Artículos - Facultad de Letras - Pontificia Universidad Católica de

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7
Introducción
Introduction
Clemens Franken Kurzen
Artículos
La creación como proceso
Creation Like a Process
Marie France Begué
39
L’imagination chez Paul Ricœur
Ricœur on Imagination
Daniel Frey
55
Poética y atestación en Ricœur: clave de las relaciones entre el texto y el lector, la
alteridad y la ipseidad, el llamado y la respuesta
Poetics and Attestation in Ricœur as a Key to Understand the Relationship between the Text
and the Reader, Alterity and Ipseity and the Call and its Answer
Eduardo Silva S.J.
73
Vocación y conflicto: perspectivas a partir de la hermenéutica bíblica de Paul Ricœur
Vocation and Conflict: Some Perspectives from the Biblical Hermeneutics of Paul Ricœur
Patricio Mena Malet
83
Análisis de un posible de-constructivismo Ricœuriano a partir de su teoría del
símbolo y del texto
Analysis of a Possible De-constructivism in Ricœur’s Work, Starting from his Theory of Symbol
and Text
Ana Escríbar Wicks
91
La simbólica de la acción y la metáfora del teatro. Correspondencias entre las
mediaciones de la hermenéutica de Paul Ricœur y la teodramática de Hans Urs von
Balthasar en el diálogo literatura y teología
The Symbolic of the Action and the Methaphor of the Theatre. Correspondences between the
Mediations of the Hermeneutics of Paul Ricœur and Hans Urs von Balthasar’s Theodramatic
in the Dialog Literature and Thelogy
Cecilia Avenatti Palumbo
99
Tiempo y Relato de Paul Ricœur en Dios para pensar de Adolphe Gesché
Tiempo y Relato by Paul Ricœur in Dios para pensar by Adolphe Gesché
Hernán Pablo Fanuele
109
El mito de la caída: aportes desde la hermenéutica simbólica de Paul Ricœur y el
rabino Nilton Bonder
The Myth of the Fall: Contributions from the Symbolic Hermeneutics of Paul Ricœur and Rabi
Nilton Bonder
Eva Reyes Gacitúa
119
El acontecer poético como develamiento de la verdad: Hugo Mujica, Heidegger y Ricœur
The Poetic Event as a Place Where the Truth is Revealed: Hugo Mujica, Heidegger and Ricœur
Silvia Julia Campana
129
Gabriel Romero, heraldo de sí mismo. La novela Gracia y el forastero, de Guillermo
Blanco, según la hermenéutica de Paul Ricœur
Gabriel Romero, Herald of Himself: The Novel Gracia y el forastero (Gracia and the Foreigner)
by Guillermo Blanco, According to Paul Ricœur’s Hermeneutics
Roberto Onell
139
El tiempo según Ricœur en Misa de Réquiem de Guillermo Blanco
Time According to Ricœur in Misa de Réquiem, by Guillermo Blanco
Saide Cortés J. y Agustina Serrano P.
147
“Yo meto la música en el tiempo cuando estoy tocando, a veces”. La música del otro
lado del tiempo
“I Put the Music Inside of Time Sometimes When I’m Playing”: The Music of the Other Side
of Time
Alberto Toutin
155
El mal para Flannery O’Connor
The Evil According to Flannery O’Connor
Jorge Peña Vial
169
Manuel Silva Acevedo a la luz de la hermenéutica de Paul Ricœur: parábola y poesía
Manuel Silva Acevedo: Wolfs, Sheeps and Sheeperds
Jaime Blume S.
taller de letras
taller de letras
21
PONTIFICIA UNIVERSIDAD
CATólica de chile
facultad de Letras
NE 2
2012
issn 0716-0798
NE 2
año 2012
TALLER DE LETRAS
Número Especial 2
Año 2012
El enfoque
hermenéutico
de Paul Ricœur
en el análisis
interdisciplinar
del texto literario
Editor y Coordinador
Clemens Franken Kurzen
PONTIFICIA UNIVERSIDAD
CATólica de chile
facultad de Letras
Taller de letras ∙∙ C u e r p o
Editorial
Decano
José Luis Samaniego
Directora
Rubí Carreño Bolívar
Asistente editorial
Ainhoa Vásquez Mejías
Comité editorial
María Nieves Alonso ∙∙ Universidad de Concepción
Lorena Amaro ∙∙ Instituto de Estética, Pontificia Universidad Católica de Chile
Daniel Balderston ∙∙ University of Pittsburgh
Rodrigo Cánovas ∙∙ Facultad de Letras, Pontificia Universidad Católica de Chile
Luis Cárcamo-Huechante ∙∙ The University of Texas at Austin
Luis Correa Díaz ∙∙ University of Georgia
Valeria de los Ríos ∙∙ Universidad de Santiago de Chile
Diamela Eltit ∙∙ Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación - New York University
Carmen Luz Fuentes-Vásquez ∙∙ Facultad de Letras, Pontificia Universidad Católica de Chile
Gwen Kirkpatrick ∙∙ Georgetown University
Francisca Noguerol ∙∙ Universidad de Salamanca
Cristián Opazo ∙∙ Facultad de Letras, Pontificia Universidad Católica de Chile
Julio Ortega ∙∙ Brown University
Javier Pinedo ∙∙ Universidad de Talca
Grínor Rojo ∙∙ Universidad de Chile
Danilo Santos ∙∙ Facultad de Letras, Pontificia Universidad Católica de Chile
Comité honorario: ex directores
Jorge Román-Lagunas
Carmen Foxley
Cedomil Goic
Jaime Hagel
Ernesto Livacic (Q.E.P.D.)
Patricio Lizama
María Ester Martínez (Q.E.P.D.)
Adriana Valdés
María Inés Zaldívar
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Taller de Letras
Departamento de Literatura
Facultad de Letras
Pontificia Universidad Católica de Chile
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Valor suscripciones
Chile: $ 10,000
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Taller de Letras recibe el apoyo del Fondo de Publicaciones Periódicas de la Vicerrectoría de
Comunicaciones y Asuntos Públicos de la Pontificia Universidad Católica de Chile.
Taller de letras NE2 ∙∙ S u m a r i o
7
Introducción
Introduction
Clemens Franken Kurzen
A r t í c u l o s
21
La creación como proceso
Creation Like a Process
Marie France Begué
39
L’imagination chez Paul Ricœur
Ricœur on Imagination
Daniel Frey
55
Poética y atestación en Ricœur: clave de las relaciones entre
el texto y el lector, la alteridad y la ipseidad, el llamado y la
respuesta
Poetics and Attestation in Ricœur as a Key to Understand the
Relationship between the Text and the Reader, Alterity and Ipseity
and the Call and its Answer
Eduardo Silva S.J.
73
Vocación y conflicto: perspectivas a partir de la
hermenéutica bíblica de Paul Ricœur
Vocation and Conflict: Some Perspectives from the Biblical
Hermeneutics of Paul Ricœur
Patricio Mena Malet
83
Análisis de un posible de-constructivismo ricœuriano a
partir de su teoría del símbolo y del texto
Analysis of a Possible De-constructivism in Ricœur’s Work, Starting
from his Theory of Symbol and Text
Ana Escríbar Wicks
91
La simbólica de la acción y la metáfora del teatro.
Correspondencias entre las mediaciones de la hermenéutica
de Paul Ricœur y la teodramática de Hans Urs von Balthasar
en el diálogo literatura y teología
The Symbolic of the Action and the Methaphor of the Theatre.
Correspondences between the Mediations of the Hermeneutics of
Paul Ricœur and Hans Urs von Balthasar’s Theodramatic in the
Dialog Literature and Thelogy
Cecilia Avenatti Palumbo
99
Tiempo y Relato de Paul Ricœur en Dios para pensar de
Adolphe Gesché
Tiempo y Relato by Paul Ricœur in Dios para pensar by Adolphe Gesché
Hernán Pablo Fanuele
109
El mito de la caída: aportes desde la hermenéutica simbólica
de Paul Ricœur y el rabino Nilton Bonder
The Myth of the Fall: Contributions from the Symbolic
Hermeneutics of Paul Ricœur and Rabi Nilton Bonder
Eva Reyes Gacitúa
119
El acontecer poético como develamiento de la verdad: Hugo
Mujica, Heidegger y Ricœur
The Poetic Event as a Place Where the Truth is Revealed: Hugo Mujica,
Heidegger and Ricœur
Silvia Julia Campana
129
Gabriel Romero, heraldo de sí mismo. La novela Gracia y el
forastero, de Guillermo Blanco, según la hermenéutica de
Paul Ricœur
Gabriel Romero, Herald of Himself: The Novel Gracia y el forastero
(Gracia and the Foreigner) by Guillermo Blanco, According to Paul
Ricœur’s Hermeneutics
Roberto Onell
139
El tiempo según Ricœur en Misa de Réquiem de Guillermo
Blanco
Time According to Ricœur in Misa de Réquiem, by Guillermo Blanco
Saide Cortés J. y Agustina Serrano P.
147
“Yo meto la música en el tiempo cuando estoy tocando, a
veces”. La música del otro lado del tiempo
“I Put the Music Inside of Time Sometimes When I’m Playing”: The
Music of the Other Side of Time
Alberto Toutin
155
El mal para Flannery O’Connor
The Evil According to Flannery O’Connor
Jorge Peña Vial
169
Manuel Silva Acevedo a la luz de la hermenéutica de Paul
Ricœur: parábola y poesía
Manuel Silva Acevedo: Wolfs, Sheeps and Sheeperds
Jaime Blume S.
Taller de Letras NE2: 7-18, 2012
Introducción
issn
0716-0798
Introducción
Introduction
Clemens Franken Kurzen
Pontificia Universidad Católica de Chile
[email protected]
El lector tiene entre sus manos un volumen íntegramente dedicado al
importante filósofo francés Paul Ricœur, de quien se celebra su centenario
el próximo año y cuyo aporte teórico y práctico a la discusión metodológica
en las humanidades es apreciado hasta hoy en día. Por esta razón, en su
duodécima versión del Seminario de Literatura y Fe, en que participaron
colegas que comparten ya hace muchos años con nosotros el interés por
el diálogo interdisciplinario entre Literatura, Teología y Filosofía, y que tuvo
lugar en el mes de septiembre del año pasado en la Facultad de Letras de la
Pontificia Universidad Católica de Chile, la pregunta fue por la vigencia de la
hermenéutica en el análisis interdisciplinar del texto literario.
El ensayo heideggeriano sobre “El origen de la obra de arte”, por ejemplo,
nos planteó, en la tradición fenomenológica fundada por Edmund Husserl, su
concepto de la verdad como ‘aleitheia’, es decir, como un des-ocultamiento
o des-cubrimiento de la cosa misma que sale a nuestro encuentro y se autorrevela en su ser. Hermenéutica, significa, por tanto, para Heidegger, la
comprensión del sentido del ser de las cosas existentes y el análisis de la
existencia y del ‘ser-en-el-mundo’. La tarea hermenéutica consiste, según
él, “en sacar a luz el significado oculto, lo todavía no iluminado” (Maceiras/
Trebolle 51).
Para Gadamer, que sigue profundizando en torno al ‘círculo hermenéutico’
identificada por su maestro Heidegger, la comprensión humana es, ante todo,
histórica y la tarea de la comprensión es “desvelar la ‘otra cosa’ más allá de
lo dicho”, discerniendo “los prejuicios verdaderos de los falsos” (Maceiras/
Trebolle 63). Toda obra y todo intérprete están situados en un contexto
cultural y en una tradición. Por eso Gadamer intenta rehabilitar tanto el concepto del prejuicio como los de la tradición y la autoridad, dándole especial
importancia a la categoría de lo clásico como “‘conservación’ (‘Bewahrung’)”
y “’medium’ histórico entre el pasado y el presente” (Maceiras/Trebolle 61).
Una comprensión “realmente histórica”, es, según Gadamer,
solo posible cuando el problema se ha convertido en
suceso histórico, que ha pasado a formar parte de la
tradición; en este momento se ha ganado la ‘perspectiva’ histórica necesaria para una correcta comprensión.
Con esta perspectiva es posible conocer el origen de una
situación dada, relativizarla, tomar distancias ante ella
y poder así utilizar con provecho la experiencia de la
tradición para una mejor programación de la existencia.
(Maceiras/Trebolle 65)
7 ■
Taller de Letras NE2: 7-18, 2012
La distancia temporal tiene ahora para Gadamer “una función productora
de sentido”, es decir, permite que aparezca “el sentido verdadero encerrado
en la realidad del objeto” (Maceiras/Trebolle 66). Para que se revele el sentido verdadero de un objeto, Gadamer exige una fusión de horizontes del
autor y lector, una relación hermenéutica comparable a un diálogo entre un
Yo y un Tú, “una auténtica y recíproca apertura del uno al otro. [...] Desde y
en el propio horizonte se ha de percibir no sólo lo extraño del horizonte del
texto, sino y sobre todo lo extraño y ‘otro’ manifestado en el texto mismo”
(Maceiras/Trebolle 68). Esta idea gadameriana de la fusión de horizontes fue
especialmente fructífera dado que inspiró, por ejemplo, el surgimiento de la
Estética de la recepción de la Escuela de Constanza en el sur de Alemania
con Hans Robert Jauss y Wolfgang Iser como sus máximos representantes.
En Chile nos llegó el enfoque recepcionista, también, a través del libro La
obra abierta de Umberto Eco.
Mientras que se desarrollaba el enfoque hermenéutico en los años sesenta a ochenta, en forma paralela surgió con mucha fuerza otro método
intrínseco, es decir, el estructuralismo literario que se peleaba el predominio
con la hermenéutica.
En los ochenta y noventa comienza a producirse un importante cambio
del paradigma intrínseco e imponerse en los estudios literarios métodos
claramente extrínsecos como la ya mencionada Estética de la recepción,
el enfoque neomarxista de la Escuela de Frankfurt, el posestructuralismo,
el deconstructivismo y los Estudios culturales con sus vertientes feminista
y poscolonialista que predominan claramente el escenario literario teórico
durante las dos últimas décadas en desmedro del enfoque hermenéutico que
sí mantuvo una mayor vigencia en la Filosofía y Teología.
Ahora, lo desafiante y relevante del enfoque hermenéutico de Paul
Ricœur, que justifica, sin duda, un estudio más profundo de su aporte
teórico y práctico-metodológico, es el hecho de que elaboró y desarrolló
su filosofía hermenéutica reflexiva en un permanente diálogo con todas
las corrientes filosóficas relevantes del siglo XX. Según Eduardo Silva,
“Ricœur estima que la filosofía no puede volverse sobre sí misma, en una
especie de ‘filosofía sobre la filosofía’, y por el contrario ha incursionado en
la fenomenología de la religión, en el psicoanálisis, en la lingüística, en la
historiografía, en la exégesis bíblica, en la jurisprudencia e incluso en las
neurociencias” (Silva 1).
Ricœur se siente, ante todo, deudor de tres grandes tradiciones filosóficas.
En primer lugar la tradición reflexiva salida de Descartes
que por los años sesenta ha recibido el fuego cruzado
del psicoanálisis y del estructuralismo cuestionando un
sujeto que después de la batalla queda al decir de Ricœur
como un Cogito ‘herido’. [En segundo lugar a la tradición
hermenéutica que es cuestionada y combatida desde dos
frentes, la teoría crítica de la Escuela de Frankfurt y la
deconstrucción]. Modernos y posmodernos critican por
igual [la tradición hermenéutica, obligando a Ricœur a
diferenciarse de Heidegger y Gadamer]. (Silva 1)
■ 8
Introducción
En tercer lugar, se siente deudor de la tradición fenomenológica iniciada
por Husserl, en la cual Ricœur, por una parte, incorpora el giro lingüístico y,
por otra parte, injerta la hermenéutica. Según Eduardo Silva,
[s]on estos desplazamientos respecto de las propias
tradiciones que lo constituyen reflexiva, hermenéutica,
fenomenológica y los que nos permiten desplazarse desde
una hermenéutica del autor a una hermenéutica del lector
que actualiza el texto en el acto de lectura. Una de las
consecuencias de este desplazamiento es que Ricœur contribuye a abrir una vía intermedia entre un sentido único
y fijo para siempre y sentidos infinitos inconmensurables
entre sí, un camino que nos permite superar el objetivismo
moderno evitando el relativismo posmoderno (1).
Su actitud profundamente respetuosa y siempre dialogante claramente
perceptible en su forma de rescatar ciertas tradiciones y transformarlas al
mismo tiempo lúcidamente, se puede observar también en su manera de
enfrentarse con “‘[...] los dos grandes estilos de interpretación. Uno es el
estilo de la sospecha, el estilo desmitificador: tal es el caso de las hermenéuticas nacidas en el s. XIX bajo la influencia de Marx, Nietzsche y Freud,
que son los tres grandes maestros de la hermenéutica moderna’” (Ricœur
citado en Maceiras/Trebolle 129s).
A pesar de que Ricœur considera a este estilo de la sospecha como
“‘reductivo’” y promueve un estilo de la escucha fiel a la tradición fenomenológica, “reconoce explícitamente que ambas hermenéuticas son legítimas
‘cada una en su rango’” y postula articular “sus funciones complementarias”
(Maceiras/Trebolle 130).
Cabe destacar, además, un aspecto de suma relevancia para el análisis
de un texto literario: Ricœur destaca la dimensión poética del lenguaje que,
según él, va más allá de lo netamente descriptivo dado que otorga y crea
nuevos sentidos. Esta dimensión poética se manifiesta, según él, ante todo,
en la metáfora que como “dice algo sobre algo” y que como “tensión entre
dos sentidos” desentraña sentidos nuevos. De esta forma queda claro, según
Maceiras y Trebolle, que “la preocupación última de Ricœur radica en la pregunta por ‘la verdad metafórica’ o ‘referencia’ de la metáfora. Ello supone el
paso del plano semántico al plano hermenéutico” (167).
No me cabe duda que tanto el hecho de que Ricœur elabora su filosofía
reflexiva, hermenéutica y fenomenológica en un permanente diálogo respetuoso y lúcido con casi todas las teorías relevantes de los siglos XIX y XX
y que él, a pesar de todas las corrientes teóricas modernas y posmodernas
adversas, pretende, en forma convincente, rescatar la referencialidad del
lenguaje y buscar la verdad y el sentido del texto literario, lo convierte en un
interlocutor sumamente válido y vigente para nuestra época tan relativista
y desorientada.
Este volumen sobre los enfoques hermenéuticos de Paul Ricœur reúne, en
su primera parte, artículos de índole teórico sobre determinados aspectos de
su enfoque hermenéutico o comparaciones con otros filósofos o teólogos, y
9 ■
Taller de Letras NE2: 7-18, 2012
luego, en su segunda parte, más bien aplicaciones de la teoría y metodología
ricœurianas a determinados textos literarios.
Entre el primer grupo de artículos más bien teóricos sobre el pensamiento
ricœuriano destaca el de la conocida especialista argentina en Ricœur, la Dra.
Marie France Begué, que comienza en su artículo “La creación como proceso”
con la definición de la creación como capacidad de todo ser humano para producir obras únicas y originales que tengan existencia propia y que construyen
un verdadero “acontecimiento de sentido”, una “real novedad”. Según Begué,
P. Ricœur se basa en la terna “poiesis-mímesis-mythos” de Aristóteles, significando mímesis la “imitación de la acción” y poiesis la “actividad productora”
de obras que se independizan de su autor. Esta creación se da ahora en un
proceso en el tiempo y toma tiempo. Por eso, según Begué, Ricœur distingue
metodológicamente tres momentos dentro de la misma temporalidad.
Al primer momento Ricœur llama “prefiguración” (mímesis I) que consiste
en la pre-comprensión de la vida cotidiana y del mundo de la acción, de sus
estructuras inteligibles, de sus reservas simbólicas y de su carácter temporal
que nos permite ubicarnos, organizarnos e intervenir en el mundo.
El segundo momento, llamado “configuración” (mímesis II), trata, según
Ricœur, de la “autoestructuración interna” de la obra mediante códigos que
pueden ser analizados. La obra es siempre “símbolo de...” y constituye el
momento de innovación por excelencia cuando “va surgiendo la novedad a
medida que el esquema dinámico se concreta”. Según Begué, Ricœur observa
en toda configuración dos direcciones: una se orienta hacia la realidad concreta, la otra hacia la ficción. La tensión entre ambas direcciones instaura el
“reino del ‘como-sí’” y en ella se abre el “espacio imaginario” donde juegan
libremente las posibilidades que pertenecen al mundo humano de la acción
y de la pasión. Por eso, configuración no significa tanto reproducción del
mundo de la acción, sino más bien la “producción fingida de un cuasi-mundo”.
En el tercer momento, llamado por Ricœur “refiguración” (mímesis III),
el mundo de la obra se vincula, según explica Begué el pensamiento ricœuriano, con el de su receptor quien “actualiza” el sentido plausible de la obra.
Al leerla aprendemos a “pasar” de la realidad a la ficción y a “retornar” a la
acción concreta mediante el trabajo de refiguración, en el cual relacionamos
las virtudes o mejor dicho las excelencias con la felicidad y el infortunio. Se
forma así un “círculo vital”, es decir, un “círculo hermenéutico” nada vicioso,
en el cual la refiguración procede de un mundo ficticio a otro mundo real a
través de un mundo potencialmente real.
El artículo del especialista francés Daniel Frey, de la Universidad de
Estrasburgo, ofrece una reflexión que enmarca el coloquio realizado en torno
a la contribución de la hermenéutica de Paul Ricœur a la interpretación interdisciplinar de textos literarios, en particular a la articulación que el mundo,
que surge de la obra, requiere entre la aproximación crítico-literaria, filosófica
y teológica. Su artículo “La imaginación en Paul Ricœur” es una aproximación
a la “verdad del imaginario” en distintos lugares de la obra de este filósofo.
En efecto, el autor rastrea el alcance de esta expresión, en primer lugar, en
La metáfora viva, donde el recurso del lenguaje metafórico no sería sólo de
tipo ornamental y retórico, sino que conllevaría una forma de aproximación
■ 10
Introducción
y de desvelamiento de dimensiones de lo real que sólo pueden advenir al
lenguaje en este registro.
Este advenimiento de sentido es completado, con la ayuda de la exploración
de la obra Tiempo y relato, con la colaboración del lector. Es precisamente
el lector quien actualiza y despliega en su mundo propio las posibilidades
de sentido que abre el poema o el relato en el mundo que crean ante sí.
La expresión de la “verdad del imaginario” es abordada, en segundo lugar,
desde la óptica de la aproximación que realiza Ricœur a los textos bíblicos.
Desde esta óptica, la “verdad del imaginario” se ve modulada tanto por
el referente primero y último de la Biblia, a saber, Dios en su acción en la
historia, como por los distintos modos discursivos –lírico, narrativo, prescriptivo, sapiencial, apocalíptico, parabólico, etc.– en los que dicho referente
es indicado. Entonces la verdad del imaginario es radicalizada por el hecho
de que su referente –Dios y su actuar– funciona como un punto de fuga de
cada una de las modalidades discursivas en las que se expresa. Cada una
de estas modalidades, a su vez, establece relaciones diversas con el lector
quien colabora en el advenimiento de sentido de estos textos e indica, en su
propia vida y en su mundo, al modo de un dedo del Bautista, quién es Dios
y dónde está actuando hoy.
El tercer lugar de exploración del alcance de la “verdad del imaginario” es
el de los escritos finales de Ricœur en donde los recursos señalados anteriormente de metáfora y de la poética polifónica de los textos bíblicos, y puestos
al servicio de los imaginarios de sobrevida o de vida-después-de esta vida,
deben pasar por el crisol de la experiencia radical de la muerte. El trabajo de
duelo que conlleva este tránsito supone una purificación de los imaginarios
que el deseo de existir inventa respecto a las formas de vida-después-deesta vida y, junto con ello, una confrontación con los imaginarios sobrios
que al respecto ofrecen los relatos neotestamentarios sobre la resurrección
de Jesús y en él, la condición humana y creatural, resucitada.
En el siguiente artículo, el especialista chileno Eduardo Silva comienza
destacando, en la primera parte, el carácter interdisciplinar de la filosofía
ricœuriana, capaz de relacionar y dialogar, de acercar, por ejemplo, al crítico
literario y al teólogo sistemático.
Luego define el concepto ricœuriano de la poética como capaz de amparar
bajo su sombra tanto la recreación de la voluntad humana en la trascendencia como la dimensión creativa del lenguaje y de la acción. La coherencia
de estos tres sentidos de la poética tiene, según Silva, su raíz en la imaginación creadora, pues, según Ricœur, no hay acción sin imaginación y no
hay acción sin llamado. Estas afirmaciones se explican detalladamente en
los siguientes párrafos, indagando especialmente en las relaciones entre el
lenguaje poético, el lenguaje religioso y el lenguaje teológico. Silva sostiene
que en Ricœur el lenguaje religioso en general y el bíblico en particular es
un tipo de lenguaje poético a pesar de que se trata de un tipo ejemplar,
único, excéntrico que adquiere un carácter paradigmático cuya peculiaridad
consiste en nombrar a Dios.
En la segunda parte de su artículo, Silva analiza el fruto filosófico de la
categoría ricœuriana de la atestación, partiendo de un ser humano capaz
11 ■
Taller de Letras NE2: 7-18, 2012
y vulnerable y del rol clave que cumple la atestación en la antropología
ricœuriana. Según Silva, Ricœur considera la atestación un acto mediante el
cual el sujeto se constituye en una fina dialéctica entre análisis y reflexión,
entre “la identidad ídem y la ipse, entre ipseidad y alteridad”.
Silva analiza, luego, la relación conflictiva y, al mismo tiempo, consensual
entre filosofía y teología. En primer lugar, reconoce el gran aporte ricœuriano
a la teología y, en segundo lugar, su intento serio del filósofo francés de no
confundirlas.
Finalmente, Silva sostiene que las nociones ricœurianas de texto y acción,
alteridad e ipseidad, llamado y respuesta tienen un vínculo secreto entre
ellas en la poética del ágape.
El siguiente artículo de Patricio Mena M. profundiza esta última línea del
pensamiento ricœuriano, explorando la tesis de que el sí-mismo ricœuriano es estructuralmente un sí responsivo. Luego de sostener que Ricœur
prefiere la pareja llamada-respuesta a la de pregunta-respuesta, dado que
“responder una pregunta implica resolver un problema planteado” mientras
que “responder a un llamado implica ‘corresponder a una concepción de
existencia que propone [el llamado]’, que, por lo demás, no proviene ni de
la filosofía ni de la teología, sino de la Palabra ‘recogida en las Escrituras’
[...]”. Además, la respuesta a una pregunta sólo es posible en un dominio
previo de entendimiento que “es el objeto de la interrogación”, mientras que
el llamado “nace en medio de la experiencia y el lenguaje humanos”. Esto
supone, según Mena M., que la segunda pareja es más amplia que la primera
y la envuelve y preside. La estructura del llamado y la respuesta indica ahora
un modo de ser específico y fundamental del hombre como sujeto capaz de
ser tocado por la donación de la existencia, por las cosas mismas, puede
interrogarlas y buscar corresponder a ellas. La idea de un sujeto responsivo
implica, por tanto, la de un sí afectable, posible ante el advenir de las cosas
en su mostrarse, en su darse.
Aplicado al texto bíblico, la respuesta al llamado implica un corresponder
al sentido propuesto por el texto bíblico, suponiendo la capacidad del lector
y testigo de innovar el sentido de la Palabra recibida. Esta palabra no podría
interpelarnos si cada uno de nosotros no fuera capaz “de designarse a sí mismo
como aquel a quien la palabra le es dirigida”. Así, ante la interpretación del
sentido del texto, es preciso un sí-mismo que pueda considerarse capaz de
escuchar, de leer y de refigurar la Palabra recibida en el acto de la lectura.
El artículo de Ana Escríbar W. se propone mostrar, a partir de la teoría
del símbolo y del texto, que la hermenéutica ricœuriana incluye un deconstructivismo. Entendiendo por símbolo “un componente del lenguaje que
posee un superávit de sentido debido a su doble apuntar”, define el pecado
original como un ‘símbolo racional’ o ‘pseudo-concepto’, dado que integra
dos elementos contradictorios: herencia recibida (de la tradición trágica) y
responsabilidad ante lo heredado (de la tradición ética). Esta aparición del
símbolo racional y su pretendida precisión conceptual impulsarán procesos
de interpretación que posiblemente requieran en su momento de nuevos
procesos de de-construcción.
■ 12
Introducción
Luego, Ana Escríbar W. muestra cómo Ricœur aplica cierto de-constructivismo en el ámbito del texto que entiende como “toda obra o acción
humanas significativas que dejan huellas que pueden ser interpretadas y que
abren mundos posibles”. Su ‘de-constructivismo’ se opone a la pretensión de
racionalidad excluyente tanto en el ámbito del símbolo como a los intentos
de cierre del relato, liberando, así, los contenidos posibles e inagotables de
sentido aprisionados por una totalización prematura.
A semejanza de Derrida, Ricœur afirma, luego, que no existe ningún discurso que sea directamente representativo, porque todo lenguaje es simbólico.
Pero a diferencia de su colega francés, no considera que todos los discursos
sean equivalentes, dado que el discurso poético es significativo en la medida
en que se ha independizado de su autor y es “fuente de interpretación (construcción) inagotable”. Así, Ricœur revela, según Ana Escríbar W., su fe en la
capacidad simbólica del lenguaje y no pretende como Derrida “de-construir
los símbolos mismos, sino las interpretaciones prematuramente totalizantes”.
Luego de estos cinco textos teóricos centrados únicamente en determinados aspectos del pensamiento del filósofo francés, siguen cuatro artículos en
los cuales se comparan su pensamiento con el de otros filósofos o teólogos.
El artículo de Cecilia Avenatti pretende establecer correspondencias entre
la hermenéutica de Paul Ricœur y la teodramática de Hans Urs von Balthasar.
Se propone a la acción como piedra basal del planteo metodológico, sea
como acción que se configura en la dinámica de la triple mímesis, como
postula Ricœur, o sea como contenido de la figura estética que alcanza su
consumación en el drama personal de la aceptación libre de la misión, como
lo entiende Balthasar. Se parte de la hipótesis de que en el tránsito del texto
a la acción en Ricœur y de la figura estética al drama en Balthasar se halla
una clave para pensar el método de diálogo interdisciplinario que ellos están
intentando de perfilar.
Se subraya que tanto Balthasar como Ricœur elaboraron el concepto
de la acción a partir de un núcleo común, la consideración del teatro como
metáfora de la existencia. Consecuentemente, ambos autores recurren al
lenguaje dramático para desde allí plantear las preguntas sobre las aporías
de la existencia como la finitud, el mal, el pecado, el tiempo y la libertad.
Así, ambos han descubierto en el lenguaje teatral uno de los caminos hacia
el sentido por la vía indirecta de la simbólica de la acción.
Luego ambos autores consideran que la pregunta por la identidad es la
que opera el paso del texto y de la figura a la acción, es decir, la pregunta
por la identidad narrativa del primero y la identidad dramática del segundo
provocan la salida de sí del texto y de la figura estética.
En tercer lugar, es la diástasis entre identidad e ipseidad en Ricœur y la
diástasis entre persona y personaje en Balthasar la que funciona como gozne
del pasaje del texto a la acción.
En las tres cuestiones señaladas, la filosofía (Ricœur) y la teología (Balthasar)
descubren por el camino hermenéutico y teodramático posibilidades presentes
13 ■
Taller de Letras NE2: 7-18, 2012
en su propio horizonte epistemológico que resultan de una extraordinaria
actualidad para el diálogo con temáticas posmodernas como la alteridad y
la teatralidad.
El artículo de Hernán Fanuele aborda, dentro de una comparación del
pensamiento teológico del belga A. Gesché y del enfoque hermenéutico del
francés P. Ricœur, en primer lugar, la temática de la “reviviscencia sacramental” en diálogo con la “reefectuación” ricœuriana y recurre, en segundo
lugar, a la triple mímesis para entender mejor el desarrollo y la constitución
de los testimonios bíblicos.
Luego de constatar el diálogo entre Gesché y Ricœur, Fanuele parte del
hecho de que las verba Iesu bíblicas, que comprende como palabras eficaces
y creadoras, recuerdan el hecho transformador de la palabra sacramental
y compara el significado parecido de los términos reefectuación (Ricœur)
y reviviscencia (Gesché). Tomando como ejemplo el “decir penitencial” del
Sacramento del Perdón, Fanuele establece relaciones con el proceso ricœuriano de la triple mímesis.
En la segunda parte de su artículo, Fanuele compara Tiempo y relato de
Ricœur con el tomo Jesucristo de Gesché. Para superar en su cristología la
oposición entre “el Jesús de la historia y el Cristo de la fe”, es decir, entre
los polos de la identidad histórica y la identidad dogmática de Jesús, Gesché
introduce, según Fanuele, la noción de “identidad narrativa” y va en busca de
un “tertium”, en este caso un “ternario narrativo”, y encuentra en Ricœur a un
aliado en esta tarea que le ofrece su idea de no oponer radicalmente relato
histórico y relato de ficción, dado que ambos relatos, según Ricœur, “son
siempre [...] una refiguración de la experiencia cotidiana del tiempo” y una
“construcción, configuración”, lo que, según ambos pensadores, vale también
para las narraciones bíblicas que “incorporan elementos de revelación y de
puesta al día de aspectos completamente reales de la experiencia humana”.
El artículo de Eva Reyes compara el pensamiento de Paul Ricœur y del
rabino Nilton Bonder respecto al tema del ‘mito de la caída’. Ambos recurren
a la función simbólica del mito en su intento de explicitar uno de los puntos
más neurálgicos de la antropología judeocristiana en torno a la comprensión
del mal y del pecado original.
Para Paul Ricœur, el relato de la caída pertenece al texto bíblico y su
sentido se deriva de una experiencia de pecado nacida de la piedad judía;
sólo posteriormente se establece la doctrina sobre el pecado original. El mito
etiológico de Adán representa el intento supremo de desdoblar el origen
del bien y del mal, considerando al hombre como iniciador del mal en el
seno de una creación que tuvo su inicio absoluto en el acto creador de Dios
y presentando al hombre en un estado en el que está destinado al bien e
inclinado al mal. Según Ricœur, este relato revela tanto la inteligencia, el
trabajo, la sexualidad y la muerte como frutos del mal y en esa paradoja
entre ‘destino’ e ‘inclinación’ se resume todo el sentido del símbolo de la
caída. El mito adánico Ricœur lo percibe como fruto de las acusaciones que
los profetas fulminaron contra el hombre, puesto que la teología que proclama
la inocencia de dios anuncia la culpabilidad del hombre.
■ 14
Introducción
Nilton Bonder, por su parte, afirma que el cuerpo es el motivo fundamental
de nuestras acciones y de nuestros comportamientos que ocultamos en las
vestimentas de nuestros símbolos y cultura. Un cuerpo con moral crea un
mundo de ropas que viste lo desnudo. Por otra parte, considera necesaria
la transgresión en la vida del hombre. Así, Adán descubre su desnudez en el
paraíso, en una experiencia originaria de ser consciente de que lo comprende
como un ‘animal moral’. Según Bonder, el acto de comer del árbol prohibido
es la primera desobediencia en la conciencia humana, un acto de transgresión
que es lo que constituye precisamente al ser humano. De esta forma, uno
de los aportes significativos del pensamiento de Ricœur como de Bonder ha
sido el modo de elaborar una hermenéutica en la que el mito se convierte en
una fuente de significado para una filosofía que renuncia a comenzar con una
verdad puesta por ella misma. En este sentido, el hombre es comprendido
como conciencia de posibilidad que se libera de una pretensión de racionalidad
y por ello apunta al símbolo que se le presenta como inagotable.
El artículo de Silvia Julia Campana comienza con algunos poemas del poeta
argentino Hugo Mujica y trata de evocar en su obra poética las resonancias
de pensadores como Heidegger y Ricœur.
Tanto en Mujica como en Heidegger es en la poesía donde acontece la
verdad que prefigura al poeta desde la autocomprensión que se vuelve texto,
poesía, don que se nos regala, lenguaje cuasi místico que se mueve entre
la metáfora y el concepto.
Mujica comparte también con Ricœur la convicción de que la dimensión
poética del lenguaje se abre a mundos posibles. La metáfora, según Ricœur,
se mantiene viva mientras percibimos la resistencia de las palabras en su uso
corriente. Mujica, por su parte, como poeta-filósofo, transforma el mundo en
tensión hacia lo posible, pues a través de la metáfora mundos nuevos arriban al discurso dando testimonio de la creación de sentido. Así, el carácter
metafórico del lenguaje de Mujica lo acerca a una relación con el lenguaje
religioso y propiamente con el lenguaje místico.
Con Heidegger comparte, luego, la idea de que el poema no conceptualiza,
sino abre mundos desde el propio horizonte de comprensión y experimentación.
Finalmente, Silvia Campana sostiene que la poesía de Mujica nos cuestiona
como lectores y nos incluye a un cuestionamiento cuyo núcleo es tanto el
compromiso con la verdad como su develamiento que acontece a lo largo de
su poesía que se transforma, así, en un lugar de epifanía para el hombre.
Los siguientes seis artículos forman el segundo grupo de trabajos que
aplican aspectos teóricos y metodológicos ricœurianos en su análisis de determinados textos literarios. Los dos primeros artículos analizan textos del
recientemente fallecido escritor chileno Guillermo Blanco.
El propósito del artículo de Roberto Onell es emprender una lectura de
la conocida novela Gracia y el forastero apoyado por la noción de la triple
mímesis de P. Ricœur.
15 ■
Taller de Letras NE2: 7-18, 2012
Luego de hacer observaciones introductorias sobre esta novela y la triple
mímesis ricœuriana, el análisis literario de Onell llega a la conclusión de que
el protagonista y narrador Gabriel gana mediante la redacción de su experiencia de amor a Gracia una nueva y más compleja imagen de sí mismo,
confirmando así tanto la tesis hermenéutica de que comprender es comprenderse como obteniendo, al mismo tiempo, una mayor autocomprensión de
sí mismo por parte del narrador Gabriel. En palabras de Ricœur, ha vivido
‘el sí-mismo como otro’.
Saide Cortés y Agustina Serrano, por su parte, analizan el relato Misa de
Réquiem, según los parámetros de Paul Ricœur. En primer lugar identifican
una serie de relatos intercalados que corresponden a los distintos tiempos
(presente, pasado, futuro) que componen la historia. Luego constatan la
superposición temporal de las voces del sacerdote, quien es el protagonista,
y recurren a los conceptos de narratividad e intriga de Ricœur. Al final, en un
desenlace abierto de la historia descubren que el tiempo se hace cada vez
más difuso para el protagonista y queda la incertidumbre instalada tanto en
él como en el lector.
En la última parte del artículo se plantean tres preguntas. La respuesta
a la pregunta por la posibilidad de la conversión personal consiste en que
el relato ofrece la interpretación de la conversión tanto del protagonista, el
sacerdote, como la del vengador, el Negro. A la segunda pregunta por la
factibilidad de cambiar la historia es respondida con la sugerencia de que la
bendición al final de la misa podría haber cambiado interiormente al Negro
dado que le fue devuelta así su dignidad. Y, finalmente, la última pregunta
respecto a si cabe pensar en un futuro abierto es contestada con la observación de que un final abierto nos estimula a seguir pensando en posibles
interpretaciones.
También el artículo de Alberto Toutin indaga en la percepción del tiempo
o de los tiempos, pero visto desde el jazzista Johnny Carter, el protagonista
del cuento “El perseguidor”, de Julio Cortázar.
En primer lugar, afirma, a través de las palabras de Bruno, un amigo fiel
del protagonista, que el venido a menos y “absurdo viviente” de Johnny no
es ningún perseguido, sino claramente un perseguidor que busca algo que, a
primera vista, parece ser un objeto desproporcionado e inalcanzable relacionado
con el tiempo. Según Toutin, se observa en Johnny una gran tensión entre
el tiempo cronológico de los contratos y de los ensayos de música, gracias
a la cual logra a veces olvidarse efectivamente de este tiempo cronológico,
y perderse en otra dimensión de carácter más bien infinita.
Luego Toutin descubre una segunda tensión del tiempo en Johnny, esta
vez entre el tiempo explicado (cf. Bruno) y el tiempo corporal intensificado
por la música que lo aleja del tiempo cronológico y lo hace entrar en un
‘otro’ tiempo, en una “realidad entre irrealidades”. Según Toutin, Johnny
rechaza todo intento de Bruno de atraparlo en el tiempo cronológico, al cual
se opone como “trampa” y un “Dios” banalizado, al cual no quiere. Johnny
vuelve recién a la realidad, al tiempo cronológico cuando muere su hija Bee,
ya que nuevamente todo se relativiza y él cae en una suerte de resignación
ante la indisponibilidad del otro lado de la realidad.
■ 16
Introducción
De esta forma, como muestra Toutin, a través de las dos tensiones que
configuran el tiempo, este cuento cumple las funciones solicitadas por Ricœur
de “hacer trabajar las aporías” y de ser “guardián del tiempo”.
El siguiente artículo de Jorge Peña sobre el mal para Flannery O’Connor
parte de la mímesis III ricœuriana, es decir, de la refiguración en el acto
de la lectura vista como una mediación entre el autor y el lector en la cual
el mundo del texto y el mundo del lector interactúan. Jorge Peña analiza
luego el impacto que la obra de Flannery O’Connor ejerce sobre el lector
y afirma, en forma general, que la concepción del mal y sus abundantes
disfraces ya no son lo mismo tras la lectura de las novelas de esta escritora
norteamericana.
En primer lugar constata que la Biblia constituye “El gran código” (cf.
Frye) para O’Connor que hace en sus novelas una notable y vívida descripción del Mal y de su eficaz y variada acción corrosiva, causando en el lector
una extraña mezcla de atracción y repulsión, fascinación y repugnancia. Sin
embargo, a pesar de la fría crueldad e implacable dureza que caracterizan
su manera de narrar, se nos revela, según Peña, un nuevo orden de existencia, una súbita conversión, la verdad fulgurante, que disipa las tinieblas
del error y el pecado, y nos muestra la serena y límpida fisonomía de la
realidad. Ante todo sus personajes, que a menudo suelen ser la personificación visual del demonio, han extrañado a muchos lectores actuales y no
han sido comprendidos porque el hombre moderno, según Peña, ha olvidado totalmente la mutua relación dialéctica entre lo satánico y lo sagrado.
Además, el lector común y aburguesado procura cobardemente escamotear
esas cuestiones últimas que O’Connor plantea en sus relatos. En ellos, la
violencia, por ejemplo, tiene como finalidad hacer posible el momento de
gracia que permite despertar a una auténtica visión de la realidad. Ha sido
necesaria una situación extrema para que el lector tome conciencia de esa
realidad, de su condición de pecador y para tener la posibilidad de dar una
libre respuesta a Dios.
Last but not least, en el ultimo artículo de este tomo, Jaime Blume parte
de la postura hermenéutica de Paul Ricœur que postula el recurso a la teología de la salvación (Éxodo y Resurrección) como punto de partida para
lograr una adecuada interpretación textual y divide su trabajo en tres partes.
En la primera parte, “Bestiario en la literatura”, Blume constata una gran
presencia de imágenes de animales en la historia de la literatura que simbolizan, según G. Durand, ante todo el mal. El lobo, por ejemplo, aparece en la
mitología germánica como capaz de devorar al sol y provocar la destrucción
cósmica. Aplicado al campo doméstico, el lobo es a menudo caracterizado
como devorador de la indefensa cordera.
Luego, en la “Biblia”, que en su primera parte es también la historia de un
pueblo de pastores nómadas, el lobo es aquel animal que dispersa a Israel, el
pueblo-rebaño de Jahvé, su pastor y protector, que en el Nuevo Testamento
se convertirá en el pastor definitivo: el Mesías y el Buen Pastor que defiende
las ovejas del rebaño de los lobos. Cristo es, además, el cordero pascual que
con su sangre ha redimido a la humanidad.
17 ■
Taller de Letras NE2: 7-18, 2012
En la tercera parte, Blume analiza el poemario Lobos y ovejas (1976), de
Manuel Silva Acevedo, que ha sido interpretado como una elaborada alegoría
de la situación nacional en los primeros años de la dictadura. Por sorpresa
del lector, la cordera y el lobo comparten un mismo sino que los hermana,
de suerte tal que ambos se necesitan imperiosamente para existir. Sin embargo, más adelante la proximidad del lobo provoca en la cordera el deseo
de transformar su condición ovina para asumir la de la fiera, lo que ocurre,
paradójicamente, cuando es comida por el lobo. Se completa, así, el proceso
de monstruosa transfiguración. Por otra parte, la oveja ejerce una seducción
incontenible sobre el lobo, abriendo, según Blume, el paso a una lectura alegórica en el sentido de que en tiempos tan duros como los que se vivieron
en los setenta, lo que más se necesita es que el rigor dé un paso al amor.
En la última parte del poemario, el lobo, sin renunciar a su condición de
animal de presa, sublima su natural salvajismo aullándole a la luna, mostrando, así, cierto fervor por lo celestial y convirtiéndose en pastor.
Finalmente, tanto el pastor como la loba corren tras la oveja y en este
encuentro cara a cara la loba resulta perdedora. La oveja, por su parte, asume
su postura definitiva: ya no es más oveja obsecuente y descarriada, ya no más
víctima del lobo hambriento, sino fiera milagrosa, temible enemiga del pastor,
protegida del sanguinario lobo que alguna vez fue su verdugo despiadado.
Obras citadas
Maceiras, Manuel y Julio Trebolle. La hermenéutica contemporánea. Madrid:
Ediciones Pedagógicas, 1995.
Silva Arévalo, Eduardo (S.J.). “Paul Ricœur y los desplazamientos de la
hermenéutica”. Paper presentado en el ‘Taller sobre Paul Ricœur’ de
la ALALITE, basado en su libro Poética del relato y poética teológica.
Aportes de la hermenéutica filosófica de Paul Ricœur en Temps et récit
para una hermenéutica teológica. Santiago: Pontificia Universidad
Católica de Chile, 2000. (Anales de la Facultad de Teología, Vol. LI)
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BeguéNE2: 21-37, 2012
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de Letras
La creación
como
proceso
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0716-0798
La creación como proceso
Creation Like a Process
Marie France Begué
Universidad de Buenos Aires
[email protected]
La creatividad apunta a la capacidad que tiene todo ser humano para producir nuevas
obras que tengan existencia propia. Aplicamos la “capacidad de crear”, de manera
análoga para las obras de arte en general y como “capacidad de innovar” dentro del
propio orden de la acción. Ricœur toma el relato como modelo de creación, pero podemos extender su esquema a toda obra que se considere tal.
Palabras clave: poética, atestación, religión.
Creativity refers to the ability that every human being possesses to produce new works
which have their own existence. We use the term “ability to create” for works of art in
general and, analogously, as “ability to innovate” within the order of action. Ricouer takes
narrative as model of creation, but we can extend his scheme to every work considered as such.
Keywords: poética, atestación, religión.
21 ■
Taller de Letras NE2: 21-37, 2012
Horizonte antropológico de comprensión
Recordamos la desproporción entre lo finito y lo infinito que forma parte
de nuestra constitución humana. Esta desproporción impregna todas nuestras
vivencias, teoréticas, prácticas y afectivas; como si quisiéramos descansar en
alguna síntesis que nos complete. Pero esta síntesis no se concreta espontáneamente dentro de nosotros mismos, sino fuera de nosotros, mediante
nuestras operaciones, en las obras que producimos; en la cosa.
El orden teorético produce su síntesis en la cosa pensada, significada.
El orden práctico se atestigua como querer proyectante de la conciencia
práctica que orienta su intencionalidad organizando cosas prácticas, para
insertarse en el mundo.
El orden afectivo o del corazón oscila continuamente entre un movimiento
de apertura y entrega confiada al Ser que nos funda y un movimiento de
repliegue, de cuidado o cura que atestigua nuestra necesidad de afirmación,
propia de nuestra fuerza vital que clama por permanecer en el ser que somos.
Recordamos el “corazón inquieto” de Agustín.
En toda esta dinámica, la imaginación cumple su función mediadora:
Imaginación trascendental, imaginación práctica, imaginación emocional­afectiva,
motivadora. Además, todo hombre tiene la capacidad simbólica para transformar
algo en otra cosa, para transfigurar. Esto es propio de nuestra imaginación
poética. Esta imaginación tiene también una función reveladora y heurística
que nos anoticia acerca de los diferentes modos posibles de ser-en-el-mundo.
Desde el punto de vista ontológico existencial podemos formular la
desproporción como: “Deseo de ser”: El hombre es activo-pasivo a la vez.
acto-potencia simultáneamente. Siempre incompleto. Su ser pertenece al
fondo insondable del ser en general.
“Esfuerzo por existir”: existencialmente tiende y se esfuerza por mantenerse en su ser, es decir, en acto.
La creatividad
Para tratar este tema, Ricœur se inspira en la terna aristotélica “poiesis­
mímesis-mythos”, presentada en la Poética.
Aclaremos ciertos términos.
Mímesis: significa “representación”, “imitación de la acción”.
En Aristóteles, mímesis solo se aplica a la dimensión del “hacer humano”,
mímesis-praxeos. La terminación en ‘sis’ muestra precisamente su dinamismo operativo.
Poiesis, “Actividad productora” de obras que se independizan de su autor.
Determina el dinamismo del proceso “respecto de toda especie de estructuras
estáticas, de paradigmas acrónicos, de invariantes temporales” (TR 1, 58).
■ 22
Marie France Begué
La creación como proceso
Este hacer mimético, tomado junto con la noción de poiesis significa que
produce algo, que es independiente como si tuviera vida propia. Es la “obra”
como acontecimiento.
Mythos: significa “poner en intriga”. Antes de ser una trama acabada –un
sustantivo–, mythos es la acción misma de componer elementos dispersos
en una figura que corresponde con la noción de “intriga” o “trama”. Se trata
de la acción de disponer los hechos en sistema –e tón pragmatón sustasis.
Aquí también hay que entender este “sustasis” –o su equivalente, “síntesis”–
no como el sistema acabado, sino como el proceso de sistematización en un
todo orgánico. Mythos enhebra acciones y situaciones formando como una
red significativo-práctica que es la trama o intriga. Él es más que la trama;
es el ir haciendo, configurando intrigas. Su acción es reguladora porque or­
ganiza ciertos elementos –que hasta ese momento estaban desparramados
o parecían extraños– y los transforma en historias fabuladas otorgándoles
una unidad temporal que responde a una totalidad, a un holos.
La poética práxica transforma el obrar y sufrir en figuras de acción que
tienen sentido propio. Ella lo hace enhebrando las iniciativas de las personas
o los personajes, a partir de situaciones transformadas en ocasiones para
lograr el resultado esperado. La actividad poética de müthos construye sistemas –de arte o práxicos– que son los poemas o los müthoi.
Poeta es el “Artesano que ‘inventa el reino del como-si”’. (TR 1, 76).
Transforma las palabras en poema dándoles su poeticidad. Si bien este arte
se ejercita especialmente mediante el discurso, en realidad lo trasciende, ya
que abarca toda acción cuyo producto, una vez independizado de su autor,
transforma el mundo. Al organizarse en poema, poiesis conjura y configura
el mundo como tal.
La Poética es el “Arte de conjurar el mundo de la creación”. (VI, 32) La
poética traspone en poema el obrar y el sufrir humanos”. (TR 1, 77)
Estos poemas pueden ser trágicos, cómicos, líricos, etc., o práxicos como
acabamos de decir. Pero siempre hay drama porque representan, de un modo
u otro, la tensión entre lo finito y lo infinito de la vida humana.
Esto es importante para Ricœur porque abarca todo el campo del obrar
y padecer humanos; pero tiene la característica de que su unidad es sola­
mente analógica.
Al ejercitar nuestra capacidad poética, entretejemos –“en una misma
pasta de existencia”– nuestras capacidades de hablar, de obrar y padecer, de
narrar, de reconocernos agentes de nuestros actos y de hacernos responsables
de ellos. El resultado o síntesis de este entretejido es la obra que atestigua
nuestra unidad. Según en qué campo la ejercitemos, ella producirá su obra.
Creación: Entendemos por creación la capacidad de producir algo cua­
litativamente único y original. Puede ser teórico, práctico o afectivo. Para
que valga como tal, la obra debe producir un verdadero “acontecimiento de
sentido”. Lo importante es que traiga una real novedad a nuestro modo de
23 ■
Taller de Letras NE2: 21-37, 2012
percibir o de habitar el mundo, de vincularnos con los otros, con nosotros
mismos o con lo eminentemente Otro. De lo contrario hay solo reduplicación
de lo mismo. Esto significa que el componente innovador debe tener la capacidad de volverse paradigmático dentro de la cultura en la cual emerge;
es decir, que su figura sea de tal manera universal y ejemplar que cada ser
humano pueda verse reflejado en ella.
Toda esta dinámica es un proceso que se da en el tiempo y toma tiempo.
Ricœur distingue metodológicamente tres momentos dentro de la misma
temporalidad.
Mímesis I Prefiguración.
“Antes de ser creadores, somos herederos”.
La creatividad hunde sus raíces en una pre-comprensión de la vida
cotidiana y del mundo de la acción, de sus estructuras inteligibles, de sus
reservas simbólicas y de su carácter temporal. Esta pre-comprensión nos
permite ubicarnos, organizarnos e intervenir en el mundo. Esto es así porque
la experiencia humana tiene cualidades pre-narrativas, que pueden ser re­
cogidas por un discurso.
El vínculo entre “cuerpo-vivido”, “intencionalidad” y “mundo” constituye
nuestro fondo originario y nuestra radical pertenencia al ser. Nunca se lo
alcanzará de manera suficientemente profunda porque solo se puede llegar
a él indirectamente, bajo formas pre-predicativas que se manifiestan según
el arte o el modo mediante el cual nos contactamos con él. Estas formas
dinámicas pertenecen a lo que podemos llamar las “estructuras básicas de la
experiencia”. Al recoger sus vivencias y estructurarlas mediante lenguajes,
la conciencia religa acciones, afecciones y gestos junto con las situaciones
que se van produciendo y recibiendo. Allí resuenan cualidades y matices,
que el roce cotidiano con las cosas “opaca”. Como si fueran el reverso de la
sensibilidad y del mundo. De allí, también, surgen las primeras imágenes
simbólicas, junto con una elemental organización del tiempo y una también
elemental categorización del campo práctico.
1. La precomprensión de la vida práctica cotidiana significa que tenemos
una familiaridad básica con nuestra vida cotidiana sobre la que se apoyan
ciertos subentendidos; como si fuera una sabiduría arcaica. Si bien, esta
pre­comprensión parece oscura, ella bosqueja un sentido que nos permite
interpretarla y remitirnos a ésta. Se trata de intuiciones –de un savoir du
savoir-faire– que se apoyan sobre lo que E. Minkowski y Ricœur llamaron los
“saber-hacer-preformados”. Estos savoir-faire atestiguan nuestra capacidad
para organizar el espacio, darles sentido a nuestros movimientos y tener un
trato espontáneo con el orden de la acción. Como son intencionales, también
movilizan nuestro mundo interior. Su sabiduría básica cualifica con su discur­
so tácito, la argamasa de nuestro imaginario a partir de la cual producimos
nuestras acciones y somos afectados por las ajenas.
El entretejido de nuestra pre-comprensión de la acción tiene la modalidad
de una pre-intriga, de una “historia potencial”. Su estructura está, desde el
■ 24
Marie France Begué
La creación como proceso
comienzo, impregnada de sistemas simbólicos, que son “flotantes” en cada
cultura y pasibles de ser recogidos en discursos, por quienes configuramos
nuestra propia experiencia. Es a partir de ellos que todo creador construirá
su obra.
Por otra parte, cada historia particular está enredada con muchas otras
que se pierden en el horizonte brumoso del tiempo, formando como una
“pre­historia” cuya “totalidad más amplia” le da su “telón de fondo” (TR 1,
114). Una historia propiamente humana es “una historia en estado naciente”. Narrar explícitamente es un proceso secundario (TR I, 114-115) que
permite “volver conocida la historia sucedida”, pero cuyo comienzo y final
siempre lo elige el narrador. Ricœur rescata la noción de “historia potencial”
y ofrece como ejemplo el relato en el análisis terapéutico para la búsqueda
de la identidad personal.
“La búsqueda de [la] identidad personal es la que asegura la continuidad
entre la historia potencial e incoativa y la historia expresa de la que asumimos la responsabilidad”. (TR 1, 114) Nuestra situación originaria de estar
enredados en historias ajenas nos advierte nuestra pasividad. La historia
nos sucede o le sucede a alguien –observemos la voz pasiva– antes de que
cualquiera la relate.
2. Estructuras inteligibles
La acción deliberada, o sea, que ha sido regulada por preferencias, se
apoya sobre una red pre-conceptual de significaciones que atestigua el arraigo
del simbolismo en la vida. Siempre que concertamos una acción hacemos
vibrar toda una red de categorías prácticas en la cual todos los términos se
inter-significan. En esa red forjamos nuestros proyectos orientados al futuro,
mediante una visión anticipativa de la realidad.
Esta inter-significación permite que nos interroguemos acerca de las
intenciones de nuestras acciones; que nos preguntemos por los motivos
que justifican nuestra “razón de actuar”, es decir, por la correspondencia
entre nuestros deseos, creencias, preferencias o rechazos, con nuestras
iniciativas.
Todos pertenecemos a esta estructura que forma como la base de cada
tradición cultural y nos hace partícipes de una “comunidad de sentido” que
es anterior a toda narración. Ella es análoga a la estructura del relato y esto
permite que los interpretemos a ambos.
3. Reservas simbólicas del campo práctico
“El simbolismo no está en el espíritu, no es una operación psicológica
destinada a guiar la acción, sino una significación incorporada a la acción y
descifrable sobre ella por actores del juego social”. (TR 1, 92)
Los recursos simbólicos son “procesos culturales que articulan la experiencia entera”. (TR 1, 91). La noción de “proceso” justifica que Ricœur hable de
“mediaciones simbólicas” y no de símbolos puntuales más o menos explícitos
25 ■
Taller de Letras NE2: 21-37, 2012
en cada cultura. Estas mediaciones son las que reclaman ser interpretadas.
Pero antes de ser interpretadas explícitamente, ellas ya son interpretantes
internos de la acción. Ellas forman redes que nos estructuran e imponen sus
reglas de inteligibilidad necesarias para que nos comprendamos y nos ubiquemos en el contexto general. Es dentro de este proceso que descubrimos
cuales son los aspectos de nuestro “poder y no-poder hacer” que se vuelven
transformables poéticamente.
4. Rasgos temporales de la acción
La acción tiene un curso que penetra nuestra propia estructura temporal.
Sobre él se injerta el tiempo narrativo al modo de “discurso de la acción” y
en tanto que forma una totalidad que discurre en el tiempo.
No es que nuestra experiencia temporal “tenga” estructura narrativa como
parece decirlo el lenguaje cotidiano, sino que nuestra identidad, en tanto
que permanencia en el tiempo, va emergiendo, a partir de la experiencia del
“antes” y del “después” en sus diferentes niveles. Esta vivencia temporal es
atravesada por lo narrativo. El propio curso temporal reclama la narración
para ordenarse; pero ella no lo agota; siempre queda un excedente entre lo
vivido y lo narrado. Por ejemplo, la vivencia de futuro, que nos ofrece nuestro proyectar, o de pasado que nos entrega el recordar, influyen en nuestra
capacidad para presentificar.
“Lo que importa es la manera como la praxis cotidiana ordena, uno con
relación al otro, el presente del futuro, el presente del pasado y el presente
del presente. Porque esta articulación es la que constituye el más elemental
inductor de relato”. (TR 1, 96)
Esto es clave porque repercute sobre el cómo nos abrimos al mundo y nos
sentimos motivados para intervenir en él; nos invita a encadenar nuestras
acciones para que no queden libradas a lo compulsivo o azaroso, sino que
se orienten constructivamente.
Se trata de la “intratemporalidad’ –acuñada por Heidegger– marcada por
el ritmo solar, las estaciones, el calendario, que corresponde al tiempo vivido,
en el cual obramos y sufrimos, más allá de la simple sucesión de los “ahora”
instantáneos. Es el tiempo con el cual contamos, antes de que lo midamos y
que en realidad medimos porque lo vivenciamos como fugitivo; el tiempo que
puede ser ganado o perdido, proporcional a la medida de nuestro “cuidado”,
de nuestra pre-ocupación souci, sorge. Es también el tiempo-del-mundo que
nos “hace señas”, en el cual ya es tiempo para hacer... alguna cosa, para
tomar una iniciativa, y que determina el tiempo oportuno, el kairos.
“El ahora existencial está determinado por el presente del cuidado [o
pre-ocupación] que es un ‘hacer presente’, inseparable del ‘esperar’ y del
‘retener”’. (TR 1, 99)
Dimensión ontológica:
Dijimos que las relaciones entre “la vida en general” y este momento
pre­figurativo nos afectaban, en tanto todos pertenecemos a la comunidad
■ 26
Marie France Begué
La creación como proceso
ontológica de ser humanos. Esta afección es previa a toda motivación del
querer funcional, el cual recién aparece cuando la conciencia práctica se
determina por “esto” o “aquello” según motivaciones y se organiza en función de metas.
“La vida es sentida y no conocida como una cosa: cierta afectividad difusa
me revela mi vida antes de que mi razón me la explique… La afectividad
tiene el poder de anticipar, por encima de toda idea distinta. Yo me siento
vivo antes de saberme animal”. (VI, 387)
Pero nuestra afectividad también obedece a cierto tipo cualitativo de vivenciar nuestro cuerpo, el mundo y los otros, según el tipo también cualitativo
de intencionalidad de nuestra propia conciencia. Esto explica, por ejemplo,
que cierta capacidad de creación se geste en el modo “poético” de vivenciar,
semejante a una infancia, donde buscar y encontrar se retroalimentan. El
in-esse de nuestra pertenencia al ser, toma la figura de un co-esse, que nos
lleva a sentirnos-con-los-otros, antes de sabernos con ellos. Vivenciamos
que son presencias con rostro, que nos interpelan y nos invitan a interrelacionarnos. Toda gestación de sentido, si bien madura en el silencio y la
soledad, tiene un carácter radicalmente inter-subjetivo.
El obrar y el poder creador se vuelven entonces lugar de legibilidad de
este fondo dónde hacer y padecer se reúnen paradójicamente. En VI, Ricœur
nos dice: “Querer no es crear”, pero podemos decir también con él que crear
es abrazar generosamente lo necesario para producir lo posible.
Mímesis II. Configuración.
Este momento trata de la auto-estructuración interna de la obra mediante
códigos que pueden ser analizados.
La obra es “símbolo de...” y “símbolo para...”. Constituye el momento de
innovación por excelencia; cuando va surgiendo la novedad, a medida que
el esquema dinámico se concreta; al mismo tiempo que se produce la obra y
dentro de ella. Es el fruto de la unión del fondo fundador de mímesis 1, con
la intencionalidad del autor, ya educada o regulada por la tecné elegida. El
creador, después de haber asimilado las reglas que su modo de expresión le
exigían tiene que independizarse suficientemente de su entorno y dominar
su oficio para alcanzar la “libertad operativa” necesaria a su producción.
El acto de crear es siempre respuesta a una inquietud, a alguna dificultad
o aporía que plantea cierto estancamiento.
Podemos observar que en toda configuración hay dos direcciones, una
se orienta hacia la realidad concreta, la otra hacia la ficción. La tensión generada por esta polaridad es la que convoca a mímesis-prax eos a resolver
la situación. Esto significa que nuestra capacidad poética para entrelazar
simbólicamente elementos, situaciones, acciones y pasiones concretas,
produce un dinamismo dialéctico que, al cumplir su función de nexo entre
ambos órdenes, instaura el reino del “como-si”. Dicha tensión y el trabajo
innovador de poiesis, se mantienen continuamente. Si bien puede haber
27 ■
Taller de Letras NE2: 21-37, 2012
cierto momento de descanso, cuando el artista da por terminada una obra
o el agente contempla el resultado de su iniciativa, este momento es provi­
sorio, porque enseguida la vida misma volverá a plantear nuevos desafíos
que reclamarán nuevas resoluciones.
Aquí se abre el “espacio imaginario”, donde juegan libremente las posibilidades que pertenecen al mundo humano de la acción y de la pasión. El
espacio imaginario tiene su asiento en la realidad concreta y también en el
deseo. Su dinamismo tiende hacia cierto equilibrio inestable que obliga a la
conciencia a renovarse continuamente para mantenerse en el fluir temporal
de su propia vitalidad. Si la realidad es vivida por una imaginación que la
potencia hacia un infinito desmesurado, ella puede volverse vértigo, delirio
o incluso caos patológico. Pero si es vivida por una imaginación regulada,
que esquematiza las vivencias sin perder la sobreabundancia de lo real, ella
se ordena produciendo una obra.
Ricœur también llama este momento “proceso de metaforización” porque,
igual que la metáfora, él se apoya en la percepción de una semejanza, más
allá de la diferencia aparente.
La obra poética o metáfora propone un mundo nuevo, a partir del mundo
cotidiano, pero sin eliminarlo totalmente. Ella transgrede el orden categorial
establecido, engendrando otro orden, pero en dependencia con él. Algo pasa
de un mundo al otro. La transferencia es inducida por la semejanza entre
ambos; dicha semejanza provoca emociones y sentimientos particulares que
nos revelan modos de ser y de habitar el mundo. Se pasa de lo afectivo a lo
cognitivo y de lo cognitivo a lo afectivo. El paso mismo establece una ínter­
significación que produce la novedad significada.
Ya vimos que toda donación de sentido tenía un carácter radicalmente
inter­subjetiva y que el hecho mismo de estar vinculados los hombres entre sí
creaba el fondo cultural a partir del cual iba a emerger el nuevo sentido. Este
momento de mímesis 11 es el momento en que se manifiesta –se dona– lo
original en la figura de lo creado. Él nos obliga a interpretar continuamente
lo aparente para descubrir, en lo escondido, los posibles a venir.
El sentido de la obra determina la “unidad temporal” que resulta de la
síntesis entre lo vivido por el creador y lo expresado en la cosa creada.
Durante este proceso de emergencia, de distancia respecto de lo viejo y de
afirmación de lo nuevo, pero sin abandonar del todo lo anterior, el creador,
al producir una novedad, inventa, es decir, descubre e instaura a la vez la
realidad que tiene en sus manos.
En esto consiste la “función icónica” o “poética”: en designar indirectamente
otra situación semejante a la primera, que nos habla de ésta pero “de otra
manera”. Su ambivalencia poética elabora en paralelo una estructura nueva
que muestra y encubre al mismo tiempo, mientras enriquece nuestro modo
cotidiano de percibir el mundo. El mensaje original de esta “otra manera”
solo se puede comunicar a través de la primera. Entre ambas se mantiene
una relación de dependencia.
■ 28
Marie France Begué
La creación como proceso
Las semejanzas inéditas pueden ser de calidad, de estructura, de localización,
de situación, etc. Cada vez, la cosa apuntada es percibida, comprendida,
pensada como la describe la metáfora o ícono. Pero esto no significa que
el sentido se agote. Es un “ver como...” que –para Ricœur– denota un “ser
como…” La calidad de una obra depende de la calidad del valor que encarna
y de la profundidad cualitativa de su efecto transformador. Cuanto más emblemática es, más universal será su mediación y más paradigmática la obra.
El dinamismo de la configuración es holístico k, significa que tiene unidad
temporal; y por eso es mediador. Al configurar, la imaginación esquematiza
ciertos elementos significativos que, por “reverberación” o “resonancia”
Minkowski dan sentido a otros que los acompañan. Su poder innovador los
hace capaces de ligar ciertas significaciones entre sí y en correspondencia
con un sentido más profundo de ser, que siempre es sobreabundante. Dichas
significaciones se vinculan, porque en última instancia todas participan de
algún modo de ese fondo ontológico que –parafraseando a Aristóteles– “se
dice de muchas maneras”.
La obra configurada constituye por sí misma un sistema, con su red de
significaciones y valores, organizados en torno a un punto central que los
unifica, como el eidos de su mensaje. Este “núcleo de ficción” es como el
“diafragma” que nos permite “comprender” la obra. Por eso, ella es más la
producción fingida de un “cuasi-mundo” que una reproducción del mundo
en que ya estamos inmersos. La síntesis en una obra, entre lo vivido y lo
expresado, tiene una estructura que la hace verosímil. La intriga o trama imita
la acción, en tanto que tiende un hilo conductor que enlaza las situaciones
entre sí y que es el que le da inteligibilidad.
“Mímesis II no significa tanto la reproducción del mundo de la acción
ya ahí, sino más bien la producción fingida de un cuasi-mundo”. “Mímesis
et Représentation”, Actes du XVIII Congrés des Sociétes de Philosophie de
Langue française, Strasbourg 1982, p. 55.
Ricœur llama “inteligibilidad narrativa” a esta capacidad que tiene la obra
para ser comprendida. Ella es inteligible porque viene acompañada de un
entramado de razonabilidad –explícito o implícito– que le da coherencia y
significación.
Pero la coherencia es solo “narrativa”, porque enlaza discordancias trans­
formando la diversidad en una unidad significativa, que es la concordancia.
Esta unidad corresponde al “mundo” que la obra proyecta fuera de ella,
como una propuesta, una “tesis de mundo”. La tesis propuesta es la que
nos confronta con nuestras propias cosmovisiones y nos ayuda a interpretar
nuestra acción y nuestra identidad. El vínculo de semejanza es el puente que
recorremos entre la obra y la vida.
Pero Ricœur observa que dicha concordancia guarda cierta discordancia que
le permite la suficiente plasticidad para incorporar la irrupción de lo imprevisto.
Al producir la concordancia-discordante, los incidentes se organizan en un
sistema simbólico y flotante, pero provisorio hasta que la obra se termine.
29 ■
Taller de Letras NE2: 21-37, 2012
Me parece importante entender el sistema en forma dinámica. Su estabi­
lidad no es quietud sino que depende de su capacidad para responder ante
las perturbaciones que puedan sobrevenir. Su dinamismo tiene que volverlo
permeable a las novedades que lo afectan, y a la vez, debe poder ofrecer
una respuesta de intercambio. La capacidad o “actitud sistémica” es la que
lo mantiene estable. La noción de “frontera” también se vuelve más dinámica que espacial porque ella marca el límite, no tanto del lugar que ocupa
la función, sino de la capacidad de dicha función para asimilar o rechazar la
novedad que irrumpe.
Aplicada a la acción y a su articulación narrativa, la imaginación práctica
esquematiza sistemas o transformaciones de sistemas que son arborescentes,
porque tienen alternativas y ramificaciones. Su dinamismo hace que siempre
haya huecos, grietas, estados intactos, que permiten las iniciativas y producen
los cambios en los acontecimientos. Se trata de los “espacios potenciales”.
(L. van Bertalanffy: Perspectivas en la teoría general de sistemas, editado
por su viuda, Alianza Editorial, Madrid, 1979).
“Esta inteligencia narrativa de primer grado me parece más cercana de la
inteligencia “phronética”, puesta en obra por el discurso ético y político, que
de la racionalidad teórica puesta en obra por las ciencias físicas o sociales,
tomadas en su nivel sistemático”. “Figuration et Configuration a propos du
Maupassant de Greimas”, en Exigences et Perspectives de la sémiotique, H.
Parret y H.G. Ruprecht, ed. Ámsterdam, 1985, 801-809
Temporalidad: Por otra parte, la inteligibilidad narrativa también provoca
una experiencia nueva del tiempo que, si bien es ficticia, según “variaciones
imaginativas”, nos permite ensayar diferentes maneras de tejerlo. Esta experiencia, aunque precaria, es importante.
Nuestra vivencia temporal tiene algo de “absolutamente opaco” y “mudo”,
mientras que la experiencia narrativa es “locuaz”. Ella nos ofrece “como una
ventana abierta sobre... lo que es el tiempo humano”. “Histoire comme récit
et comme pratique”, dialogue avec P. Kemp, Esprit, W54, Paris, 1981, p. 156)
Para Ricœur, una experiencia se vuelve propiamente humana cuando
las vivencias se ordenan secuencialmente. Pero la experiencia humana del
tiempo es ambivalente y conlleva una aporía que parece ser irreducible: es
la escisión entre el tiempo objetivo o tiempo físico y el tiempo subjetivo o
tiempo vivido, el tempus psicológico, etc. La obra narrada hace precisamente
su mediación entre estos dos modos de concebir el tiempo.
“A menudo hemos dicho que resolver poéticamente las aporías era menos
disolverlas que despojarlas de su efecto paralizador y volverlas productivas”.
(TR 111, p. 199)
Al ofrecer su “réplica poética”, la ficción hace avanzar la tensión de la
aporía. Su mundo imaginario se vuelve una verdadera “experiencia de pensamiento” mediante la cual aprendemos a enhebrar lo que nos sucede con
nuestras iniciativas y a la luz de lo que quisiéramos ser y hacer. Aprendemos
a discernir entre lo urgente y lo importante según escalas de valores, y a
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Marie France Begué
La creación como proceso
unir aspectos éticos de nuestra conducta con nuestra capacidad de ser y de
reconocernos agentes de nuestra propia vida.
La obra tiene su temporalidad propia. Está el “tiempo del narrar” y el
“tiempo de las cosas narradas”. En la discordancia de lo cotidiano, también
están el “tiempo de las cosas” y el “tiempo interior de las motivaciones o
razones para actuar”. Este ir y venir de una temporalidad a la otra nos ayuda
a probar y a explorar nuestra propia fugacidad en la urgencia de la paseidad
y junto con nuestra exigencia de perennidad. Con este vaivén tejemos una
trama temporal sobre la que practicamos nuestros proyectos, revisamos
nuestras acciones pasadas, operamos en nuestro presente, pero todo esto
en el horizonte de nuestra mortalidad.
“Por la mediación del arte, el milagro fugitivo es fijado en una obra durable”. (TR 111, 130)
Hay un intercambio temporal que nos es enseñado mediante los discursos
narrativos desde la primera infancia. Ellos nos inician en la experiencia de que
algo simultáneamente pasa y desaparece mientras algo dura y permanece.
Mímesis III. Refiguración
Para Ricœur, la creación se mantiene subordinada hasta el final, a la experiencia de vida que impregna nuestro obrar y padecer. La intencionalidad
del acto creador siempre se cumple fuera de él mismo, en otro. Ya vimos
esto al comienzo al hablar de “la cosa”. Descubrimos una “trascendencia en
la inmanencia: una dimensión de infinito en nuestra propia finitud y en la
finitud de la obra. Es una “trascendencia en la inmanencia” que se volverá
el alimento capaz de nutrir al receptor.
Este momento refigurativo concuerda con la capacidad, recién observada,
que tiene la obra para reorganizar, fuera de ella, la vivencia temporal y la
acción de quien la recibe. La propia inteligibilidad de müthos requiere este
tercer momento que vincula el mundo de la obra con el de su receptor. Al
apropiarse de las significaciones propuestas, dicho receptor actualiza su sentido
plausible que estaba latente y lo presentifica al modo de simulación: es el
“como si... “. La semejanza misma entre ambas dimensiones lo invita a entrar
en connivencia con la obra e integrarla al mundo de su propia experiencia.
Pero para ello el receptor debe trascender el orden en que está instalado.
Dijimos que la intriga nunca era un triunfo del orden por encima de las
disonancias, sino una concordancia-discordante que esquematizaba una
armonía más o menos estable y persuasiva. El relato, la figura, la música
siempre dicen más de lo que dicen literalmente. Y es este “plus” el que los
hace capaces de reinsertarse en la realidad, reconfigurándola. Ellos nos enseñan cómo los cambios de fortuna suelen resultar de tal o cual conducta.
A medida que concordamos con la obra, también aprendemos a pasar de la
realidad a la ficción y a retornar a la acción concreta mediante el trabajo de
refiguración. Aprendemos a relacionar las virtudes –o mejor las excelencias–
con la felicidad y el infortunio.
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Taller de Letras NE2: 21-37, 2012
Esta reinserción de la obra en la experiencia vuelve a enriquecer el fondo
simbólico de la vida del receptor, que había sido considerado parte de mímesis
I, en tanto que partícipe del mundo de la vida y de la cultura del creador.
Ambos forman un círculo vital. Este círculo no es para nada vicioso,
porque ambas instancias se retroalimentan, colaborando, cada una con la
especificación de la otra.
Se trata de un verdadero círculo hermenéutico, que: ”como una espiral
sin fin, hace pasar la mediación varias veces por el mismo punto, pero a una
altura diferente”. (TR 1, 111)
La refiguración “completa” el círculo de la creación cuando la intencionalidad de la referencia es recibida e interpretada. En este momento, el “mundo
del texto” y el “mundo del lector-receptor” se intersignifican produciendo
un aumento icónico. Es lo que la hermenéutica llama intertextualidad. La
intercomunicación se realiza mediante la persuasión y el placer que provocan
en el receptor una actitud de apertura hacia la obra. El acto de lectura o su
equivalente es el que instaura esta relación transitiva entre ambos mundos.
Esta acción produce múltiples efectos que se vinculan con la historia de
cada persona o de una comunidad, produciendo lo que Gadamer llamó la
“historia efectual”. Se trata de lo que culturalmente llamamos una “estética
de la recepción” (Jauss).
Por su referencialidad, el aumento icónico propio de la obra tiene dos
orientaciones, la una apunta al significado latente que está detrás de la
significación literal –el qué del mensaje comunicado– y la otra se dirige
al lector-receptor –el a quien de la comunicación–; como si con un ojo
mirara lo posible y con el otro lo real, pero además, con las manos enlazara
ambos mundos. Dicha referencialidad es la que nos invita a “ver como”,
es decir, a redescribir la realidad como el mundo de la obra lo propone.
Cada vez se señala un aspecto del ser que se muestra y se esconde de
manera novedosa.
Este “mostrarse-esconderse” es secuencial. Se instaura un orden temporal que se expresa mediante los tiempos de los verbos. El relato histórico
pretende alcanzar la verdad de lo que ha sucedido, el relato de ficción
configura lo que hubiera podido suceder. Ambos están como suspendidos
respecto de la realidad y como endeudados con ella porque la necesitan.
Apuntan a “horizontes más o menos potenciales”, de la misma manera
como nuestra conciencia apunta a horizontes para captar los sentidos de
las cosas.
Los mundos que proponen los relatos deben ser plausibles para nosotros,
de lo contrario no podríamos participar de ellos. Esto quiere decir que una
obra se define por su situación, a la vez limitada y abierta, dentro de un
horizonte que la ubica y la limita.
Pero el horizonte también es un umbral que invita a ser atravesado dentro
del mundo al que pertenece. “Mundo” y “Horizonte” forman la base de la
refiguración. Al fusionarse el horizonte del mundo de la obra con el horizonte
■ 32
Marie France Begué
La creación como proceso
del mundo del receptor se genera un tercer horizonte que acompaña el mundo
producido por el intercambio de los dos anteriores.
“La refiguración procede de un mundo a otro mundo, de un mundo ficticio
a un mundo real, a través de un mundo potencialmente real”. (TR 1, 117)
El mundo del texto es imaginario y concuerda con el tipo de obra que
lo estructura; pero su inmanencia es trascendente porque está abierta al
receptor. El mundo del receptor es real pero remodelable por la imaginación.
El acto de lectura o recepción:
Este acto es, para Ricœur, la “piedra angular” de todo el proceso de la triple
mímesis, porque si la obra no es recibida y no produce su efecto, queda en
estado virtual. Vimos que la obra se comunicaba, pero es el lector-receptor
quien opera y actualiza la comunicación, mediante el trabajo de lectura o
recepción.
El acto de lectura acompaña siempre de alguna manera, el movimiento
configurador que produjo la obra. Veamos como: por un lado, la obra afecta
al receptor. El receptor entra en su sistema de significaciones y se identifica
con él. Pero por otro, cada lector lo hace “a su manera”, es decir, filtrando
el mensaje con su aporte personal, según su propio mundo. La adherencia
del receptor a las estrategias del autor implicado, es un juego dialéctico de
apropiación y distancia, que le permite al primero ensayar su libertad en
vistas a construir su identidad.
Recibimos una obra a partir de nuestro presente, pero este presente a
su vez, influye sobre nuestra manera de vivenciar nuestro pasado y nuestro futuro. Por eso Ricœur habla de “trabajo activo de apropiación”, que se
modifica con el tiempo, según las edades y las épocas. Podemos decir que
la obra tiene su propia historia de fecundidad que va acorde con la “historia
de la recepción”.
Es necesario superar la concepción estática y cerrada de la estructura de
la obra donde el “adentro” y el afuera” están bien definidos. En realidad entre
producir una obra y recibirla comprendiéndola, hay un proceso dialéctico
que articula ambas operaciones, aunque en el tiempo parezcan separadas.
Al asimilarla, el receptor re-construye en cierta manera la obra, al modo de
un co­ autor en segundo tiempo.
El proceso de poético es heurístico porque, primero, la figura interpreta
la realidad mediante la propuesta del creador, pero luego, pide una segunda
interpretación mediante el trabajo de re-figuración del receptor. Los paradigmas culturales a las que pertenecen creador y lector crean la familiaridad
necesaria para el encuentro entre ambos. Si esto no sucede, el receptor sentirá el esfuerzo para penetrar el mundo de la obra, y buscará, o no, superar
la extrañeza que le provoca.
Al “re-construir’’ la obra para asimilarla, el lector interpreta la re des­
cripción de lo real que ella le ofrece. Lectura y recepción del texto se dan
33 ■
Taller de Letras NE2: 21-37, 2012
simultáneamente. No es suficiente que la obra tenga valor en sí, si este valor
no es actualizado por el lector. De ahí que la riqueza virtual de un texto sea
tan dependiente del lector como el lector lo es del texto. No se trata solamente de efectos del momento, sino de un horizonte más amplio de efectos
que están dentro de una “historia” de tradición que forma parte del aura de
cada cultura y repercute en ella.
Dentro de ese “Gran Horizonte” se destacan los anhelos, que también son
lagos. En MHO, al hablar de la “memoria apaciguada”, nuestro autor dice /
que los proyectos de vida, individuales o comunitarios, deben retomar las
“promesas incumplidas” que quedaron en el pasado, para volverlas a lanzar
al futuro. Pero este “retomar” o “recuperar” no es un repetir sino un re-crear,
o sea, un llevar a su plenitud, a través de significaciones nuevas, el sentido
latente que quedó como frustrado.
Ricœur reflexiona acerca de la función de “creación social” que puede
tener el arte y observa que dicha función se ejerce en el punto de intersec­
ción entre las “esperas” abiertas por los horizontes propios de las artes, la
literatura, etc., y las “esperas” abiertas por las experiencias cotidianas de los
hombres concretos. El arte influye indirectamente, a través del imaginario
que él mismo produce y que lo orienta hacia lo real; y esto sucede, cada
vez, de manera particular.
Terminología ricoeuriana
Mundo: Conjunto de significaciones o referencias abiertas por toda clase
de discursos descriptivos, poéticos, reflexivos... que hemos visto, escuchado,
leído, interpretado, amado, rechazado, etc. (TR 1, 121). Estas referencias
hacen que un simple “entorno circundante” se convierta en “mundo”.
Horizonte: Toda experiencia tiene su propio contorno que se dibuja sobre
un telón de fondo u horizonte de potencialidades. Tiene como dos caras: La
cara interna nos permite detallar y precisar lo experienciado dentro del contorno. La cara externa hace que lo que se está viviendo mantenga vínculos
potenciales con infinidad de cosas que están en el “horizonte más amplio
de un Mundo Total”, pero que solo aparecen si se las trae deliberadamente.
Para Ricœur, el horizonte tiene una doble función: encuadrar las situaciones
y esclarecer las significaciones puntuales, explorando su sentido ontológico,
o sea, interpretando el ser que se expresa en ellas. El lenguaje atestigua el
ser. Nuestra experiencia de ser-en-el-mundo y de ser-en-el-tiempo es más
originaria y anterior al propio lenguaje. Esta es su condición ontológica.
Pero la fusión de los horizontes no se da sin conflicto, porque cada receptor
tiene su modo de enlazar lo sedimentado de su experiencia personal con lo
innovado por las iniciativas y propuestas. El conflicto aparece cada vez que
lo imaginario pretende cambiar lo establecido. De ahí la importancia de no
separar la obra de la acción del receptor, quien la aplicará a lo que, hasta
ahora, fue reconocido como valioso “de hecho”.
■ 34
Marie France Begué
La creación como proceso
Lenguaje: Conjunto de signos coherentes entre sí que tienen la capacidad
de expresar algún contenido. Es un existenciario porque estructura nuestra
experiencia y nos humaniza. Ricœur en general prefiere hablar de “discurso”
a condición de que le demos la máxima amplitud a este término. Tiene la
función dinámica ser mediador entre:
El hombre y el mundo El hombre y el hombre
El hombre y sí mismo orden de la referencia
orden del diálogo
orden de la reflexión
Su potencia heurística se actualiza en los tres de maneras diferentes:
El lenguaje influye: 1: en nuestra visión del mundo mediante la percepción.
2: en nuestra relación con los otros, creando comunicación.
3: en la comprensión que tenemos de nosotros mismos, al reflexionar y
reflexionamos.
Figura: En su origen significó “forma plástica” que remite a algo vivo,
dinámico, inacabado, y que anuncia, en ese mismo inacabamiento, una novedad, una manifestación inédita. La “forma” significaba el molde dinámico
que otorgaba su perfil también dinámico –su eidos– a la materia moldeada
por él. La palabra “plástica” recalca el componente de movimiento y transformación que tiene, su dinamismo.
Con el cristianismo el término adquiere su significación más creativa.
Significa “profecía” [o promesa] “en acto”, es decir, que algo que se anunciaba, que se prefiguraba, ahora se ha vuelto real, histórico. El profeta es
el que habla en lugar de otro. Esto es clave porque lo mismo sucede con la
figura que anuncia otra cosa que está detrás de ella.
La figura es algo real e histórico que representa algo otro, tan real e
histórico como ella. Designa tanto lo aparente y cambiante como lo escondido y permanente. Se trata de la concordancia en la semejanza. En tanto
que promesa o profecía, la figura anuncia otra cosa que va a suceder en el
tiempo, al modo de su cumplimiento, la cual, a su vez, se volverá promesa
o figura de algo que nuevamente vendrá. Cuando los evangelistas buscan
interpretar el AT a la luz del Nuevo, los personajes y acontecimientos se
vuelven “figuras –profecías en acto– prefiguradas en el AT, que ahora, con
el NT, alcanzan la plenitud de su sentido, completando así la Historia de
la Salvación.
También nosotros cuando interpretamos ciertos acontecimiento pasados,
a la luz de nuestra madurez actual, los vemos como figuras que preanun­
ciaban, que preparaban lo que ahora sucede. Hay un vínculo profundo entre
“figura” y “cumplimiento” que atestigua su densidad ontológica. La figura es
“anuncio”, “promesa”; la verdad es “epifanía”, “cumplimiento”.
El proceso figurativo de mímesis nunca termina porque se retroalimenta
pasando por sucesivos estadios siempre en niveles más plenos.
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Taller de Letras NE2: 21-37, 2012
Ícono: El ícono propone al mismo tiempo dos figuras y el vínculo entre
ambas. Como si fuera mitad pensamiento, mitad experiencia. Permite, por
un lado, que el receptor vea simultáneamente la ficción y su propia realidad
como si fuera una ficción; y por otro, que lo compare, en este nivel, con las
múltiples posibilidades imaginarias que se le vayan presentando. De esta
manera, la obra misma se vuelve como una gran metáfora –un gran ícono–
de la realidad entera. Por eso Ricœur habla de “presentación icónica”.
Al redescribir la realidad, la figura icónica también reorienta el obrar y
el padecer, porque moviliza los tres elementos que vimos en mímesis 1: la
red de significaciones entre categorías prácticas, la simbólica inmanente a
esta precomprensión de la acción y la temporalidad propiamente práctica.
Obras citadas
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37 ■
Daller
aniel Fde
reyLetras NE2: 39-54, 2012
T
L’imagination chez
Paul
Ricoeur
issn
0716-0798
L’imagination chez Paul Ricœur*
Ricœur on Imagination
Daniel Frey
Université de Strasbourg, France
[email protected]
El tema de la imaginación en la obra de Ricœur atraviesa su pensar. En este texto, se
aborda aquello a través de tres apectos de su obra que son tantas dimensiones complementarias. Todo empieza con la teoría de la metáfora inaugurada en /la Métaphore
vive/que permite pensar una verdad del imaginario. La hermenéutica bíblica retoma y
enriquece esta concepción de una imaginación verdadera, confrontándola a la cuestión
del ser de Dios. Según Ricœur, este ser se declina en los múltiples relatos bíblicos,
escapando a cada uno de ellos. En fin y de manera sorprendente, los peligros de lo
imaginario están analizados por Ricœur quien, al final de su vida, estuvo desconfiándose del imaginario de la sobrevivencia que lleva a tomar al pie de la letra.
Palabras clave: Paul Ricœur, imaginación.
Le thème de l’imagination dans l’œuvre de Ricœur traverse la pensée de Paul Ricœur.
Il est ici abordé à travers trois aspects de son œuvre qui sont autant de dimensions
complémentaires. Tout commence par la théorie de la métaphore inaugurée dans la
Métaphore vive, qui rend pensable une vérité de l’imaginaire. L’herméneutique biblique
reprend et enrichit cette conception d’une imagination vraie, en la confrontant à la
question de l’être de Dieu. Cet être, pour Ricœur, se décline dans les multiples discours
bibliques, mais il échappe à chacun d’eux. Ce sont enfin, et de façon étonnante, les
dangers de l’imaginaire qui sont analysés par Ricœur, se défiant –au soir de sa vie– de
l’imaginaire de survie qui porte à prendre à la lettre les textes relatifs à la résurrection.
Most clef: Paul Ricœur, imagination.
*  Ce texte reprend et modifie celui de la conférence nous devions initialement prononcer
lors du colloque de 2011. Nous tenons à remercier M. Alberto Toutin de bien avoir voulu lire
ce texte pour nous, puisque nous n’avions malheureusement pas pu participer au colloque
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Introduction
Il existe, dans l’œuvre de Paul Ricœur, de nombreuses pages sur
l’imagination, qui forment, à bien y regarder, une théorie de l’imagination
en pointillé. D’une façon générale, la pensée de Ricœur se développe par
touches successives, par reprises, rétractations plus ou moins explicites.
Tout se passe comme si le lecteur devait assumer face à cette œuvre sa
position d’interprète, pour être capable de comprendre comment Ricœur a
abordé un thème particulier –comme ici l’imagination–, ou pour appréhender
l’œuvre de Ricœur dans son ensemble. Ainsi, plutôt que de piocher ici ou
là des citations, toutes relatives au thème de l’imagination, nous préférons
ne l’aborder à chaque fois qu’à travers un moment particulier de l’œuvre.
Inviter le lecteur à lire, à assumer sa lecture, voilà, nous semble-t-il, à quoi
l’œuvre de ce grand lecteur nous invite! Cela revient à ne pas répéter paresseusement son texte, à recommencer à chaque lecture le parcours auquel
invite cette œuvre – ou plutôt les parcours, puisqu’il y a bien des façons de
voir apparaître la cohérence de l’œuvre.
Notre parcours sera donc le suivant: nous partirons de l’imagination, telle
que la donne à repenser les travaux sur la métaphore, notamment dans La
Métaphore vive. Il s’agit, en l’occurrence, de nous saisir de cette splendide
découverte: il y a selon Ricœur une «vérité de l’imaginaire» (I.).
Nous abordons ensuite la question de la poétique biblique, pour nous
interroger sur leur place dans la théorie de l’imagination de Ricœur (II.).
Nous prêterons attention, dans le fil de cette réflexion relevant de
l’herméneutique biblique, aux dérives possibles de l’imagination: ce que
Ricœur appelle «l’imaginaire», notamment l’imaginaire de la survie après
la mort (III.).
I. «La vérité de l’imaginaire»
«Être comme [...] signifie être et n’être pas» (Ricœur)1.
«Que serions-nous sans le secours de ce qui n’existe
pas?» (Valéry)2.
Dans La Métaphore vive, Ricœur s’appuie sur la Poétique d’Aristote pour
définir la métaphore comme le «transport à une chose d’un nom qui en désigne une autre»3. La métaphore est une figure rhétorique essentielle à la
vie de l’esprit: elle permet en effet d’«apercevoir les ressemblances» (το το
όμοιον θεωρειν)4. Elle n’est pas un simple ornement du langage; elle apparaît
au contraire comme l’élément central d’une mimèsis praxeos, une imitation
des actions humaines qui en est aussi une recréation imaginaire: «la mimè­
sis est poièsis, et réciproquement»5. La métaphore, et plus généralement le
1  Ricœur,
La Métaphore vive, 376.
par Bouveresse 12.
3  Ricœur, La Métaphore vive 19 (cit. Aristote, Poétique 1657 b).
4  Aristote, Poétique 1459 a 8.
5  Ricœur, La Métaphore vive 56.
2  Cité
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L’imagination chez Paul Ricoeur
discours poétique, imite la réalité dans la mesure où elle la recrée: c’est là,
comme l’écrit Ricœur dans Du texte à l’action, le «grand paradoxe»6! Mais
Ricœur n’est pas homme à se contenter d’affirmer des paradoxes sans les
interroger. Il cherche plutôt, dans La Métaphore vive, à justifier l’affirmation
selon laquelle la métaphore se réfère bien au réel, d’une façon qui enrichisse
la compréhension qu’on en a. Le problème est donc le suivant: si l’on dit,
comme Ricœur, que l’énoncé métaphorique a bien une référence, comment
décrire cette référence spécifique, dans laquelle la réalité est recréée en
imagination sans être pour autant totalement «fictive»?
Ricœur discute notamment la théorie de la référence de Gottlob Frege:
tout discours est au sujet des choses. On ne parlerait pas, sans ce désir
d’énoncer, en parlant, une vérité. Parler, c’est, idéalement, dire vrai, c’està-dire renvoyer à une réalité que peut viser le discours. Appliquée à l’œuvre
écrite, la théorie frégéenne de la référence amène Ricœur à dire que la
structure de l’œuvre équivaut à son sens, et que le monde de l’œuvre est
sa référence (ou dénotation)7. Mais là encore la question rejaillit: peut-on
appliquer la distinction frégéenne sens/référence aux textes poétiques? Si
l’on prend le temps de lire l’étude de Frege intitulée «Sens et dénotation»,
on verra que la réponse est clairement négative: selon Frege, «la proposition
‘Ulysse fut déposé sur le sol d’Ithaque dans un profond sommeil’ a évidemment un sens, mais il est douteux que le nom d’Ulysse qui y figure ait une
dénotation»8. Ricœur l’a bien vu: «le désir de vérité qui pousse à avancer
du sens vers la dénotation n’est expressément accordé par Frege qu’aux
énoncés de science, et paraît bien refusé à ceux de la poésie»9. En effet, le
logicien, après avoir affirmé que la proposition d’Homère où il est question
d’Ulysse est sans dénotation, identifie ensuite volontairement «la valeur de
vérité d’une proposition avec sa dénotation», c’est-à-dire avec la possibilité
d’affirmer ou d’infirmer l’existence d’un référent10. Cette absence de dénotation n’est absolument pas problématique du point de vue de Frege: il est
évident pour ce dernier que la dénotation, et donc la valeur de vérité, n’entre
pas en ligne de compte dans le cas des textes littéraires, dans la mesure
où seuls importent pour lui la sonorité de la langue, les jeux du sens et les
sentiments qu’ils suscitent. Si l’on applique cette conception de la référence
au texte littéraire ou poétique, il faudrait dire alors que ce dernier n’a pas à
proprement parler de référent: l’œuvre littéraire ne renverrait alors à rien
en dehors d’elle-même-à rien d’autre qu’à d’elle-même.
Ricœur, on le sait, ne se satisfait pas de la tranquille affirmation de
l’absence de référence des textes poétiques: «toute mon entreprise vise à
lever cette limitation de la dénotation aux énoncés scientifiques»11. Affinant
sa propre conception de la référence évoquée plus haut, Ricœur s’emploiera
à défendre la thèse suivante: «par sa structure propre, l’œuvre littéraire ne
déploie un monde que sous la condition que soit suspendue la référence du
6  Ricœur,
Du texte à l’action 223.
La Métaphore vive 278.
8  Frege, p. 108-109.
9  Ricœur, La Métaphore vive 278.
10  Frege, 110.
11  Ricœur, La Métaphore 278 cf. 309-310, 319, 386.
7  Ricœur,
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discours descriptif. Ou, pour le dire autrement: dans l’œuvre littéraire, le
discours déploie sa dénotation comme une dénotation de second rang, à la
faveur de la suspension de la dénotation de premier rang du discours»12.
Dans ce cas, tout l’enjeu de l’argumentation tient bien évidemment dans
le passage de la référence de premier rang à celle de second rang. Loin de
dire que le texte poétique n’a pas de référents et ne donne pas lieu à une
évaluation en termes de vérité, Ricœur entend montrer au contraire qu’il pose
la question de la vérité, si l’on veut bien ne pas réduire celle-ci à la seule
vérité-adéquation visée par le discours scientifique. Ce faisant, il admet, en
accord avec une analyse du type de celle de Frege, que le discours poétique
n’a effectivement pas de référent susceptible d’une vérification scientifique,
tout en appelant simultanément à ne pas réduire la notion vérité à une
approche positiviste de la «réalité». L’expression d’une référence poétique
dédoublée, d’un double rapport du poème à la réalité –rapport à la vérité et
déni de la réalité– Ricœur la trouve chez Jakobson, lorsque celui-ci évoque le
traditionnel et magnifique préambule des contes majorquins: «cela était et
n’était pas» («Aixo era y no era»)13. Le conteur ou poète anonyme obéit si
peu à la logique de la vérification-falsification qu’il ne craint pas d’annoncer
que ce qui doit faire le prix du conte pour l’auditeur c’est qu’il dise vrai,
sans dire ce qui est, ou plutôt sans réduire ce qui est absolument parlant
à ce que l’on sait déjà, par ailleurs. Le moyen d’y parvenir fait appel, tout
simplement, aux vertus de l’imagination –nous y voilà!–: c’est en disant ce
qui n’est pas que l’on dit mieux ce qui est; ce qui n’est pas, non pas d’un
point de vue scientifique, mais du simple point de vue du langage ordinaire.
La beauté de la chose, c’est que les possibilités de dire ce qui est par ce qui
n’est pas sont infinies, et que donc les possibilités de dire vrai le sont aussi...
On n’en aura jamais fini avec la vérité du monde; elle est en quelque sort à
venir dans nos discours.
Qu’en est-il du lecteur? Complétons l’analyse livrée dans La Métaphore
vive par celles de Temps et récit: la thèse de Ricœur consiste à montrer que
c’est précisément parce que littéralement la métaphore ne fait pas sens, et
que donc elle n’a pas de référence, qu’il est attendu du lecteur une transposition du sens impensable au premier degré à un sens fécond au second
degré, – exigeant de lui, par conséquent, une transposition d’une référence
impossible à une référence inédite14. C’est pour le lecteur qu’un voir-comme
jaillit et se répercute en être-comme dans son monde; un être en acte est
un être pour un lecteur, par un lecteur.
Cette théorie de la référence métaphorique a évidemment des effets sur la
question, classique, de l’ontologie. Ricœur, dès la deuxième étude, entrevoyait
l’existence d’une «vérité de l’imaginaire» opposée à celle de vérité-adéquation,
sur la base de sa lecture personnelle de la Poétique: «Toute mimèsis, même
créatrice, surtout créatrice, est dans l’horizon d’un être au monde qu’elle
rend manifeste dans la mesure même [où] elle l’élève au muthos. La vérité
de l’imaginaire, la puissance de détection ontologique de la poésie, voilà ce
12  Ricœur,
La Métaphore 278-279.
La Métaphore 282 (cf. 321).
14  Voir Ricœur, Réflexion faite 44-48, 73.
13  Ricœur,
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L’imagination chez Paul Ricoeur
que, pour ma part, je vois dans la mimèsis d’Aristote»15. Parler de «vérité de
l’imaginaire», ou même de «vérité métaphorique», cela suppose la possibilité
d’un discours philosophique dans lequel peut être articulée un questionnement
ontologique et une réceptivité vis-à-vis des textes littéraires et poétique16.
Mis en mouvement par la «véhémence ontologique» du poétique, conscient
de la capacité du muthos d’inventer, au double sens du terme, une réalité,
le philosophe doit s’ouvrir à la signification philosophique de la métaphore17.
On le sait, Ricœur entreprend à cette occasion un débat avec Wittgenstein,
Derrida et Heidegger, qui nous éloignerait trop de notre sujet. Il nous suffit
de signaler ici qu’il y justifie la place de l’herméneutique, considérée comme
style philosophique particulier. Ricœur ne se cache pas que l’interprétation
conceptuelle de la vérité métaphorique est nécessairement réductrice, mais
il signale conjointement une issue: «Toute interprétation vise à réinscrire
l’esquisse sémantique dessinée par l’énonciation métaphorique dans un
horizon de compréhension disponible et maîtrisable conceptuellement. Mais
la destruction du métaphorique par le conceptuel dans des interprétations
rationalisantes n’est pas la seule issue de l’interaction entre modalités
différentes de discours. On peut concevoir un style herméneutique dans
lequel l’interprétation répond à la fois à la notion du concept et à celle de
l’intention constituante de l’expérience qui cherche à se dire sur le mode
métaphorique»18. L’herméneutique sera donc une interprétation rationnelle,
c’est-à-dire conceptuelle, visant l’univocité; pour le dire autrement, le philosophe ne peut, comme le poète, laisser simplement coexister des vérités
parallèles, voire contradictoires. À l’horizon du savoir philosophique, il y aura
toujours la vérité! L’herméneutique a ici un rôle spécifique à jouer: elle vise
elle aussi l’unité du savoir, mais, comme reprise du procès métaphorique
en vue d’atteindre la vérité métaphorique, elle veut être pensée de ce qui
se donne à penser au-delà du concept, et que le concept ne maîtrise plus.
L’herméneutique cherchera donc à être attentive aux représentations qui,
selon l’expression kantienne reprise par Ricœur, «donne[nt] beaucoup à
penser, sans qu’aucune pensée déterminée, c’est-à-dire de concept, puisse
[leur] être adéquate[s]19. L’herméneutique est à l’écoute de l’appel adressé
à la pensée conceptuelle par la métaphore, appel à voir-comme. Cet appel
résonne pour elle comme un surcroît de représentation excédant les concepts
disponibles: «penser plus», penser plus loin que l’usage habituel du discours
ne le permet. L’herméneutique se tient elle-même sur le lieu d’intersection
du poétique et du spéculatif; elle est un mode d’articulation des deux, ou,
pour reprendre le terme même que Ricœur emploie, elle est un «discours
mixte qui, comme tel, ne peut pas ne pas subir l’attraction de deux exigences
rivales. D’un côté elle veut la clarté du concept – de l’autre, elle cherche à
préserver le dynamisme de la signification que le concept arrête et fixe»20.
15  Ricœur,
La Métaphore 61.
peut se risquer à parler de vérité métaphorique pour désigner l’intention ‘réaliste’
qui s’attache au pouvoir de redescription du langage poétique» (Ricœur, La Métaphore 311)
17  Ricœur, La Métaphore 379, cf. 388: «Il faut restituer au beau mot ‘inventer’ son sens
lui-même dédoublé, qui implique à la fois découvrir et créer».
18  Ricœur, La Métaphore 383 (nous soulignons).
19  Ricœur, La Métaphore 384, cit. Kant, Critique de la faculté de juger § 49.
20  Ricœur, La Métaphore 383.
16  «On
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L’herméneutique se caractérise donc par une conscience aigüe du décalage existant entre le discours poétique et le discours spéculatif. L’ambition
consistant à penser, à énoncer conceptuellement ce que la métaphore dévoile
poétiquement, ne va pas sans une reconnaissance de la disparité foncière des
deux discours. Notons, sans pouvoir nous étendre sur ce point, que la forte
critique adressée par Ricœur à Heidegger présente le même enjeu, puisqu’il
s’agit de dénoncer la tentation de confondre et de mêler le discours poétique
et le discours spéculatif. La pensée, même inspirée par le poème, se doit à
elle-même d’être autonome: le philosophe ne poétise pas parce que, comme
l’écrit Ricœur, «la pensée spéculative se sait distincte et répondante»21.
La grandeur et le génie du discours philosophique est d’être le témoin de
son propre geste de reprise souveraine de ce qui est donné dans d’autres
discours, témoin aussi du travail conceptuel qui élève à l’intelligible ce qui
risque toujours de n’être, dans le poème, qu’expression incommunicable. La
grandeur du poétique, elle, est de n’avoir aucun besoin du discours spéculatif, d’aucune manière. Il se soutient de lui-même; son articulation même
aux discours spéculatifs ne peut empêcher que l’on revienne à lui comme
on revient à la source.
Ainsi, la métaphore, le discours poétique dans son ensemble, sont bien
susceptibles d’être traduit par le discours spéculatif, mais ils résistent
simultanément à cet effort de traduction dont le philosophe se sait seul responsable. C’est le rôle de ce dernier que d’attirer systématiquement notre
attention sur la pluralité des discours, tout en s’efforçant, non d’atteindre le
Savoir absolu –hypothétique discours tiers permettant de comparer la traduction d’un langage dans un autre– mais d’articuler des discours qui sans
lui resterait toujours déliés. Ricœur se plaît à citer ce mot de Platon dans
le Philèbe: «il ne faut faire trop vite ni un, ni multiple»22. Et d’ajouter cette
règle méthodologique du philosophe: «La philosophie montre sa maîtrise
dans l’art d’ordonner des multiplicités réglées»23. Ajoutons, d’agissant de
l’imagination: le philosophe doit être capable de penser la métaphore, et plus
généralement toute œuvre de fiction, comme ce qui permet un élargissement
de la notion même de vérité. Dans le même temps, il doit demeurer conscient des limites inhérentes à chaque discours-discours poétique, discours
philosophique: la philosophie doit s’ouvrir à l’imagination; elle ne saurait en
revanche prétendre en annexer les illuminations.
II. La poétique biblique
Il est un plan, cependant, sur lequel la capacité du philosophe –Paul Ricœur
en l’occurrence– à s’ouvrir à la poétique, en procédant lui-même à une herméneutique spécifique, pose question: ce plan, c’est celui de l’herméneutique
biblique. Qu’est-ce que la «vérité de l’imaginaire» dans le cas des textes
bibliques? Il est tout à fait clair, pour Ricœur, que les textes religieux en
général, et bibliques en particulier, relèvent de la poétique, c’est-à-dire de
ce type de discours qui prétend être vrai, sans être lui-même un discours de
21  Ricœur,
La Métaphore 395.
La Métaphore 375.
23  Ricœur, La Métaphore 375.
22  Ricœur,
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L’imagination chez Paul Ricoeur
type purement descriptif, informatif. La poétique biblique, parce qu’elle est
poétique précisément, invente –c’est-à-dire recrée en imagination, comme on
vient de le voir– les termes qui lui permettent de renvoyer à ce qui n’est pas
sous nos yeux; ce qui, tout en étant là, reste caché, indisponible, et pourtant
fondamentalement réel. Mais est-il possible de dire que les textes bibliques
renvoient de cette manière à «Dieu», sans se demander si, par ailleurs, ce
Dieu existe? C’est une question que l’on est en droit de se poser lorsqu’on
lit, en théologien, les essais de Paul Ricœur relatifs à la poétique biblique.
Dans «Herméneutique de l’idée de révélation», très beau texte de
Ricœur que Nicola Stricker et nous-mêmes avons réédité aux éditions du
Seuil l’an passé, Ricœur invite en effet «à placer les expressions originaires
de la foi biblique sous le signe de la fonction poétique. Non pour les priver
de référent, mais pour les placer sous le signe de la fonction poétique»24.
Prendre au sérieux cette fonction poétique, cela suppose de décider de ne
pas réduire le texte biblique à une expression naïve, pré-conceptuelle, d’un
savoir ontologique: le texte biblique n’est pas l’expression imagée d’un savoir
ontologique sur Dieu et la réalité ultime. Autrement dit, il convient, selon
Ricœur, de ne pas identifier Dieu et l’Être, en raison de la richesse des textes
de différentes natures dans lesquels il est nommé. «Le mot ‘Dieu’», écrit
Ricœur, «dit plus que le mot ‘Être’, parce qu’il présuppose le contexte entier
des récits, des prophéties, des lois, des écrits de Sagesse, des psaumes,
etc. Le référent ‘Dieu’ est ainsi visé par la convergence de tous ces discours
partiels. Il exprime la circulation du sens entre toutes les formes de discours
où Dieu est nommé»25.
C’est la raison pour laquelle Ricœur prend toujours soin de distinguer
dans ses essais d’herméneutique biblique les diverses formes du discours
biblique. On y retrouve invariablement les formes narrative-prophétique,
législative-sapientielle, hymnique-proverbiale, opposées par paires afin de
donner du relief aux différentes significations corrélatives des spécificités
structurelles. Ce sera un apport essentiel de Temps et récit, que de montrer
que l’imagination n’est pas sans règles. Au contraire: elle n’est jamais plus
productive que lorsqu’elle se donne à elle-même des règles, lorsqu’elle donne
naissance à des types littéraires bien distincts. Dès la première page de
Temps et récit que Ricœur rapporte en effet la mimèsis au concept kantien
d’imagination productrice: «l’innovation sémantique peut être rapportée à
l’imagination productrice et, plus précisément, au schématisme qui en est la
matrice signifiante»26. Ce schématisme signifie que l’imagination productrice
est une «imagination qui produit selon des règles»27. Ces règles, l’imagination
productrice se les donne à elle-même, le schématisme de l’imagination
productrice consistant justement à engendrer des règles, à être «la matrice
génératrice des règles»28. De fait, pour Ricœur, la configuration narrative
est à chaque fois la synthèse d’un type connu d’intrigue véhiculé dans une
culture et une histoire spécifique. Le schématisme n’est donc autre, dans
24  Ricœur,
Écrits et conférences 2 246.
Lectures 3 294-295.
26  Ricœur, Temps et récit I 11.
27  Ricœur, Du texte à l’action 21.
28  Ricœur, Temps et récit I 106.
25  Ricœur,
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le champ des récits, que les diverses règles qui président à la fonction narrative: «on peut parler d’un schématisme de la fonction narrative. Comme
tout schématisme, celui-ci se prête à une typologie du genre de celle que,
par exemple, Northrop Frye élabore dans son Anatomie de la critique. Ce
schématisme, à son tour, se constitue dans une histoire qui a tous les caractères d’une tradition. Entendons par là, non la transmission inerte d’un
dépôt déjà mort, mais la transmission vivante d’une innovation toujours
susceptible d’être réactivée par un retour aux moments les plus créateurs
du faire poétique»29.
Dans «Herméneutique de l’idée de révélation», bien avant Temps et
récit, le philosophe s’arrêtait déjà sur cette production poétique réglée, en
fonction de différents types littéraires. C’est la narration biblique qui, là
encore, faisait selon lui figure de paradigme du langage biblique, en raison
de sa prépondérance dans le Pentateuque, les Évangiles synoptiques et les
Actes des Apôtres. La narration est d’ailleurs la forme de discours à laquelle
l’analyse structurale peut être le plus aisément appliquée, dans la mesure où
elle attire l’attention du lecteur sur l’énoncé davantage que sur l’énonciateur,
sur l’intrigue plutôt que sur le narrateur (à la différence, encore une fois,
du discours prophétique). L’affirmation théologique correspondant à cette
forme de discours peut être brièvement résumée ainsi: Yahvé, désigné à la
troisième personne, est l’«actant ultime» de la Geste du salut30.
À cet égard, le récit d’Exode 3 jouit pour Ricœur d’un statut particulier,
puisqu’il vient confirmer que si le référent «Dieu» est visé par chacune des
formes du discours biblique, il est aussi «ce qui échappe à chacune» par une
«fuite à l’infini»31. L’énigmatique parole insérée dans le récit d’Exode 3 («je suis
qui je suis», «je suis qui je serai», etc.) signale, quelle que soit la traduction
adoptée, que le Dieu qui se dit dissimule son être en se disant. D’une certaine
manière, la poétique biblique dans son ensemble semble veiller pour Ricœur
à désorienter toute recherche d’une nomination ultime de Dieu. Il en va des
discours bibliques nommant Dieu comme du Royaume dans les paraboles
évangéliques: elles le désignent toutes, mais de telles façons qu’elles n’aient
en commun que l’étrangeté d’une nomination déroutante -à quoi s’ajoute
encore l’impossibilité, pour le lecteur, de désigner ce «Nom» indépendamment
du genre spécifique dans lequel il prend place. De fait, la poétique biblique
est intrinsèquement plurielle. Elle semble veiller à ce qu’aucun ‘dire Dieu’
n’apparaisse, qui ne renvoie à son tour à l’un ou l’autre ‘redire’ qui en limite
la portée. Ce qui est à comprendre s’agissant de Dieu et du rapport à lui est
systématiquement remis en jeu. Le dire biblique, même le plus ordinaire en
apparence, est toujours voisin d’un geste de retrait. Le sens philosophique
d’Exode 3 réside en cela que la nomination toujours particulière s’y lie de
façon explicite – mais totalement énigmatique! – au souci de cacher l’être
correspondant au Nom divin. Sur ce thème du Deus absconditus, Ricœur
retrouve des accents quelque peu pascaliens: en Exode 3, écrit-il, « loin que
la déclaration ‘Je suis celui qui suis’ autorise une ontologie positive capable
29  Ricœur,
Temps et récit I 106.
Écrits et conférences 2 207, 19 (notion empruntée à Greimas; P.R. souligne).
31  Ricœur, Lectures 3, 295-296.
30  Ricœur,
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L’imagination chez Paul Ricoeur
de couronner la nomination narrative et les autres nominations, elle protège
le secret du ‘pour-soi’ de Dieu et ce secret à son tour renvoie l’homme à la
nomination narrative signifiée par les noms d’Abraham, d’Isaac et de Jacob
et, de proche en proche, aux autres dénominations»32. Ne pas plaquer sur
le texte biblique les interprétations onto-théologiques ultérieures apparaît à
Ricœur comme le moyen de préserver la dialectique de révélation/occultation qu’il voit à l’œuvre au cœur de la poétique biblique, car c’est lorsqu’elle
traverse l’ontologie augustinienne et thomiste que «la dialectique du Dieu
caché qui se montre –dialectique nucléaire de la révélation– se dissipe dans
le savoir de l’être et de la providence»33.
Ajoutons qu’ils résistent également à la tentation d’une lecture fondamentaliste, pour laquelle le texte biblique serait la transcription même de la
parole de Dieu. On ne dira jamais assez que, pour une approche philosophique de l’idée de révélation, et plus généralement pour une herméneutique
biblique, «Dieu» ne désigne pas l’Auteur du texte biblique, mais bien un
trait du monde refiguré par la poétique biblique. Le propos de Ricœur est
sans aucune ambiguïté: «en orientant ainsi vers la ‘chose du texte’ l’axe
herméneutique de ma méditation, je reconnais la vanité d’une enquête
tournée vers l’auteur des textes et qui chercherait à identifier Dieu comme
la voix narrative ou prophétique. Je sais bien qu’une longue tradition a
identifié la Révélation à l’inspiration au sens d’une insufflation de sens qui
ferait de Dieu une sorte d’archi-auteur des textes où la foi s’instruit. Si le
mot ‘révélation’ veut dire quelque chose, son sens est à chercher du côté de
la ‘chose’ biblique que disent les textes, comme un certain trait du monde
biblique»34. Il est également très clair, dans «Herméneutique de l’idée de
révélation», que le discours philosophique ne saurait concevoir l’idée de
révélation qu’à la condition que lui soit ôté tout caractère contraignant:
c’est la «fonction révélante» du monde du texte biblique, parmi les autres
mondes textuels, qui lui doit d’être pris en considération par le philosophe35. Ce n’est pas sa dimension révélée, sur laquelle une «philosophie sans
absolu» n’a pas à se prononcer36. L’autre condition pour que le concept de
révélation accède à la dignité philosophique, c’est que le concept de vérité
soit défini comme manifestation d’un être par le discours plutôt que comme
adéquation du discours à une chose. Nous retrouvons, très logiquement,
le propos de Ricœur sur la vérité de l’imaginaire! Au-delà de ce travail par
lequel la philosophie se met à l’école du discours poétique jusqu’à réviser
la notion traditionnelle de vérité, s’étend l’aspect proprement religieux de la
poétique biblique. Là, le biblique s’autonomise à son tour pour s’adjoindre
l’herméneutique philosophique comme son organon propre. C’est ici la voie
de l’herméneutique théologique, et de la théologie en général, voie distincte
de celle de la philosophie.
32  Ricœur,
Lectures 3, 295-296.
Écrits et conférences 2, 233.
34  Ricœur, Lectures 3, 286.
35  Ricœur, Écrits et conférences 2, 241 (P.R. souligne).
36  Ricœur, Réflexion faite, 26, 82.
33  Ricœur,
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III. Les dangers de l’imaginaire: se représenter une survie après la mort
Nous pourrions en rester là, et convenir que Ricœur est allé loin, plus loin
peut-être qu’aucun autre philosophe, dans la reconnaissance du caractère
philosophiquement sensé des productions de l’imagination poétique. Mais
il nous semble devoir rendre compte d’un autre aspect de sa réflexion sur
l’imagination: sa critique d’un certain imaginaire relatif à la mort. Car il nous
semble impossible d’affirmer que l’œuvre de Ricœur demeure toujours ouverte
à la problématique de l’imagination, et qu’elle n’a jamais de mouvement de
recul vis-à-vis de la capacité des textes poétiques –bibliques en l’occurrence!–
à fournir des représentations qui s’adressent à l’imagination des lecteurs.
Nous nous référons ici à des méditations personnelles, que nous avons
décidé, au sein du Fonds Ricœur, de publier sous le titre Vivant jusqu’à la
mort, précisément parce que Ricœur s’y confronte à ce problème sérieux: le
lien entre un imaginaire de la mort qui lui semble néfaste, et certains textes
poétiques relatifs à la résurrection. Sujet épineux, on le devine37.
Méditant sur la mort, dans un étonnant dialogue avec lui-même, Ricœur
déclare: «c’est [du] regard du dehors sur le moribond et de l’anticipation intériorisée de ce regard du dehors sur moi moribond que je veux me délivrer»38.
Il lui faut alors «bataille[r] contre l’imaginaire du mourir attaché au regard
du spectateur pour qui l’agonisant est un moribond, celui dont on prévoit,
dont on sait avec une précision variable que bientôt il sera mort»39. C’est
alors qu’intervient la question des représentations chrétiennes de la mort et
de résurrection. Que la méditation sur la mort puisse rejoindre la question
du bienfondé des représentations religieuses, c’est ce qui apparaît en effet
dans un texte intitulé sobrement «La mort». On y découvre Ricœur tentant
à nouveau de se défaire de l’imaginaire de la mort, et plus particulièrement
de l’imaginaire de survie qui amène le sujet à se représenter après la mort
et à s’interroger sur la nature de l’existence des morts. Il s’agit pour le philosophe de croiser «deux lignes de pensée»40.
1) Dans la première, il tente de mener jusqu’à son terme le travail de
deuil à soi-même: ce qui est visé, c’est un détachement à soi, conduit jusqu’à
renoncer à l’idée de sa propre résurrection! Dans sa méditation, Ricœur commence par la nécessité de se détacher de soi, de se libérer de l’obsession de
soi. Il rencontre sur ce cheminement les Mystiques rhénans. Il évoque plus
particulièrement «le ‘détachement’, selon Maître Eckhart, poussé jusqu’au
renoncement aux projections imaginaires du soi identitaire après la mort du
corps propre: le même [...] dans le même temps, celui de la propre vie avant
la mort et celui des survivants qui me survivront: voilà ce qu’il faut perdre.
La mort est vraiment la fin de la vie dans le temps commun à moi vivant
37  Ricœur,
Vivant
Vivant
39  Ricœur, Vivant
40  Ricœur, Vivant
38  Ricœur,
■ 48
jusqu’à
jusqu’à
jusqu’à
jusqu’à
la
la
la
la
mort.
mort, 45.
mort, 45.
mort, 75.
Daniel Frey
L’imagination chez Paul Ricoeur
et à ceux qui me survivront. La survie, c’est les autres»41. Ricœur précise
que ce n’est pas l’héroïsme d’un tel renoncement, d’allure stoïcienne, qui
le rend désirable. C’est plutôt sa portée éthique, puisque le détachement à
soi a ceci de singulier qu’il amène à un «transfert sur l’autre de l’amour de
la vie»: «Aimer l’autre mon survivant. Cette composante ‘agapè’ du renoncement à la survie propre complète le ‘détachement’ en deçà de la mort: il
n’est pas seulement perte, mais gain: libération pour l’essentiel. Les grands
mystiques rhénans ne se sont pas seulement ‘niés’, mais rendus disponibles
pour l’essentiel»42. Ils se sont par là même donnés à autrui, dans une vie
active où le service (fondation d’ordre, enseignement) vérifiait et éprouvait
la générosité de leur détachement à eux-mêmes...
2) La seconde ligne de pensée concerne cette fois la confiance en Dieu,
lorsque ce travail de dessaisissement de soi, de renoncement même à l’idée
de sa propre résurrection, est engagé. Sans se cacher le «caractère purement
exploratoire de cette percée», Ricœur commence par reprendre le thème
de la «mémoire de Dieu», emprunté à Whitehead et à la Process Theology:
Dieu est celui qui se souvient de moi43. Mais là encore, il s’agit de ne pas
réintroduire en fraude l’imaginaire de ma propre survie, vie après la mort.
Dire que Dieu se souvient de tous, que chaque existence fait une différence
pour lui, c’est risquer de quitter le présent éternel –qui est précisément le
temps de l’essentiel, du fondamental pour Ricœur– pour conjuguer au futur
la mémoire de Dieu: «Dieu se souviendra de moi»44. Cela reviendrait à faire
une concession à l’imaginaire de la survie, concession consolante certes, mais
qui n’en manifesterait pas moins un «détachement imparfait»45.
Tout porte à croire que ce point est décisif aux yeux de Ricœur: en ne
conjuguant pas au futur l’affirmation «Dieu se souvient de moi», l’on parvient
à détacher l’affirmation selon laquelle le «sens d’une existence éphémère» est
«‘marque’ en Dieu» de l’image d’une inscription dans le Livre de vie46. Cela
revient, en d’autres termes, à distinguer l’affirmation du sens de l’existence
humaine aux yeux de Dieu du souci du salut qui, jusqu’ici, portait cette
affirmation. C’est, pour finir, dévoiler comme imaginaire –ou, en des termes
plus durs, mythique– le thème de la survie après la mort, auprès de Dieu,
pour n’en conserver que le sens, dans sa pureté. Ricœur peut ainsi préciser,
pour lui-même:
«La difficulté immense est de ne pas représenter cette ‘différence’
comme survie, dans ce que j’appelle la temporalité parallèle, conférée par
l’imagination aux défunts, comme temporalité bis des défunts. À proprement
parler: temporalité des âmes-fantômes. Qu’est-ce qui peut m’aider à séparer
le ‘schématisme’ du mémoriel divin du détachement imparfait? Seulement
l’idée de la grâce. La confiance dans la grâce. Rien ne m’est dû. Je n’attends
41  Ricœur,
Vivant jusqu’à la mort, 75-76 (P.R. souligne). «La survie, c’est les autres» est
bien sûr une réponse à Sartre, pour qui «l’enfer c’est les autres»!
42  Ricœur, Vivant jusqu’à la mort, p. 76.
43  Ricœur, Vivant jusqu’à la mort, p. 77.
44  Ricœur, Vivant jusqu’à la mort, p. 77 (P.R. souligne).
45  Ricœur, Vivant jusqu’à la mort, 77 (P.R. souligne).
46  Ricœur, Vivant jusqu’à la mort, 78.
49 ■
Taller de Letras NE2: 39-54, 2012
rien pour moi; je ne demande rien; j’ai renoncé –j’essaie de renoncer!– à
réclamer, à revendiquer. Je dis: Dieu, tu feras ce que tu voudras de moi.
Peut-être rien. J’accepte de n’être plus»47.
Ce beau texte en témoigne: ces méditations d’un chrétien philosophe ne
font aucunement l’économie de la confiance en Dieu, ni celle de la grâce.
Elles montrent aussi que la critique des représentations traditionnelles peut
mener aux confins de la prière, quand bien même le philosophe pousse très
loin le processus de démythologisation qu’il a engagé. Un autre texte de
Ricœur en témoigne: «Que cette culture du ‘détachement’ –pour reprendre
le titre magnifique d’un écrit de maître Eckhart et pour s’inscrire avec lui dans
la tradition de la mystique flamande– implique la mise entre parenthèses du
souci de la résurrection personnelle me paraît de plus en plus évident. En
tout cas, la forme ‘imaginaire’ du souci me paraît devoir être abandonnée,
c’est-à-dire la projection du soi au-delà de la mort en termes de survie»48.
Le salut ne serait donc, selon le philosophe, qu’une ultime forme du souci
de soi auquel la religion chrétienne appellerait à renoncer. À cet instant
des méditations, le dépassement de l’attente pour soi d’une résurrection
–non-souci de son propre salut– rejoint l’interprétation d’un logion de Jésus
affirmant que celui qui voudra sauver sa vie la perdra, et que celui qui la
perdra la sauvegardera. C’est en effet à travers ce paradoxe, rapporté à six
reprises dans les Évangiles (Mc 8, 35; Lc 9, 24; Lc 17, 33; Mt 10, 39 et Jn
12, 25) que Ricœur tente de «penser ensemble» les deux lignes de pensées
précédemment évoquées, résumées en deux formules concises: «le détachement parfait» d’une part et «la confiance dans le souci de Dieu» d’autre
part49. Ricœur, se référant aux travaux de l’exégète Xavier Léon-Dufour, voit
dans ce logion (selon lui très vraisemblablement authentique) «l’union pa­
radoxale du détachement parfait» que «Jn 12, 25 exprime au plus près: Qui
s’attache à son existence la perd et qui ne s’attache pas à son existence en
ce monde la gardera en vie éternelle»50. Mais une fois encore, le philosophe
refuse de concevoir cette vie gardée comme une survie des défunts parallèle
aux temps des vivants. «C’est ici», note-t-il, «que la motivation fondamentale de Jésus est exemplaire, dans la mesure où l’idée de service reverse
sur le futur des survivants le sens la mort immanente»51. Selon Ricœur, la
certitude affichée par Jésus dans les Évangiles est sans aucun doute une
projection de la foi pascale des disciples, qui empêche de dire que Jésus est
mort comme un homme ordinaire. L’hymne de Philippiens 2 ne nous renvoie
aucunement à la certitude qu’aurait eu ce dernier de ressusciter, mais à son
obéissance, vécue comme service d’autrui: «c’est précisément en ce nœud
que [se] conjuguent le détachement de soi, par obéissance à la mission, et
le report sur les autres. Mourir au bénéfice de. Ce lien, qui a été théorisé
dans une théologie sacrificielle douteuse comme substitution victimaire, est
au cœur des Chants du Serviteur Souffrant comme mourir pour»52. On voit
47  Ricœur,
48  Ricœur,
49  Ricœur,
50  Ricœur,
51  Ricœur,
52  Ricœur,
■ 50
Vivant
Vivant
Vivant
Vivant
Vivant
Vivant
jusqu’à
jusqu’à
jusqu’à
jusqu’à
jusqu’à
jusqu’à
la
la
la
la
la
la
mort,
mort,
mort,
mort,
mort,
mort,
78-79 (P.R. souligne; nous marquons d’un trait).
235 (nous soulignons).
84, 75.
85, 86 (P.R. souligne).
87.
89 (les crochets sont des éditeurs).
Daniel Frey
L’imagination chez Paul Ricoeur
à cette dernière affirmation combien le philosophe se soucie peu d’être orthodoxe! Ricœur avait d’ailleurs critiqué de longue date la position dominante
qu’occupe, parmi les autres traditions interprétatives, la théologie pénale,
centrée sur le thème d’un nécessaire sacrifice de Jésus en lieu et place du
pécheur coupable. C’est ainsi que, sans nier sa légitimité historique et même
biblique, il faisait déjà remarquer, dans «Interprétation du mythe de la peine»,
que de la théologie pénale n’était à tout prendre qu’«une rationalisation de
second degré d’un mystère [de la Croix] dont le centre n’est pas la punition
mais le don»53. En prenant très clairement appui sur le fait que la tradition
chrétienne n’est pas univoque sur ce point, Ricœur s’est ainsi ouvertement
prononcé en faveur de la tradition johannique du don volontaire. La mise
entre parenthèse de la figure de la résurrection relève elle aussi de ce refus
d’une «substitution victimaire», qui a selon Ricœur le tort de lier trop étroitement violence et sacré54. Ce que le philosophe propose ici, c’est de mettre
en rapport direct le don de la vie et le service, ou, pour le dire autrement,
de passer directement de la Croix à la Pentecôte: «le court-circuit: donner
sa vie [pour la] multitude se suffit, sans nécessairement passer par la résurrection matérielle, corporelle. La Croix-Pentecôte en court-circuit. [...]
La Cène joint le mourir (de soi) [et] le service (de l’autre) dans le partage
du repas qui joint l’homme de la mort à la multitude des survivants réunis
en ecclésia. [...] La mort sans survie prend sens dans le don-service qui
engendre une communauté»55.
Dans ses méditations, Ricœur se propose de revenir ultérieurement sur
«[s]a critique des récits de résurrection physique», liée à ce lien direct entre
la Croix et la Pentecôte. Dans la mesure où cette annonce n’est pas suivie
d’effet, le lecteur semble ici encore en droit de se tourner vers les entretiens,
qui précisent sur ce point la pensée de Ricœur:
«J’avoue m’éloigner non seulement de l’interprétation
dominante [des récits portant sur la résurrection], mais
de ce qui demeure le consensus au moins tacite des
théologiens dogmaticiens. Mais c’est peut-être là que le
philosophe que je suis anime l’apprenti théologien qui
s’agite en moi. Il m’a toujours semblé que l’énorme charge
narrative des récits relatant la découverte du tombeau
vide et les apparitions du Christ ressuscité faisaient écran
à la signification théologique de la résurrection en tant
que victoire sur la mort. La proclamation: ‘Le Seigneur est
vraiment ressuscité’ (Lc, 24, 34), me paraît surpasser en
vigueur affirmative son investissement dans l’imaginaire
de la foi»56.
Il peut paraître surprenant que l’auteur de Temps et récit fasse part d’une
forme de méfiance à l’égard du genre narratif. Il semble en effet, à lire ces
53  Ricœur,
Le Conflit des interprétations 353 (nous soulignons).
Vivant jusqu’à la mort, 90.
55  Ricœur, Vivant jusqu’à la mort 90-91 (les ajouts entre crochets sont des éditeurs;
P.R. souligne).
56  Ricœur, La Critique et la conviction 230 (nous soulignons).
54  Ricœur,
51 ■
Taller de Letras NE2: 39-54, 2012
lignes qui mériteraient assurément une plus longue analyse, que le philosophe sait se montrer à l’occasion particulièrement sensible aux effets négatifs
du récit, et donc de l’imagination: tout se passe en effet pour lui comme si
les récits de la résurrection nous mettaient aujourd’hui sur un fausse piste,
en paraissant montrer –ou plus précisément donner à voir– la résurrection
comme un phénomène physique. Le lecteur ferait ainsi face à un événement
éparpillé en une série d’événements susceptibles chacun d’une commémoration distincte: crucifixion, résurrection, ascension, Pentecôte. Le récit serait
en la matière une forme de discours un peu trop conforme à notre désir de
voir pour croire. En tant que lecteur, dira Ricœur,
«je ne sais pas finalement ce qui s’est passé entre la
Croix et la Pentecôte. À cet égard, j’admets tout à fait
qu’un sens théologique soit véhiculé par la narration du
tombeau vide, et par celle des apparitions. Mais ce sens
théologique est comme enfoui dans l’imaginaire du récit.
Le tombeau vide ne signifie-t-il pas le passage à vide
entre la mort de Jésus comme élévation et sa résurrection
effective comme Christ dans la communauté? Et le sens
théologique des apparitions ne consiste-t-il pas en ce
que c’est le même esprit de Jésus, qui offrait sa vie pour
ses amis, qui met maintenant la poignée des disciples,
transformés, de fuyards qu’ils étaient, en une ecclésia?
Je ne sais rien sur la résurrection comme événement,
comme péripétie, comme retournement. Ici, tout récit
empirique me paraît faire écran plus que figure à l’égard
de son sens théologique, d’ailleurs lui-même multiple,
comme en témoignent la pluralité des Évangiles et les
récits discordants de Paul et de Jean»57.
Conclusion
Ces remarques attestent du soin que prend Ricœur à marquer une distance
vis-à-vis de certaines interprétations théologiques des récits. Il semble se
méfier de la puissance de l’imagination à l’œuvre dans les récits bibliques
–surtout ceux relatifs à la résurrection du Christ–, alors même qu’il a lui-même,
dans son œuvre purement philosophique, plaidé pour la reconnaissance du
pouvoir de l’imagination et de ses effets sur la vie du lecteur!
Un examen attentif des textes nous apprend qu’il était conscient qu’il
prenait vis-à-vis des représentations traditionnelles chrétiennes, et qu’il
en était le premier troublé. Ce point nous mène au-delà de la question de
l’imagination, au seuil d’une autre question, que nous nous posons, quant à
nous, en tant qu’enseignant de philosophie dans une Faculté de théologie:
comment être philosophe, sans s’autoriser à critiquer les représentations nées
de la poétiques biblique? Sur la page de couverture de la pochette contenant
ses diverses méditations inachevées, on pouvait lire cette question, écrite par
Ricœur sans point d’interrogation, comme titre possible d’un développement:
57  Ricœur,
■ 52
La Critique et la conviction 232-233; cf. 230.
Daniel Frey
L’imagination chez Paul Ricoeur
«–Suis-je encore chrétien»58. De la même façon, après avoir critiqué dans
ses entretiens le thème néotestamentaire d’une résurrection personnelle,
Ricœur s’était ouvertement s’interrogé: « Où me situé-je par rapport à cela,
si j’ai la volonté d’accepter en bloc mon héritage? Ai-je le droit de le filtrer,
de le cribler? Qu’est-ce que je crois profondément? Il me suffit pour l’heure
de me savoir appartenir à une immense tradition, dont font aussi partie des
hommes et des femmes qui ont professé avec assurance et bonne foi des
doctrines dont je me sens éloigné»59. Dans ce propos, Ricœur fait donc état
du trouble qui parfois est le sien: à certains moments, sa lecture critique
des textes bibliques semble remettre en cause son appartenance même à la
tradition chrétienne. On notera toutefois que le philosophe désamorce sans
attendre la question de la fidélité, en remettant immédiatement en avant la
possibilité, la légitimité même des conflits herméneutiques à l’intérieur d’une
tradition. C’est que, comme l’a montré notre ami Gilbert Vincent, le «concept
herméneutique de tradition [de Ricœur] est fondé sur la dialectique de la
sédimentation et de l’écart, condition de signifiance et de toute innovation»60.
S’il en est ainsi, on comprend que pour Ricœur l’enjeu ne soit pas la
possibilité de faire le départ entre ce dont il est possible –en toute bonne
foi!– de douter, et ce dont il n’est pas possible de faire la critique sous peine
de n’être plus considéré comme chrétien. Car la critique, pour lui, est elle
aussi fille de l’écoute. Elle est née de cette «donation de sens» évoquée à
plusieurs occasions: «cette donation de sens», écrivait-il, «me paraît justement me constituer aussi bien en sujet récepteur qu’en sujet critique. La
polarité de l’adhésion et de la critique est elle-même sous le signe de cette
donation antérieure»61. Pour le dire autrement, la critique, à l’intérieur de
la tradition, est la condition d’un sens véritable. À cet égard, la volonté de
répéter les Écritures pour leur être fidèle est fondamentalement contradictoire,
puisque le sens naît précisément de la tension entre des discours constitués
au fil du temps et leur réappropriation à distance – distance temporelle et
culturelle, mais également spirituelle.
De ce point de vue, le propos du philosophe nous semble à son tour interroger le théologien. Ce dernier n’est-il pas trop souvent tenté de rapporter le
vrai au réel, comme si un sens n’était véritable qu’à la condition d’être historiquement authentique, ou invariable dans le temps? Contre toute attente, le
philosophe pourrait bien appeler le théologien à une lecture plus spirituelle,
dans laquelle l’adhésion croyante n’aurait pas pour condition l’exactitude
des faits annoncés – dans laquelle, autrement dit, la relation confiante à
Dieu ne serait plus soumise à la démonstration de la véracité des faits. La
pseudépigraphie nous l’a du reste appris: la vérité d’un discours est parfois
indépendante de l’exactitude des faits rapportés... en termes théologiques,
cela revient à affirmer que la Parole de Dieu, souveraine, jaillit des récits et
des symboles pleinement humains, nés de l’imagination, et vrais.
58  Ricœur,
Vivant jusqu’à la mort 31.
La Critique et la conviction 245.
60  Vincent, «‘Encore vivants’. Exorciser l’imaginaire de la mort selon Paul Ricœur», in
D. Frey et K. Lehmkuhler, Soins et spiritualités, 258.
61  Ricœur, La Critique et la conviction 221.
59  Ricœur,
53 ■
Taller de Letras NE2: 39-54, 2012
Cela n’empêche pas de reconnaître, pour finir, que le philosophe travaille
dans une forme d’inconfort indépassable, dont le théologien ignore tout. Le
philosophe n’entend ni dissimuler ce que ses convictions nourries de sève biblique lui donnent à penser, ni se reposer sur la certitude de sa foi. Il s’autorise
à interroger la tradition religieuse qui est la sienne, sans vouloir –laïcité du
discours philosophique oblige, en France en tout cas!– tirer argument des
certitudes religieuses qui, à titre personnel, peuvent aussi être les siennes.
Le philosophe équilibre toujours sa foi par la reconnaissance du caractère
limité, imparfait, de toute allégeance religieuse. Dans ses méditations, Ricœur
exprime ceci par ce qu’il appelle «le paradoxe d’un absolu relatif»: d’une
part, son adhésion christianisme ne peut apparaître que comme une adhésion
parmi d’autres, dont il lui faut tenter de dire la pertinence dans un espace
public de discussion où coexistent, de droit, une pluralité d’allégeances62.
D’autre part, il peut être donné au philosophe de vivre cette adhésion, en
son for intérieur, comme «absolue, en tant qu’incomparable»: «Aveu de
faiblesse publique, d’une adhésion forte dans mon cœur»63. C’est peut-être
la blessure propre du chrétien d’expression philosophique.
Bibliographie
Aristote. Poétique, trad. J. Hardy, éd. des Belles Lettres, 1932, 1969.
Bouveresse, Jacques. Peut-on ne pas croire? Sur la vérité, la croyance & la
foi, Marseille, Agone, 2007.
Frege, Gottlob. Écrits logiques et philosophiques, trad. C. Imbert, Paris,
Seuil, 1971, 1994.
Frey, D. et Lehmkuhler, K. Soins et spiritualités, Strasbourg, Presses universitaires de Strasbourg, 2009.
Kant, E. Critique de la faculté de juger, in Œuvres philosophiques. II. Des
prolégomènes aux écrits de 1791, F. Alquié dir., Paris, Gallimard, 1985.
Ricœur, Paul. Le Conflit des interprétations. Essais d’herméneutique, Paris,
Seuil, 1969.
. La Métaphore vive, Paris, Seuil, 1975.
. Temps et récit I. L’intrigue et le récit historique, Paris, Seuil, 1983.
. Du texte à l’action. Essais d’herméneutique II, Paris, Seuil, 1986.
. Lectures 3. Aux frontières de la philosophie, Paris, Seuil, 1994.
. Réflexion faite. Autobiographie intellectuelle, Paris, Esprit, 1995.
. La Critique et la conviction. Entretien avec F. Azouvi et M. de Launay,
Paris, Calmann-Lévy, 1995,
. Vivant jusqu’à la mort suivi de Fragments, Paris, Seuil, 2007.
. Écrits et conférences 2. Herméneutique. Textes rassemblés et annotés
par D. Frey et N. Stricker, Paris, Seuil, 2010.
62  Ricœur,
63  Ricœur,
■ 54
Vivant jusqu’à la mort 102.
Vivant jusqu’à la mort, 102-103 (P.R. souligne).
Eduardo
Silva
S.J. NE2: 55-71, 2012
Poética
T
aller de
Letras
y atestación en Ricoeur: clave de las
relaciones
…
issn
0716-0798
Poética y atestación en Ricœur: clave de las
relaciones entre el texto y el lector, la alteridad y
la ipseidad, el llamado y la respuesta
Poetics and Attestation in Ricœur as a Key to Understand the
Relationship between the Text and the Reader, Alterity and
Ipseity and the Call and its Answer
Eduardo Silva S.J.
Universidad Alberto Hurtado
[email protected]
El artículo se ocupa de dos categorías clave en Ricœur, poética y atestación, que
transforman el dualismo entre objeto y sujeto en una dialéctica fina. El tránsito en
su itinerario desde una hermenéutica en torno a los textos a una en torno a la acción
humana facilita esta puesta en relación entre poética y atestación. Se analizan los
frutos de cada categoría en el ámbito filosófico y luego en el religioso. En el caso de
la poética, luego de apreciar los desplazamientos de la noción a lo largo de su itinerario, indagamos en los aportes tanto de la poética del lenguaje como de la poética
teológica a la poética de la acción. Preside el análisis el paso del texto a la acción que
permite sostener sucesivamente que no hay acción sin imaginación y que tampoco la
hay sin llamado. En el caso de la atestación partimos del ser humano capaz y vulnerable y del rol clave que la atestación juega en la mediación de las tres dialécticas de
su antropología, en particular en la relación entre alteridad e ipseidad. Esta relación
entre conminación de Otro y atestación de sí, se transforma en el ámbito religioso
en la relación entre llamado y respuesta. La religión frente al mal pretende restaurar
en el ser humano su capacidad de actuar según el bien: este auxilio que regenera su
capacidad, que obviamente no puede ser probado, tampoco puede ser atestado sino
solo esperado. Es el relevo que la esperanza hace de la atestación.
Palabras clave: poética, atestación, religión.
This paper discusses two key categories in Ricœur’s thought, i.e., poetics and attestation. These categories transform the dualism between the object and the subject in a
subtle dialectic. The movement in Ricœur’s thought from a hermeneutics of the texts
to an hermeneutics of the human action makes easier to relate poetics and attestation.
In this paper I analyze the contributions of each category (poetics and attestation)
in the philosophical and in the religious realm. In the case of poetics, after considering the evolution of the notion, we wonder which are the main contributions of the
poetics of language and the theological poetics to the poetics of action. This analysis
is guided by the transition from text to action, transition that allows us to affirm that
there is neither action without imagination nor action without a call. In the case of
attestation our analysis starts from the capable and vulnerable human being and
from the key function that attestation plays in the mediation of the three dialectics of
Ricœur’s anthropology, particularly in the relationship between otherness and ipseity.
This relationship between the attestation of the self and the injunction of the other
is transformed in the religious call and response. When religion faces evil it tries to
restore in the human being its capacity to act well. This aid that comes from religion
and regenerates the capacity of the human beings cannot be proved nor attested but
only hope for. Thus, we see how hope, in this sense, takes the place of attestation.
Keywords: poetics, attestation, religion.
55 ■
Taller de Letras NE2: 55-71, 2012
Un congreso propiciado por teólogos y literatos se beneficia de la reflexión
de este filósofo, porque se trata de un pensador interdisciplinar, capaz de
relacionar y dialogar, de acercar al crítico literario y al teólogo sistemático,
al poeta y al creyente. Un buen mediador y un buen intérprete, que dialoga
con propiedad pues además de filósofo, se declara creyente, ‘oyente de la
Palabra’, y ha escrito tanto sobre hermenéutica bíblica, fenomenología religiosa y teología como sobre literatura y lingüística1.
Sostengo que la validez de sus aportes a nuestras disciplinas se debe
justamente a la capacidad que este filósofo tiene de dialogar con los otros
saberes, negándose a hacer “filosofía de la filosofía”. Lejos de la repetición
hermética y autorreferente que tienta a más de una filosofía, la suya, al dejarse
interpelar por ‘lo otro’ de la filosofía, al hacerse cargo de otras perspectivas
epistemológicas, lo ha llevado a modificar incluso las propias tradiciones de
las que es deudor. Estimamos que los sucesivos desplazamientos de su propia
reflexión filosófica nos son pertinentes a la hora de pensar hoy. Su aporte a
la hermenéutica contemporánea consiste en una serie de desplazamientos
de la filosofía reflexiva, de la fenomenología y de la propia hermenéutica.
Este hijo de Descartes, discípulo de Husserl y maestro de tradición hermenéutica permite que esta siga vigente por que ha sido hereje de los tres. Sus
desplazamientos respecto de la tradición reflexiva salida de Descartes le han
permitido acoger y sortear el fuego cruzado del psicoanálisis y del estructuralismo cuestionando la exaltación de un sujeto que al final de la batalla no
queda destruido, pero sí destronado de su señorío como un Cogito ‘herido’. De
la misma manera para sortear los cuestionamientos a la tradición hermenéutica
combatida también desde dos frentes –desde la teoría crítica y la deconstrucción, desde los embates de modernos y posmodernos– ha sido capaz de
incluir un momento crítico, epistemológico, de distancia en una tradición que
privilegia la pertenencia. Por último también ha hecho un desplazamiento en
la propia fenomenología con dos movimientos que le son característicos: la
incorporación en su filosofía del giro lingüístico y el injerto de la hermenéutica
en el método fenomenológico. Son estos desplazamientos los que le permiten
hacer el tránsito desde una hermenéutica del autor a una hermenéutica del
lector que actualiza el texto en el acto de lectura. Una de las consecuencias
de este desplazamiento es que Ricœur contribuye a abrir una vía intermedia
entre un sentido único y fijo para siempre y sentidos infinitos inconmensurables entre sí, un camino que nos permite superar el objetivismo moderno
evitando el relativismo posmoderno (Silva, “Desplazamientos” 167-205)2.
Este desplazamiento desde el autor al lector, de significativas consecuencias
en la interpretación de los textos –sean literarios, históricos o religiosos–,
1  La
mayoría de las citas son artículos y libros de Ricœur. Los libros serán citados con las
siguientes abreviaturas: Le volontaire et l’involontaire (VI), Finitude et culpabilité (FC),
La Métaphore vive (MV), Temps et Récit (TR), Du texte ál’action (TA), Fe y filosofía (FF),
Soi-meme comme un autre (SA), Lectures 2 (L2), Lectures 3(L3), Réflexion faite (RF), La
Mémoire, l’histoire et l’oubli (MHO), Le juste 2 (J2), Parcours de la reconnaissance. Trois
etudes (PR), Amour et justice (AJ)
2  El análisis de cada uno de los desplazamientos provocados en esas tradiciones es continuado
aquí al observar el desplazamiento de su propio itinerario desde una hermenéutica en torno
a los textos a una en torno a la acción. A la conclusión de que ‘el acto de lectura actualiza
las posibilidades que el texto ofrece’ agregamos aquí aquella de que ’la atestación del ser
humano capaz responde a la conminación y al llamado poético’.
■ 56
Eduardo Silva S.J.
Poética y atestación en Ricoeur: clave de las relaciones…
es sin duda fruto de los macrodesplazamientos recién reseñados que nos
invitan a superar el modo como la modernidad ha concebido la relación
entre el sujeto y el objeto. La moderna metafísica del sujeto ha pretendido
reemplazar a la metafísica de la sustancia antiguo-medieval: frente a una
concepción de la verdad como un absoluto objetivo opone un sujeto autónomo
que constituye la realidad. Ricœur nos ofrece un par de nociones clave que
permiten transformar esta oposición en una dialéctica fina. Si la clave está
en la relación entre el mundo del texto y el lector es posible comprender la
verdad del texto como manifestación gracias a la noción de poética y al lector
como uno que actualiza sus posibilidades gracias a la noción de atestación.
Un movimiento llevado por su interés en pasar del texto a la acción: “lo que,
en el fondo, siempre me interesó más, en el análisis semiótico o semántico
de los textos, es el carácter paradigmático de su forma relacionado con la
estructuración del campo práctico donde los hombres aparecen como agentes o pacientes” (TA 8). Por una parte el texto ofrece al lector posibilidades
para su acción. Como diremos más adelante los posibles poéticos ofrecen
imaginación a los posibles prácticos. Por otra parte la acción humana, a la
que invitan o llaman los textos literarios o religiosos, se atesta en las distintas capacidades del hombre capaz. Si en el nivel antropológico esta relación
entre texto y lector ha sido abordada por Ricœur con la dialéctica entre alteridad e ipseidad, en el nivel religioso se comprende con la relación entre el
llamado y la respuesta. Aquí nos interesa ver qué les sucede a las nociones
clave de poética y de atestación en ambos niveles. En ambos el desafío es
superar un dualismo que no se solucionó con el tránsito filosófico desde la
metáfora de la sustancia a la metáfora del sujeto. Ricœur no solo participa de
las búsquedas contemporáneas de una tercera metáfora, sino que también
nos ayuda a evitar los dualismos que el campo religioso y teológico tiende
a redoblar, cuando pretende oponer “un concepto autoritario y opaco de la
revelación al concepto de una razón supuestamente dueña de sí misma y
transparente a sí misma” (“Hermenéutica” 159). Poética y atestación son
nociones que salen al paso tanto de la pretensión de univocidad “sostenida
por un concepto de verdad como adecuación y como verificación”, como de
“la pretensión de autonomía, sostenida por el concepto de conciencia soberana” (“Hermenéutica” 180).
I. La poética
1.Los desplazamientos de la noción de poética: transformación
del objeto
Comencemos por constatar los desplazamientos que la noción de poética
ha tenido a lo largo del itinerario reflexivo de Ricœur. Con esta expresión
refiere a cosas muy diversas, que parece tener distintos significados. Por lo
menos tres. Primero, sabemos que fue concebida en los inicios como tercera
parte del proyecto temprano de una filosofía de la voluntad: la poética de
la voluntad aparecería cuando realizada ya la eidética de la voluntad, se
levantara el paréntesis de la trascendencia tal como había sido levantado el
paréntesis del mal, con la empírica de la voluntad3. Segundo, sabemos que
3  La
eidética la realizó con Le volontaire et l’involontaire en 1950 y la empírica, la comenzó
mediante una simbólica del mal, segunda parte de Finitude et culpabilité en 1960.
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Taller de Letras NE2: 55-71, 2012
el término clave de poética aparecerá en sus estudios sobre la metáfora y
el relato. Tercero, sabemos que aparecerá también al calificar al discurso
religioso y bíblico como un discurso poético.
Cabe entonces la pregunta de si la noción de poética aparece y como en
su preocupación por la acción y la pasión humanas, por la ética y la justicia,
que caracteriza a su producción más tardía. Lo que fue llamado poética de
la voluntad, y a veces poética de la libertad, ¿puede cumplirse también en
lo que pudiéramos llamar una “poética de la acción” (Abel, “Poétique”) en
Ricœur? Más aún, la poética de la voluntad, abortada en los comienzos, ¿no
se realiza en realidad cuando vuelve a la acción humana, pero con los recursos de su incursión en el lenguaje poético y con los recursos específicos de
su exploración del lenguaje religioso y la superabundancia que él implica?
Respondemos afirmativamente y sostenemos en este trabajo que la poética
es capaz de amparar bajo su sombra la recreación de la voluntad humana
en la trascendencia, la dimensión creativa del lenguaje y también aquella
de la acción (Silva, Poética 262). La coherencia de estos tres sentidos de
la poética, poética de la voluntad como imaginación de inocencia frente a
la Trascendencia y reverso de la culpa; poética del relato como dimensión
creativa del lenguaje, que ha indagado en sus trabajos sobre la metáfora y
la narración; y la que estamos llamando poética de la acción tiene su raíz en
la imaginación creadora: ella suministra el vínculo original entre la apertura
a la trascendencia que recrea (imaginación de inocencia), el mundo de la
creación (de la ficción que inventa) como investigación de lo posible, y la
acción/pasión de los hombres capaces de actuar y sufrir en el mundo.
El proyecto trunco, prometido pero no realizado, de una poética de la
voluntad, fue acometido en cierta manera con sus exhaustivas incursiones
en la metáfora y la narración: “la imaginación creadora, bajo el título de
la innovación semántica en La métaphore vive y bajo el de la construcción
de la trama en Temps et récit” (“Reply” 544) son el modo de llevar a cabo
la recreación en inocencia como reverso de la culpa, “la esperanza de una
recreación del lenguaje más allá del desierto de la crítica” (FC 481). Pero
estimamos también que el proyecto inconcluso también se realiza con los
desarrollos de lo que podemos llamar su poética teológica, pues el paréntesis que prometió levantar respecto de la trascendencia efectivamente fue
levantado en sus incursiones en el lenguaje poético, religioso y teológico que
se encuentran dispersas a lo largo de toda su obra.
Tenemos entonces desarrollos en la etapa intermedia de una poética del
lenguaje y desarrollos a lo largo de toda su vida de una poética teológica.
Pero ¿qué podemos decir de la poética de la acción, o de la poética de la
libertad, de la “poética de la existencia” (FF 226)? que pudiera ser el lugar de
encuentro de literatos y teólogos. Lugar de encuentro hacia el que el mismo
Ricœur nos desplaza, pues por un lado parece advertir a los literatos, que
a él lo que siempre le ha interesado en el análisis de los textos es la acción
humana, y por otro lado, parece enseñar a los teólogos que el destinatario
del llamado de Dios, de la religión, es el ser humano actuante y sufriente.
Realizan el proyecto en la medida que ambas poéticas se ocupan de la acción
humana. El llamado de Dios adquiere su sentido al interesarse en aquel a
quien se dirige: el hombre capaz de responder. La poética del lenguaje y la
■ 58
Eduardo Silva S.J.
Poética y atestación en Ricoeur: clave de las relaciones…
poética teológica parecen estar al servicio de la acción y pasión humanas.
Refigurar la acción humana y refigurarla religiosamente parece ser la tarea
de la literatura y de la teología respectivamente. Acorde con la tarea que
Ricœur atribuye a la filosofía hoy de ser antropología filosófica, la literatura
se puede autocomprender como mímesis de la acción humana y la teología
como una palabra de Dios sobre lo humano. No resulta extraño entonces que
su obra de madurez se titule Sí mismo como otro y que el par de conferencias
teológicas en las Gifford Lectures, que fueron parte del proyecto original de
la obra, también aluden en su titulo al sí mismo, al ser humano (“El sí en el
espejo de las Escrituras” y “El sí mandatado”) (AJ 41.75).
Nos parece que en la antropología filosófica que despliega en su ‘hermenéutica del sí mismo’ (con su ‘fenomenología del hombre capaz’ y su
‘ontología del acto y la potencia’) y en su interés por los hombres actuantes
y sufrientes, por la ética y la justicia, podemos encontrar esa poética de la
acción. O como lo indica tempranamente que “la noción tan amplia y precisa
de acción nos parece tener su sentido pleno al nivel de una poética o mejor
de una pneumatología de la voluntad” (VI 33).
Nos ocuparemos entonces de la poética de la acción o de como la acción
se enriquece si se la pone en el horizonte de la poética. Obviamente este
horizonte incluye la poética del lenguaje y la poética teológica. En dos apartados indico primero brevemente qué son cada uno y luego cómo se pasa
del texto a la acción (la acción instruida, refigurada, imaginada...) y cómo
se pasa del llamado a la acción (la acción como respuesta, como acogida
del don). Por lo primero concluiremos que “no hay acción sin imaginación”;
por lo segundo que “no hay acción sin llamado”. Una y otra hacen al hombre
capaz de imaginar lo posible y de vivir según la esperanza.
2.La acción enriquecida por la poética del lenguaje: no hay
acción sin imaginación
Nuestro interés en comprender la relación entre poética del lenguaje y
poética de la acción o en dilucidar como la acción es posible gracias a la poética del lenguaje, debe partir por aclarar lo que Ricœur entiende por poética
del lenguaje. “La invención de la fábula-intriga es fundamentalmente una
reconstrucción imaginativa del campo de la acción humana –imaginación
o reconstrucción a la cual Aristóteles aplica el término mímesis, e.d., una
imitación creadora... Tal es el nudo inicial de la poética: es la relación entre
poiesis-muthos-mímesis, dicho de otro modo: producción-fábula-intrigaimitación creadora. La poesía, en tanto que acto creador, imita en la medida
misma que ella engendra un muthos, una fábula-intriga. Es esta invención
de un muthos que es necesario oponer a la argumentación en tanto que
nudo generador de la retórica. Si la ambición de la retórica encuentra un
límite en su preocupación del auditor y su respeto de las ideas recibidas, la
poética designa la brecha de novedad que la imaginación creadora abre en
este campo” (L2 485-486).
Imaginación creadora, creatividad son nociones clave en toda la filosofía
de Ricœur, tal como él mismo lo ha reconocido: “a pesar de las apariencias,
mi único problema desde que he comenzado a reflexionar, es la creatividad.
59 ■
Taller de Letras NE2: 55-71, 2012
La he tomado desde el punto de vista de la psicología individual en mis primeros trabajos sobre la voluntad (VI, HF), luego en el plano cultural con el
estudio de los simbolismos (SM, F). Mis búsquedas actuales sobre el relato
me colocan precisamente en el corazón de esta creatividad social, cultural,
porque contar... es el acto más permanente de las sociedades” (“L’histoire”
154).
Pero la imaginación no solo opera en el discurso, sino que también en la
acción. Este paso del texto a la acción que es un paso del posible poético al
posible práctico, nos recuerda que “no hay acción sin imaginación... y esto
de varias maneras: en el plano del proyecto, en el plano de la motivación y
en el plano del poder mismo de hacer” (TA 224). En el plano del proyecto en
la “imaginación anticipatoria del actuar ensayo diversos cursos eventuales
de acción y juego, en el sentido preciso del término, con los posibles prácticos. En este punto el juego pragmático coincide con el juego narrativo...; la
función del proyecto volcada hacia el futuro, y la función del relato, volcada
hacia el pasado, intercambian entonces sus esquemas y sus claves: el proyecto toma del relato su poder estructurante, y el relato recibe del proyecto
su capacidad de anticipación” (TA 224). En segundo lugar, en el plano del
proceso mismo de la motivación, “la imaginación proporciona el medio, la
claridad luminosa, donde pueden compararse y medirse motivos tan heterogéneos como los deseos y las exigencias éticas, tan diversas como las reglas
profesionales, las costumbres sociales o los valores fuertemente personales”
(TA, 224). Imaginario práctico que encuentra su equivalente lingüístico en
expresiones como “haría esto o aquello si lo deseara” (TA, 224). “Imaginación
y lenguaje colaboran así para avanzar el paso de lo posible al acto” (Kearney,
“L’homme” 43). Por último en la imaginación es donde pruebo mi poder de
hacer, donde mido el “yo puedo”. “Solo me imputo a mí mismo mi propio
poder, en tanto soy agente de mi propia acción, al describírmela con los
rasgos de variaciones imaginativas sobre el tema del yo podría, incluso del
yo hubiera podido de otra manera, si hubiera querido” (TA, 225). Hay, así
una progresión desde la simple esquematización de mis proyectos, pasando
por la figurabilidad de mis deseos, hasta las variaciones imaginativas del
“yo puedo”. Esta progresión apunta hacia la idea de la imaginación como
función general de lo posible práctico. La imaginación juega un rol central
tanto en el trabajo de configuración del texto como en el de refiguración de
la acción, los dos niveles, epistemológico y ontológico, que aborda en sus
estudios sobre la narración.
“Para Ricœur lo posible práctico y lo posible poético se recubren y se
refuerzan” –concluye Kearney (43). Pero los posibles prácticos-poéticos
del hombre capaz no se limitan al plano personal del actuar, sino que se
prolongan al plano histórico y colectivo. Sus escritos al respecto son múltiples, sea en Temps et Récit al referirse a la deuda hacia los muertos,
de las víctimas de la historia que más que venganza reclaman relato; sea
en La Memoire... a propósito de los usos y abusos de la memoria; sea en
su reflexión sobre la ideología y la utopía, dos expresiones del imaginario
social. De lo dicho se sigue nuestra conclusión: no es posible la acción sin
imaginación (tanto la acción personal como la acción social), lo práctico sin
lo poético, el ser humano capaz sin una poética de la acción (de la libertad,
de la existencia).
■ 60
Eduardo Silva S.J.
Poética y atestación en Ricoeur: clave de las relaciones…
3.La acción enriquecida por la poética teológica: no hay acción
sin llamado
La poética teológica: el lenguaje religioso, bíblico y teológico como
lenguaje poético. Ricœur nos advierte “no tengo la intención de decir que
lenguaje poético, lenguaje religioso, lenguaje teológico pertenezcan a uno y el
mismo orden y universo de discurso” (“Response” S130). Pero ello no excusa
de la investigación de sus relaciones, en lo que en distintos niveles pervive,
y quizás salva al lenguaje teológico de su extravío conceptual. Justamente
la distancia entre metáfora y especulación, discurso poético y teológico, es
mediada por el discurso bíblico-religioso, que es a la vez un tipo de discurso
poético y la fuente de la que bebe el discurso teológico. Así Ricœur sostiene
por un lado que el lenguaje religioso en general y el bíblico en particular, es
un tipo de lenguaje poético, y por otro lado que se trata de un tipo ejemplar,
único, excéntrico, que adquiere un carácter paradigmático, de organon dice,
y cuya peculiaridad consiste en nombrar a Dios. La nominación de Dios, Dios
como referente, como la cosa del texto, es lo que caracteriza a los lenguajes
religiosos dentro del amplio universo de los discursos poéticos.
Dicho esto creo necesario distinguir lo que es propio del teólogo y del
filósofo frente a lo religioso, bíblico y teológico. Un asunto del que Ricœur se
ha ocupado a menudo, sobre el que volveremos más adelante y del que aquí
ofrecemos una primera respuesta. La relación general entre el mundo del
texto y el mundo del lector se especifica aquí en la relación entre un llamado
y la respuesta. El teólogo indica que el llamado de Dios, que en teología se
vincula al Dios que se revela acontece en el ser humano que responde, que
en teología se denomina (la respuesta de) la fe. La relación entre llamado
y respuesta es el vínculo fuerte entre esta poética teológica y esta poética
de la acción (en lo que pudiera también ser llamado una poética de la revelación y una poética de la fe (Silva, Poética 225-254 y 255-285). Así estos
dos niveles de la poética pueden ser articulados y dichos de dos maneras.
Por un lado la acción de Dios, su manifestación, su Palabra (hemos dicho su
llamado) interpela, conmina e instruye la acción del hombre. Por otro lado,
la acción del hombre, sus capacidades y fragilidades, son intensificadas y
transformadas (hemos dicho su respuesta) por la acción de Dios. Le corresponde al teólogo ponerle rostro divino a ese llamado y explicitar en qué
consiste la respuesta religiosa o la respuesta de la fe. Pero el filósofo, en
este caso Ricœur, que quiere ofrecer una filosofía sin absoluto, una filosofía
agnóstica, que mantiene en suspenso la efectiva nominación de Dios, si bien
no decide qué o quién es el que llama, sí nos puede indicar en qué consiste el llamado (o esto de “ser nuevamente interpelados por la plenitud del
lenguaje”). El llamado, que puede ser la voz de la conciencia, una persona
que puedo encarar, el otro que me interpela, mis ancestros, un ídolo o Dios
mismo, es el que hace posible toda acción humana (“me hizo capaz” –dice
Pablo en 1 Timoteo 1, 12), en cuanto las acciones humanas son respuestas
a algo que las precede.
Del llamado a la acción: “me hizo capaz”. Tal como en el apartado
anterior sostuvimos que “no hay acción sin imaginación”, ahora afirmamos
que “no hay ser humano capaz sin llamado”. El paso obliga a poner en relación su antropología, la fenomenología del hombre capaz –que abordaremos
61 ■
Taller de Letras NE2: 55-71, 2012
en la segunda parte–, con su poética teológica, particularmente la de las
dos últimas conferencias de las Gifford Lectures, que como dijimos fueron
parte del primer borrador de Soi-même... En ellas se pone en relación el
sí llamado (“el sí en el espejo de las Escrituras”) y el sí que responde (“el
sujeto convocado”, comisionado, mandatado).4 Si la conferencia sobre “el
si mandatado”, el sí objeto de mandamiento, pone en juego la noción de
respuesta, lo hace no frente a la noción de pregunta, sino de aquella de un
llamado. Se trata “de responder a un llamado, en el sentido de corresponder
a la manera de existir propuesta por el Gran Código” (SA 37). La Palabra de
Dios, la Biblia como texto polifónico, el lenguaje de las escrituras interpelan,
conminan, llaman.
Como este último acápite hace de bisagra con la segunda parte nos
permitimos una larga cita de Ricœur que sintetiza bien lo que pretendemos
desarrollar en lo que viene y nos muestra cómo se articulan sus conferencias
teológicas (su antropología teológica) con su antropología filosófica.
“La articulación se da en el nivel de lo que llamo la ontología del actuar.
La instauración de un sí por la mediación de las Escrituras y la aplicación a
si mismo de las múltiples figuras de la nominación de Dios advienen al nivel
de nuestra capacidad la más fundamental de actuar. Es el Homo capax, el
hombre capaz, quien es interpelado y restaurado. Creo que reencuentro así
la intuición central de Kant en la Religión en los límites de la simple razón...
La tarea de la religión, según Kant, es la de restaurar en el sujeto moral su
capacidad de actuar según el deber. La regeneración de la que se hace cuestión
en esta filosofía de la religión adviene al nivel de la disposición fundamental,
al nivel de lo que yo llamo el “sí capaz”. Ahora bien esta restauración, esta
regeneración, este renacimiento del sí capaz, está en una relación estrecha
con la economía del don que yo celebro en el estudio Amor y Justicia. El amor,
digo yo en esa conferencia, es el guardián de la justicia, en la medida en
que la justicia, a pesar de su grandeza en tanto que colocada bajo la égida
de la reciprocidad y de la equivalencia, está siempre amenazada de recaer,
a pesar de ella misma, al nivel del cálculo interesado, del Do ut des (“Yo
doy para que tú me des”). El amor protege la justicia contra esta malvada
pendiente al proclamar: “Yo doy por que tú me has ya dado”. Es así que veo
la relación entre la caridad y la justicia como la forma práctica de la relación
entre lo teológico y lo filosófico. Es en la misma perspectiva que propongo
repensar lo teológico-político, a saber el fin de un cierto teológico-político,
construido sobre la relación vertical dominación/subordinación. Una teología
política de otra manera orientada, debería, según yo, dejar de constituirse
como teología de la dominación para instaurarse en justificación del querer
vivir juntos en instituciones justas. Quisiera, en un futuro cercano, reagrupar
las dos conferencias en un conjunto, que siguiera al texto Amour et Justice.
El conjunto tendría por conclusión una reflexión sobre el destino de lo teológico-político, en confrontación con la problemática “del desencantamiento
del mundo” (“Expérience” 179).
4  Las
conferencias fueron impartidas en la Universidad de Edimburgo en 1985-1986 y sus
títulos en inglés son: “The self in the Mirror of Scriptures” y “The ‘Commissioned Self’: O
my Prophetic Soul!”.
■ 62
Eduardo Silva S.J.
Poética y atestación en Ricoeur: clave de las relaciones…
Este deseo de Ricœur ha sido cumplido recién en 2008 con la publicación conjunta del estudio seguido de las dos conferencias5. La ausencia de
la prometida reflexión sobre lo teológico-político obliga a sus intérpretes a
imaginarla. Pero lo que sí tenemos es su antropología y muchas reflexiones
sobre la ética y la justicia. Incursionaremos en ellas, dando el paso ya varias
veces anunciado del texto a la acción, que nos hace pasar de la noción de
poética a la de atestación.
II. La atestación
No hay acción sin imaginación y sin llamado. La interpelación invita a
imaginar posibles respuestas. Pero la acción no es solo posibles imaginados
frente a llamados poéticos indeterminados. Ella es también realización, respuesta, efectividad. Las posibilidades del ser humano capaz para Ricœur se
atestan en sus capacidades. Una breve palabra primero sobre este hombre
a la vez capaz y vulnerable antes de profundizar en el crucial rol jugado por
la atestación –la otra noción clave de nuestro trabajo– en la dialéctica entre
la ipseridad y la alteridad, y el relevo que asume la esperanza cuando el
llamado y la respuesta entran en el campo de lo religioso.
1.Las paradojas de un ser humano capaz y vulnerable:
transformación del sujeto
La obra de Ricœur da testimonio de su empeño por superar la crisis de la
subjetividad sin deshacerse de ella. Sabemos que su distanciamiento tanto
de los que exaltan el cogito como de los que lo denigran abre el camino para
una ‘hermenéutica del sí mismo’, de una ‘fenomenología del ser humano
capaz’ que se sostiene en una ‘ontología del acto y la potencia’. La crítica
de las desmesuras del sujeto, por tanto, no implica su negación (un cogito
quebrado, humillado, destruido), sino la afirmación de un sujeto capaz y
frágil (un cogito brisé, herido). Su autonomía es la de un ser vulnerable,
y su fragilidad, dado que no es una mera patología, es la de uno llamado
a ser autónomo (J2 86-87). Esta capacidad se despliega en los múltiples
dominios de su acción bajo la modalidad de poderes determinados: “poder
de decir, poder de obrar sobre el curso de las cosas y de influir en los otros
protagonistas de la acción, poder de unificar la propia vida en una narración
inteligible y aceptable...; poder de considerarse uno mismo autor verdadero
de sus propios actos, corazón de la idea de imputabilidad” (J2 88). Cada uno
de estos poderes o potencias se afirman, se reivindican. Epistemológicamente
cada uno “no puede ser probado, demostrado, sino solamente atestado” (J2
89). La atestación es “una forma de creencia que no es como la doxa platónica, forma inferior de saber, de episteme. Como el Glauben kantiano... es
un crédito abierto a la convicción práctica, una confianza en su propia capacidad, que sólo puede recibir confirmación de su ejercicio y de la aprobación
que otro le confiere... Atestación/sanción, así se sostiene en la palabra la
5  La
edición francesa, debida a Jean-Louis Schlegel, fue rápidamente traducida primero
por Adolfo Castañón para Siglo XXI (2009) y luego por Tomás Domingo Moratalla para
Trotta (2011) con una interesante introducción. Las conferencias habían sido publicadas
parcialmente en L3 y en la Revue de l’Institut Catholique de Paris, 1988, No 2.
63 ■
Taller de Letras NE2: 55-71, 2012
potencia del obrar. Su contraria no es la duda, sino la sospecha –o la duda
como sospecha–. Y la sospecha se supera sólo mediante un salto, un empuje,
que otras personas pueden fomentar, acompañar, apoyar, mediante un dar
confianza, una “llamada a” (J2 89).
Este sujeto capaz y vulnerable es constantemente interpelado por la
alteridad que constituye su ipseidad, y podría ser también convocado, mandatado, comisionado por un llamado de carácter religioso. Ambas alternativas
quedan abiertas y el filósofo agnóstico en materia religiosa no puede dar
argumentos respecto de lo segundo, aunque sí puede describir este caso
posible, a menudo un caso especial, extraordinario, ejemplar.
En las interpelaciones, en las conminaciones, en las alteridades que constituyen al ser humano capaz, la clave está en “nuestra capacidad de entrar
en un orden simbólico”. Con el adjetivo simbólico se engloban bajo una
sola noción emblemática las múltiples presentaciones que pueden figurar la
conminación (injonction): “imperativo, conminación, pero también consejo,
opinión, costumbres y tradiciones, relatos fundadores dedicados a las vidas
ejemplares, elogios de sentimientos morales de los cuales el respeto no
sería más que uno de entre otros, al lado de la admiración, la veneración,
la culpabilidad, la vergüenza, la piedad, la solicitud, la compasión, etc.”
(“Destinataire” 21).
Por su parte, en las conminaciones religiosas, lo que el llamado de la
religión intensifica y transforma sin coacción son las propias determinaciones del sí mismo, las capacidades y vulnerabilidades de los seres humanos
actuantes y sufrientes. Estas capacidades han sido latamente descritas en
la fenomenología del ser humano capaz desplegada en Soi-même... (capaz
de hablar, actuar, contarse y ser responsable) y han sido también ampliadas
en sus obras posteriores (La Memoire... y Parcours...). De esta ampliación
conviene detenerse en algunas que son muy afines con lo religioso como son
la capacidad de recordar, de testimoniar y de prometer. Memoria y promesa
son palabras clave en la experiencia religiosa y en la reflexión teológica y el
mismo Ricœur nos ha indicado que en los géneros bíblicos de la narración
y la profecía se da la tensión entre un pasado que me asegura y futuro que
me desestabiliza. Por su parte el presente puede ser vinculado a la capacidad
de dar testimonio.
En los dos siguientes apartados queremos, en primer lugar, detenernos
en la noción de atestación, acto mediante el cual el sujeto se constituye y es
constituido, Ricœur nos da pistas preciosas para transformar los dualismos
en dialécticas productivas, como lo son las tres problemáticas que jalonan
Soi-même...: la dialéctica entre el análisis y la reflexión, entre la identidad
ídem y la ipse, entre ipseidad y alteridad. En todas ellas la atestación juega
un rol articulador, mediador y permite la profunda unidad entre la afirmación
de sí, la ipseidad, y la conminación venida del otro (la alteridad). En segundo
lugar queremos asomarnos a lo que le sucede a esta estructura antropológica
en el campo religioso. La religión como respuesta al mal radical, promete
restablecer las capacidades cautivas, liberar la libertad, permitir que en el
sujeto se restituya su capacidad de actuar (según el deber). Esta restitución,
regeneración, revinculación sólo es posible por un auxilio que siendo externo
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Eduardo Silva S.J.
Poética y atestación en Ricoeur: clave de las relaciones…
debe ser apropiado, de un llamado que solo se visibiliza en la respuesta, de
un exceso que paradojalmente pide ser integrado, de un don que transforma.
Aquí la unidad entre la conminación venida de Otro y la atestación de sí está
dada por la relación entre el llamado y la respuesta, cuya desproporción pide
que la atestación sea continuada por la esperanza.
2.La atestación como acto clave de la dialéctica de la
ipseidad-alteridad
La hermenéutica del sí mismo que Ricœur realiza en Soi-même... está
construida en base a tres problemáticas: “el rodeo de la reflexión por el análisis,
la dialéctica de la ipseidad y de la mismidad, y aquella de la ipseidad y de la
alteridad” (SA 28). El soi está implicado a título reflexivo en las operaciones
cuyo análisis precede el retorno hacia el mismo. Sobre esta dialéctica del
análisis y de la reflexión se injerta aquella del ipse y de ídem. Finalmente,
la dialéctica del mismo y el otro corona las dos primeras dialécticas.
Lo que hace productivas estas tres dialécticas es la noción de atestación.
Sebastián Kauffman sostiene que la atestación juega un rol de apropiación,
afirmación y asunción (Attestation). Atestación como apropiación frente a
la dispersión de las capacidades que debo hacer propias; como afirmación
de la identidad frente a los cambios de la identidad del ipse; y finalmente
como la que asume las tres pasividades-alteridades del cuerpo, del otro
y la conciencia. La dispersión de las capacidades, la exterioridad de esas
acciones hace que me las apropio al atestarlas. Pero “lo que es atestado en
definitiva, es la ipseidad, a su vez en su diferencia respecto de la mismidad
y en su relación dialéctica con la alteridad” (SA 351). “Una alteridad tal
que pueda ser constitutiva de la ipseidad misma... la ipseidad del sí-mismo
implica la alteridad a un grado tan íntimo que el uno no se deja pensar sin
el otro. Es sí mismo en tanto que... otro” (SA 14). “La atestación es, entonces, la seguridad, el crédito y el fiarse que cada uno tiene de existir según
el modo de la ipseidad” (SA 351). Articulación entre reflexión y análisis,
contraste entre ipseidad y mismidad y vínculo dialéctico entre ipseidad y
alteridad (SA 367). La alteridad no se añade desde fuera a la ipseidad, ella
pertenece al tenor de sentido y a la constitución ontológica de la ipseidad.
La atestación es un acto mediante la cual el sujeto se constituye y es
constituido. Constituye al sujeto, constituye a la ipseidad, respondiendo a
la alteridad. “El término ‘alteridad’ queda entonces reservado al discurso
especulativo, mientras que la pasividad se convierte en la atestación misma
de la alteridad” (SA 368).
La hermenéutica del sí mismo atesta de múltiples maneras que el Otro
no es solamente la contrapartida del Mismo, sino que pertenece a la constitución íntima de su sentido. La fenomenología muestra “las múltiples
maneras como el otro que sí afecta la comprensión de sí por sí, marcando la
diferencia entre el ego que se pone y el sí que sólo se reconoce a través de
estas mismas afecciones” (SA 380). Cada locutor es afectado por la palabra
que se le dirige. El mundo del lector es afectado por el mundo del texto. Por
la reversibilidad de roles cada agente es el paciente del otro. Ricœur critica
la manera unilateral de construir esta dialéctica, tanto por parte de Husserl
(al derivar el alter ego del ego) como de Levinas (que reserva al Otro la
65 ■
Taller de Letras NE2: 55-71, 2012
iniciativa exclusiva de la asignación del sí a la responsabilidad)6. Después
de su confrontación con ambos concluye que no hay ninguna contradicción
en considerar como dialécticamente complementarios el movimiento del
Mismo hacia el Otro y el del Otro hacia el Mismo, “pues uno se despliega en
la dimensión gnoseológica del sentido y el otro en la dimensión ética de la
conminación” (SA 393).
Pero la alteridad no es solo la del otro, la de la relación intersubjetiva.
El trípode de la alteridad-pasividad está constituido también por la experiencia del cuerpo propio (de la carne, en cuanto mediadora entre el sí y un
mundo) y por “la pasividad la más disimulada, aquella de la relación de sí a
sí mismo que es la conciencia” (SA 369). Aquí también abre una vía media
entre el extrañamiento de Heidegger y la exterioridad de Levinas. Frente a
ellos “opondré con todo empeño el carácter original y originario de lo que
me parece constituir la tercera modalidad de alteridad, el ser-conminado en
cuanto estructura de la ipseidad” (SA 409). “Si la conminación por el otro
no es solidaria de la atestación de sí, pierde su carácter de conminación, al
carecer de la existencia de un ser-conminado que le haga frente al modo
de un garante (d’une répondant)” (SA 409). Como consecuencia, se hace
superflua la metacategoría de conciencia; la del otro basta para la tarea. Por
tanto, frente a Heidegger, “objetaba que la atestación es originariamente una
conminación” (Heidegger no reconoce una alteridad y por ello la atestación
pierde toda significación ética); frente a Levinas “objetaré que la conminación es originalmente atestación” (sin una respuesta la conminación no es
recibida y el sí no es afectado según el modo del ser-conminado). La defensa
de Ricœur de “la unidad profunda de la atestación de sí y de la conminación
venida del otro” (SA 409) justifica el reconocimiento de la pasividad-alteridad
de la conciencia.
Según Kaufmann, Ricœur encuentra en el análisis de Heidegger de la
conciencia una buena estructura desde la cual articula su propia posición.
Ricœur está de acuerdo con la idea de conciencia de Heidegger como un
fenómeno ontológico y no solo uno religioso o moral y lo alaba por reconocer
la alteridad de la conciencia. Heidegger describe la alteridad de la conciencia
con la metáfora de la “voz de la conciencia”, lo que le sirve al filósofo francés
para recalcar el no señorío del sí que no obstante viene de su interioridad.
Con todo Ricœur extraña en Heidegger que no haya alteridad en la conciencia, sino que sea un mero llamado a la autenticidad. Un sí que se llama a
sí mismo. En la posición de Heidegger no hay trascendencia en la voz de
la conciencia. Conciencia en Heidegger es un llamado a la autenticidad. El
Dasein se encuentra el mismo en inautenticidad, perdido en ella. La conciencia es precisamente lo que llama al Dasein para salir de la inautenticidad y
encontrar sus propias posibilidades.
Pero esta interpretación de la conciencia, con la que Ricœur está de acuerdo, queda corta, falla por dos razones. Primero, la conciencia no aparece
como una conminación desde otros, y segundo, la conciencia es deprivada
de cualquier contenido ético. Nuestro autor desafía esta idea de conciencia
6  Las
respectivas críticas a Husserl y a Levinas en SMCA, op. cit., 382-387 y 387-393.
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Eduardo Silva S.J.
Poética y atestación en Ricoeur: clave de las relaciones…
afirmando que es básicamente una conminación a vivir bien con y para otros
en instituciones justas. Sin embargo es importante indicar que mientras
critica a Heidegger por deprivar la conciencia de cualquier contenido moral,
en Ricœur la conciencia no es un mero fenómeno moral: “la conciencia es
fundamentalmente un principio de individuación más bien que una instancia
de acusación y juicio” (“Summoned” 273).
La conciencia es una conminación de otros. Sin embargo el estatuto del
otro permanece indeterminado, ambiguo, abierto: los valores sociales, los
ancestros o tradiciones con sus mitos y cultos, Dios... En el fondo el filósofo
no puede estar seguro acerca de la específica naturaleza de la conciencia.
Es el carácter polisémico de la alteridad, el cual –decíamos– implica que el
Otro no se reduzca como se afirma fácilmente a la alteridad de un Otro. Pero
en la variedad de las experiencias de pasividad, entremezcladas de múltiple
formas en el obrar humano, existe también la experiencia del llamado y la
respuesta religiosa, con una especificidad que merece ser analizada.
3.La esperanza, relevo de la atestación en el llamado-respuesta
religioso
La relación conflictiva-consensual entre filosofía y teología. La filosofía de Ricœur ha sido un gran aporte a la teología. Pero además él mismo
se ha ocupado –como lo hemos dicho– de indagar en el lenguaje religioso,
en la hermenéutica bíblica y en la reflexión teológica7. Sin embargo es muy
celoso de no confundirlas, advirtiéndonos que es necesario mantener cierta
equivocidad sobre el estatuto del Otro: “quizás el filósofo, en cuanto filósofo,
debe confesar que no sabe y no puede decir si este Otro, fuente de la conminación, es otro al que yo pueda contemplar o que pueda mirarme, o son
mis antepasados de los que no existe representación –tan constitutiva de
mí mismo es mi deuda respecto a ellos–, o Dios –Dios vivo, Dios ausente–,
o un lugar vacío. En esta aporía del Otro, el discurso filosófico se detiene”
(SA 409)8. Pero Ricœur no se detuvo pues si bien no quiso publicar, como
sabemos, las dos últimas conferencias teológicas de las Gifford lectures como
parte de SMCA, se propuso enfrentar la cuestión de la relación entre los
7  De
su último periodo destacamos sobre todo los dos textos a los que hemos aludido varias
veces en este artículo: su librito bilingüe, Amor y justicia (1990), republicado en 2008 con la
inclusión de las dos conferencias teológicas de las Gifford Lectures, pero también Lectures 3
(1994) que recogen artículos que han tematizado esta relación entre la filosofía y su otro;
Penser la Bible (1998) en el que comenta como filósofo algunos textos bíblicos después
que André LaCocque los ha comentado como exegeta; Fe y Filosofia (1990) traducción
castellana de sus principales artículos de la década del 70 y 80; La critique et la conviction
(1995) una larga entrevista realizada por Azouvi y Launay, donde reconoce explícitamente
que efectivamente a lo largo de toda su vida “ha siempre caminado sobre dos piernas”,
pensando textos filosóficos y textos religiosos cuya relación le parece puede ser dicha
justamente con el binomio convicción y crítica.
8  Comentando este final de Soi-même...en su Autobiografía intelectual declara no lamentar
el giro agnóstico de estas líneas pues en tanto filósofo no puede decir “de donde viene la
voz de la conciencia, ¡esa expresión última de la alteridad que acecha a la ipseidad!: ¡viene
de una persona otra que puedo “encarar”, de mis ancestros, de un dios muerto o de un dios
vivo, pero tan ausente en nuestra vida como lo está el pasado de toda historia reconstruida,
o incluso de algún lugar vacío?” (RF 82).
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Taller de Letras NE2: 55-71, 2012
argumentos de la filosofía y las fuentes no filosóficas; “más precisamente, la
cuestión de la relación conflictiva-consensual entre mi filosofía sin absoluto
mi fe bíblica más nutrida de exégesis que de teología” (RF 82).
La relación conflictiva-consensual entre filosofía sin absoluto y fe bíblica
es un caso de la “yuxtaposición conflictual” –al decir de Olivier Mongin– más
amplia entre filosofía y la no filosofía, que ha caracterizado su preocupación
sea por la literatura, la historia, el psicoanálisis o las neurociencias. Pero su
prolífico interés en lo religioso, lo bíblico y lo teológico al tiempo que le permite
reconocer “el carácter hermenéutico común a la fe bíblica y la filosofía (FF
221) lo lleva paradójicamente a insistir sobre la diferencia de los discursos
y a dejar más explícita constancia de que su “discurso filosófico es autónomo”, que él ofrece solo argumentos. “Se observará que este ascetismo del
argumento, que creo, marca toda mi obra filosófica, conduce a un tipo de
filosofía de la que está ausente la nominación efectiva de Dios y en la que
el problema de Dios, como cuestión filosófica, se mantiene en un suspenso,
que podríamos llamar agnóstico” (SA 36). Esta defensa de su filosofía de no
ser una cripto-teología se complementa con la precaución de no pretender
que la fe bíblica sea una cripto-filosofía. “Si defiendo mis escritos filosóficos
de la acusación de criptoteología, me guardo, con igual celo, de asignar a la
fe bíblica una función de cripto-filosofía, lo que sin duda vendría al caso si
se esperase de ella que aportara una solución definitiva a las aporías que la
filosofía multiplica” (SA 37). La clave aquí para mantener la especificidad de
la fe bíblica está en sostener que “entre la filosofía y la fe bíblica no sirve el
esquema pregunta-respuesta”. La respuesta de la fe es a un llamado y no a
una pregunta. “Una cosa es responder a una pregunta, y otra responder a
una llamada, en el sentido de corresponder a la manera de existir propuesta
por el “Gran Código” (SA 37). Por ello “el nexo fuerte que mantenía juntas
las dos conferencias que he llamado gemelas es la relación entre llamada y
respuesta” (SA 37).
La réplica de la religión al mal radical: crisis de la atestación y la
esperanza de un retorno al bien en la regeneración. Siguiendo a Kant en
su Religión en los límites de la simple razón, Ricœur resume la problemática
de la religión como “la reapropiación por el hombre de su bondad original, a
pesar de, o al encuentro de la inclinación al mal radical” (“Destinataire” 27).
La religión, por lo menos en la tradición judeocristiana, hace frente al siervo
arbitrio, una situación primitiva, radical, pero no original. Si la religión tiene
por tema único la restauración del poder alienado del libre arbitrio, entonces
se puede decir que la religión tiene por destinatario el hombre capaz. Si la
clave está en el estatuto de esta asistencia “de la cual no somos el origen,
pero cuya aceptación depende de nosotros”, la “paradoja de la alteridad y
de la ipseidad también estará en el corazón (“Destinataire” 29) de lo religioso. La paradoja entre la alteridad del apoyo, del auxilio, de la ayuda y la
ipseidad de la admisión, de la acogida, de la recepción “se despliega desde
el centro del proceso de liberación del fondo de la bondad del hombre, en
dirección de las mediaciones constitutivas de lo religioso” (“Destinataire 29).
La filosofía de la religión de Kant no habla de Dios, sino de estas mediaciones
históricas que la religión ofrece al proceso de regeneración. Sabemos que
“estas mediaciones son aquellas de la representación, de la creencia y de
la institución” (“Destinataire” 29). Frente a estas mediaciones, a esta triple
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Eduardo Silva S.J.
Poética y atestación en Ricoeur: clave de las relaciones…
réplica de la religión al mal radical, cabe la misma pregunta que nos hacíamos respecto de la atestación, vale decir si son éticas u ontológicas. Están
más cerca de Levinas, una ética sin ontología, o de Heidegger, una ontología
sin ética. Decir que se trata de la misma atestación no nos sirve, pues “la
inescrutabilidad del origen del mal constituye una crisis de la atestación”
(“Destinataire” 32). Un no poder del poder es dado a pensar. Ricœur sugiere
que aquí “la esperanza toma el relevo de la atestación de nuestra capacidad
de actuar (“Destinataire” 32,34)9. La afinidad entre regeneración y esperanza es declarada por el propio Kant. “Así en el hombre que, a pesar de la
corrupción de su corazón, guarda todavía la buena voluntad, permanece la
esperanza de un retorno al bien del cual se ha separado” (La religión)10. Las
tres mediaciones de lo religioso se pueden reinterpretar como las mediaciones privilegiadas de la esperanza11. La libertad como postulado, la libertad
integral, anticipa la libertad regenerada, liberada del yugo del siervo arbitrio
y no es otra que “La libertad según la esperanza” a la que Ricœur se refirió
en un artículo de 1968. Pero ¿cuál es el estatuto de la esperanza en relación
a la ética y a la ontología? Al designar la religión como réplica a la confesión
del mal radical la inscribió en la continuidad de la atestación. “El vínculo de
esta continuidad reencontrada está finalmente asegurada por la disposición
original al bien, en la cual culmina la jerarquía de las capacidades, y de la cual
la religión promete la liberación” (“Destinataire” 34). Colocar la esperanza en
la prolongación de la atestación, no es debilitar su especificidad: se trataría
menos de atestación que de testimonio. La esperanza se inscribe fuera de la
alternativa de la ética y de la ontología. El ¿qué me está permitido esperar?,
se distingue del ¿qué puedo saber? y del ¿qué debo hacer? Pero si bien el
dürfen se distingue del können y del sollen, los reúne pues es a la vez una
cuestión práctica y teórica (“Destinataire” 34).
Los secretos vínculos entre texto y acción, alteridad e ipseidad,
llamado y respuesta
Una última palabra para reafirmar que las distinciones de Ricœur no son
dualismos, sino dialécticas finas. Al pensar juntas la dialéctica clave de Soimême... (que la atestación articula) y la relación estructurante del fenómeno
religioso (que la esperanza sostiene) volvemos a tomar la precaución de
no confundir filosofía con religión o fe bíblica. La autonomía de todos los
análisis ricoeurianos, en los planos del lenguaje, práctico, narrativo y ético,
está garantizada por que efectivamente en ellos no hay ninguna alusión a
lo religioso. Sin embargo, ello no impide que puedan ser injertados en la
poética del ágape. “Los análisis que propongo de las determinaciones éticas
9  “La
esperanza es entonces la categoría epistémica apropiada a la réplica de lo religioso a
la indisponibilidad del siervo árbitro y a la inescrutabilidad del origen de esta incapacidad”
(“Destinataire” 32).
10  Citado por Ricœur “Destinataire” 32.
11  “El esquematismo de la analogía evocado en la representación crística es un esquematismo
de la esperanza; la paradoja de la creencia, que confronta la alteridad del auxilio a la ipseidad
de la adhesión, puede a su vez ser tenida por la paradoja constitutiva de la eficacia de la
esperanza; finalmente, en el plano de la institución, la dialéctica de la Iglesia visible y de
la Iglesia invisible puede ser tenida por constitutiva de la Iglesia en tanto que institución y
cuerpo histórico de la esperanza” (“Destinataire” 33).
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Taller de Letras NE2: 55-71, 2012
y morales de la acción, están confirmados en su autonomía por una meditación injertada en la poética del ágape que los análisis de la presente obra
pasan por alto deliberadamente” (SA 37). La autonomía en la determinación
de lo justo (de lo ético y lo moral, de lo bueno y lo obligatorio) no impide
que haya una relación dialéctica entre justicia y amor. De la misma manera
las capacidades y vulnerabilidades que la fenomenología del hombre capaz
despliega no son aniquiladas o reemplazadas por el fenómeno religioso, por
el capax Dei, sino que son intensificadas y transformadas. “Sí, bajo el título
del “sí acreditado” y “que responde”, las determinaciones del sí, que seguimos
en la presente obra, se encuentran a la vez intensificadas y transformadas
por la recapitulación que de ellas propone la fe bíblica, esta recapitulación no
constituye, en modo alguno, un desquite solapado de la ambición de fundamento último que nuestra filosofía hermenéutica no cesa de combatir” (SA
37-38). La referencia de la fe bíblica a símbolos culturalmente contingentes
hace que ella deba asumir su propia inseguridad, su condición azarosa. “La
dependencia del sí de una palabra que lo despoja de su gloria, a la vez que
conforta su arrojo de existir, libra a la fe bíblica de la tentación... de desempeñar el puesto, en lo sucesivo vacante, de fundamento último” (SA 38). La
relación-consensual entre filosofía y teología evita tanto la separación como
la confusión y tiene siempre la mediación del lenguaje y la religión. Si bien
es posible distinguir poética del lenguaje y poética teológica en la poética
de la acción la posibilidad de ser interpelados y recreados por la plenitud del
lenguaje puede ser injertada en el llamado y la conminación de Otro. Si bien
la atestación que media la dialéctica entre alteridad e ipseidad es diversa de
la esperanza de un retorno al bien y a la regeneración religiosa, la relación
entre llamado y respuesta, con sus secretos analogías con el paso del texto
a la acción, parece presidir todo lo que hemos dicho sobre la poética y la
atestación.
Obras citadas
Abel, Olivier. “Une poétique de l’action”. L’homme capable. Autour de Paul
Ricœur, PUF, 2006, 13-26.
Kaufmann, Sebastian. The attestation of the self as a bridge between herme­
neutics and ontology in the philosophy of Paul Ricœur, A Dissertation
submitted to the Faculty of the Graduate School, Marquette University,
in Partial Fulfillment of the Requirements for the Degree of Doctor of
Philosophy, 2010.
Kearney, Richard. “L’homme capable-Dieu capable”, en L’homme capable.
Autour de Paul Ricœur, PUF, 2006, 43.
Kant, Emmanuel. La religión en los límites de la simple razón. Traducción
francesa de J. Gibelin, Paris: Vrin, 1952.
Ricœur, Paul, Philosophie de la volonté I. Le Volontaire et l’Involontaire,
Paris: Aubier, 1950.
. Philosophie de la volonté II. Finitude et Culpabilité 1. L’Homme Faillible,
2. La Symbolique du mal, Paris, Aubier, Paris: 1960.
. De l’Interprétation. Essai sur Freud, Paris: Seuil, 1965.
. Le Conflit des interprétations. Essais d’herméneutique, Paris: Seuil, 1969.
. La Métaphore vive, Paris: Seuil, 1975.
. Temps et Récit I. II. III., Paris: Seuil, 1983, 1984, 1986.
. Du texte à l’action. Essais d’herméneutique,II, Paris: Seuil, 1986.
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Eduardo Silva S.J.
Poética y atestación en Ricoeur: clave de las relaciones…
. Soi-même comme un autre, Paris, Seuil:1990.
. Fe y filosofía. Problemas del lenguaje religioso, B. Aires: Docencia, 1990.
. Lectures 1. 2. 3., Paris: Seuil, 1991, 1992, 1994.
. Réflexion faite. Autobiographie intelectuelle, Paris, Esprit, 1995.
. Penser la Bible (avec André LaCocque), Paris: Seuil, 1998.
. La Mémoire, l’histoire et l’oubli, Paris: Seuil, 2000.
. Le juste 2, Paris: Esprit, 2001.
. Parcours de la reconnaissance. Trois études, Paris: Stock, 2004.
. Amour et justice, Ed. Jean-Loius Schlegel, Paris: Points, 2008.
. “La libertad según la esperanza”. El conflicto de las interpretaciones.
Ensayos de hermenéutica, México: FCE, 2003, 361-381.
. “Hermenéutica de la idea de revelación”. Fe y Filosofía. Problemas del
lenguaje religioso, Docencia, B. Aires, 1990.
. “Response to Karl Rahner’s Lecture: On the Incomprehensibility of
God”. (1978), 130.
. “L’histoire comme récit et comme pratique”. Entretien par Peter Kemp),
Esprit, 1981, No 54, 155.
. “Epilogo. El carácter hermenéutico común a la fe bíblica y a la filosofía”,
Fe y Filosofía, Problemas del lenguaje religioso, B. Aires: Docencia,
1990, 221-229.
. “Expérience et langage dans le discours religuiese” en Paul Ricœur.
L’herméneutique á l’école de la phenomenologie; retomado en
“Phénomenologie de la religión”. Lectures 3. Paris: Seuil, 1994, 263-271.
. “Reply to Doménico Jervolino”. The philosophy of Paul Ricœur. Edited
by Lewis Edwin Hahn, Chicago: Open Court, 1995, 544.
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tra ética e ontologie, Archivio di Filosofia LXIV, No 1-3, 1996, 19-34.
. “The Summoned Subject in the School of the Narratives of the Prophetic
Vocation”. Figuring the Sacred. Edited by Mark I. Wallace. Minneapolis:
Fortresss Press: 1995. Silva, Eduardo, Poética del relato y poética teológica. Aportes de la hermenéutica filosófica de Paul Ricœur en Temps et récit para una hermenéutica
teológica, Anales de la Facultad de Teología Vol. LI (2000), Santiago:
Pontificia Universidad Católica de Chile, 2000.
. “Paul Ricœur y los desplazamientos de la hermenéutica”. Teología y
Vida, Vol. XLVI, 2005, 167-205.
71 ■
Patricio
Mena
MaletNE2: 73-81
Vocación
T
aller de
Letras
2012
y conflicto: perspectivas a partir de laissn
hermenéutica
…
0716-0798
Vocación y conflicto: perspectivas a partir de la
hermenéutica bíblica de Paul Ricœur*
Vocation and Conflict: Some Perspectives from the Biblical
Hermeneutics of Paul Ricœur
Patricio Mena Malet
Universidad Alberto Hurtado
[email protected]
El siguiente ensayo tiene como propósito explorar la tesis según la cual el sí-mismo
es estructuralmente un sí responsivo. Ésta ha sido trabajada por Ricœur particularmente en las dos últimas conferencias de las Gifford Lectures que nuestro autor dictó
en Edimburgo en los años 1985 y 1986. Estos dos textos se inscriben en la línea de
la hermenéutica bíblica de Ricœur, y por lo mismo fueron finalmente excluidos de la
redacción definitiva de Soi-même comme un autre. La tesis principal de este ensayo
busca reconocer el lugar central que tiene el sí responsivo en la hermenéutica filosófica
de Ricœur, y no solo en la bíblica. En este sentido, se intentará mostrar que la ontología a la que tiende la hermenéutica del sí-mismo es la de la relación y la respuesta,
siendo ésta la llamada a cumplir lo que Ricœur nombra, tras Breton, la función meta.
Palabras clave: sí-mismo, llamada, respuesta.
The following paper explores the thesis that the self is by its very structure a responsive self. This thesis has been developed by Ricœur in the last two conferences of the
Gifford Lectures that he gave in Edinburg in 1985 and 1986. These two conferences
belong to the biblical hermeneutics of Ricœur and for that reason they were not included in the book Soi-même comme un autre. The main thesis of this paper is that the
responsive self has a crucial importance not only in the biblical hermeneutics of Ricœur
but mainly in his philosophical hermeneutics. In this sense, I will try to show that the
ontology that is present in the hermeneutics of the self is an ontology of relationship
and response, being this ontology the one that plays the role of what Ricœur calls,
following Breton, the “meta” function.
Keywords: selfs, call, answer.
*  Este artículo ha sido redactado en el marco del Proyecto Fondecyt N° 11100061. El articulista agradece a Olivier Abel y Catherine Goldenstein que le permitieron trabajar durante el
mes de mayo de 2011 en la Biblioteca del Fonds Ricœur, pudiendo consultar textos inéditos
y artículos publicados del autor de difícil acceso. También expresa su agradecimiento al IMEC
de Caen y a los herederos legales de Ricœur que le permitieron consultar correspondencia
privada del filósofo así como literatura secundaria también de difícil acceso. Esta estadía de
investigación ha sido apoyada por el proyecto Fondecyt N° 11100061.
73 ■
Taller de Letras NE2: 73-81, 2012
En una entrevista que Paul Ricœur le concede a Edmond Blattchen en
1993, titulada L’unique et le singular, el filósofo francés declara al final de
ésta que “la primera palabra no es nunca de nosotros”. Tal declaración debe
seguramente ser leída en proximidad a las dos últimas conferencias de las
Gifford Lectures que Ricœur pronunciara en la Universidad de Edimburgo
entre 1985 y 1986, cuyo conjunto reescrito dará como resultado Soi-même
comme un autre (Ricœur 1990) y que desembocará en una hermenéutica del
sí-mismo y del hombre capaz. Estas dos últimas conferencias de las Gifford
Lectures tituladas “El sí en el espejo de las escrituras” y “El sí mandatado”
(Ricœur 2008) fueron sin embargo excluidas por Ricœur de Soi-même comme
un autre. ¿Las razones de tal recorte? Estas se pueden leer en las páginas
finales del “Preface” del libro. En primer lugar, ambas conferencias pertenecen a los desarrollos de una hermenéutica bíblica propuesta en el artículo
“Herméneutique philosophique et herméneutique biblique” publicado en Du
texte à l’action (Ricœur 1986). La segunda razón que da Ricœur para justificar la exclusión de estos textos de su gran obra sobre la hermenéutica del
sí-mismo es su preocupación constante por mantener separados el discurso
filosófico y sus convicciones en la fe bíblica. Sin embargo, el filósofo reconoce
no pretender “que al nivel profundo de las motivaciones estas convicciones
no tengan efecto sobre el interés que tengo en tal o cual problema, incluso
sobre el conjunto de las problemáticas del sí-mismo” (Ricœur 1990, 36).
Ciertamente, Ricœur no renuncia nunca a su esfuerzo por mantener las aguas
separadas, las de la filosofía y las de la fe bíblica. Sin embargo, aquellos
textos subrayan de modo explícito al sí-mismo como un respondiente, como
sujeto capaz de dar respuesta a un llamado y no sólo a una pregunta –ésta
es una cuestión de la que quisiera proponer su dilucidación–, lo que tiene
resonancias y repercusiones muy relevantes para la comprensión de la hermenéutica del sí mismo y del hombre capaz, que es lo que quisiéramos, por
lo demás, intentar abordar en esta ponencia.
Una de las resonancias de la hermenéutica bíblica que se dejan sentir en
la obra de 1990 es la lucha o el combate que se libra contra el sujeto exaltado
poniendo el acento en el modo cómo un sujeto es capaz de, respondiendo
a un llamado, “corresponder a la manera de existir propuesta por el ‘Gran
Código’” (Ricœur 1990, 37). Así, la fe bíblica excluida de Soi-même comme un
autre ofrece, sin embargo, cierta constatación a la hermenéutica del sí-mismo
en la medida en que subraya el carácter mandatado o convocado del sujeto
dependiente de un llamado o palabra “que lo despoja de su gloria” (Ricœur
1990, 38) y lo vacía de sus pretensiones de fundación última. De este modo,
la hermenéutica bíblica implica una contestación a las pretensiones desmesuradas del cogito por tomarse como fundamento último a nivel epistémico
y ontológico, que es uno de los argumentos centrales de Soi-même comme
autre y cuyo primer esbozo se puede situar cuarenta años antes en el tomo
1 de Philosophie de la volonté (Ricœur 1950), lugar en el que nuestro autor
dio cuenta de un cogito herido por la presencia del mundo y su encarnación.
Pero, también contesta a las filosofías que humillan al cogito, pues en última
instancia corresponder al llamado es por un lado estimarse capaz de escucharlo y de responderle, atestiguándose como un sí-mismo implicado por
la palabra que viene de otra parte con sus propios recursos y con la fuerza
suficiente para convocarnos a modelar nuestra existencia en conformidad
con el llamado. De esta manera, la hermenéutica bíblica supone un sujeto
■ 74
Patricio Mena Malet
Vocación y conflicto: perspectivas a partir de la hermenéutica…
capaz, siendo entonces que esta misma debe ser pensada en una relación
estrecha con la fenomenología del hombre tomado en sus capacidades tal
como es desarrollada en el texto de 1990 y en su último libro, Parcours de
la reconnaissance (Ricœur 2004). En tercer lugar, habría que preguntarse si
al abandonar la fe bíblica se puede seguir sosteniendo que el sí-mismo sea
aún un sujeto respondiente: ¿a qué respondería?, ¿ante qué se responde,
de qué se responde, para quién se responde? Si el sí-mismo, tal como es
presentado en Soi-même comme un autre, es un respondiente, ¿se trata
entonces de una estructura constitutiva de su ipseidad?
A continuación, y renunciando de antemano a dar respuesta a cada una
de estas cuestiones quisiera preguntar por qué Ricœur le da prioridad a la
pareja llamada-respuesta antes que a la pregunta-respuesta; la dilucidación
de esta cuestión espinosa nos introducirá por lo demás en una reflexión
sobre el sí-mismo al interior de la hermenéutica bíblica al tiempo que nos
arrojará también fuera de ella, demandándonos que nos interroguemos por
la universalidad de la hermenéutica; es decir, ¿el sí-mismo es del mismo
modo respondiente ante los múltiples y plurales textos que la cultura pone a
nuestra disposición para que sean leídos por nosotros? El examen de ambos
momentos de este primer apartado nos deberá conducir hacia una crítica
del sujeto; esto es hacia una reflexión sobre el modo cómo los textos hacen
crisis en quien intenta responder o corresponder a ellos y que en algún
respecto se vuelve testigo de la Palabra que lo conmina. Esto nos debiera
impulsar a preguntarnos ¿en qué sentido se puede afirmar que quien responde a la Biblia es un sujeto capaz de recibir y dar testimonio? Con esta
pregunta quisiéramos poner el acento en la respuesta como un modo de
ser estructural del sujeto que busca corresponder ante la Palabra tejida en
las palabras humanas.
Ricœur desestima la pareja pregunta-respuesta al menos por dos motivos:
en primer lugar, pues responder una pregunta implica resolver un problema
planteado. Mientras que responder a un llamado implica “corresponder a la
concepción de la existencia que propone [el llamado]” (Ricœur 2008, 48),
que, por lo demás, no proviene ni de la filosofía ni de la teología, sino de
la Palabra “recogida en las Escrituras y transmitida por la tradición y tradiciones que resultan de esas Escrituras” (Ricœur 2008, 48). Ciertamente,
el primer criterio distintivo al que alude Ricœur nos vuelve hacia los primeros años de aprendizaje del filósofo, cuando éste aprendía de Marcel y
Jaspers el carácter restringido que tiene un problema ante la resistencia
temática del misterio o la paradoja. Responder a un problema implica de
algún modo intentar dominar y socavar lo que la pregunta designa y a lo
que la pregunta nos abre. Mientras que la respuesta a un llamado no tiene
la pretensión de acotarlo, delimitarlo o tematizarlo, sino de vocativamente
disponerse ante él para escucharlo y dejarse ordenar por el sentido plural
al que nos confronta.
Por otra parte, mientras la respuesta a una pregunta solo es posible en
un dominio previo de entendimiento que “es el objeto de la interrogación”
(Ricœur 2008, 48), el llamado “nace en medio de la experiencia y el lenguaje
humanos” (Ricœur 2008, 49). Esto supone que la segunda pareja es más
amplia que la primera. O en otros términos, ninguna pregunta podría ser
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Taller de Letras NE2: 73-81, 2012
formulada si con ello no se respondiera ya a un llamado, a partir del cual, y
solo a partir del cual, se abre el campo de las interrogaciones.
En este punto, permítaseme un breve paréntesis citando in extenso un texto
de Jean-Louis Chrétien debido la pertinencia que tiene para esta reflexión:
“[...] la estructura ‘llamado-respuesta’ tiene más amplitud y potencia que la
estructura ‘pregunta-respuesta’, y por consiguiente la envuelve y preside. El
llamado, afirma Chrétien, es radicalmente primero con relación a la pregunta.
Solo habiendo respondido ya a un llamado puedo preocuparme de responder
a algunas preguntas, e incluso, primero, planteármelas. Una pregunta que no
fuera llamada por nada del mundo ni de la situación, que surgiera de algún
modo ex nihilo, sería una pregunta vana y caprichosa. Es preciso que algo se
me haya ya manifestado, haya solicitado o requerido mi atención y mi existencia, para que llegue a enunciar preguntas. Esto vale para el orden teórico
mismo, donde es preciso que me haya sentido llamado por una disciplina para
entrar con precisión en el movimiento de sus preguntas. Dar todo su espacio
al fenómeno de la respuesta, es discernir esta primacía del llamado sobre la
pregunta” (Chrétien 2007, 4). A partir de este texto de Chrétien, es posible
extraer algunas consecuencias contenidas en la filosofía de Ricœur, pues a
pesar de todas las distancias que pueda haber entre las obras de ambos
filósofos, en este punto pareciera haber un acuerdo ampliamente compartido.
En primer lugar, tal como Ricœur lo afirma reiteradas veces a lo largo de su
hermenéutica de los símbolos y hasta su hermenéutica del sí-mismo, hay lo
dado, no siendo esto último un dato estático, sino una donación constante
de la existencia, del mundo, de los otros que se nos dan como aquello por
pensar; gratuitamente como un regalo que es preciso afirmar y consentir, y
que demanda de nuestra parte la persistencia en nuestra existencia a partir
de los actos. Hay una prevalencia de la llamada sobre la pregunta, precisamente porque el hombre es tal solo en la medida que se encuentra con la
existencia como un dado, como un donante. Y en esto, es a Gabriel Marcel
a quien es preciso recordar “[...] nunca he podido comprender la cuestión
que fue planteada por algunos filósofos, probablemente por Schelling y por
Heidegger más recientemente, la cuestión que consiste en decir: ¿cómo es
que algo existe, que haya una existencia? Mi respuesta desde esta época
era: esta pregunta no tiene verdaderamente ningún sentido puesto que implica una posibilidad que no nos es dada, que sería la posibilidad de poder
abstraernos de algún modo de la existencia, de situarnos fuera de ella para
mirarla. Pues, lo que podemos mirar son los objetos, todo lo que participa
de la condición de los objetos: pero justamente la existencia no es nada de
tal, la existencia es previa [...] pero para mí lo que era muy importante,
es esta afirmación de que la existencia no solo es dada, sino tal vez sería
necesario decir de un modo un poco más paradójico: donante, es decir, que
es la condición misma de un pensamiento cualquiera” (Marcel 1968, 20-22).
Si prevalece la estructura de la llamada-respuesta por sobre la de la
pregunta-respuesta, es porque esta última tiene su condición de posibilidad
en el modo como se dona la existencia. Esta última, tal como lo afirma Marcel
y el propio Ricœur, se nos da para convocarnos e inquietarnos. El darse de
la existencia es, por tanto, un ofrecerse al pensamiento tanto prefilosófico
como filosófico. Y en este sentido, la filosofía no es origen radical en cuanto
a lo pensado, aunque sí respecto del método cómo se interroga la donación
■ 76
Patricio Mena Malet
Vocación y conflicto: perspectivas a partir de la hermenéutica…
de las cosas. Este punto es muy relevante pues nos permite subrayar en
primer lugar el carácter responsivo del sujeto en un lugar distinto al de la
hermenéutica bíblica; pues, que prevalezca la estructura del llamado y la
respuesta indica un modo de ser específico y fundamental del sujeto capaz de
responder a una conminación, a saber la afectación, la pasibilidad. No siendo
este último término propio de Ricœur, traduce sin embargo muy bien el verso
de Esquilo que tanto le gustaba citar a nuestro autor: “sufrir para aprender”.
Pues, en definitiva, solo un sujeto capaz de ser tocado por la donación de la
existencia, por las cosas mismas, puede interrogarlas; mas, interrogarlas es
de algún modo buscar corresponder a ellas. El sí-mismo capaz de escuchar
el llamado de las cosas e interrogarlas es, por ello, un sujeto inquietado de
antemano por su presencia y arribo. La idea de un sujeto responsivo implica,
por tanto, la de un sí afectable, pasible ante el advenir de las cosas en su
mostrarse, en su darse. En última instancia, el sí que atiende a un llamado
posee una paciencia inquietada: el llamado implica un sujeto capaz de soportarse en la inquietud provocada por el encuentro con las cosas, pero al
mismo tiempo supone un consentimiento a la relación con aquello que llama.
Pero volvamos al tenor argumentativo previo al paréntesis que hemos
realizado. Mientras que la pregunta se deja formular en un campo de entendimiento previo, en un contexto de antemano abierto; la llamada surge
solo en las respuestas, es decir, en medio de la experiencia humana y del
lenguaje. Resulta de aquí un problema que al menos hay que notar: la confianza que deposita Ricœur en el carácter lenguajero de la experiencia que
se deja expresar en la tesis central de Temps et récit: “no hay experiencia
humana que no esté ya mediatizada por sistemas simbólicos, entre ellos,
por relatos” (Ricœur 1983, 113). ¿Significa esto que las mediaciones simbólicas son el lugar para la resonancia de la llamada? ¿Llaman los textos, los
símbolos solo ellos, o hay algo más que llama mediante ellos? Ciertamente,
responder a esa pregunta supone por ejemplo que compartamos una fe
bíblica y renunciemos a una descripción de tipo fenomenológica, entendido
en un sentido amplio como una descripción de experiencias que pueden ser
dichas universales. Sin embargo, esto no es contradictorio en Ricœur, toda
vez que él, desde un comienzo, ha situado estas conferencias en el campo
de la fe bíblica y no de la filosofía. Mientras que esta última responde a las
preguntas resolviendo un problema, la fe bíblica responde a un llamado
correspondiendo al sentido que éste propone. Pero el llamado solo se deja
escuchar en el trabajo perpetuo de la transmisión e interpretación culturales,
es decir, a la luz de la experiencia mediada por el lenguaje. La Palabra se
hace escuchar en los testimonios, que en cuanto tales, son dados para ser
transmitidos y expuestos a su contestación. “Allí donde una atestación es
pronunciada, afirma Ricœur, una contestación puede levantarse” (Ricœur
1994, 93; cf. Pierron 2006, 167). La Palabra no adviene al hombre sino por
medio del lenguaje humano y del modo como éste hace legible la experiencia.
Esto nos conduce a lo siguiente: la respuesta al llamado implica un corresponder al sentido propuesto por el texto bíblico. Lo que supone al menos
lo siguiente: primero, reforzar la idea que la Palabra se hace escuchar en
la palabra humana y su poder de configuración. Segundo, y adoptando el
lenguaje de Temps et récit, se responde al llamado aceptando el desafío
que nos plantea la refiguración: mientras la Palabra sea solo escrita, será
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Taller de Letras NE2: 73-81, 2012
Palabra muerta o muda; solo una comunidad de lectores de la Biblia podrá
reconocer el advenimiento de la Palabra en ésta; solo sujetos capaces de
leerse ante el mundo que despliega el texto, podrán volverse testigos del
acontecimiento de la Palabra, pero mediada, claro está, por el lenguaje
humano y su poder configurativo. Recordemos brevemente lo que Ricœur
afirma de la lectura en Temps et récit 1: “es el acto de leer que acompaña la configuración del relato y actualiza su capacidad para ser seguido.
Seguir una historia, es actualizarla en la lectura” (Ricœur 1983, 145). Así
la refiguración recibe la Palabra aportando innovación al modo como ella se
ha dejado escuchar en los textos. Lo que supongo nos aporta lo siguiente
respecto del testimonio: este último, podríamos afirmar, no consiste tan
solo en recibir la Palabra, la que solo puede ser recibida a partir de las
múltiples apuestas configurativas lenguajeras, sino que supone la capacidad
del lector y testigo, de innovar el sentido de la Palabra recibida; lo que nos
indica, por su parte, el descentramiento propio del Testigo, quien dando
testimonio, y no podría darlo si no innovara respecto de cómo transmitir
el mensaje recibido como la Palabra, implica no considerarse ni detentor
último de lo recibido, ni tampoco su único receptor. Así, el lector-testigo
confirma a su manera que el sujeto que responde al llamado, el sujeto con
vocación de respuesta, solo es tal si se deja exponer a la contestación de
su testimonio: si acepta que éste no trae consigo la prueba de su veracidad,
sino la convicción de su verdad.
Respecto del privilegio que Ricœur le otorga al texto Bíblico en desmedro
de otros modos y lugares para darse la Palabra, permítaseme una cita de
nuestro filósofo, al menos a modo indicativo: “la palabra es lo que hace mover
las estructuras; porque está al origen del texto, puede también renovar la
práctica del texto. Es verdaderamente lo que circula entre la escritura y
la lectura” (Ricœur 1977, 225). Con esto quisiera señalar lo siguiente: si
Ricœur privilegia en este contexto la Palabra dada en la Biblia no significa
que reconozca que solo en ella hay llamado (así en Soi-même examina el
llamado de la conciencia moral, por ejemplo; también podríamos pensar en
el llamado del otro, y la solicitud como su respuesta); lo que nuestro autor
busca mostrar más bien es la confianza que ha depositado ya desde su
hermenéutica reflexiva en el carácter mediado de la experiencia humana.
El privilegio que tiene el texto presenta por tanto varias razones: primero,
porque nos inscribe en una Tradición –por ejemplo la del Testimonio– que
aportándonos una suerte de criteriología del testimonio que nos permite
discriminar entre el verdadero y falso testigo por ejemplo, al mismo tiempo
su inscripción le provee a la Palabra no solo una riqueza aportada por las
múltiples configuraciones, sino que también un porvenir y la posibilidad
de la recepción de una comunidad de fieles y testigos de la Palabra, lo que
implica a su vez que el testimonio no la agota ni la certifica, sino que la
atestigua. Finalmente, el texto es el lugar insigne para la relación entre
tradición e innovación, y por consiguiente el mejor lugar para resistir cualquier intento de apologética así como también es la instancia que demanda,
para mantener vivo el sentido que propone, un lector atento y crítico: con
la voluntad de escuchar y de sospechar, a partir de las cuales podrá responder o no ante el mundo que el texto libera con la libertad de quien ha
querido y aceptado recibir dando testimonio de otro modo. ¿No es este el
lema de Ricœur en “Amor y justicia” –aunque aplicado en otro contexto,
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Patricio Mena Malet
Vocación y conflicto: perspectivas a partir de la hermenéutica…
bien lo podemos hacer nuestro en este espacio de reflexión– “porque te
ha sido dado, da tú también”?
Para concluir, quisiera proponer la lectura y un breve análisis de los siguientes textos de Ricœur, los que por su parte nos permitirán volver a la
cita inicial de esta ponencia. He aquí los textos: “Pues si la esperanza abre
un porvenir a la libertad real, diciéndole: tú puedes ser hombre, si la imaginación es el lugar de los figurativos que suscitan la esperanza, la palabra
es el núcleo, el elemento donde los figurativos se dicen. Hay un vínculo
estrecho entre fe y la escucha de una palabra. Es una relación que caracterizaré primeramente de modo negativo como de no-dominio [...] Hay un
lugar donde esa relación de no-dominio se invierte. Ya no lo domino, pues
me interpela y me reivindica. Para mí este giro en el uso del lenguaje, en la
práctica del lenguaje, constituye la experiencia poética en sentido fuerte. Por
poesía no entiendo el lenguaje versificado distinto de la prosa, sino que, más
fundamentalmente, la poiesis, la experiencia de ser creado por el lenguaje
[...] existo por la potencia de la palabra” (Ricœur 1971, 72). El segundo
texto dice así: “Tal es, para mí el acontecimiento de la palabra: una creación
de existencia, una suscitación por la palabra comprendida. La palabra nos
precede, es nuestra maestra: nosotros no disponemos de ella, ella dispone
de nosotros” (Ricœur 1989, 73).
Con estas citas quisiera finalmente poner el acento en la potencia inventiva
del lenguaje: ser interpelado por la palabra significa hallarse habitándola,
implicado en ella tal como nos encontramos implicado en la alteridad, en
lo otro de nosotros mismos, de lo que no podemos sustraernos, sino tan
solo consentir. Pero habitar la palabra, que ésta sea una institución en el
sentido amplio como entiende Ricœur este término, implica que el hombre
se deja instruir por ella; pero la palabra no podría interpelarnos si cada uno
de nosotros no fuera capaz “de designarse a sí mismo como aquel a quien
la palabra le es dirigida” (Ricœur 1992, 212). Hallamos aquí uno de los sentidos base de la expresión “corresponder”. Ni el lector ni el testigo podrían
intentar hacer de su vida una correspondencia ante los textos que lo abren
a la Palabra, si ellos mismos no fueran capaces de considerarse capaces de
escucharla o recibirla y no pudieran reconocerse a sí mismos en la interpelación. Así ante la interpelación del sentido del texto, es preciso un sí-mismo
que pueda considerarse capaz de escuchar, de leer y de refigurar la Palabra
recibida en el acto de la lectura. Debe tomarse a sí mismo como capaz de
responder a... y de responder de sí. Esto es, capaz de asumir una palabra de
la que no siendo su autor, se ha designado a sí mismo su responsable. ¿No
es éste por lo demás una de las vías posibles para comprender la ipseidad
a partir del modelo de la promesa? ¿Qué puede ser prometer si no un modo
de mantenernos responsables de lo que ponemos en juego en la promesa?
Se puede objetar, pero en la promesa usted asume la responsabilidad de
una palabra de la que usted es su autor mientras que en la asunción de la
Palabra recibida en los textos bíblicos, ciertamente usted no lo es. Sí, de
cierto modo, pero también podría decirse que cuando prometemos la palabra en la que nos comprometemos no es del todo de nuestra iniciativa pues
ella misma responde a una solicitud venida del otro: en cierto respecto, la
palabra que aceptamos mantener es como la palabra que solo recibimos de
los textos refigurándola: así, la palabra prometida es también y de alguna
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Taller de Letras NE2: 73-81, 2012
manera una palabra que refigura la solicitud del otro. Cuando me comprometo a respetarla, me comprometo ante el otro, porque ella proviene en
algún sentido de su solicitud.
El sí-mismo, podemos concluir en este sentido, capaz de leer y leerse en
los textos, está abierto por consiguiente no solo a lo otro de sí, la palabra
que nos instruye convocándonos a habitar en el sentido que ésta despliega,
sino que también nos instruye a mantenernos abiertos a lo inimaginable de
sí-mismos: pues el texto que leemos y ante el que nos leemos, nos abre
a posibilidades nuevas e inesperadas: estamos ciertamente abiertos a lo
posible, y somos resueltamente libres para sumir el conflicto de nuestra
libertad que se deja instruir por los textos, por los otros, que nos llaman a
volvernos un sí-mismo.
Finalmente, quisiera subrayar las siguientes conclusiones: en primer lugar,
la estructura “llamada-respuesta” implica un sujeto responsivo, es decir,
capaz de responder por sí y por otro, a sí mismo y a otro. Esta tesis según la
cual el hombre en su ser es un sujeto responsivo implica un desplazamiento
hacia la ontología, como tierra prometida, hacia la que tiende la hermenéutica del sí-mismo; antes de volverse hacia una ontología del acto-potencia,
de la acción y sus vulnerabilidades, del hombre actuante y sufriente, ésta
más bien está orientada hacia una ontología de la relación y de la respuesta. La función meta es cumplida por tanto por esta última ontología. ¿Qué
significa esto? Que es el carácter relacional y respondiente del sujeto lo que
lo constituye de manera fundamental en cuanto sí-mismo: el sí-mismo es
tal, y se distingue del yo, por estar abierto a lo otro de sí y por ser capaz de
responderle y de responder de sí. En este sentido, si la respuesta de la que
es capaz el sujeto, en términos estructurales y no contingentes, depende
de una estructura relacional que lo vincula al ser humano en su ser con el
mundo y las cosas, es la respuesta la que pone en evidencia la relación.
Por ejemplo, si bien cada uno de nosotros, siendo, está en relación con una
multiplicidad de artefactos que nos rodean, con otras personas, etc., solo
nuestras respuestas les dan sentido para nuestra existencia y las resaltan
o destacan de nuestro horizonte, por ejemplo, perceptivo. De este modo,
una filosofía de la vocación, del sujeto capaz de escuchar las palabras que
le son dirigidas con sus diversas alturas, es primera y fundamentalmente un
sujeto responsivo y relacional.
Así lo que la hermenéutica bíblica saca a la luz no es un dato que le
atañe a ella sola y que debe ser distanciado y acallado en los aportes de la
hermenéutica bíblica, tal como lo pensara Ricœur, sino que nos aporta una
estructura esencial y fundamental del ser humano: que éste es un sí-mismo
y por tanto un ser responsivo.
Finalmente, el sí-mismo responsivo es también un sujeto capaz de leer;
sus lecturas son también sus respuestas en cuanto le demandan situarse
ante una novedad, la de un mundo posible desplegado en el acto de lectura;
lo interesante es que no solo se ve confrontado ante la novedad del mundo,
en tanto posible, sino también ante su propia novedad. En este sentido,
el sí-mismo en sus respuestas arriesga de sí un porvenir inesperable que
demanda de sí “un esfuerzo impotente por ser sí-mismo; y por otra parte,
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Patricio Mena Malet
Vocación y conflicto: perspectivas a partir de la hermenéutica…
la espera de poder serlo por la gracia de otro” (Porée 2011, 39-40). Un sí
responsivo aloja sus respuestas en la esperanza de poder corresponder a
la palabra venida de otra parte y de poder persistir como un sí capaz de
recobrarse en sus respuestas.
Obras citadas
Chrétien, Jean-Louis. Répondre. Figures de la réponse et de la responsabilité.
Paris: Cerf, 2007.
Marcel, Gabriel y Paul Ricœur. Entretiens. Paris: Aubier Montaigne, 1968.
Pierron, Jean-Philippe. Le passage de témoin. Une philosophie du témoignage. Paris: Cerf, 2006.
Porée, Jérôme. “Justifier philosophiquement l’espérance”. Paul Ricœur: un
philosophe lit la Bible. À l’entrecroisement des herméneutiques philosophique et biblique. Genève: Labor et Fides, 2011.
Ricœur, Paul. “Emmanuel Levinas, penseur du témoignage”. Lectures 3.
Paris: Seuil, 1994.
. “La foi soupçonnée”. Recherches et Débats 19 (1971) n° 73, p. 72.
. “Regards sur l’écriture”. La naissance du texte. Paris: Ed. José Corti,
1989.
. «La Révelation: discussion d’ensemble». La Révelation. Bruxelles:
Facultés universitaires Saint Louis, 1977.
. Amour et justice. Paris: Poche, 2008.
. Du texte à l’action. Paris: Seuil, 1986.
. Lectures 2. Paris: Seuil, 1992.
. Parcours de la reconnaissance. Trois études. Paris: Stock, 2004.
. Philosophie de la volonté. Tome 1: Le volontaire et l’involontaire. Paris:
Aubier, 1950.
. Soi-même comme un autre. Paris: Seuil, 1990
. Temps et récit 1. Paris: Seuil, 1983.
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Mena
MaletNE2: 83-90,
Vocación
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Letras
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conflicto: perspectivas a partir de laissn
hermenéutica
…
0716-0798
Análisis de un posible de-constructivismo
ricœuriano a partir de su teoría del
símbolo y del texto
Analysis of a Possible De-constructivism in Ricœur’s Work,
Starting from his Theory of Symbol and Text
Ana Escríbar Wicks
Universidad de Chile
[email protected]
El análisis se propone mostrar a partir de la teoría del símbolo y del texto que la
hermenéutica ricœuriana incluye un “de-constructivismo”. Lo ejemplifica con la exposición de lo que Ricœur denomina “símbolo racional” o “pseudo concepto” del pecado
original y con su hermenéutica del Edipo Rey y la Antígona de Sófocles. Se plantea
que en ambos ámbitos el de-constructivismo tiende a liberar el contenido de sentido
–considerado inagotable por Ricœur– encapsulado en una prematura interpretación
totalizante y que esta liberación ofrece valiosas posibilidades para la profundización
de la autocomprensión humana.
Palabras clave: de-constructivismo, símbolo, texto.
The analysis intends to show that Ricœur’s hermeneutics include a “deconstructionism”
developed in relation to his theory of symbolism and text. This is exemplified with
what Ricœur names as “rational symbol” or “pseudo concept” of the original sin and
with his hermeneutic of two tragedies of Sofocles, “Edipo” and “Antigona”; the analysis
pretends to establish also that in both cases deconstructionism liberates the sense
contents –considered bottomless by Ricœur– encapsulated by premature totalizer
interpretations and that this liberation offers valuable possibilities for the deepening
of human self understanding.
Keywords: de-constructivism, symbol, text.
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Taller de Letras NE2: 83-90, 2012
1. Introducción
Entenderemos por “de-constructivismo” el camino regresivo emprendido por Ricœur en la hermenéutica del símbolo, ejemplificado a partir de lo
que considera el pseudo-concepto o símbolo racional del pecado original,
tendiente a la recuperación de la función reveladora del símbolo en relación
con la experiencia humana.
Como sabemos, la hermenéutica ricoeuriana se centra finalmente en el
texto –entre otras causas– porque a diferencia del símbolo que es objeto
de estudio de varias disciplinas, el texto lo es de una sola. Sostenemos que
es un mismo de-constructivismo el que se ejerce en los dos casos; porque
aunque el primero busca en el pasado el sentido de los símbolos originarios,
mientras el segundo escudriña en el futuro los nuevos mundos posibles abiertos por los textos, en ambos se intenta dejar de lado procesos totalizantes
que culminan con un pretendido cierre del sentido inagotable que Ricœur
postula para el símbolo y el texto.
Consideramos, por otra parte, que este de-constructivismo tiene los
suficientes puntos de contacto con el método de Derrida como para hacer
uso del término con respecto al pensamiento de Ricœur; pero tiene también
las suficientes diferencias como para justificar el que hablemos de un deconstructivismo ricoeuriano y no simplemente del uso que Ricœur pudiera
hacer del método de Derrida.
A lo largo de la exposición iremos revisando la importancia que atribuimos al reconocimiento de ese aspecto en la obra de Ricœur y para finalizar
presentaremos unas breves y modestas conclusiones en relación con el tema
desarrollado.
2. Teoría del símbolo y de-constructivismo tendiente a la
recuperación de su sentido.
Por “símbolo” entenderemos un componente del lenguaje que posee un
superávit de sentido debido a su doble apuntar; primero, hacia un objeto de
la experiencia y, segundo, hacia otro que no aparece en dicho ámbito y que
solo puede ser alcanzado a través del símbolo. Ese superávit de sentido, por
otra parte, abre la posibilidad de una doble interpretación; en primer lugar
la que privilegia los componentes instintivos inconscientes presentes en el
momento del surgimiento del símbolo dando cuenta de dicho surgimiento, y
otra que –apoyándose en la evolución del sentido simbólico– se abre hacia
el futuro y hacia mayores niveles de autoconciencia.
En lo que respecta al símbolo, la hermenéutica ricoeuriana se ocupa
fundamentalmente de la simbólica del mal; porque considera que en ella se
ponen de manifiesto con gran claridad los rasgos que caracterizan al símbolo
en general y a su desarrollo; se centra fundamentalmente, por otra parte,
en dicha simbólica tal como aparece en el ámbito de las Sagradas Escrituras
Judeo-Cristianas; esto último, porque plantea que la Cultura Occidental en
su conjunto hunde sus raíces en dichos textos y en las grandes narraciones
griegas.
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Ana Escríbar Wicks
Análisis de un posible de-constructivismo ricoeuriano…
La simbólica del mal en nuestra cultura intenta responder a la pregunta
referente al origen del mal; este es un problema que detenta un lugar central
en el mito, en la teología y en la filosofía occidentales, porque el judeocristianismo concibe a un Dios que crea de la nada todo lo existente, que es
omnipotente e infinitamente bueno; sin embargo, en el mundo creado por
Él existe el mal físico y moral, vale decir, el mal que se sufre y el mal que
se hace, lo que resulta incomprensible a partir de la coexistencia de los dos
atributos mencionados.
En consecuencia, o Dios no es omnipotente, o no es infinitamente bueno,
o se debe buscar un origen del mal ajeno a la voluntad divina, lo que se
contrapone con la doctrina de un único Dios que crea ex-nihilo. De esta justificación de Dios frente a la presencia del mal en el mundo se han ocupado
en la filosofía occidental todas las teodiceas.
En referencia a este problema existen fundamentalmente dos respuestas,
la trágica y la ética. La primera, desarrollada en los mitos y en la tragedia
griega, concibe al mal como parte del ser, como ente o como poder que representa para el hombre una especie de destino que lo acecha y persigue;
él no es responsable del mal, porque aun cuando comete los crímenes más
horribles es porque se ve arrastrado a ello –incluso por los dioses mismos–
sin que intervengan ni su conocimiento, ni su voluntad.
La segunda tradición, desarrollada fundamentalmente en las Sagradas
Escrituras y luego en la teología y la filosofía occidentales, concibe el mal
como consecuencia de la libertad humana que –desobedeciendo el mandato
divino– desencadena la presencia del mal moral en el mundo y este trae
consigo como castigo el mal físico, la enfermedad, la muerte, el sufrimiento
de todo tipo.
En esta comprensión ética podemos distinguir en el simbolismo tres niveles; el primero –aun cercano a la comprensión trágica– se refiere al mal
“como” mancha que apunta hacia una impureza; vale decir, no como una
mancha propiamente tal, sino a semejanza de; el segundo, presenta el mal
“como” vagancia o deambular, procedente de la ruptura de la relación del
hombre con Dios, lo que ya implica una interiorización sin que aparezca aún
una responsabilidad individual: el pueblo elegido es el verdadero responsable;
el tercero, representa el mal “como” carga y culmina con el reconocimiento
de la culpabilidad de cada cual ante el tribunal de la propia conciencia. Se
desemboca, así, en una simbología que no solo apunta a una interiorización
en lo que respecta al origen del mal, sino, además, a la responsabilidad
individual en lo que a él respecta.
Los símbolos correspondientes a ambas formas de comprensión del
mal –trágica y ética– aparecen reunidos en mitos o narraciones referentes
no solo al origen, sino también al fin o superación del mal; de entre ellos,
nosotros nos ocuparemos solamente del mito ético por excelencia –el de
la caída de Adán y Eva– y solo en lo que respecta al origen del mal. En el
Jardín del Edén donde Dios los ha situado, los padres de la humanidad, con
la esperanza de llegar a ser como Dioses, comen el fruto prohibido del árbol
de la ciencia del bien y del mal y, como consecuencia, aparece el mal en un
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Taller de Letras NE2: 83-90, 2012
mundo hasta entonces idílico. Sin embargo, en ese escenario ético se hizo
presente –de pronto– un mal “ya allí” que trasciende la voluntad humana,
la serpiente que tienta a Eva; vale decir, en la comprensión ética del mal se
introdujo sorpresivamente un elemento trágico produciéndose una especie
de síntesis de ambas tradiciones que es, precisamente, lo que otorga a ese
mito su grandeza.
Ya en el ámbito de la filosofía, San Agustín –cuando intenta defender
la comprensión cristiana ortodoxa del mal frente a las herejías gnóstica y
pelagiana– define el concepto de “pecado original” y he aquí que en este
concepto reaparece la exterioridad trágica junto a la pretendida interiorización ética del origen del mal; todo hombre –se nos dice– nace con una
tara, una especie de mancha que representa una herencia casi biológica de
la falta cometida por los primeros padres, en referencia a la cual –a pesar
de su completa inocencia– tiene una responsabilidad personal casi jurídica.
El pecado original integra, así, dos elementos contradictorios –herencia
recibida y responsabilidad ante lo heredado–, lo que es lícito para un símbolo,
pero no para un concepto. Se trata, pues, afirma Ricœur, de un “símbolo
racional” y, por lo tanto, de un “pseudo-concepto”.
Exterioridad e interioridad del origen del mal, son los dos extremos de
un recorrido de los símbolos que marca el camino seguido por la autocomprensión humana; pero ni la exterioridad ni la interioridad son totales
en ninguno de los dos extremos, hallándose siempre marcadas –la primera–
por una presencia creciente de su contraria y, la segunda, por la presencia
decreciente de la primera.
La existencia de las dos tradiciones –trágica y ética– y la persistencia de
la presencia del elemento trágico en el mito antropológico y en la definición
filosófica se explican porque la experiencia humana integra ambos aspectos;
todos sentimos que con cada uno de nosotros el mal se inicia nuevamente,
pero sabemos también que existe un mal “ya allí” que nos trasciende y lo
antecede. La comprensión del mal en ambas tradiciones resulta, pues, incompleta con respecto a la experiencia humana.
Esta descripción del recorrido desde la exterioridad a la interioridad,
desde la trágico a lo ético en la comprensión del origen del mal, pone de
manifiesto –además– una desacralización creciente del mundo que incluye el
debilitamiento de la relación causa-efecto entre pecado y sufrimiento, entre
mal moral y mal físico, que fuera criticada por Nietzsche desde la “inocencia del devenir”, que él proclama como contraria a la “mala conciencia”. Se
destaca, también, una especie de vocación de racionalidad de los símbolos
mismos, tendiente a la formación del concepto; dicho proceso culmina con
la aparición del símbolo racional y su pretendida precisión conceptual, cuyo
carácter contradictorio exige su de-construcción para liberar la dinámica
propia de la riqueza polivalente de los símbolos originarios.
Se completa, así, un recorrido que no será el único, porque la vocación
de racionalidad del símbolo impulsará nuevos procesos de interpretación que
posiblemente requieran en su momento de nuevos procesos de de-construcción.
■ 86
Ana Escríbar Wicks
Análisis de un posible de-constructivismo ricoeuriano…
De lo expuesto se deduce que la hermenéutica de los símbolos –para
no ser reduccionista– deberá considerar los dos elementos constitutivos
del símbolo; el pasado del que emerge –el inconsciente–, nivel en el que
impera el determinismo causal y el futuro hacia el que apunta –los mayores
niveles de conciencia– en el que se va haciendo presente la libertad y la
búsqueda de una meta espiritual. A partir de este doble apuntar se genera
en la hermenéutica el “conflicto de las interpretaciones” según se priorice
una u otra dirección.
3. Teoría del texto y de-constructivismo tendiente a recuperar
el apuntar dinámico de las grandes narraciones originarias
de nuestra cultura
Ricœur entiende por “texto” toda obra o acción humanas significativas;
esto es, que dejan “huella” y que –por consiguiente– pueden ser interpretadas y reinterpretadas por sucesivas generaciones.
Esa apertura a la reinterpretación muestra que esa obra o acción ha
cobrado independencia respecto de las intenciones de su autor y de las condiciones culturales, económicas y sociales que marcaron su surgimiento. El
texto pierde así su referencia originaria directa, ostensible, al momento de
su origen; gracias a ello, adquiere un nuevo apuntar hacia el futuro, abre un
nuevo mundo posible en el que el hombre individual y colectivamente puede
proyectarse y reinterpretarse en concordancia con las nuevas posibilidades
abiertas por el texto.
En esta forma, Ricœur rechaza la comprensión Ilustrada de la tradición
que la identifica con el autoritarismo que exige obediencia e impide el libre
ejercicio del pensamiento. La tradición, inevitablemente interpretada, por el
contrario, se presenta como fuente de innovación, podría decirse –incluso–
como condición de posibilidad del “inicio de procesos nuevos en el mundo”,
capacidad del hombre que para Ricœur y Hannah Arendt definen la libertad
humana.
Ejemplificaremos el de-construccionismo ricoeuriano del texto con su
hermenéutica del Edipo Rey y de la Antígona de Sófocles.
Suele decirse que si la primera de estas tragedias sigue conmoviendo a
los espectadores contemporáneos que ya no creen en el destino, es porque
aborda el “complejo de Edipo” y su universal presencia en el inconsciente
es lo que despierta aún hoy el interés del público.
Ricœur reconoce la validez parcial de ese argumento, pero afirma que allí
hay dos tragedias superpuestas; la primera ya está consumada al iniciarse
la narración en las puertas del palacio; allí recibe Edipo a los emisarios que
llegan con la noticia de la peste que aflige a Tebas y que es indicativa de un
gran crimen cometido en la ciudad, cuyo autor es aún desconocido; Edipo
–ignorando que se trata de él mismo– se compromete a descubrir y castigar
ejemplarmente al culpable. Es la tragedia del incesto, deseado inconscientemente e inconscientemente cometido; es la tragedia de un Edipo niño, que
nada sabe aún de sí mismo y se mueve entre el instinto y el temor al castigo
87 ■
Taller de Letras NE2: 83-90, 2012
por la desobediencia –aunque fuera involuntaria– a los tabúes impuestos
por los dioses.
Esa tragedia existe, pero ya sucedió, está cerrada al iniciarse la narración
y eso es importante porque ese “ya sido” es lo que siempre, en todas las
narraciones, caracteriza a aquello a lo que se dirige el primer apuntar. Lo
que sucede –afirma Ricœur– es que hay otra tragedia, más profunda, que se
abre con la narración, y es la que necesita de una hermenéutica, porque el
sentido de la primera es obvio. Esa segunda está constituida por el difícil y
doloroso recorrido de la conciencia de sí –que se inicia en esa misma primera
escena– a través del cual Edipo va descubriendo su propia condición; este
recorrido se extiende a lo largo de toda la obra y culmina en el horroroso
castigo auto-impuesto. Es la tragedia de Edipo hombre, de Edipo Rey que
se descubre imputable a pesar de su inocencia.
La primera lectura de la tragedia deja de lado una de las dos direcciones
hacia las que apunta el texto; sería, pues, reduccionista, en la medida en
que da por agotado el sentido al poner al descubierto aquello ya sido de lo
que el texto se independiza y no considera los nuevos mundos posibles e
inagotables abiertos por él, que la hermenéutica va descubriendo uno tras
otro a lo largo de la historia.
En la Antígona, por otra parte, el Rey Creonte, para castigar la traición
de uno de los hermanos de la protagonista –aduciendo lo establecido por
las leyes escritas de la ciudad– ordena dejar el cadáver, sin ritos mortuorios,
más allá de las murallas; ella, en defensa de la piedad filial y apoyándose
en las leyes no escritas de los dioses que la preconizan, desafía la orden del
Rey e intenta darle sepultura; denunciada, es condenada por Creonte que
–finalmente– cediendo a los consejos del coro y de Tiresias, el ciego vidente,
resuelve, cuando ya es demasiado tarde, cambiar su decisión.
La hermenéutica de la obra descubre múltiples causas que podrían explicar el enfrentamiento entre Creonte y Antígona; entre ellas, las diferencias
generacionales y de género, la contraposición entre los ideales de la vida
pública y la privada, la rigidez de los caracteres de los protagonistas que los
incapacita para valorar los argumentos del otro, el cambio cultural acaecido en
Grecia cuya secularización anuncia ya la racionalidad filosófica por venir, etc.
Ricœur reconoce la parcial validez de todas esas razones, pero destaca
especialmente la insistencia del coro y de Tiresias en lo que respecta a la
necesidad de un buen deliberar; en relación con la posibilidad de este último,
su hermenéutica conduce a la conclusión de que la causa fundamental del
conflicto trágico es la unilateralidad de los principios mismos, ninguno de los
cuales admite una posible excepción en su aplicación teniendo en cuenta las
características propias del caso concreto.
Vale decir, la tragedia se desata fundamentalmente por el desconocimiento
de la contradicción entre la pretensión de universalidad de los principios y
la particularidad de cada situación específica, contradicción que a menudo
exige excepciones en la aplicación de uno u otro de los principios y en cuyo
manejo consiste –en gran medida– el buen deliberar.
■ 88
Ana Escríbar Wicks
Análisis de un posible de-constructivismo ricoeuriano…
En Edipo Rey, tanto como en la Antígona, nos encontramos con una
clausura del sentido, comparable a la que se diera en el caso del símbolo
racional del pecado original, en su intento de dar una respuesta definitiva
al problema del origen del mal. En el Edipo Rey, la tradición psicoanalítica
–más que Freud mismo– cierra el horizonte del sentido con su hermenéutica pan-sexualista; en la Antígona, la interpretación que los protagonistas
hacen de los principios que cada uno defiende absolutiza su pretensión
universalmente vinculante, totalizadora. En ambos casos, la de-construcción
se dirige al cuestionamiento de dicha pretensión; ese cuestionamiento
tiende en el Edipo a destacar la inevitable presencia en la hermenéutica
del conflicto de las interpretaciones y su necesaria complementación; en la
Antígona a mostrar el “buen deliberar” –que incluye la consideración de las
consecuencias– como único método válido para enfrentar la contradicción
entre principios y/o valores que aspiran a una misma jerarquía. En uno y
otro caso, la de-construcción tiende a reabrir la interpretación siempre reinterpretable del sentido inagotable.
4. Conclusiones
– En lo expuesto, descubrimos dos formas de de-construcción aplicadas a
la pretensión de racionalidad excluyente; primero, en el ámbito del símbolo,
al pseudo concepto y segundo, en lo que respecta al texto, a dos intentos
de clausura del relato. En ambos casos, la de-construcción tiende a liberar
los contenidos posibles e inagotables de sentido aprisionados por una totalización prematura.
– A semejanza de Derrida, Ricœur afirma que no existe ningún discurso
que sea directamente representativo, porque todo lenguaje es simbólico; pero
a diferencia de él, no considera que todos los discursos sean equivalentes.
El discurso poético (de poiésis = obra), vale decir aquel discurso expresado
ya sea literariamente, o en obras pictóricas, plásticas, musicales o incluso
en acciones, es significativo en la medida en que se ha independizado de
su autor, de su auditorio original y del medio circundante en el que surgió.
En esa misma medida es fuente de interpretación (construcción) inagotable, porque al constituirse en huella pierde la referencia ostensible a esos
elementos determinantes de su aparición y adquiere una referencia poética
que apunta hacia un nuevo mundo por él inaugurado donde el lector, espectador, intérprete o actor puede interpretarse a sí mismo desarrollando en
él sus posibilidades más propias. La de-construcción, entonces –necesaria
cuando una comprensión del sentido se ha inmovilizado presentándose
como versión definitiva– abre la posibilidad de un nuevo recorrido en esa
interpretación abierta por el texto.
La gran diferencia entre lo que hemos presentado como el de-constructivismo ricoeuriano y el de Derrida reside, pues, en que Ricœur tiene fe en
la capacidad simbólica del lenguaje y, consecuentemente, en el valor de la
hermenéutica del símbolo y del texto. En esta forma, mientras Derrida considera insuficiente la de-construcción, porque será seguida por una nueva
construcción y así, sucesivamente, Ricœur ve en ese proceso la expresión de
la inagotable reserva de sentido propia del símbolo y del texto. No pretende,
89 ■
Taller de Letras NE2: 83-90, 2012
pues, de-construir los símbolos mismos, sino las interpretaciones prematuramente totalizantes.
Lo expuesto pone de manifiesto que si bien la tragedia griega no forma
parte de la ética, ella representa una especie de propedéutica para esta
última puesto que en la primera hay lecciones que la ética debiera aprovechar; entre ellas, la dolorosa toma de conciencia de la responsabilidad
humana cuyas verdaderas dimensiones desconocemos; vale decir, somos
de partida –como Edipo– ignorantes del peso de nuestra participación, por
ejemplo, en el proceso del calentamiento global –desatado o, por lo menos,
acelerado por nuestra técnica, que podría impedir una vida auténticamente
humana de las futuras generaciones; y la no menos dolorosa constatación
de lo que podría considerarse como el elemento trágico de la vida moral; el
hecho de que los valores y principios éticos a menudo se contradicen entre sí,
obligándonos a priorizar y postergar componentes de lo que se nos aparece
como universalmente vinculante y exigiéndonos con ello una deliberación
cada vez más compleja.
Los símbolos y textos, por otra parte, con su doble apuntar y su exigencia de una re-interpretación inagotable, ponen de manifiesto que nuestra
identidad individual y colectiva, como asimismo nuestras instituciones, que
se nutren a partir de aquellos no pueden aspirar a una mismidad que se
mantiene igual a sí misma; que se trata más bien de una identidad narrativa,
construida dentro del marco de la interpretación inagotable de esas grandes
narraciones originarias de nuestra cultura, interpretación que nos aporta –a
la vez– la unidad que nos sustenta y la posibilidad de la innovación que nos
transforma.
Obras citadas
Ricœur, Paul. De L’ Interpretation. Essai sur Freud. Editions du Seuil, 1965.
. Le Conflit des Interprétations. Essais D’ Herméneutique. Editions du
Seuil, 1969.
. Philosophie de la Volonté. Finitude et Culpabilité. Aubier, 1988.
. Fe y Filosofía. Problemas del Lenguaje Religioso. Estudio preliminar de
Néstor Corona. Editoriales Alamagesto Docencia, 1990.
. Soi-même comme un autre. Editions du Seuil, 1990.
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Cecilia
venatti
Palumbo
T
aller A
de
Letras
NE2: 91-97, 2012
La simbólica de la acción y la metáfora
teatro…
issndel
0716-0798
La simbólica de la acción y la metáfora del teatro.
Correspondencias entre las mediaciones
de la hermenéutica de Paul Ricœur y la
teodramática de Hans Urs von Balthasar
en el diálogo literatura y teología
The Symbolic of the Action and the Methaphor of the
Theatre. Correspondences between the Mediations of the
Hermeneutics of Paul Ricœur and Hans Urs von Balthasar’s
Theodramatic in the Dialog Literature and Thelogy
Cecilia Avenatti Palumbo
Universidad Católica de Buenos Aires
[email protected]
El artículo propone la acción como piedra basal del método de diálogo interdisciplinario
entre literatura y teología, a partir de la postulación de una correspondencia entre la
hermenéutica de Paul Ricœur y la teodramática de Hans Urs von Balthasar. El análisis
realizado demuestra que el tránsito del texto a la acción en Ricœur y de la figura
estética al drama en Balthasar significan un aporte al diálogo interdisciplinario en la
medida en que provocan una apertura del texto y de la figura hacia la referencialidad
del tú, hacia la responsabilidad moral y hacia la configuración de sentido personal y
comunitario.
Palabras clave: Ricœur, Balthasar, diálogo interdisciplinario, literatura y
teología.
The article proposes the action as basal stone of the method of interdisciplinary dialog
between literature and theology, from the postulation of a correspondence between
the hermeneutics of Paul Ricœur and Hans Urs von Balthasar’s teodramathic. The
realized analysis demonstrates that the traffic of the text to the action in Ricœur and
from the aesthetic figure to the drama in Balthasar they mean a contribution to the
interdisciplinary dialog in the measure in which they provoke an opening of the text
and of the figure towards the referencialidad of you, towards the moral responsibility
and towards the configuration of personal and community sense.
Keywords: Ricœur, Balthasar, interdisciplinary dialog, literature and theology.
91 ■
Taller de Letras NE2: 91-97, 2012
Leer es una acción creadora, es descubrir e inventar figuras en el espacio
y en el tiempo de la imaginación que conducen a la configuración de nuevos
textos1. La sospecha de que era posible establecer correspondencias entre
la hermenéutica de Paul Ricœur (1913-2005) y la teodramática de Hans Urs
von Balthasar (1905-1998) fue suscitada por lecturas que fueron madurando en la memoria a la espera del momento oportuno para poder salir a la
luz de una nueva creación. El desafío de profundizar en el pensamiento de
P. Ricœur en vistas a encontrar una mediación para el diálogo entre literatura y teología, que hace un año nos propusieron los colegas chilenos de
Alalite, significó la ocasión de indagar sobre las posibles correspondencias
latentes en el recuerdo de las lecturas2. En esta búsqueda, el encuentro con
un texto de Kelvin Vanhoozer nos confirmó en el camino de la acción como
punto de encuentro entre hermenéutica y teodramática; en la Introducción
que escribió para su obra El drama de la doctrina, así presenta el autor su
tesis central:
Los siguientes capítulos desarrollan las nociones gemelas
de la doctrina como dirección dramática y la vida cristiana como ejecución e interpretación. Algunos aspectos
de estos temas han sido desarrollados con anterioridad.
Balthasar ha tratado extensamente lo ‘teodramático’, y
Paul Ricœur ha pergeñado una teoría asimismo magistral
de la interpretación de textos que utiliza sustancialmente
la metáfora de la representación teatral. Sin embargo,
ninguno de los dos ha hecho gran cosa respecto del tema
capital del otro. En consecuencia, este libro expone una
teoría de la doctrina como dirección: como el eslabón que
conecta el evangelio como teo-drama y la teología como
representación y ejecución de la Escritura. (54)
La tesis así presentada significó una provocación a la búsqueda de figuras
de mediación para el diálogo entre literatura y teología. La metáfora teatral,
sobre cuya base tanto Ricœur como Balthasar construyeron su concepto de
acción, se presentó como una urdimbre metódica a explorar. El resultado
de estas indagaciones es la proposición de la acción como piedra basal del
planteo metodológico, sea que la acción se configure en la dinámica de la
triple mímesis, como lo postula Ricœur3, sea que tras ser considerada como
contenido de la figura estética, la acción alcance su consumación en el drama
1  El lugar de la lectura es uno de los aportes de P. Ricœur en Tiempo y narración, pues es
el acto de lectura el que abre el texto a la referencialidad y el que lleva a su consumación
el dinamismo de la configuración dando paso a la refiguración creadora.
2  En esta línea de investigación se encuentran dos publicaciones recientes a las que
remitimos por su proximidad temática y de exploración: (Avenatti, “Mirar adentro, Actuar
desde el Centro. Por la Via Pulchritudinis a la Acción Teodramática: una Voz Cristiana en el
Escenario de la Postmodernidad”; “Interdisciplinaridade e Interpretaçao: Paul Ricœur em
Diálogo com Hans Urs von Balthasar”).
3  “Ricœur se esfuerza por pensar como una única operación continua el paso de mímesis
I a mímesis III a través de mímesis II. La distinción analítica no puede hacernos olvidar
que se trata de una sola acción. Lo que la mímesis prefigura en el primer estadio, lo que
configura en el segundo estadio es lo que transfigura en el tercero.” (Silva Arévalo, 270)
(El subrayado es nuestro).
■ 92
Cecilia Avenatti Palumbo
La simbólica de la acción y la metáfora del teatro…
personal de la aceptación libre de la misión sobre el escenario del teatro del
mundo, como lo entiende Balthasar4.
Ante el abanico de posibilidades que la acción ofrece a la investigación
interdisciplinaria que estamos llevando a cabo, para esta ponencia optamos
por circunscribir nuestro análisis a la cuestión del tránsito del texto a la acción
en Ricœur y de la figura estética al drama en Balthasar. Nuestra hipótesis
es que justamente en este pasaje, que entendemos como “salida de sí”, se
halla una clave para pensar el método de diálogo interdisciplinario que estamos intentando perfilar, en la medida en que la tensión hacia la acción es la
que produce la apertura del texto y la figura hacia la referencialidad del tú,
hacia la responsabilidad moral y hacia la configuración de sentido personal
y comunitario. Esta delimitación temática se corresponde con un recorte
bibliográfico que nos llevó a elegir dos textos significativos: la primera parte
de Tiempo y narración y los “Prolegómenos” a Teodramática, sin desmedro
de referencias a otros textos.
La primera cuestión a subrayar es que, aunque por distintas vías5, tanto
Balthasar como Ricœur elaboraron el concepto de la acción a partir de un
núcleo común, a saber, la consideración del teatro como metáfora de la
existencia, opción que supone una ponderación del papel del lenguaje teatral
como lenguaje mediador, indirecto y oblicuo, tanto para la hermenéutica
como para la teodramática. La interpretación del texto y la interpretación del
papel sobre el escenario son las mediaciones que, en la “edad hermenéutica
de la razón”6, permiten al hombre recorrer la distancia entre pensamiento
y vida sin sucumbir ante los riesgos del abstraccionismo racionalista ni de
la irracionalidad anárquica que es su reverso. Tanto Ricœur como Balthasar
recurren al lenguaje dramático para desde allí plantear las preguntas sobre
las aporías de la existencia como la finitud, el mal, el pecado, el tiempo y la
libertad. Así presenta el teólogo la necesidad de asumir el lenguaje teatral
como mediación entre la estética y la lógica:
4  “La
dramática es una agógica, teoría de la trama, y así como en la relación entre vida y
escenario se borran las fronteras, así también en la acción de Dios con la humanidad queda
suprimida la frontera entre el actor y la sala de espectadores; el hombre no es espectador,
sino co-actor en el drama de Dios, o en todo caso espectador en cuanto es también coactor. No sólo se le avista sobre el escenario, sino que realmente actúa sobre él. En la
teodramática se convierte en el escenario de Dios; lo que El hace es el contenido decisivo
de la acción; nunca están Dios y el hombre puestos uno junto al otro o enfrentados como
partenaires del mismo rango. Dios actúa en el hombre, para el hombre, y después también
con el hombre [...]. La dramaticidad de la existencia sobre el escenario del mundo ha sido
insertada por él en una representación totalmente diversa, la suya, que él sin embargo venía
queriendo y sigue queriendo ejecutar [...]. Es representación en la representación, nuestra
representación representada en su representación.” (Balthasar, Teodramática 1 22 y 24).
5  Cabe aclarar que correspondencia no significa influencia ni intertextualidad y que aunque
en sus obras Balthasar cita a Ricœur, hasta donde hemos podido explorar, no sucede lo
mismo en las obras del filósofo francés. (Balthasar, Teológica 2 260-264).
6  Hacemos propia la tesis de J. Greisch que expresa el camino indirecto que hoy debe recorrer
la inteligencia humana para alcanzar el conocimiento de sí, de Dios, del mundo. “Qu’elle
soit philosophique ou théologique, la raison est entrée dans son âge herméneutique; c’est
cette these qui commande les analyses regroupées dans ce volume” (7).
93 ■
Taller de Letras NE2: 91-97, 2012
Ahora se trata de dejar su propio lenguaje al que sale al
encuentro o, mejor, dejarnos introducir por él en su dramática. La revelación de Dios no es ningún objeto para
mirar, sino que es su propia acción en y para el mundo,
la cual puede ser respondida, y así “comprendida”, por
el mundo mediante su acción. [...] Y precisamente el
drama teatral aparece como el eslabón de unión que falta:
transforma el acontecimiento en una figura concreta, transforma por consiguiente la estética más allá de sí misma
en algo nuevo, que sin embargo prolonga y prepara al
mismo tiempo la imagen para la palabra. [...] La acción
no es narrada, sino que acontece con las palabras; no es
una conferencia, la acción avanza y se expone en la
palabra. [...] La teodramática se puede relacionar con
una doble precomprensión que mutuamente se implican:
una existencial y otra estética. En ninguna parte se nos
muestra el carácter de la existencia de un modo más claro
que en la representación de un drama. (Balthasar,
Teodramática 1, 19-21).
Que la filosofía y la teología hayan descubierto en el lenguaje teatral
uno de los caminos hacia el sentido por la vía indirecta de la simbólica de
la acción, las convierte en vías de diálogo con la alteridad posmoderna,
en la medida en que ambas disciplinas reconocen la situación de pobreza
de quien ha de aguardar la revelación del sentido en actitud de escucha y
de expectación ante la posible llegada del otro, sin pretensión de dominio
(cf. Forte, 9-15).
La segunda cuestión es que tanto en Ricœur como en Balthasar la pre­
gunta por la identidad es la que opera el paso del texto y de la figura a la
acción. Sea la identidad narrativa del primero, sea la identidad dramática
del segundo, lo que mueve a la salida de sí del texto y de la figura estética
es el planteo de la pregunta por el quién. El filósofo traza el camino hacia
una respuesta a partir del concepto de mímesis, que toma de Aristóteles
como imitación de la acción creadora de los hombres actuantes (“mímesis
praxeôs”) interpretándola como la puesta en intriga (“mise en intrigue”) o
composición de la trama:
Por lo tanto, si reservamos a la mímesis el carácter de
actividad que le confiere la poiesis, y si, además, mantenemos el sentido de la definición de la mímesis por el
mythos, entonces no se debe dudar en entender la acción
–complemento de objeto de la expresión: mímesis praxeos
(50b, 3)– como el correlato de la actividad mimética
regida por la disposición de los hechos (en sistema). [...]
la estricta correlación entre mímesis y mythos aconseja
dar al genitivo praxeos el sentido dominante, aunque
quizás no exclusivo de correlato noemático de una noesis
■ 94
Cecilia Avenatti Palumbo
La simbólica de la acción y la metáfora del teatro…
práctica. La acción es lo “construido” de la construcción
en que consiste la actividad mimética. (Ricœur, Tiempo
y narración 86)7
Por su parte, para el teólogo la respuesta se encuentra en el drama teológico del reconocimiento del papel como envío o misión que se produce en
la representación sobre el escenario del mundo:
El topos ‘teatro del mundo’ parece ya cosa del pasado en
cuanto considera a la vida humana como la representación de un papel delante de Dios que es el que distribuye
las tareas y juzga la representación. Sin embargo [...]
la idea del papel es más actual que nunca en sicología y
sociología. Y aunque se convierta en una moda del pasado
(que quizás se vaya apagando al comenzarse a hablar de
‘función’ en lugar de ‘papel’), sin embargo sigue siendo
actual lo que se quiere decir con la metáfora: el dualismo
experimentado por cada hombre, de modo fugaz o duradero, superficial o profundo, entre lo que yo represento
y lo que soy en realidad [...]. La pregunta que hay que
plantear no es qué tipo de ser es el hombre, sino ‘quién
soy yo’. (Balthasar, Teodramática I 465-467)
Ahora bien, si la búsqueda de identidad es el gozne del pasaje del texto
a la acción, la tercera cuestión es la que atañe a la diástasis entre identidad
e ipseidad en Ricœur (Begué) y la diástasis entre persona y personaje en
Balthasar8. Para Ricœur el personaje se va configurando como figura del sí
mismo como otro de modo que la pregunta por la identidad es respondida
7  Al
comentar este texto, E. Silva Arévalo señala: “El hilo conductor lo dará el juego entre
los conceptos que Ricœur toma de la Poética de Aristóteles, de mímesis y de mythos. Este
último, que es “la disposición de los hechos”, puede ser traducido por fábula señalando su
carácter de ficción, pero mejor por intriga o trama, destacando su talante dinámico. La
poética es así el arte de “componer las tramas”, y la intención del poema será la mímesis
de la acción humana. Mímesis no debe ser entendida por imitación o representación en el
sentido de copia, sino de imitación creativa; imitación creadora de la experiencia temporal
y de la acción, mediante el rodeo de la trama, según la afirmación de Aristóteles: “la trama
es la representación de la acción”. El poeta al componer un mythos (una fábula, una intriga)
ofrece una mímesis praxeos (una imitación creadora de los hombres actuantes” (109).
8  Este pasaje es representativo de este dilema central de la teodramática balthasariana: “La
reflexión metodológica nos lleva, de cara al breve desarrollo metodológico que comenzamos
ahora, a tomar el concepto de misión como hilo conductor hermenéutico. [...] ¿Puede ser
un enviado que haga coincidir su misión con su persona y que, unidas ambas, sea la plena
autocomunicación de Dios? Retornaríamos entonces al punto final con que se cerraba el tomo
primero de esta teodramática: a un ‘papel’ que en modo alguno podrías ser intercambiado
con cualquier otro, porque ese ‘papel’, en cuanto misión, hubiera ido creciendo, más aún,
sería idéntico con la persona. [...] La identidad se alcanza en la síntesis concreta del
ordenamiento histórico-salvífico que se llama Jesucristo, en el que nosotros desde ‘antes de
la constitución del mundo’ hemos sido ‘elegidos’ y ‘predestinados’ para ser creados de cara
a nuestra misión (Ef 1,4). [...] Y como una misión sólo se puede llevar a su consumación
en un decurso temporal y como precisamente en la misión de Jesús la fase final, la ‘hora’,
tiene el peso mayor en el desempeño de la misión, permanece en su existencia-misión
una unidad paradójica de su ser (ya-desde-siempre) y devenir” (Balthasar, Teodramática
3, 143-144; 150).
95 ■
Taller de Letras NE2: 91-97, 2012
desde la alteridad de la irrupción del sí mismo como ese que se objetiva
en la narración. En esto consiste la identidad narrativa, la cual junto con la
triple mímesis constituye la segunda clave de la acción, pues según Ricœur:
La refiguración mediante el relato pone de manifiesto un
aspecto del conocimiento de sí que supera con mucho el
marco del relato. A saber: que el sí mismo no se conoce
de un modo inmediato, sino indirectamente, mediante el
rodeo de toda clase de signos culturales, que nos llevan
a defender que la acción se encuentra simbólicamente
mediatizada. Las mediaciones simbólicas que lleva a cabo
el relato se encuentran vinculadas a dicha mediación. (“La
identidad narrativa” 227)
Por su parte, para Balthasar el personaje se va configurando mediante la
acción en la medida en que va acortando la distancia entre el papel y la misión
que consiste en ser uno mismo en el ser enviado por Otro. Esta identidad se
alcanza en Cristo que se presenta como aquel en quien paradigmática persona
y personaje se identifican en la misión, tal como lo indica Balthasar cuando
dice que “en la identidad de persona y misión en Cristo queda superada, de
modo absolutamente irrepetible, la dualidad de ser y aparecer que atraviesa
toda la estructura humana” (Balthasar, Teodramática I 628).
En las tres cuestiones señaladas –el teatro como metáfora de la existencia
y la consecuente centralidad de la acción como lenguaje que interpreta el
texto y el papel, la pregunta por la identidad como salida de sí del texto y
la figura a la acción y la configuración de la identidad en la diástasis entre
identidad-ipseidad y persona-personaje, la filosofía y la teología descubren
por el camino hermenéutico y teodramático posibilidades presentes en su
propio horizonte epistemológico, que resultan de una extraordinaria actualidad para el diálogo con temáticas posmodernas como la alteridad y la
teatralidad (Haas, 127-141).
Procuraremos ahora extraer algunas consecuencias del análisis de la acción
que realizamos para el diálogo interdisciplinario entre literatura y teología.
En primer lugar, sea que la acción teatral se comprenda como eje del dinamismo de la triple mímesis o como metáfora de la existencia, en el acto de
lectura y en el acto de la representación sobre el escenario, el ser humano se
conoce a sí mismo por medio de un acto de interpretación. De ahí podemos
concluir que método interdisciplinario que de aquí se siga deberá concebirse
como una mediación que interprete al hombre.
En segundo lugar, en la medida de su referencialidad a lo real, el texto
y la figura estética preservan desde sí el principio de objetividad. De este
modo, el cogito racional herido en su autosuficiencia encuentra en la acción
la posibilidad de abrir paso a la pregunta por el sentido de la existencia
desde la experiencia del otro que como texto y como tú. En este orden el
tránsito del lenguaje poético a la acción ética que se realiza por medio del
acto de lectura que interpreta y el paso de la figura estética a la acción ética
del testimonio por medio de la interpretación teatral, impiden que texto y
■ 96
Cecilia Avenatti Palumbo
La simbólica de la acción y la metáfora del teatro…
figura se conviertan en juegos esteticistas sin compromiso con la historia. La
aplicación a la configuración de un método quedará preservada de subjetivismos y psicologismos si tiene en cuenta la primacía del objeto aquí señalada
y ajusta la interpretación al rigor del texto y de la figura.
En tercer lugar, el hecho de que tanto la narración alcanza su sentido por
medio de la restitución al tiempo del obrar y del padecer que se da en la
mímesis III, como la representación logra su objetivo catártico cuando impacta ante un público, suponen un círculo hermenéutico atravesado por una
acción comunitaria. En el proceso del juego hermenéutico y teodramático, el
yo ya no está solo con su razón individual, sino que es un yo en comunión
con otros. Por ello destacamos la postulación de la dimensión ética tanto en
el horizonte hermenéutico del texto como en el horizonte teodramático de
la figura estética. Esta propulsa una apertura metodológica hacia la referencialidad social e histórica, que considere los diferentes niveles de contextos,
a la vez que confirma la decisión interdisciplinaria de fomentar espacios de
diálogo y trabajo en equipo.
Obras citadas
Avenatti de Palumbo, Cecilia Inés. “Interdisciplinaridade e Interpretaçao:
Paul Ricœur em Diálogo com Hans Urs von Balthasar”. Revista do
Instituto Humanitas Unisinos XI (2011). 17 octubre 2011. http://www.
ihuonline.unisinos.br/index.php?option=com_content&view=article&i
d=4125&secao=376
. “Mirar adentro, Actuar desde el Centro. Por la Via Pulchritudinis a la Acción
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Actas de las V Jornadas de Cultura y Cristianismo. Mendoza: Universidad
Nacional de Cuyo. Academia de Humanidades, 2011.
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de la teología cristiana. 2005. Salamanca: Sígueme, 2010.
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Haller
ernán P
ablo
Fanuele
T
de
Letras
NE2: 99-108 2012 Tiempo
y Relato de Paul Ricoeur en Dios
para
pensar…
issn
0716-0798
Tiempo y Relato de Paul Ricœur en Dios
para pensar de Adolphe Gesché
Tiempo y Relato by Paul Ricœur in Dios para pensar by
Adolphe Gesché
Hernán Pablo Fanuele
Universidad Católica Argentina
[email protected]
El teólogo belga Adolphe Gesché propone una reflexión sistemática de la teología
en una actual obra donde desarrolla el misterio de Dios y el hombre en siete tomos.
Desde su enfoque teológico recurre al arte, a la literatura, a la psicología y a la filosofía. Discute y toma lo mejor de estas especialidades y disciplinas para poder así
comprender más profundamente la realidad.
Ricœur es, indudablemente, la roca principal de Gesché.
En este trabajo solo se abordará una primera temática en torno a la reviviscencia
sacramental, como concepto teológico, en diálogo con la reefectuación ricoeriana.
Y finalmente, en un segundo momento, subrayaremos la importancia de la teoría de
la triple mímesis al momento de entender el desarrollo y la constitución de los testimonios evangélicos.
Palabras clave: hermenéutica, Paul Ricœur, símbolo, teología.
Adolphe Gesché, the Belgian theologian, proposes a systematic reflection of theology in an up to date work where he developes the mystery of God and man in seven
volumes. From his theological approach he appeals to art, literature, psychology and
philosophy. He discusses and takes the best of these specialties and disciplines to
understand reality more deeply.
Ricœur is certainly the bedrock in Gesché’s work.
This paper will only approach the first issue about the sacramental revival, as a
theological concept, in dialogue with Ricœur’s reenactment. And finally, in a second
step, we underline the importance of the theory of triple mímesis when it comes to
understanding the development and establishment of evangelical testimony.
Keywords: hermeneutics, Paul Ricœur, symbol, theology.
99 ■
Taller de Letras NE2: 99-108, 2012
Un vínculo innegable
Cuando leemos la obra de Adolphe Gesché experimentamos la apertura de variados senderos. Su pensamiento insinúa y genera estos campos
de comprensión de realidades que se iluminan desde diferentes ópticas. A
veces este cruce epistemológico se hará con la literatura, otras con la psicología, y otras con la filosofía. Su método, marcadamente en diálogo con
otras disciplinas, es fruto de su particular estilo, pero también propuesta e
invitación para la aplicación de sus lectores. Cuando realiza estudios sobre
alguna cuestión teológica gusta de abordarlo desde realidades, búsquedas o
situaciones afines. El tamiz de los aportes interdisciplinarios pareciera colocar
en el crisol de pensamientos múltiples esa intuición o pregunta inicial que,
luego de ser transitada por rutas ajenas a la teológica, surge purificada y
más firme.
Cuando la orilla visitada es la filosófica, Paul Ricœur asume el lugar
privilegiado en su obra teológica. La doctrina de la identidad narrativa será
una bocanada de aire fresco para iluminar los estudios cristológicos y bíblicos. La cuestión hermenéutica será el espacio para nuevas consideraciones
teológicas en torno a los estudios bíblicos y magisteriales. Los aportes que
desde la simbólica del mal sugieren el tema de los estudios sobre el símbolo
y la metáfora, brindan mucha ayuda para la interpretación de los relatos del
Nuevo Testamento y sus expresiones dentro de la tradición eclesial. La trilogía
filosófica de Ricœur en torno a la cuestión del relato desde las perspectivas
del tiempo y la narración como acontecimiento son las que facilitan el camino
para variadas conclusiones teológicas. Esbozaremos en estas páginas algunos
espacios de encuentro que enriquecen el pensamiento teológico desde unas
pocas citaciones a Ricœur.
El relato-acontecimiento de Ricœur en la óptica de Adolphe
Gesché
Existe una sola referencia a Tiempo y Narración de Ricœur en el cuarto
libro, “El Cosmos”, de la serie teológica “Dios para pensar” de Adolphe
Gesché1. En el resto de los volúmenes de esta serie las citaciones ya serán
más numerosas.
El teólogo cita de la siguiente manera:
1  Teniendo
en cuenta la cantidad de citaciones que realiza el teólogo sobre los estudios de
Ricœur, exponemos la siguiente estadística: Tomaremos la cantidad de citaciones en cada uno
de los libros de la serie teológica Dios para Pensar. En el tomo referente a “El Mal”, recurre
a Ricœur seis veces. Cuatro veces en “El hombre”; cuatro también en “Dios”. Lo cita tres
veces en “El Cosmos” y once veces en “El Destino”. Cuarenta y cuatro veces en “Jesucristo”,
y finalmente veintiuna veces en “El Sentido”. Con un total de noventa y tres citaciones en
toda su obra, Gesché merece una reflexión especial bajo la sombra de Ricœur, o viceversa.
Como sería extenso dedicar un estudio a cada una de las citaciones, por la complejidad de
los temas teológicos tratados, nos limitaremos a comentar los recursos que el teólogo toma
de “Tiempo y Narración”, particularmente en su sexto libro de la pequeña summa theologica,
“Jesucristo”. De las cuarenta y cuatro referencias ricoeurianas en “Jesucristo” solo diecisiete
son tomadas de “Tiempo y Narración”. Y la única vez que “Tiempo y narración” es citado
fuera del tomo “Jesucristo” es en el tomo de “El Cosmos”, cuarto libro de la serie de Gesché.
■ 100
Hernán Pablo Fanuele
Tiempo y Relato de Paul Ricoeur en Dios para pensar…
“Nadie mejor que Ricœur ha mostrado que no hay relato sin
acontecimiento, pero sobre todo que no hay acontecimiento
sin relato. Los dos movimientos son contemporáneos, ya
que arrancan al acontecimiento de su facticidad y hacen
del relato un acontecimiento-dicho, es decir, un verdadero
acontecimiento”. (Gesché, Cosmos 275)
De esta manera se enriquecen los dos términos: se aparta del mero hecho
datable científico e histórico, enriqueciendo la materialidad de un hecho con
su posibilidad de ser pensado, y afirma, al mismo tiempo, la “no inocencia”
de un relato, su capacidad de transformar y convertir.
Gesché se encuentra en el cuarto capítulo de “El Cosmos”, titulado: Un
mundo reencantado. Se ilustra el espíritu de la ciencia clásica nacida con los
tiempos modernos. Primeramente, la descripción de un mundo sometido a
leyes, donde la imagen de Dios es la de ser un relojero. Tiempo después se
descubre que el orden no es siempre la regla y ahora se habla de un devenir,
donde finalmente se ha integrado el concepto de tiempo al de naturaleza.
Ahora se habla de complejidad y desorden, de lo diversificado, de lo imprevisible, incluso en la ciencia. Cambio, proceso y evolución. Caos y crisis que
frecuentemente culminan en creatividad e invención. Se abandona todo lo
que era repetición y monotonía circular y se comprende el mundo como
posibilidad y camino abierto.
Se abre una nueva alianza entre el hombre y el mundo, “no estamos perdidos el uno para el otro. (...) Nuestro mundo está reencantado”. (Gesché,
Cosmos 275).
Entiende reencantado como realidad que abre a nuevas revelaciones, fuera
de todo determinismo o cientificismo que anule la libertad y el encuentro.
Nuestra inteligencia ya no es inútil o encerrada en sí misma, sino que se
proyecta comprendiendo el pasado, con posibilidad de recrearlo para crear
un presente. Esta “alianza” entre el hombre y el mundo se entiende como
revelación, diálogo, creatividad y comunión. Se manifiestan mutuamente,
se dicen el uno al otro, transforman y se dejan transformar y, finalmente,
descubren el sentido de necesitarse. Hombre y mundo; hombre y otro.
Gesché establece una mirada teológica sobre el cosmos como la realidad
de un riesgo gratuito, ya “que no responde a una necesidad, a un dictado o
a una obligación, sino a un deseo”. (Gesché, Cosmos 276). Dios crea hablando, un Dios muy lejano y distinto al de los paganos donde la palabra era un
riesgo para la muerte, una palabra indigna de Dios al hombre y, el hombre,
una palabra atrevida hacia Dios.
“Hay en la narración una verdadera acción (estamos citando
a Gesché; no a Ricœur). En el relato que hago o escucho
de la creación, se encuentra, se lee, se entiende la creación como relato del mundo, como palabra creadora, casi
como si la creación se instituyera en el momento mismo
de la escucha”. (Gesché, Cosmos 275)
101 ■
Taller de Letras NE2: 99-108, 2012
En el caso de las palabras de Jesús, éstas actúan en el momento de decirse.
“Todos quedaban maravillados” (Lc 5,26); “¿Acaso no ardía nuestro corazón
mientras nos hablaba en el camino?” (Lc 24,32); “Increpó al viento para que
se callara, y sobrevino una gran calma” (Mc 4,39); “Cuando Jesús respondió
«Soy yo» los soldados cayeron al suelo” (Jn 18,6). En todas estas verba Iesu,
comprendemos palabras eficaces, un decir que está creando. Jesús mismo
genera en sus palabras un espacio para la identidad y un cumplimiento. Es
el Cristo que al momento de narrar va gestando un acontecimiento. Sus
palabras son, para los que saben ver y oír, una actualización de las proezas
pasadas y un hacer presente los grandes acontecimientos antiguos del obrar
de Dios en el pueblo elegido.
Reefectuación y Reviviscencia
Podría pensarse en el hecho transformador que ejerce la palabra sacramental. O también en las dimensiones conmemorativas, actualizadoras y
pronosticadoras que contemplan los sacramentos de la iglesia. Pero de todas
las notas de la teología sacramental que podríamos argüir, nos detendremos
un instante en la reviviscencia.
En el proceso que Ricœur llama de “desdistanciación” que nos acerca y
nos instala en el pasado desde nuestro ahora, o acerca el pasado a nuestro
presente “remontando la huella”, “¿no somos hechos contemporáneos de
los acontecimientos pasados mediante una reconstrucción viva de su encadenamiento?” (Ricœur, Tiempo y narración III 840).
La intervención y apertura de nuestro ser que relata el acontecimiento
pasado, lo repiensa por la posibilidad que brinda la huella pasada al estar de
algún modo perdurando en el presente. Se puede recordar, volver al corazón, porque puede remontarse algo que persiste, un eco, un latido, como las
ondas que el acontecimiento de la piedra deja sobre la superficie del charco
de la historia. Y esa relectura nos sumerge de tal modo en el ámbito de la
huella que nos afecta en el “aquí y ahora” con la misma fuerza de un “estar
allí en aquel tiempo”. Gesché se pregunta si no serán las expresiones de
“Érase una vez...”, “En aquel tiempo...”, “En el principio...”, las que enmarcan
ciertos relatos como fundantes de la realidad y contenedores de un mensaje
o huella que transvasa tiempo y culturas. Ricœur llamará a este movimiento: “la reefectuación del pasado en el presente”, dándonos que pensar en
la teoría teológica de la reviviscencia sacramental. La reefectuación2 es una
forma de concebir la historia.
Por ejemplo, en el ámbito teológico, Santo Tomás se pregunta
“Si reviven por la penitencia las obras que fueron
amortiguadas por el pecado posterior. (...) Estas obras
2  El
concepto de “reefectuación” es tomado por Ricœur de las ediciones que Knox realizó
sobre las Conferencias inaugurales de Collingwood para la cátedra de filosofía metafísica en
Oxford en la década del ’40. La noción es más bien epistemológica, pero Ricœur la encauzará
en el plano filosófico siguiendo este orden: prueba documental (interpretation of evidence),
imaginación histórica e historia como reefectuación de la experiencia pasada.
■ 102
Hernán Pablo Fanuele
Tiempo y Relato de Paul Ricoeur en Dios para pensar…
(meritorias, santificantes, que predisponen a la gracia y
pasadas) tienen el poder de conducir a la vida eterna no
solo mientras tienen una existencia actual, sino también
después que dejan de existir, en cuanto que permanecen
en la aceptación divina... Las obras antiguamente amortiguadas (mortificadas, oscurecidas) recuperan, por la
penitencia, la eficacia, y esto es lo que significa revivir”.
(Tomás de Aquino, Summa Theologica, III, c.89, a. 5).
El decir penitencial, también llamado “el confesar”, permite la configura­
ción de una trama, la lectura y el decir del mundo de figuraciones pasadas
de la historia de gracia y pecado. Esta configuración, que se posiciona como
eje entre los dos momentos del antes y el después, abre el camino para la
reconfiguración del acontecimiento-dicho. Porque relatar una historia es darle
forma nueva para comprender mejor, para aceptar, para sanar y dar luz a
un vacío existencial. Es en este momento central del acto de relato donde la
penitencia se hace absolución, redención. En este proceso no solo la historia
asume nuevos matices, sino que la misma persona que se narra –en el arte de
elegir determinadas palabras, suprimir otras, inyectar su sentimiento positivo
o negativo en las expresiones– siente y experimenta los efectos de este decir
sobre sí mismo y escuchar del otro sobre uno mismo, ambos sanantes, que
culmina en vida de reconciliación. Este juego de palabras sacramentales,
que ilustran al modo de sinónimos la teología del Sacramento del Perdón,
permite establecer relaciones con el proceso ricoeuriano de la Triple mímesis.
Gesché duplica sutilmente la “desdistanciación” ricoeuriana cuando afirma
que “en cierto sentido no hay distancia o anterioridad del acto «ontológico»
de creación respecto a su relato si se acepta que la creación es relato, palabra
(dixit, et facta sunt)”. (Gesché, Cosmos 275).
¿En qué consiste esta “reconstrucción viva” que posibilita dar saltos situándonos en el acontecimiento pasado o trayendo los efectos del mismo al
presente? “¿El texto anuncia una anterioridad o coincide con ella...? Llevando
las cosas al extremo: contar es crear”. (Gesché, Cosmos 275).
¿Cuál es la llave de la “desdistanciación”? Ricœur detalla tres elementos
esenciales: el acontecimiento tiene una dimensión interna (puede ser pensado) y otra externa (cambios físicos o corporales; su realidad fáctica), el
historiador reconstruye los acontecimientos repensándolos y, finalmente,
este repensar es numéricamente idéntico al primer pensar (como un estar
ahí, en el mismo momento).
“Tiempo y Narración” en “Jesucristo”
Recordamos las estadísticas en las citaciones del filósofo por parte del
teólogo: de las cuarenta y cuatro referencias a Ricœur en “Jesucristo”3 de
Gesché solo diecisiete son tomadas de “Tiempo y Narración”.
3  Gesché,
Jesucristo, 2002.
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Taller de Letras NE2: 99-108, 2012
El teólogo comienza a citar al filósofo en la segunda parte del libro, titulada: “El Jesús de la historia y el Cristo de la fe”, donde describe los polos de
Identidad histórica de Jesús y de Identidad dogmática de Jesús. Estos polos
en la historia de la teología han amputado y oscurecido el rostro de Jesús
de Nazaret. Han parcializado la revelación. Los dos caminos son necesarios,
pero... “¿No sería necesaria una mediación interna situada en el corazón
mismo de los hechos? ¿Una mediación en la que se escondería, como se
esconde un motivo en una alfombra (vale el juego lingüístico entre “texto”
y “textura”), una identidad (o una identificación) de Jesús, que ofrecería
una perspectiva más adecuada de la cristología?”. (Gesché, Jesucristo 82).
Una cristología que es el misterio de Jesús y por eso también, el misterio
del hombre, redescubierta desde la posibilidad de una categoría dialógica,
un tertium.
Por eso el teólogo no se vale solo de la nueva exégesis, sino también de
los medios que ofrece la hermenéutica, incluyendo aspectos fenomenológicos
y también la psicología. Se introduce aquí, en el libro, la noción de “identidad
narrativa”, definida a partir de las investigaciones actuales.
Gesché comienza el desarrollo de uno de los puntos centrales de su modo
teológico: ir al encuentro de un tertium, en este caso, un “ternario narrativo”.
Como a Jesús se le ha narrado, la cuestión del lenguaje constituye la puerta
de entrada y la cuna para una identidad de Jesús. (Gesché, Jesucristo 81).
No se puede ser solo historiador o creyente, hay que ser oyente.
Ricœur afirmaba que una clave de “desdistanciación” consistía en la composición compleja del acontecimiento, con una dimensión interna (capaz de
ser pensado) y otra externa (efectos y cambios físicos). Gesché, entonces
considera que la mera dimensión externa (acontecimiento de la encarnación),
adolece si no es asistida por una “mediación interna situada en el corazón
mismo de los hechos” (Gesché, Jesucristo 82).
“Fuera de una pura formulación cosmológica, el tiempo
solo existe cuando es narrado. «No hay acontecimiento
–escribe Paul Ricœur– más que para quien puede narrarlo,
hacer memoria de él, crear archivo y relato»”
“Aristóteles también había insistido sobre esta parte determinante del hombre en la consistencia del tiempo y,
cita a Ricœur: «Aristóteles sabe bien que el tiempo no
es el movimiento y requiere un alma para distinguir los
instantes y contar los intervalos»”4.
La mirada cientificista, la circunscripción medida del relojero, no es suficiente.
4  Gesché,
■ 104
Jesucristo 83. citando a P. Ricœur, Temps et Recit III. Paris: 1985, 353.
Hernán Pablo Fanuele
Tiempo y Relato de Paul Ricoeur en Dios para pensar…
A modo de ejemplo: el gran chelista y maestro francés Paul Tortelier, en
sus clases magistrales sobre la Suite Nº1 para Cello, insistía a sus alumnos:
“La música de Bach no se interpreta desde el exceso de sentimentalismo ni
desde la ausencia de emoción. Es música que va desde el mar a la orilla y
desde la orilla al mar. Como el vaivén vital de la inspiración y la espiración.
Bach le canta a la gloria de Dios, y no a la gloria del metrónomo”5, haciendo
referencia a la soltura y libertad de los tiempos y compases de sus conciertos.
Frente al límite de un yo cartesiano, insuficiente para fundamentar la
identidad, surge como novedad la “identidad del yo en el lenguaje”. Cuando
nace la alteridad, la palabra dicha y recibida, cuando no estamos solos para
decirnos e identificarnos. “¿Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre?
¿Quién dicen que soy yo?” (Mt 16,15-18) preguntando a sus discípulos para
identificarse e identificarlos: “Y yo te digo: Tú eres Pedro”. Regalando un
nuevo nombre y una vocación: “Y sobre esta Piedra edificaré mi Iglesia”.
¿Puede ser vida una vida no narrada? Para responder, Gesché también
recurrirá a la máxima socrática de la Apología: el hombre solo puede definirse como un ser que narra, y él mismo no puede ser otra cosa que un ser
narrado. Un ser examinado. Y Ricœur también lo afirma en otro ensayo:
“De siempre ha sido conocido y se ha dicho que la vida tiene que ver con la
narración; hablamos de la historia de una vida para caracterizar el intervalo
entre nacimiento y muerte. Y, con todo, esta asimilación de la vida a la historia no es automática (...)”6.
La asimilación de una vida a la acumulación de datos históricos, no es
vida. La forma “histórico-científica” de pensar la vida ha confinado al relato,
lo anula y desprecia, y lo ha encorsetado en el campo de la ficción. “Por eso
repensaremos la ficción de manera que contribuya a hacer de la vida, en el
sentido biológico y rudimentario, una vida humana.
El binomio historia y ficción serán para Ricœur los elementos de un campo
fecundo para la identidad individual o colectiva, en la forma narrativa”7.
Por su parte, el teólogo invita, como recurso epistémico de toda la serie
Dios para pensar, a buscar caminos intermedios de diálogo entre polos que,
considerados estancos, reducen la verdad. Descubre en Ricœur a un aliado
en esta tarea de búsqueda de un tertium, ya que
“invita a no oponer de forma excesivamente radical,
como si se tratara de dos géneros heterogéneos, relato
histórico y relato de ficción. El uno y el otro, tanto el
que hace referencia a lo real como el que se proyecta
en lo irreal, son siempre, uno y otro, una refiguración
de la experiencia cotidiana del tiempo. En todas partes,
5   Clase
magistral filmada que puede consultarse en: http://www.youtube.com/
watch?v=gXAqiDzu2PQ. Rescatado el 18 de agosto de 2012.
6  Ricœur, La Vida 9-22.
7  Ricœur, Temps et recit III 355.
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Taller de Letras NE2: 99-108, 2012
desde que hay aprehensión por parte del hombre, hay
construcción, configuración. Hay que reducir, por tanto,
el distanciamiento entre historia y ficción, y dar cabida a
la «referencia cruzada» que las vincula”8.
“Percibimos aquí nosotros el punto en el que descubrir e inventar resultan
indiscernibles (Ricœur, Temps et récit III, 265): «La intencionalidad histórica
sólo se realiza incorporando a su planteamiento los recursos de ficcionalización
derivados de la imaginación narrativa», o esto otro: «La intencionalidad del
relato de ficción solo produce sus efectos de detección y de transformación
al asumir simétricamente los recursos de historización que le ofrecen los
intentos de reconstrucción del pasado efectivo (p.150)»”9.
El Jesús narrado
Aplicando las conclusiones que dejó abiertas el punto anterior, decimos
que: la historia y la ficción se convierten en los ingredientes para la realización de una trama, que es el camino del hombre que aprehende el tiempo
y lo hace suyo situándose en él como afectado y afectante. Hombre con la
forma de la huella que los acontecimientos en él han impreso y, al mismo
tiempo, hombre que construye y se construye recreando la historia. Es en
este círculo abierto donde el hombre avanza en el tiempo.
En los escritos sagrados de la fe judeo-cristiana el género narrativo abarca
gran espacio. Entra en juego con otros géneros dentro del Antiguo Testamento;
pero en los relatos de la nueva alianza acaparan casi por completo el cuerpo
de escritos. Las narraciones evangélicas, fruto de la memoria escrita y de
las tradiciones conservadas, son en sí mismas, modelos sublimes de tramas
de identificación. Identificación cristológica, eclesial y personal.
Una historia conservada en la memoria, hechos, palabras guardadas y
reservadas, pero, al mismo tiempo, la necesidad de comprender mejor, de
profundizar y procesar lo recibido por tradición histórica. La comunidad comienza a adquirir nuevas verdades sobre Jesús, por las narraciones orales y
escritas que van llegando de otros pueblos y regiones, y por la elaboración
en compendios o elencos de dichos y hechos, que de mano en mano y de
comunidad en comunidad van dando forma, van configurando relatos, narraciones entramadas de historia y fe.
Este procedimiento narrativo, tarea de génesis del modo narrativo, supone
una puesta en escena, una construcción, una disposición de los hechos10.
Es así como han surgido las narraciones. El relato histórico y el relato de
ficción no son comprendidos como áreas amuralladas, sino que “incorporan
8  Gesché,
Jesucristo 87. Citando a Ricœur, Temps et récit III, 13. El resaltado en cursiva
es agregado mío para subrayar la coincidencia y la intención expresa de Gesché de utilizar
el vocabulario de Ricœur.
9  Gesché, Jesucristo 88.
10  La idea es aristotélica y se la encuentra en la Poética.
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Tiempo y Relato de Paul Ricoeur en Dios para pensar…
elementos de revelación y de puesta al día de aspectos completamente reales
de la experiencia humana”11.
Y afirmará Ricœur: “La historia se sirve, en cierto modo, de la ficción
para configurar el tiempo, y la ficción se sirve de la historia con el mismo
propósito”12.
Lo que le da carácter histórico a un acontecimiento es ser narrado con
intriga. El puro relato, vaciado de toda trama intrigante, no puede ser considerado “historia”, sino solo hecho frío. Descontextualizado de una trama
es solo un dato. El drama es el que hace emerger del pasado un acontecimiento, y no la fría memoria de un hecho aislado, datable o medible en la
simple cronología del mundo.
De hecho, al leer los textos evangélicos, nos encontramos más de una
vez con recursos dramáticos que tienen la intención de atrapar al lector para
hacerlo intervenir, y no solo para despertar su curiosidad, sino para que la
imaginación abra las puertas de la historia, y en ese acto de involucrarse,
suceda el encuentro reconfigurante. El relato interpela cuando genera un
terreno preparado para la siembra del lector; o mejor dicho: para que el
lector se siembre él mismo en el campo del texto.
Conclusión
De las diecisiete referencias de Tiempo y Narración que Gesché hace
de Ricœur en Jesucristo VI y señaladas al comienzo de esta ponencia, solo
hemos comentado cinco.
Descubro la necesidad de estos diálogos para brindar un plus de sentido
desde la teología a la filosofía, y nuevos caminos o procesos para comprender
el mundo desde la filosofía a la teología.
Resumo las diez razones para un lenguaje nuevo que esgrime Olegario
González de Cardedal frente al planteo de los lenguajes de Dios en el siglo
XXI13.
La primera razón es por el desgaste de las palabras. Se agotan, degradan
y mueren, y terminan siendo ineficaces.
La segunda razón es porque las palabras nacen de nuestro diario vivir
para designar el mundo de valores que descubren lo que Dios quiere decir
“aquí y ahora”.
En tercer lugar, porque hay épocas que suscitan movimientos de luminosidad innovadora y otros de rechazo a toda herencia anterior. La creatividad
urge a la cocción de un lenguaje nuevo.
11  Gesché,
Jesucristo 88.
Temps et récit III 265.
13  Avenatti et al. 307-317.
12  Ricœur,
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Taller de Letras NE2: 99-108, 2012
La cuarta razón son los vuelcos de la conciencia que han hecho que las
costumbres y palabras antiguas ya no nos sirvan.
Quinta: la ciencia que avanza y repercute sobre la filosofía, ésta sobre la
teología, ésta sobre la experiencia de fe y en esta repercusión se quiebran
los lenguajes.
Sexta: el lenguaje de la fe y del teólogo no son los únicos, y Dios nos
abre a otras dimensiones.
Séptima: surgen nuevos lugares de testimonios, nuevas plazas, nuevos
ágoras.
Octava: estar atentos a las preguntas que el hombre lejano o ajeno realiza al creyente.
Novena: porque Dios es siempre el mismo, y al mismo tiempo Eterna
Novedad, y vamos descubriendo dimensiones inauditas.
Por último: porque el camino entre la criatura y el Creador son infinitos,
y en ese campo abierto podemos crear.
Obras citadas
Avenatti de Palumbo, Cecilia, Alberto Toutin y Sagrario Rollán. “Entrevista
a Olegario González de Cardedal sobre los Lenguajes de Dios para el
Siglo XXI”. Revista Teología. Tomo XLV. 96 (2008): 307-317.
Gesché, Adolphe. El Cosmos, Dios para Pensar IV. Salamanca: Ediciones
Sígueme, 1997.
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De la Historia Personal a la Comunión de Libertades. Buenos Aires:
Docencia, 1984, 9-22.
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■ 108
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Reyes
El mito
de
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etras NE2: 109-118,
2012
la caída: aportes desde la hermenéutica
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issn simbólica
0716-0798
El mito de la caída: aportes desde la hermenéutica
simbólica de Paul Ricœur y el rabino Nilton
Bonder
The Myth of the Fall: Contributions from the Symbolic
Hermeneutics of Paul Ricœur and Rabi Nilton Bonder
Eva Reyes Gacitúa
Universidad Católica del Norte (Antofagasta)
[email protected]
Este artículo recoge el pensamiento de dos autores: el filósofo Paul Ricœur y el rabino
Nilton Bonder, frente al tema del “mito de la caída”. Ambos recurren a su función simbólica, como un intento de explicitar uno de los puntos más neurálgicos de la antropología
cristiana en torno a la comprensión del mal y del pecado de origen. Para ello recurren
a la revisión filosófica del mito, cuyo énfasis –según el mismo Paul Ricœur– no está
puesto en su reducción, sino en valorar su fuerza latente. Así los autores abren la
posibilidad de una palabra, que renuncia a comenzar con una verdad puesta por ella
misma, apuntando a la comprensión del hombre y de su propio yo.
Palabras clave: Paul Ricœur, mal-pecado, Nilton Bonder.
This article reflects the thinking of both authors: the philosopher Paul Ricœur and
Rabbi Nilton Bonder towards the subject of “myth of the fall.” They turn to their symbolic function, as an attempt to explain one of the most nerve-Christian anthropology
around understanding of evil and original sin. This resort to the Philosophical Review
of the myth, whose emphasis, according to Paul Ricœur, it is not on its reduction, but
in assessing its latent strength. Thus the authors raise the possibility of a word, that
waiver will start with a truth for herself, pointing to the understanding of man and of
his own himself.
Keywords: Paul Ricœur, evil-sin, Nilton Bonder.
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Taller de Letras NE2: 109-118, 2012
Introducción
Corresponde a Paul Ricœur haber iniciado a partir de la Symbolique du
mal, el estudio del lenguaje simbólico que irá afianzando en sus posteriores escritos. Con ello inaugura un marco metodológico en el que reclama
una vuelta “al punto de partida”, es decir, el intento por explicitar aquellos
presupuestos necesarios para la comprensión del objeto de la reflexión
filosófica (Urdanoz 405). Pues, el problema del mal plantea un problema
al pensamiento filosófico, que no es solucionable sólo por la vía de la racionalidad lógica.
En su obra “Finitud y Culpabilidad”, en el libro segundo: La simbólica
del mal, nuestro autor comprende que el pecado se expresa en el símbolo
de la mancha y los mitos se presentan como categorías de símbolos; así
el discurso deja de ser explicativo para dar paso al lenguaje interpretativo (Urdanoz 405-406). Desde este lugar, Paul Ricœur comprende al mito
como un relato tradicional que hace referencia a aquellos acontecimientos
ocurridos en el origen de los tiempos, destinado a establecer las acciones
rituales, instituyendo corrientes de acción y de pensamiento que posibilitan
al hombre a comprenderse a sí mismo dentro de su mundo (Ricœur, Finitud
y culpabilidad 237-238).
1. Del mito a la comprensión del Mal-Mancha-Pecado
Según nuestro autor cuando el mito pierde sus pretensiones explicativas
es cuando nos revela su alcance, su valor de exploración y de comprensión.
Es lo que Ricœur denomina “función simbólica”, es decir, el poder que posee
el mito para descubrir y manifestar el lazo que une al hombre con lo sagrado
o “entre el hombre y su sagrado” (Ricœur, Finitud y culpabilidad 238). “Pues
lo sagrado se simboliza” (Ricœur, Finitud y culpabilidad 458).
En efecto, el mito integra la experiencia del hombre en un todo, donde
el relato presta orientación y sentido. Así, a través del mito, se logra una
comprensión de la realidad humana en su totalidad, mediante una reminiscencia y una expectación (Ricœur, Finitud y culpabilidad 239). Ahora bien,
para recuperar las dimensiones originales de este símbolo es absolutamente
preciso “re-producir” la experiencia latente bajo el relato del mito, intentar
abrirse paso hasta esa “reproducción” (Ricœur, Finitud y culpabilidad 240).
No obstante, el mito no debe ser ni una historia ocurrida en un tiempo y en
un lugar determinados, ni una explicación (Ricœur, Finitud y culpabilidad
451). Pues, el símbolo es un signo; un intento de expresión que contiene y
comunica un mensaje transmitido por la palabra (Huete 2). Los cuales, en
su exceso de sentido, deben ser interpretados (Tavares 28). De este modo
nos situamos en el camino de la hermenéutica1.
Ahora bien, para Paul Ricœur “el mal-mancha o pecado” representa el
punto neurálgico de ese lazo que el mito explica a su manera... “es que el
1  Paul
Ricœur en su escrito autobiográfico “Reflexion faite” apunta precisamente al
desciframiento del símbolo.
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Eva Reyes Gacitúa
El mito de la caída: aportes desde la hermenéutica simbólica…
hombre experimenta el mal como algo que cada uno comienza, pero al mismo
tiempo como algo que ya está ahí y que cada uno continúa” (Kerbs 112).
Porque el mal es la experiencia crítica por excelencia de lo sagrado, por eso
el peligro, la amenaza de que se rompa ese lazo que une al hombre con su
“sagrado” (Ricœur, Finitud y culpabilidad 238 y 239).
En este aspecto, Paul Ricœur afirma que “la alienación de sí mismo, el
pecado, constituye una experiencia acaso más sorprendente, desconcertante
y escandalosa que el mismo espectáculo de la naturaleza: es quizá el más
rico manantial del pensar interrogativo” (Ricœur, Finitud y culpabilidad 242).
Según nuestro autor “el pecado me hace incomprensible a mis propios ojos;
Dios se eclipsa; el mismo curso de las cosas pierde su sentido. Dentro de
esta misma línea de interrogantes, y para contestar y conjurar la amenaza
de estas cuestiones sin sentido, surge el mito para contarnos “cómo empezó
la cosa” (Ricœur, Finitud y culpabilidad 242). Por ello, subraya al pecado, en
cuanto con él sobreviene el momento más importante para plantear interrogantes y a la vez puede dar ocasión a múltiples respuestas aberrantes.
En palabras de Ricœur:
Así como la ilusión trascendental atestigua, a juicio de
Kant, por su misma perplejidad, que la razón es la facultad
de lo incondicionado, de la misma manera las soluciones
intempestivas de la gnosis y de los mitos etiológicos demuestran que la experiencia más emocionante del hombre,
que es la de sentirse perdido en la tiniebla de su pecado,
conecta con la necesidad de comprender y provocar la
toma de conciencia por su mismo carácter de escándalo.
(Ricœur, Finitud y culpabilidad 242)
En efecto, el lenguaje privilegiado de la culpa tiene marcada preferencia
por la expresión indirecta y figurada, es lo que se quiere “decir” cuando la
mácula se expresa en el símbolo de la mancha o el pecado, en cuanto se
comprende con el del objetivo malogrado, del camino tortuoso, del traspaso del límite (Ricœur, Finitud y culpabilidad 243). En esto radica el intento
por sondear los fondos del mito del mal que no conduce a lo inefable, sino
a un nuevo lenguaje; desembocando, otra vez más, en la palabra (Ricœur,
Finitud y culpabilidad 243), función que permite acceder a su verdadero
logos (Kerbs 105).
2. El relato de la caída
Para Ricœur el “relato de la caída” perteneciente al texto bíblico y concediendo que proceda de tradiciones anteriores a la predicación de los profetas
de Israel, sólo deriva su sentido de una experiencia de pecado, nacida de la
piedad judía (Ricœur, Finitud y culpabilidad 239). Este mito cuenta la forma
en que el pecado entró en el mundo; sólo posteriormente se establece en
doctrina la especulación sobre el pecado original. Con ello el pecado viene
a corregir e incluso hasta revolucionar una concepción de la culpa aún más
arcaica, que es la noción de “mancha” concebida como algo que infecta desde
fuera (Ricœur, Finitud y culpabilidad 241).
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Taller de Letras NE2: 109-118, 2012
Así, “la primera función de los mitos del mal consiste en englobar a la
humanidad en masa en una historia ejemplar... Adán significa “el hombre”.
En Adán, dice San Pablo, hemos pecado todos. De esta manera la experiencia trasciende al singular, transformándose en su propio arquetipo; a través
de la figura del héroe, del antepasado, del titán, del hombre original, del
semidios, se elevan las vivencias al plano de las estructuras existenciales...
el mito ha recapitulado y totalizado al hombre ejemplar” (Ricœur, Finitud y
culpabilidad 449). Ahora bien, esa caída ocurre como un episodio irracional
dentro de una creación acabada y perfecta (Ricœur, Finitud y culpabilidad
462). El mito etiológico arroga el origen del mal a un antepasado de la humanidad, dotado de condiciones homogéneas con el ser humano. (Ricœur,
Finitud y culpabilidad 544). Este mito etiológico de Adán representa el intento
supremo de desdoblar el origen del bien y del mal. El mito quiere establecer
un origen radical del mal distinto del origen más original de la bondad de las
cosas y gracias a esa distinción aparece el hombre como el iniciador del mal
en el seno de una creación que tuvo su inicio absoluto en el acto creador de
Dios (Ricœur, Finitud y culpabilidad 545).
Afirma Paul Ricœur que la época en que se redactó el mito adámico
aún no se desarrollaba el concepto de libertad. La insistencia del texto del
Deuteronomio sobre una elección radical hace presagiar la evolución del mito
adámico hacia una especulación superior, donde la libertad tiene estrecha
relación al poder de defección que posee la criatura, es decir, la facultad en
virtud de la cual el ser humano puede desviarse y deshacerse a partir de
su ser “hecho y derecho” (Ricœur, Finitud y culpabilidad 545). Es decir, se
presenta al hombre en un estado en el que está destinado al bien e inclinado
al mal (Ricœur, Finitud y culpabilidad 546).
2.1. El mito de Adán
Según Ricœur, el cronista de este relato es el Yavista que encuentra la
idea germinal en un mito anterior, muy primitivo. En ese hombre, Adán, se
resume un solo gesto: “tomó la fruta y la comió”. Eso es algo que ocurrió y
hay que contarlo. Bajo ese instante se marca un tiempo que se constituye
como el fin de una época de inocencia y el principio de un tiempo de maldición (Ricœur, Finitud y culpabilidad 560).
Ahora, la alusión a un paraíso perdido lleva a pensar que el primer pecado
representa el deterioro de un modo de ser anterior a él, la pérdida de la
inocencia (Ricœur, Finitud y culpabilidad 561). Ricœur siguiendo la interpretación de M. Humbert, concuerda que el Yavista quiso borrar los rasgos
de inteligencia y discernimiento vinculados al estado de inocencia, pretende
mostrar al hombre en un estadio de cierto infantilismo, de hombre-niño en
el que puede extender la mano para coger los frutos espontáneos del huerto
maravilloso; y despertar sexualmente a raíz de la caída y de la vergüenza
consiguiente. Según este relato, la inteligencia, el trabajo y la sexualidad
serían entonces, frutos del mal (Ricœur, Finitud y culpabilidad 562).
Afirma Ricœur:
observamos que la desnudez de la pareja en el estado de
inocencia y el pudor consiguiente a la culpa proclaman
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Eva Reyes Gacitúa
El mito de la caída: aportes desde la hermenéutica simbólica…
el cambio que experimentó el hombre en el plano de las
relaciones, que en adelante quedó marcado por el signo
del disimulo. El trabajo que antes era un placer, llega a
constituir una carga penosa, situando al hombre en una
actitud hostil frente a la naturaleza. Los dolores del parto
ensombrecen la alegría de la procreación. La lucha entablada o declarada entre la descendencia de la mujer y
de la serpiente simboliza la condición militante y doliente
de libertad, que a partir de entonces está expuesta a la
astucia de los deseos y apetencias. Ni siquiera la muerte
escapa a esta revulsión general: esta maldición no consiste
en el hecho de que el hombre haya de morir, sino en que
haya de afrontar su último trance entre la angustia de su
inminencia: la maldición está en la modalidad humana
que adopta la muerte desde entonces. (Ricœur, Finitud y
culpabilidad 563-564)
Ahora bien, la inflación y desorbitación de lo sexual es característica
del sistema de la impureza, hasta el punto que puede haberse establecido
desde el tiempo inmemorial una complicidad indisoluble entre sexualidad e
impureza (Ricœur, Finitud y culpabilidad 269).
Esto no quita que existan muchos rasgos en la sexualidad que se prestan al equívoco y que pueden inducir a
interpretar la mancha en un sentido cuasi material. En
el límite tenemos al niño que nace impuro, contaminado
en su origen por el semen paterno, por la impureza de
las zonas genitales de la madre y por la impureza adicional del parto. No puede asegurarse que semejantes
creencias no continúen royendo la conciencia del hombre
moderno y que no desempeñasen un papel decisivo en las
especulaciones sobre el pecado original; por una parte,
en efecto, esta noción deriva más o menos de la imaginería general del contacto y del contagio, que sirve para
expresar la transmisión de la tara original; y por otra,
está como imantada por el tema de la mancha sexual,
considerada como la impureza por excelencia. (Ricœur,
Finitud y culpabilidad 270)
Por ello afirma nuestro autor que de este relato fluirá una antropología
de la ambigüedad, donde se encontrarán mezcladas indisolublemente la
grandeza del hombre y su culpabilidad (Ricœur, Finitud y culpabilidad 564).
Ricœur plantea ¿qué significa esa inocencia que proyecta el mito como
un estado previo del hombre? en este sentido, el mero hecho de decir que
se perdió ya nos dice algo sobre ella (Ricœur, Finitud y culpabilidad 569).
Pareciera entonces, “el hombre está “destinado” al bien, pero “inclinado” al
mal. En esa paradoja entre “destino” e “inclinación” se resume todo el sentido
del símbolo de la caída” (Ricœur, Finitud y culpabilidad 571).
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2.2. El pecado original
En efecto, para Paul Ricœur no hay concepto más inaccesible a una confrontación directa con la filosofía que el concepto de pecado original, por lo
mismo no hay cosa más engañosa que su aparente racionalidad (Ricœur,
Finitud y culpabilidad 236). Por ello la filosofía debe seguir el camino
contrario, es decir, buscar el acceso a esta problemática a través de las
expresiones más elementales, menos elaboradas, a través de los primeros
balbuceos de esa “confesión”. “Emprender –en términos de Ricœur– una
marcha regresiva, rehaciendo el curso de la corriente desde las fórmulas
‘especulativas’ hasta llegar a las expresiones ‘espontáneas’” (Ricœur, Finitud
y culpabilidad 236).
Afirma Ricœur, que el concepto de pecado original no se formó en el
comienzo, sino al final de un ciclo de experiencias vivas: las experiencias
cristianas relativas al pecado (Ricœur, Finitud y culpabilidad 236 y 237) y
“la forma en que el concepto de pecado original interpreta esas experiencias
no es más que una de tantas maneras posibles de racionalizar el mal radical
dentro de la concepción cristiana” (Ricœur, Finitud y culpabilidad 237).
Precisa Ricœur:
[L]a especulación sobre el pecado original nos conduce al
mito de la caída, este a su vez nos lleva a la confesión de
los pecados. Tan lejos está el mito de la caída de constituir la piedra angular de la concepción judeo-cristiana
sobre el pecado, que la misma figura de Adán, que el mito
sitúa en el origen de la historia del mal del mundo, pasó
prácticamente inadvertida para la casi totalidad de los escritores del Antiguo Testamento. Así vemos que Abraham,
el padre de los creyentes, el patriarca fundador del pueblo
escogido, y Noé, el padre de la humanidad posdiluviana,
encontraron más eco en la teología bíblica de la historia
que la figura de Adán, la cual quedó postergada, en cierto
modo, hasta que San Pablo vino a darle nueva vida, estableciendo el paralelismo con Jesucristo, el segundo Adán.
(Ricœur, Finitud y culpabilidad 239 y 240)
El mito adámico es el fruto de las acusaciones que los profetas fulminaron
contra el hombre. Puesto que la teología que proclama la inocencia de Dios
denuncia la culpabilidad del hombre (Ricœur, Finitud y culpabilidad 555). El
mito al nombrar a Adam, al hombre, coloca de manifiesto aquella universalidad concreta del mal humano. Por ello se origina en el mito adámico el
símbolo de esa universalidad (Ricœur, Finitud y culpabilidad 555).
En efecto, “el mal sólo es accesible a la filosofía en tanto él es dicho simbólicamente, analógicamente, en la confesión que la libertad hace del mal
cometido. Pero que el hombre sea el espacio de manifestación del mal no
implica jamás que el mal se haga fenómeno. Por eso siempre es necesaria
la analogía, el símbolo y la hermenéutica para interpretarlo” (Kerbs 117).
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Eva Reyes Gacitúa
El mito de la caída: aportes desde la hermenéutica simbólica…
3. La comprensión del relato de la caída desde la hermenéutica
de Nilton Bonder
El rabino Nilton Bonder, en su obra El alma inmoral2, expone un concepto
de hombre a partir de la relación de dos conceptos fundamentales: el cuerpo
comprendido en vistas a la conformidad y la adaptación del ser humano,
diverso del concepto de alma, comprendida en cuanto dinámica que propende a la rebeldía y la mutación. En efecto, de la unión de ambos elementos
nacerá un nuevo individuo, donde la desobediencia se inscribe como un factor
fundamental para el completo conocimiento de sí y de los otros.
Nilton Bonder afirma que la transgresión es necesaria en la vida de los
hombres: “transgredir es un proceso, un momento en el cual nos volteamos
hacia otra dirección, marcando con ello un nuevo segmento en nuestras
historias individuales y colectivas” (Bonder 81). Para Bonder no existe otra
dimensión en la naturaleza humana que anteceda a la propia conciencia,
que –su propia naturaleza transgresora–. Esta es tal vez su mayor metáfora
–de su propia evolución–, cuya tarea consiste en transgredir algo establecido
(Bonder 13).
3.1. El cuerpo y su moral
Para este autor, Adán en el paraíso descubre su desnudez. Esta es una
experiencia originaria de ser consciente que lo comprende como un animal
moral (Bonder 11). Por ello toda moral, toda tradición, toda religión y toda
ley son productos del cuerpo moral, en efecto, desde este escenario aparece
la sociedad centrada en “vestir” la desnudez del ser humano (Bonder 13).
La tesis principal de Bonder afirma que el cuerpo es el motivo fundamental
de nuestras acciones y de nuestros comportamientos que ocultamos en las
vestimentas de nuestros símbolos y cultura. Un cuerpo con moral crea un
mundo de ropas que viste lo desnudo. Pero lo desnudo continúa visible, tal
vez más que cuando estaba cubierto por ninguna ropa (Bonder 13).
Ahora bien, el ser humano, antes de percibirse desnudo, comporta una
dimensión que dice relación a su capacidad transgresora. Esta dimensión
apunta en el texto bíblico, al origen que se encuentra expresado en la naturaleza animal, a partir de la figura de la serpiente, que escoge a la mujer
como medio más propicio para plantar la simiente de la transgresión y traspasarla al hombre, para que juntos transgredan (Bonder 13). De hecho, esta
asociación en el proceso de ruptura comienza –para Bonder– en el propio
Creador, que implanta una especie de primera conciencia a través de una
prohibición (Bonder 13).
2  Bonder
afirma que el título de este libro es una reacción al título-concepto creado por Robert
Wright en su obra El animal moral. Es en realidad un título instigado por desdoblamientos
de la teoría de Darwin que dieron origen a la psicología evolucionista, la cual entiende al
cuerpo como el principal responsable de nuestros hábitos y cultura.
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Según este rabino, cuando el Creador ordena se encuentra en la más
plena función de establecer directrices a su criatura; sin embargo, cuando
prohíbe, abre una puerta para una dimensión de co-creación. Es decir, cuando
admite la posibilidad a una criatura de hacer algo que no puede entonces,
la invita a crear juntos, ya sea por la obediencia o la transgresión. En este
sentido, Bonder especifica que no es lo mismo la obediencia a lo prohibido
que la obediencia a lo ordenado. Obedecer a lo prohibido conlleva un orden
más evolutivo, como también de transgresión (Bonder 14).
Según nuestro autor, la ley y el cumplimiento de lo establecido representan
el territorio del cuerpo; ahora bien, el alma dice relación a la desobediencia, como lo fue el acto de comer del árbol prohibido, ésta sería la primera
desobediencia registrada en la conciencia humana. Adán y Eva eran antes
de la realización de la desobediencia sólo unos simples “macacos”. La transformación en seres humanos dice relación al adviento de su conciencia que
se da cuando desobedecen (Bonder 14).
Desde este pensar, Bonder nos invita a mirar la desobediencia de Adán
como un acto de evolución, en suma es una “desobediencia que respeta”.
Según nuestro autor, esto tiene concordancia con la milenaria lucha entre
la “letra y el espíritu” desarrollada por San Pablo. Por ende, el elemento
transgresivo es la parte fundamental que responde a los intereses humanos.
Así trae a colación su edificio judío al citar el Tratado de Menachot al rabi
Shimon ben Lakish cuando afirma: “la preservación de la ley es en varias
ocasiones, obtenida a través del rompimiento de la ley y la derogación de la
misma”. Para Bonder esta frase es poseedora de un gran tenor subversivo,
cuyo valor reside en la aparente tensión mantenida entre la búsqueda profunda del sentido literal de la ley y las implicaciones a una transgresión que
cualquier literalidad implica (Bonder 24).
La ley, el privilegio concedido a determinada comprensión de aquello
que es cierto sólo se legítima en la medida en que, dadas las condiciones
necesarias, su preservación puede a sí mismo ser mantenida a través de su
desobediencia.
En efecto, Bonder pregunta ¿acaso Dios necesita nuestros actos “morales” que buscan ocultar nuestra desnudez? ¿acaso Dios no se dio cuenta de
inmediato de que Adán había comido del árbol justamente porque se vistió
y quiso ocultar su desnudez? Al vestirse, Adán hizo ofrendas al dios de la
nada o al dios de su animal moral (Bonder 59)3. Con ello, Bonder pone de
3  Bonder
afirma que hacemos o dejamos de hacer muchas cosas por sacrificios a la nada. ¿A
cuántas personas podríamos haber sacado “a bailar” en la vida y no lo hicimos por ofrecer
sacrificios a la nada? Sacrificio al dios de la timidez, al dios de la vergüenza, al dios del
miedo de ser rechazado, entre otros. Cuántas veces deberíamos haber dicho “no” en vez de
desgastarnos en disimular virtudes que son ofrendas idólatras: ofrendas al dios expectativa,
al dios exigencia, al dios culpa y demás. Nuestra autoimagen, tal como nuestra moral, es un
instrumento del cuerpo que no acepta verse en “otro” cuerpo. No podemos temer lo que los
otros irán a decir o pensar. No debemos temer nuestra propia autoimagen, que constituye
un altar de primer nivel para los sacrificios idólatras.
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Eva Reyes Gacitúa
El mito de la caída: aportes desde la hermenéutica simbólica…
relieve que el dios del animal moral es un dios siempre con minúscula. Es
decir, muchas veces se debió decir “no”, frente al desgaste del disimulo de
virtudes que sólo son ofrendas idólatras (Bonder 59).
En síntesis, Bonder afirma que el animal moral enmascara sus intenciones
para garantizar aquello que concibe como la mejor manera de preservarse.
Es difícil defender el alma inmoral frente a la sociedad. Esa es la razón por
la que tantas tradiciones religiosas invierten la propuesta bíblica y asumen
lo que ha sido su verdadero papel: guardianes del animal moral. En este
sentido camina la propuesta de Bonder en cuanto subraya que es mejor ser
un traidor que un hipócrita (Bonder 62).
Apéndice
Los autores Paul Ricœur como Nilton Bonder han realizado el ejercicio de
la interpretación frente a un texto común “El mito de la caída”. A partir de
la relectura del mito han vinculado elementos y conjugado acontecimientos.
Ambas lecturas subrayan que el hombre frente a la incapacidad de hablar
sobre el mal entra en el mundo de lo simbólico, desde ese lugar el mito ofrece
sentido, emerge el logos. Pues, el habla es aquello que distingue y articula
la referencia y el sentido del discurso: decir algo y hablar sobre algo; éste
es el momento de la “realidad”. (Ricœur, El lenguaje de la fe 153)
El aporte de los autores gira en cuanto han sabido penetrar en la filosofía
del lenguaje para comprender –desde otra mirada– el pecado, la falta, “la
caída”. En efecto, en palabras de Paul Ricœur, esta interpretación ha sido
filosófica, en cuanto el mito presenta aquello que no se puede conocer, sino
sólo pensar (Kerbs 102). Por ello el mito dice relación a una desocultación
de la verdad (Kerbs 103). Sin embargo, no se trata sólo de recuperar significaciones perdidas en el tiempo. El símbolo da que pensar en la medida en
que somos capaces de añadirle una interpretación que promueva un sentido
que vaya más allá de él. En este punto descubrimos que el símbolo no es
ajeno al raciocinio filosófico, porque se encuentra en las raíces de nuestro
lenguaje (Agís 33).
Según Ricœur, el mito de la caída presenta al hombre en un estado en el
que está destinado al bien e inclinado al mal. El relato en su teología proclama la inocencia de Dios denunciando la culpabilidad del hombre y con el
nombre de Adam, se coloca de manifiesto la universalidad concreta de este
mal humano. En esa paradoja entre “destino” e “inclinación” se resume todo
el sentido del símbolo de la caída.
En tanto para Bonder el acto de comer del árbol prohibido, es la primera
desobediencia registrada en la conciencia humana, acto de transgresión que
es lo que constituye precisamente al ser humano.
Sin duda, uno de los aportes significativos del pensamiento de Ricœur
como de Bonder ha sido el modo de elaborar una hermenéutica en la que
el mito se convierte en una fuente de significado, para una filosofía que
renuncia a comenzar con una verdad puesta por ella misma (Kerbs 97). En
este sentido, el hombre es comprendido como conciencia de posibilidad que
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Taller de Letras NE2: 109-118, 2012
se libera de una pretensión de racionalidad y por ello apunta al símbolo que
se le presenta como inagotable.
Podemos subrayar que el mito apunta al hombre, a un conocimiento de
sí, de su propio yo. Lo relevante estriba en discernir quién y cómo es este
hombre que se configura a partir de esta experiencia. Sin duda, la hermenéutica simbólica nos ayuda a realizar un discurso comprensible, donde el
mito ilumina no sólo lo acontecido en el origen, sino también nuestro propio
modo de ser.
Sin embargo, quedan aún algunas tareas pendientes, falta abordar nuevas
relaciones, profundizar desde un lenguaje actual las preguntas más elementales que surgen desde el tema de “pecado de origen”, la noción de “mancha”,
“mal”, “culpa”, etc. Por otra parte, podemos preguntar por la integración de
la hamartiología a partir de la expresión central del evangelio como buena
noticia. Estar atento a ciertos reduccionismos e insistencias en el carácter
del mal, que han subrayado sólo una perspectiva; en circunstancias que es
más prudente considerarlas en vistas a una antropología unitaria de pecado
y gracia.
Por último descubrir que el mito no se encuentra reñido con las formas
modernas de intelección, de producción y circulación de la cultura. El mito
en su componente simbólico nos previene de la sobredeterminación conceptual que acarrea el riesgo de empobrecer aquello que se puede interpretar.
Obras citadas
Agís, Marcelino. Paul Ricœur: los caminos de la hermenéutica. AGORA 25
(2006): 25-44.
Bonder, Nilton. Un alma inmoral. Río de Janeiro: Rocco, 1998.
Huete F., “El lenguaje del símbolo sagrado: la simbólica del mal en Paul
Ricœur”. A Parte Rei 64 (2009): 1-8.
Kerbs, Raúl. “Pensar a partir de Kant: la interpretación filosófica del mito en
Paul Ricœur”. Diálogo Filosófico 58 (2004)97-118.
Ricœur, Paul. Finitud y culpabilidad. Madrid: Taurus, 1969.
. El lenguaje de la fe. Argentina: Megápolis, 1978.
Tavares, Manuel. El problema del mal y el sentido de la existencia. 8 de mayo
de 2001. Fondosdigitales.us.es/tesis doctorales.
Urdanoz, Teófilo. Historia de la filosofía. Madrid: Biblioteca de autores cristianos, 1998.
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Silvia
ampanaNE2: 119-127, 2012
El acontecer
T
allerJulia
de LCetras
poético como develamiento issn
de la0716-0798
verdad:…
El acontecer poético como develamiento de la
verdad: Hugo Mujica, Heidegger y Ricœur
The Poetic Event as a Place Where the Truth is Revealed:
Hugo Mujica, Heidegger and Ricœur
Silvia Julia Campana
Universidad Católica de Argentina, Buenos Aires
[email protected]
Hugo Mujica, poeta argentino del decir del silencio y la ausencia, se convierte en el
punto de partida de nuestra ponencia. En torno a sus poemas van girando las investigaciones del último tiempo acerca de la posibilidad de un canon de poesía mística
argentina. Este es nuestro horizonte que hoy unimos a una búsqueda común, cuyo
lugar central gira en torno al texto, en este caso de un poeta. A partir de él y con el
cual trataremos de evocar las resonancias en su obra de pensadores como Heidegger
y Ricœur. Desde las raíces donde el poeta-filósofo prefigura su escritura, mediados
por el texto, nos abriremos desde el “decir” poético a la verdad que se devela como
un acontecimiento que refigura nuestro mundo en el cruce entre autor y lector.
Palabras clave: poética, develamiento, acontecimiento.
Hugo Mujica, argentine poet master of silence and absence, becomes the starting
point of our dissertation. Recent investigations regarding his poems have conveyed
the possibility of an argentine mystic poetry canon. This is our horizon, hat we now
unite to a common quest, in which the main issue is the text, in this case, belonging
to a poet. From him and with him, we will try to evoke the echoes of philosophers like
Heidegger and Ricœur in his work. From the roots where the poet-philosopher foreshadows his writings, mediated by the text, we will open up from the poetic discourse
to the truth that reveals itself as an event that rebuilds our world in the crossing
between author and reader.
Keywords: poetics, disclosure, event.
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Taller de Letras NE2: 119-127, 2012
La palabra poética no sólo dice la luz,
la luminosa irrupción de la verdad,
sino también su sombra. Su memoria de raíz,
lo velado en lo revelado: su misterio. Su ausencia:
el rebasarse hacia sí de toda presencia.
(Mujica, Poéticas del vacío 32)
Introducción
Hugo Mujica, poeta argentino del decir del silencio y la ausencia, se convierte en el punto de partida de nuestra ponencia. En torno a sus poemas
van girando las investigaciones del último tiempo acerca de la posibilidad de
un canon de poesía mística argentina1. Este es nuestro horizonte que hoy
unimos a una búsqueda común, cuyo lugar central gira en torno al texto, en
este caso de un poeta. A partir de él y con él cual trataremos de evocar las
resonancias en su obra de pensadores como Heidegger y Ricœur. La tarea
no es sencilla, pero recorreremos las raíces donde el poeta-filósofo prefigura
su escritura, vida poetizada para, mediados por el texto, desde el “decir”
poético abrirnos a la verdad que se devela como un acontecimiento que
refigura nuestro mundo en el cruce entre autor y lector.
I. Prefiguración de un poeta: de camino a la verdad
Hugo Mujica2 es un poeta argentino cuya obra se constituye en el eco
de una vida, de una experiencia que se hace palabra. Se reúnen en una
misma persona la filosofía y la teología, la ética y la estética, la poesía y el
lenguaje místico. Inquieto por la irrupción de lo “otro” se nos presenta como
un hombre de diálogo en tanto la interdisciplinariedad marca su vida y su
obra. Abismado por la belleza se transforma en artista y poeta, haciéndose
partícipe del momento inaugural del arte cuando afirma: “Escribo y espero
que en ese escribir se abra más de lo que abren las palabras. Y en ese
acontecimiento del abrirse, quizás sea un contacto con eso más inaugural
que es lo sagrado y que no lo abarca el arte. La posibilidad del arte es simplemente el estar ahí en ese momento inaugural que llamamos creación y
cuyo acontecimiento es la obra”3.
1  En
el marco del Seminario Interdisciplinario de Literatura, Estética y Teología (SIPLET)
dependiente de la Facultad de Teología de la Universidad Católica Argentina, dirigido por
la Dra. Cecilia Avenatti de Palumbo, hemos desarrollado las investigaciones de este último
año en torno a la posibilidad de un canon de poesía mística argentina.
2  Nació en Buenos Aires en 1942. Estudió Bellas Artes, Filosofía, Antropología Filosófica y
Teología. Esta gama de estudios se refleja en la variación de su obra que abarca tanto la
filosofía como la antropología, la narrativa como la mística y especialmente la poesía. Entre
sus principales libros de ensayos se cuentan Kyrie Eleison (1991); Kénosis (1992), La palabra
inicial (1995); Flecha en la niebla (1997); Poéticas del vacío. Su obra poética, publicada
en varios idiomas, ha sido recogida en Poesía completa, 1983-2004 (2007); Lo naciente.
Pensando el acto creador (2007). De última aparición Y siempre después del viento (2011).
3  Mujica Hugo, “Poesía y mística I”. Entr. Esteban Ierardo, del 02-11-2009 publicado en
www.hugomujica.com.ar
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Silvia Julia Campana
El acontecer poético como develamiento de la verdad:…
Encontramos en sus textos ecos de la filosofía de Heidegger y Nietzsche,
de la mística del Maestro Eckhart y de Thomas Merton, de la poesía de San
Juan de la Cruz y de Hölderlin y de muchos otros filósofos y poetas que van
coloreando sus páginas y sus decires. Desde este suelo su palabra poética
se transforma en espejo de lo mistérico de la realidad, de aquello que yace
latente en la cotidianidad que se vuelve símbolo y metáfora, como horizonte vital que busca reinterpretarse, como origen al cual volver, como fuente
primigenia, como noche que envuelve, como desierto que clama por la sed.
Heidegger, especialmente, ocupa un lugar preponderante en su obra,
sobre todo el filósofo que privilegia el lenguaje poético sobre el racional y
científico. Mujica otorga a sus reflexiones sobre este autor su impronta, pues
lo incorpora a su obra desde la reapropiación personal que deviene palabra,
poesía, silencio, un “poetizar pensante o pensar poetizante” que unifica sus
propias experiencias, aquellas que lo forjan en unicidad e irrepetibilidad, pues
como él mismo afirma “no hay nada que uno haya sido que le sea ajeno,
¿acaso hay forma de no ser lo que uno vivió?”4.
El poeta dedica especialmente al filósofo un ensayo titulado “La palabra
inicial. (La mitología del poeta en la obra de Heidegger)”, donde se ocupa en
profundidad de su obra no como un profesor de filosofía, sino como aquel
que busca que desde él se escuche su voz, “la del poeta”, la de “aquel que
no dice el Ser, sino que nombra lo Sagrado. El que se asombra y maravilla
porque “el Ser se dice en su poetizar” (Mujica, La palabra inicial 11).
Desde la afirmación de Heidegger de que “todo arte es esencialmente
poesía” Mujica agrega que “todo arte es poiesis: manifestación, surgimiento
de lo original, de lo que origina creando. Es en este sentido que la poesía
es la esencia del arte y que, ella misma, es el ‘poema original’” (La palabra
inicial 95). La palabra poética es inicial pues es la palabra por la que somos
llamados, donde nos demoramos. En esencia no es dominación, poder sobre
las cosas, sino ponerse a la escucha, es pathos. Mujica es poeta del “desierto
que avanza”5, del silencio de Dios, inserto en el horizonte de “la metafísica
realizada y la muerte del arte”, que busca volver al origen donde habitar
poéticamente. Al igual que Vattimo6 vislumbra en el texto de Heidegger
“Sobre el origen de la obra de arte” un decir que puede ser el propio: en
la obra acontece el develamiento de la verdad, como Aletheia, como desocultamiento, de-velamiento, inaugurando así una nueva apropiación del
acto creador, que deviene histórico.
4  Mujica,
Hugo, “Hugo Mujica y el acto creador (1)”. Entr. Llanos Gómez, en Espéculo
nº 37. Revista de estudios literarios, Universidad Complutense de Madrid, 2008, publicado
en: http:/www.ucm.es/info/especulo/numero37/hmujica.html
5  Mujica, Hugo en La palabra inicial, titula “El desierto avanza” el capítulo 2 de la parte
I. Allí afirma que: “Heidegger consideró nuestra época, la “época de la consumación de
la metafísica”, la que se consuma en la filosofía de Nietzsche y se plasma en el proyecto
cibernético, como el destino histórico en el cual el Ser ha quedado eclipsado tras la inmediatez
de los entes, es decir, de las cosas y los hombres que pueblan el mundo”.
6  Cfr. Vattimo, Gianni, “Muerte o crepúsculo del arte” en El fin de la modernidad, Barcelona:
Gedesa, 2000, 49-59.
121 ■
Taller de Letras NE2: 119-127, 2012
Esta verdad como “alumbramiento y ocultación acontece al poetizarse”
pues todo arte favorece el advenimiento “de la verdad del ente en cuanto
tal y por lo mismo es en esencia Poesía (Dichtung)”, afirma Heidegger (110)
y adquiere un carácter inaugural, “concebido siempre a la luz del hecho del
“fundar”, es decir, de presentar posibles mundos, alternativos del mundo
existente” (Vattimo 63).
El poema no es un delirio, un mero capricho, pues lo que despliega es
el espacio abierto, el develamiento de la ocultación –que acontece en la
lucha entre mundo y tierra–, imagen de la Lichtung “como claro abierto en
un bosque, [...] apertura donde la luz y el silencio se reúnen protegidos y
custodiados por el verdor oscuro que los abraza y abriga” (Mujica, La palabra
inicial 87). Es lo abierto originariamente, que precede al Ser y al hombre, es
lugar de encuentro. Así lo canta Mujica, el poeta
El habitar poético es un habitar
en lo abierto:
un
un
un
un
morar receptivamente,
decir con el lenguaje de la entrega,
decir sin porqué y sin decirse:
responder. (Mujica, Lo naciente 175)
Este es su “habitar”, que se transforma en “morada”, como “intimidad
abierta que se dilata abriéndose hospitalidad” (Mujica, La palabra inicial 91),
en disponibilidad y escucha para albergar lo otro y re-conocerse “dándose a
lo que recibe/abriéndose recepción” (Mujica, Lo naciente 42). Este acontecer
de la verdad prefigura a nuestro poeta, desde la autocomprensión que se
vuelve texto, poesía, don que se nos regala, lenguaje cuasi místico que se
mueve entre la metáfora y el concepto.
II. La configuración de un lenguaje: metáfora y mística
El poema es el decir
que deja escuchar lo que no fue dicho en él,
lo indecible,
lo que no está pero debe aparecer:
la poesía, lo que calla en él.
(Mujica, Lo naciente 150)
“Llamamos texto a todo discurso fijado por la escritura” (¿Qué es un texto?
59) afirma Ricœur y estamos frente a un texto que ingresa en una nueva
dimensión del lenguaje, la de la poética, “una dimensión crítica y creativa,
[afirma Silva Arévalo] no dirigida a la verificación científica ni a la comunicación ordinaria, sino hacia el descubrimiento de mundos posibles”7, de nuevas
7  Silva
Arévalo, Eduardo, Poética del relato y poética teológica. Aportes de la hermenéutica
filosófica de Paul Ricœur en Temps et récit para una hermenéutica teológica, Anales de la
Facultad de Teología, Vol. LI (2000), Pontificia Universidad Católica de Chile, Santiago, 2000,
78. El texto de Ricœur citado dice: “La adecuada autocomprensión del hombre depende de
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Silvia Julia Campana
El acontecer poético como develamiento de la verdad:…
posibilidades, de aquello no dicho en lo dicho, lo “que debe aparecer”, dice
Mujica en el poema que abre este apartado.
Es un signo distintivo de su obra esta capacidad de conducirnos a nuevos
mundos o por lo menos nos invita a no permanecer en lo inmediato, a elevar
la mirada hacia lo que está por-venir. La estructura de sus poemas son el
testimonio de esta convocatoria en la mostración de la lucha interna entre
tierra-mundo, entre palabra- significación-espacio-apertura-tiempo-eternidad.
Símbolo y metáfora son los valores relevantes a través de los cuales las
voces del texto se nos manifiestan. Metáfora en la cual, según Ricœur, “la
innovación consiste en la producción de una nueva pertinencia semántica
mediante una atribución impertinente. La metáfora permanece viva mientras
percibimos, a través de la nueva pertinencia semántica –y en cierto modo
en su densidad–, la resistencia de las palabras en su uso corriente y, por
tanto, también su incompatibilidad en el plano de la interpretación literal de
la frase” (Tiempo y narración I 33).
Mujica es un aliado de la metáfora pues abundan en sus poemas las referencias al desierto, a la noche, a la sed, a la ausencia, significando lo que “es
como”, en tensión hacia la verdad8 y cuya riqueza radica en esta tensión. Ana
María Rodríguez Francia señala que desde la metáfora puede “establecer la
relación entre la palabra poética de Mujica y una nueva interpelación desde
lo poético filosófico de ella, situada en un punto de arraigo entre la postura
ricoeuriana y el pensamiento de Heidegger” (63-64). El poeta-filósofo transforma el mundo en tensión a lo posible, pues “a través de la metáfora nuevos
significados arriban al discurso [...] testimonio de la creación de sentido”
(Silva Arévalo, 81). La realidad es recreada bajo una mirada nueva que ve y
va más allá, otorgando “una referencia más originaria” (Silva Arévalo, 81),
como lo dice en sus propias palabras
Si la realidad fuera sólo
lo ya dado,
no habría lugar para pensar en ella
ni vacío desde donde escucharla.
La realidad no se agota en lo que es:
ni la palabra en lo que dice,
ni la vida en quien la vive.
Ni todo en todo ni nada en nada.
La realidad no es: crea. (Mujica, Lo naciente 41)
esta tercera dimensión del lenguaje como un descubrimiento de posibilidades”. En “Myth
as the bearer of possibile worlds” (1978; 1984) 45.
8  Cfr. Ricœur, Paul, La metáfora viva, Buenos Aires: Megápolis 1977. Traducción Graziella
Baravalle. Allí nos dice, en la p. 468 que “la poesía en sí misma y por sí misma, hace pensar
en el esbozo de una concepción tensional de la verdad; ésta recapitula todas las formas de
tensiones llevadas a la luz por la semántica [...]; luego las reúne en la teoría de la referencia
desdoblada; en fin las hace culminar en la paradoja de la cópula, según la cual ser-como
significa ser y no ser”,
123 ■
Taller de Letras NE2: 119-127, 2012
Este carácter metafórico de su lenguaje también lo acerca a una relación
con el lenguaje religioso y propiamente con el lenguaje místico, lenguaje
excesivo, desbordado, testigo del Amor Ausente, herida abierta que clama
por el Único, cuyo carácter referencial aproxima y distancia a la vez, en una
tensión que lo mantiene operante temporalmente.
Otro componente relevante de su poética es el manejo del espacio que
nos conduce necesariamente al silencio. Los poemas se disponen –también
podríamos decir se dibujan– en la parte inferior de la página y el mismo autor
responde que para él “es parte de la escritura. (Pues) así como, de alguna
forma, lo que trat(a) de transmitir es el silencio del que la palabra acontece,
también ese silencio se hace espacialidad en la página, donde predomina
un espacio de gratuidad o de vacío [...] Responde a una ley plástica: lo de
abajo ha de pesar más que lo que está encima; es una metáfora puesto que
las palabras ascienden”9.
Sus poemas se completan con el recurso al símbolo, entendido por el
mismo autor como “diálogo con la mitad ausente, la que el símbolo completa sin agotar en presencia. El símbolo es capaz de dialogar en y con la
ausencia” (Mujica, Poéticas del vacío, 31). Convergen en la obra de Mujica
la presencia y la ausencia de palabra, el sonido y el silencio, el vacío y el
espacio determinado por el verso, la paradoja.
Nos encontramos ante el umbral, umbra futurorum, en un lenguaje de
frontera10 que nos conduce a dar el tercer paso, aquel que nos conduce a la
apropiación del texto desde nuestra propia realidad, en una refiguración en
unicidad que anticipamos y gustamos a lo largo de este recorrido.
III. Refiguración de la Aletheia: deseo de Dios en el habitar
poético-místico
Todo poema es él
y lo que en él se abre: la alteridad de sí mismo,
lo inagotable, lo que no dice
para que allí nos escuchemos.
(Mujica, Lo naciente 156)
Este poema nos sumerge de lleno en la hermenéutica del texto: en él se
abre la alteridad, para que nos escuchemos y afirma Ricœur que “el texto
sólo se hace obra en la interacción de texto y receptor. [...] Lo que se comunica, en última instancia, es, más allá del sentido de la obra, el mundo
que proyecta y que constituye su horizonte” (Tiempo y narración 152-153).
9  Mujica,
Hugo, “Hugo Mujica y el acto creador (2)”. Entr. Llanos Gómez en Espéculo nº
37. Revista de estudios literarios, Universidad Complutense de Madrid, 2008, publicado en:
http:/www.ucm.es/info/especulo/numero37/hmujica.html. La cursiva es nuestra.
10  Cfr. Campana, Silvia Julia, “Un decir de frontera para tiempos de desierto. Una reflexión
interdisciplinaria desde la poética de Hugo Mujica”, en Cecilia Inés Avenatti de Palumbo
(coord.), Miradas desde el Bicentenario: Imaginarios, figuras, poéticas, Buenos Aires:
Educa, 2011, 277-286.
■ 124
Silvia Julia Campana
El acontecer poético como develamiento de la verdad:…
¿Qué mundo proyecta el texto que se hace obra? ¿De qué modo el ser-enel-mundo que soy recepciona esta poética?
Afirma Mujica en una nota publicada en un diario argentino, respecto de
la recepción de sus textos que:
No se trata de qué dice la poesía sino qué me hace decir
sobre mí, sobre el mundo, la vida: no sé qué dice, sino
qué enciende, qué alumbra. Tampoco se trata de sacar
algo de un poema, de quedarme con una idea, se trata
de que me saque, me saque del mundo pragmático y
utilitario para ponerme en otro lugar: ponerme en un
mundo abierto, o en lo abierto del mundo que es lo que la
poesía expresa, expresa y abre, expresa abriendo. Como
cada hombre o mujer vibra con una música distinta, se
conmueve ante un paisaje diferente, también la poesía,
como todo, es múltiple en su expresión, generosa en su
entrega. Debemos buscar la propia, el poeta que nos
habla, aquél, aquéllos, con los que entonamos, aquéllos
con los que afinamos nuestro oído a su música: aquellos
cuya poesía nos nombra. [...] Para que la poesía se diga,
en definitiva, no hay que entenderla sino dejarla resonar,
abrirse a ella, y en ella, abrirse en el espacio que ella
misma convoca con su propia voz. Realizar y realizarnos
en esa actitud, que llamaría una enseñanza de la pasividad. Pasividad que, en su inacabable dilatación, culmina
en una poética de la receptividad, culmina en la mayor y
más difícil actividad: escuchar11.
Maravillosa descripción de lo que el poema llama a realizar en nuestras
vidas. No es conceptualizar, es “abrir un mundo” –como afirma Heidegger–
desde el propio horizonte de comprensión, de experimentación vital que
conmueve todo el ser, porque –como afirma Ricœur– “si la lengua se desborda
en el discurso, si en el discurso el acontecimiento se desborda en el sentido,
hay que decir ahora que el sentido se desborda en un nuevo acontecimiento
de discurso que es la interpretación misma” (Cit. en Silva Arévalo 45).
Somos partícipes de este acontecimiento que se mueve en la intersección
del “mundo configurado por el poema y del mundo en el que la acción efectiva se despliega”12. Hemos visto que la configuración del poema proyecta
11  Nota
publicada en la Revista Viva del Diario Clarín del 26 de Abril del año 2000. Puede
consultarse en: http://www.infopoesia.net/pdf/Hugo%20Mujica.pdf. Consultado el 29/11/2011.
12  Ricœur, Paul, Tiempo y Narración. Configuración del tiempo en el relato histórico, Madrid:
Cristiandad 1987, 144. Esto es lo que Ricœur llama Mímesis III. Afirma en esta obra que
“[...] es necesario mantener en la propia significación del término mímesis una referencia
al “antes” de la composición poética. Llamo a esta referencia mímesis I, para distinguirla
de mímesis II –la mímesis-creación–, que sigue siendo la función-base. [...] La actividad
mimética no encuentra el término buscado por su dinamismo sólo en el texto poético, sino
también en el espectador o en el lector. Hay, pues, un “después” de la composición poética,
que llamo mímesis III (...)”, 107.
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Taller de Letras NE2: 119-127, 2012
desde el recurso a la metáfora nuevos mundos posibles y se hace eco a la
vez del propio horizonte cultural en el cual surge como evento, porque “los
textos poéticos hablan del mundo, aunque no lo hagan de modo descriptivo”
y “el enunciado metafórico establece en el plano del sentido una nueva
pertinencia, sobre las ruinas del sentido literal abolido por la propia impertinencia” (Ricœur, Tiempo y narración 156). En consonancia dice Mujica que
Cada poema inicia su propio
espacio
abre su recogimiento
late su tiempo inaugural;
no se extiende linealidad
ni se repite circularidad:
se centra intensidad.
Ni un pasado ya ido ni algún futuro llegando:
un poema no está presente:
es presencia,
engendramiento, no temporalidad. (Lo naciente 149)
El poema es inauguración, plenitud de presencia, no-linealidad. Porque
“la poesía nos sobrepasa, nos abre desde más hondo que nosotros mismos:
nos hace otros, nos altera naciéndonos”, afirma Mujica (Poéticas del vacío,
89). Y su poética es provocadora y también generadora de deseo, porque
dice la Ausencia, dice el hueco, la herida, y remite a lo que no vemos, pero
presentimos, como peregrinos en un desierto que camina en la certeza del
agua. El poema dice alteridad que nos convoca a salir de nosotros mismos
para entrar en el dinamismo de la búsqueda y del encuentro que genera
nuevas búsquedas.
En el fracaso de la búsqueda
se revela lo que nos encuentra:
lo que pide ser acogido
en el vacío de lo que nos fue arrancado” (Mujica, Y siempre
después del viento 29).
“La poesía de Mujica nos cuestiona o, al menos, nos induce a un cuestionamiento cuyo núcleo es el compromiso con la verdad”, afirma Rodríguez
Francia (81) y agregaríamos con el develamiento de la verdad. Ésta acontece
a lo largo de su poética, una verdad originaria, que nos devuelve a la fuente,
transformándose en un lugar de “epifanía” para el hombre, dejándonos “alterar por la alteridad/transfigurar por el sentido, /iluminar por la belleza/o
herirse por lo sublime” (Mujica, Lo naciente, 81). Porque es de noche y
necesitamos que la Palabra nos alumbre, nos despierte, nos devuelva a la
fuente, a la relación primigenia. Seres de deseo deseados primero, heridos
por el dardo de la belleza. Que cada uno de nosotros se abra una nueva
narración poética, que conduzca a la transformación del ser-en-el-mundo
que somos, desde la autenticidad que nos devuelve cada encuentro con el
decir poético.
■ 126
Silvia Julia Campana
El acontecer poético como develamiento de la verdad:…
Para concluir, un poema más, el cual tiene resonancias ricoeurianas desde
las aporías del tiempo, que nos invita a seguir naciendo que, en definitiva,
es lo que cada texto provoca en nosotros.
Copos de nieve al viento,
caen desde su ahora,
caen sobre su aquí.
Cuando no hay ayer, cuando
hoy es olvida,
no hay que imaginar mañanas:
hay sólo lo que siempre hay,
hay este estar naciendo.
(Mujica, Y siempre después del viento 35)
Obras citadas
Campana, Silvia. “Un decir de frontera para tiempos de desierto. Una reflexión interdisciplinaria desde la poética de Hugo Mujica”, en Cecilia
Inés Avenatti de Palumbo (Coord.) Miradas desde el Bicentenario:
Imaginarios, figuras, poéticas, Buenos Aires: Educa, 2011, 277-286.
Heidegger, Martin. “El Origen de la Obra de Arte” en Arte y Poesía, MéxicoBuenos Aires: Fondo de Cultura Económica 1992. Traducción y Prólogo
de Ramos Manuel.
Mujica, Hugo. La Palabra Inicial. La Mitología del Poeta en la Obra de Martin
Heidegger, Madrid: Trotta, 19962.
. Lo Naciente. Pensando el Acto Creador, Valencia: Pre-Textos, 2007.
. Poéticas del Vacío, Madrid: Trotta, 20094.
. Y Siempre Después el Viento, Madrid: Colección Visor de Poesía, 2011.
. “Hugo Mujica y el acto creador (1) (2)”, Entr. Llanos Gómez en Espéculo
nº 37. Revista de estudios literarios, Universidad Complutense de Madrid,
2008, en: http:/www.ucm.es/info/especulo/numero37/hmujica.html.
. “Poesía y mística I”. Entr. Ierardo Esteban, realizada el 02-11-2009
publicada en www.hugomujica.com.ar
Ricœur, Paul. “¿Qué es un Texto?”, en Historia y Narratividad, Buenos AiresMéxico: Paidós.
. Tiempo y narración I. Configuración del Tiempo en el Relato Histórico,
Madrid: Cristiandad, 1987.
Rodríguez Francia, Ana María. El “ya pero todavía no” en la Poesía de Hugo
Mujica, Buenos Aires: Biblos, 2007.
Silva Arévalo, Eduardo. Poética del Relato y Poética Teológica. Aportes de
la Hermenéutica Filosófica de Paul Ricœur en Temps et récit para una
Hermenéutica Teológica, Santiago de Chile: Anales de la Facultad de
Teología, Vol. LI (2000), Pontificia Universidad Católica de Chile, 2000.
Vattimo, Gianni. El Fin de la Modernidad, Barcelona: Gedesa, 2000.
127 ■
Roberto
Onell
abriel Romero,
T
aller de
Letras NE2: 129-137, G
2012
heraldo de sí mismo. La novela
Gracia y…
issn 0716-0798
Gabriel Romero, heraldo de sí mismo. La novela
Gracia y el forastero, de Guillermo Blanco, según
la hermenéutica de Paul Ricœur
Gabriel Romero, Herald of Himself: The Novel Gracia y el
forastero (Gracia and the Foreigner) by Guillermo Blanco,
According to Paul Ricœur’s Hermeneutics
Roberto Onell
Pontificia Universidad Católica de Chile
[email protected]
A mis profesores de Castellano,
allá, en aquel tiempo
El propósito de este trabajo es emprender una lectura de la novela Gracia y el fo­
rastero, de Guillermo Blanco (1926-2010), ayudados por la noción de mímesis que
Paul Ricœur ofrece para las obras narrativas. Ricœur elabora una triple mímesis de
la experiencia narrativa, abarcadora del mundo del lector y el mundo del relato. La
experiencia empieza en el momento anterior a la lectura, pasa por la lectura misma,
y regresa al mundo del lector para sopesar la contribución del relato tras su lectura.
Esta experiencia de la mímesis, sin embargo, es abordada aquí para el caso del lector
Gabriel Romero, que es protagonista y narrador de la novela, y que es también, en
tanto que narrador, lector de la historia que va elaborándose. El mundo del relato es,
para nosotros, el mundo de Gabriel, narrador-lector de sí mismo. Nos interesa determinar la transformación de sí por obra del relato que él mismo asume: cómo vive él la
triple mímesis. Concluimos que Gabriel gana una nueva imagen de sí mismo, más rica,
más compleja, acaso más tensionada; cuya elaboración se fortalece por aquello que
el mismo Ricœur denomina identidad narrativa. El yo, finalmente, se autocomprende
mejor al objetivarse en un relato que lo saca y lo devuelve a sí mismo.
Palabras clave: Gracia y el forastero, Paul Ricœur, triple mímesis.
The purpose of this article is to undertake a reading of Gracia y el forastero, a novel by
Guillermo Blanco (1926-2010), helped by the notion of mímesis that Paul Ricœur offers
for the narrative works. Ricœur develops a triple mímesis of the narrative experience
that covers the world of the reader and of the story. The experience begins before
the first moment of reading, passes through the reading itself, and later returns back
to the world of the reader, weighing up the contribution of story reading. However,
the experience of the mímesis is approached here in the case of Gabriel Romero the
reader, who is the main character and narrator of the novel, and also, as a narrator,
the reader of the developing story. The world of story is, for us, the world of Gabriel,
narrator-reader of himself. It interests us to determine the transformation that he
experiences by the story assumed for him: how he lives the triple mímesis. We so
conclude that Gabriel gains a new self-image, richer, more complex, perhaps more
tensioned; whose development gets strong by that narrative identity, according to
Ricœur. Finally, the I gains a better self-comprehension by setting himself as the object
of a story which puts him out of, and turns back to himself.
Keywords: Gracia y el forastero, Paul Ricœur, triple mímesis.
129 ■
Taller de Letras NE2: 129-137, 2012
Introducción
La novela
Gracia y el forastero es el relato que Gabriel Romero, un joven de dieciocho años, hace de su presente en una casa de ejercicios espirituales y
de una experiencia particular que acaba de vivir. Motivado por su padre,
Gabriel ha decidido venir a la casa de retiro no con el fin de rezar, sino de
poner por escrito la relación amorosa que ha vivido con Gracia. La historia
de dicha relación es un relato enmarcado en la estadía de Gabriel en la casa
de ejercicios espirituales. En unas pocas semanas, entre vacaciones de invierno y comienzos de primavera, Gabriel y Gracia se conocen, comienzan
una relación amorosa que enfrenta el rechazo del padre de Gracia, quien
había decidido que ella se casara con un teniente de ejército, y que termina
con la muerte accidental de Gracia, tras una discusión con su padre, quien
se comporta con negligencia en el incidente. La novela transcurre en Chile,
en la casa de ejercicios, de localización indeterminada; la historia amorosa,
en Castuera y San Millán, poblados provincianos ficticios, y finalmente en
Santiago. Aparte de Gabriel, como protagonista y narrador, y Gracia, la muchacha de quien éste se enamora y con quien vive el romance, destacan los
siguientes personajes: Emilio Romero, padre de Gabriel, viudo, dependiente
de un negocio rural en Castuera; Morán, padre de Gracia, viudo, general de
ejército, que vive en Santiago; el padre Rafael, párroco de San Millán; Max
Carrasco, novio de Gracia, teniente. Otros personajes son: Gutié, el español
dueño de la casa donde se encuentran Gabriel y Gracia, que por estar de
viaje no aparece en la historia; don Roberto, patrón de Romero; el taxista;
Ernesto, el dueño de la hostería donde se alojan Gracia y su padre; Clara,
la mujer que trabaja en casa de los Romero; los tíos y primas de Gabriel en
Santiago; Nieves, la empleada de los Morán en Santiago.
Acaso las primeras lecturas de esta novela fueran el epígrafe y el anónimo prólogo que la acompaña desde su primera edición. El epígrafe es un
poema de León Felipe que, como clave de lectura, invita desde el primer
verso a: “Ser en la vida romero,/ romero solo que cruza siempre por caminos nuevos [...]” (Blanco 15). El poema, cuya única rima amarra todos los
versos, insiste en la sabiduría del desapego, del pasar por el mundo “una
vez solo y ligero”, sin aferrarse a lugares ni a objetos; peregrino siempre
movilizado, puesto en camino, partícipe de la romería que lo renueva al
andar. El prólogo, “Al que leyere” (7-14), es una introducción elogiosa de
los tópicos de la historia narrada por Gabriel. Así, la intensa vitalidad de la
adolescencia, como “una etapa importante [del] alma humana” (8); el relato
exploratorio, como “literatura desnuda [o] psicológica” (8) o la nivola que
impulsara Unamuno, que aquí da cuenta de la transformación del adolescente
en adulto; la experiencia del dolor hondo que conduce, como lo muestran
los héroes clásicos, a una grandeza vecina de lo sagrado; la mujer como
cifra del mundo, en clave neoplatónica, quien detona la fuerte experiencia
de complementariedad que ningún otro aspecto de la vida puede brindar al
varón; y, según las filiaciones generacionales, la búsqueda de una realidad
distinta de lo real establecido por un racionalismo que se reconoce estrecho,
reductivo, inerte, inepto para abarcar la complejidad del mundo. El prólogo
se cierra con una sumaria lista de “otras novelas chilenas con protagonistas
■ 130
Roberto Onell
Gabriel Romero, heraldo de sí mismo. La novela Gracia y…
adolescentes” (13), donde Gracia y el forastero se destaca como “una de las
más complejas y maduras” (14)1.
Este dato generacional, que sin explicitarlo proviene de las periodizaciones
de Cedomil Goic, nos alienta a una consideración que enlaza directamente
con la triple mímesis de Ricœur. Goic plantea que la literatura del siglo XX, a
partir de la década de 1930, constituye ya no un cambio dentro del sistema
de representación, como sí lo eran las sucesivas etapas o generaciones del
XIX, sino más bien un cambio de sistema. El rasgo distintivo de la nueva
forma de representación es una distancia escéptica respecto del mundo y
del lenguaje mismo. Se hace recurrente “la incertidumbre en la postulación
de la realidad: ¿dónde está la realidad?, parece ser la pregunta involucrada
en toda representación, [caracterizada por] la decepción de lo narrado o
su metaforismo repetido y contradictorio, sin última solución del criterio de
realidad” (1988: 341)2. De ahí, también, la elaboración de relatos autorreflexivos. Dicha descripción se ajusta a Gracia y el forastero y nos ayuda a
apreciar la novela desde una dimensión desatendida en el prólogo, y que
resulta crucial: la historia de Gabriel y Gracia es un relato dentro de otro.
El primero de los veintisiete capítulos de la novela así lo explicita. Gabriel
nos informa de su circunstancia más inmediata: las conjeturas sobre cómo
relatar la última imagen de su padre al despedirse en la estación de trenes,
el primer encuentro del grupo con el sacerdote en la casa de retiro, la opción
de hacer el relato en la libreta que le han dado en esta casa. Es el marco,
el nivel inicial de aquella historia, y en él, el escepticismo narrativo como
primera mímesis.
La triple mímesis
Al elaborar una trama, un entramado de acciones, el texto literario narrativo constituye el tiempo de un modo específico. Ello se traduce en una
figura particular que el tiempo adopta gracias al relato, y que se manifiesta
de tres modos, correspondientes a la fase previa a la narración, la narración
misma y al momento ulterior a ella. De tal manera, la imitación o representación de las acciones que han de narrarse supone ya una precomprensión
1  Después
de los cuentos de Sólo un hombre y el mar (1957), y las novelas Misa de réquiem
(1959) y Revolución en Chile (1962), esta última en colaboración con Carlos Ruiz-Tagle
y firmada bajo el seudónimo único de Sillie Utternut, Gracia y el forastero es la cuarta
publicación de Guillermo Blanco (Talca, 1926-Santiago, 2010). Editada en Santiago en
1964, la novela ganó el premio Academia Chilena de la Lengua, y se convirtió en un clásico
escolar; actualmente, ostenta más de cincuenta ediciones. Nuevas colecciones de cuentos,
otras novelas, tanto como ensayos y memorias, completan la nutrida bibliografía que Blanco
desarrolló hasta 2008, al publicarse la novela Una loica en la ventana.
2  De acuerdo a la periodización generacional tomada de Ortega y Gasset, Goic menciona
a Guillermo Blanco en la correspondiente Generación de 1957 (Goic 1980: 249), dada la
comunidad de rasgos del narrador con el conjunto de autores que Goic explicita como
exponentes de esas nuevas tendencias. Por otro lado, y como lo documenta Eduardo Godoy
Gallardo, Blanco formó parte de la autodenominada Generación del ’50, donde figuran José
Donoso, Jorge Edwards, Claudio Giaconi, Fernando Emmerich, Margarita Aguirre, Enrique
Lihn, Enrique Lafourcade, entre otros. Este último narrador instaló tempranamente al grupo
al editar Antología del nuevo cuento chileno, en 1954, que incluía el relato “Pesadilla”
de Blanco. En 1959, el mismo Lafourcade edita la consagratoria antología Cuentos de la
generación del ’50, donde Blanco participa con “Adiós a Ruibarbo” (Godoy).
131 ■
Taller de Letras NE2: 129-137, 2012
del obrar humano, sobre la cual ha de construirse esa trama: mímesis I es
prefiguración. El segundo momento es el reino de la ficción misma, como
construcción de la trama que establece propiamente una modalidad inédita del tiempo: mímesis II es configuración. La tercera fase consiste en la
innovación de sentido percibida después de la narración, y que asume
todo el valor referencial de la obra, a partir del mundo abierto en ella:
mímesis III es refiguración3. “Seguimos, pues, el paso de un tiempo prefigurado a otro refigurado por la mediación de uno configurado” (Ricœur 115).
Estos tres momentos de un solo proceso mimético serán considerados para
con la experiencia de Gabriel Romero, narrador-lector de sí mismo. Precisamente
el expediente del relato enmarcado es la condición de posibilidad de
esta opción de lectura. Conocemos la circunstancia previa y la narración
misma; la ulterior, nada evidente, nos saldrá al encuentro de modo casi
irrefrenable.
Lectura
Prefiguración
¿Cómo empezaré? ¿Qué puedo decir, o explicar, si cuanto
anote en estas páginas estará dirigido a mí mismo? Sin
embargo, por eso estoy acá. Para explicarme y entenderme. Pero no sé cómo empezar. Cómo iniciar una lucha
con la certeza de la derrota. [...] Tal vez en el fondo, esta
mañana, mientras mi padre me acompañaba a la estación,
veía ya el inevitable fracaso de este intento. Peor: el fracaso era un hecho. No hacía falta el golpe, lo dramático,
para subrayarlo. El fracaso era. Es. (Blanco 17)
Así es como Gabriel empieza, se apresta a dar forma, a configurar como
relato la experiencia que acaba de vivir. Derrota y fracaso son los modos
precisos como el capítulo “Uno” (17-19) prefigura la narración inminente.
En ambos se comprenden, también, cierto ánimo autodestructivo, “como si
quisiera matar, sepultar, a una parte de mí mismo, aplastándola contra el
papel” (18); una precaria intención divagadora acerca del conflictivo sentir,
de “[e]scribir, pensar, recorrer de nuevo esos días que giran en mi memoria
igual que un remolino de angustia, felicidad, angustia, y luego angustia sola.
Revivir, no pensar [...]. No un examen de conciencia, [...] al estilo habitual
de los retiros” (18-19); y un sentimiento de ira que desplaza a Dios, “que ha
muerto para mí” (19), y se dirige “contra el mundo, contra la suerte” (19),
tanto como aleja a Gabriel de su propio padre, quien “me aconsejó ‘pensar
3  Dado
que escapa al propósito de este trabajo, debe tan sólo sugerirse la lectura del
penetrante examen que Ricœur hace de la dimensión referencial del texto narrativo. En el
horizonte de la hermenéutica fenomenológica, Ricœur acompaña la meditación de Heidegger
acerca del ser-en-el-tiempo, para recordar que “el lenguaje no constituye un mundo por
sí mismo. Ni siquiera es un mundo [, sino más bien] el mundo es su ‘otro’. La atestación
de esta alteridad proviene de la reflexividad del lenguaje sobre sí mismo, que, así, se sabe
en el ser para referirse al ser” (149). Ricœur inscribe su propio ejercicio interpretativo
en la noción del ser como ser interpretado, que se explicita en esta consideración de la
heteronomía del lenguaje.
■ 132
Roberto Onell
Gabriel Romero, heraldo de sí mismo. La novela Gracia y…
en Dios’. [T]ener calma. Ordenar mis ideas. ¡Qué lejos está mi padre!” (19).
Finalmente, así es como encara el sufrimiento de esa derrota y ese fracaso
anticipados: “no espero eximirme [...], lo único que temo es que el dolor
pase, y en su lugar venga... ¿Qué? ¿La vida diaria? ¿La nada? ¿El paisaje
sin relieve?” (19). Es el temor de reducir racionalmente lo acontecido y, así,
de extraviar el “relieve” o vitalidad de la vida misma. Como reza el nombre
del capítulo, podemos leer aquí la suma de sensaciones e impresiones que
definen la situación del uno.
En el contexto del conflicto, del auto-cuestionamiento que abre la novela,
derrota y fracaso son sinónimos que hacen destacar, por ausencia, el otro
lado de sus significaciones: el triunfo, el éxito. Es altamente significativo el
hecho de que Gabriel emprenda el relato de todas maneras, a pesar de estas
renuencias iniciales. Ya en ese ánimo de divagación, la precaria intencionalidad se convertirá, enseguida, en la fuerza conductora de la escritura. Tal
como nos advierte Ricœur, tanto el más trivial como el más sesudo de los
relatos deben sortear la cuestión de la causalidad, el cómo específico de la
acción narrada. Zanjar ese desafío supone una disposición activa; cuenta
con un sujeto que enlaza, asocia, propone, afirma. La disposición activa de
Gabriel, escasa pero presente, delegará la pretensión de causalidad en el
enlazamiento mismo de su relato. Entonces, aquella “certeza de la derrota”
y del “fracaso”, ostensiblemente contrariada con el relato que se emprende,
hace visible una expectativa implícita de Gabriel para con todo gesto de
narrar: el triunfo explicativo, el éxito de la causalidad inteligible. De este
modo, el narrador nos coloca ante el círculo hermenéutico que funda la
hermenéutica fenomenológica misma: comprender es comprenderse. El
sujeto está implicado en la secuencia de objetos narrados, pero no sólo
emotiva o existencialmente, sino sobre todo como ser-en-el-mundo. El ser
es ser interpretado.
Configuración
La configuración de la experiencia ofrece, al menos, los siguientes cuatro
hitos. El primero consiste en la aparición de Gracia en el capítulo “Dos” (20-24),
que es cuando comienza efectivamente la narración de Gabriel o configura­
ción. El capítulo se abre con el nombre de la muchacha como única emisión
discursiva; después tenemos un punto seguido. Este gesto de Gabriel nos
sitúa ante la realidad de esta mujer, ciertamente, pero con la especificidad
de un nombre, Gracia, que se nos impone gratuitamente. El decir “Gracia” y
parar suponen una gratuidad que se da textualmente y se basta a sí misma.
Y, aun en la primera anécdota, nos enteramos del cuadro “Madame Henriot”,
de Renoir, y su gravitación en el narrador. En la experiencia de Gabriel, la
pintura había prefigurado a Gracia, en quien “había algo de la esencia de
Madame Henriot. La hondura, la paz, la vitalidad, la ternura de la mirada; la
finura de la boca, pálida, con un toque de estilización. Yo estaba enamorado
de Madame Henriot, hasta donde es posible estarlo a través de los años y
de la muerte” (21). En otros pasajes, Gabriel insistirá en este parecido, que
nos ayuda a determinar en qué medida la atracción que él experimenta en
relación a Gracia está mediada estéticamente, como perfilamiento estilizado.
De tal modo, el capítulo “Dos” nos coloca ante la realidad de la pareja, de
este ser dos inicial.
133 ■
Taller de Letras NE2: 129-137, 2012
El segundo hito corresponde al capítulo “Nueve” (60-61), que acontece
como intermedio reflexivo sobre esta misma configuración. La puesta en
trama se interrumpe, para dar paso a tres meditaciones: 1a. la conjetura
sobre la recepción del relato por el padre Matías, el sacerdote que dirige el
retiro, quien habría de reducir la experiencia narrada a un mero romanticismo juvenil, a un caso psicológico; 2a. la afirmación de la adolescencia como
intensidad existencial, tentativa de una vida poética, intento de belleza vivida,
y no como des-realidad; y 3a. el cuestionamiento sobre las posibilidades del
lenguaje para articular la experiencia. La primera meditación versa sobre
la recepción de un lector específico; la segunda, sobre la experiencia que
debe hallar su justa forma como contenido; la tercera, en tanto, se retrotrae
hasta el lenguaje como objeto de observación y cuestión. “¿Cómo puedo
decir que Gracia era bella sin decir: ‘Era bella’, ni cómo puedo decir que su
voz era tibia sin decir: ‘Su voz era tibia’? No es culpa mía que el uso haya
reblandecido los adjetivos, que las palabras se hayan hecho débiles, o que
los oídos se hayan puesto duros a ellas.// Pero donde yo digo amor, digo todo
el amor.// Donde digo mujer, digo todo lo que es la mujer.// Donde digo que
había magia, o milagro, es porque no hay otros términos para describirlo”
(60). Gabriel transgrede la no-disponibilidad de estas palabras para intentar,
efectivamente, revelar la experiencia que lo apremia4. El riesgo evidente que
corre es la trivialidad, la irrelevancia del discurso, precisamente a causa de
la interferencia entre significantes y significados obrada por el uso abusivo
de los términos que serían adecuados a la cosa por nombrar. El capítulo
“Nueve” propone, así, un primer descanso meditativo acerca de las posibilidades mismas de la configuración5.
El tercer hito es la fuerte tendencia del relato de Gabriel a la poesía como
otro género literario. La narración se configura con un recurso al lirismo y la
cercanía de la versificación. El lirismo se verifica en instantes como: “(Cómo
borrar el recuerdo de sus labios, tan suaves; de sus manos, tan suaves;
de su cuello, tan suave; de su pelo, tan suave. Cómo olvidarme de su voz,
suave, en la noche; de su manera de decir ‘amor’, de decírmelo a mí, cual
si hubiéramos inventado la palabra. O de su manera de decirme ‘Gabriel’:
un secreto, una consigna entre los dos)” (59), el callado asombro de un
paréntesis vertebrado por la anáfora cómo más exclamatoria que interrogativa; “[s]epulcros blanqueados: las palabras saltaron bruscamente en mi
memoria. En verdad había algo de farisaico en la alba hermosura externa
de estos pájaros” (55), impresiones al contemplar la violencia de unos pájaros en la playa. La proximidad de la versificación está en pasajes como los
siguientes: “[p]ero Gracia no estaba conmigo.// Pero yo no me atrevía a ir
a buscarla” (44); “[h]abía tiempo. Siempre me ha costado expresarme, y,
por otra parte, temía estropear el momento con mi falta de mundo.// Había
tiempo” (50); “[d]ébil. Era débil sobre toda medida. [...] ‘Débil, débil’, me
4  Recogemos
aquí la anécdota que Marie-France Begué contó ante el público asistente al
Seminario Internacional de Literatura y Fe (Santiago, Chile; 2-4 de noviembre de 2011).
Según Begué, cuando ella le preguntara por qué no había escrito más sobre el amor, Ricœur
le respondió: “porque la palabra amor no está disponible”. El uso abusivo de la palabra la
habría despojado de significación.
5  Vemos un descanso similar en el capítulo “Diecinueve”, para meditar acerca del nosotros
(119).
■ 134
Roberto Onell
Gabriel Romero, heraldo de sí mismo. La novela Gracia y…
repetía interiormente, como un reproche” (85); “[t]odo parecía fácil. Afuera
llovía.// Afuera llovía a cántaros, en la noche.// [...] Todo parecía fácil. Afuera
llovía, en la noche” (120). Se trata de momentos en que los párrafos se
acortan hasta sonar como versos, rachas breves de discurso, y en los que
se reitera sintagmáticamente una información específica, con consecuencias
evidentemente expresivas.
El cuarto lugar, tenemos el capítulo “Veinticinco” (147-151) como última
reflexión sobre esta configuración misma, de un modo semejante al “Nueve”.
Este cuasi final refiere la interrupción de la escritura, de noche, y la visita
al patio de la casa de ejercicios, y luego el recuerdo de la lluvia, para llegar
a los días previos al retiro, cuando el padre habló de Dios a Gabriel. “–Papá
–contesté–, ya no creo en Dios. Se fue de mí. Se acabó, no existe.// Como
un médico que confirma un síntoma, comentó:// –Te duele.// –¿Qué?// –
Dios.// Calló. Luego:// –Si duele, es porque está ahí. Aunque uno se sienta
furioso contra él, aunque le guarde rencor, o lo odie, no puede impedir que
exista. No se odia la nada. El rencor y la ira son pruebas de que es real”
(150). En el capítulo “Dieciséis”, había escrito: “[f]e. Dios. No son palabras
que entienda ya. Son palabras que se fueron, o son sólo palabras, sones
vacíos, letras incoherentemente amontonadas” (103). Enseguida, la reflexión
sobre el apellido Romero, que parece ser “una misión. Romeros, peregrinos,
buscadores de una fe más auténtica, siempre nueva” (151), aun al precio
del dolor. Ello autoriza a pensar que gracias al relato Gabriel ha vivido un
tránsito heideggeriano desde el uno inicial hacia la yoidad (Ichheit) o el sí
mismo ricoeuriano final. No obstante, “si algo he buscado, ha sido el silencio [...]. Si algo he encontrado, fue a mí mismo, vacío” (151). Así, tras el
capítulo “Veintisiete” (157-159), nada sigue. La narración se detiene cuando
Gabriel ha vuelto desde Santiago a la casa paterna y, luego de saludarlo
y darle la noticia, se abraza a su padre y llora por primera vez. “Entonces
pude llorar” (159), reza el último y brevísimo párrafo. Gabriel deja su relato
en ese punto; entendemos que él sigue en la casona de ejercicios; tan sólo
paró de escribir. Y se nos termina la novela.
Refiguración
El final del relato de Gabriel coincide con el final de Gracia y el forastero.
Para determinar, entonces, la refiguración correspondiente al relato que el
joven ha hecho, disponemos solamente de esa última escena narrada y del
silencio definitivo que guarda Gabriel como narrador. Al encarar la narración
de sí, Gabriel opera un descentramiento objetivador: debe situarse como
objeto de observación para él mismo, y para enseguida elaborar el relato,
la línea enlazada de acciones donde él es protagonista. Así descentrado, el
joven Romero ha vivido la experiencia de hacerse otro en su propio relato.
Ha vivido, en palabras de Ricœur, el soi-même comme un autre (el sí mismo
como otro). Sólo entonces puede obrar un retorno al sí mismo. Un regreso
que no parece consolador ni apacible: el llanto junto al padre y el silencio
final marcan un momento de dura tensión, que empujan a los intérpretes,
nosotros, a verbalizarlos. Estamos ante un yo herido: por la pérdida de una
persona, de un sueño que no cuajó en proyecto. La refiguración está marcada, entonces, por una desbordante ausencia que se impone como llanto
y como silencio. Dichas marcas, textuales pese a todo, determinan así una
135 ■
Taller de Letras NE2: 129-137, 2012
refiguración de la experiencia de vida de Gabriel cuyo despliegue desconocemos, pero que conocemos cómo empieza: con un llanto en silencio y un
silencio que llora. El vacío se resuelve como otro hito, como punto de una
nueva partida.
Al narrar y narrarse, Gabriel Romero ha dado un paso que lo confirma
como romero, ya que hace patente el estar en camino que, en este caso, traza
la ruta hacia una mayor autenticidad. Podemos decir que, gracias al dolor
vivido, a la narración emprendida y aun gracias al silencio final, Gabriel está
más cerca de sí mismo que antes; ahora conoce mejor sus motivaciones, la
trama familiar, las honduras de su padre, algunos de sus propios puntos ciegos
como observador, el alcance de su ineptitud con la vida práctica, entre otros
aspectos. Las reflexiones sobre el sentido del dolor, vertidas especialmente
en el capítulo “Veinticinco”, explicitan esta consecuencia del padecimiento. Muchas veces dijo, expresamente, que sólo ahora, en el presente del
narrar, lograba ver, comprender mejor. Al confirmarse como romero, como
sujeto en romería, cabe preguntarse si Gabriel se confirma también como
portador de buenas noticias, según el sentido judeo-cristiano de su nombre.
Instintivamente, diríamos que no. La presencia de Gracia en su vida, como
la presencia de la gracia misma, es decir, de la gratuidad del ser, de la autodonación de Dios, se trocó en su reverso: la existencia de Gabriel cayó en
desgracia. Sin embargo, escribe y recorre de punta a cabo su historia con
Gracia. Y el final del relato, esa llorosa y muda cercanía consigo mismo,
ese saber sobre sí que lo desborda en llanto y silencio, no puede sino ser la
ganancia, la buena noticia. “El pasado es real, y el futuro, libertad”, escribe
Fito Páez6, para indicar que hacia delante el desenlace está abierto. He aquí
el probable optimismo de nuestra novela: Gabriel no sólo sigue vivo, sino
sobre todo ha callado, desbordado, residente en el ser.
Conclusión
Gabriel comienza la narración con la derrota y el fracaso como horizontes
casi seguros para su empresa. Así es como se prefigura el relato en cuya
realización Gabriel cifraba, soterradamente, la expectativa de un triunfo
explicativo, de una causalidad inteligible. La configuración presentó cuatro
hitos principales: 1°. Gracia prefigurada por “Madame Henriot”, el cuadro
de Renoir, mujer de la cual Gabriel se declara enamorado; 2°. las meditaciones del capítulo “Nueve” sobre la recepción, cristalización y posibilidad
del lenguaje para dar cuenta de la experiencia; 3°. la fuerte tendencia del
relato a convertirse en lírica, ya por el tono intensamente inspirado de las
descripciones, ya porque algunos párrafos se acortan hasta parecer versos y
porque reiteran sintagmáticamente información; y 4°. las meditaciones del
capítulo “Veinticinco”, cercanas al final del relato, sobre el acontecimiento
y el eventual sentido del dolor. La vida de Gabriel se refigura como llanto y
silencio, como dolor y mudez: el vacío del yo, que sin embargo puede decirse,
hacerse lenguaje. Ésa es la buena noticia que él mismo se da: permanecer
en la existencia, aun en el dolor de saberse vaciado, y estar más cerca de sí
que antes. Haber accedido a una autenticidad mayor por obra de una salida
6  En
la canción “Circo beat”, del álbum homónimo (1994).
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Roberto Onell
Gabriel Romero, heraldo de sí mismo. La novela Gracia y…
de sí, del descentramiento que supone todo relato para con el narrador, que
se resuelve en un regreso más pleno, incluso en la plenitud del dolor.
Obras citadas
Blanco, Guillermo. Gracia y el forastero [1964]. Santiago: Zig-Zag, 1995.
Godoy Gallardo, Eduardo. “Lafourcade y el cuento chileno (en torno a las
antologías de 1954 y 1959)”. Revista Signos, Valparaíso, 31 (43-44),
1998: 65-73. Disponible en <http://www.scielo.cl/scielo.php?script=sci_
arttext&pid=S0718-09341998000100006&lng=es&nrm=iso>. Accedido
en 23 de enero de 2012. doi: 10.4067/S0718-09341998000100006.
Goic, Cedomil. Historia de la novela hispanoamericana [1972]. Valparaíso:
Ediciones Universitarias de Valparaíso, 1980.
. Historia y crítica de la literatura hispanoamericana. III: Época contem­
poránea. Barcelona: Crítica, 1988.
Ricœur, Paul. Tiempo y narración. I: Configuración del tiempo en el relato
histórico [Temps et récit. I: L’histoire et le récit. Paris: Éditions du
Seuil, 1985]. Trad. Agustín Neira. México: Siglo XXI, 1995.
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Saide
Cortés
J. y Agustina
Serrano2012
P.
T
aller
de Letras
NE2: 139-146,
de Réquiem
de…
El tiempo según Ricoeur en Misa issn
0716-0798
El tiempo según Ricœur en Misa de Réquiem de
Guillermo Blanco
Time According to Ricœur in Misa de Réquiem, by
Guillermo Blanco
Saide Cortés J.
Pontificia Universidad Católica de Chile
[email protected]
Agustina Serrano P.
Pontificia Universidad Católica de Chile
[email protected]
El presente trabajo es un análisis temporal del cuento “Misa de Réquiem” según los
parámetros de Paul Ricœur. Se advierte una evidente superposición temporal: presente,
en estilo directo, correspondiente a las plegarias eucarísticas; en pretérito, bastante
extendido a través de la memoria del sacerdote y del narrador. El futuro, mezcla de
certeza y esperanza. En este remolino temporal, el tiempo se da en la conciencia, en
la memoria y en el dolor. El análisis teológico aporta la posibilidad de la conversión
personal a través del mundo interior y en este recinto sagrado muestra una Pascua
completa al protagonista. El sacerdote se enfrenta a la muerte donde acontece el
sacramento de la Eucaristía vivida intensamente y por último del relato se interpreta
la conversión del protagonista como la del vengador.
Palabras clave: torbellino temporal, Pascua salvadora, plegaria eucarística.
The next study is a temporary analysis regarding the text “Misa de Réquiem”, according
to the parameters from Paul Ricœur. In the tale, there is an evident temporary overlap:
the present time, related to the eucharistic prayers; the past, extended through the
memory of the priest and of the narrator. The future, a mixture of hope and certainty.
In this temporary hurricane, time appears in the conscience, in the memory and in
greaf. The theological analysis brings out the posibility of personal conversion through
the inside world, and in this sacred place, shows a complete Easter to the leading actor.
The priest faces himself to death, where the sacrament of Eucharisty happens and
is widely lived. Finally, from the text, we can infere the conversion from the leading
actor and from the avenger.
Keywords: temporary hurricane, savior Easter, eucharistic prayer.
139 ■
Taller de Letras NE2: 139-146, 2012
Pensar en el tiempo ha sido un desafío para diversos pensadores. Cada
cultura y cada lenguaje lo conceptualiza de manera particular y crea estructuras para referirse a hechos que han sucedido en el pasado, a aquellos que
están sucediendo, y a los que podrían o no suceder en el futuro.
La narración ha sido utilizada a través de las épocas y sociedades para
dar cuenta de situaciones ocurridas o por ocurrir. Para Ricœur, la narración
se construye básicamente mediante la imitación de una acción o de varias
acciones. Esto posibilita la “re-descripción, re-imaginación o reconstrucción”
del pasado. Cuando narramos representamos el pasado. Es aquí donde se
hace patente la distancia entre narratividad y temporalidad. La distancia
temporal, componente esencial del fenómeno mnemónico, implica que
la narración de lo acontecido se basa en la memoria, en el olvido y en la
imaginación.
En el texto de Guillermo Blanco, “Misa de Réquiem”, es posible identificar
una serie de relatos intercalados que corresponden a los distintos tiempos que
componen la historia. La trama de éste es, de manera sucinta, la siguiente:
El protagonista, un sacerdote, mientras preside la Santa Misa, percibe que
el asesino de toda su familia viene por él. El final es abierto.
El ritual de la Misa que se efectúa en el cuento corresponde al tiempo
presente en el que se encuentran los personajes. El narrador, sin embargo, lo
relata en pretérito. Cabe decir que el narrador, por su calidad de omnisciente,
puede acceder tanto al pasado como al presente y al futuro imaginado que
surgen como una simultaneidad de voces internas (pasado y futuro) y externa (presente) en el protagonista: “Y a medida que sus dedos operaban con
mecánica eficacia, buscando la página del libro que correspondía a la misa
de hoy; a medida que descendía las gradas del altar, trémulo el cuerpo, la
vista huida, el pie vacilante” (Blanco 21)
En este contexto temporal, el presente, se representan la lectura de la
Misa, el ritual mismo y las disquisiciones del protagonista. En ocasiones, los
pensamientos del protagonista son representados como monólogos interiores
que venga que dispare que aseste su golpe no importa
aquí estoy aquí me tiene y si cree que voy a flaquear se
engaña y aunque yo tiemble por dentro no lo sabrá él y
aunque me aterre no lo sabrá y caeré sin quejarme sin
darle ese gusto como no se lo dio mi padre ni deben de
habérselo dado mis hermanos no no anda negro atrévete
de una vez y dispara negro no temas estoy indefenso mi
sotana es de género vulgar y corriente no oculta nada no
detendrá la bala ni la hará rebotar contra ti no hay riesgo
negro dispara. (Blanco 26)
En ellos el protagonista intenta determinar cuál es la situación en la que se
encuentra con el fin de prever lo que le acontecerá. Lo que se nos representa
a través del narrador son, entonces, las distintas percepciones que tiene el
personaje de lo que está pasando en ese aparente presente. La experiencia
íntima del tiempo del personaje se inscribe en el tiempo físico plasmado en
■ 140
Saide Cortés J. y Agustina Serrano P.
El tiempo según Ricoeur en Misa de Réquiem de…
el relato. En el momento en que las acciones son pensadas, están sujetas a
la variabilidad inherente a la narración.
Un fenómeno interesante que se presenta en el relato es la superposición
de las voces del sacerdote: a la vez que predica la Misa, el narrador nos da
a conocer la corriente de su conciencia. El personaje cae en una especie de
desdoblamiento: de forma maquinal va cumpliendo con su rol de orador, a la
vez que toma conciencia de aquella profecía, de aquella muerte anunciada,
como si protagonizara su propia Misa de Réquiem:
Y a medida que sus dedos operaban con mecánica eficacia, buscando la
página del libro que correspondía a la misa de hoy; a medida, luego, que
descendía las gradas del altar, trémulo el cuerpo, la vista huida, el pie vacilante –vacilante por dentro, en cada músculo y cada nervio y cada articulación,
aunque por fuera conservase el aspecto calmo y solemne de todos los días–;
a medida que pronunciaba las primeras frases latinas, su mente, ajena a
las plegarias, martillaba con insistencia casi física, semejante a un latido:
Es imposible. Es imposible. (Blanco 21)
Además, en esta primera parte del texto el sacerdote, de manera simultánea al recitado de la Misa, intenta en su mente abarcar las distintas
percepciones sobre lo que está sucediendo, tanto del Negro como de los
feligreses: “Podía ser una cosa u otra. En seguida le asaltó el temor de que
su estado se manifestara al exterior, y el Negro lo percibiera y lo percibieran
sus feligreses. –No –se dijo–, por lo menos hay que salvar las apariencias.”
(Blanco 25)
Si recurrimos al concepto de identidad narrativa de Ricœur, podemos
coincidir con él en que la vida del personaje se constituye mediante una
serie de discontinuidades o variaciones que se articulan en el relato en un
todo coherente, cuya lógica y sentido también es otorgado por nosotros
los lectores. Al contrario de lo que otros autores han establecido, de que
el presentar la vida humana como narración o a través de ella es falsearla
desde “afuera”, en el cuento se nos muestra cómo nuestra percepción de la
realidad, del presente y del pasado, e incluso del futuro hipotético, es una
construcción constante e inevitable. En la historia, el personaje intenta aprehender el presente basándose en una serie de ideas que él tiene del mismo y
tratando de determinar cuáles son las que tiene el ‘otro’. Probablemente, la
comprensión de lo que ‘está ocurriendo’ es el mayor desafío para el sujeto,
puesto que no tiene la experiencia, la sabiduría o el tiempo para darle un
sentido completo y cerrado, como sí ocurre con la percepción de los hechos
pasados. Esto es lo que Ricœur denomina “intriga”, aquella configuración que
permite construir una unidad dinámica de sentido a través de la diversidad
de nuestras cogniciones, voliciones o emociones.
En la segunda parte del relato, el narrador nos presenta un excurso
que corresponde a la vida del sacerdote. A diferencia de las demás partes
de la historia, acá no se intercala la voz del personaje, sino que funciona
como un flashback extenso que explica la situación actual del protagonista: el reproche del padre del sacerdote hacia el Negro y su promesa de
141 ■
Taller de Letras NE2: 139-146, 2012
venganza. La distancia entre lo ocurrido (el pasado del sacerdote) y la
narración de ello (el recuerdo que surge durante la Misa), podría explicar
la ausencia de saltos temporales en esta parte del relato. Aquella distancia
temporal que por un lado distorsiona lo vivido; por otro lado, nos permite
cohesionar aquellos hitos que constituyen la experiencia. Esto otorga esa
apariencia de certeza u objetividad a lo narrado: “Veloz, el Negro cogió el
poncho que colgaba de sus hombros y golpeó con él los belfos del caballo,
que se encabritó y arrojó al suelo al desprevenido jinete. Allí, sin darle
tiempo para levantarse, sin emoción tampoco –veloz, veloz: todo era veloz
y helado, con la helada celeridad de la serpiente–, en la forma en que se
ultima a una res, el Negro se inclinó sobre don Pedro y le hundió el corvo
en el pecho” (Blanco 32)
En la tercera parte el protagonista vuelve a las digresiones sobre lo
que está ocurriendo en la mente del Negro y en la suya propia. Intenta
comprender el devenir de hechos simultáneos a la prédica de la Misa. Pero
además, en estos pensamientos del sacerdote encontramos una serie de
saltos temporales que corresponden a las anticipaciones que hace el protagonista de lo que podría suceder. Es el tiempo futuro imaginado, por lo
que no coincide efectivamente con acciones que van a suceder; es decir, se
trata de distintos futuros hipotéticos en los cuales él desea intervenir, pero
sobre los cuales no tiene ningún control, lo que genera la angustia por la
incerteza del futuro:
leer quizá simplemente la epístola y explicar sus palabras
que son las palabras de pablo o de Cristo antes de pablo
o de dios del dios que ha de venir a juzgar a los vivos y
a los muertos sin embargo él no entenderá o no le importará que las palabras sean de Pablo o de Pedro o Juan
o Diego y será lo mismo y será inútil y habré perdido el
tiempo y peor que eso me habré humillado y con ello habré
perdido además mi causa en definitiva porque lo único
que él desea es matar a uno siquiera de nosotros como a
un perro en el suelo implorando quejándose y yo soy su
última esperanza de conseguirlo. (Blanco 37)
El Sacerdote evalúa las distintas acciones que podrían llevarse a cabo y
las posibles consecuencias que éstas podrían tener.
En la cuarta parte del relato, el sacerdote cae en una nueva especie de
desdoblamiento, pero esta vez no son los recuerdos o la incertidumbre, sino
su inconsciente que se apodera de él y comienza a predicar e intenta llegar
al corazón del Negro y de los feligreses. Es una especie de trance místico en
el que ni él mismo puede entender a cabalidad el sentido de sus palabras y,
por supuesto, en menor grado, los fieles. En este momento el protagonista
se hace consciente del paso del tiempo y parece tener mayor certeza de lo
que acontece en su persona y en los otros:
me alejo de ellos me pierdo estoy desperdiciando el tiempo que pude
emplear en dejarles mi último mensaje mi única herencia un credo un arma
un escudo para que afrontaran la vida (…) Solo de nuevo frente al muro y a
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Saide Cortés J. y Agustina Serrano P.
El tiempo según Ricoeur en Misa de Réquiem de…
los objetos del culto, se dio cuenta de que al hablar, al encarar a su asesino,
había hallado una suerte de refugio contra su propio pavor, y ya no tenía
qué le escudara, y comenzó a sentir que el miedo se le iba metiendo otra
vez por las venas (Blanco 43-44)
Ya al final de la historia, el tiempo comienza a hacerse cada vez más difuso
para el protagonista. En la medida en que el miedo, la incertidumbre y la
desesperanza se apoderan de él, más palpable se hace el final anunciado. El
fin, que ya había sido anunciado al comienzo del texto, hace ya imposible la
posibilidad de huir, y sólo quedan la incertidumbre del sacerdote y del lector
sobre el desenlace. Es un final abierto que nosotros como lectores debemos
cerrar para completar esta intriga que hemos ido entretejiendo al leer la serie
de acontecimientos diversos que nos han sido presentados.
Dio un paso, dos. Se preguntaba si sería capaz de mantenerse firme o
si su valor se quebraría al final, cuando se encontrara ante el Negro y su
revólver o su puñal o su hacha, o lo que fuera a emplear para asesinarlo.
Bruscamente:
quizá después de todo no vigilen la entrada y quiera darme una oportu­
nidad de escapar a mí al sacerdote sí a lo mejor es eso
Pero ya era tarde para retroceder: había puesto la mano sobre el picaporte,
y la puerta comenzaba a abrirse lentamente (Blanco 56)
En síntesis, en el texto se advierte una evidente superposición temporal:
el presente, expresado en estilo directo, que corresponde a las plegarias
eucarísticas, dichas en latín; el pretérito, bastante extendido, a través de
su memoria y también entregado por un narrador omnisciente, cuenta la
infancia dramática, motivo por el cual un asesino denominado “el Negro”,
se venga de una situación injusta provocada por el padre de la familia del
sacerdote, e indirectamente causada por el sacerdote al omitir una sencilla
verdad: la desaparición de una montura; el futuro, mezcla de certeza y esperanza. La primera, al suponer que no tiene escapatoria porque el negro
ha llegado a la Misa. El Sacerdote es el último eslabón de su venganza. Por
otra parte, el deseo de que el Negro llegase a arrepentirse, motivado por
la homilía, cuyo centro es la parábola de la cizaña y el trigo, lucha entre el
bien y el mal. Todo ello en un remolino temporal, en donde se da el triunfo
en la conciencia, en la memoria, en el dolor.
A modo de aportes para seguir reflexionando se plantean tres preguntas:
¿Es posible la conversión personal? ¿Es factible cambiar la historia? ¿Cabe
pensar un futuro abierto?
¿Es posible la conversión personal?
Del sacerdote se abunda en su mundo interior, y ya en este recinto sagrado el autor hace padecer una Pascua completa al protagonista. Es como
si su muerte se operara en el ámbito en el que vive Miguel. La manera de
morir se presenta acorde a su modo de existir.
143 ■
Taller de Letras NE2: 139-146, 2012
Así a cada uno de quien se venga, le propina la muerte que le corresponde,
la que le es propia, la adecuada, la ajustada se podría decir. El padre que
desconoce la dignidad del otro muere apuñalado en una lucha cuerpo a cuerpo.
De ese modo le deja claro que somos iguales, le hace sentir su corporalidad
y su fuerza y energía. A los dos hijos que son continuadores de la opresión
les va a proporcionar una muerte que pueda ser interpretada simbólicamente. Les hace morir a través de dos signos de vida y de liberación: el agua y
el árbol. De ese modo, uno muere ahogado en el pozo y el otro arrastrado
por la tierra que se le pega a la sangre y finalmente es colgado [del árbol].
Entonces al sacerdote, como el hijo pequeño, el débil, el que no se implica directamente en las injurias, a él la muerte le llega como posibilidad
de pasar a una auténtica conversión. De tal forma que pueda replantearse
sus elecciones fundamentales: el sacerdocio y la opción por servir desde los
pobres. Lo realiza enfrentándose a su muerte en la misa, donde acontece el
sacramento de la “Pascua salvadora”. Eucaristía vivida intensamente desde
el principio al fin, intensidad, eficacia y profundidad en medio de la habitualidad, por lo que el autor resalta también elementos rutinarios y en el
tiempo presente se actualiza el pasado y el futuro. Por lo tanto, tal vez haya
sido ésta, la Misa más vivida, la más experimentada conforme al contenido
esencial que se celebra. Cada Eucaristía es acción de gracias por la muerte
y resurrección de Jesús que nos abre en el hoy la posibilidad de una vida
definitiva y para siempre, eterna.
Del relato puede interpretarse tanto la conversión del protagonista como
la del vengador, Miguel y el Negro. Se logra que el “joven inconsciente”
(sacerdote) asuma y se responsabilice de su omisión para dar el paso a la
acción transformadora. El “joven inquilino” (Blanco 11-46,44) (Negro) mata la
venganza no matando y el perdón les alcanza desde la Palabra performativa:
no hay que exterminar la cizaña. Para cada uno, el elemento maligno es el
otro y puede ser permisible seguir juntos hasta el final, pues solo a Dios le
corresponde el juicio y la sentencia. Y ambos serán en clave de misericordia
y de perdón, porque Dios es así: Amor siempre.
¿Es factible cambiar la historia?
Se presenta con pujanza y fuerza la imposibilidad de cambiar la historia1.
Sin embargo, la Eucaristía como Pascua es paso de la muerte a la vida. El
relato explicita mucho más la primera dimensión (muerte), para recordar
que todo itinerario hacia una vida nueva, la resurrección, ha de pasar inexorablemente por un nuevo nacimiento, la muerte. El final no se cierra,
Podemos pensar la posibilidad de que el Negro no mate a Miguel. Y esto
por dos motivaciones. Una, que el Negro haya sido transformado por la
Palabra de Dios (Mt 13,24-30) y haya podido entender en su fuero interno
y desde sus categorías que el trigo vive con la cizaña, es un dato de campo
cercano a su experiencia. Y en segundo lugar, el final de la Eucaristía, cuando
1  Al
final del cuento todo se acelera desmesuradamente, lo que se muestra en el empleo
de términos que apresuran el desenlace, p.e.: vértigo, vorágine, torbellino, relámpago, etc.
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Saide Cortés J. y Agustina Serrano P.
El tiempo según Ricoeur en Misa de Réquiem de…
se bendice a cada participante, ¿pudo entender, de alguna manera que él,
el Negro (la oscuridad, el maligno,...) fue bendecido y logró irse en paz?
¿Consiguió atisbar que se reparó el mal infringido que le motivó su promesa
de venganza?
Nosotros hoy ¿Creemos que la Eucaristía es un acontecimiento real de
Muerte y de Resurrección que se actualiza en cada celebración? El presente
asume el pasado hacia el futuro. ¿Creemos que la muerte de Cristo no fue
en vano, que en su muerte asumió todo el pecado y que puede transformar
las muertes de los asesinados por el mal(igno)? El perdón nos renueva interiormente perdonando los pecados, y nos otorga la filiación, la dignidad de
hijos de Dios. Desde esta fe ¿Podemos pensar que el mismo Negro lo capta
y al sentirse perdonado y bendecido se transforma?
El ser humano que se sabe perdonado, liberado del mal y regalado del
bien, recupera su identidad de hijo de Dios. Al final de la misa tras la bendición, dice el autor: “Benedicat vos... miró de reojo al fondo de la iglesia.
No, el negro no estaba ahí”. El decir bien de alguien es hacer sagrado, es
honrar su persona ¿la bendición puede cambiar al sujeto devolviéndole su
dignidad, la que le fue arrebatada por el golpe de “la fusta... [cuyo] latigazo
cruzó el rostro del joven inquilino”? (Blanco 44)
Decir bien, bendecir, con la propia vida implica ir asumiendo el ser crucificado: apuñalado, como el padre, patrón tirano; ahogado, como el hermano
mayor, Pedro; y arrastrado y colgado, como Carlos, el hermano mediano. Es
Carlos quien le hace las preguntas existenciales y le denuncia su cobardía,
y su huida. Esta simbología ¿No nos evoca, por un lado, la imagen de la
parábola del hijo pródigo? ¿No nos remite a Cristo en su pasión, que arrastra la cruz, signo del oprobio, y acaba colgado en el madero? La evocación
¿No será capaz de disipar la “banda de fantasmas” (Blanco, 33) que quieren
llevar a Miguel a la muerte?
¿Cabe pensar un futuro abierto?
Finalmente (7.6), Miguel se arrepiente, incluso, de los genes que le
quedan del padre, de los deseos inconscientes de seguir haciendo indigno
al Negro, de su soberbia. Dice el texto: “perdóname dios mío es la sangre
de mi padre que me hierve en las venas a ratos es su orgullo su fuego per­
dóname” (Blanco 45)
Somos invitados a aprender a vivir con el mal sin sucumbir a su poder.
El protagonista dice:
no debemos pensar sólo en el final de la historia. En la separación de
la cizaña. No debemos vivir esperando para otros el momento del fuego,
deseando que la cizaña, la mala hierba, sea apartada de nosotros; que se
nos libere de su contacto. No somos tan limpios para eso, nosotros mismos.
Ni es tan repudiable, quizá, la cizaña. Y en todo caso ¿Podemos juzgarla?
¿Podemos trazar una línea y decir: aquí empieza el mal y aquí el bien, y
nosotros estamos a este o aquel lado? (Blanco, 29)
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Taller de Letras NE2: 139-146, 2012
En el tiempo de nuestra historia se nos pide convivir con la cizaña. Al mal
solo se le responde con el bien: “Crecer codo a codo con la mala hierba y dar
frutos, a pesar de ella o con ella o para ella” (Blanco 30). Y de este modo,
como Jesús, es posible cambiarlo, primeramente en cada uno de nosotros.
El capítulo cuarto, en la mitad del cuento, en el momento de la lectura
de la Palabra de Dios se afirma la presencia contundente del mal, es cuando
se dice “El Negro se hallaba de pie al fondo de la iglesia, al centro” (Blanco
29). El protagonista dice: “Y nos preguntamos por qué y no descubrimos
por qué. No entendemos qué habíamos hecho para merecer aquello [golpe
que indigna, muerte que aniquila, extermina]. Y quizá si nuestro dolor nos
conduce a gritar o a maldecir a quien nos causó daño. O a increpar a Dios”
(Blanco 30)
El final abierto nos estimula a seguir pensando posibles interpretaciones.
El Negro mata y sigue instalada la fuerza del mal. Otra posibilidad, el Negro
se ha ido en paz, la venganza se repara venciéndola (la venganza se venga
vengándola), el negro se ha convertido al recibir el perdón y la paz que lo
dignifican.
El perdón puede fructificar, al menos en un 50%: Miguel parece que se
abre a la gracia y se convierte transformando el odio con amor: dice “sentir
cariño, amor, por quien nos perjudica... esto que digo no es sino expresión
de mi amor cristiano hacia el negro... amar la mala hierba. No apartarla de
nuestro lado, no odiarla, no pagar su odio con odio. Porque si la odiamos,
¿Qué diferencia habrá entre ella y nosotros? ¿Y para qué habría venido Cristo
a la tierra? Amemos y perdonemos” (Blanco 30)
Incluso el perdón podría fructificar en un 100% el negro y el sacerdote.
Y esto porque el centro del cristianismo es el perdón hasta llegar al amor al
enemigo; para el creyente solo el amor puede cambiar la historia.
Obras citadas
Blanco, Guillermo. “Misa de Réquiem”. En Cuero de Diablo. Santiago de
Chile: Zig-Zag, 1966.
Ricœur, Paul. Tiempo y narración: Configuración del tiempo en el relato his­
tórico. Madrid: Siglo Veintiuno de España editores, 1995.
Biblia de Jerusalén. Bilbao: Desclée de vrower, 1998.
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Alberto
Toutin
“Yo meto
la música
T
aller de
Letras NE2: 147-154,
2012
en el tiempo cuando estoy tocando
a veces”…
issn ,0716-0798
“Yo meto la música en el tiempo cuando
estoy tocando, a veces”. La música del
otro lado del tiempo
“I Put the Music Inside of Time Sometimes When I’m
Playing”: The Music of the Other Side of Time
Alberto Toutin
Pontificia Universidad Católica de Chile
[email protected]
El presente estudio busca ahondar en la percepción del tiempo o de los tiempos, visto
desde Johnny Carter, protagonista del cuento de Julio Cortázar, “El perseguidor”. La
música es un umbral que le permite acceder a ese otro lado del tiempo, que sabe a
“para siempre”. De este modo, el relato cumple la función que le asigna Paul Ricœur,
de guardián del tiempo.
Palabras clave: tiempo, relato, Cortázar, Ricœur.
This paper deepens the time’s perception or rather times’s perception, seen by Johnny
Carter, protagonist of the Julio Cortázar’s tale, The Persecutor. For him,the music is a
threshold trough he climbs beyond this time, to this one that tastes of “forever”. By
this way, the story fulfills the function assigned by Paul Ricœur assigns to it, “Time’s
guardian”.
Keywords: time, story, Cortázar, Ricœur.
147 ■
Taller de Letras NE2: 147-154, 2012
Johnny Carter (JC), personaje central del cuento “El perseguidor”, es
un jazzista norteamericano tan virtuoso en el saxo alto como miserable
en su vida. Ya gozando de una fama indesmentible, se muestra incapaz
de organizar mínimamente su vida y su talento; viviendo en casas lúgubres, consumido por la droga y el alcohol, parece haberse abandonado a sí
mismo, hastiado de la vida e incluso de su música –“No vale nada”, repite
en reiteradas ocasiones. Los que lo rodean y acompañan –Bruno, crítico de
jazz y su amigo más fiel, sus amantes de turno, sus mecenas– sienten que
Johnny es desesperadamente inasible, fuera de alcance de toda ayuda. Una
mirada rápida no vería en él sino un perseguido, una víctima de un sistema
social en el que no logra encajar. Sin embargo, se trata más bien de un
perseguidor perseguido, tenaz y obcecado, sin otra arma que su música.
Es lo que se impone a Bruno, tras oír la grabación que ha hecho Johnny de
la pieza Amorous: Él “no es una víctima, no es una víctima como lo cree
todo el mundo [...] ahora sé que no es así, que Johnny persigue en vez de
ser perseguido, que todo lo que le está ocurriendo en la vida son azares del
cazador y no del animal acosado”. Bruno confiesa no saber exactamente qué
es lo que está buscando Johnny, pero sí se da cuenta que ello está presente
como un acicate, como una herida, como un deseo, sólo una vez saciado,
radicalmente inconforme, que quiere aún más y que envuelve con un halo
trágico, absurdo la existencia de este artista: “lo convierte en un absurdo
viviente, en un cazador sin brazos y sin piernas, en una liebre que corre
tras un tigre que duerme” (Cortázar 124).
¿Qué es lo que persigue? ¿De qué manera su música le permite alcanzar
lo que persigue? ¿Qué es lo que lo hace estar, a los ojos de sus contemporáneos, inasible, inalcanzable? A juzgar por la percepción que tiene Bruno,
se trata de un objeto desproporcionado para las fuerzas con las que cuenta
Johnny para alcanzarlo. Existe entonces una desmesura en su persecución,
de algo que hiende más profundamente en él, en la misma medida que es
buscado y, a la vez, se le huye. Con Ricœur, hablando del tiempo vulgar en
Heidegger, nos podemos preguntar si el sentimiento de fugacidad del tiempo
no es el disfraz de nuestra propia huida de cara a la muerte: “Decimos que
el tiempo huye ¿No es acaso porque huimos nosotros mismos, frente a la
muerte que el estado de pérdida, en la cual nos hundimos, cuando ya no
percibimos la relación del ser-arrojado con la preocupación, hace aparecer
el tiempo como una huida y nos hace decir que se va?” (Ricœur, Temps e
récit III: 160)
Adentrémonos brevemente en la percepción del tiempo en Johnny y lo
que busca en él a través de su música.
Johnny es un cronomaníaco.
Bruno comenta de Johnny al inicio del cuento: “He visto pocos hombres
tan preocupados por todo lo que se refiere al tiempo” (Cortázar 88).
A medida que avanza el relato, Johnny describe distintas tensiones que
atraviesan su percepción del tiempo, a modo de una matrioska rusa, en que
a medida que se abre una muñeca aparece otra más pequeña.
■ 148
Alberto Toutin
“Yo meto la música en el tiempo cuando estoy tocando, a veces”…
En primer lugar, la tensión entre el tiempo cronológico de los contratos y de
los ensayos de música, del calendario y el tiempo sentido por Johnny, cuando
toca música. “Todo el mundo sabe las fechas, menos yo –rezonga Johnny”
(Cortázar 89). Esta tensión se agudiza en parte, por la pérdida reiterada de
su saxo. No le queda sino el tiempo cronológico que los otros le recuerdan
perentoriamente. Ya no sabe cuándo tiene ensayo y Dedée, su pareja le
recuerda que eso ya ahora da lo mismo, mientras no tenga un nuevo saxo,
a lo que responde Johnny: “¿Cómo lo mismo da? No es lo mismo. Pasado
mañana es después de mañana, y mañana es mucho después de hoy. Y hoy
mismo es bastante después de ahora, en que estamos charlando con el compañero Bruno y yo me sentiría mucho mejor si me pudiera olvidar del tiempo”
(Cortázar 88). Y esta tensión se agudiza en parte por el recuerdo de algunos
instantes de felicidad, en que su música le permite olvidarse efectivamente
de este tiempo y perderse en otra dimensión. Bruno recuerda un ensayo en
Cincinnati, en 1949 o 1950, en que Johnny estaba tocando con Miles Davis
y otros músicos y de repente, deja de tocar y dice: “Esto lo estoy tocando
mañana”[...] “Esto ya lo toqué mañana, es horrible, Miles, esto ya lo toqué
mañana” (Cortázar 89). La música produce una distorsión en la sensación
del tiempo. No se trataría de una distensio animi- agustiniana sino en una
intensio animi, en un presente e incluso un pasado rápidamente dejado atrás,
por un mañana que se avizora por delante, todos eso en un mismo instante.
Johnny entra en una segunda tensión del tiempo, desde la música que es
una suerte de amplificador del tiempo vivido o sentido por él. Es la tensión,
esta vez, entre el tiempo explicado –el de Bruno, el de los críticos, el que
surge del cerebro “Esto no piensa ni entiende nada” dice Johnny, –y el tiempo
sentido primero en el cuerpo– el tiempo corporal, yo diría pedestre, pegado
al suelo “yo empiezo a entender de los ojos para abajo, y cuanto más abajo
mejor entiendo” e intensificado luego por su música que le ayuda a atisbar, a
sentir el tiempo en su carácter inasible, incontrolable, incomprensible por la
razón. Se trata de un no saber respecto a la razón explicativa y, a la vez, de
otro saber, más cercano a lo que se puede comprender de ese otro tiempo,
a través de los sueños: “Yo creo que la música ayuda siempre a comprender
un poco este asunto [del tiempo]. Bueno, no a comprender porque la verdad
no comprendo nada. Lo único que hago es darme cuenta de que hay algo.
Como esos sueños...” (Cortázar 91).
Lo que Johnny alcanza a balbucear de lo que siente mientras toca música
no es una huida del tiempo, sino un adentrarse en el [otro] tiempo, cualitativamente distinto del tiempo cronológico, transeúnte, callejero: “La música
me sacaba del tiempo, aunque no es más que una manera de decirlo. Si
quiere saber lo que siento, yo creo que la música me metía en el tiempo.
Pero entonces hay que creer que este tiempo no tiene nada que ver con...
bueno, con nosotros por decirlo así” (Cortázar 91). Más adelante precisa que
a diferencia de lo que le dicen sus amigos músicos, Johnny no se abstrae
de sí en la música ni se aliena, sino que “solo cambio de lugar” dentro de
sí mismo. Para decir de este cambio de lugar, utiliza nuevamente imágenes
–como en los sueños– que introducen una nueva tensión esta vez, entre el
tiempo mensurable y el tiempo cualitativo que ha saboreado en su música: es
como en el ascensor, sin darte cuenta, en una sola frase se pasa del primer
piso al cincuenta y dos; o como una maleta en que la que en principio caben
149 ■
Taller de Letras NE2: 147-154, 2012
solo un par de trajes y de repente se puede meter en ella una tienda entera
o como en el metro, en el breve trayecto que dura de una estación a otra,
los recuerdos se agolpan y una vida entera puede condensarse imaginativamente en ese tiempo de un minuto y medio. Johnny lo que hace es que
mete su música, con ese otro tiempo cualitativo, intensivo, condensado, en
el tiempo cronológico que dura tan solo unos compases.
La vuelta al presente, al tiempo del reloj, del metro, de lo que cabe en
una maleta, se hace insoportable para Johnny. Ahonda su percepción de la
futilidad y levedad del pasar la vida. Al mismo tiempo, crece su anhelo de
entrar en ese otro tiempo mediante su música, como la posibilidad no solo
de transmutar el paso fugaz del tiempo sino también de vivir “cientos de
años, si encontráramos la manera, podríamos vivir mil veces más de lo que
estamos viviendo por culpa de los relojes, de esa manía de los minutos y de
pasado mañana...” (Cortázar 98).
Johnny está a la caza de ese otro tiempo que le permite cambiar de lugar
dentro de él mismo, huir de este tiempo cronológico cuyo único sabor es el
de su inexorable avance hacia la muerte, expresada en un sueño recurrente
de urnas, llenas de cenizas que obsesiona a Johnny (cf. Cortázar 116). Esta
percepción de que Johnny vive desde otra dimensión del tiempo, que mediante su música accede al otro lado de la realidad, es ratificada con cierta
envidia por Bruno, para quien tanto esa otra realidad como su acceso a ese
otro lado están vedados: “envidio a Johnny, ese Johnny del otro lado, sin
que nadie sepa qué es exactamente ese otro lado” (Cortázar 106). Bruno
sabe como Johnny que el atisbo de ese otro lado, del otro tiempo, no es
una evasión del aquí y ahora sino ahondarlo desde una percepción que le
resulta para Bruno inaprehensible y para Johnny solo fugazmente percibida
en su música, como un acontecimiento que irrumpe tan imprevisible como
anheladamente. “Y cuando Johnny se pierde como en esta noche en la creación continua de su música, sé muy bien que no está escapando de nada. Ir
a un encuentro no puede ser nunca escapar, aunque releguemos cada vez
más el lugar de la cita” (Cortázar 112). Bruno se perturba por lo que Johnny
alcanza a decir de eso que siente más que piensa, de ese otro tiempo al que
accede mediante su música. De algún modo esa otra realidad, ese otro lado,
ese tiempo que se deja entrever como más auténtico y del que trasuntan
las divagaciones de Johnny, ponen al desnudo en Bruno el inexorable pasar
del tiempo, anónimo, fugaz, imparable en que vive: Johnny no es un ángel
entre los hombres sino que más bien “es un hombre entre los ángeles, una
realidad entre las irrealidades que somos todos nosotros” (Cortázar 122).
Johnny habla de esa otra realidad que una vez que ha sido gustada queda
como una sed enquistada en la carne, insaciable, inquieta. Tan distinta de
la confortable tranquilidad de este tiempo, del aquí y ahora, cuyo transcurrir hacia la muerte se lo enmascara en las explicaciones, en una casa, una
esposa, el prestigio. Desde la nueva jerarquía de valores, que introduce ese
otro tiempo, desde la nueva óptica, que da el mirar las cosas desde el otro
lado, Johnny toma distancia de todo a lo que aspira buenamente Bruno. Todo
eso es para él falsos remedos, inventados por los seres humanos para calmar
la sed de esa otra realidad, apaciguar la búsqueda y conformarse con lo que
está al alcance de sus deseos jibarizados y domesticados por las apetencias
que impone la vida pequeño-burguesa. A estas estrategias narcotizantes
del deseo las llama trampas o “Dios”. “Trampas para que uno se conforme,
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Alberto Toutin
“Yo meto la música en el tiempo cuando estoy tocando, a veces”…
sabes, para que uno diga que todo está bien [...] Trampas, querido..., porque
no puede ser que no haya otra cosa, no puede ser que estemos tan cerca,
tan del otro lado de la puerta...” (Cortázar 145).
O también gente como Bruno llaman “Dios” entre comillas:
– “Está lo que tú y los que son como mi compañero Bruno llaman Dios. El
tubo de dentífrico por la mañana, a eso le llaman Dios. El tacho de basura,
a eso le llaman Dios. El miedo a reventar, a eso le llaman Dios. Y has tenido
la desvergüenza de mezclarme con esa porquería, has escrito que mi infancia y mi familia, y no sé qué herencias ancestrales... Un montón de huevos
podridos y tú cacareando en el medio, muy contento con tu Dios. No quiero
tu Dios, no ha sido nunca el mío” (Cortázar 142).
Se trata de un “Dios”, cuya imagen hace que se lo banalice como un objeto
más entre los objetos disponibles y manipulable por los seres humanos, como
un basurero en donde el ser humano se desolidariza de su responsabilidad
ética por el mal del mundo o incluso como un analgésico que calma la percepción que tarde o temprano que le impone brutalmente que el tiempo que
huye en realidad disimula el que es arrastrado hacia la muerte.
Esta distancia crítica de Johnny respecto a valores asentados en su medio,
hunde sus raíces en lo que él mismo comenta lo que le sobrevino una noche
en Nueva York, en que tuvo la sensación que mediante su música entreabrió
la puerta hacia el otro lado de la realidad, al verse liberado de las coordenadas aprisionadoras del tiempo y del espacio y perderse en lo que solo tenía
sabor a para siempre. Es una vez más el lenguaje icónico de los sueños el
que narra mejor lo que siente Johnny en ese otro tiempo.
Miles tocó algo tan hermoso que casi me tira de la silla,
y entonces me largué, cerré los ojos, volaba. Bruno, te
juro que volaba... Me oía como si desde un sitio lejanísimo
pero dentro de mí mismo, al lado de mí mismo, alguien
estuviera de pie... No exactamente alguien... No era
alguien, uno busca comparaciones... Era la seguridad,
el encuentro, como en algunos sueños ¿No te parece?,
cuando todo está resuelto, Lan y las chicas te esperan con
un pavo al horno, en el auto no atrapas ninguna luz roja,
todo va dulce como una bola de billar. Y lo que había a
mi lado era como yo mismo pero sin ocupar ningún sitio,
sin estar en Nueva York, y sobre todo sin tiempo, sin que
después...sin que hubiera después... Por un instante no
hubo más que siempre... (Cortázar 145):
La impresión que dejó en él el haber podido acceder una
noche, a esa otra realidad, a ese otro tiempo, le dio la
ilusión de poder reiterar, a voluntad, este viaje:
‘–No quiero tu Dios –repite Johnny– ¿Por qué me los has
hecho aceptar en tu libro. Yo no sé si hay Dios, yo toco
mi música, yo hago mi Dios, no necesito de tus inventos’
(Cortázar 142).
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Taller de Letras NE2: 147-154, 2012
Dado que esta experiencia –con sabor pregustado de para siempre– en
realidad no es eterna, sino puntual, su efecto en realidad no es sino el de
interrumpir, en un lugar y momento dados, el curso inexorable del tiempo,
así como la conciencia de la propia finitud y el de ser-para-la-muerte. Sin
embargo, esa conciencia vuelve a emerger infaliblemente en Johnny al
volver a la realidad prosaica y cotidiana, de los ensayos y de los conciertos
por cumplir y más agudamente cuando muere su hija Bee. Entonces, todo
se relativiza y queda envuelto en la ley de la degradación y de la desaparición que acompaña como una sombra al transcurrir del tiempo cronológico.
Incluso las mediaciones que le han posibilitado escalar a estos niveles de la
realidad parecen perder consistencia e interés: Sus amistades, su amor por
las mujeres, incluso su propia música pierden su valor propio al lado de lo
sentido ese tiempo que no tenía después sino para siempre. Johnny cae en
una suerte de resignación ante la indisponibilidad en la que se encuentra
ese pasar del otro lado de la puerta, que un día le aconteció en Nueva York.
“No es cuestión de más o menos música, es otra cosa..., por ejemplo,
es la diferencia entre que Bee haya muerto y que esté viva. Lo que yo toco
es Bee muerta, sabes, mientras que lo que yo quiero, lo que yo quiero...”
(Cortázar 144):
“–Me parece que he querido nadar sin agua –murmura Johnny–. Me
parece que he querido tener el vestido rojo de Lan pero sin Lan. Y Bee está
muerta, Bruno [...] Nosotros... Te digo que he querido nadar sin agua. Me
pareció...” (Cortázar 145).
A modo de conclusión podemos decir lo siguiente:
1.
Johnny Carter es configurado como un personaje cronomaníaco, obsesionado por la cuestión del tiempo. Ello no como una cuestión en sí,
en la vacaría con la tranquilidad del pensador, sino como una realidad
envolvente y atenazadora que en la misma medida que se la atisba,
se aleja. De algún modo, Johnny no sólo encarna las diferentes temporalidades en las que existimos –cósmica y subjetiva–, sino que da a
sentir y por ende a pensar las diferentes tensiones que lo atraviesan
–el tiempo fugitivo que enmascara nuestra propia condición efímera y
fugaz, el tiempo que se interrumpe, ya sea por los instantes que tienen
sabor a para siempre, ya sea por la muerte de un ser querido que sobreviene. En la misma medida que el personaje de Johnny Carter nos
adentra en las diferentes dimensiones del tiempo y nos la da a sentir
en el mundo de la obra que se proyecta hacia el mundo de nosotros,
el mundo del lector, este relato cumple dos funciones importantes. En
primer lugar, el relato “hace trabajar las aporías”1 (Ricœur-Clement,
Faire intrigue, faire question, 197) que atraviesan la percepción y
vivencia del tiempo. De algún modo, las divagaciones de Johnny,
sus momentos epifánicos del tiempo visto del otro lado de nuestra
intratemporalidad, nos hacen atravesar reflexiva y afectivamente las
1  P.
Ricœur, B. Clement, “Faire intrigue, faire question: sur la littérature et la philosophie”
en M. De Revault d’Allones, F. Azouvy, Ricœur (L’Herne 81, Paris 2004), 197.
■ 152
Alberto Toutin
“Yo meto la música en el tiempo cuando estoy tocando, a veces”…
tensiones que configuran el tiempo. Y, en segundo lugar, este relato
cumple la función de “guardián del tiempo”2 (Ricœur, Temps et récit
III, 435) en la medida en que no habría tiempo pensado, sino contado,
tal como ha sido configurado desde la óptica ella misma en tensión
tanto de Johnny como de Bruno.
2.
Johnny es un cazador, un perseguidor de lo que le sobrevino una
noche, tocando en Nueva York, de haber experimentado dentro de sí
mismo la liberación de las coordenadas espaciotemporales y de haber
pregustado un instante que no tenía después sino el “para siempre”.
Desde entonces la tensión constitutiva de lo humano entre nuestra
condición de finitud y nuestro anhelo de infinito se ve imantada por
decirlo así hacia el polo de lo infinito. No estamos ante un infinito
alienante de las condiciones de existencia, del aquí y ahora, sino en
el umbral que abre a esa otra dimensión del tiempo, ya no sujeto a
la ley de la degradación ni de la corrupción que impera en el avance
inexorable del tiempo cronológico. Este desplazamiento que se opera
en la existencia de Johnny hace que su vida quede marcada por un
cierto carácter trágico en la medida en que su anhelo de infinitud no
está ni se deja reconciliar con su propia condición de finitud y, consiguientemente, desvalora las mediaciones que le han permitido acceder
a esos instantes con sabor a para siempre: el vestido rojo de Lan, Bee
su hija pequeña, incluso su música y su talento. En otros términos la
desproporción, la no coincidencia que se da entre nuestra condición de
finitud y el anhelo de infinitud es vivida por Johnny desde la nostalgia
de la música del otro lado, indisponible a su voluntad, incluso a su
mismo deseo en la medida en que no se reconcilia con su propia condición de finitud, lo que hace de él un “absurdo viviente”, un cazador
sin brazos ni piernas, una liebre que corre tras un tigre durmiendo.
3.
La empresa de Johnny por absurda que parezca conlleva una dimensión crítica respecto a todas las estratagemas justificantes que nos
damos para apaciguar la sed de infinito y amoldarla a esos bienes
y relaciones que disimulan el paso del tiempo y su encaminamiento
hacia la muerte. Respecto del “Dios” de la gente como Bruno, Johnny
toma distancia y afirma otro camino: “Yo no sé si hay Dios, yo toco
mi música, yo hago mi Dios”. Más allá de las conexiones que podamos
establecer con el talante creador de los artistas que hacen de ellos
“un pequeño dios” (Vicente Huidobro), aquí “Dios” tiene la función de
Alguien que no se nombra y que se enquista en el anhelo de infinitud
que mueve a Johnny. “Dios” permanece en él como alguien tan solo
atisbado en un instante y al mismo tiempo, como un bastión desde
el cual el personaje no se resigna a que haya tan solo este tiempo
marcado por la caducidad y la muerte.”Dios” es “ese...” que queda
insinuado como indisponible en los puntos suspensivos con los que
concluye el relato de Johnny. Ahora bien del mismo modo que el deseo
de infinitud de Johnny no se deja reconciliar con su propia finitud, así
2  P.
Ricœur, Temps et récit. 3. Le temps raconté (Seuil, Paris, 1985), 435.
153 ■
Taller de Letras NE2: 147-154, 2012
también su imagen de “Dios” no admite ni permite que integre en ella
misma nuestra condición de finitud, que “Dios” esté también de este
lado de la puerta, que haya aprendido nuestra música para decir en
ella, en la densidad de nuestra vida y de las relaciones humanas, en
la creación de los artistas y también en lo inacabado y en el fracaso,
al “Dios con nosotros”. Es esta reconciliación con la propia finitud la
que constituye la condición de posibilidad antropológica para que el
don de lo infinito irrumpa como gracia en el aquí y ahora transeúnte,
tan deseada como radicalmente indisponible a nuestro deseo. Solo se
la puede recibir como un don que como una visita, como una iniciativa
imprevisible.
Obras citadas
Cortázar, Julio. “El perseguidor” en Las armas secretas. Buenos Aires:
Alfaguara, 2005.
Ricœur, P. / Clement, B. “Faire intrigue, faire question: sur la littérature et
la philosophie” en M. de Revault d’Allones, F. Azouvy, Ricœur (L’Herne
81, Paris 2004).
. Temps et récit. 3. Le temps raconté. Paris: Seuil, 1985.
■ 154
Jorge
Vetras
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de L
NE2: 155-167, 2012
El mal para Flannery
O’Connor
issn 0716-0798
El mal para Flannery O’Connor
The Evil According to Flannery O’Connor
Jorge Peña Vial
Universidad de los Andes
[email protected]
Teniendo en cuenta lo que Ricœur denomina refiguración, se analiza la infraestructura
bíblica e incluso profética presente en las obras de Flannery O’Connor. El gran tema
de esta autora teologal es su notable y vívida descripción del mal, su variada acción
corrosiva, y los abundantes disfraces tras los cuales se oculta. Sus narraciones giran
en torno a acciones criminales, violentas y siniestras; sus personajes están arraigados
en el pecado, son refinadamente malvados o abiertamente satánicos. A pesar de esa
fría crueldad e implacable dureza, se nos revela un nuevo orden de existencia, una
súbita conversión, la verdad fulgurante que disipa las tinieblas del error y el pecado
y nos muestra la serena y límpida fisonomía de la realidad.
Palabras clave: mal, pecado, gracia, conversión.
Given what Ricœur calls refiguration, analyzes the biblical and even prophetic infrastructure present in the works of Flannery O’Connor. The great theme of this author
is his remarkable theological vivid description of evil, its corrosive action varied, and
the many disguises behind which is hidden. His stories revolve around criminal activity, violent and grim, the characters are rooted in sin, are refined perverse or openly
satanic. Despite the cold cruelty and implacable hardness, reveals a new order of
existence, a sudden conversion, shining truth that dispels the darkness of error and
sin and shows us the face calm and clear reality.
Keywords: evil, sin, grace, conversion.
155 ■
Taller de Letras NE2: 155-167, 2012
Paul Ricœur expone en Tiempo y Narración, su teoría narrativa a partir
de dos conceptos, mímesis o el “proceso activo de imitar o representar” y
mythos o configuración de la trama (Ricœur, 2004: 83). Fruto de la interacción
de estos dos conceptos se obtiene una narración ya sea ficticia o histórica.
Y aquí juegan un papel clave la famosa trilogía ricoeurina de prefiguración,
configuración y refiguración. El acto de narrar tiene por objeto la acción (el
qué de la obra de arte: el mundo de la acción – mímesis I o prefiguración);
tales acciones deben ensamblarse a través de un proceso integrador (mímesis
II: construcción de la trama o configuración) en un todo, en una historia que
se presente como una totalidad temporal; tal trama, así constituida, tiene
una función de mediación entre un autor y un lector y, por tanto, alcanzará
su inteligibilidad plena en el acto de la lectura, en la intersección del mundo
del texto y el mundo del lector (mímesis III o refiguración). Quería fijarme
sobre todo en el impacto que la obra ejerce sobre el lector. Kafka nos otorgaba un criterio sobre los libros que merecían ser leídos: aquellos que nos
dan con un hacha en la cabeza, que nos transforman, que no nos dejan igual
tras leerlos1. Sin duda la obra de O’Connor produce tales efectos, e incluso,
el dolor de parto y la momentánea ceguera producto del deslumbramiento
y fulgor que significa la apertura a un mundo nuevo, luminoso y elevado,
a una nueva dimensión de la realidad más profunda y verdadera. Steiner
describiendo los efectos de la literatura escribe: “Los mapas que dibuja de
la conciencia y su imitatio de la condición humana son activos: modifican el
paisaje. Hay un nuevo eros después de Dante, una profunda política de las
relaciones humanas después de Shakespeare, la topografía de la guerra ha
cambiado después de Tolstoi” (Steiner, 2001: 182). Algo semejante podemos
decir de O’Connor: la concepción del mal y sus abundantes disfraces ya no
son lo mismo tras sus obras.
La clave hermenéutica para el análisis de la breve pero sustanciosa obra
literaria de la gran escritora norteamericana, la sureña de Georgia, Flannery
O’Connor, es el poderosísimo influjo bíblico y teológico. La Biblia, en expresión
de Voegelin, es la “narración paradigmática”, y para el gran crítico canadiense, Norton Fyre, constituye “El Gran Código” (cfr: Fyre: 1988), es decir,
nos proporciona la gramática y la sintaxis que nos permiten leer, ordenar y
representarnos el mundo, orientarnos en la feroz e insidiosa maraña de la
vida. Esta dimensión bíblica está presente en su obra desde el comienzo, a
modo de paralelo ejemplar, de todos los acontecimientos del hombre y de
su historia. Compendia los asuntos nucleares de la condición humana. Esa
infraestructura bíblica, e incluso profética, se puede apreciar tanto en su
primera novela Wise Blood como en las siguientes novelas cortas y narraciones. Su lectura de Eric Voegelin acentuará esta tendencia, desde 1959 en
adelante, como queda patente “The Violent Bear it away”, “The Lame schall
enter first”, “Revelation”, “Parker’s Back” y “Judgement Day”.
1  A
los veinte años, Kafka escribía en una carta: “Si el libro que leemos no nos despierta
como un puño que nos golpeara en el cráneo, ¿para qué lo leemos? ¿Para que nos haga
felices? Dios mío, también seríamos felices si no tuviéramos libros, y podríamos, si fuera
necesario, escribir nosotros mismos los libros que nos hagan felices. Pero lo que debemos
tener son esos libros que se precipitan sobre nosotros como la mala suerte y que nos perturban
profundamente, como la muerte de alguien a quien amamos más que a nosotros mismos,
como el suicidio. Un libro debe ser como un pico de hielo que rompe el mar congelado que
tenemos dentro”.
■ 156
Jorge Peña Vial
El mal para Flannery O’Connor
Un tema, por no hablar del gran tema de esta autora bíblica y teologal
por antonomasia, es tanto su notable y vívida descripción del Mal como el
análisis de su eficaz y variada acción corrosiva. Ocupa un lugar absolutamente central en su obra. Sus narraciones giran sistemáticamente en torno
a acciones criminales, violentas, perversas; sus personajes están arraigados
en el pecado, son refinadamente malvados por no decir abiertamente satánicos. Despliega un gran virtuosismo literario para describir esas atmósferas
asfixiantes y claustrofóbicas de pecado, egoísmos refinados, obsesiones
fanáticas y soberbio engreimiento. No encontramos en sus obras nada de
lo que es tan común en la novela contemporánea: búsqueda de la felicidad,
placer, poder, dinero, idílicas descripciones de paisajes, soñados romances,
frustraciones amorosas o enardecimientos revolucionarios, bodas y niños
riendo en la casa de campo de la pradera. Quizás por ello la primera impresión que dejan sus relatos es una extraña mezcla de atracción y repulsión,
fascinación y repugnancia. Repulsa y desagrado porque sus personajes son
héroes extremos: deformes, lisiados, retrasados, madres posesivas, intelectuales orgullosos, criminales, obsesos monotemáticos, psicóticos, en fin,
todo el amplio espectro de las deformidades y debilidades humanas. Nuestra
autora, sin una gota de lo que considera un despreciable sentimentalismo, no
hace nada por mitigarlo, por edulcorarlo con buenos sentimientos e ingenuos
humanismos optimistas. Pero a la vez, junto a esa aversión experimentamos
un fuerte atractivo, porque las cuestiones puestas en juego por esas personalidades radicales en su deformidad o anomalía psíquica, son las cuestiones
neurálgicas –frecuentemente acalladas– de la condición humana.
No extraña que leer a Flannery O’Connor sea exponerse a una experiencia fuerte y no del todo agradable. Sin embargo, a pesar de esa fría
crueldad e implacable dureza, se nos revela un nuevo orden de existencia,
una súbita conversión, la verdad fulgurante que disipa las tinieblas del error
y el pecado y nos muestra la serena y límpida fisonomía de la realidad. El
mal abunda y se enseñorea de sus tramas narrativas, sus personajes están
impregnados de su pestilencial atmósfera sólo mitigada por sutiles toques
de humor negro y presentación caricaturesca. No sorprende, entonces, que
muchos críticos y lectores retrocedan horrorizados y anhelen alimentos más
suaves y digeribles que encuentran con facilidad en la inmensa industria del
mundo de la entretención. O’Connor de modo profético salía al paso de esta
concepción de la novela como meramente agradable y entretenida: “Me irrita
sobremanera la gente que insinúa que escribir literatura es evadirse de la
realidad. Es zambullirse en la realidad y el impacto resulta muy duro para
el organismo” (O’Connor, 2007: 91)2. A dichos lectores les es muy difícil
2  “Hoy
muchos lectores y críticos han establecido una especie de ortodoxia para la novela.
Exigen un realismo basado en hechos que, más que ampliar, puede limitar a largo plazo el
alcance de la novela. Entienden que el único material legítimo de la novela está ligado al
movimiento de las fuerzas sociales, a lo típico, y a la fidelidad a las cosas tal como aparecen y
suceden en la vida normal. Esto suele ir acompañado de un generoso tratamiento de aquellos
aspectos de la existencia que los novelistas victorianos no podían abordar directamente”
(Ibídem pp. 53-54). “Una vez recibí una carta de una anciana de California en la que me
comunicaba que cuando el cansado lector llega por la noche a su casa, desea leer algo que
le alegra el corazón. Y parece que ninguna de mis obras le había alegrado el corazón. Creo
que si hubiera tenido el corazón en su sitio se le habría alegrado” (Ibídem, p. 62).
157 ■
Taller de Letras NE2: 155-167, 2012
comprender esos personajes lisiados, espiritualmente vacíos, enfermizos y
perversos que pululan en sus novelas y cuentos. Menos aún que esa siniestra
y lúgubre experiencia pueda ser el detonante de una revelación sobrenatural,
de una deslumbrante conversión o de una manifestación trascendente. A
estos lectores superficiales, siempre al acecho de algo que les entretenga y
permita evadirse e identificarse con apuestos galanes o seductoras damiselas,
les resultan chocantes y repulsivos estos personajes satánicos que pululan
en las obras de nuestra autora y que frecuentemente son la encarnación
del principio destructivo y siniestro de la presencia del mal en el mundo.
En otras palabras, esos personajes suelen ser la personificación visual del
demonio. De más está decir que ella creía firmemente en la existencia del
demonio, y por así decir, veía constantemente su corrosiva y destructiva
actuación en el hombre y en el mundo. Por tanto, no puede extrañar la incomprensión de muchos de los lectores, desconcierto que se veía aún más
acrecentado por su crasa ignorancia doctrinal y religiosa: “They no longer
believe in the validity of the sacraments and they do not know the devil”
(carta 4 february 1960).
De modo sistemático Flannery O’Connor se dedica a desenmascarar el
mal, muchas veces encubierto bajo apariencias de bondad, filantropía e incluso ostentosa religiosidad; otras nos lo presenta al desnudo, pestilente y
en toda su fuerza destructiva. No hay lugar para bonachonas interpretaciones
humanistas que descarguen de la culpabilidad en variados determinismos
sociales o psicológicos. Sean cuales sean sus taras biológicas, sus traumas
o condicionamientos sus personajes son siempre libres y responsables de
sus actos, sobre todo libres para aceptar o rechazar a Dios. Esas opciones
radicales otorgan a la existencia humana una estructura dramática.
Inés Montero y Garmíndez, en su tesis doctoral defendida en la Universidad
Complutense, pasa revista a las múltiples interpretaciones que los críticos
han dado de la presencia del mal en O’Connor. Se han dado explicaciones
psicológicas y sociológicas de variada índole, pero le llama la atención que
la mayoría de ellas ignora la dimensión bíblica y estrictamente teológica
(Cfr: Montero y Garmíndez: 1984; Preston: 1974). Browning apunta un dato
importante: la mejor manera de comprender la preocupación de O’Connor
por el mal, por la perversión premeditada, por las deformaciones físicas
y espirituales, en una palabra, por lo demoníaco, es recordar algo que la
mente secularizada del hombre moderno ha olvidado totalmente, a saber, la
mutua relación dialéctica entre lo satánico y lo sagrado. Si se ignora uno de
de estos dos polos, recaemos en la ignorancia del otro. Abundarán entonces
en la literatura contemporánea formas híbridas y entremezcladas de bien y
mal, de lo sagrado y demoníaco, indiscriminadas, confusas, aleatoriamente
combinadas en una tibieza repulsiva poco clara y delimitada. Formulado
en los tajantes términos de Lutero: si no hay Demonio, no hay Dios. Lo
demoníaco, las formas más sórdidas de perversión y maldad están en una
tensión dialéctica con lo sobrenatural de modo mucho más revelador que la
grisácea tibieza del burgués satisfecho de sí mismo. Tras la tormenta, con
sus momentos paroxísticos de truenos, rayos, relámpagos y copiosa lluvia,
sobreviene la serenidad de un límpido cielo azul propio de un día despejado,
soleado y luminoso. Flannery O’Connor se vale de lo demoníaco y de sus
siniestros y esperpénticos personajes para obligar al lector a enfrentarse a
■ 158
Jorge Peña Vial
El mal para Flannery O’Connor
esas cuestiones últimas y radicales que consciente, y las más de las veces
sin darse cuenta, procura cobardemente escamotear por los vuelcos que
pueden implicar para su vida. Siempre será molesto enfrentarse consigo
mismo y cuestionarse el modo de vida que hasta ese momento se vive de
modo acrítico y confortable.
En varios relatos, cuestión que desconcierta a los lectores, el demonio
es el instrumento para un descubrimiento. A ella le gusta desenvolverse
en el “territorio del diablo”, por lo que éste puede revelar, pero, y así lo
explica, “más que el diablo, estoy interesada en el indicio de la gracia, en
el momento en que sabes que la gracia ha sido recibida y aceptada (...)
Estos momentos están preparados (al menos por mí) por la intensidad de
las experiencias negativas” (O’Connor, 1961: 118). Se vale de lo demoníaco, del personaje satánico o con poderes satánicos, para que el hombre
se enfrente consigo mismo, afronte cara a cara sus oscuras complejidades
psíquicas, esa realidad que suele camuflarse tantas veces en las variadas
modalidades de un cristianismo meramente moralista o confortablemente
burgués. No son pocos los lectores y críticos que consideran exageradas e
incluso esperpénticos esta tendencia a revelar las tortuosas sendas de lo
demoníaco bajo infinidad de disfraces y múltiples apariencias. No cabe leer
los relatos de nuestra autora con ingenuo optimismo y candorosa superficialidad, pues desde el comienzo, sin pausa ni tregua alguna, nos sumerge
en asfixiantes y claustrofóbicas atmósferas de terror, maldad y crueldad. Al
respecto resulta muy sintomático lo que el crítico John Hawkes denuncia en
su artículo en Savage Review, publicado en 1962, cuando sostiene que ella
hasta tal punto reproducía, llevado por su impulso creativo, la voz auténtica
del demonio, que se hacía partícipe, quizás sin darse cuenta, del partido del
maligno. Al analizar su estilo concluye que en sus relatos la voz de nuestra
escritora y la del demonio son una y la misma, se identifican formando una
única voz. Se vale de varios ejemplos de sus narraciones para demostrar
–quizá inconscientemente– que Flannery O’Connor postula y defiende en
su obra una serie de valores esencialmente diabólicos, todos ellos girando
en torno a un nihilismo absoluto, patrimonio exclusivo del demonio. Sería
solapada e inconsciente paladín del demonio, “mostrando sus acentos más
auténticos cuando habla en nombre del demonio”. La postura de este crítico
es análoga a la equivocada conclusión de Stephan Zweig sobre el presunto
ateísmo de Dostoievski, cuando sostenía en su biografía sobre el escritor
ruso, de que sólo quien era ateo podía reproducir tan fidedignamente las
argumentaciones contra la existencia de Dios. Además John Hawkes no
sólo publicó un artículo con esas demoledoras acusaciones contra Flannery
O’Connor, sino que tuvo ocasión de formulárselas personalmente a la cara.
La respuesta de nuestra escritora fue a la vez breve, mordaz, tajante y tremendamente lúcida: “Hawkes idea of the devil correspond(ed) to her idea
of God” (Hawkes, 1969: 146). Su perspectiva es netamente teológica y las
aproximaciones de corte psicológico y sociológico, además de ser parciales
y frecuentemente reduccionistas, se quedan cortas para dar cuenta de experiencias y fenómenos sobrenaturales.
Nuestra autora compartía la idea del cardenal John Henry Newmann para
quien toda obra literaria de los tiempos modernos –por ser una época vacía de
valores espirituales y morales– debía convertirse en una crónica del pecado
159 ■
Taller de Letras NE2: 155-167, 2012
y de la redención. Lo que sería verdaderamente detestable no serían las perversiones del pecado, sino la actitud del burgués satisfecho y complaciente
consigo mismo, propios del hombre tibio que según el Apocalipsis de San Juan
será vomitado con repugnancia. Como tantas veces mostró Dostoievski la
dialéctica ascensional que impulsa hacia el bien puede tener su origen en el
hondo sufrimiento que procede del arrepentimiento por el pecado. Flannery
O’Connor recoge en sus relatos la multisecular experiencia de tantos cristianos
que sólo se abren a una dimensión trascendente de la existencia a través de
experiencias fuertes como la enfermedad, angustia, desengaño, pecado. Con
lucidez lo afirma: “The writter has to make the corruption believable before
he can make the grace meaningful” (Esprit VIII: 20).
Hay verdadero talento artístico en ese hacernos patente, visible y vívidamente representado la corrupción en todas sus formas y frecuentemente
oculta en actitudes bondadosas y virtudes sonoras. Pero es precisamente en
ese terreno fangoso y asfixiante del mal y del pecado donde refulge la gracia
plena de sentido y significación. Sin embargo, esa atmósfera de violencia y
de muerte, que impregna la mayoría de sus relatos, no es un mero refocilarse en vívidas descripciones de las que sólo se infiere nihilismo, angustia
y desesperación, sino que esa atmósfera claustrofóbica y demoníaca, es
ocasión del “momento de la gracia”.
Flannery O’Connor escribe: “El lector descubrirá en mis relatos que el
diablo realiza gran parte de los trabajos preliminares aparentemente necesarios para que la gracia surta efecto (...) Para afirmar nuestro sentido del
misterio necesitamos un sentido del mal que vea en el demonio un espíritu
real al que hay que obligar a decir su nombre, y no basta que se presente
como un mal indefinido, sino que debe decir su nombre con su personalidad
concreta en cada momento. La literatura, como la virtud, no prospera en
una atmósfera donde no se reconoce al mal como algo que existe a la vez
en sí mismo y como necesidad dramática esencial para el escritor (...) En
todo gran relato hay un momento en el que se puede sentir la presencia
de la gracia mientras aguarda a ser aceptada o rechazada, aun cuando el
lector no reconozca ese momento” (O’Connor, 2007: 125-126). Comprueba
que en sus relatos siempre hay una acción completamente inesperada que
irrumpe provocando una reacción catártica a través de la cual se ofrece la
gracia. Y descubre que con frecuencia en esa acción, el diablo ha sido el
involuntario instrumento de la gracia. “En pocas palabras, leyendo mis escritos he descubierto que el tema de mi obra es la acción de la gracia en un
territorio en gran parte dominado por el demonio. También he descubierto
que quien lee lo que escribo es un público que da poco crédito a la gracia o
al demonio”(O’Connor, 2007: 127).
Quizás conviene insistir acerca de la gravedad y respeto que para nuestra autora tienen tanto lo sacro como lo demoníaco. Ante esas realidades
no se juega ni se bromea. En Templo del Espíritu Santo, las dos hermanas
que acuden al Convento Santa Escolástica y que se mofan de esta realidad
proclamada en las cartas de San Pablo, no es en absoluto tomado a la ligera
por la niña que protagoniza el relato, inteligente, crítica y mordaz quien se
burla de la estupidez y frivolidad de las dos hermanas cortas de inteligencia
y de horizontes. Sólo en Sangre sabia, su primera novela, encontramos
■ 160
Jorge Peña Vial
El mal para Flannery O’Connor
una soterrada burla a esos predicadores fanáticos con su espiritualidad
de caseta de feria en el que se corre el peligro de que desaparezca todo
sentido de lo sagrado y todo espíritu religioso, abriendo así las puertas a la
peor pacotilla, a esas majaderías irracionales y mistificadoras que son una
parodia ridícula y blasfema de la religión y la espiritualidad. Nuestra autora,
como buena seguidora y admiradora de Tomás de Aquino, siempre tuvo la
certeza de la armonía existente entre la razón y la fe, la concordancia entre
lo que la ciencia demuestra por la razón y lo que se sabe por revelación.
Flannery O’Connor desarrolló una aguda perspicacia para detectar lo que es
una verdadera religiosidad y un auténtico sentido de lo sacro respecto de lo
que constituye una burda imitación fraudulenta. Sabía discriminar entre una
auténtica y recia espiritualidad de aquellos sentimentalismos bondadosos
que son remedo y caricatura del verdadero sentido religioso. La ciencia y la
religión católica son claras y racionales, distinguen bien entre lo que puede
ser demostrado científicamente y lo que excede a la razón, que no es irracional, sino suprarracional, es decir, aquellas verdades que nuestra razón finita
y limitada no alcanza a aprehender por su excesiva inteligibilidad llena de
fulgor. El padre Brown, el inmortal personaje de Chesterton, desenmascara
a un ladrón disfrazado de cura porque lo oye disparatar contra la razón y
de ese modo comprende que no ha estudiado teología. Para Chesterton el
verdadero misterio religioso se sitúa bajo una luz límpida y neta, y se formula con claridad en su complejidad, de modo análogo a como la verdadera
poesía revela las profundidades abismales de la vida y el alma humana con
fría precisión y tersa claridad, alejada de toda retórica impresionista y difusa.
Flannery O’Connor invariablemente se mostró respetuosa y fiel al misterio
de la realidad, consciente de que nunca se logrará explicarlo exhaustivamente, pero sin por ello ceder en el esfuerzo racional por entenderlo, y con
la convicción de que siempre cabe una insospechada luz del Logos que se
ha hecho carne. Para ella tanto la religión como la ciencia sufren la agresión
de la ramplona orgía irracionalista con toda su caterva de satanismos, horóscopos, astrología, ocultismo y demás majaderías.
Inés Montero y Garmíndez concluye: “Y abandonaremos las teorías
que la aclaman como autora gótica, autora grotesca, autora humorística,
y aun la que la proclama autora católica, para darle la categoría de autora
eminentemente teológica y, especialmente, por su concepto del mal como
causa del plan salvífico de Dios llevado a cabo por medio de la redención de
Cristo, la «feliz culpa» de la liturgia del Viernes Santo, la consideraremos
como autora decididamente bíblica” (Montero y Garmínez, 1984: 518). Ella
misma lo había sostenido en varios de sus ensayos: “From the Scripture (I)
have absorbed... a knowledge that evil is not simply a problem to be solved,
but a mystery to be endured” (Ibídem: 519).
Tramas de violencia, crueldad y muerte
Todos sus héroes y personajes de alguna manera personifican y encarnan
el mal en sus abundantes aspectos y modalidades. Obsesiones, fanatismos,
crasa ignorancia religiosa, ceguera moral, vana complacencia en la propia
virtud, fariseísmo, soberbia en el altruismo, falsa generosidad, ateísmos
vehementes, es decir, toda una extraña proliferación de maldad, en ocasiones sutilmente refinada, que merece el nombre de satánica. Sin embargo,
161 ■
Taller de Letras NE2: 155-167, 2012
toda esta siniestra maldad que se traduce en actos criminales y delictivos,
conducirá a un momento de epifanía que hará caer la escama de los ojos y
provocará una verdadera sacudida existencial. Sólo pocos de estos personajes experimentarán una revelación salvífica: en la mayoría predominará
la condición humana horrendamente marcada por el pecado.
Si bien el mal reina soberanamente en su obra y abarca la casi totalidad
de sus manifestaciones, hay un aspecto del mal que curiosamente está ausente en sus narraciones. No se dan ni menos se describen los desórdenes
del sexo, sobre los cuales tan minuciosamente una y otra vez vuelve la literatura actual, aunque la mayoría de las veces no lo considere un desorden,
sino simplemente una inocente necesidad natural o algo sin mayor trascendencia que la de un mero ejercicio gimnástico. El pecado sexual casi no se
menciona en sus relatos y cuando se hace alguna alusión ésta es descrita
de manera ligera y humorística, tomado a la broma. O’Connor es del todo
consciente de esta voluntaria discreción en sus relatos y se hace cargo del
desenfado carente de pudor y buen gusto de la literatura contemporánea.
“Es sólo durante los últimos cincuenta o sesenta años cuando los escritores
han conseguido una presunta emancipación de la moral victoriana. Ésta era
una licencia que abría muchas posibilidades en la literatura, pero nunca es
bueno para la cultura el día en que una libertad así entendida se acepta
como algo general. El escritor carece de derechos, salvo aquellos que se forja
dentro de su propia obra. Nos han inundado con tanta literatura deplorable,
basada en libertades inmerecidas, o en la noción de que la literatura debe
representar lo típico, que las formas más profundas del realismo son cada vez
más incomprensibles para el público”(O’Connor, 2007: 54)3. Simplemente a
modo de ilustración vemos que Sahra Ham es una ninfomaníaca que acosa
a Thomas, pero la trama de “Las comodidades del hogar” no está centrada
en el peligro que esto significa para Thomas, sino en su vanidad y ceguera
moral que le impulsa a ver el mal en los demás, en la lujuria de Sarah, en
la compasión perversa de su madre, sin darse cuenta de que el mal está
apoderándose insidiosamente de él mismo. El protagonismo lo ejercen pecados y alienaciones espirituales de mayor entidad: orgullo ciego, soberbia
intelectual, vanidad pueril, afán de dominio, etc.
3  Posteriormente,
en su ensayo “La Iglesia y el escritor”, añadirá al respecto: “Separando
naturaleza y gracia hasta el extremo, ha reducido su concepción de lo sobrenatural a un
cliché piadoso y ahora sólo es capaz de reconocer la naturaleza en la literatura bajo dos
formas: lo sentimental y lo obsceno. Parecería que prefiere la primera, si bien es más experto
en la segunda, pero la semejanza entre las dos se le escapa” (Ibídem, p. 153). Muestra
conocimiento del alma humana y verdadera sabiduría pedagógica cuando escribe: “El autor
[contemporáneo] suele ausentarse de la obra, se abstiene de participar directamente en
ella, y deja al lector solo para que se abra camino entre unas experiencias presentadas
dramáticamente y simbólicamente ordenadas. El novelista contemporáneo funde al lector
en la experiencia, tiende a levantar las pasiones que toca.(...) Una cosa es que el niño lea
cosas sobre el adulterio en la Biblia, o en Anna Karenina, y otra muy distinta que las lea
en la mayoría de las novelas contemporáneas. No sólo porque en los dos primeros casos el
adulterio es considerado pecado, y en el último un inconveniente como mucho, sino porque
la escritura contemporánea involucra al lector en la acción con un nuevo grado de intensidad,
y los usos literarios actuales le dan la oportunidad de verse involucrado en cualquier acción
de la que un ser humano sea capaz” (Ibídem, pp. 145-146).
■ 162
Jorge Peña Vial
El mal para Flannery O’Connor
Si algo caracteriza el mundo creado por Flannery O’Connor es la omnipresencia de la violencia en todas sus modalidades, verbal y física4, y la
muerte, no sólo como término irremediable sino como momento epifánico
de la verdad e instante culminante de la vida. Pero claramente esta violencia
tiene características distintas a la presente en la literatura contemporánea,
véase Hemingway o Corman Macarthy. Esa violencia, cruda y sin más, carece
del efecto catártico y revelador que apreciamos en los escritos de nuestra
escritora y menos aún es tomada como vehículo que afecte al hombre en
las profundidades recónditas de su espíritu. “Es en las situaciones extremas
donde mejor se revela lo que esencialmente somos (...) La violencia es la
fuerza que puede utilizarse para el bien y para el mal, y entre las cosas
que puede conquistarse con ella se encuentra el reinos de los cielos. Pero
al margen de lo que se puede conquistar con la violencia, el hombre en una
situación violenta revela las cualidades más esenciales de su personalidad,
esas cualidades que son lo único que puede llevarse a la eternidad” (O’Connor,
2007: 123)5.
La muerte es el momento supremo de la vida y para nuestra autora el
instante supremo de la verdad, “la posición más significativa que la vida
ofrece a un cristiano”. Su visión de la muerte posee una concepción marcadamente religiosa y esencialmente escatológica. Es el momento de la
revelación definitiva de la verdad, del desenmascaramiento del error y de la
ilusión acerca de nosotros mismos: un verdadero despertar en contacto con
la rocosa dureza de la realidad.
El momento de la gracia y el protagonismo del demonio
“Grace can bear violent or would have to be to compete with the kind of
evil I can make concrete. There is a moment of grace in most of the sto­
ries or a moment where it is offered, and is usually rejected”6. Los sucesos
crueles y violentos están teleológicamente encaminados a hacer posible el
“momento de gracia”. Paradójicamente ese momento crucial no llega en momentos pacíficos, serenos o felices y sus protagonistas suelen ser personajes
que presentan profundas anomalías en el orden físico o mental: retrasados,
4  Una
breve ojeada a la trama de sus narraciones es al respecto del todo elocuente. En Wise
Blood hay palizas, asesinatos, automutilación y extravagante flagelación; en A Good Man
is Hard to Find una familia completa muere asesinada a sangre fría; en The River, un niño
voluntariamente decide morir ahogándose en el río con el fin de bautizarse; en A Cicle in
the fire, unos pirómanos queman el bosque; en The Displaced Person, un tractor colocado
estratégicamente aplasta y mata a M. Guizot; en The Violent Bear it away asistimos a una
violencia totalmente desbocada a lo largo de 140 páginas con muertes violentas, holocaustos
con caracteres de cataclismo, un bautismo mortal, violación a manos de un homosexual
y violencia verbal al por mayor; en Everything That Rises Must Converge, la madre de
Julian muere después de un golpe brutal de una negra ofendida; en A View of the Woods,
el abuelo mata a su nieta golpeándola contra una roca y muere a su vez de un ataque al
corazón; en The Comforts of Home Julian mata a su madre al recibir ésta la bala destinada
a la ninfomaníaca Sally; en The Lame Shall Enter Firt, Norton, el hijo retardado se suicida
colgándose de una viga, único medio que conoce para unirse a su madre muerta. La lista
no es completa, pero suficiente.
5  Esto lo dice a propósito del Inadaptado en Un hombre bueno es difícil de encontrar.
6  Carta de Flannery O’Connor a Andrew Lytle el 4 de febrero de 1960.
163 ■
Taller de Letras NE2: 155-167, 2012
tullidos o con deformaciones físicas, morales y espirituales. No son los justos
los necesitados de redención.
“He descubierto que en mis cuentos la violencia tiene la extraña capacidad
de devolver a mis personajes a la realidad, y de prepararlos para aceptar su
momento de gracia. Tienen la cabeza tan dura que esto es casi lo único que
funciona. El lector indiferente rara vez comprende esta idea, que la realidad
es algo a lo que debemos volver tras pagar un alto precio, pero está implícita
en la visión cristiana del mundo” (Connor, 2007:122). Esa es la finalidad de
la violencia: hacer posible el momento de gracia que permita despertar a
una auténtica visión de la realidad7. Ese momento catártico le puede llegar
no sólo a los que son víctimas de una desgracia sino también a los que
realizan en el mal que infieren a los demás8. Asimismo Haze Motes (Wise
Blood) y Tarwater (The Violent Bear it Away) reciben el momento de gracia
como consecuencia inmediata del crimen cometido de modo premeditado.
Este último necesitará una sacudida aún más fuerte y chocante que el mero
acto criminal como es la violación que sufre de manos de un homosexual.
Sin embargo en varias de las narraciones contenidas en Everything That
Rises Must Converge se produce un cambio de perspectiva. Los que desencadenan los momentos de gracia no son criminales o advenedizos que irrumpen
desde el exterior con sus intenciones perversas, sino que las tensiones y
crisis serán intrafamiliares, provocadas por los propios parientes cercanos
con los que se convive (la esposa, muchas madres posesivas y dominantes,
la nieta, el abuelo)9. En todo caso ese momento de gracia siempre ha sido
7  En
Un hombre bueno es difícil de encontrar, la abuela con toda su frivolidad, banal
parloteo y aires de superioridad social encuentra su momento de la gracia cuando reconoce
en el Inadaptado a uno de sus hijos y le tiende la mano en un gesto de conmiseración y
comprensión. Las palabras que denotan esta revelación O’Connor las pone en labios the
Misfit cuando dice: “She would been a good woman if it had been somebody there to shot
her every minute of her life”. Asimismo la tragedia abre los ojos de Hulga (La buena gente
del campo), de Mrs. Cope y Mrs. Martin. Hulga, la universitaria de inteligencia superior,
aislada y frustrada por su deficiencia física, pretende seducir al presuntamente inocente
vendedor de biblias como si fuera un juego con un ser crédulo y de talento inferior, pero se
encuentra de frente con el mal al desnudo, cuando éste la despoja de su pierna artificial. La
voluntariosa Mrs.Cope, orgullosa de sus propiedades y de su trabajo en sus tierras, se ve
desarmada cuando irrumpe el mal a través de la venganza de los tres chiquillos que prenden
fuego al bosque. Mrs. Turpin (Revelación) del todo contenta de sí misma y agradecida de
Dios por los inmensos dones que la hacen superior a los demás, por su sentido común y por
su prosperidad, sufrirá una auténtica revelación de una niña intelectual, fea y desagradable,
que se le abalanza diciéndole: “Go back to hell where yo come from, you old wart hog”.
Comprende su realidad de pecadora frente a una pocilga de cerdos y oye el grito: “Who do
you think you are”.
8  Es el caso de Mrs. McIntyre (La persona desplazada), Julian (Todo lo que sube converge),
la hija de Tanner (El día del juicio) y Mr. Head (El negro artificial).
9  A este grupo pertenece Mr. Fortune en “A view of the Woods”; Asbury en “The Enduring
Chill”; la mujer de Parker, fea, hosca y para colmo embarazada, con repulsión a los tatuajes,
será la que posibilitará la revelación de Parker en “Parker’s Back; Sheppard en The lame
Schall Enter First con el ingenuo optimismo humanista de su psicología reformadora de mera
bondad natural fracasa en su intento de cambiar a Rufus, descuidando a su propio hijo.
Pierde su compostura y ecuanimidad ante el ataque y bajeza de la acusación de Rufus, y
sólo entonces, aterrorizado ante la presencia del mal, se da cuenta del abandono en que ha
dejado a su hijo Norton. El arrepentimiento de Sheppard es completo, pero desgraciadamente
tardío: “a few feet over (the telescope), the child hung in the jungle of shadows, just below
■ 164
Jorge Peña Vial
El mal para Flannery O’Connor
el resultado del mal, del error, de la tragedia, del pecado y la catástrofe. Ha
sido necesaria una situación extrema para tomar conciencia de su realidad,
de su condición de pecador, para tener la posibilidad de dar una libre respuesta a Dios. Cuando se vive en las honduras del mal y del pecado, nos dice
O’Connor, pareciera que ésa fuera el único camino hacia Dios y la verdad.
“La experiencia me ha enseñado que lo que se necesita para lograr que
un cuento funcione es una acción completamente inesperada y, a la vez,
completamente creíble, y he descubierto también que, en mi caso, es siempre una acción a través de la cual se ofrece la gracia. Y, a menudo, es una
acción en la que el diablo ha sido el involuntario instrumento de la gracia”
(O’Connor, 2007: 126-127). Ese derrumbamiento traumático de las ilusiones,
sobre todo las que se tienen sobre la propia rectitud y autosuficiencia –tema
preferido de nuestra escritora– cuenta con la ayuda expresa del demonio
o de personajes satánicos. Y ya vimos que no tiene una idea vaga y difusa
del demonio como mera tendencia psicológica hacia el mal, sino como
presencia real, identificable, concreta y susceptible de ser nombrado como
tal. Abundan personajes satánicos: Shiflist en La vida que salves podría ser
la tuya, Manley Pointer en La buena gente del campo. Y nos encontramos
con Satán en persona en The Violent Bear It Away que al principio aparece
como un producto imaginario de la borrachera de Tarwater, más tarde es ya
la visión de un extraño individuo, con la cabeza cubierta con un panamá,
que se le presenta como amigo y protector de joven rebelde. Tres veces en
la novela hablará Satán a Tarwater, y lo hará desde el exterior empleando
una voz humana con la que entabla un diálogo mental. El muchacho capta
con claridad la disyuntiva en que se encuentra y su decisión será “o Jesús o
el Diablo”. La respuesta del falso consejero denota una refinada estrategia
diabólica que paradójicamente resulta ortodoxa y nos recuerda la opción
agustineana: “no no no, the stranger said, there sin’t no much a thing as
a devil, I can tell you that from my own self-experience, I know that for a
fact, It sin’t Jesus or devil. It’s Jesus or you”. Efectivamente ésa es la opción
fundamental, la absolutización del yo, elegirnos a nosotros mismos o a Dios.
Asimismo, en Las comodidades del hogar, el demonio está presente bajo la
figura del padre de Thomas, quien ya ha fallecido y ha sido un juez inmoral,
a quien Thomas no podía soportar pero al que echa de menos para expulsar
de la casa a la intrusa ninfomaníaca de Sally. Le susurra y le incita a tomar
medidas desesperadas, a actuar como un hombre que se hace valer.
Para nuestra escritora ni la literatura tiene un auténtico sentido dramático ni tampoco prospera la virtud, en un ambiente donde el demonio no es
reconocido ni aceptado con una existencia real, personal y concreta, y no
simplemente un mero nombre para designar una vaga tendencia a un mal
the herm from which he had launched his flight into space”. Elisabeth y Calboun en The
Partridge Festival si bien entre ellos no se llevan bien coinciden en despreciar la fiesta del
pueblo y en sus ideas liberales y humanistas tendientes a comprender al asesino Singleton
como víctima de la sociedad y de diversos determinismos psicológicos y sociales. Estas
ingenuas ideas se hacen trizas cuando consiguen ver a Singleton que se lanza sobre ella y
prorrumpe en obscenidades. El momento de la iluminación ante el mal al desnudo ha sido
duro, pero se despojan del aire crítico e intelectualoide de sus ideas y de su desprecio del
pueblo.
165 ■
Taller de Letras NE2: 155-167, 2012
abstracto y difuso. Así lo afirma expresamente: “Nuestra salvación es un drama
que se desarrolla con el demonio, un demonio que no es simplemente el mal
generalizado, sino una inteligencia maligna resuelta a afirmar su supremacía. Creo que si los escritores con una visión religiosa del mundo sobresalen
actualmente en la descripción del mal es porque tienen que lograr que su
naturaleza resulte inequívoca para el público” (O’Connor, 2007: 173-174).
Podemos preguntarnos acerca del rasgo biográfico en Flannery O’Connor
que explique su notable perspicacia y sabiduría no sólo para describir con
talento inigualable las diversas facetas del mal, sino también para descubrirnos las dimensiones trascendentes, dramáticas y reveladoras que nos abre
la lucha contra estas fuerzas del mal. Consideramos que su enfermedad,
en lo que implicó de frustración de sus ilusiones juveniles de independencia
tras su exitosa primera novela, tanto respecto de su madre, a quien quería
pero era una mujer autoritaria y en extremo eficiente, como al hecho de
salir del ambiente estrecho y sin horizontes de Millergeville, es decir, tanto la
aceptación llena de sentido de su enfermedad como el estrepitoso derrumbe
de su proyecto de vida de convertirse en una escritora autónoma y libre de
lazos familiares y pueblerinos, le otorgaron una profundidad y una clarividencia difícilmente lograble de no haberlo experimentado en carne propia.
Ese sufrimiento y limitaciones que le supusieron estar anclada a la soledad y
aislamiento de su granja de Andalucía no sólo le permitió formarse leyendo
libros de envergadura filosófica, teológica y literaria, sino que, sin ninguna
gota de conmiseración por su estado, le sirvió para agudizar su capacidad
intelectual y artística abriéndole a dimensiones de la realidad a las que sólo
se accede a través del sufrimiento y a la luz de las cuestiones eternas que
otorgan verdadero sentido a la existencia humana. La edificante serenidad
con que sobrellevó su enfermedad, llena de fe e incluso fino sentido del
humor, junto a la conciencia que disponía de poco tiempo para desarrollar su
vocación literaria, le otorgaron una lucidez portentosa para penetrar en las
complejas y quemantes cuestiones de la vida humana. Ella insistía en que
el arte literario radicaba en la encarnación, en lo concreto, y a través de lo
visible se debería acceder a lo invisible, a la presencia real de lo trascendente.
Obras citadas
Fyre, Northop. El Gran Código. Una lectura mitológica y literaria de la Biblia,
trad. de Elisabeth Casals, ed. Gedisa, Barcelona, 1988.
“John Hawkes. An Interview” en Wisconsin Studies in Contemporary Literature,
6 (Summer, 1969), p. 146.
Montero y Garmíndez, Inés. Flannery O’Connor: su tratamiento del mal (tesis
doctoral), 1984, Universidad Complutense de Madrid.
O’Connor, Flannery. Collected Works, ed. Sally Fitzgerald, The Library of
America, 1988.
. Wise Blood 1952 (Sangre sabia, Cátedra, Madrid, 1990, y en Lumen,
Barcelona, 2011.
. The Violent Bear It Away 1960 (Los violentos lo arrebatan, en Lumen,
Barcelona, 2011.
. A Good Man Is Hard To Find 1955. (Un hombre bueno es difícil de
encontrar. Lumen, Barcelona, 1973.
■ 166
Jorge Peña Vial
El mal para Flannery O’Connor
. Everything That Rises Must Converge 1965 (Las dulzuras del hogar,
Lumen, Barcelona, 1986.
. The Complete Short Stories 1971 (Cuentos completos, Lumen, 2005;
DeBolsillo 2006).
. Mystery and Manners: Occasional Prose, ed. por Sally & Robert Fitzgerald,
1969 (Misterio y maneras. Prosa ocasional, trad. al cast. de Esther
Navío, ed. Encuentro, Madrid, 2007.
. The Habit of Being: Letters, ed. por Sally Fitzgerald, 1979 (El hábito
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University of Georgia Press, 1983. Preston M. Browning Jr., Flannery
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Preston M. Browning Jr. “Flannery O’Connor and the Demonic”, en Modern
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Ricœur, Paul. Tiempo y narración, vol I, trad. Agustín Neira, 2ª ed. Ed. Siglo
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Steiner, George. Gramáticas de la creación, trad. de Andoni Alonso y Carmen
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167 ■
Jaime
Blume
T
aller
de LS.
etras NE2: 169-178, 2012 Manuel Silva Acevedo
a la luz de laissn
hermenéutica
…
0716-0798
Manuel Silva Acevedo a la luz de la hermenéutica
de Paul Ricœur: parábola y poesía
Manuel Silva Acevedo: Wolfs, Sheeps and Sheeperds
Jaime Blume S.
Pontificia Universidad Católica de Chile
[email protected]
Ya en el Antiguo Testamento están presentes los motivos del Pastor, las ovejas y los
lobos (Jer. 23,3; 31,10; 50,119). El Nuevo Testamento retoma esta línea expositiva
(Mt. 9, 36, 10, 16; 15, 24) al plantear que el “pequeño rebaño” será perseguido por
los lobos de fuera (Rom. 8, 36) y por los de dentro, disfrazados de ovejas (Mt. 7, 15).
La gran metáfora encerrada en estos elementos (la preocupación de Cristo-Pastor por
sus ovejas descarriadas y amenazadas por las fieras) se proyecta en el mundo de la
poesía chilena en la figura de Manuel Silva Acevedo, particularmente en su obra “Lobos
y ovejas”1. Se trata de un caso notable de intertextualidad literaria, que vincula la
parábola bíblica con la lectura que de ella hace un poeta laico. Esta lectura ahonda
en la dimensión trágica del hombre, condenado a ser oveja comida por el lobo o a
ser lobo que despedaza ovejas. Este salto de un texto a otro constituye el máximo
atractivo de un análisis como el que aquí se propone, análisis que abre la posibilidad
de una tercera lectura, distinta y sorpresiva, de acuerdo a la cual la oveja come al
lobo y lo redime al precio de su propia transformación en lobo malo.
Esta primera visión es consistente con los planteamientos hermenéuticos de Paul
Ricœur. Y es justamente esta coherencia la que permite reforzar la interpretación que
proponemos de la mencionada obra de Silva Acevedo. El presente trabajo parte, por
tanto, con una cita de Ricœur, tomada de “Hermeneutics and the critique of ideology”
(1973), cita que justifica adecuadamente la inclusión de categorías de teología bíblica
en el análisis de una obra poética.
Comoquiera que la obra en comento trata de lobos y ovejas, parece oportuno instalar
el presente análisis en el horizonte de lo que los críticos conocen con el nombre de
“Bestiario”. De acuerdo a ello, luego de la cita de Paul Ricœur, nuestro estudio se desarrollará en tres etapas: a ) El “Bestiario” en la literatura universal; b) El “Bestiario”
en la Biblia, y c) El “Bestiario” en la obra de Manuel Silva Acevedo.
Palabras clave: Manuel Silva Acevedo, Lobos y ovejas, teología bíblica.
The motifs of the Shepherd, the sheep and the wolves (Jer. 23, 3; 31, 10; 50,119) are
already present in the Old Testament. The New Testament reintroduces this expositive
strand (Mt.9, 36, 10, 16; 15, 24) posing that the “little flock” would be chased by both
out-group (Rom. 8,36) and in-group wolves, disguised as sheep (Mt.7,15).
The metaphor contained in these elements (Christ the Shepherd’s concern for his lost
and threatened sheep) is projected into the world of Chilean poetry specifically through
Manuel Silva Acevedo’s work Lobos y ovejas. This is a remarkable case of literary
intertextuality which links biblical parable with its interpretation by a lay poet. This
interpretation goes into the tragic dimension of men in depth; that of being doomed to
be a sheep eaten by a wolf or that of being a wolf which tears sheep to pieces. Going
back and forth from one text to another is what renders an analysis as attractive,
and that is what is proposed in this text; an analysis that gives the opportunity for a
different and unexpected third interpretation, in which it is the sheep which eats the
wolf and redeems it in exchange to its own transformation into an evil wolf.
1  Manuel
Silva Acevedo: Lobos y ovejas. Santiago, Ediciones Universidad Diego Portales, 2009.
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Taller de Letras NE2: 169-178, 2012
This first vision is consistent with Paul Ricœur’s hermeneutic approach. This coherence
is precisely what allows reinforcing the interpretation we propose in Silva Acevedo’s
aforementioned work. This present study starts, in consequence, with a quote by Ricœur,
taken from “Hermeneutics and the critique of ideology” (1973), which adequately
supports the inclusion of biblical theology categories in the analysis of a poetic work.
Since this stated work deals with sheep and wolves, it seems appropriately to set up
the present analysis in the context of what critics know about the so-called “Bestiary”.
According to this and after Paul Ricœur’s quote, our study will develop in three stages:
a) The “Bestiary” in universal literature; b) The “Bestiary” in the Bible, and c) The
“Bestiary” in Manuel Silva Acevedo’s work.
Keywords: Manuel Silva Acevedo, Lobos y ovejas (Wolfs and Sheeps), biblical
theology.
La hermenéutica de Paul Ricœur
El postulado escogido para dar soporte crítico al presente trabajo, está
tomado de Daniel Altamiranda (Teorías literarias II, Buenos Aires, Docencia,
2001: 22), autor este último que rescata de Paul Ricœur el siguiente texto:
En última instancia (frente a las críticas de Habermas), la
hermenéutica dirá, ¿de dónde se habla cuando se apela
a la autorreflexión (Selbstreflexion), si no es desde el
lugar que se ha denunciado como no lugar, el no lugar del
sujeto trascendental? En efecto, se habla sobre la base de
una tradición. Esta tradición no es quizá la misma que la
de Gadamer; es quizá la de la Ilustración (Aufklärung),
mientras que la de Gadamer sería la del Romanticismo.
Pero de todos modos es una tradición, la tradición de
la emancipación en lugar de la del recuerdo. La crítica
también es una tradición. Diría incluso que se sumerge
en la tradición más admirable, la de los actos liberadores,
del Éxodo y de la Resurrección. Quizá no debería haber
más interés en la emancipación ni más anticipación de la
libertad, si el Éxodo y la Resurrección fueran borrados de
la memoria de la humanidad... (El subrayado es nuestro)
De acuerdo con esta cita, lo que está en juego en el fondo de la obra de
Silva Acevedo es el proceso de salvación, que hermana simultáneamente,
aunque de modo distinto, a pastores, ovejas y lobos. Y pues que de salvación se trata (Ricœur habla de “emancipación” y de “actos liberadores”,
mencionando expresamente el éxodo del pueblo judío y la resurrección de
Cristo), cae de su peso el recurso a la teología bíblica de la salvación y a las
parábolas que le dan vida para entender lo que el poeta nos dice en su obra.
En estas parábolas se recurre a metáforas referidas a animales (ovejas y
lobos), lo que nos lleva a echar una mirada al bestiario literario y bíblico en
el que dichos animales actúan. Es lo que veremos a continuación.
a) El “Bestiario” en la literatura
La presencia de imágenes de animales está sobradamente comprobada en
la historia de la literatura, tanto en el lenguaje de uso común utilizado (“tengo
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Jaime Blume S.
Manuel Silva Acevedo a la luz de la hermenéutica…
un hambre caballo”, “trabaja como hormiguita”, “entró cual elefante en una
cristalería”) como en la mentalidad arquetípica colectiva y en el ensueño
individual. Dicha presencia privilegia una fuerte carga simbólica, que permite
ver en un pájaro el ansia de ascenso a las alturas y en un zorro, la astucia
que tradicionalmente se le atribuye. Autores como los fabulistas clásicos, los
hermanos Grimm, Oscar Wilde, Juan Ramón Jiménez, Jack London, Herman
Melville, Edgar Rice Burrougs representan, entre muchos otros, el recurso a
la imagen de distintos animales que un número apreciable de autores realiza
para dar vida a sus creaciones literarias.
En esta línea, un aspecto que interesa particularmente es el que dice relación con la afinidad que existe entre el mundo animal y la mentalidad mítica
primitiva, el “pensamiento salvaje” de Lévy-Strauss, por cuanto ahonda en
las raíces profundas que vinculan al ser humano con esos otros compañeros
de ruta que son los peces, las aves y los animales terrestres. En esta línea,
un ejemplo particularmente ilustrativo es el relato de la creación según el
Popol Vuh, verdadera biblia del pueblo Quiché, texto en el cual la creación
del hombre va precedida de la de múltiples animales.
Saltando del relato mítico al campo de la reflexión teórica, Gilbert Durand,
reconocida autoridad en la materia, elabora un sistema que agrupa distintas
familias de animales en torno a determinados rasgos distintivos y propone
una hermenéutica de las mismas. Así, por ejemplo, el mencionado autor
llega a afirmar que la “aparición de la animalidad en la conciencia es [...]
síntoma de una depresión de la persona hasta los umbrales de la ansiedad”
(Durand 66). En este esfuerzo por diseñar el mapa del mundo animal al
interior de la literatura, Durand reconoce en la inquietud, el hormigueo y el
movimiento anárquico de los saltamontes y ranas –¡antiguas plagas de Egipto!–
símbolos del mal y presencia del “exterminador” (Durand 67). Avanzando en
este rastreo del mundo animal y de su significación, nuestro autor menciona
al gusano (signo fálico), la araña (monstruo feminoide), la serpiente, con su
natural vinculación al drama del Paraíso y su proyección al ámbito del caos
(infierno), y el caballo (arquetipo canónico de fuerte connotación sexual).
La lectura que empieza a insinuarse a través de la interpretación de estas
imágenes bestiales es la de la angustia ante el cambio y ante el tiempo que
no se detiene, rumbo a un final devastador marcado por el Destino, las tinieblas y el fuego eterno (Durand 122). Otros animales que Durand analiza
son el cerdo, los bóvidos, el león y el toro, a los que se agregan avestruces
y chacales. Obviamente, lo que aquí nos interesa es lo que se refiere a los
lobos y corderos, animales que justamente constituyen el título del libro de
Acevedo cuyo análisis será el centro de nuestro estudio.
En el mundo de los animales, la imagen del lobo –y la del perro, su proyección doméstica– merece mención especial, con su cohorte siniestra de fauces
abiertas y colmillos afilados, capaces incluso de devorar al sol y provocar la
destrucción cósmica a través del aniquilamiento del tiempo (cf. Cirlot 153).
Ilustra esta dimensión excesiva y prodigiosa la mención que hace una vieja
mitología germana de un lobo gigante (Fenrir), descendiente del abismo
primitivo y caracterizado por una voracidad desatada, que lo hace capaz de
engullir criaturas humanas y amenazar incluso a los dioses. Atado con una
banda de seda mágica, el lobo es desafiado a romper sus amarras, cosa que
no puede hacer pese a su fuerza extrema. Procede, entonces, a vengarse
171 ■
Taller de Letras NE2: 169-178, 2012
cortándole la mano al dios Tyr (Tor), que se había ofrecido como garante de
que no había trampa en el desafío. Esta leyenda mítica se encuentra extendida por todo el norte de Europa y probablemente da pie al imaginario que
hace del lobo un animal peligrosísimo (cf. Grimal 58).
Lo que la mitología plantea en el campo genérico de lo universal, el
imaginario lupino lo instala en el campo doméstico, donde alcanza límites
extremos. Ello ocurre, por ejemplo, cuando el lobo ataca a un ser que la tradición asocia a lo pacífico e indefenso: la cordera. Es lo que nos cuenta una
vieja leyenda beréber, en el norte de África, que explica el origen de ovejas
y rebaños. Se trata de la Primera Mujer, que “una vez tomó en sus manos un
poco de harina y un poco de agua y la amasó hasta darle la forma de oveja”
(Grimal 162). Los elementos que están a la base de esta criatura, harina y
agua, hablan a las claras acerca de la calidad amable de semejante animal,
símbolo de la pureza, de la inocencia y de la mansedumbre (cf. Cirlot 153).
El contraste que existe entre ambas criaturas –el lobo y la oveja– instala,
desde el inicio, la imagen de crueldad siniestra que se esconde en el ataque
del carnicero sobre la borrega. La inequidad de atributos es de tal magnitud
que pasa a constituirse en la base de todo un imaginario referido a la lucha
entre el bien y el mal, imaginario que llena páginas de la literatura universal, así como de la literatura bíblica, aspecto este último que nos interesa
entrar a analizar.
b)Lobos y ovejas en el contexto bíblico: el pastor y su rebaño
No parece inoficioso recordar que la historia de Israel es la historia de un
pueblo de pastores nómadas, cuya riqueza y garantía de vida está constituida
por la cría de vacas y ovejas (Deut. 28, 18). El pastoreo y sus vicisitudes son,
por tanto, parte esencial de su cultura y referente obligado de su imaginario.
En estas labores se hacen presente los pastores, que conducen el rebaño a
los buenos o malos pastos, según cuál sea la naturaleza buena o mala de los
cabreros (Ez. 34, 10.14; Jn. 10, 11. 3. 9. 16; Jer. 10,21; 23,1-4). A la misma
constelación imaginaria se integra el agua que abreva al ganado (Is. 30, 25),
y el redil en el que se guarece (Is. 31, 10). El rebaño pasa a ser, entonces,
el símil ideal del pueblo de Israel, nación que a lo largo de su historia debió
enfrentar duras luchas para conservar su identidad y mantenerse fiel a Yavé
(1 Reg. 8, 46 ss.). La metáfora que reúne en una sola entidad al Pastor, al
Pueblo escogido y al rebaño habla a las claras de la ternura extrema con la
que Dios conduce a las ovejas de Israel. Dios-Pastor “es delicado con sus
ovejas, conociendo su estado (Prov. 27, 23), adaptándose a su situación
(Gen. 33,13ss.), llevándolas en sus brazos (Is. 40, 11), y queriéndolas como
si fueran sus hijas (2 Sa 12, 3)” (Léon-Dufour 651).
Una visión tan idílica como la señalada se ve, sin embargo, empañada por
la presencia de enemigos que dispersan el rebaño, entre los cuales destaca
el lobo. Poderosa es la simbología del lobo, que incluye en su fantasmagoría
elementos tales como las fauces, que se abren como temibles cavidades
dispuestas a tragarse a su presa; dientes acerados que desgarran la carne y
trituran los huesos, y el gruñido siniestro del animal al momento de atacar a
su presa. El hocico abierto y babeante del lobo es signo de su capacidad de
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Manuel Silva Acevedo a la luz de la hermenéutica…
matar a una víctima y engullirla. La potencia de semejante complejo imaginario no podía ser ignorado por la mentalidad mítica, que llega incluso a
explicar la apariencia física de la luna de acuerdo a sus distintas fases como
el resultado de un mordisco propinado por el lobo. En la tradición nórdica el
lobo es un devorador de astros.
Teniendo ya a la vista el inventario de imágenes referidas al pastor, las
ovejas y el lobo, podemos abocarnos al tratamiento que el Antiguo Testamento
le da al tema. Por de pronto, ya el Génesis habla de un Dios poderoso, Pastor
y protector de Israel (Gen. 49, 24), y de un lobo feroz, que “en la mañana
se come a su víctima y en la tarde reparte las sobras” (Gén. 49, 27). Este
Pastor “guía a su pueblo como ovejas” (Sal. 95,7), “como a un rebaño en el
desierto” (Sal. 78,52ss.). Yavé-Pastor conduce al rebaño “hacia las aguas
manantiales” (Is. 49, 10), reúne a las ovejas dispersas (Is. 56, 8) y se constituye en su protector definitivo. El salmo 23 (El Señor es mi pastor) es, en
este aspecto, el manifiesto más notable de la preocupación de Yavé-Pastor
por su pueblo-rebaño.
Dentro del plan divino, el cuidado del Pueblo de Dios en lo inmediato
queda entregado a pastores escogidos por Yavé mismo (Moisés, Josué, David,
Jueces, reyes...). Dichos pastores no siempre cumplen adecuadamente con
su cometido, razón por la cual “se los llevará el viento” (Jer. 22,22). Si tal
es la situación, Yavé deberá, entonces, retomar en persona la conducción de
su pueblo-rebaño (Jer. 23,3), reunirlo (Miq. 4,6) y guardarlo (Jer. 3,10). El
proyecto primitivo de Yavé de encomendar el cuidado del rebaño a pastores
“según su corazón” (Jer. 3,15) conocerá nuevos fracasos (Ez. 34, 3), lo que
significará la aparición de la figura de un nuevo Pastor, herido (Is. 53, 1ss.)
y mudo como una oveja, y que como tal se convertirá en el Pastor definitivo:
el Mesías (Is. 53, 6ss.).
Lo dicho anteriormente corresponde a la elaboración hecha por el Antiguo
Testamento con respecto al tema. Sobre esta base, el Nuevo Testamento enriquecerá el imaginario Pastor-oveja-lobo con nuevos aportes. Por de pronto,
el Pastor definitivo, el Buen Pastor, nace pobre en un establo (Lc. 2, 8-20),
acude a las ovejas sin pastor (Mt. 9,36) y en la línea del Antiguo Testamento
atiende de preferencia a las ovejas perdidas (Mt. 15, 24). Identificado con
las ovejas del rebaño en calidad de “Cordero de Dios” (Ap. 5, 9), el Buen
Pastor se constituye en la puerta por la cual las ovejas penetran en el aprisco
(Jn. 10, 7), da la vida por ellas y las defiende de los lobos (Jn. 10, 7ss.).
Completada su misión, “el cordero se hará entonces pastor para conducir
a los fieles hacia las fuentes de agua viva de la bienaventuranza celeste”
(Ap. 7, 17) (cf. Leon-Dufour 139). Es éste el ejemplo que el Buen Pastor
hereda a sus seguidores, los cuales, a imitación de su maestro, tendrán que
padecer hambre y sed, conocer el exilio, sufrir injustamente la cárcel (Mt.
25, 31ss.) y verse perseguidos por los lobos de afuera (Mt. 10, 16) y los de
adentro, disfrazados de ovejas (Mt. 7, 15).
En síntesis, el Buen Pastor cumple la misión que le fuera encomendada
en la medida en la que conozca a sus ovejas, se identifique con ellas y sufra
en carne propia la suerte que debería correr el rebaño en las garras de los
lobos. Lo dicho incorpora una variante importantísima al interior de la materia
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Taller de Letras NE2: 169-178, 2012
que estamos analizando. Se trata del motivo Cordero de Dios, tema central
dentro de la Historia de la Salvación bíblica. La identificación de Cristo-Pastor
con un cordero es el punto final de dos tradiciones distintas: la del Siervo de
Yavé, “cordero llevado al matadero, como oveja muda ante los trasquiladores”
(Is. 53, 7), y la del Cordero Pascual, cuya sangre que marca los dinteles de
las casas de los judíos exime a los primogénitos del Pueblo de la muerte e
inaugura el rescate de la esclavitud de Egipto (Ex. 12,5). Cristo es el cordero
pascual, que con su sangre (Ap. 12, 11) nos ha redimido.
c) Manuel Silva Acevedo, sus ovejas y sus lobos
Lo dicho anteriormente constituye el telón de fondo contra el cual
debemos proyectar el tema oveja-lobo-pastor, tal como lo visualiza Silva
Acevedo. La obra Lobos y ovejas que da pie al presente trabajo, publicada
oficialmente en 1976, ha sido interpretada, y con razón, como una metáfora
de la situación de Chile bajo la dictadura militar, “una elaborada alegoría de
la situación nacional en esa época” (Anwandter 9) (“Entonces yo, la oveja
libre de sospecha / me vi sola ante los hombres / y sus negras bocas de
escopeta” (Lobos y ovejas 11). Aunque no es éste el punto de vista que
asume el presente análisis, conviene sin embargo mantenerlo entre bastidores, pues explica el profundo clima emotivo que envuelve al texto, sin el
cual muchas de las cosas que allí se dicen perderían peso e impacto. Los
comentarios que a continuación ofrecemos se ordenan en tres instancias:
la oveja, el lobo y el pastor.
La oveja: una identidad en crisis
Al interior de la obra, la oveja es uno de los personajes protagónicos y
sus características quedan claramente individualizadas, pero a poco andar
su identidad se desdibuja y asume la del lobo. Ello hace aconsejable definir primeramente el perfil de la oveja (me parieron oveja, 21), para luego
pesquisar los elementos intervinientes que explican su posterior evolución.
En primer término, la oveja confiesa ser una lerda criatura (17), que deplora su ovina mansedumbre, maldice su pacífica cabeza y desea ahogarse
en la sangre de sus brutas hermanas (19). Ya al nacer está marcada por
la desgracia (Me parieron de mala manera / Me parieron oveja, 21), lo que
determinará su condición de nula autoestima (Me desprecio a mí misma, 21).
Soñadora y estúpida (23); obtusa y pródiga (27); mansa y rutinaria (29);
asustadiza (33), tonta e ignorante (41); amarga (45) y descastada (47);
puritana (51), mendiga y belicosa (55), estos son los atributos a los que
la borrega acude para describirse. Incluso aquellas cualidades que podrían
considerarse positivas están envueltas en una sutil descalificación.
Tanta carga negativa convierte a la cordera en víctima ideal del lobo,
destino que está escrito desde su nacimiento: Yo, la oveja soñadora, / pacía
entre las nubes / Pero un día la loba me tragó. (23). El hecho de ser engullida
constituye el capítulo final de una trágica historia de persecuciones: Yo, la
obtusa oveja, / huía tropezando con mis hermanastras / El lobo nos seguía
acezando / Y entonces yo, la oveja pródiga, / me quedé a la zaga / El lobo
bautista me dio alcance / Se me trepó al lomo derribándome / y enterró sus
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Manuel Silva Acevedo a la luz de la hermenéutica…
colmillos en mi cuello. (27). Vale la pena detenerse un momento en este texto.
Además de la belleza de sus versos no podemos pasar por alto los epítetos
que califican a ambos protagonistas: de la oveja se dice que es pródiga, y del
lobo, que es bautista. Imposible no vincular estas características a la parábola
del hijo pródigo y a la función profética de Juan el Bautista. La intertextualidad
resultante incorpora una nueva lectura en el texto de Silva Acevedo. El lobo
ya no es un carnívoro carnicero, sino que con su zarpazo, mortífero a la vez
que bautista, redime a la oveja de su estupidez gregaria. La cordera, a su
vez, se emancipa de su pobre condición de oveja asustadiza (33) y pasa a
constituirse en refugio protector del lobo: ¡A la loba! / Gritaron los hombres
ya bebidos / La bestia alzó las orejas / y corrió a refugiarse entre mis patas
/ Me miró a los ojos / y no había fiereza en su semblante. (37). A la vista
de estos versos, se diría que un mismo sino hermana indisolublemente a la
cordera y el lobo, de suerte tal que ambos se necesitan imperiosamente para
existir. Si bien es cierto que no hay borrega sin su lobo devorador, ni lobo
sin su borrega devorada, también es cierto que en momentos de peligro es
el lobo el que acude a refugiarse entre las patas de la cordera. Asumiendo
este nuevo papel, la oveja, ayer perseguida y destrozada, asume hoy la
defensa del lobo: Se te persigue en vano / tu oculto nombre en vano / No
levantar falso testimonio / contra el lobo / contra el prójimo lobo / que aúlla
por su prójima (43).
La transición de una condición (oveja) a otra (loba) ya se ha iniciado. Es el
momento indicado para que al interior del discurso poético de Silva Acevedo
se produzca un nuevo vuelco. La oveja que huía temerosa del carnicero siente
de pronto, en el interior de sus entrañas, el ansia aberrante de ser ella a
su vez lobo. Un primer paso en esta línea ocurre cuando la oveja suspira
por sentir a su costado la respiración anhelante del lobo carnicero: Cayó la
noche de bruces sobre el rebaño / La descastada oveja sintió la crispadura
/ Fatalizada se apartó del corral / No deseó nada más en el mundo / que
la roja vaharada de la loba (47). La proximidad del lobo, lasciva y amenazante a la vez, provoca en la cordera el deseo de transformar su condición
ovina para asumir la de la fiera: Si me dieran a optar / sería lobo (25), y
esto porque hay un lobo malo en mi entraña / que pugna por nacer (17). Se
inicia aquí la portentosa noche de bodas entre el lobo y la cordera, la unión
de los opuestos que solo el amor hace posible: Mi palabra de honor, dijo el
lobo / Tan solo quiero amarte, no te haré ningún daño / Está bien, no hay
más remedio / Arrímate a mi lado, contestó la borrega / El lobo la miró con
los ojos ardiendo / La oveja le devolvió la ardiente mirada / Se estuvieron
largo tiempo mirando (53).
Ansia de transfigurar su naturaleza: éste pareciera ser el anhelo más
profundo de la oveja, aspiración que se cumple cuando es devorada por la
loba. Comida por la bestia, la cordera experimenta, por fin, que el lobo que
dormía en su interior de mansa borrega se despierta: Pero un día la loba
me tragó / Y yo, la estúpida cordera, / conocí entonces la noche / Y allí en
la tiniebla / de su entraña de loba / me sentí lobo malo de repente (23). Se
completa así el proceso de monstruosa transfiguración. Con esta mudanza
excesiva se cierra el ciclo de la oveja. Corresponde ahora echar una mirada
a la imagen del lobo.
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Taller de Letras NE2: 169-178, 2012
El lobo bautista
Los rasgos que definen el perfil del lobo ya han sido sugeridos en el acápite
anterior, pues todos los cambios sufridos por la oveja han sido determinados
por su proximidad con la fiera carnicera. Queda, sin embargo, algo por agregar.
Insistir, en primer término, en el hecho de que el lobo ya está presente en la
entraña misma de la oveja. La reacción rechazo/atracción que experimenta
la borrega se debe en parte a una identificación de naturaleza con el lobo:
Mi corazón de oveja, lerda criatura / se desangra por él (17). Esta realidad
instala en el corazón de la cordera el incontenible deseo de transfigurar su
condición ovina (25).
Lo segundo que habría que señalar es la seducción incontenible que
ejerce la oveja sobre el lobo, atracción que no se debe solo por ver en ella
su necesario alimento, sino por percibir misteriosas afinidades biológicas:
Se me trepó al lomo derribándome / y enterró sus colmillos en mi cuello /
Vieja loba, me dijo / Vieja loba piel de oveja (27).
Es cierto que todo el poemario es una gran metáfora de la situación de
Chile en el periodo de la dictadura. En tiempos tan duros como los que se
vivieron, lo que más se necesita es que el rigor dé paso al amor. Lo novedoso, en este caso, es que el modelo de amor se lo busque en un animal
salvaje: ¡No es menester un amo! / Amor es menester, amor lobuno / El
lobo más feroz ama a su loba / y escarba y huele y hurga / y le clava los
ojos y la escucha (31).
Pese a lo dicho, el lobo no renuncia a lo que el imaginario tradicional le
reconoce como característica básica: su ferocidad, manifestada en aullidos y
dentelladas. El poema que citamos a continuación da buena cuenta de ello,
con la salvedad de que su braveza sanguinaria se tiñe de elementos que lo
redimen de un juicio condenatorio absoluto: Lobo a penalidad, / lobo y a
ciegas / lobo a fatalidad / lobo a porfía / lobo de natural / lobo de ovejas /
pastor a dentelladas / aullador de estrellas (35)2.
Esa misma ferocidad es, según ya vimos, lo que convierte al lobo en un
animal perseguido por los hombres, pero acogido por la cordera, que no ve
fiereza en su semblante (37). Se entabla en la ocasión un juicio contra la
bestia, juicio perverso pues los hombres que a él concurren lo hacen con
una sentencia condenatoria ya asumida: ¡A la loba! / Gritaron los hombres
ya bebidos (37). Este hecho lleva a la tonta e ignorante oveja a preguntarse
quién tendrá piedad del lobo / y más todavía / quién dará sepultura al lobo
/ cuando muera de viejo / miope y lleno de piojos (41).
Entraña adentro, el lobo capta la compasión que la oveja le profesa y
no visualiza otra respuesta posible de agradecimiento que la de matarla,
siguiendo en ello su natural inclinación. Solo que esta vez no se trata de una
carnicería sino de la manifestación sensible del misterio de la salvación (cf.
Floristán/ Tamayo 403): Déjenme la cordera / Déjenmela a la puritana / Yo
soy su sacramento / A mí me espera. (51). Hasta aquí lo que el poemario
2  Quizás
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sin proponérselo, la cita recuerda de cerca el Altazor, de Huidobro.
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Manuel Silva Acevedo a la luz de la hermenéutica…
predica del lobo. El tema volverá a aparecer en las páginas finales del mismo,
en las que el trío oveja-lobo-pastor entrará en una coda final conmovedora.
Corresponde, por tanto, analizar el papel que el pastor juega en este drama.
El Pastor homicida
La primera alusión a un pastor que aparece en el poemario está dirigida
al lobo (!):... lobo de ovejas / pastor a dentelladas / aullador de estrellas
(35). Sin renunciar a su condición de animal de presa, el lobo de algún modo
sublima su natural salvajismo aullándole a la luna. Este fervor por lo celestial
convierte la temible dentellada en un gesto de conducción del ganado: el
carnicero se ha convertido en pastor. Esta función, tradicionalmente muy
valorizada, se degrada cuando la oveja, convertida ya en loba, es testigo
del ataque feroz que los pastores descargan sobre la manada: Y una noche
a matarme / vinieron los pastores armados de palos / A matar a la loba / La
única en pie / en medio del rebaño diezmado (49).
Hemos señalado dos ocasiones en las que se habla de un pastor. La
primera, según vimos, se refiere al lobo. La segunda apunta a pastores humanos que sustituyen sus cayados por palos, convirtiéndose así en cabreros
ansiosos de matar. Esta situación, unida a la suma de experiencias vividas y
al desengaño y frustración por la actitud de los pastores, no solo despierta
en la borrega una invencible desconfianza (No seré nunca más prenda de
nadie / Mucho menos de ti / pastor dormido contra el árbol...), sino que da
pie a la declaración de guerra perpetua entre pastor y oveja: No debiste
confiar en la oveja mendiga / No debiste confiar / en mis estúpidas pupilas
aguachentas / Serás víctima de la oveja belicosa / Ya no habrá paz entre
pastor y oveja (55).
El drama comienza a cerrarse. El penúltimo capítulo da cuenta de una
situación perturbadora. Tanto el pastor como la loba corren tras la oveja.
El encuentro cara a cara de ambos perseguidores es ocasión de desigual
combate, en el cual la loba resulta perdedora. Muerta ya, de sus despojos surge la oveja perdida, escena que da pie a una notable inversión de
sentido. En efecto, el que da la vida por sus ovejas (cf. Jn 10, 11) no es el
pastor, sino la que hasta ayer era su enemiga jurada: la loba: El pastor y
la loba buscaban la cordera / Persiguiendo a la oculta treparon la ladera /
Se encontraron los dos, báculo y zarpa / El pastor fue más hábil, la loba
derrotada / Y a los pies del zagal, la cordera perdida / surgió de los despojos
de la loba abatida (57).
Con lo dicho llegamos al capítulo final de la historia. Todas las vicisitudes anteriores no hacen otra cosa que preparar el acto final. La oveja
ha pasado por todos los estados posibles. Ha sido oveja obediente, se ha
sumado sin protestas al hato gregario que la vio nacer y ha aceptado estúpidamente la suerte del rebaño. Ha sentido, también, nacer en su interior
misteriosas inclinaciones antinaturales: se ha convertido en oveja negra y
descarriada, y su dulzura se ha transformado en perversión de lobo malo
de repente. Pero ahora asume lo que será su postura definitiva. Ya no más
oveja obsecuente, ya no más cabeza inclinada para comer el pasto, ya no
más víctima del lobo hambriento, sino fiera milagrosa, temible enemiga del
pastor que la conduce y protege, al tiempo que protegida del sanguinario
177 ■
Taller de Letras NE2: 169-178, 2012
lobo que alguna vez fue su verdugo despiadado: Se engaña el pastor / Se
engaña el propio lobo / No seré más la oveja en cautiverio / El sol de la
llanura / calentó demasiado mi cabeza / Me convertí en fiera milagrosa /
Ya tengo mi lugar entre las fieras / Ampárate pastor, ampárate de mí /
Lobo en acecho, ampárame (59).
Conclusión
Llegados a estas alturas, conviene revisar sucintamente el camino recorrido. Iniciamos el análisis de la obra Lobos y ovejas, de Manuel Silva Acevedo,
recordando aquella postura hermenéutica de Paul Ricœur, autor que postula
el recurso a la teología de la salvación (Éxodo y Resurrección) como punto
de partida para lograr una adecuada interpretación textual.
Fijado ese punto de partida crítico, se procedió a establecer los tres pasos
que recorrería el análisis textual de la obra. El primer paso estuvo conformado
por una visión global del bestiario tal como lo recogía la literatura universal,
mitología incluida. El segundo paso consideró el mismo tema, esta vez al
interior de textos bíblicos, tanto del Antiguo Testamento como del Nuevo,
referente obligado del tema central y su desarrollo. Por último, el tercer paso
consideró la lectura que Silva Acevedo hacía de la tradición anterior. Ello nos
permitió considerar la inversión elaborada por el poeta, inversión en virtud
de la cual la oveja se transformaba en lobo depredador y el lobo en oveja
desvalida. Esta sorpresiva voltereta planteaba un problema interpretativo,
cuya solución se insinuó al inicio del presente trabajo. Comoquiera que la
obra surge al interior del hecho histórico de la dictadura militar, implantada
en Chile en 1973, la transformación de la oveja humillada en lobo feroz correspondería a la rebelión gestada al interior de la civilidad en contra de lo
que era percibido como una tiranía, contra la cual había que oponerse. Sin
embargo, este natural movimiento de rebeldía opera en términos sorpresivos,
pues el que en un momento fuera fiera depredadora, a la hora del castigo
encuentra protección justamente en quien fuera su víctima: la oveja, transformada ella en lobo. Este último punto no fue estudiado en forma especial
y ahora solo se insinúa con el fin de cerrar el ciclo analítico.
Obras citadas
Anwandter, Andrés. “Prólogo” a Manuel Silva Acevedo, Lobos y ovejas.
Santiago de Chile: Universidad Diego Portales, 2009.
Altamiranda, Daniel. Teorías literarias II, Buenos Aires: Docencia, 2001.
Cirlot, Juan Eduardo. Diccionario de símbolos. Barcelona: Labor, 1969.
Durand, Gilbert. Estructuras antropológicas del imaginario. Madrid: Taurus,
1982.
Floristán, Casiano y Juan José Tamayo. Diccionario abreviado de pastoral.
Navarra: Verbo Divino, 1992.
Grimal, Pierre. Mitologías de las estepas, de los bosques y de las islas.
Barcelona: Planeta, 1973.
Léon-Dufour, Xavier. Vocabulario de teología bíblica. Barcelona, Herder, 1978.
Silva Acevedo, Manuel. Lobos y ovejas. Santiago de Chile: Universidad Diego
Portales, 2009.
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