DR. M. CARRERAS ROCA

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DR. M. CARRERAS ROCA
LA PESTE EN CATALUÑA
DURANTE
EL SIGLO XVII
PUBLICACIONES MEDICAS BIOHORM. . SECCIÓN: MEDICINA E HISTORIA | N.° R.: B. 1023-63 | D. L.t B. 27541-63 | EDITORIAL ROCAS. - DIRECTOR: DR. MANUEl
CARRERAS. COLABORAN: DR. AGUSTÍN ALBARRACIN - DR. DELFÍN ABELLA - PROF. P. LAIN ENTRALGO - PROF. J. LÓPEZ IBOR - DR. A. MARTIN DE PRADOS - DOCTOR CHRISTIAN DE NOGALES - DR. ESTEBAN PADROS - DR. SILVERIO PAU\FOX -PROF. J. ROF CARBALLO - PROF. RAMÓN SARRO - PROF. MANUEL USANDIZAGA PROF. LUIS S. GRANJEL • PROF JOSÉ M * LÓPEZ PINERO - DR. JUAN RIERA • SECRETARIO DE REDACCIÓN: DR. FELIPE CID - DIRECCIÓN GRÁFICA: PLA-NARBONA
De esta edición se han separado cien ejemplares
numerados y firmados por el autor.
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DR. M. CARRERAS ROCA
LA PESTE EN CATALUÑA
DURANTE
EL SIGLO XVII
4
Hacia 1647, la peste azotaba las regiones de Valencia, Murcia y Andalucía. Desde el quinientos, se había convertido en una enfermedad casi endémica en España. Su mortífero reguero paseaba por toda la geografía peninsular, dejando tras sí un dolorosísimo rastro.
A la sazón, el Principado de Cataluña se hallaba empeñado en la guerra provocada por la política del real valido,
Don Gaspar de Guzmán, Conde-Duque de Olivares. Gobernaba el Principado el general francés Marsin. Cierto día, dispuso que la caballería catalana efectuase una incursión en el reino de Valencia. Al mando de Don José
d'Ardena, Conde de Illa, los caballeros catalanes llevaron a cabo la empresa sin grandes dificultades. No tardaron en regresar a Tortosa, con un botín imprudente, efectos y ropas, de las que dice Parets que «no estaban aún
bastante limpias y expurgadas del contagio». La peste no tardó en declararse en Tortosa y Riberas del Ebro. Alarmado con tales noticias, el Consejo de Ciento procedió a nombrar la llamada «dolzena del morbo»,1 en la que estaban representados, por partes iguales, los nobles, los ciudadanos, los artesanos y los mercaderes. Tal dotzena, con
los Consellers, constituía la Junta del morbo, que actuaba por delegación del Consejo, en todos los asuntos referentes a la peste, con absoluta autonomía, según el privilegio concedido por el Rey Don Fernando a la ciudad,
el diecisiete de julio de 1510, en Monzón.
Inmediatamente, la Junta suspendió todo tráfico comercial con el partido tortosino. Prohibió la entrada en
Barcelona a todos los que de allí procedieran. Y, siguiendo la habitual costumbre en semejantes casos, envió a Tortosa un médico y un cirujano «para tener seguro desengaño de si efectivamente era peste». Partieron,
hacia la ciudad del delta del Ebro, el Doctor March Jalpi, médico, y Matas, de la calle Ancha, cirujano, «con dietas muy crecidas a costa de la ciudad». Cuando regresaban, para evitar el mal paso de unas montañas, decidieron
embarcarse y remontar el Ebro. Quiso la mala suerte que fuesen a topar con una partida de migueletes del ejército
castellano, quienes, «en un estrecho de los montes que tiene el río», los hicieron prisioneros. Se los llevaron detenidos a Beceite, desde donde enviaron a Barcelona al cirujano para que negociase el rescate de 1.500 doblones y
se quedaron de rehén al Doctor March. Tras muchos regateos, en los que incluso intervino el Virrey, el Consejo
barcelonés abonó a los migueletes la suma de 675 doblones —cada doblón valía ocho escudos y medio de sisenes—
liberando a ambos doctores. Sin embargo, con tal incidente, se habían quedado sin saber de fijo si era ciertamente
peste la enfermedad de Tortosa. Por eso, en la sesión del 23 de abril de 1650, los Consellers decidieron enviar
nuevos facultativos, esta vez al Doctor Vileta, doctor en Madacina, por parte de la ciudad y la Junta, y a un cirujano francés, por cuenta del Virrey.
Entretanto, la peste continuaba su mortal camino hacia Tarragona, «introducida por la ropa que se admitió de
Valencia en una barca». Iba tomando tanto incremento en villas y ciudades de aquel campo, que «en algunas (Vilaseca) fue preciso en breve por los muchos que morían desamparar el poblado y abarracarse en campaña formando
hospitales y morbería».
En Barcelona, tales noticias causaron gran sobresalto. La Junta del morbo •—en las sesiones del 8 y 17 de abril
de 1.650— ordenó cerrar algunas puertas de la ciudad, poner guardias en las que permanecieran abiertas, enviar
molts draps y medicinas 2 a los lugares apestados y avisar a los pueblos vecinos para que se guardaran. Simultáneamente, como también era año de gran sequía, se dispusieron solemnes rogativas y que se sacara en procesión a Santa Madrona y al cuerpo de San Severo, implorando la ansiada lluvia y rogando que les librase del
tremendo peligro de la peste.
Fue a primeros de junio, cuando llegó la noticia que en San Pedro Pescador «havia contagio». La peste se extendía rápidamente por la región. Pocos días después, en la festividad de Corpus, se supo que el morbo estaba
ya en Gerona. Los Consellers decidieron enviar a esta ciudad al citado Doctor Vileta, que al parecer había ya
regresado de Tortosa, para que consultase con los médicos gerundenses. No obstante, dicho médico, mirando
quizá con exceso «pro domo sua», declaró que eran sólo enfermedades malignas y no populares, como se llamaba entonces a las epidemias.
Ante tan tranquilizador dictamen, los Consellers, sin descuidar desde luego las precauciones —mantenían abiertas sólo dos puertas de la ciudad, con sus correspondientes guardias—, acordaron seguir comerciando con el
contagiado partido de Gerona. A los pocos días, se multiplicaron las malas noticias y muchos gerundenses huyeron de su ciudad y se refugiaron en Barcelona. «Fue milagro —dice Parets— que la peste no estallara ya entonces en ella». Al fin, persuadido el Consejo y la Junta de que las cosas no marchaban bien, suspendieron de nuevo todo tráfico. A finales de julio, mandaron a Gerona otros facultativos : el Doctor Felipe Juan Argila y el cirujano Jaime Teixidor, «de los más peritos de la capital». A poco, dichos médicos escribían a los Consellers.
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Sus cartas fueron leídas en la sesión de la Junta del n de agosto. En ellas se afirmaba que era la peste lo que allí
se padecía y que se extendía por la ciudad, «y que no lo tomasen a burlas».
Inmediatamente, se iniciaron tan severas medidas que, al regresar los dos médicos a la ciudad, tuvieron que
purgar la cuarentena en una torre de Sarria, propiedad del doctor Felipe Juan Argila. En la junta del diez
de septiembre, se acordó pagarles 800 libras por sus trabajos y se tomó, también, el acuerdo de enviar a Gerona
socorros de toda clase.
A todo esto, entre la guerra, la sequía y la escasez, el pueblo barcelonés pasaba una tremenda miseria, atribuida,
según Parets, «a la ambición de algunos que tenían agranerado el trigo queriendo precio exorbitante, aunque
ya entonces corría a nueve escudos la quartera, motivos que pusieron en riesgo de una rebolución a Barcelona».
La ciudad tuvo que tomar por su cuenta «el pastrin», o sea, la elaboración del pan, para evitar el caos. Por otra
parte, hasta entonces, el contagio se había mantenido alejado de la capital. Los barceloneses, que ya tenían demasiados quebraderos de cabeza con la guerra y el hambre, comenzaron a cansarse de las rigurosas medidas preventivas. Lo manifestaron al Consejo que, en la sesión del ocho de octubre, ordenó que se estudiase la manera
de poder abrir de nuevo los Portáis Non y de Sant Antoni.
Con grandes agobios terminó el año 1650. El domingo, 8 de enero de 1651, se supo que, en la calle Nueva, en
casa de un ciego llamado Martín Langa, «havia muerto su mujer y una deuda suya de peste o así se presumía, y
que los que havian comerciado con ellos havian enfermado». Sabido esto por los Consellers «esta noche en secreto por no alterar la gente hicieron llevar los enfermos a los Angeles Viejos, a la puerta Nueva que estaba
destinada para hospital de empestados y los que havian comerciado en estas casas los llevaron a las torres de San
Paulo y San Sever para evitar la comunicación y perfumaron y limpiaron las casas lo mejor que pudieron quemando mucha ropa», según cuenta Parets.
El jueves siguiente, día 12, se reunió el Consejo de Ciento para dar cuenta de todo lo que se había hecho referente
al morbo inesperado. Se leyó una nota en la que se daba cuenta de la muerte de un muchacho y una mujer, el
día nueve, en la misma calle Nueva. Ante la duda de si se trataba de peste, se había llamado a los Doctores Felipe Juan Argila y Juan Martí, y a Mestre Joan Matas Chirurgiá. Se les encargó, a dichos médicos, el reconocimiento del cadáver de la mujer, todavía sin enterrar, y a su marido Bonora, que había caído enfermo. Los facultativos informaron que se trataba de fiebre maligna contagiosa y que en consecuencia debían tomarse las medidas
oportunas. A tal efecto, la Junta del morbo acordó com retney mes sá y segur 3 sacar a los enfermos de la ciudad,
llevándolos a un paraje donde se les atendiese con todo lo necesario, en espera de los acontecimientos ; además, a
los que habían estado en contacto con ellos, aunque pareciesen sanos, había que internarles en las torras de Sant
Van pera que fent purga se pogues atendrer al que succehiria.*
La alarma corrió pronto por la ciudad. Las murmuraciones aseguraban que como en la calle Nueva «suele bivir
gente no muy virtuosa, huvo quien cargó con ropa de vestir y otras alaxas con los quales se esparció a otros barrios el mal y murieron algunos». También, que se introdujo en el Hospital general un tal Juan Camp de Ros,
revendedor que vivía en el Borne, «el qual se guardava por deudas, y quando la peste estaba encendida en Olot
vivía allá, de donde vino con el tumor abierto», y advertidos los médicos del Hospital, los cuales no quisieron
admitirle, lo «despacharon a los Angeles Viejos». Se decía que en casa del Doctor Tristan «que .vibe tras San
Juste havia llegado un empestado y haviendolo sabido lo despacharon secretamente a fuera a curar». Poco a
poco, fue creciendo de tal modo el pánico que muchas personas, aterrorizadas, acudieron a los Consellers en súplica de autorización para salir del recinto y, para impedir las fugas, el Consejo determinó que se pusiese en
las puertas una guardia de algunos moscaters.5 Por tanto, el Consejo alistó a 700 hombres de las Cofradías o Gremios y, dividiéndolos en ocho Compañías o cuatro Tercios, los distribuyó entre el Baluarte de Levante, el del
Mediodía, el de Santa Madrona y la Puerta de San Antonio.
Cierto día, un estudiante de la Universidad, por pura broma, al salir del Estudio empezó a dar voces de que
estava encontrat, que se cremava y que ja havia jet testamenté El hecho causó gran alboroto en las Ramblas,
en toda la ciudad y tal indignación a los sesudos Consellers que encargaron a un Alguacil que prendiese al jocoso escolar, cumplido lo cual, y como se viese que no sufría de ningún mal, se le encerró en les Presons Reals,1
por alarmista y perturbador.
Entretanto, el Consejo dictó las primeras medidas preventivas, que quedaron reducidas a lo siguiente : que
en vez de dos misas que diariamente se decían por los Padres Capuchinos, en la capilla de Ntra. Sra. del Pilar
de la Iglesia de San Jaime, en adelante se dijeran cuatro por los mismos Padres, y que los Consellers pudieran
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mandar se dijeran otras en distintas Iglesias de la ciudad ; que se hiciera arder día y noche en dicha capilla del
Pilar un cirio de la misma forma que el que ardía constantemente en la de Santa Eulalia, y esto mientras lo creyesen oportuno los Conselleres y la Junta del morbo ; que no se dejara salir por las puertas a persona alguna
habitante de la ciudad, ni muebles, ropas ni otros efectos ; que respecto al estudiante burlón se viera por los
abogados de la present casa, quin poder té la ciutat pera poder castigar dit estudiant y demes persones que convingue en materia de morbo ;s y finalmente que para evitar en lo posible el contagio «se gastara cuanto hubiere
de gastarse», según puede leerse en el «Manual de Novells Ardits - Enero 1951».9
Sin embargo, velando por los intereses comerciales de la ciudad, el Consejo se mostraba francamente reacio en
declarar el contagio, previendo la catástrofe económica que ello ocasionaría. Por eso, en la sesión celebrada el 31
de enero, se dijo que si bien el número de enfermos iba en aumento «se judicava (que tales enfermedades) no eran
ocasionadas sino de mals aliments que menjaven la gent y no de altra cosan, afirmación que provoca el siguiente comentario de Parets : «como toda era gente ordinaria y pobre la que cahia atribuíanlo a los malos alimentos y suma necesidad, por no poderse adelantar a comprar el pan en las panaderías por los excesivos concursos,
que aunque la ciudad próvida procuraba se masase todo lo posible y que no saliese de la ciudad, no se podía recavar porque por la muralla lo arrojavan de noche a los forasteros los que de dia con mano poderosa lo alcanzavan
y los pobres alimentados de yerbas y broceria llenaban la barriga de coles, zanaorias y arrofas y hortalizas, que
resultaban las malas disposiciones y con facilidad se les pegaba el contagio».
Con todo, el número de enfermos fue creciendo de modo considerable y 110 cabían ya en el convento de extramuros deis Angels Vells. La Junta del morbo, con aprobación del Consejo de Ciento, acordó, el día 2 de febrero,
trasladar a los contagiados y a los que sucesivamente fueran enfermando al monasterio de Jesús «por ser más
capaz y conveniente». El Conseller segundo, Doctor Francisco Mateu, dictó las siguientes instrucciones, que pueden leerse en el Apéndice n.° XVIII del Manual de Novells ardits - año 1651 : «nombrar un provehidor o comprador para todo lo que necesitara dicho monasterio ; nombrar dos guardas para este nuevo hospital, los cuales
habrían de situarse en la caseta de madera que al efecto se había mandado colocar junto a los tres escalones de la
entrada del edificio por el Camino Real, de modo que de estos dos guardas, uno tenía que permanecer siempre
vigilante en el puerto, cuidando no dejar pasar a nadie de los mencionados escalones ; y nombrar asimismo a
dos mozos para que fuesen por las provisiones y medicinas las cuales habrían de dejar en ais padrissos o baranas
y ha al costat de aquellas bolas o truchs rodons que y ha antes de arrivar a la Iglesia-»,10 de donde los recogerían
los sirvientes del monasterio que de ningún modo podrían pasar de dichas baranas o padrissos, autorizándose
a la guardia para que hiciera fuego sobre el que lo intentara.
Los enfermos debían colocarse en el claustro alto «que ya está arreglado» y los convalescientes en el claustro
bajo, pudiendo éstos salir per esbarjo u a uno de los huertos destinados a este objeto. Los médicos y cirujanos
tendrían que residir en un lugar distante de los enfermos, y a este fin haja una sala molt gran y aposento molt
bo.12 El médico tenía la obligación de visitar a los enfermos dos veces por día. Los cirujanos debían de curarlos
dos veces, también, «y más si fuera preciso», todo ello «con amor y solicitud». Además, aunque había confianza
en los fadrins 13 cirujanos, se recomendaba al maestro que, por si acaso, vigilase en las curas.
Habría dos religiosos de «misa» para confesar y dar los sacramentos a los enfermos, tres religiosos legos, uno
de los cuales debería cuidar de dar los alimentos en la hora precisa. El otro cuidaría sólo de la cocina y de que se
hiciesen los tres caldos : acaldo de molió y gallina-» ,14 para los extremauciados ; otro, que ha de ser de molió bo 15
y tenía que servir per els que mastegan ja alguna coseta ;10 y un tercer caldo, mediano, para la gent que vaja de
millora y cobrant.11 El tercer lego, al que se llamaría guarda-roba, tenía que cuidar de la limpieza del local y del
lavado de la ropa.
Los sirvientes habían de hacer los demás oficios : limpiar los servicios a medianoche, lavar las escudillas, hacer las camas, etc.. Se turnaban por días, haciendo una guardia de noche de tres horas para «de cuando en cuando
vigilar, examinar y ayudar a los enfermos». Uno de los sirvientes era llamado Cambrer major,13 nombrado por
el lego enfermero, y tenía que cuidar de que se diesen las medicinas a su hora, que se arreglasen las camas, etc..
Los fossers 19 —camilleros y enterradores a la vez—• que habían de entrar en la ciudad, tenían que permanecer
en lugar aparte, y, cuando entrasen en ella, deberían seguirles alguno de los capdeguaytes,20 vigilantes del morbo.
Los muertos eran enterrados en un campo de Don Guillem de Armengol, para cuyo acceso se habría una puerta
cerca del cafereix gran,21 pues dicho campo se había cerrado ya con una tapia. Se advertía a los fossers que utilizasen grandes cantidades de cal para evitar el contagio, no sólo de la gente de la casa, sino a ellos mismos. Se
disponía además que deberían ser seis : cuatro para entrar en la ciudad y dos para no moverse del convento.
En la misma sesión, después de aprobarse estas Instrucciones, se tomó el acuerdo de que se entregaran a José
Soldevila, Escrivá racional de la present casa (de la ciudad), 4.000 libras para gastos de morbo, encargándole
que «diera y pagase», al Doctor Bernat Mas, 50 libras, por los trabajos hechos en las enfermedades corrientes ;
otras tantas libras al Doctor Martí y a Mestre Joan Matas —chirurgiá— ; y que, además, se le pagara, a cuenta de salario que se les había asignado, 15 libras al Doctor en Medicina Jordi Carrera y a los Maestros cirujanos Francesch Sunyer, Christophol Veger y Joseph Cariteu.
El citado convento de Jesús estaba situado junto al actual Paseo de Gracia, en el espacio comprendido entre
la Avenida de José Antonio y la calle de la Diputación, a doce minutos de la ciudad. Se convirtió en un hospital
de apestados con todos los requisitos que exigían los más adelantados conocimientos higiénicos de la época. Sin
embargo, esto se contradecía con la contumacia con que la Junta y los Consellers seguían afirmando que el tal
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morbo no era peste, aseveración a la que no tardaron en hacer eco los médicos de la ciudad. En efecto, el día 8
de febrero se reunieron en «Gran junta» todos los doctores en medicina que se encontraban en Barcelona, para
tratar «en forma de collegn, de la especie de las malaltias que y havia en la present ciutat 22 y emitir el informe que
pedían conjuntamente el Gobernador y el Real Consejo. Al día siguiente, los Doctores March Antoni Roig, Decano del Colegio de los Doctores en Medicina, Joan Argila, Pere Pau Miquel, Joan Pau March Jalpi, Bernat
Enveja y Lluís Mora, fueron a casa del Gobernador, donde estaba reunido también el Real Consejo, y afirmaron
que, casi unánimes y conformes, habían resuelto que muchas de dichas enfermedades habían sido muy malignas y contagiosas, pero no populares y comunes. Es decir, epidémicas, porque apenas si las habían padecido más que personas que por falta de alimentos buenos los comieron viciosos y de mal such,25 pero que,
aunque esta clase de enfermedades fuesen particulares, podrían poco a poco, comunicándose de unos a otros, hacerse comunes y populares, lo que en gran manera estaba corregido por el cuidado que los señores Consellers
y la Junta del morbo habían tenido de evitar toda comunicación, ordenando que los doctores que visitaran otras
enfermedades no lo hiciesen a los enfermos contagiosos, para cuya asistencia se habían nombrado dos Doctores
aprobados por el colegio Médico.
Dijeron también que respecto al consejo que debían de dar a Su Señoría, sobre «cierta persona que se dice cirujano» que quería desinfectar la ciudad y todas sus casas, como no fuese conocido por los Doctores informantes,
decidieron que Su Señoría se reuniese con el Colegio en otra ocasión, asegurando que con algunas preguntas
se aclararía lo conveniente para la ciudad.
Los Consejeros y la Junta del morbo se apresuraron a convocar reunión para el siguiente día io, y, en esta Junta, a la que asistieron los Doctores del Real Consejo, Pere Johan Rosell y Mestre Narcis Peralta, acordaron escribir cartas a los pueblos y ciudades del Principado, manifestándoles que la salud de Barcelona era buena y que
en la present ciutat no y havia contagi. Aseguraban que dichos pueblos habían retirado el comercio con la ciudad
de Barcelona por causa de las injustificadas malas nuevas, aludiendo el verso del gran poeta florentino : da avara
povertá dei catalanh.
También, de Gerona, a cuya ciudad había ido, por orden del Consejo, el Doctor en Medicina Miguel Boneu y el
cirujano Luis Alberich, llegaron buenas noticias. En la sesión de la Junta del 14 de febrero, fue leída la relación
de dichos doctores, en la que se afirmaba que aquella ciudad estaba ya libre del mal contagioso y que por tanto
podía reanudarse el comercio con ella y permitirse la entrada de los gerundenses en Barcelona.
Pero la realidad era implacable. Como dice Parets, aunque por parte del Consejo «no havia de tratar que fuera
peste sino otra enfermedad..., hiva creciendo el número de enfermos..., la luna de marzo desengañó bastante el
pueblo, que murieron muchísimos con los carbunclos, verigas y tumores como nuecillas hechas una grana 3^ en
la superficie negra : aqui fue el aturdirse la gente saliendo de Barcelona, liando la ropa y cerrándola en los Monasterios de monjas : algunos llevándosela y otros paredándola en las mismas casas con lo mejor de las alhajas,
para si alguno se introducía no se mezclara con la ropa y trastos, porque iba salpicando y extendiéndose por barrios la peste : «en estas embestidas del mal se ausentaron de Barcelona las dos partes de sus moradores, dejándola casi desierta y en lamentable llanto y soledad».
Sólo por estas escasas referencias que hacen Parets, el Manual de Novells ardits y algún otro escrito de la época,
nos es posible conjeturar con visos de certidumbre el cuadro clínico de aquellos desdichados enfermos. De epide-
8
mías catalanas anteriores, se conservan descripciones muy apreciables, como las de los Doctores Onofre Bruguera, Fabra y Moix. Pero de ésta no existe relación médica alguna.
Según el Dietari, el mal solía comenzar por febra amb dolor de cap y vomits que entubaban y acongojaban al
enfermo, quien pronto aborrecía la comida, desgana sospitosa,2* acompañada de los ya mencionados carbunclos
—bubons o vértolas—,25 como nuecillas hechas una grana y en la superficie negra. Dichos carbunclos aparecían
en diversas partes del cuerpo —cuello, sobacos, ingles—. Aparecían también manchas como picaduras de pulga
diseminadas por la piel y, finalmente, «solia el contagio con los recios calenturones que daba causar frenesis insuperables : y mientras los padecían algunos en las casas particulares unos se arrojaban por las ventanas y reventaban y otros se salían por las calles en las posturas que se hallaban». En la mayoría de los casos, la enfermedad
seguía un curso tan rápido que ocasionaba la muerte a los tres o cuatro días. Por eso, el Conseller Mateu, en las
instrucciones antes citadas, recomendaba a los clérigos de la morbería de Jesús que confesasen y sacramentasen
ais morbats sens dilació perqué eujas desganas salen anar molt deprese y seria una gran desdicha que en sa presencia morís algún malal sens sagraments.26
Fabro Bermundan, en su «Historia de los hechos del Señor Don Juan de Austria en Cataluña», habla también
muy someramente de los síntomas de la peste, al relatar lo que le aconteció en Tarragona a Don Juan de Austria, que entonces mandaba el ejército castellano : «haviendo penetrado del contorno al interior de Tarragona (la
peste) se fue encendiendo la calidad que apenas quedó casa alguna libre de heridos o muertos, obligando a
los médicos de cámara y criados más graduados de Su Alteza, por el juramento de sus puestos, a representarle
el peligro tan evidente a que debía exponer su Real persona : más anteponiendo el Principe a su riesgo la consideración de que si por otra razón hiciese ausencia de aquella plaza la desampararan también los vecinos, a su
ejemplo con perjuicio notable de sus intereses, se resistió hasta mediado agosto (1651), que le sobrevino un corrimiento con calentura continua e intensísimos dolores de cabeza. Indicios muy parecidos al linage del mal
que se temía, que presto pasaron a otros mayores, en tumores crecidos a ambos lados del rostro. Aplicóle luego
la medicina sus remedios, y con cuatro sangrías y otras prevenciones que en dos días se ejecutaron se halló
con alivio, aunque no bastantes para asegurar las tristes sospechas de las primeras indicaciones malignas que por
más de doce días duraron poco favorables».
Parets refiere que las mujeres preñadas sufrían lo indecible, salvándose sólo el dos por ciento. Y, llegado el momento de dar a luz, se encontraban con que las comadres no las querían asistir.
Con tales perspectivas, el Consejo y la Junta del morbo se vieron obligados a tomar las cosas más en serio. En la
junta del 4 de marzo, «en vista que Dios era servido de que las enfermedades fueran en aumento», se acordó
nombrar al médico Doctor Ferrer y al cirujano Gibern para que visitasen a los enfermos del contagio, a todos
en general, dos veces al día, redactando al efecto unas nuevas Instrucciones —Apéndice XXI al Dietari de este
año—. En ellas, se señalaban sus deberes, asignándoles por su trabajo doce libras a cada uno, comprendidos los
gastos de manutención. Se aceptaba también el gasto de un fadri," precisado por el maestro Gibern, al que se
le darían diez libras de salario, con la manutención a cargo del maestro cirujano.
En las nuevas Instrucciones se disponía : que el Doctor Ferrer debería visitar a todos los enfermos sospechosos
sin recibir dinero alguno de ellos ; efectuaría dos visitas diarias procurando que el vecindario no se alarmara ;
en el caso de enfermos pobres, deberían trasladarse al convento de Jesús, so pena que se tratase de una enfermedad «ordinaria», pues en tal caso debería ser llevado al hospital.
El cirujano maestro Gibern, por su parte, debía acompañar siempre al Doctor Ferrer, practicando todas las
operaciones manuales que se necesitasen, limpiando los instrumentos con su fadri, pidiendo todo lo que necesitase a las casas a que hiciese la visita, y si se trataba de una casa pobre, debía pasar aviso a los Consellers para
que comprasen lo necesario, a cargo de los fondos de la ciudad.
Finalmente, para que cuidaran de todos los asuntos referentes al contagio, se nombraron los llamados alguatzils
de morbo 2S que directamente dependían del Conseller segundo. Su misión era la de la vigilancia de casas sospechosas y el traslado de enfermos al convento de Jesús. Nombraron también al Batlle del morbo 29 que debía ocuparse de dichos traslados y de que se efectuaran los entierros de la manera prescrita.
Como las cosas iban de mal en peor, los Consellers y la Junta del morbo estimaron conveniente hacer algunas
«anatomías» para averiguar con certeza cual era la verdadera causa del contagio. Se practicaron dos autopsias,
en el lugar acostumbrado, es decir, en el corralet 30 del patio frontero a la casa de la Convalecencia del Hospital
General de la Santa Cruz, donde precisamente poco tiempo antes —3 de noviembre 1644— habían acordado los
Consellers fer una Estancia nova... para fer allí las anotomias —Bruniquer. Dicho local estaba entonces en construcción, pues no se terminó hasta 1673.
9
A la primera de estas autopsias, efectuada el 19 de marzo a las diez de la mañana, asistieron los Doctores Joan
Pau March y Jalpi y Bernat Mas, el Doctor Ferrer y el chirurgiá son company,31 el Doctor Joseph Albanell, practicant en medicina, Joan Matas, estudiant en dita Facultat, niestre Jauma Sancts, chirurgiá de Barcelona,
fadri major de la chirurgiá de dit hospital y otros tres fadrins chirurgians del mismo, los cuales procedieron
a abrir el cadáver de una mujer de 25 a 30 años, bien constituida y corpulenta, que había fallecido después de
haber permanecido dos días en el hospital, y que presentaba un bubón en el angonal, o sea, en la ingle.
A la segunda, hecha al día siguiente, asistieron con los ya mencionados Doctores March Jalpi, Bernat Mas
y Albanell, el Doctor Narciso Jonch, Bachiller del hospital, los practicantes en medicina Joan Baixeras y
Francesch Reig, el estudiante Matas, los dos cirujanos Santcs, el fadri Jauma Mor alió y otro fadri cirujano
del hospital. El cadáver era de un hombre de unos 30 años, fallecido en la calle de la Esgrima, que presentaba
un bubón en la ingle derecha y moltes pigues per sa persona*2
De los curiosos informes de estas autopsias, pueden extraerse los siguientes párrafos : la vejiga de la hiél fue encontrada llena de bilis porracea, la túnica interna del estómago con unas eminencias que, a primera vista, pareixian
uns cuchs y ben mirat no eran cuchs sino las rnateixas venas del ventrell que estavan com unas varissas plenas de
, dite hile grassa ;33 los ventrículos del corazón estaban repletos de sangre «negrísima, crasa y quemada», como si
fuera pez, con unos coágulos parecidos a «candelas de cera muy blandas» que se insinuaban buen trecho por los
grandes vasos. Terminadas ambas disecciones, se reunieron los asistentes, al aire libre, frente al portal de la
mencionada casa de Convalecencia, y celebraron consulta, conviniendo que la enfermedad principal era en lo cor,
lo cual petint a tota sustancia venenata, acudint la sanch de tot lo eos en los ventrells de dit cor oprornintlo,
corrompensa y ab lo calor adurent crematlo, li destruexe la virtud vital y com lo cor te tan consentiment ab lo
ventrell, se irritan las venas y llangan dite bile en dit ventrell lo cual fluexe de las venas y se engendra en ellas
ab lo calor adurent comunicat del cor.34
A fin de cuentas, no hacían más que expresar en sibilino lenguaje científicomédico de la época la idea que se tenía de la etiopatogenia de los morbos pestilenciales, que, según el prestigioso Doctor barcelonés Bernando Mas, se
atribuían al ayre per ser ell causa comuna y principal de totas las malaltias comunas 35 o epidémicas.
La peste, pues, era debida al aire mudat y alterat en tota sustansia, es decir, cuando perdía aquella mitjura y propor do que naturalment tenía, alteración que podía obedecer a cuatro causas : i. a , multitud y abundancia de cuerpos muertos y no enterrados ; 2. a , aguas corrompidas en charcos, pozos, e t c . , a los que se añadía el trigo podrido
en los silos y los vapors surtits de la terre per ocasió de algún terratremol ; 3. a , mudanzas del tiempo en calor y
humedad ; 4. a , los malos alimentos. Pero estas causas no bastaban para ocasionar los contagios, sino que era
preciso, siguiendo a Avicena, el concurso de otras «remotas y superiores» que consistían en certes formes y figures ab las cuals los seis y esteles cauan,37 por sus influencias o influjos los efectes que no se saben, como son
las pestes, entendiendo por tales formas y figuras los aspectos de los planetas y las disposiciones que adoptaban
entre sí —eclipses, conjunciones, oposiciones, e t c .
El contagio necesitaba además una especie de predisposición de los humores de las personas, lo que explica que
unas enfermaran y otras no. Esta predisposición se basaba «en la analogía de los átomos y los cuerpos humanos»,
que según Demócrito Leucipo y otros estaban compost y tenían principi de dits átomos, y estos que son uns coesos
petits imperceptibles y casi invisibles,38 que sois se veuan en un raig de sol quan entre en algún aposento, eran
los que aportaban el contagio de la peste de hun en altre eos y lloch,39 por lo que son anomenats seminan a semblanca de la llavor.
La influencia celeste con las «causas prójimas o inferiores», al alterar el aire corrompían los átomos que en él
se encontraban, los cuales al ser inspirados unficionen los humores ab la mateja contagio y corruptio que el teñen.
Entonces, como indican en su informe necrópsico los médicos y cirujanos, el «seminario», subiendo desde la vegija de la hiél al estómago y a los emunctorios de los tres miembros principales, llegaba hasta el corazón, ocasionando la muerte en pocos días.
Por la luna de abril, dice Parets, fue ya excesiva la mortandad y el número de personas que enfermaban, por
lo que, «viendo que por los concursos y aglomeraciones de gente aumentaba el contagio», se prohibieron no sólo
los bailes, sino hasta las procesiones y rogativas públicas, disponiéndose que únicamente podían hacerse en privado en las Iglesias y aun acudiendo a ellas poca gente de una vez. El día 10 de dicho mes falleció el Ciutadá
honrat Ilustre Señor Hiacinto Fábregas, Conseller en cap de la ciudad, que había enfermado de gravedad pocos .
días antes. Se procuró, a la sazón, ocultar que había muerto de las malaltias del contagi que corre. El día 12, a
las dos de la tarde, murió, en la estancia nueva del Consell de 36 de la Casa de la Ciudad, el Alguacil del morbo,
Joseph Llor, atribuyéndose su fallecimiento a un ataque de feridura. En vista de tan sonados sucesos, aumentó
10
de tal manera el pánico en la población que, a pesar de los guardias de las puertas, la multitud intentó escapar
despavorida, figurando entre ella, médicos y oficiales de la ciudad, incluso Consejeros «con lo que se hacía difícil
reunir hasta el propio Consejo de Ciento».
Ante tal conflicto, pues la deserción de los Doctores comprometía la asistencia facultativa de los contagiados, la
Junta de morbo dispuso que se hicieran repetidas «.cridas-» para hacer volver a dichos médicos y practicantes.
Sin embargo, éstos no hicieron ningún caso de las apremiantes llamadas. El día 15 de abril, acordó la Junta estudiar con los Abogados de la Casa de la Ciudad lo que podía y debía hacerse contra aquellos facultativos. El acuerdo
tomado dio lugar a que mediaran conversaciones con el gobernador Biure y a que se publicara un razonable folleto
en latín, en el que se exponía con todo detalle que el Consejo podía promta y sens dilació alguna compellir en penes
legáis y forzar a dits metjes y chirurgians que son absentáis a tornar a la dita ciutat pera cuidar ais dits malals
y socorrer la necessitat pública y urgent con ja dit Syndich instantia y part formada... 40 Apéndice al Dietari.
En vista del informe se resolvió llevar el asunto al savi Consell de Cent. Este, basándose en los antecedentes de la
peste del 1558, el día 18, tomó el acuerdo de hacer una nueva crida,41 mandando ais metjes y chirurgians que
habitauen en la present ciutat 42 que dentro de un plazo de seis días tornen a ella a efecte de visitar y curar los
malals per la gran nessecitat ne te esta ciutat,42 bajo pena de esser desensiculats y trets de les bosses deis offisis
de la ciutat.43 Pero tampoco surtieron efecto tan serias intimidaciones. Resulta difícil precisar con exactitud el
número de facultativos que ejercían entonces en la ciudad, pero, atendiendo a los escasos datos de documentos
oficiales y particulares, puede afirmarse que para la asistencia de los cincuenta mil habitantes de Barcelona
había de treinta y cinco a cuarenta médicos y otros tantos cirujanos, algunos de ellos franceses, llegados tal vez
con las tropas aliadas. De todos estos profesionales quedaron únicamente en la ciudad dieciséis médicos y doce
cirujanos de los que murieron algunos, víctimas del contagio.
Por estas fechas, aunque todavía sin dar todo su brazo a torcer, la Junta de morbo decidió por fin que, además
de las acostumbradas rogativas y plegarias en la Seo y otros templos, debían tomarse medidas para preservar a
la ciudad del morbo y dar instrucciones a los barceloneses para evitar los posibles contagios. Las instrucciones
se encuentran copiadas del original en el libro de «De liberaciones» — folios 209 a 218— y comprendían todos
los preceptos de higiene pública y de profilaxis antipestosa, aconsejados por la medicina del momento. Esencialmente, consistían en lo que sigue : «que todos los habitantes de la ciudad limpiaran sus conciencias de viccis y
pecats44 haciendo una buena y santa confesión ; que los que se habían ido o se fuesen de la población no pudiesen regresar a ella sin haber sido previamente reconocidos por el médico y el cirujano que a tal efecto nombraría
la ciudad, los contraventores serían castigados con doscientos azotes «si no eran militares y si lo eran doscientos ducados u otra pena mayor o menor a juicio del Consejo» ; que no osaran entrar los que se hallaban
atacados por el mal bajo pena de muerte ; que nadie echase por las murallas, como hacían algunos, las ropas y efectos de las casas apestadas, bajo pena de mort natural sens remissió alguna ; que cada mañana barriese las calles cada
cual frente a su domicilio, sin regarlas si no es por apagar la pols,45 bajo la pena de treinta libras ; que, para evitar el
mal olor y corrupción que resulte deis cuchs de seda 4e en tal año no pudieran criarse, bajo multa de cincuenta libras, de cuya cantidad se daría un tercio al denunciante, otro al oficial ejecutante y el tercero a la ciudad, para gastos del morbo ; que ningún pescador ni otra persona tuviese en la ciudad ni en barracas de mar asquer de peije que
puda, ni budells ni altres bruchticies per fer cordes de violas que donen pudor," bajo multa de diez libras cada vez ;
que nadie regase las hortalizas con agua sucia o de bugada —colada—, si no únicamente con agua clara y limpia ;
bajo multa de diez libras ; que se prohibiera a las lavanderas fer bugada 4S tanto de casas sanas como apestadas, sin
previa licencia del Conseller o persona encargada de estos asuntos, bajo multa de veinticinco libras o cien azotes; que
en el plazo de seis días se abrieran las tiendas de comestibles —vi, óli, tuyina, sal, adrogas y altras cosas—49 por los
que se marcharan o por personas que éstos delegasen, aunque para la seguridad del momento había que atravesar una
barra en la puerta que impidiese la entrada de la gente en llurs casa y botigue,'0 para salvaguardar así la salud ;
que, sin licencia del Conseller, no se trasladasen muebles, ropas u otros efectos de una casa a otra ; que se cerrasen
escuelas públicas y particulares, hasta nueva orden, bajo multa de cincuenta libras o de cien azotes ; que se sacrificasen todos los perros y gatos, salvo los que se mantuvieran atados en las casas, bajo multa de diez libras, instituyéndose un premio de diez sueldos al que matase a algún perro vagabundo ; que nadie abriese las casas, cerradas por sospechosas de contagio ni tocase nada de ellas, bajo pena de muerte, ofreciéndose un premio de cien libras a los denunciantes ; que toda persona de cualquier clase o estamento que fuere que se sentirá febre áb dolor de cap y vomit que
solen esser pronunciss de peste,51 bajo pena de muerte denunciase al vuittener a qui tocase la casa ont dit malal habitara 52 su estado, debiendo el enfermo desde ese momento permanecer en ella sin moverse ni comunicarse con otras
personas hasta que dicho funcionario les proveyera de lo conveniente ; que nadie entrase ni saliese de casas en que
hubiera o hubiese padecido un apestado hasta después de la «purga», bajo pena de muerte ; que para evitar el contagio los médicos, cirujanos, confesores y demás personas relacionadas con los enfermos llevasen algún distintivo : los confesores un bastoncito con una cruz en el extremo superior, los médicos y cirujanos una tira de tafetán
blanco en el pecho, y los fossers una bena de bocaram o tela amarilla sobre el pecho y la espalda, no pudiendo ninguno de ellos, ni de día ni de noche salir a la calle sino fuera «oficiado» ; los médicos y cirujanos que transgrediesen la orden perderían el salario, los fossers serían multados con veinticinco ducados o cien azotes y, si faltaban a dicha ley durante la noche, caygan en pena de ser penjats per lo coll ;5S que a los fossers o a los que entrasen en las casas para llevar a los apestados al hospital y hurtasen aún lo más mínimo, se les castigase irremisiblemente con la pena de muerte, instituyendo un premio de cien libras para el que los entregase ; que médicos,
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acompañado de ocho trompetas, en la ciudad de
Barcelona el día 12 de
(A la derecha): Fragmenmuy
conselers y junta
del
-
cirujanos, alguaciles del morbo, etc., asalariados por la ciudad, no pudiesen recibir ninguna otra cantidad «aunque se diga que fue dada graciosamente», bajo pena de perder su salario médicos y cirujanos, y de recibir cien
azotes u otros más, a juicio de la Junta del morbo ; que nadie saliese de la ciudad por «el gran daño que se podría
seguir a laProvincia», sin que primero estuviera cuarenta días purgando en el lugar que se señalaba, bajo pena
de muerte ; y, finalmente, que nadie arrojase trapos o ropas a las calles, bajo multa de cincuenta libras o cien
azotes.
Como se ve, en aquellos años, las ciudades no solían ser modelo de higiene y precisamente Barcelona, entre ellas,
no constituía una excepción. Lalimpieza de sus calles dejaba mucho que desear y, aunque existía un funcionario contratado por el Consejo de Ciento, el llamado tiragats, encargado de recoger, en las alforjas de su asno,
perros, gatos y otros animales muertos y tirados en la vía pública, para echarlos al mar, mal debía atender a este
servicio cuando el Doctor Mas se vio obligado a decir que, en tiempos de peste, las autoridades no tenían que tolerar la abundancia en las calles de tantas coses corruptes de mal olor, y altres indecents y gastades... no permetent que tantes besties mortes se detinguen per los carrers de la manera se use en Barcelona, que apareix mal (y
es contra la salud) veurer tan gran desyunt en una ciutat tan ben regida y gubarnada.54:
Apenas dictadas tales medidas, se pusieron inmediatamente en práctica. Cuenta Parets que en las casas de los enfermos se hacía, con yeso, sobre la puerta, una cruz de Santa Eulalia, bien visible y amodo de señal. En las
de los fallecidos o ingresados en el hospital se clavaban unos maderos atravesados, bloqueándolas. Sin embargo,
estas casas abandonadas tentaban la codicia de «gente desalmada» que se dedicaba a desvalijarlas sin ningún temor
al contagio ni al castigo. En el Dietari se leen detalladas referencias de desaprensivos que se dedicaban a tan repugnante tarea. Alosque se les cogía les eran administrados, concienzudamente, los cien azotes por el butxi 55 de
la ciudad, durante el obligado paseo Boira avall,5Q enelque acompañaba a los reos, para mayor ejemplaridad, un
alguacil del morbo, a caballo. Se concluía con el destierro del culpable, después de haber sido marcado con el
hierro comunal, aunque a veces todo esto se perdonaba, si el condenado se comprometía a prestar servicio de
fosser en el convento de Jesús. Se aplicaba también con frecuencia el castigo de los cien azotes a quienes quebrantaban la «purga». Pero debieron cometerse tamaños abusos que, enla sesión del veintitrés de mayo, la Junta se vio obligada a ordenar una nueva crida, disponiendo quea partir del día siguiente ningún enfermo
saliese de su casa sin licencia del Conseller «del Quarto» —barrio— y que ningún habitante de casa sospechosa osara
salir de ella, bajo pena de muerte. Ordenaba también a los que hubieran asistido o curado a algún contagioso permaneciesen en sus domicilios hasta «purgar» eltiempo necesario, para lo cual se facilitarían mantenimientos a los
recluidos, ofreciéndose un premio de veinticinco libras barcelonesas al denunciante de algún infractor ; y, finalmente, que desde aquel día todos los vecinos, a lahora que el cabo «del Quarto» les señalase, deberían salir a
la puerta de sus casas aafecte que si puga fer ressenya de si están en salut o no.57
A finales de abril y a primeros de mayo, dice Parets «que se encendió tanto la peste queya públicamente se llevaban los muertos y los enfermos a la morbería de Jesús con mucho exceso». Entonces la ciudad «que hasta
ahora, como hemos dicho, no se atrevía a declarar que lo fuese, por los daños que resultaban, por lo exausta
que se hallaba de víveres y medios y porque llegando a declarar era contagio, se hacía salir de Barcelona los
Diputados en forma de Consistorio y a la Audiencia, que ya «hacía muchos días tenía vacaciones sin correr ne-
12
gocio alguno». Se vio obligada a hacer la temida declaración de la peste. La Diputación se estableció en Tarrasa. Los jueces de lo civil se repartieron por diversos lugares de Cataluña y «los de Criminal se estuvieron juntos en la torre la Pallaresa, cerca del comvento de Jerónimos de la Murtra». No quedaron, pues, en. Barcelona
más que los Consellers.
Apenas salieron los Diputados, continúa explicando Parets, «se pusieron palos o maderos derechos para señalar
los puestos por donde havían de parar los que traían provisiones a la ciudad, y a donde havían de salir los de
ésta a comprarlas. En la parte de Levante, por la Puerta Nueva, se fijó el Puente de San Martín ; en la de
Poniente, por la de San Antonio, la carnicería de Sanz —Sans—; en la Puerta del Mar, el sitio de la
Llavena, donde las barcas descargaban las provisiones. A la Puerta del Ángel no le havía, porque era
sólo para pasar los empestados y muertos, los sepultureros y los oficiales de hospitales con los mantenimientos, y
si otros pasaban eran con gravísimas penas que havía impuestas». Los barceloneses, para poner dichos palos, comenzaron por cavar transversalmente una larga, profunda y ancha fosa que interceptaba el camino, y en el fondo de
aquella a intervalos regulares, clavaron tres largos maderos, en cuyo extremo superior colocaron tablas para que
les impidiesen un movimiento circular. Llegados a la zanja el vendedor, por parte del campo, y el comprador, por
parte de la ciudad, y puestos de acuerdo a voces, el que compraba colocaba el dinero en el extremo de la tabla
y, haciéndola girar una media vuelta, lo ponía al alcance del vendedor. Este tomaba las monedas y las metía en
una olla de vinagre o en una sartén puesta al fuego para «purificarlas». Una vez limpias y contadas, colocaba
la mercancía en la tabla y hacíala girar hasta las manos del comprador. La ciudad puso en cada «palo» dos personas de su confianza, con cuatro o seis mosqueteros, que se relevaban cada veinticuatro horas, para guardar el
orden. En cada puesto, había además, por parte de la ciudad, dos barracas, una para los guardas y la otra para
«un vivandero que tenía como mesón o despensa para dar de comer y refresco a los que iban allá». Por parte
del campo, se instalaba otra barraca grande y espaciosa «en la que havitava un Juez cuio cargo era cuidar que
los lugares cercanos trujeran mantenimientos a la ciudad y que en esto no hubiera falta, pues tenia su conveniencia y se le mantenía con toda su familia para ello». Era también misión del Juez evitar que los forasteros se
comunicasen con los barceloneses a través de la fosa y no por el «palo» precisándose para hacer aquello una licencia o «boleto» de los Consellers, que sólo concedían en casos muy graves. Sin embargo, aunque estaba penado
con la muerte, eran muchos los que falsificaban esos «boletos», no sólo particulares, sino principalmente comer'
ciantes que revendían, luego, las vituallas en el mercado del Born.
A medida que crecía el número de apestados aumentaban los problemas de la ciudad. En la sesión del 16 de mayo,
la Junta de morbo, teniendo en cuenta que perdería ocho días en trámites para hacer regresar a los médicos, cirujanos y boticarios desertores, y ante la imperiosa necesidad, acordó hacer una crida, llamando a los facultativos
de otros pueblos del Principado, ofreciendo a ocho Doctores, otros tantos Cirujanos y a doce fadrins de chirurgia,
voluntarios, además del salario del Consejo, una cadena de oro, valorada en trescientas libras, a cada médico ;
otra, valorada en doscientas libras a cada Cirujano ; y otra de cien libras a cada Fadrí de chirurgia. Asimismo
se acordó entregar trescientas libras a cada Conseller para que se comprase un caballo con miras «por no ser
posible, yendo a pie, que acudiesen a la mitad de sus obligaciones», que teñen per raho de llur carrech consular.56
Finalmente, el día veintisiete del mismo mes, se convino en enviar una Exposición al Real Consejo, afincado en
la Torre Pallaresa, manifestándole que en cada uno de los cuatro barrios en que estaba dividida la ciudad, había
más de seiscientos enfermos y en el de Santa María pasaban de ochocientos, sin que hubieran bastantes facultativos para atenderles ; que hasta el día 20 de mayo, habían muerto más de seis mil personas ; y que en la morbería de Jesús, habían aquellos días más de dos mil apestados, sin más personal para asistirles que «un médico joven y dos cirujanos, por haber muerto los otros, habiendo estado dichos enfermos ocho o nueve días sin tener el
consuelo de ver un doctor» ; por todo lo cual los Consellers y la Junta de morbo suplicaban una vez más al Gobernador y a los Magníficos Doctores del Real Consejo que mandaran ejecutar los acuerdos respecto a los médicos,
cirujanos y boticarios que habían abandonado la ciudad. (Deliberacions : fol. 245 v. á 247 v.)
En la sesión del 27 de mayo, sin esperar la contestación del Real Consejo, se dio cuenta de que los Consellers
habían capturado al Doctor en Medicina, Antoni Morell, en el Puente de San Martín y que habían dado orden
de detenerse, en Sant Adriá del Besos, al Doctor Miquel del Munt, quien al tener noticia de dites coses, fugí.59
También, se había detenido al Doctor Enveja, que habíase escapado de nuevo. El Consistorio encargaba a los
Consellers que interesaran al Regente de la Veguería de la Ciudad que dins son districte compelíesca capturant
ais Doctors en Medicina, chirurgians y apothecaris que trobara dins son districte a que vingan a curar los malals
son en la present ciutat y altrament per exercir sos officis.
13
Tres días después recibióse la respuesta a esta nueva súplica de la Junta del morbo. El Real Consejo envió un
documento en el que se decía que, en una conferencia celebrada con los Consellers, mucho antes de que abandonasen la ciudad los médicos y cirujanos, los Doctores de dicho Consejo habían advertido a dichos Consellers la
necesidad de que tomasen algunas medidas. Ya en otra epidemia anterior los facultativos se fugaron. El Consejo
temía que apretant lo morbo 61 sucediese ahora lo mismo. Sin embargo, los Consellers no tomaron tales medidas
donant per constant no Un faltarien.60 Luego, se ausentaron muchos médicos y cirujanos, o por asegurar su vida
o porque no se seguía el parecer de su Colegio. Afirmaba también que un señor Conseller había manifestado que
el morbo no pararía fins que no haguessen penjat dos dotsenas de ells (de facultativos).64 No obstante, el Real
Consejo, viendo la necesidad de la ciudad y deseando solucionar la situación resolvió el 25 del mes de mayo que
los médicos y cirujanos huidos se reunieran en Colegio —en Santa Coloma de Gramanet— para oírlos, pues era muy
difícil capturarlos, dada la ayuda que les prestaban en los pueblos, invitando a los Consellers a dicha reunión.
Esta se celebró el día señalado sin la asistencia del Consejo. Los desertores adujeron que, «además de la sobredicha desestimación y ultrajes a su Colegio y personas», no había carencia de facultativos en la ciudad, pues
quedaban en ella 16 doctores en Medicina y 12 maestros cirujanos, amén de sos jadrins, número que estimaban
proporcionado a las necesidades. Y añadían que si la justicia pedía que ellos jossen necessitats a retornar a la ciudad con mayor razón los que se encontraban en ella deuían ser compellits a la curatió y que ab tot no se executava.
Terminaban, con cierta amarga ironía, que al no mostrar la ciudad deseo de emplearles en alguna cosa, habían
aceptado el consejo que daba la facultad como remedio único en los asuntos de la peste, es decir, apartarse del
lugar infecto «y no tentar a Dios, como dice San Agustín».
A este alegato, se añadía todavía que tres cirujanos de Mataró voluntariamente se ofrecían para entrar en la ciudad
y que, reunido el Colegio médico, consideraba que era esto una solución aceptable, además de que tres doctores
colegiados y dos maestros cirujanos, entre los desertores, pasarían a residir a un lugar cercano a la ciudad,
donde, conservando su libertad, podrían ser consultados por los facultativos que se encontraran en ella.
El Real Consejo, en la carta enviada al Consejo de Ciento con la copia de tales manifestaciones, desautorizaba
a éste por completo, al añadir que no estaba conforme con los privilegios alegados por los Consellers, ni tampoco con las capturas de los médicos efectuadas por sus agentes. El Consejo, indignado, acordó poner lo ocurrido en
conocimiento de Su Majestad y rogar al Gobernador que le apoyase, puesto que los Consellers creían y afirmaban estar en su derecho al obrar como lo hicieron. (Deliberacions, 1651, fol. 270 a 276. v.)
Los tres cirujanos mataronenses —Joseph Dorrius, Francisco Roig y Juan Nebot— se ofrecieron entrar en Barcelona para asistir a los apestados con las siguientes condiciones : «cuatrocientas libras al mes, las cuales deberían serles pagadas por anticipado, cada primero de mes, y el primer mes, antes de salir de nuestras casas para
dejar lo que será necesario a nuestras mujeres y familia.—ítem ; la cadena de oro que señalan V.V.S.S. en la carta
que han escrito a esta villa, de doscientas libras en especie, además del salario de cada uno.—ítem : suplican
a Su Señoría que el día que el mal haya cesado les haga maestros cirujanos de esa ciudad con los mismos privilegios y prerrogativas que tienen los demás maestros de Barcelona.—ítem : suplican también les señale el lugar
a donde habrán de ir a curar a los enfermos ; ítem : que el día que hayan terminado de servir se les de «la purga
o cuarentena, allí donde ellos quieran ir ; y, finalmente, suplican a V.V.S.S. no hagan lo contrario a lo sobredicho, y prometen ir a la ciudad de Barcelona el día que les será señalado, deseando servir con toda puntualidad» .
Así comenzó el mes de junio y las calamidades fueron tantas y tales que ni el propio redactor del Manual de Novells Ardits pudo sustraerse a dejarlas escritas ; en una Nota del Dietari del día 5 de este mes, y llevando al
margen el epígrafe «Pestilencia» se encuentra la siguiente relación, hecha por el Escribano del Racional, interino, Joan Salines : «en este día será bien indicar los lamentosos trabajos que en esta infeliz y desgraciada ciudad
por los pecados de sus ciudadanos se padecían con el cruel azote del mal de la peste, la cual estaba en ella tan
arraigada y con tanta pujanza que hubiera sido un progreso en infinito querer cada día continuar las desdichas,
trabajos, angustias y desastradas muertes que ocurrían ; en tanto que de muchos días a esta parte, continuamente iban por Barcelona ocho o diez carretas sólo para poder recoger los cadáveres que se encontraban en las casas,
arrojando aquellos tal vez por las ventanas para meterlos en dichas carretas, las cuales eran conducidas y convoyadas por algunos fossers que iban con sus guitarras, tamborinos y otras cosas de divertimiento para borrar de
la memoria las grandes aflicciones que sólo eran bastantes para acabar la desdichada vida, que parecía que ya
no se estimaba en cosa alguna. Los dichos fossers se situaban en alguna esquina de las calles de la ciudad y haciendo parar las carretas que llevaban preguntaban a voces a los vecinos si tenían en las casas muertos por en-
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terrar, y recogiendo dos de una, cuatro de otra y muchas veces seis de otra, llenaban la carreta y una vez ésta
estaba llena la llevaban a Jesús, al lugar donde enterraban los muertos que era en un campo cerca de dicha Iglesia, cuyo campo se llamaba Lo fauar, y aparte de las dichas carretas iban cuarenta o cincuenta parihuelas —Hits
de morts—• para llevar a los que no cabían en dichas carretas, sucediendo muchas veces que algunas criaturas
muertas de poco peso y algunos otros ya mayores, amortajados, se los cargaban los fossers a la espalda y se los
llevaban, así que toda la ciudad se encuentra de presente y días há en un tan lamentoso y desdichado estado que
ni los hombres se acuerdan del ser que tienen, ni tienen imaginación de los trabajos que padecen, acordándose
tan sólo de ser cristianos, y aún quizá por nuestros pecados, no todos, pues es cierto que aquellos han ocasionado
las desdichas presentes, y el no corregirse de ellos es causa de que todavía Dios Nuestro Señor no alce la mano del
castigo. En casi todas las Iglesias faltaban los Párrocos o Curas regentes de almas, en unas por haber muerto y
en otras por no encontrarse en la ciudad, así que había en dichas Iglesias, y en particular en algunas parroquiales, frailes que administraban los Sacramentos, que se continuaban con tanta prisa que muchas veces salía el
sacerdote con el Santísimo Sacramento, que alabado sea, de la Iglesia y cuando regresaba había viaticado cincuenta y sesenta personas y más, debiendo tanto quehacer que por no poder un cuerpo humano atender a tanto trabajo, el dicho Párroco había de montar a caballo e ir a caballo por Barcelona ; y en conclusión era y es tanta la
desdicha que se ha padecido y se padece en esta ciudad que para describirlo y continuarlo del modo que sucedía
sólo puede decirse que lo que una persona con todo su ingenio alcance a imaginar que se puede padecer en tiempo de peste, puede afirmarse que en Barcelona ocurría sin ninguna exageración ; los padres huían de los hijos,
los maridos de sus esposas y los amigos de los amigos, así que en sentirse un hombre enfermo sólo encontraba a
Dios Nuestro Señor por padre, por amigo y por esposo. Y, finalmente, se acabará esta lamentosa jornada y la memoria de las pasadas con decir que era una rigurosísima peste».
Parets afirma por su parte : «a los muertos y enfermos, seguían la cama, los colchones y las ropas ; la de los primeros para quemarla, la de los enfermos porque el que no la llevara quedava en tierra porque havia llegado a
extremo el número de enfermos que no sólo faltavan camas, pero puesto para hacerlas a cubierto, que ni en celdas, corredores, oficinas y desvanes del Convento de Jesús havia capacidad para tantos y se huvieron de fabricar
cubiertos de madera por los huertos, que llegó sazón que pasaban de quatro mil los enfermos de la morbería, sin
los particulares por las casas y otros puestos, lo que ocasionó no poder dar providencia a la curación y asistencia
de tantos...» El que quería ser asistido «avia de ser a golpe de dinero, pagando doce y catorce reales y la comida
todos los días, y después veinte y treinta escudos para pagar la quarentena, muriese o biviese el enfermo». A
pesar de todo, no se encontraba gente dispuesta a cuidar a los enfermos. Las exigencias de los vetlladors e5 fueron tan abusivas que los Consellers se vieron, el 28 de junio, obligados a tomar el acuerdo de fijarles un salario
máximo de diez sous. Los que quedaban en las casas de los muertos o de los enfermos evacuados al hospital de Jesús, si no tenían posibilidades para sustentarse o eran «muchachos sin govierno, se llevaban a
unas casas de la calle de Jesús, que llamavan la purga, o al Estudio Nuebo o Colegio del Obispo, a Nazaret
y allí los sustentava la ciudad y hacían la quarentena purgavan todo lo que era menester hasta limpiarlos bien». Una de tales casas se destinó para albergar a las nodrizas para que cuidaran a los niños de pecho
huérfanos. «Esta asistencia y curación fue decaeciendo y disminuyendo al paso que crecía el mal (dióse mucha
oulpa a los que governavan o quiso Dios fuese asi para que no se atribuiese todo a su Divina Justicia) porque murieron muchos que no hubieran muerto a tener más providencia y . uidado de asistirles, y esto tanto en la ciudad
como c.i el hospital. En este llegavan muchos enfermos y en pasando días morían sin que médico ni cirujano los
viese. Todos los médicos y cirujanos que asistían allá eran jóvenes y sin ciencia ni experiencia, que como morían
algunos no se hallaba quien quisiera entrar en la ciudad ; ya había algunos, por los cuartos, que eran buenos y de
Gerona y Olot havian venido también los experimentados recientemente». Cuenta Parets, además, que en dicho
hospital «sucedía otro desorden, sino mas dañoso al bien público por lo menos al bien de las almas y de servicio y
ofensa de Dios... que en materia de desonestidades y vicios era aquella santa casa y cerco un pequeño burdel, porque llegando alguna mujer enferma y de buen parecer y que fuese del agrado de alguno de los Oficiales la servían y
asistían con gran cuydado, y en curando era el empleo y amiga del Oficial, que aunque entrase mui honesta y recatada salia mui libre i disoluta, deteniéndose allí y sacándolas de la purga como se les antojava». Tales hechos encuentran confirmación en el Dietari, pues consta en él que, el día 12 de junio, por los muchos excesos, robos,
strupos y altres molts delicies, cometidos en la morbería de Jesús, fueron condenados a la pena de garrote Pau Vila,
Flequer, Lluis Bordarías, fuster, Miquel Cirera, abaixador y Bernat Carreras, ¡tórtola, ciudadanos de Barcelona.
A todo esto, se contagiaron también los presos de la cárcel y los guardias atemorizados por la violencia del mal
no querían guardarlos ni llevarles la comida. Los reclusos gritaban que via jora peste,*6 que tots nos creman, trayeunos de agi. Los carceleros escaparon, dejando las llaves a una mujer, de la que muy pronto las rescataron
los amotinados, fugándose el día de Pentecostés al mediodía. Avisado el Gobernador, se presentó en la cárcel
«e hizo bolver a cerrar la rotura, pero fue con floxedad porque se tenia poco cuidado o se quería tener». A los pocos
días escaparon más reclusos «saliendo todos menos los de la Judeca, el Gobernador con mucha gente les corrió
detrás, al parecer por forma, cogiendo a dos en Santa Catalina». Sin embargo, poco después los mismos guardias
movidos por la lástima «abrieron las puertas de la Judeca y sacaron de las cadenas a los que estavan, con que
quedó yerta la cárcel y sin ningún avitador, perfumáronla y limpiáronla luego para si se ofrecía entrar a alguno».
Como es lógico, cuanto más apretaba el morbo tanto más rigurosas y severas habían de ser las medidas tomadas
para precaverse del mal. Según el Doctor Mas, se necesitaba observar las cinco siguientes precauciones esen-
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Portada de la alegación jurídica en la que se ataca
y fundamenta el abandono —por parte de médicos y
cirujanos— de la ciudad en tiempo de la peste que
nos ocupa (LIBERACIONES. 1651 Fol. 252 anterior).
cíales : primera, que lo ayre en que están sia pur, net y purgat de tota corrupcio, superfluytat y mala qualitat ; 67 segunda, que lo eos estigui limpie y purgat de tota cruesa y exces de mal humor f8 tercera, que lo cor
estiga fortificat y pravingut ab medicines preservatives y cordials pera contre son enemich lo ayre empestiferat ;69 cuarta, que fuguen y llenen totes les ocasions de podridura y corruptio en los humors del eos ;70 quinta,
que no donen lloch a tristeses, melancolies, temors ni altres passions de animo.71 Debían, pues, habituarse los
aposentos que tuvieran las ventanas de modo que no recibieran los vientos procedentes de parts empestiferades,72 cerrando las aberturas con telas enceradas y alumbrándose con la claridad de las claraboyas, si era posible. Además, había de purificarse el aire de tales habitaciones, encendiendo fuego con romero, menta, salvia,
tomillo, espliego, hojas de laurel, etc., varias veces al día y a la noche. Amén de regar los suelos con agua, vinagre y un poco de buen vino.
Los alimentos debían ser buenos, de lona digestio y fácil coctio. Se consideraban alimentos puros las carnes de
capones, gallinas, pollos, perdices, borrego y cabrito ; también los huevos ; estimándose en cambio como malísimas las carnes de buey, cabra, oveja, conejo y cerdo, y altra de peí agut, amén de la oca, pato, ánade y altres ocells que vihuen en aygues y estanys,73 porque engendraban humores ; los pescados eran todos malos, exceptuando les llagostes, llagostins, escorpores, trytes, pagellsf barbs, molls y lagueres.741 E l pan tenía que ser
de bon blat, ben cuyt y millor pastat 75 y del primero al tercer día ab que no sia calent.76 El vino, claro o blanco,
que no fuera ni dulce ni turbio y el agua, de fuente, si lo ayre no estiga molt inficionat, pues en tal caso mejor
era la de pozo. En cuanto las frutas, eran consideradas puras las peras, manzanas, acerolas, granadas, membrillos,
ciruelas y pasas ; las demás, malísimas. Se aconsejaba comerlas al principio de las comidas, reservando para
el final, para el postre, almendras, avellanas, nueces, piñones, higos secos, aceitunas y nous y amellons tenares
confitáis ab vinagre.77 De las hortalizas eran buenas las ensaladas, las lechugas, escarolas, verdolagas y carbages^ Bargas,78 para los «coléricos y sanguíneos» ; para los «melancólicos y flemáticos» las borrajas, achicorias, hinojo, perejil y pimpinella. Debían comerse crudas o cocidas, indistintamente. De las legumbres, eran consideradas puras los garbanzos, lentejas y guisantes, particularmente si eran tiernos ; todas las demás son mals y sospitosos y com a tais se han de dexar.79 La conserva de membrillo, de rosas, de agraz, de borrajas, de violetas y de
calabaza se debía admitir como pura, así como lo citronat, peras, manzanas, acerolas, ciruelas y guindas, confutó tot ab sucre, que la mel en aquest mal es danyosissima.80 El uso del vinagre, zumo de agraz, de limones y
de naranjas, como el de toda fruta agria, era tenido por provechosísimo y eficaz contra toda corrupción.
No había que comer mucho, aunque fuesen buenos los alimentos. Al empezar la comida, debían tomarse siempre
granadas agrias o dulces, cerezas, guindas, ciruelas agrias y, en invierno, un poco de canela. La bebida había
de tomarse con moderación : «ni muchas vinadas juntas ni muchas maneras de vino». Se prescribía un ejercicio moderado una o dos horas antes de comer, reposando, luego, media hora, antes de sentarse a la mesa.
También, se aconsejaban seis o siete horas de sueño, por la noche, prohibiendo que se durmiese durante el dia.
El ejercicio del acto venéreo era perniciosísimo y malo, particularment ab dones subjectes al Rey Francés y mundanes,B1 porque, además de que con ello se ofendía a Dios, causaba graves daños en los cuerpos y poden teñir
principi de aqui estes malalties cruels.
Los pobres que no tenían posibilidad de mantener tal orden de vida tenían que comer lo acostumbrado —huevos,
16
oveja, cabrito o cabra—, pero cuidando de no hacerlo en demasía y fuera de las horas corrientes. Se les aconsejaba que bañaran sus comidas con vinagre, zumo de naranja o limón, para obtener mejor defensa.
La segunda manera de mantener limpio y purgado el cuerpo consistía en sangrar «una, dos o tres veces» y purgar
los humores gastados, aunque el médico era quien debería juzgar lo conveniente en cada caso.
Para preservarse de la enfermedad, había de tomarse algunas veces a la semana —los pobres, dos y a «punta de
dia»— uno de los siguientes remedios : una dracma de pildoras comunes de Rasis o unas a base de trementina
lavada, ruibarbo y canela, ingeridas con agua de acelgas sin sal, de cocción de pasa o ciruelas, o bebida similar. Los
ricos podrían tomarse pildoras hechas con aloes, mirra, azafrán y ámbar, u otras parecidas, a las que se añadían
polvos de coral rojo, perlas preparadas, cuerno de ciervo, polvo de marfil, bolo arménico y tierra sellada, de
las que existían numerosas fórmulas. Para mayor seguridad y mejor efecto, dichas pildoras deberían tomarse
después de haber efectuado las evacuaciones y remedios universales.
El tercer aviso para preservarse de la peste consistía en guardar y fortificar el corazón para que la mala cualidad
del aire empestado «nol altere y inficione». Los mejores remedios para lograrlo eran, según el Doctor Mas, tomar
diariamente, tres o cuatro horas antes de la comida, un escrúpulo de triaca magna o una dracma de mitridato ;
en verano con agua de envidia o de membrillo y, en invierno, con agua de salvia, azahar escabiosa o vino. También
eran muy buenos el bolo arménico verdadero, la tierra sellada, el cuerno de unicornio, el asta de ciervo, el alcanfor, el coral rojo, la madera de aloes etc..
Para los payeses y trabajadores aconsejaba el ajo crudo, asegurando que, además, tenían los ajos particulares
propiedades contra el veri, según palabras de Plinio, afirmando que el mal aliento que producían servía para resistir el aire emponzoñado.
Resultaba también muy buena pera gent pobra y pera tothom 82 una conserva hecha con higos secos, nueces, hojas
de ruda verde y sal de Cardona, cocido con miel, a punto de conserva, a la que se le mezclaba en invierno poloura
de Aromatich rosat y, en verano, poloura de diamargaritón fret o deis tres sandols. Los pobres podían servirse
de la misma composición sin dichos ingredientes especiales. La confectio dita de ou,S3 tan alabada por el Doctor
Anthoni Gerald, de Marsella, y el Doctor Francesch Terradas, de Mallorca, era considerada como la mejor, particularment en las pestes ultimas de Barcelona. Se preparaba de la siguiente manera : se tomaba un huevo y, por
un pequeño agujero, se extraía la clara, rellenándolo, después, de azafrán picado ; se tapaba de nuevo y se cocía
con poco fuego hasta dejar que el huevo tomase un color amarillo ; luego, se picaba subtillisimarnent y se separaba una onza del polvo resultante, mezclándola con la siguiente poloura: llavor de rucas, muja onza: llavor de
mostella, una onza: reís de trementina y díctamo, de cada cosa tres dracmes: llavor de card beneyt y de agrelles,
de cada cosa mitja dracma: carlina y scordi, de cada cosa cuatra escrupols: bolarniini una dracma y mitja: triaga
comuna, tres onsas y mitja: y tot ben picat y mesclat sen ja confectio. De esa pócima, había de tomarse una
dracma y media con un poco de vino blanco o mejor vinagre. Para las personas que no la tolerasen, se aconsejaba otra confectio, empleando confituras de corteza de sidra, de limón o de naranja, de escorzonera, de buglosa, o
de borrajas. En verano, resultaba eficacísima la de agraz.
Refiere el Doctor Mas que alguns enipirichs, cirurgians, ensalmistas, donetas y Doctors poch practichs y Bachillers, donen en moltes ocasions y en estos temps, y lo matex alguns pagesos y xarlatans menestrals, lo antimoni, argent viu, arcenit, poluora de Vigo, such de lletreta y altres semblants,84' perjudicando notablemente la salut y vida deis homens, disfresant dites coses ab morcara de tauletas, pindolas, poluoras o opiatas, venentho molt
car y per gran secret, causant infinitas morts desestrades.So Es fácil colegir que, en aquellos días, reinaba ya en
Barcelona la cizaña del curanderismo.
Muchos Doctores aconsejaban, además, como «preservativo externo» contra la peste el arcenit cristalli aportat y
posat sobre del cor y baix la mamella esquerra.8® Mas asegura que tiene una virtud admirable y cita numerosos
casos de Papas, médicos y personas principales que con su empleo se libraron de la enfermedad.
Otros, aconsejaban untarse una o dos veces al día la parte izquierda del cuerpo —ahont está lo cor—• con un ungüento hecho a base de triaca, azafrán y alcanfor, mezclado con jugo de limón o vinagre. Los habían que recetaban un saquito lleno de un polvo hecho con rosas secas, flor de borrajas, todos los sándalos, celiandro, nuez moscada, madera de aloes, azafrán, zodoaria y díctamo blanco, albahaca, azahar y grano de sidra. El saquito tenía
que ser de tafetán rojo y llevarse encima del corazón. Finalmente, Mas dice que algunos aconsejaban que se untasen los pulsos y el lado izquierdo con aceite de escorpiones.
Para preservar de los humores de la corrupción era «remedio particular y excelente» el sudor, porque se creía
que descargaba al cuerpo de los excrementos de la «tercera cocción» y llansa afora tot halló que li fá impediment
y no es bó pera nodrir y alimentar les parts.87 Las fricciones también evacuaban los excrementos, pero los baños
no sólo no eran convenientes sino que se consideraban dañosísimos.
El quinto aviso de la preservación de la peste era llenar y euitar tota passió de animo, melancolies, tristeses,
coleras, temors y altres,88 procurando para ello toda diversión y regocijo posibles.
A los niños menores de cuatro años, no debía dejárseles salir de sus respectivas casas ni darles triaca magna, porque era un preservativo demasiado fuerte. Se les prescribía, por las mañanas, una cucharada de oxysacar o la
triaca de poncem, o la triaca de esneraldes, o la confectió de Hiacintos a la dosis de dos dracmas cada una.
Una vez declarada la peste, los que no tengan obligación de salir «esténse en casa y no traten de ningún modo con
los apestados». Los rayos de sol eran considerados como beneficiosos, por eso no debía salirse de casa, por lo menos hasta dos horas después del amanecer. Los ricos debían llevar en la boca, al salir, una pildora compuesta
de escorga de poncem, bolarmini, fusta de aloes, zodoaria, raéis de lliris blancs, ambre, almesh y conserva rosada.
Y, en las manos, un pom, compuesto de rosas secas, leño de aloes, zodoaria, sándalos amarillos y goma tragacanto, disuelto en agua rosada, para poder olerse a menudo.
Los facultativos, antes de entrar en el aposento de un enfermo, tenían que mandar abrir las ventanas. Una vez
aireada la habitación, podían entrar, llevando un brasero encendido, con maderas olorosas y un hacha de cera ardiendo. Los cirujanos, y todos los que habían de tocar o tratar al apestado, tenían que ponerse ante la boca y la
nariz un trozo de lienzo de lino bañado ab aygua ros y vinagre, fugint tot lo posible lo baf y aliento del malalt.
Para confesar y dar la comunión, cuenta Parets, los religiosos, «que vestían el avito corto hasta media pierna para
excusar con la ropa recoger el polbo inficcionado», solían ir por parejas «con achas encendidas y las ponían
entre el enfermo y el religioso, porque como con mas facilidad se comunica este mal es por la respiración y aliento, interpuesta la llama del fuego pudiese consumir y destruir las cualidades venenosas que respiraba el doliente,
a más que la distancia del uno al otro era cuanta permitía el ámbito de la pieza donde estaba el enfermo. El Viático se lo administraban con una varita de plata lar guita, y luego la extremaunción, despachándose de los tres
sacramentos de una vez... La detención era poquísima porque en estos lances las confesiones se abrevian quanto
se pueden».
No existe —al menos hasta el momento— documento alguno referente a los medios que emplearon, en esta epidemia, los médicos barceloneses para el tratamiento de los apestados, pues ninguno de ellos dejó relación escrita
de lo que vieron y observaron, como en otras epidemias anteriores. Sin embargo, basándonos en las otras —casi
contemporáneas— de los Doctores Moix, Rosell y Bernat Mas, y en la «Memoria», escrita durante la epidemia de 1589, enviada al Rey el 17 de octubre del mismo año, sobre (dastil que tenien pera curar los met—
ges (de Barcelona) del mal de la peste», cuyos procedimientos poco hubieron de variar en los escasos años
transcurridos, ya que la medicina de aquellos días permanecía casi estacionaria y sujeta a rígidos cánones, los cánones del entonces indiscutible Galeno, nos es posible formarnos una idea de como fueron tratadas las víctimas.
Según el Doctor Mas, el médico debía proponerse tres objetivos principales en el tratamiento de los apestados. El
primero : la conservatió de las forces perqué sens ellas mal se podran exequtar los remeys.89 El segundo : lo modo
que se ha de teñir en la evaquatio del humor causa de la malaltia.90 El tercero : atender a la cura deis accidents
que en la tal malaltia sobrellenen.91 Para llenar debidamente dichos propósitos había que comenzar poniendo a la
persona atacada en un aposento espacioso, el mayor de la casa. Dicho aposento, lejos de todo mal olor, con las
ventanas mirando, si era posible, a poniente o levante, debía estar bien aireado desde la salida del sol. Si el ambiente de la habitación estaba muy cargado, podían abrirse las ventanas durante la noche. Además, tenían que colocarse en tales ventanas las enramadas, antes mencionadas, y encender en ellas fuegos con maderas olorosas.
Para conservar las fuerzas del paciente, se ordenaba una dieta de aliments bons y facils de courer en lo ventrell92
Tenía que comer poco y a menudo. Se aconsejaba, en la comida y cena, un caldo, un poco de carne y un poco de
zumo de agraz, naranjas, limoncillos o granadas agrias. Si no podía comer carne, debía sustituirse por un huevo
al día. De postre, alguna confitura —codonyat vell de sucre, codonys crus o confitats, carabassat, etc. 93 —. Durante el día, solamente debíase de tomar caldo 3^ algunas pasas, pera cocida, ciruelas o granadas. Comiendo, podía beber una o tres veces y más si era menester, pero siempre en poca cantidad.
En el vigor y declinación de la fiebre era muy buena el agua enfriada con nieve, que debía administrarse, no muy
fría, para que el enfermo se la tomase de un trago. Al poco rato, tenía que procurar vomitarla, metiéndose los
dedos en la boca o plumas untadas en aceite. Repitiendo la operación hasta que ne aura beguda quantitat de v-n
quarter si es posible.9*
18
Gran confianza debían tener en este espeluznante remedio los médicos cuando a fines de marzo el Consejo de Ciento tomaba las debidas precauciones para que la nieve no escaseara. Y, más tarde, en una de las reuniones celebradas en Santa Coloma de Gramanet, Los Consellers rogaban encarecidamente al Real Consejo que procurara,
sobre todo, que no faltase la nieve en la ciudad, pues tal remedio no sólo era considerado la salvación de enfermos,
sino la salvación de sanos. Los arrendadores del suministro de nieve —Francisco Roca y Francisco Oller— ofrecieron, por su parte, todo cuanto estuviese en su manos para que la nieve no faltase.
En el agua que el enfermo debía beber durante el día, debían ponerse zumos de agraz, granada, sidra, limón o vinagre bueno, «porque el vino en semejante enfermedad es perniciosísimo».
Como remedio defensivo y cordial, el paciente debía tomar alguna confección hecha con agua de borrajas, burglosa, rosas, violetas, diamargaritón, triaca, coral rojo y tres sándalos, todo con jarabe de limón, agraz, granadas agrias o sidra. Era considerada también excelente la antes citada confectió de ou.m Finalmente, había que
procurar que el enfermo evacuase normalmente, recurriendo si era preciso a la clásica lavativa.
Por lo que respecta al segundo punto, la sangría, de ningún modo sia a proposit pera curar la peste y euacuar lo
humor empestijerat, antes bé perjudicial y danyosa. A este propósito, además de exponer numerosas razones en
pro de este criterio, refiere el Doctor Mas que los Doctores Bernat Quexades, Bernardino Roma Folquer y lo
Doctor Gaspar Paxo, que trataron a los apestados de la epidemia de 1589, observaron que la mayor parte de
los que se sangraron, aunque tuvieran fuerzas y abundancia de sangre, se reolian per momentos y moriren. En
cambio, los que, sin ser sangrados, tomaron la triaca, mitridato y otras medicinas curaron con gran facilidad.
Agrega que Geruasi Costa, cirurgiá de molta abilitat y experiencia de la present ciutat (Barcelona) que por
orden de los Magníficos Señores Conselleres asistió a los pestosos «en la casa de San Francisco de Paula», le
refirió de palabra el relativo fracaso de la sangría en la pasada epidemia. Aunque había facultativos que no eran
de este mismo parecer, todos, sin embargo, estaban de acuerdo que era conveniente sangrar cuando la edad y la
plenitud de fuerzas del enfermo lo permitían, pero antes de que le apuntaran las vértolas o bubones.
Según el Doctor Mas, los Doctores antes mencionados inventaron un remey casi celestial para sustituir la
sangría. Se trataba de les ventoses tallades —escarificades—, las cuales se podían aplicar desde el primer día
hasta el tercero, una, dos o tres veces. Dichas ventosas se colocaban en la espalda y las caderas, antes de aparecer alguna señal de bubón. En caso contrario, debían aplicarse lo más cerca posible de la vértola trahendo humores
a centro ad circunferenciam, que es obligatió que tenim. El «Memorial» asegura que dieron muy buenos resultados la aplicación de las ventosas en las corvas, muslos y maleólos, salvo en las mujeres preñadas «en las que,
como se aplicaran en estas regiones, era fundado el temor de que pudieran provocar el aborto». Para ellas, se
creyó más oportuno ponerlas en los brazos. Añade, además, que, en los casos en los que se presentaban grandes
dolores de cabeza con delirio, fue muy útil la aplicación de sanguijuelas en las sienes. En los niños, opinaron
que no debía jamás aplicarse la venasección, sino únicamente las sanguijuelas en los brazos.
Al enfermo no había de purgársele, salvo en las dos siguientes ocasiones : cuando se encontraba sobrado «de alguna corrupción o plenitud de vientre» ; y siempre que se observase que alguna «vertola o malabua» se resolvía
con el regreso del humor a las partes internas del paciente, pues se corría el peligro de que dicho humor se
encaminara otra vez a algún centro vital. También podía purgársele cuando el mal declinaba, si el enfermo no
tenía ya fiebre.
En cambio, estaba muy indicado sudar, después de la sangría o las ventosas y, para ello, les administraban sudoríficos y abrigaban a los pacientes. Sin embargo, era necesario que el enfermo, mientras sudara, tuviese «su
mano extendida sobre el vientre, porque en esta ocasión podría padecer el calor natural de dicha parte».
El «Memorial» dice que «con el fin de llamar los humores venenados del centro a la circunferencia, emplearon
una unción preparada con aceite común, nitro y agua, y en los casos en que era preciso moderar el tempero de alguna parte, aplicaron sobre esta el agua vinagrada o una unción a base de aceite de almendras, eneldo y camomila ; asimismo como corroborantes aplicaron, también, exteriormente, epítemas preparados con agua vinagrada,
acido de cidra y polvos alexifarmacos» sobre el corazón, arterias magnas y arterias temporales, «cuando el calor
febril era muy intenso en las partes extremas».
En la curación de los accidentes de la enfermedad, la conducta que se seguía era la siguiente : se aplicaba, sobre
los bubones, tan pronto salían, fomentos de camomila, coronilla del rey, romero, escabiosa y pimpinella, cocidas
con agua, para «tirar del mal hacia fuera». Se fomentaba la vértola durante un cuarto de hora con una madeja
de hilo o de seda, empapada en dicha agua, bastante caliente. Luego, se aplicaban, sobre la parte afectada, las hier-
19
bas hervidas, cubriéndolas con la misma madeja. A continuación, se hacía sudar al enfermo. Se sacaban más tarde
las hierbas, se secaba y limpiaba la parte afectada y se aplicaban en ella dos ventosas, unos dos o tres dedos, debajo
de la vértola.
Si el bubón no maduraba o se resolvía al cuarto día, obren la vértola encare que no haye senyal de materia... perqué si lo veri no hix prest en jora y a la pell, mata dins breus dias y a las vagades horas.96 Si el bubón maduraba
había que considerar la fuerza y grandesa de la malaltía.97 Si esta era intensa y grave, debía abrirse pronto. No
debía hacerse con cauterio o cáustico potencial, sino con cauterio actual ques ja ab foch, y si lo instrument ab
ques jará dit cauteri es de or será millor que de plata, y lo de plata millor que de ferro.93 Una vez abierto el bubón,
se hacía una primera cura con yema de huevo batida, con un poco de sal y aceite violado o rosado. Al segundo
día se curaba con un ungüento hecho con dos partes de manteca y una de ungüento de basilicón.
Si no fuere posible abrir la vértola con cauterio actual será be abrirla ab llangeta, ñaua ja o caustich (dit cautiri
potencial),99 con la lanceta se hacía una cruz sobre el bubón y luego se ponía una ventosa. Si, después de abierto, resultaba doloroso, se curaba con clara y yema de huevo, batidas con aceite violado, poniendo, luego, sobre
la incisión, media naranja llena de triaca y muy caliente, o una cebolla partida por la mitad, llena de triaca y asada
al fuego, renovándolas cada cuarto de hora.
Los «carbunclos o malabuas» debían tratarse también preferentemente con cauterio actual; si no era posible, con
lanceta, y en último caso con cauterio potencial. En este último caso, el Doctor Mas aconsejaba un «ruptorio»,
a base de cal viva, mezclada con jabón negro, con lo que se hacía un ungüento muy espeso que se aplicaba encima
de la malabua, cuidando de que no tocara la parte sana.
Si la malabua no era maligna, se abría en cruz y se le ponían «cosas atractivas», como por ejemplo, una ventosa
escarificada que se untaba luego en yema de huevo con mucha sal.
Antes de curar del todo las vértolas, se aconsejaba la aplicación de algunos vejigatorios o manxiulas en las mismas
partes y dos o tres dedos más abajo de les dites nafres, go es si la vértola está en los angonals se jarán en las
cuxes; si en las xellas y baix bracos, se jarán en los matexos bragos, y si en el coll, se jarán en las espatlles.100
La pérdida de datos concretos que se advierten en los documentos de la época :—tanto oficiales como particulares—
hace muy difícil calcular el porcentaje de mortalidad de aquellos días. El Manual que, en epidemias anteriores
consignaba minuciosamente, a diario, el número de apestados que morían, no da noticia alguna respecto a ésta,
quizá por sus aterradoras proporciones. La cifra debió de ser muy elevada. El Dietari habla de que, en el período
de la máxima intensidad del morbo, los jossers sacaban los cadáveres de una casa, cuatro de otra y hasta seis
de alguna. Parets lo confirma al decir que «en mi casa murieron mi mujer y quatro hijos de la peste, y la pasó mi
madre y otro hijo que me quedaba...» Tanta debió de ser la mortalidad que el día de la festividad de Corpus
—8 de junio 1651— hubo gran soletat de jidels en la Sen a causa de la peste,101 tanto que apenas si llegaron a contarse veinte personas en la Catedral. Asistieron, sin embargo, los Consellers y el Gobernador Biure, aunque sens
música ni tabalicos y ni siquiera pudieron tocarse las campanas, por falta de gente. Tampoco pudo salir la procesión tradicional de la tarde, que se aplazó para el día que pudiera cantarse el Te Deum, por la terminación
de la pestilencia.
Parets hace hincapié en lo mucho que padecieron las mujeres preñadas diciendo que «mostró la experiencia que
de las ciento apenas escaparon dos y en llegando el lance de parir quedavan madre e hijo en la demanda porque las comadres no querían asistir». Era también tristísima la situación de los niños de pecho que perdían a sus
padres, pues tal temor inspiraba el contagio que, tanto si se encargaban de ellos las nodrizas, contratadas por el
Consejo de Ciento, como si encontraban alguna persona piadosa que los acogiese, no era sin antes haber sometido a la criatura a una bárbara práctica : «desnudábanla en carnes, la lavaban con vinagre, la perfumaban mucho
con hierbas olorosas y confortativas y la pasaban por las llamas vistiéndola luego con ropa nueva que no hubiese
servido jamás». Los Anals Consulars dicen que morir en en dit temps 30 mil persones entre grans y xichs ciutadans de Barcelona, sens los jorasters. Parets asegura «que la opinión mas valida es que murieron de esta
peste pasados de quarenta mil personas y quizás no se incluien en estas las que se ignoraron». Perdió, pues, la
ciudad más de dos tercios de su población, que por aquellas fechas no llegaba a los sesenta mil habitantes.
A mediados del año 1651, el aspecto de Barcelona era tétrico y desolador. A principios de junio, el Consejo de
Ciento, viendo los apuros de la población, permitió, y hasta les indujo a que saliera de la ciudad y se trasladara
al Pía de Valldonzella y a la falda de Montjuich, donde construyeron barracas, con cuantos medios encontraron.
El día 13 los Consellers tuvieron otra reunión en Santa Coloma de Gramanet con el Real Consejo al que enérgi-
20
camente reiteraron la absoluta y urgente necesidad que tenía Barcelona de facultativos. El Real Consejo, ante
tal firme actitud, varió de criterio, dando por fin la razón a los Consellers, optando por excusarse, diciendo que
ñabía hecho todas las diligencias posibles, pero que, como se hallaba aislado en una Torre y desasistido de sus
oficiales y ministros, no había podido hacer más. Por otra parte, los Doctores desertores se hallaban dispersados
por Cataluña y lejos los unos de los otros. En lo demás aseguraba el Real Consejo que podían contar con él para
cualquier ayuda necesaria a la ciudad.
De esta reunión, se dio cuenta al Consejo y a la Junta de morbo el día 15. En dicha reunión, el Señor Don Felipe
Copons hizo entrega a los Señores Consellers de una carta del Doctor Fabre, francés, en la que se ofrecía
curar la peste no sólo de Barcelona sino del Principado. No se tienen noticias de como fue acogida tal sugerencia.
El 17 de julio se conegué que hi hauia molla millora en esta ciutat de les malalties corrents de contagi.102 El 18
los Consellers decidieron nombrar protectora de Barcelona a la Virgen de la Concepción, celebrando a tal efecto
una solemne función religiosa en la que se ofrendaron a tan excelsa Madre y Señora las llaves de la ciudad. El
3 de agosto, convinieron en fer tots los anys y perpetuament un Oficio y una procesión el día de la Inmaculada,
conmutando por este día la que se hacía por la festividad de Santa Eulalia.
A pesar de la pequeña mejoría experimentada, la Junta de morbo —el 25 de julio— trató aún de la manera de recluir a los enfermos que tenían posibilidades de sanar. Se acordó nombrar un ciudadano que, con el nombre o título de Preboste de la salud, fuera rondando continuamente por la ciudad, imponiendo la observación de dicha ley. Se
disponía también que los familiares y asistentes de los apestados no podrían salir de respectiva casa, quedando la
llave de ésta en poder del niorber del barrio. La casa no podría abrirse hasta pasados cuarenta días de la curación
del apestado y la llave sólo sería facilitada a facultativos, confesores y a los que llevasen medicinas y provisiones.
Pocos días después, el 30 de julio, se dio cuenta, en el Consejo de Ciento, de haberse recibido la contestación de la
cartas enviadas a Su Majestad, el Rey de Francia. En una de ellas, el Monarca decía que afectado per lo pesar
y sentiment tenia de las aflictions que en aquesta desdichada ciutat se padecía, con el cruel azote de la peste, había
decidido enviar a su costa quince Doctores en Medicina y quince Cirujanos franceses y treinta mil libras, además, para ayudar a la ciudad. No se necesitó, sin embargo, el envío de tales facultativos. Afortunadamente, el
mal caminaba hacia la mejora. El día 7 de agosto, los Consellers acordaron que se cantase el solemnísimo Te
Deum en la Catedral, en acción de gracias per la millora del mal contagios. Un mes más tarde, a mediados de
septiembre, pudo ya prescindirse del hospital de apestados de Jesús, pues si alguno recaía o se presentaba algún nuevo caso alo llevavan a las casas de la purga y alli se curava en breve, o porque la experiencia había sacado
maestros o porque la malignidad no era ya tanta», según afirma Parets.
«Parece prodigio de la Divina Omnipotencia, sigue diciendo aquel buen ciudadano barcelonés, que a últimos de
julio y primeros de agosto, que es lo recio canicular, empezase a dar treguas la peste y a reconocer alivio en los
enfermos ; pero mayor prodigio es que viniendo el castellano a sitiar a Barcelona con numeroso exercito, todos
los lugares circunvecinos y gente que estava fuera se metieron en Barcelona con sus familias y haciendas, sin reparar en el riesgo de la vida y en que anteriormente en las calles de mayor concurso apenas se veían cuatro personas... sin que el cargarse de gente nueva la población suscitase la peste que harto se temia, antes quanto mas
entrava amaynava mas la enfermedad de que noticiosos los que se havia ausentado y se preciavan de buenos
patricios acudieron luego a servir y socorrer a la ciudad en el sitio que la amenazava, aunque fuera con el riesgo
que podían temer, pues totalmente no havia cesado el contagio. Algunos sujetos huvo (indignos de llamarse catalanes) que por algunos fines reusaron entrar y se alejaron mas.»
Entonces el Consejo de Ciento «echo vando» reclamando a los que se habían ausentado dentro del plazo de quince
días, plazo que fue prorrogado por dos veces mediante un pregón. Fueron regresando a la ciudad, pues, los que
la habían abandonado y las autoridades «acudieron luego a limpiar las calles que estavan llenas de cieno y ponzoña de la ropa y trastes que arrojavan de las casas que havian muerto los empestados. También se fabricaron
en la pisina unos ornos muy grandes en los quales a fuego lento se purificava la ropa de los particulares y cosas
que havian padecido peste. Perfumaron las casas de alto a vajo famosamente de todos los que havian padecido,
sin que ninguna de las cerradas se atreviera su dueño a abrirla ni a entrar en ella sin haver hecho esta diligencia
y para su execución y las de arriva mencionadas tenia cada Conseller en su quarto, hombres destinados que se
aplicavan a ello con toda actividad para no fiarlo a los particulares».
Dice el Doctor Rosell en su obra «El verdadero conocimiento de la peste», que aconsejaba a los que regresaban
a la ciudad que procedieran a «desinficionar» sus casas de la manera siguiente : abiertas las puertas, había de
encenderse en el interior un gran fuego con leños olorosos o con ramaje de romero, tomillo, etc.. El perfume
limpiaba los aposentos de todo aire corrompido. Apagado el fuego, se barría toda la casa con escobas de mango
muy largo, limpiándola especialmente de todas las telarañas, por miedo de que «estos animales hubiesen vomi-
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tado de su pecho venenoso». También daba buen resultado quemar en los aposentos un poco de pólvora o hacer
hervir por espacio de algunas horas un poco de «solimán». Los muebles y utensilios se lavaban varias veces y
con todo cuidado con vinagre muy fuerte y los colchones, mantas, etc., que hubiesen estado en contacto con los apestados, se destruían por el fuego. Además, como las paredes podían tener restos de las emanaciones pestilenciales, se procedía al rascado y blanqueado de nuevo. Después se abrían puertas y ventanas para que la casa se ventilase. Se procedía a comprobar si las habitaciones estaban bien purificadas empleando los dos procedimientos
siguientes : el primero, consistía en poner unos pedazos de pan caliente, acabado de salir del horno, dejándolo
allí durante un día entero ; si en este tiempo el pan no se pudría era señal de que el local estaba ya salubre ; el
otro procedimiento variaba tan sólo en sustituir el pan por un huevo.
El Consejo de Ciento, en la sesión del 7 de noviembre de 1651, acordó que «usando de benignidad con las personas desinsaculadas especialmente con los Doctores en Medicina y Cirujanos, fueran aquellas insaculadas de nuevo en la misma forma en que lo estaban antes». Pero añadieron prudentemente los escarmentados Consellers que
dichos facultativos habían de curar, según deliberación hecha per lo savi Consell de Cent, el día 8 de mayo pasado,
que en tiempos de peste «jamás habrían de desamparar la presente ciudad».
A fines de 1651 la violencia y estrago del mal había amainado notablemente, aunque no había desaparecido todo
el peligro. Seguían dándose algunos casos. Parets dice : «Mientras el sitio estuvo en Barcelona siempre tuvo el
castellano en su exercito la peste, particularmente a la parte de San Martin donde tenia el hospital».
A principios de 1652 eran ya escasos los enfermos en la ciudad pero continuaban en los pueblos circundantes,
sobre todo en la costa. Mataró estaba en un estado alarmante. Por ello, la Junta del morbo, además de no descuidar la vigilancia de las puertas, encargó a los Doctores Juan Pau March Jalpí, Dimas Vileta y Pau Enveja, ya
reconciliados con el Consejo, que redactaran unas «Instrucciones», indicando las oportunas medidas que habían
de adoptarse para proteger a los barceloneses de un nuevo contagio. Este documento, que tuvo en seguida fuerza
ejecutiva, disponía lo siguiente :
«Las naves que habían tocado en los puertos de Mataró, Arenys, e t c . , se retiraran al Molí del vi y entregarán
un Memorial expresivo de los motivos de su venida.»
«Si traen aceite o vino tiraran las botas al mar, lavándolas bien y depositándolas luego en la playa. Los que quieran comprar dicho aceite o vino podrán pedir prueba a los guardas, los cuales la extraerán de manera que el vaso
o recipiente no toque a la bota.»
«Si traen trigo, cebada, avena o legumbres, los mismos marineros las esparcirán sobre esteras, oreándolas bien
dos o tres veces y dejándolas luego al sol: seguidamente tanto los marineros como el público se alejarán sin tocarlo.»
«Las manzanas y toda clase de fruta se extenderá por el suelo todo el día : luego se pasará por el horno. Los
huevos se lavarán bien limpios con agua de mar y la paja en que vendrán será quemada.»
«Las gallinas y demás volátiles se recibirán desplumadas y sin cabeza ; los borregos sin pellejo, y del mismo
modo cualquier otra clase de animales de lana o pelo.»
«La lana, el lino, el cáñamo y las ropas hechas con estas materias, lo mismo que todos los artículos que puedan
considerarse sospechosos no serán admitidos sin que antes hayan purgado durante cuarenta días.»
«La leña de dichos navios se pasará por el agua del mar y luego se dejará secar al sol. Las candelas de sebo lo
mismo cuidando de que el pabilo sea bien lavado.»
«Los patrones y marineros que quieran entrar se habrán de lavar desnudos en presencia de los guardias del
puerto, vistiéndose luego con ropa limpia procedente de un lugar no sospechoso, yendo seguidamente al horno
donde serán perfumados ellos y sus vestidos sin pagar nada.»
«No se dejará entrar ningún enfermo ni prisionero sin que previamente sea reconocido por un médico y un cirujano.»
«Los pasajeros harán la purga que los Señores Consellers determinen, y después de purgar, antes de entrar en la
ciudad habrán de ser reconocidos por un médico y un cirujano.»
Con tales rigurosas medidas fueron menguando los contagios, hasta que el día 8 de abril de 1652, «viendo la ciudad que ya no havia enfermos y que estavan ociosos» los que seguían en el hospital o en la morbería de Jesús, los
Consellers acordaron «desconducirlos» y cerrar dicho hospital. Al mismo tiempo, dispusieron la celebración de
un solemnísimo Te Deum en acción de gracias, en la Seo, por el favor que la Divina Providencia había dispensado a Barcelona librándola del cruel azote que la había afligido durante tantos meses. Si bien es cierto que la peste
reincidió a fines del mismo año, cuando las tropas castellanas, mermadas por el contagio, entraron en la ciudad, no llegó, ni mucho menos, a adquirir las aterradoras proporciones de la que acababa de darse oficialmente por
extinguida.
LA PESTE EN CATALUÑA
DURANTE
EL SIGLO XVI!
TRADUCCIÓN Dli LAS CITAS EN CATALÁN
i. Se refiere a la Junta destinada a investigar la posibilidad de una epidemia en este caso de peste. Según puede colegirse
en el texto, la Junta estaba integrada por doce personas de diferentes estamentos («Dotzena»=docena).
3. «Muchos trapos y medicinas.»
3. «Como remedio más sano y seguro.»
4. «Las torres de San Pablo para que, haciendo cuarentena, se pudiese atender lo que sucedería.»
5. «Mosqueteros.»
6. «Estaba chocado, que se quemaba y que había ya hecho testamento.»
7. «Las prisiones reales.»
8. «De la presente casa, qué poder tiene la ciudad para castigar dicho estudiante y demás personas que, en materia de
morbo, convengan.»
9. «Se juzgaba que tales enfermedades eran ocasionadas por los malos alimentos que se ingerían, no por otra cosa.»
10. «Poyos o barandillas al lado de aquellas bolas o aldabones redondos que hay antes de llegar a la Iglesia.»
11. «Para asueto.»
12. «Haya una sala muy grande y un aposento muy bueno.»
13. En este caso se refiere a «principiantes».
14. «Caldo de cordero y gallina.»
15. «Ha de ser muy bueno.»
16. «Para los que mastican alguna cosa.»
17. «La gente que vaya con mejora, cobrando.»
18. «Camarero mayor.»
19. «Los enterradores.»
20. «Cabeza de los vigilantes.»
21. «Lavadero mayor.»
22. «En forma de colegio, de la especie de enfermedades que había en la presente ciudad.»
23. «De mal jugo.»
24. «Desgana sospechosa.»
25. «Bubones o buitrones.» (En este caso, habida cuenta que la palabra es un aparejo de pesca, seguramente debía de utilizarse por semejanza con los bubones.)
26. «A los apestados sin dilación porque, estas desganas, suelen ir muy aprisa y sería una desdicha que en su presencia
muriese algún enfermo sin Sacramentos.»
27. (Véase nota 13.)
28. «Alguaciles de la peste.»
29. «Alcalde del morbo.»
30. Textualmente debe traducirse por «corral pequeño» ; así se designaba, como puede verse en el contexto, el lugar destinado para el depósito de cadáveres.
31. «El cirujano, su compañero.»
32. «Muchas pecas por su cuerpo.»
33. «Parecían unos gusanos que bien mirado no eran gusanos, sino las mismas venas del vientre con unas varices llenas
de la dicha bilis grasa.»
34. «Estaba en el corazón, el cual sufriendo de sustancia envenenada, acudiendo toda la sangre del cuerpo a los ventrículos de dicho corazón, oprimiéndolo, corrompe y con el calor ardiente quémalo, le destruye la virtud vital y como el corazón
tiene tanto consentimiento con el vientre, las venas se irritan y lanzan dicha bilis en dicho vientre, el cual fluye de las
venas y se engendran en ellas con el calor ardiente comunicado por el corazón.»
35. «Al aire por ser él la causa común y principal de todas las enfermedades comunes.»
36. «Vapores surgidos de la tierra por causa de algún terremoto.»
37. «Ciertas formas y figuras con las cuales los cielos y las estrellas caen.»
38. «Son unos cuerpos pequeños, imperceptibles...»
39. «Son nombrados seminario por semejanza y llaneza.»
40. «Prontamente y sin dilación alguna compeler con penas legales y forzar, a dichos médicos y cirujanos que se han ausentado, para que vuelvan a la ciudad con el fin de cuidar a dichos enfermos y socorrer la necesidad pública y urgente que
hace dicho señor síndico...»
41. «Llamada.»
42. «Médicos y cirujanos que habitaron en la presente ciudad retornen a ella a efectos de visitar y curar a los enfermos por
la gran necesidad que de ello tiene la ciudad.»
43. «Ser expulsadas y retiradas las bolsas de los oficios de la ciudad.»
44. «Vicios y pecados.»
45. «Si no es para apagar el polvo.»
46. «Que resulte de los gusanos de seda.»
47. «Sebo de pescado que apeste, ni tripas ni otras porquerías, para hacer cuerdas de violín, que producen mal olor.»
48. «Hacer colada. »
49. «Vino, aceite, atún...»
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50. «Sus casas y tiendas.»
51. «Se sentirá fiebre con dolor de cabeza y vómitos con los que suele pronunciarse la peste.»
52. «A quien tocara la casa donde dicho enfermo habitaba.»
53. «Caigan en pena de ser colgados por el cuello.»
54. «Cosas corrompidas, de mal olor, y otras indecentes y gastadas... no permitiendo que tantas bestias muertas se olviden
por las calles, de la manera que se ve en Barcelona (y es contra la salud) ver tan gran desbarajuste en una ciudad tan bien
regida y gobernada.»
55. «Verdugo.»
56. Textualmente debería traducirse «niebla abajo». Era la calle en donde se prodigaba el castigo a los ajusticiados.
57. «A efectos de que pueda reseñarse si están o no en estado de salud.»
58. «Que tienen por razón de su cargo consular.»
59. «De dichas cosas, huyó.»
60. «Que dentro su districto compete capturar a los doctores en Medicina, Cirujanos y Farmacéuticos que encontrara en
su distrito, para que vengan a cura los enfermos que están en la ciudad y, además, a ejercer su oficio.»
61. «Aumentando la peste.»
62. «Dando por constante que no le faltarían.»
63. «Hasta que no hubieran ahorcado a dos docenas de ellos.»
64. «Debían ser comedidos a la curación que con todo no se ejecutaba.»
65. «Veladores.»
66. «...que todos nos quemamos, sacádnos de aquí.»
67. «Que el aire donde estén sea duro, limpio y purgado de toda corrupción, de enrarecimientos y malas calidades.»
68. «Que el cuerpo esté limpio y purgado de toda crudeza y exceso de mal humor.»
69. «Que el corazón esté fortificado y prevenido con medicinas preservativas y cordiales contra su enemigo el aire apestado.»
70. «Que huyan y eviten todas las ocasiones de podredura y corrupción.»
71. «Que no den lugar a tristezas, melancolías, temores ni otras pasiones de ánimo.»
72. «Partes apestadas.»
73. «Otros pájaros que viven en aguas y estanques.»
74. «Langostas, langostinos, escorpinas, truchas, besuguetes, barbos, salmonetes y bogas.»
j¿. «De buen trigo, bien cocido y mejor amasado.»
76. «Con que no sea caliente.»
yy. «Nueces y almendras tiernas confitadas con vinagre.»
j8. «Calabazas largas.»
79. «Son malos y sospechosos y como tales han de dejarse.»
80. «Confitado todo con azúcar, puesto que en este caso la miel es muy dañosa.»
81. «Particularmente en mujeres sujetas al rey Francés y mundanas.»
82. a Para gente pobre y para todos.»
83. «La confección dicha de huevo.»
84. «Algunos empíricos, cirujanos, ensalmistas, mujerzuelas, doctores poco prácticos y bachilleres, dan, en muchas ocasiones, en estos tiempos, y lo mismo algunos labriegos y charlatanes, antimonio... y otras cosas semejantes.»
85. «La salud y la vida de los hombres, disfrazando dichas cosas con máscara de tabletas, pildoras, opiáceos, vendiéndolo
caro y en un gran secreto, causando infinitas muertes desastrosas.»
86. «...aportado y posado sobre el corazón y bajo la tetilla izquierda.»
8y. «Expulsa todo aquello que produce impedimento y no es bueno para nutrir y alimentar las partes.»
88. «Librar y evitar toda pasión de ánimo, melancolías, tristezas, cóleras, temores y otras.»
89. «La conservación de las fuerzas porque sin ellas mal se podrán ejecutar los remedios.»
90. «El modo que se ha de tener el humor causa de la enfermedad.»
91. «La cura de los accidentes que en tal enfermedad sobrevienen.»
92. «De alimentos buenos y fáciles de cocer en el vientre.»
93. «Membrillo viejo con azúcar, membrillos crudos o confitados, confitura de calabaza, etc.»
94. «Habrá bebido la cantidad de un cuarterón, si es posible.»
95. «Confección de huevo.»
96. «Abren la buba aunque no ha}^a señal de materia, porque si el veneno rápidamente sale fuera y a la piel mata en breves días, a veces en horas.»
97. «Grandeza de la enfermedad.»
98. «Que se hace con fuego, y si el instrumento con que se efectúa dicho cauterio es de oro será mejor que de plata, y el
de plata mejor que el de hierro.»
99. «Será bueno abrirla con lanceta, navajas o cáustico (dicho cauterio potencial).»
100. «De las dichas llagas si están en las ingles se efectuarán en los muslos ; si están en las axilas y abajo en los brazos
se harán en los mismos brazos y si están en el cuello en la espalda.»
101. «Gran soledad de fieles en la Catedral a causa de la peste.»
102. «Se conoció que había mucha mejoría, en esta ciudad, de las enfermedades de contagio corriente.»
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