ENCUENTROS EN VERINES 2014 Casona de Verines. Pendueles (Asturias) Ana Malagón Introducción Quizá juegue con ventaja. Ninguno de vosotros habrá leído mi libro (afortunadamente el único que he escrito por lo que mi discurso tampoco da mucho de sí) y posiblemente, a no ser que alguien lo traduzca, no lo leerá jamás. Eso me da la oportunidad de poder inventarme todo, sus características, sus argumentos, y que no os deis cuenta. Podría hablar del libro que no he escrito pero que me hubiera gustado escribir, y sin embargo, nadie notaría la diferencia. Aquí y ahora, daría igual, y también daría igual después cuando volváis a vuestras casas. La barrera idiomática como barrera de protección, jamás lo había pensado. De todos modos, y como creo que la honestidad es algo bastante honorable y saludable, hablaré del libro que sí escribí. Hablaré de mi experiencia al escribirlo. Y aunque me resulta bastante incómodo hablar de mí misma y de lo que he hecho y hago (porque básicamente carece de interés), y aunque me parezca presuntuoso, os daré una explicación de quién soy y por qué me he podido colar aquí. A .nales del pasado mes de febrero publiqué un libro titulado “Lasai, ez da ezer gertatzen”. En euskera signi.ca “tranquilo/a, no pasa nada”, que es una frase que nos decimos mucho a nosotros mismos en cualquier idioma y cualquier parte del mundo, y también se lo decimos a menudo a los demás. Generalmente cuando sí que pasa algo. En el libro pasan cosas, son 162 microrrelatos, microcuentos, relatos hiperbreves o como se quiera llamar. 162 que querían haber sido 160 por eso de la rotundidad de los números redondos, pero como las matemáticas nunca han sido lo mío, al .nal el libro se publicó con dos bolas extra y un extraño número. 162. Ninguno de los relatos supera la página de longitud y al único que sí lo hacía, le apretaron el interlineado un poco para que pudiera entrar y así mantener la homogeneidad. Hay que ahorrar papel. Es importante. Sobre los temas tratados, 162 relatos dan para bastante, pero se engloban en cuatro categorías: la infancia, la vida moderna, la vida platónica (que contempla las relaciones personales/ sentimentales) y la muerte. Quise escribir un libro sobre la frustración y dicen que me salió uno sobre la soledad. Es posible que sea así. Porque los análisis siempre los hacen mejor los demás que una misma. Tienen su relación. Soledad y frustración son dos de los sentimientos/sensaciones que caracterizan y marcan la pauta del comportamiento de lo que está siendo esta primera mitad del siglo XXI. O quizá deberíamos hablar de la historia de la humanidad. No lo sé, yo no estuve allí. Por lo que podéis deducir (y esto me lo podría inventar), no es precisamente un canto a la alegría de vivir, pero sí tengo que decir en mi defensa, y también lo dicen los que inexplicablemente me de.enden, que pretendiendo huir de hacer un dramón propio de reality-show o “programa de sillas”, tiene su dosis de ironía. Hay gente que me ha dicho que incluso se ha reído. Hay gente rara pero se la quiere porque es así. Origen Está claro que alguien no escribe un libro microrrelatos, para enriquecerse. Y menos en euskera. Lo cierto es que, hoy en día, nadie escribe nada para enriquecerse, a no ser que sean libros de autoayuda. Y ni así. Por lo que se puede descartar el dinero como móvil del crimen. Tampoco estoy segura de que alguien empiece a escribir microrrelatos pensando en que va a escribir un libro. Por lo menos, no desde el comienzo, aunque luego llegue un momento en el que sí se convierte en un objetivo. Cabría cuestionarse si alguien empieza a escribir un microrrelato pensando que va a escribir un relato. Micro. En de.nitiva, no sé si nadie escribe pensando que va a escribir. Ni sobre qué va a escribir. Pero para dotarme de una imagen seria y responsable diré que sí, que yo quise escribir una colección de microrrelatos. Por qué no. Llevaba tiempo escribiendo, bajo esa gran sombra que es internet. Escribía en castellano, en un blog titulado La fábrica de las cosas pequeñas (http://www.lafabricadelascosas.org). Escribía en euskera, también en un blog (Samuraitasuna, http://www.samuraitasuna.org). Escribía y escribo, en el trabajo. Primero me dediqué a la publicidad y ahora llevo años en el diseño de productos y servicios digitales. Por lo que para mí la escritura ha sido de algún modo un campo con vallas y un cerco bastante pequeño. Escribo para pantallas. Y escribir para pantallas es algo que exige síntesis. Por las condiciones del propio dispositivo, por nuestras propias condiciones físicas y ergonómicas y porque… uy, mira, qué gracioso este gatete que me ha aparecido en Facebook. Han sido años, tampoco tantos pero sí su.cientes, de síntesis y celdas, de tener que decir mucho con poco porque no hay sitio para más, que me han hecho acostumbrarme al formato, a sentirme cómoda en él, a tener cierta seguridad y control (o síndrome de Estocolmo que igual se acerca más a lo que es). Supongo que ante la idea de intentar escribir una primera obra a algunos les dará por aventurarse a experimentar con ímpetu e ilusión casi adolescente. A otros, les dará por tirar por la vía segura de las personas inseguras. Lo mío ha sido más bien lo segundo. Proceso En cuanto al proceso de escritura me gustaría poner el foco tanto en la escritura del microrrelato como unidad, como en la escritura y construcción de una colección de microrrelatos. Al hablar del relato como unidad, creo que me toca volver hablar sobre la ironía. Como he comentado anteriormente, los temas que tratados no son son ningún canto a la alegría y sin embargo, sí que tienen una carga irónica. Irónico es un adjetivo que queda un poco raro dicho en referencia a una misma y cuando digo raro también podría decir vanidoso. Nada más lejos de mi intención. Como bien se sabe y bien se dice, el humor es bastante más complicado que el drama, así que mejor hacerlo sin intentarlo. Supongo que coincidiré con más de uno y de dos en utilizar la ironía como defensa de los personajes ante las circunstancias no excesivamente favorables que viven. También es un arma bastante efectiva que espero que no efectista. La ironía resulta un buen aliado para los personajes y también para el propio autor a la hora de dibujar el camino por el que se llevará al lector de paseo y darle el empujón necesario en el acantilado .nal. Contar historias, y más aún en el caso de los microrrelatos, es para mí, entre otras muchas cosas, el o.cio que tiene mucho de saber gestionar la información. De escribir sí, pero también de callar, sin que por ello el relato se resienta. Al contrario. Una gestión que se caracteriza por la obsesión por la pertinencia y cierto pánico a la redundancia. Repetir lo dicho y destacar lo obvio me aterra de un modo casi irracional. Dependiendo del grado de precisión necesario, le suelo llamar pasar el cortacésped o la podadora. Quiero llevar la contraria, quién de vosotros no querría, a la idea o más bien prejuicio existente de que, casi por de.nición, los microrrelatos dejan al lector con las ganas de leer más. No creo que que esto ocurra con los buenos microrrelatos. Y si ocurre, señal de que no era el formato idóneo para la historia que se quería contar. Puestos a crear prejuicios, creo que es más habitual encontrar novelas que dejan al lector con ganas de leer menos que buenos microrrelatos que piden más. Tengo que reconocer que en los relatos que conforman “Lasai, ez da ezer gertatzen” que he hecho de todo. Algunos formaban parte de algo más largo que no funcionaba y estaba en un cajón, fragmentos que rescaté, les di una vuelta y dos y han podido llegar a funcionar en un formato más breve. Otros y podría hablar de la gran mayoría directamente fueron escritos vestidos de corto. Sin quitarse el chándal para saltar al césped. No hubiera extendido ninguno de ellos y no me he reservado ninguno para un futuro con extensiones capilares. Resulta raro encontrar un escritor de relatos al que no se le haya preguntado, “¿para cuándo una novela?”. Como si el relato fuera fruto de una relación de quiero y no puedo, del rollo de una noche y no un acto premeditado. No a pocos también les he leído decir que, en .n, la primera idea era escribir una novela pero que la vida cotidiana con el trabajo, la familia y sus cosas, no se lo ha permitido. En el caso de quien escribe una colección de microrrelatos creo que se pregunta con mayor perplejidad un muchas veces sin respuesta “¿por qué?” o un más coloquial, ¿y cómo así? Supongo que la respuesta ideal es la misma a todas las preguntas impertinentes: “porque sí”. Si bien escribir me parece una tarea complicada, que cada vez me lo parece más, en el caso de los relatos y microrrelatos, el establecer el orden es una labor con su grado de di.cultad. Nadie lo pregunta demasiado, a la gente le interesan más los chascarrillos de cómo se le ocurrió X cosa al autor. Para autor (o en el caso de las antologías, para el editor), sin embargo, supone una de las preguntas principales a las que se enfrenta. Y es mi sospecha que el resultado .nal depende de ello más de lo que creemos. Habrá quien lo haga sobre la marcha. Yo lo dejé para el .nal. Extendí todos los folios y traté de dotarle de un sentido, de una especie de continuo a la narraciones, que de partida no tenían nada que ver. Cada una de ellas había sido concebida sin tener en cuenta lo que iba a tener alrededor. Aquí se mezclan varios órdenes del universo: el orden de escritura, los posibles órdenes descartados pero que podrían haber funcionado, el orden que .nalmente se le da a la colección y un hipotético e incontrolable orden, el del lector más ácrata, y que a saber a qué criterios más o menos aleatorios responde. Sea el que sea el hilo .nal con el que los relatos son cosidos, este debe se fuerte, que aguante bien los tirones, para que en su lectura continua, los relatos no se deshilachen y se rompan. Resultado Por todo esto y algunas cuantas cosas más, me resulta absurdo pensar en los formatos breves cómo unidades solitarias porque rara vez se nos presentarán así y desde luego, será más raro aún que el lector los asimile así. No se va a leer de manera unitaria, ni cuando se haga en el cuarto de baño, que es un espacio en el que siempre me ha parecido que han funcionado bastante bien. El texto supuestamente autónomo mira hacia los lados. Con un poco de suerte, quizá si los microrrelatos son buenos, como los buenos platos, el lector se detenga y repita. El crítico posiblemente diga que debería repetirse aunque él no lo haya hecho por cuestiones de agenda. Es algo que me parece importante y diferente respecto a otros formatos más extensos. Dada la brevedad y fácil ingesta (hablando en términos cuantitativos y no cualitativos), el riesgo de que los cada relato tenga que aguantar el peso de segundas y terceras lecturas es mayor. Y ya se sabe qué suele ocurrir muchas veces con estas segundas lecturas, o con segundos visionados de películas que nos gustaron una vez, se empiezan a ver los trucos y las trampas, que por otra parte, todos hacemos. Es un riesgo, no tiene por qué ser una realidad, que eleva el nivel de autoexigencia que ya de por sí nos debería caracterizar como seres humanos. ¿Somos capaces de aguantarnos una y repetidas veces? Es muy .na la línea que separa los géneros y que responde muchas veces a nuestra propia necesidad perfectamente humana y no por ello, menos comprensible, de tener ciertos puntos de partida previos a la propia lectura. Son fruto de un consenso y de unas reglas del juego. Y aunque todo es híbrido, líquido y si me apuráis, gaseoso, funciona. A veces pienso que puede ser un prejuicio má, pero es bastante común hablar de la proximidad entre el relato breve y la poesía. No seré yo quien discuta esta a.rmación pero tengo la impresión, y deseo que alguien me lleve la contraria en mi ignorancia supina, no sé si por lo vertiginoso de la cultura actual o por qué, que la relación relato breve narrativo y las formas más poéticas no pasan por su mejor momento. Ambas pueden estar gozando de una buena salud por independiente, ojalá sea así, pero mi sensación es que, y hablao desde la óptica del relato breve su relación ha vivido tiempos mejores. Sin embargo, algo que sí me parece que ha ido ganando más espacio es el microensayo. Siendo la poesía algo tan complicado de hacer bien y muy fácil de hacer fatal, supongo que el enmarcar una re.exión crítica bajo un contexto más o menos (bastante menos que más) narrativo tiene todas las de ganar en un posible triángulo amoroso. Aunque lo hagamos sin ningún criterio, a todos nos gusta sentar cátedra y más ahora en la Gran Era de la Opinión Veloz. . Los formatos breves en la literatura en euskera Sin ser ninguna experta en literatura en general y la vasca en particular, sí que sigo lo que se publica últimamente y no se aprecia que los formatos hiperbreves tengan ningún auge especial en nuestra lengua. No se aprecia una tendencia clara ni creo que podríamos hablar de importancia creciente como quizá sí ocurra en otros sistemas. Karlos Linazasoro que estuvo el año pasado a esta cita es uno de los pocos que con sus aforismos pueda hablarse como un autor que ha realizado una apuesta por el formato breve. Joseba Sarrionandia, uno de los grandes de la literatura vasca, tiene algún libro de microrrelatos escrito hace tiempo. Hasta ahí. Más allá de lo que pueda ser trabajos puntuales dentro de las obras de autores, como puede ser el caso de algunas narraciones de Iban Zaldua, Koldo Izagirre o Bernardo Atxaga, poco. Supongo que en esta época de nuestra historia, estamos densos y con la necesidad de explayarnos mucho. En una apuesta más educativa que editorial por el formato breve anduvo la editorial Pamiela, que hasta el 2012 y durante siete ediciones organizó un concurso escolar de microrrelatos entre los jóvenes en Navarra. Y me consta que en localidades como en Ordizia (Gipuzkoa) hay concursos dirigidos a jóvenes con una participación bastante digna pero que no trasciende en exceso. ¿Y en lo digital? Hay alguna cosa que otra, como Mikroipuin-labea (trad. El horno de los microcuentos) de Josu Waliño que es un blog y a su vez una colección de microrrelatos autoeditados en formatos digitales (http://baleike.com/mikroipuinak/) o Potroak odoletan (trad. Testículos ensangrentados) que combina narraciones e ilustraciones y que también ha optado por la publicación digital bajo licencia Creative Commons (http://urlia.eu/liburua). Literatur Mikropilulen Farmazia (trad. La farmacia de las micropíldoras literarias)(http:// mikropilula.blogspot.com.es/) es un proyecto colectivo y desafortunadamente algo anónimo en el que se van publicando narraciones y poesía breve. Y .nalmente, y ligado más a lo sentimental que a otra cosa, está este sambódromo de la escritura breve (y muchas veces irrelevante) que es twitter en el que el límite de los 140 caracteres impuestos por el propio servicio ha propiciado la aparición de relatos más o menos líricos / narrativos / re.exivos efímeros, que con el uso de una etiqueta, se autocali.can como #microcuentos aunque algunos sean más #microteníaganasdesoltarlo a botepronto. Dentro de la literatura vasca en castellano, creo que destaca principalmente Jesús Esnaola y su colección de microrrelatos Los años de lluvia. Desconozco si hay mucho más, quizá conozcáis el panorama mejor que yo, así que mejor no ahondo porque corro el riesgo de seguir quedando peor de lo que ya puedo estar quedando. Que estará siendo muy mal. Epílogo Hasta aquí lo que tenía que decir sobre mi experiencia y mi miope visión sobre los microrrelatos y formatos breves. Agradezco mucho la invitación, aunque sea para dar el toque “exótico”. No creo que la mereciera. En mi presentación he dicho que jugaba con ventaja, ya que ninguno de vosotros habéis leído ninguno de mis relatos. Pero quizá resulte un poco injusto, no por mí, sino por vosotros, y por eso me he permitido traer unas pocas, lo prometo, traducciones. Disculpad el atrevimiento. Este, y todos los demás. La combinación Entró en el cajero. Según su reloj, eran las 3:26 de la madrugada. Introdujo la tarjeta y se dispuso a teclear el código. Cada vez que sacaba dinero, se acordaba de Manu y su cumpleaños. Debía cambiar el código de una vez. Es lo que decidió la vez anterior y para ello introdujo la nueva combinación dos veces. Con.rmando su deseo de cambiar el número. Con.rmando que Manu y su fecha de cumpleaños dejarían de signi.car algo. Pero aquella noche no era capaz de recordar el nuevo código. Era Manu el que le venía a la cabeza. Y el tres de julio. Y el dolor provocado por su indiferencia. El agujero dejado por la impotencia. Por segunda vez, intentó recordar la combinación de su nueva vida. A la tercera, el cajero se tragó la tarjeta. Ketchup Llevo un par de minutos mirando la gota de ketchup que ha caído sobre la alfombra. He pensado que lo que ha caído desde la altura de mi boca, en realidad ha podido caer de mi nariz. O lo que es peor, de un oído. Sangrar de un oído no signi.ca nada bueno. Es señal de colapso. El aviso de un tumor. Pero es ketchup, como en los tiroteos de las películas baratas. Nada más que ketchup. Estoy vivo. No estoy sangrando. Es ketchup. El ketchup barato de una vida barata. Debería limpiarlo. Sin embargo, una voz nerviosa dice que habría que esperar a que llegara la policía. El del unicornio Mi madre me iba a llevar al circo a ver el unicornio, y no pegué ojo en toda la semana (como todavía hoy, me sucede en la víspera de las grandes citas). En aquellas noches en vela, soñaba que sería como aquellos que aparecen en las películas. Que sería blanco, hermoso, mágico. El director del circo anunció el número sin necesidad de micrófono, con todo el entusiasmo que aún le quedaba dentro. Era un unicornio, único en el mundo, un milagro de la naturaleza. Aquella sería nuestra primera y última oportunidad. Nos preguntó si estábamos preparados y yo, aunque no lo estaba, grité que sí. Se apagaron las luces y se encendió un foco. Y ahí apareció, no muy majestuosamente, dicho sea de paso, el unicor… aquella oveja que tenía una prótesis en la frente. Aquello era el milagro de la naturaleza. Aquella era nuestra primera y última oportunidad. Mi madre tuvo que abrazarme muy fuerte. Pelusas Un vecino ha decido que lanzar por la ventana las pelusas recogidas con la escoba es un modo de vida válido. Ha sido una decisión unilateral, apoyada por el anonimato y la gravedad. Las pelusas han caído sobre la ropa que tengo colgada. He sacudido la ropa y ahora las pelusas están en mi cocina. Se parecen a las pelusas de mi casa que acabo de recoger. La he unido, mezclado, confundido. Y, sin pensarlo dos veces, las he lanzado por la ventana que da al patio. He visto cómo caían sobre la ropa del vecino de abajo. Están ahí, en suspensión. Nuestras cotidianidades. Polvos. Pelos. Migas. Miserias. Pelusas. Es la cadena de la existencia.