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MEXICO Y AMERICA CENTRAL
GUATEMALA
En Guatemala existe una población indígena estimada en más de 6 millones
de habitantes, equivalente al 60% de la población total del país. Los principales grupos étnicos son los siguientes: Achi’, Akateco, Awakateco, Chalchiteco, Ch’orti’,Chuj, Itza’, Ixil, Jacalteco, Kaqchikel, K’iche’, Mam, Mopan, Poqomam, Poqomchi’,Q’anjob’al, Q’eqchi’, Sakapulteco, Sipakapense, Tektiteko,
Tz’utujil, Uspanteko, Xinka y Garífuna.
El país sigue careciendo de una base estadística diferenciada sobre los
pueblos indígenas y, especialmente, sobre mujeres indígenas. El informe de
Desarrollo Humano de 2008 señala que 73% de los indígenas son pobres y,
de ellos, el 26% extremadamente pobres, contra el 35% de pobres en los no
indígenas (entre estos, sólo el 8% en extrema pobreza). Aun así, la tasa de
participación económica de los indígenas en el conjunto de la economía del
país es de 61,7 %, mientras que llega al 57,1% para las personas no indígenas.
Guatemala ratificó el Convenio 169 de la OIT en 1996 y, en 2007, votó a favor
de la Declaración de la ONU sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas.
El juicio sobre genocidio
E
l evento que durante el año captó toda la atención nacional e internacional fue,
sin duda, el juicio por genocidio contra José Efraín Ríos Montt, un militar que
durante los años 1982 y 1983 gobernó el país luego de un golpe de Estado. Durante
su mandato se tuvieron los años más cruentos del conflicto armado en el país, provocando más de 200 mil muertos, la mayoría de ellos indígenas, que fueron ejecutados
por el ejército nacional y las fuerzas paramilitares por su supuesto apoyo a la guerrilla. Gran parte de las víctimas eran civiles indefensos, ancianos, hombres, mujeres y
niños, que fueron asesinados en masacres colectivas, víctimas de crueles atropellos
contra su dignidad humana.
El juicio por genocidio contra el pueblo Maya Ixil se fundamenta en el hecho de
que existía una clara intencionalidad del Estado en eliminar a este grupo étnico, a
quien consideraban un bastión de las fuerzas insurgentes. Según Marta Cassaus, las
acciones militares contra los Ixiles pueden tipificarse como genocidio debido a que
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hay suficientes evidencias que demuestran que hubo intención explícita de destruirlos total o parcialmente, de lo cual se destacan los siguientes elementos que distinguen el genocidio de otras formas de violencia: 1
• La presunción de provocar asesinatos masivos o masacres genocidas en
niños, ancianos y mujeres.
• Destrucción de viviendas, símbolos culturales y religiosas
• Cementerios clandestinos y/o fosas comunes
• Despersonalización y deshumanización de las víctimas
• Declaración de enemigo público o grupo perseguido
• Intentar borrar los signos de identidad
• Destrucción total o parcial del grupo étnico
• Planificación minuciosa y sistemática de planes de exterminio
Todos estos elementos se encuentran presentes en las acciones que el Estado guatemalteco, a través de su ejército, cometió contra la población Ixil durante el conflicto
armado interno, específicamente en los años 1982 y 1983.
El Pueblo Indígena Maya Ixil y el juicio por el genocidio
El pueblo Ixil tiene actualmente cerca de 150.000 habitantes que se concentran en su
territorio ancestral, conformado actualmente por tres municipios; Nebaj, Cotzal y
Chajul, en el departamento de Quiché, al noroccidente del país, denominado como
“Triángulo Ixil” en el léxico militar. Sus habitantes se han dedicado a la producción
agrícola de granos básicos (maíz y frijol), café y artesanías, y mantienen formas tradicionales propias de organización social que les ha permitido sobrevivir frente a las
constantes presiones y despojos contra sus territorios y recursos. El aislamiento y el
abandono histórico que han padecido respecto al resto de la sociedad guatemalteca
se evidencia en sus precarias condiciones de vida pero, al mismo tiempo, en la fortaleza de su identidad colectiva. La represión contra el pueblo ixil por parte de las
fuerzas gubernamentales se ha dado en diversos momentos, tal como aconteció en
1939, cuando el dictador Jorge Ubico mandó fusilar a siete miembros de las autoridades tradicionales y otros 138 fueron desaparecidos.
El territorio Ixil fue uno de los principales escenarios del conflicto armado interno
que asoló el país durante 36 años (1960-1996), causando miles de víctimas entre
muertos, desaparecidos y desplazados internos. Al inicio de los enfrentamientos se
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DEPARTAMENTOS
1. Santa Rosa
2.Jutiapa
3.Jalapa
4.Quetzaltenango
5.Quiché
6.Chimaltenango
7.Guatemala
8.Escuintla
9.Sololá
10.Totonicapán
11. Baja Verapaz
12. Departamento San Marcos
constató que las diversas estrategias implementadas durante largo tiempo desde los
grupos dominantes del Estado para “civilizar” a los Ixiles no habían funcionado, ya
que éstos seguían viviendo a su modo y sin someterse totalmente a orden oficial.
Esta visión que el Estado tenía sobre los Ixiles, sumado a los enfrentamientos bélicos
que hubo en su territorio, reafirmó la idea de que éstos estaban del lado de la guerrilla y le daban su respaldo, razón por la cual los militares idearon planes para quebrar
la relación entre los Ixiles y el movimiento revolucionario.
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En diversos informes y planes militares de la época (Victoria 82, Firmeza 83, Plan
Sofía) se hace alusión directa a que los Ixiles son “comunistas, subversivos, guerrilleros, rebeldes y delincuentes terroristas” que daban su apoyo a la guerrilla y, por lo
tanto, se les declaraba como enemigos internos. Con esa consigna, las fuerzas militares iniciaron la represión contra los Ixiles, que incluyó diversas acciones, como la
eliminación selectiva de líderes, masacres colectivas, violaciones contra mujeres,
torturas, destrucción de los medios de vida, acoso psicológico y concentración de la
población en campos de refugiados o polos de desarrollo.
La táctica empleada por las fuerzas gubernamentales fue la llamada “Tierra Arrasada”, que consistía en matar a la gente y quemar sus comunidades para infundirles
terror y, con ello, disuadirles de apoyar a la guerrilla. Ejército también obligó a la población a conformar las llamadas Patrullas de Autodefensa Civil, que no era otra cosa
que instrumentos para reprimir a sus propios vecinos. Además, durante este régimen, que apenas duró 17 meses de los 36 años que duró la guerra interna, se instituyó el programa “Fusiles y Frijoles”, que al mismo tiempo que dotaba de armas y
alimentos a la población civil para que enfrentaran a los insurgentes.
Rios Montt, el principal implicado de genocidio
Todos los abusos y excesos cometidos por las fuerzas gubernamentales durante
esta etapa oscura de la historia guatemalteca están ampliamente documentados en
el Informe Guatemala: Memoria del Silencio, elaborado por la Comisión de Esclarecimiento Histórico (CEH); también en el informe, Guatemala: Nunca Más, elaborado
por la Comisión de Esclarecimiento Histórico (REMIH), este último elaborado a instancias de la Iglesia Católica, y cuyo principal autor, el sacerdote Juan Gerardi, fue
asesinado un día después de presentado el informe, en un hecho que sigue sin esclarecerse.
Ambos informes dan cuenta que las mayores atrocidades cometidas durante la
guerra interna fueron cometidos por las fuerzas militares durante el periodo de gobierno de facto encabezado por el general José Efraín Ríos Montt (87) entre marzo
de 1982 y agosto de 1983, luego de un golpe de Estado. Éste formó luego el partido
político Frente Republicano Guatemalteco (FRG), con el cual logró ser Diputado y
presidente del Congreso y candidato a la Presidencia de la República, con lo cual
logró evadir los juicios en su contra, aprovechando para el efecto la figura de inmunidad que las leyes nacionales otorgan a quienes ocupan cargos públicos.
La Constitución de la República le prohibía participar como candidato presidencial, pero sus maniobras políticas permitieron que la Corte Suprema de Justicia
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revocara tal prohibición, lo que le permitió se candidato presidencial en 2003, elección que perdió y que, a la postre, significó su declive político, situación que fue
aprovechada para iniciar las causas para su enjuiciamiento. Sin embargo, la causa
tardó 10 años en ser atendida por los tribunales de justicia.
La acusación por genocidio, crímenes de lesa humanidad y crímenes de guerra
contra José Efraín Ríos Montt y su ex jefe de Inteligencia Militar, José Mauricio Rodríguez Sánchez, fue planteada en 2001 por los sobrevivientes, organizados en la
Asociación por la Justicia y la Renovación (AJR). Concretamente se les acusa de
haber ordenado 12 masacres y varios asesinatos selectivos, que en conjunto causaron 1.771 muertos, así como numerosas violaciones sexuales y desplazamientos
forzados, cometidos contra la población Ixil, entre marzo de 1982 y octubre de 1983.
A pesar de que los imputados estaban acusados desde el año 1996, no fue
sino hasta 2010 que el Ministerio Público ordena las investigaciones para fundamentar las denuncias, actividades que estuvieron a cargo de los fiscales asignados
a la Fiscalía de Sección de Derechos Humanos y la Unidad de Casos Especiales
de Conflicto Armado Interno. Sin duda, hasta ese año, las autoridades de justicia
hicieron avances sustanciales en investigación para fundamentar el proceso legal
de genocidio a través de la responsabilidad penal que los implicados tenían en las
diferentes estructuras de la cadena de mando. En 2011, y para acelerar el proceso
y evitar obstáculos tradicionales en los procesos judiciales, la Cámara Penal de la
Corte Suprema de Justicia decidió trasladar el caso a uno de los Juzgados de
Mayor Riesgo, creados a instancias de la Comisión Internacional contra la Impunidad, para evitar injerencias y presiones contra los jueces. En septiembre de 2011,
la jueza a cargo del caso imputa los cargos a los dos militares.
En enero de 2012, Efraín Ríos Montt dejó su escaño como diputado en el Congreso de la República , perdiendo con ello la inmunidad de que gozan estos funcionarios, hecho que allanó el camino para su enjuiciamiento. Los militares y los
grupos de poder dominante del país movilizaron sus estrategias legales para evitar
la apertura a juicio, recusando a la jueza, e incluso enarbolando viejos mensajes
ideológicos de la guerra fría para justificar las acciones de las fuerzas militares
durante la guerra. La táctica de la defensa era retrasar o anular a toda costa el
proceso legal.
Indígenas Ixiles presentan más de 900 testimonios durante el juicio
El juicio contra genocidio se inició el 19 de marzo de 2013. Durante el mismo, los
fiscales presentaron ante la jueza 900 medios de prueba entre peritajes y testimonios
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que fueron recabados durante el proceso. También se escucharon a 65 testigos víctimas y sobrevivientes de torturas, bombardeo a comunidades y desarraigo de sus
tierras y territorios, así como los planes militares que evidencian que todo lo actuado
por los militares se considera como una práctica de genocidio, pues buscaba eliminar
en forma directa al pueblo Maya Ixil, como una expresión del racismo histórico estructural que por largo tiempo ha existido en el país.
Entre las pruebas presentadas destacan los testimonios desgarradores de las mujeres
Ixiles que durante el conflicto armado fueron violadas, torturadas y vejadas -cuando eran niñas o jóvenes- y que presenciaron las atrocidades cometidas contras sus familiares y vecinos. Estas pruebas fueron determinantes en la tipificación final del delito de genocidio.
Por su parte, las pruebas de descargo presentadas por la defensa se fundamentaron en la idea de que los excesos cometidos por las tropas militares no fueron ordenados por la institución castrense.
80 años de prisión por genocidio y contra deberes de la humanidad
El 10 de mayo de 2013, y luego de un debate fuertemente influido por los recursos
legales presentados por la defensa para pedir la anulación del juicio, la jueza presidenta del tribunal a cargo leyó finalmente el fallo, en el cual se encontró culpable
de genocidio a los generales Rios Montt y Rodríguez, fundamentándose en el hecho de haber suficientes pruebas que muestran que el Ejército, en planes y acciones, consideró a la población Ixil como subversiva y como base de apoyo a la
guerrilla, y que tampoco hizo diferencias entre la población civil y los insurgentes,
de tal manera que se demuestra que el objetivo era el control físico y psicológico
de la población.
Uno de los argumentos para el fallo condenatorio fueron las pruebas que los
peritos presentaron sobre violaciones sexuales contra las mujeres, que eran consideradas como botines de guerra para los soldados. Quedó demostrado que los
soldados tuvieron actitudes inhumanas contra la dignidad de las mujeres, muchas
de las cuales fueron asesinadas después de ser abusadas.
La condena impuesta a los acusados por el tribunal de justicia fue de 80 años
de prisión, 50 por el delito de genocidio y 30 por deberes contra la humanidad. Sin
duda, una sentencia sin precedentes en la historia social y política del país, y se
trató del primer exgobernante de América Latina en haber sido condenado por
genocidio. Pero, a la vez, como se verá más adelante, un proceso inmerso en una
gran incertidumbre.
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La anulación del juicio por genocidio
Era muy ingenuo creer que el proceso terminaría felizmente con la sentencia dictada
por los tribunales. Aunque legalmente los sentenciados gozan de varias instancias
de apelación, en este caso no hubo necesidad de ello, ya que los magistrados de la
Corte de Constitucionalidad, el máximo ente legal del país, aceptaron, en una decisión dividida de 3 a 2, los recursos de amparo presentados por la defensa sobre vicios en el proceso y ordenaron retrotraer el proceso a lo actuado hasta el 19 de abril,
con lo cual se anulan todas las pruebas y testimonios presentados. En realidad, esto
debe considerarse como una anulación del juicio, acción que la misma Corte confirma en resolución de fecha 10 de enero de 2014.
Posiciones y discursos de los actores implicados
Desde el inicio de proceso judicial era previsible que los grupos de poder dominante
y los exmilitares fueran a librar una batalla legal e ideológica para detener el juicio. De
hecho, con sus recursos legales lograron retrasar el proceso y recusar una y otra vez
a los jueces. El mismo presidente de la República, el también exmilitar Otto Pérez
Molina, en innumerables ocasiones manifestó abiertamente a la opinión pública que
en Guatemala no hubo genocidio.
Los exmilitares se reagruparon para iniciar un proceso de descalificación ideológica contra los jueces, activistas de derechos humanos y víctimas del genocidio,
acusándolos de terroristas y comunistas y justificando los abusos de la guerra como
prácticas naturales, inevitables y necesarias para liberar al país de las garras del
comunismo. Ellos plagaron los medios de comunicación con reportajes y pronunciamientos contra la jueza, la jefa del Ministerio Público, líderes sociales y hasta organismos de cooperación internacional, por su supuesto apoyo al juicio.
Por su parte, las organizaciones del sector privado empresarial también expresaron su rechazo al juicio por genocidio, formando un frente común en respaldo a los
acusados y la institución castrense en general.
Lecciones y perspectivas del proceso
Considerado a nivel nacional e internacional como un caso histórico, que hasta antes
de la apertura a juicio era impensable, tomando en cuenta las estructuras políticas
ultraconservadoras que dominan el país, el juicio por genocidio deja, por lo menos, la
lección que hasta los más poderosos pueden ser llevados a los tribunales.
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La sociedad guatemalteca ha tomado conciencia de los abusos cometidos contra
un grupo étnico (de hecho, el pueblo Ixil no fue el único que fue víctima de genocidio)
y reclama que no se repitan nunca más. Pero también se reconoce que los poderes
tradicionales de país siguen vigentes y tienen aún la fuerza suficiente para presionar
a las instituciones y funcionarios gubernamentales para que actúen a su favor.
Otros eventos relevantes
Visita de la relatora de la CIDH
En agosto tuvo lugar la visita de Dinah Shelton, Relatora de Pueblos Indígena de la
Comisión de Derechos Humanos (CIDH). Durante su visita confirmó la conflictividad
que gira alrededor de los megaproyectos mineros, hidroeléctricos y de monocultivos
industriales sobre territorios indígenas. Además, constató el alto nivel de desconfianza recíproca que existe entre pueblos indígenas y autoridades gubernamentales. A
pesar de la oposición de los pueblos indígenas a estas inversiones, parece que las
autoridades gubernamentales están para actuar en favor de las empresas y no de las
demandas de respeto a los derechos colectivos de los pueblos indígenas.
Negación y criminalización de la lucha por los derechos indígenas
Como ha sucedido en los últimos años, el país presentó múltiples manifestaciones de
los pueblos indígenas en oposición a los megaproyectos. Estas manifestaciones
fueron reprimidas por las fuerzas gubernamentales, sus dirigentes han sido encausados judicialmente y, además, el gobierno ha respaldado el inicio de las operaciones
mineras, autorizando las licencias de explotación aún a costa del costo de la conflictividad social, tal como aconteció con la Minera San Rafael, en el departamento de Santa
Rosa, y la mina de Cemento en San Juan Sacatepéquez, en el departamento de Guatemala. Paradojalmente, luego de emitir las últimas licencias de explotación a las mineras, el gobierno manifestó su intención de moratoria a las licencias mineras.
Lucha indígena y campesina reprimida
Ante la fallida aprobación de la Ley de Desarrollo Rural, el gobierno ha tratado de
encaminar otras iniciativas que no requieren una aprobación legal, tal como la Política de Desarrollo Rural Integral, y continúa activando el sistema de extensión rural y
el programa de Agricultura Familiar. Sin embargo, del otro lado, las prácticas repre-
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sivas contra líderes campesinos ha sido una constante, que durante este año ocasionó varias víctimas.
Regularización de tierras indígenas en áreas protegidas
Finalmente, es preciso reconocer el esfuerzo institucional que varias entidades del
Estado han realizado para reconocer los derechos de tenencia para comunidades
indígenas asentadas antes de la declaración de áreas protegidas, tal como ha acontecido con un proceso de regularización emprendido en la cuenca del río Polochic, en
los departamentos de Izabal y Alta Verapaz.

Nota
1
http://www.cecies.org/articulo.asp?id=431
Silvel Elías, profesor de la Facultad de Agronomía de la Universidad de San Carlos
de Guatemala. Dirige el Programa de Estudios Rurales y Territoriales, PERT FAUSAC y acompaña iniciativas para el reconocimiento de los derechos colectivos de los
pueblos indígenas.
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