Mirando el glaciar

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Mirando el glaciar
Estoy sentado sobre un viejo tronco, a la entrada de la propiedad paterna,
pensando en mi hermano Ariel. Y los recuerdos se descargan veloces como si fueran
rayos que se aparecen alumbrando el pasado que disfrutamos juntos en las
feraces tierras de nuestra entrerrianía.
. Desde niños gozábamos intensamente recorriendo los campos y las colinas
de alrededor de nuestra chacra. Cada mañana los delicados colores del alba
incendiaban la escena
dibujando
artísticamente el borde de las colinas y cada
atardecer devolvía esos colores al cielo que así comenzaba a oscurecer. La naturaleza
nos llamaba con un grito especialmente grave y amoroso que parecía brotar de lo más
íntimo de nuestro ser. La selva montielera con sus hermosos árboles y tanta variedad
de
pájaros
acaparaba nuestra atención desde que éramos muy pequeños. Nos
pasábamos horas contemplando las aves y escuchando sus cantos desde las ramas
de los árboles frondosos. Amábamos las pequeñas chamarritas que revoloteaban
confiadamente muy cerca de nosotros, muy cerca también de los ríos y arroyos
murmurantes, decidores de frescura y pureza. Nuestros padres también se deleitaban
con las bellezas naturales y, en parte, era por eso que no vivíamos en la ciudad.
Pasó el tiempo, tan inexorable como la vida,
y los niños entrerrianos se
hicieron hombres. Mi hermano llegó a ser ingeniero civil y yo me dediqué al comercio.
Los dos nos casamos y formamos lindos hogares que se vieron privilegiados también
con hijos. Ariel y Mary tenían dos muchachos muy activos y nosotros una parejita.
Por razones de trabajo, después de cierto tiempo, Ariel y su familia
debieron
trasladarse a la lejana Alaska. Su viaje a las tierras frías, tan diferentes de nuestro
lugar de origen, nos causó no poca desazón. Primero llegaron cartas cargadas de
nostalgia, no sólo por el clima sino también por la lejanía de los familiares, pero poco a
poco, insensiblemente, esto fue cambiando. En el trabajo a Ariel le iba muy bien, su
familia se estaba adaptando alegremente, incluso al idioma, y ellos habían empezado
a salir los fines de semana a conocer el entorno. La naturaleza agreste siempre había
ejercido sobre Ariel una atracción casi mística y su señora lo acompañaba con todo
entusiasmo. Sin embargo, a veces hasta había incursionado sólo,
y le gustaba
especialmente visitar la zona de los glaciares. En sus cartas hablaba de cómo lo
cautivaba este increíble aspecto de la naturaleza. Sus caprichosas formas, la solidez
e inmensidad de sus bloques de refulgente y majestuoso aspecto. Estaba fascinado
por su esplendida belleza blanca. Sólo por razones de distancia todavía no había
concurrido a la Bahía de los glaciares, que es reconocida como una maravilla
mundial.
Nosotros, a veces sentíamos mucho temor por sus excursiones, dado que
conocíamos su extrema audacia al visitar lugares muy peligrosos, pero también
sabíamos que tenía mucho equilibrio y sagacidad.
En ciertas ocasiones, en las tardes de nuestro invierno entrerriano, nos
reuníamos con mis padres a leer las cartas y mirar las fotografías que Ariel nos solía
enviar mientras ellos estaban disfrutando alegremente su verano. Eran momentos muy
preciosos cuando la familia parecía ponerse en una perfecta y agradable sintonía a
pesar de la distancia.
Una de esas tardes en que estábamos reunidos en el sagrado círculo verde del
mate entrerriano, conversando e hilvanando recuerdos, sonó el teléfono. ¡Y eran nada
menos que Ariel y su esposa quienes nos llamaban! Conversamos alegremente y
también nos hablaron sus hijos. Al finalizar nos comunicaron que el próximo fin de
semana iban a realizar una excursión, sin los hijos, para visitar un glaciar que, en ese
momento, había adquirido su mayor altura y se suponía que iba a tardar por lo menos
tres semanas en desmoronarse. Ellos querían gozar la gran emoción de ver de cerca
al gigante blanco.
Mi madre reaccionó enseguida con varios comentarios temerosos y los llamó a
la prudencia porque pensaba que Ariel era muy arriesgado y más porque su esposa lo
apoyaba.
Pero Ariel trató de disipar sus temores y prometió mandar hermosas
fotografías del acontecimiento. Papá, guardó un silencio reflexivo hasta el final de la
conversación, pero terminó diciéndole: “Querido, se prudente”. Los demás, fuera de
sentirnos admirados por la capacidad de Ariel para esa clase de aventuras, no le
dimos demasiada importancia al asunto.
Pasó la semana como cualquier otra semana y de pronto tuvimos que atender
una llamada de parte de la policía canadiense. Se nos heló el corazón. Nos avisaban
que Ariel y Mary habían muerto aplastados bajo la mole del glaciar. ¡No lo podíamos
creer!...Pero, en realidad ¡tampoco lo queríamos creer!
Y a todos nos surgió la
pregunta de rigor: “¿Por qué?”. Lloramos abrazados y tan profundamente tristes que
no nos entendíamos entre nosotros y tampoco podíamos entender nada en ese
momento.
Un poco después nos llamaron también el señor que, junto con su esposa,
habían sido sus vecinos de pieza en el hotel. Y ellos nos contaron que se habían
hecho muy amigos con Ariel y Mary y ese día fatídico fueron juntos hacia un lugar
cercano al glaciar, llevando sus almuerzos, para poder disfrutarlos al aire libre. El
paisaje era tan espectacular y hermoso y el día tan pleno que con toda alegría se
instalaron en unos asientos y mesas que estaban allí para el caso. Pero aún ese lugar
tan privilegiado no lo satisfacía a Ariel y descubrió la saliente de una roca muy plana
donde también podrían almorzar y estarían mucho más cerca del monstruo. Mary
también estuvo de acuerdo, pero este matrimonio no se decidió a acompañarlos. Así
que Ariel y Mary se colocaron sus impermeables y corriendo cierto riesgo bajaron
hasta la roca elegida y se instalaron para almorzar. Como el ruido del lugar era
imponente, los llamaron por señas, repetidas veces. Pero como ellos se negaron
quedaron muy aprensivos.
El almuerzo continuaba pero, de vez en cuando, se empezaron a oír algunos
crujidos. Volvieron a llamarlos con señas desesperadas que ellos no respondieron
porque ahora también ellos estaban demasiado preocupados. De pronto un pavoroso
estruendo, como de varios aviones despegando al mismo tiempo, interrumpió la paz
del lugar.
El glaciar se había quebrado y con él quebró también dos intrépidas vidas. En
un segundo no los pudieron ver más.
Tampoco sus hijos. Tampoco nosotros. Tampoco su tierra. -Celia
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