Julio Torri en las formas breves de la Literatura Mejicana del siglo XX

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TRABAJO FIN DE GRADO
Título
Julio Torri en las formas breves de la Literatura Mejicana
del siglo XX
Autor/es
Miguel Cortejoso Fernández
Director/es
María Teresa González de Garay Fernández
Facultad
Facultad de Letras y de la Educación
Titulación
Grado en Lengua y Literatura Hispánica
Departamento
Curso Académico
2014-2015
Julio Torri en las formas breves de la Literatura Mejicana del siglo XX, trabajo
fin de grado
de Miguel Cortejoso Fernández, dirigido por María Teresa González de Garay Fernández
(publicado por la Universidad de La Rioja), se difunde bajo una Licencia
Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.
Permisos que vayan más allá de lo cubierto por esta licencia pueden solicitarse a los
titulares del copyright.
©
©
El autor
Universidad de La Rioja, Servicio de Publicaciones, 2016
publicaciones.unirioja.es
E-mail: [email protected]
Resumen
Durante las últimas décadas, tanto autores como críticos han visto en Julio Torri a un
precursor de la microficción en español; se trata de un proceso de relectura
comprensible, pero hay mucho más en su variada producción que narraciones breves.
Así lo vio el propio autor, quien tituló Poemas y ensayos su primer libro, y también
diferentes antólogos, que han ido espigando piezas suyas para varias colecciones de
ensayos o de poemas. Un efecto negativo de esas antologías es que olvidan la
heterogeneidad del conjunto de la obra. Algo parecido ocurre con los trabajos
académicos, que generalmente son de carácter analítico y se concentran en exclusiva en
determinados aspectos. Este estudio examinará cómo interactúan entre sí la concisión y
la variedad en la obra de Torri, ideales explicitados en ensayos y reseñas, pero sobre
todo presentes en sus ficciones. Aunque no se pueda hablar de una causalidad directa,
las circunstancias vitales del autor también ayudarán a explicar algunos aspectos de su
obra y de la situación de ésta en la literatura en español.
Abstract
Over the last decades writers and critics alike have seen Julio Torri as a precursor of
Spanish-language Micro Fiction; it is an understandable rereading process, but there is
much more than short stories in his varied production. It was so considered by the
author himself, who named his first book Poemas y ensayos, and also by different
anthologists, that have selected his pieces for several collections of poems and essays. A
negative effect of those anthologies is that they oversight the heterogeneity of his work
as a whole. Something similar happens with academic studies, which generally have an
analytic nature and focus on particular aspects. This study will analyze how brevity and
variety interact in Torri’s work; they are ideals made clear in essays and reviews, but
especially showed in his fictions. Although we cannot talk of a direct causality, the
author’s living conditions also will help us to explain some aspects of his work and of
its position in Spanish-language literature.
Índice
1. Algunos datos biográficos
3
2. El estímulo del Ateneo de la Juventud
4
3. Importancia de las lecturas
7
4. Torri como traductor
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5. Contra la novela
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6. Otras formas y géneros de la prosa
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6. 1. Diálogos
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6. 2. Relatos
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6. 3. Poemas en prosa, estampas y etopeyas
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6. 4. Ensayos
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6. 5. Fragmentos
19
7. Antologías propias
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8. Unidad en la variedad
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9. Conclusiones
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10. Bibliografía
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1. Algunos datos biográficos
Julio Torri Máynez nació en Saltillo, Coahuila, en 1889, aunque la mayor parte de su
vida transcurrió en la ciudad de Méjico, donde murió en 1970. Su obra artística parece
proverbialmente reducida: Ensayos y poemas apareció en 1917, habría que esperar hasta
1940 para que publicara De fusilamientos y Tres libros apareció cuando él tenía ya 75
años (en 1964). Lo cierto es que el grueso de Tres libros lo componían los primeros
libros de Torri, a los que se añadieron breves ficciones, algunas reseñas, fragmentos y
aforismos. A esto habría que añadir un manual titulado La literatura española, de 1952,
un Breviario del Fondo de Cultura Económica. Una buena forma de caracterizarlo
parece la de «cuentagotas», utilizada por Antonio Caso en un artículo de 1917.
Con el tiempo, gracias sobre todo a la labor de Serge I. Zaïtzeff, la producción de Torri
ha resultado no ser tan escasa como en un primer momento se pensó, aunque sigue
pareciendo exigua si se compara con la desbordante abundancia de su amigo Alfonso
Reyes. El recientemente fallecido Zaïtzeff se convirtió en algo así como el Max Brod
del saltillense, y –además de estudiar y dar a conocer su obra– fue publicando piezas
que el muy autocrítico Torri no había incluido en Tres libros. Así, en 1980 apareció
Diálogo de los libros, que incluía diálogos, relatos, prólogos y reseñas, e incluso un par
de traducciones de poesías, todos ellos publicados antes en periódicos y revistas
literarias. Más tarde, unos parientes políticos del escritor permitieron a Zaïtzeff acceder
a sus archivos y éste reunió las suficientes obras inéditas para publicar en 1987 El
ladrón de ataúdes. Finalmente, la Obra completa de Torri, de 2011, contiene un
apéndice con borradores del escritor.
El escribir fue una vocación temprana, pues «Werther» se publicó en 1905 en La
Revista, de su Saltillo natal; ¿cómo se explica entonces esa producción relativamente
escasa? El carácter discreto de Torri ha picado el interés de muchos por su vida privada:
hay frecuentes referencias a ésta en su correspondencia con Reyes, pero pocos datos
seguros. Permaneció soltero, y tenía fama de mujeriego. Poseía una bien nutrida
biblioteca, al parecer con una sección dedicada a la literatura erótica que enseñaba a
algunas de sus alumnas. Era aficionado al tenis y a la bicicleta, a la que dedicó uno de
sus breves ensayos. Todo eso pudo robar tiempo a la escritura, aunque existen causas de
mayor peso: destaca su afán de perfección, que se percibe tanto en las muchas piezas
por él descartadas como en las correcciones que sufrieron algunas de ellas en sus
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distintas versiones; y hay razones más prosaicas si se quiere, como la necesidad de
trabajar y la inestabilidad de su vida. Torri había estudiado Derecho y se vio obligado a
ejercer diversos trabajos burocráticos –secretario de José Vasconcelos, por ejemplo–
hasta establecerse definitivamente como profesor de literatura en la Universidad
Autónoma de México. Muchos de sus alumnos lo recuerdan como un profesor aburrido,
y él mismo no escatimó observaciones irónicas respecto a su trabajo. Pero a esto hay
que sumar sus colaboraciones en revistas y su participación en diversas empresas
editoriales: creó y dirigió una efímera revista, La Nave, la colección Cvltvra, y
Vasconcelos le nombró Director de Bibliotecas Populares y Ambulantes. A él se debe la
selección de los conocidos «clásicos verdes», que ponían a disposición del público
obras como La Ilíada, obras de Esquilo y Eurípides, algunos diálogos de Platón, etc. La
suya fue, por tanto, una vida marcada por la literatura.
2. El estímulo del Ateneo de la Juventud
Ni la obra ni la biografía de Torri se comprenderán sin tener en cuenta sus vínculos con
la Generación del Ateneo, también conocida como Generación de 1910 o Generación
del Centenario. En ella se incluyen algunas de las figuras más importantes del siglo XX
mejicano: José Vasconcelos, Antonio Caso, Martín Luis Guzmán, Jesús T. Acevedo,
Rafael Cabrera, Genaro Estrada, Diego Rivera, Alfonso Reyes y el dominicano Pedro
Henríquez Ureña. Los dos últimos fueron quizá los más cercanos a Torri.
En un Méjico sobre todo rural, con enormes tasas de analfabetismo (en 1920 era de un
80%), la Generación del Ateneo asumió lo que parecía un deber cívico y la
preocupación pedagógica o divulgadora fue una constante en todos ellos. Se percibe la
huella del Ariel de José Enrique Rodó. Autodidactas y cosmopolitas, organizaban
reuniones y conferencias. También coincidían en las mismas publicaciones: Revista
Moderna, Savia Moderna, Nosotros, Gladios, La Nave… Para imponerse, hubieron de
luchar con el positivismo entonces reinante en las universidades mejicanas. Así se
explica, por ejemplo, ese gusto por la tradición grecolatina tan destacado en Reyes y
Henríquez Ureña, y que Torri compartía: una de sus reuniones más recordadas fue una
lectura del Banquete de Platón. Muchas veces se establecen paralelismos entre esa toma
de la hegemonía cultural y la revolución por las armas que tuvo lugar por esos mismos
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años; de cualquier modo, no son fenómenos indisociables: exilios y ascensiones, según
las relaciones personales y los partidos tomados, marcaron la vida de esos intelectuales.
La figura de Torri resulta algo empequeñecida frente a esos gigantes, y quizá su
participación en muchos actos fue menor. A pesar de tener la misma edad que Reyes,
Torri parecía más joven; quizá asumió el papel de inmaduro aprendiz, como demuestra
el epistolario entre ambos. Zaïtzeff considera que más bien debería incluirse en un
grupo menor, compuesto por Torri, por Mariano Silva y Aceves y Carlos Díaz Dufoo
Jr., más centrado en labores puramente literarias y surgido tras la dispersión de la
Generación del Ateneo. El vínculo entre éstos resultaría bastante más estrecho, pues
compartían el rigor estilístico, el gusto por la reflexión filosófica y cierto aislamiento
frente a la realidad del país, que hizo que cultivaran la fantasía o la vuelta a tiempos
coloniales. Además, la aparición de sus primeras obras es algo más tardía, pues se da
entre 1916 y 1917.
Ya fuera dentro de un círculo mayor o menor, la actividad literaria de Torri tuvo mucho
de social. Sus cartas están trufadas de nombres de autores y de referencias literarias, de
respuestas a consejos de lectura hechos por Henríquez Ureña y por Reyes. Sin el
continuo estímulo de ambos, posiblemente habría publicado bastante menos. Ya en
1910, Alfonso Reyes le aseguraba que debía escribir y hacer libros porque era
«literato». El dominicano es igualmente insistente, y le dice en agosto de 1916:
«Es indispensable que publiques tu libro: ¿por qué no dividirlo, por ejemplo, en
“Cuentos y diálogos” (como el del hombre fuerte y el hombre débil); “Ensayos” (como
el último, de La Nave, y el “Elogio del espíritu de contradicción”, ambos admirables);
Notículas (“como del epígrafe”); y finalmente, algo como “Poemas”, como “A Circe”,
que gustó tanto?» (1995, p. 248)
La clasificación de Henríquez Ureña resulta muy cercana a la final, lo que da idea de
cuánto tenía en cuenta Torri los consejos de sus amigos o maestros. Muchas piezas
suyas podrían verse como testimonios de conversaciones perdidas, o escritos para leer
en reuniones, o también como regalos para sus amigos. Podría hablarse de invención
colectiva en algunos casos, en un ambiente que sirve de fermento pero que tiene
también algo de circuito cerrado: él mismo reconoció que su concepto de la literatura y
el de los miembros del Ateneo era elitista. Sus dedicatorias también son claras al
respecto, en lo que tienen de regalo o de guiño a un amigo: dedicó piezas a Alfonso
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Reyes («Diálogo de los libros»), a Henríquez Ureña («Elogio del espíritu de
contradicción»), a Antonio Caso («Diálogo de los murmuradores»), a Enrique González
Martínez (dos: «La desventura de Lucio el Perro» y «La balada de las hojas más altas»),
a Jesús T. Acevedo («Prólogo de una novela que no escribiré nunca»). No era el único
que lo hacía, claro: a su vez, Díaz Dufoo Jr. le dedicó a él un diálogo entre el Diablo y
Cristo, aparecido en 1920 en La Nave. Estas costumbres –o estrategias– de la vida
literaria no acaban ahí, pues Torri utilizó como epígrafe fragmentos de José Juan
Tablada, reseñaba a menudo libros de amigos y conocidos, o citaba sus frases,
poniéndolas a la misma altura que las de autores clásicos, como hace con una de Reyes,
«la personalidad es una isla flotante y no un rompeolas», que aparece en «El embuste».
No es, por tanto, una mera casualidad que los autores surgidos del Ateneo de la
Juventud compartan temas, formas, o que incluso frases concretas reaparezcan en las
obras de unos y otros. «Hay muchas maneras de ser sincero, y aun se puede serlo con
artificio; hay buenos y hay malos cómicos de sus propias emociones»: son palabras de
Alfonso Reyes, que aparecen en su artículo «La serenidad de Amado Nervo», de 1914.
Uno de los relatos más conocidos de Torri se publicó por primera vez en la revista
Nosotros, en 1913, con el título «El mal actor de sus propias emociones». Obviamente
se trata del mismo asunto, y la expresión es casi calcada. Por si fuera poco, Henríquez
Ureña comentó a Reyes poco después qué le había parecido su artículo, y apuntó: «bien
lo de cómicos (yo preferiría actores) de sus propias emociones». ¿Plagió Reyes a Torri?
¿De quién partió la idea? ¿De Henríquez Ureña? Walter Pater y Oscar Wilde pueden ser
el origen, autores que se enfrentaron a la idea de sinceridad romántica, leídos y
admirados por ese grupo de amigos: se suele decir que las ideas están el aire, pero lo
cierto es que se materializan con frecuencia en charlas, lecturas, cartas, etc.
No es una literatura creada en diálogo con el público, «que nunca puede ser un útil
colaborador del artista», en palabras de Torri, que añadía: «Las más exquisitas formas
de arte requieren para su producción e inteligencia algún alejamiento del vulgo». En
esas tajantes afirmaciones de su ensayo «La oposición del temperamento oratorio y el
artístico», y en otras parecidas, hay un componente de provocación, sobre todo si se
tiene en cuenta su labor editorial, que delata una inquietud por la formación de las
masas a través de la lectura.
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Extraña que en una carta de 1916 Reyes comente a Henríquez Ureña: «Me llega La
Nave, leo lo de Julio, y gracias: muy bien, ni una idea suya y estilo linfático; todo
conversaciones tuyas» (1995, p. 235); pero esto confirma que en cierto modo se trata de
una creación colectiva. El concepto romántico de vate que inspirado crea prácticamente
de la nada se hallaba entonces en claro retroceso; de hecho, la Generación del Ateneo
tiene algo de vuelta al espíritu de la Ilustración. «El romanticismo preconiza y exalta la
soledad, pero el siglo XVIII, más sabio, ensalzaba la sociabilidad» (2011, p. 163),
afirma Torri en uno de los fragmentos incluidos en Tres libros. Sin embargo, al
comparar ambos movimientos en «Algo todavía sobre el romanticismo», el saltillense
reconocía también la importante aportación del movimiento romántico: la aspiración a
renovar ideas y modas gastadas, la recuperación de la tradición y el pasado, del sueño y
lo irracional. La obra de Torri está hecha de parecidos choques y equilibrios, a veces
evidentes y otras veces sutiles.
3. Importancia de las lecturas
La formación de un escritor puede parecer paradójica, porque gran parte de su
aprendizaje tiene lugar a través de la lectura. Además de las influencias vivas de sus
contemporáneos, las lecturas de Torri fueron abundantísimas. En la correspondencia
cruzada con Reyes y Henríquez Ureña habla sobre todo de libros, una pasión
compartida. Sus ensayos y ficciones están repletos de citas, nombres y referencias
medio ocultas. No hay que ver una causalidad directa, una transferencia directa de
formas o temas, sino otro fermento para la producción propia. Además, por consejo de
Henríquez Ureña, tanto Reyes como Torri practicaban imitando estilos ajenos.
Esta lista, quizá no exhaustiva, puede dar una idea de la variedad de sus lecturas:
Cervantes, Heine y su Reisebilder, Laforgue, Mallarmé, Villiers de L’Isle-Adam, Rémy
de Gourmont, Keats, Dante, Petrarca, Hume, Baudelaire, Sterne, Kenneth Grahame,
Darío, Solís, Moratín, Plauto, Pseudo Calístenes, Pseudo Turpino, Pseudo Pamphilus, el
filósofo Fouillée, Orfeo (sugerido en «Le poète maudit»), Daudet, Alejo Venegas (se
nombra su Primera parte de las diferencias de libros que hay en el Universo), Novalis,
France, Flaubert, Balzac, Rafael Delgado, Nerval, Peter Schlemihl (personaje creado
por Adelbert von Chamisso), Nervo, Díaz Mirón, Cuenca, Fernández de Lizardi,
Lafontaine, Middleton, Shakespeare… Aparecen pintores como Böcklin, Rops, Bakst,
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Greuze y Redon, y algún músico, como Wagner; pero la extensa nómina está compuesta
sobre todo de escritores. Son nombres prestigiosos, de campos prestigiosos, pero quién
sabe en qué medida se combinan vanidad, modestia y juego. Hay que tener en cuenta
que aparecen diseminados por sus ensayos y ficciones, donde la concentración es
mucho menor. Entre los pseudónimos que utilizó Torri está el de Mr. Bunbury, un
personaje de La importancia de llamarse Ernesto. Y otros tantos nombres, o incluso
más, aparecen en sus reseñas. Los nombres más repetidos son posiblemente los de sus
autores preferidos: Charles Lamb, Wilde, Nietzsche, George Bernard Shaw y Goethe.
Prosistas, poetas, dramaturgos, autores de varias épocas, se trata de una muestra de la
amplitud de sus horizontes, algo propio de los ateneístas. A diferencia de éstos, que
cultivaron sobre todo el ensayo y la filosofía, Torri apuesta sobre todo por la ficción.
Hay nombres alemanes, ingleses y franceses, con lo que declara además su
cosmopolitismo. Las citas de sus libros aparecen muchas veces en francés e inglés,
como los epígrafes. La inmensa mayoría de los títulos está en español, pero hay varios
en latín y otro en francés; también muchos de ellos resultan arcaizantes: «Del epígrafe»,
«De funerales», «De una benéfica institución», etc., que vienen a ser una traducción del
genitivo latino. Torri no caía en el adanismo, sino todo lo contrario: se trata de un autor
muy leído, que se dirige a unos lectores cómplices, que comparten sus referentes
culturales. Cada nombre que aparece en sus piezas posee unas connotaciones que
perderá el lector con menos lecturas. Podría aplicársele lo que escribió tras la muerte de
Alfonso Reyes: «Fue un escritor libresco, sin que esta palabra implique nada de
peyorativo o de censurable» (2011, p. 213).
4. Torri como traductor
El escritor mejicano también fue traductor, lo que viene a ser un lector especialmente
atento, obligado a ponerse en el lugar del autor para descubrir sus técnicas e
intenciones. Torri aprendió inglés, francés, alemán, y al parecer también latín. Algunas
traducciones las hizo como mero ejercicio, para combinar el aprendizaje de la literatura
con el uso de otras lenguas. Uno de esos ejercicios lo llevó a cabo con la obra teatral
Lady Windermere’s fan, de Wilde, de la que tradujo al menos un par de actos, según
menciona en una carta enviada en 1911 a Pedro Henríquez Ureña. No pretendía otro
público que su amigo y mentor dominicano: «Espero que… me harás favor de oírme mi
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traducción y de paso te diré que no te va a gustar porque la he hecho de prisa y no
tendré tiempo de pulirla un poco y trabajarla...» (1995, p. 207). Lo hizo en más
ocasiones, pues en otra misiva le envió una traducción parcial de una obra del teórico
Clive Bell, Art.
Del francés tradujo algunos poemas en prosa de Gaspard de la nuit, innovadora obra
publicada en 1842, tras la muerte de su autor, Aloysius Bertrand. Fue Zaïtzeff quien
descubrió entre los papeles torrianos ocho estampas nunca publicadas. Otros miembros
del círculo de Torri, Rafael Cabrera y Genaro Estrada, publicaron versiones de algunos
de esos poemas, y su influencia se percibe también en Mariano Silva y Aceves.
Muestras claras de lo aprendido por Torri en esos ejercicios son piezas como «Oración
por un niño que juega en el parque» y la «Balada de las tres hijas del buscador de oro»,
y puede que su atención al dividir el texto en párrafos deba algo a enseñanzas recogidas
del Gaspard.
En 1921 presentó una traducción de Jean de Richepin, titulada «Canción» en la revista
El Maestro; porque traducir es también una forma de acercarse al mundo editorial o de
vivir en él. Mientras estaba en Cvltvra, apareció su versión de Las noches florentinas,
de Heine, en 1918; le trajo problemas, pues poco antes había publicado una traducción
de la obra goethana Hermann y Dorotea, y le acusaron de germanófilo. Hay dudas
respecto a su conocimiento del alemán, pues Beatriz Espejo considera que siguió más
bien una versión francesa de Heine, pero también tradujo el poema «Hospedaje», del
romántico Uhland. En 1942, la editorial Séneca publicó una traducción suya del francés,
Discursos sobre las pasiones del amor de Blaise Pascal.
La traducción es una tarea que asume su papel secundario, muchas veces anónimo. Hay
una ventaja en ello: el censor interno se suaviza, la propia responsabilidad queda
subordinada a la exactitud, a la fidelidad al original. No debe extrañarnos que esta
actividad sirviera tanto de aprendizaje como de práctica a una persona tan autocrítica
como Torri.
5. Contra la novela
Durante los años en que Torri llevó una vida literaria más intensa, la forma dominante
en prosa era todavía la novela, y escribir una novela parecía una obligación para el
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prosista. Entonces seguían rigiendo en Méjico los modelos decimonónicos, naturalistas
o realistas. La narración se haría más vigorosa en algunas obras catalogadas como
«novelas de la revolución», pero aún se intentaba reflejar la realidad, la agitación de
esos días. Y la inclusión de descripciones de la vida indígena no iba a renovar un género
que empezada a dar muestras de agotamiento. Es significativo el hecho de que la
estructura se hiciera a menudo episódica.
Torri se mostró algo desdeñoso al comienzo de su carrera respecto a esta forma
narrativa. En el diálogo «El embuste», publicado en 1911, uno de los personajes, que
posiblemente tiene algo de portavoz del autor, afirma:
«En principio nunca leo novelas. Son un género literario que por sus inacabables
descripciones de cosas sin importancia trata de producir la compleja impresión de la
realidad exterior, fin que realizamos plenamente con sólo apartar los ojos del libro.»
(2011, pp. 267-268).
Hay, por tanto, un rechazo de la mimesis, central en la teoría artística desde tiempos
inmemoriales; también una oposición a lo dilatado innecesariamente. Después de todo,
la novela era un género destinado muchas veces a las masas apenas alfabetizadas, que se
valía de clichés e intentaba alimentar sus ilusiones y sus instintos más bajos, poco más
que un producto de consumo. Muchos folletinistas «rellenaban» sus obras, pues
cobraban por líneas escritas, algo prácticamente opuesto a los ideales de Torri.
En 1912 el autor mejicano publicó «Prólogo de una novela que no escribiré nunca»,
donde realiza una especie de permutaciones lúdicas con las convenciones del género: se
casan, no se casan, la mujer cae o no cae, el dinero se consigue o no se consigue, etc. Lo
que tiene algo de juego, pero también de análisis de los clichés novelescos.
Pero las opiniones de Torri acerca de la novela son contradictorias y admiten ciertos
matices, pues no se trata de una oposición frontal, como la de la vanguardia. Realizó
una crítica de En busca del tiempo perdido que destaca por su sensibilidad e inteligencia
para captar los efectos específicos de la novela: la considera una épica moderna, destaca
la creación de personajes y de «una especie de polifonía wagneriana», donde «el alma
del lector se anega» (2011, p. 188).
¿Qué alternativas había frente a la novela? Estaba la poesía tradicional, en verso, pero
Torri no la cultivó, excepto en alguna traducción o en alguna obrita burlesca que envió a
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Reyes. Los modernistas se habían volcado en la poesía, que aún conservaba cierto
prestigio entre las elites. Pero existían otras vías, sin necesidad de abandonar la prosa.
La novela había sido hasta entonces una amalgama de distintas formas, principalmente
diálogos, descripciones y digresiones casi ensayísticas, mezcladas o entrelazadas con
secciones narrativas, que eran las dominantes: ya en los últimos años del siglo XIX se
da, o bien una desintegración de esos elementos, o bien una nueva combinación.
Cuando Torri calificaba su obra como «de pedacería, casi de cascajo» (1995, p. 79),
mostraba una percepción clara de las formas que cultivaba y de su origen inmediato.
Frente a las narrativas largas, Torri opta por abreviar sus piezas lo más posible:
diálogos, descripciones, reflexiones... todo ello se puede destilar, depurar. Otros autores
clasificados como postmodernistas hicieron lo mismo en sus versos. Había también
condicionamientos externos, del mundo literario, como la proliferación de revistas, que
cortaban las novelas para ofrecerlas por entregas, en folletines; a causa de las revistas
había vuelto a cultivarse de nuevo el cuento durante el siglo XIX. Quizá por eso Torri
señaló que no podía hacer nada de largo aliento y que tenía por ello «mucho despecho»
(ibídem). Puede que se tratara de la tradicional falsa modestia, pero quizá considerara
que la novela seguía siendo la forma narrativa por excelencia.
6. Otras formas y géneros de la prosa
Tanto Aristóteles en su Poética como Edgar Allan Poe trataron la cuestión de la escala o
la duración, que no es baladí. Afecta a la capacidad del espectador o del lector de
asimilar la obra de arte, y también al escritor durante la concepción y la escritura, pues
se verá obligado a ordenar los hechos de determinada manera, a presentar unos y sugerir
otros, etc. Cuando se trabaja con palabras, la escala siempre conlleva sentido. La escala
siempre será algo relativo: un epigrama será más breve que un relato y éste más que una
novela. Parece poco útil contar palabras y quizá es más determinante el tiempo de
lectura: la atención del lector puede concentrarse cuando percibe lo próximos que están
el arranque y el final de un relato, si aparecen en la misma página.
Dentro de la evolución de Torri como escritor es perceptible esa tendencia a una
concisión cada vez mayor. Está relacionada con su perfeccionismo, pues siempre se
logrará una mayor coherencia cuanto más breve sea la obra, y habrá menos partes
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«flojas», que prácticamente son necesarias en la novela para procurar cierta distensión.
De «El embuste» Torri extrajo «De funerales», una parte que adquirió autonomía y que
posee mayor unidad temática y estilística que el resto de ese diálogo del que salió. La
brevedad hace memorable un producto literario, precisamente por ser más fácil de
abarcar, por ser percibido de la forma más inmediata posible. La construcción se hace
más evidente e invita a la relectura. El escritor se esmerará: sabe que se expone más,
que el lector atiende más a la construcción de las frases y a la técnica en general.
A pesar de algunos parecidos, cada pieza contenida en los tres libros de Torri posee un
carácter único. Un rápido recorrido por sus ficciones dará idea de la variedad que se
logra dentro de la escala casi siempre reducida.
6. 1. Diálogos
Entre sus primeras publicaciones llama la atención el frecuente uso del diálogo, que
apenas cultivaría en lo sucesivo, excepto como elemento subordinado a otros. «Diálogo
de los libros» (1910), «Diálogo de los murmuradores» (1911) y «El embuste» (1911)
tienen algo de monólogos que se interrumpen unos a otros: los parlamentos son bastante
largos. Recuerdan a los diálogos de Wilde, como The Decay of Lying y The Critic as
Artist, que al igual que los diálogos de las novelas cervantinas o de Dostoievski, no
aspiraban al naturalismo, a crear la ilusión de autenticidad. El lector puede intuir lo
ensayístico en estos diálogos del Torri joven. En ellos se pierde la noción temporal, el
suyo es un ritmo de pensamiento, más que de palabra hablada. Por eso los personajes
acaban confundiéndose en ocasiones, a pesar de que defienden posturas distintas, y de
ahí que se haga necesario el uso del nombre de cada interlocutor, para atribuir las
palabras que aparecen a continuación.
«La vida en el campo», incluido en Ensayos y poemas, prescinde de esas indicaciones.
Unos simples guiones sirven para marcar el paso de lo dicho por el pobrete a la
respuesta del muerto, y sus posturas son distinguibles sin dificultad, pues los
parlamentos son mucho más breves. Ese condensado coloquio muestra la rápida
evolución del arte de este escritor, el enorme cambio que experimentó en unos pocos
años y su brillante capacidad para fundir distintas influencias. Torri ha combinado la
reflexión con el ritmo del poema en prosa, en un equilibrio perfecto. ¿Se puede hablar
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de hibridación de géneros? Lo cierto es que desde Platón hasta Wilde, pasando por los
muchos diálogos renacentistas, esta forma ha servido siempre de vehículo al
pensamiento. Se trata simplemente de un diálogo abreviado, con lo que su efecto en el
lector cambia. La estructura global es, sin embargo, la misma que tenían sus primeros
diálogos: una introducción a modo de indicación escénica seguida del intercambio de
opiniones.
En 1922 la revista México Moderno publicó «La feria», que en apariencia sigue también
esa estructura casi teatral. Normalmente, una vez planteado un tiempo y un lugar, el
diálogo crea una especie de ilusión escénica en el lector, y el mero sucederse de los
guiones transmite la idea de secuencia, el paso del tiempo, aunque abunden los verbos
en presente. Pero en esta pieza Torri trató de transmitir la sensación de simultaneidad,
de apresar un instante: todos los diálogos y los hechos tendrían lugar en un mismo
momento, a pesar de la disposición sucesiva de las líneas del texto. Separados el espacio
y el tiempo, el segundo se ha comprimido al máximo: claro que el efecto es imposible
de lograr, pues cada frase posee una duración. Quizá no se percibe bien, porque Torri no
gustaba de los subrayados, pero se trata de un interesante experimento, cercano a los
realizados por Valle-Inclán, un autor en principio alejado del mejicano, pero admirado
por éste. Eso explica la ruptura de la canción, que al principio parece un epígrafe más,
pero continúa tras los diálogos: algo así como una pausa casi cinematográfica, tras la
que la película vuelve a andar.
Elena Madrigal, otra de las mayores estudiosas de Torri, ha analizado a fondo
«Plautina». Este breve diálogo es seguramente la cristalización más pura del elitismo de
la obra torriana, una de la piezas más oscuras, a causa de su intertextualidad; según
Madrigal, combina temas y personajes de distintas obras de Plauto, como si de un
centón se tratara. Por si fuera poco, Torri no indica el nombre de cada hablante, que ha
de inferirse a partir del destinatario de sus palabras, reconocible gracias a los vocativos
empleados. A falta de una breve introducción, a modo de indicación escénica, el lector
ha de centrarse en las palabras. Ocurre algo similar en «A Circe», una especie de
diálogo truncado que podría considerarse un monólogo. Aquí no sabemos quién se
dirige a Circe, que además no responde; nuestros conocimientos previos nos llevan a
suponer que es Ulises, pero podría ser cualquier otro navegante. También «El raptor»
aísla lo que podría formar parte de un diálogo, para que el lector imagine cuál es la
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posición de hablante respecto a los hechos referidos y cuáles serán las respuestas de
esos amigos a quienes se dirige.
Además de utilizar los diálogos para estructurar algunas de sus piezas, Torri los inserta
en relatos, e incluso en ensayos. No sólo proporcionan variedad al conjunto, sino que
introducen otras voces, voces ajenas. ¿Se podrían considerar híbridos «En elogio del
espíritu de contradicción» o «Beati qui perdunt…!» por el simple hecho de incluir
opiniones introducidas por un guión? Como los ensayos enfrentan continuamente unas
opiniones con otras, en mi opinión esta distinción formal sólo aporta variedad, pero se
integra en el conjunto del ensayo torriano, que avanza contraponiendo ideas y pareceres.
6. 2. Relatos
«El celoso» y «Gloria mundi» son excepcionales dentro de los relatos de Torri por su
extensión. No se trata de nouvelles, pues son aún bastante cortos, pero lo
suficientemente largos como para aportar más datos al lector de los que acostumbra el
escritor mejicano. El primer relato arranca con una descripción del lugar y de sus
costumbres. Se describe después la profesión de uno de los personajes, su apariencia
física y su carácter; acto seguido se repite la operación con la mujer de éste, se
menciona también su nombre, doña Rosita. El narrador es omnisciente y medita en
dilatadas digresiones acerca de los celos y del amor, incluso las líneas finales, lugar
privilegiado que influye en la interpretación de lo todo anterior. El segundo relato
arranca con dos párrafos donde el narrador, que es a la vez actor, reflexiona sobre los
vuelcos de la fortuna. Luego se describen las salas y pasillos del edificio de oficinas y
también se describe a Medrano, el personaje principal, que viene a ser una ilustración de
lo dicho en el comienzo. Con esa extensión mayor, Torri ha construido dos relatos que
parecen novelas en miniatura. Contienen varias escenas y usan los recursos formales
acostumbrados en el género: diálogos, descripciones, digresiones… Hay además elipsis
temporales. En «El celoso» y «Gloria mundi» las ideas parecen haber surgido de la
anécdota. Son herederos de los cuentos del siglo XIX, que usaban las mismas técnicas
que las novelas y aspiraban a lograr un similar realismo. En ese sentido resultan más
convencionales.
14
El resto de las breves narraciones de Torri parecen haber surgido al revés, de una idea.
Eso les confiere un aspecto cercano a los exemplos medievales o a los cuentos
filosóficos de Voltaire. Torri también debía de percibir esto, pues calificó «La humildad
premiada» de apólogo, en su primera aparición. Son relatos que no temen denunciar su
artificialidad, su evidente parentesco con las fábulas, a pesar de que los protagonistas
son humanos. Los personajes son genéricos, a menudo identificados simplemente por
un hombre o una profesión, y pocos adjetivos se añaden a esto, menos aún se aporta su
nombre y apellidos; los hay incluso con protagonistas colectivos, como «La conquista
de la Luna» y «Era un país pobre». Falta la descripción física y psicológica, y la de los
escenarios se reduce a lo indispensable. Así, los relatos tienen a veces un carácter
atemporal: concilian abstracción y concreción de manera evidente, algo impensable en
la novela naturalista, que pretendía ser un documento de la realidad. Torri no pretende
reflejar nada, sí reflexionar, y hacer reflexionar al lector, que ha de enfrentarse por su
cuenta con hechos y palabras de personajes. Torri prefiere no enmarcar sus cuentos
mediante digresiones, ni con otra historia cuyos personajes los usen como ejemplo de
algo, como ocurría en El conde Lucanor; en cambio, algo de la tradicional moraleja se
percibe en algunos casos, como «A Circe», «El mal actor de sus emociones» o «Para
aumentar la cifra de accidentes». La enseñanza sigue aportándose al final, aunque no
como algo extraño al relato, pues se ha integrado en él.
En el comienzo de su ensayo primerizo «Escocia, como patria espiritual» se mencionan
el laconismo, las reticencias y la rapidez como ingredientes necesarios para el «buen
éxito del cuento» (2011, p. 277). Son tres elementos obviamente muy ligados entre sí,
casi inseparables, y lo interesante es que ya entonces Torri los tuviera como ideales del
cuentista. Estas características remiten a la tradición oral, pues oral es el origen del
cuento, en tanto que el desarrollo de la novela debe muchísimo a la invención de la
imprenta. Bastantes relatos de Torri tienen un aire primitivo a causa de esa búsqueda de
concisión y de una lectura rápida por parte del lector. «El mal actor de sus emociones»
es un buen ejemplo de lo anterior, aunque quizá en este caso se ha buscado
especialmente un tono bíblico, similar también al de Así habló Zaratustra (que
casualmente menciona en una de sus cartas a Henríquez Ureña). También los relatos
medievales procedían de una cultura oral, aunque quedaran fijados en algún momento
mediante la escritura. En su libro dedicado a la literatura española resulta llamativa –es
un área normalmente casi ignorada– la atención que dedicó a las colecciones de relatos
15
de los siglos de oro, como las de Juan de Timoneda o la Floresta de Melchor de Santa
Cruz.
En mayor medida que otros productos literarios, en los cuentos infantiles se conservan
rasgos orales: no temen las hipérboles ni la fantasía, y todavía conservan fórmulas
convencionales. Torri utiliza también esas fórmulas para iniciar varios de sus relatos,
por ejemplo «Era un país pobre…» o «Una vez hubo un hombre que…». Se trata de
algo deliberado, que se repite en las diferentes versiones, como en «La humildad
premiada»; la versión de México Moderno, de 1920, arranca con «Era en una
Universidad desconocida…», y la definitiva, recogida en De funerales, lo hace con una
variación, «En una Universidad poco renombrada había…»: soluciones equivalentes
para lograr el mismo tono.
«La cocinera» juega con varios elementos, entre ellos otro de esos comienzos con aires
de cuento infantil: «Por inaudito que parezca hubo cierta vez una…». A continuación
aparece un diálogo que tiene algo de sátira del mundo académico (extraído de uno de
sus bocetos, publicado por Zaïtzeff). Lo rompen unos puntos suspensivos y una irónica
digresión entre paréntesis, que crean un suspense con algo de folletinesco. Tras esa
pausa, los descubrimientos y hechos se aceleran en la rápida narración que cierra el
relato de manera impactante. «La cocinera» es representativa de los muchos tonos que
se pueden combinar en una pieza relativamente corta. «La humildad premiada» posee
un giro similar, y es todavía más breve. El tono infantil sirve de contrapunto al carácter
fuertemente intelectual de muchas de las historias.
6. 3. Poemas en prosa, estampas y etopeyas
A veces resulta difícil distinguir un relato torriano de un poema en prosa; «A Circe»,
una de sus piezas más conocidas, ¿qué es? Un personaje refiere unos hechos
aparentemente pasados, y por ello se alternan pretéritos y presentes en los tiempos
verbales. La prosa está especialmente cuidada en lo que parece un interludio lírico, con
una adjetivación poética –«mar silencioso», «pradera fatal»– y con un símil que es casi
un cliché, pues liga lo femenino con flores. Hay mucho de imitación de fórmulas épicas.
Los dos párrafos comienzan mediante apóstrofes a Circe. Se dan elementos tanto
descriptivos como narrativos, y lo cierto es que hay bastante equilibrio entre ambos.
16
Los tiempos verbales pueden dar pistas claras de qué tenemos ante nosotros: la
alternancia del presente y del pretérito imperfecto es habitual en los relatos; si domina
lo descriptivo, los verbos serán frecuentemente copulativos y abundarán los adjetivos.
Mariano Baquero Goyanes propone, en situaciones tan ambiguas como ésta, intentar
resumir el asunto: cuando se pueda contar, se está ante un cuento. Habrá un componente
subjetivo al considerar qué domina en cada pieza, pero se puede lograr cierto consenso
al respecto.
Los poemas en prosa, desde su nacimiento con el Gaspard de la nuit, suelen poseer un
carácter más bien pictórico. Wilde, uno de los escritores predilectos del mejicano,
escribió una serie de poemas en prosa más narrativos, pero que demuestran una
exploración de los recursos propios de la prosa, como el párrafo; y ésa es quizá una de
las enseñanzas más importantes extraídas por Torri del género. «Balada de las tres hijas
del buscador de oro» y «Oración por un niño que juega en el parque» imitan una
construcción
poemática,
por
estrofas.
En
ellas
no
se
encadenan
hechos
cronológicamente. Ya que se trata de una clasificación, «Mujeres» tampoco tiene antes
ni después: se estructura como un diccionario, una enciclopedia o un índice. Recuerda a
los bestiarios, género cultivado después por Juan José Arreola.
Como los Caracteres de Teofrasto o los de La Bruyère, algunas piezas de Torri
describen rápidamente actitudes y gestos de un personaje; podríamos calificarlas de
etopeyas. Algunas están incluidas en «Meditaciones críticas», como «X hacía muchas
explicaciones y salvedades pero en realidad no tenía nada», aunque ésta posee una gran
abstracción que la acerca al aforismo. Más representativo del género es ese fragmento
que cierra el «Almanaque de las horas», cuya primera frase da a entender ante qué nos
hallamos: «Un tipo».
Y algo parecido sucede con un título como «Estampa»: el lector ya sabe a qué atenerse.
Esta pieza destaca por su intención lírica, clara por la abundante adjetivación, referida a
colores, también por el cuidado al alternar frases de diferente longitud. Quizá se intenta
incluso una aliteración, pues abundan las eses, para transmitir esa dulzura y suavidad
del momento. Y el segundo párrafo comienza con «Fuera del cuadro…», presentando a
un personaje que es un mero observador, como el lector. Técnicas semejantes utiliza
Torri en su descripción de Río, uno de sus escasos viajes, con un tono impresionista
logrado a través de frases nominales.
17
6. 4. Ensayos
El ensayo es otro de los géneros más cultivados por Torri. Todos sus ensayos se pueden
leer de un tirón, aunque los hay más largos que otros, como «Beati qui perdunt…!» o
«En elogio del espíritu de contradicción». En nada se parecen a los escritos por
miembros de la generación del 98 o por Ortega y Gasset: el escritor mejicano evita todo
didactismo. Son ensayos profundamente subjetivos, a veces arbitrarios incluso, lo que
los aleja del tratado y los acerca a la lírica.
«La oposición del temperamento oratorio y el artístico» emplea la primera persona del
singular al comienzo, y lo mismo ocurre en lo que en origen fue una conferencia, «En
elogio del espíritu de contradicción». Muchas veces Torri opta por construcciones algo
impersonales, que le permiten generalizar y dar un aire sentencioso a algunas frases,
pero unos párrafos adelante empieza a usar la primera persona, como ocurre en «El
maestro». Hay un sutil juego de complicidades y alejamientos del lector: si utiliza la
primera persona del plural, es por un travieso afán de provocación.
Ya los diálogos primerizos del escritor tenían mucho de ensayístico. Tanto un género
como el otro permiten observar hechos o ideas desde distintos puntos, y en los dos se
puede hacer que choquen esas perspectivas diferentes. De hecho, ésta es una estrategia
para desarrollar los ensayos muy utilizada por Torri. No lo hizo en su primer ensayo,
«Escocia, como patria espiritual», que apareció algo después que sus diálogos, en 1913,
y como éstos quedó excluido de los libros publicados por el autor. Parte de unas citas de
Wilde y de Charles Lamb para definir el carácter escocés, que sólo busca hechos y
lógica, que toma todo al pie de la letra, y por lo tanto, carece de sensibilidad artística.
Torri considera que ese carácter no es exclusivo del escocés. El tono es más satírico que
irónico. Utiliza las citas como trampolín para las ideas propias, como hará en ensayos
posteriores, pero en éste apenas levantan el vuelo, no consigue desarrollarlas y se ve
obligado a recurrir a demasiadas ilustraciones de una misma idea.
Lo que caracterizará sus ensayos de madurez será precisamente lo contrario: un rápido
sucederse de opiniones contundentes, de ejemplos, de contraposiciones. En ellos
abundan las construcciones paratácticas, que acentúan ese vaivén de ideas que obliga al
lector a ligar las frases. Éstas suelen ser tajantes, dotando a los ensayos con frecuencia
de un tono polémico. «La oposición del temperamento oratorio y el artístico», es un
título que muestra a las claras esa estrategia provocadora de Torri. Lo curioso es que
18
detalla los defectos del temperamento oratorio, mientras que el artístico queda
indefinido, o definido como la negación de todo lo dicho. Quitando ensayos breves
como «Del epígrafe», el escritor no suele sintetizar al final las ideas desarrolladas –lo
que daría una estructura circular– sino que parece trabajar por agregación, sumando idea
tras idea, con lo que a menudo los finales resultan algo abruptos. Esta técnica también la
empleó en varias de sus reseñas. En esto y en el tono general se percibe que no son
ensayos que intenten persuadir, a pesar de la sucesión de argumentos, más bien intentan
enfrentar al lector con opiniones poco ortodoxas.
Cuando el ensayo torriano no avanza, cuando no se suceden aproximaciones diferentes
al asunto, se acerca al poema en prosa. Ocurre con «Del epígrafe», donde existe una
anáfora y se amplía en el final la idea del «impulso casi musical» del primer párrafo. El
tema de este breve ensayo es literario, pero se trata de una manera poética, pues se
recurre a comparaciones que pesan por su destacada situación. Esa oscilación permite
varias lecturas. La brevedad también resulta excesiva para considerarlo un ensayo. Pero
el de los géneros, más que un problema de clasificación, es un problema de lectura. Las
piezas contienen rasgos propios de cada género que indican cómo han de leerse, y la
interpretación del lector variará dependiendo del género al que considere que pertenece.
6. 5. Fragmentos
Una de las partes menos estudiadas de la producción del escritor mejicano han sido sus
meditaciones, que suelen más breves que los ensayos y relatos anteriores, aunque no
siempre. Parecen muchas veces apuntes, otras fragmentos. Uno es precisamente
«Escribe luego lo que pienses. Mañana ya será tarde.» Así que muchos de ellos serían el
germen de piezas que no desarrolló, como podemos aventurar gracias a ciertas
confidencias en su epistolario con Reyes:
«Las escribo de la siguiente manera: tomo un buen epígrafe de mi rica colección, lo
estampo en el papel, y a continuación escribo lo que me parece, casi siempre un
desarrollo musical del epígrafe mismo» (1995, p. 53).
Torri incluyó estas notas o apuntes en Tres libros, reunidos bajo encabezados como
«Almanaque de las horas», «Lucubraciones de medianoche» y «Meditaciones críticas».
Algunas habían aparecido en 1925 como «Sentencias y lugares comunes», una
19
plaquette, y ese mismo año aparecieron también en la revista La Antorcha unos
«Pensamientos». Años más tarde, en 1955, preparó otra colección para la revista
Metáfora titulada «Falacias y aforismos». Finalmente, entre los materiales recuperados
por Serge Zaïtzeff hay escritos de este tipo, que el crítico llamó, siguiendo una de las
etiquetas torrianas, «Otras lucubraciones».
Sentencias, máximas, epigramas, apotegmas, adagios, aforismos… todas estas
brevísimas reflexiones morales están emparentadas con los refranes, su versión popular.
A veces las fronteras entre unos y otros son algo difusas, como demuestra el que Torri
usara indistintamente «sentencias» y «aforismos» en algunos de los títulos antes
mencionados. Pero también es llamativa su búsqueda de denominaciones diferentes a
las habituales. Puede deberse a su afán de no repetir lo ya dicho, aunque no hay que
olvidar su condición de bibliófilo y de profesor de literatura, con lo que quizá percibió
lo que distinguía a sus escritos.
No encontraremos en estas obritas las simetrías, paralelismos, paranomasias, etc. que
caracterizan a todas esas formas, a menudo algo algebraicas, lo que delata su origen oral
y su intención de ayudar a la memoria. Gracias al modelo de Erasmo, las recopilaciones
de sentencias se hicieron muy comunes en el Renacimiento. Resurgirían en los salones
de la Francia de la ilustración, con las máximas de los moralistas, otra literatura de
cenáculos.
Estos escritos torrianos tienen muchas veces algo del carácter provisional de los
Pensamientos de Pascal, y dan la impresión de ser bocetos o quizá glosas de algunas
lecturas. Muchas de esas frases podrían haber aparecido en piezas mayores, sin tanto
relieve como poseen aisladas. Hay dichos que Torri consideró memorables, como éste
de Luis Lara Pardo «las mujeres ganan las discusiones con tres argumentos únicamente:
sí porque sí; no porque no; y sí pero no». Esta misma frase aparece integrada, sin
atribuir, en «De la vida maravillosa de Salva-Obstáculos», un relato que apareció en
México ilustrado en 1922, lo que confirma que mucho del material era una especie de
cuaderno de apuntes, y que Torri lo recorría en busca de inspiración, como tantos otros
escritores.
En general se trata de un conjunto bastante heterogéneo. Algunas son terminantes y
parecen aspirar a la validez universal, como «El pudor de los filántropos está en no ser
tiernos» o «Unas cuantas experiencias afortunadas dan el sentido de los negocios».
20
Éstas podrían considerarse sentencias o aforismos. «Una hada le había concedido el don
de abrir cualquier diccionario justamente en la página donde se hallaba la palabra
buscada» sería considerado hoy un microrrelato, y de hecho Edmundo Valadés lo
incluyó en El libro de la imaginación. Pero hay otros más extensos que parecen
ensayos; su extensión es similar a «Del epígrafe», por ejemplo.
7. Antologías propias
Donde primero se dio a conocer Torri fue en la prensa, en revistas literarias y
periódicos. Muchos escritores han publicado regularmente ahí, por lo que las
recopilaciones de artículos y relatos han sido algo común desde el siglo XIX. Implican
una selección, una crítica de la propia obra. Además permiten al crítico conocer los
ideales de los escritores, sobre todo si no le falta el término de comparación y las piezas
desechadas u olvidadas no se han perdido.
Serge I. Zaïtzeff publicó más páginas de Torri que el propio escritor. En el tomo de sus
Obras completas (2011), lo aprobado por Torri ocupa unas 120 páginas, y los dos libros
compilados por el investigador, Diálogo de los libros y El ladrón de ataúdes, ocupan
aproximadamente 200. En este rápido cómputo no he tenido en cuenta la
correspondencia con Reyes, que incluye cartas de uno y otro. Está claro que el autor se
rigió por un criterio distinto al de este investigador: el primero aspiraba a la excelencia,
el segundo trataba de publicar todo el material disponible. Gabriel Zaid, en su artículo
«Extravagancia de los textos breves», considera que la autocrítica de Torri fue acertada,
pues «lo que no quiso recoger en libros está bien, pero no tan bien» (p. 19).
Gracias a Zaïtzeff se pueden comprobar los métodos de trabajo de Torri. Por ejemplo,
esa pieza en la que cuenta una anécdota del poeta Efrén Rebolledo sobre un
prestidigitador formaba parte de un ensayo inacabado e inédito sobre las diversiones
populares, en el que ilustraba teorías que aparecían en los párrafos anteriores y
posteriores. En ese contexto, el relato adquiría un sentido más claro, pero perdía mucho
de su poder sugestivo, el misterio que tiene aislado. Ese mismo método de extracción
está en el origen de «De funerales», que se incluía en un diálogo, como se ha comentado
antes. Cuando aparecen aisladas, el lector posee más libertad para interpretarlas. La
autonomía de las piezas potencia su importancia –no tienen ese papel subordinado, de
21
mera ilustración– pero también las dota cierta ambigüedad, sobre todo referida a las
intenciones del autor, que en cierto modo se oculta.
Una selección de textos propios produce efectos paradójicos. Las piezas son
independientes, cada una trata un tema, cada una pertenece a un género. Incluso
visualmente están rodeadas de un amplio espacio blanco que las aísla. En una
miscelánea, el único hilo que une las distintas piezas es la personalidad del autor, que
acaba destacando. Por eso los libros de Torri se relacionan más con los poemarios o con
las colecciones de ensayos; el trabajo de un novelista es más anónimo, y de hecho
muchas veces ha de competir por la fama con sus personajes. Está también la cuestión
de la secuencia creada, con la que se crea cierto ritmo. Torri parece alternar géneros y
también escalas, lo que puede facilitar la lectura de varias piezas seguidas.
Lo que resulta más difícil es decidir cuál es la «obra» del escritor, si Tres libros o De
funerales o las numerosas piezas que las componen. Quizá habría que ver los libros
como meras compilaciones. Lo cierto es que los ensayos, relatos, etc. se pueden ver
como mundos independientes, aunque se den constantes en todos ellos.
8. Unidad en la variedad
A pesar de lo heterogénea que resulta la escasa producción torriana cada pieza tiene
algo inconfundible que denuncia su origen. Hay un minimalismo general, tanto en la
escala como en el vocabulario y en el número de personajes que aparecen. No se trata
simplemente de aquello de «el estilo es el hombre», que estudia la estilística y que suele
limitarse al vocabulario habitual, a la construcción de las frases, etc. Habrá que tener en
cuenta también algo más evanescente como el tono, y los temas tratados y los temas
evitados.
Su estilo, en ese sentido restringido antes mencionado, era, en sus propias palabras, «lo
más sencillo posible y procurando comunicar lo que me parece menos tonto». Aparece
implícita ahí su búsqueda de un equilibrio entre res y verba, propio de lo clásico. En
ocasiones puntuales hay alguna palabra llamativa por inusual, elegida quizá por ser la
más exacta: «barretero», «arromadiza», «dispepsia»... Costará encontrar americanismos
en sus páginas. En sus primeras piezas hay construcciones arcaizantes, pero las fue
22
abandonando. Si se lee en la actualidad apenas se percibirá la edad de sus escritos, que
tienen algo de atemporal.
La literatura de Torri es una literatura de ideas, filosófica si se quiere, pero a la vez
fantasiosa y divertida; de ahí que sean comprensibles las comparaciones con Kafka y
Borges. Ese gusto compartido por la reflexión explica los géneros cultivados por los
tres, que son similares: parábolas, ensayos, diarios y aforismos. Quizá esa afinidad se
deba también a las literaturas que frecuentaron. Y, pese a tener vidas poco novelescas,
los tres escritores emplearon materiales autobiográficos.
La mayor parte de las piezas torrianas brillan gracias al humor, y Zaïtzeff dedicó un
artículo en exclusiva a este importante aspecto de su obra. Definir exactamente de qué
tipo de humor se trata resultará complicado: es una cuestión de mezcla y de matiz, por
algo a sus clases suelen adjudicárseles colores. Sus lecturas dan pistas: Lamb, Wilde,
Shaw…, todos autores ingeniosos, paradójicos, que gustaban de jugar con las ideas. La
ironía domina en «De funerales», por ejemplo, pero sin llegar a ser exactamente una
antífrasis: se logra destacando lo intrascendente, buscando una perspectiva nueva. El
humor de Torri es sutil, variado y nada mecánico. Aunque a veces aplica la hipérbole, lo
hace sin subrayarla, como en «Fantasías mexicanas», donde las carrozas quedan
atrapadas tres días con sus noches en un callejón. El hecho se menciona un par de veces,
sin más énfasis, y pronto se cierra la narración. El escritor nunca parece aplicar
simplemente una técnica o una fórmula, ni cae en el chiste fácil. Yuxtapone campos
dispares para producir imágenes chocantes, lo que constituye el fundamento de
«Mujeres»; o utiliza elementos anacrónicos, como en «El héroe». Emplea hábilmente
los cambios de tono: lo que parece un retrato inmisericorde en «La humildad
premiada», acaba siendo algo muy distinto. Como sabe reírse del gran tabú de la
muerte, su humor suele teñirse de negro.
Como la de todo autor, la producción de Torri implícitamente posee una poética; pero
además éste la explicitó en numerosas ocasiones. «Del epígrafe», «El ensayo corto»,
«La oposición del temperamento oratorio y el artístico», «De la noble esterilidad de los
ingenios» y «El descubridor» son meditaciones sobre la literatura. Los temas constantes
son la muerte, las mujeres y el oficio de escribir. Todos quizá podrían englobarse en el
del fracaso, en tantos lugares mencionado. Pero –si se examina con algo más de
23
detenimiento– se da una enorme importancia a la libertad, sin la cual el fracaso sería
imposible. «Para aumentar la cifra de accidentes» dramatiza ese asunto.
9. Conclusiones
Si algo afectó a la fama de Torri fue la escasez de publicaciones. Timidez,
perfeccionismo o falta de tiempo se sumaron a un concepto elitista de la literatura. El
escritor mejicano no pretendió vivir de su obra. Además, las piezas breves, que giran
generalmente en torno a una idea, exigen una variación continua de temas, algo difícil
de mantener durante años. Con el llamado boom latinoamericano, la novela se convirtió
en el género por excelencia y atrajo casi toda la atención crítica. Sin embargo, ese «gozo
irresistible de perderse, de no ser conocido, de huir», del que escribió en sus
Lucubraciones de medianoche, le fue negado sobre todo por otros literatos. Porque ese
cliché del «escritor de escritores» parece irle bien al mejicano.
De forma prácticamente continua, ha gozado de la aceptación por parte de generaciones
posteriores a la suya. Piezas torrianas aparecieron en la revista Contemporáneos, en
1928. Cuando Juan José Arreola empezó a publicar prosas cortas varios críticos
asociaron su nombre al de Torri, y lo cierto es que hay ecos que nos lo recuerdan en
algunos de sus relatos, aunque él no era muy dado a desvelar sus influencias. Más claro
fue Augusto Monterroso, que en «Inutilidad de la sátira» (1972) señala que en América
Latina siempre ha existido buena literatura, pero han faltado lectores; un ejemplo de
esto es Torri, al que califica de «un lujo mexicano que muy pocos gozaron y siguen sin
gozar». También Octavio Paz se ha sentido atraído por Torri, y lo incluyó en su
antología Poesía en movimiento. Salvador Elizondo y José Emilio Pacheco fueron
alumnos suyos, como muchas otras personalidades de las letras mejicanas. Elizondo
afirmó admirarlo sobre todos los escritores de su país, y homenajeó «A Circe» con una
variación titulada «Aviso». A Pacheco le deslumbró la obra de Torri y a lo largo de los
años la comentó en diversos artículos y reseñas. Gabriel Zaid también le dedicó un
interesante ensayo, ya citado aquí.
Como se puede ver, es sobre todo conocido dentro de Méjico. O así ha sido durante
décadas. Con el auge del microrrelato su nombre ha vuelto a ser mencionado
frecuentemente. Edmundo Valadés, antólogo mejicano y especialista en narrativa breve,
24
ha afirmado que con «A Circe» Torri fundó el cuento brevísimo en toda Latinoamérica.
¿Podemos ver esos halagos como un ditirambo chovinista? Esas cadenas genealógicas
son habituales y suelen incluir sólo a los autores prestigiosos, convertidos así en aval
para legitimar un nuevo subgénero.
Nos engañaríamos al ver la obra de Torri como una semilla que dio sus frutos décadas
después. Considerar a un autor precursor de algo lo sitúa históricamente, pero a la vez
devalúa en cierto modo sus escritos. Y la novedad es un valor relativo y efímero.
Afortunadamente, los lectores suelen pasar de un libro a otro de manera acronológica,
sin seguir el orden marcado por los libros de texto. La obra torriana se mantiene fresca
gracias a la sencillez del lenguaje, la atemporalidad de las historias y de los ensayos, y,
sobre todo, a su brevedad, tan adecuada a estos tiempos de escritura en internet.
Algunas de sus piezas son perfectas, no tienen nada de intentos y seguirán hablando a
todos aquellos lectores que se acerquen a ellas.
25
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27
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