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Historia Contemporánea 49: 403-434
ISSN: 1130-2402
PRESENTACIÓN. LAS FAMILIAS GARANTIZARON
LA VIABILIDAD DE LAS ELITES
Y LA SOSTENIBILIDAD DE LOS POBRES
PRESENTATION.
FAMILIES AND SOCIAL SUSTAINABILITY
Pedro Carasa
Universidad de Valladolid
Resumen: Desde la historia socio-cultural y la economía del cuidado,
muestra cómo las familias han logrado la sostenibilidad de elites y pobres en la
sociedad de los siglos XVIII y XIX. Las familias consiguieron la viabilidad de las
élites, tanto en sus aspectos biológicos, económicos, políticos, sociales y culturales. Las familias soportaron la sostenibilidad de los pobres, aseguraron la sociedad más necesitada, transmitieron valores para la cohesión social, formaron
el capital humano y garantizaron la supervivencia material. Las familias han
sido los sujetos asistenciales principales de la historia que han permitido la supervivencia de cuantos no fueron asistidos por la asistencia pública.
Palabras clave: Historia de las familias, sostenibilidad social, economía del
cuidado, elites, pobreza y asistencia.
Abstract: From the sociocultural history and the care economy, analyzes
how the families have achieved the elites and paupesr sustainability during
the XVIII and XIX centuries. Families acomplished the elites viability in their
biological, economical, political, social and cultural side. Families supported
paupers sustainability, assured neediest society, conveyed social cohesion
values, set up human capital and guaranteed material survival. Families have
been historical main social actors, who enabled those with no public assistante
to survive.
Keywords: family history, social sustainability, care economy, elites,
povery and assistance.
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La cultura social contemporánea que ha imperado en general en la Europa del sur, particularmente en España, ha valorado la familia como una
realidad tradicional y estática. Las políticas familiares practicadas por los
moderados, por los gobiernos de la Restauración y por la dictadura franquista, han sido muy conservadoras, atribuyendo a la familia un papel pasivo y estabilizador. No se ha valorado su papel dinamizador, su capacidad de inducir cambios en la sociedad, sus posibilidades de modernizar y
hacer avanzar a la comunidad. El discurso eclesiástico y teológico ha inspirado esta concepción familiar permanente y defensiva frente a las luchas
y revoluciones sociales, la religiosidad popular católica ha identificado familia con valores de estabilidad, jerarquía patriarcal, orden social y defensa del patrimonio heredado.
Esta cultura social contemporánea de cierto desdén de la familia subyace en el discurso social de la izquierda, en el socialismo. Frente a la
dialéctica de la clase social, ha considerado la familia como un obstáculo
entorpecedor, han interpretado la protección y el papel de la familia como
una rémora social propia del legado tradicional, rechazando connotaciones religiosas y tradicionales conservadoras.
A las familias se les ha asignado un papel secundario en las políticas
sociales, no han sido consideradas como el embrión básico para construir y
dinamizar la sociedad, sino que han sido entendidas como baluarte defensivo para mantenerla en orden. En cambio, el papel que las políticas sociales de la Europa del norte protestante han asignado a las familias tiene un
protagonismo social mucho más abierto, la ha dotado de valores dinámicos
y de funciones modernizadoras. Incluso los socialismos europeos más septentrionales han entendido la familia como una palanca básica y constructora de la sociedad, le han reconocido roles de servicios sociales incorporados por las familias al Estado de Bienestar. En España, por el contrario,
el efecto atribuido a las familias en la implantación del Estado de Bienestar
ha sido más bien pobre y secundario, de manera que las han creído destinadas a cumplir un papel subsidiario del Estado, a llenar los vacíos y los déficits importantes del retraso y la debilidad del Estado de Bienestar.
Por estas razones ponemos el acento en el papel básico de las familias en la contemporaneidad como soporte de la sostenibilidad de la sociedad, indispensable para cubrir las lagunas y ausencias de la acción social
pública. La actual crisis social y económica pone de relieve este efecto de
colchón amortiguador y pacificador que juegan hoy las familias ante la
necesidad, son ellas un importante instrumento de sostenibilidad social,
de contención y de aguante social.
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A explicar tal proceso dedicamos este número monográfico de la Revista de Historia Contemporánea. Porque, como efecto de la valoración
tradicional dominante, la historiografía española tiene un vacío muy llamativo sobre la historia de las familias. La historia social clásica, particularmente la materialista, ha padecido de una profunda insensibilidad hacia
las aportaciones sociales de las familias, las ha postergado en la explicación de los cambios sociales, las ha considerado contrarias a la dialéctica
social.
Para resaltar este papel protagonista de las familias en la viabilidad de
las elites y la sostenibilidad de los pobres, hemos llamado a seis especialistas que abordan esta sostenibilidad en momentos y espacios diferentes,
generalmente impregnados de una cultura social católica. Tres de ellos
encuadran sus trabajos sobre las elites, analizando la familia de Gamazo,
comparando la elite local católica de Valladolid con la protestante de
Magdeburgo, y descubriendo el papel de las familias y mujeres en el templo del Casino madrileño. Otros tres historiadores profundizan sobre los
pobres, tanto en el mundo de las Misericordias de Braga, como en la vida
cotidiana violenta de las familias rurales del alto Minho, como en la beneficencia de la ciudad mexicana de Orizaba.
Las familias hacen viable el estatus de las elites
El papel teórico de las familias en la viabilidad de las elites
El sentido grupal del concepto de elites
Una concepción social del ejercicio del poder incluye dentro de la
elite a los individuos que no toman directamente las decisiones, pero tienen influencia indirecta sobre quienes deciden. Suele asociarse elites e individualismo, pero el concepto de elite se refiere a una pluralidad de individuos. La elite (contrariamente a los líderes) es siempre grupal, los
individuos si estuvieran solos no serían elite, sólo forman parte de ella
cuando se integran en un colectivo que calificamos de elite. Su carácter grupal permite comprender las exigencias de organización, cohesión,
coherencia o unidad que se les exige para ocupar posiciones de poder1.
1 Algunas de las obras básicas para redactar estas reflexiones sobre las familias y las elites
han sido: Otto Brunner, «La “Casa Grande” y la “económica” de la vieja Europa», en Prismas, 14,
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Además de los sujetos formales del poder, hay que considerar los no
formales, las «elites subsidiarias» que no ocupan posiciones de primera línea. Esta elite grupal tiene un carácter posicional y no procesual, porque
se forma y se debe al poder, el poder no se forma ni se debe a la elite. No
podemos situarla en el dilema entre individuo y colectividad, no tiene una
exigencia tan excluyente y diádica como la material. Los sujetos de esta
cultura política son grupos de individuos en acción política conjunta; por
ello incluye a las familias y sociedades, que refuerzan el trasfondo socializador de su acción política. Esta cultura socializadora no responde sólo
a intereses individualistas de las elites, los integra en el conjunto de objetivos compartidos por parientes, amigos y vecinos, con lo que adecua
las conductas individuales al sistema común de valores. Las familias juegan entonces un papel primordial, porque unen a cada individuo en una
vasta red de relaciones, de forma que es toda la red la que se reconoce a
sí misma como grupo o como elite. Instituciones y asociaciones políticas
utilizan estas redes preexistentes (familiares, raciales) para lograr mayor
socialización. Estas relaciones nos acercan a los grupos mejor que la identidad de clase o los rasgos socioprofesionales.
El análisis de redes y relaciones sociales estudia dinámicamente los
colectivos valorando los vínculos que existen entre ellos más que sus características intrínsecas. Las familias explican la conducta de las personas y actúan como redes naturales que envuelven a los individuos y al
poder que ejercen. La red conecta a un punto (individuo) con un tejido de
líneas (relaciones), formando una estrella de relaciones primarias en la
zona de primer orden de las familias. Se forman otras relaciones en áreas
de segundo orden (los «amigos de amigos»), y se añaden zonas más lejanas; aparece así la sociedad como una red centrada en torno a un individuo.
2010, pp. 117-136; J. Cruz, Los notables de Madrid. Las bases sociales de la revolución liberal
española, Alianza, Madrid, 2000; D. Martínez López, «Sobre familias, elites y herencias en el siglo XIX», Historia Contemporánea, 31, 2005; Gary Wray McDonogil, Las buenas familias de Barcelona. Historia social de poder en la era industrial, Omega, Barcelona, 1989; Nadel, «The concept of social elites» en International Science Bulletin, VIII, n.º 3, 1956, p. 413; Mariano Baena del
Alcázar, Elites y conjuntos de poder en España (1939-1992). Un estudio cualitativo sobre el parlamento, gobierno y administración y gran empresa. Tecnos, Madrid, 1999; M. Rivera Otero, Elites y
organización en los partidos políticos. Un esquema para la interpretación del liderazgo político en
las organizaciones partidistas. Tesis de Santiago de Compostela; F. Chacón y J. Hernández, Espacios sociales, universos familiares. La familia en la historiografía española, Universidad de Murcia, 2007; Putnam, The comparative study of Political elites.
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Giovanni Levi2 explicó mediante estas redes la trasmisión del poder y los valores entre las generaciones, porque la red consigue información, medios de control, recursos de autosubsistencia. Las redes eran familias, instituciones, sociedades, amistades que los individuos utilizaban
para su estrategia de poder o seguridad. Se subrayaba en particular el papel del parentesco como núcleo duro de las relaciones sociales, porque el
matrimonio se elige y se gestiona según las posibilidades y necesidades
del momento y de la persona, trata de escoger unos vínculos y abandonar
otros para alcanzar objetivos vinculados a los del grupo. Es muy importante descubrir que en la construcción de redes hay una determinada gestión consciente y estratégica de las relaciones sociales.
En este marco se ve como imprescindible conocer la sociabilidad de
las elites, sus familias, pertenencia a clubes, círculos y casinos, asistencia a fiestas y salones, como escalones que acercan al poder. Para alcanzar la posición de elite hay que acumular un «capital relacional» de recursos materiales e inmateriales y hacerlo pasar al imaginario popular. Ahí
se incluye la familia, sus caracteres biológicos, su patrimonio material, su
prestigio, su imagen o su tradición.
Los valores inmateriales con que las familias aseguraron a las elites
El clientelismo que alimenta y reproduce a las elites ha sido analizado en clave económica o política, pero la mayor riqueza y rentabilidad
de la relación humana entre patrono y cliente no es de explotación material, sino de influencia cultural. Y los valores culturales gestionados por
las familias de la elite son las jerarquías y prestigios, dependencias profesionales, deudas contraídas por favores o información, obediencias a
otras familias, miedos y temores provocados por sucesos, recuerdos de
protección sobre comunidades, imágenes de patrono protector, tradiciones
y memorias colectivas que ensalzan o denigran apellidos, valoraciones
eclesiásticas sobre estirpes donantes y colaboradoras, mitificaciones populares ligadas a lugares de la memoria, méritos en forma de préstamos,
donativos de familias, o colocar sus apellidos en un callejero.
Las familias son núcleos de poder, no sólo por ser una base para la reproducción social, lo que impropiamente se llama capital social, a mayores, las familias permiten complementar colateralmente el poder político,
2
G. Levi, La herencia inmaterial.
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económico y sobre todo cultural. Las familias son el caldo de cultivo para
la socialización y educación en valores culturales que se transmiten a través de la educación en la infancia. Los códigos de las elites, sus hábitos,
sus roles sociales públicos y privados se socializan e imbuyen en el ámbito familiar. A los hijos se les enseña cómo han de convertirse en padres,
maridos o hijos de ese grupo de poder, lo mismo que se enseña cómo han
de comportarse las esposas, madres e hijas de esos grupos sociales. Se enseñaba en la infancia las relaciones familiares y cómo desde pequeños se
introducían en los modos de vida de las elites.
El papel de las familias en el mantenimiento material de las elites
Las familias construyeron el marco privado del estatus de las elites
La burguesía liberal introdujo la distinción entre lo privado y lo público como dos esferas de acción diferenciadas, responsabilizó al hombre
de la acción pública y cargó sobre la responsabilidad de las mujeres y las
familias todo lo relativo al ámbito privado relativo al domicilio, la educación y la religión. Entre los grupos más poderosos de la sociedad, la frontera entre estas dos esferas era más indefinida y la comunicación entre
los dos mundos era más fluida, esta responsabilidad estaba protagonizada
por las mujeres y las familias. La actividad pública masculina no llegó a
desligarse del todo de lo particular, y la vida privada y familiar (educación, cuidado del hogar, beneficencia, fiestas) daban visibilidad en la esfera social. Las mujeres se encargaban de respaldar el honor, el nombre y
el prestigio de los maridos o los padres. Los maridos tenían como función
principal ser líderes y gestores de asuntos públicos, pero debían mantener
el honor de la familia, ambos encargos se unían y formaban parte de su
misión.
Las familias fueron básicas en la formación de sagas parlamentarias
Junto a los elementos materiales de tipo patrimonial y de actividad
económica que aportan las familias, al lado de los valores inmateriales
que transfieren a las elites, tienen otra cadena biológica que construye generaciones y sagas conductoras de poder. La familia ha sido una principal
correa de transmisión del poder político en los ámbitos liberales de cultura
mediterránea, tanto mediante el parentesco de sangre, a base de cadenas
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ascendientes y descendientes, cuanto con el parentesco civil, de matrimonios estratégicos en busca de enlaces de poder. En nuestros estudios prosopográficos sobre Castilla la Vieja y León3, un porcentaje superior a la
cuarta parte de los titulares del poder político tenía este tipo de vínculo familiar entre ellos, ya fueran abuelos, padres, hijos, hermanos, tíos, primos,
cuñados, yernos, u otros parientes más lejanos. Términos como «yernocracia», «cuñadismo» expresaron las relaciones entre los parlamentarios.
Las familias articularon las elites parlamentarias más en descendencias verticales que en enlaces horizontales. Habría sido más ajustado calificarlas de «parientes políticos» o «familias políticas» que con la expresión de «amigos políticos». La familia ha servido analógicamente para
explicar cómo se construyen dependencias ideológicas y facciones de parentescos políticos, pero ha tenido mayor función continuadora la sangre en el acceso al poder legislativo. Las familias potencian el carácter
cerrado, endogámico y personalista del poder de manera que acaban configurándolo como una realidad patrimonial. Por eso el acceso a los archivos familiares y la consulta de protocolos notariales son medios eficaces
para ahondar en ese papel vital de la familia en la configuración de las elites de poder. Las familias además legitimaron el poder, visibilizaron la
existencia de castas políticas que controlaban la representación política.
Llegaba a heredarse como un legado la representación de un distrito. La
familia se convertía en un laboratorio que reproducía el poder, creaba grupos endogámicos, transmitía el personalismo que vinculó las corrientes
políticas a los apellidos. Los nombres de gamacismo, maurismo, albismo
pasaron al imaginario popular, más que como una cadena de sangre, como
una garantía de seguridad, un patrimonio inmaterial de prestigio, protección y territorialidad del poder inseparables de unas dinastías.
Las familias cultivaron los patrimonios material y cultural de las elites
La tarea de la familia era conservar dos patrimonios de la elite, uno
material y público, de negocios, cargos e instituciones, pero había otro patrimonio inmaterial. Es lo que solía sintetizarse bajo el concepto de mantener y agrandar «la casa», que incluía un legado simbólico familiar de
3 Pedro Carasa Soto (dir.), Elites castellanas de la Restauración, 2 tomos. I. Diccionario de
parlamentarios de Castilla y León, 1876-1923. Valladolid, 1997; Pedro Carasa (dic.), Elites parlamentarias de Castilla y León en las Cortes Generales (1810-1876), Ediciones Universidad de Valadolid, 2014.
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historia, memoria y gestas que aseguraban la identidad de un linaje. Y
esta «casa» no sólo tenía una perspectiva de pasado, también comportaba
funciones de presente y de futuro, porque exigía inculcar valores de relación, virtud, deber, trabajo apropiado, selección de amistades. Estos valores eran incluso tenidos en cuenta por los bancos para conceder créditos,
se clasificaba la moralidad del apellido, la honestidad de sus miembros,
el cumplimiento de compromisos, la proyección de una buena imagen social. Para ser un buen miembro de la elite era preciso ser buen padre y marido, buen amigo y celoso protector del orden y el prestigio de «la casa».
Y las mujeres debían reforzar el prestigio del miembro de la elite con
su belleza, delicadeza, tacto, caridad, incluso con el manejo estratégico
del lujo, debían saber gobernar el servicio de la casa. Destacaban cuatro
funciones para una mujer de la elite, buen gusto en la decoración, esmerado trato con sus iguales, educación selecta de sus hijos (de manera que
incluso las institutrices sustituían a los colegios e instituciones docentes)
y cuidada aparición en actividades benéficas. Alardeaban de una sociabilidad muy sensible en encuentros mundanos, visitas, reuniones de salón y
fiestas. En esta educación domiciliar el hombre estaba ausente, la gestionaban las mujeres en la primera etapa de la infancia, que es cuando más
hondos se graban los mensajes y los valores. Además debían inculcar las
normas del habitus de las elites, los gestos aristocráticos que tanta importancia tenían en la reproducción social de estos grupos. A veces remarcaban incluso los derechos de primogenitura y de escala interna familiar y
social.
La beneficencia mostraba la condición dulce y compasiva de una mujer de la alta sociedad, de forma que trascendía los cuidados de dentro de
su hogar hacia los necesitados del exterior. Las elites sabían bien que los
efectos producidos por estos gestos caritativos de las mujeres generaban
afectos, agrandaban el sentido moral y social de la familia, potenciaban
su relación clientelar o de legitimidad. Además les permitía entrar en contacto con otros asistentes superiores que prestaban prestigio. En este sentido, la caridad permitía a las mujeres abrir puertas hacia lo público y lo
social, contactaban con la Iglesia, con las instituciones, y mostraban sensibilidad sobre los problemas sociales y políticos. Las mujeres de la alta sociedad, desde estas plataformas privadas, tenían la oportunidad de ejercer
una influencia sutil en la opinión pública, que recogían las crónicas sociales de las publicaciones dedicadas específicamente al efecto.
Las jóvenes eran orientadas desde el hogar a conocer los principios de
buen gobierno de la casa y a aprender cómo introducirse en los círculos
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selectos. Pero había otra función importante, el preparar el matrimonio, el
mostrar su disposición a encontrar la conexión adecuada, el asistir a reuniones informales con amigos y familiares, en dejarse ver en fiestas y bailes. El culmen se conseguía apareciendo en la prensa de sociedad, donde
eran casi oficialmente presentadas como aspirantes a ser damas de las selectas clases altas. Ofrecían dos caras de su llamativa figura, por un lado
belleza, finura, elegancia, inteligencia, bondad, y por otra parte el respaldo de la familia, del apellido, del título, del cargo, del patrimonio de su
padre.
Tres ejemplos: Mujeres y familias dan viabilidad al status de los poderosos
Aplican estos presupuestos tres estudios que analizan a continuación
el soporte que dieron las familias a la viabilidad de las elites. Se estudia
primero cómo la vida familiar y las mujeres fueron fundamentales para
la vida personal, profesional y política de un líder de primera línea como
fue Germán Gamazo. Sigue después un análisis de cómo la estrategia matrimonial y las respectivas familias fueron indispensables en dos modelos
comparados de ascenso y poder de las burguesías municipales castellana
y sajona. Cierra este aspecto una investigación sobre cuál fue el papel de
trasfondo y sombra coloreada que las mujeres tuvieron en el escenario
masculino del Casino de Madrid.
El trascendente papel de las mujeres en la vida de un ministro
Germán Gamazo fue un creador de complejas redes familiares y sociales, basadas en múltiples mujeres de su entorno que desde distintas esferas hicieron posible su trayectoria de éxito. Esther Calzada4 nos expone
cómo, desde el ámbito familiar, varias mujeres sellan su relación profesional y política: sus dos esposas le unen con la burguesía santanderina, su
hermana le convierte en cuñado de Maura. Desde el ámbito profesional,
las viudas —como la viuda del duque de Osuna, la marquesa de Manzanedo, la nuera de Larra o la señorita Ubao— y las religiosas inician acciones legales que alimentan su bufete. Detrás de todas ellas actúan ejércitos
4 Esther Calzada del Amo, Germán Gamazo. Poder político y redes sociales en la Restauración (1840-1901), Madrid, Marcial Pons, 2011; y Esther Calzada del Amo, Poder político y partido
conservador en Palencia: Abilio Calderón Rojo , Palencia, 1996.
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de mujeres en el servicio doméstico que mantuvieron su hogar acomodado, renunciando a vivir su propia vida. Todas ellas hicieron más fácil su
carrera política por cuanto crearon relaciones familiares importantes que
contribuyeron a sustentar su red social. Las burguesas y nobles, a finales del XIX, eran depósito y transmisión de los grandes valores familiares:
responsables de la procreación, depositarias del honor de los hombres en
su recato, exhibidoras del poder económico en el atuendo de sus maridos,
y el espejo de la devoción religiosa de sus cónyuges en su piedad y sus
obras de caridad. Como contrapunto, lo rodeaban jóvenes expulsadas del
campo o de los bajos estratos de la sociedad urbana, dedicadas a la intendencia de subsistencia hogareña: limpiar, cocinar, criar hijos ajenos, coser,
lavar, planchar y otras tareas aún menos consideradas. Espléndido el análisis de las mujeres y la familia en la vida de Gamazo.
Importancia de las redes familiares en las relaciones de las elites urbanas
El segundo artículo de Jorge Luengo analiza las redes familiares en
las estrategias de reproducción del poder5. Compara la reconstrucción familiar de dos comerciantes de Valladolid y Magdeburgo que, en el segundo tercio del siglo XIX, lideraron sus respectivas sociedades urbanas.
Se argumentan las redes familiares como uno de los principales mecanismos para adquirir y mantener poder; también, elementos como la profesión, el género o el origen juegan un papel fundamental en este proceso.
Diferencias estructurales en la religión, la cultura, o las esferas política o
económica entre España y Prusia no conllevaron un distinto desarrollo de
las estrategias de parentesco en las elites urbanas. La reconstrucción de
estas estrategias de estos dos ejemplos castellano y prusiano y el rol que
en ellas jugó la mujer se estudian a partir de tres niveles distintos. En pri5 Laura L. Frader, Breadwinners and citizens. Gender in the making of the French social
model. Durham, Duke University Press, 2008; J. Keane (ed.), Civil Society. Berlin Perspectives,
Berghahn Books, Nueva York / Oxford, 2007; J. Luengo Sánchez, Una nueva cristalización social:
las elites urbanas y el Estado en Valladolid y Magdeburgo (ca. 1770-1870), Tesis European University Institute, 2011, Cap. 3; J. Luengo, El nacimiento de una ciudad progresista: Valladolid en
la regencia de Espartero, 1840-43. Valladolid, 2010; J. De Vries, The Industrious Revolution: Consumer Behavior and the Household Economy, 1650 to the Present, Cambridge University Press,
Cambridge, 2008, Cap. 1. M. Zeuske, «Magdeburgo a fines del siglo XVIII y en el siglo XIX: desarrollo, efectos y contraefectos del comercio de mercancías coloniales en una región prusiana», en
M. Zeuske y U. Schmieder (eds.), Regiones europeas y Latinoamérica (siglos XVIII y XIX), Frankfurt
am Main,/Madrid,1999, pp. 101-120.
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mer lugar, se atiende a una escala biográfica que pondrá en relación estos
personajes, en un segundo plano, se detallan las estrategias matrimoniales
de ambos personajes de forma intergeneracional y sincrónica, y, en último
término, se contextualiza a estas elites urbanas en sus respectivos núcleos
en función de las redes familiares que construyen. Se hace tres preguntas ¿Conllevaron las diferencias religiosas, culturales, políticas y en el
desarrollo económico de Prusia y España a modelos distintos de estrategias
matrimoniales? ¿Es posible defender aún una supuesta excepcionalidad en
la formación de la burguesía y de la sociedad civil en España y Alemania
en el siglo XIX? ¿Qué papel jugaron las redes familiares en este proceso?
Se concluye que la relación entre estrategias matrimoniales, negocios y
vida pública, así como la tendencia a establecer relaciones familiares con
un área concreta que corresponde al entorno geográfico, marcó la pauta de
la construcción del parentesco y, por tanto, las familias se presentan como
uno de los principales sostenedores de su posición privilegiada en las estructuras de poder urbanas. La difusa separación entre las esferas pública
y privada conllevaba que las redes familiares fueran uno de los principales
factores que permitían alcanzar o mantener posiciones de poder.
La destacada sombra de las mujeres en el espacio de sociabilidad
de la elite masculina
En el último artículo de esta primera parte dedicada a las elites, redactado por María Zozaya6, se presenta el Casino de Madrid como el típico
club de la clase alta decimonónica española. Entre 1836 y 1930 transcurrieron sus años de desarrollo y de apogeo, cuando los casinos fueron instituciones sociales de gran relevancia para la sociedad política española.
Nacieron como sociedades masculinas, muy vinculados a la esfera pública, no contemplaban la presencia de la mujer en sus salas de manera
cotidiana. Sin embargo, hay diversos indicios que permiten reconstruir la
importancia, más aún la imperiosa necesidad, del papel de la mujer y de
la familia para la existencia brillante de sus socios y para la imagen señera
del mismo Casino. Los registros documentales, literarios o artísticos, que
6 María Zozaya Montes, «Ocio, cosmopolitismo y modernidad. Imágenes de progreso a través
de los Casinos en torno a 1900». En: Guadalupe Gómez-Ferrer Morant (ed.), Modernizar España.
1898-1914. UCM, Madrid, 2006; p. 14; María Zozaya Montes, Del ocio al negocio, La Catarata,
Madrid, 2007; María Zozaya Montes, El Casino de Madrid: Ocio, sociabilidad y representación
social, UCM, Madrid, 2009.
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hablan de esa presencia femenina, han permitido reconstruir la imagen de
la sombra femenina —como expresión metafórica de su realidad social—
en este espacio propiamente masculino. Y toda sombra es imprescindible
de la materia que la proyecta, es el modo necesario de subrayar su relieve
y su contorno social de poder. Las mujeres apoyaron el ejercicio de sus
labores cotidianas, bien a través de la beneficencia a los más desfavorecidos, bien mediante las labores de la caridad entre la clase elevada. Las
labores públicas de los propios casinistas —cabezas de familia casi todos ellos— no se hubieran podido realizar sin el soporte de la mujer y de
la familia. Como resultado, ellos debían de recomponer esa presencia femenina en todo el sistema, incorporar de alguna manera su presencia en
el círculo masculino. Revalorizaron facetas de representación social de
la mujer a través de la entronización de su importancia simbólica gracias
al arte en la zona más relevante y aristocrática de la sociedad, su salón de
baile.
Las familias aseguran la sostenibilidad de los pobres
La historia económica pondera hoy la economía de las familias
El concepto de sostenibilidad social y económica implica a familias
y mujeres
La hipótesis de la sostenibilidad social y económica replantea el papel
de los sujetos de la economía y la asistencia. La historia económica amplía sus visiones anteriores estrechadas por la perspectiva de la racionalidad clásica, que no llegaron a explicar bien cómo un sistema tan depredador llegó a ser sostenible. Con estas aperturas encuentra mejor ubicación
la historia de la pobreza y la asistencia, que son parte de esa sostenibilidad7. Están superadas las limitaciones del concepto básico del «homo
oeconomicus» como prototipo de valores capitalistas y patriarcales, sobre
el que estaban construidas las leyes de pobres y de beneficencia; en la historia social actual se amplía y renueva el planteamiento del sujeto principal.
7 En nuestros trabajos de pauperismo y marginación hemos realizado avances en este sentido.
Pedro Carasa Soto, «Familia, Iglesia, Ayuntamiento y Estado en la Asistencia española», en Revista
de Historia Contemporánea, XXV, 2006, pp. 78-110.
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La historia de la pobreza padeció ausencias y distorsiones heredadas
de la historia económica clásica centrada en los sistemas productivos, en
los sujetos patriarcal y estatal. La economía de la sostenibilidad hace referencia a la economía informal, que adopta nuevas perspectivas y calificativos como economía social, economía moral, economía de las microfinanzas, economía familiar, de la unidad doméstica, economía adaptativa,
economía de supervivencia, economía de la improvisación, economía del
cuidado. Es dudosa la sostenibilidad desde arriba de los antiguos sistemas
cerrados, las mujeres y las familias son actores imprescindibles para que
el mantenimiento tanto del mercado de trabajo como de la pobreza fuera
sostenible.
Hoy la economía social coloca en el centro de los factores productivos el capital humano, permite subrayar el papel crucial que la asistencia
ha jugado para hacer sostenible el sistema con las estrategias domésticas
primarias; la economía y cultura familiar han servido para moldear y preparar cualitativamente el capital humano8. Ha cumplido más misiones, ha
controlado cuantitativamente el mercado de trabajo con políticas proteccionistas de los recursos laborales de cada ciudad, ha aplicado un filtro
8 La bibliografía que hemos manejado para este apartado es la siguiente: Sandra Cavallo, Charity and power in early modern Italy. Benefactors and their motives in Turin 1541-1789, Cambridge
University Press, London, 1995, pp. 98-108; G. Alfani (ed.), Il ruolo económico della familia, Bulzoni, Roma, 2007; M. Bolufer Peruga e I. Morant Deusa, Amor, matrimonio y familia: la construcción histórica de la familia moderna, Síntesis, Madrid, 1999; F. Chacón Jiménez, y J. Bestard (dirs.),
Familias: historia de la sociedad española (del final de la Edad Media a nuestros días), Cátedra,
Madrid, 2011; Sandra Cavallo; Simona Cerutti, «Female honor and the social control of reproduction in Piedmont between 1600-1800», in Edward Muir and Guido Ruggiero (org.), Sex and gender
in historical perspective, The John University Press, Baltimore, 1990; J.P. Dedieu y C. Windler, «La
familia, ¿una clave para entender la historia política? El ejemplo de la España moderna», Studia Historica. Historia Moderna, 18, 1998, pp. 201-233, aquí p. 215; Olivier Faron, «De la famille à l’hospice: le destin tragique des enfants abandonnés», L’Histoire, 205, 1996, p. 60 ; Antonio Arbiol, La
familia regulada. Institución Fernando el Católico, Zaragoza, 2000; J. Goody, The European Family.
An Historico-Anthropological Essay, Blackwell, Oxford, 2000, Cap. 8. Georges Duby / Philippe
Aries (dirs.), História da Vida Privada. Da Revolução à Grande Guerra, vol. 4, Edições Afrontamento, Porto, 1990; Anne Martin-Fugier, La place des bonnes. La domesticité feminine à Paris en
1900. Perrin, París, 2004; G. Calvi (ed.), Incesti. Donne e genere nella storia sociale, Viella, Roma,
2004; Pilar, Muñoz López, Sangre, amor e interés. La familia en la España de la Restauración. Marcial Pons y UAM, Madrid, 2001; Carmen Sarasúa, Criados, nodrizas y amos. El servicio doméstico
en la formación del mercado de trabajo madrileño, 1758-1868, Siglo veintiuno de España editores,
Madrid, 1994, pp. 230-231; Raffaela Sarti, Casa e Família. Habitar, Comer e Vestir na Europa Moderna, Editorial Estampa, Lisboa, 2001; Cristina Segura Gariño, «Algunas cuestiones a debatir sobre
la historia de las mujeres» en Historia a Debate. Tomo II; pp. 299-304.
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controlando la mendicidad y la emigración que desequilibraban la precaria situación laboral interna, ha generado ofertas laborales benéficas para
aliviar los paros estacionales.
La atención a las familias y la economía del cuidado cambian
la historia social
No siempre bajo la caridad y la asistencia los individuos y familias se
sintieron subordinados por un sistema de control y dominación, se creyeron protegidos por las autoridades o los grupos sociales a los que ofrecían
obediencia. Espontáneamente aceptan lo que necesitan para subsistir, es
lo que Thompson llamó la «economía moral de la multitud». La asistencia del gran encerramiento punitivo y represor en el XVIII no se interpreta
sólo como la horma que recluía a los vagos y obligaba a trabajar a los pobres «útiles», no fueron sólo meros instrumentos de «control social», también se vio como la satisfacción de una demanda social natural. La caridad practicada por las elites, u otras formas de ayuda de las redes de
parentesco, vecindario o comunidad, de préstamos o empeños de bienes,
se percibía como respuesta espontánea y habitual a las crisis del ciclo vital o malas coyunturas económicas9. Así se pueden relacionar estas prácticas sociales de las elites, no sólo como medios de dominio y control, sino
como estrategias de supervivencia popular, como «economías de la improvisación», como «economías familiares adaptativas».
La pobreza y la asistencia vistas desde una perspectiva cultural son un
escenario que permite comprender mejor las familias populares, un campo
abonado para experimentar reacciones cotidianas autosubsistentes, para
entender cómo se resuelven diariamente las necesidades primarias. Esta
historia ahonda en el lenguaje, en las prácticas del día a día, en los hábitos
sociales y religiosos, en los comportamientos lúdicos o festivos. Valora
mejor los «tempos» históricos, dando más importancia a las duraciones
humanas que a la larga duración. Agiliza la historia y la da sensibilidad
ante el cambio social, ajusta la cronología a la dimensión de los ciclos vitales y a la narración de las necesidades familiares y personales. Incorpora
narraciones palpitantes de experiencias vividas, explica el aprendizaje de
la cultura del trabajo y la responsabilidad dentro del hogar, analiza actitu-
9 P. Carasa, «Límites de la Historia Social clásica de la Pobreza y la Asistencia en España», en
Revista de História da Sociedad e da Cultura. Coimbra, 10, 2010, pp. 269-2.
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des religiosas, laborales, familiares que explican la visión del pobre, hasta
aquí tratada como materia inerte cuantitativa.
La economía del cuidado aclara cómo rellenar los huecos de las relaciones entre Estado y asistencia que no se explicaban en los planteamientos clásicos, cómo las leyes de pobres o de beneficencia excluían a trabajadores y mujeres de la asistencia, cómo el Estado liberal desatendía al
trabajador libre, al individuo aislado sometido a las fuerzas del mercado
sin una cobertura asistencial. Esta nueva economía deja claro cómo el cuidado de enfermos, incapacitados, desocupados, viudos, madres criando,
niños, viejos, se dejaba a la sostenibilidad social garantizada por las familias. La asistencia pública sólo atendía los casos extremos de locura,
exposición, delincuencia o defunción. El Estado trasladó a las familias el
cuidado de las necesidades que parecían improductivas, pero que eran las
más indispensables para mantener la fuerza de trabajo. La economía del
cuidado explica cómo se satisfacían las necesidades en el seno del hogar,
tanto las objetivas que requerían producción de bienes y servicios y eran
mercantilizadas, cuanto las subjetivas de afectos, seguridad sicológica, lazos humanos, autoestima, que no eran atendidas por la historia económica
clásica al no ser mercantilizables.
La economía clásica de mercado y las estadísticas del Estado liberal han hecho invisibles los procesos necesarios para sostener la vida
humana, porque no estaban dentro del sistema económico general diseñado por el liberalismo. Parece que puede replantearse la relación entre
producción, reproducción y consumo dentro de la familia. El concepto
de sostenibilidad hace emerger con protagonismo la microeconomía en
el interior de las familias, gracias a la cual eran viables los propios sistemas generales de producción y orden social que antes se creían autosuficientes. La perspectiva de la economía del cuidado, mejor que la mirada de la historia de género, destaca el papel de la mujer en el hogar, no
como algo marginal y despectivo que el sistema transmitía bajo el calificativo de «sus labores», sino como la intervención más crucial y necesaria para la supervivencia de todo el sistema patriarcal y liberal del siglo XIX.
La historia social, más allá de la asistencia institucional, hoy se centra en la supervivencia social apoyada en las familias. Importa más reconstruir historias particulares de vidas familiares para asegurar estrategias de mantenimiento que contar asistidos en hospitales. Quien sostenía
a los artesanos, criadas, ancianos, hijos sin trabajo, eran las familias, las
que aseguraban su alimentación, su salud, su educación, su honor y esHistoria Contemporánea 49: 403-434
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tatus social. Nos interesan, no sólo los censados como pobres, sino los
miembros de familias populares que no habían sido clasificados así, pero
que estaban próximos a la necesidad. Resolvieron sus problemas de subsistencia elementales gracias a las familias, y por ello no aparecieron en
los censos. Si humanizamos la historia social, además del debate sobre
la conceptualización de la pobreza o los umbrales de pauperización, hay
que analizar la vida diaria de las familias populares. Además de elementos jurídicos y cuantitativos, debemos incorporar aspectos culturales, más
cualitativos y humanos. Invisibles pero básicos fueron los presupuestos
familiares y las estrategias adaptativas de las mujeres dentro del hogar.
Además del paradigma clásico patriarcal hay que interpretar el mundo
desde la perspectiva de la reproducción y la sostenibilidad de la vida.
Hay que sustituir la lógica de la cultura del beneficio por la lógica de la
cultura del cuidado10. Ha sido habitual organizar la sociedad bajo las exigencias de los tiempos de la producción capitalista, y hoy es más sugerente contemplar la sociedad organizada por las exigencias de los tiempos de cuidado. La última globalización de la economía del cuidado y la
ausencia de la acción estatal convierte a las inmigrantes en cuidadoras de
nuestros dependientes.
Tiene relación con esta economía del cuidado el paternalismo de la
política social del XIX. Esta actitud laboral desarrollada durante la cuestión social fue diferente en el imaginario liberal que en el católico. Para
los liberales era una actitud humana, que hacía referencia a la relación padre-hijo basada en un vínculo individual-familiar como piedra clave de la
sociedad. Consecuencia de la concepción nuclear de la familia de la sociedad burguesa, que trasponía relaciones del modelo domiciliar al ámbito
laboral. También la beneficencia burguesa tuvo hábitos de paternalismo
y de familiarismo, un conjunto de políticas globales tendentes al control
afectivo de los trabajadores dentro y fuera de los lugares de trabajo. Bajo
ese manto paternal se tapaba la desprotección social, se revalorizaban los
servicios ofrecidos, y se desmovilizaba al obrero deferente bajo el despotismo patronal. Sus instrumentos eran acciones pedagógicas próximas a
la cultura familiar, incluyendo los hábitos paternales, filiales, fraternales
y acciones de enseñanza y ocio próximos a los del hogar. El paternalismo
católico tenía un carácter más religioso, «religaba» la respuesta humana
10 Cristina Carrasco, «¿Conciliación? No gracias. Hacia una nueva organización social», en
María Inés Amosoro Miranda, Malabaristas de la vida. Mujeres, tiempos y trabajos, Icaria, Barcelona, 2003, pp. 49-50.
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con la actitud de un hijo ante Dios Padre. Presuponía respuestas religiosas, gratitud para con la protección y bondad del padre que da siempre lo
mejor a sus hijos, y obediencia a la voluntad paterna. En ambos casos, paternalismo y armonización fueron dos reacciones frente a la cuestión social de la Restauración que recogían culturas anteriores a los problemas
que trataban de resolver. Eran arcaicos porque aplicaban soluciones culturales viejas, de protección y deferencia, a situaciones sociales nuevas que
ya exigían cultura nueva de prevención y derechos.
Aspectos en los que las familias aseguran la sostenibilidad social
Las familias fueron la base para la reproducción y articulación social
El rol histórico familiar español ha sido contrapuesto al europeo, aquí
las fuerzas conservadoras han visto en la familia el motor de la sociedad
y sin embargo no la han apoyado en sus políticas sociales. Su marco jurídico era tradicional y rígido, suponía desigualdad entre hijos legítimos
e ilegítimos, penalizaba el aborto y la contracepción, condenaba el adulterio, obstruía el trabajo de las mujeres, fomentaba las familias numerosas, excluía el matrimonio no religioso, mantenía la desigualdad entre
hombres y mujeres. El Estado de bienestar experimentó un desarrollo incompleto y las familias han asumido en su seno ese déficit social. La izquierda española ha considerado históricamente a las familias de derechas. En Europa, al contrario, la socialdemocracia ofreció mayor apoyo a
las familias.
Contra los tópicos de un pauperismo arcaico que fracturaba las estructuras familiares habitualmente, la familia de los pobres no fue tan excepcional ni estuvo siempre deteriorada. Al revés, las familias populares superaron situaciones sociales destructivas, desarrollaron mecanismos de
adaptación, tuvieron reacciones de autocontrol, los hijos y las mujeres
orientaron sus papeles para sobrevivir. Es verdad que la quiebra familiar
tuvo efectos pauperizadores, pero casi siempre generó estrategias domésticas pera recomponer esas consecuencias. No insistiremos en ello, porque
ya hemos analizado11, desde la perspectiva de la historia social clásica, las
11 Pedro Carasa, «Ingresos salariales y unidades familiares de las clases populares registradas
en los padrones de pobres del siglo XIX», en: VV.AA., Actas del Simposio de análisis económico.
Los niveles de vida en España durante los siglos XIX y XX, Universidad Autónoma de Barcelona,
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características de las familias de los pobres, la interacción entre familia y
pobreza.
Se reforzaron conductas del honor familiar a través de idealizaciones
y pecados que acotaban los límites de la familia: la fidelidad, la legitimidad, la castidad. Deberíamos penetrar en las representaciones y simbolismos, en las imágenes populares de la familia, en el ritual de bodas y aniversarios, en el folklore popular de los enlaces, en la religiosidad, en el
lenguaje y los códigos de fiestas y ceremonias. Igualmente deberíamos
atender los pecados morales, delitos jurídicos y desprestigios sociales;
todo ello encontró eco en la literatura, el teatro, las conversaciones, la riqueza del refranero relacionado con la familia, la picaresca y ciertos tópicos de honor social masculino.
La diferenciación sexual de la pobreza y la asistencia necesita lecturas culturales de lo social, descifrar significados y valores sutiles y
ocultos que laten en las leyes e instituciones. Por ejemplo, es sugestivo
pensar que el sistema asistencial del antiguo régimen cuidó más al matrimonio que a la familia, insistió en la dimensión moral/estamental/religiosa más que en la social/individual/civil, les importaba más el sacramento que el hogar. Los liberales, por el contrario, se valieron más de la
familia como proyección de intereses personales y de clase. La caridad
particular moderna generó fundaciones dotales dirigidas a posibilitar el
acceso de la mujer al matrimonio, en cambio, la beneficencia burguesa
convirtió a la familia y al domicilio en unidades asistenciales básicas y
en ellas situó el rol femenino. Les importaba cohesionar la célula primaria familiar para articular la sociedad y conformar el modo de vida
burgués, y en la familia nuclear el papel de la mujer también se reforzaba interiormente. Asimismo el cuidado del niño fue diferente, las casas de expósitos inicialmente buscaron evitar el infanticidio y proteger
la honra de ciertos estamentos, mientras que la asistencia infantil de ilustrados y liberales defendió la familia, cuidó el mercado laboral, evitó el
desarraigo, imbuyó valores burgueses en las familias populares y abrió el
paso a la educación de las niñas.
Barcelona, 1991, pp. 78-110; Pedro Carasa, «La familia de los grupos populares próximos a la pobreza en la sociedad castellana decimonónica», en Boletín de la Asociación de Demografía Histórica, XII, 1994, pp. 253-300. P. Carasa, «La profesionalización de la mujer y las actividades asistenciales» en Seminario Género, Familia, Trabajo y Bienestar, organizado por la Universitat de
Barcelona en Noviembre de 2006.
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Las familias abonaron la cultura social y laboral burguesa
A la beneficencia municipal le interesaron ciertas funciones educativas de la familia popular, controló su actividad laboral, aseguró su radicación domiciliar y su estabilidad familiar. Tuteló la figura de las amas de
casa, potenció la virtud del ahorro mediante las cajas de ahorro, extradomicilió la función del ama de casa en hospitaleras, amas de cría, enfermeras, jardines de infancia, criadas. Extendió una nueva cultura del cuidado
de los hijos, introdujo mayor valoración del niño, dentro de la familia y
fuera de ella, por medio de instituciones como asilos infantiles, parvularios, casas cuna o gotas de leche. Exigió a las familias asistidas que educaran a sus hijos, las primeras instituciones docentes fueron benéficas, la
beneficencia municipal exigió escolarización, utilizó la educación como
terapia asistencial para los expósitos y hospicianos, los padres no pudieron ser socorridos domiciliarmente si no escolarizaban a sus hijos.
Las familias asumieron valores burgueses, la beneficencia liberal
misma los potenció, los programas y las instituciones asistenciales lanzaron mensajes cargados de ellos sobre las clases populares. Las pautas eran
costosas por resultar extrañas a las mentalidades populares, como evitar el
juego, el alcoholismo, la taberna, la calle, la ociosidad. Pero las visitas domiciliarias de las juntas parroquiales, las juntas de señoras y asociaciones
de damas de la caridad, las cajas de ahorro, estimularon la morigeración,
extendieron el ahorro-virtud (cartillas escolares), fomentaron el respeto y
el gusto por la propiedad entre las amas de casa y los niños. Los socorros
mutuos incentivaron los valores de la previsión, las terapias de los hospicios y de los trabajos de invierno propiciaron la afección al trabajo y hábitos laborales ordenados y sumisos. Buscaron habituar a las familias a la
privacidad hogareña en lugar de la vida callejera, tener un cierto sentido
de propiedad sobre los hijos e imbuirles el valor del patrimonio y el orgullo del apellido.
La cultura burguesa del trabajo también trató de transmitirse a través
de las familias populares. Conocemos hasta la saciedad la concepción laboral del movimiento obrero, pero sabemos poco de la concepción del trabajo y su evolución en las mentes populares, generalmente aprendida en el
hogar. Para comprender la sostenibilidad que proporcionó la beneficencia
al mundo del trabajo es necesario conocer las aportaciones que las familias hicieron a la cultura laboral de las clases populares. Es importante conocerlo en el momento de cambio social, en la revolución industrial, en la
expansión del concepto liberal del trabajo, y además explorarlo entre los
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grupos populares. Hay que conocer las pervivencias y resistencias que los
antiguos hábitos del trabajo artesanal y gremial de los más humildes produjeron al chocar con la dura férula contractual. El trabajo, que entre la
mayoría de los grupos de trabajadores comenzó a crear lazos de solidaridad, entre los grupos marginales generó elementos de disgregación y aislamiento, de forma que tardó en superarse el rechazo popular del trabajo.
El cambio de la cultura familiar extensa a la nuclear realizó alguna
aportación a la sostenibilidad social. La vieja familia extensa no se responsabilizó de sus miembros, no tomó posesión de ellos, los abandonó fácilmente en caso de necesidad, porque la verdadera titular era la sociedad
estamental. El proceso de transición de ésta a la familia nuclear burguesa,
desde mediados del XIX, produjo una reacción centrípeta intradoméstica,
y generó roles biológico-sociales más fuertes para satisfacer necesidades
de las mujeres. La tendencia incitó a que las mujeres salieran de su ámbito domiciliar a profesionalizar sus roles de la economía del cuidado en
la sociedad. La burguesía liberal decimonónica, nada proclive al cambio
modernizador de la mujer, frenó esta salida y trató de sujetar a la mujer en
el hogar. Hacia principios del XX, los sectores minoritarios krausistas, institucionistas y socialistas, impulsaron ese proceso modernizador de profesionalización femenina extradoméstica. Pero la corriente no se generalizó,
la política familiar burguesa delimitó la familia como centro de realización femenina, convirtió el hogar en una unidad asistencial, introduciendo
la beneficencia en el domicilio para reforzarlo.
La beneficencia municipal no sólo sostuvo la vida intradoméstica,
sino que fue el germen de los servicios urbanos básicos y echó las bases
de la imagen y la limpieza urbana. El refuerzo de la vida familiar lo consiguió la beneficencia al controlar la calle y evitar que las clases populares
la utilizaran como preferente espacio de sociabilidad espontánea. Cuidó
la imagen limpia y ordenada de las calles de la ciudad, expulsó los espectáculos de la mendicidad y de niños malentretenidos, trató de meterlos en
el hogar o en instituciones cerradas para habituarles a los nuevos espacios
de la sociabilidad doméstica y hogareña y a los nuevos valores burgueses
de la privacidad, de la atracción de la familia mononuclear y del trabajo.
Fue menor el efecto negativo que la pobreza ejerció sobre las familias pobres, que la consecuencia positiva de reestructuración y refuerzo que la
beneficencia produjo sobre ellas. Las familias y mujeres fueron un soporte necesario para la supervivencia de todo el sistema patriarcal y liberal del siglo XIX. Esta perspectiva ahonda mejor en el rol básico y de sostenibilidad que jugaron las mujeres en las sociedades históricas.
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Las familias fueron el substrato de la organización asistencial
Las familias no sólo fueron células asistenciales básicas de la beneficencia burguesa, el modelo doméstico inspiró el esquema general de la
asistencia que seguía los grandes hitos del ciclo vital. El domicilio fue el
espacio básico de actuación asistencial, ordenado en barrios o distritos,
fue la referencia básica que ubicó a la persona que debía ser asistida. En
ese marco, la beneficencia domiciliar creó una complicidad entre familias y ayuntamiento para compactar y armonizar la sociedad. Pero por otra
parte, la estructura familiar funcionó como modelo para diseñar el sistema
asistencial. La beneficencia se apoyó en sus recursos, a veces reprodujo
su morfología, siguió una secuencia institucional que reproducía el ciclo
vital, y cumplió los roles de satisfacción de las necesidades primarias propios del seno familiar.
Veamos cómo la morfología benéfica reproduce las fases más destacadas del ciclo biológico y familiar. Maternidades, Casas Cuna y Casas
de Expósitos protegen el nacimiento y la legitimidad. Cocinas Económicas, Tiendas Asilo, Roperos y Dispensarios cuidan la alimentación y el
vestido. Escuelas de los hospicios, la educación benéfica municipal y las
instituciones benéfico-docentes particulares se dedican a la educación. Talleres en los hospicios y contratos de hospicianos con artesanos atienden
la introducción en el mundo del trabajo y la formación laboral. Casas Galera y fundaciones de dotes a doncellas cuidan la moral y el acceso al matrimonio. Padrones de pobres, alguaciles, refugios de vagos y transeúntes
y la asistencia domiciliaria buscan reforzar el valor del domicilio. Hospitales, Casas de Socorro, reparto de medicinas, médicos de la beneficencia
municipal, medidas de higiene y vacunas benéficas resuelven la salud y la
enfermedad. Finalmente, Socorros mutuos, cofradías y entierros de pobres
cuidan el definitivo tránsito de la muerte.
Las familias y la asistencia cambiaron el rol laboral de la mujer
La relación entre familias, pobreza y asistencia fue el escenario inicial
donde se replanteó el trabajo de las mujeres. El paso de sistema y cultura
laboral de antiguo régimen al liberalismo comportó cambios importantes
en la relación entre el trabajo, la asistencia, la mujer y las estrategias familiares. Se habla de un contrato sexual o pacto social, según el cual las
mujeres satisfacían las necesidades privadas de los varones relativas al
cuidado de la vida, para que ellos cumplieran su condición pública de ciuHistoria Contemporánea 49: 403-434
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dadanos y trabajadores asalariados. La mujer cumplió así una trascendental misión, como proveedora de cuidados, probablemente anterior y más
básica que la del hombre como proveedor de ingresos a efectos de pervivencia del sistema. Hoy se discute que la mujer trabajadora fuera un producto de la revolución industrial, esa fue una forma de ver desde arriba
que obedecía a la percepción desde el sistema productivo centrado en bienes materiales y servicios comercializables. La mujer ha trabajado desde
antes de la revolución industrial, es más, su trabajo fue básico y prioritario para la economía de antiguo régimen. Se abren amplias perspectivas
de análisis cultural con los nuevos planteamientos de la doble jornada de
la mujer trabajadora, con la recuperación de la misión femenina dentro
del hogar para socializar a hijos e hijas en los valores y creencias hegemónicas en el momento. Hay que plantear de manera nueva el trabajo de
las mujeres, que estuvieron en estrecha relación con la pobreza y la asistencia, porque ser un trabajo invisible, privado y no remunerado no quiere
decir que no fuera trabajo. Porque el trabajo no sólo genera producción
económica, también crea producción social, práctica social, medio de
jerarquización simbólica que gesta redes informales de supervivencia,
ayuda, solidaridad y reciprocidad. La organización del tiempo social, su
valoración como un bien cultural ayudarán a aclarar las relaciones entre
trabajo, asistencia y género.
Suele hablarse de la «feminización de la asistencia» en la cultura mediterránea. En casi todos los establecimientos había mujeres, y hubo instituciones exclusivamente femeninas: obras pías de dotes a doncellas, casas
para «arrepentidas», galeras, etc. donde se practicaba a partes iguales la
protección, la redención y el castigo para salvar el honor. Más que la penitencia del pecado se buscó la creación de un entramado simbólico para
defender el honor de las familias, porque la degradación moral femenina
iba asociada a comportamientos reproductores o familiares.
El trabajo de las mujeres tiene su germen en las familias y la beneficencia, donde se abre la puerta de su profesionalización. En este contexto
se promovió la gestación de las primeras profesiones femeninas. La beneficencia modernizó su estructura dando pie a la profesionalización y terciarización de las dos grandes ocupaciones femeninas aprendidas en el
hogar: las maestras basadas en la educación doméstica y las enfermeras
evolucionadas a partir del cuidado al ciclo vital familiar; primero lo hicieron las religiosas y luego las mujeres. La asistencia ayudó a sacar del
ámbito doméstico roles y funciones familiares y constituyó una fuente de
profesionalización asistencial. Tal fue el proceso de configuración de proHistoria Contemporánea 49: 403-434
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fesiones femeninas paradomésticas, de roles familiares que se convirtieron en venales y se ejercitaron luego fuera del ámbito familiar (fueron las
nodrizas, enfermeras, matronas, sirvientas, maestras). No sólo sacó estas
actividades del ámbito religioso secularizándolas, las traspasó del ámbito
familiar al laboral profesionalizándolas, sino que finalmente propició que
se terciarizaran como trabajos especializados en los servicios sociales. Así
nacieron profesionales de la acción social, educativa y sanitaria, capacitados técnicamente: (fue el paso de hospitaleras, amas de cría, parteras, religiosas, nodrizas, matronas, comadronas, maestras, que evolucionaron
hacia lo que luego se conoció como ayudantes técnicos sanitarios, profesoras, médicos).
Las familias han sido los actores básicos en la gestión histórica
de la pobreza
Nuevo planteamiento sobre los sujetos históricos de la acción social
La historia social ha cambiado la manera de abordar los sujetos de la
asistencia. Un tópico sostuvo que los asistentes evolucionaron de lo privado a lo público, los primeros asistentes fueron los privilegiados del antiguo régimen, la Iglesia y la nobleza, y que en la etapa contemporánea el
encargo asistencial se transfirió al sujeto público de Ayuntamientos, Diputaciones y Estado. Así la caridad estamental y la beneficencia particular se
convirtieron en asistencia pública y luego en Estado de bienestar.
Pero este esquema, basado en la vieja prioridad de los sujetos colectivos e institucionales, oculta la existencia de otros sujetos. En el siglo XIX
hubo un sujeto intermedio, los Ayuntamientos, que, más que al Estado
central, representaban a los grupos burgueses que controlaban el poder
local en las capitales; además municipalizaron los recursos eclesiásticos
desamortizados para financiar la beneficencia burguesa. Pero hoy podemos señalar que nos hemos olvidado de otro sujeto asistencial, las familias, que son difíciles de ubicar entre lo particular y lo público, pero que
fueron trascendentales en el resultado final de que la sociedad fuera sostenible.
Desde las instancias particulares no se ha evolucionado hacia la gestión pública de la pobreza y la asistencia, de manera que el Estado desde
el siglo XIX haya sido el asistente mayoritario y más perfecto. Nosotros
creemos que ha sido la familia la que ha soportado el esfuerzo básico de
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la asistencia y la que ha absorbido la mayor parte de los efectos de la pobreza. Podría decirse incluso que el Estado sólo ha entrado allí donde la
familia no llegaba y que ésta ha sido subsidiaria del Estado, de manera
que ha cargado con el cuidado de casi todos los dependientes, de los extremos del ciclo vital, de los expulsados o no integrados en los sistemas
productivos. Los artículos de este monográfico tratan de recuperar a la familia como principal sujeto asistencial, hasta tanto que ha propiciado la
sostenibilidad de todo el sistema social e incluso económico.
Los asistentes constantes en la historia: Familias, Iglesia, Municipios
Las fuerzas asistentes más estables a lo largo de la historia han sido la
familia, la Iglesia y el municipio. El municipio fue sólo a medias un sujeto
público, porque en el XVIII y XIX sus gestores fueron más bien oligarquías
que representaban a las burguesías locales y que asistían a base de concentrar y controlar recursos de la Iglesia y de otras instituciones de solidaridad.
La Iglesia ha evolucionado en un descenso constante desde las desamortizaciones y secularizaciones contemporáneas. Por encima de la importancia
de las beneficencias municipales y provinciales, el sujeto asistencial más
permanente, aunque haya sido invisible, han sido las familias.
Han sido las familias las que han pervivido inmutables como el sustrato que asumió todos los déficits asistenciales de los poderes públicos.
La familia cargó históricamente con todos los dependientes para subsistir,
ya fueran infantiles, ancianos, enfermos, impedidos, discapaces, o sencillamente pobres, que no podían ser atendidos por las instituciones públicas o eclesiásticas. Esta seguridad latió subconscientemente bajo la pasividad o inacción asistencial de los poderes públicos, porque confiaron en
esa espontánea, oculta y estratégica actividad familiar capaz de satisfacer
las necesidades sociales no cubiertas por el sistema asistencial. Como actualmente observamos en el contexto de la crisis general, sin el soporte
estable de las familias (hoy potenciado por las pensiones de los jubilados)
habrían resultado insufribles las carencias de trabajo y recursos y se habría visto comprometido el mantenimiento del orden social, económico
y político. Las burguesías del XIX institucionalizaron este papel subsidiario de las familias con el sistema de la asistencia pública domiciliaria. La
beneficencia liberal reconoció tácitamente a las familias como unidades
asistenciales, como resortes indispensables para asegurar un mínimo de
orden, productividad y colaboración de los grupos populares con el proyecto urbano de la burguesía decimonónica.
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La historia social hoy destaca a los actores de la asistencia antes olvidados, los no comprendidos dentro del esquema asistencial de la historiografía clásica, los que actuaron desde abajo, las familias, las iniciativas
espontáneas de la solidaridad y los movimientos sociales. Es en estos sectores donde la economía de la subsistencia y los mecanismos de sostenibilidad han funcionado con mayor eficacia que los elementos de los sistemas productivos regulares.
Órd. Religiosas 8
Obispos, Diócesis 5
Seno familiar 30
Parroquias 7
Obras Pías,
Fundaciones 7
Provincia 3
Mayorazgo noble 3
Estado 4
Región 2
Gremio, cofradía 7
Patronato sangre,
indianos 3
Municipio 9
Corona 3
Voluntariado 2
Sindicatos 2
Gráfico 1
Reparto de asistentes en la Historia de España
(porcentajes aproximados durante los siglos XVI-XX)
Según esta hipótesis, entre un tercio y la mitad de la acción social ha
sido soportada en los siglos modernos y contemporáneos por los hombros
de la familia como asistente informal. Las familias no han ejercido esta
asistencia con unos recursos excedentes dedicados a satisfacer necesidades ajenas, como hacían los demás asistentes, sino con el ahorro y la penuria de su propio presupuesto cuya incapacidad producía la pobreza que
debía sostener. Sobre este imprescindible cimiento asistencial familiar, los
poderes públicos y otras instituciones de solidaridad apenas levantaron
poco más de la mitad de la acción asistencial. Según la hipótesis que manejamos, agregando Corona, Estado, región, provincia y municipio (que
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durante el XIX y parte del XX actuaron con recursos desamortizados), los
poderes públicos apenas aportaron una quinta parte de lo invertido en la
acción social entre los siglos XVI al XX. Suele decirse que un sistema asistencial no es modernizado y público hasta que lo estatal no cubre al menos la mitad de sus recursos, y en España suele aceptarse que este listón
sólo lo ha superado el Estado en la última parte del siglo XX. Durante la
edad moderna, a lo largo del siglo XIX y primera mitad del XX, la colaboración de los poderes públicos en la asistencia total fue prácticamente insignificante, no superó la décima parte de todo el esfuerzo.
La representación dinámica de esta evolución histórica de los asistentes marca cómo las familias se han mantenido en una posición elevada y
constante superior al 35% del total a lo largo de todo el periodo. Sólo con
la implantación del Estado del Bienestar en la segunda mitad del siglo XX
podemos decir que ha descendido, pero muy ligeramente, puesto que incluso la última ley de dependencia española vuelve a hacer recaer en los
hombros familiares la mayor parte del peso asistencial de los dependientes. La hipótesis podría llegar a demostrar que en las crisis agudas ha llegado a superar el 50 % del protagonismo asistencial. Sabemos que las familias no tuvieron una misión especializada legislada, que su acción no
100,0
90,0
Iglesia
44 al 27%
80,0
70,0
60,0
Corona/Estado
15 al 20%
50,0
40,0
Solidaridad
17 al 10%
30,0
20,0
Familias
24 al 50%
10,0
0,0
Medieval
Moderna
Contemp
Crisis
Gráfico 2
Espacios porcentuales ocupados por los actores asistenciales
en la Historia de España
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figuraba en las estadísticas, que la contabilidad oficial no la computaba
económicamente, pero que cumplió una especie de ley no escrita de hacer sostenible aquella sociedad. Dicho de otra forma, el Estado y la Iglesia sólo asistieron allí donde las familias no fueron capaces de asegurar la
subsistencia de los activos y los dependientes.
La evolución de la acción de la Iglesia ha sido decreciente, dibuja una
trayectoria inferior a las familias y experimenta un descenso más pronunciado que el suyo. Establecido el zócalo familiar, el espacio creciente
que ocupará el poder público es el que abandona la acción eclesiástica.
La participación social de la Iglesia en el sur europeo ha sido uno de los
principales frenos a la modernización y acción pública estatal. Hasta el
último tercio del siglo XX, con la implantación del Estado del Bienestar,
no puede decirse que el Estado sea el principal actor de la asistencia en el
Mediterráneo. Podemos decir que este retraso público, junto con el protagonismo de las familias y la persistencia de la Iglesia, sean las tres características más salientes de la historia asistencial y probablemente también
sean los factores históricos más determinantes del Estado del Bienestar en
los ámbitos de cultura social católica.
Los tres ejemplos del papel de las familias en la sostenibilidad de los pobres
Las familias como protagonistas de las Misericordias portuguesas
El artículo de Marta Lobo, buena investigadora perteneciente a la destacada escuela portuguesa de la acción social del siglo XVIII12, analiza Mi12 María Marta Lobo De Araújo, Rituais de caridade na Misericórdia de Ponte de Lima (séculos XVII-XIX), Edición da Santa Casa da Misericórdia de Ponte de Lima, Braga, 2003, pp. 187-194;
Maria Antónia Lopes, Protecção social em Portugal na Idade Moderna, Imprensa da Universidade,
Coimbra, 2010, pp. 75-82, 155-161 y 193-202; Fátima Moura Ferreira, A infância no universo assistencial da Península Ibérica (sécs. XVI-XIX), ICS, Braga, 2008, pp. 97-110; Laurinda Abreu (ed.),
Igreja, caridade e assistência na Península Ibérica (sécs. XVI-XVIII), Colibri CIDEHUS, Lisboa,
2004; Isabel dos Guimarães SÁ y Maria Antónia Lopes, História Breve das Misericórdias Portuguesas (1498-2000), Imprensa da Universidade, Coimbra, 2008; María Marta Lobo De Araújo,
«Redes familiares y estrategias de poder en la Misericórdia de Monção durante el siglo XVIII», en
Estudios Humanísticos Historia, n.º 5, 2006, pp. 121-136; Laurinda Abreu (ed.), Asistencia y Caridad como Estrategias de Intervención Social. Iglesia, Estado y Comunidade (s. XV-XX), Universidad
del País Vasco, Bilbao, 2007; Isabel dos Guimarães Sà, «Trabalho de mulheres e economia familiar:
o caso das amas de expostos da Roda do Porto no século XVIII», Boletín de la Asociación de Demografía Histórica, XII, 2/3, 1994, pp. 233-250.
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sericordias portuguesas en la edad moderna como instituciones que implicaban a las familias. Porque ellas mismas actuaban como grandes unidades
familiares, y también porque una parte importante de los asistentes estaban
unidos por lazos de sangre. También estudia las relaciones establecidas con
las familias que las atendían y con los hogares receptores de los ingresados. Las Santas Casas elegían a los más pobres como objetivo prioritario
de su ayuda, por carecer de familia o por constituir grupos familiares con
necesidad de asistencia, tenían en cuenta, no sólo los ciclos económicos,
sino también los ciclos biológicos de los miembros de las familias. Actuando entre familias, las Misericordias desempeñaron en la sociedad portuguesa de la edad moderna un papel relevante, no sólo en la lucha contra
la pobreza y la exclusión social, sino en defensa de las familias.
Formadas por las elites locales y actuando con numerus clausus, sus
cofradías gestoras no aceptaban a todos los solicitantes. A partir de la publicación del compromiso de 1619, las Misericordias experimentaron una
acentuada elitización que cambió su estructura interna. La presencia de
las familias en la cofradía de asistentes fue cada vez más fuerte, y provocó la existencia de núcleos familiares, tanto en el cuerpo de cofrades,
como en los órganos directivos. Poderosas gestoras de muchas fortunas,
las Misericordias fueron muy atractivas desde el punto de vista local, hecho que llevó a una gran concurrencia en sus elecciones y a movimientos,
no siempre lícitos, para conseguir los cargos. Hoy se ha demostrado el
control al que estaban sometidas estas instituciones por parte de algunas
familias poderosas, a lo largo de varias generaciones.
Para su funcionamiento, las Santas Casas disponían de un equipo de
empleados donde se favorecían igualmente las relaciones familiares. Destaca el artículo algunos sectores donde esa presencia fue más evidente.
Sin embargo, fue en el apoyo a las familias pobres donde las Misericordias cumplieron su principal misión: la práctica de las 14 obras de misericordia. Las ceremonias solemnes que realizaban anunciaban el calor familiar en los últimos momentos de la presencia en la tierra. Pero su actividad
más notable fue la llevada a cabo con las familias necesitadas. La asistencia prestada a las jóvenes huérfanas pobres con dotes de matrimonio,
el auxilio a viudas y niños cobró importancia en prácticamente todas las
Santas Casas. La educación de niños sin familia o la creación de un ambiente protector para los huérfanos pretendieron mitigar la situación en la
que se encontraban y darles otra familia.
Su actividad se extendió a los transeúntes, a los que vagaban pidiendo limosna y a los presos, en una amplia acción para proteger a las
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familias o a sus miembros en situación de riesgo. Las Santas Casas, pues,
potenciaron la familia en la formación de sus cofradías, en su organización interna, en la asistencia ofrecida a grupos familiares, en el esfuerzo
por mantener la organización e identidad familiar. Pero particularmente
iniciaron un modelo de asistencia basado en la familia como mejor medio de integrar a los asistidos en la sociedad, al enviar a los niños acogidos a ser formados en familias con amas de cría y ámbitos de iniciación
al trabajo.
Las familias en la beneficencia mexicana de Orizaba
El artículo de Hubonor Ayala se adentra en el papel de las familias y
las mujeres en la beneficencia mexicana. Insiste en cómo mujer y familia
han sido dos elementos que han marcado profundamente la historia de la
beneficencia y la cuestión social en México13. Nos interesa el análisis de
este espacio, que puede parecer distante territorialmente, pero no es distinto en cultura social latina. La investigación se detiene en las mujeres
que realizaron fundaciones benéficas, que otorgaron donaciones y partici13 Hubonor Ayala Flores, Salvaguardar el orden social. El Manicomio del Estado de Veracruz (1883-1920), El Colegio de Michoacán, Zamora, Michoacán, 2007, pp. 107-108; Hugo Ibarra Ortiz, El Hospicio de Niños de Guadalupe: educación, artes y oficios (1878-1928), Universidad
Pedagógica Nacional, Unidad Zacatecas, Guadalupe, Zacatecas, 2009, pp. 97-98; Lilia V. Oliver
Sánchez Salud, desarrollo urbano y modernización en Guadalajara [1797-1908], Universidad de
Guadalajara, Guadalajara, Jalisco, 2003, pp. 238-245; Lucila Cárdenas Becerril, La profesionalización de la enfermería en México, Editorial Pomares, México, 2005, p. 120-121; Claudia Agostini
(coordinadora), Curar, sanar y educar. Enfermedad y sociedad en México, siglos XIX y XX, Universidad Nacional Autónoma de México/ Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, México, 2008,
pp. 195-217; Cynthia Sanborn y Felipe Portocarrero (eds.), Philanthropy and Social Change in
Latin America, Harvard University/ David Rockefeller Center for Latin American Studies, Londres,
2005; Heather Fowler-Salamini y Mary Kay Vaughan (eds.), Mujeres del campo mexicano, 18501990, El Colegio de Michoacán, A. C./ Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades, Benemérita
Universidad Autónoma de Puebla, Zamora, Michoacán, 2003; Ana Lidia García Peña «Madres solteras, pobres y abandonadas: ciudad de México, siglo XIX» en Historia Mexicana, volumen LIII,
número 3, enero-marzo de 2004, pp. 647-692, p. 650; G. Gómez Ferrer, G. Cano, D. Barrancos, y
A. Lavrin, Historia de las mujeres en España y América latina, vol. III. Del siglo XX a los umbrales
del XXI, Cátedra, Madrid, 2006; Pilar Gonzalbo Aizpuru y Berta Ares (coords.), Las mujeres en la
construcción de las sociedades iberoamericanas, El Colegio de México/Consejo Superior de Ediciones Científicas, México, 2004; Gloria Guadarrama Sánchez, «Presencia de la mujer en la asistencia social en México», en Economía, sociedad y territorio, volumen II, número 5, pp. 117-147;
Susie S. Porter, Mujeres y trabajo en la ciudad de México. Condiciones materiales y discursos públicos (1879-1931), El Colegio de Michoacán, A. C., México, 2008.
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paron directamente en la beneficencia, ya sea como enfermas, dementes,
prostitutas, presas, peticionarias de diferentes solicitudes, o como parte
del personal del sistema benéfico público y privado. Por otra parte, describe cómo la familia y las relaciones familiares, en las cuales las mujeres tuvieron un papel de primer orden, fueron un factor importante para la
beneficencia. Procedían de las familias los problemas de gran parte de la
clientela de las fundaciones asilares y hospitalarias: enfermos, hospicianos, dementes, mendigos, fruto del abandono familiar o de la carencia de
parentela.
Pone el acento en las familias de los estratos más bajos de la sociedad, que aparecieron de una manera intermitente en la documentación de
las instituciones. Consigue mostrar la participación, tanto de las mujeres
como de las familias, en la beneficencia de la ciudad fabril de Orizaba en
el Estado de Veracruz, en el periodo que va de 1870 a 1930. Desentraña
sus relaciones con la beneficencia pública y privada, así como con la sociedad veracruzana de la época. Ahonda en la participación de las mujeres
como sujetos activos en el ejercicio benéfico-asistencial en dos direcciones. Por un lado, como benefactoras, donantes, gestoras de recursos y de
ayuda para las instituciones benéficas, tanto públicas como privadas. Por
otra parte, profundiza en su papel como empleadas de estas mismas instituciones, subrayando las condiciones laborales, sociales y económicas,
así como la profesionalización de ciertos oficios vinculados a ellas como
la enfermería y la obstetricia. Finalmente, realiza un estudio de las relaciones familiares y su vínculo con la beneficencia pública, tomando en
cuenta los discursos y estrategias que utilizaron las mujeres y las familias para poder colocar a alguno de sus miembros en dichas instituciones
y para recibir los beneficios que el Estado brindaba a las clases pobres y
desvalidas.
La violencia en los espacios familiares rurales del Alto Miño
El último artículo de este apartado, firmado por Alexandra Esteves,
estudia la vida cotidiana de las familias rurales, dedicadas a los trabajos
agrícolas, en pequeñas parcelas del Alto Miño, durante los siglos XVIII y
XIX. La profesora Esteves, miembro de la escuela portuguesa que se ha
adentrado en la dimensión cultural de la violencia dentro de las familias,
nos ofrece una interesante perspectiva de su papel jugado en el ámbito de
las familias, y viene a sugerir la naturaleza hasta cierto punto normal y regular de estas drásticas actitudes en la lucha por la supervivencia de las
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familias14. Muestra la dureza de la convivencia familiar y cómo la sostenibilidad social en el medio rural se cobraba a veces duros y hasta dramáticos precios y comportaba una serie de situaciones que se solucionaban
con la violencia; late en su análisis una concepción cultural de la misma
bastante diferente de nuestra manera actual de percibir la agresividad en
la vida familiar.
Ahonda en la complicada vida cotidiana de estas familias, cuya casa
no siempre era un lugar seguro y pacífico para sus moradores. Si, por un
lado, el hogar servía de lugar de encuentro y de refugio para la familia, a
veces funcionaba también como escenario de situaciones de conflicto físico. En unos casos, los protagonistas, como agresores o como víctimas,
eran sus propios moradores; en otros, la violencia estallaba como consecuencia de agresiones, algunas con desenlaces trágicos, cuya finalidad era
el robo, bien para garantizar la subsistencia o solamente para satisfacer la
avaricia. De hecho, las relaciones familiares establecidas por lazos de consanguinidad y afinidad no impedían la violencia. Al contrario, esos mismos lazos provocaban la agresividad intrafamiliar, especialmente cuando
estaban en juego intereses patrimoniales, de supervivencia, y la definición de las funciones en el ámbito de la jerarquía doméstica. El cuestionamiento de las identidades domésticas o el desafío de los convencionalismos familiares actuaban como pretexto de la violencia.
La recriminación de algunas de estas formas de contestación se basaba en el principio de que las familias funcionaban como unos motores de organización social, como unos modelos reproductores de valores,
conductas e identidades, que no debían ser puestos en cuestión sino respetados, luchando contra las desviaciones que los pudiesen amenazar. De
ahí que nos aporte una visión cultural más enriquecedora de esta cruda
realidad, que formaba parte como daño colateral casi espontáneo del rol
de sostenibilidad de las familias en la costosa tarea de asegurar el sobrevivir de los hogares y las comunidades circundantes.
De esto se deriva la subjetividad y la diversidad de las actuaciones de
los poderes públicos y de la sociedad ante las variadas formas de violencia intrafamiliar, justificadas por el efecto diferenciado que estas acciones provocaban en el orden social. Ese impacto estaba condicionado por
14 Alexandra Esteves, Entre o crime e o a cadeia: violência, marginalidade no Alto Minho
(1732-1870), vol. II, Braga, Universidade do Minho, 2010, pp. 861-876. Dis. de doutoramento policopiada; Irene Vaquinhas, «Senhoras e Mulheres» na sociedade portuguesa do século XIX, Edições
Colibri, Lisboa, 2000.
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el sexo de los antagonistas, por la posición que tomaban en el altercado
(agresor/víctima) y por la jerarquía en disputa, como resultado de la impugnación del proceso de autoridad (impacto social de la agresión padre/
hijo diferenciado del de la agresión hijo/padre). En todo caso, el estudio
constata el alto costo que representaba para las familias rurales el esfuerzo
de practicar unas economías de la subsistencia y del cuidado. No sólo en
el interior de la vida familiar, sino también en su organización externa de
vecindad con otras familias y comunidades. Porque la casa era el escenario de violencia por excelencia, pero también era el blanco de ataques
desde el exterior, en forma de hurtos y robos, cometidos unas veces por
personas que la frecuentaban, otras por bandas organizadas de desconocidos. Era el precio que pagaba la familia como soporte de los graves problemas y conflictos de la sostenibilidad.
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