Signos de alerta para identificar a un niño autista en el aula

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JOSE PAREDES ROS
Psicólogo Escuelas Infantiles Comunidad Autónoma de Murcia. España.
e-mail: [email protected]
Signos de alerta para identificar a un niño autista en el aula.
Lo que a continuación se va a exponer es el resultado de cinco años de observación
de niños con un Trastorno Generalizado del Desarrollo del tipo autista , en Centros de
Educación Infantil dependientes de la Consejería de Educación y Universidades de la
Comunidad Autónoma de la Región de Murcia (España), que escolariza a niños de
edades comprendidas entre 0-3 años.
Durante los últimos cursos hemos tenido la oportunidad de trabajar con niños que
presentaban autismo, algunos se detectaron en nuestro centro, otros venían con un
diagnostico pendiente de confirmación, todos ellos fueron finalmente clasificados
dentro del espectro autista.
El objetivo de este trabajo consiste en extraer lo que hay de esencial y común en las
diversas formas de ser de cada uno de los niños. Con todo ello pretendemos mostrar
cuales han sido aquellas conductas especialmente relevantes, y que nos puedan ayuda
a saber, que posiblemente estemos ante un niño con un trastorno autista.
Pedro, Pablo, Alicia, Eloy, Antonio, Luis y José son el protagonista de nuestra
historia, todos ellos tenían o tienen 3 o menos años y de casi todos ellos podemos
decir lo siguiente:
1. En la entrevista inicial los padres no observaron nada anormal hasta que el niño no
cumplió año y medio o más. Algunos padres comentaban, “entonces le paso eso”;
tenían la impresión de que el niño había dado un paso atrás. Si había aparecido alguna
palabra ésta desaparecía y cualquier intento de comunicación se había cortocircuitado.
Los padres sienten que algo va mal y empiezan a buscar ayuda.
2. En todos los casos hay algún antecedente médico que les afecta a ellos o algún
familiar directo: padres disléxicos, hidrocefalias leves, problemas prenatales y
perinatales, primos sordos etc. La mayoría de los casos habían recibido el alta en
Neuropediatria o las pruebas que se les habían efectuado daban resultados poco
significativos. Su aspecto es totalmente normal.
3. Todos ellos manifestaban conductas repetitivas como: insistencia por llevar un
muñeco de plástico en las manos para retorcerlo, morderse las manos o el brazo,
aletear, chasquear los labios, golpear repetidamente un objeto con el dedo índice o
mirarse las manos.
4. No saben jugar con los juguetes del aula: un coche, un teléfono, un peine o un vaso
son utilizados de forma semejante. Los hacen girar o bien los golpean de forma
repetida y estereotipada, a otros les gustaban palpar los bordes de los objetos con la
palma de la mano. Ninguno de ellos utiliza el coche para hacerlo rodar, el peine para
peinar un muñeco, o un teléfono para llamar, salvo que se le enseñe explícitamente de
forma intensiva.
5. Tienen enormes dificultades para comunicarse: nunca piden nada señalando con el
dedo. Cuando quieren algo lloran o se enrabietan , lo que obliga al adulto a tener que
realizar la difícil de interpretar ese llanto. Otras veces, en el mejor de los casos te
cogen del brazo y te llevan hacía el objeto deseado. No existe esa mirada alternante
hacia el objeto que quiere y después al adulto con el fin de decirnos que es lo que
desea. La mayoría de nuestros niños no dijeron ni una palabra ante de los tres años, en
algún caso apareció una o dos palabras o hacía frases ecolálicas- repetían de forma
exactamente igual lo que el adulto decía, imitando el mismo tono de voz y entonación
de la frase-.
6. No comprenden lo que se les dice, les cuesta mucho seguir un orden simple y
actúan como si no te oyeran. De hecho al principio siempre hay sospechas de que
pudiera ser sordo, pero posteriormente se descara esta posibilidad.
7. Todos ellos reconocían a sus padres y se mostraban contentos e interesados cuando
éstos aparecían en el aula, ahora bien la forma de expresarlo siempre resultaba muy
sutil. Había que enseñar a los padres a interpretar la forma de expresión de su hijo.
8. Aunque en un principio algunos podían ser reticentes a ser tocados, a los pocos días
de estar con nosotros, eran niños a los que les gustaba que se les hiciera cosquillas y
acariciara. Eso sí, esta actividad era de una duración limitada y a los pocos minutos,
ellos decidían que por el momento ya bastaba y que querían seguir con otra cosa. A
todos les encantaba este tipo de actividades, sin embargo ninguno te lo pedía por la
dificultad que tienen en comunicarse. Sólo cuando veían que te acercabas con la
intención de acariciarlos, mostraban signos de anticipación sabiendo lo que a
continuación iba a ocurrir.
9. En todos los casos nos encontramos con rabietas en las que era difícil interpretar el
motivo, de hecho la mayoría de las veces lo desconocíamos. Lo que si observamos,
con el paso del tiempo, es que cada vez era mas fácil entender a que se debían ciertas
rabietas, bien porque conocíamos mejor a los niños o porque estos lloraban cada vez
más por motivos claramente identificables: no querer salir al patio, no querer dormir,
etc. Las rabietas de un niño autista son difíciles de consolar y a veces tenemos que
contentarnos con inmovilizarlo, con el fin de que no se autolesionen y esperar a que
ésta se le pase.
10. En el juego libre dentro del aula hemos encontrado tres formas de actuar:
a.- La de aquellos que se dirigían de un punto a otro del aula sin una meta, dando
pequeñas carreras o caminando en círculo.
b.- En otros casos se sentaban en un rincón del aula con la mirada perdida o absorto en
sus estereotipias.
c.-Los que se dirigían de un objeto a otro, atraídos por la novedad de estos o por
determinadas peculiaridades físicas de los mismos.
En todos los casos el sentido de su actividad no estaba definido y eran los estímulos
exteriores lo que lo llevaba de un lado para otro, de hecho, un signo de evolución fue
cuando ellos empezaban a mostrar algún tipo de meta interna. Por ejemplo: tengo
hambre luego quiero ir al comedor, quiero salir al patio a jugar en el tobogán, o quiero
ir hacia aquel cajón para ver lo que hay en su interior.
11. Son niños que aunque es difícil tener con ellos un contacto ocular normalizado,
son capaces de mirarte a los ojos, cada vez mayor numero de veces y más tiempo, e
incluso responden con sonrisas cuando el adulto les sonríe. Lo que nunca haces es
querer compartir contigo la atención hacia algo relevante, por ejemplo, un pájaro que
se para en la ventana del aula. No dan ni muestran objetos. Nunca te enseñan los
zapatos que estrenan ese día, so si han traído un juguete de casa.
12. Son capaces de establecer algún vínculo afectivo con su educador o terapeuta,
pero ninguno de los niños que estuvieron con nosotros lograron relacionarse con sus
compañeros de la forma adecuada. No imitan al resto de niños.
13. Todos ellos han sabido adaptarse a las rutinas y hábitos de la escuela, las siguen si
las directrices están claras. La mitad de ellos han sido capaces de controlas esfínteres
y de ser autónomos en la alimentación.
Aunque el objetivo de este articulo es señalar cuales han sido aquellas conductas que
tienen en común cada uno de los niños que ha estado con nosotros, podemos afirmar
que tantas cosas hay que tienen en común como tantas otras que lo diferencian y
además podríamos hacer una lista mucho más extensa de aquello que a cada uno lo
particulariza
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