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Una pluma en el exilio.
Los artículos publicados por
Constancio Bernaldo de Quirós
en República Dominicana
Archivo General de la Nación
Volumen LXXXIX
Una pluma en el exilio.
Los artículos publicados por
Constancio Bernaldo de Quirós
en República Dominicana
Constancio Cassá Bernaldo de Quirós
Compilador
Santo Domingo
2009
Archivo General de la Nación, volumen LXXXIX
Título: Una pluma en el exilio. Los artículos publicados por Constancio Bernaldo de
Quirós en República Dominicana
Compilador: Constancio Cassá Bernaldo de Quirós
Departamento de Investigación y Divulgación
Directora: Dra. Reina C. Rosario Fernández
Cuidado de edición: Lillibel Noemí Blanco Fernández
Diagramación y diseño de portada: Arq. Edwin A. Domínguez
Fotografías cortesía de: Constancio Cassá Bernaldo de Quirós
Ilustración de portada: Caricatura de don Constancio,
de la autoría de Eduardo Alfonso, 1918.
De esta edición:
© Archivo General de la Nación
Calle Modesto Díaz 2, Ciudad Universitaria,
Santo Domingo, Distrito Nacional
Tel. 809-362-1111, Fax. 809-362-1110
www.agn.gov.do
ISBN: 978-9945-020-80-9
Impresión: Editora Búho, C por A.
Impreso en República Dominicana / Printed in Dominican Republic
Fotografía de Bernaldo de Quirós de 1946, tomada por su alumno
Pepé Ortega. Fuente: Constancio Cassá.
Contenido
Introducción / 13
Vida y obras / 17
Artículos publicados
Criminología dominicana / 35
Remember / 45
Los bandidos de España / 49
El asilo diplomático de los Imbeles / 65
Criminalidad femenina / 69
Penalidad en el Código Negro de la isla Española / 79
Calderón en Madrid / 93
La picota de Santo Domingo / 97
El Oriente en España: Andalucía y Marruecos / 101
Hachas de piedra y piedras de Águila / 113
Enrique de Mesa / 119
Almanzor en Gredos / 125
Comegente, el monstruo sádico / 129
El culto de las montañas / 141
La sangre acusadora / 145
El que mató a Prim / 149
Sobre las estadísticas del suicidio / 153
El sultán de los tolba / 157
Drama entre cómicos / 161
Isabel y Diego / 165
La noche de Capricornio / 169
Pequeña historia anecdótica del Puerto de Guadarrama / 175
–9–
10
Constancio Bernaldo de Quirós
Lagartijo / 187
La Mesta / 193
La calavera de don Luis de Góngora / 199
Los crímenes gemelos / 203
Alpinismo / 207
La casa de Cervantes en Valladolid / 211
Una noche de Espronceda / 215
El Madrid de Misericordia de Galdós en mis recuerdos
personales / 221
El Estudiante de Salamanca / 237
La señal del estudiante / 241
A propósito de La Gloria de don Ramiro / 245
Sierra Morena / 251
La ruta del Arcipreste de Hita / 255
Las veladas de Gredos / 261
Gitanos de España / 267
La montería del rey Alfonso XI / 279
Diego Corrientes o el «Bandido Generoso» / 285
Las fuentes del Genil / 293
Un nuevo código de defensa social / 299
Excursionismo dominicano / 305
Criminología y Derecho penal en Cuba y México / 311
Los delitos de las mujeres / 345
Figuras delincuentes en El Quijote / 367
Mi doble centenario / 381
El mejor español que quiso pasar a Indias / 385
Prólogos a libros
Paisaje y acento, de José Forné Farreres / 391
Delincuencia infantil y código del niño dominicano, de Sócrates
Barinas Coiscou / 393
La psicología al alcance de todos, de Ángel Pingarrón
Hernández / 395
Otros escritos
Los Bernaldo de Quirós / 405
Renuncia de la Universidad de Santo Domingo / 411
Despedida en la Universidad / 413
Una pluma en el exilio...
Índice artículos publicados / 417
Obras publicadas / 423
Bibliografía general / 429
Índice onomástico / 431
11
Introducción
Constancio Bernaldo de Quirós fue un jurista español que
vivió en la Repúbica Dominicana durante siete años. Intelectual
progresista, abogó por la democratización de España y por ello debió abandonar su patria a principios de 1939 cuando el ejército de
Francisco Franco, ayudado por Adolfo Hitler y Benito Mussolini,
se sublevó contra la República y derrotó la democracia. Su salida
fue tan precipitada que debió marchar sin un libro o documento,
sin bienes ni recursos, y al llegar a Francia sólo pudieron acogerlo
en un asilo de locos de la ciudad de Fumel, Departamento de Lotet-Garonne. Le acompañaban su esposa María Villanueva, sus hijas
Lily y Julia, sus nietos Cotete y Luis, y su nuera Carmen Herráez.
Gracias a la ayuda y apoyo económico de un grupo de intelectuales
americanos se trasladaron luego a Narbonne, donde se reunieron
con sus hijos Juan y Constancio, quien estaba acompañado de su
esposa Emilia Rubio. A principios de enero de 1940 se acogieron
a la «política migratoria humanitaria» que, en un esfuerzo por disipar el escándalo internacional creado por el genocidio de miles
de haitianos en la zona fronteriza en 1937, proclamó el entonces
dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo Molina.
Bernaldo de Quirós y su familia llegaron al país el 24 de febrero de 1940, en el penúltimo viaje del barco De la Salle, que atracó
en el puerto de Puerto Plata. Ingresaron como exiliados anónimos, junto a otros 734 refugiados, y fueron alojados en la Granja
Generalísimo, en San Francisco de Macorís. Gracias a gestiones de
– 13 –
14
Constancio Bernaldo de Quirós
familias influyentes de esa ciudad, posteriormente fueron trasladados al edificio de la Gobernación, al igual que otros refugiados.
Allí vivieron dos meses, con el sustento que les brindaban el Servicio
de Migración de Republicanos Españoles (SERE) y la colaboración
de muchos francomacorisanos de diferentes estratos sociales.
Cuando el Dr. Narciso Conde Pausas, abogado residente
en dicha ciudad, conoció los antecedentes académicos de don
Constancio, inició gestiones con Julio Ortega Frier, entonces rector de la Universidad de Santo Domingo, para que le nombrara
en dicha casa de estudios. Bernaldo de Quirós y su familia se
trasladaron entonces a Ciudad Trujillo, donde él desempeñó las
funciones de catedrático especial de la Facultad de Filosofía de
la Universidad e inició las cátedras de Criminología y Legislación
penal comparada. Cabe señalar, sin embargo, que fue en el club
Esperanza de San Francisco de Macorís, donde don Constancio
dictó su primera conferencia en el país, en marzo de 1940.
Ávido siempre de conocer a sus congéneres, Bernaldo de Quirós se inclinó por la criminología, pues ésta le permitía estudiar
mejor el comportamiento de los delincuentes, tanto en libertad
como en cautiverio. Consideraba que si se atacaban inteligentemente las causas del delito, lo que, según su criterio, sólo se lograba de manera eficaz mediante el estudio de la criminología, se
disminuiría y atenuaría la delincuencia. Planteaba que lo correcto
era redimir al delincuente, no castigarlo; es decir, corregirlo y
prevenir los delitos. Por eso, se separaba cada vez más del aspecto
penal de la delincuencia. Cuando en 1913 prologó la tesis doctoral La sentencia indeterminada, de Luis Jiménez de Asúa, escribió:
«cada vez más me alejo del Derecho penal y voy día por día, guiado por nuevas preferencias, a otros paisajes mejores». En 1944, ya
en Ciudad Trujillo, cuando prologó su obra Lecciones de Legislación
penal comparada, escribió: «he sido siempre más bien criminalista
que penalista, por ser hombre de la generación lombrosiana».1
1
Nota del compilador (N/C). Se llamó «generación lombrosiana» a los
seguidores de la teoría de Cesare Lombroso (1835-1909), famoso criminalista italiano que consideraba a los criminales como enfermos.
Una pluma en el exilio...
15
Fue uno de los españoles más destacados de la llamada
«Generación de 1898», a la cual también pertenecían Miguel de
Unamuno, Pío Baroja, José (Azorín) Martínez Ruiz, entre otros.
Una edición del diccionario Pequeño Larousse lo describe así: «famoso criminalista español que introdujo el Derecho penal en
América».
Prolífico escritor, entre sus obras publicadas se encuentran
treinta y cinco sobre Derecho penal, criminología y ciencia
penitenciaria, siete sobre política social agraria y quince sobre
montañismo, su segunda pasión. Cuando el Archivo General
de la Nación (AGN), como parte de la conmemoración de la
llegada de los refugiados españoles al país, nos encomendó la
tarea de recopilar los artículos que él escribió y publicó durante su permanencia en la República Dominicana, nos sentimos
doblemente honrados, pues no sólo se trataba de recopilar los
artículos del abuelo, sino también de brindar a las nuevas generaciones la oportunidad de conocer el trabajo de un hombre
pequeño de estatura, pero gigante en el conocimiento y respeto
por el ser humano y la naturaleza.
Agradecemos al AGN la oportunidad de publicar esta obra.
También al personal de su Sala de Investigación, en especial
a Ingrid Suriel, Oscar Félix, Joel Abreu y José Miguel Roques.
A Salvador y Vetilio Alfau del Valle, Walter Cordero y Natalia
González, por su colaboración en la ubicación de documentos.
Agradezco a mi madre, Lily Bernaldo de Quirós Vda. Cassá, por
rescatar de su memoria detalles e informaciones ya olvidadas.
Como ya es costumbre, mi hijo José Ramón brindó el apoyo tecnológico y mi esposa Rosmina Valdés colaboró en la redacción.
Vida y obras
Constancio Bernaldo de Quirós nació el 12 de diciembre de
1873 en Madrid, España, en el barrio de Lavapiés, o Avapiés como
le llamó José de Espronceda en uno de sus famosos poemas.1
Murió el 11 de agosto de 1959 en México, todavía en calidad
de exiliado, a los 85 años de edad. Casó con María Villanueva
Angulo, con quien procreó seis hijos. Quedó huérfano de padre
a la edad de 15 años y desde joven debió cuidar de su madre y
hermanas. Por ser hijo de viuda, se libró de cumplir «las quintas»
o servicio militar obligatorio.
Se graduó de Derecho en la Universidad Central de Madrid en junio de 1893, antes de cumplir los 20 años de edad.
Alcanzó el doctorado en la misma universidad en 1897, gracias
a una beca que otorgaba la Fundación Urquijo a estudiantes de
escasos recursos que terminaban sus carreras con notas sobresalientes. También estudió Filosofía del Derecho en la Institución
Libre de Enseñanza, bajo la tutela de Francisco Giner de los
Ríos, figura importante en España en la divulgación de la doctrina krausista.2
1
2
N/C. El nombre correcto es «Lavapiés», pues doscientos años antes que
Espronceda, Miguel de Cervantes Saavedra lo llamó así.
N/C. Karl Christian Friedrich Krause (1781-1832), filósofo alemán cuyas
doctrinas humanitarias ejercieron una fuerte influencia en España a través
de la Institución Libre de Enseñanza, con Francisco Giner de los Ríos y
Julián Sanz del Río como principales promotores.
– 17 –
18
Constancio Bernaldo de Quirós
Junto a Luis Jiménez de Asúa y Mariano Ruiz Funes promovió por toda España modernas teorías sobre penalidad y criminología, áreas en las que ganó el respeto de sus colegas. Fue
fundador y colaborador del Instituto de Reformas Sociales y, al
desaparecer dicha institución, desempeñó la subdirección general de política agraria del Ministerio de Salud y Previsión Social
durante el período 1931-1936, donde devino principal redactor
de la profusa Legislación Agrícola y del Trabajo. Laboró en la
Junta de Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas y
fue vicepresidente de honor del V Congreso Internacional para
la Unificación del Derecho Penal, reunido en Madrid en 1933.
Fue profesor de Criminología en el Instituto de Estudios Penales
e impartió cátedras sobre diversas disciplinas socio-jurídicas en el
Instituto para la Enseñanza de la Mujer y en la Escuela Social del
Ministerio de Trabajo y Previsión Social. También colaboró en la
formación del cuerpo de orden y control de la Cárcel Modelo de
Carabanchel, de Madrid.
Además del quehacer como sociólogo y jurisconsulto, fue
uno de los precursores del alpinismo en España. Fundó la Sociedad de Alpinismo Peñalara, desde la cual promovió el amor por
las montañas a través de la revista Peñalara, que fundó en 1913
y dirigió hasta la edición Núm. 100, en 1922. Por su destacada
labor en ese campo, fue electo socio honorario del Club Alpino
Español, institución que en 1915 le concedió la Medalla de Oro
por su obra Guadarrama, que publicara el Museo Nacional de
Ciencias Naturales de Madrid.
A pesar de la amistad que lo unió a Pablo Iglesias, fundador del
Partido Socialista Obrero Español, a Julián Besteiro y a destacados
miembros de otros partidos, nunca tuvo militancia política alguna.
Poco después de su arribo a República Dominicana se trasladó a Ciudad Trujillo y fijó residencia en la pensión que dirigía
doña Beba Rodríguez Alcántara, ubicada en la calle Hostos casi
esquina Padre Billini, pero sus hijos Juan y Constancio, sus respectivas esposas y una nieta permanecieron unos meses más en
San Francisco de Macorís, para luego radicarse también en la
capital dominicana. Según Vicente Llorens, ya era un hombre de
Una pluma en el exilio...
19
avanzada edad, «diminuto, nervioso, pero ágil y muy activo en su
trabajo, al que veíamos de vez en cuando muy contento cargado
con un grueso volumen que pesaba más que él, acabado de comprar en alguna librería con los ahorrillos que le proporcionaba
la cátedra que le habían concedido en la universidad».
Ya en Santo Domingo, inició rápidamente el ejercicio magisterial ofreciendo diversas charlas y conferencias durante las
cuales acaparaba completamente la atención del público. Según
su compañero de exilio Javier Malagón Barceló, cuando fue contratado por la Universidad de Santo Domingo para impartir un
curso de Criminología
el curso fue anunciado y, en honor a la verdad, hay que
decir que no fueron muchos los que mostraron interés por el tema ni por la persona; algunos españoles,
que sabíamos lo que don Constancio significaba en la
vida universitaria española, dos o tres profesores de
la Universidad y unos cuantos alumnos de la misma.
La figura pequeña de don Constancio se hizo con los
pocos oyentes. El tono de su voz enérgica y firme fue
atrayendo los estudiantes que deambulaban por los
pasillos de la Universidad, cuyas aulas eran totalmente
abiertas debido al calor tropical. Una salva de aplausos
fue el final de la primera lección. Don Constancio se
había creado su público. Las conferencias siguientes
del curso hubo de darlas en la clase de mayores dimensiones, y aún así, muchos de los asistentes se vieron
obligados a seguirlas desde los pasillos.3
Por su lado, Francisco (Pacho) Saviñón Trujillo reseñó en un
artículo que publicó en el periódico Hoy que «sus amenas cátedras
en la Universidad de Santo Domingo, en las que sus palabras entusiasmaban a los jóvenes al estudio, se abarrotaban de estudiantes
3
N/C. Javier Malagón Barceló, «Don Constancio Bernaldo de Quirós», Estudio a la memoria de don Constancio Bernaldo de Quirós, México, 1960, p. 133.
20
Constancio Bernaldo de Quirós
hasta de otros cursos y otras facultades, por el simple placer de
escucharlo», agregaba que la «concurrencia impedía el tránsito
por los pasillos» y que conquistó el aprecio, respeto y admiración
de cuantos le trataron. Juan Ducoudray comentó al compilador
que siendo él todavía estudiante de La Normal4 «estaba siempre
muy pendiente de cuándo impartiría don Constancio una charla,
para no perdérmela». Néstor Sánchez Cestero también comentó
que siendo él estudiante de ingeniería «dejaba las cátedras de su
profesión para escuchar las de don Constancio».
Con motivo de la fundación del Club Cultural Deportivo de
los estudiantes de tercer año de Derecho en la Universidad de
Santo Domingo, Bernaldo de Quirós dictó la conferencia «Las
cuestiones agrarias en España». Poco después disertó sobre «La
Alhambra y Sierra Nevada» en el patio de la Librería Dominicana. Lamentablemente no se consiguieron esas conferencias para
incluirlas en esta recopilación. Según un artículo que publicó
Néstor Caro en el periódico La Nación, cuando la Universidad de
Santo Domingo invitó al país a Luis Jiménez de Asúa a dar una
conferencia en el Paraninfo, tan pronto éste último advirtió la
presencia allí de don Constancio acudió de inmediato a la tribuna para expresar emocionado que «nada él tenía que enseñar en
un lugar donde se encontrara el maestro Constancio Bernaldo
de Quirós»; cabe recordar que en 1913 don Constancio le había
prologado su libro Sentencia Indeterminada.
El 1ro de octubre de 1943 Bernaldo de Quirós dictó una de
sus conferencias más comentadas: «El Oriente en España, Andalucía y Marruecos». El acto tuvo lugar en el Centro Español
Democrático y fue presentado por el profesor Poncio Sabater
«ante un numerosísimo público, que hizo pequeños los salones
de dicho organismo», durante el cual «con extraordinaria sencillez» don Constancio «describió el camino que recorrió treinta
años atrás por tierras de Marruecos». Cabe señalar que esa conferencia fue dictada sin un papel ni nota ante él, sólo con el
4
N/C. Hasta los años sesenta del siglo pasado se conocía como La Normal
a los estudios secundarios, o sea, el bachillerato.
Una pluma en el exilio...
21
recurso de su memoria prodigiosa que hacía que de sus labios
fluyeran las palabras sin titubeos.
En octubre de 1945 viajó a Cuba y México para impartir varias
conferencias sobre criminología y legislación penal comparada. Al
regresar a Ciudad Trujillo publicó un interesante trabajo bajo el
título «Criminología y Derecho penal en Cuba y México», donde
mencionaba célebres criminales como el mexicano Gregorio (Goyito) Cárdenas Hernández, un estudiante de química que estranguló cuatro mujeres.5 En ese trabajo también describía la penitenciaria de la isla de Pinos, en Cuba, construida en suntuoso mármol
blanco, aunque los presos comían en hojas de latas. Mencionaba
además el asesinato de León Trotsky en Coyoacán, México.
Interesado por el aspecto histórico del Derecho penal y sus
horribles formas de ejecución, escribió un artículo sobre «La
picota de Santo Domingo» en la cual se aplicaban los más terribles métodos. Otro artículo hace una fuerte crítica al «Código
Negro» que la Real Audiencia de Santo Domingo ordenó confeccionar para regir las posesiones españolas en América.6 Fiel
seguidor del positivismo lombrosiano, «Criminalidad femenina» plantea que la mayoría de los crímenes femeninos eran de
motivación sexual, mientras que casi todos los crímenes masculinos derivan de la codicia y de odios políticos y sociales. En
«El Bandido Generoso» da a conocer a Diego Corrientes, un
personaje español defensor de la rebeldía y la protesta social
del mundo, que soñó con redimir la vida andaluza repartiendo
por igual la justicia y la riqueza. En «El Comegente, el monstruo
sádico» analiza cuidadosamente los espeluznantes asesinatos
cometidos contra mujeres, niños y ancianos en las provincias
de Santiago, Moca y San Francisco de Macorís.7 Por otro lado,
5
6
7
N/C. Gregorio Cárdenas fue liberado tras muchos años en prisión, durante los cuales cursó la carrera de Derecho.
N/C. El Código Negro planteaba la inferioridad de las personas de color y
la nulidad jurídica de los esclavos. Por suerte, nunca entró en vigencia.
N/C. El primero en documentar ese caso fue el padre Pablo Amézquita en
junio de 1792, aunque la publicación se hizo en 1881, en el periódico El
Esfuerzo.
22
Constancio Bernaldo de Quirós
un artículo sobre el excursionismo dominicano comenta sobre
la «belleza y atracción imponderables» de las montañas dominicanas, y menciona el ingenioso mapa en relieve que de la isla
Española hizo el también refugiado republicano español Felipe
Guerra.8
En Santo Domingo, entonces Ciudad Trujillo, publicó las
obras: Cursillo de Criminología y Derecho penal, una compilación de
las cátedras sobre derecho penal que dictó en la Universidad y
que fueron transcritas por algunos de sus estudiantes, y Lecciones de
Legislación penal comparada. Ambas dieron un significativo empuje,
por demás innovador, a los conceptos que con respecto al Derecho penal tenían nuestros juristas dominicanos. Con ese motivo
un grupo de profesionales organizó un acto de reconocimiento al
que asistieron importantes personalidades de la vida dominicana,
entre los que se encontraban Pedro Troncoso Sánchez, Froilán Tavárez, Pericles A. Franco, Gustavo Adolfo Mejía, Miguel A. Ricardo, Leonte Guzmán Sánchez, Joaquín Salazar (hijo), Manuel Ruiz
Tejada, Osvaldo Peña Batlle, Julio Peynado, José H. Rodríguez,
Lorenzo Casasnova (hijo), Luis Sosa V., Rafael Ortega Peguero,
Luis Julián Pérez, Rafael Supervía y Germán E. Ornes Coiscou.
Don Constancio también escribió algunos prólogos a libros
y numerosos artículos sobre diversos temas, tanto americanos
como españoles, que publicaba regularmente en periódicos y
revistas como La Nación, Cuadernos dominicanos de cultura, Boletín
del Archivo General de la Nación, Anales de la Universidad de Santo
Domingo, La Palabra de Santo Domingo, Revista Jurídica Dominicana,
Renovación, Juventud Universitaria, La Libanesa y Rumbo. En la página literaria del periódico La Nación, popularmente conocida
entonces como «la página 5ta», encabezaba sus artículos la caricatura que de él hizo el también refugiado republicano español
Antonio (Tony) Bernad Gonzálvez.
Con motivo de la celebración del cuarto centenario de la
Independencia dominicana, los refugiados políticos españoles
8
N/C. Ese mapa se encuentra aún en el Instituto Cartográfico Universitario, en Santo Domingo.
Una pluma en el exilio...
23
crearon la Comisión de Españoles Exiliados para la Conmemoración del Centenario de la Independencia Dominicana, la
cual presidía el propio Bernaldo de Quirós. Con el propósito
de recaudar fondos para construir una fuente-monumento
conmemorativa, como agradecimiento a la hospitalidad de los
dominicanos, en diciembre de 1943 se inauguró una exposición
de obras de arte de los artistas españoles exiliados, entre las que
se encontraban los dibujos «Soldado ruso» de Manolo Pascual
y «Concierto» de José Alloza; también los óleos «Campanario»
de José Vela Zanetti, «Guitarrista» de Eugenio Fernández Granell, «Acuarela» de Josep Gausáchs, «Cabeza» de Antonio Prats
Ventós y «Paisaje de San Cristóbal» de José Rovira; así como la
acuarela «Nostalgia» de Antonio (Tony) Bernad Gonzálvez. La
fuente fue diseñada por el también exiliado español Arq. Tomás
Auñón y, aunque el primer picazo se dio en el parque Abréu del
barrio San Carlos, se edificó en la entonces recién inaugurada
plazoleta de Santa Bárbara, ubicada en el lado Oeste del fuerte
e iglesia del mismo nombre, o sea, donde comienza la avenida
Mella. Lamentablemente, al caer el régimen trujillista se estableció en dicha plazoleta un mercado informal y la fuente se
usaba como cangrejera. En la actualidad, en ese parque opera
una improvisada parada de autobuses y la fuente se encuentra
semidestruida.9
9
Tanto el primer picazo como el acto de inauguración, que se efectuó el 14
de abril de 1944, fueron presididos por Bernaldo de Quirós; el Lic. Pedro
A. Gómez presidió el homenaje en representación del Consejo Administrativo del Distrito de Santo Domingo. Cabe señalar que la inauguración
coincidió con el décimo-tercer aniversario de la proclamación de la República Española. La fuente medía 7 metros de largo por 3.20 de ancho y 4
de altura, la coronaba un farol de hierro forjado que colgaba de un arco
de ladrillos que descansaba en dos pilotes de 2.20 metros. Tenía el escudo
de la República Española, es decir el escudo español sin la corona, y el
del Distrito de Santo Domingo, una placa en piedra recogía la siguiente
inscripción: «Los refugiados españoles ofrecen esta fuente a la República
Dominicana en el Primer Centenario de su gloriosa Independencia. Manantial de gratitud. Canción de loores y vítores. Año de 1944». Periódico
La Nación, ediciones de 27 de febrero y 15 de abril de 1944. Álbum del
Centenario de la República Dominicana, La Habana, Cuba, p. 252.
24
Constancio Bernaldo de Quirós
Sin dejar de ser muy español, Bernaldo de Quirós amó entrañablemente nuestro país, pero debido a su desacuerdo con la
dictadura imperante renunció a la posición que desempeñaba
en la Universidad de Santo Domingo y partió a México el 27
de julio de 1947, junto a su esposa. Sus hijos Juan, Constancio,
Isabel y Clara ya se encontraban radicados allí con sus respectivas
familias. Sólo quedó en suelo dominicano su hija Lily, quien había casado con el dominicano José Cassá Logroño. Su hija mayor,
Julia, se había refugiado en la Unión Soviética con su esposo
Luis Balaguer y su hijo Luis.
Con motivo de su partida, sus alumnos de cuarto curso de
la Facultad de Derecho de la Universidad de Santo Domingo
organizaron una emotiva despedida el día 15 del mismo mes,
durante la cual le entregaron una hermosa bandeja de plata con
la inscripción: «A don Constancio Bernaldo de Quirós. Maestro:
nosotros pasaremos; un puñado de polvo y luego, nada. Mas,
vuestras palabras, trasmontando en ondas los espacios, perdurarán eternamente. Sus alumnos del Cuarto de la Facultad de Derecho, 1946-1947». Un diploma completaba el reconocimiento:
Universidad de Santo Domingo, República Dominicana. A don Constancio Bernaldo de Quirós. Los
alumnos del Cuarto Curso de la Facultad de Derecho,
reconociendo la meritoria labor que por espacio de
largos y fructíferos años ha venido rindiendo en el
seno de nuestra Universidad, Primada de América,
el culto y distinguido profesor español don Constancio Bernaldo de Quirós, llegado a nuestras playas
dominado por el alto y humanitario sentimiento del
magisterio, creador y afanoso de revertir en el solar
patrio su hondo saber en la disciplina que profesa, se
complacen en testimoniar su agradecimiento y cariño
ofreciéndole en este día públicas protestas del afecto
que por siempre unirá a tan ilustre maestro con la
clase estudiantil universitaria dominicana.
Una pluma en el exilio...
25
En el acto hicieron uso de la palabra César Ramos Fernández, Víctor M. Villegas, Anaiboní Guerrero Báez, María Purificación Rojas, Altagracia González y Gloria Inés Caratini, quienes
manifestaron al maestro su cariño, admiración y simpatía. El
rector Julio Vega Batlle pronunció el discurso de clausura ante la
presencia del Vicerrector, decanos de la Facultad de Derecho y
Filosofía, miembros del claustro universitario, personal administrativo y un gran número de espectadores y estudiantes.
Ya en México se desempeñó como catedrático de Criminología y Derecho penitenciario de la Universidad Nacional Autónoma de México. Sus conocimientos sobre policiología lo llevaron
a ocupar la Procuraduría del Distrito Federal de México, institución donde dirigía la Escuela de Capacitación de Personal. En
México también dejó una fecunda producción literaria, tanto
artículos como obras completas.
Durante su permanencia en el nuevo continente no dejó
de trabajar en la enseñanza ni un solo día, en condiciones a
veces muy difíciles de salud. En sus trabajos, que reflejan tanto
su calidad humana como intelectual, exponía sus análisis de
forma sencilla y elegante, sin dejar escapar ningún detalle,
hacía objeto de ponderado estudio las cosas que para otros pasaban desapercibidas, con un estilo rico en matices. Colaboró
en diversas revistas editadas en diferentes países del continente
y varias de sus obras todavía son fuente de consulta. Asesoró varios proyectos de codificación penal y muchas asociaciones de
América y Europa lo llevaron a su seno: la Academia Mexicana
de Ciencias Penales, el Instituto de Criminología de Cuba, el
Instituto de Ciencias Penales de Argentina, la Sociedad Dactiloscópica de Argentina, la Sociedad Argentina de Sexología,
Biotipología y Eugenesia de Buenos Aires y el Instituto de
Coimbra, en Portugal, entre otras. Fue autor de la legislación
que rige el derecho penal en la República de Honduras. De
su pluma salieron numerosas traducciones, codificaciones,
prólogos, epílogos y legislaciones. Varias de sus obras fueron
traducidas a idiomas foráneos, como Las nuevas teorías de la
criminalidad que fue traducida al inglés y al húngaro, y La Mala
26
Constancio Bernaldo de Quirós
Vida en Madrid, que le dio popularidad desde joven y que fue
traducida al alemán.
Trabajó hasta el último día de su vida y minutos antes de
morir corregía las pruebas de imprenta de su último libro: El
bandolerismo en España y en México. Vivió una vida modesta, dando
ejemplos de humildad y murió desterrado, sin ver la alborada
de la libertad en su postrada España y sin dejar bienes. Tras su
muerte, el jurisconsulto y político español Luis Jiménez de Asúa
lo describió así: «si hubiese vivido diecinueve centurias antes,
estoy seguro que, como tantos hombres y mujeres, campesinos,
pescadores, desarrapados y menesterosos, hubiera seguido a
Jesús».10 Por su lado, la Dra. Altagracia González de Paiewonsky,
una discípula dominicana muy querida, escribió que su maestro
«sabía cuánto tenía que enseñar, sabía enseñar y arrastraba, con
su finura y simpatía, hacia las metas de los más excelsos ideales
humanos. Era un hombre simple y profundo, elevado y humilde,
brillante y discreto». Javier Malagón, su compañero de exilio y
cátedras en la Universidad de Santo Domingo, expresó: «nunca
olvidaré los ratos de charlas con él, pues era una enciclopedia
de conocimientos, tanto del pasado como del presente. Era un
buen observador y espectador, y cosas que para otros pasaban
desapercibidas, él las recogía en sus mínimos detalles».
A su memoria, el Instituto Andaluz Interuniversitario de
Criminología, sección de Cádiz, instituyó el Premio Constancio
Bernaldo de Quirós de Investigación en Criminología, con el
que se galardona el mejor trabajo de investigación de carácter
criminológico. Por sus aportes a la República Dominicana, en
2008 el Ayuntamiento de Santo Domingo impuso su nombre a
una calle del sector Mirador Sur, ubicada entre las calles Catalina
F. de Pou y Leonor Feltz.
10 N/C. Luis Jiménez de Asúa, «La larga y ejemplar vida de Constancio Bernaldo de Quirós», Estudio a la memoria..., p. 101.
Una pluma en el exilio...
27
Documento que avala el primer permiso de residencia otorgado a Bernaldo
de Quirós, tras su llegada al país. Fuente: Archivo General de la Nación.
28
Constancio Bernaldo de Quirós
Bernaldo de Quirós, su esposa María Villanueva y su hija Lily, el 27 de
julio de 1947, día de su partida a México. Fuente: Constancio Cassá.
Una pluma en el exilio...
29
El 26 de febrero de 1944, Bernaldo de Quirós y el consejero administrativo
del Distrito de Santo Domingo, Lic. Pedro A. Gómez, dieron el primer picazo
para la construcción de una fuente que, a propósito del Primer Centenario
de la República, construyeron los refugiados republicanos españoles como
símbolo de gratitud por la acogida que recibieron del pueblo dominicano.
Fuente: Álbum del Centenario de la República Dominicana.
Otra toma del primer picazo para la construcción de la fuente conmemorativa que los refugiados
republicanos españoles obsequiaron a los dominicanos. Figuran, entre otros, Bernaldo de Quirós,
presidente de la Comisión de Refugiados Españoles pro Centenario; su esposa María Villanueva, su
hija Lily y su nieta Cotete. A su izquierda se encuentran el consejero administrativo del Distrito de
Santo Domingo, Lic. Pedro Gómez, y María Ugarte; a su derecha Jesús de Galíndez (secretario de la
Comisión), una persona que parece ser José Almoina, y detrás de éste, con la cara de lado, Manolo
Pascual (miembro de la Comisión). Fuente: Álbum del Centenario de la República Dominicana.
30
Constancio Bernaldo de Quirós
Una pluma en el exilio...
31
Vista de la fuente conmemorativa, que fue diseñada por el refugiado español
Arq. Tomás Auñón. Nótese la ausencia de corona en el escudo español que
figura en el extremo superior, símbolo de la República Española. Parado
frente a la fuente está Constancio Bernaldo de Quirós hijo, octubre de 1950.
Fuente: Constancio Cassá.
32
Constancio Bernaldo de Quirós
Caricatura de Bernaldo de Quirós, de la autoría del también refugiado
español Antonio (Tony) Bernad Gonzalves. Esta caricatura encabezaba los
artículos publicados por Bernaldo de Quirós en el periódico La Nación.
Artículos publicados
Criminología dominicana1
Los pasados días se ha reunido en Ciudad Trujillo, capital
de la República Dominicana, con ocasión de las fiestas por el
décimo aniversario de la «Era» designada con el nombre del generalísimo Rafael Leónidas Trujillo Molina, el Primer Congreso
de Procuradores de la República, debido a la feliz iniciativa y
dirección del procurador general de la República, don Benigno
del Castillo.
Finalidades principales de la Asamblea fueron contribuir,
sobre todo, según declaró el propio Sr. Castillo, a la unificación y
perfeccionamiento de los servicios judiciales del país, y estimular
el estudio de los problemas jurídicos en un estilo propiamente
dominicano.
Honrado con la amable distinción de invitado único y especial, he tenido el honor de asistir al desarrollo entero del
Congreso, en tres días de labor casi continua, verdaderamente
ejemplar y digna del homenaje que significaba.
El Congreso conoció de muchos temas de interés para las necesidades jurídicas del país. No voy a repetir una crónica de sus
labores. Pero sí resumir y glosar uno de ellos que comprende todo
un tratado de criminología dominicana, debido a la ciencia y la
1
N/C. Además de este artículo donde don Constancio comenta sobre el
Primer Congreso de Procuradores, en la Revista Jurídica Dominicana se publicaron las impresiones de su participación en dicho evento. Ver el Vol.
II, Núm. 4, de octubre de 1940.
– 35 –
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Constancio Bernaldo de Quirós
experiencia del procurador fiscal del Distrito de El Seibo (una provincia del extremo oriental de la isla), Sr. Freddy Prestol Castillo.
El estudio comienza refiriéndose al dualismo entre la ciudad y
el campo y afirmando el carácter principalmente campesino de la
patria dominicana. El Sr. Prestol no se refiere a cifras estadísticas:
su trabajo se aleja por completo de ese estilo. Pero en el censo de
la República, correspondiente al año 1937, que es el último publicado, se comprueba en el acto la afirmación: del millón y medio
de almas, aproximado, que componen la población del país, cerca
de las cinco sextas partes, esto es, poco menos de 1,250,000, viven
en las zonas rurales. Las observaciones del Sr. Prestol, consiguientemente, van a referirse a la criminalidad del campo, desde luego,
y en ellas, desde el primer momento, se marcan, como dice él, tres
delitos «señeros»: primero y ante todo, los ultrajes a la honestidad,
en todas sus formas; luego, los robos, principalmente simples, sin
que abunden los calificados; por último, los delitos de sangre.
Dejando para el final de su trabajo la consideración especial
de los delitos sexuales, el señor fiscal de El Seibo, para acercarnos a la delincuencia de codicia y a la de sangre de su país, nos
anticipa algunas observaciones muy expresivas sobre la pobre
vida económica del proletariado de los campos y sobre el «matonismo criollo», o sea, la altanería despreciativa de la vida, así sea
propia o ajena, que distingue al hombre de la tierra.
El hombre de la tierra está completamente desarraigado de
ella; ni tiene tierra de labor ni ganado propio, vive como bracero,
en un horizonte de lo más limitado, «en el camino está cualquier
mujer. Y la familia nace bajo cualquier rancho: cuando nace la
parva de hijos, están frente al paisaje, sin patrimonio fijo, en un
marco estrecho que cada día se estrecha más». Esto es lo que el
Sr. Prestol llama «el fatalismo del paisaje», en una frase muy expresiva, que nos presenta en el acto, como un desenlace natural
del complejo soledad más necesidad, el delito menesteroso, casi
famélico, del hurto de semillas, de frutos, de ganados.
El autor pasa enseguida a estudiar el matonismo criollo, que
distribuye en un cartógrafo geográfico y étnico. Tres de las dieciséis provincias dominicanas: Duarte, El Seibo y Azua, se llevan la
Una pluma en el exilio...
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primicia de los delitos de sangre; pero en Duarte, el gran crimen
de sangre pertenece al blanco; en El Seibo, al mestizo negroide;
y en Azua, al mestizo indio. En todo caso, el matonismo es «una
enfermedad», dice el señor procurador fiscal, «de nuestro campo.
Acaso una forma patogénica de virilidad». Aquí, el autor se refiere
especialmente, sin dejar de nombrar el paludismo, a la tesis del
«hígado tropical hipertrófico», que le parece, no un mero empirismo, sino una realidad científica. Las cifras del homicidio, asegura el Sr. Prestol, son «escandalosas» en el campo. Sin embargo,
las omite y a nosotros no nos lo parecen tanto, consultando los
dos únicos anuarios estadísticos, los de 1936 y 1937, publicados
en la República, que sólo acusan un índice de poco más de 50
homicidios por millar de habitantes; la mitad, aproximadamente,
que el de Cuba, y el más bajo que conocemos de toda la América,
si se exceptúa El Salvador, donde desciende a 20, casi el promedio
general europeo. Las cifras homicidas de la República Dominicana, parecen, más bien, europeas también; y aún así, inferiores a
las de Italia y España. Algún otro día volveremos sobre este tema,
que me parece uno de los más interesantes de la criminología.
Sobre la base de estas observaciones preliminares, el señor
procurador fiscal acomete el estudio de las «influencias mesológicas» en el delito.
Tres círculos mesológicos parécele que en su patria pueden
distinguirse: a) el centro de la isla, el Cibao, que corresponde a
una zona comúnmente húmeda; b) la zona costera, seca y cálida;
y c) la frontera con Haití, región seca en su mayor parte, salvo
las alturas.
En el primero de los tres medios se presenta, sobre todo,
el crimen más viril y hasta caballeresco, con el aspecto de un
combate campal por la hembra, la parcela, el agua de regadío o
el animal que, vagabundo, destruye cultivos. Su forma jurídica
más frecuente suele ser el homicidio simple, impulsivo, no el
asesinato.
En cambio, por la costa predomina más el delito contra la
propiedad que, además, se nos muestra más intelectual, menos
instintivo que el delito de sangre en el interior. Según nuestro
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Constancio Bernaldo de Quirós
autor, suelen ser, de ordinario, delitos de pereza, porque «la pereza va tendida a lo largo del bochorno cálido de la costa».
Por último, en la frontera con Haití, antítesis total del Cibao,
si no abundan los crímenes de sangre, en cambio, dominan los
atentados contra la propiedad, así como en la costa, pero en la
forma de robo de ganados, el cuatrerismo, el antiguo «abigeato»
de los romanos y de la sustracción de cosechas en pie. «El haitiano», escribe el señor procurador, «ejerce el delito en un afán
de pervivencia frente al drama de la familia excesiva, primitiva y
voraz, de una parte; y de otra, frente al latifundio que le acosa.
Acaso también, un mal entendido derecho de reivindicación sobre un paisaje injusta y precariamente detenido durante largos
años, por culpa de la incuria dominicana».
Pasemos ahora, desde el factor exógeno, al endógeno: la
raza. En la República Dominicana, salvo un círculo meridional,
negro, que marca la trayectoria geográfica de la esclavitud, y del
Cibao, al revés, blanco, predomina el mestizaje afroespañol, sin
extremismos de color.
El gran crimen de sangre corresponde siempre al mestizaje.
En cuanto al negro, en general, es pacífico, caracterizándose
hasta por una cierta «inercia criminosa», resabio de esclavitud.
Siempre, por supuesto, hablando del negro nativo típico, del
«bantú» o del «fulbé», que el ingenio español nos trajo. Es el
blanco el que exalta la criminalidad, así en los delitos de sangre
como en los delitos sexuales, desde el rapto a la violación. Nuestro autor añade aquí, y repite en otras partes, una afirmación
genética que quisiéramos rectificar, a saber: la procedencia, la
herencia española de esta inclinación sexual. Debemos distinguir, amigo Sr. Prestol, el crimen de sangre pasional, por celos
o por rivalidad, que es bien español, ciertamente; pero nunca el
crimen sexual, el rapto, la violación (hablando en nuestro lenguaje jurídico). Acaso de toda la criminalidad europea, la más
libre de carnalidades sea la de España, bien distante y opuesta a
la salaz delincuencia francesa e italiana.
Respecto a las oscilaciones climatológicas en el delito, así fijado por nuestro autor, geográfica y etnográficamente, el señor
Una pluma en el exilio...
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fiscal de El Seibo declara sencillamente que «la isla de Santo Domingo, emplazada dentro de uniformes puntos climatológicos, no
presenta las variaciones de otras regiones, capaces de crear toda
una fauna delictuosa». La distribución geográfica del delito, estadísticamente considerado, su cinemática a través de las estaciones,
no puede apreciarse ni seguirse bien sino sobre las grandes masas
continentales, en que puede ejercerse ampliamente el juego de
las fuerzas físicas. Del mismo modo, a la manera que en los mares
mediterráneos apenas se dejan sentir las mareas, que, en cambio,
con su flujo y su reflujo, tanto se señalan en los océanos.
El autor llega, por último, al estudio de los crímenes pasionales eróticos, que componen la parte tratada con más amplitud, y
hasta con más cariño, de su trabajo.
La libido dominicana es muy intensa y activa y se expresa criminológicamente en la sustracción de menores y en el estupro,
figuras jurídicas que corresponden, en el Derecho español, al
rapto de fuerza, la primera, y a la violación, la segunda. El estupro,
en nuestra legislación, es la desfloración abusiva, lograda, sobre
todo, mediante palabra de matrimonio. La vida sexual dominicana, en el campo, es de un carácter animal muy pronunciado.
La mujer, como la hembra de cualquier otra especie zoológica,
es poseída violentamente en el monte, en una escena de lucha
en que la resistencia femenina a menudo no es sino un efecto
insincero, de convencionalismo ritual. El amancebamiento, esto
es, lo que, tan expresivamente, se llamó antaño en castellano, la
«barraganía», es la situación familiar normal, y no hay otra en
que el crimen pasional erótico se desarrolle más fácilmente.
Seis historias clínicas de crímenes pasionales eróticos rematan el estudio del Sr. Prestol: las seis muy impresionantes y
expresivas, sobre todo la quinta.
Se trata de un sujeto, Nieves de nombre (que en España es
femenino siempre), amancebado con una primera mujer llamada
Ercilia, a la que dejó, al cabo, por una haitiana, Silvana. Atacada
esta segunda barragana de una enfermedad ignorada, Nieves, su
macho, adquiere la convicción de que el mal de Silvana procede de
un hechizo, de que es causa Ercilia. Nieves quiere poner término a
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Constancio Bernaldo de Quirós
esta situación, busca a Ercilia y la encuentra lavando en el río, cerca
del hombre con quien ahora vive. Propónele a Ercilia una cita de
amor en el bosque. Ercilia acepta y llega al interior de la selva, donde Nieves ha preparado ya un lecho de hojarasca. Nieves y Ercilia se
aman una vez más. Luego, Nieves degüella a Ercilia y la abandona
sobre el lecho de amor, decapitada.
Por este mismo estilo son los otros casos, a saber: un adulterio, seguido de un conyugicidio que consuman los amantes
adúlteros, y acaso también el padre de ella; otro conyugicidio
acompañado de asesinato por parte de un marido hastiado de
la insistencia de los familiares de la hembra en las continuas
disensiones con ella; un conyugicidio más, aunque, como en los
casos anteriores, fuera siempre de matrimonio legal, por celos
de recuperación, no lograba; otro, de nuevo, de madrugada, «a
la hora climatológicamente sexual» ante la negativa de la mujer
de saciar el deseo del varón homicida; por último, un parricidio
cometido por una muchacha de dieciocho años, en defensa de
su honestidad, agredida por su padre, si ya no fue para dar libertad a los amores lascivos de la propia muchacha, recientemente
desflorada, según reveló la intervención médica.
Todas o casi todas estas historias son flores de El Cuey, un
lugar que parece habitado por los genios de la sangre, la voluptuosidad y la muerte.
Ante el fondo de todas estas observaciones que venimos extractando, unas relativas al medio físico, otras al medio social, en que
desenvuelve su existencia de labor y dolor la clase campesina, el
autor del notable informe que resumimos, mueve sus figuras de
antropología criminal, marcadas, muchas veces, con rasgos felices.
Así, el de la senectud, casi siempre prematura, del agresor,
tanto en los delitos contra la propiedad como en los sexuales.
Así también, el hirsutismo, el lujo de vello por todo el cuerpo, que recuerda en esta última clase de delitos, el tipo del sátiro, calvo, en cambio, en las representaciones que la pintura y la
escultura dan de la caprípede figura de éste.
Otro rasgo de interés se refiere a la costumbre de ciertas localidades, como El Cuey, «donde los hombres tienen por hábito
Una pluma en el exilio...
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alterarse la dentadura, destruyendo la forma cuadrada natural
de cada diente, para convertirlo en colmillo agudo, a modo de
garfios, acaso creando un aparato de combate, en el propio
organismo». Rasgo inaudito de verdadera felinidad, esto es, de
regresión atávica, voluntaria, al tipo biológico de las grandes fieras, exagerado hasta convertir en colmillos, o sea, en caninos, la
fórmula dentaria de los incisivos.
No faltan en el estudio del señor Procurador Fiscal de El
Seibo acertadas consideraciones penales y penitenciarias.
Afirmando la realidad de la imperfección del sistema de represión de la delincuencia, declara valientemente que «ya es hora
de que la cárcel criolla constituya positivamente un reformatorio
y no un seno de promiscuidad con las naturales consecuencias
negativas. El mejor sistema de represión de la delincuencia es el
sistema deportivo del trabajo, que higieniza cuerpo y alma». «La
cárcel criolla», añade más adelante, «no debe desviar del campo al delincuente. Dentro de esta observación, simple de toda
simpleza, la creación de cárceles-reformatorios, como ubicación
agrícola, es la mejor fórmula de crear sistema útil de represión
de nuestra delincuencia, por lo común campesina». Felizmente,
los generosos e inteligentes deseos del Sr. Prestol comienzan a
verse cumplidos, habiéndose adelantado a ellos la sabia inspiración que dirige al país.
En el ambiente mismo del Congreso, algunos de los señores
procuradores generales de las Cortes de Apelación hablaron de
los éxitos obtenidos por dos colonias penitenciarias agrícolas, de
tipo familiar, instaladas en las provincias occidentales, en las cuales, y como una de sus mayores ventajas, recibe cabal solución el
problema sexual de los condenados, planteado de una manera
tan angustiosa, así en los sistemas de promiscuidad como en los
celulares, desde que se convirtió en pena típica y casi única de
nuestro Derecho penal, la cárcel, que en el antiguo Derecho no
tuvo nunca carácter represivo, sino tan sólo el de una institución
procesal, transitoria, destinada a asegurar la persona del reo en
tanto que se sustanciaba el juicio y llegaba la hora de la represión
en formas bien distintas. La obcecación causada en los penalistas
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Constancio Bernaldo de Quirós
por efecto del fetichismo de la cárcel en que cayeron, hará ya
más de un siglo, fue tal que les hizo olvidar el carácter puramente personal que ha de tener la pena siempre, no transfiriéndose
ni alcanzando a personas extrañas al delito. La prisión, como es
sabido, no sólo afecta a la vida sexual del delincuente, convirtiéndolo a la larga, en un psicópata de ese orden, sino que, además,
afecta injustamente a la vida sexual de su cónyuge, obligándole
también a readaptaciones imperfectas.
No sólo esto. La República Dominicana cuenta ya también
con dos reformatorios para menores, de cuyo buen funcionamiento y esperanzas prometedoras habló dos veces en la asamblea el director de ambos, Lic. P. P. Bonilla Atiles.
Para concluir, el Congreso se ocupó, así mismo, de los métodos modernos que, en la lucha contra el crimen, pone en juego
la policía judicial científica.
De dactiloscopia, sobre todo, trató en su informe muy discreto, el jefe auxiliar de la Policía Nacional, teniente coronel E. J.
Suncar Méndez. Supimos, merced a sus palabras, que el método
dactiloscópico usado en la República Dominicana es el de Henry, anglosajón de naturaleza y, al parecer, el más difundido de
cuantos se disputan el éxito.
En uno de los intervalos del Congreso, me fue grato mostrar
al Sr. Suncar Méndez y a algunos otros inteligentes, la cédula
individual dactiloscópica mía, tomada, para su archivo particular, por el mismo Juan Vucetich, en Madrid, el 22 de octubre
de 1913, cuando pasó por allí en un viaje circular buscando en
ambos mundos los orígenes y aplicaciones de la dactiloscopia,
de que trajo la cosecha más espléndida. ¡Aquellas hojas, delicadísimas, de papel de arroz, sobre todo, documentos de Siam, de
Cambodge y de Indochina con huellas digitales seis o siete veces
centenarias, al pie de documentos civiles! Tan sólo yo quedo
como superviviente de los cuatro que aquel día nos reunimos
en la capital de España. Juan Vucetich, el director de seguridad
de mi país, don Ramón Méndez Alanis, el malogrado Antonio
Lecha Marzo, que murió tan en breve, ya de catedrático de Medicina Legal en Sevilla, y yo. Las huellas dactiloscópicas del que
Una pluma en el exilio...
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esto escribe, magistralmente tomadas, campean en su fórmula
peculiar: V. 4343-D. 2242.
Ciertamente, la dactiloscopia, después de sus orígenes en las
razas amarillas, de lo que tiene más en su historia es de Argentina, empezando por su propio nombre creado por Francisco
Latzina, en sustitución del de icnofalangometria, tan difícil e
inexacto que le atribuyó el propio Vucetich, cuando todavía se
estaba bajo la impresión, ya pasada por fortuna, de la antropometría, y acabando por el método mismo Vucetich, que tenemos
por el más sencillo y eficaz.
En el Congreso de Ciudad Trujillo de que estamos hablando,
otro señor procurador fiscal, Lic. Joaquín Díaz Belliard, hablando a su vez de dactiloscopia, recordó, sin nombrarle, el sistema
español Oloriz, con su nomenclatura de estilo griego, fundada
en la presencia o ausencia, en los dibujos papilares de las yemas
de los dedos, del rasgo que él denominara Delta, por su semejanza con la letra de este nombre. Pero es indudable que el tecnicismo de Vucetich, arco, presilla interna, presilla externa, verticilo,
es preferible, por su claridad, al de nuestro buen don Federico
Oloriz, nuestro ilustre maestro de antropología, a saber: adelto,
destrodelto, sinistrodelto y bidelto, absolutamente ininteligibles
para los no iniciados.
Entusiastas siempre de la dactiloscopia desde que comenzó
a utilizarse en Europa, hacemos aún hoy votos por sus éxitos,
seguros de que lograrán superar las dificultades que aún pueden
presentarse, por ejemplo, la posible repetición de las fórmulas
en los mellizos o gemelos; y la posible destrucción de la estructura de la piel por alguna enfermedad, como la lepra, según
las observaciones del cubano Israel Castellanos y del brasileño
Leonidio Ribeiro. Este último, me parece, exagera indudablemente cuando presenta este efecto singular de la destrucción
de los tejidos papilares de las yemas de los dedos por la lepra,
como una amenaza seria para el sistema dactiloscópico, en cuanto pone en crisis la inmutabilidad atribuida a los dibujos desde
la vida intrauterina hasta después de la muerte, según se venía
afirmando por todos.
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Constancio Bernaldo de Quirós
Entre los temas tratados en el Congreso de Procuradores de
Ciudad Trujillo, quedan aún algunos que, desde distintos puntos
de vista, interesan a la criminología.
Recordaremos, en efecto, el del Lic. Diógenes del Orbe,
procurador general de la Corte de Apelación de Santiago, sobre
actuación de la Policía Judicial en la represión del robo, y también los de todos aquellos funcionarios que, estudiando cuestiones distintas, se refirieron, como el Lic. Ángel Fremio Soler,
procurador general de la Corte de Apelación de San Cristóbal, a
la reforma de la legislación dominicana en cuanto a la represión
de los delitos contra la honestidad, sobre todo el denominado
«de gravidez», o sea, de embarazo o preñez, en castellano, y en
cuanto a la reforma de la Ley 1051 para las obligaciones civiles
con respecto a los hijos no legítimos.
Como antes hemos visto, esos dos son aspectos del mayor
interés en el conjunto de la vida dominicana y en su criminalidad, consiguientemente, pues no olvidemos nunca que la delincuencia no es sino la sombra, dura y negra, proyectada por la
organización social, en la que se reconoce, como en un retrato,
la silueta, el perfil de cada una.
El Congreso de Procuradores celebrado en Ciudad Trujillo,
los días 16, 17 y 18 de agosto de este año, conmemorando el primer decenio de la «Era de Trujillo», fue un verdadero éxito que
honra a sus iniciadores y colaboradores y que permite esperar
nuevos avances de la legislación dominicana en el sentido del
progreso social de un país en plena expansión dichosa.2
Primer Congreso de Procuradores en la República Dominicana,
Tomo III, Editorial La Nación,
Ciudad Trujillo, 1940,
pp. 175-185.
2
N/C. Este Primer Congreso de Procuradores fue celebrado en agosto de
1940 y la exposición de don Constancio fue reproducida por la revista
jurídica argentina La Ley, publicada en Buenos Aires el 17 de septiembre
de 1940.
Remember
El recuerdo de un memorable suceso histórico español no
se aparta de mí hace ya un largo mes, desde que la proa del
De la Salle comenzó a cortar en el Golfo de Gascuña, las aguas
del Atlántico, con rumbo a la tierra de promisión en que nos
hallamos, al cabo.
Me refiero a la fundación de las nuevas poblaciones de
Andalucía, creadas, como el más interesante episodio de la
colonización interior de España, pronto hará dos siglos, reinando el buen rey Carlos III, bajo la dirección de un ilustre
magistrado, americano de origen: don Pablo de Olavide, el
benemérito.
Terminada la construcción del nuevo camino real de Andalucía, para que la circulación entre ella y las Castillas se desarrollara tanto como importaba a los levantados propósitos del Rey
y sus ministros, el Conde Aranda, Floridablanca, Campomanes,
precisaba asegurar a los viajeros de las acechanzas de los malhechores y dotarles de comodidad y bienestar.
El proyecto parecía de difícil realización, en un tiempo en
que la población del país había descendido a cifras muy bajas,
cuando vino a resolverle la iniciativa, por espíritu de lucro
personal, de un famoso aventurero alemán, Thurrieghel, comprometiéndose a introducir en el reino, a bajo precio, algunos
centenares de familias importadas de la Europa Central, en sus
regiones más castigadas entonces por el pauperismo.
– 45 –
46
Constancio Bernaldo de Quirós
Aceptada la idea, sólo faltaba ya el hombre de confianza a
quien encomendar su realización. Instantes hubo, ¿quién lo
pensara?, en que este hombre pareció ser nada menos que el
famoso caballero Casanova. Cuando, al cabo, la elección, Pablo
de Olavide. La obra comenzó inmediatamente, con gran brío, al
empezar la década sesenta del siglo xviii.
Los colonos llegaron. Los políticos reales redactaron el magnífico Fuero de Población, inserto en la novísima recopilación
de nuestras leyes y que, según nuestro insigne Joaquín Costa, representa el modelo de una república ideal, tal como se concebía
entonces. En el corazón de la inhospitalaria Sierra Morena, en los
peligrosos desiertos andaluces aparecían los pueblos La Carolina,
La Carlota, La Luisiana, por no citar sino los más famosos en las
tres provincias de Jaén, Córdoba y Sevilla, como en una nueva
empresa de Torre de Babel, con confusión de lenguas: alemán,
francés, español, mezcladas con el estrépito del trabajo despertando los ecos estremecidos de la montaña. Don Pablo de Olavide circulaba incansable por las poblaciones nuevas, proveyendo
a todos sus menesteres, hasta el día en que la larga intriga urdida
por fray Romualdo de Friburgo le desgració hasta el punto de
someterle al Tribunal de la Inquisición, que le condenó con demasiado rigor, en el famoso «autillo» de que salió desmayado.
Empero, la empresa siguió adelante; y aún cuando, ya terminada, la invasión napoleónica estuvo a punto de destruirla,
las nuevas poblaciones resistieron la prueba y la economía española acreció desde entonces como un centenar de millares de
seres humanos y otras tantas hectáreas de tierras conquistadas
al desierto.
La lengua alemana desapareció a la segunda generación.
Jorge Borrow, viajando hacia 1837 por la provincia de Sevilla, no
encontró en el desierto de la Moncloa más que una sola anciana
que recordara palabras de la lengua de la patria anterior.
Pero los apellidos germánicos se transmiten intactos y las
leyes de la herencia, no obstante los cruzamientos étnicos, resucitan en el valle medio del Guadalquivir el puro tipo ario en
medio de la morena población de Andalucía.
Una pluma en el exilio...
47
En el año 1928, para preparar la instalación de nuestro Ministerio de Trabajo en la gran «Exposición Ibero-Americana de
Sevilla», yo tuve ocasión de recorrer los pueblos de la fundación
de Carlos III.
¿Quién había de decirme a mí y a mi hijo Constancio, que
me acompañó, que doce años después los jeroglíficos del azar,
los secretos arcanos del destino, habrían de traerlos aquí de
España, como los alemanes de Thurrieghel llegaron a la gran
Bética, desde las frías tierras del centro de Europa? Este es el
recuerdo que me obsesiona de que hablaba al comenzar.
Mi mayor deseo ahora, es que nuestro esfuerzo sea eficaz en
la tierra generosa que nos recibe y que en un plazo breve hayamos dado para ella el esfuerzo y rendimiento.
La Nación, 17 de marzo de 1940.
Los bandidos de España1
«Coracota, el primero de los bandidos ibéricos. El
abigeato en la Bética.
Los golfines castellanos de los tiempos medios. Los
monfíes de la Alpujarra.
El bandolerismo catalán: Roque Guinart, Gil Blas y
Capitán Rolando».
Honorable señor Rector, señores catedráticos, señoras y señores:
Volver a hablar de los delitos y de las penas después de un
curso, o de un cursillo, si se quiere mejor, podría parecer una
monótona insistencia o un defecto de bagaje personal, pecados
ambos en que yo no quisiera incurrir ante vosotros. Yo hubiera
querido, por nuestro bien y por el mío propio, hablaros de los
paisajes, de las figuras, de escenas de mi país, la lejana y querida
España. Mi país cuenta con espléndidos escenarios naturales
para todos los estados líricos del alma, mi país es rico en ciudades reputadas entre las más bellas de naturaleza, de arte, de
tradición y de historia: Toledo, Córdoba, Sevilla, Granada, Salamanca, Santiago. Mi país, por fin, tiene un censo copioso de
hombres famosos, así en las letras como en las armas. Pero una
voluntad a la que nada puedo yo negar, señor Rector, ha querido que mi tema de hoy sea un desfile histórico de los bandidos
1
N/C. Conferencia pronunciada el 27 de agosto de 1940, en el Paraninfo
de la Universidad de Santo Domingo.
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Constancio Bernaldo de Quirós
españoles, asunto españolista también que yo quiero hacer
pasar ante vuestra curiosidad amable, quitándole un poco lo
que pueda tener de la España de pandereta y poniendo, sobre
todo, como fondo de las figuras que haré destilar ante vosotros,
callejas y monumentos de las ciudades españolas y, sobre todo,
paisajes, sierras lejanas, gargantas y desfiladeros despoblados
en los cuales se ejerció la acción de los malhechores.
Voy, pues, a dedicar tres charlas a este asunto. La primera,
que es la de hoy, tiende a mostrar acá y allá, en los lugares más
apartados unos de otros de nuestra España, focos de bandolerismo a través de la historia, que felizmente, poco a poco, se
extinguieron. La segunda lección o conferencia, perdonadme
viejos resabios de cátedra, versará acerca del bandolerismo en
una región que, por causas históricas y sociales muy profundas,
ha conservado el bandolerismo hasta el día de ayer. Por último,
la tercera no será sino un tema de curiosidad personal de un momento, el más interesante de la criminalidad madrileña, aquel
en que un buen día del primer tercio del siglo xix se repartieron
el dominio de Madrid y de la Sierra de Guadarrama dos bandas
de malhechores, una la del famoso Luis Candelas, el bandido
madrileño, otra la del serrano Pablo Santos, inventor en España
del secuestro, nada menos.
¿Por dónde comenzar ahora? Siguiendo retrospectivamente
las huellas de los bandidos a través del agro español, puede llegarse hasta un instante, los comienzos casi exactos de la Era Cristiana, en que la historia registra el nombre del primer bandido
ibérico conocido. En otro país que no tuviera la edad venerable,
casi inmortal, de nuestra querida España, en otro país que no
fuera ninguna de las tres grandes penínsulas mediterráneas, este
precedente quizás parecería excesivo, pretendiendo llevar las
cosas hasta el huevo ab ovo, es decir, hasta sus orígenes mismos.
No así en España, donde los tiempos de Augusto, hoy, por el
descubrimiento de nuevos términos protohistóricos en nuestra
tierra, hacen de aquellos la mitad de nuestra historia. De Augusto a nosotros, hay poco menos distancia que de Augusto a
Argantonio, el rey feliz de Tartesios, que hoy se busca con afán
Una pluma en el exilio...
51
entre las arenas del Guadalquivir, en el Coto de Doñana, frente a
frente de la colonia de La Algaida. Y de Argantonio a los artistas
que trazaron en las tinieblas de las cuevas de Altamira las imágenes vivientes del jabalí, del corzo y del bisonte, la distancia es
aún mucho más desmedida, casi inagotable. Tomemos, pues, los
tiempos de Augusto como aquellos en que puede comenzarse a
hablar con alguna certeza de bandidos históricos andaluces.
El que haya recorrido Andalucía, quien haya visitado los museos arqueológicos de Córdoba, Sevilla y Cádiz, quizás ha tenido
ocasión de hallar en el material lapidario de que constan, tres,
cuatro, quizás hasta media docena de lápidas con los nombres y
las oraciones dolientes dedicadas a las víctimas de aquel primer
bandido de la Bética –Coracota–, todas ellas rematadas con la
bien conocida sigla STTL, Sit terra tibi levis (séate la tierra leve).
Hay quizás en los museos arqueológicos de Andalucía cerca de
media docena de estelas funerarias de los hombres que perdieron su vida en el viejo camino romano que aún el vulgo llama,
en lo que queda de él, el camino de «el empedradillo» y que la
perdieron a manos de Coracota.
Los excesos a los que Coracota se entregó, según las crónicas,
fueron tantos que hicieron que Augusto, entonces convaleciente
en Tarragona, en aquel maravilloso palacio aún sostenido por las
murallas ciclópeas de que se jacta la noble ciudad, que hicieron,
pues, que Augusto pusiera a precio su cabeza, ofreciendo una
cantidad, asaz crecida de monedas, al que se lo presentara muerto o vivo; y entonces se dio el rasgo de osadía y hasta de buen
humor de este primer bandido bético, Coracota, que haciendo
el viaje desde el valle del Guadalquivir hasta la capital Tarraconense, se presentó vivo a Augusto, reclamándole el precio ofrecido. Augusto cumplió como un César la promesa; le indultó, y
es interesante notar que este rasgo con que principia la historia
del bandolerismo español se ha repetido después exactamente
otras dos veces, por lo menos: una, con Francisco Esteban, «El
Guapo», en relación con don Pablo Diamante, presidente de la
Cancillería granadina; y otra, sobre todo, con Diego Corrientes,
en relación con aquel presidente de la Audiencia sevillana, don
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Constancio Bernaldo de Quirós
Francisco de Bruna, llamado irónicamente por los sevillanos «El
Señor del Gran Poder» y que fue la causa final, postrera, de la
perdición del desgraciado Diego.
Pero no es menos interesante que esta repetición de sucesos
históricos, notar que los hechos que vamos reseñando se localizan en la historia casi exactamente donde se conservan aún hoy
y donde han venido repitiéndose, año tras año, con singular insistencia e isocronismo, haciendo del bandolerismo andaluz uno
de los temas que pueden llamarse, desgraciadamente, «episodios
nacionales» de nuestra España.
Coracota quizás era natural de Estepa, la «Astapa» de los romanos, y si Coracota no fue paisano del «Pernales», del «Vivillo»,
del «Vizcaya», de los últimos bandidos andaluces, aquellos que
yo he conocido y tratado, por lo menos Coracota recorrió en
sus operaciones todo el polígono irregular que los andaluces,
con graciosa ironía, llaman «Los Santos Lugares», y que son el
territorio de 250 ó 300 Km. formado por los tres partidos judiciales sevillanos de Ècija, de Ozuna y de Estepa, y singularmente,
todavía más, el corazón de esta región donde se encuentran los
tres pequeños municipios de Marinaleda, de El Rubio y de Matarredonda, de los que se narran por allá tan divertidos cuentos.
Andalucía, por lo demás, ya era tal cual es hoy: la moza eternamente joven, eternamente hermosa y graciosa, que todas las
primaveras se adorna con las flores en que es rico el valle del
Guadalquivir y que todos los otoños se engalana con las espigas
de trigo, con los ramos de olivas cuajados de moradas aceitunas
y con los racimos de vid, dones de la naturaleza que forman su
gloriosa diadema y su opulencia.
Por lo mismo, como Andalucía era en los tiempos romanos
en su constitución agraria casi lo mismo que es hoy, un país agrícola y ganadero, de gran propiedad, de extensos latifundios, su
criminología casi exactamente era así mismo lo que hoy es; y con
el salteamiento de los viajeros, desde los primeros momentos el
bandolerismo ibérico se encuentra mezclado con el cuatrerismo, con el robo de ganados, con aquel delito singular que los
romanos llamaron «abigeato», de ab agere, «llevar por delante»,
Una pluma en el exilio...
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aludiendo a la acción del malhechor que conduce por delante
de sí la punta del ganado robado.
Y fueron los romanos tan cuidadosos de la tipicidad jurídica
de las figuras penales que crearon, que hay en los libros «terribles» del Digesto un pasaje del famoso jurisconsulto Calistrato
en que se dice, con ingenuidad y seguridad admirables, que no
es abigeo el ladrón furtivo que echa sobre su cuello una oveja o
un carnero, y no es abigeo porque en vez de llevarles por delante, le lleva a la espalda.
La Bética fue entonces un país en que el abigeato, el cuatrerismo como se había de decir después en romance, de tal
suerte se desarrolló que fue preciso todo un largo rescripto del
emperador Adriano, dirigido al Convento Jurídico, o sea, a la
Diputación Provincial, como diríamos hoy, de Andalucía, en que
se define la tipicidad del abigeato y se examinan de un modo
curioso y sugestivo las principales variedades de abigeos que por
entonces circulaban por el gran valle del Betis, el noble Guadalquivir de arenas doradas.
Trasladémonos ya a otras regiones más inclementes de
nuestra España; pasemos a la España interior, ascendiendo, uno
tras otro, los tres ingentes escalones que, como una ciclópea
gradería, se elevan casi desde el nivel del mar a los páramos de
Castilla la Vieja: primero, la tierra de La Mancha; después, la
meseta toledana surcada por el Padre Tajo; por último, la tierra
castellano-leonesa. Y entre una y otra de estas tierras, en una
comarca singularmente selvática, montaraz y rupestre, que es
aquella en que los Montes de Toledo se deshacen en la región
natural de La Jara, vamos a encontrar la primera de las razas de
bandidos de la España interior. Hablo de los golfines.
Los viejos golfines españoles fueron probablemente en sus
orígenes también no más que ladrones de ganados, ladrones
apostados a lo largo de las vías pecuarias que descienden desde
los puertos de la cordillera cántabro-astúrica hasta el valle del
Guadalquivir. Golfín, probablemente no es más que una corrupción verbal en que vagamente se descubre la palabra gótica wolf,
«lobo». Era el golfín el verdadero lobo, el lobo de aquellas ovejas
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Constancio Bernaldo de Quirós
que subían y bajaban verano e invierno, en este tráfico interior
dos veces cada año, sin el cual no se puede conocer ni comprender bien la economía nacional de España y hasta muchos de sus
caracteres pintorescos.
Más tarde, probablemente esos lobos de ovejas se hicieron
también lobos de los hombres; se convirtieron en salteadores,
émulos y rivales de Coracota y sus descendientes. Sabemos los
nombres y las gestas de muchos de ellos, que vivieron entre el
siglo xi y el xiv y que castigaron especialmente la tierra castellana
durante tantos siglos.
Hay un texto de un viejo cronista catalán, Bernardo Desclot,
en el que el autor nos da un pequeño portrait parlé, retrato hablado, de los golfines. Dice que los golfines eran castellanos y
salagones de dentro de la profunda España. Salagones quiere
decir de las riberas de un río castellano, el Alagón, que, nacido
casi en la cumbre de Peña Gudiña, va ciñéndose después al macizo de la pintoresca Sierra de Peña de Francia y desagua en el
Padre Tajo, próximo a la raya con Portugal, casi en el lugar en
que este río famoso se jacta de poseer aún una de las maravillas
de arquitectura de los viejos pontífices romanos, el Puente de
Alcántara, aunque este nombre, dicho así, sea una redundancia,
puesto que, siendo Alcántara una palabra moruna que quiere
decir «el puente», decir el Puente de Alcántara es tanto como
repetir dos veces el nombre de puente.
Pues bien, esos castellanos y salagones de «dins de la profonda
Epanya», como dice el catalán Desclot, eran, según nos lo pinta
el viejo cronista, segundones, dado el régimen de primogenitura
de entonces; segundones que, por sus vicios y costumbres disolutas, habían perdido lo poco que tenían y no habían hallado otra
solución para su vida, siempre amplia y pródiga, que salir a las
vías pecuarias de la Real Cañada Leonesa o incluso a los puertos
de Sierra Morena, al Puerto de Muradal, por donde se hacía el
tráfico con los moros de Córdoba y de Sevilla.
El más famoso de esos golfines se sabe que fue Carchena, de
quien aún queda memoria en España. El más afortunado de todos, Alonso Golfín, ennoblecido por Alfonso el Sabio, enlazado,
Una pluma en el exilio...
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al parecer, con casas reales francesas a juzgar por los lises de su
blasón y del cual se conserva en Cáceres una de las casas solariegas
más maravillosas de la ilustre ciudad de los alcázares, que esta es
la interpretación de su nombre, la casa conserva en su fachada
una lápida de mármol en que se hace constar pomposamente que
pernoctaron en ella tantas y cuantas veces los Reyes Católicos.
En cambio el más desafortunado fue, tal vez, Egas Páez, al
cual alude un precioso episodio dramático de la crónica del rey
montero, hecha por un contemporáneo. El rey montero, se le
llamó así porque fue un rey feliz que desenvolvió un reinado
por demás hábil y enérgico, y que entregó sus ocios a la caza,
a la caza del oso y del jabalí singularmente, describiéndonos,
en un precioso libro seguramente redactado o retocado por él,
los lugares de persecución de esas alimañas en su montañoso
país, todo el cual recorrió en lo que era la corona de Castilla,
salvo, naturalmente, el Reino de Granada, en poder de los moros todavía. Alfonso XI, pues, que es el monarca extraordinario,
interesante, para mí personalmente el más ilustre de todos los
Alfonsos, Alfonso XI está un día en Burujón, un pueblecito de
la provincia de Toledo, porque era en los tiempos felices en que
los reyes convivían con los aldeanos y estando en un frecuente
contacto con ellos, de este hecho procede el gran número de
anécdotas españolas acerca de los encuentros imprevistos entre
los reyes y los villanos. El rey, decimos, está en Burujón con sus
compañeros de caza, probablemente con Diego Bravo, su gran
montero, perdido en el sitio de Algeciras, como él, el propio
rey murió de peste teniendo sitiado Gibraltar; organizan quizás
una partida en busca del jabalí, el puerco, como decía él, la palabra jabalí aún no había entrado en el castellano, cuando de
improviso su reunión es interrumpida por la intervención de un
mensajero que le advierte como Egas Páez, el terrible Golfín,
se encuentra en Santa Olalla, una población inmediata seis o
siete leguas. El rey monta inmediatamente en su caballo, alazán
tostado, «antes muerto que cansados», dice la crónica, cabalga
también Diego Bravo su montero, quizás lleve tras sí la traílla de
sus perros, para los cuales tiene siempre en su libro una palabra
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Constancio Bernaldo de Quirós
de elogio o compasión, cuando persiguen y rematan a un puerco
o cuando por el contrario caen bajo su colmillo.
Llega el rey a Santa Olalla, hace cerrar las puertas, registra
casi una por una las casas y por fin encuentra una que le infunde sospechas. Hay un pozo en el corral, ese pozo se registra
infructuosamente al principio, pero al fin se da con Egas Páez y
su gente que están escondidos en una pequeña oquedad abierta
a la mitad del pozo. Son desalojados de allí y mueren en una
terrible ejecución en la cual quizás algún golpe se deba al propio
Rey Alfonso.
Esto fue singularmente en aquella región bravía de La
Jara, cuyo nombre es bastante sugestivo para describirla: tierra
de monte bajo, cubierta de encinas y de alcornoques, en una
inextricable asociación de jarales, esta magnífica planta reluciente de un barniz espeso, una cistácea, Cystus ladaniferus, que
florece en primavera con unas grandes rosas blancas, a veces tan
hermosas, de luz radiante, cuando se da en grandes masas bajo
las rocas bien expuestas al Mediodía, como las constelaciones
inmortales que la noche nos descubre en el alto cielo. Yo tengo
para la jara una predilección especial, creo que si alguna vez se
hiciera el plebiscito de las flores serranas de mi España, el voto
casi unánime sería para ella, lo mismo que el «edelweis» le tuvo
para el plebiscito de las flores de los Alpes. Hasta he pensado
muchas veces, sabiendo que la jara, típicamente española, no
puede encontrarse, salvo raras excepciones, en masa, sino en la
isla de Creta, que quizás el secreto del Greco fue ese. También
el Greco era un poco español como la jara, y trasplantando a España, se desarrolló de igual manera que se hubiera desarrollado
una mata de jarales blancos o morados llevada desde el monte
Ida, cumbre de su tierra natal, a los viejos montes de Toledo de
nuestra España.
Debemos a los golfines dos cosas singulares; por una parte,
las instituciones de seguridad que, en la lucha contra el bandolerismo, nacieron de la persecución contra ellos. Los hombres de
La Jara, los colmeneros de la tierra, se asociaron para perseguir
a los golfines creando la primera hermandad, vieja Hermandad
Una pluma en el exilio...
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de Toledo, asociación de hacendados lanzados a la persecución
de los golfines, sin otras armas que las saetas, las buenas saetas
de cuadradillo que vibraban silbantes en el aire antes de clavarse
temblando en las carnes de los golfines, atados a las robustas
encinas, como san-sebastianes vulgares.
Próxima a Ciudad Real hay una pequeña aldea manchega,
Peralbillo, famosa por ser el lugar de ejecución de los antiguos
golfines, y en esa aldea, Peralbillo, cuyo nombre suena a menudo en todos nuestros clásicos, se conserva aún una curiosa
capilla mudejar, en ladrillo, con restos de las antiguas horcas, y,
tendiendo con los brazos sobre ellas, una cruz piadosa.
Además, debemos a los golfines el que, para precaver a los
viajeros de sus asaltos, los antiguos reyes castellanos pusieron en
los caminos reales, en las rutas más importantes de su tiempo,
grandes albergues, posadas fuertes como si dijéramos, «palacios», que ese era el nombre que le daban los contemporáneos,
enteramente similares a los que mucho después todavía seguían
construyendo los sultanes marroquíes, tal cual el Fondak de Ainyedida, entre Tetuán y Tánger.
He tenido la satisfacción de buscar y encontrar el emplazamiento de muchos de esos antiguos «palacios» castellanos. He
hallado las ruinas del Palacio del Quejigar, cerca de Cebreros, en
tierra de Ávila, de donde procedo; he hallado las ruinas del «Palacio de Manzanares el Real», al pie de la magnífica región de La
Pedriza de Manzanares; pero, sobre todo, he hallado las ruinas
del albergue y palacio de Sierra Morena, debajo del puerto de
Muradal, casi exactamente en el campo de batalla de Las Navas
de Tolosa, palacio mencionado como un modelo de seguridad
y de protección para los viajeros, por Andrés Navagiero, que fue
embajador veneciano en la corte de los Reyes Católicos y que
consta en todos los libros de viajes de por entonces, así en la
Geographia Blaviana, como en el Theatrus de Abraham Ortelius,
que viene a ser, como si dijéramos hoy, el Stieler y el Baedeker de
aquellos tiempos. Las ruinas de los «palacios» debajo del puerto
de Muradal me impresionaron particularmente. Volvía yo de
Andalucía de buscar las huellas de la colonización de Carlos III,
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Constancio Bernaldo de Quirós
había pasado los terribles días del verano en la «sartén de Andalucía» y al hallarme bajo el reparo sombrío de los «palacios»
recordé un versículo del Corán que mi maestro en Tánger me
había hecho repetir muchas veces, señalando su belleza: «¿has
visto cómo Nuestro Señor misericordioso extiende a tu alrededor la sombra?», y como si la sombra del árbol y del edificio
fuese poco, pasó también sobre nosotros la sombra de una nube
que nos obsequió con las deliciosas primeras gotas de lluvia del
otoño.
Dejemos ya, pues, a los golfines; vamos a otra región que
también nos enseñará una nueva dinastía de bandidos: los monfíes de La Alpujarra. Ahora nos encontramos en el Reino de
Granada. La Alpujarra es la maravillosa región que se sitúa entre
la vertiente meridional de la gran Sierra Nevada y la vertiente
septentrional de la minúscula Contraviesa, pequeña alineación
montañosa que la separa del Mediterráneo. Toda ella está dominada por la gran Sierra Nevada, la mayor de las alineaciones
montañosas de España. Los romanos la llamaron Soloriens, o el
país del sol naciente, los árabes Xolair y algunos otros geógrafos,
árabes también, le dicen las montañas del sol y del aire, en la
cual señorea la cima que lleva el nombre del rey moro Muley
Hacén.
En España, las grandes cumbres unas veces llevan nombres
de dioses de la vieja mitología muerta y completamente olvidada,
como el Aneto de los Pirineos, como el Andévalo de Huelva, que
recuerda a Endovélico, como el Teleno de León, que recuerda,
a su vez, a un Marte de aquellos días. Otras llevan los nombres
innumerables del santoral cristiano por razón de las ermitas
construidas en su base o en sus cumbres; algunas tienen nombres
de héroes, de grandes héroes históricos, Roldán en los Pirineos,
Almanzor en la maravillosa sierra de Gredos de mi querida provincia de Ávila. Pero aquí el nombre que lleva la cima superior
de Sierra Nevada y de España entera, es la de ese rey moruno de
Granada, Muley Hacen, cuya historia fue toda una tragedia.
Parece que el rey misántropo viejo, ciego, cansado de las ingratitudes de los hombres, pidió a su favorita, la sultana Zoraida,
Una pluma en el exilio...
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la antigua Isabel de Solís de los cristianos, que en la hora de su
muerte le sepultara allí donde jamás pudiera sentir la planta de
un ser humano.
Isabel de Solís es también una hermosa figura nuestra. Unos
dicen que era la hija del Alcaide de la fortaleza de Martos, secuestrada por los moros; otra versión más plebeya asegura que
no era sino una pobre niña cristiana cogida por unos almogávares granadinos junto a una fuente fría, como en la canción, casi
en las murallas misma de Aguilar de la Frontera, hermosa ciudad
andaluza que se extiende en espiral hasta la cumbre de un cerro
donde se abre su maravillosa plaza, en polígono regular, con cuatro entradas a los cuatro puntos cardinales. La niña fue llevada
a Granada y vendida como esclava, fue a parar a La Alhambra,
al maravilloso palacio de La Alhambra, en calidad no más que
de humilde sirviente. Muley Hacen, una noche, se hallaba en la
maravillosa torre de Comares, que es uno de los cuentos de hadas que más pueden desearse, hizo que sus eunucos le llevaran
aquella muchacha de quien se encaprichó al pasar y cuando horas después la muchachita se retiraba de la torre de Comares a su
pobre aposento de La Alhambra, las odaliscas, celosas de aquel
interés que le mostraba el Sultán, cayeron sobre ella azotándola
bárbaramente y dejándola casi sin sentido. Días después llegaba
la fiesta del Aid-el-Kebir, la fiesta de la concepción de Mahoma, en
la cual era costumbre de la corte granadina celebrar una especie
de besamanos donde los nobles y las personas prestigiosas del
país acudían a ofrecer sus respetos al Sultán y la favorita. Cuando
el Visir preguntó a Muley Hacen quién quería que celebrase con
él la fiesta de Aid-el-Kebir, Muley Hacen no nombró a la sultana
Aixa, la horra, la madre de Boabdil de quien de hecho estaba separado; tampoco nombró a ninguna de las bellezas ardientes de
que su harem era rico, sino que se limitó a decir sencillamente
la Romía, es decir, «la romana», la cristiana. Desde aquel día la
Romía no se separó de Muley Hacen un momento.
Nuestro gran lírico, un poco superficial no obstante su grandeza, don José Zorrilla, en su poema La Alhambra, ha dedicado
unos maravillosos versos musicales a la pintura de la sultana
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Constancio Bernaldo de Quirós
Zoraida, el «Lucero de la Mañana», que éste fue el nombre
dado después a doña Isabel de Solís en la corte de Boabdil, a la
que describe como una belleza acabada, como si los hombres
no tuvieran que temer sino de la belleza de las mujeres, como
si eso, la belleza, con ser lo que es, fuera lo único que ata a
los hombres a las mujeres. Zoraida poseía tal vez algún secreto
sexual; poseía, mejor, un maravilloso talento natural que hizo
de ella la inseparable y feliz consejera de Muley Hacen; y cuando el sultán dejó el reino de Granada a su hermano, el Zagal, y
se retiró al Laujar de Andarax, en La Alpujarra, la llevó consigo
y ésta fue la persona a cuyo celo encomendó Muley Hacen el
cuidado de que lo enterraran en la cumbre más alta de la Sierra, a 3,481 metros sobre el nivel del mar, el Mediterráneo, que
en todas las tierras que encuadra no tiene otra cumbre más
alta, incluso el terrible Etna, el gran volcán de la isla de Sicilia.
Desgraciadamente hay algunos textos poco conocidos que sí,
por una parte, nos demuestran que la sultana Zoraida no fue
hermosa como quería Zorrilla sino, por el contrario, una mujer
que «no tenía buen gesto», según dice un historiador que la
vio y la trató mucho. Por otra, nos describen la caravana desde
el Laujar de Andarax, a través de La Alpujarra, de una pobre
mula cargada con el cadáver atravesado de un viejo y seguida
de un arriero moruno que no era sino el porteador a una de las
randas, de los cementerios más pobres de Granada, del cuerpo
del real misántropo. A pesar de lo cual, todos aquellos que, lo
mismo que el ingenioso hidalgo, nos complace más ver en cualquier bacía de barbero el yelmo de Mambrino, todos los que
trabajamos por la ilusión y la belleza seguiremos creyendo que
el cuerpo de Muley Hacen reposa bajo las nieves casi eternas de
la cumbre superior de Sierra Nevada.
Hablemos ya de los monfíes. ¿Quiénes eran los monfíes? Eran
hombres de presa que no aceptaron nunca las capitulaciones de
los Reyes Católicos con Granada, que se lanzaron al monte, que
persiguieron a los cristianos, y sobre todo prepararon la gran revuelta, la rebelión de los moriscos alpujarreños. Fueron aquellos
que, como dice don Pedro Antonio de Alarcón, dejaban todas las
Una pluma en el exilio...
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noches las huellas de sus babuchas sobre la nieve inmaculada del
Mulhacén, del Veleta y de La Alcazaba para ir y venir y organizar
el levantamiento de los moriscos.
De algunos de esos monfíes, sus nombres han llegado también hasta nosotros. Sabemos quiénes fueron y cómo se portaron,
sabemos del Partal de Rariles, del Nacoz de Nigüelas, de todos
aquellos que fueron compañeros de don Fernando de Valor, de
Abenhumeya, los compañeros de Fáraq ben Fáraj, los compañeros de Aben Aboó, los héroes, así hay que llamarlos no obstante
ser de una raza y de una religión distinta, que militaron contra
Felipe II, contra don Juan de Austria, contra el Marqués de los
Vélez, insurrección valiente en un pedazo de tierra que se llamó
precisamente «La Alpujarra», no por ninguna reminiscencia con
los Alpes, como han querido algunos, sino porque «Alpujarra»
quiere decir en árabe, la brava, la indomable.
Y vamos a dejarlos ya, porque nos aguardan todavía en la
antesala, como si dijéramos, las dos últimas figuras que quiero
mostraros hoy: Roque Guinart y el Capitán Rolando.
Dejemos, pues, la Sierra Nevada. En el gran circo de montes,
sobre las pizarras ennegrecidas y brillantes, sobre el vestisquero
candente, reina inmenso, infinito y poderoso, en su silencio eterno, el mediodía; pinos y abetos, sin un soplo de aire, se yerguen
en el suelo que les sostiene, sólo murmura con un débil son de
lira el agua tenue que fluye entre las guijas.
Ahora nos encontramos ya casi en las puertas de Barcelona.
Este episodio de mi conversación será quizás el más conocido de
todos, porque consta en la segunda parte del ingenioso hidalgo
don Quijote de La Mancha. La figura de Roque Guinart, el bandido catalán que se muestra casi a las puertas mismas de Barcelona
no es, en manera alguna, una invención de Miguel de Cervantes,
es un personaje real, auténtico; pero no es francamente un bandido, sino un bandolero, un fruto de aquellas divisiones entre
bandos rivales que ensangrentaron y perturbaron las relaciones
de todas o casi todas las regiones españolas.
En Cataluña era entonces la división entre los Niarros y los
Cadells, es decir entre los partidarios del Obispo de Vich y los
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Constancio Bernaldo de Quirós
partidarios de la Casa de Moncada, que quería lograr la extensión
de su casa de la jurisdicción episcopal. Roque Guinart era un Niarro, era un partidario del Obispo de Vich, como lo fue otro de los
más nombrados bandoleros catalanes de esa propia época, don
Juan de Serrallonga. Frente a esas dos figuras de bandoleros tan
prestigiosos, los Cadells no pueden oponer más que la de mala
Sanch. Todo eso, los autores catalanes que han cuidado con más
esmero que los andaluces de la reconstrucción de su historia, incluso en sus detalles más leves, consta en un curioso libro de don
Luis María Soler, titulado con el nombre personal del primero de
los bandidos: Perot Roca Guinard.
Roque Guinard era un bandolero noble. Ya saben ustedes
cómo se comportan con Sancho, con don Quijote, con los capitanes que van a Italia, con los religiosos que van a Roma, con la
esposa del Regente de la Vicaría de Nápoles, y como hace decir
a Sancho Panza aquellas frases, verdaderamente ejemplares, de
que la justicia es tan necesaria para la vida social humana, que es
preciso que la tengan hasta los propios bandoleros en su seno.
Por último, ya no tenemos sino al Capitán Rolando. El Capitán Rolando, por el contrario, es un personaje de ficción, un
personaje de fantasía, creado por Lesage, el autor francés que
inspirándose en los elementos de la antigua novela picaresca española compuso la suya, no por eso menos interesante, Aventuras
de Gil Blas de Santillana. Apenas salido de Oviedo, Gil Blas de
Santillana, sobre su mula, camino de su destino, el autor nos
presenta escenas sumamente fantásticas de bandoleros en una
región que quizás es la que más exenta ha estado siempre de
esa plaga en toda España; me refiero a la cordillera cántabroastúrica, tan pintoresca.
Gil Blas de Santillana atraviesa la cordillera, no por el Puerto de Pajares, que es en su tráfico muy posterior, sino por otro
bellísimo paso que llaman en el país el Puerto de Leitariegos, de
los porteadores de leche, cercano a la maravillosa región donde
duermen los encantados Lagos de Somiedo. Allí es asaltado por
la tropa de bandoleros, internado en una caverna completamente artificial, de la cual se escapa merced a su malicia y más tarde
Una pluma en el exilio...
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vuelve a encontrar la figura del Capitán Rolando hallándose en
Madrid, muy apurado.
¿Por qué, pues, dedicar nuestra atención a este personaje
que decimos y repetimos que es absolutamente gratuito? Sencillamente por una razón, y es porque, aún cuando casi siempre
las cosas se describen allí donde están mejor caracterizadas, a
veces sucede lo contrario, y allí donde está menos caracterizado
un mal social o un defecto teratológico, allí es donde se presenta
con insólita rareza, más llamativo.
Los que hayan asistido a mi cursillo de Criminología recordarán como, por ejemplo, el terrible caso de Garayo, el «Sacamantecas», el sádico de la criminología española, se presenta precisamente en la región más casta y más tranquila de toda España,
nuestra provincia de Álava. Del mismo modo, en esa región
donde Lesage pone una figura inventada por él de bandolero, al
cabo de los siglos, a principio del siglo xix, se dio un caso esporádico e interesante de bandolerismo colectivo, casi bandolerismo
corporativo de todo un pueblo que sale a un camino a perseguir
y a despojar la mala de Astorga. Ese es el caso de Campazas, el
pueblo famoso por llevar el nombre de aquel predicador de
quien el Padre Isla se sirvió para hacer, con respecto a la plaga
de los malos predicadores, algo de lo que Cervantes hizo con los
libros de caballería.
Y nada más hoy. Hemos cumplido nuestro programa. El día
próximo, como anuncié, vamos a ver de qué manera, mientras
todos esos focos de bandolerismo de Cataluña, de La Jara, de
los Montes de Toledo, de la cordillera cántabro-astúrica, se van
borrando y desapareciendo de tal suerte que no queda nada de
ellos a comienzos del siglo xix. En cambio, en Andalucía persiste
ese mal, no sólo en el siglo xix, sino en el siglo xx, por lo menos
hasta el año en que yo dejé España, hasta el año 1937.
Anales de la Universidad de Santo Domingo,
Vol. IV, julio-diciembre de 1940,
Fascs. III-IV, pp. 315-329.
El asilo diplomático de los Imbeles
Las instituciones jurídicas, como creaciones sociales que son,
semejantes a los seres vivos, nacen y perecen; y, en el curso de
su existencia dilatada, adaptándose siempre al medio, asumen
expresiones distintas, que puede decirse son el signo de cada
tiempo.
El derecho de asilo de los malhechores en los lugares sagrados, ha durado tantos siglos acaso cuantos cuenta de edad la
historia escrita, a lo largo de varios ciclos humanos, semejantes,
en su respectiva escala, a los períodos de vida de la Tierra. Mientras la reacción social jurídicamente organizada contra el delito,
mientras la pena fue, sencillamente, un mal opuesto a otro mal,
el del delito, y un mal, a veces, que trataba de exceder a su antecedente; si la justicia pudo imponerle, la piedad le atempero
con los múltiples recursos ingeniosos de las instituciones de impunidad de que tan rico fue el Derecho antiguo. Así, las treguas
judiciales, que suspendían los rigores procesales y penitenciarios
durante días particularmente evocadores de la piedad cristiana.
Así, el asilo en los templos, que envolvía al culpable en un ambiente de inviolabilidad contra los ministros judiciales. Así, por
último, hasta en los instantes más fatales, la rotura de la cuerda
en la horca, interpretada como una divina ordalía en que manifestaba el perdón supremo de la Divinidad; o bien la demanda
de matrimonio con el reo dirigida al tiempo de la ejecución de la
pena por una moza de la mancebía, extraña asociación de ideas
– 65 –
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Constancio Bernaldo de Quirós
de la pintoresca y atractiva Edad Media, complicada y sutil como
una catedral gótica.
Pero todo esto pasó a medida que la penalidad ha ido orientándose en nuevas direcciones. Las iglesias «frías», como entonces expresivamente se decía, esto es, sin calor, sin derecho de
asilo, las iglesias «frías», que hasta en el siglo xvii eran la excepción, hoy son la regla sin ella; y sería preciso retornar a países de
evolución social y jurídica muy atrasada para encontrar lugares
de asilo a malhechores, tales cuales los que yo mismo hallé en
Marruecos, recién asumido por España el protectorado sobre
Yebala: el asilo en las kubbas, en las zauias, o, sobre todo, el asilo a
pleno aire libre, ante una piedra, un arroyo, un árbol de recuerdos sagrados inmortales, por ejemplo, el acebuche de la cabila
de Uadras, próximo al famoso Fonfak de Ain Yedida, en cuyas
raíces tropezó, dando con su santa carga en el suelo, el mulo en
que cabalgaba Muley el Arbi, el gran santo de la comarca.
Pero nuestro tiempo no ha sido tan feliz que logrará ahuyentar de sí otros riesgos más peligrosos para los hombres que los
derivados sencillamente del delito.
El delincuente, en los días del nuevo Derecho penal, no
puede sentir el terror pánico ante la pena de los viejos tiempos;
y el delito mismo, a su vez, pierde importancia cada día ante el
ciudadano actual, mejor protegido por el conjunto de las instituciones preventivas y represivas del orden jurídico.
El monstruo de ahora vuelve a ser la guerra; la guerra, civil o no civil, pero incivil siempre, y cada vez más monstruosa,
como un dragón de los tiempos fabulosos olvidados, desde que,
excediendo de los límites a que la habían reducido las antiguas
concepciones del Derecho de Gentes, como un duelo entre
ejércitos regulares, se ha convertido en la guerra totalitaria que
lleva, sobre todo, por el cielo, con la aviación, como un castigo
inevitable; más aún como un castigo sin culpa.
Una vez más, en nuestros días hemos visto cómo las ciencias
morales, adelantándose a las materiales, logran una adaptación
beneficiosa, sin la cual sólo queda la alternativa de perecer, puesto que este dilema, adaptarse o morir, es la ley fatal de la vida.
Una pluma en el exilio...
67
En tanto que la Ingeniería y la Arquitectura buscan y ensayan
para nuestros descendientes los artificios de construcción que a
nuestros antepasados supieron dar la sensación de seguridad, a
prueba de toda agresión, procurada por murallas ciclópeas, como
las de la noble y hermosa Tarragona, en la feliz edad en que sólo
se conocía la guerra superficial, horizontal, pero no la guerra
vertical que desciende del cielo, el derecho y la diplomacia señalan ya su primer sentido en este sentido, transportando fuera de
los ambientes bélicos, por una nueva aplicación del principio del
asilo a los incapaces de pelear por su edad infantil, que les coloca
más allá y por encima de todas las luchas humanas.
La legación en Madrid de la República Dominicana, por la
feliz iniciativa del generalísimo Trujillo, marca este acontecimiento memorable, en que colaboró también la España Republicana, consagrando un estado de derecho llamado a desarrollos
interesantes.
Los profesionales del Derecho de Gentes, que son tantos y tan
selectos en América, tienen ahora un nuevo tema que desenvolver,
como base para futuras declaraciones y convenciones internacionales. Séame permitido anticipar para este tema en nombre de
«Asilo diplomático de los imbeles», recogiendo del lenguaje castellano un latinismo, quizás algo arcaico y reservado hasta hoy al
tono elevado de la poesía, pero poderosamente significativo para
expresar la incapacidad de guerrear por condición orgánica.
Muchas, y no felices, a veces, serán las cuestiones que suscite
la reglamentación de esta nueva forma, llamada a ser definitiva
con toda la posible fijeza, grata y necesaria al Derecho, como
un sistema de planos y artistas que es, al modo de un cuerpo
geométrico, cristalino.
¿Hasta qué límite de edad debe extenderse la protección?
¿Deberá concederse estrictamente a los niños, o podrá prolongarse hasta la adolescencia, si no cabal, por lo menos en su zona
más próxima a la infancia que a la pubertad, usando, una vez
más, la antigua distinción de la sabiduría romana?
¿La edad deberá apreciarse sólo con el criterio cronológico, o
biológicamente, por el contrario, atendiendo al desenvolvimiento
68
Constancio Bernaldo de Quirós
individual, tal cual querían, ya que acabamos de hablar de los romanos, los antiguos jurisconsultos nacidos de la escuela de Masurio Sabino? ¿Qué hacer con los que traspasen el límite de la edad
durante el tiempo de asilo?
¿Hasta qué punto deben ser administradas las hembras al
disfrute del nuevo beneficio, siempre que no se trate de madres
de niños lactantes, caso en el cual su suerte debe ir indisolublemente unida a la de sus criaturas? ¿Hasta cuál otro los ancianos
pueden merecer asimismo la conceptuación de Imbeles?
He aquí una primera serie de cuestiones referidas exclusivamente al sujeto activo del Derecho, a la cual, necesariamente,
sucederán otras y otras, para la reglamentación del ejercicio del
mismo, resolviendo las distintas dudas que la experiencia vaya
presentando.
Mas si se quiere que el germen, que la nueva institución
fructifique, desarrollándose en un clima próspero, no olvidemos
que todas merecen considerar y resolverse con ánimo generoso, como expresión de un acto entusiasta y confiado, tal cual el
generalísimo Trujillo, en su feliz iniciativa, le concibió y apoyó
durante los largos meses de una gran tragedia sangrante.
Revista Jurídica Dominicana,
Vol. III, Núm. 1,
ro
1 de enero de 1941.
Criminalidad femenina
N. de R. El Dr. Constancio Bernaldo de Quirós,
renombrado penalista español y actual catedrático de
Legislación penal comparada y de Criminología de la
Universidad Nacional, ha escrito especialmente para
Revista Jurídica Dominicana el interesante trabajo
que bajo el título de ‘Criminalidad Femenina’ ofrecemos
a nuestros lectores. Huelga ponderar los méritos de este
eminente penalista, pero sí hemos de decir que los Dres.
Constancio Bernaldo de Quirós, residente en Ciudad
Trujillo, Mariano Ruiz-Funes, residente en Ciudad de
México, y Luis Jiménez de Asúa, residente en Buenos
Aires, son de los valores más altos con que España
interviene en los campos de las ciencias penales, y sus
nombres se citan con reverencia en todas las obras
generales o monográficas que se escriben en lengua
castellana, en interés de lograr una legislación penal
más en consonancia con la evolución social que está
viviendo el mundo.
I
Son pocas, en las grandes galerías de pinturas, las representaciones de nuestros primeros padres: Adán y Eva. Los ilustres
maestros de los buenos tiempos, que se complacieron en mostrarnos desnudos los hermosos cuerpos de las diosas y las simples
mortales armadas de los dueños del Olimpo, aquellas que, a cual
– 69 –
70
Constancio Bernaldo de Quirós
más hermosa, repitieron sin saciarse la Venus y las Junos, las Ledas,
las Dánaes, las Europas, se diría que retrocedieron de ordinario
cuando, frente a un desnudo de mujer, debían oponer otro de
hombre, y, sobre todo, un hombre y una mujer representativos
de toda la humanidad, en las dos mitades en que se encuentra
dividida. Claro es que no faltan ensayos, pero, en general, la ejecución nunca ha sido enteramente lograda, de suerte que, en el
conjunto de las grandes obras maestras de la pintura, ninguna
es una exhibición de Adán y Eva. Pudiera ser la causa profunda
de este relativo fracaso la índole misma del antagonismo sexual,
por el cual la figura del varón, por su morfología superior, es
más propia del dominio de la escultura, en tanto que la de la
mujer, por su colorido más exquisito, pertenece con preferencia
a la pintura.
Como quiera que sea, las cosas están así. Aunque debamos
lamentarlo, Miguel Ángel nos dará una Eva deficientemente
femenina; Leonardo, un Adán poco varonil, obediente, una y
otra figura a las cualidades de sus respectivos creadores. Tal vez
el mejor maestro para el caso sería Rubens, de quien dijo Baudelaire: Rubens, fleuve d’oubli, jardin de la paresse.
Ante este Adán y Eva imaginarios de Juan Pablo Rubens que nos
suponemos, la grande y suprema obra biológica, la diferenciación
sexual en lo más alto y noble de la creación, se muestra sugestiva
y apasionada, aun estando privada necesariamente de atributos
expresivos, como el movimiento, el pensamiento y la palabra, que
el dibujo y el color apenas logran insinuar remotamente.
Adán y Eva, mitades de una sola especie, son en todo análogos y distintos, como un segundo misterio, el de la dualidad
sexual, que no cede al de la Trinidad divina sino en que éste es
más complejo aún, como el número tres lo es al dos, y por cernirse, además, en un plano muchísimo más alto, inaccesible, donde
sólo un único mortal, Dante Alighieri, llegó a aproximarse, deslumbrado, al inmenso resplandor del dogma. ¡Gran maravilla a
sí mismo, a su medida, la de aquella dualidad del hombre y la
mujer! ¡Y maravilla también que todo su prodigio sea, en definitiva, el secreto de las minúsculas, de las imperceptibles hormonas
Una pluma en el exilio...
71
sexuales que segregan las glándulas opuestas correspondientes,
llevando, a través de la sangre, todo lo más específico, modelándole a su imagen y semejanza, según correspondencias somáticas
y funcionales indeclinables!
Traducir a palabras vulgares la quinta esencia profunda y
última de cada una de las dos mitades, es del todo imposible,
hoy por lo menos, aunque un día pueda llegar en que lo que
es inefable ahora, se acerque más a la expresión correcta. Hoy
por hoy, casi sólo sabemos decir que, en función con la inercia
de las hormonas sexuales femeninas y la movilidad propia de
las varoniles, la mujer es más estática, más pasiva; y el hombre
más dinámico, más dotado de actividad. Pero inmediatamente
después precisa añadir que cada unos de los dos sexos, en su
respectiva endocrinología segrega, aunque en proporciones
distintas, hormonas de su propio signo sexual y del contrario;
las primeras, más abundantes, pero no exclusivas; las segundas,
más excepcionales, pero jamás reducidas a cero; por donde la
realidad nunca puede mostrarnos hombres ni mujeres «cien por
cien» como si dijéramos, pues unos y otros siempre están más o
menos afectados de rasgos sexuales contrarios que, el exagerarse
más de lo debido, producen los llamados «estados intersexuales»: los andróginos y las ginandras, y hasta los que son, a la vez,
Afrodita y Hermes, Venus y Apolo. Diríase que en el interior
de cada glándula sexual trabaja el genio de la vida, como los
gnomos de la montaña que forjan en el interior de las grandes
geodas los cristales de roca y las gemas preciosas. El genio de la
vida que vive en esas glándulas íntimas, produce en cada variedad humana lo varonil y lo femenino en proporciones distintas,
cuya superabundancia determina, al fin, el sexo: la Eva o el Adán
que cada uno de nosotros somos, ansiosos del contrario, como
el pino enamorado de la palmera en el bellísimo «lied» de Enrique Heine, o como, en las décimas de Calderón, más bellas aún,
cuando el príncipe Segismundo, en «La vida es sueño», criado
en la torre solitaria de un monte fragoso, ve por primera vez una
figura de mujer que reduce en el acto su fiereza.
72
Constancio Bernaldo de Quirós
II
Ante todo, resalta la diferencia cuantitativa. Las mujeres
delincuentes son mucho menos numerosas que los hombres
criminales. La lectura diaria de los periódicos, la confrontación
de las estadísticas, el número y el volumen de los establecimientos penitenciarios respectivos, lo demuestran. En media hora, la
galera de Alcalá de Henares exhibía ante el visitante, alineadas a
lo largo de los muros de un par de largas estancias, el centenar, o
poco más, de mujeres condenadas a penas aflictivas, parricidas,
infanticidas, envenenadoras, que todo el país, España entera,
con sus veinticinco millones de almas, producía de continuo.
Mientras, en cambio, eran muchos millares los hombres de suerte gemela aislados en las celdas respectivas de muchas prisiones,
o agrupados en grandes masas en las galerías de los establecimientos de aglomeración. Acaso no sería exagerado calcular, en
general, en una décima parte del total la participación de las
mujeres. No en vano, a medida que las mujeres, saliendo de la
casa propia entran en la vida, últimamente esta desproporción
tiende a alterarse en el sentido de elevar el porcentaje de las
mujeres. Todavía, empero, la mayoría confinada en el hogar vive
y muere bajo las palabras sencillas y solemnes de las antiguas lápidas sepulcrales romanas que cubren los restos de antiquísimas
matronas: lanan fecit, domum mansit, es decir, «cuidó de su casa,
hiló». Todavía, repetiremos, el mayor núcleo de las vidas de mujeres nos recuerda la gran melancolía de aquel cuadro de Adán,
en Luxemburgo, de París, La hija del barquero, que nunca hemos
podido mirar sin una emoción profunda. La hija del barquero,
joven y hermosa, vive pasando el río todo los días, muchas veces
de una a otra orilla, sin ver más mundo que éste, tan limitado,
en tanto que el río mismo fluye, sin descanso, leguas y leguas,
hasta su mar, perdiéndose en una lejanía que promete a cada
meandro de la corriente cambios de perspectivas diferentes.
Es bien sabido como, para restablecer el equilibrio entre las
manifestaciones inmorales de los dos sexos, César Lombroso
sumó al número de las mujeres delincuentes el de las prostitutas,
Una pluma en el exilio...
73
estimando la prostitución como un equivalente de la criminalidad en el sexo femenino. Es sabido también como ese equivalente, ese sustitutivo de la criminalidad que es la prostitución, sería,
en realidad, un sustitutivo inferior después de la interesante
demostración de la inferioridad biológica, social y moral de las
prostitutas en relación con las ladronas, que hizo la Dra. Paulina
Tarnowsky hace ya no pocos años.
¿Sería este momento propicia ocasión para tratar las relaciones de la prostitución con la delincuencia? Quizás sí, quizás no.
Es demasiado asunto, por el momento, encajar en el cuadro, ya
amplio de por sí, que trazamos en este ensayo, la perspectiva
de la grande y fea prostitución vil, en su compleja, vergonzante
simbiosis con la vida social, sirviendo en ella, sobre todo, como
verdadero jardín de los suplicios de la carne, para saciar las voluptuosidades, la «libido» desviada de la falange de psicópatas
sexuales: los sádicos, los masochistas, los exhibicionistas, los fetichistas evocadores y reproductores en el interior del prostíbulo
de la escena decisiva, a veces harto compleja y desviada, en que
recibieron el trauma que marcó su sexualidad como a golpe de
martillo, para siempre, en las profundidades de su alma. Dejemos, pues, ese problema accesorio a un lado.
Lo cierto es que si, como parece justo, a la delincuencia de
los varones se sumarán los otros equivalentes que el delito debe
tener así mismo entre los hombres, el desequilibrio volvería a
reproducirse y no habría manera de corregirle.
III
Un paso más en la comparación que estamos llevando a cabo
nos permite apreciar que la criminalidad de las mujeres no sólo
es menor que la de los hombres, sino también más monótona,
más pobre en colores y matices. Descomponiéndose a través del
prisma de su peculiar personalidad, del prisma de tres caras de los
instintos biológicos elementales: nutrición, reproducción, lucha.
La delincuencia femenina proyecta un espectro más reducido,
74
Constancio Bernaldo de Quirós
de menor abundancia cromática que la de los hombres, espectro
femenino centrado casi exclusivamente en las modalidades delictuosas de motivación sexual y con desarrollos mucho menores
que los que en los varones toman los que se derivan de la codicia
y, sobre todo, de los odios, cual los odios étnicos, políticos y sociales, alejados de la lucha de los sexos, única en que la mujer se
encuentra complicada siempre, toda su vida.
Cierto, repetiremos otra vez, también últimamente las mujeres
van tomando una participación mayor cada día en los movimientos políticos y sociales, de tal modo que la galería de grandes figuras delincuentes de ese tipo se ha enriquecido en los años últimos
con interesantes rostros femeninos. Recordemos en la historia
revolucionaria de la Rusia zarista los nombres de Sofía Peroskaia,
de Vera Zasulicht y hasta el de Catalina Bretcko Brechkoskaia,
«la abuela de la revolución», a quien sacó de Siberia en 1917.
Pero todo eso no sólo es excepcional, biológica y socialmente
considerado; no sólo es un producto accesorio, circunstancial, de
las naturalezas intersexuales, intermedias, de que hemos hablado
antes, y de momentos de crisis sociales que exageran la actividad
de todos, sino que, además, con frecuencia también no pocos de
esos casos podrían reducirse a una última y profunda raíz sexual,
como por ejemplo, en aquellas «esposas-vírgenes» de los días
nihilistas más cálidos, cual la hija del gobernador de Yrkuts, aquella deliciosa y frágil muchachita, tan inteligente, tan entusiasta,
que procuró a Bakúnin la fuga desde el interior de Siberia, que
le acompañó a través de China y del Japón, que poco después
se casó con él, que no le abandonó nunca, pero a quien nunca
perteneció carnalmente. De suerte que si es cierto el cherchez la
femme, el «¿quién es ella?», en todo o en casi todo delito de varón,
todavía lo es mucho más en los de las mujeres, el cherchez l’homme,
el «¿quién es él?», «¿dónde se halla el macho?».
«Unirse con el deseado, separarse del no deseado», las dos
situaciones opuestas que, según el Santo Buda, hacen correr
lágrimas suficientes para llenar la cuenca de los cinco grandes
mares, esto es, en definitiva, todo el espectro en que se descompone la criminalidad de las mujeres.
Una pluma en el exilio...
75
Si concedemos el valor de un teorema a esta proposición
que no habremos sabido demostrar suficientemente, pero que
a diario recibe la prueba experimental de la crónica del crimen,
podremos derivar de ella tres corolarios importantes.
El primero es que la delincuencia femenina está casi del
todo agotada y cerrada entre los años que dura la vida sexual
de la mujer, desde la llegada de la pubertad hasta los días de la
menopausia, esto es, mientras dura el régimen monárquico de
su existencia.
El segundo corolario sería que, por tanto, la delincuencia
femenina se revela principalmente en las épocas críticas de la
fisiología peculiar del sexo: el período menstrual, el embarazo,
el puerperio, la lactancia; finalmente, la crisis del climaterio que
precede a la menopausia. Como un escolio, una nota al corolario que acabamos de expresar, añadiremos que, por lo mismo, es
justo que algunos códigos penales modernos, como el de Colombia o como el de Defensa Social de Cuba, enumeren, entre las
circunstancias de atenuación de la responsabilidad penal, esos
estados críticos, bien en una discreta alusión, como en Colombia, bien nombrándolos uno por uno, como en Cuba.
El tercer corolario del teorema fundamental nos dice que, el
revés de lo que sucede en el sexo masculino, en que los casados
dan las cifras menores de la delincuencia, en las mujeres el estado
civil matrimonial eleva sus índices delictivos, creando para ellas las
difíciles situaciones morales que suelen resolverse en el delito.
IV
Quisiéramos bosquejar ahora la casuística elemental de la
delincuencia de las mujeres. Biológica y hasta lógicamente considerada esta delincuencia, el primero de los grandes crímenes
femeninos es el que pudiéramos llamar «el parricidio Beatriz
Cenci», poco frecuente por su propia monstruosidad, pues es
sabido que, en general, las cifras de un delito, y hasta su regularidad, están en razón directa de su gravedad propia.
76
Constancio Bernaldo de Quirós
Los modernos psicoanalistas del delito insisten todos, o casi
todos, sobre la vaga, remota y efímera tendencia incestuosa de
la libido infantil, tan desconcertante. Hablamos del «complejo
de Edipo», de Freud o del «complejo de Electra», de Yung: el
uno para los niños, el otro para el sexo inverso. En cambio, creo
que no se ha hablado aún bastante, por parte de los moralistas,
de un fenómeno contrario, inverso: el incesto del padre con la
hija, mucho más frecuente de lo que se cree en los bajos fondos
sociales. Estudiando yo la «mala vida en Madrid» hace ya muchos
años, tuve ocasión de conocer bien ese triste tema que, por fortuna, no se repite en iguales proporciones en el caso contrario
de la madre con el hijo.
La más de las veces, se trataba de un incesto casi automático, casi en estado de sonambulismo, podríamos decir, dadas las
condiciones de promiscuidad de lechos y de alcobas en las clases
pobres. En otros casos, llegamos a fijar tres o cuatro situaciones
o escenificaciones de incesto preparadas por los padres para
aprovechar el torpe fruto que de ellas se desprendía. Tal padre
había desflorado a su propia hija como medio de comprobación
de la integridad virginal de ésta, comprometida por el asedio del
novio. Ese fue también, por cierto, el caso de la relación incestuosa entre el tristemente famoso capitán Sánchez y su hija María
Luisa, en aquel terrible suceso de descuartizamiento criminal en
que se mezclan, en una macla monstruosa, la pasión del juego, el
erotismo patológico y el gusto por la sangre, que vio horrorizado
el Madrid de 1913. Tal padre, en cambio, para remedio de su
viudez, realizaba con su propia criatura una sencilla sustitución
de valores, a fin de eximirla de madrastra.
La situación se prolonga así, las más de las veces, vergonzante. Pero a veces, ¡cuántas!, ¿acaso una por mil?, sobreviene
dentro de ella el crimen «Beatriz Cenci», que llamaremos así en
memoria de la desgraciada y juvenil Patricia romana del siglo xvi
de quien el Guido nos dejó un retrato tan conmovedor y a quien
no valió para salvar de la pena capital todo el talento de Próspero
Farinaccio, con su teoría del Iter criminis, según la cual los crímenes graves van precedidos siempre de otros menores, por lo cual,
Una pluma en el exilio...
77
Beatriz debía ser inocente del parricidio de que se le acusaba
en defensa de su honor y en venganza de su deshonra, puesto
que antes no se la había conocido la más leve falta. El parricidio
«Beatriz Cenci», o sea, la muerte del padre incestuoso cometida
por su propia hija ultrajada, no sería una especie penal desconocida en la República Dominicana, a juzgar por algunas casuísticas
criminales de la región de El Seibo, recogida por el procurador
fiscal Prestol Castillo, en un estudio muy apreciable.1
Tenemos a continuación otro crimen mucho más frecuente:
el infanticidio honoris causa, propio de los ambientes sociales
de moral sexual intransigente con las madres solteras, obrando
sobre naturalezas torpes, deficientes, incluso y sobre todo, desde
el punto de vista endocrinológico, en la secreción de aquella
hormona, la gonadotropina, propia de la hipófisis, a la que, por
lo mismo, suele calificarse de glándula del amor maternal. En
los ambientes urbanos, en cambio, mucho menos influidos por
aquella.
Revista Jurídica Dominicana,
Vol. IV, Núm. 1, 2do trimestre,
junio de 1942.
1
Después de escrito este estudio, durante el mes de mayo, la prensa de la
capital ha publicado la noticia de tres violaciones de menores cometidas
por sus respectivos padres: las tres en la provincia de El Seibo. Y hemos
hallado así mismo un caso de parricidio «Beatriz Cenci» en el libro Alegato
lírico del abogado uruguayo, Dr. Diego Cavallo (Montevideo, 1940; p. 45).
Más afortunado que Farinaccio, el Dr. Cavallo logró, al cabo, ante el Tribunal de Apelación, la revocación de la sentencia que condenó a la parricida
Aída Berta Greco y consiguientemente, la absolución de la misma.
Penalidad en el Código
Negro de la isla Española
I
Otra vez, desde que estoy en esta generosa tierra, la sombra
del tercero de los Carlos españoles se me aparece en su lejana
gloria. Otra vez me convenzo de que ese monarca fue el único, el
excepcional, para bien de sus súbditos, entre los de su dinastía.
Si la puerta de la Fortaleza Ozama nos hace pensar en todas y
en cualquiera de las construcciones madrileñas que ostentan su
nombre, la Puerta de Alcalá, la del Jardín Botánico del Paseo
del Prado, la antigua Aduana, después Ministerio de Hacienda,
ahora la copia del Código Negro sacado de su original, en La
Habana, y traída aquí, Ciudad Trujillo, para don Julio Ortega
Frier, nuestro gran inteligente en antigüedades y modernidades
jurídicas, por el Dr. Javier Malagón, mi compatriota y colega, me
pone ante los ojos otro recuerdo. El retrato de aquel Rey, famoso
creador de pueblos y decorador de ciudades, le veo ahora, frente
por frente, tal como le pintó don Antonio Mengs y le reprodujo
en plancha de acero el grabador Carmonán como un aparato bélico de yelmo y de coraza que no acaban de sentar bien, a quien,
más hombre de paz que de guerra, en el dominio de las armas
no pasó de la escopeta y del cuchillo de monte, para batir la caza
mayor y menor del grave encinar del Pardo, o de los montes más
agrestes, de Valsaín y Riofrío.
– 79 –
80
Constancio Bernaldo de Quirós
El Código Negro, en efecto, o el proyecto, más bien dicho, va
fechado en Santo Domingo, a 14 de diciembre de 1784, cuando
aún el destino del Monarca tenía abierto contra el tiempo un
crédito de cerca de cuatro años de vida.
El Rey protector de tantos desgraciados, de los jornaleros
andaluces y extremeños, de los foreros gallegos, hasta de los gitanos. ¡Oh manes de García Lorca, recordadlo! Se ha acordado
esta vez y ha vuelto los ojos hacia los negros y la gente de color
de la lejana ínsula Española y sabiéndoles, por una parte, sí,
ociosos, levantiscos, hasta agresivos, más, por otra, abandonados
y mal corregidos, ha concebido el designio, ¡problema inmenso,
álgebra imposible!, de ordenar un Código de Legislación para el
Gobierno moral, político y económico de los negros, que, realizando
una simbiosis milagrosa, sirviera, a cada una de las dos partes
de la sociedad colonial, de protección y defensa contra la otra,
en la lucha de razas y de clases que la colonia, entre otras luchas
menores, llevaba en las entrañas.
La persona a quien la Real Audiencia de Santo Domingo
comisionó al efecto, fue a su oidor don Agustín de Emparán y
Orbe, el cual, con indudable solicitud, llevó a cabo la obra antes
de que se cumpliera un año de recibir el encargo, no sin tomar
consejo de los principales hacendados del país, según prevenía
la Real Orden.
Ignoramos del todo quién fuera ese Emparán, salvo su puesto
oficial. A juzgar por su obra, sólo sabemos que no fue, no ya un
Jovellanos, que por entonces se hallaba ya en Madrid en plena
gloria; ni tampoco un Olavide o un Lardizábal, los dos ilustres
magistrados americanos de la época, el uno perulero, el otro
mexicano; ni siquiera, bajando más, un Bruna, el terrible «Señor
del Gran Poder» de Sevilla, que si bien tuvo el bárbaro rigor de
aplicar al desdichado Diego Corrientes, de Utrera, la pragmática,
más que centenaria, dictada por Felipe IV contra los bandidos,
supo, en cambio, redimirse de esa culpa con su asiduidad por las
empresas arqueológicas y artes bellas que aún hacen meritorio
su recuerdo en la gran capital de Andalucía. Emparán, en definitiva, debió ser un magistrado vulgar, del montón ultramarino,
Una pluma en el exilio...
81
atacado ya, por los años, de plena deformación profesional, especie de arterioesclerosis senil que hace de la amenaza penal el
único vínculo útil de cohesión social entre los hombres.
La introducción o proemio al Código Negro que tenemos
a la vista, es tan ramplona, tan vulgar, que no podría resistir la
comparación con ninguno de los documentos similares de la
época, de los cuales es siempre rasgo característico la afectada
y recargada elegancia, especie de barroquismo literario, que va
muy bien y armoniza perfectamente con las portadas arquitectónicas de los edificios contemporáneos.
Por fortuna, el autor sabe ser breve; así que, en pocas líneas,
teje y desteje la logomaquia irresoluble de la religión, que hace
a los negros hermanos de los blancos, y de la ley civil, que transmuta a aquellos en esclavos de éstos.
II
Tres son las partes de que consta el Código Negro de Santo
Domingo, de muy desigual extensión y no siempre debidamente
rubricadas. Pero de las tres, una, la central, es ajena a la penalidad apareciendo, con todas sus negociaciones y restricciones a
propósito de la personalidad de los esclavos, como un minúsculo
oasis entre las otras dos.
La parte primera y la tercera son verdaderamente los «libros
terribles» del Código Negro, como se dijo de los del Digesto
justinianeo, dedicados a los delitos. Estas dos partes aparecen
perfectamente destacadas, mostrándonos las dos caras de la penalidad en una sociedad colonial negra en que los dos intereses
decisivos que la pena debía defender, eran: la potestad dominical
del amo sobre el esclavo y la reverencia debida, en todo caso, al
blanco por la gente de color.
Aunque lógicamente consideradas las cosas, su orden debiera ser éste, pero el Código Negro dominicano las invierte,
tal vez en atención a que el área y el número de las personas a
que afecta es mayor en el segundo caso que en el primero. En
82
Constancio Bernaldo de Quirós
este documento legal hallamos antes la penalidad relativa a las
infracciones contra el respeto debido a los blancos por la gente
de color, libre o esclava, y luego, como remate, las relativas al
ejercicio de la potestad de los dueños sobre los esclavos.
Ciertamente, no nos puede ser hoy muy simpática la fisonomía de una sociedad cuyos rasgos más marcados son esos,
entre un conjunto de otros no menos desagradables que va
restituyendo momentáneamente ante nosotros la lectura del
triste documento que repasamos. Atengámonos, empero, de
toda indignación, de cualquier explosión vehemente contra la
iniquidad aguda y continua de este Código Negro dominicano,
como todos los de su clase. Nuestro deber es considerar en frío
el documento, como un fragmento muerto de la época, que ha
caído en nuestras manos y hacia el cual dirigimos la curiosidad
de nuestros cinco sentidos.
Y a la manera que el naturalista, el zoólogo, cuando describe
las costumbres de las fieras, la moral del león, del tigre o del
lobo, o la de los reptiles venenosos, no se desata en invectivas
contra unos y otros, que desempeñan el papel de su especie
en el inmenso drama de la circulación de la vida, así nosotros
sigamos aquí su sabio ejemplo. Y hasta si fuera posible, aliemos
a la impasibilidad del naturista la resignada indulgencia que el
historiador debe a las sociedades muertas por los pecados que
cometieron. Paz a los muertos, pues, tanto más cuanto que es
imposible que el pasado resucite.
III
Siguiendo el orden del Código, comenzaremos con las infracciones penales contra el deber de respeto debido al blanco
por las gentes de color, y consiguientemente, contra los intereses
raciales. Muy siglo xviii, pero ya muy atrasada de espíritu en la colonia lejana, la ley 2da del capítulo 1ro, parte 1ra del Código Negro,
prohíbe «bajo las más severas penas», las ceremonias funerarias
«nocturnas y clandestinas» de la gente de color. Decimos que ese
Una pluma en el exilio...
83
precepto es muy siglo xviii, por su arbitrariedad: «bajo las más
severas penas», sin expresar cuáles sean esas, ni en naturaleza ni
en extensión. «Las penas son arbitrarias en este Reino», decían
por entonces en Francia, Jousse y Muyart de Vouglans; y otro tanto podían repetir los prácticos de los demás. Pero agreguemos
también que la ley es ya de inspiración regresiva. Don Agustín
Emparán da muestras de desconocer el libro de Beccaria, que
ya contaba veinte años de fecha; y así mismo las da de ignorar lo
que ya es menos excusable, el Discurso sobre las Penas, que dos años
antes había publicado en Madrid, con sentido también liberal y
humanitario, don Manuel de Lardizábal y Uribe, el «Beccaria
Español», nacido en la Hacienda de San Juan del Molino, del
Estado de Tlaxcala, en México, en 1738, y muerto en la Corte de
las Españas en 1820, después de una brillante carrera en Tribunales y Academias. De otra suerte, si Emparán hubiese conocido
esos textos, su ley hubiese sido otra. Para que una ley se cumpla
en su integridad, precisa que sea moderada. Tal era la enseñanza
nueva. Si la ley es tan excesiva que a una sencilla contravención,
como la de acudir al velorio de un hermano de raza, se aplican
«las penas más severas», los jueces, que al cabo son hombres,
harán lo posible, y hasta lo imposible, por dejarla de aplicar, y la
ley caerá en desuso, justamente por exceso de amenaza penal,
frustrándose así los propósitos del legislador. No fue otra la causa
del extraordinario desarrollo de las instituciones de impunidad
que conoció el Derecho antiguo. Cuando la pena capital se
prodigaba de tal modo que alcanzaba delitos penados hoy con
simples arrestos (el hurto de una oveja en el campo, o el valor de
una peseta en la ciudad), bastaba para salvar la vida al reo que se
quebrara la soga de la horca, o que una mujer cualquiera y preferiblemente una pecadora, se ofreciera al reo en matrimonio. Las
mozas de la casa llana de Sevilla, las Gananciosas, las Carihartas,
las Escalantas, conservaron así la vida unos cuantos años más a
los Repolidos, los Chiquiznaques y los Maniferros sin número de
la graciosa ciudad. Don Agustín Emparán, para garantizar mejor
la prohibición de asistir a los velorios negros, hubiera debido
escribir: «bajo las penas adecuadas», en lugar de: «bajo las penas
84
Constancio Bernaldo de Quirós
más severas». El ideal punitivo que se fijaba ya por momentos
allende el Atlántico, era el de la moderación; pero reforzado con
el de la certidumbre inevitable de las penas.
Más adelante, en la ley 3ra del capítulo 10, volvemos a encontrar otro precepto análogo, reprimiendo con veinticinco azotes
de látigo y veinticinco pesos de multa a quien lo consintiere, la
asistencia de negros a las fiestas que no se celebraban en público
los días feriados, sin duda para evitar la conservación y desarrollo
de los ritos secretos africanos.
Con igual fin defensivo, la ley única del capítulo 12 impone,
con sanciones análogas, la prohibición del machete, en tanto que
se encuentra otro instrumento mejor para las labores. Así como
otra ley posterior del capítulo 14 castiga el abuso de vender arsénico, solimán o rejalgar (regarxar dice el original bárbaramente), a
los negros, así como «entregarles medicina que no sea con firma de
médico», para prevenir la tendencia al envenenamiento de que, al
parecer, la raza de color había dado pruebas. En el breve proemio
que precede a ese capítulo, hallamos la alusión, harto vaga, a un
crimen de esa clase cometido en las colonias francesas por un tal
«Macandó», nombre que aún se conservaba proverbialmente para
aludir a las conspiraciones venenosas. En consecuencia, la ley 1ra
del capítulo 12 castiga con cien azotes y multa de diez pesos en
favor del Hospital de Negros, el hecho de facilitar solimán (bicloruro de mercurio), rejalgar (sulfuro de arsénico) o arsénico, o
cualquier otro veneno, a negro o pardo de cualquier condición,
sin advertirlo previamente a la justicia ordinaria. Si el culpable
fuese médico, cirujano o boticario, la pena se convierte en multa
de cincuenta pesos, con la accesoria de privación de oficio. En
todo caso, nuestro Código Negro se refiere siempre a venenos minerales, sin que en él se encuentre alusión a tóxicos extraídos de
la flora local, ni, por tanto, aparezca sombra del «sonví» haitiano,
el terrible «sonví» de que algún día tendremos que escribir algo.
La ley que sucede a la de los venenos, 2da del capítulo 14,
declara subsistentes las penas ordinarias de la «legislación nacional» para los casos de participación maliciosa de los blancos en
el suministro de venenos a la población de color.
Una pluma en el exilio...
85
IV
Pasemos ya a las infracciones que pudiéramos llamar «de lesa
raza». La serie ascendente de esa nueva clase, se representa así
en nuestro Código Negro: 1) reconvenir, contradecir, disputar,
o levantar la voz, aún con razón, el negro, el pardo, el mestizo,
contra el blanco (párrafo 2do de la ley 10ma del capítulo 3ro); 2)
cualquiera otra falta de respeto (ley 7ma); 3) levantar la mano, el
palo o la piedra contra el blanco (ley 8va); 4) echar mano a las
armas contra el mismo (ley 9na); y 5) levantar la mano, el palo o
la piedra el esclavo contra el señor, causándole alguna lesión o
efusión de sangre, o abofetear a la esposa o a los hijos del señor
(ley 10ma., párrafo 1ro).
En ese último caso, el más grave de todos, doblemente calificado por razón del mal causado y de la víctima que le sufre,
carece de conminación especial. El Código se refiere entonces a
la «penalidad ordinaria».
Para los demás tenemos organizado, en cambio, un sistema
de penalidad simbólica o expresiva, en razón directa de la gravedad material de la infracción e inversa de la condición racial
de los culpables que, comenzando con la simple exposición a la
vergüenza pública, sigue con los azotes y acaba con la mutilación
de la mano.
A fines del siglo xviii, y al otro lado del Atlántico, nos encontramos ahora con la castellanísima institución de la picota, que
la famosa Ley de Partidas (4ta, título 31, partida VII) colocaba al
término de su escala penal, cual la más leve de las tres menores
que, con las cuatro mayores, elevaban al número siete, cabalístico, los recursos penales.
Nada más natural que esa reaparición de la picota en América.
Conquistadores y colonizadores la llevaban en la sangre, como expresión punitiva de la ley personal, que sigue a los hombres, inseparable, como la sombra. En la crónica de la conquista mexicana
de Bernal Díaz del Castillo, cuando los héroes fundan Villa Real
de la Vera Cruz, lo primero que hacen, después de demarcar el terreno, esbozar el trazado urbano y elegir los regidores, es elevar la
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Constancio Bernaldo de Quirós
picota: un leño vertical, por el momento, «el árbol infeliz» de los
romanos. En tanto que los maestros canteros, más tarde, labran
el inolvidable monumento, y muchas veces al buen Ciro Bayo,
viajeros de la meseta andina, a quien tanto tratamos en España,
muchas veces le habíamos oído ponderar el rollo, la picota, de
Carabuco, en Bolivia, con acento admirativo, que nos recordaba
la frase de Luis Vélez de Guevara cuando a la picota de Ercija,
su pueblo natal, la llama nada menos que «el rollo del mundo».
¡Gran lástima no poseer dibujos, descripciones, ni siquiera referencias topográficas de la picota de Santo Domingo! Yo invito a los
eruditos del país a registrar en el polvo de los archivos.
Mayor o menor número de azotes, más o menos horas de
exposición a la vergüenza, según la importancia de la infracción
y la posición del culpable en la escala de valoraciones genéticas
trazadas por la ley, desde el simple cuarterón hasta el pura raza
negro; algunas veces, multa en beneficio del Hospital de Negros.
Tales son las penalidades ordinarias de las infracciones menos
graves cuya seriación hemos expuesto antes. En una legislación
tan unilateral, tan parcial como la del Código Negro, que no
parece admitir culpa alguna del blanco que le degrade y le haya
indigno del respeto que merece su sangre, reconozcamos, gustosos, que, por excepción, hay una elegante dignidad moral en
la aplicación que se da a las multas impuestas por el género de
infracciones que nos ocupa. Si el culpable es un negro de color,
la pena que le alcanza viene a redundar, al cabo, en pro de sus
hermanos de raza, enfermos o indigentes, como si fuera una
santa limosna. El Hospital de Negros de Santo Domingo, si llegó
a existir, absuelve a la ciudad de muchas culpas.
A llegar a las infracciones reverenciales más graves, aparece,
con la amenaza a la mano que se ve suspendida sobre el atrevido
agresor, el talión inmaterial, el sistema de las penas simbólicas o
expresivas. La amenaza llega al fin, con la mutilación del órgano
culpable, en el caso del reincidente en esgrimir armas contra el
blanco. Pero las agresiones de los esclavos contra sus dueños, o
contra la mujer o los hijos de los amos, quedan remitidas a la
legislación ordinaria.
Una pluma en el exilio...
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Hoy desaparecido, al menos en las leyes escritas, el prejuicio
de la inferioridad de las razas de color que, como una lente de
aumento interpuesta, exageraba las dimensiones de las ofensas
a los blancos creando un efecto aberrante de megalopsia, la
penalidad que acabamos de referir nos parece injusta cuando
a una simple amenaza se responde como una amputación, superando, por tanto, la Ley del Talión, origen de la justicia punitiva
que trata de establecer una ecuación entre el delito y la pena,
y teniendo declaradamente a hacer a aquel que nos daña más
mal que el que hemos recibido. ¿Y cómo no sentir repugnancia
así mismo por la exageración inversa de la penalidad en razón
de la condición genética del culpable? Que pague siempre más
aquel que, precisamente, tiene menos, sólo halla justificación en
sofismas de la peor especie. Es como si nosotros reserváramos
mayor tratamiento penal al menor de edad y al enfermo de mente, porque biológicamente se hallan por debajo del adulto sano.
La parte primera del Código Negro que estamos analizando en sus leyes penales, concluye como una inspiración torpe.
Nuestro don Agustín de Emparán, recurriendo a lo más hondo
de su erudición, nos habla, en la ley 2da del capítulo 14, de los
siervos «eupticios» y «estigmáticos» de los hebreos y romanos,
para justificar la antigua costumbre de la Real Audiencia de Santo Domingo de marcar a los delincuentes con una incisión en
la oreja, y proponer la restauración de una práctica que tanto
facilita el reconocimiento de los reincidentes. El buen Oidor
sigue construyendo con materiales de derribo, al proponer la
marca después de Beccaria, aunque sea en las Indias.
V
Pasemos ya a la segunda y última parte de las leyes negras. En
ellas no se trata ya de relaciones entre blancos y gentes de color,
incluso libres; sino exclusivamente entre amos y esclavos.
Como la numeración de los capítulos del Código va seguida,
sin que la corte la división en partes, en el capítulo 31, que lleva
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Constancio Bernaldo de Quirós
por rúbrica: «de la potestad económica», hallamos establecida,
por la 2da de sus leyes, la facultad punitiva de los señores sobre los
esclavos, siempre que no cause mutilación o fractura de miembro, o que ponga en peligro la vida de los esclavos, en cuyo caso
se procederá contra aquellos.
Desarrollando ese principio, añade la ley que los amos podrán
sujetar a los esclavos con prisiones, cadenas, cepos y demás instrumentos «usados en las colonias cultivadoras de este hemisferio»,
así como castigarlos con azotes «de cufes o fuetes», con justa causa
y con moderación y oportunidad, «pues de lo contrario exasperara
los ánimos de los demás, en lugar de contenerlos». La tercera ley
exceptúa a los negros bozales, hasta pasado un año de su llegada a
la isla, aconsejando a los dueños la disculpa de las faltas que aquellos cometieren, dada «su rudeza e inocencia». Pero la siguiente
ley añade, con una ingenuidad tocada de confusión mental, estas
palabras, cortadas en el original por la acción de los insectos parásitos del papel: «las penas aflictivas y… son el verdadero resorte de
su buen gobierno y humanidad». ¡La pena siempre y sólo la pena
como medio de cohesión social, mecánico y artificioso, a que no
se sabe añadir nada orgánico, cooperativo!
En seguida, las leyes de que consta el capítulo 33, bajo el epígrafe «Leyes penales de los esclavos», nos presentan las figuras
delictivas de los siervos, a saber: «atroparse en cuadrillas y andar
en esta disposición por los caminos públicos y montes», en casos
simples o bajo el pretexto de presentarse ante la justicia, en son
de queja; circular de una hacienda a otra, o ir de caza o de pesca,
fuera de la de sus amos, sin cédula ni licencia; pernoctar fuera
de las haciendas; hurto de ganados y frutos. La penalidad es la
acostumbrada, de vergüenza y azotes.
Ya en las postrimerías de nuestro Código, cuando no nos
quedan por delante sino diez o doce folios, el capítulo 34 nos reserva la materia de «los negros cimarrones», o sea, de los esclavos
huidos que cometen, al escapar, uno de los delitos más anómalos
que ha conocido la historia de la penalidad.
En efecto, como por ley biológica cada cosa no puede engendrar sino su semejante, la monstruosidad jurídica de la esclavitud
Una pluma en el exilio...
89
debía producir, entre el conjunto de sus aberraciones, esa figura
delictuosa sorprendente del «hurto de sí mismo», como la Constitución de Dioclaciano y Maximiano (ley 1era., título 6to, Cod.)
calificó el hecho del esclavo huido, que al romper con la fuga el
estado de su servidumbre, se hurta a su señor, reuniendo en su
persona los atributos opuestos de delincuente y cuerpo de delito.
Pero si el Derecho Romano imperial reservaba, en ciertos
casos, para el siervo fugitivo la pena simbólica y expresiva de la
amputación de un pie (ley 3ra, ídem., ídem.), el Código Negro
dominicano no llega a tanto por miedo a causar un perjuicio
económico excesivo al señor, disminuyendo para lo sucesivo la
capacidad de trabajo y el rendimiento de su siervo. El Código
Negro distingue para la penalidad el tiempo que dura la ausencia del fugitivo, desde cuatro días a seis meses, y el estado del
cimarrón, solitario o agrupado con otros. Y otra vez los azotes,
la picota, la «calza de hierro, al pie, con un ramal, que todo
pese doce libras». En caso de reincidir, destierro fuera de la isla,
con venta previa en favor del dueño, lo mismo que a cualquier
otro esclavo que le hubiere favorecido. Para los negros bozales,
o sea, recién llegados de su tierra original, hay una atenuación
de la pena dispuesta por la ley 2da. Pero, en cambio, la ley 10ma
introduce una excepción agravatoria para los casos de rebelión o
sedición, con actos de salteamientos en los que «no convenga hacer proceso criminal ordinario». Los caudillos, entonces, serían
«castigados ejemplarmente» y hasta los libres que anduviesen alzados por los montes, cometiendo robos y violencias, quedarían
sometidos a la servidumbre penal, en favor de la Caja Pública de
Contribución.
El esclavo cimarrón ha sido, pues, el out law del Trópico,
el «lobo», el «cabeza del lobo» de la vieja Europa Nórdica. Los
tritones y las nereidas del Caribe, las náyades de las fuentes, los
lagos y los ríos de la Hispaniola; los silvanos y las driadas de sus
bosques, los gnomos de sus montañas, de sus vetas de metal y
sus geodas de cristal de roca. ¡Cuánto pudiera decirnos de eso,
si entendiéramos el lenguaje con que habla a nuestros oídos la
palabra de las divinas fuerzas naturales!
90
Constancio Bernaldo de Quirós
Alrededor de ese tema, todavía el Código Negro nos habla
de otras infracciones menores, tales como la de desherrar, desaprisionar o soltar esclavos, sin licencia de su señor; vender a
esclavos, incluso en las tiendas públicas, cuchillos de punta «mayores de un jeme», o vino, o aguardiente en pequeña cantidad.
Y la ley 20va establece la obligación de que los dueños lean mensualmente a sus esclavos las leyes penales, so pena de diez pesos
por cada omisión, sin que ningún siervo pueda alegar ignorancia
para excusarse.
El capítulo 35 anuncia en su epígrafe un «indulto anual
para los esclavos», cuya reglamentación ignoramos, por haberse
perdido todo el folio 51 del original. El texto vuelve a reaparecer en un capítulo final dedicado a reglamentar una Caja
Pública de Contribución, destinada a indemnizar a los dueños
de esclavos condenados a muerte sin mediar culpa de los amos,
Caja que parece haber existido desde las primeras Ordenanzas
Municipales de la isla, del año 1528. La Caja es, sencillamente,
una mutualidad obligatoria de seguro de los dueños de esclavos,
semejante del todo a las mutualidades ordinarias tan conocidas
en el noroeste español, de dueños de ganado, para defenderse
económicamente de la mortalidad de las reses.
VI
Ignoramos la suerte de la labor de Emparán antes de que la
soberanía de España se retirara de la isla. Cualquiera que fuera, la
criatura no podía vivir. El mundo iba enterrando bajo otro signo
en el cual se descomponían todos los valores del pasado. América había comenzado su independencia. La esclavitud negra, su
abolicionismo. El Derecho penal se renovaba íntegramente. De
suerte, que los tres términos que jugaban en el Código Negro se
deshacían en los espacios con distinto ritmo.
Al repasar la curiosidad arqueológica del Código Negro dominicano, hubiéramos deseado establecer algunas comparaciones con los documentos similares de otras colonias americanas:
Una pluma en el exilio...
91
Haití, Jamaica, Surinam, a que más de una vez alude nuestro
Oidor don Agustín. Nos ha faltado documentación suficiente y
tiempo para procurárnosla.
En cuanto a preferencias españolas, serían tan anacrónicas e
incoherentes que huelgan. Si la esclavitud negra se conoció en
nuestro país, antes y después de Colón, fue de una manera esporádica, excepcional, más bien en forma de servidumbre personal
íntima, nunca unida a la explotación de la tierra en grandes
masas. Por los días del buen Carlos III, se hallaba ya en plena
extinción, como una lámpara que se apaga en silencio. Y así,
cuando nos ponemos a recordar las figuras de esclavos negros
que la realidad y la literatura española nos ofrecen, nosotros, en
la brevedad de nuestro horizonte mental, sólo podríamos evocar
dos o tres; en la literatura, el viejo eunuco Luis y la Guiomar de El
Celoso Extremeño, la novela ejemplar de Cervantes; en la vida real,
Juan de Preja, el siervo de Velázquez, a quien el gran don Diego
trató con tanta bondad iniciándole, además, en su propio arte.
Y no hablamos del esclavo que, mendigando por las calles de
Lisboa, prolongaba con limosnas la vida ya caduca de Camoens,
porque el esclavo aquel era un malayo, un javanés, y además,
porque Portugal, ya amenazado de anexión a las Españas, no
había caído aún en los dominios de Felipe II.
Boletín del Archivo General de la Nación,
Año V, Núm. 23, Vol. 5, 1942,
pp. 271-281.
Calderón en Madrid1
El madrileño, lo sea de nación o de opción, no debe olvidar
que la villa del Oso y del Madroño aún conserva tres recuerdos
del glorioso autor de El alcalde de Zalamea. Primero está su casa,
en el lado de la calle Mayor que mira al Norte, casi frente por
frente de la calle que lleva la advocación de «Calderón de la Barca» y no muy lejos, y en la misma alineación, de aquella otra que,
en su planta baja, mostraba todavía ayer la curiosa «Farmacia de
la Reina Madre».
La casa de Calderón no ha conseguido aun mereciéndolo
tanto, sin embargo, una restauración tan inteligente y fiel como
la de Lope de Vega en el antiguo barrio literario del Madrid de
los Austrias, a la derecha de la calle del León. Cuando yo visité
la casa de don Pedro últimamente, hacia 1935, aquel pisito tan
reducido y tan modesto, como un sólo balcón a la calle, rentaba
veinte duros al mes, que sólo merecía por su posición en una vía
de primer orden.
Si su antiguo y más glorioso inquilino resucitara, desconocería su propia calle, estremecida casi de continuo por sus grandes
1
N/C. Pedro Calderón de la Barca nació y murió en Madrid (1600-1681).
Fue militar, sacerdote, escritor, poeta y dramaturgo. Tres excepcionales
creaciones suyas lo han hecho inmortal: el drama El alcalde de Zalamea, en
el que lleva a escena el tema del honor del villano; la tragedia clásica El
mayor monstruo, los celos; y la comedia filosófica La vida es sueño, en la que
plantea el problema mismo del sentido de la vida humana.
– 93 –
94
Constancio Bernaldo de Quirós
tranvías amarillos y su ir y venir de autos. Menos cambiadas,
tranquilas casi siempre, en un ambiente pretérito, reconocería,
casi íntegras, fragmentos de las calles: Adeaños hacia el Sur, con
las pintorescas callejas dignas de Toledo que descienden hacia la
calle de Segovia; la del Dr. Letamendi, donde aún se conserva la
casa de los Vargas, a quienes sirvió Isidro el labrador; la de San
Javier, que contornea, por el Oeste, el Palacio de los Condes de
Revillagigedo; y, más que ninguna, la del Rollo, con la misteriosa
y pecadora «Casa de la Cruz», donde vivió Exidi, el envenenador,
y donde se celebró la misa negra por la sucesión del rey hechizado, Carlos II.
Asaz distancia de la casa que acabamos de localizar en uno
de los cementerios del Sur, el de San Nicolás, Madrid conserva
los restos de don Pedro Calderón de la Barca; rara excepción de
los tiempos descuidados que dejaron perder los huesos y las cenizas de sus hijos mejores, del «ingenioso» Miguel de Cervantes
Saavedra y del gran don Diego Velázquez de Silva para no citar
sino los dos casos más sensibles.
Por último, Madrid tiene también, obra del escultor Figueras, la preciosa estatua sedente en mármol blanco de don Pedro
Calderón, ante el Teatro Español, en la Plaza de Santa Ana, el
preclaro «Corral de la Pucheca» que él prestigió con Lope y con
Tirso, con Rojas, con Moreto, con Alarcón, con tantos otros ingenios ilustres que forman en torno de él una corona gloriosa. Don
Pedro, soldado, poeta, sacerdote, fue madrileño, como Lope,
como Quevedo y hasta diríamos como Cervantes, hijo de Alcalá
de Henares, que, en lo divino y lo humano, en lo académico y en
lo eclesiástico, formó siempre una estrecha dualidad con la Villa
del Oso y el Madroño.
Que los no madrileños no permitan esta jactancia, sabiendo
que a nosotros nos enorgullecen también las glorias de Barcelona, de Valencia, de Sevilla, de Córdoba, de Toledo, de Salamanca, de Zaragoza, de las ciudades todas y hasta de todas las aldeas
de España.
Si Bernardo López García, el inolvidable cantor de Madrid
del 2 de mayo, natural de Jaén, pudo decir con razón, que: «no
Una pluma en el exilio...
95
hay un pedazo de tierra sin una tumba española», también se
puede repetir parafraseándole que no hay un pedazo de la España que no haya producido alguna gloria, a menudo dos, tres
y más veces.
La Opinión, 24 de abril de 1943.
La picota de Santo Domingo
¿Dónde estuvo la picota de Santo Domingo? Preguntaba yo,
no ha mucho, en el estudio que dediqué a la penalidad en el Código Negro de la Isla Española, publicado en el Número 23 del
Boletín del Archivo General de la Nación, correspondiente al mes de
agosto del año pasado. Voy a ser yo mismo quien conteste ahora
esa pregunta, que no dejó de interesarme desde entonces.
La picota de Santo Domingo estuvo en el ángulo S. E. del
actual parque Colón, en la llamada antaño Plaza de Armas de la
ciudad. Allí se mantuvo erguida hasta una fecha anterior a 9 de
mayo de 1864, en que cayó al suelo, indignamente derribada,
la Palma de la Libertad, cantada, en ese momento final de su
existencia, por el infortunado vate José Francisco Pichardo, en
su romance único recogido en el reciente volumen Del Romancero
Dominicano, de don Emilio Rodríguez Demorizi.
Palma y picota, en efecto, aparecen todavía ambas, en una
fotografía con la marca al dorso «E. Billini, Santo Domingo», hoy
propiedad del arquitecto don Mario R. Lluberes, que ha servido
últimamente al dibujante español Alloza para ilustrar, con su
arte inteligente, el romance de Pichardo en la edición referida
del Sr. Rodríguez Demorizi.
La picota de Santo Domingo, sobria y fuerte, en el estilo de
la de Castilla la Vieja, y singularmente de las de la provincia de
Burgos, fue casi una repetición de la de Aguilar de Campos, en
tierras de Valladolid, reproducida en mi libro La Picota, entre diez
– 97 –
98
Constancio Bernaldo de Quirós
o doce modelos escogidos en los dominios de la antigua Corona
de Castilla, de que fueron típicos esos monumentos. Sobre una
base ensanchada, aunque, por excepción, sin gradería alguna,
un fuste robusto de columna, apuntado por cuatro canecillos,
que sostienen, como remate, un cuerpo cónico macizo.
En torno de este monumento, verdadera estatua representativa de la penalidad antigua, sangre, dolor, lágrimas y vergüenza,
manando como fuentes, se desenvolvió, durante dos o tres siglos,
la vida penitenciaria de la ilustre ciudad del Ozama. La cruz de
hierro, por supuesto, que la fotografía y el dibujo de Alloza representan, en lo alto del poste infame, es una adición posterior,
igual que sucedió en Castilla, de cuando ya aquel se habría convertido en un cuerpo inerte.
Pudiera ser que la misma mano que taló la Palma, ordenara
poco después la demolición de la picota. No en vano, en España,
las Cortes de Cádiz primero, y después la Regencia de Isabel II,
habían reiterado la demolición de los rollos jurisdiccionales y las
picotas, estimándolos emblemas odiosos de tiempos feudales.
Española de raza, la picota de Santo Domingo ha debido morir española también, sobreviviendo breves años a sus hermanas
de España. Mayo de 1943.
La Nación, 21 de mayo de 1943.
Parque Colón, antigua Plaza de Armas. Nótese al fondo, a la derecha, la antigua «picota», lugar donde comúnmente se ejecutaban las penas de las personas que delinquían. El original de esta fotografía, que indica al dorso
«E. Billini, Santo Domingo», fue obsequiada a don Constancio en 1943 por el Arq. Mario R. Lluberes. Más
tarde sirvió de inspiración para un dibujo del también refugiado español, José Alloza Villagrasa, que aparece en
la obra Del Romancero dominicano, de Emilio Rodríguez Demorizi. Fuente: Constancio Cassá.
Una pluma en el exilio...
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Constancio Bernaldo de Quirós
Dibujo del refugiado republicano español, José Alloza Villagrasa, que ilustra
el romance «A la palma de la libertad», de la autoría de José Francisco Pichardo, y que aparece en la obra Del romancero dominicano, de Emilio Rodríguez
Demorizi. Nótese al fondo, a la derecha, la picota que por varios siglos jugó
un papel importante en la administración de justicia en la ciudad de Santo
Domingo. Fuente: Del romancero dominicano.
El Oriente en España:
Andalucía y Marruecos1
Queridos compatriotas, buenos amigos que habéis venido a
oírme, cualquiera que sea la patria que os vincule: otra vez aquí,
de nuevo entre vosotros, siquiera sea después de tan larga ausencia, otra vez voy a permitirme exhibir sobre el tapete de esta
mesa algunas curiosidades, algunas baratijas de mi parvo saber,
seguro de que merecerán vuestra benevolencia.
Esta vez no van a ser mis palabras para la gloria y la belleza
de la montaña, como lo han sido tantas veces. Tampoco van a
abordar un tema de criminología, cualquiera de tantos que a
diario vengo desenvolviendo hace ya muchos años. Esta vez, mi
tema me ha sido dado por vosotros mismos o, por lo menos,
por quienes llevan vuestra representación, tan inteligente. Como
acabáis de oír al bondadoso compañero que ha hecho mi presentación, excediéndose en el elogio, esta noche vengo a hablar
del Oriente en España y, singularmente, de algunos aspectos de
la vida Oriental en Andalucía y en Marruecos, que es, os lo anticiparé desde luego, una segunda Andalucía.
Hace ya de esto muchos años. Se había celebrado la Conferencia de Algeciras, en que se reunieron las potencias europeas
interesadas en la política del Mediterráneo Occidental para decidir la suerte futura del viejo imperio marroquí. Todavía más,
1
Conferencia impartida en el Centro Español Democrático, el viernes 24 de
septiembre de 1943, publicada en la revista La Libanesa.
– 101 –
102
Constancio Bernaldo de Quirós
se había llegado ya al Tratado Franco-Español de 1912, en que
se acordó el reparto del protectorado sobre Marruecos de una
manera bastante desigual, por cierto, pues, siendo el imperio
marroquí la resultante de la soldadura de cuatro antiguos reinos –Fez, Marraqués, Sus y Tafilete–, se le dieron tres y medio a
Francia y sólo medio a España, la parte, precisamente, del reino
de Fez que pudiéramos denominar la Andalucía transfretana.
Hecho ya, consumado el reparto definitivamente, de esa manera
leonina y desigual, el gobierno español preparó una comisión
de reconocimiento de sus nuevas tierras y en ella tuve la fortuna
de hallar un acomodo, en la relación con las funciones oficiales
que yo desempeñaba entonces. Presidía la comisión que había
de llevar a cabo el reconocimiento, un sabio español, muerto
hace muchos años: el catedrático de cristalografía y mineralogía
de la Universidad Central, don Lucas Fernández Navarro, excelente geólogo, ya acreditado por no pocas campañas africanistas.
La vegetación y la botánica corrían a cargo de don Juan Dantín
Cereceda, tan especializado después en estudios geográficos
para la zoología, y singularmente para los animales superiores,
que había que recolectar y clasificar, como cualquiera otro de
los productos de las nuevas tierras españolas, iba don Ángel
Cabrera, que hace ya tantos años dirige el Museo de Historia
Natural de La Plata, en la República Argentina; y, por último,
para el estudio de la antropología, la etnografía y la sociología de
la nueva zona, iba yo, entonces adscrito al Instituto de Reformas
Sociales. Naturalmente, la Comisión se completaba con el séquito obligado de guías, intérpretes, recolectores.
Con el buen tiempo primaveral, en los comienzos de abril
salimos, pues, de Madrid, en el Correo de Andalucía. Seguro
tengo para mí que a medianoche, cuando la somnolencia nos
atacó a todos, entre el fragor de los túneles y viaductos de Despeñaperros, la gran puerta, la magnífica entrada de Andalucía,
lo mismo Fernández Navarro que Dantín, o que Cabrera, todos,
igual que yo, tuvimos el buen sueño de los grandes y prestigiosos
viajeros españoles de Marruecos que vinieron a aconsejarnos y a
alentarnos en la empresa que comenzábamos. Primero, Luis del
Una pluma en el exilio...
103
Mármol, el soldado letrado de la guerra de los moriscos, autor
de la primera descripción de África, o, por lo menos, de la parte
de África, la septentrional, que él recorrió por sus pasos, armado
de sus dos armas inseparables, la pluma y la espada. Luego, otro
viajero ilustre, el catalán Ali Bey el «Abbasi», que, en los primeros
años del siglo xix, realizó itinerarios inéditos por el viejo reino de
Fez, llamando la atención sobre detalles geográficos de la mayor
importancia, por ejemplo, el famoso Corredor de Taza.
Tras Ali Bey, don José María de Murga, el Moro Vizcaíno, el
oficial de caballería que, después de la Guerra de África de 1860,
sintiendo la curiosidad, la atracción, del misterioso y sombrío Marruecos de entonces, dedicó a su conocimiento íntimo, profundo, el resto de su vida. Por fin, hasta el Caid Ismail, otro renegado
español que llegó a jefe de la Artillería de Muley Mohamed. Y
todos ellos, y quizás algunos más que no reconoceríamos, aquella
noche, a través de la Garganta de Despeñaperros, nos dieron sus
consejos al oído y, al fin, nos auguraron un feliz viaje.
Córdoba, enseguida. Una breve parada, un recuerdo inevitable para la Sultana del Califato de Occidente, para la Gran
Aljama inolvidable; para la antigua sabiduría mora de nuestra
tierra, cifrada, sobre todo, en dos nombres inolvidables: el rabino Maimonides y el filósofo, físico, naturalista, Averroes, que,
nada menos que en plena Edad Media, en la capital cordobesa,
intentaba la conciliación del Islam con Aristóteles.
Henos ya aquí, por fin, en la bahía de Algeciras, tras 25 horas de
camino de herradura. Tenemos frente a frente el Peñón de Gibraltar, como un dolor agudo para todo buen español, desde que está
en manos inglesas. Y en frente, el Estrecho mismo, el angosto paso,
el brazo de mar, que separa Europa de África, y que pone una breve
línea de separación, como un foso profundo, entre las dos Andalucías, la española y la moruna, la cisfretana y la transfretana, ambas
con la más perfecta simetría de montañas, de ríos, de ciudades.
Dos horas, sobre poco más o menos, de travesía, y nos hallábamos ya en tierra africana, en Centa. Lo primero que hay que
hacer aquí, según las órdenes de nuestros jefes, es el reconocimiento de Yebel Musa, la gran montaña que forma, con el Peñón
104
Constancio Bernaldo de Quirós
de Gibraltar, la pareja inmortal de las Columnas de Hércules. En
el acto, recién desembarcado, inicio mis servicios con una visita
al Caid de la Línea de Anyera, pidiéndole permiso para lograr
nuestro propósito.
El Jefe moro nos lo ha concedido en el acto; y no sólo eso, a
la mañana siguiente nos ha enviado un guía, un morazo magnífico, armado hasta los dientes y adornado con el turbante verde
que, acreditando su carácter de «Hach», es decir de peregrino
de la Meca, le hace acreedor a cada paso a los mayores signos de
consideración y de respeto.
Ceuta es verdaderamente, todavía, un pueblo andaluz que no
se diferencia de cualquiera de los del otro lado del Estrecho: Medina Sidonia, Tarifa, Vejer o Chipiona, sino en que los moros y judíos
son más abundantes. Pero cuando, de pronto, hemos puesto ya el
pie en el campo moro, nos encontramos transportados a una lejanía cronológica increíble. Por de pronto, ya no nos encontramos
en el año 1913 de Cristo, sino en el 1331 de la Hégira, o sea, de la
Era Mahometana, que se cuenta después de la puesta del sol del
jueves 15 de julio del año 622 de Jesucristo, día de la huida de Mahoma desde la Meca a Medina y que se compone de años lunares
de 354 días, intercalando once de 355 en cada período de treinta.
Nos encontramos, pues, retrocedidos a nuestra Edad Media, a los
tiempos de Fernando IV «El Emplazado», o de Alfonso XI, el de
la Batalla del Salado. No sólo sin ferrocarriles, pero sin carreteras,
con simples caminos de herradura que obligan a vadear los ríos al
paso y que jamás han conocido el peso de una rueda, ignorantes
del todo del coche, del carro, de la carretera.
Aquella noche nuestro guía nos ha llevado a dormir a la aldeíta de Ain Xixa, en casa de un moro notable: Sidi Hassen el
«Chellaf», que ha estado en Madrid, que chapurrea el español y
que, como inolvidable precedente de hospitalidad, me descifra
la etimología árabe del nombre Guadarrama, que nunca había
podido averiguar en España «Guadarrama» mis queridos amigos,
significa sencillamente «río de la arena», y con el mismo nombre
hay otro en la propia cabila de Anyera, que va a desembocar en
pleno Estrecho de Gibraltar, cerca de Alcazar-Seguir.
Una pluma en el exilio...
105
Al otro día, bien de mañana, hemos comenzado la ascensión
a Yebel Musa. La montaña está de espaldas ante nosotros; enorme
y pesada masa de caliza jurásica, blanco azulada que justifica el
nombre de «Elefante» que le dieron Estaabon y otros viejos geógrafos. Creo recordar que su altitud sobre las aguas del Estrecho
llega a los 850 metros, y aún cuando esa cifra sea bien poca cosa,
por cierto, pocas montañas serán más prestigiosas. La Mitología
antigua de los países mediterráneos supuso que era en ella, en
su cumbre, donde Atlas, el titán, sostenía sobre sus hombros la
bóveda del cielo. No sólo eso. Hércules hizo de ella una de las
dos columnas que testifican el más gigantesco de sus trabajos:
la apertura del Estrecho. Calpe y Abyla: Calpe, el Peñón de Gibraltar, en Europa, en España. Abyla, el actual Yebel Musa, en
África, en Marruecos. Esta palabra «Abyla», vuelve a repetirse en
el interior de España, en el nombre de Ávila, la ciudad de Santa
Teresa, con el mismo sentido de «la alta», «la elevada», pues con
sus 1,200 metros sobre el mar es la más encumbrada de las capitales de provincias de toda España. En cuanto al nombre de Yebel
Musa, equivale en castellano a Monte de Moisés. Por último, los
españoles de hoy, gente poco mitológica y muy penetrada del
materialismo realista, llaman sencillamente Monte de las Monas
a tan prestigiosa montaña.
Nuestro reconocimiento de Yebel Musa, de que os hago gracia, para evitar complicaciones geológicas; fue indudablemente,
al menos para mí, algo de lo más interesante de nuestro viaje.
Enamorado siempre de las alturas, mientras los biólogos
marchaban por lo hondo de los valles yo seguía a Fernández
Navarro por las cumbres, de tal modo que puedo decir, cerro
por cerro, la altitud, el material geológico y los caracteres de
cada una de las vértebras de la cadena del pequeño Atlas, entre
Ceuta y Tetuán. Así, si el Musa es de caliza jurásica, el Sensen es
de arcosa y de gneis el Taijor.
Ya estamos tras esto en Tetuán, la ciudad santa de nuestra zona
de protectorado, y, por lo mismo, su capitalidad indiscutible. La
ciudad de los ojos, en el sentido de las fuentes, los manantiales, que
eso quiere decir en nombre, recuerda bastante bien a Granada,
106
Constancio Bernaldo de Quirós
incluso en el paisaje montañoso. Y en la fecha a que se remonta mi
viaje, cuando aún se conservaba intacta, con todo su carácter Oriental, presentaba la estructura íntegra de las ciudades marroquíes, en
sus tres distintas partes: la «medina», o sea, ciudad propiamente
dicho; la «alcazaba», o recinto interior, alto y fortificado, fortaleza
del «Pacha», del gobernador y el elemento oficial; y el «melaj», el
barrio maldito, el barrio «salado», que eso es lo que quiere decir la
palabra, destinado a los judíos, antiguos sefarditas expulsados de
España en 1492, justamente el año del descubrimiento de América, y que conservan aún el lenguaje, las canciones, los romances,
las costumbres de los españoles de los días de los Reyes Católicos.
Mientras yo permanecí en esa ciudad original e interesantísima, mi ocupación principal en más de quince días fue el estudio de las cofradías religiosas del pueblo marroquí: «Aisauas»,
«Hamadchas», «Derkauas», etc. Sectas extrañas que ofrecen
manifestaciones públicas desconcertantes, propias, a veces, para
espectáculos de circo. Tuve como guía en ese estudio a un venerable anciano árabe, casi una especie de Abraham, llamado Aly
Ben Mohamed el Selaui, con quien me inicié, además, en los
secretos elementales de algunas ciencias muertas, tales como la
astrología y la alquimia, principalmente. Aún ahora no puedo
recordar sin emoción la llegada de la divina hora del fin de la
jornada de estudio en la terraza de la casa de mi amigo, en el
recóndito barrio del «Aiun», al par de la mezquita de Sidi Saidi.
Crepúsculos largos, maravillosas tintas de color escondidas en
el cielo, unas veces amarillo como el limón, otras rojo como la
granada, o bien arrebolado como las pomas de oro del Jardín
de las Hespéridas. Cuando todos esos colores se habían apagado
convirtiéndose en ceniza fría, cuando en las claridades póstumas
del día era ya casi imposible distinguir un hilo blanco de otro
negro, según la frase del Corán, llegaba la oración de la tarde y
los minaretes de las mezquitas dejaban oír la voz de diez o veinte
muecines gritando, hasta llenar el espacio, la plegaria ritual de
todo el Islam, sombrío y enorme: ¡Alá Akbar! ¡La ilaha illa Alá!
¡Sidna Mohamed es irasul Alá! (¡Dios es grande! ¡Sólo Dios es Dios
y Mahoma es su profeta!).
Una pluma en el exilio...
107
Era ya hora de dejar la ciudad santa y un buen día de los de
fines de abril, salimos de Tetuán, con una pequeña escolta militar que nos procuró el alto residente español, el general Felipe
Alfau, dominicano, por cierto.2
De Tetuán a Tánger medían sesenta y cinco kilómetros, que
hicimos en dos jornadas. Después de un largo alto, bajo la fronda
del gran acebuche donde en 1860 se firmó la paz de la campaña
hispano-marroquí, pernoctamos la primera de esas jornadas, al
exterior de los muros del Fondak de Ain Yedida, o sea, del Parador de la Fuente Nueva, fundado por un Sultán previsor para
defender a los viajeros, en un camino muy peligroso, infestado de
malhechores, de la cabila de Uadrás, en plena divisoria AtlánticoMediterráneo. Un oficial del Ejército sueco, el teniente Klimspor,
aprovechaba allí quince días de licencia cazando aves emigrantes
en las proximidades del Estrecho. Casi seguro es que nuestra
compañía le libró aquella noche del secuestro, cuando menos.
Al día siguiente, hasta Tánger, a través de un paisaje de cultivo
cereal ilimitado, por sendas que a cada instante nos descubrían
figuras y escenas bíblicas, incluso el grupo precioso de una inolvidable unida de Egipto compuesta por un hombre rubio que
llevaba del cabestro un asno sobre el cual montaba una madre
con su hijito. Fue ese hombre anónimo quien por primera vez
me reveló el problema etnográfico de los rubios de Marruecos,
tan complicado e irresoluble, que algunos creen que son esos
rubios los últimos representantes de la legendaria Atlántida.
Henos ya en Tánger, la más cosmopolita y hasta la más infiel
de las ciudades marroquíes, puesta en la mejor encrucijada de
los grandes caminos que ha conocido la historia.
Allí, me quedé sólo, separado de mis compañeros momentáneamente, por un motivo particular. El nacimiento en Madrid de
2
N/C. Felipe Alfau Mendoza nació en Santo Domingo en 1845, era hijo del
capitán español Felipe Alfau Bustamante y de Rosa Josefa Mendoza. Casó
en España y tuvo una única hija que murió soltera. Fue general del Ejército
Español, alto comisario en Marruecos, y murió en 1937 en Casablanca. Ver
Carlos Larrazábal Blanco, Familias dominicanas, Vol. XXII, tomo I, Santo
Domingo, 1967, pp. 83-84.
108
Constancio Bernaldo de Quirós
una hija mía, a quien desde Tánger impuse el nombre de Julia
África y a quien los jeroglíficos increíbles del azar han lanzado
ahora, ¡pobre hija mía!, al corazón de Asia. Tomé allí un maestro
de Corán para contener mis largos ocios, mis pasos perdidos en la
original aglomeración humana del Estrecho. Al caer de la tarde,
maestro y discípulo vagaban siempre encantados en el Zoco de
Fuera, entre encantadores de serpientes, narradores de cuentos,
maestros de esgrima, aguadores semidesnudos de los que con el
odre de piel de cabra colgado del hombro pregonan al son de la
campanilla de latón: ¡el má Alá! (el agua de Dios).
Al fin, ya asegurada la salud de madre e hija, me puse en
camino para reunirnos con mis compañeros usando la vía marítima, pues hubiera sido imprudente para un hombre solo la
terrestre.
Ya estoy a bordo del France en la rada de Tánger. Se nos ha dicho que zarpáramos al anochecer, pero la noche llega sin señales
de partida. Es una admirable noche de mayo en que en el puerto
están encendidas todas las luminarias, sobre todo los grandes
arcos voltaicos de luz verde de la Casa Renshausen, y arriba, arriba, en el alto cielo, las constelaciones inmortales entre las cuales
destaca el Carro Triunfante, la Osa Mayor, invitando a que se le
dirija el hermoso soneto de Sully Prud’homme. Mientras, impaciente, recorro la cubierta del barco, de proa a popa, de babor a
estribor, oigo voces de mujer que no logro descubrir a pesar de
mi esfuerzo. El lance vuelve a repetirse dos o tres veces más hasta
que, al cabo, me descubre el enigma un moro amigo que me
dice: «no son mujeres, maestro, sino los eunucos de Abdelaziz
que van a la feria de Rabat a comprarle mujeres». Y aquella noche la acabé, toda entera, tomando té entre los eunucos del ex
Sultán. Llené dos cuadernos de notas sobre costumbres sexuales
marroquíes.
Cuando al fin, a la tarde siguiente, hemos llegado a la boca
del puerto de Larache, defendido por la barra espumante del
Lucus, en su desembocadura del gran río que reluce en clásicos
meandros, en la llanura, he comprendido el secreto del mito del
Jardín de las Hespérides que se localiza justamente en Larache.
Una pluma en el exilio...
109
Hércules fue un navegante feliz que, por primera vez, venció al
dragón que guardaba el huerto de naranjos opulentos; esto es,
que por primera vez pasó la barra del Lucus, tan temida.
Ya sólo una jornada a caballo me separaba de mis compañeros, a quienes al fin encontré en Alcazarquivir, el Castillo Grande, antiquísima ciudad berberisca, no muy distinta en su aspecto
general de cualquier pueblo viejo de la provincia de Toledo. Allí
ya no hay arco de herradura, sino puertas y ventanas adinteladas;
allí vuelvo a ver tejados a dos vertientes, con tejas rojas, y uno o
dos minaretes de ladrillo, como las torres mudéjares.
Los amigos de Alcazarquivir, y sobre todo, el Cadi de la ciudad, de la prestigiosa familia de los Raisnuni, han hecho que
algunos de sus compatriotas cantaran ante nosotros el famoso Ya
Alafi, el adiós a Granada, de los vencidos de 1492. Y todavía más,
nos ha mostrado llaves morunas de casas de Toledo, de Córdoba
o de Granada, reliquias venerables de ilustres familias hoy desparramadas por todo el reino de Fez. Y claro está, que también uno
por uno, todos las hemos besado.
No puedo olvidar entre nuestras andanzas por el valle del
Lucus, dos paseos curiosos: el uno, fue un paseo fluvial, en el Lucus, sobre la más primitiva de todas las embarcaciones posibles,
una sencilla almadía de tallos de palmito, atados con cuerdas del
mismo material. Seguramente, así fue, y no podía ser de otro
modo, la primera embarcación que cruzó el Estrecho de Gibraltar trayendo a España a nuestros remotos antepasados africanos.
La otra expedición, mucho más larga y seria, fue la visita al campo de batalla de Alcazarquivir, el fatídico 4 de agosto de 1578, en
que el rey de Portugal, don Sebastián, halló la muerte al frente
de lo que pudiera llamarse última Cruzada contra el infiel. Allí
murieron, también, su aliado Muley Mohamed y su adversario
Muley Abd el Malek, siendo esta triple muerte la que justifica el
nombre de la acción que los cristianos llamaron «la batalla de los
Tres Reyes» y los moros «batalla de los Tres Sultanes». Con nosotros venía el teniente coronel Fernández Silvestre, comandante,
entonces, de Larache, y para él fueron como recuerdo algunas
reliquias de la batalla halladas en los aduares de la cabila de
110
Constancio Bernaldo de Quirós
Ajescrif: espuelas, herraduras roñosas, astiles de lanzas, hojas de
espadas rotas. ¡Quién hubiera podido adivinar que antes de diez
años Fernández Silvestre, ya general, había de hallar también su
Alcazarquivir, como el rey don Sebastián, en la terrible derrota
de Anual!
La situación se iba haciendo cada día más difícil para nosotros. El país se levantaba contra España, bajo la sugestión de
Raisnuni, defraudado en su esperanza de llegar a ser el Jalifa
del Sultán en nuestra zona. Cada día necesitábamos escoltas más
fuertes para seguir cabalgando.
La famosa feria de mujeres, del zoco del Plata de Reisana, me
dio motivo para el último estudio interesante. Fue ese estudio
el de los tatuajes de las mujeres del Sajel y de la Garbia, finos
tatuajes de glabela a glabela, bajo los ojos, sobre las mejillas, en
el mentón, a lo largo del cuello, entre los senos, de un estilo
enigmático, peculiar, en que, al cabo, los sabios han hallado
indudables semejanzas con antiquísimos alfabetos muertos de
las más remotas civilizaciones líbicas. Se diría, pues, que son
madrigales, flores, piropos, lo que dicen esas escrituras misteriosas, que subrayan los ojos profundos, las bocas sabrosas, los
cuellos prometedores, algo así como las leyendas que adornan
en caracteres arábigos las fuentes inolvidables de la Alhambra:
«soy un mar de belleza y de placer, cada una de mis gotas vale
una estrella».
Ya en los últimos días de la expedición, Silvestre no nos concedió permiso para visitar una gran curiosidad arqueológica del
país, a pocos kilómetros del Zoco del L’renin de Sidi el Yamani:
el gran monumento megalítico de Mzora, algo de la importancia
de Stonchenge, por ejemplo, en Inglaterra.
Arcila fue la última ciudad que tocamos. Arcila, sobre su
pedestal de roca, asomando al Atlántico, que en su paralelo se
extiende hasta el cabo Hatleras de Norteamérica sin una isla,
un islote, un arrecife, un escollo. El palacio de nuestro enemigo
Raisnuni, confiscado por Silvestre, no podía causarnos mucha
impresión a los dueños de la Alhambra de Granada y del Alcázar
de Sevilla.
Una pluma en el exilio...
111
Llegó el día de la última jornada. A través de la Zona Internacional de Marruecos Fernández Silvestre no podía darnos
escolta; fue preciso, pues, hacer esa jornada a riesgo nuestro,
sabiendo que Raisnuni se proponía secuestrarnos. Por fortuna,
todo fue feliz, hasta un breve alto en la galopada bajo un grupo
de frondosas higueras en la tórrida llanura, que invitaba a repetir
las palabras del Corán: «¡Has visto cómo tu Señor misericordioso
extiende a tu alrededor la sombra!».
De pronto, en el horizonte, unas pálidas montañas azules.
Señalándolas, el guía que llevo al lado me dice: «¡Isbania!». ¡Sí,
España, la buena, la querida, la deseada! Sólo el foso del Estrecho nos separa. Voy a terminar ya.
¡Feliz quien, como Ulises, ha hecho un largo viaje, o como
aquel otro, Jasón, que conquistó el vellocino de oro! ¡Feliz, tres
veces feliz, sobre todo, si, al cabo, vuelve a acabar sus días entre los
suyos y bajo su clima! ¡Si, como Ulises, halla la esposa fiel, el hijo
honrado, el deudo agradecido; hasta el perro, el pobre perro,
ciego y paralítico, que muere sollozando de alegría, dichoso por
haber vuelto a lamer los pies cansados y polvorientos del amo!
Dudo mucho que yo pueda prometerme esa felicidad, pero
se la deseo a todos mis compatriotas exiliados. Y deseo también
que la benévola indulgencia de los extranjeros aquí presentes,
me permita decir mi oración final: «¡España es Oriente y Occidente, esto es, Asia y América! ¡Es también Norte y Sur: Europa
y África! ¡Es el mundo entero! ¡Es Alfa y Omega, el principio y el
fin, la tierra prometida y bendita, aquella de la cual Alfonso X,
«El Sabio», escribió que no hay otra en el planeta que la supere
en valor ni que la exceda en belleza!».
La Libanesa,
Año I, Núm. 4, 15 de octubre de 1943, p. 22.
Año I, Núm. 5, 15 de noviembre de 1943, pp. 9 y 24.
Año I, Núm. 6, 25 de diciembre de 1943, pp. 12, 21, 27 y 30.
Hachas de piedra y
piedras de Águila
El Dr. Constancio Bernaldo de Quirós y Pérez, natural de Madrid, es
actualmente catedrático de la Facultad de Derecho de la Universidad de
Santo Domingo. En su patria, España, ha desempeñado los cargos de:
Jefe del Servicio de Política Social Agraria del Ministerio de Trabajo,
Catedrático de Política Social Agraria en la Escuela Social de dicho
Ministerio, Miembro del Instituto de Estudios Penales de Madrid,
Consejero Técnico de la Delegación Gubernamental Española en las
Conferencias Anuales de la Oficina Internacional del Trabajo (B.
Y. T.), de Ginebra, Suiza, y Vicepresidente de Honor del V Congreso
Internacional para la Unificación del Derecho Penal, reunido en
Madrid en 1933. Es, además, miembro del Instituto de Coimbra,
Portugal y de la Asociación Dactiloscópica Argentina, de Buenos Aires,
así como Socio Honorario del Club Alpino Español, Presidente de
Honor de la agrupación alpina «Peñalara», etc., etc. Tiene publicadas
numerosas obras sobre sus especialidades en Derecho y sobre alpinismo.
En la República Dominicana ha publicado Cursillo de Criminología
y Derecho penal, profesorado en la Universidad de Santo Domingo
en la primavera de 1940; «Criminología Dominicana», en la Actas
del Primer Congreso de Procuradores, tomo III; «Criminalidad
Femenina», en la Revista Jurídica Dominicana; «Penalidad en
el Código Negro de la Isla Española», en el Boletín del Archivo
General de la Nación; «Las tres fases del Derecho penal», conferencia
en el Centro Español Democrático, publicada en la Revista Libanesa;
y «La Picota en Santo Domingo», en La Nación.
Como soy apasionado de los rayos, esto es, de las hachas de
piedra pulimentada; como las he buscado y recogido, acariciándolas, por muchos caminos viejos de España; como venero en
ellas la maternidad inagotable de todo el trabajo de los hombres,
– 113 –
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Constancio Bernaldo de Quirós
hasta sus últimas, más delicadas y perfectas creaciones prodigiosas, me interesó buscarlas en el Nuevo Mundo apenas me hallé
transportado a él, y ya hasta he conseguido una, una tan solo,
pequeña, verdosa, de una roca insólita para mí, que guardo escondida donde no le de la luz, para que conserve mejor sus propiedades. El amigo que me la procuró, reciba desde aquí, otra
vez, como cuando me la concedió, el recuerdo de mi gratitud,
aunque no lo sepa nunca.
He visto en el Museo Nacional de Ciudad Trujillo, no pocas
de estas hachas que caracterizan a la Edad Neolítica. Son, desde
luego, iguales a las que yo recogí en España, salvo en el material
lítico de que proceden. Aquí, como la fibrolita o sillimanita es
un mineral de metamorfismo desconocido, mi buena y antigua
amiga Rosario «La Turrunera», de La Alberca, en tierra de Salamanca, no podría repetir su preciosa descripción de la hacha
neolítica que escuché de sus labios ya hace tantos años: «una
cortecita de jabón de pinta». No; aquí el hacha no es tan rica
en color como allá lejos. Faltan aquí las hachas pintarrajeadas,
semejantes al jilguero, el más lindo de los pajaritos europeos,
que parece haberse revolcado en una caja de pinturas. Dominan
aquí las hachas monocromas, en tonos obscuros, tirando a verde, y hasta las hay verdes enteramente, como si fueran de jade,
de nefrita, de serpentina, acreditando remotas procedencias de
Asia interior. Desgraciadamente, las hachas del Museo son anónimas del todo; se ignoran no sólo de dónde proceden, sino la
roca de que están hechas. Y si esto último podrá saberse siempre,
determinándose su material con toda precisión, claro que no «a
ojo», simplemente, sino mediante las preparaciones mineralógicas adecuadas, en cambio la procedencia se ignorará siempre,
por haber descuidado ese detalle biográfico importantísimo. El
hacha tal o cual, ¿procede de una caverna o de una sepultura?,
¿fue hallada labrando la tierra o apareció al borde de una fuente, como es tan frecuente en todas partes, revelando un alto en
el trabajo o en la caza?
Decía, pues, que las hachas neolíticas que he visto en el Museo Nacional o en poder de algunos particulares, salvo el aspecto
Una pluma en el exilio...
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mineralógico, son idénticas a las de mi país, más aún, a las del
Viejo Mundo. Pero hay un ejemplar, sólo uno, excepcional, morfológicamente considerado y que presenta una novedad que yo
jamás he visto en Europa.
Ese ejemplar inédito le vi una tarde de marzo de 1940, recién
llegado yo a la isla, en San Francisco de Macorís, que tan buenos
recuerdos guarda para mí, en la colección mineralógica, arqueológica y etnográfica de don Arístides Estrada. Fue una tarde de
Semana Santa, bien me acuerdo, pues una o dos veces el examen
de las piezas mejores de la colección hubo de interrumpirse por
el paso de la procesión religiosa.
El hacha neolítica a que me refiero, grande y robusta,
muy apropiada para la lucha y el trabajo, tiene la consabida
forma amigdaloide, adecuada para el hueco de la palma de la
mano, en el cual sienta bien siempre su contacto suave, frío,
duro. Pero en el vértice, en la punta, apenas comienza ésta a
ensancharse, ofrece a todo su alrededor un reborde espeso y
continuo que la aísla, impidiendo su penetración, al modo,
por ejemplo, del rodete que en la garrocha de los picadores y
vaqueros españoles detiene la penetración excesiva del aguijón
en el morrillo de las reses. Parece indudable que ese modelo
insólito debía aplicarse a determinadas labores de perforación,
a trabajos cualificados siendo, por tanto, un tipo progresivo,
perfeccionado para determinadas labores que no podemos
determinar bien, acaso abrir ojales en el cuero o agujeros en
la madera, evitando desgarramientos. ¡Gran lástima ignorar,
como siempre, la procedencia de ese instrumento excepcional!
¿Podría saberse, al menos, si existen otros en el país, idénticos
o semejantes?
No quiero terminar esta pequeña nota de arqueología prehistórica sin referirme a otro hallazgo en la misma colección
Estrada.
Su amable dueño me mostraba, momentos después, dos
pequeñas bolas de piedra íntegras, y otra más, partida en dos,
sin duda por curiosidad, mostrando la estructura interna de
la roca. ¡Con qué alegría reconocí en el acto, descubriendo
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Constancio Bernaldo de Quirós
su secreto a su propio dueño, la etites, la famosa piedra del
águila de que corren tantas creencias populares en Europa,
desde tiempo inmemorial, desde los días de Homero hasta los
nuestros! La etites es, sencillamente, una concreción del más
vulgar de los minerales de hierro, la limonita, o sea, la piedra
del limo, del lodo o légamo de los pantanos y turberas, y se
presenta en forma de bolas de color amarillento o pardo rojizo,
con una estructura interior de capas concéntricas y un nódulo
suelto interior que permite un sonido al agitarla, como si fuera
un cascabel opaco.
La etites, pues, enteramente idéntica a la de allá lejos, pero
procedente indudablemente de aquí acaso del cerro azul que en
el horizonte de San Francisco de Macorís lleva el bonito nombre
caballeresco de «Quita Espuelas», pero estaba la pobre etites
ignorada y descreída, incluso para su dueño, de sus cualidades
prodigiosas. Y entonces hube de referir al pequeño auditorio
que me rodeaba cuanto dijo de la etites nada menos que Dioscórides, el gran físico y médico del siglo i de la Era Cristiana,
autor del tratado De materia médica que sirvió de autoridad y de
enseñanza por quince o dieciséis siglos, hasta el Renacimiento,
y que tradujo al castellano el Dr. Laguna, reinando Felipe II. La
etites, que el águila lleva a su alto nido para facilitar la puesta a
la hembra, ayuda también a las mujeres en el trance del parto,
por simple magia simpática, pues ella es así mismo una piedra
preñada. La etites así, es artículo que forma parte del material
empírico, como la Rosa de Jericó, de las parteras de Castilla. La
madre Celestina la poseía, ¿cómo no?; la vieja de la cuchillada
que vivía en Toledo o en Salamanca, hacia la Cuesta del Río, en
las Tenerías. Y la etites también, en otro orden de aplicaciones
bien distintas, servía o podía servir de «detector de mentiras»,
como se dice hoy, para la prueba judicial de si alguno había o
no hurtado tal o cual cosa; pues el grave Dioscórides afirmó que
si se daba a comer o a beber a algún ladrón un trozo de pan o
un vaso de agua en que se hubiesen puesto raspaduras de etites,
no lo podría tragar; algo así como la prueba del arroz de los
antiguos jueces persas, sin duda por algún efecto astringente del
Una pluma en el exilio...
117
preparado que, añadido al síndrome emotivo de la mentira, en
que figura la dificultad de tragar por sequedad de la vía correspondiente, produce el efecto inhibitorio concluyente.
¿Cómo todo ese saber popular se ha perdido aquí? ¿Cómo
ha podido olvidarse en un medio que, en cambio, ha conservado
hasta el día el saber popular del alma española antigua, aumentándole, a la vez, con aportaciones originales?
Cuadernos dominicanos de cultura,
Núm. 3, noviembre de 1943.
Enrique de Mesa1
Este viejecito venerable, de cuerpo menudo y espíritu tan alto
como las cumbres carpetanas que él ama tanto, honra y orgullo
de la emigración republicana española que recaló por estas playas
acogedoras de Quisqueya, el Profesor, y éste es su mejor título, don
Constancio Bernaldo de Quirós, ocupa hoy el lugar que destinamos
a la presentación de los poetas españoles que van desfilando por
nuestras páginas. Nadie mejor que él, por fueros de autoridad y de
conocimiento íntimo del poeta de turno, don Enrique de Mesa, podría
hacerlo. complaciéndole, reproducimos dos de las cuatro composiciones
que señala, Los caminos y El bon vino, añadiendo de nuestra propia
elección Balada de sangre, inspirada, sin duda, en la llaga, aún no
curada, de la Meseta Castellana: el problema de la tierra.
Conocí a Enrique de Mesa en el verano de 1902, en uno de
los salones de jóvenes, el Amarillo, del Ateneo de Madrid, donde
se reunía la nueva generación que ahora, día por día, va extinguiéndose (Azaña, el más ilustre). Éramos cinco, hermanados
por los estudios y las aficiones; y todos nos dejábamos llevar por
el entusiasmo y optimismo de uno de los más jóvenes, o acaso el
más joven de los cinco: Enrique García Herreros, que acababa de
doctorarse en Derecho y de obtener el «Premio Comas», como
una memoria sobre la sucesión contractual. Los otros tres eran:
Enrique de la Vega, hijo del sainetero autor de La verbena de la
paloma y nieto de Ventura de la Vega, el creador de El hombre de
1
N/C. Poeta español (1878-1929) que en sus obras ofrece una visión original y emocionante del campo castellano.
– 119 –
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Constancio Bernaldo de Quirós
mundo; Luis de Gorostizaga y Enrique de Mesa, de quien voy a
hablar, sobre todo. Todos desaparecieron ya hace muchos años,
y sólo sobrevivo yo, el mayor de todos.
Aquel verano fue muy atareado para los cinco, hasta el punto
de que sólo hacia las 6:00 de la tarde, ya rendida la jornada de
cada cual, podíamos reunirnos en el Ateneo, ansiosos de libertad
bien ganada. Buenos madrileñistas los cinco, bajábamos al río en
busca del baño, a los antiguos «Baños del Manzanares», pues en
1902 aún faltaba más de un cuarto de siglo para la instalación de
las piscinas y las playas. Cenábamos luego en la clásica «Huerta de
los Cipreses», donde su dueño, gran admirador de don Ricardo
de la Vega, nos daba trato de favor por un precio relativamente
fácil a nuestras bolsas de estudiante; y la noche acababa, hasta
el amanecer, en largas andanzas inolvidables. Al principio, nos
pasábamos de los jardines de la Florida y de la Moncloa, hasta
su límite común en Puerta de Hierro. Más tarde, avanzábamos
hasta El Pardo; y al cabo, en septiembre, nuestro automatismo
ambulatorio de que estábamos atacados, al parecer, los puso en
pleno Valle de Lozoya, en la venerable Cartuja de Santa María del
Paular, fundada por el rey don Juan II al promediar el siglo xv.
Así conocí yo a Enrique de Mesa, y durante tres años cabales,
entre 1902 y 1904, los cinco del Paular formamos la hermandad
más perfecta que por entonces conoció Madrid. De tal modo
que si en los días de Carlomagno, allá por el siglo ix, hubo el
caso de los cuatro hermanos Aymon: Reinaldo, Alardo, Guiscardo y Ricardo, que cabalgando todos sobre el prodigioso caballo
Bayardo, realizaron tan sorprendentes hazañas en los principios
del siglo xx, nosotros cinco emulamos a los cuatro Aymon, marchando siempre juntos, en la fila horizontal o vertical y siempre
a pie, a todos los lugares de arte, de tradición y de devoción de
Castilla y, sobre todo, a la gran Sierra Central, en sus dos grandes
eslabones de Guadarrama y de Gredos, que nosotros enseñamos
a conocer y a querer en toda su gloria y su belleza.
Por esa época Enrique de Mesa era ya un admirable prosista,
galardonado en el primer concurso de crónicas de El Liberal como
un primer premio, muy sonado, por su hermosa composición «Y
Una pluma en el exilio...
121
murió en silencio». De la misma época es su primer libro: Flor
pagana, cuyas primeras páginas, que le dan nombre, son cierta
especie de glosa del Cantar de los Cantares, en erótica alabanza
a una famosa cupletista del Madrid de entonces: la Fornarina.
Pero ya Enrique de Mesa derivaba hacia la poesía y en sus largos
silencios, pues siempre fue hombre de pocas palabras, gastaba
su tiempo forjando versos y más versos, hasta dejarlos brillantez
como el metal y como el cristal sonoros, listos para la palabra o
para la imprenta.
Después de 1904 las cosas comenzaron a cambiar. Uno tras
otro, Mesa, García Herreros y yo fuimos contrayendo matrimonio. Más tarde García Herreros se ausentó lejos, nada menos
que a Egipto, nombrado juez del Tribunal Mixto Internacional
donde, hasta su muerte, desempeñó tan brillante papel. Por último, la muerte nos arrebató a Luis de Gorostizaga y a Enrique de
la Vega, quedamos, únicos en Madrid, Mesa y yo. Mas ya no en
la hermandad de antes, aquella que el poeta expresó con tanto
cariño en su novelita «La posada y el camino», publicada en Los
lunes del Imparcial, poco antes de su muerte.
Pero yo desde entonces me recluí en el Instituto de Reformas
Sociales y en el Ministerio de Trabajo, y Mesa se encerró en la
Secretaría del Museo de Arte Moderno, a la que dio toda su jornada de labor, prolongada a la noche, en el patio de butacas de
los principales teatros, la noche de estreno, singularmente, pues
se había convertido en crítico teatral, el más temido de todos
cuantos con él actuaron y uno de los más autorizados. Su vida, de
una regularidad excepcional, sólo se interrumpía, en ese ritmo,
al llegar el verano, retirándose entonces a la Cartuja del Paular,
en la antigua celda del Prior, que tenía alquilada, y que fue para
él lugar de reposo y de deleite, similar a lo que fue para fray
Luis de León el huerto de la Flecha, riberas del Tormes. Así, las
mismas cuatro paredes enjalbegadas donde fray Rodrigo de Valdepeñas, Prior de El Paular en el siglo xvi, compuso la glosa a las
imperecederas coplas de Jorge Manrique, cerca de cuatro siglos
más tarde vieron a otro hombre solitario y austero, aunque en
traje secular esta vez, inclinado sobre el papel haciendo versos.
122
Constancio Bernaldo de Quirós
Enrique de Mesa, atormentado por el ansia de la perfección,
nos dejó al morir en 1929 una obra muy reducida, sí, pero siempre exquisita. Sus libros en versos sólo fueron dos: uno, El silencio
de la Cartuja, que dedicó penetrado de emoción «a las benditas
piedras viejas» del Monasterio del Paular; y otro, el Romancero
castellano. Ambos muy similares, de una lírica grave y honda, fluyendo siempre con algo de llanto y queja. «Tierra y alma» fue el
título que Enrique de Mesa prefirió para caracterizar su poesía,
como una simbiosis del paisaje y de su lírica personal. Así, su
obra asemeja muy bien un río, una vena de agua, clara y fría,
pero con marcado sabor amargo, que fluye por ante el valle de
Lozoya, señoreado por la majestuosa Peñalara.
De las distintas composiciones que forman el conjunto de
ambos volúmenes, hay cuatro que yo prefiero por motivos puramente personales, por haberlas sentido brotar y florecer yo en el
buen tiempo de nuestras andanzas serranas. En primer lugar, la
que lleva por título Los caminos, adorable sensación y emoción de
las callejas que envuelven los pueblecitos, no sólo del valle de Lozoya, Rascafría, Oteruelo, Alameda, Pinilla, sino de toda la Cordillera Central, de todo Guadarrama y de todo Gredos. Luego,
la pieza que comienza: «¿Por qué llorando te quejas, arroyo de
Garcisancho?», diálogo con el pequeño curso de agua, delicioso,
que desciende de Lozoya por entre el pinar de Cabeza Mediana,
ya dentro, en la cabecera del Valle. Asimismo, prefiero «Con los
buenos cabreros», que conserva la memoria del encuentro que
tuvimos una tarde de invierno, bajando de las alturas de la Pedriza de Manzanares hacia Miraflores. En las últimas palabras de esa
composición el poeta ha sabido expresar de un modo muy feliz
la sinestesia, es decir, la asociación de sensaciones, de la marcha
sobre la nieve ligeramente helada, resbaladiza y crujiente. Por
último, me referiré a la pieza que lleva ese título grato, sin duda,
a Gonzalo de Berceo: El bon vino. El poeta la compuso sentado
frente a mí, en la banqueta de una desvencijada diligencia en que
él y yo regresábamos desde Sepúlveda a Segovia, pasando por
Turégano, al cuarto día de una larga andanza en que dejamos la
huella de nuestros pasos sobre treinta leguas de nieve por tierras
Una pluma en el exilio...
123
de castillos, cansados, pero no hartos, como Mesalina de otro
deporte con más aficionados que la marcha. Esas cuatro piezas
son para mí otras tantas fotografías muy antiguas de momentos
felices de nuestra juventud común, enormemente lejana, pero
que el tiempo no ha conseguido alterar ni en las palabras del
poeta, ni en los recuerdos personales guardados en los obscuros
cartapacios de mi memoria.
Yo celebraría que alguna, por lo menos, de esas cuatro piezas
ilustrara la pequeña semblanza que, a instancias del Director de
Rumbo, dedico a un poeta exquisito, con cuya amistad me honré
en los días de juventud, y que aquí, en América, es menos conocido de lo que merece.
Rumbo, marzo de 1944, pp. 7-9.
Almanzor en Gredos1
El gran caudillo cordobés, honor de los últimos tiempos del
Califato de Occidente, regresaba, en las postrimerías del siglo x
de Cristo y IV de Mahoma, de alguna de sus victoriosas incursiones contra el Reino de León, que entonces apenas rebasaba las
orillas del Duero. Esa vez había llegado hasta Santiago de Compostela, la Ciudad Santa, la Roma del Extremo Occidente que los
peregrinos de Europa buscaban orientándose por la Vía Láctea,
llamada desde entonces, por eso, «caminito de Santiago». Largas
teorías de cautivos de aquellas remotas tierras célticas seguían a
la retaguardia del ejército moruno, cargado con los despojos del
saqueo, entre ellos las santas campanas del venerable Templo del
Apóstol.
La ruta, a la vez militar y civil, de entonces, buscando la comunicación entre las dos mitades de España aisladas por una
cordillera larga y alta, atravesaba los montes divisorios de las dos
1
N/C. Almanzor no es más que la castellanización del calificativo árabe con
que Abi Amir Muhammad se rebautizó tras una de sus muchas victorias
guerreras, Al-Mansur bi-Allah, «El victorioso de Dios». Fue un capitán de
la España musulmana que salió victorioso en casi setenta batallas, conquistando ciudades como León (año 984), Barcelona (985), Santiago de
Compostela (997), Pamplona (999) y San Millán de Cogolla (1002), entre
otras. Finalmente, fue derrotado por los reyes de León y Navarra y el Conde de Castilla, en la batalla de Calatañazor, en julio del 1002, al resultar
con heridas mortales. Tras su muerte, los cristianos suspiraron aliviados
pues lo consideraban como un verdadero «azote de Dios».
– 125 –
126
Constancio Bernaldo de Quirós
Castillas, mucho más hacia el Oeste, hacia Portugal, aún no nacido como Estado, que los pasos hoy aprovechados por las grandes
carreteras y ferrocarriles de España.
Cuando Almanzor, ya de regreso, y victorioso siempre, como
declara su nombre, se aproximó a los temerosos montes de las Castillas, púsose una tarde a admirar desde su tienda de campaña, a la
hora divina del crepúsculo resplandeciente, los riscos cimeros de
una altísima y salvaje sierra de granito, cubiertos aún por grandes
masas de nieve inmaculada. El caudillo hizo que la gente del país le
dijera el nombre de los montes bravíos que tanto interesaban a su
alma de guerrero y poeta, y quiso también que le contaran cuanto
fuera sabido de sus misterios y bellezas. Dijéronle que aquellos
picos inaccesibles llevaban el nombre de Gredos, palabra céltica
que nadie entonces, allí, hubiera sabido interpretar, pero que hoy
se sabe que quiere decir «lo blanco», aludiendo a la pureza de la
nieve resplandeciente que los decora casi todo el año. Dijéronle
así mismo que en la remota altura, cercada por un anfiteatro de
cumbres vírgenes, inasequibles, se le remansaba una grande y profunda laguna, insondable, helada diez de los doce meses del año,
donde moraba un monstruo temeroso y horrible que brama a la
hora de las tempestades y extiende su dañosa influencia en la alta
atmósfera donde se fraguan los meteoros.
Almanzor quiso ver por sí tanto prodigio y tanta belleza temerosa. Así que, deteniendo su retirada dos o tres días, supo
realizar en las postrimerías del siglo x, muy cerca del año mil,
una de las primeras ascensiones alpinas que se conocen en la historia, acaso la primera de todas entre los pueblos de Occidente.
Como perpetuo recuerdo de ella, el hermoso nombre de «Plaza
del Moro Almanzor» ha quedado para el valle, a dos mil metros
de altura sobre el mar, en que, como reliquia del antiguo glaciarismo cuaternario, queda la bellísima y misteriosa laguna de
Gredos, en mi provincia de Ávila, «la alta», hermana de las otras
lagunas alpinas, en las sierras de la Carpetovetónica. Y el nombre
de Almanzor es el que, como el de un gran héroe epónimo, se
conserva para el magnífico risco cimero de la sierra, con más de
dos mil seiscientos metros de elevación sobre las ondas marinas.
Una pluma en el exilio...
127
Se sabe también, y acaso sea eso lo más interesante de nuestra relación, que en las aldeas serranas del alto Tormes, que es
el río nacido en la glacial laguna, se conservan todavía, después
de cerca de mil años, algunos compases de una antigua canción,
«la Canción de Almanzor», que conmemora la victoria del caudillo sobre los montes en aquel día dichoso; compases que, por
fortuna, han sabido recoger y aprovechar algunos musicógrafos
contemporáneos.
La Libanesa, año 2, Núm. 12,
20 de julio de 1944, pp. 7 y 38.
Comegente, el monstruo sádico1
Gayot de Pitaval fue un jurista francés del siglo 18 que debe su
nombre en la Historia a su gran colección de causas criminales
famosas, publicada en París entre los años 1735 a 1746, continuada
un siglo después, en Alemania, por Hitzig y Haring, en no menos de
60 volúmenes, que K. W. Schiller extractó y redujo a seis, en 1927-29.
«Pitaval», por tanto, quiere decir «colección de causas célebres». Hasta
los últimos años se publicaba todavía anualmente en Alemania un
«Almanaque Pitaval». La fuente última de casi todas las grandes
colecciones de causas célebres y mundanas europeas, es el Pitaval
antiguo, ya muy difícil de hallar.
1
N/C. En su Resumen de la historia de Santo Domingo, dice el ilustre historiador
don Manuel Ubaldo Gómez Moya: «A principio del siglo xix hubo en la
jurisdicción de La Vega un africano conocido con el nombre de El Comegente, o El Negro Incógnito. Este antropófago, cuyas correrías extendía
hasta las jurisdicciones de Santiago, Moca y Macorís, atacaba a los ancianos,
a las mujeres y a los niños, pues era cobarde y le huía a los hombres fuertes.
Fue capturado en Cercado Alto, común de La Vega, ignoramos el año, y fue
remitido a Santo Domingo bajo custodia de un fuerte piquete al mando de
un oficial llamado Regalado Núñez. En el camino pernoctaron en la Sabana
de la Paciencia y durante toda la noche lo tuvieron amarrado en un naranjo
muy conocido por esa circunstancia. La historia de este monstruo fue escrita
por el padre Pablo Amézquita y después se publicó en los Núms. 25 y ss. de El
Esfuerzo, periódico que editaban en La Vega, por el año 1881, los hermanos
Bobea». También habla del Comegente de C. N. de Moya en sus inéditos
Episodios dominicanos. La espeluznante Relación del padre Amézquita, escrita
el 26 de junio de 1792, fue reproducida por E. Rodríguez Demorizi en el
periódico vegano El Observador, del 25 de enero de 1942, tomada de una
copia antigua de su archivo, hecha en el siglo pasado por don Francisco
Mota hijo. Para ampliar este tema ver Raymundo González, «El Comegente,
una rebelión campesina al final del período colonial», Homenaje a Emilio
Cordero Michel, Colección Estudio 1, Santo Domingo, 2004, pp. 175-224.
– 129 –
130
Constancio Bernaldo de Quirós
En 1709 aún no existía la palabra «sadismo» ya tan vulgarizada que va retrocediendo ante otra: «algolagnia», amalgama del
amor con el dolor, creada por Havelock Ellis para reemplazarla
y comprendiendo, además, otra forma análoga y contraria de la
patología sexual: el «masochismo».
Pero si en 1790 no existía aún la palabra «sadismo», el Marqués de Sade, a quien alude, estaba ya en lo peor de su vida libertina de «pequeño sadista», con la aventurilla de Rosa Keller y la
otra, algo más grave, de las drogas afrodisíacas administradas en
grande a las pupilas de una mancebía de Marsella, alguna de las
cuales parece que llegó a morir en pleno furor erótico. «Pequeño
sadista» en subida de acción, que, sin embargo, se transportaba
al gran sadismo, al sadismo mortal, cuando se ponía a escribir
sus terribles novelas licenciosas, sobre todo la famosa Justicia, o
los peligros de la virtud, modelo del triste género.
Ahora bien, ese mismo año 1790 que acabamos de citar, el
sadismo, el gran sadismo aún sin nombre y mucho más inaudito
y desconcertante que hoy al cabo de siglo y medio, se presentó
de improviso donde menos podía esperarse: en el Cibao, en pleno interior de la gran isla Hispaniola, predilecta de Colón, y que
por entonces debía vivir una vida inocente y tranquila, primitiva,
tímida y dócil de la mano de la Iglesia y el Estado.
Un religioso de La Vega, llamado el P. Pablo Amézquita, cuidó
de escribir la crónica de tan desgraciado suceso, en una relación
lastimera que sólo llegó a publicarse muchos años después, en
1881, cuando se aproximaba el Centenario, en el periódico de la
localidad que se llamaba El Esfuerzo.
Como al principio se sospechó que el malhechor fuera
antropófago, porque sus víctimas no aparecían, o, como otra
vez sucedió en el cuerpo de una de ellas, un pobrecito niño, se
puso de manifiesto la acción del fuego, como si se hubiera pretendido asarle, a aquel temeroso monstruo se le dio el nombre
de «Comegente», cuando, en realidad, hubiera merecido cualquier otro más expresivo y cierto, similar a los que merecieron
Garayo el «Sacamantecas», en España; Vacher, «El Estrangulador de pastoras y pastores», en Francia; Jack, «El Destripador»,
Una pluma en el exilio...
131
en Inglaterra; Kurten, «El Vampiro de Dusseldorf», en Alemania, etc., etc., sus congéneres de todo el mundo.
En realidad, no abunda en las noticias que nosotros desearíamos la relación del P. Amézquita, conocida de nosotros por la
copia reproducida en otro periódico de La Vega, así mismo, El
Observador, del 25 de enero de 1942. Por otra parte, cuando apenas capturado, el bárbaro monstruo sádico fue destruido en la
capital de la isla, en Santo Domingo, sin forma regular de juicio,
o en proceso sumarísimo y verbal de que no ha quedado rastro
alguno, ignoramos casi por completo todo o casi todo de lo que
sería lo más elemental en una historia clínica criminológica.
Lo que sigue no es más que la reconstrucción hipotética que
permiten algunas anotaciones y palabras del relato del antiguo
religioso de La Vega. La geografía y la cronología de los sucesos
es lo que sabemos con más exactitud.
La primera se sitúa «en un terreno, el más poblado de la isla» y
que «tendrá de largo doce leguas y siete por la mayor extensión de
su latitud, desde Cotuí, al Este, hasta la Angostura, al Oeste…, hasta
como tres cuartos de legua a distancia de La Vega», monte espeso
de bejuco, la mayor parte, que facilitaba la agresión y la fuga.
La segunda, se desenvuelve exclusivamente en un largo período del año, el correspondiente al buen tiempo cálido, del centro de la rotación anual. La bárbara gesta del «Comegente» sólo
duró dos años y medio escasos, y en ese período correspondiente
a tres giros del planeta en torno al Sol, con la correspondiente
sucesión de las estaciones apenas acusada en los trópicos, las tres
veces, los tres ciclos equivalentes de la vida del monstruo sádico,
sistematizada en la destrucción orgánica de sus semejantes como
equivalente del orgasmo sexual, se contienen en siete meses,
aproximadamente: en los meses que van de marzo a octubre, a
tenor de las anotaciones del P. Amézquita. Éstas no nos permiten
señalar el día de marzo que abre en el autoerotismo de «Comegente» la obsesión e impulsión sádicas, pero sí nos dejan ver que
el día que la cierra es el 10 de octubre.
La leve depresión térmica que corresponde al tiempo frío, los
cinco meses de la estación ligeramente fresca en estas latitudes
132
Constancio Bernaldo de Quirós
que componen el final de otoño, el invierno íntegro propiamente dicho y el principio de la primavera cierran el acceso, con un
descargo que vuelve a romperse otra vez en marzo.
Situado, pues, en su estación peculiar, en el ambiente de su
autoerotismo, «Comegente» siente la llamada del sexo ante todo
ser vivo humano, cualquiera que sea, no ya su raza o su condición social, sino su edad, y, sobre todo, su sexo. Mientras Garayo
el «Sacamantecas» y Jack «El Destripador», son unisexuales en su
heterosexualidad, es decir, que sólo acechan hembras, mujeres
mejor dicho, «Comegente», igual que Vacher, por el contrario,
es bisexual siempre.
La Relación del P. Amézquita nos le muestra ciertos momentos de sus atentados, asechando y atacando de lejos, con
armas blancas largas o arrojadizas, y, sobre todo, entregado
después a un dinamismo exagerado, a una danza loca, tras el
sacrificio de sus víctimas. Algunas de las que sólo resultaron
heridas se expresaron en ese sentido, como si conservaran esa
horrible instantánea del período del atentado que llamaríamos
«clónico», como en el acceso epiléptico, ya que el acto sexual
y el atentado sádico es su sustitutivo, acaso superlativamente,
es también una pequeña epilepsia con su tiempo tónico, de
rigidez, y su tiempo clónico, de convulsión, rematado con un
estado de adinamia y reposo, en aquella depresión peculiar a
que alude el antiguo proverbio: Omne animal post coitus tristatur
(todo animal, menos el gallo…), y menos la mujer por efecto
de una de las características diferenciales de su impulso sexual
frente al hombre. No obstante, en «Comegente» la reposición
de ese postrer estado y la repetición de un atentado nuevo, es
bastante rápida.
En la Relación del P. Amézquita hay fechas que se señalan
de esta suerte. «Junio 14. Tío Gabriel, 80 años, desllucado, una
estocada por el costado y le cortó y se llevó las pudendas. A la
noche, Apolonia Ramos abierta desde la hoya hasta el pubes, le
sacó el corazón, que se llevó juntamente con la mano derecha, y
otras varias heridas y le clavó un palo por sus pudendas; también
le cortó una porción de empella y con ella le cubrió la cara».
Una pluma en el exilio...
133
«Agosto 14, una morena de don Manuel de Moya». Ambos
casos corresponden al año 1791 y también debe corresponder al
mismo día otro caso que figura más adelante con la indicación
del 14 de agosto, pero sin año, y que es el de «una mujer de
Manuel Sánchez, del vecindario de Santiago».
Una sola vez, que conste, el monstruo, no logrando el orgasmo en la destrucción sanguinaria de la víctima, necesita recurrir a
la cópula sobre el cadáver. Es en el caso de Isabel Estévez, el 30 de
agosto de 1791, en que, después de dos machetazos terribles en la
cabeza y en el pescuezo, «abusó de ella torpemente», llevándose
parte de los cabellos, el rosario y un pedazo de las enaguas. Por eso
el P. Amézquita había escrito antes: «también se creía que usaba
torpemente de las mujeres que mataba. Pero la experiencia me ha
hecho conocer que en el día de hoy, nada de esto le mueve».
¿Quiere esto decir que el respetable religioso ignorara el
carácter sexual de los crímenes de «Comegente», por faltar en
ellos la cópula de ordinario? Su ignorancia, no obstante la experiencia del confesionario, le honraría, si así fuera. Por otra parte,
¿quién conocía entonces el secreto del sadismo?
Pero el color, el olor, el sentido terriblemente erótico del
caso, aparece subrayado siempre, no sólo en las mutilaciones de
las víctimas, sino en los despojos que sistemáticamente se lleva
consigo el matador, como si lo uno y lo otro fueran, recíprocamente, la negativa y la positiva del suceso, pues el P. Amézquita
no deja de consignar «que al ser capturado “Comegente” se le
quitó un canuto lleno de pudendas de mujeres y otras muchas
porquerías incorrexas».
En esto, «Comegente», en estilo bárbaro, recuerda a Jack el
«Destripador», que se llevaba siempre el aparato genital de las
mujeres que asaltaba, disecado con tan rara habilidad que se sospechaba de él que haya podido ser un cirujano profesional, esto
es, un sadista «oficial», pudiéramos decir, lanzado, al cabo, al
gran sadismo que no logró vencer con aquel sustitutivo superior,
que no le salvó de su destino orgánico.
Por fin, al mediar el año 1792, que volvía a renovar por tercera
vez su bárbara gesta, «Comegente» fue capturado en Cercado Alto
134
Constancio Bernaldo de Quirós
y conducido a Santo Domingo, donde fue condenado a muerte
y ejecutado. Ignoramos cuanto se refiere al proceso judicial, si
le hubo, que debió ser llevado, en su caso, conforme a las leyes
coloniales de España.
El P. Amézquita nos dice que «Comegente» era «negro,
de color muy claro, que parece indio; el pelo como los demás
negros, pero muy largo; de estatura menos que lo regular, bien
proporcionado en todos sus miembros, y tiene de particular los
pies, demasiado pequeños».
Según don Casimiro N. de Moya, que se ha ocupado del caso
en una novela inédita, se llamaba Luis Beltrán; había nacido, libre, en Jacagua o en Guazumal, sesiones del partido de Santiago
de los Caballeros, y que debía tener 40 años en la época de sus
atentados.
«Comegente», el primer monstruo sádico conocido después
del Marqués de Sade, ha superado, con mucho, a todos los monstruos sádicos repetidos después, en Europa, cuando menos, a la
manera que el homicidio, en general al pasar el Atlántico y llegar
a América, supera las cifras que da en el Viejo Mundo.
El número de los que perecieron a sus manos asciende a 29,
y a 27 los heridos y muertos por él; en conjunto, 56 víctimas personales, más los incendios, los estragos, los daños en cosechas y
animales domésticos que rodean casi todos los crímenes, con un
cortejo de delitos conexos.
Voy a concluir recordando, frente al caso de «Comegente»,
el del «Sacamantecas», que conozco mejor y que ha podido ser
más estudiado. Me ocupé, hace ya mucho tiempo de él, hacia
1909, en mi libro Figuras delincuentes; pero después he aumentado mis conocimientos sobre el caso con la lectura del estudio
que, según las teorías y los métodos del psicoanálisis, le dedicó el
magistrado español don César Camargo y con muchos informes
íntimos que, a propósito del sujeto, me procuró una hija del
alienista, Sánchez, perito forense durante el proceso y que, en
unión del Dr. Esquerdo, se pronunció por su irresponsabilidad.
Esta hija del Dr. Sánchez fue alumna mía en el Instituto de Estudios Penales de Madrid, en los cursos de perfeccionamiento
Una pluma en el exilio...
135
criminológico y penitenciario para el personal femenino, con
que la República reemplazó a las religiosas que prestaban antes
servicio en las prisiones.
El caso del «Sacamantecas» se produjo en la provincia vasca
de Álava, probablemente la más casta y menos sanguinaria de
toda España, como una extraña paradoja topográfica, tal vez
más acusada que la del Cibao en el suceso de «Comegente» y
cronológicamente se sitúa en los últimos años de la década del
setenta del pasado siglo, prolongándose hasta ya comenzada la
siguiente.
Por lo tanto, su siglo ha sido bastante más amplio, acaso doble, cinco años, o más, en vez de los dos años y medio escasos que
notamos antes. En este ciclo más amplio, en cambio, el número
de asaltos es mucho menor; ocho o diez tan sólo, con algún atentado frustrado de poca importancia. En todo caso, las víctimas
son siempre mujeres.
La marcha de los sucesos, perfectamente conocida, es uno
de los aspectos del problema que mejor puede estudiarse en el
proceso de Garayo.
Desde luego, éste se sincroniza perfectamente con «Comegente» en sus arrebatos paroxísticos sádicos. Los atentados se
producen sólo en los meses cálidos, extinguiéndose por completo en fríos. Agosto es también siempre, año tras año, el que
da el máximum, y hasta creo recordar que el 14 de ese mes es
asimismo una fecha fatídica en el calendario sexual de Garayo:
el 14 de agosto, víspera de la Virgen de Agosto, de la Asunción,
que en la alta Meseta del interior de España, en Castilla la Vieja,
con la que linda Álava, marca con el fin de la recolección de la
cosecha las grandes fiestas de la mayoría de los pueblos.
Pero como el fenómeno de las estaciones se encuentra allí
mucho más caracterizado que en el Trópico, no dejan de presentarse en el sincronismo que notamos dos importantes modificaciones, cuando menos.
En primer lugar, las crisis sádicas no se inician en marzo, sino
que se retrasan mucho más, hasta fines de mayo o principios de
junio, en un país en que la primavera sólo deja de ser fría hacia
136
Constancio Bernaldo de Quirós
sus finales. Sólo a últimos de mayo, por ejemplo, se esquila a las
ovejas, para evitar que perezcan en un repentino y nada infrecuente descenso considerable de temperatura.
En segundo lugar, como el centro del verano se señala con
una exagerada elevación del calor, que parece suspender la vida
imponiendo una siesta general, a la manera que el invierno con
su largo rigor impone otra suspensión mucho más profunda y
acusada, el tiempo útil de la buena estación aparece, en el caso
de Garayo, marcadamente subdividido en dos subperíodos que
no se observan en el de «Comegente».
Así, los asaltos de aquel se agolpan o bien en la temporada
en que la primavera, ya en sus últimas, va transformándose en
verano, o bien en aquella otra en que el verano declina ya hacia
el otoño; es decir, en las dos mejores épocas del año, alejadas
igualmente del frío que del calor, y en que, por lo tanto, se vive
mejor y las funciones orgánicas encuentran las condiciones térmicas más adecuadas.
Para explicar ese fenómeno, que en el caso de Garayo se
marca tanto, irresistiblemente se siente uno atraído a la teoría
de Havelock Ellis de los dos celos sexuales primitivos de la especie humana, que debieron coincidir con aquellos dos tiempos
del año. En sus días, la teoría estuvo bastante vulgarizada. Yo
recuerdo haber leído en 1921, en un coche de ferrocarril entre
Ginebra y Berna, una novelita de J. H. Rosny, cuyo título olvidé,
fundamentada en este tema. Hoy, Bronislaw Malinowsky, joven
etnógrafo inglés de origen polaco que se ha especializado en el
estudio de la vida sexual de los salvajes, niega esa teoría del celo
sexual periódico, único o doble, del salvaje, afirmando que la
sexualidad de éste es continua, como la del civilizado, aunque
más superficial y sencilla, medular y cerebelar casi exclusivamente, y no cerebral anterior como en nosotros. Mas no hay que olvidar que si Malinowsky habla de los salvajes de «hoy», Havelock
Ellis se refiere a los «primitivos» que vivieron en los crueles días
primeros de la humanidad cuando, por causas no bien conocidas aún y que probablemente se refieren a una dislocación del
eje de la Tierra, el magnífico clima postpliocénico se enfrió tan
Una pluma en el exilio...
137
considerablemente que los glaciares descendieron hasta las tierras bajas del paralelo 50 de nuestro hemisferio. El amor debió
ser un episodio muy esporádico y sólo de contados días, en el
interior de las cavernas donde tiritaba la pobre criatura vertical
venida al mundo desnuda, engañada de clima.
Pero, en fin, en este punto de la localización cronológica, térmica, la sexualidad monstruosa de Garayo coincidía, marchando
paralela con la sexualidad general de todos los de su comarca.
Repárese, no obstante, que en una sexualidad anormal,
como la de Garayo en sus accesos sádicos, la regresión atávica
hacia las localizaciones primitivas eróticas debe acusarse más,
demostrando, al modo de una lección de laboratorio, de qué
manera las influencias degenerativas determinan apartamientos
anacrónicos, cual en el clásico experimento de Ettingham: el
roble que, mortificado en sus raíces profundas, aunque no hasta
el límite extremo, que le mataría, al año siguiente produce hojas
nuevas, no como las del roble de hoy, sino semejantes a las del
roble del período terciario.
El problema está en intuir las causas, los acontecimientos,
que le desviaron hacia la monstruosidad sádica en los últimos
años de su vida, a él, que hasta entonces, soltero y casado, había
llevado hasta los 60 años una vida ejemplar, en medio de su insignificancia, vida que al final descompusieron unas segundas nupcias desgraciadas y el alcoholismo compensador subsiguiente.
César Camargo tiende a presentárnosle como un hombre
que, al cabo de los años, ha liquidado mal su «complejo de Edipo» y a quien sistematiza en la necrofilia cierto remoto episodio
de la imagen de su madre muerta.
Probablemente el inteligente criminalista va algo desorientado en esto. Garayo no fue un verdadero erótico de los cadáveres,
un desenterrador, un raptor de muertos. Sus crímenes, bastante
distintos en esto de los de «Comegente», comienzan con un acto
de cópula natural, previa violación, unas veces, y otras contratación, incluso con discusión violenta del precio, con viejas prostitutas o mendigas halladas en los caminos solitarios. El sátiro
desea repetir luego y su impotencia pasajera, senil, le transporta
138
Constancio Bernaldo de Quirós
al rapto sádico, destructor, en que consigue el orgasmo. Logrado
éste, cae en pasajero estado comatoso hasta que emprende la
retirada, sin llevarse despojos de la víctima, más o menos sexualizados.
No obstante los esfuerzos de los Dres. Esquerdo y Sánchez
para conseguir declararle irresponsable, fue condenado a
muerte. Era todavía muy pronto para traspasarle simplemente
al manicomio.
Ejecutado, al fin, su temeroso recuerdo perdura aún en la
campiña alavesa y hasta muchas leguas más allá. La Sra. Sánchez,
mi alumna, me ha referido que un pobre gitano, descalzo y casi
desnudo, que llegó a pedir limosna a la puerta de la vieja prisión
de Vitoria, y a quien el Director mandó que dieran el par de
zapatos que Garayo llevó últimamente en vida, al saber a quién
habían pertenecido, ya teniéndolos en las manos, los tiró tan
lejos como pudo y escapó a correr lleno de espanto.
Garayo dejó un hijo, por lo menos, que sepamos, que también fue a parar al Presidio de Burgos, ignoramos por qué género
de delitos, pero nunca del género de su padre. Don José Millán
Astray nos cuenta en sus Memorias, en general bastante insignificantes, por cierto, un episodio de relativo interés. Siendo él
director de aquel establecimiento penitenciario, fue preciso que
le llamara a su despacho para aclarar algún suceso del interior
del penal. El hijo del «Sacamantecas» tuvo que atestiguar algo
muy importante y pronunció estas palabras ante el jefe: «sí, lo
juro por la santa memoria de mi padre». Lo que demuestra que
un padre es siempre sagrado para un hijo, aunque su memoria
sea generalmente execrada.
¿Es bueno o es malo hablar del sadismo así, tan francamente
como acabamos de hacer? «Nada es bueno ni malo si damos en
pensar en ello», podríamos responder por boca nada menos que
de Shakespeare.
Pero si, según la del buen Sebastián de Orozco, a quien parece debe atribuirse nuestro inolvidable Lazarillo de Tormes, «el
mozo de ciego un punto más ha saber que el diablo», el criminalista, a su vez, ha de saber dos más que el mozo de ciego para
Una pluma en el exilio...
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superar a aquél y a éste, y no ha de olvidar nunca esos vínculos,
esas anastomosis secretas invisibles, impalpables, que unen la
sexualidad con la muerte, la creación con la destrucción y que,
en el instante de un rapto de sanguinario ensañamiento, lanzan
al exterior la semilla de la especie.
Creemos también, no obstante, que en la reforma sexual
porque trabaja siempre ésta última con mayor o menor éxito,
una de las tareas imprescindibles, inolvidables, debe ser la de
extirpar esa relación, la de aniquilarla enteramente, hasta en el
pequeño sadismo que nos circunda por completo siempre.
Éste sería uno de los nuevos doce trabajos para el Hércules
del porvenir, que todos aguardamos.
Cuadernos dominicanos de cultura,
Núm. 12, agosto de 1944.
El culto de las montañas1
Fuego sobre los Andes, el libro de Carleton Beals que acabo de
dejar de las manos, renueva hoy para mí el tema de la devoción
de la montaña que me ha obsesionado siempre, desde que en
mi remota Pedriza del Real de Manzanares, hace muchos años,
acerté a descubrir el enigma de Peña Sacra, como un pequeño
Edipo viajero.
Carleton Beals se refiere a los tres elevados picos, denominados Marabamba, Rondos y Pancarbamba, de Huanuco, en el
Perú, al norte de Cerro Pasco. El huanuqueño moderno, dice,
tal vez, no los adora. Pero los indios, sí.
Existen altares secretos en las quebradas de las rocas,
altares en los que siempre se conservan flores brillantes
y decoraciones de cruces, huesos y extraños amuletos.
La muerte acecha a cualquier extranjero que pueda
profanar los santuarios del genio de las montañas; y
éste, que puede herir a cada instante al viajero, o que,
por el contrario, puede defenderle, debe ser siempre
honrado.
1
N/C. Publicado originalmente en el periódico La Nación y reproducido
en El alpinismo en República Dominicana, Ml. De Js. Tavares, Sucs., C. por
A., Ciudad Trujillo, 1948. Esta obra se reeditó en 1978 bajo el título El
alpinismo en Santo Domingo.
– 141 –
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Constancio Bernaldo de Quirós
Esto, ciertamente no es nuevo para mí. Lo he visto con mis
ojos en las montañas marroquíes y sé que en nuestra misma España se practicó, a despecho del Cristianismo, hasta días muy
recientes. Todavía hoy los campesinos gallegos son devotos del
esbelto y prestigioso Pico Sacro que eleva su pirámide granítica a
la vista de las torres suntuosas del magnífico templo de Santiago
de Compostela. Y hasta los panes de maíz que vemos en las curiosas panaderías de la ciudad ilustre, y que son la ofrenda habitual
a la deidad milenaria del Cerro, afectan la forma de éste, en un
recuerdo minúsculo de su áspero relieve.
Mas, aunque no sea nuevo esto, ¿cómo no leer sin emoción
diálogos como éste?:
Descansando sobre las rocas del Pancarbamba, el
poeta local, un viejo indio pilco, exclamó: «¡Ah, la
montaña está furiosa, hambrienta! Desea coca, pan,
alimentos. Es tan caprichosa como un niño. Come
como un hombre. Cuando ha dejado de comer por
mucho tiempo, cuando los hombres se descuidan y no
le llevan alimentos y no le hacen ofrendas en sus altares, entonces se enfurece. En cambio, es feliz cuando
se le proporciona alimentos».
«Pero Pilco, ¿acaso las montañas comen realmente como los hombres?».
«Si, Tata», fue su respuesta. «No sólo se alimentan,
sino que también hablan, son dioses».
Durante el día permanecen silenciosos, pensando,
murmurando o durmiendo, pero se mueven durante
la noche. Es muy difícil que el hombre pueda observar
que la montaña marche. Pero la verdad es que ellas
se mueven en las noches. En las noches nubladas van
muy lejos, comen más, hablan más.
Ansioso de escuchar algo semejante, busco a menudo con
nostalgia las elevaciones norteñas del terreno de nuestra ciudad
que permiten, de cuando en cuando, acá y allá, divisar cerros
Una pluma en el exilio...
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azules, prealpes de la Cordillera Central en que la ilusión me
descubre a menudo parecidos remotos con las cumbres de mi
tierra: Peñalara, la Najurra, la Maliciosa, remotos parecidos que
se hacen y deshacen, como el blando relieve de las nubes.
«No hay nada más aburrido que un paisaje anónimo», dice
una vez, en la preciosa Colomba, de Merimée, uno de sus personajes, frente a una bahía corsa. Yo quisiera tener la suerte
del hallazgo de un hombre del país, de un Vale Toño bien
enterado, que me susurrara al oído la lección de las cumbres
que tantas veces hemos recibido y hemos dado desde la altura
en que alguna muy eminente nos permiten dominar todo un
amplio conjunto orográfico. Nombres de cimas y collados, alturas, rocas de que están aquellas hechas, anécdotas, leyendas,
todo ese conjunto pintoresco y caprichoso, tesoro de nuestras
expediciones, como lo son para el botánico que herboriza las
plantas y las flores.
Mientras llega ese hombre que aguarda mi impaciencia, y que
llegará ciertamente, al cabo tiendo el oído en el augusto silencio
rural esperando escuchar, en cambio, la voz de la montaña lejana. Yo creo firmemente, como hijo del vetustísimo Guadarrama,
una de las alineaciones de montañas más viejas de la Tierra, yo
creo en la vida de las montañas y hasta practico un poco su culto,
pues, como se dice en uno de los relatos más hermosos de Rudiyard Kipling, el que se titula El misterio Purun Bagad, «basta que
un hombre lleve una gota, una sola gota de sangre montañesa»,
y yo las llevo todas, «para que, al fin, vuelva al sentido de la tierra
en que nació, con todas sus consecuencias».
Así, pues, tendido sobre el suelo donde la ciudad ya se ha
acabado, percibiendo el sosegado latir del corazón del planeta,
mi atención, saltando entonces por sobre los términos de montañas que veo a lo lejos, acá y allá, llega hasta las cumbres supremas
de la Cordillera Central que recibieron la visita de los hombres
en los comienzos del año, por la iniciativa generosa y feliz de un
hidalgo de hoy en la ciudad ilustre de los hidalgos. Y me parece
que les oigo decir, bajo, muy bajo, pero con un tono ansioso:
«¿Qué será de aquellas criaturas verticales que vinieron a vernos
144
Constancio Bernaldo de Quirós
hace nueve o diez lunas? ¿Volverán otra vez? Eran interesantes.
¿No va a haber nunca alpinismo en esta isla de las montañas?».
Yo espero que sí. Lo mismo que no sólo de pan vive el hombre, la montaña no siempre desea pan, miel, manteca, coca, todo
lo que le han ofrecido los pueblos que la adoraron y que siguen
adorándola. Ella necesita también del interés humano y no hay
nada que contente tanto como eso a los grandes cerros: gigantes
taciturnos de frente de gneis, de granito, de caliza o de pizarra y
de barba opulenta de bosques centenarios.
El alpinismo es la nueva religión de las montañas, el culto
que las rinde el hombre civilizado, bajo el nombre glorioso de
los Alpes en que se funden todas las grandes alineaciones orográficas: Himalaya, Atlas, Andes.
La Nación, 21 de septiembre de 1944.
La sangre acusadora
Como soy un ansioso coleccionista insaciable de curiosidades relativas a crímenes y castigos, hoy me ha hecho feliz durante
unos minutos –¡la felicidad siempre es tan breve!– el hallazgo
de estas tres líneas en el libro Al amor del bohío de Ramón Emilio
Jiménez: «Si la herida seguía hemorrágica durante la jornada,
había sospecha de que el heridor estaba entre los cargadores de
la litera». (Tomo II, p. 13, «Las literas»).
Aquí tenemos un buen texto de una antiquísima superstición
judicial que en España se autoriza nada menos que en una frase de
Cervantes, de Cervantes y en El Quijote, cuando Ambrosio, el fiel
albacea del desgraciado Crisóstomo, dirige esta imprecación a la
gentil pastora Marcela que aparece sobre la peña donde cavaban
la sepultura del enamorado: «¿Vienes a ver por ventura, ¡oh fiero
basilisco de estas montañas!, si con su presencia vierten sangre las
heridas de este miserable a quien tu crueldad quitó la vida?».
Para documentar este texto, Rodríguez Marín, que es uno
de los pocos, acaso el único, a quien han llamado la atención
estas palabras, cita en su edición de La Lectura unos versos de
Gutierre de Cetina, el celebrado autor del madrigal a los «ojos
claros, serenos»: «Cosa es cierta señor, y muy sabida, aunque el
secreto de ella esté (encubierto), que lanza de sí sangre un cuerpo (muerto), si se pone a mirarlo el homicida».
Pero Rodríguez Marín no sabe, pues no lo hubiera callado
de saberlo, que el poeta tuvo el triste destino de morir asesinado;
– 145 –
146
Constancio Bernaldo de Quirós
en potencia propincua por tanto de sufrir y de dar la prueba. Mi
hijo Constancio, viajando por México recientemente, me escribe haber visto en la iglesia de Santo Domingo, de Puebla, una
lápida con esta inscripción: «A la memoria del poeta sevillano
Gutierre de Cetina, quien nació a principios del siglo xvi, soldado de los famosos tercios flamencos, vino a México con las tropas
del virrey don Antonio de Mendoza. Murió trágicamente en este
lugar el año de 1660. Su cadáver fue enviado a España, junto con
la mano de su asesino».
¿Para qué este envío de la mano del matador? ¿Qué fines
siniestros de venganza se asociaron al macabro envío, como en
el trágico cuento de Guy de Maupassant, La mano?
Pero volviendo a nuestro tema, recordemos ahora que lo que
hoy, en el pasaje de R. Emilio Jiménez, nos parece que es, en realidad, un tosco residuo del saber popular, en los de Cervantes y
Gutierre de Cetina era todavía casi un artículo de fe, un saber
erudito y hasta oficial, autorizado por los más grandes doctores in
utroque de la época. Hasta siete tratados especiales sobre el tema
cita en su obra póstuma de arqueología criminal, impresa en La
Plata en 1940, el Dr. Ladislao Thot, el «húngaro prodigioso», como
le llamaban en la Argentina, que mucho antes de venir a América,
tradujo y publicó en Debreczen parte de alguno de mis libros.
Entre tales tratados, de los siglos xvii y xviii casi todos, salvo en
uno que avanza hasta el siglo xix, el más notable es el de Hundeshagen, titulado: Discursus physicus de stillicidio sanguinis in hominis
violenter occisis cadaveri conspicui, aut sit sufficiens praesentis homicidium indicium, impreso en Jena en 1675. La lectura de las páginas
en que el Dr. Thot resume la antigua sabiduría sobre tan singular
juicio de Dios, si por una parte nos maravilla por su ingenuidad,
por otra nos deja pensativos en cuanto al valor de algunos de
nuestros conocimientos actuales sobre temas análogos.
¿Quién sabe si dentro de otros tres siglos los lectores venideros nos encontrarán a nosotros tan inocentes y extraviados como
hoy nos parecen aquellos que desdeñamos?
El famoso jurisconsulto alemán Stvichio, uno de los más autorizados intérpretes de la Carolina, nos refiere con toda seriedad casos
Una pluma en el exilio...
147
como éste. El día 20 de junio de 1669, un Tribunal de Pomerania
requirió a la Facultad de Francfort, en un delito de infanticidio, el
dictamen de si éste había sido cometido por la madre de la criatura
o por la abuela. La Facultad ordenó que una tras otra se acercaran
al cadáver tocándole. Primero lo hizo la madre, pronunciando
estas palabras: «Si fuera yo culpable de tu muerte, que Dios lo diga
mediante una señal de tu cuerpo». La señal no se produjo. Mas
cuando la abuela pronunció la fórmula, la cara del niño se cubrió
de rubor y de sus ojos brotaron lágrimas de sangre.
A mediados del siglo xvii, la fe en la ordalía de la herida sangrante iba ya pasando. Un práctico español de mucho nombre
entonces, Antonio Gómez, la combatió enérgicamente, afirmando que era inadecuada como fundamento seguro de sospecha
que hiciera aplicable el tormento. Lo mismo repetía el alemán
Goehausen, para el cual «en asuntos criminales las pruebas debieran ser más brillantes que el Sol, siendo las circunstancias de
la prueba por la sangre, por el contrario, muy obscuras».
De todos modos, a la colonia remota las novedades debían
llegar muy tarde, y yo creo que si fuera posible revolver los papeles judiciales de aquellos días, hallaríamos en ellos las raíces del
texto de R. Emilio Jiménez que acabamos de glosar; esto es, tres,
cuatro, acaso media docena de sumarios, mostrándonos entre
sus diligencias judiciales alguna en que el juez, el escribano y el
alguacil llevan a un sospechoso ante el cadáver de un asesinado,
en la esperanza de que la sangre, afluyendo a la herida, acuse,
con aquella remota fe, admirable ciertamente, en que otros
tantos personajes análogos de la Imperial Toledo, bajaron a la
Vega, a Santa Leocadia, demandando a «Jesús, hijo de María»
si el capitán Diego Martínez dio o no palabra de matrimonio a
la mujer que lo sigue llorando, según el romance de don José
Zorrilla, «A buen juez, mejor testigo».
La Nación, 2 de octubre de 1944.
El que mató a Prim
El ilustre don Manuel de Jesús Troncoso de la Concha ha tenido la bondad de acordarse de mí, enviándome, con su estimada
tarjeta, un ejemplar de la revista en que aparece un breve artículo
suyo, bajo este epígrafe: «El Misterio de don Marcelino».
Escrito con gran simpatía, con mucho «ángel», como dirían
en mi bendita Andalucía, ese artículo, bueno para la serie de los
que componen, en todos los países, el gabinete secreto de la historia, nos revela el nombre de uno de los asesinos del general Prim;
desdichado sicario muerto en el barrio de Santa Bárbara, de la
antigua ciudad de Santo Domingo, cierto día de 1889 ó 1890. Yo
no he de repetir su nombre, no, seguramente porque penetrado
como estoy de una antiquísima superstición según la cual el nombre es, si no el alma, por lo menos la personalidad del hombre, y
hasta de todas las cosas. Creo que al pronunciar cualquiera, vibra
y se estremece por siempre lo que quede aún de la criatura que
le usó: una momia, osamenta, cenizas, polvo, nada. Y sería añadir
dolor para aquel desgraciado, decir cómo se llamó en vida.
Esta vez, la personalidad del asesino parece acreditada por su
propia confesión in articulo mortis y por su propio deseo de que se
publicara su condición de tal, sin lo cual el venerable párroco de
Santa Bárbara, don Eduardo Vásquez Valera, no hubiera faltado
al secreto de confesión que obliga a los de su clase.
Como yo he andado por muchos lugares recónditos de mi
España, algunos puntos menos que inaccesibles, no dejaré de
– 149 –
150
Constancio Bernaldo de Quirós
decir que dos o tres veces he topado en ellos con cómplices del
misterioso don Marcelino. Recuerdo, sobre todo, uno hallado
en Carboneros, una de las antiguas colonias de Carlos III, de la
provincia de Jaén, entre La Carolina y Bailen. Era un octogenario
imponente, enorme, ya paralítico, hemipléjico, que condujeron
hacia mí, casi arrastrando, «con pasos tartamudos y con la lengua
coja», como hubiera dicho don Francisco de Quevedo, mientras
al oído me susurraban sus antecedentes. Yo mismo le retraté en
una de las fotografías que ilustran mi libro Los Reyes y la colonización interior de España, repartido al público en el «stand» del Ministerio de Trabajo de la Exposición Iberoamericana de Sevilla.
Muchos, muchos debieron ser los que se concertaron para el
trágico suceso que las derechas atribuyeron a la Masonería, las
izquierdas a los Borbones y a los Montpensier, y los del centro a
Paúl y Angulo, sin que sean éstas tres las hipótesis únicas posibles
en aquel añejo magnicidio perpetrado un cuarto de siglo antes
de que inventara el neologismo el Dr. Regis, cuando ya el regicidio estaba en retirada ante la desaparición de las monarquías,
en un libro famoso que va desde Harmodio y Aristogitón hasta
Caserío. «¡Si yo hablara!», dijo, cierta vez que se trataba del asesinato del general Prim, el Conde de Romanones, retirándose
a tiempo de un grupo en los pasillos del Congreso. Aquel viejo
diablo cojuelo debía saberlo bien, acostumbrado como estaba a
levantar los tejados de las casas de Madrid y de Guadalajara, para
sorprender escenas divertidas como las que otro diablo igual,
el llamado Asmodeo, procuró a don Nicolás Leandro Pérez del
Zambullo desde lo alto de la torre de Santa Cruz de la Villa del
Oso y del Madroño, según refiere la conocida novelita de Luis
Vélez de Guevara, ciudadano natural de la soleada Ecija. Los diecisiete mil folios del proceso, sobreseído al cabo, fueron un mar
de tinta, una cortina de humo tendida para los culpables.
Muchas veces, cuando yo era estudiante y la calle del crimen
conservaba aún su nombre original de «calle del Turco», muchas
veces entraba en la taberna donde aguardaron los asesinos, evocando los sucesos de la noche triste. La taberna, ciertamente, no
era una verdadera taberna de malhechores, de aquellas a que
Una pluma en el exilio...
151
se refiere el poeta de la mala vida: «¿es aquí, buen tabernero,
donde se dan cita los hampones, a la hora que la ciudad dormita? ¿Ama y odia la turba harapienta y maldita, a la luz macilenta
de este viejo quinqué? ¿Duerme un ladrón de alguna prostituta
en la falda? ¿Canta sus inocentes canciones Esmeralda? ¿Cuenta
algún asesino que mató por la espalda, tal como en Ponson du
Terrail o en Eugenio Sué?».
No, la taberna de la calle del Turco no era cual la taberna
de la Blasa, en el Barrio de la Injurias, del triste Barranco de
Embajadores, cuando yo escribía, con Llanas Aguilaniedo, mi
Mala vida en Madrid, a que se aplica la descripción anterior. Pero
la presencia del crimen, del gran crimen político, se advertía, se
olfateaba aún allí, subrayada por la casa de enfrente: los muros
laterales del misterioso Palacio del Marqués de Casa Riera (Alcalá, esquina a Turco), del que se contaban en Madrid, bastantes
años después del suceso de Prim, relatos terroríficos, a lo Edgardo Poe, o de cruel lascivia, a lo Marqués de Sade.
Yo no dudo de que la noche fatal, aquella noche triste de
fines de 1870, cuantos se movían en el trayecto del Congreso a
Alcalá por la calle del Turco (poco más de medio kilómetro),
estuvieran todos, o casi todos, mezclados en la conjura, como
autores o cómplices. Primero los que, estableciendo con las luces
de las cerillas fosfóricas con que se encienden los cigarrillos, un
sistema de comunicación telegráfica, advirtieron a los ejecutores
materiales la salida del coche del Presidente desde el Congreso.
Luego, los carreteros que obstruyeron la calle frente a la taberna
con un carro atravesado. Por fin, la cuadrilla de sicarios, armados,
no de cuchillas o puñales, como el nombre quiere decir, sino de
trabucos, y entre los cuales figuraba, sin duda, el misterioso don
Marcelino que vino a morir en el barrio de Santa Bárbara de
Santo Domingo, hoy Ciudad Trujillo.
Un instante mortal, la descarga cerrada, gritos, blasfemias,
fustazos del cochero lanzando, al fin, el tronco al galope por la
calle de Alcalá hasta el Palacio de Buenavista, cuando nada tenía
remedio. Y, por último, la tragedia dentro del Palacio: «voz de
dolor y llanto de gemido, y espíritu de rabia envuelto en ira».
152
Constancio Bernaldo de Quirós
Alguno de los que velan en la alcoba al mal herido, se acerca
al balcón y, levantando el visillo, apoya la frente en el vidrio, para
templar la fiebre. Fuera, la negra noche blanqueada por la claridad de una nevada que caía sobre Madrid en silente sosiego.
La Nación, 14 de octubre de 1944.
Sobre las estadísticas del suicidio
La Dirección General de Estadística acaba de publicar la
Estadísticas del suicidio en la República Dominicana durante el quinquenio de 1939 a 1943. Es un fascículo de 66 folios, que a su buena
presentación añade otras dos cualidades más valiosas, a saber:
una orientación inteligente y unas manos muy diestras para el
manejo de las cifras.
Una estadística está llamada siempre a tener pocos lectores,
dado el lenguaje difícil que le es propio. No obstante, siempre
los encuentra entre los espíritus aritméticos que la naturaleza
jamás deja de producir entre las demás variedades del ingenio
humano. El cuadro estadístico, ha dicho un autor con sus cifras
coordenadas en un encasillado, con sus columnas y sus líneas,
ofrece la imagen sinóptica por esencia de las agrupaciones de
cifras a que se refiere, y precisamente a causa de su carácter sinóptico habla un lenguaje claro, aunque en verdad tan sólo el estadístico experto le entiende bien, quien le prefiere con mucho
a las exposiciones usuales, a las perífrasis en forma de textos.
Por otra parte, de los fenómenos de estadística moral tal vez
el suicidio es el que mejor se presta a la indagación estadística,
si no exento del todo, por lo menos harto poco influido por la
acción de la simulación y de la disimulación que afectan a todos
los hechos de la vida.
Sólo la simulación del suicidio por el homicidio, es de temer en cierta medida relativamente amplia. Más, en general, el
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154
Constancio Bernaldo de Quirós
suicidio y el homicidio son opuestos hasta en eso en la investigación estadística. Homicidios son muchos los que no llegan a las
estadísticas. Suicidios, pocos. Nueva aportación ésta a la ley del
contraste, del antagonismo entre esas dos formas de la muerte;
homicidio y suicidio, que Enrique Ferri ilustró en páginas brillantes, aunque todavía discutibles. Países de mucho homicidio,
poco suicidio; y a la inversa. Tiempo de muchos suicidios, pocos
homicidios, etc., etc.
Quedamos, pues, en que son cifras mínimas, aunque nunca
despreciables (en Estadística no rige esta expresión) las de los
suicidios ignorados o confundidos entre la mortalidad natural y
la de los homicidios larvados de suicidio. Prosigamos.
La introducción que precede a la estadística a que estamos
refiriéndonos demasiado breve, sin duda, nos da desde sus
primeras líneas una impresión agradable para la República.
Su índice suicida es muy bajo, no sólo en relación con Europa,
sino con América así mismo. Comenzando en 1939 por ser de
4.98 (casi 5) por 100.000 habitantes, en el año último de la serie
(1943) desciende todavía casi media unida, puesto que sólo es
en ese año último de 4.55, no obstante haberse exagerado hasta
7.45 (casi el doble) en 1940. Seguramente por el primer efecto
desconcertante de las dificultades de la vida bajo la guerra, que
dura hasta 1942. La baja repentina de 1943 (de 6.25 a 4.55) es
bastante enigmática.
Un estado que falta en la serie bien combinada que ofrece la
estadística dominicana, tal vez porque faltan así mismo los hechos
correspondientes, es el del suicidio asociado, que igual que la
delincuencia, es la preferencia mía. Porque así como el delito no
siempre es obra de la acción individual, sino que se presenta como
un fenómeno de colaboración entre varios, desde la asociación más
elemental, la de dos, la de la pareja delincuente, hasta la de muchos
y hasta la de todos cuantos componen una unidad social, de igual
manera el suicidio tiene formas individuales y colectivas, aunque
ciertamente menos frecuentes y complejas éstas que el delito.
Se trata, en esas últimas, en las formas colectivas, de fenómenos de imitación y repetición, que son en el mundo social, según
Una pluma en el exilio...
155
la frase de Gabriel Tarde, el equivalente de la herencia en el
mundo biológico y de la vibración-ondulación en el físico.
Unas veces habrá repeticiones, imitaciones, contagios sucesivos. Eso ya se sabía desde el mundo clásico, por lo menos. Recordemos a aquel Timón, el Misántropo, de quien se burló tanto
Aristófanes en su comedia Los Pájaros y que vivió en el siglo v
antes de Cristo. Timón el Misántropo era dueño de un huerto en
que crecía una espléndida higuera a la que habían tomado querencia los atenienses, para ahorcarse. Un día decidió cortarla;
pero como hombre ordenado que era, mandó al pregonero que
publicara sus propósitos por la ciudad, para que los que quisieses
ahorcarse entretanto no se hallaran defraudados.
El suicidio no es nunca un hecho de generación espontánea,
sino un eco, una resonancia en un alma gemela de un suicidio
anterior, visto u oído, en la conversación, en el periódico, en la
novela. Recordemos las epidemias de media docena, o más, novelas de ese efecto: el Werther, de Goethe; la Indiana, de George
Sand; el Triunfo de la muerte, de Gabriel D´Annunzio.
Unas veces habrá contagio, imitación, repetición sucesiva.
Pero otras, simultáneas. Entonces aparecen el suicidio doble, el
suicidio triple, múltiple, de toda una familia, de un grupo más o
menos amplio. El primero es el más frecuente, el más llamativo
y conocido, sobre todo en su forma erótica: el doble suicidio
por amor, que se prolonga, excepcionalmente, hasta en los
viejos matrimonios, como en el caso de Pablo Lafargue y Laura
Marx (la hija de Carlos Marx), o en el suceso más reciente de los
esposos Zweig. Pero las formas colectivas del suicidio parecen
desconocidas aquí. Las estadísticas 1939-43 no las menciona.
El suicidio dominicano, imagen de la sociedad dominicana,
es más tranquilo y discreto. Admitiendo la taxonomía y la nomenclatura de Durkheim para los tipos suicidas, diríamos que
el alma del suicidio que la estadística, con todos sus números,
no puede recoger, es casi siempre el más elemental, el egoísta;
alguna vez, el anómico; pocos, muy pocos el altruista.
Deseamos a la Dirección General de la Estadística ánimos y
medios para dotar al país de publicaciones como las que ya viene
156
Constancio Bernaldo de Quirós
realizando, superándose siempre. Y que el índice del suicidio no
sufra la menor elevación, cuando la vida se torne más amable. El
sol ha vuelto, la vida reanuda su curso con su alegre rumor, como
la rueda de un molino en una dichosa alborada de mayo.
La Nación, 27 de octubre del 1944.
El sultán de los tolba
Días atrás, asistiendo a la fiesta universitaria en los tres actos en que desenvolvió su jocunda opulencia, revivió para mí la
ilusión de ver relucir y oír sonar a cristal y plata cuanto es gala y
ambición de la juventud en sus dionisíacas alegrías.
A la noche, como los ensueños están determinados en gran
medida por los sucesos de la vigilia inmediata, y, además, como
nuestro cerebro muy a menudo funciona por contraste, como si
éste fuera uno de sus modos preferidos de trabajo, a la noche,
digo, entre las alucinaciones prehípnicas que me invadieron,
rindiéndome al cabo en el obscuro seno del dormir, desfiló ante
mi vista, con entera claridad y de una manera bastante fiel, la
película, el film, no muy largo por cierto, de otra escena de reinado estudiantil, al otro lado del mar, en el sombrío imperio
del Mogreb, del lejano oeste de África del Norte, que año tras
año, desde tiempo inmemorial, se repetía en los días felices de la
primavera, ante el temido honor de la muralla de Fez, de Fez-elBali, esto es, de Fez el viejo, de remotos orígenes andaluces.
Maravilla será que todavía se repita hoy esta fiesta en la soleada y florida pradera por donde corre el río Fas, «la hoz», que
da nombre a la ciudad con sus amplios meandros discurriendo
a la vista de las cumbres nevadas del Atlas Medio. Desde que yo
presencié la fiesta hasta hoy, aunque los años no son muchos,
los sucesos, en cambio, han sido tantos y de tal magnitud que
las cosas han debido cambiar mucho hasta en aquella tierra
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Constancio Bernaldo de Quirós
misteriosa donde por muchos siglos se paró la historia como un
reloj antiguo sobre un muro o una consola vieja. Pero ahora,
el reloj ha echado a andar, adelantando cada vez más, allí y en
todas partes.
¡Pobre estudiantina de Fez, pobres tolba que estudian en las
medersas incógnitas ciencias muertas entre nosotros: astrología,
alquimia, magia, frutos tentadores vacíos y secos para nosotros,
sobre un fondo indefinible de mística coránica! Ninguna otra estudiantina es más pobre que ella, incluso los sopistas españoles,
los antiguos estudiantes de la Tuna.
¿Recordáis el discurso de don Quijote sobre las armas y las
letras, pronunciado en la venta encantada de las estribaciones
manchegas de Sierra Morena? «Digo, pues, que los trabajos del
estudiante son estos: principalmente pobreza (no porque todos
sean pobres, sino por poner este caso en todo el extremo que
pueda ser), y en haber dicho que padece pobreza, me parece
que no había que decir más de su mala ventura, porque quien es
pobre no tiene cosa buena». Pues bien, este discurso, con todas
sus sabrosas partes («conviene a saber, la falta de camisas y no
sobra de zapatos, léase chilabas y babuchas, la realidad y poco
pelo del vestido y aquel ahitarse con tanto gusto, cuando la buena suerte los depara algún banquete»), que es ya una cosa definitivamente pasada para el mundo Occidental, es todavía una
realidad viva para el de Oriente; de tal suerte que el discurso en
cuestión sería aplaudido con frenesí si don Quijote le repitiera
ante un congreso de tolbas marroquíes, a quienes sólo el mektub,
el «estaba escrito», puede hacer soportar tanta miseria.
Imaginaos pues la alegría, el desbordamiento de gestos, de
risas, de palabras en una multitud de esta clase (cráneos largos
rapados, caras vivaces, la esclerótica y el esmalte de los dientes
destacando en las pieles morenas, bronceadas) a la llegada exacta, cual la de los astros, de la fiesta de su clase, imagen retrasada
de la fiesta de los locos en la Europa Medieval el día de la Epifanía, en el interior de los templos en que ellos, los pobres tolba,
huelgan en la abundancia cinco o seis días enteros, con el derecho de elegir un sultán, dotado del privilegio de tratar media
Una pluma en el exilio...
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hora de igual a igual con el califa del imperio, demandándole
una gracia, una merced que la piedad soberana nunca niega.
El día ha llegado ya y se aproxima la hora de la entrevista.
Los tolba (plural de taleb, que quiere decir estudiante), acampan
ante cualquiera de las puertas de Fez, en un paisaje de arrabal
donde no faltan, como es natural allí, los escombros, las basuras,
muladares, almiares de estiércol, osamentas de animales muertos entre las que vagan famélicos perros del beled, parecidos a
chacales, de erizado pelaje amarillento. Pero los estudiantes,
que han dejado por unos días el interior sombrío de las medersas, cambiándole por la luz solar, vistiendo chilabas presentables, babuchas decentes, escaras adornadas, nada ven de esta
instalación deplorable que ofendería los sentidos de cualquier
estudiante americano.
La hora ha llegado ya. El sultán de los creyentes, llevando el
turbante verde, envuelto en blancas muselinas casi impalpables,
avanza sobre su hermoso caballo blanco, precedido y seguido
de su corte. Frente a él, avanza también, sobre otro caballo no
menos blanco, entre otro cortejo nutrido, el sultán de los tolba
dispuesto a pedir la gracia ansiada. Como lo que está en juego
en esta audiencia sin par es siempre, o casi siempre, una cosa
tan grave como la vida o la libertad de un prisionero que yace
en alguna profunda mazmorra, la elección del sultán de los tolba
es siempre muy empeñada y la logra de ordinario, a costa de
grandes sacrificios, algún taleb de las tribus de siba, es decir, de
las tribus rebeldes, que a diferencia de las tribus magsén, gubernamentales, ni pagan tributos ni dan soldados al califa. Esto se
sabe entre la multitud que acecha el instante crítico de la conversación de los sultanes. Pero la cara del califa es impenetrable
y sería más fácil sorprender el pensamiento y la emoción en la
del caballo imperial, que tiende la vista, el olfato y hasta las orejas
hacia el caballo del sultán de un día.
Todo ha pasado ya. El crepúsculo de amarillo limón resplandeciente, se prolonga sin fin entre las músicas y canciones que
salen de las tiendas del campamento, como en el mes bendito del
Ramadán. La hora de la oración llega cuando en las claridades
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Constancio Bernaldo de Quirós
póstumas del día es imposible ya distinguir un hilo blanco de otro
negro, según las palabras del Corán. ¡Inefable momento!
A la madrugada, corre por el campo la noticia de que el sultán de los tolba ha huido hacia su tribu lejana, ansioso de llevar la
buena nueva de la cabeza salvada o de la prisión abierta.
Sus compañeros y él mismo también, el propio sultán de los
tolba, van a entrar mañana otra vez en su vida precaria, sostenida
de milagro por las limosnas de algunos fieles o los habuses, es
decir, las rentas de algún aljama, de alguna medersa, de alguna
zauia. Todos repetirán desde entonces el refrán popular del país,
amargo como la hiel: «el amor dura cinco segundos; la fantasía,
o sea, el correr la pólvora, cinco minutos; el dolor y el pesar toda
la vida».
La Nación, 3 de noviembre de 1944.
Drama entre cómicos
Ciertamente, este que vamos a referir hoy, continuando
nuestro Pitaval que comenzamos con el caso de «Comegente, el
monstruo sádico», en los Cuadernos dominicanos de cultura, no es
un suceso tan espectacular, tan sorprendente, como el del Drama
nuevo, de nuestro Tamayo y Baus, o como Pagliacci, de Leoncavallo, en que la tragedia surge de improviso, viva y sangrienta,
en medio de la farsa, sobre las tablas del escenario o entre bastidores, vestidos los actores para la escena. No; ciertamente no
lo es tanto, ni mucho menos. Apenas un disparo en la calle, un
hombre muerto en el suelo, al punto retirado por el juez; después de lo cual, y de una momentánea agitación en torno, en
la superficie social todo queda tranquilo, como en la del mar
después que el abismo insaciable absorbe a sus víctimas. Más así y
todo, para los efectos judiciales, para la historia de los problemas
penales, cobra interés particular el crimen de sangre perpetrado
en pleno parque Colón, de la antigua e ilustre ciudad de Santo
Domingo, cierto día de octubre de 1889 y del que, como memoria curiosa, queda un opúsculo en octavo, de sesenta y cuatro
páginas, impreso en el propio lugar, en la imprenta Cuna de
América, de José R. Roques, el año 1892, bajo el título siguiente:
Proceso célebre, Joaquín Puig, acusado de asesinato de Luis Requesens.
Causa del Tribunal de 1era. Instancia de la Provincia de Santo Domingo
Reseña histórica del crimen, vista de la causa, y demás actos del proceso,
por Natalio Redondo. Una edición posterior añade el juicio en
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Constancio Bernaldo de Quirós
grado de apelación; y por fin, queda también como memoria
una litografía anónima, muy primitiva, con los retratos de las dos
partes del drama, el matador y la víctima.
La alegre farándula había llegado a la ciudad. Era una compañía cubana que traía por repertorio Bocaccio y La Mascota; de
la música ligera de entonces, lo más apetitoso y lo más fresco
relativamente, pues ya ambas operetas contaban sus diez años
cumplidos desde el estreno de la primera, el Bocaccio de Suppé,
picante selección musical de algunas de las historietas del Decamerón, en 1879. Cuando yo escucho algunos de sus compases,
sobre todo la marcha, inmediatamente me siento transportado a
los días más felices de mi niñez, en 1883, y me veo en los jardines
del buen Retiro de Madrid, con la cabeza mirando al cielo, como
toda la multitud, mientras, a la vez que la banda interpreta el
Bocaccio, asciende por los aires, suspendido de su globo de aire
caliente, el capitán Félix Mayet, a quien lloré tanto, con las lágrimas sinceras de un niño, la tarde de aquel año en que se estrelló
contra el suelo al rodar del tejado de una casa de la calle de La
Magdalena, entre la de las Urosas y la de Cañizares, en que la
montgolfiera había caído.
En la farándula venían, entre la gente menuda del coro, dos
españoles: Joaquín Puig y Luis Requesens, iguales en la patria
pero opuestos en cuanto constituye el genio y la figura personales. Joaquín era un introvertido, como se dice ahora, según
la nueva terminología de Kretschmer; esto es, un hombre con
la cara vuelta hacia el fondo de su alma, atormentada siempre
de recelos y angustias. Luis, por el contrario, era un extrovertido; esto es, otro hombre con la cara dirigida hacia el mundo
exterior, amigo sólo y siempre de diversiones. En la litografía
anónima a que nos hemos referido, se los ve perfectamente en
la cara y en el alma. Joaquín (a quien por error, la lámina llama
Ramón), despeinado, con el bigote caído, sin camisa, subido el
cuello de la chaqueta, con la mirada de través de un traidor de
melodrama. Luis al revés, bien compuesto, afeitado del todo, con
sombrero hongo demasiado echado hacia atrás, dejando escapar
por delante un tupé crecido. En el acto, sin necesidad de más, se
Una pluma en el exilio...
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adivina quién va a ser el matador y quién la víctima, aunque no
lo diga la lámina.
Luis debe algún pequeño residuo a Joaquín; hay un disgusto
iniciado entre ellos, que Joaquín ahonda día tras día, y sobre
todo noche tras noche, con sus cavilaciones incesantes. Acaso
haya también alguna rivalidad profesional. Pero nada de faltas.
Es este un suceso en que falla el principio del juez francés: oherchez la femme, que otro juez español reemplazaba con las palabras
equivalentes de: «¿quién es ella?».
El resentimiento, el rencor de Joaquín hacia Luis va llegando
al vértice. Una tarde compra en una tienda, sin recatarse, un
revólver. Dos o tres veces deja escapar palabras de amenaza, que
otros escuchan.
De improviso el suceso, a plena luz, en el lugar más céntrico
de la ciudad. Saliendo del ensayo, en el Parque Colón, que acaso
no se llamara así todavía, Joaquín encuentra a Luis, le llama,
le detiene y le mata de un tiro, sin tiempo para dar lugar a la
defensa.
Enseguida viene el proceso; y con una pausa mayor, el juicio.
Entre tanto, el agresor llora en la prisión. Por varios días sus ojos fueron fuentes por donde desaguaba el raudal de una pena infinita.
Los peritos médicos llamados a pronunciarse sobre el estado
mental del reo, a los efectos de su responsabilidad, le presentan
ante el Tribunal como un epiléptico, o, cuando menos, como un
epileptoide, dados los vértigos, las ausencias, las crisis convulsivas
que parecen comprobadas en el homicida.
En mitad del juicio, ya oídos los testigos de cargo y de descargo y también los médicos forenses, se produce un incidente
simpático que documenta muy bien el carácter familiar, de confianza, que la justicia penal conservaba aún en el Santo Domingo
de hace cincuenta años. El Presidente advierte entre el público
la presencia de don Francisco Henríquez y Carvajal que acaba
de regresar de Europa en viaje de estudio y le invita a que dé
su opinión sobre el suceso. Don Francisco no se hace rogar e
improvisa en el acto una breve conferencia, muy hábil y erudita,
sobre las relaciones de la epilepsia y del delito, poniéndose, como
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Constancio Bernaldo de Quirós
es natural, del lado de los peritos médicos. En esta disertación,
al término de una larga lista de autoridades desde Legrand du
Saule hasta Maudsley, aparece el nombre de Lombroso, pronunciado tal vez por primera vez en el foro dominicano. No es más
todavía que una vaga cita nominal, sin destacar la importancia
de un hombre, ya lograda, y, mucho menos, sin aludir al famoso tríptico lombrosiano (atavismo, epilepsia, locura moral) ya
construido en la mente del maestro. Pero la intervención de don
Francisco Henríquez y Carvajal me parece memorable y repite
aquí, en Santo Domingo, casi exactamente el caso Morillo de
Madrid, muy poco anterior (un desgraciado que mató a su novia
en la calle de San Vicente alta, frente al Tribunal de Cuentas), en
que se distinguieron los maestros alienistas jóvenes de entonces:
Jaime Vera, José Escuder y Luis Simarro, si mal no recuerdo.
Desgraciadamente, la intervención fue inútil. Las cosas no
estaban aún maduras, ni mucho menos. El Tribunal, en que figuraba el celebrado don César Nicolás Penson, se dejó impresionar
demasiado por las palabras del Fiscal, cargadas de lugares comunes e incongruencias. Joaquín Puig fue condenado a muerte y
rehusó apelar de la sentencia, hallándose todavía bajo el dominio
de una obsesión auto punitiva que manifestó inmediatamente
después del crimen. Al cabo, su abogado le convenció y apeló
la sentencia. Declarado irresponsable en el segundo juicio, fue
transferido a un manicomio cubano.
Piérdese allí la noticia de su vida, en la sombría celda donde
más de una vez se le aparecería nuestra señora de las tinieblas,
madre de las demencias y consejera del suicidio, a aquella pobre
criatura, triste y taciturna, que incubaba dentro sí el mal sagrado, el morbo astral y a quien la ironía de la vida, los jeroglíficos
del azar, lanzaron a los escenarios de la opereta a cantar, por
necesidad de ganar el pan, los regocijados coros de La Mascota y
de Bocaccio.
La Nación, 13 de noviembre de 1944.
Isabel y Diego
Cuando en España, y, sobre todo, en Aragón, pronunciamos
juntos estos dos nombres, ya se sabe que aludimos a Isabel de
Segura y a Diego Marcilla, los Amantes de Teruel, popularizados
por el drama romántico de don Juan Eugenio Hartzenbusch y
cuyos restos mortales, momificados, que guardaba la catedral
turolense, parece que se perdieron en la última de nuestras guerras civiles. «Ésta es la momia», decía el sacristán, mostrando a
los turistas curiosos el cuerpo de Isabel. «Y éste es el momio»,
repetía, señalando el de Diego, sin caer él en la cuenta de que,
con su pintoresco barbarismo baturro, lograba un buen juego de
palabras bastante expresivo, dadas las propinas, verdadera ganga
que le procuraban los tristes despojos.
Pero aquí, en la República Dominicana, Isabel y Diego son
otros. Son Isabel de Torres y Diego de Ocampo, próceres antiguos que, no momificados, pero convertidos en piedra de enorme talla, se destacan en la sucesión de cerros que componen la
Cordillera Septentrional de la isla.
He aquí, pues, una nueva manera de toponimia orográfica
que me era desconocida. En España, tocados de megalomanía
en este sentido, preservamos a las grandes montañas nombre de
dioses de la antigüedad, de los olímpicos muertos de nuestra
patria, como el Aneto pirenaico, o el Teleno de las Montañas
de León, o el Andévalo de tierra de Huelva. O bien, nombres
de reyes, como el Mulhacen granadino; o de héroes, como el
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Constancio Bernaldo de Quirós
Almanzor de Gredos; o de santos, como el innumerable santoral
diseminado por toda la traza de nuestra áspera Península, con
relación a las ermitas prodigadas por el fervor religioso de los
tiempos medios, para santificar los cerros y librarlos de los últimos restos de devociones paganas que subsistieron hasta tiempos
muy tardíos, y que aún se conservan excepcionalmente.
Esto, a menos que, con demasiada familiaridad irreverente,
se les llamase de tú, como al Bartolo levantino, asomado al Mediterráneo desde la Plana de Castellón, que toma su nombre de
un antiguo hermano lego del convento carmelitano del Desierto
de las Palmas.
Igualmente alejado de uno y otro extremo, me parece un
sistema bueno y prudente este otro de tratar a los montes como
a las personas, dotándoles de un estado civil que acredita su genealogía. Estas montañas que tienen nombre y apellido, como
cualquiera de nosotros, me agradan a mí tanto como al cura de
la aldea de don Quijote le agradaba la Historia del famoso Caballero Tirante el Blanco, «donde comen los caballeros y duermen y
mueren en sus camas y hacen testamento, con otras cosas de que
todos los demás libros de este género carecen».
Aunque yo sepa bien poco de linaje y genealogías dominicanas antiguas, lo mismo que modernas, este Diego de Ocampo que he saludado, de lejos, media docena de veces, yendo y
viniendo de Santiago, es un hidalgo, tocayo del padre de don
Juan Tenorio y del hermano de la triste Elvira del Estudiante de
Salamanca, de la familia de aquel don Sebastián de Ocampo que
vino a La Española en los primeros tiempos de su descubrimiento y que, por orden de Nicolás de Ovando, realizó en 1508 el
reconocimiento de la isla de Cuba, de que resultó ser ésta ínsula
en realidad, y no tierra firme como se creía. Don Diego, ¿es de
granito, como el Monte Everest, la más excelsa cumbre de la Tierra, en los sagrados Himalayas? ¿O de gneis, como el Cervino,
o Matterhorn, el rey de los Alpes, o, si no, el rey, porque esto
iría en desaire del Monte Blanco, el solo que da el doctorado
en alpinismo al osado que logra escalar su vertiginosa pirámide
atrevida? ¿O de pizarra, como el Mulhacen, que, con el Picacho
Una pluma en el exilio...
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de Veleta y la Alcazaba, forman, a la vista de Granada, la sagrada
acrópolis de España? ¿O de caliza, como el Monte Perdido de
los Pirineos, grandioso escenario de la gesta de Roldán, entre
España y Francia?
No lo sé, ni sería fácil averiguarlo hasta ahora, para mí al
menos. Sólo sé que le atribuyen una altitud sobre el mar de 1,200
metros, poco más o menos. Con esta elevación, disminuida en la
del zócalo que le sustenta en el valle, y con su posición en el horizonte noroeste de Santiago, me recuerda mucho este don Diego
a cualquiera de las cumbres que, vistas desde Madrid, componen
el circo de El Escorial, desde el Risco de los Abantos a la Machota,
pasando por el Cerro de San Juan de Malagón, la Merinera, mi
muy querido San Benito y el Cerro del Castañar. Sólo que todos
esos, que van decreciendo, por el orden que los he puesto y que
es el natural de ellos, desde los 1,700 metros a los 1,400 sobre el
nivel medio del Mediterráneo en Alicante, se cubren de nieve
durante medio año, mientras que don Diego nunca ha tenido
ganas, ni las tendrá jamás, a menos de un cambio en el eje de la
Tierra, habida cuenta de la secular degradación de las cumbres,
llamadas todas, a desaparecer, en un porvenir incalculable.
Isabel me es más conocida, pues ella es el único macizo orográfico de la isla en que he puesto mis plantas pecadoras, ya tan
torpes. En su Reconocimiento geológico de la República Dominicana,
Wythe Cooke la presenta como un macizo cuneiforme terminado en una cumbre de forma plana que, por lo regular, está
circundado de nubes.
Ese autor le atribuye una altitud de 815 metros sobre el mar,
que probablemente exagera, según una tendencia común tratándose de montañas, como se exagera también de ordinario,
aunque no en altitud sino en profundidad, ocupándose de las
cimas. Como quiera que sea, por su altitud y por el aplanamiento
de su cumbre, ligeramente oblicuo, me recuerda mucho la Peña
de Francia, en tierra de Salamanca, dominando la magnífica
región de las Batuecas.
Isabel, yo quisiera saberte decir un madrigal, unas cuantas palabras en que se aliaran por igual mi amor y tu belleza, como los que
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Constancio Bernaldo de Quirós
antaño compuse cien y cien veces a Peña el Diezmo y a La Maliciosa,
la rubia y la morena, la Casta y la Susana, las dos chulas madrileñas
de quienes estuvimos tan enamorados, sin decirnos jamás, tantos
centenares y hasta millares de montañeros guadarramistas.
Isabel, tu no tienes la imponente, la trágica belleza, de la
morena, La Maliciosa, que otro hidalgo, don Diego, el gran Velázquez, se complacía en poner al fondo de sus retratos regios
de los Austrias; ni tampoco tienes la casi perfecta regularidad,
el raro modelado pulido de la rubia Peña el Diezmo, sin rival,
única, en su tipo en el mundo entero.
Pero tú, Isabel, tienes otros rasgos en que las aventajas y que
son los elementos principales de tu belleza peculiar, que yo admiro y amo tanto. Pequeñita y fina, como la Maja de Goya, todo
el elogio de las «dueñas chicas», te conviene, tal como le rimó
nuestro buen Arcipreste, pero sin la estrofa final, que es sólo
una humorística ocurrencia, una picardía, del falso misógino
Juan Luis que siempre maldecía de las mujeres, y no se apartaba
nunca de su lado.
Y como si no bastara, en orden a tu posición en el mundo,
tienes el mar a tus pies. ¿Qué digo el mar?, el océano, uno de los
cinco océanos de la Tierra, si no el mayor, hasta hoy el más ilustre
de todos. Tienes las nubes sobre tu cabeza y como una perfecta
y sabia coqueta, sabes adornarte con ellas, lo que otras ignoran,
añadiendo entonces el misterio de tu expresión invisible a las
gasas sutiles irisadas, a los nimbos espesos azul pizarra o negros,
en que a menudo te envuelves.
Así como el mediodía, las doce de la mañana, momento
de la sombra mínima, es la peor de las horas para gustar del
paisaje, entonces desprovisto del relieve que le añade tanto, de
igual modo la montaña clara, despejada, nos enamora mucho
menos, nos parece más sosa que la que, como tú, es diestra en el
manejo del velo, del rebozo, de la mantilla, en que amaestraste a
la española o la criolla que te puso nombre.
La Nación, 24 de noviembre de 1944.
La noche de Capricornio
Anoche, buscando la amable compañía de amigos dominicanos, di con ellos mientras se ocupaban en la lectura, deliciosa
siempre, del Romancero gitano del malogrado García Lorca. Dudaban en la interpretación de este pasaje, que aparece en una de
las composiciones de que es héroe Antoñito el Camborio: «las
aceitunas aguardan la noche de Capricornio, y una corta brisa,
ecuestre, salta los montes de plomo».
¿Qué es esto?, me dijeron. ¿Cómo deben entenderse estas
palabras? Yo respondí en el acto: «Los montes de plomo son la
Sierra Morena, que en gran parte de su alineación, sobre todo
en la provincia de Jaén, son siempre de mármol negro, veteados
de grandes inyecciones del mineral grato a Saturno. Por esto
precisamente, por el obscuro, mate, opaco color de la piedra y el
metal, la sierra aquella es morena. La noche de Capricornio, por
su parte, es el momento de la maduración de la aceituna, llegado
el Sol a ese signo del zodíaco a punto ya de ser cortada.
Yo no dije más entonces. ¡Los temas de nuestra conversación
eran tan otros! Pero ahora quiero añadir más palabras, cuando
entrando ya el Sol en Capricornio, se hallan en el mes de las
aceitunas allá, en la lejana España.
Voy a referirme, sobre todo, a la provincia de Jaén, la más olivarera de todo el valle del gran Betis, hasta el punto de que esta
provincia sea el tipo en España del monocultivo, con todas sus
consecuencias, más malas que buenas, tratándose especialmente
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Constancio Bernaldo de Quirós
de un árbol que, como el olivo, es «vecero», según dicen allí, es
decir, de un árbol en que a un año de próspera cosecha, sucede
otro de cosecha mediana o casi nula. Apresurémonos a decir, en
descargo del gran árbol de Minerva, que semejante defecto parece
ir desapareciendo desde que no se recoge la aceituna apaleándole
las ramas, como antaño, sino «a ordeño», esto es, desprendiéndolas cuidadosamente con la mano. El vicio del olivo era, por tanto,
un defecto de los hombres que con su codiciosa prisa por obtener
el fruto de un año, malograban el siguiente, sin advertirlo.
Llegado el signo zodiacal, la drupa ovoide que ha adquirido
plenamente la meteorización precisa que la transforma en una
semilla apta para reproducirse, está a punto de ser recogida. En
Jaén, esta fecha, desde tiempo inmemorial, por lo menos después de la Reconquista, desde comienzos del siglo xiii, coincide
con la fiesta de La Concepción, el 8 de diciembre.
Comienza entonces un trabajo, una labor que es casi una
fiesta y un deporte; una estación de cerca de un par de meses,
la más próspera de todo el campo andaluz, incluso la siega y
la vendimia. Tan próspera es, irradia tanto la abundancia de la
recolección de la aceituna y la elaboración del aceite, que sus
efectos se dejan sentir mucho más allá de Despeñaperros, pasada
La Mancha, pasada Castilla la Nueva, hasta Castilla la Vieja y el
bajo Aragón, que duermen entre tanto la luenga noche invernal
cuando, cubierto de nieve el suelo y el cielo saturado de hielo,
todo trabajo agrario es imposible y la familia humana moriría
de hambre y frío sin el providencial recurso del aceite andaluz,
que necesitando brazos en abundancia, más inclusive que los
que puede dar la propia tierra, permite el establecimiento de
una antiquísima corriente de emigración interior que orienta
hacia las felices comarcas del Sur los hombres de las árticas Parameras de Molina, de la gélida sierra de Albarracín, de la nivosa
sierra Ministra, y, en general, de las regiones más míseras de las
tres provincias de Soria, Teruel y Guadalajara. Las mujeres y los
niños, más los ancianos, quedan allá, en sus pobres hogares humeantes, mientras los hombres descienden a Andalucía. Son los
que, dicho sea con perdón, llaman allí los «cigarraches», gentes
Una pluma en el exilio...
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que llegan pálidas y flacas a la tierra de promisión del olivo y que
dos meses después regresan a su patria gordos y relucientes, alimentados de aceite hasta la saturación, como lámparas votivas.
(Por esto, digámoslo entre paréntesis, yerra en este punto
un autor tan estimable como Artemio del Valle, Arizpe, cuando
en uno de sus celebrados Cuentos del México antiguo, el que lleva
por título «Promesa cumplida», nos presenta a su héroe, Pedro
Arias, natural de Burgos de Osma, en la provincia de Soria,
dueño allá en su tierra natal de «una vieja casa abolenga, unas
tierras paniegas, un molino triguero, un extenso olivar, con su
almazara». Lo de las tierras de paniegas y el molino, pase; mas
no el olivar y la almazara, o sea el molino de aceite, en una provincia tan fría como aquella. Un olivar en la tierra de Soria es
tanto como un huerto de naranjos en Groenlandia. No sólo en
aquella alta provincia donde nace el Duero, sino en toda la gran
cuenca de ese río, falta por completo el gran árbol mediterráneo
que sólo reaparece, dentro de ese valle, ya próximo a la frontera
portuguesa, en las últimas tierras occidentales hispanas de las
provincias de Zamora y de Salamanca, donde se inicia el talud,
el bisel que reduce la alta meseta castellana de su nivel medio
de ochocientos metros sobre el mar, rebajándola, camino del
Atlántico, a climas más benignos donde pueda, al cabo, vivir de
nuevo el árbol de Minerva.)
Con la llegada de Capricornio el campo andaluz, tan solitario
de ordinario en la gran vastedad del latifundio que le caracteriza,
cobra una animación excepcional. En torno a cada uno de los innumerables olivos gira una multitud de figurillas humanas cuya
pequeñez parece exagerada por la amplitud del enorme paisaje.
El proletariado entero de aquellas tierras demasiado fecundas,
hombres, mujeres, niños, encuentra entonces ocupación, enriqueciendo por unos días con sus modestos jornales la pobre casa
campesina, atormentada por la necesidad la mayor parte del año.
Las mujeres visten excepcionalmente de pantalón aquellos días
porque, como haciéndose «a ordeño» la recolección, es preciso
andar por las ramas altas, de otro modo los zagales perderían
la mayor parte del tiempo mirando a las estrellas en pleno día.
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Constancio Bernaldo de Quirós
Aun así, haciéndose «a ordeño» la recolección, siempre queda
en torno del área que cubre la fronda de cada olivo cierto número relativamente abundante de aceitunas caídas, despojo que
de derecho pertenece al proletariado y que, acabada la faena de
cada finca, recogen las mujeres y los niños, como las espigadoras
de los campos de trigo desde los días de Rut, la moabita, según
nos las representa el bellísimo cuadro de Millet Les glaneuses, pareja del celebérrimo Angelus. En los últimos años la avara codicia
de los amos, tendiendo a acabar con esta regla consuetudinaria,
promovió no pocos conflictos del trabajo en los cuales yo mismo
hube de mediar, como Jefe entonces del Servicio de Política
social agraria del Ministerio de Trabajo. Estas aceitunas caídas,
alimento habitual del jornalero andaluz, son las morás y las partías a que él se refiere siempre como un humorismo que guarda
el deje amargo y acre del fruto en estado de naturaleza.
Poco a poco se pasa desde la recolección de la aceituna a la
elaboración del aceite en las almazaras que blanquea en el campo entre el ceniciento verdor de los olivos. Los cagarraches van
llegando ya y aumentan el contingente de brazos que resultan
siempre pocos para toda una provincia ocupada en realizar, en
contadas semanas, la operación principal, casi exclusiva, de su
economía.
El cuadro más animado se produce entonces en el interior
del molino, a la luz de la llama, desde que la tarde comienza
a caer, cambiando en ceniza bien fría los últimos resplandores
arrebolados del sol pálido de diciembre. El bienestar, la alegría,
la satisfacción del esfuerzo útil realizado y de su compensación
provechosa, reinan entonces allí, en torno de una raza que
vierte su ingenio inagotable, su indecible «ángel», en rápidas
frases, en refranes, adivinanzas, cuentos, romances, cantares,
pasos cómicos, verdaderos entremeses improvisados sin fatiga
noche tras noche. Aquello es viviente museo folklórico, aliñado,
como las aceitunas mismas, con todas las esencias de la tierra,
saladas y picantes. Una vez tuve allí la feliz ocasión de ver representado, al borde del lagar de una almazara, el delicioso paso de
Las aceitunas del gran Lope de Rueda, dispuesto por un dueño
Una pluma en el exilio...
173
inteligente. La mocita aceitunera que representó el papel de
Mencigüela estuvo realmente inimitable, deliciosa. Pero es más
delicioso aún asistir al brote espontáneo de algún paso teatral
nacido de aquella raíz del pueblo en la persona de cualquier
rústico ocurrente e ingenioso de los que nunca faltan en las
gañanías andaluzas. Ya don Pedro Antonio de Alarcón lo hizo
notar en el prólogo a su Sombrero de tres picos, que tiene esta procedencia rural. Y como los sátiros y los faunos acechan todo el
día en el bosque de olivos se asoman a las puertas de las cocinas,
estos pasillos cómicos improvisados en las almazaras las noches
de Capricornio, con frecuencia adolecen de un carácter lascivo,
hasta obsceno, asaz pronunciado.
Nada más natural. Afuera, en la noche fría, Pan, el Gran Pan,
o sea, la Vida universal, late, no obstante el invierno, siempre entreteniendo el amor de los seres, como quien echa teas resinosas
en la inmortal hoguera.
La Nación, 30 de noviembre de 1944.
Pequeña historia anecdótica
del Puerto de Guadarrama
I
De todos los puertos de montaña de la España áspera y quebrada, tengo para mí que el más popular es el de Guadarrama.
¿Quién no ha cantado, o no ha oído cantar alguna vez, la famosa
copla: «tengo que subir, subir, al Puerto de Guadarrama, para
recoger la sal que mi morena derrama»? Pero nadie sabe quién
fue esa morena, ni por qué iba y venía tanto por las alturas de la
Sierra, ni, finalmente, por qué iba tan cara la sal que había que
recolectarla con tanta fatiga.
Seguro es que desde que la especie humana se multiplicó en
la cuenca del Tajo y en la del Duero, el Puerto de Guadarrama
ha estado en uso, como paso principal de una vertiente a otra en
dirección N. O., así como el de Somosierra hacia el N. E.
Reinando Felipe III, al comenzar el siglo xvii, se hizo el descubrimiento, cerca del Puerto, de un tesoro de monedas de oro
de los césares romanos, que estudió cierto Dr. Iván de Quiñones,
juez de los Bosques del Rey, en un curioso opúsculo reseñado
por mí en la revista Peñalara, hacia 1915, si mal no recuerdo.
Probablemente, era el tesoro de algún bandolero famoso, algo
así como el tesoro del Cofresí, el pirata puertorriqueño de que
aquí se habla tanto y que se busca en tantas playas y costas del
Caribe. Pero desconocemos del todo el nombre que dieran los
– 175 –
176
Constancio Bernaldo de Quirós
romanos a este paso que hoy llamamos el Puerto de Guadarrama y que ellos debieron usar como un accesorio invernal de la
Fuenfría, a través del cual trazaron la calzada de que aún quedan
tantos restos.
En cambio, sabemos que los árabes, ya en plena Edad Media,
llamaron al Puerto de Guadarrama Bab-el-Comaltí, o, sencillamente, Balatome, como dice el privilegio del rey Alfonso X, «El Sabio»,
a los moradores de las antiguas alberguerías de la Sierra.
Cuando ya la Reconquista se ha establecido entre Duero y
Tajo y la tierra se ha repoblado con segovianos en sus dos vertientes, se le llama «La Tablada». Así le hayamos nombrado en el
Libro de Buen Amor, del Arcipreste de Hita, Juan Ruiz, escritor al
mediar el siglo xiv.
El poeta, perdido en el bosque de la Fuenfría, sin conseguir
pasar el puerto, ha reaparecido en Riofrío, donde tiene el encuentro con Gadea; y, al cabo, haya la buena senda del actual
Puerto de Guadarrama, que le encamina decididamente a su
tierra de Hita. La senda antigua no coincidía exactamente con
la vía actual; más desviada hacia Saliente, conserva aún, no obstante, restos de antiguas construcciones itinerarias, tales como
la Casa o Venta del Cornejo (esto es, del cerezo silvestre) y la
Ermita de Cepones, todavía marcadas en el mapa de la provincia
de Segovia hecho por Coello para ilustrar el viejo Diccionario Geográfico de don Pascual Madoz, a mediados del siglo xix. La Casa
del Cornejo da motivo al poeta para un ligero devaneo erótico, a
poco repetido en el encuentro con Menga Lloriente. Sigue después la monstruosa caricatura de serrana, especie de capricho
de Goya, hecho con palabras; y la serie entera de las serranillas
de Juan Ruiz acaba con la más fresca e ingenua de todas: aquella
que tiene a Alda, o Aldara, como protagonista, y como escenario
La Tablada, casi exactamente en el lugar en que asientan hoy la
estación de San Juan de Tablada del ferrocarril, entre Cercedilla
y San Rafael, y el Sanatorio Lago, hacia la boca del túnel del
Puerto.
Otro lapso de tiempo, todavía más largo, y ahora llega don Luis
de Góngora, el príncipe de la poesía castellana, con un soneto «a
Una pluma en el exilio...
177
la pasada del Puerto de Guadarrama por el Conde de Lemos». El
soneto empieza con la ampulosidad y énfasis habitual, con una
imprecación en que los conceptos riñen entre sí: «montaña inaccesible, opuesta en vano al apartado trato de la gente…».
Luego, su texto nos revela dos cosas interesantes para nosotros. Una, que el paso de la Sierra ya no se llama La Tablada, sino
que ha tomado el nombre del pueblo más próximo de la vertiente
meridional: Guadarrama, el «frío de la arena», literalmente traducido del árabe. Otra, que el camino del Puerto se ha convertido
ya, en tiempos de Felipe III, en un camino más amplio que un
camino de herradura, en un camino que consiente el tránsito
rodado de los coches. El Puerto de Guadarrama, en los más viejos
«repertorios» de los caminos españoles, el de Pedro de Villuga y el
de Alonso de Meneses, hechos hacia la época que nos referimos,
figuran en el «camino de los coches de Toledo a Valladolid», las
dos grandes capitales de las Castillas entonces, mientras que el
«camino de los caballos», desviándose más hacia el Oeste, traspasa
decididamente la Sierra por el Puerto de las Pilas (como la línea
férrea de hoy, de Madrid a Ávila), tocando antes la villa de Cebreros, y el otro puerto intermedio de Arrebatacapas, ceñido, en
general, al desarrollo de la carretera de Toledo a Ávila.
Vamos a ver ahora un par de episodios que nos enseñarán lo
que era el paso del Puerto por esta época. Estamos en el reinado
de Felipe IV.
La estrella del Conde Duque de Olivares se ha eclipsado. El
poderoso valido había salvado la vida, más feliz que don Álvaro
de Luna o que don Rodrigo Calderón; pero retirado a Toro, se
consumía de tristeza de obediencia, ¡él, la «pasión del mando»!,
como le califica Marañón, exactamente.
La mujer y la nuera del Conde Duque, se dispusieron a reunirse con él, marchando en coche desde su palacio de Madrid,
a través del Puerto. Era el mes de noviembre: noviembre, que si
en el calendario astronómico es todavía otoño, en el meteorológico corresponde al invierno, decididamente.
La pesada carroza arranca, pues, un día de noviembre bien
de mañana, de la puerta principal del palacio del Conde Duque,
178
Constancio Bernaldo de Quirós
hoy convertido en cuartel en la calle del propio Conde Duque.
Las dos damas se abrigan bien apretadas en el interior. Fuera,
en el pescante, van el cochero y un lacayo; atrás, en la trasera,
otros dos servidores, a la intemperie. Cruzado el río por la famosa Puente segoviana, la carroza avanza por la antigua carretera
de Castilla, al otro lado del muro de la Real Casa de Campo,
bajo un clima cruel que amenaza nieve. La Sierra, invisible, a la
derecha, más allá del grave encinar de El Pardo, está cubierta
por un enorme nimbo de azul pizarra obscuro. Nuestra Señora
de las Nieves, que mora en la más alta cumbre de los Montes
Himalayas, supremos vértices del Mundo, sin duda tiene puestos
los ojos en esta dirección, y su mirada desciende al Guadarrama
en este instante en forma de una nevada espesa y continua, que
va cubriendo de capas cada hora más espesas las rocas cimeras
de gneises y granitos. El campo está desierto y silente. De cada
minúscula casa perdida en el enorme despoblado, asciende al
cielo por la chimenea una columna de humo revelador de un
hogar en torno al cual se agolpa una familia aterida.
Un relevo hacia Las Rozas. Luego, la recta del camino que
avanza sin vacilar hacia el gran obstáculo. El paisaje comienza a
cambiar, emergiendo el granito sobre el suelo que se quiebra en
un relieve cada vez más áspero. Torrelodones, el primer pueblo
de la Sierra, con la vetusta torrecilla roquera que le dio nombre,
arruinada sobre un pequeño cerro. Apenas la carroza ha entrado en el dominio de la Sierra, la nieve comienza a caer sobre
ella y ya blanquea del todo, dando tumbos en las revueltas de
la Cuesta de Peguerinos, ¡tan bella!, mientras la muerte blanca
acecha a los indefensos sirvientes que van al exterior. Pero la
muerte blanca es muy dulce; adormeciendo a sus víctimas en un
sueño suave, las vence sin resistencia ni protesta, sin un grito,
una lágrima o una sacudida.
Cuando la carroza llega al pueblo de Guadarrama, en la base
del Puerto, y se detiene tambaleándose ante la posada del lugar,
el nevazo aumenta más que nunca.
¡S´abierto el ceazo!, dicen los muchachos que se acercan, curiosos, aludiendo al mayor volumen de los copos, que parece dar la
Una pluma en el exilio...
179
ilusión, en efecto, de que el tamiz que los cierne ha ensanchado
la urdimbre de su tela.
Las señoras descienden en busca del fuego. Pero de los servidores que ocupaban la trasera, uno está muerto, conservando en
actitud vertical por la rigidez cadavérica. Y su compañero, próximo a seguirle, quiere seguir durmiendo y que le dejen soñando.
El viaje a Toro queda truncado por el momento. Una hora
después, el tiro renovado de nuevo, la carroza se dirige al inmediato Real Sitio de San Lorenzo de El Escorial; y como las
dos damas ilustres de nuevo están transidas por el frío, allí sus
acogedores las envuelven en sendas sábanas empapadas en vino
generoso y las llevan al lecho que, según ciertos testigos, calentaron previamente los cuerpos de algunos sucios villanos para
darse el gusto de afrentar, quienes dispusieron la operación, a la
mujer y a la hija del poderoso don Gaspar de Guzmán, Conde
Duque de Olivares, tan temido días antes.
El segundo suceso histórico a que queremos referirnos, ocurre casi cien años después, reinando Felipe V, y su agonista es
el estrafalario personaje don Diego de Torres Villarroel, «Gran
Piscator» español, famoso astrólogo de la Universidad de Salamanca, que tiene entre sus méritos mayores el de haber profetizado la Revolución Francesa cincuenta años antes, con sólo un
año de error, en aquella famosa décima que dice: «Cuando las
mil contarás con los trescientos doblados y cincuenta duplicados
y los nueve dieces más, entonces tú lo verás, ¡mísera Francia! te
espera tu calamidad postrera con tu Rey y tu Delfín, y tendrá
entonces su fin tu mayor dicha primera».
Estamos, pues, en el año 1735, cuando don Diego de Torres
Villarroel decide ir desde Madrid a Ávila. Seguido de su criado,
a caballo también, el gran don Diego cabalga por el viejo camino de las Castillas. La noche cayó sobre ellos en la subida del
Puerto, y, sin sentirlo, saliéronse del camino, internándose en el
monte por una senda engañosa que debía ser un arrastradero
de pinos. Perdidos a poco en el pinar, al fin vinieron a caer, por
su desgracia, al fondo de unos cepos loberos que algún honrado vecino de Guadarrama, de San Lorenzo, de El Escorial o de
180
Constancio Bernaldo de Quirós
Peguerinos, se había tomado la molestia de disponer en defensa
de su ganado. Uno de los caballos quedó muerto, otro se patiquebró o poco menos, y don Diego y su criado pasaron toda la
larga y fría noche otoñal en el fondo del cepo, temerosos de que
el lobo cayera también a deshora sobre ellos, el lobo feroz del
Guadarrama, canis lupus signatus, por las rayas obscuras que lleva
sobre el hocico: canis lupus signatus, más feroz que el de Gubbio,
porque a su raza nunca la evangelizó San Francisco de Asís, el
Cristo de la Edad Media.
Cuando, a la madrugada, el honrado vecino llegó a reconocer sus cepos, halló en ellos aquella caza extraordinaria, a
la que dispensó los primeros socorros. Abandonado el caballo
muerto a los buitres y llevando de la brida al lesionado, Torres
Villarroel y su criado, desfallecidos, precedidos del honrado vecino, se dirigieron a la casa forestal más próxima, que debía ser
la que hoy se llama «del Cura», arruinada entre Pinares Llanos
y Cuelgamuros, inmediata al Pino de las Tres Cruces, donde se
juntan, y de aquí las tres cruces, los términos de Guadarrama,
San Lorenzo de El Escorial y Peguerinos. El guardabosques, que
se llamaba «El Calabrés», probablemente por su procedencia,
atendió a ambos desgraciados con cristiana caridad, satisfaciendo todas sus necesidades. Por lo que afecta a la alimentación,
don Diego nos cuenta en su Vida, donde ha relatado el episodio,
que apenas llegados a la casa del guardabosques, éste les ofreció
sendos vasos de leche, de oveja probablemente, aunque él no lo
dice, y luego, a medio día, sirvióles de comer un gran plato de
nabos con abundante pan de centeno. Este pasaje nos revela el
régimen alimenticio de la Sierra antes de la llegada de la patata,
que todavía había de retrasarse cerca de tres cuartos de siglo.
Amo y criado se reponen en tanto de sus fatigas y reanudan su
camino hacia Ávila. Seguro es que han pasado por Peguerinos
primero, recién fundado, y luego por Las Navas del Marqués,
donde hicieron noche; y seguro asimismo que en Peguerinos y
en Las Navas del Marqués, han cruzado la palabra o la mirada,
cuando menos, con hombres y mujeres de quienes yo directamente procedo por línea de padre.
Una pluma en el exilio...
181
II
La aventura de Torres Villarroel nos demuestra que el estado
del camino real de Castilla, en los días de Felipe V, era bastante
deficiente, pues permitía salirse del central con facilidad.
Lo remedió su sucesor, Fernando VI, con la construcción
de la magnífica carretera que, partiendo de la capital de la Monarquía, llega hasta La Coruña, deteniéndose ante el mar en
una diagonal de cerca de ochocientos kilómetros. Fue éste, en
sus días, el camino real más espléndido de Europa y del mundo
entero; y en el alto del Puerto de Guadarrama, por donde trepa
la vía, un león tallado en piedra berroqueña sobre un alto pedestal, y sosteniendo bajos sus poderosas zarpas delanteras los
Dos Mundos, conmemora el triunfo del Rey sobre los Montes,
según declara, en latín, la pomposa inscripción de la lápida que
hay por debajo. Desde entonces, el Puerto ha añadido un nombre más, el de Puerto del León, a la serie de todos los que ha
venido teniendo.
También Carlos III, el gran rey constructor de ciudades y caminos, añadió a la obra de su hermano un detalle de interés en
esta parte de la carretera: un parador o albergue, en la vertiente
septentrional del Puerto, algo que seis o siete siglos antes se hubiera llamado, en León o en Castilla la Vieja, «Alberguería», o
en Castilla la Nueva, «Los Palacios», y que entonces, en el nuevo
vocabulario de las instituciones itinerarias tomó, sencillamente,
el nombre de «fonda»: la «Fonda de San Rafael», patrón de los
viajeros. Esta fonda, que todavía se conserva íntegra, fue el núcleo
de una pequeña agrupación humana, de una aldea, formada por
vecinos del Espinar, de Peguerinos, de San Lorenzo del Escorial,
de Guadarrama y hasta de Cercedilla, que, con sus parejas de
bueyes de labor, se dedicaron a la industria de encuarteros para
favorecer la subida del Puerto a las diligencias, carros y carretas
procedentes de las Castillas.
Recuerdos de bandolerismo son inevitables siempre en las
proximidades de los grandes caminos y, efectivamente, aquí,
dominando la aldea de la Fonda de San Rafael, tenemos uno: el
182
Constancio Bernaldo de Quirós
Peñón de Juan Plaza, en el macizo de Cueva Valiente. Tan sólo el
nombre queda de este salteador a quien nos imaginamos en el alto
del risco acechando las ocasiones favorables. Casi seguro es que la
partida de Juan Plaza haya pernoctado muchas veces en el interior
de la pequeña espelunca abierta en el granito de la montaña, mal
llamada «Risco de Pruebas Valientes» en el mapa de la provincia
de Segovia de Coello, pues es Cueva Valiente el suyo propio, que
alude a esta alta oquedad de la roca, desde cuyo interior, abierto al
N. O., se adivina la villa del Espinar envuelta en la cálida y olorosa
atmósfera de resina de pino que desprenden sus hogares.
Llegamos ahora al reinado de Carlos IV, en la linde de los
siglos xviii y xix. «1793», la fecha trágica de la Revolución Francesa, aparece, tallada a cincel, en el dintel de una casa en el último
gran empujón de la subida del Puerto, por su vertiente meridional, pasada la estación de ferrocarril de San Juan de Tablada. La
casita, hoy destinada a los peones camineros, fue, en sus buenos
tiempos, un refugio de cazadores, un albergue cinegético cuando el monarca paseaba sus aficiones de Nemrod por los bosques
reales de Cuelgamuros, de Riofrío y de Valsaín, y conserva una
magnífica cocina de hogar central en torno de la cual, en los
cuatro lados de los muros, corren altas tarimas de madera de
pino, en plano ligeramente inclinado y con una ligera moldura
de reborde a los pies, para servir de lecho a los monteros. La
cocina de la casa cinegética del Puerto de Guadarrama es, sin
duda, la más hermosa y original de todo el territorio del Real de
Manzanares, superando a la de la antigua Posada de la Cereda,
en el Collado del mismo nombre, entre el Escorial y Las Navas
del Marqués, por donde iba el camino viejo «de cureñas», construido, igual que la posada, para la fábrica del Real Monasterio
de San Lorenzo. Asomándonos a ella, nos imaginamos escenas
de bienestar y buen humor ante las llamas y la olorosa carne de
las reses de monte, mientras afuera reina un clima glacial en la
negra noche que tiende su paisaje de estrellas resplandecientes
sobre los altos picos nevados.
Quince años después de la fecha inscrita en el dintel de la
mansión de cazadores, el que vemos ascender trabajosamente
Una pluma en el exilio...
183
por la vertiente sur del Puerto, es el personaje histórico de mayor fama bélica que le ha pisado.
El 24 de diciembre de 1808, Napoleón, a pie, del brazo del
general Savary, cruzaba el Puerto de Guadarrama en una retirada
hacia el Norte, desde Chamartín, que le costó grandes pérdidas
de personal y material, pues el clima, aliado esta vez con la raza,
supo defender al país con todos los rigores de un crudo temporal
de nieves. La Nochebuena de aquel año, bien mala por cierto, la
pasó el Emperador en la Posada de Villacastín, muy dentro ya de
la provincia de Segovia.
Probablemente, entre el Estado Mayor de Bonaparte marchaba el general Bory de Saint Vincent, autor de la primera guía moderna del viajero en España, presagio del Bédeker, aunque sólo
desde el punto de vista fisiográfico, y creador, así mismo, de la
nomenclatura de las cordilleras españolas que todavía aprende la
niñez de hoy, cuando menos la rural y hasta la provinciana. Él, el
general Bory de Saint Vincent, que nació en Agen, en la Guiena,
fue quien lanzó a la circulación el nombre de «Cárpeto-Vetónica»
para la Cordillera Central divisoria de las Castillas y, por tanto,
de las cuencas hidrográficas del Duero y del Tajo, obteniendo
pleno éxito en su iniciativa. Sin duda aquel día 24 de diciembre
de 1808, el general Bory de Saint Vincent paseó su mirada llena
de inteligente curiosidad, por el medroso paisaje, cubriendo de
notas de observación personal algún pequeño cuaderno.
Imposible sería relacionar la sucesión de los ilustres viajeros
que cruzaron la montaña, como sería imposible contar el paso
de los ganados de La Mesta, las ovejas sobre todo, que dos veces
al año, desde tiempo inmemorial, envueltos los rebaños en su
peculiar atmósfera de polvo, como el del episodio de El Quijote,
van y vienen por las dos vías pecuarias que atraviesan el Puerto:
la principal, por el mismo Puerto, y la accesoria que, desviándose
de ésta en la Cañada de Gudillos, prosigue después por Pinares
Llanos, y pasa a la Cordillera por el Puerto de San Juan de Malagón, entre Peguerinos y El Escorial, volviendo a reunirse con la
cañada maestra más allá del Puente del Tercio, en las proximidades de Galapagar.
184
Constancio Bernaldo de Quirós
Pero aunque los viajeros ilustres sean imposibles de contar,
como las estrellas, las arenas, o las flores, ¿cómo olvidar a Teófilo
Gautier, el «divino Teo», que fecha en el Puerto mismo no menos
de tres de sus composiciones de la serie Espagne de sus Esmaltes y
Camafeos?
Estas tres piezas son dos: Los ojos azules de la montaña, inspirada por la Laguna de Peñalara, y que tradujo al castellano nuestro
querido amigo, el malogrado Enrique de la Vega; La florecita rosa,
que alude al Crocus carpetanus, el falso azafrán, el «quita meriendas», la flor típica del Guadarrama; y sobre todo, la que expresa
mejor la sensación y el paisaje del Puerto, con la perspectiva lejana, a la vez, de Madrid y de El Escorial, comenzando así: «De haut
de la montagne, prés de Guadarrama, on découvre l´Espagne conmme
un panorama…».
Nuestra pequeña historia va a cerrarse con el episodio de las
líneas férreas, en los comienzos de la segunda mitad del reinado
de Isabel II. Se está planeando la línea férrea del Norte y las dos
provincias de Ávila y Segovia se la disputan, con largos y prolijos
razonamientos topográficos, económicos, históricos. Por fin,
Ávila vence, esgrimiendo el argumento de la excesiva altitud
del Puerto de Guadarrama, más de 1,500 metros sobre el mar,
frente a la del Puerto de Las Pilas del trazado de Ávila, que pasa
ligeramente sólo de 1,300. En el alegato de la diputación de Ávila se insiste, sobre todo, aprovechándole con mucha habilidad,
en el suceso del paso del Puerto de Guadarrama por Napoleón
el 24 de diciembre de 1808. El Emperador, que ha pasado fácilmente los Alpes, unas veces a caballo, otras en mulo, según
lo representan los cuadros del Barón Gros y de Belarroche, en
cambio, el Guadarrama ha tenido que pasarle a pie, del brazo de
sus ayudantes.
Luego, cuando, ya tendida la línea de Segovia veinte o veinticinco años después, pudieron hacerse comparaciones, pudo
comprobarse que en los grandes temporales de nieve, la circulación ferroviaria se suspende antes en la línea de Ávila que en
la de Segovia, como que en esta última el paso del Puerto se
efectúa bajo un largo túnel y a una altitud menor que la de Ávila,
Una pluma en el exilio...
185
por el túnel de Las Pilas, que es, en toda Europa, con la sola
excepción del Brenner entre Italia y Austria, el paso más alto de
los ferrocarriles de tracción general.
Las líneas férreas, primero, el automóvil, después, acaban
con el aislamiento y la originalidad de la Sierra, conservados
hasta entonces a diez o doce leguas de Madrid, prodigiosamente. Todavía la víspera del día que la poderosa respiración de la
primera locomotora despertó los ecos del Cerro de Los Abantos, o de las dos Machotas, en el circo de El Escorial, si el buen
Juan Ruiz, Arcipreste de Hita, hubiera resucitado y, sintiendo
sus ansias vagabundas, se hubiera lanzado de nuevo a repetir
sus itinerarios de los puertos, seguramente lo hubiera hallado
todo, o casi todo, tal como él lo dejó, desde el punto de vista de
la geografía humana. La Cartuja de Santa María del Paular, en
Valdelozoya, y el Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, sin
duda le causarían gran admiración. Pero su mayor extrañeza hubiera sido (repercusiones del Nuevo Mundo, inimaginables para
él) la patata y el tabaco: los huertos de las vegas de ríos y arroyos
con aquel cultivo exótico, vencedor de los nabos de antaño, y el
cigarro humeante en los labios de los hombres, casi sin caerse
de ellos jamás, procurándoles un placer que él y su antecesor
Gonzalo de Berceo, sólo habían reconocido al bon vino.
La Nación, 9 y 15 de diciembre de 1944.
Lagartijo1
Puesto que el amigo Pérez de Ayala ha hablado aquí, pocos
días hace, de toros y toreros, permítaseme hoy a mí que hable de
Lagartijo, que es para mí y para otros muchos, sin duda, la figura
más interesante de su clase.
Cuando yo era niño, allá entre el 80 y el 85, muchas veces
en la clásica plaza de Madrid, ya destruida, le ví torear con más
agrado que a otro cualquiera, poniéndome decididamente y desde el primer momento de su parte en la división que entonces
se produjo en el público entre «lagartijistas» y «frascuelistas»,
esto es, entre partidarios de Rafael y de Salvador, llamado por
apodo «Frascuelo». Frascuelo representaba el valor temerario en
la hora de matar; Lagartijo, la elegancia natural y llena de abandono en todos los momentos de la lidia. Esto lo supe después, a
los diez años. Lo que me encantaba a mí, poniéndome del lado
de Rafael, era su apodo, que me representaba al pequeño saurio
de nuestra fauna, deslizándose todo agilidad y viveza por entre
las peñas. El pequeño reptil siempre valdría más que el frasco,
pequeño también, que me representaba a Frascuelo.
Mucho más tarde, siendo ya hombre, la figura de Lagartijo
volvió a interesarme, oyéndosela elogiar a mi maestro, el famoso
1
N/C. Rafael Molina Sánchez, «Lagartijo», fue un conocido torero español
nacido en Córdoba, Andalucía, el 27 de noviembre de 1841. Falleció en la
misma ciudad el 1 de agosto de 1900.
– 187 –
188
Constancio Bernaldo de Quirós
criminalista don Rafael Salillas. Don Rafael, tocayo de Lagartijo,
el uno aragonés y andaluz el otro, fue en sus buenos años gran
taurófilo. Suya es aquella definición del método positivo que dio
en su precioso libro Hampa, que tanto molestaba a don Francisco
Giner y que, sin embargo, es tan cierta: «en corto y ceñido», como
el matador ante la res en la arena. Por entonces, Salillas vivía en
un piso bajo de la calle de Alcalá, poco más abajo de Velázquez;
y desde su balcón, muchos domingos por la tarde, a la hora de
la salida de los toros, residenciábamos juntos este fin de fiesta.
Entonces, no una, sino varias veces, le oí referir la presentación
de Lagartijo en la plaza de Madrid, de banderillero del «Gordito». Como el chico venía entonces pálido, flaco, desmedrado,
vistiendo un traje de luces de alquiler, deslucido y no hecho a su
medida, el público «se metió» con él desde que le vio en el paseo, comenzando a «abuchearle», según se dice en el castellano
castizo de la calle de Toledo. Pero llegó «el tercio» de banderillas
del primer toro (en aquel tiempo la lidia se descomponía sólo
en tres tiempos, y no en cuatro, como luego). Lagartijo tomó los
palos, se dirigió al toro y elevó al cielo sus brazos, quedando un
instante parado en la actitud de un atleta antiguo, con tal plasticidad, con tal elegancia natural, sin sombra de afectación, que
la plaza se vino abajo en una ovación estruendosa y unánime sin
precedentes. La ovación, más clamorosa aún, se repetía segundos
después cuando, deshecho el grupo instantáneo que formaron
el banderillero y el toro, el animal salió del encuentro bramando
de dolor y de rabia, mientras sobre su morrillo sangrante vibraban dos rehiletes verticales y bien apretados, clavados en el sitio
exacto, en todo su rejón agudo. Desde entonces, Lagartijo ganó
la partida y se hizo el niño mimado de la plaza madrileña.
Ya en plena gloria, más bien en el pálido ocaso de la misma,
el gran maestro, en 1896 ó 1897, y en plena guerra de Cuba, llegó
a Madrid de corresponsal del Corriere della Sera, de Milán, Alfredo
Nicéforo, que comenzaba entonces su carrera. Como Nicéforo
era ya un criminalista por vocación, se le ocurrió presentar las doctrinas lombrosianas al público milanés, en dos figuras españolas.
Una, el «hombre de genio», en Rafael Molina («Lagartijo»), otra,
Una pluma en el exilio...
189
el criminal nato, en el general Weyler, capitán general de la isla
de Cuba.
Quiero recordar ahora una anécdota muy conocida que nos
representa a la figura de Lagartijo, no como torero, sino como
hombre siempre modesto y discreto. Fue en una corrida dada en
honor del Príncipe heredero de la Corona alemana, que reinó
poco tiempo después aunque muy breve espacio, bajo el nombre de Federico III, sucediéndole su hijo, el nefasto emperador
Guillermo II, último de los Hohenzollern. Toreaban «Currito»,
«Lagartijo» y Fernando Gómez, «El Gallo», padre de Rafael y
de Joselito. El Príncipe pidió que los espadas subieran al palco real para felicitarles: «Hermosa fiesta y brava gente», díjoles
en alemán, que todos ignoraban. «Currito», que llevaba la voz
cantante, tendió la mano al Príncipe y le ofreció su casa, en el
barrio de San Bernardo de Sevilla. Al bajar al ruedo, «Lagartijo»
decía: «Pa estos casos hacía falta un intérprete», es decir, hacía
una observación elemental, pero justa. «El Gallo», en cambio,
desvariaba, quejándose de que los extranjeros hablasen siempre
«en difícil», cuando el castellano es «la chipén» (que en caló
gitano quiere decir «la verdad») y es una cosa tan fácil.
Por último, volví a encontrar la figura de «Lagartijo», algunos años más tarde. Fue en 1911, en Córdoba, su patria. En la
primavera de ese año yo estaba allí estudiando criminología
andaluza, pensionado por la Junta de Ampliación de Estudios
e Investigaciones Científicas. Nunca creo haber trabajado con
mayor entusiasmo.
Una noche llegó al famoso Círculo de la Amistad el gran
escultor ibérico Mateo Inurria que, de hecho, dirigía entonces
las obras de restauración de la Mezquita, aunque de derecho ese
cargo correspondiera a don Ricardo Velázquez. Inurria llevaba
la noticia sensacional del hallazgo de un viejo osario de tiempos
de la Reconquista, es decir del siglo xiii, en un aljibe olvidado del
Patio de los Naranjos. Yo, que entonces padecía el sarampión craneológico lombrosiano, quise estudiar inmediatamente aquellas
calaveras y calvarias vetustas, y solicité permiso del Cabildo, que
me lo concedió en el acto, sin condiciones. Al siguiente día, bien
190
Constancio Bernaldo de Quirós
provisto de mi compás de gruesos y de mi compás de corredera,
yo llegaba al famoso Patio, uno de los lugares del planeta donde
pasan las horas más benignas. El torno estaba armado sobre el
pozo del lado oriental y la esportilla bajaba y subía mostrándome
entonces la norma vertical o basilar, según los casos, de los viejos
cráneos del fondo, mientras el obrero, poco menos viejo que
ellos, murmuraba palabras dignas del monólogo de Hamlet. En
la Obrería de la Santa Iglesia Catedral, sobre un gran arcón, me
esperaban, alineadas, veinticinco o treinta calaveras, las mejor
conservadas.
Cuando ya me encontraba en plena tarea, llegó de improviso
Inurria que se puso en el acto a examinar la serie con su fina
mirada de escultor, capaz de restituir el modelado de las carnes
blandas que recubrieron aquellos secos despojos, frágiles hasta
el punto de amenazar convertirse en polvo.
«A éste tendrían que echarle de comer solo», decía señalándome un cráneo enorme, feroz, que parecía mirarme, amenazante, con sus grandes cuencas secas. «Éste me recuerda mucho
a Góngora, según Velásquez. Pero ¡calle! ¡Esa otra es ´Lagartijo´!
Va usted a verlo».
Inurria despachó un mensajero a su estudio de la Escuela
de Artes y Oficios, que dirigía, instalada en el próximo palacio
del Marqués de Benameji, donde se conservaba la mascarilla del
maestro, obtenida sobre su lecho de muerte.
El mensajero volvió a poco con la mascarilla, que encajó perfectamente sobre la cara del anónimo muerto del siglo xiii. Ello
era curioso, ciertamente; pero lo más admirable aún, fue para
mí la observación de Inurria sobre una particularidad anatómica
de la mascarilla de «Lagartijo», la sutura metópica o medio frontal, que la vieja calavera presentaba igualmente. Claro es que las
comparaciones relativas a las partes blandas de la cabeza, eran
imposibles. «Lagartijo» tenía la oreja de sátiro, el tubérculo de
Darwin, según Inurria. Presentaba, además, una desviación de
la nariz bastante pronunciada. De todos modos, la duplicación
era tan evidente como interesante y muchas veces me ha hecho
pensar…, sin consecuencias.
Una pluma en el exilio...
191
Otro día referiremos mis aventuras en la Mezquita de Córdoba, la gran aljama de Occidente, buscando el enterramiento de
don Luis Góngora. Por hoy, terminaré.
Aquella misma tarde, bajé al Cementerio de la Salud, nombre bien paradójico para un camposanto, buscando la sepultura
de «Lagartijo». Me la mostraron en el acto. El maestro descansa
al lado de su mujer (Rafaela, así mismo, como buena cordobesa,
que se llaman casi siempre de este modo o Fuensanta), bajo lápidas, con sendas cruces, sin la menor alusión ni a su profesión ni a
su apodo que hizo glorioso. ¡Cuán distinto del Joselito sevillano,
bajo su monumento excesivo! Con su buen sentido de siempre,
«Lagartijo» comprendió bien que el traje de luces y el capote de
paseo sobran en la verdadera hora de la verdad.
¡Maestro! Aquel niño, inocente e ignorante, que te aplaudió
con tal interés sólo porque te llamabas «Lagartijo», en 1883, hoy,
más viejo que tú, te aplaude con mayor simpatía aún en tu actitud postrera.
La Nación, 21 de diciembre de 1944.
La Mesta1
Toda España, en sus dos antiguas mitades, Castilla y Aragón,
está surcada longitudinalmente, esto es, de Norte a Sur, por el
sistema de las vías pecuarias de la trashumancia pastoril, semejante al de la red circulatoria de la sangre en un organismo vivo,
desde las grandes arterias a los más finos vasos capilares. Desde
lo más retirado de las montañas asturiano-leonesas hasta el valle
de La Alcudia, y hasta las islas del Guadalquivir, desde los altos
pastos del Pirineo hasta el fondo del valle del Ebro, de uno a
otro lado de los nudos principales de la divisoria Atlántico-Mediterránea, descienden las grandes cañadas, descomponiéndose
lateralmente, como hojas de acacia o de helecho, en cordeles y
veredas, dotadas todas ampliamente de coladas, descansaderos y
abrevaderos, para el mejor servicio del ganado.
Esta red circulatoria la ha labrado y la conserva, desde tiempo inmemorial, la menuda pezuña de las ovejas: el manso y útil
animal ibérico que, con el toro de lidia y el caballo de silla andaluz, forman el grupo tetémico de nuestra España en el que,
1
N/C. La Mesta fue una agrupación de ganaderos de Castilla reconocida
por Alfonso X, el Sabio, en el siglo xiii y suprimida en el siglo xix. Su
principal misión consistía en organizar las cañadas o pasos fijos que los
rebaños de ovejas seguían en la trashumancia desde los pastos de invierno
en el Sur a los de verano en el Norte, con lo que se intentaba evitar los
conflictos entre los agricultores y los ganaderos que atravesaban las tierras
produciendo daños en los cultivos.
– 193 –
194
Constancio Bernaldo de Quirós
además, para ser justos, debemos incluir al tímido conejo que,
según graves doctores antiguos, da la clave etimológica del nombre de nuestra patria.
La antigüedad de las vías pecuarias, por donde circula la Mesta trashumante, es tal que algún autor la conceptúa prerromana,
sosteniendo que son hitos señaladores de las mismas las toscas
escultoras animales de piedra que, como los toros de Guisando,
por ejemplo, los romanos hallaron ya en nuestro país y manejaron a su gusto, situándolas ornamentalmente sobre todo a la
entrada de puentes y ciudades.
Me refiero especialmente a don Vicente Paredes Guillén, un
extravagante erudito de la alta extremadura a quien don Joaquín
Costa trató con exceso de desdén; pero que tiene otros méritos,
el de la institución de un premio, aún sin discernir por desgracia,
para quien dé con el remedio contra la tinta del castaño, enfermedad terrible que amenaza la total extinción de la esencia de este
árbol tan bello y tan bueno, a cuyo alrededor, en Francia, en Italia
y en España, la familia humana se propaga con densidad excepcional garantizada por su fruto, contra los rigores del hambre.
Yo no participo de las ideas de don Vicente. La oveja, que es
el animal de la trashumancia, no está representada jamás, sino
sólo el toro y el jabalí, en las esculturas ibéricas berroqueñas a
que aludimos. Tan sólo sabemos positivamente que la trashumancia está organizada tal cual la conocemos hoy, sobre poco
más o menos en los últimos siglos de la Edad Media. La figura de
Alfonso XI, el gran rey enérgico y hábil de fines de la Reconquista, se nos aparece aquí como en todos los temas de estudio a que
nos hemos asomado nosotros.
Alfonso XI, el de la batalla del Salado, vencedor de los Benimerines, la última oleada africana que pasó el Estrecho, fue un
decidido protector de la Mesta, de la ganadería en lucha con la
agricultura, y esa actitud suya, tan discutible, se debió probablemente al interés que le inspiró la nueva raza de ovejas de lana
finamente rizosa que traían consigo los invasores: las famosas
ovejas merinas, cuyo nombre alude, como se ve, a sus importadores, los Benimerines.
Una pluma en el exilio...
195
Cualquiera que sea el partido que se tome en la contienda,
ya el de Alfonso XI, ya el contrario, que representa, sobre todo,
Jovellanos, hay una cosa de cierto y es que no se pueden comprender la economía y el genio de España sin tener presente
siempre en este gran episodio nacional la trashumancia que se
repite dos veces cada año: el paso de los ganados, sobre todo
el lanar, para invernar en el Sur, para veranear en el Norte, a
lo largo de itinerarios muy complicados y largos, como es sobre
todo, el de la Cañada Leonesa de más de seiscientos kilómetros
de recorrido cruzando tres altas cordilleras (la Leonesa, la Castellana y la Extremeña) y otros tres ríos caudales (el Duero, el Tajo
y el Guadiana).
En la actualidad, después de la construcción de las vías férreas, buena parte de la trashumancia, sobre todo la occidental,
la de la Cabaña Leonesa, se hace por ferrocarril, combinadas las
líneas de Astorga a Plasencia y de Madrid a Cáceres. De los dieciséis a diecisiete millones de ovejas con que aproximadamente
cuenta España, apenas una tercera parte de las trashumantes,
cinco millones, sobre poco más o menos, circulan por su pie
sobre las venerables vías pecuarias.
Extraño es que nuestra literatura clásica no se haya cuidado
de recoger este desfile pintoresco e impresionante, entre nubes
de polvos, balidos coreados de las dulces bestias blancas, restañar
de ondas, ladridos de mastines, vibraciones de cencerros y emanaciones profundas de olor a ganado montés, entre paisajes de
encinas, de jaras y de lejanos cultivos ilimitados, pues no hay que
olvidar que el episodio de la batalla de los ejércitos de ovejas que
se muestra en El Quijote, hacia la mitad o poco menos de su primera parte, no es de rebaños trashumantes, sino de los que, por
oposición, llamamos «estantes» o sedentarios. De los escritores
modernos, que sepamos, sólo Pérez Galdós ha tenido el acierto
de recoger la escena en una de sus novelas menos conocidas y
más extraña, la que se titula El Caballero Encantado. La Mesta desfila en uno de sus capítulos, a través de un cordel de la Cañada
Segoviana. El episodio está tratado con mucho éxito y lo que en
él destaca, sobre todo, como una figura inolvidable de animal,
196
Constancio Bernaldo de Quirós
es la «yegua zopera», cargada de mantas, de chaquetones, de
bufandas, de sartenes y calderos: una yegua pequeña y peluda,
hirsuta, que vive feliz en la camaradería de corderos y cachorros
de perros de ganado que la siguen, sintiéndose todos dichosos
en aquella vida segura y libre.
De todas suertes, el desfile actual apenas es sombra de lo que
fue en los buenos días de la Mesta, cuando en una sola jornada
discurría por las grandes cañadas todo un río continuo de lana
y carne, y cuando el millón de unidades, mil veces mil esta alta
cifra, que Russell Wallace, el émulo de Darwin, en su precioso
libro El Puesto del Hombre en el Universo, quisiera que estuviese representada siempre a la vista en algún sitio público, para que la
gente aprendiese a darse cuenta de ella; el millón de unidades,
repetimos, se mostraba en ovejas en un solo día, o en dos o tres a
lo sumo, pues no eran raros los rebaños de cien mil reses lanares
de un solo propietario, tales como los del Duque de El Infantado, los Cartujos de El Paular o la comunidad y tierra de Segovia,
en la Cañada Segoviana, que es la que mejor conocemos.
Hay un libro reciente sobre La Mesta que tampoco debemos
olvidar: el que el americano Julius Klein escribió como tesis doctoral después de una larga permanencia en España, registrando
los archivos de la Asociación General de Ganaderos, sucesora
actual del Honrado Consejo de la Mesta. Este libro, que tradujo
hará ocho años, si mal no recuerdo, el inteligente ganadero
soriano José Tudela, archivero de profesión, es excelente para
la historia, pero muy deficiente, casi nulo, para la geografía y
la etnografía de la trashumancia. El autor se olvidó de hacer
a pie o a caballo, tras los ganados, los grandes itinerarios leoneses, segovianos o sorianos, que son los más largos. Para esto,
para cuanto de encantador tienen los paisajes y las costumbres,
todavía tenemos que atenernos a estudios de corto desarrollo,
entre los cuales descuella el del malogrado escritor romántico
Enrique Gil Carrasco, en un libro muy curioso, Los Españoles pintados por sí mismos, que se publicó en Madrid al mediar el siglo
pasado y que es una larga serie de semblanzas profesionales en
que destacan ésta del pastor trashumante y la de los segadores
Una pluma en el exilio...
197
gallegos, pintadas por Gil Carrasco y, sobre todo, la del ventero,
que suscribe el Duque de Rivas.
No podemos leer esas páginas de Gil Carrasco sin tener
constantemente en el oído, como un eco lejano, la copla melancólica que se canta en invierno a lo largo de todas las Cañadas
de La Mesta, de la Leonesa de la Segoviana y de la Soriana: «Ya
se van los pastores, a la Extremadura, ya se queda la Sierra, triste
y oscura».
La Nación, 27 de diciembre de 1944.
La calavera de don
Luis de Góngora1
La verdad es que yo debería estar enfadado con don
Luis de Góngora y Argote, como él se decía, siguiendo la costumbre portuguesa de anteponer el nombre de la madre, o de
don Luis de Argote y Góngora, como diríamos hoy en que entre
nosotros prevalece la moda española. Muy enfadado, sólo por
el menosprecio que, no una, sino repetidas veces, hizo de mi
querido Manzanares, el río de Madrid. Pero hace mucho tiempo
que le absorbí de esa culpa desde que leí y aprendí de memoria
su soneto magnífico que a menudo me repito en voz baja: «¡Oh,
excelso muro, oh torres encumbradas de honor, de majestad de
gallardía…!», que tengo para mí como la más intensa expresión
del sentimiento de amor a la tierra en que se ha nacido. Si don
Luis de Góngora hubiera conocido el río madrileño, no en la
Corte, sino cerca del Ventisquero de la Condesa, donde nace,
otras hubieran sido seguramente sus palabras. El buen don Luis
esta vez no sabía lo que decía.
Así, pues, cuando, según he referido días atrás, el gran escultor Mateo Inurria me señaló entre la serie de cráneos viejos que
1
N/C. Luis de Góngora y Argote fue un sacerdote y poeta dramaturgo español del Siglo de Oro (xvi al xvii), nacido en Córdoba el 11 de julio de 1561.
Máximo exponente de la corriente literaria conocida como culteranismo
o gongorismo, famoso por sus poemas la Fábula de Polifemo y Galatea, de
inspiración ovidiana, y Las soledades, que dejó inconclusa. Murió el 23 de
mayo de 1627.
– 199 –
200
Constancio Bernaldo de Quirós
teníamos frente a frente el parecido que uno de ellos guardaba
con el que debió llevar don Luis de Góngora, tal como nos representa al gran poeta nada menos que don Diego Velázquez,
la observación no pudo menos de interesarme en una atención
que se tradujo entonces sólo en la minuciosidad que dispensé a
aquella pieza anatómica, tratándola con más esmero y prolijidad
que a las restantes. Entre las notas y papeles de treinta y cinco
años de estudios que quedaron allá lejos, en mi casa de Madrid
y que probablemente están irremisiblemente perdidos, quedaba
cierto cuadernito de tapas de hule gris ajedrezado en que, bajo
el número 17 constaba la descripción de aquella calavera. Yo no
puedo recordar ahora sus índices exactos ni sus caracteres, pero
sí me representó con bastante fidelidad aquella cara alta y estrecha y, sobre todo, aquella bóveda craneal tan elevada, aquellos
senos frontales tan abultados, que concordaban perfectamente
con el retrato trazado por Velázquez. A juzgar por esos rasgos, el
gran poeta debió ser un leptosómico, como diría Kretschmer, un
longilíneo, según repetiría Pende; un hombre en que la forma
prevalece sobre la masa y en que, a esta figura propia, se agrega
un temperamento, un genio concentrado, luchador, de gran
desdeñoso, como Dante. El rostro de don Luis tiene algo de quijotesco y un rictus, además de profunda amargura, que, para los
que conocemos el final de su existencia, representa el profundo
sentimiento subconsciente de su destino fatal: sus raras y difíciles
enfermedades cuantas veces se ponía en viaje, en Salamanca y
Aragón sobre todo; la amnesia irreparable con que salió de ese
último mal: la miseria de los postreros años de su vida, que llegó
hasta los setenta y seis años.
De todos modos, y aunque acababa de recibir la lección del
doble de «Lagartijo», que recibí aquí mismo hace pocos días, o
acaso por eso mismo, no concedí mayor importancia a la calavera y la olvidé por más de 15 años, aunque, entre tanto, no dejé
de pasar por Córdoba con frecuencia y de admirar a Góngora,
siendo uno del grupo de sus amigos que Azorín capitaneaba.
Yo tenía en Madrid cartas de Azorín con este membrete: «Los
amigos de Góngora», en letras rojas en relieve.
Una pluma en el exilio...
201
Pero en agosto de 1928, estando de nuevo de paso en la gran
capital del Califato de Occidente, alguien me obsequió con un
ejemplar de cierto libro, antiguo ya, del Magistral González Francés, titulado Góngora, racionero, en que, con referencia a los libros
de actas del Cabildo de la Catedral, se desarrolla toda la actividad del poeta como del Sol, a través de las vidrieras de colores.
Es aquí donde, según la leyenda, a muchos pies de profundidad,
yace enterrado un rayo de sol, esperando convertirse en cristal
de luz pura, según el atrevido experimento intentado por Averroes hace más de setecientos años.
Al cabo dí en la capilla de San Bartolomé, situada casi en el
vértice del ángulo suroeste. Tiene el retablo de aquella capilla
uno de los más notables alicatados conocidos de azulejos del
siglo xiv. En aquella ocasión no los miré, atraído exclusivamente
por la pesquisa del enterramiento. Registré en vano con avidez
el suelo, las paredes, los alrededores: la sepultura de Góngora
parecía haberse disipado por arte de encantamiento, como el
aposento de la librería de don Quijote.
Lancé una última mirada al maravilloso Mihrab; acaricié,
como siempre, las dos columnas visigóticas de alabastro intermedias con la capilla de Villaviciosa; y salí al Patio de los Naranjos,
rendido, pero no libre de la obsesión que traía desde Madrid.
En los dos días que aún permanecí en Córdoba, fueron
inútiles mis pesquisas. Repasé la descripción minuciosa que escribió de la Mezquita para el Diccionario geográfico de Madoz,
el erudito cordobés don Luis Ramírez y de las Casas Deza; hablé
con cordobeses escogidos en el Círculo de la Amistad, en el de
Labradores, en el Mercantil, hasta en el Club Guerrita, presidido
a todas horas por el famoso Rafael Guerra bajo la gran panoplia
en que se muestran tantas curiosidades taurinas, como la muleta
de «Espartero» el funesto 27 de mayo en que el Madrid perdió
la vida, la pica con que el picador «Molinón» mató a un toro de
un puyazo, etc.
Habiendo adquirido la convicción de que los restos de don
Luis de Góngora y Argote fueron desahuciados de su enterramiento antes de 1850, puesto que Ramírez de las Casas Deza no
202
Constancio Bernaldo de Quirós
le menciona ya en su descripción de la Catedral, por causa, tal
vez, de haberse extinguido la capellanía de la familia sobre la
capilla de San Bartolomé, debo suponer que fueron a parar al
osario del aljibe oriental del Patio de los Naranjos descubierto
en la primavera de 1911. Inurria debería tener razón; y yo, sin
saberlo entonces, creo haber tenido el privilegio de haber palpado la cara entera, el cráneo todo de aquella fuente inagotable de
poesía, que si entonces hubiera tenido la intuición de acercarme
al oído, hubiera sentido aún vibrar, como el mar en el interior de
un caracol, atronado por las olas años y años.
La Nación, 30 de diciembre de 1944.
Los crímenes gemelos
Poco tiempo hace, a mediados de mayo, que el Lic. Benigno
del Castillo, mi buen amigo, publicaba en La Nación un artículo
titulado «Coincidencias» en el que a propósito de sucesos recientes, dos accidentes mortales casi simultáneos, en otras tantas
personas de la misma edad y de la propia representación social,
planteaba el problema de las coincidencias misteriosas que en
ocasiones se advierten en la delincuencia.
Como en ese oportuno ensayo el autor me alude, con la
extremada benevolencia que concede a mi modesta persona,
quiero darme por aludido, aunque en realidad, yo no puedo ni
con mucho, despejar del todo la incógnita.
Descontemos, desde luego, como don Benigno del Castillo
cuida de hacer desde el primer momento, los casos de repetición
sucesiva de un mismo suceso, más o menos exactamente reproducido. Este es el caso del «contagio», como lo llamó Aubry, en
su precioso estudio La contagion du meurtre o de la Imitación, como
después dijo Tarde, el malogrado criminalista francés que desarrolló la tesis de la imitación en todos los fenómenos sociales,
presentándola como una continuación de lo que es en el mundo
físico la vibración y en el mundo biológico la herencia.
Prescindiendo, pues, de eso, los hechos a que nuestro buen
amigo se refiere son de dos clases. Unos, la alternancia regular
y periódica de días rojos y de días blancos en la distribución semanal de los delitos de sangre. Otros, la repetición simultánea, o
– 203 –
204
Constancio Bernaldo de Quirós
casi simultánea, pero en todo caso, inconexa aparentemente, de
un mismo tipo de delito sobre un área territorial más o menos
amplia y durante plazos cronológicos muy breves. De esas dos
series de hechos, la primera es la menos inquietadora, aunque
también la más frecuente. Son series que expresan y revelan, en
el fondo, estructura, organizaciones sociales, como por ejemplo
la consabida curva sábado-domingo-lunes en los delitos de lesiones y en los robos de casa habitada tan acusada en las estadísticas
criminales y que con una documentación decisiva del concepto
de que la delincuencia y la silueta negra que cada sociedad proyecta tras de sí. En la Criminología de Mezger, (pp. 203, 204 y
205), podrá hallarse un cierto desarrollo de ello. La alternancia
semanal de días rojos y de días blancos, es decir de días con y sin
delitos de sangre, debe interpretarse por tanto, en el sentido de
que en la organización de la vida a través de la semana, hay algo
que favorece semejante alternancia, aparentemente fortuita.
La segunda serie de hechos, a que se refiere el Lic. Benigno
del Castillo, es mucho más rara que la anterior, y por lo mismo, mucho más interesante. Éstos son los que algunos autores
llaman «delitos gemelares» de los cuales ya hace muchos años,
entre 1896 y 1897, escribió con mucho acierto mi maestro don
Rafael Salillas, cuando en El Liberal de Madrid, que era entonces
el diario de mayor circulación de la Villa del Oso y el Madroño,
escribía sus famosas crónicas, muchas de las cuales, y entre ellas
ésta a que me refiero, han quedado perdidas por no haberse
recogido en un tomo, como debieron. Salillas presentó entonces
media docena de casos sorprendentes, que yo no puedo recordar
bien al cabo de medio siglo. Mi experiencia personal sólo cuenta
un suceso de esos crímenes gemelares, misteriosos e insólitos.
Fue en Córdoba, en la primavera de 1911. Había sido una estación excepcional, muy lluviosa, que mantuvo por debajo de los
20 centígrados la temperatura, hasta bien entrado junio, hasta
la víspera del día de Corpus, precisamente, en que de improviso
se anunció el estío bético elevando el termómetro a los 26. Yo
estaba entonces en Córdoba estudiando el bandolerismo y la delincuencia asociada en la Baja Andalucía, con todo el entusiasmo
Una pluma en el exilio...
205
del principiante. La procesión del Corpus baja por la preciosa
calle de la Feria bajo un sol de fuego, deslumbrante de brillo y
de color, cuando de pronto corrió la noticia de que acababan de
matar a una mujer en una de las posadas extremas próximas al
Caño de Vecinguerra.
Bajé en el acto al Depósito Judicial y, en efecto, allí estaba
la víctima: una desgraciada mujer pública, tendida, del todo
desnuda, sobre la mesa de disección, mostrando bajo el seno
derecho la puñalada mortal, enorme, que su amante, uno de
tantos rufianes, le había inferido tras una escena de celos, o de la
sádica concupiscencia que suelen inspirar a sus amantes de una
hora las prostitutas indefensas a quienes se puede pedir todo.
Recordábamos, precisamente, a la vista de aquel cuadro cruel
la escena, casi final, de El Diablo Mundo, de Espronceda, inspirada
también entre la pupila de una mancebía, de cuerpo presente,
aquella escena que comienza con tan magníficas palabras: «Reina siempre en redor del cuerpo muerto una tan honda soledad
y olvido, tan inmensa quietud…», cuando de pronto los mozos
del depósito de «La Morgue» de Córdoba entraron conduciendo
otra triste carga. Grande fue la sorpresa de todos, y alguno hasta creyó sentir pasar rozándole el ala del misterio, cuando otra
mujer desnuda se nos mostró bajo la sábana que la envolvía: otra
prostituta muerta por otro rufián en una de las posadas de La
Corredera, con la puñalada simétrica bajo el seno contrario, el
izquierdo, ni más ni menos que en esos casos, rarísimos, de cuasi
total identidad dactiloscópica citados por los autores en que los
gemelos monocigóticos del mismo signo dactilar, la presilla, el
lazo, el asa, pues de todos esos modos se llama, según las distintas nomenclaturas, le ofrecen orientando uno hacia el radio,
otro hacia el cúbito, interna o externamente, obedeciendo a un
efecto de simetría a que parece querer obedecer, en homenaje
al arte, la propia naturaleza.
Aquel memorable día de mayo de 1911, cuya fecha exacta,
sin embargo, no ha quedado en mi memoria, ésta última, la
naturaleza, había querido realizar para nosotros, aprendices de
criminología, un experimento curioso; la acción de los primeros
206
Constancio Bernaldo de Quirós
calores estivales sobre las almas coléricas e impulsivas. Y el efecto
se había duplicado casi simultáneamente en dos seres psicológicamente análogos hallados en la misma vivencia circunstancial
y bajo la misma constelación, puesto que la fórmula del delito,
como la de cualquier otra acción humana, es, en definitiva, la
resultante de esos tres valores: tendencia, mundo circundante y
personalidad.
Yo, por mi parte, no podría añadir otra cosa.
La palabra de Santo Domingo,
Año V, Vol. 3, enero de 1945
Alpinismo1
Los hombres han tardado mucho más tiempo en sentir la
belleza de las montañas que la de los mares. Si Homero habla del Mediterráneo con tal cariño que sus palabras al «mar
violeta» nos parecen tanto como una caricia, más de medio
milenio después todavía los historiadores romanos siguen
hablando del «horror de los Alpes» al referir las campañas
de Julio César. En la antigüedad clásica yo no recuerdo otra
tentativa de verdadero deporte alpino más que el proyecto
de Séneca dirigido a su amigo Lucilio para escalar el Etna, el
gran volcán de la isla de Sicilia, único gran volcán de todo el
mundo entonces conocido, pues el Vesubio no se había revelado aún como tal.
Es preciso que llegue la Edad Media, tan sutil y espiritual
siempre, la magnífica Edad Media, para que estas tentativas de
alpinismo se conviertan en realidades. Entre nosotros los españoles es famosa la expedición del rey Pedro III de Aragón al
Pico del Mediodía de Ossau en los Pirineos, acompañado de
Fra Salimbene que escribió la relación del viaje: un documento
completamente fantástico en que no falta el encuentro con el
dragón guardián de la montaña.
1
N/C. Publicado originalmente en el periódico La Nación y reproducido
en El alpinismo en República Dominicana, Ml. de Js. Tavares, Sucs., C. por
A., Ciudad Trujillo, 1948. Esta obra se reeditó en 1978 bajo el título El
alpinismo en Santo Domingo.
– 207 –
208
Constancio Bernaldo de Quirós
Más conocidas son las aficiones montañeras de dos hombres
geniales del Medioevo, Dante y Petrarca. El primero de ellos,
Dante, amó la montaña hasta en la persona de las montañesas,
y de las montañesas marcadas con los estigmas degenerativos de
la naturaleza alpina, pues no hay que olvidar que el cantor de
Beatriz estuvo enamorado en el Alpe de Cosentino de una moza
aldea, la quale, se mentito non m’e dice Bocaccio, quantunque bel viso
avesse, era gozzutta…, es decir, que padecía el bocio, la hipertrofia
de la glándula tiroides que tanto afea el cuello femenino, el cuello de cisne que debieron poseer Beatriz misma y Pargoletta.
De esa misma época de Petrarca, o sea, de la primera mitad
del siglo xiv, es también, en España, Juan Ruiz, el Arcipreste de
Hita, que en su Libro de Buen Amor nos ha dejado el relato de una
fuga vagabunda a través de los puertos de la Sierra de Guadarrama, con algunos excelentes paisajes invernales.
Todavía casi un siglo después, destaca entre los primeros que
tuvieron la intuición estética de la alta montaña, otro español,
Pedro Tafur, que atravesó los Alpes por el Gran San Bernardo,
pernoctando en el asilo fundado en el siglo x por Bernardo de
Mentón, santificado por la Iglesia Católica y declarado patrón de
los alpinistas por el pontífice Pío XI, Aquiles Ratti de nombre,
que fue en sus años mozos, de fines del siglo pasado, un buen
alpinista.
Más tarde, no con la pluma, pero sí con el pincel, viene,
¿cómo no?, Leonardo da Vinci que jamás deja de pintar los
lejanos glaciares alpinos al fondo de sus cuadros, como en la
«Gioconda», en el «San Juan Bautista» y en la «Sagrada Familia», del Louvre. Por eso Baudelaire, en su gran composición
«Los Faros», le califica de esta suerte: «Léonard da Vinci, miroir
profund et sombre, oú des anges charmants, avec un doux souris, tout
chargé de mystére, apparaissent a l’ombre des glaciers et des pins qui
ferment leur pays».
Pero los glaciares de Leonardo están muy estilizados, muy
corregidos por su mano maestra. Más realista que él, un siglo
después, Velásquez nos da, al fondo de sus retratos reales, el de
una de las más hermosas montañas del Guadarrama madrileño,
Una pluma en el exilio...
209
la «Maliciosa», admirablemente caracterizada con su bífida cumbre y el ventisquero desbordante entre ellas.
Hasta aquí estamos en la prehistoria, que avanza hacia la mitad del siglo xviii. Quien quiera conocer más detalles, puede recurrir al libro de Coolidge, Josias Simmler y los orígenes del Alpinismo
hasta mil seiscientos, o bien al de Grand Carteret, La Montaña a
través de las edades, que llega hasta mil novecientos.
Es curioso que al llegar al descubrimiento de América, el primer episodio alpino vuelva a ser allí otro volcán, el Popocatépetl
mexicano, escalado por Diego de Ordax por necesidades militares.
La gran revelación de la belleza alpina, en plena desnudez,
como Friné, llega el día de 1786 en que Santiago Balmat, acompañado del Dr. Paccard, de Chamonix, escala por primera vez
el Mont Blanc, suprema cumbre de los Alpes, para ganar el premio ofrecido por Horacio de Saussure que le permitió casarse.
¡Todo lo fue del amor! Es la moraleja de la aventura de aquel
pobre mozo, Balmat, émulo de los cazadores de gamuzas y de
los buscadores de cristal de roca, que muchos años después, casi
octogenario, murió en el fondo de un barranco del Mont Blanc
mismo, como si estuviera fatalmente prometido a la montaña.
El milagro había sido posible por la larga acción preparatoria
de grandes escritores de la época, como Juan Jacobo Rousseau y
Bernardino de Saint Pierre, que adoraban las cumbres remotas
desde el fondo de los valles, o a lo sumo a media ladera.
Sería interesante poder seguir ahora la polémica entre alpinistas y talasistas, o sea, entre partidarios de la montaña y del
mar, desde el punto de vista estético. En función con el temperamento personal, se es lo uno o lo otro, o se procura quedar entre
medias. Lord Byron, por ejemplo, aunque la Jungfrau le atrajera
tanto que colocara en su cumbre algún episodio de su poema
Manfredo, opta en definitiva por el mar. En cambio, Ruskin está
decididamente por la montaña. Michelet es el término medio,
que dedica al mar y a la montaña dos estudios equilibrados.
La crítica negativa de la alta montaña la representa Chateaubriand, con ocasión de su viaje al Mont Blanc, precisamente.
Como el autor de Atala era bastante cargado de hombros, se
210
Constancio Bernaldo de Quirós
atribuye a Madame de Stael una frase cruel para explicar la antipatía: «¡Celos de jorobado!».
Es curioso que en nuestros días Pío Baroja, que no lo es, se encuentre en una actitud semejante, prefiriendo a la alta montaña
la montaña pequeña del género del País Vasco, como la Peña de
Gorbea o la de Amboto, con sus caseríos, sus caminos viejos, sus
dólmenes, sus ermitas, todo tan humano y no tan sobrehumano,
o tan inhumano, cual la región de las nieves perpetuas.
Pero para el alpinista de verdad, lo mejor que ha producido el
alpinismo después de las escaladas, naturalmente, es el relato de
ellas. En ese género de literatura, tan difícil, sobresalen los libros
de Whymper, de Mummery, de Guido Rey, etc. El primero de
esos autores es el famoso escalador del Cervino o Matteerhorn,
en la trágica aventura de 1865 en que, al descender, perecieron
cuatro hombres. La horripilante caída desde la vertiginosa arista
de gneis cubierta por una ligera película de hielo al fondo del
valle donde el glaciar abre sus fauces, está representada por el
lápiz de Gustavo Doré en un dibujo famoso que se ve en todos
los hoteles y chalets de Suiza.
Una amable caricatura del deporte alpino en sus buenos
días, es el «Tartarín en los Alpes», de Alfonso Daudet; y otra, un
poco más acerba, la de Octavio Mirbeau, «Los veintiún días de
un neurasténico».
Al alpinismo hoy sólo le resta por conquistar, después del
Cáucaso, de los Andes, del atlas de las grandes cordilleras del
Asia y del África interiores, los dos sistemas de montañas más
eminentes de nuestro planeta: el Karakorum y el Himalaya. A
menos, por lo que respecta a éste, que, en honor de los heroicos
y malogrados Yrwing y Mallory, nos hagamos la ilusión, pues hay
motivos para ello, de que uno u otro, o ambos, llegaron a poner
el pie sobre la cumbre del Everest, vértice del mundo, a 8,845
metros sobre el mar, y que perecieron al descender, víctimas de
los irritados genios de la montaña.
La Nación, 6 de enero de 1945.
La casa de Cervantes en Valladolid
Valladolid, «antesala de Madrid», única gran ciudad de la cuenca del Duero, esto es, de Castilla la Vieja, que ha logrado crecer
hasta acercarse a los cien mil habitantes en aquella tierra inhóspita,
estuvo a punto, y lo consiguió por unos cuantos años allá en los
días del tercer Felipe, de suplantar a Madrid como capital de las
Españas, invirtiendo los términos hasta cambiarlos en lo opuesto:
«Madrid, antesala de Valladolid», viniendo desde el Mediodía.
En aquellos pocos años en que el negocio bien pagado del
Duque de Lerma llevó la Corte a la villa del Pisuerga y el Esgueva,
uno de los que la siguieron entre la multitud de pretendientes,
de intrigantes, de negociantes y de aventureros que arrastró la
mudanza, fue el buen Miguel de Cervantes Saavedra que acababa de publicar El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha y
que en Valladolid recibió las primeras consecuencias prósperas y
adversas de ese gran suceso.
La casa que el Príncipe de las letras españolas habitó allí, en
uno de los barrios populares de la Corte Nobel, el del Rastro de
los Carneros que en su propio nombre lleva impreso su carácter casi del todo rural, era conocida de antiguo en Valladolid;
pero sólo últimamente fue restaurada por el Marqués de la
Vega Inclán, nuestro primer Comisario de Turismo, aderezándola convenientemente. No tan bien lograda como la casa de
Lope de Vega, en Madrid, aventaja, no obstante, a la del Greco,
en Toledo, por cuanto son, en efecto, aquellas cuatro paredes,
– 211 –
212
Constancio Bernaldo de Quirós
aquel techo y aquel suelo, los que cubrieron y sostuvieron a
Miguel, aunque el mobiliario que hoy decora el interior, no
sea, en realidad, el suyo propio.
La casa va precedida de un pequeño compás, de un breve
espacio suficiente de espera y pasos perdidos, en que el marqués,
el buen don Benigno, mi querido amigo, levantó, con los restos
del antiguo Hospital de la Resurrección, cuyos eran guardianes
Cipión y Berganza, los famosos perros del «Coloquio», un sencillo monumento presidido por la imagen, en piedra, del Salvador
dispuesto a ascender al cielo.
Luego, en la planta baja, hay una curiosa biblioteca popular, de carácter literario principalmente, muy concurrida, y un
despacho, de respeto, de la Hispanic Society de Nueva York que
patrocinó también la obra.
Esto ya es interesante de por sí; pero más lo es la planta alta,
a la que se sube por una escalera muy angosta, adornada con un
viejo lienzo en que se representa la batalla naval de Lepanto, en
que Miguel de Cervantes quedó manco.
La escalera desemboca en un breve aposento que sirve de
ingreso a la vivienda cervantina. Cuatro son los aposentos; todos
muy reducidos, todos en fila recta, de tal suerte que, al entrar,
desde el recibimiento se ve la casa entera a derecha e izquierda,
esto es, hacia la calle y hacia adentro. ¿Cómo ha podido desenvolverse en tanta estrechez la pequeña tribu femenina que
acompañaba siempre el buen manco?
Recordemos que con Miguel iba, ante todo, su mujer, doña
Catalina de Palacios y Salazar. Luego, la hija natural, Isabel de
nombre, que Cervantes hubo en la portuguesa Ana Franca; la
hermana mayor del jefe de la casa, doña Andrea, con su respectiva hija, doña Constanza, mi tocaya; la otra hermana menor, doña
Magdalena; y finalmente, para decirlo todo, la criada, Isabel de
Islallana. Total, siete personas; seis de ellas, femeninas.
Tomando yo la función de aposentador mayor de esos palacios, tengo para mí que Miguel y doña Catalina se han reservado
la habitación principal, la que cae al Rastro de los Carneros y tiene
un balcón pequeño. En el aposento inmediato hacia el interior,
Una pluma en el exilio...
213
que es el de la puerta de entrada, debió instalarse la criada, en un
catre de quita y pon; en el que sigue a éste, las dos hermanas, doña
Andrea y doña Magdalena; y finalmente, en el más recóndito, sin
escape posible, las dos primas, doña Isabel y doña Constanza, para
celar mejor su preciosa honestidad incorruptible.
Por supuesto, los muebles antiguos, siglo xvii, que el Marqués
ha logrado reunir allí con su fino arte chamarilero, son evidentemente muy superiores a las posibilidades de la tribu cervantina.
Igual, la cerámica y la cristalería.
La casa carece de cocina; parece que las mujeres deberían
guisar en el patio. Pero lo que a diario se guisaba allí no era
muy complicado y la minuta suya se encuentra desde las primeras líneas de El Quijote. Al mediodía, una olla «de algo más vaca
que carnero», porque la vaca iba más barata por entonces. A la
noche, las más veces, salpicón, esto es, las sobras de la carne de
la olla aderezadas con sal y pimentón. Lentejas, los viernes; los
sábados, «duelos y quebrantos», esto es, según la última interpretación de Rodríguez Marín, huevos y torreznos fritos. Mucho
temo que el «palomino de añadidura» de los domingos, fuera
del todo excepcional en la vivienda. Aquella familia tan apretada
siempre, siempre tan unida, ha debido justificar casi a diario la
conmovedora etimología de la palabra «familia», de Fames, Famis, el hambre, los que pasan hambre juntos, que me enseñó mi
maestro don Francisco Giner de los Ríos y que yo tengo por la
más verosímil de cuantas conozco.
Miguel iba y venía alternando la vida literaria con los negocios, y trayendo dinero pocas veces. Doña Magdalena se pasaba
la jornada completa en las iglesias, reducida a la condición de
simple beata; doña Andrea, mucho más enérgica y hábil siempre, siempre intrigada. Isabel y Constanza se marchitaban en
clausura. Sin cine, sin revistas de modas, sin fiestas, ¿cómo han
podido vivir, reducidas a la espera de serenatas nocturnas más
o menos próximas y al ruido de las espadas que se cruzaban de
noche, casi siempre por cuestión de faldas?
Una noche, la del 27 de junio de 1605, estas cuchilladas sonaron a su puerta. Allí cayó malamente herido, demandando
214
Constancio Bernaldo de Quirós
confesión, don Gaspar de Espeleta, un caballero navarro en mala
fortuna, parásito del Marqués de Falces, de quien pocos días antes se había burlado don Luis de Góngora, porque se cayó del
caballo en un juego cortesano: «Cantemos a la gineta, y lloremos
a la brida, la vergonzosa caída de don Gaspar de Espeleta…».
(La «gineta» y la «brida» eran los dos estilos de equitación de la
época; la una, con los estribos cortos, a lo moruno; la otra, con
los estribos largos, a lo gótico).
Los Cervantes, siempre piadosos, recogieron al herido, que
murió en su casa dos o tres días después tendido sobre un colchón del aposento de la criada, no sin dejar a las doncellas algún
legado de lo que llevaba encima.
Parece que el suceso fue obra de un marido ofendido, un
tal Galván, cuya mujer le había salido una especie de Madame
Bovary vallisoletana, una adúltera nata, de esas pálidas que jamás
se sonrojan, según la definición de Bret Harte. Pero el escribano
Villarruel que instruyó el proceso, por espíritu de compañerismo con el marido engañado Galván, que también era escribano,
desvió las sospechas hacia Cervantes, que otra vez fue a dar con
sus huesos a la cárcel, como en Argamasilla, como en Sevilla,
como en Castro del Río; la cárcel «donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su habitación». Por
fortuna, la prisión duró pocos días y Miguel de Cervantes volvió a
su pobre casa de la que no se apartó hasta que regresó a Madrid,
con la nueva mudanza de la Corte.
Nuestro autor un día se concierta con ciertos arrieros maragatos que bajan de Astorga y la mañana siguiente todos avanzan
hacia el Sur por la dilatada llanura, cabalgando en sendas mulas
de alquiler, tan altas, tan altas, que las orejas de esos nuevos leviatanes se levantan muy por encima de unas azules montañas
lejanas, nevadas, que cierran el horizonte y al otro lado de las
cuales cae Madrid, la Villa del Oso y el Madroño, capital de las
Españas.
La Nación, 13 de enero del 1945.
Una noche de Espronceda1
Tengo para mí como cosa cierta, del todo segura, pues así lo
he dispuesto yo en mi fuero interno, que una noche de su nada
largo vivir, allá por los años de 1835, don José de Espronceda,
nuestro gran lírico romántico, ha salido de su tertulia literaria
de El Parnasillo del brazo del más joven de sus amigos, Miguel
de los Santos Álvarez, dispuesto a una exploración, aunque fuera
superficial, de los bajos fondos de la Corte que le venía tentando
de tiempo atrás y que ya necesitaba para continuar su gran poema El Diablo Mundo.
Paso a paso, en la noche veraniega todavía caliginosa, los dos
amigos han llegado a la plazuela de Antón Martín. En la esquina
de Santa Isabel les aguarda un tercer personaje: cierta especie de
guía, de hombre de confianza, dispuesto a salvaguardarles en el
descenso que intentaban.
A lo largo de la calle del Ave María, una de las vías mayores
de los barrios bajos madrileños, de esa calle de Ave María tan
llena del ángel de Madrid que, según la frase de Ramón Pérez
1
N/C. José de Espronceda nació en Almendralejo, Badajoz, el 25 de marzo
de 1808. Está considerado como el más destacado poeta romántico español. Sus dos poemas narrativos más extensos son: El Estudiante de Salamanca,
considerado el mejor poema del siglo xix en su género, y el poema filosófico El Diablo Mundo, donde describe al hombre como un ser de inocencia
natural que sufre la realidad social y sus maldades, y que incluye una de las
más grandes elegías amorosas, el famoso «Canto a Teresa», dedicado a su
amante Teresa Mancha. Murió en Madrid el 23 de mayo de 1842.
– 215 –
216
Constancio Bernaldo de Quirós
de Ayala, dan ganas de abrazarla estrechamente, nuestros tres
hombres penetran en Lavapiés. Espronceda le llama «Avapiés»
en su famoso poema. Pero Cervantes, más de doscientos años
atrás, le nombra «Lavapiés» enumerándole entre las fuentes famosas de nuestra España. Igual da. El Lavapiés, residuo de la antigua judería de Madrid, barriada de antiguos judíos conversos,
según documenta hasta el nombre de «Manolos», de Manuel,
el Salvador, dado a su población, era en los días de Espronceda
casi igual que en los de mi niñez, un foco castizo de vida popular con localizaciones esporádicas equivocas, y todavía más aún,
francamente inmorales, de un nivel de vida de los más bajos
que se pueda imaginar. Una taberna de las de rojas cortinillas
simbólicas del vino y de la sangre, ha recibido a nuestros tres
aventureros: la misma que el poeta describe en el Canto V de
su gran poema. Yo no sabría decir cuál fuera esa taberna entre las innumerables que Lavapiés contaba entonces. Mas, ¡oh
casualidad!, como quiera que somos nosotros esta noche los
dueños del destino, allí, en esa misma taberna, nuestros amigos
han hallado entre el público a don Jorgito el «Inglés», esto es,
a Jorge Borrow, el famoso gitanólogo enviado a Madrid para la
propaganda evangélica por la Sociedad Bíblica de Londres. Han
hallado también al picador de toros Sevilla y al ladrón Balseiro,
teniente de Candelas; y allí ante ellos se ha desarrollado aquella
escena deliciosa descrita tan pintorescamente en La Biblia en
España por Jorge Borrow, en que éste ha llenado de confusión al
ladrón Balseiro hablándole en perfecto caló cerrado que no ha
podido contestar, no obstante sus pretensiones, Balseiro mismo,
simple diletante del presidio que apenas conoce medio centenar
de palabras del vocabulario gitano. ¿Qué más? Vamos a suponer
así mismo, puesto que nosotros seguimos siendo árbitros del
destino, que apenas ha terminado esa escena de sainete penetra
en el interior de la taberna el propio Luis Candelas, con su cara
tan femenina y su expresión tan varonil, aquella cara redonda,
de grandes ojos rasgados y profundos, completamente lampiña
y con el pelo implantado sin entradas, a la manera de las mujeres, que si hoy resucitara y compareciera ante la audiencia a
Una pluma en el exilio...
217
responder de sus delitos, daría lugar, por parte de los peritos
médicos, a tan prolijas digresiones endocrinológicas.
Alguien ha susurrado al oído de Espronceda: «Ese que tiene
en frente es Candelas, el ladrón famoso»; y al de Candelas estas
otras palabras: «Ese que está allí en el fondo es Espronceda, el
gran poeta».
¡Oh, sí! Fueron éstas, las suyas, dos vidas gemelas, paralelas
casi del todo. Nacidos en el mismo año, el 1808 de la invasión napoleónica, morirán muy pronto con escasa diferencia de edad. Y
algo más aún, morirán de muerte bastante análoga. Candelas, en
el garrote, o más bien dicho, ahorcado. Espronceda, del garrotillo, del crup laríngeo. Miraos bien, pues, uno al otro. Don José
ha sacado bastante partido de esta entrevista, pues el Adán de su
poema tiene más de un rasgo alusivo a Luis Candelas.
Como si no fuera bastante, a última hora, cuando ya todos
están ebrios, la puerta se abre con estrépito y penetra con gran
algazara entre su gente, Pablo Santos, el ladrón de la sierra, con
quien Candelas comparte el dominio del mundo conocido de
ambos: él, Candelas, dentro de Madrid; más allá, hasta el Guadarrama, Pablo Santos. Esta otra gente que trae Santos consigo
despide olor a monte y a humo de las fogatas cerradas y ostenta
caras más brutales e impasibles que las de la gente de Candelas
mismo, tan atractiva. Un desconocido que se disimula en el ángulo más obscuro, tomando al lápiz un rápido apunte de esas
caras, es nada menos que Leonardo Alenza, heredero de Goya,
que también habrá de morir pronto, en plena juventud, amado
por los dioses.
Las dos bandas de malhechores alternan en la mayor intimidad, presumiendo cada cual de aquello que la caracteriza y
que prefiere. Pablo Santos invita a Luis Candelas a pasar una
temporada de vacaciones en la sierra, como un gran señor que
quiere hacer gala de sus dominios, o bien como el ratón montés
convidando al ratón casero. Todos se marchan juntos entre grandes risotadas; pero siempre la figura, los modales, las palabras de
Candelas contrastan del todo con los de Pablo Santos. Ese bárbaro jamás podría comprender el gesto de Candelas en el robo
218
Constancio Bernaldo de Quirós
de la modista de la reina, en la calle del Carmen, esquina a la de
la Salud, haciendo que su gente colocara una almohada mullida
bajo la cabeza de cada mujer tendida en el suelo y amordazada;
y haciendo, además, que las ataran las espaldas por los tobillos,
para guardar la honestidad de sus piernas, y hasta el pudor del
pie que nuestras abuelas celaban tanto.
Don José de Espronceda, seguido de su fiel Miguel de los
Santos Álvarez, se retira también, hastiado. Su amargura redobla
pasando por la calle de Santa Isabel, junto a la reja rasgada del
piso bajo que mira al convento de enfrente donde el poeta vio
a Teresa de cuerpo presente y sufrió la agonía expresada en su
«Canto a Teresa» que figura en el Diablo Mundo y en todas las
antologías de la lengua castellana. Como larvas funestas de la
noche cortesana, van apareciendo luego ante él, en los pobres
bajos fondos, la meretriz vieja, el borracho delirante, el mendigo, el enfermo incurable, hasta el muerto abandonado en el
rincón tenebroso: todo de una vez, en diez minutos, todo cuanto
en varias salidas de su jardín regalado pudo encontrar Sidarta
Gautama, esto es, el Santo Buda, en la serie de crueles revelaciones que le condujeron hasta la filosofía del Nirvana.
Ya está en su casa Espronceda, perseguido por el doliente
estribillo que ha venido oyendo sin cesar en su recorrido: « ¡Para
hacer bien por el alma del que van ajusticiar!», doliente pregón
de los hermanos de la Paz y la Caridad recaudando la limosna
del reo de muerte del día inmediato.
Entonces, en el retiro de su propio interior, sobre la mesa de
pintado pino tan celebrada, nuestro poeta se pone a escribir la
canción del reo de muerte, que con la del mendigo, con la del
corsario, con la del verdugo, dan una muestra tan cabal del alma
suya, atormentada por los dolores sociales, cosa rara hasta entonces entre los de su condición y que ignoraron del todo Zorrilla
y Bécquer, que componen con él la gran trinidad de nuestros
poetas románticos. Por eso precisamente, somos varios los que le
preferimos entre todos. Según la frase de don Alberto Lista, su
maestro, Espronceda tenía un talento grande como una plaza de
toros y lleno totalmente del pueblo como una de esas plazas.
Una pluma en el exilio...
219
En él, por primera vez, el romanticismo entra en la criminología y los criminales lloran y se maldicen por primera vez,
bien distintos de los de Quevedo y nuestros clásicos del Siglo de
Oro, que hasta en la hora de la muerte están indiferentes a su
vergüenza.
La Nación, 19 de enero de 1945.
El Madrid de Misericordia de Galdós
en mis recuerdos personales1
I
Página 5,2 «La parroquia de San Sebastián». La conozco desde que tengo memoria y la vi, por primera vez, rajada de arriba
a abajo por las bombas fascistas, en octubre de 1937. Mi madre
me llevaba con frecuencia a rezar una Salve ante la imagen de
la Virgen de la Misericordia, que tenía su capilla en la nave del
Evangelio, casi al medio, bajo el cupulín que cae a la calle de San
Sebastián. Yo me quedaba hipnotizado ante el verde luminoso
de la esmeralda que colgaba de su cuello. Una mañana de abril
de 1894 salí de la sacristía con más de cuatro mil pesetas para
mí, importe de un premio de la Fundación Urquijo, de la que
era patrono el párroco (con el de San José, el de San Luis y el
de San Ginés), para estudiantes pobres que hubieran terminado
con buenas notas su carrera. Con ese premio pude costearme el
título de Licenciado en Derecho.
Página 5, «La calle de Cañizares». Durante seis años (desde
mayo de 1896 a septiembre de 1901) fue el lugar del va y viene
1
2
N/C. Misericordia es una novela narrativa española de fines del siglo xix, de
la autoría de Benito Pérez Galdós, que relata las miserias del Madrid de la
época.
Las páginas se refieren a la edición de Misericordia hecha por la Editorial
Araujo, de Buenos Aires.
– 221 –
222
Constancio Bernaldo de Quirós
diario de mi vida mientras prestaba servicio en la Revista general
de Legislación y Jurisprudencia, instalada en el Núm. 3, sencillo, de
la calle (primero, en el principal; más tarde, en el entresuelo).
Después de 1901, la empresa «Hijo de Reus», convertida en sociedad anónima, pasó al 3, duplicado, de la misma calle y más
tarde aún, al Núm. 1 de la calle de Preciados, esquina a Tetuán y
con vistas a la Puerta del Sol.
Página 7, «Cementerio de San Sebastián». Yo no recuerdo
ese azulejo, sino otro igual, empotrado en la fachada Oeste de
la casa de la calle de Las Huertas (Núm. 2 ó 4), que inicia el
contorno, por ese lado, del patio de la Parroquia.
Página 10, «Oratorio de la calle del Olivar». Inmemorial
así mismo para mí, como la iglesia de San Sebastián. Mi madre
encendía por mí una vela, mientras yo me examinaba en el Instituto del Cardenal Cisneros, ante el retablillo de la Virgen que
había en el patio del Oratorio.
Página 11, «Como que es el aniversario del mes, día 24». Discordancia con lo que se dice en la página 8: «Y me poice a mi…
que el amigo San José también nos vendrá con mala pata». Si
fue la cosa el día 24 de marzo («Una mañana de marzo», página
4), San José ya había pasado puesto que es el 19 y, por tanto, no
podía hablarse de esa fecha en tiempo futuro.
Página 18, «Fue el día que llevaron a ese señor de Zorrilla»,
25 de enero de 1893. Yo asistí a ese entierro, el del autor de Don
Juan Tenorio; entre las gentes de letras, el más concurrido que he
presenciado, más que el de don Manuel Fernández y González,
antes, y el de don Benito Pérez Galdós, después. Presidía el duelo
el Conde de Cheste, don Juan de la Pezuela y Ceballos, presidente de la Real Academia Española, cargado de años (84, ocho más
que el muerto) y abrumado bajo el peso de la casaca verde de
académico, pálido y débil, como un aspirante a difunto (aunque
aguardó aún trece años más para morirse, en 1906, a los 103 años
de edad). Don José Zorrilla y Moral era asiduo por aquel tiempo
al Circo de Colón, que estaba en el ángulo de las calles de Santa
Engracia y Almagro, sobre la Plaza de Alonso Martínez; y allí le
veía yo casi todas las noches del verano último de su vida, en
Una pluma en el exilio...
223
1892, muy regocijado al parecer con la pantomima acuática que
terminaba la función. Su casa, en la calle de Orellana, esquina a
la Plaza de Santa Bárbara, estaba a cuatro pasos del Circo.
Página 24, «Calle de las Urosas». Es la que después se llamó
de Luis Vélez de Guevara.
Página 24, «Plazuela del Progreso». Puedo decir que me he
criado en ella, pues tuve allí mi recreo casi diario en el período
más feliz de mi vida, los ocho o nueve años que van desde 1880 a
1887 cuando vivíamos en los queridos barrios bajos madrileños:
primero, hasta 1884, en la calle del Calvario, 19, 21 y 23, segundo
izquierda; después, en la de Juanelo, 20, segundo derecha. Y casi
no hay casa o escaparate de la acera que mira al Norte en esa plaza que no tenga para mí algún pequeño recuerdo imborrable y
afectuoso. En el escaparate de una modestísima tienda de objetos
de escritorio, establecida entre la calle del Mesón de Paredes y
de Jesús y María, ví y adquirí la primera novela de aventuras que
me deslumbró, maravillado: William el grumete, del capitán Mayne
Reid, en una de aquellas ediciones populares de Gaspar y Roig.
Más allá, entre Jesús y María y San Pedro Mártir, estaba la casa del
profesor de dibujo del colegio en que me educaba, don José Ramill y Muñoz, sevillano, que murió en 1895 cuando Misericordia
estaba a punto de salir o había acabado de salir. La portería estaba decorada con un zócalo de azulejos blancos y amarillos que
conservó siempre. Todavía dos casas más allá, entre San Pedro
Mártir y Lavapiés, en el portalón de una casa grande de entonces,
se instalaba una pobre mujer a quien yo compraba, pagándolo de
ordinario en ochavos morunos o en piezas de a dos cuartos, las
chucherías que tanto me ilusionaban entonces: soldaditos, toros
y toreros, de plomo, caramelos vulgares, ragaliz, palo dulce… Y
frente por frente, aunque ya iniciando la calle de la Magdalena
(el número 1, probablemente), una confitería con entrada en
plano descendente en que me gustaba comprar azúcar piedra o
alguna otra golosina de postre que llevar para la hora de la comida a mi colegio, el «Colegio de la Santísima Trinidad», instalado
en el principal del Núm. 11 de la calle de Relatores y dirigido por
don Cristóbal González, de quien aprendí las primeras letras.
224
Constancio Bernaldo de Quirós
Página 28, «La calle del Mesón de Paredes». Durante cuatro
años largos de mi vida, entre 1884 y 1887, mientras vivíamos en
la calle de Juanelo, la mejor época de mi vida fue el paso diario,
obligado, de mis ocios y mis estudios, como antes lo fue la calle de
Lavapiés desde que tengo memoria (¿1880?) hasta 1883, cuando
vivíamos en la calle del Calvario. Por tanto, el trozo que recuerdo
bien de la calle de Mesón de Paredes es su comienzo, desde la
Plaza del Progreso a la de Juanelo. Mesón de Paredes, en la acera
de los pares, o sea, a la derecha, comenzaba en el ángulo con el
Progreso, con un café de rumbo: el del Vapor, que duró pocos
años. (Al otro extremo, la Plaza del Progreso terminaba esquina
a la calle de Lavapiés, con otro café: el del Progreso, que ese sí,
en cambio, duró aún cerca de medio siglo, hasta que, en el mismo solar, se levantó la casa del Cine del Progreso.) En la acera
de los impares, en la mitad del trayecto Progreso-Juanelo, había
un puesto de periódicos ante el que me pasaba las horas muertas
al ir y venir del colegio de la calle de Relatores, contemplando
los periódicos ilustrados, sobre todo los toros y toreros de Daniel
Perea, en La Lidia. Bastante más abajo, en la propia línea de los
nones, frente a la calle de Cabestreros que desemboca en una
pequeña plaza en que se ensancha Mesón de Paredes, había una
pequeña iglesia de monjas, centro de una Hermandad del Rosario en que nos inscribió mi madre a mí y a mis dos hermanas.
Motivo de gran preocupación fue para mí, por aquel tiempo, el
compromiso adquirido, de por vida, al ingresar en la cofradía,
de rezar el rosario tantas veces al mes, completo y solemne. Nunca volví a entrar en aquella temerosa iglesia que, por de fuera,
ví abandonada, vacía ya en plena revolución, una mañana de la
primavera de 1937 cuando ya eran tan contados los días que me
quedaban de Madrid.
Página 28, «El parador de Santa Casilda». Hay cerca de medio
kilómetro entre «el punto en que Mesón de Paredes desemboca
en la Ronda» y el parador de Santa Casilda, esquina a la calle del
Gasómetro. Entré una vez en él, pues allí vivía, hacia 1899 ó 1900,
uno de los mozos, José Riaza, de la Revista General de Legislación
y Jurisprudencia de que yo era todavía empleado administrativo,
Una pluma en el exilio...
225
además de colaborador. Creo recordar que, por entonces al menos, en el barrio se le llamaba, no parador, sino posada. Al lado
había una casa que, en uno de sus balcones, tenía una muestra
llamativa: «Verdadera Casa de Luz del Rosario y Santa Rita». Era
una institución piadosa para ciegos.
Página 33, «Una casa de la calle imperial, próxima a la rinconada en que está el Almotacén y Fiel Contraste». La misma en
que hacia 1910 vivió Rafael Urbano, el genial y humorista autor
de El Diablo y del Manual del perfecto enfermo, recién casado con
la tuerta, hija del organista que fue su perdición. Pero si la casa
era la misma, no así el cuarto, esto es, el piso, más principal y
con balcones a la calle, el del pobre Urbano que murió en dolorosa pobreza la Navidad de 1924, en una casa de la Cava Raja y
del que, derrotado hasta después de la muerte, al revés del Cid,
victorioso tras ésta, se ha perdido del todo el manuscrito de su
gran obra sobre el padre Molinos y el Quietismo, en cuyo estudio
había puesto todo su ingenio, su labor y hasta sus menguados
recursos pecuniarios.
Página 42, «Calle del Almendro». Muy bien descrita y estudiada por un novelista de la escuela de Galdós, Mauricio López
Roberts, en su preciosa novela Las de García Triz.
II
Página 47, «Con propósito firme de ir a algún poético lugar
donde pudieran quitarse la miserable vida, bien abrazados, expirando al mismo tiempo, sin que el uno pudiera sobrevivir a lo
otro». Bajo un tono humorista apunta aquí un dramático tema
madrileño, el doble suicidio por amor que ya se estaba incubando y que ya había brotado en los días en que el buen don Benito
escribía Misericordia. Me refiero aquí a mi estudio El doble suicidio
por amor, que escribí hacia 1910 y que editó la Viuda de Rodríguez
Serra, analizando una epidemia de ese género que se desenvolvió en Madrid desde 1896 a 1910, comenzando por el famoso
caso de Loreto del Cabo y su pobre novia, cuyo nombre olvidé:
226
Constancio Bernaldo de Quirós
el caso de que «nos entierren juntos», rematado con el alboroto
popular de cigarreras y verduleras de la Plaza de la Cebada para
imponer la voluntad de los muertos, lograda al fin, de orden del
Conde de Peña Ramiro, gobernador entonces de Madrid, hasta
el del «Viejo y la Niña» (como en la comedia de Moratín), una
modistilla de 17 años y un anciano de 60, cojo y calvo en que,
cuando menos se podía pensar, se rompió el encanto suicida.
Ahora bien, si el primero de esos sucesos, en 1896, el de Loreto y su pobre novia, se localizó en los muros de la Alhóndiga,
allá por las Peñuelas, en homenaje, según parece, a otra pareja
de amantes suicidas que los precedieron, ignorada por mí, ese
suceso incógnito, que casi coincide con la publicación o la composición de Misericordia y que no pasó inadvertido por don Benito como perfecto madriñelista que era, ese suceso, pues, es el
que inspira las líneas de la página 47 de su novela, acreditando,
una vez más, su delicadeza en la percepción de las vibraciones
del alma popular que tanto le interesaba.
Página 50, «La calle de la Ruda». Fui, aunque por poco
tiempo, administrador judicial de una de sus casas más movidas,
al par que de otra de la calle de la Paloma que no le cedía en
mucho, nombrado por el juez decano de Madrid, don Luis Rodríguez Llera que, como profesor particular de Derecho que era
yo de uno de sus hijos, quiso favorecerme con tales gangas…,
poco deseables.
Página 51, «La calle de la Cabeza». Muy conocida mía. Va
desde la de la Esgrima a la de Ave María, paralela y al sur de la
Plaza del Progreso y de la Magdalena, atravesando las de San
Pedro Mártir, Lavapiés y la del Olivar. Su fisonomía es bastante
distinta en sus dos secciones: Esgrima-Olivar y Olivar-Ave María.
En la primera, predominan las casas bajas y anchas del siglo xviii;
en la segunda, las casas más modernas, del xix, son más altas y
apretadas. Por lo mismo esa segunda mitad es de mayor densidad y, además, su población mucho más inestable y equívoca que
la de la primera, en general honrada y sedentaria. (En una de las
casas de esa primera mitad de la calle de la Cabeza, por cierto, de
corredor, tuve mi primera novia madrileña allá por los años de
Una pluma en el exilio...
227
1891 a 1892. Se llamaba María y era hija de una argelina francesa. Su padre y su hermano tocaban el contrabajo en la Orquesta
del Teatro Eslava. ¿Qué sería de ti, pobre María, que te dejabas
apretar tanto la mano cuando salíamos, al caer de la tarde y nos
sentábamos en los anchos bancos de piedra del Prado, ante la
fachada oeste del Museo que decoran los magníficos cedros del
Líbano que el nefasto jardinero mayor de la Villa del Oso y del
Madroño quiso talar algún día?) Lo más peligroso o equívoco
de la población humana de la calle de la Cabeza (pues allí hay
también gran densidad zoológica) se encuentra en el trayecto
final, en las casas de huéspedes y otros menesteres a espaldas de
la calle de la Magdalena, dónde van a parar, sobre todo, las estrellas del baile y de la canción del antiquísimo Café de Numancia,
convertido en Kursaal del género ínfimo, últimamente.
Página 51, «La calle de San Carlos». Frente por frente de la
calle de Ministriles, que desemboca hacia la mitad de aquella,
estaba el Colegio de don Prudencio que, por las noches, iba a
dar lección a casa. A mí me gustaba ir a ese colegio porque, en la
alcoba del gabinete o sala, única que servía para la enseñanza, el
Director había instalado un gimnasio con las paredes y el suelo
acolchados, para atenuar los golpes de los alumnos. El ambiente
le importaba poco al buen señor, toda aquella atmósfera de polvo
centenario que envolvía el gimnasio y trascendía a la casa entera.
Página 52, «El ex golfo». La palabra acababa de nacer y
acaso sea éste el primer texto literario que la recoja. Yo se la
oí por vez primera, una noche de agosto de 1891, a Inés, «la
Pálida», camarera del Café de La Marina (calle de Hortaleza
esquina de la Reina, que hoy se llama de Víctor Hugo porque
en ella, en el viejo palacio Masserano que más tarde sirvió de
local al periódico Heraldo de Madrid, vivió cuatro o cinco años
de su infancia el autor de Los Miserables, hijo del general Abel
Hugo, gobernador de Madrid mientras José Bonaparte vivió en
el Palacio de Oriente). Tengo para mí como una equivocación,
derivar la palabra «golfo» de «golfín», como pretende don Ramón Menéndez y Pidal y como sigue diciendo, bien que dubitativamente, el Diccionario de nuestra lengua. El golfín medieval
228
Constancio Bernaldo de Quirós
fue un malhechor de los caminos, de tipo violento. El golfo, es
un tipo picaresco y urbano.
Página 56, «Los palacios encantados de la «seña» Bernarda,
calle del Mediodía Grande». Conocí esa casa de dormir, y algo
más, una noche del invierno de 1902 en que, guiados y protegidos por el inspector Maqueda, hicimos un recorrido a los bajos
fondos madrileños para que conociesen la mala vida Eugenio
Cuello Calon y Julio Puyol Alonso. El recorrido de aquella noche fue éste: la casa de prostitución de la calle del Calvario, n 2;
otra análoga de la Travesía de la Comadre; la casa de dormir de
Mediodía Grande, a que se refiere Galdós; y otra, mucho más
incógnita y complicada, de la calle del Bastero; por último, las
tabernas de la calle del Humilladero.
Página 59, «Faltaba una ensaladera, y tuve que ir a comprarla de prisa y corriendo a la Plaza del Ángel, esquina a Espoz y
Mina». Exactísimo, toda la vida ha habido allí esa tienda. Es la
casa del número 17 de la calle de Espoz y Mina, donde estaba la
Revista General de Legislación y Jurisprudencia cuando yo entré en
ella, en 1896, y donde después, en el último piso, vivió Enrique
García Herreros al casarse con Pilar Fernández Giner.
Página 59, «El reloj de Canseco». Estaba en la esquina de la
Plaza del Ángel con la calle de San Sebastián y le accionaban, moviendo sus campanas, dos grandes mandarines de talla policromada, tras la vitrina de la Plaza. Cuando yo vivía en la calle de las
Huertas, entre 1898 y 1900, me servía para asistir en punto a mi
puesto de la Revista General de Legislación y Jurisprudencia, establecida entonces en el número 3, sencillo, de la calle de Cañizares.
Página 68, «La Cruz del Rastro». No existe ya desde que, derribado el «tapón del Rastro», resultó del ensanche la Plazuela
de Cascorro (con la estatua del «héroe» hacia el centro).
Página 86, «Y con ella se fue mi Andrea». ¿Quién es esa
Andrea que ni aparece antes de esta mención ni vuelve a ser
nombrada en toda la novela?
Página 103, «Que vivía en la plazuela del Ángel, en aquel
gran palacio que hace esquina a la plaza donde hay tantos pajaritos». Tampoco el palacio existe ya, después de haber sido
Una pluma en el exilio...
229
Casino militar, y en su solar se alza el edificio del Hotel Victoria,
con los almacenes Simeón en la planta baja; han desaparecido,
igualmente, hace ya muchos años, las tiendas de pájaros, gatos y
monos de la Plaza de Santa Ana.
Página 104, «La calle de San Pedro Mártir». Allí vivía mi amiguito Pedro Serrano, en un sotabanco de la casa del número 3
ó 5. Ese niño creo que fue el primer amigo que tuve y también
el primero de mis contemporáneos que partió hacia el viaje del
que no se regresa. A lo que recuerdo, era bastante interesante. Él
me enseñó por primera vez, hacia 1881, teniendo yo ocho años,
sellos de correos del Canadá con la efigie de la reina Victoria en
colores amarillo y anaranjado, y de Australia, con el cisne negro;
cosas ambas que a mí me parecían tan raras y admirables.
Página 115, «Se puso a pedir en la esquina de la calle de
San Millán, junto a la puerta del café de los Naranjeros». Error
excepcional en don Benito, que tan admirablemente conocía
su Madrid. El café que ya hay esquina a la calle de San Millán,
en la de Toledo, con otra esquina a la de las Maldonadas, es el
de San Millán. El de Naranjeros (no «de los Naranjeros», como
escribe Galdós), estaba en la calle de La Cebada, junto al antiguo convento de La Latina. Se llamaba así por su público de
asentadores de la Plaza de la Cebada; era de cante flamenco,
con su tablado y su «cuadro» de mucho carácter; algo así como
el «Burrezo» de Sevilla.
El café de San Millán se conservaba íntegro cuando yo dejé
Madrid, sin haber sufrido la transformación en bar, como tantos otros. Yo le frecuenté desde niño. A veces, mi padre me
llevaba a comer en él. Y la querencia de ese Café no se me
pasó nunca, volviendo siempre a él, aunque viviera en el barrio
de Salamanca o en Chamberi. Todavía en el invierno de 1934
los alumnos y alumnas del Instituto de Estudios Penales me
hicieron allí un pequeño agasajo íntimo, sabiendo lo mucho
que me atraía el madrileñísimo ambiente de aquel café. De
aquellas alumnas recuerdo a Luisa Terán, a Julia Trigo, hija del
famoso novelista; a Cecilia Rodríguez, de tan hermosos ojos, no
obstante de llamarse «Cecilia», que quiere decir la cieguecita;
230
Constancio Bernaldo de Quirós
a Matilde Cantos, a Ángela Guadalupe Sánchez Ucar, mujer de
Dicenta hijo, etc., etc.
III
Página 121, «Fue el año y el día del ciclón, que arrancó los
árboles del Botánico». El suceso se retrotrae a 1884, cuando yo
estudiaba el tercer curso del bachillerato. A mí me sorprendió
en mi misma casa de Juanelo, regresando de paseo desde la calle
de los Estudios.
Página 134, «La barriada de las Injurias, donde hormiguean
familias indigentes». Y algo peor. Ese es el barrio que nos sirvió, principalmente, de asuntos de estudio, a José María Llanas
Aguilaniedo y a mí, en nuestra Mala Vida en Madrid, entre los
años 1889 y 1901. Aún existe ese barrio allá y hasta a él, aunque
parezca mentira, ha llegado la elevación del nivel de vida de
los últimos tiempos. Por la época nuestra, la población de las
Injurias (unas trescientas personas cuando más, incluyendo el
vecindario de la Casa Blanca y de la Casa del Cabrero, inmediatas
allí mismo, en el Barranco de Embajadores), se componía principalmente de esas cuatro clases de individualidades: leñadores,
mangantes (o sea mendigos), randas (que quiere decir ladronzuelos) y pajilleras, esto es, prostitutas de la más vil condición,
masturbadoras de las que, tan luego como anochece, bajaban a
los paseos obscuros de la cintura de Madrid (confróntese Las Noches del Botánico, novela obscena de Joaquín Belda). A veces, para
ilustrar nuestro libro con algún dibujo, en la época en que la
fotografía de noche no podía practicarse, bajaba con nosotros a
esos bajos fondos Ricardo Baroja, hermano de Pío, que contaba
a éste lo que observaba con nosotros en la taberna de La Blasa,
sobre todo, aprovechándolo después Pío en La Busca, primera
novela de la trilogía de La Lucha por la Vida. Tal por ejemplo, el
episodio de la riña en la taberna de la referida Blasa. Un interior
de la taberna, reproducción de un dibujo de Ricardo, figura
entre las ilustraciones de nuestro libro. La cabeza femenina que
Una pluma en el exilio...
231
destaca en ese dibujo, con toda su monstruosidad, es la de la
«Paloma», una de aquellas meretrices de que hablábamos antes,
ninfas del Botánico, del Prado y La Castellana, cuando no había
alumbrado ni tranvías eléctricos que rompieran con sus focos de
luz las tinieblas obscenas.
Página 144, «Junto a la tienda llamada del Botijo». Estaba
hacia la mitad de los soportales del lado de la izquierda, o sea,
de los números impares, de la calle de Toledo y era una especie
de bazar para los arrieros y trajinantes de las carreteras del sur
(Toledo y Andalucía) que arrancan, puede decirse, de la Plaza
Mayor donde éstos, después de adquirir los artículos más precisos
a su oficio, cabezadas, cinchas, ronzales, trallas, cayadas, garrotas,
etc., etc., podían procurarse un largo trago de aguardiente, bebiéndolo en botijo a chorro, cuanto pudiesen aguantar de una
vez, por solo una perra gorda, o sea, diez céntimos de peseta. Por
tanto, lo que daba nombre a la tienda era el gran botijo de sobre
el mostrador, de barro blanco, arto sucio por el manoseo. Además
de ese motivo báquico, la tienda del Botijo tenía otro atractivo de
decoración, afrodisíaco, pues en el techo llevaba suspendido un
enorme garrote, especie de as de bastos, con sendas calabazas, no
menos grandes, a uno y otro lado, sugiriendo bien el símbolo fálico a los parroquianos que, atragantándose, estallaban en risotadas y observaciones obscenas al contemplarlo. La tienda, con esa
crudeza de grosera inspiración palurda, desapareció al comenzar
el siglo, renaciendo, bajo el signo puramente verbal del botijo,
en otra inmediata a la catedral de San Isidro, del lado de la calle
de La Colegiata, y convertida en un vulgar baratillo anodino y sin
carácter, aunque no de los del precio único de 0.65 sino a precios
variados, dentro de una escala muy modesta siempre.
Página 152, «Al arrabal llamado de Las Cambroneras». Aquí
comienza una de las más bellas y apuradas fotografías madrileñas galdosianas, a propósito de esta localización de gitanismo
de la Villa del Oso y del Madroño, ya nombrada antes varias
veces; fotografía que me recuerda, por su admirable exactitud
y entonación, el retrato de Higinia Balaguer, protagonista del
crimen de la calle de Fuencarral, en 1888, hecha por el propio
232
Constancio Bernaldo de Quirós
Galdós en funciones del reporte judicial para un gran diario de
la época, pues también esa página es el más perfecto retrato de
delincuentes que poseemos en la galería del género.
Blasco Ibáñez, en su novela La Horda, da también no pocas
descripciones de Las Cambroneras, aunque inferiores siempre a
la que estamos señalando ahora. Pero ni Galdós ni Blasco Ibáñez
se fijaron en un raro detalle que no quiero dejar de consignar,
para que conste en algún sitio. A la entrada de Las Cambroneras,
por la rampa que baja del río, del lado de la izquierda según
se viene de Madrid, y al otro lado del pretil, hay una casa, la
única de Madrid a la que se entra por el tejado, por una escotilla
practicada en una de sus vertientes, la más próxima al muro,
ni más ni menos que si fuera una embarcación. Es la casa del
hortelano que cultiva las minúsculas huertas de la estrechísima
vega que deja por allí nuestro querido río Manzanares, al que
sólo sabemos apreciar bien los que conocemos La Pedriza del
pueblo del antiguo Real que le dio nombre.
Página 152, «Hacia Poniente se distinguía la Sierra». ¡Gran
lástima que a don Benito la Sierra no le interesara mucho…, acaso nada! ¡Qué bella descripción nos hubiera dejado! La sección
de Sierra que se domina desde allí va ya en plena degradación,
desde el Puerto de Guadarrama a La Almenara, pasando por los
carros que forman el Circo de El Escorial (Abantos, San Juan de
Malagón, La Merinera y San Benito). De La Almenara recuerdo
que el pico más alto emerge sobre las lomas de la Estación de
Goya, desde Las Vistillas y sus alrededores. Pero La Maliciosa, que
por aquellos barrios llaman «La Monja», por su vestido azul y blanco de concepcionista y que es la gran gala del Guadarrama visto
desde la capital, ésta, y todo el gran macizo central por encima de
los dos mil metros de elevación, está irremediablemente ausente
de aquel conjunto, desde el punto de vista de Las Cambroneras.
Página 168, «Doña Guillermina Pacheco». Su verdadero
nombre fue doña Ernestina Manuel de Villena. Aparece también
con aquel mismo nombre fingido en Fortunata y Jacinta.
Página 160, «Le llaman por mal nombre Si Toséis Toméis».
El mote viene de un anuncio de pastillas contra la tos, que se
Una pluma en el exilio...
233
prodigaba mucho entonces en la cuarta plana de los periódicos
de mayor circulación: «Si toséis, toméis pastillas Geraudel».
Página 197, «Y que todo cuanto necesitase lo mandaría traer
de Casa de Botín». Sería el Botín de la calle de Cuchilleros, que
está bien cerca de la que ocupaba doña Paca en la Imperial, sin
más que atravesar la calle de Toledo y llegarse al otro lado de
los soportales, junto a un gran escaparate de las armas blancas
que dan nombre a la calle, en el entrante de una rinconada. El
Botín legítimo, o, por lo menos, el antiguo y acreditado Botín,
que data de principios del siglo xvii, o de últimos del siglo xvi,
estuvo en la Plaza de Herradores, al otro lado de la calle Mayor,
hasta los comienzos de 1936, en que la casa, ya apuntalada desde
tiempo atrás, fue derribada por su estado ruinoso. La clausura
del Botín legítimo, decano de los restaurantes de toda España,
causó tal emoción que repercutió hasta más allá de los Pirineos,
pues yo mismo leí en Le Temps, de París, el sesudo Le Temps, una
crónica firmada por «Juan De Bonnefon» (pseudónimo de algún colaborador madrileño), recordando la historia de la casa,
sin que faltara la anécdota del inglés encaprichado de la vajilla
secular de madera, impregnada de grasas centenarias, a quien
Botín, para quitárselo de encima, le propone cedérsela sólo a
cambio del Peñón de Gibraltar; ni la de las dos damas francesas,
invitadas por el propio articulista, a quienes éste hizo servir, sin
que ellas supieran de qué se trataba, un plato de criadillas de
toro que las gustó mucho, no obstante lo cual se indignaron y le
hicieron una escena cuando su acompañante guasón las reveló
el secreto de lo que habían hallado tan rico.
Entre 1898 y 1902 a menudo nos llevaba a cenar en casa de
Botín, don Rafael Salillas, a los que trabajábamos con él en su
Laboratorio de Criminología de la cátedra de don Francisco
Giner (Llanas Aguilaniedo, Agustín Viñuales y yo, generalmente), preparando él mismo a los postres su magnífica «ensalada
antropológica».
La última vez que cené en Botín fue una noche de junio de
1932 en que los que componíamos el recién nacido Instituto
de Estudios Penales, con la única excepción de don Mariano
234
Constancio Bernaldo de Quirós
Ruiz Funes que aún continuaba en su cátedra de Murcia, nos
reunimos para festejar a Mario Carrara y a Paola Lombroso, su
mujer, que viajaban por España. Carrara y Sanchiz Banús, el psiquiatra del Instituto, murieron a poco y la mayoría de los demás
comensales (Jiménez de Asúa, Santullano, López Rey, Abaunza
y yo), estábamos en el Nuevo Mundo lanzados por la revolución
fascista. Allá en España quedaron Antón, que estuvo a punto de
sufrir la pena de muerte y que sufrió algunos años de presidio;
don Victoriano Mora, don Luis Fernández Angulo, conde de Cabarrús y descendiente, por tanto, de Teresita Cabarrús, llamada
«Notre Damme de Thermidor» cuando la Revolución Francesa,
y Velarde, el auxiliar.
Página 214, «Cadalso de los Vidrios». Aquí, Juliana y yo tal
vez resultemos emparentados, pues de Cadalso de los Vidrios era
mi bisabuelo Fernando Martín, que traficaba en ganados y llegaba hasta Portugal, siguiendo el Tajo, con sus vacas y terneras. La
imagen de la solitaria Peña de Cadalso en la meseta toledana, en
el límite exacto de las provincias de Madrid, Toledo y Ávila, es
la primera representación orográfica que tengo en la memoria,
vista desde el balcón del mediodía de nuestra casa de Cebreros,
o, mejor aún, desde la nuestra viña de La Pilita.
Página 228, «De Madrid a Jerusalén, o la familia del tío Maromo». Alude al título de un sainete de don Ricardo de la Vega:
De Getafe al Paraíso (el paraíso del Teatro Real). Por «la familia
del tío Maroma». Don Ricardo, o su mujer, sino la madre de mi
malogrado compañero en el Guadarrama y en el Instituto de Reformas Sociales, Enrique de la Vega, procedían de Getafe. Otro
de los sainetes de don Ricardo se llamaba Novillos en Polvoranca, o
Las hijas del tío Paco Ternero. Polvoranca es una aldea abandonada
por la insalubridad de unas charcas próximas, entre Leganés y
Getafe. Yo iba por allí algunas veces, en compañía de Enrique
García Herreros, primo carnal de Enrique de la Vega, cuando
aquél visitaba su viña de Cuniebles, en término de Getafe.
Página 231, «En la Cava de San Miguel, detrás de la Escalerilla». Don Benito tenía querencias a ese sitio: el esquinazo ciclópeo del suroeste de la Plaza Mayor. Allí vivía el gran Estupiñá, de
Una pluma en el exilio...
235
Fortunata y Jacinta; y sobre todo, allí también, en esa misma casa
que parece una alcanzaba vista desde la calle de Cuchilleros, al
pie de la escalerilla descendente, estaba la pollería de los padres
de Fortunata.
año
Renovación,
VIII, Núm. 57 de enero-febrero de 1945,
año IX, Núm. 58, de marzo de 1945 y
año IX, Núm. 59, de mayo de 1945.
El Estudiante de Salamanca1
Como la Moncloa fue la Ciudad Universitaria de Madrid, Salamanca es la Ciudad Universitaria de toda España. Quien quiera llegar a Salamanca, cualquiera sean sus asuntos, sus negocios,
sus preocupaciones, hasta sus pesares, se verá siempre dominado
por el motivo de la Universidad en toda su amplitud o en alguno
de sus aspectos innumerables.
Ya estamos nosotros, recién llegados a la nobilísima Ciudad,
ya estamos frente a la fachada principal del antiguo Estudio, absortos en la contemplación de aquel primor del arte plateresco
del siglo xvi trabajado sobre la preciosa caliza de la tierra a la que
da una magnífica entonación dorada cierta especie de hongos
que se multiplican en su estructura. La estatua de fray Luis de
León preside el reducido espacio de la plaza, limitada además
por las construcciones de las antiguas Escuelas Menores. De
cuantos sabios han enseñado allí durante siete siglos continuos,
en aquel recinto hermano de los de Bolonia, París, Coimbra,
Oxford, Teología, Cánones, Leyes, Lenguas, Medicina, Humanidades, él, fray Luis de León, es quien sobresale y sobrevive entre
todos; y su cátedra, aquella en donde pronunció sus hermosas
palabras: «Decíamos ayer», después de varios años de prisiones,
1
N/C. El poema El Estudiante de Salamanca, de la autoría de José de Espronceda, cuyo tema es el seductor donjuanesco, es considerado como el mejor
poema del género romántico del siglo xix.
– 237 –
238
Constancio Bernaldo de Quirós
es la más venerable de todas las reliquias del pasado conservadas
piadosamente. ¡Cátedra, por cierto, bien modesta y ascética,
como el alma del gran místico, bien distinta de cuanto ofrecen
las universidades del día, de confortable y agradable! Un salón
mucho más ancho que largo, al modo de los aposentos morunos,
de bóveda de lunetos, con un púlpito modestísimo en el frente
y media docena, o poco más, de mesas y bancos rústicos, simples
maderos escuadrados en que los nombres de mujeres tallados a
cuchillo, Olallas, Elviras, Ineses, Isabeles, cubren casi por completo los maderos, como evocación de dulces caras risueñas,
novias remotas de la alegre estudiantina, sonriendo en un oasis
en mitad de la aridez del estudio.
Pero si fray Luis de León es el maestro que sobrevive y sobrevivirá aún por siglos, dominando a todos los que enseñaron
en Salamanca, ¿quién sino don Félix de Montemar podrá ser el
estudiante representativo de todos los estudiantes de entonces?
Una de las últimas veces que tuve la fortuna de pasar por
Salamanca, entretuve los enojosos quehaceres del oficio que
me llevaba allí, procurando desentrañar dos o tres temas del
Estudiante de Salamanca, el poema de don José de Espronceda,
que entonces me preocupaba tanto. ¿Cuál sería la calle del
Ataúd, única que se nombra en el poema a través del rapto
ambulatorio de las dos sombras del drama? ¿Dónde encontrar
el retablillo del Cristo ante el que oró el fantasma fugitivo de
doña Elvira?
Momentos hubo en que llegué a estar persuadido de que
la calle del Ataúd no puede ser otra sino la que hoy se llama de
Jesús, a la izquierda de la Rua, yendo a la Universidad desde la
Plaza. Por una parte, el nombre de por sí es ya bastante significativo; y por otra, durante muchos años parece que allí vivió cierta
famosa dinastía de constructores de féretros. La medrosa Calleja
del Pan y el Carbón que se abre a medio camino de la calle de
Jesús y que, doblando sobre sí en ángulo recto, conduce a la calle
de San Pablo, acababa de prestar carácter a mi sospecha.
Después de una larga noche de divagaciones, a la mañana
siguiente todo se descompuso. Quise investigar en el Archivo de
Una pluma en el exilio...
239
la Universidad los antecedentes de don José de Espronceda, como
estudiante de Salamanca. Los buenos e influyentes amigos con que
por entonces yo contaba en Salamanca: Villalobos, Rodríguez Aniceto, Iscar Peyra, Madruga, Escribano, me permitieron toda suerte
de facilidades en la rebusca. ¡Qué deslumbramiento de nombres
ilustres al repasar, cédula tras cédula, las hojas archivadas bajo la
letra E! Pero también, ¡qué decepción al no encontrar jamás el
nombre de Espronceda! Posible es que el autor del Diablo Mundo
jamás haya pisado, no ya como estudiante, mas ni cual turista, «la
antigua ciudad que riega el Tormes, fecundo río, nombrado de los
poetas, la famosa Salamanca, insigne en armas y letras, patria de
ilustres varones, noble archivo de las ciencias».
La calle del Ataúd, donde se encuentra realmente, conservando aún su nombre, es en Sevilla, en su barrio actual de Santa
Cruz, antigua judería, primorosamente restaurada por el marqués de la Vega Inclán, nuestro primer Comisario de Turismo.
La leyenda del Estudiante de Salamanca, donde Félix de Montemar se reduce sencillamente, lo que no es poco, a una crisis
bastante prolongada de alucinación autoscópica subsiguiente a
un traumatismo grave, ni más ni menos que el episodio análogo
de la vida de don Miguel de Mañara Vicentelo de Leca, el gran
pecador sevillano y mejor penitente después, en quienes muchos
ven al verdadero don Juan Tenorio. Casi seguro es que don José
de Espronceda escribiera su poema con el pensamiento puesto
en Sevilla y que le ha desplazado llevándole a Salamanca, sólo
por dar un ambiente más cabal e ilustre a la condición del héroe
de estudiante. Sevilla tenía ya también Universidad, el Colegio
de Maese Rodrigo, en los días a que parece referirse el poema de
Espronceda. Pero en Universidades y estudiantes, la prez la ha
tenido siempre en España, Salamanca.
Juventud Universitaria,
1945, pp. 45 y 46.
marzo de
La señal del estudiante
El artículo que comienzo ahora debería llevar, como subtítulo, estas otras palabras: «O una nota inédita al Quijote», porque,
en efecto, va a ser una ilustración, que por primera vez se hace,
a cierto pasaje de las andanzas de nuestro gran caballero que
hasta ahora había pasado inadvertido a la curiosidad de nuestros
cervantistas. Hace ya muchos años que yo conozco el secreto que
ahora, una vez más, me sale al paso al preparar la lección del día
para mis alumnos de la Universidad.
Refiriéndome a los signos de orientación y reconocimiento
de los malhechores habituales, mímicos, gráficos y hasta acústicos, precisa siempre atenerse a la autoridad de Hans Gross, de
Graz, en Austria, que, en su precioso Manual del Juez, ha dedicado a este asunto, sobre todo a los jeroglíficos de los criminales,
páginas de sumo interés, aprovechando el material del antiquísimo Liber Vagatorum, el de los signos de los antiguos incendiarios
y la preciosa colección de Freistadt, de tiempo de las guerras
napoleónicas. Por la primera de esas fuentes conocemos los signos profesionales del internacionalismo vagabundo de Europa
a fines de la Edad Media y principios de la Moderna. Así, tres
pequeños rectángulos alargados ligeramente, representativos de
unos naipes, señalan el paso de un tahur, o sea, de un jugador
ventajista; un corazón sobre cuya aorta avanzan en punta, dispuestos en abanico, tres agudos clavos, indica a un calderero ambulante, personaje importante de la antigua picardía que aún no
– 241 –
242
Constancio Bernaldo de Quirós
ha perdido del todo su valor. Llegamos ahora al estudiante que,
no menos que los tahures y los caldereros, circulaban entonces
por los caminos viejos de Europa en busca de la ciencia y de la
sopa, a la vez, en sus inquietudes bohemias y trascendentales.
¿Acertaréis cuál va a ser la señal, el signo del estudiante? ¡A la
una, a las dos, a las tres!
¿Un libro? No. ¿Una cuchara de palo, la antigua cuchara que
el estudiante de la Tuna, el sopista mendrugo, llevaba enganchada en la faz anterior de su sombrero de dos puntas? Tampoco. ¡A
las tres! ¿Os dais por vencidos? El signo del estudiante es… dos
espadas negras cruzadas. Más parece el de un maestro de armas,
el de un espadachín invencible. Sin embargo, así es.
Abramos El Quijote por el capítulo XIX de la segunda parte.
«Poco tiempo se había alongado don Quijote del lugar de don
Diego (don Diego de Miranda, el caballero del Verde Gabán,
la única figura sensata de todo el inmortal poema), cuando
encontró con dos como clérigos o como estudiantes, y con dos
labradores, que sobre cuatro bestias asnales venían caballeros. El
uno de los estudiantes traía como en portamanteo, en un lienzo
de bocací verde, envuelto al parecer un poco de grana blanca
y dos pares de medias de cordellate; el otro no traía otra cosa
que dos espadas negras, de esgrima, nuevas y con sus zapatillas».
Hasta aquí el texto.
A diferencia de la espada blanca, que es la ordinaria, la de
combate, de corte y punta, acicalada y reluciente, espada negra
era la de simple esgrima, para el aprendizaje, de hierro, sin lustre
ni corte y llevando un botón en la punta para prevenir los golpes
desgraciados, como los floretes de hoy; botón que, para mayor
seguridad, se cubría con el forro de cuero llamado «zapatilla», a
que el texto asimismo alude.
Volvamos otra vez a nuestro pasaje. Apenas don Quijote
ha trabado conversación con estudiantes y labradores y se ha
apurado ya el tema de las bodas del rico Camacho y la hermosa
Quiteria, se enciende entre los escolares la disputa, a propósito
precisamente de las espadas negras. Uno de ellos, que es ya licenciado, se precia de su habilidad en la esgrima de la espada;
Una pluma en el exilio...
243
el otro, simple bachiller, la desprecia pretendiendo que, en todo
caso, más vale la fuerza, de que él está abundantemente bien dotado, que la maña. Se presenta la ocasión de resolver, mediante
la prueba, esta «muchas veces no averiguada cuestión». El asalto
se celebra en el acto, presente y juez de campo don Quijote.
Como era de esperar, tratándose de Cervantes, artista siempre,
el triunfo es para la habilidad, para la maestría, para el arte. No
estará de más añadir, para conocer dos temperamentos distintos,
que Quevedo, en trance semejante, burlándose de la habilidad,
parece preferir la fuerza. Quevedo nos parece un atávico; Cervantes, un evolutivo.
En resolución, el texto de El Quijote ilustra el pasaje de Gross
de una manera acabada, perfecta. El estudiante antiguo, por lo
menos el del siglo xvii, toma la figura popular de un aficionado
cabal al noble arte de la espada. Es un deportista de la esgrima,
como en nuestros días del football o del rugby, del alpinismo o de
los juegos olímpicos. Si los tiempos hubieran llevado una marcha
más ligera, los signos del estudiante serían, no ya la espada negra, anticuada, sino el balón, el disco, el par de esquíes cruzados,
prendas de juventud que son la gala de la mocedad estudiante.
No terminaré este artículo sin añadir que, por mi parte, he
podido observar directamente dos veces, en lugares distintos de
mi España, el signo antiguo del estudiante. Una vez, sobre un
sillar de los cimientos de la antigua Venta de la Fuenfría, bien
conocida de los guadarramistas madrileños, y de origen probablemente romano, formando parte de la colonización itineraria
de la época como el llamado Convento de Casarás inmediato,
que debió ser una mansión para el relevo de los caballos de silla
y posta. La otra vez fue en el ángulo sudeste, bajo el reloj de sol,
de la Ermita de Valsordo, próxima a Cebreros, en uno de los
caminos más viejos de Castilla: el Camino de los Caballos (para
distinguirle del de los Coches) entre Toledo y Valladolid, las dos
grandes ciudades de aquella época.
Esos caminos viejos de Europa, tan antiguos que, en ocasiones,
preceden a las vías romanas, están llenos de recuerdos preciosos,
minúsculos de ordinario, que corresponden de lleno al dominio
244
Constancio Bernaldo de Quirós
de la pequeña historia. Pocas cosas más curiosas, dentro de los
ocios menudos de una excursión, que escudriñar esas sesiones de
caminos viejos, más aún, de caminos muertos: repechos violentos
de ásperas subidas que el caballo acometía con buen ánimo, pero
imposibles hoy para el coche o para el auto; curvas abandonadas
por otras cada vez más amplias, excavando superficialmente los estratos de polvo centenarios, o registrando bajo la bóveda sombría
de los puentes o en los esquinazos de ermitas, de humilladeros,
ventas y demás construcciones de las sendas de antaño. Yo me he
entregado muchas veces a esta tarea en no pocos caminos olvidados de la profunda España y alguna vez hasta llegué a reunir un
pequeño museo de curiosidades insignificantes, como cosecha de
esas labores: herraduras, clavos, correas, hebillas, botones, navajas,
sortijas, zarcillos, monedas de cobre casi siempre y excepcionalmente de plata, todo lo que con facilidad puede caer de las ropas
de un viandante o lo que puede desprender de sí la cabalgadura.
Al recordar ahora esas cosas tan lejanas y antiguas de mi país,
pienso si las dos espadas negras puestas en cruz, que observé con
tanta curiosidad y contento en la Venta de la Fuenfría, de tierra
de Segovia, o en la Ermita de Valsordo, de la de Ávila, esta última, sobre todo, tan querida para mí por ser la de mi madre, me
pregunto si acaso no se relacionan directamente con el propio
licenciado y con el bachiller anónimo que contendieron entre sí
ante don Quijote para resolver el grave problema de si vale más la
fuerza que la maña, o al contrario; si no son ellos mismos los que
dejaron allí este signo, en Valsordo, viniendo desde la Mancha y
marchando hacia Salamanca por el Camino de los Caballos.
¿Qué se hizo de ellos?, repetiríamos para terminar. ¿Qué
fueron, si no «rocío de los prados», o bien como las «nieves de
antaño», de la balada de Villón?
Pero las inmortales generaciones no se agotan jamás; y ahora, bajo otros signos, el estudiante circula también feliz por los
caminos del mundo.
La Nación, 29 de marzo de 1945.
A propósito de
La Gloria de don Ramiro1
Estos días se ha hablado aquí mismo, en La Nación, de Enrique Larreta, con motivo de su último libro, Tenía que suceder.
Yo quiero aprovechar esta ocasión, aunque sea asiéndola por los
cabellos, para expresar en tierra de América mi devoción por la
obra maestra de aquel autor, La Gloria de don Ramiro, que nunca me canso de leer y que, no obstante ser argentino quien la
produjo, considero tan castellana como un cuadro del Greco lo
es así mismo, aunque naciera en Creta el hombre dueño de la
mano que manejó los pinceles.
El aspecto de La Gloria de don Ramiro que yo quiero tratar,
sobre todo, es la maravillosa coincidencia de los lugares de su
acción con los lugares de mi vida, hasta tal punto, que no hay
uno solo, salvo el último, Lima, en el Perú, que no me sea aún
más que conocido, querido y preferido entre los innumerables,
inagotables, infinitos de mi lejana España.
Si Ávila y Toledo son los dos grandes escenarios en que se
desarrolla la novela en sendas partes de casi igual desarrollo e
interés, Ávila y Toledo son lo más familiar para mí de las dos Castillas, la Vieja y la Nueva, respectivamente. De Ávila proceden las
1
N/C. La gloria de don Ramiro, del escritor argentino Enrique Rodríguez
Larreta, publicada en 1908, es una novela altamente representativa del
modernismo hispanoamericano que logró notable repercusión. Consiste
en una reconstrucción histórica y literaria de la España del siglo xvii, escrita en estilo lírico y arcaico.
– 245 –
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Constancio Bernaldo de Quirós
dos líneas, paterna y materna, de que yo desciendo; y la casa de
don Ramiro, donde vivían los Águilas en la «ciudad de cantos y
de Santos», que no es otra sino el formidable torreón, la alcazaba
solitaria de los condes de Crescente, la he visitado a menudo,
tantas cuantas firmas mías se encuentran en el gran álbum destinado a recibir los autógrafos de visitantes de aquel palacio. Hay
en su patio, por cierto, un detalle precioso: un jabalí ibérico, de
granito, que Larreta no nombra jamás, acaso porque le considere
añadido con posterioridad al siglo xvi. Cuanto a Toledo, ¿qué
podría decir de él para expresar mi admiración y mi cariño, tanto
más cuanto que Larreta ha elegido también en la ciudad imperial
para albergar a don Ramiro en su triste condición de paje, aquel
palacio de los condes de Fuensalida, inmediato a Santo Tome,
que no sé por qué, aunque me esfuerzo en descifrarlo en investigaciones psicoanalíticas sobre mí mismo, me ha emocionado
siempre más que ninguna otra construcción de la maravillosa
ciudad del Tajo?
Mas no sólo eso; no sólo Toledo y Ávila que se llevan lo más
y lo mejor de las páginas de la admirable novela, sino también
todos los lugares menores nombrados en la misma, sin ninguna
excepción, me son especialmente gratos y personalmente familiares. La casa de los Picos, de Segovia, donde nació doña Guiomar, ha sido también cuna de personas amigas. Valsaín, donde
don Iñigo tenía su residencia veraniega, lo fue también para mí
en los últimos cinco años de mi vida en España. Yo tenía como
algo seguro y documentado, y lo sabían así cuantos conmigo
trataban, que la casa de don Iñigo no podía haber sido otra sino
una robusta contribución solidaria, reforzada sobre todo en su
ángulo sudoeste, que se alza en un pequeño altozano frente al
gran macizo de Peñalara, la hermosa montaña carpetana, mostrando desde allí todos su soberbio cuerpo cónico de gneis primigenio, que visten los magníficos pinares hasta la cota de 2,000
metros de elevación, más allá de la cual la nieve perdura casi
todo el año. Aún otra coincidencia más: Medrano, el escudero
de los Águilas, natural de Turégano, en tierra de Segovia, resulta
paisano de mi mujer, por consiguiente.
Una pluma en el exilio...
247
No falta en La gloria de don Ramiro la mención de El Escorial,
obligado tránsito a Peguerinos, el pueblo de mi padre, a través
del Puerto de San Juan de Malagón, con la descripción sobria y
exacta de la rocosa campiña rematada por el muro de las Marchotas, más allá de las vidrieras de la austera celda de Felipe II.
Y en la huida de don Ramiro desde Ávila a Toledo, luego de
haber dado muerte a su rival y a la coqueta Beatriz, que es tanto,
o más, que la morisca Aixa su mujer fatal, el héroe se detiene
un par de días en Cebreros: el pueblo de mi madre, que Larreta
seguramente no conoce, pero del que, con todo, sabe escribir
tres o cuatro páginas en que el color local es excelente. Son esas
páginas, precisamente, las que he releído más, por el amor de
mi madre y de la tierra que considero mía por haberlo sido suya.
Acabada de emancipar de la jurisdicción de Ávila, la Villa de
las Cebras (en el sentido de las cabras monteses, no del rayado
solípedo africano que jamás pudo vivir allí, aunque otra cosa
pensase su consejo al adoptar esa última imagen para escudo),
la Villa de las Cebras, pues, debía ser aún tan sólo una villa de
paso, una aldea-oruga, como dicen ahora los modernos autores
de geografía humana, es decir, una larga y estrecha fila doble de
casas modestísimas tendidas a lo largo de un camino inmemorial
que, por el Puerto de Las Pilas, conduce desde Toledo a Valladolid, como puntos de arranque y término. La hermosa iglesia
herreriana, con su retablo de Jusepe Leonardo, que la Villa de
las Cebras ostenta ahora como orgullo, no existiría aún, faltando cerca de cien años para que su construcción comenzara. La
oración de los fieles, semejante al humo azul de los hogares, se
elevaría al cielo más allá, hacia el Norte, en otra iglesia gótica
isabelina que aún se conserva en pie con su desmochada torre,
a la salida de la población, después de haber servido a la villa
de cementerio un par de largos siglos; camposanto en el cual
descansan mis antepasados y hasta un hermano mío. Pero la «señorita», la gentil picota, ésta sí estaría ya en pie, sobre sus gradas
y en el centro de la plaza principal, no trasladada a las afueras,
como hoy, a la vista del fértil paisaje de viñedos y olivares del
valle medio del río Alberche, cerrado al Sur, en el límite de la
248
Constancio Bernaldo de Quirós
meseta toledana, por la solitaria Peña de Cadalso y, más al Oeste,
por la sierra de Gredos que eleva de repente las primeras de sus
vértebras hasta cerca de los dos mil metros de elevación. Y a don
Ramiro, seguramente, los hombres de la villa con quien cruzara
la palabra le llamarían la atención, para mostrarle la casa, que yo
mismo he conocido y vivido aun, de gran portal de medio punto
con enormes dovelas, en que la reina Isabel la Católica, todavía
nada más que infanta, pernoctó la noche del 18 de septiembre
de 1468, víspera de la ceremonia de la Venta de los Toros de Guisando, a dos leguas de allí, en que, en presencia de su hermano
el rey Enrique IV, fue jurada heredera de la Corona de Castilla.
¿Me resignaría a callar, por fin, la sierra de Córdoba, donde
don Ramiro hizo tan inútil penitencia, o Cádiz, donde embarcó
para América, cuando la sierra de Córdoba, sobre todo, la he
recorrido tanto sirviéndome de centro la aldeíta de Santa María
de Trassierra construida sobre una antigua rauda moruna?
Para mi insaciable curiosidad de los caminos de España, los
caminos viejos, más aún, los caminos muertos de hoy, y antaño
tan animados, ha, no obstante, en La Gloria de don Ramiro una
gran falla que me permito señalar dos: la de los itinerarios entre
los dos temas centrales, Ávila y Toledo.
El de El Escorial a Ávila, tan impresionante siempre, entre
adustas montañas, no sabemos por dónde hace don Alonso
Blázquez, el padre de Beatriz, en su pesada carroza, bien por
el Puerto de Guadarrama o bien por la «trocha de las cureñas»,
que ya estaría hecha pues se abrió, en un gran esfuerzo de ingeniería de la época, para el transporte de mármoles y piedras
de construcción a la obra del Real Monasterio de San Lorenzo.
Igualmente, falta el itinerario de Ávila a Cebreros, que yo conozco palmo a palmo; el de Toledo a Córdoba, tan largo y variado,
a través de La Mancha y de la Sierra Morena, por el valle de
la Alcudia; y el de Córdoba a Cádiz, siguiendo todo el valle del
Guadalquivir, es decir, toda la baja Andalucía. Se advierte bien
que Larreta, cómodo viajero de los expresos de lujo y de los automóviles suntuosos, ha querido evitarse las fatigas de andanzas
que, al parecer, le cautivan poco, desdeñando todo cuanto no es
Una pluma en el exilio...
249
lo monumental y decorativo, lo histórico y lo psicológico de las
ciudades ilustres.
Los paisajes en los que sobresale Larreta son siempre paisajes urbanos, si podemos asociar esos dos nombres dispares; y el
mejor de todos, sin duda, no puede ser otro más que la puesta
de sol sobre Toledo desde la ermita de la Virgen del Valle, frente
por frente de él y al otro lado del Tajo, que corre entremedias
en su profundo cauce. Acaso muchos ignoran aún que esa puesta de sol amoratada, como vista a través de una amatista, está
descrita, a la vez, de un modo no menos intenso por Mauricio
Barrés en su libro acerca del Greco y el secreto de Toledo. Los
dos maestros hicieron juntos aquel día, en compañía feliz, la
excursión de Toledo memorable, que ha dejado ambas páginas
excelsas en la literatura francesa y en la argentina. Mauricio Barrés tiene su nombre en el azulejo de una de las más pintorescas
vías toledanas que bajan al Tajo; Larreta tiene así mismo el suyo
en otra de Ávila. Y todo el mundo allí en Ávila y en Toledo conoce y estima a esos dos extranjeros que supieron hacer de las
dos grandes ciudades castellanas la más delicada y eficaz obra de
propaganda turística.
La Nación, 14 de abril de 1945.
Sierra Morena
La primera salida que como don Quijote, hice yo a la Sierra
Morena, fue en la buena compañía del geólogo don Eduardo
Hernández Pacheco, a quien encontré una mañana cuando yo
paseaba al dulce sol de abril en el famoso paseo del Gran Capitán,
en Córdoba, a la vista de aquel de los eslabones de la Cordillera
que se conoce con el nombre de sierra de Córdoba. Pacheco iba a
practicar ciertas investigaciones de su oficio en las calizas cámbricas
de la montaña y a lo largo del río Guadiato, que corre detrás de ella
en tortuosa busca del Guadalquivir. Conociendo mi afición a los
montes, invitóme a acompañarle, a lo que accedí gustoso puesto
que la ocasión se me brindaba de recorrer aquella serranía, llena de
recuerdos de bandolerismo desde los días del pretor Cayo Mario, a
quien la Sierra Morena debe el nombre de Cordillera Mariánica.
Así, al siguiente día, Pacheco y yo, con gran impedimenta
por parte de aquel, salimos de Córdoba cabalgando sobre sendas mulas gigantes, de casco, empero, tan menudo como firme,
apto para los caminos dificultosos. La Sierra se alzaba ante nosotros destacando, sobre todo, las rocas violáceas del fantástico
Rodadero de los Lobos. La fina lluvia de abril nos saludó casi
inmediatamente en un breve alto en la Cantera de la Tinajica,
donde mi amigo hizo abundante colección de grandes fósiles
marinos. En los remotos días teológicos, el mar había llegado
hasta allí, hasta los acantilados de Sierra Morena, hasta lo que
los geólogos de hoy llaman el «Estrecho Bético»; por donde
– 251 –
252
Constancio Bernaldo de Quirós
el Mediterráneo comunicaba con el Atlántico, mucho antes,
no sólo del Estrecho de Gibraltar, que es la comunicación actual de ambos mares, sino también, del Estrecho Subrifeño, o
Corredor de Taza, entre Argelia y Marruecos, que los árabes
llaman treck-er-Sultán, el Camino del Sultán, por donde va una
de las rutas más seguras, por excepción, del antiguo Imperio.
Llegaban, entenebreciendo el luminoso valle del Guadalquivir, grandes nubes preñadas de lluvia que en breve nos alcanzaron, calándonos del todo, en las proximidades de la Fuente de las
Ermitas, casi en la misma empinada divisoria entre el Guadiato
y el Betis, el Guadalquivir, gran río de toda la Andalucía, cuyas
aguas bebe hasta en las gotas más recónditas que vienen de las
sierras y de las cavernas de la curiosa Sierra de Cabra.
Allí fue donde mi inteligente compañero me mostró por
primera vez, enquistados en las calizas cámbricas de la Sierra,
los restos fósiles del Archeociatus marianus, el primero de los organismos vivos del Viejo Mundo, semejante a un minúsculo punto
radiado, en los días en que la vida comenzaba a practicar sus
primeros y tímidos ensayos.
Nos brindó asilo, para cercarnos un poco, el Cortijo del Caño
de la Escarabita, a cuya entrada un tosco elefante de piedra vierte
por la frente, rota ya la trompa, una abundante vena de agua.
Luego proseguimos nuestro camino y con las claridades póstumas del día llegamos a la aldea de Santa María de Trassierra,
fundada en el emplazamiento de una antigua rauda moruna.
Paramos en una posada muy pobre, la posada del Sr. Gaspar,
que allí, con su elegante sombrero cordobés calado, se calentaba
ante el fuego de un hogar desprovisto hasta de las piezas más
elementales, como son, sobre todo, los morillos, que no faltan
en las más miserables casas castellanas. En torno del fuego circulaban algunas ágiles mujeres, yendo y viniendo entre charlas
graciosas, muy lejanas, en aquel mundo feliz de la baja Andalucía, del continuo lamentar que, tanto más cuanto más entradas
en año, tienen desde La Mancha para arriba.
Adormilados Pacheco y yo, en espera de la cena, oímos una
historia que no olvidaré nunca. Érase por allá lejos, en lugares
Una pluma en el exilio...
253
incógnitos, ricos en nombres sonoros como aquellos tres de la
Cuesta de la Traición, de la Garganta de la Espada y del Castillo
de la Mano de Hierro, con los cuales pudieron componerse todo
un libro de caballerías. En un camino muerto de la Sierra, un ventero se obstinaba en vivir, esperando entre hambres y abstinencia
prolongadas, el paso de imposibles viandantes. Un día luctuoso
el ventero al fin murió en aquellas soledades, y su viuda, mujer
fuerte, valerosa, amortajándole ella sola, le tendió sobre la única
cama de la venta hasta que llegara, al fin, la hora del entierro. Pero
aquel día, por extraña casualidad, acertó a pasar, a última hora,
demandando hospitalidad, un insoluto viandante, acaso un buscador de minas o un rebuscador de tesoros escondidos, rendido por
muchas horas de caminar por aquellas fragosidades. La ventera no
se inmutó y ante la esperanza de ganar las contadas pesetas que el
huésped podría hacer de gasto, le recibió con afabilidad, dejándole en la cocina, aguardando la cena. La ventera subió al camaranchón, colocó a su marido muerto debajo del lecho, y regresó al
momento a cumplir sus menesteres. El viandante tomó sus sopas
de ajo con huevos, subió al camaranchón, se tumbó en el lecho y
aquella noche durmió como un bendito, ignorante de la extraña
compañía que había tenido. Cuando al día siguiente el viandante
traspuso por los cerros, la ventera tornó a colocar en el lecho el
cuerpo muerto, aguardando la hora, aún lejana, del sepelio.
Pacheco y yo cenamos en silencio; y al subir a nuestro aposento, simultáneamente y sin previo acuerdo, alzamos la colcha de
nuestras cámaras respectivas, temerosos de hallar escondido algún
muerto. Desde entonces, en mis andanzas por extraños vericuetos
no he dejado nunca de repetir esta precaución inolvidable.
Dos días más completos pasamos en aquellas soledades. El
campo estaba verde como recién lavado por las lluvias abundantes
de primavera. Grandes jaras moradas florecían en las laderas de
los montes: montes y montes sin fin, todos iguales, entre los cuales, adaptándose a su entrecruzamiento, serpenteaba el Guadiato
en una sucesión de rápidos, remansándose de vez en cuando en
charcos profundos y tranquilos, reliquias de antiguas cascadas
muertas. Con frecuencia encontrábamos ruinas de viejos molinos
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Constancio Bernaldo de Quirós
morunos, de ventas abandonadas, de tal cual ermita de los antiguos tiempos visigóticos en que aquellas soledades estuvieron más
acompañadas. A cada instante esperábamos encontrar al roto Cardenio, rememorando pasajes de El Quijote de los que tienen por
escenario «aquel lugar pocas o ninguna veces pisado, sino de pies
de cabras o de lobos y otras fieras que por allí andan». La enorme
extensión orográfica huía por todas partes hasta el término del
horizonte, rematado hacia el Nordeste por los Riscos de Guadanuño, de granito rojo o de sienita, que me recordaban la madrileña
Pedriza de Manzanares. Algunos arroyos de agua cargadas de cal
depositaban en sus márgenes ligeras tobas que hacía florecer la
primavera, y una sola vez, por excepción, alcanzamos a descubrir
con los prismáticos un rancho perdido en una ladera, con ropa
tendida al exterior, acaso la de un niño que alegraba allí, con sus
juegos y sus sonrisas, el adusto paisaje.
Al fin, al tercer día, Jueves Santo, deseoso yo de pasar en
Córdoba el fin de la Semana Santa, dejé solo a Pacheco, emprendiendo el camino de la ciudad de los Sultanes. El mediodía
se aproximaba al llegar al paso de la Sierra, abierto allí ante el
panorama que, con su proverbial exageración, llaman los cordobeses «El Balcón del Mundo». Toda la baja Andalucía se dominaba desde allí, en el pintoresco ajedrezado de cortijos, de viñedos,
de olivares, que son la gala de aquella tierra feliz, coronada de
espigas, de racimos de uvas y de aceitunas.
Al pie del Castillo de la Albaida, ya en la llanura cordobesa,
hallé una gitanilla solitaria peinándose junto a una fuente. Yo
pensé en el notable parecido que la gitanilla guardaba con la
Sierra Morena: negra y graciosa como ésta, como ésta de talla
menuda y color obscuro, tentadora. Un escultor del país, Mateo
Inurria o Julio Antonio, que por entonces trabajaban en tierra
de Córdoba, hubieran hecho con el busto de la gitana una alegoría de la Sierra, sin más que poner en el pedestal este sencillo
nombre: «Mariana».
La Nación, 28 de mayo de 1945.
La ruta del Arcipreste de Hita1
En la su villa de Hita, de tierra de Guadalajara, que tiene por
héroe al segundo del Cid, aquel que se llamó Alvar Fañez Minaya, Juan Ruiz, consumido de impaciencia en la casa rectoral,
llevaba ya promediado su Libro de Buen Amor, hoy tan celebrado,
más acaso que entonces.
Mediaba el siglo xiv y era un 24 de febrero, fiesta de San
Matías, que tiene en el refranero de Castilla no menos de tres
textos, dos de ellos deliciosos, aunque ligeramente errados: «San
Matías, marzo al quinto día», «San Matías, da el sol en las umbrías», «San Matías, se igualan las noches con los días». En su
paseo cotidiano, al atardecer, llegándose más allá del ejido, hasta
la fuente, Juan Ruiz distinguió a lo lejos, al fin del horizonte,
montañas azuladas en su base y de cumbres nevadas que enrojecía el fantástico «sol de los lobos». Y era tan bella la perspectiva,
los montes invitaban tanto al viaje, que nuestro buen Arcipreste
decidió acometer una escapada a la Sierra, suspendiendo por
unos días su labor versificadora.
Lo hizo como lo pensó, al día siguiente. Atravesando el
miserable Reino de Patones, que no quisieran para sí moros ni
1
N/C. Juan Ruiz, conocido como el «Arcipreste de Hita», fue un poeta
castellano que vivió en la primera mitad del siglo xiv. Ya para el año 1351
no figura como arcipreste de Hita, lo que hace suponer que murió en ese
año. Es autor de una de las obras literaria más importantes de la Edad
Media española, el Libro de Buen Amor.
– 255 –
256
Constancio Bernaldo de Quirós
cristianos cuando la conquista y que vivió independiente, como
otra Andorra, hasta mediar del siglo xviii, Juan Ruiz padeció hambre. Luego, un cuatrero moruno le hurtó su mula la andariega,
y así, rendido y famélico, al fin se halló en mitad de Valdelozoya:
un valle alto, de tipo completamente nórdico, «alemán» como
le llamó en el siglo xvi nuestro gran botánico Laguna; todo él
encerrado entre montes de más de dos mil metros de altitud, que
conservan la nieve nueve de los doce meses del año y que en
aquella estación, en que marzo se anuncia, llevan el máximo de
su carga congelada.
Juan Ruiz paró en la villa de Lozoya, capital de la región, poco
menos que recién fundada, con su iglesia y su caserío nuevos,
como uno de esos pueblecitos de juguete que todos hemos tenido alguna vez cuando niños, guardado en una pequeña caja de
madera frágil, de sencillas virutas. Nuestro hombre se concedió
un día de descanso, charlando con el cura de la parroquia única
en todo el valle. Pero ansioso de aventuras, al tercer día volvió a
ponerse en marcha, intentando el paso de la Sierra por el Puerto
de Lozoya, que llaman por la otra vertiente de Navafría y que es
el paso más franco y fácil para llegar a la meseta de Segovia.
Desde ese instante hasta el regreso, otra vez, a la vertiente
meridional de la Sierra, comienzan las serranillas del poeta, repitiendo todas el mismo tema erótico, aderezado de ordinario,
como una cargada salsa masoquista.
Nuestros críticos literarios, incluso los de hoy, no han visto
en esas serranillas más que la repetición de un tema que ya debía
ser entonces muy común: el encuentro en los puertos y collados
de los montes, con serranas tentadoras, especie de sirenas de las
montañas, que en vez de cola de pez deberían haber llevado pies
de cabra, a no ser porque este rasgo las aproximase demasiado a
los diablos. Respetando esta interpretación, yo creo, no obstante, que en el caso de Juan Ruiz se encuentra una rara historia de
amor que sólo hoy puede ser bien interpretada, a la luz de los
estudios de Freud y de su escuela, ya tan divulgados. Todos aquellos encuentros, en el puerto de Loyoza, o en el de Malagosto,
incluso en la subida de la Fuenfría, todas esas repeticiones de
Una pluma en el exilio...
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pastoras varoniles que increpan y amenazan al Arcipreste, que le
lanzan la cayada, derribándole, que luego se le echan al cuello
como un corderillo, transportándole así hasta la acogedora cabaña; todo y sólo eso es la sexualidad en que se recrea, relamiéndose, el buen Juan Ruiz, rememorando a cada paso, día tras día,
un suceso inolvidable de su infancia, especie de «trauma», como
diría Freud, que recibió en los albores de su pubertad y que dejó
grabada para siempre, como a golpe de martillo, en su cerebro
ese sistema de representaciones, motivo necesario de su «lívido».
Juan Ruiz, en resolución, en su adolescencia se inició en el amor
en un lance como el que antes hemos descrito, sistematizándose
en él para todo el resto de su vida. El insulto, la amenaza de
parte de la mujer, las vías de hecho, el episodio de ser recogido y
transportado al cuello de la serrana, tal cual un corderillo, todo
eso que, como se vé, es puro Masoch, son los fetiches de su vida
sexual sin los cuales ésta no se despierta. La aventura del puerto
de Malagosto, altísimo y frigidísimo paso, muy cerca de los dos
mil metros de altitud, por donde se pasa desde Valdelozoya a la
meseta segoviana, esa aventura es la completa historia clínica de
la pasión del Arcipreste, tal cual un psicoanalista la deseara.
Ya Segovia está casi a la vista; y ansioso de los placeres que
le anuncia, Juan Ruiz ni siquiera tiene ojos para el Santuario de
Nuestra Señora de la Sierra, que sin duda rodeó y cuyas románticas ruinas se deshacen aún en la base del Malagosto. Segovia,
como dicen los geógrafos moros de la época, no era entonces
ciudad, en realidad, sino un conjunto de aldeas dispersas en
torno del peñasco que recortan el río Eresma y el arroyo de los
Clamores, y donde antaño y hoy se apiña la ilustre ciudad, abandonada aún en la época del Arcipreste desde que los moros, para
ganarla, cortaron el magnífico acueducto romano hacia el codo,
precisamente, en que tuerce de rumbo, dejando desprovistas de
agua las torres, los palacios y las casas solariegas de la altura.
Allí Juan Ruiz, albergándose en alguna posada pintoresca
del Azoguejo, se ha emborrachado libremente, ha jugado a las
tablas y a los dados, ha escrito para allegar momentáneos recursos aquellos «cantares de danzas e troteras, para judías e moras,
258
Constancio Bernaldo de Quirós
e para entendederas» de que nos habla en su libro. Todos sus
instintos de clérigo andariego y nocherniego, según los excesivos
calificativos denigrantes que le dedica Menéndez y Pelayo, todas
sus pasiones y sus vicios sensuales se han desatado allí, acaso una
semana entera. ¿Pero qué cosas fueron los restos de aquella «serpiente Groya», que nos dice haber visto él, como gran curiosidad
de la ciudad del Eresma? ¿Acaso las costillas de algún vertebrado
fósil, de la época de los grandes dragones, desenterradas de su
remotísimo yacimiento?
Nuestro hombre se ha quedado sin blanca; su bolsa exhausta
le fuerza a emprender el regreso y hele aquí que volvemos a hallarle con sus eróticos resabios, intentando, ya de regreso, el paso
de la Sierra, perdiéndose en la busca del puerto de la Fuenfría y
acertándole, al cabo, en el de la Tablada.
No olvidaremos en ese trayecto de su fuga vagabunda, cuando
está más poseído de su automatismo ambulatorio, la caricatura
espantable de serrana, especie de «capricho» a lo Goya, que figura, como mera estampa de enigmático sentido, entre la aventura
de Menga Lloriente y la de la Venta del Cornejo. El poeta, que
antes se ha complacido tantas veces en la consideración de la
Venus del Guadarrama, ahora se recrea, como en una especie de
autopunición, en apurar su contrafigura, extremando los rasgos
más repulsivos de la temerosa aparición en el pinar espeso. Al
fin, ya traspuesta la Sierra por La Tablada, sobreviene el encuentro con Aldara, en una postrera serranilla, la más ingenua y más
linda del todo.
Fatigados de tanto andar y pecar, el Arcipreste toma rumbo
a su tierra, hacia el Nordeste, pero del lado de acá de la larga
cordillera que divide en dos las casillas, atravesando el país del
antiguo e ilustre Real de Manzanares, tan disputado. Así llega
hasta a llorar arrepentido en el Santuario de Nuestra Señora del
Vado, que es, siendo éste un hallazgo mío inédito y en quien
nadie cayó antes, la ermita que el primer Marqués de Santillana,
un cuarto de siglo después de Juan Ruiz, incluyó en el albacar
de su castillo de Manzanares el Real, tal como permite identificarla, sin la menor duda, el precioso Libro de la Montería del Rey
Una pluma en el exilio...
259
Alfonso XI. El Arcipreste ha improvisado allí una linda plegaria,
pidiendo a la Virgen la absolución de sus pecados, y dos días
después ha vuelto a encontrarse en su villa de Hita, continuando
su libro memorable.
Ciertamente, el Arcipreste de Hita no puede ser contado entre los precursores del alpinismo, como Dante o como Petrarca.
Las cumbres no le interesan nunca, de tal suerte que no tiene
una sola palabra para las cimas más bellas y empinadas de la Sierra, Peñalara, La Mujer Muerta, La Maliciosa, El Yelmo o Peña el
Diezmo, ante todas las cuales pasó indiferente, sin nombrarlas.
Él no es más que un hombre de puertos y collados, de algunos
de los cuales nos dejó excelentes impresiones, nevadas siempre
y bajo la sombra mortal que tiende una nube negra electrizada
que pasa cargada de granizo.
Mas así y todo, es el primer guadarramista conocido, o, acaso
el segundo, si contamos antes de él al rey Alfonso XI, su señor,
que lo fue simultáneamente con él y más obstinadamente. Por
lo mismo, le debemos gratitud y respeto todos los que, como yo,
dedicamos lo mejor de nuestra vida a la hermosura y la gloria del
Guadarrama.
La Nación, 12 de junio de 1945.
Las veladas de Gredos1
Un par de veces a las temporadas, hacia el principio y el fin
casi siempre, mi buen amigo el Marqués de la Vega Inclán, nuestro primer organizador del turismo, solía enviarme los sábados
por la mañana un sencillo aviso anunciándome que a la tarde
pasaría por casa para llevarme a Gredos.
El auto se presentaba a la hora convenida y sin pérdida del
momento salíamos de Madrid puesto que, cualquiera que sea
el itinerario que se elija para llegar a Gredos, siempre se acerca
éste a doscientos kilómetros de desarrollo a través de puertos
altos; tres horas, o poco más, de camino escuchando la charla
sabrosísima de don Benigno, mientras a gran velocidad la cinta del paisaje se desenvolvía tras las ventanillas, para no menor
regalo de la vista. Con el crepúsculo apagándose, llegábamos al
Parador, montado casi en la divisoria entre Tormes y Alberche,
los dos grandes ríos opuestos del sistema orográfico y a la vista
del gran macizo de Gredos, señoreado por la magnífica pirámide del Almanzor.
El Marqués de la Vega Inclán había edificado el Parador de
Gredos poniendo en la fábrica todo el inteligente celo acreditado en la larga lista de sus creaciones: la Casa de Cervantes en
1
N/C. La sierra de Gredos, declarada en la actualidad parque regional,
pertenece al Sistema Macizo Central español. Se encuentra situada entre
las provincias de Ávila, Cáceres, Madrid y Toledo. Su máxima altitud se
encuentra en la provincia de Ávila a 2,592 metros sobre el nivel del mar.
– 261 –
262
Constancio Bernaldo de Quirós
Valladolid, el Museo Romántico en Madrid, la Hostería del Estudiante en Alcalá de Henares, la Casa y Museo del Greco en Toledo, las Residencias del Barrio de Santa Cruz de Sevilla, la Casa
del Carbón de Granada, para no citar sino las más destacadas.
En realidad, la techumbre del parador resultaba algo extranjera, afrancesada; pero esto aparte, el resto volvía a ser perfectamente castizo, absolutamente castellano y muy bien elegido. La
puerta, medio punto granítico de grandes dovelas, procedía de
una vieja casa solariega de Villacastín. En el interior lucían no
pocos elementos decorativos procedentes, sobre todo, como
las chimeneas de algunos aposentos privilegiados, del antiguo
palacio del infante don Luis, en Arenas de San Pedro; como es
sabido, quedó abandonado casi del todo desde que el fuerte de
su antiguo señor fue trasladado al Panteón de Infantes de San Lorenzo de El Escorial, sacándole de la iglesia en que yacía. Las artes
consumadas de chamarilero del Marqués nos reservaban todos los
días sorprendentes hallazgos en hierros, en cerámica, en vidrios,
en ropas, en mobiliario. Y éste era el tema con que se iniciaba la
conversación, mientras los habituales de Gredos iban llegando.
¿Quiénes eran ellos? Había, ante todo, el grupo del Club
Alpino Español: los dos hermanos González Amezúa, Manuel y
Agustín, este último académico de la Lengua (muy discutido) y
Antonio Prast, dibujante, pintor, fotógrafo. Luego, el Dr. Gregorio Marañón, de Madrid también, como los anteriores. Pepe
Zabala ya no estaba en España, sino en Nueva York, donde la
muerte le rindió, en plena juventud, cuando comenzaba a prosperar su Librería Española. Pero sí venía también alguna vez el
que fue su colaborador en cierta publicación alpina, mi lejano
pariente Pedro Pidal y Bernaldo de Quirós, Márquez de Villaviciosa de Asturias, figura prestigiosa de nuestro alpinismo por ser
suya, acompañado del guía «El Cainejo», la primera escalada al
Naranco de Bulnes, el Cervino español, en los Picos de Europa.
Salamanca, más que Ávila, enviaba así mismo siempre algún
representante: Villalobos, Cardenal, Manceñido y, sobre todo,
don Miguel de Unamuno, el más ilustre de todos los gredistas,
o gredófilos, o como mejor pueda decirse a los apasionados de
Una pluma en el exilio...
263
esta cadena cuyo nombre, de pura cepa céltica, quiere decir «lo
blanco» en castellano, pues casi siempre está nevada, con enormes masas de nieve, bien que, en realidad, el propio Almanzor
no llegue a penetrar en aquella latitud en que se encuentra, en
la zona de las nieves perpetuas que comienza ciento o pocos
más metros por encima. En el macizo de los Picos de Europa, en
cambio, a la misma altitud que en Gredos, las cumbres mayores
(Cerredo, el Llambriom, la Peña Vieja), traspasan ya esa línea.
Pero los Picos de Europa están en el paralelo 43 y Gredos en el
40; esto es, tres grados más que aquellos en la altura del polo. Sea
como fuere, aunque Gredos se detenga verticalmente algunos
metros por bajo de la línea de las nieves perpetuas, constituye
de todos modos un bloque tal de hielo radiante que enfría la
atmósfera en muchos kilómetros alrededor, especialmente en la
vertiente septentrional, de tal suerte que en los pueblos de los
partidos judiciales del Barco de Ávila y de Piedrahita, la pared
del hostigo en las casas y establos, esto es, la pared azotada por
la humedad y el frío, que es siempre la del Sur, la que mira a
Gredos, recibiendo su aliento helado, tiene que estar protegida
enteramente, de arriba a abajo, por tejas, como la techumbre, lo
que da al viajero la impresión de que las construcciones se han
caído sobre uno de sus lados, mostrando el tejado de frente.
La noche se echaba encima, trayendo la hora de la cena.
Alguna vez, como una avanzadilla de la cacería real que se había
desarrollado a la tarde en los picos de Gredos, pasaban los coches de Palacio llevando en el interior cuatro o seis famosas «escopetas negras», a quienes principalmente se debían los trofeos
de caza desbordantes al exterior: cabras monteses, sobre todo,
magníficos animales que pocas horas antes respiraban a pleno
pulmón la atmósfera fría y fina de las cumbres, saltando sobre los
canchales oscilantes. Sólo en una ocasión, el Rey se detuvo diez
minutos entre nosotros, saludando por su nombre a casi todos
cuantos estábamos, pues era un gran fisonomista, rasgo éste, al
parecer, muy propio de la memoria de los Borbones.
La Casa Lhardy, de Madrid, servía por aquel tiempo el comedor de Gredos, con arreglo a una minuta impuesta por el
264
Constancio Bernaldo de Quirós
Marqués en homenaje a la cocina local, así en los productos
alimenticios como en la mantelería, la vajilla, la cristalería, el
alumbrado, etcétera. Verdes o secas, judías del Barco de Ávila
que está poco más allá del término de Navarredonda, donde el
Parador se sustenta; truchas del río Tormes, que corren bajo él;
jamón serrano, componían de ordinario la minuta. La bodega
podía servir los vinos más solicitados. El del país, que era el ordinario, estaba representado por el de Cebreros, el pueblo de
mi madre, sobre todo de la bodega del tío Claudio, mi pariente
lejano. El turista se saturaba pues, de Gredos, hasta por la vía
digestiva: mascaba y bebía Gredos.
Y era también casi exclusivamente local la conversación de
la sobremesa, divagando en meandros complicados a través de
los motivos de Gredos, tan ricos y diversos. Recordábamos a
aquel don Gregorio López, de Oropesa, que en unión de cinco
intrépidos amigos llevó a cabo en 1839, si mal no recuerdo, la
primera expedición conocida a la Laguna de Gredos, «por su
Polo Sur», como se dice en la rarísima relación que escribieron,
dominados por un terror pánico, al final, el terror de un extraño
meteoro que les acometió, algo así cual los fantásticos Xipehuz de
los Rosny, fantasmas claros como la luz y vagos como la niebla.
Recordábamos a don José Somoza, el erudito de Piedrahita de
aquella misma época que escribió la primera canción a la Laguna
de Gredos y de quien don Miguel de Unamuno nos procuraba
sabrosos sucedidos, en tanto que sus manos confeccionaban las
curiosas pajaritas de papel, ranas, etcétera, en que era tan hábil,
hasta el punto de que él pensara alguna vez escribir, como el
mejor de sus libros, el que había de titularse La Cocotolegía, o Arte
de hacer pajaritas de papel. Recordábamos la leyenda de Almanzor,
el gran caudillo árabe que da nombre al risco cimero de Gredos (2,650 metros de altitud sobre el mar), en memoria de la
ascensión que, por pura curiosidad, realizó al valle glacial de la
laguna, poco antes del año mil de nuestra era.
Como este último tema volviera siempre en nuestras conversaciones, el Marqués nos preparó una noche la sorpresa de media
docena, o poco más, de hombres del país, reclutados de Hoyos
Una pluma en el exilio...
265
del Espino, de Bohoyo y de algunas otras aldeas inmediatas, que
vinieron a cantarnos «la Canción de Almanzor»: una extraña
melopea monótona, insistente, en medio de la cual estallaban de
pronto, con gran efecto, algunas notas vibrantes, viriles, expresión
del arrebato de asombro del gran caudillo victorioso, que esto
es lo que significa su nombre ante los acantilados imponentes
del circo de Gredos, resplandecientes de nieve y de hielo, como
una nueva roca cristalina añadida temporalmente al granito de
que está hecha la montaña. Única supervivencia de aquella visita
remotísima, las notas musicales han sobrevivido a la propia roca;
pues, por mínimo que sea el efecto de la degradación secular de
las cumbres por obra de la erosión meteórica, es evidente que no
son ya las rocas de hoy las que repitieron el eco de los clamores
de Almanzor y sus caídes hace cerca de mil años.
Llegaba, al fin, la retirada. Mas antes era preciso salir, por
última vez, a la veranda, para contemplar Gredos a medianoche,
ya estuviese ésta obscura como boca de lobo, ya azul, bañada en
la luz fluídica de la luna.
Pero entonces, el Almanzor resultaba vencido por las estrellas, bajo los paisajes de las constelaciones inmortales que la noche desenvolvía, haciendo girar la bóveda del cielo. Abrumados
por la grandeza de aquel misterio en las alturas transparentes
que nos acercaban los astros como la lente de una ecuatorial, callábamos todos en definitiva, murmurando a lo sumo las palabras
de fray Luis de León en su Noche Serena: «Morada de grandeza,
templo de claridad y hermosura, mi alma, que a tu alteza nació.
¿Qué desventura la tiene en esta cárcel baja, obscura?», después
de leer la cual hay que romper, como yo lo he hecho, los más de
los versos que teníamos hasta entonces por poesía.
La Nación, 18 de junio de 1945.
Gitanos de España
I
Cervantes abre y García Lorca cierra, ¿podría desearse más?,
el interés por el pueblo gitano como tema literario. Entre medias,
y más allá de la pura ficción, como realidad verdadera, gitanistas
son también, de los gitanos de España, Jorge Borrow, Próspero
Merimée, Edmundo de Rochas, Francisco Sales Mayo, Adrián
Colocci, Rafael Salillas. Repárese la abundancia de extranjeros
en esta lista, superando a los españoles.
La palma le corresponde, sin duda, a Jorge Borrow, luego
que pasaron los tiempos en que, tratándose de gitanos, sólo se
pensaba en exterminarlos. Borrow fue a España en los comienzos
de la Regencia de doña María Cristina de Borbón, hacia 1836,
enviado por la Sociedad Bíblica, de Londres, para la propaganda evangélica. Era un hombre excepcional, que poseía el don
de lenguas, que era gran caballista y, además, gitanista sin par,
iniciado por los gitanos ingleses, no sólo en su lenguaje, sino
en sus misterios, aunque hay motivos para sospechar que no
dejaran de ocultarle aquellos alguna parte secreta de su vida y
costumbres, tan herméticas hasta entonces. Entró en España por
Badajoz, viniendo de Lisboa, y la primera nota española de su
libro es bien pintoresca y exacta, pues se refiere a las lavanderas
de la ciudad conversando de tú a tú con el gran río: «¡Guadiana,
Guadiana…!».
– 267 –
268
Constancio Bernaldo de Quirós
Inmediatamente se da a conocer a los gitanos extremeños;
entra pronto en intimidad con ellos y emprende el viaje hacia
Madrid, en compañía del osado gitano Antonio. Borrow ha llegado a España en los momentos en que comienzan a dejarse
sentir los efectos de la Pragmática del rey Carlos III, fecha 19 de
septiembre de 1783, verdadera Carta Magna del pueblo gitano
en España, que pone fin a más de trescientos años de implacables
persecuciones iniciadas por los Reyes Católicos con la Pragmática de Medina del Campo de 1499, acaso dictada a consecuencia
de los excesos de los nuevos nómadas en la famosa feria, y que
comienza con la enojada admonición: «Andáis de lugar en lugar, muchos tiempos e años ha, hurtando e robando e trafagando…», después de lo cual vienen las graves penas consiguientes.
Sólo con Carlos III, bien que en las postrimerías de su reinado,
comienza el período de readaptación social del pueblo maldito,
aún no enteramente terminado, ni con mucho. A cada paso, el
inglés escucha a sus nuevos amigos la frase en plena circulación:
El Crallis ha nicobado la liri de los busnés, «el Rey ha cambiado la ley
de los gitanos». Esto, no obstante, hay que ponerse en viaje con
grandes precauciones, eligiendo los caminos más desusados y las
horas de menor circulación. Jorge, el inglés, y Antonio, el gitano,
montan caballerías de deshecho destinadas a la chalanería de los
nómadas. Hacen en Mérida una parada larga, que sirve a Borrow
para adaptarse mejor a la vida gitana. Luego comienza su largo
itinerario hacia Madrid, por Trujillo, pernoctando en posadas y
ventas mal afamadas, entre huéspedes sospechosos, errantes y
perseguidos por la justicia. Para Borrow es un gran placer dormir
en las cuadras de esas construcciones equívocas, tendido en la
misma pesebrera, envuelto en su gran capa raída, arrullado por
el triturar del grano y de la paja entre las mandíbulas de caballos
y asnos. Su itinerario de improviso se rompe poco más allá de la
mitad, hacia Jaraicejo, aún en tierra de Cáceres, al ser apresado
Antonio, su compañero, y buena parte de la tribu gitana que le
sigue a retaguardia.
Cuando parece que va a decaer el interés de ese viaje inverosímil, de improviso cobra nuevo atractivo, mayor misterio aún,
Una pluma en el exilio...
269
con el encuentro entre Oropesa y Talavera de la Reina, de aquel
incógnito personaje, Abrevanel, por fingido nombre, que ataja a
Borrow montado sobre su burra y le va relatando en el secreto de
la noche, mientras cabalgan a la par, inauditas historias secretas
del judaísmo español pugnando por adueñarse de las más altas
dignidades de la Iglesia española, y consiguiéndolo, a veces, para
sus fines blasfemos particulares. Gitanos y judíos, pueblos de
igual triste destino, esto es, pueblos sin tierra, se juntan y suceden en este capítulo insuperable del primer itinerario de Borrow
en España.
Llegado a Madrid, nuestro autor no olvida a los gitanos.
Probablemente empleó una buena parte de su tiempo en la traducción al caló del Evangelio de San Lucas. Mas también le gustaba buscar la compañía de las clases populares, incluso las más
peligrosas. Don Jorgito, el Inglés, pronto se convierte en punto
fuerte de las calles y tabernas de los barrios bajos. Conoce a Luis
Candelas, el más famoso de los ladrones madrileños de todo
tiempo. Y al picador de toros Sevilla, el famoso Sevilla de quien
tanto nos hablan todos los viajeros de la época, singularmente
Teófilo Gautier, le deja asombrado poniéndose a charlar un caló
cerrado que ni remotamente comprende Balseiro, el teniente de
Candelas, no obstante su aprendizaje en los presidios.
Relatados con gran sencillez y veracidad, todos esos sucesos
constan en la famosa Biblia en España, libro ya clásico en Inglaterra y del que se han hecho no muchas menos ediciones que
de la propia Biblia, lo que es un mayor elogio. El sistema gitano
reaparece en otros itinerarios posteriores, sobre todo mientras
el autor pasa en Sevilla una larga temporada de propaganda. Borrow la aprovecha incidentalmente para crear allí dos o tres focos de interés por los gitanos. La figura de Manuel, el gitano que
conduce el carro de los muertos de los pobres allá abajo, «en la
soleada planicie», es la silueta más interesante que se encuentra
en esta parte de la obra. Borrow dedica a Manuel una página de
gran emoción, haciendo el elogio de ese pobre hombre gitano
olvidado, lleno de paz interior, de fe y confianza, sin haber salido
nunca de la más cruda indigencia.
270
Constancio Bernaldo de Quirós
Después de la Biblia en España, Jorge Borrow escribió un segundo libro: Los Zíngaros, ambos traducidos por primera vez al
castellano por don Manuel Azaña, nuestro presidente, cuando
ya uno y otro llevaban casi cien años de escritos. Pero Los Zíngaros
tiene mucho menos valor que la Biblia en España; y hoy resultan
muy atrasados en cuanto a la antropología y la filología de ese
pueblo misterioso que, a pesar del nombre, nada tiene que ver
con Egipto, pues sólo como licencia poética se puede permitir
hoy, a propósito de él, el calificativo de «faraónico». El gitano, o
caloró (esto es, el hombre negro), es un indostánico dolicocéfalo
emigrado, sin tierra, a consecuencia de una gran catástrofe histórica ignorada que debió producirse a principios del siglo xv.
Es muy probable que Borrow lo ignorara por completo y que en
España lo ignoraran todos, aunque los gitanos llevaran ya casi
cuatro siglos en ella, pues se les vio por vez primera en Barcelona el 11 de junio de 1447, reinando Alfonso V de Aragón, el
«Magnánimo».
II
Pocos años después de Borrow, llega Próspero Merimée,
con Carmen, la pintoresca novela que el público de hoy, en general, conoce sólo a través de las deformaciones de la ópera y el
cine. Carmen representa, en cierto modo, la corrupción que la
voluptuosa Andalucía ejerce sobre el resto de España, y particularmente sobre las razas sanas y austeras del Norte, la Navarra,
sobre todo. El caso contrario, muy excepcional, sería el de la
molinera del Sombrero de tres picos, de Alarcón, en que la seductora de andaluces, aunque virtuosa al fin, es Navarra.
Próspero Merinée fue un escritor sobrio, preciso, de prosa muy castigada. «En la limpia severidad del dibujo, no le ha
vencido nadie», dijo de él un ilustre crítico español. Por otra
parte, conocía bien España, Andalucía sobre todo, así en las
clases populares como en las aristocráticas. Sabido es, en efecto,
por lo que a las últimas se refiere, que formó parte del círculo
Una pluma en el exilio...
271
de hombres de confianza de la bellísima española que llegó a
Emperatriz de los franceses, habiendo nacido en aquella soleada
alcoba de la casa número 12 de la calle de Gracia, de Granada,
que yo visité una mañana de otoño de 1928 cuando otra madre,
mucho más modesta de condición, acababa de recibir el don
de una criatura hembra. Así, pues, la novela, con sus inevitables
lunares, es hermosa. Yo siempre la repaso con gusto. La escena
de la muerte de Carmen, a manos de Navarro, en mitad de un
despoblado entre Montilla y Córdoba, es de gran efecto, y muy
gitana, sobre todo. Carmen acepta sin la menor resistencia su
destino inevitable; pero, a la vez, mientras está en vida, impone
su voluntad en la hora de amar y en la de morir. Por el miedo a
la muerte, no dejará de amar a su torero, y se deja apuñalar en
silencio. ¡Qué diferencia entre esa muerte callada, sin gestos ni
frases, y la que Carmen recibe en la ópera de Bizet, al fin de un
largo dúo lleno de mutuas recriminaciones, en medio del pasillo
de una plaza de toros en tarde de corrida! Un pasillo desierto en
tarde de corrida, es tan imposible de imaginar como la Puerta
del Sol, de Madrid, del todo vacía de gente, lo que, no obstante,
se jactaba de haber visto una vez, una sola vez en su vida, don
Serafín Baroja, padre de Pío, entre otras tres cosas no menos
inauditas en su tiempo, tal como la de no haber asistido jamás a
la representación de un drama de don José Echegaray. (La tercera cosa de que se alababa don Serafín, no quiero acordarme
de ella.)
Ciertamente, esas son libertades imperdonables, como lo es
todavía en mayor grado, si cabe, la que se toma el cine haciendo
que Carmen sobreviva a Navarro y que éste se libre de la horca, que
es su sino necesario. Para acabar con esto, no dejaremos de añadir
que en la novela de Merimée, la Sevilla en que se desarrolla la
acción de Carmen, no es, en modo alguno, Triana, sino el laberinto
de medievales callejas en torno de la que lleva por nombre «Cabeza del Rey don Pedro», escrito, letra por letra, en grandes azulejos
de la Cartuja, en memoria de una singular aventura del Rey Cruel,
cuya crónica completa fue tan concienzudamente conocida de
Merimée mismo. ¿Y por qué haber suprimido, en cambio, de la
272
Constancio Bernaldo de Quirós
película, una escena tan deliciosa y tan hecha para el cine, como
el baño de las mujeres cordobesas en el Guadalquivir, al toque del
Ave María, en la sesión del río que va desde la Puerta del Puente
al Molino de Martos?
Si dejamos ya la parte novelesca de la obra, lo que más nos
interesa ahora es el capítulo cuarto y último de ella, pues no hay
que olvidar que es una novelita breve, en la cual, en media docena de páginas, o poco más, se contiene el resumen de los conocimientos gitanófilos de Merinée y su interpretación del pueblo
gitano. No falta en esas páginas la mención de Jorge Borrow, que
acababa de salir de España, precisamente. La cita de Merinée
a ese propósito, va acompañada de un leve comentario irónico
sobre la opinión excesiva de don Jorgito en cuanto a la virtud
de la mujer gitana. Y en realidad, toda la novela, toda Carmen, es
una negación de tal virtud, aunque Carmen se jacte siempre de
ser una flamenca de Roma.
He aquí dos palabras cuya interpretación requeriría mucho
más espacio que el que nos es dado consumir. Aquí, en Carmen,
aparece, tal vez por primera vez en las letras de cierta altura, el
adjetivo «flamenco», que tanto ha dado que hacer para explicar
su etimología verdadera. Pese a las cavilaciones de don Francisco
Rodríguez Marín y de mi querido maestro don Rafael Salillas,
«flamenco» nada tiene que ver con la llama, ni con el soldado de
Flandes, aunque pueda haber en la palabra una remota analogía difícil de precisar. No, flamenco, del árabe felah mencu (bien
claro está, me parece), significa «campesino huido», trocándose
de este modo en una representación del morisco fugitivo del
siglo xvii que, imaginada por el pueblo de entonces, reaparece
como una creación verbal, ya incógnita, a fines del siglo xviii o
principios de xix. Esta versión, que parece ya inconmovible, la
dio por vez primera el malogrado Blas Infante, el Notario de
Cantillana, y luego de Coria del Río, creador del nacionalismo
andaluz, a quien yo traté en Sevilla en 1932, con gran provecho
para mí, y que pereció a manos de nuestros enemigos fascistas
en Sevilla misma, como una de las primeras víctimas. Carmen
es, en verdad, flamenca; el tipo gitano, el morisco y el serrano,
Una pluma en el exilio...
273
fundidos en los días de persecución y transmitido desde entonces a ella por herencia directa. Pero en cambio, lo de Roma no
le conviene sino a medias; pues Roma no es, para los gitanos, la
capital de los Césares y de los Papas, sino la tierra de los rom; y esa
palabra tiene un significado doble: de un lado, el propio pueblo
gitano, que es la mitad de ella que corresponde bien a Carmen;
de otro, el pueblo de los maridos, que es para lo que ella no
vino al mundo. Romana, rosní, más bien dicho, romana en este
segundo sentido, no lo es nunca Carmen, tan infiel a su rom,
el tuerto García, como a cualquiera otro de sus innumerables
amantes, a todos los cuales ha debido repetir muchas veces, con
su proverbial descaro, las palabras de la famosa habanera: «Al
que me quiere yo no lo quiero» (la habanera que no es de Bizet,
por cierto, sino del vasco Iradier, como es bien sabido y como
refirió Baroja puntualmente). Ahora bien, si alguna virtud de
mérito hay en la mitad femenina del pueblo gitano, ésta es la
fidelidad, la abnegación de la mujer con relación a su hombre.
En este punto, todos los autores están de acuerdo, desde el gitano viejo de la Gitanilla, de Cervantes: «entre nosotros habrá no
pocos incestos, pero nunca adulterios». He aquí, pues, un punto
neurálgico de interés en que Carmen no es gitana.
III
Bajo la constelación de Borrow queda todavía, en la segunda
mitad del siglo xix, don Francisco Sales Mayo, que adoptó, como
seudónimo para sus estudios gitanistas, la traducción al caló de su
segundo apellido: «Quindalé», equivalente al mes de la primavera, el floreal de las supuestas gentes de Egipto. De Sales Mayo es la
primera gramática gitana publicada en España, con su correspondiente vocabulario y algún que otro estudio de costumbres. Periodista y novelista, del género «por entregas» que capitaneaba don
Manuel Fernández y González, «Quindalé» había vivido mucho
tiempo en Londres, donde leyó a Borrow y acaso se relacionara
con él directamente. Como no es un filólogo, ni mucho menos, su
274
Constancio Bernaldo de Quirós
obra, que no deja de ser estimable, sólo tiene el valor de permitir
el aprendizaje del caló en la medida indispensable para comunicarse con los «calés».
Por su parte, Edmundo de Rochas tiene el mérito de encajar el estudio del gitanismo en el conjunto de los parias, o razas
malditas, de Francia y España. Por lo que a España se refiere, las
razas malditas que Rochas considera con más detención son los
«vaqueiros de alzada» de la parte Occidental de Asturias (partidos
judiciales de Belmonte y de Cangas de Tineo) y los agotes del país
vasco-navarro, especialmente el valle de Baztán. Los «vaqueiros»,
de origen étnico muy obscuro, constituyen un caso excepcional
de trashumancia de altura en las montañas; son gentes que, confinadas en un territorio horizontalmente muy reducido, tienen que
limitarse, en su vida pastoril, a un nomadismo vertical, descendiendo a los valles en el invierno, emigrando a las alturas en el verano,
para vivir con sus rebaños. Los agotes, mejor conocidos que los
«vaqueiros», parece que son residuos de antiguos leprosos.
Cuando Rochas se interesaba por los gitanos de España,
hacia los años de 1860 a 1870, esto es, ochenta años hace, ya la
readaptación de aquel pueblo a la sociedad española, iniciada en
las postrimerías del reinado de Carlos III, como vimos, iba bastante adelantada, de tal suerte que muchas capitales de provincia
y aún algunas importantes cabezas del partido judicial, habían
visto desarrollarse barriadas gitanas, más o menos destacadas, en
los arrabales y en los sectores populares, recuerdo de las antiguas
juderías y morerías disueltas desde los días de los Reyes Católicos
y de Felipe III, respectivamente.
Triana, en Sevilla, es su mejor ejemplo, puesto que el Sacro
Monte de Granada nos parece demasiado artificial, algo así como
un motivo de turismo añadido en la colina de La Alhambra a los
tres suntuosos hoteles para los viajeros de todos los mundos, el
Palace, el Washington Irving y el Siete Suelos, y a la Casa Garzón,
donde se vendían postales, fotografías y recuerdos menudos de
la ciudad donde se juntan Genil y Darro.
Así pues, Rochas nos habla hasta de un sacerdote católico
de pura raza gitana, hallado en la parroquia de San Andrés, de
Una pluma en el exilio...
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Madrid. Pero no parece tener la menor noticia del único santo
gitano, o, cuando menos, de la única devoción gitana de ese carácter: de San Juan Mengibar, de quien más de una vez me habló
un jefe de las prisiones españolas, don Simón García y Martín
del Val que, en alguno de sus libros, se ha referido a ella. Según
ese antiguo amigo, existe una imagen del santo en alguna iglesia
cordobesa. ¿Cuál? Sería largo buscarla entre las cuarenta o más
iglesias de la ciudad sultana: San Pablo, San Pedro, Santiago, San
Rafael, San Andrés, San Lorenzo, San Hipólito, San Cayetano,
La Magdalena, Santa Marta, Santa Marina, Santa Victoria, etc.
Llegamos ya a Colocci, cuyo sugestivo libro Los Zingaros,
escrito en italiano, tiene para nosotros, los españoles, además
de frecuentes alusiones a los gitanos nuestros, el valor, el atractivo, de que se le inspiró a su autor en Madrid, la famosa Juanita
Flores, la bari crallisa, la reina gitana de entonces, que logró tantos apasionados. La dedicatoria lo dice así, en purísimo gitano
oriental: «Fue en aquel instante, en aquella singular alucinación,
cuando compuse este libro. Escrito en diversos sitios y mil veces
abandonado, merced a usted le volví a continuar». Y aunque ya
felizmente apenas hace dos meses, la svástika, o cruz gamada, haya
perdido buena parte de su medroso interés, no dejaré de decir
que en el libro de Colocci se encuentran buenas observaciones
e interpretaciones sobre aquel signo como variedad del patteran
gitano, o sea, como signo de orientación y reconocimiento en los
caminos para las estirpes errantes.
Nuestra serie de gitanistas de España termina con don Rafael
Salillas, mi maestro, que es ya de ayer, como quien dice. Don
Rafael, alto aragonés del ingente Pirineo, médico de profesión,
a la que renunció muy pronto ansioso de éxitos distintos, fue
uno de tantos jóvenes de los que, hacia la época de los triunfos
escénicos de Echegaray, llegaban a Madrid por cada una de sus
cuatro estaciones ferroviarias llevando en la maleta, a veces como
bagaje único, el manuscrito de un drama para el Español, para la
Comedia o para Novedades.
Salillas llegó a estrenar el suyo, es cierto; pero, pronto desengañado, acertó a entrar en la administración penitenciaria
276
Constancio Bernaldo de Quirós
española, que por primera vez tuvo a su servicio un hombre excepcionalmente preparado y dispuesto. (Una mujer ya la había
tenido antes: la gloriosa doña Concepción Arenal.)
Así, desde que entró en la Dirección General de Prisiones y
comenzó a escribir su primer libro, La vida penal en España, hacia
1886, Salillas encontró a los gitanos en el presidio, iniciándose
en su lengua y en su vida. Poco más tarde comienza la serie de
sus libros sobre el delincuente español con el estudio sobre El
Lenguaje y desde entonces sufre la atracción del gitanismo que
culmina en la mejor de sus obras, Hampa.
Cuando yo conocí a Salillas, en la primavera de 1898, él
acababa de escribir esa obra y yo preparaba el primero de mis
libros, Las nuevas teorías de la criminalidad. Don Rafael vivía por
entonces en la hermosa vía que sucesivamente se ha llamado de
Alfonso XII, de Niceto Alcalá Zamora y de la Reforma Agraria.
Ignoro cómo se llamará hoy, pero seguirá desenvolviendo la fila
única de sus casas pares frente a la verja del parque del Retiro
y asomándose, en las proximidades de Espalter, al recóndito y
simpático vergel del Botánico. A veces, cuando yo iba a visitarle
con el fervor del neófito, le hallaba por la calle en que vivía,
rodeado de tropa gitana, sus documentos humanos de entonces,
entre los cuales no faltaba una figura femenina, la Juaneca, hija
del picador de toros del propio mote, que fue para él lo que
Juanita Flores para Colocci, esto es, su ninfa Egeria.
El libro Hampa es lo mejor que sobre gitanos ha producido
España, en la literatura científica. Dividido en tres partes, la primera se titula «Hampa social»; la segunda «Gitanismo»; la tercera, «Hampa delincuente»; y la segunda, «Gitanismo», es la mejor
de todas, sin disputa. En esta parte sobresalen, especialmente, las
densas páginas dedicadas a la motilidad gitana en sus aspectos
más interesantes y definidos, a saber, sus habilidades manuales
(no siempre honradas ni honestas), sus actitudes para la marcha,
su capacidad de orientación y, sobre todo, sus bailes.
Lo mejor que Salillas escribió en toda su vida está en ese
último tema, sin disputa. Sus páginas sobre los bailes gitanos no
tienen rival en parte alguna; pero lejos de ser, según es costumbre
Una pluma en el exilio...
277
al tratar el tema, un desahogo de mera literatura, una deslumbradora función de fuegos artificiales sin consecuencias, son estudios
acabados de fisiología y psicología, de localizaciones medulares y
musculares en la expresión del ritmo emotivo.
Aquí pondré ya punto final. Si hubiéramos acertado a despertar el interés en la República Dominicana por ese pueblo
extraño de los gitanos, que no excede, al parecer, de un millón
de seres humanos diseminados por el Viejo Mundo sólo, pues al
Nuevo se le negó la política emigratoria de los Reyes de España,
aconsejaríamos al lector que volviera a la fuente primera y a la última que cité al comenzar este ensayo: La Gitanilla de Cervantes
y el Romancero gitano de García Lorca. El gitano viejo de aquel y
el gitano joven de éste, Antoñito el Camborio, son, cada cual en
su género, lo mejor de su raza, no tan maldita, después de todo,
pese a lo que creyó Rochas, que no sea deseada por muchos, con
la mayor codicia de su «ello». En España, su número se calculaba
en cuarenta mil, de los cuales una cuarta parte, a lo sumo, esto
es diez mil, permanecen aún gitanos del todo, es decir, irreductibles: nómadas de las carreteras y caminos, habituales de los
mercados y las ferias, clientes, a su pesar, de los presidios, de
las cárceles, de los hospitales, de todas las casas de clausura y de
retención…, salvo las mancebías, en que la mujer gitana es una
rara excepción, un mirlo blanco, un caso de albinismo que se da
muy contadas veces.
La Nación, 25 de junio, y 2 y 10 de julio de 1945.
La montería del rey Alfonso XI
El alguacil mayor del concejo de la villa del oso y el madroño, Mantua Carpetanorum, sive Matriti, aún no llegada a ser,
como lo fue, urbs regia, tomó de manos del emisario el pliego
sellado con las armas del Rey y fue a ponerle en manos de sus
destinatarios. Era un albalá fechado en Cadalso, de la propia
tierra madrileña, a cuatro días del mes de septiembre del año
1382 de la Era Hispánica, equivalente al de 1348 de la Cristiana,
en que el soberano ordenaba a los regidores madrileños que
enviasen, en el acto, cuantos maestros carpinteros hubiera en
la villa, a reparar Los Palacios de Manzanares el Real, pues se
proponía ir pronto a cazar el oso y el jabalí en las bravas sierras
de la Pedriza. (El documento se conserva aún en el archivo del
Ayuntamiento de Madrid y está reproducido en la Historia de la
Villa y Corte, de Amador de los Ríos y de Rada y Delegado, tomo
I, página 319.)
¿Cuántos maestros carpinteros podría tener Madrid entonces, cuando no pasaba de ser un lugarón excepcionalmente
desarrollado de la Sagra alta, allí donde se acaba ésta, con los
terrenos sedimentarios, y van a comenzar las rocas eruptivas de
la Sierra? Ocho, diez, doce a lo sumo, que con su pequeño séquito de oficiales y aprendices, al otro día de recibido el albalá, han
emprendido el camino a través del eterno encinar de El Pardo,
pernoctando después en la villa de Colmenar Viejo, felices por
aquella escapada excepcional que les permite conocer la sierra
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280
Constancio Bernaldo de Quirós
fría y azul que veían a diario desde los escampados matritenses,
invitándoles a que fuesen a ella.
Los palacios reciben al medio día siguiente la tropa de menestrales, y a poco los ecos de la montaña comienzan a repetir,
devolviéndola al espacio, la canción de las sierras, de las garlopas
y los martillos, que dan la ilusión de una pequeña Torre de Babel
elevándose en el silente paisaje de la entrada de La Pedriza. Los
palacios, el famoso albergue fortificado de antigüedad inmemorial en la ruta de Alcalá de Henares a Segovia, casi arruinados por
muchos años de peleas y desidias, necesitaban, en verdad, aquella
orden de reparación ordenada por el soberano de Castilla.
Entre tanto, mientras prosigue apresurada la faena, el Rey
caza allá lejos, hacia el Oeste, donde se hace la conjunción de las
sierras de Gredos y de Guadarrama, en aquellos cerros azules,
del más cálido azul, a punto de desvanecerse en la opaca lejanía
del horizonte. Y cuando el Rey ha dejado los montes de Cadalso
casi del todo despoblados de fieras y vestiglos, recuerda que otras
muchas fieras más y otros muchos más vestiglos laten y palpitan
en el Real, donde los famosos Palacios de Manzanares deben
estar ya aderezados.
De Cadalso a Manzanares median catorce o quince leguas,
casi totalmente despobladas. En su ruta de Sudeste a Nordeste,
el rey Alfonso XI cruza toda la tierra de mis antepasados. Cebreros, Robledo, Guadarrama, han debido de ser sus posadas.
Los carpinteros de los palacios no han rematado su obra por
entero, cuando una tarde sienten el sereno silencio de la puesta
de sol alterado por el lejano compás de un tropel de caballos
que adelanta al galope. Es una espesa polvareda a lo largo del
camino de San Boval, que llaman hoy El Bóalo, de la cual como
los relámpagos y truenos de una nube, salen destellos de luz y
notas agudas de relinchos y ladridos, entre otras más graves de
cuernos y de trompas.
¡El Rey, el Rey! Los martillos quedan un instante parados
en el aire y las sierras detenidas en el trabajo de sus dientes.
Cinco minutos después, el Rey se encuentra, en efecto, en los
palacios.
Una pluma en el exilio...
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Trae al pecho la banda, la famosa banda carmesí que no ha
vuelto a ceder, ni por un momento, a nadie, después del dramático suceso de García del Castañar. Es un buen ejemplar humano,
de sangre azul, un dolicocéfalo rubio en la plenitud de la vida…
Vida, ¡ay!, a la que, sin embargo, no resta sino un crédito de dos
años escasos, pues habrá de morir en ese tiempo víctima de la
peste negra, ante los muros de Gibraltar, a punto de ganar la
plaza. Lo que hay en él de Rey, destaca en el acto, haciéndose aparente entre su séquito de hombres de armas y de viejos
monteros, criados todos en la ruda intemperie que fortifica los
miembros y anima la expresión, así como, al par del aire y del
sol, nutridos con la médula, la carne y la sangre del oso y del
jabalí que consumen casi exclusivamente hace un mes largo, sin
contar el bon vino, generosamente bebido sin tasa.
Un largo cortejo de honrados vecinos, dos o tres de ellos
ostentando ropas talares, avanza lentamente desde el pueblo
para dar la bienvenida al soberano que, afable, les recibe, conversando con todos, aún los más humildes: ganaderos y pastores
vestidos de cuero, de rostros impasibles, fríos, a fuerza de contemplar riscos inmóviles. El cura del Real habla todavía, como de
un suceso importante, de la llegada, años atrás, del Arcipreste de
Hita en tierra de Guadalajara, Juan Ruiz que se llamaba, devoto
de Nuestra Señora de El Vado, ante la cual compuso, repentizándola, una preciosa plegaria.
Pero el Rey a quien recuerda, por su parte, trayendo a cada
paso a su memoria, es a Diego Bravo, su famoso montero mayor,
muerto en el cerco de Algeciras el año anterior en plena acción
de guerra. Ahora le reemplazan Diego Alguacil y Martín Doyarbe, cuya compañía prefiere, sobre todo, y no cambia con gusto
sino por la de sus agudos canes de caza infatigables: Frontero,
Manchada, Golosa, Osado, tantos y tantos cien que le lamieron
mil veces las manos y hasta la cara.
Con el alba del siguiente día, el Rey se ha internado en la Sierra
con todo su cortejo. A las puertas de la garganta del río donde éste,
salido del profundo desfiladero que se labra, se remansa y se ensancha en una pradera rocosa, a la vez pintoresca y adusta, el Rey ha
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Constancio Bernaldo de Quirós
plantado sus tiendas, dispuesto a dar comienzo a la batida. Por eso,
aún hoy, en recuerdo, la pradera se llama Navalrealejo, esto es, la
nava del pequeño campamento real para la acción de caza.
Al otro lado del río, dos tiros de ballesta sobre poco más o
menos, hay una roca rotunda, antigua como el mundo, marcada
en su corona con el signo misterioso de cuatro grandes pilas,
talladas con rara regularidad en el granito por obra de la acción
química del agua pluvial, disolviendo los elementos de la roca
con los ácidos que las gotas llevan en suspensión. Esa es la Peña
Sacra, famosa por el culto inmemorial que ha merecido desde
las edades de la piedra hasta hoy mismo, en que la santifica una
piadosa ermita.
Mientras el Rey se entrega a su pasión de la caza, más de un
morisco de los que abundan en la Sierra pasa junto a la Sacra y,
saludándola, ora ante ella haciendo a Sidi Chamaruch, el genio
poderoso de la montaña, la ofrenda de un pedazo de pan, una
pella de manteca, un cuenco de leche o un cirio encendido en la
plenitud del día deslumbrador que anega la llama.
A medianoche todo ha terminado ya. Navalrealejo, en su
duro suelo, está cubierto de muertas alimañas: osos, jabalíes,
cabras monteses, tejones, lobos; copiosa, desmedida, inacabable
naturaleza muerta, tal como en la dedicatoria de Las Soledades
al Duque de Béjar. Don Luis de Góngora se complace en pintar
«donde el cuerno, del eco repetido, fieras te expone que, al temido suelo, muertas, pidiendo términos disformes, espumoso coral
le dan», no al Tormes, como se dice en texto, sino al Manzanares
de Madrid, todavía a ocho leguas de la capital.
Entretanto, bajo la tienda, a la luz de las antorchas de olorosas
teas, el Rey va dictando a sus amanuenses el relato de la jornada:
«los Altarejos es buen monte de oso en estío, señaladamente en
tiempo de madroños, et es en el Real. Et son las vocerías: la una
por cima del Yermo fasta en el Collado de la Siella; et la otra
desde el Collado de la Siella fasta el río del Soto. Et es el armada
en el Collado del Cabrón».
Todos esos nombres se pronuncian aún, tal como están puestos o con ligeras variantes. Pero los palacios ya no son sino ruinas
Una pluma en el exilio...
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decrépitas en el ejido occidental de Manzanares, opuesto al Castillo, que en los días de Alfonso XI aún no existía. Y el cuerpo
del Rey hace seis siglos que yace tendido junto al de su padre,
Fernando IV, «El Emplazado», esperando la resurrección de la
carne y el día del juicio final en la Colegiata de San Hipólito, de
Córdoba, una de sus piadosas fundaciones.
La Nación, 16 de julio de 1945.
Diego Corrientes o el
«Bandido Generoso»
Nació al comenzar la segunda mitad del siglo xviii, en
Utrera, villa entonces, hoy ciudad rica e ilustre de la baja Andalucía, puesta en el camino entre Sevilla y Cádiz. Sus paisanos que
acaban de morir, Joaquín y Serafín Álvarez Quintero, mis amigos,
me procuraron, ya hace muchos años, copia del acta de bautismo
del pobre Diego, que yo guardaba en Madrid, junto con otros
documentos tocantes a la breve vida de aquel desgraciado.
Su vida de perseguido y condenado comenzó pronto, apenas
traspuesta la pubertad, que es precoz en aquella tierra cálida. Yo
pienso que para él, para el pobre Diego, se compuso, o más bien,
que él mismo fue el creador de la copla carcelaria que aún se
canta en el país: «Veinticinco calabozos tiene la cárcel de Utrera,
veinticuatro llevo andados y el más obscuro me queda».
Caballero andante de la rebeldía y de la protesta social del
mundo que aprendió a conocer, soñó en corregir la vida andaluza repartiendo por igual la justicia y la riqueza, de suerte que a
los veinte años merecía de sus paisanos el apodo de «el bandido
generoso», «el que a los ricos robaba y a los pobres socorría» con
que se le conoce en las gestas del bandolerismo andaluz, donde
aparece como su ejemplar más puro y desdichado. Exenta por
completo de toda efusión de sangre, sin secuestros, sin salteamientos, la historia de sus atentados criminales se compone, sobre todo, de exacciones violentas en los cortijos y almazaras, esto
es, en las explotaciones agrarias de cereales y de olivos. Y, además,
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Constancio Bernaldo de Quirós
de hurto de ganados. Diego Corrientes fue, más que nada, un
abigeo, un abductor, un cuatrero: «ladrón de caballos padres»,
como le llama el edicto que puso a precio su cabeza. Así, su figura
encaja perfectamente en el paisaje y se estiliza con las cualidades
más propias de la raza. Fue un caballista, un jinete sin par, un
centauro del campo bético; y me atrevo a sospechar que no le
faltaron tampoco aficiones al toreo en los días del rey Carlos III,
en que ese arte, tal como le conocemos hoy, de plebeyos a pie,
comenzaba a reemplazar al toreo antiguo de nobles a caballo.
Posible es que de nacer una generación antes, Diego hubiera
acabado bien, viejo y tranquilo, llevando un final de vida abundante y estimada. Pero nació bajo una constelación fatal que fue
para él la construcción del nuevo camino de Andalucía y el celo
del magistrado sevillano don Francisco de Bruna y Ahumada,
personaje tan importante entonces en la gran ciudad andaluza
que el buen humor de sus naturales le llamó «el Señor del Gran
Poder», comparándole nada menos, algo irreverentemente,
por cierto, con el gran Nazareno de magnífica talla policroma,
suntuosamente vestida de terciopelo y oro que se guarda en la
iglesia de San Lorenzo y que es la mayor de las devociones del
pueblo que vigila la torre imponderable de la Giralda.
¿Hubo acaso, como alguien sospechó, faldas de por medio,
algunas faltas graciosas sobre un cuerpo de mujer codiciado, que
expliquen la tenaz animadversión, el celo sombrío desplegado
por don Francisco en la persecución de Diego?
No; resueltamente no. Pero don Francisco había hecho su
punto de honra de la extirpación del bandolerismo en la baja
Andalucía, a medida que avanzaba la colonización de la Sierra
Morena y de los desiertos andaluces entre Córdoba y Ecija, y entre Ecija y Carmona, fiada por el Rey a aquel insigne magistrado
perulero, don Pablo de Olavide y Jáuregui, a quien Bruna mismo
había tratado personalmente en la tertulia que don Melchor
Gaspar de Jovellanos tuvo en Sevilla mientras fue Alcalde de la
Cuadra, tertulia a que asistía lo mejor de la sociedad hispalense.
Era preciso que desde Despeñaperros hasta la boca del Guadalquivir, desde la puerta de entrada hasta la puerta de salida de la
Una pluma en el exilio...
287
gran Andalucía, se pudiese caminar sin el tropiezo de un solo
bandido; y, por desgracia para él, Diego era el bandido único
que se obstinaba en cortar el camino.
Un día, que fue decisivo para su suerte, Diego, viendo desde Utrera hacia Lebrija, avistó desde lejos la pesada carroza
del Reciente de la Andalucía, Bruna, marchando en dirección
contraria, desde Lebrija a Utrera. El encuentro tuvo lugar en
las cercanías de la renombrada Venta de la Alcantarilla, llamada
así por la presencia de un pequeño puente romano sobre el río
Salado de Morón, tributario del gran Betis, cerca de la cual, por
cierto, también se conservan aún los restos de una vetusta torre
romana que el pueblo conoce hoy con el nombre de «Torre de
Diego Corrientes», en memoria del suceso que se desarrolló allí
aquel día decisivo. El teatro de la escena está a la vista del viajero
en ferrocarril, en la estación de Alcantarilla, entre Utrera y Lebrija. Es aquel un paisaje extraño, un paisaje anfibio, mezcla de
tierra firme y de marisma, como una formación casi indecisa del
antiguo golfo del Guadalquivir desecándose a través de los siglos.
Sabana amplia, poblada de la palmera enana que es el palmito, se
extiende, a la derecha de la vía férrea yendo desde Sevilla, hasta
perderse en las riberas del Guadalquivir, salpicada de cuando en
cuando por albinas superficiales, esto es, por pequeñas charcas
de aguas semi salobres.
La pesada carroza avanzaba lentamente a través del suelo
equívoco, mientras en el interior, don Francisco de Bruna y Ahumada, bien recostado sobre los muelles almohadones, vistiendo
con la solemne elegancia que la moda de los años barrocos imponía a los cargos y a las dignidades altas, componía mentalmente
alguna disertación académica sobre el exacto lugar de la batalla
de Munda en que Julio César venció a los hijos de Pompeyo, en
la propia tierra bética, o sobre algún otro tema de ilustración
arqueológica o técnica. Bruna fue, para Sevilla, algo así como
Jovellanos para Gijón, sólo que, tanto más en pequeño cuanto
Sevilla fue mayor que Gijón y sigue siéndolo.
De improvisto, el Regente se sobresaltó sobre su asiento. La
carroza se había detenido y al alzar la cabeza su dueño, vio ante
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Constancio Bernaldo de Quirós
sí, al otro lado de la ventanilla, la figura de Diego Corrientes, a
caballo, saludándole irónicamente.
«Buenas tardes, don Francisco. ¡Cuánto bueno por aquí! Le
había visto desde lejos a su merced y no he querido privarme
del gusto de saludarle. Además, esta bota se me ha desatado»,
añadió sacándola del estribo vaquero y poniendo el pie derecho sobre el marco de la ventanilla. «Y para no molestarme en
desmontar, he pensado que su merced no tendrá a menos el
servirme». La mirada de Diego se hizo entonces tan imperativa,
que don Francisco Bruna, obedeciendo en silencio, se puso con
sus torpes dedos a formar la lazada.
Diego, de abajo a arriba, dominaba la escena, y a tiempo de
volver la grupa añadió con igual flema: «Y sepa su merced que
Diego Corrientes sólo teme al Señor del Gran Poder que está en
San Lorenzo, no al de la Audiencia». La jactancia juvenil de Diego le perdió para siempre aquella tarde. Don Francisco de Bruna
no podía olvidar el ultraje y se dispuso a vengarle, planeando su
respuesta aquella misma noche en la villa orgullosa y confiada de
Utrera, la del blasón del mote redundante: «Davino Baco; Palas,
aceite; trigo Ceres; madera, Cibeles». Todas sus riquezas, que el
escudo de armas concluye inventariando en esta forma: «rica de
vacas, ovejas y caballos; poderosa en granos, en aceite fértil, en
vino fecunda, criadora de frutas y sal, en pinos soberbia y sólo
con sus bienes opulenta».
Al siguiente día, el Regente de la Audiencia de Sevilla, llamada «de los Grados», emplazaba a Diego Corrientes concediéndole término de tres para presentarse a responder de los cargos
que pesaban sobre él. Era éste el primer paso de un bárbaro
procedimiento judicial dispuesto, más de cien años atrás, por
pragmáticas del rey Felipe IV, de 15 de junio y 6 de julio de
1663, contra los salteadores de caminos y otros malhechores
de la especie que, con obstinada tenacidad, se reproducían en
Andalucía siempre (ley 1ra, título 18, libro 12, de la Novísima
Recopilación).
Y como, según es natural, Diego siguiera en rebeldía, apenas
transcurrió el plazo un edicto nuevo, un «bando», mejor dicho
Una pluma en el exilio...
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(de donde viene precisamente el nombre de «bandido»), puso
en el acto a precio su cabeza, colocándole fuera de la ley y autorizando a todos para entregarle vivo o muerto a las autoridades
de justicia. En la plaza de Mairena del Alcor, el bellísimo pueblo
sevillano de la famosa feria cantada con tanta melancolía por don
Serafín Estévanez Calderón, el famoso «Solitario», Diego Corrientes leyó el bando lanzado contra él y, no sólo le desgarró, sino
que, repitiendo el osado lance de jactancia a que se atrevieron,
según las crónicas, Francisco Esteban, «el Guapo», con don Pablo
Diamante, presidente de la Chancillería de Granada, y Coracota,
el primer bandido bético de nombre conocido, con Octavio Augusto, se presentó ante el propio Bruna reclamándole el precio
de su cabeza, puesto que allí estaba ante él, vivo por fortuna. Don
Francisco Bruna sufrió esa nueva humillación casi desvanecido,
a tiempo que el buen Diego, con sus onzas de oro en el bolsillo,
montaba de nuevo su caballo, arrendado a la reja del piso bajo de
la calle de Itálica, en el corazón de Sevilla, donde vivía el Regente.
Yo tenía también en la añorada carpeta de documentos de que
hablé al comenzar este artículo, la fotocopia del bando desgarrado, que publiqué en mi libro sobre el bandolerismo andaluz,
escrito en colaboración con mi sobrino Luis Ardila.
Diego Corrientes desapareció de Andalucía largo tiempo y
don Francisco Bruna daba ya la partida por pérdida, cuando sus
confidentes le trajeron la noticia de que el temible abigeo había
aparecido a cien leguas de Sevilla, internado en Portugal, en Covilha, vertiente sur de la sierra de Estrella, eslabón último de la
gran Cordillera Central de España, donde continuaba en grande
su empresa criminal de importación furtiva de caballos de las famosas dehesas reales andaluzas: potros de la Cartuja de Jerez, de
pequeña cabeza acarnerada y grupa redonda hendida, propios
para paseos y paradas; y yeguas de Córdoba, alazanas doradas,
caretas, de boca sonrosada y de ojos grandes claros que Homero
hubiera comparado con los de Juno, puesto que, con frecuencia,
decía de los de esta diosa que semejaban a los de las vacas.
El temible «Señor del Gran Poder», que jamás olvidaba agravios, ni mucho menos perdonaba, preparó entonces su golpe
290
Constancio Bernaldo de Quirós
decisivo, sirviéndose esta vez de un viejo tratado de extradición
de malhechores, acaso el más antiguo conocido de los de su
clase, celebrado entre España y Portugal en los días de los Reyes
Católicos. Delatado Diego en Covilha a las autoridades de Portugal por un amigo falso, le prendieron mientras descansaba en
un huerto tomando el suave sol de una tarde de fines de febrero
en que, según el refrán, ya busca la sombra el perro en aquel
país templado. Lleváronle sin pérdida de tiempo a Olivenza,
villa y plaza fuerte hoy de la provincia española de Badajoz, pero
que entonces, en el año de 1781 a que se refieren los sucesos
que referimos, aún era portuguesa; y desde allí fue entregado a
las autoridades españolas que le trasladaron a Sevilla, donde entró, por cierto, en domingo de marzo. Don Francisco de Bruna
había vencido.
Las pragmáticas de Felipe IV se cumplieron, sin demora, en
Diego con todo rigor. El miércoles siguiente fue afrentado; el
viernes le ahorcaron y descuartizaron sin respeto a la piadosa ley
5ta dictada por el rey Alfonso X, «El Sabio», para los Adelantados
mayores, en mitad del siglo xiii, mandando que «no se hiciera
justicia en cuerpo de hombre ni de mujer, de muerte o de lesión, ni de otra pena», en día de viernes, «por honra de Nuestro
Señor, que fue en tal día puesto en cruz e recibió pena e muerte
por nos», ley que durante tantos siglos había sido guardada, con
todo el prolijo santoral de días vedados a la justicia de sangre.
Claro es que, en tiempos de Carlos III, no existían ya Adelantados
mayores, ni mucho menos. ¿Pero qué duda cabe que el espíritu y
la letra de aquella piadosa ley debieron guardarle siempre todas
las altas autoridades judiciales?
Sabemos por los papeles del Conde de Mejorada, otro contemporáneo amigo de Bruna, de Olavide y de Jovellanos, de que
yo guardaba copia entre los míos, sabemos que en la hora de
la muerte, que es la de la verdad, Diego Corrientes estuvo muy
postrado, perdida por entero la arrogancia viril de que en sus
buenos días había dado tantas pruebas. La última escena del
drama judicial fue la del descuartizamiento en la llamada «Mesa
real» por los documentos judiciales de entonces.
Una pluma en el exilio...
291
La Mesa real, de la que no quedan descripciones verbales ni
representaciones gráficas pues los sevillanos la dejaron perder
entre sus antigüedades penales, era un fragmento del antiguo
camino romano de Andalucía, de afirmado casi indestructible
en la argamasa tenaz de sus capas superiores («rudus»), que debió quedar en alto, aislado, por casualidad, poco menos que a la
altura de un hombre cuando se construyó el nuevo camino real
de Andalucía. Sobre aquella especie de tosca mesa de disección,
el verdugo practicaba con rara maestría anatómica el descuartizamiento judicial de los reos de muerte con objeto de que, para
escarmiento ejemplar, la cabeza y los miembros de ellos fueran
expuestos, clavados en altos postes, en los lugares de los crímenes de cada uno. En el caso de Diego, su cabeza, por orden del
Regente, fue a parar a la Venta de la Alcantarilla, el lugar del
famoso encuentro de ambos y de la afrenta del último, que tan
cara resultó al fin para el bandido. Allí permaneció largo tiempo
en su trágica mueca y el viento, en ocasiones favorables, solía
vibrar en sus labios remedando una oración o una blasfemia
mientras, como en el cuadro romántico de Tejeo o en algún otro
menos conocido de Eugenio Lucas, abajo, al pie del poste, algún
amigo o compañero elevaba un recuerdo al caído.
La ejecución de Diego Corrientes en Sevilla, el 20 de marzo
de 1781, causó una impresión muy honda; tal, que algunos, cometiendo una atrevida impiedad que les costara la vida de saberlo el
Santo Oficio, la compararon con la del Señor, tanto más cuanto
que ocurrió en los días de marzo en que la Semana Santa suele celebrarse de ordinario. Yo recuerdo haber hallado en la biblioteca
del abogado sevillano don Joaquín de Palacios Cárdenas, cierto
cuaderno de antiguos sucesos memorables sevillanos, pestes, hambres, riadas, ejecuciones de malhechores, en que, refiriendo la de
Diego, se insistía tendenciosamente en ciertos detalles inquietantes: el huerto de Covilha, la traición del amigo, la entrada en Sevilla en domingo, el tormento del miércoles, la ejecución final del
viernes. Apartando de nosotros esas coincidencias lamentables,
deseemos la paz al alma del pobre Diego, muerto a los veintiocho
años de edad, sin que jamás vertiera la sangre de nadie.
292
Constancio Bernaldo de Quirós
El tronco de Diego Corrientes recibió sepultura en la iglesia
de San Roque, del barrio de La Calzada, extramuros de Sevilla. Yo
tenía también copia del acta de sepelio que me procuró el citado
mi amigo Palacios Cárdenas. Y también yo mismo, acompañado
del catedrático de Derecho penal de la Universidad de Sevilla,
Federico Castejón, descendí a la cripta misma, una mañana de
mayo de 1932, preparando un reconocimiento formal que no
negaron a nuestra solicitud las sumas autoridades eclesiásticas
de Sevilla. Luego, fuimos a reconocer los restos de la Mesa real,
que hayamos, no sin dificultades, dos kilómetros más allá de los
Caños de Carmona y de la Cruz del Campo, en la carretera general de Andalucía, a la izquierda, marchando hacia Carmona, y a
muy corta distancia de la vía. El lugar se conoce por los restos de
la antigua calzada que quedan aún, en fragmentos pequeños, discontínuos, del «empedradillo», saltado, acá y allá, hasta la cuneta
de la carretera. Castejón y yo recogimos algunos fragmentos de
«rudus» de gran tamaño, en que las guijas rodadas de cuarcitas y
de areniscas de los tiempos geológicos remotos aparecen enquistadas en la tenaz pasta del cemento romano, como almendras
en el turrón de Alicante que todos conocemos y de que todos
somos golosos.
Y en memoria de los antiguos ajusticiados, víctimas tristes,
tanto de sus instintos como de las complicidades sociales, Diego
Corrientes, el más simpático, recogimos asimismo algunas florecitas rojas, donde acaso, quedaba algún tenuísimo vestigio de su
sangre.
La Nación, 16 y 27 de julio de 1945.
Las fuentes del Genil1
El frío nos despertó con el alba, hora de la temperatura
mínima en la jornada, como el mediodía lo es de la sombra
menor. El albergue que la sociedad Sierra Nevada construyó
en la base de los Peñones de San Francisco, a más de dos mil
doscientos metros de altitud sobre el mar, si bien artístico y hasta muy típico, con el carácter morisco que le da su apariencia
de gran kubba, peca, en cambio, de poco confortable, a causa,
sobre todo, de sus exageradas dimensiones, incluso la vertical,
en las cuatro esquinas de las cúpulas. Huimos, pues, juntos casi
a una, de aquel ambiente que tendía a equilibrarse demasiado
con el cero absoluto de los altos espacios sidéreos, y salimos
al exterior dispuestos a los más violentos ejercicios musculares
que nos comportaran. En aquel momento, el fino, el agudo
Veleta, nuestra cumbre de ayer, no era sino un triángulo de un
blanco lívido, como de mármol, destacándose sobre un cielo
en que apuntaba la luz más incipiente del día. Luego, la aurora
le tiñó de rosa, poco a poco, hasta cambiar la nieve algunos segundos en sangre. Después, el rojo comenzó a degradarse por
momentos y, al fin, el alto ventisquero se mostró en la blancura
radiante de su propia sustancia.
1
N/C. El río Genil surge en la Laguna de la Mosca, en la provincia de
Granada. Es el segundo río de Andalucía, después del Guadalquivir, al
cual vierte sus aguas.
– 293 –
294
Constancio Bernaldo de Quirós
Apenas nos sirvieron el café hirviendo, nos lanzamos hacia
el profundo Genil por el largo Barranco de las Ánimas. En alpinismo lo mejor, ciertamente, son las cumbres. Mas después,
buenos son también los valles, los barrancos y hasta las cavernas
y las cimas donde, en vez de la luz y del sol, del aire libre y el
espacio ilimitado, reina la penumbra, la sombra y hasta las tinieblas, en un mundo pálido y silencioso de ambiente confinado.
Los barrancos son, y así se los ha definido con exactitud, la negativa de las montañas; el hueco, el vaciado del cuerpo grande y
poderoso de éstas. Y los de Sierra Nevada, aquellos, sobre todo,
que descienden desde las alturas del Veleta hasta la profunda
cuenca del Genil, exceden en dimensiones a cuanto la imaginación pueda concebir.
Ligeros de ropa y sin carga, como un escotero ágil, yo descendía con pie rápido, a la cabeza de todos y con gran delantera,
por el Barranco de las Ánimas. Tan sólo en un bolsillo de la chaqueta chocaban entre sí, con cierto cascabeleo, media docena,
o poco más, de cristales de cuarzo amarillo ahumado, topacios
de Hinojosa, como se llaman en España, que el día anterior yo
mismo había desprendido de una pequeña geoda rota hallada
en la base del tercer Peñón de San Francisco. Llegué a sentir
la ilusión, pronto perdida, de que me habían nacido alas en los
tobillos por gracia de Mercurio. Sólo una vez más me detuve
dos o tres minutos en el largo descenso. Un buitre heráldico, en
postura de blasón, se había posado en una cornisa vertiginosa,
destacando en el cielo su cabeza calva y su cuello desplumado.
El amigo del rifle que venía a retaguardia disparó contra él,
mientras yo hacía votos dentro de mí porque el tiro fallara. La
bala chocó en la arista de la cornisa rompiendo las duras lajas
de pizarra, y el buitre heráldico, a quien mi deseo salvó la vida,
desapareció tras la Veta de Maitena, abanicándonos con sus alas
poderosas al pasarnos por encima.
Habíamos llegado al Genil, o, más bien, a la senda que corre
sobre él, verdadero camino real de cabras o de perdices, tan estrecho es, tan tortuoso y, más aún, tan vertiginoso, propicio sólo
para seres alados. Allí nos reunimos todos con paso harto menos
Una pluma en el exilio...
295
rápido, y uno tras otro reanudamos la marcha. El ingeniero de
Montes Almagro, jefe de la expedición, y el verdadero riojano
don Dionisio Carnicero, que a los setenta años cumplidos escalaba Mulhacén, traían la cara protegida por antifaces negros,
como en un baile de máscaras, para liberarse de los rayos del sol
demasiado radiactivos en las alturas, así como bebían el agua de
los manantiales aspirándola con largas pajas de centeno, para
evitar el contacto directo del beso apasionado de la fuente que
los guadarramistas, en cambio, gustamos tanto.
El Barranco de San Juan abrió a poco su gola monstruosa
a nuestra derecha, como el verdadero dragón de la montaña
que los alpinistas medievales temieron tanto. Es en ese barranco
donde se localiza el famoso yacimiento de serpentina, conocido
y explotado desde tiempos muy antiguos y con material del cual
se construyeron no pocos elementos decorativos del altar mayor de la iglesia del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial y
del Convento de las Salesas Reales de Madrid. Precisamente su
dueño, que no era entonces otro sino don Dionisio Carnicero,
venía con nosotros, de modo que pude permitirme el gusto de
reconocer detenidamente la cantera, recolectando algunas pequeñas muestras características, con otras mucho más curiosas
aún, del amianto que suele acompañar a la serpentina: fibras
blancas, flexibles, de sedoso aspecto, que no parecen pertenecer
al reino mineral, sino más bien a la industria de los hombres.
Poco tiempo después llegamos a la antigua mina de cobre
de La Estrella, que marca la entrada del Barranco del Guarnón,
el mayor de los misterios geológicos de Sierra Nevada. Algunas
gentes pálidas y calladas, de resultas de vivir en umbría tan solitaria, mujeres y niños casi todos, salieron a recibirnos, entreteniéndonos cinco o diez minutos con su lenta conversación, bajo
las acacias enanas que lograron resistir tan alta elevación y un
tan cruel cielo.
Internándonos aguas arriba en el dantesco Barranco, siempre privados de toda luz solar por su orientación cerrada del todo
al mediodía, no sin grandes fatigas llegamos al pie del enorme
bloque de hielo azul, grande como un templo, de donde brota
296
Constancio Bernaldo de Quirós
el Guarnón, uno de los brazos del alto Genil en la cabecera de
sus primeras fuentes. Durante mucho tiempo y hasta hace muy
pocos años, pasaba ese gran bloque de hielo por el glacial más
meridional de toda Europa. Mas hoy ha perdido ya ese título
desde que pudo comprobarse que, falto ya de todo movimiento de avance, desde que la Sierra Nevada dejó de estar en sus
cumbres por encima de la línea de las nieves perpetuas donde
toda precipitación atmosférica se realiza en forma de nieve, donde no llueve jamás sino que siempre nieva, el gran bloque de
hielo azul no es un verdadero glacial, un glaciar vivo, un río de
hielo, sino un cadáver de glacial, un glacial muerto, llamado a
desaparecer, liquidado del todo en un porvenir geológicamente
breve, lo que equivale decir humanamente todavía muy largo,
de muchos siglos. Los arrastres de las grandes crecidas del Guarnón han limpiado el cauce de los cantos erráticos de la morrena
frontal y de los dos laterales que debieron guarnecerle. Pero
elevando la mirada al cielo, el campo de neviza que alimentaba
el antiguo glacial aparece perfectamente visible en un amplio
plano inclinado deslumbrante, más allá del cual se muestra, en
verticales acantilados de cerca de trescientos metros de altura,
la pizarra negro-azulada de la montaña, irguiéndose temerosa
y grandiosa hasta el Picacho Veleta, a 3,470 metros de elevación
sobre el mar.
Sin desandar un solo paso, por un alto collado lateral izquierdo, salimos, por fin, a la gran plaza llamada el Harén del Real,
cerrada en un muro compacto por las tres grandes cumbres
de la Sierra. Mulhacén, la mayor de todas, en el centro (3,481
metros), Veleta a su izquierda, La Alcazaba a la derecha (3,314
metros), forman allí la sagrada acrópolis de España, acercándose
al cielo cuanto puede en su energía imponderable. Y de cada
una de esas tres grandes cumbres brota el abanico de arroyos
que recogen sendos afluentes con los que se forma la gran vena
del Genil, puro y fresco cual si naciera de la propia nube. De
Mulhacén baja el arroyo de Valdeinfierno; de La Alcazaba, el
arroyo de Valdecosillos; de Veleta, el Guarnón, a breve distancia
aguas abajo, como ya sabemos.
Una pluma en el exilio...
297
Este es el Genil, el Nilo español, el Mil Nilos de los geógrafos
árabes que, con indudable acierto, le consideraron siempre más
importante que el Guadalquivir, llamando así, Genil, y no Guadalquivir, al curso de agua que se forma juntándose uno y otro
en Palma y que luego pasa por Sevilla. Más caudaloso el Genil
que el Guadalquivir tiene, además, aquel sus fuentes mucho más
altas y perennes, casi en el límite de las nieves perpetuas que le
asegurarán el agua siempre.
Rendidos por la marcha y ya pasado el mediodía, a pleno sol,
en julio, cara al cielo todos nos tendimos a descansar. Cinco minutos después, yo no era sino una piedra más, un canto suelto en
el bellísimo Harén del Real, con una vaga conciencia de sueños
orográficos, como los que puedan pasar por la adusta frente del
gran Mulhacén, soberano de Sierra Nevada.
La Nación, 13 de agosto de 1945.
Un nuevo código de defensa social
Los amigos de México, así como los de Cuba, me envían a
menudo textos y noticias de interés. Hoy debo uno de los más
importantes de aquellos al Lic. Celestino Porte Petit, presidente
de la comisión redactora del nuevo Código de Defensa Social
para el Estado de Veracruz-Llave, en vigor desde 15 de enero del
corriente año 1945.
Tenemos, pues, un nuevo Código de Defensa Social que
añadir a la serie iniciada en 1926 en Cuba y luego continuada
en dos Estados mexicanos de Chihuahua y Yucatán; el cuarto
documento legislativo que, en el período de nueve años abandona el nombre antiguo de Código Penal y con él, hasta las
dos palabras clásicas, milenarias, de la inmortal pareja (delito y
pena), sustituyéndola por las de «inflación» y «sanción», a nuestro entender demasiado genéricas e inexpresivas. Notaré, sin
embargo, que en este nuevo Código del Estado Veracruz-Llave
el título 1ro del libro 1ro sigue hablando de «responsabilidad criminal» y el capítulo 4to del mismo libro, de «causas que excluyen
la incriminación»; así como el título 15vo del libro 2do conserva,
por excepción singular, el nombre de «delitos», sin reemplazarle
por el de «infracciones» a las lesiones, el homicidio, el aborto y
el abandono de personas.
No he de volver yo a repetir aquí, puesto que lo tengo dicho ya
en otros lugares, mi preferencia por los nombres antiguos, aunque
se me tache de misoneísta, siendo así que, en realidad, cuanto más
– 299 –
300
Constancio Bernaldo de Quirós
viejo soy más filoneísta, más amigo de lo nuevo. Entre los dos neologismos «Código de Defensa Social», usado ya por cuatro Estados, y el de «Código de Corrección por el Trabajo» usado sólo por
las Repúblicas Soviéticas, yo opto decididamente por éste último,
aunque sólo sea por seguir la tradición española, correccionalista
desde antes de Roder, pues ya lo fue con Lardizábal, el «Beccaria
español» (mexicano de nacimiento, por cierto) y aún desde más
allá, acaso desde Alfonso de Castro, en el siglo xvi.
Pero los nombres, en definitiva, no transforman las cosas. El
hábito no hace al monje, como dice el refrán español, y no basta
con cambiar palabras de los Códigos si no se atiende con afán a
cambiar el espíritu de las instituciones.
Esto aparte, la intención basta para que sea loable el intento.
Basta ya de penas y castigos; alejemos de nosotros esas palabras
que tienen sobre sí una tradición tan dolorosa y que todavía algunos ignaros repiten, sin enterarse, como ingenios legos que son,
aplicándolas hasta en las más simples contravenciones policiales.
Estamos en camino de que, al cabo, el Derecho penal acabe en
producto social de naturaleza moral más noble.
El Código de Veracruz-Llave es mucho más breve, mucho
menos voluminoso que el de Cuba. Contra los 574 artículos de
éste, aquel no ofrece sino 294, menos de la mitad, siendo, además, cada uno de los artículos mucho más breve.
A mí me da la impresión de que mientras el Código de Defensa Social cubano es un código dogmático, obra de catedráticos y
doctores demasiado preocupados de fijar la naturaleza jurídica
de las nociones y conceptos, el de Veracruz-Llave parece más
bien un código pragmático, una obra mucho menos ambiciosa,
de jueces y abogados atentos mejor a los efectos jurídicos de
unas y otros. El Art. 15, uno de los fundamentales, decisivos,
es una buena prueba de ello. Bajo el epígrafe de «causas que
excluyen la incriminación», los legisladores de Veracruz-Llave
presentan en un texto macizo, de una pieza, los ocho estados
clásicos, sin pararse a dogmatizar sobre la naturaleza jurídica
de cada uno, separando las causas de justificación de las de
inimputabilidad, como hace el código cubano, ni mucho me-
Una pluma en el exilio...
301
nos, estableciendo distinciones más complicadas, como las del
proyecto oficial de Código Penal de Bolivia, en que su autor,
mi estimado compatriota y compañero de exilio, Manuel López
Rey Arrojo, gran partidario de la moderna teoría jurídica del
delito, que es la última palabra de la técnica, va distinguiendo,
dentro del conjunto de los eximentes, la ausencia de conducta (caso de la fuerza material), la ausencia de antijuricidad
(legítima defensa, estado de necesidad, cumplimiento de la
ley, consentimiento, ordenamiento jurídico) y la ausencia de
culpabilidad, ya por inimputabilidad (incapacidad mental y
minoridad penal), ya por inculpabilidad (miedo insuperable,
obediencia jerárquica, no exigibilidad de otra conducta), sin
contar, pues eso va en otro lugar, la ausencia de punibilidad, es
decir, las excusas absolutorias de la doctrina ordinaria.
Otro tanto hubiera sucedido al llegar a los atenuantes y agravantes, si el Código de Veracruz-Llave no hubiera preferido el
sistema de dictar a ese efecto una fórmula general en que caben
todos, el Art. 52, y en que, en efecto, están, salvo la reincidencia
que le merece hasta tres artículos especiales (los señalados con
los Núms. 19 a 21).
Sin subestimar en lo más mínimo el Código de Defensa Social cubano, que representa un esfuerzo técnico poderoso, yo me
inclinaría mejor al sentido del Código de Veracruz-Llave. Una
cosa es el foro y otra la cátedra, y cada cual tiene su esfera y estilo
propios. Para la última está el profundizar la naturaleza jurídica
de las cosas; para aquel, los efectos de ellas, sin comprometerse a
más, para evitar yerros, en que siempre alguna vez se incurre.
Por lo demás, el Código de Veracruz-Llave, como indica su
nombre expresamente, es un texto de carácter manifiestamente
positivista, aunque no falte en él, expresado alguna vez de un
modo suficiente, el principio liberal y clásico de la legalidad de
delitos y penas (Art. 5to, sobre todo).
La noción del estado peligroso, así pre-delictivo como postpenal, aparece varias veces en él (aquel, sobre todo, en los artículos
199 y 200), sin conseguir la diferenciación y desarrollo tan notables
en el de Cuba. Otro tanto, las medidas de seguridad.
302
Constancio Bernaldo de Quirós
En la noción de la tentativa (Art. 12) se unifican las dos nociones del delito intentado y del frustrado, según un proceso
involutivo muy positivista que retrotrae las cosas al estado preclásico de la ciencia.
En la teoría de la complicidad, aunque la fórmula del Art. 14
alarme al principio porque parezca conducir al terrible monismo (pena igual para todos) del actual Código Penal brasileño,
luego se ve, al llegar al Art. 52, que es al pluralismo positivista
al que en realidad, afortunadamente, llega. Todo esto, como se
ve, es materia del libro primero, dedicado, como es costumbre,
a las doctrinas generales, comunes, sobre el delito, las personas
responsables y las penas.
El libro segundo y último contiene el catálogo de las infracciones punibles. Hay aquí no poco que leer y que aprovechar de
vez en cuando. Pero ya estoy superando un poco los límites de
un artículo de periódico, así en la extensión como en el tono.
El Código de Defensa Social del Estado de Veracruz-Llave
es una buena demostración del interés que los estudios penales asumen en México y del acierto con que se llevan a cabo.
Felicitemos, pues, por haber producido documento legal tan importante al presidente de la comisión redactora, Lic. Celestino
Porte Petit, a los vocales Ramón Lugo, Sánchez Cortés Piña y al
secretario Alfonso M. Echegaray. Lo que importa ahora es que,
en efecto, las penas de antes se hayan convertido en «sanciones»
humanas y eficaces.
Muchos años hace ya, cuando yo comenzaba mis estudios de
esta clase, hace nada menos que cincuenta años justo, recuerdo
el efecto que me causó una frase del gran criminalista francés Gabriel Tarde, en su ya clásica Filosofía penal. «El peor de los males
del delito», decía sobre poco más o menos, pues cito siempre de
memoria desde que perdí mis libros, «el peor de esos males, en
el antiguo régimen, fue el de dar lugar a su contrario: la pena».
Pero no se le podría replicar aún: «¿En el antiguo régimen,
tan sólo, maestro? ¿Hoy no todavía?», no creo que se haya escrito
una frase tan nihilista en lo penal, como ésta. Hagamos todos
por llevar el Derecho penal más allá de la pena, a la defensa
Una pluma en el exilio...
303
social, pero por el camino de la corrección del delincuente y la
prevención de los delitos.
La Nación, 20 de agosto de 1945.
Excursionismo dominicano1
Me piden que escriba algunas palabras sobre las posibilidades
del excursionismo en la República Dominicana, amigos de La
Nación que saben el interés que todavía conservo por un deporte
tan apasionante para mí en los buenos años del guadarramismo.
Sea así, aunque temo que mis juicios no estén aún suficientemente documentados.
Habrá que distinguir, para empezar, entre el objeto y el sujeto
del excursionismo. El primero, que es la isla, es magnífico, sin
duda. En la Geografía como en la Historia, esto es, en la Naturaleza como en el Espíritu, la República Dominicana brinda a sus
naturales y a los extranjeros que llegan a ella, motivos de belleza
y de atracción imponderables. A mí, que siempre estuve más cerca de la Geografía que de la Historia, porque me dicen más los
hechos de la tierra que los de los hombres, permítaseme que me
refiera principal, y hasta exclusivamente, a los motivos naturales
del excursionismo, ahora sobre todo, en que, sin salir de mi calle
Estrelleta, puedo jactarme de haber contemplado a vista de pájaro, y a la vez, al alcance de la mano, la isla entera en su grandiosa
arquitectura, emergiendo entre el Atlántico y el Caribe, el Mediterráneo, o uno de los mediterráneos, mejor dicho, de América.
1
N/C. Este artículo se publicó originalmente en el periódico La Nación y
se reprodujo en la obra El alpinismo en República Dominicana, Ml. De Js.
Tavares, Sucs., C. por A., Ciudad Trujillo, 1948, la cual se reeditó en 1978
bajo el título El alpinismo en Santo Domingo.
– 305 –
306
Constancio Bernaldo de Quirós
Aludo con esto a un recientísimo documento geográfico, a
un gran mapa en relieve de la antigua isla Española de Colón,
elaborado con paciencia y estudio ejemplares por un compatriota y compañero exiliado, cual yo, al cabo de mucho tiempo
y dificultades hábilmente vencidas. Los que puedan ver hoy, ya
terminado y pintado con los colores propios, esta prueba única
de su ingenio y su paciencia, difícilmente pueden estimar su
valor positivo, porque aquella amplia estructura que recuerda
con cabal exactitud la de la naturaleza, no es simplemente un
hábil modelado hecho a ojo, apurando la fidelidad; no, si no
que bajo él se encubre la paciente composición de las curvas de
nivel recortadas escrupulosamente desde la plataforma insular,
el zócalo sobre que se alza la isla hasta las últimas cumbres de
la Cordillera Central, cimera de todas las Antillas. Tengo para
mí, en honor del trabajo de mi compañero, que si lloviera sobre
su relieve cartográfico, veríamos las gotas de lluvia ceñirse al
modelado y reproducir, en miniatura, la red circulatoria del
agua, los ríos y los arroyos, tal como corren en el natural hacia
los dos mares.2
Como una maja desnuda del género geológico, la isla se nos
muestra en este trabajo en toda su sugestiva belleza. Sólo el tamaño, el enorme tamaño del natural, le falta para producir en
quien le contemple la sensación de terror sagrado que impone
el desnudo de nuestra madre tierra, cuando se le sorprende a
solas en las altas regiones de la montaña. Las grandes pruebas
de fotografía aérea que, por ejemplo, pueden verse en el Instituto Geográfico y Geológico Dominicano, bastan para iniciar ese
principio de escalofrío estético, inseparable de la belleza.
Quedamos, pues, en que el objeto del excursionismo tiene
cuanto se le pueda pedir para suscitar la curiosidad, el interés, el
amor de los grandes motivos naturales: costas, valles, lagos, ríos,
montañas, bosques y hasta cultivos y jardines, aunque esos dos
2
N/C. Ese mapa de la isla en relieve fue confeccionado por Felipe Guerra.
Se encuentra en el Instituto Cartográfico de la Universidad Autónoma de
Santo Domingo.
Una pluma en el exilio...
307
términos últimos, saliéndose ya de la naturaleza, comiencen a
entrar en los dominios del espíritu.
Ahora pasemos al sujeto. El sujeto es también de primera fuerza,
como corresponde al objeto. Muy sensible, sin duda, a la belleza, el
hombre dominicano me parece, no obstante, que pospone la de la
naturaleza a la del hombre mismo (más bien, de la mujer) y a la del
héroe, representativo de la Historia, dejando a aquella a larga distancia. Me parece observar en el país cierto desinterés por la gea, la
flora, la fauna, o cuando menos, por el primero y el último de esos
términos, pues en el segundo van la flor y el fruto, que importan
tanto para lo útil como para lo dulce. Son raras aquí las colecciones
de insectos (que no sean mariposas) y las de minerales y rocas,
que yo prefiero ante todo. Así, el excursionismo se encuentra en
estado muy primitivo o elemental, como no sea en las variedades
religiosas que conducen a las peregrinaciones y romerías.
Permítaseme un ejemplo, que claro está que va a ser orográfico, puesto que, como se dice en uno de los relatos más impresionantes de Rudyard Kipling, el titulado El milagro de Purun
Baghat, «basta que un hombre lleve en sus venas una gota de
sangre montañesa para que, al fin, vuelva al sitio donde nació»,
es decir, a la montaña, y yo, por parte de padre, soy todo Guadarrama, y todo Gredos por mi madre.
A fines de 1943 un patricio generoso de Santiago ofreció
cierto premio a quienes escalaran el Pico Trujillo, la mayor de
las eminencias de todo el archipiélago de las Antillas. Yo seguí
ese momento con la mayor atención. Se iba a repetir aquí, al
cabo de más de siglo y medio, algo así como el gran episodio que
condujo en Chamonix, la Meca del alpinismo, el año 1786, a la
conquista de Mont Blanc, la mayor de las cumbres de los Alpes y
de toda Europa, si apartamos el Cáucaso, que sólo es europeo a
medias. Cuando Horacio de Saussure ofreció el premio a quien
mostrara el camino de la cumbre, cuando se pusieron sobre la
pista los más ardidos buscadores de geodas de cristal de roca y
cazadores de gamuzas; cuando, al fin, le halló Santiago Balmat,
en compañía del Dr. Paccard, que cegó al bajar, y se inauguró la
edad de la belleza de la montaña para el mundo.
308
Constancio Bernaldo de Quirós
No uno, sino varios grupos excursionistas llegaron al Trujillo,
cierto es, entonces. Pero, ¿cuántos han vuelto después? El augusto cerro, ¿ha dejado ya de estar solitario? ¿Recibe muy a menudo,
siquiera cada mes, la visita a que invita su noble frente?
Lo más notable para mí en tal episodio que seguí atento, fue
la lectura de los relatos de los excursionistas, publicados en la
prensa diaria. Esos relatos se parecen extraordinariamente en su
abundancia de adjetivos, en su exageración de las dificultades y
de los riesgos, en el tono emocional que revelan, a los de nuestros
primeros alpinistas de fines del siglo xviii y principios del xix; al
relato, por ejemplo, de la subida al Veleta por don Antonio Ponz,
o a la Laguna de Gredos por don Gregorio López. Nada más
natural, puesto que, incluso en literatura, la ontogenia repite la
filogenia. ¡Pero qué diferencia con la literatura alpinista actual,
la de los virtuosos de la cuerda o del piolet, tan árida, aunque no
por eso deje de tener su peculiar encanto, como una hoja de un
libro de matemáticas o de física! Ahora me acuerdo de una página de La Montagne de París, leída pocos días antes de abandonar
España, en que una escalada al bellísimo e imponentísimo grupo
de las Grandes Jorasses, en la cadena del Mont Blanc, se reducía
a unos cuantos números de unidades de tiempo y de distancia
entre cada accidente topográfico y una fría caracterización tectónica de los pasos principales, sin conceder gran importancia
a un ejercicio en que la vida va pendiente siempre, sino de un
hilo, de una cuerda, rozando el frío y fino relieve del granito,
o la traidora superficie del glaciar, cubierto de seracs y lleno de
crevasses, que desciende de cándido Col des Hirondelles, o sea, el
Collado de las Golondrinas.
Yo espero que se llegará a eso aquí también, cuando el amor
a la montaña cuente los doscientos cincuenta años del alpinismo
y del pirineísmo, o siquiera los cincuenta del guadarramismo
y de la pasión por las cadenas interiores de España. Y confío,
además, que aquí, en el trópico, pueda nacer una nueva técnica
montañera que, en elevaciones cubiertas de vegetación hasta las
cumbres, añada originalidad al deporte, haciendo surgir una
escuela más frente a las dos técnicas de roquistas y glaciaristas
Una pluma en el exilio...
309
creadas naturalmente en los macizos orográficos de las latitudes
altas, en que alternan la peña nuda con el hielo, aunque éste,
en definitiva, sea, así mismo, una roca, pero tan distinta de las
demás que parezca otra cosa opuesta.
Entretanto, lo que hace falta, sobre todo, además de las vías
de comunicación y de los albergues bien elegidos, son los medios
de transporte, regulares, abundantes y baratos. Antes de la gran
Guerra del 1914-1918, nosotros, en Madrid, podíamos permitirnos dos, y hasta tres días excepcionalmente de alpinismo, si se
sucedían dos fiestas, por sólo 2.05 pesetas, esto es, medio peso
de gasto, precio del billete de ida y vuelta (135 kilómetros) en
tercera clase, en coches bien acondicionados, desde Madrid a
Cercedilla y viceversa. Se podía visitar una montaña de 2,430 metros, Peñalara, con lagos y acantilados, circos y ventisqueros, por
tan exigua cantidad, doblada con otro tanto para los gastos de
cama, de desayuno, de café en la estación de regreso, cansados,
pero no hartos, de rocas, de pinares y de nieve. No cuento los
gastos de comer, que habría que hacer siempre, en casa o fuera
de ella.
Para acelerar una evolución que ha de producirse naturalmente, me parece que debiera aconsejarse la constitución de
agrupaciones de excursionistas en los principales focos de población de la isla, en la capital, en Santiago, La Vega, San Pedro y
San Francisco de Macorís, Puerto Plata, Moca, etc., etc. Deberían
organizarse excursiones colectivas, debería hacerse el catálogo
de los lugares de interés en cada comarca, habría que organizar
ciclos de conferencias, en una palabra, una amplia obra de propaganda constante, ininterrumpida.
Se ha dicho, y es verdad, que el hombre es la conciencia del
mundo. Así pues, que sobre la cima del Trujillo, o en las orillas
del Largo Enriquillo, o en las playas y acantilados de la bahía
de Samaná, no falten nunca hombres que den a la hermosa isla
Española la conciencia cabal de su inefable belleza.
La Nación, 25 de agosto de 1945.
Criminología y Derecho
penal en Cuba y México
I
Después de cinco años y medio, largos, de aislamiento, aquí,
en la República Dominicana, acabo de regresar de un viaje a
Cuba y México, invitado por el Instituto Nacional de Criminología, de La Habana, y por la Academia Mexicana de Ciencias
Penales, de la capital de México.
Salí de Ciudad Trujillo el 1ro de octubre del pasado año 1945,
iniciándome en el avión, que nunca había utilizado antes. Novicio de él a la ida, regreso ya, a la vuelta, veterano, con mis cuatro
mil millas cumplidas; y soy tan admirador del nuevo medio de
viaje, que las dos únicas veces que he vuelto a ver el ferrocarril
desde entonces, una en la estación de Camagüey, en Cuba, y otra
en un cruce de la carretera con la vía férrea, en el camino de
Puebla a México, el ferrocarril me ha parecido algo anacrónico,
casi arqueológico.
Claro está, no obstante, que no voy a describir el viaje desde
Ciudad Trujillo a La Habana, con las dos paradas de Port au-Prince
y Camagüey. Me supongo ya en La Habana, recibido con amable
cortesía en el aeródromo de Rancho Boyeros, por el Dr. José Agustín Martínez, presidente del Instituto Nacional de Criminología y,
sobre todo, autor, o cuando menos, colaborador principal, decisivo, del Código de Defensa Social de su país, promulgado en 1936,
– 311 –
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Constancio Bernaldo de Quirós
que pasa, con razón, como una de las muestras más interesantes
de la ciencia penal americana. Ese Código es, precisamente, el
que por primera vez usó el neologismo de «defensa social» que
después se ha propagado tanto en México, en los textos equivalentes de los Estados de Yucatán, de Chihuahua y de Veracruz.
En el acto, pues, he caído entre los miembros del Instituto:
jóvenes juristas casi todos, como los Dres. Aníbal Borroto, Jesús
Portocarrero, Guillermo Rubiera y otros que he visto dispersarse
casi enseguida, como el dinámico Miró Cardona, pues he llegado
a tiempo de que partiese hacia Santiago de Chile una brillante
delegación de abogados cubanos que va al Congreso que los de
América entera van a celebrar allí.
Propiamente criminalistas, puesto que éstos son penalistas,
sólo los días siguientes he conocido a dos: el Dr. Julio Morales
Coello y el Dr. Jorge Alfredo de Castroverde. Coello es el catedrático de criminología en la Universidad de La Habana, donde esa
materia se asocia con otras (Antropología, Criminogenia, Criminalística, Penología y Ciencia penitenciaria, Medicina legal, Psiquiatría forense), para componer la asignatura, excesivamente
amplia a mi modo de ver, para tratarla en un solo curso, aunque
sea de lesión diaria. Con él he ido a visitar al señor Rector de la
Universidad, para entregarle un mensaje de gratitud que le envían mis compañeros de la sesión dominicana de la Asociación
de Universitarios Españoles en el Exilio.
Por su parte, el Dr. Castroverde, conspicuo odontólogo forense, dirige ahora la revista Policía secreta-Detective, que cuenta con 15
volúmenes publicados con trabajos cubanos y extranjeros, inéditos unos y otros reproducidos de las fuentes más autorizadas.
II
El Dr. Castroverde se ha constituido, en seguida, en guía mío
para las instituciones policiales. Primero fuimos a visitar las oficinas de la Policía. Saludamos, ante todo, al director del servicio,
ingeniero Benito Herrera-Porra, muy inteligente y cortés; y nos
Una pluma en el exilio...
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detuvimos, luego, en el despacho de don José Sobrado, eficaz
jefe de la sección especial de lucha contra los traficantes de narcóticos y estupefacientes, especialmente la «mariguana», nombre plebeyo, vil, que a través de generaciones verbales sucesivas
ha venido a adquirir, en una historia decadente como la de las
familias venidas a menos, el prestigioso haschisch oriental, que
acaso corresponda al nepentes, remedio mágico contra los pesares de la vida de que nos hablara Homero. Allí pude observar
con interés cerca de medio millar de fotografías de habituales y
mercaderes de la droga: un verdadero ejército, o mejor, un pueblo verdadero, como hombres y mujeres, niños, adultos y viejos,
de fisonomías variadas, de aposturas distintas, en que destacaban
tan sólo contadas cabezas interesantes en que el dolor y la pasión
marcaban con estigmas indelebles la cara de infelices criaturas,
de aquellas que, según la expresión del poeta: ont laissé la débauche planter leur premier clou sous sa mamelle gauche.
III
También con la buena compañía del Dr. Castroverde y del
Dr. Pablo J. González, visité días después el Gabinete Nacional de
Identificación, que tantos deseos tenía yo de conocer, así como
a su fundador y director, el Dr. Israel Castellanos, con quien muchos años atrás, cuando yo comenzaba mis estudios, he sostenido
cordial correspondencia.
El Dr. Israel Castellanos es una de las más altas representaciones culturales de La Habana, sostenida con laboriosidad ejemplar
y éxitos señalados a través de treinta largos años de estudios. Su
libro sobre la delincuencia femenina en Cuba, le valió en 1928
el Premio Lombroso, siendo, por tanto, el primero en conquistar para América un galardón que hasta entonces sólo habían
merecido los europeos. Es autor de numerosísimos estudios de
Biología, Policiología, etc., entre los cuales sobresalen su Tratado
de Química criminológica y, sobre todo, su magistral volumen La
sangre en Policiología, publicado en 1940. Pertenece a muchas y
314
Constancio Bernaldo de Quirós
prestigiosas instituciones de los dos mundos. Ha fundado y dirigido revistas de identificación y de técnicas policiales y penitenciarias, de medicina forense y criminalística. Su actividad irradia
dondequiera llegue el interés y la utilidad a propósito de la lucha
contra el delito. Desgraciadamente, mis deseos de conocerle
personalmente se han visto frustrados, pues el Dr. Castellanos
padecía entonces una seria enfermedad que, por fortuna, sé que
ya está curado.
El Gabinete de Identificación, instalado en un antiguo edificio colonial, se abre en un amplio salón que es un verdadero
museo criminológico y policial. Grandes vitrinas adosadas a los
muros y esparcidas por la amplitud de la superficie, ofrecen sus
distintos motivos de curiosidad a la atención de los visitantes.
Aquí, en una, están los vestigios de la desgraciada Celia Mena,
descuartizada después de muerta, y las artes mediante las cuales
pudo lograrse su identificación. En otro escaparate, el caso de
otra identificación curiosa: la billetera de largas trenzas lacias
que vemos de espaldas, tal cual paseaba su vida por las calles
de la ciudad. Más allá otra vitrina nos muestra el método del
guantelete de parafina, el reactivo de Lungren, por otro nombre, la prueba del dermo-nitrato, que sirve para determinar con
bastante seguridad quién, entre varios sospechosos, disparó un
arma de fuego, prueba muy usada en este país y en cuya elaboración se han distinguido Cuba y México. Otra instalación nos
pone ante el procedimiento de la identificación odontológica,
que también en Cuba está en gran predicamento. Precisamente
el Dr. Castroverde, nuestro amable guía, es una autoridad en la
materia, presidiendo ahora la Sociedad de Estudios Odontolegales de La Habana, que tiene por emblema un compás de gruesos,
homenaje excesivo a la pasada Antropometría, sobre una mandíbula inferior, con la dentadura completa y las iniciales S E O
L, arriba. Más allá, todavía vemos los distintos modos de nudos
corredizo para causar la muerte por suspensión; una panoplia de
armas blancas japonesas; otra, de armas de fuego recortadas para
causar mayor estrago, etc. Descuella tras otra vidriera un grupo
de diablitos ñáñigos (los ñáñigos componen una secta criminal
Una pluma en el exilio...
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peligrosa que perpetúa y exagera el odio de razas). Y tampoco
puedo dejar de recordar algunos grupos impresionantes, hechos
más bien para la galería, en el estilo de los gabinetes de figuras
de cera, mostrándonos o bien el reciente espía ejecutado el año
anterior, transmitiendo señales al enemigo con su aparato de
onda corta, o bien un par de escenas de ejecución de la pena
capital mediante el garrote, en los ingenios antiguos, de antes de
la abolición de la esclavitud, y en las prisiones cubanas, cuando
regía el Código Penal Español de 1870, modificado para la isla.
Desde el museo se pasa a la sesión que forma propiamente el
Gabinete de Identificación. Dirígela don Luis Castellanos, hermano del Dr. Israel. Amplia, muy bien desarrollada y atendida
por un personal adiestrado suficiente, allí están los dactilogramas, ordenados según el método Vucetich, de más de un millón
de sujetos, con las repeticiones inevitables que elevan la cantidad
de las tarjetas a cifras mucho mayores. Debo advertir que los archivos de identificación no son simplemente para malhechores,
pues tienen así mismo más amplias y limpias aplicaciones a la
vida civil.
Por último, el Gabinete se completa con una tercera sesión
físico-química y psicológica. En ella, el Gabinete se enriquece
con instrumentos caros, modernos, de precisión, tales como microscopios, cámaras fotográficas, polígrafos, o sea, las «máquinas
atrapadillos», los «detectores de mentiras», etc.; y no sólo se enriquece con eso, sino, sobre todo, con jefes de prestigio, como el
Dr. José A. Díaz Padrón, a quien hallamos entregado a sugestivas
prácticas de narcoanálisis.
Entretanto, ya he pronunciado mi discurso de entrada en el
Instituto Nacional Cubano de Criminología. La sesión se celebró
en el local del Colegio de Abogados. El ilustre presidente, Dr.
José Agustín Martínez, dijo algunas amables palabras previas,
que amplió después, con harta benevolencia, el Dr. Jesús Portocarrero, autor de unas muy estimables Proyecciones de la Ciencia
Penitenciaria en Cuba.
Yo hice mi discurso sobre la estática y la cinemática de la delincuencia, pero reduciéndole a la consideración de los factores
316
Constancio Bernaldo de Quirós
físicos de la criminalidad, por los que siempre sentí preferencia,
pues después de los discursos de los Drs. Martínez y Portocarrero, no podía desarrollar extensamente el tema, como me había
propuesto, extendiéndome a los factores individuales y sociales,
sin abusar con exceso de la benevolencia del auditorio.
Como en aquellos días la ciencia cubana lloraba la muerte
del magistrado don Diego Vicente Tejera, yo me consideré obligado a dedicar unas palabras a su memoria, así como a la del
criminalista don Ricardo Oxamendi, fallecido antes.
Días después volví a ocupar la cátedra del Colegio de Abogados, para hablar del «folklore» de la criminalidad. Cuando hablé
de la «etites», esto es, de la piedra de águila y de sus propiedades
judiciales según la ciencia antigua, yo no sabía aún que esa piedra, que es un nódulo del más vulgar de los minerales de hierro,
la limonita, de que yo había visto algunas muestras en San Francisco de Macorís, recién llegado a la República Dominicana, en
febrero de 1940, está nombrada por don Alonso de Ercilla, en su
poema La Araucana, al describir en el canto XXIV, la caverna del
hechicero Fiton: «y las piedras del águila, preñadas…».
IV
Ahora me toca referir la excursión que hice a la penitenciaría de la isla de Pinos el día 12 de octubre, fiesta de la raza, en la
buena compañía del Dr. Federico de Córdova, inspector general
de prisiones. Como la gran Antilla, reduciendo su diámetro
transversal en aquel meridiano, está casi a punto de estrangularse, bastan para llegar a la isla de Pinos, situada al sur de aquella
otra, sólo tres cuartos de hora de vuelo, que hicimos felizmente,
aunque aquel mismo día y a aquella justa hora un tornado de alguna violencia castigó las costas meridionales de Cuba. Desde el
avión, un auto nos conduce en breves minutos a Nueva Gerona,
capital de la isla de Pinos: una minúscula ciudad cuya quietud
acentúa la media mañana de un día excepcional de gran fiesta.
Luego nos dirigimos a la penitenciaría, que alza sus imponentes,
Una pluma en el exilio...
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suntuosas construcciones, al pie de una pequeña sierra, la sierra
de Caballos, que es, toda ella, un bloque de calizas cristalinas, de
mármol rico.
De allí, de aquel fino mármol, ha salido todo el material arquitectónico del establecimiento penal en que se cumplen las
penas de reclusión, la más grave de las de libertad, de seis años
y un día de duración a treinta años, impuestas por los tribunales
de la República de Cuba. Similar en el tipo de construcción a
la de Jolliet, en el Estado de Illinois, de los Estados Unidos, de
sistemas celular individual, con capacidad para cuatro mil reclusos, no creo que haya otra institución penitenciaria más suntuosa
en el mundo entero, pues casi puede decirse que toda ella es
de mármol, como un palacio real. Son imponentes sus cuatro
enormes cuerpos redondos, aislados entre sí a distancias largas,
cada uno con cinco galerías de celdas abiertas completamente al
interior, donde se localiza el centro de vigilancia, sin rejas ni otro
medio alguno de incomunicación, pues parece, según me han
referido, aunque yo no responda de ello ya que no he podido
comprobarlo, que el primer director que tuvo la penitenciaría,
al tiempo de constituirse como un rasgo megalómano de su cargo, consideró que donde estuviera él sobraban las rejas, siendo
suficiente con su sola presencia para conservar el orden en tan
enorme conjunto. No se piensa ya así, pasado aquel torpe delirio, y ahora será preciso gastar sumas muy crecidas para dotar
de rejas a cuatro mil celdas, rejas que para estar a tono con la
construcción, deberían ser de hierro dorado a fuego.
En el centro del conjunto que forman los cuatro cuerpos de
la construcción propiamente penitenciaria, está otro gran edificio más, circular igualmente, destinado a comedor y cocina. Por
cierto que la vajilla de hoja de lata y peltre hace bien mal papel
sobre aquellos tableros de mármol pulido que constituyen las
mesas y asientos del servicio, igual que el rancho de los reclusos
que, aunque no sea malo, debiera ser mucho mejor en un conjunto tan lujoso.
Como es día festivo, los talleres están cerrados. Sólo hemos
podido ver su interior parado, así como los campos de cultivo
318
Constancio Bernaldo de Quirós
y los de juego, donde, a media tarde, dejábamos a los reclusos
entregados a la bulliciosa alegría de los deportes.
V
Estudioso entusiasta de las ciencias penales, interesado
profundamente en la reforma penitenciaria de su país, nuestro
buen amigo el Dr. Córdova, inspector general de prisiones, me
ha puesto en contacto con el director general del ramo, Dr. Durañona, y con los arquitectos de la dirección, que planean diferentes construcciones, especialmente en Santiago, la gran ciudad
oriental que en breve podrá tener una prisión conveniente.
La amable deferencia hacia mí de tantos buenos amigos, les
ha llevado a invitarme a pronunciar una conferencia en la cárcel
de La Habana, ante un público mixto de funcionarios penitenciarios y personas interesadas en esos estudios, de una parte, y de
otra, los mismos penados, formando un auditorio del todo nuevo
para mí y que me inquieta apenas hube aceptado la propuesta.
La prisión de La Habana está instalada en el antiguo Castillo
del Príncipe y ofrece exteriormente la apariencia de una fortaleza española de la pasada época. Alberga una población de millar
y medio, aproximadamente, de condenados a penas de prisión,
tanto primerizos, los más, como reincidentes, los menos (sólo
algunas compañías de éstos, tres o cuatro, entre quince, que llaman «leones» en el caló de la casa). Hay también una compañía
especial de delincuentes jóvenes primerizos.
Mientras recorro el establecimiento, que me parece muy
meritorio, limpio, silente, laborioso, la lluvia empieza a caer de
un cielo bajo, plomizo, del que se desprende también una indefinible tristeza. El señor ministro de gobernación, don Segundo
Curti, quiere honrarme con su presencia y presidirá la sesión
en que he de hablar. Debemos aguardar su llegada, y la lluvia
prosigue entretanto, hasta el punto de que sea forzoso que los
penados se retiren del patio, donde esperan, hasta las galerías,
en que se instalarán los altavoces.
Una pluma en el exilio...
319
Sentado yo en un ángulo de la sala de justicia, donde he de
hablar, me siento invadido por una inquietud que nunca conocí
y que me oprimía ahora con esa localización de diafragma que
no había vuelto a experimentar desde los tiempos de estudiante,
cuando aguardaba la hora del examen. ¿De qué voy a hablar
al extraño público que tengo hoy? ¿Qué puedo yo decir de interesante para un auditorio que éste, sí éste, vive entre rejas, a
diferencia del de la isla de Pinos, y que ahora mismo, mientras
aguarda, ve la lluvia caer trazando un enrejado más fino aún en
el espacio? Un grave problema moral me desazona todo el largo
cuarto de hora de la espera. ¿Cómo me juzgarán ellos a mí? ¿Qué
interpretación podrán dar a mis palabras, que quisiera decir con
la pureza más sincera?
Al fin ha llegado el señor ministro y, previas algunas palabras
suyas, yo comienzo a hablar, sintiendo desde el principio la sensación del que se descarga de un gran peso. He hablado durante
una hora larga de los grandes reformadores de la penalidad,
presentando ante el público, como mejor he sabido, algunas
vidas y, sobre todo, algunas obras ejemplares en el tratamiento
de la delincuencia: Beccaria, Howard, el coronel Montesinos,
doña Concepción Arenal, César Lombroso, etc. Para terminar,
he referido el emocionante hallazgo que una vez, hace ya muchos años, en la cárcel modelo de Madrid, hice de un verdadero
palimpsesto penal, al margen de un libro de doña Concepción
Arenal, creo que las Cartas a los delincuentes, procedente de la
biblioteca de la casa. Taraceado a punta de alfiler, el palimpsesto
repetía un fragmento de Margarita la tornera, el delicioso poema
de don José Zorrilla: «Siempre, aunque sea en una cárcel, hay un
lugar apartado, alguna vez se ha gustado un instante de placer.
Y al dejarle para siempre, conociendo que le amamos, un adiós
triste le damos sin podernos contentar».
Para mí es indudable que el lector anónimo de doña Concepción Arenal alude en su palimpsesto al bienestar moral que
le ha dejado la lectura. Yo no podría desear nada mejor de cada
uno de los presos incógnitos que me escucharon aquella tarde,
sino un buen recuerdo semejante de alguna de mis palabras.
320
Constancio Bernaldo de Quirós
VI
Durante los veinte días que he permanecido en La Habana
no se ha separado de mí, prodigándome sus atenciones y compañía, siempre agradable, un joven estudioso del Derecho penal,
don Miguel A. D’Estéfano Pisani, dotado de un entusiasmo y
una laboriosidad verdaderamente ejemplares. Yo le trataba ya,
por correspondencia; mas ahora se ha convertido para mí en
un excelente amigo: rara avis in terra. A su monografía sobre la
delincuencia de los indios en Cuba, que yo conocía ya, va a añadir ahora un libro sobre Defensa social y peligrosidad, que está en
prensa, y prepara otro acerca de la responsabilidad penal de las
personas sociales, que lleva muy adelantado.
Es quien me ha presentado al editor español don Jesús Montero, que publica la importante Biblioteca jurídica de autores cubanos
y extranjeros, en que se recoge abundante y selecta producción de
la ciencia penal y de las otras ramas del Derecho. Entre aquellas,
descuellan, entre las que yo he visto hasta ahora, tres obras diversas de moderno Derecho penal cubano. Una, la del magistrado
de la Audiencia don Emilio Menéndez, tiene un carácter dogmático acusado. Otra, la del magistrado de la sala de lo criminal
del Tribunal Supremo, don Diego Vicente Tejera, afecta el tipo
clásico de los comentarios. Finalmente, la tercera, que es la de
otro magistrado del Supremo, don Evelio Tabio, se titula sencillamente Temas de Derecho penal y ha de formar un conjunto bastante
completo de las grandes instituciones punitivas, presentadas en
volúmenes independientes. Muerto don Diego Vicente Tejera,
como dijimos ya, me dicen que el Sr. Tabio continuará su obra
y que le ayudará en esa empresa mi joven amigo don Miguel A.
D’Estéfano Pisani. Don Evelio Tabio sabrá, sin duda, dar digno
remate a la obra emprendida por Tejera, pues sus Temas de Derecho
penal demuestran singulares condiciones de ingenio.
He encontrado en La Habana tres revistas especiales para
nuestros estudios: la Revista penal de La Habana, dirigida por
el prestigioso Dr. Martínez; la Policía secreta, puesta hoy bajo
la dirección del Dr. Jorje A. de Castroverde; y la Revista de
Una pluma en el exilio...
321
Medicina y Criminalística, que publica el Dr. Israel Castellanos,
como continuación de otras anteriores similares que también
iniciara él mismo.
VII
Dejo para lo último algo que excede ya, en realidad, de lo
criminológico y de lo penitenciario. ¿Podría yo olvidar, estando
en La Habana, a don Fernando Ortiz, honor y gala del saber cubano casi en toda su lira? Muchos años hace ya, casi medio siglo,
que me honró con su amistad, desde que, a poco de publicar mi
Mala vida en Madrid, él inició en Cuba sus estudios de hampa
afrocubana, con su gran trilogía de Los negros brujos, los negros
esclavos y los negros curros. Luego le conocí personalmente en el
Palace, de Madrid, y no he dejado de seguirle en sus pasos por
temas en que él y yo tenemos intersecciones comunes.
Don Fernando Ortiz me recuerda a veces, en cierto modo, a
Guillermo Ferrero, que habiendo comenzado como criminalística, sintiendo la influencia de César Lombroso, de quien fuera
yerno, especie de planeta alrededor de él, acabó tránsfuga de la
criminología, como un cometa errante lanzado a espacios interplanetarios remotos. Porque también don Fernando Ortiz, que
en sus días de criminalística suscribiera la doctrina del atavismo
por equivalentes de Ferrero, luego, sin olvidar sus predilecciones
originales y dando al Derecho penal la aportación de un proyecto de código penal para su país, muy inteligente, se mueve
hoy en otras órbitas, recorriéndolas e iluminándolas con gran
originalidad y brillo. En la actualidad le interesa, sobre todo, la
etnografía negra. Tiene en prensa un estudio que habrá de titularse El engaño de la raza, título suficientemente significativo para
que haya de explicarse; acaba de publicar un magno estudio sobre las cuatro culturas indias de Cuba, prepara una antología de
poesía mulata y, como su actividad es inagotable, dirige la Revista
Bimestre Cubana, órgano de la Sociedad Económica de Amigos
del País; y aún una segunda revista, mejor, una revista de revistas,
322
Constancio Bernaldo de Quirós
Ultra de nombre, que es un índice mensual de cultura contemporánea. Don Fernando, además, preside e inspira, desde 1926, la
Institución Hispano-Cubana de cultura: fundación benemérita
que recordamos con profunda emoción y leal gratitud cuantos
desterrados de España hemos pasado por La Habana.
Hállase esa institución en un lugar muy céntrico y simpático:
la Plaza de Albear, que ostenta un pequeño monumento a un ilustre español de tiempos de la Colonia. Una oficina muy acogedora
recibe al visitante que, si es español, reconoce en el acto, entre
los retratos pendientes de las paredes, la figura de ilustres compatriotas republicanos. La Sra. Celeste Marrero de Suárez lleva
ese despacho con tanta inteligencia como cordialidad y simpatía.
Luego, o más bien, antes, hay un salón de actos muy confortable
y discreto, al par que suficientemente amplio; y allí, la víspera misma de mi partida, pronuncié una postrera conferencia. Esta vez,
huyendo de la criminología y de la penología, del «agua amarga
de la fuente ignota», hablé de la ruta del Arcipreste de Hita por
la Sierra de Guadarrama, que yo mismo he recorrido tantas veces,
paso a paso. Un soplo del aire fino y fresco de los puertos pasó un
momento por allí, en el Trópico, con el recuerdo de las andanzas
del cantor del Libro de Buen Amor, y yo logré la satisfacción de unas
palabras excesivamente benévolas de don Fernando Ortiz, saludándome como a un compañero del Arcipreste.
VIII
Al día siguiente, bien de mañana, estábamos otra vez en
Rancho Boyeros para tomar el avión que había de llevarnos
hasta México. La Habana, como es sabido, está puesta en la
costa norte de la estrecha y encorvada isla de Cuba que avanza
hacia el Golfo de México entre las dos penínsulas de la Florida
y de Yucatán proyectadas por el continente americano al norte
y al este, respectivamente. Mientras vuela sobre el mar el avión,
semejante a la flecha imaginada por Zenón de Elea, parece que
está quieto en el espacio, tanto es de serena su progresión y de
Una pluma en el exilio...
323
enorme el panorama sobre que avanza. Luego, se vuela ya sobre
la península de Yucatán, paisaje anfibio de tierras bajas, a veces
pantanosas, otras de espesa vegetación; y así se llega hasta Mérida, ya en tierra firme, a 18 kilómetros de Progreso, que es su
puerto. Desde aquí, el itinerario en vuelo se podría describir,
hasta Veracruz, como la cuerda del gran arco de la bahía de
Campeche. Hay una breve escala en Ciudad Carmen y otra después, en Veracruz, más larga.
Desde Veracruz a la capital de México, la ruta aérea vuela
sin apartarse mucho de la que llevara Hernán Cortés, cuando
la conquista. El avión debe elevarse a muy grande altitud, para
superar la gran meseta interior con su orla de volcanes. Primero
está el formidable Orizaba, Citlaltépetl de los antiguos indígenas,
el mayor de los volcanes en México y quizás de toda la América
del Norte, con sus 5,878 metros de elevación sobre el mar. Luego, separados por un amplio collado, la pareja del Popocatépetl
(5,568 metros) y el Iztaccihuatl (5,386 metros); el uno, «la montaña que humea»; el otro, «la mujer dormida», pues en el macizo
de la ardiente montaña la erosión se ha complacido en tallar una
vez más, como en la Mujer Muerta del Guadarrama segoviano,
la serie de elevaciones y depresiones sucesivas que simulan el
relieve de un cuerpo femenino yacente, desde la triste cabeza a
los castos pies, que nunca habrán pisado.
Por fin, el avión comienza a descender en peldaños la enorme
altitud y tocamos tierra en el aeródromo de México, donde caemos
en brazos de nuestros hijos y de nuestros nietos, de algunos de los
cuales nos habíamos separado pocos meses atrás; pero en cambio, a
otros no los veíamos desde nuestra salida de Madrid en 1937 cuando, siguiendo a nuestro gobierno legítimo, partimos a Valencia.
IX
Mi buen amigo y compañero don Luis Jiménez de Asúa,
a quien tuve la fortuna de hallar en México, como presidente
que es de las cortes españolas republicanas, me ha relacionado
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Constancio Bernaldo de Quirós
enseguida con el secretario de la Academia Mexicana de Ciencias penales, Lic. Luis Garrido, a quien desde entonces debo la
atención más solicita. Hemos convenido la fecha de mi discurso
de entrada, que deberá seguir inmediatamente al que ya está
anunciado del Dr. Leopoldo Salazar Viniegra.
La Academia está instalada en el undécimo piso del más alto
rascacielo de México, que ocupa el número 9 de la gran avenida
de San Juan de Letrán. Es un salón capaz para sesenta o setenta
personas, cómodamente sentadas en sillones amplios, respirando un ambiente tranquilo, confortable, sin nada de lujos inútiles.
Sobre un estrado poco elevado, sin barra alguna que le aísle, la
mesa presidencial. El presidente se sienta bajo un retrato único
que adorna el muro. Ese retrato es el del Sr. Miguel S. Macedo,
de quien hace muchos años, cuando yo comenzaba mis estudios,
leí un opúsculo sobre la criminalidad en México.
El señor presidente de la Academia, Lic. Francisco González de la Vega, se ha sentado allí, teniendo a su derecha al
Dr. Leopoldo Salazar Viniegra, que da lectura a su discurso de
recepción. Se trata de un psiquiatra afamado, director del manicomio general de México, que va a ofrecernos un estudio acerca
de «el mecanismo del homicidio por esquizofrenia», referido
especialmente, no sin abundante casuística distinta, al suceso,
todavía y siempre actual no obstante haberse producido en 1942,
de cierto Gregorio Cárdenas Hernández, llamado familiarmente
«Goyito», joven e inteligente estudiante de ciencias químicas que,
en el mes de agosto de aquel año, mató por estrangulamiento a
cuatro mujeres: tres de ellas, prostitutas, recogidas en la calle, y
otra su propia novia, la preciosa Graciela, no sin gozarlas, antes
o después, y dando sepultura a sus víctimas en el jardín de su
casa solitaria, donde las transportaba en su automóvil. He de
decir que pocas veces he escuchado discurso alguno con tanta
atención como ese.
Después de algunas palabras previas y de ciertas referencias
indispensables sobre conceptos y técnicas de psiquiatría, el Dr.
Salazar Viniegra nos habló del instinto de inmortalidad, que yo
más bien llamaría el «deseo», como fundamental en el hombre;
Una pluma en el exilio...
325
instinto o deseo que se manifiesta, sobre todo, aunque como un
relámpago, en el orgasmo sexual, esto es, en lo que el español
Mira ha llamado la «eversión», equivalente a «salirse de sí», precisamente. En el esquizofrénico, en cambio, en lugar de ese instinto se produce una reacción contraria, una conducta opuesta:
la voluntad de extinción, realizada por símbolos o por hechos,
a través de un conjunto de fenómenos morbosos, entre los que
sobresalen la pérdida de la identidad sexual, la de la identidad
filial, la de la identidad corporal. Finalmente, expresiones de la
voluntad de extinción del esquizofrénico son: las risas, aparentemente inmotivadas, como expresión de su pensamiento autista;
la inmovilidad, el mutismo, el negativismo a la alimentación, la
masturbación, la homosexualidad, la castración, las mutilaciones, el suicidio y el homicidio finalmente. El discurso del nuevo
académico concluyó aplicando todos esos puntos de vista al caso
de Goyito, que quedó con ello asaz iluminado.
Al felicitar yo al Dr. Salazar Viniegra por su interesante comunicación, él me propuso mostrarme al propio Goyito, si yo
quería visitarle en Mixcoac. Claro está que acepté en el acto.
X
La semana siguiente fue mi discurso de recepción en la Academia. Volví a repetir allí el mismo, sobre poco más o menos,
que dije en La Habana. Hizo mi presentación el presidente de la
Academia, don Francisco González de la Vega, glosando un breve estudio que, a propósito del nuevo Código de Defensa Social
del Estado de Veracruz-Llave, yo había publicado meses atrás en
La Nación, de Ciudad Trujillo, y que reprodujo la Revista Jurídica
Veracruzana, dirigida por el Lic. Celestino Porte Petit, presidente
que fue de la comisión redactora de aquel cuerpo legal.
En días sucesivos volví a ocupar la misma cátedra, pronunciando un breve curso monográfico sobre delincuencia asociada, que hubiera debido desarrollarse en la Universidad Nacional
Autónoma de México, a no haberlo impedido cierta huelga de
326
Constancio Bernaldo de Quirós
los estudiantes irregulares de Medicina que, durante casi todo
el mes de noviembre, tuvo impedidos los servicios docentes. El
curso contó de cinco lecciones. La primera, de nociones generales. La segunda, sobre el delito de dos, esto es, sobre la pareja
delincuente. La tercera, acerca de las cuadrillas criminales. La
cuarta, sobre la delincuencia sectaria y los delitos de las muchedumbres. La quinta y última, sobre la mala vida en las grandes
poblaciones.
Nunca me he sentido más a gusto hablando, que en el salón tan amable, tan confortable, tan discreto de la Academia;
entre un público limitado y selecto que escuchaba animado de
los mejores deseos y con extrema benevolencia. Encontré allí
algunos compañeros españoles, como don Antonio Abaunza,
nuestro psiquiatra en Madrid, del Instituto de Estudios Penales;
don Mariano Jiménez Huerta, que explica Derecho penal en la
universidad mexicana; don Francisco Blasco y Fernández Moreda, que ha publicado en el destierro un precioso estudio sobre
Tomás Moro, criminalista, etc. Además, conocí allí algunos de los
más estimables criminalistas y penalistas mexicanos, tales como el
juez don J. J. Gómez Bustamante, verdadero «buen juez», como
un Magnaud de México; Alfonso Quiroz Cuaron, de quien tendré ocasión de hablar más adelante; la Dra. Ester Chapa, el Lic.
Francisco Argüelles, redactor jefe de la revista Criminalista, etc.
En las conversaciones que antes y después sosteníamos, recibí a veces noticias de antiguas personas amigas y muy estimadas
de quienes mucho tiempo hacía que no sabía nada. Es así como
el presidente de la Academia, don Francisco González de la
Vega, tan agradable conversador, me habló de Alfredo Nicéforo,
a quien yo traduje al español diversos trabajos suyos de juventud,
como la Guía para el estudio y la enseñanza de la criminología y Las
transformaciones del delito en la sociedad moderna. Don Francisco,
gran viajero por Europa, le había visitado años atrás, hacia 1936,
en su villa de Roma, hallándole ciego del todo; y cuando le presentaron a él, el autor de La mala vida en Roma, le pidió permiso
para pasarle la mano por la cabeza y por la cara, a fin de poder
darse cuenta cabal de su persona. Y luego que don Francisco
Una pluma en el exilio...
327
le hubo concedido tal licencia, Alfredo Nicéforo, en alta voz, le
hizo un breve retrato hablado muy exacto y expresivo.
XI
Llegó el día de ir hacia Mixcoac, cumpliendo la visita ofrecida al Dr. Salazar Viniegra. El manicomio se eleva en el centro
de un gran parque, un gran parque ya recluido en la periferia
de la ciudad, del que podríamos decir que es también un jardín
de los suplicios, no de la carne, como el de Mirbeau, pero sí del
espíritu, del alma, la pobre animula, vagula, blandula, que tiende
allí, al sol, sus alas enfermas.
Me recibe el director, que es el propio Salazar, como tengo
dicho, y nos acompaña un joven psiquiatra español, el Dr. Nieto,
exiliado como yo. Salazar hizo su carrera en Madrid y eso nos
permite hablar unos instantes de la villa del oso y el madroño,
recordando sus intimidades.
Un vistazo a la biblioteca, puesta bajo los cuidados de un
inofensivo megalómano, que viste con gran apariencia y se pavonea entre sus libros. Mientras vamos avanzando por los pasillos,
me entero de cómo Goyito ha venido a parar aquí, antes de ser
juzgado por sus atentados. Ello fue una salida hábil del juez instructor, aplazando indefinidamente la resolución de una cuestión sumamente difícil. Independientemente de que el «chacal
de Tacuba», como se llamaba a Goyito por el barrio en que vivía,
fuera o no responsable de las cuatro muertes cometidas por él
en el breve período de sólo veintitrés días (entre agosto y septiembre) en que desarrolló su terrible gesta, lo cierto, según el
parecer casi unánime de los peritos médicos, es que ahora estaba
en plena descomposición mental y que había que aguardar el retorno a otras condiciones de salud para que pudiera ser juzgado
por lo que hizo. He aquí la causa de que Goyito se encontrara
en Mixcoac.
Llegamos ya al pie de la pesada reja que separa de los enajenados ordinarios a los que tienen alguna cuenta pendiente con
328
Constancio Bernaldo de Quirós
la justicia. Corridas llaves y cerrojos, al otro lado de la gran reja
hay un pequeño patio colmado de desgraciados poseídos que
toman el sol de una tibia mañana otoñal. Los escasos segundos
precisos para atravesar el patio, no son intervalos bastantes para
ahorrarnos la triste escena de un trance epiléptico en que uno
de los poseídos ha rodado a nuestros pies en sus dos fases, tónica
y clónica, de rigidez y de convulsiones.
Pero Goyito es enemigo del sol, málum signum, y no está en el
patio sino recluido en su celda, la única celda que veo allí, en aquel
recinto. La puerta de la celda se abre así mismo ante nosotros y veo,
al fin, a Goyito, que se presenta ante mí, no muy limpio y envuelto
en un amplio gabán a cuadros, alzando el cuello como un misterio impresionante. La celda tiene mucho de robinsonesca, con
muebles construidos por su propio ocupante: mesa, sillón, estante,
arca de ropas. Sobre la mesa está un libro abierto, Los Miserables,
de Víctor Hugo, que leía nuestro hombre, y al lado se muestra una
cafetera en que el agua, al hervir, contribuye levemente a elevar la
temperatura del interior sombrío en que nos hallamos.
Después de la mutua presentación, el amable doctor me deja
a solas con Goyito. La conversación empieza sobre el tema de
lecturas literarias. Yo le pregunto, puesto que lee a un romántico
francés, si conoce los clásicos españoles y él, respondiendo afirmativamente, comienza una enumeración en que, entre Góngora
y Quevedo, intercala a Moliére. Advertido al punto de su yerro,
para repararle recita literalmente el principio de El Quijote: «En
un lugar de la Mancha…», hasta el «mozo de campo y plaza que
así ensillaba el rocín como tomaba la podadera». Yo, entre tanto,
tengo en las manos, hojeándole, el tomo de Los Miserables y como
quien no hace nada, con alevosía, premeditación y ensañamiento, le llamo la atención sobre aquel pasaje del tesoro del Diablo
que se encuentra a propósito de las riquezas del Sr. Magdalena,
enterradas en un pequeño bosque de los alrededores de París:
«Fodit, el in fossa thesauros condit opaca: as, nummos, lapides, cadáver,
simulachra, nihilque».
Goyito no acusa el golpe, que debiera ser desconcertante. Luego, me pongo a repasar su pequeña librería. Obras de
Una pluma en el exilio...
329
biología, de química, de espiritismo, estas últimas cediendo a
sugestiones que ha recibido últimamente. De nuevo, un ataque
mío. Asiéndola por el cabello, yo aventuro ahora una alusión
a la temible secta india de los «thugs», a aquellos implacables
estranguladores, adoradores fanáticos de la diosa de la destrucción, Kali, a quien los ingleses creían haber extirpado, pero que
últimamente hemos vuelto a ver aparecer cuando, en la primavera de 1942, los nipones, atacando a Birmania, penetraron en
Rangún durante la pasada guerra. Goyito, que, por sí solo, hizo
cuatro veces seguidas tanto como el equipo de tres en que operaban los «thugs», uno para atraer a la víctima a la emboscada;
otro, para apretarle el lazo fatal; el último, para enterrar a la
víctima: «sutas», «lugas» y «butotes», que así se llamaban, Goyito
también esta vez ha permanecido impasible, como si le cubriera
una coraza impenetrable. Yo renuncio con eso a más experimentos. Nuestra conversación queda interrumpida con la llegada
de una hermana de Goyito, que viene a visitarle, cariñosa, él la
recibe amable, alejándose ambos asidos de las manos.
Nosotros salimos al patio, donde nos rodean los enajenados
ofreciéndonos pequeños trabajos manuales en espera de algunos centavos. El más curioso es una especie de imitación bastante acertada del escorpión, tejida en paja de colores por un
idiota microcéfalo, homicida. A poco, el propio Goyito obsequia
a mi mujer que, como siempre, me acompaña, con un diminuto
sombrero charro de brillantes sedas cubriendo la estructura de
paja de que está hecho. Parece que él se dedica a esas labores en
sus ratos de ocio, cuando el director del establecimiento no le
emplea de taquígrafo en los menesteres burocráticos de la casa.
Mientras regresamos a México en el auto, voy procurando
encajar el tipo de Goyito en la sistematización del esquizofremio
asesino que oí al Dr. Salazar Viniegra el día de su discurso. Ciertamente, pudo observarse en él alguna vez cierto principio elemental,
incipiente, de pérdida de la identidad sexual (por ejemplo, aquel
retrato suyo en que se muestra vestido de «geisha», con manifiesta complacencia en su travestismo). Pero nada de pérdida de la
identidad filial, antes bien, muy desarrollado el sentimiento de la
330
Constancio Bernaldo de Quirós
afección a la madre, con vestigios remotos de complejo de Edipo.
Completa, por otra parte, la identidad corporal. Y además, afición,
amor a la vida, deseando lograr la resurrección en sus experimentos de devolver la existencia a animales muertos, inyectándoles
citratos para volver a su fluidez original a la sangre, adrenalina al
corazón para que volviera a latir, procurando la respiración artificial con inhalaciones de oxígeno y maniobras rítmicas pectorales.
Goyito llegaba a demostrar cierto interés afectuoso hacia sus víctimas, a las que invariablemente llamaba «desdichadas».
XII
En los dos meses y medio que llevo en la capital mexicana,
he seguido con atención, mediante la prensa, la marcha de la
criminalidad. Recién llegados nosotros, en la última decena
de octubre, hubo, en la calle de la República de El Salvador
número 66, un crimen obscuro, misterioso: la muerte de dos
ancianos varones que, con una hermana más, anciana como
ellos, vivían miserables, no obstante su fortuna de millonarios.
Las sospechas recaían sobre la hermana, reducida al fin a prisión, que sólo cesó merced a la intervención del juez de amparo: una curiosa institución mexicana cuyo funcionamiento
y utilidad indudable pude apreciar entonces. La policía estuvo
muy torpe en ese asunto, aunque pretendió ensayar métodos
tales como el detector de mentiras americano, que no supo
manejar bien y que, además, con muy buen juicio, repudió el
juez instructor.
Más tarde, a fines de octubre y principios de noviembre,
se produjo en la capital una grave epidemia de plagio de menores. Ciertamente, aunque haya habido media docena, acaso
más, de casos crueles, no todas las desapariciones de niños
registradas esos días, con un exceso de información desacostumbrado, fueron plagios verdaderos, abundando más las fugas
de menores, «desgarrados», como decían nuestros clásicos, de
sus hogares, y los sucesos de niños disputados entre padres en
Una pluma en el exilio...
331
vías de divorcio, o mal avenidos. La alarma, no obstante, fue
enorme y el delito se atribuyó, desde el principio, a la acción
de bandas de malhechores, como las de los antiguos «compra
chicos» que operaban en México para suministrar a las madres
estériles americanas criaturas bastantes a justificar sus demandas de pensiones de guerra. Durante algunos días los parques
de la ciudad quedaron desiertos y aun en las calles eran raros
los niños que transitaban, fuertemente asidos a las manos de
sus guardianes, no sin que, en ocasiones, se originaran lances
trágico-cómicos que refirió la prensa, de padres o encargados
a punto de ser linchados por la multitud sólo porque el niño
o niños a quien llevaban lloraba por cualquier motivo fútil, tal
como el de no querer ir a la escuela, o el de no haberle comprado una golosina. Hubo artículos de periódicos pidiendo la
restauración de la pena capital y proyectos de reforma del Código Penal, elevando considerablemente la penalidad de esos
delitos. En una palabra, todas las demostraciones de la especie
de delirio de persecución que parece apoderarse de todos tan
luego como aparece algún método nuevo de criminalidad, particularmente sensible.
Por el mismo tiempo, se hablaba así mismo del «chacal de
San Ángelo» pues, aunque en México no haya verdaderos chacales, sino coyotes, parece que es aquel nombre preferido para
expresar una fiera humana sanguinaria. El «chacal de San Ángelo», un alemán, por cierto, ofreció, en aquellos días una mezcla
polimorfa de casi todo el Código Penal en un sólo suceso o, más
bien, en una conducta continuada: falsedad, estafa, amancebamiento punible, detenciones ilegales sevicias y lesiones sádicas
sobre la persona de la esposa y la de la manceba, encadenadas y
azotadas a menudo, estupro incestuoso o violación, acaso, sobre
la persona de la propia hija menor, contaminación venérea de
esa tierna criatura…, en fin, toda la lira.
A diario, los periódicos llenaban sus páginas con truculentos
delitos de sangre. De antaño me era conocida la triste primacía
de la criminalidad mexicana en ese orden de delincuencia pues,
desde hace medio siglo, casi completo, he seguido, casi paso a
332
Constancio Bernaldo de Quirós
paso, los estudios sobre ese tema y en esa localización, desde el de
Miguel S. Macedo (el personaje del retrato único de la Academia
Mexicana de Ciencias Penales), pasando luego por los de Carlos
Roumagnac, el de Guerrero sobre la génesis del crimen en México, la gran monografía de Duranti confeccionada en la cátedra
de Salvador Ottolenghi, en Siena, y, finalmente, llegando hasta
el precioso opúsculo de Alfonso Quiroz, José Gómez Robleda y
Benjamín Argüelles, Tendencia y ritmo de la criminalidad en México,
nuevo cuando yo llegué a la República Dominicana en 1940, y primera de mis lecturas criminológicas en el Nuevo Mundo. No hay
país en el mundo entero que dé cifras más altas que las de México
en los delitos contra las personas. Las de Italia y España, que son
las más elevadas de Europa, se quedan muy bajas, seis o siete veces menores siempre. Y en cuanto a la capital del país, Ciudad de
México, casi duplica en los homicidios los índices de Nápoles, de
Sassari, de Agrigento, en la Italia continental; en Cerdeña y en
Sicilia, según la escala publicada, hace ya muchos años, en 1908,
por Maynard Shipley, en la revista Ciencia popular de Appleton:
México-70, 73; Agrigento-40, 48; Sassari-38, 64 y Nápoles-29, 23
(por cada 100,000 habitantes, aproximadamente).
En el estudio de Quiroz, Gómez Robleda y Argüelles, que
se aplica tan sólo al Distrito Federal, o sea, a la capital de México, las cifras de homicidio oscilan entre un mínimo de 267 por
millón de habitantes, en 1931, a un máximo de 547, en 1929.
Contemporáneamente, en Cuba, según el Dr. Israel Castellanos,
los homicidios, que habían llegado a 300 por millón en el período 1903-1913, hoy no llegan a 100, pues se detienen en la
cifra de 97. Esa viene a ser, casi exactamente, la cifra de España,
recargando el total de muertes criminales de toda especie, con el
del delito anómalo que entre nosotros se llamó «disparo de arma
de fuego», y que en Cuba, con un nombre harto peor, llaman
hoy «delito de homicidio imperfecto», es decir, dígase como se
quiera con los homicidios abortados.
Por lo que a México se refiere, parece, en efecto, que todo
está dispuesto en ese país para producir la enorme exageración
que acabamos de presentar. Primero, su posición tropical, no
Una pluma en el exilio...
333
contrapesada por la gran elevación de la meseta volcánica interior, el Anahuac, ni tampoco las grandes regiones de escasa densidad que rebasan el Trópico, degradándose en altura. Luego,
su composición etnográfica: de un lado azteca, de otro hispana,
estirpes ambas de fuertes tendencias sanguinarias. Por último,
las luchas económicas, religiosas, políticas, de que es apasionado
teatro; la inmigración, etc.
La gran ciudad exagera, por su parte, todas las piezas de ese
conjunto. Calor, densidad, abundancias y codicias, rozamientos
continuos entre los dos millones de individuos y entre los millares de grupos que allí desenvuelven la concurrencia vital implacable, todo a las enormes dimensiones de la ciudad pletórica,
en plena circulación, en movimiento que ni la noche suprime
nunca, todo hace de la criminalidad mexicana, como de la de
todas partes del mundo, la sombra negra y dura, la medrosa silueta de la vida.
XIII
Como, igual que en La Habana, tengo que ir a la Universidad
para entregar al señor Rector un mensaje similar a aquel otro,
me dirijo cierta mañana allí, conducido por el excelente amigo
y medio tocayo en el apellido, Alfonso Quiroz. El señor rector,
don Genaro Fernández Mac Gregor, me recibe en su despacho,
ante la mesa más rica y, sobre todo, más enorme que yo haya visto
en mi vida. De la conversación que mantuve con él recuerdo, sobre todo, las frecuentes alusiones, bien traídas por cierto, que ha
hecho a la Divina Comedia, citándola en correctísimo italiano.
A continuación, Quiroz me ha dado un paseo por las aulas
y salones más importantes y, al cabo, me ha llevado a su propio
despacho, en las oficinas del Banco de México, instaladas en el
Edificio Guardiola. Don Alfonso Quiroz es el único perito criminológico titulado que ha salido de la Universidad Nacional Autónoma de México. Parece que después, el Instituto Politécnico
ha creado así mismo esa carrera; mas hoy por hoy, él, Quiroz, es
334
Constancio Bernaldo de Quirós
el único de aquella jerarquía universitaria. La Universidad le dio
ese diploma seleccionando para él todas las enseñanzas útiles
que pudo tomar del cuadro de cada una de las tres facultades de
Derecho, Medicina y Ciencias. Así, la vastedad y profundidad de
sus conocimientos es notable, de tal suerte que Sherlock Holmes,
creo yo, quedaría desconcertado alguna vez en su presencia.
En los momentos de hoy, mi amigo tiene en el Banco de
México dos importantes funciones. Una es la selección del personal que aspira a ingresar en las instituciones bancarias. Por
eso dispone de un polígrafo, que la policía no pudo emplear
bien en el caso de la señorita Villar Lledias, a que ya nos hemos
referido. La otra función suya es la defensa contra la falsificación de billetes de banco. En su despacho he visto, explicado
por él, todo un museo especial, bastante rico, de esa variedad
criminológica.
Pero lo que yo deseaba mejor saber de él, era su intervención
en el famoso proceso del asesinato de León Trotsky. Fue el caso
al mediar el mes de agosto de 1940. Se había presentado en la capital cierto sujeto que decía ser belga de nacionalidad y llamarse
Jacques Mornand Vandervelde unas veces y otras Jackson. Traía
un pasaporte que después inspiró dudas de haber sido el de otro
sujeto anterior, muerto en nuestra guerra, cuyas señas personales
le convenían bastante. El sujeto traía el propósito de asesinar al
líder ruso, alma de la «revolución permanente». Pero eso no era
fácil. En su casita de Coyoacán, un barrio extremo de la enorme
ciudad, Trotsky vivía inabordable e inexpugnable, como en una
torre de marfil o de acero, en compañía de su mujer. Pero le
asistía así mismo una secretaria, la Srta. Berta Ageloff, que tenía,
fuera de la casa, una hermana llamada Silvia.
Esa hermana fue, precisamente, la puerta o la ventana que
Mornand halló entreabierta en la torre de acero o de marfil en
que se defendía León Trotsky. Mornand enamoró a Silvia y pronto logró ser correspondido. Durante cierto tiempo, gastó, en obsequio de ella, abundante dinero. La paseó por el país. La llevó a
los volcanes en valientes exclusiones alpinas. Luego, como quien
no hace nada, consiguió que Silvia le presentara a Berta, y que
Una pluma en el exilio...
335
Berta, su vez, le presentara al propio Trotsky, como un discípulo
entusiasta. La primera parte del plan estaba logrado.
Ya en plena relación con el maestro, Mornand emborronó
multitud de cuartillas con disparatados artículos y ensayos trotsquistas que el maestro mismo no desdeñó corregir por el provecho de la causa. Y así llegó el fatal 21 de agosto, en una mañana
cálida y luminosa. La Sra. Trotsky, instalada en un gabinete intermedio entre el recibimiento y el despacho de su marido, sintió
la llamada del timbre y vio cómo atravesaba a paso tranquilo, en
dirección a ese último aposento, el amigo Mornand, llevando
por delante de sí un abrigo o un impermeable. Como cualquiera de esas prendas, fuera la que fuere, resultaba de todo punto
inadecuada en aquella mañana clara y tibia, la señora no dejó
de extrañarse y hasta por un instante brevísimo tuvo la tentación
de interponerse al paso de la visita, ofreciendo al recién llegado
la mano, un vaso de agua, cualquiera cosa que le obligara a descubrir mejor lo que guardaba oculto. Pero la señora Trotsky se
inhibió y con su inhibición el destino de Trotsky quedó sellado.
Morgand entra en el despacho, saluda al jefe revolucionario
y le entrega un nuevo rollo de papeles, suplicándole que corrija
y lea. El maestro, aceptando, inclina sobre las cuartillas la amplia
frente surcada por las arrugas del estudio. Morgand le observa
a su lado y, viendo llegado al fin el instante preparado tan laboriosa y dispendiosamente, empuña el arma que ocultara el impermeable o el abrigo; rara arma, por cierto, artificio de placer,
de deporte: un piolet de mango recortado, para ocultarlo mejor,
el piolet de las ascensiones al Popo o al Izta, con la amiga Silvia.
Enarbolándole con habilidad, el piolet cae sobre la cabeza de
Trotsky, hundiendo su punta acerada, tan robusta, en el cerebro
del jefe rebelde. Trotsky moría dos o tres días después.
Instruyó el proceso el Dr. Raúl Carrancá Trujillo, catedrático de
Derecho penal, a quien yo trataba por correspondencia desde Madrid, y fue para él un triunfo más de la serie de los que componen
su brillante carrera. ¿Morgand era un sicario pagado desde lejos o
bien un sectario que obraba por cuenta propia? Esa pregunta ha
quedado sin resolver, aún después de la condena del asesino.
336
Constancio Bernaldo de Quirós
Pero con motivo del juicio, fue preciso realizar un estudio
minucioso del sujeto, sobre todo en cuanto a la identificación de
su personalidad racial; estudio que, seguramente, es uno de los
documentos más admirables de la ciencia mexicana, representada en esa ocasión por Alfonso Quiroz y por don José Gómez
Robleda, uno de los grandes prestigios del país: gran médico,
gran matemático, gran músico, singularmente destacado en
todo cuanto cultiva, que es siempre mucho.
Lo más interesante de esa identificación de la raza o bien
de la nacionalidad de Morgand fue, más que las investigaciones
métricas puramente y cromáticas, tales cuales la relativas al color
de la piel, del pelo y de los ojos, la estructura del cabello, etc., el
estudio de la voz del sujeto, hablando, cantando, murmurando,
discurriendo casi interiormente, en una especie de autismo, recogida sin que él pudiera advertirlo, fotográficamente, según los
métodos conocidos y hasta expresamente creados para el caso
en los principales centros de fonética de los Estados Unidos,
adonde se enviaron los respectivos documentos. La pretendida
nacionalidad belga del asesino fue desechada así, llegándose a
la conclusión de que probablemente Morgand era de origen
búlgaro.
XV1
Entre la agradable sobremesa de mis días y mis noches en
México, no puedo olvidar la que nos retuvo tanto tiempo en el
discreto Café Tacuba, cierta noche de diciembre, a un grupo de
amigos españoles y mexicanos.
Los españoles éramos: ante todo, don Mariano Ruiz Funes,
recién llegado de un viaje similar y contemporáneo al mío, por
Puerto Rico, la República Dominicana y Cuba; el tratadista especializado en Derecho penal militar, don Ricardo Calderón
1
N/C. El orden de las subdivisiones de este artículo aparece tal cual el
original.
Una pluma en el exilio...
337
Serrano, mi hijo Constancio y yo. Por su parte, los mexicanos
fueron: don Emilio Pardo Aspe, prestigioso maestro en ciencias
penales a quien todos escuchan con respeto; don Octavio Véjar
Vázquez, exministro de Educación, y el reputado abogado criminalista Sr. Fernando Ortega, quien, desde hace mucho tiempo,
ha intervenido en los más sonados procesos del país.
El Sr. Véjar Vázquez me era ya conocido, pues no mucho
tiempo antes había pasado por Ciudad Trujillo en misión que
tenía por objeto estudiar hasta qué punto las universidades debían participar en la obra social de la postguerra. La Universidad de Santo Domingo organizó una sesión solemne en que él
habló y en que yo debería haber hablado, tras otros profesores
dominicanos, a no mediar un incidente que forzó a abreviar el
acto. Ahora, en amable trato con él, he sabido que, tal como
yo imaginara, su apellido, aunque deformado en su ortografía,
procede y se refiere a Béjar, la ciudad salamanquina, la «Manchester castellana», así llamada por su industria textil de tanta
reputación, cuya perspectiva pintoresca, con el fondo lejano del
Calvitero nevado, se me aparecía al nombrarle, y que yo le describí entonces puntualmente.
La sobremesa duró tres horas. ¿Quién de los siete sería capaz
de reconstruir el tejido de aquella conversación, a través de desviaciones y asociaciones inesperadas, remotas, casi incongruente, de
caprichos repentinos, de insistencias tenaces, que tanto nos deleitaron? Lo que mejor recuerdo por su dramático interés, es el relato
que el Lic. Ortega nos hizo del asesinato del presidente electo, general Álvaro Obregón, en 1928, casi en los postres de un banquete
que se le ofrecía, por un fanático a quien aquel defendió.
Si el suceso, por la ocasión de gran fiesta en que se cometió,
recuerda el asesinato de Gustavo III de Suecia por Anckarstroem,
en cambio, por el móvil y por la personalidad del asesino, se
parece mejor al atentado de Jacques Clement que costó la vida
a Enrique III de Francia o al de Francisco Ravaillac, igualmente
fatal para Enrique IV, su sucesor en el mismo trono.
338
Constancio Bernaldo de Quirós
XIV
Ya mediado diciembre y, por tanto, en las postrimerías de la
licencia de tres meses que me concedió generosamente la Universidad de Santo Domingo, he de trasladarme a Puebla, donde he
de pronunciar tres lecciones de Criminología ante la Asociación
de Abogados, en el local de la universidad. Puebla está sólo a 135
kilómetros de México, D. F., en dirección Este, separada de la
capital nacional por la Sierra Madre Oriental, que precisa superar
a través de un alto puerto, Llano Grande, en el kilómetro 54, que
se abre a no menos de 3,196 metros sobre el mar. Me conduce el
magistrado don Wenceslao Macip, poblano ilustre, gobernador
del Estado en otro tiempo, y de cuya amabilidad y discreción
nunca sabré hacer yo el elogio suficiente. Como si eso fuera poco,
llegados a Puebla hemos caído en brazos de otro no menos discreto y obsequioso amigo: el Lic. Armando Vergara Soto, presidente
de la Asociación de Abogados que patrocina mi viaje.
En la monumental Universidad de Puebla he dicho mis tres
lecciones, que me he permitido titular «Panorama de la Criminología»: una especie de perspectiva general desde un punto
de vista tan alto como si voláramos sobre el Pico de Orizaba,
puesto que permite reducirle a ese tiempo. Se ha dignado hacer
mi presentación el Dr. Raúl Carrancá y Trujillo, catedrático y
magistrado a la par, honor, pues, así de la cátedra como del foro,
que se tomó la molestia, por mí, de venir desde México a Puebla,
permaneciendo en Puebla tanto tiempo como yo estuviese.
Ya he dicho que el Dr. Carrancá fue juez instructor del proceso contra el asesino de Trotsky. Así, pues, no he perdido la
oportunidad de oírle referir el asunto, tan interesante. Mientras
recorríamos los salones del nuevo Museo Bello, rica colección de
artes, el amigo Carrancá me iba refiriendo el caso, y el relato era
a veces tan curioso, cautivaba tanto la atención, que temo que
ambos, Carrancá y yo, pecáramos de descorteses ante la opinión
del guía que nos instruía con mucha erudición y sentido estético
en las riquezas de la casa. Al llegar a un salón de los últimos
tiempos coloniales en el que, como en la rima de Bécquer, en
Una pluma en el exilio...
339
un ángulo relativamente obscuro aparentaba su callada extensión musical, no un arpa, pero sí un antiguo clave, Carrancá se
ha sentado ante él, repentizando una expresiva composición a
tono con la época del viejo instrumento. Poco después, desde
una altura abierta al aire libre, soy yo quien cae en otro motivo
extático semejante, ante la perspectiva del gran valle circundado
de montañas.
Insisto en que de los dos grandes volcanes, prefiero el Izta. El
Popo es demasiado regular, demasiado hecho a torno, como un
cuerpo geométrico. Además, el Izta me recuerda mucho la Mujer Muerta, vista desde Segovia. Me han señalado otro cerro que
lleva el bonito nombre de la Malinche (casi como La Maliciosa,
en el Guadarrama madrileño), en memoria de doña Marina, la
amiga de Hernán Cortés. Ese cerro es tan alto (4,461 metros)
como la Jungfrau, (4,181 metros), en el Oberland Bernés y, sin
embargo, impresiona mucho menos. Le falta el glaciar, que es el
gran artífice de la alta montaña.
XVI
Por último, tengo que hablar de tres recuerdos hispánicos,
tres añejos sucesos criminológicos del siglo xvii. Uno de ellos se
localiza en torno de la iglesia de Santo Domingo. Penetrar en ese
templo es tanto como asomarse al alma, mística y ascética, del siglo
referido. Es famosa allí la capilla del Rosario, prodigio dorado del
arte churrigueresco de las centurias subsiguientes, en todo similar
a la capilla de San Isidro en la parroquia madrileña de San Andrés.
Más, sin embargo, que la opulencia del Rosario, me dicen a mí las
tres imágenes que el devoto haya nada más penetrar en el interior
del templo, en la nave de la Epístola. Primero, un Cristo muerto
yacente sobre su lecho, entre sábanas inmaculadas de fino lino
y concha de seda amarilla adamascada. Luego, entre otra urna
no apaisada como la anterior, sino vertical, un Nazareno sentado,
coronado de espinas, que acaba de sufrir la bárbara flagelación.
Por último, poco más allá, un cuadro en que la pintura reproduce
340
Constancio Bernaldo de Quirós
el tema anterior tratado por la escultura, con un raro efecto de
oro y plata en la aureola del Señor, en la soga que le ata y en los
paños que le cubren, acentuando la lividez de las carnes acardenaladas. Abajo del cuadro, esta leyenda: «Limosna para el Justo
Juez». Ese es, pues, y en verdad, ¿qué otro podría ser?, ese es el
Justo Juez de la famosa oración popular tantas veces nombrada en
nuestra literatura clásica, en el Lazarillo de Tormes, segunda parte, y
en El Buscón, sobre todo, totalmente olvidada en España y aquí en
cambio, viva todavía, de uso asaz general.
Un ejemplar de ella, en dieciseisavo, me la han dado ayer mismo a la entrada de la Catedral, junto con una estampa de Nuestra
Señora de Guadalupe; y en la novela de Ciro Alegría, El mundo
es ancho y ajeno, he podido comprobar una nueva versión de ella,
puesta al día, con alusión hasta a las pistolas automáticas.
Pero sobre todo, hay a la puerta de la iglesia de Santo Domingo, de Puebla, un pequeño azulejo que es lo que más me
interesa de todo cuanto en este día he visto. Aquí fue herido,
casi de muerte, Gutierre de Cetina, el famoso poeta sevillano, el
autor del madrigal a los «ojos claros, serenos», que había venido
a México, capitán de los tercios de Flandes, con la gente del primer virrey, don Antonio de Mendoza, hacia 1530, aproximadamente. Y una noche que, olvidado de los ojos claros, serenos, de
cualquiera dama andaluza, buscaba los de otra criolla, no menos
serenos y claros, en una de aquellas serenatas sentimentales tan
gratas a los contemporáneos, un rival le acometió y armado de
un terrible mandoble le hirió en la cabeza y en la cara, de tal gravedad que durante muchos días estuvo entre la vida y la muerte.
El agresor, de cuyo nombre no me he de acordar, así como del de
la coqueta, casada infiel por más señas, se retrajo a la iglesia de
Santo Domingo, buscando asilo, de donde, al cabo, se consiguió
extraerle venciendo ciertas resistencias canónicas. Condenado a
grave pena, sufrió además, como accesoria, la de la amputación
de la mano aleve que, como un vestigio del remoto e inmortal
talión, quedaba en el Derecho de la época.
Lo curioso, en ese caso concreto, es suponer que, de haber
muerto Gutierre de Cetina de la agresión y de haber surgido
Una pluma en el exilio...
341
duda en cuanto a la personalidad de su matador, su cuerpo
difunto hubiera dado ocasión a la singular prueba judicial del
«estilicidio de sangre», fundada en la fe que entonces se tenía
y que aún conservan algunos contemporáneos, de que las heridas del asesinado sangran en presencia del matador, como si
lloraran y a un tiempo mismo acusaran. ¿Acaso no había escrito antes él, allá en su voluptuosa Sevilla, los versos que dicen:
«Cosa es cierta, señor, y bien sabida, aunque el secreto de ella
esté encubierto, que arroja de sí sangre un cuerpo muerto si se
pone a mirare el homicida»?
Sobre esa interesante superstición son de leer las páginas
que le dedica Thot, en su Historia de las instituciones antiguas de
Derecho penal (La Plata, 1940). Por cierto que ese autor no dice
que la primera alusión histórica al estilicidio de la sangre, o,
sino la primera, la más ilustre, es la de Los Nibelungos, cuando
Crimilda hace que desfilen ante el cuerpo de Sigfrido, muerto, sus compañeros de armas y las heridas de aquel comienzan
a sangrar cuando se detiene el traidor Hagen. Tampoco Thot
recuerda aquí un precioso fragmento de El Quijote, alusivo así
mismo a la prueba de la sangre. Se encuentra en el capítulo XIV
de la primera parte, cuando, al aparecer la hermosa Marcela en
la peña bajo la cual ha de recibir tierra el cadáver de su enamorado Crisóstomo, Anselmo, su albacea, le dirige estas palabras:
«¿vienes a ver, por ventura, ¡oh fiero basilisco de estas montañas!,
si con tu presencia vierten sangre las heridas de este miserable, a
quien tu crueldad quitó la vida?».
Memoria igual del antiguo Derecho penal de los tiempos
coloniales, es en la iglesia de la Compañía, otra lápida recordando que allí, del principal arco del templo, estuvo pendiente
no pocos años la calavera del impostor Benavides, que se fingió
visitador y fue descubierta su impostura. Las cosas por tanto, no
siempre tenían el desenlace fácil del falso buldero de Lazarillo.
El postrer recuerdo de criminología retrospectiva hallado
en Puebla ocurrió visitando la preciosa Biblioteca Palafoxiana,
que aún se conserva allí intacta, tal como la dejara su ilustre
fundador, el prelado Palafox, del siglo xviii. Con gran sorpresa y
342
Constancio Bernaldo de Quirós
alegría, por mi parte, nada más pasar la vista por la lista de libros
raros y curiosos que me ofrecía el amable bibliotecario, hallé
uno titulado así: Historia de Gabriel Espinosa, pastelero de Madrigal,
que fingió ser el rey don Sebastián de Portugal, y asimismo la de fray
Miguel de los Santos, en el año de 1595. En Jerez, por Juan Antonio de
Tarazona, año de 1683.
Es decir, la crónica de un antiguo y famoso proceso de Estado, el más interesante de su clase en España, que yo he puesto
como típico ejemplo de la pareja doble o triangular, en mi Cursillo de Criminología y Derecho penal, de la Universidad de Santo
Domingo.
XVII
Habiendo pasado ya las fiestas de Navidad y de final y principio de año con mis hijos y nietos, emprendo el vuelo de regreso a
Ciudad Trujillo, al día siguiente de la de los Reyes, el 7 de enero.
Me he detenido día y medio en Mérida de Yucatán, y aunque la
prisa con que marcho no me permite llegar hasta las grandes
ruinas mayas del país: Uxmal, Mitla, Chichén Itzá, he podido
examinar con toda calma una gran colección arqueológica instalada en el Hotel Itzá, donde me hospedo, antiguo palacio de
la familia Regil, que amontona tanta curiosidad y riqueza. Luego
he vuelto a La Habana, sin tiempo para visitar a los bondadosos
amigos Martínez, Ortiz, Castroverde, Coello, D’Estéfano, Córdova, Tabio, etc., que tanto favorecieron mis pasos a la ida.
Tan sólo me he permitido una entrevista con el señor embajador de México, el ilustre penalista José Ángel Ceniceros, director
de Criminalia, a quien no pude hallar antes ni en La Habana, ni
en México, por habernos cruzado en nuestro viaje. Criminalia es
una hermosa publicación que va a entrar en el duodécimo año
de su vida, su colección es un archivo selecto de los estudios que
profesamos. No sé si he dicho antes que en México se publica
también otra: Revista de Derecho Penal, en San Luis Potosí, dirigida
por el Lic. Rocha. También, aunque su título sea más amplio, la
Una pluma en el exilio...
343
Revista Jurídica Veracruzana, del Lic. Porte Petit, dedica al Derecho penal la mayor parte de sus páginas.
En Puebla, sucede algo de lo mismo con la Revista de la Asociación de Abogados. En el número corriente de aquellos días, que es
el de octubre a diciembre, encontré un artículo muy interesante
del Lic. Carlos Ibarra acerca del concepto popular del homicidio
en la región noroeste de Puebla, fundado en las siguientes fuentes: a) los «corridos», es decir, los romances populares; b) los
retablos de las iglesias que, no raras veces, contienen, en forma
de exvotos, referencias a sucesos de sangre; c) la observación
propia y ajena; y d) los archivos judiciales.
Durante una hora larga he departido con el señor embajador, presente también otro de los más distinguidos letrados
mexicanos, el Lic. Alfonso Teja Zabre, que ya, al pasar yo antes
por La Habana, me había honrado asistiendo a la segunda de
mis conferencias en el Colegio de Abogados.
Pocas horas más tarde, el avión nos llevaba entre nubes y estrellas, pues era noche cerrada. Abajo, en la negrura de la tierra,
de vez en cuando iban surgiendo núcleos luminosos de ciudades
importantes: Holguín, Guantánamo, primero; luego, Port-auPrince; al cabo, Ciudad Trujillo, donde descendimos.
Anales de la Universidad de Santo Domingo,
Vol. X, Núms. 37-38, enero-junio de 1946, pp. 318-356.
Los delitos de las mujeres
Terminada la guerra, todavía los servicios de comunicaciones no aéreas son tan escasos e irregulares que los que vivimos
en una isla volvemos a sentir con todo su peso el sentido, antes
insospechado, de la palabra «aislamiento». Los días, las semanas,
las quincenas transcurren sin la llegada de los libros y las revistas
que antes venían a nuestras manos a diario. Pero hoy, por excepción de la que deben marcarse con una piedrecilla blanca, el
correo nos ha traído un paquete de cierto volumen con los sellos
de Chile, bastante desacostumbrados aquí. Abierto el paquete
con impaciencia, nos hallamos ante un libro que lleva por título
La mujer, el delito y la sociedad, escrito por la Dra. Felicitas Klimpel
Alvarado, a quien yo tuve el gusto de tratar el tiempo escaso de
una semana, aquí en Ciudad Trujillo, en febrero de 1943, en la
buena compañía de don Luis Jiménez de Asúa, y que nos dejó a
todos cuantos la conocimos un recuerdo inolvidable de gracia,
de juventud e inteligencia.
Este libro merece una crónica larga, una exposición fiel y
algunas observaciones críticas, en el mejor sentido de la palabra, que voy a permitirme hacer aquí, tal como si yo mismo
estuviera hablando con la propia autora. El asunto me ha seducido siempre, hasta el punto de que más de una vez haya yo
escrito sobre el propio tema. Recordaré, sobre todo, mi estudio
Carácter de la delincuencia femenina, que se publicó nada menos
que por marzo de 1903 en la Revista Ibero-americana de Ciencias
– 345 –
346
Constancio Bernaldo de Quirós
Médicas de Madrid, y que luego volvió a publicarse en el tomo
Alrededor del delito y de la pena, en 1904.
Pasemos por alto el prólogo del Dr. José Peco con que el libro comienza, con decididas loas a la autora, que yo no vacilaría
en suscribir también, aunque las mías valieran menos. Saltemos
así mismo las «palabras generales» de la autora misma y hasta
el «objeto técnico» de la obra, que no es otro, según declara
la Srta. Klimpel, que el estudio de las causas de un negocio tan
malo como suele ser el delito para la mujer, no obstante lo cual
la delincuencia femenina crece y crece, ofreciendo ella a los interesados en problemas sociales y morales un caudal apreciable
de informes, observaciones y experiencias adquiridas en la Casa
Correccional de Santiago de Chile y en la dirección general del
Institutos Penales de Buenos Aires.
Con esto, nos encontramos ya ante el primer capítulo del
libro, subdividido en dos secciones bien distintas. La primera
parte, que en realidad debería no preceder, sino seguir, a la
segunda, estudia, o más bien apunta, la evolución de las ideas,
costumbres, prejuicios y leyes impuestas por la sociedad, que han
producido la «minusvalía» de la mujer. La segunda, que debería
haber sido la primera, ataca el tema de la naturaleza íntima de la
mujer. Menester será confesar, después de leído todo, que sabemos aún harto poco, para las apetencias de nuestra curiosidad,
del fenómeno biológico del desdoblamiento sexual desde que le
iniciara la naturaleza y de los distintos valores que diera ella al
macho y a la hembra en las distintas series o escalas zoológicas.
Por otra parte, aun esta misma investigación y, sobre todo, sus
consecuencias sociales, está enormemente influida, más aún,
envenenada por efecto de la querella eterna entre hombres y
mujeres, aquella «lucha de sexos» de que nuestro malogrado
amigo Pío Viazzi escribió, muchos años hace, un bello libro que
Llanas Aguilaniedo y yo trasladamos al castellano.
Con el capítulo segundo entramos francamente en un libro
de índole criminológica. En él, tras unas nociones relativas a la
imputabilidad y responsabilidad de la mujer, la Srta. Klimpel
discurre, con relativa amplitud, acerca de los aspectos biológicos
Una pluma en el exilio...
347
y patológicos de la criminalidad femenina, por un lado, y por
otro, acerca de los factores sociales de la misma. En cuanto a lo
biológico y lo patológico, el estilo de la autora podría referirse
francamente a las explicaciones endocrinológicas de la delincuencia. Insistiendo mucho en el influjo de los períodos críticos
de la fisiología peculiar de la mujer: menstruación, embarazo,
puerperio, lactancia, que el Código de Defensa Social Cubano y
algún otro código penal americano, como el de Colombia, han
tenido el acierto de dotar de particulares efectos penales. La
Srta. Klimpel aprovecha, sobre todo, los estudios de la Fera, ya
un poco antiguos y precedidos que fueron, con seis años de ventaja, por lo del alemán Weinberg, pues los de éste son de 1907
y los de aquel sólo de 1913. Además, en relación especialmente
con la menopausia, notamos también en las páginas del libro
que analizamos la omisión de otro muy interesante y de gran
autoridad: el de Stekel, acerca de La mujer fría, en que se afirma
que, a propósito de la menopausia, se ha construido una concepción mitológica como en la que en su época se fraguó acerca de
la dentición infantil, para tratar de explicar, mediante ella, todas
las enfermedades de los niños. El libro de Stekel es de 1927 y
fue traducido al francés once años después, en 1938. Su autor,
antiguo freudiano disidente, vivió sus últimos años refugiado
en Londres y acabó suicidándose hará seis años. Respecto a los
factores sociales de la delincuencia femenina, la Srta. Klimpel
analiza con esmero y acierto la falta de preparación intelectual
de la mujer, su dependencia económica, los prejuicios sexuales,
las injusticias sociales y la desigualdad jurídica.
Con esto, hemos llegado ya ante el capítulo tercero, «delitos
de la mujer», que para mí es el más interesante de la obra. Encuentro en él algo que yo mismo me había propuesto realizar
alguna vez, después de intentarlo muchas: un cuadro, una tabla,
una taxonomía sistemática de las infracciones penales típicamente femeninas en el estado actual de nuestras costumbres. El
asunto es tentador e invita a la reincidencia, porque he de confesar, desde luego, que el ensayo de la Srta. Klimpel me parece
todavía deficiente. No sólo, en efecto, peca de breve y superficial,
348
Constancio Bernaldo de Quirós
sino que, además, adolece del defecto de utilizar puntos de vista
heterogéneos y hasta anacrónicos, como cuando, en mitad de
las formas actuales de delincuencia femenina, intercala formas
delictuosas de otras civilizaciones pasadas; por ejemplo, la falsificación de las llaves simbólicas de la maternidad en el antiguo
Derecho Romano, forma curiosa, sí, como antigüedad jurídica,
pero del todo indiferente para nosotros. Eso es algo de museo,
de gabinete secreto de la historia, de galería de curiosidades; no
de criminología actual, de crónica negra de nuestro tiempo.
Claro es que la Srta. Klimpel no estaba obligada a escribir
para mí. Pero lo que yo hubiera deseado hallar en el libro suyo,
o en cualquier otro, es un catálogo metódico, dentro de la técnica jurídico-penal, de los delitos femeninos característicos, a la
manera de una clasificación natural de las especies de la gea, de
la flora o de la fauna de un territorio definido.
Permítaseme que yo lo bosqueje ahora. Claro está que no
hay que buscar delitos típicos femeninos en el grupo de los delitos políticos, ni aun en el de los sociales, propiamente dichos.
Es sólo en el dominio de los delitos comunes donde vamos a
encontrar las formas femeninas específicas de la delincuencia.
Comenzaremos por los delitos contra la vida, que en todos
los Códigos penales se presentan en el primer puesto de la serie
de los comunes. El orden de los delitos contra la vida se descompone en dos subórdenes: delitos contra la vida ya hecha y
delitos contra la vida en formación. Cada uno de ellos presenta
un género, a saber: el homicidio y el aborto. Especies del género
homicidio, hablando de la manera de los naturalistas, a quienes
debemos tomar como modelo en cuanto a clasificaciones, son el
parricidio, el asesinato y el simple homicidio, que es un producto residual del homicidio genérico, a saber, el homicidio que ni
es parricidio ni asesinato. Esto supuesto, las variedades típicas de
los delitos femeninos contra la vida las encontramos, no en el
asesinato ni en el simple homicidio, sino en el parricidio (propio
o impropio, directo e inverso), como si los problemas críticos de
la mujer, mal resueltos por el delito, se presentaran especialmente frente a su propio padre, a su marido y hasta a su hijo.
Una pluma en el exilio...
349
En el parricidio propio y directo, siguiendo la clásica nomenclatura de los prácticos, tenemos la variedad, ciertamente errada, pero muy significativa, del parricidio que pudiéramos llamar
«Beatriz Cenci», para recuerdo del más dramático y conocido de
sus casos, en la Roma papal del siglo xvi, que aún proyecta una
sombra oprobiosa sobre la memoria de Clemente VIII (1599). El
parricidio «Beatriz Cenci» puede definirse como la reacción de
la hija ofendida por la lascivia de su propio padre. Se trata, pues,
de la respuesta a un incesto, como un parricidio. El incesto que
pudiéramos llamar materno-filial, ciertamente es un fenómeno
extraordinariamente raro; pero no así el incesto paterno-filial
que, en cambio, es mucho más frecuente que lo que suele suponerse. Concediendo a los números un valor relativo, puesto
que faltan aquí las estadísticas, acaso pudiera decirse que por
cada caso de incesto materno-filial habría, no uno, sino acaso
mil casos de incesto paterno-filial, siendo esta desproporción un
índice, principalmente, de la mayor antigüedad y de la duración
mayor por el régimen matriarcal sobre el patriarcal en el curso de la historia de los hombres. La repugnancia, más aún, el
horror a las relaciones sexuales entre individuos unidos por el
vínculo de la generación, se ha elaborado de una manera más
que secular, milenaria, en el régimen primitivo del matriarcado
en el cual, como es sabido, la personalidad del padre desaparece.
Sería muy interesante poder estudiar con relativo detalle las causas y las formas del incesto paterno-filial, en el cual, como en el
parricidio, según los antiguos prácticos, se podrían distinguir las
formas directas y las inversas, o sea, aquellas en que la iniciativa
procede del padre mismo, que son las más frecuentes, y aquellas
otras en que, al revés, como en el caso de las hijas de Lot, de la
historia sagrada, o en la profana, el de la «perversa Mirra», cuya
«alma antigua» hallara Dante en el infierno, la iniciativa parte
de las hijas.
En las formas de parricidio paterno-filial directo es en las
que suele presentarse a veces la reacción parricida por parte
de la víctima de la agresión sexual. En lo que llevo aquí, en la
República Dominicana, he llegado a conocer tres casos de esos.
350
Constancio Bernaldo de Quirós
De uno de ellos habló el procurador fiscal Prestol Castillo en
un informe presentado al Primer Congreso de Procuradores de
la República, que se celebró en agosto de 1940. Otro caso en el
Uruguay, consta referido en el libro del abogado Diego Cavallo
García, Rebeldías del presidio (Montevideo, 1941, página 45). Se
refiere a cierta Aída Berta Greco que mató a su padre de dos
hachazos en la cabeza, reaccionando ante una conducta desnaturalizada. Condenada por el Juez de Canelones, el tribunal de
apelación la absolvió, con fecha 5 de octubre de 1940, tras un
informe del Lic. Cavallo en que, según carta de éste, citó algunas
opiniones mías a ese respecto. El abogado Cavallo, por tanto, fue
más afortunado que Farinaccio, en su defensa de Beatriz Cenci,
fundamentada, como es sabido, en la original teoría del iter criminis por él imaginada, a saber, que como en el desarrollo de sus
instintos el malhechor sigue en una verdadera escala ascensional,
empezando por las infracciones más leves y pasando a otras más
graves cada vez, Beatriz Cenci debería ser inocente del parricidio
de que se le acusaba, por cuanto no se le conocían delitos ni
faltas anteriores, y nadie puede comenzar a ser criminal por el
parricidio, el más atroz de todos los delitos.
Pasemos ya a otro delito típico de las mujeres. Esta vez la víctima va a ser, no el padre, sino el marido. Esta vez el delito va a ser
el conyugicidio. Llamémosle así, y no uxoricidio, como alguna
vez he visto decir aquí, en América, desde que me encuentro en
ella. Por ejemplo, en el libro, tan simpático y acertado en todo
lo demás, del ecuatoriano Jaime Barrera B., titulado La mujer y el
delito (Quito, sin fecha), que también utiliza alguna vez la Srta.
Klimpel, «Uxor», en efecto, no es el cónyuge, varón o hembra,
sino tan sólo esta última, de modo que el uxoricidio en que la
víctima es la mujer casada, no podría figurar, en modo alguno,
en el catálogo que estamos trazando en que, al revés, la mujer es
la delincuente.
Si el parricidio Beatriz Cenci es un crimen excepcional,
aunque característico de una situación femenina crítica resuelta ilegalmente, el conyugicidio, en cambio, es un crimen de
todos los días o poco menos, de todo los países, de todos los
Una pluma en el exilio...
351
tiempos, desde que existe el matrimonio y hasta de todas las
clases sociales. Variedad del parricidio impropio, la más señalada, se presenta en dos formas particulares: una simple; otra,
complicada con el adulterio.
En la forma simple, en que la mujer actúa sola para resolver
de esta suerte su problema conyugal, el conyugicidio se expresa,
de ordinario, en un envenenamiento, método preferido siempre
por el sexo femenino, así para el homicidio como para el suicidio. Femeninas son las grandes figuras del envenenamiento en
la historia: Locusta, en la Roma de los Césares; la Tofana, en la
de los Papas; la Voisin y la Marquesa de Brinvilliers, en la corte
del rey Sol. Y tan femenino es el envenenamiento que, cuando,
por excepción, se lanzan a él los hombres, una de dos, o son
profesionales de la química y de la biología (médicos, farmacéuticos) o son varones afeminados, hasta verdaderos invertidos
sexuales. En su tratado sobre el homicidio en el Derecho penal,
que es uno de los mejores conocidos, Juan Bautista Impallomeni fundamentaba la preferencia que las mujeres dan al veneno
entre los métodos de muerte, en todas estas razones: porque
son débiles, tímidas, poco prácticas en el manejo de las armas,
falsas, ignorantes y porque, en el seno de las familias, son ellas
las depositarias y administradoras de los alimentos y de los medicamentos. Los venenos a que fían las mujeres sus venganzas, de
ordinario, sobre todo en las bajas clases sociales y rurales, suelen
ser de índole vegetal: las hierbas. Así, con razón, en la traducción
castellana del Fuero Juzgo, hecha en mitad de la Edad Media,
el epígrafe de veneficiis (de los envenenamientos) del primitivo
texto latino, está traducido así: «de las megambres», palabra
tosca que, aunque etimológicamente aluda a las medicinas, en
general a los «medicamentos», el pueblo prefirió siempre a los
brebajes de esencias vegetales. En España, las hierbas preferidas
por las Locustas rurales fueron siempre el beleño, cuyo mero
nombre indica ya la cualidad ponzoñosa, pues es una corrupción
de «veneno», y el eléboro blanco, vulgarmente conocido con el
nombre de «hierba de los ballesteros» y, así mismo, con el de
«vedegambre», de «medicamen», medicamento, de donde vino
352
Constancio Bernaldo de Quirós
el «megambre» del Fuero Juzgo. «Hierba de ballesteros» se llamó
también en España, no sólo a la planta, sino a la infusión de la
misma con que las Locustas del país administraban a sus cónyuges el fatal «jicarazo». Lejos de la aldea, en la ciudad, el veneno
más usado fue siempre el arsénico, con sus distintos derivados.
Hasta aquí, el conyugicidio simple; pero ahí también el
complejo, en el cual la muerte del marido se presenta como
solución para un matrimonio posterior del adulterio previo. Las
crisis, en efecto, planteadas por la difícil situación de tres que
puede crear el adulterio, y que tienen su solución natural en la
reducción a dos, eliminando una tercera persona, rara vez se
resuelven en la supresión del amante; lo normal es, por el contrario, la eliminación del marido. Yo no podría recordar, en este
momento, otra excepción a esta regla, más que un suceso de la
crónica criminal francesa: el de Gabriela Fenayrou, una burguesita provinciana, bien educada, de la década de los ochenta del
pasado siglo, contemporánea de la otra Gabriela más famosa, la
Bompard del asunto Eyraud-Gouffé, el famoso asunto de la malle
ensanglantee, que, atacada de remordimientos morales a última
hora, se asoció con su propio marido engañado, para eliminar
al amante. Las dos Gabrielas cumplieron su pena de reclusión
juntas; y la Bompard, entonces revelando, una vez más, su naturaleza profundamente sugestionable, cayó en seguida bajo el
dominio moral de la Fenayrou, como había caído antes bajo el
de Eyraud, que la llevó al asesinato de Gouffé, y bajo el de su
posterior amante, el americano que, desde Nueva York, adonde
había conseguido llegar, la convenció para que volviera a París a
responder de su conducta.
Encuentro, además, en la literatura, en la gran novela madrileña Fortunata y Jacinta, de Pérez Galdós, otro de esos casos
excepcionales de eliminación homicida del amante por la pareja
delincuente constituida por la mujer adúltera y su marido legítimo. Fortunata, la chula apasionada, ardiendo en celos por la
revelación que su esposo, el desdichado Maximiliano, acaba de
hacerle de la traición del amante, Juanito Santa Cruz, con la falsa
amiga Aurora, excita a aquel al doble homicidio de ambos y le
Una pluma en el exilio...
353
procura el dinero para adquirir el revólver, ya bajo la acción de
la fiebre puerperal que incuba, llevándola a la muerte inevitable.
Esas páginas de Galdós, en el desenlace de la hermosa novela,
son dignas de sostener el parangón con las del envenenamiento
de Emma en Madame Bovary, de Flaubert, pues si escribiendo
éstas el maestro francés llegó a sentir hasta el sabor del arsénico
en sus labios, al leer aquellas se percibe, una tras otra, con insistencia creciente, el olor de la fiebre impregnando las ropas de la
cama y la piel ardiente de Fortunata.
Podría adoptarse para el caso del conyugicidio precedido
de adulterio y como solución a él, el nombre de «complejos de
Clitemnestra», siguiendo la moda impuesta por los autores del
psicoanálisis de tomar de la mitología clásica la nomenclatura
de las situaciones críticas de la conducta. Clitemnestra, que en
unión de su amante, Egisto, da muerte a su propio marido, Agamenón, cuando éste regresa vencedor de la destrucción de Troya, parece, en efecto, a lo menos dentro del círculo de nuestra
civilización mediterránea, la primera esposa infiel que pueda dar
nombre a un crimen posterior de todos los días.
El suceso se desenvuelve entonces según las leyes que gobiernan la dinámica de las parejas delincuentes, homosexuales o
heterosexuales, eróticas o no eróticas, bien compuestas por dos
individualidades francamente criminales, bien por un criminal y
un criminaloide, según las conocidas explicaciones de Sighele.
En el último de estos dos casos, que es el más interesante y hasta
el más frecuente, de las dos partes unidas en la pareja, la una,
el individuo de naturaleza verdaderamente criminal, toma el
papel y la actitud del «íncubo», del sugestionador que impone
su voluntad; la otra parte, el simple criminaloide, la de «súcubo»,
el sugestionado, que se convierte en instrumento de la voluntad
ajena, aceptando el papel de ejecutor material del delito. Cuando es la mujer, la adúltera, quien acepta esa posición, el conyugicidio se resuelve de ordinario en un envenenamiento, que es
el método homicida preferido de la mujer, según sabemos. Pero
a veces, excepcionalmente, cuando los dos adúlteros son morales igualmente, esto es, dos criminales congénitos ambos, uno y
354
Constancio Bernaldo de Quirós
otro, la adúltera y su correo unidos, perpetran el delito materialmente. Éste es, precisamente, el caso de la pareja Clitemnestra y
Egisto, en aquella terrible escena de la primavera de las partes,
Agamenón, de la trilogía La Orestiada, de Esquilo, cuando una y
otro, saliendo a recibir a las puertas de su palacio al jefe aqueo,
que regresa de la campaña contra Troya, y fingiendo abrazarle,
le envuelve en la túnica de mangas cerradas que, impidiéndole
la defensa, sirve para estrangularle fácilmente.
Tenemos ya, pues, en la serie de la criminología específica femenina, el parricidio y el conyugicidio: el conflicto con el padre
y con el marido.
Llegamos ahora al infanticidio. Como ese delito, a diferencia
de los anteriores, no se define por la relación entre las dos partes
del drama criminal, sino por la condición de una de ellas, la víctima, el infanticidio, en general, puede asumir dos modalidades
jurídicas distintas en función con aquella relación interpersonal,
siendo un parricidio propio, aunque inverso, cuando le consuma la propia madre de la criatura, o un asesinato, cuando la
mujer que le comete no está unida por ese vínculo de la generación a la víctima. Ese segundo caso nos interesa menos que el
primero, en cuanto es un delito menos femenino típicamente,
igualmente propio de los varones, aunque en las hembras se
dé sólo, o casi sólo, como un efecto de las luchas intersexuales
entre mujeres y no por otras luchas, cual entre los hombres. La
variedad típicamente femenina del infanticidio es la cometida
sobre la criatura propia de la mujer que le perpetra, apareciendo
entonces la mujer infanticida como la madre desnaturalizada,
monstruo verdadero de la naturaleza, desheredada del todo
del sentimiento de la maternidad que es, o debería ser, cuando
menos, toda la feminidad, en su esencia más íntima y profunda.
Ese era, precisamente, el encanto, la atracción admirativa y temerosa que Sacher Masoch sentía, según nos refiere su propia
viuda, Wanda, hacia la mujer infanticida, especialmente cuando,
realizando el tipo trágico, se mostraba con todos sus atributos de
belleza imponente y desapacible: pálidas, cejijuntas, sombrías,
de boca firme que ninguna sonrisa pliega, de mandíbula fuerte
Una pluma en el exilio...
355
y pronunciada. Y esa especie delincuente del infanticidio, como
forma de parricidio propio inverso, según la terminología de los
prácticos antiguos, presenta por lo menos tres variedades tipificadas en los códigos penales, por ser generales y constantes y de
relativa frecuencia.
En primer lugar, por ser la más repetida, el infanticidio honoris causa, o sea, para salvar la honra de la madre, se ha concebido en estado de soltera, o, siendo casada, en un período de
absentismo conyugal. El motivo de la guarda del honor adquiere
tal interés en las estimaciones de la moral sexual corriente que,
degradando de crimen a delito la valoración jurídica del acto,
correccionaliza una pena aflictiva; y de las más graves, en otro
caso, como correspondiente a un verdadero parricidio propio,
aunque inverso, según la calificación estricta de las cosas. Hasta
la legislación penal francesa, que es, acaso, la más rígida y dura
de las de Europa, se ha visto obligada, a la larga, a aceptar la
figura jurídica del infanticidio honoris causa por ley del 22 de noviembre de 1901, bien que limitando los efectos de la correccionalización tan sólo a la propia madre infanticida, y no a la abuela
o bisabuela materna de la criatura muerta que puedan haber
intervenido en el hecho. Por lo demás, el infanticidio honoris
causa es, casi siempre, un delito de muchacha rural seducida en
la ciudad donde fue a servir, de ordinario, y que, en su inercia,
en su torpeza e ignorancia, no sabe dar a su problema, retenido
hasta el último momento, otra solución sino la bárbara muerte
de su propia criatura.
Otra variedad del infanticidio, similar a la que acabamos de
presentar, es la que, en lugar de honoris causa, podríamos llamar
horroris causa, por motivo de horror a una concesión abominable
de que hubiera sido víctima una mujer violada.
Finalmente, se presenta el aborto puerperal en que, excepcionalmente, sin motivo lógico apreciable, sin mediar para nada
ni el honor ni el horror, como en los casos anteriores, la madre
recién parida sacrifica al nacido, obrando bajo la acción psicopática del alumbramiento. Esa variedad está descrita, para declararla exenta de pena, en el Art. 123 del vigente Código del Brasil.
356
Constancio Bernaldo de Quirós
En realidad, aún sin esa declaración formal, la solución sería, en
todas partes, la misma, por la mera aplicación de los principios
generales y comunes de la doctrina de la imputabilidad.
Parricidio, conyugicidio, infanticidio: tales son las especies
del género homicidio que presentan las variedades femeninas típicas en los delitos contra la vida. Pero estas variedades son en los
delitos contra la vida ya hecha. Respecto a la vida en formación,
se nos presenta luego otro género criminal: el aborto, el cual, en
aquella de sus especies que se llama del aborto procurado, nos
da otro típico delito femenino.
Es éste el delito femenino de todos los días y de todas las horas; de todas las edades, desde la pubertad a la menopausia; de
todos los estados civiles, de todas las clases sociales, de todas las
profesiones: el delito destructor de la natalidad, aniquilador de
las estirpes. Como estoy escribiendo para una revista americana,
no será preciso insistir sobre ese tema, que el Dr. José Agustín
Martínez ha tratado en todos sus aspectos en un libro cuya fecha todavía es reciente. Pero no dejaremos de advertir cómo,
en este delito del aborto procurado, asoma y destaca la figura
de la abortadora femenina profesional, de la faiseuse d’anges de
los franceses, en toda la abundante seriación de sus aspectos y
figuras: desde la vieja Celestina medieval a las actuales matronas
de los institutos y academias de belleza.
Después del orden o título de los delitos contra la vida, viene
el de los delitos contra la integridad corporal. Este nuevo titulado
no presenta más que un solo género: las lesiones, con especies y
variedades numerosas. De ellas, la castración entre las variedades
típicas femeninas, cuando recae sobre los atributos del varón.
En España, reinando Fernando VII, tuvimos el singular caso de
Manuela, «la Capadora»; y en Francia, poco antes, en los días de
la Revolución, se anticiparon otros seis o siete similares, que yo
había conseguido coleccionar y que quedaron perdidos entre mis
papeles de Madrid. A juzgar por esa serie de sucesos que me son
conocidos, la castración de la virilidad por mano de mujer unas
veces se produce como una manifestación rara de antifetichismo,
de horror, de aversión a los órganos masculinos en el género de
Una pluma en el exilio...
357
mujeres que Stekel llamó «mujeres frías», en que entran, no sólo
amenorreicas y menopáusicas, sino así mismo variedades menos
señaladas; otras, por el contrario, como una modalidad sui generis
de sado fetichismo, similar, por ejemplo, a la mazoclastia de los
hombres, esto es a la obsesión o impulsión morbosa de los destructores de pechos femeninos, estrujándolos como esponjas o
clavando alfileres en ellos, como si fueren acericos.
Entre las inacabables variedades de las lesiones indefinidas
y hasta innominadas, mientras las de origen traumático son las
que dominan en la criminalidad de los hombres, en la de las
mujeres las más típicas son las tóxicas y las cáusticas. Ejemplo
de esas últimas fue, y aún es y seguirá siendo con alternativas
distintas de intensidad, el atentado que llamaron los franceses
vitriolage, que consiste en el lanzamiento del contenido de un
frasco de ácido sulfúrico (vitriolo) a la cara de una rival de amor
o de un antiguo enamorado aborrecido, para afear su rostro,
incapacitándole a las batallas de amor que, según la expresión
de don Luis de Góngora, nuestro mayor poeta, piden «campos
de plumas». Pero mucho más interesantes que esas lesiones cáusticas, son las lesiones tóxicas producidas a consecuencia de la
administración clandestina de filtros de amor, de afrodisíacos y
de anafrodisíacos elaborados y suministrados por mujeres.
Como todas esas artes (y alguna más, v. gr., la simulación de
la virginidad, con la restauración consiguiente de las ex doncellas
que ya la perdieron, o sea, la «partenoplastia»), como todas esas
artes son artes de Venus, dada su aplicación, los romanos las llamaron «beneficios»; muy expresivamente, y así mismo llamaron
«venenos» a los medios empleados para ello, esto es, cosas de Venus, literalmente. Pero desde el punto de vista de sus efectos sobre
el paciente, tales venenos podían ser buenos o malos. Buenos, si
lograban el efecto de amor, sin afectar morbosamente la salud del
paciente; en otro caso, malos, cuando le dañaban o conducían a
un resultado accesorio perjudicial, como en el caso de los abortivos. Sólo que, posteriormente, la noción de ese dualismo referida
a un único modo verbal, se perdió y el envenenamiento y los venenos, reduciéndose a los malos, adquirieron el sentido letal que
358
Constancio Bernaldo de Quirós
hoy conservan únicamente. El olvido de esa noción histórica de la
palabra y de la relación que enlaza las cosas que designara, ha sido
causa, más de una vez, de confusiones y errores. Precisamente, en
la página 179 de su libro, la Srta. Klimpel se refiere a una página de
Ihering, en su Prehistoria de los indoeuropeos, que yo mismo utilicé,
hace ya casi cincuenta años, en mi Mala vida en Madrid y que es un
buen ejemplo de la mala interpretación de las palabras «veneno»
y «beneficio» luego que se perdió su verdadero sentido etimológico. Me refiero al texto de Tito Livio aludiendo a un concierto
registrado por la historia íntima de Roma, de 170 matronas de la
alta sociedad, para «envenenar» a sus maridos. Los autores que
entienden ese texto en el sentido moderno del envenenamiento,
se engañan lastimosamente. No; lo que pretendían tales matronas
ardientes, no era deshacerse de sus cónyuges, sino estimular la
actividad marital de los mismos, demasiado descuidada para ellas,
mediante la administración de afrodisíacos eficaces.
Todo ello, filtros de amor, afrodisíacos y anafrodisíacos, tóxicos, abortivos, debía ser aún muy incipiente, primitivo. En los
afrodisíacos, por ejemplo, la ciencia femenina no sabría producir artículos como los diabolines y las pastillas galantes de hoy,
ni mucho menos como las drogas de los ayurbedas de la India,
al parecer tan eficaces; aunque en los filtros de amor, desde el
principio, dos mil años o más, antes de la endocrinología, las
mujeres tuvieron la clara intuición de las hormonas sexuales,
administrándolas, a su manera, a los hombres, en preparados
más o menos complejos de secreciones genitales que realizaran
el prodigio de la impregnación del organismo del varón por una
esencia femenil, única y decisiva para siempre. Como quiera que
sea, esos filtros de amor, los afrodisíacos para lograr un efecto de
erotismo insuficiente y sin él, el anafrodisíaco para impedir un
trato de amor con sus consecuencias generativas naturales, todo
eso, que es casi todo y lo único que la mujer busca y encuentra
en la vida, todo ello es, o puede ser, causa de lesiones graves o
leves, de carácter culposo o preterintencional a lo sumo, mezcla
de culpa y dolo eventual, que acusa la estadística criminal casi
siempre en la casilla de las mujeres de los cuadros sinópticos.
Una pluma en el exilio...
359
En todos esos casos, la figura siniestra de la Madre Celestina,
doctora in utroque de los venenos buenos y malos, está presente
siempre, en primer término o en el último, a plena luz o en la
sombra negra. En la historia natural de la delincuencia, ella es el
personaje que completa y que dirige a la eterna pareja del rufián y
la prostituta, Adán y Eva del mundo criminal, por lo menos en sus
manifestaciones primarias. Con esto, hemos salido de los delitos
contra la integridad personal, con los delitos contra la vida, forman
el núcleo central de la criminalidad de las mujeres en la cual, como
en toda su conducta, lo importante, lo decisivo es «unirse con el
deseado y separarse del no deseado» como diría el santo Buda.
Ahora nos llegan los delitos contra el honor; y en ellos, o más
bien como una especie intermedia entre la calumnia, que corresponde a ellos, y las acusaciones y denuncias falsas, que pertenecen al grupo de las falsedades, o sea, de los delitos contra la fe
pública, en ellos hallaremos así mismo una variedad muy típica y
muy frecuente de delincuencia femenina que podríamos llamar
la mitomanía erótica de las damas en consulta. Se trata ahora de
mujeres incluidas en el gran círculo histérico que, obedeciendo
a su peculiar constitución, acuden a los despachos de abogados,
médicos, dentistas, etc., en busca de solución o de consejo a sus
problemas, pretendiendo después haber sido víctimas de ultrajes
al pudor, en el interior del despacho cerrado y discreto. Cuando
se trata de consultas médicas o dentales en que, a menudo, precisa la aplicación de anestésicos, no es raro que el mito de ultraje
del abuso deshonesto, de la violación, tenga para ellas una realidad onírica especial. Proyectando al exterior sus propios deseos,
la supuesta víctima, que supo lograrlos en el ensueño pasajero,
acusa al profesional a que acudió de lo mismo que ella desearía
haber logrado, y que consiguió en efecto, aunque sólo en sueños.
Ello sería un caso más de lo que los antiguos monólogos llamaron
«la posesión por las larvas», o sea, por los pensamientos lascivos
reprimidos, tal como antaño se conocieron en los procesos de
brujería, como el de Zugarramurdi, tan impresionante, del cual
queda una preocupación constante en el Coloquio de los perros, de
Cervantes, en el episodio de la Camacha, de Montilla.
360
Constancio Bernaldo de Quirós
La galería de tipos de la mitomanía se prolongaría, complicándose a cada paso, a lo largo del desfile de las perseguidoras
de amor, tan molestas como importunas. Pocas palabras ya a
propósito de los delitos contra la honestidad.
Señalemos, no obstante, la variedad de la corrupción de menores y hasta de los abusos deshonestos, que llamaríamos «ancilar» (de ancilla, la criada de servicio), siguiendo la terminología
del magistrado belga De Rijckere, en su conocido estudio La
sirviente criminal, que la Srta. Klimpel conoce y cita en su libro. Es
esa una forma mixta de delincuencia común y de delincuencia
social, pues en ella la niñera, la doncella, la criada de la casa
en que viven menores confiados a su cuidado, los inicia en la
sexualidad, en parte satisfaciendo su propia libido, pero en parte también procurándose la satisfacción de causar un mal a los
señores, como efecto natural, obligado, de la lucha de clases en
que ella misma se mueve.
Otra variedad que no podemos olvidar es el lenocinio, incluso en las formas desinteresadas en que se complace la mujer
llegada a cierta edad cuando, no pudiendo ser ya la parte principal de la comedia o de la tragicomedia de amor, acepta el papel
accesorio, convirtiéndose en tercera de esos tratos. De nuevo, la
Madre Celestina hace otra salida en nuestro escenario. Estamos
acabando la tarea que nos impusimos.
En el grupo de delitos contra la libertad y la seguridad
destaca, sobre todo, como delito típicamente femenino, uno,
de cifras muy exiguas siempre, pero, al revés del infanticidio,
revelador de la fuerza del sentimiento o el instinto de la maternidad, a saber: la sustracción de infante, por parte de mujeres
estériles, para hacerse del hijo que no sabrían tener de otro
modo. Recientemente se vio en México el caso más ejemplar
de esa forma delictuosa, en la sustracción del niño Bohigas,
ocurrida en el otoño de 1945, hallándome yo en aquel país,
y encontrando después, en condiciones de integridad y salud
perfectas y en un ambiente familiar que, si no superaba en condiciones de afección al originario, en cambio sí lo excedía en
ventajas de orden económico.
Una pluma en el exilio...
361
Yo conocía otro caso similar a ese, en Barcelona, muchos años
hace, recordando ambos a los hurtos de potros por mulas de que
habló Lacassagne, en que aquellos sucumben, al fin, extenuados
bajo las tetas secas de éstas, donde no pudieron hallar el alimento necesario. Pero el suceso de México excede a todos en fuerza
expresiva, pues en él la raptora, además de la habilidad demostrada en la sustracción, habría simulado por la maternidad, de
tal manera que engañó hasta a sus propios padres, haciéndoles
creer que el niño era su propio nieto, habido por ella y alejado
después por causas novelescas.
Otro especial delito del mismo grupo contra la seguridad y la
libertad de las personas, de todos los días y todas las horas, como
el aborto procurado: la violación de la correspondencia marital,
convertida en una excusa absolutoria, como se decía antes, o en
una causa de impunidad, como prefieren decir los modernos
autores de la doctrina jurídica del delito; es decir, una conducta
en que, habiendo delito y delincuente, no hay pena, por una
razón poderosa de política penal.
Más adelante, ya al final de las series delictuosas, en el título
de los delitos contra el estado civil, quedan los dos últimos delitos
femeninos típicos. Uno es la suposición de parto, motivada, de ordinario, por móviles de captación de herencia. Otro, la sustitución
de infante, que la Srta. Klimpel menciona en otro capítulo posterior, al hablar de la legislación penal chilena (páginas 234 y 235),
pero sin explicar esa variedad especial, nombrándola tan sólo.
La sustitución de infante fue un delito propio de nodrizas
cuando, en los días del auge de la lactancia mercenaria, ya felizmente en decadencia, casi en extinción, los padres de una
criatura la daban a criar fuera de la casa propia, en la casa de
la nodriza, para mayor economía. Era entonces cuando, en ocasiones, la nodriza, para asegurar al hijo suyo un porvenir mejor,
sacrificando su propia maternidad, realizaba la sustitución de
criaturas, tomando para sí el hijo ajeno y colocando el suyo en el
lugar del que le dieron a criar a sus pechos. Un caso de esos puede verse referido en el Gil Blas de Santillana, al principio, cuando
la cuadrilla de bandoleros que acaudilla el Capitán Rolando, de
362
Constancio Bernaldo de Quirós
sobremesa de un festín alegre en el interior de la cueva donde se
esconden, se pone a referir la historia que a cada cual ha conducido a la situación de bandido.
He aquí un ensayo de catalogación de las formas típicas de la
delincuencia femenina, tal como yo la veo, que brindo a la Srta.
Klimpel para añadir al que ella presenta y que no difiere mucho
del mío, aunque no lo parezca sino a retazos muy interrumpidos.
¿Cuál será en esta galería el puesto de la prostitución? Desde
luego, la prostitución no es un delito, aunque haya podido ser
tratada en ocasiones como tal. No puede ser delito, en efecto,
aquello de que hay siempre una demanda social y que supone un
convenio mutuo. El primero de esos dos puntos de vista, tan acertados, le ha desarrollado, sobre todo, Havelock Ellis. El segundo,
Parmelee; y éste último cobra singular importancia después que
el consentimiento en el acto ha vuelto a aparecer como excluyente de delito en el Código Penal Italiano (Art. 50, limitado por
el Art. 579 en cuanto al homicidio), a la manera de la antigua
máxima romana scienti, volenti et consentienti nulla fit iniuria.
Pero tampoco suscribiría yo, por el contrario, las palabras de
mi buena amiga, la Srta. Klimpel, de que «la prostitución es un oficio, una profesión» igual que cualquiera otra (página 220). Ciertamente, es una profesión, un oficio, en la prostitución habitual;
pero también el delito, o ciertos delitos, cuando menos, los que
giran alrededor de la adquisición de las cosas, el robo, el hurto, la
estafa, son oficios o profesiones de las categorías respectivas de los
delincuentes habituales. Oficios, sí, pero oficios que debemos adjetivar con algún calificativo ético o jurídico, para conceptuarlos
exactamente, diferenciándolos de los oficios y profesiones lícitas.
El ladrón, entonces, aparece como un profesional de actividades
francamente delictuosas, mientras que la prostituta sólo podrá
merecer la consideración de una profesional inmoral, lindera
con la delincuencia. Claro está que podemos imaginarnos otros
tipos excepcionales de prostitutas discretas y hasta honestas, acaso realizados en la vida; mirlos blancos, rara avis in terra, interesantes. Pero en general las relaciones íntimas ordinarias, entre la
prostitución y la delincuencia, hacen de aquella, aun a disgusto
Una pluma en el exilio...
363
de la Srta. Klimpel, un equivalente o un sustitutivo atenuado de
la prostitución, un estado fronterizo con ella, algo, en fin, similar
para lo cual no encontramos calificativo enteramente exacto.
Pues si, de una parte, encontramos las transgresiones legales continuas del ejercicio de la prostitución, la obscenidad en la puerta
del prostíbulo o en la carrera por la vía pública en busca de los
clientes, la contaminación de enfermedades sexuales, los hurtos,
las estafas, las extorsiones cometidas a la sombra del tráfico venéreo; por otra, ya sabemos que la asociación del malhechor con la
mujer pública en el germen y el núcleo del mundo criminal en
sus manifestaciones elementales, como la mancebía misma es su
hogar, siendo esa asociación necesaria e inevitable, en el estado
las almas respectivas y de las situaciones sociales, pues, como dijo
muy bien Ingenieros hace ya mucho tiempo, «criminal y prostitutas son sinónimos de acero e imán: si se acercan, se junta». Hay
entre las leyes viejas de España recogidas en la Novísima Recopilación, una pragmática de Enrique IV (siglo xv), muy curiosa por
lo inocente, prohibiendo a las muchachas de la casa llana tomar
amante de corazón, so pena de azotes y de confiscación de las
parvas ropas que tuvieren. El Rey lo dispone así, creyendo que su
poder se extiende a tanto como a vencer las leyes naturales, pues
también una ley natural es un efecto de afinidad electiva de las
almas similares, unirse aquellos desdichados en la más íntima y
fuerte unión para defenderse de la vida.
Por mi parte, nunca podré olvidar en este tema la preciosa
acuarela de Leonardo Alenza, el costumbrista madrileño, continuador del gran Goya, de principios del siglo xix, en que, en
el interior de una boardilla o de un sotabanco de cualquiera
casa pobre, bajo la cruda luz cenital reflejada en las paredes
enjalbegadas, se nos muestran las figuras de los tres tipos representativos de la antigua «germanía» o hermandad, de la prostituta y el malhechor: la coima, el rufián, la vieja alcahueta, todos
disponiéndose a salir a la calle a sus ocupaciones peculiares. La
coima, vestida de manola, tiene los ojos asesinos y la boca lasciva,
las manos ladronas, con ademanes desgarrados. El rufián, pica
el tabaco, para liar el cigarrillo, sirviéndose de una enorme faca
364
Constancio Bernaldo de Quirós
de Albacete, de las de muelles medrosos. La alcahueta arregla la
mantilla a la manola, convencida de la impotencia de su acto.
El capítulo cuarto del libro de la Srta. Klimpel, es de índole jurídica y expone y censura la legislación penal de las
leyes chilenas y argentinas respecto a la mujer. A menudo nos
parece hallar en ese capítulo, no menos que en los anteriores,
posiciones completamente partidistas, demasiado influidas por
el prejuicio de sexo. Así, por ejemplo, el número tercero del
apartado primero de ese capítulo, es sencillamente lo que los
antiguos lógicos llamaban una «petición de principio», esto es,
un supuesto infundado, en cuanto a lo que la Srta. Klimpel escribe a propósito de la «fingida piedad para la condena a muerte»,
pues el principio de la suspensión de la notificación de la pena
de muerte a la mujer condenada, ninguna ley dijo jamás que está
dictado por piedad hacia la mujer, sino en consideración al hijo,
esto es, como un principio eugénico. La ley chilena, igual que las
de toda la América de origen español, deriva en ese punto de dos
leyes españolas del siglo xiii que valía la pena que la Srta. Klimpel
recordara. Son ellas: la ley 2, título 5, libro 4, del Fuero Real, y la
ley 11, título 31, de la Partida 7. Esa última, razonando el precepto, se expresa de este modo: «Ca si el fijo, que es nascido, non deue
rescebir pena por el yerro del padre, mucho menos la meresce el que esta
en el vientre, por el yerro de su madre. E por ende, si alguno contra esto
fiziere, justiciando a sabiendas mujer preñada, deue rescebir tal pena,
como aquel que a tuerto mata a otro». En el Fuero Real, además, la
ley de «como la mujer preñada no ha de ser justiciada» hasta
que sea parida, se aplica, con razón, no sólo a la pena de muerte,
sino a cualquiera otra pena corporal, puesto que su motivo es
el mismo, a saber, la protección de una nueva vida que, aunque
tocada de pecado original, está exenta de toda culpa en el delito
de la madre y no debe sufrir, por ende, ninguna alteración biológica que la deforme. No queremos dejar de decir que Gregorio
López, en su Glosa de las Partidas, se plantea la cuestión de si la ley
de que estamos tratando será aplicable en el caso (no muy raro
antaño) de que la mujer se hubiese hecho preñada en la cárcel,
resolviéndola de modo afirmativo, muy generosamente.
Una pluma en el exilio...
365
Así llegamos, y ya vamos acabando, al capítulo quinto, cuyo
objeto es establecer las «conclusiones sociales sobre atenuantes
en favor del sexo femenino». La tesis que defiende la Srta. Klimpel es, sencillamente la de que, ser mujer el delincuente, es, o
debe ser mejor dicho, en todo caso y siempre, un motivo de atenuación de la responsabilidad penal y de la pena consiguiente.
Con mucha erudición, la autora acumula precedentes y autoridades en pro de su opinión, espigando en las fuentes legales y en
la literatura jurídica más sabia. En cuanto a fuentes legales, notamos, no obstante, la ausencia del código penal japonés de hoy, o
por lo menos de ayer, pues no sabemos bien cómo han quedado
las leyes penales del Japón después de su derrota. Según Cuello
Calon, en la página 452 de su Derecho penal, el código japonés
trata con sanciones menos severas las infracciones cometidas por
las mujeres, pues así lo dice el autor nipón Prujero Hara, en las
páginas 125 y 126 de su estudio acerca de la individualización de
la represión en el Derecho de su país. Por mi parte, no censuraré
esa disposición; pero, en principio, sí me parece cruel e injusto
que el Derecho Romano castigase a las mujeres igual que a los
hombres, en los días en que las mujeres romanas morían bajo
el epitafio lacónico y conmovedor que decía sencillamente de
ellas: domun mansit, lanam fecit, esto es, «cuidó de su casa e hiló»,
pues tal era lo elemental de su existencia. Hoy, cuando la mujer
se ha equiparado tanto con el hombre y ha entrado en la lucha
por la vida con tanta amplitud, lo injusto sería, por el contrario,
introducir una minoridad penal para la mujer, que carecería de
motivos suficientes y más bien parecería anacrónica. Bastante es,
me parece, la atenuación de la penalidad en los estados críticos
peculiares de la fisiología suya, tal como, por primera vez, y ésta
es una de sus glorias, estableció el Código de Defensa Social cubano, aplicando a la penalidad, en una doctrina orgánica, los
datos de la indagación criminológica.
Lo que resta del libro de la Srta. Klimpel es ya, tan sólo, dos
capítulos de estadística y de casuística. El último, el de la casuística, me parece más interesante por ser el más personal. Hay en él
las fichas de 33 observaciones realizadas en la Casa Correccional
366
Constancio Bernaldo de Quirós
de Mujeres de Santiago y en la Dirección General de Institutos
Penales de Buenos Aires. Son fichas como tomadas a lápiz, breves
apuntes biográficos, a menudo redactados con una simpática
incorrección, que me parecen superiores en expresión a las fotografías que ilustran otros estudios similares, como el de Israel Castellanos, tan estimable, sobre la delincuencia femenina en Cuba.
Hay en la serie de la Srta. Klimpel abundantes casos de delitos
típicamente femeninos, incluso infanticidios y conyugicidios, que
yo me resistiré siempre a llamar uxoricidios, como a menudo se
lee en el libro, pues uxor, en latín, es tan sólo la esposa, la mujer,
y no el marido. Alguno de tales casos, como el primero de los de
Buenos Aires, vale por una novela.
Las últimas páginas encierran las conclusiones y el estudio
comparativo de la delincuencia femenina en Chile y en la Argentina. Me es muy grato verme recordado en ellas no raras veces.
Así es el libro de mi buena amiga, la Srta. Klimpel, a quien felicito por su composición muy efusivamente.
Su fuerza, su virtud, me parece que es, a la vez, su debilidad
propia, bien femenina, por supuesto. El libro está demasiado
influido, a mi modo de ver, por la lucha de sexos; impregnado
de la querella eterna entre hombres y mujeres, echándose recíprocamente todas las culpas unilaterales de un complejo doble
que sólo resuelve el abrazo, eterno así mismo, de los sexos. Tengo observado en mi vida ya larga de septuagenario, que en esa
lucha continua en que cada sexo mantiene sus posiciones, las
mujeres se pasan al enemigo, es decir, se alían con los hombres,
sólo cuando, teniendo hijos varones, los ven llegados a la edad
en que otras mujeres se los disputan. Así, yo desearía que, en
el caso de la Srta. Klimpel, la maternidad, una maternidad de
varón hermoso y famoso, la desviara un poco de su posición,
atrayéndola a nuestro lado, donde la esperamos contentos.
Anales de la Universidad de Santo Domingo,
Vol. XI, Núms. 39-40, julio-diciembre de 1946, pp. 219-244.
Figuras delincuentes en El Quijote
El Quijote es un gran pedazo de España, y si no de toda
España, por lo menos de la que cae por debajo de la línea
imaginaria trazada desde Gerona a Lisboa (España entonces
también), sola que pisó el autor en su vida, aunque no muy
dilatada, sí muy movida; un pedazo en que se reproduce, casi
de una manera perfecta, la totalidad de España en todas sus jerarquías, salvo el Rey, en todas sus clases y sus grupos regionales
y profesionales, a la manera de los minerales cristalizados que,
cuando se rompen, repiten en pequeño su propia estructura
cristalográfica.
Todavía no se ha hecho, y es gran lástima por cierto, el censo
detallado y completo de los personajes de El Quijote. Yo, por lo
menos, no le conozco. Pero un ligero avance estadístico hecho
por mí para redactar este pequeño estudio, me permite fijar en
algo más de medio millar la humanidad que se mueve en el libro; medio millar, bastante largo, en el que destacan cincuenta
o sesenta personajes principales o importantes, unos señalados
con nombres propios, otros innominados y a los que, para identificarlos, hay que recurrir a circunloquios diversos.
Ahora bien, entre los seiscientos personajes de El Quijote,
una décima parte de ellos son verdaderas figuras delincuentes,
a saber: el ventero que armó caballero al ingenioso hidalgo; los
doce galeotes libertados por él en las inmediaciones de Sierra
Morena, entre los cuales destaca Ginés de Pasamonte; Roque
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368
Constancio Bernaldo de Quirós
Guinart, con su gente, que excede de cuarenta sujetos; y, finalmente Claudia Jerónima, la desventurada homicida catalana.
Esta proporción de un diez por ciento de delincuentes es
seguramente excesiva, aún tratándose de una acción que se desenvuelve en los caminos del siglo xvii. Sólo la proporción femenina tiende a equilibrarse con la normal, aunque excediéndole
siempre. Pero justamente la figura femenina es la que debemos
preterir en nuestro estudio. Claudia Jerónima, la hija de Simón
Forte, enemiga de Clauquel Torrellas y matadora de don Vicente
Torrellas, su enamorado, no es sino una criminaloide, una delincuente pasional caracterizada por una impulsividad tan extrema
como revela su impetuoso y mortal atentado.
Hecha esta exclusión, comencemos la exhibición de las demás
figuras. La primera es la del ventero, el primer ventero, el que
invistió de la orden de caballería al ingenioso hidalgo, ayudado
por La Tolosa y La Molinera, estimables y discretas mozas del partido. La interesante persona del ventero-castellano, aparece en el
capítulo segundo de la primera parte, apenas abierto el libro.
Se sabe cuál fue y donde estuvo la segunda venta, aquella
que, por sus memorables e inauditos sucesos, deberíamos llamar
la venta de los encuentros felices y de los arreglos dichosos, o, si
se quiere la otra manera más breve, la Venta de los Milagros. La
Venta de los Milagros se hallaba, y aún acaso estén sus ruinas dos
kilómetros en dirección sureste del pueblo de Fuente el Fresno,
provincia de Toledo, a 25 leguas de Madrid y 4 y ½ de Consuegra,
en el antiguo camino real de Andalucía, según la sitúa y la describe cierto escritor de los días románticos, el Sr. Jiménez Serrano
que, adelantándose a Azorín en cincuenta y siete años, la buscó
en 1848, recorriendo paso a paso la ruta de don Quijote, según
Azorín mismo lo requiere en uno de los estudios suyos reunidos
en el tomo intitulado Los valores literarios. Por aquel tiempo, la
casa, ya en declarada ruina, se llamaba del Cuadrillero, nombre
que le iba muy bien en recuerdo de los de esa profesión que albergara en los días cervantinos. El autor tuvo la fortuna de hallar
un viejo tomo de Los doce pares, sobre un decrépito arcón, puesto
en el portal de la casa.
Una pluma en el exilio...
369
Pero si la segunda venta de El Quijote puede localizarse con
tal precisión, no así la primera, donde el manchego ilustre fuera
armado caballero. Emplazada en cualquier camino ya muerto
del antiguo Campo de Montiel, no registrada, probablemente,
en ninguno de los viejos repertorios para caminantes, tales como
el de Alonso de Meneses o el de Pedro de Villuga, que fueron las
primeras guías de viajeros de España, el recuerdo de la primera
venta yace en la irreparable amnesia de la memoria popular y
hasta de la memoria oficial de los eruditos.
En esta venta utópica, es donde se nos muestra la primera de
las figuras que nos interesa: el ventero, precisamente. De nuevo,
el mismo contraste que acabamos de notar. El segundo ventero
sabemos que se llamó Juan Palomeque, «El Zurdo». Por éste, el
primero, carece de nombre y aún de mote. Su patria, en cambio,
nos consta. Era andaluz, de Sanlúcar de Barrameda, donde desemboca el Guadalquivir, provincia de Cádiz. Y además, sabemos,
con relación a su persona, otra cosa importantísima: su figura, y
junto con ella, su genio, su carácter, dependiendo mutuamente
lo uno de lo otro. Este ventero era gordo, pacífico, pero ladrón y
maleante, con antecedentes penales de hurtos y de estupros, así
en doncellas honestas (claro que sólo relativamente), como en
viudas de buena fama.
Cuando en el libro imperecedero no está formada aún la
alianza y el contraste de don Quijote y Sancho Panza, del leptosómico esquizotímico y del pícnico ciclotímico, para decirlo a la
manera de Kretschmer, la máxima autoridad en la biotipología
moderna, puesto que la figura del escudero se retrasa en algunos
capítulos; cuando ese antagonismo, que es el tema continuo de
la obra, está aún por formar, ya el biotipológico se nos muestra
perfectamente definido. Posible es que Cervantes, aún siendo
«ingenio lego», es decir, sin estudios académicos, según él se
definió, conociera el libro de Huarte, Examen de ingenios, impreso
en Baeza en 1575, y todo él de inspiración biotipológica, a su
manera. Mi maestro, don Rafael Salillas, así lo creyó firmemente,
seducido, sobre todo, por ese sustantivo de «ingenio», ya adjetivado en el título del libro cervantino. Yo creo más bien que se trata
370
Constancio Bernaldo de Quirós
de una observación personal. Cervantes era señaladísimo en esto,
y casi seguro es que, en sus largas andanzas, conoció un ventero
como éste: gordo y pacífico, alegre y ligeramente delincuente.
Reparemos las palabras del autor: «el ventero, hombre que
por ser muy gordo era muy pacífico»; es decir, no por una relación
casual, sino causal. Y después viene lo de ser «no menos ladrón
que Caco, ni menos maleante que estudiante o paje», rematando
el retrato, al capítulo siguiente, con la relación de sus desmanes
y del teatro de los mismos, aquella preciosa relación o índice de
los lugares picarescos de la antigua España, muy repetida por
Cervantes en todos sus escritos, como si los tuviera querencia,
igual que la tengo yo, conocedor de casi todos, especialmente
el Azogueo de Segovia y el Potro de Córdoba, que es el mejor
conservado, casi intacto.
En Criminología se sabe hoy que, prescindiendo de los tipos
especiales displásicos, que son raros y bastantes inciertos, de los
tres grandes tipos humanos (leptosómico, atlético y pícnico, o
sea, alto, fuerte y gordo), éste último es el que da la mínima
frecuencia en la criminalidad; pero, eso sí, como en el caso del
ventero justamente, dirigida ésta siempre a las formas de delitos
comunes contra la propiedad y contra la honestidad, no a los
delitos violentos, cual en los atléticos, ni a los delitos de rebelión, cual los leptosómicos (don Quijote mismo, precisamente).
Para Von Rhoden, uno de los escasos «granitos de verdad» que
se hallan en la obra de Lombroso es, justamente, el del predominio de las formas corporales atléticas y displásicas entre los
delincuentes, con muy poca frecuencia de las pícnicas.
Siguiendo adelante, hallamos, en el capítulo XXII de la primera parte, el episodio de la libertad de los galeotes. El suceso se
produce en las inmediaciones de Sierra Morena, entre el Campo
de Calatrava y el valle de la Alcudia, pues hay que tener presente
que la actual carretera de Andalucía, construida en el reinado de
Carlos III por el ingeniero francés Lemaur, es bastante posterior,
de modo que el paso de Despeñaperros no se usaba entonces.
La cuerda o, mejor dicho, la cadena de galeotes, se compone
de doce forzados; pero de esta docena, media queda sin describir
Una pluma en el exilio...
371
en las páginas de nuestro libro, que da sólo las referencias de seis.
Entre los seis, cuatro son ladrones, más o menos especializados
en las variedades del hurto. Otro, es un alegre estuprador con
sistematización hacia el incesto venial de las primas hermanas
suyas. Tan sólo uno presenta un cruce de dos delitos diversos: el
lenocinio y la hechicería. No hay un solo delincuente de sangre,
pues para éstos, en general, las galeras holgaban, destinados
como estaban por nuestras leyes al inmortal talión de la pena de
muerte o de las penas corporales cruentas.
Notemos la manera de proceder de Cervantes, siempre situado en su punto de vista biotipológico. La fisonomía parece interesarle poco. Sólo lo hallaremos en la serie de los seis forzados, un
detalle fisiognómico: el estrabismo de Ginés de Pasamonte, y aún
ese detalle es de los caracteres no somáticos, sino dinámicos, en
acción. Lo que le importa a Cervantes más que los caracteres fijos,
son los cinemáticos, encuadrados en la figura corporal, desde el
primer momento, o sea, en la caracterización del volumen o de
la línea, de la figura, y en el aspecto general. De esa manera, sus
retratos hablados son de lo más difícil, de los que casi aún no
puede hacerse en los métodos policiales: el retrato hablado de las
caracterizaciones por la mirada, por la sonrisa, por el modo de
hablar y de moverse. Las caras, en ese modelo de retrato, quedan
en blanco o, a lo sumo, abocetadas en uno o dos rasgos salientes.
Por otra parte, no hay que olvidar el sentido moral de la descripción. Mientras Quevedo se hubiera complacido ante cada uno
de los doce desdichados en crueles juegos de palabras y conceptos,
en caricaturas ultrajantes, Cervantes, siempre mucho más noble
aunque no llevara al pecho la cruz de los caballeros de Santiago,
no insiste jamás ni se complace en apurar el sentido de la bajeza y
perversidad humanas. Su indulgencia, su profundo humanismo,
sólo podría compararse con el de don Diego Velázquez pintando
idiotas, locos y enanos de la corte de Felipe IV. Cervantes y Velázquez son almas gemelas llegadas a la vida con corta diferencia
de años, dos almas y dos vidas, las mejores que haya producido
España en toda su historia milenaria. Velázquez debería haber
sido el ilustrador de Cervantes; el de Quevedo, Goya.
372
Constancio Bernaldo de Quirós
Esto supuesto para todas las seis figuras de la cuerda de
galeotes, el primero, el ladrón de la canasta de colar, colmada
de ropa blanca, natural de Piedrahita, en tierra de Ávila, sólo
merece que nos acordemos al par de él, de la otra canasta igual
que se menciona en Rinconete y Cortadillo. Tales canastas deberían
ser entonces muy codiciadas por todos los ladrones elementales
que abundaban en España.
El segundo galeote, cuatrero, o sea, ladrón de ganado, que
va triste y taciturno por la burla que los demás hacen de él a causa de haber confesado su culpa en el tormento, éste, si Beccaria
hubiera leído alguna vez nuestros clásicos, hubiera servido para
documentar, con amarga ironía desconcertante, el famoso pasaje
del escritor milanés a propósito del tormento:
El éxito del tormento es cuestión de temperamento y
de cálculo, que varía en cada hombre en proporción
de su robustez y de su sensibilidad, tanto que, con
este método, un matemático resolvería mejor que un
juez el siguiente problema: dada la fuerza muscular
y la sensibilidad de las fibras de un inocente, hallar
el grado de dolor que le hará confesarse reo de un
determinado delito.
El forzado tercero, casi es una repetición del primero, igualmente humorista. El cuarto ofrece cierto interés. Éste es el viejo
«de venerable rostro, con una barba blanca que le pasaba el
pecho». Pero el interés que merece el sujeto casi es negativo,
como un ectipo verdadero que es, esto es, como un sujeto fuera
del tipo. El delincuente español de los tiempos clásicos nunca
marcha así hacia la cárcel ni a las galeras, ni siquiera a la horca, si
no al revés, con toda entereza y la mayor desvergüenza. Díganlo,
si no, la Relación de la cárcel de Sevilla, del Lic. Cristóbal de Chaves
y los Romances de Germanía, de Juan Hidalgo.
En completo contraste con el personaje llorón de la barba
blanca, a quien disculpan sus años y su dolencia, le sigue el alegre estuprador incestuoso que se burló demasiado de dos primas
Una pluma en el exilio...
373
hermanas suyas y de otras dos hermanas que no lo eran de él. Ese
estuprador incestuoso, que marcha en ropa de estudiante, es un
buen camarada de la tropa confiada y risueña que compuso la
cofradía de Monipodio en su casucha de Triana, próxima al antiguo molino de la pólvora. Él fue quien, golpeando al Caballero
de la Triste Figura, con la bacía acabada de conquistar por éste,
abolló el yelmo de Mambrino, tan codiciado.
El último de los galeotes es Ginés de Pasamonte. Su descripción, en veinte palabras, se compone de tres rasgos. Ante
todo, como de ordinario en los retratos cervantinos, la figura en
general: «un hombre de muy buen parecer», lo que quiere decir,
probablemente, un buen mozo, un atlético, en la clasificación tipológica hoy corriente. Después, la edad, el rasgo menos importante, treinta años. Por último, el característico o identificativo:
la mirada. Ginés de Pasamonte es bizco o bisojo. Los maestros
de la antropología criminal primera, aludieron ya al estrabismo
entre los caracteres menores de los delincuentes. Lombroso, en
una serie de ciento veintidós mujeres criminales, halló cuatro.
Marro, tan concienzudo siempre, le notó en el 5 por ciento de
ladrones y en el 2.5 por ciento de asesinos. Otro autor alemán,
Knecht, se refiere así mismo al estrabismo, juntamente con otras
anomalías de los ojos, como la desigualdad de las pupilas y la
diferencia de color de una y otra, reveladora de una detención
de desarrollo en uno de los órganos. Sin embargo, ninguno concede gran importancia al estrabismo.
Probablemente, fueron los antiguos fisonomistas los que
exageraron su valor; y acaso Cervantes tomó ese rasgo de ellos, si
ya no es que, a la hora de escribir el capítulo XXII de la Primera
Parte, se acordó de algún rostro bizco hallado en los caminos, en
las ventas o en las cárceles que le eran tan familiares. Un teólogo del siglo xiv, Eximenes, escribe por ejemplo: «Ojos torcidos
son agudos en maldad, puntillosos y altaneros», lo que va muy
bien para Ginés de Pasamonte. Y Gerónimo Cortés, en su Libro
de Phisonomía natural y varios secretos de Naturaleza, impreso en
Valencia en 1597 y vuelto a imprimir en Madrid en 1601, cuando
Cervantes escribía la primera parte de su obra, repito: «Bizco,
374
Constancio Bernaldo de Quirós
astuto, y malicioso». No sería difícil añadir más referencias viejas,
repasando los estudios del italiano Antonini, del brasileño Leonidio Ribeiro y del agustino español padre Montes, acerca de los
precursores de la antropología criminal.
Sabemos, además, que Ginés de Pasamonte es reincidente
y, sobre todo, conocemos uno de los delitos del mismo: el hurto
del asno de Sancho, montado éste sobre el animal, a la manera,
según se recuerda en el capítulo IV de la segunda parte, que otro
famoso ladrón llamado Brunelo hurtó el caballo nada menos que
a Sacripante, en el cerco de Albraca. Semejante hurto nos da la
medida de la destreza de Pasamonte y nos permite imaginar toda
su vida delincuente, pues, si como dice cierto autor inglés de
cuyo nombre no puedo ahora acordarme, pero que consta escrito al principio del famoso relato de Edgardo Poe, Doble asesinato
de la calle Morgue, es posible imaginar la canción de las sirenas y
el nombre que tomó Aquiles cuando se ocultó entre las hijas del
rey de Sciros, del mismo modo que el solo hurto del rucio, tan
sutil, nos presenta a Ginés de Pasamonte como un antepasado
en la línea recta de Luis Candelas, el mejor de los ladrones de
Madrid, a principios del siglo xix, con sus diversos ejercicios de la
manteca lanzada a los ojos y que ciega en el momento oportuno,
del tonto disfrazado de obispo, de los bollos duros que permiten
una hábil sustitución de palabras, etc., etc. En menos palabras, un
ladrón furtivo, no violento, con el mínimo de violencia posible,
reducida, en los casos extremos, al tirón, que desprende la cosa
de manos de su dueño y, a la vez, muy próximo a las fronteras de
la estafa, o sea, el timo.
Volvemos a encontrar poco después a Ginés de Pasamonte
huido, disfrazado de gitano, en el momento feliz en que Sancho
reivindica su asno. Y mucho después, ya en la segunda parte,
volvemos a hallarle en la persona de Maese Pedro, el del retablo, esta vez mejor disfrazado, con una venda que le cubre uno
de los ojos disimulando su fatal estrabismo que le identifica tan
fácilmente.
Las aventuras en el interior de Sierra Morena terminan y la
alegre tropa cervantina regresa hacia la llanura manchega sin
Una pluma en el exilio...
375
que, ni aun de lejos, emboscado entre las encinas o agazapado
entre los riscos, veamos asomar la gran alimaña de presa de la
primera fauna hispánica: el golfín, antiguo ladrón de ganado en
las rutas de la vieja trashumancia española, verdadero lobo, que
esto literalmente significa su nombre gótico, lobo humano de
los corderos de La Mesta, luego convertido en el salteador de caminos. Por los días de don Quijote, sin embargo, Sierra Morena
se hallaba infestada de ellos y su paso, inevitable entre Castilla y
Andalucía, hubiera sido en extremo difícil para los viandantes a
no ser por la famosa Venta de los Palacios, especie de parador
fortificado fundado por los Reyes Católicos para seguridad de
aquellos, de que habló con elogio Andrés Navagiero, embajador
veneciano de la época, y que consta localizada exactamente en la
Geografía Blaviana y en el Atlas de Ortelius, que podemos tomar
como Reclus y el Stieler de los remotos tiempos. Yo cuento entre
mis mejores recuerdos de itinerarios extraños por la profunda
España, el de haber reposado dos veces distintas en el interior
ruinoso de la vieja Venta, bajo el puerto del Muradal, no lejos
del campo de batalla de Las Navas de Tolosa. No he de olvidar,
puesto que escribo estas páginas para una publicación americana, que pocos pasos más allá de las ruinas, en dirección a la aldea
de Miranda del Rey, fundada por don Pablo de Olavide, peruano
insigne en los días de Carlos III, que apenas se baja el violento
descenso de la colina donde se alza la alcazaba viajera, se halla
una cierta charca, poco extensa, que llaman en el país con el
nombre indescifrable de «Lagunilla de las Américas», a mi modo
de ver, el más adelantado en Europa entera, del nombre del Nuevo Continente que había de revelar al mundo España misma.
Atrás se queda, destacando su roto almenado en el cielo azul,
la vetusta construcción, dentro de cuyos muros, durante cinco
siglos, tantos episodios dichosos de bienestar y seguridad, al fuego
en el invierno, en el verano al fresco, habrán experimentado los
caminantes a la hora del crepúsculo, mientras el terrible golfín,
el lobo, merodeaba lejos, codicioso y hambriento. Pero el destino de las cosas humanas es tal, traza giros, expresa jeroglíficos
tan incoherentes, que la preciosa Venta de Los Palacios, gemela
376
Constancio Bernaldo de Quirós
anticipada de los fondacs morunos, como el de Ain Yedida entre
Tetuán y Tánger en la divisoria atlántico-mediterránea, donde yo
también pernocté algunas noches inolvidables, la preciosa Venta,
construida en el siglo xv para defensa de los caminantes contra los
bandidos, acabó teniendo a un bandido como su último huésped,
Lucas el Siervo, de la banda de José María el Tempranillo, a principio del xix, cuando el abandono y la guerra, ésta sobre todo, la
invasión de las tropas napoleónicas, la hicieron inhabitable.
Ya estamos en la segunda parte de El Quijote y aquí, casi en
las postrimerías, es donde vamos a hallar a los cortadores de
caminos, los salteadores, los bandidos, donde hoy por hoy nos
parecería más inverosímil, a las puertas de Barcelona. ¿Es éste un
yerro, un desacierto, como el de la banda del Capitán Rolando,
en el Gil Blas de Santillana, de Le Sage, puesta por un extranjero
en unos caminos tan extraños al bandolerismo que la crónica
jamás los nombra en ellos ni en muchas leguas a la redonda?
¿Será si no una ligera fantasía, un ensueño, ya que no un
sueño, como los de Homero, que se ha permitido Cervantes,
al modo del de las hayas, las hayas inauditas e inverosímiles,
que deseándolas conocer quizás, porque nunca debió verlas, se
complace en presentar casi tantas veces como describe paisajes
forestales en El Quijote? Permítaseme aquí hacer una digresión a
propósito de las hayas, porque creo que nadie, ni aun don Fermín Caballero, en su Pericia geográfica de Cervantes, se ha fijado
hasta aquí en este levísimo detalle erróneo.
Las hayas, que yo sepa, aparecen nombradas en El Quijote hasta
cuatro veces. La primera en el relato del enamoramiento de Crisóstomo la noche que el hidalgo manchego pasó con los cabreros,
la misma del memorable discurso de la edad de oro (parte primera, capítulo XII); luego, en la parte segunda, la noche anterior a
la aventura del barco encantado en el río Ebro (capítulo XXVII);
enseguida aunque ésta vez en un sentido dudoso, alternativo entre un haya o un alcornoque, poco después de ser atropellados,
caballero y escudero, por un tropel de toros (capítulo XLVIII);
finalmente, ya vencido el primero, camino de su aldea (capítulo
LXXI). Es posible que quede alguna otra haya olvidada.
Una pluma en el exilio...
377
Ahora bien, cualquiera que consulte un mapa de la distribución de las hayas en España, advertirá en el acto que el área del
hayedo se encuentra enteramente fuera de los itinerarios de don
Quijote, como árbol nórdico que es, incompatible con el país
mediterráneo en que las aventuras de aquel se desenvuelven.
Hasta pudiéramos creer que las dos veces últimas de las cuatro
citadas, de regreso a la Mancha, don Quijote y Sancho han podido encontrar algún individuo aislado o un ramillete de ellos en
el paso de la cordillera ibérica que se interpone entre Aragón y
Castilla. Pero nunca, ni siquiera rodales de hayedo, ni mucho
menos bosques verdaderos de hayas. Sobre todo, las dos primeras veces que aparecen nombradas las hayas, en el corazón de
La Mancha y en el fondo de la fosa de Aragón, es imposible en
absoluto. «No está muy lejos de aquí», dice el cabrero que cuenta
la historia de Crisóstomo, «un sitio donde hay casi dos docenas
de altas hayas, y no hay ninguna que en su lisa corteza no tenga
grabado y escrito el nombre de Marcela, encima de alguna corona grabada en el mismo árbol» (capítulo XII, primera parte).
No lo creemos. El hayedo más meridional de España es el de
Montejo de la Sierra, provincia de Madrid, bajo la Somosierra, y
se halla doscientos kilómetros al norte del posible campamento
de los cabreros que acogieron a don Quijote.
Pobres hayas, amigas de los cielos nubosos, y hasta nivosos,
de las lluvias menudas y continuas, de la nieve y la niebla, de los
vientos húmedos del Norte y el Oeste; compañeras del roble, del
castaño, del álamo blanco, del abedul, de todas las esencias forestales propias de los climas atlánticos, ¿cómo podrías vivir al lado de
la encina, de la jara, de la vid, de toda la flora mediterránea, en el
antiguo Campo Espartario de los romanos, en La Mancha de los
árabes, que quiere decir «La Seca», en la árida estepa donde hasta
el gran río de la región, Guadiana, se esconde largo trayecto bajo
tierra y los cursos menores de agua que en el estío no se secan
discurren indecisos por el suelo, casi del todo plano, sin cascadas,
sin rápidos, sin espumas, faltos de impulso bastante para mover la
piedra del molino triguero, y en lugar de ese antiguo artificio, tan
familiar en toda España, siempre expuesto al borde y hasta adentro
378
Constancio Bernaldo de Quirós
de las líquidas corrientes, entre ramilletes de árboles frondosos, se
levantan los altos molinos de viento, cónicas torres encaperuzadas,
con sus cuatro largos brazos en cruz, armados con velas de lona
para recoger la energía motriz, capaces de sugerir, como lo hicieron en don Quijote, la imagen de gigantes amenazadores?
Pero volvamos ya a nuestro tema principal. No, esta vez la presencia de los salteadores donde menos podríamos esperarla hoy,
a las puertas de Barcelona, no es un capricho cervantino, poética
estilización de las representaciones pastoriles al uso, en los días
de las Galateas, las Dianas y demás ninfas del verde bosque. Cervantes coloca en ese lugar un suceso rigurosamente histórico, un
personaje de carne y hueso, Roque Guinart, a quien los escritos
catalanes llaman Roca Guinarda y cuya bárbara gesta se localiza
justamente entre la aparición de la primera y la segunda parte
de El Quijote, entre los años 1608 y 1609, como una actualidad lo
suficientemente reciente para los lectores de la época.
Roque Guinart, a quien los eruditos catalanes han dedicado
mucho más tiempo y esfuerzo que los de Andalucía a Diego Corrientes o a José María, fue un hombre voluntarioso y enérgico,
lanzado a la vida rebelde a consecuencia de uno de los episodios, a
veces seculares, de las luchas entre familias y grupos enemigos de la
España de entonces, más enconadas en Aragón, en Cataluña y en
Navarra, que en Castilla. Él era un niarro, un partidario del Obispo
de Vich, opuesto a los Cadells, partidario de la Casa de Moncada,
que pretendía segregar el valle de Torrelló de aquel obispado.
Cervantes nos le describe como un hombre de «hasta edad
de treinta y cuatro años, robusto, más que de mediana proporción, de mirar grave y color moreno». Esas señas convienen al
curioso retrato de don Tiburcio de Redin que existe en el Museo
del Prado de Madrid y que, atribuido alguna vez a Velázquez,
hoy se cree, más bien, que sea de alguno de los más inmediatos
discípulos del gran maestro, tal como Juan Bautista del Mazo, su
yerno, o como Pareja, su esclavo negro. Así, yo, cuando muchacho, siempre le entendía en este sentido, convencido de que si
aquel no era, en verdad, Roque Guinart o el Capitán Rolando,
tal cual él debieron ser el uno y el otro.
Una pluma en el exilio...
379
Por otra parte, también Cervantes, al par que el retrato corporal del gran Roque, nos da una cierta impresión de su estado
de espíritu en los días en que convivió con don Quijote. Roque
no es todavía uno de esos delincuentes habituales endurecidos
en el mal cuyo super-yo, hablando a la manera freudiana, se ha
hecho del todo inmoral, de suerte que el crimen no le repugne.
No; todavía hay crisis, conflictos entre el «ello» y el super-yo de
Roque Guinart, como revela claramente alguna de las conversaciones que mantiene con el caballero andante, empeñado en
devolverle a la vida honrada.
Pero además, lo que sobresale de este capítulo LX de la parte
segunda, en que se contiene la narración de los tres días y tres
noches que don Quijote y Roque Guinart vivieron juntos, es la
lección de delincuencia asociada que contiene, digna de que la
hubiera conocido Escipión Sighele y de que la hubiera recordado
en sus libros, tan celebrados, de psicología colectiva morbosa.
También en esa materia sobresale y le precede nuestro Cervantes, que si en Rinconete y Cortadillo, la admirable novelita ejemplar, nos ha dejado la monografía más perfecta de una asociación
criminal de tipo gremial, verdadera cofradía de malhechores en
la gran Sevilla de entonces, ahora, en El Quijote, nos da otro de
tipo contrario, el militar, al aire libre y en el monte bravo y en los
caminos caudales.
La banda de Roque Guinart excede de cuarenta hombres, lo
que si hoy nos parece mucho, en la continua reducción numérica
de las bandas de ese tipo a través de los años que nos separan de
Cervantes, entonces no era excepcional, sino al revés, frecuente.
No de cuatro decenas, sino de otras tantas centenas y más, eran las
bandas militarizadas de malhechores que ocupaban la Sauceda de
Ronda, en la actual provincia de Málaga, en los días en que el Lic.
Sarmiento de Valladares realizó la destrucción de la Sauceda, tantas
veces aludida por Cervantes, sobre todo en el Coloquio de los perros.
Como quiera que sea, la banda criminal de tipo militarizado,
como la de Roque Guinart, vive y mantiene su bárbara estructura y su gesta no menos bárbara, sólo mediante dos recuerdos
principales que vemos magistralmente ilustrados por Cervantes
380
Constancio Bernaldo de Quirós
en rasgos repetidos, para insinuarlos mejor en el lector. De un
lado, los golpes de autoridad del jefe, efectistas y teatrales, no
consistiendo que se le discuta y castigando con mano dura, excesiva, cualquier olvido de esa regla necesaria. De otro, la rigurosa
justicia distributiva a la hora del reparto del botín, que es la
verdadera hora de la verdad entre los malhechores asociados,
poniendo a prueba la codicia de todos. Es aquí donde encaja la
profunda sentencia de Sancho: «según lo que aquí he visto, es
tan buena la justicia, que es necesaria que se use aún entre los
mismos ladrones». La máxima está a punto de costar a Sancho
un golpe serio; pero lo dicho, dicho está, y nunca Sancho ha
hablado con más acierto.
Pocas páginas después, el caballero andante y su escudero
visitan las galeras del rey y asisten a una breve expedición de
guerra. Las pesadas embarcaciones avanzan sobre las ondas salobres impulsadas por el esfuerzo muscular de gente que purga
sus grandes culpas con su sudor y su sangre. Acaso no van entre
los galeotes forzados sino contados bagarines, remeros libres,
asalariados, a diferencia de aquellos otros, siervos de la pena.
Como entre una y otra parte de El Quijote han pasado diez años,
largo plazo en una condenada de galeras, tanto que equivalía a
muerte civil, según las conceptuaciones de entonces, en vano
Sancho o don Quijote hubieran buscado en los bancos de las de
Barcelona algunos de sus antiguos conocidos de Sierra Morena,
capturados y vueltos a condenar: el de la canasta de ropa blanca,
el que confesó en el tormento, el que le faltó dinero para comprar la pluma del escribano, el viejo llorón de la barba blanca, el
alegre estuprador, Ginés de Pasamonte, el bizco. Otros iguales,
o casi iguales, estarían, en cambio, en su lugar en la continua
repetición de la vida, el flujo y reflujo eterno de ella, como el de
las olas en el mar y el de las nubes en el cielo.
Anales de la Universidad de Santo Domingo,
Vol. XII, Núms. 41-44, enero-diciembre de 1947, pp. 49-65.
Mi doble centenario1
1944 es también un año de centenario para mí. Más allá del
Atlántico, en lo más recóndito de la profunda España, aquella
rinconada donde se anudan las sierras de Guadarrama y de Malagón, el 6 de mayo llegó al mundo un niño a quien la muerte
no dejó pasar más allá de 1888, y que en el entretanto pudo
engendrar otra criatura que no es sino el viejo que hoy escribe
estas palabras, conmovido todavía por el remoto recuerdo de
su padre.
El niñito que nació en Peguerinos, allí donde se juntan las
tres provincias de Ávila, Segovia y Madrid, el 6 de mayo de 1844,
estuvo a punto de venir a La Española diecinueve años después,
prestando el servicio militar, que asumía entonces la forma de
las «quintas». Uno de cada cinco mozos de todos los pueblos
españoles, sufría en aquella época la dura servidumbre militar;
y si mi padre no llegó a padecerla en el reemplazo de 1863, fue
porque le favoreció la fortuna con el 3 en el sorteo de los tres
únicos mozos que daba el alistamiento de su minúsculo pueblo
de origen. Pero el 1 de su quinta cumplió buena parte de su
servicio aquí en Santo Domingo, como entonces se decía; y yo
mismo, una tarde del otoño de 1901, le oí referir sus andanzas
1
N/C. Éste es un artículo suelto que conservaba mi padre, que no especificaba el periódico ni la fecha. No se pudo localizar en ninguna de las
fuentes consultadas. Por el tema se sabe que se escribió a principios de
1944.
– 381 –
382
Constancio Bernaldo de Quirós
por la isla, mientras caminábamos por las alturas, a la vista del
fantástico Cerro de San Benito que aprendí a conocer aquel día:
el mismo, por cierto, del hallazgo en la triste aldea de La Lastra,
de aquel caso extraordinario de «licantropía» (la mujer que se
creía loba), referido en mi libro Peñalara.
Fueron aquellas las primeras descripciones dominicanas que
escuché; pero yo le oía distraído, más atento al suelo en el que
los rayos oblicuos del sol descubrían, haciéndolos resaltar entre
las láminas finísimas de mica blanca, los cristales de turmalina, el
clásico mineral de Guadarrama, que allí llaman «chorlo negro».
De mozo, por consiguiente, mi padre, cuando entró en quintas,
se libró de venir a la tierra dominicana a servir al Rey, o, mejor
dicho, a la Reina, pues era entonces Isabel II la soberana de España; y yo, en cambio, su hijo. (¡Apurar, cielos, pretendo ya que
me tratáis así, qué delito cometí contra vosotros, naciendo!)
Yo, en cambio, me he visto transportado a ella, como única
esperanza de mi destino truncado, de resultas del diezmo, o
poco menos, que, al cabo de una larga lucha desigual, sufrimos
los buenos republicanos de parte de nuestros enemigos, triunfadores. ¡Contraste singular de los destinos del padre y el hijo,
semejante al curso de esos ríos que, entrecruzando la cinta de
sus aguas, van a parar al mar, contrario que haría suponer su
dirección originaria!
Después de cuatro años cumplidos de nuestro éxodo, al
aproximarse el día en que se cumple el primer centenario de
la Independencia de la República Dominicana, la mejor obra
que yo puedo otorgar a la efemérides gloriosa es asociarla en lo
profundo de mi corazón, al centenario del niño de quien ya hoy
sólo me acuerdo yo, de aquel niño del 6 de mayo de 1844, nacido
en el pueblecito serrano, que destruyó la barbarie de nuestros
enemigos en el verano de 1936.
Mas, si para mi padre, que pertenece irremediablemente tan
sólo al pasado, yo no puedo tener sino recuerdos, en cambio,
para la República Dominicana, que considero inmortal, puedo
hacer algo más; y, como esa Jano bifronte de los buenos tiempos
clásicos, le ofreceré mi vigilancia y mi atención hacia el pasado
Una pluma en el exilio...
383
y hacia el porvenir, interesándome por su historia y apasionándome por sus respectivas prometedoras, en el nuevo giro de otra
centuria que pronto se abrirá y de la cual yo no veré sino los
primeros momentos.
El mejor español que
quiso pasar a Indias1
En el Archivo de Indias sevillano, magnífica mole herreriana de piedra berroqueña que en dirección a la Puerta de Jerez forma, con la Catedral y el Alcázar, uno de los
conjuntos arquitectónicos más heterogéneos y suntuosos del
mundo entero; en su gran salón central, campea una riquísima vitrina, rica en documentos preciosos, autógrafos de las
manos más ilustres de España, entre los cuales sobresale, sin
duda, siendo las joyas sin pagar de la exhibición, la modesta
hoja de papel vulgar en que Miguel de Cervantes Saavedra,
refiriendo en unos cuantos renglones de apretada letra, clara y minúscula, su vida ejemplar, con sinceridad honrada,
solicita del Rey, Felipe II a la sazón, uno de los varios puestos
en las Indias nuevamente descubiertas; puestos de los cuales
sólo conservo en la memoria, habiendo huido de ella los
demás, el de Gobernador del Estado de Soconusco, creo que
en Guatemala. Tan conmovedor documento que hoy nadie
puede leer sin saltársele las lágrimas, lleva al pie esta nota
desdeñosa, suscrita por Rodrigo Vásquez: «Busqué acá en
que hacerle merced».
El ingenioso hidalgo Miguel de Cervantes Saavedra quedó,
pues, desairado una vez más y una vez más en lucha desesperada
1
N/C. Este artículo viene del archivo familiar. Lamentablemente, el recorte
no especifica el periódico, ni la fecha de publicación.
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Constancio Bernaldo de Quirós
por la vida. Claro es que si el Rey hubiese accedido a los deseos
del Manco de Lepanto, del Cautivo de Argel, del luchador de las
Azores, el mundo hubiera perdido El Quijote, una de las siete o
las ocho, no más, maravillas literarias.
Mas, en fin, a despecho de esa gran catástrofe, supongamos
que el Rey ha dispuesto que se concediera a Cervantes alguno de
los seis o siete destinos vacantes en Indias que solicitaba. Nuestro
héroe ha embarcado en Sevilla o en Lisboa, pues ya Portugal, tras
la rota de Alcazarquivir, estaba reunido con España. Ya la nao ha
hundido la proa más allá de la Tercera, que marca el límite occidental que Cervantes tocó en su vida. Nuestro héroe ha contemplado, embebecido, las «praderas del mar», el mar de Sargazos,
que atraviesa la ruta; se ha asombrado también con los exocetos,
los peces voladores, las golondrinas de mar que a todos nos cautivaron cinco o diez minutos y al cabo, un buen día, una pareja
de alcatraces ha venido a saludar a la nave, cortejándola largo
trecho, según el ceremonial de las corteses aves de su especie.
Ya Miguel de Cervantes está a la vista del Placer del Estudio,
que acaso aún no se llama así, y que si así se llamara, ha sabido
interpretar en su verdadero sentido, como el bajo de frente a la
casa de enseñanza, puesto que «placer», en términos de marinería, quiere decir el «banco de arena o de piedra en el fondo del
mar, llano y de bastante extensión». Nuestro héroe desembarcado ya, circula por las calles de la novel Santo Domingo, ansioso
de cuanto nuevo y extraño perciben sus sentidos.
Si hubiera sido así, desde ese instante hasta hoy el nuevo
viajero sería el más ilustre de cuantos La Española haya recibido;
más, mucho más que fray Gabriel Téllez, que Hernán Cortés,
inclusive, pues esta vez las letras han vencido a las armas. Y esto
lo decimos, porque de cualquier modo que fuera, cualquiera
que hubiese sido el destino, el empleo que el Rey hubiese concedido a Miguel, éste jamás se hubiera convertido en un simple
y alto burócrata sacrificando al escritor, al novelador nato y
magnífico que llevaba dentro ante todo y sobre todo. ¡Qué de
novelas ejemplares, de pasos y entremeses le deberíamos, en que
sobre el fondo de la naturaleza tropical destacasen, vivos, recios
Una pluma en el exilio...
387
y enteros los hombres y las damas, la vida humana que entonces
se entretejía en Santo Domingo, en Santiago de los Caballeros,
en la Concepción de La Vega Real, tan pintorescas y apetitosas
entonces!
Nuestro buen hidalgo ha conservado siempre el deseo, la
ilusión de pasar a Indias, que a cada paso revive bajo su pluma en
El Quijote y en las Novelas Ejemplares. Como el pino enamorado de
la palmera en el bellísimo Lied de Enrique Heine, el ciudadano
de Alcalá de Henares, de Madrid, de Toledo, de Sevilla, de Barcelona, de las ciudades italianas más insignes, de Argel y de sus
temibles baños, hubiera deseado, gustoso, añadir a sus andanzas
la travesía completa del océano y la llegada a cualquiera de sus
ciudades nacientes.
Prólogos a libros
Paisaje y acento, de
José Forné Farreres1
Bajo su título bien hallado, que le sienta justo y airoso, este
libro, breve y amable, contiene, dispersas, muestras de todos los
géneros literarios, marinas, celajes, retratos, naturalezas muertas, interiores, ruinas, monumentos, cuadros de costumbres y
hasta concordancias vagas, remotas, de los géneros de otras artes
distintas de las de la pluma, puesto que, desde que lo dijo Baudelaire y lo exageró Rimbaud, se admite por todos los colores, los
perfumes y los sonidos se responden y hasta se acepta así mismo
las vocales de colores.
Paisaje y Acento, esto es: Naturaleza y Espíritu, o sea, toda la
Creación, en un dualismo grandioso que, en definitiva, sería
posible unificar en un solo término supremo.
Creo yo que si esta operación se intentara sobre el original
de Paisaje y Acento, el término que llegaríamos a obtener esta vez
sería el segundo: más Espíritu que Naturaleza, y Espíritu en la
esencia de acento, como si el acento, lo que en fonética se llama
así, o sea, la peculiar pronunciación y entonación de la palabra
humana, fuera lo mejor del alma, de esta fuerza tan tenue y tan
omnipotente que nos hace vivir y de la que todos quisiéramos
despedirnos con las inefables palabras del César: «¡animula, vagula, blandula!».
1
N/C. José Forné Farreres, Paisaje y Acento, Santiago de los Caballeros, Ediciones La Opinión, 1943.
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Constancio Bernaldo de Quirós
Toda mi simpatía, pues, al amigo y compañero Forné Farreres, por esta revelación de su ingenio.
Constancio Bernaldo de Quirós
Delincuencia infantil y código
del niño dominicano,
de Sócrates Barinas Coiscou1
Saludamos en este estudio una provechosa realidad y una
esperanza siempre superadora. Sócrates Barinas Coiscou, que le
firma, es, en mis cuatro cursos de enseñanzas en la Universidad
de Santo Domingo, Primada de América, uno de mis alumnos,
de mis más antiguos alumnos; de aquellos que, en el curso de
1940 a 1941, escucharon mis primeras lecciones de Criminología, señalándose en el conjunto bien estimable que componía
con el resto de sus compañeros, por su clara inteligencia y su fina
sensibilidad, atentos al desfile de problemas que iban pasando
ante su vista.
Después de una ausencia pasajera, lanzado ya en la corriente
de la vida profesional en diversos de sus aspectos más aleccionadores, ahora reaparece ante nosotros con el ensayo que sigue a
estas palabras, fruto de la predilección a que le orienta su naturaleza generosa. El problema de la delincuencia de los menores ha
tenido siempre el privilegio de reclutar los espíritus más nobles,
haciéndolos vibrar con las expresiones más altas. El nombre de
nuestro buen amigo Barinas, es uno más que añadimos a la serie
de amigos, de compañeros y discípulos, que avanzan por los senderos de la Criminología y la Penología infantiles, desde los días
ya tan remotos, en que abrían las sendas hombres ilustres, ya casi
1
N/C. Sócrates Barinas Coiscou, Delincuencia infantil y código del niño dominicano, Ciudad Trujillo, 1944.
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394
Constancio Bernaldo de Quirós
olvidados, como aquel magistrado italiano, Lino Ferriani, que en
los comienzos del siglo fue acaso el más leído.
Los estudiosos del día, y claro es que Barinas entre ellos, saben que la fase puramente sentimental del tema está ya muy atrás,
quedó superada para siempre, y que hay que aplicar al asunto,
sin cansancio ni decepciones, métodos de estudio y tratamientos
innovadores, por desconcertantes que parezcan ante el sistema
de convencionalismos y rutinas de que está hecha de ordinario
la común opinión social.
Al niño hay que sacarlo para siempre del antiguo Derecho
penal, en que aún quedan, llorando y padeciendo, los adultos.
Esta es ya una consigna general en el mundo civilizado. Mejor
dicho aún: la mitad de una consigna, porque la otra mitad es no
olvidar a los que quedan aún en aquel viejo Derecho penal, por
muy adultos y muy delincuentes que sean.
¿No hay una responsabilidad social de todos, o casi de todos,
en cualquiera de los delitos que se cometen? ¿No debemos sentirnos obligados todos a repararla?
Constancio Bernaldo de Quirós
La psicología al alcance de todos, de
Ángel Pingarrón Hernández1
Se remonta a 1887 la primera impresión que guardo del hotelito de la Institución Libre de Enseñanza, en el número 8 del
Paseo del Obelisco, que después se llamó del General Martínez
Campos, y más tarde aún, en los buenos días republicanos, de
Francisco Giner, que le honró con su presencia insuperable la
mayor parte de su vida.
Por aquel entonces, la populosa barriada de Chamberí aún
no estaba realmente unida a Madrid en una urbanización continua y homogénea. La barriada, alegre y laboriosa, se desparramaba más allá de la Puerta de Bilbao, arrasando hacia el Norte
a los alrededores de los depósitos del Lozoya, tan decisivos para
el desarrollo de la Corte, en focos dispersos de construcciones
modestas agrupadas en torno de fábricas y talleres, vibrantes y
humeantes de trabajo.
Y un atardecer de primavera, al regresar de un largo paseo
por aquel extremo de Madrid, tan nuevo para mí, que nací y
me crié en los barrios bajos, el hotelito de dos plantas, con su
ancha puerta pintada de verde obscuro en mitad de la cual resaltaba reluciente la placa de cobre con la inscripción «Instituto
Libre de Enseñanza» y encima el 8, entraron por primera vez en
mi retina, no sin un carácter de misterio, que en vano procuré
1
N/C. Ángel Pingarrón Hernández, La psicología al alcance de todos, Ciudad
Trujillo, 1944.
– 395 –
396
Constancio Bernaldo de Quirós
resolver, hasta desembocar en la Plaza de Chamberí, con su iglesita campesina de dos torres, una de ellas levemente desviada de
la vertical, según notó, yendo al patíbulo, el cura Merino, donde
la impresión se me borró en medio de su vivaz alegría.
Pasaron seis años cabales, los mismos que duraron mis estudios de Derecho. Ya licenciado en la facultad, comenzaron los
estudios del doctorado; la Filosofía del Derecho figuraba en el
plan de enseñanza como asignatura libre, a elegir entre otras.
Yo me orienté, desde luego, hacia ella, atraído más que nada
por la luminosa personalidad del maestro que la profesaba, don
Francisco Giner de los Ríos; y una tarde en que, ya a la salida de
la cátedra, yo le acompañaba paso a paso, entretenidos en una
conversación animada, a través de la calle de San Bernardo y de
la de Eloy Gonzalo, que entonces se llamaba Paseo de la Habana,
bordeando la Plaza de Chamberí y entrando francamente en el
Paseo del Obelisco, al cabo don Francisco se detuvo ante el hotelito número 8 diciéndome así: «Hemos llegado a la casa; suba
usted conmigo, si gusta», al tiempo que yo reconocía la estampa
antigua de 1887.
La puerta se abrió y penetramos en el interior un amplio
portalón con sendos escaños obscuros a cada lado; al fondo, un
jardín. A mitad del portalón, a la mano izquierda, un pasillo estrecho, dando acceso a una puertecita de cristales, que conducía
a una escalerilla angosta que llevaba al piso superior. Allí ocupando el centro de la planta alta, la habitación principal: una mezcla
caprichosa, una combinación original de salón y despacho, sin
nada del lujo y del aparato propios de ordinario de esta clase de
instalaciones. Desde luego, nada de espejos. Divanes cómodos
con tapicería animada, de colores vistosos. Muchas estanterías
de pino barnizado, repletas de libros de estudio; una gran chimenea central, pues don Francisco fue muy friolero siempre, en
su casa por lo menos; en un ángulo del oeste, una mesa cargada
de papeles y sosteniendo al rincón una de aquellas hermosas
lámparas de dos metales, cobre y zinc, amarillo de limón y naranja, del arte de los prerrafaelistas ingleses. Y entre la chimenea y el
muro interior de la casa, bien iluminada por dos balcones, otra
Una pluma en el exilio...
397
mesa de pino alta y estrecha, casi como el chivalete de un cajista,
de tablero inclinado ante una ligera repisa, donde don Francisco
escribía de pie siempre. Creo haber dado una impresión totalmente fiel de ese estudio-salón, que más tarde se adornó con un
piano y, en el testero principal, con el retrato de don Manuel
Bartolomé Cossío, pintado por Sorolla. Después de la muerte
de don Francisco, Cossío descolgó ese retrato suyo para poner
en su lugar el del propio Giner, también de manos de Sorolla,
que no nos gustaba a nadie, no sólo por la expresión demasiado
triste que fijó en el maestro, y que éste mostraba pocas veces,
sino incluso por el traje obscuro de que le vistió, siendo así que
él prefería los colores claros.
Aquella misma tarde, encendidas las luces, don Francisco
me presentó a Cossío, dueño de la casa, ya empeñado en sus
grandes investigaciones históricas y estéticas sobre El Greco; y así
me presentó también a don Ricardo Rubio, otro de los firmes
pilares de la Institución, que vivía en la casa inmediata, en el 10,
pared por medio, habiendo hecho en ella una puerta interior
para comunicarse.
Así se estableció mi relación con la Institución Libre de Enseñanza, íntima e ininterrumpida hasta dejar España, durante
más de cuarenta años, por consiguiente. Sin haberme educado
yo en la Institución, entré desde aquel día bajo su influencia,
como estudiante de Filosofía del Derecho, próximo a doctorarme. Pero en poco tiempo la intimidad de mi relación personal
con Giner y sus colaboradores me permitió ser admitido en la
Corporación de Antiguos Alumnos, como si mi vinculación a ella
se retrotrayera a los años del bachillerato.
Dos días entre semana, singularmente, los miércoles y los domingos, solíamos hacer acto de presencia entre los compañeros.
Los miércoles a la noche había gran reunión en el salón de don
Francisco, de alumnos nuevos y antiguos, que se congregaban al
té ritual, agradable pretexto para mantener la intimidad y el contacto de todos. Por ahí pasaron muchas figuras históricas, cuyo
nombre prestigia cada vez más la distancia con que el tiempo las
va alejando, sin cansarse. Recuerdo, sobre todo, a don Alfredo
398
Constancio Bernaldo de Quirós
Calderón, el gran periodista, colaborador de don Francisco en
sus libros jurídicos, ya casi ciego entonces, conducido del brazo
por su hija. Recuerdo así mismo a don Gumersindo de Azcárate,
con su alta talla y su elegante cabeza finamente modelada; a don
Constantino Rodríguez y a don Antonio Ruiz Beneyán, republicanos de choque en aquellos días lejanos. Pero todos eclipsados
por la luz, la simpatía, la gracia, el «ángel», en una palabra, como
se acostumbra a decir en Andalucía, de don Francisco Giner,
andaluz de nacimiento, rondeño y a la vez ateniense, parisiense,
natural y ciudadano de todos los pueblos que han puesto más
espiritualidad en la Tierra.
Al sonar las 10:00 se abría el comedor inmediato, en el que
aparecía servido el té. Don Francisco Cossío y su mujer, doña
Carmen Cortón; Rubio y su señora, Isabel Sama, hacían los honores de la fiesta, siempre repetida con el mismo éxito.
El comedor de don Francisco, reducido pero muy luminoso
y aireado, se decoraba con un motivo original. A lo largo de las
cuatro paredes, sin solución alguna de continuidad, corría una
sencilla estantería, de pino barnizado siempre, colmada de toda
clase de muestras de la alfarería popular española: jarros, pucheros, cazuelas, tazas, saleros, platos, botijos, fruteros, candiles,
candeleros, recogidas por los amigos de la casa en sus andanzas
a través de la profunda España y ofrecidos a don Francisco y a
Cossío como gratos recuerdos. Poco antes de los sucesos que
nos han traído a América, tuve yo ocasión de admirar, en 1933
ó 1934, en el gran comedor de gala del palacio del Quejigar,
entre Robledo de Chavela y Cebreros, propiedad entonces del
príncipe de Hohenlohe, la magnífica colección de cerámica de
Talavera que fue de don Platón Páramo de Oropesa, y que había
pasado por un elevado precio a ser propiedad de aquel magnate alemán, casado con una dama mexicana. Y puedo decir que
tardaría mucho tiempo en decidirme, si se me propusiera elegir
entre una colección y otra.
Así eran los miércoles de la Institución, que en el verano se
celebraban en el jardín, bajo el emparrado de la derecha o alrededor del tejo, el gran tejo de la Institución, bajo el cual durante
Una pluma en el exilio...
399
algún tiempo se pensó dar tierra al cuerpo de don Francisco,
al que Antonio Machado acababa de dedicar su sentida elegía.
Los domingos era costumbre bajar hasta la Puerta de Hierro,
dedicando toda la mañana al juego del «Ronder» en las praderas
que, salpicadas de grandes olmos dos veces centenarios, se extendían a la izquierda, entre la Puerta misma y el Puente de San
Fernando. Allí raro era el día que no teníamos la visita de algún
antiguo o prestigioso simpatizante, que venía a saludar a don
Francisco: don Segismundo Moret, ya en su decadencia; don
José Canalejas, en plena elevación día tras día; don Ricardo Velázquez, el arquitecto encargado de la restauración de la mezquita de Córdoba; don Pascual Gayangos, que hacía una escapada
desde Londres; o bien, con más frecuencia, don Rafael Salillas,
mi maestro; o don Joaquín Costa que, cuando se entregaba a
la composición de algunos de sus grandes libros, abandonaba
Madrid y se instalaba en cualquier casa de peones camioneros de
la carretera de Castilla, o de guardas forestales del Pardo, bajo las
encinas de Somonte, el Torneo o de la Zarzuela.
A la tarde, don Francisco solía retirarse al Pardo, en la casa
de su primo Alberto, director de los asilos de aquel real sitio.
Nosotros coronábamos la cuesta de las Perdices para gozar del
panorama de la sierra, que comenzábamos a conocer entonces,
el magnífico Guadarrama, excelsamente casto bajo sus nieves
casi perpetuas. De vez en cuando prolongábamos nuestro paseo hasta Aravaca, para rendir una visita a don José de Caso, el
catedrático de Sistema de la Filosofía, la cátedra que fundó en
su testamento don Julián Sanz del Río. Y así hasta 1915, en que
la muerte nos arrebató a don Francisco, una triste madrugada
de fines de febrero, a la hora casi exacta, a la hora preferida por
las Parcas, que nos había anunciado don Luis Simarro, con su
enorme y profunda sabiduría de todos los misterios biológicos,
en la visita que hizo aquella noche a la Institución para informarse del estado del enfermo, donde los que velábamos allí nos
congregamos en apretado corro para escucharle.
Durante medio siglo, en números redondos, cincuenta generaciones de juventud, cincuenta promociones de muchachos
400
Constancio Bernaldo de Quirós
seleccionados de todos los medios, salieron de la Institución
Libre de Enseñanza, o pasaron por la cátedra de Filosofía del
Derecho de don Francisco. Si Pablo Iglesias fue, al par que él,
el gran formador del proletariado madrileño, don Francisco fue
el inspirador, el animador insuperable de los estratos selectos
de la burguesía hacia una vida más amplia y elevada. Uno de
los discípulos más brillantes y antiguos de la Institución, Julián
Besteiro, representa la intercepción de ambos influjos, desde
el día que pasó al socialismo desde el campo de la República.
¡Loor y honor a él, muerto en el presidio tras la gloriosa gesta de
Madrid, de cuya suerte quiso hacerse solidario!
Y otro discípulo de la Institución, bien que de una época
mucho más cercana a nosotros, fue así mismo el autor del libro a que sirven de prólogo estas líneas: don Ángel Pingarrón
Hernández, llegado, como yo a Ciudad Trujillo, él a San Pedro
de Macorís, al modo de aquellos residuos de las rocas orientales
procedentes de la explosión del Krakatoa, en el Estrecho de
Sonda, que cayeron sobre las nieves de la cumbre de Peñalara
y que sirvieron a nuestro geólogo Macpherson, también de la
Institución, allá por los años de los ochenta, para explicar las
fantásticas puestas de sol que, semejantes a auroras boreales, iluminaron los crepúsculos vespertinos de Europa entera durante
la estación del invierno.
Fundador en San Pedro de Macorís de uno de los más reputados centros de enseñanza, seguro es que nuestro amigo
habrá llevado a él la semilla de la Institución en algunos de sus
principios o métodos fundamentales, ya que no en todos, tal vez
inadecuados aún para aquel ambiente: la coeducación de los
dos sexos, la supresión radial de los premios y los castigos, la
abolición de los libros de texto y de los exámenes, el desarrollo
del trabajo personal, manual inclusive, las excursiones, etc., todo
lo que llegó después, por influencia de la propia Institución, al
famoso Instituto-Escuela de Madrid, creado y sostenido por la
Junta de Ampliación de Estudios y de Investigaciones Científicas,
y a los demás institutos de su clase, propagados a su imagen y
semejanza en toda España.
Una pluma en el exilio...
401
La psicología al alcance de todos, en que se perciben muchos
influjos de los psicólogos de la Institución, don Luis Simarro, a
quien antes nombramos, y don Martín Navarro, especialmente,
en un estudio estimable, meritísimo, de iniciación y divulgación,
en que a cada paso resplandece el sentido de la noble y sabia
frase de don Francisco, según la cual «la ciencia es también una
cuestión de conciencia».
Constancio Bernaldo de Quirós
Ciudad Trujillo, 15 de julio de 1944.
Otros escritos
Los Bernaldo de Quirós1
Quirós es un río, afluente del Navia, en Asturias (actual provincia de Oviedo), que corre hacia el mar Cantábrico por un
pequeño valle dominado por el macizo calcáreo de El Avaneo
(1,714 metros de altitud sobre el nivel del mar), y en el cual
desde los primeros tiempos de la Reconquista, en el siglo ix ó
x, a lo sumo, aparecen los caseríos diseminados que forman el
Consejo del mismo nombre («Quirós»), dependiente de La Pola
de Lena, que es la cabeza del partido judicial a que corresponde,
en la actual organización administrativa.
La capitalidad de las numerosas entidades de población que
compone el Consejo de Quirós es, hoy por hoy, la que lleva el
nombre de Barzona o Barcena; y ésta es la patria original, la más
remota patria nuestra, de la que sin duda, todos llevamos todavía
huellas en nuestra alma.
Allí vivió, mil años hace, un tal Bernardo o Bernaldo, según
la fonética bable, es decir, asturiana, que, a juzgar por su nombre
germánico, debió ser un godo de los que se refugiaron más allá
del Puerto de Pajares, cuando la invasión árabe, comenzando
casi sin demora la Reconquista. «Bernardo» significa «corazón
de oso», lo que iba muy bien entonces para aquel país asturiano
en que todavía se conserva el Ursus Arctus de la fauna originaria.
1
N/C. Manuscrito dejado a su hija María Isidra (Lily) de Cassá, antes de su
partida hacia México en 1947.
– 405 –
406
Constancio Bernaldo de Quirós
Por aquel entonces, el pueblo entero se hallaba bajo la jurisdicción del Obispo de Oviedo, quien le conservó en tal concepto
hasta que se le dio en encomienda a un descendiente del Bernaldo, cabeza del linaje, llamado en las crónicas viejas Gutiérrez
Bernaldo de Quirós.
La fecha de este suceso es la de 1314, reinando Alfonso XI,
aún en menor edad y bajo la tutela de su abuela, la benemérita
doña María de Molina.
Mas entre tanto, entre el primer Bernaldo y el Gutiérrez
de los días de Alfonso XI, ya la familia se había ilustrado en la
empresa de la Reconquista, siendo indudable que alguno de sus
miembros más destacados asistieran con cierta eficacia a la Toma
de Baeza, en Tierra de Jaén, el año de l227, acompañando al rey
Fernando III, «El Santo», pues a este famoso hecho de armas se
sabe positivamente que aluden las dos grandes llaves que figuran, como lema principal, en el escudo de la Casa, ceñido por
el cordón de San Francisco, alusivo a una de sus fundaciones
piadosas en Oviedo.
El apogeo del linaje le marca, no obstante, el propio don
Gutiérrez Bernaldo de Quirós, llamado por los historiadores de
la época «Rey Chico de Asturias» y condecorado con la Orden
de la Panda por el rey Alfonso XI, creador de ella, la más ilustre
entonces de Castilla. De la ambición megalómana del linaje dan
idea los motes o lemas de las familias derivadas de él, y entre los
cuales las más ilustres fueron las de Lena, Figaredo y Langreo,
todas en Asturias. Uno de esos motes, el más repetido, dice: «Después de Dios, la casa de Quirós». Y otro, todavía más exaltado,
añade: «Antes que Dios fuera Dios y los peñascos, peñascos, los
Quirós eran Quirós y los Velascos, Velascos».
Pero nosotros procedemos, no de esas ramas primogénitas
en la antigua organización familiar de los mayorazgos castellanos, sino de alguna de las ramas segundonas de los mismos que
debieron emigrar del país desde principios del siglo xv, buscando en otras tierras, allende de pajares, la fortuna.
Yo no he podido seguir el éxodo de esas líneas segundonas a
través de las provincias de León y Valladolid, hasta Castilla. Pero
Una pluma en el exilio...
407
sí las he hallado establecidas, desde el siglo xvi, en las provincias
de Segovia, Ávila y Madrid, a los dos lados de la gran Cordillera
Central que divide las cuencas de Duero y Tajo, y, consiguientemente, Castilla La Vieja y Castilla La Nueva.
Los Quirós de Segovia y Ávila son más antiguos que los de
Madrid y han de tener un origen común en los comienzos del
siglo xvii. Nosotros somos de los de Ávila; y de los de Segovia, los
tres hermanos Bernaldo de Quirós (Cesáreo, pintor; Carlos, jurista; y Felipe, fallecido, médico) que representan dignamente el
apellido hoy en Buenos Aires. Éstos descienden de don Cesáreo
Bernaldo de Quirós y doña Dorotea de las Heras, casados en la
parroquia de El Salvador, de Segovia, el 8 de noviembre de 1806;
y nosotros, de don Luis Leandro Bernaldo de Quirós y doña María de la Cruz Matrana, nacidos en Las Navas del Marqués (Ávila)
y casados allí hacia el mismo tiempo, acaso algo antes.
A los Quirós de la provincia de Ávila, que son los nuestros,
deben agregarse los de Robledo de Chavela, aunque ese pueblo
corresponda a la provincia de Madrid, ya que Robledo de Chavela y Las Navas del Marqués, que, en realidad, es el solar nuestro,
son pueblos limítrofes. En la plaza de Robledo de Chavela hay
una hermosa casa de piedra, sencilla y fuerte, del estilo herreriano de El Escorial, fundada a fines del siglo xvi o principios
del xvii, que lleva sobre el dintel del portal su gran piedra de
armas con los atributos de los Quirós, frente a la gran iglesia
gótica donde se conserva el retablo de uno de los «primitivos»
castellanos, Rincón, con el retrato de los Reyes Católicos.
Si en Las Navas del Marqués, que es el solar nuestro, como
he dicho antes, no existe ninguna casa con el blasón de los Bernaldo de Quirós, ello se debe al privilegio abusivo de los Dávilas,
marqueses de Las Navas, de que no pudiere alcanzar escudo
alguno simplemente hidalgo, donde campease el suyo, labrado
en la portada del gran castillo aún en pie allí, llevando en el
dintel principal la leyenda Magalia Guondam, que no deja de ser
soberbia, expresando una rápida carrera ascendente, pues significa «majada de pastores antes», lo que después fuera castillo
de señores. Pero la antigüedad de los Dávila es poca frente a la
408
Constancio Bernaldo de Quirós
de los Bernaldo de Quirós, uno de los más viejos linajes del primitivo Reino de Asturias, antecesor de los de León y de Castilla.
El Marqués de Las Navas, constructor del castillo, fue uno de los
personajes favorecidos en la Corte de Carlos I de España y V de
Alemania, el emperador o césar de la época.
Los Quirós de la provincia de Madrid, distintos de los de Segovia y Ávila, se localizan al extremo opuesto de Robledo de Chavela,
en los partidos judiciales de Torrelaguna y Alcalá de Henares, esto
es, hacia el Este, lindando con la provincia de Guadalajara.
En la iglesia del Convento de la Concepción de Torrelaguna,
patria del cardenal Jiménez de Cisneros, hay un enterramiento
con sendas estatuas orantes de don Fernando Bernaldo de Quirós y de su esposa doña Guiomar. En la parroquia de Salamanca
se lee todavía también nuestro apellido sobre landas sepulcrales
de pizarra que destacan en negro azulado en el pavimento.
En su nuevo medio geográfico y social, esto es, fuero de Asturias, en las dos vertientes de la Cordillera Central, los Bernaldo
de Quirós han sido, sobre todo, labradores y ganaderos de ovejas
y de vacas especialmente, y hasta de toros bravos, como mi primo
Agapito, de Guadarrama Cesmeros, esto es, representantes de
los pueblos de la antiquísima comunidad de la tierra de Segovia
y no menos antiguo morío de la universidad de la tierra de Ávila,
han defendido la riqueza forestal del país, aprovechándola debidamente. Muchos se dedicaron a extraer de los montes la madera, transportándola en sus carros a Madrid, a Ávila, a Segovia.
Otros fueron carpinteros, guardabosques, pastores. Sólo faltan
en el linaje los cazadores profesionales, como José Luis Bernaldo
de Quirós, de Robledo de Chavela, hábil tirador y alimañero,
colector de mamíferos y aves para el Museo Nacional de Historia
Natural, de Madrid, que le tenía a sueldo.
Pero ha habido también en los Bernaldo de Quirós de Ávila
y de Segovia, por lo menos una decidida orientación profesional
hacia las ocupaciones de pluma, expresada en algunos linajes,
durante siglos enteros, a ocupar las secretarías municipales y
judiciales de los pueblos vecinos, extendiéndose de esta suerte
por territorios relativamente amplios.
Una pluma en el exilio...
409
Así lo hizo, al comenzar el siglo xix, don Pedro Tomás, nacido en Las Navas del Marqués hacia 1788 ó 1790, a quien la invasión napoleónica alcanzó siendo secretario del Ayuntamiento
de Hoyo de Pinares (Ávila) y que tuvo la curiosidad de escribir
el diario de aquellos años de lucha, sobre todo el del terrible
1817, el año del hambre, en que la hogaza de pan llegó a pagarse a más de una onza de oro (16 duros) en cualquiera de los
pueblos del distrito de Pinares, de que es capital Cebreros, de
donde nosotros procedemos por la línea materna. El manuscrito
de ese diario le conservaba, en el propio Hoyo de Pinares, don
Luis Alonso y Bernaldo de Quirós, biznieto del autor y tío mío
por ambas líneas, habiéndome servido para el estudio La Guerra
de la Independencia en un rincón de la sierra de Ávila, que publicó la
revista madrileña La Lectura hacia 1919 y que luego se reprodujo
en el Anuario del Club Alpino Español de 1922 y poco después en
la revista Peñalara.
Lo mismo que don Pedro Tomás hizo su sobrino, mi bisabuelo,
don Luis Leandro, natural así mismo de Las Navas del Marqués,
ocupando la Secretaría del Ayuntamiento de Peguerinos, pueblo
inmediato donde edificó su casa en 1836 y donde acabó su vida, dejando como sucesor en aquel puesto y en la Secretaría del Juzgado
Municipal a su hijo Sinforoso, mi abuelo. La referida casa estaba
en la parte baja, calle De La Posada, mirando a pleno mediodía,
como casi todas las de aquel pueblo polar, a más de 1,300 metros
de elevación, entre las sierras de Guadarrama y de Malagón, ésta
al Norte y al Sur aquella. La casa debe conservarse aún; y en 1926
el Ayuntamiento de Peguerinos hizo colocar en su fachada una
lápida haciendo constar que yo me había criado en ella.
Timoteo, hijo de Sinforoso y hermano de mi padre, Juan
Bernaldo de Quirós, le sucedió hasta 1923, en que, a su vez,
murió. Nicasio, hermano de Sinforoso, fue así mismo Secretario
del Ayuntamiento de Zarzalejo (provincia de Madrid), no lejos
de Peguerinos. Isidoro Bernaldo de Quirós, primo de Sinforoso
y de Nicasio, desempeñó hasta el fin de su vida la Secretaría del
Ayuntamiento de Santa María de la Alameda (provincia de Madrid), que linda con Peguerinos y Las Navas del Marqués.
410
Constancio Bernaldo de Quirós
Mi padre, Juan, hijo de Sinforoso, y su primo Fermín, hijo
de Nicasio, fueron secretarios judiciales. Y yo mismo también,
más de una vez, fui secretario: ya de la Comisión Interina de
Corporaciones Agrícolas (entre 1928 y 1930), ya en 1931-1932
de la Comisión Técnica Agraria que preparó la Ley de Reforma
Agraria de la Segunda República; sin contar otras secretarías
accidentales que también he desempeñado.
La sistematización en esos servicios llega hasta mi hijo Juan, y
aún a mi otro hijo Constancio, aunque en menor grado, habiendo durado, por más de un siglo, sin solución de continuidad, en
nuestra línea.
Fuera de las dos Castillas, pero sin salir todavía de España,
he encontrado Bernaldo de Quirós en Córdoba y Puente Genil,
que pertenece a la provincia misma de Córdoba (Andalucía), en
Liria (Valencia) y en Barcelona (Cataluña).
C. B. de Q.
Ciudad Trujillo, 29 junio 1947
Renuncia de la Universidad
de Santo Domingo
Ciudad Trujillo, 5 de abril de 1947.
Sr. Dr. Oscar Robles Toledano,
Vicerrector de la Universidad de Santo Domingo,
Ciudad
Muy distinguido amigo y Vicerrector:
Al comenzar el trimestre del curso, debo comunicarle a usted, con tiempo suficientemente hábil, mi propósito de dar por
terminado el compromiso que tengo con la Universidad desde
1940.
Deseo, sobre todo, que mi determinación, que es decidida,
no pueda ser mal interpretada. No se trata de pretender por vía
indirecta una elevación de sueldo, que siempre acepté, cualquiera que fuera, considerándome bien pagado. Ni tampoco depende de disgusto ninguno, que jamás me alcanzó en el interior de
la Universidad, donde viví siete años inasequibles a ellos, como
en un asilo sagrado. Es, sencillamente, que me encuentro viejo,
gastado, próximo a cumplir los 74 años, necesitado de reposo, al
lado de mis hijos, la mayoría de los cuales logró irse reuniendo,
poco a poco, en México, donde viven, con los suyos respectivos,
mis nietos.
Allá irá, a México, conmigo, mi gratitud a la Universidad de
Santo Domingo y así mismo a todos y a cada uno de sus maestros,
– 411 –
412
Constancio Bernaldo de Quirós
singularmente de las Facultades de Derecho y Filosofía, a que
pertenecí, sin olvidar a los funcionarios administrativos y hasta
a los subalternos, de todos los cuales he merecido siempre sus
buenos servicios respectivos.
Cuanto a los estudiantes, yo tendré mucho gusto en expresarles mi reconocimiento por la atención con que me escucharon, luego que reciba la aceptación de mi dimisión por parte de
usted.
Ruego a usted, pues, señor Vicerrector, que trasmita esta
estancia mía y que me comunique la aceptación de mi renuncia
con tiempo bastante para preparar mi viaje, bien pasados los
exámenes, bien, a juicio de usted y, al 30 de septiembre, si fuere
preciso atender a los alumnos que me tienen designado como
padrino de tesis para su investidura de doctores.
De usted siempre atento amigo y seguro servidor que le reitera su consideración y afecto.
Constancio Bernaldo de Quirós
Despedida en la Universidad1
Me es grato despedirme de mis alumnos de la Universidad de
Santo Domingo, Primada de América, dejándoles la impresión
de mi propia voz, para que completen con ella mi retrato, ya que
la palabra de una persona forma parte también de su fisonomía,
tal como ha demostrado mi querido amigo, compatriota y exiliado como yo, don Tomás Navarro Tomás, que, con razón, pasa
por tener máxima autoridad en materia de fonética.
Durante siete años y medio he levantado mi voz en las aulas
de la Universidad de Santo Domingo, hablando unas veces de
criminología, otras de legislación penal comparada y alguna,
bien que bastante menos, de sociología general.
Creo que pasan de mil doscientas mis lecciones, que a cincuenta minutos de duración, según son reglamentariamente,
representan más de mil horas, o sea, cuarenta y dos días aproximadamente, de plática. Entre tanto, el número de mis alumnos
estimo que excede de cuatrocientos, y acaso llegase a medio
millar, contando, además los meros oyentes circunstanciales.
La más perfecta armonía ha reinado siempre entre nosotros,
sin ningún rozamiento, que rompiera o entibiara momentáneamente nuestra relación. La atención con que me han escuchado
1
N/C. Palabras de despedida durante el acto que hiciera la entonces «Universidad de Santo Domingo», el 15 de julio de 1947, en ocasión de su
partida definitiva hacia México.
– 413 –
414
Constancio Bernaldo de Quirós
siempre, el interés con que me han entendido, los considero
ejemplares y son sin duda virtudes propias de ellos, toda vez que
yo no puedo jactarme de merecerlas en tan alto grado.
Por otra parte, paralela con estas virtudes, corren en el estudiantado dominicano, según yo creo haber podido observar, la lucidez
en el ingenio y la facilidad de la respuesta, convertida ésta a menudo
en una pregunta oportuna, no raras veces desconcertante.
En diversos aspectos de su intelectualidad, el alumno dominicano soportaría el parangón con cualquier otro del hemisferio
opuesto, aunque flaqueara en otro, que el fruto lentamente maduro de una cultura enteramente madura, de una cultura tres
veces milenaria. Pero las comparaciones, como odiosas que son
siempre, deben evitarse en cuanto sea posible.
Merece especial mención ahora la participación de la mujer
dominicana en los estudios jurídicos. He hallado en la Universidad de Santo Domingo un porcentaje muy considerable de
elemento femenino, que relativamente supera al que me era
conocido en el Viejo Mundo. Ello me parece muy útil y provechoso. Es hora de que las mujeres de las clases media y elevada
de la sociedad, se asomen a las ciencias jurídicas y sociales, desde
las cuales, y especialmente aquellas que más interesan a su sexo,
se presentan con una crudez de caracteres, alto distintas de las
que muestran en falacias deplorables, la poesía sentimental azul
y la novela rosa en que, al cabo, todo acaba felizmente.
Para volver a la dura realidad, al horrible desnudo de la verdad, nada mejor que el Derecho civil y el Derecho penal: al uno,
el primero, todo cuestión de intereses y dinero; el otro, todo
lágrimas, sudor, sangre.
Apruebo, por tanto, la actitud de las jóvenes dominicanas
matriculándose, con decidida inclinación, en la Facultad de Derecho y prefiriéndola a la de Filosofía, que es mucho menos de
batalla que aquella, más para los temperamentos y los tiempos
imbeles, en que pueden intervenir los temas de gramática, de
retórica, de mera erudición sin consecuencia. Esos tiempos imbeles no son los nuestros precisamente, en que tocan arrebato
las campanas y las trompetas de los cuatro vientos.
Una pluma en el exilio...
415
Sólo tendré que añadir, para dejar este tema, que si buenos
son los estudiantes masculinos dominicanos, no se quedan detrás, y ellos lo reconocerán gustosos, sus compañeras de sexo
contrario, que adornan las aulas con su gracia, su alegría y su
inteligencia.
Casi no tengo ya nada más que añadir, a no ser presentar a
mis alumnos, a quienes particularmente me dirijo, mis excusas
sinceras por las deficiencias y limitaciones en que haya incurrido
dictando mis cátedras.
He expuesto aquí la Criminología, que es, sobre todo, la
preferencia con todo el interés, más aún, el entusiasmo que ha
puesto siempre en sus lecciones aquel que como yo, cree en la
virtud del acto entusiasta, de cualquier clase que sea.
He dicho, pues, mi asignatura, lo mejor que he podido, sin
callar ni ocultar nada de lo que vengo aprendiendo en cincuenta
largos años de estudios, desde 1895 en que me iniciara en la Criminología y en el Derecho penal con don Francisco Giner de los
Ríos y don Rafael Salillas, mis excelsos maestros muertos, a quienes elevo en esta ocasión un recuerdo agradecido y piadoso.
Espectador asiduo de una ciencia que he visto nacer; cultivador incansable de ella, puedo jactarme de no haber incurrido
en omisiones importantes en cuanto se refiere a la producción
científica anterior a 1936: año de nuestra desgraciada guerra, así
en la primitiva fase lombrosiana como en los rejuvenecimientos
sucesivos logrados después con la endocrinología, la biotipología
y la psicología profunda del psicoanálisis y la psicología individual, que simbolizan los nombres de Pende, de Kretschmer, de
Freud y de Adler.
Desgraciadamente, no puedo decir otro tanto de la producción posterior a aquel año fatal, y, sobre todo, de 1940, en que
abandoné Europa, bien poco propicia entonces y desde entonces
para las investigaciones en este linaje de ciencias.
De todas suertes, aún en estas condiciones adversas, el caudal
de la producción científica es tan copioso siempre, en libros, en
revistas, en congresos, en conferencias, que sólo puede atenderle
y seguirle convenientemente un hombre situado en condiciones
416
Constancio Bernaldo de Quirós
favorables que yo no podría conseguir. En este sentido es en el
que yo pido indulgencia, seguro de obtenerla: tan justas son las
causas. Me prometo, además, reparar los olvidos, las omisiones
en que haya podido incurrir, ahora que la suerte me depara el
privilegio de situarme en condiciones mejores.
Deseo ardientemente que mis antiguos alumnos de Santo
Domingo luchen honradamente y con éxito en el combate por
el Derecho, que es su suprema misión, como la lucha por la salud es la del médico.
Que sean, además, felices personalmente, más felices que
yo mismo, aunque en el fondo, no pueda sentirme totalmente
desgraciado; entre otras cosas, por haberlos conocido y ayudado,
por haberme interesado en la evolución de su propia patria, la
generosa República Dominicana, que es también un poco la patria mía, si se me consiente este privilegio.
Que sean dichosos, pues, y que entre tanto, recuerden alguna
vez al que les dirige ahora sus últimas palabras: el viejo y pequeño republicano español, exiliado de su tierra natal, que habló
entre ustedes durante siete años largos, del delito y de la pena,
la inmortal pareja, con tal interés y emoción, y con las mejores
intenciones siempre, ya que no siempre con cabal acierto.
El Nacional de ¡Ahora!,
14 de noviembre de 1971.
Índice artículos publicados
Periódico La Nación
1940
17 de marzo. «Remember».
1943
21 de mayo. «La picota de Santo Domingo».
1944
21 de septiembre. «El culto de las montañas».
2 de octubre. «La sangre acusadora».
14 de octubre. «El que mató a Prim».
27 de octubre. «Sobre las estadísticas del suicidio».
3 de noviembre. «El sultán de las Tolba».
13 de noviembre. «Drama entre cómicos»
24 de noviembre. «Isabel y Diego».
30 de noviembre. «La noche de Capricornio».
9 de diciembre. «Pequeña historia anecdótica del puerto de
Guadarrama I».
– 417 –
418
Constancio Bernaldo de Quirós
15 de diciembre. «Pequeña historia anecdótica del puerto de
Guadarrama II».
21 de diciembre. «Lagartijo».
27 de diciembre. «La Mesta».
30 de diciembre. «La calavera de don Luis de Góngora».
1945
6 de enero. «Alpinismo».
13 de enero. «La casa de Cervantes en Valladolid».
19 de enero. «Una noche de Espronceda».
29 de marzo. «La señal del estudiante».
14 de abril. «A propósito de La gloria de don Ramiro».
28 de mayo. «Sierra Morena».
12 de junio. «La ruta del arcipreste de Hita».
18 de junio. «Las veladas de Gredos».
25 de junio. «Gitanos de España I».
2 de julio. «Gitanos de España II».
10 de julio. «Gitanos de España III».
16 de julio. «La montería del rey Alfonso XI».
27 de julio. «Diego Corrientes o el Bandido Generoso I».
2 de agosto. «Diego Corrientes o el Bandido Generoso II».
13 de agosto. «Las fuentes del Genil».
20 de agosto. «Un nuevo código de defensa social».
25 de agosto. «Excursionismo dominicano».
Primer Congreso de Procuradores
en la República Dominicana, Tomo III.
1940
«Criminología dominicana».
Una pluma en el exilio...
419
Revista Jurídica Dominicana
1941
Enero. «El asilo diplomático de los Imbeles». Vol. III, Núm. I.
1942
Junio. «Criminalidad femenina». Vol. IV, Núm. I.
Boletín del Archivo General de la Nación
1942
Agosto. «Penalidad en el Código Negro de la isla Española». Año
5, Núm. 23, Vol. 5.
Periódico La Opinión
1943
24 de abril. «Calderón en Madrid».
Revista La Libanesa
1943
15 de octubre. «El Oriente en España: Andalucía y Marruecos».
Año I, Núm. 4, noviembre 15; año I, Núm. 5, diciembre 25;
y año I, Núm. 6.
420
Constancio Bernaldo de Quirós
1944
20 de julio. «Almanzor en Gredos». Año II, Núm. 12.
Cuadernos Dominicanos de Cultura
1943
Noviembre. «Hachas de piedra y piedras de Águila». Núm. 3.
1944
Agosto. «Comegente, el monstruo sádico». Núm. 12.
Revista Rumbo
1944
Marzo. «Enrique de Mesa». Núm. 4.
Revista La palabra de Santo Domingo
1945
Enero. «Los crímenes gemelos». Vol. 3, año V.
Revista Renovación
1945
«El Madrid de Misericordia de Galdós en mis recuerdos personales». Año VIII, Núm. 57 de enero-febrero de 1945; año IX,
Núm. 58, de marzo de 1945; y año IX, Núm. 59.
Una pluma en el exilio...
421
Revista Juventud Universitaria
1945
Marzo. «El Estudiante de Salamanca».
Anales de la Universidad de Santo Domingo
1940
Julio-diciembre. «Los bandidos de España». Vol. IV, Fascs. III-IV.
1946
Enero-junio. «Criminología y Derecho penal en Cuba y México».
Vol. X, Núm. 37-38.
Julio-diciembre. «Los delitos de las mujeres». Vol. XI, Núm. 39-40.
1947
Enero-diciembre. «Figuras delincuentes en El Quijote». Vol. XII,
Núm. 41-44.
Periódico El Nacional de ¡Ahora!
1971
14 de noviembre. «Despedida de la Universidad».
422
Constancio Bernaldo de Quirós
Artículos de fuente y fecha
desconocidos, o que no se publicaron
Mi doble centenario.
El mejor español que quiso pasar a Indias.
Los Bernaldo de Quirós.
Renuncia de la Universidad de Santo Domingo.
Obras publicadas1
Obras impresas
Las nuevas teorías de la criminalidad, Madrid, Reus, 1898. La segunda edición se publicó en 1908 y fue prologada por el Dr.
Paul Von Näcke. Traducida al inglés por Alfonso de Salvio,
The modern criminal science series, Londres, Heineman Co. y
Boston, Little and Brown, 1911, prologada por Dr. John H.
Wigmore. El segundo capítulo, «La sociedad criminal», fue
traducido al húngaro por el Dr. Ladislao Thotdebreczen,
1899. También se publicó en La Habana, 1946, Biblioteca
Jurídica de Autores Cubanos y Extranjeros. Última edición,
Madrid, Editora Reus, 1948.
La mala vida en Madrid, en colaboración con José María Llanas
Aguilaniedo, Madrid, Bernardo Rodríguez Serra, 1901.
Traducida al alemán, Verbrechertun und prostitution im Madrid, prólogo de César Lombroso, Berlín, 1909. Reeditada
con prólogo de José Manuel Revert e introducción de Luis
1
Fuentes de la bibliografía: Estudios a la memoria de don Constancio Bernaldo
de Quirós, México, 1960; Luis Marco del Pont K., Los Criminólogos (los fundadores, el exilio español), México, Universidad Autónoma Mexicana, 1986;
Constancio Bernaldo de Quirós, Sierra Nevada, Granada, Colección Sierra
Nevada y La Alpujarra, 1993; Constancio Bernaldo de Quirós, Obras del
Guadarrama, Madrid, Comunidad de Madrid y la Real Sociedad Española
de Alpinismo Peñalara, 2003.
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424
Constancio Bernaldo de Quirós
Maristany del Rayo, Zaragoza, Instituto de Estudios Altoaragoneses, 1998.
El alcoholismo, Barcelona, J. Gili, 1903.
Alrededor del delito y de la pena, Madrid, Vda. de Rodríguez Serra,
1904.
Peñalara, Madrid, Vda. Rodríguez Serra, 1905. Reedición de Productora de Ediciones El Museo Universal, Madrid, 1992.
Criminología de los delitos de sangre en España, Madrid, P. Apalategui, 1906.
Figuras delincuentes, con ocho reproducciones de antiguos rollos jurisdireccionales, Madrid, J. Góngora Álvarez, 1906.
Vocabulario de Antropología Criminal, Madrid, Editorial Internacional, 1906.
La Picota, crímenes y castigos en Castilla en los tiempos medios, Madrid,
Victoriano Suárez, 1908.
Guía Alpina de Guadarrama, Madrid, 1909.
El doble suicidio por amor, estudio médico-filosófico. 1897-1910, Madrid, Vda. de Rodríguez Serra, 1910.
Teoría del Código Penal, en colaboración con Álvaro Navarro de
Palencia, Alcalá de Henares, Imprenta del Reformatorio,
1911.
«Derecho penal», Manual del Derecho usual, Madrid, La Lectura,
1913. Reediciones de Editora Reus, 1926 y 1934.
Peñalara, revista que fundó en 1913 y dirigió hasta el número
100, donde publicó numerosos trabajos.
Bandolerismo y delincuencia subversiva en la baja Andalucía, Madrid,
Imprenta de Fortanet, 1913. Reeditada en Sevilla, Editora
Renacimiento, 1992.
Yebala y el Bajo Lucus, en colaboración con Ángel Cabrera Latorre,
Juan Dantín Cerezeda y Lucas Fernández Navarro, Madrid,
Sociedad Española de Historia Natural, 1914.
Guadarrama, Madrid, Museo Nacional de Ciencias Naturales,
Serie Geológica, Fortanet, 1915.
Una supervivencia paleolítica en la psicología criminal de la mujer,
Madrid, Publicaciones de la Comisión de Investigaciones
Paleontológicas y Prehistóricas, 1916.
Una pluma en el exilio...
425
El espartaquismo agrario andaluz, Madrid, Editora Reus, 1919. Reediciones de Halcón, 1968, y Turner, 1974.
La emigración obrera en España después de la guerra, Madrid, Sobrinos de Suc. de Minuesa de los Ríos, 1920.
El contrato colectivo de trabajo de la plana. Temporada naranjera de
1920-21, en colaboración con Vicente Almela Mengot, Madrid, Sobrinos de Suc. de Minuesa de los Ríos, 1921.
«La Pedriza del Real Manzanares», en Anuario del Club Alpino
Español, Madrid, 1921. Reeditado por Comisaría Regia del
Turismo y Cultura Artística, Madrid, 1923.
El problema de los foros en el noroeste de España, en colaboración
con Francisco Rivera Pastor, Madrid, Instituto de Reformas
Sociales, 1922.
La «rabassa morta» y su reforma, en colaboración con José Aragón
Montejo, Madrid, Instituto de Reformas Sociales, 1923.
Sierra Nevada, Comisaría Regia del Turismo y Cultura Artística,
Madrid, Vicente Rico, 1923. Reedición de Caja General de
Ahorros, Granada, España, 1993.
Alpinismo, Barcelona-Madrid, Serie Manuales Deportivos, EspasaCalpe, 1923.
Comisaría Regia del Turismo: Alpinismo en España, Madrid, Vicente
Rico, 1926.
«La Colonización del Guadarrama», en Revista de Política Social,
Madrid, 1927. Reproducido en Boletín de la Institución Libre de
Enseñanza, octubre-diciembre de 1928; y en Revista Peñalara,
octubre-diciembre de 1929.
Los derechos sociales de los campesinos, Madrid, Colección Marva,
1928.
Los Reyes y la colonización interior de España, Madrid, Ministerio de
Trabajo, 1929.
Guía de los Sitios Naturales de Interés Nacional, Sierra de Guadarrama,
Madrid, 1931. Reeditada por Organismo Autónomo Parques Nacionales del Ministerio de Medio Ambiente, Madrid, 2000; y por
Real Sociedad Española de Alpinismo Peñalara, Madrid, 2001.
Derecho penal: Adaptado al programa de Judicatura, Madrid, Editorial
Reus, 1931.
426
Constancio Bernaldo de Quirós
Derecho social, Madrid, Editora Reus, 1932.
Programa de la asignatura de Política Social Agraria, Madrid, Sobrinos de Suc. de Minuesa de los Ríos, 1935.
Criminología del campo andaluz: el bandolerismo en Andalucía, en colaboración con Luis Ardila, Madrid, Revista de Policía, 1933.
Reediciones de Turner en 1973, 1978 y 1988.
Gredos, Madrid, Comisaría Regia del Turismo y Cultura Artística,
Cursillo de Criminología y Derecho penal, Ciudad Trujillo, Universidad de Santo Domingo, 1940.
Lecciones de Legislación penal comparada, Ciudad Trujillo, Universidad de Santo Domingo, 1944.
La picota en América. Contribución al estudio del Derecho penal indiano, La Habana, Editor Jesús Montero, 1948.
Panorama de Criminología, Puebla, México, Editorial José M. Cajica Jr., 1948.
Derecho penal (parte general) y Derecho penal (parte especial), Puebla,
México, Editorial José M. Cajica Jr., 1948.
Criminología, Puebla, México, Editorial José M. Cajica Jr., 1949.
Segunda edición en 1955.
Nuevas noticias de picotas americanas, La Habana, Editor Jesús
Montero, 1952.
«ABC del agente policía», en Memoria de 1945-51 de la Procuraduría General de Justicia del Distrito y Territorios Federales, 1952.
Lecciones de Derecho penitenciario, México, Imprenta Universitaria,
1953.
El bandolerismo en España y en México, México, Editorial Jurídica
Mexicana, 1959.
Prólogos y epílogos a libros publicados
Vagabundos de Castilla, de Juan Díaz Canejas, Madrid, Editorial
Reus, 1903.
El Código penal de 1870, de Francisco Hidalgo, Madrid, Editorial
Reus, 1911.
Una pluma en el exilio...
427
Más allá del Atlántico, de Luis Ross Mújica, Valencia, España, Sempere, 1909.
La Sentencia Indeterminada, de Luis Jiménez de Asúa, Madrid,
Editorial Reus, 1913.
Libro del bastón de la muy noble y leal ciudad de Ciudad Rodrigo, Madrid, Ministerio de Trabajo, 1919.
Naturaleza y función del Derecho, de Pedro Dorado Montero, Madrid, Editorial Reus, 1920.
El crimen de la Gran Vía, de César González Ruano, Madrid, Editorial Justicia, 1929.
Paisaje y acento, de José Forné Farreres, 1943.
Delincuencia infantil y código del niño dominicano, de Sócrates Barinas Coiscou, Ciudad Trujillo, 1944.
La psicología al alcance de todos, de Ángel Pingarrón Hernández,
1944.
Las personas jurídicas y su responsabilidad criminal, de M. A.
D´Estéfano Pisani, La Habana, Editor Jesús Montero, 1946.
Traducciones a libros publicados
Los derechos sobre la persona propia, de Valerio Campogrande, traducción del italiano, Madrid, Revista Legislación, 1896.
Los delincuentes en el arte, de Enrique Ferri, Madrid, Librería de
Victoriano Suárez, 1899.
El delito, sus causas y remedios, de Cesar Lombroso, traducción del
italiano, Madrid, Victoriano Suárez, 1902.
Lucha de sexos, de Pío Viazzi, Madrid, traducción en colaboración
con José María Llanas Aguilaniedo, 1902.
La transformación del delito en la sociedad moderna, de Alfredo Nicéforo, Madrid, traducción del italiano, Victoriano Suárez,
1902.
Guía para el estudio y la enseñanza de la Criminología, de Alfredo Nicéforo, Madrid, traducción del italiano, Viuda de Rodríguez
Serra, 1904.
428
Constancio Bernaldo de Quirós
Paleontología criminal, de Vicente Manzzini, Madrid, Viuda de
Rodríguez Serra, 1905.
La Venus de las pieles, de Leopoldo Sacher Masoch, Madrid, Editor
Francisco Beltrán, 1907.
Las influencias del Derecho civil en el Derecho penal, de J. Guarnieri,
Puebla, México, Editorial Cajica, 1952.
Las partes en el proceso penal, de J. Guarnieri, Puebla, México, Editorial Cajica, 1952.
Criminología, de Alfredo Nicéforo, Puebla, México, Tomos I al VI,
Editorial Cajica, 1955.
El yo profundo y sus máscaras, de Alfredo Nicéforo, Puebla, México,
traducción del italiano, Editorial Cajica, 1956.
El contrato social o principios del Derecho político, de Jean Jacques
Rousseau, México, Editorial Cajica, 1957.
Tratado de los delitos y de las penas, de César Beccaria, México, Editorial Cajica, 1957.
Bibliografía general
Álbum del Centenario de la República Dominicana. La Habana, Artes
Gráficas, S. A., 1944.
Barinas Coiscou, Sócrates. Delincuencia infantil y código del niño
dominicano. Ciudad Trujillo, 1944.
Bernaldo de Quirós, Constancio. Cursillo de Criminología y Derecho
penal. Ciudad Trujillo, 1940.
_______. Lecciones de Legislación penal comparada. Ciudad Trujillo,
1944.
_______. Obras del Guadarrama. Madrid, Comunidad de Madrid y
la Real Sociedad Española de Alpinismo Peñalara, 2003.
_______. Sierra Nevada, Colección Sierra Nevada y La Alpujarra.
Granada, 1993.
Del Pont K., Luis Marco. Los Criminólogos. Los fundadores, el exilio
español. México, Universidad Autónoma Mexicana, 1986.
El alpinismo en República Dominicana. Ciudad Trujillo, Ml. De Js.
Tavares, Sucs., C. por A., 1948.
Estudios a la memoria de don Constancio Bernaldo de Quirós. México,
1960.
Forné Farreres, José. Paisaje y acento. Ciudad Trujillo, 1943.
Gardiner, Clinton Harvey. La política de inmigración del dictador
Trujillo. Santo Domingo, Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña, 1979.
González Lamela, María del Pilar. El exilio artístico español en el Caribe: Cuba, Santo Domingo y Puerto Rico, 1936-1960. La Coruña,
Galicia, 1999.
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Larrazábal Blanco, Carlos. Familias dominicanas. Vol. X, tomo
I, Santo Domingo, Academia Dominicana de la Historia,
1967.
Llorens, Vicente. Memorias de una emigración, Santo Domingo 19391945. Barcelona, 1975.
Pingarrón Hernández, Ángel. La psicología al alcance de todos. Ciudad Trujillo, 1945.
Primer Congreso de Procuradores en la República Dominicana. Tomo
III, Ciudad Trujillo, Editorial La Nación, 1940.
Rodríguez Demorizi, Emilio. Del Romancero Dominicano. Barcelona, 1979.
Vega, Bernardo. La migración española de 1939 y los inicios del Marxismo-Leninismo en la República Dominicana. Santo Domingo,
Fundación Cultural Dominicana, 1984.
Revistas, periódicos y boletines:
Revista La Libanesa
Revista La Palabra de Santo Domingo
Revista Jurídica Dominicana
Revista Juventud Universitaria
Revista Renovación
Revista Rumbo
Periódico La Opinión
Periódico La Nación
Periódico El Nacional de ¡Ahora!
Boletín del Archivo General de la Nación
Anales de la Universidad de Santo Domingo
Cuadernos Dominicanos de Cultura
Índice onomástico
A
Abaunza, Antonio 234, 326
Abd el Malek, Muley 109
Abenhumeya 61
Aboó, Aben 61
Abreu, Joel 15
Abrevanel 269
Adán 69-72, 217, 359
Ageloff, Berta 334-335
Ageloff, Silvia 334-335
Alarcón 96, 270
Alberto 218, 399
Alcalá Zamora, Niceto 276
Alda 176
Aldara 176, 258
Alegría, Ciro 340
Alenza, Leonardo 217, 363
Alfau Bustamante, Felipe 107
Alfau del Valle, Salvador 15
Alfau del Valle, Vetilio 15
Alfau, Felipe (general) 107
Alfonso V de Aragón, «El
Magnánimo» 270
Alfonso X, «El Sabio» 111, 176, 193,
290
Alfonso XI 10, 55, 104, 194-195, 259,
279-280, 283, 406, 418
Alfonso XII 276
Alfredo, Nicéforo 188, 326, 427-428
Alguacil, Diego 281
Alighieri, Dante 70, 200, 208, 259,
349
Almanzor, «el victorioso de Dios» o
«el azote de Dios» 58, 125-127,
166, 261, 263-265, 420
Almoina Mateo, José 30
Alonso y Bernaldo de Quirós, Luis
409
Álvarez Quintero, Joaquín 285
Álvarez Quintero, Serafín 285
Alloza, José 23, 97-100
Amézquita, Pablo (sacerdote) 21,
129-134
Anckarstroem 337
Andrea 228
Anselmo 341
Antonini 374
Aranda (Conde) 45
Ardila, Luis 289, 426
Arenal, Concepción 276, 319
Argüelles, Benjamín 332
Argüelles, Francisco (licenciado) 326
Arias, Pedro 171
Aristófanes 155
Aristóteles 103
Artemio del Valle, Arizpe 171
Asmodeo 150
Augusto 50-51
Auñón, Tomás (arquitecto) 23, 31
Averroes (filósofo, físico, naturalista)
103
Aymon, Alardo 120
Aymon, Guiscardo 120
Aymon, Reinaldo 120
Aymon, Ricardo 120
– 431 –
432
Constancio Bernaldo de Quirós
Azaña, Manuel 119, 270
B
Bakúnin 74
Balaguer Bernaldo de Quirós, Luis
13, 24
Balaguer, Higinia 231
Balaguer, Luis 24
Balmat, Santiago 209, 307
Balseiro (teniente) 216, 269
Barinas Coiscou, Sócrates 10, 393394, 429
Baroja, Pío 15, 210, 230, 271, 273
Baroja, Ricardo 230
Baroja, Serafín 271
Barrera B., Jaime 350
Barrés, Mauricio 249
Baudelaire, Charles Pierre 208
Bayo, Ciro 86
Beals, Carleton 141
Beccaria, Cesare 87, 319, 372, 428
Bécquer, Gustavo Adolfo 218, 338
Béjar (Duque de) 282
Belarroche 184
Belda, Joaquín 230
Ben Fáraj, Fáraq 61
Benameji (Marqués de) 190
Benavides 341
Benigno (Marqués) 212, 261
Bernad Gonzálvez, Antonio «Tony»
22-23, 32
Bernaldo 405
Bernaldo de Quirós Vda. Cassá,
María Isidra «Lily» 13, 15, 24, 28,
30, 405
Bernaldo de Quirós Villanueva, Clara
24
Bernaldo de Quirós Villanueva,
Constancio 13, 18, 24, 31, 47,
146, 337, 410
Bernaldo de Quirós Villanueva,
Isabel 18, 24
Bernaldo de Quirós Villanueva, Juan
13, 410
Bernaldo de Quirós Villanueva, Julia
África 13, 24, 108
Bernaldo de Quirós, Agapito 408
Bernaldo de Quirós, Carlos (jurista)
407
Bernaldo de Quirós, Cesáreo (pintor) 407
Bernaldo de Quirós, Cotete 13, 30
Bernaldo de Quirós, Felipe (médico)
407
Bernaldo de Quirós, Fermín 410
Bernaldo de Quirós, Fernando 408
Bernaldo de Quirós, Fernando
Martín 234
Bernaldo de Quirós, Gutiérrez «Rey
Chico de Asturias» 406
Bernaldo de Quirós, Isidoro 409
Bernaldo de Quirós, José Luis 408
Bernaldo de Quirós, Juan 409-410
Bernaldo de Quirós, Luis Leandro
407, 409
Bernaldo de Quirós, Nicasio 409-410
Bernaldo de Quirós, Pedro Tomás
409
Bernaldo de Quirós, Sinforoso 409410
Bernaldo de Quirós, Timoteo 409
Bernardo 405
Besteiro, Julián 18, 400
Billini, E. 97, 99
Bizet, Georges 271, 273
Blasco Ibáñez, Vicente 232
Blasco, Francisco 232, 326
Blázquez, Alonso 248
Blázquez, Beatriz 248
Boabdil 59-60
Bobea (hermanos) 129
Bohigas 360
Bompard, Gabriela 352
Bonaparte, José 227
Bonaparte, Napoleón (emperador)
183-184
Bonilla Atiles, P. P. 42
Borbones (los) 150, 263
Borroto, Aníbal 312
Borrow, Jorge «Jorgito el Inglés» 46,
216, 267-270, 272-273
Bravo, Diego 55, 281
Bretcko Brechkoskaia, Catalina «la
abuela de la revolución» 74
Brinvilliers (Marquesa de) 351
Brunelo 374
Buda (santo, maestro) 74, 218, 359
Una pluma en el exilio...
Buonarroti, Miguel Ángel 70
Byron (Lord) 209
C
Caballero, Fermín 376
Cabarrús, Teresita «la Notre Damme
de Thermidor» 234
Cabrera, Ángel 102, 424
Calderón de la Barca, Pedro 9, 71,
93-94, 419
Calderón Serrano, Ricardo 336
Calderón, Alfredo 397-398
Calderón, Rodrigo 177
Camargo, César 134, 137
Camoens 91
Canalejas, José 399
Candelas, Luis 50, 216-217, 269, 374
Cantos, Matilde 230
Caratini, Gloria Inés 25
Cárdenas Hernández, Gregorio
«Goyito» 21, 324-325, 327-330
Carlos I «Carlomagno» 120
Carlos I de España 408
Carlos II 94
Carlos III 45, 47, 57, 91, 150, 181,
268, 274, 286, 290, 370, 375
Carlos IV 182
Carlos V de Alemania 408
Carmen 271-273
Carmonán 79
Carnicero, Dionisio 295
Caro, Néstor 20
Carrancá Trujillo, Raúl (doctor) 335,
338-339
Carrara, Mario 234
Carteret, Grand 209
Casanova 46
Casasnova, Lorenzo (hijo) 22
Cassá Logroño, José 24
Cassá Valdés, José Ramón 15
Castejón, Federico 292
Castellanos, Israel (doctor) 43, 313315, 321, 332
Castellanos, Luis 315
Cavallo García, Diego (abogado) 77,
350
Cenci, Beatriz 75-77, 349-350
Ceniceros, José Ángel 342
433
Clement, Jacques 337
Clemente VIII 349
Clitemnestra 353-354
Coello 176, 182
Colocci, Adrián 267, 275-276
Colón, Cristóbal (almirante) 91, 97,
99, 130, 161, 163, 222, 306
Comegente, el monstruo sádico 9,
21, 129-137, 161, 420
Conde Pausas, Narciso 14
Constanza 212-213
Cooke, Wythe 167
Coolidge 209
Coracota 49, 51-52, 54, 289
Cordero Michel, Emilio 129
Cordero, Walter 15
Corrientes, Diego «El bandido generoso» 10, 21, 51, 80, 285-292, 378, 418
Cortés, Hernán 323, 339, 386
Cortón, Carmen 398
Cossío, Francisco 398
Cossío, Manuel Bartolomé 397-398
Costa, Joaquín 46, 194, 399
Crisóstomo 145, 341, 376-377
Cuello Calon, Eugenio 228, 365
Curti, Segundo 318
Chapa, Ester (doctora) 326
Chateaubriand, François René 209
D
D´Annunzio, Gabriel 155
D’Estéfano Pisani, Miguel A. 320,
342, 427
Da Vinci, Leonardo 70, 208
Dantín Cereceda, Juan 102, 424
Darwin, Charles Robert 190, 196
Daudet, Alfonso 210
De Alarcón, Pedro Antonio 60, 173,
270
De Asís, Francisco «El Cristo de la
Edad Media» (santo) 180, 406
De Azcárate, Gumersindo 398
De Berceo, Gonzalo 122, 185
De Bonnefon, Juan 233
De Borbón, María Cristina 267
De Bruna y Ahumada, Francisco «El
señor del Gran Poder» 52, 80,
286-290
434
De Caso, José 399
De Castro, Alfonso 300
De Castroverde, Jorge Alfredo (doctor) 312-314, 320, 342
De Cervantes Saavedra, Andrea 212213
De Cervantes Saavedra, Magdalena
212-213
De Cervantes Saavedra, Miguel 10,
17, 61, 63, 91, 94, 145-146, 211212, 214, 216,
243, 261, 267, 273, 277, 359, 369-371,
373, 376, 378-379, 385-386, 418
De Cervantes, Isabel 212-213
De Cetina, Gutierre 145-146, 340
De Córdova, Federico (doctor) 316,
318, 342
De Chamonix, Paccard (doctor) 209
De Chavacier, Jusepe Leonardo 247
De Chaves, Cristóbal (licenciado)
372
De Elea, Zenón 322
De Emparán y Orbe, Agustín 80, 83,
87, 90-91
De Ercilla, Alonso 316
De Espeleta, Gaspar 214
De Espronceda, José 10, 17, 205, 215218, 237-239, 418
De Friburgo, Romualdo (fray) 46
De Góngora y Argote, Luis 10, 176,
190-191, 199-201, 214, 282, 328,
357, 418
De Goya, Francisco 168, 176, 217,
232, 258, 363, 371
De Guzmán, Gaspar (Conde Duque
de Olivares) 179
De Islallana, Isabel 212
De Jovellanos y Ramírez, Melchor
Gaspar 80, 195, 286-287, 290
De La Mancha, Quijote 61-62, 158,
166, 195, 201, 211, 241-244, 251,
368-370, 375, 377-380
De la Pezuela y Ceballos, Juan
(Conde de Cheste) 222
De la Vega, Enrique 119, 121, 184,
234
De la Vega, Ricardo 120, 234
De la Vega, Ventura 119
De Lardizábal y Uribe, Manuel
«Beccaria español» 80, 83, 300
Constancio Bernaldo de Quirós
De las Heras, Dorotea 407
De Lemos (Conde) 177
De León, Luis (fray) 121, 237-238,
265
De los Ríos, Amador 279
De los Santos Álvarez, Miguel 215,
218
De los Santos, Miguel (fray) 342
De Luna, Álvaro 177
De Maupassant, Guy 146
De Mendoza, Antonio (virrey) 146,
340
De Meneses, Alonso 177, 369
De Mesa, Enrique 9, 119, 120-122,
420
De Miranda, Diego 242
De Molina, María 406
De Montemar, Félix 238-239
De Moya, Casimiro Nemesio 129, 134
De Moya, Manuel 133
De Murga, José María 103
De Ocampo, Diego 165-166
De Ocampo, Sebastián 166
De Olavide, Pablo 45-46, 80, 286,
290, 375
De Ordax, Diego (militar y explorador) 209
De Orozco, Sebastián 138
De Ovando, Nicolás 166
De Palacios Cárdenas, Joaquín 291292
De Palacios y Salazar, Catalina 212
De Pasamonte, Ginés “El bizco” 367,
371, 373-374, 380
De Pitaval, Gayot 129, 161
De Preja, Juan 91
De Quevedo, Francisco 94, 150, 219,
243, 328, 371
De Quiñones, Iván (doctor) 175
De Redin, Tiburcio 378
De Rijckere 360
De Rochas, Edmundo 267, 274, 277
De Rueda, Lope 172
De Saint Pierre, Bernardino 209
De Saint Vincent, Bory (general) 183
De Saussure, Horacio 209, 307
De Segura, Isabel 165
De Serrallonga, Juan 62
De Solís, Isabel 59-60
De Stael (madame) 210
Una pluma en el exilio...
De Tarazona, Juan Antonio 342
De Torres Villarroel, Diego 179-181
De Torres, Isabel 165
De Unamuno, Miguel 15, 262, 264
De Valdepeñas, Rodrigo (fray) 121
De Valor, Fernando 61
De Vega, Lope 93-94, 211
De Villuga, Pedro 177, 369
De Vouglans, Muyart 83
Del Cabo, Loreto 225
Del Castillo, Benigno (licenciado)
35, 203-204
Del Mármol, Luis 102-103
Del Mazo, Juan Bautista 378
Del Orbe, Diógenes (licenciado) 44
Del Val, Martín 275
Del Valle Arizpe, Artemio 171
Desclot, Bernardo 54
Diamante, Pablo 51, 289
Díaz Belliard, Joaquín (licenciado)
43
Díaz de Vivar, Rodrigo «El Cid» 225,
255
Díaz del Castillo, Bernal 85
Díaz Padrón, José A. (doctor) 315
Dicenta (hijo) 230
Dioclaciano 89
Dioscórides 116
Doré, Gustavo 210
Doyarbe, Martín 281
Ducoudray, Juan 20
Duranti 332
Durañona (doctor) 318
Durkheim 155
E
Echegaray, Alfonso M. 302
Echegaray, José 271, 275
Egisto 353-354
El Abbasi, Ali Bey 103
El Arbi, Muley 66
El Chellaf, Sidi Hassen 104
Elvira 166, 338
Ellis, Havelock 130, 136, 362
Emma 353
Enrique III de Francia 337
Enrique IV 248, 337, 363
Ercilia 39-40
435
Escribano 239
Escuder, José 164
Espinosa, Gabriel 342
Esquerdo (doctor) 134, 138
Estaabon (geógrafo) 105
Esteban, Francisco “El guapo” 51,
289
Estévanez Calderón, Serafín 289
Estévez, Isabel 133
Estrada, Arístides 115
Estupiñá 234
Ettingham 137
Eugenio Lucas, Eugenio 291
Eva 69-71, 359
Exidi 94
Eximenes (teólogo) 373
Eyraud 352
F
Falces (Marqués de) 214
Fañez Minaya, Alvar 255
Farinaccio, Próspero 76-77, 350
Federico III 189
Felipe II 61, 91, 116, 247, 385
Felipe III 175, 177, 274
Felipe IV 80, 177, 288, 290, 371
Felipe V 179, 181
Félix, Oscar 15
Feltz, Leonor 26
Fenayrou, Gabriela 352
Fera 347
Fernández Angulo, Luis (Conde de
Cabarrús) 234
Fernández de Pou, Catalina 26
Fernández Giner, Pilar 228
Fernández Granell, Eugenio 23
Fernández MacGregor, Genaro 333
Fernández Moreda 326
Fernández Navarro, Lucas (geólogo)
102, 105, 424
Fernández Silvestre (teniente coronel) 109-111
Fernández y González, Manuel 222,
273
Fernando III «El Santo» 406
Fernando IV «El Emplazado» 104,
283
Fernando VI 181
436
Constancio Bernaldo de Quirós
Fernando VII 356
Ferrero, Guillermo321
Ferri, Enrique 154, 427
Ferriani, Lino 394
Figueras (escultor) 94
Flaubert, Gustave 353
Flores, Juanita 275-276
Forné Farreres, José 10, 391-392, 427,
429
Forte, Simón368
Franca, Ana 212
Franco, Francisco 13
Franco, Pericles A. 22
Freud, Sigmund 76, 256-257, 415
Friedrich, Karl Christian 17
G
Garayo «El sacamantecas» 63, 130,
132, 134-138
García «el tuerto» 273
García del Castañar 281
García Herreros, Enrique 119, 121,
228, 234
García Lorca, Federico 80, 169, 267,
277
García, Simón 275
Garrido, Luis (licenciado) 324
Gausáchs, Josep 23
Gautier, Teófilo «El divino Teo» 184,
269
Gayangos, Pascual 399
Gil Carrasco, Enrique 196-197
Giner de los Ríos, Francisco 17, 188,
213, 233, 395-398, 415
Goehausen 147
Goethe, Johann Wolfgang von 155
Gómez Bustamante, J. J. 326
Gómez Moya, Manuel Ubaldo 129
Gómez Robleda, José 332, 336
Gómez, Antonio 147
Gómez, Fernando «El Gallo» 189
Gómez, Pedro A. 23, 29-30
Góngora Álvarez, J. 424
González Amezúa, Agustín 262
González Amezúa, Manuel 262
González de la Vega, Francisco (licenciado) 324-326
González de Paiewonsky, Altagracia
25-26
González Francés (magistrado) 201
González Lamela, María del Pilar 429
González Ruano, César 427
González, Cristóbal 223
González, Natalia 15
González, Pablo J. (doctor) 313
González, Raymundo 129
Gonzalo, Eloy 396
Gouffé 352
Graciela 324
Greco, Aída Berta 77, 350
Gros (Barón) 184
Gross, Hans 241, 243
Guerra, Felipe 22, 306
Guerra, Rafael 201
Guerrero 332
Guerrero Báez, Anaiboní 25
Guido 76
Guillermo II (emperador) 189
Guinarda, Roca 378
Guinart, Roque 49, 62, 367-368,
378-379
Guiomar 91, 246, 408
Gustavo III de Suecia 337
Guzmán Sánchez, Leonte 22
H
Hacén, Muley 58-60
Hagen 341
Hamlet 190
Hara, Prujero 365
Haring 129
Harte, Bret 214
Hartzenbusch, Juan Eugenio 165
Heine, Enrique 71, 387
Henríquez Ureña, Pedro 429
Henríquez y Carvajal, Francisco
163-164
Henry 42
Hernández Pacheco, Eduardo 251254
Herráez, Carmen 13
Herrera-Porra, Benito 312
Hidalgo, Francisco 426
Hidalgo, Juan 372
Hitler, Adolfo 13
Una pluma en el exilio...
Hitzig 129
Hohenlohe (príncipe de) 398
Hohenzollern (los) 189
Holmes, Sherlock 334
Homero 116, 207, 289, 313, 376
Howard 319
Hugo, Abel (general) 227
Hugo, Víctor Marie 227, 328
I
Ibarra, Carlos (licenciado) 343
Iglesias, Pablo 18, 400
Ihering 358
Impallomeni, Juan Bautista 351
Inés «La pálida» 227
Infante, Blas 272
Inurria, Mateo 180, 189-190, 199,
202, 254
Iñigo 246
Iradier 273
Isabel 212-213
Isabel I “La Católica” 248
Isabel II 98, 184, 382
Isidro “El labrador” (santo) 94, 231,
339
J
Jack «El destripador» 130, 132-133
Jackson 334
Jasón 111
Jerónima, Claudia 368
Jesucristo 26, 104, 125, 147, 155, 180,
223, 238
Jiménez de Asúa, Luis 14, 18, 20, 26,
69, 234, 323, 345, 427
Jiménez de Cisneros, Francisco (cardenal) 222, 408
Jiménez Huerta, Mariano 326
Jiménez Serrano (escritor) 368
Jiménez, Ramón Emilio 145-147
José María «El Tempranillo» 376, 378
Jousse 83
Juan de Austria 61
Juan II 120
Juan Luis 168
437
Julio Antonio (escultor) 254
Julio César 207, 287
K
Keller, Rosa 130
Kipling, Rudyard 143, 307
Klein, Julius 196
Klimpel Alvarado, Felicitas (doctora)
345-348, 350, 358, 360-366
Klimspor (teniente) 107
Knecht 373
Kretschmer, Ernst 369, 415
Kurten «El vampiro de Dusseldorf»
131
L
La Molinera 368
La Tolosa 368
Lacassagne 361
Lafargue, Pablo 155
Larrazábal Blanco, Carlos 107, 430
Latzina, Francisco 43
Lecha Marzo, Antonio 42
Lemaur 370
Leoncavallo 161
Lerma (Duque de) 211
Lesage 62-63
Lista, Alberto 218
Lombroso, César 14, 72, 164, 313,
319, 321, 370, 373, 423, 427
Lombroso, Paola 234
López de Oropesa, Gregorio 264,
308, 364
López García, Bernardo 94
López Roberts, Mauricio 225
Lot 349
Lucas «El siervo» 376
Lucas, Eugenio 291
Lucilio 207
Lugo, Ramón 302
Luis (eunuco) 91
Luis (infante) 262
Lungren 314
438
Constancio Bernaldo de Quirós
LL
Llanas Aguilaniedo, José María 151,
230, 233, 346, 423, 427
Llorens, Vicente 18, 430
Lloriente, Menga 176, 258
Lluberes, Mario R. 97, 99
M
Macandó 84
Macedo, Miguel S. 324, 332
Macip, Wenceslao 338
Macpherson (geólogo) 400
Machado, Antonio 399
Madoz, Pascual 176, 201
Madruga 239
Magdalena 328
Mahoma (maestro, profeta) 59, 104,
106, 125
Maimonides (rabino) 103
Malagón Barceló, Javier 19, 26, 79
Malinowsky, Bronislaw 136
Mallory 210
Manceñido 262
Mancha, Teresa 215
Manrique, Jorge 121
Manuel (gitano) 269
Manuel de Villena, Ernestina 232
Manuela, «La capadora» 356
Maqueda 228
Marañón, Gregorio 177, 262
Marcela (pastora) 145, 341, 377
Marcelino 149-151
Marcilla, Diego 165
María 227
Marina 339
Marrero de Suárez, Celeste 322
Martínez Ruiz, José «Azorín» 15
Martínez, Alonso 222
Martínez, Diego 147
Martínez, José Agustín (doctor) 311,
315-316, 320, 342, 356
Marx, Carlos 155
Marx, Laura 155
Matrana, María de la Cruz 407
Maximiano 89
Maximiliano 352
Mayet, Félix (capitán) 162
Mejía, Gustavo Adolfo 22
Mena, Celia 314
Méndez Alanis, Ramón 42
Mendoza, Rosa Josefa 107
Menéndez y Pelayo 258
Menéndez y Pidal, Ramón 227
Menéndez, Emilio 320
Mengibar, Juan «santo» 275
Mengs, Antonio 79
Merimée, Próspero 143, 267, 270-271
Millán Astray, José 138
Mirbeau, Octavio 210, 327
Mohamed el Selaui, Aly Ben 106
Mohamed, Muley 103, 109
Moliére 328
Molina Sánchez, Rafael «Lagartijo»
10, 187-191, 200, 418
Molinón 201
Montero, Jesús 320, 426-427
Montes (padre) 374
Montesinos (coronel) 319
Montpensier (los) 150
Mora, Victoriano 234
Morales Coello, Julio (doctor) 312,
342
Moret, Segismundo 399
Moreto 94
Morillo 164
Mornand Vandervelde, Jacques
«Jackson» 334-335
Mota, Francisco (hijo) 129
Muhammad, Abi Amir «Almanzor»
125
Mummery 210
Mussolini, Benito 13
N
Navagiero, Andrés 57, 375
Navarro Tomás, Tomás 413
Navarro, Martín 401
Nieto (doctor) 327
Nieves 30-40
Una pluma en el exilio...
O
Obregón, Álvaro (general) 337
Octavio Augusto (bandido bético)
289
Olallas 238
Ornes Coiscou, Germán Emilio 22
Ortega Frier, Julio 14, 79
Ortega Peguero, Rafael 22
Ortega, Fernando 337
Ortega, Pepé 7
Ortiz, Fernando 321-322, 342
Ottolenghi, Salvador 332
Oxamendi, Ricardo 316
P
Pacheco, Guillermina 232
Páez, Egas 55-56
Palafox (prelado) 341
Palomeque, Juan «El zurdo» 369
Panza, Sancho 62, 369, 374, 377, 380
Páramo Platón 398
Pardo Aspe, Emilio 337
Paredes Guillén, Vicente 194
Parmelee 362
Pascual, Manolo 23, 30
Peco, José (dctor) 346
Pedro (maese) 374
Pedro III de Aragón 207
Pende 200, 415
Penson, César Nicolás 164
Peña Batlle, Osvaldo 22
Perea, Daniel 224
Pérez de Ayala, Ramón 187, 215-216
Pérez del Zambullo, Nicolás Leandro
150
Pérez Galdós, Benito 10, 195, 221222, 225-226, 228-229, 232, 234,
352-353, 420
Pérez, Luis Julián 22
Peroskaia, Sofía 74
Petrarca, Francesco 208, 259
Peynado, Julio 22
Peyra, Iscar 239
Pichardo, José Francisco 97, 100
Pidal y Bernaldo de Quirós, Pedro
(Márquez de Villaviciosa) 262
439
Pingarrón Hernández, Ángel 10, 395,
400, 427, 430
Pío XI (Papa) 208
Poe, Edgardo 151, 374
Ponz, Antonio 308
Porte Petit, Celestino (licenciado)
299, 302, 325, 343
Portocarrero, Jesús (doctor) 312,
315-316
Prats Ventós, Antonio 23
Prestol Castillo, Freddy (fiscal) 36-39,
41, 77, 350
Prim (general) 9, 149-151, 417
Prud’homme, Sully 108
Prudencio 227
Puig, Joaquín 161-164
Puyol Alonso, Julio 228
Q
Quiroz Cuaron, Alfonso 326, 332333, 336
R
Rada y Delegado (escritor) 279
Raisnuni 109-111
Ramill y Muñoz, José 223
Ramírez de las Casas Deza, Luis 201
Ramiro 10, 245-248, 418
Ramón 162
Ramos Fernández, César 25
Ramos, Apolonia 132
Ratti, Aquiles 208
Ravaillac, Francisco 337
Redondo, Natalio 161
Regalado Núñez (oficial) 129
Regis (doctor) 150
Reid, Mayne (capitán) 223
Requesens, Luis 161-163
Rey Arrojo, Manuel López 234, 301
Rey, Guido 210
Reyes Católicos 55, 57, 60, 106, 268,
274, 290, 375, 407
Rhoden (von) 370
Ribeiro, Leonidio 43, 374
Ricardo, Miguel A. 22
440
Constancio Bernaldo de Quirós
Rivas (Duque de) 197
Robles Toledano, Oscar (monseñor)
411
Rocha (licenciado) 342
Roder 300
Rodrigo (maese) 239
Rodríguez Alcántara, Beba 18
Rodríguez Aniceto 239
Rodríguez Demorizi, Emilio 97, 99100, 129, 430
Rodríguez Larreta, Enrique 245-249
Rodríguez Llera, Luis 226
Rodríguez Marín, Francisco 145, 213,
272
Rodríguez, Cecilia 229
Rodríguez, Constantino 398
Rodríguez, José H. 22
Rojas 94
Rojas, María Purificación 25
Rolando, Capitán 49, 61-63, 361, 376,
378
Roldán 58, 167
Romanones (Conde de) 150
Roques, José Miguel 15
Roques, José R. 161
Rosario «La turrunera» 114
Rosny, J. H. 136
Roumagnac, Carlos 332
Rousseau, Jean Jacques 209, 428
Rovira, José 23
Rubens, Juan Pablo 70
Rubiera, Guillermo 312
Rubio, Emilia 13
Rubio, Ricardo 397-398
Ruiz Beneyán, Antonio 398
Ruiz Funes, Mariano 18, 69, 234, 236
Ruiz Tejada, Manuel 22
Ruiz, Juan «Arcipreste de Hita» 10,
168, 176, 185, 208, 255-259, 281,
322, 418
Ruskin 209
Russell Wallace, Alfred 196
S
Sabino, Masurio 68
Sacripante 374
Sacher Masoch, Leopoldo 257, 354,
428
Sade (Marqués de) 130, 134, 151
Salazar Viniegra, Leopoldo (doctor)
324-325, 327, 329
Salazar, Joaquín (hijo) 22
Sales Mayo, Francisco «Quindalé»
267, 273
Salillas, Rafael 188, 204, 233, 267,
272, 275-276, 369, 399, 415
Salimbene, Fra 207
Salvador «Frascuelo» 187
Sama, Isabel 398
Sánchez (capitán) 76
Sánchez (doctor) 138
Sánchez 138
Sánchez Cestero, Néstor 20
Sánchez Cortés Piña (vocal) 302
Sánchez Ucar, Ángela Guadalupe 230
Sánchez, Manuel 133-134, 138
Sánchez, María Luisa 76
Sanchiz Banús (psiquiatra) 234
Sand, George 155
Santa Cruz, Juanito 352
Santos, Pablo 50, 217
Santullano 234
Sanz del Río, Julián 17, 399
Saviñón Trujillo, Francisco «Pacho»
19
Schiller, K. W. 129
Sebastián (rey de Portugal) 109-110,
342
Segismundo (príncipe) 71
Serrano, Pedro 229
Shakespeare, William 138
Shipley, Maynard 332
Sigfrido 341
Sighele, Escipión 353, 379
Silvana 39
Simarro, Luis 164, 399, 401
Soler, Ángel Fremio (licenciado) 44
Soler, Luis María 62
Somoza, José 264
Sorolla (pintor) 397
Sosa V., Luis 22
Stekel 347, 357
Stvichio 146
Suncar Méndez, E. J. (teniente coronel) 42
Supervía, Rafael 22
Suppé 162
Suriel, Ingrid 15
Una pluma en el exilio...
T
Tabio, Evelio 320, 342
Tafur, Pedro 208
Tamayo y Baus 161
Tarde, Gabriel 302
Tarnowsky, Paulina 73
Tavárez, Froilán 22
Teja Zabre, Alfonso (licenciado) 343
Téllez, Gabriel (fray) 386
Tenorio, Juan 166, 222, 239
Terán, Luisa 229
Thot, Ladislao «El hungaro prodigioso» (doctor) 146, 341, 423
Thurrieghel 45, 47
Tirso 94
Tito Livio 358
Torrellas, Clauquel 368
Torrellas, Vicente 368
Trigo, Julia 229
Troncoso de la Concha, Manuel de
Jesús 149
Troncoso Sánchez, Pedro 22
Trotsky, León 21, 334-335, 338
Trujillo Molina, Rafael Leonidas 13,
35, 44, 67-68, 429
Tudela, José 196
U
Ugarte, María 30
Ulises 111
Urbano, Rafael 225
V
Vacher «El estrangulador de pastoras
y pastores» 130, 132
Valdés de Cassá, Rosmina 15
Vale Toño 143
Vásquez Valera, Eduardo 149
Vásquez, Rodrigo 385
Vega Batlle, Julio 25
Vega Inclán (Marqués de la) 211,
239, 261
Vega, Bernardo 430
Véjar Vázquez, Octavio 337
441
Vela Zanetti, José 23
Velarde 234
Velázquez de Silva, Diego 94, 168,
188, 200, 371, 378
Velázquez, Ricardo 189, 399
Vélez (Marqués de los) 61
Vélez de Guevara, Luis 86, 150, 223
Vera, Jaime 164
Viazzi, Pío 346, 427
Vicente Tejera, Diego 316, 320
Vicentelo de Leca, Miguel de Mañara
239
Vich (obispo de) 61-62, 378
Villalobos 239
Villanueva Angulo, María 13, 17, 28,
30
Villar Lledias 334
Villarruel (escribano) 214
Villegas, Víctor M. 25
Viñuales, Agustín 233
Vucetich, Juan 42-43, 315
W
Wanda 354
Weinberg 347
Weyler (general) 189
Whymper 210
Y
Yrwing 210
Yung 76
Z
Zabala, Pepe 262
Zagal 60
Zasulicht, Vera 74
Zoraida (sultana) 58
Zorrilla y Moral, José 59-60, 147, 218,
222, 319
Zweig (esposos) 155
Publicaciones del
Archivo General de la Nación
Vol. I Vol. II Vol. III Vol. IV Vol. V Vol. VI Vol. VII Vol. VIII Vol. IX Vol. X Vol. XI Vol. XII Vol. XIII Correspondencia del Cónsul de Francia en Santo Domingo, 1844-1846.
Edición y notas de E. Rodríguez Demorizi. C. T., 1944.
Documentos para la historia de la República Dominicana. Colección
de E. Rodríguez Demorizi, Vol. I. C. T., 1944.
Samaná, pasado y porvenir. E. Rodríguez Demorizi, C. T., 1945.
Relaciones históricas de Santo Domingo. Colección y notas de E.
Rodríguez Demorizi, Vol. II. C. T., 1945.
Documentos para la historia de la República Dominicana. Colección
de E. Rodríguez Demorizi, Vol. II. Santiago, 1947.
San Cristóbal de antaño. E. Rodríguez Demorizi, Vol. II. Santiago,
1946.
Manuel Rodríguez Objío (poeta, restaurador, historiador, mártir). R.
Lugo Lovatón. C. T., 1951.
Relaciones. Manuel Rodríguez Objío. Introducción, títulos y
notas por R. Lugo Lovatón. C. T., 1951.
Correspondencia del Cónsul de Francia en Santo Domingo, 1846-1850,
Vol. II. Edición y notas de E. Rodríguez Demorizi. C. T., 1947.
Índice general del “Boletín” del 1938 al 1944, C. T., 1949.
Historia de los aventureros, filibusteros y bucaneros de América. Escrita
en holandés por Alexander O. Exquemelin. Traducida de una
famosa edición francesa de La Sirene-París, 1920, por C. A.
Rodríguez. Introducción y bosquejo biográfico del traductor R.
Lugo Lovatón, C. T., 1953.
Obras de Trujillo. Introducción de R. Lugo Lovatón, C. T., 1956.
Relaciones históricas de Santo Domingo. Colección y notas de E.
Rodríguez Demorizi, Vol. III, C. T., 1957.
– 443 –
444
Vol. XIV Publicaciones del Archivo General de la Nación
Cesión de Santo Domingo a Francia. Correspondencia de Godoy, García
Roume, Hedouville, Louverture Rigaud y otros. 1795-1802. Edición
de E. Rodríguez Demorizi. Vol. III, C. T., 1959.
Vol. XV Documentos para la historia de la República Dominicana. Colección de E.
Rodríguez Demorizi, Vol. III, C. T., 1959.
Vol. XVI Escritos dispersos (Tomo I: 1896-1908). José Ramón López. Edición
de A. Blanco Díaz. Santo Domingo, D. N., 2005.
Vol. XVII Escritos dispersos (Tomo II: 1909-1916). José Ramón López. Edición
de A. Blanco Díaz. Santo Domingo, D. N., 2005.
Vol. XVIII Escritos dispersos (Tomo III: 1917-1922). José Ramón López. Edición
de A. Blanco Díaz. Santo Domingo, D. N., 2005.
Vol. XIX Máximo Gómez a cien años de su fallecimiento, 1905-2005. Edición
de E. Cordero Michel. Santo Domingo, D. N., 2005.
Vol. XX Lilí, el sanguinario machetero dominicano. Juan Vicente Flores.
Santo Domingo, D. N., 2006.
Vol. XXI Escritos selectos. Manuel de Jesús de Peña y Reynoso. Edición de A.
Blanco Díaz. Santo Domingo, D. N., 2006.
Vol. XXII Obras escogidas 1. Artículos. Alejandro Angulo Guridi. Edición de
A. Blanco Díaz. Santo Domingo, D. N., 2006.
Vol. XXIII Obras escogidas 2. Ensayos. Alejandro Angulo Guridi. Edición de
A. Blanco Díaz. Santo Domingo, D. N., 2006.
Vol. XXIV Obras escogidas 3. Epistolario. Alejandro Angulo Guridi. Edición
de A. Blanco Díaz. Santo Domingo, D. N., 2006.
Vol. XXV La colonización de la frontera dominicana 1680-1796. Manuel
Vicente Hernández González. Santo Domingo, D. N., 2006.
Vol. XXVI Fabio Fiallo en La Bandera Libre. Compilación de Rafael Darío
Herrera. Santo Domingo, D. N., 2006.
Vol. XXVII Expansión fundacional y crecimiento en el norte dominicano (16801795). El Cibao y la bahía de Samaná. Manuel Hernández González.
Santo Domingo, D. N., 2007.
Vol. XXVIII Documentos inéditos de Fernando A. de Meriño. Compilación de José
Luis Sáez, S. J. Santo Domingo, D. N., 2007.
Vol. XXIX Pedro Francisco Bonó. Textos selectos. Edición de Dantes Ortiz. Santo
Domingo, D. N., 2007.
Vol. XXX
Iglesia, espacio y poder: Santo Domingo (1498-1521), experiencia
fundacional del Nuevo Mundo. Miguel D. Mena. Santo Domingo,
D. N., 2007.
Vol. XXXI
Cedulario de la isla de Santo Domingo, Vol. I: 1492-1501. fray Vicente
Rubio, O. P. Edición conjunta del Archivo General de la Nación y
el Centro de Altos Estudios Humanísticos y del Idioma Español.
Santo Domingo, D. N., 2007.
Publicaciones del Archivo General de la Nación
Vol. XXXII
445
La Vega, 25 años de historia 1861-1886. (Tomo I: Hechos sobresalientes
en la provincia). Compilación de Alfredo Rafael Hernández
Figueroa. Santo Domingo, D. N., 2007.
Vol. XXXIII La Vega, 25 años de historia 1861-1886. (Tomo II: Reorganización de
la provincia post Restauración). Compilación de Alfredo Rafael
Hernández Figueroa. Santo Domingo, D. N., 2007.
Vol. XXXIV Cartas del Cabildo de Santo Domingo en el siglo XVII. Compilación de
Genaro Rodríguez Morel. Santo Domingo, D. N., 2007.
Vol. XXXV Memorias del Primer Encuentro Nacional de Archivos. Edición de
Dantes Ortiz. Santo Domingo, D. N., 2007.
Vol. XXXVI Actas de los primeros congresos obreros dominicanos, 1920 y 1922.
Santo Domingo, D. N., 2007.
Vol. XXXVII Documentos para la historia de la educación moderna en la República
Dominicana (1879-1894), (tomo I). Raymundo González. Santo
Domingo, D. N., 2007.
Vol. XXXVIII Documentos para la historia de la educación moderna en la República
Dominicana (1879-1894), (tomo II). Raymundo González. Santo
Domingo, D. N., 2007.
Vol. XXXIX Una carta a Maritain (traducción al castellano e introducción del
P. Jesús Hernández). Santo Domingo, D. N., 2007.
Vol. XL
Manual de indización para archivos, en coedición con el Archivo
Nacional de la República de Cuba. Marisol Mesa, Elvira Corbelle
Sanjurjo, Alba Gilda Dreke de Alfonso, Miriam Ruiz Meriño,
Jorge Macle Cruz. Santo Domingo, D. N., 2007.
Vol. XLI
Apuntes históricos sobre Santo Domingo. Dr. Alejandro Llenas.
Edición de A. Blanco Díaz. Santo Domingo, D. N., 2007.
Vol. XLII
Ensayos y apuntes diversos. Dr. Alejandro Llenas. Edición de A.
Blanco Díaz. Santo Domingo, D. N., 2007.
Vol. XLIII
La educación científica de la mujer. Eugenio María de Hostos. Santo
Domingo, D. N., 2007.
Vol. XLIV
Cartas de la Real Audiencia de Santo Domingo (1530-1546).
Compilación de Genaro Rodríguez Morel. Santo Domingo, D.
N., 2008.
Vol. XLV
Américo Lugo en Patria. Selección. Compilación de Rafael Darío
Herrera. Santo Domingo, D. N., 2008.
Vol. XLVI
Años imborrables. Rafael Alburquerque Zayas-Bazán. Santo
Domingo, D. N., 2008.
Vol. XLVII Censos municipales del siglo xix y otras estadísticas de población.
Alejandro Paulino Ramos. Santo Domingo, D. N., 2008.
Vol. XLVIII Documentos inéditos del arzobispo Adolfo Alejandro Nouel (tomo I).
Compilación de José Luis Saez, S. J. Santo Domingo, D. N.,
2008.
446
Vol. XLIX
Vol. L
Vol. LI
Vol. LII
Vol. LIII
Vol. LIV
Vol. LV
Vol. LVI
Vol. LVII
Vol. LVIII
Vol. LIX
Vol. LX
Vol. LXI
Vol. LXII
Vol. LXIII
Vol. LXIV
Vol. LXV
Publicaciones del Archivo General de la Nación
Documentos inéditos del arzobispo Adolfo Alejandro Nouel (tomo II).
Compilación de José Luis Saez, S. J. Santo Domingo, D. N.,
2008.
Documentos inéditos del arzobispo Adolfo Alejandro Nouel (tomo III).
Compilación de José Luis Saez, S. J. Santo Domingo, D. N.,
2008.
Prosas polémicas 1. Primeros escritos, textos marginales, Yanquilinarias.
Félix Evaristo Mejía. Edición de A. Blanco Díaz. Santo Domingo,
D. N., 2008.
Prosas polémicas 2. Textos educativos y Discursos. Félix Evaristo Mejía.
Edición de A. Blanco Díaz. Santo Domingo, D. N., 2008.
Prosas polémicas 3. Ensayos. Félix Evaristo Mejía. Edición de A.
Blanco Díaz. Santo Domingo, D. N., 2008.
Autoridad para educar. La historia de la escuela católica dominicana.
José Luis Sáez, S. J. Santo Domingo, D. N., 2008.
Relatos de Rodrigo de Bastidas. Antonio Sánchez Hernández. Santo
Domingo, D. N., 2008.
Textos reunidos 1. Escritos políticos iniciales. Manuel de J. Galván.
Edición de Andrés Blanco Díaz. Santo Domingo, D. N., 2008.
Textos reunidos 2. Ensayos. Manuel de J. Galván. Edición de Andrés
Blanco Díaz. Santo Domingo, D. N., 2008.
Textos reunidos 3. Artículos y Controversia histórica. Manuel de J.
Galván. Edición de Andrés Blanco Díaz. Santo Domingo, D. N.,
2008.
Textos reunidos 4. Cartas, Ministerios y misiones diplomáticas. Manuel
de J. Galván. Edición de Andrés Blanco Díaz. Santo Domingo, D.
N., 2008.
La sumisión bien pagada. La iglesia dominicana bajo la Era de Trujillo
(1930-1961), tomo I. José Luis Sáez, S.J. Santo Domingo, D.N.,
2008.
La sumisión bien pagada. La iglesia dominicana bajo la Era de Trujillo
(1930-1961), tomo II. José Luis Sáez, S. J. Santo Domingo, D.N.,
2008.
Legislación archivística dominicana, 1847-2007. Archivo General
de la Nación. Santo Domingo, D.N., 2008.
Libro de bautismos de esclavos (1636-1670). Transcripción de José
Luis Sáez, S.J. Santo Domingo, D.N., 2008.
Los gavilleros (1904-1916). María Filomena González Canalda.
Santo Domingo, D.N., 2008.
El sur dominicano (1680-1795). Cambios sociales y transformaciones
económicas. Manuel Vicente Hernández González. Santo
Domingo, D.N., 2008.
Publicaciones del Archivo General de la Nación
Vol. LXVI
447
Cuadros históricos dominicanos. César A. Herrera. Santo Domingo,
D.N., 2008.
Vol. LXVII Escritos 1. Cosas, cartas y... otras cosas. Hipólito Billini. Edición de
Andrés Blanco Díaz. Santo Domingo, D.N., 2008.
Vol. LXVIII Escritos 2. Ensayos. Hipólito Billini. Edición de Andrés Blanco
Díaz. Santo Domingo, D.N., 2008.
Vol. LXIX
Memorias, informes y noticias dominicanas. H. Thomasset. Edición
de Andrés Blanco Díaz. Santo Domingo, D.N., 2008.
Vol. LXX
Manual de procedimientos para el tratamiento documental. Olga
Pedierro, et. al. Santo Domingo, D.N., 2008.
Vol. LXXI
Escritos desde aquí y desde allá. Juan Vicente Flores. Edición de
Andrés Blanco Díaz. Santo Domingo, D.N., 2008.
Vol. LXXII De la calle a los estrados por justicia y libertad. Ramón Antonio Veras
–Negro–. Santo Domingo, D.N., 2008.
Vol. LXXIII Escritos y apuntes históricos. Vetilio Alfau Durán. Santo Domingo,
D. N., 2009.
Vol. LXXIV Almoina, un exiliado gallego contra la dictadura trujillista. Salvador
E. Morales Pérez. Santo Domingo, D. N., 2009.
Vol. LXXV Escritos. 1. Cartas insurgentes y otras misivas. Mariano A. Cestero.
Edición de Andrés Blanco Díaz. Santo Domingo, D. N., 2009.
Vol. LXXVI Escritos. 2. Artículos y ensayos. Mariano A. Cestero. Edición de
Andrés Blanco Díaz. Santo Domingo, D. N., 2009.
Vol. LXXVII Más que un eco de la opinión. 1. Ensayos, y memorias ministeriales.
Francisco Gregorio Billini. Edición de Andrés Blanco Díaz.
Santo Domingo, D. N., 2009.
Vol. LXXVIII Más que un eco de la opinión. 2. Escritos, 1879-1885. Francisco
Gregorio Billini. Edición de Andrés Blanco Díaz. Santo Domingo,
D. N., 2009.
Vol. LXXIX Más que un eco de la opinión. 3. Escritos, 1886-1889. Francisco Grego
rio Billini. Edición de Andrés Blanco Díaz. Santo Domingo, D.
N., 2009.
Vol. LXXX Más que un eco de la opinión. 4. Escritos, 1890-1897. Francisco Grego
rio Billini. Edición de Andrés Blanco Díaz. Santo Domingo, D.
N., 2009.
Vol. LXXXI Capitalismo y descampesinización en el Suroeste dominicano.
Angel Moreta. Santo Domingo, D. N., 2009.
Vol. LXXXIII Perlas de la pluma de los Garrido. Emigdio Osvaldo Garrido, Víctor
Garrido y Edna Garrido de Boggs. Edición de Edgar Valenzuela.
Santo Domingo, D. N., 2009.
Vol. LXXXIV Gestión de riesgos para la prevención y mitigación de desastres en el
patrimonio documental. Sofía Borrego, Maritza Dorta, Ana Pérez,
Maritza Mirabal. Santo Domingo, D. N., 2009.
448
Publicaciones del Archivo General de la Nación
Vol. LXXXV Obras 1. Guido Despradel Batista. Compilación de Alfredo Rafael
Hernández. Santo Domingo, D. N., 2009.
Vol. LXXXVI Obras 2. Guido Despradel Batista. Compilación de Alfredo Rafael
Hernández. Santo Domingo, D. N., 2009.
Vol. LXXXVIIHistoria de la Concepción de La Vega. Guido Despradel Batista.
Santo Domingo, D. N., 2009.
Vol. LXXXVIIILa masonería en Santo Domingo. Haim H. López Penha, Soberano
Gran Comendador (1932-1955). Compilación de Francisco
Chapman. Santo Domingo, D. N., 2009.
Vol. LXXXIX Una pluma en el exilio. Los artículos publicados por Constancio Bernaldo
de Quirós en República Dominicana. Compilación de Constancio
Cassá Bernaldo de Quirós. Santo Domingo, D. N., 2009.
Colección Juvenil
Vol. I
Vol. II
Vol. III
Vol. IV
Vol. V
Vol. VI
Vol. VII
Pedro Francisco Bonó. Textos selectos. Santo Domingo, D. N., 2007
Heroínas nacionales. Roberto Cassá. Santo Domingo, D. N., 2007.
Vida y obra de Ercilia Pepín. Alejandro Paulino Ramos. Segunda
edición de Dantes Ortiz. Santo Domingo, D. N., 2007.
Dictadores dominicanos del siglo xix. Roberto Cassá. Santo Domingo,
D. N., 2008.
Padres de la Patria. Roberto Cassá. Santo Domingo, D. N., 2008.
Pensadores criollos. Roberto Cassá. Santo Domingo, D. N., 2008.
Héroes restauradores. Roberto Cassá. Santo Domingo, D. N.,
2009.
Colección Cuadernos Populares
Vol. 1
La Ideología revolucionaria de Juan Pablo Duarte. Juan Isidro
Jimenes Grullón. Santo Domingo, D. N., 2009.
Esta primera edición de
Una pluma en el exilio. Los artículos publicados
por Constancio Bernaldo de Quirós en República
Dominicana, se terminó de imprimir en los
talleres gráficos de Editora Búho, C por A., en
el mes de septiembre del año 2009 y consta de
1000 ejemplares.
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