El Laicismo Político

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LAICISMO POLÍTICO
Jorge Carvajal Muñoz
Presidente ILEC Chile
El laicismo está explicitado en la frase evangélica “dad al César lo que es del
César y a Dios lo que es de Dios”. Especifica que el objeto propio y directo de la
sociedad temporal es el bien natural, no el reino de Cristo: “Mi reino no es de este
mundo”. Y el Apocalipsis desacraliza la política al condenar el culto a los reyes. “El
mundo pertenece exclusivamente al estado; la Iglesia tiene su propio campo de acción,
que en cierto sentido es “ulatramundano”, afirma Juan Pablo II en “Memoria e
Identidad”. El pensador político inglés Michael Oakeshott (Chelsfield, Kent 1901-1991) no
dudaba en afirmar que el primer triunfo de lo que él llamaba la “política del
escepticismo” -la política- en contraste con la “política de la fe”, “consistió en distinguir
entre política y religión”.
Históricamente, haciendo un recuento del pensamiento occidental, el espíritu
laico comenzó a gestarse desde fines del siglo V de nuestra era, el dualismo ya iniciado
por Agustín de Hipona y algunos cristianos de la patrística, planteaba dos tipos de
ordenes: los intereses espirituales y de salvación eterna resguardados por la
organización clerical y los intereses temporales o seculares que correspondían a las
autoridades civiles y seculares.
Dicha concepción fue autorizada por el papa Gelasio I y se denomina "doctrina
de las dos espadas" o de las dos autoridades, aceptada en la primera parte de la edad
media. Sin embargo, cuando se generan las disputas y rivalidades entre el papado y
las monarquías, ambos bandos se ven obligados a replantear sus posturas:
En cuestiones doctrinales el emperador debe subordinar su voluntad al clero y
tiene que aprender más bien que presumir enseñar. Se sigue con ello que la
iglesia por intermedio de sus jerarcas y ministros, tiene que tener jurisdicción
sobre todas las materias eclesiásticas, ya que es indudable que de otro modo no
puede ser una institución independiente y autónoma. (Sabine, George H. Historia de
la teoría política. FCE. México, 1980. p. 244)
Lo anterior significa, en primer lugar, la necesidad de plantear la autonomía para
asegurar un desarrollo independiente, pero también implicó la primacía de una entidad
política sobre la otra:
La aplicación dada hasta ahora de las ideas políticas de San Ambrosio y San
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Agustín, subraya la autonomía de la iglesia en cuestiones espirituales (...) Tal
posición implica la independencia de la iglesia pero también la del gobierno
secular.(Sabine, George H. Historia de la teoría política. FCE. México, 1980. p. 236)
Si bien es cierto, que Agustín de Hipona jamás acuñó el concepto de laicidad ni
se asumió como tal, en su obra "La Ciudad de Dios" marcó distancias
significativas entre los gobiernos civiles y el gobierno de Dios "la iglesia
cristiana", esta última, considerada la única sociedad realmente perfecta y por
tanto superior al estado civil. Dicha distinción marcará el inicio de la dualidad
entre ambos gobiernos y señalará la necesidad de la lucha por su autonomía y
su
definición
de
no
sometimiento
la
una
a
la
otra.
Esta visión política no se da de manera aislada, se refleja en el mundo de
la cultura, de la filosofía y de la ciencia. Concretamente en el plano de las ideas,
emerge la postura que señala dos caminos para avanzar: el camino de la fe y el
camino de la razón, sus metas son distintas, asimismo sus fuentes y formas: El
camino de la razón sólo puede asegurar la existencia de un mundo ordenado a
partir de las categorías puestas por el entendimiento racional, el conocimiento
científico es su meta o fin, a través de la razón no se pueden afirmar supuestos
metafísicos, sino es por el camino de la fe, única vía que acepta los dogmas o
verdades absolutas aceptadas independientemente de la demostración racionalcientífica. (Ana Cecilia Valencia Aguirre. Universidad Pedagógica Nacional. Guadalajara.
México)
Fe y razón se oponen, este es el rasgo distintivo y constante de la modernidad
surgida en Occidente desde el siglo XVI, donde Renato Descartes, representante
máximo de la modernidad, señala que el camino para lograr la verdad es el método
guiado por la razón y el entendimiento. La verdad, por otra parte, es aquella que se
muestra al espíritu racional, como lo claro y lo distinto, la claridad se expresa en la
representación y la distinción del objeto está en la demostración matemática: por tanto
todo objeto verdadero tiene que ser representable y demostrable matemáticamente.
Toda ciencia tiene que plantearse como camino el método y la demostración causal a
través de la matemática y la experimentación, como lo habían señalado Bacon,
Galileo, Newton, y el propio Descartes, cada uno a su manera, como es obvio.
Esta situación de las ciencias del siglo XVI, exigía una mayor autonomía en las
universidades, lugares donde se gestaba precisamente el espíritu crítico basado en una
ciencia autónoma. No es gratuito que en los países donde se da el desarrollo de las
ciencias, sean aquellos donde se dan los primeros movimientos liberales o las
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monarquías constitucionales y representativas. El caso ejemplar es Inglaterra en el
siglo XVI, y John Locke, su primer filósofo constitucionalista y padre del gran
movimiento empirista británico, que tanto motivó las mentes brillantes de su tiempo.
El ejemplo y la lección histórica, nos muestran que la laicidad más que una
norma que surja de un afán de poner en conflicto las relaciones entre el clero y los
recién inaugurados estados modernos o monarquías representativas, surge ante un
afán propio del espíritu humano, por señalar que la vía del progreso espiritual,
científico, artístico y cultural es proyecto y obra de la razón. De una razón que exige
autonomía, esto es, libertad para asegurar un desarrollo y un progreso planificado
racionalmente.
En pocas palabras, las cuestiones políticas, culturales, científicas, artísticas, son
asuntos humanos cuyo instrumento, falible y sujeto al acuerdo, a la aprobación pública,
a la comprobación o demostración científica, según se trate, es la propia razón y su
facultad de entendimiento. Los asuntos de la fe, pertenecen al orden de la creencia
personal, son religiosos, y están en el orden privado; en cuanto al clero, institución
dedicada a instruir conciencias en el plano de la fe, ésta debe dedicarse a tratar su
misión de manera autónoma sin inmiscuirse en los asuntos de la política y de sus
instituciones: la educación pública es una institución política.
El librepensamiento es tributario entre otros filósofos, del ya nombrado John
Locke quien consideró la filosofía como indagación de los problemas del hombre en
cuyas “Cartas sobre la tolerancia” y en los “Tratados sobre el gobierno”, sostiene que,
por nacimiento, los hombres son iguales y libres; ninguno posee derecho sobre los
otros. Como en el estado de naturaleza el goce de los derechos de cada uno resultaba
inseguro, con el fin de afianzar el disfrute de la libertad y de la propiedad realizaron los
hombres un pacto para constituir una comunidad organizada y una autoridad estable
que ejerciera el poder de acuerdo con la voluntad de la mayoría.
En su pensamiento sobre la tolerancia pueden encontrarse atisbos del “deísmo”,
entendido como “el conjunto de opiniones enderezadas a elaborar una interpretación
“natural” de la religión, atendida a la razón y ajena a cualquier imposición dogmática”.
Herbert de Cherbury también impulsó fuertemente el deísmo; pero estimó que
esta expresión filosófica correspondía a la de “free-thimkers”, librepensadores.
Otro autor, John Toland, siguiendo a Locke, defendió la libertad de pensamiento
y la tolerancia, sosteniendo que en los evangelios no hay nada opuesto a la razón ni
tampoco encima de ella.
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John Collins, en el “Discurso sobre el Librepensamiento” (1713), sostiene que el
librepensamiento no puede ni debe ser constreñido.
En el desarrollo filosófico, la “filosofía moderna”, que considera como tal a los
movimientos filosóficos posteriores a Kant, se caracteriza “por su pugna en lograr la
autonomía del pensamiento frente a los dictados del dogma teológico, y su esfuerzo
por elaborar paulatinamente una nueva interpretación del mundo y de la vida que,
aunque no elimina el motivo religioso, atiende en primer término y cada vez más a
compresión de las cosas mediante el libre uso de la inteligencia y con una firme
predilección por lo natural, lo concretamente humano, lo terrenal”.
Debe considerarse que el pensamiento filosófico moderno, en un mundo de
comunicaciones limitadas, alcanzó trascendencia a través de las elites intelectuales y,
no obstante la lentitud en su desarrollo, fue alcanzando sus fines de manera sostenida,
como una marejada que no paró de avanzar.
Hasta mediados del siglo XVIII no se conoció como una realidad la tolerancia
religiosa en Europa. Desde que la sociedad europea pasa a identificarse con el
catolicismo romano, a partir de Constantino, se da origen a una comunidad de fe en
que la religión llega a ser parte constitutiva de una sociedad completamente intolerante.
La liberación del individuo de la sujeción medieval al vasallaje total y la liberación
de los grupos sociales, permitió el paso de la unidad política y cultural, eminentemente
teológica, a la diversidad política y la aproximación cultural a las ciencias y la
investigación.
La autonomía cultural tiene, de este modo, rasgos comunes con la liberación del
pensamiento, la autonomía de la voluntad y la configuración de los derechos humanos;
todo lo que se va traspasando como elementos constituyentes de las transformaciones
sociales.
Con el tiempo, este desarrollo permitía suponer que, junto con el crecimiento del
“free think”, surgiría el proceso de la completa decadencia del dogmatismo y la
intolerancia.
Esa consecuencia lógica no se ha dio. Los principios filosóficos de conciliación
de los propios autores que impulsaron la tolerancia y el “free think”, facilitaron la
vigencia, la consolidación en el mundo occidental del cristianismo y sus redes de
influencia. Su división entre católicos, protestantes, anglicanos, no hizo más que abrir
campos de acción para la fe, con posiciones intransigentes entre ellos mismos y una
actitud común de intolerancia hacia el no creyente.
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El debilitamiento de la unidad política y de la hegemonía confesional, que se
había alcanzado por el avance del librepensamiento, fue evidentemente frenado por la
recuperación del poder dogmático en áreas geográficas intelectualmente más débiles,
como América Latina.
Hombres como Locke previeron que la única forma en que tanto la tolerancia,
como la democracia, claves en la existencia de un humanismo laico, podrían subsistir y
proyectarse en la sociedad civil, era la educación.
Sin embargo, la misma idea fue manejada por los sectores confesionales con
medios, influencia y oportunidad mejores, logrando, en gran medida, el control del
desarrollo intelectual en el mundo occidental. La influencia religiosa en la educación y
su complementación con el poder de los medios de comunicación, han llegado a
dominar las áreas educacionales de nuestros países. Ni los Estados Unidos escapan a
estos poderes, sincronizados con el papado, como se manifiesta en la teoría del diseño
inteligente con que se quiere debilitar la teoría de la evolución de Darwin, en los
programas escolares.
Los procesos laicos, en general, han debido enfrentar este problema. El caso de
Francia y Bélgica creo que son demostrativos de esta realidad.
Pero, además, la definición clásica de laicismo ha ido dando paso, al mismo
tiempo, en las últimas décadas, durante las cuales se han profundizado y activado las
acciones concretas destinadas al establecimiento de la igualdad de las tendencias
laicas y las confesiones religiosas, en sus relaciones con el Estado, a una separación
conceptual del término, dividiéndolo en dos áreas: el laicismo político y el laicismo
filosófico.
Uno de los primeros autores que conocemos en proponer esta demarcación al
laicismo, ha sido nuestro amigo Philippe Grollet, quien ha señalado que el Laicismo
Político o Laicismo de Estado se define “como el deber de imparcialidad de los poderes
públicos respecto de las concepciones filosóficas y religiosas de los ciudadanos”.
Se habla de “laicismo filosófico”, prosigue nuestro autor, “cuando la expresión
está referida a la moral, que se funda en un humanismo libre de cualquiera referencia
divina, como una concepción de vida no confesional, fundada en valores”.
Enseguida precisa aún más al alcance de esta clasificación:
“Los dos laicismos, el laicismo político y el laicismo filosófico, no son en absoluto
contradictorios, sino por el contrario, se complementan. Mientras que uno requiere de
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la imparcialidad de los poderes públicos, el otro supone el compromiso moral de los
individuos con los valores humanistas que se liberan con un pensamiento crítico, de los
dogmas y los sobrenatural”.
Es de toda evidencia que ambos laicismos no se contraponen, no obstante que
el laicismo filosófico estará siempre adscrito, por su propia naturaleza, el laicismo
político que garantiza la existencia de un espacio social libre y tolerante, donde el
compromiso moral de los individuos para a ser verdadero.
No es, por cierto, la primera variación que surge en la visión del laicismo. El
debate, en los últimos años, entre las propias organizaciones laicas, ha hecho surgir el
llamado “laicismo nuevo” frente a un “laicismo antiguo” que, de alguna manera, plantea
una renovación del principio tradicional, introduciendo una versión diferente del espacio
público y la relación con las corrientes del pensamiento dogmático.
Creemos, sin embargo, que la formulación articulada del “nuevo laicismo”, entra
por ahora en el campo de la discusión filosófica y viene a corresponder a un proceso de
su desarrollo doctrinal. Pero curiosamente, son los propios cambios sociales y
económicos, que ha ido introduciendo la mundialización o globalización, los que
parecen sobrepasar estos esquemas clasificatorios. En otras palabras, queremos decir
que la velocidad del cambio social introduce factores que no permiten asentar todavía
otras articulaciones más permanentes, como aquellos ya planteados por el laicismo
político y el laicismo filosófico.
La ruptura de la unidad política mundial, que se había logrado por el vasallaje
espiritual y confesional del mundo occidental, dio origen a la potencialidad de lo
individual y validez a las organizaciones locales. La dispersión de las soberanías, y la
constitución de democracias, republicanas, dio paso al pleno ejercicio de los derechos
ciudadanos universalmente reconocidos; pero se mantuvieron, sin embargo, las
poderosas unidades mundiales religiosas de raíces cristianas.
La desvinculación entre los sectores laicos, supuestamente dominantes con la
llegada de la democracia, ha sido demasiado notoria y pone en evidencia la debilidad
que el librepensamiento acusa en la hora actual.
Cierto es que el librepensamiento ha estado inserto como una universalidad
laica en la Institución Masónica, sobre la base de una identidad no discutida que, sin
embargo, no representa la plenitud del mundo laico. Como lo señaláramos en ocasión
anterior, todos los masones son librepensadores; pero no todos los librepensadores
son necesariamente masones.
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Piénsese solamente en la inexistencia de vínculos formales entre las corrientes
laicas de los países americanos y entre estos y otros países fuera de América.
No obstante, el laicismo avanza por la fortaleza de principios indisolublemente
ligado al humanismo, estimulando su estudio y desarrollo.
Pero, además, la voluntad política del laicismo debe prepararse para una etapa
de cambios sociales en desarrollo, en que la mundialización puede atentar contra la
doctrina clásica de la soberanía del Estado, por delegación de la ciudadanía, a cambio
de ser garante a sus derechos. La noción moderna de sociedad civil determina la
existencia del espacio público donde el hombre puede participar individual como
colectivamente, en un escenario que vigila el poder democrático y de neutralidad
religiosa. Es aquí donde se manifiesta la aspiración laica de conquista a la ciudadanía,
bajo el imperio de reglas democráticas que impidan los monopolios dogmáticos. El
laicismo político defiende las prácticas que mantengan el respeto a la pluralidad de
intereses sociales, y a la voluntad ciudadana, dentro de los márgenes auténticamente
democráticos de libertad y tolerancia.
El laicismo, en su expresión genérica, como principio esencialmente humanista,
presentó en sus comienzos, y como base de su vertebración posterior, el respeto a la
libertad de conciencia y a la autonomía de la voluntad como derechos inherentes a la
condición del hombre. Más que un alegato contra las imposiciones dogmáticas, se
procuraba la legitimación de una coexistencia tolerante en el espacio público entre
creyentes, ateos o agnósticos.
El laicismo ha reclamado siempre por el derecho a creer en cualquiera deidad o
principio religioso como el derecho a la discrepancia, entregando al Estado la
obligación de garantizar este principio de contenido político y filosófico.
Bajo el principio de que la soberanía reside en el pueblo y en que éste delega
sus facultades en el Estado, como pacto social, surge para el Estado la obligación
superior de garantizar, entre otras materias, la tolerancia religiosa y no confesional, ya
que precisamente por ser democrático, es fundamentalmente laico, en el doble sentido
de ser neutro y prescindente en materia de creencias y garantizador de la libre práctica
y adhesión religiosa de los miembros de la sociedad, así como el respeto hacia quienes
no profesan religión alguna.
La naturaleza de esta prescindencia obliga al Estado a no privilegiar a ninguna
organización religiosa o laica, en cuando a su desarrollo, práctica o aprovechamiento
de recursos o influencia estatal en desmedro de los demás, como expresión de libertad,
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igualdad y tolerancia.
Precisamente, como uno de los valores que el laicismo destaca en su raíz
humanista, es la tolerancia. La Organización de las Naciones Unidas para la
Educación, la Ciencia, UNESCO, y la Cultura ha recogido en su Declaración de
noviembre de 1995, el significado laico de la tolerancia:
“La tolerancia consiste en el respeto, la aceptación y el aprecio de la rica
diversidad de las culturas. La tolerancia consiste en la armonía en la diferencia. La
tolerancia es la virtud que hace posible la paz y contribuye a sustituir la cultura de
guerra por la cultura de paz. La tolerancia es la responsabilidad que sustenta los
derechos humanos, el pluralismo, la democracia y el estado de derecho.
Significa que toda persona es libre de adherirse a sus propias convicciones y
acepta que los demás se adhieran a las suyas.
También significa que uno no ha de imponer sus opiniones a los demás”.
La declaración define igualmente la función del Estado frente al principio de la
tolerancia:
“En el ámbito estatal, la tolerancia exige justicia e imparcialidad en la legislación,
en la aplicación de la ley y en el ejercicio de los poderes judicial y administrativo”.
En cuanto a los medios de comunicación, sostiene:
“Los medios de comunicación pueden facilitar el diálogo y el debate abierto,
difundiendo los valores de la tolerancia y poniendo de relieve el peligro que representa
la indiferencia ante el surgimiento de grupos e ideologías intolerantes”.
Y al referirse a la educación, señala que ella debe enseñar a las personas sus
derechos y libertades y en fomentar la voluntad de protegerlos de los demás, como una
manera de contrarrestar las influencias que conducen al temor y la exclusión de los
demás.
Esta declaración de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación,
la Ciencia y la Cultura, es en todo coincidente con los principios del laicismo y que, en
brevísima síntesis, viene a representar el sentimiento laico de la alteridad o respeto al
otro.
Conocidas estas generalidades, se hace comprensible que en la historia de la
humanidad sólo haya sido posible a una aproximación a un Estado Laico ideal en los
dos últimos siglos, cuando surgen los Estados democráticos y democratizan algunas
monarquías.
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Las viejas reyecías, en el mundo occidental, vincularon su poder a las Iglesias
Cristianas, colocando al monarca en el nivel de las divinidades. Tanto para el Rey
como para la Iglesia, esta asociación potenciaba sus respectivos poderes. Un ejemplo
concreto de esta realidad es el proceso de la independencia de las colonias españolas.
Y es que, cuando la sociedad europea pasa a identificarse con el catolicismo
romano, a partir de Constantino, se da origen a una comunidad de fe, en que la religión
llega a ser parte constitutiva de una sociedad completamente intolerante.
Como se sabe, hasta mediados del siglo XVIII, la tolerancia religiosa no se
conoce como práctica en Europa.
Sólo con el cambio en las estructuras sociales, el laicismo político, en la
aplicación rigurosa de su contenido humanista, pasa a tener una vigencia clave en el
mantenimiento de la imparcialidad de un estado democrático, en la fiscalización y
rectificación de sus eventuales desvíos discriminatorios y en la fortaleza creciente del
principio de la tolerancia. Llevar estos cambios a los niveles globales parece ser, por
ahora, tan difícil como lograr el respeto de estos principios a niveles locales o
simplemente estatales.
Los diversos modos de trabajo en el propósito común de vigorizar los principios
del laicismo político, han enfrentado el avatar de una lucha constante, razón que hace
cada vez más ineludible la consolidación de una doctrina laica, cuya orgánica sea con
urgencia planteada en los niveles nacionales e internacionales.
La pasividad, la contemplación del mundo laico, en muchos casos un Estado de
resignación, debilita, naturalmente, la propia noción del Estado democrático. Mientras
el individuo sólo es usado para las funciones electivas, las confesionalidades tienen
mayores posibilidades en el manejo de los asuntos estatales, impidiendo el desarrollo
de las ideas laicas y asumiendo un poder real que no oculta su prepotencia.
La ciudadanía, como el espacio público, son para el laicismo político elementos
tan indispensables como la propia democracia en que se sustenta. La ciudadanía real
parte de un ejercicio crítico y racional, consecuentemente laico, capaz de ejercer en
plenitud su derecho a la participación en el poder y su generación. En consecuencia,
no puede aceptarse un poder público administrado por grupos de cualquier naturaleza
religiosa.
La libertad política se ampara en este ejercicio ciudadano eminentemente
republicano; pero cada día menos respetado por los mecanismos electorales.
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La conquista de la ciudadanía va más allá de un mero compromiso social. Es el
gran salto a la democracia. Sin embargo, el debilitamiento de la responsabilidad
ciudadana es evidente, aproximándola a la indiferencia o a posiciones neutras.
El espacio público, la esfera pública, manejado bajo la concepción moderna de
ciudadanía, supone la participación activa del ciudadano –el hombre integral con
derechos consagrados por un principio contractual con el Estado- que asume un papel
garantizador de la vigencia real de otros derechos.
Al plantear, entonces, la conquista de la ciudadanía, el laicismo reclama un
derecho de participación real en las decisiones y políticas nacionales, sin que,
necesariamente, deba utilizar los canales de expresión tradicionales, como los partidos
políticos, las fuerzas gremiales, la concentración del capital o la intervención estatal.
Desde luego, la sola separación de la iglesia del Estado no ha delimitado –como
se esperaba y se creía- las confesiones religiosas al área privada.
A pesar de las fórmulas democráticas y republicanas del gobierno, tampoco se
ha logrado en plenitud un Estado completamente neutral en materias religiosas. La
Iglesia Católica en particular, mantiene intocados sus mecanismos de poder que la
ubican como una confesionalidad dominante, al menos en América Latina. Ello le
permite enfrentar a cualquier gobierno progresista, con la pretensión de ejercer una
contraloría moral, para la imposición de normas amparadas en su rigurosidad
dogmática.
El laicismo, el laicismo político, entretanto, no aparece como fuerza organizada
capaz de romper el gran cerco confesional que impera en la educación. Aparece,
además, dañado por los sistemas políticos que han postergado ostensiblemente la
participación ciudadana. Educación y ciudadanía siguen siendo, por ello, los factores
que hacen posible un espacio público de autenticidad tolerante y democrática.
Esta lucha es para mí el laicismo político.
Antes de concluir mi intervención, permítanme entregarles una información que
me parece importante, por que constituye una expresión germinal del laicismo en la
confrontación pública partidaria:
Pocos días antes de iniciar nuestro viaje a Colombia, uno de los partidos
políticos chilenos de centro izquierda nos sorprendió con una proclamación pública, a
propósito de las Normas de Regulación de la Fertilidad, atacadas violentamente por la
jerarquía católica. La proclama dice en algunas de sus partes:
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“LA DEMOCRACIA ES LAICA O NO ES DEMOCRACIA ¡RECHAZEMOS LA
INJERENCIA RELIGIOSA EN LAS POLÍTICAS PÚBLICAS!”.
“El Estado chileno es laico, y como tal debe estar legitimado por la soberanía
popular y el consentimiento del pueblo, nunca por sectores confesionales”.
“Por el contrario, la democracia se afirma en valores laicos, garantiza el respeto
a la convivencia de las personas y les permite expresarse en libertad, autonomía y
dignidad, y la consonancia con sus diversas realidades de vida”
El laicismo político, esto es la exclusión de la ingerencia de las iglesias en las
decisiones de ese tipo, implica hoy el real respeto por los Derechos Humanos, por la
libertad del hombre en las decisiones de gobierno, por la neutralidad de los poderes del
Estado y sus órganos en materia religiosa, fijando las políticas públicas de modo de
entregar las posibilidades para que cada uno decida, conforme a su más recto y leal
entender, en materias de tipo moral; esas políticas públicas deben también considerar
a la inmensa masa de población que por carecer de recursos no tiene acceso a la
educación de calidad por lo que es pasto de la influencia fácil que tiene como trasfondo
el premio o el castigo.
El laicismo político está en condiciones de entregar una base de sustentación a
las relaciones sociales que, efectivamente, introduzca paz y entendimiento entre los
hombres, con pleno respeto a las concepciones metafísicas y a que cada cual adhiera
al sistema ético que mejor conforme su conciencia moral.
He aquí una interesante tarea de las organizaciones laicas, como son los ILECs
o de otro nombre: impulsar acciones individuales y concertadas para que esta
expresión del laicismo, efectivamente, sea patrimonio de la sociedad.
Cartagena de Indias, Octubre de 2006
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