Ana Toribio

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Narración: Violencia de género tolerancia cero
El valor de la mujer
Los Gutiérrez somos siete en total. Carlos, mi padre, es camionero y
trabaja todos los días fuera de casa; mi madre, Juana, es cocinera en un
restaurante y trabaja durante toda la tarde y un poco por la noche; mis
hermanos pequeños tienen dos años uno y tres el otro, y claro siempre alguien
se tiene que hacer cargo de ellos; tengo un hermano gemelo, Adrián, estamos
en la misma clase en el instituto; luego está mi hermana, Eva, que es la que
siempre tiene que cargar con todas las tareas de la casa si no están mis
padres, aunque solo tenga catorce años. Yo, Álvaro, soy el primero que ordena
cosas a Eva. Cuando se trata de cuidar a los pequeños, ni mi hermano ni yo
nos ofrecemos, él está siempre con su novia y no presta atención a nada. Por
otra parte, no paramos de poner cosas por medio y ella las tiene que recoger.
Una vez ella quería salir con sus amigas, pero mis padres debían irse, y
yo la obligué a quedarse a cuidar la casa. Me iba a Francia al día siguiente, de
intercambio, y quería despedirme de mis amigos, así que le hice quedarse con
los pequeños. Mi hermano Adrián también iba a salir conmigo y no queríamos
quedarnos en casa. Ella no pudo salir con sus amigas y encima, al día
siguiente, cuando llegó al colegio, le reprocharon que las hubiera dejado
plantadas y que hubieran estado más de media hora esperándola. Por la tarde
ella fue la primera en venir a despedirme, a pesar de que yo no la trataba bien.
Cuando llegué a Francia, a la casa donde iba a hospedarme, me recibió
un chico rubio y alto, que al parecer era mi chico de intercambio
correspondiente. Se llamaba Nicole y tenía una hermana de la misma edad que
la mía. Él, al contrario que yo, trataba a su hermana como a una reina. Para
Nicole, su hermana era una persona especial y se tenían mucho cariño.
Cuando había que hacer algo él siempre se ofrecía y así los dos podían
divertirse.
Nicole era el popular de su clase, algo normal, ya que trataba a las
chicas muy bien. Para ellos no había diferencia de sexo, un beso en la mejilla
no tenía porqué significar ser algo más que amigos. Todos eran amigos de
todos. Cuando estuve allí me di cuenta de que nuestra situación era muy
diferente, su hermana y él se llevaban muy bien y casi nunca se peleaban. Es
cierto que mi hermana y yo no nos peleábamos, pero era porque ella ya estaba
acostumbrada a que le tocara trabajar en casa.
Yo sabía que ella no era feliz, pero nunca me había parado a pensarlo,
estábamos desperdiciando un tiempo precioso, podríamos haber sido mucho
más felices. Eva nunca disponía de tiempo libre y el poco que tenía se lo
quitábamos nosotros. Adrián y yo no dejábamos de despreciarla.
Mis últimos días en Francia me di cuenta de que mi situación con Eva no
podía seguir así, tenía que pedirle perdón, intentar que ella me perdonara, y
empezar todo desde cero como dos buenos hermanos que se tienen cariño el
uno al otro, debía tratarla como se merecía.
Regresé a España, después de haber estado quince días en Francia.
Volví agotado a la estación, eran las doce de la noche. Allí me esperaban mis
padres y mi hermana. No podía creer que después de lo agotada que debía
estar, hubiera venido a verme. Además en cuanto me vio se echó a mis brazos
y me dijo que me había echado mucho de menos. En cuanto se dio cuenta de
lo que estaba haciendo se apartó rápidamente, pero yo la cogí, la abracé muy
fuerte y le dije que yo también la había echado de menos. Enseguida me di
cuenta cuánto le había reconfortado mi gesto, se dio cuenta de que todo había
cambiado.
Ya en casa, hablé con Adrián lo que había estado pensando sobre Eva,
y decidió que debíamos tratarla mejor y que haría todo lo que pudiera. Adrián
no era un mal chico, pero siempre pasaba de todo.
En cuanto a mí, empecé a tratar mejor a mi hermana, ahora nos
turnábamos en las tareas. Cuando había que cuidar de los gemelos, en vez de
discutir los cuidábamos entre los tres; cuando mis padres tenían que irse a
trabajar, nadie reprochaba nada y nos quedábamos en casa. Me di cuenta de
que algo había cambiado en mi familia, ahora estábamos más unidos.
Realizando este trabajo sobre el valor de la mujer, he recapacitado. Las
mujeres valen mucho, pero no se les aprecia de esa manera, como se
merecen. Es cierto que también se maltrata a hombres, pero suele ser más
casual que, como ocurre en mi caso, se maltrate a mujeres. Yo no maltrataba a
Eva físicamente, pero sí que la maltrataba moralmente. Ella no era del todo
feliz. La conclusión de todo esto es que nunca hay que maltratar a nadie, y
mucho menos a las mujeres, porque si por mi fuera, todas las mujeres que
sufren y no se quejan deberían ser galardonadas con un gran premio.
Autor: Escarlata
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