Estas obras son el fruto de mi reencuentro con "el pintar", después

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Estas obras son el fruto de mi reencuentro con "el pintar", después de una pausa
de diez años y suceden a una primera época figurativa y expresionista.
Ellas surgieron al influjo de mi interés creciente por el cubismo, que se fue
especificando hacia una imagen formal más vinculada con los movimientos
plásticos encarnados en el suprematismo, el constructivismo y en el arte
concreto argentino, que son las fuentes más visibles de esta nueva etapa.
En su evocación quiero rendir mi más sentido homenaje a los artistas que los
protagonizaron y que, con su esfuerzo hicieron posible el arte contemporáneo,
rogando y exigiendo que nunca mas los creadores se vean obligados a renunciar
a su libre inspiración para complacer a la ideología y al poder, como tristemente
sucediera con las vanguardias rusas.
En los nombres de Kassimir Malevich y Nicolás Punin simbolizo este ideal de
lucha y sacrificio y con ellos lloro y aplaudo a todos los que debieron enfrentarse
obstinadamente con la locura, la indiferencia y el duro sobrevivir que implica la
opción de vida que es el arte.
También quiero mencionar a Carlos Gorriarena, que me dejó la percepción del
color como segunda conciencia, a Cármen D'Elía, que me descubrió los mundos
sutiles , recios y vaporosos del dibujo; a Néstor Cruz, que lleno de sabiduría , me
introdujo a la teoría sensual del óleo; a Hugo de Marziani, compañero de largas
charlas plectóricas de experiencias visuales y del alma y a Fermín Fevre que me
alentó y defendió con pasión y afecto.
Por todos ellos creo que la obra es la preocupación obsesiva de un absoluto, que
no se deonde pero que seguramente tiene vida propia, diferenciada de la
realidad fenoménica y esta esperanza de hacer concreto lo invisible nos tiene en
pie.
Finalmente mi agradecimiento a la Cooperativa Telviso, a todos mis amigos que
me han permitido aparecer públicamente rodeado de su cariño y protección.
José Ignacio Garrido,
septiembre de 2003.
Armonías
Las pinturas que ahora presenta José Ignacio Garrido me sucintan algunas
consideraciones relativas a su propósito de tratar, mediante la abstracción, la
vivencia de las armonías de la naturaleza.
Se le atribuye nada menos que a Miguel Angel haber dicho que "se pinta con la
mente y no con las manos"; algo que distintos autores, incluyendo el mismo
Leonardo Da Vinci, reiteraron de diferente modo.
Es que, desde la concepción racional, en la que no están ausentes ni Platón ni
Pitágoras, este artista elabora a estructuras visuales destinadas a provocar en el
contemplador una vivencia sensible y armónica. El trayecto de lo racional a lo
sensible pasa, también, por aquella afirmación del esteta alemán Heinrich
Wolfflin, quien consideraba que "todos los cuadros deben más a otros cuadros que
a la observación de la realidad".
Por eso la pintura de Garrido se nutre de un proceso autorreferencial, en el cual
unas obras nacen de otras, abriendo una pluralidad de perspectivas múltiples.
De tal modo, con supeculiariedad expresiva, este artista se incorpora a una larga
tradición pictórica del siglo XX, sin sumarse a ninguna tendencia en particular ni
adherir a determinada obra.
la serie que ahora presenta me hace recordar a John Ruskin cuando hace más de
u siglo señalaba que "la grandeza de un cuadro no radica en su belleza visual, sino
en la belleza del razonamiento que provoca."
Fermín Fevre,
octubre de 2004
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José Ignacio Garrido es un artista que ya tiene una más que respetable
trayectoria.
Hace dos años me ocupé de su muestra en esta galería en un artículo aparecido
en el diario La Nación.
Desde entonces hasta ahora los cambios son sutiles, pero para un ojo avisado
resultan detectables. En algunas de sus obras de microformas geometrizadas, las
variantes colorísticas son tan breves que recuerdan una frase de Ricardo palma
"de puro imperceptible recordaba el galope de un caballo de copas." No se llegan a
estos destellos de preciosismo sensible sin haber pasado por férreas disciplinas
como las que suponen haber frecuentado los talleres de maestros de la talla de
Carlos Gorriarena, Cármen D'Elía y Néstor Cruz.
La punta del ovillo para desentrañar el arte de garrido ha de buscarse en un
refinamiento óptico capaz de asimilar los logros de Klee con las bellezas de
imágenes precolombinas de las que Klee también supo sacar provecho.
Círculos, pequeños cuadrados, triángulos, guardas a partir de esos elementos lo
esencial es imprimirles la vibración anímica al creador.
Para que ello sea posible, es necesario haber interirizado el color, cada matiz,
cada forma, como para poder plasmarlas sobre la tela como una emanación de la
propia personalidad.
Si así no fuese, quedarían enlo puramente decorativo, algo que preservan, pero
unido a las vivencias metafísicas de Garrido.
La cultura visual como la musical deben de haber encarnado de tal modo al
artista que se tornan expresiones de su más íntimo yo.
Esto es para mí, lo meas importante del arte que nos muestra José Ignacio, los
hallazgos de su psiquis que ha explorado con éxito las grandes incógnitas de los
seres humanos, finitos, en aquello que tenemos de infinito.
Decía Federico Von Schlegel que el arte tiene como meta despertar la vocación
sobrenatural del alma humana.
El arte de José Ignacio garrido cumple, en épocas de penumbra con el alto
contenido de mostrarnos el camino de la luz.
Rafael Squirru
Buenos Aires, junio de 2006
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