El Islam soviético, amenazado

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CONTEXTOS
México, 26 de marzo de 1984
[Hemeroteca Nacional]
LE MONDE
FRANCIA, 14 de febrero de 1984
El Islam soviético, amenazado
Por Alejandre Bennigson
Entre tantos asuntos que quedaron sin respuesta, el sucesor de Andrópov heredará un
problema al cual los dirigentes soviéticos casi nunca aluden, pero cuya gravedad es
conocida por todos en la URSS: el planteado por la existencia de 47 millones de musulmanes, alrededor de 18 por ciento de la población de la Unión Soviética. En efecto,
olvidamos que la URSS es una gran potencia islámica: la quinta o sexta en el mundo, y
que hay más musulmanes en la Unión Soviética que en Egipto, como más turcos en
Asia Central que en Turquía.
La URSS también constituye el último de los grandes imperios plurinacionales, y el
eterno problema de las relaciones entre la etnia dominante (los eslavos) –que sólo
representan 52 por ciento de la población y las naciones dominadas (todas las
restantes)– no está mejor resuelto que durante el imperio austrohúngaro u otomano.
Los musulmanes de la URSS atraviesan por eso que los especialistas denominan
“explosión demográfica”, en contraste con el estancamiento de los rusos y demás
eslavos. Entre 1970 y 1979, el incremento promedio de los musulmanes de la URSS fue
de 22 por ciento, y el de los rusos de 6.5 por ciento. En el año 2000 existirán en la
URSS entre 66 y 75 millones de musulmanes, es decir entre 22 y 24 por ciento de la población total; masa dinámica, joven e inasimilable, agrupada en la zona de las fronteras
del sur –el “vientre blando”– de la URSS, donde los rusos y los demás “europeos” se
verán reducidos al rango de insignificante minoría.
Ciertamente el crecimiento desigual de los rusos y los musulmanes no amenaza en sí
la estabilidad del imperio. Ningún signo deja entrever un repentino estallido. Asia
Central hasta el momento representa uno de los pocos territorios del mundo islámico
donde reina el orden (cierto que mantenido por la fuerza militar y policiaca rusa). Los
autóctonos gozan de un nivel de vida más elevado que en los países musulmanes
vecinos, y también mucho más agradable que el de los rusos (sin que por ello atribuyan
mérito al “hermano mayor”).
La alta jerarquía religiosa musulmana ha sido “domesticada” y transformada en un
valioso asociado (por cierto al precio de costosas concesiones), y los dirigentes
soviéticos pueden confiar momentáneamente en la lealtad de los dirigentes autóctonos
de la nomenklatura. Sin embargo, en cuatro áreas, el “problema musulmán” se revela a
corto plazo como potencialmente inquietante.
Es un hecho muy conocido que las zonas industriales de la Rusia europea y de
Siberia empiezan a sufrir una seria escasez de mano de obra, mientras encontramos en
Asia Central centenares de miles de jóvenes desempleados que viven más o menos al
margen de la legalidad soviética, quienes hasta el momento se rehúsan obstinadamente,
pese a las urgentes incitaciones de las autoridades, a abandonar su asoleada patria y en
la que siempre “se arregla todo” para trasladarlos a Siberia.
Jóvenes desempleados
¿Qué hacer? ¿Será necesario emplear la fuerza y proceder a una vasta transferencia
poblacional según el viejo método estaliniano, pues ni la propaganda ni los llamados al
patriotismo, ni los salarios más elevados logran inducir a uzbekos y tadjikos a fundar
koljoses en el gran Norte siberiano? ¿O transferir la industria a donde está la mano de
obra disponible, en una región muy cercana a la hostil China o el Oriente Medio en
ebullición? Dos opciones muy peligrosas, ante las cuales titubean los dirigentes
soviéticos.
El reclutamiento del ejército plantea otro problema difícil de resolver. Los
musulmanes representan aproximadamente el 25 por ciento de los jóvenes reclutas (30
por ciento a fines de este siglo). Pero hasta el momento y salvo raras excepciones, ya
sea que los juzguen poco confiables o a causa de sus escasos conocimientos del ruso, no
sirven en las unidades combatientes sino en los batallones de trabajo y las unidades del
MVD (Ministerio del Interior), destinados a la represión de los disturbios en Europa
oriental o en Rusia.
Muy pronto los dirigentes deberán abrir ampliamente el acceso de las unidades
combatientes a los soldados y oficiales musulmanes, con el riesgo de provocar lo que se
llama en la URSS “la hepatitis del Ejército Rojo”; o conservar un ejército puramente
eslavo pero muy reducido por escasez de reclutas; o aceptar el principio de un ejército
colonial con oficiales eslavos que den órdenes a soldados “asiáticos”. Ninguna de estas
tres soluciones puede considerarse satisfactoria.
El renacimiento del Islam, religión y forma de vida, favorecido por la política
promusulmana de Brezhnev, resulta un fenómeno peligroso a causa de la clásica
confusión, en todos los países musulmanes, entre lo espiritual y lo nacional, lo cual
constituye, según los dirigentes, el mayor obstáculo a la fusión étnica: la asimilación
cultural de los autóctonos por los rusos, y el advenimiento del mítico homo sovieticus.
Los matrimonios mixtos entre rusos y musulmanes son tan escasos hoy como después
de la revolución, y para la inmensa mayoría de los musulmanes, incluyendo los
miembros del Partido, no sólo el ruso es descendiente de los conquistadores, sino
también kafir, el infiel impuro.
Finalmente asciende al poder una nueva generación de dirigentes musulmanes, cuya
edad fluctúa de 30 a 40 años, formados después de 1953, y que no se hallan traumados
por las represiones estalinianas, para las cuales el comunismo no representa una
filosofía ni un sistema socioeconómico, sino una técnica de poder (una forma de
alcanzar el nivel de la nomenklatura y, eventualmente, expulsar a los camaradas rusos).
Esta nueva élite es nacionalista, orgullosa y apasionadamente interesada en su pasado
islámico, atenta a todo lo que ocurre allende fronteras. Está cansada de la desesperante
monotonía del manual de marxismo-leninismo e impaciente por asumir la realidad (ya
no sólo la ilusión) del poder. Ningún artificio del Agitprop puede ocultarle que Yemen
del Sur o Somalia son independientes y soberanos, mientras la gloriosa Bujara, heredera
del Imperio timurida, no lo es.
Hace muy poco tiempo que los soviéticos empezaron a percatarse de los peligros
potenciales que les representa el Islam. La alarma empezó a sonar en 1978 y 79, cuando
fueron publicados los primeros estudios de sociología religiosa en Asia Central y el
Cáucaso, los cuales revelaron una situación tan alarmante como inesperada.
Después de 60 años de esfuerzos antirreligiosos, el 80 por ciento de la población
autóctona de Asia Central y el Cáucaso sigue declarándose “musulmana”, entre ella 10
a 15 por ciento de creyentes “fanáticos”, y menos de 20 por ciento de ateos*. Los ritos y
costumbres de origen religioso –circuncisión, boda y sepulcro– son practicados por la
casi totalidad, incluyendo los ateos que no desean excluirse.
Finalmente, revelan la existencia, junto con la jerarquía oficial musulmana, de un
poderoso “Islam paralelo”, muy estructurado, fundamentalista, intransigente y
xenófobo, independiente pero comparable a los Hermanos Musulmanes de los países
árabes, y a la revolución islámica iraní. En 1983, por primera vez, la prensa soviética
relataba el surgimiento de un samizdat fundamentalista.
Estas desagradables revelaciones fueron seguidas por otras también imprevistas: los
guerrilleros afganos resistían al ejército soviético que creían invencible, y los reservistas
musulmanes enviados en diciembre de 1979 a Kabul resultaron tan poco fiables que fue
necesario repatriarlos desde marzo de 1980. En Irán, los ayatolás eliminaron sin mucha
dificultad al Tudeh, el más antiguo de los partidos comunistas del Cercano Oriente.
Finalmente, a partir de 1980, voces autorizadas (el general Ziya Yusif Zade, jefe de la
KGB de Azerbaijan; Mohammed–Nazar Gapurov, primer secretario del Comité Central
del Partido Comunista de Turkeminstán y otros) se manifiestan para denunciar la
subversión externa: el Islam fundamentalista parecía más temible de lo previsto, y el
balance de la estrategia filoislámica de Brezhnev resultaba negativo.
El sello de Andrópov
El año 1983 destacó por un endurecimiento neto de la política islámica. ¿Debemos ver
en ello el sello personal de Andrópov o el resultado de una decisión tomada desde
diciembre de 1980? Sea lo que fuere, se adoptaron medidas para acelerar el trasplante
(muy poco popular) de los koljosianos del centro de Asia a Siberia y al Norte de Rusia.
Aún es muy temprano para juzgar el alcance de dichas medidas –insuficientes por otra
parte– para aliviar el problema de la mano de obra (podemos estimar entre 15 y 20 mil
el número total de musulmanes trasplantados).
La era andropoviana también destacó por el completo abandono de la cooperación
con la alta jerarquía musulmana, y fundamentalmente por la brutal reanudación de la
propaganda antirreligiosa. En 1983, 49 obras antimusulmanas fueron publicadas en la
URSS, con un tiraje superior al medio millón de ejemplares, contra 37 en 1982, y sólo
unas 20 en 1981. La violencia de estas publicaciones denominadas “científicas”
recuerda los mejores años de la época de Stalin.
–
* 65 años después de la victoria de la revolución, en las lenguas turcas de Asia Central,
las expresiones ‘imansiz (sin religión) y ‘khudasiz’ (ateo) son sinónimos de “estafador”
y de “imbécil”.
¿Representará un giro total en la política musulmana de la URSS, o sólo un control
temporal? El mandato de Andrópov fue demasiado breve y tendremos que esperar
algunos meses para juzgar la orientación de su sucesor. Podemos afirmar que a los
cuatro problemas citados anteriormente se sumará otro, aún más temible, es decir la
creciente influencia del fundamentalismo islámico.
Ya está penetrando en Asia Central y en el Cáucaso por mil canales: emisiones de
radio de las estaciones iraníes y árabes del Golfo, inmediatamente grabadas en cassette;
publicaciones “subversivas” (sobre todo religiosas) de los mujahidin afganos
(traducidas al ruso y en uzbeko); cruce de las fronteras (turkmena y tadjike) por
predicadores-agitadores afganos (hecho confirmado en 1983 por la prensa local
soviética); y finalmente, sobre todo, por contactos entre musulmanes soviéticos y
decenas de miles de visitantes y residentes musulmanes extranjeros (estudiantes,
ingenieros, funcionarios…), entre los cuales no todos son comunistas convencidos, ni
admiradores de la Unión Soviética.
El mensaje transmitido por estos canales puede resumirse en la siguiente forma: el
Islam renovado es más dinámico y está mejor organizado que el comunismo; es capaz
de movilizar masas mientras el Partido Comunista en Oriente sólo puede reclutar
algunos intelectuales de origen burgués o aristócrata. Si el Irán de Jomeini logró
humillar al “Gran Demonio” (Chaytan-ébozorg) norteamericano, entonces nosotros un
día también humillaremos y hasta eliminaremos al “Segundo Demonio” (Chaytan-é
devvom) ruso.
En materia de estrategia islámica, el sucesor de Andrópov enfrentará un dilema:
continuar la política ofensiva de Brezhnev a riesgo de recibir los contragolpes en Asia
Central, desestabilizada por el contagioso ejemplo del Cercano Oriente; o regresar a la
política de aislamiento que fue la de Stalin, es decir bajar la cortina de hierro, y proteger
las repúblicas musulmanas de todo contacto con el mundo exterior. ¿Pero, acaso una
cortina de hierro aún puede cumplir su papel en nuestra época de cassettes, y la
gerontocracia soviética será todavía capaz de tomar medidas draconianas? ¿Acaso no
tratan de hacer cuanto los sovietólogos norteamericanos denominan “chapotear en el
pantano”, conformándose con medidas a medias que nada solucionan y sólo retrasan el
momento de la eliminación final? [Acopio: REM-Otro Tiempo]
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