la naturaleza del reformismo socialdemocrata

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La naturaleza del reformismo socialdemócrata
Ernest Mandel
www.puntodevistainternacional.org
Ernest Mandel escribió este artículo para las ediciones de octubre de 1993 de Inprecor e
International Viewpont, con la intención de que fuera una introducción a una serie de
artículos dedicados a la socialdemocracia. Dado el largo del artículo —muy largo para
el contenido de nuestras revistas en aquel entonces—, no pudo ser publicado. Sin
embargo, nos parece que a pesar de los cerca de 12 años que han transcurrido desde que
fue escrito, este artículo arroja luz sobre la crisis de la socialdemocracia.
Más aún, por motivos de espacio y porque alguna de la información incluida,
especialmente en la parte final del artículo, que fue en aquel tiempo inmediatamente
relevante, ahora está obsoleta, se han hecho algunos cortes que están identificados por:
(…). Finalmente, hemos conservado las notas del autor y las hemos completado con
algunas notas editoriales, que han sido colocadas entre corchetes — [ ].
Los fundamentos materiales del oportunismo
Desde la Revolución de Octubre, el movimiento de los trabajadores ha sido confrontado
con la elección entre dos prácticas políticas. Es también una elección entre dos
estrategias.
Esta elección no tiene que ver con la “conveniencia” de la lucha por los objetivos
inmediatos, tanto económicos como políticos. No tiene que ver con una opción a favor o
en contra de participar en las elecciones y en las asambleas electas, no sólo con fines
propagandísticos, sino para lograr que se adopten leyes que favorecen a los trabajadores y
otros sectores explotados y oprimidos de la sociedad [1].
Marx luchó sistemáticamente por la reducción legal de la jornada de trabajo. Combatió
con determinación la superexplotación de las mujeres trabajadoras y el trabajo infantil.
Engels buscó extender a todos los países la lucha por la jornada de ocho horas y el
sufragio universal, simple e igualitario para todos los ciudadanos [2].
Bajo las condiciones particulares de la Rusia zarista, Lenin siguió una línea similar,
incluso más enfáticamente.
Estos combates se basaban en la convicción de que una clase obrera que estaba en un
estado de miseria, que era incapaz de luchar por su integridad moral y física, sería
igualmente incapaz de luchar por progresar hacia una sociedad sin clases. La historia ha
confirmado este diagnóstico. Los levantamientos por el pan no han resultado en una lucha
sistemática anticapitalista, en una lucha por un mundo mejor, en ninguna parte del
mundo. El camino trazado por Marx y los marxistas llevó, de otra parte, a que millones
de explotados adquirieran consciencia de la necesidad de tal lucha.
1
No obstante, lo que contrapone el marxismo revolucionario al reformismo
socialdemócrata es la actitud tomada hacia el poder de clases económico y político del
capital. Es, por el mismo modo de razonar, una actitud fundamentalmente distinta hacia
el estado burgués.
El reformismo es la ilusión de que el desmantelamiento gradual del poder del capital es
posible. Primero que todo, nacionalizas el 20 por ciento, luego el 30 por ciento, luego el
50 por ciento, luego el 60 por ciento de la propiedad capitalista. De esta forma, el poder
económico del capital es disuelto poco a poco. Primero le quitas a la burguesía una gran
ciudad, luego dos municipalidades, luego la mayoría parlamentaria, luego el poder de
dictar programas educativos, luego la mayoría de la circulación de los periódicos, luego
el control de la policía municipal, luego el poder de elegir la mayoría de los más altos
servidores civiles, magistrados y oficiales: el poder político del capital se desvanecerá
nomás.
El reformismo es, por ende, esencialmente gradualista. Consecuentemente, el verdadero
teórico del reformismo fue Eduard Bernstein, con su fórmula celebrada: “el movimiento
lo es todo; la meta final, nada” [3]. Actualmente, la socialdemocracia alemana tiene una
mejor: gota a gota, disolveremos la piedra. Pasamos de la historia humana a la historia de
las formaciones geológicas. ¿Cuántos miles de años toma el que una piedra se disuelva?
El marxismo revolucionario es el rechazo a las ilusiones gradualistas. La experiencia
confirma que la burguesía no ha perdido su poder económico y político por un sendero
gradualista en ningún sitio, en ningún país. Las reformas pueden debilitar este poder. No
pueden abolirlo. (…)
La sociedad, como la naturaleza, aborrece el vacío. Eso corresponde a la fuerte tendencia
centralizadora que es inherente al grado de desarrollo de las fuerzas de producción. Cada
pueblo, por no decir cada fábrica, no puede tener su propia moneda, sus propias aduanas,
su propia política de precios, su propio centro de telecomunicaciones o incluso su propio
hospital. Puede haber un período de poder dual entre el dominio del capital y el dominio
de la clase obrera, pero la historia confirma que este período sólo puede durar poco
tiempo.
Si la clase obrera no tiene éxito al construir su propio poder centralizado, el estado
burgués sobrevivirá o será reconstruido. Esa es la lección principal de todas las
revoluciones del siglo 20. Ese es el balance positivo de la Revolución de Octubre. Es el
balance negativo de la Revolución Alemana y la Revolución Española, las dos
principales derrotas del proletariado.
Estrategia y violencia
La estrategia socialdemócrata no difiere de aquélla del marxismo revolucionario por un
rechazo más radical a la violencia. Los revolucionarios pueden hasta devolver la bola a la
cancha de la socialdemocracia en este asunto. En la medida en que la clase obrera y los
demás estratos sociales oprimidos y explotados constituyan la mayoría, en efecto la
2
mayoría abrumadora de la población adulta, el uso de la violencia es para ésta marginal,
ciertamente contraproducente para la creación del poder de la clase obrera. Lo que es
esencial, para el triunfo de la revolución proletaria bajo estas condiciones, es la conquista
de una nueva legitimidad. La Revolución de Octubre en Petrogrado es este modelo de la
conquista del poder. Ha sido señalado correctamente que costó menos muertes que las
que ocurren en accidentes de tráfico en un fin de semana en cualquier país grande. (…)
Estamos convencidos de que con una orientación coherente, resuelta y audaz de la
mayoría del movimiento obrero en momentos de acción masiva generalizada y vigorosa,
el mismo proceso pudo haberse repetido en mayo del 1968 en Francia y durante el otoño
caliente del 1969 en Italia. Una gran mayoría de los soldados se hubiera rehusado a
disparar contra sus hermanos, hermanas, padres, madres y compañeros de trabajo. De
Gaulle, a quien no le faltaba inteligencia táctica, compartió este juicio. Esa es la razón por
la cual no mandó a las tropas a disparar contra los huelguistas, sino que las acuarteló, por
miedo a que se fueran del lado del pueblo.
Por otro lado, sectores importantes, por lo menos de la burguesía, se agarran
desesperadamente del poder, aun frente a la inmensa mayoría de los ciudadanos. Como
“Madame Veto” [el apodo de Marie-Antoinette en el 1791], están listos para masacrar
toda París, toda Barcelona y Madrid, toda Berlín, toda Milán y Turín, toda Viena, toda
Shangai, toda Yakarta, toda Santiago de Chile… para preservar su poder de clase. Si les
dejamos los medios para hacerlo, harán que fluyan ríos de sangre [4].
La derecha socialdemócrata, que se opone a la toma revolucionaria del poder, no reduce
realmente la incidencia de la violencia. Al contrario, la fomenta, al menos objetivamente,
si no deliberadamente.
La contrarrevolución gradual comenzada por Noske, Ebert and Scheideman en diciembre
del 1918-enero del 1919, con la ayuda de los freikorps, ancestros de las futuras SA y SS,
no sólo pasó por sobre los cuerpos de Rosa Luxemburgo, Karl Liebknecht, Leo Jogiches
y Hugo Hease, sino que pasó por encima de los cuerpos de los miles de trabajadores
asesinados entre el 1919 y el 1921, de los cientos de trabajadores asesinados entre el 1930
y el 1933, sino que llevó a las hecatombes que la dictadura nazi causó. (…)
Más aún, permitámonos recordar que la derecha socialdemócrata aceptó completamente
la violencia de la Primera Guerra Mundial en los países beligerantes. Esta violencia
generó de 10 a 20 millones de muertos, mientras que a la burguesía la guerra le parecía
“normal”, “natural”, “inevitable”. La violencia de la lucha por el poder, de otra parte, es
considerada “anormal”, “evitable”, verdaderamente ilegítima.
En este sentido, el 4 de agosto de 1914, la aceptación de la guerra imperialista por parte
de la derecha socialdemócrata, también marca un momento crucial en la historia del siglo
20. La violencia masiva e inhumana de la guerra fue aceptada sin mayor resistencia o
rebelión. Sólo pequeñas minorías salieron de ella honorablemente. La pasividad, la
resignación y el cinismo se propagaron frente a las masacres e incluso la tortura [5]. A
3
este respecto también, la responsabilidad histórica de la derecha socialdemócrata es
abrumadora.
El reformismo socialdemócrata y el futuro del capitalismo
Si es necesario actuar rápidamente para llevar a cabo la toma revolucionaria del poder,
también es necesario por una razón más profunda. El poder del capital, incluso los
aparatos represivos que lo protegen, se caracteriza por un alto grado de cohesión interna.
A este respecto, Trotski hizo un análisis extraordinario de la naturaleza particular de las
fuerzas armadas, conforme a su rol, que refleja esta cohesión [6].
Es prácticamente imposible sacudir esta cohesión en tiempos normales. Es sólo en
momentos excepcionales que vemos motines masivos o a soldados rehusarse a obedecer.
Esa es una de las razones por las que las crisis revolucionarias reales son relativamente
raras. Generalmente, no ocurren cada año o incluso cada década en cada país. Si no
aprovechamos estas ocasiones relativamente poco frecuentes, la burguesía permanecerá
en el poder por un buen rato todavía, con todo lo que eso implica.
Estos momentos privilegiados para la acción revolucionaria masiva son, a fin de cuentas,
el resultado de la exacerbación de las intensas contradicciones de la sociedad burguesa.
Conducen a situaciones que Lenin resumió en una fórmula clásica: los de arriba ya no
pueden gobernar como antes, los abajo ya no están dispuestos a ser gobernados como
antes.
El debate entre los reformistas y los marxistas revolucionarios está, por ende, basado en
sus distintas opiniones concernientes al futuro del capitalismo. Bernstein afirmaba que las
contradicciones inherentes a la sociedad burguesa estaban menguando a paso firme.
Habría menos y menos guerras, menos y menos prácticas represivas de parte del estado,
menos y menos conflictos sociales. Kautsky añadió, en su libro Terrorismo y
comunismo, que la burguesía se había tornado más y más benévola, amable, amante de
la paz, y utilizó como modelo al presidente estadounidense Wilson.
Rosa Luxemburgo contrapuso al diagnóstico de Bernstein uno diametralmente opuesto.
Habría más y más guerras, más y más explosiones sociales, en comparación con el
período del 1871 al 1900.
La historia del siglo 20 ha confirmado el diagnóstico de Rosa Luxemburgo y no el de
Bernstein. De igual forma, las políticas reformistas, gradualistas, apenas han tenido
credibilidad durante las fases de crisis agudas que han marcado nuestro siglo,
particularmente entre el 1914 y el 1923, durante los años 30 y los 40, y antes de mayo del
1968 hasta la Revolución Portuguesa de 1974-75.
También han tenido menos credibilidad desde el comienzo de la “larga ola depresiva” en
la que nos encontramos actualmente y de la ofensiva general del capital contra el trabajo
asalariado y los pueblos del Tercer Mundo que lo acompañan.
4
Pero el agravamiento de las contradicciones internas del capitalismo no es lineal y
constante. Es interrumpido por fases de relativa estabilidad temporal: las principales
fueron desde el 1924 al 1929 y del 1949 al 1968. El período de recuperación económica
prolongada luego de la recesión del 1980-82 produjo algunos síntomas análogos.
Durante estas fases, el reformismo socialdemócrata puede recobrar cierta credibilidad en
una serie de países, al beneficiarse además de situaciones particulares, como en los países
escandinavos. Esta credibilidad se expresa a través de una aceptación más fácil por parte
de las amplias masas de las prácticas políticas reformistas cotidianas.
Ahora bien, la alternación de situaciones revolucionarias, de situaciones de estabilidad
relativa y de dinámicas contrarrevolucionarias, significa que la lucha victoriosa por la
toma del poder requiere, además de un partido de vanguardia que esté orientado hacia ese
fin, una clase obrera que se haya fortalecido por la experiencia suficiente de autoactividad
y autoorganización, al interior de la cual este partido puede volverse hegemónico. Esta
experiencia sólo puede ser adquirida durante períodos no revolucionarios.
La práctica del movimiento obrero por la que abogan los marxistas revolucionarios
combina, por supuesto, las huelgas por conquistas inmediatas, el fortalecimiento con este
propósito de las uniones y otras organizaciones de masas, la participación en las
elecciones, la utilización de las asambleas electas y la lucha por la legislación social.
Prioridad a la lucha de masas
Pero la prioridad es otorgada a la acción extraparlamentaria de las masas, a la huelga de
masas, a la huelga política de masas, al desarrollo de formas de autoorganización y
democracia directa de la base: comités de huelga electos; mítines democráticos de masas
huelguistas; comités comunitarios y de “amas de casa”; iniciativas de control popular y
de los trabajadores, etc. Fue Rosa Luxemburgo la que más sistemáticamente defendió
esta estrategia antes del 1914 [7].
Los reformistas rechazan radicalmente estas prioridades. Los líderes de las uniones
alemanas antes del 1914 proclamaban: “Generalstreik ist Generalunsinn” —la huelga
general es un disparate generalizado (estupidez generalizada). También en este tema, la
experiencia histórica ha demostrado que Rosa Luxemburgo tenía razón y los reformistas
estaban equivocados. Ha habido muchísimas huelgas de masas, verdaderas huelgas
generales, desde el 1905 en adelante, en muchos países.
Pero la historia no ha demostrado que Rosa Luxemburgo y los marxistas revolucionarios
tenían toda la razón acerca de la práctica real de las amplias masas obreras. Hay una serie
de países, y no los menos importantes, donde las huelgas de masas nunca han resultado
en una huelga general en escala nacional. Sólo tenemos que pensar en Estados Unidos y
Alemania luego del 1923.
Los países que han experimentado huelgas generales en escala nacional posteriormente
han pasado, la mayoría de las veces, por largos períodos en que las acciones
5
extraparlamentarias de las masas han sido mucho más limitadas: por ejemplo, en Francia,
desde el 1968. Sólo ha habido unos pocos países en que las huelgas de masas, verdaderas
huelgas generales, han ocurrido más sistemáticamente: sobre todo en Argentina, Bélgica,
Australia, hasta cierto punto Italia y España, y más recientemente Brasil.
Durante intervalos más o menos prolongados, la práctica reformista ha dominado la
actividad y determinado la consciencia de las masas, como lo hizo en Gran Bretaña
durante los años 1950 y 1960. Durante estos períodos, la estrategia y el proyecto
revolucionarios perdieron indudablemente su credibilidad.
También debemos reconocer que, aun cuando la clase obrera y el movimiento sindical
sistemáticamente toman parte de una huelga de masas o incluso una huelga general, eso
no resulta automáticamente en un aumento de la consciencia política de los trabajadores.
El caso de Australia es un buen ejemplo de eso. El caso de Argentina confirma que esta
práctica incluso puede coincidir con la ausencia total de independencia política elemental
de las amplias masas. (…)
La conclusión general que surge de la experiencia histórica es que el desarrollo y la
credibilidad del proyecto socialdemócrata están muy ligados a la estabilidad relativa de la
sociedad burguesa. Esta estabilidad es, a largo plazo, imposible de concebir durante
nuestro siglo de la caída histórica del capitalismo. Es utópico basarse en ello. Pero ése no
es el caso durante períodos específicos de duración más corta.
Una condición necesaria, aunque no suficiente, de estas fases de estabilidad relativa es el
crecimiento económico que hace posible un incremento paralelo en los salarios reales y
en el valor excedente [8]. Pero incluso en los períodos de crecimiento económico, la clase
obrera puede desencadenar acciones impetuosas de masas que sacuden la estabilidad de
la sociedad burguesa. Ese fue particularmente el caso de junio del 1936 en Francia, de la
explosión revolucionaria de julio-agosto del 1936 en España, de la huelga general belga
de diciembre del 1960-enero del 1961, de mayo de 1968 en Francia, de la Revolución
Portuguesa, del comienzo del levantamiento de las luchas de masas en Brasil y en
Sudáfrica. Los motivos pueden ser extremadamente variados: la defensa o la conquista de
las libertades democráticas; la respuesta a las amenazas fascistas; el temor a un futuro
empeoramiento de la situación con respecto a los empleos y los salarios; la solidaridad
internacional de clases [9].
Pero la fórmula general permanece: la credibilidad y la influencia del proyecto
socialdemócrata reformista son directamente proporcionales al grado de la estabilidad
relativa de la sociedad burguesa. Las primeras no pueden incrementar cuando la otra se
deteriora.
El reformismo socialdemócrata y el estado burgués
El gradualismo socialdemócrata y la negativa a luchar por el establecimiento de un estado
proletario de ninguna manera implican que los reformistas no le dan una verdadera
importancia a la cuestión del poder. Al contrario, les obsesiona.
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Es cierto que, antes del 1914, sólo había un país donde la socialdemocracia había
gobernado: Australia. Pero la socialdemocracia había comenzado a conquistar la
administración de las municipalidades. Y, desde el 1914 en adelante, los gobiernos en
que la socialdemocracia participaba fuertemente, e incluso los gobiernos
socialdemócratas por completo, aparecieron en una serie de países.
Dado que los reformistas rechazaban que la clase obrera tomara el poder, prácticamente
solo les quedaba otra opción: estaban condenados a administrar el estado burgués. En este
campo, la regla de que no hay una tercera opción es universalmente válida. Ningún
estado en parte burgués y en parte obrero es concebible. [10] Jamás habrá uno.
Este salto mortal fue ilustrado de la mejor manera por Emile Vandervelde, jefe de la
socialdemocracia belga y presidente de la Segunda Internacional. Ante del 1914, había
escrito un libro interesante titulado: El socialismo contra el estado. En el 1914, se
convirtió en ministro. Proclamaba que era necesario defender, cueste lo que cueste, cada
ápice de poder que se obtenía. La mayoría de los partidos socialdemócratas seguía este
mismo razonamiento.
Kautsky codificó esto a mediados de los años 1920, al comentar sobre el nuevo programa
socialdemócrata adoptado luego de la reunificación del SPD (Partido Socialdemócrata de
Alemania) y el USPD (Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania): “Entre el
gobierno de la burguesía y el gobierno del proletariado, se extiende un período de
transición, generalmente caracterizado por la coalición del uno con el otro” [Kart
Kautsky, “Die proletarische Revolution und ihr programme”, J.H.W. Dietz Nachfolger –
Buchandlung Vorwärts, Stuttgart – Berlín 1922, p. 106].
La fórmula tiene que ser interpretada desde el punto de vista de su sustancia y no de una
manera formal. Un gobierno de coalición con la burguesía es un gobierno de
colaboración de clases institucionalizada. Es un gobierno que acepta un consenso
permanente con el capital: no tocar las estructuras esenciales de su poder.
Esta colaboración de clases y este consenso son independientes de la presencia de los
ministros burgueses en el gobierno. De hecho, el gobierno que indudablemente tuvo el rol
más infame en la historia de la socialdemocracia, el Consejo Alemán de los Comisarios
del Pueblo (Rat der Volksbeauetragte) del 1918-1919, luego de la partida de los
comisarios del USPD, era un gobierno completamente socialdemócrata sin un solo
ministro burgués. Suprimió la revolución proletaria, aisló la Rusia soviética, concluyó un
pacto con el Reichswehr, cubrió con su autoridad el asesinato de miles de trabajadores.
Institucionalizó la colaboración de clases a largo plazo entre los patronos y la burocracia
sindical, todo ello para conquistar y mantener “ápices de poder” en el sistema del estado
burgués.
En un momento de lucidez, el líder de la izquierda socialdemócrata inglesa, Aneurin
Bevan, declaró, no obstante: “La meta no puede ser ejercer el poder (a cualquier precio,
E.M.) La meta debe ser ejercer el poder para llevar a cabo nuestro programa”. Aun más
precisamente, el líder socialista estadounidense Eugene V. Debs proclamó: “Es mejor
7
votar por lo que quieres, a sabiendas de que tienes pocas posibilidades de lograrlo
(rápidamente, E.M.), que votar por lo que no quieres, a sabiendas de que de seguro lo
obtendrás”. La mayoría de los líderes socialdemócratas no ha respetado precisamente
estos sabios consejos.
León Blum tenía el innegable don de formular medias verdades elegantemente, en otras
palabras, sofismas. Inventó la famosa distinción entre el ejercicio del poder y la conquista
del poder (más aún, no vaciló al identificar la última con la dictadura del proletariado).
Pero exorcizó el hecho de que el ejercicio del poder tendría lugar necesariamente en la
estructura del estado burgués. Para nada señaló que este mismo ejercicio del poder
implicaría consecuentemente un consenso permanente con la burguesía, con todo lo que
de eso mana.
El líder de la derecha socialdemócrata italiana, Filippo Turati, alguna vez dijo suspirando,
desilusionado: “¡Qué bello sería el socialismo sin los socialistas!” La fórmula vale lo que
vale; aceptémosla como tal. Apenas había terminado de hacer el pronunciamiento cuando
le hizo una oferta al rey Victor Emmanuel III para participar en un gobierno o incluso
liderarlo “para obstruirle el camino al fascismo”.
Pero uno no podría participar en tal gobierno sin compartir el comando del ejército
burgués, sin participar en la defensa del orden público con métodos represivos
(indudablemente menos violentos que los métodos de los fascistas, pero represivos a
pesar de todo), sin participar en la administración de las colonias italianas, donde reinaba
el terror.
La socialdemocracia, con pocas excepciones, ha manifestado su voluntad de "ejercer el
poder" en la estructura de los estados burgueses imperialistas. Todos estos estados
tuvieron relaciones de explotación con los países del Tercer Mundo. Además, algunos de
ellos estaban a la cabeza de imperios coloniales que sometían a los pueblos del Tercer
Mundo a regímenes crueles de superexplotación económica y opresión política.
Era imposible mantener el consenso con la burguesía imperialista, gobernar o cogobernar
en base a eso, sin compartir simultáneamente la responsabilidad de administrar estos
imperios coloniales, con todo lo que de ello manaba.
Ramsay Macdonald, líder del Partido Laborista Independiente de Inglaterra,
posteriormente del Partido Laborista, les puso los puntos a las íes y los palitos a las tes
antes del 1914. En un libro que causó sensación y cuya edición alemana tenía una
introducción favorable de Bernstein [11], defendió las tesis repugnantes desde un punto
de vista socialista. De acuerdo con él, era ciertamente necesario “democratizar” el
imperio británico, pero también era necesario mantenerlo. Y la “democratización” no
incluía concederles los derechos democráticos de autogobierno a las “razas inferiores”.
Estas razas eran supuestamente incapaces de gobernarse a sí mismas. MacDonald
defendió incluso el régimen preapartheid de Sudáfrica. Llegó incluso a justificar la
segregación racial en el sur de Estados Unidos y la falta de derechos políticos para los
negros.
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La práctica política era conforme a la ideología. Durante las dos veces en que MacDonald
fue primer ministro de Inglaterra en los años 1920, mantuvo y defendió el imperio,
mientras implementaba algunas reformas menores. Cuando los pueblos colonizados
comenzaron a rebelarse para conquistar la independencia nacional, los gobiernos
laboristas continuaron la sangrienta represión comenzada bajo los gobiernos burgueses,
algunas veces desencadenándola ellos mismos.
Después del 1945, el gobierno de Attlee se retiró prudentemente de India y Palestina,
mientras causaba los estragos de la partición. Pero, al mismo tiempo, buscó aplastar por
medios militares la revolución en Indochina y las rebeliones anticolonialistas en Malasia
y Kenia.
El gobierno del Frente Popular de Francia mantuvo de forma similar el imperio francés y
la represión que ello implicaba. Desde el 1944 en adelante, los gobiernos franceses en los
que participaba o que encabezaba la socialdemocracia desencadenaron guerras coloniales
en gran escala en Indochina, África del Norte y Madagascar. Los líderes
socialdemócratas de los Países Bajos actuaron del mismo modo en Indonesia.
León Blum trató de resumir la estrategia y las políticas socialdemócratas, al
contraponerlas a aquéllas de los partidos comunistas, tanto antes del advenimiento del
estalinismo como luego de su ascenso, en el título de un libro publicado en el 1945: En
una dimensión humana [León Blum, “A l’echelle humaine”, Gallimard, París, 1945].
¿En una dimensión humana las cientos de miles de muertes causadas por las guerras
coloniales y la constante pobreza extrema del Tercer Mundo?
Sin duda, todos estos horrores no tuvieron lugar sin confrontar ninguna oposición al
interior de la socialdemocracia internacional. Hubo reservas, protestas y rebeliones. El PS
(Partido Socialista) francés estuvo dividido ante la reacción a la represión sangrienta y las
torturas en Argelia, coorganizadas por el “socialista” Lacaste y respaldadas por el líder
“socialista” Guy Mollet. La izquierda laborista de Inglaterra se opuso a las guerras
coloniales de Attlee. La izquierda del PS italiano se opuso enérgicamente a las guerras
coloniales. La socialdemocracia sueca les dio un apoyo discreto a las rebeliones de los
oprimidos. Pero éstas eran por mucho reacciones de las minorías. La responsabilidad
histórica de la socialdemocracia en conjunto está también en este asunto, uno terrible (…)
Del “socialismo municipal” al “socialismo” de las nacionalizaciones
El socialista estadounidense Daniel De Leon, muy admirado por Lenin, llamó a los
burócratas reformistas los “tenientes laborales del capital”. La fórmula es correcta si
respetamos cada uno de sus términos.
Los burócratas reformistas no son parte de la clase burguesa. Vienen de la clase
trabajadora y de las organizaciones del movimiento obrero. Defienden sus propios
intereses cuando institucionalizan la colaboración de clases. Estos intereses coinciden
históricamente con la defensa del orden burgués. No necesariamente coinciden en todo
9
momento con la defensa de los intereses inmediatos de la mayoría o incluso del conjunto
de la gran burguesía.
Los burócratas reformistas quieren incrementar su “pedazo del pastel”. Este incremento
implica algunos sacrificios por parte de la burguesía. La clase burguesa ciertamente
aprecia el hecho de que los líderes reformistas contribuyen a la estabilidad relativa del
orden burgués. ¿Pero hasta qué punto se justifica ante sus ojos el precio que se tiene que
pagar? La burguesía está a menudo vacilante y dividida en este asunto. Por ello es que, en
el período de interguerra, la participación socialdemócrata en el gobierno era sólo
intermitente, excepto en Suecia y Dinamarca.
Viena roja
Por otro lado, las municipalidades administradas por la socialdemocracia se extendieron
más y más. “Viena roja” era el modelo para éstas. No se puede negar que trajeron un
adelanto en la condición de la clase trabajadora.
Una nueva etapa en la administración del estado burgués por la socialdemocracia
comenzó al final de la Segunda Guerra Mundial. Se vio la nacionalización de partes
importantes de la industria en Inglaterra, Francia, Italia y Austria, y del sector financiero
en los mismos países (excepto en Inglaterra). En Bélgica, un banco de origen público, el
Caisse d’Epargne, se convirtió en el tenedor principal de depósitos bancarios del país. La
socialdemocracia fue conjuntamente responsable de esta evolución, e incluso fue su
principal iniciadora en Inglaterra y Austria.
También hubo períodos de participación ministerial mucho más largos, e incluso de
gobiernos socialdemócratas enteros, que antes del 1940. Al mismo tiempo que la
ampliación de las nacionalizaciones, hubo una generalización de las leyes de seguridad
social en casi todos los países donde la socialdemocracia participaba en el gobierno. Esta
legislación contribuyó a la vez a mejorar la condición de la clase trabajadora, en mayor
parte que el “socialismo municipal”.
¿Por qué estaba la burguesía lista para pagar el precio en ese momento? Algunas de las
transformaciones correspondían a sus propios intereses materiales. Este fue
particularmente el caso de la nacionalización de los sectores de la materia prima y la
energía, que eran a fin de cuentas una forma de subsidio para las industrias de la
exportación y la manufactura. Otras nacionalizaciones correspondían al principio de la
“nacionalización de las pérdidas”.
Reformas radicales
Pero era fundamentalmente una cuestión de reformas que tendía a absorber los riesgos de
las explosiones sociales que existían en esos países al final de la Segunda Guerra
Mundial. La guerra había exacerbado las contradicciones sociales y radicalizado las
masas populares. La burguesía y sus estructuras de poder emergieron desacreditadas por
el conjunto de su conducta durante la guerra.
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Las reformas radicales eran el precio mínimo a pagar para evitar la revolución. La
socialdemocracia salvó el capitalismo, como lo había hecho al final de la Primera Guerra
Mundial. Esta vez los partidos estalinistas eran conjuntamente responsables, y en Francia,
Italia y Grecia cargaron con la responsabilidad principal. Pero ahora la burguesía se vio
obligada a pagar un precio mucho más alto por los servicios brindados que en el 19181919. El período de expansión económica tras el 1949 facilitó esa operación.
La influencia de la Guerra Fría debe ser añadida a todas las razones que explican el
avance de las reformas desde el 1944 en adelante. La burguesía estaba obligada a crear
una situación sociopolítica en la Europa capitalista que redujera cualquier atracción
ejercida por el “modelo” soviético estalinista y su exportación hacia Europa del Este.
Con la excepción de algunos países en Europa del Sur, tenía los medios materiales y
políticos con que hacerlo, con la ayuda de los líderes reformistas. Estos líderes tenían una
excusa aparentemente válida para enganchar su vagón a la locomotora de la burguesía
imperialista en la Guerra Fría. La burocracia soviética había suprimido las libertades
democráticas en Europa del Este. ¿Acaso no amenazaba hacer lo mismo en Europa
Occidental?
Ahora bien, la socialdemocracia obtuvo sus ápices de poder y sus privilegios en base a la
democracia parlamentaria burguesa. Por ende, está realmente apegada a esta democracia
y a las libertades democráticas que conlleva, aunque esté lista para estirarlas un poco, si
el mantener el consenso con la burguesía y el orden burgués lo requiere. Por su parte, las
masas obreras están profundamente apegadas a los derechos democráticos, y este apego
se hizo aún más fuerte luego de la Segunda Guerra Mundial, tras la terrible experiencia
del fascismo.
Pero había un camino abierto para que los líderes socialdemócratas se rehusaran a tomar
responsabilidad en conjunto por la Guerra Fría en Europa, a la vez que evitaban el
modelo estalinista: optar por un estado obrero basado en la democracia socialista
pluralista más amplia, a la vez que se mantenían y se extendían los derechos políticos
democráticos. Ellos rechazaron deliberadamente esta opción. Por consiguiente, ellos
cargan la responsabilidad, excepto en los países neutrales, de haber apoyado la Guerra
Fría imperialista.
Manejar el sistema
Esta responsabilidad no fue una falta leve. Implicó particularmente el establecimiento de
cuerpos represivos antiobreros y antihuelgas, tales como las CRS (Compañías
Republicanas de Seguridad) de Francia. Implicó intentos de romper huelgas cuando los
reformistas estaban en el poder. Implicó la responsabilidad de dividir uniones, sobre todo
en Francia e Italia, bajo la dirección del siniestro Irving Brown, financiado por la CIA,
divisiones por las cuales los partidos comunistas estalinistas y el Kremlin también cargan
con su parte de la responsabilidad.
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Implicó la participación en la Guerra de Corea, la cual costó miles de muertos y llevó a la
humanidad hasta el borde de la guerra nuclear. Implicó la responsabilidad de la derecha
laborista en la fabricación de armamentos nucleares en Inglaterra.
Pero, una vez dicho todo eso, es cierto sin embargo que el período entre 1945 y 1970
llevó, en la mayoría de los países de la Europa capitalista, al alza más grande del nivel de
vida de la clase trabajadora en la historia. La convicción de que era útil y posible luchar
por reformas, incluso las reformas radicales, se propagó entre grandes sectores de la clase
trabajadora y a través de prácticamente todo el movimiento obrero organizado.
Los partidos comunistas se adaptaron grandemente a esta situación. Pero, a pesar del
impacto del discurso de Jrushchov en el Vigésimo Congreso del CPSU (Partido
Comunista de la Unión Soviética) y el aplastamiento de la Revolución Húngara por
medios militares, esta evolución neosocialdemócrata no impidió que estos partidos
mantuvieran en general su propia identidad y que permanecieran hegemónicos en el
movimiento obrero de Italia, Francia, España, Portugal y Grecia.
Por ende, estas dos décadas y media representan el apogeo de la conquista de reformas y
de la lucha por reformas incluso más radicales. Sólo tenemos que pensar en el programa
de las reformas estructurales anticapitalistas de la izquierda renardista [12] y de la
Izquierda Socialista de Bélgica. Pero eso no llevó a una aceptación por parte de las masas
del capitalismo del Estado Benefactor como único modelo posible y deseable. Llevó aun
menos a la desaparición permanente de las acciones explosivas de masas en gran escala o
incluso a una creciente pasividad de la clase trabajadora.
Aquellos que razonaron de esta manera, a pesar de los disparos de advertencia de la
Huelga General belga de diciembre del 1960-enero del 1961, cometieron un gran error,
en el nivel de análisis y de pronóstico además. Fueron sorprendidos espectacularmente
por mayo del 1968 en Francia y por el otoño caliente de 1969 en Italia.
La realidad es que la clase trabajadora no pensaba que el mejoramiento de sus
condiciones de vida y de trabajo era el resultado de la buena voluntad o la sabiduría de
los jefes, sino que lo consideraban como el resultado del aumento de su propio peso,
particularmente en los centros de trabajo: sólo hay que pensar en el aumento del poder de
la organización sindical al nivel de base, que incluía formas elementales de control
obrero. A menudo lo veía como el resultado de sus propias luchas. Instintivamente
entendía que el auge o “boom” posguerra, al crear una situación prácticamente de pleno
empleo, había creado una relación de fuerzas entre el capital y el movimiento de los
trabajadores que era más favorable que durante las dos décadas previas.
Luego de 1968
Y, sobre todo: el propio crecimiento económico, el desarrollo real de las fuerzas de
producción, cualesquiera que hayan sido sus efectos negativos, particularmente desde el
punto de vista ecológico, produjo nuevas necesidades para el grueso de la clase
trabajadora, necesidades que el sistema fue incapaz de satisfacer. Eran necesidades
12
materiales, ciertamente, pero también nuevas necesidades de una calidad de trabajo y de
vida superiores a aquéllas del capitalismo del Estado Benefactor.
Las exigencias feministas y ecológicas, las exigencias de autogestión y democracia
directa, de solidaridad con las luchas de los pueblos del Tercer Mundo, surgieron
enormemente entre el 1968 y el 1975. Estas eran verdaderas exigencias de un modelo de
la sociedad que superaría el capitalismo del Estado Benefactor. El movimiento obrero
organizado, en sus dos ramas principales, la socialdemócrata y la de los partidos
comunistas postestalinistas, demostró ser incapaz de darle expresión a esta aspiración
histórica durante los siete años en cuestión. Eso es lo que hizo posible el crecimiento,
aunque aún era modesto, de las fuerzas políticas en su izquierda.
La llegada y la dinámica del “socialismo administrativo”
El “socialismo municipal” y el “socialismo de nacionalizaciones” modificaron
profundamente la composición social de las burocracias reformistas. Al principio, eran
reclutadas esencialmente desde las organizaciones de masas del movimiento obrero, con
el que se identificaban ampliamente, aunque era de acuerdo con la lógica: somos la
organización.
Pero la conquista de las municipalidades rojas llevó al reclutamiento de administradores
profesionales de compañías públicas o mixtas: la electricidad, la gasolina, el agua;
compañías de transporte público; compañías de la construcción y el manejo de la
vivienda, etc. En algunos países, también había administradores de hospitales y de
instituciones educativas del municipio, así como de cuerpos de asistencia pública o
incluso administradores de fondos del desempleo, sobre los cuales la burocracia sindical
buscó establecer su control.
A esta vasta burocracia paraestatal, se le añadió posteriormente una parte de la burocracia
de las empresas nacionalizadas. La totalidad de esta burocracia se convirtió en una parte
creciente de la máquina socialdemócrata. Se convirtió gradualmente en mayoría, en
relación con los burócratas que provenían de las organizaciones del movimiento obrero.
Esta transformación llevó a unas consecuencias importantes referentes a los objetivos
prioritarios seguidos por la socialdemocracia.
Los burócratas del sector público
Los burócratas del sector público tenían la mentalidad de funcionarios. Tendían a
identificarse con la función y no con la organización (que como quiera les permitía
ejercerla). Lo que buscaban por sobre todo era seguridad de empleo y ascenso. Sus
privilegios materiales dependían de ello. La justificación que se invocaba para esta nueva
motivación de los “apparatchik” (funcionarios profesionales del Partido Comunista o del
gobierno; un miembro del aparato gubernamental o partidista que ostentaba cualquier
puesto de responsabilidad burocrática o política) era la competencia profesional. Había
que demostrar que la socialdemocracia era capaz de manejar las cosas mejor que los
partidos burgueses. Era un argumento que tenía suma importancia para los líderes
13
socialdemócratas que presidían municipalidades o ministerios que eran responsables por
las empresas nacionalizadas. Se validó a sí misma progresivamente. Dio luz al
“socialismo administrativo”.
Esta evolución de las prioridades llevó progresivamente a transformaciones en varios
campos. El mantener puestos de poder político, que hacía posible prolongar el ejercicio
administrativo de las funciones, se convirtió cada vez más en un fin en sí mismo. Se
desembarazó de la meta de fortalecer la organización de la cual, sin embargo, manaba.
La “buena administración” era juzgada cada vez más de acuerdo con criterios “técnicos”,
independientemente de sus efectos sobre las condiciones de vida de la clase trabajadora.
Pero, dado que el mantenimiento de las “municipalidades rojas” y de los puestos
ministeriales depende de los resultados de las elecciones, ganarlas prácticamente a
cualquier precio se convirtió, en cambio, en un fin en sí mismo. Para caracterizar este
nuevo tipo de comportamiento, podríamos parafrasear la fórmula de Bernstein: las
elecciones lo son todo, el movimiento ya no es nada. Estas transformaciones se
impusieron sólo gradualmente. La clientela electoral de la socialdemocracia era
esencialmente la clase trabajadora. Era difícil obtener votos de ésta sin prometerle u
ofrecerle nada a cambio.
Es cierto que el electoralismo, y sobre todo la participación prolongada en el gobierno,
también crea un fenómeno de clientelismo, de electores que son ayudados, que dependen
de subsidios y estipendios del gobierno y que, por ende, están predispuestos a votar por
quienes los distribuyen. Sin embargo, los objetivos de las reformas no desaparecieron
rápidamente de las preocupaciones socialdemócratas.
Aunque al interior del aparato socialdemócrata los funcionarios del sector público se
convirtieron en mayoría, al interior de los partidos socialistas los miembros tradicionales
aún dominaron por mucho tiempo. La defensa de la organización como tal continuó
predominando en los lideratos de los partidos. Los objetivos administrativos no debían
entrar en conflicto con ese objetivo.
González, Kinnock, John Smith
Pero, no obstante, este conflicto tomó forma gradualmente. Éste fue particularmente el
caso luego de la presencia prolongada de los socialdemócratas en el poder, que vino
después del fin del desafío revolucionario del 1968-75. Desde entonces, el garantizar la
permanencia en el poder, aun al precio de un debilitamiento del partido, se convirtió en
una opción aceptable, por lo menos en una serie de países. Este cambio fue expresado
mediante una nueva concepción del partido, hecha más explícita por Felipe González en
España, pero también por Neil Kinnock y John Smith en Inglaterra.
El partido socialista estaba supuesto a representar a sus electores y no a sus miembros. Si
sus preocupaciones y decisiones entraban en conflicto con lo que los líderes consideraban
—a menudo equivocadamente— las preocupaciones prioritarias del electorado, éstas
14
debían ser impuestas, de ser necesario, contra aquéllas de los miembros o incluso contra
las que obviamente estaban en sus intereses.
Los miembros no se lo tragaron, especialmente cuando sus intereses inmediatos estaban
en riesgo. Abandonaron masivamente los partidos concernidos. Estos partidos se
convirtieron en sombras de lo que fueron antes.
Despolitización
La obsesión de ganar las elecciones a cualquier precio no llevó de entrada a sustituir
políticas que eran más de derecha por políticas reformistas más tradicionales. Más bien
resultó en una transformación de la vida política, que era, además, deseada y seguida por
la burguesía. La lucha política fue “desideologizada”, en otras palabras, despolitizada. La
confrontación de los programas, las ideas, los proyectos de sociedad, fue reemplazada por
la confrontación entre los líderes. Las agencias de publicidad “lanzaron” candidatos como
se lanza una marca de detergentes, y dominaron cada vez más las campañas electorales.
Esto ha sido descrito como el surgimiento de una “democracia de las encuestas de
opiniones”. Estas encuestas supuestamente determinan las preferencias del electorado,
por lo que las personalidades más o menos carismáticas, las más aptas para representar
estas preferencias, emergerían automáticamente, por así decirlo.
La realidad era un tanto distinta. El electorado seguía dividido de acuerdo con sus
intereses encontrados, es decir, en términos de clase. Así fuera sólo por su carácter
arbitrario y ultrasimplificado, las encuestas apenas expresaban las preocupaciones reales
de las distintas clases. El alto número de abstenciones indicaba que el electorado no se
identificaba realmente con esta nueva forma de ver la política. Y, sobre todo: los
candidatos escogidos no eran los más carismáticos ni los más fotogénicos, sin mencionar
que no eran los más competentes. Su selección fue el resultado de discusiones entre
distintos clanes y de conflictos de intereses complejos y no muy transparentes entre los
partidos.
Estamos lidiando, por supuesto, con una tendencia y no con un hecho generalizado. No
todos los partidos socialdemócratas tomaron este camino. Contratendencias poderosas se
manifestaron en muchos países. Pero se tiene que reconocer, sin embargo, que una
tendencia en esta dirección afectaba la socialdemocracia en su conjunto, aunque a
diferentes grados.
La socialdemocracia maneja la larga depresión bajo un clima de dinero fácil
La socialdemocracia era, en cierto sentido, la heredera de la ola revolucionaria del 196875. Cuando esta ola no acabó con una victoria, un sector considerable de las masas
reemplazó sus esperanzas de cambios radicales con esperanzas de reformas. La
socialdemocracia apareció para prometerlas. En España, fue capaz además de ofrecer la
perspectiva de una liquidación pacífica de la dictadura. La mayoría de los antiguos
“izquierdistas” dieron su aprobación y adoptaron esta opción. Se unieron a la corriente
socialdemócrata.
15
Los partidos socialistas fueron entonces capaces de desplegar todas sus ambiciones para
lucir como los mejores administradores de la economía (que por supuesto era capitalista)
y el estado (que por supuesto era burgués), en la medida en que permanecieran en el
gobierno por largos períodos.
Pero, desafortunadamente, para ellos el período luego del 1975 continuó siendo una
“larga ola depresiva” de la economía capitalista internacional [13]. Aprisionados por su
deseo de administrar la economía de una manera puramente “técnica”, los líderes
socialistas abordaron la depresión sin ningún proyecto económico comprensivo que fuera
fundamentalmente distinto al proyecto del gran capital.
En efecto, por mucho tiempo negaron obstinadamente la realidad de la depresión o
minimizaron su alcance. Esto los llevó a endosar las políticas de austeridad por las que
abogaba la burguesía. En los países donde ellos estaban en el poder, tomaron la iniciativa
de implementar esas políticas. Las consecuencias para las masas obreras fueron serias. En
España, fueron desastrosas. Bajo el gobierno de Felipe González, el país tenía la tasa de
desempleo más alta de toda Europa.
La participación prolongada en el gobierno luego del 1975 tuvo lugar para los partidos
socialistas en un clima económico marcado por, además de la larga depresión, la
persistencia de la hiperliquidez. La economía capitalista siguió estando caracterizada por
una creciente tasa de endeudamiento. La masa total de capital flotante alcanzó
proporciones colosales. [14]
Cambios socioeconómicos considerables manaron de esto. Una mentalidad de hacerse
rico rápido se propagó entre partes importantes de la gran y mediana burguesía. El
surgimiento de una capa de “yuppies” lo expresaba en parte. El crédito disponible con tan
sólo pedirlo, los proyectos patraña financiados con dinero de otros, las prácticas corruptas
y el soborno generalizado fueron el resultado de este clima. En los partidos socialistas, la
idea prevaleció: ya que todo el mundo lo hace, ¿por qué no lo hacemos también?
Políticos capitalistas entran a la socialdemocracia
Una segunda modificación de su composición social favorecía esta degradación moral
dentro de la socialdemocracia. Atraída por la larga participación de los partidos
socialistas en el gobierno, una serie de capitalistas, particularmente los medianos,
empezaron a adentrarse en los PS. Su manera de operar era sustancialmente distinta a
aquélla de los tecnócratas. Algunas veces se aventuraban a operaciones especulativas en
gran escala, con la esperanza de que fueran cubiertas por el gobierno. Los personajes de
Théret, amigo de Mitterand, en Francia o de Maxwell, amigo de Harold Wilson, en
Inglaterra son, en este sentido, típicos.
Al principio, la corrupción individual de los líderes socialistas no provenía de estas
prácticas. Actuaban esencialmente con la intención de financiar las campañas electorales
y el aparato partidista. La caída dramática de la militancia aumentó la presión en esa
dirección. Pero, en una sociedad en que más que nunca el dinero es rey, la tentación de
16
ayudarte a ti mismo es muy grande. Algunos líderes la evadieron, muchos sucumbieron a
ella. El caso más típico es el del líder del PS italiano y ex primer ministro Bettino Craxi
[15].
Los nuevos cuadros socialdemócratas de tipo funcionario dieron luz a líderes tecnócratas
fríos y autoritarios, de los cuales Jacques Delors y Craxi son los representantes típicos.
Los nuevos cuadros de origen “yuppie” se caracterizan por un estilo de vida que busca el
placer y por derrochar dinero público. Jacques Attali y su administración del banco
responsable de proveerles crédito a los países de Europa del Este son el símbolo perfecto
de ello.
Ambos tipos son indiferentes a los efectos que su comportamiento tiene sobre las masas y
el electorado. La experiencia demuestra que cometieron un gran error con respecto a eso.
Muestra un desprecio por las masas que no dista mucho del desprecio que caracterizaba a
la burocracia estalinista [16]. Las masas lo sintieron instintivamente, de la misma manera
en que sienten un profundo resentimiento hacia la creciente corrupción que se ha
desarrollado dentro de los partidos socialistas.
El resultado es dramático: un creciente desprecio por los líderes de estos partidos en
muchos países; un creciente desprecio por los “políticos” en general. A corto plazo, estos
fenómenos refuerzan las tendencias hacia la despolitización. Amenazan con crear un
clima favorable para la extrema derecha.
Las reacciones de las masas ante la corrupción que se ha desarrollado en muchos partidos
socialistas son totalmente justificadas. Pero siempre se debe recordar que los partidos
burgueses, sin mencionar las dictaduras fascistas y militares, son hasta más corruptos. Se
debe tomar particularmente en cuenta que el gran capital es una fuente de corrupción y
que los corruptores son más culpables que los corrompidos.
Pero las reacciones de las masas son determinadas, sobre todo, por los efectos de las
políticas socialdemócratas sobre sus condiciones de existencia. Su preocupación principal
es el desempleo, así como el miedo al desempleo. La prioridad central, dadas estas
condiciones, es librar una lucha efectiva por la reducción de la jornada laboral sin una
reducción del salario semanal: la semana de 35 horas o incluso de 32 horas. El rechazo de
parte de los socialdemócratas a tomar este camino es indudablemente la causa
fundamental de su bancarrota política, la causa fundamental de su caída en Europa [17].
El colapso de la contracultura obrera
Los efectos de la despolitización que fomenta la socialdemocracia han sido reforzados
grandemente por el colapso de la contracultura obrera durante las últimas décadas. La
desaparición abrupta, casi un siglo después de que se fundó, del diario del PS austriaco,
Arbeiterzeitung, que fue por mucho tiempo uno de los mejores diarios socialistas de
Europa, es una expresión simbólica de ello.
17
Uno de los logros principales del movimiento de masas obrero, primero la
socialdemocracia tradicional y luego los partidos comunistas de masas, fue organizar una
red de instituciones que inmunizaba a una parte importante de la clase trabajadora contra
la influencia de la ideología burguesa, que es inevitablemente predominante en la
sociedad burguesa.
La prensa y los libros y los panfletos socialistas (luego socialistas y comunistas) tenían el
rol principal en este sentido. Pero al rol de la prensa se le debe añadir el de las
instituciones culturales, tales como los grupos de teatro, los coros, las bandas juveniles y
adultas, los grupos de deportes, etc. Desarrollaron entre las masas trabajadoras
necesidades que la sociedad burguesa había reprimido. En su libro Introducción a la
economía política (“Einführung in die Nationalökonomie”), Rosa Luxemburgo había
insistido correctamente en este rol civilizador real del movimiento obrero organizado.
Las represas que, por ende, fueron construidas contra el océano de la ideología burguesa
eran indudablemente frágiles. Las ideas que fueron propagadas por la prensa y las
publicaciones socialistas a menudo consistían en vulgarizaciones elementales. La
comprensión del marxismo era limitada.
La ideología socialdemócrata contenía bastantes prejuicios e influencia pequeña burguesa
(sólo hay que pensar en los prejuicios con relación a las mujeres y en las ideas sobre los
asuntos sexuales…). Más adelante, la prensa, las publicaciones y las instituciones
estalinistas y postestalinistas hicieron lo mismo. Sin embargo, el efecto general fue
limitar considerablemente la influencia ideológica directa de la burguesía entre la clase
trabajadora. El desarrollo de la consciencia de clase, de la independencia política de
clase, de la solidaridad obrera, fue estimulada fuertemente.
De la misma forma, la desintegración progresiva de estas redes de la contracultura obrera
contribuyó grandemente a que se debilitara la politización de la clase trabajadora y a que
se redujera la superficie de las reacciones de clase colectivas. Esta regresión tiene una
base objetiva: la reprivatización de la búsqueda de ocio de las masas tuvo un rol
preponderante. Como resultado, las redes de existencia colectiva se aflojaron. Una menor
existencia colectiva llevó a menos consciencia colectiva. Menos consciencia colectiva
llevó a menos resistencia a la ideología burguesa.
La regresión ideológica
No se debe generalizar esta regresión de una forma abusiva. Quedan centros de vida
colectiva importantes, particularmente en los centros de trabajo y las uniones. La presión
de los intereses inmediatos de las personas es, a fin de cuentas, más fuerte que las
mistificaciones ideológicas. La envergadura de las reacciones de masas es testigo de ello.
Además, es posible reconstituir las redes de la contracultura. Grupos cristianos locales
han sido extraordinariamente exitosos en lograrlo en una serie de países: en Europa, esto
se centra especialmente en la solidaridad con el Tercer Mundo, en los propios países del
Tercer Mundo, particularmente alrededor de las necesidades inmediatas de los pobres.
18
Los asuntos de ecología, feminismo, antirracismo y antifascismo y la lucha contra la
marginación social proveen un terreno favorable para dicha reconstitución en una serie de
países de Europa.
Pero continúa siendo cierto que los partidos socialdemócratas ya no son los centros
organizativos de este renacimiento posible y necesario de la clase trabajadora y la
contracultura popular. Está teniendo lugar esencialmente fuera de éstos.
Crisis de identidad
Prisionera de su giro tecnocrático, corroída por sus renunciaciones y revisiones
doctrinales sucesivas, estupefacta por sus derrotas electorales, seriamente golpeada por la
pérdida de una audiencia popular, presa de las profundas divisiones internas, la
socialdemocracia está experimentando una crisis profunda de identidad. Es doloroso
contemplar su desorden ideológico.
Esto se expresa, en primer lugar, por medio de una incapacidad de reconocer los aspectos
principales de la realidad tal como es y los retos que plantea a la socialdemocracia, y en
efecto a todas las tendencias de la izquierda. Ante cada uno de estos problemas, la
socialdemocracia adopta posiciones que están profundamente influenciadas por las de la
burguesía, además de sufrir por la incoherencia de las mismas y de perder una gran parte
de su credibilidad como resultado de la contradicción flagrante entre las palabras y las
acciones [18].
¿Cuál es la naturaleza del sistema económico o socioeconómico en que vivimos? Muchos
líderes e ideólogos socialdemócratas niegan que sea capitalista, ya que el capitalismo es,
de acuerdo con ellos, una cosa del pasado. [19]
¿Es esto simplemente una discusión semántica? Claro que no. Tomando en consideración
que el becerro de oro todavía está de pie, afirmamos a la vez que las leyes de desarrollo
del modo capitalista de producción aún determinan las tendencias principales de la
evolución económica. Eso implica particularmente que las crisis periódicas de
sobreproducción son inevitables. ¿Hemos estado equivocados en cuanto a esto o ha
estado la socialdemocracia peleada con la realidad?
Paradójicamente, en el preciso momento en que la socialdemocracia ya no sabe cómo
definir la sociedad de la cual es parte, los capitalistas, y no los menos importantes, llaman
al pan pan y al capitalismo capitalismo [20].
La austeridad
La política de austeridad, por la que abogan tanto los partidos burgueses como los
socialistas, no corresponde a un imperativo técnico inevitable. La prioridad que se le da a
la lucha contra la inflación a costa de la regresión social no es la única manera en que se
puede detener la primera. Es la única que les conviene a los intereses del capital: adquirir
una nueva alza en la tasa de ganancias, fomentar la acumulación de capital.
19
El “abrirse al mundo” necesario, es decir, el rechazo a la autarquía, en realidad no implica
respetar las normas impuestas por el FMI (Fondo Monetario Internacional) y el Banco
Mundial. Hay otras maneras de cooperación internacional posibles que aquellas que
favorecen a los grandes bancos y las multinacionales. Estas soluciones alternativas
corresponden a los intereses de las masas trabajadoras. No hay nada científico en afirmar
que no son “viables”. En el mejor de los casos, eso es un prejuicio dogmático; en el peor,
rendirse a los intereses de la burguesía.
La incoherencia involucrada aquí es claramente ilustrada cuando examinamos más de
cerca el funcionamiento real de la economía internacional. Lejos de administrarse de
acuerdo con las “leyes del mercado”, se administra de acuerdo con las leyes de la
“competencia monopolística”, en la que todo tipo de ingresos son asegurados
sistemáticamente erigiendo obstáculos ante la venerada “competencia libre”.
La afirmación, repetida muchas veces por los ministros socialistas, de que “no hay
dinero” para combatir efectivamente el desempleo, dado el grado del déficit
presupuestario, no tiene un fundamento científico. Lo cierto es exactamente lo opuesto.
Dada la proporción del gasto público, es posible redistribuir radicalmente este gasto para
favorecer el reestablecimiento del empleo total, sin incrementar el déficit presupuestario,
de hecho, mejor todavía, reduciéndolo.
Es cierto que eso implicaría una reducción draconiana de la deuda interna, por ejemplo, al
bajar al 1 por ciento los intereses de los bonos de esta deuda, excepto para los pequeños
inversores. Una reducción draconiana del presupuesto militar y del dinero gastado en el
aparato represivo cumpliría con el mismo objetivo. No es el dinero lo que esta escaso. Se
carece de la voluntad para reorganizar el gasto público en beneficio de las masas
trabajadoras, como opuesto a los intereses del capital.
Es evidente que gastar en la salud y la educación es lo más productivo a largo plazo,
incluso desde un punto de vista estrictamente económico, sin mencionar desde uno social.
Pero los gobiernos en los que participan los socialistas están en el proceso de reducir este
gasto. El gobierno de los Países Bajos acaba de tomar un giro radical en esta dirección
[21]. La prioridad no es reducir el déficit presupuestario o la “explosión” del gasto en la
salud. La prioridad es reducir el déficit presupuestario sin cuestionar el consenso con la
burguesía.
Argumentos falsos
Los líderes socialdemócratas a veces replican que no hay una mayoría de electores que
esté lista para tales políticas alternativas. Aceptemos por un momento esta presunción
que para nada está demostrada: el desempleo y el temor al desempleo ocupan un sitio
preponderante en las preocupaciones del electorado. Pero incluso si los líderes
socialdemócratas tuviesen razón, la respuesta surge con bastante lógica. Dada la
importancia decisiva, bajo las condiciones actuales, de reestablecer el empleo total,
¿acaso no es preferible luchar desde la oposición por la realización de este objetivo,
combinando acciones extraparlamentarias con agitación preelectoral, con la perspectiva
20
de obtener una mayoría en el futuro previsible? Que los socialistas se desprestigien
participando de las políticas del gobierno que mantienen e incrementan el desempleo —
¿acaso no es eso jugar la carta al mal mayor, y no al mal menor?
La propagación del desempleo estructural es un cáncer que no sólo se está comiendo el
bienestar de los trabajadores, sino que lleva a una creciente amenaza de una nueva
ascensión del fascismo. El fascismo se nutre de la extensión de la “sociedad dual”, del
desarrollo de estratos sociales que son marginados y desclasados. Nada más en los países
imperialistas, podemos estimar el número real de desempleados hoy en 50 millones [22].
Es muy probable que esta cifra dé un nuevo paso al frente durante la próxima recesión.
Los líderes socialdemócratas se oponen sinceramente al neofascismo, que podría llevar a
su desaparición política e incluso física. Ya durante los años 1930, Albert Einstein, un
socialista bastante moderado, pero socialista al fin, afirmó: no puedes combatir
efectivamente el fascismo sin eliminar el desempleo. No se equivocaba.
Pero atrapados entre sus proclamas antifascistas y su obsesión con no romper el consenso
con la burguesía cueste lo que cueste, los líderes reformistas optan a fin de cuentas por
irse a favor del segundo imperativo. ¿Es esto realista? ¿Acaso no es más bien suicida?
Recientemente, una verdadera rebelión obrera tomó lugar en Crotone, Italia del Este,
contra el cierre de la última fábrica importante de la región. Mientras maniobraba para
desactivar la rebelión, el gobierno, incluyendo los ministros socialistas, condenó la
“violencia de los trabajadores”. Pero luego el Arzobispo de Crotone hizo declaraciones
solidarias hacia los trabajadores y sus familias. Claro, lo hizo por motivos que no
compartimos, pero no obstante, el Arzobispo proclamó que no era permisible que el
bienestar de los trabajadores y la supervivencia de la región entera estuvieran
subordinados a los imperativos de la ganancia y la rentabilidad [23]. Qué espectáculo más
patético: aquí tenemos a un arzobispo que expresa principios socialistas elementales
contra los ministros socialistas.
La semana laboral
La lucha por las semanas laborales de 35 y de 32 horas, la lucha contra la práctica de las
multinacionales que ejercen chantaje al amenazar con reubicar empleos en el extranjero,
sólo pueden ser realizadas en una escala internacional. Los líderes socialdemócratas se
presentan como partidarios entusiastas de la unificación europea. Pero cuando es un
asunto de oponerse a las multinacionales y sus amenazas de reubicar centros de
producción, lo que prevalece es el “sagrado egoísmo nacional”. Cada gobierno en el que
participan los socialistas estimula a las multinacionales a actuar de esta manera al
colmarlas de concesiones. El resultado es una conclusión previa. Al igual que en el
pasado, el desempleo aumenta en todos lados. ¿Es esto “realpolitik” (política de la
realidad)? ¿Acaso no es más bien la política de los tontos?
“Sociedad dual”
21
El crecimiento del desempleo, de la “sociedad dual”, del temor de que los estratos más
desfavorecidos de la clase trabajadora caigan aun más abajo en la escalera social,
favorece la ascensión de las reacciones racistas y xenofóbicas. La derecha extrema
explota sistemáticamente estas reacciones. La derecha “respetable” las concede casi igual
de sistemáticamente. Pero ahora los socialdemócratas van por el mismo camino, por
motivos electoralistas fundamentalmente. También querían limitar la inmigración,
deportar inmigrantes, someter a un régimen especial a personas que no fueran “de raza
nativa”. A pesar de que son más moderados en esto que la derecha, ¿qué tiene eso de
común con los valores socialistas tradicionales?
En el Tercer Mundo, el barbarismo se propaga ante nuestros ojos. Hay 1.2 mil millones
de pobres. El hambre ha tomado dimensiones tales que en Angola, por ejemplo, el
fenómeno del canibalismo se propaga [24]. En Brasil, una nueva “raza” de pigmeos ha
nacido en el noreste, a través de los efectos acumulados de varias generaciones que han
sufrido malnutrición. [25]. De acuerdo con el UNICEF (Fondo de las Naciones Unidas
para la Infancia), otro cuerpo de la Organización de las Naciones Unidas, 60 millones de
niños en el Tercer Mundo mueren cada año como resultado del hambre y de
enfermedades fácilmente curables.
Incoherencia doctrinal de la izquierda socialdemócrata
Los ministros socialdemócratas (y los primeros ministros y los ex primeros ministros,
como el difunto Willy Brandt) denuncian estos horrores, más o menos pertinentemente.
Pero en el ejercicio de sus funciones, siguen la regla: laissez faire (la doctrina de no
intervención), déjalo pasar. Incluso el objetivo mínimo de dedicarle 1 por ciento de los
recursos nacionales a la supuesta “ayuda para el Tercer Mundo” (en realidad, nueve de
cada 10 veces es ayuda a las industrias de exportación nacional) no se ha conseguido en
prácticamente ningún lado. No se plantea cancelar la deuda (incluyendo los intereses de
la deuda) del Tercer Mundo con Occidente. No se plantea invertir la evolución de los
términos de intercambio, que son una fuente del saqueo permanente al Tercer Mundo.
Una vez más: ¿qué tiene eso en común con los valores socialistas elementales?
Para redescubrir una identidad ideológica mínimamente coherente, los líderes socialistas
han reaccionado. Podemos dar los ejemplos del francés Michael Rocard, el líder de las
uniones flamencas (danesas) de la FGTB (Federación General del Trabajo de Bélgica)
Robert Voor Hamme, el ex izquierdista español Sole Tura y especialmente Tony Benn,
quien es indudablemente el más sincero de todos. [26] Pero la incoherencia persiste.
Abogan por un retorno a la solidaridad, pero no a la solidaridad ilimitada. Querer un
suplemento de solidaridad, mientras se mantiene un compromiso con la economía de
mercado, para por consiguiente lucrarse, es como tratar de cuadrar un círculo [27]. Los
imperativos de las políticas de austeridad no son cuestionadas, excepto por Tony Benn.
Para completar el cuadro, debemos añadir la muestra de aberración ideológica dada por la
derecha [28]. El profesor Sachs y otros Chicos de Chicago consideran que la aplicación
de la política del FMI en Perú y Chile (¡así como en Polonia!) es un éxito: se ha detenido
la inflación. Pero, ¡a qué costo en términos de desempleo y pobreza masiva! [28].
22
El Papa ha desatado una verdadera cruzada contra el control de la natalidad y el uso de
los condones. Dada la propagación del SIDA, esto es totalmente irresponsable. Alexander
Solzhenitsyn ha desatado un ataque en gran escala contra las ideas de la Ilustración. De
acuerdo con él, estas ideas son las responsables de separar los principios éticos de la
práctica social y política [29].
Esto es una falsificación histórica equivalente a aquélla producida por el estalinismo. Así
que, ¿fueron las decenas de millones de muertos causados por las Cruzadas, por la trata
de esclavos, por la exterminación de los indios, por las masacres de comadronas
(llamadas “brujas”), por la Inquisición, por el uso del trabajo esclavo en las plantaciones,
por las guerras religiosas, (una cuarta parte de la población de Alemania aniquilada), por
las guerras dinásticas —todos fenómenos que ocurrieron antes del siglo de la
Ilustración— el resultado de prácticas políticas y sociales dominadas por los principios
éticos?
Una serie de ganadores del Premio Nobel han vuelto al misticismo, y han hecho a la
ciencia la responsable de todos los males de nuestra época [30].
¿Tenemos que recordarles que, previo al desarrollo de la ciencia moderna, una cuarta
parte de la población murió de la peste en el siglo 14? En una época en que se propagan
pandemias que, como el cólera y la tuberculosis, están directamente atadas al crecimiento
de la pobreza alrededor del mundo, verdaderamente se trata de un caso de una nueva
“traición de los intelectuales”.
Pero el hecho de que hay aberraciones ideológicas mucho peores que el desorden
ideológico de la socialdemocracia apenas compensa ese desorden. No le permite a la
socialdemocracia superar su crisis de credibilidad.
Un futuro incierto
Luego del 4 de agosto de 1914, Rosa Luxemburgo describió a la mayoría de derecha de
la socialdemocracia como un “cadáver apestoso”. No se equivocaba en cuanto al olor. Es
hasta menos agradable en nuestra época que en la suya. Pero estaba equivocada en cuanto
a la supervivencia de la socialdemocracia. Todavía sigue bastante viva 80 años después
de este diagnóstico desacertado, aunque ha sido seriamente debilitada en una serie de
países.
Esta supervivencia puede ser explicada fundamentalmente con tres razones.
Primero que todo, está el aislamiento de la Rusia soviética —un país atrasado— debido al
fracaso parcial [31] de la revolución internacional en el 1919-23, que fue, además,
causado en gran medida por la propia derecha socialdemócrata. A esto debemos añadir la
creciente incapacidad de la Internacional Comunista y los partidos comunistas de
realmente minar la hegemonía de la socialdemocracia al interior del movimiento obrero
en un gran número de países desde mediados de los años 1920, con excepciones
importantes, como Francia, Italia y España.
23
En segundo lugar, la socialdemocracia principalmente ha seguido con sus bases en el
movimiento obrero organizado, así hayan sido seriamente debilitadas. El caso de Nueva
Zelanda, donde el movimiento sindical entero ha roto sus lazos con el Partido Laborista
ultraderechista, es por el momento la excepción y no la norma. El intento suicida de John
Smith de romper los lazos orgánicos del Partido Laborista inglés con las uniones no tiene
absolutamente ninguna garantía de éxito. Aunque las uniones españolas, francesas,
suecas y belgas están distanciándose en parte de la socialdemocracia, en ningún lado
existe, por el momento, una ruptura.
La naturaleza misma de la socialdemocracia explica la permanencia de estas bases. Para
poder obtener las ventajas que codicia, el aparato socialdemócrata, incluso en su fase
actual de degeneración, debe mantener un mínimo de autonomía en relación con el gran
capital. Mitterand, Felipe González, Mario Soares, Neil Kinnock y John Smith, Scharfing
y Lafontaine, Guy Spitaels y Willy Claes, no son iguales a los Agnelli, los Schneider, los
Empain, los Wallenberg, los Thyssen, los lores de Indosuez, los dueños de la City [32]
(…)
La tercera razón para la supervivencia de la socialdemocracia es la relativa pertinencia
del argumento del mal menor ante las masas. Continúan pensando que Kinnock y John
Smith valen un poco más que Thatcher y Major; que Mitterand y Rocard no son
exactamente lo mismo que Giscard, Chirac y Balladur; que Scharping, Rau y Lafontaine
valen un poco más que Helmut Kohl; que Felipe González no es lo mismo que su
adversario de centroderecha, pese a que las diferencias entre todos estos personajes y
entre las medidas prácticas que implementan tienden a nublarse, con todas las
consecuencias serias que manan de ello.
Si los marxistas revolucionarios rechazan la lógica del mal menor, ciertamente no es
porque prefieren el mal mayor.
Las reacciones de las masas, que explican una gran parte de la supervivencia de la
socialdemocracia, son parte, en la situación actual, de la crisis general de la credibilidad
del socialismo. Ante las masas, ni el reformismo socialdemócrata ni el estalinismo y el
postestalinismo han sido exitosos en crear una sociedad sin explotación, opresión y
violencia masivas. En su izquierda no ha surgido un tercer componente del movimiento
obrero lo suficientemente fuerte como para ser considerado creíble políticamente en un
futuro cercano.
Bajo estas condiciones, las masas reaccionan a los problemas más apremiantes sin
recurrir a soluciones sociales globales, a “otro modelo de la sociedad”. Sus reacciones
son a menudo en gran escala, en una escala mucho mayor que en el pasado [33].
Pero son reacciones defensivas, fragmentarias y discontinuas. Son, por ende, canalizadas
con mayor facilidad.
En el nivel electoral, no hay una tendencia general dominante. (…)
24
No obstante, la evolución organizacional es más importante que la evolución electoral.
Todos los partidos socialdemócratas han sido bastante debilitados en términos de la
cantidad de sus miembros, sin ni siquiera mencionar su implantación en los talleres de
trabajo, incluyendo aquéllos en los servicios públicos. Dos de ellos han experimentado
rupturas, aunque pequeñas. La ruptura en el Partido Laborista inglés, claramente hacia la
derecha, llevó esencialmente a una fusión de los que rompieron con el Partido Liberal. La
ruptura en el PS francés ha llevado a la creación del “Movimiento Ciudadano” de JeanPierre Chevenement, cuya dinámica es aún incierta.
Pero en dos países particularmente, Italia y la ex República Democrática Alemana, han
surgido partidos de masas a la izquierda de la socialdemocracia —el Partido de la
Refundación Comunista y el PDS (Partido del Socialismo Democrático)— con un cierto
eco entre estratos significativos del electorado obrero. Todavía es muy temprano para
decir cuál será el futuro de estos partidos. Pero, por el momento, representan un reto para
la socialdemocracia (y para los neoreformistas postestalinistas) en un nivel masivo, tal
como no se ha visto por mucho tiempo. (…)
Diálogo y respuesta
Bajo estas condiciones, los marxistas revolucionarios deben combinar, por usar unos
términos de moda, una “cultura de respuesta radical” y una “cultura de diálogo” con
relación a la socialdemocracia.
“Cultura de respuesta radical” significa, en un nivel práctico, rechazar hacer cualquier
concesión a la lógica del “mal menor” electoral y gubernamental, que implicaría una
aceptación incluso más limitada de las medidas de austeridad, las restricciones de las
libertades democráticas, cualquier concesión a la xenofobia y al racismo. Eso significa
asignarle prioridad, bajo todo concepto, a la defensa de los intereses y las aspiraciones
inmediatas de las masas, al desarrollo sin obstáculos de sus iniciativas, sus
movilizaciones, sus luchas, su autoorganización, sin subordinarlas a ningún “objetivo
superior” escogido e impuesto de forma autoritaria y vertical.
“Cultura de respuesta radical” también significa, en el nivel propagandístico, presentar un
objetivo sociopolítico global lo más concreto y estructurado posible. Eso implica refutar
todas las “innovaciones teóricas” de la socialdemocracia y los nuevos reformistas,
“innovaciones” que son, el 99 por ciento de las veces, regresiones a las posiciones
premarxistas que tienen más de 150 años, si no más.
Eso implica defender enérgicamente el capital del marxismo, pero de un marxismo que es
abierto, crítico y autocrítico, que está listo para reexaminar todo en vista de los hechos,
pero no ligeramente, no de forma no científica, no sin mirar la realidad en conjunto. Los
marxistas revolucionarios no tienen ni la arrogancia para tener una respuesta a todo ni la
afirmación de nunca haberse equivocado sobre nada. Pero no están listos para botar el
bebé con el agua sucia. El capital teórico y moral sigue siendo considerable. Merece ser
defendido enérgicamente.
25
“Cultura de diálogo” significa entrar en contacto con la socialdemocracia, con cada
facción de ésta que esté lista para ello, incluyendo partidos enteros, en debates y
confrontaciones cuyo propósito sea el facilitar acciones comunes en beneficio de la clase
trabajadora y los oprimidos.
Estas operaciones son ciertamente facilitadas por una modificación de la relación de
fuerzas que hace muy caro un rechazo de esta propuesta para los reformistas. Pueden
facilitar una diferenciación al interior de la socialdemocracia. Pero independientemente
de esta lógica, debemos luchar con determinación por el diálogo, para que un “tercer
componente” del movimiento obrero organizado, a la izquierda de la socialdemocracia y
de los nuevos partidos reformistas, sea reconocido de facto.
Este objetivo no es ni táctico ni coyuntural. Es estratégico y duradero. Está directamente
enlazado con una concepción fundamental de la autoorganización del movimiento obrero,
que enseña el camino a nuestra concepción de la toma del poder (…)
Combinar estas dos “culturas” es la tarea de los revolucionarios marxistas hoy en relación
con la socialdemocracia.
21 de septiembre de 1993
NOTAS
[1] La legislación social hace posible extender a los estratos más débiles y menos organizados de la clase
trabajadora las conquistas que los sectores más fuertes pueden obtener.
[2] Hay ciertamente una tendencia contraria al interior del movimiento obrero, pero con la excepción de unos
pocos países, prácticamente ha continuado siendo una minoría.
[3] Del libro de Eduard Bernstein “Socialismo evolutivo”, publicado en el 1899.
[4] La contrarevolución en Indonesia en el 1965 indudablemente causó la muerte de millones de personas.
[5] La manera en que fue organizada la amnistía a los torturadores de las dictaduras chilena y argentina dice
mucho sobre esto.
[6] El desafortunado Allende, y el general Prats, quien lo apoyaba, confiaron hasta el ultimo minuto en las
“tradiciones constitucionales” de los jefes del ejército.” No querían “dividir” el ejército. Hasta invitaron cuatro de
sus representantes a formar parte del gobierno de la Unidad Popular. Pagaron con sus vidas esta ilusión. Cf.
Carlos Prats, “Il soldado di Allende”, Roma 1987.
[7] Particularmente en “Reforma social y revolución” y en sus escritos sobre la huelga masiva. Trotski hizo lo
mismo en “Resultados y prospectos”; y Gramsci, en sus escritos en “Ordine Nuovo”.
[8] Desde un punto de vista marxista, la redistribución de las rentas públicas nacionales no debe confundirse con
la “redistribución del valor excedente”. Por definición, cada parte de las rentas internas nacionales que va a los
salarios directos e indirectos es parte del capital variable y no del valor excedente.
[9] Sobre este tema, recordemos la acción ejemplar de los trabajadores suecos en el 1905 para evitar que la
burguesía de ese país usara la fuerza para hacer que el pueblo noriego renunciara a la independencia nacional;
las huelgas de trabajadores en Berlín y Viena en enero del 1918 en solidaridad con la joven Rusia soviética,
contra el tratado de paz rapaz impuesto por el imperialismo alemán y austríaco en Brest-Litovsk; la movilización
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general del movimiento obrero y la clase trabajadora británicos en el 1920 para evitar una intervención militar en
Polonia con el propósito de aplastar el Ejército Rojo y la Rusia soviética; la amplia movilización de la clase obrera
internacional, incluyendo la clase trabajadora soviética, en apoyo a los trabajadores españoles en el 1936; la
movilización entusiasta de la clase trabajadora cubana con Angola y Etiopía contra los bandidos semifascistas,
una lucha que, es cierto, fue desviada por el liderato castrista en el caso de Etiopía para apoyar una dictadura
militar represiva e indefendible.
[10] Nunca ha habido uno. En su libro “Sobre la nueva democracia”, publicado en el 1940, Mao defendió la idea
de un estado (y, por ende, de un ejército también) en parte proletario y parte no proletario. Pero su práctica era
contraria a esta teoría. Él mantuvo de facto la independencia de su ejército, que al final hizo posible la victoria de
la Revolución China. Fue sólo durante el transcurso de la Revolución Cultural que finalmente corrigió su línea
teórica y admitió que la República Popular de China había sido, desde que se proclamó en el 1949, una dictadura
del proletariado (añadiríamos: altamente burocratizada desde el principio). Pero en Indonesia, el liderato del PC
adoptó la teoría de la Nueva Democracia, con el apoyo total de Mao. Consideraban el ejército del general Suharto
uno de dos clases. Pagaron este error con sus vidas y con las de un sinnúmero de comunistas, trabajadores
intelectuales y campesinos pobres…
[11] James Ramsay Mac Donald, “Socialismo y gobierno”, 2 vols., Partido Laborista Independiente, Londres 1909
(The Socialist Library, Bd. 8); “Socialismus u. Regierung”, ed. por Eduard Bernstein, Eugen Diedrichs, Jena,
1912.
[12] Del nombre del líder sindical walón y fundador del Movimiento Popular walón, Andre Renard (1911-62).
[13] Sobre este tema, vea nuestro trabajo “Las olas largas del desarrollo capitalista”.
[14] Se volvió bastante descontrolado e incontrolable. Vea nuestro artículo “Caos monetario”, International
Viewpoint 248, septiembre de 1993.
[15] Enzo Biaggi, “La disfatta” - de Nenni e compagni aCraxi e compagnia, Rizzoli, Milán 1993, trata en detalle el
caso de Craxi. Nuestro camarada Hans-Jurgen Schulz ha lidiado con este escándalo, más limitado pero análogo,
de la cooperativa de vivienda de Alemania del Este controlada por “apparatchiks” del SPD: “Die Ausplunderung
der Neuen Heimat”, Frankfurt 1987, isp-Verlag (isp-pocket 28).
[16] No creemos que las masas nunca se equivocan, pero el mismo comentario les aplica a los expertos, los
tecnócratas, los ideólogos y los líderes políticos. Que las masas a menudo tienen la razón contra todas las de
ellos fue evidenciado con el caso de Chile. Cuando en el día del golpe de Pinochet las masas exigieron las armas
—también las habían exigido en vano durante las semana previas—, los líderes respondieron: “Quédense en las
fábricas y no permitan que los provoquen”. Sabemos cuál fue el resultado.
[17] Podríamos añadir con relación a esto que incluso cuando la socialdemocracia finalmente decidió imponer su
jornada de 35 horas —en el caso del gobierno de Lionel Jospin en Francia después del 1997— lo hizo en el marco
de su apego al consenso con el gran capital. Por ende, las “Leyes Aubry” del gobierno de Jospin combinaron a
sabiendas la reducción de las horas laborables y la modificación de las condiciones de trabajo, en el sentido de
una intensificación de los esfuerzos de los trabajadores. Por ello, estas leyes tuvieron sólo un leve impacto en
reducir el desempleo. Sintiendo que habían sido engañados, los trabajadores no votaron por Jospin, quien
alegaba ser su “benefactor” en las elecciones presidencial del 2002.
[18] Como un buen indicador de la diferencia cada vez menor entre la centroizquierda y la centroderecha, el SPD
escogió como su nuevo “Geschaftsfuhrer” (un tipo de secretario general) a un ex líder del FDP, un partido liberal.
En Francia, en un libro que causó sensación, Edwy Plenel expuso el uso del servicio secreto y los ataques a las
libertades democráticas bajo Mitterrand.
[19] El Estado Benefactor es supuestamente un sistema de “economía mixta”. Las fórmulas del “capitalismo
organizado”, del “capitalismo de estado”, del “capitalismo de monopolio” son sólo un parafraseo de (eufemismos
para) la “economía mixta”. Tras el escudo de lenguaje “marxista”, todos presuponen, contra la opinión de Marx,
que puede haber un “capitalismo” sin que las leyes de desarrollo de este sistema continúen en vigor. Todos los
líderes de la socialdemocracia proclaman perentoriamente que el dominio del mercado es “inevitable”. Es solo un
asunto de limitar sus “excesos”.
[20] Este es el caso particular de Agnelli, el jefe de FIAT, y del señor Lawson, ex ministro de Margaret Thatcher
(Republica, 4 de septiembre de 1993, The Times, 1ro. de septiembre de 1993).
[21] Le Monde, 13 de septiembre de 1993. Surge claramente de un informe del Educational Testing Service de la
Universidad de Princeton que es un aumento y no una reducción del gasto en la educación lo que urge. Este
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informe revela que casi la mitad de los adultos en Estados Unidos son analfabetos o semianalfabetos (Time
magazine, 20 de septiembre de 1993).
[22] Las cifras oficiales del desempleo están considerablemente debajo de la realidad porque no incluyen a
aquéllos que son excluidos de los beneficios del seguro de desempleo, a menudo por iniciativa de los ministros
“socialistas”.
[23] La Stampa, 8 de septiembre de 1993 e Il Manifesto, 11 de septiembre de 1993.
[24] L’Unita, 17 de septiembre de 1993.
[25] De acuerdo con UNCTAD, una institución de la ONU, la pobreza se está propaganda constantemente en
Latinoamérica. Según un informe reciente del Banco Mundial, a finales de los años 1980, el 20 por ciento más
pobre de la población de Latinoamérica solo recibió el 4 por ciento de las rentas internas y el 32 por ciento vivía
bajo el nivel de la pobreza, comparado con el 22 por ciento 10 años antes.
[26] Vea particularmente: Le Figaro, July 1st, 1993 for Rocard, el artículo por Sole Tura en El Pais, reimpreso en
De Morgen, Abril 30t, 1993 y el artículo por Robert Voor Hamme en De Morgen, Abril 3, 1993.
[27] Rocard habla de la manera más vaga y confuse de un “vasto movimiento, abierto y moderno, extrovertido,
rico en su diversidad e incluso fomentándola, un movimiento que incorpora a todos aquellos que comparten los
mismos valores de solidaridad, el mismo objetivo de transformación” (Le Figaro, 1ro. de julio de 1993). ¿“Valores
de solidaridad” sin cuestionar las leyes del mercado y la rentabilidad? ¡Muéstranos cómo se hace!
[28] En Chile, el ingreso por cabeza de la población ha disminuido un 15 por ciento bajo el régimen neoliberal. El
gasto en la salud fue reducido de $29 por cabeza en el 1973 a $11 en el 1988. Veinte por ciento de la población
recibe el 81 por ciento del ingreso nacional.
[29] Die Zeit (weekly), September 17th, 1993.
[30] See the book Il Ccranio de Ccristonballo - Evoluzione della specie e spritualismo de Giacomo Scarpelli
(Bollati Boruinghieri, Turin, 1993.
[31] We speak of a partial failure, because international class struggles nevertheless powerfully contributed to
the survival of Soviet Russia.
[32] According to the Sunday Telegraph, seven former Conservative ministers have joined the boards of
management of big trusts in the City: Lords Prior, Moore, Young, Walker, Lawson, Fowler and Lamont..
[33] Among the very large mass movements let us mention the demonstrations against the Pershing missiles in
the Netherlands and Belgium, certainly the biggest in the history of these countries; the impressive mass antiausterity demonstrations in Italy, and, in a different political context, the million women who took to the streets
in the United States to defend the right to abortion against a verdict of the Supreme Court.
Versión castellano: E. Santiago
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