Bruja oscura - Rackcdn.com

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NORA ROBERTS
BRUJA OSCURA
Trilogía de los O’Dwyer I
Al poder de la familia,
aquellas que nacen, aquellas que se hacen
PRIMERA BRUJA ¿Cuándo volvemos a vernos? ¿En lluvia?
¿En rayos? ¿En truenos? SEGUNDA BRUJA Cuando pierdan,
cuando ganen la batalla, cuando acaben tremolina y
barahúnda.
WILLIAM SHAKESPEARE
Macbeth
Índice
RESUMEN 6
Capítulo 1 7
Capítulo 2 20
Capítulo 3 38
Capítulo 4 49
Capítulo 5 62
Capítulo 6 78
Capítulo 7 92
Capítulo 8 107
Capítulo 9 120
Capítulo 10 136
Capítulo 11 148
Capítulo 12 162
Capítulo 13 175
Capítulo 14 188
Capítulo 15 203
Capítulo 16 215
Capítulo 17 230
Capítulo 18 242
Capítulo 19 253
Capítulo 20 265
Capítulo 21 280
EPÍLOGO 293
RESUMEN
1263. Sorcha, conocida como la Bruja Oscura, se despidió de sus tres
hijos y les entregó a cada uno un amuleto con forma de animal: un caballo,
un perro y un halcón. Esas figuras de cobre les protegerían de Cabhan, el
poderoso brujo maligno que pretendía seducir a Sorcha para crear una
dinastía invencible y que, al verse re chazado, había jurado aniquilarla
junto a los suyos. Sorcha había decidido dar su vida para destruirle.2013.
Lona O’Sheean viaja a Irlanda en busca de sus raíces acompañada del
amuleto en forma de caballo que le había regalado su abuela, Nana, antes
de partir. Allí busca a su prima lejana, Brana O’Dwyer, descendiente de
una saga de hechiceras que se remonta al siglo XIII. Cuando Lona le
muestra el amuleto y le cuenta las horribles pesadillas que siempre la han
atormentado, Brana comprende que es heredera de una tradición de
mujeres con poderes extraordinarios, capaces de enfrentarse a grandes
desafíos... Uno de los más importantes surge cuando empieza a trabajar
para Boyle McGrath, el atractivo propietario de los establos, quien le
cuenta una leyenda según la cual la menor de los tres hijos de la Bruja
Oscura hablaba con los caballos y aprendió a montar antes que a andar...
Capítulo 1
Invierno, 1263
Cerca de la sombra del castillo, en las profundidades del bosque,
Sorcha condujo a sus hijos en medio de la penumbra hacia su casa. Los dos
menores iban a lomos del robusto poni; la cabeza de Teagan, de apenas tres
años, se movía arriba y abajo con el lento caminar. Estaba agotada, pensó
Sorcha, tras la emoción de la festividad de Imbolc, las hogueras y la
comilona.
—Estate pendiente de tu hermana, Eamon.
A sus cinco años, para Eamon cuidar de su hermana pequeña consistía
en zarandearla suave y rápidamente para despertarla antes de ponerse a
picotear de nuevo los panes caseros que su madre había preparado esa
mañana.
—Pronto estarás en tu camita —dijo Sorcha con voz cantarina cuando
Teagan se quejó—. Pronto estarás en casa.
Se había entretenido demasiado en el claro, pensó. Y aunque Imbolc
celebraba los primeros aleteos en el vientre de la Madre Tierra, la noche
caía con demasiada premura y rigor en invierno.
Habían sido unos meses crudos, cargados de vientos glaciales,
ventiscas de nieve y gélidas lluvias. La niebla había persistido durante todo
el invierno, reptando, arrastrándose, cubriendo el sol y la luna. Muy a
menudo había oído su nombre en aquel viento, en aquella niebla; una
llamada a la que se negaba a responder. Muy a menudo había visto la
oscuridad en aquel mundo blanco y gris.
Se negaba a tener nada que ver con ello.
Su hombre le había suplicado que cogiera a los niños y se quedaran
con su familia mientras él libraba sus batallas durante aquel interminable
invierno.
Como esposa del cennfine, el líder del clan, se le abrirían todas las
puertas. Y por derecho propio, por ser lo que era y quien era, siempre la
acogerían de buen grado.
Pero necesitaba su bosque, su cabaña, su lugar. Necesitaba mantenerse
apartada de los demás tanto como respirar.
Atendería a los suyos siempre, su hogar y su hoguera, su oficio y sus
deberes. Y sobre todo a los preciosos hijos que Daithi y ella habían
engendrado. No temía a la noche.
Era conocida como la Bruja Oscura, y su poder era enorme.
Pero en ese preciso instante tan solo se sentía una mujer que echaba
de menos a su hombre, que anhelaba su calor, su magnífico y musculoso
cuerpo apretado contra el suyo en la fría y solitaria oscuridad.
¿Qué le importaban a ella la guerra, la codicia y las ambiciones de
todos los mezquinos reyes? Solo quería a su hombre en casa, sano y salvo y
de una pieza.
Cuando regresara, engendrarían otro bebé y ella sentiría esa vida en su
interior una vez más. Aún lloraba la que había perdido en una brutal y
negra noche cuando el primer viento invernal sopló en su bosque como un
lamento.
¿A cuántos había sanado? ¿A cuántos había salvado? Y, sin embargo,
cuando la sangre había manado de su cuerpo, cuando esa frágil vida había
desaparecido, ninguna magia, ninguna ofrenda, ningún pacto con los dioses
había conseguido salvarla.
Pero sabía demasiado bien que sanar a otros resultaba más fácil que
sanarse a sí misma, y los dioses eran tan volubles como una atolondrada
muchacha en mayo.
—¡Mira! ¡Mira! —Brannaugh, la mayor de sus hijos con siete años, se
apartó del arduo camino, con el enorme perro de caza pisándole los talones
—. ¡El endrino florece! Es una señal.
Sorcha lo vio entonces, el atisbo de aquellas flores blancas entre las
oscuras y enmarañadas ramas. Lo primero que con amargura pensó fue
que, si bien Brighid, la diosa de la fecundidad, bendecía la tierra, su vientre
permanecía vacío.
Entonces observó a su hija, su orgullo, con sus ojos perspicaces y sus
sonrosadas mejillas, dando vueltas en la nieve. Había sido bendecida, se
recordó Sorcha. Tres veces bendecida.
—Es una señal, mamá. —Con su oscuro cabello agitándose con cada
giro, Brannaugh alzó la cara hacia la apagada luz—. Viene la primavera.
—Sí, así es. Una buena señal.
Al igual que lo había sido ese día plomizo, ya que la vieja Cailleach
no podía encontrar leña sin el brillante sol. De modo que la primavera
llegaría temprano, según decía la leyenda.
El endrino resplandecía, tentando a las flores a que siguieran su
ejemplo.
Vio la esperanza en los ojos de su hija, igual que la había visto en la
hoguera en otros ojos y la había escuchado en las voces. Y Sorcha buscó
dentro de sí misma esa chispa de esperanza.
Pero solo encontró temor.
El vendría de nuevo esa noche; ya podía sentirlo. Acechando,
esperando, conspirando. Dentro, pensó, dentro de la cabaña tras la puerta
cerrada, con sus amuletos dispuestos para proteger a sus pequeños. Para
protegerse a ella misma.
Emitió un chasquido con la lengua para que el poni acelerara el paso y
le silbó al perro.
—Vamos, Brannaugh, tu hermana se está quedando dormida.
—Papá vendrá a casa en primavera.
Pese a la congoja que embargaba su corazón, Sorcha esbozó una
sonrisa y tomó a Brannaugh de la mano.
—Así es, volverá para la festividad de Bealtaine, y haremos una gran
fiesta.
—¿Puedo verlo esta noche contigo? ¿En el fuego?
—Hay mucho que hacer. Tenemos que atender a los animales antes de
acostarnos.
—¿Solo un momento? —Brannaugh levantó la cabeza, con los ojos,
grises como el humo, suplicantes—. Verlo solo un momento, y luego podré
soñar que está en casa otra vez.
Igual que ella, pensó Sorcha, y una sonrisa emergió de su corazón.
—Un momento nada más, m’inion, cuando hayamos acabado las
tareas.
—Y tómate tu medicina.
Sorcha enarcó las cejas.
—¿De veras? ¿Te parece que la necesito?
—Aún estás pálida, mamá. —Brannaugh mantuvo la voz por debajo
del ulular del viento.
—Solo un poquito cansada, y no debes preocuparte. ¡Vamos, sujeta
bien a tu hermana, Eamon! Alastar ya huele el hogar, y es muy probable
que la niña se caiga.
—Cabalga mejor que Eamon, y que yo también.
—Sí, bueno, el caballo es su talismán, pero está casi dormida sobre su
lomo.
El camino giró; los cascos del poni repiqueteaban sobre la tierra
congelada mientras trotaba hacia el cobertizo que había junto a la cabaña.
—Eamon, hazte cargo de Alastar, dale una palada extra de grano esta
noche. Tú ya has comido lo tuyo, ¿verdad? —dijo cuando su hijo comenzó
a farfullar.
Eamon le brindó una amplia sonrisa, tan preciosa como una mañana
de verano, y aunque podía apearse de un salto con la rapidez de un conejo,
tendió los brazos hacia ella.
Siempre había sido muy mimoso, pensó Sorcha, abrazándole al
tiempo que lo bajaba.
No tuvo que decirle a Brannaugh que empezara con sus tareas. La niña
llevaba la casa casi tan bien como su madre. Sorcha cogió a Teagan en
brazos, murmurándole palabras tranquilizadoras mientras la llevaba a la
cabaña.
—Es hora de soñar, cielito mío.
—Soy un poni y galopo todo el día.
—Ah, sí, el poni más bonito y el más veloz de todos.
El fuego, que había quedado reducido a brasas después de las horas
transcurridas, apenas ahuyentaba el frío. Mientras llevaba a la pequeña a la
cama, extendió una mano hacia el hogar. Las llamas se alzaron, crepitando
sobre las ascuas.
Metió a Teagan en el jergón, le alisó el cabello —brillante como el
sol, igual que el de su padre— y esperó hasta que sus ojos, profundos y
oscuros como los de su madre, se cerraron.
—Que tengas solo dulces sueños —murmuró mientras tocaba el
amuleto que había colgado sobre las camas de sus pequeños—. Permanece
sana y salva toda la noche. Que cuanto eres y cuanto veas te proteja
mientras la oscuridad da paso a la luz.
Le dio un beso en su suave mejilla, y al enderezarse hizo una mueca
de dolor ante la punzada en su vientre. El dolor iba y venía, pero se volvía
cada vez más intenso mientras persistía el invierno. De modo que aceptaría
el consejo de su hija y se prepararía una poción.
—Brighid, en este tu día, ayúdame a sanar. Tengo tres hijos que me
necesitan. No puedo dejarlos solos.
Dejó a Teagan durmiendo y fue a ayudar a sus hijos mayores con sus
tareas.
Cuando cayó la noche, demasiado rápido, demasiado pronto, cerró
bien la puerta antes de repetir el ritual nocturno con Eamon.
—No estoy nada cansado —afirmó el niño mientras se le caían los
párpados.
—Oh, ya lo veo. Veo que estás bien despierto y lleno de energía.
¿Volarás otra vez esta noche, mhic?
—Lo haré, sí, y bien alto. ¿Me enseñarás más cosas mañana? ¿Puedo
sacar a Roibeard por la mañana?
—Te enseñaré más, y tú podrás sacar a Roibeard. El halcón es tuyo, y
tú lo entiendes, lo conoces y lo sientes. Así que descansa.
Alborotó su cabello castaño y le besó los párpados para que cerrara
los ojos, indómitos y azules como los de su padre.
Cuando bajó del altillo, encontró a Brannaugh ya junto al fuego, con
su perro.
Gracias a la diosa, rebosante de salud, pensó Sorcha, y del poder que
aún no controlaba ni comprendía en su totalidad. Habría tiempo para eso;
rezaba para que aún hubiera tiempo para eso.
—He preparado el té —le dijo Brannaugh—. Tal y como me
enseñaste. Creo que cuando te lo tomes te sentirás mejor.
—¿Ahora me cuidas tú a mí, mo chroi? —Sonriendo, Sorcha cogió el
té, lo olió y asintió—. Tienes el don, sin duda. Sanar es un don poderoso.
Gracias a él te darán la bienvenida y serás necesaria adondequiera que
vayas.
—No quiero ir a ninguna parte. Quiero estar aquí con papá y contigo,
y con Eamon y Teagan, para siempre.
—Algún día irás más allá de nuestro bosque. Y habrá un hombre.
Brannaugh soltó un bufido.
—No quiero ningún hombre. ¿Qué iba a hacer yo con un hombre?
—Ah, bueno, dejemos esa historia para otro día.
Se sentó con su hija junto al hogar, y con un amplio chal se
envolvieron las dos. Se bebió el té, y cuando Brannaugh le tocó la mano,
volvió la palma hacia arriba y entrelazó los dedos con los de ella.
—De acuerdo, pero solo un momento. Necesitas descansar.
—¿Puedo hacerlo yo? ¿Puedo invocar la visión?
—Ve lo que has de ver, pues. Haz lo que deseas. Ve al hombre que te
engendró, Brannaugh. Es el amor lo que lo traerá.
Sorcha vio cómo el viento se arremolinaba y las llamas se alzaban
para volverse a calmar enseguida. Bien, pensó impresionada. La chica
aprendía muy deprisa.
La imagen trató de tomar forma en los huecos y valles de las llamas.
Un fuego dentro del fuego. Siluetas, movimientos y, durante un instante, el
murmullo de voces muy lejanas.
Vio la intensidad que reflejaba el rostro de su hija, la ligera película
de sudor a causa del esfuerzo. Demasiado, pensó. Demasiado para alguien
tan joven.
—Tranquila, vamos —le dijo en voz queda—. Lo haremos juntas.
Desplegó su poder, mezclándolo con el del Brannaugh.
Un fugaz estruendo, una voluta de humo y el danzar de las chispas.
Luego claridad.
Y él estaba allí, el hombre al que ambas anhelaban.
Sentado frente a otro fuego, dentro de un círculo de piedras. Su
brillante cabello trenzado caía sobre la negra capa que envolvía sus anchos
hombros. El broche de su rango prendido en ella relucía a la luz de las
llamas.
El broche que ella había forjado para él con fuego y magia: el
sabueso, el caballo, el halcón.
—Parece cansado —dijo Brannaugh, y apoyó la cabeza en el hombro
de su madre—. Pero muy apuesto. El más apuesto de los hombres.
—Lo es. Apuesto, fuerte y valiente.
Oh, cuánto lo anhelaba, se dijo Sorcha.
—¿Puedes ver cuándo volverá a casa? —preguntó Brannaugh.
—No todo puede verse. Quizá reciba una señal cuando esté más cerca.
Pero esta noche vemos que está sano y salvo, y con eso basta.
—Él piensa en ti. —Brannaugh volvió la vista hacia el rostro de su
madre—. Puedo sentirlo. ¿Puede sentir que nosotras pensamos en él?
—No tiene el don, pero tiene corazón, tiene amor. Así pues, tal vez
pueda. Y ahora vamos a dormir. Me levantaré temprano.
—El endrino está floreciendo, y la vieja bruja no ha visto el sol hoy.
Pronto volverá a casa. —Brannaugh se levantó y le dio un beso a su madre.
El perro subió escaleras arriba con ella.
A solas, Sorcha observó a su amor en el fuego. Y a solas lloró.
Lo oyó mientras se secaba las lágrimas. La llamada.
Él la consolaría, le daría calor; tales eran sus seductoras mentiras. Le
daría cuanto ella pudiera desear, y más. Solo tenía que entregarse a él.
—Jamás seré tuya.
«Lo serás. Lo eres. Ahora ven y conoce todos los placeres, toda la
gloria. Todo el poder.»
—Jamás me tendrás ni a mí ni lo que albergo en mi interior.
La imagen en el fuego cambió. Y él apareció en las llamas. Cabhan,
cuyo poder y objetivo eran más siniestros que la noche invernal. Cabhan,
que la deseaba: su cuerpo, su alma, su magia.
El hechicero la deseaba, pues podía sentir su lujuria como manos
sudorosas sobre su piel. Pero sabía que lo que codiciaba más aún era su
don. Su codicia saturaba el ambiente.
Él sonrió en las llamas, tan apuesto, tan despiadado.
«Serás mía, Sorcha la Oscura. Tú y lo que eres. Estamos
predestinados. Somos iguales.»
No, pensó, no somos iguales, sino como el día y la noche, la luz y la
oscuridad, donde la única unión llega envuelta en sombras.
«Estás tan sola, soportas una carga tan grande. Tu hombre te deja en
una cama fría. Ven a calentarte en la mía; siente el calor. Genera ese calor
conmigo. Juntos gobernaremos el mundo entero.»
Su ánimo flaqueó. El anhelo y la punzada que sentía dentro de ella
rayaban el dolor.
De modo que se levantó y dejó que el viento cálido agitara su cabello.
Dejó que sus poderes la inundaran hasta hacerla resplandecer. E incluso en
las llamas vio la lujuria y la codicia en el rostro de Cabhan.
Esto es lo que desea, lo sabía, la gloria que corría por su sangre. Y eso
era lo que jamás tendría.
—Conoce mi mente y siente mi poder, entonces, ahora y siempre. Me
ofreces tu oscuro deseo, venir a mí envuelto en humo y fuego. Traicionar a
mi sangre, a mis hijos, a mi hombre, para gobernar, solo tu mano he de
tomar. Así pues mi respuesta llega a través del viento y del mar; que se
alce la doncella, la madre y la bruja como una sola trinidad. Hágase mi
voluntad.
Extendió los brazos, liberó la furia del todo femenina, que giró en una
espiral, y la lanzó hacia el corazón de Cabhan.
Un instante de puro y descarnado placer surgió dentro de ella cuando
oyó su grito de rabia y dolor, cuando vio esa rabia y ese dolor estallar en su
rostro contra las llamas.
Entonces el fuego fue solo fuego, ascuas durante la noche que
proporcionaban cierto calor para ahuyentar el frío. Su cabaña era solo una
cabaña, en silencio, en penumbra. Y ella era únicamente una mujer sola,
con sus hijos dormidos.
Se derrumbó en la silla, rodeando el dolor desgarrador en su vientre
con un brazo.
Cabhan se había marchado por el momento, pero perduraba su temor
hacia él, y si ninguna poción o plegaria sanaba su cuerpo, dejaría a sus
hijos huérfanos.
Indefensos.
Despertó con su hija menor acurrucada contra ella. Eso le dio el
consuelo que necesitaba para levantarse y comenzar el día.
—Mamá, mamá, quédate.
—Tranquila, cielo, tengo trabajo. Y tú deberías estar en tu cama.
—Vino el hombre malo. Mató a mis ponis.
El pánico atenazó el corazón de Sorcha con puño de hierro. ¿Cabhan
tocando a sus hijos..., sus cuerpos, sus mentes, sus almas? Aquello le
producía un miedo atroz, una cólera indescriptible.
—Ha sido solo un sueño, pequeña mía. —Arrimó a Teagan contra sí,
meciéndola, tranquilizándola—. Solo un sueño.
Pero los sueños eran poderosos y entrañaban peligros.
—Mis ponis gritaban y no podía salvarlos. Les prendió fuego y ellos
gritaban. Alastar vino y tiró al hombre malo al suelo. Yo me alejé con
Alastar, pero no pude salvar a los ponis. Tengo miedo del hombre malo del
sueño.
—No te hará daño. Jamás dejaré que te haga daño. Solo sueños con
ponis. —Con los ojos fuertemente cerrados, besó el brillante y despeinado
cabello y las mejillas de Teagan—. Soñaremos con más ponis. Verdes y
azules.
—¡Ponis verdes!
—Oh, sí, verdes como las colinas.
Acurrucándose, Sorcha levantó una mano y giró el dedo en círculo una
y otra vez hasta que los ponis —azules, verdes, rojos y amarillos—
danzaron en el aire sobre sus cabezas. Mientras escuchaba las infantiles
risitas de su hija pequeña, almacenó las lágrimas y la ira, y lo encerró todo
en su interior con determinación.
El jamás haría daño a sus hijos. Antes lo vería muerto, y ella misma
con él, que permitirlo.
—Todos los ponis se van a comer su avena ahora. Y tú te vienes
conmigo, que también vamos a desayunar.
—¿Hay miel?
—Sí. —El sencillo deseo de un premio hizo sonreír a Sorcha—. Habrá
miel para las niñas buenas.
—¡Yo soy buena!
—Tienes el corazón más puro y dulce del mundo.
Sorcha cogió a Teagan en brazos, y su pequeña se agarró con fuerza y
le susurró al oído:
—El hombre malo me dijo que me llevaría a mí primero porque soy la
más pequeña y la más débil.
—Jamás te llevará; lo juro por mi vida. —Inclinó a Teagan hacia atrás
para que su hijita pudiera ver la verdad en sus ojos—. Te lo juro. Y no eres
débil, cariño mío, y nunca lo serás.
Sorcha avivó el fuego, puso miel sobre el pan y preparó té y gachas de
avena. Todos necesitarían fuerzas para lo que iba a hacer ese día. Lo que
tenía que hacer.
Su hijo bajó del altillo, con el cabello despeinado y enredado. Se frotó
los ojos y olisqueó el aire como un sabueso.
—He luchado con el hechicero negro. No he huido.
El corazón de Sorcha latía desaforado dentro de su pecho.
—Ha sido un sueño. Cuéntamelo.
—Estaba en el recodo del río donde tenemos la barca y él venía, y yo
sabía que era un hechicero, un hechicero negro porque su corazón es negro.
—Su corazón.
—Podía ver dentro de su corazón, aunque sonreía de manera amistosa
y me ofreció un poco de tarta de miel. «Oye, muchacho», me dijo, «tengo
un rico dulce para ti». Pero la tarta estaba llena de gusanos y sangre
negra... dentro. Vi que estaba envenenada.
—En el sueño has visto dentro de su corazón y dentro de la tarta.
—Sí, lo prometo.
—Te creo. —Así que su hombrecito tenía más de lo que ella había
imaginado.
—Yo le he dicho: «Cómetela tú solo, porque sujetas la muerte en tu
mano». Pero él la ha arrojado y los gusanos han salido de la tarta y han
ardido hasta convertirse en cenizas. Ha pensado que podría ahogarme en el
río, pero yo le he tirado piedras. Entonces ha llegado Roibeard.
—¿Has llamado al halcón en tu sueño?
—He deseado que viniera, y él ha venido y lo ha espantado con sus
garras. El hechicero negro se ha marchado como humo en el viento. Y yo
me he despertado en mi cama.
Sorcha lo atrajo hacia sí, acariciándole el cabello.
Había desatado su furia contra Cabhan, de modo que este había ido a
por sus hijos.
—Eres valiente y leal, Eamon. Ahora, tómate el desayuno. Tenemos
que ocuparnos del ganado. —Sorcha se acercó a Brannaugh, que se
encontraba al pie de la escalera—. Y tú también.
—Él se ha metido en mi sueño. Me ha dicho que me convertiría en su
novia. Ha intentado... tocarme. Aquí. —Pálida por la revelación, se cubrió
el pecho con las manos—. Y aquí. —Luego entre las piernas. —
Temblando, apretó la cara contra su madre cuando esta la abrazó—. Yo le
he quemado. No sé cómo, pero he hecho que sus dedos ardieran. Él me ha
maldecido y ha cerrado los puños. Ha venido Kathel y se ha subido de un
salto a la cama, gruñendo y ladrando. Entonces el hombre ha desaparecido.
Pero ha intentado tocarme, y me ha dicho que me convertiría en su novia,
aunque...
La ira de Sorcha despertó en medio del miedo.
—Jamás lo hará. Lo juro. Jamás te pondrá las manos encima. Come,
cómetelo todo. Hay mucho trabajo que hacer.
Más tarde los mandó a todos a dar de comer y beber a los animales,
limpiar el establo y ordeñar a la rolliza vaca.
Ya a solas, se preparó y recogió sus herramientas. El cuenco, las
campanillas, las velas, la daga sagrada y el caldero. Escogió las hierbas que
había cultivado y secado. Y los tres brazaletes de cobre que Daithi le había
traído de una feria de verano hacía mucho tiempo.
Salió y tomó una profunda bocanada de aire, levantando los brazos
para agitar el viento. Y llamó al halcón.
El ave llegó con un grito que resonó sobre los árboles y las colinas
más allá de estos, lo que hizo que los sirvientes del castillo junto al río
levantaran la vista. El sol invernal brillaba en sus alas desplegadas. Sorcha
alzó el brazo para que aquellas terribles garras se aferrasen a su guante de
piel.
Clavó los ojos en los del halcón, y este en los de ella.
—Raudo y sabio, fuerte y valiente. Eres de Eamon, pero también mío.
Servirás a mis descendientes. Mis descendientes servirán a los tuyos. Te
necesito y te pido esto por mi hijo, tu amo y tu siervo. —Le mostró la daga
y los ojos del halcón no titubearon—. Roibeard, de tu pecho tres gotas de
sangre pido. Una única pluma de tus magníficas alas, y por estos presentes
las gracias te doy. Para proteger a mi hijo, esto hago. —Le pinchó y sujetó
la pequeña ampolla para recoger las tres gotas. Luego le arrancó una
pluma.
»Gracias —susurró—. No te alejes.
El halcón levantó el vuelo desde su mano, pero solo fue hasta la rama
de un árbol. Y tras plegar sus alas, se quedó observando.
Sorcha silbó al perro. Kathel la miró con afecto, con confianza.
—Eres de Brannaugh, pero también mío —comenzó, y repitió el
ritual, reuniendo tres gotas de sangre y unos pelos de su costado.
Por último, entró en el cobertizo y escuchó a sus hijos, que reían
mientras trabajaban. Sacó fuerzas de eso. Y acarició la cara del caballo.
Teagan se acercó corriendo al ver la daga.
—¡No!
—No voy a hacerle daño. Él es tuyo, pero también mío. Servirá a mis
descendientes y a los tuyos, igual que tú servirás a los suyos. Te necesito,
Alastar, y te pido esto por mi hija, tu ama y tu sierva.
—No le cortes. ¡Por favor!
—Solo un pinchacito, un arañazo nada más, y solo si él me lo permite.
Alastar, te pido tres gotas de sangre de tu pecho. Unas hebras de tus
preciosas crines, y por estos presentes, las gracias te doy. Para proteger a
mi pequeña, esto hago.
»Solo tres gotas —dijo Sorcha en voz queda mientras le pinchaba con
la punta de la daga—. Solo unas hebras de sus crines. Y ya está. —Aunque
Alastar estaba quieto, sus ojos sabios y serenos, Sorcha impuso las manos
sobre el pequeño corte superficial, vertiendo su magia para que sanara. Por
el bien del tierno corazón de su hijita—. Y ahora venid todos conmigo. —
Se cargó a Teagan a la cadera y los condujo de nuevo a la casa—. Sabéis lo
que soy. Nunca os lo he ocultado. Sabéis que cada uno de vosotros sois
portadores del don. Siempre os lo he dicho. Vuestra magia es joven e
inocente. Algún día será potente e inmediata. Debéis honrarlo. No debéis
usarla para hacer daño a nadie, pues el daño que inflijáis volverá a vosotros
por triplicado. La magia es un arma, sí, pero un arma que no ha de
utilizarse contra los inocentes, los débiles, los honrados. Es un don y una
carga, y vosotros acarrearéis ambas cosas. Se las transmitiréis a vuestros
descendientes. Hoy vais a aprender más cosas. Prestadme atención a mí y a
lo que hago. Observad, escuchad y aprended.
Se acercó a Brannaugh primero.
—Tu sangre y la mía, con la sangre del perro. La sangre es vida. Su
pérdida supone la muerte. Tres gotas tuyas, tres gotas mías, y con las del
perro el hechizo está hecho.
Brannaugh colocó la mano sobre la de su madre sin dudar, fingiendo
estar firme cuando Sorcha la pinchó con la daga.
—Hijo mío —le dijo a Eamon—. Tres gotas tuyas, tres gotas mías y
tres del corazón del halcón para sellar las tres partes.
Pese a que le temblaban los labios, Eamon extendió la mano.
—Y mi pequeñina. No temas. —Sorcha observó cómo Teagan, con los
ojos empañados de lágrimas, la miraba de manera solemne mientras le
ofrecía la mano—. Tres gotas tuyas, tres gotas mías, con el caballo como
tu guía, la magia cabalga. —Mezcló la sangre y besó la manita de Teagan
—. Bien, hecho está.
Cogió el caldero y guardó los tres frasquitos en el morral que llevaba
sujeto a su cintura.
—Traed el resto. Es mejor hacer esto fuera.
Eligió un lugar sobre la dura tierra, con la nieve amontonada a la fría
sombra de los árboles.
—¿Recogemos leña? —le preguntó Eamon.
—No es necesario. Quedaos aquí juntos. —Se apartó de ellos e invocó
a la diosa, a la tierra, al viento, al agua y al fuego. Y trazó el círculo. La
baja llama chispeó sobre la tierra, describiendo una circunferencia hasta
encontrarse con el otro extremo. Dentro, el calor se alzó como un resorte
—. Esto es protección y respeto. El mal no puede entrar, la oscuridad no
puede vencer a la luz. Y lo que se hace dentro de este círculo se hace en
nombre del bien, en nombre del amor.
«Primero el agua, del mar, del cielo. —Ahuecó las manos y las abrió
sobre el caldero, y de ellas se vertió agua tan azul como la de un lago
besado por el sol—. Y la tierra, nuestra tierra, nuestros corazones. —Agitó
una mano, luego la otra, y rica tierra marrón se derramó dentro del caldero
—. Y el aire, el canto del viento, el aliento del cuerpo. —Abrió los brazos
y sopló. Y, como si fuera música, el aire se arremolinó con la tierra y el
agua—. Ahora el fuego, llama y calor, el principio y el final.
Sorcha resplandeció, el aire a su alrededor centelleó y el azul de sus
ojos ardió cuando levantó los brazos con las manos hacia abajo.
El fuego surgió en el caldero, llamas sinuosas, chispas danzarinas.
—Esto me lo regaló vuestro padre. Son un símbolo de su amor, un
símbolo del mío. Vosotros tres sois frutos de ese amor. —Arrojó los tres
brazaletes de cobre a las llamas, y después de removerlo, añadió el pelaje,
las crines y la pluma, y añadió la sangre—. La diosa de poder me dota para
que resista en este lugar, en esta hora. El hechizo lanzo ya, a mis tres hijos
protege y todo lo que ellos y yo engendremos. El caballo, el halcón y el
perro por la sangre obligados a proteger y servir están, vida tras vida, en la
alegría y la tristeza, en la salud y en la lucha. En la tierra, en el aire, en la
llama, en el mar. Hágase mi voluntad.
Sorcha levantó los brazos y el rostro hacia el cielo.
El fuego erupcionó en una columna roja y dorada, de un vivo azul en
el centro, que giraba en espiral hacia el frío cielo invernal.
La tierra tembló. La gélida agua del riachuelo rugió. Y el viento aulló
como un lobo de caza.
Entonces todo quedó en silencio, el fuego se apagó, y solo quedaron
los tres niños, cogidos de la mano, observando a su madre, pálida como la
nieve, mientras se mecía.
Sorcha negó con la cabeza cuando Brannaugh se dispuso a acercarse a
ella.
—Aún no. La magia está en marcha. Esta da y esta toma. He de
terminar esto. —Metió la mano en el caldero y sacó tres amuletos de cobre
—. Para Brannaugh el perro, para Eamon el halcón, para Teagan el caballo.
—Pasó los amuletos por las cabezas de cada uno de sus hijos—. Estos son
vuestros símbolos y vuestras protecciones. Os protegerán. No debéis
quitároslos nunca. Jamás. Él no puede tocar lo que sois si tenéis vuestra
protección, si creéis en su poder, si creéis en el mío y en el vuestro propio.
Algún día se lo pasaréis a uno de vuestros descendientes. Sabréis a cuál.
Les contaréis la historia a vuestros hijos y entonaréis los antiguos cánticos.
Aceptaréis el don y entregaréis el don.
Teagan admiró el suyo, esbozando una sonrisa cuando giró el pequeño
óvalo bajo la luz del sol.
—Es precioso. Se parece a Alastar.
—Está hecho de él, de ti y de tu padre y de mí, de tu hermano y de tu
hermana. ¿Cómo no iba a ser precioso? —Se inclinó para besar la mejilla
de Teagan—. Tengo unos hijos preciosos.
Apenas podía tenerse en pie, y tuvo que reprimir un gemido cuando
Brannaugh la ayudó para que no se cayera.
—He de cerrar el círculo. Ahora debemos llevar todas las cosas
dentro.
—Nosotros te ayudaremos —dijo Eamon, y asió la mano de su madre.
Cerró el círculo con sus hijos y dejó que ellos llevaran los utensilios a
la casa.
—Necesitas descansar; siéntate junto al fuego. —Brannaugh tiró de su
madre hasta la silla—. Yo te prepararé una poción.
—Sí, y que sea potente. Enséñales a tu hermano y a tu hermana cómo
se hace.
Sonrió cuando Teagan le puso un chal sobre los hombros, cuando
Eamon le colocó una manta sobre el regazo. Pero cuando se dispuso a
coger la copa que Brannaugh le llevó, su hija se lo impidió. Luego se
apretó el corte de la mano hasta que tres gotas de sangre cayeron en la
copa.
—La sangre es vida.
Sorcha exhaló un suspiro.
—Sí, así es. Así es. Gracias.
Se tomó la poción y más tarde se durmió.
Capítulo 2
Durante una semana, después dos, se encontró fuerte, y su poder se
mantuvo. Cabhan atacó, presionando de forma abierta y subrepticia, pero
Sorcha lo repelió.
El endrino floreció, también las campanillas de nieve, y la luz ya era
más propia de la primavera que del invierno.
Cada noche Sorcha contemplaba a Daithi en el fuego. Hablaba con él
cuando podía, arriesgándose a enviarle su espíritu para llevarse consigo su
aroma, su voz, su contacto... y dejar los suyos con él.
Para así fortalecerse ambos.
No le contó nada sobre Cabhan. La magia era su mundo. Ni su espada
ni su puño, ni siquiera su corazón de guerrero, podían derrotar a alguien
como Cabhan. Suya era la responsabilidad de defender la cabaña, que ya le
pertenecía antes de que hubiera aceptado a Daithi como su hombre. Suya
era la responsabilidad de proteger a los hijos que habían concebido juntos.
Y pese a todo contaba los días que faltaban para Bealtaine, para el día
en que lo viera volver a casa a caballo.
Sus hijos crecían con salud y aprendían. Una vocecilla en su cabeza le
urgía a enseñarles todo lo que pudiera con tanta celeridad como le fuera
posible. Sorcha no la cuestionó.
Por las noches se pasaba horas a la luz de la vela de sebo y del fuego
escribiendo sus hechizos, sus recetas e incluso sus pensamientos. Y cuando
oía aullar al lobo o el azote del viento, hacía caso omiso.
En dos ocasiones requirieron su presencia en el castillo para realizar
una sanación. Se llevó consigo a sus hijos a fin de que pudieran jugar con
los otros jóvenes, así como para no separarse de ellos y dejar que vieran el
respeto que se dispensaba a la Bruja Oscura, pues el nombre y todo cuanto
conllevaba sería su legado.
Pero cada vez que volvían a casa, necesitaba una poción para
recuperar las fuerzas que le consumía la magia sanadora que dispensaba a
aquellos que la necesitaban.
Si bien anhelaba a su hombre y la salud que temía no recuperar jamás,
instruía a sus hijos a diario en el oficio. Se mantenía alejada cuando Eamon
llamaba a Roibeard, que ya era más suyo que de ella, tal y como debía ser.
Observaba con orgullo mientras su pequeña montaba a Alastar, tan feroz
como cualquier guerrero. Y sabía, con orgullo y pesar, que Brannaugh y su
leal Kathel patrullaban el bosque con frecuencia.
El don estaba ahí, pero también la infancia. Se aseguró de que hubiera
música y juegos, y de preservar la inocencia todo lo posible.
Recibían la visita de quienes iban a por amuletos y ungüentos,
buscaban respuestas o abrigaban esperanzas de encontrar el amor o la
fortuna. Ayudaba a aquellos que podía y aceptaba sus donativos. Y vigilaba
el camino, siempre vigilaba el camino, aunque sabía que faltaban aún
semanas para que su amor regresara a casa.
Salió con sus hijos a navegar por el río en la pequeña barca que su
padre había construido un día de viento suave, cuando el cielo era más azul
que gris.
—Dicen que las brujas no puede viajar sobre el agua —comentó
Eamon.
—¿Eso es lo que dicen? —Sorcha rió, alzando el rostro hacia la brisa
—. Y, sin embargo, aquí estamos, navegando sin problemas.
—Es Donal..., del castillo..., quien dice eso.
—Decir eso, creerlo incluso, no hace que sea verdad.
—Eamon hizo volar a una rana para que Donal lo viera. Eso es
fanfarronear.
Eamon miró a su hermana pequeña con expresión hosca, y le habría
propinado un codazo o un pellizco si su madre no hubiera estado mirando.
—Puede que sea divertido que las ranas vuelen, pero no es prudente
emplear tu magia en diversiones.
—Es practicar.
—Podrías practicar atrapando algún pez para la cena. No de esa
manera —le aconsejó Sorcha a su hijo cuando este extendió las manos
sobre el agua—. La magia no es la respuesta a todo. También hay que saber
cómo arreglárselas sin eso. Un don jamás debería emplearse frívolamente
para realizar aquello que se puede hacer con la inteligencia, las manos o la
espalda.
—Me gusta pescar.
—A mí no —farfulló Brannaugh mientras la barquita surcaba el río—.
Tienes que estar sentado y esperar y esperar. Me gusta más cazar. Así estás
en el bosque, y podríamos tener conejo para cenar —añadió.
—Mañana es tan buen día como hoy para eso. Esta noche cenaremos
pescado, si tu hermano tiene suerte y destreza. Y quizá pastel de patata.
Presa del aburrimiento, Brannaugh le entregó su caña a su hermana y
dirigió la mirada hacia el castillo, más allá del río, con sus grandes muros
de piedra.
—¿No quieres vivir allí, mami? Oí hablar a las mujeres. Decían que
éramos todos bienvenidos.
—Tenemos nuestro hogar, y aunque en otro tiempo no era más que
una choza, lleva más tiempo en pie que esos muros. Ya estaba cuando los
O’Connor gobernaban, antes de la Casa de Burke. Reyes y príncipes van y
vienen, m’inion, pero el hogar permanece.
—Me gusta su aspecto, tan impresionante e imponente, pero me gusta
más nuestro bosque. —Apoyó la cabeza sobre el brazo de su madre durante
un instante—. ¿Podrían los Burke habernos quitado nuestra casa?
—Podrían haberlo intentado, pero tuvieron la sensatez de respetar la
magia. No tenemos enfrentamientos con ellos ni ellos con nosotros.
—Si los tuvieran, papi lucharía contra ellos. Y yo también. —Desvió
la mirada hacia su madre—. Dervla, del castillo, me dijo que Cabhan fue
desterrado.
—Eso ya lo sabías.
—Sí, pero dijo que a veces regresa y yace con mujeres. Que les
susurra al oído y ellas piensan que es su legítimo esposo. Pero que por la
mañana lo saben. Y lloran. Me dijo que tú les das a las mujeres amuletos
para mantenerlo lejos, pero... que él atrajo a una de las criadas de la cocina
hacia la niebla, y ahora nadie consigue encontrarla.
Sorcha lo sabía, igual que sabía que jamás hallarían a la sirvienta.
—Juega con ellas y se aprovecha del débil para alimentarse. Su poder
es negro y frío. La luz y el fuego siempre lo derrotarán.
—Pero regresa. Llama a puertas y ventanas —insistió Brannaugh.
—No puede entrar —repuso Sorcha, pero sintió que se le helaba la
sangre.
En ese preciso momento Eamon profirió un grito, y cuando tiró de su
caña, un pez plateado relució bajo el sol.
—Suerte y destreza —dijo Sorcha con una carcajada mientras
agarraba la red.
—Yo quiero uno. —Teagan se inclinó con entusiasmo sobre el agua,
como si atrapar un pez fuese tan fácil.
—Esperemos que lo consigas, pues vamos a necesitar más de uno,
aunque sea uno tan grande. Buen trabajo, Eamon.
Atraparon tres más, y si ayudó a su pequeña un poquito, la magia fue
por amor.
Un día estupendo, pensó, y la primavera casi podía saborearse.
—Corre a casa pues, Eamon, y limpia el pescado. Tú puedes poner a
cocer las patatas, Brannaugh, y yo me ocuparé de la barca.
—Yo me quedaré contigo. —Teagan asió la mano de su madre—.
Puedo ayudar.
—Sí que puedes, porque necesitaremos coger agua del riachuelo.
—¿A los peces les gusta que los atrapemos y nos los comamos?
—No puedo decir que sea así, pero para eso están.
—¿Por qué?
¿Y por qué?, pensó Sorcha mientras aseguraba la barca, habían sido
las primeras palabras de Teagan.
—¿Acaso los dioses no pusieron los peces en el agua y nos dieron a
nosotros el ingenio para fabricar redes y cañas de pescar?
—Pero nadar debe de gustarles más que el fuego.
—Imagino que sí. Así que hemos de tener eso presente y ser
agradecidos cuando comemos.
—¿Y si no los atrapásemos ni nos los comiésemos?
—Pasaríamos hambre muy a menudo.
—¿Ellos hablan bajo el agua?
—Bueno, yo nunca he mantenido una conversación con un pez. Y
ahora vamos. —Sorcha le cerró la capa a Teagan—. Está refrescando. —
Levantó la vista y vio que las nubes cubrían el sol—. Puede que esta noche
tengamos tormenta. Será mejor que vayamos a casa.
Cuando se enderezó, apareció la niebla. Gris y amenazadora, avanzaba
como una serpiente sobre el suelo y sofocaba la vitalidad del día.
Sorcha se percató de que no se acercaba una tormenta. La amenaza ya
estaba ahí.
Empujó a Teagan detrás de ella cuando Cabhan surgió de la niebla.
Vestía de negro salpicado con plata, como estrellas sobre un cielo
nocturno. El ondulado cabello le llegaba a los hombros; un marco de ébano
para su severo y hermoso rostro. Los ojos, oscuros como el corazón de un
zíngaro, mostraban poder y placer cuando recorrió a Sorcha con la mirada.
Ella los sintió como audaces manos sobre su piel.
Llevaba un colgante de plata al cuello, con forma de sol y una enorme
piedra —un centelleante ojo rojo— en el centro. Y eso era nuevo, pensó, y
sintió su negro poder.
—Milady —dijo, haciéndole una reverencia.
—No eres bienvenido aquí.
—Voy allá donde me place. ¿Y qué ven mis ojos sino a una mujer y a
su pequeña y preciosa hija solas? Un regalo para forajidos y lobos. No
tienes hombre que te guarde, Sorcha la Oscura. Yo te escoltaré.
—Me protejo yo sola. Márchate, Cabhan. Desperdicias tu tiempo y tus
poderes aquí. Jamás me entregaré a alguien como tú.
—Desde luego que te entregarás. Unirte a mí es tu destino. Lo he visto
en la bola.
—Ves mentiras y deseos, no la verdad ni el destino.
Él se limitó a sonreír, y al igual que su voz, su sonrisa rezumaba
seducción.
—Juntos gobernaremos esta tierra y cualquier otra que deseemos.
Vestirás finas ropas de vivos colores y cubriré tu piel de joyas.
Entonces Cabhan movió las manos en círculo. Teagan ahogó un grito
al ver a su madre vestida con el intenso color rojo de la realeza, el brillo de
las joyas y una corona de oro cuajada de ellas.
Con igual celeridad, Sorcha volvió la muñeca con brusquedad y una
vez más llevaba puesto su sencillo vestido negro de lana.
—No necesito ni deseo tus colores ni tus joyas. Déjanos tranquilos a
mí y a los míos o sentirás mi cólera.
El rompió en carcajadas; el sonido surgió de él con fluido y terrible
placer.
—¿Es de extrañar que no quiera a nadie más que a ti, corazón? Tu
fuego, tu belleza, tu poder, todo ello tiene que ser mío.
—Soy la mujer de Daithi, y siempre lo seré.
Con un gruñido de desprecio, Cabhan chasqueó los dedos.
—A Daithi le importan más sus ataques, sus juegos, sus
insignificantes guerras, que tú o los mocosos que le has dado. ¿Cuántas
lunas han pasado desde la última vez que compartió tu lecho? Pasas frío
por la noche, Sorcha. Lo percibo. Yo te enseñaré placeres que jamás has
conocido. Y haré de ti más de lo que eres. Haré de ti una diosa.
El temor trató de colarse dentro de ella como la niebla se arrastraba
sobre la tierra.
—Moriría por mi propia mano antes que acostarme contigo. Tú solo
codicias más poder.
—Y tú eres una boba por no hacerlo. Juntos aplastaríamos a todos los
que se alzaran contra nosotros, viviríamos como dioses, seríamos como
dioses. Y por ello te daré aquello que tu corazón más desea.
—Tú no conoces mi corazón.
—Un bebé en tu vientre para reemplazar el que perdiste. Mi hijo,
nacido de ti. El más poderoso que el mundo haya conocido o conocerá.
La pena por la pérdida la sacudió, y también el temor, un terrible
temor fruto de la diminuta semilla de deseo en su interior por lo que él le
ofrecía. Una vida creciendo dentro de ella, fuerte y real.
Percibiendo ese temor, Cabhan se acercó.
—Un hijo —murmuró—. Lleno de vida en tus entrañas. Creciendo
ahí, naciendo fuerte y glorioso, como ningún otro. Dame tu mano, Sorcha,
y yo te daré aquello que tu corazón desea.
Sorcha tembló durante un momento, solo un instante, porque bien
sabían los dioses cuánto ansiaba aquella vida.
Y mientras temblaba, Teagan salió de detrás de sus faldas. Arrojó una
piedra y golpeó a Cabhan en la sien. Un delgado hilillo de oscura sangre
roja resbaló por su pálida piel.
Sus ojos se tornaron feroces cuando se abalanzó, pero antes de que el
golpe impactara, Sorcha lo empujó por pura fuerza de voluntad.
Acto seguido cogió a Teagan en brazos.
El viento se alzaba con fuerza a su alrededor, fruto de su propia furia.
—Te mataré mil veces, te sumiré en la agonía durante diez mil años si
le pones las manos encima a mis hijos. Te lo juro por todo lo que soy.
—¿Me amenazas? ¿Tú y tu brujita? —Clavó los ojos en el rostro de
Teagan, y su sonrisa se extendió como la muerte—. Una brujita muy
bonita. Resplandeciente como un pececillo en el agua. ¿Quieres que te
atrape y te coma?
Pese a aferrarse a Sorcha, pese a que estaba temblando, Teagan no se
acobardó.
—¡Márchate! —le espetó la niña.
Impulsado por la furia y el miedo, su novel y joven poder golpeó con
la potencia de una piedra. La sangre manó de la boca de Cabhan, y su
sonrisa se convirtió en un gruñido.
—Primero tú, luego tu hermano. Tu hermana..., después de madurar
un poco también ella alumbrará a mis hijos. —Se limpió la sangre de la
boca con la yema de un dedo y lo pasó sobre el amuleto—. Por ti les habría
perdonado la vida —le dijo a Sorcha—. Ahora presenciarás su muerte.
Sorcha acercó los labios al oído de Teagan.
—No puede hacerte daño —comenzó en un susurro, luego observó
con horror cómo Cabhan se transformaba.
Su cuerpo cambió, se retorció como la niebla. El amuleto resplandeció
y la gema giró hasta que sus ojos se tornaron tan rojos como la piedra.
Un vello negro cubrió su cuerpo, y de sus dedos brotaron garras. Y
cuando pareció caer al suelo, echó la cabeza hacia atrás y aulló.
Sorcha dejó a Teagan despacio y con cuidado en el suelo, detrás de
ella.
—No puede hacerte daño —repitió.
Rogó para que aquello fuera verdad, que la magia que había conferido
al símbolo de cobre resistiera incluso contra aquella forma animal. Sin
duda Cabhan había canjeado su alma a cambio de aquella magia negra.
El lobo mostró los dientes y saltó.
Sorcha lo hizo retroceder, extendiendo las manos, invocando su fuerza
para que esa blanca y pura luz surgiera de sus manos. Cuando lo golpeó, el
lobo gritó, casi como un hombre, pero volvió a atacar una y otra vez,
lanzándose sobre ella, gruñendo, con los ojos fieros y espantosamente
humanos.
Sus garras le rasgaron las faldas. Luego fue el grito de Teagan lo que
rasgó el aire.
—¡Márchate, márchate! —La pequeña arrojó piedras al lobo, piedras
que se convirtieron en bolas de fuego al golpear, de modo que la niebla olía
a carne y pelo chamuscado.
El lobo arremetió de nuevo, aullando todavía. Teagan cayó hacia atrás
mientras Sorcha le asestaba un golpe. La capa de la niña se abrió. Del
símbolo de cobre que llevaba surgió una llama azul, recta y afilada como
una flecha. Golpeó al lobo en un costado, dejándole una marca con la
forma de un pentagrama.
El lobo salió disparado hacia atrás con un grito agónico. Mientras
aullaba y gruñía, Sorcha reunió todas sus fuerzas y lanzó su luz, sus
esperanzas y su poder.
El mundo se tornó blanco, cegándola. Desesperada, buscó a tientas la
mano de Teagan mientras caía de rodillas.
La niebla se desvaneció. Lo único que quedaba del lobo era su silueta
calcinada sobre la tierra.
Sollozando, Teagan agarró a su madre y se apretó contra ella, como
una niña aterrorizada de un monstruo demasiado real.
—Tranquila, ya se ha ido. Estás a salvo. Tenemos que ir a casa.
Hemos de estar en casa, pequeña mía.
Pero ni siquiera tenía fuerzas para ponerse en pie. Se habría echado a
llorar por haber sido humillada de ese modo. En otro tiempo habría podido
invocar el poder de atravesar el bosque volando con su hija en brazos. En la
actualidad le temblaban las piernas, le ardían los pulmones y su corazón
latía de manera tan desaforada que le palpitaban las sienes.
Si Cabhan se recuperaba, si volvía...
—Corre a casa. Ya conoces el camino. Corre a casa. Yo te seguiré.
—Me quedo contigo.
—Teagan, haz lo que te digo.
—No. No. —Presionándose los ojos con los nudillos, Teagan meneó
la cabeza con obstinación—. Ven conmigo. Ven conmigo.
Sorcha apretó los dientes y logró ponerse en pie, pero después de dar
dos pasos, cayó de rodillas otra vez.
—No puedo, pequeña mía. Las piernas no me sostienen.
—Alastar puede llevarte. Lo llamaré, y él nos llevará a casa.
—¿Puedes llamarlo desde tan lejos?
—Vendrá raudo y veloz.
Teagan se levantó sobre sus rechonchas piernecitas y alzó los brazos.
—Alastar, Alastar, valeroso y libre, escucha mi llamada y ven a mí.
Corre presto para encontrar a quien te necesita. —Teagan se mordió el
labio y se volvió hacia su madre—. Brannaugh me ayudó con las palabras.
¿Están bien?
—Están muy bien. —Tan inexpertas, pensó Sorcha. Tan sencillas y
puras—. Repítelas dos veces más. El tres hace la magia más fuerte.
Teagan obedeció, luego regresó para acariciar el cabello de su madre.
—Te pondrás bien otra vez cuando estemos en casa. Brannaugh te
preparará tu té.
—Sí, eso hará. Me pondré bien de nuevo cuando esté en casa. —Pensó
que era la primera vez que le había mentido a su hija—. Búscame una
buena y fuerte vara. Creo que podré apoyarme en ella y caminar.
—Alastar vendrá.
Sorcha asintió, pese a que dudaba de ello.
—Iremos a su encuentro. Búscame una vara resistente, Teagan.
Tenemos que volver a casa antes de que anochezca.
Mientras Teagan se levantaba, oyeron el sonido de los cascos del
caballo.
—¡Ya viene! ¡Alastar! ¡Estamos aquí, estamos aquí!
Había llamado a su guía, pensó Sorcha, y una punzada de orgullo
atravesó su fatiga. Mientras Teagan corría al encuentro del poni, Sorcha
reunió fuerzas y se puso en pie con dolor.
—Aquí estás, un príncipe entre los caballos. —Agradecida, Sorcha
apretó la cara contra Alastar cuando este la acarició con el morro—.
¿Puedes ayudarme a montar? —le pidió a Teagan.
—Él lo hará. Le he enseñado un truco. Lo estaba reservando para
cuando papi volviera a casa. ¡Arrodíllate, Alastar! Arrodíllate. —Entre
risitas, Teagan le hizo un gesto con la mano.
El caballo inclinó la cabeza, dobló las patas delanteras y se arrodilló.
—Oh, qué chica tan lista.
—¿Es un buen truco?
—Un truco magnífico. Magnífico, sí. —Agarrándose a su crin, Sorcha
se subió al caballo. Teagan se montó delante de ella, saltando con la
agilidad de un saltamontes.
—¡Agárrate a mí, mamá! Alastar y yo te llevaremos a casa.
Sorcha se asió a la cintura de su hijita, depositando su confianza en la
niña y en el caballo. Cada zancada le producía dolor, pero cada zancada les
acercaba a su hogar.
Cuando se aproximaban al claro vio a sus hijos mayores —Brannaugh,
arrastrando la espada de su abuelo, y Eamon, sujetando una daga—
corriendo hacia ellos.
Valientes, eran muy valientes.
—¡Regresad a la casa, regresad ahora! ¡Corred!
—Ha venido el hombre malo —les gritó Teagan—. Y se ha
transformado en un lobo. Yo le he tirado piedras, Eamon, como hiciste tú.
Las voces de los niños —las preguntas, el alboroto, las oleadas de
temor— gravitaban como un eco en la cabeza de Sorcha. El sudor la
envolvió. Una vez más se agarró a las crines de Alastar para bajar al suelo.
Se tambaleó mientras el mundo se tornaba gris.
—Mamá está enferma. Necesita su té.
—Vamos dentro —logró decir Sorcha—. Echad el cerrojo a la puerta.
Oyó a Brannaugh dando órdenes, con la voz cortante de un jefe tribal,
«Traed agua, avivad el fuego», y sintió como si entrara flotando hasta
acomodarse en su silla, donde su cuerpo se desplomó.
Un paño frío en la cabeza. Un potente líquido caliente bajando por su
garganta. El dolor se atenuó, la confusión se disipó.
—Ahora descansa. —Brannaugh le acarició el pelo.
—Estoy mejor. Tienes un potente don para sanar.
—Teagan dice que el lobo ha ardido.
—No. Lo hemos herido, sí, lo hemos herido, pero vive. Está vivo.
—Lo mataremos. Pondremos una trampa y lo mataremos.
—Puede que lo hagamos cuando yo esté más fuerte. Es capaz de
adoptar muchas más formas. Desconozco qué precio ha pagado por ese
poder, pero ha de ser muy alto. Tu hermana lo ha marcado. Aquí. —Sorcha
se llevó la mano al hombro izquierdo—. Con la forma de un pentagrama.
Estad atentos a eso, desconfiad de eso y de cualquiera que lleve esa marca.
—Lo haremos. Ya no te preocupes. Prepararemos la cena y te sentirás
más fuerte cuando hayas comido y descansado.
—Vas a preparar un amuleto para mí. Tal y como yo te voy a indicar.
Haz el amuleto y tráemelo. La cena puede esperar hasta después.
—¿Te hará más fuerte?
—Sí.
Brannaugh preparó el amuleto y Sorcha se lo colgó al cuello, cerca de
su corazón. Luego bebió un poco más de la poción, y aunque apenas tenía
apetito, se obligó a comer.
Durmió y soñó, y al despertar se encontró a Brannaugh haciendo
guardia.
—Vete a la cama. Es tarde.
—No te dejaremos. Puedo ayudarte a acostarte.
—Me sentaré aquí, junto al fuego.
—Entonces me sentaré contigo. Estamos haciendo turnos. Despertaré
a Eamon cuando llegue el suyo, y Teagan te traerá tu té por la mañana.
Demasiado agotada como para discutir, demasiado orgullosa como
para reprenderla, Sorcha se limitó a esbozar una sonrisa.
—¿Así están las cosas?
—Hasta que te hayas recuperado.
—Estoy mejor, te lo prometo. Su magia era muy fuerte, muy negra.
Detenerla lo exigió todo de mí, y más. Habrías estado orgullosa de nuestra
Teagan. Tan feroz e inteligente. Y tú, corriendo hacia nosotros con la
espada de tu abuelo.
—Es muy pesada.
Sentaba bien reír.
—Era un hombre muy grande, con una barba roja tan larga como tu
brazo. —Exhalando un suspiro, acarició la cabeza de Brannaugh—. Si no
vas a irte a tu cama, prepara un jergón en el suelo. Ambas dormiremos un
rato.
Cuando su hija se durmió, Sorcha agregó un hechizo para hacer que
Brannaugh tuviera dulces sueños.
Y se volvió hacia el fuego. Ya era hora de pedirle a Daithi que
volviera a casa. Necesitaba su espada, necesitaba su fuerza. Lo necesitaba a
él.
De modo que abrió su ojo mental al fuego y abrió su corazón al amor.
Su espíritu viajó sobre montañas y campos en medio de la noche,
atravesó bosques, sobrevoló el agua donde la luna se bañaba. Recorrió
todos los kilómetros que los separaban hasta el campamento de su clan.
Él dormía cerca del fuego con la luz de la luna como una manta sobre
él.
Cuando se acomodó a su lado, en los labios de Daithi se dibujó una
sonrisa y su brazo la rodeó.
—Hueles a fuego de hogar y a bosques y claros.
—Has de venir a casa.
—Pronto, aghra. Dos semanas, no más.
—Mañana debes cabalgar con toda celeridad. Mi corazón, mi
guerrero. —Ahuecó la mano sobre su rostro—. Te necesitamos.
—Y yo te necesito a ti. —Rodó para arrimarse a ella y acercó la boca
a la suya.
—No en nuestro lecho, aunque te anhelo con todas mis fuerzas. Cada
día, cada noche. Necesito tu espada, te necesito a mi lado. Cabhan ha
atacado hoy.
Daithi se incorporó de golpe, con la mano en la empuñadura de la
espada.
—¿Estás herida? ¿Y los niños?
—No, no. Pero ha faltado poco. El se hace más fuerte, y yo, más débil.
Temo no poder contenerlo.
—No hay nadie más fuerte que tú. Jamás tocará a la Bruja Oscura.
A Sorcha se le partió el corazón al ver la fe que tenía en ella, pues ya
no la merecía.
—No estoy bien.
—¿Qué sucede?
—No deseaba atosigarte y..., no, mi orgullo. Lo valoraba demasiado,
pero ahora renuncio a él. Temo lo que se avecina, Daithi. Lo temo a él. No
puedo hacerle frente sin ti. Vuelve a casa por nuestros hijos, por nuestras
vidas.
—Partiré esta noche. Llevaré hombres conmigo y cabalgaré a casa.
—A primera luz. Espera a la luz, pues la oscuridad le pertenece. Y sé
veloz.
—Dos días. Estaré en casa contigo dentro de dos días. Y Cabhan
conocerá el filo de mi espada. Lo juro.
—Estaré atenta a tu llegada y te esperaré. Soy tuya en esta vida y en lo
que venga.
—Recupérate, mi bruja. —Se llevó sus manos a los labios—. Es lo
único que te pido.
—Ven a casa, y me recuperaré.
—Dos días.
—Dos días.
Lo besó, abrazándolo con fuerza. Y se llevó consigo el beso mientras
regresaba sobrevolando el reflejo de luna y las verdes colinas.
Retornó a su cuerpo, cansada, muy cansada, pero también más fuerte.
La magia entre ellos fluía, intensa y verdadera.
Dos días, pensó, y cerró los ojos. Descansaría mientras él cabalgaba,
permitiendo así que la magia se fortaleciera de nuevo. No se apartaría de
sus hijos, absorbería la luz.
Durmió otra vez; soñó otra vez.
Y en sus sueños vio que él no esperaba a que amaneciera. Cabalgaba
bajo a luz de la luna, bajo las frías estrellas. Su rostro lucía una expresión
feroz mientras su montura recorría la dura tierra.
El animal apretó el paso, dejando atrás las monturas de los tres
hombres que lo acompañaban.
Utilizando la luna y las estrellas, Daithi se dirigió a su hogar, al lado
de su familia, de su mujer, pues amaba a la Bruja Oscura más que a su
propia vida.
Cuando el lobo surgió de la oscuridad, apenas tuvo tiempo de
desenvainar la espada. Daithi atacó, pero solo atravesó el aire mientras el
caballo se encabritaba. La niebla se alzó como muros grises, atrapándole,
impidiendo el paso a sus hombres.
Luchó, pero el lobo se abalanzaba sobre la espada una y otra vez,
atacando con las fauces, golpeando con las garras de manera salvaje, solo
para desvanecerse en la niebla. Y resurgir de nuevo de esta.
Sorcha alzó el vuelo para llegar hasta él, sobrevolando las montañas y
el agua una vez más.
Lo supo cuando aquellas fauces desgarraron su carne, lo supo cuando
la sangre manó de corazón de Daithi..., del suyo. Las lágrimas de Sorcha
cayeron como lluvia, disipando la niebla. Cayó al suelo a su lado, gritando
su nombre.
Probó con su hechizo más potente, con su encantamiento más
poderoso, pero su corazón no volvió a latir.
Mientras tomaba la mano de Daithi en la suya, pidió misericordia a
gritos a la diosa y oyó al lobo reír en la oscuridad.
Brannaugh se estremeció mientras dormía. Sueños bañados en sangre
la atormentaban, plagados de gruñidos y de muerte. Luchó por dejarlos
atrás, por liberarse. Quería a su madre, quería a su padre, quería el sol y el
calor de la primavera.
Pero las nubes y el frío la cubrían. El lobo salió de la niebla y se
interpuso en su camino. Y sus colmillos chorreaban sangre.
Con un grito amortiguado se incorporó en su jergón y aferró su
amuleto. Luego dobló las piernas y se rodeó las rodillas con fuerza,
hundiendo su rostro lloroso en los muslos para secarse las lágrimas. Ya no
era una niña para llorar por una pesadilla.
Ya era hora de despertar a Eamon. Luego esperaba dormir con más
placidez en su propia cama.
Antes volvió la cabeza para comprobar cómo estaba su madre y
encontró la silla vacía. Frotándose los ojos, la llamó en voz baja mientras
se disponía a levantarse.
Y vio a Sorcha tendida en el suelo entre el fuego y la escalera que
subía al altillo, inmóvil, como si estuviera muerta.
—¡Mami! ¡Mami!
Fue presa del terror cuando se acercó con celeridad y se dejó caer al
lado de su madre. Con las manos temblando, le dio la vuelta para apoyar la
cabeza de su madre en su regazo. Entonces dijo su nombre una y otra vez
como en un cántico.
Demasiado pálida, demasiado inmóvil, demasiado fría. Mientras se
mecía, Brannaugh actuó sin pensar, sin seguir un plan concreto. Cuando el
calor brotó de ella, lo vertió dentro su madre. Sus manos temblorosas
presionaron con fuerza sobre el corazón de Sorcha al tiempo que inclinaba
la cabeza hacia atrás con la mirada ausente. El humo negro que salía de
ellas atrajo la luz y la lanzó dentro de su madre en forma de flechas.
El calor salía de ella, el frío entraba en su cuerpo, hasta que,
estremeciéndose, se desplomó hacia delante. Cielo y mar rotaron; la luz y
la oscuridad giraron en espiral. Un dolor como jamás había conocido
atravesó su vientre, clavándose en su corazón.
Acto seguido desapareció, dejando tras de sí solo agotamiento.
En la lejanía escuchó el aullido de su perro.
—Basta, basta —le dijo Sorcha con voz entrecortada, ronca y débil—.
Para. Brannaugh, debes parar.
—Necesitas más. Buscaré más.
—No. Haz lo que digo. Respira despacio, acalla la mente, aquieta el
corazón. Respiración, mente, corazón.
—¿Qué sucede? ¿Qué ha ocurrido? —Eamon bajó la escalera con
celeridad—. ¡Mamá!
—La he encontrado aquí. Ayúdame, ayúdame a llevarla a la cama.
—No, a la cama no. No hay tiempo para eso —repuso Sorcha—.
Eamon, haz entrar a Kathel, y despierta a Teagan.
—Está despierta, está aquí.
—Ah, aquí está mi pequeña. No te inquietes.
—Hay sangre. Tienes sangre en las manos.
—Sí. —Sepultando su sufrimiento, Sorcha se miró las manos—. No
es mía.
—Ve a por un paño, Teagan, y la lavaremos.
—No, un paño no. El caldero. Trae mis velas, el libro y la sal. Toda la
sal que tengamos. Enciende el fuego, Eamon, y Brannaugh, prepara mi té...,
que sea fuerte.
—Lo haré.
—Teagan, sé buena ahora y guarda toda la comida que tenemos.
—¿Nos vamos de viaje?
—Un viaje, sí. Da de comer al ganado, Eamon; sí, aún es temprano,
pero aliméntalos bien y guarda tanta avena como puedas para Alastar. —
Aceptó la taza de té que Brannaugh le llevó, y se lo tomó todo—. Ahora
recoged vuestras cosas, vuestra ropa, mantas. Os llevaréis la espada, la
daga, todas las monedas, las joyas que me dejó mi abuela. Todo lo que ella
me dejó. Todo, Brannaugh. No dejéis nada de valor. Empaquetadlo todo, y
daos prisa. ¡Apresuraos! —espetó, e hizo que Brannaugh se pusiera en
marcha con rapidez.
El tiempo iba y venía, pensó la Bruja Oscura. Y a ella le quedaba ya
muy poco. Aunque lo suficiente. Haría que fuera suficiente.
Se mantuvo en silencio mientras sus hijos hacían lo que les había
mandado. E hizo acopio de fuerzas, concentró su poder.
Cuando Brannaugh bajó, Sorcha estaba erguida en toda su estatura. Su
piel tenía color y tibieza, y su mirada estaba centrada y desprendía energía.
—¡Estás bien!
—No, cielo mío, no estoy bien ni volveré a estarlo. —Alzó una mano
antes de que Brannaugh pudiera hablar—. Pero soy fuerte para este tiempo
y esta necesidad. Haré lo que he de hacer, y también vosotros. —Miró a su
hijo, a su hija pequeña—. Igual que todos. Antes de que salga el sol os
marcharéis. No saldréis del bosque e iréis hacia el sur. No utilicéis el
camino hasta que estéis muy lejos. Buscad a vuestra prima Ailish, del clan
O’Dwyer, y contadle la historia. Ella hará lo que pueda.
—Nos iremos todos.
—No, Eamon. Yo aguardaré aquí. Debes ser fuerte y valiente,
proteger a tus hermanas y que ellas te protejan a ti. Yo no sobreviviría al
viaje.
—Yo haré que te pongas bien —insistió Brannaugh.
—Esto escapa a tu poder. Así ha de ser. Pero no os dejaré solos ni
indefensos. Aquello que soy, aquello que tengo, vivirá en vosotros. Un día
regresaréis, pues este es vuestro hogar, y el hogar es la fuente. No puedo
daros la inocencia, pero os daré poder.
»Apoyadme, pues sois mi corazón y mi alma, mi sangre y mis huesos.
Lo sois todo para mí. Y ahora trazo el círculo, y la oscuridad no podrá
entrar en él.
Las llamas describieron un círculo en el suelo y, cuando agitó la
mano, prendieron bajo el caldero. Tras bajar la mirada de nuevo a sus
manos, exhaló un suspiro y luego se acercó.
—Esta es la sangre de vuestro padre. —Abrió las manos sobre el
caldero y la sangre manó—. Y estas son mis lágrimas y las vuestras. Él
vino para protegernos, regresó a casa tal y como le pedí. Una trampa
tendida por Cabhan, aprovechándose de mi miedo, de mi debilidad. Él le
arrebató la vida a vuestro padre, así como hará con la mía. La vida, pero no
el espíritu, no el poder. —Se arrodilló, envolviendo a sus llorosos hijos en
un abrazo—. Os consolaré durante el tiempo que me quede, pero no hay
tiempo para llorar. Recordadle, recordad a quien os engendró, a quien os
amó, y sabed que parto para estar con él y que velaré por vosotros.
—No nos pidas que nos marchemos. —Teagan sollozó sobre el
hombro de su madre—. Quiero quedarme contigo. Quiero a papá.
—Te llevarás mi luz contigo. Siempre estaré contigo. —Con las
manos ahora limpias y blancas, Sorcha limpió las lágrimas de la mejilla de
su hija—. Tú, mi brillante luz, mi esperanza. Tú, mi valeroso hijo. —Besó
los dedos de Eamon—. Mi corazón. Y tú, mi inalterable e inquisitiva hija.
—Ahuecó la mano sobre el rostro de Brannaugh—. Mi fortaleza. Llévame
contigo. Y ahora, hagamos juntos este hechizo. ¡Apoyadme! Decid lo que
yo diga, haced lo que yo haga.
Extendió las manos.
—Con sangre y lágrimas derramamos nuestros temores. —Agitó una
mano sobre el caldero, y el líquido comenzó a mezclarse—. Cuatro
pellizcos de sal para cerrar y atrancar la puerta. Malas hierbas para
amarrar, bayas para cegar. A mis hijos él no verá, y ellos vivirán a salvo y
en libertad. Bellos pétalos teñidos de odio, perfumados de dulce para
atormentar. Que todo hierva en fuego y humo, y que con esta poción
Cabhan se ahogue. Cuando lo llame, él a mí vendrá; hágase mi voluntad.
La luz destelló de modo que todo lo que había en el círculo ardió con
ella.
Apeló a Hécate, a Brighid, a Morrigan y a Babd Catha, invocando la
fuerza y el poder de las diosas. El aire tembló, pareció rasgarse y crujir.
Unas voces resonaban en él cuando Sorcha se levantó, alzando los brazos
en oración y reclamación.
El humo se tornó rojo como la sangre, cubrió la habitación. Entonces,
como en un remolino, fue absorbido de nuevo por el caldero.
Con los ojos brillantes, Sorcha vertió la poción en un recipiente, lo
selló y se lo guardó en el bolsillo.
—Madre —susurró Brannaugh.
—Lo soy y lo seré. No tengáis miedo de mí ni de lo que ahora os doy.
Pequeña mía. —Tomó las manos de Teagan—. Crecerá dentro de ti a
medida que lo hagas tú. Serás siempre amable, siempre preguntarás por
qué. Siempre estarás con aquellos que no pueden defenderse. Toma esto.
—Está caliente —dijo Teagan cuando sus manos resplandecieron en
las de su madre.
—Se enfriará otra vez, hasta que lo necesites. Hijo mío. Tú volarás y
lucharás. Siempre serás leal y sincero. Toma esto.
—Yo te llevaré. Yo te protegeré.
—Protege a tus hermanas. Brannaugh, mi primogénita. Es mucho lo
que te pido. Tu don ya es fuerte, y ahora te doy más. Más que a Teagan y a
Eamon, pues he de hacerlo. Tú construirás y crearás. Cuando ames, jamás
te detendrás. Tú serás a quién primero acudan, y siempre soportarás la
carga. Perdóname y toma esto.
Brannaugh ahogó un grito.
—¡Quema!
—Un instante nada más. —Y en aquel momento Sorcha lloró mil años
—. Abre. Toma. Vive.
Conservó lo justo, solo lo justo, luego se derrumbó en el suelo cuando
todo estuvo hecho. Ya no era la Bruja Oscura.
—Vosotros sois la Bruja Oscura; una dividida en tres. Este es mi don
y mi maldición. Cada uno de vosotros es fuerte, y juntos lo sois más. Algún
día regresaréis. Idos ya, y rápido. El día se acerca. Sabed que mi corazón
va con vosotros.
Teagan se aferró su madre, pataleó y lloró cuando Eamon tiró de ella
para apartarla.
—Llévala fuera, móntala en Alastar —dijo Brannaugh con voz queda.
Pero antes Eamon se arrodilló junto a su madre.
—Vengaré a mi padre, y a ti, mi madre. Protegeré a mis hermanas con
mi vida. Lo juro.
—Estoy orgullosa de ti, hijo mío. Te volveré a ver. Pequeña mía —le
dijo a Teagan—. Regresarás. Te lo prometo.
Brannaugh se volvió hacia su hermana, colocándole la mano en la
cabeza. Y Teagan asintió y se quedó dormida.
—Llévatela, Eamon, y las cosas que puedas transportar. Yo llevaré el
resto.
—Te ayudaré. Tengo fuerzas suficientes —insistió Sorcha. Y no
pensaba permitir que Cabhan entrara en su casa.
Cuando terminaron de cargar el caballo, Brannaugh miró a su madre a
los ojos.
—Lo entiendo.
—Lo sé.
—No dejaré que les pase nada. Si no puedes destruir a Cabhan, los de
tu sangre lo haremos. Aunque nos lleve mil años, tu sangre lo hará.
—La noche se aleja, marchaos deprisa. Alastar os llevará a los tres
hasta bien entrado el día. —Los labios de Sorcha temblaron antes de que
encontrara las fuerzas para impedirlo—. Nuestra pequeña tiene un corazón
tierno.
—Siempre cuidaré de ella. Te lo prometo.
—Con eso basta, pues. Vete, vete ya o todo será en vano.
Brannaugh se montó detrás de su hermano y de su hermana, que
dormía gracias a un hechizo.
—Si yo soy tu fortaleza, madre, tú eres la mía. Todos nuestros
descendientes sabrán de Sorcha. Todos honrarán a la Bruja Oscura.
Dirigió la vista al frente, con la mirada empañada por las lágrimas, y
espoleó al caballo.
Sorcha los vio marchar, vigilándolos con su ojo mental mientras
atravesaban la oscuridad del bosque y se alejaban de ella. Se dirigían a la
vida.
Y cuando el día despuntó, sacó la poción que se había guardado en el
bolsillo y se la bebió. Luego esperó a que el Oscuro llegara.
Trajo la niebla consigo, pero llegó como un hombre, atraído por su
aroma, por el resplandor de su piel, por su poder, ahora falso, aunque
potente.
—Mi hombre está muerto —dijo Sorcha de forma taxativa.
—Tu hombre está delante de ti.
—Pero tú no eres un hombre como los otros.
—Soy más que otros. Tú me has llamado, Sorcha la Oscura.
—No soy una mujer como las otras, sino más. Las necesidades han de
ser saciadas. El poder llama al poder. ¿Me convertirás en una diosa,
Cabhan?
La codicia y la lujuria oscurecieron sus ojos y lo cegaron, pensó
Sorcha.
—Te enseñaré más de lo que puedas imaginar. Juntos lo tendremos
todo, lo seremos todo. Solo tienes que unirte a mí.
—¿Qué hay de mis hijos?
—¿Qué pasa con ellos? —Su mirada se desvió hacia la casa—.
¿Dónde están? —exigió, dispuesto a empujarla para pasar.
—Duermen. Soy su madre, y quiero tu palabra de que estarán a salvo.
No puedes entrar hasta que me la des. No puedo unirme a ti hasta que
hagas el juramento.
—No sufrirán ningún daño por mi parte. —Sonrió de nuevo—. Te lo
juro.
Embustero, pensó. Aún puedo ver tu mente y el negro agujero de tu
corazón.
—Ven, pues, y bésame. Hazme tuya igual que yo te hago mío.
La apretó contra él, enroscando con crueldad la mano en su cabello
para hacer que inclinara la cabeza, y aplastó los labios contra los de ella.
Sorcha entreabrió la boca y, con la muerte en su corazón, permitió que
él le introdujera la lengua. Permitió que el veneno hiciera su trabajo.
Cabhan se tambaleó, agarrándose la garganta.
—¿Qué has hecho?
—Te he derrotado. Te he destruido. Y con mi último aliento, yo te
maldigo. En este día, en esta hora, invoco a aquello que sustenta mi poder.
Arderás y morirás con dolor, y sabrás que la Bruja Oscura te ha aniquilado.
Mi sangre maldice a tu sangre por toda la eternidad. Hágase mi voluntad.
Cabhan le arrojó su poder mientras su piel comenzaba a desprender
humor, a ennegrecer. Sorcha cayó, ensangrentada y presa de la agonía, pero
se aferró a la vida. Se aferró solo para verlo morir.
—Maldigo a tus descendientes —susurró Sorcha cuando las negras
cenizas del hechicero ardieron en la tierra—. Es lo correcto. Es justo.
Hecho está.
Se dejó llevar, liberó su espíritu y dejó su cuerpo junto a la cabaña en
las verdes entrañas del bosque.
Y cuando la niebla se arremolinó, algo se agitó en las negras cenizas.
Capítulo 3
Condado de Mayo, 2013
El frío calaba los huesos, recrudecido por el azote del viento, helador
por la torrencial lluvia que manaba de un amoratado y preñado cielo.
Esa fue la bienvenida de Iona Sheehan a Irlanda.
Le encantaba.
¿Cómo iba a ser de otro modo?, se preguntó mientras se abrazaba el
pecho y contemplaba la agreste y empapada vista desde su ventana. Se
alojaba en el castillo. Esa noche dormiría en un castillo. Un auténtico
castillo irlandés en el corazón del oeste.
Algunos de sus antepasados habían trabajado allí, y probablemente
habían dormido allí. Todo lo que sabía confirmaba que su familia, por
parte de su madre, en cualquier caso, procedía de esa preciosa parte del
mundo, de esa mágica parte de ese mágico país.
Lo había arriesgado casi todo para ir allí, para encontrar sus raíces,
para conectar con ellas, o eso esperaba. Y, sobre todo, para comprenderlas
por fin.
Había quemado sus puentes, dejando que ardieran tras de sí con la
esperanza de construir otros nuevos y más resistentes. Unos puentes que
condujeran a algún lugar adonde deseara ir.
Había dejado a su madre un tanto molesta. Pero, claro, su madre
nunca se enfadaba de verdad, ni tampoco sentía pena, alegría o pasión.
¿Hasta qué punto le había resultado difícil cargar con una hija que se
dejaba llevar por las emociones como un semental salvaje? Su padre se
había limitado a darle una palmadita en la cabeza de manera ausente, algo
típico en él, y a desearle suerte con la misma despreocupación con que
podría deseársela a un mero conocido.
Sospechaba que para él no había sido más que eso. Sus abuelos
paternos consideraban el viaje una gran aventura y le habían dado un muy
bien acogido regalo en forma de cheque.
Estaba agradecida, aun sabiendo que eran de la escuela de «ojos que
no ven, corazón que no siente» y que con toda probabilidad no pensarían
más en ella.
Pero su abuela materna, su adorada Nana, le había hecho un regalo
con innumerables preguntas.
Estaba ahí, en ese encantador rincón de Mayo, rodeado de agua,
protegido por la sombra de viejos árboles, para encontrar las respuestas.
Debería esperar hasta el día siguiente, instalarse y echarse una siesta,
ya que apenas había dormido en el avión desde Baltimore. Al menos
debería deshacer las maletas. Iba a quedarse una semana en el castillo de
Ashford, un gasto descabellado en la escala práctica, pero deseaba esa
conexión con toda su alma, permitirse ese lujo único en la vida.
Abrió las maletas y comenzó a sacar la ropa.
Era una mujer que en otro tiempo había deseado superar su metro
sesenta y un centímetros de estatura, y tener más curvas en vez del delgado
cuerpo de chico adolescente que el destino le había concedido. Luego dejó
de desear y lo compensó utilizando colores vivos en su guardarropa y
llevando tacones de vértigo siempre que podía.
La ilusión, diría Nana, era tan buena como la realidad.
En otro tiempo había deseado poder ser hermosa, igual que su madre,
pero se las apañaba con lo que tenía; era mona. La única vez que había
visto a su madre a punto de horrorizarse de verdad había sido justo la
semana anterior, cuando se había cortado su larga melena rubia al estilo
pixie.
Lejos de haberse acostumbrado aún, se pasó los dedos por el pelo. Le
sentaba bien, ¿no era así? ¿Acaso no resaltaba un poquito sus pómulos?
Daba igual si se arrepentía de aquel arrebato; se había arrepentido de
otros. Probar cosas nuevas, asumir nuevos riesgos; esos eran sus actuales
objetivos. Nada de sentarse a esperar, el lema de sus padres desde que
alcanzaba a recordar. Había que vivir el momento.
Y con eso en mente, se dijo: «Al cuerno con deshacer las maletas, al
cuerno con esperar hasta mañana». ¿Y si moría mientras dormía?
Sacó unas botas, un pañuelo y el impermeable nuevo, de color rosa
chicle, que había comprado para ir a Irlanda. Se colocó un gorro a rayas
blancas y rosas, y se colgó su enorme bolso a modo de bandolera.
No pienses, solo actúa, se ordenó, y abandonó su caliente y bonita
habitación.
Se equivocó de dirección al doblar la esquina casi al instante, pero eso
le dio la ocasión de deambular por los pasillos. Había pedido una
habitación en la parte más antigua al hacer la reserva, y le gustaba
imaginarse a criados apresurándose con esterillas de juncos nuevas o
mujeres sentadas con sus husos. O guerreros ataviados con cotas de malla
ensangrentadas que regresaban del campo de batalla.
Disponía de días para explorar el castillo, las tierras, el cercano
pueblo de Gong y tenía intención de aprovecharlos.
Pero su principal objetivo seguía siendo buscar y establecer contacto
con la Bruja Oscura.
Cuando salió al cortante viento y la torrencial lluvia, se dijo que era
un día perfecto para las brujas.
Llevaba en el bolso el pequeño mapa que Nana le había dibujado,
aunque se lo había aprendido de memoria. Se alejó de los imponentes
muros de piedra del castillo y tomó el camino que se adentraba en el
bosque. Pasó por jardines, dormidos en invierno, tramos de empapado
verde. Aunque tarde, se acordó del paraguas guardado en su bolso, de modo
que lo sacó y continuó su camino en la bucólica penumbra de los bosques
bajo la lluvia.
No había imaginado los árboles tan altos, con sus anchos troncos y sus
nudosas ramas. Un bosque de cuento, pensó emocionada mientras el agua
caía sobre sus botas.
En medio del tamborileo oyó el viento aullar y gemir, luego el
estruendo de lo que debía de ser el río.
El camino se bifurcó, pero tenía el mapa en la cabeza.
Creyó oír gritar a algo en lo alto, y durante un momento imaginó que
veía un batir de alas. Entonces, a pesar del tamborileo de la lluvia, del
rugido del riachuelo, de los aullidos y gemidos, todo pareció silenciarse de
repente. A medida que el camino se estrechaba, tornándose más abrupto, su
corazón resonaba en sus oídos, demasiado rápido, demasiado alto.
A la derecha había un árbol caído, cuya base, al descubierto, era más
alta que un hombre y tan ancha que no podría abarcarla con los brazos.
Enredaderas más gruesas que su muñeca se entrelazaban formando una
pared. Se vio atraída hacia ellas, sorprendida por el impulso de tirar de
ellas, de abrirse paso para ver qué había más allá. La idea de perderse
cruzó por su mente pero se esfumó en seguida.
Solo quería ver.
Dio un paso, luego otro. Olió a humo y a caballos, y ambos la
atrajeron hacia aquella enmarañada pared. Justo cuando extendió el brazo,
algo salió de golpe. El enorme borrón negro hizo que retrocediera con
torpeza. ¡Un oso!, pensó por instinto.
Puesto que el paraguas había salido disparado de su mano, miró a su
alrededor de manera frenética en busca de un arma —un palo, una piedra
—, y entonces vio el perro más grande que jamás había existido sobre
cuatro patas, mirándola.
No era un oso, aunque era igual de letal si no se trataba de la alegre
mascota de alguien.
—Hola... perrito.
El animal continuó observándola con unos ojos que eran más dorados
que castaños. Se acercó para olfatearla, lo que esperaba no fuera el
preludio de un buen mordisco. Luego emitió dos estentóreos ladridos antes
de alejarse a grandes zancadas.
—Vale. —Se dobló por la cintura hasta que recuperó el aliento—.
Muy bien.
Era evidente que la exploración tendría que esperar a un día despejado
y soleado, o al menos hasta un día más luminoso y seco. Recogió su
paraguas empapado y manchado de barro, y siguió adelante.
Debería haber esperado, se dijo. Ahora estaba mojada, nerviosa y, se
percató, más cansada por el viaje de lo que había previsto. Debería estar
echando una cabezadita en su cálida cama del hotel, acurrucada mientras
escuchaba caer la lluvia, en vez de caminando de forma fatigosa bajo el
aguacero.
Y en ese instante —¡perfecto!— se levantó la niebla, desplazándose
sobre la tierra como las olas en la costa. La niebla se tornó más densa,
como aquellas enredaderas, y la lluvia sonaba como un murmullo de voces.
O había voces murmurando, pensó. En un idioma que no debería
entender, pero que sí entendía. Apretó el paso, tan ansiosa por salir del
bosque como lo había estado por entrar en él.
El frío se volvió tan brutal que vio su aliento convertido en vaho. Las
voces sonaban ya en su cabeza: «Vuelve. Vuelve».
La obstinación, tanto como la ansiedad, la impulsó hasta que casi
recorrió el resbaladizo sendero a la carrera.
Y al igual que el perro, entró en el claro en tromba.
La lluvia era solo lluvia; el viento, solo viento. El camino se abría en
una carretera, con algunas casas, de cuyas chimeneas salía humo. Y más
allá, la belleza de las colinas envueltas en la bruma.
Demasiada imaginación, pocas horas de sueño, se dijo.
Vio jardines vallados, cuyas brillantes flores dormían a la espera de la
primavera, coches aparcados en el arcén o en cortos caminos de entrada.
Ya no estaba lejos, según el mapa de Nana, de modo que caminó por
la carretera, contando las casas.
La que buscaba se encontraba más alejada de la carretera que las
demás, apartada como si necesitara espacio para respirar. La bonita casa de
campo con el tejado de paja, la fachada azul oscuro y la puerta de un rojo
vivo, desprendían ese mismo halo de cuento..., aunque había un Mini
plateado aparcado en el pequeño camino de entrada. La casa acababa en
forma de ele, con una ventana mirador. Aun siendo invierno había tiestos
de vistosas margaritas en la escalera de entrada, con sus exóticas flores
alzadas para absorber la lluvia.
Un letrero de envejecida madera colgaba sobre la ventana mirador. En
letras grabadas podía leerse:
LA BRUJA OSCURA
—La he encontrado.
Iona se quedó parada bajo la lluvia durante un momento y cerró los
ojos. Cada decisión que había tomado en las últimas seis semanas —tal vez
todas las que había tomado en su vida— la había llevado a eso.
No sabía si dirigirse a la ele —el taller, le había dicho Nana— o a la
entrada de la casa, pero al aproximarse vio luz en la ventana. Y cuando
estuvo aún más cerca observó que las estanterías contenían frascos repletos
de color —vivos o suaves— y que había manojos de hierbas colgados.
Almireces y manos de mortero, cuencos y... ¿calderos?
De un caldero en el fogón de la cocina salía humo, y había una mujer
en el mostrador que molía algo.
Lo primero que Iona pensó fue lo injusto que era que algunas mujeres
pudieran tener ese aspecto sin el más mínimo esfuerzo. Tenía el negro
cabello recogido en una maraña muy sexy y un cierto rubor provocado por
el vapor y el trabajo. La delicada estructura ósea hablaba de una belleza
que perduraba a lo largo de toda la vida, y la bien definida boca se curvaba
ligeramente en una sonrisa satisfecha.
¿Era fruto de los genes o de la magia?, se preguntó. Pero, claro, para
algunos, una cosa era igual a la otra.
Se armó de valor, dejó el paraguas a un lado y asió el pomo de la
puerta.
Apenas lo había tocado cuando la mujer levantó la vista y la dirigió
hacia fuera. La sonrisa se ensanchó en una educada bienvenida, de modo
que Iona abrió la puerta y entró.
Y la sonrisa se esfumó. Unos ojos grises como el humo se clavaron
con tal intensidad en su cara que Iona se paró en seco, justo en el umbral.
—¿Se puede?
—Ya está dentro.
—Yo... supongo que sí. Debería haber llamado. Lo siento, yo... Dios
mío, qué bien huele aquí. A Romero, albahaca, lavanda y... todo. Lo siento
—repitió—. ¿Eres Branna O’Dwyer?
—Sí, soy yo. —Mientras respondía, cogió una toalla de debajo de la
encimera y se acercó a Iona—. Está usted empapada.
—Oh, lo siento. Te estoy mojando el suelo. He venido paseando desde
el castillo. Desde el hotel. Me alojo en el castillo de Ashford.
—Tiene suerte, es un lugar magnífico.
—Es como un sueño, al menos lo que he visto hasta ahora. Acabo de
llegar. Quiero decir que he llegado hace un par de horas, y quería venir a
verte enseguida. He venido para conocerte.
—¿Por qué?
—Oh, lo siento, yo...
—Parece que siente muchas cosas en muy poco tiempo.
—Ah. —Iona retorció la toalla en sus manos—. Sí, eso parece. Soy
Iona. Iona Sheehan. Somos primas..., es decir, mi abuela Mary Kate
O’Connor es prima de tu abuela Ailish, hum..., Ailish Flannery. Así que
eso nos convierte en..., no sé bien si es en primas cuartas o terceras.
—Una prima es una prima. Vale, quítate esas botas llenas de barro y
vamos a tomarnos un té.
—Gracias. Sé que debería haber escrito o llamado por teléfono..., pero
tenía miedo de que me dijeras que no viniese.
—¿De veras? —murmuró Branna mientras ponía la tetera al fuego.
—Lo que sucede es que, una vez que me decidí a venir, tenía que
hacerlo. —Dejó las botas embarradas junto a la puerta y colgó el
chubasquero en el colgador—. Toda mi vida he deseado visitar Irlanda...,
por todo eso de las raíces..., pero siempre se trataba de hacerlo en un
futuro. Y entonces... Bueno, había llegado el momento. Era ya.
—Ve a sentarte a esa mesa de ahí, al fondo, junto al fuego. Es un frío
día de invierno.
—¡A mí me lo vas a decir! Te juro que cuanto más me adentraba en el
bosque, más frío tenía, y entonces... ¡Ay, Dios, es el oso! —Se detuvo
cuando el enorme perro, tumbado ante la pequeña chimenea, levantó la
cabeza y le dedicó la misma y firme mirada que en el bosque—. Me refiero
al perro. Cuando ha aparecido en el bosque como una exhalación, durante
un minuto he creído que era un oso. Pero es un perro muy grande. Es tuyo.
—Es mío, sí, y yo soy suya. Este es Kathel, y no te hará daño. ¿Te dan
miedo los perros, prima?
—No, pero este es enorme. ¿Qué es?
—Te refieres a la raza. El padre es un lebrel irlandés y la madre un
cruce de gran danés con lebrel irlandés y lebrel escocés.
—Parece feroz y serio a la vez. ¿Puedo acariciarlo?
—Esto depende de ti y de él —repuso Branna, llevando el té y las
galletas a la mesa.
No dijo nada más mientras Iona se ponía en cuclillas, acercaba el
dorso de la mano para que el perro la oliera y luego le acariciaba la cabeza
con suavidad.
—Hola, Kathel. Antes no me dio tiempo a presentarme. Me diste un
susto de muerte. —Acto seguido se enderezó y le brindó una sonrisa a
Branna—. Me alegra muchísimo conocerte y estar aquí. Todo ha sido una
locura, y aún me da vueltas la cabeza. Casi no puedo creer que esté aquí.
—Pues siéntate y tómate el té.
—Apenas sabía nada de ti —comenzó Iona cuando se sentó,
calentándose las manos con la taza—. Quiero decir que Nana me había
hablado de los primos. De ti y de tu hermano.
—Connor.
—Sí, Connor, y de los otros que viven en Galway o en Clare. Quiso
traerme hace años, pero no pudo ser. Mis padres..., bueno, sobre todo mi
madre..., no querían, y mi padre y ella se separaron, y entonces, en fin,
acabé yendo de un lado para otro. Después ambos volvieron a casarse, y lo
raro fue que mi madre insistió en la anulación. Dicen que eso no te
convierte en una hija bastarda, pero la sensación desde luego es esa.
Branna casi ni enarcó las cejas.
—Imagino que sí.
—Luego vino la universidad y el trabajo, y durante un tiempo estuve
saliendo con alguien. Un día lo miré y pensé: ¿Por qué? Quiero decir que
entre nosotros casi todo se reducía a la costumbre y la conveniencia, y la
gente necesita más, ¿verdad?
—Diría que sí.
—Yo quiero más, en algún momento. El principal problema es que
nunca sentí que encajara. Donde estaba, algo siempre parecía fuera de
lugar, no del todo bien. Luego empecé a tener sueños... o a recordarlos, y
fui a ver a Nana. Todo lo que me contó debería de haberme parecido
descabellado. No debería haber tenido sentido, pero lo tenía. Tenía mucho
sentido. —»Hablo como un papagayo. Estoy muy nerviosa. —Cogió una
galleta y se la metió en la boca—. Están muy buenas. Lo...
—No vuelvas a decir que lo sientes. Empieza a ser patético. Háblame
de tus sueños.
—Él quiere matarme.
—¿Quién?
—No lo sé. O no lo sabía. Nana dice que se llama..., que se llamaba...,
Cabhan y que era un hechicero. Malvado. Hace siglos, nuestra antepasada,
la primera bruja oscura, lo destruyó, aunque una parte de él sobrevivió. Él
aún quiere matarme. Matarnos. Sé que parece una locura.
Branna tomó un sorbo de té con calma.
—¿Te asusta todo esto?
—No. Y tú pareces muy tranquila. Ojalá yo pudiera estar tan
tranquila. Y eres preciosa. Siempre he querido ser hermosa. Y más alta. Tú
eres más alta. Otra vez soy un papagayo. No puedo evitarlo.
Branna se levantó, abrió un armario y sacó una botella de whisky.
—Es un buen día para añadirle un poquito de whisky al té. Así que
oíste esa historia sobre Cabhan y Sorcha, la primera bruja oscura, y
decidiste venir a Irlanda a conocerme.
—Básicamente. Dejé mi trabajo y vendí mis cosas.
—Tú... —Por primera vez Branna pareció sorprendida de verdad—.
¿Vendiste tus cosas?
—Incluyendo veintiocho pares de zapatos de diseño... comprados en
rebajas, pero aun así... Eso me escoció un poco, pero quería empezar de
cero. Y necesitaba el dinero para venir aquí. Para quedarme aquí. Tengo un
visado de trabajo. Buscaré empleo y un sitio para vivir. —Cogió otra
galleta, esperando que detuviera el torrente de palabras, pero estas
continuaron manando de su boca—. Sé que es una locura gastar tanto para
quedarme en Ashford, pero quería hacerlo. En realidad, allí no tengo nada
salvo a Nana. Y ella vendrá si se lo pido. Siento que aquí podría encajar.
Como si aquí las cosas pudieran guardar un equilibrio. Estoy harta de no
saber por qué no encajo.
—¿En qué trabajabas?
—Era monitora de equitación. Guía, mozo de cuadra. En otro tiempo
tenía la esperanza de ser jockey, pero los quiero demasiado, y carecía de la
pasión necesaria para correr y entrenar.
Branna se limitó a asentir, observándola.
—A los caballos, claro.
—Sí, se me dan bien.
—No me cabe la menor duda. Conozco a uno de los propietarios del
establo de aquí; el hotel los utiliza para sus huéspedes. Organizan paseos
guiados, dan clases de equitación y esas cosas. Creo que Boyle podría
encontrarte un hueco.
—¿Estás de coña? Ni se me pasó por la cabeza conseguir trabajo en un
establo enseguida. Supuse que sería camarera, dependienta... Sería
increíble poder trabajar allí. —Algunos dirían que era demasiado bueno
para ser verdad, pero Iona nunca había creído en eso. Lo bueno debería de
ser verdad—. Oye, limpiaré las casillas, atenderé a los caballos. Cualquier
cosa que necesite o quiera.
—Hablaré con él.
—No tengo palabras para darte las gracias —dijo Iona, asiendo la
mano de Branna.
Cuando se tocaron, surgió un destello de calor y de luz. A pesar de que
le temblaba la mano, no la apartó ni desvió la mirada.
—¿Qué significa eso?
—Significa que es posible que por fin haya llegado el momento. ¿Te
hizo la prima Mary Kate algún regalo?
—Sí. Cuando fui a verla, cuando me lo contó.
Con la otra mano, Iona buscó la cadena bajo su jersey y sacó el
amuleto de cobre con el símbolo del caballo.
—Sorcha lo hizo para su hija pequeña, para su hija...
—Teagan —concluyó Iona—. Para protegerla de Cabhan. Para
Brannaugh fue el sabueso; tendría que haberme dado cuenta de eso cuando
vi al perro. Y para Eamon, el halcón. Me contaba las historias desde que
tengo memoria, pero creía que no eran más que cuentos. Mi madre insistía
en que lo eran. Y no le gustaba que Nana me las contara. Así dejé de
hablarle a mi madre sobre ellas. Mi madre prefiere pasar por la vida de
forma plácida.
—Por eso no le legaron el amuleto a ella, sino a ti. No era la elegida.
Tú sí. La prima Mary Kate habría venido, pero sabíamos que no era la
elegida, sino una guardiana del amuleto, del legado. A ella se lo entregaron
otros que lo protegieron y esperaron. Y ahora ha llegado a ti. —Y tú, pensó
Branna, has venido a mí—. ¿Te contó lo que eres? —preguntó Branna.
—Decía... —Iona exhaló un profundo suspiro—. Decía que soy la
Bruja Oscura. Pero tú...
—Somos tres. El tres es el número mágico. Así que ahora estamos los
tres: tú, Connor y yo. Pero cada uno debe aceptar todo el conjunto, a sí
mismo y el legado. ¿Tú lo aceptas?
Iona tomó un trago de té con whisky con la esperanza de serenarse.
—Estoy en ello.
—¿Qué sabes hacer? Ella no te lo habría pasado a menos que
estuviera segura. Enséñame lo que puedes hacer.
—¿Qué? —Iona se secó las manos en los vaqueros, pues de pronto le
sudaban—. ¿Cómo en una audición?
—Yo he practicado toda mi vida; tú no. Pero tienes su sangre. —
Branna ladeó la cabeza, con una expresión escéptica en su hermoso rostro
—. ¿Todavía no tienes ninguna habilidad?
—Tengo algunas habilidades. Lo que pasa es que nunca..., salvo con
Nana. —Irritada, inquieta, Iona acercó la vela sobre la mesa—. Ahora
estoy nerviosa —farfulló—. Me siento como si estuviera haciendo una
prueba para conseguir un papel en la obra del colegio. Fracasé
estrepitosamente.
—Despeja tu mente. Deja que venga a ti.
Iona tomó aire de manera pausada y regular y enfocó su atención y
energía en el pabilo de la vela. Sintió que el calor surgía dentro de ella y la
luz se filtraba. Y entonces sopló con suavidad.
La llama titiló, osciló y acto seguido se tornó azul.
—Es muy guay —susurró Iona—. Nunca me acostumbraré.
Simplemente es... magia.
—Es poder. Hay que trabajarlo, dominarlo y respetarlo. Y honrarlo.
—Te pareces a Nana. Me lo enseñó cuando era pequeña y creía. Luego
pensé que no eran más que trucos de magia porque mis padres así lo
decían. Y creo..., sé... que mi madre me dijo que, si no paraba, no dejaría
que Nana me viera.
—Tu madre es de mente cerrada. Es como muchos otros. No deberías
estar enfadada con ella.
—Me apartó de esto. De lo que soy.
—Ahora lo sabes. ¿Sabes hacer más cosas?
—Algunas más. Puedo hacer levitar cosas, no cosas grandes, y lo
consigo la mitad de las veces. Los caballos. Comprendo lo que sienten.
Siempre lo he hecho. Probé a crear una ilusión, pero fue un fracaso total.
Los ojos se me pusieron morados, incluso lo blanco, y los dientes me
brillaban como si fueran neones. Tuve que llamar al trabajo diciendo que
estaba enferma dos días seguidos antes de que se pasara el efecto.
Divertida, Branna volvió a llenar las tazas de té y whisky.
—¿Y tú que puedes hacer? —exigió Iona—. Yo te he enseñado lo
mío. Enséñame tú lo tuyo.
—Me parece justo.
Branna agitó una mano y una bola de fuego blanco apareció en su
palma.
—¡Madre del amor hermoso! Es... —Extendió la mano con recelo y
acercó las yemas de los dedos lo suficiente como para sentir el calor—.
Quiero hacer eso.
—Entonces tendrás que practicar y así aprenderás.
—¿Me enseñarás tú?
—Yo te guiaré. Tú ya lo llevas dentro, pero necesitas el camino, los
símbolos, el... arte. Voy a darte algunos libros para que te los leas y
estudies. Disfruta de tu semana en el castillo y piensa en lo que quieres,
Iona Sheehan. Piénsalo bien, pues una vez que empiece, no podrás volver
atrás.
—No quiero volver atrás.
—No me refiero a Estados Unidos ni a tu vida allí. Me refiero al
camino que recorreremos. —Agitó la mano de nuevo y, con ella ya vacía,
cogió su taza de té—. Cabhan, lo que queda de él, puede ser peor de lo que
fue. Y lo que queda quiere lo que tú tienes, lo que nosotros tenemos. Y
quiere nuestra sangre. Arriesgarás tu poder y tu vida, así que piénsalo bien,
porque no es ningún juego.
—Nana decía que mi decisión tenía que ser una elección. Me decía
que él, que Cabhan, querría lo que yo tengo, lo que yo soy, y que haría lo
que fuera para conseguirlo. Lloró cuando le dije que iba a venir, pero
también se sintió orgullosa. En cuanto llegué aquí supe que había tomado
la decisión correcta. No quiero dar la espalda a lo que soy. Solo quiero
comprenderlo.
—Quedarte sigue siendo una elección. Y si decides quedarte, te
quedarás aquí, conmigo y con Connor.
—¿Aquí?
—Es mejor que estemos juntos. Hay espacio de sobra.
Nada la había preparado para eso. En su vida no había nada que
igualara tan asombroso regalo.
—¿Dejarías que viviera aquí, contigo?
—A fin de cuentas somos primas. Tómate tu semana. Connor y yo nos
hemos comprometido, hemos jurado que si la tercera venía, la
aceptaríamos. Pero no tienes toda la vida, así que piénsalo bien y estate
segura. La decisión debes tomarla tú.
Fuera la que fuese, pensó Branna, lo cambiaría todo.
Capítulo 4
La lluvia volvió a empaparla durante el trayecto de vuelta, pero no
empañó su ánimo. Después de entrar en calor con una ducha, Iona buscó
unos pantalones de franela y una camiseta térmica. Dejó en el suelo la
maleta —ya la desharía como era debido más tarde— y se metió en la
cama.
Y durmió como un tronco durante cuatro horas.
Despertó en la oscuridad, desorientada y muerta de hambre.
A pesar de que sus desordenadas posesiones la tentaban, rebuscó hasta
dar con unos vaqueros, un jersey, unos calcetines calientes y unas botas.
Armada con su guía turística y con los libros que Branna le había prestado,
se fue al restaurante rural del hotel; por la comida, por la compañía.
El fuego crepitaba en la chimenea mientras se tomaba un tazón de
sopa de verduras y leía con atención sus libros. Le agradaba la
reconfortante sensación del baturrillo de voces a su alrededor; gaélico,
inglés americano, alemán y posiblemente sueco, pensó. Cenó pescado con
patatas fritas y, dado que era su primera noche, se premió con una copa de
champán.
La camarera tenía una sonrisa tan deslumbrante como su vivo pelo
rojo, y obsequió a Iona con ella mientras le llenaba de nuevo el vaso de
agua.
—¿Está disfrutando de la cena?
—Está deliciosa. —Alzando los hombros y encorvándolos hacia
delante en una especie de gesto consolador, Iona le devolvió la misma
sonrisa radiante—. Todo está delicioso.
—¿Es su primera vez en Ashford?
—Sí. Es alucinante. Me sigue pareciendo un sueño.
—Bueno, dicen que mañana tendremos mejor tiempo, si lo que quiere
es pasear.
—Me encantaría.
¿Debería alquilar un coche?, se preguntó. ¿Probar suerte en las
carreteras? Tal vez un paseo hasta el pueblo por el momento.
—En realidad, esta tarde he dado un paseo por los jardines, por el
bosque.
—¿No estaba todo encharcado?
—No he sido capaz de resistirme. Quería ver a mi prima. Vive cerca.
—¿En serio? Seguro que es agradable tener familia en el lugar que se
visita. ¿Quién es? Si no le molesta que se lo pregunte.
—En realidad, son dos, aunque hoy solo he conocido a Branna. Branna
O’Dwyer.
La sonrisa de la chica no cambió, pero en sus ojos se apreciaba un
nuevo interés.
—¿Es usted prima de los O’Dwyer?
—Sí. ¿Los conoce?
—Todo el mundo conoce a Branna y Connor O’Dwyer. Él es
halconero. El hotel reserva visitas a la escuela de cetrería que Connor
dirige. Es una actividad muy popular entre los huéspedes. Y Branna... tiene
una tienda en Cong. Elabora jabones, lociones, tónicos y ese tipo de cosas.
Se llama La bruja oscura, por una leyenda local.
—Hoy he visto su taller. Tendré que echar un vistazo a la tienda y a la
escuela de cetrería.
—Hay un agradable paseo a ambos lugares desde el hotel. Muy bien,
que disfrute de la cena.
La camarera la dejó, pero Iona se fijó en que se detenía junto a otro
camarero para intercambiar unas palabras. Y ambos volvieron la vista
hacia la mesa de Iona.
Así que los O’Dwyer son de interés local, pensó. No resultaba
sorprendente, pero era extraño estar allí sentada, comiendo pescado con
patatas fritas, sabiendo que iba a convertirse en objeto de especulación.
¿Sabrían todos que Branna no era tan solo la propietaria de La bruja
oscura, sino que, además, era una bruja?
Y yo también, pensó. Ya solo tengo que aprender qué significa eso.
Decidida a hacerlo, abrió otro libro y leyó durante el resto de la cena.
La lluvia amainó, pero el viento nocturno soplaba con fuerza,
urgiéndola a regresar a toda prisa al hotel principal en vez de dar un paseo
a lo largo del río Cong como le hubiera gustado hacer.
El personal la recibió con algunos «buenas noches» y «bienvenida de
nuevo» al entrar y cruzar el vestíbulo. Presa de la curiosidad, cogió algunos
folletos sobre la escuela de cetrería y el picadero, y después —¡qué
narices, estaba disfrutando de una especie de vacaciones!— pidió que le
subieran té a su habitación.
Una vez dentro, se obligó a dejar los folletos y los libros a un lado
para ocuparse, por fin, de deshacer la maleta.
Tras la brutal purga en su guardarropa y la venta de todo lo que había
apartado, aún le quedaba más que suficiente. Y se había llevado consigo
cuanto pensó que iba a necesitar en su nueva vida.
Había llenado el armario, la cómoda, y había vuelto a guardar las
cosas que decidió que podían esperar, cuando le subieron el té junto con un
plato de maravillosas galletas. Satisfecha por haber hecho sus tareas, se
puso un pantalón de pijama, apiló las almohadas y, sentada en la cama,
escribió un e-mail en su ordenador portátil para hacerle saber a su abuela
que había llegado bien y había conocido a Branna.
Irlanda es todo lo que decías y más, aunque he visto muy poco aún. Y
también lo es Branna. Es muy generoso por su parte dejar que me quede
con ella. El castillo es sencillamente Impresionante, y voy a disfrutar de
cada minuto aquí, pero estoy deseando mudarme a casa de Branna... y de
Connor. Espero conocerlo pronto. Si consigo el trabajo en el picadero, será
perfecto. Así que piensa en positivo.
Nana, estoy sentada en esta maravillosa cama en un castillo en
Irlanda, bebiendo té y pensando en todo lo que está por llegar. Sé que
dijiste que podría ser un camino difícil, que podría tener que tomar
decisiones complicadas, y te aseguro que Branna me lo ha dejado muy
claro. Pero estoy muy emocionada y soy muy feliz.
Creo que es muy posible que haya encontrado por fin el lugar en el
que encajo.
Mañana echaré un vistazo al picadero, a la escuela de cetrería, al
pueblo... y a la tienda de Branna. Te contaré cómo va todo. ¡Te quiero!
lONA
Les envió e-mails de cortesía a su madre y a su padre. Algunos
divertidos a amigos y ex compañeros de trabajo. Y se recordó que tenía que
hacer algunas fotografías para enviar la próxima vez.
Dejó el ordenador portátil para cargarlo y cogió de nuevo los libros y
folletos. Esa vez se metió en la cama, estirando los hombros contra los
almohadones.
Como flotando en una nube de felicidad, echó una ojeada a los
folletos, estudiando las fotos. La escuela parecía fascinante. Y el picadero,
perfecto. Uno de los consejos preferidos de su madre era: «No te hagas
demasiadas ilusiones».
Pero Iona se hacía muchas, muchísimas ilusiones.
Metió el folleto sobre el picadero debajo de la almohada. Dormiría así
para que le diera suerte. Luego abrió el libro de Branna otra vez.
Al cabo de veinte minutos, con las luces encendidas y la bandeja de té
aún a su lado en la cama, se había quedado dormida.
Y esa vez soñó con halcones y caballos, con el perro negro. Con el
verde bosque en el que había una cabaña de piedra con una sinuosa niebla a
sus pies.
Tras desmotar de un caballo tan gris como la niebla, atravesó la
bruma, con la capucha de su capa subida para cubrirse el cabello. Llevaba
rosas por amor a la lápida de piedra pulida y tallada por la magia y la pena.
Depositó las rosas ahí, blancas como la inocencia que había perdido.
—Estoy en casa, madre. Estamos en casa.
Se limpió las lágrimas de las mejillas con las manos y trazó el nombre
con los dedos.
SORCHA
La Bruja Oscura
Y las palabras sangraron contra la piedra.
«Te estoy esperando.»
No era la voz de su madre, sino la de él. A pesar de cuanto habían
hecho, de cuanto habían sacrificado, él había sobrevivido.
Había sido consciente de ello. Todos lo habían sido. Y ¿acaso no había
ido allí, sola, por ese motivo tanto como para visitar la tumba de su madre?
—Aún esperarás más. Esperarás un día, una luna, un milenio, pero
jamás tendrás lo que codicias.
«Has venido sola bajo las estrellas. Buscas amor. Yo te lo daría.»
—No estoy sola. —Se dio la vuelta. Se le cayó la capucha y la luz se
reflejó en su brillante cabello—. Nunca estoy sola.
La niebla se arremolinó, alzándose y estirándose, y adoptó la forma de
un hombre. O lo que había sido un hombre.
Lo había visto antes, de niña. Pero ahora tenía a su alcance más que
piedras.
Era una sombra, pensó. Una sombra que atormentaba sus sueños y
apagaba la luz.
«Eras una criatura tan bonita. Ahora una mujer madura. ¿Todavía
arrojas piedras?»
Justo cuando se disponía a mirarlo a los ojos, vio brillar la piedra roja
que llevaba colgada al cuello.
—Mi puntería es tan certera como siempre.
Él rió y se acercó. Captó su olor, el tufillo a sulfuro. Solo un pacto con
el diablo podría haberle dado el poder para existir.
«Tu madre no está, ahora no tienes ninguna falda tras la que
esconderte. Yo la derroté, le arrebaté la vida, le arranqué su poder con mis
manos.»
—Mientes. ¿Crees que no podemos ver? ¿Crees que no lo sabemos?
—El amuleto parpadeaba, de un rojo brillante; su corazón, pensó. Sus
entrañas, su poder. Iba a arrebatárselo costara lo que costase—. Con un
beso te hizo arder. Y yo te marqué. Aún llevas la marca.
Levantó las manos, con los dedos curvados hacia él para que la marca
de su hombro quemara como una llama.
Al escuchar su grito se abalanzó hacia él, tratando de quitarle la
piedra que llevaba. Pero él arremetió al tiempo que sus dedos se
transformaban en garras y le dejó las marcas en el dorso de la mano.
«Yo te maldigo a ti y a todos los de tu sangre. Te aplastaré con mis
puños, exprimiré lo que eres en un cáliz de plata y beberé de él.»
—Los de mi sangre te enviarán al infierno. —Atacó con su mano
ensangrentada, impulsando su poder a través de ella.
Pero la niebla se disipó y solo golpeó el aire. La piedra roja palpitó
para luego desvanecerse.
—Los de mi sangre te enviarán al infierno —repitió.
Y en el sueño, él pareció mirar fijamente a los ojos de Iona, a su
espíritu.
—No es para mí, en este tiempo, en este lugar. Sino para ti en el tuyo.
Recuérdalo. —Y sujetándose la mano herida con cuidado, llamó a su
caballo. Después de montar, se volvió una vez para mirar la lápida, las
flores, el hogar que otrora conoció—. Juro por mi amor que no
fracasaremos aunque nos lleve un millar de vidas. —Se llevó la mano al
vientre, sobre el leve abultamiento—. Ya hay otro en camino.
Se alejó de allí, atravesando el bosque en dirección al castillo en el
que su familia y ella se alojaban.
Iona se despertó temblando. Sentía un dolor punzante en la mano
derecha, de modo que buscó a tientas la lamparita con la izquierda. Bajo su
luz vio los cortes abiertos, la sangre que brotaba de ellos. Con un grito de
sorpresa, se levantó como una exhalación y fue corriendo al baño para
coger una toalla, acercándose hasta ella a trompicones.
Antes de que pudiera envolverse la herida, esta comenzó a cambiar.
Observó con fascinado espanto que los cortes en su piel se cerraban, la
sangre se secaba y desaparecía, igual que el dolor. En cuestión de segundos
volvía a tener la mano ilesa.
Había sido un sueño, pero no lo había sido, pensó. ¿Una visión? Una
en la que había sido observadora y, de algún modo, también partícipe.
Había sentido el dolor, la ira y la pena. Había sentido el poder, más
del que jamás había experimentado, más del que jamás había conocido.
¿El poder de Teagan?
Alzando la mirada, Iona se analizó en el espejo, evocando las
imágenes del sueño. Pero tenía su cara... ¿o no? Su constitución, su color
de cabello y de piel.
Pero no su voz, pensó en ese instante. Ni siquiera había ocurrido en su
idioma, aunque había entendido cada palabra. Gaélico antiguo, asumió.
Necesitaba saber más, aprender más, hallar el modo de comprender
cómo unos hechos acaecidos cientos de años antes podían absorberla de tal
forma que había sentido dolor de verdad.
Inclinándose sobre el lavabo, se lavó la cara con agua fría y miró la
hora en su reloj. Faltaba poco para las cuatro de la madrugada, pero ya no
iba a dormir más. Su reloj interno se acabaría adaptando, y por el momento
podría regirse por él. Quizá leyera hasta que saliera el sol.
Volvió al dormitorio, y al levantar la bandeja del té con la que había
acabado durmiendo, vio tres gotas rojas en las bonitas sábanas blancas. De
sangre. Su sangre, comprendió.
El sueño, la visión, la experiencia, no solo le había causado dolor.
También la había hecho sangrar.
¿Qué clase de poder podía arrastrarla dentro de sus propios sueños y
hacerla sangrar por la herida de una antepasada?
Dejando la bandeja donde estaba, se sentó en el lateral de la cama y se
pasó los dedos por la garganta.
¿Y si esas garras le hubieran golpeado ahí, le hubieran seccionado la
yugular? ¿Podría haber muerto? ¿Los sueños podían matar?
No, no quería libros, decidió. Quería respuestas, y sabía quién las
tenía.
A las seis, llena de energía gracias al café, se dirigió de nuevo al
espeso bosque, dejando atrás las fuentes, las flores y los verdes jardines.
Esa vez la luz se mantenía suave y luminosa, filtrándose pálidamente entre
las ramas a medida que el ancho camino se estrechaba. Y esa vez vio los
postes indicadores de la escuela de cetrería y el picadero.
Se prometió que más tarde, esa misma mañana, iría a visitarlos y
remataría el día con una caminata hasta Cong. No se dejaría disuadir por
un montón de libros y unos truquillos de magia.
El sueño permanecía tan presente en su cabeza que se sorprendió
examinándose la mano en busca de marcas de garras.
Un prolongado y agudo chillido hizo que levantara de golpe la cabeza
para dirigir la vista al cielo. El halcón planeaba sobre el claro azul, una
preciosa ave marrón dorada que describió un círculo para luego descender
en picado. Habría jurado que oyó el viento que levantaban sus alas al volar
entre los árboles y posarse en una alta rama.
—¡Ay, Dios mío, fíjate! Eres una preciosidad.
El ave clavó sus ojos dorados en ella sin parpadear, con las alas
plegadas con porte regio. De forma ilusoria, Iona se preguntó si el halcón
se había dejado la corona en casa.
A continuación se metió la mano muy despacio en el bolsillo de atrás
para sacar su teléfono móvil, conteniendo la respiración cuando activó la
cámara.
—Espero que no te importe. No todos los días se conoce a un halcón.
O a un halcón peregrino. No estoy segura de qué eres. Deja que... —Lo
encuadró y le hizo una foto, y acto seguido otra más—. ¿Estás de caza o
solo has salido a dar tu versión de un paseo matutino? Supongo que vienes
de la escuela de cetrería, pero...
Se detuvo cuando el halcón volvió la cabeza. También a ella le
pareció captar un débil silbido. En respuesta, el halcón levantó el vuelo de
la rama, abriéndose paso entre los árboles, y desapareció.
—Pienso reservar una visita a los halcones —decidió, y echó un
vistazo a las fotos antes de guardarse el teléfono para continuar su camino.
Llegó al árbol caído, al muro de enredaderas. Aunque sintió de nuevo
el impulso, lo reprimió. Ahora no, no ese día, cuando las emociones del
sueño estaban a flor de piel.
Primero las respuestas.
El perro se encontraba al borde del bosque, como si la hubiera estado
esperando. Meneó el rabo a modo de saludo y aceptó que le acariciara la
cabeza.
—Buenos días. Me alegra saber que no soy la única que se ha
levantado temprano y ha salido. Espero que Branna no se cabree cuando
vaya a verla, pero necesito hablar con ella.
Kathel fue delante hasta la bonita casa azul, directamente hacia la
puerta roja.
Allá vamos.
Utilizó la aldaba con forma de nudo de la Trinidad mientras pensaba
cuál era la mejor manera de abordar a su prima.
Pero la puerta la abrió aquel a quien aún no había conocido.
Parecía un príncipe guerrero despeinado y medio adormilado, con su
mata de cabello ondulado, de un brillante tono castaño, que enmarcaba una
cara con una estructura ósea tan aristocrática como la de su hermana. Sus
ojos, verdes como las colinas, la miraron.
Alto y delgado, vestía unos pantalones grises de franela y un jersey
blanco con el bajo deshilachado.
—Lo siento —comenzó, y pensó que aquellas palabras parecían
salirle solas cuando llegaba a esa casa.
—Buenos días. Tú debes de ser la prima Iona de Estados Unidos.
—Sí, yo...
—Bienvenida a casa.
Se vio envuelta en un gran y fuerte abrazo, que la alzó de puntillas. El
alegre gesto hizo que le escocieran los ojos y se le calmaran los nervios.
—Soy Connor, por si te lo estás preguntando. ¿Te ha encontrado
Kathel y te ha traído a casa?
—No, es decir, sí. Yo venía hacia aquí, pero él me ha encontrado.
—De acuerdo, entra en casa para resguardarte del frío. El invierno aún
nos tiene en sus manos.
—Gracias. Sé que es temprano.
—Lo es. El día se empeña en empezar de esa forma. —En un gesto
que Iona encontró natural y milagroso, Connor agitó una mano hacia la
chimenea de la sala de estar. Las llamas lamieron la turba apilada—.
Desayunaremos, y así podrás contarme todo lo que haya que saber sobre
Iona Sheehan.
—Eso no me llevará demasiado tiempo.
—Oh, apuesto a que hay mucho que contar. —La agarró de la mano y
tiró de ella, atravesando la casa.
Iona captó de forma fugaz color, desorden y luz, y el olor a vainilla y
a humo. Y la sensación de espacio, más del que había esperado.
Luego entraron en la cocina, con su bonita chimenea de piedra, largas
encimeras de color pizarra, paredes de un azul intenso. Macetas de hierbas
adornaban los amplios alféizares y ollas de cobre colgaban sobre la isleta
central. Tras los cristales de las puertas de los armarios gris oscuro se veía
una colorida cristalería y platos. En un saliente circundado por ventanas
había una hermosa mesa antigua, con coquetas sillas desparejadas.
La combinación del informal estilo rural y la moderna eficiencia de
los relucientes electrodomésticos blancos funcionaba a las mil maravillas.
—Es una auténtica preciosidad, como algo sacado de una revista muy
elegante.
—¿De veras? Bueno, Branna tiene las ideas muy claras, y esta es una
de ellas. —Ladeó la cabeza mientras reflexionaba, brindándole otra rápida
y encantadora sonrisa—. ¿Sabes cocinar?
—Ah..., más o menos. Quiero decir que sé hacerlo, aunque se me da
de pena.
—Bueno, es una lástima. Entonces me toca a mí. ¿Quieres café o té?
—Oh, café, gracias. No tienes por qué cocinar.
—He de hacerlo si quiero comer, y quiero. Normalmente Branna
cocina y yo friego, pero soy muy capaz de preparar el desayuno.
Mientras hablaba, apretó los botones de una cafetera de aspecto muy
intimidante y sacó una cesta con huevos, un trozo de mantequilla y un
paquete de beicon de la nevera.
—Quítate el abrigo y ponte cómoda —le dijo—. Branna dice que estás
experimentando la vida en Ashford durante unos días antes de venirte aquí.
¿Qué te parece Ashford?
—Es como un sueño. Ayer me pasé casi todo el día durmiendo. Es
evidente que me estoy resarciendo. ¿No te molesta que me mude aquí?
—¿Por qué habría de molestarme? Nos turnaremos para fregar, así
que un punto para mí. —Descolgó una sartén y la colocó sobre el fogón de
la cocina—. Las tazas están ahí arriba, y hay leche fresca si quieres, y
también azúcar. —Señaló aquí y allá antes de poner el beicon en la sartén.
Todo aquello, todo en él, parecía tan natural y milagroso como su
forma de encender la chimenea.
—He oído que quieres trabajar en el picadero.
—Eso espero.
—Branna ha hablado con Boyle. Él hablará de eso contigo hoy.
—¿En serio? —El corazón le dio un vuelco ante la perspectiva—. Es
genial. Es fantástico. Mucha gente pensó que había perdido la chaveta por
hacer las maletas sin más y venirme aquí sin un plan concreto, sin un
trabajo esperándome ni un lugar en el que quedarme.
—¿Cómo va a ser una aventura si ya sabes todos los pasos antes de
darlos?
—¡Eso es! —Iona le brindó una amplia sonrisa—. Ahora tengo una
entrevista de trabajo y una familia con la que vivir. Y esta mañana..., desde
luego anoche no entraba en mis planes venir aquí a las seis de la mañana...,
he visto un halcón en el bosque. Ha descendido directamente, se ha posado
en una rama y me ha observado. Le he hecho fotos. —Sacó su teléfono
móvil para enseñárselas—. Supongo que tú sabes qué tipo de halcón..., de
ave rapaz..., es.
Cuando sacó el beicon de la sartén, Connor ladeó la cabeza para
estudiar la imagen.
—Es un peuco; el mismo que utilizamos para nuestros paseos con
halcones. Ese es Merlín, propiedad de Fin, y es un ave magnífica. Finbar
Burke —agregó—. Es copropietario de las cuadras junto con Boyle, y
montó la escuela de cetrería aquí, en Ashford. Fin posee un poco de esto y
otro poco de aquello.
—¿También me entrevistaré con él?
—Oh, es muy probable que eso se lo deje a Boyle. Mi café con mucha
leche y dos cucharadas de azúcar, por favor.
—Yo lo tomo igual.
—Branna solo se pone una gota de leche. Ponle uno también a ella.
Está a punto de bajar y va a necesitarlo.
—¿De veras? ¿Cómo lo...? Ah.
Connor se limitó a sonreír.
—Desprende violentas vibraciones antes de tomarse su café matutino,
y es un poco temprano para ella, así que es posible que muerda.
Iona cogió otra taza y sirvió el café deprisa. Estaba añadiendo la gota
de leche, cuando entró Branna, con su negro cabello, casi hasta la cintura,
suelto, los ojos irritados y expresión enfadada.
Cogió la taza que Iona le ofrecía y bebió dos buenos tragos mientras
observaba a su prima por encima del borde.
—Vale, ¿qué ha pasado?
—Oh, vamos, no te metas con ella —dijo Connor—. Lo ha pasado
mal. Deja que coma algo.
—Dudo que haya venido aquí al amanecer para desayunar. Vas a
cocer demasiado esos huevos, Connor, como siempre.
—De eso nada. Por qué no cortas unas rebanadas de pan para tostar y
ella nos lo cuenta cuando se haya tranquilizado.
—Ella está aquí mismo —les recordó Iona.
—A las seis y media de la puñetera mañana —concluyó Branna, pero
cogió un cuchillo para el pan y retiró el paño de una hogaza situada en una
tabla de cortar sobre la encimera.
—Lo siento, pero...
—Cada frase que pronuncia comienza con esas dos palabras. —
Branna cortó el plan y lo metió en la tostadora.
—Joder, termínate el café antes de que tu mal humor me arruine el
apetito. Saquemos unos platos, Iona. —Su tono pasó de brusco a amable
cuando su hermana se apoyó contra la encimera y se bebió el café
enfurruñada.
Sin decir nada, Iona bajó unos platos y, siguiendo las indicaciones de
Connor, localizó los cubiertos y puso la mesa.
Se sentó con sus primos, miró la fuente colmada de beicon y huevos,
el plato con pan tostado, y los escuchó discutir sobre cómo estaban
preparados los huevos, a quién le tocaba ir al mercado y por qué la ropa de
la colada no estaba doblada.
—Mi repentina llegada os ha enfrentado, así que os estáis peleando,
pero...
—No nos estamos peleando. —Connor llenó su tenedor de huevos—.
¿Nos estamos peleando, Branna?
—Pues no. Nos estamos comunicando. —Entonces rió, se apartó su
magnífica melena y mordió un trozo de tostada—. Si nos estuviéramos
peleando, no solo los huevos estarían pasados.
—No están pasados —insistió Connor—. Están bien hechos.
—Están buenos.
Branna miró a Iona poniendo los ojos en blanco.
—Estoy segura de que has comido mejor en el hotel. El chef de allí es
brillante.
—No estaba pensando en la comida esta mañana. No puedo limitarme
a leer libros e ir dando tumbos tratando de... No sé qué hacer a menos que
sepa.
—Ya ha comido un poco —le dijo Branna a Connor—. Así que, ¿qué
ha pasado?
—He tenido un sueño que no era un sueño.
Se lo contó todo, cada detalle que pudo recordar, con tanta
minuciosidad como le fue posible.
—Deja que te vea la mano —la interrumpió Branna—. La que te
sangraba. —Se la cogió, y la sostuvo con rapidez mientras pasaba las
yemas de los dedos sobre el dorso. La piel se abrió, llenándose de sangre
—. ¡Estate quieta! —espetó Branna cuando Iona ahogó un grito y trató de
zafarse—. Ahora no es más que un recuerdo. No hay dolor. Esto es solo la
imagen de lo que fue.
—Era real. Dolía, quemaba. Y había sangre en la sábana.
—Entonces sí era real. Esto es solo un reflejo. —Volvió a pasarle la
yema de los dedos y las heridas se desvanecieron.
—Estaba embarazada. Es decir, ella estaba embarazada. En la visión,
o en el sueño. Él no lo sabía. No podía verlo ni... ¿sentirlo? No sé cuál de
las dos cosas. —Inquieta, Iona se apartó el pelo con ambas manos—.
Tengo que saber, Branna. Me dijiste que tenía que pensármelo bien, pero
¿cómo voy a hacerlo si no dispongo de toda la información?
—Está estrechamente ligado —repuso Branna, y Connor asintió, de
acuerdo con ella—. Y tú eres más vulnerable de lo que pensaba. Te daré
algo para filtrar las visiones; puede que te ayude a, digamos, mantenerte un
paso atrás. Connor y yo te guiaremos lo mejor que sepamos. Pero no
podemos contarte lo que no sabemos. Que Teagan regresó sola a la cabaña,
al bosque, y se enfrentó a él, lo sabemos porque nos lo estás contando tú.
—Branna y yo conocemos algunas cosas, y ahora tú sabrás más. Los
dos hemos retrocedido atrás en el tiempo, hemos vislumbrado cosas, nos
hemos sentido como tú te sientes ahora.
—Pero éramos solo dos —agregó Branna—. Ha de haber tres.
—Él ha sido más audaz contigo porque tú eres más vulnerable. No
seguirás siéndolo —le aseguró Connor.
Parecía absurdo, pero Iona tenía que decir en voz alta lo que se
arremolinaba en su cabeza.
—¿Puede matarme? Si regreso en sueños, ¿podría matarme?
—Puede intentarlo y es probable que lo haga —Branna respondido al
absurdo con absoluta sencillez—. Tú lo detendrás.
—¿Cómo?
—Con tu voluntad, con tu poder. Con el amuleto que llevas y que
siempre debes llevar, y con lo que yo voy a darte.
Branna dejó de juguetear con los huevos de su plato y cogió su taza de
café. Y una vez más observó a Iona por encima del borde.
—Pero sé que si te quedas, si tienes intención de estar con nosotros y
ser lo que eres, él vendrá a por ti. Debes quedarte por voluntad propia y
siendo consciente de eso, o irte y vivir tu vida.
Todo era demasiado fantástico. Y, sin embargo..., había vivido ese
sueño, había sentido el dolor.
Y conocía la atracción y la fuerza de lo que vivía en su interior.
Había quemado sus puentes, se recordó Iona, para tener la oportunidad
de construir otros nuevos. Llevaran a donde llevasen..., y ya la habían
acercado a lo que era, a quien era, más que ninguno de los antiguos.
—No voy a marcharme.
—Tienes poco tiempo para pensar o comprender —comenzó Branna.
Iona se limitó a negar con la cabeza.
—Sé que nunca he encajado en ninguna parte antes. Y creo que esta es
la razón. Porque pertenezco a este lugar. Procedo de ella, de Teagan.
También creo que ella quería que yo viera que lo hirió aquella noche y que
él tuvo miedo. ¿No... no podría significar eso que puedo hacerle daño?
—Si este es tu lugar, y creo que así es, entonces ya estás aquí. Pero no
actúes precipitadamente —la aconsejó Connor, dándole una palmadita en
la mano—. Solo acabas de empezar.
—Soy una amazona excelente, con muy buena disposición. Y
aprenderé. Enseñadme. —Se acercó con apremio—. Enseñadme.
Branna se recostó en la silla.
—No tienes demasiada paciencia.
—Depende. No —reconoció Iona—. No mucha.
—Pues vas a tener que sacarla de donde sea, pero daremos algunos
pasos. Pequeños pasos.
—Habladme de la cabaña. Ellos vivían allí, Sorcha murió allí. ¿Sigue
en pie? Hay un árbol grande, caído, y unas tupidas enredaderas, y...
—No vayas allí —se apresuró a decirle Branna—. Aún no, y menos
sola.
—Tiene razón. Tienes que esperar para eso. Tienes que prometer que
no irás allí tu sola. —Connor le agarró la mano, e Iona sintió el calor que
emanaba contra su palma—. Danos tu palabra y sabré si tienes intención de
cumplirla.
—De acuerdo. Lo prometo. Pero me llevaréis vosotros.
—Hoy no —le dijo Branna—. Tengo cosas que hacer, y Connor tiene
que ir a trabajar. Y tú tienes que ir a ver a Boyle.
—¿Ahora?
—Bastará con que vayas después de desayunar y de que hayas fregado
en pago por sacarme de la cama a estas horas intempestivas. Vuelve más
tarde. Yo habré terminado hacia las tres.
—Aquí estaré. —Calmada, habiendo recobrado la confianza, Iona se
sirvió otra tostada.
Capítulo 5
Mientras seguía el camino, Iona trató de ejercitar sus habilidades para
las entrevistas. Qué decir, cómo decirlo. Esperaba ir vestida de forma
adecuada, ya que no había previsto tener una entrevista de trabajo tan
pronto cuando salió de la habitación del hotel esa mañana, ataviada con
unos vaqueros y su jersey rojo favorito. Pese a todo, aspiraba a un empleo
en el picadero, así que dudaba que fuera necesario un traje formal y un
maletín.
De todas maneras, no tenía ninguna de las dos cosas, pensó, y nunca
las había deseado.
Lo que sí tenía era el currículo que había elaborado, la carta de
recomendación de sus anteriores jefes y todas las referencias de sus
alumnos o los padres de estos.
No le preocupaba lo que fueran a pagarle, no en un principio. Tan solo
necesitaba meter la cabeza. Luego podría demostrar su valía, y lo haría. Y
mientras lo hacía, no solo tendría trabajo, sino el trabajo que amaba.
Se le formó un nudo en el estómago, tal y como le sucedía cuando
deseaba tanto alguna cosa, de modo que se obligó a no parlotear como un
papagayo cuando conociera al hombre que podía contratarla o mandarla a
paseo.
En cuanto llegó al claro y vio el edificio se le pasaron los nervios. Ahí
estaba lo que le era familiar, una especie de hogar. La forma de los
establos y su pintura roja, descolorida a causa de la climatología, los dos
caballos cuyas cabezas asomaban por las puertas holandesas, los camiones,
los remolques repartidos por el aparcamiento de grava.
Los olores del heno, los caballos, el estiércol, el cuero, el aceite y el
grano cautivaron su corazón. Todo ello la envolvió mientras sus botas
crujían sobre la grava.
No pudo contenerse. Fue derecha a los caballos.
El alazán le sostuvo la mirada con firmeza, viéndola aproximarse. Le
dedicó un resoplido, y desplazó su peso de unas patas a otras. Luego
inclinó la cabeza cuando ella le acarició el carrillo, dándole después un
suave empujoncito con el morro.
—Yo también me alegro de conocerte. Pero qué guapo eres.
Se fijó en que tenía unos ojos cristalinos, pelaje limpio y reluciente,
crines bien cepilladas y un aire relajado. Los caballos sanos y bien
atendidos alentaron su estimación hacia los aún desconocidos Boyle
McGrath y Finbar Burke.
—Espero que nos veamos mucho. ¿Y quién es tu amigo? —Se volvió
hacia el segundo caballo, un bayo robusto que se frotaba el cuello contra el
marco, como si no tuviera el más mínimo interés en ella. Cuando se
acercó, este echó las orejas hacia atrás. Iona ladeó la cabeza—. Eso está
mejor. No hay por qué estar nervioso. Solo he venido a saludarte.
Lo frotó con rapidez.
—Ese es César, y te está calando.
Iona se dio la vuelta y vio a una amazona con botas de montar detrás
de ella. El curvilíneo cuerpo de la mujer llenaba unos ceñidos pantalones
de montar y una cazadora de cuadros escoceses. Su cabello, recogido en
una larga y despeinada trenza, le recordó al preciado abrigo de visón de su
abuela, de un intenso y brillante tono castaño. Aunque llevaba a Irlanda en
la voz, su piel dorada y sus profundos ojos castaños hablaban de climas
más cálidos y de hogueras zíngaras.
—Por lo general, le gusta mostrarse fiero en el primer encuentro. Y
puede poner reparos a que lo toquen... normalmente —agregó cuando Iona
continuó acariciándolo.
—Lo que sucede es que es cauteloso con los desconocidos. ¿Los dos
son caballos de paseo?
—Dejamos a César para los jinetes expertos, pero los dos trabajan
aquí, sí.
—Yo también espero hacerlo. Soy Iona Sheehan. He venido a hablar
con Boyle McGrath.
—Ah, tú eres la yanqui, una prima de Connor y Branna. Soy Meara
Quinn. —Se acercó y estrechó la mano de Iona con firmeza, evaluándola
de forma rápida y seria con la mirada—. Has venido pronto.
—Todavía me estoy adaptando al cambio horario. Puedo volver más
tarde si no es buen momento.
—Oh, este es tan buen momento como cualquiera. Boyle no está, pero
no tardará en llegar. Puedo enseñarte esto si te apetece.
—Me gustaría, gracias. —Al igual que le había sucedido a César, los
nervios de Iona se calmaron—. ¿Hace mucho que trabajas aquí?
—Ah, unos ocho años. Casi nueve, más bien. En fin, ¿quién lleva la
cuenta?
La condujo dentro; las largas zancadas de sus largas piernas hicieron
que Iona apretara el paso para no quedarse atrás. Iona vio un desordenado
cuarto a un lado, repleto de cascos de montar, protectores para las piernas y
algunas botas. Un delgaducho gato atigrado salió de manera furtiva, evaluó
a Iona con la mirada, igual que había hecho Meara, y luego se marchó con
toda tranquilidad.
—Ese era Darby, que nos honra con su presencia. Darby es un cazador
de ratones feroz, así que aguantamos su mal humor. Se gana su comida y
va y viene según le place.
—Un trabajo cojonudo.
Meara esbozó una amplia sonrisa.
—Eso es verdad. Bueno, aceptamos reservas para montar, realizar
paseos guiados con los huéspedes entre los lagos Corrib y Mask.
Normalmente de una hora de duración, aunque podemos prolongarlo si nos
lo piden y pagan por ello. Y aquí tenemos el picadero.
Al entrar, Iona vio a una mujer de treinta y pico años a lomos de un
robusto alazán y a un hombre achaparrado en vaqueros de trabajo, que se
encargaba de que amazona y caballo realizaran la rutina.
—Ese es nuestro Mick. Fue jockey en su juventud y tiene
interminables historias que contar sobre esos días.
—Me encantaría oírlas.
—Puedes estar segura de que lo harás si estás aquí más de cinco
minutos. —Meara puso los brazos en jarras y observó a Mick durante un
momento, dejando que Iona hiciera lo mismo—. Mick sufrió una mala
caída en una competición en Roscommon, y así acabó esa parte de su
carrera. Ahora enseña y entrena, y sus alumnos coleccionan lazos azules.
—Parece que sois afortunados de tenerlo.
—Sí que lo somos. Tenemos otra zona junto al establo grande, no
lejos de aquí, para practicar salto y doma. También damos clases a los
lugareños, y de vez en cuando realizamos paseos guiados. En esta época
del año no solemos tener excesiva actividad, aunque hay mucho que hacer.
Tenemos veintidós caballos entre los que alojamos aquí y los que hay en el
otro establo. El guadarnés está por aquí. —Lanzó una mirada a Iona—.
Utilizamos la silla inglesa, así que si estás acostumbrada a la silla tejana,
tendrás que adaptarte.
—Monto ambas.
—Eso es muy práctico para ti. Boyle insiste mucho en mantener el
guadarnés ordenado —prosiguió mientras le indicaba a Iona que entrara en
el cuarto—. Los que trabajamos aquí hacemos de todo. Nos ocupamos del
guadarnés, cogemos reservas, limpiamos las cuadras, atendemos a los
caballos, les damos de comer; hay una pizarra con el horario de comidas y
la dieta de cada animal colgada fuera de sus respectivas casillas. ¿Has
hecho algún paseo guiado?
—En mi país, claro.
—Entonces ya sabes que se trata de algo más que de pasear con los
clientes. Tienes que estimar qué tal se las apañan con el trayecto, qué tal
montan, y la mayoría de los que reservan aquí quieren un poco de
animación, tú ya me entiendes, algo de charla sobre la zona, la historia e
incluso la flora y la fauna.
—Aprenderé. De hecho, ya he estudiado un poco. Me gusta saber
dónde estoy.
—Es difícil saber adónde vas a menos que sepas dónde estás.
—Estoy abierta a sorpresas a ese respecto.
Se vio envuelta por olores familiares; a cuero y a jabón de aceite.
Imaginó que, para la mayoría, el guadarnés parecería abarrotado y
desorganizado, pero ella veía la pauta básica, el uso, la reparación y el
mantenimiento cotidianos.
Las bridas colgaban en una pared, las sillas estaban colocadas en sus
montureros en otra. Arneses en sus soportes en la tercera, con ganchos y
perchas para bocados y avíos, estantes para esto y aquello, trapos y
cepillos, jabones para cuero y aceites. Y una especie de cuartito adyacente
para escobas, horquetas, almohazas, limpiacascos y más ganchos para
cubos. Divisó una vieja nevera.
—Las medicinas están ahí —le dijo Meara—. A mano para cuando se
necesitan. Hacemos lo que podemos para mantenerlo todo razonablemente
ordenado, y una o dos veces al año, cuando no hay mucho jaleo, le
metemos caña. ¿Tienes tu propio equipo?
—Lo vendí. —Eso había sido doloroso—. A excepción de las botas de
montar, las de goma y el casco de equitación. No sabía si tendría un lugar
donde guardarlo ni si tendría ocasión de usarlo, al menos durante una
temporada. ¿Necesito equipo propio?
—No, no lo necesitas. Muy bien, querrás ver los caballos que tenemos
aquí. También damos alojamiento, pero en el establo grande. Aquí tenemos
los caballos para las rutas y los cambiamos de un establo a otro según se
requiera. —Meara hablaba mientras caminaba, llevando a Iona por el
establo a paso vivo—. Tenemos una reserva para cuatro más tarde esta
mañana y dos más para esta tarde, un grupo de dos y otro de seis. Y clases
reservadas a lo largo del día, así que estamos a tope.
Se detuvo para frotar la cabeza de un recio alazán con un cordón
blanco en la cara.
—Esta es Maggie, y es muy dulce. Es buena con los niños y con los
asustadizos. Maggie es paciente y le gusta la tranquilidad. ¿A que sí,
cariño?
La yegua acarició el hombro de Meara con el morro, arrimando la
cabeza a Iona a continuación.
—Qué guapa eres —le dijo Iona.
Después de frotarla y rascarla, Maggie le dio un suave topetazo en el
bolsillo a Iona, haciéndola reír.
—Hoy no tengo. Me aseguraré de traerte una manzana la próxima vez.
Es... —La voz de Iona se fue apagando al ver la mirada inquisitiva de
Meara—. ¿Qué?
—Es extraño, nada más. A Maggie la vuelven loca las manzanas. —
Dejándolo ahí, Meara hizo un gesto—. Y este es nuestro Jack. Es un chico
grande, y le gusta dormir la siesta y pararse a pastar durante el paseo si
puede. Necesita mano firme.
—Te gusta comer y dormir, ¿eh? ¿Y a quién no? Apuesto a que un
chico tan grande y tan fuerte como tú puede llevar a trescientos sin
inmutarse.
—Podría. Y aquí tenemos a Spud. Es joven y brioso, pero va bien.
—Un caballo negro. —Iona se acercó para pasar la mano por sus
oscuras crines—. Con debilidad por las patatas. —Captó otra vez aquella
mirada de Meara, y le brindó una sonrisa—. Es por su nombre, Spud.[1]
—Utilizaremos ese si quieres. Y esta es Queen Bee, porque se cree
que es la reina de la colmena. Los mangonea a todos a la menor
oportunidad, pero le gusta un buen paseo.
—A mí tampoco me importaría dar uno. ¿Ha tenido algún problema
en la pata delantera?
—Un pequeño esguince hace una semana, más o menos. Ha curado
bien. Si te dice lo contrario, es que solo busca dar pena —bromeó.
Iona dio un paso atrás, sintiéndose insegura, y se metió las manos en
los bolsillos.
—Es poco probable que me entre el canguelo porque alguien
comparta una relación tan íntima con los caballos —comentó Meara—.
Mucho menos si se trata de alguien que tiene la misma sangre que los
O’Dwyer.
—Se me dan bien... los caballos —concretó Iona mientras acariciaba a
la regia Queen Bee—. Tengo la esperanza de conseguir llevarme bien con
los O’Dwyer.
—Connor es de trato fácil y siente debilidad por una cara bonita. Y la
tuya lo es. Branna es justa, y es suficiente con eso.
—Sois amigas.
—Lo somos, y lo hemos sido desde que llevábamos pañales, así que
sé que Branna, como es justa, no te habría mandado a nosotros si no
sirvieras.
—Soy buena en esto. Es lo que se me da bien.
Era lo único en lo que estaba segura de ser buena, pensó.
—Tendrás que serlo. Lo sé desde siempre —le dijo Meara al ver la
mirada inquisitiva de Iona—. Así que sé que quien se comunica con los
caballos es el tercero.
Iona pensó en las miradas de los camareros durante la cena la noche
anterior.
—¿Es que todo el mundo lo sabe?
—¿Qué sabe la gente, en qué cree, qué acepta? Son cuestiones
diferentes, ¿no te parece? Bueno, ya que Boyle se está retrasando,
podemos... —Se interrumpió, sacó el móvil cuando pitó en su bolsillo y
echó un vistazo al mensaje—. Ah, estupendo, ya viene. Si te parece bien,
podemos salir e ir a su encuentro.
Su posible nuevo jefe, pensó Iona.
—¿Algún consejo?
—Podrías recordar que Boyle también es equitativo, aunque a menudo
parco en palabras y temperamental.
Meara le indicó a Iona que continuara mientras se guardaba de nuevo
el teléfono.
—Está montando la última adquisición de Fin. Fin es el socio de
Boyle y viaja de acá para allá cuando se propone comprar caballos y
halcones, o lo que quiera que se le antoje.
—Pero Boyle..., el señor McGrath..., dirige el picadero.
—Sí..., o más bien lo dirigen ambos, pero es Boyle quien se ocupa del
día a día. Fin encontró este semental en Donegal e hizo que lo enviaran, ya
que él aún está de viaje. Tiene pensado aparearlo más avanzado el año, y
Boyle está igual de empeñado en enseñarle modales.
—¿A Fin o al semental?
Meara prorrumpió en una sonora y estridente carcajada cuando
volvieron a salir.
—Esa es la cuestión; puede que a ambos, aunque yo apostaría a que
tendrá mejor suerte con el caballo que con Finbar Burke. —Señaló hacia el
fondo de la carretera con la cabeza—. Aun así, es un capullo muy guapo,
con un genio del copón.
Iona se dio la vuelta. No sabría decir si Meara hablaba del caballo o
del hombre que lo montaba. Su primera impresión fue de magnificencia e
impulsividad por ambas partes.
El caballo, grande y hermoso, que fácilmente medía dieciséis palmos,
ponía a prueba al jinete con algún corcoveo que otro, y aun desde aquella
distancia podía ver el brillo feroz en sus ojos. Se apreciaba cierto sudor en
su pelaje gris humo, a pesar de que la mañana era fresca..., y mantenía las
orejas hacia atrás con gesto obstinado.
Pero el hombre, también alto y hermoso, se mantuvo firme, Iona oyó
su voz, el desafío que denotaba, aunque no las palabras, mientras mantenía
al caballo al trote.
Y algo dentro de ella se removió ante el simple sonido de su voz.
Nervios, excitación, se dijo, porque el hombre tenía su felicidad en sus
manos.
Pero a medida que se aproximaban esa sensación aumentó hasta
tornarse en un aleteo. La atracción le lanzó un puñetazo doble, al corazón y
al vientre, ya que él era tan magnífico como el caballo. E igual de atractivo
para ella.
La brisa agitaba con fuerza su cabello, de un intenso tono caramelo
que no era del todo castaño ni tampoco rojizo. Llevaba una cazadora,
vaqueros descoloridos y botas ajadas, todo acorde con su rostro duro y de
huesos marcados. La fuerte mandíbula y una boca que le pareció tan
obstinada como la del caballo que montaba reflejaron el mal genio apenas
contenido cuando el caballo corcoveó de nuevo.
Una delgada cicatriz, en forma de rayo, surcaba su ceja izquierda. Por
razones que no alcanzaba a comprender, aquello provocó una deliciosa
tormenta de lujuria dentro de ella.
Vaquero, pirata, jinete de una tribu salvaje. ¿Cómo podía encarnar tres
de sus mayores fantasías en un grande y audaz paquete?
Boyle McGrath. Pronunció su nombre para sus adentros. Puedes ser
un problema para mí, y en lo referente a problemas estoy muy interesada,
pensó.
—Ay, nuestro Boyle está de mal genio. Bueno, si vas a trabajar aquí,
será mejor que te acostumbres, porque bien sabe Dios que lo tiene. —
Meara avanzó, levantando la voz—: Te ha hecho sudar tinta, ¿no?
—Ha intentado arrancarme un trozo de un bocado. Dos veces. El muy
cabrón. Si lo intenta de nuevo puede que lo castre yo mismo con un puto
cuchillo para untar mantequilla.
Cuando Boyle tiró de las riendas, el caballo se agitó, brincó y trató de
alzarse sobre las patas traseras.
Sus manos grandes, con los nudillos surcados de marcas, igual que la
ceja y las botas, lucharon por refrenarlo.
—Podría matar a Fin por esto. —Como si desafiara a su jinete, el
caballo intentó encabritarse otra vez. Iona se acercó siguiendo su instinto y
agarró la brida—. Quédese atrás —espetó Boyle—. Muerde.
—Ya me han mordido antes. —Le habló directamente al caballo, con
los ojos clavados en los suyos—. Pero prefiero que no me muerdan de
nuevo, así que para. Eres una preciosidad —le dijo con voz alegre—. Y
estás muy cabreado. Pero podrías cortar el rollo y ver qué pasa. —Le lanzó
una mirada a Boyle. Él no mordía, pensó, aunque sospechaba que tenía
otras formas de arrancarle un bocado a un adversario—. Seguro que usted
también estaría malhumorado si alguien lo metiera en un remolque y le
alejara de su casa para luego arrojarlo entre un puñado de desconocidos.
—¿Malhumorado? Le ha dado una coz a un mozo de cuadra y ha
mordido a un peón, y eso solo esta mañana.
—Para —repitió Iona cuando el caballo trató de zafarse—. A nadie le
gustan los matones. —Le acarició el cuello con la mano libre—. Ni
siquiera uno tan hermoso como tú. Está cabreado, eso es todo, y se está
asegurando de que todos lo sepan —le dijo a Boyle.
—Oh, ¿eso es todo? Pues entonces no pasa nada. —Desmontó,
sujetando las riendas en corto—. Tú debes de ser la prima estadounidense
que nos ha enviado Branna.
—Iona Sheehan, y seguramente soy tan inoportuna para ti como este
semental. Pero sé de caballos, y a este no le ha gustado que lo apartasen de
todo cuanto conocía. Aquí todo es diferente. Yo sé lo que es eso —le dijo
al caballo—. ¿Cómo se llama?
—Fin le llama Alastar.
—Alastar. Te harás un hueco aquí. —Soltó la brida y el caballo meneó
las orejas. Pero si se le pasó por la cabeza intentar darle un mordisco,
cambió de parecer y apartó la mirada con despreocupación—. He traído mi
currículo —comenzó Iona. Trabajo, trabajo, trabajo, se recordó. Y
mantenerse apartada de los problemas. Y sacó la memoria USB que se
había guardado en el bolsillo esa mañana—. Llevo montando desde que
tenía tres años y he trabajado con caballos; cepillándolos, atendiéndolos,
realizando rutas y paseos guiados. He dado clases, privadas y en grupo.
Entiendo de caballos —repitió—. Y estoy dispuesta a hacer lo que sea
necesario con tal de tener la oportunidad de trabajar aquí.
—Le he enseñado el lugar —adujo Meara, cogiendo la memoria USB
de Iona—. Dejaré esto en tu mesa.
Boyle sujetó las riendas con firmeza y mantuvo los ojos, de un
bruñido dorado con motas verdes, fijos en Iona.
—Los currículos no son más que palabras sobre papel, ¿verdad? No
son hechos. Puedo darte trabajo limpiando. Veremos si sabes atender a un
caballo antes de asignarte lo demás. Aunque siempre hay arreos que
lustrar.
Meter la cabeza, se recordó.
—Entonces sacaré el estiércol y limpiaré.
—Ganarías más yendo al castillo y buscando trabajo allí. Sirviendo
mesas, limpiando o de dependienta.
—No se trata de ganar más. Se trata de hacer lo que adoro y lo que
estoy destinada a hacer. Y es esto. No me molesta limpiar cuadras.
—Entonces Meara puede darte tarea. —Le cogió la memoria USB a
Meara y se la guardó en su bolsillo—. Me ocuparé del papeleo en cuanto
instale a este.
—¿Vas a meterlo en una casilla?
—No pienso registrarlo en el hotel.
—A él le gustaría... ¿No le vendría bien algo más de ejercicio? Ya ha
entrado en calor.
Boyle enarcó las cejas, atrayendo la mirada de Iona sobre la que tenía
marcada: la ceja sexy.
—Me ha dado mucha guerra durante casi una hora esta mañana.
—Está acostumbrado a ser el alfa, ¿verdad que sí, Alastar? Ahora
vienes tú y eres... un desafío. Has dicho que un currículo no son hechos.
Deja que lo haga yo. Puedo darle una vuelta por el potrero.
—¿Cuánto pesas? ¿Unas cuatro arrobas si estás mojada?
Ese hombre le estaba dando trabajo, se recordó. Y comparado con él, e
incluso con Meara, probablemente resultaba bajita y enclenque.
—No sé cuánto son cuatro arrobas, pero soy fuerte y tengo
experiencia.
—Te arrancará los brazos, y eso antes de arrojarte de su espalda como
a una mosca.
—No lo creo. Pero, claro, si lo hiciera, tú tendrías razón. — Volvió la
vista hacia el caballo—. Piensa en eso —le dijo a Alastar.
Boyle reflexionó al respecto. La preciosa diosa de las hadas quería
demostrar algo, así pues ¿por qué no dejar que lo intentara? Y podía
curarse los moratones del trasero... o la cabeza, dependiendo de qué
aterrizara primero en el suelo.
—Una vuelta al picadero. Dentro —agregó Boyle al tiempo que
señalaba el lugar—. Si es que consigues mantenerte encima tanto tiempo.
Búscale un casco, ¿quieres, Meara? Puede que le sirva para no partirse la
crisma cuando se caiga de cabeza.
—No es el único que está cabreado —Plena de seguridad, Iona le
brindó una sonrisa a Boyle—. Necesito acortar los estribos.
—Dentro —repitió, y condujo al caballo al interior—. Espero que
sepas caer bien.
—Así es. Pero no voy a caerme.
Acortó los estribos de manera rápida y competente. Sabía que Boyle
la observaba, y esto estaba bien, era bueno. Se conformaría con un trabajo,
y daría las gracias, aunque solo fuera limpiando cuadras y arreos.
Pero, Dios bendito, cuánto deseaba cabalgar. Y deseaba montar a ese
caballo con todas sus fuerzas. Sentirlo debajo de ella, compartir ese poder.
—Gracias.
Se abrochó el casco que Meara le llevó, y puesto que también le había
llevado un montador, lo utilizó.
Alastar se estremeció debajo de ella. Iona apretó las rodillas y alargó
la mano para coger las riendas.
Boyle se lo estaba pensando mejor; podía verlo en aquellos ojos
dorados.
—Branna no estará contenta conmigo si acabas en el hospital.
—Tú no le tienes miedo a Branna.
Cogió las riendas. Tal vez nunca hubiera estado segura de cuál era su
lugar, pero siempre, desde el primer instante, se había sentido a gusto
cuando estaba subida a una silla de montar.
Se inclinó hacia delante para susurrarle al oído a Alastar:
—No me dejes en ridículo, ¿vale? Vamos a exhibirnos y a ponerlo a él
en evidencia.
Alastar dio cuatro pasos con ánimo colaborador. Luego coceó con las
patas traseras, las apoyó en el suelo y se encabritó.
«Basta. Podemos jugar a eso en otro momento.»
Lo hizo girar, cambiar de pie en el aire, girar otra vez y un nuevo
cambio de pie antes de ponerlo al trote.
Cuando el caballo se fue hacia un lado y trató de lanzar otra coz, Iona
se rió.
—Puede que no pese tanto como el grandullón, pero me pego como
una lapa.
Le impuso un elegante medio galope —Dios, qué bonito era— y de
nuevo lo puso al trote.
Y se sintió viva.
—Esa chica es mucho más que palabras sobre un papel —murmuró
Meara.
—Puede que sí. Buen asiento, buenas manos..., y por alguna razón a
ese demonio parece gustarle.
Boyle pensó que parecía haber nacido sobre un caballo, como si
pudiera cabalgar sobre el viento, los árboles y prácticamente sobrevolar las
montañas.
Luego cambió el peso de un pie al otro, molesto con sus fantasiosos
pensamientos.
—Puedes llevarla contigo de ruta..., pero no montada en ese
demonio..., y ver qué tal se le da.
—Será un buen semental de cría, ya lo sabes. Fin tenía razón en eso.
—Fin raras veces se equivoca. Pero cuando lo hace, mete la pata hasta
el fondo. Aun así, ella lo hará. Hasta que deje de hacerlo. Ocúpate de que
lleve a Alastar al potrero. Veremos si se queda allí.
—¿Y tú?
—Me ocuparé del papeleo de la chica.
—¿Cuándo quieres que empiece?
Boyle la vio iniciar un fluido trote largo.
—Creo que ya ha empezado.
Iona no pudo ir al pueblo. Sus planes cambiaron del mejor modo
posible al pasarse el resto de la mañana limpiando estiércol, atendiendo
caballos, firmando documentos, aprendiendo de Meara las reglas básicas y
el ritmo.
Y lo mejor de todo fue que la llevaron a un paseo guiado. Tal vez el
paso fue tranquilo hasta el punto de resultar indolente, pero seguía siendo
una cabalgada sobre el alegre Spud. Trató de memorizar puntos de
referencia mientras cabalgaban plácidamente por el duro sendero,
atravesando el verde bosque y siguiendo el oscuro rumor del río.
Un viejo cobertizo, un pino lleno de marcas, un montón de rocas.
Oyó la voz de Meara subiendo y bajando de intensidad mientras
entretenía a los clientes —una pareja alemana en una breve escapadita— y
disfrutó de la mezcolanza de acentos.
Ahí estaba ella, Iona Sheehan, cruzando el bosque de Mayo (¡con un
trabajo!), oyendo voces con acento alemán e irlandés, sintiendo la fresca y
húmeda brisa en las mejillas y viendo el sol brillar de manera intermitente
entre las nubes y los árboles.
Estaba ahí. Era real. Y se dio cuenta con repentina y absoluta certeza
de que jamás iba a volver.
A partir de ese día aquel era su hogar, pensó. Un hogar que se forjaría
ella sola, para sí misma. Esa era su vida, una vida que iba a vivir como
deseara.
Si eso no era magia, ¿qué lo era?
Oyó otras voces, una rápida risa envolvente tan atractiva que la hizo
sonreír.
—Ese es Connor —le dijo Meara—. De paseo con los halcones.
Lo vio en el sendero al doblar una curva, parado con otra pareja.
Había un halcón posado en el guante que protegía el brazo de la mujer en
tanto que el hombre que la acompañaba tomaba fotografías.
—¡Oh, es alucinante! —Extraordinario, pensó Iona. Y, de algún
modo, como salido de otra época—. ¿No es alucinante?
—Otto y yo tenemos cita para mañana —le dijo la mujer alemana—.
Estoy deseando que llegue.
—Os lo pasaréis muy bien. Tengo que probarlo. Ese es mi primo —
agregó, muy orgullosa—. El cetrero.
—Es muy guapo. Tu primo es cetrero, ¿y no has salido con él a hacer
volar los halcones?
—Llegué aquí ayer mismo. —Esbozó una sonrisa radiante cuando
Connor levantó la mano, guiñándole el ojo con descaro a Meara o a ella,
probablemente a las dos.
—Lo que veis ahí es un águila Harris —informó Meara—. Ya que
tenéis reservado un paseo para mañana, procurad tomaros el tiempo de
hacer una visita a la escuela de cetrería. Seguro que el paseo con halcones
será uno de los platos fuertes de vuestra visita a Ashford, y resulta más
completo si veis al resto de halcones y aves rapaces y aprendéis un poco
sobre ellos.
El águila levantó el vuelo, ascendiendo hasta una rama. Los dos
grupos se dejaron espacio mutuamente.
—Buenos días, Connor —saludó Meara al pasar.
—Buenos días. ¿Has salido a cabalgar, prima?
—Estoy trabajando.
—Bueno, eso es genial, y así más tarde puedes invitarme a una pinta
para celebrarlo.
—Eso está hecho.
Y además, pensó Iona, se tomaría una cerveza con su primo después
del trabajo. Aquello era magia de verdad.
—Lo siento. Mi inglés no es demasiado bueno.
—Es excelente —discrepó Iona, cambiando de posición para mirar a
la mujer amazona.
—Es tu primo. Pero tú no eres irlandesa.
—Estadounidense, descendiente de irlandeses. Acabo de mudarme
aquí, literalmente.
—¿Llegaste ayer mismo? ¿No habías estado antes?
—No, nunca. De hecho, me hospedo en el castillo durante unos días.
—Ah, así que estás de visita.
—No, ahora vivo aquí. Llegué ayer, hoy he encontrado este empleo y
la próxima semana me mudo a vivir con mis primos. Es realmente
maravilloso.
—¿Acabas de venir de Estados Unidos para vivir aquí? Creo que eres
muy valiente.
—Yo creo que más bien soy afortunada. Esto es precioso, ¿verdad?
—Muy hermoso. Nosotros vivimos y trabajamos en Berlín. Allí hay
mucho ajetreo. Esto es tranquilo y... no hay nada de ajetreo. Un sitio
estupendo para unas vacaciones.
—Sí.
Y un hogar aún mejor, pensó Iona. Su hogar.
Para cuando hubo cepillado a Spud, guardado sus arreos, conocido al
resto del personal de servicio ese día —Mick, con su espontánea sonrisa,
cuya hija mayor resultó ser la camarera que le había servido la cena la
noche anterior— y ayudado a dar de comer y abrevar a los animales, Iona
calculó que era demasiado tarde para hacer una visita a Cong o a la escuela
de cetrería.
Se acercó a Meara.
—No sé muy bien cuál es mi horario.
—Ah, bueno. —Meara tomó un buen trago de una botella de Fanta de
naranja—. Imagino que no tenías pensado trabajar la jornada completa,
cosa que ya casi has hecho. ¿Estás lista para trabajar mañana?
—Claro. Por supuesto.
—Yo diría que a las ocho es buena hora, pero será mejor que lo
consultes con Boyle para estar seguros, porque a lo mejor ya te ha puesto
un horario. Me parece que ya puedes irte; Mick y Patty tienen las cosas
bajo control y yo tengo una clase privada en el establo grande.
—Lo buscaré para preguntárselo. Gracias por todo, Meara.
Acorde a la felicidad imperante del día, le dio un abrazo a Meara.
—Te aseguro que no hay de qué, porque yo no he hecho nada, resulta
que menos de lo habitual, ya que tú me has hecho casi todo el trabajo duro.
—Me ha sentado bien. Sienta bien esto. Te veo mañana.
—Que tengas un buen día, y dale recuerdos a Branna y a Connor de mi
parte.
Iona echó un vistazo al picadero, luego a lo que Boyle llamaba
despacho, volvió sobre sus pasos, dio una vuelta y lo encontró fuera en el
potrero, manteniendo un duelo de miradas con Alastar.
—Piensa que no te cae bien.
Boyle volvió la vista.
—Entonces es un mamón muy intuitivo.
—Pero sí que te cae bien. —Tomó impulso para sentarse en la valla
—. Te gusta su físico y su espíritu, y te preguntas cómo puedes templar su
temperamento sin quebrar su espíritu. —Esbozó una sonrisa cuando Boyle
se acercó a ella—. Eres entrenador de caballos. No existe un solo
entrenador sobre la faz de la tierra que mire a ese magnífico animal y no
piense lo que yo acabo de decir. Os sacáis de quicio mutuamente, pero eso
es porque los dos sois grandes, guapos y tercos.
Separando las piernas, Boyle enganchó los pulgares en los bolsillos
delanteros.
—Y esa es tu conclusión después de una relación tan breve, ¿no?
—Sí. —Su feliz día la envolvía como el sol. Podría quedarse ahí
sentada durante horas, en el fresco y húmedo ambiente, con el hombre y el
caballo—. Os desafiáis el uno al otro, así que hay respeto..., y cada uno
está ideando su estrategia para conseguir quedar por encima del otro.
—Dado que seré yo quien lo monte a él y no al revés, el tema ya está
resuelto.
—No del todo. —Exhaló un suspiro mientras estudiaba a Alastar—.
Cuando era pequeña solía soñar con tener un caballo como este; un
semental grande y valiente solo mío, que solo yo pueda montar. Supongo
que la mayoría de las chicas pasan por esa etapa de fantasía equina. Yo
nunca la he superado.
—Montas bien.
—Gracias. —Bajó la mirada hacia él y se dio cuenta de que era una
suerte que estuviera sentada en la valla, pues de lo contrario podría haberle
dado un abrazo como había hecho con Meara—. He conseguido curro
gracias a eso.
—Así es.
Boyle no dijo nada cuando Alastar se acercó despacio, con sumo
desinterés e ignorándolo a él, y se detuvo casi con la nariz pegada a la de
Iona. El caballo miraba a la mujer como si ella tuviera todas las respuestas,
pensó Boyle.
—Hemos tenido un buen día, ¿a que sí? —Acarició el suave carrillo,
bajando por la fuerte columna del cuello—. Este es un buen lugar. Lo que
pasa es que se necesita algo de tiempo para acostumbrarse.
Acto seguido el caballo, que esa misma mañana le había dejado un
verdugón del tamaño del puño de un hombre en el bíceps a su peón más
veterano, pareció suspirar también. Y se arrimó, apoyando la cabeza en el
hombro de Iona para que ella pudiera pasar las manos sobre su largo
cuello.
«Yo cuidaré de ti —le dijo—. Y tú cuidarás de mí.»
—Claro, eres una de ellos —murmuró Boyle—. Una O’Dwyer de la
cabeza a los pies.
Cautivada por el caballo, Iona respondió con aire ausente:
—Mi abuela por parte materna.
—No es cuestión de partes, sino de sangre. Debería de habérmelo
imaginado por la forma en que has manejado a este semental desde el
principio. —Se apoyó contra la valla para someter a Iona a un prolongado
y minucioso escrutinio—. No te pareces físicamente ni a Branna ni a
Connor, puesto que eres rubia y bajita, pero tienes su sangre, sus huesos.
Dado que creyó entenderlo, volvió a ponerse nerviosa.
—Espero que ellos piensen lo mismo, ya que me están ofreciendo un
lugar donde vivir. Y también porque Branna me ha ayudado a conseguir
este trabajo para que no tenga que salir corriendo a buscarme uno que
seguramente se me daría de pena. De todas formas...
—La leyenda dice que la hija menor de la primera bruja oscura
hablaba con los caballos y que estos hablaban con ella. Y que aun siendo
un bebé era capaz de montar al caballo de guerra más bravío. Y que
algunas noches, cuando había luna nueva y le apetecía, salía a volar a
lomos de uno por encima de los árboles y las colinas.
—Yo... seguramente debería estudiarme las leyendas locales para las
rutas guiadas.
—Oh, claro, me parece que conoces esa muy bien. La de Cabhan, que
codiciaba y deseaba a Sorcha por su belleza y su poder. Y los tres que esta
engendró, y que tomaron el poder que ella les transmitió y todas las
responsabilidades que lo acompañaban. Su sangre y sus huesos —repitió.
Se le secó la garganta al ver la forma en que él la miraba, como si
pudiera ver algo que ella aún no comprendía del todo. Alastar se agitó al
sentir su angustia, aplastando las orejas hacia atrás mientras volvía la
cabeza hacia Boyle.
Iona deslizó los dedos con cautela bajo la brida con el fin de
tranquilizarlo.
«Es culpa mía —le dijo a Alastar—. No sé qué decir ni cómo
reaccionar.»
—Mi abuela me contó un montón de historias. —Iona sabía que
estaba eludiendo el tema, pero hasta que no lo conociera mejor, le parecía
lo más sensato—. De todas formas, a menos que necesites que me ocupe de
alguna otra cosa, debería marcharme ya. Se supone que tengo que reunirme
con Branna, y ya llego tarde. Meara me ha dicho que debería dar por
terminada la jornada y volver mañana... ¿a las ocho?
—Me parece bien.
—Gracias por el empleo. —Acarició a Alastar una última vez antes de
bajarse de la valla—. Trabajaré duro.
—Oh, me encargaré de que así sea, no te quepa duda.
—Bueno. —Notó que tenía las manos lo bastante sudadas como para
secárselas en los vaqueros—. Te veré mañana.
—Saluda a tus primos de mi parte.
—Vale.
Boyle la vio marcharse con rapidez, como si se limpiara algo pegajoso
contra el suelo.
Era una monada, pensó, aunque lo más prudente sería ignorar eso.
Bonita y risueña; una maldita diosa de las hadas a lomos de un caballo.
Ignorar todo eso, claro. Imaginó que resultaría más difícil ignorar el
hecho de que acababa de contratar a una bruja.
—Una bruja oscura, la última de los tres. Ahora están aquí todos
juntos, con el perro, el halcón y el caballo, por Dios bendito. —Miró a
Alastar con el ceño fruncido—. No cabe duda de que eres obra de Fin. ¿Y
qué coño significa ese nombre?
También se preguntaba qué tenía Fin —amigo, socio y casi un
hermano— en su mente, en su corazón.
Como si quisiera expresar su opinión sobre Fin, y también sobre
Boyle, Alastar levantó la cola y defecó.
Boyle consiguió apartarse antes de que la «opinión» del caballo le
cayera en las botas. Luego, después de fulminarlo con la mirada, echó la
cabeza hacia atrás y rompió a reír.
Capítulo 6
Segura de conocer el camino, Iona atravesó el bosque a toda prisa. Vio
a una joven pareja que paseaba cogida de la mano y supuso que se trataba
de huéspedes del hotel, tal vez recién casados. Turistas aprovechando un
día seco y soleado.
Durante unos días más seguiría siendo huésped del hotel, pero ya no
encajaba en la definición de turista. Era una emigrante.
Aquello le parecía extraño y glamuroso, aunque oliera a caballo y tal
vez un poquito a estiércol. Pero como ya llegaba algo tarde, no quería
tomarse el tiempo que tardaría en regresar a su habitación, darse una ducha
y cambiarse de ropa.
Tendría que idear una especie de horario flexible, pensó, que
incluyera esa visita a la escuela de cetrería y un viaje a Cong. Quizá
pudiera encajar la visita en su descanso del día siguiente, suponiendo que
tuviera uno. Si a Connor le apetecía, lo invitaría a una pinta en el pueblo
después de su clase con Branna y tal vez cenaran.
Y estaba impaciente por escribirle un e-mail a Nana para contarle lo
del trabajo, hablarle de cómo había sido su día y de lo que aprendiera de
Branna. Su vida, tan desorganizada e insatisfactoria solo unos días antes,
rebosaba de posibilidades.
Aquel era su camino, a su trabajo, a su casa. Se acabó desplazarse
entre el tráfico para ir de su diminuto apartamento a su trabajo, y
viceversa. Se acabó desear un poquito de aventura porque ahora estaba
viviendo una. Se acabó el preguntarse qué defecto tenía que hacía que a la
gente le resultara tan fácil apartarse de su lado. Esa vez había sido ella
quien se había marchado. No, se corrigió, había llegado. Aquello importaba
mucho más.
Ahora dependía de ella hacer que todo importara.
Cuando llegó al árbol caído sintió aquel impulso, aquel anhelo, y oyó
el seductor susurro de su nombre. Se detuvo y echó un vistazo a su
alrededor, pero no vio nada.
Y, sin embargo, ahí estaba otra vez, aquel suave, casi dulce, susurro
que decía su nombre.
Titubeó, ¿era una luz tenue y lejana lo que titilaba a través de aquel
muro de enredaderas? ¿Como una luz en una ventana que daba la
bienvenida a casa?
Pese a recordarse que ya llegaba tarde, que Branna le había dicho que
no se entretuviera ahí, que no explorara el lugar, dio un paso adelante.
Solo tardaría un minuto, solo echaría una ojeada.
Otro paso, y todo se tornó un ensueño. La luz se hizo más potente, los
susurros más profundos y la invadió una soñolienta sensación de calor.
El hogar, pensó de nuevo. Había deseado tener uno desde hacía mucho
tiempo. Y ese...
Cuando sus dedos tocaron las enredaderas, el aire palpitó como el
latido de un corazón; la luz se apagó ligeramente dando paso al ocaso.
El perro ladró con fuerza detrás de ella, haciéndola volver a la
realidad de golpe.
Iona temblaba como una mujer que se tambalea al borde de un
precipicio, y retrocedió varios pasos hasta que estuvo junto al perro,
apoyando una mano en su bonita cabeza.
Su propio aliento le sonaba tan estentóreo que apenas era capaz de
escuchar sus pensamientos.
—Iba a atravesarlo. Sentía que tenía que hacerlo, y lo deseaba más
que nada en el mundo. Casi he faltado a mi palabra, y nunca lo hago. ¿Qué
lugar es este? —Se frotó las manos congeladas, estremeciéndose una
última vez—. Me alegro de que hayas venido, y seguro que no ha sido solo
una casualidad. Vámonos. Imagino que Branna nos espera a los dos.
El viento se levantó cuando se alejaron. Antes de llegar al límite del
bosque, la lluvia comenzó a caer de una única nube, por lo que podía ver,
mientras el sol continuaba prodigando su perlada luz.
Kathel y ella apretaron el paso. Aunque se dirigía a la puerta de la
casa, alcanzó a ver a Branna en el taller, de modo que cambió el rumbo.
Al igual que la vez anterior, el taller olía de forma maravillosa: a
humo, a hierbas y a cera de abeja. Branna estaba de pie, con el cabello
recogido y un jersey de color ciruela hasta las caderas. Dejó una maceta
blanca en la encimera de trabajo, sobre la que había un cuenco blanco, una
gruesa vela blanca y una pluma también blanca.
—Llego tarde. Lo siento, pero...
—En el mensaje que me has dejado en el teléfono me decías que era
posible que llegaras tarde. No hay problema. —Estudió a Iona mientras
Kathel se acercaba para frotarse contra su pierna—. Enhorabuena. ¿Ha ido
bien tu primer día?
—Alucinante. Fabuloso. Gracias. Muchísimas gracias.
Mientras hablaba, Iona cruzó la habitación con celeridad para
estrechar a Branna en un fuerte abrazo.
—Vale, bien. —Branna le dio una palmadita en la espalda—. De todas
formas ha sido Boyle quien te ha contratado.
—Pero has sido tú quien me ha ayudado a meter la cabeza. —Después
de darle otro apretón, se apartó—. Es todo cuanto podría desear. Parecía...
lo correcto desde el primer segundo. ¿Sabes lo que quiero decir? Todo ha
encajado. Y Meara..., conoces a Meara.
—Claro que la conozco. —Con su estilo sereno, Branna se volvió para
poner la tetera al fuego—. Es una buena amiga mía, y con la que se puede
contar.
—Me ha caído bien enseguida; otro clic, supongo. Me ha enseñado
aquello antes de que llegara Boyle, y he conocido a Mick..., seguro que
también lo conoces.
—Lo conozco, sí.
—Es muy gracioso y sabe muchas historias. Ya estoy un poco colada
por él.
—Tiene mujer y cuatro hijos, y el primer nieto en camino.
—Oh, no pretendía... Estás de coña. De todas formas, ha sido genial,
genial de verdad. Aunque Boyle estaba mosqueado.
—Es célebre por sus mosqueos.
Branna depositó unas galletas en un plato y otras, de chocolate, en un
segundo plato.
—Llegó a caballo, y parecían salidos de una película tanto él como el
magnífico animal. Los dos tan cabreados, tan espléndidos y, bueno, tan
fuertes. Y estaba maldiciendo al caballo. Estoy convencida de que el
caballo también lo estaba maldiciendo a él. Su socio..., Fin, ¿verdad?, lo
compró y se encargó de que se lo enviaran a Boyle. Y es sencillamente
espectacular.
—Te refieres al caballo.
—Claro. Bueno, Boyle no está nada mal. Durante un par de minutos se
me... —Se dio unos golpecitos con la mano contra su corazón—. Solo con
mirarlo. Es una lástima que tenga mal genio porque..., ¡uf! —Esbozó una
amplia sonrisa, puso los ojos en blanco y se abanicó la cara. Acto seguido
abrió los ojos como platos—. Ay, Dios mío, ¿no seréis...? ¿Boyle y tú
tenéis algo?
—¿De naturaleza romántica? No. —Con una carcajada espontánea,
Branna comenzó a añadir el té—. Connor y él son amigos desde niños, y
para el caso, nosotros somos amigos desde hace más tiempo del que puedo
recordar. Es un buen hombre con un genio tremendo, pero al igual que con
Meara puedes contar con él contra viento y marea.
—Bueno es saberlo, y supongo que hoy tenía motivos para estar de
mal humor. Alastar se las ha hecho pasar canutas y ha mordido a uno de los
mozos. Creo que a otro le ha pegado una coz y...
—Espera. —Branna agarró a Iona del brazo para detener el torrente de
palabras—. ¿Has dicho Alastar? ¿El caballo se llama Alastar?
—Sí. ¿Qué sucede? ¿Qué pasa?
—¿Y fue Fin quien compró el caballo y se encargó de que lo
enviaran?
—Sí. Meara me dijo que Fin aún está de viaje, pero que envió el
caballo hace un par de días.
—Así que... —Inspiró hondo y puso las manos en la encimera durante
un momento— lo sabe.
—¿Quién y qué? Me estás asustando, Branna.
—Fin. Sabe que tú estás aquí. O sabe que los tres estamos aquí juntos.
Eso para empezar. Se dice que Alastar era el nombre del caballo de
Teagan. Él fue su primer guía.
—Alastar. No lo sabía, pero... fue como si nos reconociéramos el uno
al otro. Había algo, pero pensé..., supongo que pensé que simplemente me
necesitaba, que necesita a alguien que lo comprendiera. Alastar. El caballo
de Teagan. Tú no crees que sea una coincidencia.
—¿Que hayas venido tú y también el caballo? ¿Y que Boyle
prácticamente lo haya llevado hasta ti esta mañana? Joder, desde luego que
no creo que sea una coincidencia, y si a eso le sumamos a Finbar Burke, no
hay error posible.
—¿Cómo sabe de mí o el nombre del caballo de Teagan?
Branna dejó dos tazas con un tintineo.
—Él tiene poder.
—¿Es como nosotros? ¿Fin?
—No se parece a nadie salvo a él mismo, pero procede de la sangre,
igual que nosotros. Desciende de Cabhan, el hechicero negro.
—Espera un minuto. Espera. —Trató de asimilarlo, incluso se apretó
la cabeza con las manos, como si quisiera retenerlo todo dentro—. ¿El
malo, el que Sorcha mató... o mató en su mayor parte? ¿Este Fin es
descendiente de él?
—Así es. —Con los ojos centelleantes y expresión sombría, Branna
empujó con impaciencia una horquilla del pelo que se le había aflojado—.
Lleva la marca, y fue Teagan quien marcó a Cabhan. Tiene poder y lleva su
sangre.
—¿Es malvado?
Branna agitó la mano de forma impaciente, luego sirvió el té.
—No hay una respuesta sencilla a una pregunta como esa. No ha
hecho daño a nadie, de lo contrario yo lo sabría. Pero desciende de Cabhan
y se acerca el momento. Ha enviado el caballo para que nosotros lo
sepamos.
—Pero ¿tener a Alastar no es una ventaja para mí? ¿Para nosotros?
¿Para nuestro bando?
—Eso está por ver.
—No entiendo. —Cogió una galleta porque estaban ahí y señaló a
Branna con ella—. Es socio de Boyle y también su amigo, eso lo pillo. No
entiendo cómo podría ser peligroso si...
—Esa es una pregunta más fácil de responder. Fin es peligroso y
siempre lo ha sido.
—Pero si Boyle es un tío tan leal, ¿cómo pueden ser amigos?
—La vida es un rompecabezas.
—Eso explica cómo sabía Boyle que soy..., ya sabes.
Exhalando un suspiro, Branna cogió su taza de té.
—Bruja no es una palabra mala, Iona. Es quién eres y lo que eres.
—No ha sido precisamente un tema de conversación habitual en mi
vida. Me estoy acostumbrando a ello, poco a poco. Debería habértelo dicho
antes, enseguida. Él lo sabía. Yo no le había contado nada..., ¿por qué iba a
hacerlo?..., pero él lo sabía. No parecía demasiado extrañado, pero como es
amigo de un hechicero...
—Fin es una bruja, igual que nosotros.
—Vale. Eso suena un poco afeminado.
—Tienes mucho que aprender, prima. —Le pasó una taza de té a Iona.
—Antes debería contarte una cosa. No he faltado a mi palabra. Es
importante. Pero hoy, al volver de las cuadras, me he puesto a atravesar
esas enredaderas. No era mi intención hacerlo, pero he creído ver una luz, y
no paraba de escuchar mi nombre una y otra vez. Era casi como el sueño
que tuve. Me sentía fuera de mí, que tiraban de mí. Como si tuviera que
cruzar hacia lo que sea que aguarda. Kathel me detuvo... otra vez. Yo no
incumplo mis promesas, Branna. No miento.
—¿Nunca? —Branna tomó un sorbo de té.
—Nunca. De todas formas se me da fatal, así que ¿para qué voy a
molestarme? Pero habría vuelto allí si Kathel no hubiese venido. No podía
detenerme.
—Te está poniendo a prueba.
—¿Quién?
—Cabhan, o lo que queda de él. Tendrás que ser más fuerte y más
lista. Una vez que lo seas, Connor y yo te llevaremos tal y como te
prometimos. Bueno, veamos qué tenemos para trabajar.
Demasiado entusiasmada como para beber, Iona dejó el té a un lado.
—¿Vas a enseñarme un hechizo?
Con otra carcajada, Branna negó con la cabeza.
—¿Galopaste la primera vez que montaste a caballo?
—Eso quería yo.
—Hoy vas a pasear, y con correa. Cuéntame, ¿qué te decía tu abuela
que era lo más importante sobre tu poder, sobre la brujería?
—No perjudicar a nadie.
—Bien. No perjudicar a nadie. Lo que tienes forma parte de ti tanto
como el color de tus ojos o la forma de tu boca. Lo que haces con ello es
una elección. Elige bien.
—Tomé la decisión de venir aquí, de venir a ti.
—Y yo espero que no lo lamentes. En fin, los elementos son cuatro.
—Señaló con un gesto hacia la mesa de trabajo—. Tierra, aire, agua y
fuego. Los invocamos y los utilizamos con respeto. No se trata de
doblegarlos con nuestro poder, sino de fusionar nuestro poder con los
suyos. Casi siempre es el fuego el primero que se aprende.
—Y el último que se pierde —intervino Iona—. Eso decía Nana.
—Muy cierto. Enciende la vela.
Encantada por tener algo que mostrar, Iona se acercó. Adaptó su
respiración, se concentró y se imaginó reuniendo el poder que poseía,
liberándolo acto seguido en una prolongada y calmada bocanada de aire.
El pabilo prendió.
—Muy bien. El agua. La necesitamos para vivir. Corre por nuestro
cuerpo físico, domina el mundo en que vivimos. —Señaló el cuenco
blanco, lleno de agua—. Clara y serena ahora. Inmóvil. Pero se mueve
como el mar, se alza como un géiser, se derrama como una fuente. Su
poder y el mío.
Iona vio que el agua se agitaba, formando pequeñas olas dentro del
cuenco que lamían los laterales. Dejó escapar un grito amortiguado cuando
el líquido salió disparado hacia el techo, formando una fluida lanza espiral,
para después abrirse como una flor y volver a caer en el cuenco sin que se
derramara ni una sola gota.
—Ha sido precioso.
—Una preciosa pizca de magia, pero es una habilidad importante.
Agita el agua, Iona. Siéntela, mírala, pídele.
Igual que con la llama de la vela, pensó. Tendría que concentrarse,
reunir su poder. Volvió a sosegar su respiración, tratando de hacer lo
mismo con su mente y su pulso. Contempló el agua e intentó formar una
imagen de esas pequeñas olas agitando su serena superficie.
Y no consiguió nada.
—Estoy haciendo algo mal.
—No. No tienes paciencia.
—Es un problema. Vale, otra vez.
Fijó la vista en el agua y se esforzó hasta que le dolieron los ojos.
—A algunos les cuesta más tiempo. ¿Dónde está el centro de tu
poder? ¿Dónde lo sientes alzarse? —le preguntó Branna.
—Aquí. —Iona se presionó el vientre con la mano.
—Para Connor está aquí. —Branna se tocó el corazón—. Tira de él y
envíalo fuera. Utiliza la mano para guiarte. Arriba, afuera. Imagina,
focaliza, pide.
—Vale, vale.
Relajó los hombros y se apartó el pelo, adoptando una nueva posición.
Quería agitar la puñetera agua, pensó. Quería aprender a proyectarla hacia
arriba como una lanza. Quizá había sido demasiado apocada. Así que...
Tomó aire y tiró, subiendo la mano desde su vientre y lanzándola
hacia el cuenco.
Y a duras penas consiguió reprimir el grito cuando el agua salió
disparada hacia el techo.
—¡Joder! Yo solo... ¡Uf!
El agua cayó como una pequeña inundación. Se detuvo, quedándose
inmóvil justo sobre la encimera.
—Preferiría ahorrarme el desastre —repuso Branna, y meneando un
dedo, hizo que el agua regresara de nuevo al cuenco.
—Oh, lo has hecho tú. Creía que había sido yo.
—Tú la has arrojado hacia arriba y has perdido la concentración. Yo
te evitado tener que pasar la fregona.
—¿Yo he hecho eso? —Emocionada, realizó un pequeño bailecito—.
Bien por mí. Uau, es la caña. No es respetuoso —dijo con una mueca.
—No existe ninguna razón para que no haya espacio para el júbilo y el
asombro. A fin de cuentas se trata de magia. Hazlo otra vez. Pero despacio.
Con suavidad. Control, siempre.
—Igual que montar a caballo —murmuró Iona.
Hizo que el agua se elevara, aunque solo unos centímetros esa vez, y
luego imaginó una pequeña fuente y la creó. Despacio, muy despacio, la
giró de forma que diera vueltas justo encima del cuenco. El danzar del
agua la colmó de júbilo y asombro.
—Hay mucho dormido dentro de ti —le dijo Branna.
Encantada, orgullosa e impresionada consigo misma, Iona dejó que el
agua cayera de nuevo dentro del cuenco.
—Pues despertémoslo.
Cuando Connor entró, Iona estaba haciendo flotar una pluma. No con
la fluida elegancia que le demostró Branna, pero flotaba.
Su primo le guiñó un ojo y acto seguido, girando un dedo, hizo que la
pluma ascendiera hasta hacerle cosquillas bajo la barbilla.
—Creído —le dijo, pero rió y giró su propio dedo—. Estoy en
párvulos brujeriles. He creado fuego, movido el agua, hecho flotar la
pluma y también he hecho eso.
Señaló hacia la maceta blanca y la preciosa margarita pintada que
florecía en ella.
—¡Enhorabuena! —Impresionado, Connor se acercó a la mesa de
trabajo.
—Eso es lo que he hecho yo —se corrigió, enseñándole el pequeño
brote junto a la margarita—. La flor la ha hecho Branna.
—Sigue siendo un buen trabajo. Menudo día has tenido, prima. —Le
rodeó los hombros con un brazo en un rápido apretón—. Y estoy aquí para
reclamar mi pinta. Se acabó el cole, ¿no te parece, Branna? Son las seis y
media, y estoy muerto de hambre.
—Lleva la magia en el corazón, pero nuestro Connor piensa con el
estómago..., o con lo que está más abajo.
—Y no me avergüenza ninguna de las dos cosas. Vamos al bar. Iona
me invita a una pinta y yo pago el papeo. A mí me parece un buen trato.
—¿Por qué no? —decidió Branna—. Tenemos cosas de qué hablar, y
no me vendría mal una pinta y algo de comida mientras hablamos.
Se quitó las horquillas del pelo, sacudió la cabeza e hizo que Iona
suspirase de envidia.
—Vamos, Kathel. Tardaré cinco minutos —dijo.
—Serán veinte —la corrigió Connor—. Te vemos allí —le gritó, y
agarró a Iona de la mano.
—No me importa esperar.
—Decidirá cambiarse de ropa, y una vez lo haya hecho, se pondrá a
pintarse la cara. Para cuando haya terminado, yo ya podría tener mi pinta y
tú podrías estar contándome qué tal te ha ido el día.
—Posiblemente haya sido el mejor de mi vida. Puede que me lleve un
buen rato.
—Tengo tiempo más que de sobra... siempre que vayamos a por esa
cerveza y a por mi cena.
Quizá fuera la energía residual del poder que había ejercitado,
combinada con la excitación del nuevo empleo, pero Iona se sentía como si
pudiera ir al pueblo corriendo a toda velocidad.
Connor tenía otras ideas, y adoptó un paso relajado en el accidentado
camino. Sabía que hablaba como un papagayo, pero, a fin de cuentas, él
había preguntado. Y la escuchaba, se reía y hacía comentarios.
Cuando le habló de Alastar, Connor enarcó las cejas y ladeó la cabeza.
Sus ojos, tan colmados de diversión, parecieron agudizarse con una viva y
astuta intensidad.
—Vaya, qué giro tan interesante, ¿no te parece?
—A Branna la ha cabreado.
—Bueno, Fin suele hacerlo la mayoría de las veces, y ¿que haya
enviado a este caballo en particular? Es un mensaje especialmente para ella
de su parte.
—¿Una advertencia?
Connor le brindó una sonrisa serena.
—Es posible que ella se lo tome así.
—A ti no te cabrea.
—Se acerca, ¿verdad?... sea lo que sea. Lo supimos cuando apareciste
en nuestra casa.
Dirigió la mirada hacia el bosque; sus ojos veían más allá de todo
cuanto ella alcanzaba a ver, pensó Iona.
—Esto no es más que el siguiente paso —le dijo—, y a mí me parece
que tener un buen caballo es algo positivo.
—Pero es de Fin, y Fin es parte de..., no sé..., las fuerzas enemigas...
—No lo es.
—Pero... Branna me ha dicho...
—Vínculos sanguíneos, maldiciones y la marca del diablo. —Connor
le restó importancia encogiéndose de hombros, como quien se despoja de
una vieja chaqueta.
—¿Es el descendiente de Cabhan?
—Lo es. Ya me gustaría a mí saber en qué familia no hay una oveja
negra. Que desciendas de alguien no te convierte en ese alguien. Cada uno
toma sus propias decisiones, ¿verdad? Tú has tomado las tuyas. Bien sabe
Dios que Fin toma las suyas, igual que nuestra Branna. Es mi hermana, y es
tan importante para mí como el respirar. Y Fin es mi amigo, como lo ha
sido toda mi vida. Así que camino sobre la cuerda floja, y menos mal que
tengo buen equilibrio.
—Tú no crees que sea malvado.
Connor guardó silencio el tiempo necesario para atraerla contra sí y
darle un beso en la coronilla con un afecto tan natural que le llegó al
corazón.
—Creo que la maldad se presenta en demasiadas formas como para
contarlas. Fin no es una de ellas. En cuanto a que Alastar sea suyo...
Comprar algo no lo convierte en tuyo, pues puedes conservarlo, perderlo o
regalarlo. Eres tú quien ha conectado con el caballo, ¿no?
—Supongo que eso es cierto. Confías en él, eso puedo verlo. Pero
Branna no.
—Podría decirse que tiene sentimientos encontrados, como con
ninguna otra cosa. Fin volverá cuando lo crea oportuno y entonces podrás
decidir por ti misma qué opinas.
—¿Erais amigos de niños? Fin, Boyle y tú.
—Aún lo somos.
Iona rió, pero sintió una pequeña punzada.
—Yo no tengo ningún amigo de toda la vida. Nos mudamos cuando
tenía unos seis años y luego mis padres se separaron cuando tenía diez, así
que nos mudamos otra vez, y hubo mucho trajín de una casa a otra y más
traslados cuando cada uno volvió a casarse. Considero que es agradable
tener amigos con los que has crecido.
—Los amigos son amigos, da igual cuándo los hayas hecho.
—Tienes razón. Eso me gusta.
Connor la cogió de la mano de nuevo y señaló con la otra cuando
entraron en el pueblo.
—Ahí tienes las ruinas de la abadía de Cong. Son unas ruinas
magníficas y los turistas vienen para pasear por ellas, aunque la mayoría
viene a Cong por El hombre tranquilo.
—A Nana le encanta esa película. Yo misma la vi antes de venir.
—En septiembre celebramos un festival para conmemorar la película.
Es maravilloso. Hace un par de años vino Maureen O’Hara en persona.
Sigue siendo una belleza singular. Regia y real a un mismo tiempo.
—¿Llegaste a conocerla?
—Durante un instante. Claro que fue un momento memorable. ¿No
has conseguido dar esa vuelta por el pueblo hoy?
—No, pero hay mucho tiempo. Tengo la sensación de haber estado
aquí. Por todo lo que Nana me ha contado —le explicó—. Y por sus
fotografías, la guía turística. Es tal y como lo había imaginado.
Las bonitas tiendas, bares y restaurantes, el pequeño hotel, tiestos y
jardineras de flores adornando la carretera a la sombra de la abadía en
ruinas. Si bien las tiendas estaban cerradas, los bares se encontraban
abiertos y había gente dispersa paseando por las angostas aceras.
—¿Dónde está la tienda de Branna?
—Al doblar la esquina, ahí, un poquito más allá, al lado de la tetería.
Ahora estará cerrada, pero tengo una llave si quieres verla.
—No pasa nada. Supongo que tendré un día libre.
—Seguro que tendrás tu día libre. Boyle trabaja muy duro, pero no
hasta caerse de agotamiento.
Continuaron su camino por la empinada carretera, e Iona levantó la
cara al viento, feliz al sentir la frescura del aire contra su piel.
—¿Es... es turba eso que huelo?
—Pues claro. No hay nada mejor que un fuego de turba por la noche y
una pinta que lo acompañe. Y aquí disfrutaremos de ambas cosas.
Abrió la puerta y la hizo entrar.
El olor a levadura de cerveza que salía del tirador, el aroma terrenal
de la turba que ardía en la chimenea; sí, pensó Iona, no había nada mejor.
La gente ocupaba los taburetes de la barra o estaba sentada en mesas,
comiendo. El murmullo de sus voces se alzaba sobre el tintineo de los
vasos de cristal.
Media docena de clientes saludó a Connor en cuanto entró por la
puerta. Él les devolvió los saludos de palabra, con la mano, y condujo a
Iona hacia la barra.
—Buenas noches, Sean. Esta es mi prima, Iona Sheehan, de Estados
Unidos. Es la nieta de Mary Kate O’Connor.
—Bienvenida. —Tenía una desgreñada mata de pelo blanco
enmarcando un rubicundo rostro, y le brindó una rápida y amplia sonrisa
que alcanzó sus alegres ojos azules—. ¿Y cómo le va a Mary Kate?
—Está muy bien, gracias.
—Iona está trabajando para Boyle en el picadero. Hoy hay sido su
primer día.
—¿De veras? Entonces, ¿eres una amazona?
—Lo soy.
—Va a invitarme a una pinta para celebrarlo. Tomaré una Guinness.
¿Qué tomas tú, Iona?
—Que sean dos.
—Branna viene de camino, de modo que sean tres. Buscaremos una
mesa. Vaya, si es Franny. —Connor le dio un beso en la mejilla a una
guapa rubia—. Te presento a mi prima Iona de Estados Unidos.
Y así empezó. Iona calculaba que había conocido a más personas en
diez minutos y treinta centímetros de barra de las que normalmente
conocía en un mes. Cuando se alejaron, tenía un batiburrillo de caras y
nombres en la cabeza.
—¿Conoces a todo el mundo?
—De por aquí, a la mayoría. Y hay un par que tú ya conoces.
Divisó a Boyle y a Meara en una mesa abarrotada de jarras de cerveza
y platos. Connor se hizo con una junto a la de ellos.
—¿Qué tal?
—Muy bien. ¿Disfrutando de la vida nocturna local, Iona? —le
preguntó Meara.
—Celebrando mi nuevo empleo. Gracias una vez más —le dijo a
Boyle.
—Resulta que hemos cuadrado horarios —adujo Meara—, y tienes el
jueves libre, por si quieres hacer planes.
—Ahora mismo solo tengo planes.
—Iona me ha dicho que Fin te ha enviado un nuevo caballo. Que se
llama Alastar... y es temperamental.
—Y un cuerno. —Boyle apuró lo que le quedaba de cerveza—. Esta
mañana ha intentado zamparse el brazo de Kevin Leery después de darle
una buena coz a Mooney.
—¿Te ha quitado algún trozo a ti?
—Aún no, y no porque no lo haya intentado. Se ha comportado como
un caballero con tu prima.
Iona sonrió, mirando su cerveza.
—Lo que pasa es que es un incomprendido.
—Lo comprendo muy bien.
—Nos preguntamos qué se trae entre manos Fin con este caballo. —
Meara tomó un poco de sopa, sin apartar los ojos de Connor—. Alastar no
es un caballo de paseo, eso seguro. Puede que sea bueno para la cría, pero
al marcharse no mencionó que le interesara adquirir un semental para eso.
Connor se encogió de hombros con naturalidad.
—Nadie sabe qué tiene Fin en la cabeza salvo él mismo, y la mayor
parte del tiempo él tampoco lo sabe. Y hablando de eso, ahí llega nuestra
Branna.
Levantó una mano para llamar su atención.
—Vaya, pero si es una fiesta —dijo cuando llegó a la mesa. Bajó la
mano para frotarle el hombro a Meara al tiempo que le brindaba una
sonrisa a Boyle—. ¿Estás haciendo trabajar a mi chica hasta en la cena?
—Más bien lo contrario —aseveró Boyle—. Es incansable. Iba a ir a
verte mañana. El ungüento que nos preparaste casi se nos ha terminado.
—Tengo más disponible. Te lo enviaré con Iona por la mañana. —Se
sentó y cogió su cerveza—. Bueno, brindo por Iona y su nuevo empleo, y
porque has tenido la sensatez de contratarla.
Iona se sentía casi mareada ahí sentada, con sus primos, su jefe, su
compañera de trabajo..., y siguiendo la sugerencia de Connor, pidió el
estofado de ternera y cebada.
Su primer día de trabajo en Irlanda no podía ser mejor.
Y de repente fue aún mejor.
Connor se levantó de la mesa y regresó al cabo de unos momentos con
un violín.
—Connor —empezó Branna.
—Yo invito, así que lo menos que puedes hacer es tocar a cambio de
la cena.
—¿Tocas el violín?
Branna miró a Iona, luego se encogió de hombros, igual que lo hacía
su hermano.
—Cuando estoy inspirada.
—Siempre he querido saber tocar algún instrumento, pero soy un caso
perdido. Por favor, ¿nos tocas algo?
—¿Cómo vas a decir que no? —Connor le entregó el violín y el arco a
su hermana—. Dinos una canción, Meara, cielo. Algo alegre acorde con el
ambiente.
—A mí no me has invitado a cenar.
Connor le guiñó un ojo con descaro y picardía.
—Siempre queda el postre, si tienes apetito.
—Solo una. —Branna probó el arco. Se fijó en que Connor le había
aplicado resina, seguro de que iba a convencerla—. Sabes que no se
marchará hasta que lo hagamos.
Inclinó la silla, probó de nuevo y ajustó la clavija. Las voces a su
alrededor se acallaron cuando Branna sonrió y marcó el ritmo con el pie.
La música flotó, alegre tal y como había pedido Connor, vibrante y
animada. La mirada risueña de Branna se dirigió hacia Meara, e Iona vio la
amistad, su naturalidad y profundidad, justo cuando Meara rió y asintió.
—I'll tell me ma when I go home, the boys won't leave the girls alone.
Más magia, pensó Iona. La brillante y alegre música, la voz profunda
y coqueta de Meara, el humor en la cara de Branna mientras tocaba. Su
corazón se elevó aún más mientras se grababa todo aquello —el sonido, la
imagen, el aire mismo— en la memoria.
Jamás olvidaría aquel momento ni cómo la hacía sentir.
Pilló a Boyle mirándola, con una sonrisa de desconcierto en la cara.
Imaginó que parecía una idiota embobada, pero no le importaba.
Cuando los aplausos sonaron, se sorprendió botando en su asiento—
¡Oh, ha sido genial! Sois alucinantes.
—Una vez ganamos un premio, ¿a que sí, Branna?
—Sí, señor. El primer premio del Concurso de Talentos de Hannigan.
Una iniciativa efímera acorde con nuestra efímera carrera.
—Erais fabulosas, entonces y ahora, pero damos gracias porque
Meara no huyera para convertirse en estrella de la canción. —Boyle le dio
una palmadita en la mano—. La necesitamos en el picadero.
—Prefiero cantar para divertirme antes que para pagarme la cena.
—¿No quieres divertirte más? —Iona le dio un codazo en el brazo a
Meara—. Cántanos otra.
—Mira lo que has hecho —le dijo Branna a su hermano.
—No tocas por diversión con suficiente frecuencia. Ojalá lo hicieras.
—Y cuando posó la mano en la mejilla de Branna, ella suspiró—. Tienes
talento y lo sabes.
—Iona no es la única yanqui aquí esta noche. He visto algunos más.
Toquemos Wild Rover y enviémoslos de vuelta a casa con el recuerdo de
dos bellezas en el bar de Cong.
—Tú sí que tienes talento —dijo Branna riendo. Luego se apartó el
pelo y levantó el violín.
Iona vio que su sonrisa desaparecía y todo el humor se esfumaba de
sus ojos grises. Otra cosa apareció en ellos, y desapareció tan rápido que no
pudo estar segura de qué era. ¿Anhelo? ¿Mal humor? Una mezcla de ambas
cosas.
Bajó el instrumento de nuevo.
—Tu socio ha regresado —le dijo a Boyle.
Capítulo 7
Todo en él destacaba. Los pómulos, la mandíbula, incluso el vivido
verde de sus ojos... y el centelleo que había en ellos. Había entrado con una
ráfaga de viento que hizo crepitar el fuego de turba.
Igual que había sucedido con Connor, varias personas lo saludaron,
pero Connor había devuelto los saludos con afectuosa y natural calidez. El
recibimiento a Finbar Burke, en cambio, estaba teñido de respeto y una
cierta cautela y recelo, pensó Iona.
Llevaba un abrigo de cuero negro que le llegaba a las rodillas. La
lluvia, que debía de haber empezado a caer mientras ella estaba cómoda y
calentita, salpicaba la prenda, al igual que su negro pelo.
Iona, también con cautela, desvió la mirada hacia Branna. El rostro de
su prima no dejaba entrever nada, como si el torbellino de emociones no
hubiera sido más que una ilusión.
Fin se abrió paso entre la gente e, igual que había hecho Branna con
Meara, le puso una mano en el hombro a Boyle y otra a Connor, pero Iona
reparó en que su mirada permanecía clavada en Branna.
—No dejéis que os interrumpa.
—Y aquí está, por fin en casa después de la guerra. —Connor le lanzó
una sonrisa descarada—. Y justo a tiempo para invitar a la siguiente ronda.
—Algunos tenemos que trabajar mañana. —Le recordó Branna a su
hermano.
—Es toda una suerte que mi jefe sea un hombre comprensivo y
generoso. A diferencia del tuyo —agregó Connor, guiñándole un ojo—,
que es un tirano de tomo y lomo.
—Yo invito a esta ronda —dijo Fin—. Buenas noches, Meara, ¿qué tal
tu madre? Me he enterado de que no se encuentra demasiado bien —adujo
al ver que ella solo lo miraba, parpadeando.
—Está mejor, gracias. Solo era una bronquitis que se resistía a
marcharse. El médico la puso en tratamiento y Branna le administró sopa,
así que ya está bien de nuevo.
—Me alegro.
—Has traído la lluvia contigo —comentó Boyle.
—Eso parece. Y Branna, estás mejor que bien.
—Estoy muy bien. Entonces, ¿has acortado tu viaje?
—Seis semanas era tiempo más que suficiente. ¿Me has echado de
menos?
—No. Ni pizca.
Fin le brindó una sonrisa rápida y también incisiva para luego dirigir
esos vividos ojos hacia Iona.
—Tú debes de ser la prima estadounidense. Iona, ¿verdad? —Sí.
—Fin Burke —repuso, y extendió una mano por encima de la mesa—,
ya que estos no tienen la decencia de hacer las presentaciones.
Iona tomó su mano de manera automática y sintió el calor, un rápido
latigazo de energía. Todavía sonriendo, Fin enarcó una ceja como si dijera
«¿Qué te esperabas?».
—¿Otra Guinness para ti? —preguntó.
—Oh, no. A pesar de tener unos jefes comprensivos y generosos, este
es mi límite. Gracias de todos modos —respondió Iona.
—A mí no me vendría mal un té antes de salir a la lluvia —dijo
Meara—. Gracias, Fin.
—Que sea un té. ¿Otra pinta, Boyle?
—Yo llevo el camión, así que tendré que conformarme con esta.
—Yo voy a pie —repuso Connor—, así que me tomaré otra.
—Pues me uniré a ti. —Fin apenas había mirado a su alrededor,
cuando la camarera apareció a toda prisa—. Hola, Clare. Las chicas
tomarán té. Connor y yo nos tomaremos una pinta. Esta noche Guinness. —
Cogió una silla y la arrimó—. No hablemos de negocios en medio de la
fiesta —le dijo a Boyle—. Ya hablaremos más tarde de eso, aunque me
parece que nos hemos ido informando el uno al otro. Y también a ti,
Connor.
—Me parece bien. He sacado unas pocas veces a Merlín mientras tú
dabas tumbos por ahí, y también Meara —le contó Connor—. Y él mismo
salía cuando le apetecía. ¿Te pasarás mañana por la escuela?
—Me aseguraré de ello, y también por el picadero.
—No te olvides de decirles unas palabras amables a Kevin y a
Mooney. —Boyle levantó su cerveza—. Ya que tu más reciente
adquisición les ha dado una buena a los dos.
—Tiene brío, sí señor, y una voluntad de hierro. ¿A ti también te las
ha hecho pasar canutas?
—No será por no haberlo intentado. Esta le cae bien. —Boyle señaló a
Iona con la cabeza.
Clavando los ojos en los de Iona una vez más, Fin tamborileó los
dedos sobre la mesa, como si tocara una melodía interna.
—¿De veras?
—Después de intentar por todos los medios derribarme y enviarme a
Galway, aquí la yanqui lo ha montado y le ha hecho dar una vuelta por el
picadero como si fuera un caballo de exhibición.
Fin esbozó una sonrisa pausada.
—¿En serio? ¿Así que eres amazona, Iona?
—Sí y sí —respondió Boyle—. Ahora trabaja para nosotros, de lo cual
te estoy informando en persona.
—Me alegra tenerte. Unas vacaciones combinadas con un trabajo,
¿no?
—Yo... voy a vivir aquí. Es decir, ahora vivo aquí.
—Vale, pues bienvenida a casa. Tu abuela está bien, espero. ¿La
señora O’Connor?
—Muy bien. Gracias. —Iona se agarró las manos bajo la mesa para
mantenerlas quietas—. Necesitaba un trabajo, así que Branna le pidió a
Boyle que me recibiera. He trabajado en la academia de equitación Laurel
en Maryland. Tengo referencias y mi currículo. Es decir, Boyle los tiene
ahora, si necesitas verlos. —Cierra el pico, cierra el pico, se ordenó, pero
los nervios pudieron con ella—. Tienes un negocio maravilloso. Meara me
ha enseñado el lugar. Y tienes razón. Alastar tiene brío y una voluntad de
hierro, pero no es mezquino. No de forma innata. Solo estaba enfadado e
inquieto por encontrarse en un sitio desconocido, con personas y caballos a
los que no está habituado. Ahora tiene algo que demostrar, sobre todo a
Boyle.
»Gracias a Dios. —Suspiró cuando llegó el té. No le vendría mal para
dejar de hablar.
—La pones nerviosa —le dijo Branna a Fin, ahora divertida—. Tiende
a divagar cuando está nerviosa.
—Así es. Lo siento.
—Y se disculpa continuamente. En serio, Iona, tienes que dejar de
hacer eso.
—Es verdad. ¿Por qué lo compraste... a Alastar? —comenzó.
Entonces levantó una mano—. Lo siento. No es asunto mío. Además, has
dicho que no querías hablar de trabajo.
—Es precioso. Siento debilidad por la belleza, y la fuerza, y... el
poder.
—Alastar posee todo eso —convino Meara—. Y cualquiera que sepa
lo más mínimo de caballos sabe que no está hecho para pasear con turistas
a la espalda cada día.
—No, está destinado a otras cosas. —Fin miró a Branna—. Es
necesario para otras cosas.
—¿Qué tramas? —murmuró Branna.
—Él me habló. Tú ya me entiendes —le dijo a Iona.
—Sí. Sí.
—Así que aquí está, y la potrilla más bonita de los condados
occidentales viene de camino. También briosa, dos años, refinada como
una princesa. Se llama Aine, por la reina de las hadas. Haremos de
casamenteros, Boyle, cuando haya madurado lo suficiente. Hasta entonces,
lo hará bien en el circuito de salto, creo que incluso con principiantes.
—Lo que tienes en mente va más allá de la reproducción. —Branna
apartó su té a un lado.
—Ah, encanto, eso siempre lo tengo presente.
—Sabías que ella vendría y lo que eso significaría. Ya ha empezado.
—Hablaremos de ello. —Fin posó una mano sobre la de Branna
encima de la mesa—. Pero no en el bar.
—No, en el bar no. —Ella apartó la mano de debajo de la de él—.
Sabes más de lo que cuentas, y quiero saber la verdad.
La irritación brillaba en los ojos de Fin.
—Nunca te he mentido, mo chroi. No en toda nuestra vida, y lo sabes.
Ni siquiera cuando una mentira podría haberme dado lo que más deseaba.
—La omisión no se diferencia en nada de una mentira flagrante. —Se
puso en pie—. Tengo trabajo pendiente. Boyle, lleva a Iona de vuelta al
hotel en tu camión, si no te importa. No quiero que cruce el bosque a pie de
noche.
—Oh, pero...
—Lo haré. —Boyle interrumpió la protesta de Iona con suavidad—.
Descuida.
—Te llevaré ese ungüento por la mañana. Y a ti te veo mañana
después del trabajo, Iona. Tenemos mucho que hacer.
—Muy bien. —Connor exhaló un suspiro y empezó a levantarse
cuando Branna se marchó.
—No, tú quédate y termínate la cerveza. —Al retirar su silla, Meara
rozó el brazo de Connor como si quisiera tranquilizarlo—. Yo la
acompañaré. Es hora de que me marche a casa. Gracias por el té, Fin, y
bienvenido. Espero verte mucho mañana.
Agarró su chaqueta y se la puso despacio mientras salía deprisa del
bar.
Connor le dio una palmadita en el brazo a Iona.
—Tendrás que acostumbrarte a eso.
—Muy cierto —farfulló Fin, luego se recostó despacio y esbozó una
sonrisa—. Suelo poner a Branna de un humor de perros. Bueno, Iona de
Estados Unidos, cuéntanos qué has visto y hecho en Irlanda.
—Yo... —¿Cómo eran capaces de retomar la charla banal cuando la
furia y el desamor flotaban en el ambiente?—. Ah..., no he visto mucho. Y
he hecho un montón de cosas, supongo. Vine para conocer a Branna y a
Connor, y para buscar un lugar y un trabajo. Ahora tengo ambas cosas.
Pero aún no he tenido tiempo de ver nada salvo este sitio. Es tan bonito que
es suficiente.
—Tendremos que llevarte a ver más cosas. Has dicho que has
encontrado un lugar, ¿quieres decir para vivir? Eso sí que es rapidez.
—Voy a quedarme en Ashford unos días más.
—Eso es un auténtico privilegio.
—Sí que lo es. Después voy a vivir con Branna y con Connor. —Vio
que sus ojos centelleaban, se entrecerraban y se desviaban rápidamente
hacia Connor—. ¿Es un problema?
En respuesta, Fin se inclinó sobre la mesa, manteniendo aquellos ojos
fijos en su rostro.
—Ella te reconoció. Tiende la mano a muchos, pero aprecia a muy
pocos. El hogar es un refugio. Si el suyo es el tuyo, te reconoció. Ten
cuidado con ellas —le murmuró a Connor—. Por todos los dioses.
—No te quepa duda.
—Hablando de omisiones. —Frustrada, Iona paseó la mirada de un
hombre al otro, y luego hacia Boyle, que estaba sentado en silencio. No iba
a obtener nada de ellos, no en esos momentos—. Debería irme. Gracias por
la cena, Connor, y por el té, Fin. No tienes por qué llevarme al hotel,
Boyle.
—Branna me despellejará vivo si no lo hago, y puede que sea
literalmente. Te veo en casa —le dijo a Fin.
—No tardaré en marcharme.
Desconcertada, Iona fue hacia la puerta. Miró una última vez hacia
atrás y alcanzó a ver brevemente a Fin contemplando su pinta con aire
ensimismado y a Connor inclinado sobre la mesa, hablando con rapidez en
voz baja.
—¿Fin y tú vivís juntos? —preguntó Iona.
—Tengo mi apartamento encima del garaje y utilizo su casa cuando
me apetece, ya que se pasa tanto tiempo fuera como en casa. Vivir allí,
cerca del establo grande, resulta práctico para ambos.
Abrió la puerta de un viejo camión, con la pintura roja descolorida, y
metió la mano para apartar el revoltijo que había en el asiento.
—Lo siento. No contaba con llevar a nadie.
—No te preocupes. Es un alivio ver que hay alguien tan desordenado
como yo.
—Si es así, acepta un consejo. Esconde y guarda tus trastos. Branna es
muy ordenada, y te perseguirá como un perro de caza si dejas las cosas por
ahí.
—Tomo nota.
Subió al camión y se deslizó entre portapapeles, envoltorios y una
vieja toalla, trapos y una caja de cartón poco honda que contenía
escarbacascos, anillas de bridas, un par de pilas y un destornillador.
Él se montó por la otra puerta y puso la llave en el arranque.
—No has hablado mucho ahí dentro —comentó Iona.
—Al ser amigo de todas las partes me parece mejor mantenerme al
margen.
Iona se recostó contra el asiento mientras el camión traqueteaba, con
la lluvia repicando fuera.
—Tienen algo.
—¿Quién tiene algo?
—Branna y Fin. O tienen o tuvieron una relación. El zumbido sexual
era tan alto que todavía me pitan los oídos.
Boyle se movió en su asiento, mirando la carretera con el ceño
fruncido.
—No soy de los que cotillean sobre los amigos.
—No se trata de un cotilleo. Es una observación. Debe de ser
complicado para ambos. Y es evidente que tengo que saber qué está
pasando. Tú sabes más que yo al respecto, y yo estoy metida en esto.
—Por lo que veo, tú misma te has metido en esto.
—Puede que sí. ¿Y qué? ¿Cómo sabías que soy como ellos?
—Los conozco de toda la vida, he formado parte de las suyas. Lo vi en
ti, con el caballo.
Iona se volvió y lo miró con el ceño fruncido.
—La mayoría de la gente no estaría tan tranquila. ¿Por qué tú sí?
—Los conozco de toda la vida —repitió.
—No entiendo que pueda ser tan simple. Sé hacer esto. —Extendió la
palma y, tras concentrarse, consiguió encender una pequeña llama en el
centro.
Resultaba patético en comparación con lo que Branna era capaz de
hacer, pero había estado trabajando en ello a ratos.
Él apenas le dirigió una mirada.
—Es muy práctico si vas de acampada y has perdido las cerillas.
—Eres un tío muy frío. —No pudo evitar admirarlo—. Si le hubiera
enseñado eso al tío con el que he estado saliendo, habría atravesado la
puerta, haciendo un agujero con su silueta como en los dibujos animados.
—No debía de gustarle mucho ir de acampada.
Iona rompió a reír, luego contuvo la respiración cuando en la
carretera, delante de ellos, la niebla se levantó como si fuera una pared.
Cerró los puños mientras el camión la atravesaba, apretándolos cuando la
niebla los envolvió.
—¿Has oído eso? ¿Puedes oír eso?
—¿Oír el qué?
—Mi nombre. No deja de repetir mi nombre.
A pesar de que se había visto obligado a reducir la velocidad a la de
una tortuga, Boyle mantuvo las manos en el volante.
—¿Quién pronuncia tu nombre?
—Cabhan. Está en la niebla. Quizá sea la niebla. ¿Es que no lo oyes?
—No lo oigo. —Y hasta el momento nunca lo había hecho.
No le importaría que siguiera siendo así—. Estoy pensando que
mañana trabajarás otra vez con Meara.
—¿Qué? ¿Qué?
—Me gustaría tener su visto bueno antes de que salgas sola con algún
turista. —Hablaba con serenidad, conduciendo despacio. Podía recorrer
aquella carretera con los ojos vendados, y casi lo estaba haciendo, pensó—.
Y quiero ver cómo te desenvuelves dando clase. Tendremos que trabajar
con Mick en ese aspecto, o conmigo de vez en cuando. ¿Sabes saltar?
Boyle sabía que sí, y que tenía lazos azules y trofeos para demostrarlo
y la titulación para enseñar. Había leído su currículo.
—Sí. He competido desde que tenía ocho años. Quise entrar en el
equipo olímpico, pero...
—¿Un compromiso demasiado grande?
—No. Quiero decir que sí. En cierto modo. Se necesita mucho apoyo
familiar para esa clase de entrenamiento. Y el respaldo económico. —
Mientras sus ojos se movían a derecha e izquierda, su mano ascendió entre
sus pechos hasta su garganta, y luego volvió a bajarla—. ¿Has oído eso?
Dios mío, ¿es que no lo oyes?
—Eso sí. —El salvaje aullido le provocó gélidos escalofríos en la
espalda. Y aquello era nuevo, pensó, al menos para él—. Supongo que no le
gusta que hablemos de él.
—¿Por qué no tienes miedo?
—Llevo a una bruja en el camión, ¿no? ¿Qué tendría que
preocuparme?
Iona soltó una carcajada entrecortada, esforzándose por regularizar su
pulso.
—Hoy he aprendido a hacer levitar una pluma. No creo que eso vaya a
servir de mucho.
Y Boyle pensó que él tenía un par de puños y una navaja multiusos en
el bolsillo si era necesario.
—Es más de lo que sé hacer yo. Bueno, la niebla se está disipando y
Ashford está ahí delante.
Allí estaba aquel glamuroso castillo de cuento de hadas, con sus
ventanas iluminadas por un pálido resplandor dorado.
—Fueron ahí. Los tres primeros. Regresaron años después de que su
madre los enviara lejos para salvarlos. Se quedaron en el castillo, pasearon
por el bosque. Soñé que la más joven volvía del mismo modo que se había
marchado siendo niña, a lomos de un caballo llamado Alastar —explicó
Iona.
—Ah, vaya. Desconocía el nombre del caballo. Eso lo explica, ¿no es
así?
—No sé qué es lo que explica. No sé qué se supone que tengo que
hacer.
—Lo que debes.
—Lo que debo —murmuró cuando él se detuvo en la entrada del hotel
—. Vale. Vale. Gracias por traerme y por distraerme de la voz.
—No hay problema. Te acompaño dentro.
Iona se disponía a objetar algo, ya que solo unos pasos la separaban de
la puerta, pero cambió de parecer al recordar la voz en la niebla. Era
estupendo contar con un hombre grande y fuerte que la acompañara. No
tenía nada de qué avergonzarse.
Entró con él en la tibieza del castillo, en los vividos colores y las
flores. Y la recibió la sonrisa de la mujer que se ocupaba del mostrador de
recepción.
—Buenas noches, señorita Sheehan. Y Boyle, me alegro de verte.
—¿Trabajando hasta tarde, Bridget?
—Así es. Hace buena noche para ello, y se ha puesto a llover otra vez.
Tengo su llave aquí mismo, señorita. Espero que haya disfrutado del día.
—Así es, mucho. Gracias de nuevo, Boyle.
—Te acompaño hasta la puerta.
—Oh, pero...
Boyle se limitó a cogerle la llave y a echar un vistazo al número.
—Está en la parte vieja, ¿verdad? —Dicho eso, asió a Iona del brazo y
tiró de ella por el pasillo.
—Ahora por ahí. —Iona giró.
—Este lugar es un laberinto.
—Forma parte de su encanto.
Intentó no preocuparse por el hecho de que, sin duda, la recepcionista
pensara que Boyle y ella estaban enrollados.
Boyle se detuvo delante de su puerta y metió la llave. Después de
abrir, echó un prolongado y minucioso vistazo.
—Vaya, sí que eres desordenada.
—Ya te lo he advertido.
Abrió los ojos como platos cuando él entró. Era imposible que
pensara...
Boyle cogió el bolígrafo del hotel que había en la mesita de noche y
garabateó algo en la libreta.
—Este es mi número de móvil. Si te pones nerviosa, dame un toque.
Es mejor que llames a Branna, pero yo estoy a unos minutos de aquí si es
necesario.
—Es... Es muy amable por tu parte.
—No te me eches a llorar. Acabo de contratarte, ¿no?, y ya he hecho
el puñetero papeleo. No puedo consentir que salgas corriendo de vuelta a
Estados Unidos. Cierra con llave y vete a dormir. Pon la tele si necesitas el
ruido. —Se encaminó hacia la puerta y la abrió—. Y recuerda una cosa —
le dijo, volviendo la vista hacia ella—. Eres capaz de sostener una llama
creada por ti en la palma de la mano.
Boyle cerró la puerta. Mientras una sonrisa empezaba a formarse en
sus labios, él llamó con la fuerza necesaria para sobresaltarla.
—¡Echa la puta llave!
Iona se apresuró a hacerlo y oyó sus pasos alejarse.
Hizo un trato consigo misma. En el trabajo se concentraría en el
trabajo. Ni podía ni quería consentir que aquello a lo que tendría que
enfrentarse interfiriera en su forma de vida.
Cuando terminara de trabajar, aprovecharía el tiempo que Branna le
dedicara. Aprendería, practicaría y estudiaría.
Pero también exigiría y obtendría respuestas.
Así que sacó el estiércol, limpió, cepilló, acarreó, alimentó y abrevó a
los animales. Y se esforzó por no cruzarse con Boyle. Recordar el camino
hasta el hotel y su pánico le provocaba cierta vergüenza. Era ella quien
tenía poderes, aunque no estuvieran pulidos, y se había vuelto débil y
temblorosa, y había dejado que él cuidara de ella.
Peor incluso, durante un solo segundo —tal vez dos o tres segundos
—, cuando él entró en su habitación, fue ella quien se hizo una idea
equivocada. Un lamentable hecho que se vio obligada a reconocer cuando
despertó de su sueño, y no de uno con un malvado hechicero y sombras,
pensó mientras cepillaba las crines de Spud, sino de un sueño sexual,
alucinantemente bueno, que tenía como protagonistas a Boyle, a ella y un
campo de amapolas de El mago de Oz. Pero desde luego las amapolas no
habían hecho que se quedaran dormidos. Aquella revelación subconsciente
hizo que la vergüenza se intensificara.
Meara se asomó a la casilla. Ese día llevaba una gorra de color verde
manzana, con el cabello que le caía en una larga coleta por la abertura de
atrás.
—Has trenzado la crin de Queen Bee.
—Oh, sí. Yo solo..., se la desharé.
—De eso nada. Está preciosa, y está presumiendo de su nuevo
peinado. Pero no le hagas lo mismo a ninguno de los castrados. Boyle se
mosqueará y dirá que los estamos convirtiendo en unos vanidosos cuando
son caballos normales. Menudo es Boyle.
—Ya me he fijado. Trabajáis bien juntos.
—Bueno, eso espero. Está despejando, así que esta tarde tenemos ruta.
La han cambiado a las tres con la esperanza de que mejorara el tiempo, y
parece que lo van a conseguir. Es un grupo de cuatro; dos parejas amigas
de Estados Unidos, así que será agradable para ti. Boyle ha enviado a por
Rufus, un castrado grande y juguetón. Uno de nuestros clientes mide casi
dos metros.
—¿Cuánto es eso?
—Oh, ¿en yanquilandia? —Frunciendo el ceño, se levantó la gorra y
se rascó la cabeza—. Me parece que unos seis pies y medio. Por lo demás,
ensillaremos a Stud, Queen Bee y a Jack. Puedes escoger entre el resto.
—Puede que César, a menos que lo quieras tú.
—Adelante. —Meara anotó algo en su tablilla con sujetapapeles—.
Solicitaron noventa minutos, así que verás más que ayer.
—Quiero verlo todo. Y ¿Meara? —La culpa por el sueño no le
permitiría dejarlo estar sin más—. Solo quiero darte las gracias por
prestarme a Boyle anoche para que me llevara a casa.
—No tengo por costumbre prestárselo a nadie, pero puedes quedártelo
si quieres.
—Oh, ¿os habéis peleado?
—¿Por qué? —Meara pasó de un desconcertado ceño fruncido a abrir
los ojos como platos, echándose a reír con picardía acto seguido—. ¡Oh!
Crees que Boyle y yo estamos liados. ¡No, no, no! Quiero mucho a ese
hombre, pero no lo quiero en mi cama. Sería como tirarme a mi hermano.
Y esa idea acaba de hacerme perder el apetito.
—¿No estáis...? —La vergüenza aumentó todavía más—. Lo di por
hecho.
—¿Es que parecemos dos tortolitos?
—Supongo que hay algo muy... íntimo... entre vosotros, así que pensé
que estabais juntos. Como pareja.
—Somos familia.
—Ya lo pillo. Bien. Supongo que está bien. Quizá sea un problema.
Meara se apoyó contra la entrada de la casilla.
—Me fascinas, Iona. ¿Un problema?
—Lo que pasa es que cuando creía que erais pareja tenía una buena
razón para ignorar... —Meneó los dedos sobre su estómago.
—Sientes... —Meara imitó el gesto— por Boyle.
—Está como un tren, subido o no a un caballo. En cuanto lo vi, yo...
¡uau! —Se llevó una mano al corazón, la otra al vientre, y las agitó.
—¿De verdad?
—Es un tío duro y cascarrabias. Y esas manos grandes, esa cicatriz —
dijo, señalándose la ceja con el dedo—. Y esos ojos de león.
—De león. —Meara probó las palabras—. Bueno, supongo que lo son.
Boyle McGrath, rey de las bestias. —Prorrumpió en carcajadas de nuevo.
—Es solo la expresión, pero son realmente impresionantes. Además,
ha sido muy amable conmigo. Y luego estaba el sexo. El sueño —Se
apresuró a decir cuando Meara se quedó boquiabierta—. El sueño sexual.
Anoche tuve uno, y me sentía muy culpable porque tú me caes muy bien. Y
tú no quieres oír nada de esto.
—Te equivocas por completo. Quiero escucharlo todo, y sin que te
dejes el más mínimo detalle.
Con un gruñido risueño, Iona se cubrió la cara con las manos.
—Eres amiga de Boyle. Si le cuentas que la yanqui está colada por él,
se descojonará hasta caer en coma o me despedirá.
—No haría nada de eso, pero ¿por qué iba a contárselo? Existe una
hermandad entre mujeres que ampara estos asuntos. A mi modo de ver, eso
es algo universal.
—Claro que sí. De todas formas creo que tengo jet lag, estoy perdida
y me estoy haciendo a esto. No es nada. Se me pasará.
—A lo mejor deberías darle un revolcón antes de que... —Se
interrumpió al escuchar voces que se alzaban—. Ay, joder.
Meara dio media vuelta y salió. Cuando las voces —masculinas y
muy furiosas— subieron de volumen, Iona la siguió.
Boyle estaba cara a cara con un hombre tan grande como un toro, que
llevaba una gorra roja y una chaqueta de cuadros. El toro, con el rostro casi
tan enrojecido como la gorra, lo apuntó con un dedo.
—He venido en plan razonable, aunque eres un tramposo y un
embustero.
—Y yo te digo, Riley, que cualquier relación profesional que
tuviéramos se ha terminado. Lárgate de mi propiedad y no vuelvas por
aquí.
—Me largaré de tu puta propiedad cuando me devuelvas el caballo
que me has robado o me pagues un precio justo. ¡Te crees que puedes
robarme! ¡Jodido ladrón! —Empujó a Boyle, haciendo que retrocediera un
par de pasos.
—Ay, Dios —farfulló Meara—. Buena la ha hecho.
—No vuelvas a ponerme las manos encima —le advirtió Boyle con
voz muy serena.
—Oh, pienso ponerte encima más que las manos, puto saco de mierda.
Riley le lanzó un puñetazo. Boyle apoyó el peso de su cuerpo en el
pie, ladeó la cabeza y el puño le pasó rozando la oreja.
—Deberíamos llamar a la policía. A la guardia o comoquiera que se
llame.
Meara apenas le dirigió una mirada a Iona.
—No es necesario.
—Te dejo que me lances otro más. —Con los brazos pegados aún a
los lados, Boyle abrió las manos—. Aprovéchalo, si quieres, y que sepas
que no te irás de rositas si lo haces.
—Te voy a dar una paliza. —Riley arremetió con los puños en alto y
la cabeza gacha.
Desplazándose hacia un lado, Boyle se dio la vuelta y le asestó dos
puñetazos cortos.
¿Puñetazos al riñón?, se preguntó Iona, abriendo los ojos como platos.
¡Ay, Dios!
Riley se tambaleó, pero se mantuvo en pie y lanzo otro puñetazo. El
golpe rozó el hombro de Boyle cuando este lo bloqueó con el antebrazo.
Luego fue a por él. Un derechazo a la mandíbula; un zurdazo a la
nariz. Un directo, un gancho —creyó reconocer Iona—, un zurdazo
cruzado.
Rápido, muy rápido. Moviéndose con pies ágiles y veloces, apenas
evidenciaba reacción alguna cuando Riley lograba conectar un puñetazo.
Los nudillos desnudos golpeaban y crujían contra la carne y los huesos.
Riley, sangrando por la nariz y la boca, atacó tambaleándose. Boyle volvió
el cuerpo entero lanzando el puño hacia arriba —un gancho, sin duda—,
que impactó en la mandíbula como una flecha en el centro de una diana.
Se dispuso a rematarlo, pero retrocedió.
—¡Mierda! —Lo oyó mascullar Iona mientras él se limitaba a ponerle
la bota en el trasero a Riley y a empujarlo hacia el suelo.
—Ay, Dios. Dios mío.
—Tranquila. —Meara le dio una palmadita en el hombro—. Solo es
una pequeña gresca.
—No. Es... —Agitó los dedos sobre su vientre.
Meara soltó una carcajada.
—Sí, me tienes fascinada.
Fin se encontraba a unos centímetros de distancia, a lomos de un
inquieto Alastar.
—¿Otra vez? —preguntó con suavidad.
—El muy cabrón no quería largarse. —Boyle se chupó los nudillos—.
Y le he dado mil oportunidades.
—Te he visto dárselas mientras me aproximaba, y ¿cómo iba a
marcharse con tu puño en la cara?
Boyle sonrió de oreja a oreja.
—Eso ha sido después de darle dichas oportunidades.
—Bueno, vamos a asegurarnos de que no lo has matado porque no
tengo ganas de ayudarte a ocultar un cadáver esta mañana. —Cuando
desmontó, le hizo una señal con el dedo a Iona—. Sí, tú. Sé buena y ata a
Alastar al poste. No lo desensilles.
Cuando le tendió las riendas, Iona se apresuró a tomarlas.
Utilizando la bota de nuevo, Boyle le dio la vuelta a Riley.
—Tiene la nariz rota, eso seguro, y algún que otro diente le baila, pero
lo superará.
Fin se quedó quieto, con las manos en los bolsillos mientras ambos
estudiaban al inconsciente Riley.
—Imagino que esto viene por aquel caballo que le ganaste.
—Así es.
—Jodido imbécil.
Mick salió con un cubo de agua, silbando entre dientes de manera
alegre.
—He pensado que os vendría bien esto.
Fin se lo cogió.
—Apartaos —los avisó, luego arrojó el agua sobre la cara de Riley.
El hombre escupió, tosió. Abrió los ojos y los puso en blanco.
—Ya está bien. —Boyle se agachó, asiéndole un brazo, y después de
exhalar un suspiro, Fin lo agarró del otro.
Mientras acariciaba a Alastar de manera distraída, Iona los vio
arrastrar al hombre hasta su camión y subirlo a él. No alcanzó a escuchar lo
que dijeron, pero en cuestión de unos instantes, el camión se alejó haciendo
algunas eses.
Los hombres lo vieron alejarse, igual que ella. Entonces Fin dijo algo
que hizo que Boyle soltara una carcajada antes de echarle el brazo sobre
los hombros y darse la vuelta para regresar.
Fue entonces cuando vio la familiaridad entre ellos. Se percató de que
eran más que socios. Más que amigos. Eran hermanos.
—Se acabó el espectáculo por hoy —gritó Boyle—. Hay trabajo por
hacer.
El personal que se había congregado se dispersó al escuchar sus
palabras.
Iona se aclaró la garganta.
—Deberías ponerte algo en esos nudillos.
Boyle se limitó a mirárselos y a chupárselos de nuevo. Y luego,
encogiéndose de hombros, se encaminó adentro. Fin se detuvo junto a Iona.
—Este Boyle es un camorrista.
—Empezó el otro tío.
Fin se echó a reír.
—No me cabe duda. La madurez le ha proporcionado a Boyle el
sentido común de esperar hasta que lo provoquen, y raro es que sea él
quien dé el primer puñetazo. Por otro lado, le ha propinado a Riley la
paliza que se ganó hace semanas en vez de hacer la apuesta.
Debería meterse en sus asuntos. Debería...
—¿Cuál fue la apuesta?
—Riley es un chalán de lo más rastrero. Tenía en su posesión a una
yegua que había desatendido. Me dijeron que era todo pellejo y huesos, y
estaba enferma y coja. Tenía pensado venderla para comida para perros.
La ira ardió en los ojos de Iona, que adoptó una expresión feroz.
—Me encantaría darle de puñetazos yo misma.
—No tienes manos para eso. —Fin vio que Alastar acariciaba el
hombro de Iona con el morro y la forma en que ella inclinaba la cabeza
hacia la de él—. Es mejor que utilices los pies para esas cosas y que
apuntes a las pelotas.
—En este caso estaría encantada de hacerlo.
—Voy a contártelo yo porque es muy probable que Boyle no te diga
nada, ya que es un hombre de pocas palabras, o de ninguna si le es posible.
Le ofreció a Riley la cantidad que habría obtenido vendiéndola y más, pero
a Riley lo trae al fresco Boyle, o yo, y exigió el doble. Así que siendo un
hombre de negocios más astuto de lo que cabría pensar, Boyle apostó que
podría beber más whisky que él y mantenerse en pie. Si Riley ganaba,
Boyle le pagaría el precio que pedía. Si ganaba Boyle, Riley le entregaría
la yegua por lo que le había ofrecido. El dueño del bar lo anotó en el libro
de apuestas y, según me han dicho, una generosa cantidad de pasta cambió
de manos. —Mientras hablaba, Fin desató las riendas del poste—. Y al
final de la larga noche, fue Boyle quien siguió en pie. Aunque estoy seguro
de que al día siguiente tuvo una resaca de mil demonios, también tenía a la
yegua.
—Una apuesta de beber.
—Como ya he dicho, nuestro Boyle ha madurado. Bueno. —Fin le
entregó las riendas a Iona, entrelazando las manos después—. Sube.
Con la cabeza llena de preguntas, de impresiones, Iona puso la bota en
las manos de Fin y se montó sobre Alastar con suavidad.
—¿Dónde quieres que lo lleve?
—Os quiero a los dos en el picadero. Vamos a ver lo que sabes hacer.
Capítulo 8
Al final de la jornada, Iona se permitió pensar en la magia. ¿Qué le
enseñaría Branna ese día? ¿Qué nueva maravilla vería, sentiría o haría? Se
despidió de los caballos y de sus compañeros de trabajo antes de salir.
Y vio a Boyle en su pequeño despacho, con el ceño fruncido y los
nudillos inflamados mientras atajaba el papeleo.
Definitivamente sentía mariposas en el estómago, pensó. No pensaba
coquetear con el jefe, claro. Además, por lo que sabía, podía tener una
ristra de novias. O quizá no la encontrara atractiva, lo que resultaba aún
más descorazonador.
Además, no estaba buscando una relación ni un rollo. Tenía que sentar
los cimientos de su nueva vida, aprender más sobre sus incipientes
poderes... y perfeccionarlos si quería serle útil a sus primos.
Cuando una mujer planeaba enfrentarse a un antiguo mal, no debería
permitirse el lujo de dejarse distraer por una ceja sexy, unos hombros
anchos o...
—Entra o vete —le ordenó Boyle, y continuó tecleando en el
ordenador—. Deja de merodear de una puta vez.
—Lo siento. Yo..., ah..., no estoy segura de si... he terminado por hoy
—le dijo.
Él levantó la vista, sosteniéndole la mirada durante un segundo. Luego
gruñó y volvió al trabajo.
Tenían que dolerle las manos, pensó. Casi podía verlas palpitar.—En
serio, deberías ponerte hielo en esos nudillos.
—Se pondrán bien. Los he tenido peor.
—Es probable, pero si se te hinchan y agarrotan..., o peor, si se te
infectan..., no serás de mucha utilidad por aquí.
—No necesito una enfermera, gracias.
Cabezota, pensó. Pero ella también lo era. Volvió dentro, cogió el
botiquín y un par de compresas frías. Acto seguido irrumpió de nuevo en
su despacho.
—Algunos dirían que te muestras estoico y varonil —comenzó
mientras arrimaba una silla—, pero yo opino que la nenita se ha
enfurruñado porque le duelen las manos.
—He disfrutado haciéndolo, así que no estoy enfurruñado. Aparta eso.
—Cuando termine. —Sacó el antiséptico y le agarró la muñeca—.
Esto te va a escocer.
—No seas... ¡Mierda! ¡Me cago en la puta!
—Nenita —dijo Iona con cierta satisfacción, pero le sopló—. Si vas a
golpear a alguien en la cara con los nudillos desnudos, pagarás el precio.
—Si estás en contra de las peleas, estás en el lugar equivocado. Y
seguramente en el país equivocado.
—No estoy... Eso depende de la situación, y ese gilipollas se lo
merecía. Apoya esta mientras te limpio la otra. —Le puso la compresa fría
en una mano mientras se ocupaba de la otra—. Sabías lo que hacías.
¿Boxeabas en la universidad?
—Podría decirse así. —Resignado (y sin duda la bolsa de hielo era un
alivio), se recostó en la silla—. ¿Intentas prenderme fuego a la mano para
purificarla?
—Solo te escocerá un minuto. ¿Podría decirse así?
La mirada que él le lanzó solo podía describirse como de
amenazadora. Siempre se había preguntado cómo era una mirada
amenazadora.
—Haces muchas preguntas.
—Solo es una —señaló—. Y hablar te distraerá. ¿Podría decirse así?
—Joder. Me gané la vida peleando mientras estaba en la universidad.
Peleas a puño descubierto, de modo que esto no es nuevo para mí. Sé
cuidarme solito.
—Pues deberías haberlo hecho. Es un modo duro de ganarse la vida.
—No si te gusta... y si ganas.
—Y a ti te gustaba y ganabas.
—Me gustaba más cuando ganaba, y ganaba muy a menudo.
—Mejor para ti. ¿Así te hiciste la cicatriz de la ceja?
—Esa es otra pregunta. Un tipo de pelea diferente; una pelea de bar y
una botella rota. Como yo también había estado bebiendo, mis reflejos eran
un poco lentos.
—Tienes suerte de conservar el ojo.
Sorprendido por su respuesta, y por su tono despreocupado, Boyle
enarcó la ceja marcada.
—No tan lentos.
Ella se limitó a sonreír.
—Cambio de mano.
Tenía unas manos grandes, pensó. Fuertes, con dedos romos y palmas
anchas. Las manos fuertes de un hombre que trabajaba con ellas, y eso lo
respetaba.
—Fin me ha contado lo de la yegua y la apuesta.
Esa vez no la miró de forma amenazadora, sino que se meneó un poco
en la silla.
—A Fin le encanta una buena historia, y también contarla.
—Me gustaría conocerla.
—La tenemos en el establo grande. Todavía se asusta en presencia de
desconocidos, y necesita más tiempo y mimos.
—¿Qué nombre le pusisteis?
Boyle se removió otra vez, como Iona sabía que hacía cuando se
sentía incómodo o un tanto avergonzado.
—Monada. Le pega. ¿Has terminado ya con eso?
—Casi. Me alegro de que lo tumbaras bebiendo por un caballo que te
necesitaba. Y me alegra que le hayas dado una buena tunda hoy.
Seguramente no debería alegrarme. Mis padres intentaron educarme para
que fuera una persona que no se alegrara de esas cosas..., pero fracasaron.
Iona levantó la vista y se encontró con los ojos de Boyle, fijos en ella
una vez más.
—No puedes ser lo que no eres.
—No, no puedes. Soy una pequeña decepción para ellos, lo que en
cierto modo es peor que ser una absoluta decepción. Así que me esfuerzo
mucho para no ser una decepción para mí misma, de ninguna clase. —Iona
se apartó—. Ya está. —Y le asió las manos por los dedos con suavidad
para examinarle los nudillos—. Mejor.
Oh, sí, pensó cuando sus ojos se encontraron de nuevo. Mariposas y
escalofríos, y un rápido retortijón en el estómago además. Se metería en un
buen lío si no se andaba con cuidado.
Pero fue Boyle quien apartó la mirada.
—Gracias. Será mejor que sigas con lo tuyo. Tendrás cosas que hacer.
—Así es.
Se dispuso a coger el botiquín, pero él la apartó.
—Ya me ocupo yo. A las ocho, mañana.
—Aquí estaré.
Cuando se marchó, Boyle se miró las manos con aire pensativo. Aún
podía sentir su tacto. Una quemazón diferente. Levantó la vista cuando Fin
entró por la puerta y se apoyó contra el marco. Esbozó una sonrisa.
—No empieces.
—Es una monada. Brillante, impaciente. Y si hubiera coqueteado un
poco más contigo, me habría visto obligado a cerrar para proporcionaros
intimidad.
—No ha hecho tal cosa. Se le había metido en la cabeza curarme las
manos, eso es todo.
—Ni de lejos, y tú lo sabes, mo dearthair. Piensas en ella, aunque te
dices a ti mismo que no deberías hacerlo.
Si lo hacía, desde luego, era humano, ¿o no? Pero no era un hombre
estúpido ni irracional.
—Es prima de Connor, y además trabaja para nosotros. No tengo
derecho a pensar en ella más allá de eso.
—Gilipolleces. Es una mujer preciosa, y lo bastante lista y fuerte
como para tomar sus propias decisiones..., cosa que ya ha demostrado. En
cuanto a sus poderes, eso te preocupa un poco.
Boyle se apoyó contra el respaldo de la silla, asintiendo despacio con
los ojos fijos en los de Fin.
—Me preocupa lo que eso representa, y lo que todos vosotros y
también yo, ya que estoy contigo, podamos estar haciendo. Y también
debería ser tu prioridad. No es momento para coquetear.
—Si no es ahora, ¿cuándo? Puede que este sea el fin para todos, y yo
preferiría morir después de acostarme con una mujer en vez de hacerlo
antes.
—Yo preferiría vivir y acostarme con la mujer después de ganar la
guerra.
El ánimo de Fin se aligeró con su sonrisa.
—Cómete el postre primero. Siempre puedes repetir. Voy a llevarme
a Alastar a dar un paseo y a ver qué tal lo lleva.
—¿A casa de Branna?
—No, aún no. No está preparada. Y yo tampoco.
De nuevo a solas, Boyle se sumió en sus pensamientos. Tenían que
prepararse, pensó al recordar el aullido en la niebla. Cada uno de los
bendecidos.
A finales de semana, Iona se sentó en la cama justo antes de las seis
de la mañana. Había pasado su última noche en el castillo. Deseaba con
todo su corazón instalarse con sus primos, pero para hacer eso tenía que
abandonar su indulgente sueño.
Se acabaron las alegres doncellas que limpiaran su cuarto y le llevaran
té y galletas. Se acabó el bufé del desayuno. Se acabó acurrucarse por la
noche, escuchando el viento, la lluvia o ambas cosas, e imaginándose en el
siglo XIII.
Pero estaba cambiando todo eso por la familia. Algo mucho mejor.
Lo había recogido casi todo la noche anterior, pero se había levantado
a esa hora para terminar, para calcular la propina que darle al servicio de
limpieza. Para darse la última ducha en el castillo.
Disponiendo de media hora antes de que Connor —que había insistido
en ello— pasara a recogerla, practicó su magia.
Las plumas parecían inofensivas. Branna se había negado a enseñarle
nada nuevo hasta que hubiera dominado los cuatro elementos. Y lo hubiera
hecho a la entera satisfacción de Branna.
A pesar de los halagos, sobornos y elogios, no había conseguido que
su prima cediera ni un solo milímetro.
Así que iba a dominarlos.
Al menos había progresado hasta el punto de trabajar con un pequeño
montón de plumas en vez de con una sola.
Acalló su mente bajo la apagada luz y recurrió a su poder. Luego
extendió las manos, pensando en que el aire se levantaba, pensando en una
cálida y suave brisa, en una corriente, en un susurro.
Las blancas plumas se elevaron temblorosas, se separaron, se
mecieron y giraron en el aire. Luego las hizo ascender más, poco a poco,
dando suaves volteretas. Despacio, despacio, se dijo. Con delicadeza.
Levantó los brazos en alto y giró viéndolas girar consigo. Y feliz, hizo
que se movieran un poquito más deprisa.
Una vuelta, una pirueta, las preciosas plumas blancas imitaban sus
movimientos. Arriba, abajo, en perezosos remolinos, en círculos perfectos,
más tarde formando una delgada torre.
—Puedo sentirlo —murmuró—. Sí. Y es maravilloso.
Riendo, giró de nuevo, una y otra vez. Abrió los brazos de modo que
las plumas los siguieran formando dos círculos en movimiento.
Serpentinas, ochos, uniéndose después en una esponjosa nube.
—Un plus. Incluso Branna tiene que concederme un aprobado con
nota por esto.
Dejó escapar un chillido al oír que llamaban de forma rápida y fuerte
a la puerta. Las plumas cayeron sobre ella.
—¡Mierda!
Se las sacudió de los hombros, soplando para quitárselas de la cara
mientras iba hacia la puerta.
—Has roto mi control —comenzó—. Estaba... Oh, Boyle.
—Hay plumas por todas partes. ¿Has roto la almohada?
—No. Son mis plumas. ¿Qué haces tú aquí? —La irritación dio paso a
la preocupación—. ¿Sucede algo? ¿Hay alguien herido?
—No pasa nada. Nadie está herido. Llamaron a Connor para que fuera
a la escuela de cetrería. Algo de las tuberías, y él es el manitas. Me ha
reclutado a mí para que te recoja. ¿Has hecho las maletas?
—Sí. Lo siento. Podría haber pedido a alguien del hotel que me
llevara.
—Ya estoy aquí, así que vamos a coger tus cosas.
—De acuerdo. Gracias. Solo tengo que limpiar esto. Las plumas.
—Hum. —Acercó la mano, sorprendiéndola con el roce de sus dedos
en el cabello—. Aquí tienes otro par —le dijo, y se las dio.
—Ah. Vale.
Iona se puso a cuatro patas y comenzó a recoger plumas.
—¿Son plumas caras las que has esparcido por doquier?
—Son simples plumas.
—Pues entonces déjalas. El servicio de limpieza se ocupará. Tú
tardarás una hora en recogerlas del suelo.
—No pienso dejarle este desorden a Sinead. —Recogió unas pocas
más, luego se sentó sobre los talones—. Soy idiota.
—No pienso hacer ningún comentario al respecto.
—Espera. Tú espera.
Iona se levantó y tomó aire. Acalla la mente primero, se recordó.
Entonces hizo que las plumas flotaran. Con una pequeña risita de placer,
las recogió, junto las manos y dejó que cayeran en el interior.
—¿Has visto eso? —Rebosante de felicidad, le mostró las manos
unidas—. ¿Lo has visto?
—Tengo ojos, ¿no?
—Es simplemente maravilloso. Sienta muy bien. Mira esto. —
Levantó las manos en alto, haciendo que las plumas salieran volando, que
giraran de nuevo, bajando y subiendo, y ahuecó las palmas para recogerlas
otra vez—. Es tan bonito. Llevo días practicando y por fin lo he
conseguido. Lo he conseguido de verdad.
Aún sonriendo, alzó la vista hacia él. Se detuvo. Todo se detuvo.
Boyle la miraba de aquella forma franca típica en él, fijamente a los
ojos. No fue sorpresa lo que vio en ellos, ni diversión ni irritación.
Fue deseo.
—Oh —susurró, y siguiendo a su corazón, se inclinó hacia él.
Boyle retrocedió. Fue una rápida y absoluta evasiva.
—Ya tienes tus plumas. —Después pasó por su lado y cogió de la
cama las dos maletas—. Coge algo. Si hay más, volveré a por ello.
—Solo mi chaqueta y mi portátil. Yo me encargo. Lo siento. —
Mortificada, dejó caer las plumas en su bolsa y la cerró—. Supongo que
me he dejado contagiar y lo he malinterpretado. Creía que tú..., pero es
evidente que no.
—Muévete, ¿quieres? —espetó.
Iona sintió aquellas palabras como si fueran fuertes latigazos con los
dedos en las mejillas.
—Todos tenemos trabajo por hacer.
Boyle cargó con las maletas como si no pesaran nada, y pasó a toda
prisa por su lado.
—Vale. ¡Vale! Ya lo pillo. Y una vez más, soy idiota. Yo no te
atraigo, mensaje recibido. Pero no tienes por qué ser grosero. —Metió la
bolsa con plumas en la funda del portátil—. No es la primera vez que me
rechazan, y he sobrevivido. Créeme, no pienso abalanzarme sobre ti, así
que no hace falta que encima me abofetees. Soy mayorcita —agregó,
enganchando su chaqueta y su pañuelo—. Y soy responsable de mis
propios...
Boyle soltó las maletas con un ruido sordo que la sobresaltó.
—Hablas demasiado, joder.
Con eso, tiró de ella. Iona chocó con él, tomada por sorpresa, y solo
consiguió decir un «uf» antes de que Boyle le alzara la barbilla y se
apoderara de su boca como un hombre famélico.
Salvaje y duro, la clase de beso que no le daba otra opción que
sucumbir a él. Fue asaltada por estallidos y explosiones de ese deseo. Se
habría tambaleado si él no la hubiera levantado en vilo.
Sorprendida, perdida, le rodeó el cuello con los brazos y surcó aquella
alta y ardiente ola.
Y segundos más tarde él la dejó de nuevo en el suelo sin ceremonias.
—Por fin te has callado.
—Ah...
Boyle cogió las maletas.
—Si quieres que te lleve, ponte en marcha.
—¿Qué? —Se pasó las manos por el pelo—. ¿Qué ha sido eso?
—Eres idiota. Claro que me atraes. Cualquier hombre con sangre en
las venas se sentiría atraído por tí. Ese no es el problema.
—No es el problema. ¿Y cuál es?
—No me interesa hacer nada al respecto. Y si me haces una sola
pregunta más, dejó aquí las maletas y ya puedes ir buscándote otra forma
de ir a casa de Branna.
—Lo único que he hecho ha sido arrimarme un poco —le dijo
mientras cogía la chaqueta—. Has sido tú quien me ha agarrado. —
Enganchó la funda del portátil y salió de la habitación.
—Eso he hecho —farfulló—. Y eso me convierte en un idiota
también.
Ella mantuvo la boca bien cerrada durante el corto trayecto. No
pensaba decir ni una palabra. Aquello le exigió una considerable fuerza de
voluntad, pues tenía mucho que decir, pero se negó a darle esa satisfacción.
Era mejor ignorarlo. Era más maduro no decir nada.
No, decidió, era más efectivo guardar silencio.
Mientras aquel pensamiento le cruzaba la cabeza, el camión se
sacudió, como si hubiera chocado contra un obstáculo invisible en la llana
carretera.
Boyle le dirigió una breve y acalorada mirada.
¿Había hecho ella eso? Iona se agarró las manos, luchando contra una
oleada de regocijo. ¿De verdad había hecho levitar un camión? De forma
involuntaria, pero aún así era un salto gigante comparado con un montón
de plumas.
Contempló la posibilidad de repetirlo, solo para comprobarlo, pero
por desgracia para todos los implicados, Boyle se detuvo delante de la casa
de Branna.
Iona bajó del camión; se disponía a rodear la caja del vehículo para
sacar sus maletas. ¡Al cuerno!, pensó entonces. Él las había sacado; él
podía llevarlas dentro. Dio media vuelta y fue derecha a la puerta de la
casa.
Branna abrió antes de que llamara, con cara de sueño.
—Llegas temprano.
—Él se ha presentado temprano. Una vez más, gracias por dejar que
me quede.
—Ya veremos si me sigues dando las gracias dentro de una o dos
semanas. Buenos días, Boyle. Si vas a llevarlas tú, es la segunda puerta de
la izquierda. Te enseñaré tu cuarto —continuó Branna, y la condujo por la
estrecha escalera—. La mía da atrás y la de Connor delante. Dispongo de
mi propio cuarto de baño, ya que cuando hicimos la ampliación, eso fue
una prioridad. Compartir baño con él era un problema, que tú vas a
experimentar en carne propia.
—No me importa en absoluto.
—Si dices lo mismo después de una o dos semanas, eres una
mentirosa. Pero así ha de ser.
La cama con un sencillo cabecero de barrotes de hierro pintados de un
cremoso blanco se encontraba frente a una ventana cuyas vistas al bosque
quedaban completamente enmarcadas. El techo seguía la pendiente del
tejado y formaba un acogedor rincón para una mesa pequeña y una silla
con el asiento de punto de aguja.
La cómoda, también pequeña, rebosaba flores pintadas sobre el
mismo fondo blanco cremoso del cabecero. Encima de esta había una
pequeña maceta de tréboles con sus preciosas campanillas blancas en flor.
El mismo verde intenso cubría las paredes y servía de fondo para coloridos
grabados de las colinas, de los bosques y los jardines.
—Oh, Branna, es maravillosa. Es realmente preciosa. —Iona pasó los
dedos sobre la suavísima colcha; una vivida explosión de tonos ciruela,
morado y lavanda, doblada a los pies de la cama—. Me encanta. Te estoy
muy agradecida.
Esa vez Branna estaba un poco más preparada para el abrazo
entusiasmado, aunque no para el rápido saltito.
—No hay de qué, claro, y si te apetece cambiar algo...
—No cambiaría nada. Es perfecto.
—¿Dónde quieres que deje esto? —exigió Boyle desde la entrada, en
un tono que no hacía nada por disimular su irritación.
Iona se dio la vuelta, y sus ojos empañados se tornaron fríos.
—Donde quieras. Gracias.
Tomándole la palabra, las dejó nada más cruzar el umbral,
manteniendo las punteras de sus botas al otro lado.
—Bueno, pues yo me largo.
—Aún tienes tiempo, ¿no? —Era posible que un sinfín de preguntas
asaltaran la mente de Branna ante el enfado, ante su intensidad, que
atravesaba la habitación como un grifo abierto, pero mantuvo la sonrisa y
la voz serena—. Te prepararé el desayuno por las molestias.
—Gracias, pero tengo cosas que hacer. Las nueve es buena hora para
entrar a trabajar. Tómate tu tiempo para instalarte.
Se marchó con rapidez, con un fuerte estrépito de botas en la escalera.
—Bueno, ¿de qué va todo esto? —preguntó Branna, luego levantó una
mano al ver la furia en los ojos de Iona—. Guárdate eso hasta que estemos
en la cocina. Tengo la sensación de que voy a necesitar otro café. —
Encabezó la marcha y luego sirvió dos tazas—. Adelante, desmelénate.
—Ha venido aporreando la puerta. Yo estaba levitando plumas. Lo he
conseguido, Branna. Te lo enseñaré. Entonces me ha roto la concentración,
y había plumas por todas partes, pero la he recuperado y se lo he enseñado.
Estaba emocionada y feliz, ¿quién no lo estaría? Aunque no estoy ciega ni
soy estúpida. —Se paseaba por la cocina con paso airado mientras hablaba,
haciendo aspavientos con una mano. Branna no perdió de vista el café de la
taza, por si acaso amenazaba con derramarse—. Sé cuándo un hombre
piensa mover ficha. Conozco esa mirada. Tú conoces esa mirada —dijo,
señalando a Branna.
—Claro que la conozco, y es genial en la mayoría de circunstancias.
—Exacto, y dado que parecía bien, me he dejado llevar, o lo habría
hecho. Quiero decir, por Dios santo, lo único que he hecho ha sido
arrimarme un poquito, y él se ha apartado como si le hubiera pinchado con
un palo ardiendo.
—Hum —murmuró Branna, y sacó una sartén.
—Me he sentido como una idiota. Ya sabes cómo te hacen sentir esas
cosas. Bueno, seguramente no lo sepas —recapacitó Iona—. ¿Qué hombre
se apartaría de ti? Pero me he acalorado, y no en el buen sentido. Me he
sentido avergonzada. Así que me he disculpado. Simplemente lo he
malinterpretado, eso es todo, lo siento. Vale, a lo mejor me he puesto a
hablar como un loro; me sentía fea y estúpida, y muy nerviosa porque
pensé que Meara y él tenían un rollo, pero ella me había dicho que no, así
que me permití abrir esa puerta, que no había abierto por Meara y porque
no está bien cazar en coto ajeno. Además, es el jefe, y nadie quiere pillarse
los dedos. Y entonces lo he hecho, así que ha sido peor. Y me estoy
disculpando y tratando de quitarle hierro al asunto, y va él y me agarra.
Branna dejó por un momento su tarea de freír beicon y huevos.
—¿De verdad?
—Ha tirado de mí y me ha dado un morreo que ha hecho que el
cerebro se me saliera por las orejas y me estallara la tapa de los sesos. —
Imitó el sonido de una explosión, levantó las manos y gesticuló como si los
sesos cayeran en cascada—. Y en unos cinco segundos me ha bajado al
suelo, ha hecho un desagradable comentario sobre cerrarme el pico y me ha
dicho que en marcha.
—Boyle McGrath nunca ha sido un poeta.
—A la mierda la poesía. No tenía que haberme abofeteado de esa
manera.
—No tenía que haberlo hecho, no. —La compasión se tiñó de
diversión—. Boyle es brusco, y a veces puede confundirse con crueldad,
pero no es cruel por norma general.
—Imagino que ha roto esa norma conmigo.
—Yo diría que sí, al darte un morreo que te ha fundido el cerebro.
Trabajas para él, así que es una situación incómoda. Boyle se lo tomaría
muy en serio.
—Pero yo...
—Toma, lleva esto a la mesa. —Le pasó a Iona un plato con beicon y
un huevo sobre una rebanada de pan tostado—. Los dramas matutinos me
despiertan el apetito. —Branna llevó el suyo, junto con su café, y tomó
asiento—. Te diré que es un hombre de reglas. No engañar, no robar, no
mentir. No maltratar a los animales ni aprovecharse de los que son más
débiles que tú. No buscar pelea..., que se ha convertido en una regla en los
últimos años..., pero no huir de una. Apoyar a los amigos y pagar tu ronda
en el bar. No tocar jamás a una mujer que pertenezca a otro y no empeñar
tu palabra a menos que tengas intención de mantenerla.
—Yo no estaba buscando pelea y no pertenezco a nadie. No soy más
débil que él. Físicamente, sí, claro, pero tengo algo más. Creo que he hecho
levitar su camioneta..., su camión..., solo un poco, como si hubiera un
obstáculo de buen tamaño en la carretera..., al venir hacia aquí.
Más divertida, Branna disfrutó de su desayuno.
—El mal genio puede activar los poderes. Te conviene aprender a
controlar eso. Tú misma lo has dicho: es tu jefe. Él tendría eso presente,
Iona. Sería importante para él, y sí, a pesar de que puedas decir que tú diste
el primer paso. Así que si te ha besado hasta fundirte el cerebro, puedes
estar segura de que quería hacerlo. Eso..., al igual que lo del obstáculo del
camión..., no estaba controlado.
Iona cortó su tostada con aire pensativo.
—¿No crees que lo haya hecho para darme una lección?
—Oh, no, Boyle, no. No, no se le ocurriría una cosa así. Te digo..., y
es lo que pienso después de escuchar solo tu versión de la historia..., que lo
de después solo lo ha dicho porque estaba cabreado consigo mismo. La otra
noche en el bar te lanzó un par de miraditas.
—¿Me...? ¿En serio?
—Ah, menuda situación. Mi prima y hermana oscura por un lado y el
hombre que es mi amigo de toda la vida por el otro.
—Tienes razón. No debería ponerte en medio.
—No seas boba. Las hermanas pesan más en la balanza. Me parece
que lo pensó y decidió saltarse las normas. Y ahora está cabreado y
frustrado, ya que ha enturbiado las aguas más de lo que ya lo estaban.
—Bien. —Iona cortó otro trozo con decisión—. Entonces ya podemos
estar cabreados y frustrados los dos. Pero me siento mejor hablando
contigo. Sé que he sido yo quien no ha parado de rajar y tú..., bueno, tú no.
Pero quiero que sepas que si alguna vez necesitas hablar con alguien, sé
cuando cerrar el pico y escuchar.
—Tendremos mucho de qué hablar. Ahora que vives aquí, hemos que
aprovechar bien nuestro tiempo. Aún te queda mucho por aprender, y no sé
cuánto tiempo tienes para hacerlo. No puedo verlo, y eso me preocupa
bastante.
—Sé que es poca cosa, pero he hecho levitar todas las plumas a la vez.
Podía dirigirlas, variar la velocidad y hacerlas girar. Y ha sido como si no
tuviera que pensar cómo hacerlo una vez que lo he comprendido.
Simplemente lo he sentido.
—No es poca cosa. Lo has hecho bien hasta el momento. Si solo fuera
cuestión de sacar lo que llevas dentro, podríamos tomarnos todo el tiempo
que quisiéramos y sería más divertido para ambas. —Branna dirigió la
mirada hacia las colinas a través de las ventanas—. Pero no sé cómo ni
cuándo vendrá. No sé cómo es posible que pueda hacerlo, ya que fue
reducido a cenizas por una magia poderosa. Pero lo hará, prima, cuando
crea que es lo bastante fuerte para derrotarnos a todos. Tenemos que
asegurarnos de que se equivoca.
—Somos cuatro, así que...
—Tres —puntualizó Branna—. Somos tres. Fin no es parte del
círculo.
—De acuerdo. —Terreno peligroso, pensó Iona. Procuraría no
acercarse hasta que supiera más—. Nosotros somos tres; él es solo uno.
Eso supone una gran ventaja.
—Puede hacerle daño a todos y cada uno para ganar, y no dudará en
hacerlo. Nuestra sangre, nuestras artes, todo lo que somos, nos obliga a no
causar daño. Puede que él no lo entienda, pero lo sabe.
Branna se levantó y fue hasta la puerta de atrás. Cuando la abrió, el
perro entró. Iona no había oído nada.
—Kathel te acompañará al picadero cuando estés lista.
—¿Es mi perro guardián?
—Le encanta pasear. Cabhan te prestará más atención a ti mientras tu
poder se activa, así que tenlo muy presente.
—Lo haré. ¿Cuándo me llevarás al lugar en el bosque?
—Muy pronto. He de prepararme. Tengo que trabajar. Ve a deshacer
las maletas antes de marcharte.
—Recogeré esto. No tienes por qué prepararme el desayuno.
—Puedes estar segura de que no lo haré a menos que me apetezca —
repuso Branna con tal despreocupación que hizo que Iona se sintiera aún
mejor acogida—. Y hoy no vas a recoger, pero Connor y tú os encargaréis
de eso a partir de esta noche. Si yo cocino, uno de vosotros, o los dos, se
ocupa de fregar.
—Lo veo justo.
—Hay una pequeña lavadora y secadora, aunque cuando hace buen
tiempo tendemos la colada... ahí mismo. Y ya veremos quién se encarga de
la compra y las demás tareas. Cuando llegue la primavera habrá que
atender el huerto, y no tocarás ni una brizna de hierba hasta que esté segura
de que sabes lo que haces.
—Nana me enseñó. Se me da muy bien.
—Ya lo veremos. Tendrás que ir con Connor a hacer volar los
halcones.
—Me encantaría.
—Lo pasarás bien, pero es más que eso. Cada uno tiene su guía, pero
somos más fuertes cuando conectamos con todos y cada uno de ellos, y
ellos con nosotros.
—De acuerdo. ¿Vendrás a ver a Alastar?
—Lo haré muy pronto. Este es ahora tu hogar y siempre lo será.
—Siempre has sabido cuál es tu lugar. Yo no sé si puedes entender lo
que significa para mí sentir por fin eso.
—Pues ve, coloca tus cosas. Y cuando vengas a casa, trabajaremos.
Esto es para ti. —Branna levantó una mano, cerró el puño y luego lo abrió
de nuevo. En su palma había una llave plateada—. No siempre cerramos
las puertas con llave, pero por si acaso, esto te las abrirá.
—Tienes que enseñarme a hacer eso —murmuró Iona, y cogió la
llave, todavía caliente por la magia de Branna—. Gracias.
—Claro, no hay de qué. Ve allí y vuelve dispuesta a aprender.
—Lo haré.
Emocionada ante la perspectiva, Iona prácticamente subió las
escaleras bailando.
Su hogar, pensó Iona una vez más. Lo cuidaría, trabajaría para
conservarlo y, un día, no tendría más alternativa que luchar por él.
Capítulo 9
Iona condujo su primer grupo en solitario montando a Alastar. No
estaba segura de haberse ganado tal responsabilidad, o si Boyle se la había
endilgado para quitársela de en medio.
Daba igual.
Disfrutó de la hora con el caballo, y aunque sabía que este habría
preferido un vivo galope, percibió el placer que le producía su
camaradería, del mismo modo que ella se deleitó con la fluida
conversación con la pareja de Maine, y el orgullo que le reportaba estar
segura de los senderos, las direcciones y la mayoría de las respuestas.
Nos estamos ganando la vida, pensó, dándole una palmada en el cuello
a Alastar.
Cuando regresó, Meara salió a recibirlos al grupo y a ella.
—Yo me ocupo a partir de aquí, si no os importa. Necesitan a Iona en
el establo grande.
—¿De veras?
—Y a Alastar. ¿Sabes ir?
—Claro. Tú me enseñaste, y yo me lo marqué en el mapa. Pero...
—Son órdenes de Fin, así que más vale que vayas. Bueno, ¿qué tal el
paseo? —le preguntó a la pareja.
Desconcertada, Iona giró su montura y volvió por donde había venido.
¿Se habría quejado Boyle de ella? ¿Estaba a punto de ser despedida?
Sus inquietantes pensamientos hicieron que Alastar volviera la cabeza
para mirarla.
—Estoy actuando como una imbécil. Solo reacciono de forma
desmesurada, eso es todo. Boyle está cabreado, pero no es mezquino. —
Además, creía que a Fin le caía bien, al menos un poco.
Lo sabría cuando llegara allí. Y con eso en mente, se permitió el lujo
de dejar que Alastar consiguiera lo que quería.
—Vamos —decidió, y aun antes de que pudiera espolearlo
suavemente con los talones, el animal salió disparado—. ¡Oh, Dios, sí! —
Riendo, levantó la cara hacia el cielo mientras Alastar recorría el camino
como un trueno.
Su entusiasmo era el de él, glorioso y entrelazado. El poder,
comprendió, el de Alastar y el suyo, los espoleaba a ambos de manera que
durante un instante, solo un instante más, sintió que se elevaban por
encima del suelo. Estaban volando de verdad, con el viento azotando su
melena y las crines de Alastar.
Cuando rió, Alastar relinchó triunfante.
Aquel animal había nacido para eso, comprendió Iona. Y ella también.
—Tranquilo —murmuró—. Deberíamos mantenernos en el suelo...
por ahora.
El fugaz vuelo, junto con la dicha de galopar a lomos de un precioso
caballo, se llevó sus preocupaciones. Dejó que él impusiera la velocidad —
ese semental sabía moverse— y siguió el sinuoso cauce del río, alejándose
después, bajando un angosto sendero que atravesaba los espesos árboles y
llegaba al claro en el que se extendían las cuadras detrás de un potrero para
saltos.
Hizo que redujera el paso —tranquilo, tranquilo— para así poder
recobrar el aliento y echar un vistazo.
La casa, de piedra gris con dos originales torrecillas y numerosas y
relucientes ventanas, se alzaba al frente. Un precioso patio de piedra
terminado en una tapia lo separaba del garaje y el apartamento, el de
Boyle, situado encima del mismo.
Un segundo potrero se extendía a la derecha. Había una terna de
caballos delante de la valla, mirando hacia los árboles, como si estuvieran
sumidos en una profunda meditación.
Vio hombres, remolques, camionetas —camiones, joder— y un
enorme todoterreno negro.
Todo parecía próspero, funcional e irreal a la vez, pensó.
Imponiéndole un digno trote a Alastar, se encaminó al establo, y entonces
él se detuvo cuando Iona escuchó su nombre.
Divisó a Fin —ataviado con vaqueros, botas y aquella envidiable
chaqueta de cuero—, que le indicó que se aproximara al potrero de salto al
tiempo que él se acercaba a pie.
Abrió la valla y le señaló que entrara.
—Meara me ha dicho que querías verme.
—Así es. —Ladeó la cabeza para estudiarla con esos perspicaces ojos
verdes—. Te has divertido.
—Yo... ¿Qué?
—Resplandeces, igual que nuestro chico.
—Oh, bueno..., hemos disfrutado de una buena galopada hasta aquí.
—Seguro que sí, y probablemente más que eso, pero en cualquier caso
—prosiguió antes de que a ella pudiera ocurrírsele qué responder— quiero
ver cómo realizáis el circuito Alastar y tú.
Pocas cosas podrían haberla sorprendido más.
—¿Quieres que realice el circuito con él?
—Sí. —Cerró la valla y acto seguido se metió las manos en los
bolsillos—. Cuando quieras —añadió.
Iona se quedó parada durante un momento, estudiando el circuito. Ella
habría clasificado el actual trazado como intermedio. Un par de dobles,
nada peligroso, y mucho espacio para la aproximación.
—Tú eres el jefe. —Azuzó a Alastar, le hizo dar media vuelta y
adoptar un paso largo y regular.
No dudaba de él, a fin de cuentas habían volado juntos. Sintió cómo se
preparaba para el primer salto. Lo superaron, se aproximaron al siguiente y
saltaron por encima.
—¿Qué estás tramando? —le preguntó entre dientes Boyle a Fin
cuando salió. También él tenía las manos en los bolsillos, pero con los
puños casi cerrados.
Fin apenas le dirigió la mirada a Boyle cuando este se acercó a él por
detrás.
—Te dije que quería ver cómo se manejaba. Necesito saberlo.
¡Retrocede y repítelo de nuevo! —le gritó a Iona.
Fin desvió la mirada hacia el bosque. Ya no eran sombras, sino
árboles, pero eso cambiaría. Así que tenía que saberlo.
—No me necesitas aquí para esto —comenzó Boyle.
—Tengo negocios en Galway, como bien sabes. Uno de los dos tiene
que quedarse con ella hasta que estemos seguros de que puede dar la clase.
—No hay necesidad de utilizarla para eso.
—No hay necesidad de no hacerlo, ¿o sí? Joder, son pura seda. Ese
caballo ya es suyo. Siento celos. Yo le caigo bien, pero jamás me querrá
como la quiere a ella. Bueno, otra grieta en mi corazón. —Le dio una
palmada en el hombro a Boyle—. Quedamos en el bar; habré terminado y
regresado para las ocho. Tomaremos una pinta y cenaremos, y tú me
contarás cómo lo ha hecho. Y luego nos tomaremos una segunda cerveza,
que a lo mejor te afloja la lengua lo suficiente como para que me cuentes
qué pasó entre la bruja rubia y tú que ha teñido tus ojos de preocupación.
—Dos pintas no me aflojarán la lengua, colega.
—Pues que sean tres. ¡Bien hecho, Iona! ¡Sois un espectáculo digno
de verse! —vociferó Fin.
—Alastar ha nacido para ello. —Iona le frotó el cuello al caballo
mientras se acercaba—. Yo solo soy un lastre.
—Sois un binomio. Tenemos una alumna nueva dentro de unos
minutos. Tiene once años y es buena amazona, pero ha decidido que quiere
aprender a saltar. La llevarás tú.
—¿Llevarla adonde?
—Le enseñarás. Como instructora. Ganarás parte de los honorarios
por las clases. Si funciona bien para las dos. Boyle se quedará para
supervisar esta primera clase, ya que yo tengo asuntos que atender en otra
parte.
Fin vio que ella recorría a Boyle con la mirada antes de apartarla de
nuevo.
—De acuerdo. ¿Cómo se llama y qué caballo quieres para ella?
—Se llama Sarah Hannigan, y también vendrá su madre..., que se
llama Molly. Ensillarán a Winifred; la llamamos Winnie. Es una veterana.
La clase de hoy será de treinta minutos. Veremos si le gusta. Si es un sí,
acordaréis los horarios y los días entre vosotras.
—Me parece bien. Esta me sirve por el momento, pero preferiría una
montura para salto la próxima vez que dé clase.
—Claro, lo solucionaremos. Bueno, me marcho. Te veo en el bar,
Boyle.
Mientras Fin se alejaba, Iona bajó la mirada hacia Boyle y le vio
cambiar el peso de un pie a otro.
—¿Y bien?
—Me ocuparé de que ensillen a Winnie.
Cuando se dio la vuelta en dirección a los establos, Alastar le propinó
un fuerte topetazo a Boyle con la cabeza.
—¡Alastar! Lo siento —se apresuró a decir, y se mordió con fuerza el
labio para impedir que se le escapara una carcajada—. No seas maleducado
—le dijo al caballo, y se arrimó a su oreja para agregar—: aunque sea
divertido.
Después de desmontar, ató las riendas a la valla.
—Espera aquí. ¿Puedo ver a tu Monada? —le preguntó a Boyle.
—¿Mi qué?
—La yegua, Monada. La que rescataste de las garras del gilipollas.
—Ah. —Frunció el ceño durante un instante, luego se encogió de
hombros—. Está dentro.
—Puedes indicarme el camino. Debería echarle un vistazo a Winnie
para ver con qué voy a trabajar.
—Muy bien.
Boyle se alejó a grandes zancadas, y después de mirar a Alastar con
los ojos en blanco, Iona lo siguió con la boca bien cerrada.
No la presentó a los mozos de cuadra ni al chucho que no dejaba de
menear el rabo, de modo que se presentó ella misma. Y haciendo caso
omiso de la evidente impaciencia de Boyle, estrechó la mano de Kevin y
Mooney y rascó a Bicho (así llamado porque se los comía) entre las orejas.
Calculó que el edificio era al menos un cincuenta por ciento más
grande que el otro establo, pero los olores, los sonidos y el aspecto eran
iguales.
Boyle se detuvo delante de una casilla ocupada por una bonita yegua
alazana.
—Esta es Winnie.
—Es lista, ¿verdad? Eres una chica lista, ¿a que sí, Winnie? —Recia,
estimó Iona mientras le acariciaba el carrillo. Un buen tamaño para una
chica joven, y la serenidad en su mirada era buena señal para una novata en
clase de salto—. Puedo ensillarla para la clase si me dices dónde está el
guadarnés.
—Kevin se ocupará. ¡Kevin! Va a venir la pequeña Sarah para su
primera clase de salto. Montará a Winnie.
—Entonces voy a prepararla.
Iona se dio la vuelta y vio a la potrilla blanca.
—Ay, Dios mío, fíjate.
Casi de un blanco puro, estilizada, regia —joven, pensó Iona mientras
se aproximaba—, la potrilla la observó con sus ojos castaño dorados.
—Es...
—Aine —concluyó Iona—. La reina de las hadas de Fin. Aunque
todavía es una princesa, un día será reina. —Cuando levantó una mano,
Aine inclinó la cabeza, como si le concediera un gran favor—. Es
increíblemente hermosa, y lo sabe perfectamente. Es orgullosa, y solo
espera que llegue su momento. Y lo hará.
—Me parece que vamos a esperar otro año antes de aparearla.
No ese momento, pensó Iona, pero se limitó a asentir.
Tú volarás, pensó. Y amarás.
—Fin entiende mucho de caballos —comenzó Iona cuando retrocedió.
—Así es.
Se detuvo a saludar a los otros caballos a medida que recorría el
inclinado hormigón. Animales buenos y saludables, estimó, y algunas
auténticas bellezas —aunque ninguna estaba a la altura de Alastar y Aine
—, alojados en casillas limpias y espaciosas. Entonces llegó a la yegua
ruana de ojos grandes y enternecedores, con una larga lista blanca que
recorría su cara, y lo supo sin que nadie se lo dijera.
—Tú eres Monada, que es justo lo que eres.
Aun antes de que Boyle se acercara a ella, la yegua volvió la cabeza;
sus ojos se tornaron afectuosos, su cuerpo se estremeció, pero no a causa
del miedo, pensó Iona, sino de puro placer.
Lo había olido, lo había sentido, antes de que él apareciera. Y era
amor entrelazado con una absoluta devoción lo que hizo que la yegua
estirara el cuello para poder tocar su hombro con la cabeza, con la ligereza
de un beso.
—Esta es mi chica —prácticamente canturreó, y Monada relinchó,
volviendo la cabeza en busca de su mano. Boyle abrió la puerta de la
casilla y entró—. Ya que estoy aquí, voy a echarle un vistazo a la pata
delantera.
—Está mejor —repuso Iona—, pero se acuerda de lo mucho que le
dolía. Recuerda haber tenido hambre... y miedo... hasta que llegaste tú.
Sin decir nada, Boyle se acuclilló para pasar las manos por la pata
mientras Monada le mordisqueaba el pelo de manera juguetona.
—¿Llevas una manzana en el bolsillo de la chaqueta? Ella está muy
segura de que sí.
Resultaba... desconcertante que le tradujeran los pensamientos de su
caballo, pero se levantó y deslizó las manos a lo largo del flanco de
Monada.
Iona pensó que si un caballo fuera capaz de ronronear, Monada lo
habría hecho.
Si bien Aine la había dejado asombrada con su increíble belleza y
elegancia, la sencilla e inquebrantable devoción de Monada le encogía el
corazón.
Tanto Monada como ella sabían lo que era anhelar el amor, o al
menos una sincera comprensión y aceptación, y desear con toda el alma
tener un lugar, un propósito en la vida.
Parecía que ambas habían conseguido que su deseo se hiciera realidad.
Entonces Boyle se metió la mano en un bolsillo para coger la manzana
y luego buscó en el otro su navaja. Iona sintió el gozo que a Monada le
producía el dulce que iban a ofrecerle.
—Estás recuperando bien el peso, mi niña, pero ¿qué es un poco de
manzana, después de todo?
Monada capturó la manzana con limpieza, ojeando la otra mitad
mientras comía.
—Esta es para Winnie, si se porta bien con su alumna —añadió Boyle.
—La salvaste. —Esperó mientras él salía y cerraba la puerta de la
casilla—. Siempre será tuya.
Luego Iona acercó la mano para acariciarla y Monada estiró el cuello
otra vez.
—No se asusta contigo —reparó Boyle—. Es un progreso. Aún se
pone un poco nerviosa con los desconocidos.
—Nos entendemos la una a la otra.
Cuando Monada ladeó la cabeza para apoyar la mejilla contra la de
Boyle y él se sacó la media manzana del bolsillo y se la dio, Iona supo que
estaba perdida.
—Iré a por otra para Winnie. Tú no has tenido suficientes manzanas
en tu vida.
—Se acabó —farfulló Iona—. Se me da bien cabrearme, sobre todo
cuando está justificado. Al menos eso creo. Pero se me da como el culo
mantener el cabreo. No puedo aferrarme a él; es demasiado duro. Si a eso
le sumas que estoy aquí presenciando esta historia de amor mutua, es
imposible. Así que dejo de estar cabreada contigo, si es que eso importa.
Boyle la miró con cierta cautela y recelo.
—El día y el trabajo van mejor cuando el enfado no los empaña.
—Estoy de acuerdo. Así que... —Iona le tendió una mano—. ¿Que
haya paz?
Él miró su mano con el ceño fruncido durante un momento, pero se la
estrechó. Tenía intención de soltársela enseguida, sin embargo, no lo hizo.
—Trabajas para mí.
Iona asintió.
—Cierto.
—Eres la prima de uno de mis mejores amigos.
A Iona se le aceleró un poco el pulso, pero asintió de nuevo.
—Lo soy.
—Y apenas hace una semana que te vi por primera vez.
—No puedo discutir eso.
—Y eres una...
Iona frunció el ceño.
—¿Una qué?
—Una bruja de verdad. Y algo con lo que tú misma estás empezando a
familiarizarte.
—Vale. ¿Es eso lo que te supone un problema?
—No estaba diciendo que eso fuera un problema.
—¿Eres intolerante con las brujas?
Aquella ofensa fue como un bofetón en plena cara, que hizo que el
verde de sus ojos brillara aún más sobre el dorado.
—Eso es una sandez, ya que soy amigo de tres, y uno de ellos es
además mi socio.
—Entonces ¿por qué lo has mencionado como una de las razones por
las que no estás o no deberías estar..., no sé bien cuál de las dos cosas...,
interesado en mí?
—Porque está ahí. Lo está. Y me gustaría conocer a un solo hombre
—prosiguió de manera un tanto acalorada— que no pensara en ello a
fondo.
—Quizá debería cabrearme otra vez —farfulló Iona—. Pero es difícil
hacerlo cuando Monada está ahí mismo, mirándote con adoración.
Además, todo lo que has dicho es verdad, eso es innegable. Y si todo esto
te supone un problema, entonces vale. Para mí nada de eso me supone un
problema.
—Pero no compartes mi opinión.
—No, no la comparto. La paz sigue en pie. —Y si uno tenía en cuenta
que no le había soltado la mano, él también seguía queriendo la paz—.
¿Todo bien?
—Algunas cosas deberían ser un problema para ti.
—¿Por qué? Se dan relaciones entre jefes y empleados todo el tiempo,
y no pasa nada..., desde mi punto de vista..., siempre que la balanza de
poder no se utilice como arma. La gente sale también con parientes de
amigos todo el tiempo. Y ni puedo ni quiero cambiar lo que soy.
—Mostrarte lógica no cambia nada.
Iona no pudo evitar reír.
—¿Y mostrarse ilógico sí?
—No me... Joder.
Tiró de ella por segunda vez ese día, con la misma frustración que la
primera. Y dado que ella aún se reía, Boyle puso fin a su risa aplastando su
boca contra la de ella.
Ella sabía tal y como imaginaba que sabría la luz, cálida y radiante,
con una descarga de energía. Aquel sabor lo atraía, le hacía desear más,
mucho más. Esa mujer lo desconcertaba, eso era todo, toda aquella calidez
y brillantez en la penumbra, cercada por el familiar olor de los caballos.
Era su mundo, y ahora ella estaba en él.
Y lo rodeaba con los brazos, como si siempre fuera a estar así.
Si aquello no causaba impresión a un hombre, ¿qué lo haría?
Boyle se apartó con brusquedad.
—Esto no es nada sensato.
—No estaba pensando en si es sensato o no. Bésame otra vez y lo
haré.
Iona tuvo que alzarse de puntillas y tirar de él para que inclinase la
cabeza, pero su boca se encontró con la de él. Pensó que era como aferrarse
a un volcán justo antes de que entrara en erupción o volar en una nube a
punto de ser absorbida por un tornado.
¿Cómo sería cuando arrojara fuego y la tormenta estallara?
Deseaba con todas sus fuerzas averiguarlo.
Pero él se apartó una vez más.
—No estás pensando.
—Tienes razón, se me ha olvidado. Vamos a intentarlo otra vez.
Boyle rompió a reír y, aunque se entreveía cierta tristeza, podría haber
aceptado su oferta, excepto por el fuerte carraspeo que escuchó a su
espalda.
—Os pido disculpas, pero Sarah y su madre están aquí. —Kevin
esbozó una amplia sonrisa—. Winnie está ensillada y lista..., es decir, si lo
estáis vosotros.
—Ya voy para allá. —Miró a Boyle—. ¿Hay papeleo?
—Solo un impreso que ha de firmar la madre. Yo me ocuparé de eso.
—De acuerdo, pues vamos allá.
Cuando Iona se marchó, Monada dejó escapar otro relincho, que bien
podría haber sido una risita equina, y Kevin se metió las manos en los
bolsillos mientras silbaba una cancioncilla.
—Ni una sola palabra —farfulló Boyle—. Ninguno de los dos.
Satisfecha con el día a todos los niveles, Iona se fue a casa cruzando
el verde bosque. Sentaba bien volver a calzarse las botas de instructora, y
más con una alumna tan prometedora. Quizá, con esa puerta entreabierta,
Fin o Boyle le confiaran uno o dos alumnos más.
Y hablando de puertas entreabiertas, el inesperado y muy satisfactorio
interludio en el establo había dado un buen subidón a su ego y a su ánimo.
Además, veía algunas posibilidades muy interesantes a través de esa
rendija.
Boyle McGrath, pensó. Duro, taciturno, temperamental. Y un osito
amoroso cuando se trataba de la preciosa y traumatizada yegua que lo
adoraba. Deseaba con toda su alma conocerlo, descubrir si aquellas
mariposas y aquella agitación eran solo atracción física o algo más.
Durante toda su vida había esperado encontrar ese algo más.
Además, que él fuera reacio, tuviera sentimientos encontrados y
estuviera un poco cabreado, lo hacía más interesante. No podía contenerse,
sencillamente, y eso resultaba muy sexy.
Tal vez debería pedirle una cita, solo algo informal. ¿Una copa en el
bar? ¿Ir a ver una peli? Antes tendría que averiguar adónde iba a la gente al
cine por aquellos lares.
Si supiera cocinar, se autoinvitaría a su casa para prepararle la cena,
pero ahí aguardaba el desastre. En vez de eso, a lo mejor podría...
Hizo una pausa, desconcertada cuando echó un vistazo a su alrededor.
No se había desviado del camino, ¿o sí? Tal vez no hubiera prestado del
todo atención, pero después de haber recorrido ese camino durante días, era
algo instintivo.
Sin embargo, algo iba mal, la dirección no parecía la correcta.
Giró en redondo, frotándose los brazos que de repente se le habían
quedado fríos.
Y vio la niebla arrastrarse por la tierra.
—Oh, oh.
Iona dio un paso atrás, tratando por todos los medios de orientarse.
Giró a la derecha siguiendo un impulso y enfiló por el estrecho camino de
tierra a toda prisa. Solo tardó unos segundos en percatarse de que había
elegido mal y se estaba adentrando más en el bosque.
Cuando se dio la vuelta para regresar sobre sus pasos, unos árboles
anchos como su brazo le bloquearon el camino. La niebla rezumaba entre
sus fuertes troncos.
Echó a correr. Mejor correr en cualquier dirección que quedar
atrapada. Pero a la derecha, los árboles surgieron del suelo, crujiendo y
chasqueando al atravesar la tierra, y la obligaron a desviarse.
La luz cambió, tornándose gris como la niebla. Un viento gélido
aullaba entre las ramas mientras estas se retorcían y se enredaban para
taparle el sol.
Aire, pensó de manera frenética, árboles atravesando la tierra, agua en
forma de niebla.
Él utilizaba los elementos contra ella.
Se obligó a detenerse, invocando el poder a pesar de que el temor
despertó con él. A continuación, extendió las manos, en las que sostenía
dos bolas de fuego gemelas.
La risita sonó baja, deslizándose por su piel como si fueran las patas
de una araña. Se estremeció ante el susurro de su nombre. Luego todos sus
músculos temblaron ante el crujido, ante el gruñido.
—Kathel.
Pero lo que surgió de la grisácea luz fue el lobo de su pesadilla.
Esa vez no era un sueño. Era tan real como su terror, como el
desaforado latido de su corazón.
A medida que se aproximaba, caminando de manera sinuosa, pudo
vislumbrar la brillante joya roja que colgaba de su cuello.
—Atrás —le advirtió, y el lobo le enseñó los colmillos.
Jamás sería más veloz que él, pensó al tiempo que retrocedía un paso.
Y la expresión en sus centelleantes ojos le dijo que él lo sabía.
Arrojó el fuego, primero una bola, luego la otra, solo para verlas
estallar en humo a unos centímetros del lobo que la acechaba. Desesperada,
luchó por conjurar otra, pero le temblaban las manos y el terror dominaba
su mente.
Mente serena, se ordenó, pero quería gritar.
Todo era real, pensó. Todo había parecido tan fantástico, tan místico:
hechiceros, maldiciones, luchar contra un mal que moraba en las sombras.
Pero todo era muy, muy, real. Y pretendía matarla.
Vio que el lobo se ponía en posición, listo para atacar. Y entonces, con
un grito feroz, el halcón descendió en picado desde el cielo. Sus garras
arañaron el flanco del lobo, haciendo que brotara una sangre tan negra
como su piel antes de ascender de nuevo.
El momentáneo alivio se extinguió cuando un segundo gruñido sonó
detrás de ella. Al volverse, el alivio la inundó otra vez. Kathel gruñía con
fiereza. Iona fue hacia él, le colocó la mano en la cabeza y sintió que la
calma se entrelazaba con el miedo justo cuando Connor, seguido por
Branna, atravesó la niebla.
Connor levantó un brazo enguantado para que el halcón se posara con
las alas extendidas.
—Toma mi mano —le dijo a Iona, sin apartar sus ojos serenos y fríos
del lobo.
—Y la mía.
Connor y Branna la flanquearon, y cuando sus manos se unieron no
fue calma lo que sintió, sino el abrasador aumento de poder que la llenó de
vida.
—¿Vas a ponernos a prueba aquí? —Le desafió Branna—. ¿Vas a
intentarlo aquí y ahora?
Un rayo de luz, dentado como un relámpago, salió disparado de su
mano abierta, clavándose en el suelo a escasos centímetros de las patas
delanteras del lobo. Este retrocedió. La joya brillaba de un intenso rojo
fuego; su gruñido resonó como un trueno, pero retrocedió.
La niebla se replegó sobre sí misma, haciéndose más y más pequeña.
Connor levantó la mano de Iona con la suya. La luz brotaba de ellas,
propagándose y haciéndose más potente hasta que la niebla se hizo jirones
y se desvaneció.
Y el lobo se fue con ella.
—Yo... Dios mío, solo estaba...
—Aquí no —le espetó Branna—. No hablemos aquí.
—Llévala a casa. Roibeard y yo iremos después de echar un vistazo.
Branna asintió ante las palabras de Connor.
—Ten cuidado.
—Siempre lo tengo. Ahora vete con Branna. —Le dio un apretoncito
consolador a Iona—. Te sentirás mejor después de tomarte un trago de
whisky.
Con Iona de la mano, y el zumbido de aquel poder aún presente,
Branna atravesó el bosque a paso vivo. Sin otro deseo que el de estar en
casa, Iona se dejó arrastrar a pesar de que le temblaban las rodillas.
—No podía...
—No hasta que estemos dentro. Ni una puñetera palabra.
El perro fue delante, manteniéndose siempre a la vista. Cuando por fin
atisbo la casa entre los árboles, Iona vio al halcón volar en círculo en el
plomizo cielo.
Una vez en el interior de la casa, empezaron a castañetearle los
dientes. Su visión periférica se tornó grisácea, de modo que apoyó las
manos en las rodillas y metió la cabeza entre ellas.
—Lo siento. Estoy mareada.
—Aguanta las náuseas un momento. —Aunque la impaciencia teñía
su voz, le puso una mano con ternura en la cabeza y el mareo pasó tan
rápido como había aparecido—. Siéntate —le ordenó, empujando con
suavidad a Iona dentro del salón y chasqueando los dedos hacia el fuego
para avivar las llamas y que difundieran más calor—. Estás en estado de
shock, eso es todo. Así que siéntate y respira. —Fue hasta la licorera con
celeridad y sirvió un par de dedos de whisky en un vaso corto—. Y bebe.
Iona bebió, soltó el aire entre los dientes y bebió de nuevo.
—Solo estoy un poco... —exhaló un suspiro— aterrorizada.
—¿Por qué te has salido del camino y te has internado tanto en el
bosque?
—No lo sé. Ha pasado sin más. Yo no me he apartado, o no recuerdo
haberlo hecho. Simplemente volvía a casa e iba pensando en cosas. En
Boyle —reconoció—. Hemos hecho las paces.
—Oh, vale, qué bien. —Branna se quitó un par de horquillas del pelo
con brusquedad y las arrojó a la mesa mientras su melena caía como una
cascada—. Todo bien, entonces.
—No me he apartado del camino, no de manera consciente. Y cuando
me he dado cuenta de que no estaba donde debía, que estaba donde no
debía estar, he dado marcha atrás. Pero... la niebla ha llegado primero. —
Iona bajó la mirada al vaso vacío y lo dejó—. Sabía lo que eso significaba.
—¿Y no nos has llamado ni a nosotros ni a tu guía? No nos has
llamado a ninguno.
—Todo ha pasado muy deprisa. Los árboles... se movían, la niebla me
ha rodeado. Entonces ha aparecido el lobo. ¿Cómo habéis venido? ¿Cómo
lo habéis sabido?
—Connor había salido con Roibeard y el halcón lo vio desde arriba.
Puedes darle las gracias a él por habernos llamado a Connor y a mí.
—Lo haré. Le estoy muy agradecida. Branna... —Se le quebró la voz
cuando la puerta se abrió y entró Connor.
—Ya no hay nada. Se ha ido al puto agujero que utiliza, sea cual sea.
—Se acercó hasta la licorera y se sirvió un whisky—. ¿Cómo te
encuentras, prima?
—Bien. Estoy bien. Gracias. Siento haber...
—No quiero tus disculpas —espetó Branna—. Quiero sentido común.
¿Dónde está tu amuleto?
—Yo... —Iona se llevó la mano al cuello y se acordó—. Me lo dejé en
mi cuarto esta mañana. Me olvidé de...
—No lo olvides y no te lo quites.
—Vamos, tranquila. —Connor tocó el brazo de Branna cuando se
acercó a Iona—. Nos has dado un buen susto. —Entonces acarició el brazo
de Iona, y la calma la inundó—. No es culpa tuya. No es culpa suya —le
dijo a Branna antes de que esta pudiera replicar—. Apenas lleva una
semana con esto. Nosotros hemos tenido toda la vida.
—No tendrá tiempo ni posibilidad de vivir más si no tiene el sentido
común de llevar consigo la protección con la que cuenta y no llama a su
guía o a nosotros cuando necesita más ayuda.
—¿Y quién si no tú la ha estado educando? —respondió Connor.
—Oh, así que ahora la culpa de tenga menos sentido común que un
niño de pañales es mía.
—No os peleéis por mí y no habléis de mí. Ha sido culpa mía. —Más
tranquila, Iona se levantó para detenerse cerca del calor del fuego—. Yo
me he quitado el amuleto y yo no he prestado atención. Ninguna de esas
dos cosas volverá a suceder. Siento haber...
—Santo Dios, te juro por lo más sagrado que te coseré los labios
durante una semana como vuelvas a disculparte.
Iona se limitó a levantar las manos en alto ante la amenaza de Branna.
—No sé qué más decir.
—Simplemente cuéntanos con todo detalle qué ha pasado antes de que
llegáramos hasta ti —le pidió Branna—. No, en la cocina. Prepararé té.
Iona la siguió, luego se acuclilló para acariciar a Kathel y darle las
gracias.
—Volvía a casa desde el establo grande.
—¿Por qué estabas ahí?
—Oh, Fin mandó a buscarme. Me han encomendado a una alumna
para que le dé clases de salto. Fui hasta allí montando a Alastar. Volamos
un poco.
—¡Dulce Brighid!
—No era mi intención, exactamente, y paré. Luego Fin tuvo que
marcharse, pero Boyle se quedó a supervisarme, para cerciorarse de que no
la cagaba, diría yo. Le pedí que me presentara a Monada, pero primero
conocí a Aine y es increíble, Dios mío.
—No me interesa ningún informe sobre caballos —le recordó Branna.
—Lo sé, pero intento explicarme. Entonces conocí a Monada, y los vi
a Boyle y a ella, y no pude seguir cabreada con él. Después, como ya no
estaba cabreada con él, una cosa llevó a la otra.
—¿Por qué estabais cabreados? —se preguntó Connor.
—Oh, tuvimos algo esta mañana cuando pasó a recogerme.
—Él la besó hasta derretirle los sesos —lo informó Branna, y Connor
esbozó una amplia sonrisa.
—¿Boyle? ¿De veras?
—Luego fue grosero y desagradable, y eso me cabreó. Pero después,
viéndolos a Monada y a él, no pude seguir cabreada, así que le dije que ya
no lo estaba, y fue entonces cuando una cosa llevó a la otra, y me agarró y
me besó de nuevo. Seguro que a estas alturas ya he perdido un veinte por
ciento de mis neuronas. Y la clase fue muy bien; fue tan estupendo tener un
alumno otra vez que me sentía bien y me distraje —reconoció— e iba
pensando que tal vez debería pedirle para salir a Boyle; ir a tomar una
copa, al cine o algo así. Después de un arranque tan accidentado, estaba
siendo un día tan estupendo que me dejé llevar. Y de repente no estaba
donde debería.
Les contó los detalles que recordaba.
—No te has concentrado —le dijo Branna—. Si quieres utilizar el
fuego de forma defensiva u ofensiva, tienes que querer hacerlo.
—Nunca lo ha utilizado contra nada ni nadie —señaló Connor—. Pero
ha tenido el ingenio y el poder de conjurar el fuego. La próxima vez le
achicharrará el culo. ¿A que sí, querida Iona?
—Eso seguro. —Porque nunca más volvería a sentirse tan indefensa y
aterrada—. Iba a intentarlo de nuevo, y vale, estaba aterrada. Entonces
Roibeard bajó en picado del cielo. Es la criatura más hermosa que he visto
en la vida.
—Es todo un espectáculo —repuso Connor con una sonrisa.
—Después apareció Kathel y luego vosotros dos. Me quedé paralizada
—admitió—. Era como estar atrapada en un sueño. La niebla, el lobo
negro, la gema roja resplandeciendo en su garganta.
—Alimentando su poder. La piedra —exclamó Branna— y tu miedo.
Trabajaremos con más ahínco. Y tú llevarás puesto el amuleto. Connor te
acompañará al picadero por las mañanas y nos aseguraremos de que
alguien te traiga a casa al final del día.
—Oh, pero...
—Branna tiene razón. Llevas aquí una semana y ya te ha abordado en
sueños y en la vida real. Tendremos más cuidado, es todo. Hasta que
decidamos qué hacer. Y ahora ve a por tu amuleto y pongámonos a
trabajar.
Iona se puso en pie.
—Gracias por estar ahí.
—Eres nuestra —declaró Connor sin más—. Somos tuyos.
Las palabras y la serena lealtad impresa en ellas hicieron que a Iona le
escocieran los ojos mientras atravesaba con rapidez la cocina en dirección
a su habitación.
—Se ha enfrentado a muchas cosas en muy poco tiempo —comenzó
Connor.
—Lo sé. Lo sé muy bien.
—Y tú has sido brusca con ella porque tenías miedo por ella.
Branna no dijo nada durante un momento, tan solo se limitó a
concentrarse en el relajante proceso de preparar el té.
—Soy yo quien la está enseñando.
—No tienes más culpa de la que tiene ella. Y esto ha sido una lección
para todos. Se ha vuelto osado desde que ella llegó.
—Con los tres juntos, sabe igual que nosotros que se acerca el
momento. Si consigue hacerle daño o convertirla...
—Iona no se convertirá —dijo Connor.
—No lo hará, no, no de forma voluntaria. Creo que tiene tu lealtad, y
demasiada gratitud por lo poco que ha recibido.
—Cuando tienes menos que poco de algunas cosas, das las gracias por
una pizca siquiera de algo. Nosotros siempre nos hemos tenido el uno al
otro. Y siempre nos han querido. Ella quiere amor, darlo y recibirlo. No he
fisgoneado —agregó—. Es tan parte de ella que es imposible no verlo.
—Yo también lo he visto. Bueno, ahora nos tiene a nosotros, nos guste
o no.
Connor aceptó el té que su hermana le pasó.
—Así que es Boyle, ¿no? Ha agarrado a nuestra prima y la ha besado
hasta dejarla tonta, según parece. Apenas acaba de llegar y mi colega se
tira encima de ella como un conejo.
—Oh, corta el rollo y no seas crío.
Connor rió, tomando un sorbo de té.
—¿Por qué voy a cortar el rollo cuando es tan divertido?
Capítulo 10
Céntrate. Branna no dejaba de darle la vara sin cesar. Iona se esforzó
por alcanzar la concentración primero, y después por mantenerla. Había
mejorado —Branna le dijo un cumplido frustrantemente vago por eso—,
pero aún tenía que lograr la destreza que su exigente mentora estimaba
suficiente.
Se preguntaba cómo coño iba nadie a concentrarse estando calado
hasta los huesos y medio congelado.
La lluvia manaba del plomizo cielo como había hecho, sin descanso,
durante dos días seguidos con sus noches. Eso, en esencia, significaba
trabajar dentro, tanto en el establo como con su magia. No la molestaba, en
realidad. Disfrutó reorganizando el guadarnés con Meara, colaborando con
Mick dando clase a un joven jinete, y a una enérgica octogenaria en el
picadero.
Le encantaba disponer de tiempo extra para atender y forjar lazos con
los caballos. Había trenzado las crines de todas las yeguas, contenta por la
manera en que se enorgullecían por la atención añadida. Y aunque percibía
que a los castrados les habría gustado de igual forma ese peinado y esa
atención, sabía que Boyle pondría objeciones, por lo que había hecho una
sola trencita a cada uno para complacer al caballo y satisfacer al jefe.
Y había aprendido. Dentro del taller de Branna, con el fuego
encendido, el aroma a hierbas y a cera de abejas endulzando el ambiente,
había aprendido a ampliar su propio conocimiento, a aceptar su poder, y
había comenzado a pulir esos bordes aristados. Por la noche leía, estudiaba
mientras el viento empujaba aquella incesante lluvia contra los cristales de
las ventanas.
Pero ¿cómo coño se suponía que iba a pensar, mucho menos a
concentrarse, con la lluvia repicando sobre su cabeza y su cortante frialdad
calándole los huesos?
Peor aún, Branna estaba ahí de pie, completamente seca, con su
precioso cabello negro y sus ojos implacables.
—Solo es agua —le recordó.
Se encontraba bajo la luz solar que había creado, con una sonrisa fría
al otro lado de la cortina de lluvia que caía fuera de su zona límite.
—Ya sé que es agua —farfulló Iona—. Me corre por la nuca, se me
mete en los ojos.
—Contrólala. ¿Crees que siempre que necesites recurrir a lo que eres,
a lo que tienes, hará calor, estará seco y todo será alegre? ¿Que Cabhan
esperará a que haga buen tiempo para ir a por ti?
—¡Vale, vale, vale! —Chispas de fuego chisporrotearon en las yemas
de los dedos de Iona, y un chorro de lluvia se transformó en vapor.
—Así no. No buscas cambiarlo, aunque lo has hecho bien. Muévelo.
Con suavidad y sin esfuerzo, Branna amplió su zona soleada unos
centímetros más.
—Creída —masculló Iona.
—Lo llevas dentro igual que yo. Aleja de ti la lluvia.
A Iona le gustaba la sensación del fuego recorriéndola, brotando de
ella, pero lo reprimió. Y utilizó la frustración e irritación que la ayudaban a
invocarlo para tentarlo, para deslizado, para abrirlo.
Un par de centímetros, luego cuatro... y lo vio, lo sintió. Solo era
agua. Igual que el agua del cuenco. Emocionada, empujó, y empujó con
suficiente fuerza como conseguir que la torrencial lluvia se apartara, se
acumulara y salpicara con cierta potencia los límites de la zona de Branna.
—No era mi intención... Quiero decir que no intentaba salpicarte. No
exactamente.
—No habría herido tus sentimientos el haberlo conseguido —adujo
Branna con despreocupación—. Así que muy bien hecho. Trabajarás la
sutileza y la delicadeza... y el control absoluto..., pero lo has conseguido y
eso es un comienzo.
Iona parpadeó, se secó la cara y vio que había abierto una estrecha
aunque eficaz franja seca. En su rinconcito no brillaba un pálido resplandor
dorado, pero tampoco llovía.
—¡Toma ya!
—No lo pierdas. No lo extiendas. Es solo para ti.
—Al resto del condado no le vendría mal algo de tiempo seco, pero lo
pillo. Si detenemos la lluvia aquí, es posible que provoquemos una
inundación en otro sitio.
—No podemos saberlo, así que no vamos a correr el riesgo. Muévete
con ello. —Branna le hizo una demostración, caminando en un amplio
círculo, siempre dentro del espacio seco.
Al intentarlo, los bordes del círculo de Iona se mojaron, pero mantuvo
el control.
—Bien hecho. Ya que esto es Irlanda, no te faltará lluvia con que
practicar, pero hemos acabado por hoy. Entremos y probemos con una
poción sencilla.
Mientras Branna se dirigía de nuevo al taller, Iona se esforzó por
seguirle el ritmo... y mantener su zona seca.
—Podría ayudarte a embotellar y empaquetar tus productos para la
tienda. Me gustaría ayudar en algo —prosiguió—. Tú te encargas de
cocinar casi siempre y pasas mucho tiempo..., también Connor...,
enseñándome a mí. Se me da muy bien seguir órdenes.
—Cierto.
Branna siempre había preferido la soledad de su taller. Una cosa era
contratar dependientes y demás para la tienda en Cong, que se ocuparan de
atender a los clientes, de los envíos, etc., pero su taller era su remanso de
paz, por norma general.
Y, sin embargo, las clases, y la necesidad de ellas, le restaban tiempo,
pensó.
—Sería una ayuda —decidió—. Veremos.
Branna entró en el taller e Iona pasó como pudo detrás de ella,
chorreando en el suelo.
—Estaba a punto de dejaros una nota —dijo Meara desde detrás de la
encimera de trabajo—. A las dos.
—Ahora te tomarás un té y te quedarás un rato. Te he echado de
menos. Iona, no pongas el suelo perdido de pisadas.
—Qué fácil para ti decirlo. Tú estás seca; yo, empapada. Debo de
parecer una ratilla mojada.
—Más bien ahogada —comentó Meara.
Branna fue directa hacia la tetera.
—Crea una ilusión.
Sin decir nada, Iona miró a Meara.
—Meara sabe todo lo que hay que saber y seguramente más.
Arréglate.
—No se me da nada bien crear ilusiones. Ya te conté que lo intenté
una vez y acabó en un desastre.
—Seguro que por eso lo llaman practicar. Por lo general, pienso que
crear ilusiones o secar la ropa en vez de cambiarte es de vagos y
superficiales, pero por ahora es una forma estupenda de practicar. Y si
acabas con verrugas o forúnculos, yo te los quitaré. —Con una sonrisa
picara, Branna miró hacia atrás—. A la larga.
—Branna, tú creaste una ilusión para mí cuando teníamos quince
años, creo, y deseaba desesperadamente ser rubia porque Seamus Lattimer,
mi amorcito por entonces, las prefería rubias.
Meara se quitó la chaqueta como si estuviera en su propia casa y la
colgó en un gancho, luego se despojó de la bufanda y la gorra e hizo lo
mismo.
—Estaba a punto de hacerlo..., había ahorrado durante dos semanas
para comprar el tinte..., y entonces apareció Branna, creó la ilusión y me
cambió el color del pelo.
Iona estudió a Meara.
—No consigo imaginarte de rubia, no con tu tono de piel.
—Fue un desastre. Parecía que había pillado la ictericia.
—Y eras demasiado cabezota como para reconocerlo —le recordó
Branna.
—Sí que lo era, así que aguanté casi una semana antes de suplicarte
que me devolvieras mi color. ¿Te acuerdas de lo que me dijiste?
—Que cambiar por ti misma era una cosa, y que hacerlo por un
hombre era de débiles y estúpidos, o algo parecido—. Ya eras sabia a pesar
de lo joven que eras —repuso Meara con su risa picantota—. Y Seamus se
pasó el tiempo morreándose con Catherine Kelly, tan rubia como un
canario. Pero superé el chasco.
—Una especie de lección —declaró Branna—. Pero en este caso lo
consideramos una forma de practicar. Arréglate, Iona, y tomaremos el té.
—Vale. Allá voy.
Exhaló, esperando de todo corazón no prenderse fuego mientras se
concentraba primero en su chaqueta, su jersey y sus vaqueros.
Comenzó a salir vapor, pero no llamas. Luego sintió que los dedos de
los pies se le descongelaban y la piel le entraba en calor, y con una sonrisa,
se pasó una mano sobre la manga seca de su chaqueta.
—Ha funcionado.
—Figúrate la cantidad de tiempo que me ahorraría haciendo la colada
si tuviera un poder como ese —comentó Meara.
Iona se pasó la mano sobre su pelo empapado con una sonrisa en los
labios, transformándolo en una melena seca y rubia. Con una carcajada, se
tapó el rostro con las manos y cerró los ojos durante un breve instante.
Cuando las apartó, su rostro resplandecía, sus labios adquirieron un tono
rosado y sus pestañas se oscurecieron y alargaron.
—¿Qué tal estoy?
—Lista para ir al bar y coquetear con todos los hombres guapos —
respondió Meara.
—¿En serio? —Encantada, Iona corrió hasta el espejo—. ¡Estoy
estupenda! Ya lo creo que sí.
—Lo has ejecutado de forma fluida, y también con cierto
refinamiento. Te has espabilado mucho.
—No te vayas muy lejos —le dijo Iona a Meara—. Branna nunca me
dice ese tipo de cosas.
—Así que cuando lo hago, sabes que te lo digo de corazón. Tengo
mantecados, Meara, y ese té de jazmín que tanto te gusta.
—No diré que no a ninguna de las dos cosas. —Se acomodó en la
mesa, tomándose unos momentos para acariciar a Kathel cuando este le
apoyó su gran cabeza en el regazo—. Este tiempo nos arruina el negocio, y
dice que mañana habrá más lluvia. Boyle ha organizado que vengan del
colegio para ver a los caballos. Les daremos a los jóvenes un paseo por el
picadero.
—Es buena idea.
—Oh, nuestro Boyle tiene buenas ideas. —Meara le brindó una
sonrisa a Iona mientras se hacía con una galleta—. Y en cuanto a ti, se me
ha ocurrido una idea para el cumpleaños de mi hermana el mes que viene.
Se llama Maureen. Vive en Kerry, puesto que su marido y ella trabajan allí
—agregó para Iona—. Esos lotes que preparas..., el jabón, la vela, la loción
y esas cosas..., los especiales que elaboras pensando en los rasgos y la
personalidad de la persona.
—Sí. ¿Quieres que haga uno para Maureen?
—Me gustaría, sí. Es la mayor, como ya sabes, y está a punto de
cumplir treinta y cinco. Por alguna razón se ha puesto histérica, como si su
juventud se hubiera acabado y solo la aguardaran ya las miserias de la
vejez.
—A Maureen, bendita sea, siempre le ha gustado el drama.
—Ya te digo. Se casó con su Sean cuando solo tenía diecinueve años,
así que lleva dieciséis con su muy trabajador aunque poco imaginativo
marido. Es un hombre muy dulce —continuó—, pero poco imaginativo.
Tiene dos hijos adolescentes que la tienen al borde de la locura, o más allá
de esta, y otro que viene en camino. Le ha cogido el gustillo a mandarnos
mensajes de texto a mí, a nuestra otra hermana o a nuestra madre durante
todo el día y la mitad de la noche para mantenernos al corriente de sus
vicisitudes. Pienso que el regalo, al estar creado para ella, y dado que habla
de mimarse y de cosas de mujeres, la anime lo suficiente como para que
deje de darme la tabarra hasta que me entran ganas de darle una paliza.
—Así que se trata de ti —dijo Branna con una carcajada.
—Le estoy salvando la vida, y eso me convierte en una buena
hermana.
—Te lo tendré listo la próxima semana.
—Siempre he querido una hermana —dijo Iona, pensativa.
—¿Quieres una de las mías? Cualquiera de las dos. Me quedo como
mis hermanos, ya que no suelen ser unos cretinos.
—Ser hijo único es solitario y no tienes la posibilidad de despotricar
sobre tus hermanos.
—Echaría de menos el despotricar —reconoció Meara—. Hace que
me sienta superior y lista.
—Tenía hermanos imaginarios.
Divertida, Meara se recostó con su té.
—¿En serio? ¿Cómo se llamaban?
—Katie, Alice y Brian. Katie era la mayor; paciente, lista y
tranquilizadora. Alice era la pequeña, y siempre nos hacía reír. Brian y yo
éramos los que menos años nos llevábamos. Siempre andaba metiéndose
en líos y yo siempre intentaba sacarlo de ellos. A veces podía verlos con
tanta nitidez como os veo a vosotras.
—El poder de tus deseos —le dijo Branna. Una niña solitaria, pensó.
Carente de atención, de comprensión o de cariño.
—Supongo. No comprendía esa clase de cosas, no de verdad, pero la
mayor parte del tiempo eran más reales para mí que cualquier otra persona.
Entre los caballos y ellos me mantenía muy ocupada. —Se detuvo,
echándose a reír—. ¿Soy la única que tenía a gente imaginaria en su vida?
—Con Connor me sobraba y me bastaba.
—Con él sobra y basta, sí —repitió Meara.
—Y tanto Connor como yo supimos, mucho más jóvenes que tú, lo
que éramos.
—Y aún así, forjasteis otros vínculos muy fuertes. Vuestro trabajo
aquí, la tienda, su escuela de cetrería... y sus chapuzas. Y tú, Meara. No
eres uno de los propietarios, pero sí un elemento esencial del negocio.
—Eso me gusta pensar.
—Es evidente que lo eres. Tanto Boyle como Fin respetan tu destreza
y tu opinión, y confían en ellas. No creo que ninguno conceda su confianza
a la ligera. Eso es lo que yo quiero. Forjar algo y ganarme el respeto, que la
gente que importa sepa que puede confiar en mí. ¿Alguna de las dos quiere
más que eso?
—Es bueno tener lo que dices —reflexionó Meara—. A mí no me
importaría una olla de oro que lo acompañara.
—¿Qué harías con ella?
—Bueno, menuda pregunta. Creo que primero me compraría una
buena casa. No tendría por qué ser elegante, solo una buena casa, con algo
de tierra y un establo para poder tener uno o dos caballos propios.
—¿Un hombre no?
—¿Para qué? —preguntó Meara riendo—. ¿Para conservarlo o para
divertirme?
—Para las dos cosas.
—Me quedo con la diversión; hace meses que no he disfrutado de
semejante entretenimiento en mi vida. Pero no estoy interesada en algo
permanente. Los hombres van y vienen —agregó mientras se acomodaba
con su fragante té—. Exceptuando al dulce y nada imaginativo Sean, por lo
que he visto. Es mejor no esperar ni desear que se queden, así no hay
peligro.
—Pero el peligro significa que estás viva —replicó Iona—. Y yo
quiero un hombre permanente, que me quiera tanto como yo a él. Quiero
un amor salvaje y loco, la clase de amor que nunca se marchita. E hijos...,
no solo uno..., y un perro, un caballo, una casa. Una familia grande y
desordenada. ¿Y tú? —le preguntó a Branna.
—¿Que qué quiero yo? Vivir mi vida. Acabar con esta maldición que
pende sobre todos nosotros y aplastar lo que queda de Cabhan.
—Eso no es algo solo para ti. Solo para ti, Branna —insistió Iona—.
¿Dinero, viajar, sexo? ¿Un hogar, una familia?
—Dinero suficiente para viajar a lugares exóticos y tener sexo loco
con hombres exóticos. —Esbozó una sonrisa mientras se servía más té—.
Con eso me apaño.
—Yo viajaré contigo. —Meara puso una mano sobre la de Branna—.
Romperemos corazones por todo el mundo. Puedes unirte a nosotras si
quieres —le dijo a Iona—. Veremos todas las maravillas y disfrutaremos
de los placeres allá donde los encontremos. Luego puedes volver, escoger a
aquel con quien quieres quedarte y fabricar niños. Yo construiré mi casa y
mi establo, y Branna vivirá su vida como guste, libre de maldiciones.
—Estoy de acuerdo. —Branna alzó su taza en un brindis—. Solo
tenemos que derrotar a un antiguo mal y obtener una enorme riqueza, y el
resto son solo detalles.
—Ambas podríais disfrutar de todo ese sexo exótico ahora —protestó
Iona—. No es difícil ligar con hombres cuando se tiene el aspecto de una
diosa celta.
—Nos quedamos con ella —le dijo Meara a Branna—. Obra
maravillas en mi ego.
—Es cierto. Branna parece salida de un cuento de hadas sin tan
siquiera proponérselo y tú eres la viva estampa de una princesa guerrera.
Los hombres deberían caer rendidos a vuestros pies.
La puerta se abrió, trayendo consigo la lluvia, así como a Connor, a
Boyle y a Fin.
—No todos —murmuró Meara.
—Mirad lo que he traído a casa. —Connor se sacudió la lluvia del
pelo como un perro mientras Kathel se aproximaba para saludar a los
recién llegados—. Era traerlos aquí o construir una puñetera arca. ¿Tienes
más té y galletas?
—Por supuesto. No me pongas el suelo perdido. Entonces ¿ha cerrado
sus puertas el mundo de los negocios?
—Por hoy —le dijo Boyle a Branna—. Estábamos animando a Fin
para que nos invitara a cenar, pero casi nos ahogamos mientras
pensábamos adonde ir.
—Y aquí se está mejor. —Connor se acercó para tender las manos
hacia el fuego—. Sobre todo si conseguimos convencer a alguien para que
prepare un tanque de sopa.
—¿A alguien?
Connor se limitó a sonreírle a Branna.
—Y he pensado en mi queridísima hermana.
—Piensas en mí en la cocina demasiado a menudo.
—Pero se te da genial. —Se inclinó para darle un beso.
—Yo pelaré y picaré lo que necesites. Tú sabes pelar y picar, ¿no,
Boyle?
Aquello era como invitar a Boyle a cenar, más o menos, estimó Iona.
—Sí que sé, sobre todo si con eso consigo cenar.
—Yo estoy dispuesta a ser una esclava de la cocina por una comida
caliente en una noche como esta —agregó Meara—. ¿Qué dices tú, Fin?
Este continuó despojándose de la bufanda que llevaba al cuello.
—Lo que necesite o quiera Branna esta noche.
—Entonces será mejor que vaya a ver qué hay para preparar ese
famoso tanque de sopa —adujo Branna.
Se levantó y salió por la puerta de atrás. El perro abandonó a Fin para
seguirla a ella.
—Se sentirá más cómoda si yo me largo —repuso Fin.
—No vas a marcharte. —Una cierta ira teñía la voz de Connor—. No
puede ser así, y ella lo sabe tan bien como tú. Te necesitamos. Les he
contado a Fin y a Boyle lo que pasó hace unos días —le dijo a Iona.
—¿Qué pasó? —exigió Meara.
—Te lo contaré a ti también dentro de un momento. Pero sigue en pie,
Fin. Te necesitamos, y ella lo entiende. Al final no dejará que la disputa
entre vosotros se interponga.
—Puede que alguien deba contarme lo de esa disputa. —Iona apartó
su té a un lado—. Puede que sea útil conocer todos los detalles en vez de
intentar descifrarlo todo a partir de trozos.
Fin se acercó a la mesa, luego se tiró del cuello de su jersey.
—Esta es su marca, la marca que tu sangre puso en la mía. Yo la llevo
y Branna no quiere ver más allá de ella. No quiere ver lo que ella es para
mí ni lo que yo soy para ella.
Iona se levantó para examinarla de cerca. Un pentagrama, tal y como
afirmaba la leyenda, y tan nítido y definido como un tatuaje.
—No parece un antojo, sino más bien una cicatriz o un tatuaje.
¿Naciste con ella?
—No. Se... manifestó mucho después. Tenía más de dieciocho años.
—¿Siempre lo has sabido?
—De dónde procedían mis poderes no, solo que los tenía. —Se colocó
bien el jersey—. Eres firme, Iona.
—No en realidad, o no lo suficiente. Aún.
—Creo que ahí te equivocas. —Le alzó la cabeza poniéndole una
mano bajo la barbilla—. Me parece que te mantienes firme cuando es más
necesario. Ella necesitará ese temple de ti, y esa mente abierta.
—Connor dice que te necesitamos, y yo confío en él. Haré lo que
pueda para que Branna también lo vea así.
—Estoy contigo. —Meara se levantó. —Dale unos minutos para que
se tranquilice, pero no te atiborres de galletas. Branna hará lo que sea
necesario, Fin, cueste lo que cueste.
—También yo.
Iona y Meara fueron hasta la casa por la parte de atrás, pasando por la
despensa.
—Espera, una cosa antes de entrar. —La detuvo Iona—. ¿Qué pasó
entre Fin y ella? No te lo pregunto por cotillear ni para traicionar la
relación de hermandad, mucho menos una tan íntima como la que hay entre
Branna y tú. Creo que lo sabes. Vaya, espero que lo sepas.
—Lo sé, y aún así sigue sin resultarme fácil contarte lo que ella no te
ha contado. Estaban enamorados, locamente enamorados. Eran muy
felices, aunque se pelearan y riñeran. Ella iba a cumplir diecisiete cuando
estuvieron juntos por primera vez. Fue después de que estuvieran juntos
cuando apareció la marca. Él no se lo contó. No sé si culparlo por eso, pero
no le dijo nada. Y cuando Branna lo descubrió, se puso furiosa, pero sobre
todo se quedó destrozada. Fin se puso a la defensiva, y también se quedó
destrozado. Así que es una herida abierta entre ellos desde entonces. Doce
años de carencias y confusión, y mucha desconfianza.
—Todavía se aman.
—El amor no ha sido suficiente para ninguno de ellos.
Debería serlo, pensó Iona. Siempre había creído que lo sería. Pero fue
con Meara hacia la cocina para hacer todo lo que estuviera en su mano para
ayudar.
Podría haberse tratado de una reunión de amigos y familiares normal
y corriente en una noche lluviosa. El pequeño fuego que crepitaba en el
hogar de la cocina, con el perro grande roncando delante. El vino que
Connor sacó, descorchó y sirvió de forma generosa en copas. Diligentes
voluntarios pelando y cortando pequeños montoncitos de patatas y
zanahorias, picando ajo y cebolla mientras la anfitriona se mantenía
ocupada enharinando trozos de carne y dorándolos en una gran y resistente
olla sobre el fogón. Los aromas brotaban para tentar con lo que estaba por
llegar y las voces se mezclaban entre sí, todas hablando unas con otras o
por encima de las demás.
Podría haberse tratado de una simple reunión, pensó Iona mientras
cortaba zanahorias, y las partes en que así fue la animaron, le dieron
mucho de lo que, según había terminado comprendiendo, había anhelado
durante toda su vida, pero no era una simple reunión amistosa. Las
corrientes subterráneas que se agitaban bajo la superficie eran letales.
A pesar de todo no quería arruinar el momento alterando esa
superficie. Después de todo estaba pegada a Boyle —que sin duda tenía
mejor mano que ella con el cuchillo de cocina— y este parecía más
relajado ahí que cuando trabajaban juntos en los establos.
Y olía de forma maravillosa, a lluvia y a caballo.
Más valía no decir nada, decidió, que decir algo inapropiado. Así que
observó y escuchó. Observó a Connor alargar una mano para enjugar una
lágrima de la mejilla de Meara mientras ella picaba cebolla y captó el
coqueto natural en el gesto de su mirada.
—Su fueras mía, mi adorada Meara —le dijo— prohibiría las cebollas
en la casa para que jamás derramaras una sola lágrima.
—Si fuera tuya —replicó—, no solo las derramaría por picar cebolla.
Connor rió, pero Iona se quedó pensativa. Lo mismo le ocurrió cuando
Fin llenó la copa de Branna y, a petición de ella, le pasó el aceite para la
sartén. El tono educado de ambos seguía siendo tan rígido como su
lenguaje corporal, pero por debajo —oh, sí, corrientes subterráneas por
doquier— bullían tales pasiones, una emoción tan salvaje, que tendría que
haber sido ciega y no tener corazón para no sentirlo.
Era Connor quien hacía que todo fluyera, pensó, realizando
comentarios, preguntas, uniendo al grupo con incesante alegría y
envolvente afecto.
Ese hombre le parecía casi irresistible. Así pues, ¿por qué Meara...?
—Lo estudias todo y a todos —intervino Boyle— como si fuera a
haber un examen dentro de una hora. Y tu cerebro está lleno de preguntas y
conclusiones.
—Siento que estoy en familia. —Soltó el primer pensamiento que
surgió del enredo que había en su cabeza—. Es algo que siempre he
deseado sentir, de lo que siempre he querido formar parte.
—Claro que estás en familia —le dijo Connor—. Y es tu familia.
—Eres generoso con la gente. Es tu naturaleza. No todo el mundo lo
es, o al menos son más cautos antes de abrir la puerta. Yo soy la más
reciente aquí, en muchos aspectos. Observar me proporciona un mejor
sentido de esta familia. Incluso observar a Boyle pelar y picar mucho más
deprisa y mejor que yo.
—Bueno, no es Branna O’Dwyer —medió Fin—, pero es un cocinero
aceptable. Es solo una de las razones por las que Connor y yo lo toleremos.
—Si un hombre no sabe preparar unas cuantas cosas en una sartén,
pasa hambre muy a menudo. Vamos, pon la palma de tu mano sobre la
punta, los dedos levantados y sin ponerlos en medio. —Boyle asió la mano
de Iona para enseñarle—. Y la otra en la empuñadura de forma que puedas
utilizarla para manejar la hoja.
Ella dejó que guiara sus manos para cortar perfectas rodajas de
zanahoria y agradeció la ligera presión del cuerpo de Boyle contra el suyo.
—Tendré que practicar —decidió Iona—. Y descubrir qué hacer con
esto después de picarlo. Es muy probable que no tenga ocasión de invitarte
a cenar. —Levantó la mirada y volvió la cabeza hacia él, captando la
sorpresa reflejada en su rostro y el atisbo de vergüenza cuando la estancia
se quedó en silencio—. Más vale que cocine Branna —prosiguió—. Tendré
que dar con alguna otra forma de conseguir una cita contigo.
Al ver que Connor no conseguía disimular una risita con una tos, Iona
se encogió de hombros.
—Familia —dijo Iona de nuevo—. Más aún, familia con el tipo de
problema y objetivo mutuos que conlleva la posibilidad de que nos pateen
el culo, o algo peor, mañana mismo o en cualquier otro momento. Así que
imagino que no hay mucho tiempo para perder ni para andarnos por las
ramas con aquello que podría hacernos felices. Hablando como alguien que
ha vivido su vida siendo feliz a medias, me gustaría terminarla..., sobre
todo teniendo en cuenta la posibilidad de que nos pateen el culo..., siendo
lo más feliz posible.
Fin le brindó una sonrisa desde donde estaba, apoyado contra la
encimera.
—Creo que ya estoy medio enamorado de ti —le dijo.
—No tienes medio corazón que entregar. —Entonces exhaló—.
Bueno, veamos. ¿A quién más puedo avergonzar?
—No me has avergonzado —le dijo Fin—. Y en cuanto al amor,
deifiúr bheag, no tiene límites.
—Esa ha sido siempre mi esperanza. ¿Qué significa eso que me has
llamado?
—Hermanita.
—Me gusta. Debería aprender gaélico. ¿Todos lo habláis?
—Branna, Connor y Fin. —Una vez hubo terminado de picar, Meara
se acercó para lavarse las manos—. Boyle y yo sabemos lo suficiente para
ir tirando, ¿no te parece, Boyle?
—Lo suficiente.
—¿Creéis que la magia es más poderosa en ese idioma? Lo siento —
se apresuró a decir Iona—. No debería seguir sacando ese tema y aguar la
fiesta. Y tampoco debería haberte puesto en semejante aprieto —le dijo a
Boyle.
—Únicamente lo has desconcertado, ya que no está acostumbrado a
una mujer que dice lo que piensa y expresa sus sentimientos sin rodeos.
Connor —prosiguió Branna—, necesito una Guinness para el guiso, y diría
que otra botella de vino para los demás. Y tienes razón, Iona, en hablar del
resto. No podemos saber si nos queda un día o un año para enfrentarnos a
lo que se avecina, pero la lógica dice que se acerca más a lo primero. Y
dicho esto, me niego a que nos pateen el culo a ninguno de nosotros. Así
que pongamos el guiso al fuego, bebamos más vino y hablemos de ello.
Se dio la vuelta, con el rostro sonrojado por el vapor; en sus ojos
centelleaba una determinación tan feroz que Iona no podía creer que
pudiera ser derrotada.
—Muy bien, pongámonos con esas verduras. No van a cocinarse solas.
Capítulo 11
Todavía podría haberse tratado de una reunión de amigos y parientes
cualquiera; todos amontonados en torno a la mesa de la cocina, con copas
de vino, y el perro todavía tumbado delante de la chimenea.
Pero Iona reconocía lo que era en verdad.
Una cumbre de poder.
—Primero me gustaría decirles una cosa a Meara y a Boyle —
comenzó Branna—. Vuestra sangre no está metida en esto y ninguno de los
dos tenéis poderes propios que os sirvan de arma o escudo.
—Empezar insultándonos no es un buen comienzo —repuso Boyle.
—No lo entendáis así, sino como un reconocimiento de lo que
significa para los demás saber que estáis con nosotros. No sé cómo nos las
habríamos arreglado Connor o yo sin vosotros. Sois los amigos más leales
que jamás he tenido o tendré. No sé si, tal y como afirma Fin, el amor no
tiene límite, pero sé que yo aún no he alcanzado el mío con respecto a
vosotros. Y ya está, dicho queda.
—Nosotros no tenemos poderes, pero no estamos desvalidos. Ni
mucho menos.
Meara miró a Boyle, que asintió con la cabeza.
—Tenemos nuestros cerebros, nuestros puños. Él jamás ha mostrado
interés alguno por nosotros, y ahí comete un error.—Puede que así sea, y
deberíamos hallar un modo de aprovecharlo. Pero se ha interesado mucho
por Iona. —Connor señaló a su prima—. Branna y yo coincidimos en que
tenía la esperanza de hacerle daño..., y algo peor..., y así hacerse con su
poder y aumentar el suyo. Ambos creemos que tenderle la trampa de hace
unos días y fracasar le ha pasado factura.
—¿Qué trampa? —exigió Boyle—. ¿Te hizo daño? —Agarró a Iona
del brazo—. ¿Por qué no me lo has contado?
—No es fácil hablar de este tipo de cosas en los establos. Y no me
hizo daño. Branna y Connor se ocuparon de eso.
Fin habló con serenidad:
—¿Qué ocurrió? Sé concisa. Iona, sueles serlo. Cuéntanoslos al resto.
—Fue el día en que le di la primera clase a Sarah. Cuando volvía a
casa.
Se lo contó de manera concisa, sin ocultar su temor.
Mientras hablaba, Fin se levantó y fue hasta la ventana para
contemplar el jardín a oscuras. En la mesa, las manos de Boyle se cerraron
en sendos puños.
—Ni irás a trabajar ni regresarás a casa sola de ahora en adelante.
Iona miró a Boyle, boquiabierta.
—Eso es ridículo. Tengo que...
—De eso nada. Y se sanseacabó.
Antes de que Iona pudiera hablar de nuevo, captó la mirada de Meara
y la forma sutil en que negó con la cabeza.
—Connor puede acompañarla al picadero —adujo Branna con voz
suave—. Los dos toman el mismo camino, y Fin y tú solo tenéis que
ocuparos de que sus horarios cuadren.
—Hecho —afirmó Boyle de forma tajante—. Y yo la acompañaré a
casa. Hecho —repitió.
—Agradezco la preocupación. ¿Va a haber alguien conmigo cada vez
que ponga un pie fuera de la casa o quiera ir al pueblo? Y más vale que
empieces a dormir conmigo también —le dijo a Boyle—. Porque se está
colando en mis sueños. Se me permite tener miedo, pero no estar
indefensa. Y nadie tiene permiso para pensar que lo estoy.
—De indefensa, nada —la calmó Connor—. Pero eres valiosa. Y
necesaria. Te necesitamos, así que tomar algunas precauciones, al menos
por ahora, nos tranquilizará a todos.
—Valiosa. Necesaria. —Fin se volvió con expresión fría—. Estoy de
acuerdo con eso. Y, sin embargo, no me llamasteis cuando la valiosa y
necesaria Iona fue amenazada.
—Todo pasó muy deprisa —adujo Connor—. Y a decir verdad, solo
pensaba en llegar hasta Iona y en llevar a Branna tan rápido como pudiera.
Así que tienes razón, la culpa es mía.
—¿Acaso tú habrías podido hacer más? —le preguntó Branna a Fin.
—No podemos saberlo, ¿verdad? Pero tienes que decidir, todos tenéis
que hacerlo, si soy parte de esto o si me dejáis fuera.
En vez de responder, Branna cambió el enfoque.
—¿Puedes leerlo? ¿Puedes sentir sus pensamientos?
—No, no puedo. Me ha bloqueado. Sabe que he elegido bando. Aún
piensa que puede convertirme, claro, e intentará atraerme... en sueños y
estando despierto.
—Tú no lo bloqueas a él.
Fin reprimió una maldición.
—Tengo una vida que vivir, ¿no? Otras cosas en qué pensar. Él no
tiene más que un único propósito en toda su existencia, y yo tengo más que
eso. Y si lo bloqueara por completo, si pudiera, entonces no habría la más
mínima posibilidad de que lograra enterarme de algo que pudiera
ayudarnos a poner fin a esto. Si no crees que lo que quiero es eso, que
deseo acabar con esto, ver incluso su destrucción, ya no me queda nada
más con qué convencerte.
—No tengo ninguna duda al respecto. Ninguna. —Branna se levantó
para ir a remover la sopa—. Iona necesita el caballo. Necesita a su guía.
Una absoluta frustración cruzó el rostro de Fin.
—Ha sido suyo desde que lo vi por primera vez. Aquí no tienes sitio
para él, así que está con Boyle y conmigo. Si no te fías, mañana mismo se
lo pongo a su nombre.
—¡No! —Horrorizada, Iona se puso en pie—. Eso no está bien.
—Ni tampoco lo que yo estaba diciendo o dando a entender. Eres tú
quien tiene que decirle a Iona que Alastar es suyo. Boyle y tú, ya que lo
trajisteis aquí y que además lo estáis cuidando para ella. Solo quería decir
eso.
—Aun sin magia de por medio, el caballo ha sido suyo desde el
instante en que se vieron el uno al otro. —Boyle levantó las manos,
dejándolas caer a continuación—. Y Fin tiene razón. Aquí no hay sitio para
que lo tengas como es debido. Fin y yo lo hablamos la misma noche en que
regresó.
—Os estoy agradecida a los dos. —El tono de Branna se suavizó—. Y
siento de veras si he dado la impresión de que no era así.
—Nunca he querido ni tu gratitud ni tus disculpas —le dijo Fin.
—Pues las tienes, lo quieras o no, y puedes hacer lo que te plazca con
ellas.
Dejando la cuchara a un lado, Branna regresó a la mesa.
Iona, al igual que Fin, se quedó de pie.
—Gracias.
—No hay de qué —respondió Fin.
—Y gracias a ti —se dirigió a Boyle—. Y dado que Alastar es mío,
pagaré su comida y su alojamiento. Y no hay más que hablar —dijo en
cuanto él abrió la boca con la manifiesta intención de protestar—. No he
tenido nunca mucho que fuera mío y que importara, pero cuido de aquello
que me pertenece.
—De acuerdo entonces. Lo solucionaremos.
—Bien. También sé lo que es que te dejen fuera. No hay un lugar más
frío que estar justamente en el sitio donde no llega el calor. Ninguno de
vosotros sabéis lo que es eso, salvo Fin y yo. Todos vosotros habéis
formado siempre parte de algo, e incluso sois el centro —agregó, mirando
a Branna—. Por eso no sabéis lo que es sentir que no te quieren, que no te
aceptan ni te comprenden. Considero que lo que hay entre Fin y tú, y lo que
se interpone entre vosotros, es personal, pero aquí hay mucho más que
debe tenerse en cuenta. Has dicho que formo parte de esto, que esto es la
familia y que es mi familia. Así que quiero decir que Fin también es mi
familia.
Cogió el vino siguiendo un impulso, y aunque él apenas había tocado
su copa, le añadió algunas gotas.
—Deberías venir a sentarte —le dijo Iona a Fin.
Fin murmuró algo en gaélico antes de acercarse de nuevo y tomar
asiento. Y luego alzó su copa para beber.
—Ha dicho que su corazón y su mano son tuyos —le tradujo Branna.
—Oh. Lo mismo te digo, y por eso vamos a ganar.
—Me has avergonzado en mi propia casa.
—Oh, oh, Branna, no pretendía...
—Y menos mal que lo has hecho. Me lo he ganado a pulso y parece
que era necesario que expresaras esos mismos pensamientos objetivos tal y
como has hecho con Boyle. ¿Somos o no un círculo? Y un círculo con
grietas es fácil de romper. Así que somos un círculo desde ahora y hasta
que lo hayamos logrado.
Levantó su copa y la acercó en dirección a Fin. Al cabo de un
momento, él chocó la suya con la de ella.
—Sláinte. —Connor la chocó con Fin, luego con su hermana, para
después hacerlo con el resto de la mesa—. O mejor aún: que los dioses
jamás habidos nos bendigan a todos y nos ayuden a enviar al infierno al
puto cabrón.
—Estoy de acuerdo —dijo Iona.
Un tanto exhausta por la emoción, Iona se sentó de nuevo. Boyle le
tomó la mano por debajo de la mesa. Sorprendida, volvió la cabeza hacia él
y se enfrentó a su serena y firme mirada.
Prácticamente pudo sentir que algo se derramaba dentro de su
corazón, algo lleno de tibieza y de luz, y de esperanza.
—Bueno —dijo Meara desde el otro lado de la mesa—, ahora que
hemos solucionado esto, ¿qué coño hacemos a continuación?
Numerosas ideas recorrieron la mesa, con argumentos a favor y en
contra. En un momento dado Meara se levantó y, sintiéndose como en su
propia casa, eso era evidente, preparó un plato con galletitas saladas, queso
y aceitunas para mantener el hambre a raya mientras el guiso cocía.
—No estamos listos para un enfrentamiento. —Connor se metió una
aceituna en la boca mientras enumeraba las razones en contra de un ataque
frontal, tal y como Boyle insistía en lanzar—. No tenemos un plan sólido,
ya que aún pueden surgir imprevistos, y además Iona no está tan bien
armada como debería estarlo.
—No quiero ser un lastre para nadie.
—Pues estudia y practica más —le ordenó Branna.
—Y dale, y dale. ¿Es que no he detenido la lluvia? —adujo Iona.
Con las cejas enarcadas, Boyle señaló hacia la ventana, cuyo cristal
azotaba la lluvia racheada.
—De acuerdo, solo de forma temporal y en una localización limitada.
Se me da mejor el fuego.
—Él te controla más a ti que tú a él —la corrigió Branna.
—Duras palabras, pero ciertas. De todas formas se me da mejor. Y...
—Se concentró, consiguiendo hacer levitar la mesa unos centímetros para
luego posarla sobre el suelo con cuidado—. No voy mal con el aire, y he
creado las flores del taller, así que progreso adecuadamente con la tierra.
Si pudiera probar con un par de hechizos...
—¿No has trabajado con ella en los hechizos? —preguntó Fin.
—Apenas domina los elementos.
—La cautela tiene su lugar, Branna, pero como tú misma has dicho,
no sabemos cuánto tiempo tenemos.
—Presióname —suplicó Iona—. Al menos un poco.
—Puede que te arrepientas de haberlo pedido, pero eso es lo que voy a
hacer.
—Pienso que si se cuela en los sueños, deberíais apuntarlos. —Meara
untó queso en una galletita y se la pasó a Branna—. De esa forma
permanecen más nítidos y podríais compararlos. Podría haber algo en
ellos.
—Es muy razonable —convino Connor.
—¿Qué hay de ese lugar en el bosque? —preguntó Iona—. Donde
vivió la primera bruja oscura. ¿Cuándo puedo verlo?
Iona podía percibir tensión, furia y pena en el silencio que siguió. Una
vez más, Boyle le cogió la mano por debajo de la mesa.
—No estás lista —dijo Branna sin más—. Has de confiar en mí en
esto.
—Si no estoy lista para ir allí, ¿por qué no puedes decirme la razón?
—Es un lugar de tránsito —intervino Fin de manera pausada,
contemplando su vino con el ceño fruncido—. A veces es simplemente un
lugar con las ruinas de una vieja cabaña y los ecos de la vida allí vivida, el
poder allí blandido. Una lápida donde ese poder yace bajo la tierra. Son los
árboles y la quietud.
—Y otras veces —adujo Connor— se desvanece, y es la soledad. No
está firmemente atado al mundo, al aquí. Sin el conocimiento necesario,
una persona podría quedar atrapada allí, en aquel otro plano, en aquella
soledad. Y es ahí a donde él podría ir, fortalecido gracias a eso, y tomar lo
que eres.
—Pero vosotros vais ahí, habéis ido ahí. Tengo que saber cómo ir y
cómo quedarme.
—Todo llegará —le prometió Branna.
—Él me llevó allí en un sueño.
—Me parece que no fue él, sino ella: Teagan. Para enseñártelo y
seguir manteniéndote a salvo. Ten paciencia, Iona.
—Él me marcó allí. —Se hizo de nuevo el silencio tras las palabras de
Fin—. Sabía de él, pero no que era antepasado mío. Y allí, en un lugar que
había sido una especie de santuario en un tiempo en que hubo felicidad y
promesas, puso su marca en mí y sentí que la quemadura me abrasaba
hasta los huesos. Traspasó todos los límites y me marcó. Y vino con la
forma de un hombre y pude verme a mí mismo en ese hombre. Me dijo que
me daría más poder del que podía imaginar, que tendría todo y más de lo
que nadie pudiera soñar. Que yo era de su sangre y que tendría todo esto.
Que solo tenía que hacer una cosa para conseguirlo.
—¿Qué cosa?
—Solo tenía que matar a Branna mientras dormía a mi lado. Solo eso.
Iona estuvo a punto de estremecerse, pero logró controlarse y
mantuvo la mirada fija en la de Fin, serena y firme.
—Pero no lo hiciste.
—Es a él a quien habría matado si hubiera sabido cómo hacerlo.
Algún día lo sabré y lo haré, acabaré con esto. O moriré intentándolo. Así
que es mejor que esperes un poco más antes de que te llevemos allí. Y la
llevaremos todos juntos cuando llegue el momento. Hablo muy en serio,
Branna. No consentiré que me excluyáis.
—Cuando llegue el momento —convino—. Por ahora vamos a espera
y vigilar. A aprender y a trazar un plan.
—Y a hablar más de lo que lo hacemos —agregó Connor—. Eso nos
hará más fuertes.
—Tienes razón. No se excluirá a nadie. —Branna tocó el brazo de Fin
de manera fugaz—. Estaba equivocada. Fin y Connor utilizarán sus
halcones para patrullar..., si ese es el término correcto..., el bosque. Meara
e Iona conducirán las rutas la mayoría de los días y mantendrán los ojos y
los oídos bien abiertos. Boyle se va a encargar de traer a Iona a casa, así
que te prepararé un amuleto que te proteja, Boyle.
—Yo me ocuparé —le dijo Fin.
—Me parece bien. Yo trabajaré con Iona, y puede que os llame de vez
en cuando para que echéis una mano. Si tenemos sueños, los apuntaremos
con todo detalle.
—Llegará el momento en que hará falta más que eso para protegernos
—adujo Boyle.
—Lo sé. Lo que no sé es qué hará falta y cómo conseguirlo.
—Ya es hora de descubrirlo.
Branna asintió.
—Siendo seis para investigar hay esperanzas de que lo consigamos.
Bueno, tal y como se ha dicho ya, tenemos vidas que vivir. Podéis empezar
poniendo la mesa mientras yo me ocupo del guiso.
—Y yo digo que la vivamos bien. —Connor levantó a su hermana en
vilo y le dio un beso—. Porque seguro que eso es darle una patada en el
puto culo.
—Entonces de acuerdo. Pon algo de música, Connor, y empecemos a
vivir bien ahora mismo.
Dejaron la oscuridad a un lado por el momento mientras Connor y
Meara discutían sobre la música hasta que él puso una giga muy movida,
con muchos violines y percusión, y la sacó a bailar.
—¡Uau! —Fue la reacción de Iona—. Sí que son buenos.
—Ambos tienen alas en los pies. —Boyle cogió los platos hondos que
Iona sostenía y los colocó en la mesa—. Siempre ha sido así.
—¿Tú sabes hacer eso?
—Yo no tengo alas, pero tampoco plomo.
—Pues pídele para bailar a la dama, pedazo de cretino —dijo Fin
mientras ponía las servilletas en la mesa.
Iona se limitó a negar con la cabeza.
—Yo no sé hacer eso.
—Entonces ya es hora de que aprendas —proclamó Connor y,
agarrándola de la mano, tiró de ella.
—Qué lento eres, hermano —le murmuró Fin a Boyle.
—Me muevo al paso que va conmigo.
—Lento —repitió Fin—. Como un caracol montado en una tortuga.
Pero Boyle se encogió de hombros. Fe gustaba ver a Iona tratar de
seguir el ritmo de los ágiles y diestros pies de Connor. Más aún, le gustaba
la forma en que se reía cuando giraba.
Y quién podía poner objeciones a la risa, pensó cuando Fin hizo girar
tres veces seguidas a Meara mientras Branna, junto al fogón, daba palmas
al ritmo de la música.
La luz y la risa sentaban bien, parecían necesarias. De modo que las
aprovecharía.
Ni él ni los demás en la iluminada cocina, inundada de cálidos olores,
animada música y fluidas risas, vieron la sombra que observaba al otro
lado de la ventana azotada por la lluvia. Ni el odio que desprendía.
Después de haber cenado, con la cocina recogida y haciéndose tarde,
Boyle se preparó para marcharse.
—Te acompañaremos a casa, Meara. He traído mi camión. Branna,
quería preguntarte si tienes algo del tónico que preparaste para los catarros.
Mick lleva un par de días moqueando y estornudando, y he pensando en
hacerle tragar algo.
—Sí, claro. —Se dispuso a levantarse.
—Ya se lo doy yo —dijo Iona—. El bote azul, ¿verdad?, en la
estantería próxima a la ventana.
—El mismo. Puedes saldar cuentas conmigo en la tienda a final de
mes, Boyle.
—Lo haré, y gracias por la cena. Me reuniré con Meara y contigo en
la parte de delante —le dijo a Fin.
Fue a la parte de atrás con Iona, girando hacia el taller. Ella encendió
la luz.
—He estado intentando hacerme una idea clara de sus productos y de
lo que guarda aquí, lo que vende en el pueblo. No va a dejarme preparar
nada aún..., no sin supervisarme..., pero al menos estoy aprendiendo un
poco lo que lleva cada cosa.
Cogió el frasco, que estaba bien identificado con la etiqueta de La
bruja oscura de Branna.
—Espero que esto ayude a Mick. Lleva dos días hecho polvo.
—Menos llevaría si se hubiera tomado antes su medicina.
—Supongo que tragar pociones de brujas pone nerviosa a alguna
gente.
—Esta se la tomará aunque tenga que taparle la nariz yo mismo. —
Boyle se guardó la botella en el bolsillo—. Ahora que tenemos un
momento, quería decirte que la forma en que has defendido a Fin ha
significado mucho para mí.
—Duele que te excluyan, igual que duele que te culpen por lo que
eres. Puedo comprender los sentimientos de Branna, pero mi instinto
confía en él, y me tropiezo cuando no sigo mi instinto. A veces también me
equivoco cuando lo sigo.
—Expresarte como lo has hecho ha significado mucho. Así que... —
Cambió el peso de un pie a otro—. Saldremos a cenar alguna noche.
—¿En serio? —Con una sonrisa bobalicona en el corazón, hizo
cuando pudo para que la de su rostro siguiera siendo educada—. De
acuerdo.
—Prefiero ser yo quien proponga. Sea o no anticuado, así son las
cosas.
—Bueno es saberlo. Mi calendario social está muy despejado.
—Entonces reservaremos algo. Te veré por la mañana.
Boyle se encaminó hacia la puerta, y ya estaba a medio camino
cuando se dio media vuelta.
Esa vez Iona estaba lista para que la agarrara, e hizo lo mismo con él.
Le encantaba la forma en que la obligaba a ponerse de puntillas. No
hacía que se sintiera pequeña, sino deseada. La reticencia tan solo añadía
un matiz sexy. Todo en el beso, el calor de sus labios, la fuerte presión de
sus manos, hacía que se sintiera irresistible.
Y era una sensación embriagadora, una emoción poderosa.
Boyle seguía teniendo la intención de ir despacio con ella. Se había
enseñado a sí mismo a mantener el control, había aprendido, en gran
medida, a equilibrar el deseo y el temperamento mediante el pensamiento
frío y la conducta lógica.
Pero ahí estaba otra vez, estrechándola en sus brazos y viéndose
envuelto por los de ella. Y palabra de honor que lo único que deseaba era
perderse en ellos, estar ahí, y absorber toda esa dulzura natural, toda esa
jovialidad y energía.
Y además de eso deseaba poner sus manos en todas esas preciosas
curvas y recovecos, poner su boca sobre esa suave piel. Quería ese cuerpo
menudo, sorprendentemente fuerte, moviéndose, moviéndose y
moviéndose debajo del suyo.
Ella se aferró a él durante un instante más cuando él se apartó, y eso
estuvo a punto de derrotarlo.
—En fin —acertó a decir, y se ordenó bajar las manos a los lados otra
vez. Luego, para mayor seguridad, se las metió en los bolsillos.
Ella se quedó ahí, de pie, con sus preciosos ojos cargados de deseo y
los labios curvados y tan suaves. Tan suaves que deseaba...
—Podrías volver después de llevar a Meara a casa. Podrías dejar a Fin
y regresar. Luego podrías llevarme a trabajar por la mañana.
—Yo... —La sola idea de pasar una noche con ella hizo que todas las
necesidades que lo inundaban amenazaran con desbordarse—. Imagino que
con Branna y Connor en la casa eso sería incómodo en el mejor de los
casos. Y está la cuestión de precipitarnos.
—Primero quieres cenar. —Su sonrisa se ensanchó cuando vio que él
no había pillado la broma—. Me parece bien. Por mi parte pienso que es
más simple dejar claro que, cuando no sea incómodo o precipitado, me
gustaría estar contigo. No es que me tome el sexo a la ligera, sino todo lo
contrario.
—Eres un rompecabezas, Iona. Me gustaría conocerte mejor.
—Eso es bonito. No creo haber sido nunca un rompecabezas para
nadie. Creo que me gusta. —Se puso de puntillas una vez más para rozarle
los labios con los suyos—. Te ayudaré a encajar algunas de esas piezas si
puedo.
—Yo me ocuparé de ello a mi ritmo. Entonces, te veo por la mañana.
—Vale. Buenas noches.
Iona cerró después de que él se fuera, viéndolo encaminarse hacia su
camión en medio de la lluvia. E hizo un breve bailecillo para sus adentros
mientras veía las luces de los faros girar para después alejarse en la
oscuridad.
Lo tenía intrigado, ¿acaso no era maravilloso? Iona «la transparente»
Sheehan, la chica que solía soltar sus pensamientos antes de que hubieran
tomado forma por completo, tenía intrigado a Boyle McGrath.
Eso sí era poder. Eso sí era un milagro.
El placer que eso le producía la llevó en volandas del taller a la
cocina, donde rodeó a Branna con los brazos para hacer que se volviera.
—Vaya, magrearte con Boyle te ha dado un buen chute de energía.
—Ha sido un sobeteo muy bueno. Me ha pedido una cita, a su modo.
«Saldremos a cenar alguna noche.»
—¡Madre del Amor Hermoso! —Llevándose la mano al corazón,
Branna la miró con los ojos desorbitados—. Es prácticamente una
proposición de matrimonio.
Iona se rió, demasiado feliz como para dejarse desanimar.
—Es un gran paso comparado con sus gruñidos. Me considera un
rompecabezas, ¿te lo puedes creer? Quiero decir que, vamos, ¿quién no me
cala enseguida? Soy muy simple.
—¿Tú crees?
—Desde luego soy solo lo que aparento. Voy a tomarme un té. ¿Te
apetece? Dios mío, estoy loca por él.
—Es muy pronto para eso, ¿no?
—No lo entiendo, nunca he entendido eso. —Iona puso la tetera al
fuego, contemplando el surtido de té casero de Branna—. ¿Tú no sabes las
cosas cuando las sabes? Cinco minutos, cinco años... ¿en qué cambia eso lo
que sabes? Quise saberlo con el hombre con el que estuve antes. Intenté
saberlo. Me gustaba y me sentía cómoda con él. Me decía a mí misma que
le diera algo más de tiempo..., pero el tiempo no cambió nada..., para
ninguno de los dos, en realidad.
Branna pensó en lo que Connor había dicho.
—Quieres dar amor y recibirlo.
—Es lo que siempre he deseado. Me decanto por tu mezcla de
lavanda, no solo porque huele de maravilla, sino porque es relajante. —
Volvió la vista hacia atrás—. Para disfrutar de una buena noche de
descanso. Estoy tan excitada que necesito bajar a la tierra para poder
descansar. ¿Es correcto?
—Es una buena elección, y sí, estás aprendiendo. Lo que me lleva a lo
siguiente. Es un poco tarde, pero me parece que podemos trabajar otra
hora. Haremos un hechizo. Algo muy, muy, simple —dijo cuando la cara
de Iona estalló de alegría—. Un primer pasito.
—Yo soy más de lanzarme de cabeza, pero me quedo con el primer
pasito. Gracias, Branna.
—Dámelas dentro de una hora, y solo si has logrado dominar el
hechizo. Toma.
—Una escoba. ¿Es que voy a volar con ella?
—De eso nada. Vas a aprender un hechizo protector, y con esto
aprenderás a barrer las energías negativas, las capas y partículas de las
fuerzas oscuras, y a acumular lo fuerte y lo positivo. Hemos de proteger
siempre nuestra casa. Esto es lo primero que has de aprender, y debería
habértelo enseñado antes.
Iona cogió la escoba.
—Enséñamelo ahora.
Durmió de manera plácida y profunda, y se enfrentó al día —lluvioso,
aunque menos— con entusiasmo. Dado que bajó a la cocina antes que sus
dos primos, puso en marcha la cafetera y contempló la idea de probar a
hacer el desayuno para los tres. Tal vez sus talentos fueran limitados, pero
supuso que sería capaz de preparar unos huevos revueltos. Y si les añadía
jamón y queso, serían una especie de tortilla hecha por una mujer un tanto
descuidada.
Organización, se dijo. Primero reúne todos los ingredientes y
utensilios. Bajó una sartén, un cuenco para mezclar y unas varillas, un
rallador para el queso, un cuchillo y una tabla para el jamón.
Por el momento, todo perfecto.
Huevos, jamón, queso de la nevera..., oh, y mantequilla para la sartén.
Casca los huevos en el cuenco, se ordenó, luego abre el armario de
debajo del fregadero para tirar las cáscaras al cubo que Branna utiliza para
elaborar abono con los desperdicios. Entonces se dio cuenta de que la
noche anterior, con el caos que se formó mientras recogían, se habían
olvidado de sacar la basura.
Decidida a ser organizada, tiró de la bolsa llena, la ató y cargó con
ella hasta la puerta para llevarla al cubo de la basura de fuera.
A unos centímetros de la pequeña escalera de entrada había un
montón de ratas muertas. Negras como la noche, cubiertas de sangre y
vísceras, yacían en un círculo de tierra calcinada.
La bolsa se le escurrió de la mano, golpeando los escalones con un
fuerte estrépito. El asco la impelía a volver dentro, a cerrar la puerta y
echar el cerrojo. Le temblaba la mano cuando buscó a tientas el pomo para
salir corriendo.
No puedes huir, se dijo. No puedes esconderte. Tenía que haber una
pala en la caseta del jardín, pensó. Solo tenía que ir a por ella, cavar un
agujero y enterrar aquel horror. Y esparcir sal sobre la tierra.
—¿Qué, entras o sales? —preguntó Connor.
Iona se sobresaltó al escuchar su voz soñolienta detrás de ella,
consiguiendo a duras penas sofocar un grito.
—No pretendía asustarte. ¿Eso era el desayuno? Dame, yo sacaré eso
cuando nos vayamos a trabajar, luego... —Se acercó para coger la bolsa,
pero se detuvo al ver las ratas—. Así que nos envía un regalo. —El
adormilado ánimo en su voz se tornó en pedernal—. Vamos, tranquila. —Y
asió a Iona del brazo con serenidad para hacerla entrar, abrazándola para
infundirle calor y consuelo—. Yo me ocuparé.
—Iba a hacerlo yo. Pensaba coger una pala de la caseta.
—Para eso están los primos grandes y fuertes. —Le dio un beso en la
frente.
—¿Y para qué están si no para despertarla a una cantando en la ducha
como si estuviera en el puñetero Factor X? —La irritación de Branna se
esfumó cuando vio la cara de Iona y después la de su hermano—. ¿Qué
sucede?
—Míralo tú misma. —Volvió a la puerta y la abrió.
—Se ha arriesgado mucho —repuso con frialdad mientras echaba un
vistazo fuera— dejándonos algo semejante en la puerta.
—No realicé bien el hechizo. Anoche, el hechizo de protección. Yo...
—¿Acaso esa asquerosidad está dentro de la casa? —exigió Branna—.
¿Viven y corretean por aquí?
—No.
—Entonces lo hiciste perfectamente. ¿Crees que él las quería muertas
y fuera si hubiera podido meterlas dentro y hacer que se nos subieran
encima?
La imagen hizo que Iona se estremeciera.
—No. Bien pensando. —Exhaló una profunda bocanada mientras el
remordimiento se disolvía—. Iba a enterrarlas.
—No, no vamos a enterrarlas, no de momento. Vamos a quemarlas. —
Branna se volvió hacia Iona—. Lo haremos todos, aunque el primer fuego
es tuyo. Fuerte, blanco y ardiente.
Cogió a Iona de la mano y salieron fuera, seguidas por Connor.
—Repite las palabras que yo diga, luego lanza el fuego. Blancura a la
oscuridad, invoco el poder. Sobre el hedor del mal mi fuego ha de caer.
Destruye esta amenaza para los míos y para mí. Hágase mi voluntad.
»Repítelo —exigió Branna—. Siéntelo. Hazlo.
Iona repitió las palabras. Su voz era cada vez más fuerte; su ira, más
intensa; y su poder al final era pleno y blanco.
Las llamas brotaron de repente, salieron disparadas al centro del
círculo y se extendieron.
—Otra vez —le dijo Branna mientras Connor y ella se unían a Iona
recitando las palabras.
El fuego, blanco como el rayo, ardió. Cuando se apagó, solo quedaban
negras cenizas.
—¿Enterramos las cenizas?
El cuerpo de Iona vibraba, como si hubiera recibido una descarga
eléctrica. Incluso su sangre parecía bullir.
—Eso haremos.
—Y esparciremos sal sobre la tierra.
—Tengo algo mejor, pero esto también servirá. Ve a por el recogedor
y la escoba —le pidió a Iona—, y Connor, tú trae la pala. Tengo el sitio
perfecto.
Esperó un momento mientras iban a hacer lo que les había pedido.
—Oh, sí, tengo el sitio justo.
Les hizo rodear la casa hasta la esquina delantera más alejada del
taller.
—¿Aquí? —Iona la miró fijamente—. Tan cerca de la casa, de donde
trabajas. No...
—Tiene un plan; no está cometiendo ningún error. —Y confiando en
dicho plan, Connor hundió la pala en la tierra ablandada por la lluvia—. Es
justo lo que quería hacer esta mañana. Cavar un agujero bajo la puñetera
lluvia para enterrar cenizas de ratas.
—Puedo ayudar con eso. —Recurriendo a la lección aprendida el día
anterior, Iona apartó la lluvia hacia atrás para que los tres estuvieran
calientes y secos.
—Muy bien hecho. —Branna sacudió la cabeza para retirarse el pelo
mojado y puso los brazos en jarras mientras Connor cavaba—. Así está
bien. Arrójalas dentro, Iona. Los tres hemos tomado parte en esto y el
trabajo es más fuerte debido a ello.
—Entonces tú puedes echar la tierra encima otra vez —sugirió
Connor cuando Iona arrojó las negras cenizas al agujero.
—Estás haciendo un trabajo muy bueno. Tengo mi parte cuando tú
acabes.
—Él está observando —repuso Connor en voz baja mientras cubría el
agujero con la tierra—. Puedo sentirlo.
—Imaginaba que podía estar haciéndolo. Pues mucho mejor. Esta es
la mía.
Ataviada con sus pantalones de franela, los pies descalzos y el cabello
mojado por la lluvia, Branna levantó las manos con las palmas hacia
arriba.
—Fuego blanco para purificar, poder de la luz para embellecer. Del
oscuro dominio de Cabhan yo te libero. Hágase mi voluntad.
De la recién removida tierra brotaron flores, que se abrieron y
extendieron. Un intenso arcoíris de colores brilló en la plomiza mañana,
preciosas siluetas danzando al suave viento.
—Es precioso. Es brillante. —Iona se agarró las manos mientras la
desafiante paleta de colores resplandecía—. Eres brillante.
Branna se sujetó el cabello detrás de las orejas, asintiendo con
satisfacción.
—No puedo decir que no esté de acuerdo.
—Y le has metido un palo por el culo. —Connor se cargó la pala al
hombro—. Tengo hambre.
Con una radiante expresión de júbilo, Iona se cogió del brazo de sus
primos.
—Estoy preparando el desayuno.
—Qué Dios nos asista, pero tengo tanta hambre que correré el riesgo
—dijo Connor.
Branna regresó con ellos después de echar un último vistazo por
encima del hombro. Por el mismísimo culo, pensó.
Capítulo 12
Disfrutaba de la nueva rutina: pasear con Connor por las mañanas,
montar a Alastar durante las excursiones guiadas, compaginar a unos pocos
alumnos, y que después Boyle la acompañara a pie o la llevara en el
camión de nuevo a su casa.
A última hora de la tarde trabajaba y practicaba, y otra hora más por
la noche para depurar sus habilidades.
El sol brilló de nuevo, de modo que el río resplandecía. Los lagos se
convirtieron en relucientes espejos, y el verde de los campos y las colinas
se hizo más intenso bajo su fulgor entre las esponjosas nubes que surcaban
el cielo.
Iona podía olvidar —casi— todo cuanto estaba en juego, todo a lo que
aún tenían que enfrentarse. A fin de cuentas estaba viviendo un romance.
No uno que incluía poesías ni flores, si bien su lado romántico habría
disfrutado de ambas cosas. Pero cuando el corazón se fijaba en un hombre
como Boyle, había que aprender a encontrar la poesía en muy pocas
palabras y largos silencios, y las flores en una inesperada taza de té que te
ponen en las manos o en un fugaz gesto de aprobación.
¿Y quién necesitaba flores cuando aquel hombre era capaz de dejarla
sin aliento con un beso? Cosa que hacía bajo la verde sombra del bosque o
en la desordenada cabina de su camión.
Un romance, un hogar, un sueldo fijo, un caballo magnífico, al que
podía llamar suyo, y el nuevo y deslumbrante conocimiento de su don. Si
consiguiera eliminar la amenaza del antiguo mal, su vida sería
inmejorable.
Terminó la clase con Sarah, satisfechas ambas con los progresos.
—Tu técnica está mejorando mucho. Vamos a trabajar más en el
cambio de pie, en que sea más fluido.
—Pero ¿cuándo podemos añadir otra barra? Estoy lista, Iona, lo sé.
—Veremos cómo va la siguiente clase. —Alzando la vista a los ojos
suplicantes de Sarah, le dio una palmadita en el cuello a su montura. Y se
acordó de ella a esa misma edad—. ¿Sabes qué? Una barra más y un salto
antes de que lleves a Winnie dentro para atenderla.
—¡Lo dices en serio! ¡Oh, gracias! ¡Gracias! Es genial.
—Una barra, un salto —repitió Iona, y le lanzó una mirada a la madre
de Sarah cuando se encaminó hacia las barras. Cogió una y la colocó en su
sitio.
Solo un metro, pensó, y creía que su alumna podía saltarlo. Si no, el
animal lo sabría.
Volvió la vista hacia la yegua.
«Quiere volar, quiere sentir que tú vuelas con ella. Mantén la calma.»
Iona retrocedió, reparando en que la madre de Sarah se retorcía los
extremos del pañuelo que llevaba alrededor del cuello con las manos.
—De acuerdo, Sarah. Solo es una barra, pero tienes que hacerle saber
a Winnie que estáis juntas en esto. Confía en ella y hazle saber que puede
confiar en ti. Ojos abiertos, impón un paso constante y recuerda tu técnica.
Iona sabía que el corazón le latía con fuerza. Con gran excitación y
algunos nervios. Pese a todo se trataba de un recorrido para principiantes,
aun con el añadido de una barra más, si bien entrañaba un nuevo reto, una
nueva esperanza.
—¡Bien, eso está bien! —gritó, dando la vuelta mientras Sarah
realizaba el circuito con Winnie—. Postura, Sarah, manos suaves. Las dos
sabéis qué hacer.
Colócate, pensó, firme y suave. Agrúpate... y adelante.
Ella misma se sintió volar en parte mientras veía a su alumna superar
la barra, recibir bien y ajustar la posición. Luego agitó una mano por
encima de su cabeza con gesto triunfal.
—¡Oh, es magia! ¿No puedo hacerlo de nuevo, Iona? ¿Solo otra vez?
—Una vez más y luego hay que cepillar a Winnie.
Observó con ojo crítico, reparando en pequeñas cosas en las que
tendrían que seguir trabajando.
—Creo que podría hacerlo toda la vida y saltar el doble de altura.
—Barra a barra —le dijo Iona.
—¡Has visto, mamá! ¿Me has visto?
—Te he visto. Has estado maravillosa. Ahora ve a atender a tu caballo
y luego iremos a casa a contárselo a papá. ¿Puedo hablar contigo? —le
preguntó a Iona.
—Claro. Enseguida voy, Sarah. Y dile a Mooney que Winnie se ha
ganado una manzana.
—He estado a punto de obligarte a parar —le dijo la señora Hannigan
—. He estado a punto de gritarte «no, aún no». Y lo único que podía ver en
mi cabeza era a Sarah salir volando y quedar tendida en el suelo con algo
roto.
—Es duro dejar que superen nuevos límites.
—Ah, sí que lo es, y tú misma lo sabrás algún día, cuando tengas
hijos. Pero en el fondo sabía que no la dejarías hacer algo para lo que no
estuviera preparada. Le va muy bien contigo, está muy contenta. Quería
que lo supieras.
—Enseñarle es un verdadero gusto.
—Creo que se os nota a las dos. He hecho una foto con mi teléfono
móvil cuando ha realizado el salto. —Sacó el móvil y giró la pantalla hacia
Iona—. Me temo que me temblaba la mano, así que está un poco movida,
pero sabía que querría tener ese momento.
Iona estudió la pantalla, el salto; la joven a lomos de la robusta yegua,
suspendidas en el aire por encima de la barra. Se acercó ligeramente el
aparato para luego volver de nuevo la pantalla.
—Es una foto estupenda, y es nítida. Se pueden ver la felicidad y la
concentración reflejadas en su cara.
La señora Hannigan estudió la foto otra vez con los labios fruncidos,
que enseguida se curvaron en una sonrisa.
—Oh, es buena. Entonces habrán sido mis ojos, que se me han
empañado cuando la he mirado la primera vez.
—Te quedas a todas las clases. —Su madre no había hecho tal cosa,
recordó Iona—. Creo que saber que estás aquí por ella, que la apoyas, hace
que se esfuerce por hacerlo mejor.
—Pues claro que me quedo. Soy su madre. Voy a llamar a su padre
ahora mismo y a decirle que compre helado de fresa. Es su preferido.
Tendremos una pequeña fiesta para celebrarlo después de cenar. No te
entretengo más, pero quería darte las gracias por fomentar su confianza y
la mía. Son afortunados de tenerte aquí.
Iona no estaba segura de que sus pies tocaran el suelo de camino al
establo. Se detuvo cuando sus ojos se adaptaron al cambio de luz y vio a
Boyle.
—No sabía que estabas aquí.
—Acabo de llegar, y Sarah ya me lo ha contado todo. Está flotando en
una nube.
—Las dos lo estamos. Ojalá hubieras podido verla. Debería
asegurarme de que está atendiendo a Winnie.
—Lo está haciendo, y muy bien, ya que ahora está enamoradísima. Y
Mooney está pendiente. Había pensado que a lo mejor querías salir con
Alastar. Voy a darle una oportunidad a Monada, solo para ver qué tal.
Alastar sería una buena compañía para ella. Y tú para mí —añadió al cabo
de un instante.
—Me encantaría, pero aún me queda una media hora.
—Estarás ayudando a ejercitar a los caballos, así que puedes
considerarlo trabajo si así apaciguas tu conciencia.
—Me parece bien.
De hecho, no se le ocurría mejor forma de acabar su jornada laboral
que dar un paseo con el hombre que hacía palpitar su corazón.
Observó a Monada cuando Boyle se montó, captando el temblor en su
flanco, la expresión de sus ojos.
—Está nerviosa.
—Eso puedo sentirlo.
Con el fin de tranquilizarla, se inclinó para murmurarle algo y
acariciarla.
—¿Sabes por qué? —le preguntó Iona.
—Pesa más de lo que solía, y no ha tenido a un jinete a su espalda en
semanas.
—No es por eso. —Iona hizo girar a Alastar de manera que Boyle y
Monada caminaran a su lado—. Confía en ti y te quiere. Le preocupa no
hacerlo bien y que no quieras volver a montarla de nuevo.
—Entonces es tonta. Hace un día estupendo para cabalgar. Nos
dirigiremos al lago y lo rodearemos un poco si se parece bien.
—Más que bien.
—Avísame si se resiente y yo no me doy cuenta.
—Lo haré, pero se siente muy bien. Le gusta Alastar. —Y agregó, en
voz queda—: Le parece muy guapo.
—Sí que lo es.
—Él finge no fijarse en ella, pero se está pavoneando un poco.
—¿Ahora buscas un romance para los caballos?
—Sé que Alastar es para Aine, pero un semental como él está hecho
para engendrar potros, y ella está hecha para procrear. Además, no tengo
que buscar nada. Solo hay que prestar atención para saber que se gustan.
—No había pensando en aparearla a ella.
—Aine tendrá retoños regios y magníficos —adujo Iona—. Los de
Monada serán dulces y leales. En mi opinión —agregó.
—Bueno, Alastar es tuyo, así que tendrás mucho que decir al respecto.
—Me parece que el que más tiene que decir es él, así como las chicas.
Casi es primavera. —Alzó el rostro, mirando al cielo a través de las ramas
—. Puedes sentirla acercarse.
—Todavía hace tanto frío como en febrero.
—Puede ser, pero se acerca. El aire es más suave.
—Eso debe de ser la lluvia que va a caer esta noche.
Ella se limitó a reír.
—Y esta mañana he visto a un par de urracas flirteando junto al
comedero de Branna.
—¿Cómo narices flirtea una urraca?
—Vienen y van, vienen y van, luego parlotean entre sí y vuelta a
empezar. Le pregunté a Connor por qué los halcones no van a por ellas y
me dijo que tienen un acuerdo. Eso me gusta.
Se colocaron en fila india al estrecharse el camino, que corría junto al
serpenteante río, cuyas aguas discurrían revueltas bajo un puente de cuerda
roto.
—¿Lo arreglarán alguna vez? —preguntó Iona.
—Lo dudo, ya que la gente sería lo bastante tonta como para cruzarlo
y acabaría cayéndose al agua. Tú serías una de esas personas.
—¿Quién dice que me caería? Y si lo hiciera, soy buena nadadora. —
Dado que disfrutaba coqueteando, le lanzó una prolongada mirada con los
ojos entornados—. ¿Y tú?
—Vivo en un istmo en una isla. Sería un imbécil redomado si no
supiera nadar bien.
—Tenemos que ir a bañarnos un día de estos.
Volvió la vista hacia atrás de nuevo y recordó la primera vez que lo
vio y lo impresionante e irresistible que parecía; un hombre grande y fuerte
sobre un caballo grande y fuerte. Pero se dio cuenta de que le parecía más
impresionante en ese momento, sentado sobre la yegua a la que había
devuelto la salud, sujetando las riendas con suavidad y con los ojos
rebosantes de orgullo.
—Ya no está nerviosa.
—Lo sé. Lo está haciendo muy bien.
Se puso a la par con Iona cuando el camino se lo permitió.
—Anoche hablé con mi abuela —comenzó Iona—. Ya no podía
conformarme con escribirle un e-mail, solo quería escuchar su voz. Te
manda recuerdos.
—Lo mismo digo.
—Tiene pensando venir a pasar unas semanas este verano o el otoño
que viene. Quiero que lo haga, pero al mismo tiempo...
—Te preocupa que aún tengamos batallas por librar. Quieres que esté
a salvo.
—Lo es todo para mí. Pensaba que... Hablo demasiado.
—No cabe duda, pero bien puedes decir lo que piensas.
—Iba a decir que la madre de Sarah siempre está a su lado en las
clases y su padre ha venido dos veces a verla. Mi madre se limitaba a
llevarme, aunque lo más frecuente era que fuera con uno de los otros
alumnos. Mi padre nunca vino a verme. Ni una sola vez. Y raras veces iba
a alguna competición. Pero Nana sí, siempre que podía. Se desplazaba en
coche adondequiera que se celebraran cuando le era posible. A veces estaba
ahí, y yo ni siquiera sabía que había pensando ir. Me pagaba las clases y las
cuotas de inscripción. No supe nada hasta que una vez, mientras estaba con
ella, escuché un mensaje en su contestador sobre la renovación del contrato
con el picadero.
—Te dio aquello que amabas.
—Quiero que esté orgullosa de mí. Supongo que es muy parecido a lo
que le sucede a Monada. Quiero hacerlo bien para que pueda ver que no
desperdició ni el tiempo ni el esfuerzo que invirtió en mí.
—Entonces tú también eres tonta.
—Lo sé. Parece que no puedo evitarlo.
Miró hacia el lago, hacia el castillo que se alzaba imponente en la
lejanía, en cuyos jardines aún se apreciaban los últimos coletazos del crudo
invierno. La gente, que había viajado hasta allí desde diversos lugares para
conocer la zona, paseaba por los alrededores.
Comprendió que aquello era como la fotografía de Sarah, un momento
que deseaba conservar. De modo que mientras paseaban con los caballos a
la orilla del agua, se olvidó de todo y siguió el ejemplo de Boyle.
Abrazó el silencio.
—Deberíamos regresar ya —dijo él al final—. No quiero agotarla.
—Claro, y Branna me estará esperando para mi clase.
—Entonces ¿va bien?
—Sí. Puede que Branna discuta por pequeñeces, pero creo que va...
genial.
Lo miró con una amplia sonrisa. En ese momento vio que él desviaba
la vista más allá de ella con el ceño fruncido.
—¿Qué ocurre?
—No ocurre nada. Yo... me estaba fijando en la casa rural de ahí.
Tienen un menú estupendo. A lo mejor te apetece cenar allí después de tu
clase.
Iona enarcó ambas cejas.
—¿Contigo?
El ceño de Boyle se hizo aún más marcado.
—Bueno, pues claro que conmigo. ¿Con quién si no?
—Con nadie más —dijo—. Me encantaría. Podría estar lista a las
siete o siete y media.
—A las siete y media está bien. Haré la reserva y me pasaré a
recogerte.
—Me parece genial.
A medida que se internaban en el bosque, en su luz más mortecina,
Iona comenzó a realizar un inventario mental de su guardarropa. ¿Qué
debería ponerse? Nada demasiado elegante, pero no vaqueros ni
pantalones. Quizá Branna pudiera ayudarla en ese aspecto, ya que sus
opciones eran limitadas.
Algo sencillo, pero bonito. Tacones, no botas. Tenía unas piernas
estupendas, modestia aparte. Le gustaría deslumbrarlo, al menos un poco,
así que...
Alastar dio un respingo; Monada se encabritó.
Y el lobo se plantó en medio del sendero.
Con la seguridad de los caballos en mente, Iona no pensó, tan solo
actuó. Creó un reguero de fuego que atravesaba el sendero, interponiéndose
entre ellos y el lobo.
—No os hará daño. No dejaré que os lo haga.
Boyle sacó un cuchillo de la funda que llevaba en el cinturón y en la
que ella no había reparado.
—Desde luego que no.
—¡No desmontes! —gritó Iona, anticipándose—. Monada está
aterrorizada. Huirá despavorida, y el lobo podría llegar hasta ella. Tienes
que retenerla, Boyle.
—Coge sus riendas, háblale para que se tranquilice y ponlos a los dos
a salvo. Yo lo entretendré.
—Separarnos hará que seamos presas más fáciles. —Era lo que él
quería, lo que esperaba; Iona podía sentirlo—. Confía en mí, por favor. Por
favor.
Y esforzándose por concentrarse, murmuró con voz serena y firme un
hechizo que había aprendido en los libros y que aún no había probado.
El lobo se abalanzó contra el reguero de fuego, buscando un hueco.
Con su feroz carga, las llamas se debilitaron, menguaron.
Iona levantó una mano, agarrando las riendas con la otra.
—Del norte y del sur, del este y del oeste, trae el viento a esta batalla.
Despierta el poder, libera el fuego hasta que el torbellino se haga cada vez
más alto. Sopla fuerte, sopla con fiereza, sopla salvaje y libre. Hágase mi
voluntad.
»Crees que no lo domino —dijo entre dientes—. Te equivocas.
Mientras el cielo se arremolinaba sobre sus cabezas, Iona cerró en un
puño la mano levantada, como si tirara del torbellino llameante que se
formó en sus dedos.
Acto seguido extendió el brazo con fuerza, lanzando un virulento
embudo de viento a través del fuego.
Levantó al lobo del suelo, arrojándolo hacia arriba mientras este
gritaba airado. Iona esperó presa del temor. El negro animal giró, rasgando
con sus zarpas el aire que lo sostenía y alejaba.
Iona luchó por controlar lo que había conjurado, sintiendo que crecía
hasta escaparse a su control. Un árbol se partió, quedando reducido a
astillas.
—Deshazlo. —La voz de Boyle sonó firme en su oído—. Es más de lo
que necesitas, es demasiado. Deshazlo otra vez, Iona, como solo tú puedes
hacer. Deja que amaine. Déjalo ir.
Un reguero de sudor resbalaba por su espalda mientras luchaba por
hacer justo eso. El rugido del viento comenzó a apagarse y el violento
torbellino a girar más despacio.
—Por completo, Iona.
—Lo intento. Es demasiado fuerte.
—Eres tú quien lo ha creado. Tú eres la fuerte.
Ella lo había creado, pensó. Lo había controlado. Le pondría fin.
—Aplácate ahora —dijo—. Y sosiégate. Calmo y dulce. Dispérsate.
El lobo cayó a plomo en la ligera brisa. A continuación se levantó de
golpe, con los colmillos chorreantes. ¿La roja piedra brillaba menos?, se
preguntó Iona.
Entonces se precipitó hacia el bosque, dejando tras de sí una cortina
de niebla grisácea. Después de escucharse un lejano aullido, se hizo de
nuevo el silencio.
—Podría volver. —Toda la calma la abandonó mientras le temblaban
las manos y la voz se le quebraba—. Podría volver. Tenemos que llevar los
caballos al establo. Tengo que asegurarme de que los establos sean
seguros. Podría...
—Es lo que vamos a hacer. Respira un minuto. Estás blanca como la
cal.
—Estoy bien. —Alastar pateó el suelo con sus cascos. Quería ir tras el
lobo, comprendió Iona; lo ansiaba. Para sosegarlo, tenía que tranquilizarse
ella primero—. Hemos hecho suficiente —repuso en voz queda—. Es
suficiente por ahora. Tengo que contárselo a Branna y a Connor. Pero los
caballos...
—Ya nos vamos, calma.
—Calma. —Tomó aire varias veces, posando a continuación la mano
en el cuello de Alastar y después en el de Monada—. Calma —repitió—.
No os hará daño. Yo... no sabía que tuvieras un cuchillo. Un cuchillo
realmente grande.
—Es una lástima que no haya tenido ocasión de usarlo. —Enfundó de
nuevo el arma, con una expresión severa en sus ojos dorados—. Pero
supongo que sirve para alardear. Y tú necesitas más clases.
—Sin la menor duda. Eso ni siquiera estaba en el programa de
estudios.
—¿Qué quieres decir?
—Lo leí en un libro. Imagino que podría decirse que he añadido una
barra al obstáculo. Parecía el momento adecuado.
—En un libro. Lo has leído en un libro. ¡Joder!
—No me vendría nada mal una copa.
—Ya somos dos.
Iona no dijo nada más, pues necesitaba tranquilizarse. Tenía que
contárselo a sus primos, pensó de nuevo. Necesitaba de verdad sentarse
sobre algo que no se moviera.
No fue capaz de pensar con claridad, o casi con claridad, hasta que
estaban a punto de llegar al picadero.
—Monada estaba muy asustada. Por ella misma, pero también por ti.
Mi fuego también la asustó. Ojalá se me hubiera ocurrido otra cosa.
—Lo ha hecho muy bien. Quería huir despavorida, pero no lo ha
hecho. Puede que no lo sepas, pero ¿ese de ahí? Era una roca debajo de ti.
No ha movido un solo músculo en ningún momento. Creo que habría hecho
lo que le hubieras pedido, incluso atravesar el fuego y enganchar a la bestia
del cogote.
—No tuve que pensar. No tuve que decírselo. Él lo sabía. Tengo que
llamar a Branna.
—Yo me ocuparé de eso.
Boyle desmontó cuando llegaron al picadero, acercándose a ella.
—Baja.
—No estoy segura de poder.
—Para eso están estas. —Levantó las manos, la agarró y la ayudó a
desmontar—. Ve a sentarte en el banco de ahí uno o dos minutos.
—Los caballos.
—Se encargarán de ellos..., y bueno, ¿a qué esperas?
La chispa de impaciencia hizo que Iona obedeciera. Sus temblorosas
piernas la llevaron hasta el banco, y casi lloró de gratitud cuando se sentó.
Cuando Boyle salió, logró ponerse de pie.
—Tengo que hacer un hechizo de protección para el picadero.
—¿Crees que Fin no se ha ocupado ya de eso? —Boyle la cogió del
brazo y tiró de ella—. No llegará a casa hasta dentro de unas horas, pero
me parece que sabe lo que se hace. Branna sabe dónde estás. Ella se lo
contará a Connor.
—¿Adónde me llevas?
—A mi casa, donde te tomarás esa copa y te sentarás un rato más.
—No me vendrá mal ninguna de las dos cosas.
Subió las escaleras con él. No eran precisamente las circunstancias
que había imaginado para su primera invitación a casa de Boyle, pero lo
aceptaba.
Boyle abrió la puerta que daba a un estrecho porche.
—No esperaba visita.
Iona echó un vistazo dentro primero y luego sonrió.
—Gracias a Dios que no todo está ordenadísimo e impoluto, me
habría sentido intimidada. Pero es bonito.
Entró, mirando a su alrededor.
Olía a él: a caballo, a cuero, a hombre. La habitación, una especie de
combinación de salón, sala de estar y cocina, dejaba entrar la luz de última
hora de la tarde. Había una jarra junto al fregadero y un periódico abierto
sobre la corta encimera que separaba la cocina del resto.
Una par de libros y algunas revistas esparcidas por ahí, novelas de
misterio y revistas equinas. Una montaña de botas en un cajón de madera,
unas cuantas chaquetas en percheros. Un sofá un poco hundido en el centro,
dos butacas grandes y, para su sorpresa, una gran televisión plana en la
pared.
Boyle reparó en su mirada especulativa.
—Me gusta ver partidos y esas cosas. Te tomarás un whisky.
—Ya te digo, y quiero una butaca. Me quedo hecha un flan una vez
pasa todo.
—Te has mantenido firme cuando era necesario.
—Casi pierdo la concentración —confesó mientras él iba a la cocina y
abría los armarios—. Tú me has ayudado a mantenerla.
Dado que ella estaba allí y a salvo, y que había terminado todo, podía
hablar de ello... o intentarlo.
—Brillabas como una llama. Tus ojos eran tan profundos que parecía
que pudieran tragarse mundos enteros. Alzaste un brazo y arrancaste una
tormenta del cielo con la mano. He visto muchas cosas. —Sirvió whisky
para los dos y llevó los vasos a donde ella se había sentado, en una de las
enormes butacas, que la hacía parecer pequeña—. Prácticamente he
formado parte de la familia de Fin casi toda mi vida, y de la de Connor y
Branna. He visto cosas, pero nunca nada como eso.
—Yo nunca he sentido nada igual. Una tormenta en mi mano. —Bajó
la mirada, volvió la palma hacia arriba, sorprendida al reconocerla, al
encontrarla tan corriente—. Y una tormenta dentro de mí. No sé cómo
explicarlo, pero estaba dentro de mí, tan enorme y plena. Y tan
absolutamente correcta.
»Partí un árbol, ¿verdad?
Boyle lo había visto hacerse pedazos como si fuera quebradizo vidrio,
en pedazos y astillas.
—Podría haber sido peor.
—Sí, podría. Pero necesito más clases, tengo que practicar más. —
Más control, pensó, y más de la famosa concentración que Branna no
cesaba de repetirle. Entonces miró a Boyle. Su duro y hermoso rostro, la
ceja partida, los ojos dorados aún teñidos de furia—. Ibas a luchar con él
con un cuchillo, con las manos.
—Sangra, ¿no?
—Eso creo. Sí. —Dejó escapar una bocanada purificadora—. Sangra.
No se esperaba lo que he hecho ni lo que puedo hacer. Tampoco yo.
—Creo que ninguno de los dos volverá a subestimar al otro. Bébete el
whisky. Todavía estás pálida.
—Cierto. —Tomó un sorbo de whisky.
—Creo que no es noche para salir a cenar con gente.
—Puede que no. Pero me muero de hambre. Creo que tiene algo que
ver con el gasto de energía.
—Te prepararé algo. Me parece que tengo un par de chuletas, y freiré
unas patatas.
—¿Estás cuidando de mí?
—No te viene mal en estos momentos. Bébete el whisky —repitió, y
luego volvió a la cocina.
Ruido de cacerolas, el golpeteo de un cuchillo sobre la madera, el
chisporroteo del aceite. Aquellos sonidos tenían algo que apaciguó sus
crispados nervios. Tomó otro trago de whisky, se levantó y fue hacia él,
que estaba de pie en los fogones, friendo chuletas de cerdo en una sartén y
patatas alargadas en otra.
No recordaba haber probado una chuleta de cerdo frita, pero no iba a
quejarse.
—Puedo ayudar. Para mantener las manos y la cabeza ocupadas.
—Ahí hay un par de tomates que la mujer de Mick me dio de su
invernadero. Podrías picarlos.
Así pues, trabajó a su lado, y eso también hizo que se sintiera mejor.
Boyle preparó una especie de salsa espesa con el aceite sobrante,
añadió unas especias y luego la vertió sobre las chuletas.
Sentada en la encimera, Iona probó un poco.
—Está bueno.
—¿Qué esperabas?
—No tenía ni idea, pero está rico. Y qué hambre tengo, Dios mío.
Boyle se dio cuenta de que ella había recuperado el color mientas
comía y que aquella expresión un tanto aturdida se había esfumado de sus
ojos.
En cuestión de un instante había pasado de brillar y tener un aire feroz
a quedarse pálida y temblorosa. Y se sintió aliviado al ver que volvía poco
a poco a la normalidad, a ser simplemente Iona.
—No ha utilizado la niebla —dijo de repente—. Acabo de darme
cuenta de que se ha limitado... se ha limitado a salir de los árboles. No sé
qué significa eso, pero tengo que acordarme de contárselo a Branna y a
Connor... y a Fin. Y la joya, la joya roja que lleva al cuello. Al final no
brillaba tanto. Eso me ha parecido. ¿O no?
—No sabría decirlo. Estaba más pendiente de sus dientes y de lo
blanca que te habías puesto. Me preocupaba que te cayeras del caballo.
—Eso no sucederá jamás.
Rió un poco, asiéndole la mano. Y guardó silencio cuando él volvió la
suya para agarrarla con fuerza.
—Me has dado un susto de muerte. De muerte.
.—Lo siento.
—¿Por qué coño te disculpas? Es una costumbre muy irritante.
—Yo... estoy trabajando en ello.
—Estábamos dando un paseo muy tranquilo, e iba pensando, bueno,
iremos a cenar y ya veremos qué tal va la cosa. Y de repente estás creando
un maldito torbellino.
Se levantó de golpe, cogiendo su plato y el de ella. Lo cual era una
lástima, pensó Iona, ya que aún le quedaban un par de patatas fritas y
habría querido comérselas.
—Si no quieres que me disculpe, no me grites.
—No te estoy gritando.
—¿A quién entonces?
—A nadie. Simplemente grito. Un hombre puede expresarse como le
viene en gana en su propia casa.
—En la mía nadie gritaba nunca.
—¿Qué? —La miró realmente alucinado—. ¿Te has criado en una
iglesia?
Iona rió de nuevo.
—Supongo que..., rigiéndome por tus parámetros..., puede que a nadie
le importara lo suficiente como para gritarme. ¿A ti te importo, Boyle?
—Me importa que no estés tendida en el suelo con la garganta
desgarrada. —Se maldijo al ver que el color la abandonaba—. Ahora soy
yo quien lo siente. De veras. Tengo la lengua muy larga cuando me cabreo.
Lo siento —repitió, y le enmarcó el rostro con las manos en un gesto de
ternura—. Has sido muy valiente. No sé qué me ha dejado más pasmado, si
el lobo o tú.
—Lo hemos superado. Eso significa mucho. —Posó las manos sobre
las de él—. Y me has preparado la cena y has dejado que me tranquilizara
antes de dar rienda suelta a tu cabreo. Eso también significa mucho.
—Entonces estamos bien, lo bastante bien por ahora. —Rozó los
labios de Iona con los suyos, con suavidad en esa ocasión, y ella deslizó las
manos hasta sus muñecas, aferrándose a él—. Ahora debería llevarte a
casa. —Se apartó, pero ella mantuvo las manos en sus muñecas.
—Tú no quieres llevarme a casa. Y yo quiero quedarme contigo.
—Todavía estás aturdida.
—¿Te parezco aturdida?
Boyle consiguió retroceder, alejarse treinta centímetros.
—Puede que sea yo el aturdido.
—Eso me da igual. —Se puso en pie—. Puede que hasta me guste.
Hemos ganado una batalla, Boyle, juntos. Quiero estar contigo, quiero
abrazarme a ti, acostarme contigo.
—Creo que... lo más sensato es que nos tomemos algo de tiempo, que
hablemos de eso antes de... de eso.
—Creía que era yo quien hablaba demasiado.
Dio un paso hacia él, luego otro.
—Y lo eres, joder, lo eres. Pero me parece que dadas las
circunstancias... hablaremos más tarde —le dijo, y la agarró.
—Perfecto —replicó Iona, y lo agarró a su vez.
Capítulo 13
Sus pies abandonaron el suelo otra vez, una sensación embriagadora,
con la boca pegada a la de Boyle. Él le agarraba el jersey con una mano,
como si fuera a arrancárselo en cualquier momento, lo cual le habría
parecido perfecto. Si hubiera podido, se habría quitado la prenda... y todo
lo demás.
—Tenemos que...
Lo que iba a decir, fuera lo que fuese, se perdió cuando la boca de
Iona reclamó de nuevo la suya con avidez.
—¿Dónde está el dormitorio?
Tenía que estar cerca, y si no, el hundido sillón le parecía más que
adecuado.
—Está...
Boyle trató de pensar aun con la ardiente neblina en su cerebro, luego
se limitó a agarrarla del culo y a auparla. Ella enganchó las piernas
alrededor de su cintura al tiempo que hacía lo mismo con los brazos en su
cuello.
Todo estaba inclinado y crepitaba. Iona tan solo reparó de manera
fugaz en una habitación en penumbra, un cierto desorden, parte del cual él
apartó de una patada mientras la llevaba a una cama con postes de oscura
madera y frías sábanas blancas.
Después de eso podría haber estado en cualquier parte; el bosque, el
océano, una acera en la ciudad, un prado. No había nada salvo él, su peso
apretándose contra ella, sus manos grandes recorriéndola, el apremio de su
boca buscándola, tomándola. Nada salvo aquellas frías sábanas blancas
calentándose más y más mientras él le quitaba el jersey por la cabeza y lo
arrojaba a un lado.
Todo en ella era pequeño y exquisito. Los pechos, que encajaban a la
perfección en sus palmas; las manos, que introdujo bajo su camisa para
deslizarías sobre su piel. No era un hombre torpe, pero temía serlo con ella,
y por eso trató de ir más despacio, de aflojar el ritmo.
Pero ella alzó las caderas, hundiéndole los dedos en los músculos
contraídos de su espalda, urgiéndole a continuar.
Quería tenerla desnuda, así de simple. Quería ese precioso cuerpecito
al descubierto para él, desnudo por la acción de sus manos, de su boca.
Bajó las manos y tiró de la hebilla de su cinturón. Ella dijo algo, que
quedó amortiguado contra sus labios.
—¿Qué? ¿Qué? —preguntó Boyle.
Si le había dicho que parara, lo mataría.
—Las botas. —Sus labios deambularon por su rostro, luego sus
dientes le mordisquearon la mandíbula—. Las botas primero.
—Las botas. Vale. Vale.
Sin aliento ya, y un tanto desconcertado por ello, se apartó para
arrodillarse a los pies de la cama y tiró de su bota derecha. La arrojó a un
lado, aterrizando con un ruido sordo. Cuando tiró de la izquierda, ella se
alzó, lo agarró del pelo y tiró de él para atraerlo contra sí.
—Pareces... Todo está a oscuras, y oigo la lluvia que empieza a caer y
mi corazón que late desaforado. —Iona recalcó las palabras con besos
salvajes.
Esa vez, cuando él arrojó la bota, algo se quebró e hizo pedazos.
—Las tuyas, deja que te las quite. —Se retorció de nuevo para intentar
asir su bota—. Tienen que esfumarse, tienen que desaparecer porque tengo
que tenerte desnudo o perderé la cabeza.
—Yo estaba pensando lo mismo de ti.
—Bien, muy bien. —La risa de Iona, temblorosa por los nervios y la
excitación, ascendió por su espalda—. Nos entendemos bien. —Tiró la
primera bota al suelo—. Pon tus manos sobre mí, ¿quieres? Donde desees,
en cualquier parte. Ya casi he terminado con esta.
No podía saberlo, pero había conseguido que su deseo se hiciera
realidad. Lo había deslumbrado.
—¿Con eso te cerraré la boca?
—A lo mejor. Es probable. ¡Ya está! —Le quitó la bota y la dejó caer.
Y se echó sobre él.
Casi logró que acabaran los dos en el suelo, pero Boyle se las arregló
para rodearla con los brazos y rodar con ella. Mientras él se sumergía en el
siguiente beso, las manos de Iona se afanaron con su camisa.
—Tienes unos hombros magníficos. Solo quiero...
Lo despojó de la prenda, le subió la camiseta térmica y se la quitó.
De sus labios escapó el sonido típico de una mujer cuando lame
chocolate fundido de una cuchara mientras sus manos le recorrían los
pectorales, ascendiendo hasta sus hombros, bajando para apretarle los
bíceps.
—Eres muy fuerte.
—No te haré daño.
Ella rió de nuevo, sin nerviosismo esa vez.
—Yo no te prometo lo mismo. —Ágil y veloz, se llevó las manos a la
espalda y se desabrochó el sujetador—. Te lo pondré fácil.
—Estoy dispuesto a trabajar duro. —Le quitó el sujetador—. Ahora
cállate para que pueda concentrarme.
Al cabo de un instante, ya no podía pensar, mucho menos hablar.
Sobre ella se precipitaron un sinfín de sensaciones, igual que sus manos,
que la tomaban, la excitaban, la torturaban. Aquellas ásperas manos de
trabajador, la incipiente barba de un día; estremecimiento tras
estremecimiento sobre su trémula piel.
Chicos, comprendió. Todo el que la había tocado hasta entonces había
sido un chiquillo comparado con él. Todo había sido demasiado suave,
demasiado dulce, demasiado ensayado. Ahora tenía a un hombre que la
deseaba.
Boyle no perdió el tiempo, sino que la despojó de los vaqueros,
explorando su cuerpo, deleitándose con él.
Ella había creado el torbellino en el bosque. Ahora él originaba uno en
su interior igual de descontrolado y salvaje.
Se entregó a él, sin rastro de timidez ni cohibición, un festín de
placeres y exigencias que la excitaron de manera irracional. Sus jadeos y
gemidos avivaron más necesidades, sus manos caprichosas despertaron
terminaciones nerviosas sobre y bajo la piel de él. Y su boca, implacable y
ávida, le hacía hervir su sangre como una droga.
Loco por ella, le agarró las manos y le levantó los brazos hasta que se
aferró a ambos postes.
Cuando se hundió en su interior, creyó por un momento que el mundo
explotaba. Su fuerza lo conmocionó, su fulgor lo cegó. Lo dejó, durante
aquel fugaz instante, completamente débil.
Luego ella se elevó hacia él, reduciendo todavía más la distancia entre
ellos mientras susurraba su nombre.
Y Boyle se sintió tan fuerte como un dios, tan poderoso como un
semental y perdió por completo la cabeza.
Embistió una y otra vez, una y otra vez, enloquecido por todo aquel
calor, por toda aquella suavidad. Ella adoptó su ritmo frenético,
entrelazando los dedos con los suyos, moviendo las caderas como si fueran
pistones, dando y tomando.
Entonces Boyle se sintió volar —como una flecha disparada de un
arco—, sintió su indefensión y su esplendor. Oyó de manera vaga que ella
dejaba escapar un sollozo al tiempo que alzaba el vuelo con él.
Después se derrumbó, ajeno a su peso, sobre ella. La cabeza aún le
daba vueltas, sus pulmones respiraban con dificultad y su acelerado
corazón palpitaba de forma dolorosa.
Iona se agitaba debajo de él, con las extremidades temblorosas y los
músculos vibrantes. Deseaba con toda su alma envolverlo con su cuerpo,
acariciarlo y mimarlo, pero no tenía fuerzas.
Acababa de dejarla vacía por completo.
Tan solo pudo quedarse ahí, tendida, envuelta en su calor, escuchando
la agitada respiración de Boyle y el pausado repicar de la lluvia.
—Te estoy asfixiando.
—Es posible.
Sus propios músculos temblaron cuando se bajó de encima de ella
para tumbarse boca arriba. Jamás se había implicado tanto, decidió.
¿Qué significaba eso?
Ella inspiró hondo un par de veces, luego se arrimó para apoyar la
cabeza sobre su pecho. No pudo resistirse a la simplicidad y dulzura de su
gesto, de modo que se sorprendió atrayéndola contra sí.
—¿Tienes frío?
—¿Estás de coña? Hemos generado calor suficiente como para
derretir el Ártico. Me siento increíblemente bien.
—Eres más fuerte de lo que aparentas.
Iona alzó la cabeza para brindarle una sonrisa.
—Soy pequeñita pero matona.
—No te lo voy a discutir.
Boyle se dio cuenta de que sería muy fácil quedarse así, dejarse llevar
por el sueño durante un rato. Luego volver a amarse. Y ¿qué significaba
que estuviera pensando en hacerlo otra vez cuando apenas acababa de
recobrar el aliento?
Quizá significara que ir despacio era un error.
—Debería llevarte a casa.
Ella no dijo nada durante un momento, pero la mano con que le
acariciaba el pecho de manera perezosa se detuvo.
—Me parece que Branna te estará esperando —añadió él.
—Oh —exclamó Iona—. Tienes razón. Querrá saber qué ha pasado
con todo detalle. Se me había olvidado. Ahora mismo parece algo ajeno a
todo esto. Menos mal que uno de los dos es pragmático. —Volvió la
cabeza para besarle la piel con suavidad y acto seguido se incorporó.
Cuando la miró en la penumbra, una clara silueta contra la incipiente
oscuridad, deseó atraerla contra sí otra vez y abrazarla sin más.
—Será mejor que nos vistamos —dijo Iona.
Branna estaba esperando, y tratando de no ponerse a dar vueltas de un
lado a otro presa de la preocupación. Odiaba conocer solo detalles sueltos.
Aunque Boyle le había asegurado que nadie había resultado herido, y que
cuidaría de Iona hasta que se hubiera tranquilizado, ya habían pasado dos
horas desde entonces.
Más, se percató.
Peor aún, Connor le había dicho que dejara de portarse como una
mamá gallina, y se había marchado al bar para —según sus propias
palabras— no tener que soportar que le diera la tabarra con sus estúpidas
preocupaciones.
Qué bonito por su parte, pensó con cierto resentimiento. Se había
marchado a ligar, a tomarse unas cervezas, mientras ella se quedaba sola
comiéndose la cabeza.
Si Iona no entraba por la puerta dentro de diez minutos, iba a...
—¡Por fin! —farfulló cuando oyó abrirse la puerta principal.
Salió con paso airado y un sermón casi preparado en su cabeza, y de
pronto se detuvo, olvidándose de su reprimenda en cuanto los vio a los dos.
Una mujer no tenía que ser bruja para comprender qué había estado
haciendo la pareja durante parte de las últimas dos horas.
—Bueno. —Puso los brazos en jarras cuando Kathel se acercó para
saludarlos—. Vamos a tomar un té y me cuentas qué ha pasado. Tú
también —le dijo a Boyle, adelantándose a él—. Quiero oírlo todo, así que
ni se te ocurra salir por esa puerta.
—¿Está Connor?
—No está, no. Se marchó al bar a ligar, así que no tienes ayuda por
esa parte. ¿Has cenado algo? —preguntó al entrar en la cocina.
—Boyle me ha preparado la cena —respondió Iona.
—¿En serio? —Enarcando una ceja, Branna lo miró de reojo mientras
ponía la tetera al fuego.
—Me moría de hambre después de lo sucedido. Después del hechizo
con las ratas también tuve hambre, pero esta vez me parecía que si no
comía algo enseguida me moriría.
—No siempre será tan intenso. Eres novata en esto. Y parece que
ahora estás bien, mucho más que bien, atendida. Oh, deja de arrastrar los
pies, Boyle. Hasta un ciego podría ver que habéis echado un polvo. No
tengo problemas con eso, salvo que en vez de echando un polvo, he estado
aquí, de brazos cruzados, esperando a que vinierais para ponerme al día.
—Debería haber venido antes, en lugar de preocuparte.
Branna se encogió de hombros, ablandándose acto seguido.
—Si yo tuviera un hombre dispuesto a prepararme la cena y a darme
un buen revolcón después de semejante susto, también habría aceptado.
Confío en que haya hecho un buen trabajo en ambos casos.
Iona esbozó una amplia sonrisa.
—Excepcional.
Un reguero de calor se extendió como un incendio por la espalda de
Boyle.
—¿Os importaría no hablar de mi vida sexual al menos mientras esté
aquí sentado?
—Pues hablaremos cuando no estés. —Branna le sirvió té, dándole un
beso en la coronilla.
—¿Has cenado? —le preguntó Iona a su prima.
—Aún no. Lo haré en cuanto escuche lo que vas a contarme. Desde el
principio, Iona. Y si se deja algo, Boyle, por insignificante que sea, me lo
cuentas tú.
Iona comenzó, procurando hablar con todo detalle y con calma.
Branna le asió la mano.
—¿Me estás diciendo que invocaste un torbellino? ¿Cómo es que
sabías hacerlo?
—Está en los libros. Sé que es para alumnos avanzados, y que es
peligroso, pero era... No sé por qué ni cómo, pero sabía que era lo que tenía
que hacer. Sabía que podía hacerlo.
—¿Por qué no nos has llamado a Connor o a mí? ¿O a los dos?
—Todo ha pasado muy deprisa. Cuando lo recuerdo parece que
hubieran sido horas, pero en realidad ocurrió muy rápido. No creo que
fueran más de un par de minutos.
—Como mucho —confirmó Boyle.
—De acuerdo, pero más te vale que nos llames a Connor o a mí.
—O a Fin —intervino Boyle.
—No lo estoy excluyendo. —O solo un poquito, reconoció Branna—.
Pero la sangre tira, Boyle. Connor, Iona y yo llevamos la misma sangre. Y
esto es magia de sangre. No tenías demasiado miedo. Connor lo habría
sentido, como hizo antes. No tenías tanto miedo como antes, sola en el
bosque.
—Un poco sí, pero no, no como antes, quizá porque no estaba sola.
Únicamente podía pensar en que les haría daño a Boyle y a los caballos
para llegar hasta mí. Creo que eso me ha ayudado a concentrarme.
Branna asintió, pero se apartó el pelo.
—Estoy haciendo que te saltes cosas. Has dicho que no llevó consigo
la niebla.
—No la llevó.
—Más para pillarte por sorpresa que para ponerte nerviosa. Y,
además, es posible que obtenga algo de poder de la niebla y que no fuera
tan fuerte.
—Seguramente, no creería que necesitara serlo —asintió Boyle—. Ha
aprendido una lección. Iona hizo pedazos un árbol.
—Tuve cierto problema con el control.
—¿Invocar un torbellino sin ninguna práctica? No me sorprende, y es
un milagro que lo único que destrozaras fuera el árbol.
—Es todo lo que presencié —dijo Boyle—, a menos que cuentes al
muy cabrón dando vueltas en el aire.
—Si hubiera podido sujetarlo, enfocarlo mejor, habría podido
destruirlo.
Branna le restó importancia a eso encogiéndose de hombros.
—Si fuera así de fácil, ya lo habría hecho yo mucho antes. Lo has
hecho bien. Termina de contármelo. —Branna escuchó, asintió con la
cabeza y no volvió a interrumpir.
Cuando Iona terminó de contárselo todo, Branna se tomó unos
segundos antes de contestarle.
—Sí, lo has hecho muy bien. Te diría que has corrido un riesgo
enorme, pero no puedo cuestionar tu instinto. Te ha dicho que esta era la
forma de hacerlo y tú le has hecho caso. Estás sana y salva. Creo que has
pillado a Cabhan con la guardia baja y que lo ha pagado. También es
posible que lo hirieras un poco, si el brillo de la fuente de su poder..., la
joya, según creo..., se atenuó. ¿Cómo te hizo sentir?
—Enorme. Como si pudiera sentir arder cada célula de mi cuerpo.
Como si nada pudiera detenerme.
Al oír eso, Branna frunció el ceño.
—Ese es un peligro tan real como el lobo.
—Creo que sé a qué te refieres. Esa sensación de invencibilidad fue en
parte la razón de que no pudiera controlarlo, o de que empezara a perder el
control, y dejara que ello me controlara a mí.
—Es una lección vital. Ser engullido por el poder, la sed de más, fue
lo que acabó con Cabhan.
Iona creía entender cómo era posible aquello, hasta qué punto podía
resultar destructiva la tentación, la atracción, de tan ingente poder.
—Boyle me tranquilizó. Me ayudó a retenerlo, a apaciguarlo y
finalmente a detenerlo.
Branna enarcó las cejas.
—¿De veras? No es poca cosa detener a una bruja que no solo está
creando un torbellino, sino además dejándose llevar por él. De lo contrario,
los dos estaríais deambulando por Oz, buscando los zapatos rojos.
—Pero yo sería la bruja buena.
—Hum. Me alivia que no estéis heridos ninguno de los dos. Es posible
que dispongamos de un tiempo para mejorar más cosas antes de que vuelva
a atacamos. Estoy orgullosa de ti —agregó Branna, y a continuación se
levantó.
Palabras sencillas, dichas de forma sencilla, pero que a Iona le
sentaron como un buen vino.
—Gracias.
—Ahora que tengo la mente despejada he de ocuparme de un par de
cosas en el taller —prosiguió Branna—. Ya se lo contaré yo todo a Connor,
y dado que estabas con Boyle cuando te ha atacado, será mejor que se lo
contemos también a Meara. Y a Fin —añadió antes de que pudiera hacerlo
Boyle—. Quedamos, como dirías tú, dentro de un día o dos, una vez que
haya..., que hayamos tenido tiempo de analizarlo detenidamente.
—Me parece que es lo correcto —repuso Iona—. Juntos somos más
fuertes que por separado, ¿verdad?
—Eso creo. Te veo a la hora del desayuno, Boyle —le dijo a Branna
con un guiño, y acto seguido los dejó a solas.
—Bueno, no sé si debería...
—Debes. —Iona se puso en pie y le tendió la mano—. Desde luego
que debes. Sube conmigo, Boyle.
El deseo era tan arrollador que no podía librarse de él. De modo que
se levantó, asió su mano y fue arriba con ella.
Teniendo órdenes estrictas de presentarse en el taller de Branna
directamente al volver del picadero, y con Boyle ocupado en una reunión
con Fin, Iona le pidió a Meara que la acercara a casa.
—Necesito un coche. —Miró con el ceño fruncido la serpenteante y
estrecha carretera que Meara recorría a toda velocidad, como si fuera una
autopista de seis carriles—. Uno barato. Un coche barato y fiable.
—Puedo correr la voz.
—Sí, eso estaría bien. Además, tengo que aprender a conducir por el
lado equivocado de la carretera.
—Sois los yanquis quienes conducís por el lado equivocado, y puede
resultar aterrador salir a hacer la compra semanal.
—No me cabe duda. Pero ¿por qué conducís por la izquierda? He
leído que se trataba de tener la mano derecha libre para manejar la espada,
pero ha llovido mucho desde que la gente tenía que luchar a caballo con
espada.
—Nunca se sabe, ¿verdad? Por lo general, la mayoría de la gente no
lucha a caballo con un torbellino por arma.
—Ahí me has pillado. Quizá pueda convencer a Boyle para que me
deje conducir un rato mañana. Va a llevarme a visitar algunos lugares. He
estado tan enfrascada en el trabajo y en las clases que no he visto nada
aparte de eso y del pueblo.
—Un día libre es bueno para el alma. Pero convencer a Boyle para que
deje que alguien que no sea él se ponga al volante requerirá de una
considerable cantidad de dulces y persuasivas palabras, y sin duda de unas
cuantas promesas de exóticos favores sexuales.
—Soy buena conductora —insistió—. O lo era cuando el volante
estaba al otro lado. Y ¿es que todo el mundo sabe que Boyle y yo nos
hemos acostado?
—Todo el que tiene ojos. Si hubiera tenido ocasión hoy, te habría
sonsacado más sobre el asunto del torbellino y del sexo, pero había
demasiada gente.
—Puedes entrar —le dijo Iona cuando frenó ante el taller—. Así
Branna no podrá mandarme más trabajo y yo podré contarte un montón de
detalles.
—¿Por qué resulta tan entretenido estar al tanto de las aventuras
sexuales de los demás? Quizá sea porque así no tenemos que lidiar con los
problemas de nuestra propia vida. De todas formas —prosiguió Meara
antes de que a Iona se le ocurriera una respuesta— sería todo oídos, eso te
lo aseguro, pero tengo que hacer unos recados. Bueno, podríamos quedar
en el bar más tarde, orejas incluidas, a menos que tengas planeadas más
aventuras con Boyle.
—Podría sacar tiempo para tomarme una copa con una amiga. ¿Crees
en la reencarnación?
—Vaya preguntita. —Meara se echó la gorra hacia atrás—. ¿A qué
viene?
—Me preguntaba por qué forjar vínculos es a veces tan fácil, tan
natural, como si ya lo hubieras hecho antes y simplemente estuvieras
retomando la relación. Es así contigo y conmigo, con Branna y con Connor.
Con Boyle. Incluso con Fin.
—Supongo que no descarto nada. No lo haces cuando tu mejor amiga
es una bruja. Pero creo que en gran medida se debe a que estás muy abierta
a esos vínculos. Los buscas. Es difícil no corresponderte, aunque en
general no seas de ese tipo de personas.
—¿No lo eres?
—Normalmente no. Tengo un círculo muy reducido. Menos
complicaciones, por así decirlo.
—Pues me alegro de que lo hayas ampliado por mí. ¿Nos vemos en el
bar? ¿Dentro de un par de horas?
—Me parece bien.
—Gracias por traerme.
Iona se bajó, despidiéndose con la mano. Le gustaba la idea de estar
abierta a formar relaciones y la posibilidad de quedar con una amiga para
tomar algo. Quizá pudiera convencer a Branna para que se uniera a ellas,
una especie de noche de chicas improvisada. Luego tal vez tuviera suerte y
le pusiera la guinda con una aventurilla con Boyle.
Satisfecha con el plan, entró por la puerta.
—Qué empiece la clase, después podemos... Oh, lo siento. No he visto
que tenías compañía..., un cliente.
Vaciló ante la puerta, sin saber si debía entrar o salir, y entonces
reconoció a la mujer que se encontraba de pie junto a la encimera con su
prima.
—Ah, hola. Nos conocimos mi primera noche en Ashford, en el
restaurante. Eres la hija de Mick. Soy Iona —agregó cuando la mujer se
quedó ahí, ruborizada y mirándola como una boba.
—Lo recuerdo, sí. Mi padre habla muy bien de ti.
—Es estupendo. Una razón más para amar mi trabajo. Siento
interrumpir. Solo iba...
—No, no, no pasa nada. Acababa de terminar. Y gracias, Branna, ya
me marcho. Dale recuerdos a Connor.
Salió de forma apresurada, guardándose una botellita en el bolsillo del
abrigo.
—Lo siento. Sé que aquí también realizas alguna venta, aunque la
mayoría las haces en la tienda del pueblo.
—Un poco aquí, un poco allá. —Branna guardó algunos euros en un
cajón—. Los que vienen aquí suelen buscar lo que no vendo en el pueblo.
—Ah.
—No soy médico, pero sí discreta. De todas formas, en este caso te lo
voy a contar, ya que no se trata del secreto que Kayleen piensa y puede que
llegue el momento en que a ti te pidan lo mismo.
Levantó un cazo y, ayudándose con un embudo, vertió de un cuenco a
una botella una crema de un claro tono dorado, que perfumó el ambiente
con un aroma a miel y almendras.
—Un italiano muy guapo vino a trabajar en el restaurante que tiene su
tío en la ciudad de Galway. Nuestra Kayleen lo conoció hace unas semanas
en una fiesta y se han estado viendo. Yo lo conocí cuando vinieron a la
tienda, y es tan encantador como un príncipe y el doble de guapo. —
Continuó trabajando mientras hablaba, llenando botellas y limpiándolas
antes de cerrarlas con los tapones—. Kayleen está loquita por él, ¿y quién
puede culparla? Hasta yo lo habría intentado si estuviera en el mercado.
Resulta que otras mujeres piensan lo mismo, y parece que él está
encantado con la situación. ¿Quién puede culparlo? —agregó, atando una
fina cinta dorada en el cuello de la botella.
»Pero Kayleen no quiere compartirlo y piensa que el guapo italiano
solo necesita un empujoncito para comprometerse solo con ella. Se le
ocurrió que fuera yo quien le diera el empujoncito.
—No te sigo.
Branna dejó las botellas que había terminado en una caja para
transportarlas.
—Me pidió un hechizo de amor, y estaba dispuesta a pagarme cien
euros ganados a base de mucho esfuerzo.
—¿Un hechizo de amor? ¿Sabes hacerlos?
—Saber y hacer son dos cosas distintas. Hay formas, claro. Siempre
hay formas, y no hay nada más peligroso o lleno de dolor y
arrepentimiento que los hechizos relacionados con el corazón.
—Le dijiste que no, imagino, porque conlleva arrebatarle a alguien la
capacidad de decidir y porque se supone que no ha de usarse la magia para
obtener un beneficio propio.
Con manos ágiles y diestras, Branna ató el siguiente lazo.
—Todo hechizo es para obtener un beneficio, de un modo u otro.
Quieres algo o crees en algo, deseas proteger, bloquear o derrotar. Esta
crema de aquí deja la piel suave y fragante, y puede levantar la autoestima
de quien la lleva, así como provocar una respuesta de quien capta su olor.
Yo la elaboro, algunos la compran y me pagan por ella. Eso también es un
beneficio.
—Supongo que es un modo de verlo.
—Lo es. En cuanto al poder de decisión, hay ocasiones en que
también hacemos eso, aunque de manera bienintencionada. Y por ello
tenemos que estar dispuestos a pagar el precio, pues la magia no es gratis.
—Levantó la vista y sus ojos color humo se clavaron en los de Iona—. Ni
para nosotros ni para nadie.
—Entonces ¿por qué le dijiste que no?
—Las emociones son mágicas en sí, ¿no es así? El amor y el odio son
las más fuertes y poderosas. Mi filosofía es no manipular indebidamente
los sentimientos, no empujarlos en una dirección u otra, no con magia. El
riesgo es enorme. ¿Y si el amor ya está ahí, a punto de florecer? Si lo
presionas, puede dar paso a la obsesión. ¿O si quien paga por el hechizo
cambia de parecer? ¿O si hay otro que ama y sería amado y la magia lo
aparta por la fuerza? Hay demasiadas variables. No juego con hechizos de
amor ni relacionados con el amor. Tú tomarás tu propia decisión al
respecto, pero para mí es una línea peligrosa y poco ética.
—Poco ética, sí. Y aún más, no sería justo. —Para Iona eso era
todavía más importante—. Y sí, entiendo lo que dices. Gran parte de la
magia no es justa. Pero el amor debería ser..., no sé..., sagrado. La gente
tiene que poder amar a quien ama.
—Y no amar a quien no ama. Así que dije que no y siempre lo haré.
—¿Y qué le has vendido en su lugar?
—La verdad. Ella decidirá si la utiliza o no. Si lo hace, ambos podrán
decir lo que sienten, desean y esperan. Si no, puede disfrutar de lo que es
mientras dure. Creo que no la utilizará. Tiene miedo de la magia y no está
preparada para la verdad.
—Si lo ama, querrá la verdad.
Branna esbozó una sonrisa, metiendo la siguiente botella en la caja.
—Ah, y ahí lo tienes. Está un poco colada por él y más cachonda que
una perra, pero ni se acerca al amor. Solo desea estar enamorada. El amor
no se quiebra bajo la verdad, ni siquiera cuando quieres que así suceda.
La puerta se abrió y Kathel entró correteando, seguido por Fin.
—Chicas. —Se apartó el pelo revuelto por el viento—. He oído que
hemos tenido un problemilla. ¿Estás bien, cielo? —le preguntó a Iona.
—Sí. Estoy bien.
—Me alegro. No obstante, me gustaría conocer todos los detalles y lo
que planeamos hacer sabiendo que con toda seguridad habrá otro ataque.
—¿No viene Boyle contigo?
—Está hablando con el herrero, y Connor ha salido con los halcones,
así que os toca a vosotras hablar conmigo sobre esto.
—Boyle también estaba. —Branna llevó la caja hasta una estantería
en la parte de atrás—. Sabe tantos detalles como Iona.
—Él lo ve desde su perspectiva. Yo quiero la de ella.
—Tenemos trabajo, Fin. Iona necesita más conocimientos, necesita
practicar más.
—Entonces te ayudaré con eso.
Como si ella ya hubiera aceptado, Fin se desprendió del abrigo.
—Tú y yo tenemos... técnicas diferentes.
—Así es, e Iona se beneficiará al ver y probar esas diferencias.
—Esta costumbre de hablar de mí en tercera persona cuando estoy
aquí mismo empieza a resultar anticuada —decidió Iona.
—Y grosera —adujo Fin, asintiendo—. Tienes razón. Me gustaría
ayudar, y en cuanto hayamos terminado con el trabajo me encantaría que
me contarás con exactitud lo que sucedió y cómo lo dejaste... desde tu
perspectiva, Iona. Si tienes la amabilidad.
—Yo..., se supone que he quedado con Meara más tarde. Pero... —
Iona volvió la vista hacia Branna, vio exhalar un suspiro a su prima y se
encogió de hombros—. Podríamos pedirle que venga aquí, y a Boyle
también. Me parece que lo mejor es que estemos todos aquí, lo repasemos
de una vez por todas y hablemos de lo que vamos a hacer.
—De acuerdo. Puedo pedir que nos traigan la cena. No tienes por qué
cocinar para un batallón otra vez, Branna.
—Tengo salsa que preparé hace una hora para hacer pasta. La estiraré
sin problemas.
—Llamaré a los demás. —Sacó su teléfono—. Luego nos pondremos
manos a la obra.
Capítulo 14
Estar todos juntos de nuevo sentaba bien y parecía lo correcto. Todos
en la espaciosa cocina repleta de los buenos olores de la comida, las voces
sobreponiéndose unas a otras, el perro tumbado delante de la chimenea.
A ojos de Iona, aquello conformaba la normalidad, a pesar de las luces
y las sombras de lo sobrenatural.
Preparó una gran ensalada, que era más o menos su especialidad. Se
desenvolvía bastante bien en la cocina, siempre y cuando no tuviera que
cocinar de verdad.
De modo que se sentía bien, cómoda y, con el respaldo cada vez
mayor de sus clases con Branna, más fuerte. Incluso volver a narrar el
altercado con el lobo le recordó el poder en la sangre, en las yemas de sus
dedos, e hizo que se sintiera segura de sí misma.
—Es una temeridad, ¿no? —comenzó Meara mientras untaba en
abundancia gruesas rebanadas de pan con queso a las finas hierbas—.
Atacaros de esa forma, a plena luz del día y tan cerca de Ashford.
—Creo que no fue planeado. —Connor enganchó una rebanada de pan
de la bandeja del horno antes de que Meara pudiera meterla para que se
tostara—. Sino que más bien vio una oportunidad y la aprovechó sin haber
trazado un plan.
—Quizá para asustar más que para hacer daño —aventuró Fin—. Para
hacer daño, desde luego, si esa oportunidad se le presentaba. Estabais
dando un agradable y tranquilo paseo a caballo, estabais relajados.
—Y no estábamos alerta. —Boyle asintió—. Un error que no
volveremos a cometer.
—Es una especie de terrorismo, ¿no? —Fin llevó el enorme cuenco de
ensalada a la mesa—. La amenaza constante, el no saber cuándo o dónde
atacarán, y la alteración del ritmo normal de las cosas.
—No cabe duda de que ha sido él quien se ha llevado la peor parte. —
Branna vertió la pasta escurrida en un cuenco de vivos tonos azul y blanco
—. Y que una bruja que apenas ha salido del armario le ha dado una buena
patada en el culo.
—Y satisfactoria.
Pero cuando Fin habló, Iona captó la fugaz mirada que intercambió
con Branna.
—¿Pero? ¿Pero qué?
—Ha ido dos veces a por ti. Ya está, sentaos y empezad —ordenó
Branna—. Y en ambas ocasiones se ha marchado con el rabo entre las
patas.
—La ha subestimado —dijo Boyle cuando tomó asiento.
—No me cabe duda de eso ni de que volverá a hacerlo. —Branna le
pasó los cubiertos para la ensalada a Meara—. Sírvela. Yo le daré la vuelta
al pan.
Era capaz de atar cabos, pensó Iona, sobre todo cuando eran tan
evidentes.
—¿Crees que vendrá a por mí otra vez? ¿Específicamente a por mí?
—Ha sido tu llegada aquí lo que ha puesto en marcha cosas que han
estado paradas cientos de años. Lleva manzana. —Descubrió Connor
cuando probó la ensalada—. Está buena.
—¿Así que si la espantara..., como mínimo..., y ella regresara a
Estados Unidos? —Meara frunció el ceño—. ¿Qué pasaría?
—No estoy seguro de que eso importe ya. Ella es la tercera. —Branna
llevó el pan a la mesa y se sentó a comer la ensalada—. Y él lo sabe, igual
que lo sabemos nosotros. Su poder ha despertado y es mayor y más rápido
de lo que él..., o yo, para el caso..., habíamos imaginado. El corcho no va a
volver a la botella.
Si bien agradecía el cumplido, Iona continuó atando cabos hasta llegar
a una conclusión muy inquietante.
—Pero ¿si me mata a mí o a cualquiera de vosotros?
—El dolor es mejor. —Connor comía con evidente placer, y habló con
algo semejante a la animación—. O la seducción. Eso conduce a la
conversión, y al convertirnos a cualquiera de nosotros obtiene más poder.
Matar en el acto le proporcionaría algo, pero no todo. De todas formas es
posible que lo intente llevado por la frustración o el rencor.
—Qué idea tan reconfortante —farfulló Meara.
—Si eso es cierto, ¿por qué no ha ido a por alguno de vosotros antes
de que yo llegara?
—Oh, ha dado algún que otro manotazo de vez en cuando, pero sin
dejar cicatrices. —Connor hizo una mueca de dolor tan pronto las palabras
abandonaron su boca—. Lo siento, Fin.
—No importa. El no podía saber, del mismo modo que tampoco
podíamos saberlo ninguno de nosotros, que vosotros erais los tres. No hasta
que viniste tú, Iona, y los engranajes encajaron.
—Y los amuletos ayudan a proteger —agregó Branna—. Y si se
deshacía de Connor o de mí, habría otros. Hay muchos O’Dwyer.
—No como tú —adujo Boyle en voz queda—. No como Connor. O
como tú —le dijo a Iona—. Fin, tú sabías que serían ellos tres y esta época.
—Solo lo supe con seguridad cuando vi el caballo. Te vi montada en
él —le dijo Fin a Iona—. A horcajadas sobre el semental bajo una luna tan
llena y blanca que parecía palpitar contra el negro cielo como un corazón
resplandeciente. Vi fuego en tus manos y poder en tus ojos.
—No habías comentado nada de esto hasta ahora —le espetó Branna.
Fin le lanzó una mirada.
—Compré el caballo porque sabía que era suyo. No sabía cuándo
vendrías, no con seguridad —se dirigió a Iona—. Solo que lo harías y que
ibas a necesitar a Alastar. Y él a ti.
—¿Qué más has visto? —exigió Branna.
La expresión de Fin se tornó hermética.
—Demasiado y no lo suficiente.
—No busco adivinanzas, Finbar.
—Buscas respuestas, como siempre, y yo no las tengo. He visto la
niebla extenderse, igual que tú; lo he visto vigilar en las sombras, siendo
una sombra él mismo. Te he visto a ti bajo esa misma luna resplandeciente,
brillando como un millar de estrellas, con el viento soplando a través de tu
cabello y con sangre en las manos. Me he preguntado si era la mía.
Sin decir nada, Branna se levantó para acercarse al fogón y servir la
salsa caliente en un cuenco.
—No sé qué significa —prosiguió Fin—, ni cuánto es real y veraz y
cuánto es ilusión.
—Cuando llegue el momento será su sangre la que se derrame.
El júbilo había abandonado la voz de Connor, y en su lugar solo había
un matiz severo, una chispa de temperamento.
—Hermano. Yo soy su sangre —dijo Fin.
—Él no es tu dueño. —Con los hombros muy erguidos, y los ojos
clavados en él, Iona miró a Fin—. Y compadecerte de ti mismo no ayuda.
Lleva cientos de años merodeando por aquí, esperando —continuó con
tono práctico mientras Branna le dirigía una mirada de aprobación por
encima del hombro—. ¿Qué coño ha estado haciendo durante siglos?
—Fin cree que viaja hacia delante y hacia atrás cuando le place, entre
épocas o mundos. O ambos —apostilló Boyle.
—¿Cómo...? Ah, la cabaña, las ruinas. El lugar tras las enredaderas. Si
puede hacer eso, ¿por qué no mata a Sorcha antes de que ella lo reduzca a
cenizas?
—No puede cambiar lo que pasó. Su magia era tan poderosa como la
de él, puede que más —especuló Fin—, antes de que ella enfermara, antes
de que él matara a su hombre. Creo que fue ella quien hechizó el lugar,
quien aún lo protege. Lo hecho, hecho está, y no se puede cambiar. Yo
mismo lo he intentado.
—Vaya, estás lleno de secretos, ¿no? —Branna dejó los cuencos sobre
la mesa con brusquedad, cogiendo la ensaladera para retirarla.
—Si hubiera podido terminar lo que ella empezó y acabar con él, todo
habría terminado.
—Pero también dejarías de existir —señaló Iona—. Quizá. Eso creo.
Las paradojas temporales son... paradójicas.
—De todas formas no pude cambiarlo. Mi poder estaba ahí, lo sentí,
pero no sirvió de nada. Y no pude controlarlo, ya me entendéis. Todo
tembló y me devolvió a donde había empezado.
—Podrías haberte perdido —le recordó Connor—. Podría haberte
llevado a un lugar o una época distintos.
—No fue así. Creo que es como un rollo de alambre que va desde
entonces hasta ahora y que no hay forma de desviarse de él.
—Pero hay muchos años en ese rollo —reflexionó Iona—. Quizá sea
cuestión de encontrar el punto correcto.
—Si cambias un hecho pasado, lo cambias todo. Y tú deberías saberlo
—le dijo Branna a Fin.
—Era joven y estúpido. —Le brindó una rápida sonrisa a Iona—. Y
me compadecía de mí mismo. Ahora que soy más mayor y más sensato sé
que no es uno de nosotros quien terminará con él o con la maldición que
porta, sino que seremos todos nosotros juntos.
—¿Y si retrocedemos todos? —intervino Boyle.
Connor, que estaba sirviéndose salsa sobre la pasta con un cucharón,
se detuvo para estudiarlo.
—¿Todos al mismo tiempo?
—Tal vez eso cambiase las cosas, pero no sabemos cuándo intentará
hacernos daño a alguno ni qué más podría hacer. No sé por qué no podéis
cambiar lo que ocurrió ni por qué no deberíais intentarlo cuando lo que
pasó fue algo maligno.
—Es una situación complicada, Boyle. —Branna enrolló la pasta, la
desenrolló y la volvió a enrollar—. Hay quienes preguntarían que si
tuvieras el modo y los medios, ¿no retrocederías en el tiempo y matarías a
Hitler? Oh, cuántas miles de vidas se salvarían, cuántos inocentes. Pero
una de esas vidas salvadas podría ser peor y más poderosa de lo que jamás
soñó Hitler.
—Y, sin embargo, ¿no lo intentarías de todas formas? Hay un montón
de años en el rollo de cable, como ha dicho Iona. ¿No podemos buscar el
tiempo y el lugar adecuados, y llevar la batalla hasta él? Un tiempo y un
lugar que sepamos que no harán que Fin deje de existir.
—Te lo agradezco.
—Me he acostumbrado a ti —le replicó Boyle—. Y no tengo ningún
deseo de dirigir el negocio yo solito. ¿No podéis idear alguna magia
vosotros cuatro que nos proporcione las máximas posibilidades?
—Tal vez no regresemos al mundo del que partimos, si es que
volvemos —insistió Branna.
—Es posible que regresásemos a un lugar mejor. Él es una sombra en
este tiempo, como ha dicho Fin.
—Las sombras desaparecen con la luz. —Meara levantó su copa de
vino—. Eso es algo que debemos tener en cuenta. Puede que no sea capaz
de lanzar un hechizo, pero conozco los fundamentos de la física. ¿Es la
física? Ah, bueno, acción y reacción, ¿no es así? Y sé que siempre es mejor
pillar al enemigo por sorpresa, en un campo de tu elección.
—¿Tú vendrías? —preguntó Iona—. Es decir, si pudiésemos y lo
hiciésemos.
—Bueno, a menos que tuviera una cita importante.
—No es una broma, Meara.
Meara extendió el brazo y frotó el de Branna con la mano.
—Has cargado con el peso demasiado tiempo. Es hora de repartirse la
carga. Decir que somos un círculo y decirlo de verdad son cosas diferentes,
Branna. No puedes protegernos a todos, así que protejámonos unos a otros.
—Podemos pensar en ello. Y también en buscar ese tiempo y ese
lugar y bloquearlo para impedir que lo sepa. Y en cómo hacer que el
tiempo y el lugar sea aquí y ahora..., o aquí y cuando hayamos encontrado
la respuesta para destruirlo de una vez por todas.
—Branna estudiará, pensará y trabajará —le dijo Iona a Boyle en voz
baja mientras quitaban la mesa—. Y se preocupará. A veces me pregunto si
habría menos trabajo y menos preocupaciones si yo no hubiera venido.
—Ha sido un hacha pendiendo sobre sus cabezas desde mucho antes
de eso. Y el caso es que has venido. No pienso mucho en lo que eso
significa, pero parece que estabas destinada a venir. Esto tiene que acabar
en algún momento, ¿no es así? ¿Por qué no ahora? ¿Por qué no con
nosotros?
—No soy demasiado partidaria de posponer las cosas. —Pensó en ello
mientras recogía la mesa, manteniendo la voz baja a pesar del ruido que
hacían los platos al llevarlos al fregadero—. Lo que sucede es que me
gusta avanzar poco a poco hacia lo que viene a continuación, pero me
parece que no me importaría meter todo esto en una caja y dejarla en un
rincón durante otros doscientos años.
—Alguien tiene que quitar el estiércol —añadió Boyle.
—Y somos nosotros quienes tenemos las palas. Ya —admitió Iona—.
Más vale que nos esforcemos. Estoy deseando que llegue mañana, y no
solo para salir a ver el mundo que hay más allá de un radio de dos millas
de Ashford.
—Aquí son kilómetros.
—Tengo la impresión de que me será más fácil dominar el gaélico
que el sistema métrico. Imagino que tener un mejor conocimiento de la
zona que se extiende más allá de nuestro pequeño núcleo podría ser útil.
Además, cuento con un guía de excepción.
—Eso ya lo iremos viendo.
Aprovecha los momentos, pensó. Cada momento de normalidad, de
felicidad y de paz.
—Quiero ver ruinas, viejos cementerios y verdes colinas. Y ovejas.
—No tienes que ir muy lejos para eso.
—Pero iré contigo. —Se volvió, rodeándole la cintura con los brazos.
Notó que él cambiaba el peso de un pie al otro, un sutil gesto de apuro
típico en él, aunque el ruido continuó a su alrededor. Y dado que
encontraba aquel gesto adorable, para rematarlo se puso de puntillas y le
plantó un rápido beso.
—Yo podría conducir un rato. Para practicar eso de ir por la izquierda
antes de comprarme un coche.
—Me parece que no, de ningún modo.
—Sé conducir un camión.
—Sabes conducir un camión por la derecha cuando cuentas en millas.
Pero no sabes conducir un camión por la izquierda contando en kilómetros.
Ahí la había pillado.
—Ese es el quid de la cuestión. Tú podrías enseñarme.
—Será mejor que lo intentes con alguien menos... volátil —le sugirió
Branna.
—Se refiere a alguien que sea menos probable que se ponga a gritar
como un loco si desmochas un seto verde o tomas la dirección errónea en
una glorieta —le explicó Meara—. Te irá mejor con Connor, ya que tiene
paciencia para dar y tomar.
—No me hace falta mucho para tener más paciencia que Boyle. Yo te
llevaré a conducir, prima, en cuanto tengamos ocasión.
—Gracias.
—Y si quieres comprarte un coche, tengo un amigo en Hollymount
que se dedica a eso y te hará un precio justo.
—Connor tiene amigos en todas partes —apuntó Meara.
Él se limitó a brindarle una sonrisa.
—Está claro que soy un tipo amable.
—Y todas las chicas pueden dar fe de ello. Debo marcharme. Envíame
un mensaje de texto si se te ocurre algún gran plan —le dijo Meara a
Branna.
—Tengo que pensar un poco. Te avisaré cuando se me haya ocurrido
algo.
—Cuídate —agregó Meara con un abrazo.
—A mí tampoco me vendría mal un achuchón —dijo Connor.
Meara lo miró enarcando las cejas y le dio un toquecito en la mejilla.
—Disfruta de la excursión, Iona, y cuidaos también Boyle y tú. Y tú,
Fin.
—Te acompaño fuera. Yo también tengo cosas en que pensar —le dijo
Fin a Branna—. Podríamos considerar Litha.
Ella asintió.
—Lo tengo en mente.
—¿No es...? Sí, es el solsticio de verano —recordó Iona—. No es
hasta junio, ¿verdad?
—Aún queda mucho. La luz acaba con la oscuridad... y es el día más
largo, lo que podría ser una ventaja para nosotros. He de pensar en ello.
—¿Prefieres que me quede aquí mañana? ¿Qué trabaje contigo? —le
preguntó Iona.
—No, vete. Tienes razón al decir que es bueno para ti conocer mejor
el mundo que rodea este lugar. Y necesito ese tiempo para pensar.
—Por qué no te dejamos tranquila ahora —sugirió Boyle—. Pasaré a
recogerte sobre las nueve, Iona.
—Podrías hacer eso. O podría irme contigo ahora y salir desde tu casa
cuando estés listo. —Le obsequió una sonrisa.
El no se inmutó, pero Iona notó que deseaba hacerlo.
—Todos saben que nos acostamos —añadió ella.
—¿Es cierto eso? —Connor fingió sorpresa—. Y yo que pensaba que
os dedicabais a jugar al ajedrez y a hablar sobre las cosas que pasan en el
mundo.
—El raro eres tú —murmuró Boyle—. Podemos salir desde mi casa si
lo prefieres. Pero no te tires media noche para coger lo que necesitas, ya
que solo vamos a ver ruinas y cementerios.
—Ya había preparado una bolsa, solo por si acaso. Llámame si me
necesitas —le dijo a Branna.
—Pásatelo bien.
Branna salió con ellos, amigos y familia, para despedirse con la mano
desde la puerta principal de la casa. Y se quedó allí un rato más en la fría
oscuridad.
—De acuerdo, ya estamos tú y yo solos como querías. —Connor le
puso una mano en el hombro—. ¿Qué sucede?
El no iba a mirar, pensó Branna. A pesar de que sabía cómo
bloquearlo, no dejaría que él entrara en su corazón ni en su mente. Lo
consideraría una intromisión.
—No pretendía excluir a Iona, y bien sabe Dios que ha demostrado su
valía.
—Pero aún no te has acostumbrado a que ella... ni a que los demás
formen parte de esto. Tanta gente agobiándote hace que te sientas inquieta,
¿no?
La conocía bien, pensó Branna, y daba gracias a los dioses por ello y
por tenerlo.
—Así es, sí. Es asombroso que tengamos los mismos padres. En
medio de una multitud, tú estás en tu salsa, y sin embargo, yo no podría
estar más fuera de mi elemento.
—Nos mantiene equilibrados.
—Eso parece, y estoy pensando que es posible que el equilibrio sea el
quid de la cuestión.
—¿Ostara, el equinoccio, el equilibrio entre el día y la noche? ¿En vez
del solsticio?
—Se me había pasado por la cabeza..., igual que a ti, como es
evidente..., pero es muy poco tiempo para prepararlo todo, ya que casi lo
tenemos encima.
—No creía que nuestra Iona estuviera preparada aún —reconoció
Connor—, pero me pregunto si no estaba equivocado al respecto.
—A mi parecer, necesita más preparación. Y, además, la merece. El
solsticio está bastante cerca, y también es una especie de equilibrio. El
punto de inflexión del año. Puede ser una oportunidad. Trabaja conmigo un
poco ahora. Solo juntar nuestras cabezas.
Connor apoyó la frente en la de ella.
—Un ritual, un hechizo para equilibrar la balanza..., para desterrarlo
en el día más largo... y que después desaparezca.
—Lo ves. A ti no tengo que explicarte nada, así es más fácil.
—Lo que estás pensando no está dentro de lo sencillo, pero podría
funcionar. Veremos qué conseguimos preparar. Solo nosotros dos, y los
demás se sumarán muy pronto —concluyó Connor.
Fueron juntos al taller. Branna procuraba no sentirse culpable por el
alivio que le producía estar los dos solos, al menos por el momento.
—Te he avergonzado —dijo Iona durante el breve trayecto a casa de
Boyle.
—¿Qué? No, no estoy avergonzado.
—Un poquito. Tendría que haberte comentado lo de quedarme contigo
esta noche cuando no hubiera nadie. Nunca me doy cuenta de ese tipo de
cosas. Y cuando se me pasó por la cabeza ya era demasiado tarde para
considerar que a lo mejor no querías tener compañía.
—Ya has dejado de ser simple compañía.
¿Qué decía sobre ella que aquel despreocupado comentario le
pareciera romántico? Ay, por Dios.
—Luego pensé que no te supondría ningún problema decirme que no,
que me recogerías por la mañana.
—¿Te parezco idiota?
—Ni lo más mínimo.
—Tendría que serlo para no querer pasar la noche contigo, ¿verdad?
Más romanticismo, pensó, al estilo de Boyle McGrath.
—Pero no debería haberlo anunciado como si fuera el acta de la
siguiente reunión. En caso de que redactásemos actas.
—Es algo privado —dijo Boyle.
—Eso lo entiendo, y lo será. O al menos me esforzaré más por que así
sea. Pero me parece que, tal y como están las cosas, la intimidad no tiene
cabida. Eso es más duro para ti que para mí.
—Puede que lo sea, pero tienes razón. Hay cosas más importantes de
las que preocuparse.
Aparcó justo detrás de Fin, meneando las llaves al bajarse.
—En fin, buenas noches —les dijo él—, y que lo paséis bien mañana.
—Llevaré mi móvil por si nos necesitáis —contestó Boyle.
Iona se chocó con Boyle mientras subían las escaleras hasta su
apartamento.
—Es más duro para ti. Pero Fin tiene que estar acostumbrado a que
traigas ligues de vez en cuando, y tú también a que lo haga él.
—No traigo mujeres aquí. Por norma general —añadió al cabo de un
instante.
—Ah. —Intimidad, pensó, y algo más—. Si vais a su casa, puedes
marcharte cuando te apetezca.
—Eso por un lado. —Entró al apartamento.
—Cuando quieras que me marche, dímelo. Prefiero que me lo digan a
que soporten mi compañía.
—No soy de los que aguantan a nadie. —Dejó las llaves en un cuenco
—. No te estoy aguantando.
Aquello hizo sonreír a Iona.
—Bien. No lo hagas. Resulta muy triste que tengan que aguantarte.
Dejó su pequeña bolsa sobre una silla.
—Si no quisiera que estuvieras aquí, estarías en otra parte. ¿Te
apetece beber algo?
—Creía que ya no era una simple visita.
—Tienes razón. —La agarró del modo en que a ella le gustaba y la
empujó con suavidad hacia el dormitorio—. Puedes prepararte una copa tú
misma después.
—Te prepararé una a ti también. —Le bajó la chaqueta por los
hombros y lo despojó de ella—. Las botas —le dijo, haciéndole reír.
—Soy consciente del orden de las cosas.
Y pese a todo se precipitaron hacia la cama. Agarrando, tironeando,
arrojando las botas después.
—La última vez nos cargamos algo —recordó Iona mientras se
afanaba en desabrocharle la camisa—. ¿Qué fue?
—El jarrón de cristal de mi abuela.
Los dedos de Iona dejaron de moverse al tiempo que sus ojos se
abrían como platos, presas de la angustia. Entonces él sonrió.
—¡Oh! ¡Mentiroso! —Le pasó una pierna por encima, tumbándolo de
espaldas sobre la cama—. Vas a pagar por eso.
Cruzando los brazos, agarró el bajo de su jersey y se lo sacó por la
cabeza para arrojarlo por encima del hombro.
—Pagaré más —le dijo él.
Acto seguido deslizó las manos por ambos costados, sobre sus pechos,
mientras ella se esforzaba por desabrochar los últimos botones.
—No te quepa duda, colega.
Bajó la cabeza, capturando su boca en un beso arrebatador antes de
rozarle con los dientes el labio inferior, terminando con un pequeño
mordisco.
Boyle contraatacó poniéndose encima de ella y haciendo lo mismo.
Se retorcieron para despojarse de la ropa, para desnudar al otro en un
apremiante toma y daca.
Todo era igual, pensó, todo maravillosamente igual, solo que ahora
sabía lo que podían darse el uno al otro. Calor, avidez y urgencia, como
volar a través del fuego: ascuas, chispas y explosiones.
Gozó de la excitación del roce de la piel contra la piel —la suya, la de
él—, de su embriagadora fricción. Su boca hambrienta y sus manos,
ásperas y ávidas, la recorrían con celeridad.
¿Cómo había vivido sin saber lo que era ser deseada de forma tan
absoluta, con tal apremio y profundidad?
Necesitaba darle lo mismo, demostrarle hasta qué punto la anegaba su
deseo hacia él.
Boyle no tenía suficiente de ella. Cuanto tomaba solo servía para
suscitar una acuciante necesidad mayor. Cuando la tenía así, moviéndose
sin cesar en la oscuridad, no podía pensar, tan solo podía sentir.
hacía que se sintiera ebrio, casi loco de deseo. Hacía que se sintiera
fuerte como un dios, temerario como un lobo acorralado.
El mundo exterior se disolvió y el tiempo giró a toda velocidad.
Solo existía su cuerpo, su silueta, aquellos esbeltos músculos bajo su
tersa piel. Sus sonidos, su aliento, sus suspiros y sus suaves gemidos. Y su
sabor, tan caliente y dulce.
Iona se incorporó con esfuerzo, con manos y piernas ágiles, para
colocarse a horcajadas sobre él, y la luz de las estrellas se reflejó en la
parte superior de su cabeza, como diamantes.
Lo tomó en su interior de manera rápida y profunda, apretándose los
pechos con sus propias manos cuando la primera oleada de placer la
atravesó.
Luego lo cabalgó, libre y salvaje, con la luz de las estrellas bañándole
la piel y una oscura expresión de triunfo en los ojos.
Boyle la cogió de las caderas, aferrándose a ella y a las últimas hebras
de su cordura.
Y ella levantó los brazos en alto, gritando con aquella misma
sensación de oscuro triunfo.
En las yemas de sus dedos prendieron pequeñas llamas, diminutos
puntos de luz que centelleaban, brillantes y cegadoras como el sol.
Estupefacto ante eso, cautivado por ella, aguantó... y luego se dejó llevar.
En la oscuridad, en el sueño, Iona se agarró a él.
—¿Has oído eso? ¿Lo has oído?
—Solo es el viento —le contestó Boyle.
—No.
El bosque era tan espeso, la noche tan negra. ¿Dónde estaba la luna?
¿Por qué no había luna ni estrellas? se preguntó. Y con un escalofrío, lo
comprendió.
—Está en el viento.
Su nombre, la seductora atracción del susurro. Un roce de seda sobre
su piel desnuda.
—Necesitas dormir.
—Pero estoy dormida. ¿No es así?
Cuando se estremeció de nuevo, él le frotó las manos heladas entre las
suyas.
—Deberíamos encender un fuego.
—Está muy oscuro. Está muy oscuro, hace mucho frío.
—Sé el camino a casa. No te preocupes.
Él comenzó a guiarla a través de los árboles, alejándose de las
pequeñas volutas de niebla que, como la lengua de una serpiente, se
arrastraban sobre el suelo.
—No me sueltes —le dijo cuando el susurro se deslizó acariciando su
piel.
—El camino está bloqueado, ¿no lo ves? —Boyle señaló hacia las
gruesas ramas que obstruían el sendero—. Tendré que apartarlas para que
podamos pasar.
—¡No! —Agarró con fuerza su mano, llevada por un ataque de pánico
—. Es lo que él quiere. Igual que antes, para separarnos. Tenemos que
mantenernos juntos. Tenemos que resistir.
—El camino está bloqueado, Iona. —Se volvió hacia ella, mirándola a
los ojos. Los suyos eran dos oscuros pozos dorados, penetrantes y firmes
—. Deberíamos encender un fuego.
—La niebla se acerca. ¿No la oyes?
El lobo, solo un débil gruñido en la negrura, en la niebla.
—Lo oigo. Fuego, Iona. Es lo que necesitamos.
Fuego, pensó. Contra la oscuridad, contra el frío.
Fuego, por supuesto.
Extendió los brazos con fuerza, alzando la cara, y lo invocó.
Potente, brillante, con un veloz chasquido que restalló en la niebla,
haciéndola bullir, haciendo que echara chispas y quedara reducida a una
negra película de cenizas.
—Luz a la oscuridad. Blancura a la negrura. De mi sangre invoco al
fuego para que arda, para que se eleve más y más su llama. Despierta o en
sueños, mi poder vaga en libertad. Hágase mi voluntad.
Una voluta de niebla se escabulló, acercándose de forma furtiva.
Boyle se colocó delante de Iona a toda prisa y lanzó un puñetazo.
Sintió un fugaz dolor en los nudillos. Luego la niebla y las cenizas
desaparecieron, y solo quedó fuego y luz.
Iona vio la sangre brotar de la mano de Boyle.
Y despertó sobresaltada.
Vio que despuntaba el día, su nacarada promesa haciéndose más
intensa en la ventana.
Un sueño, solo había sido un sueño. Tomó aire para serenarse. Cuando
Boyle se incorporó a su lado, le asió la mano.
vio la sangre.
—Ay, Dios mío.
—En el bosque, juntos. —Sus dedos la asieron con fuerza—. ¿Ha sido
así?
Ella asintió.
—Creo que se trata de una especie de proyección astral. Estábamos
aquí, pero también allí. Debo de haberte arrastrado conmigo. Tú... le has
pegado un puñetazo a la niebla.
—Ha funcionado, y además me ha sentado bien, aunque tu fuego hizo
más.
—No, sí. Qué sé yo. Has lanzado el puñetazo y durante un instante ha
sido como si golpearas un agujero. Yo... Pero estás sangrando.
—Seguro que no es más que un rasguño.
—No, te lo ha hecho él. No sé si se trata tan solo de un rasguño. —
Podía llamar a Connor y a Branna, pero de algún modo sentía que era su
deber hacer aquello—. Tengo que curarte.
—No te pongas así, solo hay que lavarlo y ponerle un poco de
ungüento.
—Así no.
Se dio cuenta de que el corazón le latía con fuerza, más rápido de lo
que lo había hecho incluso presa del miedo en el sueño.
Boyle sangraba, y había sido Cabhan quien lo había hecho sangrar.
—Es una herida sobrenatural. Lo he estudiado, confía en mí.
Posó la mano sobre el superficial corte y cerró los ojos. Vio su mano,
fuerte, ancha, los fascinante nudillos llenos de cicatrices de sus días de
boxeador. Vio la sangre, y más dentro, mirando más a fondo, la delgada
línea negra del veneno de Cabhan. Tal y como había temido.
Extráelo, se dijo. Extráelo y deshazte de ello. Blanco contra negro otra
vez. La luz contra la oscuridad. Extráelo antes de que penetre más, antes de
que pueda extenderse.
Sintió que salía poco a poco, sintió que ardía hasta consumirse. Por la
rigidez de su mano supo que le estaba causando dolor, pero la herida ya
estaba limpia. Despacio, con sumo cuidado, se puso a sanar el superficial
corte. En esa ocasión el dolor, pequeñas y agudas punzadas, se lo causaba
ella, pero fue desapareciendo poco apoco.
Solo un rasguño, tal y como él había dicho, una vez que había extraído
el veneno.
Abrió los ojos y vio su mirada clavada en ella.
—Te has puesto pálida.
—Me ha costado algo de trabajo. Ha sido mi primer intento con este
tipo de cosas. —La cabeza le daba vueltas y sintió un par de retortijones en
el estómago. Pero la herida estaba limpia y cerrada. Estudió su mano,
satisfecha—. Había utilizado veneno. Ignoro si habría causado algún daño,
aunque podría haberse extendido. No era mucho, pero ya lo he sacado.
Puedes pedirle a Connor que le eche un vistazo.
Boyle continuó estudiándola mientras ella hacía que flexionara los
dedos.
—Yo diría que lo has hecho muy bien.
—No sé si él esperaba que te llevara conmigo. Y no sé cómo lo he
hecho. Pero tú me has dicho lo que había que hacer. El fuego. Me lo has
dicho tú, y ha funcionado.
—Reducirlo a cenizas.
—Bueno, no sería la primera vez, y no creo que sea la última.
—No, no será la última.
—Te diría que siento haberte arrastrado a eso, pero me alegro mucho
de que estuvieras conmigo.
—No cabe duda de que ha sido toda una experiencia.
Una experiencia que lo había alterado y, más aún, que lo había
desconcertado. Durante la misma había sentido una gran calma y una fe
absoluta en que ella haría lo que había que hacer.
—Parecía un sueño —prosiguió Boyle— por la forma en que la mente
puede ser un poco lenta y porque, en ese momento, no te cuestionas las
cosas raras de la situación.
—Haré un hechizo para la cama, o mejor aún, me ocuparé de que
Branna lo haga. Eso debería ayudar.
—Le hice daño. —Boyle flexionó los dedos una vez más—. Creo que
no se esperaba el puñetazo. Sé cuándo un puñetazo da de lleno en el blanco,
y este lo hizo. También estoy pensando que el veneno era para ti. ¿Habría
podido sacarte yo del sueño como has hecho tú conmigo? ¿Lo sabes? Y de
haber hecho eso, en caso de que se me hubiera ocurrido, ¿habría podido
llevarte con Connor a tiempo de que se ocupara del veneno?
—Hubieras sabido qué hacer. —De forma instintiva, levantó las
manos para frotarle los hombros y descubrió que los tenía tensos—. Sabías
que necesitábamos el fuego y conservaste la calma. Necesitaba que
conservaras la calma. Creo que sabrás qué hacer si viene..., cuando
venga..., otra vez a por nosotros. —Exhaló una larga bocanada de aire.
»Me muero de hambre. Iré a preparar el desayuno.
—Yo lo haré. Eres una cocinera pésima.
—Eso es muy cierto. Vale, tú cocinas. Yo voy a llamar a Branna para
contárselo, solo por si acaso. ¿Aún vamos a salir?
—No veo por qué habría de cambiar esto las cosas.
—Genial. Me daré una ducha y luego llamaré a Branna. Es temprano,
y no estará de tan malas pulgas si duerme otros quince minutos.
—Pondré la tetera al fuego.
Pero Boyle cogió su teléfono primero y, mientras ella se daba una
ducha, marcó el número de Fin. Prefería saber lo que este tenía que decir
antes de freír el beicon.
Capítulo 15
Era el país de sus antepasados, y mientras lo veía alzarse, descender y
desplegarse a través de la ventanilla del camión, Iona comprendió que era
el país de su corazón.
Se había asentado dentro de ella como un trago de whisky en una
noche fría, cálido y reconfortante. Verdes colinas se extendían bajo un
cielo cubierto por capas de nubes, apiladas como sábanas de lino. El sol se
asomaba entre ellas, creando intermitentes espirales azules, luminosas
como ópalos. Rollizas vacas y ovejas lanudas salpicaban los campos
esmeraldas divididos por irregulares setos verdes o muros de piedra gris.
Granjas, establos y preciosas casitas se diseminaban sobre la tierra a
lo largo de la serpenteante carretera, con el encanto típico de una postal.
Los jardines delanteros tendían su mano a la primavera, con valientes
flores abriéndose en vivos tonos azules, atrevidos naranjas y delicados
blancos, rematadas aquí y allá con precursores narcisos.
Viviría la primavera en Irlanda, pensó Iona, la primera del resto de su
vida. Y al igual que aquellas valientes flores, decidió florecer.
La carretera zigzagueaba, los altísimos setos de pendientes de la reina
silvestres que abarrotaban las curvas, cuyas flores colgaban como gotas de
sangre, podían llegar casi a cerrarla como si fuera un túnel. Luego el
mundo se abría de nuevo a las colinas, a los campos y, de manera
emocionante, a las sombras de las montañas.
—¿Cómo lo resistes? —se preguntó Iona—. ¿No te deslumbra, no te
deja sin aliento y te encoge el corazón constantemente?
—Es mi hogar —repuso sin más—. No hay otro lugar en el que
prefiera estar. Va conmigo.
—Oh, también va conmigo. —Por fin se sentía integrada.
El viento se levantó, y una ráfaga de lluvia golpeó el parabrisas. A
continuación, el sol se apresuró a convertir las gotas en diminutos arcoíris.
Magia, pensó, simple y misteriosa.
Igual que la abadía de Ballintubber.
Sus limpias líneas otorgaban una serena dignidad a la vieja piedra
gris. Esta se alzaba sobre un precioso terreno esmeralda, con campos de
ovejas al fondo, que se extendían frente a las verdes colinas, a las
imponentes montañas.
Simple esplendor, pensó, reconociendo que dicha paradoja era la
descripción perfecta de aquella antigüedad y de la vida que se desarrollaba
a su alrededor. Se bajó del camión para estudiar los senderos, los jardines
que desafiaban los últimos coletazos del invierno, y esbozó una sonrisa
cuando la brisa llevó hasta ella el balido de las ovejas.
Pensó que podría sentarse en la hierba y pasarse el día entero mirando,
escuchando sin más, rebosante de felicidad.
—Supongo que querrás escuchar la historia del lugar.
Había leído algo en su guía, pero le gustaba la idea de que Boyle le
diera su punto de vista.
—No me importaría.
—Bueno, fue construido por Conchobair... Cathal Mor de la mano
roja, del clan O’Connor, así que es uno de los tuyos.
—Ah. Por supuesto. —Qué profundas eran sus raíces allí, pensó. Y
qué maravilloso era eso—. Igual que Ashford, antes de que los Burke lo
ganaran.
—Eso es. Fue en 1216. Sé la fecha porque quieren restaurar el ala
este, me parece, para el octavo centenario. Y la leyenda, o una de ellas,
dice que aunque Cathal era hijo del rey Turloch, lo obligaron a huir de la
reina de Turloch y pasó cierto tiempo trabajando y escondiéndose antes de
ocupar el trono. Y había un hombre que lo trató con amabilidad, y Cathal,
siendo ya rey, le preguntó qué podía hacer para recompensarlo. Lo que el
hombre, ahora anciano, quería era una iglesia en Ballintubber, y por eso
Cathal ordenó su construcción.
Recorrieron el sendero mientras él le contaba la historia, con su voz
dando vida a las palabras y los balidos de las ovejas de coro. Absurdamente
feliz, Iona tomó la mano de Boyle para unirse a él, para sellar esos
momentos.
—Algunos años después el rey vio de nuevo al anciano y este estaba
enfadado porque no había cumplido su palabra. Al parecer, la iglesia se
había construido, pero en Roscommon.
Riendo, Iona levantó la mirada hacía él.
—¡Ups!
—Eso es. Pero Cathal ordenó que construyeran otra iglesia, y esta fue
la abadía de Ballintubber.
—Un hombre de palabra.
—Eso dicen.
—Me alegra saber que hay un rey agradecido y honrado entre mis
antepasados.
—Y es un legado que perdura, ya que se dice que es la única iglesia de
Irlanda construida por un rey irlandés que sigue en uso.
—Eso me parece maravilloso. La gente suele despreciar lo viejo por
lo nuevo en vez de comprender ese legado.
—Lo que hubo antes de ahora importa —adujo Boyle sin más—.
Pierce Brosnan se casó aquí hace unos años, y ese ha sido el suceso por el
que se ha hecho famosa más recientemente. Antes de eso era conocida
porque aquí está el inicio del Tórchar Phádraig.
—La ruta de peregrinaje a la montaña de San Patricio. He leído algo
sobre eso.
—También se dice que Seán na Sagart, que fue un vil cazador de
sacerdotes, está enterrado en el cementerio de aquí. Ahí. —Boyle levantó
la mano para señalar un árbol grande—. Eso dicen.
—Es un buen lugar. Limpio y poderoso. Y tengo una sensación de
reconocimiento, de conexión, en lo más hondo. ¿Es extraño?
Boyle se encogió de hombros.
—Fue tu sangre quien lo construyó.
—Por eso hemos venido aquí primero. —Con una sonrisa en los
labios, apoyó la cabeza contra su brazo—. Gracias. —Bajó la vista hacia
una vieja y picada piedra y a lo que había grabado en ella—. ¿La
coronación?
—Bueno, no solo está la abadía, las tumbas y demás. Eso es parte del
vía crucis. Han añadido aquello, un rosario al aire libre, y ahí, una pequeña
cueva que imita un establo para el nacimiento. Es un poco raro.
—Es maravilloso. —Tirando de su mano, Iona siguió el sendero,
buscando otras piedras y letreros en el cuidado y bonito jardín—. Es tan
abstracto, tan contemporáneo, y un contraste realmente creativo con lo
antiguo.
Se detuvo ante un pequeño riachuelo, cuya orilla estaba cubierta de
bajas matas que se extendían hacia las rugosas piedras, las cuales estaban
coronadas por tres cruces que representaban la crucifixión.
—Debería inspirar tristeza, y sé que tendría que inspirar respeto. Y lo
hace, pero resulta más... fascinante. Y luego esto. —Entró en la cueva para
echar un vistazo a las estatuas de María, José y el niño Jesús—. También
es maravilloso..., dulce y un poco hortera. Creo que a Cathal le agradaría lo
que han hecho aquí.
—Que se sepa, no ha protestado.
Entraron y ahí encontró un silencio reverencial.
—Los seguidores de Cromwell incendiaron el lugar —la informó
Boyle—. Por las ruinas que hay fuera del monasterio puede verse que las
distintas estancias se derrumbaron, pero la iglesia se mantuvo en pie y
todavía resiste. Dicen que la zona de ahí, donde se encontraba la pila
bautismal, tiene mil años de antigüedad.
—Resulta reconfortante saber que las cosas que construimos pueden
sobrevivir, ¿no te parece? Es hermoso. Los vitrales, la piedra. —La forma
en que sus pasos resonaban en la quietud acentuaba la atmósfera—. Sabes
mucho de esto —comentó Iona—. ¿Lo has estudiado?
—No me hizo falta. Tenía un tío que trabajó aquí en algunas de las
reparaciones y mejoras.
—Así que mis antepasados lo construyeron y los tuyos ayudaron a
conservarlo. Esa es otra conexión.
—Muy cierto. Y un par de primos y otro par de amigos se casaron
aquí, así que he estado en este sitio unas cuantas veces.
—Es un buen lugar para una boda. La continuidad, el cuidado, el
respeto... y el romanticismo, historias de reyes y cazadores de curas,
seguidores de Cromwell y James Bond.
Boyle rió al oír aquello, pero ella se limitó a esbozar una sonrisa. Iona
sentía algo en ese lugar: una afinidad, una sensación de reconocimiento, y
una especie de certeza.
Comprendió que había estado allí antes, o habían sido sus antepasados
los que habían estado, para sentarse, tal vez, sumidos en ese reverencial
silencio.
—Velas y flores, luz y aromas. Y música. Mujeres con bonitos
vestidos y hombres guapos. —Se puso a deambular una vez más,
imaginándoselo todo en su cabeza—. Un bebé llorón al que están
tranquilizando, pies que se arrastran. Júbilo, expectación y amor haciendo
una promesa. Sí, es un buen sitio para una boda.
Quería para sí aquel lugar que conjugaba lo antiguo, el contraste y la
resistencia.
Volvió a su lado y lo cogió de la mano otra vez.
—Las promesas aquí hechas serían importantes, y se cumplirán si
quienes las hacen creen en ellas —le dijo Iona a Boyle.
De nuevo en el exterior fueron hasta las ruinas. Iona rozaba con los
dedos la vieja piedra, y las atravesaron hasta el cementerio en que
descansaban los fallecidos hacía mucho tiempo.
Tomó fotos para recordar aquel día y, aunque Boyle se quejó al
respecto, lo convenció para que posara con ella cuando se hizo una foto a sí
misma con el teléfono móvil.
—Se la enviaré a Nana —le dijo—. Flipará en colores cuando vea...
—¿Qué pasa?
—Yo... La luz. ¿Lo ves? —Le acercó el teléfono.
En la pantalla aparecían posando, Iona con la cabeza inclinada hacia
el hombro de él. Ella tenía una sonrisa serena y Boyle, más sobria.
Y una luz, blanca como la cera, los rodeaba.
—Puede que sea el ángulo. Un destello del sol.
—Sabes que no es eso.
—No, no es eso —reconoció Boyle.
—Es este lugar —murmuró Iona—. Construido por los míos,
conservado por los tuyos; forma parte de ello. Es un buen lugar, un lugar
fuerte. Un lugar seguro. Creo que los tres vinieron aquí. Y otros que
descendían de ellos. Y ahora yo. Me siento... bienvenida aquí. Es una buena
luz, Boyle. Es magia buena.
Le cogió la mano, estudiando su dorso, ahí donde la magia negra
había derramado su sangre.
—Connor me ha dicho que está limpia —le recordó Boyle.
—Sí. La luz destierra a las sombras. Meara tenía razón en eso. —
Asiendo aún su mano, lo miró a los ojos—. Pero igual que las promesas
que se hacen, la luz tiene que creer en ello.
—¿Y tú?
—Yo creo.
Acercó la mano libre a su rostro, poniéndose de puntillas para rozarle
los labios con los suyos.
Iona creía en ello. En lo más hondo de su ser tenía fe y resolución. Y
su corazón había aceptado aquello que había comprendido mientras
paseaba con él por los senderos y diminutos jardines que se abrían para la
primavera, entre los espíritus y las leyendas, por el lugar que era una
promesa cumplida por uno de sus antepasados.
Ella amaba. Por fin. Amaba tal y como siempre había anhelado. Él era
el amor de su vida. Y con él tenía que aprender a ser paciente y también a
aferrarse solo a esa fe. La fe en que él la amaría como ella lo amaba a él.
Esbozó su mejor sonrisa.
—¿Y ahora qué? —preguntó Iona.
—Bueno, está la abadía de Ross. En realidad es un monasterio. El
monasterio de Ross Errilly. No queda lejos, y seguramente quieras
curiosear por allí.
—De acuerdo, vamos.
Miró en derredor mientras regresaban al camión, y supo que volvería.
Quizá para recorrer el vía crucis o simplemente para quedarse de pie en la
brisa y contemplar los campos.
Volvería, igual que habían vuelto los de su sangre.
Pero por el momento, mientras él la alejaba de allí en su camión,
contaría los días que faltaban.
Desde la carretera vio la imponente masa, sus puntas, sus torres y sus
derruidos muros. Bajo el plomizo cielo parecía algo sacado de una película
antigua en donde unas criaturas que se arrastraban en la oscuridad se
ocultaban y conspiraban.
Estaba deseosa de echar un vistazo más de cerca.
El camión recorrió un estrecho camino de tierra lleno de baches con
preciosas casitas a un lado, acompañadas de jardines con flores que
desafiaban al frío. Al otro lado del camino se extendían campos plagados
de vacas y ovejas.
Al frente, más allá de lo organizado y lo rural, se alzaban imponentes
las ruinas.
—No lo he estudiado —dijo Boyle—. Pero sé que es antigua, desde
luego..., no tanto como la abadía, pero antigua igualmente.
Iona se aproximó, oyendo el silbido del viento entre los picos y
salientes de piedra, el batir de alas de los pájaros y el mugir del ganado.
La torre central se alzaba por encima de los muros sin tejado.
Cruzó una entrada y sus pies crujieron sobre la gravilla.
Criptas para los muertos o lápidas en el suelo.
—Creo que los ingleses expulsaron a los monjes, como tenían por
costumbre entonces, y los seguidores de Cromwell hicieron el resto y
saquearon el lugar. Lo saquearon y lo incendiaron.
—Es enorme. —Pasó bajo un arco, levantando la vista hacia la torre y
los negros pájaros que la rodeaban.
Se notaba el ambiente pesado; se avecinaba lluvia, decidió. El viento
soplaba a través de las ventanas ojivales, silbando por la estrecha y curvada
escalera de piedra.
—Esto debían de ser las cocinas. —No le gustaba la forma en que
retumbaba su voz, pero se acercó para mirar lo que parecía ser una especie
de pozo seco—. Ponte ahí. —Iona señaló hacia el enorme hogar.
Él arrastró los pies, lanzándole una mirada angustiada.
—No me gustan demasiado las fotos.
—Compláceme. Es una chimenea enorme. Tú eres un tío alto. —
Tomó las fotografías—. Ellos mismos mataban a los animales cuya carne
comían, cultivaban sus propias verduras, molían su harina. Tenían peces en
aquel estanque de ahí. Los franciscanos. —Deambuló, teniendo que
agachar la cabeza bajo los arcos a pesar de su estatura, hasta una zona
abierta. Una hilera de arcos, lápidas y hierba—. El claustro. Pensamientos
sosegados, hábitos y manos cruzadas. Tenían un aspecto tan pío, pero
algunos tenían sentido del humor, otros ambición. Envidia, codicia, lujuria,
incluso aquí.
—Iona.
Pero ella continuó, deteniéndose al pie de unos escalones, sobre cuyo
arco habían grabado la figura de Cristo.
—Los símbolos son importantes —dijo Iona—. Los cristianos
imitaron a los paganos en eso, tallando y pintando a su dios único igual que
los antiguos tallaban y pintaban a sus numerosos dioses. Ninguno de ellos
comprendió que el dios único es parte de los dioses múltiples, que los
múltiples son parte del único.
El viento agitó su cabello cuando salió a una angosta balaustrada.
Boyle la cogió del brazo con firmeza.
—Morí aquí, o fue mi antepasada quien lo hizo. Parece lo mismo.
Interrumpió el camino a casa, demasiado vieja, demasiado enferma para
continuar. Algunos quemarían a la bruja en esa época, pero su poder se ha
acallado y la acogen. Lleva el símbolo, pero no saben lo que eso significa.
El caballo de cobre. —La mano de Iona envolvió con fuerza su amuleto—.
Pero él lo sabe. Huele su debilidad. Espera, pero debe ir hasta ella. Ella no
puede concluir el viaje. Y siente que él se acerca, ansioso por lo que le
queda a ella.
Él tiene menos poder del que tenía, aunque suficiente. Todavía
suficiente. Ella ya no tiene opción. No puede hacerlo en el lugar de su
poder, en su fuente. El está susurrando. ¿Puedes oírlo?
—Apártate ya.
Iona se dio la vuelta. Sus ojos se habían vuelto casi negros.
—No está hecho, y ha de hacerse. Ella tenía a su nieta..., tanto amor
entre ellas, y el poder hierve en la pequeña. Le pasa lo que posee, igual que
hizo la primera, igual que su propio padre había hecho con ella, y junto con
el poder le pasa el símbolo. Una carga, una losa en el corazón. Siempre ha
sido eso para ella, sin nada de alegría que establezca un equilibrio. Así que
le pasa el poder y el símbolo con pesar.
»Y los grajos baten sus alas. El lobo aúlla en la colina. La niebla se
arrastra sobre el suelo. Ella dice sus últimas palabras.
La voz de Iona se alzó, transmitida por el viento... en gaélico. Sobre
las nubes retumbó algo que podría haber sido un trueno o podría haber sido
el poder despertando. Los pájaros se alejaron profiriendo asustados
graznidos, dejando solo el cielo y la piedra.
—Las campanas tañeron como si lo supieran —prosiguió—. Aunque
la niña lloraba, sintió el poder alzarse... ardiente y blanco. Fuerte, joven,
vital y feroz. Así que a él se le negó una vez más aquello que ansiaba. Y
una vez más, y otra vez más, espera.
Iona puso los ojos en blanco. Cuando se tambaleó, Boyle la atrajo
contra sí.
—Tengo que marcharme de aquí —dijo con voz débil.
—Muy cierto.
La cogió en brazos y bajó con ella por la angosta escalera curvada,
atravesando los arcos bajo los que casi tuvo que doblarse por la mitad para
poder pasar, y salió de nuevo al aire fresco y a la lluvia que caía.
Su húmeda sensación en las mejillas resultaba celestial.
—Estoy bien. Solo un poco mareada. No sé qué ha pasado.
—Una visión. Ya he visto a Connor atrapado en una.
—Podía verlas, a la anciana, a la niña humedeciendo la cara de su
abuela. Fiebre, estaba tan caliente, como si ardiera por dentro.
Podía escucharlas a ellas, a él. Y podía oírlo tratando de llegar hasta
ella, tratando de hacerla salir. Sentí su dolor, físico y emocional. Deseaba
tanto poder evitarle a la niña el peligro y la responsabilidad, pero no había
más opción, no había tiempo.
Boyle la cambió de posición para abrir la puerta del camión y la metió
dentro, sorprendido porque las manos no le temblaran imitando a su propio
corazón.
—Has hablado en gaélico.
—¿En serio? —Iona se retiró el pelo—. No puedo recordarlo, no
exactamente. ¿Qué he dicho?
—No estoy seguro del todo. Algo así como «Eres la elegida, pero ha
de haber tres». Y creo que... —Se afanó con la traducción—: «Aquí
termina para mí; comienza para ti». Algo parecido, y más que no he podido
entender. Tus ojos se han vuelto tan negros como los de un cuervo, y tu
piel tan pálida como la cera.
—Mis ojos.
—Ya están normales —le aseguró, acariciándole la mejilla—. Azules
como un cielo de verano.
—Necesito practicar más. Es como intentar competir en las
olimpiadas cuando todavía estás aprendiendo a cambiar de mano y de aire.
Y ese es un lugar potente, lleno de energía y poder.
Boyle había estado allí con anterioridad, y no había sentido nada salvo
cierta curiosidad. Pero esa vez, con ella...
—Te enganchó —afirmó Boyle—. O te enganchaste tú.
—O fue ella, la anciana. Está enterrada allí. Tenemos que volver
algún día, cuando esto haya terminado, y poner unas flores en su tumba.
En ese momento no tenía ganas de volver a llevarla jamás. Pero
mientras rodeaba el camión para subirse, la lluvia cesó.
—Mira. —Cogió la mano de Boyle, señalando con la otra el arcoíris
que resplandecía tras las ruinas—. La luz gana. —Esbozó una sonrisa
sincera y, llevada por el espíritu del arcoiris, se arrimó para besarlo—. Me
muero de hambre.
Él no pensó, sino que tiró de Iona para besarla hasta que la imagen de
ella tambaleándose en el saliente se disolvió.
—Conozco un lugar que no está lejos y que tienen un pescado con
patatas fritas muy bueno. Y bien sabe Dios que necesito una cerveza.
—A eso me refería. Gracias —agregó Iona.
—¿Por qué?
—Por enseñarme dos sitios asombrosos y por cogerme antes de que
me cayera.
Miró de nuevo hacia el monasterio, las negras aves, el arcoiris. Su
vida había cambiado para siempre, pensó. Pero a diferencia de su
antepasada, ella lo consideraba un regalo.
En la acogedora cocina, con el perro a sus pies y la lumbre encendida
en la chimenea, Iona se lo contó todo a sus primos.
—Has tenido un día ajetreado —comentó Connor.
—Y más.
—Han sido tres acontecimientos, llamémoslos así, en un solo día. —
Branna, con el cabello aún recogido tras su jornada de trabajo, contempló
su té—. Pero solo el primero tiene relación con Cabhan.
—El último también —le recordó Iona—. Ella lo sintió acercarse.
—Una visión del pasado. Da igual que fuera tuya o de otra, sigue
siendo el pasado. Dudo que ahora él se aventurara tan lejos. —Branna miró
a Connor.
—No, ahora no, y ¿por qué habría de hacerlo? Cuéntame qué sentías...
antes, durante y después de que tuvieras la visión.
—Previamente, no estoy segura. Sentía que había estado antes allí,
igual que en la abadía, pero no... alegre, no así de feliz. Era oscuro y...
bueno, triste. Conocía la disposición, qué era cada cosa, pero ahora me doy
cuenta de que era ella, nuestra antepasada. Tenía sus pensamientos, y
algunos eran muy amargos. Ella sabía que se moría, pero más que la
muerte detestaba pasarle el amuleto, el poder, la responsabilidad, a su
nieta.
»No recuerdo haber subido los escalones. Tuve la impresión de que
estaba allí, sin más. La anciana estaba en cama, con su cabello canoso.
Tenía, además, el rostro ceniciento y estaba febril. Y la chica estaba a su
lado, humedeciéndole la cara. Tenía el cabello rojo y largo. Eimear..., creo
que llamó Eimear a la chica.
—No recuerdas qué dijiste en gaélico —le urgió Connor.
—No, solo lo que Boyle creyó que significaba, o lo que él entendió.
Recuerdo la pena y el miedo, luego la luz irrumpiendo en la habitación.
Durante un instante una sensación de poder..., salvaje, enorme. Como...,
bueno, como un orgasmo realmente alucinante. Después todo se volvió gris
y daba vueltas. Me sentí mareada, débil, desorientada, y cuando eso pasó,
muerta de hambre.
—La sensación de mareo cesará dentro de un rato —le dijo Connor—.
Menos mal que no estabas sola. No esperabas esto, ¿no? —le preguntó a
Branna.
—No, todavía no. Aún no. Quiero decir que está... estás —se corrigió,
y se dirigió a Iona de forma directa— acelerando. Creo que se debe a
dónde estás y a con quien estás. Estamos los tres juntos, así que lo que
tienes está madurando más rápido de lo que lo haría si no fuera así. Esto es
algo bueno. Serás más fuerte, menos vulnerable.
—¿Debo esperar más sorpresas?
—Tomaremos las cosas según vengan.
—Rebobinemos un momento. El sueño. ¿Compartimos Boyle y yo el
sueño porque estábamos juntos?
—El sexo. —Connor se recostó, estirando las piernas—. Es un vínculo
poderoso. O puede serlo.
—Así que si mantengo relaciones sexuales con Boyle, ¿puede verse
arrastrado conmigo? Pero le hace daño. Su mano. El veneno.
—Lo cual atendiste perfectamente. Tienes buen instinto.
—Pero la próxima vez podría ser peor.
—Hay que tomarse las cosas según vienen. —Le recordó Branna—.
Cabhan le hizo daño, pero Boyle también le hizo daño a él. Cabhan sintió
el golpe..., un golpe humano y en un sueño..., y eso me parece interesante.
—Era negro, mezclado con la sangre de Boyle. Podía verlo. Si se
hubiera extendido antes de que...
—Pero no fue así —replicó Branna de manera acalorada—. Nos
enfrentamos a lo que hay. No puedes complicar lo que hay con los «¿Y si?»
ni con las emociones.
—Le quiere. —Connor le frotó la mano a Iona cuando esta se
sobresaltó—. El amor lo complica todo y también se abre paso a través de
todo.
—Yo no he dicho que... ¿Cómo sabes algo que yo acabo de descubrir?
—Sale de ti con tanta fuerza que no puedo evitar verlo. —Le frotó la
mano otra vez—. No era mi intención asomarme a la puerta, pero es que
está abierta de par en par.
—No le he dicho nada a él. —Ni podía ni debía, pensó, recordándose
su promesa de ser paciente—. Digamos que lo estoy saboreando. He
querido sentirme así, he intentado sentirme así, durante mucho tiempo. Y
con Boyle no he tenido que desearlo ni intentarlo. Ha sucedido.
—Eso está muy bien, y desde luego es uno de los mejores hombres
que conozco, pero no puedes dejar que lo que tienes se cuele a través de la
bruma del amor —la advirtió Branna.
—En eso tenemos opiniones distintas —intervino Connor—. Yo
pienso que el amor solo aumenta el poder. Dónde está influye —le dijo a
Branna—. Y también el hecho de estar con nosotros. Pero creo que lo que
siente es otra razón de que esté progresando tan rápido. ¿Cómo supo que el
veneno estaba dentro de Boyle y cómo lo extrajo limpiamente, cuando
nunca antes había hecho nada semejante?
—No te lo discuto. Es diferente para cada uno, ¿no es así? El amor, la
magia, y cómo lo entendemos y nos enfrentamos a ello. Y en cada caso, las
decisiones que tomamos. Solo digo que llevas muy poco tiempo aquí, y
con él, como para pensar en el amor y en las decisiones que lo acompañan.
—Lo supe nada más verlo. Quizá fue una especie de visión. No lo sé.
Pero sentí este cosquilleo. —Se apretó el vientre con la mano—. Y este
aleteo. —Se llevó la mano al corazón—. Me dije que era atracción porque
estaba impresionante a lomos de Alastar..., pero era más que eso. Me dije a
mí misma que no podía seguir adelante porque..., bueno, al principio creí
que estaba con Meara.
Miró a Connor enarcando una ceja cuando este soltó una breve
carcajada.
—No sé por qué te hace tanta gracia. Hacen muy buena pareja. Altos,
en forma y despampanantes. Y tienen una conexión; estaba claro desde el
principio.
—Claro, como Branna y yo, porque están tan unidos como hermano y
hermana, y nunca ha sido de otro modo. Pero creíste que eran algo más, así
que dejaste a un lado lo que sentías o podrías haber sentido. Eso dice
mucho de ti. No todos harían lo mismo. Me pregunto si yo lo haría.
—El amor a primera vista es un cuento chino —dijo Branna con
firmeza.
—Adoro los cuentos. —Con una carcajada, Iona apoyó los codos
sobre la mesa y la cara, en los puños cerrados—. Una vez que Meara me
sacó de mi error decidí que no era más que atracción y que estaba bien.
Decidí que solo quería acostarme con él, pero nunca he sentido lo que
siento por él. Y sé lo que es, y sé que empezó cuando lo vi montado en
Alastar, ambos fieros y furiosos. Me enamoré de ambos en ese preciso
instante. Estoy tratando de ser paciente, lo cual no forma parte de mi
naturaleza. Alastar descubrió que me quería. Ahora solo tengo que esperar
a que Boyle también lo descubra.
—¿Confías en que lo haga? —le preguntó Branna.
—No puedes esperar que existan los finales felices. Tienes que creer
en ellos. Luego haz el trabajo, asume los riesgos. Mata al dragón..., aunque
en realidad pienso que los dragones tienen mala fama..., besa a la princesa,
o a la rana, y derrota a la malvada bruja.
—Bueno, me conformo con derrotar a la malvada bruja como final
feliz.
No debería conformarse solo con eso, pensó Iona, pero Connor le dio
un pequeño apretón en la mano antes de que pudiera decirlo.
—Tengo cosas de las que ocuparme, pero luego, después de cenar —
prosiguió Branna— practicaremos otra vez. Connor puede ayudarte con las
visiones, con la sanación. El solsticio está cada día más cerca y hay mucho
trabajo por hacer.
—¿Tienes alguna idea de qué hacer?
—Has dicho que Boyle lo hirió en un sueño, y solo con su puño.
Nosotros podemos hacer mucho más.
—Tengo que volver a la escuela y supervisar a los polluelos, pero
estaré en casa dentro de una hora.
—Me voy contigo —le dijo Iona a Connor—. Me gustaría ejercitar un
poco a Alastar, aunque solo sea dar una vuelta por el picadero.
—Pues me pasaré a recogerte y volveremos juntos a casa.
—Es probable que me traigan, pero si no, te enviaré un mensaje.
—Muy bien, largaos los dos y dejadme tiempo para pensar. —Branna
se apartó de la mesa—. Has dicho que Fin iba a hacer un hechizo de
protección para la cama de Boyle. Asegúrate de que lo haya hecho antes de
volváis a utilizarla.
—Vale.
—La próxima vez que tú o cualquiera de nosotros entre en un sueño
quiero que sea una decisión propia y que seamos nosotros quien
introduzcamos a la persona.
Capítulo 16
Iona se puso las botas de montar y se tomó diez segundos para
aplicarse un poco de brillo de labios por si acaso se tropezaba con Boyle.
Ambos tenían obligaciones esa noche —él papeleo; ella clase de hechizos
—, pero tenía la esperanza de convencerlo para salir a cabalgar juntos
después del trabajo al día siguiente, quizá también ir a cenar de manera
informal, y después una agradable noche en su casa.
Fuera, se enganchó al brazo de Connor. Tal vez el aire fuera frío y
húmedo, pero estaba impregnado de primavera e instaba a los endrinos a
florecer.
—¿Te has enamorado alguna vez? —le preguntó.
—Claro, innumerables veces, y nunca de la forma a la que te refieres.
Aunque me han magullado y abollado el corazón, nunca se me ha roto.
—A mí también me lo han abollado y me han hecho algunas
magulladuras. En el instituto deseaba con todas mis fuerzas que me
rompieran el corazón para saber qué se sentía. Siempre quise esos
profundos sentimientos, ¿sabes? El ascenso y la caída. Lo que tuve fue en
su mayoría suelo llano. Conformarme con alguien que sabía que se
conformaba conmigo. Eso hace que te sientas mediocre para siempre.
—¿Y ahora?
—Ahora me siento poderosa, decidida. —Movió los dedos en círculo,
haciendo danzar diminutas luces—. Feliz.—Y todo te parece maravilloso.
—¿Tú quieres? ¿Enamorarte?
—Claro, algún día. Ella entrará en la habitación, hermosa y
resplandeciente, una diosa sexual con la mente de una erudita y el carácter
de un ángel. Cocinará como mi tía Fiona, que no tiene rival en la cocina,
estará a mi altura bebiendo cerveza en el bar y pocas cosas le gustarán más
que salir a cazar con halcones.
—No pides mucho.
Connor la miró con aquellos ojos, verdes como el musgo, brillantes.
—¿Por qué no pedirlo todo? Uno nunca sabe qué le deparará la vida.
—Bien pensado —repuso, e hizo danzar de nuevo las luces.
En el establo, Boyle cepilló a Monada no solo porque tenía que
hacerlo, sino también para tranquilizarse él mismo. Había enviado a casa a
los mozos un poco antes, pues deseaba estar un rato a solas. En esos
momentos, con la dulce yegua como compañía en la quietud del establo,
podía repasar todas las cosas que abarrotaban su mente.
Había facturas por pagar y pedidos que hacer, y ya llegaría a eso, ¿no?
Tenía toda la noche para ocuparse de ello, porque debía hacerlo.
Porque así lo quería, se corrigió.
Un hombre necesitaba tiempo y espacio para sí mismo sin una mujer
que esperara tener su atención.
De modo que no debería estar pensando en pasar a recogerla para que
ella estuviera en su tiempo y en su espacio.
En todo caso, una vez que se hubiera ocupado del papeleo, debería
invertir parte de ese tiempo en pensar en lo que había sucedido ese día.
Tendría que contárselo todo a Fin, desde luego, y lo haría cuando este
regresara. Hablarían de ello largo y tendido mientras se tomaban una
cerveza, de modo que no habría espacio para Iona, aunque la prefiriese a
ella.
Lo cual era así todo el puto rato.
¿Qué coño significaba que un hombre no pudiera mantener a una
mujer fuera de su espacio, mucho menos de su cabeza?
Estaba hechizado, eso era, por sus ojos azules y su risa espontánea, y
por su precioso cuerpo, al que no podía quitarle las puñeteras manos de
encima. Y aquella fe absoluta en la bondad y en la felicidad que albergaba
en su interior, aunque cada vez estaba más convencido de lo poco que ella
había disfrutado de ambas cosas en su vida.
Descubrir que deseaba cubrirla de bondad y felicidad lo perturbaba
bastante. ¿Acaso no había planeado el día entero con el propósito de darle
justo eso? No lo había conseguido del todo, a causa de la oscura visión y
del susto que había estado a punto de provocarle un infarto, pero lo había
planeado todo con ella en mente.
Ella estaba siempre en su cabeza.
Era hora de recordarse que, en el fondo, lo que un hombre necesitaba
era tener espacio, un trabajo, un buen caballo y una pinta de cerveza al
final de una dura jornada laboral.
—Eso es, ¿verdad, Monada? Aquí mismo tenemos lo que de verdad
importa. —En la casilla de al lado, Alastar resopló y bufó—. No estoy
hablando contigo, ¿no es así? Bestia malhumorada.
—Le dijo la sartén al cazo —repuso Fin a su espalda—. ¿Qué estás
rumiando, hermano?
Ese hombre sabía acercarse sin hacer ruido, pensó Boyle, como el
humo que sale de una chimenea.
—¿Quién dice que esté rumiando algo?
—Lo digo yo. —Fin alargó el brazo para acariciar el cuello de
Monada—. Has mandado a los hombres a casa temprano, ¿no?
—Un poco antes. Lo que había que hacer hoy ya está todo hecho.
—Creía que aún estarías de excursión con Iona.
—Estuvimos tiempo suficiente, tal vez más que suficiente.
—¿Problemas? ¿De tipo personal o mágico?
—Ambos, creo. Todo empezó esta mañana temprano, como bien
sabes, cuando compartí un sueño con ella y le pegué un puñetazo a ese
cabrón maldito.
—¿Te ha causado eso más problemas?
Cuando Fin le agarró de hombro, Boyle se limitó a continuar
cepillando al caballo.
—Nada grave ni permanente. Así que te contaré el resto.
Y así lo hizo, desde el principio hasta cuando sacó a Iona en brazos
del monasterio. Solo gruñó cuando Fin le agarró la mano.
—Ya te he dicho que ella me la curó, y después también Connor le
echó un vistazo.
—Pues ahora te la miraré yo. —Una vez lo hizo, Fin asintió y le soltó
la mano—. Me has dicho que lo heriste. ¿Estás seguro de eso ahora que ha
pasado cierto tiempo y que lo has pensando con detenimiento?
Boyle cerró el puño.
—Sé cuando doy de lleno en el blanco, tío.
—Sí, eso se sabe. —Fin se paseó de un lado a otro—. Lo he estado
pensando y vamos a utilizar eso; voy a pensarlo un poco más, pero lo
vamos a utilizar. Y tengo un hechizo de protección para ti antes de que te
vayas a la piltra. ¿Se va a pasar Iona?
—No, no va a venir. Necesito una noche para mí, ¿no? Tengo trabajo
pendiente y he pensando en ocuparme de eso sin que me agobien.
Fin enarcó una ceja ante su tono.
—¿Os habéis peleado?
—No. Después de llevármela del monasterio maldito, se puso morada
de pescado con patatas fritas, como si no hubiera comido en años. La llevé
a dar una vuelta por la bahía de Clew, ya que quería ver el agua, y luego
descubrió más ruinas, y otro cementerio, así que deambuló por allí, pero
nada allí la afectó, no como en los otros lugares. Y fue un alivio.
—Para tratarse de alguien que se ha metido en esto más tarde que la
mayoría, lo lleva bien.
—Supongo que sí, y es mucho que digerir. Y eso me da que pensar.
Fin hizo un gesto con la mano.
—Pues piensa en voz alta.
—Quiero que esté aquí, incluso cuando no quiero que esté. O creo que
no quiero que esté y luego sí que quiero. —Aquello le parecía un disparate
incluso a él mismo, pero no podía contenerse ahora que había empezado—.
Y nunca me ha gustado demasiado que haya mujeres en mi casa porque
suelen quejarse y dejarse cosas olvidadas, o traerse bártulos, y empiezan a
cambiar el orden de las cosas.
—Hum. ¿Y ella hace todo eso?
—No hace nada de nada, y resulta sospechoso, ¿no te parece?
Boyle levantó un dedo en el aire como si hubiera sentado cátedra.
—O sea, si hace esas cosas, se está pasando. Si no las hace, ¿es
sospechoso? Mo dearhair, te comportas como un imbécil.
—De eso nada. —Sintiéndose ofendido, Boyle se volvió hacia Fin—.
No es ninguna estupidez preguntarse si tiene un plan secreto. Ha hablado
de bodas, eso sí. O de una boda en la abadía de Ballintubber.
—Algo por lo que es célebre. Entonces ¿te pidió matrimonio? ¿En el
vía crucis? No veo ningún anillo en tu dedo anular ni perforándote la nariz.
—Ríete si quieres, pero a mí me da que pensar. Pienso mucho en ella.
Es incómodo. Cuando la tengo en la cama es como si no existiera nada
más. Nadie más. Así que termino quedándome o haciendo que ella se
quede, y luego desayunamos y nos vamos a trabajar juntos. Tengo que
trabajar, ¿no? Y ella se mete en mi cabeza incluso en esos momentos.
Resulta muy irritante, ahora que lo pienso.
—Ya lo veo. Tiene que resultarte muy duro que una mujer tan
preciosa como una mañana de primavera, y tan refrescante y dulce, acapare
tu tiempo y tu atención.
—Tengo una vida por vivir, ¿no? —espetó Boyle, pues cada palabra
que Fin le decía hacía que se sintiera como un verdadero imbécil—. Y
derecho a que me guste esa vida tal y como es..., como era antes.
—Me cambiaría por ti si pudiera, tan cierto como que estoy aquí;
tener una mujer en la cabeza y en el corazón que estuviera dispuesta y
deseosa de tenerme a mí en su cabeza y en su corazón. Pero desde luego
que tienes todo el derecho a vivir tu vida sin una mujer dulce, refrescante y
preciosa en ella.
—Es más que eso, y lo sabes. Nunca he visto a nadie como ella, y eso
que os conozco a Branna, a Connor y a ti. Pero cuando se trata de ella,
nunca he conocido a nadie igual. Me quita el aliento. No sé por qué me
pasa eso.
—A mí se me ocurre una posibilidad.
Boyle imitó el gesto que Fin había hecho antes.
—Pues piensa en voz alta.
—A mí me pareces un hombre enamorado.
—Oh, claro, y eso es muy útil. —Boyle se contuvo de arrojar el
cepillo solo porque eso asustaría a Monada—. Te estoy diciendo que ella
se mete en mi cabeza, en mi vida, en mi cama, de forma que apenas tengo
un minuto para mí. Me he tomado un día libre, cosa que, como bien sabes,
no hago nunca, para llevarla a ver Mayo y Galway. No puedo alejarme de
ella ni siquiera cuando duermo.
»Creo que me ha hechizado.
—Por Dios bendito, Boyle.
Pero Boyle estaba lanzado.
—Se ha metido en esto tarde, como bien has dicho, y por eso está
ebria de poder. Así que me ha lanzado un hechizo amoroso para liarme de
este modo.
—Gilipolleces. Aunque se sintiera inclinada a hacerlo, y no creo que
sea el caso, Branna jamás lo permitiría.
—Branna no lo sabe todo —farfulló Boyle, y miró a Alastar con
hosquedad cuando este coceó la pared de la casilla—. Iona es novata en
esto, está poniendo a prueba su nivel, por así decirlo. Lo está probando
conmigo, así que estoy atrapado dando paseos a pie y a caballo, llevándola
en el camión y preparándole el desayuno después de pasarse la noche
enganchada a mí como una lapa. Así que, si me ha lanzado un hechizo
amoroso, tienes que romperlo.
—¿Es eso lo que piensas? —En silencio, Iona se aproximó a la casilla
—. Lo siento, pero estabas muy ocupado gritando como para oírme entrar.
Qué gran opinión tienes de ti, Boyle, y qué pobre la tienes de mí.
—Iona...
Retrocedió, con la cabeza bien alta.
—¿De verdad crees que soy tan débil, tan penosa y patética que
querría a alguien que no me quisiera por voluntad propia? ¿Que usaría la
magia para hechizarte y que pasaras tiempo conmigo para que tuvieras
sentimientos hacia mí?
—No. Solo me esfuerzo por comprenderlo.
—Esfuerzo. —Tenía los ojos empañados, fulminándolo con la mirada,
pero las lágrimas no se derramaron—. Sí, sé que preocuparse por mí
supone muchísimo esfuerzo. Así que voy a ponértelo fácil. No es necesario
que lo hagas, y no hay ningún hechizo. Siento demasiado respeto por lo que
soy como para utilizarlo de un modo tan bajo y egoísta. Y te quiero
demasiado como para utilizarte.
Cada palabra se le clavó en el corazón.
—Ven arriba y lo hablamos.
—No tengo nada más que decir, y ya no quiero hablar contigo. —Se
alejó de él muy despacio—. Fin, ¿podrías acercarme a casa?
—Yo te llevaré... —comenzó Boyle.
—No. No, tú no vas a llevarme. No quiero estar contigo. Puedo llamar
a Connor si a ti no te es posible, Fin.
—Pues claro que puedo llevarte.
—No vas a marcharte sin más después...
—Mira y verás.
Le lanzó una mirada tan devastada y furiosa que Boyle no dijo nada
más cuando ella se dio la vuelta y se marchó.
—Déjalo estar por ahora —le aconsejó Fin en voz queda— y utiliza
parte de ese famoso tiempo y espacio para aprender a humillarte como es
debido.
—La he cagado, ¿verdad?
—Sí que lo has hecho. —Salió corriendo tras Iona, y alargó la mano
para abrirle la puerta del coche.
—Boyle jamás ha sentido esto por nadie —comenzó Fin.
—Te pido que no intentes suavizar las cosas. Hazme un favor, si
puedes, y no digas nada. Nada en absoluto. Solo quiero irme a casa.
Fin hizo lo que ella le pedía y guardó silencio durante el breve
trayecto. Podía sentir su sufrimiento. Parecía emanar de ella, afilar el
ambiente en el coche hasta tal punto que pensó que era un milagro que no
hiciera sangre.
El amor, como bien sabía, podía hacerte pedazos sin dejar cicatrices
visibles.
Aparcó delante de la casa; salía humo de la chimenea y una
sorprendente variedad de vistosas flores resplandecía bajo la apagada luz
de última hora de la tarde. Y dentro, en algún lugar, estaba Branna, tan
lejana como la luna.
—¿Quieres que entre contigo?
—No. Gracias por traerme a casa.
Cuando se disponía a bajarse, él simplemente le tocó la mano.
—Eres fácil de querer, deirfiúr bheag, pero para algunos el amor es
terreno desconocido y pantanoso.
—Boyle puede tener cuidado con dónde pisa. —Aunque le temblaban
los labios, consiguió mantener el tono firme—. Pero no puede culpar a
nadie por dónde acaba.
—Tienes razón. Siento que oyeras lo que...
—No te disculpes. Más vale saber que eres un tonto que tener los ojos
cerrados y seguir actuando como tal.
Se bajó con rapidez. Fin esperó a que ella entrara en la casa antes de
marcharse. En parte deseó estar enamorado de ella y poder enseñarle cómo
era que te adorasen. Pero dado que eso no era una opción, y que sin duda no
era nada inteligente irse a casa y aporrear la dura cabezota de Boyle con un
martillo, pasaría a recoger a Connor. En su lugar los tres se sentarían a
beberse una botella de whisky, como harían los buenos amigos, y
emborracharían a Boyle.
Iona entró directamente. No tenía intención de llorar en el hombro de
Branna ni en el de nadie. No tenía intención de llorar. Lo que sí pretendía
era aferrarse a la ira, y eso le haría superar lo peor.
De modo que entró sin demora y fue derecha a la cocina, donde
encontró a Branna sentada a la mesa con su enorme libro de hechizos, con
su cuidada y grabada encuadernación en piel marrón, un iPad, un cuaderno
y varios lapiceros bien afilados.
Su prima levantó la vista y ladeó la cabeza de forma inquisitiva.
—¿Qué, has ido y te has vuelto?
—Sí. Voy a tomarme un buen copazo de vino. ¿Quieres uno?
Branna frunció el ceño.
—No te diré que no. ¿Qué ha pasado? ¿Has tenido otro encontronazo
con Cabhan?
—No todo gira alrededor de Cabhan y un puñetero mal ancestral.
Fiel a su palabra, se sirvió un buen copazo de vino, luego otra más
moderada para su prima.
—Tranquila, menudo cabreo te has pillado en menos de veinte
minutos. ¿Es que tu caballo no se ha alegrado de verte?
—No he llegado a ver a Alastar, otra razón más para estar cabreada.
No he visto a mi caballo, no he dado mi paseo. —Le entregó su copa a
Branna y brindó con ella—. Sláinte.
Cuando Iona se sentó con pesadez a la mesa, Branna tomó un trago de
vino y estudió a su prima por encima del borde de la copa. Ira, sí, pero
también dolor. Mantuvo la voz baja a propósito.
—Ni Cabhan ni el caballo, así que, ¿qué nos deja eso? Déjame ver,
¿podría tratarse de Boyle?
—Podría tratarse y, de hecho, se trata de él. He entrado en el establo
cuando estaba despotricándole a Fin sobre lo inconveniente que le resulta
tenerme alrededor todo el tiempo, invadiendo su espacio. Su camino, su
cama. Enganchada a él como una lapa, esas han sido sus palabras.
—Es un zopenco, y espero que le des una buena patada en el culo por
ello. Los hombres pueden ser criaturas odiosas, sobre todo cuando se ponen
a darle al coco de forma conjunta.
—Oh, y por si eso no fuera suficiente, hay más. Lía llegado a la
conclusión de que, dado que he conseguido meterme en su vida, en su
cabeza y en su cama, le he hecho un hechizo amoroso.
—¡Menuda gilipollez! —La compasión que Branna trataba de no
exagerar estalló en un insulto pasmado—. Debía de estar bromeando,
quedándose con Fin, que sin duda le estaba tomando el pelo un poco.
—No estaba de broma, Branna. Estaba furioso, gritaba. Ni siquiera me
oyó entrar. Cuando entré estaba diciendo..., a grito pelado..., que apenas
tenía tiempo para sí mismo porque no le dejo ni a sol ni a sombra y que le
he lanzado un hechizo amoroso. Que era novata en todo esto y que estaba
probando, y que había decidido probar con él con un hechizo amoroso. Le
ha pedido a Fin que lo rompiera.
—Menudo par de lerdos.
—No sé lo que significa eso, pero suena insultante, así que vale. Salvo
por Fin. Él también ha dicho que eso era una gilipollez.
—Me alegra escuchar eso. A él no lo convertiremos en una babosa ni
lo ahogaremos en cerveza.
Iona trató de reír, pero la risa se le atascó en la garganta.
—Gilipollez es una buena palabra. Voy a empezar a usarla mucho.
Gilipollez, gilipollez, gilipollez. —Los ojos se le llenaron de lágrimas al
tiempo que se le formaba un nudo en la garganta. De modo que meneó la
cabeza y tomó un trago de vino—. No, no, no. No voy a llorar. Tengo que
seguir cabreada, así que no voy a hacerlo.
—¿Has hablado con Boyle o te has limitado a convertirle el pene en
un pepinillo lleno de verrugas?
—He hablado con él. —Iona se limpió de un manotazo la única
lágrima que se derramó de sus ojos—. Le he hecho saber que me respeto
demasiado a mí misma como para utilizar la magia con el fin de conseguir
que alguien me quiera, que me ame. Ha intentado pedirme disculpas, pero
a la mierda también con eso, ¿vale? Le he pedido a Fin que me trajera a
casa y lo ha hecho. Ha sido muy amable.
Podía ser muy amable, pensó Branna. Con algunos.
—Entonces me alegro de que estuviera allí. No voy a disculpar a
Boyle. Lo que ha dicho ha sido un insulto grave e injustificado para los que
son como tú o como yo. Y más aún, es hiriente por los sentimientos tan
profundos que tienes hacia él. Solo diré que, aunque a veces tiene mal
genio y otras veces la palabra hosco se queda corta para describir su forma
de ser, nunca lo he visto herir a nadie de esa manera. Creo que lo que siente
por ti lo ha pillado totalmente por sorpresa.
—No quiere sentir nada por mí. No pienso llorar por alguien que no
quiere sentir nada por mí. A lo mejor me pongo un poco pedo, pero no
pienso llorar.
—Una actitud sensata. —El teléfono de Branna sonó—. Es Connor.
Dame un momento. ¿Y dónde estás? —dijo al aparato a modo de saludo—.
Aquí mismo, sí. No, podemos apañárnoslas sin ti, y además, eres un
hombre. Es lo mejor, está bien. Y cuando quiera tus sabios consejos, te los
pediré. Vamos, portaos como unos gilipollas en amor y compañía, y puedes
decirle a Boyle que tiene suerte de que no sea literal. —Colgó el teléfono.
»Fin se ha pasado por la escuela a por Connor. Le he dicho, como
habrás deducido, que se fuera con ellos, ya que los hombres solo sirven
para empantanarlo todo. Se me ha ocurrido que podríamos llamar a Meara,
a menos que prefieras que no lo haga. Podemos sentarnos, beber vino y
decir todas las groserías y verdades sobre los hombres sin que ninguno esté
presente.
—Sería genial. En serio. Pero estás trabajando.
—Seguiré con ello en otro momento.
—Sientes lástima por mí.
—Sería una miserable si no lo hiciera. Pero ahora mismo estoy tan
cabreada como tú, por ti, por mí y por cualquier otra bruja que se precie,
por cualquier mujer que se precie. Un hechizo amoroso, y una mierda.
Cuando Connor y Fin entraron en la casa de este último, Boyle estaba
paseando de un lado a otro de la sala de estar.
—¿Por qué has tardado tanto, joder? —comenzó, luego vio a Connor
—. Ah, vale. Antes de que me saltes al cuello te diré que no sabía que ella
estaba ahí y que solo estaba vociferando un poco. Tengo derecho a
vociferar en mi propio establo.
—Una pregunta antes de que entres más en materia. —Connor levantó
un dedo—. ¿Estás diciendo que Iona utilizó la magia para atraparte..., un
hechizo amoroso?
—Eso dije, como bien sabes, pero no lo pienso. Me estaba
desfogando, es todo. O casi todo.
—¿Crees que ha utilizado la magia contigo?
—No, no cuando yo...
—Basta con ese no por ahora —le dijo Connor—. Eso no significa que
no estoy obligado a estamparte el puño en la cara, lo cual tendría como
resultado que tú me darías una paliza de muerte, y prefiero tomarme una
cerveza. Joder, Boyle, ya sabes de qué vamos y qué límites no cruzaríamos
jamás. Deberías saber que es igual para Iona.
—Lo sé. Pero es... Bueno, joder, estámpame el puño. No te lo
devolveré; me lo he ganado.
—Darte de puñetazos en estas circunstancias no produce ninguna
satisfacción.
—Yo lo haré —se ofreció voluntario Fin.
—Tú no eres su primo —replicó Boyle, luego levantó las manos en
alto. Y echó el mentón hacia delante—. Vamos, pega.
Fin se limitó a sonreír.
—Acepto tu ofrecimiento y haré uso de él cuando menos te lo esperes.
—¿Por qué no se me ha ocurrido eso a mí? —Connor se quitó la
chaqueta—. Quiero una birra, y luego puedes contarme cómo piensas
arreglar esto con Iona.
—Si fuera razonable...
—Por ahí no vas bien, tío. —Connor se sentó en el gran sillón de
cuero—. ¿Tienes unas patatas para acompañar la birra?
—Yo me ocupo. Tengo unos bistecs, y Boyle puede hacerlos vuelta y
vuelta —decidió Fin—. Para practicar eso de humillarse y pedir perdón.
—Escucha. —Boyle se sentó, inclinándose hacia delante—. Me has
preguntado si lo decía en serio, ¿verdad? Yo te he respondido que no, y
sanseacabó. Razonable.
—¿Esperas que ella haga lo mismo?
—Me estaba desfogando —insistió Boyle—. Cuando se haya calmado
le contaré que me estaba... ¿cómo se dice...?, desahogando, y que no decía
en serio nada de eso. Y ya está.
Connor guardó silencio durante otro momento, luego desvió la mirada
hacia Fin cuando este regresó con unos botellines de Smithwick y una
bolsa de patatas fritas.
—Sé que ha estado con mujeres antes —repuso Connor de manera
familiar—. Lo he visto con mis propios ojos, y también he conocido a
algunas. Pero si no lo supiera bien, juraría que este tío acaba de salir de una
cueva llena de adultos sin haber tenido contacto con ninguna mujer.
—¡Qué te den!
—Humillación. —Fin le lanzó una cerveza a Connor, otra a Boyle, se
sentó en el sillón y colocó los pies sobre la enorme mesa de café que había
encontrado en uno de sus viajes.
—No pienso hacerlo.
—Mo dearthair, apuesto a que lo harás. Me juego cien libras. Está
loco por ella —le dijo a Connor.
—Claro, otra razón más por la que va a hacer una auténtica chapuza
—añadió Fin.
—Debería ir a hablar con ella ahora —repuso Boyle— y poner fin a
esto de una vez por todas.
—Yo no te lo aconsejo. —Connor enganchó un puñado de patatas—.
Está con Branna en estos momentos, y seguramente mi hermana no esté
demasiado contenta contigo ahora mismo. Imagino que meterá a Meara en
esto, así que serán las tres quienes envíen malas vibraciones, como
mínimo, hacia ti.
—Bueno, joder, no puedo intentar arreglar nada si no me habla, y está
protegida por una bruja y una mujer con una lengua tan afilada como una
navaja.
—Resígnate a cocerte en tu propia salsa esta noche, y puede que uno o
dos días más —le aconsejó Fin—. Después de eso..., creo que en este caso
no te bastará con unas flores.
Connor se ayudó a pasar las patatas con un trago de cerveza.
—Nuestra Iona tiene un alma romántica, pero unas flores son una
miseria teniendo en cuenta el insulto.
—No la he insultado —comenzó Boyle. Luego maldijo con saña antes
de tomar un buen trago de cerveza—. Vale, lo he hecho. Lo admito.
Reconocer el error y disculparme por ello ha de ser suficiente.
Fin encorvó los hombros.
—Aunque me duela, me veo obligado a estar de acuerdo contigo con
respecto a lo de la cueva, Connor. Ella no es un hombre, hermano, y no vas
a apañarla con una disculpa como si lo fuera, tío. Esta no te la cobro.
Flores, porque es una romántica, y algo que brille para demostrarle que
comprendes la magnitud de tu error.
Atónito, Boyle se sentó derecho en su asiento.
—¿Ahora tengo que comprarle joyas solo por desahogarme cuando
ella ni siquiera tenía que estar allí? No pienso hacerlo. —Un hombre tenía
su orgullo, y su carácter, ¿no?—. No es más que un soborno.
—Considéralo una inversión, más bien —sugirió Fin—. Por Dios,
hombre, ¿es que nunca has metido la pata con una mujer y has tenido que
hallar la forma de sacarla de nuevo?
Boyle apretó los dientes.
—Si me equivoco, digo que estoy equivocado. Si no basta con eso,
bueno, pues se acabó. Nunca he estado con una mujer que me importara,
así que...
—Y ella sí. Ella te importa —concluyó Connor.
—Debería resultar más que evidente. —Miró su cerveza con aire
pensativo—. No voy a comprar flores ni baratijas para enmendarlo. Me
disculparé, porque lamento con toda mi alma haber sido el causante de
poner esa expresión en su cara. No me molesta que se cabree. Pegas unos
gritos y ya está. Pero la he herido, y eso sí siento haberlo hecho. —Se
enderezó—. Yo me ocuparé de los bistecs.
—Loquito por ella —adujo Fin cuando Boyle salió de la habitación.
—Y le da pánico, lo que resultaría muy divertido si no hubiera
sucedido esto. Ella lo perdonará porque es compasiva y está igual de
coladita por él. Pero no volverá a ser feliz hasta que Boyle le dé lo que ella
tantas ganas tiene de darle a él.
—¿Y qué es?
—Amor, entregado libremente y sin condiciones. Las flores y las
joyas la harán sonreír cuando esté preparada, pero Boyle va a tener que
entregarse a ella para que vuelva a ser feliz.
—Eso es lo que nos hace felices a todos —comentó Fin.
En la sala de estar, con el fuego ardiendo y las velas encendidas, Iona
se acurrucó en el rincón del sillón. Meara no solo había ido, sino que había
llevado pizza y helado.
—Pizza, helado de galletas de chocolate, vino y chicas. —Iona alzó su
copa en un brindis—. No hay nada mejor.
—Siempre tengo pizza y helado en el congelador para este tipo de
emergencias.
—Es perfecto. Todas deberíamos ser lesbianas —sentenció Iona.
—Habla por ti. —Divertida, Meara tomó otra porción.
—Seguramente las amazonas eran lesbianas. O algunas lo eran, en
cualquier caso. Fue lo que pensé de ti la primera vez que te vi.
Meara se atragantó con la pizza, de modo que se ayudó con un trago
de vino.
—Me viste y pensaste «Vaya, ¿será lesbiana?».
—Amazona. No pensé en tu orientación sexual, y luego os vi a Boyle
y a ti juntos y supuse que erais pareja, pero me equivoqué. Una amazona —
repitió—. Alta, guapísima y con un cuerpazo. Estoy un poco pedo. —Le
brindó una sonrisa a Branna—. Gracias.
—Oh, no hay de qué.
—Todas podemos ser amazonas.
—Tú eres un poco baja para eso —señaló Meara.
—En toda camada tiene que haber un guarín.
—Se dice que es pequeñita pero matona —agregó Branna.
—¡Sí, señor! ¿Ves lo que puedo hacer?
Hizo aparecer una titilante bola de fuego en su mano.
—Es mejor no jugar con fuego, o con magia, cuando estás un poco
pedo —le aconsejó Branna.
—Cierto. —La hizo desaparecer—. Pero puedo hacerlo, eso es lo que
importa. Puedo cuidarme sola. Voy a comprarme un coche, y así cuando
quiera darme una vuelta, no necesitaré que nadie me lleve. Tengo poder y
una meta. No necesito a ningún hombre.
—Si vamos a ser amazonas, los utilizaremos para practicar sexo, y
para cualquier otra cosa que se nos ocurra, y después los echaremos o los
mataremos.
Iona asintió ante las palabras de Meara.
—Eso haremos. Matarlos no, porque es un poco extremo, pero lo del
sexo y lo demás sí. Me encanta el sexo.
—Brindo por eso. —Meara alzó su copa, bebió y miró a Branna—.
¿No vas a brindar por el sexo?
—Brindaré por eso, ya que es lo más cerca que he estado del sexo
desde hace tiempo.
Iona exhaló un suspiro un tanto achispado.
—Podrías tener sexo con quien te diera la gana. Eres guapísima,
Branna.
—Muchísimas gracias, Iona, pero no me atrae nadie en estos
momentos.
—Es muy exigente en eso —añadió Meara.
—Yo también lo soy, o lo he sido. Creo que voy a dejar de serlo. El
sexo con Boyle era espectacular.
—Cuenta, cuenta —comentó Meara—. Y quiero decir que no te dejes
ni un detalle. Tengo todo el tiempo del mundo.
Con una carcajada, Iona tomó otro sorbo de vino.
—Caliente, salvaje y sudoroso. Como si el mundo fuera a acabarse en
cualquier momento y antes tuviéramos que poseer al otro.
—Ah, estupendo, yo ni siquiera he estado cerca de eso desde hace
tiempo.
—Se ha acabado. —Iona se pasó la mano por el pelo—. Es hora de
una buena dosis de cinismo porque el amor es una mierda. ¿Quién lo
necesita cuando tienes pizza, helado y chicas, y litros de vino?
—Siempre me ha parecido la guinda del pastel.
Iona apuntó a Meara con el dedo.
—Las guindas engordan y te pican los dientes.
—Es un riesgo, claro, pero... Bueno, tienes que preparar el pastel,
¿no? Prepararlo bien para que te satisfaga a ti misma. Y a lo mejor decides
ponerle una guinda o a lo mejor no.
—¿El amor como una elección? —No, pensó Iona. No. El amor te
agarraba y te arrastraba—. Pero ¿cómo eliges? Has preparado tu pastel y
ahí está, y piensas que es un pastel bastante bueno, que es lo bastante
bueno para ti. Entonces parpadeas y esa maravillosa guinda aparece de la
nada.
Meara se encogió de hombros.
—Podrías quitarla.
—Puedes hacerlo —convino Branna—, pero se lleva parte del pastel,
y no consigues quitarla del todo.
—Qué triste. Parece cierto —murmuró Iona— y triste. No podemos
ponernos tristes. Me niego. Necesitamos música —decidió—. ¿Quieres
tocar, Branna? Me encanta oírte tocar.
—¿Por qué no? —Branna se puso en pie—. Estoy de humor para
tocar. Voy a por mi violín. Y Meara, afina esa voz.
Iona se levantó para atizar la lumbre cuando Branna salió.
—Sé la respuesta de Branna porque los he visto a Fin y a ella, y
conozco la historia. Pero ¿tú has estado enamorada alguna vez?
—Bueno, ciñéndonos al tema, he metido el dedo en el tarro de las
guindas y he probado un par de veces, pero nada más. —Meara cambió de
posición en su rincón del sillón—. Quiero decir que Boyle puede ser un
imbécil.
—Branna lo ha llamado zopenco.
—Eso también, igual que pueden serlo la mayoría de los hombres. Y
lamento decir que nuestro bando también tiene momentos de enorme
estupidez. Además, quiero decir que lo conozco desde hace mucho y que
nunca lo he visto mirar a otra mujer como te mira a ti.
Iona lo creía. Lo había sentido. Pero de todas formas...
—Ojalá fuera suficiente. Mi problema es que siempre quiero más.
—¿Por qué es eso un problema?
—Es un problema cuando no lo consigues.
Se sentó de nuevo cuando Branna regresó con el estuche de su violín.
—Está ahí fuera —dijo Branna.
—¿Boyle? —Y maldita fuera si no sintió que el corazón le daba un
vuelco.
—No. Cabhan.
Esa vez sus nervios se despertaron al tiempo que Meara y ella se
levantaban de golpe del sillón.
—La casa está toda rodeada por la niebla y llega hasta las ventanas
como si fuera un mirón.
—¿Qué deberíamos hacer? —Iona vio la cortina grisácea cuando se
acercó a la ventana con sus amigas—. Deberíamos hacer algo.
—Lo haremos. Tocaremos música. No puede traspasar el escudo que
tengo en este lugar —repuso Branna con absoluta serenidad cuando sacó el
violín y el arco—. Así que beberemos más vino y tocaremos. Y le
meteremos la música por el culo.
—Entonces que sea algo con mucha marcha. —Meara le sacó el dedo
corazón a la ventana antes de darse la vuelta—. Algo para bailar. A ver si
puedo enseñarle algunos pasos a Iona.
—Aprendo deprisa —dijo, dirigiéndose a aquello que acechaba fuera
como a Meara.
Capítulo 17
La resaca la despertó; el incesante pum, pum, pum en sus sienes
imitaba el bang, bang, bang en el centro de su cráneo.
Las había tenido peores, pensó Iona, pero no mucho más.
Contempló la idea de taparse con las mantas hasta la cabeza y tratar
de pasar la jornada durmiendo, pero no podía, ni quería, faltar al trabajo.
Abrió los ojos con cautela, echando una ojeada a la ventana de la sala de
estar.
Se percató de que no estaba en la cama, sino en el sillón, arropada con
una manta de tonos morados. Entonces recordó. Se había estirado en el
sillón después de bailar hasta quedar sin aliento y unirse a sus amigas en
una o dos canciones.
No poseía su calidad vocal, pero se conocía la letra gracias a Nana, y
consiguió armonizar con ellas de forma bastante decente.
Además había sido divertido, pensó, y todo un reto cantar una canción
mientras la niebla se alzaba fuera.
Había soportado aquel primer y terrible zarpazo de dolor bebiendo,
comiendo, hablando y riendo, y después cantando y bailando. Y en esos
momentos tenía una reseca para distraerla, lo cual era bueno.
No había llorado —o no lo suficiente como para tenerlo en cuenta—,
y eso era aún mejor.
Engulliría uno o dos litros de agua, un bote o dos de aspirinas y se
obligaría a comer algo. Luego se metería bajo la ducha durante días.
Mucho mejor. Y buscaría solución a lo demás.
En algún momento, entre la primera copa de vino y la última, decidió
que iría al establo como de costumbre. No se marcharía humillada y
dejaría un trabajo que adoraba porque su jefe, su amante, hubiera
destrozado su frágil corazón.
Si él quería que se fuera, tendría que despedirla.
Se levantó y bajó a la cocina arrastrando los pies. Había bebido el
agua, se había tomado unas aspirinas y estaba pensando en probar una
tostada, cuando Meara entró con los ojos brillantes y la tez
resplandeciente, lo cual resultaba irritante.
—Tienes algo de resaca, ¿no? —le preguntó.
Iona la fulminó con la mirada en la medida de lo posible.
—¿Por qué tú no tienes?
—Oh, tengo la cabeza como una roca y el estómago a prueba de
bombas —adujo alegremente mientras se servía un café—. Ni siquiera
puedo recordar haberme sentido un poco mal después de una noche de
juerga.
—Te odio.
—¿Y quién podría culparte? Anoche te dejamos donde caíste, ya que
nos pareció lo mejor. Como me había traído una muda de ropa por si acaso
nos pasábamos en vela toda la noche, he dormido en tu habitación. Te
conviene meter algo de café y comida en tu organismo. Gachas, creo.
Iona hizo una mueca de dolor.
—¿En serio?
—Son buenas y saludables. Yo las prepararé, ya que Branna no se va a
levantar aún.
—¿Ella también tienen la cabeza como una roca y el estómago a
prueba de bombas?
—Diría que sí, así es. Pero tiene cuidado con la cantidad que bebe. Es
de las que siempre se mantienen alerta. Toma. —Meara le sirvió el café—.
Pídele que te prepare una poción para la cabeza cuando se levante. Tiene
una que es muy famosa.
—Bueno es saberlo. Me encantaría tener la cabeza despejada cuando
vaya a trabajar.
—Así que ¿vas a seguir adelante? —Meara le dio un suave puñetazo
en el hombro a modo de aprobación—. Bien por ti.
—No pienso privarme del trabajo que adoro ni acurrucarme a llorar en
un rincón. Necesito el empleo, así que encontraremos la forma de trabajar
juntos, a menos que me despida.
—No lo hará. No es tan severo, Iona.
—No, no lo es. Además, puede que ahora brille el sol, pero siempre
cabe la posibilidad de que se levante niebla. Teniendo que enfrentarnos a
eso, hemos de dejar lo demás a un lado. Nada de grietas en el círculo, ¿no?
—Tienes agallas.
Esa vez Meara le frotó el hombro.
—Si de verdad vas a preparar gachas de avena, iré arriba a
deshacerme de parte de esta resaca en la ducha y me vestiré para ir a
trabajar. —Vaciló y luego envolvió Meara en un abrazo—. Branna y tú me
habéis ayudado a superar una noche muy difícil.
—Ah, bueno, ¿para qué están las amigas?
Cuando salió de la ducha, el palpitante machaqueo había perdido
intensidad, pero un examen crítico de su rostro en el espejo le dijo que
necesitaba más ayuda. En vez del habitual toque de maquillaje, se tomó su
tiempo y se esmeró. No quería que Boyle pensara que las mejillas pálidas y
el rímel corrido se debían a él, aunque de forma indirecta fuera así, ya que
se había excedido para mitigar el dolor.
Satisfecha de haber sacado el mejor partido a lo que tenía, se vistió y
volvió abajo para enfrentarse a las gachas.
Encontró a Branna, adormilada y en pijama, bebiendo café mientras
Meara tarareaba una canción a la vez que untaba una tostada de pan con
mantequilla.
—Y ahí está ella, y solo parece medio agotada.
—¿Tan mal?
—No tienes tan mal aspecto —medió Meara con firmeza, y repartió
las gachas.
—Claro, podemos hacerlo mejor. —Branna agitó un dedo—. Siéntate
aquí, ya que no vas a hacerlo tú misma. —Pasó las manos con suavidad
sobre el rostro de Iona—. Solo un toquecito, que tampoco queremos que
piense que te has tomado tantas molestias por él.
Aquello la hizo sonreír.
—Me lees la mente.
—Es lo más sensato, así que una pequeña ilusión aporta el toquecito
perfecto. Las mujeres, y las brujas, hacemos piña. Meara dice que tienes
algo de resaca.
—Estoy mejor.
—Bébete esto —le ordenó, dándole un golpecito con el dedo a un vaso
lleno de un líquido verde claro.
—¿Qué es?
—Algo bueno para lo que te aqueja. Hierbas y esas cosas, y un toque
de otras. No tiene sentido que vayas tal y como estás, sintiéndote fatal y
con la pinta de que te hubieran atropellado. Demuestras agallas al
enfrentarte a esto, así que tendrás una recompensa.
—Y gachas de avena. —Meara colocó tres tazones sobre la mesa,
volvió a por las tostadas y a continuación se sentó.
—Allá voy. —Considerándolo una medicina, Iona se bebió la
poción..., pero descubrió que tenía un sabor fresco, con un ligero toque de
menta—. Está bueno.
—Que sea bueno para lo que te aqueja no significa que tenga que estar
asqueroso. Come, que también ayudará.
—Las dos estáis cuidando de mí. Quiero que sepáis que si cualquiera
de las dos acaba hecha migas por culpa del amor, estaré a su lado.
—Resulta reconfortante. —Meara metió la cuchara en las gachas.
La resaca desapareció poco a poco, como gotas de lluvia que resbalan
por el cristal de una ventana, mitigándola de forma suave, líquida y
pausada, haciendo que Iona se sintiera fresca y descansada.
—Podrías ganar una fortuna solo con esa poción —le dijo a Branna
mientras se ponía la chaqueta—. Es milagrosa.
—Ni por asomo. Ganar una fortuna no lo es todo. Esta noche
trabajamos, prima, y el doble de duro después de nuestra noche libre.
—Estaré lista. Sé que no te van mucho los abrazos —agregó mientras
estrujaba a Branna—, pero a mí sí. —Salió fuera con Meara—. No creo
que a Cabhan le gustara la música.
—Espero que todavía le piten los oídos. Hablaré contigo más tarde —
le dijo Meara a Branna, y se encaminó hacia su camión—. Detesto decir
esto —prosiguió cuando Iona se sentó a su lado—, pero no seas muy dura
con él. Ah, no cabe duda de que se lo merece, el muy zoquete, pero los
hombres unos auténticos ineptos.
—No quiero ser dura con él. Solo quiero superarlo.
—Entonces lo harás.
No esperaba que ella fuera a trabajar. Y lo fastidiaba no poder
culparla por ello. Antes de que comenzaran a cepillar a los caballos, darles
de comer, de beber y administrarles las medicinas matutinas, Boyle se
sentó para preparar el horario semanal. Se dio cuenta de que en muy poco
tiempo le había asignado a Iona tantas tareas, alumnos y deberes que
tendría que hacer malabares para sustituirla.
Un peñazo, y en realidad, si uno lo pensaba de manera racional, no
había ningún motivo para que ella llegara al extremo de arrojar a la basura
su empleo junto con todo lo demás.
Y si pudiera intercambiar una o dos palabras racionales con Iona,
seguro que él lograría salir del pozo.
Era evidente que si las mujeres se parecieran más a los hombres la
vida transcurriría sin tantos problemas.
Continuó preocupándose, y terminó el horario, le dio vueltas a la
cabeza y cambió las horas y los alumnos. Cuando se apartó para sacar su
móvil y comenzó a hacer las llamadas pertinentes, oyó aproximarse el
camión de Meara. El suyo ronroneaba como un jaguar en lugar del viejo
león con bronquitis del de Mick.
Salió sin prisas, decidido a endosarle a ella las llamadas y a
sonsacarle información sobre Iona como quien no quería la cosa, ya que le
habían dicho que se había quedado a pasar la noche en casa de Branna.
Así que se quedó desconcertado al ver que Iona se bajaba del lado del
pasajero, vestida para trabajar.
—Buenos días —dijo Meara con una especie de feroz animación, y
pasó por su lado de camino al interior del establo.
Él empezó con un:
—Ah...
—He venido a trabajar. —Con una voz cortante que jamás le había
oído a Iona, esta se detuvo a treinta centímetros para hablar con él—. Y eso
es todo. Necesito el trabajo, me gusta el trabajo, se me da bien el trabajo.
Si tienes intención de despedirme...
—¿Despedirte? —Sorprendido, y una vez más desconcertado, la miró
boquiabierto—. Desde luego que no quiero despedirte. ¿Por qué...?
—Bien. Entonces, eso es todo.
—Bueno, espera un minuto, tenemos que hablar de...
—No tenemos nada de qué hablar —lo interrumpió con aquel mismo
tono frío y despectivo—. Sé lo que sientes y piensas, y hasta cierto punto
lo entiendo. Tienes derecho a sentir lo que sientes, y yo soy responsable de
mis propios sentimientos. Así que solo trabajo, Boyle, y tienes que
respetarlo.
Iona le dio la espalda y se fue hacia el establo. Él no podía detenerla,
tan solo cogerla en brazos y llevársela a algún lugar privado en el que ella
tendría que escucharlo largo y tendido. Pensó en hacer justo eso durante un
momento, pero luego la dejó marchar.
Se metió las manos en los bolsillos, de pie en el frío aire de la
mañana, y deseó haber comprado las malditas flores.
Lo intentó a su manera. Como era él quien la había jodido, estaba
obligado a darle el espacio que ella pedía.
Iona se dedicó a su trabajo, pero no con el brío y sequedad que había
esperado. Ah, no, tenía mucho que decirle a Meara, a Mick y a los demás,
risas que compartir, preguntas que hacer. Pero no le dirigió una sola
palabra a él a menos que no tuviera otra alternativa.
Consiguió mostrarse cordial y distante a un mismo tiempo.
Aquello lo cabreó, y luego, cuando se le pasó en enfado, lo dominó la
culpa.
—Lo estás volviendo loco —le dijo Meara mientras observaba cómo
Iona ensillaba a Spud para salir en un paseo guiado.
—Solo estoy haciendo mi trabajo y dejando los temas personales a un
lado.
—Justo lo que lo está volviendo loco. Siendo un hombre, y sobre todo
tratándose de Boyle, él diría que lo lógico en tales situaciones es separar el
trabajo de los temas personales, pero que tú hagas precisamente eso es
como si le retorcieras las pelotas. No sabe si gritar o abandonar.
Acompañó al grupo fuera —una pareja y dos chicas adolescentes de
Estados Unidos aprovechando las vacaciones de primavera—, dejando que
charlaran entre ellos. Pero volvió la mirada por encima del hombro una
vez, y no pudo evitar una fugaz punzada de satisfacción al pillar a Boyle
viéndola marchar.
Cuando se adentraron en el bosque, rozó con los dedos el amuleto que
llevaba, y luego se dio un toque en el bolsillo, donde se había guardado un
amuleto de protección esa mañana.
No iba a temerle al bosque, se dijo. No iba a temer lo que viniera. Y
no iba a tener miedo de vivir su vida sola si era eso lo que el destino le
deparaba.
Poniendo su sonrisa de guía, se movió en la silla y volvió la cabeza
para mirar a la familia.
—Bueno, ¿lo estáis pasando bien hasta ahora?
Había sido un día ajetreado que pasó con rapidez, y daba gracias por
ello. Saber que hacía lo que tenía que hacer no contribuía a que le resultara
más fácil. Quería sonreírle a Boyle, y verlo a él devolverle la sonrisa.
Quería sentirse con derecho a tocarlo, solo la mano en la suya, la mano en
su brazo, y que él se sintiera con derecho a hacer lo mismo.
Quería que todo fuera fluido con él. Aunque no pudieran ser amantes,
aunque tuviera que encontrar la forma de apagar la luz del amor que sentía
por él, lo quería en su vida.
Lo necesitaba, se corrigió mientras limpiaba el establo grande después
de su clase con Sarah. Hasta que derrotaran a Cabhan, hasta que
concluyeran lo que Sorcha empezó, se necesitaban los unos a los otros.
Aquello a lo que se enfrentaban era mucho más grande que un corazón
maltrecho y el orgullo un tanto herido.
Encontraría la manera. Si Branna y Fin podían trabajar juntos, sin
duda ella podía trabajar con Boyle. Tal vez llevara cierto tiempo encontrar
la manera adecuada, alisar los baches..., y tendrían que hablarlo, reconoció.
Pero aún no. Aún era demasiado reciente.
Abrazó el cuello de Alastar, complacida cuando este la acarició con el
morro.
—Te tengo a ti, ¿verdad? Mi guía, mi amigo, mi compañero. También
tengo una familia que se preocupa por mí y que me comprende. Y tengo un
hogar, un lugar al que pertenezco. Es más de lo que nunca he tenido. —Se
apartó para besarle en la nariz—. Así que se acabaron las quejas y
regodearme en la autocompasión.
Salió, percatándose de que había calculado bien cuando divisó a
Connor encaminándose hacia el establo, silbando una cancioncilla.
La perfecta imagen de Irlanda, pensó; un hombre guapo, alto y
delgado, y con el rostro de un ángel travieso, las manos en los bolsillos de
sus recios pantalones de trabajo, y el camino de tierra y los verdísimos
bosques detrás de él.
—¿Has terminado por hoy? —le dijo alzando la voz.
—Acabo de hacerlo. ¿Y tú?
—Listo para acompañar a casa a mi preciosa prima y ver si nuestra
Branna ha preparado galletas hoy. Me apetecen, y dado que según Branna
vamos a trabajar esta noche, también me las merezco.
—Estoy lista para la magia. —Meneó los dedos—. Y para aprender
algo nuevo.
—¿Nuevo?
—La proyección astral. Lo estoy haciendo en sueños, aunque no sé si
es de motu propio o manipulada por Cabhan. Pero no lo controlo. Y quiero
hacerlo.
—Es una buena arma para tu arsenal. Y bueno... ¿cómo han ido hoy
las cosas con Boyle?
—Puede que un poco incómodas y tensas de vez en cuando, pero lo
tenemos superado. Debería ser más fácil seguir adelante.
—Se siente como una mierda por todo el asunto.
No iba a sentirse complacida (quizá un poquito). No pensaba
compadecerse o, mejor dicho, ignoraría la compasión.
—Siente lo que siente, por eso estamos así. Es tu amigo. —Le frotó el
brazo con rapidez—. Se siente mal por haberme herido. Tú te sientes mal
porque él se siente mal. Tenemos que superarlo y no perder de vista lo que
tenemos que hacer.
—¿Y tú puedes hacerlo?
—No es mi primer desengaño —adujo con ligereza; tenía que hacerlo,
ya que era demasiado profundo—. Creo que algunos estamos destinados a
no conectar de ese modo.
—Pero tú no lo estás. —Tomó la mano de Iona en la suya y le dio un
apretón consolador—. Tú no crees eso.
—Creo —repuso con más cautela— que hay algo en mí que hace que
a los demás les resulte difícil forjar una conexión íntima conmigo.
—Gilipolleces —repuso Connor, pero ella meneó la cabeza.
—Mis propios padres no pudieron hacerlo. Así que, o son ellos, o soy
yo. ¿Quién sabe? Pero si ellos no pudieron, y no ha habido nadie con quien
yo haya querido de verdad establecer esa conexión hasta que llegó Boyle,
no puedo culparlo a él. Y si soy yo, tengo que trabajar en mí. Y lo he
hecho. Soy la típica obra en curso.
—Te equivocas, sobre la conexión y sobre que seas tú. Eres tan fácil
de querer como una mañana de verano. Si no fuéramos primos, me casaría
contigo.
Iona se echó a reír al escuchar eso. Luego le lanzó una seductora
mirada de reojo.
—Somos primos lejanos.
—Primos igualmente. —Le puso el brazo sobre los hombros—. Y,
además, es demasiado raro y enrevesado.
—Es una pena porque eres muy guapo.
—Lo mismo digo.
Connor abrió la puerta del taller e hizo una exagerada reverencia para
instarla a que entrara. Luego olisqueó el aire.
—Galletas de jengibre, y qué bienvenida tan estupenda.
—Comeos unas pocas y bebeos una taza de té, porque tenemos que
ponernos al día con el trabajo.
En la encimera, Branna vertió blanca cera líquida en un frasco
transparente con una larga mecha blanca. Iona se preguntó cómo Connor
había podido oler el jengibre con la fragancia estival de las hortensias.
—¿Cómo ha ido todo? —preguntó Branna mientras enderezaba la
cacerola y pasaba al siguiente frasco.
—Ha pasado el primer día y no ha ido demasiado mal.
—Cree que no es capaz de inspirar amor —intervino Connor con la
boca llena de galleta.
—Gilipolleces.
—Yo no he dicho eso, no creo eso. Quería decir que... no importa. —
Enganchó una galleta—. ¿Necesitas ayuda con eso?
—Casi he acabado, pero más tarde puedes ayudarme a poner las
etiquetas y a cortar las mechas. He hecho docenas, ya que se nos estaban
terminando y hay más turistas en primavera que en invierno. Bébete tu té.
Hoy vamos a trabajar el doble por lo que no hicimos ayer.
—Estoy lista.
—Anda tras la proyección astral —medió Connor.
—La proyección astral, ¿eh? —Frunciendo los labios, Branna estudió
a Iona—. No era lo que tenía en mente, pero, bueno, ¿por qué no? Es una
habilidad estupenda con la que contar.
Tras llenar el último frasco, los dejó enfriándose en el estante y se
quitó el delantal que se había puesto para no mancharse el jersey rojo de
gotas.
—No es lo mismo que el sueño activo que tuviste, pero no se
diferencian mucho. ¿Has practicado la meditación?
Iona hizo una mueca.
—Seguro que no tanto como debería. Mi mente siempre quiere ir a
otra parte.
—Entrenar tu mente forma parte de ello. Entrenarla, acallarla y, como
he dicho, centrarla. Vamos, tráete tu té a la chimenea. Deberías estar
relajada en cuerpo, mente y espíritu.
Iona obedeció, y Kathel se despertó de su siesta para saludarla
poniéndole una pata encima.
—Tú solo contempla el fuego, tómate el té. Te gusta su sabor, y la
galleta. Respira despacio. Inhala, espera, exhala, espera. Puedes oler el
fuego de turba..., y las velas recién preparadas..., las hierbas puestas a
secar.
—Sobre todo el romero.
—Claro, una de las preferidas. Oyes tu respiración..., y la cola de
Kathel agitándose sobre el suelo, el crepitar del fuego y el sonido de mi
voz. Es relajante, muy relajante. El tacto de mi mano y el de la pata de
Kathel. Muy relajante, de modo que puedes dejarte llevar un poco, flotar
un poco. Serena y calmada.
—Pero yo...
—Confía en mí. Estaré contigo esta primera vez, te llevaré esta
primera vez. Visualiza el lugar al que más te gustaría ir, visualízalo en el
fuego, visualízalo en tu mente.
—La cocina de Nana. —Comprendió en el acto—. La echo de menos.
Nunca ha hecho otra cosa que quererme, que creer en mí. Ha sido la única
que lo ha hecho durante mucho tiempo. Soy lo que soy gracias a Nana.
Branna miró a Connor cuando este se acercó para sentarse al otro lado
de Iona.
—Un largo viaje para una primera vez —murmuró Branna.
—Su corazón la lleva allí.
—Y nosotros también. ¿Ves la cocina de Nana en el fuego, en tu
mente?
—Es como la tuya. Me refiero a la sensación, no a su aspecto.
Es más pequeña y no tiene chimenea. Veo las paredes, son de un
cálido tono melocotón, y los armarios son de color marrón oscuro. Hay una
vieja mesa de madera maciza. Cuando me sentaba allí con ella podía
contárselo todo. Ella me contó lo que era, me habló de la primera bruja
oscura sentadas a esa mesa, tomando té y galletas..., pastas. Igual que
ahora. Tiene hierbas en el alféizar, y sobre la mesa el cuenco de cerámica
azul y verde que le regalé por su cumpleaños hace años. Había manzanas
rojas en él el día en que me lo contó todo, no solo trozos, sino todo.
Relucientes manzanas rojas en el cuenco verde y azul. Tiene los ojos como
los míos, del mismo color y forma. Y cuando me miran, creo en ella.
—Concéntrate en el cuenco, en sus colores, en su forma. Déjate llevar,
déjate ir a donde quieres ir. Respiración serena, mente serena, resolución
serena. Elévate. Flota. Vuela.
Iona se elevó, flotó como si no pesara nada. Todo vibraba en azul, el
aire, la luz; sereno, relajante. Y cuando sintió el primer aleteo de su poder,
del de ella, alzó el vuelo.
Veloz, libre, sobrevolando verdes colinas cubiertas de azul,
sobrevolando agua; azul bajo azul.
La voz de Branna sonaba en su mente.
«Respira. Mantente concentrada.»
—¡Es alucinante! Es precioso.
Extendió los brazos a un lado, riendo de júbilo.
«Aguanta. La cocina de Nana. Visualízala.»
Lo vio en su cabeza, y acto seguido estaba ahí. De pie junto a la vieja
mesa de madera maciza, con el cuenco azul y verde. Ese día limones y
limas, pensó un tanto mareada.
Y ahí estaba Nana, entrando por la puerta de atrás, quitándose el
calzado de jardinería y despojándose del sombrero de paja de ala ancha.
Baja, menuda, igual que Iona. Elegante y preciosa con sus vaqueros y
su fina chaqueta. Llevaba el cabello, que conservaba un suave color
cobrizo, corto y más largo por delante, enmarcando su cara. Un maquillaje
discreto y ligero. Nana ni siquiera salía a atender el jardín antes de
ocuparse de lo básico.
Se encaminó hacia la nevera, pero se detuvo. Luego, muy despacio, se
dio la vuelta.
Se llevó la mano al corazón, y con los ojos como platos, dejó escapar
un breve jadeo.
—¡Iona! Estás aquí. Oh, oh, Branna y Connor también. Oh, fíjate, mi
pequeñina. Cuánto has aprendido ya.
—Puedes verme.
—Claro que puedo verte, estás de pie, justo ahí, ¿verdad? Y tan guapa.
Sentaos, sentaos los tres, y contádmelo todo.
—¿Podemos sentarnos? —se preguntó Iona.
—Hay suficiente poder en esta habitación como para iluminar los
cincuenta kilómetros a la redonda. —Branna retiró una silla y tomó asiento
—. Pues claro que podemos sentarnos.
Con un pequeño grito, Iona corrió a estrechar a Nana en un abrazo.
—Puedo tocarte. Puedo sentirte. Te he echado de menos.
—Igual que yo a ti.
—No podemos quedarnos mucho rato esta vez, prima. —Branna les
brindó una sonrisa—. Es una distancia grande para su primera vez.
—¿La primera? —Con una carcajada, un rayo de asombro en los ojos,
Nana la abrazó de nuevo—. Oh, no, entonces no mucho rato. Pero sí lo
suficiente para que te diga lo orgullosa y feliz que estoy.
—¿Vendrás? Dijiste que vendrías a Irlanda.
—Y lo haré cuando sea el momento. Lo sabré. Eres feliz, pero... hay
algo de tristeza.
—Ha tenido un... desacuerdo —decidió Connor—. Con Boyle.
—Ah, entiendo. Lo siento, ya que le tengo mucho aprecio. Si es lo que
ha de ser, se solucionará.
—No confía en mí. No importa.
—Claro que importa.
—Me refiero a ahora mismo. Quiero saber cómo estás tú.
—Estupendamente, como puedes ver. Hoy he plantado unos
pensamientos, que soportan bien el fresco, y va a ser una primavera fresca.
Y repollos, claro, y un poco de esto y otro poco de aquello. Le estás
enseñando bien, Branna, lo noto. Y tú, Connor.
—Aprende bien. Y la necesitamos. —Branna alargó la mano y tomó la
de Nana—. Quiero decirte que tenías razón al enviárnosla, al darle el
amuleto. Te estoy agradecida.
—No es necesario. Es nuestro deber entregarlo. Es nuestra sangre.
—Lo es y lo será. Él es más fuerte ahora que los tres estamos juntos,
pero nosotros también. Siento no poder hacerte una visita como es debido.
—Branna se puso en pie—. Pero acaba de empezar con esta habilidad.
—Incluso un breve momento es un magnífico regalo. Cuídate,
pequeña mía. Y mantén el corazón y la mente abiertos, Iona. Es cuando lo
mejor entra en ellos.
—Lo recordaré. —Le dio un beso en la mejilla a Nana, abrazándola
con fuerza—. Volveré si puedo. —Cediendo a un impulso, cogió un limón
del cuenco. Notó su piel contra la palma y, levantándolo, captó su
fragancia—. Sé que es una bobada, pero ¿puedo llevármelo? ¿Es eso
posible?
—Averigüémoslo.
Branna la cogió de la mano, y cuando Iona se metió el limón en el
bolsillo, Connor le asió la otra.
—Te hemos echado de menos en casa, prima Mary Kate —le dijo
Connor.
—Y yo a vosotros. Un día, muy pronto, me llevarás a hacer volar los
halcones, ¿verdad, Connor?
—Será un placer.
—Cuando las veáis, decidle a vuestra madre y a vuestra abuela que
estoy deseando oír unos buenos chismes en persona.
—Ven a La bruja oscura —le dijo Branna a Nana—. Te estará
esperando un buen fuego en la chimenea y la tetera hirviendo.
—Lo haré, y gracias. Mi amor va con vosotros, y con él, todas mis
esperanzas.
—Adiós, Nana. Te quiero.
Y una vez más se elevó, flotó y voló.
Capítulo 18
Se sentía increíble, y aun así Branna le acercó una poción.
—Ha sido tu primera vez. Es mejor que te tomes un poco de esto
ahora.
—¿Puedo hacerlo otra vez?
Branna enarcó las cejas en tanto que Connor enganchaba un par de
galletas.
—¿Ahora?
—No, ahora no. Me refería a si puedo hacerlo algún día. A si soy
capaz. Yo sola.
—Podría decirse que Connor y yo tan solo te hemos acompañado en el
viaje. —Se acercó para echar un vistazo a sus velas—. Ayudando a
prepararte y luego yendo contigo para darte apoyo.
—¿Cómo un carnet provisional?
—¿El qué?
—Aprender a conducir... En serio, tengo que comprarme un coche. Lo
voy posponiendo, pero... Estoy un poco mareada— reconoció, y se bebió la
poción.
—Aprender a conducir —reflexionó Connor, asintiendo—. En cierto
sentido sí, se parece. Necesitas supervisión hasta que puedas arreglártelas
tu sola.
—Al menos uno debería acompañarte cuando lo intentes de nuevo.
—Me has hipnotizado más o menos.
—Te he ayudado a alcanzar el estado de meditación adecuado, eso es
todo. Tienes una mente muy activa, y sosegarla requiere práctica.
—Ha significado mucho para mí el hecho de verla. Verla de verdad.
Metiendo la mano en el bolsillo, sacó el limón que había cogido del cuenco
azul y verde y se lo acercó a la cara para oler su fragancia.
—La familia es la raíz y el corazón. En fin, a ver qué puedes hacer
con esto. —Abrió un cajón y sacó una lista en papel.
—Una varita con un cristal de cuarzo rosa en el extremo —leyó Iona
—. Una daga ceremonial con un nudo de la Trinidad celta, un cáliz de plata
de la diosa del fuego, Belisama, un amuleto de cobre en forma de
pentáculo. —Iona levantó la vista, frunciendo el ceño—. ¿Los cuatro
instrumentos elementales?
—Muy bien, la varita para el aire, la daga para el fuego, etcétera.
Sigue leyendo.
—Vale, una espada con un jaspe sanguíneo en la empuñadura y su
vaina; una lanza con una afilada punta de hematita; un escudo decorado
con un pentáculo y hematita, amatista, piedra sol y jaspe; y un caldero con
el símbolo del fuego. Las cuatro armas correspondientes.
—Has estudiado. Ahora harás un hechizo de búsqueda y las
encontrarás.
—¿Cómo una búsqueda del tesoro?
—En cierto modo sí.
—Bueno, me gustan los juegos.
—No es un juego —le dijo Connor—, sino entrenamiento, y es
importante. Tendremos que tratar de localizarlo cuando estemos listos para
enfrentarnos a él de una vez por todas.
—Tendremos ventaja si sabemos cuándo y cómo va a venir —agregó
Branna.
—¿Por qué no lo buscamos ahora? Tiene que tener algún tipo de
guarida. Podríamos...
—No estamos preparados, y si lo buscamos, él podría saberlo. Tiene
poder, así que si no podemos bloquearlo, nos verá. Pero cuando estemos
listos querremos que vea... lo que nosotros deseemos que vea. Cuando
llegue el momento —prosiguió Branna— los tres lo buscaremos y daremos
con él, uniendo nuestro poder, como los tres.
—¿Y Fin?
—Yo...
—Fin es quien debería buscar y dar con él. —Connor se volvió hacia
su hermana, sosteniéndole la mirada con calma—. Es de su sangre, y
tendría que ser él.
—Te fías demasiado.
—Y tú muy poco. Tiene que ser él, Branna. Lo sabes tan bien como
yo.
—De acuerdo, lo decidiremos a su debido tiempo. Pero ahora vamos a
ocuparnos de esto. Esto has de hacerlo tú, Iona. Realiza los hechizos de uno
en uno, encuentra lo que buscas y tráelo aquí por orden.
—Vale. —Echó otro vistazo a la lista, luego la dobló y se la guardó en
el bolsillo. Después cerró los ojos y trató de visualizar la varita—. Lo que
veo en mi mente, buscaré y hallaré. Aparece ahora ante mis ojos y donde
yace yo iré. Delgada y fuerte me llama. Hágase mi voluntad.
Lo vio con claridad, reflejando el sol de última hora de la tarde en la
pequeña mesita junto a la ventana de la sala de música.
—Enseguida vuelvo.
Connor se apoyó en la encimera mientras Branna empezaba a
etiquetar de forma meticulosa las velas.
—Te duele, lo sé. —Su voz permanecía tan serena como su mirada—.
Pero si no aceptas lo que Fin es, lo que realmente es, y crees en él, en su
lealtad, nos limitas a todos.
—Lo intento. Puedo superar el dolor, o consigo hacerlo la mayoría de
los días. Confiar es más duro.
—El moriría por ti.
—No digas eso —espetó—. ¿Crees que yo querría eso? Solo quiero
hacer lo que hay que hacer, y lo haré. Lo haré. Tienes razón al decir que
debería ser él quien lo busque, quien lo encuentre. Tienes razón. Dejemos
eso por ahora.
—De acuerdo, vamos a dejarlo. —Entonces sonrió un poco para
tranquilizarla—. ¿Quieres cronometrarla?
—No hay prisa. —Branna se encogió de hombros, aliviada porque
hubiera dejado el tema, porque lo hubiera hecho por su bien—. Algunos
son fáciles para fomentar su confianza, otros le llevarán más tiempo.
—Bueno, entonces estoy listo para una cerveza. ¿Quieres una?
—Hum. Una copa de vino no estaría mal. Y no le metas mano al cerdo
asado que tengo en el horno.
—¿Cerdo asado?
—Déjalo en paz, y también lo que hay con él dentro del horno. Le he
lanzando un hechizo de tiempo porque no sabía cuánto iba a llevarnos esto.
Trae la botella y una copa para Iona, ¿quieres? Podrá tomársela cuando
haya terminado.
Iona entró con celeridad, pletórica, con la varita en la mano.
—Lo tengo.
—Bien hecho. Déjalo aquí y busca el siguiente.
—Vale. Estás poniendo las etiquetas. Iba a ayudarte yo.
—Habrá muchas más. La daga ceremonial.
—Cierto. —Después de inspirar hondo, Iona comenzó de nuevo.
Connor se tomó la cerveza y jugó un poco al tira y afloja con el perro
y un trozo de cuerda mientras Branna terminaba la primera serie de velas.
Iona iba y venía, llevando los objetos de la lista.
—Vaya con la lanza. —Iona la levantó, imitando a un guerrero cuando
volvió a la cocina—. He tardado en encontrarla tanto tiempo como me ha
llevado encontrar todos los que he conseguido hasta ahora —repuso Iona.
No tanto, pensó Branna, pero sí bastante.
—Podía verla, y también el árbol contra el que estaba apoyada fuera,
pero no distinguía cuál era. Así que he hecho un hechizo indirecto para eso
después de deambular por ahí durante un rato.
—Una buena decisión. Vamos a trabajar un poco más para que puedas
reducir la búsqueda sobre la marcha.
Iona señaló con la cabeza los objetos que había extendido sobre la
encimera.
—Todos son muy guays. En fin, solo un par más.
El escudo la ocupó tanto tiempo que casi pasó al caldero, pero Branna
le había indicado que tenía que hacerlo por orden, así que despejó la mente
—un reto, ya que la tenía llena de cosas— y luego renovó el hechizo.
Encontró el escudo... y, ay, Dios bendito, era una obra de arte colgada
en el invernadero, que olía a tierra y hierbas.
—Lo ha hecho bien —dijo Connor mientras frotaba al perro con el pie
ya que el juego había terminado—. En circunstancias difíciles.
—Así es. Lo hará aún mejor cuando las circunstancias empeoren.
—Siempre poniendo la nota alegre, Branna.
—Soy realista. —Con las velas que había terminado metidas en cajas
para transportarlas a la tienda, comenzó a colocar las que había cogido de
los estantes.
—Encontrado —dijo Iona, entrando con el caldero—. En el pequeño
desván sobre tu cuarto, Branna..., que ni siquiera sabía que existía.
—No se utiliza mucho. Y ya lo has encontrado todo.
—De uno en uno y por orden. —Iona dejó el caldero junto al resto—.
Todos son preciosos y únicos.
—Sí que lo son. Puede que sean instrumentos, pero no veo por qué un
instrumento no ha de ser bonito a la vez que práctico y útil. Así que son
tuyos.
—Perdona, ¿qué has dicho?
Dado que su mente volvía a estar llena de cosas, Iona se quedó
mirando a Branna.
—Ahora son tuyos. —Branna le sirvió una copa de vino y se la pasó
—. Connor y yo los elegimos para ti de entre lo que nos han dado, lo que
coleccionamos y lo que hemos encontrado en otra parte desde que viniste a
nosotros.
—Pero... —Abrumada, no pudo dar con las palabras que tan a menudo
pasaban directamente de su cabeza a la lengua.
—Toda bruja necesita sus propios instrumentos —prosiguió Branna
—. Y estos son los más importantes de todos. Buscarás y elegirás otros por
ti misma a lo largo del camino.
—El fuego te resulta más fácil a ti. —Connor se levantó para unirse a
ellas—. Así que los símbolos son tuyos. Y en la daga ceremonial, el nudo
de la Trinidad simboliza a los tres en ti, y a nosotros tres.
—El cuarzo rosa en la varita, pues parece que tu poder procede de tu
instinto..., de las tripas..., y luego pasa por el corazón. Jaspe sanguíneo en
la espada para la fuerza.
—Piedras protectoras, en el plano físico y psíquico, para el escudo.
Hematita para la punta de tu lanza, para la confianza en el aire. —Connor
la tocó con el dedo—. Y el pentáculo de cobre, el medio elegido por
Sorcha.
—No sé qué decir.
—La espada y el escudo han pasado de generación en generación,
dentro de la familia —le explicó Branna—. La copa la encontré en una
tienda que me gusta mientras que Connor encontraba el pentáculo en otra.
Así que hay una mezcla de lo viejo y lo nuevo.
Las lágrimas que se había negado a derramar la noche anterior
deseaban brotar desde el corazón en esos momentos, fruto de la gratitud
más absoluta.
—Os estoy más agradecida de lo que puedo expresar con palabras. Me
parece mucho, demasiado.
—No lo es —la corrigió Branna—. Debes estar armada para lo que se
avecina.
—Lo sé. Una espada. —Con cuidado, la sacó de su vaina—. No sé
manejarla.
—Aprenderás. Parte del conocimiento te vendrá a través de ella.
—Parte —convino Connor—. Y Fin puede trabajar contigo, y también
Meara. Se maneja de miedo con una espada. Tanto Branna como yo
podemos ayudarte con la lanza, pero creo que encontrarás el instrumento
en sí que encaje en tu mano.
—Una vez que los hayas limpiado y recargado —apostilló Branna—.
Eso no podemos hacerlo nosotros. Y ahora me parece que vamos a cenar.
No nos vendrá mal el descanso y la comida. Luego te ocuparás de ellos.
—Los guardaré como un tesoro. Gracias, gracias —repitió, asiendo la
mano de Branna, luego la de Connor, uniéndolos a los tres—. Habéis
expandido mi vida en tantísimos aspectos.
—Eres parte de nosotros. Venga, vamos a comer. He preparado una
cena especial previendo tu éxito en esto. Tráete tu copa, ya que aún no te la
has tomado.
—Algún día os pagaré todo lo que habéis hecho por mí.
—No es cuestión de pagar, y no puede serlo.
—Tienes razón. No es la palabra adecuada. Equilibrio. Un día
encontraré el equilibrio.
Comenzó poniendo la mesa y diciéndole a Connor que estaba exento
de recoger y fregar. Este no puso ninguna objeción. Su ánimo, que se había
venido arriba después de ver a Nana, después de los regalos, siguió en
ascenso cuando probó el pequeño festín que Branna había preparado.
—¡Dios mío, esto está riquísimo! Sé que tengo hambre, pero está de
muerte. Te juro que podrías abrir tu propio restaurante.
—Eso es algo que no voy a hacer ni ahora ni nunca. Cocinar, al igual
que los instrumentos, es necesario. No hay razón para que no esté bueno.
—Ojalá lo mío lo estuviera. En serio, tengo que aprender a cocinar.
—Hay mucho tiempo para eso, y ahora mismo hay cosas más
importantes que aprender. Connor, Frannie, la de la tienda, me ha contado
que Fergus Ryan se pilló un pedo en toda regla y se metió en casa de Sheila
Dougherty creyendo que era la suya, se quedó en pelotas y se quedó grogui
en el sillón del salón. Donde una nada contenta Sheila Dougherty..., tiene
unos setenta y ocho y es más mala que un dolor..., lo encontró a la mañana
siguiente. ¿Qué sabes tú de eso?
—Sé que Fergus tiene un ojo morado y un chichón en la parte
posterior de la cabeza que le produjo el bastonazo que le atizó la señora
Dougherty. Y que Fergus solo pudo coger sus botas y agarrarse la dolorida
cabeza mientras intentaba defenderse, y salió corriendo mientras la vieja lo
perseguía, lanzándole maldiciones y llamándole cualquier cosa que se le
ocurría.
—Imaginaba que estabas al tanto. —Branna cogió su vino—.
Cuéntanoslo todo.
De esa forma la conversación se desvió a los cotilleos, asuntos e
historias locales. La clase de comida de la que había disfrutado en muy
raras ocasiones durante su vida, pensó Iona mientras fregaba los platos y
las ollas, y que había ansiado todavía más a causa de su carencia.
Así pues, guardaría como un tesoro los instrumentos que le habían
regalado, así como todas las cosas que vinieran después.
Por el momento procuró abrazar el silencio, ya que Branna y Connor
estaban arriba o en alguna otra parte ocupándose de sus propios artefactos.
Aún tenía trabajo pendiente. La limpieza por esa noche. Y al día siguiente
se impregnaría y recargaría lo que ahora era suyo.
Un buen día, se congratuló. Había ido a trabajar, había tenido su
primer cara a cara con Boyle y lo había superado sin humillarse.
Mil puntos para ella.
Y había volado hasta la cocina de Nana, un punto personal que valía
por mil.
Había trabajado buscando hechizos y había tenido una inestimable
recompensa.
Como remate había disfrutado de una cena colmada de charla y risas
con sus primos.
Y al día siguiente haría lo que se le pusiera por delante.
Para empezar a restaurar ese equilibrio, limpió la cocina hasta dejarla
reluciente. La próxima vez que Branna entrara, mirándolo todo con los ojos
entrecerrados, el brillo la cegaría, pensó.
Satisfecha, se encaminó hacia el taller con el fin de empezar con su
última tarea del día, cuando una llamada a la puerta principal hizo que se
detuviera.
Por lo general, la posibilidad de tener compañía le habría agradado,
pero deseaba ponerse con sus instrumentos. Seguramente sería uno de los
amigos o de las posibles amiguitas de Connor, supuso. Todavía no había
conocido a ninguna que no quisiera a Connor o no lo buscara cuando quería
pasar un buen rato o necesitaba un hombro para pasar un mal momento.
Cuando abrió la puerta, su sonrisa de bienvenida desapareció, ya que
ahí estaba Boyle, con un gran y colorido ramo de flores.
—Oh —acertó a decir.
Estaba muy sexy, tan atractivo y alto, con la mano en torno a los
tallos, el rostro un tanto sonrojado y los ojos rebosantes de vergüenza y
determinación.
Y cambió el peso de un pie al otro, lo que estuvo a punto de
derrotarla.
—Lo siento. Necesito decirte que lo siento. Son para ti.
—Son preciosas. —Mejor, pensó, sería muchísimo mejor para ella
mandarlo a paseo. Pero no podía hacerlo, no cuando le había llevado flores
y una disculpa sincera—. Gracias —dijo en cambio, y cogió el ramo—.
Son realmente preciosas.
—¿Me he ganado entrar uno o dos minutos?
—De acuerdo. Claro. Voy a ponerlas en agua.
Lo condujo hasta la cocina, empleando cada truco que había aprendido
para mantener la mente y el corazón sereno e inalterable.
—Esto está como los chorros del oro —comentó.
—He estado equilibrando la balanza.
Buscó un bonito jarrón grande de color vede musgo, las tijeras de
jardinería de Branna y las vitaminas para plantas que preparaba ella
misma. Y se puso manos a la obra.
—Iona, siento haberte disgustado, siento haberte herido. No era esa
mi intención.
—Lo sé. —Aquellas flores tan hermosas, su aroma tan intenso, la
ayudaron con su propio equilibrio—. No estoy enfadada contigo, Boyle. Ya
no.
—Deberías estarlo. Me lo he ganado.
—Puede..., pero no estabas del todo equivocado en lo que le dijiste a
Fin. Te presioné y me interpuse en tu camino.
—No soy de los que se dejan presionar si no quieren. Iona...
—Te sentías atraído por mí. Aproveché eso. Nunca he usado la magia.
—Lo sé. Lo sé. —Tratando de encontrar las palabras, Boyle se pasó
los dedos por el pelo—. No estoy acostumbrado a todo esto que sucede
dentro de mí. Se me fue la cabeza y tú entraste antes de que la recuperara.
Dame una oportunidad para compensártelo, ¿quieres?
—No es eso, o no solo eso. —Equilibrio, pensó de nuevo. No iba a
encontrarlo sin ser sincera consigo misma y con él—. Todo lo tuyo me
sobrevino muy rápido, y yo solo me dejé llevar. Me aferré a ello, y creo
que con demasiada fuerza. No quería que se me escapase. Siempre he
deseado sentir todo esto dentro de mí. Lo he ansiado tanto como respirar.
Así que me interpuse en tu camino, me metí en tu cama y no me permití
pensar que podría salir mal.
—No tiene por qué salir mal. No está mal —dijo, y la asió de los
hombros.
—Tampoco está bien. —Con cautela, se apartó a un lado de forma que
él ya no la tocase—. ¿Quieres una cerveza? Ni siquiera te he ofrecido...
—No quiero una puta cerveza. Es a ti a quien quiero.
Sus ojos, azules y hermosos aun con aquel asomo de tristeza, se
alzaron hacia él.
—Pero no deseas quererme. Eso sigue siendo verdad. Y yo no puedo
seguir aceptando eso, seguir conformándose con eso solo porque es lo que
siempre he hecho. Se remonta al principio, Boyle. Mis padres nunca se
daban cuenta cuando yo no estaba ahí y tampoco les importaba demasiado
si estaba o no estaba. Y lo más espantoso es que no se percataban de que yo
lo sabía.
—Siento decirte eso, ya que son tus padres, pero me da la impresión
de que son unos capullos, Iona.
Ella rió un poco.
—Supongo que lo son, más o menos. Creo que me quieren tanto como
les es posible porque se supone que tienen que hacerlo, pero no porque
quieran hacerlo. ¿Y los chicos y los hombres de los que he intentado
enamorarme? Me quisieron durante un tiempo, pero nunca lo suficiente, o
no querían quererme lo suficiente, así que se desvanecía. Y entonces me
preguntaba qué tenía yo de malo. ¿Por qué nadie puede amarme de forma
absoluta y sin reservas? O peor aún, pensaba que era una especie de
sustituta hasta que apareciera alguien mejor.
¿De verdad había hecho él eso?, se preguntó Boyle. ¿Había
contribuido a eso?
—No tienes nada de malo, y no se trata de nada parecido.
—Me estoy esforzando por creerlo, y no puedo hacerlo a menos que
deje de conformarme con menos. Y eso es problema mío, es asunto mío.
Puede que no lo comprendiera de verdad hasta que tú me diste aquel
tortazo, metafóricamente hablando, claro —agregó con una sonrisa más
natural de lo que había esperado.
Dado que aún podía ver en su mente la cara de Iona allí, de pie en el
establo, se sintió como si de verdad la hubiera golpeado.
—Oh, Dios mío, Iona. Daría lo que fuera por retirar esas palabras, por
metérmelas por la garganta y asfixiarme con ellas.
—No, no. —Le asió las manos durante un instante y le dio un apretón
—. Gracias a que me destrozaron, tuve que levantarme. Y esta vez
enfrentarme a todo ello. Porque antes de eso, Boyle, me habría conformado
con cualquier cosa que tú me hubieras dado. Lo habría tomado y me habría
convencido a mí misma de que estaba bien. Pero nunca habría estado bien.
No puedo ser feliz, feliz de verdad, con menos de lo que necesito. Y si no
soy feliz, no puedo hacer feliz a nadie.
—Dime qué necesitas y te lo daré.
—No funciona así. —Y por Dios que lo amaba más de lo que él
intentaría, de lo que estaría dispuesto a intentar—. Tal vez sea magia
después de todo lo que nos hace amar, necesitar y desear a una persona por
encima de otra. Amarla, necesitarla y desearla por entero. Quiero esa
magia. No me conformaré con menos. Tú eres la razón. Así que en cierto
modo, por raro que sea, te estoy agradecida.
—Ah, claro, ahora me das las gracias, pero al mismo tiempo me
castigas.
—Me has enseñado que merezco más de lo que pensaba, o de lo que
me permitía pensar. Y eso es muy de agradecer. Soy yo quien se ha
precipitado, así que tengo la culpa de las consecuencias. Todo ha sido muy
rápido, muy intenso. No es de extrañar que te sintieras acorralado.
—Yo nunca me he sentido... No sé de qué estaba hablando.
—Lo comprenderás. Entretanto, las flores son preciosas, y también tu
disculpa. —Las llevó para ponerlas en la mesa—. Pensándolo mejor, puedo
decirte algunas cosas que necesito.
—Lo que sea.
—Necesito seguir trabajando para Fin y para ti, no solo porque tengo
que ganarme la vida, sino porque se me da bien. Y porque me encanta y
quiero hacer lo que me gusta.
—No hay ningún problema con eso. Ya te lo he dicho.
—Y necesito que seamos amigos para que no nos sintamos raros o
incómodos estando juntos. Es importante. No podría trabajar para ti o
contigo si nos aferramos al resentimiento o a sentimientos complicados.
Terminaría dejando el trabajo para evitárnoslo, y luego estaría cabreada y
triste.
—No hay resentimiento por mi parte. No puedo prometerte nada con
respecto a los sentimientos complicados, porque son justo eso. Para mí
están todos enredados y son escurridizos. Si tú...
—Esta vez no. —No contigo, pensó, porque con él no volvería a
levantarse estando entera—. Sencillamente no. Yo soy responsable de mis
sentimientos, y tú, de los tuyos. Lo comprenderás —repitió—. Pero ambos
tenemos un buen trabajo que nos importa y buenos amigos en común. Y lo
más importante de todo es que aquí mismo, ahora, tenemos un enemigo y
una meta en común. No podemos hacer todo lo que hemos de hacer si no
tenemos una base sólida.
—¿Cuándo te has vuelto tan jodidamente lógica? —farfulló.
—A lo mejor me lo ha pegado un poco Branna. Me ha enseñado
mucho, me ha mostrado más de lo que nunca imaginé que vería. Tengo un
legado, y voy a serle leal. Voy a luchar por él. Y voy a ser fiel a mí misma.
—Así que ¿vamos a trabajar juntos, a luchar juntos y a ser amigos?
¿Y eso es todo?
Iona le brindó otra sonrisa.
—Eso es mucho para la mayoría. Y no rechazo el sexo a modo de
castigo.
—No quería decir... Aunque ahora que lo dices, tiene ese efecto. No
era solo sexo, Iona. Ni lo pienses.
—No, no lo era. Pero también en eso presioné. Me lancé de cabeza,
como suelo hacer.
—Me gusta tu forma de lanzarte. Pero si eso es lo que necesitas,
seremos amigos.
Por el momento, pensó Boyle.
—Bien. ¿Quieres esa cerveza ahora?
Boyle estuvo a punto de responder que sí, para disponer de más
tiempo, y quizá también para suavizar la línea que ella había trazado entre
ambos. Pero le había dicho lo que necesitaba de él e iba a dárselo.
—Será mejor que me marche. A fin de cuentas tengo muchas cosas
que desentrañar.
—Más vale que empieces.
—No hace falta que me acompañes. Nos vemos mañana. —Se puso en
marcha, pero se dio la vuelta un instante para mirarla. Tan vibrante, tan
preciosa, con las flores a su lado—. Te lo mereces todo, Iona, y ni una
pizca menos.
Ella cerró los ojos cuando oyó cerrarse la puerta tras él. Resultaba
muy duro mantenerse firme, hacer y decir lo que sabía que era lo correcto
cuando el corazón le dolía tanto. Cuando su corazón ansiaba aceptar menos
y conformarse con ello.
—No con él —murmuró—. Tal vez con otro, pero no con él. Porque...
él es el único.
Dejaría las flores en la mesa para que todos las disfrutaran. Pero antes
de volver al taller para limpiar sus instrumentos, buscó un jarrón alto y
delgado, escogió tres flores —un número mágico— y metiéndolas en él, se
las llevó a su cuarto, donde las vería antes de irse a dormir. Donde las vería
cuando se despertara por la mañana.
Capítulo 19
Mientras la primavera se extendía sobre el condado de Mayo, sobre
los verdes bosques y las exuberantes colinas, la lluvia llegaba suave y
constante. Las flores silvestres se alzaban y se abrían para beber, los
jardines rebosaban de gloriosa vida. Los corderos balaban en los campos,
los patos plagaban el lago mientras el bosque se llenaba del canto de las
aves.
Iona plantaba flores, verduras y hierbas con sus primos, se rascaba el
barro de las botas, pasaba muchas horas en el establo y dedicaba muchas
horas a practicar la magia.
Bealtaine, con sus mayos y canciones, llegó y pasó, y acercó más el
solsticio.
A medida que los días alargaban, con frecuencia se levantaba antes
del alba y trabajaba hasta bien entrada la noche, utilizando la energía que
la impulsaba para esforzarse más.
Y bajo la lluvia y el barro aprendió a manejar una espada.
Aunque no alcanzaba a imaginarse en un verdadero combate a espada,
le gustaba la sensación de tenerla en la mano. Le gustaba su peso, y el
hecho de que, siendo pequeñita pero matona, era capaz de atacar y
defenderse.
Nunca estaría a la altura de Meara. Su amiga se parecía todavía más a
una guerrera amazona con el cabello trenzado a la espalda y una espada en
la mano. Pero aprendió: ángulos, juego de piernas, maniobras.
Dentro del delgado velo que Branna conjuró, atacó y esquivó al
tiempo que Meara la hacía retroceder de forma implacable. Mientras las
espadas chocaban y Meara lanzaba insultos u órdenes a voz en grito,
Branna estaba sentada en un banco del jardín, como una exótica ama de
casa, pelando patatas para la cena con tranquilidad.
—¡Lanza el ataque desde el hombro!
—¡Eso hago!
Resollando, y sintiéndose bastante dolorida ya, Iona cambió el peso de
un pie a otro y trató de avanzar.
—Ven a por mí, por Dios. Podría cercenarte las extremidades como si
fueras el Caballero Negro de los Monty Python.
—No es más que una herida superficial.
La risa la dominó, distrayéndola, y Meara se movió como alma que
lleva el diablo.
—¡Cuidado con...! —Branna exhaló un potente suspiro cuando Iona
perdió el equilibrio y cayó hacia atrás sobre una enorme planta de lobelia
de un color azul intenso—. Ay, en fin.
—¡Ay! Lo siento.
—Dominas bastante bien las nociones básicas. —Después de envainar
su espada, Meara le tendió una mano para ayudarla a ponerse en pie—. Y
encajas los insultos como una mujer. Eres rápida y ágil, y tienes bastante
aguante, pero no eres una asesina en busca de sangre, y por eso siempre te
derrotarán.
Iona se frotó el trasero.
—No pensaba matar a nadie.
—Los planes cambian —señaló Branna—. Y ahora arregla esas flores,
ya que ha sido tu culo el que las ha aplastado.
—Oh, sí.
Iona se volvió hacia ellas, pensativa.
—No. —Branna chasqueó los dedos—. No te pongas a pensar,
simplemente hazlo.
—Solo estoy recuperando el aliento.
—Puede que no tengas tiempo para eso. Espada, magia, una
combinación de ambas. E inteligencia para unirlas. Hazlo.
Así que Iona extendió las manos siguiendo el instinto en vez de un
plan. Las flores azules se ahuecaron.
—De paso les he prestado una pequeña ayudita.
—Ya lo veo. —Con una débil sonrisa, Branna manejó su cuchillo
pelador.
—No me vendría mal una ducha y una cerveza. No, primero la
cerveza.
—Luchemos otra vez, y luego la cerveza —le dijo Meara—. Esta vez
no te reprimas. ¿Es que Branna no te ha dicho que ha encantado las hojas
para que sean tan inútiles como nuestra primera profesora de ciencias? ¿Te
acuerdas de ella, Branna?
—Muy a mi pesar, sí. La señorita Kenny, que podía desbancar a las
monjas con su mirada de desaprobación y hacer que se te derritiera el
cerebro de puro aburrimiento.
—Oí que se mudó a Donegal y se casó con un pescadero.
—Lo compadezco. —Branna se levantó con su cuenco de patatas y su
cubo para desechos orgánicos con las peladuras—. Pondré estas patatas a
hacerse y traeré la cerveza mientras vosotras dos os dais espadazos.
Resollando, ya que de verdad necesitaba recobrar el aliento, Iona
estudió su espalda.
—En realidad, no crees que vayamos a usarlas de esta forma contra
Cabhan.
—Quién sabe, ¿no? Y ya que yo no tengo tus poderes, puede que esto
sea lo que utilice y necesite si llega el momento.
—¿Por qué no pareces asustada?
—Conozco la leyenda desde siempre, y la parte dura desde que
conozco a Branna, que parece ser toda la vida. Eso por un lado. Y por
otro... —Meara miró a su alrededor, a las nuevas plantas, a las de años
anteriores que se extendían y brotaban, al bosque más allá, bajo la plomiza
tarde lluviosa—. Ah, no parece real, ¿verdad? Cuando llegue el solsticio
intentaremos ponerle fin a todo esto sea como sea. Sangre y magia, espada
y colmillo. No es la vida, sino una historia. Y, sin embargo, lo es. Estoy
atrapada en ella, creo. Por encima de eso, llegado el momento, estaré con
gente en quien confío más que en nadie. Así que no tengo miedo. Todavía.
—Ojalá fuera ya. Hay noches en que pienso «que sea mañana», para
que así todo haya terminado. Luego, por la mañana, pienso «gracias a Dios
que no es hoy», porque así tengo otro día. No solo para practicar y
aprender, sino...
—Para vivir.
—Para vivir, para estar aquí. Para ser parte de todo esto. Para montar
a Alastar, para trabajar, para ver a mis primos y a ti y a...
—Boyle.
Iona se encogió de hombros, casi logrando parecer despreocupada.
—Me gusta verlo. Creo que hemos estado llevando esto muy bien. Ser
amigos era la solución correcta.
—Gilipolleces. Sois amigos, pero eso nunca será todo. Los dos
desprendéis tales vibraciones sexuales, lujuriosas y emocionales que no sé
cómo los demás podemos pensar con claridad.
—No desprendo nada. ¿O sí?
—Claro que sí. Supongo que una mujer enamorada no puede evitarlo.
Pero él también emite esas vibraciones. —Meara levantó los brazos en alto
al pensar en que tantas personas a las que quería se negaban a intentar
atrapar lo que más deseaban—. Iona, ese hombre te regaló flores, y me da
que es muy posible que la única mujer a la que le ha regalado flores sea su
madre o su abuela. Y ¿es que la nevera pequeña no está provista de las
bebidas que te gustan?
—Ah, ahora que lo mencionas...
—¿Quién te crees que se ocupa de eso? ¿Y quién te llevó ayer mismo
un sándwich tostado cuando no pudiste parar para comer?
—Haría lo mismo por cualquiera.
Meara solo pudo poner los ojos en blanco.
—Lo hizo por ti. ¿Y acaso hace unos días no escuché con mis propios
oídos que te dijo que el jersey azul que llevaste al bar te quedaba bien? ¿Y
quién se aseguró de que no te sentaras en la corriente de la puerta mientras
estábamos allí?
—Yo... no me di cuenta.
—Porque te empeñas en no darte cuenta. Te vuelcas por completo en
el trabajo, en el entrenamiento, para así no tener que pensar en él porque te
resulta duro. Al mismo tiempo has cerrado los ojos al maravilloso hecho
de que ese hombre está enamorado. Te está cortejando.
—De eso nada. —El corazón que tanto se había esforzado por serenar
le dio un pequeño vuelco—. ¿Eso hace?
—Procura fijarte —le aconsejó Meara—. Y ahora atácame en serio.
—Desenvainó su espada—. Y gánate la cerveza.
Se permitió fijarse un poquito al día siguiente. Sabía que tenía la
costumbre de dejar que la esperanza se impusiera a todo. La lógica, el buen
juicio y el instinto de supervivencia podían, y a menudo así sucedía,
debilitarse bajo la resplandeciente luz de la esperanza.
Esa vez no, se advirtió. El riesgo era enorme. Pero podía fijarse un
poquito, si acaso había algo en lo que fijarse.
Boyle le llevó a Alastar, y era difícil no reparar en eso. Lo montó en
lugar de llevarlo en el remolque. Alastar lo detestaba.
—Se me ocurrió que tal vez lo quisieras hoy, ya que tienes tres rutas
guiadas en tu pizarra.
—Siempre lo quiero a él. —Ahuecó una mano en la cara de Alastar,
acariciándole la mejilla con la suya. Y miró de reojo a Boyle—. Gracias
por pensar en ello.
—Oh, bueno, no es molestia, y él necesita ejercicio. He pensado en
cambiar dos de los caballos para mañana, así que yo llevaré a César a los
establos esta noche si quieres llevar tú a este. Te llevaré a casa desde allí,
si te parece bien.
—Me parece bien.
Nada en su tono sugería otra cosa que amistad, tal y como habían
acordado. Y sin embargo...
—Lo dejaré en el potrero hasta que haya registrado al primer grupo.
Tomó las riendas; movió en círculo su dolorido hombro derecho y se
lo frotó con aire distraído.
—¿Estás herida?
—¿Qué? No. Solo dolorida. El brazo de la espada —dijo con cierta
chulería, haciendo que blandía el arma—. Meara es una bruta.
—Es una fiera. ¿Por qué no te lo has curado? ¿O has hecho que se
ocupara Connor?
—Porque me sirve para acordarme de que no debo bajar la guardia.
Se llevó el caballo, decidida a no volver la mirada, pero sintió sus ojos
sobre ella. ¿No era eso lo bastante relevante como para dejar entrar un
poco de esperanza?
Boyle no escatimaba el trabajo que le asignaba. En consecuencia, Iona
se mantuvo ocupada —en cuerpo y mente— hasta media tarde, cuando él
la pilló por sorpresa de nuevo al llevarle una botella de su Coca—Cola
preferida.
—Gracias.
—Me ha parecido que necesitabas mojarte la garganta, porque seguro
que se te ha quedado seca corrigiendo a la alumna que tenías en la pista.
—Es muy jovencita. —Agradecida, Iona tomó un buen trago—. Y le
gusta la idea de cabalgar. Lo que sucede es que no se esfuerza demasiado
en aprender. Creo que sobre todo le gusta el traje que tiene que llevar y su
imagen sobre un caballo.
—Por lo visto sus padres se están divorciando.
—Oh, eso es duro. Solo tiene ocho años.
—Según he oído, se veía venir hace tiempo. Y al parecer su forma de
compensarlos a ella y a su hermano es darles todo lo que piden. Elegantes
botas y pantalones de montar y ese tipo de cosas a ella y videojuegos y
camisetas deportivas a él.
—No funcionará.
—No, es muy probable que no. Me preguntaba si tendrías un minuto
para echarle un vistazo a Spud. Hoy no ha comido. He pensado que podrías
probar antes de que llame al veterinario.
—Voy ahora mismo. Hoy no he trabajado con él —dijo mientras salía
aprisa de la pista—. Casi no lo he visto esta mañana.
Recorrió las casillas con Boyle a su lado y se detuvo en la de Spud.
El caballo tan solo le lanzó una mirada triste mientras se movía
inquieto en la casilla.
—No te encuentras bien hoy, ¿verdad? —murmuró al abrir la puerta
—. Echemos un vistazo.
Spud se pateó la panza con cuidado.
—Ahí es donde te duele, ¿eh?
Con mucha delicadeza pasó las manos sobre él, bajando y rodeando su
panza.
Y luego, cerrando los ojos, acallando su mente, se permitió ver, se
permitió sentir.
—No se trata de un cólico, así que es una suerte. Ni una úlcera. Pero
es incómodo, ¿a que sí, cielo? Y no puedes hacer lo que más te gusta:
comer.
—Ni siquiera he podido tentarle con una patata, que es su comida
favorita.
—No está sudando —agregó—. ¿Se ha revolcando sobre el suelo?
—No. Lo único es que apenas ha tocado la comida.
—Indigestión. —Algo que el propio Boyle habría pensando, imaginó
Iona. Pero ahí estaban, los dos juntos en la casilla, muy cerca, rozándose de
vez en cuando con los brazos mientras acariciaban al caballo—. Y me
parece que puedo ocuparme de eso, si confías en mí.
—Confío ti, y más aún, él confía en ti. Además, no le agrada
demasiado el veterinario. Y si se trata de una indigestión, siempre
podemos medicarlo. Aunque eso tampoco le gusta en exceso.
—Veamos si podemos evitarlo. Sujétale la cabeza. —Mientras Boyle
se colocaba para hacerlo, ella se acuclilló, deslizando las manos con
suavidad sobre la panza de Spud—. Duele —susurró—. El dolor es muy
difícil de entender. Has comido demasiado deprisa, eso es todo. Come más
despacio y disfruta más de la comida. Tranquilo, tranquilo.
El estómago le ardió un instante mientras eliminaba el dolor, pero
sintió que Spud se relajaba bajo su tacto. Lo oyó resoplar de alivio.
—Te sientes mejor, eso está bien. Y seguro que ya empiezas a pensar
en comer otra vez.
Se enderezó y vio que Boyle la miraba.
—Te iluminas —le dijo—. Es alucinante.
—Te resulta raro porque ahora ya no le duele nada. Y con pequeños
atracones como este es mejor que ahora no coma de inmediato. No estaría
de más ponerle un poco de esa poción homeopática en la comida, solo por
si acaso.
—No te quepa duda que lo haré, y gracias. Es muy querido por aquí,
como bien sabes. —Continuó de pie junto a la cabeza de Spud, bloqueando
la puerta de la casilla—. Bueno, ¿Te va bien, Iona?
—Sí. Bien. ¿Y a ti?
—Oh, muy bien. Más ocupado con la primavera, ya sabes.
—Y le sigue el verano.
—Y le sigue el verano. Tenemos que reunimos dentro de un par de
días para hablar de eso. ¿Me preguntaba si hay alguna cosa que pueda
hacer por ti mientras tanto? Si quieres algo de tiempo libre para poder...
hacer lo que hagas en casa, disponer de más tiempo que dedicar a eso.
—Trabajar aquí me mantiene cuerda. Y equilibrada. La rutina, y saber
que quiero esta rutina cuanto esto termine.
—Si alguna vez necesitas tiempo, solo tienes que decírmelo.
—Lo haré.
—Podría invitarte a una cerveza para pagarte por los servicios
veterinarios después del trabajo... de forma amistosa —añadió—. Después
de la jornada laboral, si te apetece.
El haría lo mismo por cualquiera, se recordó Iona. Pero...
—Me gustaría, pero Branna me está esperando. Es tan bruta como
Meara. No nos queda mucho tiempo antes del solsticio.
—No, no queda mucho. Eso te preocupa.
—Me preocupa no estar segura de lo que es necesario que haga, de lo
que estoy destinada a hacer. Tanto Branna como Connor han rechazado
cualquier idea mía de ir a las ruinas de la cabaña antes del solsticio.
Parecen pensar la primera vez sacaré más, y que eso puede ayudar.
—¿Me dirás si... tienes más sueños o algún otro encuentro con él?
—Ha estado tranquilo. Eso también me preocupa. Está vigilando, se
percibe. Pero no demasiado cerca. —Se estremeció, de modo que se frotó
los brazos.
—No pretendo angustiarte al hablar de ello.
—No es por hablar. Es la espera.
—La espera —dijo, asintiendo despacio— nunca es fácil. Iona,
quiero...
Mick lo llamó y se aproximó a las casillas con paso rápido.
—Aquí estás. Quería preguntarte si... —Paseando la mirada de Iona a
Boyle, Mick se puso rojo—. Perdonad. Os estoy interrumpiendo.
—No, no pasa nada. —Boyle arrastró los pies y se dio la vuelta—.
Acabamos de terminar con Spud.
—Lo medicaré y lo apuntaré en su historial médico —se ofreció Iona.
—Gracias.
Ya sola, Iona se apoyó en el caballo.
—Ha estado iniciando conversaciones —se percató—. Nunca lo hace,
pero lo ha estado haciendo desde que... Y me trae Coca—Cola. —Salió,
cogió la botella que había dejado fuera de la puerta de la casilla y tomó un
buen trago—. Joder, Spud, creo que a lo mejor me está cortejando. Y no
tengo ni pajolera idea de cómo manejarlo. Nadie lo ha intentado antes.
Exhalando un suspiro estudió la botella que tenía en la mano, y se
preguntó qué decía de ella el hecho de que su corazón fuera tan facilón que
un puñetero refresco fuera capaz de conmoverla.
Veamos... qué pasa, se aconsejó, y luego fue a por la medicina de
Spud.
No sucedió nada en realidad: conversaciones, pequeños detalles,
ofrecimientos casuales de ayuda. Pero Boyle no buscó nada más. Esto
estaba bien, se recordó Iona mientras ayudaba a Branna a preparar la cena
de grupo. Todo cuanto le había dicho cuando le regaló las flores y se
disculpó con ella iba en serio.
Por una vez en su vida tenía intención de ser sensata, de ser cautelosa,
de mirar a ambos lados antes de saltar.
—Tus pensamientos son tan ruidosos que me están provocando dolor
de cabeza —se quejó Branna.
—Lo siento, lo siento. Parece que no puedo detener el bucle. Vale, lo
pondremos en pausa. Nunca antes he preparado patatas con queso al horno.
Ni siquiera precocinadas.
—No hables de patatas precocinadas en esta cocina.
—Solo como un insulto. ¿Lo hago bien?
—Sigue haciendo las capas como te he enseñado. —Junto al fogón,
Branna removió el glaseado que iba a utilizar con el jamón que estaba
asando.
—Una cena elegante para una reunión de estrategia.
—Me apetecía. Y ahora tendremos jamón frío durante días si no
vuelve a apetecerme.
De manera escrupulosa espolvoreó harina sobre la siguiente capa de
rodajas de patata.
—Estaba pensando en Boyle.
—¿En serio? Jamás lo habría imaginado.
Poniendo los ojos en blanco a espaldas de Branna, Iona añadió la sal y
la pimienta y empezó con la mantequilla.
—¿Cómo se sabe? En serio, no logro descubrir cómo saberlo, y estoy
trabajando en eso. ¿Simplemente echa de menos el sexo y, hasta cierto
punto, tal vez incluso la compañía? ¿Se siente culpable porque me hizo
daño y trata de ser amable para compensarlo, de ser cordial porque es lo
que le pedí? ¿O quizá le importo más de lo que él creía?
—No soy la persona indicada a la que preguntar sobre temas del
corazón. Algunos dicen que yo no tengo.
—Nadie que te conozca dice eso.
Algunos lo decían, y había veces en que deseaba que tuvieran razón.
—No sé nada de hombres, Iona. Cada vez que creo que sí, que creo
que lo tengo todo metido en una caja, por así decirlo, consigue escapar
cuando no miro. Y cuando consigo meterlo dentro otra vez, es algo distinto
de lo que era.
»Conozco a mi hermano, pero un hermano es algo diferente.
—El amor no debería ser complicado.
—Creo que ahí te equivocas. Creo que tiene que ser la cosa más difícil
que existe para que así no resulte tan fácil entregarlo, retirarlo o
simplemente perderlo. —Apartándose del fogón, fue a echar un vistazo a
los avances de Iona—. Bueno, estás tardando bastante porque has colocado
cada rodaja de patata como si fuera un explosivo, con mucho cuidado y
precisión. Pero ya has terminado con eso. Ahora vierte la leche encima.
—¿La vierto encima sin más?
—Sí, y no gota a gota. Échala por encima, pon la tapa y mételo en el
horno. Calcula treinta minutos para esta primera parte.
—Vale, entendido.
Y como si pudiera estallar, Iona dejó escapar un suspiro de alivio
cuando lo metió en el horno con el jamón.
—Sabes que las dos cosas no deberían caber ahí.
—Caben porque yo quiero que quepan. Y ahora creo que haremos una
parte de las judías verdes del huerto que escaldé y congelé el año pasado y
luego... Alguien viene —dijo al oír el ruido de coches—. Veamos quién es
y qué tarea puedo encargarles.
—Estoy a favor. Sabes —prosiguió Iona mientras se encaminaban a la
parte delantera de la casa—, creo que mi objetivo debería ser poder
preparar una buena comida..., descubrir cuál es y convertirla en mi
especialidad. Oh, Iona está preparando su falda. Ni siquiera sé lo que es la
falda, pero podría ser mi especialidad.
—Un buen objetivo, sí, señor.
Branna abrió la puerta. Meara estaba fuera, al lado de su camión, Fin
se bajó del suyo, y Connor y Boyle salieron como pudieron de un Mini de
color rojo chillón.
—¡Qué cosa más mona! —Con una carcajada, Iona se acercó—.
¿Cómo habéis cabido ahí dentro?
—No ha sido nada fácil —le dijo Connor—. Y tampoco conducirlo, ya
que las rodillas de Boyle se tocaban con sus orejas todo el camino. Pero se
limpia bien y corre bastante. Parece que se adecúa mejor a ti.
—Monta para que lo veamos —le sugirió Meara.
Iona se subió al vehículo de forma obediente, poniendo las manos
sobre el volante.
—Es más de mi tamaño. ¿Es del amigo ese del que me hablaste? —le
preguntó a Connor—. Es genial. Es adorable, pero no creo que pueda
permitirme algo adorable en este momento.
—Pero te gusta —le instó Connor—. El aspecto, el color, la
sensación, etcétera.
—¿Cómo no va a gustarme? —De hecho, ya se imaginaba yendo en
un pequeño cohete rojo—. Es simplemente perfecto. ¿Crees que tu amigo
contemplaría la posibilidad de guardármelo y permitir que le pague un
poco ahora y otro poco más tarde?
—Bueno, es posible, pero ya está vendido. —Connor miró a Branna, y
esta asintió—. ¡Feliz cumpleaños!
—¿Qué?
—Connor y Boyle encontraron el coche, y hemos puesto un bote
común para comprarlo. Para tu cumpleaños —agregó Branna—. ¿Te crees
que no sabíamos que es tu cumpleaños?
—Yo no..., creía que con todo lo que está pasando era mejor... Pero no
podéis... ¿Un coche? No podéis.
—Ya lo hemos hecho —señaló Connor—. Y aun con todo lo demás
que esté pasando, un cumpleaños es algo que hay que recordar. Somos tu
círculo, Iona. No nos olvidamos del tuyo.
—¡Pero es un coche! —exclamó emocionada.
—Que tiene más de diez años y, a decir verdad, resuella como un
asmático en una mañana húmeda. Lo que aquí sucede casi a diario —
comentó Fin—. Pero te servirá.
Iona comenzó a reír y a llorar. Combinando ambas cosas, extendió los
brazos para rodear con ellos a Connor, que era el que estaba más cerca.
Acto seguido se volvió para hacer lo mismo con cada uno de ellos.
Cuando su cuerpo se apretó contra el de Boyle, estrechándolo con
fuerza, este luchó para no convertir el gesto en algo más.
—No sé qué decir. No sé cómo expresarlo. ¡Es alucinante! ¡Mucho
más que alucinante! ¡Muchísimas gracias! A todos.
—Habrá que ocuparse de cierto papeleo —intervino Fin—, pero
puedes hacerlo más tarde. Ahora deberías probarlo, ¿no?
—Debería conducirlo. Debería conducirlo. —Con otra carcajada, Iona
giró en círculo—. Alguien tiene que acompañarme en mi primer viaje.
¿Quién quiere venir?
Los hombres dieron un paso atrás al unísono.
—Cobardes —espetó Meara con indignación—. ¿Qué me dices,
Branna? Podríamos apretarnos.
—Seguro que sí, pero tengo la cena en marcha.
Meara se limitó a dejar escapar un bufido.
—Bueno, yo no tengo miedo. Voy contigo, Iona.
Se subió al coche y esperó a que Iona se sentara tras el volante.
Iona arrancó, rebotando en el asiento y meneándose para colocarse. El
coche dio tres empellones. Sacudida, parada, sacudida, parada, sacudida,
parada; acto seguido enfiló la carretera, zigzagueando como el hilo en un
telar.
—Ay, Dios —logró decir Boyle.
—Ya te he dicho que le he lanzado un pequeño encantamiento de
seguridad —le recordó Connor—. Solo necesita un poco de práctica; a fin
de cuentas es una yanqui. Así que Fin ha contribuido con botellas de
champán para la fiesta de cumpleaños, y tratándose de él, es sofisticado y
francés. Propongo que nos tomemos la primera botella mientras esperamos
a que vuelvan.
—Tenemos cosas importantes de las que hablar —le recordó Branna
—. Y deberíamos hacerlo con la cabeza despejada en lugar de llena de
burbujas francesas.
—Es su cumpleaños.
—Ah, en fin. —Exhalando un suspiro, Branna cedió—. Una botella
entre todos no puede hacer daño.
—Debería haber tenido miedo —farfulló Meara a Connor a su regreso
mientras Fin descorchaba la primera botella—. Es una conductora pésima.
—Únicamente necesita práctica.
—Dios quiera que tengas razón en eso porque creía que acabaría con
las dos en el primer kilómetro. De todas formas ha valido la pena. Iona no
se esperaba algo así. No solo el regalo, sino todo en general. Y creo que
aunque mi familia es un fastidio, nunca he dudado de que preparen algo
para mi cumpleaños.
—También tenemos tarta.
—No lo he dudado ni un segundo. —De buen humor, Meara le dio un
rápido y afectuoso apretón con un brazo.
Connor la rodeó con el suyo antes de que pudiera apartarse, y dio un
paso rápido. Riendo, imitó su movimiento y luego cogió la copa que Fin le
ofrecía.
—Eso sí que me lo tomo —dijo Connor.
—Voy a proponer un brindis —decidió Iona—. Porque ya he pensado
en lo que quiero decir. Además de gracias, que no alcanza a expresarlo
todo. Todos vosotros sois míos, y eso es un regalo que siempre atesoraré.
Cada uno de vosotros es un regalo para mí, una combinación de amigos y
familia que es más auténtica y deslumbrante que nada que haya podido
imaginar tener. Así que, por todos nosotros, juntos. —Tomó un sorbo.
»¡Ay, Dios mío, está buenísimo!
—Buen discurso y buen champán. —Branna abrió un armario y sacó
un regalo envuelto de un estante—. Y esto es de tu abuela. Lo dejé a un
lado tal y como me pidió.
—Oh, Nana. —Encantada, Iona dejó la copa para abrir el regalo, y
sacó un jersey de preciosos tonos azules—. Lo ha hecho ella —murmuró,
frotándolo contra su mejilla—. Es muy suave. Lo ha hecho para mí.
Cogió la tarjeta y la abrió:
Para mi Iona:
Hay amor, encantamientos y esperanza en cada punto. Póntelo cuando
quieras sentirte más fuerte y con más confianza en ti misma. Te deseo toda
la felicidad del mundo en este y en todos los días.
Con cariño,
Nana
—Nunca se olvida.
—Póntelo —la apremió Meara—. Es el jersey más bonito que he visto
en mi vida.
—Buena idea. Enseguida vuelvo.
—Empezaremos cuando vuelvas —dijo Branna—. Tenemos tiempo
para hablar del solsticio y de lo que vamos a hacer antes de que la cena esté
lista. Lo haremos bien —agregó—, y para el próximo cumpleaños de Iona
no habrá nada más que amigos, comida y vino. Y eso será un regalo para
todos nosotros.
—Bien dicho —murmuró Fin—. Ponte tu regalo, ya que eso te acerca
a tu abuela. Branna y yo ocultaremos la casa. Ningún otro ojo, oído ni
mente salvo los nuestros sabrán lo que aquí hacemos, lo que aquí decimos
ni lo que aquí pensamos esta noche.
Capítulo 20
Utilizaron la luz, no la oscuridad, para cubrir la casa y todo lo que
había en ella. Si Cabhan miraba, como una sombra, como un hombre, como
un lobo, solo vería la luz, los colores, solo oiría música y risas.
Aquello lo aburriría, explicó Branna, o lo enfurecería. Y pensaría que
simplemente tocaban mientras él conspiraba.
—Cuando salga la luna el día más largo trazaremos el círculo en la
tierra en que Sorcha vivió y murió.
Las velas titilaban por toda la cocina mientras Branna hablaba. Los
aromas de la comida, el crepitar del fuego, la respiración regular del perro,
que dormía bajo la mesa, todo ello hablaba de cosas cotidianas en tanto que
ellos hablaban de lo extraordinario.
Y eso, comprendió Iona, era el quid de la cuestión.
—Es Fin quien ha de buscarlo, de atraerlo. La sangre llama a la
sangre.
—Todavía dudas de mí.
Branna meneó la cabeza.
—No dudo. O solo un poquito —reconoció—. No lo suficiente como
para dejar de hacer lo que hay que hacer. Entiendo que esto no se puede
hacer sin ti y que no debe hacerse sin ti. ¿Basta con eso?
—Tendrá que bastar, ¿no es así?
Se sostuvieron la mirada durante largo rato. Iona percibió un millar de
palabras en aquel gesto, decenas de sentimientos imposibles cruzaron entre
ellos. Solo ellos.—Yo lo llevaré allí —dijo Fin, y rompió el momento.
—Meara y Boyle deben permanecer dentro del círculo... a toda costa.
No solo para protegeros a vosotros mismos. —Branna se volvió hacia ellos
—. Sino para mantenerlo fuerte. Y Fin también debe quedarse dentro.
—Y una mierda.
—Fin, debes hacerlo —insistió Branna—. En el interior del círculo no
puede utilizar lo que corre dentro de ti en tu contra ni en la nuestra. Y tu
poder lo mantendrá sin grietas.
—Seremos más fuertes si somos cuatro en el exterior contra él en
lugar de tres.
Encarándose con él, Branna levantó las manos, con las palmas hacia
arriba. Y las llamas de cada vela ardieron con más fuerza.
—Somos los tres. Somos la sangre, y debemos ser el camino.
—Me quedaré dentro del círculo —repuso Fin— a menos que sienta
que tenemos más posibilidades de acabar con él estando yo fuera. Es la
mejor oferta que puedo hacer.
—La aceptamos —declaró Connor, desviando la mirada de Fin a
Branna, y manteniéndola con frialdad en ella—. Y ya está.
Branna se disponía a objetar algo, pero en vez de eso exhaló un
suspiro.
—Pues ya está.
—Tenemos que llevar a nuestros guías —comprendió Iona.
—Sí, así es. —Branna se sacó el amuleto de debajo del jersey,
pasando el pulgar sobre la cabeza grabada que se parecía a la de Kathel—.
Caballo, perro y halcón. Y armas e instrumentos. Llevo un tiempo
trabajando en un hechizo, y creo que es una respuesta, pero solo si lo
atraemos hasta el lugar adecuado en el momento adecuado. Y luego
necesitaremos su sangre para sellarlo.
—¿Qué hechizo es ese? —exigió Fin.
—Uno en el que he estado trabajando —repitió Branna—. Fíe
utilizado fragmentos de los hechizos de Sorcha, de otros que han caído en
desuso y algo de mi cosecha.
—¿Y lo has probado?
La irritación se impuso en su rostro.
—Es demasiado arriesgado. Si él se entera, puede protegerse contra
él, y lo hará. Ha de hacerse por primera vez en la tierra de Sorcha. Tienes
que confiar en que sé lo que me hago.
—Hay que confiar en ti —repitió Fin.
—¡Joder!
Branna hizo amago de apartarse de la mesa, pero Iona levantó una
mano.
—Espera. ¿Qué clase de hechizo? Es decir, ¿para expulsar, para
atraer, para aniquilar? ¿Qué?
—Para aniquilar, un hechizo de luz, un hechizo de fuego. Todo en
uno, sellado con magia de sangre.
—La luz derrota a la oscuridad. El fuego purifica. Y la sangre es el
corazón de todo ——sentenció Iona.
Branna esbozó una sonrisa.
—Aprendes rápido. Pero puede que no sirva de nada si no se hace en
el momento y en el lugar adecuados. No servirá de nada si todos y cada uno
de nosotros no estamos de acuerdo y no nos mantenemos unidos en ese
momento y ese lugar.
—Entonces eso es lo que haremos. —Iona levantó las manos mientras
paseaba la mirada de un rostro a otro—. Todos sabemos que lo haremos.
Tú harás todo lo que puedas para destruirlo —le dijo a Fin—. Por Branna,
por ti mismo, por el resto de nosotros. En ese orden. Y Branna hará
cualquier cosa para cortar todo vínculo que Cabhan pueda tener contigo y
que así seas libre. Connor y Meara defenderán el amor y la amistad, lo que
está bien y es bueno, sea cual sea el riesgo y el precio. Boyle luchará
porque él es así. Solo tienes que decir cuándo y dónde, y estará a tu lado. Y
porque, sin importar lo que haya cambiado entre él y yo, él jamás querrá
que nada malo me suceda. Y yo jamás querré que nada malo le pase a él.
»Por el amor y la amistad, por la familia y los amigos, nos
mantendremos unidos en el momento justo, en el lugar indicado, y
lucharemos codo con codo. Lucharemos los unos por los otros.
Tras un momento de silencio, Fin cogió el champán que había
ignorado y levantó la copa hacia Iona.
—De acuerdo, deirfiúr bheag. Seremos tu pequeño y feliz ejército. —
Se acercó a Branna—. Confianza —dijo, y esperó.
—Confianza.
Alzó su propia copa, chocando con la de él. Con aquel débil clic
prendió una llama, que luego se extinguió.
—Ahora que ya hemos zanjado esto, vamos con los detalles prácticos.
—Connor se inclinó hacia delante—. Paso a paso.
Boyle no dijo nada mientras Branna les explicaba su plan, mientras lo
revisaban, cuestionaban y modificaban dicho plan. No dijo nada porque
mirar a Iona mientras había hablado le había proporcionado todas las
respuestas.
Se las guardaría hasta que fuera el momento de dárselas a ella.
Iona contaba los días mientras mayo daba paso a junio, y se permitió
aferrarse a cada uno por sí mismo. Era capaz de apreciar el cielo azul
cuando lo había, darle la bienvenida a la lluvia cuando caía. Había llegado
al convencimiento de que pasara lo que pasase el día más largo del año,
había disfrutado de esas semanas, de esos meses y de esa gente en su vida,
y que, gracias a ello, su vida, aun durante un período de tiempo tan breve,
había sido más rica que antes.
Se le había otorgado un don y había aprendido a utilizarlo, a confiar
en él y a respetarlo.
Era, y siempre sería, una de los tres. Era, y siempre sería, una bruja
oscura de Mayo, cargada de poder y luz.
Creía que iban a vencer, su naturaleza le exigía que creyera. Pero el
don que se le había otorgado exigía el respeto de la cautela y la atención.
Cuando el solsticio estaba ya próximo, le escribió una larga carta a su
abuela; pluma y papel, pensó. Estaba pasado de moda, pero era importante,
parecía importante, tomarse el tiempo, hacer el esfuerzo. En ella hablaba
del amor, por su abuela, por sus primos, por sus amigos, por Boyle... y
también de los errores que había cometido.
Hablaba de encontrarse a sí misma, de encontrar su lugar, su tiempo, y
de lo que para ella significaba haber ido a Irlanda. Y haberse convertido en
parte de esa tierra.
Le pedía una única cosa. Que si algo le sucedía, buscara el amuleto y,
junto con Alastar, se lo pasara al siguiente.
Habría otro después si ella fracasaba. También creía a ciegas en eso.
Por mucho tiempo que llevara, la luz vencería a la oscuridad.
La mañana antes del solsticio bajó temprano, con la carta en el
bolsillo de atrás. Probó suerte preparando un desayuno completo, y aunque
pensaba que jamás sería más que una cocinera medio decente, no
significaba que no fuera a hacer el esfuerzo.
Connor entró, olisqueando el aire.
—¿Y qué es todo esto?
—Mañana estaremos muy ocupados, así que he aprovechado la
oportunidad para hacerlo bien y ahorrarle tiempo a Branna. Se quedó
despierta hasta tarde otra vez, ¿no es así?
—Apenas ha dormido durante la última semana, y no sirve de nada
intentar convencerla o discutir con ella.
—Escucho su música, como anoche, y me tranquiliza en el acto. Lo
hace adrede.
—Dice que piensa mejor cuando nosotros dos no estamos pensando.
—Connor enganchó una salchicha del plato—. Estás preocupada.
—Supongo que sí, ahora que faltan horas en vez de días. ¿Por qué tú
no lo estás?
—Estamos destinado a hacer lo que estamos haciendo. Si algo ha de
ser, ¿de qué sirve preocuparse?
Se apoyó contra él durante un momento buscando consuelo.
—Tú me tranquilizas tanto como la música de Branna.
—Tengo mucha fe. En ti. —Le rodeó la cintura con un brazo para
darle un apretón—. En Branna, en mí mismo. Y también en todos los
demás. Haremos lo que hay que hacer y lo haremos lo mejor que podamos.
Y es lo máximo que se puede hacer.
—Tienes razón en todo. — Se apartó para llenarle un plato a Connor
—. Lo siento acechándonos, ¿tú no? Lo siento en los márgenes de mis
sueños intentando entrar. Casi lo consigue, y una parte de mí se da cuenta
de que se lo estoy permitiendo. Entonces escucho la música de Branna, y lo
siguiente que sé es que es de día. —Iona sirvió otro plato, poniendo la
mitad de lo que le había puesto a Connor—. Voy a dejar esto dentro del
horno para que se mantenga caliente para Branna.
Cuando se dio la vuelta, Connor la estrechó entre sus brazos.
Resultaba muy reconfortante, pensó.
—Vamos, deja de preocuparte. Nunca se ha enfrentado a nadie como
nosotros, ni a los tres juntos.
—De nuevo tienes razón. Así que vamos a comer y luego me iré en
coche al trabajo, tomando el camino más largo para practicar.
—Llegarás en la mitad de tiempo si yo te acompaño a pie.
—Cierto, pero no me vendría mal practicar.
O poder pasarse por el hotel y preguntar si enviarían su carta al día
siguiente.
Se mantuvo atenta a cualquier rastro de niebla, del lobo negro, de
cualquier cosa que disparara su instinto o sus sentidos. Llegó al castillo de
Ashford sin ninguna novedad. En realidad, a pesar de lo que dijera Meara,
se manejaba muy bien con el Mini, con las carreteras y se apañaba
conduciendo por la izquierda.
De igual modo pensaba que sobrellevaba muy bien los desquiciados
nervios de la espera, del silencio.
Quizá el corazón le daba un vuelco cada vez que miraba por una
ventana de la casa para escudriñar el bosque, la carretera, las colinas.
Quizá reconocía el malestar y la tensión en la espalda y los hombros cada
vez que se preparaba para guiar a un grupo por el verde y espeso bosque.
Pero no por ello había dejado de mirar por la ventana, de guiar grupos. Y
eso, se dijo Iona cuando se aproximaba al establo, era lo que contaba.
Dado que fue la primera en llegar, abrió las puertas y fue a encender
las luces.
Y ahí, en medio del picadero, estaba el lobo.
Las puertas se cerraron tras ella; las luces se apagaron. Durante un
instante de aturdimiento lo único que pudo ver eran tres luces rojas. Los
ojos del lobo y su piedra de poder.
Estas se tornaron borrosas cuando atacó.
Iona levantó una mano, creando un bloqueo, un escudo. El lobo lo
golpeó con tal fuerza que sintió temblar el suelo, y ella notó las grietas
abrirse paso por su escudo como si fuera vidrio haciéndose añicos.
Vio la sombra de su silueta ponerse en posición para lanzar un nuevo
ataque.
Oyó los relinchos de los caballos, dominados por el miedo. Y aquello
sentenció su rumbo.
Mientras el lobo cargaba, retiró el escudo y saltó a la izquierda. El
impulso llevó al lobo a atravesar las puertas con la fuerza de una bala de
cañón. Cuando estas se abrieron de golpe, fue el turno de Iona para atacar.
Salió corriendo, lanzando el escudo a su espalda esa vez. El lobo no
conseguiría pasar, no conseguiría hacer daño a los caballos. Afianzando su
posición, se preparó para protegerlos mientras el lobo se movía en círculo.
Entonces se levantó sobre las patas de atrás y se convirtió en un hombre.
—Eres rápida y bastante lista. —Igual que en los sueños, su voz era
como unas manos frías deambulando sobre la piel. Y, sin embargo,
resultaba en cierto modo seductora—. Pero joven en años y en poder.
—Soy lo bastante mayor en ambas cosas.
Él le brindó una sonrisa. Su espíritu sintió repulsión a pesar de que su
cuerpo se excitaba.
—Podría matarte con una sola mirada.
—Hasta ahora no has podido.
—No deseo tu muerte, Iona la Brillante. Solo entrégame lo que tan
tarde ha llegado a ti, lo que sigue siendo tan joven, tan nuevo dentro de ti.
—Sosteniéndole la mirada con sus oscurísimos ojos, se acercó mientras le
hablaba con aquella voz sedosa—: Solo quiero el poder que tú aún no
comprendes, y te dejaré vivir. Os dejaré vivir a todos.
El corazón de Iona latía con mucha fuerza, a un ritmo desaforado.
Pero su poder se agitó en sus entrañas, queriendo alzarse. Haría que se
alzara.
—¿Eso es todo? ¿En serio? Ah..., no. —Oyó el grito del halcón sobre
su cabeza, y en ese instante esbozó una sonrisa—. Tenemos compañía.
—Serás la causante de sus muertes. Su sangre manchará tus manos.
Mira. Ve. Conoce.
Iona se miró las manos y vio que las tenía manchadas de sangre, que
goteaba formando un charco en el suelo. Verla, sentir su tibieza, fue como
una puñalada de puro terror que atravesó sus entrañas, su corazón.
Cuando levantó la mirada, Cabhan se había marchado. Y Boyle
cabalgaba como un loco a lomos de Alastar por el camino de tierra.
—Estoy bien —gritó, pero su voz sonaba débil y las rodillas
amenazaban con doblársele—. Todo está bien.
El perro corrió como un rayo a su lado mientras Boyle saltaba de la
grupa de Alastar.
—¿Qué ha pasado?
Cuando él se disponía a tomarla de las manos, Iona se las apartó de
manera instintiva. Entonces vio con aturdimiento y alivio que estaban
limpias.
—Él ha estado aquí, pero ya se ha ido.
Se apoyó contra el caballo, para tranquilizarlo y para buscar apoyo a
un mismo tiempo. El halcón se posó en la silla de Alastar con tal ligereza y
precisión que podría haber sido una rama. Y Kathel se sentó en silencio a
su lado.
Todos estaban ahí, pensó. El caballo, el halcón y el perro.
Y Boyle.
—¿Cómo es que estás aquí?
—Acababa de ensillar a Alastar para traerlo cuando profirió un
violento grito de guerra y salió disparado hacia la valla. Apenas he tenido
tiempo de subirme a su grupa antes de saltarla. Deja que te eche un vistazo.
—La agarró, haciendo que se volviese—. ¿No estás herida? ¿Estás segura?
—No. Es decir, sí, estoy segura. Alastar me ha oído. —Posó una mano
en el cuello del caballo—. Todos me han oído —murmuró mientras el
halcón la observaba, mientras Kathel le daba un rápido golpecito con el
rabo. Y sus primos llegaron en el camión de Connor, levantando tierra y
gravilla al frenar en seco—. Ellos... — Guardó silencio cuando el camión
de Fin, seguido por el de Meara, entró a toda velocidad en el patio del
establo—. Me han oído todos. El no ha podido impedirlo. No ha podido
impedírmelo.
—¿Qué coño ha pasado? —exigió Boyle.
—Te lo contaré. Os lo contaré a todos —respondió, hablando al grupo
—. Pero tenemos que ver cómo están los caballos. No les ha hecho daño.
De lo contrario, yo lo habría sabido. Pero están asustados.
Llevó a Alastar consigo, sintiendo la necesidad de mantenerlo cerca
mientras volvía dentro.
Purificarían el picadero, pensó. Branna se ocuparía de ello.
Tranquilizó a los caballos uno por uno, y al hacerlo también ella se
serenó. Cuando llegaron los mozos de cuadra para encargarse de la rutina
de la mañana, se apiñó con los demás en el pequeño despacho de Boyle y
les contó lo sucedido.
—Había una sexualidad a un nivel primitivo —agregó—. La utiliza
como un arma. Es poderosa, es seductora. Pero, además, él era más fuerte
esta vez. Quizá haya estado acumulando poder de alguna manera. No tengo
la respuesta, pero sé que cuando chocó contra el escudo, este se
resquebrajó. No podía contenerlo.
—Así que lo retiraste, haciendo que atravesara las puertas. Muy lista
—le dijo Fin.
—Eso mismo me ha dicho él. Justo antes de prometerme que nos
perdonaría la vida a todos si yo le daba mi poder.
—Es un embustero —le recordó Branna.
—Lo sé. Lo sé. Pero la sangre en mis manos. —Reprimiendo otro
estremecimiento, presionó una palma contra otra—. Parecía real, y sentía
que era la vuestra. Sabe que sigo siendo el eslabón más débil.
—Se equivoca, y tú también si crees eso. —Con la falta de espacio,
Boyle no podía pasearse para desahogar su ira, de modo que se limitó a
apretar los puños dentro de los bolsillos—. No hay nada débil en ti.
—Quería asustarme y provocarme. Ha conseguido ambas cosas.
—¿Y tú qué has hecho al respecto?
Iona asintió.
—Quiero pensar que lo habría conseguido, que podría haber seguido
resistiendo si todos vosotros no hubierais venido tan rápido. Pero el caso es
que sigo siendo su objetivo. Cree que puede coger el resto si coge lo que es
mío.
—Pues utilizaremos eso. Lo haremos —declaró Fin antes de que
Boyle pudiera protestar—. Si hacemos un pequeñísimo cambio en el plan,
él la verá como a alguien vulnerable, verá que es el tiempo y el lugar para
acercarse y conseguirlo.
—Es más complicado —comenzó Branna.
—¿Y desde cuándo unas pocas complicaciones te preocupan?
—Es más peligroso —añadió Connor.
—Si estamos en esto, estamos en esto. —Meara se encogió de
hombros—. El día de hoy ha demostrado que Iona ni siquiera puede venir a
trabajar por las mañanas sin correr peligro. ¿Por qué debería vivir de esa
forma? ¿O por qué tendríamos que hacerlo ninguno de nosotros?
—La próxima vez podría hacerle daño a los caballos —apostilló Iona
—. Para perjudicarme, para distraerme. No lo consentiré. No podría vivir
con eso. ¿Qué cambios?
—Él cree que mañana irás sola a las ruinas.
Iona miró a Boyle, viendo la furia tras sus ojos.
—Soy un cebo. Pero un cebo con conocimiento y poder. Y con un
círculo muy fuerte.
Antes de que Boyle pudiera proferir una maldición, Branna le puso la
mano en el brazo.
—Ni está ni estará nunca sola. Tienes mi palabra, y la palabra de
todos los aquí presentes. —Luego le frotó el brazo mientras pensaba—.
Podría funcionar. Me parece que podría funcionar.
—Entonces ¿trabajarás conmigo en esto hoy?
Branna miró a Fin, librando su desagradable guerra interior.
—Lo haré por Iona. Por el círculo.
—Pongámonos manos a la obra. No te quedes sola —añadió Fin,
acariciando la mejilla de Iona con un dedo—. Por hoy no te separes del
resto, ¿vale, hermanita?
—No hay problema.
Fue bastante fácil, sobre todo porque Boyle o Meara no se separaron
de ella ni un minuto.
Boyle canceló sus rutas guiadas del día, lo cual fue frustrante para
Iona, y la puso a hacer tareas en el establo.
Se dedicó a cepillar, dar de comer, limpiar las casillas, reparar arreos,
pulir botas.
Y el día pasó lentamente.
Fue montada en Alastar hasta el establo grande —con Boyle a lomos
de Spud a su lado— para dar la clase que tenía reservada para el final del
día.
Mañana a esa misma hora haría los últimos preparativos, pensó. Y
daría los siguientes pasos hacia su destino.
—Vamos a vencer —le dijo a Boyle.
—La arrogancia es una estupidez.
—No es arrogancia ni engreimiento. —Recordó las palabras de
Connor, y los sentimientos que le habían provocado, esa mañana en la
cocina—. Es fe, y la fe es algo fuerte y positivo.
—Me importa poco que seas la punta de lanza en esto.
—Te aseguro que no tenía intención de serlo, pero como lo soy, él es
el arrogante y estúpido. Piensa en ello.
—He estado pensando en ello, y en muchas más cosas. —Desmontó al
llegar al establo y esperó a que ella hiciera lo mismo—. Tengo que
enseñarte una cosa.
Entró en el establo. Antes de que alguno de los mozos de cuadra
pudiera hablar, Boyle le indicó que se marchara, haciéndole una señal con
el pulgar para que saliera. A continuación la condujo hasta el guadarnés,
con su olor a cuero y a aceite.
—Es eso.
Iona siguió la dirección de su gesto, canturreando de placer al ver la
reluciente silla de montar en su soporte.
—Es nueva, ¿verdad? —Se acercó y pasó una mano sobre su
curvatura, sobre el suave cuero negro—. Muy bien elaborada, ¡y fíjate
cómo brillan los estribos! Está hecha a mano, ¿no? Es...
—Es tuya.
—¿Qué? ¿Mía?
—Está hecha para ti expresamente, y para Alastar. Para los dos.
—Pero...
—Bueno, yo no sabía que los demás querían comprarte un coche, y
esto iba a ser para tu cumpleaños.
Si Boyle le hubiera ofrecido un cofre pirata lleno de oro y joyas no se
habría sorprendido tanto.
—¿Tú... has encargado que la hicieran para mí, para mi cumpleaños?
Boyle frunció el ceño, solo un poco.
—Una amazona de tu calibre debería tener su propia silla, y una silla
buena. —Al ver que ella no decía nada, cogió la silla y le dio la vuelta—.
Mira, ahí está tu nombre.
Iona pasó los dedos con suavidad sobre su nombre. Solo Iona, pensó.
Solo su nombre de pila y unas llamas al lado; el nombre de Alastar, y un
nudo de la Trinidad al otro lado.
—Conozco a un hombre que se dedica a esto —prosiguió Boyle,
nervioso cuando el silencio se dilató—. Trabaja el cuero y... ah, bueno, me
pareció adecuado.
—Es preciosa. Es el mejor regalo de todos.
—Habías vendido la tuya.
—Así es. —Entonces lo miró, tan solo lo miró—. Para venir aquí.
—Así que... ahora tienes otra. Y si vamos a hacer eso mañana, debías
tenerla. Alastar y tú debéis usarla.
Comenzó a darse la vuelta de nuevo para colocar la silla, cuando Iona
puso sus manos en las de él.
—Es mucho más que otra silla. Es mucho más para mí. —Se puso de
puntillas, rozándole con los labios primero una mejilla, luego la otra, y
después los labios—. Gracias.
—De nada, y feliz cumpleaños una vez más. Y ahora tengo cosas que
hacer. Fin estará vigilando fuera, ya que me ha avisado de que Branna y él
han terminado por hoy.
—De acuerdo. Gracias, Boyle.
—Eso ya lo has dicho.
Iona dejó que se marchara. Tenía que prepararse para la clase. Y
tomar decisiones.
Se aproximó a Fin cuando su alumna se marchó. Dejó escapar un
pequeño suspiro.
—Hoy no he dado lo mejor de mí.
—Apuesto a que ella no estaría de acuerdo. Y si hoy estás un poco
distraída, tienes razones de sobra.
—Imagino que sí. —Echó una ojeada a las habitaciones encima del
garaje—. ¿Y Branna y tú?
—Hicimos lo que nos proponíamos sin demasiado drama. Eso ya es
una bendición de por sí. Te llevaré de vuelta a los establos si quieres coger
tu coche y luego te seguiré hasta casa para que estés a salvo.
—Oh, gracias, pero... Quiero..., necesito... Tengo que hablar con
Boyle... sobre una cosa. Creo que él puede llevarme a casa.
—Muy bien. —Con una sonrisa desenfadada en vez de la risa que
habitaba en su corazón, Fin cogió las riendas de Alastar—. Yo me ocuparé
de nuestro chico.
—No tienes por qué...
—Voy a disfrutarlo. Y él y yo también tenemos cosas de las que
hablar.
—Hablas con él y con los demás caballos. Del mismo modo en que
hago yo.
—Sí, así es.
—Y con los halcones..., con el tuyo, con el de Connor y con los
demás. Con Kathel, nuestro perro. Incluso con los insectos. Con todos
ellos.
Fin movió los hombros en una especie de encogimiento que logró
resultar elegante y un poco triste.
—Son todos míos, y ninguno lo es. Yo no tengo ningún guía, como
vosotros. Ninguna conexión tan íntima. Pero, bueno, nos entendemos. Y
ahora vete a decirle a Boyle lo que tengas que decirle.
—Mañana...
—Brillarás más que nunca. —Le sujetó la barbilla con la mano
durante un instante, dándole un suave toquecito con el dedo en la
mandíbula—. Créelo. Ve a ver a Boyle. Yo estaré por aquí si me necesitas.
Iona dio un par de pasos y se volvió.
—Ella te quiere.
Fin se limitó a pasar la mano por el cuello de Alastar.
—Lo sé.
—Saber que alguien te quiere y que no puede dejar que solo sea amor
es más duro, ¿verdad?
—Lo es. No hay nada más duro.
Asintiendo, se puso en marcha, luego subió las escaleras hasta el
apartamento de Boyle. Irguió los hombros y llamó a la puerta.
Cuando él la abrió, Iona tenía una sonrisa preparada.
—Hola. ¿Puedo hablar contigo un momento?
—Desde luego. ¿Sucede algo?
—No. Tal vez. Depende. Tengo que... —Cerró los ojos, extendió las
manos a un lado, con las palmas hacia arriba.
Boyle vio brillar algo, captó un ligerísimo cambio en la luz, en el aire.
—Se ha centrado en mí —dijo Iona—. Así que podría encontrar la
forma de escuchar, de oír, de ver, aun cuando estamos dentro. No quiero
que oiga lo que hablamos.
—De acuerdo. Ah, ¿te apetece un té? ¿O una cerveza?
—En realidad, no me importaría un trago de whisky.
—Eso está hecho. —Cruzó la estancia para coger una botella del
armario y después dos vasos cortos—. Se trata de mañana.
—En cierto modo. Lo que dije iba en serio. Creo que vamos a ganar.
Creo que tenemos que hacerlo, que estamos destinados a hacerlo. Y sé lo
que se siente al tener sangre en mis manos. Sé, o creo, que el bien, que la
luz, vence al mal, a la oscuridad. Pero no sin un coste. No sin un precio, y a
veces el precio es demasiado alto.
—Si no tuvieras miedo, serías estúpida.
Iona cogió el vaso que él le ofreció.
—No soy estúpida —dijo, y apuró el whisky de un solo trago—. No
podemos saber qué sucederá mañana ni cuál va a ser el precio. Creo que es
importante que esta noche agarremos lo bueno que tenemos, la luz que
tenemos, y nos aferremos a ello. Quiero estar contigo esta noche.
Boyle dio un paso atrás con cautela.
—Iona.
—Es mucho pedir, teniendo en cuenta que te pedí justo lo contrario no
hace tanto. Me diste tu palabra y la has cumplido. Ahora te pido que me
des esta noche. Quiero que me toques, que me abraces. Quiero sentir antes
de que llegue mañana. Te necesito esta noche. Espero que tú me necesites a
mí.
—Nunca he dejado de desear tocarte. —Dejó su whisky a un lado—.
Nunca he dejado de desear estar contigo.
—Pase lo que pase, tenemos esta noche. Creo que nos hará más
fuertes. No rompes una promesa si yo te pido que te olvides de ella. ¿Vas a
llevarme a la cama? ¿Vas a dejar que me quede hasta mañana?
Había cosas que deseaba decir, que anhelaba decir. Pero ¿las creería
Iona, a pesar de su increíble fe, si se las decía en ese momento?
Las palabras podían esperar, se dijo, hasta el amanecer tras al día más
largo del año. Entonces Iona creería lo que él ya sabía.
En vez de hablar, se limitó a ir con ella. Pese a que sentía sus manos
grandes y torpes, le enmarcó el rostro entre ellas y acto seguido acercó su
boca a la de Iona.
Ella se apretó contra él, envolviéndole con sus brazos al tiempo que
sus labios se tornaban calientes.
—¡Gracias a Dios! Gracias a Dios que no me has rechazado. Yo...
—Calla —murmuró, y la besó; suave, muy suavemente, con ternura,
como a un capullo que acaba de abrirse.
Aún tenían hasta la mañana, pensó. Todas esas interminables horas,
solo ese tiempo finito. Haría lo que jamás creyó que haría. Cogería cada
minuto y lo convertiría en algo precioso. De algún modo le enseñaría que
era preciosa.
—Ven conmigo.
Tomándola de la mano, la condujo al dormitorio. Luego atravesó la
habitación para cerrar los postigos de las ventanas. La luz se tornó tenue y
empolvada.
—Será un momento —le dijo, dejándola ahí.
Tenía velas. Para casos de emergencias más que para crear ambiente,
pero una vela era una vela.
Tal vez no fuera un hombre romántico, pero sabía lo que era el
romanticismo.
Sacó tres velas, las llevó a la habitación y las distribuyó. Después se
acordó de las cerillas. Se palpó los bolsillos.
—Voy a buscar cerillas y luego... —dijo Boyle, pero Iona agitó un
dedo en el aire y las velas se encendieron—. O también podemos hacer eso.
—No sé qué estamos haciendo, pero me estás poniendo nerviosa.
—Bien. —Volvió a su lado, bajando las manos desde los hombros
hasta las muñecas y ascendiendo de nuevo—. No me importaría nada. Me
gustaría sentirte temblar —murmuró, abriéndole los botones de la camisa
—. Me gustaría mirarte a los ojos y ver que no puedes controlarte. Que,
nerviosa o no, quieres que siga tocándote.
—Lo quiero.
Levantó las manos, consiguiendo desabrocharle un botón de la camisa
antes de que él la detuviera.
—Quiero que tomes lo que te doy esta noche. Que tan solo tomes, que
me dejes darte. He echado de menos ver tu cuerpo —prosiguió Boyle, y le
bajó la camisa de los hombros—. He echado de menos sentir tu piel bajo
mis manos.
Rodeó sus pezones con los pulgares, luego los rozó con delicadeza con
las yemas hasta que la sintió estremecerse.
Deslizó las manos sobre ella, se apoderó de su boca..., todo despacio,
todo como en un sueño, mientras su corazón latía con fuerza contra el de
él.
—Toma lo que te doy.
La hizo retroceder hasta la cama, rozándola, acariciándola, y se tendió
sobre ella. La contempló a la luz de las velas mientras le quitaba las botas
y las dejaba en el suelo.
—Túmbate conmigo.
—Oh, lo haré. A su debido tiempo.
Le desabrochó los vaqueros, bajándole la cremallera. Muy despacio.
Siguió su rumbo con los labios.
¿Qué le estaba haciendo? Iona se sorprendió aferrándose a la colcha
primero, volviéndose gelatina al minuto siguiente. La desnudó con suma
lentitud, torturándola centímetro a centímetro. Y, sin embargo, el placer
era seductor, un banquete de exóticas exquisiteces. Su calor resultaba
estimulante. Su presión hacía que sintiera los brazos demasiado pesados
como para levantarlos.
Solo existía el tacto de sus manos, de sus labios, el sonido de su voz,
su olor. Él. Él. Él.
Una, dos y hasta tres veces la llevó al trémulo borde del precipicio y
la mantuvo suspendida en él, desesperada por dar el salto, solo para hacer
que volviera a bajar hasta que su respiración se entrecortó a causa de la
necesidad, del mudo deseo de llegar de nuevo a la cima.
Entonces con sus labios, con su lengua y sus manos, despiadadamente
pacientes, la hizo sobrepasar ese precipicio.
No fue un salto, sino una caída en picado; jadeante, interminable, un
violento golpe de los sentidos y las sensaciones. Y el mundo giró.
—Ay, Dios mío. ¡Dios mío! Por favor.
—Por favor, ¿qué?
—No pares.
Sintió su boca en los pechos, en el vientre, en el muslo. Luego su
lengua se deslizó sobre ella, dentro de ella, hasta que cayó de nuevo,
ansiando después el siguiente clímax.
No había sido consciente de que la quería indefensa ni de lo que
supondría para él saber que la había llevado a ese estado. Pero verla
encendida —Iona no podía saber que resplandecía como una de las velas
—, sentir su cuerpo alzarse para tomar lo que él le ofrecía, sentirlo caer de
nuevo mientras se aferraba a ese placer, era más de lo que había conocido,
más de lo que había imaginado.
Y su deseo hacia ella colmaba cada parte de él: su mente, su cuerpo y
su alma.
—Ahora mírame, Iona. Mírame ahora, ¿quieres?
Ella abrió los ojos y vio los suyos bajo la luz de las velas. Solo podía
ver eso.
—Estoy contigo —le dijo Boyle mientras se deslizaba dentro de ella
—. Estoy contigo.
Ascendieron de nuevo, mirándose a los ojos, con los cuerpos
apretados el uno contra el otro. Ascendieron hasta que Iona maldijo. Y
cuando las lágrimas brillaron en sus ojos, los dos descendieron juntos en
picado.
Capítulo 21
Hoy, pensó Boyle mientras bebía café muy fuerte junto a la ventana
de su cocina.
No podía impedir aquello ni detenerla a ella. Y una parte de sí mismo
sabía, e incluso aceptaba, que él, que ella, que todos, se habían preparado
durante toda su vida para ese día.
Muy duro, siempre había sido muy duro saber a qué podrían tener que
enfrentarse un día —ese día— sus mejores amigos en el mundo, pero con
Iona resultaba aún más duro.
Haría lo que pudiera para que lo superara sana y salva, para ayudarla a
ella y al resto a ponerle fin.
¿Y luego?
Una vez acabara ese día habría mucho más por hacer; ojalá pudiera
descubrir cómo resolver todo aquello.
Claro que, ¿cómo podía descubrir nada cuando el día iba a estar lleno
de magia y violencia, lucha y fatalidad? Y casi con toda probabilidad de
vida y muerte.
Su vida habría sido mucho más fácil si Iona no hubiera llegado a ella,
pensó.
Entonces sintió su presencia, se dio la vuelta y la vio de pie, delante
de la puerta de su dormitorio, con aquel pelo corto todavía húmedo por la
ducha, la mirada penetrante y algo adormilada todavía antes de tomarse su
café.
Y supo sin ningún género de dudas que lo fácil no era lo que quería.—
¿Deberíamos hablar? —le preguntó Iona.
—Probablemente sí, pero hoy es un día raro.
—Sí que lo es. Mejor después.
Él asintió.
—Después, sí. Habrá mucho que decir cuando pase este día. —
Mantente ocupado, se dijo. Muévete—. Vas a tomar café, ¿verdad?
—Por supuesto.
Pero no fue a servírselo ella misma como había hecho antes.
Sabía que era culpa suya, que había hecho que volviera a sentirse una
invitada. Las palabras querían salir, pero las contuvo, y seguiría haciéndolo
hasta que ese largo y extraño día terminara.
De modo que Boyle cogió una taza y le sirvió café.
—Gracias. Voy a bajar y a pasar algo de tiempo con Alastar. ¿Te
molesta si me lo llevo a casa y lo dejo allí hasta que sea la hora?
—No, no me molesta. A fin de cuentas es tuyo. Te acompañaré.
—En realidad, creo que lo hará Fin. Branna y él tienen que pulir los
detalles de los hechizos con Connor y conmigo.
—De acuerdo, pero no vas a cabalgar sola. —Con cautela, le puso la
mano en el hombro—. ¿Tienes miedo?
—No. No tengo miedo. Creía que estaría acelerada y con una buena y
saludable dosis de miedo. Pero no es así, y no sé por qué. Me siento casi
irracionalmente serena. Hoy es por lo que he estado trabajando,
entrenando, aprendiendo. Y así se dispuso, supongo que esa es la palabra,
la noche en que Sorcha se sacrificó.
—Terminaremos lo que ella empezó. Y luego... —Al ver que él no
decía nada, tomó un sorbo de café—. Y luego —continuó— trabajaremos
bien y tendremos una buena vida. Eso es suficiente para cualquiera.
—Tu trabajo y tu vida están aquí.
—Sí. —Al menos no tenía la más mínima duda de eso—. Mi sitio está
aquí.
—Voy a preparar algo para desayunar.
—Gracias, pero me parece que tendría que estar un poco hambrienta y
sentirme... ligera por ahora. Me voy con Alastar hasta que sea hora de
volver a casa. —Dejó el café, casi intacto—. Anoche te necesitaba y
estuviste a mi lado. No lo olvidaré. —Fue con celeridad hacia la puerta—.
Te veré una hora antes de que salga la luna.
Salió por la puerta y lo dejó lleno de interrogantes sobre ella.
Iona almohazó a Alastar con cuidado, a conciencia, para que su pelaje
reluciera como el peltre. Mantuvo la calma mientras le deshacía los
enredos de sus crines, de la cola.
Ese día era un caballo de guerra, y creía que también él llevaba toda la
vida preparándose para ese momento.
—No fallaremos. —Lo rodeó hasta colocarse delante de él,
enmarcando su cara con las manos y mirándolo a sus profundos y oscuros
ojos—. No fallaremos —repitió—. Y nos mantendremos a salvo el uno al
otro mientras hacemos lo que tenemos que hacer.
Eligió un sudadero rojo, en honor a la batalla, a la sangre, y después
cogió la silla que Boyle le había regalado.
Percibió el gozo de Alastar, su orgullo, cuando lo ensilló. Y sintió su
valor, tomando un poco para sí.
—Un regalo tiene algo de mágico, y este nos lo han hecho a los dos.
Boyle pensó en ambos cuando lo encargó, así que es aún más mágico. Y,
además, lleva nuestros nombres.
Le trenzaría amuletos en las crines, decidió. Cuando llegaran a casa
escogerían algunos para la fortaleza, el valor, la protección. Y ella llevaría
también los mismos bajo el jersey que le había hecho su abuela. Otro
regalo.
—Hora de irnos.
Se permitió otro momento para preguntarse si volvería a aquella
casilla, luego hizo a un lado cualquier duda y condujo su caballo afuera.
Encontró a Fin esperándola y ensillado al lustroso animal negro al que
llamaba Baru.
—Te he hecho esperar.
—En absoluto. Hay tiempo de sobra. De todas formas es muy posible
que Branna ya se haya tranquilizado. Veo que Boyle te ha dado la silla.
—Es maravillosa. ¿Tú lo sabías?
—Cuando vives y trabajas tan cerca de otra persona, es difícil guardar
un secreto. —Fin entrelazó los dedos de ambas manos para ayudarla a
montar—. Sois todo un espectáculo —dijo cuando se subió al caballo.
—Estamos preparados para lo que venga.
—Eso parece. —Montó a Baru y giró de modo que pudieran bajar
juntos por la angosta carretera.
En el taller, cerrado a cal y canto y protegido para ese día, Iona
escuchó el plan —su evolución paso a paso—, el hechizo que ella tenía que
lanzar, las palabras que tenía que decir y aquello que tenía que hacer.
—Estás muy callada —comenzó Fin—. ¿No tienes ninguna pregunta?
—Las respuestas están en la tierra de Sorcha. Estoy lista para ir allí y
para hacer lo que tengo que hacer.
—Es un hechizo complicado —comenzó Branna—. Cada pieza tiene
que encajar.
—Puedo hacerlo. Y como bien has dicho, no estaré sola. Vosotros
estaréis ahí, y también Boyle y Meara. Si llevo a cabo esto yo sola, él no
sabrá eso, no verá eso. Tendremos ventaja. Entonces vosotros entraréis por
aquí, por aquí y por aquí —dijo, señalando el mapa que Branna había
trazado—. Eso lo distraerá, lo pillará por sorpresa, y dejaré de ser el centro
de atención. Los dos sin poderes estarán dentro del círculo, y también Fin.
Te necesitarán para que mantengas fuerte el círculo protector —repuso
Iona cuando la ira centelleó en los ojos de Fin—. Y también nosotros.
Nosotros tres necesitaremos el tiempo que emplee intentando llegar a ti
para poner fin a esto. Para acabar con él.
—Estás muy tranquila al respecto —farfulló Connor.
—Lo sé. Es extraño. Para qué preocuparse cuando algo está
predestinado, ¿verdad? Y aun así debería estar de los nervios, pero me
siento... bien. Quizá esté dejando los nervios para cuando todo haya
terminado. Es probable que entonces balbucee como una imbécil y que os
entren ganas de liaros a golpes conmigo hasta dejarme inconsciente, pero
ahora mismo estoy lista.
—Si tan lista estás, relátame todos los pasos desde el principio —le
ordenó Branna.
—De acuerdo. Nos reuniremos aquí una hora antes de que salga la
luna. —Iona imaginó cada paso mientras hablaba, cada movimiento, cada
palabra—. Y cuando Cabhan sea cenizas —concluyó— realizaremos el
último ritual y consagraremos la tierra. Luego vendrá el baile de la victoria
y las copas en la casa. —Evaluando la expresión de su prima, le cogió la
mano a Branna—. Me lo tomo muy en serio. Sé lo que tengo que hacer.
Estoy concentrada. Confío en ti, en todos. Ahora tú tienes que confiar en
mí.
—Ojalá tuviéramos más tiempo, eso es todo.
—Ya es la hora. —Para demostrarlo, Iona se puso en pie deprisa—.
Quiero cambiarme y coger todo lo que necesito de mi cuarto. Estaré lista.
Cuando se marchó, Connor también se levantó.
—Ahora mismo me vendría bien parte de su calma, pero tengo que
apañármelas con demasiada energía. Voy a echar un vistazo a los halcones,
al tuyo y al mío, Fin, y también a los caballos.
Cuando la puerta se cerró, Branna se levantó para volver a poner la
tetera. Aunque dudaba que un barril de té pudiera ahogar la ansiedad.
—¿Crees que le estamos pidiendo demasiado? —le preguntó Fin.
—No puedo saberlo, y eso es lo que me preocupa. —Era una de las
cosas que la carcomían noche y día—. Si intento verlo, y él capta aunque
solo sea un atisbo, todo podría echarse a perder.
Así que no miro. No me gusta dejar el comienzo de todo esto en sus
manos aun sabiendo que es la decisión acertada.
—Nos ha pedido que confiemos en ella. Vamos a darle esa confianza.
—¿Tú no crees que sea demasiado para ella?
—No puedo saberlo —Fin repitió sus palabras—, y eso es lo que me
preocupa.
Branna se entretuvo preparando té para los dos.
—Te preocupas mucho por ella.
—Sí, así es. Por ella misma, porque es un encanto y está llena de luz,
y porque es... pura de corazón. Y también porque mi amigo la ama, aunque
lo jodiera todo.
—Sí que la jodió. Y, sin embargo, Iona fue con él anoche.
—Perdonar le cuesta menos que a otras. —Fin se levantó para ir hacia
ella, para detenerse cerca de ella—. Hay algo esperándonos, Branna. Hay
palabras que decir. ¿Me perdonarás por fin cuando esto haya terminado?
—No puedo pensar en eso ahora. Estoy haciendo lo que tengo que
hacer. ¿Te crees que para mí es fácil estar contigo, trabajar a tu lado, verte
día tras día?
—Podría serlo. Todas esas cosas solían hacerte feliz.
—Éramos unos críos.
—Lo que teníamos, lo que hemos sido el uno para el otro, no era cosa
de críos.
—Pides mucho. —Hacía que recordara, con demasiada viveza, la
simple dicha del amor—. Pides más de lo que puedo dar.
—No pediré. Estoy harto de pedir. No tiendes la mano a la felicidad,
ni siquiera la buscas.
—Puede que no.
—Entonces, ¿qué?
—Satisfacción. Creo que me conformo con estar satisfecha.
—En otro tiempo querías más que satisfacción. Deseabas la felicidad.
Sabía que lo había deseado... de forma temeraria.
—Y desearla, correr a por ella, me hizo más daño de lo que puedo
soportar incluso ahora. Déjalo, Finbar, pues solo nos causa más
sufrimiento a ambos. Esta noche tenemos una misión importante. Solo eso
importa.
—Nunca serás todo lo que eres si crees eso. Y me apena mucho.
El se alejó, se marchó de allí. Y eso, se dijo Branna, era lo que
necesitaba.
Fin se equivocaba, se dijo. Ella nunca sería todo lo que era, nunca
sería libre de verdad, mientras lo amara.
Y eso la apenaba.
Se reunieron una hora antes de que saliera la luna. Branna encendió
las velas rituales y arrojó cristales molidos al fuego para que su humo se
alzara de un color azul pálido y puro.
A continuación, cogió una copa de plata que había heredado y entró en
el círculo que formaban.
—Bebemos esto, una copa para seis, de mano en mano y de boca en
boca, para sellar con vino nuestra unidad. Seis corazones, seis mentes,
como uno solo esta noche mientras nos preparamos para librar esta guerra.
Bebamos todos y cada uno, y enséñanos a los aquí presentes a responder a
la llamada.
La copa pasó de mano en mano tres veces antes de que Branna la
situara en el centro del círculo.
—Poder de la luz, fuerte y brillante, bendícenos esta noche, impide
que seamos vistos. —La luz surgió de la copa, ardiente como una llama
blanca—. Ahora sus ojos estarán ciegos a esta magia que despliego.
Ningún corazón, mente o cuerpo verá. Que se haga nuestra voluntad. —
Bajó los brazos que había levantado—. Mientras arda seremos sombras.
Solo tú dejarás de serlo, Iona, cuando rompas este frasco pequeño. Espera
—añadió cuando se lo puso en la mano—. Espera hasta que esté en la tierra
de Sorcha.
—Lo haré. Descuida. —Se guardó el frasquito en el bolsillo—.
Encuéntralo —le dijo a Fin.
—Lo haré. Lo buscaré, lo encontraré, lo atraeré.
De su propio bolsillo, Fin sacó un cristal, redondo como una bola,
transparente como el agua, y lo sostuvo en la palma de su mano.
Mientras hablaba en gaélico, la bola comenzó a resplandecer, a
elevarse un par de centímetros sobre su mano. Y a girar, primero despacio,
luego más y más rápido, hasta que la velocidad lo tornó borroso.
—Está buscando, sangre a la sangre, marca a la marca —Le dijo
Branna a Iona—. Utiliza lo que es, lo que comparten, para ver, para
despertar. El... —Se interrumpió cuando los ojos de Fin comenzaron a
brillar, a fulgurar, con una luz sobrenatural como el cristal—. ¡No te
adentres tanto! No puede...
Connor cogió a Branna del brazo antes de que se abalanzara sobre él.
—Sabe lo que se hace.
Pero durante un instante, algo oscuro cobró vida tras la luz que
brillaba en los ojos de Fin. Luego desapareció.
—Lo tengo. —Fin cerró los dedos sobre el cristal; su rostro era una
máscara—. Él vendrá.
—¿Dónde está? —exigió Boyle.
—No está lejos. Le he proporcionado tu olor —le dijo a Iona—. Lo
seguirá hasta ti.
—Entonces lo llevaré a donde queremos.
—Estamos detrás de ti. —Meara agarró a Iona de los brazos—. Todos
nosotros.
—Lo sé. —Tomó aire despacio, manteniendo la calma—. Lo creo.
Tocó con los dedos la empuñadura de la espalda a su costado, paseó la
mirada de uno a otro y pensó que era un milagro tenerlos a todos, tener lo
que había en su interior, tener semejante meta.
—No os fallaré —dijo, y se encaminó hacia la puerta.
—Joder.
Boyle la alcanzó con dos zancadas, hizo que se diera la vuelta y apretó
su boca contra la de ella con todo cuanto vivía en su interior.
—Llévate esto contigo —exigió, y la soltó.
—Lo haré.
Y esbozó una sonrisa antes de salir a la suave luz del día más largo del
año.
Alastar la esperaba, pateando el suelo cuando la vio aproximarse.
Sí, pensó, estamos listos tú y yo.
Agarró su crin y se aupó a la silla. Luego asió brevemente su amuleto,
sintiendo el calor que desprendía.
Listos, pensó de nuevo, y dejó que Alastar hiciera su voluntad.
Mejor cuanto más veloz. Los demás vendrían tan rápido como
pudieran, pero cuanto antes llegaran a la tierra de Sorcha, menos tiempo
tendría Cabhan para conspirar, planear y cuestionarse nada.
El viento azotaba sus orejas. El suelo retumbó. Y emprendieron el
vuelo.
Desenvainó la espada al llegar al árbol caído y la pared de
enredaderas.
—Soy Iona. Soy la Bruja Oscura. Soy la sangre. Soy uno de los tres y
este es mi derecho.
Asestó un golpe. Las enredaderas cayeron con el ruido de los cristales
al romperse, y cruzó al otro lado.
Como en el sueño que había tenido aquella noche en Ashford, pensó.
Cabalgando sola por las entrañas del bosque, atravesando un lugar mucho
más silencioso de lo que tenía derecho a ser, donde la luz era mortecina
aunque el sol brillaba.
Vio las ruinas al frente, cubiertas de zarzas y matorrales, como si
surgieran de los árboles. Condujo al caballo hacia ellas, y hacia la piedra
grabada con el nombre de Sorcha.
Su piel vibraba. No a causa de los nervios, comprendió, sino del
poder. De la energía. Alastar temblaba bajo de ella, profiriendo un relincho
que sonó a triunfo.
—Sí, hemos estado aquí antes. El lugar de nuestra sangre. El lugar en
el que nació nuestro poder.
Desmontó, anudó las riendas juntas, sabiendo que Alastar se quedaría
cerca de ella.
Sacó el frasco del bolsillo, aplastándolo con la bota.
Que diera comienzo la función.
De la alforja sujeta a la silla sacó primero las flores, unas sencillas
violetas, y luego un pequeño frasco que contenía vino tinto.
—Por la madre de mi madre y por la suya, y por todos los que
vivieron y murieron y portaron el don con sus penas y alegrías, hasta llegar
a Teagan, mi antepasada, y la Bruja Oscura que la engendró.
Dejó las flores junto a la lápida y vertió el vino en el suelo a modo de
tributo.
Pronunciando las palabras del hechizo solo en su cabeza, extrayendo
el poder de sus entrañas, cogió las cuatro velas blancas de la bolsa y las
colocó en el suelo en los puntos cardinales. A continuación, colocó los
cristales, entre un punto y otro.
Mientras los colocaba, Alastar profirió un resoplido de advertencia.
Vio unos dedos de niebla reptando sobre el suelo.
«Estamos contigo.» —La voz de Connor sonó junto a su oído—.
«Termina el círculo.»
Sacó su daga ceremonial y apuntó hacia el norte. La primera vela se
encendió.
—¿Crees que puedes detenerme con eso? —dijo Cabhan, divertido—.
Vienes aquí, donde yo reino, y practicas tu patética magia blanca.
—Tú no reinas aquí.
La segunda vela se encendió.
—Mira. —Cabhan levantó los brazos en alto. La piedra que llevaba al
cuello brilló, oscura y cegadora—. Conoce.
Algo cambió. La tierra se inclinó bajo sus pies mientras luchaba para
terminar el ritual. El aire se arremolinó y arremolinó, hasta que su cabeza
giró con él. La tercera vela prendió, pero Iona cayó de rodillas, luchando
contra la terrible sensación de estar cayendo por un precipicio.
Las enredaderas se apartaron de las ruinas. Las paredes comenzaron a
levantarse, piedra a piedra.
La noche cayó como un telón.
—Mi mundo. Mi tiempo. —Las sombras parecían surgir de él. La
piedra que llevaba al cuello palpitaba, como un negro corazón encima del
suyo—. Y aquí tú eres mía.
—No lo soy. —Se puso en pie de forma dolorosa, posando la mano
sobre el flanco de Alastar cuando este se encabritó—. Soy de Sorcha.
—Ella buscó mi fin y encontró el suyo. Es ella quien duerme en la
oscuridad. Yo soy quien vive en ella. Entrégame lo que posees, lo que te
supone una carga, lo que tanto te exige, lo que tira de ti. Entrégame el
poder que tan mal se adapta a ti. O te lo arrebataré yo, y tu alma con él.
Encendió la última vela. Vendrían si podían, pensó. Pero no podía
oírlos a través del rugido en sus oídos ni sentirlos entre el hedor de la
niebla.
Retroceder nunca, se dijo. Y jamás rendirse.
Sacó su espada.
—¿Lo quieres? Ven a por él.
Cabhan rió, y el absoluto placer de su cara acrecentaba su terrible
belleza.
—Una espada no me detendrá.
—Sangraste, así que vamos a averiguarlo. —Infundió poder a la
espada hasta que esta llameó—. Y te apuesto a que arderás.
Él le lanzó un golpe con el brazo, y a metros de distancia, la arrojó de
espaldas al suelo. Sin aliento, Iona trató de levantarse. Alastar se encabritó
de nuevo, bufando de ira mientras piafaba.
Iona vio dolor en el rostro de Cabhan, acompañado de sorpresa.
Entonces se encorvó, se puso a cuatro patas y se transformó en lobo.
Se abalanzó sobre Alastar, hiriendo al caballo en el flanco.
—¡No!
Iona se levantó como un rayo y atacó.
Su espada cortó el aire, pero el lobo se orilló con rapidez y luego
cargó contra ella con una fuerza que la propulsó, haciéndola resbalar hacia
atrás y que su espada volara por los aires.
El lobo se colocó encima de ella, abriendo las fauces. Y se convirtió
de nuevo en el hombre.
—Lo reduciré a cenizas —le advirtió Cabhan—. Contenlo o le
prenderé fuego.
—¡Para! ¡Alastar, para!¿Percibió su cólera al tiempo que obedecía. Y
sintió el amuleto que llevaba vibrar entre Cabhan y ella.
Su mirada se posó en él; sus labios formaron una mueca feroz.
Acto seguido sonrió otra vez, de forma aterradora, mientras la miraba
a los ojos.
—Sorcha me traicionó con un beso. Te arrebataré lo que hay dentro de
ti del mismo modo.
—No te lo daré.
—Claro que lo harás.
Un dolor indescriptible estalló en ella. Gritó, incapaz de contenerse.
Todo era rojo, como si el mundo ardiera. Oyó los quejidos de Alastar
uniéndose a sus gritos. Le ordenó que corriera; corre, corre, corre. Si no
podía salvarse a sí misma, rogaba poder salvarlo a él.
Ante todo, jamás se rendiría. Jamás le entregaría su luz a la oscuridad.
—Un beso. Solo tienes que darme un beso y el dolor se esfumará, la
carga desaparecerá.
En alguna parte de su frenética mente se dio cuenta de que él no podía
tomarlo. Podía matarla, pero no podía quitarle lo que era. Tenía que
entregárselo ella.
En su lugar buscó a tientas su daga con una mano temblorosa.
Lloró, eso tampoco pudo evitarlo, pero entre los gritos y los sollozos
consiguió decir una palabra:
—Sangra.
Y le hundió la daga en el costado.
Cabhan profirió un alarido, fruto de la furia más que del dolor, y
levantándose de golpe, la arrastró consigo y la agarró del cuello con una
mano, alzándola a treinta centímetros del suelo.
—¡No eres nada! Pálida, débil y humana. Te exprimiré la vida y tu
poder con ella.
Iona pataleó, trató de invocar el fuego, el viento, una inundación, pero
su visión se oscureció y le ardían los pulmones.
Escuchó otro bramido y voló por los aires, golpeando el suelo con
suficiente fuerza como para que le crujieran los huesos y se le aclarara la
vista.
Vio a Boyle, cuyo rostro era una máscara de venganza, cosiendo a
puñetazos la cara de Cabhan.
Las llamas se alzaban con cada golpe.
—Para. —No pudo gritar aquello, sino que fue apenas un ronco
quejido, ni siquiera cuando el fuego cubrió las manos de Boyle.
Consiguió ponerse de rodillas, tambaleándose mientras luchaba por
recuperar la concentración.
Cabhan se desplomó. El lobo se zafó de Boyle y se preparó para
atacar.
Entonces el perro entró como un rayo en el claro, gruñendo y
chasqueando los dientes. Los halcones se lanzaron en picado, desgarrando
el lomo del lobo.
Un brazo le rodeó la cintura, poniéndola en pie. Luego unas manos se
entrelazaron con las suyas.
—¿Puedes hacerlo? —gritó Branna.
—Sí. —Incluso pronunciar aquella sola palabra hizo que Iona sintiera
esquirlas de cristal cortándole la garganta.
La niebla se espesó o su visión se oscureció, pero lo único que podía
distinguir eran vagas siluetas, el destello del fuego.
—Somos los tres, brujas oscuras somos, y en esta tierra unidos
estamos. Antes de que el día más largo del año haya de marchar, blandimos
toda la luz contra la oscuridad. En esta tierra, en esta hora, unimos nuestras
manos, unimos nuestro poder. Sangre a la sangre, invocamos a todos los
que antes fueron, llama a la llama, su fuego les devolvemos. A nuestro lado
luchad, liberadas vuestras fuerzas ya. Hágase nuestra voluntad.
Luz cegadora, calor abrasador y el viento que hizo girar todo en un
torbellino.
—¡Otra vez! —gritó Branna.
Tres veces tres. Y mientras lanzaba el hechizo, con las manos
fuertemente unidas a las de sus primos, Iona sintió que ella era el fuego.
Hecha de calor y llama, y una fría ira que ardía en sus entrañas.
Justo cuando llegó al final, la niebla se desvaneció. Vio sangre, humo,
a Fin y a Meara en el borde..., no, dentro..., del círculo, con las espadas en
la mano. Y a Boyle arrodillado en el suelo, pálido como la muerte, con las
manos en carne viva y llenas de ampollas.
Alastar, con la sangre brotando de sus heridas, apretó la cabeza contra
el costado de Boyle en tanto que el perro lo protegía. Había dos halcones
posados en ramas al lado de la cabaña de piedra.
—Boyle. —Iona avanzó tambaleándose, cayendo de rodillas junto a él
—. Tus manos. Tus manos.
—Se curarán. Estás sangrando. Y tu garganta.
—Tus manos —repitió—. Connor, ayúdame.
—Yo me ocuparé. Vamos, tú no tienes por qué hacer esto. Estás
herida, y lo haré mejor sin ti.
—Venga, hermanita, deja que te ayude —le dijo Fin.
A continuación se agachó como si fuera a coger a Iona en brazos.
—Yo la atenderé. —Con brusquedad, Branna agarró a Iona del brazo
—. Tú ayuda a Connor con Boyle, que se ha llevado la peor parte.
—Tenía las manos envueltas en llamas. —Iona se sentó en el suelo
cuando la cabeza comenzó a darle vueltas—. Sus manos.
—Connor y Fin lo curarán, ya lo verás. Y ahora, tranquilízate, prima.
Meara, quiero su sangre. Busca algo para recogerla. La sangre y las
cenizas. Mírame, cielo. Mírame, Iona. Te va a doler un poco.
—Tú también sufres.
—Solo un poco.
Le dolió, más que un poco, luego sintió alivio, fresco y reconfortante
en la garganta. Calor, descendiendo por los costados en que los cortes eran
profundos.
—Está mejor. Está bien. ¿Boyle?
—¡Chis! Calla. Eso llevará más tiempo, pero él está bien, lo está
haciendo bien. Echa un vistazo mientras yo termino.
A pesar del torrente de lágrimas, Iona volvió la cabeza y vio las
manos de Boyle. Aún las tenía en carne viva, pero ya no estaban
ennegrecidas ni con ampollas. Pese a todo había empalidecido a causa del
tratamiento y del dolor.
—¿No puedo ayudar?
—Ya se están ocupando ellos. Todavía me queda tu tobillo. No está
fracturado, pero tienes un buen esguince.
—No he sido lo bastante fuerte.
—Calla.
—Alastar. Le hizo daño a Alastar. Me dijo que lo quemaría vivo.
—Tiene algún corte, eso es todo. ¿Por qué no te ocupas de eso?
Atiende a tu caballo.
—Sí. Sí. Me necesita.
Iona se puso en pie y se encaminó, un tanto mareada, hacia el caballo.
—Lías sido muy valiente. Lo siento mucho.
Reprimiendo las lágrimas, posó las manos sobre el primer tajo y
comenzó a sanarlo.
—Ele utilizado dos de los frascos de tu bolsa. —Meara se los entregó
a Branna—. Uno para la sangre y el otro para las cenizas. Me he sentido en
parte como uno de esos forenses. —Luego dejó escapar un suspiro
entrecortado—. Ay, Dios, Branna.
—No vamos a hablar aquí de ello. Tenemos que volver a casa.
—¿Podemos irnos?
—Yo os he traído a todos aquí. Yo os llevaré de regreso.
—¿Adonde ha ido ese puto cabrón?
—No lo sé. Lo hemos herido y ha perdido sangre..., mucha..., pero no
hemos terminado con él. Lo he visto escabullirse utilizando la niebla,
dentro de la niebla. Nuestro fuego lo ha quemado y bien, pero no lo ha
aniquilado. No ha terminado esta noche, a pesar de que pensábamos que así
sería. Voy a llevaros de vuelta —gritó—. ¿Estáis listos?
—Joder, sí. —Fin rodeó a Boyle con el brazo*ayudándolo a
mantenerse en pie.¿—Ya estoy bien, estoy bien. Ayudadla a llevarnos a
casa, los dos.
Boyle empujó a ambos hombres con suavidad y fue con Iona.
—Deja que te vea.
—Estoy bien. Branna se ha ocupado de ello. Alastar. No puedo curarle
esta cicatriz. Le ha quedado una marca.
Boyle estudió el corte blanco sobre el flanco gris.
—Es una cicatriz de guerra, que ha de lucir con orgullo. Ahora nos
vamos todos a casa. Arriba. —La ayudó a montar—. Y nada de lágrimas —
añadió cuando las vio manar de sus ojos—. Deja de llorar.
—Aún no.
Iona se inclinó hacia delante, rodeando el cuello del caballo con los
brazos cuando el suelo se inclinó y el aire giró y giró.
Y guardó silencio mientras abandonaban el claro y las ruinas.
EPÍLOGO
Iona aceptó el whisky con gratitud y se arrellanó en el rincón del
sillón del salón. El fuego crepitaba, pero producía consuelo en vez de
miedo y dolor.
—Lo siento. No he sido lo bastante fuerte. No he sido lo bastante
buena. Se me echó encima.
—Chorradas. —Connor vertió más whisky en su vaso—. Lo que dices
es una chorrada como la copa de un pino.
—Bien dicho —convino Branna—. Soy yo quien lo lamenta. Cada
paso, cada detalle, estaba planeado a la perfección. Excepto uno. No se me
ocurrió pensar que se movía a través del tiempo de esa forma, a voluntad.
No sabía que podía hacerlo tan rápido y con nosotros tan cerca.
—No. —Pin meneó la cabeza cuando ella lo miró—. No lo vi venir.
Ha sido muy listo al cambiar el terreno por uno en el que su poder era más
fuerte de lo que imaginábamos.
—Y donde no podíamos llegar hasta Iona. Donde ella estaba sola,
después de todo. —Boyle tomó la mano de Iona con firmeza.
—Pero habéis venido todos.
—No tan rápido como yo habría querido. No basta con saber dónde,
sino también cuándo. Podríamos no haberte encontrado, pero nos has
llamado con fuerza. Has creído, tal y como decías, y nos has llamado. Has
completado el círculo, a pesar de todo has completado el círculo, has
liberado el poder y hemos podido encontrarte. Y casi hemos acabado con
él. —Branna cerró los ojos durante un instante—. Casi...; juro que ha
estado muy cerca.
—No es culpa tuya —le dijo Connor a Iona— ni de nadie. Es cierto
que no hemos acabado con él, pero le hemos dado una paliza y lo hemos
herido. No olvidará el dolor que le hemos infligido esta noche.
—Y la próxima vez estará mejor preparado. —Meara levantó las
manos—. Es la verdad, y hay que decirla para que no volvamos a caer en
ese tipo de trampa otra vez.
—De acuerdo, pero... Te has quemado —repuso Connor.
Meara se miró las muñecas, el dorso de las manos y las quemaduras
dispersas.
—De rebote, en su mayoría. ¿Y tú? —le preguntó a Connor.
—Fin y yo cuidamos el uno del otro. ¿Por qué no has dicho nada?
Puñetera cabezota. —Connor se levantó y le agarró las manos.
—Me he hecho peores quemaduras preparando el desayuno.
—No es necesario pasar dolor. ¿Tú también te has quemado? —le
preguntó a su hermana.
—Ni una puta marca. Tenemos su sangre y las cenizas en que se
convirtió su carne desgarrada. Utilizaremos ambas cosas contra él.
Averiguaremos cómo hacerlo y las usaremos contra él cuando lo
ataquemos de nuevo. Y la próxima vez no será en su terreno. Nos
aseguraremos de ello.
Iona no preguntó cómo. Ahí sentada, con aquellos a quienes amaba,
con su mano en la de Boyle, sintió que su fe retornaba.
—No ha podido quitármelo —dijo despacio, y se tocó el amuelo con
la mano libre—. No ha podido quitármelo ni cuando estaba indefensa, o tan
indefensa como jamás lo he estado, ni siquiera cuando me hirió.
Necesitaba que yo se lo entregara. Podía matarme, pero no quitarme lo que
llevo dentro. Eso lo cabreó.
—Bien.
Iona esbozó una sonrisa.
—Estupendo. Lo apuñalé con mi daga.
—¿De veras? —Fin se levantó, se acercó a ella y, después de
inclinarse, le plantó un beso en los labios—. Esta es nuestra chica. Un arma
de luz contra la oscuridad. Puede que haya sido por eso por lo que ha
quedado tanta sangre para nosotros.
—También utilizaremos eso. Voy a preparar algo de comer. No sé qué
será, pero comeremos bien esta noche. Y todavía queda una botella de
aquel champán francés. No hemos terminado, pero yo diría que la primera
batalla es nuestra, y vamos a celebrarlo. Podéis echarme una mano.
Vosotros dos no —les dijo Branna a Iona y a Boyle—. Vosotros os habéis
llevado la peor parte, así que vais a quedaros aquí sentados y a beberos
vuestro whisky junto al fuego.
—Yo aún no he terminado con esta puñetera cabezota —replicó
Connor.
Meara le dio un puñetazo en el hombro.
—Cuida de tu propio culo.
—¿Por qué voy a hacerlo si el tuyo es tan bonito?
—He dicho que a la cocina. —Y esa vez Branna miró a Connor
poniendo los ojos en blanco para darle una pista.
—Vale, vale, de todas formas estoy casi muerto de hambre. —Desfiló
del salón, arrastrando a Meara con él.
—Iré a echarle un vistazo a los caballos. Así podrás estar tranquila a
ese respecto —se ofreció Fin.
Iona le brindó una sonrisa.
—Gracias. Están bien, pero nunca está de más. —Luego echó la
cabeza hacia atrás y cerró los ojos—. Yo era fuego —dijo en voz queda—.
No solo lo creaba, sino que lo era. Era aterrador y maravilloso.
—Lo era, mirarte a ti con Connor y Branna, ardiendo como una
antorcha, blanca y abrasadora. Era aterrador y maravilloso.
—Y aun así no ha sido suficiente. Quería que esto acabara. Esta
noche.
—Algunas cosas no suceden tan rápido como uno desea. —Boyle le
volvió la mano en la suya, luego sucumbió y se la llevó a la mejilla—. Eso
no significa que no sucedan.
—Eso es cierto. Y Branna tiene razón. Si lo sopesamos todo, hemos
inclinado la balanza esta vez. La forma en que atravesaste la niebla...
Alastar y tú sois mis héroes.
—Puesto que sé cuánto te importa el caballo, me lo tomo como un
cumplido.
—Cuando cierro los ojos y veo tus manos. Las veo envueltas en
llamas.
—Míralas ahora. ¿Lo ves? Están como siempre. —Grandes, llenas de
cicatrices. Preciosas—. Creía que no llegaríamos hasta ti —repuso
despacio y con suma cautela—. Creí que no llegaríamos a tiempo y que tal
vez no volviera a verte. No tenía tu fe. Quiero que sepas que ahora la tengo.
Así que se puede decir que tú también eres mi heroína —declaró Boyle.
Ella apoyó la cabeza en su hombro durante un momento—.Y creo que, en
definitiva...
Iona tomó un sorbo de whisky.
—¿En definitiva?
—Lo que digo es que creo que, en definitiva, y considerando el hecho
de que hemos terminado por el momento y que aún no sabemos qué pasará
ahora... Teniendo en cuenta todo eso, y todo lo demás, creo que lo mejor
sería que te casaras conmigo.
Iona bajó el vaso para mirarlo.
—Perdona, ¿qué?
—Ya sé lo que dijiste después de que me portara como un..., bueno,
como un estúpido chiflado, y he hecho lo que querías, o lo he intentado con
todas mis fuerzas. Pero creo que ya es hora de que lo superemos y de que,
en definitiva, nos casemos y dejemos todo eso atrás.
—Casarnos. —¿Acaso la batalla, las magulladuras y el fuego le
habían dañado el cerebro?—. ¿Quieres decir casarnos?
—Es lo más sensato. Somos buenos el uno para el otro, como tú
misma has dicho. Y... tenemos los caballos en común.
—No podemos olvidarnos de los caballos.
—Eso es importante —farfulló Boyle—. Tú me quieres. Me dijiste
que me querías, y eres una mujer sincera con respecto a tus sentimientos.
—Eso es cierto.
—Así que somos buenos el uno para el otro y tenemos los caballos en
común. Tú me quieres y yo también, así que casémonos.
Iona decidió que su cerebro funcionaba perfectamente.
—Tú también, ¿qué?
—Joder. —Tuvo que levantarse un momento, pasearse por la
habitación. Entretenerse echando más turba al fuego—. Nunca se lo he
dicho a una mujer que no sea mi madre o esté emparentada conmigo de
algún modo. No voy por ahí diciendo esas cosas como si no tuvieran
ninguna importancia.
Su pelo, entre castaño y rojizo, estaba muy despeinado. Se percató de
que no se había fijado antes en eso. Ni tampoco en la sangre de su camisa o
en la forma en que apretaba los dientes, con semejante obstinación.
Pero podía ver con suma claridad la intensidad de sus ojos.
—Te creo.
—Algunas palabras importan más que otras, y esa es una de ellas.
—¿Cuál exactamente?
—Amor. Sé lo que es el amor, joder, porque tú lo has despertado en
mí y porque me lo has dado. Y nunca volveré a ser como era. Nunca sentiré
esto por nadie más.
—Esto.
—Te quiero, ¿vale? —Soltó las palabras como quien suelta puñetazos,
y eso la venció—. Lo estoy diciendo muy clarito. —Frunció el ceño un
poco mientras levantaba las manos—. Te quiero. Y... también quiero
quererte. Quiero todo lo que siento por ti porque sin ello solo estaría medio
vivo. Y quiero casarme contigo y vivir contigo y tener una familia contigo
en algún momento. Pero por ahora quiero que ya no sigas haciendo que
continúe dándole vueltas a todo y que me digas que estás de acuerdo.
Iona se lo quedó mirando durante un momento, pues lo quería todo,
hasta el más mínimo detalle, grabado para siempre en su memoria.
—Esta es la cosa más romántica que me ha sucedido nunca.
—Ah, a tomar por el culo. ¿Quieres palabras bonitas? A lo mejor
puedo decir algo de Yeats o algo así.
—No, no, no. —Riendo, se levantó y se sintió más fuerte y más segura
de lo que jamás se había sentido—. Lo decía en serio. Viniendo de ti, esto
es romanticismo para mí. Si pudieras decirlo solo una vez más. Esas dos
palabras, las palabras que importan más que las demás.¿—Te quiero. Iona
Sheehan, te quiero. Dame una puñetera respuesta.
—Ha sido un sí en cuanto has abierto la boca. Solo quería oírlo todo.
Ha sido un sí en cuanto me lo has pedido.
Boyle la miró, parpadeando despacio, luego entrecerró los ojos.
—¿Era un sí? ¿Es un sí?
—Te quiero. No hay nada que más desee que casarme contigo.
—¿Sí?
—Sí.
—Estupendo. Genial. ¡Dios mío! —Corrió hacia ella e Iona lo recibió
a medio camino—. ¡Dios mío, gracias a Dios! No sé cuánto tiempo más
podría haber vivido sin ti.
—Ya no tendrás que averiguarlo. —Se entregó al beso y a todas las
promesas impresas en él—. No tendrás que vivir sin mí. —Se aferró con
fuerza a él—. Esta noche hemos ganado en muchos aspectos. En aspectos
que él jamás comprenderá. Tenemos amor. Él no sabe lo que es eso.
Tenemos amor.
—Voy a casarme con una bruja. —Alzándola en vilo, giró con ella—.
Soy un hombre con suerte.
—Oh, ya lo creo que lo eres. ¿Cuándo?
—¿Cuándo?
—¿Cuándo nos casamos?
—Por mí, mañana mismo.
Encantada, Iona rompió a reír.
—No tan pronto. Hablando de ir paso a paso. Necesito un vestido
fabuloso y necesito a Nana aquí. Y no conozco a tu familia.
—Gran parte de ella está en esta misma casa.
—Eso es cierto. No esperaremos demasiado, pero sí lo suficiente para
hacerlo bien.
—Tengo que comprarte un anillo. Los chicos tenían razón después de
todo. Tenía que regalarte algo brillante.
—Por supuesto.
—Y tú también tienes razón; hay que esperar un poco. Al menos hasta
que consigamos que nos den un día en la abadía de Ballintubber.
—La... —La inundó la felicidad—. ¿Te casarás conmigo ahí?
—Es lo que tú quieres, ¿verdad? Y te juro por Dios que es también lo
que yo quiero. Allí, en ese antiguo y sagrado lugar. Así ha de ser para
nosotros.
La tomó de las manos, acercándoselas a los labios, luego la miró
riendo.
—Tú serás mía y yo seré tuyo. Eso es lo que quiero.
Iona apoyó la mejilla contra su corazón. Amor, pensó, entregado de
forma libre, aceptado de forma voluntaria.
No había magia más potente.
—Es lo que quiero —murmuró Iona, sonriendo cuando oyó bufar a
Alastar—. Sabe que soy feliz. —Inclinó la cabeza hacia atrás—. Vamos a
contárselo a los demás y a descorchar ese champán.
Con vino, música y luz, pensó. Habían resurgido del fuego, vencido a
la oscuridad otro día.
Y ahora, en el día más largo del año, cuando la luz se negaba a
claudicar, era amada. Por fin.
En lo profundo del bosque, en otro tiempo, el lobo gimió. El hombre
dentro de él maldijo. Y con artes tan negras como la noche, comenzó a
sanar lentamente.
Con sumo cuidado, comenzó a trazar un plan.
Fin
Título original: Dark Witch
Primera edición: abril, 2014
© 2013, Nora Roberts
© 2014, Penguin Random House Grupo Editorial, S. A.
ISBN: 978-84-9032-962—7
[1]
Table of Contents
Resumen 6
Capítulo 1 7
Capítulo 2 20
Capítulo 3 38
Capítulo 4 49
Capítulo 5 62
Capítulo 6 78
Capítulo 7 92
Capítulo 8 107
Capítulo 9 120
Capítulo 10 136
Capítulo 11 148
Capítulo 12 162
Capítulo 13 175
Capítulo 14 188
Capítulo 15 203
Capítulo 16 215
Capítulo 17 230
Capítulo 18 242
Capítulo 19 253
Capítulo 20 265
Capítulo 21 280
EPÍLOGO 293
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