Calles Inmortales

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Calles
Inmortales
baker street_ pablo de santis
evergreen terrace_ gustavo rodríguez
elm street_ daniel goya
etiqueta negra
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Baker Street
La calle de
Sherlock Holmes
una ronda de pablo de santis
C
uando tengo que buscar una calle de Buenos Aires acostumbro a utilizar una enorme y vieja guía del año 1960. Casi
siempre encuentro lo que busco, aunque allí no figuren autopistas, cambios de nombre de algunas calles, o los barrios
más nuevos. Consulto esta guía porque me resulta mucho más rápida que la computadora y porque me recuerda que
los planos nunca son una representación literal, sino una especie de sofisticado símbolo de la ciudad.
Cuando un escritor incluye calles o lugares reales en sus novelas, establece una distancia semejante a la de las viejas guías,
como si trazara el plano de un pasado alternativo. Agrega un poco de realidad a la imaginación, pero a la vez pone imaginación
en la realidad. Kafka dota de una espada, en lugar de una antorcha, a la Estatua dE la libErtad. Alejandro Dumas ubica la casa de
Aramis en la Rue Servandoni, que no se llamaba así en tiempos de los trEs mosquEtEros. Conan Doyle aloja a Sherlock Holmes
en el 221B de Baker Street, pero esa enumeración no existía a fines del siglo XIX (la calle sólo llegaba hasta el 85). Estos errores
o variaciones de la realidad acaban por ser verdades de la imaginación.
En tiempos de Holmes, Baker Street era (y sigue siendo) una calle de un barrio acomodado, y con mucho tráfico. Es probable que no la haya elegido por su rareza sino por lo contrario, porque no llamaba la atención. Cuando Borges escribió «El
Aleph», ubicó la casa donde transcurre el relato en la Avenida Garay, una calle especialmente anodina, sin nada de belleza
pero tampoco sin una fealdad particularmente expresiva. A veces un escritor pide a sus escenarios que digan cosas importantes; otras, les exige lo contrario: que hablen en voz baja, que no se note que allí hay un punto que encierra el universo entero,
o un detective genial.
En el departamento de Baker Street se produce un momento esencial de la aventura: la espera. Holmes y Watson conversan de naderías, fuman sus pipas, comentan las noticias del periódico y examinan la correspondencia, mientras aguardan
la llegada del misterio. Frente al héroe de la novela de aventuras, que está siempre en movimiento, el detective inaugura la
quietud. Espera sentado que el misterio venga a él y pone a prueba su sabiduría no en grandes espacios, sino en cuartos que
ha de explorar a fondo. El héroe de aventuras es el que puede entenderse con lo inmenso; el héroe del relato policial es el
que se enfrenta con lo mínimo y descubre una verdad escondida en la trivialidad, en lo cotidiano, en aquello en lo que nadie
repara. Así como la casa nada extraordinaria de Baker Street esconde al genio, así un cuarto común puede ocultar las huellas
del crimen.
Con el relato policial entran en la novela los espacios pequeños, las hendiduras entre las tablas del piso, el fondo de
los cajones, el contenido de los bolsillos. En la literatura anterior al policial, los objetos eran importantes y visibles, y eran
símbolos: espadas, cálices, tapices, joyas. La literatura policial los reemplaza por cajitas de fósforos, pañuelos, un pedazo de
cristal, un reloj roto. Lo que da importancia a las cosas es su lugar en una red de causas. Las pistas no tienen importancia en sí
mismas, sino en una constelación de significados. Las cosas, en las novelas anteriores, eran totalidades; en el policial, las cosas
siempre son fragmentos de una verdad oculta.
El departamento de Baker Street es el escenario de una nueva sensibilidad. Ante la exaltación de las maravillas del campo
y de la vida natural frente al hacinamiento de la vida en la ciudad (tan comunes en tiempos de Conan Doyle como en los nuestros), Holmes representa al hombre que detesta la playa, el bosque, las vacaciones. En el cuento «El paciente residente», el
pobre Watson se queja del calor de Londres y lamenta que no haya forma de sacar a Holmes de la ciudad: «Le encantaba verse
rodeado de cinco millones de personas, tendiendo sus redes para que nada ni nadie escapara a su vigilancia, siempre alerta
ante un rumor o sospecha de un crimen sin resolver. El saber apreciar la naturaleza no se encontraba entre sus innumerables
facultades». El relato policial es en esencia un relato urbano, que nace cuando se agudiza la conciencia de que vivimos entre
multitudes anónimas y que no conocemos a nuestros vecinos. La moraleja oculta de todo relato policial es que no conocemos
de verdad a nadie y que todos podemos tener una vida secreta.
¿Podemos imaginar a Holmes lejos de Baker Street? Watson sí. El buen médico nos cuenta que el detective se mudó a una
granja en el condado de Sussex, y que a pesar de su desinterés en la naturaleza se dedicó a la apicultura.
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Evergreen Terrace
La calle de
los Simpson
una evocación de gustavo rodríguez
U
na vez me preguntaste, Maluchi, cuáles eran mis lugares favoritos en el mundo. Tu padre es un seductor incorregible,
y por ello debes recordar lo que te respondí: «Cualquiera, siempre y cuando estés tú allí». Hoy quisiera dejar las
zalamerías y zambullirme en los hechos. Hoy quisiera que me acompañes a uno de esos lugares, Maluchi. Se trata de
una calle en una ciudad a la que alguien bautizó como Springfield. La calle se llama Evergreen Terrace. Ya que la genética ha
querido que tú y yo tengamos los ojos saltones, es posible que los vecinos no se den cuenta de que somos forasteros, y que
podamos caminar sus pocos metros (algo más de cien) sin sobresaltos. En la mitad exacta de esa calle pequeña, en el lote 742,
existe una casa común y corriente donde hace veinte años empezaron a ocurrir los hechos más extraordinarios. Por ejemplo:
que Bart, el niño de la casa, haya tenido en su patio a un elefante africano como mascota. O que Cristiano Ronaldo, ese pop
star del fútbol, haya tocado el timbre sólo para hacerle un túnel a Homero Simpson, el padre, un calvo panzón que aparenta
mucho más que sus treinta y seis años. Cuando lleguemos comprobarás, Maluchi, que la vivienda de los Simpson es de color
melón y tiene un tejado marrón. A la izquierda de su puerta principal notarás que se extiende la sala: lo más probable es que
por la ventana veamos a Homero viendo la televisión con una cerveza Duff en la mano. Pero si de verdad tenemos suerte, tal
vez podamos ver a toda la familia cumpliendo un ritual que realizan veintidós veces al año: una coreografía distinta y estrambótica cada vez que los cinco corren a sentarse para ver la televisión desde el mismo sofá.
No hay vecindario en el mundo, hijita, que no tenga un vecino detestable. En Evergreen Terrace, ese papel le cae a Ned
Flanders, un tipo de anteojos y de bigotes bien acicalados que Homero repudia por representar lo contrario de él: Flanders
es un viudo que debe criar solo a sus dos hijos. Además, es un cristiano fanático y piadoso que, extrañamente, no trata de
convertir a los demás. Para colmo, jamás ha puesto un pie en la taberna de Moe para emborracharse. En suma, es un perfecto
imbécil para la mentalidad mediocre de Homero que, honestamente, tu padre ha compartido alguna vez. En cierta ocasión
Castoriadis, un filósofo y psicoanalista francés, dijo que el odio al otro es el reflejo del odio que nos tenemos a nosotros mismos. Si la mejor forma de conocer a un hombre es conocer a la persona que odia, entonces haremos bien en darle un vistazo
a Flanders mientras poda su jardín apaciblemente. Mientras esta imagen idílica aparece en mi mente, se me ocurre que las
calles tranquilas que son famosas en el mundo solo tienen esa condición a causa de algún vecino ilustre o de algún crimen
horrendo. Downing Street en Londres, por ejemplo, no pasaría de ser una calle olvidable de no ser porque en el número 10
vive el primer ministro británico. Pasar por delante de su pequeña puerta negra e imaginarse a Churchill saliendo de ella genera cierta emoción. De la misma manera, Cielo Drive, en Beverly Hills, no saldría en Wikipedia de no ser porque en ella se
produjeron los asesinatos relacionados a Charles Manson. Algo así ocurre con Evergreen Terrace: en ella viven los Simpson,
ilustres y culpables a causa de un crimen que el planeta hace rato les perdonó: ser la familia más conocida del mundo, sin ser
conscientes del poder que ello otorga.
Pero basta ya de mis tonterías. ¿Preparamos pop corn?
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Elm Street
La calle de
las pesadillas
un temor de daniel goya
L
a primera vez que escuché hablar de la calle Elm fue cuando tenía diez años. Recuerdo que vi la película en la televisión
del cuarto de mis padres. Pesadilla en elm street, de Wes Craven. Pesadilla en las filosas manos de Freddy Krueger. Apagué
la luz para bañar de oscuridad la habitación y fingir que estaba solo en un cine improvisado. Pronto me di cuenta de
que la calle Elm podía ser la calle de mi casa, o de mis abuelos, o de cualquier otro amigo del colegio. Su particularidad era
nula, un vecindario como cualquiera, donde los niños podían jugar en los jardines de las casas, donde rara vez pasaba un auto
y muchos árboles daban sombra a las veredas.
De noche, sin embargo, la calle Elm de Craven se llena de sombras sospechosas y amenazantes, con caminos húmedos y
sonidos que parecen provenir de ningún lado. El estereotipo de los escenarios de terror –esas arterias solitarias donde nadie
puede ayudarte, aunque grites– lo recogió Craven de cintas anteriores, pero fue él quien le dio protagonismo. Le puso nombre
al escenario, lo volvió reconocible y lo convirtió en un referente del miedo. Finalmente, las cosas más horrendas ya no estaban
circunscritas a espacios extraños, sino que podían pasar en el mismo lugar en que de niño mataperreabas con tus amigos del
barrio. Cuando nació la calle Elm del cine, nació también la arquitectura del espanto. Fue así que otras cintas recogieron el
estilo de asustarte en tu propia casa, en tu colegio o en el tranquilo club al que ibas de campamento. Allí están las películas
de las sagas scream, sé lo que hicieron el verano Pasado y destino final.
Es posible que el director escogiera situar las fechorías de Freddy Krueger en una calle típica de suburbio estadounidense
por su imagen apacible y hasta aburrida. Los suburbios fueron construidos a mediados del siglo XX, en la misma época en que
miles de familias estadounidenses recibían a sus hijos, que volvían de los lejanos frentes de la Segunda Guerra Mundial. Eran
refugios de tranquilidad familiar en las afueras de las grandes ciudades. En las casas, todas de idéntico diseño, las ventanas no
tenían seguros contra los ladrones, acaso en la confianza de que los vecinos siempre eran personas conocidas y respetables,
gente con la que uno podía cultivar la clase de amistad y espíritu solidario que ya entonces resultaba imposible en las grandes
urbes modernas. La imagen de padres e hijos lavando juntos el auto o dedicándose a algún proyecto en el garaje de la casa se
volvió una escena típica.
Pero nada es perfecto en un país donde hasta el miedo es una mercancía. Tal vez la mejor metáfora de esto es que existe
una calle Elm en casi todas las ciudades estadounidenses, y son, por lo general, zonas de vivienda de clase media. El propio
Wes Craven cruzaba una cada día al ir a sus clases en la universidad en Nueva York, mucho antes de dirigir su emblemática película. Incluso la historia de Estados Unidos contiene un detalle que transforma una coincidencia urbana en la discreta marca
de un misterio: el trágico viaje del presidente John F. Kennedy a Texas, en noviembre de 1963, terminó con un disparo cuando
su auto se desplazaba sin prisa por la calle Elm de Dallas.
El terror inesperado consigue más trascendencia y efecto que aquel que se aguarda con certeza y paciencia. Elm es la calle
donde la vida pasa lentamente. Es todo lo contrario a un barrio peligroso de criminales y víctimas. Sus aceras siempre están
limpias y los autos pueden estacionarse en la entrada de las cocheras sin temor a un robo. Los estudiantes regresan caminando a sus casas desde la escuela y los adolescentes entran por las ventanas a las habitaciones de sus amigos con emoción e
inocencia. Nada hace prever crimen alguno.
¿Necesitaba Freddy Krueger un nombre para la calle donde desata su infierno? Sí, porque Elm es para Freddy el reino
donde ejerce su poder. Es su dominio, su territorio, su hogar. La calle Elm es tan importante como los cuchillos del guante
del asesino, sus quemaduras, su sombrero gastado y su camiseta con rayas verdes y rojas. El súbito lugar del espanto es tan
relevante como las víctimas, la sangre, el miedo, las sombras y los gritos de las personas que se quedaron dormidas. Podría
tomarse como un signo de mala suerte que tu casa se ubique en una calle con este nombre, pero tampoco es para tanto.
Quien se preocupe por los signos, bien puede tranquilizarse con éste: en la tercera entrega de toy story, el simpático vaquero
Woody revela que vive en el 234 de la calle Elm. Vecinos buenos hay en todos lados.
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