Niños de la calle. ¿Una Clase Social?

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Niños de la calle: una clase social que presta servicios
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Trabajo y Sociedad
Indagaciones sobre el empleo, la cultura y las prácticas políticas en sociedades segmentadas
Nº 6, vol. V, junio- septiembre de 2003, Santiago del Estero, Argentina
ISSN 1514-6871
Niños de la calle. ¿Una Clase Social?[1]
Augusto De Venanzi
Departamento de Sociología
Universidad de Maryland-College Park
y Doctorado en Ciencias Sociales
Universidad Central de Venezuela
[email protected]
Gisela Hobaica.
Escuela de Sociología
Universidad Central de Venezuela
Introducción.
El interés que motiva este estudio sobre los niños de la calle es esencialmente teórico más que prescriptivo.
Nos proponemos describir, desde una perspectiva comparada, tres dimensiones de la vida cotidiana de
estos niños cuyo análisis nos permitirá evidenciar si dicho grupo constituye una clase social definida. Es
de notar que usualmente los niños de la calle son clasificados simplemente como niños en pobreza o como
parte de los sectores vulnerables, tendencia que no contribuye a su ubicación dentro del sistema de
clases. Otra corriente (Bhalla y Lapeyre, 1999) a nuestro juicio algo más precisa los ubica dentro del
sector de los excluidos socialmente también integrada por otros grupos como las personas sin hogar, los
comerciantes informales, los desempleados crónicos y otros. Nuestro enfoque toma a los excluidos como
una clase social y nos obliga a estudiarlos de acuerdo a un enfoque relacional.
A diferencia de algunos autores que desde hace más de una década vienen negando el valor del análisis de
clases o privilegiado las categorías de raza, etnia y género en los estudios sobre estratificación social
(Bauman, 1982; Pakulski y Waters, 1996; Bradley, 2000), sostenemos que el concepto de clase es muy útil
siempre que tome en consideración nuevas corrientes teóricas y las novedosas condiciones históricas
dentro de las cuales se desenvuelven los agentes. Esto implica abandonar la antigua aproximación
estructural y reificada de las clases a favor de un acercamiento al proceso de su formación fundado en
términos flexibles y con amplio espacio para la agencia social (Savage, 2000).
De aquí que hayamos desarrollado un nuevo enfoque sobre las clases sociales que entiende su naturaleza
a partir de la intersección de tres sistemas principales: el sistema económico, el sistema Cultural-identitario
y el sistema de la acción social.[2] El sistema económico contiene, a su vez, dos dimensiones de análisis.
Uno concierne a los rasgos esenciales del capitalismo contemporáneo. Nos referimos a la vigencia de
procesos como la flexibilización, precarización, y fragmentación del trabajo, los enormes flujos de capital, la
creciente importancia del conocimiento, el diseño y la publicidad en la actividad productiva y las nuevas
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formas de organización que asume el sistema corporativo. El otro, a la la división del trabajo referida a
como diversos grupos se incorporan al esfuerzo productivo con base al tipo de capital que poseen.[3] La
Clase Capitalista posee esencialmente capital económico; es decir, posee los medios –capital, tierra,
maquinaria- que permiten la realización del proceso productivo a mediana o gran escala; la Nueva Clase
Media posee dos tipos de capital: capital cultural y capital simbólico. Siguiendo a Bourdieu (1986) sugerimos
que esta clase logra posicionarse ventajosamente en la división del trabajo en virtud de los conocimientos
adquiridos en las instituciones educativas (capital cultural) y muy especialmente en la habilidad que posee
para crear y manipular símbolos (capital simbólico); la Clase Media posee capital específico: es decir, un
capital que le permite desarrollar un conjunto de actividades que giran alrededor de la organización de
información, más no del análisis requerido para extraer sentido de ella. Este capital se obtiene usualmente
en el bachillerato, en las escuelas de comercio, los colegios comunitarios o es auto-adquirido. Nos referimos
a actividades relativamente rutinarias como la organización, registro, clasificación, almacenamiento y
actualización de datos, procesamiento de órdenes de compra y venta, despacho, entre muchas otras. La
Clase Trabajadora y el Campesinado poseen también un capital específico que les permite, mediante el
dominio de ciertas destrezas manuales, participar en la división del trabajo. Por ultimo, tenemos a los
Excluidos cuya limitada y marginal participación en la división del trabajo, y su misma sobrevivencia,
dependen de su capacidad para desarrollar, acumular y explotar capital social. Por capital social
entendemos siguiendo a Putman (1995) aquel capital consistente de redes y relaciones sociales que
permiten a una persona o grupo lograr ciertos objetivos. Estas redes implican un alto nivel de confianza y
reciprocidad entre los agentes. El capital social genera valor para quienes participan de el y opera mediante
varios canales: acceso a la información relevante, ayuda mutua, formación de redes sociales fluidas y
creación de identidades compartidas.[4]
Las teorías tradicionales de clase suponen que determinadas formas de participación en la economía,
especialmente en el sistema de la propiedad, generan respuestas distintivas en los agentes sociales. La
sociología marxista sostiene, por ejemplo, que la experiencia material de clase moldea los valores y
actitudes (conciencia) de los agentes productivos de forma tal que dichos valores y las prácticas resultantes
reflejan directamente los intereses en juego. No obstante, se ha observado que el proceso de formación de
la identidad de clase es difuso y no responde a un patrón mecánico. En vez, su dinámica esta mediada por
procesos culturales profundos que resultan en prácticas de conformidad o de resistencia muy variadas e
irregulares.[5] Estas prácticas comprenden entre muchas otras la acción de clase de la teoría tradicional
manifestada en el curso de coyunturas específicas donde la identidad de clase se dispara frente a
situaciones que cuestionan la legitimidad de determinados intereses, las
protestas callejeras
desorganizadas, los movimientos sociales e inesperadas formas de política cultural e indentitaria (Fantasia,
1988). Así pues, la investigación sobre el sistema de clases sociales debe examinar además de los
aspectos económicos mencionados, dos sistemas adicionales: el sistema cultural-identitario que media las
perspectivas resultantes de la posición objetiva en la división del trabajo y el de la acción social expresado
en múltiples y complejas manifestaciones políticas del interés económico.
Al igual que cualquier otro modelo de clases, el nuestro es relacional: parte de la premisa de que las
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relaciones de clases implican cooperación (producción) y conflicto (contradicciones). Con respecto a los
excluidos socialmente –grupo donde pensamos debe ubicarse a los niños de la calle- nuestro modelo
asume que su posición relacional es de opresión. Es decir su participación dentro del sector informal esta
marcada no por la explotación económica clásica sino por la coerción de las agencias del Estado.
En lo que sigue, intentaremos acercarnos a nuestro objeto de estudio según los temas relevantes para este
nuevo enfoque de clases. Luego de una sección cuantitativa sobre el problema, veremos en secciones
sucesivas: a. los motivos económicos y sociales que impulsan a un considerable número de niños a ir a las
calles; b. la ubicación de los niños en la división del trabajo, c. la experiencia social de la vida en la calle y el
desarrollo de capital social como herramienta para sostener un modo de vida y d. Las implicaciones políticas
de la vida infantil en las calles. En la conclusión discutiremos nuestros hallazgos a la luz del enfoque
teórico planteado.
1. Aproximación cuantitativa al tema de los niños de la calle
La cuantificación de los niños de la calle se ha visto afectada severamente por problemas conceptuales.
Usualmente se distingue entre el concepto de niños en la calle y el de niños de la calle. Los primeros
serían todos aquellos niños que trabajan en las calles y regresan a su hogar en la noche. Se calcula que
existen unos 150 millones de estos niños al nivel global. Los segundos serían aquellos niños que viven
todo el tiempo en las calles. El número de estos niños podría contarse en unos 90 millones al nivel global
(Shorter y Onyancha, 1999).
No obstante, establecer una diferenciación clara entre ambas categorías de niños es realmente difícil. La
revisión de la bibliografía sugiere que la mayoría de los niños de la calle, aun aquellos que duermen en ella,
visitan su hogar con alguna frecuencia. El número de niños que efectivamente vive y duerme en la calle de
manera permanente sería mucho menor que aquel reportado por organismos nacionales e internacionales
encargados de velar por el bienestar de la infancia. En Caracas, por ejemplo, se estima que un 60% de los
niños de la calle han perdido el vínculo familiar (Albano, 2002). Ello nos deja con el inconveniente de no
tener una idea aproximada del número de niños de la calle y nos obliga a tomar la mencionada cifra de 90
millones, pero entendiendo que se trata de un mero aproximado (Hetch, 1998).
Una definición más cónsona con la experiencia real de los niños de la calle los vería como niños que
trabajan y roban para vivir (Por norma el trabajo se desarrolla en los sectores más subsidiarios de la
economía informal), que están fuera de la escuela, que carecen de los cuidados básicos de salud y
seguridad y de la protección ofrecida por un familiar o tutor (Consortium for Street Children, 2003). De
Benítez (2003) considera adicionalmente que los niños de la calle viven en condiciones que no son las
apropiadas para su desarrollo físico y emocional. Se trata de ambientes callejeros donde privan normas
opuestas a las de la sociedad oficial. También estima que estos niños son muy vulnerables a los abusos
del sistema de judicial y que están comparativamente más expuestos a contraer una serie de enfermedades
graves. Según la autora, estas condiciones operan de manera simultánea para levantar una poderosa
barrera que hace difícil a los niños desenvolverse fuera del mundo de la exclusión social.
De los 90 millones de niños de la calle, unos 40 millones viven en América Latina y el resto vive en Africa,
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Asia y un número mucho menor en los países avanzados. Ciudad de México tiene la población más grande
de estos niños, llegando a ser cercana a 1.900.000, seguida por Sao Paulo con 500.000 (12.000.000 al nivel
de Brasil), Calcuta con 500.000, Nueva Delhi con 110.000, Bombay con 100.000, Manila con 70.000 y
Nairobi con 60.000 (Children Defense Fund, 2000). En algunas ciudades Latinoamericanas el problema se
manifiesta en menor grado: en Lima viven unos 10.000 niños, en Bogotá entre 5.000 y 9.000, en Caracas
unos 4.000 (14.000 al nivel nacional)[6] y en Guatemala unos 1.500. Este problema también se ha
manifestado en algunos países del Este Europeo donde, como resultado de los dramáticos cambios
económicos y las guerras, muchos niños han perdido a sus familias y se han visto forzados a encontrar
trabajo. En Rusia, la población más afectada por la transición al capitalismo es aquella que se benefició de
las ventajas del Estado de Bienestar y demás garantías socio-económicas asociadas al sistema Soviético:
los trabajadores de baja calificación, los desempleados, las personas discapacitadas y partes del
campesinado. De ahí que, los hijos de estos grupos estén mayoritariamente representados en la población
de los niños de la calle que vive en las grandes ciudades del país. En Moscú, por ejemplo, viven unos
6.000 de estos niños. En su mayoría provienen de pequeños poblados y zonas rurales en busca de un
futuro mejor en la capital (Stephenson, 2001).
Se puede decir que en América Latina y los Estados Unidos de Norte América entre el 20 y el 25 por ciento
de los niños de la calle son niñas y que muchas de ellas se ven obligadas a practicar la prostitución
(Albano, 2002; Flowers, 2001). El porcentaje de niñas de la calle en los países africanos es más bajo. En
Zimbabwe, por ejemplo, las niñas representan el 5 por ciento de todos los niños de la calle; en Angola el 14
por ciento; en Etiopía el 20 por ciento, mientras que en Sudán casi no existen niñas de la calle. Los
motivos que explican esto están asociados a las restricciones religiosas que impone el Islam, o a fuertes
culturas tradicionalistas sobre el papel de la mujer en la sociedad (Veale y Doná, 2003).
En el mundo económicamente avanzado el problema de los niños de la calle es menos visible. En los
EE.UU. se manifiesta bajo la forma de niños que huyen de su hogar, permanecen en las calles pero
duermen en refugios especiales. Esto último explica porque en ese país no es tan frecuente ver niños
durmiendo en las calles, aceras, callejones o parques. Otro grupo de niños de la calle son los denominados
vagabundos recreacionales; éstos desaparecen por unos cuantos días pero vuelven a su hogar por voluntad
propia. Se estima que actualmente hay unos 500.000 vagabundos recreacionales en las calles al nivel
nacional. Volviendo al problema más general, en los EE.UU. un millón y medio de niños huye de su casa
cada año. De estos, la mitad regresa a su casa al cabo de poco tiempo, pero el resto se mantiene en las
calles por meses e incluso años. Algunas ciudades fuertemente afectadas por este problema son Nueva
York, San Francisco, Boston, Detroit y Denver (Schaffner, 1999). Se estima que en Francia hay unos 10.000
niños de la calle al nivel nacional y unos 4.000 en Bélgica.
2. El escabroso camino a las calles
Los motivos que llevan a los niños a la calle son muchos, pero un motivo central es jugado por las adversas
realidades socioeconómicas en que viven millones de familias al nivel global y la desintegración de los
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lazos familiares. En América Latina, por ejemplo, muchos de estos niños nacen de madres solteras, pobres
o abandonadas. La situación conlleva, además, abuso físico y emocional por parte de los padres,
generalmente padrastros o padres de paso. Los niños escapan y toman las calles donde viven
eventualmente con otros chicos con quienes forman unidades sociales jerárquicas y relativamente
cerradas. Otro caso es aquel donde todos los hermanos huyen del hogar y viven juntos en la calle bajo el
liderazgo del hermano mayor. En Ciudad de México, un gran número de chicos pobres son obligados a
realizar tareas normalmente asignadas a los adultos como cuidar de sus hermanos y realizar trabajos
domésticos. Usualmente, estas tareas se realizan bajo una gran presión física y emocional y eventualmente
conducen a muchos de ellos a las calles donde pueden conquistar cierta independencia. El estudio de la
forma de vida de estos niños en Guatemala ha mostrado que muchos de ellos conocían niños de la calle
antes de separase de su padres de modo que cuando escapan logran incorporarse a grupos ya
formados. Por otro lado, quienes huyen y no poseen estos contactos se unen entre si formando sus propias
redes sociales (Tierney, 1997). En Venezuela fue a comienzo de la década de los noventa, con la
aplicación de los ajustes macroeconómicos, que se hizo realmente visible el problema de los menores
abandonados y en la calle, y su número ha ido creciendo desde entonces. Se estima que entre 1995 y 1997
dormían en la calle entre 2.700 y 4.000 niños, entre el año 1997 y 1999 esta cifra aumentó a 5.000 y
hacía el año 1999 se llegó a la cifra de 7.000. Para el año 2001 su número aumentó a unos 10.000 y para
el año 2002 a 14.000 (Albano, 2002).
En ciudades africanas como Nairobi los niños que viven en las calles provienen de familias pobres,
especialmente formadas por padres o madres solos o solteros. Alrededor de la mitad de los niños nacieron
en los barrios pobres de la ciudad, mientras que la otra mitad proviene de las áreas rurales de Kenya. El
número de niños que vive en las calles de las ciudades de este país ha aumentado como consecuencia de
los ajustes macroeconómicos que recortan el gasto público y aumentan el número de niños que están
fuera de la Escuela. En 1975, había apenas 115 niños de la calle en toda Kenya. Este número se
incrementó a 17.000 en 1990 y a 150.000 en 1997. Los niños de la calle provenientes de las zonas rurales
de Kenya son el producto final no solo de la pobreza sino de la fractura de los valores familiares de los
pueblos autóctonos. Muchos habitantes rurales del país son criados en condiciones de hacinamiento en
grandes casas compartiendo con otras familias. De manera creciente los abuelos deben velar por sus
nietos en especial cuando los padres no pueden cuidarlos a causa de la marginalización de las
actividades agrícolas. Los padres se ven forzados a migrar a lugares lejanos para conseguir trabajo dando
como resultado una sobrecarga sobre los abuelos que enfrentan dificultades para alimentar, educar y vestir
a sus nietos. Más recientemente se espera que los abuelos cuiden a los huérfanos de padres enfermos o
fallecidos a causa del SIDA (Kilbride et al, 2000). Este es un problema importante pues es precisamente
en Africa donde se encuentra el mayor número de huérfanos a causa del SIDA. UNICEF (1999) ha
estimado que cuando una persona es afectada por el SIDA, los ingresos de su hogar disminuyen entre un
52 y 67 por ciento. En los países más afectados, las muertes por SIDA habían dejado para 1997 un
promedio de entre 7 y 11 por ciento de la población infantil en estado de abandono. Otros niños de la calle
en Africa son el producto de contiendas políticas motivadas étnicamente. Los conflictos étnicos que
acontecieron en Kenya durante las elecciones generales de 1992 y 1997 dieron como resultado el
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desplazamiento de muchas familias y en consecuencia el crecimiento del número de los niños de la calle
(Shorter y Onyancha, 1999). También en Ruanda los conflictos étnicos y genocidas han producido una gran
cantidad de niños de la calle. Se estima que entre 1994 y 1997 un millón de personas falleció en Ruanda
por motivo de dichos conflictos. La mayor parte de las victimas fatales fueron hombres adultos que dejaron
muchas viudas y niños en situación de desamparo. Eso, unido a los desplazamientos y repatriaciones
forzadas y las detenciones determinó un aumento considerable del número de los niños de la calle en ese
país (Veale y Doná, 2003).
Las condiciones de vida de los niños de la calle en los países en desarrollo son muy duras: asegurar un
lugar para dormir -usualmente en edificios, casas o carros abandonados, debajo de puentes, estaciones de
tren o autobús, aceras o en los umbrales de las casas – ya es bastante difícil. En Brasil se ha observado
que muchos de estos niños prefieren dormir en sitios iluminados y concurridos para evitar ser atacados. Por
lo general buscan un sitio cercano a los comercios que cuentan con vigilancia privada. Los niños suelen
entablar relaciones de amistad con los vigilantes y esperan recibir de ellos alguna protección. En Caracas
muchos niños buscan sitios para dormir (las denominadas cuevas o caletas) donde la policía no habrá de
molestarlos. Así mismo, los niños están expuestos a contraer enfermedades como afecciones respiratorias,
de transmisión sexual y crecientemente SIDA. También sufren de desnutrición aunque no tan aguda como
aquella que sufren los niños que viven en hogares pobres. A diferencia de éstos, los niños de la calle se
benefician de su detallado conocimiento de la ciudad y de sus contactos y relaciones para conseguir
alimento (Hecht, 1998). En el caso de la prostitución, siempre está presente la posibilidad de embarazos no
deseados y las complicaciones subsiguientes. Un problema adicional de salud que deben enfrentar los
niños de la calle deriva de su adicción a las sustancias como la goma de zapatero, que les ofrece un
escape de la realidad a la vez que les reduce el hambre. Las consecuencias de inhalar pega son edema
pulmonar, daño renal y cerebral. También el consumo de marihuana y de crack es común entre estos
niños. En la ciudad de Caracas, por ejemplo, los niños tienden a consumir crack por ser la droga más
barata y fácil de conseguir. La adquieren en las avenidas centrales como Sabana Grande y muchas veces
roban para tener acceso a ella (Ambar, 2002). En Indonesia el número de niños de la calle ha ido en
aumento a raíz de la crisis financiera de 1997 que sacudió todo el sudeste asiático. En este país, los
problemas de salud que afectan a los chicos se ven agravados por el frecuente uso de drogas fuertes
como la morfina y la heroína, especialmente entre las niñas (Beazley, 2002).
Las causas que llevan a los niños a la calle en los países ricos son similares a las que prevalecen en la
periferia: los desacuerdos familiares, la violencia doméstica y la pobreza son las causes más comunes de
escape en el caso de los niños. En el caso de las niñas la causa más común para escapar es el abuso físico
y sexual que sufren a manos de sus padres o padrastros. Algunos niños y niñas también huyen del hogar
motivados por los severos conflictos que mantienen con sus padres concernientes a la reglamentación de
la vida familiar. Un grupo más pequeño (un 35 por ciento) es obligado por sus padres a dejar el hogar por
motivos de escasez económica (Schaffner, 1999). Al principio, los niños fugitivos tienden a quedarse en
casa de sus amigos pero cuando este arreglo se torna insostenible se ven forzados a dormir en refugios.
Otros pasan algunos días o semanas en las vías de la ciudad y a medida que adquieren mayor
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experiencia para sobrevivir por si mismos, alargan su ausencia fuera del hogar (Boyden y Holden, 1991).
Un factor que explica la pobreza infantil en los EE.UU., es el aumento de familias de padres o madres solos
o solteros, especialmente entre familias Afro-Americanas.(Baum y Burnes, 1993). Se estima que para 1998
el 18,9 por ciento de todos los niños de ese país vivía en pobreza; también que durante el mismo año unos
3.000.000 de niños fueron objeto de abuso por parte de un familiar (Children Defense Fund, 2000). Pero hay
que advertir que solo un 39 por ciento de los niños de la calle en los EE.UU. provienen de familias pobres
que reciben asistencia pública. Un 34 por ciento proviene de la clase trabajadora, 21 por ciento de la clase
media y 6 por ciento de la nueva clase media (Schaffer, 1999). Otra categoría de niños de la calle son
aquellos que viven en refugios con sus padres. Estos menores mejor definidos como niños sin hogar no se
encuentran excluidos de la educación escolar pero presentan problemas de aprendizaje y dificultades para
desarrollar destrezas sociales (Glasser y Bridgman, 1999).[7]
3. Los niños de la calle en la División del Trabajo.
Los niños de la calle forman parte del paisaje urbano de todas las ciudades del mundo. Alrededor del 90 por
ciento de estos niños se ven obligados a trabajar para asegurar su propia subsistencia y eso entraña en
ocasiones una jornada laboral de unas 10 horas al día. Esta necesidad determina que los veamos en todas
partes realizando actividades como el lavado de carros, lustrando el calzado, recolectando latas, papel,
vidrio y plástico para el reciclaje, comerciando en la calle, pidiendo limosna, cometiendo pequeños robos,
vendiendo flores así como empleándose en la prostitución. También los vemos estacionando y cuidando
vehículos, vigilando quioscos, asistiendo en pequeños talleres mecánicos informales y transportando las
compras de los clientes de los súper mercados.
La actividad delictiva de los niños de la calle se despliega en dos direcciones. Una, se refiere a la comisión
de actos delictivos por cuenta propia; se trata de robos menores a transeúntes y
turistas (a quienes
despojan de lentes de sol, relojes y carteras), robos a tiendas y mercados de donde sustraen alimento,
dulces y prendas de vestir y robos a casas de donde sustraen algunos artículos para vender. En Brasil, por
ejemplo, los niños han reportado que a lo largo de un día completo en la calle pueden robar hasta veinte
relojes y que el dinero proveniente de su venta lo gastan en goma para inhalar, marihuana y algo de
alimento. Algunos comprarán armas cortas para realizar sus asaltos (Hecht, 1998). La segunda dimensión
es su participación en redes criminales manejadas por adultos o adultos jóvenes. En este caso, los niños
son presionados a cometer delitos aunque en algunos casos buscan participar en la red criminal de manera
voluntaria. Este es el caso de muchos niños de la calle en Moscú donde el ingreso al crimen organizado es
visto como una forma rápida y garantizada de movilidad social y de participación en una comunidad bien
estructurada y que ofrece protección personal. Para ingresar a la banda los niños deben participar en
rituales de iniciación que demuestren su astucia y su valentía para enfrentar riesgos. Los niños que entran
a las bandas criminales reciben un amplio apoyo de los líderes del grupo. A su vez los niños desarrollan
capital social mediante variadas estrategias como llevar alimentos, cigarrillos y otros bienes a los miembros
del grupo que cumplen sentencias. Ello les asegura una buena imagen a los ojos del grupo y un paso
menos áspero por la prisión cuando los niños mismos sean capturados y procesados (Stephenson, 2001).
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Con respecto a las niñas de la calle, podemos decir que algunas de ellas practican la prostitución por
cuenta propia, mientras que otras ingresan en redes comerciales que las explotan sexualmente. Las
primeras poseen clientes regulares y disponen del dinero obtenido. La experiencia de Brasil y de los
EE.UU. señala que estos casos son la minoría. La mayoría de las niñas son forzadas a entrar en la industria
organizada del sexo, especialmente en áreas turísticas y las grandes ciudades. Es conocido el caso de
niñas hondureñas y de otros países de Centro América tomadas por la fuerza que son vendidas en México a
operadores sexuales. En el área de la Ciudad de México existen alrededor de 12.000 niñas y niños
explotados sexualmente (Casa Alianza, 2000). La red sexual también adquiere niñas en América Latina
para trasladarlas a Europa y el Medio Oriente. La ONG venezolana Ambar (2002) realizó una investigación
que permitió recabar datos de 104 adolescentes caraqueñas que son explotadas sexualmente. Las cifras
dicen que la edad promedio fue de 14 a 16 años, que el 98 por ciento pertenecía al género femenino, el 25
por ciento no tenía documentos de identidad, el 90.4 por ciento no estudiaba, el 56.7 por ciento nunca usó
anticonceptivos, el 25 por ciento tiene hijos, el 28 por ciento ha tenido abortos, el 67.3 por ciento consumía
alcohol y el 49 por ciento consumía drogas. En los EE.UU. se ha observado que la prostitución infantil
resulta en buena parte (la mitad de los casos) de los abusos físicos y sexuales perpetrados sobre las niñas
en sus hogares. Por otro lado tenemos que el 60 por ciento de los padres de niñas que huyen consumen
drogas y alcohol, el 23 por ciento de las niñas no usa métodos anticonceptivos, el 25 por ciento esta
infectado con HIV, la mitad de las niñas usan drogas como la marihuana, la cocaína y el heroína y el 41 por
ciento de ellas presenta problemas mentales como inestabilidad emocional y depresión. Se estima que para
1998 había unas 300.000 prostitutas adolescentes en los EE.UU. De estas 70 por ciento
huyó de su
hogar. La mayor parte de las niñas entra en la prostitución organizada mediante el engaño y la
manipulación de operadores sexuales que las explotan. Es común que las niñas prostitutas también sean
explotadas en la industria de la pornografía infantil (Flowers, 2001).
El hecho es que la prostitución infantil se ha vuelto un negocio multimillonario con un estimado de 1.2
millones de niñas que ingresan a esa actividad cada año. El tráfico de niñas prostitutas también se viene
registrando en algunos países del Este de Europa. El tráfico se dirige desde países como Rusia, Rumania y
Ucrania hacia Europa Occidental a través de una compleja red de cómplices que opera en Albania, Bosnia,
Kosovo y Yugoslavia (UNICEF, 2003). Pero es en es Asia donde esta ilícita y despreciable forma de
comercio ha adquirido dimensiones colosales. Ahí existen enormes redes integradas por miembros de
bandas delictivas que se lucran de este negocio. Según un reporte, en Tailandia existen más de un millón
de niñas prostitutas (Flowers, 2001). En algunos casos este comercio representa un significativo aporte al
PIB de los países donde la prostitución infantil forma parte de su -ilegal y subterránea- oferta turística. Se
calcula que en 1995, entre el 10 y 15 por ciento del PIB de Tailandia se obtuvo como resultado del negocio
de la prostitución (UNICEF, 2001). Debemos señalar, sin embargo, que en algunos países como
Indonesia son pocas las niñas de la calle que practican la prostitución. Prefieren conseguir una pareja de
entre los niños de la calle que las proteja y proporcione alimento. Estas niñas quisieran realizar trabajos
como la venta de souvenir, lustrado de zapatos y otros, mas los niños de la calle no lo permitirán. Solo en
condiciones muy adversas las niñas ejercerán la prostitución (Beazley, 2002).
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4. La estructura social de los niños de la calle. El Capital Social como medio de subsistencia
En relación con la estructura social de los niños de la calle, hay que hacer referencia al hecho de que estos
trabajan y viven en grupos caracterizados por un alto grado de división interna de las labores. Esta
estrategia les permite maximizar el desempeño económico, ganar amigos y soporte mutuo. Los principios
de esta división interna del trabajo son la edad y el género. Los más jóvenes tienden a mendigar (de
acuerdo a rutinas bien aprendidas) mientras que los mayores deben realizar el trabajo más pesado. Las
niñas usualmente se inclinan hacia la mendicidad y la prostitución. Los niños forman grupos en los cuales el
mayor y con más experiencia actúa como líder y protector. Dentro del grupo los niños comparten sus
temores por que sienten que solo pueden contar unos con otros. La supervivencia del grupo requiere de un
gran acuerdo social interno no solo para defender su territorio sino también para proteger las pocas
posesiones materiales que poseen. No obstante, no existen ritos de iniciación y los niños pueden dejar un
grupo e ingresar a otro sin sufrir penalidades ni venganzas (Rohde et al, 1998).
En Rusia el destino y la organización social de los niños de la calle son diversos. Se han reconocido tres
destinos fundamentales. El primero es similar a la experiencia de los niños en América Latina: permanecen
en la calle, no asisten a la escuela, realizan pequeños trabajos y roban. Suelen trabajar en los mercados
urbanos donde establecen relaciones de amistad con los vendedores y obtienen alguna ayuda de ellos.
Duermen juntos en almacenes y depósitos o en instalaciones del tren. Los niños muestran un alto grado de
solidaridad social y ocasionalmente atacan a los vagabundos para ganar espacio en la ciudad. La
mortalidad entre estos niños es muy baja si se le compara con aquella que ocurre en América Latina. El
segundo destino de estos niños es ingresar a denominado Arbatskaia Sistema. Estas son redes de chicos
que se organizan en grupos identificados por sub-culturas específicas: punks, hippies, ravers, cabeza
rapadas y otras. Estos grupos ofrecen protección a sus miembros. Consiguen sitios donde dormir y comer
y establecen códigos normativos severos. Los miembros no pueden traicionarse, no deben robar ni practicar
la prostitución, ni mendigar. Tampoco deben asociarse con la gente que duerme en las calles. En realidad
estos niños que logran salir de la vida en la calle practican políticas de clausura muy en línea con las
estrategias de discriminación social examinadas por Parkin (1979) entre las nuevas clases medias. Los
niños que ingresas a estas redes son aquellos que poseen mayor capital cultural. En efecto, ello les permite
reconocer e identificarse con los símbolos, la música y los emblemas de las distintas sub-culturas. La
tercera ruta de integración para los niños de la calle es el ya descrito ingreso a las bandas delictivas.
El desarrollo y la explotación de capital social resultan de importancia capital para la subsistencia de los
niños de la calle. El estudio de Hecht (1998) sobre los niños brasileros muestra ejemplos concretos de
desarrollo de capital social. Se refiere a las estrategias cotidianas que usan los niños de Recife para
asegurar sus necesidades básicas. Luego de controlar un espacio de la ciudad proceden a identificar los
recursos potenciales que posee. El grupo estudiando por el autor, desplegaba una rutina más o menos fija
que comenzaba con una visita a un edificio de apartamentos donde familias de la clase media les ofrecía
desayuno. Luego visitaban la tienda de lotería donde obtenían algo dinero limpiando las ventanas. Más
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tarde almorzaban pidiendo sobras en los restaurantes de la zona y cuando eso no resultaba acudían a
alguna organización social, pública o privada, para obtener alimento. Escarbar en botes de basura era
ridiculizado por los miembros del grupo. Los niños usaban el baño de una estación de servicio. En horas de
la noche saltaban la cerca de un hotel para bañarse en la piscina. Para dormir buscaban una acera, un
carro o casa abandonado. Los robos perpetrados por los niños ocurrían a cualquier hora del día
preferiblemente en otras zonas de la ciudad para no predisponer a quienes les ayudan. Un estudio
realizado en Caracas también confirma como la vida de los niños de la calle transcurre de una manera
relativamente organizada: al despertar, los niños de ese grupo comen de las sobras que le proporcionan los
buhoneros, luego juegan maquinita (pin ball) por varias horas, más tarde se bañan en la fuente de Plaza
Venezuela. En distintos momentos del día piden dinero a los transeúntes.[8]
Por lo general los niños de la calle se organizan sobre bases de género. Es común que los varones se
reúnan entre si y formen grupos que dominan ciertos espacios de la ciudad. Las niñas poseen sus propios
grupos. Se ha observado que los niños homosexuales y los travestidos se reúnen con las niñas. Niños y
niñas se conocen y a veces entablan relaciones afectivas entre ellos. En Brasil los niños son hostiles a
admitir a las niñas en sus grupos. Consideran que ello representa un obstáculo para el desarrollo de sus
actividades diarias pero no tienen problemas en relacionarse con ellas socialmente. Las relaciones
afectivas entre estos niños se desarrollan en medio de mucha violencia. Es común que los varones abusen
físicamente a sus parejas a causa de los celos y en especial por desacuerdos sobre la participación de las
niñas en la prostitución. Para evitar las agresiones algunas niñas comparten sus ingresos con su pareja
(Hecht, 1998).
En Indonesia la dinámica de género que priva en las calles nace a partir del lugar tradicionalmente
segregado y discriminado que la mujer ocupa en esa sociedad. Esta discriminación se ve reforzada por la
vigencia de un discurso gubernamental[9] que idealiza la vida familiar tradicional reduciendo así a los niños
de la calle a graves infractores del orden público; su mera presencia representa una amenaza a los
valores centrales de la sociedad. En el caso de las niñas la condena pública es mayor aún; se considera,
incluso entre los demás sectores excluidos que vagan por la ciudad, que las calles no son un lugar
apropiado para ellas y así sufren un proceso de doble marginación. A los fines de sobrevivir en la calle, las
niñas desarrollan estrategias y papeles que desafían las imágenes de feminidad reinantes en la sociedad
oficial. La construcción de esta nueva identidad pasa por el uso de tatuajes agresivos, piercing y
el
consumo de drogas fuertes como la heroína y la morfina. Para ingerirla se cortan los brazos con hojillas,
mezclan la droga con la sangre y luego chupan la herida. Las cicatrices resultantes son parte medular de la
subcultura de las niñas de la calle en esa parte del mundo. A los fines de lucir más agresivas las niñas usan
jeans y franelas de varón y llevan el pelo corto tapado con brisera. La naturaleza del capital social que
desarrollan estas niñas es algo diferente a lo que hemos visto hasta ahora. Si bien duermen en la calle,
buscan la amistad de vendedores ambulantes para obtener algo de alimento y se ligan a niños de la calle
en busca de protección, se relacionan socialmente con personas pertenecientes a grupos no excluidos,
especialmente estudiantes universitarios. Con ellos realizan paseos y participan en bailes. También
ingresan de manera subrepticia en locales nocturnos como discotecas (Beazley, 2002).
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5. La dimensión política de la realidad de los niños de la calle.
Discutir la situación de los niños de la calle desde una perspectiva sociopolítica es una tarea compleja. Es
obvio que estos niños no están en una posición ventajosa para organizarse en grupos o movimientos
políticos o defender una bandera ideológica. Su forma de vida está marcada por el sentido de la inmediatez
y de la gratificación instantánea propia de la cultura de la calle, en la que el mañana no está asegurado
(Kariel, 1993).
En todo caso, los podemos ver participando activamente de las nuevas políticas del espacio o geografías
de resistencia es decir, aquella actividad que es practicada a los fines de apropiarse y beneficiarse de los
espacios de la ciudad. Se desprende de ahí que los niños de la calle constituyen apenas uno de numerosos
grupos que reclaman aquellas áreas urbanas que no están completamente controladas por la cultura
dominante. De hecho, los niños de la calle entran en conflictos severos con otros habitantes de las calles
principalmente con adultos que también la usan como lugar y modo de vida: los impedidos, los enfermos
mentales, los vagabundos y los vendedores informales (Sassen, 1998; Marcuse y Van Kemplen, 2000).
Los niños también enfrentan la violencia física y el abuso proveniente del público y la policía, así como en
algunos casos la acción de los escuadrones de la muerte. En Honduras, por ejemplo, 340 niños murieron
violentamente entre 1998 y 2000 y muchas de estas muertes no fueron investigadas. Lo mismo puede
decirse de Brasil donde un promedio de cuatro niños son asesinados cada día bajo la mirada ciega de las
autoridades. En 1995 la policía militar brasileña abrió fuego sobre 50 chicos que dormían en las puertas de
la Iglesia de la Candelaria, matando a siete de ellos. También es común la violencia entre diferentes
bandas de niños que se disputan los territorios urbanos. En un estudio sobre los niños de la calle en Brasil
se encontró que el 66,7por ciento de la muestra reportó tener enemigos en tanto el 96,7 por ciento
reconoció haber participado en peleas callejeras (Scheper, 1992). Así pues, en su esfuerzo por sobrevivir,
los niños se enfrentan en batallas con la policía o pelean entre si por el control del espacio. Sin embargo,
en su mayoría se pueden considerar como rebeldes tranquilos; esto es, constituyen un subgrupo de los
habitantes de la calle que se organiza para apropiarse y defender el espacio que necesitan para sobrevivir.
Para lograr esto, necesitan formar redes sociales de diversa magnitud y tipo ocupadas en proteger su forma
de vida en contra de las agencias burocráticas del Estado. Los rebeldes tranquilos han aprendido a valerse
de los espacios de la calle de manera estratégica, haciéndose visibles e invisibles según lo requieran las
circunstancias (Bayat, 2000).
Gran parte de la vida de los niños de la calle transcurre en los laberintos del sistema de la justicia juvenil.
Esto es particularmente cierto en aquellos países donde estos niños son percibidos, esencialmente, como
una amenaza al orden público. En países como Kenya, Filipinas, Pakistán y Costa de Marfil, por ejemplo, la
prioridad es mantener a los niños fuera de la vista del público, y ello lo logran a través de la imposición de
sentencias y castigos que los mantiene privados de su libertad en instalaciones de custodia generalmente
ubicadas en la periferia de las ciudades (De Benítez, 2003). Por otro lado, en países como la India y
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Guatemala existe una cultura represiva que implica y de hecho justifica ante un público atemorizado por la
inseguridad personal, los castigos severos, la tortura e incluso la muerte de muchos de estos niños. En la
India las ONG’s ocupadas en proteger a los niños han documentado numerosos casos de abuso físico.
Estos abusos incluyen detenciones ilegales, procedimientos policiales viciados, tortura física y muerte en
custodia (Human Rights Watch, 1996). También en Guatemala se ha reportado atropellos y atrocidades
contra los niños de la calle, especialmente durante la dictadura del General Ríos Montt, aunque es
menester señalar que la situación mejoró bajo el mandato del General Oscar Mejía Víctores y con la
posterior transición hacia la democracia (Tierney, 1997).
La enorme atención que ha recibido el problema de los escuadrones de la muerte, ha opacado una realidad
más cotidiana, frecuente y palpable que concierne la violencia física que se ejerce sobre los niños de la calle
por parte de las autoridades y las muertes que ocurren como resultado de las peleas entre los niños
mismos. Hecht (1998) sostiene no debe perderse de vista la enorme violencia institucional que sufren estos
niños, tanto en la calle como en detención, y así mismo que la mayor parte de las muertes son el resultado
de riñas y ajustes de cuentas entre los menores. Este punto también ha sido recalcado por la organización
Human Rights Watch (1996, 2000) que también ha dedicado grandes esfuerzos a señalar casos de abusos
perpetrados por las autoridades contra los niños de la calle.
Un tema de creciente interés entre los investigadores sociales es la percepción que los niños de la calle
tienen sobre si mismos. Estudios Latinoamericanos señalan que su auto-imagen es muy negativa: saben
que son excluidos de la sociedad y que su vida transcurrirá entre la violencia, la calle y las detenciones.
Entienden los procesos de estigmatización a que están sometidos y ello redunda en su escasa inclinación
a exigir derechos y protección social. Los niños exhiben un alto grado de pesimismo sobre sus
posibilidades de sobrevivir en la calle. Se muestran desafiantes y rebeldes, pero a su vez culpables.
Adicionalmente, muestran poca confianza en su capacidad para alcanzar ciertos logros y perciben al
sistema escolar como uno incapaz de transmitirles valores y conocimientos de utilidad para enfrentar la
vida cotidiana (Tierney, 1997). La mayoría de los niños se culpa a si mismo por su adversa situación social,
y toman como grupo de referencia a los niños pobres que viven en el hogar. Hetch (1998) reporta que
muchos niños de la calle intervienen en discusiones y riñas con niños en la calle sobre la situación de
cada cual. Cada grupo trata de persuadir al otro sobre la superioridad y las ventajas de su modo de vida.
Los niños de la calle sienten temor de ingresar a los barrios pobres para visitar a sus familiares. Cuando
lo hacen van en pequeños grupos y una vez allí son objeto de burlas y amenazas por parte de los vecinos
que los definen como simples huele pega. Así mismo, los vecinos opinan que estos niños son
irrecuperables.
No obstante, estudios provenientes de Africa ofrecen una visión diferente de esta problemática. Se trata de
la existencia de una auto-percepción en los menores que no solo reconoce, sino celebra, su situación como
proscritos de la sociedad. Esta visión implica el desarrollo de sub-culturas donde se imponen modos de
actuar que con frecuencia sintetizan las crudas realidades diarias de la exclusión social con la violencia
proyectada por la industria cultural estadounidense. Los portadores de estas sub-culturas son niños
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abandonados (y destribalizados) y adultos jóvenes que constituidos en bandas cometen diversos tipos de
atropellos contra la población y sus propiedades. En la ciudad de Dar Es Salaam (Tanzania), por ejemplo,
se han formado bandas violentas cuyo lenguaje recoge parte de la cultura y la música estadounidense.
Algunas bandas idolatran al fallecido cantante de rap Tupac Shakur cuyas letras están cargadas de
reclamos hacia la sociedad por su marcada insensibilidad y opresión hacia los socialmente excluidos.
También admiran al personaje de Rambo por su asombrosa y eficiente capacidad para matar. Algunos
niños de la calle en Africa se integran a las milicias armadas que defienden causas nacionalistas o étnicas y
allí sufren enormes daños físicos y morales. Algunos estudiosos de la realidad africana como Sommers
(2001) han sostenido que la estabilidad política y social de muchos países en ese Continente dependerá en
buena medida del tratamiento que los gobiernos destinen al problema de una infancia y una juventud
excluida en busca de destino. En el caso de las redes de niños de la calle en Rusia se ha observado que
representan un enorme potencial para la expresión de valores nacionalistas acompañados de prejuicios
raciales hacia las minorías y los negros (Stephenson, 2001).
No obstante las dificultades anotadas anteriormente, existen algunas experiencias de organización social
no alienativa entre los niños de la calle. En Brasil, por ejemplo, estos niños apoyados por voluntarios del
sector educativo, fundaron en 1985 un movimiento denominado Movimiento Nacional de Niños y Niñas de
la Calle que les ha permitido volverse consciente de sus derechos y reenfocar, en alguna medida, sus
perspectivas de vida. En 1986 se organizó un gran evento donde unos 600 niños de la calle se reunieron
para definir las prioridades del movimiento: (a) Oponerse a leyes que indirectamente castigan a los niños
por ser pobres; (b) Combatir la violencia; (c) Expandir el Movimiento para integrar más jóvenes y (d)
Entrenar grupos de activistas para trabajar en aras del bienestar de los chicos. El Movimiento ha tenido un
impacto positivo al lograr la incorporación de los derechos contemplados en la Convención sobre los
Derechos del Niño, en la Constitución del Brasil. Aquí tenemos un movimiento que rechaza el
asistencialismo típico de muchos programas de atención al niño y busca afirmarse alcanzando derechos
de ciudadanía. El Movimiento también se ha dedicado a combatir y denunciar la acción de los grupos de
exterminio. Mediante su participación en este Movimiento algunos niños de la calle han encontrado un
medio de participar de una vida comunitaria sana y de integrarse al sistema escolar (UNICEF, 2003).
Buena parte de la defensa de los derechos sociales y humanos de los niños de la calle esta a cargo de
instituciones nacionales e internacionales, así como una amplia red de ONG’s. No podemos presentar aquí
la amplia gama de programas públicos y privados dirigidos a aliviar los problemas asociados con estos
niños, pues ello caería fuera de los objetivos centrales de este trabajo. Mas una referencia a algunos de
ellos resulta de interés. UNICEF, por ejemplo, despliega su actividad en cinco direcciones que se refuerzan
entre si. La primera consiste en integrar a los niños a la escuela, luego se intenta garantizarles un desarrollo
psicológico adecuado. La tercera prioridad es proteger su salud, luego disminuir la violencia que se ejerce
contra ellos y por ultimo evitar su explotación económica y sexual (De Benitez, 2003). La Organización
venezolana Muchachos de la Calle tiene como prioridad “la integración del muchacho a su familia y su
comunidad a través de actividades de estudio, trabajo y recreación que mejoren sus condiciones de vida y le
permitan un comportamiento social eficaz”. Las actividades artísticas y el desarrollo de pedagogías
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novedosas juegan un papel importante dentro de este esfuerzo. La Asociación también posee una unidad
móvil que atiende los problemas de salud de los niños (Albano, 2002) También el Banco Mundial ha
volcado parte de su atención al problema de los niños de la calle y así mismo lo han hecho otras agencias
multilaterales (Volpi, 2002).
La efectividad de las agencias que apoyan a los niños de la calle se ha vista disminuida en razón de las
dificultades presentes en implantar cierto grado de disciplina entre niños que escaparon del hogar para
disfrutar de la libertad y la independencia que la calle les ofrece. Lo más frecuente es que los niños
manipulen o trabajen al sistema de protección beneficiándose de algunas de sus provisiones. La realidad es
que para la mayor parte de los niños de la calle, estas agencias son solo una pieza útil en la formación de
su capital social.
Conclusión
Ahora estamos en capacidad de ofrecer una respuesta tentativa a la crítica cuestión de si los niños de la
calle forman una clase social. Antes de entrar a considerar el punto deseamos retomar brevemente los
principales argumentos teóricos expuestos en la Introducción a este trabajo. Sostuvimos allí que las clases
sociales se identifican de acuerdo al espacio que ocupan dentro de tres sistemas que se intersectan entre
si: el primero es el sistema económico y en particular la forma como los miembros de la clase participan de
la división del trabajo; el segundo es el cultural-identitario y se refiere a cómo las percepciones de los
agentes económicos están mediadas por diversos valores culturales y procesos de construcción identitaria;
el tercero es el sistema de acción social caracterizado por la enorme variedad y originalidad de las
respuestas concretas que los agentes procuran como miembros, o sujetos excluidos, de las instituciones
sociales.
En primer lugar tenemos que considerar que por definición un niño de la calle es un niño trabajador quien
vela por si mismo y es responsable por su propia vida. Además, el tipo de trabajo realizado por estos niños
es muy similar en todo el mundo: se trata de actividades de servicio que prestan en los sectores más
subsidiarios de la economía informal. Por otro lado, se ha observado que los niños trabajadores entregan
parte de sus ganancias a sus familias. El dinero restante es gastado rápidamente por temor a ser objeto de
robos. Así pues, los niños no se benefician de los ingresos de sus padres o familias y ello implica que su
situación de clase es, en cierto sentido, independiente de la situación de clase de los padres. Es cierto que
la vida en la calle es en buena parte, resultado del bajo nivel de vida de sus familias el cual se ha visto
afectado a raíz de la introducción de políticas de ajuste macroeconómico al nivel global, pero desde que
abandonan sus hogares los niños constituyen un grupo social distinto y particular. En las calles, éstos
ocupan un lugar específico en la división del trabajo, todo ello mediante la predeterminada creación y
meticuloso desarrollo de un capital social complejo.
En la Introducción a este trabajo sostuvimos que la dimensión relacional de los grupos socialmente
excluidos, está marcado por la opresión. Ello apunta a que la cultura y la identidad de los niños de la calle
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estaría modelada en buena medida por la acción del sistema judicial sobre su vida cotidiana. Si bien la
vida de estos niños transcurre en los laberintos de las agencias represivas del Estado y sus narrativas
contienen descripciones de la violencia que se ejerce sobre ellos, la percepción que tienen de si mismos y
de su entorno parecen apuntar en otro sentido. En América Latina, por ejemplo, el grupo de referencia está
formado, esencialmente, por los niños pobres que viven en el hogar. A su vez, el sentido de culpa que
pesa sobre los niños de la calle señala hacia la vigencia el modelo del rebelde tranquilo: Pelean por los
espacios urbanos principalmente entre si y contra otros habitantes de las calles, crean capital social y
evitan con parcial éxito caer presa del sistema judicial. Por otro lado, en Africa el marco de la violencia
política, los odios étnicos y la pobreza extrema (más dramática de la existente en América Latina) crean en
los niños de la calle una percepción que apunta hacia la identificación de la sociedad como responsable de
su precaria situación. En consecuencia los niños y jóvenes están más inclinados a participar en grupos bien
estructurados que ejercen la violencia extrema no solo entre si, sino también sobre las comunidades y sus
bienes. La creación de sub-culturas densas -que van más allá del desarrollo de estrategias para sobrevivirtambién juega un papel importante en el modo de vida de los niños africanos y señalan las modalidades a
través de las cuales expresan sus reclamos hacia la sociedad. Igualmente vimos que el ingreso de los niños
de la calle rusos al Arbatskaia Sistema, que garantizan su subsistencia, depende en buena medida de su
capacidad para desarrollar capital social pero, también de la posesión de capital cultural. Ello reafirma, en
un contexto dramáticamente diferente al analizado por Bourdieu la importancia del capital cultural como
medio de lograr ventajas en la sociedad. El tema sub-cultural también emergió con fuerza en nuestra
descripción de las niñas de la calle en Indonesia. Su situación de doble marginación social las lleva a
desarrollar una sub-cultura repleta de simbolismos agresivos que garantiza su permanencia en la calle
contra los deseos del Estado y de otros grupos excluidos de la sociedad.
Culminamos sosteniendo que desde la perspectiva teórica que hemos planteado, los niños de la calle
constituyen una clase social. Sin embargo, es necesario señalar que la irregular situación de los niños en el
sistema de la división del trabajo plantea ciertos problemas en nuestro análisis. A diferencia de lo planteado
en la Introducción, algunas de las actividades realizadas por estos niños, como la prostitución, constituyen
sin lugar a dudas una forma de explotación. Así mismo, los marcos de referencia social entre los niños de
la calle parecen desafiar nuestra hipótesis inicial sobre la centralidad de la opresión como dimensión
relacional en el sistema de clases entre los excluidos. No obstante, de nuestro estudio se desprende que la
represión ejercida bajo la figura de las detenciones arbitrarias, las torturas y aun la expectativa de muerte
violenta son factores importantes en la experiencia de vida de estos niños. Futuras investigaciones sobre las
experiencias de vida de estos chicos contribuirá a arrojar nueva luz sobre estos complejos temas.
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NOTAS.
[1] El presente trabajo forma parte de una investigación más amplia titulada “Las clases sociales en la era de la globalización”. Esta
investigación, aun en curso, ha sido financiada por el Programa Fulbright de los EE.UU. y por el Consejo de Desarrollo Científico y Humanístico
de la Universidad Central de Venezuela.
[2] No podemos desarrollar aquí en extenso, todos y cada uno de los aspectos concernientes a este nuevo modelo. El modelo fue desarrollado
por Augusto De Venanzi entre enero de 2002 y marzo de 2003 y fue empleado inicialmente para el estudio de las “Nuevas clases medias”.
Ese esfuerzo será publicado posteriormente. Para este trabajo escogimos como objeto de estudio a los niños de la calle a los fines de probar
la operatividad del modelo con un caso crítico de participación en la división del trabajo.
[3] A diferencia de Bourdieu sostenemos que las clases sociales tienen su génesis en la división del trabajo. Es decir, las clases sociales, en
oposición a sus variadas formas de expresión política, no pueden formarse de múltiples y solapadas maneras.
[4] Se podrá argumentar con razón que otras clases sociales disponen de capital social. Nuestro argumento es que si bien algunas clases
disponen de diversos tipos de capital, es solo uno el que juega a favor de su posición ventajosa o desventajosa dentro de la división del
trabajo. Bourdieu empleó el concepto de capital social para explicar la transmisión de privilegios. No obstante, en años recientes el concepto
ha servido para explicar estrategias de subsistencia en grupos excluidos. Ver por ejemplo Domínguez y Watkins (2003) y Yandong (2002).
[5] La escuela Británica de los Cultural Studies muestra claramente la variación y originalidad existente en la manera como se forman y
expresan los valores de clase. Ver por ejemplo Thompson (1996); Hall y Jefferson (1976) y Harris (1992). La investigación de Schwartz
(1996) sobre los hooligans en los barrios pobres de Londres a finales del siglo XIX representa un excelente ejemplo de cómo la cultura y el
contexto moldean las expresiones de clase.
[6] Diversas organizaciones ofrecen cifras contrastantes sobre el número de niños de la calle en Venezuela. La cifra de 14.000 proviene de
Albano (2002). Empero las Organizaciones Pangaea y UNICEF los ubica en 8.000. En todos los casos se reconoce un fuerte crecimiento del
número de niños de calle a partir de 1992. Según UNICEF para 1992 había en Venezuela 2.500 niños y para el 2003 habían aumentado a
8.000 (ver Globovisión, Mayo 23, 2003).
[7] En un país en vías de desarrollo como Venezuela se ha observado que las destrezas cognitivas de los niños de la calle contrastan con
aquellas exigidas por el medio escolar. La escuela coloca el énfasis en lo abstracto, lo verbal y lo deductivo en tanto los niños de la calle
aprenden de lo concreto, lo visual y lo inductivo (Albano, 2002).
[8] El Nacional. 6 de mayo de 2003
[9] Nos referimos al discurso gubernamental del Nuevo Orden denominado Ibuism. Se refiere a la importancia de mantener a la mujer en el
hogar y en actividades productivas donde se mantenga el control del padre o el esposo sobre la hija o cónyuge respectivamente. Las mujeres
que desafían estos roles son tachadas de malas mujeres y fuertemente discriminadas (Beazley, 2002).
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