Comentario Textos [Querella de las Investiduras]

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COMENTARIO DE TEXTOS
(QUERELLA DE LAS INVESTIDURAS)
Arjona García-Borreguero, Javier
ÍNDICE………………………………………………………........................................……………………...2
INTRODUCCIÓN………………………………………….……………………………………………………………3
CONTEXTO HISTÓRICO…………………………………………………………………………………………….4
COMENTARIO……………………………..…………………………………………………..…………………...…8
BIBLIOGRAFÍA ………………..………………………………………….………………………………………...16
ANEXO…………………………………………………………………………..………………………………………17
TEXTOS ANALIZADOS ……………………………………………………………………………………………19
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INTRODUCCIÓN
El análisis de los cuatro textos a comentar permite entender con un mayor rigor
histórico los hechos sucedidos a finales del siglo XI y principios del siglo XII, que
muestran en toda su crudeza las disputas entre la Iglesia Católica y el Sacro Imperio
Romano Germánico. En orden cronológico se presentan:
-
Carta de Enrique IV al Papa Gregorio VII (1076)
-
Deposición de Enrique IV por Gregorio VII (1076)
-
Segunda deposición de Enrique IV (1080)
-
Concordato de Worms entre Calixto II y Enrique V (1122)
En la primera parte de este documento se realiza un recorrido cronológico que
permitirá encuadrar los citados textos en su adecuado contexto histórico, mientras
en la segunda el objetivo será el análisis detallado de los textos y de su significado
en el entorno social y político de la Plena Edad Media.
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CONTEXTO HISTÓRICO
Los textos pertenecen al periodo histórico denominado Querella de las Investiduras
(1075 – 1122), que se caracterizó por el enfrentamiento entre Papado e Imperio a
propósito de la competencia en la investidura de los obispos. Los antecedentes
deben situarse en los años 1073 y 1074, cuando el recién llegado Papa Gregorio VII
promulga hasta cinco decretos con los que busca el objetivo de limitar el poder del
Imperio en materia eclesiástica, ya que hasta ese momento el nombramiento de
obispos se realizaba por parte de señores feudales vasallos del emperador.
Lejos de amedrentarse el pontífice ante las amenazas recibidas tanto del poder civil
como de determinados clérigos que veían perjudicado su cómodo estatus
dependiente de señores laicos, Gregorio VII publicó sus Dictatus Papae en el año
1075. Se trataba de veintisiete normas que componían su ideario político-religioso,
y entre las que se encontraba la prohibición de la investidura de religiosos por parte
de laicos.
Esta prohibición no fue aceptada por Enrique IV, emperador del Sacro Imperio
Romano Germánico, que reaccionó nombrando entre otros al obispo de Milán, tras
haber sido rechazada por las fuerzas vivas de la ciudad el candidato designado por
Gregorio VII. El Papa le amenazó entonces con la excomunión y su deposición como
emperador, ante lo cual el monarca convocó en enero de 1076 el Sínodo de Worms
y declaró a su vez la deposición del pontífice (primer texto).
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Apenas un mes después, la respuesta de Gregorio VII será contundente. A resultas
del Concilio de Letrán (1076), el emperador también es declarado depuesto,
además de excomulgado (segundo texto), como consecuencia de una vorágine de
descalificaciones mutuas.
Dado que la excomunión de Enrique IV liberaba a sus súbditos del vasallaje y
obediencia, el emperador temió el previsible levantamiento de varios príncipes
alemanes tras una reunión que mantuvieron con el Papa en la denominada Dieta de
Augsburgo (1077). Ese mismo año el monarca decidió adelantarse a los
acontecimientos e ir al encuentro del Papa con intención de buscar su absolución, y
así calmar los ánimos de rebelión contra la corona. Enrique IV se presentó en el
castillo de Canossa, al norte de Italia, humillándose como un penitente (por esto el
hecho histórico de denomina Penitencia de Canossa) y logrando el objetivo buscado
del perdón papal.
Pocos años duraría la paz entre Iglesia e Imperio. Ante la revuelta interna de
Rodolfo de Suabia que llegó a proclamarse emperador, Enrique IV pidió al Papa sin
éxito la excomunión del noble levantisco. La negativa papal provocó que el
emperador convocase el Concilio de Bresanona en el que declaró a Gregorio VII
desposeído de la dignidad papal y nombró en su lugar a Clemente III, entonces
arzobispo de Rávena.
El Papa Gregorio VII reaccionó con rapidez convocando el Concilio de Roma (1080),
en el que decidió excomulgar y deponer por segunda vez al emperador (tercer
texto), además de reconocer la legitimidad de Rodolfo de Suabia al trono imperial.
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Tras conocer los hechos, se producirá una nueva respuesta del Imperio, en un
periodo donde no paraban de sucederse los ataques y contraataques, dialécticos
hasta ese momento, y además militares a partir de entonces. Enrique IV preparó un
ejército y se dirigió a Roma con la intención de apresar, juzgar y condenar al
pontífice, que hubo de refugiarse en el castillo de Sant’Angelo esperando la ayuda
del normando siciliano Roberto Guiscardo. Mientras tanto, Clemente III ocupaba el
trono papal y coronaba emperador en el año 1084 a Enrique IV.
La llegada del ejército normando obligó a Enrique IV a abandonar Roma, quedando
la ciudad a merced del saqueo de las tropas de Roberto Guiscardo. La indignación
de la población se volcó en Gregorio VII, que tuvo que escapar a la ciudad de
Salerno, donde moriría en el año 1085.
Desde este momento y hasta la llegada de Calixto II al pontificado, se sucederán
hasta cuatro papas al frente de la Iglesia: Víctor III (1086 – 1087), Urbano II (1088 –
1099), Pascual II (1099 – 1118) y Gelasio II (1118 -1119).
Cuando Calixto II es elegido Papa en el año 1119, el sillón romano estaba ocupado
por el antipapa Gregorio VIII con el apoyo del emperador Enrique V. La elección se
llevó a cabo en Cluny, y desde este exilio el nuevo pontífice buscó un infructuoso
acercamiento al monarca. Tras solicitar Calixto II a Enrique V una reunión en la
ciudad de Reims, y presentarse el emperador a la misma al frente de un ejército, el
Papa decidió convocar el llamado Concilio de Reims (1119) donde excomulgó tanto
al monarca como al antipapa Gregorio VIII.
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De nuevo el pontífice solicitará, como hizo en su momento Gregorio VII, el apoyo
normando para recuperar el trono romano. Así en el año 1120 finalmente logrará
regresar a la capital italiana y, tras apresar a Gregorio VIII, se instalará en Roma con
el objetivo prioritario de resolver para siempre la Querella de las Investiduras.
En el año 1122, propondrá a Enrique V la celebración de una dieta en la ciudad de
Worms, con la participación de obispos y príncipes, para debatir y llegar a un
consenso sobre el problema que seguía latente desde el año 1075. La reunión
concluirá con la firma del Concordato de Worms (1122) entre Calixto II y Enrique V
(cuarto texto), por el cual el emperador renunciaba definitivamente al derecho de
investidura en favor de la Iglesia, mientras el Papa reconocía al monarca el derecho
a otorgar a los investidos el cetro que reconocía su nombramiento.
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COMENTARIO
El primer texto comienza con el encabezado de la carta de Enrique IV a Gregorio VII,
en el que el emperador se dirige al Papa como Hildebrando, utilizando el nombre
anterior a la consagración episcopal del pontífice que tuvo lugar el 30 de Junio de
1073. En dicho encabezado el monarca se legitima desde el punto de vista político
llamándose a si mismo rey no por usurpador, y desde el punto de vista espiritual al
referirse hacia su persona como rey por piadosa ordenación de Dios, para a
continuación empezar desacreditando al destinatario como falso monje.
Arranca de esta forma una sucesión de cartas en tono descalificante entre el
emperador y el Papa, en las que está presente como telón de fondo la lucha de
poder entre Iglesia e Imperio en los albores del primer milenio. Poco a poco en la
Christianitas latina heredera del Imperio carolingio, la Iglesia busca recortar poderes
al recién creado Sacro Imperio Romano Germánico, y el punto sobre el que decide
hacer palanca para desatar una encarnizada lucha que se prolongará durante casi
medio siglo, será precisamente en el nombramiento de los obispos, que hasta ese
momento dependían del poder civil.
Resulta chocante el tono tan poco diplomático de los textos redactados tanto por el
Papa como por Enrique IV. Hoy en día sería difícil de encontrar esa falta de tacto
entre dos jefes de Estado, salvo en casos aislados de algún que otro líder
revolucionario, cuya política si podría asemejarse en muchos aspectos, tanto en las
formas como en fondo, a la política medieval de hace mil años.
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Volviendo al texto, el emperador arremete contra el pontífice explicándole el
porqué de su indignación y de su saludo hiriente, al acusarle de haber creado
confusión. Se refiere sin duda a la promulgación de los Dictatus Papae, en los que
unilateralmente atribuye a la Iglesia el derecho a elegir a los obispos en contra de
las normas existentes. La reacción de Enrique IV será precisamente nombrar al
obispo de Milán, plaza de especial interés para el papado, logrando así desatar la ira
de Gregorio VII y con ella la amenaza tanto de excomunión como de deposición del
emperador.
Precisamente es esta amenaza la que a su vez desata la airada respuesta del
poderoso Enrique IV, que tras el encabezado inicial, enseguida entra en materia.
Critica los nombramientos de Gregorio VII y le acusa de prepotencia al decir que
creéis que nadie sabe nada, mientas vos lo sabéis todo y de actuar con engaño al
explicarlo al pueblo buscando el aplauso fácil con el objetivo de destruir las normas
establecidas. No dista mucho en este punto la actitud de Gregorio VII descrita, de
los discursos de los políticos actuales, buscando el voto y la aclamación mitinera, a
costa de decir cualquier cosa sea o no cierta.
Defiende Enrique IV que no intervino antes por no dejar en mal lugar a la institución
eclesiástica, y que el pontífice ante esta falta de respuesta pareció confiarse y
pensar que debía existir una debilidad a aprovechar. A continuación le acusa de
haberse crecido ante esta inacción imperial, hasta llegar a amenazar al propio
emperador con quitarle la soberanía. Se refiere a cuando el Papa decide lanzar el
órdago y amenazarle con la deposición, algo que le recuerda no está en su mano, ya
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que no fue la Iglesia la que le proclamó rey. Enrique IV llega a decir que es del
propio Jesucristo de quién recibe la legitimidad como emperador, mientras que
pone en duda la suya como Papa.
Continúa el monarca acusándole de haber ganado dinero y favores a base de una
astucia que no debe ir ligada al oficio monástico, y que con ello ha puesto en peligro
la paz al buscar el levantamiento en armas contra el Imperio. Se siente Enrique IV
atacado y le dice que no será él quien decida sobre su deposición puesto que
únicamente Dios es quién tiene la capacidad de juzgarle.
La reacción furibunda de Enrique IV es la ser él quien pida al Papa dejar el trono de
San Pedro por no saber estar a la altura de las circunstancias con sus acusaciones.
Piensa el emperador que con su comportamiento beligerante está lejos de la
doctrina de la Iglesia, y solicita que sea otra persona quién ocupe su lugar para
ocuparse de enseñar la doctrina católica y no de atacar al Imperio.
Acaba la carta reivindicando su legitimidad espiritual como rey por la gracia de Dios,
e invocando con el apoyo de los obispos que le son favorables, su deposición
mediante la repetición del grito ¡descended!.
Desde luego que el monarca germánico debió al menos desahogarse al poner al
pontífice una línea roja que frenase sus intenciones. Enseguida veremos que
Gregorio VII, lejos de amilanarse, contratacará con más fuerza convocando el
Concilio de Letrán (1076) para reclamar nuevamente la deposición del emperador y
además excomulgarle, apartándole de la Iglesia y condenándole por tanto a no ser
partícipe de la salvación eterna.
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Entramos en este momento por tanto en el segundo texto, que sale de la
declaración del citado concilio, y en el que el pontífice comienza rezando a San
Pedro para asociarse así con el favor divino, antes de proceder con el contenido de
la respuesta a la carta del monarca.
Gregorio VII decide, en el nombre de Dios, apartarle de la púrpura imperial por
haberse rebelado contra la Iglesia y eximir a todos sus súbditos de guardarle
obediencia en adelante. Evidentemente son sólo palabras, ya que el papado no
disponía de un ejército capaz de derrocar físicamente al emperador, pero el
pontífice busca con ellas provocar un efecto en las conciencias de los nobles
católicos contra Enrique IV, para que se levanten contra el monarca germano.
Acto seguido continúa explicando que el emperador se ha apartado de la conducta
cristiana actuando en contra de la voluntad del papado, sin considerar los avisos
enviados para deponer su conducta. En esta tesitura justifica el castigo con la pena
de anatema, que equivalía a la excomunión aderezada con una maldición y el
destierro. El Papa por tanto decide imponerle el máximo castigo que estaba en su
mano, buscando además del aspecto religioso, influir en el deterioro de las alianzas
del monarca con sus nobles para debilitar así el Imperio y provocar su caída del
trono.
Como se ha explicado en el apartado relativo al contexto histórico, Enrique IV se
asustó ante el posible levantamiento en armas de algunos de sus súbditos y
protagonizó la denominada Penitencia de Canossa con la que logrará el perdón de
Gregorio VII en el año 1077.
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Pocos años después, tras la negativa del Papa a excomulgar al rebelde Rodolfo de
Suabia que se había levantado contra el emperador, un furioso Enrique IV
convocará el Concilio de Bresanona para declarar nuevamente a Gregorio VII
desposeído de la dignidad papal y nombrar en su lugar a Clemente III como nuevo
pontífice.
Tras esta declaración Gregorio VII convocará el Concilio de Roma (1080), en el que
por segunda vez excomulgará y depondrá al emperador. Esta declaración fruto del
concilio, es la que aparece en el tercer texto a analizar.
En ella comienza el Papa invocando al apóstol Pedro y a San Pablo, buscando
nuevamente una legitimidad espiritual que de soporte a la declaración que contra el
emperador va a realizar en su escrito.
Explica como los miembros del Diablo se han rebelado contra la Iglesia buscando
granjearse el apoyo de los fieles cristianos hacia su causa. Los rebeldes a los que
refiere son el emperador y sus nobles afines. Aprovecha la ocasión para recordar
como en una ocasión ya perdonó a Enrique IV tras humillarse en Canossa
devolviéndose la comunión, aunque resalta que no lo restauró en el trono de donde
lo había depuesto con la declaración del Concilio de Letrán. Aquí se cura el pontífice
en salud, para no dar la idea de haber fallado en su decisión de Letrán, pero si
remarca que cumple con los preceptos de la Iglesia al haber perdonado… la parte
espiritual.
A continuación busca alinearse con Rodolfo de Suabia, enemigo del emperador y
causa de la reacción de Enrique IV contra el Papa, dando legitimidad al noble como
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alternativa civil a un emperador con el que está en plena guerra, de momento
dialéctica.
El Papa justifica no haber atendido la petición de excomunión de Enrique IV contra
Rodolfo de Suabia, para analizar en detalle el problema y escuchar a ambas partes.
La falta de paciencia del emperador para esperar un juicio justo, la interpreta el
pontífice como prueba de su culpabilidad, ya que si hubiese tenido razón hubiese
esperado a que tuviera lugar una conferencia donde analizar los distintos aspectos
del conflicto. A partir de esta explicación el Papa nuevamente decide excomulgar
con la pena de anatema al emperador.
Esta vez ya no habrá nueva humillación o petición de perdón por parte del monarca.
La reacción ahora no será sólo dialéctica sino también militar, poniéndose el propio
Enrique IV al frente de un ejército que sitiará Roma. Como consecuencia de esta
intervención, Clemente III se situará en el trono papal y Gregorio VII acabará
huyendo para morir, en el año 1085, en el exilio en la ciudad de Salerno.
Como se explica en la parte relativa al contexto histórico, se abre aquí un periodo
de más de treinta años en el que se sucederán varios papas al frente de la Iglesia.
Será con Calixto II y reinando ya Enrique V, cuando la Querella de las Investiduras
esté próxima a su fin.
En el año 1122 a petición del pontífice se celebrará una dieta en la ciudad de
Worms en que Iglesia e Imperio, representados por obispos y príncipes, llegarán a
un consenso sobre el conflicto latente desde el año 1075. Allí se firmará el
Concordato de Worms (1122), por el que Enrique V renunciará definitivamente al
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derecho de investidura a cambio del derecho del monarca a otorgar a los investidos
el cetro que reconoce su nombramiento.
Este documento, el cuarto texto a analizar, ya tiene un tono bien diferente a los tres
anteriores. Predomina la diplomacia y la concordia, y arranca con la declaración de
Calixto II, nombrado como siervo de los siervos de Dios, concediendo a Enrique,
nombrado por la gracia de Dios Emperador augusto de los romanos, el derecho de
presencia en los nombramientos de obispos y abades.
Ya no hay descalificaciones sino voluntad por ambas partes de caminar juntos de la
mano del acuerdo alcanzado. El Imperio queda con la potestad de intervenir en la
ceremonia, en caso de necesario, si es que hubiera alguna discordia o tema que
juzgar, actuando de acuerdo con el criterio de la Iglesia.
Menciona el texto que el abad u obispo elegido recibirá directamente de la mano
del representante del Imperio, las denominadas regalia o derechos exclusivos del
poder soberano en forma de cetro, quedando por tanto el nombrado en deuda con
el emperador.
En la segunda parte del texto el Imperio renuncia a las investiduras, en el nombre de
la Santa e Indivisible Trinidad, de forma unilateral. El poder civil se compromete a
que en adelante las investiduras mediante el anillo y báculo, es decir las realizadas
al margen de la Iglesia, ya no volverán a producirse. De esta manera se restaura un
clima de colaboración y entendimiento entre ambas instituciones, civil y religiosa.
También las posesiones y derechos (regalías) de la Iglesia quedan restauradas
conforme a este acuerdo, estableciéndose de esta forma la paz entre ambos
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contendientes. Finaliza el texto ofreciendo Enrique V su ayuda a la Iglesia cuando
ésta se lo solicitara, en un clima de alianza que de esta forma pone punto final a las
pasadas décadas de conflicto entre la Santa Iglesia Romana y el Sacro Imperio
Romano Germánico.
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BIBLIOGRAFIA
José Ángel García de Cortázar, José Ángel Sesma Muñoz. Manual de Historia
Medieval. Alianza Editorial (2011). Madrid
Atlas Histórico Mundial (Tomo I). Ediciones Istmo (1980). Madrid
Indro Montanelli. Historia de la Edad Media. Editorial Debolsillo (2008). Barcelona
http://www.artehistoria.jcyl.es/historia/contextos/962.htm
http://www.biografiasyvidas.com/biografia/g/gregorio_vii.htm
http://es.wikipedia.org/wiki/Dictatus_Papae
http://es.wikipedia.org/wiki/Gregorio_VII
http://es.wikipedia.org/wiki/Calixto_II
http://es.wikipedia.org/wiki/Querella_de_las_Investiduras
http://mercaba.org/Rialp/G/gregorio_vii_san.htm
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ANEXO
Por su especial relación con los textos analizados, ya que se trata del hecho
desencadenante del conflicto, a continuación se presenta el listado de los Dictadus
Papae
promulgados
en
el
año
1075
por
Gregorio
VII
(fuente
http://es.wikipedia.org/wiki/Dictatus_papae, extraído el 29/11/2012).
I. «Quod Romana ecclesia a solo Domino sit fundata». (Que la Iglesia Romana ha sido fundada solamente por el Señor).
II. «Quod solus Romanus pontifex iure dicatur universalis». (Que sólo el Pontífice Romano sea dicho legítimamente universal).
III. «Quod ille solus possit deponere espiscopus aut reconciliare». (Que él sólo puede deponer o reponer obispos).
IV. «Quod legatus eius omnibus episcopis presit in concilio etiam inferioris gradus et adversus eos sententiam depositionis
possit dare». (Que su legado está en el concilio por encima de todos los obispos aunque él sea de rango inferior; y que puede
dar contra ellos sentencia de deposición).
V. «Quod absentes papa possit deponere» (Que el Papa puede deponer ausentes).
VI. «Quod cum excommunicatis ab illo inter cetera nec in eadem domo debemus manere». (Que con los excomulgados por el
Papa no podemos, entre otras cosas, permanece en la misma casa).
VII. «Quod illi soli licet pro temporis necessitate novas leges condere, novas plebes congregare, de canonica abatiam facere et
e contra, divitem episcopatum dividere et inopes unire». (Que sólo al Papa le es lícito, según necesidad del tiempo, dictar
nuevas leyes, formar nuevas comunidades, convertir una fundación en abadía y, recíprocamente, dividir un rico obispado y
reunir obispados pobres).
VIII. «Quod solus possit uti imperialibus insigniis». (Que él sólo puede llevar las insignias imperiales).
IX. «Quod solius papae pedes omnes principes deosculentur». (Que todos los príncipes deben de besar los pies solamente del
Papa).
X. «Quod illius solius nomen in ecclesiis recitetur». (Que sólo del Papa se nombre el nombre en las iglesias).
XI. «Quod hoc unicum est nomen in mundo». (Que este nombre es único en el mundo).
XII. «Quod illi liceat imperatores deponere». (Que le es lícito deponer a los emperadores).
XIII. «Quod illi liceat de sede ad sedem necessitate cogente episcopos transmutare». (Que le es lícito trasladar a los obispos de
una sede a otra, si le obliga a ello la necesidad).
XIV. «Quod de omni ecclesia quocunque voluerit clericum valeat ordinare». (Que puede ordenar un clérigos de cualquier
iglesia en donde quiera).
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XV. «Quod ab illo ordinatus alii ecclesiae preesse potest, sed non militare; et quod ab aliquo episcopo non debet superiorem
gradum accipere». (Que un ordenado por él puede presidir otra iglesia, pero no servirla; y que el ordenado por él no puede
recibir grado superior de otro obispo).
XVI. «Quod nulla synodus absque precepto eius debet generalis vocari». (Que ningún sínodo se llame general si no ha sido por
orden del Papa).
XVII. «Quod nullum capitulum nullusque liber canonicus habeatur absque illius auctoritate». (Que ningún capitular ni ningún
libro sea considerado como canónico sin su autorizada permisión).
XVIII. «Quod sententia illius a nullo debeat retractari et ipse omnium solus retractare possit». (Que su sentencia no sea
rechazada por nadie y sólo él pueda rechazar la de todos).
XIX. «Quod a nemine ipse iudicare debeat». (Que no sea juzgado por nadie).
XX. «Quo nullus audeat condemnare apostolicam sedem apellantem». (Que nadie ose condenar al que apela a la sede
apostólica).
XXI. «Quod maiores cause cuiscunque ecclesiae ad eam referri debeant». (Que las causas mayores de cualquier iglesia, sean
referidas a la sede apostólica).
XXII. «Quod Romana ecclesia nunquam erravit nec imperpetuui scriptura testante errabit».(Que la Iglesia Romana no ha
errado y no errará nunca, en el testimonio de las Escrituras).
XXIII. «Quod Romanus pontifex, si canonice fuerit ordinatus, meritis beati Petri indubitanter efficitur sanctus testante sancto
Ennodio Papiensi episcopo ei multis sanctis patribus faventibus, sicut in decretis beati Symachi pape continetur». (Que el
Pontífice Romano, una vez ordenado canónicamente, es santificado indudablemente por los méritos del bienaventurado Pedro,
según testimonio del santo obispo Ennodio de Pavía, apoyado por los muchos santos Padres según se contiene en los decretos
del Beato Papa Símaco)).
XXIV. «Quod illius precepto et licentia subiectis liceat accusare». (Que por orden y permiso suyo es lícito a los subordinados
formular acusaciones).
XXV. «Quod absque synodali conventu possit episcopos deponere et reconciliare». (Que sin intervención de Sínodo alguno
puede deponer y reponer obispos).
XXVI. «Quod catholicus non habeatur, qui non concordat Romanae ecclesiae». (Que nadie sea llamado católico si no
concuerda con la Iglesia Romana).
XXVII. «Quod a fidelitate iniquorum subiectos potest absolvere». (Que el Papa puede eximir a los súbditos de la fidelidad hacia
príncipes inicuos).
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TEXTOS ANALIZADOS
TEXTO NÚMERO 1: CARTA DE ENRIQUE IV AL PAPA GREGORIO VII (1076)
Enrique, rey no por usurpador, sino por piadosa ordenación de Dios, a Hildebrando, ahora
no denominado papa, sino falso monje:
Os merecéis este saludo por la confusión que habéis causado, pues no habéis dejado nada
de la Iglesia sin tocar, por lo que os merecéis más el calificativo de crear confusión que el de
honor y más el de maldición que el de bendición. Por discutir sólo algunos aspectos: no sólo
os habéis atrevido a nombrar a los rectores de la Santa Iglesia, los arzobispos, los obispos y
el clero, uncidos por Dios, sino que los habéis pisoteado como a esclavos ignorantes. Y así os
habéis ganado la aclamación de la chusma. Creéis que nadie sabe nada, mientras vos lo
sabéis todo. Habéis usado engañosamente ese conocimiento no para la construcción, si no
para la destrucción...
Y nos aguantamos todos estos abusos porque éramos entusiastas en defender el honor de la
Sede Apostólica. Pero vos interpretasteis nuestra humildad como miedo y os jactasteis de
levantaros contra el poder regio que Dios nos entregó. Os atrevisteis a amenazarnos, a
quitarnos la soberanía, como si la hubiéramos recibido de vos, como si la realeza y el
imperio estuvieran en vuestras manos y no en las de Dios. Nuestro señor, Jesucristo, nos ha
llamado a nos a la realeza, no así a vos a la clerecía.
Porque estos son los pasos que vos habéis seguido: primero con la astucia, que el oficio
monástico aborrece, habéis ganado dinero; por el dinero habéis ganado favores; por los
favores, el poder de la espada. Por la espada habéis llegado al trono de la paz y desde el
trono de la paz, habéis destrozado la paz. Habéis armado súbditos contra sus prelados... Y
me habéis tocado a mí, un hombre que aunque sin merecerlo, ha sido ungido a la realeza
entre los ungidos. Habéis hecho todo este mal contra mí, aunque como la tradición de los
Padres de la Iglesia enseña, yo seré juzgado por Dios solamente y no voy a ser depuesto por
ningún crimen a no ser (lo que nunca ocurra) que me desvíe de la Fe...
Por esto, digo: Descended, condenado por este anatema y por la opinión de todos los
obispos y de vos mismo. Abandonad la sede apostólica que os habéis apropiado. Dejad a
otro subir al trono de San Pedro, otro que no disfrace la violencia con religión, sino que
enseñe la doctrina pura de San Pedro.
Yo Enrique, rey por la gracia de Dios, junto con todos nuestros obispos os digo: ¡descended!
¡Descended!
TEXTO NÚMERO 2: DEPOSICIÓN DE ENRIQUE IV POR GREGORIO VII (FEBRERO, 1076)
¡Oh bendito Pedro, príncipe de los apóstoles, oído misericordioso!, os rezamos para que
oigáis a vuestro siervo, a quien habéis cuidado desde la infancia y lo habéis librado de la
mano de los malvados que nos odian por nuestra lealtad a vos... que me disteis la gracia del
poder de unir y soltar tanto en el cielo como en la tierra.
Así pues, para realizar esa misión, y por el honor y la defensa de vuestra Iglesia, en el
nombre del todo poderoso Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, por vuestro poder y autoridad,
nosotros privamos al rey Enrique, hijo del emperador Enrique, que se ha rebelado contra
vuestra Iglesia con una audacia ensordecedora, del gobierno de todo el reino de Alemania y
de Italia y liberamos a todos los Cristianos de la fidelidad que le hayan jurado o que vayan a
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jurarle y prohibimos a todos servirle como rey. Pues es sabido que aquél que persigue
empequeñecer la gloria de vuestra iglesia perderá la gloria que cree tener.
Y, puesto que él ha reusado obedecer como debería hacer todo cristiano o no volver a Dios
al que ha abandonado por relacionarse con personas excomulgadas, y como ha desdeñado
mis avisos que se los ofrecí por el bienestar de su alma, y se ha separado de la Iglesia a la
que intenta dividir por la mitad, así nos le castigamos con la pena de anatema como
representantes de vos, que las naciones deben convencerse de que vos sois Pedro y sobre
esta roca el hijo vivo de Dios fundó su iglesia y las puertas del infierno no imperarán sobre
él.
TEXTO NÚMERO 3: SEGUNDA DEPOSICIÓN DE ENRIQUE IV (MARZO, 1080)
¡Oh amado Pedro, señor de los apóstoles, y vos Pablo, maestro de los gentiles, Nos os
rezamos para volver vuestros oídos hacia nos en compasión por nuestros rezos..!.
Y no es que Nos no os hayamos escogido a vos, sino vos los que nos habéis escogido para
poner el peso de la Iglesia sobre Nos. Y porque nos ordenáis subir a una alta montaña y no
dejar de denunciar los crímenes del pueblo de Dios y sus pecados ante los hijos de la Iglesia,
los miembros del Diablo han empezado a alzarse contra nos y se han atrevido a hacernos
hasta delitos de sangre.
Los reyes de la tierra y los príncipes, ambos seculares y clericales, se han levantado,
cortesanos y gente del común se han unido juntos contra el Señor y contra vos, su ungido,
diciendo "¡Quememos sus cadenas y quitémonos su yugo!" y se han rebelado e intentado
deshacerse de nos tanto con la muerte como con el exilio. De ellos, sobre todo Enrique, a
quien ellos llaman rey, hijo del emperador Enrique, ha levantado sobre sus pies contra tu
Iglesia y ha conspirado contra muchos obispos, tanto ultramontanos como italianos,
luchando por ponerlos bajos su control para deponernos. Pero vuestro poder les derrotó y
en confusión y humillación, tuvo que venir ante nos en Lombardía rogándome que le
liberara de su excomunión. Y sólo cuando presencié su humillación pública y después de que
diera muchas promesas de reformar su vida, le devolví la comunión, pero no lo restauré en
el poder real del que le había depuesto en un sínodo romano. Tampoco ordené que la
fidelidad de todos los que se la juraron o de los que se la jurarían en un futuro (que en el
mismo sínodo los había liberado de su compromiso) debían volver a contraerla. Mantuve
este tema en suspenso de manera que yo pudiera hacer justicia entre el emperador y los
obispos y príncipes ultramontanos que en obediencia a nuestra Iglesia se había puesto
contra él, y que yo pudiera establecer la paz entre ellos, como el propio Enrique me ha
prometido que nos haríamos tanto por su propio juramento como por las embajadas de sus
obispos.
Los mencionados obispos y príncipes ultramontanos, oyendo que él no mantuvo su fe hacia
nos, y desesperanzados sobre él, eligieron al Duque Rodolfo como rey, sin nuestra
aprobación. Entonces el rey Rodolfo envió inmediatamente un enviado declarando que
había asumido el gobierno del reino bajo presión, pero que estaba listo para obedecernos
en todos los respectos. Y para hacer esto más aceptable, desde entonces repetidamente nos
ha repetido lo mismo, añadiendo que estaría dispuesto a enviar como rehén hasta a su
propio hijo y el hijo de su vasallo ligio Bertoldo de Zähringen.
Mientras tanto Enrique había empezado a rogar nuestra ayuda contra Rodolfo. Nos
replicamos que daríamos sentencia después de escuchar a ambas partes para saber cuál
tenía más razón. Pero él, creyéndose más fuerte que sus oponentes, no me prestó atención
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...Finalmente por divina inspiración, creemos, decretamos en el mismo sínodo que había que
reunir una conferencia más allá de las montañas para restaurar la paz y ver qué emperador
era más justo. Pues yo nunca he tomado parte. Y como estamos seguros que los malvados
no querrán reunirse en una conferencia para que prevalezca el bien, hemos excomulgado y
puesto bajo el delito de anatema a toda persona, rey, duque, obispo o vasallo que pudiera
poner obstáculo a la conferencia.
Enrique, sin temer la desobediencia, que es un crimen de idolatría, no estuvo a favor de la
conferencia por lo que incurrió en excomunión y anatema y provocó la muerte de muchos
cristianos, la huida de muchos eclesiásticos y la desolación del reino de Alemania.
TEXTO NÚMERO 4: CONCORDATO DE WORMS ENTRE CALIXTO II Y ENRIQUE V (1122)
El obispo Calixto, siervo de los siervos de Dios, concede a nuestro amado hijo Enrique, por la
gracia de Dios Emperador augusto de los Romanos, que la elección de todos los obispos y
abades en el reino de Alemania tenga lugar en vuestra presencia, sin simonía y sin violencia,
de manera que si hay alguna discordia entre las partes implicadas, vos podáis, con el
concilio y juicio del obispo metropolitano y de los coprovinciales, dar vuestro consentimiento
y asistencia a la parte que muestre tener más razón. El candidato elegido recibirá las regalia
de vuestra mano mediante el cetro y quedará obligado a daros lo que os debe. Pero
aquéllos que son elegidos en la otra parte del imperio, recibirán vuestras regalia seis meses
después de nombrados y harán juramento de las deberes debidos por ellos, salvando todas
las otras cosas que se conoce que deben a la Iglesia. Si en alguno de estos casos protestarais
ante nos y nos pidierais ayuda, nos correremos a prestárosla, si es nuestra obligación por
nuestro oficio. Os doy la paz regia a vos y a todos los que estuvieron de vuestra parte
durante esta discordia.
En el nombre de la Santa e Indivisible Trinidad. Nos, Enrique, por la gracia de Dios
Emperador Augusto de los Romanos, por el amor a Dios y a la Santa Madre Iglesia y al señor
Papa Calixto y por la salvación de nuestra alma, renunciamos ante Dios y los Santos
apóstoles de Dios, Pedro y Pablo, y ante la Santa Iglesia romana a todas la investiduras
mediante el anillo y el báculo y acuerdo que en todas las iglesias de nuestro reino e imperio
las elecciones sean consagraciones canónicas y libres. Restauramos para esta Iglesia
Romana todas las posesiones y regalías que se han usurpado tanto en el tiempo de nuestro
padre o en el nuestro propio y ayudaremos lealmente en la restauración de aquéllos que no
apoyamos. También devolvemos todas las posesiones de todas las otras iglesias y príncipes
de todo aquél clérigo o laico que se han perdido durante la guerra, siguiendo el consejo de
nuestros príncipes y de acuerdo a la justicia. Y le damos una paz verdadera al señor Papa
Calixto y a la Santa Iglesia romana y a todos los que estuvieron de su parte en el conflicto. Y
si nos pidiera ayuda, se la concederemos y cuando nos pida justicia se la daremos.
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