ENFERMEDADES NEOPLÁSICAS

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XVII
ENFERMEDADES NEOPLÁSICAS
1.
INTRODUCCIÓN
2.
METÁSTASIS OCULARES
2.1.
2.2.
2.3.
2.4.
2.5.
2.6.
2.7.
2.8.
Conjuntiva
Iris y cuerpo ciliar
Coroides
Retina
Vítreo
Papila del nervio óptico
Órbita
Párpados
3.
LINFOMA NO HODGKIN
4.
SÍNDROMES PARANEOPLÁSICOS
5.
EFECTOS SECUNDARIOS DE LA TERAPIA ANTINEOPLÁSICA
CAPÍTULO XVII
MANIFESTACIONES OCULARES
DE LAS ENFERMEDADES NEOPLÁSICAS
Carmela Capeáns Tomé, Antonio Piñeiro Ces
1. INTRODUCCIÓN
Los pacientes con cáncer pueden sufrir un gran
número de alteraciones en el sistema visual secundarias a su enfermedad. Así, pueden experimentar síntomas oculares y/u orbitarios por infiltración neoplásica directa o bien por compresión de los tejidos oculares. En otros casos se generan síntomas y signos
producidos por la enfermedad autoinmune inducida
por el cáncer. Además, estos pacientes sufren a
menudo los efectos colaterales asociados a la radiación y a los fármacos citotóxicos empleados en el tratamiento de la neoplasia. Estos cuadros clínicos
deben ser conocidos por el oftalmólogo con el fin de
sospechar la presencia de un tumor si éste no había
sido diagnosticado, e instaurar el tratamiento más
adecuado en cada caso.
Los tumores metastásicos en el ojo constituyen la
enfermedad maligna ocular más frecuente (más frecuente que los tumores malignos oculares primarios:
el melanoma de la úvea en el adulto y el retinoblastoma en la infancia). Los tumores primarios que con
mayor frecuencia producen metástasis en el globo
ocular son el cáncer de pulmón y el cáncer de mama.
A pesar de la alta incidencia de metástasis oculares en
enfermos cancerosos, se sabe que en muchos de ellos
no llegan a ser diagnosticadas debido al estado de
deterioro que padecen.
Los síndromes paraneoplásicos constituyen la
causa menos frecuente de daño ocular producido por
un cáncer sistémico. Algunos de ellos todavía no son
bien comprendidos en la actualidad. Parece que la
autoinmunidad es el mecanismo que da lugar a la
aparición de estos cuadros tan característicos.
La aplicación de radiación y la utilización de fármacos antiproliferativos pueden provocar otras alteraciones visuales de importancia como la disminución
en la producción de lágrima, visión borrosa transito-
ria por alteraciones en el cristalino, catarata, retinopatía o incluso alteraciones en los pares craneales con
repercusión ocular.
Además, en el presente capítulo se tratará el
tema correspondiente al linfoma no-Hodgkin ocular
(linfoma de células reticulares), enfermedad neoplásica que afecta al ojo junto a otros órganos de la economía como el cerebro, y puede manifestarse en el
globo ocular de diferentes formas.
La primera comunicación de enfermedad metastásica en el globo ocular que conocemos data de
finales del siglo XIX (Perls, 1872). En un principio se
pensaba que las metástasis oculares de cánceres sistémicos eran extremadamente raras (se dieron cifras
tan bajas como 1 por 150.000 pacientes). Actualmente, sin embargo, se sabe que aproximadamente
el 10% de los pacientes que fallecen por cáncer son
portadores de una metástasis intraocular (Bloch et al.,
1971), aunque muchas de ellas no lleguen a ser diagnosticadas. Por otra parte, estas lesiones son los
tumores oculares más habituales (más que el melanoma de coroides y más que el retinoblastoma, que,
como se ha dicho anteriormente, constituyen los
tumores intraoculares primarios más frecuentes en la
edad adulta y en la infancia, respectivamente). La
coroides es el tejido ocular en el que más frecuentemente asientan las metástasis (Ferry et al., 1974).
La invasión del ojo por las células tumorales circulantes dependerá, por una parte, de características
individuales y también de las características celulares
del carcinoma primario (Reese, 1963). La extensión
en el interior del globo ocular por un tumor que
asienta en los tejidos vecinos (órbita) es rara. Debido
a la ausencia de linfáticos, las células tumorales necesariamente alcanzan el globo ocular a través de diseminación hematógena desde el tumor primario. Las
células cancerígenas penetran en la arteria carótida
interna desde la aorta en el lado izquierdo e indirec-
490
Manifestaciones oftalmológicas de las enfermedades generales
tamente desde la arteria innominada en el lado derecho. Las células de mayor tamaño tienden a mantener una posición en la parte más lenta del torrente
sanguíneo (esto se corresponde con el espacio situado a lo largo de la pared vascular), y las ramas del
árbol vascular dan lugar a una salida de estas células
desde los canales circulatorios principales. Las células
tumorales dentro de la carótida interna entran en la
arteria oftálmica, la cual da: de diez a veinte arterias
ciliares posteriores cortas, las cuales nutren principalmente la úvea posterior, dos arterias ciliares largas,
que nutren a la úvea anterior, y una arteria central de
la retina que nutre la mitad interna de la retina y en
parte a la papila del nervio óptico. De esta forma, la
coroides posterior, que está ricamente vascularizada,
se afecta, desde un punto de vista teórico (pero no
muy lejos de la realidad), de diez a veinte veces más
que el iris o el cuerpo ciliar. La retina y el disco óptico, irrigados por la arteria central de la retina, son
raramente sitios de afectación (Ferry et al., 1974). El
grado de angulación de las ramas arteriales de la
arteria oftálmica, las características celulares del carcinoma primario y, quizás menos probablemente, las
características individuales que facilitan el proceso de
asentamiento de estas células, pueden ser factores
que expliquen las diferencias interindividuales en la
implantación de las metástasis intraoculares.
2. METÁSTASIS OCULARES
2.1. Conjuntiva
Es un hallazgo raro en la clínica oftalmológica. En
general se presentan como masas solitarias de aspecto
carnoso en la conjuntiva bulbar. Se ha visto que aparecen en los estados avanzados de la enfermedad cancerígena y frecuentemente asociadas a otras metástasis
oculares. El tiempo medio de supervivencia entre el
diagnóstico de las metástasis conjuntivales y la muerte
se ha cifrado en nueve meses (Kiratli et al., 1996).
2.2. Cuerpo ciliar
Son raras con respecto a las metástasis que afectan a la úvea posterior (se ha calculado que suponen
aproximadamente el 10% de todas las metástasis del
tracto uveal). Las dos grandes revisiones en la literatura oftalmológica referentes a la incidencia y comportamiento de esta lesión han sido realizadas por el
grupo de Shields (Shields et al., 1995; Shields et al.,
1997). Estos autores han encontrado que los tumores
primarios que con mayor frecuencia producen metástasis en el iris son el cáncer de mama y el de pulmón,
aunque otros tumores también pueden producir
enfermedad metastásica en el iris. Nuestro grupo de
investigación ha descrito por vez primera la existencia
de una metástasis iridiana procedente de un adenocarcinoma de endometrio (Capeáns et al., 1998).
La mayor parte de las metástasis iridianas son unilaterales y solitarias. Suelen ser masas poco cohesivas,
y como consecuencia pueden producir una siembra
de células en toda la cámara anterior, simulando una
inflamación intraocular (síndrome mascarada). En
general presentan una coloración blanquecina o amarillenta, excepto en aquellas metástasis procedentes
de melanomas cutáneos, en las que el color suele ser
marrón. También se ha descrito que las metástasis
procedentes de un carcinoide pulmonar o de un cáncer de células renales muestran un color anaranjado
(Shields et al., 1995; Shields et al., 1997).
Como complicaciones de las metástasis en iris,
Shields et al. han encontrado: glaucoma secundario
en un 38% de los pacientes, hipema en un 15% de
los casos y pseudohipopión en un 10%. Se han
detectado metástasis coroideas coexistentes en un
35% de los casos y metástasis en otras localizaciones
extraoculares en un 82% de los casos (Shields et al.,
1995). La supervivencia media desde el diagnóstico se
ha cifrado en 20 meses.
El diagnóstico diferencial de una metástasis iridiana puede ser difícil e incluye el melanoma, el leiomioma, el granuloma inflamatorio o el xantogranuloma juvenil.
Una metástasis en el cuerpo ciliar puede ser más
difícil de visualizar y manifestarse produciendo síndromes mascarada, induciendo glaucoma o inflamaciones del segmento anterior inexplicables.
2.3. Coroides
Manifestaciones clínicas. Síntomas
Pueden ser muy variados, dependiendo de la
forma de presentación. Pacientes con un único foco
metastásico situado en la periferia coroidea no percibirán, en general, ningún síntoma ocular. Si la o las
masas metastásicas se encuentran próximas a la
mácula, o bien si se asocian a un desprendimiento de
retina exudativo, pueden provocar una disminución
de la agudeza visual y una alteración del campo
visual. Estos síntomas pueden ser la primera manifestación de una neoplasia sistémica.
Normalmente, la disminución de agudeza visual y
la disminución de campo visual son dos síntomas progresivos y no acompañados de dolor (se ha descrito la
aparición de dolor en aquellos casos que se presentan
con un glaucoma neovascular). Stephens y cols.
(1979) han revisado la incidencia de distintos síntomas en una serie constituida por 70 pacientes porta-
Capítulo XVII.
Manifestaciones oculares de las enfermedades neoplásicas
dores de metástasis coroideas. El síntoma que se
encontró con más frecuencia fue la visión borrosa,
que aparecía hasta en el 80% de los pacientes. Le
seguía el dolor en el 14% de los casos, fotopsias en
el 13% de los casos, ojo rojo y moscas volantes en el
7%, los defectos de campo visual en el 3% y fotofobia en 1% de los casos. Un 6% de todos los pacientes eran asíntomáticos. En otro estudio realizado por
Freedman y cols. (1987) se ha encontrado como síntoma principal la visión borrosa (98% de 58 pacientes), defecto de campo visual en el 31%, y dolor en
el 16% de los casos.
Signos
Las masas coroideas de origen metastásico suelen
tener una coloración blanco-amarillenta, son poco
elevadas y a veces resulta difícil distinguir sus límites
mediante oftalmoscopia (no es infrecuente que en el
estudio ecográfico se detecten masas de un tamaño
mayor que el esperado tras el estudio del fondo de
ojo). En general se asocian a desprendimientos de
retina de carácter exudativo, muchas veces de gran
amplitud (Stephens et al., 1979). Asientan fundamentalmente en el polo posterior del ojo. En la serie
publicada por Freedman y cols. (1987) han encontrado hasta un 40% de lesiones metastásicas coroideas
en el área macular. Esta preferencia por el polo posterior se ha querido explicar como el resultado de un
mayor aporte sanguíneo a la coroides de esta zona
(como se ha comentado más arriba). Si bien, se debería tener en cuenta que todas aquellas alteraciones
que afectan al polo posterior serán más fácilmente
identificables por su mayor probabilidad de producir
sintomatología visual.
Una característica clínica importante, y que diferencia a las metástasis coroideas de los tumores intraoculares primarios, es que las primeras tienen tendencia a presentarse bilateralmente, hasta en un 20 a
40% de los casos (Shields, 1983). En un estudio de 17
pacientes con presentación bilateral de las metástasis
coroideas se ha visto que, en la mayor parte de los
casos, el segundo ojo se afecta en un tiempo menor a
un mes desde el diagnóstico en el primer ojo (Tatcher
et al., 1975). Por otra parte, dentro del mismo ojo
afecto puede aparecer más de un foco (en el 20% de
los pacientes afectos según Shields, 1983). Los estudios realizados no han encontrado diferencias con respecto a la lateralidad del ojo afecto (Shields, 1983).
Diagnóstico y diagnóstico diferencial
Las características clínicas antes descritas y el
antecedente conocido de enfermedad neoplásica de
491
otra localización son factores fundamentales para
realizar el diagnóstico. El diagnóstico diferencial debe
plantearse fundamentalmente con otros tumores
intraoculares, aunque también otras entidades nosológicas pueden presentar características similares a un
carcinoma metastásico coroideo:
— Melanoma de coroides
Es el tumor intraocular primario más frecuente en
la edad adulta. En general es una masa única y más o
menos pigmentada. Tienden a ser más elevados que
las metástasis coroideas y a veces presentan una morfología en champiñón. En ocasiones, se pueden plantear dudas diagnósticas en el caso de los melanomas
de coroides amelanóticos. Con el fin de esclarecer el
diagnóstico se deben considerar dos puntos: en primer lugar, que las metástasis suelen tener un color
más amarillento que los melanomas amelanóticos y,
en segundo lugar, que todas las masas coroideas
poco pigmentadas o amelanóticas situadas por
delante del ecuador, o en el cuerpo ciliar, deben ser
diagnosticadas en principio como melanomas amelanóticos más que como metástasis coroideas anteriores (Wharam et al., 1994). La ecografía ocular constituye un buen método para dilucidar el diagnóstico
diferencial planteado entre estas lesiones: en el melanoma de coroides la reflectividad es baja con una
estructura interna regular; sin embargo, en las metástasis coroideas la reflectividad suele ser más alta y la
estructura interna suele ser irregular.
— Osteoma coroideo
Suele ser una lesión de presentación bilateral y
con tendencia a la aparición en el polo posterior.
Estos tumores muestran unas características oftalmoscópicas similares a las de las metástasis coroideas: poca elevación y coloración amarillenta. La presencia de neovascularización coroidea es una característica típica de los osteomas de coroides, aunque no
aparece en todos los casos. Son pruebas fundamentales para el diagnóstico diferencial, la realización de
una ecografía ocular, que en el caso del osteoma
exhibirá zonas de atenuación importante de los ultrasonidos detrás de zonas de alta reflectividad por la
presencia de calcio en su interior. La realización de
una tomografía computerizada revelará la existencia
de densidad hueso en la zona del tumor (Gass, 1987).
— Hemangiomas coroideos circunscritos
La coloración rojo-anaranjada es típica en estas
lesiones tumorales benignas, que suelen ser unilaterales y unifocales. Ante la duda diagnóstica se debe
plantear la realización de una angiografía tanto fluoresceínica como con verde de indocianina.
— Enfermedades con componente inflamatorio
Algunos cuadros clínicos como la enfermedad de
Harada, las escleritis posteriores, y los síndromes de
efusión uveal deben distinguirse de las metástasis
coroideas, ya que pueden presentar características clí-
492
Manifestaciones oftalmológicas de las enfermedades generales
nicas similares. Para estos casos resulta de utilidad la
exploración ultrasonográfica, que suele mostrar un
engrosamiento coroideo importante. Además en la
exploración clínica, estos pacientes suelen mostrar
inflamación ocular, que no es frecuente en las metástasis coroideas.
Pruebas complementarias de diagnóstico
Existen toda una serie de pruebas complementarias que pueden ayudar al diagnóstico de la lesión
coroidea de origen metastásico cuando los datos de
la historia clínica o de la exploración oftalmológica no
son suficientes para establecerlo.
— Angiografía fluoresceínica
En general aparece una hipofluorescencia en
fases iniciales, seguida de una hiperfluorescencia tardía. No suele presentarse el denominado patrón de
doble circulación típico de los melanomas de coroides. Sin embargo, es una prueba complementaria
que no aporta datos específicos para el diagnóstico
diferencial de las metástasis coroideas.
— Ecografía en modos A y B
En el estudio ecográfico las lesiones metastásicas
coroideas suelen presentar elevaciones poco pronunciadas, tendiendo a ser masas más planas que el melanoma de coroides. Por ecografía se detectan la mayoría de las ocasiones unas extensiones laterales mayores
que las estimadas mediante el estudio oftalmoscópico.
Su superficie es irregular, con tendencia a mostrar una
morfología abollonada en los cortes ecográficos y, a
veces, presentan una excavación central. Su reflectividad suele ser media-alta y su estructura interna irregular, reflejo de una organización tisular anárquica, con
áreas de mayor celularidad, septos de tejido conectivo
y áreas de necrosis. La excavación coroidea aparece en
pocentajes variables, y el pulso vascular es mínimo o
ausente.Por otra parte las metástasis oculares no suelen asociarse a hemorragias en el vítreo.
— Biopsia mediante aspiración con aguja fina
Esta técnica se realiza en determinadas circunstancias, como aquellos casos en los que no se puede
demostrar la presencia de un tumor primario que
constituya el origen de la lesión, a pesar de un rastreo
sistémico. Algunos autores (Augsburger et al., 1984)
proponen una indicación adicional para su realización. Esta situación sería aquélla en la cual el paciente se niega a ser tratado al menos que disponga de
una verificación histopatológica de la lesión.
Tratamiento
En cada caso se debe llevar a cabo una valoración
general de la situación del paciente. Si el enfermo
está asintomático con respecto al tumor ocular se
puede observar el comportamiento de la lesión. La
afectación de la mácula o una amenaza visual por un
desprendimiento de retina asociado pueden tratarse
con radioterapia externa, quimioterapia o una combinación de ambos tratamientos. También se utiliza la
radioterapia con placa (Shields, 1998) y algunos autores han tratado nódulos metastásicos de pequeño
tamaño mediante fotocoagulación (Rennie, 1992).
2.4. Retina
Descritas por primera vez por Smoleroff y Agatston en 1934, constituyen un cuadro raro, ya que los
casos descritos en la literatura no alcanzan la veintena. Con frecuencia se presentan como tumores
metastásicos oculares aislados. Los cánceres primarios
que con más frecuencia las producen son el de pulmón, el melanoma cutáneo, el cáncer de mama, los
cánceres gastrointestinales y el cáncer de útero
(Shields, 1997).
Inicialmente, y desde el punto de vista oftalmoscópico, las metástasis retinianas pueden ser indistinguibles de un infarto isquémico de la retina. La infiltración tumoral progresa hasta formar una masa
blanquecina de bordes bien delimitados que simula
una retinitis necrotizante. Secundariamente, las células invasoras pueden atravesar la membrana limitante interna hacia la superficie interna de la retina y el
vítreo. Se ha comunicado la existencia de metástasis
retinianas procedentes de un melanoma cutáneo con
una coloración amarillenta o marronácea. En estos
casos se han descrito acúmulos celulares marronáceos, flotantes en el vítreo, que se han denominado
«esférulas marrones» (Robertson et al., 1981). Se ha
diagnosticado también casos de glaucoma secundario causado por la migración de las células tumorales
a través del vítreo a cámara anterior y al ángulo iridocorneal, produciendo una obstrucción del mismo
(Duke et al.,1959).
El diagnóstico diferencial de las metástasis retinianas incluye las retinitis, las retinopatías exudativas,
y algunas enfermedades necrotizantes de la retina
que cursan con vasooclusión (retinitis necrotizantes).
Otros cuadros que pueden también confundirse son
el melanoma de coroides y la degeneración macular
disciforme. Para la confirmación diagnóstica a veces
se hace necesario recurrir a la aspiración-biopsia del
vítreo o del acuoso y el estudio del material citopatológico por un experto. En determinados casos, como
los de pacientes inmunodeprimidos y con un cáncer
conocido, resulta muy difícil diferenciar una infección
oportunista de las metástasis intraoculares. La angiografía fluoresceínica puede ayudar al diagnóstico;
suele verse una prominencia del árbol vascular y una
Capítulo XVII.
Manifestaciones oculares de las enfermedades neoplásicas
relativa hiperfluorescencia en las fases tardías del
angiograma.
En los últimos años, con un diagnóstico más precoz de estos casos, se ha intentado la realización de
un tratamiento paliativo, sin tener que recurrir a la
enucleación. Se ha comunicado la buena evolución de
dos casos tratados con radioterapia externa. El estudio
en la autopsia de uno de estos globos reveló que el
tumor metastásico (adenocarcinoma de pulmón)
había sido erradicado pero, sin embargo, la radiación
había destruido la arquitectura retiniana. El otro caso
(melanoma cutáneo) mostró una regresión tumoral
pero el paciente falleció dos meses más tarde (de Bustros et al., 1985). Se han comunicado dos casos de
melanoma cutáneo metastásico en la retina tratado
con quimioterapia sistémica y periocular, con mala respuesta al tratamiento (Robertson et al., 1981).
El pronóstico sistémico es malo (el tiempo de supervivencia en los casos publicados osciló entre las dos
semanas y los cinco años, con una media de diez meses).
2.5. Vítreo
Las metástasis en el vítreo son extremadamente
raras. Pueden presentarse como la única manifestación ocular, o asociarse a metástasis en la retina, el
disco óptico, el cuerpo ciliar y el iris, pero raramente
se asocian a metástasis coroideas (Günduz, et al.,
1998). El melanoma cutáneo metastásico y el linfoma
de células grandes son los cánceres que con más frecuencia producen metástasis en vítreo. El melanoma
cutáneo da lugar a grupos de células pigmentadas o
no que se organizan en láminas o fibras en la matriz
vítrea. El glaucoma neovascular es una complicación
frecuente del melanoma con extensión vítrea (Günduz, et al., 1998). El pronóstico sistémico es malo.
2.6. Papila del nervio óptico
Son poco frecuentes. Lo más habitual es que se
asocien a extensiones de lesiones metastásicas situadas en la coroides, órbita, retina o meninges. Sin
embargo, las metástasis del disco óptico aisladas son
todavía mucho más raras. Los signos clínicos son el
edema de papila, vasos retinianos dilatados y tortuosos, un defecto pupilar aferente y una posible oclusión vascular.
2.7. Órbita
Son menos frecuentes que las metástasis intraoculares (coroideas), aunque la órbita también constituye un territorio fértil para el asentamiento de célu-
493
las malignas. Estas células alcanzan los tejidos orbitarios por diseminación hematógena. Los tipos de
tumores que producen metástasis orbitarias son diferentes en los adultos que en los niños. Así, en los
adultos los tumores más frecuentes que producen
metástasis en la órbita son el cáncer de mama y de
pulmón en las mujeres y el cáncer de próstata y pulmón en los varones. También se han descrito metástasis orbitarias provocadas por carcinoides gastrointestinales, tumores de células renales, seminomas y
melanomas cutáneos (Shields et al., 1989). En los
niños los tumores más frecuentemente implicados en
las metástasis orbitarias son el neuroblastoma, el sarcoma de Ewing, el tumor de Wilms y el rabdomiosarcoma (Walton et al., 1996).
Los principales signos clínicos de una metástasis
en la órbita suelen consistir en una proptosis de rápida evolución, diplopia con estrabismo no concomitante y desplazamiento de las estructuras, todos ellos
secundarios al efecto masa. Como dato curioso cabe
destacar que se ha descrito en algunos tumores de
mama y cánceres gástricos la presencia de enoftalmos
(Shields et al., 1989). Este fenómeno se produce por
una infiltración difusa y cicatrización de los tejidos
orbitarios que acaban dando lugar a una retracción
generalizada que provoca el hundimiento del globo
ocular.
El diagnóstico por técnicas de imagen, como la
resonancia magnética nuclear y la tomografía axial
computerizada puede ser difícil en ocasiones, ya que
las lesiones metastásicas en la órbita pueden compartir
características con otras lesiones orbitarias, tanto si tienen límites mal definidos como si se encuentran bien
delimitadas. Las metástasis orbitarias pueden encontrarse asociadas también a cambios en la pared ósea
orbitaria. La naturaleza metastásica puede ser confirmada mediante una biopsia de la lesión, que puede ser
de tipo escisional en las masas pequeñas y situadas
anteriormente. Por el contrario, las masas de mayor
tamaño y con límites mal definidos, deben ser biopsiadas mediante una técnica incisional. En aquellos casos
de metástasis situadas en zonas de la órbita poco accesibles quirúrgicamente se puede recurrir a una punción
aspiración con aguja fina (Shields, 1988).
2.8. Párpados
Los carcinomas metastásicos en los párpados
constituyen un cuadro raro (menos del 1% de las
enfermedades cancerígenas del párpado, Mansour et
al., 1987). Los tumores malignos que producen estas
lesiones más frecuentemente son el cáncer de pulmón, el de mama, el carcinoma de células renales y el
melanoma cutáneo. En general pasa un largo periodo de tiempo entre el diagnóstico del tumor primario
494
Manifestaciones oftalmológicas de las enfermedades generales
y la aparición de las metástasis en el párpado. Estas
lesiones se comportan como masas indoloras de rápido crecimiento. En general son profundas con respecto a la superficie palpebral e inicialmente pueden confundirse con un chalación. El melanoma metastásico
en el párpado puede tener una coloración azul oscura
o negruzca. El diagnóstico se confirma mediante la
biopsia de la lesión. En general se tratan o con una
escisión quirúrgica o mediante radioterapia.
3. MANIFESTACIONES OCULARES DEL LINFOMA
NO-HODGKIN (LINFOMA DE CÉLULAS
RETICULARES)
Los linfomas malignos se dividen en dos grupos:
la enfermedad de Hodgkin y los linfomas no-Hodgkin. Es bien conocida la clasificación propuesta por
Rappaport y colaboradores (1982) para este segundo
grupo de enfermedades. Dentro de esta clasificación
se pensaba inicialmente que los linfomas de células
de mayor tamaño correspondían a enfermedades
neoplásicas de histiocitos, y así el término más clásico
de sarcoma de células reticulares se sustituyó por el
de linfoma histiocítico. Sin embargo, aunque la clasificación de Rappaport se utilizó mucho en la clínica,
es incorrecta desde el punto de vista citogenealógico.
Hoy en día se sabe (mediante técnicas de inmunocitoquímica y estudios de función linfocítica in vitro)
que este linfoma es un linfoma no-Hodgkin que se
forma a partir de linfocitos B y T transformados oncogénicamente (Portlock, 1988).
Es importante el reconocimiento de este cuadro
porque es una de las pocas entidades nosológicas
amenazantes para la vida que el oftalmólogo puede
diagnosticar. Pero, en general, se dan frecuentes errores diagnósticos en el reconocimiento de esta enfermedad. Típicamente hay un retraso de uno a dos
años entre el inicio de los síntomas y el diagnóstico
correcto.
La enfermedad normalmente se presenta en personas mayores de 50 años, aunque existen casos
esporádicos descritos en jóvenes. No hay predisposición racial ni por sexos. Aunque es frecuentemente
asimétrico, el sarcoma de células reticulares afecta a
ambos ojos en aproximadamente el 80% de los
pacientes.
Los síntomas oculares son normalmente los de
una uveítis posterior, con una pérdida visual y la presencia de moscas volantes. No se suele caracterizar
por la presencia de dolor.
Los signos clínicos incluyen la disminución de
agudeza visual, la presencia de una inflamación del
segmento anterior (precipitados queráticos, flare y
células en acuoso), células en vítreo e infiltrados
subretinianos. En pocos casos pueden presentarse
tumores multifocales de coloración amarillenta bajo
el epitelio pigmentario.
Pueden estar presentes tanto los signos inflamatorios verdaderos (células inflamatorias circulantes)
como los signos pseudoinflamatorios (células tumorales circulantes). Los estudios histopatológicos muestran que las células inflamatorias frecuentemente se
encuentran mezcladas con células tumorales y puede
ser posible que, en un determinado paciente, las células en las fases iniciales sean más de tipo inflamatorio
que neoplásico.
El sarcoma de células reticulares se asocia a un
linfoma sistémico en un 80% de los pacientes. La presencia de un linfoma que afecta al sistema nervioso
central se da en el 60% de los casos. La presencia de
linfoma ocular y visceral en el 15% de los casos. El
6% de los pacientes tienen afectación ocular, del sistema nervioso central y visceral, mientras que el 20%
restante presentan sólo la enfermedad ocular.
El diagnóstico diferencial, en aquellos ojos en los
que predominan los signos inflamatorios del segmento anterior, se debe plantear con la uveítis anterior y
también con los tumores iridianos (primarios como el
melanoma y también las metástasis en el iris). Cuando
predomina la afectación coroidea habrá que tener en
cuenta al melanoma amelanótico, las metastasis coroideas, el hemangioma coroideo, las hiperplasias linfoides benignas reactivas y todos aquellos cuadros que
cursen con coroiditis diseminadas. Como reflejo de la
dificultad del diagnóstico se puede decir que la inmensa mayoría de los pacientes con linfoma de células
reticulares han sido tratados como una uveítis idiopática durante períodos de tiempo superiores a un año.
4. SÍNDROMES PARANEOPLÁSICOS
Los efectos del cáncer generalmente están mediados por una invasión o compresión directa de los tejidos y órganos, lo que lleva a un fracaso funcional de
los mismos. Sin embargo, también son conocidos
otros efectos inducidos a distancia por la presencia de
un tumor maligno. Los grupos de estos efectos son
denominados síndromes paraneoplásicos o también
manifestaciones remotas del cáncer (Hardy, 1988).
La prevalencia de los síndromes paraneoplásicos
con repercusión oftalmológica es difícil de determinar, ya que no suelen estar incluidos en los protocolos de estudio de los procesos oncológicos. Aunque
son poco frecuentes, los efectos remotos del cáncer
deben ser bien conocidos porque pueden constituir la
primera manifestación de un cáncer no diagnosticado
o la recidiva de uno tratado (Thirkill et al., 1987). Además, el reconocimiento de estos síndromes puede
ayudar al médico a utilizar el tratamiento más adecuado en cada caso.
Capítulo XVII.
Manifestaciones oculares de las enfermedades neoplásicas
Retinopatía asociada a cáncer
Es un síndrome paraneoplásico con repercusión
ocular caracterizado por una pérdida progresiva e
indolora de la agudeza visual, acompañada de fotopsias, escotomas en anillo, y pérdida de la función de
conos y bastones (que se puede demostrar por medio
de la electrorretinografía). Se ha demostrado que esta
alteración en el funcionamiento de los fotorreceptores
está inducida por la producción de autoanticuerpos
contra antígenos retinianos, debido a la presencia de
un tumor maligno sistémico (Jacobson et al., 1990).
Este cuadro fue descrito por vez primera en 1976
por Sawyer y cols. Desde entonces se ha diagnosticado con una frecuencia creciente, aunque hoy en día
sigue considerándose un cuadro raro.
En un principio se pensó que los anticuerpos circulantes se generaban en contra de un antígeno tumoral
que tenía homología con proteínas retinianas (Thirkill
et al., 1987). Después, se encontró que los anticuerpos
se dirigían contra una proteína con un peso de 23 kD,
y se identificó como recoverina (Thirkill et al., 1992). La
recoverina es una proteína ligadora de calcio que se
encuentra en los fotorreceptores y con una acción bien
conocida en el proceso de la fototransducción. Su función consiste en la regulación de la fosforilación de la
rodopsina en el proceso de adaptación a la luz y a la
oscuridad (Satpaev et al., 1998). La recoverina ha sido
identificada en el tumor de un paciente con un carcinoma de pulmón de células pequeñas (Polans et al.,
1995), en una paciente con carcinoma endometrial
(Adamus et al., 1998) y en un tumor mülleriano mixto
maligno (Goldstein et al., 1999).
La retinopatía asociada a cáncer se ha encontrado con mayor frecuencia en tumores pulmonares de
células pequeñas, pero también se ha detectado ligada a otros tipos de carcinoma: endometriales, cervicales, de ovario, y de mama (Adamus et al., 1998;
Ohkawa et al., 1996). Es preciso tener en cuenta que
hasta un 50% de los casos mostraron la retinopatía
como la primera señal de la enfermedad neoplásica
de base (Sawyer et al., 1976).
Una cuestión todavía sin resolver es cuál es el tipo
de reacción inmunológica (humoral o celular) que
está implicada en la destrucción de los fotorreceptores. La mayor parte de las evidencias apuntan a un
mecanismo humoral, ya que en estos pacientes se
han hallado niveles circulantes de anticuerpo antirecoverina. Otros datos apuntarían a una participación
del sistema de la inmunidad celular en la producción
de la retinopatía asociada a cáncer, ya que se han
diagnosticado infiltrados inflamatorios en los especímenes estudiados (Goldstein et al., 1999) y porque se
han encontrado células en la cavidad vítrea durante la
exploración de los pacientes afectados. Probablemente ambos mecanismos, inmunidad humoral y celular
495
desempeñan un papel importante en el desarrollo de
la enfermedad.
En su inicio la retinopatía asociada a cáncer presenta unos signos clave: disminución progresiva de la
visión en ambos ojos en el curso de días o de semanas, típicamente sin dolor. La presencia de hemeralopía de rápida instauración es otro signo bastante
característico. Además, los pacientes suelen quejarse
de síntomas visuales positivos como las fotopsias.
En la exploración oftalmológica, estos pacientes presentan una disminución importante de la agudeza visual,
la presencia de escotomas anulares y una alteración en la
visión cromática. En la exploración funduscópica, el segmento posterior suele aparecer completamente normal,
aunque en ocasiones se pueden observar pequeños signos inflamatorios del vítreo y del árbol vascular retiniano.
El electrorretinograma se encuentra severamente afectado. El test de los anticuerpos antirecoverina suele ser
positivo. Los estudios histopatológicos de la retina muestran una pérdida de los fotorreceptores.
El tratamiento de la retinopatía asociada a cáncer
implica una modulación del sistema inmunológico. La
pauta de tratamiento más extendida consiste en la
administración intravenosa de metilprednisolona, a
razón de 250 mg i.v. cuatro veces al día, o bien prednisona a dosis de 60 a 80 mgr. por día (vía oral),
seguidos de una lenta reducción hasta alcanzar una
dosis de mantenimiento. Otras opciones que están
siendo investigadas son la inyección intravenosa de
inmunoglobulina o la plasmaféresis.
El curso de la enfermedad, sin embargo, es hacia el
empeoramiento, con una disminución lentamente progresiva de la función visual. A pesar de este mal pronóstico, los pacientes que reciben tratamiento podrían
mantener una visión relativa hasta el momento de la
muerte, que va a depender siempre del tipo de tumor
primitivo y del grado de extensión de la enfermedad en
el momento del diagnóstico (ver capítulo IV).
Disfunción de conos asociada a cáncer
Probablemente representa un tipo del síndrome
de retinopatía asociada a cáncer. Se ha descrito en un
paciente en el cual las anormalidades clínicas y electrofisiológicas estaban restringidas a una disfunción
de conos con preservación de la función de bastones
(Jacobson et al., 1995). En este paciente se encontraron anticuerpos circulantes contra proteínas retinianas, incluyendo a la recoverina.
Retinopatía asociada a melanoma
La retinopatía asociada a melanoma es una enfermedad rara, descrita por primera vez por Berson y
496
Manifestaciones oftalmológicas de las enfermedades generales
Lessell en 1988, y caracterizada por una aparición
brusca de ceguera nocturna que se convierte en profunda y permanente, un patrón electrorretinográfico
propio de una ceguera nocturna estacionaria congénita (reducción de la onda b) (Andréasson et al.,
1993), y anticuerpos circulantes contra las células
bipolares de la retina (Milam et al., 1993). Este síndrome ha sido descrito únicamente en pacientes con
melanoma maligno cutáneo y afecta predominantemente al sexo masculino (de Potter, 1998).
Esta situación es bien diferente de la retinopatía
asociada a cáncer en la cual hay anticuerpos circulantes contra la recoverina y se produce una abolición
del trazado electrorretinográfico. También, a diferencia del síndrome de retinopatía asociada a cáncer, en
la retinopatía asociada a melanoma, la pérdida visual
es menos progresiva y no responde al uso de corticoides. Además de la ceguera nocturna de instauración brusca (muchos pacientes recuerdan lo que estaban haciendo cuando sucedió), los enfermos se quejan de la aparición de manchas blancas y negras en su
campo visual y la visión de gotas de colores brillantes
(Kim et al., 1994). Un ojo puede verse afectado antes
que otro aunque la tendencia es la bilateralidad. El
fondo de ojo de estos pacientes se encuentra por lo
general dentro de los límites normales, aunque pueden encontrase algunos signos descritos para la retinopatía asociada a cáncer, así como uveítis posterior,
reacción vítrea y periflebitis (Remulla et al., 1995).
La identidad del antígeno de las células retinianas
bipolares implicado permanece sin descubrir, aunque
se cree que puede ser un lípido de la membrana. Un
trabajo publicado recientemente por Gittinger y cols
(1999) demuestra hallazgos importantes, que confirman los datos inmunológicos y electrorretinográfcios,
identificando a las células bipolares como el principal
lugar de daño en el síndrome de retinopatía asociada
a melanoma. Los globos oculares de un paciente de
59 años que falleció por melanoma cutáneo metastásico, y con pérdida visual secundaria a retinopatía
asociada a melanoma, fueron estudiados histopatológicamente y demostraron una marcada reducción en
la densidad de neuronas bipolares en la capa nuclear
interna, mientras que los fotorreceptores en la capa
nuclear externa aparecían normales. Estos hallazgos
concuerdan con los publicados previamente por
Singh et al. (1995) en los que se demuestra la reactividad entre células bipolares retinianas normales y
IgG antihumana obtenida de suero de un paciente
con retinopatía asociada a melanoma.
Proliferación melanocítica uveal bilateral difusa
Consiste en una enfermedad paraneoplásica rara
descrita por primera vez por Machemer en 1966. Se
caracteriza por la proliferación benigna de células
melanocíticas a lo largo de todo el tracto uveal de
ambos ojos (de Potter, 1998).
Los hallazgos clásicos en este cuadro son:
1) Lesiones coroideas múltiples, redondeadas u
ovales que simulan parches rojizos en el epitelio pigmentario de la retina. La angiografía fluoresceínica
presenta un patrón difuso con áreas redondeadas de
hiperfluorescencia que se corresponden con las zonas
de daño en el epitelio pigmentario de la retina.
2) Desarrollo de lesiones melanocíticas múltiples,
ligeramente elevadas, pigmentadas o no, con un
engrosamiento difuso de la coroides.
3) Desprendimiento de retina exudativo.
4) Opacidades cristalinianas subcapsulares posteriores.
Otros hallazgos menos comunes son la iridociclitis, glaucoma, dilatación de los vasos conjuntivales y
epiesclerales, quistes del iris y del cuerpo ciliar e iridodonesis. La ecografía ocular muestra un engrosamiento difuso del tracto uveal (Gass, 1990).
Los hallazgos de esta enfermedad ocular generalmente anteceden al diagnóstico del tumor maligno
en un periodo variable de tres a doce meses. El fallecimiento de los pacientes normalmente se deriva de
los efectos sistémicos de la enfermedad maligna en
un tiempo de ocho a veinticuatro meses (Gass et al.,
1990; Leys et al., 1991). Tanto el engrosamiento focal
como difuso del tracto uveal puede anteceder otros
hallazgos como el desprendimiento de retina exudativo y la imagen de parches rojizos en varios meses
(Leys et al., 1991).
La patogenia de la enfermedad es desconocida,
pero se han enunciado algunas hipótesis:
a) La presencia de un estímulo oncogénico común
que diese lugar a la aparición del tumor primario y la
proliferación melanocítica uveal (Barr et al., 1982).
b) Un estímulo hormonal para la proliferación
melanocítica producido por el tumor no ocular (Barr
et al., 1982).
c) Una predisposición individual al padecimiento
de carcinomas no oculares y uveales (Mullaney et al.,
1984),
d) La proliferación de nevus hipopigmentados difusos clínicamente inaparentes en respuesta a un estímulo producido por un carcinoma (Gass et al., 1990).
Los parches rojizos multifocales que suelen apreciarse como hipofluorescentes en la angiografía son
importantes en el diagnóstico precoz de la enfermedad. Se ha demostrado en estudios histopatológicos
que estas zonas se corresponden con epitelio pigmentario de la retina depigmentado que se sitúa
sobre áreas de proliferación melanocitica difusa (Gass
et al., 1990). Los mismos autores piensan que los
cambios en el epitelio pigmentario de la retina son
debidos a procesos tóxicos o inmunologicos.
Capítulo XVII.
Manifestaciones oculares de las enfermedades neoplásicas
De los pocos casos citados en la literatura, se han
asociado con (citados por orden de frecuencia): adenocarcinomas de ovario, adenocarcinoma pancreático, adenocarcinoma intestinal, carcinoma poco diferenciado de pulmón, adenocarcinoma sistémico de
origen no determinado, carcinoma broncogénico de
células escamosas, carcinoma de la vesícula biliar y
carcinoma de cérvix.
En el examen histopatológio de un caso comunicado por Mullaney y colaboradores (1984), el examen
macroscópico reveló ojos con desprendimiento de
retina extensos y masas uveales (3 mm de grosor) que
abarcaban desde el cuerpo ciliar hasta el nervio óptico. En uno de los globos se encontró un tumor coroideo elevado y de coloración negruzca. En el examen
microscópico se encontró el iris lleno de tejido paraneoplásico, con un engrosamiento panuveal hasta el
disco óptico. La actividad mitótica fue rara. Sin
embargo, el tumor se extendía hacia la esclera a través de los tractos de los nervios ciliares posteriores,
dejando el nervio óptico libre.
Estos pacientes presentan una disminución importante y progresiva de la agudeza visual). No se ha encontrado un tratamiento eficaz para impedir esta mala evolución de los afectados. Sin embargo, el pronto reconocimiento de este cuadro puede hacer que el diagnóstico
del tumor primario sea más precoz y con ello mejorar sus
posibilidades de tratamiento (ver capítulo IV).
Retinopatía autoinmune en ausencia de cáncer
Es importante mencionar la existencia de una
retinopatía autoinmune que se presenta en ausencia
de cáncer. Mizener y cols. en 1997 han descrito las
características clínicas de dos pacientes con degeneración retiniana progresiva, con anticuerpos antirretinianos circulantes y sin existencia de enfermedad
cancerígena, a pesar del seguimiento durante 5 y 7
años respectivamente. En ambos casos, los pacientes
tenían una historia familiar de enfermedades autoinmunes. De una forma muy parecida a la retinopatía
asociada a cáncer, estos pacientes presentaban
fotopsias, escotomas anulares, una relativa normalidad en el fondo de ojo, anormalidades electrorretinográficas y la presencia de anticuerpos antirretinianos.
Sin embargo, a diferencia de la primera, ambos casos
progresaron mucho más lentamente que la media de
los primeros. Otra importante diferencia fue la marcada asimetría entre ambos ojos en los dos casos.
Opsoclonus
El opsoclonus se define como un movimiento
ocular involuntario, arrítmico e irregular. Los movi-
497
mientos son predominantemente horizontales pero
pueden mostrar sacudidas verticales o rotatorias (de
seis a doce por segundo) (Wiggs, 1994). Los movimientos oculares aumentan cuando los ojos están
cerrados y persisten durante el sueño. Los intentos de
fijación pueden agravar la actividad del opsoclonus.
Epidemiológicamente, el opsoclonus se relaciona
con enfermedades distintas si se presenta en la infancia o en la edad adulta.
Opsoclonus en niños: Puede darse en tres situaciones: congénito o neonatal, encefalopático y el
relacionado con el neuroblastoma. Así los opsoclonus
encontrados en los niños de mayor edad se relacionan con procesos encefalíticos postvirales, o bien con
el padecimiento de un neuroblastoma. Aunque la
mayor parte de los pacientes no presentan opsoclonus, éste se encuentra en el 50% de los casos de neuroblastoma oculto. Parece que la detección precoz de
este tumor aumenta la supervivencia a los dos años
del 35 al 90% de los casos.
Opsoclonus en adultos: Se han comunicado
pocos casos de opsoclonus en adultos. Muchos de
ellos se han relacionado con el padecimiento de encefalitis secundarias a infecciones respiratorias o gastrointestinales que cursan con pródromos y fiebre (se
han aislado virus, bacterias y rickettsias). En general
se trata de pacientes con edades menores a los 40
años sin una clara predilección por el sexo. Al contrario de lo que ocurre en el opsoclonus infantil, el proceso es relativamente benigno y no causa secuelas
neurológicas. Generalmente no se requiere tratamiento porque los síntomas ceden espontáneamente
en un periodo de seis a ocho semanas (Digre, 1986).
Sin embargo, los adultos también pueden sufrir un
opsoclonus de origen paraneoplásico. Estos pacientes
suelen ser mayores de 40 años, también sin predilección por el sexo y sin pródromos. Muchos de ellos presentan alteraciones en la marcha y tienen una frecuencia mucho mayor de mioclonus que en el grupo postinfeccioso. Un reconocimiento precoz puede en
algunos casos ayudar al pronóstico final (Digre, 1986).
5. EFECTOS SECUNDARIOS DE LA TERAPIA
ANTINEOPLÁSICA
Retinopatía de radiación
Descrita por primera vez por Stallard en 1933, en
pacientes diagnosticados de retinoblastoma y el
hemangioma capilar que habían sido sometidos a tratamiento con semillas de radón. Desde entonces, y
con la generalización del tratamiento, tanto con
radiación externa como con braquiterapia, para procesos neoplásicos intraoculares se han comunicado
una gran cantidad de series sobre esta complicación.
498
Manifestaciones oftalmológicas de las enfermedades generales
También afecta a pacientes que se han sometido a
radiaciones ionizantes por accidente o en otras formas de tratamiento médico (irradiación corporal
total).
Se debe esperar el daño por radiación al sistema
visual cuando los ojos se encuentran dentro del
campo de radiación. La retinopatía por radiación es
común en los pacientes tratados por tumores intraoculares. Se puede observar ocasionalmente en
pacientes tratados después de la radiación orbitaria
por tumores, enfermedad tiroidea o pseudotumores.
La radiación intracraneal, la terapia de los senos paranasales y la irradiación de los tumores cutáneos de la
cara y de los párpados también puede exponer el ojo
a la irradiación.
La retinopatía por radiación se puede definir
como una enfermedad retiniana que asienta primariamente en los vasos retinianos y que se caracteriza
por su curso lentamente progresivo. Su inicio suele
ser diferido desde el momento de la exposición a la
radiación ionizante (Mukai et al., 1994).
Los cambios vasculares en la retinopatía por
radiación aparecen unos meses después de aplicar el
tratamiento, aunque en algunos ojos no se pueden
detectar hasta años después del mismo. En el estudio
realizado por Brown et al. (1982) se vio que el tiempo medio para el desarrollo de retinopatía era de 14,6
meses en el grupo sometido a braquiterapia (con un
rango de 4 a 32 meses) y de 18,7 meses en el grupo
sometido a radiación externa (con un rango de 7 a 36
meses). El umbral para el desarrollo de retinopatía
depende de la dosis total liberada, del volumen de
retina irradiada y del esquema de fraccionamiento. En
general, una mayor dosis de radiación se asocia a una
retinopatía más severa.
Entre los signos clínicos de la retinopatía por
radiación cabe destacar la presencia del edema macular, como signo precoz. Además se pueden encontrar
cambios microvasculares retinianos, que incluyen la
presencia de telangiectasias y microaneurismas. También pueden presentarse nódulos algodonosos y parches de interrupción de la perfusión capilar. Además,
se pueden encontrar hemorragias retinianas, exudación dura y envainamientos vasculares. La oclusión
vascular en áreas retinianas extensas puede dar lugar
a la aparición de neovascularización retiniana, del
nervio óptico e iris y puede llevar a la hemorragia
vítrea y al glaucoma neovascular. Además de los cambios microvasculares también se han descrito la oclusión de la arteria y de la vena central de la retina, así
como la neovascularización coroidea. Cambios que se
producen tardíamente en el fondo de ojo de estos
pacientes son la atrofia epitelial, y en algunos casos
una afectación general del epitelio pigmentario de la
retina que toma el aspecto moteado similar a los fondos denominados en sal y pimienta. La angiografía
fluoresceínica siempre muestra los cambios antes descritos. El daño en el nervio óptico después de la radiación se caracteriza por edema del disco, hemorragias,
nódulos algodonosos y exudados duros. La angiografía fluoresceínica puede mostrar telangiectasias y
ausencia de perfusión de la cabeza del nervio óptico
y de los capilares retinianos peripapilares. El edema
del disco puede permanecer durante meses y cuando
se resuelve se sustituye por una atrofia del disco óptico (Guyer et al., 1992).
Dentro del diagnóstico diferencial se debe tener
en cuenta en primer lugar la retinopatía diabética,
aunque en la retinopatía de radiación es muy difícil
llegar al cuadro de proliferación fibrovascular. Por otra
parte los hallazgos retinianos también pueden hacer
pensar en una oclusión vascular tanto arterial como
venosa, así como a la presencia de telangiectasias
retinianas. Por todo ello es siempre importante conocer los antecedentes del paciente.
Se han descrito tres situaciones clínicas que pueden exacerbar la retinopatía por radiación: una de
ellas es la existencia previa de retinopatía diabética,
estos pacientes parecen tener un umbral menor para
el desarrollo del daño retiniano (Brown et al., 1982).
También se ha visto que aquellos pacientes que recibían un tratamiento con agentes quimioterápicos,
como el 5-fluoracilo, predisponen al padecimiento de
la retinopatía de radiación, incluso si los tratamientos
no eran concomitantes (Chan et al., 1976). Además,
se ha visto que el uso conjunto de radiación y oxígeno hiperbárico puede exacerbar la retinopatía (Stanford, 1979). Esto es interesante porque el tratamiento con oxígeno hiperbárico se había propuesto anteriormente como posible alternativa terapéutica para
la propia retinopatía de radiación.
La retinopatía por radiación en el estudio histopatológico fundamentalmente se caracteriza por el
daño vascular retiniano. Se encuentra una oclusión
de las arteriolas retinianas y de la cabeza del nervio
óptico, con un engrosamiento de sus paredes, en las
que se puede encontrar material tanto hialino como
fibrilar. El daño de los capilares es también muy llamativo. Los vasos de mayor calibre pueden presentar
una proliferación celular en las paredes vasculares. En
general, se produce un daño preferencial en las capas
internas de la retina, lo que refleja el daño producido
en los vasos retinianos (Saornil et al., 1992). Los fotorreceptores son relativamente resistentes al daño por
radiación.
El inicio y curso de la retinopatía por radiación ha
sido estudiado en modelos animales de la enfermedad. Irvine y colaboradores (1987) han irradiado ojos
de monos con dosis de 30Gy y han estudiado los
cambios que se producían. Los primeros hallazgos
histopatológicos fueron la pérdida de celulas endoteliales en los capilares y los pericitos. Estas áreas se fue-
Capítulo XVII.
Manifestaciones oculares de las enfermedades neoplásicas
ron haciendo confluyentes y aparecieron los infartos
en la capa de fibras nerviosas. Se encontraron áreas
extensas con ausencia de perfusión en cuanto se
manifestaron los nódulos algodonosos. Los primeros
cambios se encontraron en los vasos retinianos más
profundos y pequeños. Los vasos de mayor calibre se
afectaron más tardíamente. En este modelo se pudo
observar neovascularización retiniana pero no neovascularización del nervio óptico. La rubeosis de iris y
el glaucoma neovascular aparecieron de 32 a 40
meses después de la radiación.
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Retinopatía por tamoxifeno
El citrato de tamoxifeno es un antiestrógeno no
esteroideo que se utiliza en el tratamiento de ciertos
cánceres de mama. El uso de este fármaco se ha asociado al desarrollo de un tipo de retinopatía cristalina.
Esta forma de retinopatía se describió primero en
pacientes sometidos a terapia por periodos prolongados y a altas dosis (17 a 27 meses con dosis diarias
mayores a los 180 mg, con una dosis acumulativa
desde 90 a 230 g.) (Kaiser-Kupfer et al., 1981). En
estos pacientes se detectó una disminución de la agudeza visual. Esta forma de daño retiniano se caracteriza por el depósito de cristales en la retina, que aparecen a la exploración oftalmoscópica como lesiones
puntiformes brillantes y amarillentas. Los cambios
suelen estar restringidos a la región perifoveal y se
asocian a grados variables de irregularidad en el pigmento macular. La angiografía fluoresceínica
demuestra la presencia de edema macular en la
mayoría de los pacientes. Estas anormalidades parecen ser permanentes.
Se ha establecido un mínimo de dosis para la aparición de la retinopatía, que parece estar en los 108
gr. de tamoxifeno. El examen histopatológico de los
ojos de uno de estos pacientes reveló lesiones intracelulares en las capas de fibras nerviosas y en la plexiforme interna, que parecen ser consecuencia de la
degeneración axonal (Kaiser-Kupfer et al., 1981).
Las alteraciones oculares por consumo de este
fármaco no se circunscriben a la retina exclusivamente ya que se han descrito la presencia de depósitos
corneales subepiteliales en pacientes tratados con
tamoxifeno (Kaiser-Kupfer et al. 1981).
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