Contrabando en Puerto Rico (1626

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Contrabando en Puerto Rico (1626-1789)
El contrabando fue el principal modo de vida en Puerto Rico por casi dos siglos. La Isla podía comerciar
exclusivamente con España y sólo con los puertos de Sevilla (y luego Cádiz) desde el puerto de San Juan. Era
completamente ilegal negociar con países extranjeros o con cualquiera de las otras Antillas, españolas o
extranjeras. Sin embargo, para los habitantes de la Isla no existía contradicción alguna entre ser leales a España por
un lado y traficar con sus enemigos por otro. Era cuestión de supervivencia y las razones fueron muchas. La
proximidad geográfica de Puerto Rico (PR) a las Antillas Menores, el aumento del comercio en esta área y la gran
necesidad que tenía de contactos comerciales, dado el aislamiento con España y su deprimida situación económica,
explican en gran medida el desarrollo del contrabando en PR.
A principios del siglo XVII, la Isla se encontraba en un estado económico y social pésimo, luego de un siglo de
ataques extranjeros que había culminado con el ataque holandés de Balduino Enrico en el 1625. La producción de
azúcar había mermado de 250 toneladas a mediados del siglo XVI a sólo 38 a principios del XVII. El país también
estaba casi despoblado como resultado de la emigración que comenzó a mediados del siglo XVI.
La situación económica difícil en el país coincidió con un mayor aislamiento de España. Como resultado del sistema
de flotas implementado por España a mediados del siglo XVI por razones de seguridad, disminuyó el número de
barcos españoles que se detenían en la Isla. Eran constantes las quejas de los colonos por la irregularidad del
contacto comercial entre ambos países. Hubo períodos, como el del 1651 al 1662, durante los cuales no pasó barco
alguno. La falta de contacto se explica también porque las autoridades españolas veían a Puerto Rico en esa época
como un puesto militar de limitado potencial comercial.
Sin embargo, la política mercantilista de España de mantener un monopolio comercial con sus colonias continuó
durante la mayor parte del siglo XVII. Mientras España decaía, sus principales rivales, Inglaterra, Francia, Holanda y
luego Dinamarca (a finales de siglo XVII) comenzaban a poblar permanentemente las Antillas Menores. Los puntos
clave del comercio para los extranjeros en las Antillas fueron Curazao para Holanda, Jamaica para Inglaterra y
Martinica para Francia, futuras bases claves para el comercio ilícito. Contrario a la experiencia de España con sus
colonias, los otros países de Europa Occidental experimentaron en sus colonias un crecimiento económico,
particularmente en la producción de azúcar. A estos nuevos vecinos les interesaba mucho negociar con las colonias
hispanas e hicieron varios esfuerzos en el siglo XVII por establecer una relación de comercio legítima con las
colonias españolas. Pero España se negó. Al no poder establecer lazos legales de intercambio, estos nuevos
vecinos se convirtieron en los principales contactos “ilícitos? para los puertorriqueños, quienes podían vender sus
productos agrícolas y cueros a cambio de esclavos, productos manufacturados, comidas y bebidas europeas. En
general, los extranjeros ofrecían más y mejor variedad de productos y a mejor precio que los comerciantes legítimos
españoles, dado que no se pagaban aranceles.
Esfuerzos por detener el contrabando
Los intentos de España por eliminar el contrabando variaron desde mayores restricciones, hasta medidas ofensivas
como los corsarios del siglo XVIII y luego mayores libertades comerciales bajo las reformas borbónicas en ese
mismo siglo. En general, el contrabando probó ser imposible de erradicar en la Isla.
Una de las primeras medidas restrictivas tomadas por España fue la veda de la producción de jengibre en 1602,
producto que, junto a los cueros, era de los que más estimulaba el tráfico clandestino. Al igual que hicieron con la
mayoría de las restricciones españolas, los colonos ignoraron la orden y siguieron sembrando jengibre hasta que las
fuerzas de mercado a mediados de ese siglo disminuyeron los precios y la rentabilidad del producto.
Se intentó reducir el contrabando a través del establecimiento de rutas legítimas de abastecimiento. Ejemplo de esta
estrategia fue el contrato con los comerciantes genoveses Domingo Grillo y Ambrosio Lomelin para traer esclavos al
Nuevo Mundo. Otro ejemplo fue el asiento (contrato) de 1713 a los ingleses que les permitía importar esclavos como
resultado de la Paz de Utrecht. Como otras iniciativas a través de dos siglos, las limitadas aperturas de los canales
de comercio legítimo nunca pudieron competir con el dinamismo del contrabando y muchas veces se usaban para
traer a la Isla mercancía ilícita bajo el manto de los contratos “legales?.
Una de las medidas más creativas de los españoles para acabar con el comercio clandestino fue otorgar patentes
de corso, primero a españoles y luego a criollos, a finales del siglo XVII. En teoría, estas licencias de corso permitían
interceptar naves que transportaran mercancía de las colonias hispanas, capturar la mercancía para la corona, así
como quedarse con parte de las ganancias. En realidad, esta práctica fue una gran oportunidad de lucro para
individuos ambiciosos y especialmente para oficiales del gobierno.
El mejor ejemplo de la magnífica oportunidad que fueron para los criollos las patentes de corso es el caso del mulato
Miguel Enríquez. A través de sus actividades se convirtió en el hombre más rico y con más poder político de Puerto
Rico a principios del siglo XVIII. Irónicamente, la práctica de corso acabó desarrollándose como una manera de
controlar, no de eliminar, el contrabando. Prueba de esto es la figura del gobernador Matías de Abadía nombrado en
1731. Mientras atacaba fervientemente la actividad clandestina con los ingleses, a través de los corsarios se lucraba
personalmente del comercio ilícito con franceses, holandeses y daneses. La práctica del corso se convirtió en una
estrategia contraproducente para España pues, al producir tantos conflictos durante ese siglo, empeoró las
relaciones con Inglaterra.
-Reformas en el siglo XVIII y sus efectos
Otra estrategia para mermar el contrabando fue la liberalización y reforma, que probablemente reflejaba las
tendencias racionalistas de la Ilustración. El proceso de reforma comenzó bajo el reinado de Felipe V (1700-1746)
cuando se fomentó la construcción de barcos para viajar a las colonias, se abrió el puerto de Cádiz a operaciones
comerciales con posesiones en ultramar y se crearon compañías monopolistas. Estas medidas hicieron poco por
acabar con el contrabando y la prueba es que, según relata el Mariscal Alejandro O?Reilly en su informe al Rey, a
su llegada a la Isla el tráfico ilegal se encontraba en todo su apogeo. Sin embargo, la visita de O?Reilly contribuyó a
una nueva etapa de liberalización comercial de España con las colonias. Las reformas borbónicas se aceleraron en
la segunda mitad del siglo XVIII. Carlos III aumentó de dos a nueve el número de puertos españoles con los cuales
las posesiones podían comercializar y se regularizaron los niveles de aranceles en el 1765. El comercio libre
intercolonial se extendió a todos los territorios de ultramar a partir del 1778.
Además de estas iniciativas, otras medidas importantes que liberalizaron el comercio fueron: (1) la cédula que en
1778 permitió legalmente la inmigración de trabajadores extranjeros a las colonias (mientras fueran católicos);(2) la
de 1789, que permitió la libre importación (sin impuestos) de esclavos. España acompañó estas medidas de reforma
comercial con nuevas y más severas prohibiciones al contrabando que consistían en enfatizar, a través de la iglesia,
que el contrabando era pecado mortal e introducir la pena de muerte como castigo. Aunque hubo indicios de que las
reformas aumentaron el comercio legal, no lograron el propósito de acabar con el contrabando. Esto es evidente en
el relato de Fray Iñigo Abbad y Lasierra en 1782 al señalar que el intercambio ilegal con extranjeros continuaba
dominando la actividad económica en la Isla.
Erradicar el contrabando resultó imposible, ya que se había convertido en la principal fuente económica que
abastecía las necesidades básicas del pueblo puertorriqueño. Al mismo tiempo ofrecía oportunidades muy
tentadoras de riquezas para la elite isleña que incluía a los gobernadores, militares, corsarios y eclesiásticos, entre
otros. Al mismo tiempo, era ya claro a fines del siglo XVIII que la política monopolista mercantilista de España era un
anacronismo. En cierto sentido, el contrabando fue un movimiento de vanguardia que reflejaba el espíritu de libre
comercio y capitalismo moderno.
Efectos del contrabando
El contrabando fue negativo para España tanto en términos económicos como geopolíticos. Empeoró la situación
económica española al privarla de importantes rentas y beneficiando en su lugar a sus principales competidores.
También contribuyó a debilitar el control político de España sobre sus colonias al aumentar el poder de los
gobernadores, quienes participaban activamente en éste. De igual forma, ayudó a crear una cultura local de fraude e
hipocresía que propició el incumplimiento de las leyes españolas.
Sin embargo, el contrabando resultó muy positivo económicamente para Puerto Rico. Como un resultado directo del
comercio ilícito, la Isla pudo comenzar a sobrepasar la crisis de pobreza y de despoblación evidente durante la
mayor parte de los siglos XVI y XVII. La población de Puerto Rico aumentó de 6,000 a principios del siglo XVIII a
155,000 a finales de siglo, como resultado de la mayor actividad económica producida por el contrabando. El propio
O?Reilly observó en su Informe que el contrabando había sido positivo para los habitantes de Puerto Rico.
Otra perspectiva diferente sobre los efectos del contrabando la ofreció Fray Iñigo Abbad al comentar que esta
actividad resultaba en una pérdida neta de capital para la Isla. Esto era consistente con la política mercantilista que
predicaba España según la cual el éxito económico era el resultado de las exportaciones netas, dado que las
riquezas de un país se medían en su acumulación de oro y plata. Sin embargo, esta visión ignoraba las mejoras
significativas en la calidad de vida de los puertorriqueños a través del siglo XVIII como resultado del contrabando.
Un impacto social importante del contrabando fue que fortaleció la división ya existente entre San Juan y la Isla,
como señala Arturo Morales Carrión en su obra Puerto Rico y la lucha por la hegemonía en el Caribe. Resultaba
mucho más fácil y seguro para los comerciantes extranjeros llegar a los puertos de la Isla lejos de San Juan, ya que
éstos no se encontraban protegidos ni por murallas ni por milicias. Por lo tanto, la mayor parte del contrabando se
dio en el oeste y en el sur de la Isla.
Quizás el efecto más perjudicial del comercio ilegal a largo plazo fue que institucionalizó la corrupción en la sociedad
puertorriqueña a todos los niveles. Los gobernadores de la época en su mayoría pretendían hacerle caso a las leyes
impuestas por España, pero en realidad se beneficiaban directamente de las actividades clandestinas. Además de
los gobernadores, las élites política, militar y hasta eclesiástica participaban en el contrabando. En todos los niveles
sociales reinaba una cultura de fraude e hipocresía.
Autor: Maria Elena Carrión
12 de septiembre de 2014
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