Misa Con Tiempo - 3º Domingo de Adviento (Ciclo A)

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REFLEXIÓN INICIAL
Jesús nunca percibió que en el corazón de Dios hubiera
indiferencia hacia sus criaturas. Menos aún, irritación
o ira ante el pecado del ser humano. Sólo ternura y
compasión hacia sus hijos e hijas que sufren y muchas
veces equivocan el camino. Ésta fue su experiencia de
Dios: somos hijos de una Fuerza y un Misterio que nos
quiere ver libres de miedos, angustias y sufrimientos,
para que podamos vivir en plenitud.
Al experimentar todo eso, Jesús ya no pudo seguir con
su vida normal de siempre. Lo dejó todo para comunicar lo que él sentía en lo más profundo de su corazón:
«Dios cuenta con nosotros; todos podemos vivir de su
bondad y de su perdón que no excluye a nadie». En
adelante se dedicaría a curar, a aliviar el sufrimiento y
a rescatar vidas fracasadas.
Su verdadera revolución fue poner en marcha una «religión terapéutica». Lo importante no era el esfuerzo por
ordenar la vida y regular la convivencia con preceptos
y normas. Lo decisivo es acoger a Dios para recuperar
nuestra dignidad humana y vivir como hermanos.
Por eso, no se acercaba a la gente levantando con autoridad el índice de su mano para recordar la Ley del
Señor. Sus manos acariciaban y bendecían. Toda su actuación recordaba la mano amistosa de Dios tendida
a enfermos y pecadores, y a los que peor lo pasan en
la vida.
Cuando se le preguntó si venía en nombre de Dios,
Jesús presentó su actividad sanadora: «los ciegos ven
y los paralíticos caminan; los leprosos son purificados y
los sordos oyen; los muertos resucitan y la Buena Noticia es anunciada a los pobres. ¡Y dichoso aquel que no
se sienta defraudado por mí!!».
No hay duda. Para Jesús, la mejor prueba de que estamos actuando en nombre de Dios es curar la vida,
aliviar el sufrimiento, suprimir el mal que hace daño,
sanear la sociedad, hacer posible una vida más digna y
saludable para todos.
El problema principal de Jesús fue que las personas
más religiosas de su sociedad y de su tiempo, es decir,
las personas que eran moralmente correctas e irreprochables desde el punto de vista de la ley, no entendieron su manera de entender y vivir la religión. En
cambio los pobres, los enfermos y los pecadores no
fueron un problema para Jesús, sino todo lo contrario: enseguida comprendieron y acogieron su mensaje.
Para ellos, todo lo que Jesús hacía y decía era una
Buena Noticia.
Bastaría introducir más decididamente en la Iglesia
la dimensión terapéutica de la religión para ver cómo
empiezan a cambiar muchas cosas aparentemente inconmovibles. Jamás deberíamos perder de vista que
únicamente mediante la compasión y la actitud sanadora con las que Jesús vivió toda su vida, podremos
anunciar y hacer presente en nuestro mundo la Buena
Noticia del Reino.
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MONICIÓN INICIAL
A: Juan el Bautista ha acertado acerca del tiempo y del
personaje, pero se ha equivocado respecto al modo.
Ha sabido indicar exactamente al esperado, pero no
ha sabido comprender el estilo de su acción.
En el fondo, éste debe haber sido su martirio, más
doloroso que aquel que le infligía Herodes en la fortaleza de Maqueronte. Un Dios que se manifiesta de
manera distinta a como nos lo habíamos imaginado,
que no se comporta según nuestras “razonables” previsiones, que no se acomoda a nuestras expectativas,
es verdaderamente insoportable. Ante un Dios así, se
nos plantea la duda insoslayable: «¿Eres tú el que ha
de venir o debemos esperar a otro?».
Defender la causa de un Dios que no avala nuestras
ambiciones, que nos desmiente sistemáticamente,
que no está “de nuestro lado” para ayudarnos a imponer nuestros criterios o puntos de vista, es la cosa más
difícil. Es la prueba decisiva de la fe. No basta acoger
a Dios; es necesario estar dispuestos a acoger a un Dios
“diferente”.
Diferente de nuestras ideas, de nuestros esquemas, de
nuestras imágenes distorsionadas. Porque cada uno de
nosotros tiene la tentación de proyectar en Dios los
propios sentimientos, los propios gustos, y a veces hasta los propios resentimientos y las propias mezquindades. Siempre estamos dispuestos a sugerir a Dios cómo
debe comportarse, a decirle lo que tiene que hacer.
Tenemos la pretensión de enseñarle el oficio de ser
Dios. Y olvidamos que, en todo caso, es él quien puede
enseñarnos el oficio de ser plenamente humanos…
ACTO PENITENCIAL
A: «Juan el Bautista oyó hablar en la cárcel de las
obras de Cristo, y mandó a dos de sus discípulos para
preguntarle: “¿Eres tú el que ha de venir o debemos
esperar a otro?”. Jesús les respondió: “Vayan a contar
a Juan lo que ustedes oyen y ven: los ciegos ven y los
paralíticos caminan; los leprosos son purificados y los
sordos oyen; los muertos resucitan y la Buena Noticia
es anunciada a los pobres. ¡Y dichoso aquel que no se
sienta defraudado por mí!”».
Al comenzar nuestra celebración, y a la luz de estas
palabras del Evangelio, nos reconocemos necesitados
del perdón y la misericordia de Dios…
C: Por las veces en que nuestra esperanza desfallece y
caemos en la tentación de bajar los brazos y de esperar salvación donde no la hay ni puede haberla… Señor,
ten piedad.
R: Señor, ten piedad.
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C: Por las veces en que nos dejamos abatir por el desaliento y permitimos que crezca en nosotros el sentimiento de que nos has defraudado… Cristo, ten piedad.
R: Cristo, ten piedad.
C: Por las veces en que perdemos de vista que únicamente mediante la compasión y la actitud sanadora
podremos anunciar y hacer presente en nuestro mundo
la Buena Noticia del Reino… Señor, ten piedad.
R: Señor, ten piedad.
C: Danos tu perdón, Padre bueno, y ayúdanos a mantener siempre encendida nuestra esperanza.
Te lo pedimos por Jesús, tu Hijo y nuestro hermano.
Amén.
ORACIÓN COMUNITARIA (COLECTA)
Señor y Dios nuestro, Fuerza y Misterio
que nos quiere ver libres de miedos,
de angustias y sufrimientos,
para que podamos vivir en plenitud.
Ayúdanos a comprender que eres
un Dios “diferente”:
diferente de nuestras ideas,
de nuestros esquemas,
de nuestras imágenes distorsionadas.
No nos dejes caer en la tentación
de proyectar en Ti los propios sentimientos
y los propios gustos,
ni tampoco los propios resentimientos
y las propias mezquindades.
Líbranos de la pretensión
de enseñarte el oficio de ser Dios,
y haz que entendamos que, en todo caso,
eres Tú quien mejor puede enseñarnos
el oficio de ser plenamente humanos.
Y al acercarnos a la celebración
de la fiesta entrañable de la Navidad
te pedimos que acrecientes nuestra esperanza,
para que nunca renunciemos al esfuerzo
de hacer realidad ese mundo nuevo
en el que la paz, la justicia y el amor
sean posibles.
Te lo pedimos a Tí,
que vives y haces vivir.
Amén.
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LA PALABRA DE DIOS HOY
PRIMERA LECTURA
Lectura del libro de Isaías.
¡Regocíjense el desierto y la tierra reseca, alégrese y
florezca la estepa! ¡Sí, florezca como el narciso, que
se alegre y prorrumpa en cantos de júbilo! Le ha sido
dada la gloria del Líbano, el esplendor del Carmelo y
del Sarón. Ellos verán la gloria del Señor, el esplendor de nuestro Dios. Fortalezcan los brazos débiles,
robustezcan las rodillas vacilantes; digan a los que están desalentados: “¡Sean fuertes, no teman: ahí está
su Dios! Llega la venganza, la represalia de Dios: Él
mismo viene a salvarlos”. Entonces se abrirán los ojos
de los ciegos y se destaparán los oídos de los sordos,
entonces el tullido saltará como un ciervo y la lengua
de los mudos gritará de júbilo. Volverán los rescatados
por el Señor; y entrarán en Sión con gritos de júbilo,
coronados de una alegría perpetua: los acompañarán
el gozo y la alegría; la tristeza y los gemidos se alejarán.
Es Palabra de Dios.
SALMO RESPONSORIAL
R. Señor, ven a salvarnos.
El Señor mantiene su fidelidad para siempre,
hace justicia a los oprimidos
y da pan a los hambrientos.
El Señor libera a los cautivos. R.
El Señor abre los ojos de los ciegos
y endereza a los que están encorvados.
El Señor ama a los justos,
y protege a los extranjeros. R.
Sustenta al huérfano y a la viuda;
y entorpece el camino de los malvados.
El Señor reina eternamente,
reina tu Dios, Sión, a lo largo de las generaciones. R.
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SEGUNDA LECTURA
Lectura de la carta de Santiago.
Tengan paciencia, hermanos, hasta que llegue el Señor. Miren cómo el sembrador espera el fruto precioso de la tierra, aguardando pacientemente hasta que
caigan las lluvias del otoño y de la primavera. Tengan paciencia y anímense, porque la venida del Señor
está próxima. Hermanos, no se quejen los unos de los
otros, para no ser condenados. Miren que el juez ya
está a la puerta. Tomen como ejemplo de fortaleza y
de paciencia a los profetas que hablaron en nombre
del Señor.
Es Palabra de Dios.
EVANGELIO
Mt 11, 2-11
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san
Mateo.
Juan el Bautista oyó hablar en la cárcel de las obras
de Cristo, y mandó a dos de sus discípulos para preguntarle: “¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?”. Jesús les respondió: “Vayan a contar
a Juan lo que ustedes oyen y ven: los ciegos ven y los
paralíticos caminan; los leprosos son purificados y los
sordos oyen; los muertos resucitan y la Buena Noticia
es anunciada a los pobres. ¡Y dichoso aquel que no
se sienta defraudado por mí!”. Mientras los enviados
de Juan se retiraban, Jesús empezó a hablar de él a
la multitud, diciendo: “¿Qué fueron a ver al desierto?
¿Una caña agitada por el viento? ¿Qué fueron a ver? ¿Un
hombre vestido con refinamiento? Los que se visten de
esa manera viven en los palacios de los reyes. ¿Qué
fueron a ver, entonces? ¿A un profeta? Les aseguro que
sí, y más que un profeta. Él es aquél de quien está
escrito: ‘Yo envío a mi mensajero delante de ti, para
prepararte el camino’. Les aseguro que no ha nacido
ningún hombre más grande que Juan el Bautista; y sin
embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es
más grande que él”.
Es Palabra del Señor.
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PARA COMPRENDER MEJOR LA PALABRA DE DIOS HOY
PRIMERA LECTURA:
Is 35,1-6a.10
En los domingos anteriores, el profeta nos invitaba a
subir al Monte Santo, a la morada del Señor, donde
Dios construiría una fraternidad universal. También nos
invitaba a que acogiéramos la llegada de su enviado,
el Ungido, que inauguraría un tiempo de justicia y de
igualdad.
Semejantes invitaciones, después de veintiocho siglos
de haber sido proclamadas, parecen haber perdido
efectividad; su eco se desvanece en la inmensidad
de la historia. Otros profetas anteriores alimentaron
la esperanza del pueblo de Dios con bellas y grandes
ilusiones, que nunca se cumplieron del todo, dejando en
los oyentes una cada vez más profunda desesperanza.
El adviento es un tiempo para renovar nuestra
esperanza en las promesas divinas. También Isaías tuvo
que afrontar el desánimo de su pueblo. La esperanza
del profeta no es la euforia del visionario, sino su
confianza en el Dios de las promesas.
El tiempo está próximo. Isaías escruta el horizonte de
la historia con la mirada de Dios. Y a lo lejos descubre
el amanecer de la primavera. Ante sus ojos tiene el
desierto (símbolo de la esterilidad en la vida humana),
pero siente acercarse la fuerza salvadora de Dios. Y
ese desierto se regocijará ante su llegada; el páramo
y la estepa se cubrirán de flores. Cada generación
ha de vivir esta experiencia vivificadora del Señor;
algunos contemporáneos del profeta la vivieron,
aunque siguieron aguardando la eclosión definitiva
de esa primavera. También hoy nosotros la seguimos
esperando; pero si no percibimos el aroma de las flores,
que aunque pequeñas quizá, ya han brotado, sólo nos
quedaremos con la sequedad y la aridez del desierto.
El desierto. Muchos desiertos son, por desgracia,
la morada infranqueable de muchos de nuestros
contemporáneos: enfermedad, desocupación, pobreza,
emigración, explotación, marginación… El que alude
Isaías era el que vivía Judá en aquel momento: gran
parte de la población había sido desterrada a Babilonia,
y Palestina estaba desolada y sometida al invasor.
(Los cc. 34 y 35 del libro, conocidos como “pequeño
Apocalipsis”, son ciertamente tardíos con respecto al
primer Isaías del siglo VIII; su temática y estilo son
muy cercanos al conocido como segundo Isaías: caps.
40-55.) En este contexto de abatimiento y derrota, el
profeta anuncia, en nombre de Dios, que la suerte de
su pueblo cambiará.
Confianza y fortaleza. Ante la proximidad de la
acción divina, no es tiempo de desánimo, sino todo
lo contrario, de confianza: Fortalezcan los brazos
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débiles, robustezcan las rodillas vacilantes; digan a
los que están desalentados: “¡Sean fuertes, no teman:
ahí está su Dios! Sólo una mirada como la del profeta
es capaz de descubrir la llegada del Señor. Es preciso
creer y confiar en quienes también hoy, como ayer, lo
descubren en nuestros desiertos.
El Señor llega salvando. El profeta habla en futuro;
el evangelio de hoy en presente. El signo de que el
Señor ya ha comenzado a transformar el desierto es
que se abren los ojos de los ciegos y los oídos de los
sordos. Las realidades opresoras de muchos enfermos,
desocupados, pobres, emigrantes, explotados y
marginados desaparecen; y en sus vidas florecen
nuevas esperanzas. Descubrirlo y alentarlo es estar en
armonía con el plan salvador de Dios, que quizá tarde
en cumplirse del todo. Por ello es necesaria, como se
insiste en la segunda lectura, junto a la confianza, la
paciencia.
SEGUNDA LECTURA:
St 5,7-10
La repetición de los términos relacionados con la
“paciencia” a lo largo del texto muestra a las claras
que se trata del tema central del mismo. La 2ª
lectura del domingo pasado mostraba ya la relación
de la paciencia con la esperanza, la gran virtud del
adviento. El texto de Santiago supone dicha relación,
aunque no la explicita; de hecho, la paciencia a la que
el autor exhorta a sus destinatarios desde el principio
se ordena a la venida del Señor, objeto de la esperanza
cristiana.
Como en otros lugares de su escrito, el autor recurre a un
ejemplo de la vida ordinaria para apoyar su exhortación:
la paciencia del sembrador que espera el fruto y, antes
que éste, las lluvias que lo harán posible.
El ejemplo aducido sirve de base para repetir esta
primera exhortación, prácticamente en los mismos
términos, aunque explicitando la relación con el
ejemplo e indicando la cercanía de la venida del Señor.
De esta indicación se puede concluir que, lo mismo que
otras comunidades de la segunda o tercera generación
cristiana (cf. 2 Pedr 3,3.4-9), la comunidad a la que
escribe Santiago sintió vivamente el retraso de la
parusía, un problema que se agravaba en su caso por la
injusticia de los ricos respecto de los pobres (cf. 5,16). La referencia al sufrimiento de los profetas al final
del texto muestra claramente que estas circunstancias
están detrás de la insistente exhortación a tener
paciencia y a animarse.
La llamada a no quejarse unos de otros marca un
segundo momento de la exhortación, en el que el
tema de la venida se traduce en el de la inminencia
del juicio de Dios, tan estrechamente vinculado a
la escatología en toda la tradición bíblica. Tanto la
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referencia al juez divino (cf. Mc 13,29) como la idea
de la condena permiten descubrir en la exhortación de
Santiago un eco de las palabras del Jesús a evitar el
juicio y la condena de los demás para no ser juzgados
y condenados nosotros mismos.
Al final, el autor hace un nuevo esfuerzo por reforzar
su exhortación, recurriendo a otro ejemplo, el de los
profetas, presentados en su condición de “voceros”
de Dios. El ejemplo de los profetas no es sólo de
paciencia, sino también de fortaleza. Es decir, ellos
muestran a las claras que la esperanza y la confianza
en Dios no ahorran el sufrimiento y que tampoco éste
tiene por qué acabar con aquéllas: el creyente puede
seguir esperando y seguir confiando en Dios a pesar de
todas las dificultades y adversidades.
EVANGELIO:
Mt 11,2-11
Mateo ha recogido el núcleo del texto de hoy, (los
vv. 2-6), del evangelio de Dichos Q. Los exégetas lo
consideran como un apotegma, es decir, una pequeña
narración en que se destacan unas palabras auténticas
de Jesús, que en nuestro caso conserva la forma de
un diálogo didáctico. En esas palabras se expresa
la autoconciencia de Jesús como Mesías. Tal como
aparece este relato, estamos ante una reflexión
cristológica, tomada de los misioneros de Q, sobre
la relación existente entre la espera escatológica del
Mesías por parte de Juan y sus seguidores, por una
parte, y su propia confesión de Jesús, de acuerdo con
el comportamiento mantenido por su Señor, por otra.
Pero desentrañemos poco a poco la riqueza de este
texto, dejando a un lado los otros versículos.
1. El Mesías esperado. Históricamente tiene solidez
el hecho de que Juan dudó de la actuación mesiánica
de Jesús. Éste rompía sus esquemas, ya que no se
comportaba como el que tiene la horquilla en la
mano (3,12). Lo que escuchaba sobre Él, encerrado
en la cárcel, lo llenaba de dudas; no respondía para
nada a sus expectativas mesiánicas. Jesús hablaba
de un Dios Padre misericordioso, que ama y perdona
sin condiciones, y Juan, en cambio, hablaba de un
Dios Juez, que está a punto de condenar y castigar
a la humanidad. De ahí, que se decidiera a enviarle
una embajada de discípulos con una pregunta bien
concreta: ¿Eres tú el que ha de venir o debemos
esperar a otro?. (Q 7, 19 = Mt 11, 3/ Lc 7, 19).
La expresión el que ha de venir (= o ερχομενος) no
era en aquella época, tanto en el judaísmo como en
la primitiva comunidad, una designación mesiánica
sin más. Pero en la intencionalidad de Juan, tal como
la presenta Mateo, sí contiene una clara alusión al
Mesías, como quintaesencia de la esperanza final.
Era Jesús esa figura escatológica, que iba a decidir la
salvación de parte de Dios, en la forma y medida que
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él pensaba, o había que esperar a otro. He aquí la
cuestión planteada.
2. Los signos del Mesías: compasión activa. La respuesta
de Jesús constituye todo un grito de júbilo, un canto
de salvación. Aunque no contesta directamente a la
pregunta, lo hace de modo indirecto, remitiendo a
hechos probados, realizados por Él. Constituyen todo
un signo fehaciente del Reino anunciado, que viene con
su persona: los ciegos ven y los paralíticos caminan; los
leprosos son purificados y los sordos oyen; los muertos
resucitan y la Buena Noticia es anunciada a los pobres.
¡Y dichoso aquel que no se sienta defraudado por mí!
(Q 7, 22-23 =Mt 11, 5-6/ Lc 7, 22-23).
Las palabras de Jesús constituyen un empedrado de
citas, tomadas del libro de Isaías, que canta, como
ningún otro, la expectación ante la salvación: “los
ciegos ven” esta tomado de Is 29,18b; 35,5a); “los
paralíticos caminan” de Is 35,6a; “los leprosos son
purificados” de Is 35,8; “los sordos oyen” de Is 29,18a;
35,5b; “los muertos resucitan” de Is 26,19; “y la
Buena Noticia es anunciada a los pobres” de Is 61,1a.
En Jesús se cumplen estas Escrituras, que poseen un
marcado carácter mesiánico. Jesús es consciente de
que, con su obrar, actúa en nombre y en lugar de Dios
a favor de los seres humanos. No viene como Soberano
y Juez, sino como Mesías-Siervo de Dios, que se debe
a los pobres, cura las enfermedades y extirpa la culpa
de los pecadores.
Su manera de presentarse produce escándalo, porque
rompe las expectativas creadas, que de hecho no
corresponden a los designios divinos. Por eso, es
dichoso quien no se escandaliza de Él, al mostrar una
gran compasión activa ante los necesitados.
Aunque en el Antiguo Testamento no existe ningún
texto que sostenga que el Mesías obre milagros, sí
que encontramos en él descripciones generales, que
presentan al Mesías radicalmente implicado en el
tiempo final de salvación.
Y en ese tiempo pueden integrarse perfectamente los
milagros. Jn 7, 31 da a entender que existía la opinión
de que el Mesías obraría acciones maravillosas. Los
misioneros de Q entonces pudieron muy bien corregir
la dogmática judía sobre el Mesías a la luz del
acontecimiento Cristo.
Lo que nos importa resaltar aquí en este tiempo de
Adviento es que cuanto Jesús dice y hace está mostrando
que en Él se cumplen las Escrituras referentes al
esperado por antonomasia de Israel, como el que nos
trae la salvación en nombre de Dios. Algo que tiene
que seguir resonando en nuestro corazón como una
buena noticia, transformadora de nuestro acontecer.
Algo, también, que está llamado a ser experimentado
en nuestra existencia condicionada por el mal y la
injusticia, y testimoniado ante la sociedad con el gozo
y la alegría de quien sabe que su vida tiene sentido
y camina hacia la plenitud con obras de compasión y
misericordia, como las de Jesús.
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PARA LA ORACIÓN PERSONAL
1er. Momento: apertura, escucha, acogida…
Busco una postura corporal cómoda, y que me permita ir serenándome y centrándome… Puedo cerrar los
ojos unos instantes... Tomo conciencia de que estoy
en presencia de Dios… Respiro profundamente varias
veces... Dejo que el silencio vaya creciendo en mí...
Leo y releo la Palabra de Dios (quizá te convenga elegir un solo texto y centrarte en él).
¿Qué dice el texto en sí mismo? ¿De qué habla? ¿Hay
algo que me llame la atención en forma especial? ¿Qué
preguntas me surgen ante el texto?
¿Qué “me” dice el texto? ¿Cómo “me” veo reflejado
en él? ¿Qué ecos, qué resonancias, suscitan en mí estas
palabras...?
¿Tiene algo que ver conmigo, con lo que me pasa, con
lo que estoy viviendo? ¿Me dice algo acerca de mí mismo? ¿Me aclara algo acerca del misterio que soy yo mismo? ¿Qué siento al respecto?
¿Qué me dice del misterio de Dios? ¿Qué rasgo o aspecto del misterio de Dios se me revela? ¿Qué siento
ante eso?
Estoy atento a los pensamientos, sentimientos, ideas,
recuerdos, deseos, imágenes, sensaciones corporales…
acojo serenamente todo lo que va surgiendo en mí,
todo lo que voy descubriendo…
En todo ello el Espíritu me hace “ver y oír”… y de alguna manera (que puede resultarme no tan clara en este
momento), me hace experimentar el amor de Dios...
2° Momento: diálogo, intercambio, conversación...
Hablo con Jesús, como un amigo habla con otro amigo, con plena confianza, con toda franqueza y libertad: le expreso mis sentimientos…, le cuento lo que
me pasa..., le manifiesto mis dudas…, le pregunto…,
le agradezco…, le pido..., le ofrezco...
3er. Momento: encuentro profundo, silencio amoroso, comunión...
Después de haber hablado y de haber expresado todo
lo que tenía que decirle al Señor, procuro permanecer
en silencio…
Trato de estar, simple, sencilla y amorosamente en presencia del Señor... Trato de que cese toda actividad
interior, de que cesen los pensamientos y las palabras; a lo sumo, me quedo repitiendo alguna frase
que se hubiera quedado resonando en mi interior, o
reviviendo alguna imagen que me hubiera impactado
especialmente…
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PARA EL DIÁLOGO ENTRE TODOS
(si ayuda… y si no, podemos hablar de lo que cada
uno “ha visto y oído” en el rato de oración personal)
En estos tiempos de confusión interior y de pérdida del sentido, es importante recordar que Jesús
de Nazaret no es propiedad particular de las Iglesias ni de los cristianos. Es de todos. A El pueden
acercarse tanto quienes lo confiesan Hijo de Dios,
como también quienes andan buscando un camino
para vivir más humanamente.
Hace ya muchos años, el conocido pensador Roger Garaudy, marxista convencido entonces, gritaba así a los cristianos: «Ustedes han recogido
y conservado esta esperanza que es Jesucristo.
Devuélvanla al mundo, porque ella nos pertenece
a todos».
Y casi por la misma época, Jean Onimus publicaba
su apasionante e insólito libro sobre Jesús con el
provocativo título de «El perturbador». Dirigiéndose a Jesucristo, decía así el escritor francés:
«¿Por qué vas a permanecer propiedad privada
de los predicadores, de los doctores y de algunos
eruditos, tú que has dicho cosas tan sencillas, palabras directas, palabras que permanecen para los
hombres, palabras de vida eterna?»
Por eso, es para alegrarse el hecho de saber que
muchos hombres y mujeres, alejados de la práctica religiosa habitual, leen el Evangelio o algún
libro sobre Jesús de Nazaret. Porque sin lugar a
dudas, Jesús puede ser para muchos el mejor camino para encontrarse con el Dios Amigo. Y para
dar un sentido más esperanzado a sus vidas.
Jesús no deja indiferente a nadie que se acerca
a El. Uno se encuentra, por fin, con alguien que
vive en la verdad, alguien que sabe por qué hay
que vivir y por qué merece la pena morir. Intuye
que ese estilo de vivir «tan de Jesús» es la manera
más acertada y humana de enfrentarse a la vida y
a la muerte.
Jesús sana. Su pasión por la vida pone al descubierto nuestra superficialidad y convencionalismos. Su amor a los indefensos desenmascara
nuestros egoísmos y mediocridad. Su verdad desvela nuestros autoengaños. Pero, sobre todo, su
fe incondicional en el Padre nos invita a salir de la
incredulidad y a confiar en Dios.
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Quienes hoy abandonan la Iglesia porque se encuentran incómodos dentro de ella, o porque discrepan de alguna de sus actuaciones o directrices
concretas, o porque, sencillamente, la liturgia
cristiana ha perdido para ellos todo interés vital,
no deberían, por ello, abandonar automáticamente a Jesús. Cuando uno ha perdido otros puntos
de referencia y siente que «algo» está muriendo
en su conciencia, puede ser decisivo no perder
contacto con Jesús. En algún sentido, de eso nos
habla el evangelio de hoy cuando el evangelista
pone en boca de Jesús estas palabras: «¡Y dichoso
aquel que no se sienta defraudado por mí!». Felíz
de aquel y de aquella que entiendan todo lo que
Jesús puede significar en su vida…
PROFESIÓN DE FE
La fe del Adviento es fe en esperanza:
es creer con todas las fuerzas
que el Señor vendrá,
que está por llegar el tiempo
de la liberación plena y definitiva.
Creemos que el Señor vendrá:
¡Ven Señor, no tardes!
A pesar de que no es fácil
encontrar motivos y razones
para mantener despierta la esperanza,
creemos que el amor misericordioso del Padre
todavía está presente en el corazón
de muchos hombres y mujeres.
Creemos que el Señor vendrá:
¡Ven Señor, no tardes!
La muerte temprana,
absurda e injusta, de tantos niños
que mueren de hambre,
grita la cercanía del Salvador
que librará al pobre que suplica
y al afligido que no tiene protector.
Creemos que el Señor vendrá:
¡Ven Señor, no tardes!
Cuando tantos viven marginados
y en una situación de opresión;
cuando tantos están metidos
en el pozo ciego de la angustia y la miseria;
cuando tantos están solos y abatidos
y ya no tienen fuerzas para esperar…
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Creemos que el Señor vendrá:
¡Ven Señor, no tardes!
Vendrá el Salvador, vendrá el liberador,
como don gratuito del Padre,
a restaurar definitivamente la justicia;
porque el Señor no es indiferente
a la sangre y a las lágrimas,
a la opresión y al sufrimiento
de los seres humanos.
Creemos que el Señor vendrá:
¡Ven Señor, no tardes!
Creemos en el Espíritu que da la vida,
que transforma la fe en amor
y en entrega generosa a los hermanos,
y que expresa la fe del Adviento
en una oración agradecida;
que las comunidades cristianas repiten
con la esperanza y las palabras de María.
Creemos que el Señor vendrá:
¡Ven Señor, no tardes!
Creemos con la fe del Adviento,
una fe que impulsa a abrazar la utopía.
Creemos que vendrá, por fin y definitivamente,
el Reino que Jesús ha inaugurado
y que hará posible otra vida.
Creemos que el Señor vendrá:
¡Ven Señor, no tardes!
Llegará el día en que la justicia
correrá como el agua de un río.
Creer es poner el hombro y dar una mano,
mientras se espera, contra toda esperanza,
un mundo nuevo y una vida mejor para todos.
Creemos que el Señor vendrá:
¡Ven Señor, no tardes!
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ORACIÓN DE LOS FIELES
C: Llenos de confianza ante la cercanía de la Navidad,
queremos presentarte, Padre bueno, algunas de las intenciones que traemos a esta celebración.
A cada una respondemos: ¡Ven Señor Jesús!
- Para que en Navidad y en todos los tiempos, la Iglesia
sea, como Jesús, Buena Noticia para los pobres, para
todos los hombres y mujeres necesitados de amor, de
paz y de justicia. Oremos.
- Para que en estos días cercanos a la Navidad todas
las personas que se sientan tristes o nostálgicas, lejos
de sus familias, en soledad… experimenten la fuerza del amor de Dios ayudándolos a superar las distancias y a sentirse en comunión universal. Oremos.
- Para que en este tiempo Adviento sigamos alimentando nuestra esperanza, profundizándola y compartiéndola con las personas con las que cotidianamente
estamos en contacto. Oremos.
- Para que nos preparemos a la celebración de la Navidad con realismo, poniendo lo mejor de nosotros mismos al servicio de los demás, de manera que, efectivamente, Jesús nazca en nuestros corazones y a nuestro
alrededor. Oremos.
- Para que los signos de desesperanza que vemos a diario, no nos conduzcan a la resignación o al fatalismo, y
tengamos el coraje de vivir una fe sin claudicaciones,
en la resistencia y el esfuerzo por acercar una y otra
vez la utopía del Reino. Oremos.
- Para que en este tiempo de preparación a la Navidad, la austeridad de Juan Bautista, el precursor, nos
recuerde el valor y la importancia de ser sobrios en
nuestra celebración, a fin de compartir lo nuestro con
los más necesitados. Oremos.
C: Escucha, Padre bueno, nuestra oración, y ayúdanos a mantener encendida nuestra esperanza.
Te lo pedimos por Jesús, tu Hijo y nuestro hermano.
Amén.
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ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS
Al poner sobre la mesa
este pan y este vino,
que recibimos de tu generosidad
y que ahora te ofrecemos,
te pedimos, Dios nuestro,
que ellos se conviertan
por la acción de tu Espíritu,
en Pan de Vida y Bebida de Salvación
para nosotros.
Junto con estos dones,
que serán alimento
para nuestro cuerpo y nuestro espíritu,
te ofrecemos también nuestras vidas,
y te pedimos que nos ayudes,
en este tiempo de Adviento,
a fortalecer y acrecentar nuestra esperanza
en la llegada inminente
de aquel que viene siempre
y «que ha de venir»,
y en cuya presencia ya no necesitamos
«esperar a otro».
Te lo pedimos por Jesús,
el Ungido para llevar
la Buena Noticia a los pobres.
Amén.
17
ORACIÓN DE ACCIÓN DE GRACIAS
PREFACIO DE LA PLEGARIA EUCARÍSTICA
C: El Señor esté con ustedes
R: Y con tu espíritu
C: Levantemos nuestros corazones
R: Los tenemos levantados hacia el señor
C: Demos gracias al Señor, nuestro Dios
R: Es justo y necesario
Todos juntos:
Realmente es justo y es necesario
darte gracias, Padre bueno,
porque en este tiempo de Adviento
recordamos tus promesas
y nos sentimos animados
a renovar de nuestra esperanza.
Te bendecimos,
porque por la acción de tu Espíritu
nos abrimos a la posibilidad
de escuchar hoy nuevamente
la respuesta de Jesús
a la angustiada pregunta de Juan:
«los ciegos ven
y los paralíticos caminan;
los leprosos son purificados
y los sordos oyen;
los muertos resucitan
y la Buena Noticia
es anunciada a los pobres.
¡Y dichoso aquel
que no se sienta
defraudado por mí!»
Somos conscientes
de que nos cuesta compartir el pan,
acercarnos a los pobres,
y ser efectiva y activamente solidarios
para con los que sufren,
de manera de dar testimonio
con nuestra propia vida,
de esa Buena Noticia
anunciada por Jesús.
Por eso te pedimos que nos ayudes
a ser compasivos y misericordiosos
como Tú lo eres,
y a colaborar contigo cotidianamente
en la apasionante tarea
de construir un mundo más justo
y más humano.
Gracias, Padre,
porque siempre que recurrimos a Ti
nos dices: «Aquí estoy»,
y renuevas nuestra confianza.
18
Bendito seas
por las palabras y el testimonio
de los profetas como Juan el Bautista
que nos ayudan a soñar
un mundo nuevo y un mañana mejor.
Y bendito seas, especialmente,
por tu Palabra hecha carne
en Jesús de Nazaret,
tu Hijo y nuestro hermano,
por quien tu amor infinito e incondicional
por todos los seres humanos,
se puso de manifiesto
de manera definitiva e irrefutable.
Mientras aguardamos su venida
te alabamos y te damos las gracias,
y nos unimos a todos los que sueñan
con una humanidad nueva,
para cantarte, llenos de alegría:
Santo, Santo, Santo…
Celebrante:
Santo eres, en verdad, Dios nuestro,
Señor de la Esperanza
y fuente de toda plenitud.
Derrama tu Espíritu abundantemente
sobre este pan y este vino ( + )
que aquí te presentamos,
y sobre esta comunidad
que se reúne en el nombre de Jesús,
el Crucificado-Resucitado.
Él mismo, la noche en que iba a ser entregado,
estando a la mesa con sus amigos
tomó un pan,
te dio gracias,
lo partió y se lo dio diciendo:
Tomen y coman todos de él,
porque esto es mi cuerpo
que se entrega por todos.
De la misma manera,
después de comer,
tomó una copa,
dio gracias
y se la pasó diciendo:
Tomen y beban todos de ella,
porque esta es la copa de mi sangre;
sangre de la Alianza nueva y eterna,
que será derramada por ustedes
y por todos los hombres y mujeres
para el perdón de los pecados.
Hagan esto en memoria mía.
Y desde entonces,
éste es el Misterio de nuestra fe.
19
Todos:
Anunciamos tu muerte,
proclamamos tu resurrección.
¡Ven, Señor Jesús!
Celebrante:
Al proclamar la Resurrección de tu Hijo
y expresar nuestro deseo
de que Él vuelva pronto,
te damos gracias una vez más, Padre bueno,
por Jesús, imagen tuya y semejanza nuestra,
que tuvo un corazón
lleno de dichas y de penas,
de alegrías y de tristezas
de esperanzas y de angustias.
Te damos gracias porque Él
se unió en el Jordán
al pequeño resto de los pobres
y compartió con ellos
la esperanza de la liberación.
La víspera de su comunicación total
y de su entrega definitiva,
para que la muerte
no tuviese ya la victoria,
para que la libertad
no fuese una meta inalcanzable,
y para que en una misma mesa
se reuniesen los pobres
de todos los tiempos,
celebró con sus amigos
la cena del adiós.
Ahora nosotros, Padre,
recordamos aquel gesto del Señor Jesús,
su pasión y glorificación,
mientras aguardamos su advenimiento pleno
al final de la historia.
Acepta, Padre,
nuestra buena voluntad.
Que podamos ser llamados por Ti
hijos tuyos,
porque comulgamos en tu amor;
que seamos hermanos unos de otros,
para que brille la luz en las tinieblas
y la oscuridad se vuelva mediodía
con la Buena Noticia
del evangelio de Jesús.
Acuérdate de tu servidor
el Papa Benedicto,
y de nuestro obispo Carlos:
que no se desconcierten como Juan
y que no se sientan
defraudados por Jesús,
para que sean capaces
de confirmar nuestra fe.
20
Acuérdate también
de nuestros hermanos y hermanas
que ya han muerto,
y cuyos corazones
sólo Tú conociste a fondo;
admítelos a contemplar
la luz de tu rostro
y llévalos a la plenitud de la vida
en la resurrección.
Y, cuando termine
nuestra peregrinación por este mundo,
recíbenos también a nosotros en tu Reino,
donde esperamos gozar todos juntos
de la plenitud eterna de tu gloria.
Te lo pedimos…
Levantando el pan y el vino consagrados
Por Cristo, con él y en él,
a ti, Dios Padre misericordioso,
en la unidad del Espíritu Santo,
todo honor y toda gloria
por los siglos de los siglos.
Amén.
21
ORACIÓN FINAL
Fortalecidos por la presencia de Jesús
en cada uno de nosotros
y en la comunidad,
renovamos, Padre Bueno,
nuestro deseo de comprometernos
cada día más,
en la tarea de hacer realidad tu Reino,
en nuestra propia vida
y a nuestro alrededor.
Te pedimos que nos ayudes,
en este tiempo de Adviento,
a dejarnos interpelar
por el testimonio de Juan el Bautista,
y por los testimonios
de tantos profetas modernos,
que en medio de este mundo
tan injusto y convulsionado,
no dejan de admirar la belleza de las cosas,
y de dar gracias
por la hermosa y apasionante
aventura de vivir.
Que la entrega de Juan
y la de tantos hombres y mujeres
que buscan la verdad,
y que trabajan día a día
por la Paz y la Justicia,
nos ayude a mantener encendida
nuestra esperanza,
y nos permita sostener a otros
en la espera.
Te lo pedimos por Jesús,
que quiere nacer
en cada uno de nosotros.
Amén.
22
SUGERENCIAS PARA SEGUIR TRABAJANDO EN LA SEMANA
PARA REFLEXIONAR
1. El Reino está donde está la liberación de los
hombres.
A medida que avanza el Adviento (no como tiempo
litúrgico sino como tiempo de los cristianos
comprometidos en la historia...), los textos bíblicos
se hacen cada vez más claros en relación a ciertas
preguntas que nos hicimos en reflexiones anteriores. La
expresión «Reino de Dios» nos pudo parecer demasiado
abstracta o muy «religiosa» y, en cierta medida,
como fórmula lo es; pero ya nos vamos dando cuenta
de que su realidad tiene muy poco de ese mundillo
religioso que tanta alergia nos produce y con toda
razón. También la palabra Adviento comienza a tomar
colorido a medida que asumimos esa responsabilidad
que nos corresponde como agitadores del Espíritu en
este tiempo que transcurre.
Pero si alguno aún ha quedado con dudas, al igual que
los discípulos de Juan, tendrá que rendirse ante la
evidencia de unas palabras, esta vez del mismo Jesús,
que no admiten doble fondo ni truco alguno.
El Bautista, profeta del Adviento, está en la cárcel
por haber comprendido demasiado bien las lecciones
que él mismo enseñaba: empujado por el viento del
Espíritu, penetró como fuego en el mismo palacio
del rey: “No te es lícito juntarte con la mujer de
tu hermano”, le espetó al monarca. Conocemos el
final. Y su antorcha todavía no ha sido apagada. Pero
Juan, aun tras los cerrojos de la temible cárcel de
Maqueronte, en pleno desierto de Judá, no dejaba de
mirar al horizonte. Su absoluta lealtad y sinceridad lo
llevó hasta a cuestionar al mismo Jesús: ¿Eres tú aquel
a quien todos esperamos? ¿Ha llegado el Reino de Dios
con tu presencia?
Poco nos interesa si realmente hizo la pregunta, o si
sólo la hicieron sus discípulos, o si simplemente se
trata de un recurso didáctico del evangelista, deseoso
siempre de poner de relieve la supremacía de Jesús
sobre Juan, aún seguido como Mesías por ciertos
grupos hasta finales del siglo primero.
El centro del texto está en la respuesta de Jesús en una
de las páginas más importantes de todo el Evangelio.
Si Dios interviene en la historia de los hombres por su
mediación, ¿cuáles son los signos que lo prueban? Si el
Reino ya ha llegado, ¿cuáles son sus manifestaciones
como para no correr el riesgo de confundirse?
En aquella época, como ahora, existían muchos signos
religiosos que pretendían ser signos de la presencia
de Dios: el Templo, en primer lugar; luego, la Ley, la
Biblia, los ritos y sacrificios, las oraciones, los ayunos,
el precepto del sábado, etc.
23
Lo increíble de la respuesta de Jesús es que no alude
a ninguno de estos tradicionales signos de la presencia
de Dios y presenta, como manifestaciones de su
reinado, hechos aparentemente carentes de sentido
religioso; hechos, diríamos, profanos; acontecimientos
que estaban fuera del ritual y de los manuales de
teología.
Su respuesta comienza con un dato de capital
importancia: anuncien a Juan esto que están viendo
y oyendo... ¿Qué se estaba viendo? Que los hombres
eran liberados de sus seculares males y ataduras,
y comenzaban a ascender a una nueva condición
humana, más digna y justa.
No otra cosa había anunciado «Isaías» a los hebreos
desterrados en Babilonia; y no otra podía ser la
respuesta de Jesús en una cita casi textual del antiguo
vidente.
Jesús no hace un largo discurso sobre la tan mentada
liberación. La experiencia demuestra que los discursos
poco interesan a los pobres, a los ciegos, a los mudos
y a cuantos sufren una condición infrahumana.
Simplemente tradujo en hechos concretos lo que
consideraba como la más clara expresión de la
voluntad de Dios, de ese Reinado de dignidad humana
al que todos los seres humanos tienen derecho.
¿Dónde está el Reino de Dios? Hace falta estar muy
ciego para no querer verlo: allí donde el hombre pasa
de condiciones menos humanas a condiciones más
humanas y dignas, allí está actuando Dios; allí está su
Reino. Y antes de ponernos a discutir sutilezas sobre
el significado de la liberación evangélica, es bueno
seguir el consejo de Jesús: abrir los ojos y mirar. Miren
los hechos que he realizado, miren mis acciones,
miren a esta gente hasta ayer desposeída y marginada:
ahora están libres de sus males. Mírenlos a la cara.
Miren cómo ven y oyen, cómo hablan y caminan. Han
recuperado su dignidad. Mírenlos bien... En ellos se ha
manifestado la fuerza del Espíritu; en ellos ha obrado
el Reino de Dios.
2. La liberación del hombre no admite limitaciones
de ninguna especie
Mucho se ha hablado y discutido en las últimas años
sobre la liberación del hombre. Nosotros preferimos
no perder el tiempo en vanas especulaciones que
suelen esconder, en su rincón más profundo, un miedo
a comprometerse y cierto pánico a ver claramente
lo que es una simple verdad de evidencia. Lo que
sí haremos es extraer algunas conclusiones que se
desprenden espontáneas del texto evangélico:
a) El Reino se manifiesta con hechos, no con palabras.
O si se quiere ser más exactos: primero con hechos;
luego, con palabras que los interpretan, explican,
aclaran y profundizan. Estos hechos constituyen el
Evangelio, palabra que significa “noticia”; y toda
noticia lo es en la medida en que anuncia hechos
concretos. La noticia sucede aquí y ahora; luego, el
24
periodismo se encarga de divulgarla o profundizarla
en sus implicaciones. Pero sin hechos no hay noticia.
Una noticia sin hechos es una mentira. Mentira es toda
palabra que no va respaldada por hechos.
Pues bien, Jesús anuncia a los pobres «la Buena
Noticia». ¡Y feliz el hombre que no se siente defraudado
por esa noticia! Es que nadie puede sentirse frustrado
cuando puede comprobar, sobre el mismo terreno
de los acontecimientos, que la noticia es verdadera
porque los hechos hablan por sí solos.
¿Hace falta extraer alguna conclusión de todo esto?
¿Hace falta insinuar que los cristianos lo somos en la
medida en que con hechos hacemos presente el Reino
y su Justicia? ¿Hace falta afirmar que todas nuestras
palabras, aun las más ortodoxas, son mentira y
falsedad si no están sostenidas por un real y auténtico
compromiso con los que peor lo pasan en la vida?
b) El Reino se hace presente, sobre todo y antes que
nada, allí donde los hombres viven cierta condición
infrahumana. El texto no admite dudas al respecto.
Al contrario, alude a los que viven en los palacios con
un lenguaje que no debió de agradar a más de uno de
los presentes.
El Reino llega como un movimiento eminentemente
social y orienta con ese solo gesto nuestra mirada
hacia aquellos sectores que, ¡oh ironía!, fueron
quizá los más abandonados por la Iglesia y los menos
tenidos en cuenta, al menos en los últimos siglos.
El Reino, penetrando en los estratos más humildes
de la humanidad, nos señala el sentido de nuestro
compromiso, sentido que cabalga sobre la inevitable
dirección que tarde o temprano ha de asumir la
historia.
¿Hace falta todavía seguir preguntándose si la marcha
de la humanidad irá hacia la derecha o hacia la
izquierda, hacia arriba o hacia abajo, cuando Jesús
señala con su dedo la única y sola dirección que puede
tener una historia que se precie de humana y justa?
¡Cuánta sangre y cuántas lágrimas se hubieran evitado
en estos veinte siglos de cristianismo si no hubiéramos
marchado a contramano! Pero aún estamos a tiempo.
Aún hoy se nos ha anunciado este Evangelio, siempre
nuevo y siempre buena noticia.
c) El Reino no se manifiesta en signos precisamente
“religiosos” o cultuales. Las Bienaventuranzas del
Reino insisten en el mismo detalle significativo, como
asimismo todos los textos de Isaías.
Esto no significa que el culto no tenga ningún valor.
Precisamente lo tiene como reunión de los que se
sienten liberados por la fe y que proclaman en la
asamblea cómo el Reino se ha hecho presente en sus
vidas.
Ya hemos visto en nuestra anterior reflexión cómo el
Bautismo es válido en la medida en que el Espíritu
obra en nosotros su tarea de transformación y cambio.
25
¿Será acaso otro el sentido de la Eucaristía, comida
fraternal en la que ricos y pobres se sientan en pie de
igualdad para comer el mismo pan y beber la misma
copa?
d) El Reino es anunciado en la calle, antes que en
el templo. También Jesús predicó en los pórticos del
Templo, pero en forma ocasional. Su evangelio fue
realizado y anunciado allí mismo donde vivían los
hombres, allí donde trabajaban y sufrían. Su anuncio
fue esencialmente callejero y popular. No tuvo miedo
de ensuciarse la túnica o las sandalias; ni se arredró
cuando trató con mujeres de vida dudosa o con
hombres considerados como corrompidos; tampoco
se avergonzó de tratar a los niños (que en aquella
época no gozaban de ninguna consideración social) o
de sentir en su cara el aliento de los leprosos. En fin,
él mismo lo dijo claramente: «No he venido para los
sanos, sino para los enfermos.»
¿Hace falta extraer conclusiones de esta modalidad
del Reino? ¿No será necesaria una revisión a fondo
de toda la tarea pastoral de la Iglesia y de ciertas
élites intelectualizadas y con tantos prejuicios
sobre el pueblo inculto, supersticioso e ignorante?
¿Tenemos los cristianos un lenguaje directo, simple,
comprensible, popular, o seguimos creyendo que
cuanto más difíciles son las palabras más profundo es
esto que llamamos «el misterio de Cristo»? ¿No tendrá
razón aquel pensador chino, Lin Yu Tang, al decir que
los occidentales cuando no tenemos nada que decir
hablamos con palabras y términos complicados?
¿Hasta cuándo el evangelio y la teología seguirán
como patrimonio de una minoría que piensa y habla
de espaldas a lo que el común de las personas piensa
y siente?
e) El Reino llega como liberación de toda situación
que atenta contra la dignidad humana. No se detiene
en disquisiciones sobre derechos humanos... Tampoco
distingue hipócritamente entre salvación espiritual y
salvación temporal, entre la liberación del cuerpo y
la del alma. Bastante sufre la gente como para que
prolonguemos un minuto más su dolor con nuestras
eternas disquisiciones. Jesús no conoció la distinción
griega entre cuerpo y alma; sí conoció al hombre, no
a través de los libros, sino por su propia experiencia
de hombre pobre y por el contacto directo con
enfermos, endemoniados, pecadores e indigentes.
Tampoco murió «espiritualmente» en la cruz ni sufrió
espiritualmente cuando le colocaron la corona de
espinas o destrozaron su espalda con 39 latigazos.
Por cierto que conoció una escala de valores: primero
el hombre, después la ley y el culto. Primero el
hombre que no tiene, después el que tiene; primero
el enfermo, después el sano.
También conoció la otra escala: primero el Reino y su
Justicia, después el resto que vendrá por añadidura.
Ese fue su lenguaje; ésos sus criterios de acción.
26
Podemos ahora usar la filosofía que nos parezca
mejor, pero teniendo mucho cuidado de no terminar
colocando nuestra filosofía por delante y al hombre
por detrás...
La Justicia del Reino (Justicia en lenguaje bíblico es
todo el bien que Dios desea para el hombre) es interior
y exterior, es individual y es social, es hacia dentro y
hacia fuera, es para el espíritu y para el cuerpo... Es
para el hombre y para la mujer, para el niño y para el
adulto, para el negro y para el blanco.
En una palabra: allí donde un hombre, cualquiera que
sea, sufre bajo cualquiera de las formas que conoce
el sufrimiento humano, allí ha de hacerse presente el
cristiano que todavía reza: «Que venga tu Reino... y
que se haga tu voluntad aquí en la tierra como en el
cielo.»
3. Servir al Reino: gloria y privilegio de los
pequeños
El texto evangélico concluye con una paradoja:
mientras Jesús alaba la fortaleza de temple de Juan
el Bautista, y después de proclamarlo el más grande
entre los nacidos de mujer, concluye con esas extrañas
palabras: «Sin embargo, el más pequeño en el Reino
de Dios es más grande que él».
¿Qué quiso decir Jesús con esto? Por cierto que no
le resta grandeza a Juan ni supone por un instante
que Juan no sea uno de los que pertenecen al Reino.
Precisamente es todo lo contrario: fue grande porque
sirvió con humildad a la causa del Reino.
Tal es la grandeza de todo hombre, cristiano o no
cristiano, que se precie de auténtico: servir a los más
humildes e indefensos haciendo presente en el mundo
la fuerza salvadora de Dios.
Reino de Dios y liberación total del hombre son cara
y cruz de la misma moneda; derecho y revés de esta
realidad que llamamos historia; historia de salvación,
de epifanía del Espíritu.
La última frase de Jesús será explicada por él mismo
en la última cena, poco antes de morir: que nadie
busque honores ni privilegios, prestigio ni poder. Los
cristianos, laicos y jerarquía, hemos de gozar del
raro privilegio de sentirnos «los pequeños» en medio
de los hombres, los servidores de la comunidad.
Esta pequeñez, la pequeñez del Reino, es la mayor
grandeza a que puede aspirar una persona.
Podemos recordar aquí a María de Nazaret, tan
relacionada con Adviento y Navidad: también ella fue
proclamada la más feliz y grande entre las mujeres
precisamente por esa su actitud humilde y servicial
que constituyó la característica de toda su vida.
De esta manera, el proceso de cambio de mentalidad
preconizado por Juan es llevado hasta sus últimas
consecuencias por Jesús: lo que antes se consideraba
27
grande, ahora es pequeño; lo que ante los hombres
aparece como pequeño, es lo verdaderamente
grande.
Todos queremos una Iglesia grande, por eso debemos
hacerla pequeña, humilde y pobre. Todos y cada uno
de nosotros aspira a ser un hombre mayor, adulto,
simplemente grande: nos basta con sentirnos el más
pequeño en el Reino. Extraña paradoja del Evangelio
que podríamos considerarla locura si la grandeza de
Dios no se hubiera hecho tan pequeña en el niño de
Belén.
Cerremos ahora esta reflexión, que podríamos
prolongar indefinidamente, extrayendo algunas
conclusiones...
1. Nuestro lenguaje y modo de reflexionar pudo
haber causado la impresión de que minimizábamos la
importancia de la Iglesia, de esta comunidad de la
que los cristianos formamos parte. Y tal fue nuestra
intención: siguiendo el mismo texto del Evangelio,
descubrir que lo primero es el Reino de Dios, distinto
de la Iglesia y más allá de la Iglesia. La mayoría de
nuestras discusiones llega a un callejón sin salida
por no hacer esta clara distinción entre esa realidad
absoluta, siempre nueva y siempre por llegar,
presente pero siempre un poco o bastante ausente,
el Reino o la total liberación de los hombres, y esta
otra realidad, limitada, imperfecta, terrena, que
conforma la Iglesia. Jesús anuncia el Reino, mientras
prepara a un pequeño grupo de gente para que luego
continúe esa misión: haciendo presente en el espacio
y en el tiempo la realidad del Reino. Ese grupo, los
llamados o convocados para una misión que es la
misma de Jesús, se llama «iglesia», asamblea o pueblo
que dedica todos sus esfuerzos, al igual que Juan el
Bautista, no a anunciarse a sí mismo, sino a preparar
los caminos para que el Reino penetre como lluvia en
tierra sedienta.
¿Cómo ha de cumplir la Iglesia esta misión? No hace
falta explicarla después de la reflexión de los textos
de hoy: exactamente igual que Jesús: con hechos
concretos y con palabras que proclaman e interpretan
dichos hechos.
Si alguien pregunta: ¿Son ustedes los seguidores
de Jesús o debemos buscarlos en otra parte?, qué
interesante sería que les pudiéramos responder con
el texto de Isaias, que Jesús hizo suyo: Sí, somos
nosotros; miren: los hombres son liberados y a todos
los pobres les anunciamos la buena noticia del Reino
de Dios. ¡Y felices ustedes si no se sienten defraudados
por nuestro testimonio!
2. Sin embargo, los cristianos tenemos hoy una tarea
en cierta forma distinta a la de Jesús, y por lo mismo
nueva y original. No somos tan sólo repetidores del
«canal principal».
El concepto de liberación del hombre no es el mismo
en cada época, si bien tiene un sentido original que
28
no varía. Siempre será hacer crecer al hombre hasta
su máxima dimensión, en el nivel individual y en el
social.
Pero, y aquí radica nuestra misión específica y original,
también debe crecer el hombre en la comprensión de sí
mismo y de su dignidad y, por lo tanto, también crece,
digámoslo así, el concepto mismo de liberación.
En tiempos de Jesús, tal como hoy sucede en
muchos países del llamado Tercer Mundo o mundo
subdesarrollado, había ciertas necesidades humanas
primarias que aún no habían sido resueltas ni
satisfechas; tal era el caso de la salud e integridad
física, de la alimentación, de la vivienda, etc. En
otros países las mismas instituciones públicas están
minadas por un poder incontrolado y por formas que
atentan directamente contra los derechos humanos.
Pero también existen otras situaciones no menos
alienantes que las anteriores, que se dan tanto en
unos países como en los otros, considerados más ricos
o desarrollados. Podemos referirnos así a la dignidad
de la mujer en cuanto persona, a la atención de los
ancianos o de los deficientes mentales. Podemos
también referirnos a ciertos grupos sobre quienes cae
aún toda la ira de la sociedad, como los homosexuales o
los drogadictos, o las madres solteras o los divorciados.
También podemos descubrir a quienes sufren bajo el
peso de la angustia, de la soledad, de la depresión; o
aquellos que no logran encontrar un sentido a su vida
y un ideal por el cual vivir con alegría y esperanza...
En una palabra: siempre es Adviento para el hombre,
cualquiera que sea su situación o nivel de vida. Siempre
hay un pobre dentro de cada persona, porque siempre
existe cierta carencia de un bien al que se aspira.
Y cuanto más avanza la historia, más necesitado se
siente el hombre de ser más y mejor. Así el Reino cada
día llega y cada día está por venir. Así la liberación es
siempre presente y siempre futura; hoy es logro, y hoy
mismo es tarea a realizar.
Tampoco tenemos los hombres la fórmula o receta única
para lograr la liberación en cada caso particular. Otra
tarea dejada a la capacidad, interés y originalidad de
los hombres y grupos sociales, políticos o religiosos.
A los cristianos la fe nos exige esta tarea, porque
sólo así el Reino se hace presente. Pero en cada caso
debemos buscar la forma y el modo concreto para que
la liberación del hombre sea algo más que un bello
concepto.
Si es cierto que el Reino llega desde adelante como
objetivo a alcanzar, también es cierto que desde atrás
se debe empujar la historia para acertar en el blanco.
El cristiano está obligado no sólo a rezar y pedir por
el Reino, sino también a pensar... ¿No habrá sido éste
un grave pecado de omisión del que aún no hemos
tomado conciencia? Pensar cómo hacer presente aquí
y ahora la obra liberadora del Reino, debería ser
nuestro pequeño y gran servicio a los hermanos.
29
PARA LA ORACIÓN PERSONAL
La figura de Juan Bautista da unidad a todo el
pasaje evangélico de este tercer domingo de
Adviento. Mateo presta especial atención a este
personaje en su Evangelio. Es probable que
tenga presente los grupos de discípulos de Juan
que existían en su época (Hech 18,25; 19,1-7), y
que trate de orientar la relación que mantienen
los cristianos con esos grupos. Ante la polémica
en torno a quién era mayor, si Juan o Jesús,
deja zanjada la cuestión: Juan es más que un
profeta, es el precursor de Jesús, el mensajero;
pero el Mesías esperado, el que realiza los signos
anunciados por los profetas, es Jesús.
LEEMOS Y COMPRENDEMOS
En el texto evangélico de hoy se distinguen
claramente dos partes: 1) la respuesta a los
enviados del Bautista (vv 2-6); 2) la declaración
de Jesús sobre Juan (vv. 7-15):
• Podemos volver a leer el Evangelio, muy
lentamente y tratando de saborear las palabras.
Luego, tras unos momentos de silencio, intentamos
descubrir qué nos dice el texto.
1) Aparentemente, el comportamiento de Jesús
no responde al ideal mesiánico de Juan. Éste,
en la cárcel por haber criticado a Herodes, al
ver que las obras de Jesús no son como él había
pensado, al comprobar que decepcionaban a sus
compatriotas, que el pueblo no se convertía, que
crecían los conflictos con los jefes..., se siente
desconcertado y angustiado, y envía a dos de sus
discípulos para que pregunten directamente a
Jesús si él es el Mesías.
Obsérvese que Jesús no responde directamente a la
pregunta, sino que remite a sus obras (una historia
que está a la vista de todos) y a las Escrituras.
Sus signos, contemplados a la luz de los oráculos
proféticos (Is 35,5-6; 42,18), revelan claramente
que él es el Mesías, el que tenía que venir. Él
cura al pueblo de sus heridas, enfermedades y
dolencias, le da vida y anuncia la Buena Noticia
a los pobres. La respuesta de Jesús, como respuesta evangélica, orienta a Juan y a todos los
demás. Pero no todos están de acuerdo con su
estilo de vida, con sus obras, con su forma de vivir
el mesianismo. De ahí que el mismo Jesús tenga
que proclamar: «Y dichoso aquel que no se sienta
defraudado por mí».
30
2) La declaración de Jesús sobre Juan (vv. 7-15)
consta de tres preguntas dirigidas al público. Las
dos primeras tienen una respuesta negativa: Juan
no es un predicador oportunista ni un personaje
de la corte. La respuesta a la tercera es, sin
embargo, positiva: Juan es un profeta, y más que
un profeta; es el precursor del Mesías, es Elías, el
que tenía que venir a prepararle el camino (Mal
3,23-24). La grandeza de Juan no estriba solamente en su carácter fuerte y en su coraje, en la
rectitud de su obrar, en la austeridad de su vida;
está, ante todo y sobre todo, en la respuesta a su
vocación de profeta y precursor del Mesías.
Juan es grande; no obstante, el más pequeño en
el reino de los cielos es mayor que él. Afirmación
que no es fácil de entender, pero en la que al
menos una cosa está clara: pertenecer al reino de
los cielos supera cualquier otra grandeza.
MEDITAMOS Y ACTUALIZAMOS
- «Vayan a contar a Juan lo que ustedes oyen y
ven: los ciegos ven y los paralíticos caminan; los
leprosos son purificados y los sordos oyen; los
muertos resucitan y la Buena Noticia es anunciada
a los pobres». En el Evangelio hay una teología de
la ternura que siempre es curativa y liberadora.
Se ejerce con palabras, con las manos, con los
ojos, con el corazón..., y se concreta en gestos
de cercanía, en comidas en común, en diálogos,
en contactos, en abrazos... Son los verdaderos
gestos liberadores. Si algo caracteriza la vida
de Jesús de Nazaret es su amor apasionado a
la vida. Los relatos más antiguos lo presentan
luchando contra todo lo que bloquea la vida,
la mutila o empequeñece. Siempre atento a lo
que puede hacer crecer a las personas. Siempre
sembrando vida, salud, sentido, esperanza. ¿Qué
significa todo esto para mí? ¿De qué manera
está presente en mi vida la preocupación
por los pobres y los que sufren? ¿Es mi fe en
Dios fuente de ternura en mi relación con los
demás? ¿Soy capaz de gestos genuinamente
liberadores en mi relación con las personas
con las que comparto cotidianamente la vida?
¿Me preocupo realmente por hacer crecer a
las personas que tengo a mi alrededor? ¿Vivo,
como Jesús, tratando de sembrar vida, salud,
sentido y esperanza en los demás?
- «Y dichoso aquel que no se sienta defraudado por
mí». Cuando Jesús, encarnación del mismo Dios,
31
se presenta al Bautista lo hace como alguien que
ayuda a ver, que ofrece apoyo para caminar, que
limpia nuestra existencia, que nos invita a vivir
en plenitud. Pero el Dios de la ternura y de la vida
también puede defraudar. Hay personas que se
han hecho un Dios a su imagen y semejanza y por
nada del mundo quieren desprenderse de él. El
Dios manifestado en Jesús rompe sus parámetros.
¿Me abro a la novedad de ese Dios “diferente”
que se nos revela en Jesús, y trato de vivir
compasivamente; o proyecto en él mis propios
resentimientos, rencores y mezquindades para
justificar actitudes egoístas e insolidarias?
- «Les aseguro que no ha nacido ningún hombre
más grande que Juan el Bautista; y sin embargo,
el más pequeño en el Reino de los Cielos es
más grande que él». Juan es un hombre fiel a
sí mismo y a su misión. Austero, firme, lleno de
coraje y esperanza. Nada de lujoso cortesano,
nada de predicador oportunista... Pero, a la
vez, es un hombre solo, encarcelado y sin poder
ejercer su misión, con la duda en las entrañas
y desconcertado: «¿Eres tú el que ha de venir
o tenemos que esperar a otro?». Éste es Juan
Bautista. Éste es el precursor. El elogio que Jesús
hace de él nos revela qué es lo que cuenta para
Dios y qué es lo que nos hace grandes en el Reino:
Anunciar la Buena Noticia, preparar el camino del
Señor, a pesar y más allá de nuestras limitaciones,
de nuestras contradicciones, de nuestras dudas
e incertidumbres. ¿Trato de contribuir desde
mi propio lugar a hacer realidad el Reino, a
pesar y más allá de mis propias limitaciones
y contradicciones? ¿Intento ser fiel a mi misión
aún en medio de dudas e incertidumbres? ¿Cuál
es el elogio que Jesús podría hacer hoy de mí?
ORAMOS
A pesar de nuestras dudas e incertidumbres, a
pesar de nuestros fracasos, a pesar de nuestras
limitaciones, a pesar de nuestros falsos o desvirtuados ideales y esperanzas..., Jesús tiene un
elogio para nosotros… ¿Qué me dice hoy Jesús?
Espontáneamente, con mis propias palabras, y
dejando que hable mi corazón:
¿Qué le digo al Señor…?
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BUENA SEMANA!
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