FIN DEL TRABAJO O REDUCCIÓN DE SU DURACIÓN

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¿ FIN DEL TRABAJO O REDUCCIÓN DE SU DURACIÓN ¿
Michel Husson*
Veredas n°2, 2001, UAM Xochimilco, México.
La tesis sobre el fin del trabajo logra un éxito multiforme sobre el cual este texto se
propone reflexionar. La empresa no es simple, pues la tesis en cuestión admite una cierta
vaguedad en sus proposiciones, y oculta no pocas incoherencias internas. Resulta
entonces difícil desprender un corpus homogéneo y articulado. Nuestra diligencia
consistirá entonces en proponer un diálogo con esta nueva vulgarización, que establece
un ida y vuelta entre realidades cuantificadas y perspectivas de transformación social.
La manera más natural de comprender la tesis del fin del trabajo consiste en interpretarla
en un sentido literal: el fin del trabajo corresponde al hecho de que hay cada vez menos
trabajo. El libro de Rifkin (1996) se presenta por lo demás como una inmensa –y por lo
mismo fastidiosa- compilación de ejemplos concretos tendientes a mostrar que, en muy
numerosas circunstancias, hace falta cada vez menos trabajo para una misma producción
o un mismo servicio. Una primera precisión se impone en seguida: ¿el fin del trabajo debe
ser entendido como una baja absoluta del volumen total de horas de trabajo, como una
baja relativa de l gasto de trabajo en relación al volumen del producto, o como escasez de
la cantidad de trabajo relativa al número de solicitantes? Dicho esto, esta distinción es
sobre todo interesante desde un punto de vista analítico, en la medida en que se puede
mostrar que cada una de esas interpretaciones posibles es desmentida con amplitud por
los hechos.
Un siglo de productividad
Se puede comenzar así con la idea de una baja pronunciada del gasto de trabajo por
unidad producida, dicho de otra manera de un avance de la productividad. Entonces uno
se encuentra confrontado con un problema de periodización, en la medida en que el
crecimiento de la productividad del trabajo representa una tendencia constante desde
hace más de un siglo (Cuadro 1).
En un siglo (1896-1996), la productividad horario del trabajo se ha multiplicado en Francia
por 134.7. Hace cien años, una hora de trabajo producía un valor agregado de 8.2 francos
la hora, contra 111.8 en 1996. Lo que necesitaba una hora de trabajo hace un siglo, se
produce hoy en 4 minutos y 23 segundos. Se puede girar este dato básico en todos los
sentidos: implica un fantástico avance de la productividad social del trabajo. Se puede
discutir enseguida la definición del producto cuyo contenido ha cambiado en el curso de
los últimos cien años, pero ningún problema de medición puede reducir el alcance de esa
constatación.
Así pues, ¿cómo es que el fin del trabajo no es una tendencia secular sino que aparece
como signo de una reciente modernidad? Si esas mejorías de la productividad hubieran
sido consagradas en su totalidad a la reducción del tiempo de trabajo, en verdad no se
estaría lejos de haber terminado con el trabajo, puesto que habría pasado de 2695 horas
*
Economista, miembro del Institut de Recherches Economiques et Sociales (IRES), París, Francia. El
presente articulo fue traducído del francés por Arturo Anguiano.
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a finales del siglo XIX a 200 horas anuales. Se estaría en la semana, no de cuatro días,
sino de ¡cuatro horas ! Esta desaparición potencial de la categoría de trabajo no tuvo lugar
por razones bastante simples de comprender. Una parte importante del crecimiento de
productividad, en términos gruesos tres cuartos, han sido consagrados a producir más: el
PIB ha sido multiplicado por 9.2 veces en un siglo, el PIB per cápita por 7.7. Dado el
aumento de la población, más rápido que el del empleo, el PIB por habitante, o en otros
términos el nivel de vida promedio, ha sido multiplicado por seis en el curso del último
siglo.
Cuadro 1. Un siglo de productividad en Francia
PIB (miles de millones de francos
de 80
Empleo (miles)
Duración del trabajo (horas)
Volumen (miles de millones de
horas)
Productividad hora (F80/hora)
Población (millares)
PIB per cápita (francos de 80)
1896
414
1996
3800
1996/1896
9.17
TCAM
+2.24 %
18800
2695
50.8
22400
1519
34.0
1.10
0.56
0.67
0.17 %
-0.58
-0.58
8.2
38550
22021
111.8
58380
169642
13.7
1.51
7.70
+2.65
+0.42 %
+2.06 %
PIB
N
DUR
VOL=N*D
UR
PIB/VOL
POP
PIB/N
TCAM: Tasa de crecimiento anual promedio. Fuente: Villa (1994).
La otra parte del aumento de la productividad ha sido dedicada a una reducción del
tiempo de trabajo que prácticamente ha permitido dividir entre dos la duración anual
media. Dados todos esos movimientos, el volumen de trabajo, o en otras palabras el
número total de horas de trabajo ha bajado a un tercio. Para acabar pronto, todo progreso
de la productividad/hora se traduce en una cierta combinación de mejoramiento del nivel
de vida y de baja del tiempo de trabajo, según una ecuación simple que se escribe:
Productividad por hora = PIB por cabeza /Duración
En el siglo la productividad/hora ha aumentado en promedio 2.65 % por año, lo que ha
permitido un avance del PIB por cabeza de 2.06 % y una reducción del tiempo de trabajo
de 0.58 % por año. Redondeando apenas, se tiene 2.65=2.06+0.58.
Cada uno de esos movimientos puede por sí mismo ser objeto de una distribución más o
menos equitativa o asumir formas más o menos atractivas. No hay ningún optimismo
plácido: la baja del tiempo de trabajo puede muy bien –es el caso de hoy- tomar la forma
regresiva del desempleo masivo o de trabajo a tiempo parcial. Sobre un muy largo
período, se puede observar que los efectos benéficos (mejoría del nivel de vida y
reducción uniforme del tiempo de trabajo) tienden a generalizarse (no forzosamente de
manera espontánea) al conjunto de la sociedad. En todo caso, a pesar de su simplicidad,
esta ecuación es ya un poco más compleja que la ecuación “intuitiva” según la cual el
crecimiento de la productividad se resuelve integralmente en base al empleo. Tenemos
aquí un primer punto de desacuerdo con el fin del trabajo que remite a su visión
mecanicista de los efectos del desarrollo económico sobre el volumen del trabajo.
3
La paradoja de Solow
¿El período reciente presentaría características particulares que lo distinguirían de las
evoluciones seculares? Esto permitiría comprender mejor la emergencia reciente de la
ideología del fin del trabajo. Esta explicación podría ligarse al sentimiento ampliamente
expandido según el cual el período corriente estaría caracterizado por una aceleración del
progreso técnico, que transformaría cualitativamente los datos del problema. Que ha
habido progreso técnico y mutaciones, es evidente. Pero la paradoja es que una de las
cuestiones clave que domina el debate entre los economistas es precisamente una
paradoja. Al menos que se considere que se trata de una tendencia que sólo los grandes
iniciados tienen los medios de percibir, el fin del trabajo debería influenciar las
problemáticas de los economistas. La cuestión dominante debería por ejemplo ser la de
saber cómo se regula una economía en la que los incrementos de la productividad son tan
elevados que los gastos de trabajo tienden a reducirse a un mínimo. ¿Qué deviene el
valor, cómo puede fijarse el salario, quid de la duración del trabajo y de la distribución de
los ingresos? Pero los economistas, tomados aquí en su conjunto, se encuentran
confrontados a lo que se ha dado en llamar la “paradoja de Solow”. Para retomar el caso
del premio Nóbel, se ve por todas partes los efectos de la informática, salvo en las
estadísticas de la productividad. En otros términos, no se asiste a una irreprimible
aceleración de la productividad, sino al contrario a su disminución. Es un fenómeno más o
menos universal, y que no se traduce ni en problemas de medición, ni a efectos de
estructura entre la industria y los servicios. Se puede de cualquier forma criticar la manera
como la economía escoge las cuestiones que plantea, pero no se puede negar su validez.
Conviene acudir de nuevo a las cifras para ilustrar esta configuración, por lo cual
proponemos un enfoque tripolar, comparando Estados Unidos, Japón y Europa. Esta
última se define aquí como conjunto constituido por los cuatro países más grandes:
Alemania, Francia, Italia y Reino Unido (Cuadro 2). Calculado sobre el conjunto de los
seis principales economías (G8), la baja de la productividad/hora es espectacular, puesto
que su tasa de crecimiento pasa de 4.7 % entre 1960 y 1973 (trece años de vacas
gordas) a 1.8 % entre 1983 y 1996 (trece años de vacas flacas). Esta disminución es
general y por lo demás tiene por efecto acercar las performances relativas de los tres
grandes polos de la economía mundial.
Cuadro 2. Disminución de la productividad
USA Japón Europa
1960-73 Volumen de trabajo
1.7 0.6
-0.7
PIB
4.3 9.4
4.4
Productividad del trabajo
2.6 8.7
5.2
1983-96 Volumen de trabajo
2.1 0.2
0.0
PIB
2.9 3.2
2.3
Productividad del trabajo
0.8 3.0
2.3
G6
0.4
5.2
4.7
0.9
1.8
1.8
Tasas de crecimiento anual promedio en %. Fuente: Husson (1998).
Pero la disminución de la productividad es concomitante a una disminución del
crecimiento de un alcance equivalente. Pero la diferencia entre los dos es la que
determina la evolución del volumen del trabajo. Para las principales economías tomadas
como un todo, el volumen del trabajo aumenta durante el último período, e incluso más
rápido que durante los años de expansión. Pero ese movimiento corresponde sobre todo
4
a la evolución constatada en Estados Unidos. En Japón, el volumen de trabajo continúa al
alza, pero menos rápidamente. Solamente en Europa se estanca, pero con un mejor
resultado que en los años sesenta cuando reculaba. Este resultado contra-intuitivo no se
debió, hay que subrayarlo, a la unificación alemana, puesto que se razona aquí sobre la
ex República Federal Alemana (RFA).
En cifras absolutas, se llega finalmente a un balance de la evolución del volumen de
trabajo que muestra que este último ha aumentado casi un cuarto a la escala de los seis
principales países capitalistas (cuadro 3). De 431 mil millones de horas de trabajo en
1960, se pasó a 530 mil millones en 1996. No es sino en Europa que baja el volumen de
trabajo, pero se estabilizó en los últimos quince años (gráfica 1).
Cuadro 3. Volumen de trabajo
1960
1996
USA
132
247
Japón
107
123
Europa
192
160
G6
431
530
Miles de millones de horas. Fuente: Husson (1998).
En 1991 apareció en Estados Unidos un libro de Juliet Schor titulado The Overworked
American que mostraba que los norteamericanos trabajaban en 1990 163 horas más en
promedio que en 1970. Algunos años más tarde, Jeremy Riffkin publicaba el suyo, que
defendía una tesis rigurosamente inversa. ¿Hablaban ambos del mismo país? Es toda la
cuestión, que en todo caso hace aparecer una de las grandes debilidades metodológicas
de Rifkin. Sus innumerables ejemplos, escogidos con todo un arte de periodista en la
búsqueda de lo sensacional, no se adicionan forzosamente. No está zanjada, ni incluso
discutida, la cuestión de saber si se trata de una nueva norma, o al contrario de un
modelo limitado a ciertos sectores y a ciertas capas de trabajadores. Es una cuestión que
atraviesa la comprensión de la economía y de la sociedad de Estados Unidos, que
aparece cada vez más como modelo de Gran Máquina para Crear Empleos.
Un trabajo reciente de Bluestone y Rose (1998) aporta preciosos esclarecimientos y
muestra que se operó un importante cambio al inicio de la era Reagan. “Entre 1967 y
1992 la duración anual media del trabajo había registrado una baja significativa, del orden
de 135 horas anuales por trabajador. A partir de 1982, esta tendencia se invirtió y la
duración anual comenzó a aumentar [...]. En 1995 la duración anual había recobrado su
nivel de 1997”. Un trabajo reciente (Husson 1998), realizado a partir de datos de la OCDE
da la mismo magnitud: 1990 horas por año en 1997, 1860 en 1982 y 1950 en 1995. Se
puede, así, defender la tesis según la cual el aumento del volumen de trabajo en Estados
Unidos se ha inflado respecto a sus competidores japoneses y europeos. Tal es la tesis
recientemente expuesta por Robert Brenner (1998), quien hace jugar un papel central a la
competencia inter-capitalista en el surgimiento de una onda larga recesiva. Esto no impide
que el volumen de trabajo aumente en los países del G6, lo que contradice una posible
interpretación del fin del trabajo.
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GRÁFICO 1
VOLUMEN DE TRABAJO
280
Miles de millones de horas de trabajo
260
240
220
200
180
160
140
120
100
60 61 62 63 64 65 66 67 68 69 70 71 72 73 74 75 76 77 78 79 80 81 82 83 84 85 86 87 88 89 90 91 92 93 94 95 96 97
Estados unidos
Europa
Japón
¿Demasiado poco trabajo para demasiados trabajadores?
Esta sería una manera de traducir la tesis del fin del trabajo, su versión débil de cierta
manera. El crecimiento del volumen de trabajo sería insuficiente respecto al de la
población activa, de dónde se desprendería el aumento del desempleo. Es lo que
evidentemente sucede, pero no se trata de un resbalón tal que se pueda hablar de un
fenómeno por completo irreversible. Para comprender mejor esta apreciación, se utilizará
una noción simple que es la duración óptima del trabajo, o en otros términos la que
correspondería a un reparto del volumen de trabajo sobre el conjunto de la población
activa y que no dejaría subsistir más que una tasa de desempleo de 2 %. La brecha entre
esas dos duraciones depende de la separación entre el empleo y la población
económicamente activa y es pues homogénea con una tasa de desempleo. La Gráfica 2
permite así ilustrar las diferentes fases del ascenso de la tasa de desempleo. Hasta
mediados de los años setenta, éste último crece muy débilmente, y la duración efectiva
baja de manera muy cercana a la duración “óptima”. Un primer escalón de la escalera es
pasado con la recesión de 1975, luego un segundo con la del inicio de los años ochenta.
Enseguida el desfase entre las dos curvas tiende a mantenerse, mediando fuertes
variaciones coyunturales. Es el escalón de la escalera del inicio de los años ochenta que
mantiene la relación más directa con la disminución de la duración del trabajo, que separa
en el largo plazo la duración efectiva de la deseada. Un examen más detallado muestra
que es en ese momento que el ritmo de baja de la duración de trabajo, que se acercaba a
1 % por año ha sido bastante bruscamente dividido entre tres. Esta disminución de la
duración del tiempo de trabajo tiene como doble contraparte un déficit en creación de
empleos ( y por lo mismo del ascenso del desempleo), así como un muy significativo
restablecimiento de la tasa de beneficio sobre la cual se regresará más adelante.
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2200
GRÁFICO 2
DURACIÓN DEL TRABAJO Y DESEMPLEO EUROPEO
30
2000
25
1800
20
1600
15
1400
10
1200
5
1000
0
60 61 62 63 64 65 66 67 68 69 70 71 72 73 74 75 76 77 78 79 80 81 82 83 84 85 86 87 88 89 90 91 92 93 94 95 96 97
Duración óptima
Duración efectiva
Tasa de desempleo
Fin del trabajo y distribución del ingreso
Jean-Marie Haribbey (1998) ha puesto en forma certera el dedo sobre la incoherencia
lógica de cierto discurso sobre el fin del trabajo, que se organiza alrededor de dos
proposiciones articuladas entre sí, incluso si ellas en realidad no son compatibles. Del
florilegio que él propone en anexo a su artículo, se retomará la doble formulación sacada
de Aznar (1993).
Proposición 1: “Los progresos de la productividad del trabajo [...] parecen ineluctables,
programados por los desarrollos y las innovaciones de la tecnología”.
Proposición 2: “La reducción de la duración del trabajo [...] no puede producirse [...] sino
por la instauración de un mecanismo de compensación, redistribuyendo las riquezas
producidas por el sistema sin trabajo [...]. La fuente de la riqueza ya no es exclusivamente
el trabajo, la deducción de los financiamientos sociales [...] ya no se asegura
exclusivamente por el trabajo”.
Se ha mostrado que la primera propuesta es en gran medida falsa. De cualquier forma,
sería cierto que ella no mantendría relación lógica con la segunda. Comencemos por lo
que remite a los debates teóricos más exigentes. En la idea del fin del trabajo existe la
idea de la pérdida de sustancia del valor-trabajo. No se trata solamente de un juego de
palabras: entre muchos partidarios del fin del trabajo, la pérdida de centralidad del trabajo,
su desaparición como valor, acompaña igualmente a una pérdida de sustancia de la ley
7
del valor. Para decirlo rápido, haría falta tan poco trabajo para producir una mercancía,
que la teoría según la cual éste gasto de trabajo es el que determinaría el precio de la
mercancía por definición perdería su validez.
En realidad pasa lo contrario: como el capitalismo no puede utilizar otro cálculo
económico que éste, que le es consustancial, es por lo que se pone a funcionar de
manera más regresiva. Se puede discutir aquí rápidamente cierto número de afirmaciones
en sentido contrario. De entrada, se nos dice que las mercancías serían cada vez más
inmateriales, lo cual sería incompatible con el valor-trabajo. Pero esto no perturba en nada
la teoría del valor, la que no se encuentra limitada –salvo en las interpretaciones
efectivamente erróneas- a la producción de bienes físicos por los trabajadores manuales.
La mercancía es un producto del trabajo asalariado, que es vendido de manera que
valorice un capital. ¿En qué modifica la naturaleza de la mercancía el desarrollo de los
servicios y de la información? Que existan problemas de definición de la mercancía
individual, en el caso por ejemplo de programas de computo reproducibles a costos muy
bajos, implica una cuestión que concierne sobre todo al reparto de la ganancia entre los
diferentes capitales, pero no representa alguna dificultad teórica mayor.
Un segundo argumento comúnmente empleado consiste en decir que los salarios
representan una fracción cada vez más reducida de los costos. Que la parte de salarios
baja, es un hecho. Que sea reducida a una cantidad despreciable, es otra cosa. Si no,
sería difícil explicar la energía constante de los patrones dirigida a reducir la masa salarial,
ajustar los efectivos, acudir al downsizing, etc. Desde el punto de vista macroeconómico,
semejante afirmación no se sostiene, salvo olvidando que en las compras inter-ramas se
incorpora trabajo. Cuando una empresa compra los servicios de una sociedad de
servicios informáticos o de limpieza, las sumas que consagra a ello no se contabilizan en
los gastos de personal sino que a fin de cuentas se remiten a los salarios. Es verdad que
la interpenetración constante entre industria y servicios tiene por efecto disociar los gastos
de trabajo directo y las compras de bienes o de servicios incorporando trabajo directo. De
esta manera es como se puede explicar esta otra paradoja que proponemos llamar la
“evaporización” de la productividad. Claramente se encuentran incrementos considerables
de la productividad al nivel de la producción directa, pero éstos se revelan
extremadamente costosos en trabajo en otros niveles del proceso productivo de conjunto
(Husson 1999). Al nivel global, los salarios representan alrededor de dos tercios del valor
agregado de las empresas. Al nivel sectorial, los precios relativos reflejan crecimientos de
productividad diferenciales. En pocas palabras, la ley del valor continúa operando y las
mejorías de la productividad no implican en nada que la producción de riqueza haya
devenido autónoma en relación a los gastos de trabajo. Hay aquí un paso al límite en el
que se puede intentar restituir la lógica falible a partir de una imputación de los avances
de la productividad. Aunque han disminuido en relación a los años de expansión, los
incrementos de productividad no han cesado y hay que preguntarse cómo son utilizados
por la sociedad. Se partirá aquí de una descomposición esclarecedora que resulta de la
definición de la parte de los salarios. Esta última puede escribirse del siguiente modo:
Salario real por cabeza
Parte de los salarios = ----------------------------------------------Productividad/hora* duración
8
Se puede utilizar esta relación para identificar la utilización de los incrementos de
productividad:
- la primera es un aumento del salario real por cabeza;
- la segunda es una reducción de la duración del trabajo;
- la tercera es una baja de la parte salarial, o en otros términos un aumento de la
ganancia.
El cuadro 4 examina cómo esa distribución se efectúa en dos períodos iguales de seis
años. En la primera de ellas (1965-1981), se observa que los incrementos de la
productividad son elevados en Europa y que se redistribuyeron principalmente bajo la
forma de aumento del salario real. Este “fordismo” se acompaña igualmente de un ritmo
bastante sostenido de reducción del tiempo de trabajo, de tal suerte que esos efectos
favorables a las asalariados terminan por superar los crecimientos de productividad
obtenidos. La parte salarial tiende a aumentar y la descomposición contable se ajusta
sobre una baja relativa de la ganancia. Con variantes, ese esquema vale para los cuatro
grandes países europeos. El período contemplado no es, es verdad, homogéneo, puesto
que se sitúa a caballo entre los años de expansión y los años de crisis. Pero la decisión
de comparar períodos de tiempo iguales permite,a pesar de todo, analizar
considerablemente esas dos fases.
Cuadro 4. Crecimiento de productividad y sus usos
Alemania Francia Italia Reino Unido Europa USA
1965-1981 Productividad
4.0
4.1
4.4
3.3
3.9
1.4
Salario
3.8
3.4
4.6
2.9
3.6
1.1
Duración
1.0
0.8
0.5
1.2
0.9
0.5
Ganancia
-0.8
-0.1
-1
-0.7
-0.6
-0.2
1981-1997 Productividad
1.9
2.3
2.3
1.8
2.1
0.7
Salario
0.7
1.1
0.8
1.5
1.0
0.5
Duración
0.6
0.5
0.3
0.0
0.3
-0.3
Ganancia
0.6
0.7
1.0
0.3
0.7
0.6
Fuente: OCDE.
Los años noventa se caracterizan en efecto por la puesta en práctica de una muy
diferente forma de distribuir los aumentos de la productividad. Estos, se ha visto, para
comenzar son inferiores (2.1 % por año en lugar del anterior 3.6 % para la Europa de los
cuatro). Pero la proporción de lo que corresponde a los asalariados ha bajado todavía
más fuertemente. Bajo la forma de salario real, los salarios no obtienen más que 1 %, en
lugar de 3.6 % de antes. En otros términos, el progreso de los salarios no representa más
que 48 % de los avances de productividad, contra 92 % en el período anterior. La
redistribución bajo forma de reducción de tiempo de trabajo disminuye todavía más
sensiblemente (0.3 % por año en lugar de 0.9 %), y se reencuentra el resultado evocado
más arriba. Los asalariados ya no recuperan la totalidad de los incrementos de
productividad, ni bajo forma de salario, ni bajo forma de duración de trabajo reducida, de
tal suerte que la parte salarial baja y que la restauración de las tasas de beneficio
devienen un gravamen importante de los avances de productividad.
Este cambio de régimen se reencuentra en cada uno de los cuatro grandes países
europeos, y también, con alcances diferentes, en Estados Unidos. La diferencia es que
para pasar de una contribución positiva al restablecimiento de las tasas de beneficio, es
necesario, no solamente bajar el ritmo de reducción de tiempo de trabajo sino igualmente
invertir esta tendencia y aumentar la duración del trabajo.
9
El paso al límite
Este balance resulta evidentemente contradictorio con la tesis del fin del trabajo, pero
permite reconstituir el razonamiento de sus intérpretes. Conduce en el fondo a considerar
que la ecuación utilizada para analizar las contrapartes del crecimiento de productividad
va de cierta manera a “explotar” si la productividad se acelera. Rescribamos una vez más
esta ecuación :
Crecimiento de productividad =
Salario real
+Baja de la duración
+Aumento de la parte de la ganancia.
¿Qué puede suceder en caso de elevación excepcional del crecimiento de productividad?
Si se supone que el salario real progresa moderadamente, y que la duración retrocede
lentamente, entonces los incrementos de productividad se traducen principalmente en un
aumento de la parte de la ganancia. Si se lleva ese movimiento al límite, la parte de la
ganancia tiende hacia el 100 % y se plantea entonces un problema de realización. ¿Quién
comprará las mercancías producidas con casi más trabajo? Esta contradicción es real y
se plantea en la actualidad. En una situación en la que el salario y la duración del trabajo
son tendencialmente bloqueados, no puede resolverse sino por una redistribución de los
ingresos no salariales, encargados de comprar el aumento de producción. La
contradicción se desplaza entonces al nivel de la aceptación social de semejante situación
en que la parte relativa de los salarios tendería hacia cero mientras que los ingresos no
salariales se apropiarían la cuasi totalidad de los incrementos de productividad. Es por lo
que la cuestión de los avances de productividad no puede tratarse independientemente de
la distribución de las riquezas. Todo esto es cierto, pero hay que concluir, con Aznar, que
“ el error es creer aún que es el trabajo el que genera la riqueza”. Incluso en la situación
límite de una plebe de asalariados pagados con el salario mínimo y trabajando cuarenta
horas por semana para producir una masa creciente de bienes y servicios destinados a
una delgada capa social de rentistas, no se ve en qué esta distribución extremadamente
retorcida cambiaría en algo el hecho de que el trabajo de esos asalariados
superexplotados continuaría siendo la fuente de creación de esas riquezas.
Otra manera de absorber un progreso muy rápido de los avances de productividad es un
aumento del poder adquisitivo. Con un mismo gasto de trabajo, se producen mucho más
bienes y servicios, que entonces se distribuyen bajo la forma de alza del poder
adquisitivo. La verdadera cuestión a plantearse es la de preguntarse por qué eso no es lo
que sucede. Para los defensores de la tesis del fin del trabajo, la única respuesta posible
es en el fondo que va muy rápido: el crecimiento de la productividad es tan rápido que
excede la capacidad de absorción del consumo; independientemente de saber si esta
salida es deseable, desde el punto de vista de la economía social, hace falta constatar
que estamos muy lejos de semejante coyuntura. La masa de trabajadores no está
inmersa en una masa de mercancías producidas en un abrir y cerrar de ojos, e incluso
sucede todo lo contrario con un bloqueo más o menos universal del salario, el ascenso de
la precarización y la pobreza. Y esta es, propiamente dicho, incomprensible para la tesis
del fin del trabajo. Quien en efecto dice productividad enorme, dice enorme cantidad de
bienes y entonces sobreabundancia al menos potencial. Falta así un eslabón o varios
eslabones en el razonamiento, y no pueden ser reintroducidos sino a condición de no
olvidar el tipo de relaciones sociales en las cuales se enmarcan los incrementos de
productividad.
10
Queda la reducción del tiempo de trabajo, que constituye la contraparte casi natural a un
crecimiento de la productividad. Que ésta viene a duplicar, y es el paso del trabajo a
medio tiempo el que puede estar a la orden del día y permitir reabsorber muy
ampliamente el desempleo. En suma, se dispone así de tres maneras de afectar un
crecimiento de productividad masivo. El cuadro de abajo muestra las magnitudes
asociadas a la duplicación de la productividad: permite, al gusto, duplicar el salario,
reducir a la mitad la parte de los asalariados, o dividir entre dos la duración del trabajo.
Por lo demás, sólo la baja de la duración permite aumentar el empleo o conservar el
empleo sin necesidad de modificar el nivel de producción.
Cuadro 5. Duplicación de la productividad
Situación
Todo a la
inicial
ganancia
Productividad hora
100
200
Salario per cápita
7000
7000
Duración
100
100
Parte de los salarios
0.70
0.35
Todo al
salario
200
14000
100
0.70
Todo a la
duración
200
7000
50
0.70
Mientras más rápidamente crece la productividad del trabajo, más es posible asignarle
una parte, en alguna medida retroactivamente, a una reducción del tiempo de trabajo más
que proporcional permitiendo reincorporar a los solicitantes de empleo, mediando, claro,
una modificación del reparto. Esta determinación contable permite barrer el conjunto de
arreglos posibles. Enseguida, las leyes de la economía capitalista seleccionan los
compatibles con sus modalidades de funcionamiento. Dicho en otros términos, una
hipotética aceleración de la productividad no constituye una transformación regresiva, una
amenaza social, sino en la medida en que las relaciones sociales capitalistas obstaculizan
una distribución racional del crecimiento de productividad.
Trabajo e ingreso
Pero una de las propuestas implícitas del fin del trabajo se ubica a un nivel todavía
diferente. Consiste en decir que el crecimiento masivo de la productividad vuelve mucho
más necesarias las formas de asignación de ingresos para los desconectados del trabajo.
Es lo que se encuentra en la cita de Aznar para quien la reducción del tiempo de trabajo
supone “la instauración de un mecanismo de compensación, redistributivo de las riquezas
producidas por el sistema sin trabajo”. Esta afirmación es rigurosamente errónea., siendo
verdadero lo contrario, pues la reducción del tiempo de trabajo es, por naturaleza, ese
mecanismo de redistribución. Para ser más precisos, el razonamiento de Aznar no tiene
sentido más que en un caso caracterizado precisamente por la no-reducción del tiempo
de trabajo. Frente a los niveles de productividad considerados elevados, la no reducción
de la duración del trabajo es precisamente lo que crea el desempleo y por lo mismo una
capa social para la cual hay que inventar una nueva forma de ingreso. Los excluidos del
trabajo, los privados de empleo son privados al mismo tiempo de todo derecho al acceso
a la riqueza social. Esto, una vez más, no significa que ésta haya sido creada
independientemente del trabajo, pero eso sí de seguro independientemente de esos
trabajadores. Pero imaginemos que las contrataciones proporcionales a la baja de la
duración del trabajo hubieran permitido ofrecerles el estatus de asalariado ( y en
consecuencia un salario), entonces la necesidad de inventar una nueva forma de ingreso
no habría aparecido.
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No hay que confundir dos debates. Desde un punto de vista estratégico, la reivindicación
de un ingreso garantizado debe ser asumida por el movimiento social, desde el momento
en que la insuficiente creación de empleos ha fabricado una capa de trabajadores sin
trabajo y sin ingreso. Esto no da motivo de discusión más que sobre la articulación de ese
ingreso garantizado con las reivindicaciones puramente salariales. En revancha, hay que
rechazar la idea de que el ingreso mínimo es la única respuesta posible y coherente a los
progresos futuros de la productividad. Esto no es verdad sino en un caso particular en el
que se supone que la duración del trabajo se encuentra bloqueada. En esas condiciones,
las alzas de productividad impulsan la reducción relativa del número de empleos y se
traducen en una baja de la parte salarial. Si se toma como logro el hecho de que la
reducción del trabajo está bloqueada, entonces hace falta un ingreso para los
desempleados. Se tiene el derecho a considerar que ese escenario es desgraciadamente
posible y que corre el riesgo de remitirse a una hipotética redistribución del trabajo. Pero
no es legítimo hacer de ello una ley absoluta, ni forzosamente un modelo social deseable.
Imaginemos una sociedad que gestiona racionalmente lo que hemos llamado la ecuación
de productividad. En un primer tiempo, lleva la parte de la ganancia a un nivel más
conveniente, transformando los ingresos de los rentistas en salarios para empleos nuevos
asociados a la reducción del tiempo de trabajo. El desempleo ha retrocedido de manera
significativa. ¿Qué hacer entonces con los avances de productividad? Después de haber
fijado una parte razonable a la ganancia, que va a financiar la acumulación, la sociedad
debe combinar dos modalidades de crecimiento de su riqueza. Admitamos que escoge un
progreso razonable y sostenible del salario per cápita y que dedica la mayor parte de los
incrementos de productividad a una reducción del tiempo de trabajo igualitario, en
particular desde el punto de vista de las relaciones entre hombres y mujeres. Una
sociedad funcionando de manera racional podría incluso, en la locura, eliminar una
cantidad considerable de trabajo superfluo y parásito, directamente ligado a la
competencia capitalista, trabajo del que estamos lejos de ver el fin. Se llegaría bastante
rápido a un verdadero trabajo a medio tiempo, con una gran latitud de modulación sobre
el conjunto de la vida. Semejante sociedad podría instituir una suerte de contrato social
garantizando el derecho al trabajo y así al ingreso para el conjunto de sus miembros. El
dominio que tal sociedad ejercería sobre sus propios fines, la garantía real del derecho al
empleo, transformaría considerablemente la naturaleza de la relación salarial. Nuevas
formas de redistribución del ingreso podrían aparecer bajo la forma de una extensión del
campo del salario socializado y del de la gratuidad.
¿El imposible pleno empleo?
Se puede considerar a esta sociedad como utópica, idílica, fuera de alcance,
insuficientemente en ruptura con los mecanismos económicos actuales. Toda la cuestión
está en saber si esas dificultades de definición son superadas por el proyecto de un
subsidio universal o ingreso garantizado. ¿Es éste último la condición de la emergencia
de un nuevo pleno empleo o al contrario el contrapeso necesario por la inaccesibilidad
postulada del pleno empleo? Los defensores del fin del trabajo tienen en común un
postulado difícil de asir, que consiste en afirmar que ninguna reducción del trabajo puede
ya crear empleos en número suficiente para volver al pleno empleo. Sólo el ingreso
garantizado permitiría una verdadera salida desde arriba a los actuales callejones sin
salida.
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Esta posición oscila constantemente entre dos registros diferentes, uno y otro
cuestionables, como lo es ese va-y-viene igualmente más controlado, que consiste en
asociar de manera desconcertante una resignación teorizada a partir de la realidad
observable, y un modelo utópico obtenido por el paso al límite. La realidad observable es
que no hay reducción del trabajo y que, desde ese momento, el pleno empleo aparece
fuera de alcance.
La primera frase del libro de Vivienne Forrester (1996) ilustra bien esta idea que extravían
las gentes contemplando falsas soluciones: “ Vivimos en el seno de un engaño magistral,
en un mundo desaparecido que nos encarnizamos en no reconocer, y que los políticos
artificiales pretenden perpetuar. Millones de destinos se encuentran destrozados,
aniquilados por este anacronismo debido a estratagemas porfiadas destinadas a dar por
perdurable nuestro más sagrado tabú: el del trabajo”.
A este argumento pragmático que muestra que el pleno empleo es imposible puesto que
se aleja constantemente, se añade la idea de que se va hacia una sociedad de trabajo
cero y que uno se agota tratando de ir en contra de ese movimiento. Todo esto se hace
por deslizamientos progresivos. Así, André Gorz a quien se pregunta si se va hacia una
producción sin hombres, responde de hecho con otra cuestión: “No es imposible, pero por
el momento seguramente vamos hacia la empresa sin asalariados permanentes y de
tiempo completo” (Gorz 1898). El trabajo intermitente o de tiempo parcial es una forma de
reducción del tiempo de trabajo, nada tiene que ver con el fin del trabajo. Pero la tesis
sobre el ingreso como única respuesta adecuada al fin del trabajo necesita pasar al límite.
Es sólo cuando la cantidad de trabajo gastada deviene nula cuando ya no existe
efectivamente ningún medio de mantener un vínculo entre el modo de distribución del
producto social y el gasto de trabajo. El enojo es que deviniendo infinito ese producto
social, ya no existe tampoco necesidad de redistribuirlo.
Todos esos pasos al límite paradójicos son necesarios en segundo plano, porque dan
cuerpo a una perspectiva cualitativa de desconexión del ingreso y del trabajo, antes de
abatirse sobre las formas estrechas que son producidas actualmente. Entre la gama de
teóricos del fin del trabajo, se pueden en efecto observar grados muy variados de
radicalidad. Para algunos, el discurso sobre las mutaciones inefables es muy útil para
eliminar toda discusión sobre alternativas distintas al lastimoso ingreso mínimo de
inserción (RMI). Por lo menos debería llevar a la reflexión que la reivindicación de un RMI
de menos de 4000 F* pueda ser presentado, en razón de esta perspectiva nebulosa, como
la cumbre de la radicalidad, mientras que la semana de 32 horas no sería sino una
adecuación de la explotación asalariada No se puede invocar tan hipotética abundancia
para hacer de la cuestión de ingreso la dimensión cuasi exclusiva de la transformación
social, como si la cuestión del trabajo estuviera ya resuelta por disolución espontánea.
Tomemos las cosas de otra manera. La reducción del tiempo de trabajo con
contrataciones proporcionales y conservación del poder adquisitivo supone en un primer
tiempo una reducción de la parte de la ganancia. ¿Tendría efectos diferentes la
conservación del tiempo de trabajo actual con una baja de efectivos compensada por la
instauración de una pensión universal? Si no toca a la distribución del ingreso, se trata de
un reparto de migajas entre trabajadores, otra redistribución de los efectos de la
expropiación de las elevaciones de productividad, en breve una miserable gestión de la
miseria, que no puede pretender al título de proyecto alternativo. Si, al contrario, ese
*
Francos franceses (n del T.)
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ingreso garantizado debe pagarse con una baja significativa de los ingresos de los
rentistas, ¿ que permite pensar que ese resultado será más fácil de alcanzar que una
“buena” reducción del tiempo de trabajo, desde el punto de vista del grado de ofensiva
social que eso supone?
Fin del trabajo y tercer sector
Para terminar hay que subrayar otra contradicción que atraviesa a no pocos análisis
sobre el fin del trabajo, en sus versiones menos radicales. Se trata del gran tema de la
actividad que debería suplantar al empleo y ser reconocida socialmente, por lo mismo
remunerada. Alguien como Rifkin presenta el desarrollo de un tercer sector como salida al
fin del trabajo, conjuntamente con la reducción del tiempo de trabajo. Esa mezcla es de
nuevo incoherente. Se puede explicar a la vez que se va hacia una sociedad donde la
creación de riquezas es independiente del trabajo, y descubrir que existen yacimientos
enormes de empleos bajo la forma de actividades dejadas hoy en barbecho. Esos dos
modelos no son compatibles manifiestamente. Si el trabajo está en vía de desaparecer,
no es para reaparecer bajo forma de “actividad”. Si el fin del trabajo se dibuja en el
horizonte, significa una enorme cantidad de tiempo libre, y la puesta a disposición de un
ingreso universal que nos dispense de toda actividad remunerada y nos transforme en
gestores de ese tiempo libre. Lo que haremos podrá bautizarse como se quiera, por
ejemplo actividad, pero es una actividad gratuita, fuera de la economía, no mercantil.
Empero, la noción de tercer sector introduce otra idea, que es el hecho de que esta
actividad gratuita por naturaleza deberá ser reconocida y suscitar empleos remunerados.
¿Cómo se establecerá la frontera?
En la concepción pura de la pensión universal, la cuestión no se plantea en principio, si se
pasa al límite. La pura desconexion entre ingreso y trabajo, y la abundancia, hacen
desaparecer la categoría de actividad o sacan el problema con la utopía de la
desaparición del trabajo. Concretamente, es sin embargo un mito que no resiste el
examen, a menos que se postule una autosuficiencia total de los individuos. Pero desde
que ellos tienen necesidad unos de otros, se reintroduce el trabajo. Si soy dentista, el
servicio que ofrezco sanando la caries de mi vecino reencuentra la dimensión de trabajo,
salvo que se postule un gusto espontáneo por actividades de entrega y una fabulosa
armonía universal. Desconectados del ingreso del trabajo Siendo desconectado los
ingresos respecto al trabajo, la provisión de servicios sería en efecto dejada al gusto de
los oferentes, y regulada por la simple simpatía. Todo eso es inconsistente y no sirve para
la elaboración de un proyecto de transformación social que no presuponga la abundancia.
De golpe, un poco como el proyecto de pensión universal es descontada del triste RMI, el
tercer sector se debilita en pequeñas chambas intermitentes de salarios reducidos. No es
realmente el fin del trabajo, más bien el fin del derecho al trabajo.
En cambio, el proyecto radical centrado en la reducción del tiempo de trabajo es más
sólido. No hay necesidad de postular el fin del trabajo o la abundancia, y se limita a
organizar socialmente su progresiva desaparición. Y su lógica consistiría más bien en
rechazar la distinción entre empleo y actividad y a partir del examen de las necesidades
sociales a satisfacer. El principio es homogeneizar el modo de satisfacción de esas
necesidades rechazando la dicotomía entre quienes aparecen como solventes, y quienes
deben serlo, pero a condición de pagar menos bien a quienes lo efectúan. Si aquí debe
haber desconexión, es entre el salario de los trabajadores y la rentabilidad directa de su
trabajo, y esta desconexión no puede operar sino por una socialización de la asignación
del trabajo, que pasa por transferencias de valor en dirección de los sectores menos
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rentables pero socialmente prioritarios. El papel de los servicios públicos, de la
socialización de la oferta y el objetivo de gratuidad tienen un lugar central en esta
perspectiva. En cierto sentido, se opone directamente al proyecto esquivo que inspira la
idea de tercer sector, poniendo por delante la exigencia de un dominio directo de las
opciones sociales, y así de una oposición frontal a los puros criterios de ganancia.
Bibliografía
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Forrester, Viviane (1996), L’horreur économique, Fayard.
Gorz, André (1998), Entrevista en Le Monde del 6 de enero.
Harribey, Jean-Marie (1998), “Travail, emploi et activité: essai de clarification de quelques
concepts » Economie appliquée, Economie du travail, Série A.B., n° 20, 3/1998.
Husson, Michel (1998), « Le ralentissement de la réduction du temps de travail en
Europe », Chronique international de l’IRES, n° 54, septembre.
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bourgeoise, Editions Page Deux.
Rifkin, Jeremy (1996), La fin du travail, La Découverte.
Schor, Juliet (1991), The Overworked American, Basic Books.
Villa, Pierre (1994), Un siècle de données macro-économiques, INSEE Résultats n°303304.
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