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BÉCQUER Y LOS CAFÉS
Fm!tpmjubsjp!wjop!ef!mbt!ubcfsobt!
!
por Ariel Conceiro
No hay que darle más vueltas. Lo
que se esconde detrás de los ojos negros
de Bécquer siempre resulta ser lo
mismo: la infructuosa, agobiante y
continua búsqueda del ideal por encima
de la asfixiante cotidianeidad. El ropaje
utilizado para tan singular odisea puede
ser diverso, pero siempre incorpóreo,
intangible,
soñado,
impreciso,
misterioso, evocador, melancólico,
fantasmagórico.
Para el viaje Bécquer viste
americana o levita, un largo capote
italiano y sombrero de copa de alas
abarquilladas, mientras apoya su enjuta
figura sobre un clásico bastón. Con
actitud melancólica y contemplativa,
parece huir del mundo real para acabarse
refugiando en la región de lo
irrealizable. Son los ojos (¿verdes,
azules, negros?) que, como cometas
trasnochadores, golpean su alma de
señorito andaluz venido a menos, de
dandi vocacional. Y con la sensualidad
llega el frío aroma de la muerte porque,
como deja muy claro el poeta en todos
sus relatos, el pecado de la transgresión
siempre es castigado con la melancolía y
la muerte.
Hemos llegado al reino de la noche,
al país de los sueños donde Bécquer se
va a ver impotente para encontrar las
palabras que describan a su hechicera
mortal y embriagadora. Lo va a intentar,
de todas formas: así los ojos de su
amada brillarán en la oscuridad como los
fuegos fatuos que corren sobre el haz de
las aguas infectas, serán luminosos,
transparentes como las gotas de lluvia
que se resbalan sobre las hojas de los
árboles después de una tempestad de
verano. Porque (lo repetirá con
insistencia) ella es hermosa y pálida
como una estatua de alabastro y sus
pupilas brillan como dos esmeraldas
sujetas a una joya de oro....
¿Qué le queda por hacer al Romeo
despechado? Sin duda, abrazarse a la
noche y beber como un desesperado.
También algunas cosas más... Y es que
cuando la vida huye ignominiosamente
del poeta (¡con veintidós años!) sus
pasiones toman la forma del tabaco (el
poeta era un devoto empedernido del
tabaco, hasta el punto de fumar hojas
secas y todo lo que se le pusiese por
delante), el café (ese negro brebaje que
alimenta mis nervios cansados), la ópera
(Donizetti o su admirado Bellini le
convertirán en un gigoló de la zarzuela:
otro fracaso más) y las prostitutas (que
agotaron sus pocos recursos y su frágil
salud).
De todas formas, el dolor en
Bécquer es íntimo, callado, silencioso,
tiene forma de humo nocturno y un
imposible aroma de pétalos que sólo es
concebible
bajo
circunstancias
excepcionales
y
en
momentos
apropiados. Por eso el refugio más
socorrido, su particular salvavidas, será
la noche y con ella sus amadas tertulias
y cafés.
Bécquer no quiere hablar de su
dolor, ni de las putas que le ríen las
gracias de poeta loco, ni del solitario
vino de las tabernas; por eso comienza a
dedicar su tiempo y su atribulada pluma
a opinar sobre los cafés, las tertulias
literarias, las representaciones teatrales,
los copetudos saraos a los que asiste, las
corridas de toros y las redacciones de los
periódicos. Es una forma como otra
cualquiera de reencontrarse con su
inclinación primeriza de dandi que no
tiene donde caerse muerto pero que
disimula muy bien sus carencias a base
de locuras, estilo y despilfarros
incomprensibles. “Le he conocido sin
camisa ni calcetines: tomaba dinero y lo
gastaba.... en varias cajas de guantes
finísimos, una alfombra de doscientos
duros (que luego vendía en veinticinco),
en convidar amigos y en putas”,
comentaría más tarde su amigo Narciso
Campillo. Es el Bécquer más patético y
humano, aquel cuya primera necesidad
no es otra que “beber Burdeos viejo” y
comer “carne bien hecha”. El mismo
que, tras ponerse elegante de pies a
cabeza, acude a fiestas musicales, bailes
distinguidos, carreras de caballos y
estrenos de teatro que reseña de forma
tan colorista como funcional en El
Contemporáneo. También con un poco
de mala leche. Y es que todo el carnaval
nacido en el dorado círculo de la
sociedad galante queda reducido, según
palabras suyas, a una vistosa majadería.
Cuando se abren las puertas de la
vanidad afloran los desagradables
recuerdos del buffet, donde se sirve en
copas pequeñas el veneno de los Borgia
con el nombre de vino de Jerez, o donde,
en vez de té, se toma una infusión de
azúcar y plantas exóticas.
Tal vez se pueda ver algo de
resentimiento en ese trato distante que
Bécquer otorga al mundo de las fiestas
de sociedad. Debe de ser duro para
alguien con ínfulas de Lord Byron
acabar perteneciendo al denigrante
círculo de la prensa rosa. Y para
Bécquer, especialmente doloroso, ya que
en medio de ese ambiente sufrió el gran
revés amoroso del que se nutrió, con
posterioridad, su vida y su muerte. No
hay que olvidar que Gustavo intentó por
todos los medios introducirse en el salón
de los Espín, en la dorada catedral de su
musa Julia Espín, y sólo consiguió ser
objeto de chanzas linajudas y desprecios
canallescos. Ser considerado, a lo más,
un hábil pianista y conversador, un
artista peculiar y bohemio, un bufón
socorrido y brillante. Un sucio estorbo la
mayoría de las veces.
Por todo ello, Bécquer, rodeado de
tabaco, café, vino y amigos, desde la
noche que tanto ama y en la que tanto se
refugia, se acaba autodesterrando de las
tertulias madrileñas. En el fondo ha
seguido y ha sido protagonista de un
proceso muy peculiar que le ha
acompañado durante todo el siglo: el
auge de las tertulias populares, de los
bailes de sociedad, de las reuniones
galantes.
La falta de comodidades y
entretenimientos en el hogar había
empujado, ya desde mediados de siglo, a
la vida social en la calle, sobre todo
alrededor de tabernas y cafés. Los
salones eran algo más escogido y
selecto, definitivamente elitista (es por
eso comprensible que un artista bohemio
y soñador como Bécquer, un hijo de los
hijos de Velázquez y Murillo luche por
entrar en ellos). Solían ser reuniones de
unos cuantos íntimos (la aristocracia y el
dinero juntos de la mano) y algunos
invitados (donde aspiraba a estar nuestro
poeta) en el domicilio de una dama (ay,
Julia, Julia, Julia) o familia que
acostumbraba a “recibir” (por cierto, en
alguno de los prostíbulos preferidos de
Bécquer solían emplear la misma
expresión). En esos exquisitos salones
tenían la lujuriosa costumbre de tomar
cosas tan fuertes como té y chocolate
mientras se amenizaba la velada con un
poco de música y algún que otro baile.
Cuando Bécquer sale de estas
entretenidas reuniones se acerca a las
sucias tabernas (reglamentadas por
cierto en esos años, con especificación
explícita del tipo de bebidas que se
podían servir, la pureza que debía tener
el vino, la prohibición manifiesta de
servir comidas cocidas o guisadas,
aunque no fritas, etcétera) que tan bien
le conocen y se ahoga en vino barato. De
las tabernas le rescatarán los cafés, una
institución que se introduce en España
durante esos años precisamente. Solían
ser establecimientos distinguidos donde
florecían tertulias alrededor de algún
personaje conocido. Así se hicieron
famosas las tertulias literarias (como la
del Café del Príncipe, con Espronceda y
Mesonero Romanos) y tertulias políticas
(sede permanente de grupos opositores
al gobierno).
El mismo Bécquer tomó en más de
una ocasión el toro por los cuernos: “El
cambio de régimen político produce una
evolución en las costumbres. La vida se
hace aún más exterior, hierven los
centros políticos, la multitud toma parte
en las luchas, y como no es posible la
vida del foro, como en Roma, surge el
café, afortunada sucursal de la plaza
pública.... Más tarde fue creciendo el
anhelo de sociabilidad, de esa
sociabilidad cómoda y barata que se
realiza en estos establecimientos, y
comenzaron a multiplicarse, y el espíritu
de especulación se fijó en el negocio.
Los veladores de mármol sustituyen a
las mesas de pino; el gas, al aceite; las
cortinillas de indiana dejan sitio a los
grandes portieres; donde estaba el reloj
de cuco y figuras de movimiento
campea una esfera magnífica; el lujo no
se detiene y llega a la prodigalidad; se
multiplican las luces, se agrandan hasta
la exageración los espejos; el oro, casi
en profusión lastimosa, chispea por
todas partes; unos, tratando de
sobrepujar a los otros, llegan al límite
extremo, porque no cabe ya más en esa
senda de riqueza sobrecargada y de
dudoso gusto”.
El Gustavo pesimista no ha tardado
mucho tiempo en aparecer. Sin embargo,
Bécquer va a vivir la mayor parte de lo
que le queda de vida en Madrid en sus
amados/odiados cafés, rodeado de
amigos como Eulogio Florentino Sanz,
Augusto Ferrán, Correíta, Pérez Escrich,
Marcos Zapata, Eusebio Blasco, Carlos
Rubio y un larguísimo etéctera. Los
escenarios son variados aunque,
indudablemente, goza de un mayor
protagonismo la tertulia del “Suizo”,
entre las calles de Alcalá y Sevilla,
donde diariamente acude Bécquer,
permaneciendo allí hasta altas horas de
la noche. En el Suizo conspirará literaria
y políticamente, sus amigos le animarán
a escribir (uno de ellos le llegará a
regalar un tomo comercial de quinientas
páginas para que reuniese sus trabajos),
defenderá a sus amigos a muerte, atacará
lo que considera injusto con tanta
brillantez como severidad y acabará
trabajando y consiguiendo laburos al
olor del tabaco y del vino.
Así, en la tertulia del Suizo, el
gerente de Gaspar i Roig (casa para la
que trabajaba haciendo fatigosas
traducciones), cierto día, le propuso un
trabajo muy concreto...
- Gustavo, ¿tendría usted algo para
el “Almanaque” que voy a publicar?
Pero poca cosa, una cuartilla, porque
sólo puedo dar por ella sesenta reales.
- Aceptado –dijo Bécquer-, porque
acaban de presentarme una cuenta de esa
suma.
Dicho y hecho. Al día siguiente,
Gustavo escribió Las hojas secas de un
tirón, sin una sóla corrección. El poeta,
con una gran taza de café entre sus
manos, y ante el asombro de sus amigos,
comentó: “No tiene nada de extraño la
rapidez y la forma de la redacción,
porque pensé anoche el artículo tal como
está y la mano no ha hecho más que
trazar lo que ya estaba en mi
imaginación escrito”.
Así era Bécquer y así sobrevivía en
las largas, frías y solitarias noches del
Madrid infernal atestado de abejas
irritadas, corazones rotos y chotis
descafeinados.
“Las personas algo encopetadas se
hacían llevar a sus casas las bebidas, las
noches de saraos, y la multitud no había
adquirido la costumbre de pernoctar en
los cafés. Pero los tiempos han
cambiado y los cafés son ahora
expresión de una nueva vida social”.
Bécquer lo supo desde el
principio. Por la noche, ya casi
amaneciendo, cuando regresaba a
casa, tambaleándose de dolor y
vino aguado, casi siempre llevaba
en la cabeza alguna de sus rimas
desgarradoras que alguien, alguna
vez, en algún lugar, hace muchos,
muchos siglos, le inspiró con su
desdén.
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