo-. A esto debemos agregar la dimensión binacional argentino-chilena contenida en la idea del desarrollo del corredor bioceánico del paralelo 41º: tanto los proyectos de vías de comunicación como el de unos parques nacionales adyacentes contradecía la concepción defensiva de la frontera y se verían definitivamente desechados por los nacionalismos de las décadas intermedias del siglo XX, constituyéndose en antecedentes de las iniciativas de integración que encontramos en pleno desarrollo un siglo después. Pero en aquella época no había indicios de que a los factores de poder real del país les haya interesado, ni en ese momento ni antes ni después, poblar ni 290 desarrollar la Patagonia en ese mismo sentido industrializador, democrático ni integrador con Chile. Referencias 1. Materiales éditos BESSERA, Eduardo Miguel. La Colonia Nahuel Huapi y los orígenes de la actividad turística en la región Andino-Patagónica. CD-ROM Historia de la Patagonia. 2das Jornadas. Neuquén, Universidad Nacional del Comahue, 2006. BIEDMA, Juan Martín. Toponimia del Parque Nacional Nahuel Huapi. Buenos Aires, Dirección General de Parques Nacionales, 1967. BUSTILLO, Exequiel. El despertar de Bariloche. Una estrategia patagónica. Buenos Aires, Pardo, 1968. CÁRCANO, Miguel Ángel. Evolución histórica del régimen de la tierra pública, 1810-1916. Buenos Aires, La Facultad, 1925. CECCHETTO, Gabriela. Elementos para el estudio de la carrera de Ingeniero Geógrafo en la Universidad Nacional de Córdoba (1892/1922). 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Al final se agregan cuatro trabajos éditos de Bailey Willis (The Mount Rainier National Park; The Physical Basis of the Argentine Nation; Artesian Waters of Argentina; Forty-first Parallel Survey of Argentina), no foliados.] 554 Agradezco la eficientísima colaboración del personal del Archivo Intermedio del Archivo General de la Nación (Buenos Aires), de María Coronel de la Biblioteca de la Administración de Parques Nacionales (Buenos Aires) y de Eduardo Bessera y Claudia Rodríguez del Museo de la Patagonia (San Carlos de Bariloche). 294 Secretaría de Turismo de la Nación. Administración de Parques Nacionales. Parque Nacional Nahuel Huapi. Museo de la Patagonia (San Carlos de Bariloche). Colección Frey (citada como CF). 295 296 LOS AUTORES Pablo Fernando AZAR [email protected] Licenciado en Ciencias Antropológicas con Orientación en Arqueología (Universidad Nacional de Buenos Aires). Investigador y docente de la Universidad Nacional del Comahue en los campos de la Etnobotánica, Arqueología y Prehistoria. Miembro del CEP* y colaborador externo del proyecto 04-H082**. Autor de publicaciones relacionadas con Etnobotánica y Antropología de la Patagonia Norte. Alberto Carlos GARRIDO [email protected] Geólogo (Universidad Nacional de Córdoba), especializado en Estratigrafía y Sedimentología. Se desempeñó entre 1999 y 2007 como responsable del área de colección paleontológica del Museo “Carmen Funes” de Plaza Huincul (Neuquén, Argentina). Participó como investigador en numerosos proyectos de investigación geológica-paleontológica tanto dentro del ámbito nacional como en el exterior (EE.UU., Canadá y China). Investigador del proyecto 04-H082**. Director Técnico de la Dirección General de Minería de la Provincia del Neuquén. Carla LOIS [email protected] Licenciada en Geografía por la Universidad Nacional de Buenos Aires y doctoranda en la misma casa de estudios. Docente en las universidades de Buenos Aires, La Plata y Entre Ríos. Investiga la historia de la cartografía y del pensamiento geográfico, con apoyo institucional y financiero de diversas instituciones argentinas y extranjeras. Ha publicado capítulos de libros y decenas de artículos sobre los temas de su especialidad. Coordinadora del I Simposio Iberoamericano de Historia de la Cartografía (Buenos Aires, 2006) y representante de la revista Imago Mundi. A Review of Early Cartography en América Latina. Gabriela NACACH [email protected] Licenciada en Ciencias Antropológicas con Orientación Sociocultural, con Diploma de Honor (Universidad Nacional de Buenos Aires). Investigadora en el campo de la Antropología Histórica o Etnohistoria. Miembro del CEP* y colaboradora externa del proyecto 04-H082**. Doctoranda de la Universidad de Buenos Aires y becaria de la 297 Fundación Carolina en el Máster Europeo en Estudios Latinoamericanos, Universidad Autónoma de Madrid, 2007-2008. Pedro NAVARRO FLORIA [email protected] Profesor en Historia por la Universidad Católica Argentina y Doctor en Historia de América por la Universidad Complutense de Madrid. Especializado en la Patagonia. Investigador del CONICET. Director del proyecto de investigación 04-H082** y del CEP*. Autor de Historia de la Patagonia (Buenos Aires, Ciudad Argentina, 1999) y coautor y compilador de Patagonia: ciencia y conquista, La mirada de la primera comunidad científica argentina (Gral. Roca, PubliFaDeCS/CEP, 2004), además de otros libros y artículos sobre su especialidad. Leonardo SALGADO [email protected] Licenciado en Biología (Orientación Paleontología) y Doctor en Ciencias Naturales por la Universidad Nacional de La Plata. Especialista en reptiles del Mesozoico de Patagonia. Investigador del Conicet. Coordinador del Museo de Geología y Paleontología de la Universidad Nacional del Comahue. Miembro del CEP* y codirector del proyecto 04-H082**. Miembro del INIBIOMA (Instituto de Investigaciones en Biodiversidad y Medioambiente). Perla ZUSMAN [email protected] Profesora en Geografía por la Universidad Nacional de Buenos Aires, Magíster en Integración de América Latina por la Universidad de San Pablo y Doctora en Geografía por la Universidad Autónoma de Barcelona. Investigadora del CONICET y docente en la Universidad Virtual de Quilmes y en la Carrera de Geografía de la Universidad Nacional de Córdoba. Representante latinoamericana de la Comisión la “Aproximación Cultural en Geografía” de la Unión Geográfica Internacional. Miembro del Comité Asesor del CEP*. Sus trabajos de investigación se desarrollan en el campo de la historia del pensamiento geográfico, los procesos de formación territorial y las geografías culturales. Cuenta con publicaciones nacionales e internacionales vinculadas a dichas temáticas. * CENTRO DE ESTUDIOS PATAGÓNICOS (CEP) http://cepatagonicos.blogspot.com [email protected] ** PROYECTO DE INVESTIGACIÓN 04-H082: La contribución científica a la resignificación de la Patagonia, 1880-1916 (Universidad Nacional del Comahue), años 2004-2007. 298