para ver el n°16

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Canibalismos
14/05/2016 cAracas, venezuela
catálogo de aperitivos literarios
De pie
Para qué es la madrugada si no es para escribir un cuento inspirado en
tus uñas sucias,
Con la luna llena en la córnea y el abanico abierto en el ojo izquierdo;
Que es por donde miro las sombras, los mares sangrantes, la vacua
inmensidad de los universos llenos de espinas blancas, todos.
Quiero cantar primavera dormida, la lluvia que se hace eco es toda la charlatanería feminista compartida en Facebook + la primera menstruación
de un varón en el cuerpo de una niña.
Prefiero quedarme a creer en las uñas de tus pies, que son tan sinceras,
con la cabeza apoyada al insomnio sobre la ventisca húmeda de tus
lágrimas remojadas con agua de tubo
Esa última noche que dormí contigo.
Rebeca Betancourt.
Escritora.
Estudiante de Idiomas, ULA.
N°16
La línea
Anoche la casa estaba casi sola cuando lo sentaron en la
mecedora. Abrió el libro de Cortázar, leyó y al terminar miró el espejo de marco de madera que tenía al lado. No se durmió pero tampoco estaba despierto.
De la pistola que está en la mano derecha de un hombre triste
que bebe coñac y escucha la sirena de partida del barco, sale una
línea, que se desliza hasta el codo, llega al chaleco de punto y baja
hasta el pantalón; por la costura de este llega al piso de la cabina y
sube por la pared, salva con dificultad la escotilla mayor, corre por
los pisos de la cubierta de primera clase, baja del barco de turbinas
sonoras, zigzaguea hasta el muelle mayor y entra en el territorio hostil de las aduanas, llega a la entrada y sube por la rueda del autobús
estacionado en la esquina. Allí trepa por la media de nilón cristal de
la pasajera más rubia y se baja con ella en la avenida. Es difícil seguirla a causa del tránsito, pero sabe llegar a la casa. Al encontrarla sube
por la cadena del pararrayos hasta el techo y entra a la habitación
por la ventana, baja por el muro, entra en una lámina que reproduce
un cuadro de Boucher, dibuja la espalda de una mujer reclinada en
un diván. Basta mirar bien para descubrir que la línea continúa por
el piso de parqué y sube a la mesa por una pata, corre por la plancha
de pino y llega a la carta que está tirada. En ese mismo instante la
dueña de la carta le dice la mujer que tiene al frente, ya no hay caso
no llegarás a tiempo.
En la mañana lo encontraron muerto en la mecedora.
José Luis Troconis Barazarte, Caracas 1965
Director de Cultura de Alianza francesa de Valencia.
Doctorado en Historia del Arte USAL (Salamanca, España)
Une vie pour une injection
Un avispón choca con el parabrisas, al mismo tiempo es piropeada una
mujer que sale del gimnasio, quien lo hace usa una franela que dice: Yankies Series
2023 con su logotipo redondo rojo y blanco. El avispón es borrado negligentemente,
deja su mancha oblicua, la mujer sube al bus, se contonea hasta el último puesto,
a su lado esta una colegiala, al insecto se le aplica agua y no termina de quitarse,
de esfumarse, de desaparecerse; no hacen contacto visual, no hacemos contacto
visual, ella mira de reojo hacia el otro lado, el olor que despide la mujer es fétido y
expansivo; me arrimo hacia el extremo opuesto, y me arrimo que si no fuera por el
vidrio me saldría del autobús que se detiene, me levanto de golpe, bajo, el recolector me mira entre sorpresa y sonrisa, aliso mi falda, escondo mi ropa interior de la
vista de los pasajeros. Salto, allí esta él, listo para olerme mientras nos abrazamos,
nos compenetramos. Antes de que me toque miro por asalto sus ojos verdes y duros
como limones. La mujer se baja contoneándose, la descomposición de su piel cerca
de mí, otra vez. No lo soporto.
− No escogen a muchos. ¿Qué será esa mujer?
La miramos sentados desde un banco.
− Es la mujer del alcalde.
El alcalde verdoso y arrugado que tiene demasiados años vivo. Mi madre
murió joven, yo moriré joven también. Las nubes están tan contaminadas que ahora morimos con este mundo, menos un contado número de seres que se descomponen. En el periódico, en la primera plana informaron sobre la vacuna creada en
Francia, “Une vie pour une injection”. Advertí en sus ojos verdes un desencanto “…
Los humanos deciden ser zombies, en busca de una vida duradera… las vacunas
son un experimento de exclusión social, son adquiridas por entes gubernamentales
y personas naturales acaudaladas.”
− Es-decir-prefieren-la muerte-antes-de-morir. - Un océano de vacío me sumergió.
Me quitó el periódico de un arrebato, lo arrugó, y lo arrojó al cesto de la basura.
− Somos malos hasta para exterminarnos.
Marlene Mariana Izquierdo Osorio
Respira para escribir y crear historias
@diestrafugaz
Decir algo
La pérdida de lo material a veces puede significar un vacío emocional como el
perder a un perro amigo. Mario escribía todas las noches, por eso sintió que su corazón
y su estómago se desgarraron cuando su máquina de escribir terminó en cientos
de pedazos regados por el suelo.
Sentía confusión pues ya llevaba años en los que el titilar de las estrellas iba
acompañada del tamborileo de las teclas en las hojas.
Mario miró sus manos temblorosas de la misma manera en que un reciente
asesino contemplaría sus ensangrentados dedos. Sintió que un grito se le ahogaba en el
estómago, bajo la garganta, y aunque lo quiso dejar escapar por alguna razón misteriosa
decidió contenerse. Los botones y patitas de la máquina estaban regados por todo el piso,
bajo sus pies descalzos, y daban la impresión de que una pequeña criatura había sido
desgarrada y mutilada justo donde la máquina había explotado por el impacto. Mario
quería culparse a sí mismo, pero sabía muy bien que la culpa, en gran parte, era de ella
también.
La habitación se hizo más oscura que de costumbre. Las manos de Mario temblaban
mientras él veía juguetes de la infancia en ellas. Ahí estaba su Gokú sin brazo y su dinosaurio decapitado. Las piezas de la máquina de escribir eran legos regados por el suelo.
Mario veía la alfombra verde y gris de su habitación de infancia mientras sudaba y temblaba; intentaba darles sentido a sus alucinaciones. Empezó a llorar con la misma intensidad con la que lloró cuando a su Gokú de juguete se le cayó el brazo. Moqueaba como
un niño de 6 años.
El cuarto oscuro se llenó de voces. Hablaban las paredes, las sombras, los juguetes.
Voces de la infancia no permitían a Mario salir del cuarto que ahora era la habitación de
juegos.
Nada específico ni críptico en el mensaje que le transmitían los terribles susurros
que se propagaban por su mente. ¿Por su mente? Mario nunca estuvo seguro. La borrosa
línea entre lo que era ficticio y lo que era verdadero siempre fue difícil para él de comprender. Quizás por eso - piensa en un momento de curiosa claridad - nunca he sido
bueno con el sarcasmo.
Desde hacía mucho tiempo aquellas voces corruptas hacían su tarea de
perseguirlo en las noches solitarias y oscuras, y por más esfuerzo que pusiese y
medicinas recetadas que se metiese en el cuerpo, nada parecía convencerlas de desaparecer. El poner palabras en papel e inventar cuentos y poemas tendía a hacer
dimitir la fortaleza con la que este insomne coro de pesadillas lo atormentaba.
Sin embargo, nada las aplacaba como la presencia de ella. Pero ella ya no
estaba y la máquina de escribir estaba deshecha. Ahora, sabía muy bien Mario, se
encontraba perfectamente solo.
Sus ojos empezaron a buscar un refugio, un lugar donde no le pudieran alcanzar los gritos. Mario iba a las esquinas, entraba y salía del baño, incluso trató
de meterse en uno de los gabinetes de la cocina pero su cuerpo no entraría sin dos
extremidades menos. Pensó en cortarlas. O las voces le gritaron que lo hiciera. El
ya no podía saber la diferencia. Entre lloriqueos decidió llamarla. Sabía que era un
error, pero ya no soportaba ni un segundo más. Se acercó al teléfono arrastrándose
por el piso, haló el cable e hizo que el teléfono fuera al piso junto con él. Miraba
el teléfono petrificado con tristeza. Cada vez que lograba marcar algún número se
asustaba y trancaba inmediatamente.
Alrededor, osos de peluche gigantes buscaban abrazarlo y asfixiarlo, dinosaurios querían devorarlo y el Gokú mocho no hacía nada, sólo veía a Mario como
Mario veía al teléfono. Mario gritó y empezó a marcar el único número de teléfono
que se sabía.
Se puso el auricular al oído y un silencio súbito lo congeló. No era un silencio natural, en absoluto. Las mismísimas voces que se conjuraban desde el fondo
de su alma se habían callado, dejando solo espacio para el lento repicar de la línea
al otro lado del plástico negro del teléfono.
-Biiiiiiip
Mario aguantó la respiración. El último atisbo de aire que metió en sus pulmones se sintió frío, helado.
-Biiiiip
Cabía la posibilidad de que no atendiese el teléfono, de que a pesar de que ya
habían pasado los meses ella guardase en su pecho un rencor inmensurable por él,
y que repudiase terriblemente la mera idea de escuchar su voz. Cabía la posibilidad
también de que simplemente no estuviese en casa. Ambas posibilidades eran por
igual parte posibles y horripilantes.
David ft. Adrián
-¿Aló?
Estudiantes de Letras
UCV
Entonces Mario abrió la boca para decir algo.
Lleno de nada
Michela Lagalla,
Estudiante de Letras UCAB
La locura es divertida
trágicamente divertida
uno se vuelve loco poco a poco
se le desordena la cabeza
y todo lo pervierte
-como si antes no estuviese pervertidobuscar castigo es culpa de la culpa
volverse loco porque te atormenta el tiempo
y solo disfrutas hacer nubes
con los pulmones
con la boca
volverse loco de soledad
de deseo insatisfecho
los huesos se ponen puntiagudos
amenazantes de romper la piel
se oscurecen las ojeras
se fuman –demasiados– cigarrillos
y se llora
de dolor o desesperación
no sé
no importa
todo deja de importar
esa es la supuesta tragedia
pero somos románticos;
las tragedias son hermosas
y todos murmuran
sobre la bonita tragedia que eres
hablan de desperdicio
de lástima
piensas que son ingenuos:
tú ganaste
tú entendiste la arbitrariedad
de las cosas
la indiferencia
el vacío
el estar lleno de
nada.
Lengua
Mi lengua que recorre espacios
Comisuras de tus labios
La lengua que rodea las puntas doradas de tus pechos
Y repta cautelosa hasta las profundidades
Mi lengua encerrada tras los dientes
Detrás de cada mordisco clavado
Que arranca pedazos de piel, de carne, de fuego
Mordiscos que arrancan de ti lo que hay de mí
La lengua que se baña en los jugos
Se hunde en vacíos carnosos, suaves, dulces, amargos
Vacíos que se estremecen
Vacíos que se retuercen bajo las manos
Que aprietan con espasmos la lengua que los invade
Esta lengua que se arquea y susurra
Te suelta ruidos inconexos al oído
Y en el instante en que abandonan esa lengua
Significan el universo
Y tú te los metes en los labios
Para comerte el universo y tragarte los cielos
Que viven pegados a esta lengua
Atascados en la garganta
Aferrados al infierno de mi bilis congelada
Iván D. González
Estudiante de Letras de la UCV
Nacido en 1993, vive en Caracas y escribe por vicio.
Lejos de la orilla
Sentado en la tabla desgastada,
contemplo mi reflejo sobre el agua,
dejándome mecer
por los restos afónicos del mundo
mientras se hunden en picada en el abismo
cocodrilos apenas se atreven
a rozar el agua
por debajo de la superficie,
para ellos mejor lo viscoso y residual
de la luz,
jamás su estado puro
de las burbujas
ondas crecen sobre el lago
expanden ecos de la ciudad que se persiguen
a ellos mismos
no encuentran sitio,
huyen
y mientras
las memorias se sedimentan
alejarme a veces,
perderme,
flotar a la deriva,
dejar a lo creado ahogarse,
pretender por un solo día que no soy su salvador,
que también vine a vivir
busco algún escondite,
o un lugar para creer que el sosiego respira,
así sea por instantes,
así sea sólo en mí
Leo Prodz
Cantante, compositor
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