Literatura mexicana de fin de siglo

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Litertura mexicana de fin de siglo
 José Manuel García-García
José Manuel García-García (New Mexico State University). «La literatura mexicana de fin de siglo». Revista
de Literatura Mexicana Contemporánea 8 (mayoAgosto, 1998). 16-23.
1
En ‘Cuatro estaciones de la cultura mexicana’, Enrique Krauze
desarrolla un esquema inventario de las generaciones de escritores, intelectuales y académicos mexicanos del siglo XX.
La primera generación es bautizada como la ‘Generación del
15’. A ella pertenecen los nacidos entre 1891 y 1905. La segunda es la ‘Generación del
29’, los nacidos entre 1906 y
1920. La tercera es la ‘Generación de Medio Siglo’. Los nacidos entre 1921-1935. Y la cuarta
y última generación es la ‘Generación del 68’, los nacidos
entre 1936 y 1950. Esta idea es
perfecta en su correspondencia
analógica con las estaciones
cíclicas anuales. El esquema es
riguroso, creativo e inspirador.
Pero la vida sigue su rumbo y
de 1951 a 1965, ha surgido y
madurado otra generación. Y
después de ésta hay otra (y
otras más). Así tendremos hasta
el fin del milenio, las siguientes
generaciones: A) La Generación del 68: (1936 ó 1943) a
1950. Y las tres generaciones
siguientes: La postista (1951 ó
1958 a 1965) y las dos subsi-
guientes de fin de siglo (1966 a
1980 y 1981 a 1996/2000). ¿Qué
características comparten la G68 y la generación postista? ¿En
qué son diferentes? Respondamos en detalle a estas preguntas.
2
La crítica de la rebelión domada. La G-68 fue ante todo una
generación crítica o antiísta: ‘Lo
que se compartía en los sesenta
[dice Krauze] no era una aventura o una conquista sino una
negatividad, una cultura de
protesta contra la Sociedad Industrial’ (38). Bueno, era una
negatividad o antiísmo que
también tenía su carga de acción positiva, de aventura social. En realidad, lo que la G-68
ofreció en primera instancia,
fue una muy positiva ‘negatividad’ crítica que fue creación
cultural renovadora. Supo unir
ruptura y sutura; novedad y
tradición.
2.1
Podemos distinguir dos etapas
de la G-68. La primera ocurre
de 1965 a 1968 y la segunda se
extiende hasta finales de los 70.
La primera cosecha de la G-68
(insisto, los nacidos de 1936 a
1943) fue definitivamente ingenua. Criticaban al establishment, eran antisolemnes, pero
ingenuos. Querían ser los Traviesos del México Formal; los
Caifanes Culturales del México
Oficial. Carlos Monsiváis (n.
1938), señaló en su ensayo ‘De
algunas características de la
literatura
mexicana
contemporánea’, los siguientes
factores que conformaron la
cultura del 68: una clase media
educada, el crecimiento de la
enseñanza superior, el desarrollo de un marxismo esquemático (estructuralista) que daba
‘visiones unificadas del mundo’
(23). Otros factores fueron: la
producción masiva de reproducciones de obras de arte, la
reducción de la distancia entre
la Alta Cultura y la Cultura Popular. Según Monsiváis, el joven sesentaiochero quería sentirse moderno; es decir, ser
contemporáneo del mundo (frase que Octavio Paz remarca en
su Laberinto de la Soledad).
Monsiváis concluye que: ‘Hasta
1968, la modernidad cultural se
había concentrado en la defensa de la crítica como elemento
de corrección del autoritarismo, en la oposición —mundana,
antisolemne, informada, irónica— al México tradicional’ (26).
2.2
A esta primera etapa pertenecen los jóvenes reunidos en el
colectivo de La Espiga amotinada (1960) que crean una poesía ‘comprometida’. La Espiga
fue un grupo dirigido por Jaime
Labastida (1937) y Eraclio Ze-
peda (1937), que pretendía una
poesía de izquierda, aunque de
gran calidad literaria, como el
mismo Octavio Paz lo señaló en
Poesía en movimiento: México.
1915-1966 (México: Siglo XXI,
1966). También a esta etapa
pertenecen los chavos antisolemnes de la Onda. Eran los
jipitecas clase-media mexicana,
como el precoz José Agustín (n.
1944) y los jóvenes Gustavo
Sainz (n, 1940) y Parménides
García Saldaña.
2.3
José Agustín se integra a la ola
de la popularidad con su novelita La tumba (Novaro, 1964) y
su novela larga De perfil (Joaquín Mortiz, 1966). Este escritor
es reconocido como el campeón del humorismo ondero, el
derrochador de personajes
adolescentes, elasemedieros y
no-sofisticados, pero que buscaban llegar a ser los meros
representantes del humor de
una generación que se creyó
gerontofóbica y fueron sólo
voces lúdicas que adelantaban
lo que vendría en el axial año
del 68. Los personajes de José
Agustín, se enfrentaban con
ganas a esa abstracción llamada Aburrimiento, fueron los
nenes-de-papá, los niños socialmente domesticables, rebeldes-sin-mayor-causa que la
travesura y el desparpajo más o
menos relajiento y que se dedicaban a mitificar sus correrías,
creyéndose personajes epopéyicos que tomaban por asalto
un cielo que se caía de puro
tedio.
2
2.4
El segundo gran andero fue
Gustavo Sainz que publica sus
novelas: Gazapo (Joaquín Mortiz, 1965) y Obsesivos días circulares (Joaquín Mortiz, 1969).
And last but not least, el gran
Parménides García Saldaña con
su desencuadernada novela
Pasto verde (Diógenes, 1968) y
su colección de cuentos El rey
criollo (Diógenes, 1970). Parménides es el que captó mejor
el sabor sesentaiochero de la
Onda y la Rebelión Antisolemne. En su breve cuento ‘El
rey criollo’, la chaviza llega a
un cine del DF para descargar,
como es debido, su hormonal
violencia adolescente. El cine
es el espacio donde las pandillas se dedican a descargar sus
energías, hay patadas, gritos,
desplantes de machos braveros, etcétera. Parménides supo
relatar sabrosamente el perfecto relajo de la generación a la
que perteneció. Se adelantó a
las grandes manifestaciones del
68, donde los estudiantes democratizaron el espíritu lúdico
de la época (dixit Monsiváis).
2.5
Los jóvenes del 68 fueron antinacionalistas, lucharon contra la
ortodoxia de los muralistas y
los preceptos del Viva-MéxicoJijos-de-la-nación. Rene Avilés
Fabila (1940) caricaturiza estas
batallas generacionales en su
novela Los juegos (1967). Avilés
satiriza a los Viejos Nacionalistas contra los ‘Mafiosos’ de la
G-68. En una parte memorable
de la novela, los Viejos Nacionalistas se lanzan a las calles de
la Capital contra los jóvenes
‘contemporáneos del mundo’.
El zafarrancho se convierte en
una guerra a botellazos que
acaba en histórico empate.
2.6
Renglón aparte merece la figura cultural y literaria de Carlos
Monsiváis. El proyecto de Monsiváis es el de reevaluar críticamente los mitos ideológicos
(el nacionalismo, la mexicanidad, etcétera.) y los símbolos populares mexicanos (las
figuras de la cultura de masas y
las respuestas culturales de las
masas a las figuras del momento). Enrique Krauze dice que
Monsiváis es la figura paradigmática del 68, por su: ‘regocijante iconoclastia. [Y su] pitorreo’. Monsiváis ‘debe pasar a
la historia como el padrino de
la Generación del 68’ (39). Es la
Conciencia Critica (y Lúdica)
de su generación, es el periodista que impondrá un estilo a
la literatura mexicana. Un estilo
y un género: el periodismocultural que es una rama del
ensayo que llamamos Crónica.
Según Krauze, la Generación
del 68 ‘ha descuidado la poesía,
la narrativa y las artes visuales
o de cualquier índole, en favor
de géneros más propicios a la
politización: el reportaje, la
crónica, el ensayo teórico, la
caricatura y en general, el periodismo militante y doctrinario’ (39). La G-68 (y Carlos
Monsiváis con ella) recupera
los géneros que antes fueron
marginales: el periodismo cultural, la reseña documentada y
el ensayo literario evaluador.
3
2.7
En La Cultura en México, suplemento de Siempre!, hay una
gran promoción de escritores
de la talla de Jorge Ayala Blanco (n. 1943) y José Joaquín
Blanco. De hecho, La Cultura en
México, dirigida por Monsiváis
de marzo de 1972 a febrero de
1987, es el pulso del acontecer
cultural mexicano de la época
(ver al respecto: Carlos Monsiváis, ‘En el vigésimoquinto aniversario de La Cultura en México. La Cultura en México’ / 5 de
marzo de 1987; 36-48).
2.8
La euforia lúdica del la G-68 se
vino abajo con la noche de Tlatelolco. La masacre del 2 de
octubre transformó la gozosa
rebeldía juvenil en desengaño,
rabia e impotencia desesperada. La matanza de estudiantes
partió en dos la experiencia
generacional. Aparecen las
primeras publicaciones que
mezclan el desengaño y el sarcasmo. Luis González de Alba
(San Luis Potosí, 1944), autor de
Los días y los años (ERA, 1970),
describe en esa obra el ambiente estudiantil de las grandes
manifestaciones
premasacre y la sensibilidad del
desengaño post-2 de octubre.
2.9
En el teatro, Emilio Carballido
publica su Teatro joven de
México (Editores Mexicanos
Unidos, 1971) y da a conocer a
dramaturgos como Óscar Villegas (n. 1943) que en 1968 pone
en escena su farsa El renacimiento. En esta obra, Villegas
certifica la desesperanza de la
G-68 como un conflicto generacional-institucional: es la razón
de los estudiantes versus la
sinrazón de las universidades.
2.10
Estas representaciones literarias coincidieron con las respuestas políticas de muchos de
los jóvenes sesentaiocheros
que se lanzaron a la guerrilla
urbana tupamaresca que conformó la Liga Comunista 23 de
Septiembre. Y que fueron
aplastados a fines de los años
70 (ver al respecto: el heroísmo
‘negativo’ documentado en
Memorias de la guerra de los
justos, (México: Cal y Arena.
1996). de Gustavo Hilares; militante y protagonista de la vertiente ‘subversiva’ de la G-68.
Memorias, es un ‘recuento de
los daños’; es el apasionado
desencanto de un sobreviviente
del naufragio marxista postnoche-de-Tlatelolco. Esta época
conforma un estado emocional
y una actitud diferentes de la
primera cosecha de la G-68,
Hilares llega a colocase al otro
extremo de la izquierda.
2.11
En ese gran monumento titulado Días de guardar (ERA, 1970),
Carlos Monsiváis anota:
Después de una desgracia injusta, irreparable, impune como la matanza de Tlatelolco, las
cosas no vuelven a su lugar. La
certidumbre desaparece, las
seguridades se eliminan [...] el
miedo nos obliga a prescindir
de la inteligencia; el escepticismo se confunde con el cinismo que se mezcla con el
4
abandono que se contamina de
la indiferencia que se entrevera
con el letargo (75, 75).
2.12
El espíritu post-68, concluye
Monsiváis, es de un ‘sentimiento de frustración compartido, de represión en todas sus
acepciones’ (76). El destino de
la G-68 se tuerce: las opciones
se reducen: o resistencia militante o entrega al establishment. Hasta el acto de elegir
tendrá ‘carácter apocalíptico’.
2.13
Enrique Krauze comenta sobre
el estado traumático de la G-68:
es moralmente triste ‘su incapacidad para la decepción, la
autocrítica, el pluralismo y la
tolerancia’ (41). La G-68 vivirá
un estado de indefinición que
se reflejará en los textos reunidos en Días de guardar, especialmente en el ensayo ‘14 de
febrero, día de la amistad y el
amor: Yo y mis amigos’ páginas 65-77, donde Monsiváis
emite un juicio demoledor contra su generación que vive en
la contemplación de los daños,
en la inercia que es la aceptación implícita de la derrota.
vuelven al confort de la poesía
de ‘minorías’, en el muestrario
de Sandro Cohén, Palabra nueva: dos décadas de poesía en
México (Premia, 1981), la poesía ‘socialmente comprometida’
brillará por su ausencia.
2.15
En Un chavo bien helado: Crónicas de los años ochenta (ERA,
1990) José Joaquín Blanco (n.
1951) hará un dictamen postista
de los años 70. Para él, la Gran
Crisis de los ochenta barrió con
‘la contracultura de los sesenta
que nos llegó en los setenta y
que cundió y prosperó en los
medios juveniles, artís-ticos e
intelectuales’ (183) de la época.
Vivimos, asegura Blanco, en la
asfixia y la agonía. Y quienes
‘participamos en la contracultura [agrega] nos quedamos colgados de la brocha, sin saber
qué se hizo de todo aquello’
(183). El México de fines de los
setenta y principios de los
ochenta ‘quedó como antes: un
Ranchote de las Cavernas’
(183). Desapareció el marxismo, el último de los baluartes
del romanticismo europeo,
terminó el sueño de la modernidad, adiós a los signos de la
Rebelión:
2.14
Las postrimerías de los años 70
fueron dominadas por obras
hechas con el sabor de la impotencia: La noche de Tlate-lolco
(testimonio periodístico) de
Elena Poniatowska; Los días y
los años (novela-testimonial) de
González de Alba y Días de
guardar (iniciadora del cronismo contemporáneo) de Monsiváis, e inclusive los poetas
‘Inconformidad, rock, antiautoritarismo, feminismo, liberación
gay, reivindicación de la sensualidad y de la aventura, rechazo del camino burgués, culto de la sencillez y del instante;
en fin, del odio a papá y de las
coléricas urgencias de Revolution Now y Paradise Now’ (183).
5
2.16
La generación posterior a la del
68, vio la renuncia en masa de
las actitudes antiístas. La G-68
se acabó ‘sólita, erosionándose
en la asfixia y el miedo. Y en la
asfixia de la asfixia y en el miedo del miedo. ¡Ora sí qué manera de perder!’ (186). A mediados de los ochenta. México
será:
‘Dejar de fumar, guardar la línea, beber con moderación, ser
amable. Sólo buscar la prosperidad individual y la buena
conciencia [...] vivir en santa y
sana comodidad [...] adiós a los
libros difíciles, a la crítica y a la
pachanga: puras Obras Maestras —puras sobras mustias—,
de mucho status, muy presentables en sociedad. La Función
del arte volvió a ser la de siempre: objetos bonitos, con su
monote rojo y su celofán’.
(Blanco, 187)
2.17
José Joaquín Blanco concluye
que el único escape a esta asfixia del miedo es la vuelta a la
contracultura, la vuelta a ‘la
tradición de la crítica, a la inconformidad’ (189). Pero la
contracultura
tendrá
otros
nombres, otros medios y otros
fines. La Generación del Postismo comenzaba así, su crítica
a la tradición de la crítica; su
crítica al gesto rebelde de sus
hermanos mayores.
3
El postismo contra el sueño de
la razón cínica. Los Postistas
nacieron entre 1966 y 1980. Son
los herederos del Octavio Paz
de finales de los 60 y del Monsiváis de cualquier época. Buscan más la explicación de la
tradición que la postura de la
ruptura. Octavio Paz en un artículo titulado ‘El romanticismo y
la poesía contemporána’ (Vuelta 127, junio 1987), escribe lo
siguiente:
‘Hoy asistimos al crepúsculo de
la estética del cambio. El arte y
la literatura de este fin de siglo
han perdido paulatinamente sus
poderes de negación; desde
hace años sus negaciones son
repeticiones rituales, fórmulas
sus rebeldías, ceremonias sus
transgresiones. No es el fin del
arte: es el Fin de la idea del arte
moderno. O sea: el fin de la
estética fundada en el culto al
cambio y la ruptura’ (26).
Estamos, dice Paz, más allá de
una ‘crisis de la vanguardia’,
hoy presenciamos el fenómeno
del ‘arte de la convergencia’
(27). Paz se refiere a lo que hoy
conocemos como ‘la condición
posmoderna’. El arte es un abigarrado sincretismo; especie
de neobarroco conscientemente paródico (a la manera Monsiváis).
3.1
Después de la masacre del 68,
la intelectualidad mexicana
clausuró sus anhelos de progreso y cambio. La estética del
cambio se había convertido en
un signo oficialista: hay que
modernizar a México, decían
los políticos. Mientras los intelectuales (los del 68 y sus hermanos menores), sin Marx y sin
Rousseau, guiaron sus búsque6
das hacia las nacientes teorías
postestructuralistas francesas.
Leyeron a Roland Barthes y a
Michel Foucautl y se reeducaron bajo los signos de los
tiempos de la posmodernidad.
Carlos Monsiváis en su ya citado ensayo ‘De algunas características...’, señala que tiempo
después del trauma del 68, se
crea una atmósfera de ‘nueva
sensibilidad que es, ante todo,
la posibilidad de elección en
materia de comportamiento’
(28). Las características de esta
nueva generación son las siguientes:
‘En sus libros todo se encuentra: obsesiones eróticas (la mística de Bataille o de Klossovski):
ritmos prosísticos que son métodos para reproducir el movimiento de la realidad; juegos
de espejos con el lenguaje:
versiones crispadas del deterioro personal y social; búsqueda de la marginalidad como
escudo protector ante la absorción en el conformismo que es
la nada, rechazos abiertos y
aceptaciones involuntarias de la
tradición’. (28)
3.2
Entre la crisis de la vieja guardia intelectual y la crisis oficialsocial, emerge la literatura
posmoderna mexicana. Muchos de la Generación del 68
contribuyeron a esta difusión,
principalmente desde las páginas de La Cultura en México,
Suplemento de la Revista Siempre!, que entre 1985 y 1986 publicó diversos textos de los
principales teóricos de la posmodernidad (ver, por ejemplo,
las tesis de Frederic Jameson
publicadas en septiembre de
1986). También participó la
revista de la Universidad de
México, que de 1987 a 1988
publicó magníficos ensayos
sobre el tema de la posmodernidad (ver al respecto los números 437 y 449). Y la revista
Vuelta, que en 1987 publica la
polémica (la última batalla intelectual) de Octavio Paz en torno
a esa ‘nueva estética’ (ver el
número 127).
3.3
En cuanto a los escritores del 68
que escribieron libros con características posmodernas fueron: Carlos Monsiváis, con sus
libros de ensayos acerca de la
cultura
mexicana.
Mencionaremos el más reciente: Los
rituales del caos (ERA, 1995),
donde examina la relación entre la cultura de la crisis y sus
nuevos símbolos populares. El
poeta David Huerta, por su parte, siguió publicando sus poemas de alta carga autorreflexiva, postestructuralista e intertextual. Un ejemplo, Cuaderno
de noviembre (ERA, 1976/80),
poemario de estilo neobarroco.
Otro del 68 cuyo estilo posmoderno ha transformado el género marginal de la reseña cinematográfica en un ‘arte de la
convergencia’, es Jorge Ayala
Blanco. En sus libros La disolvencia del cine mexicano: entre
lo popular y lo exquisito (Grijalbo. 1991) y La eficacia del cine
mexicano: entre lo viejo y lo
nuevo (Grijalbo 1994), Ayala
Blanco nos ofrece un magnífico
ejercicio de crítica intertextual.
Su estilo también es neo7
barroco, rítmioco en la repetición de verbos saturantes. Otro
mencionable es el escritor Paco
Ignacio Taibo II (n. 1949). Este
ha publicado varias novelas
policiacas con juegos intertextuales (este término significa
que el escritor hace referencias
a otros textos y contextos históricos en una especie de juego
vertiginoso).
3.4
Los jóvenes de la Generación
Postista crecieron pues, en un
ambiente de crisis y ocasos.
Ciclos enteros del pensamiento
moderno habían concluido.
Monsiváis bautizó las décadas
de los 80 y 90 como del ‘postnacionalismo en la crisis’ (ver,
‘Muerte y resurrección del nacionalismo mexicano’. Nexos
109, enero 1987:13-22). ¿En qué
consiste esta etapa postnacionalista? En la democratización violenta de la vida social
‘desde abajo’, en el ‘rechazo de
los panoramas unificadores’, en
el ‘gusto por la fragmentación’
(20), y en ‘la renovación de la fe
en el localismo, pero ya no el
pueblito de Azuela o López Velarde, sino en la colonia, el barrio, la banda’ (20). También,
predomina un espíritu sardónico para enfrentar la crisis permanente mexicana. Y admite ‘la
incorporación masiva de las
mujeres al proyecto de nación a
través de su ingreso a la economía, abate nociones grandilocuentes: la Honra, el Respeto
Inmanente, la Autoridad que no
admite respuesta’ (21). Otras
características marcadas del
postnacionalismo
mexicano
son: ‘la ausencia visible de teo-
rías, lo que tiene que ver con
las dificultades para concertar
acciones comunes, y con la
desconfianza a la política’ (21).
3.5
La generación Postista destacará lo marginal. Será feminista
no-tradicional (aquí los adjetivos tienen la carga ideológica
que el lector desee). Han llegado para quedarse la literatura
feminista, la homosexual, y la
literatura ‘provinciana’, local.
Lo marginal se ha convertido en
el centro. Es una ‘marginalidad’ desingenuizada, anticínica, su proyecto va más allá
de la literatura mesiánica o
desengañada del 68 (los binomios de la ‘guerra fría’ se han
borrado). Los postistas aprendieron a resistir de forma diferente o más sofisticada el cinismo crítico de sus hermanos
mayores (ahora incrustados en
el estáblishment). Octavio Paz
observa a esta nueva generación y desconfía de ella, ‘no
sabemos siquiera [dice] si vivimos en un crepúsculo o en un
alba’ (‘El romanticismo...’ 26).
La respuesta la están dando los
nuevos escritores con su literatura de juegos intertextuales,
sus laberintos fragmentarios,
sus localismos, su humor textual. Sus juegos subversivos
contra las reglas impuestas de
los géneros literarios, la guerra
contra el canon, y el franco discurso gay y/o feminista. Con la
generación de fin de siglo,
México vuelve a ser ‘contemporáneo del mundo’, esta vez de
verdad (al menos esa es la actitud).
8
3.6
Los chavos de la generación
Post, desdeñan las grandes
teorías mesiánicas (el marxismo
y el neoliberalismo), sus respuestas contra la razón cínica
del capitalismo en crisis, comienza a oírse; José Joaquín
Blanco tiene razón, la contracultura debe resurgir, y está resurgiendo. Ya tiene otros nombres y otros estilos. Jaime Moreno Villarreal, por ejemplo,
publicó La línea y el círculo
(UAS, 1981), donde evalúa las
herencias de la Generación del
68. Moreno Villarreal integra en
su texto las ideas de Michel
Foucault y de Carlos Monsiváis
para entender las ‘nuevas actitudes’ de los poetas jóvenes.
Descarta las divisiones artificiales entre los escritores ‘cultos’ y
los ‘buenos salvajes’ (103). Borra los dilemas morales y la
oposición entre la ‘high’ y la
‘pop culture’; entre los temas
‘dominantes’ y los ‘marginales’.
3.7
Jaime Moreno Villarreal también participa con otros escritores como Adolfo Castañón
y Fabio Morabito en la creación de un libro que es un ejercicio de intergéneros, nos referimos a Macrocefalia (SEP/
CREA, Cuadernos de La Orquesta, 1988); un texto hecho
de fragmentos, por entregas
quincenales, donde los escritores intenta explícitamente abolir al autor (en singular): ‘cada
sujeto ora exhibe los rasgos de
su individualidad, ora intenta
borrarlos’ (8). Y utilizan las
‘técnicas de inserción, transposición, dialoguismo, supresión,
subversión ¿boicot? Insistencia
e intensidad’ (9).
3.8
Donde la generación postista se
ha desarrollado más, es en la
literatura feminista post-naif.
Algunas representantes de esta
corriente son: Ethel Krauze (n.
1954) con sus libros Infinita
(Joaquín Mortiz, 1992) y Mujeres
en Nueva York (Grijalbo. 1993)
donde ocurren triángulos amorosos
y
relaciones
problemáticas hetero / bisexuales.
Seymour Mentón dice de Krauze que es ‘la portavoz de la
nueva mujer liberada’ (369).
Aunque en el caso de la literatura feminista mexicana, las
portavoces se multiplican. Están por ejemplo: Carmen Boullosa (DF. 1951) con sus novelas: La Milagrosa (ERA. 1993) y
Duerme (España. Madrid: Alfaguara, 1994). En la primera novela Boullosa mezcla el tema
policiaco, la política y fantasía,
con las técnicas de la epístola y
el recado (los agradecimientos
populares a los milagros de una
santa). La segunda, es acerca
de una mujer travestí sumida en
los albores del Nuevo Mundo
hispano-machista. También está
Martha Cerda (Guadalajara,
1952) que desarrolla una aguda
parodia al Boom hispanoamericano. Martha Cerda es una
genuina ‘Post-Boomista’, con
sus juegos a contracorriente del
realismo mágico. Su ‘novela’ La
señora Rodríguez y otros mundos (Joaquín Mortiz, 1990) es un
claro ejercicio posmoderno.
Otra voz: Margarita Mansilla
(México, 1953) con su novela
Karenina Express (UNAM, 1995);
9
a pesar de que es su primera
obra publicada, Mansilla muestra una maestría en el uso de los
juegos intertextuales y de intergéneros, así como un juego
neobarroco con los idiomas.
Otra de las protagonistas del
postismo de este fin de siglo, es
la voz poética de Minerva Margarita Villarreal (Nuevo León,
1957). De esta autora hay que
citar
su
poemario
Epigramísticos (Coordinación Nacional de Descentralización,
Instituto Coahuilense de Cultura, 1995), donde la autora transgrede los discursos feministas
de antaño. Por ejemplo, en ‘Envidia del coño’ la poeta dice:
‘Es verdad. Ligia, eres feminista / salvo cuando, flecha
en vuelo, / un falo se cruza entre nosotras’ (44).
también escribe novelas de temática gay, pero es en sus ensayos es donde se encuentra su
poder de seducción narrativa.
Dos libros cruciales: Cuando
todas las chamacas se pusieron
medias de nylon (Joan Boldó i
Climent. Editores, 1989) y Un
chavo bien helado: Crónicas de
los años ochenta (ERA, 1990). En
cuanto a Luis Montaño, éste nos
dejó sólo una buena novela:
Brenda Berenice o el diario de
una loca (Editorial Domés,
1985). Esta novela es el ‘diario’
de un travestí ‘mujir’ y que nos
cuenta su vida de ‘loca’. A pesar del humorismo contenido
en la novela, el personaje sufre
su aislamiento social. En esta
novela, es destacable el uso de
la jerga del ‘loca-gay’.
3.10
3.9
También, la generación Postista
tiene
excelentes
representantes en la literatura gay.
Basta mencionar a Luis Zapata
(Guerrero, 1951), José Joaquín
Blanco (n. 1951) y a Luis Montaño (Sonora, 1955-1985). Luis
Zapata es el decano de la literatura gay-mexicana. Tiene novelas de gran calidad como El
vampiro de la Colonia Roma
(Grijalbo, 1979), y La hermana
secreta de Angélica María (Cal y
Arena, 1989). Ambas obras son
verdaderas tragicomedias de
seres
marginales
incomprendidos por la sociedad.
En El vampiro, un prostituto nos
cuenta sus desventuras; en La
hermana, conocemos la historia de un hermafrodita que
acaba en un manicomio. José
Joaquín Blanco, por su parte,
Hay otras voces que subrayan
otras categorías posmodernas.
Por ejemplo. Armando Ramírez
se dedica a exaltar sus obsesiones localistas. En sus libros
sólo hay un sujeto: Tepito. En su
Crónica de los chorrocientos mil
días del Barrio de Tepito (Editorial Novaro, 1973), Ramírez pone en jaque al lector que no
sabe si está ante una novela o
una secuencia de relatos cortos;
también es necesario mencionar su uso de un lenguaje marginal post-ondero.
3.11
Otro postista importante es Enrique Serna (1959). Autor de la
novela Uno soñaba que era rey
(Plaza y Valdés. 1989). Serna
ejerce una dura sátira contra la
razón cínica de la generación
del 68. Se burla del racismo y
10
de la inmoralidad de la clase
media mexicana. Los personajes de Enrique Serna son los
envejecidos chavos de la onda
que, alguna vez, fueron mitificados por José Agustín. Similar actitud encontramos en la
obra del poeta Ricardo Castillo
(Guadalajara, 1954). En su
poemario titulado El Pobrecito
señor X (Fondo de Cultura Económica, 1980) Castillo nos ofrece uno de los poemas más importantes del postismo: ‘La
oruga’. Es un texto donde la
carcajada posmoderna flota en
las tinieblas de la crisis: ‘porque tu esperanza ha quedado al
margen de cuentos celestiales /
porque tu amor ya no da para
utopías’ (43). Y nos envuelve en
el vértigo seductor del caos: ‘El
hombre tomó una vertiente luminosa que le tendió Caos / y
Caos resopló en las ruinas del
hombre’ (60).
3.12
Hay otros tres postistasposmodemos que quiero mencionar: José Joaquín Blanco,
Pablo
Espinosa
(Veracruz,
1956) y Oscar de la Borbolla.
De Blanco ya hemos mencionado su contribución. Es, junto
con Jaime Moreno Villarreal, el
crítico de esa cultura que está
en proceso de creación. En
cuanto a Pablo Espinosa, éste
pareciera ser el sucesor de
Monsiváis (el tiempo lo dirá).
Espinosa es el nuevo cronista
de eventos culturales de masas.
Su estilo es coloquial (como
Armando Ramírez) y en sus
temas mezcla la ‘alta’ y la ‘baja’
cultura (como Monsiváis) para
estudiar las expresiones carna-
valescas mexicanas. Es menos
crítico que José Joaquín Blanco,
pero su estilo es tan seductor
como el de Jorge Ayala Blanco.
3.13
El tercer ‘cronista’ (aquí la palabra se adentra al cronismo de
ficción) es Oscar de la Borbolla.
Al que es mejor definir como
post-cronista o como él mismo
se define: ucronista. Y precisamente, en el libro titulado Ucranías (Joaquín Mortiz, 1989), De
la Borbolla destaca su concepto
de la literatura: la vida es un
simulacro y la literatura, una
oportunidad para mentir con la
verdad simulada. Lo que pudo
sser, no lo que fue.
3.14
Hay muchos otros escritores de
la generación Postista que comienzan a desarrollarse dentro
de este ‘espíritu de época’. Algunos de ellos son: Guillermo J.
Fadanelli, Ricardo Chávez Castañeda, Luis Humberto Crosthwaite, Alfredo Espinosa, y los
críticos Lauro Zavala. (No hablo
de géneros literarios, sino de
generaciones)
3.15
Junto con los mencionados, siguen publicando los reconocidos: Carlos Fuentes, José
Emilio Pacheco, Emmanuel
Carballo y las nuevas luminarias: Ángeles Mastretta (1949) y
Laura Esquivel (1950). Mastretta
con su novela ¡Arráncame la
vida! (Premio Mazatlán 1985;
Cal y Arena, 1993) y Esquivel
con el best seller Como agua
para chocolate (Planeta, 1989).
Ana Rosa Domenella ha señala11
do que ambas escritoras comenzaron sus carreras vinculadas a los medios periodísticos
(relación obvia con la G-68) y
que sus novelas tienen temas
populares y un tratamiento de
subliteratura: parodia de folletín, música popular, recetas de
cocina y de buenos modales y
una tradición oral, como es el
chisme.
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http://web.nmsu.edu/~jmgarcia/
© José Manuel García-García
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