La heterogeneidad como esencia constitucional

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La heterogeneidad como esencia constitucional
Hace ya un cuarto de siglo que los españoles nos dimos una Constitución
democrática. Fue una constitución que cambió el curso de nuestra convulsa historia
constitucional: a salvo diversos oscuros periodos históricos de tiranía y dictadura, todo
lo más que habíamos conseguido era convivir en el marco de constituciones
“democráticas” según el sentido histórico del tiempo en que se promulgaron, pero que,
o bien habían sido impuestas por la mayoría política a la minoría, o bien eran utilizadas
permanentemente como arma arrojadiza en el debate político.
La Constitución de 1978 por primera vez fue fruto de un amplio y verdadero
consenso político, hasta el punto de ser abrazada por todas las fuerzas políticas salvo
aquellas minoritarias radicalizadas –en la derecha o en la izquierda- y los nacionalistas
vascos, y votada luego mayoritariamente por el pueblo español.
Desde la responsabilidad histórica que da tanto el conocer los errores del pasado,
como el compromiso de superarlos construyendo un futuro estable y digno de una
sociedad avanzada, los constituyentes supieron expresar fidedignamente el deseo
popular de una convivencia justa, pacífica y democrática desde la heterogeneidad. Por
eso en el preámbulo de la Constitución proclamaron la voluntad de proteger a todos los
pueblos de España en el ejercicio de los derechos humanos, sus culturas y tradiciones,
lenguas e instituciones, y por eso en sus artículos 2º y 136 reconocieron y garantizaron
el derecho a la autonomía de nacionalidades y regiones a través del autogobierno
político. Es puro reconocimiento a las diversas Españas que laten en el solar patrio
común e indivisible de los españoles que sirve de fundamento a la Constitución misma.
La heterogeneidad como valor constitucional de una única y solidaria enriquecedora
convivencia.
En estos 25 años, la cultura constitucional de la diversidad integradora se ha ido
entretejiendo día a día, es natural que no sin inevitables fricciones y tensiones que han
sido resueltas por constructiva composición política o, en su defecto, por el buen hacer
jurídico del Tribunal Constitucional. Sin embargo, justo en este año de
conmemoraciones estamos asistiendo a un preocupante fenómeno político centrípeto de
innegable trascendencia constitucional y que viene auspiciado por órganos centrales –
Gobierno y parlamento-, fenómeno que está alimentado por una concepción monista y
maniquea del pacto constitucional, y que busca relativizar, o incluso negar hasta su
criminalización en algún caso, esa idea constitucional de pluralidad convergente.
Ejemplos hay de ello: el Gobierno pide ante el Tribunal Constitucional que el plan
Ibarretche –jurídicamente un mero proyecto de ley por muy inconciliable con la
Constitución que sea- no se debata en las distintas sedes parlamentarias en que, según la
propia Constitución, se tiene que debatir toda iniciativa de reforma de Estatuto de
autonomía de Comunidad Autónoma, esto es, en el parlamento vasco y en las Cortes
Generales; el parlamento nacional trata de impedir a través de una reciente ley lo que el
Tribunal Constitucional ha reconocido como posible, que las Comunidades autónomas
con competencia en la materia –por ejemplo, Andalucía- puedan contar con su propio
modelo de política social sobre pensiones no contributivas; el grupo político mayoritario
en las Cortes y el Gobierno de la Nación valoran como ejercicio de insana deslealtad
constitucional el solo propósito de modificación del Estatuto de Autonomía catalán que
pretenden mayoritariamente los catala nes, aunque quieran hacer la reforma respetando
escrupulosamente el procedimiento diseñado para ello por la propia Constitución. El
Estado de las Autonomías como concentrada simetría de identidades. La homogeneidad
como opción excluyente que pretende imponer su reduccionismo en la pacífica y
tolerante coexistencia plural de los españoles.
No hay mejor homenaje a aquellos hombres y mujeres que hicieron posible por
primera vez en nuestra historia una Constitución de todos y para todos, y de paso una
firme apuesta de común futuro, que perpetuar aquel compromiso popular de
convivencia democrática y solidaria entre todos los pueblos de España, entre todas las
Españas que alzan sus propias identidades como una sola para dar cuerpo y esencia a la
Constitución misma.
Juan Luis Rascón es magistrado, profesor asociado de Derecho Constitucional en la universidad de
Córdoba y portavoz de Jueces para la Democracia
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