4 Al iniciar la temporada de baseball, el entrenador

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Miércoles de Ceniza
D Í A 1: VO LV E R A L O BÁ S I C O
Al iniciar la temporada de baseball, el entrenador tiene
que llevar a sus jugadores de nuevo a lo fundamental.
Les recuerda entonces cómo adoptar la postura de tres
puntos, el modo correcto de recibir una entrega, cómo
sincronizar los movimientos del swing, la importancia de
mantener los ojos fijos en la bola, etc. Independientemente
de cuán maravillosa haya sido la ejecución de un jugador
durante la temporada anterior, tendrá que empezar a
entrenar en primavera desde lo más básico, pues antes de
hacer cosas espectaculares deberá dominar las cosas más
simples y elementales.
Lo mismo ocurre en la vida espiritual. La Cuaresma es un
tiempo para alistarse, para prepararse y afinar detalles, un
tiempo para volver a lo básico, un tiempo para recordar
lo más fundamental. Es por ello que la Iglesia nos invita a
revisar el inicio del libro del Génesis, donde encontramos
el relato de la Creación y de la Caída.
Con frecuencia hemos escuchado este relato, al grado de
que lo tenemos grabado en nuestras mentes; sin embargo,
tenemos que volver a escucharlo: “Entonces el Señor
Dios formó al hombre del polvo de la tierra, sopló en su
nariz un aliento de vida, y el hombre fue un ser viviente”.
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El Miércoles de Ceniza resuenan éstas palabras: “Polvo
eres, y en polvo te convertirás”.
Hoy se nos recuerda que nuestras vidas provienen de
Dios, que nuestra propia existencia viene de Dios, que
nada se nos debe y que nada proviene de nosotros.
Toda bocanada de aire que respiramos nos recuerda que
dependemos de Dios; cada uno de nuestros latidos es un
recordatorio de que Dios es el Señor.
Ahora que estamos dando comienzo a nuestro recorrido
cuaresmal, tomemos unos minutos para reflexionar sobre
esta realidad: sin Dios no somos nada. Demos gracias a
Dios porque amándonos nos trajo a la existencia.
“Rendirse a Dios no significa poner en peligro nuestra
libertad, sino alcanzar la forma más plena de vida.”
r e f le xion e s de c uar e s m a
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Primer jueves de Cuaresma
D Í A 2: E N E L J A R D Í N
Comencemos por el principio, al entrar al Jardín. Una de
las primeras cosas de las que nos percatamos es que Dios
plantó un jardín en el Edén y colocó ahí a los primeros
humanos. Esto nos indica que Dios desea para nosotros
un jardín, un lugar de gozo, de color, lleno de vitalidad,
un lugar donde nuestras facultades puedan expresarse
llenas de energía. Dios desea que tengamos vida y que la
tengamos en abundancia.
¿Cómo se da esta vida en nosotros? Aceptando la gracia
de Dios y estando dispuestos a permitir que dicha gracia
fluya a través de nosotros hacia los demás, es decir,
regresando a un estado que existía desde el comienzo de
la Creación.
Dios le dio a los primeros humanos, Adán y Eva,
prácticamente libertad absoluta para gobernar el Jardín.
Los Padres de la Iglesia vieron en esta libertad una
expresión del deseo de Dios de que cultiváramos la tierra
y nuestras capacidades al máximo, que desarrolláramos
nuestras habilidades como científicos, políticos, poetas,
amantes y amigos.
Sin embargo, ahí se encontraba también el árbol del
que no debían comer: “Y dio al hombre este mandato:
‘Puedes comer de todos los árboles del jardín; pero no
comas del árbol del conocimiento del bien y del mal,
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porque si comes de él morirás irremediablemente’”. ¿Por
qué razón se presenta aquí este árbol simbólico, plantado
en medio del Jardín? Porque representa el criterio del
bien y del mal, es decir, aquello sobre lo cual sólo Dios
tiene poder. Se trata del criterio por el cual la vida buena
puede distinguirse de su contraparte trágica.
La mujer vio en el árbol frutos buenos para comer, y le
pareció deseable como fuente de sabiduría. El momento
en que el fruto fue tomado, cuando el hombre y la mujer
intentaron apropiarse de la divinidad misma, cuando
ellos —y, por extensión, todos nosotros— hicieron de su
voluntad el criterio para determinar el bien y el mal, fue
el momento en que el flujo de la gracia se rompió.
Lo mismo ocurre con el pecado. Nuestra autonomía
e independencia de Dios parecen deseables pero, de
hecho, nos conducen a una profunda vulnerabilidad.
Adán y Eva no se percataron hasta ese momento de
que estaban desnudos. En definitiva, la acción que
cometieron culminó con su expulsión del Jardín y su
llegada al desierto de la autosuficiencia y del miedo.
“Dios no permanece en el Jardín esperando que nosotros
regresemos; por el contrario, se introduce en nuestro miedo
y en nuestra insuficiencia y, por nosotros, hace que el poder
del pecado retroceda.”
r e f le xion e s de c uar e s m a
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Primer viernes de Cuaresma
D Í A 3: L A G R A N M E N T I R A
Nuestro Dios es un Dios vivo, un Dios que desea que
compartamos su vida. Es por eso que “Dios plantó un
jardín en el Edén (…) y colocó ahí al hombre que había
formado”. En el Edén nos dio una libertad casi total como
un signo de su buena voluntad a nuestro favor, así como
su deseo de que pudiéramos ser plenos en todo sentido.
La política, el arte, las ciencias, la literatura, la filosofía,
la música, los deportes, el entretenimiento: todo aquello
que lleva al florecimiento del hombre es a su vez deseado
por Dios.
Y entonces entra en escena la serpiente. Al igual que
nosotros, la serpiente es una creatura de Dios. Depende
totalmente de Dios para vivir. No se trata de una especie
de rival con un poder equivalente al de Dios. El hecho
es que la Iglesia siempre ha predicado que el mal no es
un oponente substantivo del bien, sino que guarda una
relación parasitaria con éste.
Sin embargo, la serpiente no deja de ser por esto un
oponente astuto. Obliga a Eva a preguntarse el porqué de
la prohibición: “¿Así que Dios les dijo que no comieran
de ninguno de los árboles del huerto?”. Entonces la mujer
aclara cuál es la prohibición, y la serpiente replica: “¡De
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ningún modo morirán! Lo que ocurre es que Dios sabe
que en el momento en que coman se les abrirán los ojos
y serán como Dios, conocedores del bien y del mal”.
Ésta es la gran tentación y la gran mentira. La serpiente
siembra en la mente de Adán y de Eva la convicción
de que a menos de que ellos mismos determinen el
significado y propósito de sus vidas, ellos no serán
verdaderamente libres. Dicho en términos modernos,
sus vidas no estarán siendo plenamente vividas hasta
entonces.
Pero el conocimiento sobre el bien y el mal es una
prerrogativa de Dios, que en nosotros sólo se traduce en
el deseo de determinar nuestra propia vida, en el anhelo
de establecer la diferencia entre lo bueno y lo malo. Pero
esto le corresponde sólo a Dios. Así como él sopló la
vida y el ser en nosotros, así también sopla un propósito
moral y espiritual en nosotros.
En el momento en que nos convencemos de estar viviendo
según nuestros propios criterios, eligiendo a partir de
los términos que nosotros mismos establecemos, es
entonces que dejamos de ser realmente libres y dejamos
de estar realmente vivos.
Adán y Eva fueron expulsados del Jardín cuando
intentaron hacerse de este conocimiento. Y esto ocurrió
no porque Dios sea vengativo, sino porque se trata
de la consecuencia natural que se sigue de nuestra
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pretensión de ser Dios. Cuando intentamos apropiarnos
de la divinidad, toda forma de vida que tuviéramos se
marchita y seca. Nos convertimos entonces en almas
pequeñas, confinadas a la prisión de nuestro propio
egoísmo, siendo víctimas de la Gran Mentira.
“Gloria Dei homo vivens. ‘He venido para que tengan
vida y la tengan en abundancia’.”
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Primer sábado de Cuaresma
D Í A 4: S U B SA N A N D O E L DA Ñ O
En todo el Evangelio somos llamados a identificarnos con
Jesús. Dios se hizo hombre para que el hombre pudiera
hacerse Dios. Participamos en él y es así que percibimos
cómo es la vida divina. En ningún pasaje del Evangelio
queda esto más claro que en el relato de las tentaciones
en el desierto.
Jesús acababa de ser bautizado. Acababa de hacer suya su
más profunda identidad y misión, y ahora se enfrenta —al
igual que todos nosotros— con las grandes tentaciones.
¿Qué es lo que Dios quiere que haga? ¿Quién quiere Dios
que sea? ¿Cómo debe vivir su propia vida?
Observemos cómo en todo momento Jesús subsana el
daño causado en el Edén por la Gran Mentira. El demonio
le tienta instándole a que haga del placer sensual el centro
de su vida, que determine el bien o el mal de acuerdo al
criterio de lo que le satisfaga sensualmente. Pero Jesús da
un giro a esta propuesta: “No sólo de pan vive el hombre,
sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”.
A continuación, el demonio le lleva a la cumbre de una
montaña y le muestra todos los reinos del mundo: “Todo
esto te daré, si te postras y me adoras”. La tentación es
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convertir el poder en el centro de su vida, hacer de su
propia autoridad el criterio de lo bueno y lo malo. Pero
Jesús revierte esto diciendo: “Aléjate, Satanás, porque
está escrito: ‘Adorarás al Señor tu Dios y sólo a él le darás
culto’”.
Y luego Satanás tienta a Jesús una tercera y última vez,
llevándole a la parte más alta del Templo, tentándolo para
que haga de su ego el centro de su vida, convirtiendo su
propia gloria en la medida del bien y del mal. Pero Jesús
revierte este ataque diciendo: “No tentarás al Señor tu
Dios”.
En la versión del Evangelio de Mateo, este evento termina
con una línea crucial: “Entonces el demonio se alejó de
él”. Ante las palabras de Jesús incluso Satanás tiene que
retirarse. Recordemos esto cuando seamos tentados por
la Gran Mentira.
“Nosotros no medimos a Dios; Dios nos mide a nosotros y,
de esta manera, encontramos nuestra felicidad.”
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