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EL MUNDO. MARTES 5 DE MAYO DE 2009
CULTURA
Algunos de los personajes que coinciden en la casa de campo del capitán Shotover, en una de las escenas de ‘La casa dels cors trencats’, que se se estrena el sábado en el TNC. / DAVID RUANO
El humor y la filosofía
de Shaw llegan al TNC
Josep Maria Mestres dirige a Carme Elias y Pep Cruz en una
de sus obras menos conocidas, ‘La casa dels cors trencats’
ANA MARÍA DÁVILA / Barcelona
«Cuando los corazones se rompen,
se acaba la felicidad y comienza la
paz». Lo escribió, hace aproximadamente un siglo, el dramaturgo irlandés George Bernard Shaw (Dublin,
1856-Hertfordshire, 1950), en una de
sus obras más profundas, pero también menos conocidas, Heartbreak
house (La casa de los corazones rotos). Una pieza teatral de enorme calado emotivo y filosófico, pero también plena de humor e ironía, que el
sábado subirá por primera vez a un
escenario catalán y, posiblemente,
también a unas tablas españolas.
El encargado de asumir este auténtico reto escénico es el Teatre Nacional de Catalunya (TNC), que de
esta forma se enfrenta, también por
Es una radical
reflexión sobre la
Inglaterra y la Europa
de la Primera Guerra
La casa de campo
donde pasa la obra se
presenta como un
barco a la deriva
primera vez, a un texto de Shaw. La
casa dels cors trencats, en su traducción catalana –firmada por Joan Sellent–, está dirigida por Josep Maria
Mestres y cuenta con un elenco interpretativo que encabezan los actores Pep Cruz y Carme Elias.
«Hace tiempo que queríamos hacer una obra de Shaw, pero fue a raíz de la puesta en escena de una
obra de Oscar Wilde, El ventall de
Lady Windermere, que vimos que
habíamos encontrado al director
adecuado», señala el director del
TNC, Sergi Belbel, a título de justificación del tardío debut del autor de
Pygmalion en el escenario de la plaza de las Glòries.
La espera, sin embargo, promete
haber valido la pena. «Nos encontramos ante una de las obras más libres
y modernas de Shaw», señala Belbel, en tanto que Josep Maria Mestres la define como una «comedia
profunda, la antítesis de la comedia
ligera. Una obra de una gran carga
filosófica, social, ideológica, sentimental y emotiva».
Escrita por George Bernard Shaw
en uno de los momentos más duros
de la I Guerra Mundial –culminó el
texto en 1913, aunque se publicó en
1919 y se estrenó tres años después–, La casa dels cors trencats es,
en el fondo, una radical reflexión sobre la Inglaterra y la Europa de
aquel momento. Una reflexión de atmósfera y espíritu chejoviano –se la
presentó como una «fantasía a la
manera rusa sobre temas ingleses»–,
a caballo entre la farsa y el drama inteligente.
Ambientada en la Inglaterra rural,
la acción transcurre en una tarde de
fin de semana en la mansión del capitán Shotover (Pep Cruz), donde se
reúnen una serie de personajes –sus
hijas Hesione (Carme Elias) y
Ariadne (Sílvia Bel), la joven Ellie
Dunn (Anna Ycobalzeta), el marido
de Hesione (Abel Folk), el padre de
Ellie (Artur Trias)...–; individuos bohemios y progresistas que buscan
encontrar, como le ocurría a aquella
convulsa Inglaterra en guerra, un
sentido a sus vidas. Por lo mismo, la
campestre residencia aparecerá representada en las tablas del TNC –la
escenografía la firma Alfons Flores–
como una nave a la deriva.
«Ideológica y estéticamente, Bernard Shaw escribió esta obra si-
guiendo la estela de Chéjov, pero en
ella también está muy presente el
mundo de Shakespeare, porque nos
encontramos ante uno de los autores
más grandes a la hora de hablar del
ser humano y de su búsqueda de la
felicidad», añade Mestres. «En cier-
ta manera, La casa dels cors trencats
es El rei Lear de Shaw».
Pero puestos a buscar paralelismos, hasta Pep Cruz, metido en la
piel del viejo capitán Shotover, un
personaje que añora un pasado de
vivencias intensas, encuentra los suyos. «Primero pensé que se trataba
de una obra muy inglesa, pero después me di cuenta de que el itinerario histórico español es muy parecido», explica el actor, que todavía afina más las coincidencias. «Creo que
por su sentido del humor y por su
ironía, Shotover es muy ampurdanés. Un hombre sabio, pero tocat per
la tramontana. En las playas de Palamós y Palafrugell he conocido a
muchos como él, a viejos marinos
que explican historias, la mitad inventadas, y por eso no me ha costa-
do nada meterme en su piel», añade
Pep Cruz.
Por su parte, a Carme Elias le seducen, en particular «las palabras
contundentes, inteligentes y afinadas
del texto de Shaw»; igual que a su
compañera Anna Ycolbazeta, que no
duda en definir la obra también como la casa de las palabras. Para
Abel Folk, en cambio, lo más importante del montaje es, sin duda, su
singular modernidad. Algo inherente, a su juicio, a muchos creadores y
obras de comienzos del siglo XX.
Inmensa también en su extensión
–2 horas y 45 minutos, que se elevan
a 3 horas y15 minutos, incluyendo
los dos descansos–, La casa dels cors
trencats permanecerá en escena en
la Sala Gran del TNC hasta el próximo 21 de junio.
TEATRO / ‘La casa de Bernarda Alba’
Bernarda y Poncia: Espert y Sardà
Autor: Federico García Lorca./ Dirección: Lluís
Pasqual./ Intérpretes: Núria Espert, Rosa Sardà,
Teresa Lozano, Rosa Vila, Marta Marco, Nora
Navas, Rebeca Valls, Almudena Lomba, Tilda
Espulga, Marta Martorell, Montse Morillo, Bárbara Mestanza y 29 actrices./ Escenario: TNC,
Sala Petita. Fecha: 29 de abril.
Calificación: ####
MARÍA JOSÉ RAGUÉ / Barcelona
La casa de Bernarda Alba fue sin
duda la cúspide de la tragedia lorquiana, esencial, sin leñadores ni
lavanderitas; su última obra, símbolo de tantas cosas, retrato de una
sociedad cerrada que llevaría a Federico a ser asesinado. No son sólo
las mujeres quienes viven encerradas en la rigidez de la soledad, de
la soltería, del aislamiento. Es un
país en vísperas de una guerra incivil, acosado por una dictadura.
Hoy, cuando intentamos recuperar
la memoria histórica, tiene sentido
estrenar La casa de Bernarda Alba,
esa tragedia y esa metáfora que
muestra la rigidez de una madre
que impone años de luto y soledad
a sus cinco hijas, ese aislamiento
que no es capaz de acallar las ansias de libertad y que culmina en el
suicidio de la hija menor, Adela.
Bernarda calla y oculta; su sirvienta, Poncia, lo sabe todo del mundo
interior y del exterior pero acata las
órdenes. Sólo Josefa, la abuela, es-
capa de ese mundo cerrado por la
locura fantasiosa.
La situación y los personajes pudieran considerarse míticos. Lluís
Pasqual, en cierto modo, los acerca
y humaniza dándoles una pátina de
misterio y belleza. Bernarda y Poncia son aquí dos personajes de
igual entidad y fuerza, son la obligación de acatar normas impuestas
por la sociedad y la razón que nos
acerca a la realidad. Y Bernarda no
es el mito de la fuerza dictatorial si-
Bernarda y Poncia son
en esta lectura de
Pasqual personajes de
igual entidad y fuerza
no una mujer obligada a seguir la
norma pero capaz de sufrir con su
situación.
Espert humaniza a Bernarda,
con un aspecto que le confiere cierta debilidad, cierta inseguridad, un
aspecto más próximo a nosotros,
un dolor lacerante ante la muerte
de su hija Adela. Esas palabras finales «Ella, la hija menor de Bernarda Alba ha muerto virgen, silencio, silencio he dicho, silencio»
son pronunciadas por el dolor y el
desgarro. Y la Espert hace una
gran creación de su personaje pese
a alejarse del mito, pese a mostrarse como una anciana débil obligada a acciones y palabras que le producen dolor.
Rosa Sardà es una Poncia con
mucha más entidad que la que se
le supone habitualmente en la
tragedia de Lorca. Y la Sardà hace un papel deslumbrante, de
gran potencia.
Todo sucede cerca, difuminado a
veces por los velos. El espacio es el
movimiento de las actrices, algunas
sillas y la luz que las ilumina. Acaso el vestuario no favorece a las cinco hijas de Bernarda. Ahí la interpretación es más irregular. Rosa Vila tiene fuerza; la tienen en menor
medida Almudena Lomba y Rebeca
Valls; y cumplen sólo Marta Marco
y Nora Navas. Pero el conjunto de
la puesta en escena tiene un buen
nivel interpretativo, lo tienen Tilda
Espulga, Marta Martorell, Teresa
Lozano... Y resulta espectacular la
aparición inicial de las 29 vecinas.
Cuando releamos La casa de
Bernarda Alba no serán las de esta puesta en escena las imágenes
que acudan, pero la lectura de
Lluís Pasqual nos parece coherente y brillante.
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