El dolor y las críticas marcaron el recuerdo

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La Nación Información General 22 31/12/2005
LA TRAGEDIA DE CROMAGNON | A un año de la muerte de 193 personas en el
incendio de la disco de Once / Los actos en memoria
El dolor y las críticas marcaron el recuerdo
Ante 20.000 personas, los familiares de las víctimas leyeron un duro documento con
fuertes cuestionamientos al gobierno nacional
Por Gustavo Carabajal | LA NACION
Primero fueron la bronca y los reclamos de justicia. Después, las lágrimas y el dolor. A
un año de la tragedia ocurrida en la disco República Cromagnon, los familiares de las
193 víctimas leyeron ayer un duro documento en el que vertieron fuertes críticas a los
gobiernos nacional y porteño, y, acompañados por aproximadamente 20.000 personas,
marcharon desde la Plaza de Mayo a la plaza Miserere, para reclamar por el
esclarecimiento de la causa.
"¿Por qué puede brindar el gobierno nacional con el presidente Néstor Kirchner a la
cabeza? ¿Por el pacto de impunidad que involucra al Presidente, a Alberto Fernández, a
Vilma Ibarra, a Aníbal Fernández, Raúl Fernández y Aníbal Ibarra?", expresó en uno de
los párrafos del documento elaborado por las distintas agrupaciones de familiares de
víctimas y sobrevivientes del incendio ocurrido hace un año en el local de la zona de
Once.
Antes que se conociera el documento, el premio Nobel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel
y un grupo de padres de los chicos fallecidos en la tragedia leyeron en voz alta los
nombres de los 193 muertos.
"¿Puede brindar este gobierno por pasar a la historia como el que encubrió a los
responsables de la mayor masacre de jóvenes ocurrida en un día por causas evitables?
Ahora, Cristina Kirchner parece preocupada por cerrar el círculo de impunidad
achicando el Consejo de la Magistratura, para tener a todos los jueces de su lado. No
vaya a ser cosa que algún juez se le ocurra tener independencia de criterio y castigar a
quien corresponde", leyó en la Plaza de Mayo Eduardo Amaya, padre de Gastón, un
chico de 11 años muerto en el incendio ocurrido el 30 de diciembre de 2004.
Amaya encabeza una agrupación de padres de víctimas en Isidro Casanova y es tío de
Gustavo Zerpa, el niño de 7 años cuyo cuerpo fue erróneamente cambiado en la morgue
judicial por el de Nicolás Gómez.
Fue la primer vez en un año que los distintos grupos de familiares coincidieron en
redactar un documento tan crítico contra el presidente Kirchner, el suspendido jefe de
gobierno porteño, la Justicia y Omar Emir Chabán, el explotador comercial de
Cromagnon y el único de los 21 procesados detenidos que, en 2007, podrían enfrentar
un juicio oral por su presunta responsabilidad en la tragedia. En el documento, los
familiares denunciaron la presunta intervención del Gobierno en el Poder Judicial y al
"juez Julio Lucini, que dejó la causa por ascender a un puesto de mayor jerarquía, justo
en el momento en que debía decidir si llamaba o no a Ibarra para una indagatoria".
Ni bengala ni rock
Minutos después de las 19, al grito de "ni la bengala ni el rock and roll, a los pibes los
mató la corrupción", los manifestantes comenzaron a marchar hacia la zona de Once
para participar de una ceremonia interreligiosa en el santuario instalado en la esquina de
Bartolomé Mitre y Ecuador, frente al boliche incendiado.
Según pudieron comprobar dos cronistas de LA NACION que siguieron la marcha, la
columna de manifestantes tuvo una extensión de doce cuadras por la avenida Rivadavia.
No obstante, fuentes oficiales aseguraron que no hubo más de 6500 personas y que la
mayoría pertenecía a partidos políticos, mientras que 1500 de esos asistentes
correspondían a grupos de familiares.
Durante la manifestación prevaleció la bronca y el reclamo de Justicia entre los
asistentes que tenía remeras Callejeros y otros grupos de rock. Mientras que otros
llevaban remeras con las fotos estampadas de los chicos muertos delante y el listado con
los nombres de todas las víctimas en la espalda.
Algunas columnas avanzaron al ritmo de las murgas "Los descarrilados de Parque
Avellaneda", "Mala Yunta" y "Pasión Quemera", de Parque Patricios.
A Kirchner le cuestionaron haberse ido a El Calafate, tal como ocurrió hace un año,
cuando se produjo la tragedia. Desde esa ciudad santacruceña, el Presidente siguió ayer
el desarrollo de la multitudinaria manifestación gracias a los informes que le pasaba el
ministro del Interior, Aníbal Fernández.
Los actos comenzaron a partir de las 10 en la Plaza de la Memoria, situada frente a
Cromagnon y siguieron por la tarde frente al Congreso.
A la noche, la gente se agolpó en el santuario de Once. La bronca dejó su lugar a las
lágrimas y al dolor. Allí, representantes de distintas religiones recibieron a los
familiares de los 193 muertos con una oración. Para entonces, muchos lloraban, otros se
derrumbaban en el piso agarrándose la cabeza y doce de ellos tuvieron que ser atendidos
por crisis nerviosas. Al filo de la medianoche la mayoría de los manifestantes se había
retirado y sólo quedaron los padres con las fotos de sus hijos fallecidos y su dolor.
Con la colaboración de:
Hernán Cappiello.
"La ciudad no ha llorado lo suficiente"
Duros conceptos del cardenal Jorge Bergoglio durante una misa en la Catedral
"Buenos Aires necesita llorar. No ha llorado lo suficiente esta bofetada."
Las palabras del cardenal Jorge Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires, tronaron en la
Catedral.
Los familiares y sobrevivientes de Cromagnon escucharon en silencio sus duros
conceptos en la misa celebrada ayer, al cumplirse un año de la tragedia que se cobró la
vida de 193 personas. Aunque usó un lenguaje velado, muchos de los presentes
pudieron leer críticas a la clase política y la sociedad.
"A esta ciudad distraída, dispersa y egoísta, le hace falta ser purificada por las
lágrimas", clamó Bergoglio, desde el altar.
Los familiares no podían contener el llanto. Sus carteles y remeras perpetuaban el dolor
y el reclamo de justicia.
"Acordémonos de estos hijos de la ciudad, la herencia que nos dan es muy dura: que no
se les endurezca el corazón", prosiguió.
Acompañado por 15 sacerdotes y seis obispos auxiliares, Bergoglio ingresó a una
iglesia colmada, donde apenas se podía respirar.
Una mujer, quebrada en el llanto, perdió el conocimiento y tuvo que ser atendida en el
lugar por el SAME.
Las marcas del dolor se repetían en todos los rostros. Uno por uno, los familiares
depositaron 194 velas junto a una imagen del Niño Dios ubicada en el altar.
Sólo después que las voces del coro se silenciaron, Bergoglio comenzó con su dura
alocución, durante la cual habló de la necesidad de "hacerse cargo de las tragedias".
Fue el momento en que pareció referirse al sector político: "No nos hacemos cargo de
las múltiples herencias de la ciudad", señaló, y habló de "la cobardía de los que se
esconden".
Fiel a su costumbre, volvió a tejer lazos entre la realidad y los relatos bíblicos.
Dijo que una espada traspasó el corazón de María cuando su hijo fue perseguido y
exiliado, así como a las madres de los chicos de Cromagnon el incendio les arrebató la
posibilidad de "proyectar un futuro para sus hijos".
"Sólo el corazón de ustedes sabe lo que es", les dijo a las madres sentadas en los bancos
de la Catedral. "Hace un año se sufrió una tragedia que hizo que el camino de esperanza
[de los chicos] fuera segado. Esos hijos no están más".
Una vez finalizada la misa, muchos familiares de las víctimas se acercaron a saludar a
Bergoglio.
Aunque ante una consulta de LA NACION el primado se negó a identificar a quiénes se
refería con sus críticas, enfatizó sus palabras: "Esta ciudad necesita llorar", repitió.
En tanto, el obispo auxiliar de Buenos Aires, monseñor Jorge Lozano, afirmó que los
señalamientos de Bergoglio fueron concretos: "Fueron al sector político pero también a
la sociedad", indicó.
Los familiares tejieron sus propias conjeturas sobre lo que sostuvo el cardenal: "Sus
palabras nos llegaron a todos. Quiso decir que nos olvidemos de las superficialidades.
Fue un mensaje general, pero cuando habló de la ciudad se refirió a la sociedad
porteña", dijo Graciela Lopepe, tía de Marcelo Laborda, fallecido en la disco de Once.
En la iglesia también estuvieron presentes los legisladores Martín Borrelli y Gabriela
Michetti (Compromiso por el Cambio), Jorge Enríquez (aliado al macrismo) y el ex
diputado Mario Cafiero. .
María Celeste Danón
Opinión
Es la hora de ser responsables
Por Marcos Aguinis | LA NACION
ería un mezquino homenaje a las víctimas que la tragedia que conmemoramos quedara
reducida a sancionar a un número difuso de culpables. La llamaría primera e
imprescindible etapa, pero no la única ni final. Para ser claro, enfatizo que no hay dudas
de que la sanción debe existir, en especial en un país como el nuestro, donde reina el
tufillo de la impunidad. El jurista italiano Cesare de Bonessana, marqués de Beccaria,
nos ha legado hace casi dos siglos en su obra "Dei delitti e delle pene" una
recomendación clásica: no importa la intensidad de la sanción, sino que siempre,
siempre, haya sanción contra cualquier delito, aunque sea pequeño. La certeza de que la
sanción espera a la vuelta de una transgresión contra la ley disuade violarla. Tiene un
vigoroso efecto preventivo.
Es lo que falta desde hace rato entre nosotros. Durante demasiado tiempo se ha
festejado la viveza criolla, la transgresión, la mentira hábil, la estafa inteligente y
esquivar con mañas diversas el acoso de la Justicia. Es un lastre que ha transformado su
chisporroteo cómico en tragedias tan desgarrantes como la de Cromagnon. Por lo tanto,
que haya sanción contra quienes se pruebe culpabilidad.
Pero si la sociedad se conforma con esto, la sanción se parecerá al consuelo de la
venganza, que nunca es saludable. La sociedad tiene por delante la tarea de construir
responsabilidad. Responsabilidad de los funcionarios públicos, responsabilidad de los
agentes de seguridad, responsabilidad de quienes están a cargo de locales donde se
concentra mucha gente o poca gente. También responsabilidad de los docentes, que no
sólo tienen la misión de transmitir conocimientos, sino valores, coraje, respeto y
urbanidad. Responsabilidad de los padres, por supuesto, que es la decisiva; los padres a
menudo descuidan el rol de modelos que ejercen todo el tiempo ante la alerta mirada de
sus hijos. Los hijos escuchan poco los consejos y tienden a repetir las conductas; si los
padres no muestran un inquebrantable compromiso con sus responsabilidades y un
cálculo permanente sobre los riesgos que entrañan ciertas acciones, sus hijos no
aprenderán a cuidarse.
La construcción de responsabilidad cubre todos los ámbitos de la sociedad. Si ella crece
en el hogar y en la escuela, aparecerá también, por añadidura, en el trabajo, en la calle,
en la función pública, en los emprendimientos privados, y no faltará en los lugares de
ocio o diversión.
Por último, la responsabilidad es una virtud que se alimenta con la decisión de no echar
afuera la culpa de cualquier desgracia o frustración. Es un hábito perverso que tenemos
metido en la sangre. A veces hay factores externos ponzoñosos, desde luego, pero no
siempre se puede combatirlos o vencerlos. En cambio, sí se pueden generar anticuerpos
contra esa ponzoña. El mejor anticuerpo que produce una sociedad es la capacidad de
tener siempre activos los manantiales de una actitud responsable ante cualquier desafío,
y descalificar los trucos que buscan transferir a otro lado la solución que sólo podemos
encontrar y poner en marcha nosotros.
Apostillas
Silencio y control
-Sin comentarios. Por lo que allegados a él calificaron como "respeto a las víctimas",
Aníbal Ibarra canceló ayer su habitual charla con los medios en la puerta de su casa de
Villa Ortúzar. Desde allí, en compañía de su padre, su pareja y sus dos hijos, el
suspendido jefe de gobierno siguió por TV la misa en la Catedral. "Decidió acompañar a
los familiares desde el silencio", explicaron sus colaboradores y confiaron que Ibarra
estaba "muy golpeado".
***
-A la expectativa. El vicejefe de gobierno a cargo del Poder Ejecutivo porteño, Jorge
Telerman, pasó el mediodía y las horas posteriores recorriendo los puestos sanitarios
instalados por el SAME en cercanías de la Plaza de Mayo y del santuario frente a la
disco Cromagnon. Luego, desde la media tarde -informaron sus voceros- permaneció en
su despacho del Palacio Municipal, supervisando el operativo y atento por los incidentes
que pudieran llegar a ocurrir.
.
LA TRAGEDIA DE CROMAGNON
Un barrio enlutado por la pérdida de más de 60 vecinos
Villa Celina se quedó sin música ni fiesta
obre la calle Barros Pazos al 1100 del barrio de Villa Celina, en La Matanza, se oye
tenuemente la voz carrasposa del líder de Callejeros, Patricio Fontanet, que canta "Una
nueva noche fría", una canción bien conocida en la zona, que se convirtió en hit
nacional minutos después de la tragedia de República Cromagnon, hace ya un año.
Desde aquella madrugada calurosa y fatal, nada fue lo mismo para el barrio que se
enlutó con más de 60 de las 193 muertes registradas en el incendio de Once y donde
muchas familias tuvieron que velar a sus muertos en sus propios hogares, porque las
casas velatorias no daban abasto.
"Cada vez que escucho esa canción me acuerdo de esa noche, de los gritos, de la
desesperación de los padres en pijama por conseguir un auto, un remise, que los llevara
hasta Once para buscar a sus hijos. Fue una pesadilla. Todos venían para acá porque de
aquí habían salido dos micros repletos con gente para el recital", comenta Pablo
Finochi, 44 años, vecino del lugar.
La música sale de la peluquería Eskrúpulos y un video muestra a la banda en una
presentación de 2004, en Obras Sanitarias. Allí, el propietario y fan del grupo desde sus
inicios, Juan José, de 41 años, le corta el pelo a un joven cliente. Las paredes están
empapeladas con los primeros volantes que hizo Callejeros para promocionar sus
shows; hay infinidad de fotos y souvenirs de cada presentación. Otros tiempos.
"Fui al recital con mi hijo Rodrigo, de 14 años. Lo perdí en la oscuridad. El se fue por la
escalera hasta los baños y se desmayó. Lo encontré a las 4 de la mañana, en el Ramos
Mejía, todo entubado. Estuvo seis días en terapia intensiva y 13 en observación. Fueron
los peores días de mi vida, me avejenté 20 años", relata.
En la vereda del local, Callejeros armaba cada fin de año un pequeño escenario en el
que daban un recital para el barrio: "Era una fiesta", cuenta Juan José mientras su cliente
golpea con la punta de sus pies el suelo, al son de "Rocanroles sin destino".
Cruzando la calle, en el local de venta de sanitarios de su padre, Eleazar, está Christian
Torrejón, bajista del grupo de rock que está en las remeras de los adolescentes y en
infinidad de calcomanías en Villa Celina. Dicen que es raro verlo a él, que los músicos
de la banda ya no vienen por el maxiquiosco La Colmena de los Pibes.
"Y sí, ya nada es igual. Si hasta el metegol, que era prácticamente nuestro, ya lo
coparon otros", dice Torrejón, rodeado de fans que lo saludan y le sonríen. Al lado está
su padre, cabizbajo. "Los padres del grupo les dijimos que salieran a hablar, que se
estaban diciendo muchas boludeces. ¿Por qué tanto silencio? Nos dijeron que era por
respeto a las víctimas. La noche del incendio, con mi hijo y con «Pato», sacamos mucha
gente de ahí adentro. No me quiero ni acordar, fue un espanto", dice Eleazar.
Los integrantes de la banda y el manager, Diego Argañaraz, están procesados por
estrago doloso seguido de muerte. "¿Mirá si sabiendo que se puede incendiar todo, los
pibes de la banda van a llevar a sus familiares a ver el recital? Aquí todos lo saben, esto
es política", comenta Juan Carlos, de 53 años, de la remisería del barrio.
María Sánchez, tiene 35 años y dos hijas. "La Navidad fue triste, se tiraron bombas y
petardos los primeros cinco minutos. Después, fue una angustia. Aquí todo el mundo
conoció a alguien que murió en Cromagnon o a algún familiar. Antes el barrio era una
fiesta total: cumbia, cuarteto y mucho rock and roll", cuenta esta vecina.
En la esquina de la avenida Olavarría con Barros Pazos, sobre una pared, el escenógrafo
de Callejeros, Daniel Cardell, pintó un enorme mural en memoria de Gastón García y
Pedro Espinosa, dos jóvenes que murieron en la tragedia, envueltos en colores oscuros y
grises. Esos que tiñen a Villa Celina de opacidad y dolor. .
Por Gustavo Barco
Para LA NACION
Cerraron comercios y todo cambió en torno del local
En Once, el desvío del tránsito a raíz del vallado modificó la zona
Los comerciantes se quejan de que sus ventas cayeron. Otros dicen que la zona se tornó
insegura. Los vecinos, en cambio, agradecen que ahora, sin recitales, el barrio es más
tranquilo.
Las cuadras de la zona de Once cercanas a República Cromagnon no volvieron a ser lo
que eran antes del trágico 30 de diciembre de 2004. La adaptación de los vecinos a la
nueva situación se mezcla con las imborrables escenas que presenciaron aquella noche.
"Esta cuadra está muerta", se queja Alberto Rossi, encargado de "Chemeco", una casa
de materiales para la vivienda y la construcción, que estima que sus ventas bajaron un
40%. "Como está acá la policía, los clientes no estacionan por miedo a que los multen.
Además, muchos se desvían por el corte de calle", explica, y señala la esquina de Mitre
y Jean Jaures, donde un vallado policial corta el tránsito y obliga a unas nueve líneas de
colectivos a cambiar su camino, según fuentes de la Comisión Nacional de Regulación
del Transporte.
Por el desvío, recorren cinco cuadras en lugar de una para llegar a Plaza Miserere.
Cruzan hasta seis semáforos y atraviesan dos veces la avenida Rivadavia. "Tardamos 20
minutos más que antes", comenta Juan Carlos Faveira, chofer de la línea 129, en la
terminal que se convirtió en morgue improvisada la noche de la tragedia.
Estos cambios en el tránsito modificaron el panorama comercial: el cierre de una
empresa de micros de larga distancia hizo caer las ventas de la panadería Flores
porteñas, mientras que dos lavaderos de autos y una parrilla cerraron sus puertas. Hay
no menos de diez locales vacíos en esas cuadras.
"Desde que los colectivos se desvían en Agüero, ya no pasan por acá los estudiantes de
psicología que compraban artículos de librería. Esta cuadra se volvió oscura e insegura",
se lamenta Ricardo Cruz, dueño de un quiosco sobre la calle Anchorena.
A pocos metros, Aníbal Schischera, encargado de una playa de estacionamiento, calcula
que su actividad laboral cayó un 30% desde que el boliche no funciona. "Trabajábamos
mucho con El Reventón, primero, y con Cromagnon, que se llenaba hasta los días de
semana", señala.
Aún lo perturban el recuerdo de los padres de los chicos fallecidos o internados que
fueron a retirar los autos que sus hijos habían dejado ahí. "Me acuerdo que me querían
pagar, pero yo no les cobré nada."
Liliana, vecina del edificio de Jean Jaures al 70, a la vuelta de la disco, aún tiene
grabado el último sonido que escuchó de Cromagnon: "Como un grito de gol que de
repente se apagó. Y después, silencio". .
Por Claudio Weissfeld
De la Redacción de LA NACION
"Hay poca toma de conciencia"
Según empresas de seguridad
os fabricantes y vendedores de productos de seguridad advierten que al día de hoy las
normas de seguridad son similares a las que regían un año atrás y que "no se creó una
toma de conciencia" acerca de los riesgos a los que se ve expuesta la gente en lugares
públicos.
"Los días posteriores a la tragedia de Cromagnon pasaron de venderse de 500 a 4000
carteles luminosos por mes. Ahora se normalizó en un promedio de 2000 piezas
mensuales", estima Mariano Arcuschin, gerente general de Gamasonic, empresa
dedicada a la venta de luces de emergencia y cartelería lumínica.
Manfredo Udewald, director de Willich, empresa que comercializa aislaciones térmicas,
acústicas e ignífugas, dice que sus ventas "crecieron mucho de enero a marzo y después
disminuyeron porque no hubo más controles".
Udewald, que estima un crecimiento en ventas de un 60% en acondicionamiento de
interiores durante 2005, subraya que son muchos clientes los que aún le piden productos
de poliuretano (como el que ardió en Cromagnon) y de poliestireno (como el que se
quemó en 1993 en Kheyvis).
"Hay una falta de conciencia en estudios de arquitectura e ingeniería de proyectos
nuevos. La gente está muy desinformada", denuncia
En cambio, Carlos Grammatico, titular de Gramma Seguridad, se muestra más
optimista: "En un 80 o 90 por ciento, la gente tomó conciencia de la necesidad de usar
elementos de seguridad. Siempre están aquellos que lo hacen por el mero cumplimiento
del requisito, pero el grueso de la gente lo hace por seguridad propia".
Por su parte, Raúl Martínez, gerente de la Cámara Argentina de Seguridad (CAS), que
agrupa más de cien empresas del rubro, señala las carencias que aún existen: "Si bien
hubo modificaciones en la legislación, apuntaron sólo a los locales bailables, pero no,
por ejemplo, a geriátricos o sanatorios".
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La Nación Información General 18 30/12/205
El juicio oral deberá esperar hasta 2007
Los últimos fallos de la Cámara de Apelaciones prefiguran el anticipo del cierre de la
instrucción, que ocurriría en tres meses
oco antes de la medianoche del 30 de diciembre, hace un año, una bengala les destruiría
esa esperanza y los haría entrar, involuntaria y dramáticamente, en el laberinto jurídicopenal que, desde ese fatal momento, se convirtió en el caso República Cromagnon.
A un año del incendio que liberó de la media sombra y los paneles acústicos del local de
Once el humo y el letal ácido cianhídrico que se cobró la vida, con el paso de las horas,
de 193 personas, quedan varios capítulos del suceso por escribir, aunque en lo
estrictamente vinculado con el estrago, está virtualmente concluido.
Es prácticamente un hecho que la recolección de pruebas y la imputación de eventuales
responsabilidades en la instrucción judicial está prácticamente terminada. Y que
posiblemente en el primer trimestre de 2006 la causa sea elevada a juicio oral y público,
que podría tener lugar en 2007 y tendría en el banquillo a 21 acusados, entre ellos, a
Omar Chabán, a los músicos de Callejeros, y a varios policías y ex funcionarios del
gobierno porteño.
A falta de que concluya un peritaje arquitectónico y el examen médico de los 1542
heridos sobrevivientes, y de que los tribunales superiores resuelvan las apelaciones
pendientes, fuentes judiciales confiaron a LA NACION que ya nadie más sería llamado
a declarar puntualmente por el incendio. La referencia puntual es al suspendido jefe de
gobierno Aníbal Ibarra, para quien las querellas y el fiscal Juan Manuel Sansone habían
pedido una indagatoria que nunca se produjo.
Sí deben recorrer todavía más camino otras dos causas paralelas: la de una supuesta
asociación ilícita en el seno del área de inspecciones del gobierno porteño, y la de los
bomberos de la Federal que, aprovechándose de que eran quienes debían certificar las
condiciones de seguridad contra incendios de los boliches montaron empresas que
asesoraban para asegurar la obtención de los certificados habilitantes. Por esta causa ya
hay ocho procesados.
Si se pudiera graficarlo, el derrotero de la causa principal se asemejaría al perfil plano
de una campana, con una etapa de ascenso, que simboliza la lectura que de los hechos
hizo el juez Julio Lucini (que se hizo cargo del expediente cuando la jueza originaria,
María Angélica Crotto, pidió licencia por enfermedad luego de procesar a Chabán), y
otra descendente, que traduce el pensamiento de los camaristas encargados de revisar
los fallos de aquél.
El crescendo comenzó a las 18 del 31 de diciembre, cuando Chabán fue detenido en su
vivienda de la calle Salta al 600, y siguió con ímpetu hasta el 6 de mayo, cuando el juez
Lucini dictó el procesamiento por homicidio culposo agravado de cinco funcionarios del
área a cargo de las inspecciones de los boliches, con la ex subsecretaria de Control
Comunal Fabiana Fiszbin a la cabeza.
El juez juzgó que Chabán debía saber perfectamente el peligro que suponía hacer en el
local que regenteaba un recital con tres veces más concurrentes que lo permitido, sin
realizar cacheos eficientes para evitar el ingreso de pirotecnia, a sabiendas de que
incumplía con las normas de seguridad contra incendios, y habiendo mantenido cerrada
una gran salida de emergencia que, de haber estado abierta, decenas de vidas pudieron
haberse salvado.
Todo eso, según el juez, gracias a que los jefes de la comisaría 7a. no lo "molestaban"
en su actividad comercial -previo pago de coimas- y a que los funcionarios porteños que
debían controlar los boliches incumplían consuetudinariamente sus deberes, aun cuando
había alertas públicas y oficiales de que por el descontrol un incendio reeditaría la
tragedia de la disco de Vicente López Kheyvis, ocurrida 11 años antes.
La pendiente
El primer hito de esa etapa, seguramente, se produjo el 13 de mayo, cuando la Sala V de
la Cámara de Apelaciones excarceló bajo fianza a Chabán, al considerar que Chabán no
se iba a fugar ni a entorpecer o eludir la acción de la Justicia pese a que se enfrentaba a
recibir una pena de reclusión perpetua.
El procesamiento de los músicos de Callejeros (por haber sido coorganizadores del
show y responsables de la seguridad en el acceso, y por haber fomentado, según su
evaluación de los antecedentes, pruebas y testimonios, el ingreso de pirotecnia por parte
de sus fans) casi se vio "empañado" por la efectiva liberación, el 15 de junio, de
Chabán, que se recluyó en una isla de Tigre.
Meses después, el 24 de noviembre, la Cámara de Casación revocaría esa excarcelación
y enviaría de nuevo a Chabán a la cárcel de Marcos Paz, donde recibirá hoy estas
noticias.
Pero otra vez sería la Cámara de Apelaciones la que impondría modificaciones en la
causa que morigeraban las imputaciones. Ya no serían por homicidio (como habían
decretado, a su tiempo, el juez Lucini y su predecesora, María Angélica Crotto) sino por
estrago doloso agravado, forma con la que la ley tipifica el incendio que causa muertes.
Lucini luego procesó al ex secretario de Justicia y Seguridad Juan Carlos López máximo funcionario imputado al día de hoy- por homicidio culposo, en octubre. Y hace
14 días agravó la imputación contra Callejeros: los procesó por estrago doloso, y los
puso en el mismo nivel de culpa que a Chabán.
Y el 21 de este mes, la Cámara de Apelaciones modificaría la acusación contra los ex
funcionarios porteños, liberándolos del homicidio culposo y dejando sólo a tres de ellos
procesados, pero por incumplimiento de deberes de funcionario público, y prefigurando
así las calificaciones con las que éstos y aquéllos podrían llegar al juicio oral. .
Por Fernando Rodríguez
De la Redacción de LA NACION
Acusaciones cruzadas
Aníbal Ibarra y su abogado defensor Julio Golodny descalificaron ayer el proceso de
juicio político llevado adelante por la Legislatura porteña contra el suspendido jefe de
gobierno, tres diputados de la sala que lo sustancia sostuvieron que no existe
prejuzgamiento entre los miembros del tribunal.
La defensa de Ibarra, además, reiteró que -tal como lo anunció en la sesión realizada
anteayer- recusará al legislador Héctor Bidonde, que durante el debate de la recusación
de su colega Gerardo Romagnoli preguntó retóricamente si él debía excusarse por
"haber hablado mal de Ibarra durante los dos últimos años", desde que asumió en
diciembre de 2003.
"Tengo la sensación de que en este proceso no hay reglas -dijo ayer Ibarra, luego de que
la Sala Juzgadora rechazara la recusación de Romagnoli-. En ninguna parte aquel que es
recusado vota porque, justamente, lo involucra. A él le pidieron opinión."
Por su parte, Golodny sostuvo que la actitud de los diputados "fulmina toda idea de
justicia" en el proceso y que resultó "preocupante, peligroso, injusto e inconstitucional"
que Romagnoli votara su propia recusación.
Los legisladores no tardaron en responderle. Desde Pro le respondieron Daniel
Amoroso y Marcelo Meis. El primero afirmó que el funcionamiento de la sala "ha sido
de total transparencia porque nosotros, como jueces, somos los más interesados en que
nadie tenga sospechas de parcialidad". Meis intimó a Ibarra a decir "los apellidos de los
diputados que tienen una opinión formada" porque "con acusaciones al voleo sólo se
desprestigia ante los vecinos a la clase política en general".
Según Bidonde, sus dichos no pueden dar pie a Ibarra para que lo recuse como miembro
de la Juzgadora.
Escaparon del incendio, pero no del horror
La vida de los que sobrevivieron o se conocían, pero sus destinos se cruzaron esa noche.
En común tienen haber sobrevivido a la peor tragedia no natural de la historia argentina.
Florencia Morella, de 20 años, y Guillermo Armango, de 23, son dos de los miles de
jóvenes que pudieron sortear la muerte en Cromagnon. Escaparon del incendio, aunque
no del horror. Son sobrevivientes. Ellos prefieren llamarse guardianes de la memoria.
Poco recuerda Florencia de esa noche. Apenas unas imágenes confusas que la
acompañarán el resto de su vida. No así Julián Rozengardt, su novio, que murió en esa
fatídica noche, tratando de escapar de las llamas. Tampoco su amiga María Lilia.
Florencia, ahora, vive para contar lo que ocurrió y para honrar la memoria de las dos
personas que tanto quiere.
Junto con otros sobrevivientes y familiares formó la murga Los que Nunca Callarán.
"Elegimos expresarnos desde la música, que fue lo que nos unió esa noche", cuenta
Florencia, camino a la psicóloga que la atiende en el hospital Alvear. Estuvo internada
dos semanas, primero en el Ramos Mejía y después en una clínica. Antes de la tragedia,
cursaba el CBC para seguir Historia en la UBA. "Intenté volver, pero no pude. Dejé la
facultad porque era un proyecto a futuro, y yo no veía el futuro. Pero volveré a estudiar,
se lo debo a Julián", dice en tono seguro.
Guillermo estaba en el medio del boliche. Vio las bengalas, recuerda todo. "En menos
de un segundo se cortó la luz y todos empezamos a correr. Pude salir, pero volví para
buscar a los chicos, que por suerte están vivos."
Los primeros tiempos fueron muy duros. "Veía cosas, deliraba. Empecé el tratamiento
psicológico en el Ramos Mejía. Sigo una vez por semana, pero falté un mes y medio
porque me sentía muy bajoneado", cuenta desde el santuario de Cromagnon, en
Bartolomé Mitre al 3000, donde acampan sobrevivientes y familiares a la espera de que
se cumpla un año de la tragedia.
Está sin trabajo. Lo echaron. "Trabajaba en un supermercado. Volví después de la
licencia y me dijeron que había faltado mucho y que ya no les servía." El subsidio de
600 pesos que el gobierno porteño otorga a sobrevivientes se los da a su ex pareja, para
que pueda mantener a sus dos hijos, de tres y un año y medio.
"No puedo dormir, y lo poco que duermo tengo pesadillas. Esto no me deja vivir, pensé
que iba a ser más fácil. Nadie me saca de la cabeza lo que vi y escuché esa noche. Y no
me pasa a mí sólo, les pasa a todos."
Guillermo sigue yendo a los recitales. "El rock es una de las pocas cosas que me dan
alegría. Fui a ver a Los Piojos, a los Gardeles, a Los Bordos... Al principio miraba para
todos lados y trataba de ver dónde estaban las puertas de salida, pero ya no", reconoce. .
Por Laura Reina
De la Redacción de LA NACION
Cromagnon, un drama que continúa
El mismo dolor, a un año de la tragedia de la disco
Dramáticos relatos de los que socorrieron a las víctimas
Escuché que había muchos chicos y me fui a dar una mano. El Ramos Mejía parecía un
hospital de guerra. Un aluvión de muertos y heridos. Venían en ambulancias, en
patrulleros, en autos, a pie... Venían vivos pero shockeados, ahogados, escupiendo
plástico negro. O llegaban muertos... Desesperados, subían a los muertos en las
ambulancias y, aunque sabíamos que no se podía hacer nada, lo mismo intentábamos...
A las seis de la mañana no pude más y me fui a mi casa. A llorar y a abrazar a mis hijos.
Necesitaba sentir que estaban vivos.”
Carlos Mercau, jefe de Neonatología del hospital Ramos Mejía, recuerda así,
dramáticamente, esa noche de la que hoy hace un año: la noche de la tragedia cuando
ardió la disco República Cromagnon, en la zona de Once, en la que murieron 193
personas que habían ido a un recital. Una tragedia que sin dudas dejará una marca
imborrable en una generación y que repartió sus esquirlas por la política, la seguridad, el
espectáculo. Una tragedia que tiene 28 procesados y un solo detenido, Omar Chabán, el
explotador de la disco, pero que también arrastró al jefe de gobierno porteño, Aníbal
Ibarra, que fue suspendido y hoy enfrenta un juicio político.
"Me dejó en el alma una cicatriz que nunca se va a curar", dice. No esconde sus
lágrimas. El suyo es un dolor tan entendible como imposible de dominar. Un dolor que
se acalló con el correr de los meses, pero que de ninguna manera se apagó, que vuelve a
hacerse presente cada vez que recuerda la noche del aquel nefasto 30 de diciembre.
Carlos Mercau es jefe de Neonatología del hospital desde hace una década. Está
acostumbrado a pelearle a la muerte día tras día. "Pero pelear contra estas muertes que
podrían haberse evitado fue terrible. Nos llenó de angustia." Una angustia que aún hoy
sigue indeleble en él y en los que esa noche lucharon para que la muerte no les robara
más y más chicos.
Mercau cenaba con unos amigos para despedir 2004 cuando le llegaron los ecos de la
barbarie. Salió corriendo para el hospital. El Ramos Mejía está a unas pocas cuadras del
local República Cromagnon y esa fatídica noche recibió muertos y heridos como nunca
antes.
Era un hospital de guerra. Corridas, gritos, hollín. Al hospital llegaron 43 de los 193
muertos en el incendio y cientos de heridos. Horas después, murieron otros dos chicos.
No pudo más. "Me fui a casa a llorar. Abracé a mis hijos, necesitaba saber que estaban
bien... A llorar y a preguntarme por qué tanta muerte inútil", alcanzó a decir antes de
quedarse sin voz. A las 8 estaba de vuelta.
LA NACION lo entrevistó en enero último, días después de la tragedia. El sentimiento
de dolor está intacto. "Nadie piensa que pueda pasar algo así, tantos chicos, chicos tan
jóvenes. Fue desolador", aseguró.
Las imágenes, los olores, los sonidos vuelven, implacables, a su mente. "Me acuerdo de
un chico de tres o cuatro años... Llegó muerto. Estaba perfecto, con la carita intacta. Vi
a mis hijos en esa cara...", susurró entre pausas.
Con los meses, intentó sacar algo positivo de tanto desastre. Algo donde hacer pie, que
lo ayudara a seguir. "Siento orgullo porque el hospital, mi hospital, se comportó como
una unidad. Estaban todos, no sé de dónde salieron, pero estaban", dijo Mercau.
Con 32 años de experiencia, después de haber trabajado en el atentado contra la AMIA
y en grandes accidentes, no duda ni un segundo: "Esto fue lo más duro... Por la cantidad
de chicos muertos. Nos marcó para siempre."
Ricardo Rezzónico tuvo la ingrata tarea de leer y releer ante cámaras y micrófonos la
lista con los nombres de los chicos muertos y de los heridos. El recuerdo lo derrumba.
"No puedo olvidarme. A la mañana siguiente, a las 7, se habían podido identificar sólo a
ocho de los 43 fallecidos y estaba leyendo sus nombres cuando un hombre dio un grito
desgarrador y se desplomó a mis pies. Su hija estaba en esa lista."
Es jefe del Departamento Técnico del Ramos Mejía, pero en diciembre de 2004 era el
director del hospital. Cirujano, con más de 30 años de guardia, nunca vivió nada igual.
Las previsiones no habían sido pocas y el hospital pudo responder a la catástrofe.
"También recuerdo escenas de mucha solidaridad, como la de los papás de una chica de
15 años que falleció acá y donaron sus órganos. Es conmovedor ver a alguien que, en
medio de tanto dolor, tuvo la lucidez de tener un gesto así", dijo Rezzónico. "Como
miembros del hospital, fue la prueba de lo que éramos capaces de hacer cuando
juntábamos nuestros esfuerzos."
Aprender del dolor
El actual director del hospital era por entonces jefe del servicio de Neumonología. El
doctor César Sáenz llevaba 40 años en el hospital cuando tuvo que hacerle frente a lo
peor. La huella que dejó Cromagnon, dice, cambió su vida profesional. Y le pegó duro.
"Nadie estaba preparado para recibir tanta gente joven al mismo tiempo y en ese
estado", aseguró.
Las impresiones son muchas. "No recuerdo nada en particular", dijo y después de una
pausa, agregó: "Sí me acuerdo de una chica de 15 años que falleció acá, preciosa. Murió
a las pocas horas de llegar. Y me pregunté cómo una vida desaparece de esa forma".
El hospital sobrevivió a esa prueba de fuego y reforzó sus capacidades. Pero no
recuperó el ritmo que latía antes de la tragedia.
Cree que todos podemos aprender de tamaña cachetada. "Me pregunté por qué ocurren
estas cosas irracionales. Pensé en la responsabilidad que tenemos todos, y los padres en
particular, en no dejar la seguridad de nuestros hijos en manos de las autoridades."
Sáenz asegura que la guardia es la piel de un hospital. La noche del 30 de diciembre de
2004 estuvo, como nunca antes, en carne viva.
Francisca Funes se había acostado cuando su hija la despertó conmocionada. Veía en la
televisión las primeras imágenes del horror y sobresaltó a su mamá. Francisca no
titubeó. Se cambio, tomó un remise y se hizo cargo de lo que consideraba necesario.
Funes es la jefa de los enfermeros de guardia. Son 23, pero esa noche llegaron a ser 69
porque los voluntarios no dejaban de llegar.
Sin entender el porqué, aseguró: "Hice cursos y me preparé. Pero ningún simulacro
podía alcanzar esa realidad".
Actividades
-Hoy a las 10 hs
Familiares y sobrevivientes presentarán una exhibición de fotos y distintos materiales de
las víctimas, en Plaza de Mayo.
-A las 13 hs
Se colocarán zapatillas a lo largo de la avenida Rivadavia y la avenida de Mayo.
-A las 14 hs
En Plaza Once, se realizará una radio abierta.
-A las 17 hs
El cardenal argentino, monseñor Jorge Bergoglio, oficiará una misa en la Catedral.
-A las 18 hs
Habrá una concentración a Plaza de Mayo. Las actividades previstas son varias: murga
de sobrevivientes, lectura de un documento consensuado entre todos los grupos de
familiares y lectura de los nombres de las víctimas. Después habrá un minuto de
aplausos y bombos en honor a los chicos fallecidos y, finalmente, se marchará al barrio
de Once.
A los familiares los une la búsqueda de justicia y los separan
los métodos
Están divididos en varias agrupaciones
a noche del 30 de diciembre de 2004 les cambió la vida. En un primer momento el dolor
los paralizó, pero sin tiempo para el duelo, se levantaron y comenzaron su lucha por la
memoria de sus seres queridos. Los objetivos son comunes, los caminos distintos.
Los familiares de las víctimas y los sobrevivientes de Cromagnon, divididos en
diferentes grupos y asociaciones, quieren llegar a la verdad de lo sucedido y lograr que
se haga justicia.
Tienen muchas coincidencias, pero también diferencias. Todos quieren a los culpables
de la tragedia tras las rejas. Están convencidos de que la movilización permanente es un
arma contra el olvido. Algunos están en favor de los señalamientos públicos, otros creen
que esas prácticas los alejan de la sociedad y rechazan cualquier acción que pueda ser
mal vista por la opinión pública.
Los familiares de las víctimas y los sobrevivientes de la tragedia de Cromagnon trabajan
en cinco grandes grupos: Que No Se Repita, está liderado por José Antonio Iglesias;
Memoria y Justicia por Nuestros Pibes, cuya cabeza visible es Silvia Bignami;
Asociación de Víctimas de la Inseguridad Social en la Argentina (Avisar), uno de sus
referentes es José Guzmán; Asociación de Padres de Hijos Asesinados en Cromagnon
(Aphac), representados por Miriam Araneda, Leonardo Chaparro Eduardo Amaya; y
Familias por la Vida, ONG encabezada por Nilda Gómez y representada legalmente por
Patricio Poplavsky.
A estas cinco agrupaciones se les puede sumar un sexto grupo, integrado por Norma
Bonomini, Luis Fernández y Ricardo Righi. Una madre y dos padres que desde el dolor
se hicieron inseparables. Ellos tres siempre están juntos. Van a señalamientos públicos,
a las marchas, a las conferencias de prensa y a cuanto lugar haya que ir para luchar por
la memoria de sus hijos.
"No estamos distanciados con ningún padre y madre. Con Norma [Bonomini] y Luis
[Fernández] nos hicimos inseparables. Nuestra lucha es por la verdad y para tratar de
que esta masacre no se repita. Buscamos que la Justicia no sufra el avasallamiento y la
presión del poder político. La pelea se la debo a mi hijo", afirma Righi.
El grupo Que No Se Repita está en contra de las manifestaciones violentas y de los
señalamientos públicos. Los miércoles de cada semana se juntan y debaten las
cuestiones legales y los pasos por seguir. "Los grupos tienen diferentes características,
pero los objetivos son los mismos. Nosotros [por Que No Se Repita] tenemos una
dinámica de discutir todas las acciones por seguir. Somos distintos, tenemos distintas
opiniones, pero las debatimos entre nosotros. Aprendimos a reflexionar en conjunto",
explicó Mercedes Blanco, integrante de la agrupación liderada por Iglesias.
"Por un país mejor"
"La fuerza que nos dan los chicos [las víctimas] es fundamental para seguir la lucha.
Desde Familias por la Vida luchamos por un país mejor. No vamos a permitir que los
sobrevivientes de la tragedia sean un grupo más. No queremos que se hipoteque una
generación más", dijo Nilda Gómez a LA NACION.
A diferencia de otros, el grupo encabezado por Gómez señaló a Callejeros como parte
responsable de la masacre de Cromagnon. Los integrantes de la agrupación vivieron
como un triunfo la resolución de Lucini que procesó a Callejeros por estrago doloso.
Guzmán, referente de Avisar, dijo: "Este año fue muy duro. Han sido 12 meses
tremendos. El juez Lucini no tuvo la valentía para citar a Ibarra. Por todo esto la lucha
continúa. A las generaciones posteriores les queremos dejar una sociedad nueva".
¿De dónde sale la fuerza de los familiares y los sobrevivientes? Bignami, de Memoria y
Justicia por Nuestros Pibes, afirmó: "La fuerza la sacamos en juntarnos, en estar con el
otro y en los pequeños logros que conseguimos como llevar a juicio político a un jefe de
gobierno y lograr que Chabán volviera a prisión. Hoy, Cromagnon es el movimiento
más crítico que tiene el poder político".
Diferentes formas de pensar, de hablar y de actuar. Pero todos coinciden: quieren a los
culpables en prisión.
Imágenes y gritos que vienen del infierno
La evocación de un cronista de LA NACION que ingresó aquella noche en Cromagnon
ue la peor pesadilla de mi vida. Pasó un año y todavía me parece escuchar los gritos
desgarradores de los padres que corrían por la calle Jean Jaures y llamaban a sus hijos.
Había ido a realizar la cobertura informativa de un incendio en un local de Once, a seis
cuadras de mi casa, y nunca imaginé que pudiera encontrar una pila de cuerpos, entre
los que no se podía distinguir cuál estaba con vida y cuál estaba muerto, que tenían las
manos apuntando a la puerta de emergencia que nunca pudieron abrir.
Eran las 23.20 del 30 diciembre y hacía casi media hora había comenzado el incendio en
República Cromagnon.
Para entonces, Bartolomé Mitre, desde la esquina de Ecuador hasta la puerta del local,
estaba cubierta de cuerpos desparramados. Algunos parecían moverse, otros no
mostraban señales de vida. Las ambulancias no alcanzaban para llevar a los jóvenes que
caían fulminados en la calle.
Nunca me voy a olvidar de una pareja que, en la puerta del boliche, pedía los gritos por
un amigo que había quedado en el ataúd de cemento en el que se había convertido
República Cromagnon.
Tampoco me voy a olvidar de lo que vi dentro del local. Más cuerpos desparramados y
manos que parecían brotar del piso y tomaban los brazos de los bomberos y de todos
aquellos que pasaban al lado.
A pesar que se habían abierto las puertas, dentro del local el aire era irrespirable. Ayudé
a dos muchachos a levantar a un chico que venían arrastrando. En la escalera del fondo
alcancé a ver a una pareja que abrazaba un chico.
Pasó un año, pero la angustia sigue. No me puedo sacar de encima el olor de la muerte
ni del humo gris oscuro que bajaba del techo.
En la puerta, los chicos seguían cayendo al lado mío y no podía hacer nada. Y la
impotencia de no haber aprendido primeros auxilios para ayudar, con el tiempo se
transformó en un tormento, casi en culpa.
Desde esa madrugada, la sucesión de escenas se transformó en una película que se
repitió cada día de mi vida.
Enfrente de Cromagnon la policía y los bomberos habían comenzado a colocar los
cuerpos en hilera, junto al paredón de la estación de trenes de Once. En un playón de
estacionamiento, a una cuadra del boliche, habían llevado más cuerpos. Habían pasado
veinte minutos de la medianoche y se contaban 125 muertos. A la 0.30 pude entrar por
segunda vez en Cromagnon, todavía quedaban algunos cuerpos en el agua y cientos de
zapatillas. Pero la estructura estaba intacta. No había peligro de derrumbe. No se había
quemado nada. Pero había más muertos que en el atentado contra la AMIA.
Los alambres que sostenían la media sombra estaban intactos, igual que la barra y las
barandas de las escaleras y parte de la escenografía de Callejeros. En uno de los palcos,
arriba de la barra más cercana a la puerta quedó intacta una bandera con la leyenda:
"Callejeros vivimos y morimos por vos. Piky y Cary. Budge presente". A las 2, se
informó oficialmente de 169 muertos. A un año, la tragedia sigue y la angustia crece.
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La Nación Información General 13 26/12/2005
LA TRAGEDIA DE CROMAGNON |
A un año de la muerte de 193 personas en la discoteca de la zona de Once (Nota I de V)
La primera Nochebuena sin David
LA NACION compartió la Navidad con los padres y la familia de un chico de 14 años
que murió en el incendio del local nocturno
Por Gustavo Carabajal | LA NACION
Mientras el estallido de bombas de estruendo y cañitas voladoras señalaba el inicio de la
Navidad, en la casa de Herzt al 2400, del barrio San José, en Isidro Casanova, Miriam
Araneda rompía en llanto y besaba sin parar la imagen de su hijo, estampada en una
bandera argentina en la que sobresale una promesa indeleble: "David, tu familia luchará
por justicia".
Para ella y su esposo, Leonardo Chaparro, era la primera Nochebuena sin David, de 14
años, una de las 193 víctimas de la tragedia ocurrida el 30 de diciembre último en la
disco República Cromagnon.
"Para nosotros todos los días son duros y dolorosos, no sólo la Nochebuena y la
Navidad. Todas las mañanas, cuando me levanto, sigo buscando a David o lo sigo
llamando para que me traiga un balde con mezcla para levantar alguna de las paredes de
la casa que me ayudó a construir", relató Leonardo, con la voz entrecortada y los ojos
rojos de tanto llorar.
Durante la Nochebuena que LA NACION compartió con los Chaparro, los padres de
David recibieron la llamada de Mónica Rojas, madre de Marianella, otra de las víctimas
de la tragedia de la disco de Once. "Comencé a llorar a la mañana. Cuando fui a la
tumba de David. allí me desahogué un poco", agregó Leonardo.
Veinte minutos antes de la medianoche se comunicó con ellos Nilda Gómez, madre de
Mauro Benítez, quien le transmitió la solidaridad de otro grupo de familiares con los
que se había reunido para esperar la Navidad en un predio situado a pocos metros de
República Cromagnon.
Había pasado un minuto de la Navidad y, además de derramar lágrimas por David, los
Chaparro se acordaron del jefe de gobierno porteño, Aníbal Ibarra, del empresario Omar
Chabán y de los jueces María Laura Garrigós de Rébori, Gustavo Bruzzone y Rodolfo
Pocciello Argerich, quienes el miércoles último dictaron una resolución que benefició a
los ex funcionarios de la ciudad.
"Ya no creo en nada. Estos jueces demostraron que no están del lado de la gente. Ellos
no van a hacer justicia. Hace dos meses nos recibieron y ¿sabés lo que me sugirió uno
de ellos?, que el 30 diciembre, cuando se cumpla un año de la muerte de David, encierre
a mi marido en un sanatorio para que no cometa una locura", recordó Miriam,
indignada.
Miriam y Leonardo pasaron la Nochebuena en compañía de Hilda, la abuela materna de
David; Vicky, la tía y madrina de David, y Lucila, de 11 años, la otra hija del
matrimonio Chaparro. También estaba Blackie, el perro de David, que todavía duerme
debajo de la cama del adolescente fallecido en Cromagnon.
Media hora después de la medianoche llegó Emanuel Rodríguez, uno de los mejores
amigos de David, junto con sus padres y con Daniel, su tío.
El 30 de diciembre, Daniel y Emanuel habían ido con David a República Cromagnon.
Era la primera vez que David concurría a un recital de Callejeros.
"Esa noche íbamos con Leonardo por Edison, para la ruta. Pero Julio, el padre de
Emanuel, nos cruzó el auto y nos dijo que había pasado algo en el boliche donde tocaba
Callejeros. Cuando llegamos a Once entré desesperado y comencé a buscar a David.
Con el agua en los tobillos, ayudé a sacar a los chicos que habían quedado amontonados
dentro del boliche. Nunca encontré a mi hijo. Volví a verlo dos días después, dentro de
una bolsa, en la morgue", recordó Leonardo.
"La tragedia no es sólo para nosotros, sino también para Emanuel. David y él estuvieron
juntos hasta último momento. Manu me dijo que apenas comenzó a tocar la banda, se
cortó la luz y el boliche se llenó de humo. Contó que él y David se tomaron de la mano.
Pero se separaron. Manu se cayó desde el primer piso y se despertó en el hospital. Manu
dice que todavía sigue escuchando los gritos de David", concluyó Miriam.
Misa y vigilia
Con una misa celebrada por el obispo auxiliar de Buenos Aires, monseñor Jorge
Lozano, se inició la vigilia previa al acto por cumplirse un año de la tragedia de
República Cromagnon. Familiares de las 193 víctimas y sobrevivientes del incendio
ocurrido en el local bailable de la zona de Once concurrieron a la plaza de la Memoria,
situada frente a la disco, en la esquina de Bartolomé Mitre y Ecuador. Allí, el viernes
último, diversos grupos de familiares instalaron un árbol de Navidad con 193 estrellas
con fotografías de las víctimas de la tragedia.
El diploma por ser elegido el mejor compañero
"Un nombre quedará grabado para siempre en nuestros corazones: David Chaparro",
expresó Graciela D´Onofrio, directora de la Escuela General de Educación Básica Nº
50, de Isidro Casanova, cuando concluyó el discurso con el que despidió a los alumnos
que terminaron el noveno grado.
David Chaparro era alumno de dicha escuela y tendría que haber terminado este año.
El jueves último no fue un día más para sus padres. Leonardo y Miriam concurrieron al
colegio. Allí, la directora les entregó la medalla de egresado y el diploma al mejor
compañero.
Además, las autoridades del establecimiento y los padres descubrieron una placa en
recuerdo de David, una de las 193 personas que murieron en la tragedia de República
Cromagnon. La placa fue colocada en el patio cubierto de la escuela, cerca de la puerta
de ingreso.
"Nunca voy a olvidar a David", expresó Ana Marín, profesora de inglés del chico
fallecido en el incendio de la disco de Once.
El recuerdo de David no sólo estuvo presente en los discursos. Sus compañeros
desplegaron en el patio la bandera que Miriam y Leonardo llevan a todas las marchas.
La tela tiene la foto estampada de David con una remera del grupo de rock La Renga y
los colores amarillo y negro de Almirante Brown, el equipo de fútbol de Isidro
Casanova.
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La Nación Información General 18 27/12/2005
La tragedia de Cromagnon |
A un año de la muerte de 193 personas en el incendio de la disco de Once / Nota II de V
Dos barrios sacudidos por el drama
En dos manzanas de San José, en Isidro Casanova, y Don Manuel, en Rafael Castillo,
vivían ocho de las víctimas mortales
an José, en Isidro Casanova, y Don Manuel, en Rafael Castillo, son dos barrios
golpeados por la tragedia de República Cromagnon. Allí, en dos manzanas vivían ocho
de las 193 víctimas del incendio de la disco de Once.
En Santa Rosa y Del Carmen, del barrio Don Manuel, el devastador incendio clavó un
puñal cuya herida no cesa de sangrar. En esa esquina se juntaban diez amigos que
fueron a Once a ver a Callejeros. Sólo siete regresaron. Ezequiel Agüero, Marianella
Rojas y Matías Ferreira murieron. Allí, los vecinos levantaron un altar con la imagen de
la Virgen de Luján, rodeada por tres estrellas con los nombres de los chicos muertos,
sus fotografías y cartas de los familiares.
En Nochebuena, en Edison, entre el 2400 y el 2200, del barrio San José, no hubo
festejos. En esas dos cuadras vivían Lucas Pérez, Pablo Salazar, Mario Torres, Lucas
Guzmán y David Chaparro. Todos murieron el mismo día, el 30 de diciembre, en el
mismo lugar: República Cromagnon.
"Ahora comprendo a la madre de María Soledad Morales, a la madre de José Luis
Cabezas. Yo las veía por televisión, me sacudían y pensaba sobre lo difícil que se hacía
sobrellevar la muerte de un hijo", relató, entre llantos, Hilda Alvarado, la madre de
Lucas Pérez, de 12 años. Lucas estudiaba en el Instituto Buenos Aires, de Isidro
Casanova. Sus compañeros recuerdan que hasta abril seguían pasando lista con su
nombre, a pesar de que estaba muerto.
"No me dejaron verlo. Me dieron una bolsa con un cuerpo que, me dijeron, era mi hijo.
Lo busqué dos días. Recorrí todos los hospitales", recordó Hilda.
"En el Centro de Gestión y Participación de la calle Junín me dijeron que Lucas estaba
internado en el hospital Rivadavia. Era el 31 de diciembre. Llegué a las 10.30 y
pregunté por Lucas Pérez y me dijeron que no estaba. «¿Pero cómo puede ser -pregunté, si me dijeron que estaba acá? «No, no está», volvieron a responderme.
"Se habían equivocado, el chico que estaba en esa habitación era Lucas Piñeiro, no mi
hijo. Jugaron con mi dolor en medio de la tragedia y eso no se los voy a perdonar. Hace
un mes fui a una misa en la plaza de la Memoria, frente a Cromagnon, y me encontré
con una mujer que me dijo: «A tu Lucas lo tengo siempre en mi cabeza. Yo estaba en la
habitación cuando fuiste a buscarlo. Desde ese día no puedo dormir pensando en él»",
relató Hilda, de 38 años.
Mario Torres vivía en la misma manzana que Lucas Pérez, tenía 32 años y era padre de
dos nenas, de 10 y 5 años, y de un chico de un año. Apenas conocía a Lucas. Mario fue
al show con un grupo de amigos de Flores, donde trabajaba como cortador en un taller
textil. Uno de los amigos que lo acompañó, Nicolás Sillak, también falleció.
"Cuando llegue el 30 de diciembre no sé cómo vamos a estar. Mario era el mayor de
seis hermanos y trabajó toda su vida para ayudarnos. Lo encontramos en el hospital
Udaondo. Uno de los amigos lo sacó de Cromagnon vivo. Mario estaba tosiendo, pero
vivo. Murió en el hospital", recordó Roberto Torres mientras desplegaba una bandera
con el escudo de Chevrolet y la imagen de su hermano, Mario.
"El era fanático de Chevrolet y, desde que murió, esta bandera no faltó en ningún
encuentro de Turismo Carretera que se corrió en Buenos Aires. Además, está firmada
por Matías Rossi, José Luis Di Palma y Ricky Joseph", explicó Roberto.
Mañana, Ezequiel Agüero cumpliría 26 años. Dos días antes de la tragedia había
festejado su cumpleaños con sus amigos de la esquina de Santa Rosa y Del Carmen, en
el barrio Don Manuel, de Rafael Castillo.
"Era la primera vez que Ezequiel iba a un recital de Callejeros. A él le gustaban los
Redondos. Lo encontré en la morgue de Chacarita, el 1º de enero, y me dieron el cuerpo
al día siguiente. La ambulancia que lo traía se paró justo en esta esquina, en la que
Ezequiel se juntaba con sus amigos, y no arrancó más. Con los vecinos tuvimos que
llevar el cajón a mano hasta mi casa", recordó Adolfo Agüero, padre de Ezequiel.
En la casa de los Agüero, la pieza de Ezequiel está tal como la dejó el 30 de diciembre
cuando se fue a trabajar, para luego encontrarse en Once con sus amigos para ir a
República Cromagnon.
Lucía perdió a sus dos hermanas
El 30 de diciembre pasado, Lucía Noboa, de 20 años, fue al recital de Callejeros con su
novio. Había quedado en encontrarse con sus hermanas Cecilia, de 18, y Daiana, de 15,
y con Gisella Barbalace, una amiga de ellas, a la vuelta de República Cromagnon.
Era tanta la gente que había que se desencontraron y ella entró en la disco con su novio.
Sus hermanas y Gisella fallecieron.
"Escuché a Chabán cuando dijo que si seguían con las bengalas se iba a prender fuego
todo e íbamos a terminar como en el shopping de Paraguay. En ese momento tuve
miedo. Parecía un chiste de mal gusto", recordó Lucía, quien agregó que había conocido
a Gisella el 18 de diciembre, en el recital que Callejeros ofreció en Excursionistas.
Lucía fue salvada por su novio. Estuvo internada un día en el hospital Fernández.
"Yo presentía que mis hermanas habían muerto. Daiana falleció en el hospital Durand,
mientras que a Cecilia la sacaron viva de Cromagnon y estuvo en la Maternidad Sardá,
pero murió el 1° de enero. Me mostraron los tubos que le habían puesto y estaban
negros del humo que escupió de los pulmones", agregó Lucía, en su casa de Isidro
Casanova.
Como no le entregaban los cuerpos, su madre, Margarita, y los vecinos intentaron cortar
la ruta 3. "Desde el 30 de diciembre me paralicé totalmente. Tenía proyectos, ganas de
hacer cosas. Estudiaba Ciencias Económicas en la Universidad de La Matanza, pero
dejé todo. Mi mamá al menos se mantiene activa. Va a las marchas y a la Legislatura,
sigue luchando", explicó Lucía.
Había ido a varios recitales de Callejeros. Pero a partir del 30 de diciembre su opinión
sobre el grupo cambió.
"No se acercaron a los padres de las víctimas. No culpo a los músicos, pero deberían
haber tenido otra actitud", expresó Lucía, y agregó: "Todavía no puedo aceptar que mis
hermanas hayan muerto".
Deciden cuántos testigos habrá en el juicio a Ibarra
a Sala Juzgadora de la Legislatura porteña, que sustancia el juicio político contra Aníbal
Ibarra por mal desempeño en relación con la tragedia de Cromagnon, sesionará hoy para
decidir si acepta la recusación presentada por el suspendido jefe de gobierno contra el
diputado Gerardo Romagnoli, cuánta prueba admite a las partes y cuándo comenzarán a
declarar los testigos.
Como prolegómeno de la reunión -a la que, en principio, accederán los periodistas y un
grupo reducido de familiares de las víctimas- ayer los miembros de esa Sala conocieron
la posición del presidente del cuerpo, Julio Maier, sobre la aceptación y el rechazo de
los elementos probatorios.
Maier propone admitir casi todos los testigos pedidos (134 de 148). No es el caso de
Omar Chabán, explotador comercial de Cromagnon, requerido por los legisladores que
actuarán como fiscales; tampoco el de los cuatro ex convencionales constituyentes de la
ciudad convocados por la defensa de Ibarra para aclarar el alcance de la figura de poder
de policía. El mal ejercicio del poder de policía es una de las causales de mal
desempeño imputadas.
Maier también rechaza gran parte de la prueba documental solicitada por considerar que
resulta redundante con los testimonios que serán vertidos durante las audiencias. Al
respecto, trascendió que los testigos comenzarán a ser escuchados a mediados de enero,
probablemente el lunes 16.
Del escrito firmado por Maier surge que el jurista no votará en la sala y que aplicará la
Constitución porteña cuando el Código Procesal Penal sea incompatible con las
disposiciones constitucionales.
Por la ciudad
Aquella noche, esta crisis
o cabe duda de que la tragedia en Cromagnon marcó un trazo indeleble sobre los
últimos doce meses. A pesar de haber ocurrido en 2004, resultó, indiscutiblemente, el
tema de 2005 en la ciudad.
Moldeó la gestión y la política en el territorio porteño, involucró a Néstor Kirchner,
permitió modificar hábitos autodestructivos en los espectáculos y obligó a focalizar la
atención sobre un sistema de control excesivamente flexible.
Tan grave resultó Cromagnon que generó en la ciudad el clima que permitió avanzar
hacia un hecho de trascendencia histórica, como lo fue la suspensión del jefe de
gobierno, Aníbal Ibarra.
Más allá del dolor y la bronca que provocó, la tragedia también influyó en la
cotidianidad, pues maniató a un gobierno porteño más preocupado por su supervivencia
que por el desarrollo urbano.
Los familiares de las víctimas tomaron a Ibarra como centro de sus críticas. Presionaron
en la Legislatura y en la Casa Rosada para que se enjuiciara al jefe de gobierno y
festejaron como un triunfo deportivo la votación que desembocó en aquella suspensión.
Para ellos, Ibarra fue un responsable directo de la catástrofe.
Aunque el Estado no encendió bengalas ni clausuró salidas, los familiares adjudican al
gobierno la falta de control sobre el salón incendiado. Sospechan, en verdad, que no
hubo desidia, sino complicidad.
Y con esta carga debió moverse Ibarra durante todo 2005. Aunque ni las investigaciones
de la Legislatura ni la causa judicial probaron aquella acusación, se generó en la política
porteña -no se apreció lo mismo en la sociedad- un clima adverso para el gobierno, que
así perdió poder y apareció casi siempre atontado.
Ibarra ensayó dos giros para recuperar la iniciativa: convocó a Juan José Alvarez para
reconducir la seguridad y llamó luego a un referéndum.
El mayor éxito de la breve gestión de Alvarez fue haber convencido a los porteños de
que cualquiera podía ser controlado. Aun los amigos del poder. El problema para el
gobierno residió en que la buena gestión se le adjudicó al ministro y no a Ibarra.
Luego, el referéndum fracasó. No se consiguieron las firmas necesarias y, así, la astuta
movida política ibarrista desembocó en una farsa útil sólo para ganar tiempo.
A un año de la tragedia, Cromagnon representa ya una calificación más que un lugar.
Es, sin duda, la marca que paralizó a la ciudad durante 2005.
Por José Ignacio Lladós
[email protected]
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La Nación Información General 13 28/12/2005
La tragedia de Cromagnon | A un año de la muerte de 193 personas en el incendio de la
disco de Once / Nota III de V
La noche se volvió más corta y costosa
Hoy funcionan sólo 67 de los 105 locales bailables que había hace un año; hay más
controles y los jóvenes salen menos
La noche cambió en Buenos Aires después de la tragedia de Cromagnon: hay menos
locales bailables, las entradas son más caras y las inspecciones se incrementaron.
También variaron los horarios y los cuidados a la hora de asistir a un espectáculo. Pero
algunas costumbres no cambiaron.
Desde que en enero el gobierno porteño obligó a los dueños de los locales al
reempadronamiento, sólo funciona un poco más de la mitad de los que abrían sus
puertas a fines de 2004. Hoy hay 67 locales habilitados de los 105 que funcionaban en
aquel entonces.
Pero tal vez la cifra más alarmante es la que indica que al 7 de este mes hubo 370
clausuras en 322 locales con actividad de baile, tanto discotecas como restaurantes,
casas de lunch y salones de fiesta, entre otros. Esto indica que todavía falta una toma de
conciencia.
El secretario de Seguridad porteño, Diego Gorgal, cree que obedece a la carencia de
sanciones ejemplificadoras. "La noche, que era uno de los sectores de transgresión por
excelencia, tiene estándares de seguridad altos. Pero hay que contemplar la posibilidad
de sacarle la habilitación a quien reincide en faltas. Y para eso es necesario reformar el
Código de Faltas. El mes próximo voy a enviar un proyecto a la Legislatura. Hay que
ser más ágil en el procedimiento y más severo en las sanciones. Así se van a corregir
conductas de empresarios y se concientizará al público asistente", dijo.
Gorgal explicó que hoy se clausura tres o cuatro veces el mismo local porque los
infractores pagan las multas de alrededor de 500 pesos y vuelven a infringir la ley.
Martín Borrelli, diputado del bloque de Compromiso para el Cambio, vocal de la
Comisión de Seguridad en la Legislatura, coincidió: "La noche está mejor, pero está
mejor porque hay personas que van a controlar una y otra vez los boliches, cosa que
antes no se hacía. Si se triplican las inspecciones, hay menos lugar para las
infracciones".
Patovicas
Otros números también muestran algunos avances: en diciembre del año pasado había
18 patovicas registrados; hoy son 717. "Hubo un sinceramiento de la noche, pero eso
cambió la ecuación económica", dijo Gorgal.
Desde enero se cerraron todos los locales y hasta su reapertura hubo algunos ajustes.
Había que respetar las capacidades, las habilitaciones y cumplir con los seguros y las
ampliaciones necesarias. Se volvió más caro.
Para los que viven de la noche también hubo cambios. "Fueron para todos, para la gente
que sale y para la que trabaja de esto. Hay mucha gente que se quedó sin trabajo. Y los
que tenían un lugar de encuentro lo perdieron. Ahora se vuelcan más a los bares o a
hacer otra cosa antes que ir a bailar", contó Marcelo Calviño, RR.PP. de Follia, hoy
cerrado.
"A algunos les fue mejor, lugares que no eran los top de la noche terminaron
absorbiendo público de otras discotecas", dijo. A los asistentes la situación les planteó
un nuevo problema. "Antes podías ir a bailar y a escuchar a un grupo en un boliche por
5 pesos, ahora tenés que pagar, como mínimo, 40 pesos", se quejó Nicolás López, de 18
años, a la salida de un boliche. "Yo estoy esperando acá a mi novia; ni loco pago la
entrada en este lugar recareta. Ahora todo el mundo se fija en Cemento [local que
también administraba Omar Chabán]. Ahí teníamos las mejor salida de emergencia",
opinó.
Los horarios no son los mismos. Un recital en un local bailable empieza, en promedio, a
las 22. Y todo termina antes de las 2. Si de un recital se trata, el horario máximo es la 1,
excepto en el caso de los megafestivales. "Todo empieza y termina más temprano.
Antes, a las 2, tocaba la primera banda. Yo estoy esperando que vuelvan a abrir los
lugares que frecuentábamos, como Cromagnon. Hoy voy a lugares en que me preocupa
la seguridad, pero bueno...", dijo Darío Acosta, de 21 años.
En deuda
Por el decreto 174/05, el suspendido jefe de gobierno, Aníbal Ibarra, convocó en enero
pasado a una comisión asesora en incendios, siniestros y prevención, para que
enumerara los cambios necesarios para mejorar la seguridad de los edificios. La
comisión, integrada por consejos de profesionales y por varias facultades de la UBA, la
UTN; el INTI; el IRAM y los bomberos voluntarios, elaboró más de 60 propuestas. Aún
no se trataron.
Las normas que hay que cumplir
-Los locales bailables deben tener certificación de la Superintendencia de Bomberos,
renovable cada tres meses
-Deben contratar y tener presente en el local un servicio médico y bomberos de guardia
-Los revestimientos deben ser de materiales no combustibles
-Deben contar con seguro de responsabilidad civil
-Deben tener a la vista un plan de evacuación con el nombre de dos personas
responsables de ella
-Tienen que exhibir la capacidad permitida en el local
-Cumplir con horarios específicos: de 16 a 24, para los chicos de entre 15 y 18 años, y
de 24 a 6 para los mayores de edad
-Colocar en el frente del local la información sobre condiciones del establecimiento
El rock, castigado como nunca antes
Por Daniel Amiano | LA NACION
"Los instrumentos, ¿son ignífugos?" La pregunta, por parte de inspectores municipales,
llegó a muchos músicos (incluso profesionales) y pone en evidencia el desconcierto que
dominó este año el mundo de la música en general y el del rock en particular, castigado
como nunca en su historia. Por supuesto, no existen los instrumentos ignífugos. Incluso
esa palabra estaba fuera del vocabulario cotidiano de los argentinos hasta la tragedia de
Cromagnon, que cambió no sólo el significado de la palabra rock sino su realidad, para
siempre.
Con la lógica de un país donde las opciones parecen ser los extremos y no los puntos de
equilibrio, se pasó de la desprotección a una situación segura: cerrar todos los lugares.
Sobre todo, claro, los espacios con público rockero.
Ahora bien, ¿todo el rock fue culpable? ¿La única salida era prohibir -en forma
disimulada- esta expresión cultural tan rica empobrecida como cualquier otra?
Tal vez haya algo más. Basta recordar que hace dos décadas -y menos-, los jóvenes se
debatían entre Los Redondos y Soda Stereo, dos grupos con estilos notablemente
distintos, pero con una formación intelectual que superaba las pasiones musicales que
llenaban estadios. Hoy, muchas de las bandas más convocantes y festejadas hacen gala
de un llano espíritu futbolero y se acercan mucho en su temática a la cumbia villera.
Varios de los nuevos héroes del rock idealizan el "reviente" y diversas formas de la
delincuencia con llamativa liviandad. El nivel cultural cayó vertiginosamente. Y de eso
no es responsable el rock; apenas su reflejo.
El incendio en Cromagnon no sólo expuso las desidias y ambiciones de la sociedad.
También desnudó al rock, que quedó dividido en dos grandes porciones (que siempre
existieron, pero que a partir del 30 de diciembre de 2004 se diferenciaron aún más):
quienes pertenecen al mainstream y por lo tanto están dentro de todos los festivales, a su
vez con fuertes patrocinadores, que comparten esa suerte de alegría (del público
también) que se explicita a través de pertenecer al establishment que da el éxito; y los
que no subieron esas escaleras, que se ven obligados a ocupar escasísimos lugares
alternativos y, en algunos casos, aceptar esos pequeños espacios en megaproducciones
que se dan para rellenar de nombres los afiches que anuncian esos mismos festivales,
como si eso fuera el éxito. Como si el éxito justificase todo... otra vez.
Es una alegría parcial que existan los festivales si las bandas pequeñas o, simplemente,
diferentes, no encuentran canales de expresión. Es zafar otra vez. Si no hay opción, los
músicos y la gente están casi obligados a asistir al único lugar que se les ofrece.
"Aquí hay un umbral de seguridad propio de un país del Tercer Mundo, eso hay que
aceptarlo. Nadie nos protege. Estamos viviendo de milagro. En definitiva, la diferencia
entre Cemento, donde yo he tocado, y boliches extranjeros como el CBGB o el
Continental, que dieron lo mejor de la música de los 70, está en que ahí a nadie se le
ocurrió prender una bengala", dijo el Indio Solari a la revista Rolling Stone.
Quien más, quien menos, escuchó una y otra vez una palabra casi tanto como ignífugo:
seguridad. Todos estamos de acuerdo: en un espectáculo hay que exigir que se cumplan
las reglas de seguridad. Pero, ¿el remedio es mantener cerrados casi todos los lugares?
Cuidar al público no debería ser sinónimo de quitarle espacios a los que asistir.
El tango, el folklore, la música electrónica tienen sus lugares. La palabra rock cierra la
mayoría de las puertas. Los lugares alternativos son insuficientes. Los otros, son muy
difíciles o imposibles para bandas autogestionadas: alquilar alguno de los lugares
habilitados hoy cuesta cuatro o cinco veces más que hace un año.
La reflexión de Charly García, cuando empezaba 2005, explica un poco la realidad del
rock: "Se preocupan tanto por el fuego que va a venir el agua y nos va a tapar a todos".
Testimonio
Algo cambió en los recitales
Por Carlos Beer | LA NACION
vez por inercia. Tal vez por desinterés. Tal vez por cierta conmoción interna que vivía, y
todavía vive, en el subconsciente. Lo cierto es que casi 11 meses después de la tragedia
de Cromagnon, mis mismas zapatillas volvieron a guiarme hasta un recital de rock. Las
mismas zapatillas que, entre otras curiosidades de esta noche de 2005, tan diferente de
la de la víspera de la tragedia de 2004 -cuando asistí en Cromagnon al recital de
Callejeros-, me fueron despojadas por casi un minuto para cumplir un riguroso
operativo de seguridad.
Viernes 25 de noviembre. Primera sorpresa: en el local donde venden entradas para el
show de El Bordo, uno de los grupos que más crecieron en convocatoria por la ausencia
de Callejeros de los escenarios, descansan banderas dejadas por los seguidores de la
banda por prevención para ser rociadas con líquidos ignífugos. Sólo así podrán estar
colgadas, bajo responsabilidad de los organizadores. Segunda sorpresa: ya con la
entrada en la mano, una advertencia en su margen inferior anuncia la prohibición del
ingreso para menores de? ¡7 años! Eran los dos primeros síntomas del nuevo escenario
del rock para grupos con parentesco de estilo con Callejeros.
Ya en El Teatro de Flores se produciría el ingreso extremadamente ordenado. Allí
ocurrió el episodio de las zapatillas. Luego de pasar un primer control, el miembro del
staff de seguridad lanzó: "Sacátelas, por favor", dijo señalando mis pies. Con las
zapatillas en la mano, el hombre caminó dos metros, las golpeó, las dejó en el piso,
volvió y comenzó el cacheo. "¿Qué tenés acá?", preguntó. Una birome, que debió salir
del bolsillo como elemento extraño. "Gracias, podés ponértelas".
La primera reacción fue impulsiva: ubicar las salidas de emergencia que en la víspera de
la tragedia de 2004 me habían pasado inadvertidas. Ningún pensamiento indicaba
entonces la necesidad de buscarlas. A la espera del show, el musicalizador eligió temas
del denominado rock barrial. Entre ellos, Callejeros. A los dos primeros acordes de "El
nudo", una de sus canciones símbolo, los chicos que esperaban por El Bordo despegaron
su cola del piso y comenzaron a saltar y a gritar. A dos metros, una adolescente de no
más de 15 años lloraba al escuchar esa canción, que, cuando concluyó, fue coronada con
un aplauso y el estribillo que se escucha en cada marcha de familiares de Cromagnon:
"Ni las bengalas, ni el rock and roll, a nuestros chicos los mató la corrupción".
Dos horas después, las guitarras dejaron de sonar. El show había terminado. Los cuatro
carteles con salidas de emergencia tenían debajo puertas abiertas de par en par. Esta vez
no había colocado ningún maldito candado.
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La Nación Información General 16 29/12/2005
La tragedia de Cromagnon | A un año de la muerte de 193 personas en el incendio de la
disco de Once / Nota IV de V
Revés para Ibarra en el juicio político
La Sala Juzgadora rechazó la recusación presentada por el suspendido jefe de gobierno
contra Gerardo Romagnoli
ayer la Sala Juzgadora de la Legislatura porteña, que sustancia el juicio político a
Aníbal Ibarra por mal desempeño en relación con la tragedia de Cromagnon, rechazó
por mayoría la recusación planteada por el jefe de gobierno suspendido contra el
diputado Gerardo Romagnoli, más de cien empleados del gobierno porteño realizaron en presencia de Ibarra- un curioso encuentro para compartir las experiencias vividas
durante la atención de la emergencia, a casi un año del incendio.
Con una prolijidad que no había existido el día anterior y con el juez Julio Maier que
ayer sí se calzó el traje de presidente de la sala, 14 de los 15 diputados de la Juzgadora
determinaron además que los testigos comenzarán a declarar el martes 17 de enero y
que el tribunal sesionará, en principio, de martes a jueves para escuchar los 137 relatos
previstos.
Poco antes del comienzo de la audiencia concedida a la defensa de Ibarra para responder
los argumentos con los que Romagnoli había rechazado la recusación por supuesto
prejuzgamiento, el abogado de parte Julio César Strassera presentó una nota para pedir
la suspensión del debate por dos motivos: la falta de uno de los miembros de la sala -el
socialista Norberto La Porta, en pleno posoperatorio de una complicada intervención- y
para ampliar los fundamentos de la recusación con un "nuevo" hecho surgido de
declaraciones posteriores del legislador.
La defensa, encarnada junto con Strassera por el abogado Mariano Golodny, justificó su
solicitud al decir que el Código Procesal Penal (CPP) obliga a que todos los miembros
del tribunal estén presentes y que habían hallado más dichos de Romagnoli sobre la
responsabilidad de Ibarra.
Los diputados que actúan como fiscales rechazaron ambos argumentos. Consideraron
que la aplicación del CPP es supletoria a los reglamentos internos de la Legislatura y de
la sala, que establecen que la Juzgadora debe simplemente respetar el quórum para
sesionar.
Y que, luego de la presentación de la recusación y la respuesta del recusado, resultaba
suficiente para no dilatar más el proceso "al que la Constitución le fija un plazo
fulminante y fatal de cuatro meses", dijo Jorge Enríquez (aliado al macrismo). Jorge San
Martino (Recrear) sostuvo que el pedido de la defensa era "un vulgar escapismo de
abogado".
Antes de que la sala deliberara para definir la cuestión, Maier se reivindicó de la
liviandad con la que había actuado el día anterior, al manejar con un temple envidiable
un contrapunto que tuvo con los familiares de las víctimas.
Para respetar al CPP, el juez les solicitó que no "manifestaran opiniones o sentimientos"
con banderas y fotos, exigencia que provocó airadas críticas de los familiares. "Soy el
primero en entenderlos, pero les pido por favor que dejen continuar la audiencia",
comenzó. Para seguir: "Si los familiares presentes en el juicio a la juntas militares no
interrumpieron a los acusados, me parece que ustedes pueden hacer un esfuerzo". Y
remató con lo inesperado: "Yo también tengo un hijo muerto". Los familiares retiraron
los carteles y no volvieron a alzar las fotos.
Luego, los diputados debatieron. Votaron el rechazo a lo que entendieron eran los dos
planteos de la defensa para suspender la audiencia -aunque Golodny sostuvo que sólo
habían evaluado uno-, prosiguieron y tampoco admitieron la recusación de Romagnoli.
Paralelamente, en el Centro Cultural San Martín, más de cien rescatistas, médicos del
SAME, agentes de Defensa Civil, personal del cementerio de Chacarita y familiares de
víctimas de la tragedia recordaron, entre lágrimas, lo sucedido el 30 de diciembre de
2004. Hasta allí llegó Ibarra, que fue presentado como "el jefe de gobierno". "Este
encuentro es doloroso para todos. Aquí no se tuvo en cuenta la ayuda humanitaria que
hizo todo el personal. Todo se tiñó de un tinte político", los apoyó. Y ellos a él. .
Una bengala que aún arde en el gobierno
Por Angeles Castro | LA NACION
Hace un año, una bengala impactó contra el techo de la disco República Cromagnon y
provocó un incendio en el que murieron 193 personas. Más allá de la tragedia evidente,
el artefacto de pirotecnia siguió una trayectoria invisible hasta dar de lleno en el
despacho de Aníbal Ibarra, con consecuencias inéditas sobre las instituciones porteñas.
Mañana, el aniversario de Cromagnon encontrará un jefe de gobierno suspendido, una
oposición legislativa fortalecida que aprovecha la inusual debilidad del rival, un
ibarrismo que da manotazos de ahogado para reinstalar a su líder en el cargo y un
gobierno nacional inmiscuido en el nivel local para sostener a un Ibarra acorralado por
el juicio político y por el malestar de los familiares de las víctimas.
Desde aquella noche -cuando, dicen, por consejo de su jefe de gabinete, Raúl
Fernández, Ibarra no acudió al escenario de la tragedia- hasta anteayer, cuando la Sala
Juzgadora comenzó a sesionar para evaluar si el funcionario suspendido tuvo
responsabilidad política sobre la tragedia, varios hechos confluyeron para perfilar el
presente hoy incierto del gobierno porteño, temporariamente a cargo de Jorge Telerman.
Tal vez sin capacidad de reacción por el fin de un diciembre de 2004 que había sido a
pura fiesta por las buenas perspectivas para su carrera en el poder, a pocas horas del
incendio Ibarra decidió finalmente aparecer rodeado nada menos que por los
empresarios que regentean boliches bailables. Enseguida, reveló la existencia de un
certificado de instalaciones contra fuego vencido y puso la pelota en el área de los
bomberos, que no dependen de él.
No son pocos los políticos que leen estos actos como un error grosero: "Ibarra no se
puso del lado de la víctima, como debería hacer cualquier líder sorprendido por una
catástrofe. Guiado por su vocación de fiscal, ocupó el lugar de un tercero imparcial y
buscó elementos para dejar a salvo a su persona en el plano legal", dicen.
Pero la batalla iba a tener que darla Ibarra en otro ámbito. Porque el macrismo sí abrió
las puertas a los familiares y sobrevivientes y les brindó un espacio para canalizar su
dolor en la Legislatura porteña, de la mano de los diputados Gabriela Michetti y Martín
Borrelli. A ellos se agregaron luego colegas del lopezmurphysmo y de la izquierda. Y
ARI optó por retirar del gobierno porteño a los directores de su sector.
Para el 28 de enero, día de la interpelación al entonces jefe de gobierno, la oposición
hervía y los familiares pedían la renuncia de Ibarra. Acorralado en el recinto, el
funcionario recibió golpes certeros desde todos los sectores y sus explicaciones sobre
cómo el gobierno porteño controlaba los boliches bailables no bastaron. Incluso, Diego
Kravetz, jefe del bloque kirchnerista que luego operaría para evitar que prosperara el
juicio político, tenía una posición crítica para esa época del año. Allí, Mariana Márquez
-madre de una chica fallecida en el incendio, que meses después también murió, de
cáncer- hizo estremecer al recinto cuando gritó: "Ibarra, sos un cadáver político".
Fue también el kirchnerismo el que impulsó la creación en la Legislatura de una
comisión ad hoc para investigar si existía detrás de la tragedia responsabilidad política
por negligencia en el esquema de control de las actividades comerciales.
La comisión Cromagnon trabajó durante más de tres meses y produjo, a fines de julio,
un dictamen unánime que recomendaba abrir el juicio político a Ibarra por mal
desempeño de sus funciones, basado principalmente sobre su supuesta incapacidad para
organizar el poder de policía en la ciudad.
El dictamen fue elevado a la comisión investigadora de la Sala Acusadora, que escuchó
testigos durante otros dos meses. En esa instancia, ya el gobierno nacional había
decidido respaldar y sostener a Ibarra, por lo que los diputados kirchneristas jugaron su
defensa. Fueron emitidos cinco dictámenes: dos acusatorios (uno de ellos, de mayoría),
dos absolutorios y uno que pedía la nulidad de las actuaciones.
En medio del proceso, los comicios de octubre -en los que el ibarrismo no había podido
presentar listas propias ni en alianza con el kirchnerismo- posicionaron a Mauricio
Macri como ganador absoluto en la ciudad.
Para entonces, los ibarristas pecaban de soberbia, convencidos de que no se alcanzarían
los 30 votos necesarios para suspender al jefe de gobierno. Sin embargo, tras la
asunción pública de posiciones adversas a Ibarra por parte de las cabezas nacionales del
macrismo y de ARI, Ibarra perdió a dos de sus negociadores. A último momento, perdió
también los votos de la independiente Sandra Bergenfeld y de Noemí Oliveto. Los
familiares hicieron caer una sesión en la que sólo había 29 votos y los K no pudieron
alinear al "Chango" Farías Gómez. El 14 de noviembre, hubo 30 votos. El juicio quedó
habilitado.
"El ibarrismo creyó que podía automantenerse por inercia en el poder. Como fuerza
partidaria, no dedicaron tiempo a la construcción política. Y hoy el destino de Ibarra
depende de una persona: el presidente Néstor Kirchner. Habrá que ver cuánto le
conviene con miras al futuro seguir manteniendo la alianza con alguien que todavía hoy
se muestra soberbio y poco proclive a ceder posiciones", observan referentes de todos
los partidos políticos.
El jefe de gobierno porteño lleva un mes y medio suspendido. La bengala sigue
encendida dentro de las instituciones porteñas.
El personaje
Strassera: un hombre vehemente
Es defensor en el enjuiciamiento
, apasionado sin dobleces. Así es Julio César Strassera. Así era el 18 de septiembre de
1985 cuando, como fiscal ante la Cámara Federal, pidió la reclusión perpetua para cinco
ex comandantes del último gobierno militar en el histórico Juicio a las Juntas. Entonces
tenía 53 años.
Ahora, conserva esas mismas cualidades, sumadas a su sapiencia de abogado que, en
este caso, están al servicio de la defensa del suspendido jefe de gobierno porteño Aníbal
Ibarra.
Con ese fuerte temperamento, expresado mediante una voz enronquecida por
innumerables cigarrillos, Strassera pidió ayer que desalojaran la Legislatura donde
deliberaba la Sala Juzgadora, por las protestas de los familiares de las víctimas de
Cromagnon, y hasta ironizó al reclamar a los diputados que condenaran ya mismo a
Ibarra.
La relación de este tanguero empedernido con Ibarra nació cuando el suspendido jefe de
gobierno era un joven fiscal federal y Strassera ya coordinaba el trabajo de los fiscales
de primera instancia.
Nacido en Comodoro Rivadavia, cerca del cerro Chenque, vivió allí cuatro años hasta
que se mudó a Villa Ballester, donde estudió en colegios alemanes y, luego, con los
padres del Colegio San José. Se recibió de abogado en 1965, pero ya trabajaba en la
Justicia, donde fue secretario, fiscal de primera instancia, juez de sentencia en 1982 y
fiscal ante la Cámara Federal en 1985.
En ese cargo, describió el plan que a juicio de la Junta idearon y ejecutaron los ex
comandantes en la lucha antisubversiva. Concluyó su alegato diciendo: "Quiero utilizar
una frase que no me pertenece porque pertenece ya a todo el pueblo argentino. Señores
jueces: «Nunca más»".
Tras el juicio, fue designado por Raúl Alfonsín embajador en la Comisión de Derechos
Humanos de la ONU. Se declaraba entonces admirador del primer presidente de la
recuperada democracia. El 28 de diciembre de 1990, cuando Carlos Menem decretó los
indultos, presentó su renuncia. .
Por Hernán Cappiello
De la Redacción de LA NACION
La tragedia de Cromagnon | A un año de la muerte de 193 personas en el incendio de la
disco de Once
"Estoy aterrorizado y no logro recuperarme"
Chabán se refirió en una carta a las acusaciones en su contra
El empresario Omar Chabán, procesado por el cargo de estrago doloso seguido de
muerte en la tragedia de Cromagnon, hizo llegar ayer a LA NACION la siguiente carta:
"«Como si no bastara con la red de fatalidad que con nuestros inevitables actos vamos
tejiendo, otra hay a menudo más opresora, la que nos tejen los otros», Arturo
Capdevilla, «Del libre albedrío».
***
"Soy Omar Chabán. Estoy aterrorizado. No logro recuperarme de la tragedia y menos
aún de las injustas acusaciones que pesan en mi contra. Me siento un agujero negro sin
bordes ni fondo, cualquiera puede decir o hacer cualquier cosa conmigo y a nadie le
importa. Si digo lo que siento, me acusan de no decir la verdad. Soy el único implicado
en la causa que se disculpó públicamente a través de un obituario sin que nadie lo
tomara en cuenta. No trato de defenderme acusando a los demás. Mi única defensa es la
verdad. Sólo sé que mis culpas no son aquéllas de las cuales se me acusa y necesito
defenderme de lo que me impide llegar al duelo profundo para poder curar esta herida
incurable. Ruego que me tengan paciencia, voy a intentar explicar las dudas que
perduran con respecto a mi accionar.
"1. Se me acusa de no hablar.
"No he podido articular un pensamiento sólido por la profunda conmoción que me ha
significado todo lo ocurrido. Además tengo la constante impresión de que nadie quiere
escuchar lo que tengo para decir, sino que quieren escuchar lo que ellos (los jueces, los
padres, la prensa) creen que tengo para decir. Parece que aun en tiempos cibernéticos, el
mito supera la realidad. Espero que este escrito contribuya en algo a esclarecer estas
cuestiones.
"2. Se me acusa de haberme fugado.
"Nunca me fugué a ningún lado. Entré varias veces en el lugar hasta que no me lo
permitieron más. Intenté sacar a la gente que pude, pero mi pie operado no me
acompañó. Me sentí superado, devastado. El espanto pudo más que yo. Cuando vi todo
perdido no supe más qué hacer. El estado de angustia general era caótico. Sucumbí.
"3. Se me acusa de no haber tomado los suficientes recaudos para evitar esta tragedia.
"En primer término quiero dejar en claro que jamás imaginé que algo así pudiera
ocurrir. Mi constante preocupación por el uso de pirotecnia en lugares cerrados no
respondió a otra cosa que al más elemental sentido común. Si hablé en forma
exacerbada al respecto del peligro de esta costumbre, sólo fue para prevenir de manera
obsesiva sobre los riesgos obvios que esto implica. Pero mi advertencia se circunscribía
a las bengalas, pirotecnia de corto alcance, que ya me parecían lo suficientemente
peligrosas. No logro entender cómo a estas tres personas que yo vi se les ocurrió
prender candelas, que son unos artefactos que miden 45 cm y tiran 30 bolas
incandescentes a una distancia considerable en el exterior, y ellos las tiraron en un lugar
cerrado lleno de gente. Nadie lo impidió. Yo los vi y corté el sonido inmediatamente,
antes de que se corte la luz, si no hubiéramos muerto todos.
"Sobre la supuesta puerta de emergencia, hay en el lugar una puerta lateral que sirve de
paso entre el hotel y el espacio para espectáculos. No era la puerta de emergencia. No
conducía a una salida, sino a otro lugar cerrado: el hotel. No se puede habilitar una
puerta que no conduce al exterior como puerta de emergencia. Los encargados del hotel
no querían que esa puerta estuviera abierta para evitar problemas con el paso
descontrolado de individuos de un lugar a otro. Las puertas de emergencia tanto como
las puertas principales estaban todas abiertas, si no por un simple cálculo no hubiera
podido salir toda la gente que salió.
"La habilitación del lugar no estaba a mi nombre y data del año 1997. Yo entré a
trabajar en el lugar en abril del 2004 y en forma discontinua. Sabía que había
funcionado allí El Reventón por varios años, por ese motivo no pensé que el lugar
estaba mal habilitado, me parecía seguro y bien organizado como espacio, tenía todo lo
que yo con mi experiencia en Cemento pensaba que un lugar tenía que tener.
"En las habilitaciones de «local de baile clase C», que es la que corresponde a este tipo
de lugares, no había prescripciones sobre la capacidad y la cantidad de gente. Recién
ahora, después de Cromagnon, se permite un máximo de tres personas por metro
cuadrado. Cromagnon tiene un plano de 1470 m cubiertos. La cantidad de gente esa
noche no excede la permitida hoy en día.
"Sobre los paneles acústicos: al trabajar en el ámbito de la música, una de mis
principales preocupaciones como organizador siempre fue el sonido. Tanto por la
acústica como por el aislamiento sonoro, busqué un material que no tuviera riesgos, en
este caso, busqué un material «ignífugo». Mal podía imaginar que ese material vendido
como ignífugo, tenía tan sólo sustancias retardantes o era del tipo autoextinguible como
me vengo a enterar ahora, y que la combustión producida a altas temperaturas libera ese
gas letal, llamado ácido cianhídrico. Las personas murieron por la inhalación del ácido
cianhídrico, según lo certificaron los análisis posteriores. Acabo de enterarme que ahora
han prohibido el uso de ese material en discotecas y lugares para recitales.
"4. Me acusan de tener empresas off shore.
"Siempre fui independiente. Mis únicas actividades laborales fueron Café Einstein,
Cemento y República Cromagnon. No tengo ninguna vinculación con los dueños del
espacio de República Cromagnon, ni con los dueños de la habilitación, más que la de
organizar recitales.
"5. Me acusan de ser codicioso.
"Sacando cuentas en el tiempo, los grupos siempre se llevaron más plata que yo, 70% a
30% para mí, de lo que tenía que deducir los gastos. Las entradas eran las más baratas
del medio, y he realizado el mayor número de recitales en beneficio del país, para todo
tipo de entidades.
"6. Me acusan de estrago doloso seguido de muerte.
"Creo sinceramente que cubrí todos los riesgos por mí previsibles. Hubo controles en el
ingreso y en el recinto por parte de la seguridad de Callejeros, así como la prohibición
expresa por mi parte del uso de pirotecnia. Todos los espectáculos multitudinarios
siempre conllevan riesgos. Estampidas, peleas, incendios, desmayos, aplastamientos,
daños materiales, etcétera. Estaba preparado para resolver cualquiera de esos problemas.
La Cruz Roja estaba en el lugar, preventivamente. Los extinguidores eran los
reglamentarios, las puertas de entrada y emergencia eran amplias, la cantidad de gente
no era más de la que hay en cualquier espectáculo de esa clase. El desastre se produjo
apenas empezado el show y todo sucedió de forma imprevista y rápida.
"No hubo dolo ni intención de mi parte para provocar esta tragedia, y tampoco por parte
de Callejeros, porque nadie quiso que mueran la madre y la novia de los integrantes de
la banda, ni que mis familiares, amigos y personal que hace mucho trabajaba conmigo,
hayan terminado algunos de ellos con problemas de salud como consecuencia de la
inhalación tóxica.
"Cumpliéndose un año de este trágico accidente, quiero expresar una vez más el
profundo e irreparable dolor que siento por todo lo sucedido y conmemorar junto a
todos los damnificados esta horrible tragedia."
Opinión
Un mosaico del conflicto argentino
Por Joaquín Morales Solá | LA NACION
¿Qué reflejos sociales y políticos destapó la tragedia de Cromagnon? ¿Cuáles fueron los
hechos de los máximos gobernantes argentinos, provocados por el drama que ocurrió
hace doce meses? ¿Qué es lo que se ha juzgado durante este año? ¿Qué señales sociales
dejó aquella tragedia?
Si recordamos con precisión el fárrago de informaciones que sucedió al trágico episodio
en sí, no encontraremos, por ejemplo, una sola noticia protagonizada por el presidente
Néstor Kirchner. El jefe del Estado se encontraba en esos momentos en el sur profundo,
en El Calafate, y sólo se conoció un comunicado suyo de lamentación, que difundió su
vocero, Miguel Núñez, en lo que fue, hasta ahora, su última aparición oficial.
Conviene analizar esa propensión de los gobernantes argentinos (y no fue Kirchner el
primero) a esconderse de las tragedias y a alejarse de las víctimas y de sus familiares.
Temen, seguramente, una reacción crítica y airada de los allegados a las víctimas.
Aceptan, de antemano, que hubo alguna responsabilidad que el Estado no cumplió o
que, directamente, ignoró.
No sucede lo mismo en el mundo. En agosto último, en pleno verano europeo, murieron
17 soldados españoles en un accidente de avión en Afganistán. Los reyes españoles -y el
gobierno casi en pleno- suspendieron sus vacaciones para estar al lado de los familiares.
Más cerca en el tiempo y en la geografía, en Chile sucedió una tragedia que dejó varios
muertos, todos militantes del Partido Socialista, que habían participado de los últimos
actos de campaña de la candidata Michelle Bachellet. Bachellet canceló el acto final de
su campaña, se colocó su delantal de médica y se dedicó a curar heridos y a consolar a
las familias de los muertos.
Son sólo dos ejemplos de muchos que podrían recordarse sobre el compromiso de las
autoridades con las consecuencias de las tragedias. A veces ni siquiera son actos
generosos, sino todo lo contrario. La presencia física de los gobernantes en el lugar del
drama suele moderar el espíritu de las víctimas o de sus familiares. Es la ausencia la que
provoca, por el contrario, una sensación de distancia y de indiferencia que prevalece -o
se agranda- con el tiempo. Una de las cosas que le achacan a Aníbal Ibarra es,
precisamente, no haber estado en el lugar cuando Cromagnon se incendiaba, a pesar de
que estuvo muy cerca siguiendo el operativo policial y de bomberos. Pero no lo vieron
ahí y lo percibieron, entonces, frío e indiferente. Ibarra está sometido ahora a un juicio
político. La buena suerte que lo había acompañado hasta las primeras llamas de
Cromagnon parece haber terminado.
No sólo sucedió el juicio político, aprobado después de un rocambolesco trámite;
también ocurrieron las elecciones de octubre, en las que el oficialismo perdió en la
Capital. La composición política de la comisión juzgadora ha cambiado y no le es
favorable a Ibarra. En rigor, está más cerca de la destitución que de la permanencia al
frente del gobierno de la ciudad.
No hay muchos antecedentes en el mundo en los que un gobernador haya perdido su
cargo por el incendio de una discoteca privada. Es cierto que se comprobaron anomalías
en el sistema de controles y de inspecciones y que resulta inexplicable que Cromagnon
haya estado en funcionamiento con tantas irregularidades a cuestas. Pero ¿acaso no está
Ibarra pagando las consecuencias de un gobierno gris de seis años y su incompetencia
para enhebrar acuerdos políticos sólidos?
Ibarra en el aislamiento
Vaya como respuesta un solo número: muy pocos legisladores votaron a su favor
cuando se decidió el juicio político. La novedad no sólo estuvo en que la oposición
había logrado el número suficiente para sentar al jefe del gobierno en el banquillo de los
acusados, sino también -y fundamentalmente- en el escasísimo número de legisladores
dispuestos a defender a Ibarra. Estaba aislado políticamente y su gestión no seducía a
nadie.
Cae de maduro que la primera responsabilidad, en estos casos, corresponde a los dueños
del local y nadie discute que éstos violaron todos los códigos, del derecho y del revés.
Pero no sería objetivo ignorar lo que nadie nombra: en Cromagnon estuvieron miles de
personas dispuestas a tirar bengalas (o a permitir que otros las tiraran) en un lugar
cerrado y, por lo tanto, vulnerable al fuego.
Hubo también criaturas abandonadas en un baño al cuidado de una persona que se
dedicaba a cuidar baños y no niños. La recordación de estos datos no debe servir para
ningún regodeo. Pero nos debe llevar a una introspección como sociedad. Las
costumbres sociales han cambiado dramáticamente y no lo han hecho en la buena
dirección.
Un presidente que se esconde ante el dolor por 193 muertos. Un jefe de gobierno que
debe rendir cuentas por seis años de gestión. Comerciantes que creyeron contar con
todos los márgenes para violar la ley y los reglamentos. Músicos que hicieron valer la
transgresión por encima del debido cuidado de las personas. Costumbres sociales que
también desprecian, otra vez, el valor de la vida. Se lo mire por donde se lo mire,
Cromagnon es un mosaico del conflicto argentino.
Familiares de víctimas rechazaron la misiva
Reclaman que Chabán siga preso
Familiares de personas fallecidas en República Cromagnon y sobrevivientes de la
tragedia rechazaron ayer enérgicamente la carta que difundió Omar Chabán y
reclamaron que siga en prisión. Además sostuvieron que los integrantes de Callejeros
también deberían estar presos.
Pablo Blanco, quien perdió a su hijo Lautaro en la disco de Once, destacó que la misiva
"no habla de cohecho", delito por el que Chabán está procesado al estar acusado de
pagarle a la Policía Federal para permitir que el local funcionara con más gente de la
permitida. "No habla de las coimas porque es la demostración palpable de que el
funcionamiento del lugar era totalmente ilegal", destacó Blanco.
"No hay una sola señal de arrepentimiento en la carta, son todas justificaciones que ya
están probadas en la causa, que fueron desestimadas por los jueces y por la Cámara.
Continúa intentando victimizarse y él es culpable. Se queja porque le piden que hable y
cuando lo hace se lo critica. En realidad, debería hablar ante la Justicia que es donde
tiene que dar las explicaciones y dejar los medios de lado", reclamó.
"Es mentira"
Ricardo Righi, quien perdió a su hijo, destacó que "es mentira que Chabán no se pueda
recuperar psicológicamente. En el análisis quedó demostrado que no mostraba el menor
signo de arrepentimiento. El no es el único responsable, pero tengo claro que acá son
varios responsables y si la Justicia actúa duramente en su contra debería hacerlo de la
misma manera con Callejeros. Espero que la causa llegue pronto a juicio oral, que es la
mejor manera de dirimir esto".
"Le pido a la Justicia que esto no termine en un escándalo", reclamó Righi y recordó
que denunció ante la justicia federal al juez Julio Lucini por no haber indagado a Aníbal
Ibarra en la causa a pesar de los pedidos del fiscal y los querellantes.
Por su parte, Luis Fernández destacó que el contenido de la carta es diferente de lo que
Chabán dijo últimamente. "Nunca se mostró arrepentido. Si estaba tan asustado como
dice, por qué no se fue a su casa. Se fugó. Sabía que se estaban muriendo chicos, por
qué no se quedó a ayudar. Cuando habla de que la puerta cerrada no era la de
emergencia es otra prueba en favor de que el local no podía funcionar. Si hasta el grupo
Gardelitos iba a presentarse allí y se negó a tocar porque el hermano de Chabán no
accedió a dejar sin trabas esa puerta. Sólo trata de justificarse porque está preso."
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