La ciudad que fue olvidada Graciela Silvestri

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La ciudad que fue olvidada
Graciela Silvestri
En un párrafo de la memoria sobre las manzanas de Alcorcón, Tony Dìaz reflexiona
acerca de la relación de su arquitectura con la ciudad, no como es, ni siquiera como se
recuerda, sino como “ha sido olvidada”. Se trata de una estrategia inusual en el mundo de
la arquitectura, ya que produce una disrrupción en la continuidad del pasado-presente que
sustenta nuestra vida cotidiana. Esta estrategia inusual me llevó a preguntarme por el objeto
olvidado, y por las maneras en que éste se registraba en la obra.
Un juicio sumario, formal, identificaría sin más las manzanas de Alcorcón con la
tradición de la tendenza; pero yo, que vivo en Buenos Aires, no puedo dejar de leer en estas
manzanas, e incluso en las tiras que sólo la suponen virtualmente, la ciudad desde la que
escribo estas líneas. No me refiero a la ciudad presente, ni a la que fue, ni a la que se
recuerda –la que no es recordada por los europeos. Se trata de una ciudad que pudo ser. Me
atrevería a decir que lo que existe de Rossi en Tony Dìaz es Buenos Aires -el asombro de
Rossi cuando, apenas desembarcado en el Rio de la Plata, encontró vivo aunque aletargado
su extraño sueño didáctico. Y así se invierte, en esta operación, la tradicional vía maestra de
las ideas, de las representaciones y de las experiencias: el viaje es en sentido inverso, de la
ignota Sudamérica hacia la vieja Europa.
Cuando digo ciudad digo no sólo su núcleo estable (su arquitectura, sus espacios
abiertos, su particular delineación) sino también la historia que la construye. Lo que un
europeo tiene que tener en cuenta, es que mientras aspectos como la regularización general
fueron propuestas como utopía en el mundo europeo, las ciudades rioplatenses emergen
ordenadas desde el inicio, cuando todavía no podía siquiera llamárseles ciudad. El tejido de
la ciudad argentina es de manzanas regulares, su vida pública de calles con tiendas, cafés y
almacenes en la esquina, amparada por el clima templado y por la proverbial hospitalidad.
Cuando los arquitectos argentinos retoman el sabor de esta ciudad, la dictadura militar está
desarmando lo que alguna vez “fue”, si es que fue: ésta, la que la Dictadura desarmó, es una
de las “ciudades olvidadas” a las que apela Alcorcón. Por la extraña mezcla de ideas y
experiencia de la que los sueños están hechos, Díaz hace hincapié en cuestiones
aparentemente banales, como el acceso de las viviendas y su relación con la calle; la
diferenciación, dentro del bloque-manzana, de la unidad de habitación; la variedad dentro
de la aparente monotonía (una diversidad que está abierta al acontecimiento que la
definirá).
Buenos Aires se pensó como una ciudad abierta al mundo, maravillada con lo que le
llegaba -retazos de una cultura distante. Así, la ciudad se abrió a la cuestión que Díaz
tematiza en las manzanas de Alcorcón, tan extemporáneo en las ciudades europeas de raíz
medieval: el árbol. En la manzana más representativa del barrio, cerrada en su límite,
configurando un patio central, el patio es un bosque. Esto no deriva, en mi opinión,de la
“sostenibilidad”, sino de los patios porteños que, uniéndose en el corazón de manzana,
ostentaban parras, madreselvas, frutales, y gallinas. El patio, originalmente seco, se
multiplicó verde en Buenos Aires, Montevideo, Santa Fe o Corrientes. Cada elección
mostraba plantas originarias, pero también importadas, que excedían dimensiones o las
reducían según su ambiente: una historia natural doméstica. No tenemos ruiseñores al
amanecer sino gallos. Todo es cultura: la pampa es plana y rasa.
Pero esta historia -no necesariamente vivida, sino trasmitida boca a boca, o
recordada con los difusos colores de la infancia- no conformaría ciudad sin esa tercera
historia, deliberada, en la que los intelectuales porteños se educaron. Buenos Aires no sólo
fue un plácido y romántico recreo para europeos hastiados de civilización: fue en gran
medida la mímesis de la civilización, en un sentido tan patético como encantador. Buenos
Aires ya no es más aquella ciudad que fascinaba a Ortega y Gasset porque los diarieros
voceaban: “Critica! La Razón! (nombrando a los periódicos, pero recordando en sus
nombres, para el irónico pensador, a Kant). Tampoco la ciudad del Che, que rediseñó de
manera extemporánea el 68 francés. Quien llega hoy a Buenos Aires no puede sino
sorprenderse por el deporte que mantienen los argentinos cultos: conocer todo lo que
sucede en el ámbito internacional, y traducirlo en largas discusiones de café. Entre la
soberbia intelectual y la apertura maravillada como testigos del mundo, ha transcurrido la
vida de la ciudad argentina modélica, Buenos Aires.
Este es el segundo tema en la obra de Tony Díaz: nuestra razón. Puede confundirse
banalmente con la lógica en términos generales, pero está hecha de la materia sutil,
cambiante, imprecisa, de las charlas en el café –de los sueños. Es una razón pública, no
matemática: y cuando observamos la tenaz consecuencia con que Díaz edifica sus
proyectos, cada línea, cada acceso, cada árbol, colocado no de manera casual sino
sustentado por el pensamiento, sabemos que estamos ante un porteño.
Esta razón particular (un oxímoron) puede otorgar muchas veces un aire surreal a
los proyectos de Díaz. Pero no para nosotros, quienes vivimos en este espacio surreal. Y
aquí emerge otra historia (porque los pasados no son únicos). Quienes ven las tiras de
Alcorcón pueden pensar en Frankfurt: pero nosotros pensamos en Los Perales, un conjunto
de vivienda social de épocas peronistas que arquitectos como Díaz, empeñados en “la
ciudad olvidada”, colocaron en la historia –la historia que de otra manera hubiera sido
cancelada.
La generación de Tony Díaz –él como uno de los referentes principales- pudo
reconocer una historia que no había sido contada. Política, pero no partidista; disciplinar,
pero no desdeñosa de la vida cotidiana; formal, como es todo proyecto de arquitectura, pero
que en su modestia avala el acontecimiento que significa (y eventualmente cambia) el
sentido de las formas. Como los límites de las “manzanas” de Alcorcón, a veces fijos, a
veces etéreos y vituales, el arquitecto Díaz abre el juego a la vida sin renunciar a decir: y
maestro como es, en el sentido más lato de la palabra, propone un juego didáctico, serio
como todos los juegos: juguemos a que somos Buenos Aires.
Debo decir, para finalizar, que en el breve tiempo en que emergió la democracia en
Argentina –ese momento insólito, de amplios horizontes, en que todos parecían encontrar
las palabras justas- Díaz fue el maestro de generaciones. Sus alumnos siguieron caminos
muy distintos: pero matuvieron el rigor. Todavía lo extrañamos: y esperamos que en las
lejanas orillas mediterráneas reconozcan el valor de una palabra testaruda –figurada,
edificada y no escrita: la de la otra razón.
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