Edición Digital - Fundación Luis Chiozza

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Luis Chiozza
¿Por qué nos
equivocamos?
Lo malpensado que
emocionalmente nos conforma
libros del
Zorzal
Chiozza, Luis
¿Por qué nos equivocamos?: lo malpensado que emocionalmente nos conforma -1a. ed.- Buenos Aires: Libros del Zorzal,
2008.
192 pp. ; 13,5x20 cms.
ISBN 978-987-599-109-5
1. Psicoanálisis. I. Título
CDD 150.195
Imagen de tapa: Óleo de Silvana Chiozza
Armado de interiores: Punto Aparte
© Libros del Zorzal, 2008
Buenos Aires, Argentina
Printed in Argentina
Hecho el depósito que previene la ley 11.723
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Índice
Prefacio................................................................................. 9
Capítulo I
A manera de prólogo........................................................... 11
Acerca del error involuntario. Acerca de nuestros grandes errores. Cuatro gigantes del alma. Podemos ser víctimas de nuestros
propios motivos. Acerca de pensamientos y emociones.
PRIMERA PARTE
CUATRO GIGANTES DEL ALMA
Capítulo II
La rivalidad........................................................................... 25
Competitividad y competencia. La selección natural del más
apto. Los motivos que surgen de las funciones orgánicas. El
falso privilegio del padre. Los “prejuicios” de la etapa fálica. La
gestación del gigante.
Capítulo III
Los celos............................................................................... 39
¿De dónde vienen los celos? El yo “mutilado”. La relatividad
del yo.
Capítulo IV
La envidia.............................................................................. 51
La envidia y los celos. ¿Un sufrimiento incurable? El resentimiento de la carencia.
Capítulo V
La culpa................................................................................. 61
Hablemos de la culpa. La culpa y la responsabilidad. El inmenso capítulo de la existencia ideal. La oscura huella de la antigua
culpa. La culpa infantil. Las maniobras evasivas de la responsabilidad. El don superlativo que denominamos perdón.
SEGUNDA PARTE
VÍCTIMAS INCAUTAS DE SUS PROPIOS MOTIVOS
Capítulo VI
Meg........................................................................................ 87
El personaje. Amalfi. El asedio de Lord Darlington. La fama
de Mrs. Erlynne. La evidencia infame. La decisión de Meg. La
intervención de Erlynne. El abanico. El secreto. Los motivos
que conducen a la repetición de los destinos. Los sentimientos
que conducen a provocar lo que se teme. La envidia frente a la
materialización de un sueño. Verdades y mentiras. La envidia
que conduce a denigrar lo que se ama.
Capítulo VII
Chieko................................................................................... 103
El personaje. El jet Pop. La saturación de los sentidos. El detective
Mamiya. Mi hija la encontró. La carencia y el monstruo. La imperiosa necesidad de aprobar un examen. Víctima del enojo y de
la culpa. La influencia perdurable de una convicción errónea.
Capítulo VIII
Warren.................................................................................. 119
El personaje. La despedida. Ndugu. La vieja. El acontecimiento inesperado. Una nueva sorpresa. La terapeuta. La familia de
Randall. La boda. Noticias de Ndugu. La jubilación, la vejez y
la furia. Una vida sin rumbo. La necesidad de interessere.
Capítulo IX
Tommi..................................................................................... 149
El personaje. Un día en la vida de Tommi. El sábado. Antonio.
Mamá. La vida continúa. El nuevo trabajo de Renato. El amor
de Tommi. La exposición de pintura. La casa a oscuras.Tommi
tiene que ser un hombre. La invitación de Antonio. Libero también está bien. Los sinsabores de Tommi. Mi mamá va y viene.
Mónica. El hombrecito.
Capítulo X
A manera de epílogo............................................................. 177
Lo malpensado que emocionalmente nos conforma. La evolución del pensamiento. La evolución del sentimiento. Las ideas
que hoy son yo. ¿En qué nos equivocamos?
Prefacio
Incurrimos en tres tipos diferentes de errores. Cuando buscamos,
equivocadamente y sin darnos cuenta, la llave de la biblioteca en un
lugar distinto al lugar en donde la guardamos, porque evitamos de este
modo asumir concientemente que no queremos prestar el libro que
nos han solicitado, no se trata, en rigor, de un verdadero error, sino
de un modo “disimulado” de cumplir con un propósito inconciente.
Una segunda forma del error es la que lleva implícita, inevitablemente, todo aprendizaje. Aprender es perfeccionar un procedimiento, y
cuando lo logramos, descubriendo una mejor manera de hacer lo que
aprendimos, llamamos error a la manera antigua que hoy no nos parece
buena. En la tercera forma del error, a la cual dedicamos este libro,
lo que sucede se tiñe siempre con una cualidad dramática, porque
se trata de cuestiones que nos importan mucho y de errores que nos
conducen hacia un punto imprevisto que no deseamos y desde el cual
sentimos, una vez que ingresamos, que ya no se puede volver.
Es el error en el cual Meg, la protagonista del filme Una buena
mujer, de la cual hablamos en el capítulo VI, estuvo a punto de
incurrir. Es sobre lo que se pregunta Warren, cuando, en el filme
Las confesiones del Sr. Schmidt, que presentamos en el capítulo VIII,
recuerda el período de su vida en que eligió trabajar en la empresa
de la cual hoy se jubila. Es lo que conduce a Chieko, la japonesita
de Babel, de la cual nos ocupamos en el capítulo VII, a una conducta sexual que agrava su desolación profunda, y es lo que estuvo
a punto de sucederle a Tommi, el niño sensato que protagoniza el
filme Libero, que describimos en el capítulo IX, cuando torturado
por una situación familiar muy penosa se imagina que puede pasar
por encima del amor que lo une a su padre.
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Luis Chiozza
Nuestros grandes errores surgen muy frecuentemente de motivos que se apoyan en creencias que el consenso avala, y que nos parecen “naturales”. Vivimos inmersos en prejuicios, en pensamientos
prepensados que se conservan y se repiten porque, cuando fueron
creados, quedó asumido que funcionaron bien. Es claro que no podríamos vivir si tuviéramos, continuamente, que repensarlo todo.
Pero es claro también que hay prejuicios negativos que el entorno
nos contagia, que también retransmitimos, y que más nos valdría
repensar. Nuestros grandes errores fueron casi siempre el producto
de una decisión que eligió el camino, más fácil, de lo ya pensado.
Un camino que se conforma, con demasiada naturalidad, con la
influencia insospechada que, en sus múltiples combinaciones, ejercen sobre nuestro ánimo y sobre nuestra conducta, la rivalidad, los
celos, la envidia y la culpa que incautamente reprimimos.
Digamos por fin que es esa represión lo que conduce, cuando
predomina en un conjunto humano habituado a seguir los caminos seductores que parecen más fáciles, a la situación paradojal en
la cual todo el mundo se afana en pensar sobre las cosas que no
necesitan volver a ser pensadas, en lugar de repensar precisamente
en aquello ya pensado que le funciona mal. Entramos así, de lleno,
en una situación que tiene algo de lo que señalaba Ortega cuando
afirmaba que en España todos “han perdido la razón”, con lo cual
ha sucedido finalmente que todos han acabado por tenerla, con la
particular condición de que la razón que cada uno esgrime no es la
propia, sino únicamente aquella que el otro ha perdido.
Capítulo I
A manera de prólogo
Acerca del error involuntario
Equivocarse es, en esencia, tomar una cosa o una vía por otra,
y el psicoanálisis, comprendiendo la íntima estructura de los actos
fallidos –que son equivocaciones comunes aparentemente casuales– en los cuales hemos incurrido “sin querer”, nos ha permitido
comprender que muchos de nuestros errores no lo son en verdad,
porque ocurren como producto del triunfo de un propósito inconsciente que alcanza sus fines, aunque, como es obvio, puede
errar todavía en lo que respecta a las consecuencias del haber concretado esos fines.
Cuando hablamos de los propósitos inconscientes que se manifiestan en los actos fallidos, nos referimos a propósitos reprimidos,
pero es necesario tener en cuenta que es posible distinguir entre dos
tipos de represión diferentes. Hay procesos que han sido relegados
a funcionar de un modo “automático”, como producto de un acontecimiento que el psicoanálisis denomina represión primordial y
que es precisamente el que, durante la constitución del organismo,
establece una especie de “barrera de contacto” entre lo que será
consciente y lo que será inconsciente. Así sucede, por ejemplo, con
la respiración que puede llevarse, sin embargo, a la conciencia o,
más profundamente, con procesos fisiológicos como la regulación
de la cantidad de glucosa que circula en la sangre. Pero, también hay
propósitos que son inconscientes porque han sido reprimidos de un
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Luis Chiozza
modo secundario, como consecuencia del desagrado que han producido luego de haber alcanzado alguna vez la conciencia, aunque
hayan logrado solamente llegar hasta sus zonas de penumbra. Este
tipo de represión –que suele llamarse “propiamente dicha”– corresponde a un “retiro de las investiduras”, lo cual significa que aquello
que reprimimos no ha sido borrado de la conciencia, sino que permanece en ella gracias a que ha sido despojado de su importancia.
Aunque el “mecanismo” que constituye a los actos fallidos puede
actuar en los niveles que corresponden a la represión primordial,
determinando alteraciones funcionales que solemos llamar signos
o síntomas, cuando nos referimos a lo que denominamos un acto
fallido, aludimos, habitualmente, al triunfo de propósitos que son
inconscientes como producto de una represión secundaria. Esos propósitos o las acciones que les corresponden pueden ser, de este modo,
totalmente inconscientes, pero se diferencian de “las intenciones” y
de los automatismos que nunca llegaron hasta la conciencia.
La sabiduría popular no ignora el modo en que la represión secundaria funciona cuando, ante un hecho traumático, desaprensivamente aconseja: “Olvídalo, no le des importancia”. Por esto, muchas veces sucede que creemos, ingenuamente, conocer nuestros
sentimientos o los propósitos que nos animan, sin darnos cuenta de
que, aunque los conozcamos, sólo tenemos una muy pálida idea de
cuánto nos importan y de cuál es la magnitud de la influencia que
tienen, han tenido o tendrán “el día menos pensado”, en el decurso
de nuestra vida.
Acerca de nuestros grandes errores
Todos, por el sólo hecho de vivir, cometemos errores, y esto, en
realidad, no constituye necesariamente un perjuicio, porque crecemos y aprendemos en la medida en que los corregimos. Nuestros
éxitos repetidos nos enseñan, en cambio, muy poco acerca del proceso mediante el cual se logran, ya que provienen de la repetición
de lo que ya sabíamos. Sin embargo, hay errores y errores, porque
¿Por qué nos equivocamos?
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algunas de nuestras equivocaciones nos conducen a daños que son
irreparables. El lenguaje popular se refiere, en una de sus comunes
expresiones, a la desgraciada posibilidad de elegir “el mal camino”;
y no cabe duda de que existen trayectos en la vida que, una vez recorridos, nos enfrentan con situaciones que son irreversibles y con
otras que sólo muy difícilmente pueden ser “revertidas”, con grandes esfuerzos y soportando daños. Algunas de nuestras equivocaciones “grandes” tienen efectos inmediatos. Esto sucede, por ejemplo,
cuando el conductor de un automóvil piensa que podrá adelantarse
al camión que obstruye su paso, pero calcula mal y en un instante
ocurre un desastre irreparable. Otras veces, quizá las más frecuentes,
los efectos de nuestros grandes errores se evidenciarán más tarde,
tal vez muchos años después de haber cruzado algún umbral sin
retorno. No existe una línea en el piso que nos indique cuál será la
zona de la que, una vez ingresados, ya no se podrá volver.
Comencemos por decir que el bienestar en nuestra vida es, en
su mayor parte, inconsciente, porque, hasta donde sabemos, la
conciencia –como el pensamiento– sirve a la necesidad de resolver
dificultades. De modo que, cuando cobramos noticia y pensamos
acerca de lo que solemos llamar nuestra realidad, lo hacemos porque esa realidad nos hiere y sentimos la necesidad de hacer algo con
ella. Así y por este motivo, nace frente a la realidad lo ideal, como
un “dibujo” de aquello en lo cual queremos que lo real se transforme. La forma más común en que lo ideal se diseña es mediante el
simple expediente de “contrariar” a nuestro malestar, construyendo
una contrafigura mental que surge de la inversión de sus términos.
Pero, como es obvio, la realidad es mucho más de lo que nuestro malestar registra; y los “proyectos”, con los cuales la estructura
racional de nuestra mente puede intentar mejorar la realidad del
mundo, surgen de mapas inevitablemente incompletos y de procedimientos que simplifican la complejidad de lo real. Por esta razón,
pudo decir Ortega que el peor castigo para un idealista sería condenarlo a vivir en el mejor de los mundos que él es capaz de concebir.
Y por esta misma razón, podemos agregar que el uso desmedido de
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Luis Chiozza
nuestros principios “de acción”, en último término morales –aun
en el caso de que se trate de los mejores principios–, nos coloca en
el riesgo de funcionar en la zona en que se destruye la vida.
No cabe duda de que la mayor parte de las cosas que tememos
nunca ocurren, y tampoco cabe duda de que la vida está llena de cosas que son imprevisibles. Sólo tendrá sentido, entonces, que abordemos el tema de nuestros grandes errores, si algo podemos decir
acerca de algunos motivos que muy frecuentemente nos conducen
a ellos. No me refiero, claro está, a los motivos en los que pensamos
cuando decimos a nuestros hijos que miren con cuidado antes de
cruzar la calle, ni a lo que pensamos cuando damos consejos a un
amigo que no se atreve a buscar un trabajo más satisfactorio. Se
ha dicho más de una vez que el que necesita un buen consejo casi
nunca puede aceptarlo, y que el que está en condiciones de aceptarlo seguramente no lo necesita. Tampoco me refiero al “vicio”
–muy dañino– que todos, en alguna medida, compartimos y que
los ingleses resumen en la expresión wishfull thinking, que consiste
en dejarnos llevar por la tendencia que nos conduce a pensar que
las cosas son, o seguramente serán, como nos agradan que sean. Es
un vicio que actúa cuando, contrariando nuestros mejores criterios,
preferimos negar las consecuencias de las decisiones que deseamos
asumir para ahorrarnos “fácilmente” un duelo. Me refiero, en cambio, a los motivos “de fondo”, motivos que muestran que nuestros
grandes errores no suelen ser el producto de una equivocación aislada. Sino que, por el contrario, son “tendencias” que surgen como si
fueran “verdaderas necesidades” cuando “somos malpensados” por
pensamientos y afectos arraigados en nuestro carácter, pensamientos y afectos “prepensados” que usamos “sin pensar” y que muchas
veces, para colmo, coinciden con los que el consenso avala. De
modo que, si a veces ocurre que “somos malpensados” por prejuicios que conforman nuestra vida y que sin pensar “usamos”, muchas de esas veces se trata de prejuicios que el entorno nos contagia
porque nuestro sistema “inmunitario” mental, incautamente, los
tolera “en simpatía”.
¿Por qué nos equivocamos?
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Freud señaló que la historia de las ideas, en las últimas centurias,
nos ha conducido a tener que tolerar varios “agravios” acerca del valor
que asignamos a nuestra importancia en el cosmos. El primero surgió
de la revolución copernicana, que desplazó a la tierra del centro del
universo, mostrándonos que es solamente un pequeño planeta que
gira en torno de una estrella de poca magnitud en el borde de una
de las tantas galaxias. El segundo agravio fue un producto de la labor
de Darwin, que destruyó nuestra ilusión de ser la superlativa obra
maestra de una creación divina, insertándonos en una evolución biológica que se desarrolló en diversas direcciones. El tercero surgió del
psicoanálisis, que nos revela que, muy lejos de suceder como creemos
–que gobernamos el timón de nuestra vida a partir de pensamientos
que son conscientes, voluntarios y racionales–, actuamos conducidos
por un conjunto de motivaciones inconscientes que ignoramos. Si
coincidimos con lo que ha dicho Freud, debemos aceptar también
que una cosa es que nuestra razón acuerde con el pensamiento que
acabamos de citar, y otra cosa muy distinta es poder creerlo hasta
llegar al punto en que, sintiendo la importancia de las fuerzas inconscientes, adquirimos una nueva prudencia.
Recordemos las palabras de Gandhi, que resultan mucho más conmovedoras cuando tenemos en cuenta que la mayor parte de nuestros
pensamientos son inconscientes: “Cuida tus pensamientos, porque
se trasformarán en actos, cuida tus actos, porque se trasformarán en
hábitos, cuida tus hábitos, porque determinarán tu carácter, cuida
tu carácter, porque determinará tu destino, y tu destino es tu vida”.
Freud decía que se comienza por ceder en las palabras y se termina por
ceder en las cosas. Muchas de las veces que actuamos conducidos por
pensamientos erróneos, que “se han transformado” en automatismos
habituales que “contienen” esos pensamientos implícitos, nuestros
actos transcurren sin que tengamos noticia de consecuencias muy
graves; pero esos mismos pensamientos, en otras circunstancias o
algunos años más tarde, podrán ocasionar grandes daños.
Tratar de comprender el porqué de nuestras equivocaciones grandes nos enfrenta, a primera vista, con un inventario interminable de
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Luis Chiozza
los motivos más diversos. Pero, los seres humanos, aunque nos identificamos por nuestras diferencias, nos diferenciamos a partir de una
estructura común que es el producto de una evolución de milenios.
Nos gestamos y nacemos de una misma manera, nos alimentamos
con las mismas sustancias, estamos constituidos con los mismos
órganos, nos animan deseos y temores parecidos, y nuestro carácter
se establece a partir de procesos similares. Gracias a nuestras semejanzas, nos reconocemos hasta el punto de llamarnos semejantes, y
por obra de nuestra común constitución podemos comunicarnos
y entendernos.
Cuatro gigantes del alma
Hace ya muchos años, un conocido psiquiatra español, Emilio
Mira y Lopez, escribió un atractivo libro titulado Cuatro gigantes
del alma. Se refería al miedo, la ira, el amor y el deber. La idea de
que hay gigantes en el alma cautivó mi espíritu juvenil de entonces,
porque los gigantes son seres animados por una vida propia. Un gigante, además, impresiona por su fuerza. Una fuerza frente a la cual
nos sentimos inermes como un niño pequeño frente a la magnitud
de sus padres. Pero, también la idea de gigante convoca, mitológicamente, la condición inquietante de una anormal monstruosidad
que, para colmo, a veces opera en la sombra. Hoy, influido por los
años dedicados al ejercicio de la psicoterapia, pienso que el miedo,
la ira, el amor y el deber no constituyen el mejor paradigma de los
gigantes del alma. Pienso, en cambio, que entre los que nos habitan
sobresalen otros cuatro: la rivalidad, los celos, la envidia y la culpa.
Hace ya algunos años, en 1986, escribí ¿Por qué enfermamos?.
Hace poco, intentando comprender qué cosas nos enferman, escribí Las cosas de la vida, comprendiendo que lo que de la vida nos
enferma, siempre forma parte de aquello que de la vida nos importa. Pero las cosas, decía Antonio Porchia, son como caminos, y
son como caminos que sólo conducen hacia otros. De modo que la
pregunta acerca de por qué enfermamos condujo, por ese sendero,
¿Por qué nos equivocamos?
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a que nos preguntemos por qué nos equivocamos tantas veces en
nuestra manera de vivir la vida. Y allí, dentro de ese interrogante,
fue creciendo la figura de los cuatro gigantes del alma que recién
mencionamos. No cabe duda de que los cuatro colosos que se reparten nuestro ánimo en las horas de penuria son afectos, y es necesario que nos preguntemos cuál es su origen, cuál es la sustancia
que los constituye y cuál es el alimento que nutrió su crecimiento.
Podemos ser víctimas de nuestros propios motivos
En los próximos capítulos, nos ocuparemos de esos cuatro gigantes y luego dedicaremos la segunda parte de este libro a relatar algunos
casos acerca de los que podríamos decir, exagerando un poco, que
fueron incautamente sus víctimas. Es claro que, al decirlo de esta
manera, hacemos uso de un modo de concebir el destino que, en
primera instancia, parece dejar de lado que las personas en cuestión
pueden ser vistas como actores que han intervenido en el drama
que “les acontece”. Pero, cuando los describimos como víctimas,
nuestra intención se dirige a subrayar que, dado que los motivos
que conducen la vida –cuando han sido reprimidos– operan muy
lejos de la conciencia, solemos comportamos como seres inermes que
contemplan impotentes las vicisitudes dramáticas que los aquejan.
No hablaremos esta vez, sin embargo, de personas que hemos
visto en calidad de pacientes. Utilizaremos la intuición que caracteriza a los grandes realizadores artísticos y nos ocuparemos de los
seres humanos que hemos visto vivir en el cine y que nos han conmovido precisamente porque, en alguna medida, podemos identificarnos con ellos. La experiencia obtenida en el ejercicio de la
psicoterapia nos permite afirmar que las historias que hemos elegido, aunque son “de película”, son en lo esencial absolutamente
verosímiles. Vargas Llosa se ha ocupado de este importante tema,
la verosimilitud de la ficción, en un libro que precisamente ha titulado La verdad de las mentiras. El requisito de la verosimilitud puede considerarse razonablemente satisfecho si el lector, además de
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Luis Chiozza
otorgarnos, en principio, una cuota de confianza, recurre a su propia experiencia de vida. Y la idea de presentar estos “casos”, que no
fueron personas que nos han consultado sino personajes de la ficción literaria, posee una ventaja indudable porque permite, a quien
así lo desee, entrar “en contacto” con esos personajes que usamos
como ejemplos, viéndolos vivir en el filme.
El modo en que relataremos las historias que integran la segunda
parte de este libro tomará una forma que deriva del contacto que establecemos cuando ejercemos nuestra profesión de psicoterapeutas.
Dedicamos nuestro esfuerzo, desde hace ya muchos años, a realizar
un tipo de estudio que denominamos patobiográfico, que se sustancia en unos 45 días y que realizamos con el concurso de un equipo
de psicoterapeutas y de colegas de distintas especialidades. Mediante
ese estudio, procuramos relacionar el motivo de la consulta y la evolución de sus trastornos, se trate de una afección que altera sus órganos o de una dificultad en la prosecución de su vida, con lo que las
vicisitudes en la biografía del paciente nos enseñan acerca de su crisis
actual. Durante este tipo de tarea, nuestra interpretación intelectual
de los datos que el paciente aporta se completa con la consideración
de lo que nuestra resonancia afectiva (el conjunto de simpatías y
antipatías que el psicoanálisis denomina contratransferencia) nos
permite comprender, acerca de los sufrimientos y las dificultades que
aquejan al paciente y acerca de la forma en que tiende a establecer
sus relaciones en su convivencia cotidiana. Mencionamos aquí estas
circunstancias porque, cuando nos aproximemos a las historias que
configuran el drama de los personajes cinematográficos que presentaremos, nos acercaremos a ellos como si se tratara de personas que
han acudido a nuestro consultorio; y lo haremos utilizando no sólo
lo que hemos aprendido en nuestra práctica psicoterapéutica ejercida con el encuadre habitual, sino también lo que las patobiografías
realizadas nos han aportado.
Cuando un paciente nos consulta por algo que lo aqueja, siempre nos relata –o nos expresa a través de sustitutos– acontecimientos actuales. Acerca de esos acontecimientos que comprometen sus
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afectos actuales, podemos decir, en primer lugar, que se trata de
sucesos en los cuales vemos repeticiones de modelos de acción que
forman parte del carácter y que están determinados por otros acontecimientos anteriores que, por lo general, ocurrieron en la infancia.
En segundo lugar, aunque no menos importante, los acontecimientos a los cuales nos referimos constituyen siempre “historias” cuyos
personajes aluden, directa o indirectamente, a las personas más significativas en la vida del paciente. Sin embargo, lo que nos interesa
subrayar en este momento es que, durante la consulta, esos “personajes del relato” van cobrando cada vez más, en nuestras mentes, la
“carne” de la vida; hasta el punto en que, con mayor o con menor
grado de conciencia, entramos en una relación emocional con ellos.
Solemos descubrir, entonces, una parte de sus vidas que nuestro
paciente conscientemente ignora, pero inconscientemente sabe. Si
volvemos ahora a nuestros “personajes de película”, ya no nos puede sorprender que, a pesar de que elegimos “vivir la historia” desde
uno de ellos como si de un paciente nuestro se tratara, nos ocurra
lo mismo que al director del filme: “vemos” una parte de la vida del
protagonista en los hechos que viven los personajes de su entorno
y que nuestro “principal actor” aparentemente ignora. Por último,
aclaremos que, tal como ocurre cuando un paciente nos cuenta
algo que ha pasado y “presenciamos” el suceder de las escenas de la
historia que nos narra, describiremos los sucesos que se enhebran
en el drama vivido por nuestro personaje de ficción como lo hemos
visto en el cine, en un continuo presente.
Acerca de pensamientos y emociones
Debemos ocuparnos todavía de plantear una cuestión. Los
afectos, decía Freud, son el producto de una disposición congénita que todos compartimos. El proceso que configura la conmoción vegetativa que llamamos emoción es un acontecimiento cuya
configuración, típica y universal, se conformó en el remoto pasado
filogenético de un modo acorde con los fines que la situación, en
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Luis Chiozza
aquel pretérito, justificaba. Así, cuando se trata de la ira, por ejemplo, que en el pasado se tramitaría casi seguramente mediante una
pelea, se comprende que forme parte de ese afecto un aumento de
la circulación sanguínea muscular y cerebral. Si tenemos en cuenta
que el pensamiento se constituye como el ensayo “mental” de una
determinada acción, no cabe duda entonces de que todo afecto
lleva implícito, en la forma particular que lo constituye, un pensamiento “prepensado”, un pre-juicio antiguo e inconsciente que
en el presente actual es anacrónico, cuando los fines a los cuales
el afecto apuntaba ya no se justifican hoy. Sin embargo, señalaba
Freud, el afecto adquiere en la actualidad una justificación secundaria, en la medida en que cumple una función importantísima en
el proceso de comunicación.
La neurología, enriquecida en nuestros días por el conjunto de
conocimientos que se reúnen con el nombre de neurociencias, nos
enseña que el sistema nervioso se estructura en niveles jerárquicos de
complejidad creciente. Desde los trabajos de Paul Mc Lean se sostiene, por ejemplo, que el cerebro humano se encuentra constituido por tres formaciones de distinta edad evolutiva: el arquiencéfalo
o cerebro reptil, que coordina y gobierna las funciones fisiológicas
básicas de la vida vegetativa, como la respiración y el metabolismo;
el paleoencéfalo o cerebro roedor, que rige el mundo emocional
primitivo; y el neoencéfalo que establece, modula y organiza las
funciones sensoriales y motoras más complejas en la interrelación
con el entorno. En la última década, asistimos al descubrimiento
de neuronas “espejo” que cumplen la función “premotora” de “imitar” una acción observada, sin realizarla. Desempeñan una importante función en el aprendizaje del lenguaje mediante la imitación
de los movimientos de los labios y la lengua, pero además, cumplen otras funciones importantes. Se excitan en la contemplación
del sufrimiento ajeno y son los representantes neurológicos de las
identificaciones concordantes y complementarias que fundamentan la simpatía o la antipatía. Su función “establece” el territorio
del “como-si” del cual surge la metáfora y, en la medida en que
¿Por qué nos equivocamos?
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representan la capacidad para adoptar los puntos de vista de otro
ego, pueden ser contempladas como determinantes de la ética.
La psicología cognitiva y el psicoanálisis equiparan los “niveles”
de la organización nerviosa con distintos estratos, en los cuales los
procesos se representan mutuamente. De modo que nuestro psiquismo se constituye como una laberíntica galería de espejos en los que
los acontecimientos “mentales” se reflejan en “especulaciones” que
re-presentan a las cosas y a sus relaciones, y vuelven a re-presentar
a las representaciones mismas, en distintos grados de abstracción.
Lo que denominamos pensamiento se encuentra constituido por
esas especulaciones que adquieren a menudo las características de la
metáfora. Emmanuel Lizcano ha escrito recientemente un hermoso
libro titulado Las metáforas que nos piensan, en el que se ocupa,
precisamente, de la insospechada influencia que tales pensamientos
implícitos ejercen en nuestros procesos intelectuales conscientes.
Demás está decir que la mayoría de esos procesos “de reflexión”
trascurre de manera inconsciente para nuestra conciencia habitual;
de modo que puede sostenerse que vivimos estructurados y habitados, con-formados, por innumerables pensamientos que hemos
pensado en nuestra infancia olvidada o que jamás hemos pensado
en nuestra vida individual. Se trata de pensamientos implícitos en
la construcción de nuestros órganos, en la configuración de nuestras
emociones, en la determinación de nuestros actos y, también, en la
manera en que, sin pensar conscientemente, “pensamos” acerca de
nosotros mismos, acerca del mundo en el cual vivimos y acerca de
nuestros semejantes, conformando los vínculos que establecemos
con ellos. David Bohm, que desarrolla ampliamente este tema en el
libro Thought as a System, nos habla de reflejos condicionados por
la memoria y los hábitos. Tales “reflejos”, que se configuran como
movimientos o como actitudes, son también representaciones, es
decir, son interpretaciones mejor o peor logradas, pero siempre “incompletas”, de una realidad que como tal será siempre algo más de
lo que acerca de ella se puede pensar.
Primera parte
Cuatro gigantes del alma
Capítulo II
La rivalidad
Competitividad y competencia
De acuerdo con el Diccionario de la Real Academia Española, un
“rival” es la persona que compite con otra pugnando por superarla
o por obtener una misma cosa. La “rivalidad”, en cambio, es la enemistad producida por esa contienda. El Diccionario Etimológico de
Corominas señala que la palabra deriva de “río” y se refiere, en sus
orígenes, a una actitud de disputa por la posesión del agua en el morador de un predio contiguo a un río con respecto al que mora en la
otra ribera. Queda claro entonces que, aunque la rivalidad se manifiesta en una conducta, lleva implícito un sentimiento de enemistad,
cuyas características particulares quedan bien establecidas en la definición del término y en su origen etimológico. Antes de proseguir,
aclaremos que la palabra “competencia”, utilizada para referirse a la
disputa que el que “compite” entabla por rivalidad, también denota pericia, aptitud e idoneidad para hacer algo o intervenir en un
determinado asunto que de este modo le “compete”, corresponde o
incumbe al que posee esa pericia. La palabra “competitividad”, en
cambio, señala inequívocamente la capacidad y la disposición para
la contienda que se establece por obra de la rivalidad.
Hay pues una aversión, un odio y una hostilidad que son particulares y propios de una determinada situación, y para resumir y
referirnos a la particularidad de esos sentimientos que son característicos, usamos el término “rivalidad”. Si bien la rivalidad puede
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comprenderse, hasta un cierto punto, en aquellas situaciones en las
cuales la tendencia a la autoconservación conduce a una lucha que
busca asegurar la existencia propia, no cabe duda de que también
funciona en aquellas otras situaciones en donde los bienes abundan
y es completamente innecesario disputarlos. Freud fundamenta la
rivalidad en la existencia de los celos, los cuales a su vez nacen por
obra de un “complejo”: el Complejo de Edipo, que se estructura
en una situación “triangular” dentro de la cual dos personas se relacionan excluyendo a una tercera. Nos ocuparemos de los celos
en el próximo capítulo, pero, aunque muchas veces la rivalidad se
apoya en ellos, hay otras que nos permiten comprobar que posee,
independientemente de los celos, una existencia propia.
La selección natural del más apto
Darwin acude en nuestra ayuda con su teoría acerca de la
evolución de la vida. Explica el origen de las especies como una
consecuencia de cambios genéticos accidentales, sobre los cuales
una continua lucha por la existencia “selecciona naturalmente” la
supervivencia del más apto. De este modo, la rivalidad se explica
simplemente como una manifestación de la adaptación a la presión
ejercida por la selección natural. A pesar del rechazo inicial con
que la teoría de Darwin fue recibida, logró un lugar indiscutido
en el edificio de la ciencia, gracias a que parecía poder explicar el
espléndido desarrollo de la complejidad de la vida como una consecuencia de la intervención de fuerzas “naturales” desprovistas de
“intencionalidad”. La vida está llena de acontecimientos que avalan
la tesis de Darwin. Basta mencionar, como dos grandes ejemplos,
la existencia del depredador y la presa en la cadena alimentaria de
los seres vivos, y la demarcación del territorio que establecen los
individuos de algunas especies apropiándose de un espacio que defenderán con ahínco. Es inevitable interpretar, desde este punto
de vista, la impresionante conducta del león que, luego de triunfar
en la lucha que lo convierte en el nuevo jefe de la manada, no sólo
¿Por qué nos equivocamos?
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dispone de las hembras, sino que mata a todos los cachorros que
provienen del jefe anterior. Sin embargo, una contemplación más
atenta de la trama de la vida en su conjunto nos enfrenta con la
insuficiencia de la teoría de Darwin.
Gordon Rattray Taylor, en un bien documentado libro El gran
misterio de la evolución, expone las razones, sustentadas por numerosos autores, por las cuales la selección natural –aun admitiendo que su operación demande millones de años– no alcanza para
explicar la complejidad de las formas orgánicas, su repetición en
especies que provienen de ramas evolutivas diversas (como ocurre con el ojo del hombre, similar al del pulpo), ni las relaciones
funcionales que se observan entre distintas especies (como ocurre
con la fecundación de las flores por medio de los insectos que liban el néctar ofrecido a tal fin). Entre los numerosos autores que
sostienen enfáticamente que en el mundo biológico la cooperación
predomina por sobre la contienda competitiva, podemos señalar
a Lewis Thomas y a Lynn Marguliz, que desarrollaron disciplinas
distintas. Lewis Thomas, Presidente del Memorial Sloan Kettering
Cancer Center en Nueva York y miembro de la Academia de Medicina, ha expuesto con elocuencia sus argumentos a favor de la
existencia de un predominio de la cooperación en la trama de la
vida, en dos libros que ofrecen muchas ideas valiosas: Las vidas de la
célula y La medusa y el caracol. Lynn Marguliz escribe junto con su
hijo Dorian Sagan el libro Microcosmos, donde traza una hipótesis
que recapitula cuatro mil millones de años de la evolución biológica y nos muestra que los organismos más complejos surgen de la
simbiosis y de la colaboración entre los seres vivos, que se integran
de ese modo en un ecosistema.
Jeremey Rifkin realiza un penetrante análisis de nuestra situación
actual en El siglo de la biotecnología, un libro que, integrando informaciones que provienen de muy distintos sectores de la ciencia, de
la tecnología y de la cultura, nos conduce a conclusiones conmovedoras. Allí, Rifkin sostiene, apoyándose en argumentos elocuentes
de otros autores, que las ideas de Darwin acerca de la evolución
28
Luis Chiozza
biológica –como el producto de una contienda “militar” sin cuartel– resultaron sumamente atractivas para la época dentro de la cual
surgieron. Se prestaban admirablemente para sustentar los ideales
de competitividad territorial, nacional, de raza o de clase, que se
consolidaron como valores a partir de la revolución industrial en
la sociedad británica que constituyó el mundo de Darwin. Konrad
Lorenz, el insigne zoólogo austríaco, en una presentación acerca
de la enemistad de las generaciones publicada en el libro Play and
Development de Jean Piaget, Konrand Lorenz y Eric H. Ericsson,
(editado por Grijalbo en castellano) se interna en consideraciones
acerca de la genética y de la cultura que trascienden ampliamente
la tesis darwiniana y nos iluminan las relaciones existentes entre la
crisis actual de los valores morales, inquietantemente progresiva, y
las formas de regresión de la cultura, que se manifiestan en fenómenos aparentemente tan disímiles como las conductas que llamamos
asociales y el crecimiento canceroso.
No cabe duda de que la competitividad, en nuestros días y en
las postrimerías de la era industrial, aún goza del beneplácito de los
pueblos y de los gobiernos, ya que se considera que constituye un
poderoso motor del desarrollo, de modo que suele quedar confundida con la competencia. Es cierto que la competitividad, surgida
del afecto que caracterizamos como rivalidad, motiva y estimula el
progreso, pero no es menos cierto que hay estímulos mejores. La rivalidad, como motivación, conlleva aspectos negativos que, además de
innecesarios, pueden ser contraproducentes para el desarrollo, porque
se trata de una motivación que se agota cuando el rival fracasa.
Los motivos que surgen de las funciones orgánicas
Si queremos comprender mejor cómo se conforma la íntima
arquitectura del sentimiento de rivalidad, conviene que nos adentremos unos pocos pasos en la teoría con la que Freud interpreta
sus descubrimientos. Sostiene que cada órgano produce, durante
su función, una cuota de excitación que se descarga normalmente
¿Por qué nos equivocamos?
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durante el ejercicio de esa misma función. Sostiene también que si
esa excitación se acumula más allá de un cierto límite, genera displacer y que la descarga de esa excitación acumulada es placentera. Afirma que la actividad genital puede descargar la excitación acumulada
en otros órganos, y que éstos pueden descargar la excitación genital
acumulada. A partir de allí, Freud decide sostener (de una manera
que la incomprensión del entorno intelectual de su época considera
exagerada y escandalosa) que todo placer corresponde a la descarga
de una única energía vital: la libido, de naturaleza “sexual”, aunque
no necesariamente genital. Las diferencias cualitativas del placer
corresponden, entonces, a la particularidad de las funciones de los
distintos órganos; de modo que así como existe un placer o una
libido de cualidad genital, existe un placer, en el ejercicio de otras
funciones, dotado con una cualidad que es propia y particular de
cada uno de los órganos implicados. Lo importante es que la excitación acumulada puede transferirse de un órgano a otro conservando
parte de su cualidad, en un proceso particular de transferencia que el
psicoanálisis denomina: erotización. Así, durante el crecimiento y el
desarrollo, se recorren distintas etapas durante las cuales los órganos,
cuyas funciones predominan, imponen su modalidad cualitativa a
la descarga de la excitación. Se configuran, de este modo, distintos
tipos de descarga o de libido, que adquieren primacía en distintas
etapas de la evolución que acompaña al crecimiento.
La teoría psicoanalítica ha identificado tres etapas o primacías
principales en la evolución de la libido, etapas que denomina: oral,
anal y genital. A cada una de ellas la divide en dos: una primaria
y otra secundaria. Las funciones de succión y masticación caracterizan respectivamente a las primacías orales primaria y secundaria.
La expulsión caracteriza a la primera etapa anal, y la retención, a
la segunda. Durante la primacía genital, se reconocen una primera
etapa fálica, y una segunda que marca el punto final de la evolución libidinosa, y acerca de la cual se ha dicho que es “receptiva”
o “vaginal” en hombres y mujeres. Los sentimientos de rivalidad y
la conducta que les corresponde surgen cuando la libido genital,
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Luis Chiozza
propia de la primera etapa fálica, alcanza la magnitud suficiente
para generarlos; y esto sucede, en su forma más típica, dentro de
una situación caracterizada por un conjunto de fantasías inconscientes que transcurren asociadas y que Freud caracterizó con el
nombre “Complejo de Edipo”.
El falso privilegio del padre
De más está decir que la consideración del Complejo de Edipo
enriquece nuestra comprensión de la rivalidad. En primer lugar, el
triángulo funestamente famoso –dos hombres y una mujer o dos
mujeres y un hombre– que parece ser el paradigma que esclarece y
justifica la rivalidad en el adulto, se comprende, gracias a los descubrimientos de Freud, como la perduración de los sentimientos de
“exclusión” que se experimentan en la infancia frente a la relación
erótica que une a los progenitores. Sin embargo, no es menos cierto
que un niño puede evolucionar de modo saludable sólo si dispone
adecuadamente del amor de ambos padres. En otras palabras, necesita simultáneamente un trato maternal y otro paternal, y es muy difícil que esas dos funciones puedan ser bien desempeñadas por una
misma persona, entre otras razones porque muy frecuentemente son
contradictorias. De modo que, cuando uno de los dos progenitores
falta, su función tiende a ser desplazada sobre algún sustituto. La
expresión “No hay tu tía”, de uso popular, parece referirse a la carencia de esta posibilidad de sustitución que, en el caso de la madre
ausente, encuentra una forma habitual adecuada cuando recae en
la tía. Vemos entonces que una relación triangular, a pesar de que
constituye la trinca que genera contrincantes, también funciona de
una manera necesaria que no debe ser desestimada.
En segundo lugar, el Complejo de Edipo “oculta” un malentendido que adopta la forma de un pretendido privilegio del padre
o de la madre, con respecto a la prole de su mismo sexo. Freud
sostuvo que la identificación con el progenitor del mismo sexo no
puede ser completa, porque –usando como ejemplo la relación
¿Por qué nos equivocamos?
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entre el padre y el hijo– junto al mandato: “Así (como el padre)
debes ser”, existe el mandato opuesto: “Así (como el padre) no
debes ser, no debes hacer todo lo que él hace, pues hay algo que le
está exclusivamente reservado”. Lo prohibido al hijo, en esta sentencia, es copular con la mujer del padre. Sin embargo, es evidente
que la contradicción es aparente y que se configura como producto
de un malentendido, porque la misma prohibición puede ser expresada también de otra manera, menos conflictiva: “Así (como el
padre) debes ser, no debes copular con tu madre así como él no ha
copulado con la suya”. En este caso, el malentendido se deshace y
el pretendido privilegio del padre se demuestra falso, permitiendo
que ambos se comporten como hermanos frente a una prohibición
compartida que los trasciende y que no impide la identificación
completa. Comprendemos entonces que la rivalidad que deriva
del Complejo de Edipo extrae una parte de su apoyo de un falso
privilegio que, alimentando la idea de una pretendida injusticia,
encuentra un pretexto para la enemistad.
Comprendemos también que, mientras prevalece la idea de que
el injusto privilegio existe, se sostenga el equívoco de que el Complejo de Edipo no puede ser elaborado y trascendido de un modo
que definitivamente lo disuelva. Frente al desenlace de la relación
de Juan Tenorio con el convidado de piedra –la estatua de Don
Gonzalo, su víctima asesinada– surge la frase que tantas veces se
ha citado: “Los muertos que vos matáis gozan de buena salud”.
La frase famosa –aunque, curiosamente, se desconoce su origen ya
que no existe en el texto de la obra de Zorrilla, al cual se le atribuye– parece aludir a las condiciones del proceso que el psicoanálisis denomina sepultamiento del Complejo de Edipo. Es inevitable
pensar que, si sostenemos que el destino “normal” del Complejo
de Edipo consiste en “sepultarlo” en los fundamentos de nuestra
vida inconsciente –desde donde seguirá ejerciendo, sin embargo,
su nefasta influencia–, ha de ser porque nuestra interpretación permanece atrapada en prejuicios que nos condenan a un Complejo
de Edipo insoluble.
32
Luis Chiozza
Los “prejuicios” de la etapa fálica
Los progresos en el conocimiento del psicoanálisis nos han permitido comprender que la evolución de la sexualidad, desde la infancia hacia la vida adulta, es un proceso complejo que transcurre
a través de primacías o “fases” en las cuales una función predomina
y ejerce su influencia sobre el conjunto de tendencias. Karl Abraham, que ha dedicado gran parte de sus esfuerzos a esclarecer este
tema, describe la evolución de la libido en etapas, mediante un
cuadro comparable –de acuerdo con lo que él señala– al horario
de un tren expreso en el cual se mencionan unas pocas estaciones
entre las más importantes. Agreguemos también que, en algunos
períodos, esas fases se imbrican o se subordinan entre sí, otras
veces se “anticipan” (como en el caso de la fase genital previa descripta por Arminda Aberastury) y también ocurre que confluyen
(como sucede con el periodo denominado “perverso polimorfo”).
La rivalidad, como dijimos antes, surge íntimamente vinculada a
la primacía de la genitalidad primaria. De modo que el conocimiento de lo que ocurre durante la etapa genital nos ayuda a comprender de dónde surgen esos sentimientos y cómo evolucionan
en la genitalidad secundaria.
La etapa genital primaria precede a la pubertad y se denomina
fálica, aludiendo (con este término que proviene del latín phalus,
que significa pene y que también se usa para designar al clítoris) a
dos cuestiones esenciales. La primera surge de que el término “falo”
no es usado –como la palabra “pene”– para referirse al órgano masculino real, sino que, por el contrario, alude a la representación que
ese órgano adquiere durante esa etapa, en las fantasías infantiles;
alcanzando la categoría de un símbolo mítico que –tal como lo
testimonian obras de arte, obeliscos, edificios o monumentos de
culturas antiguas y modernas– es frecuentemente representado con
dimensiones descomunales. La segunda cuestión deriva de un hecho singular que, tal como fue planteado en los primeros trabajos
acerca de la etapa fálica, puede enunciarse así: durante esa etapa,
¿Por qué nos equivocamos?
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prepuberal, varones y mujeres solamente conocen la existencia de
un sexo, el masculino.
La idea de que una niña no posea noticia alguna acerca de la existencia de su vagina ha sido discutida con fundamentos sólidos por
numerosos autores, entre los cuales se cuenta nada menos que una
psicoanalista tan insigne como Melanie Klein. Sin embargo, como
ocurre muchas veces con las afirmaciones de Freud, la intuición
que las motiva y los descubrimientos que su teoría trata de explicar
terminan por quedar confirmados desde otros ángulos de reflexión.
Los hechos que la observación de la etapa fálica avala y que Freud
trata de explicar son, en lo esencial, los siguientes: la existencia, en
la niña, de una intensa y predominante excitación clitoridiana; la
existencia, en varones y mujeres, de un Complejo de castración de
acuerdo con el cual no existen dos sexos, sino solamente la oposición entre fálico y castrado, es decir, la oposición entre estar dotado
o despojado de un falo; y por fin, la existencia, en la niña, de una
intensa envidia del pene que posee el varón. Estos hechos que, como
dijimos, la observación confirma no necesariamente significan que
el varón no envidie a la mujer el pecho que amamanta o la capacidad de gestar, que se atribuye al vientre. Menos aún significan,
sin lugar a dudas, que la niña desconozca la existencia de su vagina. Basta para explicar esos hechos, el comprender que varones y
mujeres registran las sensaciones y la excitación que provienen de
sus órganos genitales, pero que sólo los genitales masculinos son
accesibles a la percepción por medio de los órganos sensoriales. En
palabras más simples, la vagina y el pene se sienten, pero sólo el pene
y, hasta cierto punto el clítoris, se pueden ver y tocar.
El equivocado prejuicio esencial de la etapa fálica consiste pues
en la fantasía, que la observación aparenta confirmar, de que a la
mujer “le falta algo”; un algo que, para colmo, se valora como una
importantísima fuente de placer. Volveremos sobre este punto en el
próximo capítulo, en el que nos ocuparemos de los celos, porque lo
que nos interesa destacar ahora se encuentra en otra dirección. La
oposición entre fálico y castrado, que suplanta equivocadamente a
34
Luis Chiozza
la complementariedad entre los sexos masculino y femenino pretendidamente opuestos, constituye el fundamento de la contrariedad que genera la contienda y sostiene la rivalidad. Una rivalidad
que no sólo se manifiesta dentro del fatídico triángulo entre los
hombres y entre las mujeres, sino que, dado que nace de un fundamento que “desconoce” la existencia de los sexos, también se manifiesta en las relaciones que hombres y mujeres establecen entre sí,
estropeando tantas veces los mejores logros del amor que los une.
El punto esencial de esa contienda gira en torno de una falsa alternativa que no admite más que dos opciones, un triunfo que nos
obliga a lidiar con la culpa o una derrota que nos obliga a soportar
la humillación. Atrapados en esa alternativa errónea, que anula el
valor de la colaboración, degradando la imprescindible función del
que secunda al mero papel de un mutilado segundón, no se puede
dejar de ser rival sin correr el riesgo de una denigración peligrosa.
Conversando con un grupo de colegas acerca de estas cuestiones,
surgió el comentario de que –por lo que hoy se sabe– un espermatozoide puede penetrar en el óvulo sólo porque otros al mismo
tiempo lo intentan y, entre todos, logran alterar su membrana. De
acuerdo con la idea que inmediatamente se abrió paso en el grupo,
nadie optaría por ser un espermatozoide “ayudante” que muere en
un intento que sólo otro llevará a cabo, aun sabiendo que fue con
su ayuda. Nos dimos cuenta, entonces, de hasta qué punto somos
víctimas de una idea cuya vigencia ubicua y cuya fuerza van mucho
más allá de lo que sospechamos; porque el espermatozoide que llega, representante de la misma carga genética que sus compañeros
transportan, también disolverá en el instante siguiente su existencia
individual cuando, como producto de la labor colectiva, llegue a
fecundar al óvulo.
La gestación del gigante
Dado que la etapa fálica es una etapa normal durante una época
del desarrollo, podemos preguntarnos a qué se debe la perduración
¿Por qué nos equivocamos?
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de su primacía en el transcurso de la vida adulta y cómo alcanza
la influencia, en la determinación de la forma en que vivimos la
vida, que nos lleva a otorgarle su condición de gigante. Digamos,
en primer lugar, que dentro de la etapa fálica encontramos vigentes
conflictos que, aunque provienen de etapas anteriores, combinan
sus características con las que aporta la genitalidad primaria. Así,
vemos que la dependencia, que se ha vuelto neurótica porque encuentra sus raíces en la perduración de un vínculo oral primario
de características pasivas, se torna especialmente conflictiva en la
medida en que refuerza sentimientos de impotencia fálica. Esos
sentimientos disminuyen la autoestima y conducen a sentirse maltratado y a situaciones en las cuales la desconfianza, el reproche y
el reclamo tiñen la enemistad que nace de la rivalidad. También vemos que la tendencia al dominio, la posesión y el control, que surgen de permanecer “fijado” a las fantasías de la etapa anal, prestan
su particular coloratura a las actitudes de rivalidad; despertando la
fantasía, intensamente persecutoria, de que aceptar ser fecundado
por una idea o una dádiva ajena equivale a ser sádicamente penetrado por un rival que humilla, denigra y somete.
Tal como ya lo expresamos, la evolución libidinosa finaliza y
culmina cuando en la pubertad se alcanza el predomino de la organización genital secundaria, dentro de la cual desaparece la oposición entre fálico y castrado que caracteriza a la etapa genital primaria y que sostiene la rivalidad. El acto genital de dos adultos, que
han trascendido la rivalidad y que culmina en un orgasmo simultáneo, puede usarse como paradigma de la genitalidad secundaria;
ya que en ese acto recíproco en el cual el hombre entra en el vientre
femenino, mientras la mujer se “introduce” en el abrazo envolvente
del hombre, la penetración que establece la cópula se desprende de
la fantasía sádica para recuperar su sentido etimológico de “entrar
profundamente”, como entra el alimento en el cuerpo, en el interior de la casa que recibe y acoge.
Por extraño que pueda parecernos, el psicoanálisis casi no se ha
ocupado de describir las características de la genitalidad secundaria.
36
Luis Chiozza
Así, ha dado pie, a pesar de su reconocimiento en la teoría, a que
tantas veces se confundan en las actitudes asumidas en los vínculos
cotidianos, los valores de la genitalidad primaria con los valores
de una adultez madura. Encontramos aquí y allá, en los escritos
psicoanalíticos, referencias aisladas a la genitalidad secundaria, pero
–aparte de la afirmación de que en ella desaparece la ambivalencia
afectiva, aumenta la receptividad y culmina el desarrollo en una organización integrada de todas las tendencias parciales– la mayoría
de las referencias se limitan a describir sus virtudes como la simple
contrafigura de los defectos y conflictos generados por el predominio de las etapas anteriores.
Nos hemos referido ya a las raíces de la rivalidad que provienen
de la lucha por alcanzar y sostener una supremacía, que queda muy
bien resumida en una frase cuya frecuente repetición se atribuye
a Benito Mussolini: “Hazte fuerte, para que los enemigos te teman y los amigos te respeten”. Podemos decir que esas raíces de la
rivalidad han crecido desmesuradamente dentro de la competitividad que se desarrolló en el período histórico conocido como la
era industrial. Se trata de un período en el que actores y espectadores quedan subyugados, en enorme número, por los juegos que
se aproximan o son “de suma cero”, es decir, aquellos juegos en los
cuales sólo cabe el vencer o el ser vencido. Demás está decir que
en el ánimo de quienes participan en ese tipo de justa deportiva,
la importancia de la belleza y la destreza en la realización del juego
queda casi siempre subsumida en la necesidad imperiosa de ganar.
Es impactante comprobar cómo el atractivo irresistible y ubicuo de
la competitividad impregna, frecuentemente con las emociones del
juego, eventos que –como es el caso de los comicios electorales–
surgen de fines completamente diferentes y comprometen situaciones de mayor trascendencia.
Sin embargo y por fortuna, en el terreno de los existentes reales, y
más aún cuando se trata de la vida, nada es absoluto porque incluso
entre esos juegos –en los que se dramatiza una contienda que debe
finalizar inexorablemente en triunfo o en derrota– hay algunos en
¿Por qué nos equivocamos?
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los cuales los contrincantes son equipos que, para desempeñarse
eficazmente, deben impregnarse de un espíritu de grupo. Ese espíritu sólo se constituye, como capacidad de colaboración armoniosa,
dentro de los parámetros que provienen de la genitalidad secundaria. Raimundo Pannikar, filósofo que conjuga la cultura hindú con
la europea y que dedicó sus empeños al estudio de las religiones,
me contó un episodio que ejemplifica de manera conmovedora las
diferencias entre el placer del triunfo –típico de la rivalidad– y el
com-placer que surge, como placer compartido, en la armonía de
una operación conjunta. Un preceptor occidental que trabajaba en
Sudáfrica en la educación de niños indígenas, pensando que podría
acceder a un buen espacio comunicativo con ellos a través del deporte, les propuso como primer ejercicio correr hacia un árbol cercano, agregando que el que llegara primero recibiría, como premio,
una bolsa con caramelos. Para su sorpresa los niños, antes de partir,
se tomaron de las manos y corrieron juntos.
Tal como decíamos en el capítulo anterior, entre las circunstancias que dificultan el que podamos tener conciencia de hasta qué
punto los gigantes del alma condicionan nuestra conducta y, junto
con ella, determinan una parte de nuestro destino, juega un papel
principal el hecho de que el consenso sostenga y refuerce los pensamientos implícitos en tales afectos. No cabe duda de que la competitividad –que surge de la rivalidad que se establece durante la
primacía fálica– goza de ese consenso, el cual, hace apenas un siglo,
avalaba las actitudes románticas que hoy se nos antojan ingenuas.
El tema merece un desarrollo que escapa a nuestras posibilidades
actuales, pero el romanticismo que adora la pasión y el heroísmo;
que otorga el grado más alto del sentido de la vida a una muerte
ideal y sublime; que “eleva” la tuberculosis al rango de una enfermedad que transcurre entre distinguidos suspiros, propia de espíritus sensibles como el de Chopin o el de la Dama de las Camelias;
que se resiste a considerar que un amor que no sea trágico puede
ser un amor verdadero que merezca la pena vivirse; que sostiene
al individualismo más extremo, un individualismo que en parte
38
Luis Chiozza
remeda al de los adolescentes rebeldes, y que lo sostiene por encima
de cualquier organización social que pudiera ponerle algún límite;
parece ser sin lugar a dudas un movimiento hacia los valores de la
etapa fálica convertidos ahora en ideal colectivo. Un movimiento
hacia allí, sí, pero ¿desde dónde? Tanto la valoración de una muerte
que perdura en el recuerdo, y la denigración de la carne y la materia
a favor de la idea, como las actitudes sacrificadas y heroicas destinadas al enaltecimiento del yo, apuntan hacia la melancolía. Una melancolía que, encaminándose desde la oralidad hacia la genitalidad
primaria, tiñe a las ambiciones fálicas con colores de muerte. No se
trata entonces de volver hacia atrás, a las épocas que –según se oye
con frecuencia– han sido supuestamente mejores. La cuestión no
reside en volver desde la rivalidad que las actitudes de nuestra época
avalan, hacia las formas anteriores que valoraba el romanticismo de
antaño. En las postrimerías de la era industrial, y en los albores de
la era informática, el concepto de individualidad ha cambiado. En
la inmensa red autopoyética, que se construye a sí misma y cuya
compleja estructura es el producto de la interrelación de las partes,
no podemos ser más que un nudo en la red, constituido con un
flujo de materia y de formas que continuamente viene, nos recorre
y se va, que continuamente se va para volver y vuelve para irse.
Racker señalaba, en su libro Psicoanálisis del espíritu, que ni el mismísimo Dios cuando nos dice: “Ama al prójimo como a ti mismo”,
nos está pidiendo que nos amemos menos de lo que amamos a
nuestros semejantes. Sin duda, bastaría con “el consejo” de Dios
para que la rivalidad se supere, pero sabemos que no es obra sencilla
y que sólo con la voluntad no es posible. Mientras tanto, quizá nos
ayude el pensar que la vida de uno es demasiado poco como para
que uno le dedique, por completo, su vida.
Capítulo III
Los celos
¿De dónde vienen los celos?
La palabra “celo” se usa para aludir al cuidado que dispensamos
a las cosas y a las personas que nos despiertan amor y cariño. Pero
el término “celos” en plural designa, en cambio, el sufrimiento que
podemos experimentar frente a los vínculos que las personas que
amamos establecen con otras personas. Aunque podemos sentir celos en las más diversas circunstancias, la situación más típica se configura en la relación erótica de una pareja frente a la presencia de
un tercero. El famoso triángulo que se configura con los celos tiene
un antecedente fundante que permanece en lo inconsciente desde
la situación que se ha vivido, en la infancia, frente a la pareja de
los padres. Esto contribuye a explicar un hecho que la observación
confirma y cuya generalización aparece, a primera vista, contradictoria y extraña. El hecho es que, en un entorno en donde predomina la idea que confunde la competitividad con la competencia,
sucede que toda pareja bien avenida se forma “triunfando” sobre la
situación de celos; y que, por este motivo, la presencia fantaseada
de un amenazante tercero “derrotado” –que en lo inconsciente perdura formando parte de una inevitable inestabilidad en la relación–
contribuye a mantener encendido un componente importante del
deseo, que se alimenta de la rivalidad exitosa.
Desde pequeños, aprendimos que los celos existen y es frecuente que los usemos para explicarnos muchas de las conductas y de las
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Luis Chiozza
actitudes que asumen las personas, pero suele pasar desapercibido
que acerca de los celos en sí mismos no disponemos de una explicación convincente. Ocurre con los celos lo mismo que con las cosas
con las que cotidianamente convivimos, nos acostumbramos a ellos
y llegan a parecernos lo suficientemente “naturales” como para que
no nos surja la necesidad de explicarlos. Solemos pensar entonces
que los celos “vienen” del amor, y nos conformamos diciendo que
quien ama cela. Sin embargo, en aquellas ocasiones en las que los
celos alcanzan un cierto dramatismo, y el sufrimiento que producen estropea las mejores obras del amor, apunta en la penumbra la
figura esquiva de una incómoda duda: ¿por qué, entre todo lo que
amamos, hay muchas veces algo y siempre alguien que de ninguna
manera aceptaremos compartir? ¿Por qué este sentimiento es intenso hasta el extremo de que, ante la obligación de compartir a la
persona amada, preferimos renunciar al amor?
Durante el ejercicio de la psicoterapia, ha sucedido algo semejante a lo que acontece en la vida cotidiana, los celos se han usado
para explicar conductas y actitudes, pero las teorías “en vigencia”
sobre ellos no nos ofrecen una explicación sostenible. En el capítulo anterior, hemos visto que los celos suelen ser considerados como
una de las fuentes de la rivalidad. Ahora, cuando nos ocupamos de
ellos, nos encontramos con que la rivalidad suele ser utilizada para
explicar los celos en hombres y animales. Afirmaciones semejantes, que desembocan en un razonamiento “circular” –en el que la
explicación se establece a partir de lo mismo que se pretende explicar–, no son, por extraño que parezca, infrecuentes en la ciencia.
Gregory Bateson, refiriéndose irónicamente a lo que “todo escolar
sabe” como producto de una enseñanza errónea, se burlaba de la
actitud que pretende saber lo que se ignora, diciendo que las jirafas
tienen cuellos largos para poder comer de las altas palmeras, y que
las palmeras son altas para que las jirafas no tengan que bajar demasiado la cabeza para alimentarse.
Hace ya algunos años, en 1983, escribíamos en Reflexiones sin
consenso que los celos son un sufrimiento egoísta que no nace del
¿Por qué nos equivocamos?
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amor, sino del querer. El que quiere busca poseer, el que ama aspira
a que lo amado se desarrolle en la plenitud de su forma. Se quiere una rosa hermosa en el florero de nuestro escritorio, se la ama
cuando se goza viéndola desarrollarse como parte de una planta
viva. Aunque no es imposible, es difícil amar lo que se quiere. En
cuanto a celar lo que se ama, sólo alcanza su cabal sentido amoroso
si reconocemos a la palabra “celo” (en singular) su significado de
cuidado y protección. Volvíamos entonces, en Reflexiones sin consenso, sobre nuestra pregunta primitiva: ¿de dónde nace el dolor
de los celos? Y pensábamos que surge cuando se destruye un tipo
de ilusión que rodea a nuestra existencia como ego. Decíamos que
nos sentimos bien en tanto nos sentimos “siendo” un “yo” dotado
de una particular significancia, y que cualquier paréntesis en esa
manera de existir, cualquier pérdida importante de la significancia,
quedará entonces confundida con la aniquilación.
Los celos, pensábamos, son ese paréntesis, un instante en el que
creemos que para alguien que nos importa mucho hemos perdido la
importancia que otorgaba significado a nuestro ego, hemos dejado
de ser el protagonista principal del “libretto” que, en el vínculo con
esa persona, construimos. Cuando, por ejemplo, sentimos que la
persona amada nos entrega su amor y nos expresa con su orgasmo
la magnitud de su placer, y sentimos que eso le ocurre con nosotros,
adquirimos una confianza y una seguridad acerca de nuestra importancia en la vida de la persona amada, que es precisamente lo contrario de lo que sentimos en los celos. En los celos, “descubrimos” que
no somos los únicos que podemos otorgarle ese placer precisamente
a la persona amada y perdemos, de pronto, al mismo tiempo que el
protagonismo en su vida, la significancia que “daba razón” de ser,
que daba sentido, a nuestra existencia misma. Los celos, decíamos
entonces, nos enfrentan con el sentimiento insoportable de que sin
el aprecio de ese otro que ahora, con su desamor, nos humilla, ya
no podremos más volver a creer que somos lo que creímos ser. Se
trata de una humillación que nos devuelve al humus, el mitológico
barro primordial del cual, como Adán, hemos salido.
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Luis Chiozza
El temor a quedar aniquilado –que literalmente significa reducido a nada– suele tener una versión, que sin duda nos resulta familiar, cuando decimos “Haber quedado anonadados”, lo cual como
es obvio, significa lo mismo. Sin embargo, queda claro que uno no
puede haber quedado convertido en nada y al mismo tiempo sentir.
Dado que sólo se puede temer un sufrimiento que se ha conocido
alguna vez, deducimos que detrás del temor a la aniquilación se
oculta un temor diferente. La palabra “anonadado” debe pues aludir a un sentimiento que, como tal, se distingue de “la nada”. La
palabra “anulado” designa mejor esa condición dentro de la cual
sentimos que, sin valor alguno, continuamos existiendo, pero la
usamos menos.
El yo “mutilado”
Años después de haber escrito Reflexiones sin consenso, retomamos el tema de los celos cuando en el libro Las cosas de la vida nos
ocupamos del temor a la muerte. Allí veíamos que, de un modo
similar a lo que ocurre con la aniquilación, la muerte, como culminación del proceso que denominamos morir, no puede dejar recuerdo ni registro de esa experiencia en el sujeto que ha muerto.
Por este motivo, Freud sostenía que no tenemos una representación que provenga de haber experimentado nuestra propia muerte
y que, por lo tanto, el temor a la muerte esconden el temor a un
sufrimiento distinto cuyas características, reprimidas, permanecen
ocultas bajo el disfraz de la muerte. El “candidato” propuesto por
Freud fue el temor a la castración, a ser despojado del pene; temor
que, de acuerdo con sus observaciones, es un constituyente “normal” de la etapa fálica. No cabe duda de que a ese “candidato” le
sobran méritos para que se le adjudique la responsabilidad por el
temor que se esconde detrás de la máscara cadavérica que reviste a
la inexorabilidad de la tercera y última parca. Como hemos visto en
el capítulo anterior, el pene es valorado como una importantísima
fuente de placer y se comprende, por lo tanto, que se convierta en
¿Por qué nos equivocamos?
43
un símbolo privilegiado de lo valores de la vida misma. Se comprende sí, y muy bien, que eso suceda, pero… ¿Siempre, en todos
los casos, el que cumple con ese papel tan importante es el candidato propuesto por Freud? Al fin y al cabo la famosa castración es, en
el varón, sólo una amenaza y en la niña constituye una inferencia
errónea; de modo que con la castración también sucede que, en la
inmensa mayoría de las veces, se carece de la experiencia real. Mientras tanto, el destete y el corte del cordón umbilical, por ejemplo,
constituyen sentimientos de pérdida que se apoyan en la existencia
de cambios que ocurren realmente. ¿No sucederá en definitiva que
todos estos distintos episodios, a los cuales adjudicamos la mayor
responsabilidad en la determinación de los sentimientos de pérdida
que nos anulan, constituyan otros tantos representantes de un episodio subyacente único y fundamental?
Con esa pregunta en mente e intentando comprender de dónde
surge el temor fundamental, fue que retomamos, al escribir Las
cosas de la vida, las cuestiones que la existencia de los celos nos
plantea. Ya habíamos visto que el temor a la aniquilación no es más
que una fachada que encubre otros temores, y que el sentimiento
de una humillante impotencia –que rebaja nuestra estima hasta el
punto de sentirnos indignos de aprecio y de cariño, sentimiento al
cual nos referimos tantas veces haciendo uso de la etiqueta “castración”–, parece exceder ampliamente los parámetros que artificialmente se establecen, desde una posición fálica alrededor del tamaño
del pene o de su eficacia funcional. Llegamos así a la conclusión de
que, más allá de los encubrimientos habituales, la cuestión esencial
continuaba girando en torno de los modos en que uno construye
su propia imagen.
Freud se ocupó de distinguir entre dos grandes núcleos en la
formación del “mapa” que acerca de nuestro ego construimos. Uno,
al que denominaba “el yo de placer puro”, se configura de acuerdo
con el principio de placer que predomina en el niño pequeño y
en el hombre primitivo; y el otro se establece de acuerdo con las
normas que conforman el principio de realidad, que convierte al
44
Luis Chiozza
hombre en un adulto civilizado. Cuando, en nuestros años infantiles más precoces y procesando la experiencia de acuerdo con las leyes del pensamiento mágico, incluíamos en el mapa de lo que considerábamos “yo” todo aquello que nos daba placer, y en el mapa
del mundo todo lo que nos producía desagrado, molestia o dolor,
estábamos construyendo el núcleo del ego que Freud denomina
“yo de placer puro”. Esto no nos parece tan extraño cuando reparamos en que, durante nuestra vida cotidiana, podemos encontrar
numerosos ejemplos que testimonian acerca de la perduración de
ese modo primitivo en que se configura la “primera” imagen del yo.
Reparemos, por ejemplo, en el grado de naturalidad con el cual, a
menudo, decimos “mi hijo”, cuando acaba de ser distinguido por
un mérito valioso que nos enorgullece; y “tu hijo” cuando ha cometido, en el colegio, un desaguisado que nos avergüenza. También,
cuando una parte de nuestro cuerpo nos duele o nos perturba ya
deja de ser nuestra, y por eso decimos que lo que nos duele es “la”
cabeza o que es “el” corazón aquello que nos está fallando.
Para un bebé en la etapa de lactancia, el pezón materno es la
fuente inigualable de un intenso placer y, entonces, funcionando
de un modo primitivo, decidirá colocarlo “dentro de los límites”
de lo que considera “yo”. Muy pronto, sin embargo, se enfrentará
con la desconcertante y dolorosa experiencia de que el pezón, que
considera su-yo, se comporta de un modo que no puede controlar ni dominar. Es difícil exagerar acerca de la importancia de esta
experiencia fundamental que, de acuerdo con lo que pensamos,
constituye el elemento alrededor del cual se organiza la estructura
del sentimiento que denominamos celos. Tal vez, podamos encontrar una adecuada muestra de la magnitud de sufrimiento e impotencia que conlleva esa experiencia, si referimos observaciones
que –a partir del tratamiento psicoanalítico de algunos pacientes
que han sufrido una forma particular de lesión encefálica– relataron Karen Kaplan y Mark Solms, en su libro Estudios clínicos de
neuropsicoanálisis. La situación más típica podemos encontrarla en
pacientes con una parálisis de la pierna y de la mano izquierdas,
¿Por qué nos equivocamos?
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unida a trastornos de la sensibilidad y a movimientos involuntarios
en esa región del cuerpo; con un daño en la zona que rodea a la
cisura de Silvio del hemisferio cerebral derecho, una zona acerca de
la cual se afirma que interviene en la integración de la imagen de
los objetos y de lo que consideramos “yo”. Esos pacientes, que no
sienten de manera adecuada lo que ocurre en su mano o en su pie,
que no pueden moverlos voluntariamente y que contemplan cómo
a veces se mueven “por su propia cuenta”, suelen experimentar, por
ejemplo, la extraña sensación de que esos miembros, presentes en
su cama, pertenecen a otra persona.
Lo cierto es que en el pasaje del “yo de placer puro” a la imagen del “yo” que se constituye de acuerdo con el principio de
realidad, debemos atravesar inexorablemente una experiencia que
nos “roba”, enajena, cercena o mutila un aspecto muy querido
de aquello que, hasta entonces, considerábamos “yo”. Un aspecto que, en ese instante dramático y fundante de un desarrollo
trascendente, “comienza” a comportarse regido por una voluntad
que no es la nuestra. Otro domina, entonces, lo que creíamos
nuestro; y nuestro idolatrado ego, empobrecido hasta un límite
difícilmente soportable, experimenta la injuria que encontramos
en el origen del sentimiento “devorador” que denominamos celos,
y que se reactivará cada vez que nos veamos obligados a compartir
todo aquello que amamos tanto como a nosotros mismos. Intentamos curarnos de esos celos buscando una mirada enamorada,
que con su incondicional entrega nos devuelva la idea de que
somos valiosos, restituyéndonos el sentimiento de que nuestro
“yo” está completo con ese alguien valorado, para quien somos
“únicos” en la prioridad. Cuando no lo logramos, cuando no nos
sentimos “únicos” para la persona amada, nuestro ego recurrirá
al intento de sentirse otra vez dueño, incluyendo mágicamente
–dentro del “mapa” de sí mismo– la voluntad de ese otro que se
desea y que se siente necesario para poder vivir. Pero, el proceso
“de regreso” al yo de placer puro, que lleva desde su nacimiento el
germen de su desaparición, no dura más que un ciclo durante el
46
Luis Chiozza
cual la realidad negada retorna adquiriendo poco a poco el color
odioso que le otorgan los celos, que nos conducen, nuevamente,
hacia la desolación.
¿Allí radica entonces el final de este cuento? ¿Vivimos ineludiblemente subyugados por ese drama oscilante, que recorre sin cesar el camino de ida y vuelta entre la maravilla de sentirse amado y
la tragedia de la desolación? ¿Debemos ingresar a la vida que tiene
conciencia de sí misma envenenados por la maldición encerrada
en la frase “dejad toda esperanza”, con la cual Caronte recibe, en la
Divina Comedia, a las almas que conduce al infierno? Pienso y por
lo tanto soy, sentencia Descartes, pero, entre las distintas formas
del ser, ¿existe una forma en la cual la esperanza, renacida desde
la desesperación como el ave Fénix de sus propias cenizas, retorne
desde la desgracia, a la gracia de una vida que se complace con alegría en vivir? El yo de placer puro, tejido con los hilos con que se
tejen los sueños, sólo funciona en el tiempo durante el cual logramos aislarnos de una realidad que nos dice precisamente aquello
que no queremos oír. La presencia que nos otorga la plenitud que
nos deleita y la ausencia que nos precipita en la desolación que nos
desanima, dependen de una voluntad que no es completamente
nuestra. Sólo poco a poco, recorriendo los avatares de un proceso
que pertenece a la entraña de la vida y que denominamos duelo,
la oscilación entre la desesperación y la esperanza va perdiendo su
carácter brutal y su amplitud disminuye. La experiencia de duelo
conduce a que el sosiego y la inquietud rocen la dicha y la desdicha
sin sumergirse en ellas, y a que nos acune la confianza en que el
malestar de la carencia pertenece a “un tiempo” que no dura cien
años. Nuestro contacto con la realidad pierde entonces, gracias
al hábito del duelo en la formación del carácter, el frío hostil
del acerado filo que lastima, cuando cambiamos el sublime cielo
de colores etéreos, por la aceptación del bienestar terreno que se
construye con el sudor de la frente. Pero la realidad, como el dios
Jano, tiene dos caras y sólo con el tiempo que condensa y destila
logramos a veces divisar la segunda.
¿Por qué nos equivocamos?
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La relatividad del yo
La teoría psicoanalítica designa con la palabra “yo”, dos entidades distintas. Denominamos “yo” a una parte de la organización
psíquica, a la agencia que se ocupa de poner en obra funciones
como la percepción o la memoria. Pero, también usamos el término “yo” para designar a lo que en algunas ocasiones denominamos
esquema corporal y en otras self, es decir, a la autorrepresentación
del yo, a la imagen que el yo “agente” construye acerca de sí mismo. Sabemos que la agencia que denominamos “yo” no siempre
funciona coherentemente unida; el yo se disocia muchas veces en el
intento de complacer deseos, intereses o tendencias que suelen ser
contradictorios, porque operan al servicio de los distintos “amos”
constituidos por el superyó, los instintos y la realidad del mundo.
Frente a la existencia de un yo más o menos coherente, “giran en
órbita” –funcionando a distintas distancias y separados– algunos
aspectos de nuestro yo, que sólo algunas veces asumimos. Es claro
que esta circunstancia, que en una cierta medida es inevitable, añade dificultad al proceso de autorrepresentación del yo.
Freud usa el término “yo” para referirse a la imagen de uno
mismo, cuando escribe que el yo es, ante todo, corporal. Cuando
añade, en seguida, que es un ser superficial –o, mejor aún, la proyección de una superficie– afirma que nuestra representación de
nosotros mismos es, en primer lugar, un mapa de nuestro cuerpo,
que se traza como todos los mapas y como el dibujo de todos los
objetos, delineando un contorno. Se trata de un límite que marca
la diferencia entre el espacio de un adentro, que representa a la cosa
dibujada que consideramos “yo”, y el espacio de un afuera que consideramos mundo. Esa superficie limitante, que queda en su mayor
parte confundida con nuestra piel (aunque hay pertenencias como,
por ejemplo, nuestro olor, nuestras palabras, o nuestras emociones,
que la exceden), se establece –como hemos visto cuando nos referíamos al yo de placer puro– mediante un proceso sujeto a distintos
avatares. No cabe duda de que si el yo es “ante todo” corporal, es
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Luis Chiozza
porque “luego” es algo diferente y, en efecto, la imagen de uno mismo no sólo se constituye como un diseño espacial y tridimensional.
También la configuran los recuerdos de las transformaciones ocurridas, cuya memoria acumulada nos permite establecer una invariancia que permanece en el tiempo, configurando “en una cuarta
dimensión” lo que el psicoanálisis denomina el self y Antonio Damasio, a partir de las neurociencias, el yo autobiográfico.
Conviene reflexionar sobre el hecho de que “trazar un mapa”
de nuestro propio ego o, para decirlo mejor, saber quién es uno,
nos es algo tan sencillo como a primera vista parece. ¿Cuáles son
los límites que nos definen? Si exploramos la cuestión a partir de
nuestro nombre, nos encontramos enseguida con la dificultad señalada. Además del apellido, solemos tener uno, dos o tres nombres de pila, además de algún otro sobrenombre y también apodos
que recibimos en diferentes contextos. Demás está decir que hubo
situaciones en las cuales quedamos reducidos a ser el enfermo o
el ocupante de la habitación 202, el acusado de un delito, el candidato para un cargo, el tercero de la fila, o el comprador de un
bien. Es evidente que, aunque cada uno de esos nombres pudo ser
usado para referirse concretamente a nuestro ego –que contemplado desde los otros denominamos persona–, ninguno de ellos nos
parece suficiente para definir quién somos. Sentimos que lo que se
dice nuestro “yo”, en ninguno de ellos cabe entero. La cuestión no
mejora mucho si abandonamos el tema de los nombres y queremos
definir “completamente” el referente al cual aluden.
En todo ese proceso hay un aspecto que ocupa en el libro de
Hoffstater, Gödel, Escher y Bach, una importancia central. Toda
autorrepresentación es forzosamente incompleta, porque se trata
de un dibujo acerca del mismo dibujante; en el cual el que dibuja,
mientras lo hace, permanece fuera de lo que el dibujo muestra.
Dicho en los términos del psicoanálisis, las llamadas paradojas
de la autorreferencia nos señalan que, tal como sucede en la melancolía, cuando uno se contempla a sí mismo, aquello que uno
contempla ha dejado de ser uno para devenir un objeto, porque la
¿Por qué nos equivocamos?
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parte observadora no puede incluirse al mismo tiempo en lo que
está observando.
Si volvemos ahora sobre nuestro primitivo asunto, podemos
preguntarnos: ¿dónde “quedo” yo, entonces? No soy mi cuerpo
cuando me quejo de él. Tampoco mi cerebro cuando siento que no
me ayuda a recordar. A veces, cuando hablo de mí, señalo hacia el
centro de mi pecho, tal vez en el lugar que en mis primeros años
ocupaba mi timo, pero ¿resido allí? ¿Resido en la zona que guarda
mis mapas o en alguna otra zona que los lee? Tal vez, podría decirse que yo resido en mis ácidos nucleicos; sin embargo, es claro
que, si usando el pronombre posesivo “mis”, estoy hablando de
ellos, es porque mis ácidos nucleicos en ese momento no son yo.
¿Podría ser yo la persona que los otros “ven”? Pero, cuando me ven
y me oyen con ojos y oídos que funcionan regidos por criterios
que no son los míos, ¿dónde radican mis límites? Cuando pienso
en un “yo” que se acerca a lo que se considera mi persona, siempre
se trata de una provisoria convención trazada entre el consenso de
los otros y yo. Ese soy, entonces, usando el archivo de mis mapas,
yo: un convenio provisorio que puede sentirse sustituido y anulado cuando alguien que forma una parte importante del entorno
amenaza con cambiar su aprecio.
Llego entonces a la conclusión, “por lo que veo”, de que mi yo
“fluctúa”, se extiende, cambia de forma y se contrae; como el cuerpo o el seudopodio de una ameba. Es un nudo de una red compleja,
autopoyética, variable e inconmensurable; un nudo dentro del cual
circulan las ideas de un imaginario colectivo que, como señala Bateson, hoy son yo y mañana pueden ser usted. En esa fluctuación se
pueden, me parece, reconocer dos extremos, porque a veces siento
en un extremo que yo soy el único destinatario del apodo cariñoso
que sólo mi madre utilizaba, y otras, me veo en el otro extremo,
orillando un abismo, como una gota de agua que pretende afirmar,
de un modo inexorablemente pre-potente, su particular existencia
entre las otras, frente a la inmensidad del mar.
Capítulo IV
La envidia
La envidia y los celos
Mientras que los celos gozan de una cierta benevolencia –porque se interpreta que si alguien siente celos es porque ama–, la
envidia es un afecto que se considera reprochable porque, aparentemente, no lleva en sí mismo nada que pueda compensar sus aspectos negativos. La persona que siente envidia tiende a disimularla o,
inclusive, a reprimirla porque le produce culpa, humillación y vergüenza. Weizsaecker sostiene que los celos son la variante erótica de
la envidia. Melanie Klein, la autora de Envidia y gratitud, un libro
que se ha transformado en clásico, aclara que la envidia implica la
relación del sujeto con una sola persona y se remonta a la relación
más temprana y exclusiva con la madre. Considera que los celos
están basados en la envidia, pero comprenden una relación con,
por lo menos, dos personas y conciernen principalmente al amor
que el sujeto siente que le es debido y le ha sido quitado, o está en
peligro de serlo, por su rival. De modo que Klein nos presenta los
celos como un afecto que se desarrolla a partir de la envidia, y que
aparece cuando la relación con la madre se estructura en la situación triangular que configura el Complejo de Edipo. Sin embargo,
la existencia de una secuencia temporal de acuerdo con la cual la
envidia precede a los celos no se sostiene fácilmente, si tenemos en
cuenta lo que afirmaba Freud. Él sostenía que las primeras identificaciones directas e inmediatas con ambos padres ocurren a partir
de sus representaciones inconscientes heredadas (los padres de la
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Luis Chiozza
pre-historia personal); lo cual implica que la relación triangular necesaria para la existencia del sentimiento de celos existe en el alma
desde el primer momento de la vida.
A pesar de ser un hallazgo repetidamente comprobado que la
envidia y los celos aparezcan ligados de una manera que muchas
veces no es fácil separar, son sentimientos diferentes que reconocemos, como es obvio, mediante nombres bien distintos. Los celos,
aunque pueden desembocar en el odio, se presentan motivados por
los sentimientos de amor. La envidia, en cambio, surge de intereses
egoístas que muchas veces se vinculan con la voracidad y con la
codicia. El término “celo” –que se usa también para designar la
época en que los animales manifiestan una conducta genitalmente motivada– y el plural “celos” provienen del latín zèlus, con el
significado de “ardor”, y del griego zéo que significa “yo hiervo”,
aludiendo a la intensidad de una excitación que se experimenta
como una sensación viscerohumoral y que, frustrada, deviene dolorosa. La palabra “envidia”, derivada del latín invidia que deriva
a su vez de invidere: “mirar con malos ojos”, alude, en cambio, a
un sentimiento vinculado con la atención dirigida hacia un objeto
de la percepción. Es posible pensar en los celos y la envidia como
si fueran dos caras diferentes de una misma moneda. De hecho,
en una misma situación, podemos sentir celos frente al amor que
alguien que amamos prodiga a otra persona, y envidia por el amor
que esa persona recibe. En el decir de Shakespeare: “Los celos son
el monstruo de ojos verdes que se mofa del alimento que lo nutre”.
Son palabras que pone en boca de Yago, quien antes –refiriéndose
a lo que taimadamente insinuará a Otelo– ha dicho: “Este veneno
verteré en su oído”. La obra gira en torno de los celos, pero no cabe
duda de que los malos ojos, el color verde y el veneno aluden mejor
a la envidia, que la mitología describe como una deidad alegórica
con la cabeza enraizada de serpientes y la mirada torva y sombría.
Frente a las palabras de Shakespeare, la escueta descripción del
Diccionario de la Real Academia Española, cuando define a la envidia
como tristeza frente al bien ajeno, parece estar refiriéndose a un afec-
¿Por qué nos equivocamos?
53
to de colores más suaves. El diccionario mencionado añade que la
palabra “envidia” también denota emulación y deseo por algo que no
se posee. En una edición anterior, sin embargo, comprobamos que la
segunda denotación es descripta como “deseo lícito y honesto”. Una
expresión curiosa que parece encaminada a señalar, implícitamente,
que el significado corriente y habitual de connotaciones negativas
alude a un afecto que no es “honesto” ni es lícito. En francés, en
cambio, el segundo significado que designa un deseo “común” es el
habitual, ya que se usa, con el predominio de ese sentido, en expresiones tales como “envie de dormir”. Sea por la razón que fuere, en
nuestro uso del idioma castellano, ese significado de deseo “honesto”
se ha debilitado hasta casi su desaparición completa. De modo que la
envidia, con la cual cotidianamente convivimos, es el monstruo de
ojos verdes que aborrece el alimento que lo nutre, y al que Shakespeare convoca para describir los celos. Un monstruo que ya no desea
apoderarse de los bienes ajenos, sólo desea destruirlos.
En el capítulo anterior, señalábamos que la situación originaria
a partir de la cual surgen los celos estaba constituida por el descubrimiento de que “otro” domina una parte de aquello que considerábamos nuestro. Podemos agregar ahora que, enfrentados con ese
descubrimiento doloroso, nos encontramos con una alternativa ineludible. Si pensamos que quien ejerce el dominio de lo que hasta ayer
sentimos nuestro –su “dueño”– es la persona que tenemos delante,
ocupando nuestra atención perceptiva, sentiremos envidia; pero si,
en cambio, pensamos que ese dominio lo ejerce un tercero, que existe
en un segundo plano o que se halla ausente, habremos debilitado la
envidia, pero sentiremos celos. Es posible entonces pensar, incluso,
que los celos nacen como una forma de mitigar la envidia.
¿Un sufrimiento incurable?
Melanie Klein considera que la descripción de Shakespeare concuerda con los sentimientos envidiosos que, a partir de sus observaciones, infiere que impregnan la vida de los niños pequeños. A
54
Luis Chiozza
partir de allí, pronuncia uno de los anatemas que más han influido
en el ánimo de sus colegas: estamos en presencia de un afecto unilateralmente negativo, refractario al tratamiento psicoanalítico, es
decir, incurable y cuya intensidad está constitucionalmente determinada. Cuando el paciente permanece atrapado en la envidia ya
nada podemos hacer, porque si las interpretaciones que usamos durante el tratamiento son erróneas, serán rechazadas por ser inservibles. En cambio, si son ciertas y adecuadas, serán también rechazadas porque constituyen un bien envidiado que debe ser destruido.
Así que llegados a este punto, no nos quedaría otra cosa que, como
dice la expresión inglesa, “cerrar nuestra oficina e irnos a pescar”.
No cabe duda de que, si de gigantes se trata, nos hemos encontrado
ahora con uno que es bien poderoso.
Cuando en 1963, escribí Psicoanálisis de los trastornos hepáticos,
las cosas estaban poco menos que así. Sin embargo, la investigación
que precedió a la escritura del libro y el tratamiento psicoanalítico
de una paciente con una grave colitis amebiásica –cuyo historial,
sugestivamente titulado Cuando la envidia es esperanza, presenté en
ese entonces, en la Asociación Psicoanalítica Argentina– conducían
a comprender que la envidia podía ser interpretada como una defensa frente a situaciones extremas, que se encontraban “más allá”
de la envidia. La existencia del verbo “envidiar” –verbo transitivo
que, como tal, supone una acción sobre objetos– señalaba inequívocamente que la envidia, además de un sentimiento, se integra
con una conducta acorde que constituye un “mecanismo” del yo.
Pero, ¿cuáles son los fines de la conducta envidiosa? ¿Por qué se
substituye el intento de obtener lo que se desea por la actitud de
rechazarlo, denigrarlo y destruirlo? Un conocido proverbio: “Ojos
que no ven, corazón que no siente”, nos permitía comprender una
primera parte de la cuestión planteada. Cuando obtener lo que se
desea parece imposible, lograr que desaparezca o denigrar su valor,
permite aliviar el re-sentimiento de la carencia que su percepción
produce. Faltaba sin embargo algo más, y el estudio de las fantasías
inherentes a la función hepática nos ayudó a esclarecerlo.
¿Por qué nos equivocamos?
55
El interior del tubo digestivo no es la parte más interna de un
organismo vivo. La comida que ingerimos recién forma parte de
nuestra interior intimidad cuando queda asimilada en nuestra propia carne. Pero, en ese proceso, nos construimos internamente con
sustancias “simples” que provienen del haber descompuesto los
alimentos con nuestros jugos digestivos, en ese otro espacio constituido por la luz intestinal. Espacio acerca del cual hemos dicho
que, en una cierta medida, es todavía “exterior” al organismo. Hay
animales que introducen sustancias en sus víctimas para paralizarlas
o matarlas, como lo hacen las víboras al morder, en cuyo caso hablamos de veneno. Hay otros, como ocurre con algunas arañas, que
inyectan sus jugos digestivos en la víctima para descomponer –fuera de su propio cuerpo– las sustancias que luego absorberán como
alimento. Encontramos en estas maneras de la vida, que forman
parte de la escala zoológica, los antecedentes evolutivos del proceso
que los distintos jugos ejercen en el tubo digestivo. Tanto en uno
como en otro caso, debe ser primero degradado “a distancia”, lo
que luego será trasportado por la sangre a los tejidos. Numerosas
observaciones testimonian que la secreción hepática de la bilis que
se vierte en el duodeno suele adjudicarse la representación del proceso completo de digestión intestinal; y que la bilis, que es amarga,
suele también equipararse en lo inconsciente a la ponzoña de las
arañas y de las víboras. Recordemos que la bilis negra y la amarilla
–junto con las flemas y la sangre– constituyen los cuatro humores
a los cuales, en la antigüedad, se atribuían las distintas formas congénitas del carácter “físicamente determinadas”, que designamos
con la palabra “temperamento”; y que la bilis negra (melanos cholia)
dio su nombre a la afección que denominamos melancolía. Cabe
agregar, por otra parte, que en distintas expresiones del lenguaje
habitual, tanto en dichos como en proverbios, se suele equiparar a
la envidia con el veneno, con la lengua viperina, con la amargura,
con el color verde y también, directamente, con la bilis. Sólo nos
falta señalar que la investigación de los significados y de los afectos inconscientes, que se ocultan en las enfermedades de las vías
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Luis Chiozza
biliares, demostró que tales afecciones sustituyen sentimientos que
no llegan a desarrollarse plenamente como envidia, porque la conciencia impide ese desarrollo.
Hemos llegado por fin al punto que nos interesa ahora. Si en la
envidia ya no se intenta obtener el bien que se desea, sino solamente
destruirlo para evitar el re-sentimiento de su carencia, era necesario
todavía comprender por qué motivo, frente a la carencia, no se intenta directamente adquirirlo. La respuesta que entonces circulaba
funcionaba en dos niveles. El primero, que ya hemos mencionado,
consistía simplemente en sostener que sólo se envidia lo que no se
puede poseer. Pero el segundo nivel –más profundo, ya que remitía
a los orígenes del carácter envidioso en la relación que el niño establece con el pecho materno por obra de su predisposición congénita– residía en afirmar que el odio y el temor, actuando en un círculo
de refuerzo progresivo en el cual ambos se retroalimentaban mutuamente, impedían cada vez más la incorporación y asimilación
del alimento que hubiera puesto fin a la carencia. De este modo, se
crearía un modelo de conducta habitual, envidiosa, que privilegia
la evitación del resentimiento de la carencia mediante el ataque que
destruye y denigra lo que se valora, antes que el esfuerzo sostenido
y confiado que conduce a la adquisición de los bienes.
Esa respuesta, como dijimos, impregnaba el mundo psicoanalítico de hace unos cuarenta y cinco años, profundamente influido
por el auge de la escuela inglesa y por los notables descubrimientos kleinianos. Pero, ocuparnos del psicoanálisis de los trastornos
hepáticos puso frente a nuestros ojos que, si en última instancia
se estaban utilizando los modelos biológicos de incorporación y
asimilación, quedaba claro que la destrucción “afuera” de los bienes
deseados no contradecía necesariamente la posibilidad de incorporarlos, sino que, como “mecanismo biológico”, era precisamente su condición previa. En otras palabras: descomponer, adquirir
partes aisladas, recomponerlas de acuerdo con un nuevo plan que
las integra con lo que ya se posee. En este punto queda también
en claro que ya no se trata de un modelo alimentario que sólo
¿Por qué nos equivocamos?
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funciona con los nutrientes materiales, sino también del proceso
por el cual se incorporan las ideas que conducen al crecimiento y
desarrollo cultural e intelectual de pueblos e individuos. Sin embargo, es imprescindible aclarar que, cuando exploramos el nacimiento
de la envidia en un proceso necesario y saludable, no pretendemos
justificar la destructividad de la envidia que opera cotidianamente
en sus peores formas. Sino que, por el contrario, investigando en
sus orígenes y comprendiendo cuáles son los “males” frente a los
cuales surge “como una esperanza”, procuramos obtener un acceso
a la posibilidad de modificar su operación maligna, cuestionando el peligroso anatema de que es “constitucional e incurable”. Ya
hemos visto que, tal vez, el primero de esos “males” iniciales sea
precisamente el carácter “indigesto” que adquiere la ingestión de
un alimento complejo y completo.
El resentimiento de la carencia
Desde otros ámbitos de la cultura, la envidia surge como un
pecado capital, un vicio o un defecto caracterológico, que se manifiesta en odio, agresión y sufrimiento frente a los bienes que otros
poseen. El psicoanálisis, como hemos visto, también tropieza en
primera instancia con la envidia “mala” y la interpreta como producto de una disposición constitucional “incurable”. Sin embargo, profundizando en la cuestión, comprendemos que la envidia
malsana surge como una transformación exasperada de un proceso
normal, la destrucción digestiva “a distancia” que prepara el alimento antes de una incorporación que, de no mediar ese proceso,
sería indigesta. Se trata, en el fondo, de la destrucción de una forma
para utilizar alguna de sus partes en la construcción de otra.
Nos encontramos pues ante una incógnita intrigante. ¿Cómo
y por qué puede haberse exasperado tanto ese proceso honesto y
legítimo que nace con el color de la esperanza joven (“verde” que
proviene de viridis: ‘vigoroso’, ‘joven’), hasta convertirse en un resentimiento rancio que se viste con los reflejos verdosos del oscuro
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Luis Chiozza
petróleo? Explicábamos la actitud destructiva hacia los bienes que
se envidian como un intento de evitar la percepción de su presencia
o la aceptación de su valor, ya que de ese modo se evita, precisamente, el re-sentimiento de su carencia. Y admitíamos que tal
cosa sucede cuando ya no quedan suficientes esperanzas de poder
obtenerlos, pero necesitamos comprender todavía cómo se gesta el
vórtice por el cual la esperanza se escurre.
Existe un habitual maridaje entre el miedo y el odio, que es
primitivo y anterior al hecho de que ambos se conformen separadamente como dos afectos distintos. Antes dijimos que el significado
biológico que corresponde a ese “conjunto” afectivo justificaba la
existencia de un mecanismo de digestión “a distancia”, dirigido a
disminuir el peligro que esa reacción afectiva denuncia y que –provocado por un alimento– impide que se lo pueda engullir sin más
trámite. El Diccionario Etimológico de Corominas consigna que la
palabra castellana “tirria” –de origen onomatopéyico– proviene
probablemente del sonido “trr”, expresión de un sentimiento de
despecho. Dado que el sentimiento de despecho se expresa mejor
con el sonido “tih” –que denota fastidio y contrariedad y que se
produce originalmente cuando se extrae bruscamente de la boca
el pezón que se succiona–, la definición que el Diccionario de la
Real Academia sostiene, describiendo la tirria como “manía, odio
u ojeriza hacia algo o alguien”, parece más adecuada a su sentido
que el sentimiento de despecho. Es una palabra que en la Argentina se utiliza poco, pero tal vez aluda a ese connubio de miedo y
odio que pudo deber su origen a la actitud adoptada frente a una
presa que implicaba un riesgo. Se trata de un afecto primitivo que,
como conmoción vegetativa, surge de la excitación de un conjunto
típico de inervaciones en una gama compleja que recorre desde
un extremo, configurado por la cólera o la ira, hasta el miedo que
alcanza, en el otro extremo, la descompostura. Nuestro interés en
ese afecto primitivo proviene de haber considerado que el asco,
que puede culminar en el vómito, puede ser interpretado como un
afecto cuya clave de inervación se produce como una transforma-
¿Por qué nos equivocamos?
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ción de una primitiva combinación de miedo y odio que ha llegado a ser insoportable. Nuestra investigación sobre los significados
inconscientes de los trastornos hepáticos nos llevó a pensar que el
asco, la repugnancia y la náusea – frecuentes en las enfermedades
hepáticas– configuran un estado de penuria frente al cual la utilización de los mecanismos digestivos afines a la envidia representa
una esperanza. Pero se trata, claro está, de una esperanza cuya meta
culmina finalmente en la incorporación. No es lo que vemos cada
vez que en la convivencia cotidiana tropezamos con los efectos de
la malsana envidia en su forma más típica, que suele agotarse en el
mero placer de destruir sin aparente beneficio. Frente a ese ataque,
que busca “digerir” lo apetecido renunciando al intento de ingerirlo, subsiste entonces la pregunta: ¿cuál es el intersticio por donde la
esperanza tan frecuentemente huye?
No ha de ser casual que la melancolía reciba su nombre de la
bilis “negra”, que es el color de la bilis que –coartada en la prosecución de sus fines– se estanca en la vesícula, acumulándose como
un “barro” espeso. De modo que, contemplando la melancolía,
podamos tal vez espiar el crecimiento que transforma a la envidia
en un gigante verde que vive impregnado de reconcentrada amargura, destilando su rencor hasta convertirlo en un espíritu de hiel.
Recordemos que la melancolía se caracteriza, muy especialmente,
por dos fenómenos típicos: los autorreproches y una forma particular de lamento que procura extorsionar al entorno. En ambos
fenómenos, encontramos la disconformidad con lo que se ha logrado. Pero, sobre todo, nos encontramos con un categórico rechazo a conformarse con menos de lo que se pretende, unido a
una fuerte convicción –que permanece inconsciente– de que no
se poseen los méritos necesarios para poder obtenerlo. Se establece
de este modo, dentro de una vida que se apuesta toda, tercamente,
en una sola carta, un círculo vicioso que se realimenta a sí mismo
aumentando la pretensión que se destila en veneno, en la medida
en que disminuye la autoestima, y generando –como contrafigura del sufrimiento melancólico– un ideal inalcanzable, terco, que
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Luis Chiozza
estrecha la esperanza hasta cerrarla, como un obturador fotográfico
va cerrando la luz que lo atraviesa. El deseo armonioso que denominamos apetito se transforma así en un hambre insaciable que
permanecerá inexorablemente frustrada, abriendo la brecha por la
cual toda esperanza finalmente se pierde en la abulia y el tedio. Es
posible que allí resida, entonces, la explicación que buscamos, en el
hecho de haber incurrido, poco a poco y sin plena conciencia, en
el propósito rudimentario y torpe que insiste y se obstina, pertinaz,
en aceptar de la vida –que es múltiple, polifacética, inesperada y
compleja– una única opción. El colmo se alcanza, por ese camino,
en la melanos cholia; cuando frente al bienestar imposible de esa
única opción admitida, fracasa también el intento de destruir su
valor, y la envidia impotente no logra evitar que se re-sienta una
carencia que ahora se expresa con el sabor amargo y con el color
oscuro de la hiel estancada.
Capítulo V
La culpa
Hablemos de la culpa
Dicen que Jesús de Nazaret, ante quienes pretendían lapidar a
una mujer adúltera –que según algunas versiones era precisamente
María Magdalena–, dijo: “El que se encuentre libre de pecado que
tire la primera piedra”. Nadie pudo hacerlo. Aunque puede afirmarse que la intención de Jesús no residía en la acusación sino, por
el contrario, en proteger a esa mujer y también a sus verdugos de
un acto que los hubiera envilecido, habrá quien disienta con esto
sosteniendo que es un rasgo “culpabilizador” y “típico”, que forma
la parte más insalubre de algunas religiones. Sucede, sin embargo,
que el psicoanálisis encuentra en cada ser humano los sentimientos
de culpa a los que el relato alude y, más aún, cae por su propio peso
que si así no fuera, las palabras de Jesús hubieran sido en vano e
incapaces de detener la agresión.
De acuerdo con esto, todos sentimos culpa o, peor aún, “sabemos” que somos culpables. También sabemos que, muchas veces,
el hablar alivia nuestros corazones. Se trata entonces de hablar de la
culpa y, frente a las cosas que hay por hacer, toda ocasión es buena. El
proverbio nos aconseja no dejar para mañana lo que podemos hacer
hoy. Pero, es necesario reconocer que no es fácil hablar precisamente
de la culpa que nos pesa en el alma. Tal vez, podamos realizar un
intento con las culpas pequeñas, pero es casi imposible pensar en
la otra, la que tanto nos ha costado olvidar, la que a duras penas
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Luis Chiozza
conseguimos mantener a raya en la penumbra que desdibuja y transfigura algunos de nuestros recuerdos. Son sentimientos que llegan al
colmo en las palabras de San Agustín: “En mi vida hice mucho mal
y poco bien; el bien que hice lo hice mal, y el mal que hice lo hice
bien”. Palabras como éstas nos ayudan a pensar que es una culpa
exagerada, excesiva y “neurótica”. Pero, a pesar de los interminables
argumentos que hemos construido y atesorado con afán en los peores
momentos, no logramos creerlo del todo; nuestra culpa, como el
ave fénix, renace de las cenizas y, aunque evitemos cuidadosamente
mirar hacia allí, siempre la vemos por el rabillo del ojo.
Pensamos, entonces, que sería necesario hablar de la culpa porque en el fondo sabemos que sus emanaciones nos enturbian las
alegrías que nos depara la vida; pero, no sólo sucede que el confuso
recuerdo de los dolores sufridos nos invita a postergar el intento,
sino que yace presuntamente dormida en un lugar que hace mucho
que no frecuentamos y nos es difícil reencontrar el camino. Existe,
sin embargo, un recurso que nos permite espiarla sin tanto peligro.
Podemos acercarnos a ella “desde atrás”, cuando se halla entretenida en devorar a otras víctimas y descubrir poco a poco –como el
domador de las fieras o como el encantador de serpientes– cuáles
son las mañas que caracterizan su ataque. Racker, uno de los psicoanalistas más profundos que ha tenido nuestra profesión, señalaba
que en el consultorio de cada terapeuta existe, implícitamente, una
leyenda que dice: “Soy culpable, necesito reparar”. No todos necesitamos frecuentar cotidianamente el “nido de víboras” en donde
habita la culpa, pero necesitamos acercarnos un poco, alguna vez
por lo menos, para conocerlo mejor y disminuir el riesgo.
La culpa y la responsabilidad
Existen los sentimientos, distintos entre sí, que designamos con
las palabras “culpa” y “responsabilidad”, y la experiencia nos enseña que es muy importante distinguirlos. Pero, la culpa y la responsabilidad, además de existir como sentimientos, existen como
¿Por qué nos equivocamos?
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“propiedades” que cualifican a las personas; y, más allá de que coincidan o no con los sentimientos, se adquieren o se atribuyen en
virtud de las acciones que el vivir conlleva. La cualidad de responsable consiste en la inclinación a “dar una respuesta”, lo cual –en
el contexto configurado por la palabra “responsabilidad”– significa
la disposición que surge como “un deber” para hacerse cargo de las
consecuencias de un hecho que ha ocasionado, o podría ocasionar,
algún perjuicio. Es importante señalar que una persona responsable
puede hacerse cargo de hechos que no ha producido o que ni siquiera ha contribuido a producir. Esto diferencia la responsabilidad
de la culpa, porque la palabra “culpa” denota, en cambio, inequívocamente, que se atribuye a una determinada persona (que, como es
obvio, puede ser uno mismo) la causa de un daño o la comisión de
un delito. Se trata de una atribución que es, por otra parte, independiente de que la persona imputada esté dispuesta a responder o
sea posible obligarla a que “responda” o, como suele decirse, a que
“se haga responsable”.
Aunque desde el punto de vista jurídico la atribución de la culpa coincide con la adjudicación de la responsabilidad, el hecho de
que ambas existan como los sentimientos –distintos entre sí– que
designamos con palabras distintas, significa que uno puede sentirse
culpable sin sentirse dispuesto ni capacitado para hacerse cargo del
daño ocurrido; y también, que uno puede sentirse en la disposición
o en el deber de hacerse cargo de un daño frente al cual no se siente
culpable. Aunque, claro está, podría llegar a sentirse en segunda
instancia con culpa, si no asumiera una actitud responsable.
Cuando distinguimos entre “sentimientos de culpa” y “la culpa”
–como una propiedad que, adjudicada a una persona, la conduce
a adquirir la cualidad de culpable–, queda implícito que la culpa,
tanto en uno como en otro caso, resulta de una atribución que es
el producto de un juicio. Demás está decir que la primera parte de
ese juicio consiste en decidir acerca de la imputabilidad, lo cual
significa establecer si la persona en cuestión dispuso de la libertad
de optar entre incurrir o no incurrir en la falta que motiva el juicio.
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Luis Chiozza
Está lejos de mi ánimo y de mis posibilidades el internarme en la
consideración de asuntos jurídicos que atañen a la filosofía del derecho y que exceden mi competencia. No podemos, sin embargo,
eludir una cuestión. Cuando nos identificamos con un ser humano
porque en él vemos precisamente un semejante nuestro, no podemos menos que atribuirle la libertad que nosotros, inexorablemente, sentimos como una propiedad vital de la cual disponemos.
Una propiedad inalienable de nuestra conciencia y de cuya última
cuota, aun en las situaciones más penosas, nadie –mientras permanezcamos conscientes– nos podrá privar. Cuando vemos, en cambio, a ese mismo ser humano como un organismo biológico regido
por las leyes de la física y la química, y por los mecanismos de su
fisiología, se nos impone –también de manera inexorable– la idea
de que su vida está determinada, hasta en sus menores detalles, por
las fuerzas universales que lo trascienden y lo conducen hacia un
destino que escapa a su elección. Ambas convicciones son inconciliables; pero la experiencia nos muestra que nuestras creencias,
profundamente arraigadas, no se arredran ni pierden su fuerza por
carecer de la coherencia racional que nuestro intelecto exige.
Comprender con amplitud el interjuego de factores que en una
estructura de complejísima trama configura la forma en que transcurren los hechos, está en las antípodas de señalar a una persona
afirmando que ha sido la causa de un determinado perjuicio. No
cabe duda, sin embargo, de que existen condiciones que, aunque
no son suficientes, son necesarias para que algo suceda. Y, por este
motivo, el mero expediente de impedir su acción nos permite influir sobre el curso de los acontecimientos. En consideraciones semejantes a éstas, parece inspirarse la conocida frase de nuestro prócer Mariano Moreno, en la cual sostiene que las cárceles deben ser
para la seguridad de la comunidad y no para el castigo de los reos
en ella encerrados. Pero, si abordamos ahora este tema, no es por
motivos que atañen a las relaciones entre la delincuencia y la sociedad, sino porque –volviendo sobre la afirmación de que la culpa,
como sentimiento y como propiedad que una persona adquiere, es
¿Por qué nos equivocamos?
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siempre el producto de un juicio, y dado que los juicios se establecen a los fines de conducir una acción– conviene tener presente que
la idea de castigo, de tradición ubicua, unida a la idea de venganza
resulta individual y socialmente insalubre.
Señalemos por fin que el problema de la imputabilidad, visto
desde la experiencia que atraviesa el reo, conduce a una alternativa inexorable. La inocencia implica a la impotencia contenida en
la frase: “Sucedió porque no pude evitarlo, y no porque no quise
evitarlo”. El confort de la potencia sólo se alcanza, en cambio, al
precio de quedar apresado por la culpa que señala “pudiste y no
quisiste”. El ejercicio de la psicoterapia nos conduce a un hallazgo
que, teniendo en cuenta las torturas que los sentimientos de culpa
traen consigo, es sorprendente: muchas más veces de las que sospechamos, lidiamos con la culpa para evitar sentirnos impotentes.
El inmenso capítulo de la existencia ideal
La causa del perjuicio que constituye la culpa puede consistir en
una acción, pero también en la omisión –sea o no voluntaria– de
una diligencia exigible. En el uso habitual del lenguaje, incurrir en
una culpa equivale a “cometer una falta”. Este modo de referirse a la
culpa, mediante la palabra “falta” que alude a una carencia, resulta
ser a la postre sumamente revelador, porque implícitamente sostiene
que, cuando se incurre en una culpa, siempre ha ocurrido la omisión
o, si se prefiere, la sustitución –sea intencionada o negligente– de
una acción exigible. Es necesario reparar en el hecho de que la culpa
siempre es una falta, porque “lo que falta” surge de la comparación
de lo que ha sucedido con lo que hubiera debido suceder. Conviene
distinguir entre la obligación que la justicia impone al culpable y el
deber que, cuando no se ha cumplido, constituye la falta que genera
la culpa. La culpa constituye, pues, sin lugar a dudas una deuda; así
lo expresa el lenguaje cuando utiliza la expresión “pagar sus culpas”.
La omisión de una acción exigible y, también, una deuda. Pero,
¿quién es el que exige y a quién se le adeuda una acción?
66
Luis Chiozza
Las cosas son, o no son, como queremos, y cuando no son como
queremos, siempre son otras cosas o, si se prefiere, son de otra manera. Llamamos “real” (una palabra que deriva de res, “cosa”) a lo
que las cosas efectivamente son; e “ideal” (una palabra que deriva
del vocablo “idea”, y éste de eidon, que significa “yo vi”) a lo que
hubiéramos querido que las cosas sean. Es éste un asunto que comienza “sencillo” con aquello que yo deseo o quiero, porque lo “vi”
en el mundo y lo recuerdo o porque lo concebí con esa otra forma
de ver que constituye mi intelecto. Es un asunto que nace, entonces, como un afecto, originado en una necesidad, al cual me refiero
diciendo que algo “me hace falta”, y va creciendo en importancia
configurando lo que denominamos un valor.
Llamamos “ideal” al territorio, que sólo existe en el alma, habitado y conformado por valores; y “moral” al conjunto de mores
o costumbres a partir de las cuales una sociedad establece las normas éticas que diferencian entre el bien y el mal. Se trata de un
territorio inmenso porque allí no sólo se acumulan las normas que
diferencian entre las malas y buenas maneras de comer en la mesa,
o las que condenan delitos tan graves como el asesinato cruel, sino
el conjunto enorme de los procedimientos que integramos como
habilidades para, por ejemplo, nadar, o conducir bien o mal un
automóvil. A medida que avanzamos, nos va quedando claro que
los valores frente a los cuales se puede sentir o adquirir una culpa
integran un interminable catálogo.
El tema nos exige volver sobre una importante cuestión, a la
cual ya nos hemos referido al iniciar este libro. Tener en cuenta el
origen de ese mundo ideal nos permite comprender que no podrá
jamás estar dotado de la completa perfección que la idea corriente
de ideal parece convocar. Nuestros ideales se construyen a partir
de la experiencia que nos otorgan nuestros fracasos, y los concebimos –por oposición a nuestros malestares– como una especie de
contrafigura “invertida” de los sufrimientos que fuimos capaces de
registrar y conocer. De manera que al diseño de nuestros ideales les
faltará siempre, en virtud de su origen, todo lo que sería necesario
¿Por qué nos equivocamos?
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para impedir los daños que todavía no hemos experimentado o
que no hemos sido capaces de identificar. Suena a paradoja que
los ideales, que configuran valores saludables y necesarios, carezcan
de la ilusoria perfección que adjudicamos, equivocadamente, a la
palabra “ideal”. Pero recordemos las palabras de Ortega ya citadas:
“El peor castigo para un idealista sería obligarlo a vivir en el mejor
de los mundos que él es capaz de concebir”. Su importancia radica
en que nos conduce a una reflexión fundamental: los valores constituyen principios que rigen la vida y sin los cuales es imposible vivir,
pero su aplicación a ultranza establece una desmesura que conduce
a la vida fuera del territorio en que la vida es posible.
Freud señalaba que, en la infancia, constituimos –estrechamente ligada con la audición de la voz de nuestros progenitores y a
partir de una disposición congénita– una instancia a la cual llamó
“superyó”. Se trata de una instancia que, operando mediante una
conciencia moral, compara permanentemente nuestros actos reales
con los que configuran nuestros ideales. De allí, del “balance” que
arroja esa comparación constante –que en lo inconsciente funciona
sin cesar– surge lo que denominamos “autoestima”. En realidad,
cuando escribe en 1914 Introducción del narcisismo, Freud sostiene
que la autoestima proviene de tres fuentes: el residuo del narcisismo
infantil, un resto de la omnipotencia primitiva que resulta “confirmada” por la experiencia en la medida en que la experiencia no
logró deshacerla, y la satisfacción otorgada por el objeto del deseo.
Es suficiente, sin embargo, una mirada atenta para comprender que
esas tres fuentes provienen, en esencia, de una sola condición: el
sentir que se ha cumplido o no con lo que el ideal prescribe. También, comprendemos de este modo que la culpa es, precisamente,
inversa a la autoestima, ya que una de ellas crece en la exacta proporción en que la otra decrece.
Si volvemos sobre la cuestión de quién es el que exige la acción
omitida y frente a quién incurrimos en culpa, disponemos ahora
de una respuesta: se trata del ideal que ejerce su función a través
de sus representantes. El corpus normativo que denominamos so-
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Luis Chiozza
ciedad –con sus tradiciones y costumbres–; la “clase”, el grupo o
la familia a la cual pertenecemos; las autoridades de nuestro mundo circundante; las personas que respetamos y admiramos; y, por
fin, una instancia que opera en nuestra alma y que denominamos
superyó, son esos representantes frente a los que experimentamos
la autoestima y la culpa. A pesar de que la influencia que estos representantes sociales ejercen sobre nuestro ánimo es intensa y permanente, tendemos a negar su importancia dado que, en su mayor
parte, se trata de una influencia inconsciente y, además, solemos
pensar que podremos engañarlos. Cuando al escribir el libro Las
cosas de la vida, nos ocupamos de la significancia que conserva –durante el transcurso entero de la existencia individual– la sonrisa que
intercambian la madre y su bebé, decíamos, también, que siempre
existe alguien a quien “dedicamos” –consciente o inconscientemente– nuestra vida, y agregábamos que ese alguien se constituye como
el magistrado en cuyo juzgado radica el expediente de nuestro juicio, esperando sentencia.
La oscura huella de la antigua culpa
Un profesor universitario, con numerosas distinciones académicas y con una situación económica muy buena, entra en una
librería y, procurando que nadie lo vea, cede a la tentación y comete
el desatino de hurtar un libro que podría pagar sin problemas. Si
queremos interpretar su conducta cleptómana como producto de
una búsqueda irresponsable del placer por el camino más corto, en
otras palabras, un producto que proviene directamente del reservorio de tendencias instintivas que el psicoanálisis denomina “Ello”,
nos encontramos con que la interpretación no nos convence. Podríamos interpretarlo mejor sosteniendo que el demonio que tienta
al profesor de nuestro ejemplo no es el Ello sino, paradójicamente,
el Superyó; que, recurriendo a este expediente, intenta castigarlo
con las diferentes consecuencias del robo, entre las cuales se cuenta
la vergüenza, la humillación y los sentimientos de culpa. Podríamos
¿Por qué nos equivocamos?
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añadir, además, que el masoquismo puede contribuir agregando
una cuota de placer a los sufrimientos del castigo.
Freud, hace ya muchos años, acudió en este punto en nuestra
ayuda, cuando sostuvo que los sentimientos de culpa preceden al
acto delictivo y constituyen su causa antes que su consecuencia. En
otras palabras, nuestro profesor se sentía culpable de un “delito” que
le costaba admitir, y comete el robo para poder atribuir a esa falta
menor los sentimientos de culpa que “oscuramente” lo atormentan.
Nos encontramos con una de las tantas formas de “solución transaccional”, que nos explican muchas veces distintas clases de actitudes o de síntomas. Nada mejor encuentra el profesor, entonces, que
reconocer esos sentimientos de culpa mientras atribuye su origen a
una nimiedad que está dispuesto, obviamente, a reparar.
Las cosas, sin embargo, no son tan sencillas. Porque, si se ha
cometido un delito “menor” para transferir sobre él los sentimientos de culpa provenientes de una falta mayor –que permanece inconsciente–, los sentimientos transferidos exceden la magnitud y
difieren en cualidad, de los sentimientos que corresponden al delito
actual. Podemos decir entonces que, como ocurre durante el transigir de cada “transacción sintomática”, el objetivo sólo se alcanza a
medias, y que la culpa que observamos en el acto cleptómano dista
mucho de ser la que corresponde a la pretendida nimiedad del acto
delictivo. Nos encontramos así con un concepto psicoanalítico que
ha cobrado fama: los sentimientos de culpa pueden ser neuróticos,
es decir, injustificados en la realidad de los actos ejercidos. La razón de esa fama de la “culpa neurótica” no es misterio, porque su
existencia implica la posibilidad de liberarse de una condena. Aunque, claro está, el “mecanismo de liberación” no funciona cuando
se pretende –como sucede con frecuencia– “psicoanalizar” a los
sentimientos de culpa asumiendo a priori que son neuróticos. Por
otro lado, cuando se “deshace” la culpa neurótica y nuestro profesor descubre que haber robado ese libro “no es para tanta culpa”,
retorna la pregunta que se había querido evitar: ¿de dónde viene
entonces la culpa?
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Luis Chiozza
Prosiguiendo por este camino de análisis, podemos enteramos
del suceso “original”, el delito “mayor” reprimido y oculto que generaba la magnitud y cualidad de los sentimientos de culpa que
se había intentando atribuir a un suceso menor, determinando de
este modo el “desesperado e inevitable” acto de cleptomanía. Pero,
si nos enteramos así, por fin, del episodio “original”, descubrimos
enseguida que –como acontece con los recuerdos encubridores que
se contienen de manera interminable unos dentro de otros, a la
manera de las cajas chinas– ese acto también fue el producto de
la necesidad de transferir una culpa anterior. Shakespeare lo dice
con intuición profunda cuando nos habla de la oscura huella de la
antigua culpa. A esa antigua culpa se refiere el psicoanálisis cuando
postula una culpa originaria inconsciente.
Ya nos hemos referido a dos “niveles” distintos de culpa cuando
diferenciamos entre los sentimientos de culpa conscientes –atribuidos, en nuestro ejemplo, al robo del libro– y los sentimientos de
culpa inconscientes, reprimidos (correspondientes al delito “mayor”, pretendidamente original, que también se ha reprimido).
Llegamos así, por fin, a un tercer nivel inconsciente, pero no reprimido, ya que nunca se ha hecho consciente y del cual proviene
el “alimento” original de los sentimientos de culpa. Obviamente
ignoramos qué son y de dónde surgen tales impulsos. Toda ciencia llega a un punto en que necesita crear términos para describir
fenómenos que puede reconocer, y a veces describir en sus manifestaciones y efectos, pero ignora qué son o de dónde provienen.
En medicina, por ejemplo, hablamos de hipertensión esencial o de
ictericia idiopática. En otras disciplinas, nos referimos a la afinidad
química, a la cohesión molecular o a la fuerza de gravedad. Cuando
en psicoanálisis llegamos a los sentimientos de culpa que surgen del
inconsciente “no reprimido”, solemos abandonar el lenguaje de la
vida cotidiana –que podemos teorizar como una “metahistoria”– y
pensamos “metapsicológicamente” que dicha fuente coincide con
la llamada “defusión instintiva congénita” de las pulsiones de vida y
de muerte, que tienden “normalmente” a funcionar combinadas.
¿Por qué nos equivocamos?
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Dado que, de acuerdo con Freud, no existen en realidad afectos
inconscientes –sino solamente disposiciones, “amagos” de afectos–,
los sentimientos inconscientes de culpabilidad (o, como a veces se
dice, la culpa inconsciente) no serían en verdad sentimientos, sino
más bien algo que podemos formular, aproximadamente, como una
“necesidad de castigo”. Sin embargo, si tenemos en cuenta que en
lo inconsciente existen investiduras afectivas y procesos de descarga secretora y motora que, aunque no alcanzan nuestra conciencia
“habitual”, afectan al yo, cae por su propio peso que la culpa inconsciente ejerce desde allí su “importancia”. Ejerce sus efectos de
una “formación de afecto” bajo la configuración de lo que hemos
categorizado como “motivaciones”, y lo hace de un modo que no se
suele atemperar demasiado mediante el expediente fácil de cometer
un delito banal que atraiga sobre sí un castigo menor. Una culpa de
tal magnitud, que nace sin solución de continuidad alguna desde el
suelo pulsional, se confunde en lo inconsciente con el masoquismo
primario, porque el predominio de la pulsión de muerte no deja
otra opción tolerable que agregarle placer al dolor.
Si la rivalidad se constituye como un gigante rojo cuyo alimento
es la sangre; los celos como un gigante amarillo que teje la urdimbre de su tela con la desconfianza y la traición; y la envidia como
un gigante verde que se nutre con el veneno, condensado y rancio
de su resentimiento, no cabe duda de que la culpa inconsciente,
acerca de la cual hemos dicho que predominan las pulsiones de
muerte, es el gigante negro que todo lo impregna. Precisamente,
la habitualidad de su presencia condiciona que pase desapercibido
en su importancia, sin que llegue a sospecharse la magnitud de su
nefasta influencia.
La culpa infantil
Si retornamos de los oscuros campos del misterio de la culpa
inconsciente, al territorio que la luz nos permite contemplar, encontramos en los niños pequeños una representación conmovedora
72
Luis Chiozza
de la transformación de los sentimientos de culpa. Hemos oído
hablar muchas veces de la inocencia infantil, pero la mayor parte
de esas veces el término se aplica, hipócritamente, para referirse a
una ignorancia de las cuestiones genitales, que dista mucho de ser
verdadera. Sin embargo, la inocencia existe en el niño pequeño; y la
reconocemos como una candidez encantadora en la transparencia
de la mirada, en la ausencia de doblez y malicia, en la autenticidad
de su hablar, en su curiosidad desinhibida y en su forma inmediata
de sentir. Es importante subrayar que un niño pequeño carece de
vergüenza y que, sin embargo, no entra dentro de lo que caracterizamos como desvergonzado o sinvergüenza. Diríamos, mejor, que
no se siente culpable. Pero, de pronto –generalmente de manera
más evidente en su segundo año de vida–, aparecen el doblez, la
malicia y, sobre todo, la vergüenza. ¿Qué ha sucedido? No resulta aventurado sostener que ha surgido, en su conciencia, la culpa,
pero, ¿cómo y de dónde ha venido?
Freud sostenía que el motivo de la represión era impedir el desarrollo de un afecto que hubiera sido penoso, y también que el
motivo por el cual ese desarrollo hubiera sido penoso estaba integrado por tres factores: la conciencia moral, y los sentimientos de
asco y de vergüenza. Dado que la conciencia moral se hace presente
a través de esos dos sentimientos, el asco y la vergüenza adquieren
una importancia inusitada, porque constituyen, en última instancia, los motivos que determinan la represión. En el capítulo anterior, vimos que el asco –antes de establecerse como el afecto que
conocemos con ese nombre– se constituye inicialmente como un
maridaje primitivo entre el miedo y el odio. Ahora, pensando en
la vergüenza, recordamos que cuando escribimos acerca del valor
afectivo, decíamos que la culpa es en primera instancia un retoño
nacido del maridaje entre el amor y el miedo, que crece en el campo
habitado por el Complejo de Edipo infantil. Pero, también sosteníamos que esa culpa “de niño” –hermana de los celos– es apenas
un descendiente joven de otra, anciana y soberana, que lo impregna
todo. Esa anciana y soberana debe ser la antigua culpa cuya oscura
¿Por qué nos equivocamos?
73
huella busca Shakespeare. La misma que, cada vez que nos encontramos con ella, abandona el ropaje rico que le otorga el lenguaje
de la vida cotidiana, para vestirse con los harapos geométricos que
le presta la ciencia. La otra, la culpa de niño, nos permite afirmar
que también la vergüenza nace como la culpa, del maridaje entre el
amor y el miedo. Recordemos lo que escribe Konrad Lorentz, un
etólogo que ha recibido el premio Nobel por sus contribuciones
científicas, en el trabajo que ya hemos citado:
Deseo afirmar seria y enfáticamente que en nuestro primer enfoque tentativo de la comprensión de sistemas vivos complicados, el
enfoque “visionario” del poeta (que consiste sencillamente en dejar
que la percepción gestáltica sea el único soberano) nos lleva mucho
más lejos que cualquier medición seudocientífica de parámetros
elegidos arbitrariamente.
Durante la investigación acerca del significado inconsciente de
los trastornos que cursan con la anemia, sostuvimos que la vergüenza
es un afecto que –caracterizado fundamentalmente por el rubor y el
calor del rostro– proviene de la reestructuración de las inervaciones
que corresponden a la descarga afectiva de la excitación, especialmente de la genital. Recordemos que la vergüenza se asocia al pudor,
que el pudor se experimenta en relación con las partes del cuerpo que
denominamos pudendas y que esas partes –que preferimos cubrir–
son, en primerísimo lugar, los genitales. No cabe duda de que el niño
desarrollará con el tiempo ese pudor que su vergüenza precede.
Cuando escribimos acerca del valor afectivo, decíamos que la
idea de que nacemos con un pecado original y que sólo mediante
la misericordia divina o la bendición del bautismo podemos acceder al paraíso de un bienestar ideal, parece aludir a la ubicuidad
de la culpa inconsciente. Sin embargo, agregábamos que, cuando
observamos a un niño en su primer año de vida, no puede dejar de
conmovernos la transparencia de su mirada “inocente”. Y que nos
conmueve aún más comprobar que, durante la convivencia con
sus allegados más íntimos –a veces poco a poco y otras, con mayor
74
Luis Chiozza
rapidez– se introduce en su manera de ser la malicia, la desconfianza y la falsedad. Dado que junto con ellas se desarrollan los sentimientos de culpa conscientes, no podemos menos que suponer que
los estados de conciencia generados en lo que solemos llamar “influencia del medio” en la formación del carácter, operan como un
“contagio de estilo”, que abre la compuerta de la represión primaria, generando –a partir de las disposiciones latentes a la culpa– los
afectos y las conductas que denominamos “culposas”. Se trata, en el
fondo, del proceso que, a partir de las disposiciones innatas, genera
el superyó del niño en su contacto con sus progenitores.
Es necesario que, en este punto, evitemos una confusión importante. Aunque utilicemos la misma palabra “culpa” para designar
ambas “cosas”, una cosa es la culpa inconsciente –concebida como
un vector dentro de un universo caracterizado por una tópica,
una dinámica y una economía–, y otra cosa son los sentimientos
de culpa conscientes, que pertenecen a una historia “biográfica”,
y que se expresan en el lenguaje que habitualmente hablamos.
Recordemos, además, que la represión primaria o primordial se
diferencia de la represión propiamente dicha o secundaria, a la
cual aludimos habitualmente cuando de represión hablamos. La
represión secundaria se ejerce sobre los contenidos que han llegado
a nuestra conciencia habitual; mientras que, por lo contrario, la
represión primaria es la que constituye la división original entre
lo que será consciente y lo que será inconsciente. De modo que,
cuando hablamos de lo inconsciente “no reprimido”, nos referimos al inconsciente que ha permanecido siempre detrás de la barrera creada por la represión primordial.
Digamos por fin que, cuando hablamos del proceso por el cual
se gesta el superyó infantil, no hablamos de un proceso que sólo
se da en los seres humanos. Freud sostiene, en uno de sus últimos
trabajos titulado Esquema del Psicoanálisis, que debemos suponer
que en los animales superiores, por lo menos, existe un superyó.
Pero, quizá sea mejor trasmitirlo con uno de los tantos ejemplos
que abundan. Un señor ingresa en el living de su casa donde están
¿Por qué nos equivocamos?
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sus dos perros y descubre que han orinado en la alfombra. Entonces les grita enojado, reprochándoles lo que uno de ellos ha hecho.
Mientras que uno de los perros se pasea impertérrito, el otro, con
las orejas gachas, expresa claramente su culpa.
Las maniobras evasivas de la responsabilidad
Llegamos, por este camino, a una conclusión importante que
examinaremos volviendo sobre algunos de los párrafos que escribimos en El valor afectivo. Lo fundamental, en lo que se refiere a
los sentimientos de culpa, no depende tanto de la magnitud de la
culpa inconsciente, como de aquella parte de la disposición primordial que logra labrarse un camino “afectivo” en los distintos
“niveles” del yo, constituyendo de este modo un poderoso motivo.
De allí surgen los sentimientos de culpa conscientes y las actitudes
y conductas que son sus equivalentes y, al mismo tiempo, destructivas sustituciones.
El núcleo central constituido por ese “poderoso motivo” conduce a una culpa consciente que evoluciona siguiendo las pautas
de dos desenlaces típicos: por un lado, el ejercicio de las maniobras
inútilmente evasivas y, por el otro, el desarrollo de una responsabilidad moral. La maldad y la bondad del superyó dependen, más
que de la magnitud de su fuerza, de las condiciones que determinan su cualidad. El título La insostenible levedad del ser, que Milan
Kundera pone a una de sus novelas, constituye un hallazgo. Curiosamente, ha sido traducido incorrectamente del original francés
como La insoportable levedad del ser. Aquello que, sin duda, se presenta como insoportable es, precisamente, “el peso” de la gravedad
del ser. Ocurre cuando la culpa inconsciente aflora parcialmente
en la conciencia o motiva conductas destructivas, penosamente
vividas como la operatividad de la desgracia. Por el contrario, la
“ingrávida” levedad del ser –adecuado representante de las conductas maníacas y evasivas que producen un momentáneo alivio, una
irresponsable ligereza– se demuestra, a la postre, insostenible.
76
Luis Chiozza
Es necesario, todavía, considerar otro asunto que es central en
lo que se refiere a la autoestima y la culpa, porque ninguno de estos
sentimientos puede ser transformado en una evaluación consciente, sin considerar el desdoblamiento por obra del cual una parte de
uno mismo establece un juicio acerca de la otra. Tal como lo expresábamos en el capítulo tercero, cuando uno se “percibe” a sí mismo,
la parte de uno que funciona percibiendo queda fuera del “mapa”
que uno traza acerca de lo que uno ha percibido. La autoestima
–como dignidad y amor propio– o su contrario, la culpa –como indignidad, odio a sí mismo y autorreproche–, no son simplemente,
como solemos pensar, juicios que acerca de uno mismo uno realiza.
Son el producto de una autopercepción que nos disocia en el que
estima o reprocha y en aquel que resulta apreciado o acusado; pero
cuando hacemos eso y mientras lo hacemos, “somos” el que ejerce
la crítica, y no el que la recibe. Freud, además, descubrió que en
el fondo de los reproches que dirigimos hacia nosotros mismos,
se esconden reproches a las personas que ejercen una significativa
influencia en nuestras vidas. También aprendimos que los autorreproches se ejercen desde una identificación con las personas para
las cuales vivimos. Cuando uno se odia a sí mismo, es más fácil ver
que el odio que uno destina a “la imagen” de uno (que contempla
y rechaza “desde afuera de ella”) no incluye a “la parte” de uno que
ejerce el rechazo y el odio; pero cuando uno se ama, aunque no resulte tan claro, sucede lo mismo. El que “en uno” ama, el que siente
el amor que dedica a la imagen de sí mismo que mira y aprecia, no
recibe –como le sucede a Narciso cuando se contempla en el espejo
del agua– el amor que prodiga a la imagen que ama.
Debemos reconocer ahora que los sentimientos de culpa son,
como los sentimientos de amor, previos al desdoblamiento funcional que aquí describimos y previos al juicio que desde ese desdoblamiento se inicia. Esto, en primera instancia, parece encerrarnos en
una contradicción insoluble porque, precisamente, hemos definido
a los sentimientos de culpa a partir de ese juicio que establece en
qué consiste “la falta” y en el cual somos, al mismo tiempo, el reo
¿Por qué nos equivocamos?
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y el juez. Es inevitable pensar, sin embargo, en un hipotético momento inicial en el cual surge, como sentimiento consciente, un
malestar que se configura como dolor frente a un daño. Un dolor
teñido de impotencia y desesperación, que atrae sobre sí funcionando como reactivación de una huella mnémica inconsciente, la
disposición inconsciente y tanática que, abusivamente y por sus
efectos, designamos como culpa inconsciente. Es recién a partir de
este punto que la necesidad de tramitar ese sufrimiento conduce
al desdoblamiento que genera los pensamientos implícitos en los
sentimientos conscientes de culpabilidad. Los únicos a los cuales
–ya sea que permanezcan en la conciencia o que sean reprimidos de
manera secundaria– cabría asignarles, en rigor de verdad, la cualidad que denominamos sentimiento de culpa. Las faltas que cometemos y a las cuales atribuimos la culpa que sentimos provienen,
entonces, de una carencia, surgen por el hecho de que algo “nos ha
hecho falta”. Es esa falta, que una vez sentimos como la maldad del
mundo, la que ha iniciado el proceso que condujo al sentimiento
de que somos malos.
Sabemos que el desdoblamiento “funcional” es la indispensable
condición para que exista la posibilidad de que uno se contemple a
sí mismo, pero también sabemos que, pasado un cierto “umbral”,
ese desdoblamiento es el que permite permanecer “afuera” del sentimiento de culpa. Entre las maniobras evasivas distinguimos, de
manera ya “clásica”, la prestidigitación maníaca (“nada grave ha
pasado”), la irresponsabilidad paranoica (“la culpa es tuya, no es
mía”), y la extorsión melancólica (“debes quitarme la culpa”). Dado
que cada una de estas tres coartadas lleva implícitas a las otras dos,
podemos representarlas como tres caras de un mismo tetraedro,
cuya cuarta cara es la responsabilidad que surge de la integración y
de la cual continuamente se huye. Se trataría, entonces, de un tetraedro regular, “topológicamente” deformado, en el cual, curvando las aristas, la cuarta cara poseería una superficie mínima sobre
la que el sólido “no se mantiene” en pie. La responsabilidad queda
así representada como una singularidad inestable, que se atraviesa
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Luis Chiozza
rápidamente en un “salto” catastrófico sin permanecer en ella. Tal
como ya hemos señalado, en el campo de los procesos psicoterapéuticos, esta cuestión adquiere con frecuencia la actitud tramposa,
completamente estéril, de enfrentar el análisis de los sentimientos
de culpa partiendo a priori de la suposición –asumida como indudable– de que son injustificados y “neuróticos”.
Mediante la extorsión que es propia de la melancolía, la irresponsabilidad que es propia de la paranoia o la prestidigitación que
es propia de la manía –tres recursos que pueden ser contemplados
como tres facetas de un mismo trastorno–, se intenta la “expulsión”
de la culpa proyectándola sobre una parte de uno mismo que uno
rechaza, o sobre un entorno que así se trasforma en un mundo
unilateralmente malo, y desde el cual la culpa eyectada continuamente amenaza con volver. La actitud corresponde a una expresión: “Echar la culpa”, que frecuentemente se utiliza. La culpa que
se “echa” fuera del ámbito que denominamos “yo”, generalmente
se echa “sobre” los allegados más íntimos, aquellos con los cuales
mantenemos un vínculo que suponemos capaz de tolerar la injuria.
Se trata de una maniobra que incrementa siempre, en un círculo vicioso de retroalimentación positiva, los sentimientos de culpa que
se procura negar. Especialmente importantes son, en este punto,
dos ubicuos modos del discurso que se consolidan muchas veces
como rasgos del carácter: el reproche, que se ejerce “de arriba hacia
abajo”, desde la identificación con un superyó cruel; y la queja, que
se ejerce “de abajo hacia arriba”, desde la identificación con un yo
que reclama misericordia y justicia. Aunque ambos estilos pueden
tener algún éxito en su capacidad psicopática de involucrar a un
partícipe complementario –que se hace “cómplice” en virtud de
similares conflictos–, decimos que son “inventos” inútiles porque
perpetúan el conflicto inyectando, cada vez, más culpa en el “quiste
hipertenso” de la culpa reprimida.
Desenmascaramos ya la inutilidad de las maniobras que realiza
el que se hace delincuente (todos los delincuentes en verdad) “por
sentimientos de culpabilidad”, dado que el “alivio” momentáneo
¿Por qué nos equivocamos?
79
que aparentemente elude la necesidad de un castigo mayor, incrementa, en el fondo, la culpa inconsciente.
Toda una escuela, dentro del psicoanálisis, sostiene que la culpa
puede conducir a una reparación del daño producido, y que esa
reparación disminuye la culpa y la atempera. No parece posible,
sin embargo, que las cosas ocurran de este modo “lineal”. La reparación nacida de la culpa jamás podría cumplir su cometido reparando un daño que, precisamente, ha sido realizado para obtener
un castigo menor que el que inconscientemente se cree merecer. La
empresa reparadora busca, entonces, el sacrificio como una forma
de castigo que adquiere la engañosa forma de reparar un daño y
expiar una culpa. La reparación que no surge de manera directa del
amor al prójimo, sino de la necesidad de eliminar la culpa “propia”
mediante un sacrificio expiatorio, sólo podría redimir una culpa
consciente, pero se demuestra incapaz para anular una culpa reprimida que, en realidad, tiende a incrementar. Una culpa que, a lo
sumo, sólo se puede mitigar con el castigo oculto en la reparación,
durante el tiempo en que logra evitarse la realización de un nuevo
delito, nacido desde los mismos motivos.
El don superlativo que denominamos perdón
Sólo podremos resolver los bretes hacia los cuales nos conduce
la culpa, la situación “sin salida” en la cual –con mayor o menor
frecuencia– nos encontramos inmersos, si, más tarde o más temprano,
asumimos que no existe a quién “pasarle la factura” por una deuda
que nace de un “sentimiento del deber”. El recurso frecuente que conduce a tratar de equilibrarla, denigrando injustamente a las personas
que más valoramos, de muy poco nos sirve. Existe, por el contrario,
el don superlativo que denominamos “perdón”, como una obra de
amor que cura las injurias sufridas e infligidas, pero el perdón que
pedimos y nos otorgan no nos exime ni nos disculpa. Es necesario
no confundir el perdón con la disculpa. La disculpa es siempre una
distorsión penosa y precaria de los sentimientos de culpa. No hay
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Luis Chiozza
camino de vuelta a la inocencia. Nadie puede darnos la disculpa,
que tan frecuentemente pedimos y que sin cesar buscamos, para una
culpa oscura que toma la forma de una deuda impagable. Nadie
puede ejercer con eficacia y realizar bajo su responsabilidad, “por su
cuenta” y por nosotros, la indelegable tarea que nos presenta la vida.
Se trata de una tarea que “nos falta” y que “nos toca” hacer.
Heidegger, Sartre, Ortega y Weizsaecker coinciden en señalar que
la esencia de todo ser humano no sólo se encuentra en lo que ese ser
humano es, sino en aquello que no es e intenta ser. Lo que lo caracteriza, y constituye al mismo tiempo su padecimiento y su pasión, no es
“todo” aquello de lo cual carece, no es todo aquello que le falta, sino
solamente lo que “le hace falta” en su momento actual. Llegamos,
por este camino, a enfrentarnos con el hecho –en primera instancia
sorprendente– de que un elemento esencial en la definición del hombre coincide con la condición psicodinámica, que es fundamental en
la definición de lo que denominamos culpa. En otras palabras, lo que
le falta al yo para cumplir con su ideal es la esencia de aquello que
lo pone en movimiento y es, al mismo tiempo, la descripción más
escueta de lo que determina sus sentimientos de culpa.
¿Pero no se esconde acaso allí, en esa descripción escueta, un
malentendido? ¿Coincide acaso el sentimiento de culpa con el motor
de una vida que apunta hacia una meta? Admitimos ya que toda
culpa se constituye como deuda, pero es obvio que no todas las
deudas constituyen culpas. El sentimiento del deber no coincide
necesariamente con los sentimientos de culpa. No todos los deberes
son culpas, sino solamente aquellos que no han sido satisfechos en
el tiempo y en la forma en que correspondía. Aquellos acerca de los
cuales pienso ahora, en el presente de mi vida, que no queda tiempo,
ni forma en que pueda ya satisfacerlos. Podemos resumirlo diciendo
que la esencia de la culpa está en lo no cumplido en el pasado, que se
teje con nostalgias; y que la esencia de la condición humana consiste
en la tarea de cumplir los ideales en el porvenir de los anhelos. La
verdadera dificultad frente a la culpa reside, entonces, en otro punto,
porque no sólo sucede que el núcleo que genera nuestros sentimientos
¿Por qué nos equivocamos?
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de culpa se configura con recuerdos reprimidos a los cuales es difícil
llegar, sino además y sobre todo ocurre que, cuando de culpa se trata,
el daño que el delito ha producido ya no se puede deshacer.
Si antes vimos que el supremo “expediente” de la reparación salvadora está destinado al fracaso porque –dado que nace como una
receta primordialmente encaminada a disolver la culpa– surge de
una motivación que es inauténtica y espuria, ahora comprendemos
además que habitualmente se reprime la magnitud del daño que
habría que reparar, precisamente porque se lo considera irreversible
o porque su reparación exige un precio que no se está dispuesto a
pagar. Si es cierto lo que hemos aprendido acerca del núcleo poderoso que, constituido como una formación afectiva que permanece
reprimida, pone en marcha los sentimientos de culpa que llegan a
la conciencia, tales sentimientos –que se apoyan en acontecimientos que ya no pueden ser revertidos para construir lo que, hablando con propiedad, denominamos “culpa”– se constituyen como
deudas impagables y “hay que vivir con ellas”. Es claro que, si no
podemos disolverlas, podremos tal vez equilibrarlas con actos que
aumenten nuestra estima porque surgen de un deseo auténtico que
trasciende la receta pusilánime que busca la disculpa. Pero, sobre
todo, podremos evitar aumentar nuestros sentimientos de culpa renunciando al desesperado intento de anularlos.
Es cierto que la culpa, como propiedad que adquirimos mediante el juicio que nos adjudica la culpabilidad por un hecho que
–como tal– “hecho está”, resiste incólume sin disminución alguna,
conservando su cualidad de “impagable”, el transcurso del tiempo
que pule todas las aristas. Pero también es cierto que los sentimientos de culpa que toleramos a pie firme, soportando el dolor sin
distracción alguna, se gastan con el tiempo que cura las heridas
y nos acostumbra a “las ideas”. Si renunciamos al intento torpe e
inútil de la fuga en el lugar en donde la culpa aprieta, nos enfrentaremos siempre, inexorablemente, con el dolor de un duelo. Un
duelo que es también empeño de honor, combate, reto y desafío.
El otrora enemigo que hoy reclama, habita en un lugar profundo
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Luis Chiozza
de nuestros corazones. La esencia de la culpa consiste en sentir que
el daño ya está hecho y no podremos calmar ese reclamo con el
arrepentimiento que pide una paz que es incapaz de dar, ni con la
dádiva mezquina de una reparación que pretende anular la culpa
con la artificial oferta de una prótesis. La paz sólo se encuentra en
el duelo, ya que el duelo –que es incapaz de disminuir la culpa que
surge de los hechos– puede, en cambio, procesar y transformar los
sentimientos que esa culpa irredimible produce. En el per-dón que
damos o en el que nos damos sin buscar disculpas, nos encontramos
otra vez con la responsabilidad que, como hemos visto, consiste en
la actitud de responder, de dar respuesta propia a los entuertos, a
las dificultades penosas que –sean propias o ajenas– forman parte
de nuestra circunstancia y allí “nos corresponden”.
La experiencia muestra que el ejercicio de una responsabilidad
que no se refugia en la impotencia se acompaña –como inesperado
regalo– de la cuota de alivio que surge del “tener algo que hacer”. No
se trata, pues, de reparar el daño que hemos hecho; se trata, en cambio, de responder a cualquier daño –sea cual fuere su origen– con la
actitud cariñosa que procura devolver a la vida su alegría. Pero, “hace
falta” poder. Frente al “To be or not to be” de Shakespeare, no podemos dejar de comprender que la cuestión última no radica en el ser,
sino que radica en el poder. Se trata de “poder o no poder”. A veces
queremos lo permitido, o lo que se constituye como una inevitable
obligación, o queremos hacer lo que debemos. Otras queremos lo
prohibido, o sólo aquello a lo cual nada nos obliga, o queremos saldar
un deber que no reconocemos como una deuda propia. Sin embargo,
se trate de querer esto o aquello, hay que poder hacerlo. Siempre habrá cosas que podemos y otras frente a las cuales somos impotentes y
sólo nos queda “duelar”. Aunque se dice (y algo de cierto tiene) que
querer es poder, llegamos siempre a lo mismo: hay que poder querer.
De qué depende entonces el poder sino de Eros, la fuerza de la vida.
Pero la vida, para decirlo con las palabras que Bergman utiliza en su
film Las tres caras de Eva: “No admite preguntas; tampoco nos da
respuesta alguna; la vida florece, simplemente, o se niega”.
¿Por qué nos equivocamos?
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¿Se trata entonces de dedicar la vida, como quería Don Quijote,
a reparar entuertos? No hay duda de que hay veces en que pensamos
de ese modo y sentimos que deberíamos dedicar un porcentaje de
la vida, por lo menos, a una tarea que se suele considerar piadosa.
Pero tampoco cabe duda de que si el intento surge motivado por el
deseo de aliviar las culpas, logrará su objetivo solamente en un nivel
superficial. Cuando, en cambio, nos motiva la responsabilidad que
nos hermana y nos solidariza “en serio”, se orientarán mejor nuestros esfuerzos y nos acercaremos a aceptar sin queja, sin reproche y
sin culpa, que no todo es posible y que la muerte es parte de la vida.
Recordemos una vez más que la vida, toda vida, evoluciona siempre
como una realidad “compleja” que transcurre en el borde entre el
caos y el orden. Rellenar una falta será pues encontrarse con otra;
pero hay faltas y faltas, y frente a las que son grandes, sentimos que
hay momentos y motivos ante los cuales no hay una “vuelta atrás”.
Sólo cabe el intento, y ese intento sólo será responsable si deja un
amplio margen en el cual se esté dispuesto a dar respuesta a lo que
no sale simplemente de manera lineal.
Se trata de una tarea, cuyo ejercicio es el mismo ejercicio de la
vida, que intentará continuamente ser lo que no es aún, y que frecuentemente lo intentará bajo la forma, engañosa, de querer volver
a ser lo que ya fue. Si –como sostiene Weizsaecker– lo ya realizado
es lo imposible y posible es lo no realizado todavía, allí en donde
el valor negativo de la falta adquiere el signo positivo de la posibilidad, la culpa deviene responsabilidad. Se trata de responder a “lo
que falta” con el intento de que “pueda ser”. La culpa, hija de Tánatos –representante de la muerte–, será preñada entonces por Eros
–representante de la vida– con anhelos que aprenderá a querer por
lo que son, como se quieren las promesas, todavía incumplidas, de
una vida joven. Goethe dijo que amaba a los que quieren lo imposible. En el trabajo titulado Entre la nostalgia y el anhelo, escribimos:
“En las cosas que sentimos tan importantes como la continuación
de la vida, ¿le importa acaso, al intento, la imposibilidad?”.
segunda parte
Víctimas incautas de sus
propios motivos
Capítulo VI
Meg
El personaje
Meg (Margaret Windermere), representada por la actriz Scarlett
Johansson, es la joven protagonista del filme A good woman, dirigido por Mike Barker, que fue realizado adaptando el libreto de la
obra teatral El abanico de lady Windermere, escrito por Oscar Wilde.
Los episodios que relataremos y que en el cine vivimos “en presente”, trascurren en el año 1930, en la ciudad de Amalfi, en el sur de
Italia. Leí la obra de Oscar Wilde cuando era un joven adolescente
que adoraba las ingeniosas frases con las cuales, de una manera un
tanto cínica, Wilde calaba en las vicisitudes de la comedia humana.
Jamás hubiera imaginado entonces que, sesenta años más tarde, esa
historia me atraería nuevamente; y menos aún hubiera imaginado
que lo que me motivaría habría de ser la tragedia de un drama, profundamente conmovedor, que se ocultaba como contraste detrás de
la aparente frivolidad de una actitud que se complace en decir lo
que habitualmente se evita pensar.
Cuando nos encontramos con Meg vemos una mujer joven y
elegante, bonita, con dos hermosos ojos claros, una nariz breve,
bien proporcionada, con la punta levemente dirigida hacia arriba. La boca, apenas entreabierta, se proyecta ligeramente adelante
con el gesto de una niña consentida que espera permanentemente
un nuevo halago. Sus actitudes son sensuales, no está exenta de
sex-appeal y, al mismo tiempo, su rostro de niña cándida, algo tímida, que se ruboriza fácilmente, despierta ternura.
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Luis Chiozza
Nos enteramos de que es americana, ha nacido en Rhode Island
y se ha casado hace un año con Lord Windermere, un joven agradable que se dedica a las finanzas, que tiene el aspecto saludable de las
personas que practican deportes y los modales, un tanto arrogantes,
de los hombres adinerados por herencia que han egresado de los
mejores colegios.
Amalfi
Meg disfruta feliz el encantador entorno de la costa amalfitana
que convoca, habitualmente en el verano, a muchos extranjeros que
son ricos y famosos. La Contessa Lucchino, que la acompaña mientras ella espera a su marido, le sugiere que entretenga su tiempo
comprándose algunas de las primorosas prendas que se encuentran,
a pocos metros, en una exquisita boutique. Allí, desde la calle, a
través de la vidriera de la tienda, la ve Lord Darlington, un playboy
soltero, atractivo y seductor que, con la desenvoltura que lo caracteriza, entra y utiliza un pretexto para entablar una conversación con
ella. Meg, incómoda, accede a la continuidad del diálogo. Es evidente que intenta sobreponerse a la incomodidad que le produce su
percepción de la actitud seductora, refugiándose en la idea de que
sabrá controlar la situación sin necesidad de mostrarse descortés.
En ese momento, la condesa Lucchino y Lord Robert Windermere,
el marido de Meg, entran a la tienda. La condesa ha tenido muchas
veces a Lord Darlington como compañero de bridge, y Robert se lo
ha encontrado alguna vez en Londres. Durante las presentaciones
de Meg y Darlington, él, a pesar de la presencia de Robert, no se
esfuerza demasiado en disimular el pretexto con el cual se acercó a
Meg; y ella, atrapada entre el disgusto y el halago, se defiende esta
vez con la actitud de demostrar su amor por Robert.
Poco tiempo después, Darlington los conduce a una villa que
desean alquilar. “La casa es perfecta”, dice Meg mientras abraza
a Robert, entusiasmada y feliz. “Me siento una princesa”, añade
enseguida; y cuando Robert le dice, complacido por el entusiasmo
¿Por qué nos equivocamos?
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de Meg: “Eres una princesa”, ella lo besa y agrega una frase que nos
hará pensar: “Soy una princesa porque me casé contigo”. Darlington, que presencia la escena, comenta: “Con una mujer así yo no
sería soltero”, y Robert señala: “Se ha ruborizado”. La cuestión se
cierra con un comentario de Meg: “No seas tonto, vamos a ver los
cuadros”.
El asedio de Lord Darlington
En la velada que transcurre en el hermoso y confortable yate de
Darlington, en un clima distendido y placentero, se reúnen unas
veinte personas que comparten entre sí su familiaridad con un ambiente en el cual el vestido y el trato “de etiqueta” forman parte de
la vida habitual. Darlington, visiblemente atraído por Meg, se le
acerca solícito e insistente, instalado en una actitud lisonjera que ya
no abandonará en su trato con ella, porque ha percibido que Meg,
que se siente un tanto perdida en lo que considera el mundo de
Robert, no se atreverá a reconocer su incomodidad estableciendo
una mayor distancia. Mientras conversan, Meg le cuenta que ha
sido criada por su tía Julia, hermana de su padre, porque ha perdido
a su madre siendo todavía una niña de muy corta edad. No logra
recordarla, sólo le ha quedado de ella una fotografía algo desteñida
que conserva dentro de un pequeño estuche ovalado que, a la manera de un relicario, pende de una cadena en su cuello.
Meg cumplirá años durante su estadía en Amalfi y, con Robert,
preparan su fiesta en la hermosa villa que han alquilado. Mientras
tanto, otras cosas suceden. Meg se encuentra en la boutique –a la
cual ha regresado para comprar algunas cosas– con Mrs. Erlynne,
una elegante norteamericana que también ha nacido en Rhode Island, que está de vacaciones y que despierta chismes y críticas por
su vida ligera entre las damas que integran el grupo de huéspedes. Un poco más tarde, Darlington –continuando con su asedio
seductor– invita a Meg a compartir el almuerzo en el club; ella
acepta incluyéndolo a Robert, pero él se excusa diciendo que debe
90
Luis Chiozza
ocuparse de enviar un telegrama. Darlington y Meg, expuestos a
los chismes y murmuraciones, pasean por las calles de Amalfi. Su
almuerzo será, finalmente, el pescado fresco y los higos que compran a los vendedores ambulantes. Darlington no pierde la menor
ocasión para introducir cínicamente, en sus galanteos a Meg, preguntas insinuantes que aparentemente sólo intentan ser halagüeñas
acerca de si Robert la abandona y la descuida. Meg guarda sus higos
para Robert e insiste en llevárselos; pasan por la oficina de telégrafos, pero no consiguen encontrarlo. Luego, ya de regreso en su casa,
Meg y Robert –ambos un poco incómodos– se encuentran. Meg
le pregunta dónde ha estado, y él le dice que seguramente se han
cruzado en el camino.
La fama de Mrs. Erlynne
Pocos días después, en el teatro, Mrs. Erlynne y Lord Augustus
Lorton, un millonario sesentón que se ha casado y divorciado dos
veces –a quien apodan Tuppy–, conversan en un evidente flirt.
Lady Agata, sobrina de Lord Augustus, la Contessa Lucchino y Lady
Plymdale, una amiga de la condesa que ha enviudado recientemente, intercambian chismes y murmuraciones acerca del pasado de
Mrs. Erlynne: “Una mujer de vida escandalosa –dicen– que atrae
a los hombres y que se aprovecha de ellos”. Darlington le pregunta a Robert, delante de Meg, si conoce a Mrs. Erlynne; y Robert
contesta que no, aunque poco después agrega que Mrs. Erlynne ha
recibido algún dinero y que él ha realizado inversiones para ella.
Meg menciona que es la mujer que ha conocido en la boutique probándose el vestido que lleva, demasiado escotado e indecente: “Te
lo conté, ¿recuerdas?”. Robert comenta que son cosas de la moda
italiana. Lady Plymdale añade que es una famosa Jezabel, y Robert
agrega: “Sin pruebas yo no lo comentaría”.
Más tarde, desvistiéndose en su dormitorio, Robert y Meg continúan hablando de Erlynne. Meg expresa su disgusto y dice que
no la invitará a su fiesta ya que le han dicho, y que Lord Darlington
¿Por qué nos equivocamos?
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también lo sabe, que mantiene relaciones con un hombre casado.
Agrega que Robert no debería ayudarla a invertir un dinero que
proviene de una relación repugnante. Él comenta que a la gente le
encanta oírse, y Meg le reprocha: “¿Por qué insistes en defenderla?”.
Robert propone cambiar de tema y le pide a su esposa que cierre los
ojos, ya ha pasado la medianoche y le entregará su regalo de cumpleaños, un hermoso y antiguo abanico que jugará un papel central
en esta historia. Meg, sentada en la cama, abre el regalo con la impaciencia de una niña excitada por la curiosidad. En ese momento,
ambos se expresan su amor con palabras y besos.
La evidencia infame
El día en el que Meg cumple años, y mientras está atareada con
los preparativos de la fiesta que se realizará a la noche, Darlington,
ocioso, la visita en su casa para llevarle como regalo una bonita
pulsera de oro que Meg no quiere recibir, pero que, ante su insistencia, no se anima a rechazar. Pocos minutos después, ella debe
pagar al encargado de los arreglos florales y se propone hacerlo
más tarde, cuando regrese Robert; pero Darlington, que ya ha
preguntado capciosamente: “¿Y Robert? ¿Enviando otro telegrama?”, le sugiere que utilice un cheque. Meg acepta la sugerencia
y se despide de Darlington hasta la noche; entonces, él añade
–desconcertándola– que a veces la gente nos decepciona, que no
quisiera verla sufrir y que recuerde que si necesita un amigo, él
estará presente.
Cuando va en busca del talonario de Robert para realizar el pago,
Meg descubre, con angustia y horror, que su marido ha extendido
varios cheques y por cantidades elevadas a nombre de Mrs. Erlynne.
Desconsolada, acude a la condesa Lucchino, quien, mientras Meg
llora, le asegura que no está sola en su desgracia, que no se lo tome
como algo personal, que todos los hombres son iguales y que esas
cosas siempre suceden en el matrimonio, ya se acostumbrará, como
hacen todas, a tolerar sus infidelidades. Meg se pregunta: “¿Cómo
92
Luis Chiozza
ha podido?”. Ahora, añade, siente que cada beso será algo sucio y
cada minuto compartido una mentira. La condesa insiste: “Todo
hombre nace sincero y muere mentiroso, las mujeres feas lloran, las
bonitas salen de compras”.
La decisión de Meg
Así llegamos a la fiesta. Meg se está vistiendo. Ha seguido los
consejos de la condesa y se ha comprado muchas cosas. Bajará con
un vestido muy escotado, exactamente igual al de Erlynne, y con las
uñas pintadas. Robert, incómodo, le dice: “Tomarás frío, te traeré
un abrigo”, pero Meg contesta: “¿Tu amiga no te ha asesorado sobre
la moda italiana?”. Robert la mira desconcertado y Meg, enojada,
se aleja diciendo: “Vi los cheques, no te atrevas a negarlo”.
Un poco después, en la fiesta, Robert, visiblemente inquieto,
le dirá a Meg que está bebiendo demasiado. Precisamente en ese
momento ella, con sorpresa y disgusto, ve a Erlynne que, a pesar de
todo, ha sido invitada. Entonces, huye ofendida y humillada hacia
el jardín. Robert, preocupado, la busca sin encontrarla. Meg no
quiere verlo y se oculta con la complicidad de Darlington, que ha
aprovechado ya la ocasión para decirle a Meg que la ama, para robarle un beso y para proponerle que huya con él. No tiene sentido,
le dice, permanecer, noche tras noche, al lado de un hombre que
la engaña, en un simulacro de amor. Meg, angustiada, interrumpe
sus argumentos diciéndole: “¡Basta!”, y se escapa corriendo; pero,
cuando ve por la puerta entreabierta de la biblioteca que Robert y
Erlynne están allí solos y hablando, su desesperación aumenta. Se
refugia en su habitación, donde envuelta en lágrimas continuará
bebiendo champagne e irá transformando su humillación en enojo.
Entonces, se decide. Se irá con Lord Darlington esa misma noche. Sale de su casa dejando una nota en la cual escribe: “Querido
Robert: Creí que era perfecto, creí que siempre estaríamos juntos.
Si amas a Mrs. Erlynne, ve con ella. Me siento tan estúpida, todos
lo sabían excepto yo.”
¿Por qué nos equivocamos?
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La intervención de Erlynne
Mientras Meg, sola y angustiada, espera a Darlington en su yate,
ve llegar, con sorpresa, a la Mrs. Erlynne. “Un taxi la espera afuera”,
dice apresuradamente Erlynne. “La envía mi marido”, responde airadamente Meg. “Su marido cree que usted está durmiendo con
un litro de champagne. –continúa diciendo Erlynne, y enseguida
agrega– Vamos. Me dio dinero, es todo. Soy amiga de la familia”.
“¿Me toma por tonta?”, pregunta Meg indignada. Erlynne le dice
que la tontería está en querer huir con un playboy cuando tiene
un marido que la ama. Los amigos dejarán de llamarla, no podrá
acudir a muchos sitios. Meg señala con ironía: “Usted se las arregla
bastante bien”. Erlynne le responde con tristeza que se requiere
práctica y habilidad para vivir sin arrepentimiento. Y añade: “Un
matrimonio exige todo el corazón. Los egoístas no prosperan en
él, pero usted no es así, usted triunfará donde otros fracasamos”.
Le repite, entonces, y le jura que su marido le ha sido fiel. Meg,
desconfiada, afirma: “El le ha dicho que mintiera”; y Erlynne, mostrándole la carta que Meg le había dejado a Robert y que ha traído
consigo, la rompe e insiste en que su marido no sabe, y nunca debe
saber que Meg está ahí. Meg se indigna y exclama: “¿Mentir sobre
una mentira? Todo se ha echado a perder”. Pero, Erlynne insiste
otra vez: “Ya ha cometido un error, no lo empeore, está al borde de
un precipicio. ¿Qué valor tendrá el trato que ahora intenta, en un
año, en veinte?”. La discusión tal vez hubiera continuado, a no ser
porque en ese momento llegan al barco Darlington, Tuppy, Robert
y dos amigos más, Mr. Dumby y Mr. Cecil Graham.
El abanico
Erlynne y Meg no tienen ya otra opción que la de esconderse,
apresuradamente, en un camarote anexo al salón, que es el dormitorio de Darlington. Desde allí, escuchan la conversación de los hombres. Algunos se burlan de Tuppy, que le ha propuesto casamiento
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Luis Chiozza
a una mujer como Erlynne. Allí, en pocos minutos se desencadena
un drama. Robert, de pronto, ve que Dumby se apantalla con un
abanico y dice estupefacto: “¡Es el que le regalé a mi mujer!”. Los
acontecimientos se precipitan. Robert piensa que Meg está oculta
en el dormitorio de Darlington y se dispone a comprobarlo. En ese
momento irrumpe en el salón, desde el camarote, Mrs. Erlynne
diciendo: “Creí que era el mío, he tomado el de la Sra. Windermere
por error”. Meg, durante el impacto que produce la aparición de
Erlynne, se escabulle sin ser vista.
A la mañana siguiente, se enterará por Robert del bochorno
que ha sufrido Tuppy y de la rotura de su compromiso con Erlynne. Meg se siente muy mal, confundida, arrepentida y culpable. Se
siente peor aún ante los comentarios despectivos que hace Robert
de Erlynne, y le hubiera confesado todo allí mismo, si no fuera
porque –precisamente cuando comenzaba a hacerlo– ella llegó para
devolver el abanico. Robert la trata de manera descortés y cortante,
y ella se despide porque partirá enseguida.
El secreto
En ese momento, mientras Robert atiende una llamada de su
padre que habla desde América, Meg le dice a Erlynne que no se
marche, que le dirá la verdad a Robert y que ella es su único testigo de que las cosas sólo llegaron hasta donde llegaron. Erlynne le
responde que el error es de Meg, no de Robert, y que es ella la que
debe cargar con él. “Es una carga que no se confiesa ni se traslada a
quien nos ama”. Pero, dice Meg “Soy responsable de la rotura de su
compromiso con Tuppy, debo decir la verdad”. Erlynne sostiene que
de ese modo arruinaría lo único bueno que ella, Erlynne, ha hecho
en la vida: “Ustedes se aman, esa es la única verdad”. Meg insiste:
“¿Por qué ha de perder usted su matrimonio para salvar el mío?”
“Le diré la verdad, si jura por lo que considere más sagrado, que
jamás revelará ese secreto”, responde de pronto Erlynne. “Se lo juro
por mi madre”, dice Meg mientras aprieta con su mano el pequeño
¿Por qué nos equivocamos?
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relicario que pende de su cuello. Erlynne, demudada, escucha a Meg
decir que su madre es su ángel protector, y que siempre deseó ser
como ella. “Es seguro que ella no la tendría a usted en tal alta estima”,
comenta Erlynne, que de pronto se ha quedado sin saber qué decir.
Pero Meg responde: “Se avergonzaría de mí”. Erlynne, que ha empalidecido, agrega: “Todos caminamos al borde del abismo, si nunca
nos asomamos, ¿cómo sabremos quienes somos? Una madre jamás se
avergonzaría de una hija que no ha sucumbido”. “Espero que tenga
razón”, dice Meg; y la mujer, muy conmovida, añade: “Nunca estuve
tan segura de algo”. “¿Qué quería decirme?”, pregunta Meg. “Nada”,
responde Erlynne, luego de una pausa en la cual mira intensamente
a Meg: “Perderé el avión. Adiós Sra. Windermere”.
Más tarde, Meg le dirá a Robert: “Es una buena mujer”. Y él responderá: “Mejor de lo que yo pensaba”. Desde aproximadamente
la mitad del filme, sabemos algo que Meg conscientemente ignora,
algo que –de ser Meg nuestra paciente– no podríamos saber por
ella, pero que sí, tal vez, habríamos adivinado. Erlynne es la madre
de Meg, a quien ha abandonado cuando tenía un año para huir con
un hombre que la defraudó. Robert, que le ha dado dinero para
ocultar ese secreto, ha incurrido por eso en las situaciones equívocas que dieron lugar a las habladurías y desencadenaron el drama a
partir, como veremos, de una situación predispuesta.
Los motivos que conducen a la
repetición de los destinos
La primera cuestión que nos impresiona en esta historia es el
modo en que una madre se ve obligada a arriesgar su propio bienestar, a perder su posibilidad de evadir el infortunio en que vivía,
para evitar que su hija sea víctima de lo que podemos intuir como
una sorprendente, aunque no insólita, repetición de los destinos.
En ambos casos, pensamos, se trata de un destino aciago que en
la madre se cumple como producto de las imprevistas e inevitables
consecuencias de una decisión errónea, y que en la hija, hasta el
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Luis Chiozza
momento en que la narración concluye, se ha evitado por obra de
lo que la madre ha aprendido y por obra de lo que ha arriesgado.
¿Podrá Meg evitar en el futuro, cuando la vida le presente nuevamente una encrucijada similar, la repetición del error que conduce al destino infortunado que acaba de evadir? No cabe duda de
que lo que ocurrió en Amalfi, le ha enseñado algo acerca de la vida.
Pero, tampoco cabe duda de que el infortunio que caracteriza los
últimos veinte años que ha vivido Erlynne le ha dado a su experiencia una muy diferente capacidad de previsión.
Es necesario que abordemos ahora la cuestión principal. ¿Qué
es lo que hay ya pre-dispuesto en Meg para inducirla al error que
Erlynne, precisamente por haberlo cometido, pudo evitarle generosamente y a costa de su propio bienestar? Volvamos al inicio, cuando
Meg sostiene que en ese palacio maravilloso que han alquilado en
Amalfi sólo es una princesa porque se casó con Robert. Es evidente
que ella, a los veintiún años de edad, se siente todavía una niña y,
lo que es peor aún, una niña que no pertenece al mundo de ricos,
nobles y famosos, en el cual ahora habita como consecuencia de su
matrimonio. En el fondo de su alma, debe parecerle todavía increíble que Robert la haya elegido para convertirla en su esposa, y ha de
sentirse insegura en cuanto a su posibilidad de poder desempeñarse
y mantenerse adecuadamente en esa posición. Una posición que
–siempre en la intimidad de Meg– por increíble donación del destino, le ha sido otorgada a una niña huérfana que necesita refugiarse
en la protección del ángel que imagina en la única foto descolorida
de su madre, que guarda en el relicario que lleva sobre el pecho.
Podemos imaginar que ya una vez, de niña, debió haberse preguntado por qué, precisamente a ella, ha debido sucederle la muerte de su madre. Una muerte que, como suele suceder dado que era
ficticia, debió seguramente aparecer en el ámbito familiar rodeada
de un cierto misterio inexplicable. Sabemos que los niños sienten
habitualmente la muerte de sus progenitores como un abandono,
y que en esas circunstancias, dado que se sienten desesperadamente
impotentes frente a lo que les ocurre, prefieren negar su impotencia
¿Por qué nos equivocamos?
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atribuyéndose la culpa por ese abandono, el cual de este modo se
convierte en merecido. Esa pregunta: ¿por qué precisamente a mí?,
aplicada a las vicisitudes más diversas, es una pregunta que todos
conocemos, porque, aunque a veces quede relegada a lo inconsciente, nos acompañará toda la vida.
Los sentimientos que conducen
a provocar lo que se teme
Alguna vez se ha dicho que todos, en el fondo, nos sentimos
feos, malos y sucios. No cabe duda de que puede ser una de las
formas que muchas veces adoptan los sentimientos de culpa. Pero,
tampoco cabe duda de que no siempre los sentimos de la misma
manera, ni que les sucede a todas las personas con la misma intensidad. No es aventurado suponer que el sentimiento de no merecer su
matrimonio, ni el amor de Robert operaba en Meg, conformando
una parte de su predisposición a establecer las conclusiones equivocadas que la condujeron a una decisión errónea, cuyas imprevistas
consecuencias hubieran sido seguramente desastrosas. También,
debemos suponer que, por desgracia, los acontecimientos que culminaron en el episodio que el abanico simboliza contribuirán, sin
duda, al aumento de los sentimientos de culpa que forman una
parte de la predisposición al error que opera en Meg.
El tema de la culpa queda claramente simbolizado en las dos
ocasiones en que Erlynne menciona “el borde del precipicio”, en
una clara alusión al traspaso de un límite sin retorno. Un límite que,
para colmo, son muchas las veces que resulta imperceptible, hasta el
punto en que es fácil creer que no se lo ha cruzado. Hundirse en el
precipicio es “la caída” en la tentación del demonio, representado,
sin duda, por las insinuaciones y propuestas de Darlington. Él, con
la sabiduría de Lucifer (que lo ha sufrido en carne propia), no sólo
puede intuir que los sentimientos de culpa se han apoderado de
Meg, sino que también ha captado la necesidad que ella tiene de
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Luis Chiozza
escuchar halagos, llevada por la ilusión de aumentar de este modo
su autoestima y combatir su culpa. Si los susurros de Satanás –que
envía las almas hacia su perdición– cobran forma en la figura del
playboy, el per-dón –que, como hemos ya mencionado, es el mayor
de los dones– aparece en las actitudes de Tuppy frente al “pasado” de
Erlynne. Una de ellas, por ejemplo, cuando le dice, con la profundidad que Wilde sabe poner en su boca: “No me interesa ser el primero, me basta con ser el último”. Una frase que, con profundidad y
“simpleza”, resume el tema de la redención que reside, todo entero,
en los cambios irreversibles que surgen del haber comprendido.
No cabe duda de que el primer testimonio de la culpabilidad
que Meg esconde en el fondo de su alma es la “convicción” con
la cual (aparentemente llevada por el entorno malicioso de los
comentarios y chismes, y por el descubrimiento del talonario de
cheques) ha creído en la culpabilidad de Robert, sin necesidad de
pedirle una explicación que él, en esas circunstancias, hubiera podido darle. Pero, si señalamos que la culpa sólo forma una parte de
la predisposición que condujo a Meg hacia una decisión errónea, es
porque pensamos que en esa predisposición también operan otras
motivaciones. Volvamos sobre las lisonjas que Darlington susurra
en el oído de la joven. Ya hemos dicho que él ha captado en ella la
culpa y, también, una necesidad de recibir halagos que Robert ya
no puede saciar. En la penumbra de su conciencia, Meg siente que
el “primer” Robert, el que la ama sin dudas “cegado” por su amor,
no es lo suficientemente “objetivo” como para que sus halagos sean
creíbles; mientras que el “segundo” Robert, el que la traiciona, sólo
la adula para ocultar su traición. En este punto, se inserta Lord
Darlington y todo el entorno de mujeres chismosas que habitan el
mundo de Robert.
La envidia frente a la materialización de un sueño
Tanto los comentarios cínicos de los cuales hacen gala los hombres, como los chismes que –no menos excitadas que escandalizadas–
¿Por qué nos equivocamos?
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propagan las mujeres, se alimentan sin duda de un trasfondo de
envidia hacia la joven pareja que parece compendiar las ilusiones
del amor sin malicia. Lo que el entorno envidia es lo que Meg, muy
a su pesar, no termina de sentir como adquirido. Su casamiento
con Robert es la materialización de un sueño que, en la intimidad
de Meg, forma parte todavía del reino de las hadas. La realización
de ese sueño queda simbolizada en el abanico que Robert compra
sin importar el precio, y que Meg recibe con los ojos cerrados y
con la excitación de una niña que abre su regalo. Un sueño hecho
una realidad que ahora los otros envidian con la misma fuerza de
la envidia que una vez sintió Meg. Teme que el encanto se deshaga
y es por eso que le ha dicho a Robert, cuando en su dormitorio se
abrazan y se besan: “Dime que no acabaremos como esos matrimonios, sentados uno frente al otro sin tener nada que decirse”. Y es
precisamente esa inquietud, esa inseguridad, la que condiciona la
magnitud de una ambición que no se atreve a asumir y que oculta
detrás de su actitud modesta y recatada. “Creí que era perfecto”, le
escribe Meg a Robert en la carta que Erlynne romperá. Una ambición que no anhela menos que la perfección, que no se conforma
con poco, justamente porque teme perderlo, y que, dado que no
se deja disuadir, contribuye a su predisposición para incurrir en los
errores que Darlington intenta aprovechar.
Verdades y mentiras
En la discusión que en el yate de Darlington sucede entre Meg
y Erlynne, el tema de la perfección reaparece unido a la importante
cuestión moral que gira en torno de la verdad y la mentira. Toda
“verdad” compromete siempre una interpretación de los hechos que,
en algún momento, puede ser sustituida por otra mejor. Sin embargo, no cabe duda de que la verdad, cuando puede ser tolerada, rinde
frutos perdurables; mientras que los que aporta la mentira, aunque
a veces no pueda prescindirse de ellos, suelen ser transitorios. Es
también cierto que junto a las mentiras “piadosas” hay muchas que
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Luis Chiozza
son innecesarias y dañinas. Y que junto a las verdades necesarias hay
muchas que son perjudiciales y crueles. Wilde, con la habilidosa
soltura con la que nos regala pensamientos profundos en muy pocas
palabras, resume la cuestión en una frase que cito tal como creo
recordarla de su obra, porque en el filme aparece otra distinta que
me parece peor. “El hombre que penetra en el tocador de su mujer
–dice Wilde– o es un filósofo, o es un imbécil”. No cabe duda de
que la verdad es para los filósofos ya que, al decir de Nietzche, comprometen su vida en cada pregunta y la arriesgan en cada respuesta.
Pero tampoco cabe duda de que la torpeza que Wilde exagera hasta
la imbecilidad es una fuerza que existe y que no se debe desestimar.
Meg, que ya una vez le había dicho a Robert: “¿Nos diremos siempre
la verdad?”, cuando Erlynne insiste en que Robert nunca ha de saber
que ella había decidido irse con Darlington, indignada le responde:
“Mentir sobre una mentira, todo se ha echado a perder”. Erlynne
no sólo le señalará entonces que Meg no admite lo imperfecto, sino
que le dirá que, en esta ocasión, debe hacerse cargo de sus propios
errores. Le da a entender, sin decirlo, que no debe pretender que
Robert se haga cargo de algo que no podrá tolerar.
Erlynne ha hecho lo mismo que le aconseja a Meg cuando,
viendo que la joven “tiene una madre buena y protectora” cuya
imagen conserva en el relicario, decide a último momento “cargar
con el secreto” y no decirle la verdad. No es fácil determinar ahora
si Erlynne ha decidido bien o ha decidido mal. Tal vez no fuera ese
el momento en el cual se pudiera “abrir el quiste” que todo secreto
constituye, y que puede crecer en el futuro dando lugar a complicaciones eventuales; pero, si se pudiera escoger la oportunidad y
el modo para esa “cirugía”, no cabe duda de que el bienestar de
Meg podría asentarse sobre bases más sólidas. En relación con este
punto, es necesario mencionar un tema que está continuamente
presente, especialmente en las actitudes de Erlynne, pero también
en las propuestas de Meg: la idea de que la solución de la crisis exige
un sacrificio. Se trata, sin duda, de una idea romántica que valoriza
especialmente lo que se obtiene a través del sufrir, y que encuentra
¿Por qué nos equivocamos?
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su mejor paradigma en una muerte heroica, una muerte acerca de
la cual se cree, erróneamente, que su valor jamás podrá ser igualado
por los logros que se obtienen sin la necesidad de morir.
La envidia que conduce a la necesidad de denigrar lo
que se ama
Hemos hablado de la envidia que, en el entorno, suscitaban
Meg y Robert; pero también las supuestas actividades eróticas de
Erlynne que incluían, además, la caída de Robert en sus redes. Se
trata, obviamente, de versiones simplificadas en las cuales todo
el mundo necesita creer. Se termina, de este modo, creando un
consenso que avala las interpretaciones tendenciosas como si fueran certezas. También señalamos que Meg temía esa envidia y los
efectos que podría tener en su vida, porque había experimentado
su fuerza en sus propios sentimientos de envidia. Nos falta agregar ahora que ella –aún sintiendo que había cumplido su sueño y
que podría ser el objeto de la envidia ajena– lo envidiaba a Robert
porque, en sus sentimientos actuales, era él y no ella el verdadero
productor del bienestar envidiado. Como ya dijimos, Meg sentía
que su bienestar no podía durar porque no podía sentirlo como
un resultado de sus méritos, sino como un producto de la increíble
benevolencia del destino. Sólo nos falta mencionar la verdadera e
insospechada magnitud de esa envidia inconsciente de Meg a su
amado marido (una envidia que no sólo la llevaba a sentirse insegura, sino también denigrada), para comprender que la hostilidad
consiguiente constituyó un importante y muy reprimido motivo
en su predisposición al error. Error que colocó a Robert por debajo
de Darlington y que puso peligrosamente en juego, y de un modo
irreversible, el bienestar de su vida.
Capítulo VII
Chieko
El personaje
Chieko Wataya, representada por la actriz Rinko Kikuchi, es
un personaje protagónico en el filme Babel dirigido por el cineasta
mejicano Alejandro Gonzalez Iñárritu, sobre un guión escrito por
Guillermo Arriaga. En el filme, se entrelazan tres historias. Pero,
nos ocuparemos de Chieko, una joven adolescente japonesa que
vive en Tokio. Es sordomuda, su rostro es agradable y su cuerpo armonioso. Sus manos, expresivas y sensibles, trasmiten la impresión
de una persona culta y evolucionada. Sus ojos, vivaces y movedizos,
se encuadran en un rostro que pasa fácilmente del malhumor a la
risa. Se viste con una falda corta que deja ver sus piernas ágiles y
bien proporcionadas. Chieko juega al vóleibol con entusiasmo y
pasión, en un equipo de chicas sordomudas como ella. Durante
una competición, que Yasujiro –el padre de Chieko– presencia desde la tribuna, el equipo contrario lanza una pelota que toca el suelo
unos diez centímetros fuera de la cancha, pero el árbitro la da por
buena y Chieko lo increpa airadamente diciéndole, por señas, que
la pelota se ha ido afuera; cuando el árbitro repite que ha sido buena, Chieko le expresa que es sorda, pero que no es ciega. El árbitro
entonces la expulsa de la cancha y ella le responde con un gesto
manifiestamente obsceno.
En el vestuario discuten acerca de lo que ha pasado. Una de sus
compañeras le dice que si no hubiera perdido la cabeza, no habrían
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Luis Chiozza
perdido el juego; pero Chieko argumenta que la culpa fue del árbitro, no suya. Otra joven interviene asegurando que si no la hubieran expulsado habrían ganado. Cuando la primera le pregunta
por qué está de mal humor, la segunda comenta –burlándose– que
siempre está de mal humor porque nadie la ha “cogido” todavía.
Chieko, suscitando la hilaridad de la primera amiga, contesta: “Me
voy a coger a tu papá para que mejore mi humor”.
El Jet Pop
Cuando Chieko sale del vestuario, vuelve al centro de la ciudad
con su padre y, en el auto, él le pregunta qué desea comer; la joven
le explica que ha quedado en encontrarse con sus amigas del equipo
para comer en el Jet Pop. “¿No me dijiste que almorzaríamos juntos?”, insiste Yasujiro, y Chieko, molesta, le contesta: “Papá, te dije
que almorzaría con ellas. Nunca me prestas atención”. Luego de un
silencio incómodo, continúa: “Mamá siempre me prestaba atención”. Yasujiro, afectado, luego de una pausa, le pregunta: “¿Por
qué quieres pelear? –y enseguida añade, mientras Chieko lo mira
seria y pensativa– Yo también he perdido a tu madre. Estoy haciendo lo mejor que puedo”. Ya no vuelven a hablar, y unos minutos
después –llegando al restaurante–, Yasujiro le dice que no se olvide
de la cita que tiene con el dentista a las tres. Chieko le responde con
un gesto de fastidio. Cuando se baja del auto, él la mira cariñoso y
preocupado, y agrega: “Cuídate”.
El Jet Pop es un lugar alborotado y bullicioso donde sirven comidas, frecuentado por los jóvenes, atestado de juegos electrónicos
y con grandes pantallas televisivas en las cuales aparecen músicos y
bailarines con un volumen de sonido que lleva a que todo el mundo
hable a los gritos. Cuando se saludan –chocando las palmas de sus
manos con los brazos en alto, con excitación y alegría–, Chieko
pregunta a sus compañeras por qué están en la esquina, y enseguida
queda claro que el conjunto de muchachos que ocupa la mesa de al
lado es el motivo. Se intercambian, con ellos, miradas y sonrisas que
¿Por qué nos equivocamos?
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intentan esconder –con pretendida desenvoltura– la excitación que
sienten como una mezcla de turbación, timidez y nerviosismo.
Poco después, mientras Chieko y una de sus amigas –que luce
un piercing de metal sobre la narina izquierda– se entretienen con
un juego electrónico, uno de los muchachos ensaya, inquieto, un
intento de abordaje diciendo “hola”; pero ellas no lo oyen y, como
están mirando la pantalla, tampoco lo ven. Él –todavía inquieto–
mira por encima del hombro a los compañeros de su mesa que lo
están observando, y luego, tocando suavemente el hombro de la
amiga de Chieko –que, si no he entendido mal, se llama Mitsu– les
pregunta si pueden jugar juntos o si prefieren ir a su mesa a tomar
algo. Queda claro entonces que son sordomudas, porque le hacen
señas para que pronuncie lentamente las palabras; él, sorprendido y
desconcertado, asiente sonriendo, pero se vuelve a su mesa, donde
lo reciben con risas y burlas.
En el baño, Chieko y su amiga conversan. “Nos miran como si
fuéramos monstruos”, dice Chieko. “Ay, no hagas caso”, le contesta
Mitsu. De pronto Chieko se dirige al excusado y, con la puerta abierta, se saca la bombacha y la tira en el piso. “¿Qué estás haciendo?”,
le pregunta su amiga, y ella, dirigiéndose a la puerta del baño para
volver a la mesa, dice: “Ahora verán al verdadero monstruo peludo”.
Ya instalada en su asiento, seria, mira hacia la mesa de al lado por el
rabillo del ojo. Luego, volviéndose apenas y esbozando una sonrisa,
se coloca de modo que puedan divisar sus genitales. Los ocupantes de
la mesa de al lado, cuatro muchachos distintos de los que la ocupaban antes, sorprendidos, cuchichean excitados y desconcertados. En
ese momento, el teléfono celular de Chieko anuncia que ha recibido
un mensaje. Su padre le recuerda la cita con el dentista; Chieko se
despide y se va, pasando impertérrita por delante de ellos.
La saturación de los sentidos
Sentada en el sillón del dentista, mientras él se acerca para mirar
adentro de su boca, Chieko intenta besarlo. Cuando el dentista,
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Luis Chiozza
asustado y comprometido por la cercana presencia de la asistente
dental, se aleja e intenta continuar atendiéndola como si nada hubiera sucedido, ella toma una de sus manos y la coloca entre sus
piernas, obligándolo a interrumpir la visita y echarla del consultorio. Chieko camina por las calles de Tokio, cabizbaja, ensimismada
y deprimida. Cuando por fin llega a su casa –un hermoso departamento en el piso 31 de un importante edificio, en el cual vive con
su padre–, se encuentra en el hall con dos policías. Kenji Mamiya,
el más joven, le deja su tarjeta y le dice, hablando lentamente, que
por favor le avise a su padre que los llame por teléfono. Amablemente le aclara que no tema, que sólo desean hablarle. Chieko sube
a su departamento. Allí encuentra una nota de su padre que dice:
“Chieko, te esperé. Tengo una reunión. Voy a regresar tarde. Te dejé
comida. Papá”.
Mientras espera a su amiga Mitsu que la vendrá a buscar para
salir juntas, Chieko se cambia de ropa y luego, un tanto deprimida, ve televisión desde su cama. Mitsu llega y ve la tarjeta que
ha dejado el policía, pregunta si han aparecido otra vez. Chieko
le responde que sí, que hacía nueve meses que no venían, pero
que esta vez no eran los mismos. “¿Te preguntaron acerca de tu
mamá”?, dice Mitsu “No –le contesta Chieko– creo que le harán
a mi papá las preguntas de siempre”. “¿No están convencidos,
verdad?”, añade su amiga. Chieko se queda un instante pensativa,
en silencio, pero luego, sonriendo, comenta: “Aunque no lo creas
me gustó uno de los policías”. Ambas se ríen excitadas y cuando
su amiga le pregunta si ya se ha puesto los calzones, ella se levanta
la falda para mostrarle que sí.
Chieko y Mitsu se encuentran, en una plaza llena de jóvenes en
otra zona de la ciudad, con una amiga también sordomuda que les
presenta a su primo, Haruki, acompañado por un grupo de amigos.
Haruki no es sordomudo, pero, según lo que dice su prima, “entiende un poco”. Enseguida les ofrece una botella de whisky y, luego
de preguntar si esa zona es frecuentada por la policía, también les
ofrece unas píldoras que finalmente todos ingieren con unos tragos
¿Por qué nos equivocamos?
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de la misma botella. Progresivamente, su excitación va en aumento.
Se empujan, se ríen y, cuando llegan a un lugar en donde emerge
del suelo, como ornamento, un chorro de agua de un metro de
altura, que cae sobre el piso formando una columna de unos cincuenta centímetros de diámetro, continúan su jarana empujándose
y mojándose con agua. Chieko, con sus sentidos cautivados, en una
suerte de embeleso, se entrega luego a los vaivenes de una hamaca
con la expresión de alguien que habita en otro mundo. Su amiga
Mitsu hace lo mismo en otro columpio. El jolgorio prosigue luego,
cuando vuelven todos al surtidor y, subidos unos a los hombros
de otros, juegan a derribarse hasta que finalmente quedan todos
empapados por igual. Chieko ha hecho buenas migas con Haruki y
luego, cuando en el tren metropolitano que los acerca a un boliche,
todos se abrazan y se aprietan entre risas, ella le dice “Hueles rico”.
En la discoteca, la excitación continúa al ritmo de una música
a la que todos se entregan con movimientos incesantes y repetitivamente acordes. Una música cuyas vibraciones recorren el cuerpo
de Chieko, embriagado por el movimiento y por el hechizo de las
visiones estroboscópicas, de las luces y de los colores. Y así, mientras baila junto con todos –a veces cerrando y a veces abriendo los
ojos–, entre las intermitencias con las cuales la luz acompaña a los
ritmos del sonido, Chieko ve cómo Haruki besa apasionadamente
a su amiga Mitsu. El efecto que esto le produce es instantáneo. Se
queda súbitamente quieta y, como si se hubiera despertado de un
sueño, “se apaga”, se despide y se va lentamente, caminando sola
otra vez por las calles de Tokio.
El detective Mamiya
Cuando llega a su casa, le pide al portero –en el hall de entrada– que llame al detective Mamiya, el policía joven, y le diga que
la hija de Yasujiro Wataya necesita hablar a solas con él, enseguida,
acerca de su padre. Acostada en un sofá del living, Chieko –frente
a la presencia de dos fotografías de su madre que la miran desde sus
108
Luis Chiozza
portarretratos, y otra en donde su padre de pie, y su madre sentada,
están juntos con ella– permanece con la mirada “perdida” y los ojos
húmedos de llanto. Suena el timbre. Chieko lo percibe porque una
señal luminosa lo acompaña, y se levanta para abrir la puerta al
detective Mamiya. Ya sentados en el living, Chieko le escribe sobre
un anotador que su padre no tiene nada que ver con la muerte
de su madre. Mamiya, sorprendido, le pregunta por qué le dice
esto, y ella añade que, cuando su madre se suicidó tirándose por
el balcón, su padre estaba durmiendo. Lo lleva entonces al balcón
que rodea el living, para mostrarle el lugar desde donde su madre
se arrojó al vacío. “¿Tu la viste saltar? –pregunta él– ¿Se lo dijiste a
otros oficiales?”. Chieko asiente y va a buscar a la cocina un té que
le ha ofrecido a Mamiya. Cuando vuelve, el detective le dice que
no ha venido para arrestar a su padre, sino para preguntarle por el
paradero de un rifle que Yasujiro compró y que fue utilizado, en
Marruecos, para cometer un delito. Una vez aclarado ese punto, el
policía decide retirarse; pero Chieko le ruega, con sus gestos, que
por favor espere. Sale entonces de la habitación. Mientras el detective mira la ciudad iluminada a través de las ventanas, ella regresa,
de pronto, completamente desnuda.
Se acerca lentamente y el teniente, profundamente conmovido, le pregunta: “¿Qué haces?”. Chieko le acaricia suavemente la
cara y el policía repite de nuevo: “¿Qué haces?”. La joven, con la
respiración entrecortada, jadeante, toma la mano izquierda de Mamiya y aprieta con ella uno de sus senos. Él le dice en voz baja y
con el ánimo turbado: “Por favor, para”. Ella insiste, acercándose
más, y Mamiya continúa diciéndole: “No. Esto está mal. Eres sólo
una niña”. Chieko intenta besarlo en la boca; y él, angustiado, le
grita “¡Basta!”. Entonces ella, cruzando ambas manos sobre su pecho desnudo, se pone a llorar como un animalito herido. Mamiya,
enternecido, le acaricia la cabeza, la abraza fuertemente contra su
pecho, y luego le coloca su propio abrigo sobre los hombros. Sentados los dos en el living, ella sobre un sillón y él enfrente, sobre
la mesa ratona, Mamiya aprieta con su mano las manos de una
¿Por qué nos equivocamos?
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Chieko llorosa, compungida y avergonzada, diciéndole: “No es necesario pedir disculpas”. Chieko lleva la mano de él a sus mejillas y
la besa. Ha dejado de llorar, pero, ensimismada, parece que estuviera en otra parte. Luego toma el anotador y escribe. Dobla la nota
cuidadosamente y se la entrega a Mamiya, pero cuando él intenta
leerla, Chieko, colocándosela en el bolsillo superior del saco, le expresa su deseo de que la lea luego. Mamiya se levanta para irse, ella
le devuelve su sobretodo, quedándose nuevamente desnuda. Él, le
acaricia la mejilla con su mano izquierda, enjuga con el dedo pulgar
una de sus lágrimas y se encamina hacia la puerta.
Mi hija la encontró
El teniente Kenji Mamiya y Yasujiro Wataba se cruzan en la
planta baja en el hall de entrada. El portero dice: “Sr. Wataya, este
oficial lo ha estado buscando”. En la conversación que entre ellos
prosigue se aclara la cuestión que la policía necesitaba saber acerca del rifle. Al despedirse, el teniente Mamiya le dice a Yasujiro:
“Su hija me contó… de su mujer en el balcón. Lo siento mucho”.
“¿Cuál balcón?”, pregunta Yasujiro. “De cómo su esposa se suicidó
saltando del balcón”, responde Mamiya. Yasujiro suspira pensativo,
y luego se acerca al detective para decirle: “Mi esposa jamás saltó
del balcón. Ella se dio un tiro en la cabeza. Mi hija fue la que la
encontró. Ya se lo he explicado a la policía muchas veces. Dejen de
molestarnos con eso”. “Perdóneme –dice Mamiya– no volveremos
a molestarlo”.
Yasujiro entra en su casa, camina lentamente, apesadumbrado,
y viendo que una de las puertas ventanas del living está abierta, sale
al enorme balcón que envuelve el salón. En un extremo, apoyada
sobre la baranda, ve a su hija desnuda que, de espaldas, está mirando hacia fuera. Se acerca, caminando siempre con la misma lentitud
y, en silencio, se para a su lado mirándola acongojado en la cara,
sin saber qué decir. Chieko también lo mira, y luego de un instante
interminable, extiende su brazo y toma la mano que su padre no
110
Luis Chiozza
se atrevió a tender. Así permanecen los dos en silencio, durante un
momento breve. Repentinamente, Chieko, envuelta en llanto, se
refugia desnuda como ha venido al mundo, en el hombro de su padre que la abraza acariciando cariñosamente su cabeza. En las calles
de Tokio, Mamiya toma su segunda copa en un bar y despliega la
nota que le ha dejado Chieko, “sólo para él”. Mientras el teniente
la lee, la cámara ha captado indiscretamente algunos de los signos
japoneses que la nota contenía, y la red omnipresente que llamamos
Internet se ha ocupado de hacernos conocer (a través de Wikipedia)
los pocos trozos que, en cada línea del texto, ha identificado. Nos
enteramos así que Chieko ha escrito: “Quiero… yo misma… por
eso es que… conectado… eso es… a pesar de que no puedo… tengo que encontrar… mensaje de mi madre… no estoy segura de si
fui querida por mi madre… pero no se trata de eso… gracias.”
La carencia y el monstruo
La historia de lo que ocurre en la vida de Chieko conmueve.
Una primera “explicación” que surge se inicia con el pensamiento
de que se trata de una chica que se siente muy sola. Una chica
que, además de sufrir el grado de incomunicación que el hecho de
ser sordomuda trae aparejado, se siente rechazada por ese defecto
como si fuera un monstruo, tal como ella misma lo dice en el baño
del Jet Pop. A esto se suma que ha perdido a su madre y que, si hemos de creer lo que ella dice en el automóvil, su padre –un hombre
“ocupado”– no la escucha como la escuchaba su mamá. Su soledad,
la carencia afectiva dentro de la cual vive y su temor al rechazo, la
conducen a ser víctima de la impaciencia que siente con respecto a
la satisfacción de sus deseos genitales. Esa impaciencia se traduce en
una conducta desenfadada que produce, precisamente, el rechazo
que teme y genera el círculo vicioso que la deprime.
Esta misma descripción inicial de lo que ocurre con Chieko,
si excluimos la parte que tiene que ver con el hecho de ser sordomuda y nos centramos en el abandono y en los sentimientos de
¿Por qué nos equivocamos?
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desolación que lo acompañan, puede generalizarse a un gran número de jóvenes entre los que hoy pueblan las grandes ciudades. Se explican también de este modo, un tanto reduccionista, las conductas
asociales, la promiscuidad sexual, el aburrimiento y la drogadicción,
que son tan frecuentes en la vida de la juventud de nuestra época.
Decimos que la explicación incurre en el reduccionismo porque
omite un factor de muchísima importancia, que consiste precisamente en la crisis de valores que afecta las costumbres y la ética de
la generación que tiene a su cargo la función de educar. De hecho, y
volviendo a nuestra Chieko, vemos que el aturdimiento de los sentidos –que aparece ya en el Jet Pop con la intensidad de decibeles
que alcanza su música y con la profusión de juegos electrónicos– se
“perfecciona” con Haruki y su grupo de amigos mediante el alcohol
y la droga; y en la disco, con el movimiento, la música y el ritmo
vibrando en el cuerpo, y acompañado con colores y luces.
La imperiosa necesidad de aprobar un examen
No es posible decir, sin embargo, que Chieko es una niña abandonada. Yasujiro Wataya nos impresiona como un padre que se
ocupa de su hija. Presencia atentamente lo que ocurre en la partida
de vóleibol. Desea almorzar con Chieko y se siente contrariado
cuando ella cambia ese programa. Le recuerda la cita con su dentista, y se la vuelve a recordar más tarde. Le dice cariñosamente que
se cuide. Espera su regreso al departamento, le escribe una nota y
se ocupa de que encuentre comida. No es entonces el abandono lo
que la tiene mal. Tampoco el hecho de ser sordomuda, aislado del
contexto, nos ayuda demasiado a comprender lo que sucede, ya que
Mitsu y sus amigas del equipo de vóley, también sordomudas, no
sienten del mismo modo las mismas experiencias.
En cuanto a la carencia genital de Chieko, surgen algunas reflexiones. Cinco son los episodios “eróticos” que la historia nos
cuenta, podemos mencionarlos a través de los hombres con los cuales ocurrieron. El joven del Jet Pop que ha dicho “hola”, el joven de
112
Luis Chiozza
la mesa vecina a quien estaba destinada la exhibición de los genitales, el dentista, Haruki y Mamiya. Nos damos cuenta, de pronto,
de que esos cinco episodios constituyen una secuencia progresiva
que hacia “algún lado” va. El primer “hombre” que se acerca es un
muchacho imberbe que, mirando por sobre el hombro lo que sus
compañeros piensan, está buscando un trofeo antes que un objeto
de amor. Es claro que Chieko –atrapada entre dos deseos, de los
cuales ahora sólo consideraremos uno, el primero– sucumbe a ese
primer deseo de comprobar, ella también y ante sus compañeras,
que posee la capacidad de atraer la atención erótica del sexo opuesto. Pero, eso también está claro, ella ignora que no ha elegido a la
persona adecuada y atribuye su presunto fracaso a la sordomudez.
El segundo representante de sexo masculino, el joven que ocupa
la mesa de al lado, cuenta poco porque ha sido elegido para instrumentar una venganza, ya que Chieko sólo se propone excitarlo
y frustrarlo abandonando el lugar. En el episodio que ocurre con
el dentista, la situación es otra. Chieko se ofrece no tanto porque
experimenta la fuerza de un deseo erótico, sino porque, sintiéndose
insegura, va en pos de un certificado de que posee la capacidad de
otorgar el placer. El dentista no ha sido elegido porque a Chieko
le resulta particularmente atractivo, sino porque allí, en la intimidad del consultorio –que se le figura apropiada para “arrojarse”,
con rebeldía y enojo, a las vicisitudes del experimento–, Chieko
continúa sucumbiendo a su primer deseo. Aunque ahora sucede
que ese primer deseo comienza a convocar al segundo, sobre el cual
volveremos enseguida. Ignoramos los pormenores que caracterizan
la vida del dentista, pero es evidente que –más allá de la cuestión de
en qué grado logra excitarlo la actitud de Chieko– en él predomina
la preocupación y el miedo de que el episodio pueda comprometer
la “seriedad” del ámbito en el cual ejerce exitosamente su actividad
profesional. No cabe duda de que Chieko, desinteresada de este
último aspecto, se llena de vergüenza y oprobio ante lo que siente
como un rechazo que, cuestionando su valor como objeto del deseo, denigra su condición de mujer. Cuando conoce a Mamiya, el
¿Por qué nos equivocamos?
113
segundo deseo se enciende porque el detective es un hombre, pero,
a diferencia del dentista, es un hombre que le resulta atractivo.
Aquí ya no se trata de rendir un examen para obtener el certificado
de una capacidad genital. Se trata, en cambio, del segundo deseo, la
situación para la cual el certificado “sirve” porque al mismo tiempo
que avala, autoriza. De manera que ahora el segundo deseo es el
que arrastra al primero, y en estas condiciones, Chieko se dirige
hacia su cuarto “encuentro”. Haruki la encuentra oscilando entre
sus dos deseos, y con él Chieko nuevamente sucumbe al proceso
que la arrastra hacia la búsqueda de su certificado. Aunque Haruki
“huele rico”, es perverso; y Chieko, pasando por encima de lo que
en él no le gusta –seguramente “ayudada” por el efecto del alcohol y
la droga–, decide realizar una prueba que, de nuevo, fracasa, y que
ella –nuevamente– interpreta como un déficit en su capacidad de
“gustar”. Lo que Chieko ignora esta vez es que Haruki no la ama,
independientemente de cuáles sean los valores de Chieko, porque
tampoco ama a la Mitsu que “apasionadamente” besa. Otra vez deprimida y otra vez atrapada entre sus dos deseos, Chieko se “vuelve”
a Mamiya. Esta vez su experiencia es distinta, y por eso finaliza su
carta “secreta” con la palabra “gracias”. Pero antes de intentar penetrar en el meollo de esa experiencia, debemos realizar un pequeño
rodeo para introducir otra cuestión necesaria.
Víctima del enojo y la culpa
Chieko ha perdido a su madre. La ha encontrado muerta con
un tiro en la cabeza, y teme que la policía, dudando de que haya
sido un suicidio, lo acuse a su padre. Así lo testimonia su amiga
Mitsu cuando dice: “¿No están convencidos, verdad?”. No cabe
duda de que las sospechas de la policía –que parecen haber finalizado hace ya nueve meses– representan inquietudes de la propia
Chieko, que en lugar de haber finalizado, perduran. Debemos preguntarnos entonces de dónde provienen y, además, por qué Chieko, que extraña a esa madre que debe haber querido, esa madre
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Luis Chiozza
que siempre la escuchaba y cuya fotografía mira con tristeza, llega
al extremo de mentir al detective con la infantil fantasía de alejar
de ese modo las presuntas sospechas acerca de la intervención de su
padre. Es verosímil pensar que detrás de la idea que parece absurda
–de que su padre ha matado a su madre– se esconde otra, menos
absurda, de que su madre se ha suicidado sí, pero lo ha hecho “por
culpa” de una infelicidad de la cual el responsable es su padre. Hemos sentido, durante los episodios que la historia de Chieko nos
cuenta, que Yasujiro ama a su hija. Recordamos ahora que, cuando
su compañera de vóley en el vestuario se burla diciendo que nadie la ha “cogido” todavía, Chieko se defiende diciendo que, para
que su humor mejore, se “cogerá” al padre de su amiga. ¿Por qué
Chieko elige molestar a su amiga precisamente con ese comentario?
¿Es inverosímil pensar que desea producirle celos y que Chieko los
comprende porque son celos que ella misma siente? Parece indudable que la culpa que –en la muerte de su madre– Chieko atribuye
a su padre le sirve para encubrir la que ella misma siente frente a
su rivalidad con la madre, y frente a la idea de que ella, Chieko, ha
sido quien la ha sustituido en el amor de su padre empujándola
hacia el suicidio. Entendemos entonces, a partir de esta necesidad
de encontrar testimonios de una culpa ajena, por qué en el automóvil busca pelear con su padre, y de dónde surge su intransigente
intolerancia con la injusticia del árbitro, que no puede explicarse
muy bien recurriendo únicamente al argumento de su frustración
genital. Podemos además comprender, a partir de este punto, la
convicción de Chieko acerca de que una vida genital gratificante
le será negada. Y nos queda entonces más claro por qué las inclinaciones genitales de Chieko no surgen motivadas únicamente por
un deseo genital genuino, sino que provienen de un pensamiento
erróneo, de un malentendido que confunde la genitalidad lograda,
con una “prueba”, con una demostración de inocencia. Inocencia
que será mágicamente reforzada si su placer genital se cumple con
un hombre que no es su padre. Podemos pensar también que en
la carta “secreta” que le escribe a Mamiya, cuando entre los trozos
¿Por qué nos equivocamos?
115
rescatados leemos “tengo que encontrar… mensaje de mi madre…
no estoy segura de si fui querida por mi madre…”, estamos frente a
un testimonio de que Chieko, más allá de lo que conscientemente
conoce acerca de sí misma, busca la absolución y el perdón de su
madre, a quien sin duda ha querido.
La influencia perdurable de una convicción errónea
Volvamos ahora a lo que sucedió con Mamiya. Cuando Chieko
–deprimida por el episodio de su relación con Haruki– se encuentra con el detective, lo hace impulsada por ambos deseos. El deseo
de certificar su capacidad de complacer a un hombre, como lo hace
la mujer “hecha y derecha” que dispone de una capacidad genital.
Y, más allá de esa “prueba” que fracasó con Haruki, el deseo genital
genuino cuya finalidad se agota y se cumple recorriendo el camino
que nace de una atracción auténtica. Una atracción que, en virtud
de su autenticidad, no llega a distraerse en ningún otro propósito.
Cuando finaliza el pre-texto que pretende aclarar la cuestión del
suicidio y Mamiya se dispone a partir, Chieko se presenta completamente desnuda. Es necesario aclarar que su desnudez no sólo
obedece al propósito consciente de la seducción erótica, sino que
contiene además el deseo inconsciente de despojarse de todo encubrimiento, volviendo a empezar, desnuda, “como ha venido al
mundo”, desde el instante cero. Recordemos el primer gesto de
Chieko, cuando desnuda se acerca a Mamiya. Acaricia suavemente con una de sus manos la cabeza del hombre. Él, en un primer
momento, ante la respiración entrecortada y jadeante con la cual
Chieko se acerca, también se asusta –como le ocurre al dentista–,
pero luego, cuando Chieko aprieta con una mano de Mamiya uno
de sus senos, expresa su sensibilidad frente a la excitación de ella
y le dice “Por favor, para”. Chieko se aproxima y Mamiya comprende, a diferencia del dentista, que al deseo erótico se suma algo
más, y entonces es cuando agrega, lleno de ternura “No. Esto está
mal. Eres sólo una niña”. Debemos reparar en el hecho de que, en
116
Luis Chiozza
esa frase, “esto” –lo que está mal– significa “hacerlo ahora, aquí,
tú conmigo”. No obstante, Chieko –tal vez porque percibe que
el “argumento” de Mamiya no implica un sentimiento de rechazo– insiste en abrazarlo y besarlo en la boca, y es entonces cuando
Mamiya le grita “¡Basta!”, provocando que ella se retire llorando
“como un animalito herido” y cubriéndose el pecho, avergonzada,
con sus brazos cruzados. ¿Es que le ha ocurrido aquí, otra vez, lo
mismo? Reparemos en que, en este punto, Mamiya le acaricia la cabeza tiernamente y la abraza con fuerza, procurando calmarla, que
la cubre con su propio abrigo, y que luego le dirá, con cariño, que
no hay necesidad de disculparse. Dos circunstancias distinguen este
episodio de los otros. Mamiya fue elegido porque efectivamente la
atraía, y su negativa no llevaba implícito un rechazo a su persona ni
una condena moral, sino que, por el contrario, transcurrió acompañada con manifestaciones de ternura.
Las cosas, sin embargo, son todavía muy difíciles para nuestra
querida Chieko. Permanece desnuda, apoyada en la baranda del
piso 31 y mirando hacia fuera, haciéndonos pensar que su mentira
acerca del modo en que se suicidó su madre tal vez correspondía a
una fantasía suya sobre su propio suicidio. Quizás allí, desnuda en
la terraza y frente a la inmensidad de Tokio iluminada, piensa que
nunca disfrutará de la dicha del amor, porque piensa todavía que
Mamiya –a pesar de su ternura– se ha negado porque ella no merece ser amada por alguien que como él, ella pueda amar. Su dolorosa
y perdurable convicción, producto de un malentendido que para
ella no es tal, no surge entera de una sola experiencia. Tampoco
es el producto de los cinco episodios de “intentos eróticos” que
acumula esta historia. Muy por el contrario, esos cinco intentos
–aun siendo fallidos– marcan un camino, a medias saludable, en
una buena dirección. Su convicción proviene, muy lejos de lo que
su conciencia registra, de “su primer amor”. El amor que, siendo
todavía una niña –como le ha dicho Mamiya–, sintió cuando “se
enamoró” de su padre, sintiendo también que sus méritos y sus
derechos de hija usurpaban –o eran usurpados– por los méritos y
¿Por qué nos equivocamos?
117
los derechos de su querida mamá. Allí, en su primera infancia, se
dieron las condiciones insalubres que, a la manera del “contagio”
de un virus, abrieron las compuertas a través de las cuales lo que
Shakespeare llamara “la oscura huella de la antigua culpa” se instaló
“cómodamente” en las particulares circunstancias de una historia
infantil, creando el malentendido que enturbió la inocencia de su
primer amor.
Sabemos que allí, en la terraza, la encuentra Yasujiro, y que es
ella la que toma la mano que su padre, azorado, no se atreve a
tender. Cuando luego de un instante comienza a llorar, refugiándose en su hombro y abrazándose con él, creemos comprender que
Chieko –gracias a lo que le sucedió con Mamiya– pudo empezar a
recuperar a su padre. Quizás algo de esto es lo que ha comprendido
cuando, en la carta “secreta”, antes de escribirle “gracias”, le escribe
a Mamiya “no se trata de eso”. Y bien, digámoslo por fin una vez
más: la tragedia consiste, toda entera, en nada más que eso, en que
no se trata de “eso” que parece ser, sino de “una otra cosa” que “no
se puede creer”.
Capítulo VIII
Warren
El personaje
Warren R. Schmidt –representado por Jack Nicholson– es el personaje protagónico del filme About Schmidt, dirigido por Alexander
Payne. Warren, vicepresidente adjunto y actuario de la compañía
internacional de seguros Woodmen, es un hombre de sesenta y seis
años, de aspecto formal y serio. Vive en Omaha –Nebraska–, en el
centro de Estados Unidos, en una casa convencional de dos pisos
y un pequeño jardín. Trabaja en el edificio que la compañía posee
allí, en Omaha. Uno de los edificios más altos e importantes de
la ciudad. Cuando era un niño estaba convencido de que había
sido elegido por el destino para hacer algo grande. En su juventud,
ya graduado en administración de negocios y estadística, pensaba
en establecer su propia empresa, con acciones que cotizaran en la
Bolsa. Soñaba con aparecer en la tapa de la revista Fortune, como
director ejecutivo y propietario de una de las quinientas empresas
más importantes. En esa época, le ofrecieron el cargo de vicepresidente adjunto en Woodmen y conoció a Helen, la mujer con la
cual entonces –hace ya 42 años– se casó. Casi enseguida tuvieron
a Jeannie, su única hija. Warren no es un hombre mediocre. Se
siente orgulloso de su trayectoria laboral y de la experiencia y los
conocimientos acumulados en el desempeño de las funciones que
competen a su cargo. Pero hoy, en su último día de trabajo –luego
del cual ingresará en la jubilación–, mientras espera en su oficina,
120
Luis Chiozza
sentado frente a su escritorio vacío y escrupulosamente limpio, a
que el reloj marque la hora de salida para tomar su portafolio y su
impermeable y encaminarse hacia la puerta, su ánimo se puebla
de pensamientos y recuerdos. Se pregunta si en aquel entonces,
cuando renunció a su sueño de una empresa propia para aceptar y
permanecer como empleado en el cargo de vicepresidente adjunto
en una compañía de la cual hoy lo han obligado a retirarse, lo hizo
por la responsabilidad de que a su familia nada le faltara, o fue, tal
vez, porque el confort y la ternura de su mujer y su pequeña hija lo
convirtieron en un hombre blando.
La despedida
Llueve, Warren concurre en su automóvil al restaurante donde
le harán la despedida. Su mujer, Helen, lo acompaña. En la entrada del restaurante, se lee: “Feliz jubilación Warren Schmidt”. Hay
una mesa principal, rectangular, en la cual el agasajado y su mujer
ocupan los asientos del centro. Unas seis mesas más, circulares, con
ocho comensales cada una, completan la concurrencia de la fiesta.
Warren, serio y bien trajeado, con un aire un poco distraído, ensimismado, muestra en su cara lo que suele llamarse “una mirada de
circunstancias”. Sobre un ángulo, en un atril, una foto lo presenta
exactamente con la misma actitud. Su mujer, Helen, exhibe una
sonrisa llena de buena voluntad. De cara redonda y un cuerpo relleno en el que ha desaparecido la cintura, está vestida con un sobrio
traje sastre azul celeste, con un pulóver del mismo tono –un poco
más claro–, y un elegante collar de perlas. En el otro ángulo de la
habitación hay una torta, dispuesta para la ocasión, construida con
la forma del rascacielos de la firma Woodmen.
Desde una mesa vecina, el joven que lo sustituye golpea con el
tenedor en uno de los vasos y, poniéndose de pie, inicia un discurso
convencional de despedida. Luego de presentarse a los concurrentes, expresa su esperanza de estar a la altura de un hombre que
–como su predecesor– ha cosechado el aprecio que los presentes
¿Por qué nos equivocamos?
121
testimonian. Después del aplauso que despiertan sus últimas palabras, continúa diciendo que ha venido de Des Moines junto con
su mujer Patty –que agradece los saludos con una sonrisa– y con su
hija Kimberly de 14 meses, y que se ha sentido muy bien recibido
por todos. Desea asegurarle a Warren –especialmente ahora que
lanzarán, el mes próximo, una póliza de seguro de vida universal–
que su visita a la oficina y sus consejos siempre, en cualquier día y
en cualquier momento, serán bienvenidos.
En ese momento, Ray –viejo compañero de Warren– pregunta
desde la mesa de al lado: “¿Qué opinas, Warren, de estos jóvenes
que se apoderan de nuestros trabajos?”. “A mí me parece una conspiración de algún tipo –continúa diciendo con el típico modo del
humor norteamericano, mientras se levanta y agrega– Conozco a
Warren desde antes de que muchos de los que están aquí presentes
nacieran, pero eso es historia antigua. Sé acerca de lo que es estar
jubilado, y lo que quiero decirte para que estos jóvenes ambiciosos
lo oigan, Warren, es que todos los regalos que te hemos hecho no
significan absolutamente nada, lo mismo que esta cena”. Mientras
su mujer –temiendo que diga algo inconveniente– alarga el brazo e
intenta darle un tirón disimulado a su saco, Ray continúa, provocando una sonrisa divertida en el rostro de Warren y una mirada de
inquietud en Helen. “Y el seguro social y la pensión no significan
nada. Ninguna de estas trivialidades –dice, girando y señalando el
entorno con la mano– significan nada, en absoluto. Lo que sí significa algo, lo que sí tiene importancia, Warren, es saber que dedicaste
tu vida a algo lleno de sentido. A ser productivo, a trabajar en una
excelente compañía, una de las aseguradoras de nivel más alto de
toda la nación. A crear una familia, a construir un buen hogar,
a ser respetado por tu comunidad… Tener maravillosas amistades
personales”. Mientras Helen –ahora conmovida– toma una mano
de Warren, Ray continúa diciendo: “Si al final de su carrera un
hombre puede decir ‘lo hice, cumplí mi trabajo’, entonces puede
jubilarse con honor y gozar de riquezas que van mucho más allá de
las monetarias. Así que, a toda la gente joven aquí presente, les quiero
122
Luis Chiozza
decir que miren atentamente a un hombre muy rico”. Finalizados los
discursos y luego de los aplausos, cuando la cena continúa, Warren
se levanta diciendo que volverá enseguida, y sale como si se dirigiera
al baño, pero se dirige a la barra del bar donde permanecerá sentado
un buen rato bebiéndose una copa.
Al regresar de la cena, cuando están entrando en su casa, el teléfono suena. Es Jeannie. Quiere saludarlo y preguntarle cómo ha
sido la fiesta. Lamentablemente, no podrá viajar para encontrarse
con Warren. Le pregunta si le ha gustado la bata y le explica que
es un regalo de parte de ella y de Randall. Warren, que atendió la
llamada con la alegría de escuchar la voz de Jeannie, le dice ahora
–con un tono un poco más ceremonioso– que la fiesta ha estado
muy bien, que comprende que esté ocupada con cosas más importantes y que no pueda venir, pero que no se preocupe, se verán allá
muy pronto; que la bata fue un hermoso regalo, en realidad demasiado, le vendrá bien, especialmente en su nueva etapa, y que les
agradece a ambos. “¿Le agradeciste a Randall?”, le preguntará Helen
después, y Warren deberá decirle que lo hizo a través de Jeannie, ya
que Randall no vino al teléfono. “Deberías haber preguntado por
él, deberías hacer un esfuerzo, –dice Helen– va a ser tu yerno y casi
no lo conoces”. “Lo conozco lo suficiente”, contesta Warren. “¿Sabes? –continúa Helen– Mi padre no tenía al principio una buena
opinión de ti”. Warren dice que sí y, mientras suspira, se aleja.
Ndugu
Son la siete de la mañana. Warren, espontáneamente, se despierta, se levanta en pijama y va hacia el baño. Le duele todo el cuerpo.
El suspiro que emite contiene un quejido. En la cama, Helen ronca.
Poco después, con la bata sobre el pijama y sentado en el escritorio,
se entretiene, con la actitud seria del que hace un trabajo importante, resolviendo palabras cruzadas. Suena ruidosamente una bocina
varias veces. Cuando sale a ver qué sucede, una espléndida casa
rodante lo espera, en el costado de su casa, con una Helen sonriente
¿Por qué nos equivocamos?
123
que lo invita a pasar al interior para disfrutar de un desayuno copioso. Allí, mientras brinda por el comienzo de un nuevo capítulo, ella
le asegura que podrán pasar muy buenos momentos.
En el living de su casa, sentado en un sillón y aburrido, Warren
hace zapping en el televisor y, de pronto, queda atrapado por una
propaganda de Childreach, una organización que ayuda a los niños
necesitados. “Por sólo 22 dólares al mes, tan sólo 72 centavos por
día, Ud. puede transformar la vida de un niño necesitado. ¡Piénselo!”. La pantalla muestra niños africanos que despiertan ternura.
Simpáticos, de ojos grandes y expresivos, se los ve sufrientes y llorosos. “Sólo 22 dólares por mes y una niñita como ésta jamás sentirá
la agonía de la disentería por aguas contaminadas”. El programa finaliza, pero el patético pedido de Chidreach ha logrado conmover a
Warren quien, serio y frunciendo el ceño, lo ha mirado atentamente, dubitativo y oscilando entre la incomodidad y el desconcierto.
El día avanza, y Warren, sin tener nada que hacer, decide encaminarse hacia el edificio de Woodmen para visitar a su sustituto.
Con una amplia sonrisa pintada en el rostro, avanza erguido, y
atravesando el salón ocupado por los empleados subalternos, golpea con los nudillos y abre la puerta de la oficina de su sucesor
quien, mientras continúa hablando por teléfono, le hace señas de
que se siente. Cuando termina de hablar dice, con una amplia sonrisa: “¡Hey! Aquí estás, compañero”; y luego de intercambiar algunas frases de cortesía “optimista”, le pregunta: “¿Qué te trae a este
rincón del mundo?”. “Pasaba por aquí y se me ocurrió entrar para
ver en qué líos te has metido –responde Warren– Quería asegurarme de que no tenías más preguntas sobre los modelos de riesgos de
mortalidad adolescente. Parecen muy simples al principio pero…”.
El joven sustituto, que ahora le sonríe desde su antigua silla, le asegura que tiene todo bajo control y que le ha sido de suma utilidad el
trabajo que Warren se ha tomado para pasarle, prolijamente, todos
los antecedentes. Warren insiste débilmente, pero recibe como respuesta que un título de la Universidad Drake sirve para algo, y que
si surge algún problema, se lo hará saber. “Oh, –continúa, mirando
124
Luis Chiozza
el reloj– tengo que llegar a una reunión. ¿Quieres bajar conmigo?”.
Ya en la calle, en el lugar del edificio que utilizan para acumular los
desperdicios que deben ser retirados, Warren ve todas las cajas que,
cuidadosamente etiquetadas, contienen los documentos que dejó
para su sucesor. “¿Cómo te fue por la oficina?”, pregunta Helen
más tarde, y Warren le responde que por suerte pasó por allí para
solucionar un par de cabos sueltos.
Revisando su correspondencia, Warren encuentra un sobre enviado por Childreach, en el cual –junto a “su guía de patrocinador”–
le escriben una carta de agradecimiento que comienza diciendo que
él ha cambiado la vida del pequeño Ndugu Umbo (País: Tanzania. Sexo: masculino. Edad: 6 años. Día de nacimiento: se ignora).
También le solicitan que, al cheque de su contribución, añada unas
líneas para su nuevo hijo adoptivo cuya foto le adjuntan. Además,
de ser posible, que incluya información personal. Warren, serio y
con los anteojos en la punta de la nariz, reflexivo, examina el conjunto y se decide a escribir el cheque de 22 dólares para Childreach
y la carta que comienza con “Querido Ndugu”.
La vieja
Será una larga carta, en la cual Warren se dirige a ese niño como
si fuera un interlocutor que puede comprenderlo. Es evidente que
su carta es una forma de poner en el papel los pensamientos que
él necesita elaborar. Cuando se refiere a su jubilación, deja salir
la furia que lleva escondida en el alma frente a ese mocoso que
lo ha sustituido y que piensa que porque sabe meter números en
una computadora, no le hace falta la experiencia de Warren con
el mundo real y con el gobierno de un departamento empresario.
Continúa escribiendo luego, más sereno, acerca de que, de pronto,
le ha sucedido que se siente viejo. Ve en el espejo arrugas en torno
de sus ojos, pelos en sus orejas y la piel del cuello se le ha vuelto
floja. Sus tobillos se han llenado de pequeñas venas y no puede
creer del todo, realmente, que eso que está viendo es él. Le escribe
¿Por qué nos equivocamos?
125
también acerca de sus sueños juveniles y de que las cosas no funcionaron de acuerdo con sus sueños. No podía arriesgar el bienestar
económico de su familia. Escribe: “¿Qué puedo contarte acerca de
mi mujer y de mi hija? ¿No me brindan ellas toda la satisfacción
y el orgullo que puedo anhelar?”. Luego de una pausa, pensativo,
continúa: “Llevamos 42 años de casados. Últimamente, cada noche, me encuentro haciéndome la misma pregunta: ¿Quién es esta
mujer vieja que vive en mi casa? –y agrega– ¿Por qué cada pequeña
cosa que hace me irrita?”. Incluye enseguida, como ejemplo, una
pequeña lista: Helen saca las llaves de su cartera mucho antes de llegar al auto. Gasta plata en ridículas colecciones de objetos triviales.
Descarta comida perfectamente buena, sólo porque se ha pasado la
fecha de su vencimiento. Le obsesiona probar restaurantes nuevos.
Le quita la palabra cada vez que habla. Además, agrega: “Odio la
manera en que se sienta e incluso cómo huele. Hace años que ya
insiste en que me siente en el inodoro cuando orino. Mi promesa
de levantar el asiento y de limpiar no bastó para ella. ¡No!”.
“Pero, también está Jeannie –continúa escribiendo– nuestra
única hija. Estoy seguro de que le caerías bien. Le encantan los
idiomas y las diferentes culturas. Será siempre mi niñita”. Emocionado con el recuerdo de su pequeña hija, que inundaba su vida con
su alegría infantil, continúa: “Vive en Denver, así que ahora no la
vemos tanto. Tiene allí un puesto de cierta responsabilidad, en una
compañía de alta tecnología. Hace poco se comprometió. El tipo
se llama Randall Hertzel. Trabaja en alguna clase de ventas. Quizá
Jeannie no esté en su plenitud, pero insisto en que podría encontrar
a alguien mejor”.
Un acontecimiento inesperado
Poco después, mientras Helen, arrodillada en el piso, lo está limpiando con una aspiradora, Warren le dice que irá al correo para enviar
una carta. En el camino, se detiene para comer un suculento helado
de crema con maní y masa de galletas de chocolate. Cuando regresa,
126
Luis Chiozza
todavía se escucha el ruido de la aspiradora, y al entrar en la cocina
encuentra a Helen tendida en el piso. La llama, asustado. Se acerca,
sin saber qué hacer. La mueve tratando de que vuelva en sí, y pronto,
con angustia y congoja, comprende que su mujer ha muerto.
Warren, frente al empleado que le ofrece los servicios fúnebres,
se ocupa –como un zombi, como si se tratara de un sueño que no
pertenece a la realidad de su vida– de decidir sobre las desagradables cuestiones de la práctica que, inevitablemente, profanan lo que
siente. Luego, incómodo y triste, oye en silencio las palabras rimbombantes y vanas con las cuales el sacerdote –que cumple su tarea
asumiendo, enfáticamente, una convicción que no tiene– procura
ofrecerle un alivio que en ese momento resulta imposible.
En el aeropuerto, Jeannie baja del avión y abraza a Warren llorando. Dos metros más atrás, Randall espera para saludarlo. Durante el sepelio y mientras el sacerdote despide los restos de Helen
diciendo que “vivimos y morimos para el señor”, Warren –ensimismado y desconcertado, como quien no puede todavía acabar
por comprender lo que sucede– mira alternativamente al féretro,
al cielo y a su hija Jeannie. Los amigos le dan sus condolencias y se
ofrecen “de veras” para lo que pudiera necesitar. Ray llora mientras
lo abraza. Jeannie y Randall se quedarán unos días con él.
Poco después, cuando quedan solos los tres en la casa, Jeannie
rompe en llanto desconsolada, y Warren la abraza estrechándola con
fuerza. Randall, sin saber qué hacer, pone sus manos en los hombros
de ambos y dice que Helen era una mujer muy especial, que la extrañará mucho, que ya la extraña mucho. Continúa diciendo cosas
cada vez más desubicadas. Parece, además, estar fuera de lugar en
esa casa, con una cadena de metal como pulsera, una pequeña barba
en el mentón, y el pelo atado por detrás, formando una coleta. Al
día siguiente, mientras Warren lee su correspondencia, Randall se
acerca y le pregunta si está bien, de un modo que resulta artificial.
Warren le contesta condescendiente, y mirándolo como se mira a
un espécimen. Después de decir algunas cosas que procuran ser
atinadas, pero que lo dejan a Warren con la boca abierta, Randall le
¿Por qué nos equivocamos?
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ofrece una oportunidad, le propone asociarlo a una inversión segura
que le permitirá triplicar su capital en breve tiempo.
Warren se despertará en la mitad de esa noche, y como no puede volver a dormir, tomará el clásico vaso de leche en la cocina. A
la mañana siguiente, bien vestido, espera a que su hija le sirva el
desayuno y le pide, con todo detalle, que le prepare las cosas que le
gustan. Ella sonríe y disfruta complaciéndolo. Luego, poco a poco,
termina pidiéndole a su hija que no regrese tan pronto, que se quede
más tiempo con él. Jeannie se angustia y le explica, por fin, que ahora tendrá que acostumbrarse a cuidarse sólo, que no puede quedarse
y que debe además organizar su boda. Cuando Warren agrega que le
parece conveniente posponer la boda, la conversación termina.
Una nueva sorpresa
Warren le escribe nuevamente a Ndugu, su mítico interlocutor.
Comienza diciéndole que debe darle una mala noticia: Helen, su
madre adoptiva, ha fallecido repentinamente, como consecuencia
de un coágulo en el cerebro. Los servicios fúnebres fueron muy
conmovedores, muchas personas concurrieron –algunas desde lejos– para expresarle sus condolencias. “Pero, ahora que toda la conmoción terminó –continúa– sólo quedamos mis pensamientos y
yo, deambulando en esta casa grande”. Prosigue explicando que su
experiencia de actuario le permite afirmar –conociendo la edad, la
raza y la profesión de un hombre, su lugar de residencia, su estado
civil y su historia médica– cuántos son los años que probablemente
vivirá. En su propio caso, ahora que su esposa ha muerto, existe un
73% de posibilidades de que muera dentro de los próximos nueve
años, si es que no vuelve a casarse. Debe aprovechar, entonces, el
tiempo que le queda.
Dos semanas después, mientras en el televisor se representa una
escena erótica, Warren la escucha entresueños, tendido en pijama
en un sillón del living. Se levanta, entonces, para continuar escribiéndole a Ndugu. Intenta a duras penas negar el desorden que,
128
Luis Chiozza
poco a poco, va creciendo en la casa. Argumenta que, bajo la nueva
administración, las cosas funcionan, aunque a veces, olvidadizo,
deja pasar una comida o dos. Helen no querría que estuviera deprimido y lloriqueando así que, dirigiéndose al supermercado con la
casa rodante y “recordando cositas de su vida de soltero”, reacciona y compra lo suficiente para atiborrar su despensa. Seguramente
venderá más adelante su casa y se mudará a un departamento, pero
por ahora se las arregla bien.
En su dormitorio –que ahora se parece a una tienda de gitanos–,
Warren continúa su conversación con Ndugu: “Se me ocurrió que
en mi última carta usé un lenguaje negativo al referirme a mi difunta esposa. Tienes que entender que estaba bajo mucha presión como
consecuencia de mi jubilación”. Deprimido, se mira en el espejo
del tocador de su mujer, huele sus perfumes y se pone en la cara un
poco de la crema que ella usaba. “No te voy a mentir, Ndugu, he
pasado unas semanas difíciles. Echo de menos a mi Helen”, prosigue
mientras se cubre los ojos entre angustiado y lloroso, y se dirige al
vestidor de su esposa donde acaricia suavemente sus vestidos.
“No sabía lo afortunado que era al tener una esposa como Helen…hasta que la perdí. Recuerda eso jovencito. Tienes que apreciar
lo que tienes mientras aún lo tienes”. Abre, entonces, en el vestidor,
una caja de zapatos y encuentra en ella un paquete de cartas atado
con una cinta y un moño. Con el ceño fruncido, desata el moño y
comienza a mirarlas.
El estupor primero, y la ira después, se apoderan del rostro de
Warren cuando lee “A mi adorada Helen” en una de las cartas que
llevan la firma de su amigo Ray. Lleno de furia vacía el vestidor de
Helen, su tocador y los cajones de la cómoda. Carga esas cosas en la
casa rodante, las lleva y las tira violentamente en el suelo, al lado del
contenedor del Centro de reciclaje de ropa. Luego, espera a que Ray
salga de la peluquería adonde ha ido, y le arroja todas las cartas en la
cara. Ray dice: “Han pasado tantos años, fue hace 25 o treinta años.
Nunca pensé… Las guardó, nunca pensé que las guardara”; en ese
punto, Warren se arroja sobre él intentando pegarle de una manera
¿Por qué nos equivocamos?
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torpe. “Basta, deja de pegarme”, dice Ray. “Eras mi amigo”, le contesta
Warren, y Ray prosigue: “Todo fue un gran error. Tu te fuiste a San
Francisco y la cosa empezó porque se nos fue de las manos”.
Warren vuelve a su casa, entra en el baño y, en el momento en
que va a sentarse sobre el inodoro, se detiene, piensa un segundo,
se da vuelta y vuelve a orinar de pie, como lo hacía antes. Esa noche
se revuelca en la cama sin poder dormir. Temprano, esa madrugada, antes de que salga el sol, lleva sus valijas a la casa rodante y
sale de viaje. Más tarde, ya en pleno día, consigue –luego de varios
intentos– comunicarse con Jeannie en Envíos y Recepciones de
Electrónica Moon Dog. Jeannie, atareada en medio de su trabajo,
pregunta qué pasa; y Warren, con una amplia sonrisa, le comunica
que tiene una gran sorpresa para ella, y la sorpresa es que está yendo
a visitarla. “Dios mío –dice Jeannie– ¿qué estás diciendo?”. Warren
continúa: “Jeannie, estuve pensando muchas cosas y cuánto significas para mí…y de pronto me di cuenta y pensé ‘¿qué diablos estoy
haciendo en Omaha cuando podría estar contigo?’”. “Espera –dice
Jeannie– ¿vienes ya?”. “Si no me detengo estaré ahí para la cena”,
responde él. “Papá, no es una buena idea”, dice Jeannie consternada
mientras habla con una empleada corrigiéndole lo que está haciendo. Y agrega: “Sigamos el plan primitivo, ven uno o dos días antes
de la boda”. La sonrisa ya se ha congelado en el rostro de Warren, y
le responde enojado: “Supongo que no te opones a que siga enviando esos cheques”. Ella, terminante, dice: “Papá, no tengo tiempo
para esto. Llámame cuando llegues a casa”.
La terapeuta
Warren retoma su diálogo con Ndugu. Le cuenta que camino
a la boda de Jeannie decidió hacer un viajecito. Jeannie le había
pedido que fuera unos días antes para ayudarla con los preparativos, pero él le dijo que necesitaba un poco de tiempo para él
y decidió visitar lugares que no frecuentaba desde hacía mucho.
Se había dado cuenta de que secciones enteras de su vida habían
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Luis Chiozza
desaparecido de sus recuerdos. Su primer intento fue visitar, en
Holdrege, la casa donde había nacido y vivido hasta la edad que
ahora tiene Ndugu. El lugar donde antes estaba la casa de su
infancia, hoy lo ocupa un moderno negocio de venta de neumáticos, y allí, a pesar de su desilusión, Warren recuerda la voz de
su madre, llamándolo por su nombre y diciéndole que lo quiere
mucho. Su próxima parada fue la Universidad de Kansas, su alma
máter. Allí, en el comedor, conversó con algunos de los actuales
alumnos y pudo encontrar, en los cuadros de promociones, una
foto suya de aquellos años juveniles. “Bueno Ndugu, te recomiendo que te unas a una fraternidad cuando vayas a la universidad”,
dice Warren antes de seguir contándole que, finalizado el viaje
por el sendero de los recuerdos, pasó a la parte turística. Visitó
el Museo Histórico del Condado de Custer primero y la casa de
Búfalo Bill, después. También compró una hermosa colección
de estatuillas Hummel, como le gustaban a Helen. Nunca había
apreciado, dice, lo delicadas que son, y que cada una viene con
su certificado de origen.
Warren ha estacionado su casa en un camping, y mientras –con
las estatuillas sobre la mesa– escribe su carta para Ndugu, golpean
a la puerta. Cuando abre, un hombre de unos cuarenta y cinco
años con una sonrisa en el rostro, ante su sorpresa, le dice: “Hola,
capitán, –y poco después, agrega– tienes un Adventurer nuevo de
diez metros, ¿verdad? ¡Qué belleza! Solicito permiso para abordar,
capitán”. La conversación continúa en el interior de la casa rodante
y John Rusk –que así se llama el visitante–, enterado de que Warren
está solo, lo invita a cenar. Cuando concurre a la cena, cortésmente,
con seis latas de cerveza, John le presenta a su mujer, Vicki, absolutamente convencional. No es fea ni es bonita, permanece, en todos
los aspectos dentro de la zona media de la curva estadística, en la
parte más baja. John posee, junto con su hermano, una zapatería;
Vicki es terapeuta ocupacional. Ambos reciben a Warren con una
cortesía sobregirada, exagerando continuamente gestos y actitudes.
En la sobremesa, los tres continúan bebiendo e ingresan en esa zona
¿Por qué nos equivocamos?
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del estado de ánimo en la que ya se ríen ante el menor de los motivos. John, viendo que se ha acabado la cerveza, decide ir a buscar
más; y Vicki, luego de un rato de conversación y deslizando sus dedos sobre el borde del tapizado en el asiento del sillón, le pregunta
a Warren: “¿Te importa si hago una observación?”. “Adelante”, dice
él; ella continúa: “Le das un giro positivo a las cosas, considerando
todo lo que has sufrido últimamente… percibo de ti que, a pesar de
tu buena actitud y de tu perspectiva positiva… creo que por dentro… eres un hombre triste”. “Bueno –dice Warren– uno pasa por
mucho al perder a un cónyuge”. “Pero, veo algo más que dolor y
pérdida en ti… algo más profundo”, prosigue ella. “¿Cómo qué?”,
pregunta Warren. “Yo creo que es enojo… miedo… soledad”, dice
Vicki. Warren confiesa que quizá se siente un poco solo; Vicki
añade, cariñosamente: “¿Ves?, lo sabía”. Él le pregunta entonces,
acercándose más: “¿Puedo decirte algo?”. Ella le responde: “Estoy
escuchando”; y él continúa: “Hace sólo una hora que te conozco y,
sin embargo, siento que me entiendes como nunca me entendió mi
esposa, Helen”. “¡42 años! –dice triste, mientras Vicki lo mira con
una mirada de conmiseración– Quizá si hubiera conocido antes a
alguien como tú”. “¡Ay!, eres un hombre triste, muy triste”, exclama ella. Warren apoya su cabeza sobre el hombro de Vicki; ella, un
poco inquieta en verdad, lo abraza y continúa diciendo mientras
le palmea la espalda consolándolo: “Muy triste”. “Sí”, dice él; “sí”,
repite ella llorosa. Y entonces, Warren la besa apasionadamente en
la boca. Vicki se desprende con un chillido agudo y se levanta del
sillón gritando: “¿Qué te pasa, estás loco? ¡Eres un enfermo! ¡Vete
de aquí! ¡Vete!”, repite fuera de sí.
Nuevamente en el camino, Warren intenta hablar desde una
cabina telefónica con Ray para decirle que no le guarda rencor, y
que quería hablar con él porque había estado pensando. Pero no lo
encuentra, y cuando procura seguir las instrucciones para grabar el
mensaje, termina borrándolo. Un poco después, mientras un enorme camión se adelanta a su casa rodante, Warren observa una de
las vacas que el camión trasporta al matadero. Ese mismo día, más
132
Luis Chiozza
tarde –antes de la caída del sol–, Warren estaciona delante de un
río, en un precioso terreno arbolado. Dentro de ese paisaje sedante y
hermoso, se sienta a la orilla del río y merienda. Por la noche, sobre
el techo de su casa rodante, enciende tres velas, pone al lado cuatro
estatuitas de Hummel y, cubriéndose con una manta y mirando al
cielo estrellado, le habla a Helen: “¿Qué pensabas de mí realmente,
en el fondo de tu corazón? ¿Era yo el hombre con el que de verdad
querías estar o te decepcionaba y eras demasiado buena para demostrarlo? Te perdono por lo de Ray. Te perdono. Fue hace mucho y sé
que no siempre fui el rey de los reyes. Te defraudé. Lo siento Helen.
¿Me perdonas?”. En ese momento, una estrella fugaz cruza el firmamento y Warren se persigna. A la mañana siguiente, cuando parte y
deja que las figuras y la velas que estaban en el techo se caigan y se
pierdan al ponerse en movimiento, Warren reanuda su conversación
con Ndugu diciéndole que, en resumen, ha sido un viaje muy gratificador. Que se ha despertado como un hombre nuevo. Por primera
vez en años y años, siente la mente clara. Sabe lo que quiere, sabe lo
que debe hacer y nada volverá a detenerlo jamás.
La familia de Randall
Warren toca el timbre en la casa de Roberta, la madre de
Randall, diciendo que espera no molestar. Roberta lo recibe con
afecto y dulzura. Su casa contrasta notablemente con la que fuera
de Warren en los tiempos de Helen. Todo en ella tiene un aire hippie y una “onda” hindú. Mientras beben una copa juntos, Roberta
–con los pies descalzos– suspira quejándose de los interminables
preparativos de la boda y señala, de paso, que necesitan el cheque
para la iglesia. “Roberta”, se oye llamar desde la cocina, y el tono
de Roberta cambia. Se trata de Larry, padre de Randall y ex marido de Roberta, con quien ella –meneando la cabeza con el significado de “no tiene remedio y estoy harta”– intercambia palabras
agresivas plagadas de expresiones groseras. “Mi primer esposo era
exactamente igual, –le dice a Warren– resultó se un verdadero hijo
¿Por qué nos equivocamos?
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de puta. Pero Randall, él sí que sabe tratar una mujer. Cuando me
hicieron la histerectomía no se alejó de mí un solo minuto. La gente se asombraba porque lo amamanté hasta los cinco años, pero no
hay más que ver los resultados”.
Cuando llegan los novios a la casa de Roberta, luego de un intercambio de palabras lleno de frases convencionales, Warren le susurra
a su hija que desea hablar a solas con ella, y Jeannie lo pospone
para el final de la cena. En la mesa, se agregan a los cuatro: Larry,
Saundra, su nueva mujer, y Duncan, hermano menor de Randall.
Todos, excepto Warren y Jeannie, comen tomando la comida con
las manos, ensuciándose la ropa o chupándose los dedos. Warren,
que los mira disimulando que reprueba el conjunto completo de las
cosas que presencia, inicia una conversación preguntándole a Randall por el resultado de la inversión que le había ofrecido. Enseguida
se evidencia que el tema es urticante porque, exceptuando a Roberta
que intenta por todos los medios que se cambie de tema, los otros le
reprochan a Randall por el dinero que han perdido, mientras éste se
defiende diciendo que se han retirado antes de tiempo.
Larry quiere decir unas palabras de bienvenida y Roberta le grita que se calle, que los avergüenza a todos. Pero Larry, a pesar de
los improperios de su ex esposa, lleva adelante su propósito. No
obstante la buena voluntad de Jeannie, las palabras de Larry suenan artificiosas. En la familia de Randall predominan las agresiones
desmedidas, que suelen surgir cuando a la hostilidad se le agrega el
hábito pernicioso de ignorar las consecuencias de decir lo que todo
el mundo calla. Cuando todos se retiran, Warren le recuerda a Jeannie su deseo de hablar algo con ella. Jeannie, incómoda y apurada,
se dispone a oírlo mientras Randall la espera en el auto. Warren,
forzado a hablar sin demora, le dice: “Cometes un grave error, no te
cases con ese tipo. No lo hagas”. Jeannie, al principio, trata de calmarlo diciéndole que le dice eso como consecuencia de un estado
de pánico producto de la soledad y del duelo que está atravesando.
Pero, cuando Warren insiste categórico: “No lo permitiré. ¡Mira a
esta gente!”, Jeannie se enoja, lo mira fijamente y le dice: “¿Ahora te
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Luis Chiozza
interesas? Te diré lo que harás. Yo me voy a casar pasado mañana. Y
tú vas a estar ahí y vas a disfrutar y me vas a apoyar. Y si no, puedes
darte vuelta ahora mismo y regresar a Omaha”.
Warren duerme en la habitación de soltero de Randall, donde
contempla algunos testimonios de sus actividades deportivas y de
un curso de electrónica que ha completado con excelentes notas.
Cuando se dirige a la cama –una de las camas de agua que vende
Randall–, tiene la impresión de que se acuesta sobre un ser viviente
y que pierde el equilibrio como si tuviera que mantenerse en el
lomo de un caballo indómito. A la mañana siguiente, cuando la
alarma del despertador suena estridentemente como si se tratara
de una sirena, una fuerte contractura de la espalda y el cuello lo
deja dolorido y tieso hasta el punto de no poder moverse. Cuando
por fin, Roberta aparece en su cuarto para ver por qué el “dormilón” se levanta tan tarde, lo encuentra tendido en el suelo, y con
los pies en la cama. Toda la familia se revoluciona, y Jeannie dice:
“Hum, me parece muy raro que esto ocurra precisamente hoy”.
Al borde del llanto, le reprocha que añada esta preocupación a las
tantas que tiene. Ahora, alguien tendrá que ir a retirar las invitaciones de la imprenta en lugar de Warren. Randall argumenta que
el tiempo apenas le alcanza para ir hasta el aeropuerto y retirar el
esmoquin. Jeannie se pone furiosa con él y, gritando que no puede
hacer todo, se pone a llorar y termina diciendo: “Iré yo. ¡Gracias
por todo papá!”.
Al mediodía, aparece Roberta con un caldo de pollo y, como “la
enfermera perfecta”, le da de comer en la boca. Mientras tanto le
dice que Jeannie les ha contado acerca de su ataque de pánico la última noche (se refiere, obviamente, a las dudas de Warren con respecto al matrimonio de Jeannie). Inicia entonces, entre cucharada
y cucharada de caldo, un largo discurso que –alegando la experiencia de dos matrimonios– avala el casamiento de Randall y Jeannie,
cuya unión tiene el sólido fundamento de una relación muy fogosa
en la cama. Sus matrimonios (los de Roberta), por ejemplo, fallaron por lo sexual ya que ella es una mujer extremadamente sexual.
¿Por qué nos equivocamos?
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No lo puede evitar, desde niña. Su primer orgasmo lo tuvo en la
clase de ballet, cuando tenía seis años. Se excita muy fácilmente,
es muy “orgásmica”, y en ese sentido Jeannie y ella tienen mucho
en común. Sus anteriores maridos eran buenas personas, pero no
podían mantener el ritmo.
Más tarde, mientras se viste con extrema dificultad para concurrir al ensayo de la boda, Roberta le dice que las píldoras que toma
no serán suficiente, y le trae “algo más fuerte” (seguramente un
opiáceo sintético) que conserva todavía de su postoperatorio por la
histerectomía. Durante el ensayo, Warren se duerme y provoca el
enojo de Jeannie. Esa misma noche, cenan todos juntos con algunos amigos; y, mientras Larry se embala en otro discurso ridículo,
Warren lucha con la modorra atrapado entre la vigilia y el sueño.
Cuando regresan, Roberta lo lleva en el auto y le dice que lo ve
mejor. Warren señala que el medicamento le ha aliviado mucho el
dolor y ella añade que completará su mejoría encendiendo el jacuzzi
para que se dé un buen baño caliente antes de dormir. Así sucede.
En el jardín iluminado por farolitos anaranjados de papel, en una
gran tina de madera con varios hidrojets, Warren descansa disfrutando apaciblemente del baño. Roberta le habla desde la ventana y
sonríe. Luego, vestida con pantuflas y una bata de seda, baja hasta
el jardín, se quita la bata y completamente desnuda, con sus senos
y sus glúteos caídos y su vientre abultado, se introduce en la tina.
Warren, serio, desconcertado e incómodo, pero también asustado,
la ve aunque evita mirarla. Roberta dice: “Así está mejor. ¡Ay, qué
noche! Fue muy conmovedor… Mi hijito y tu niñita se casan”. Después de un rato de informarle a un Warren silencioso que, a partir
de ese momento, pertenecían a una misma familia, le dice: “Aquí
estamos… una divorciada y un viudo. –y poniendo, por debajo del
agua, una mano sobre una de sus rodillas, prosigue– Me parece una
pareja perfecta”. Warren sale enseguida de la tina y, mientras ella le
pregunta qué le sucede, él le contesta que tiene que acostarse enseguida, que está completamente agotado y se dirige rápidamente a su
casa rodante. Suspira, se queja, todavía dolorido y se duerme.
136
Luis Chiozza
La boda
En la boda, la iglesia y el altar ostentan adornos de gasa blanca;
Warren, elegante en su esmoquin, lleva a su hija del brazo hasta
llegar al altar. Ella, vestida con su traje de novia y un hermoso ramo
de flores blancas, sonríe mientras dos jóvenes cantan y una toca la
flauta. Warren la besa en la mejilla y la entrega a un Randall cuyos
ojos brillan de entusiasmo. Luego, las palabras aleccionadoras del
sacerdote y, de postre, una joven con un vestido largo de color celeste y con flores del mismo tono en el cabello, ocupa la escena para
dirigirse a los presentes con un discurso seudopoético que acumula
palabras acerca del valor del amor. Cuando el sacerdote los declara
marido y mujer, Warren mira hacia abajo, pensativo y compungido. Luego percibe los aplausos y, esbozando una media sonrisa,
aplaude él también, lentamente.
En la fiesta de la boda nada falta, y nada de lo que hay escapa a la atención de Warren, quien, puede decirse, no ha perdido
el sentido de lo ridículo. Primero, el discurso del consuetudinario
amigo chistoso que, antes de desearles –emocionado y deudor de
una amistad increíble– la felicidad más absoluta que se merecen
“absolutamente”, cuenta alguna intimidad que supuestamente sólo
él conoce, acerca de cómo los novios se han conocido. Desde una
mesa próxima, Roberta, con zapatos y un sombrero de gasa roja,
condecorada con un vestido de grandes flores, los mira emocionada.
Un brindis para los novios. Luego, el pedido de que se besen y que
lo hagan apasionadamente. Por fin, el micrófono llega al “orgulloso”
padre de la novia para que diga algunas palabras. Warren, elegante y
lento, camina hacia él y lo quita del sostén con un movimiento decidido, como si se tratara de decapitar a un pollo. Suspira. “Hoy es un
día especial –dice–, una encrucijada en la vida de dos personas que
se juntan en un camino nuevo. Un camino que…”. Luego de un
silencio agrega: “Como ustedes saben, perdí a mi mujer hace muy
poco. Y Jeannie perdió a su madre”. Mientras el rostro de Jeannie se
nubla y se aproxima al llanto, continúa diciendo que Helen hubiera
¿Por qué nos equivocamos?
137
querido estar allí, y que es justo decir lo complacida que estaba con
la elección que Jeannie había hecho para su matrimonio. “Un compañero, un socio”, dice sonriendo y mirando a Randall. “Cuando
lo trajo a casa para Navidad, había una gran tormenta de nieve y él
me ayudó a quitarla de la entrada”, comenta. Randall asiente con
la cabeza vigorosamente. “Pero esto me lleva a lo que quiero decir”,
añade. ”Lo que quiero decir…”, repite haciendo una pausa un poco
más grande. “Lo que realmente quiero decir –agrega con una pausa
todavía mayor– es… gracias Randall, por cuidar tan bien a mi hija.
Desde que llegué a Denver, hace dos días, he disfrutado de conocer
a la familia de Randall. Roberta… gracias por tu generosidad, por
abrirme tu casa, por tu talento en la cocina. Larry… tu maravillosa
elocuencia. Saundra, tu habilidad con las artesanías. Duncan… no
he llegado a conocerte muy bien, pero de nuestras breves conversaciones es obvio que eres un joven muy sensible e inteligente. Todos
ustedes gente maravillosa, en conclusión, sólo quiero decir en este
día muy especial, que estoy muy… complacido”. Los presentes,
un poco desconcertados por las pausas largas, comprenden que ha
terminado y aplauden. Warren se dirige hacia el baño y orina.
Noticias de Ndugu
Warren continúa, en una nueva carta, su conversación con Ndugu. “Te dará gusto saber –le dice– que la boda de Jeannie salió perfecta. Están camino al soleado Orlando, a costa mía, por supuesto.
En cuanto a mí, voy de regreso a Omaha. Voy directo a casa. Sólo
hice una parada: el impresionante arco nuevo sobre la carretera en
Kearney, Nebraska. Un arco que conmemora el coraje y la determinación de los pioneros que cruzaron el estado rumbo al oeste.
Y me he puesto a pensar. Mi viaje a Denver es tan insignificante
comparado con las travesías que otros han realizado. La valentía…
Los obstáculos…”. Una placa reza: “Los cobardes no partieron, los
débiles murieron por el camino. Sólo los fuertes llegaron. Fueron
los pioneros”; y Warren reflexiona: “Sé que somos todos pequeños
138
Luis Chiozza
en el contexto de la historia. Y supongo que lo máximo que se
puede anhelar es influir en algo. Pero… ¿En qué he influido yo?
¿Qué cosa en el mundo es mejor gracias a mí? En Denver traté de
hacer lo correcto y convencer a Jeannie de que cometía un grave
error, pero fracasé. Ahora está casada con ese bobo y no puedo hacer
nada. Soy débil. Soy un fracaso. No se puede negar. Relativamente
pronto moriré. Quizás en veinte años, quizá mañana. No tiene importancia. Cuando muera y todos los que me han conocido también
mueran… será como si nunca hubiera siquiera existido”.
Sobre su escritorio encuentra un sobre que contiene una carta dirigida a él. “Estimado Sr. Warren Schmidt: Soy la hermana
Nadine Gautier, de la orden de las hermanas del Sagrado Corazón.
Trabajo en una aldea pequeña, cerca de la ciudad de Mbeya, en
Tanzania. Uno de los niños a mi cuidado es el pequeño Ndugu
Umbo, el niño que usted patrocina. Ndugu es un niño muy inteligente y muy cariñoso. Es huérfano. Hace poco, requirió atención
médica por una infección del ojo, pero está mejor ahora. Le encanta comer melón y le encanta pintar. Ndugu y yo queremos que
usted sepa que él recibe todas sus cartas. Espera que usted sea feliz
en su vida y que esté sano. Piensa en usted todos los días, y quiere
mucho que usted tenga felicidad. Ndugu sólo tiene seis años y no
sabe leer ni escribir, pero le ha hecho un dibujo. Espera que le guste
su dibujo. Atentamente, hermana Nadine Gautier”.
Warren contempla el dibujo que muestra un mar azul y un gran
sol amarillo. Dos figuras, una grande y otra pequeña, ambas sonrientes, aparecen unidas de la mano. Los ojos de Warren se llenan
de lágrimas y comienza, lentamente, a sollozar.
La jubilación, la vejez y la furia
El primer impacto que la historia de Warren nos produce nos
lleva a pensar en la crisis que la jubilación genera en un hombre
formal y ordenado, hasta el punto de ser obsesivo frente al cambio,
brusco y radical, en las condiciones en que debe continuar su vida.
¿Por qué nos equivocamos?
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No se trata de una cuestión insólita. Cuando un hombre construye
su vida dentro de la cual ocupa un gran espacio la tarea que realiza
y a través de la cual se siente insertado en la sociedad que lo rodea,
su jubilación lo obliga a construir otro ámbito. Si no lo logra, su
vida ingresa en una situación sin norte que lo conduce a la enfermedad o al deterioro de sus funciones mentales. Los discursos
convencionales que se pronunciaron en la despedida de Warren,
“condimentados” con regalos y elogios, no pudieron disimular ni
un solo instante, ante sus ojos, la futilidad del intento que procuraba otorgar un significado festivo a un evento que experimentaba
como una privación. Warren no ha “preparado” su jubilación como
otros hacen. Aunque debemos admitir que, la mayoría de las veces,
esa “preparación” suele ser artificiosa y vana, a expensas de una negación que a duras penas se sostiene.
Es evidente que Warren no quería jubilarse. Siente que ha sido
sustituido en virtud de un principio que “abre el camino a los jóvenes”, relegando a un segundo término la consideración de quién
es el que puede cumplir en mejor forma las funciones del cargo.
No nos importa, ahora, evaluar si en esto está en lo cierto o si, por
el contrario, se equivoca. Importa, en cambio, comprender que lo
siente de ese modo y que, afectado por lo que considera una injusticia que no quiso prever, se pregunta si no se ha equivocado cuando,
hace ya muchos años, al casarse con Helen, y entregado al confort
de su vida en familia, abandonó su proyecto riesgoso de una empresa propia para aceptar un buen empleo que se presentaba con
el atractivo de la seguridad. Si nos quedáramos con este desarrollo, diríamos que Warren es un hombre “de cristal” que, habiendo
puesto toda su vida tercamente con determinación obsesiva en una
sola carta, se encuentra con la ruptura irreversible de su bienestar
cuando la trayectoria de su vida lo enfrenta con una opción jamás
pensada. Pero, lo que la historia de Warren nos enseña trasciende
este planteo, tan frecuente y tan simple.
A través de sus cartas a Ndugu, Warren encuentra el modo de
reflexionar acerca de sí mismo. El que lo haga de un modo que
140
Luis Chiozza
pasa por encima del hecho, evidente, que Ndugu es un niño de
seis años que no está en condiciones de comprender lo que le
escribe, nos revela un rasgo muy particular de su carácter que lo
impulsa a negar la realidad cuando ésta no concuerda con lo que
desea. Por este mismo motivo, también niega que sus palabras
no tienen más destinatario real que el mismo Warren y, por eso,
no sólo se ocupa de enviar todas las cartas que escribe, sino que
llega al extremo de mentirle a Ndugu, a sabiendas de que lo está
haciendo. Como cuando le escribe que Jeannie insistió en que
viajara antes para ayudarla con los preparativos de la boda, pero
que él ha decidido no hacerlo.
Nos enteramos, por la primera carta, que Warren se siente, repentinamente, viejo; como si el proceso que lo ha llevado a envejecer hubiera trascurrido a sus espaldas y sin haberle pedido, previamente, su consentimiento. Es más, Warren expresa con claridad
que no se resigna a creer completamente que “eso” que está contemplando “en el lugar” de su cuerpo sea real y verdaderamente él.
Siente que su mujer también se ha convertido, como si fuera por
obra de un encantamiento, en una vieja que él desconoce. Una
vieja que lo irrita y lo fastidia, y cuyas maneras odia tanto como
la forma en que huele. Cuando piensa en Jeannie y se dice a sí
mismo que será siempre su niñita, hace un desesperado esfuerzo
para poder negar que la niñita que alegraba cotidianamente su existencia se ha convertido en una mujer adulta que vive lejos y que lo
visita poco. Una mujer que pronto se casará con un hombre que le
parece un bobo. Le ha escrito a Ndugu que Jeannie trabaja en un
puesto de “cierta responsabilidad”, “retocando” el hecho escueto de
que su trabajo consiste en empaquetar los productos que deben ser
enviados. Y en cuanto a la jubilación, sólo escribiéndole a Ndugu
ha podido encontrarse con la verdadera furia que siente frente a
ese mocoso que lo sustituye y que piensa que se llevará el mundo
por delante sólo porque sabe meter números en una computadora,
despreciando el verdadero valor que radica en la experiencia que
Warren pudo acumular.
¿Por qué nos equivocamos?
141
Una vida sin rumbo
Warren no esperaba la muerte de Helen; y, de pronto, la mujer fastidiosa que lo irritaba desaparece, haciéndole sentir toda otra
parte de la relación con ella que Warren negaba. Se encuentra perdido. No sólo se trata de que las vicisitudes del servicio fúnebre lo
exponen a una movilización afectiva que lo confunde y lo enfrenta
con el dolor de una pérdida. También ocurre que el acontecimiento
le arranca un pedazo más grande de lo que constituía el conjunto de hábitos que encuadraban su vida. Frente a las condolencias
que los amigos le expresan y frente a su encuentro con Jeannie, su
pena resulta invadida por un desconcierto que lo deja confundido y atónito. Impregnado por un miedo indefinido y poco claro,
intenta aferrarse a su relación con Jeannie, y hasta le propone que
posponga su boda. Pero, debe aceptar que su hija ya se ha ido de
la convivencia con él y que no está en su propósito integrarlo cotidianamente en su vida. Jeannie ha sido clara, no desea que los planes cambien e insiste en que Warren, aunque económicamente la
ayuda, la visite como habían convenido, dos días antes de la fecha
en que se realizará la boda. No cabe duda, sólo quedarán ahora sus
pensamientos y él, deambulando en una casa que ya se le ha vuelto
demasiado grande.
En una carta a Ndugu, Warren le habla de que su experiencia
de actuario lo lleva a pensar que su muerte no está tan lejana, pero
surge en ese mismo párrafo la esperanza de que tal vez podría volver
a casarse. Es evidente que asocia la posibilidad de su muerte con la
depresión que lo embarga. Le cuenta que “olvidadizo”, ha dejado
pasar una comida o dos, y a pesar de que no quiere permanecer
lloriqueando, echando de menos a su querida Helen, permanece
atrapado en la añoranza de los días afortunados en que vivía con
ella. Cuando, estupefacto, descubre las cartas de Ray que Helen
atesoraba, intenta, desesperadamente, librarse de la atracción del
pasado emprendiendo un viaje que adquiere el sentido de encontrar un futuro. Sabemos que su primer intento fallido consiste en
142
Luis Chiozza
buscar la cercanía de Jeannie, pero nada de esto le contará a Ndugu;
y, visitando los lugares de sus antiguos recuerdos, procurará nutrirse de ellos para reencontrar un motivo que encamine su vida.
En el camping, Vicki asume una pose profesional –que está
muy lejos de poder sostener– e inicia un acercamiento durante la
ausencia de Rusk. Acercamiento que parece buscar, al comienzo,
la demostración de la eficacia que sus conocimientos le confieren,
consolando a Warren por su reciente pérdida. En el momento en
que –llevada por el clima maníaco que se generó en la cena y bajo la
influencia de la cerveza ingerida– ella se muestra “empáticamente”
conmovida y llorosa frente a la soledad de un Warren al que abraza
“como si fuera un niño”, crece en él la idea de que tal vez pueda
“volver a vivir” en su vida, la etapa del romance. Y, por qué no, quizás una relación de pareja que “estadísticamente” puede contribuir
a prolongar su vida. Podemos pensar que la reacción de Vicki –que
lo confunde y lo apabulla– disminuye sus esperanzas de reconfigurar sus proyectos sobre el modelo de lo que ya ha vivido; y que esto
incrementa su desconcierto y la angustia que experimenta frente a
la carencia de un rumbo que dé sentido a su vida. Inmediatamente
después, intenta hablar con Ray para reconciliarse. Y luego, por la
noche, ante la inmensidad del cielo estrellado, busca también la reconciliación con Helen. No es aventurado suponer que, desolado y
sintiendo que ha perdido de golpe –simultáneamente– el contacto
con todas las personas que en su vida “significaban algo”, procura recuperar desesperadamente un vínculo al menos, entre todos
aquellos que siente perdidos. Cuando su comunicación telefónica
con Ray se frustra, intenta comunicarse con Helen en el cielo, y
lo necesita tanto que cuando ve una estrella fugaz que atraviesa el
firmamento, sin vacilar interpreta que Helen lo ha escuchado.
En el encuentro con la familia de Randall, Warren, pasando
por encima del rechazo que todos ellos le provocan, sostiene el esfuerzo de guardar las apariencias. Su último intento de convencer
a Jeannie para que no se case lo convence de que su hija y él han
comenzado a funcionar –quizá desde hace ya mas tiempo de lo que,
¿Por qué nos equivocamos?
143
en primera instancia, hubiera podido suponer– en otra longitud de
onda. Como producto de un sentimiento de desolación que arrastra vestigios de pánico, aún insiste, desesperadamente, en encontrar
algún alivio aceptando la cercanía amigable de una Roberta que
puede darle de comer en la boca. Pero su intento, ingenuo y patético, fracasa porque no puede tolerar la perversión de la madre de
Randall, que lo irrita y lo apabulla arrollándolo como un torbellino.
En la boda, asistido todavía por el opiáceo que ella le ha dado, se ve
obligado a pronunciar un discurso que contiene una combinación
de lugares comunes, en la cual no puede decirse que algunos de los
conceptos habituales y convencionales falta. Pero, su discurso contiene también una ironía que los oyentes, oscilando entre la emoción sentimentaloide y una molesta inquietud, a medias intuyen.
Ese discurso de Warren tiene todo el significado de una despedida
que, con mayor frecuencia cada vez, se hace presente en su conciencia. La despedida de una vida pasada que ahora, inexorablemente,
se ve forzado a reconocer, a su pesar, como irrecuperable.
La necesidad de inter-essere
Cuando en el camino de regreso Warren retoma su conversación
con Ndugu, la primera frase que dice: “Te dará gusto saber que la
boda de Jeannie salió perfecta”, parte del Warren “convencional”.
En la segunda: “Están camino al soleado Orlando, a costa mía, por
supuesto”, aparece el Warren enojado, apenado y resentido con una
hija que le pide ayuda pero que no escucha sus consejos. Pero, a partir de allí la carta cambia. Warren le cuenta que irá directo, con una
sola parada, hacia Omaha. Podemos pensar que es allí a donde desea
y deberá volver para cerrar las heridas que, sangrando, retienen sus
fuerzas. Esa necesidad de Warren, de volver directamente a su casa,
marca un cambio en el proceso de duelo por la pérdida simultánea
de su trabajo, de su mujer y, en parte, también por el casamiento de su hija. La primera manifestación de ese cambio es la ironía
escondida en el discurso que como padre de la novia pronunció.
144
Luis Chiozza
Las dos primeras frases de la carta, en cambio, parecen testimoniar que Warren se ha consentido una pequeña “vuelta” hacia sus
actitudes primitivas antes de encaminar sus pensamientos en una
nueva dirección. Es desde esa nueva dirección, hacia la cual ahora
se encamina su proceso de duelo, que Warren le habla a Ndugu de
que lo máximo que se puede anhelar es influir en algo, y de que él,
Warren, no ha influido en nada. Ni siquiera ha podido influir en
su hija a quien ha debido ver, con pena, convertida en la esposa de
un bobo. Se siente débil, se siente un fracaso. Cuando pronto, no
importa cuando, muera y todos los que lo han conocido también
mueran…, será como si él nunca hubiera siquiera existido.
Hemos llegado ahora a un punto clave que podemos formular
a través de una pregunta. ¿Por qué razón ha sucedido, que una vez
que Warren ha logrado (sorteando todas las defensas con las cuales
intentó resolver su situación de la manera “simple y rápida” hacia la
cual la negación y la manía suelen conducir) aceptar la realidad del
cambio de su vida que lo obliga a un duelo, ingresa en un proceso
de autocrítica que lleva el tinte inconfundible de la melancolía?
La idea de no haber hecho nada que en algo haya “influido”, y
mejor aún, la idea simple y pura de fracaso –tan típica de la melancolía– se refieren, sin lugar a dudas, a un hecho “resultado” que
es la consecuencia actual y perdurable de un proceso que ya ha
sucedido. Reparemos en que, para que ese fracaso lo sea de verdad,
es necesario asumir que nada puede hacerse en el presente para
cambiar las consecuencias de ese proceso pretérito, porque si así
no fuera el presunto fracaso ya no sería tal. De modo que la idea
de un fracaso pretérito cuyas consecuencias son hoy inevitables,
esconde siempre la idea de una impotencia actual. Warren no sólo
piensa que él en nada ha influido, lo que realmente lo tortura es su
creencia de que en nada puede hoy influir. Es claro que él podría
argumentarnos que no existe tanta diferencia entre una cosa y otra,
porque lo que cimienta su creencia en su impotencia de hoy es el
conocimiento cierto de su fracaso anterior. Podemos aceptar ese
argumento, aunque no siempre es cierto que lo que no se pudo no
¿Por qué nos equivocamos?
145
se puede y tampoco se podrá, pero lo que ahora importa es que en
este punto se abren dos caminos que son saludables. El primero es
probar si hoy se puede lo que ayer no se pudo, y el segundo es el
duelo que surge de una convicción genuina de que no se podrá. Reparemos en que es precisamente este duelo el que –a diferencia de
lo que ocurre en la melancolía– retirando las fuerzas del lugar “sin
remedio”, aumenta las posibilidades en algún otro sector. No es
esto, sin embargo, lo que observamos en Warren, y así retornamos
a nuestra pregunta anterior, que ahora podemos expresar de una
manera más simple. ¿De dónde proviene su melancolía?
Podemos empezar por la otra punta y decir que lo que caracteriza la situación actual de Warren es el desánimo en el cual se encuentra inmerso. Un desánimo que se manifiesta unido al sentimiento
de que su vida ha comenzado, de pronto, a carecer de sentido. A
pesar de lo que de vez en cuando dice, ningún proyecto lo motiva
hasta el punto de incentivar su vida. Podría decirse, de manera más
simple, que ahora –jubilado y solo– nada despierta su interés. Pero,
si reparamos en que la palabra “interés” –que en su origen latino
es inter esse o inter essere– significa “ser entre”, nos damos cuenta
de que se nos abre un nuevo panorama para comprender lo que
le ocurre a Warren. Aparentemente no hemos dicho nada nuevo.
¿Acaso la vida de Warren no transcurría “entre” su trabajo, su mujer, el amor de su hija y la amistad de sus vecinos y compañeros de
trabajo? Nada tiene de sorprendente entonces que, habiendo perdido repentinamente su trabajo y su mujer, y habiéndose simultáneamente distanciado de su hija y de su amigo Ray, experimente una
importante merma de sus intereses. Esto es cierto, pero la merma
de Warren impresiona fuertemente como una merma más radical.
Llegamos de este modo a la cuestión fundamental. Si el verdadero interés radica en un “ser entre” las cosas y las personas que habitan nuestro entorno –entre las cuales está, importante es decirlo,
nuestro propio cuerpo–, debe quedarnos claro que hay un modo
espurio y otro que es genuino en nuestra forma de experimentar
nuestro interés por ellas. En el primer modo –espurio–, cosas y
146
Luis Chiozza
personas pueblan un mundo mío del cual soy el centro. Ellas deberán acomodarse a mis necesidades sin más trámites, y me dispongo
a verlas como prefiero que sean, resistiéndome a verlas como realmente son. Es el modo que predomina en la rivalidad que es propia
de la genitalidad primaria, dentro de la cual todo aquel que no
secunda mis propósitos es un competidor que se hace digno de mi
enemistad. En el segundo modo –genuino–, yo soy con las cosas
y personas y ellas son conmigo. Prefiero verlas lo más cerca que
puedo de alcanzar el logro que me permite descubrir cada día algo
nuevo acerca de lo que las cosas y las personas son. Es el modo que
predomina en la genitalidad secundaria, donde la prioridad está en
un logro que trasciende la competición y convoca la colaboración.
No cabe duda de que Warren –confundiendo la actitud egoica
saludable que lleva implícito el respeto por lo que uno es, con la
actitud egoísta que es propia del interés espurio– vivió “atrapado”
entre cosas y personas que no conocía. Al desconocerlas –como
desconocía a Helen, a Jeannie y a su amigo Ray– se desconocía a sí
mismo y a su propio cuerpo “viejo”, construyendo, con la convicción errónea que rige su vida, los fundamentos de su melancolía.
Cuando Warren entra, de regreso en su casa, lo espera la carta de
la hermana Nadine que asegura que Ndugu –un niño de seis años,
huérfano, muy inteligente y muy cariñoso, que vive en Tanzania,
que disfruta si come melón– piensa en Warren todos los días y
desea que sea feliz. Y Warren llora. Todos podemos conmovernos
frente a un niño huérfano de seis años de edad que sufre grandes
privaciones, pero no descuidemos el hecho de que Warren, vicepresidente de una importante compañía de seguros y actuario, no es un
hombre ingenuo al cual se le escapan las inconsistencias, las deformaciones o las falsedades en las cuales se incurre muchas veces para
evitar un conflicto con algunas convenciones sociales. De hecho el
lenguaje y los conceptos que utiliza para escribirle a Ndugu no pueden ser el resultado de su desubicación con respecto a la forma en
que puede comunicarse “en serio” con un niño de seis años que vive
en una pequeña aldea. Son, en cambio, la expresión de su absoluta
¿Por qué nos equivocamos?
147
falta del interés necesario para establecer una comunicación que
sea genuina. La pregunta es pues, ¿por qué Warren llora frente a la
carta de la hermana Nadine y el dibujo de Ndugu? Y la respuesta,
que prefiero creer, es que percibiendo la “convencionalidad” de la
carta de la hermana Nadine, ha comenzado a comprender que la
trascendencia existe y que le da sentido a la vida. Que existe más
allá de la falsedad y la impertinencia de una ayuda “piadosa” que
no logra siquiera disminuir la culpa que el egoísmo incrementa. Ha
comenzado a comprender, quizá, lo que una vez más repetiremos:
que la vida de uno mismo es demasiado poco como para que uno
le dedique, por completo, su vida.
Capítulo IX
Tommi
El personaje
Tommi (Tommaso Benetti), representado por el actor Alessandro Morace, es el niño que protagoniza el filme italiano Libero,
dirigido por Kim Rossi Stuart. Tommi tiene alrededor de diez años,
vive con su padre, Renato, y con su hermana, Viola, que ha ingresado ya en la pubertad. Su madre se ha ido de la casa y los ha abandonado. Viven en un departamento, típico de lo que suele llamarse
“clase media”, en un edificio en condominio de una ciudad de Italia. Tommi va a la escuela y toma clases de natación para intervenir
en las competencias deportivas. Su hermana concurre a las clases de
danzas clásicas de una escuela local. Ambos duermen en el mismo
cuarto. Renato, que trabaja como camarógrafo en la realización de
filmes publicitarios, atiende a las necesidades cotidianas de sus hijos y procura que ellos lo ayuden en los quehaceres domésticos. El
dinero les alcanza a duras penas.
Tommi no es un niño corpulento, pero se lo ve bien proporcionado. No trasunta la alegría y la conducta revoltosa de otros niños
de su edad. Tiene un aspecto serio, reflexivo, tal vez un poco triste,
pero no ha perdido interés en el entorno, observa lo que ocurre
alrededor y, aunque a veces se lo percibe dolorido, hipersensible,
se comporta habitualmente como un niño bondadoso, dotado de
buena voluntad. Le cuesta, a la mañana, salir de la cama para iniciar el día; y su padre, que se enoja fácilmente, siempre se queja
150
Luis Chiozza
desaforado, a los gritos, diciendo que está harto, que lo mandará a
un colegio militar, mientras lo ayuda cariñosamente a vestirse, para
evitar que llegue tarde al colegio.
Un día en la vida de Tommi
Se inicia el día. Su padre, semidesnudo, plancha sus pantalones;
Tommi le dice, por enésima vez, que quiere ser jugador de fútbol y
que no le gusta nadar. Pero Renato se escandaliza y argumenta, inflexible, que el fútbol es un deporte de idiotas, que todo el mundo
lo juega, mientras que la natación es un deporte noble, otra cosa y
que si Tommi continúa entrenándose llegará a ser el campeón italiano de su categoría. “Pero en el fútbol también soy bueno –insiste
Tommi tímidamente– y además la piscina queda lejos”.
Ya en la escuela, aparece un nuevo compañero de clase a quien
llaman el mudo porque, desde que su padre ha muerto repentinamente “mientras tomaba un plato de sopa” frente a él, ha dejado
de hablar. Claudio, el mudo, no sólo permanece continuamente en
silencio, sino que –aunque obedece las órdenes cuando la maestra
le pide, por ejemplo, que se siente en su banco– permanece impasible, sin participar ni con gestos ni con actitudes en las actividades
que le propone el entorno.
A la tarde, luego de mirar con tristeza y envidia a los chicos que
se entrenan en la cancha de fútbol, Tommi cumple con la clase de
natación y vuelve a su casa. Su padre le pregunta, como lo hace
siempre, en cuántos segundos ha recorrido los 25 metros. Mientras
Tommi se quita el abrigo y se sienta en la cama, su hermana, en
el cuarto que ambos comparten, riéndose excitada chatea con “un
tipo que no se puede creer”. Renato le pide que se controle, que el
uso que está haciendo de Internet le está costando una fortuna y,
otra vez a los gritos –ya que, para colmo, ha encontrado una cáscara
de banana que Tommi ha dejado tirada en el suelo–, les reprocha
que no limpian la casa. Los argumentos de Renato son siempre los
mismos: “¿Hasta dónde quieren llegar? Todo tiene un límite. ¡No,
¿Por qué nos equivocamos?
151
no, no! ¡No lo permitiré! ¿Qué es lo que se han creído? ¿Qué tienen
en la cabeza? ¿Quieren que me vuelva loco?”.
Más tarde, los tres en la cama de Renato miran un programa de
televisión y discuten acerca de quién se quedará, esa noche, a dormir con él. Es viernes y al día siguiente no tendrán escuela. “¿Qué
tengo encima, miel? –dice Renato– ¿No son ya un poco grandes
para dormir con papá?”. Finalmente, se despiertan a la mañana los
dos abrazados a su padre.
El sábado
Tommi, frecuentemente, se sube al altillo, sale por una ventana
y camina sobre el techo del edificio, un techo de tejas inclinado que
recorre hasta el borde. Mira hacia abajo sin vértigo y camina por
lugares peligrosos sin miedo. Allí, en un escondrijo, guarda algunas
de sus cosas: un frasco con algo de dinero, un par de prismáticos,
una honda de goma con la cual desconcierta a los vecinos arrojándoles piedras y escondiéndose mientras los mira con el largavista.
Es sábado, se irán a encontrar en el campo con Vincenzo y Marina, amigos de Renato, para almorzar con ellos. En el auto, cantan.
De pronto, Renato se detiene, ha visto que está abierto el lugar
donde trabaja. Le pide a Tommi que lo acompañe y a Viola que
espere unos minutos en el auto. Ya en el interior de la oficina, tiene
un altercado con el jefe, a quien agarra por el cuello para que le pague los 780 euros que le debe. Tommi se asusta y le pide a su padre
que se vayan, pero Renato, enfurecido, quiere mostrarle que no se
dejará humillar. Cobra en el acto y renuncia a un empleo del cual,
al mismo tiempo, ya lo han despedido.
Durante el almuerzo en la casa de los amigos, Marina comenta
que a Renato, a pesar de todo, lo ve bien, se lo ve en forma. “Estoy
bien, estoy bien –contesta Renato– nos arreglamos bien”. Marina
dice que a los chicos se los ve muy bien, y Renato añade: “Todos
estamos bien”. Tommi, serio e inquieto, percibe que su padre, profundamente afectado, está muy lejos del bienestar que pretende.
152
Luis Chiozza
Está pendiente de la conversación, sobre todo cuando Vincenzo
pregunta: “¿Y la señora? ¿No apareció?”.
Vincenzo y Marina tienen dos hijos, una nena de la edad de
Viola y un varón un poco más grande que luego del almuerzo se va
a encontrar con su novia, mientras que las nenas juegan con Tommi, que ha perdido una apuesta y debe pagar. La prenda consiste
en que las niñas se desvisten en una habitación a oscuras y, ya completamente desnudas, Tommi deberá acariciarlas, mientras ellas,
excitadas y avergonzadas, se ríen. Viola es la que incita al juego y
establece las condiciones; Tommi, angustiado e incómodo, torpemente lo intenta, pero enseguida dice: “¡Basta!”. “Papá tiene razón
–dice Viola– eres un cobarde”. Por la noche, mientras vuelven en
el auto, Viola se burla de Tommi, que está serio y ensimismado, y
lo provoca con caricias aparentes que sólo intentan molestarlo. El
episodio finaliza en que Tommi le dice a Viola: “Basta, puta”. Renato le grita, propinándole un sopapo que no llega a su destino, y le
prohíbe llorar; cosa que Tommi logra a duras penas y con un gran
esfuerzo. Al día siguiente, en el recreo, la soledad de Tommi se consolida porque, malhumorado, no se lleva bien con sus compañeros
que lo han puesto de arquero, y se retira del juego.
Antonio
Tommi conoce a Antonio mientras juega solo, pateando la pelota
contra la pared en el patio del edificio donde vive. Antonio, hijo único de un matrimonio de buena posición económica que se acaba de
mudar a un departamento en el mismo edificio, le pregunta si puede
jugar con él. Tommi, entre complacido y sorprendido, acepta sin
mucha confianza en que la amistad prospere. Los padres de Antonio
lo invitan a subir a su departamento para la merienda. Ya de regreso
a su casa, mientras Renato y Viola ponen la mesa para la cena, le
hacen preguntas sobre los nuevos vecinos. Tommi explica que tienen
plantas grandes como árboles y un cuadro que ocupa toda la pared,
y que el cuarto de Antonio está lleno de juguetes. Renato comenta
¿Por qué nos equivocamos?
153
que son ricos. Durante la cena, Tommi se entera de que su padre se
ausentará dos días, irá a Bolzano a comprar equipo fotográfico. “Porque –dice Renato con un tono falsamente optimista– papá ahora
será su propio jefe”. Tommi pregunta: “¿Hipotecaste la casa?”. “Sí,
–contesta Renato– pero en un par de años la pagaremos”. “Ojalá”,
dice Tommi. Viola comenta sarcástica: “Tú siempre positivo, eh”.
“Bueno –agrega Renato– las cosas no van a cambiar mucho, sólo
tendremos que cuidarnos, dejar de ir alguna vez al restaurante”.
Viola propone disminuir un poco la asignación que les entrega
el padre. Renato asevera que, por el momento, no será necesario.
Tommi pregunta si ya pagó las clases de natación, y Renato responde, categórico: “En eso no ahorraremos”. Aprovechando que Renato
debe atender el teléfono, Tommi –que está comiendo con asco un
trozo de la lengua de vaca que han cocinado para la cena– lo hace
desaparecer en el tacho de basura ante las protestas de Viola.
Mamá
Viola y Tommi cenan con la portera ya que Renato está en Bolzano. Mientras vuelven a su departamento, en el ascensor, discuten
sobre el uso del televisor. Pero enseguida, Viola, como si se tratara
de una broma, abraza y aprieta a Tommi, le hace cosquillas, le dice
que lo quiere y le pide que le de un besito. Tommi se resiste, pero
Viola –excitada por el contacto y la lucha, pero también por el placer de molestarlo– continúa forcejeando. Cuando salen del ascensor para entrar en el departamento y mientras Tommi busca la llave
debajo de una maceta, Viola le dice que abra la puerta y disfruta
llamándolo esclavo. Oyen, entonces, que su madre los llama y allí,
en la escalera, está ella, esperándolos. Luego de un instante en que
la sorpresa los paraliza, la escuchan decir: “¿No van a venir a darle
un beso a vuestra madre?”. Viola y la mamá se abrazan; Tommi, reticente, se acerca y, por fin, se abraza él también con su madre que,
inquieta, angustiada y llorosa, los aprieta y les dice que su corazón
se rompía sin ellos.
154
Luis Chiozza
Ya dentro del departamento, los tres juntos, sentados, esperan
con angustia la llegada de papá. Cuando Renato llega, Viola le dice
que hay una sorpresa. “¿Una sorpresa? –pregunta él– ¿Qué hicieron, limpiaron la casa?”. “Papá”, dice angustiado Tommi, que se
ha quedado con su madre, agarrados de la mano. Ella pronuncia
“hola” casi sin voz. Renato la mira, sorprendido, atónito, sin saber
qué decir, mientras ella dice en un tono de súplica: “¿Podemos hablar?”. Renato camina, les da la espalda y, de pronto, se vuelve y
le grita: “¡Fuera!”. “¿Te puedo hablar?”, dice ella. “¡Fuera!”, repite,
más fuerte, desaforado. “Te ruego, no me eches, por favor”, insiste
ella llorosa. Tommi los mira a ambos, alternativamente. Viola se
acerca a su madre diciéndole: “No llores. –y le ruega a Renato–
Papá, mamá ha vuelto, no seas malo”. “Ve a tu cuarto con tu hermano. ¡Por Dios!”, le grita Renato. Y a su mujer le dice, haciendo
un esfuerzo por bajar la voz y respirando fuerte: “Stefania, te doy
tres segundos para salir de esta casa, ¡fuera!”. Tommi ya se ha encaminado hacia el cuarto, Viola lo sigue mientras mira angustiada lo
que está sucediendo. Stefania se dirige cabizbaja hacia la puerta que
ha permanecido abierta y, llegando a ella, se vuelve hacia él, se acerca y le dice: “Quiero quedarme con ustedes”. Renato, desesperado
tal vez porque siente el deseo de abrazar a Stefania, le grita: “¡No me
toques! ¡No me toques! ¡Fuera!”. Ella llora, los hijos miran azorados
y angustiados. Renato grita: “¡Puta! ¡Maldita puta!”. Stefania llora:
“Quiero quedarme con ustedes, quiero estar con mis bebés”. Renato continúa gritándole a una Stefania arrodillada que se abraza a
las piernas de él. “Me estás arruinado la vida –exclama, y luego, casi
como si le estuviera explicando a una testaruda que no entiende,
agrega– nos arruinas la vida a todos”. “He cambiado”, dice ella.
“¡Basta de mentiras! –grita él– ¡Fuera! ¡Niños, a su cuarto!”. Stefania
llora, acurrucada en el suelo: “No puedo vivir sin ustedes”. Renato
la agarra y la arrastra hacia sus hijos: “¿No puedes? Díselo en la cara,
diles en la cara dónde fuiste. Míralos y diles dónde vas cada vez que
desapareces. Diles que prefieres a la primera mierda que pasa con
dinero antes que a un pobre como tu marido. Diles, maldita puta,
¿Por qué nos equivocamos?
155
que me arruinaste la vida”. “Papá, ¡basta!”, dice angustiada Viola.
“No es cierto Viola”, dice Stefania. “¡A su cuarto, les dije!”, vuelve
a gritar Renato. Y esta vez, los niños se van mientras él, como si
hablara para sí mismo, dice: “Maldita puta calentona”. Cierra la
puerta del cuarto de sus hijos diciéndoles –ahora sin gritar–: “A la
cama, pónganse el pijama”. Stefania continúa llorando en el suelo.
Dentro del cuarto, Tommi abraza a Viola que llora.
Más tarde, cuando ya Viola y Tommi se han dormido abrazados
en la misma cama, Renato los despierta cariñosamente: “Vístanse y
vengan a la cocina, debemos decidir algo”. Allí está Stefania, todavía
inquieta, pero mucho más calmada. Viola corre hacia ella, se abrazan
y se besan; Tommi camina lentamente desde la puerta. Se sientan
todos en torno a la mesa, y Renato comienza el discurso. “Ayer a
la noche, finalmente, decidí hablar con vuestra madre. Le he dado,
–dice enfáticamente y pronunciando lentamente las palabras– he
decidido darle una posibilidad todavía de explicarse, aunque ya esto
ha sucedido demasiadas veces. No sé siquiera por qué lo he decidido. Tal vez, es que quiero saber qué pasa por su podrida cabeza.
Entendí que hay tanta confusión en su mente, que probablemente
la única que aquí necesita ayuda es ella, no nosotros. ¿No? ¿Estás
de acuerdo? ¡Habla! ¡Estás de acuerdo! Dilo, Stefania”. “Sí”, dice
ella llorando, obediente, asintiendo con la cabeza. Renato continúa:
“Ahora quiero que tú digas de-lan-te de e-llos –recalca silabeando
las palabras– si estás segura de querer ser madre de nuevo, si estás
segura de volver, en vez de ir por ahí, a dar vueltas, como siempre
has hecho”. “Estoy segura, –dice Stefania llorosa– estoy segura, perdónenme, me equivoqué, me equivoqué tanto, lo sé, perdónenme
por haberlos lastimado, perdóname Renato, te lo ruego”. “Stefania,
–dice admonitorio Renato– yo me he roto todo, y lo he hecho por
ellos”. Stefania asiente con la cabeza. “Entonces, niños, –continúa
solemnemente Renato– yo creo que es sincera. Ya ustedes son lo
suficientemente grandes para participar en la decisión. ¿Quieren
que vuestra madre vuelva o preferimos abandonarla a sí misma?”.
“Déjala volver por favor”, dice Viola llorando. “Gracias, tesoro”,
156
Luis Chiozza
responde Stefania mientras la besa. Renato se dirige a Tommi, que
está en silencio. “¿Tommi?”, pregunta. Stefania interviene: “¿No
quieres que mamá se ocupe de ti? ¿Qué te haga el desayuno por la
mañana y te lleve a la escuela, tesoro”. Tommi dice simplemente
“sí”, y Stefania agrega: “¿Sí? Ven aquí, –lo abraza y lo besa– gracias,
gracias tesoro, dame la mano. Gracias. Gracias Renato”. “Dios nos
ayude”, responde Renato ya calmado. “Me voy a dar un baño y luego
les preparo el desayuno”, dice Stefania enjugándose las lágrimas. Y
se va con Viola que señala: “Hoy nada de escuela. ¿No?”. Renato se
dirige a Tommi: “Hoy puedes faltar a natación”. Tommi, que había
quedado en silencio, le responde preocupado: “Igual, volverá a irse”.
Renato se levanta: “Me voy a trabajar. Luego hablaremos”.
La vida continúa
Tommi va a la escuela y a la clase de natación. En el trayecto,
camina por el lado de afuera de un puente, sobre una autorruta,
en una situación peligrosa. A la clase de natación llega antes, da la
impresión de que se siente aburrido y sin saber qué hacer. Esa noche, cenan los cuatro en la mesa familiar. Renato pregunta: “¿Fuiste
a natación?”. Tommi dice que sí y que necesitará 60 euros para la
visita al médico deportivo. “Todos los años la misma historia –dice
Renato– ¿Cuándo es?”. “El 14”, contesta Tommi. Stefania, sonriendo ansiosa, interviene: “Lo llevaré yo. –y mientras le acaricia la
cabeza, añade– ¿Quieres ir con mamá?”. Enseguida, dirigiéndose a
Renato comenta, seductora: “Viola me contó que en tu trabajo hay
muchas novedades, ¿es cierto?”. “Sí, –responde Renato y, dándose
aires, agrega– Ahora trabajo solo, he comprado todo el equipo nuevo. He mantenido una pequeña conversación con el banco”. “¿No
trabajas más con ellos?”, dice Stefania. “No, los dejé a todos. Es un
riesgo calculado. Tengo proyectos importantes. Mañana concreto
un trabajo grande. Todo va bien”, responde él. Stefania sonríe y,
mirando a Viola y a Tommi –que está serio e incómodo–, aprueba
lo que dice Renato abriendo los ojos.
¿Por qué nos equivocamos?
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Al día siguiente, en la escuela, Tommi se sienta al lado del compañero que llaman el mudo y, cuando su amigo le dice: “Siéntate
aquí, que está libre”, él le responde: “¿Estoy aquí, no ves?”. Más
tarde, llega a la casa de Antonio que estaba terminando de darle un
masaje en el cuello a su madre, quien sonríe y saluda cariñosamente
a Tommi. Antonio, una vez a solas, le pregunta a su amigo sobre la
señora rubia que el día anterior había visto en la escalera con Viola.
“Mi madre”, responde Tommi. “Yo pensaba que vivías sólo con tu
hermana y con tu padre”, comenta Antonio. “Ella va y viene”, dice
Tommi. “¿Cómo va y viene?”, pregunta extrañado Antonio. “Va y
viene”, repite Tommi sin agregar nada más.
Más tarde, desnudo, Tommi mira en el baño un corpiño que
ha dejado su madre y encuentra –dentro de una pequeña bolsa de
tela– una cánula de irrigación vaginal. Cuando se introduce en la
bañadera, su madre entra de pronto sonriendo: “Acá estoy, lista
para lavar a este niñito”. “Puedo hacerlo solo”, dice Tommi. “¿Por
qué solo, tesoro? Ahora, está mamá. –decide ella, mientras se sienta
en el borde de la bañera y le acaricia la cabeza– Te lavaré la espalda,
inclínate. ¿Por qué te avergüenzas? ¿Ocultas tu pitito? Este pitito lo
hice yo. Es mío”. “Basta, –dice Tommi, se levanta y sale de la bañera– voy a hacer la tarea”. “Viola tiene razón, –agrega Stefania– eres
terco. ¿Me dejas así?”.
Otra vez en la escuela, Tommi escucha atentamente a una compañera que realiza en clase una disertación sobre la cópula de los peces
espada, cuyos machos se hacen atrapar por los pescadores que han
pescado a la hembra porque, enamorados, quieren permanecer junto a
ella. Los orangutanes, en cambio, se enamoran sólo para reproducirse,
porque luego prefieren quedarse solos, mientras que el hombre y la
mujer son los únicos que temen acercarse entre sí porque son tímidos.
Por la tarde, Tommi vuelve a su casa y Renato le reprocha que esté
demasiado tiempo en la casa de Antonio. “Tu mamá acaba de volver,
–le dice– quédate un poco con ella, demuéstrale un poco de afecto.
La unión de esta familia depende también de ti. El sábado trabajaré
en un lindo lugar, iremos todos. ¿Nos honrarás con tu presencia?”.
158
Luis Chiozza
El nuevo trabajo de Renato
Ha llegado el sábado, Renato está con su familia en el lugar de la
filmación de un comercial. “Hagamos el epílogo por última vez, que
es tarde. –dice el director– Partimos del automóvil que se va, pasa
al camello, lo seguimos un poco más hasta que sale del cuadro. Eso
es todo. ¡Listos, silencio!”. “Una sugerencia, –interviene Renato– yo
empezaría por el hocico del animal, que es simpático, y después enfocaría el auto”. “No, –responde categórico el director– partimos del
auto, lo seguimos, vemos el camello, pero empezamos con el auto”.
“Sí, he comprendido –insiste Renato– pero hagamos una pequeña
toma del camello y luego seguimos con el auto. Si luego no te gusta,
lo cortas”. “¡No! El camello es muy simpático, pero no nos sirve, nos
sirve el automóvil”, vuelve a decir el director. La familia de Renato
mira. Stefania parece preocupada. Renato se acerca y pide que le
alcancen algo para beber. Tommi pregunta si puede dar una vuelta
en camello. Viola dice: “Papá, estás genial”. Renato comenta a media
voz: “El director no sabe nada”. El rodaje recomienza y Renato se dirige directamente al camello. “¿Y la toma que habíamos decidido?”,
dice el director. “Mira el hocico de este animal, es hermosísimo,
probemos esta toma”, insiste Renato. “Ya sabemos que te gusta el
camello, pero necesitamos el automóvil. ¡El automóvil!”, repite el
director. “Mira lo que es el hocico del camello desde acá. ¡Hagámoslo! –sigue Renato– Si no te gusta, lo cortamos”. “¡No nos interesa
el camello, ya lo aclaramos! ¡El auto! ¿Me explico? ¡Filma el maldito
automóvil!”, grita el director. “¡Calma, eh, ya entendí! –dice enojado
Renato– ¿Qué, me tengo que enojar ahora? ¡Respeta a las personas
que trabajan para ti!”. Y agrega, condescendiente: “¡Bien, hagámoslo!
Bueno, el auto”. El director, estupefacto, pregunta: “Pero éste, ¿quién
es?”. “Renato Benetti, camarógrafo”, le contestan. “Señor Renato
Benetti, nos está haciendo perder tiempo que cuesta caro, porque yo
le pido una cosa y usted insiste con el camello. Resolvámoslo. –continúa el director, y enseguida pregunta– ¿Qué pasa con la cámara?”.
“Que se va”, dice Renato y, efectivamente, se va.
¿Por qué nos equivocamos?
159
En el auto, de regreso con la familia, Renato golpea con las manos el volante, enojado. “Paremos a tomar algo. –y luego, mirando
el teléfono celular agrega– Ya me pedirán que regrese, me rogaran
que vuelva, porque no encontrarán otro. Si me piden perdón, quizá
regrese”. “¿Por qué era tan idiota?”, pregunta Viola. “No quería filmar el camello”, contesta Tommi. “Porque piensan que todos están
dispuestos a dejarse atropellar como sirvientes. Y yo, ¡no! Renato
Benetti, ¡no!”, exclama. El teléfono de Stefania en ese momento
suena, Renato la mira. “Hola –dice ella– No, adivina. ¿Qué dices?
No. No, no, aún no lo sé. Ahora no puedo hablar, te llamaré mañana. Chau”. “¿Quién era?”, pregunta Renato. Ella responde que era
Livia. “¿Aún se hablan?”, agrega él. “Es nuestra vecina, nos vimos
en el supermercado”, comenta la mujer. “¿En el supermercado?, ya
veo”, concluye Renato.
En la mesa del restaurante donde se detuvieron, Renato vuelve
a mirar su teléfono y exclama: “Ya esperé bastante. Se acabó. Si
me dan problemas, iré directamente al sindicato. Idiota”. “No te
preocupes, hiciste lo que tenías que hacer, tuvo suerte de que no le
pegaras. Todo está bien”, dice Stefania mientras le pone, cariñosa,
una mano en la nuca y lo besa sonriente varias veces. Renato dice:
“¡Qué sitio bonito!”. Stefania asiente y él, enseguida, llama a la
encargada: “Señora, ¿hay lugar en el hotel?”. “Sí, ¿quiere dos habitaciones juntas?”, le contestan. “Perfecto, nos quedamos”, decide
él. Stefania sonríe complacida. Viola se entusiasma: “¿A dormir?,
genial”. Tommi pregunta si pueden ir a la playa y Renato asiente:
“Vayan, ahora vamos”.
Ya en la habitación, Tommi se fija en la tarifa y calcula: “Setenta
euros ésta y setenta la de papá, son 140 euros las dos”. Viola sale del
baño con una toalla en la cabeza, sosteniendo otra con una mano alrededor de su cuerpo desnudo, espía por la cerradura de la puerta que
comunica ambos cuartos: “No veo nada –dice con una sonrisa pícara–
¿Qué te parece, qué estarán haciendo?”. “Durmiendo”, contesta Tommi. “O haciendo el amor, tonto”, se burla ella. “Hagamos un juego”,
añade. “¿Qué juego?”, pregunta él. “Tan, tan”, dice Viola, levantando
160
Luis Chiozza
una parte de la toalla y mostrándole una pierna hasta la parte superior
del muslo. “No molestes”, responde Tommi fastidiado.
El amor de Tommi
Tommi está con su madre en el consultorio del médico deportivo. Éste, mientras le mira las conjuntivas oculares, envía un piropo indirecto a Stefania: “Qué bellos ojos que tiene este jovencito,
como los de la madre”. Ella permanece en silencio. Luego, el médico pregunta: “¿Enfermedades de la infancia: paperas, varicela?”.
Stefania no sabe qué contestar. Finalmente, dice que varicela no,
pero Tommi corrige: “Sí, la tuve, pero tú no estabas. Me quedó
esta cicatriz por rascarme”. Stefania insiste: “Estaba, no lo recordé,
pero estaba”. Esa noche Tommi sueña. La ve a su madre con un
abrigo de tela caminando en un valle nevado. De pronto, se vuelve
y con una sonrisa seductora le dice: “Ven”. Entran en un cuarto,
en penumbras. Tommi se acerca excitado a su madre desnuda y le
besa los pechos mientras ella gime placenteramente con la respiración entrecortada. Tommi se despierta angustiado. Busca en la
heladera algo para tomar. No ha visto, en la oscuridad, a su madre
sentada en la mesa de la cocina, quien de pronto le dice: “Tommi,
¿te asustaste?”. “Un poco”, reconoce Tommi. Su madre explica que
tenía hambre y Tommi le pregunta por qué no ha comido en la
cena. Stefania, sorpresivamente, le habla angustiada, en voz baja,
con palabras rápidas y con la respiración entrecortada: “¿Ya no me
quieres, no es cierto? ¿Por qué no me amas? Yo quise llevarte conmigo. ¿Y sabes qué dijo tu padre? Que si lo intentaba me dispararía
en la boca. Eso me dijo. No me juzgues. Cuando me embaracé
era una nena. Un bebé tras el otro, me sentía una vaca. No quería descargar todo sobre Renato. No puedes dormir, ven, ven con
mamá”. Tommi se acerca y Stefania continúa: “¿Sabes qué es lo
importante? Que ahora estoy aquí y no me iré nunca más. No los
dejaré más.”. “¿Te duele la cabeza?”, pregunta Tommi. Su mamá le
contesta: “Como siempre, soy un poco frágil, como dice Renato”.
¿Por qué nos equivocamos?
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Tommi, seguramente porque recuerda la escena entre Antonio y su
madre, le propone: “¿Quieres que te haga un masaje?”. “¿De veras,
me darás un masaje? –se sorprende Stefania y, besándolo, agrega–
Sí, dame”.
Al día siguiente, en la escuela, el portero interrumpe la clase
para decir que estaba la mamá de Benetti. Stefania entra, preciosa,
y pregunta si puede llevarse a Tommi. La maestra pregunta si ha sucedido algo. Ella le responde que necesita llevárselo, que ha estado
afuera durante mucho tiempo. La maestra le recuerda que el jueves
habrá reunión de padres y que en ese momento podrán conversar. Stefania asiente de manera solícita, pero se ve claramente que
no está en su deseo concurrir: “¿Entonces, puedo llevarlo? ¿Debo
firmar algo?” pregunta. Antes de salir con Tommi, Stefania le ha
dicho a una compañerita, Mónica –la misma que había disertado
sobre el amor en la clase de biología–, que era muy hermosa y le ha
dejado dulces para que reparta con sus compañeros. La clase está
alborotada, y se ve con claridad que todos envidian a Tommi, cuya
madre tan bonita, cariñosa y sonriente, lo viene a buscar, entusiasmada. “¿Qué sucede?”, pregunta Tommi cuando ya están afuera.
“Te secuestro para que pasemos un día solos –explica Stefania– ¿Te
gusta?”. Tommi responde que sí, mientras su madre lo besa en la
cara sosteniendo su cabeza con ambas manos. En ese paseo, que se
realiza con una Stefania eufórica y en una atmósfera de complicidad –porque se lo ha llevado de la escuela y le dará permiso para
faltar a natación–, Tommi disfruta la excitación de la montaña rusa
y también sonríe, con un aire entre tierno y condescendiente, cuando ve a su madre excitada y artificialmente contenta arrojándoles
trocitos de comida a los patos del lago.
Otra vez en la escuela, en la clase de cerámica, Mónica le pregunta si hay alguien trabajando a su lado. Tommi, asombrado, le
dice que no y ella se queda con él. Está haciendo un hermoso recipiente de flores secas, para perfumar la casa. Tommi no sabe qué
hacer con el pedazo de barro que tiene en las manos. “Eres muy
bueno, sentándote al lado de Claudio”, comenta Mónica; él, un
162
Luis Chiozza
tanto embarazado y encogiéndose de hombros, pretende explicar
que lo hace porque le resulta simpático. En ese momento, los compañeros de alrededor se burlan diciendo que Tommi y Mónica son
novios. Mónica dice: “Son tontos, tú eres más maduro, –y enseguida agrega– ¿Eres tímido?”. Tommi, sin saber qué decir, contesta
que no. Mónica le pregunta si puede hacer algo y, agregando un
trocito de barro al que tiene en las manos él, logra que se parezca
a un delfín. En el recreo, cuando todos han salido, Tommi escribe,
con letras mayúsculas y subrayadas, “te amo” en un pedazo de papel
que esconde, dentro de un cuaderno, en la mochila de Mónica.
La exposición de pintura
Stefania está en la cama con Viola y Tommi que la abrazan, y les
cuenta: “Yo pujaba, pujaba, y tú no querías salir. Yo gritaba como
loca”. “Contigo, en cambio, no sentí nada –le dice a Tommi– ¿Sabes
qué hiciste en cuanto saliste de la panza? Orinaste en la cara a la
enfermera”. “¡Qué puntería!”, comenta Tommi sonriendo. Suena el
teléfono y Stefania atiende: “Sí, hola. Les estaba contando a mis hijos
acerca de cuando nacieron. No puedo, estoy con ellos, se aburrirían”.
“¿Dónde?”, pregunta enseguida Viola. “Lo pensaré, en todo caso te
llamo”, continúa Stefania. “¿Quién era?”, sigue preguntando Viola.
Su madre contesta que era Livia. “Quiero ir mamá. ¿Qué es?”, exclama, y Stefania explica que se trata de una exposición de pintura.
“Dale, mamá, a mí me gusta una exposición de pintura, vamos, por
favor”, insiste Viola. Stefania habla por teléfono con Renato, mientras fuma nerviosa, para enterarlo de la invitación de Livia. Le explica
que los chicos quieren ir y que estará de vuelta a las seis. Implícitamente le está pidiendo permiso, y por la conversación se sobrentiende
que Renato le habla “desde arriba” diciéndole paternalmente que le
vendrá bien salir un poco. Se llevan con ellos a Antonio y, ya en la
exposición, se encuentran con Livia que organiza la muestra y que le
reprocha: “Nunca vienes, debería golpearte, mira lo linda que eres”.
Livia sugiere a los chicos que se sirvan algo del buffet e introduce a
¿Por qué nos equivocamos?
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Stefania entre sus amistades. Tommi, luego de un primer momento
en el que observa los cuadros, busca con la mirada a su madre y la
ve conversando con un señor elegante. Cuando salen, ya en la calle,
Antonio y Tommi caminan unos pasos detrás de Viola, Livia, Stefania y el señor elegante, amigo de Livia. Antonio le está diciendo
que le comprarán un perro y que hay otros cachorros, de modo que
le pregunta si no quiere uno. Tommi, que mientras lo escucha está
atento a la conversación que el amigo de Livia sostiene con Stefania,
le contesta que sólo eso les faltaba. Livia se va con su amigo. Antonio
le alcanza a Stefanía un papel que ha encontrado debajo del limpiaparabrisas del auto, diciéndole: “Te hicieron una multa”. “Tírala
–dice ella– igual no la pagaré”. En el viaje de regreso, Viola comenta
lo simpáticos que eran todos. Stefania agrega que eran fanáticos y,
cuando Viola pregunta por qué, agrega meneando la cabeza: “No sé”.
Tommi interviene: “Ése tiene un montón de dinero”.
La casa a oscuras
Unos días después, Tommi camina haciendo equilibrio por el
borde del techo del condominio y desde allí, con los prismáticos,
observa una ventana de su propia casa. En ella, Stefania, vestida
con un deshabillé de toalla y fumando nerviosa, niega con la cabeza, gesticula con una mano como quien señala una evidencia, se
muerde los dedos y mira sobre su hombro en una actitud furtiva.
Más tarde, mientras Stefania está lavando una taza en la pileta de
la cocina, Tommi y Viola bailan al son de una música rítmica tomados de ambas manos. En ese momento, entra Renato moviendo
sus caderas con el mismo ritmo y la abraza a Stefania por detrás,
en una actitud erótica. Stefania sonríe y lo rechaza amablemente,
diciéndole con suavidad que la deje. Enseguida, llama: “Niños, a
la mesa, ya está la comida”. Se sientan. Renato sigue tarareando y
pregunta cuándo será el torneo.
Antes del día de la competencia, Renato presencia una sesión
de entrenamiento de Tommi y le toma el tiempo. Luego, cuando
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Luis Chiozza
van en el auto a buscar a Viola que sale de la clase de danza, lleno
de aspavientos le dice a Tommi que tiene una brazada maravillosa,
que en el torneo los aplastará a todos, que los otros no tienen ninguna posibilidad. Llega Viola y la recibe diciéndole que es la alegría
de su papá, y le pregunta por lo que ha hecho en clase, utilizando
términos de danza de un modo fanfarrón. Cuando bajan del auto,
Tommi ve desde el patio y con angustia que las ventanas del departamento están a oscuras. En el ascensor, Renato canturrea y Viola
informa que tiene hambre. Renato añade: “Ahora comerás. Hoy
en el trabajo me congelé, me tuvieron ahí parado como un idiota”.
Tommi comenta, mirando hacia el suelo: “Las luces de casa están
apagadas”. “¿Qué luces?”, dice Renato y Tommi repite exactamente
lo mismo. “Las luces de casa están apagadas”. Su padre, que se ha
puesto serio, pregunta: “¿Lo viste desde abajo?”. Los tres entran en
silencio, en la casa a oscuras. Por la mañana, Renato permanece en
silencio, pensativo, sentado en una silla de la cocina, mientras toma
un té. Tommi entra a la cocina y le dice que se va. Renato lo llama
y le pregunta: “Ven aquí, ¿cómo has dormido esta noche? ¿Seguro
que quieres ir a la escuela? Viola duerme, acuéstate en mi cama”.
“Esta bien papá, me voy”, responde Tommi. “Adiós pequeño, nos
vemos esta noche”, agrega el padre.
En la escuela y durante la clase, Tommi mira a Mónica quien,
al abrir el cuaderno, se encuentra la nota anónima que le ha dejado
él. Ella, en un banco de la primera fila, la lee y mira hacia atrás, y
también lo mira a Tommi que se hace el desentendido. La nota va
pasando de banco en banco y, finalmente, llega el recreo. Tommi
está pensativo en el baño y sus compañeros lo vienen a buscar diciéndole que Mónica lo espera porque quiere hablarle. “¿A mí?”,
dice Tommi haciéndose el tonto. “Sí, por la nota. –explican ellos–
Está muy enojada”. Las chicas comentan: “La escribió en la clase
de cerámica”, y los dejan enseguida solos. Tommi pregunta: “¿Me
buscabas?”. “Sí –dice Mónica– estoy un poco mal, por el anónimo
¿Cómo podía saber que lo habías escrito tú?”. “¿Qué nota?”, pregunta Tommi. “¿Cómo que nota?, ésta”, señala Mónica, mientras
¿Por qué nos equivocamos?
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se la da. Tommi la mira y dice que no es de él. “¿No es tuya? ¿No
la escribiste tú?”, exclama ella. “Yo no la escribí”, insiste él. “Me
dijeron que fuiste tú, –explica Mónica– pero quizá mienten. Incluso abrieron mi mochila”. Tommi se encoje de hombros. “Bueno,
chau”, dice y se va.
Tommi tiene que ser un hombre
Tommi lo lleva a Antonio a “su refugio” en el techo, y se acerca
al borde del tejado. Antonio mira hacia abajo y se asusta: “Estás
loco. Si mis padres se enteran, estamos perdidos”. “No les digas
nada”, argumenta Tommi. Luego, ya en la cocina de su departamento, otra vez sin mamá, con su padre y con Viola, preparan la
comida y vuelven los comentarios desaforados de Renato: “¿Qué es
esta mugre? ¿Qué es esta mugre? –repite a grito pelado– ¿Quieren
matarme? ¡No soy vuestro esclavo! ¡No soy vuestra mucama! ¿Qué
hace toda esta mierda en el suelo? Yo limpio y ustedes, de vez en
cuando, ¿lavan los platos? ¡No queridos! ¡Así no va! ¡Así no va! ¡Ya
me han jodido mucho en la vida! ¡Todos! ¿Ahora quieren joderme
ustedes? ¡Adelante!”. “Perdón papá, la próxima vez seremos más
ordenados”, exclama Viola llorosa. Renato, con la respiración entrecortada continúa: “Hace dos horas que te dije que limpiaras este
desastre”. Tommi, en ese momento, saca afuera la basura y, poco
después, Viola le dice que ha convencido a su padre para salir a correr. “No, me voy al cine con Antonio”, contesta Tommi. Renato,
mientras se cambia de ropa, comenta todavía enojado: “¿Vamos?”.
“Vamos nosotros, él no quiere venir”, dice Viola. “Tenemos que
estar juntos, Tommi, prepárate, dale”, añade Renato.
Ya en el parque, Viola y Renato, en jogging, hablan y se abrazan.
Tommi los mira a varios metros de distancia, desde el auto donde se
ha quedado. Renato viene a buscarlo, decidido, y le grita que baje
del auto. Viola interviene: “Papá, ¿qué te importa?”; pero Renato
continúa: “No te quedes ahí, como un idiota. Corre. A ver si te puedo
convertir en un hombre. ¡Corre, corre!”, dice, empujándolo mientras
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Luis Chiozza
corre detrás de él. La persecución a Tommi prosigue en la clase de natación siguiente, en donde Renato, desde afuera, detrás de los vidrios
que rodean la piscina, gesticula indicándole cómo debe nadar.
Llega el día del torneo, y el padre le prepara el desayuno. Té,
porque la leche es pesada, y un huevo que le dará fuerza. La conversación de Renato gira en torno de que Tommi es uno de los
favoritos y que en esta ocasión finalmente le ganará a todos. “¿Qué
dices?”, le pregunta por fin. Tommi sonríe con embarazo, sin saber
qué decir. “El otro día estaba pensando, –continúa Renato– ¿qué
hago con una mujer así? –y meneando la cabeza agrega– Siempre
quiere más. Es absurdo. ¿Te das cuenta de lo que ha hecho? Llora,
vuelve de rodillas, ruega, se retuerce como un gusano en el suelo, he
cambiado, he cambiado. ¿Qué cambió? ¿Qué cambió? Te lo cuento
porque ya eres grande y puedes entender. Igual, siempre me he
recuperado en mi vida”. Tommi mira preocupado, en silencio. El
padre absorbe ruidosamente el aire por la nariz y dice: “Come, la
miel te dará energía”.
Ya en el gimnasio, le da las últimas instrucciones a Tommi acerca de cómo deberá zambullirse al iniciar la competición. Sorpresivamente, Tommi, angustiado, abandona en la mitad de la carrera.
A la salida del gimnasio su padre lo está esperando en al auto. Ninguno de los dos habla. Por fin, Tommi rompe el silencio: “No me
gusta nadar”. Renato, furioso, dice: “No eres mi hijo. Mi hijo no
hace una cosa así. Desde hoy puedes hacer lo que quieras”. “Quiero abandonar”, dice Tommi “No me importa. –contesta Renato y
repite más fuerte– No me importa un carajo”.
La invitación de Antonio
Santini, el padre de Antonio, encuentra a Tommi sentado en la
escalera, con aspecto triste, y le pregunta por qué no ha llamado. Él
responde que estaba esperando un poco porque le parecía demasiado temprano para hacerlo. Antonio se ha ido a Nápoles con la madre, volverá a la noche; y a Santini se le ocurre que podrían ir juntos
¿Por qué nos equivocamos?
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a pescar. “Encontré a Tommi, solo, en la escalera –le comunica
Santini, por el portero eléctrico, a Renato– y le propuse ir a pescar,
si usted no tiene inconveniente. Lo traeré a la noche”. “Ninguno, –contesta Renato mientras Tommi observa preocupado– está
bien”. En el lago, Tommi y el padre de Antonio pasan juntos un
momento muy agradable. Santini, cariñoso, disfruta festejando lo
que Tommi ha logrado pescar y le ayuda a quitar el anzuelo de la
boca del pez. Tommi recuerda que Antonio come mucho y sugiere
que pesquen uno más. Esa noche comerán lo que han pescado,
junto con Antonio y su madre, en un clima de bienestar y alegría.
Durante la cena, surge la idea de invitar a Tommi –que nunca ha
esquiado– a esquiar en la nieve unos días con ellos durante las vacaciones de invierno. Esa misma noche, mientras Tommi, en la
cama, intenta dormir, escucha maldecir a su padre: “Vayan, vayan
a misa, hipócritas. Hace falta coraje para aceptar que somos sólo
carne muerta, carne en putrefacción. Un buen tiro uno de estos
días…y acabaremos con todo. Así estaré al fin, cara a cara con el
padre eterno. El todopoderoso. ¡Todopoderoso un carajo!”. “¿Qué
hora es?”, le pregunta Tommi a Viola. “Son las 5:10”, dice ella y
se levanta. Renato le pregunta, de mal humor, dónde está el saco
que debe ponerse y que no encuentra. Debe ir a Nápoles, donde
ha conseguido un trabajo. Le ha dejado a Viola cincuenta euros
para las clases de danza, el resto se lo dará cuando vuelva. “Dile a
ese medio proyecto de tu hermano –añade– que el dinero para la
pizza se lo gane él. Chau, vuélvete a la cama”. En la tarde de ese
mismo día, mientras Tommi, angustiado y aburrido, se entretiene
moviendo un muñequito, Viola le dice que le ha dejado comida y
que saldrá con su amiga Brunella. “¿Quieres venir? ¿Te quedarás
solo?”, le pregunta su hermana. Tommi asiente y Viola, irónica,
agrega: “Chau, precioso”.
Las cosas de Renato no van bien. Tommi lo escucha gritar por
teléfono: “Teníamos un acuerdo. Está cometiendo un error. Me
permito decirle… Me permito decirle que está cometiendo un error,
porque a otro como yo no lo encuentra. Yo… le llevo la cámara, y
168
Luis Chiozza
me llevo… Yo…. ¡Ah! Está bien…”. “¡Gracias!”, dice antes de colgar. Tommi se aproxima tímidamente, diciendo: “Papá”. Ambos se
miran un instante en silencio. Luego, Renato, serio, le habla con la
actitud de quien se acerca pasando por encima de lo que ha pasado
entre ellos: “Hola, ¿qué dices?”. Su hijo, haciendo un esfuerzo, habla de lo que ha venido a decirle: que Antonio lo invitó a esquiar.
Renato, sorprendido y disgustado, dice “¿Cómo?” Tommi, muy
angustiado, le pregunta “¿Puedo ir?”, y su padre, sin saber qué más
decir, agrega: “¿Cuándo?”, casi como si fuera una objeción. Tommi
le contesta: “Pasado mañana”. Renato lo mira entonces fijamente:
“¿Hablas en serio? –agrega ofendido e indignado y explota repitiendo a los gritos– ¿Hablas en serio? ¿Qué mierda quieres? Estamos
llenos de deudas, estamos a punto de perder la casa y ¿tú quieres ir
a esquiar?”. Tommi susurra: “Pagan ellos”. Pero Renato continúa:
“Pagan ellos, pero qué mierda dices”. Mientras fuera de sí golpea con
los puños en la puerta del placard gritando: “Maldito sea. Maldito
sea”. Tommi dice, angustiado, “Calma, papá”, pero Renato, desaforado, sigue: “¡Traidor! ¡Fuera de esta casa, hijo de puta! Vete con tu
amigo”. Lo zamarrea y lo empuja hasta la puerta. Tommi dice que
lo siente, pero Renato insiste “¡Fuera! ¡Fuera de esta casa!”, Cuando
su hijo, lentamente, sale, cierra con un portazo. Tommi se queda
allí, en la escalera, mirando la puerta. Luego, ya de noche, camina
lentamente por la calle sin saber qué hacer o dónde ir.
Líbero también está bien
Al día siguiente, toma un jugo y come unas papas fritas en un
bar, y luego va a la casa de su amigo para decirle que irá con ellos a
esquiar. Todos le expresan su alegría; y la madre de Antonio le propone cenar juntos y que se quede a dormir con ellos, ya que al día
siguiente saldrán muy temprano. Más tarde, Tommi se introduce
furtivamente en su casa, aprovechando que su hermana y su padre
han salido. Mientras, en la cocina, está comiendo un trozo de pan
con mermelada, oye llegar a Renato y lo ve sentarse en una silla
¿Por qué nos equivocamos?
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suspirando, abatido, tapándose la cara con las manos. Tommi se lleva un bolso con algunas cosas y se va sin ser visto. Luego, en el auto
con Antonio y sus padres, los escucha hacer planes en un clima de
paz, cordialidad y entusiasmo, acerca del viaje que emprenderán a
la mañana siguiente. Pondrán el despertador a las seis y desayunarán en la cama. Esa noche, mucho antes de las seis de la mañana,
Tommi se levanta y se viste en silencio. Sale de la casa de su amigo
y se introduce, utilizando una ventana, en la suya. Se acerca a la
cama de su padre, que duerme y lo llama. A la tercera vez que lo
hace, Renato se despierta y pregunta “¿Qué pasa? ¿Qué ha sucedido?”. “¿Estás bien papá?”, pregunta Tommi. Su padre lo mira,
llora y se abrazan. Luego dice: “Mi muchacho, –y agrega, bañado
en lágrimas, acariciándole la cabeza– no es nada, entiendes, no es
nada”. Tommi sonríe, un poco aliviado, pero todavía angustiado.
Renato, emocionado, continúa diciendo mientras lo besa varias veces en la mejilla: “Mi niño. Te quiero mucho, te quiero mucho”.
A la mañana siguiente, Renato –luego de preguntarse varias veces
dónde lo puso–, encuentra finalmente el papel para mostrarle a
Tommi. Le explica: “Fui ayer, es un bonito lugar, hay dos canchas.
Es aquí cerca, había muchos chicos. Todos tenían esas cosas, fosforescentes, amarillas”. “Pecheras”, aclara Tommi sonriendo, contento. “Por curiosidad, –pregunta Renato– ¿qué puesto te gusta?”.
“Mediocampista”, contesta Tommi. Renato reflexiona, serio: “A mí
me gusta líbero. Es un buen puesto”. “Líbero también está bien”,
afirma Tommi. Su padre sonríe. Tommi continúa: “Pero, será el
año próximo, este año ya pagamos la natación”.
En el colegio, Tommi y Mónica se miran. Poco después, Tommi
patea varias veces la pelota contra la pared, al lado de Claudio –el
mudo–, quien, sorpresivamente, la ataja y se la devuelve. Cuando
salen del colegio, se oye llamar: “Benetti”. Es el portero. Le entrega
a Tommi un pequeño paquete que su madre, Stefania, le ha dejado
en el colegio. Ya en la calle, Antonio, que está conversando con otro
compañero, le pregunta “¿Por qué no viniste a esquiar con nosotros?” y Tommi contesta: “Porque me sentí mal”. En el autobús,
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Luis Chiozza
mira el paquete que le dejó su madre y, por fin, lo abre sin romper
el moño. Es un portarretrato con una foto de su madre con él,
acompañado de una carta manuscrita cuya letra irregular, en parte
borroneada, hace pensar que fue escrita con angustia y que se mojó
con lágrimas. Stefania escribe: “Amor mío: no te olvides nunca que
tu madre estará siempre contigo. Eres el único hombrecito de mi
vida. Estoy demasiado mal, algún día te lo explicaré. Te amo tanto”.
Y Tommi, mientras se frota los ojos con el dorso de una mano, por
primera y única vez en esta historia, llora.
Los sinsabores de Tommi
Tommi es un niño reflexivo y sensato, “con los pies en la tierra”,
como suele decirse. Tal como lo expresa en palabras su compañerita
Mónica: no es como los demás. Es también un niño con un fondo
triste, que tiende a aislarse y que no tiene amigos, hasta que aparece
Antonio. Pero es Antonio, que carece de hermanos, el que lo busca
a él cuando, en el patio, está jugando solo. El conflicto que tiene
en la escuela durante el recreo, mientras juegan al fútbol –y que
termina también en que se queda solo–, nos conduce a pensar que,
además de triste, es un niño que se siente perjudicado por la vida,
víctima de una injusticia, y con un derecho a reclamar que no se
atreve a ejercer. Es probable que esto lo lleve a ofenderse y pelearse,
siguiendo un modelo similar al que opera en su padre. Podemos
pensar, además, a juzgar por la forma en que camina desaprensivamente por lugares peligrosos –como el techo del condominio en el
cual vive o el puente sobre la autoruta–, que en sus peores momentos su tristeza alcanza como para que Tommi juegue, inconscientemente, con una fantasía de suicidio.
Todo induce a pensar que los motivos que sostienen el estado
anímico de Tommi son tres: las rabietas de su padre que, frecuentemente, “se las agarra con él”; la ausencia de su madre y la preocupación que le causa verlo a Renato permanentemente desubicado y
sufriendo. Acerca de esta última cuestión, recordemos que Claudio
¿Por qué nos equivocamos?
171
–“el mudo”, a quien Tommi “ayuda” sentándose a su lado, y que
parece representar un aspecto de Tommi que él mismo reprime– se
enfermó después de ver a morir, repentinamente, a su padre. Freud
expresó una vez que él tenía la espalda acostumbrada a inclinarse ante
la realidad. Tommi parece ser un niño al cual estas palabras se aplican.
Pero, a pesar de la sensatez que lo inclina a ver las cosas como son,
muchas veces hace el esfuerzo –por amor– de ver las cosas como las
ve su padre, y algunas de esas veces, muy pocas, lo consigue. Como,
por ejemplo, cuando frente al amigo de Livia que su madre conoce
en la exposición de pintura, dice “ése tiene un montón de plata”.
Pero allí no terminan los sinsabores que envuelven la vida cotidiana de Tommi. Su hermana, que duerme con él en el mismo
cuarto, lo toca, lo aprieta, lo excita, lo seduce, le pide “un besito”, se
exhibe desnuda, lo burla, y cuando él se defiende, lo llama esclavo y
cobarde. Para colmo no sólo duermen los viernes con Renato, que
mientras les pregunta si no son un poco grandes para dormir con
papá, los acepta complacido en la misma cama. También, sucede
que cuando Stefania vuelve, Tommi encuentra en el baño la cánula
de la irrigación vaginal de su madre que, además, insiste en enjabonarle el pitito “que es de ella” y, cuando Tommi se escapa, le dice,
nada más ni nada menos: “¿Me dejas así? Tu hermana tiene razón,
eres terco”. Después, durante el sueño del que despierta angustiado,
Tommi se internará en una relación erótica con su madre en la cual
lo esencial consiste en que él le besa los pechos y en la intensa excitación de ambos. Y, cuando ya despierto y todavía atenazado por la
angustia se dirige a la cocina, se encuentra allí con ella, que tampoco
puede dormir y que le habla entonces con voz entrecortada por el
afecto –como en el sueño– de cosas que Tommi preferiría no oír.
Mi mamá va y viene
Cuando, en la primera parte de este libro, nos ocupamos de
las experiencias primitivas que dan origen al sentimiento de celos,
dijimos que el niño pequeño tiende a considerar como propio todo
172
Luis Chiozza
aquello que le produce placer, y como ajeno todo lo que le disgusta. Por este motivo el niño interpreta, en primera instancia, que el
pecho de la madre –una fuente inigualable de placer– le pertenece
hasta el punto de formar una parte de sí mismo, como lo son sus
manos y sus pies. Sin embargo, muy pronto, se verá enfrentado con
el hecho de que él no gobierna, ni domina ese pecho que se presenta y se ausenta de acuerdo con su propia voluntad. Esa experiencia
de que otro gobierne algo muy valioso que consideramos nuestro,
y que está en el origen del sentimiento de celos, es extremadamente
dolorosa, porque se siente como si se tratara de una mutilación que
nos arranca del cuerpo, algo que al mismo cuerpo pertenece. El hecho de que Tommi, hablando con Antonio, utilice –para referirse
a lo que hace su madre– la expresión “Va y viene”, seguramente
surgida porque el sufrimiento actual revive experiencias traumáticas de su vida infantil, nos muestra hasta qué punto Tommi hace el
esfuerzo de aferrarse a la realidad aunque le duela.
Pero no sólo Stefania “va y viene”. Tommi lucha para no sucumbir, como su padre, a la tentación de ilusionarse. Recordemos,
por ejemplo, que contempla incrédulo el discurso que hace Renato
para aceptar el regreso de Stefania a la casa, y que luego le dice que
ella se irá nuevamente. Así como se defiende de las fantasías maníacas de su padre, Tommi rechaza la seducción de su madre y de
su hermana. Pero, por lo menos en lo que respecta a su madre, hay
momentos en los cuales se afloja y se entrega al placer de abrazarse
con ella, como en la montaña rusa, donde fueron porque Stefanía
lo sacó del colegio como si lo hubiera “raptado” y le permitió, además, faltar a la clase de natación que Renato paga con sacrificio.
Renato oscila entre la manía que lo lleva a sentirse insustituible
y grandioso, la paranoia que lo conduce a sentirse víctima de la
mala suerte y de múltiples injusticias, y la melancolía que lo acerca
a la desesperación y a la idea del suicidio. Tommi, por un lado, se
siente traidor no sólo porque quiere abandonar la natación por el
fútbol, sino también porque quiere ir a esquiar con la familia de
Antonio con quienes se siente en un mundo normal. Por otro lado,
¿Por qué nos equivocamos?
173
aunque se apena y se angustia por lo que sufre Renato, quisiera huir
o, por lo menos, descansar un rato de la continua angustia que lo
tortura y de los reproches que vive en su casa.
Mónica
Repasemos, rápidamente, una secuencia de acontecimientos
que, durante un corto período, configuran la “vida erótica” de Tommi. Luego de haber huido del contacto con su madre en el baño,
escucha atentamente a su compañera Mónica –que diserta en el
colegio acerca de la cópula de los peces espada y de los orangutanes–
decir que los seres humanos son tímidos en lo que respecta al sexo.
Renato le dirá, muy poco después, que se quede un poco más con
su madre, que le demuestre un poco de afecto, ya que el bienestar
de la familia también depende de él. Dada la angustia que Tommi
tiene acerca de la posibilidad de que su madre en cualquier momento se vaya, y dado que también piensa que el padre es un motivo
insuficiente para retenerla, las palabras de Renato se incrustan en el
ánimo de Tommi haciéndolo sentir que debe hacerse cargo.
El sábado siguiente, durante la filmación fallida, Tommi deberá soportar la desubicación de toda la familia. Luego, en el hotel –donde se da cuenta de que su padre está gastando 140 euros
que no tiene–, Viola intenta excitarlo otra vez, mientras al mismo
tiempo dice que Renato y Stefania están seguramente “haciendo
el amor” en el cuarto de al lado. Poco después, ocurre el sueño
erótico de Tommi con su madre y las “confidencias” de Stefania
en la cocina, en mitad de la noche, que finalizan en el masaje que
Tommi le hará en el cuello. Al día siguiente, su mamá “lo raptará”
de la escuela, y él, entre confuso y orgulloso por el alboroto que ha
causado en la clase su madre tan bonita, se va con ella a la montaña
rusa. No cabe duda de que el episodio, que juega con la trasgresión
del “rapto” y de la doble rabona –ya que se fue del colegio y faltó a
la clase de natación–, une a la excitación placentera un componente
de culpa frente a un Renato traicionado.
174
Luis Chiozza
El episodio siguiente ocurre en la clase de cerámica, donde los
compañeros dicen que Mónica y Tommi son novios. Él entonces se
anima y deja un mensaje anónimo en la mochila de Mónica, donde
le dice, enfáticamente, “te amo”. ¿A qué se debe esta súbita, aunque tímida, declaración de amor? Podemos pensar que Tommi ha
incrementado sus deseos y sus fantasías eróticas gracias al reciente
encuentro con su madre, y que, a pesar de la culpa que puede darle
tener éxito en donde su padre “viene fracasando”, ese incremento
alcanzó para que Tommi se atreviera a enviar su mensaje de amor.
Todavía es anónimo. Si Mónica diera signos de estar complacida,
tal vez Tommi entonces se podría atrever.
Pero las cosas se complican. Stefania se aburre; aparecen, entonces, la exposición de pintura y el señor elegante con un montón de
dinero. Habla por teléfono, nerviosa, y luego se va dejando la casa a
oscuras. En la escuela, Tommi no se atreve a decirle a Mónica, que ya
lo sabe como lo saben todos, que el que le escribió “te amo” fue él.
Tommi está deprimido, su amigo Antonio se asusta cuando lo
ve caminar por el borde del techo. Todo ha vuelto atrás, otra vez sin
mamá. Debemos repetir aquí lo que ya hemos dicho en el capítulo
en que nos ocupamos de Meg. Cuando un niño es abandonado,
ante la magnitud de su pena, prefiere sentirse culpable antes que
sentirse impotente. De todos modos, sea por la culpa que debe ser
expiada, por la impotencia que anticipa un fracaso o, tal vez, por
una oscilación entre ambas, Tommi ha renunciado inútil y equivocadamente, a una Mónica que evidentemente lo quería. Tommi se
convierte así, con sus diez años, lleno de méritos y de buenos propósitos, en una víctima inconsciente de sus propios motivos.
¿Por qué nos conmueve este niño que lucha denodadamente
para mantenerse sano dentro de una familia enferma? Solemos hablar, a menudo, del niño que todos llevamos adentro, pero cuando
lo hacemos, la inmensa mayoría de la veces pensamos en el niño
débil o en el niño inmaduro que una vez fuimos y que todavía
habita –casi siempre escondido– nuestra vida psíquica. Pero, Tommi nos ha hecho pensar en otro niño, que también fuimos y que
¿Por qué nos equivocamos?
175
también nos habita. Un niño vital y sensato que siempre ha tratado
de poder entenderse –porque los ama– con “la familia enferma” de
los muchos otros personajes que somos.
El hombrecito
Tommi ama a su padre, a su madre, a su hermana Viola –a
quien abraza consolándola cuando ella llora porque sus padres pelean–, lo ama a Antonio y se ocupa de llevarle un pescado más.
Le alcanza también para ocuparse de Claudio quien, por fin, le
devuelve la pelota. A todos ellos los ama con interés genuino, porque no desconoce sus defectos y los ama como son. Sin embargo,
está deprimido porque todo se ha vuelto para atrás y, en su casa, las
cosas van de mal en peor. Le ha mentido a Mónica, pero se siente
mal, porque también la ama y se le ha convertido en un sueño que
no se puede alcanzar.
Algo dentro de él se ha quebrado y ya no puede nadar en el torneo que complace a su padre. Todo induce a pensar que no quiere,
que ya no puede querer complacerlo, porque ha comprendido que
no es sano complacer a su padre traicionando su propia vocación
deportiva y sosteniendo la mentira de que Tommi le dará a Renato
el mérito de una satisfacción grandiosa que Renato no se siente
capaz de lograr. Una gloria que, para colmo, constituye el objetivo espurio de una rivalidad enfermiza que Renato no buscaría, si
realmente la pudiera alcanzar. Todo induce a pensar, decíamos, que
Tommi ha comprendido esto. Pero no queremos afirmar que lo ha
pensado con palabras nítidas, sino que lo ha sentido, en bloque,
con convicción profunda, y por eso tolera, con pena y estoicamente, la furia de su padre y los improperios que le dice cuando Tommi
abandona el torneo.
Es más, aunque lo angustia escuchar por la noche a su padre
que amenaza con matarse, Tommi “sabe” que no debe someterse
a esa extorsión melancólica, y no ceja en su intento de irse, con
la familia de Antonio, a esquiar, a pesar de que su padre lo insulta
176
Luis Chiozza
y lo echa de la casa. Es un intento sano decíamos. Pero, Tommi
nos da una nueva prueba de su sensatez porque, a pesar de que
desea enormemente el descanso que le dará el contacto con una
familia “normal”, comprende que la “dosis” será excesiva para su
padre enfermo, y que él, amándolo como lo ama y sabiendo eso, ya
no podrá esquiar. Así, como si fuera el padre de su propio padre,
Tommi le dice que también el puesto de líbero está bien. Cuando,
regresando del colegio, Tommi se decide por fin a abrir el paquete
que le dejó su madre y lee la carta dirigida “al único hombrecito de
mi vida”, llora. Siente que, al contrario de lo que ha ocurrido con
Renato, él –“el hombrecito”– no tiene cómo ayudar a su madre,
“que está demasiado mal” y que se le ha perdido.
Capítulo X
A manera de epílogo
Lo malpensado que emocionalmente nos conforma
La frase “lo mal-pensado que emocionalmente nos con-forma”,
que utilizamos como subtítulo de este libro, adelanta la tesis de que
nos equivocamos porque pensamos mal y porque, además, confortados por alguna de las emociones que nos impregnan, vivimos
de acuerdo con esos pensamientos. Es una frase que “juega” con
la ambigüedad de significado que caracteriza a dos de las palabras
que en ella se utilizan. Decimos que algo nos conforma, para referirnos a que algo nos deja lo suficientemente satisfechos como
para aceptarlo, interrumpiendo la continuidad del deseo. Pero, es
también cierto que algo nos conforma cuando, con ese algo, adquirimos una distinta forma. Lo que pensamos mal, entonces, sustentado por una emoción que lo avala apagando el deseo, no sólo
queda protegido así de indagaciones ulteriores, sino que determina
los pensamientos y las emociones que prosiguen y, junto con eso,
nuestros actos, nuestras actitudes, nuestros hábitos, nuestro carácter y nuestro modo de relacionarnos con otros. En definitiva, le “da
forma” a nuestra vida, determina nuestra manera de vivir, que es lo
mismo que decir nuestro destino y, también, en parte, el destino
del mundo dentro del cual vivimos.
El otro término ambiguo, lo malpensado, no sólo significa escuetamente pensar mal, sino que, tal como lo consigna el diccionario, también se usa para designar a la persona que, frente a un
178
Luis Chiozza
hecho dudoso, se inclina a pensar mal. La importancia que ese término adquiere, en el contexto de este epílogo, es que suele usarse
diciendo que uno “es un malpensado”. Lo cual desplaza la significación desde la afirmación de que uno piensa mal, hacia el hecho
de que lo que ha sido mal pensado culmina en lo que uno es. No
se trata de una idea nueva. Hemos citado ya el libro de Lizcano Las
metáforas que nos piensan, y la frase de Bateson: “Las ideas que hoy
son yo, mañana pueden ser usted”. También podríamos mencionar
aquí lo que señala Ortega, cuando escribe que podemos discutir
nuestras ideas, mientras que, en nuestras creencias –que no son otra
cosa que las ideas que profundamente hemos asumido–, vivimos
instalados. Dawkins nos habla de los “memes”, que son ideas o, si
se quiere, unidades de información que habitan el mundo en que
vivimos, adueñándose de nuestro intelecto. Bhom ha dedicado un
seminario entero, que dio lugar al libro Thought as a System que
citamos en el capítulo primero, al desarrollo de este tema.
La idea no es nueva, decíamos. Pero, sin embargo, si se toma “en
serio” la afirmación de que la mayoría de las veces pensamos “por
contagio” y adquirimos las opiniones –que además trasmitimos– de
un modo significativamente similar a la manera en que adquirimos un resfrío, ese pensamiento contradice de tal modo nuestra
creencia habitual de que uno es el que piensa los pensamientos que
lo habitan, como para que el asunto merezca que dediquemos un
epílogo al intento de abordar esa cuestión con más detalle.
La evolución del pensamiento
Comencemos por decir, partiendo desde la teoría psicoanalítica, que la necesidad de remplazar lo que –como organismo– se
nos gasta en el vivir conduce a que busquemos encontrarnos con
aquello –lo que se dice un “objeto”– que puede satisfacer esa necesidad de alimento. Lo que nos guía en esa búsqueda es la memoria
de una anterior experiencia de satisfacción. Así, motivados por esa
necesidad, exploramos el mundo y comparamos los objetos que la
¿Por qué nos equivocamos?
179
percepción nos ofrece, con la huella mnémica del objeto buscado
que ha sido reactivada por la necesidad actual, configurando de ese
modo –como re-presentación– un recuerdo que constituye un deseo. Cuando sucede que el objeto que la percepción registra coincide
suficientemente con el que se conserva en la memoria, la búsqueda
cesa y los actos que se dirigen a satisfacer la necesidad se realizan.
Establecer la diferencia entre si existe o no existe esa coincidencia suficiente, es establecer un juicio, ya que un juicio es precisamente eso y nada más que eso, una sentencia que afirma que algo
es algo o niega que lo sea. Por este motivo, porque se trata de un
juicio, Freud dice que cuando la actividad dirigida a la satisfacción
de la necesidad se inicia y conduce a la satisfacción, es porque ha
ocurrido una “identidad de pensamiento” entre la imagen que arroja el recuerdo actual desde la memoria y la que arroja la percepción
desde la realidad presente. De modo que el proceso de establecer
diferencias se completa con el proceso de establecer identidades
con una aproximación suficiente.
Nuestro conocimiento del mundo va progresando de este modo,
constituyendo representaciones de las cosas mediante un conjunto
de atributos. Es claro que, para que esto sea posible, es necesario
además distinguir entre las dos imágenes, una que “viene” desde la
memoria y que llamamos recuerdo, y otra que “viene” de la realidad
presente y llamamos percepción. Freud sostiene que, a los fines de
esta distinción, es forzoso suponer que la conciencia tiene la facultad de otorgar a la segunda imagen los “signos de realidad objetiva”
que niega a la primera. El concepto “signos de realidad objetiva”,
como tantos otros conceptos de la ciencia (el de afinidad química
por ejemplo), se usa para designar la operación de un factor acerca
del cual nada sabemos, aunque podríamos tal vez conjeturar que lo
que caracteriza a los signos de realidad objetiva es el “órgano” del
cual provienen.
Sucede a veces, dice Freud, que la intensidad del recuerdo –creciendo por obra de la carencia que aumenta ante la ausencia del
objeto adecuado para su satisfacción– fuerza los signos de realidad
180
Luis Chiozza
objetiva, atribuyéndole a la imagen que proviene del recuerdo la
categoría de la presencia perceptiva. Ésto pone en marcha la actividad destinada a satisfacer la necesidad que, en ese caso, es inútil porque la presencia del objeto es ficticia. La identidad entre la
imagen recordada y una especie de duplicado suyo, alucinado, que
se interpreta erróneamente como si fuera un producto de la percepción, constituye el fenómeno que Freud denomina “identidad
de percepción”, para diferenciarlo de la identidad de pensamiento
que permite satisfacer de manera adecuada la necesidad. Durante
la identidad de percepción, que es una identidad “abusiva”, el deseo
momentáneamente se apaga, pero debido a la persistencia de la
necesidad insatisfecha, renacerá prontamente con una perentoriedad mayor. Es lo que sucede cuando un niño, ante la ausencia del
pecho, termina redoblando su llanto luego de un tiempo en que se
ha calmado succionando “en el aire” sus mejillas o su dedo pulgar.
Encontramos en el fenómeno que Freud describe como identidad de pensamiento, los orígenes de la necesidad de pensar. El
pensamiento nace, pues, de una carencia y no sólo autoriza o inhibe
la iniciación de la conducta que procura la satisfacción, sino que
“muy pronto” evoluciona hacia constituirse en un ensayo “mental”,
pre-meditado, de la acción, que en algunas circunstancias debe ser
ajustada previamente a los fines de satisfacer eficazmente la necesidad. Comprenderlo de este modo nos conduce a la necesidad de asumir otras ideas. Veremos pronto que con la palabra “pensamiento”
designamos habitantes de la mente que difieren y que es conveniente
distinguir. El pensar al cual nos referimos cuando hablamos de identidad de pensamiento es, en cambio, una actividad específica que
construye juicios. Los juicios, limitados a la posibilidad “binaria”
de afirmar o negar, establecen diferencias con el ánimo de “afinar”
identidades; de modo que el pensar es, desde sus mismos orígenes
en la necesidad de satisfacer adecuadamente una carencia, pensar racionalmente acerca de la realidad, ya que las diferencias son razones.
Razonar, demostrar con argumentos un razonamiento, es siempre en
el fondo establecer, mediante un juicio acertado, la diferencia que
¿Por qué nos equivocamos?
181
constituye “la razón”. Recordemos que el término “razón” conserva,
en matemática, su sentido de ratio, que es cociente o diferencia.
En cuanto a la actividad del “sano juicio” que conduce a conductas acertadas, no cabe duda de que puede expresarse en una de sus
maneras más logradas, mediante una frase que con verdad sentencia
–utilizando siempre el verbo ser– aquello que una cosa es o, también, (en otro juicio) aquello que no es. Sin embargo, cuando ocupándonos de los orígenes del pensar descubrimos su operatividad
primigenia en la posibilidad de satisfacer las necesidades básicas de
un organismo, estamos admitiendo que si bien la sentencia verbal
puede describir muy bien cómo funciona un juicio, la función de
enjuiciar la realidad se ejerce sin necesidad de palabras. Es evidente
que un organismo que consideramos “sencillo”, una ameba, por
ejemplo, “decide” estableciendo una diferencia entre el nutriente
que incorpora y las substancias de las cuales huye. No puede establecer juicios utilizando palabras, tal vez no utilice siquiera los que
podríamos considerar equivalentes primitivos de nuestros conceptos
o de nuestras imágenes, pero es evidente que establece diferencias y
que, para ejercer esa función, debe comparar la re-presentación que
le arroja la memoria con la imagen que le arroja la percepción.
Las experiencias que ha realizado Eric Kandel sobre la memoria,
utilizando al caracol aplysia, fundamentan estas consideraciones ya
que sin la posibilidad de distinguir entre recuerdo y percepción, la
memoria carecería de sentido. Después de todo (como decía Bateson refiriéndose irónicamente a los abusos en la interpretación
de los experimentos de Pávlov), es cierto que el perro segrega jugo
gástrico cuando el profesor suena la campana, pero no se conoce
ningún caso en el que el perro se haya comido la campana. Si tenemos en cuenta que la facultad de una sola célula para establecer
diferencias implica la capacidad para establecer una forma primitiva de lo que Freud denomina identidad de pensamiento, cae por
su propio peso que en los organismos pluricelulares complejos el
proceso se sustancia muchas veces normalmente de manera inconsciente en fenómenos tales como el reconocimiento de la presencia
182
Luis Chiozza
“perceptiva” de un antígeno contrastándolo con lo que se conserva
en la memoria inmunitaria.
Debemos por fin, antes de abandonar el tema de la evolución
del pensamiento, considerar otra cuestión. El verbo “pensar” –en
su modo infinitivo, funcionando como un nombre sustantivo– designa una actividad que produce pensamientos. Los pensamientos
pueden ser imágenes, representaciones, reflexiones, especulaciones
o razonamientos, pero de acuerdo con el desarrollo que hemos resumido, el pensamiento, en su forma más lograda, es el producto
de un proceso que establece identidades a partir de diferencias. Los
pensamientos, como productos del pensar, constituyen lo pensado;
y la cuestión que alcanza una importancia extrema y que queremos
presentar ahora es que, frente a lo pensado, surgen dos actitudes
que atrajeron la atención de Bion, el insigne psicoanalista inglés. Es
posible volver a pensar lo ya pensado o, también, utilizarlo sin más
como una certidumbre que nos exime de ulteriores elaboraciones. Es
necesario reconocer, ante todo, que la inmensa mayoría de los pensamientos que pueblan nuestro ánimo y rigen nuestra vida, y que la
memoria conserva en los meandros inconscientes, funcionan como
pensamientos pre-pensados, como pre-juicios que, bajo la forma de
automatismos habituales, posibilitan –cuando funcionan bien–, que
la enorme complejidad de la vida proceda inconscientemente sin
mayores tropiezos. La inmensa mayoría, decíamos. Pero, también es
necesario tener en cuenta que, así como nuestro ADN se diferencia
en un mínimo porcentaje del ADN que pertenece al chimpancé y
sin embargo esa pequeña diferencia “cuenta” como una gran significancia, tal vez la quintaesencia de nuestra condición humana resida
en la capacidad de “volver a pensar” algunos de nuestros pensamientos pre-pensados cuando “sentimos” que funcionan mal.
La evolución del sentimiento
Freud sostenía que la conciencia percibe como sentimientos, a
las últimas manifestaciones de una descarga afectiva. La neurología
¿Por qué nos equivocamos?
183
establece una distinción análoga entre emoción y sentimiento.
Utiliza el primer nombre para designar la conmoción vegetativa
que surge como producto de los cambios que ocurren en el estado
viscerohumoral, mientras que con el segundo término, designa al
registro y a la categorización de esos cambios que se ejerce con la
intervención de funciones cerebrales. En el primer capítulo, en el
apartado titulado “Acerca de pensamientos y emociones”, decíamos
que el proceso que configura la conmoción vegetativa que llamamos
emoción es un acontecimiento cuya configuración, típica y universal, se conformó en el remoto pasado filogenético de un modo
acorde con los fines que la situación en aquel pretérito justificaba.
Tomando como ejemplo la ira, decíamos también que, si tenemos
en cuenta que en el momento de su determinación filogenética la
ira formaba parte de una contienda física con un oponente, se comprende que forme parte de ese afecto un aumento de la circulación
sanguínea muscular y cerebral. Es decir, que la emoción, en sus
orígenes, se constituía como un conjunto de cambios vegetativos,
de acciones sobre el propio cuerpo, que acompañaban adecuadamente una acción en el mundo. Continuábamos diciendo luego
que, dado que el pensamiento se constituye como el ensayo mental
de una determinada acción, no cabe duda de que todo afecto lleva
implícito en la forma particular que lo constituye un pensamiento
pre-pensado, un pre-juicio, que hoy –cuando los fines a los cuales
el afecto apuntaba ya no se justifican– es antiguo y anacrónico.
Agreguemos, como conclusión, que el afecto es, en su origen, un
pensamiento primitivo, un pre-juicio que ya no se re-piensa, porque, inscripto profundamente en la memoria filogenética del cuerpo como se inscribe el hábito de una acción antiguamente aprendida, se repite como un automatismo inconsciente.
Gustavo Chiozza, partiendo de la diferencia que Freud estableció entre identidad de pensamiento e identidad de percepción,
sostuvo que, análogamente, podemos afirmar que existe una identidad de sentimiento y una identidad de sensación. Veremos ahora cómo la exploración de este fructífero concepto nos arroja otra
184
Luis Chiozza
importante conclusión. Comencemos por decir que la sensación es,
con respecto al sentimiento, lo que es la percepción con respecto al
pensamiento. La percepción de lo presente constituye los objetos
del mundo, que dan lugar a lo que se denomina vida de relación
y, frente a esos objetos “del pensamiento”, se constituyen estados
afectivos que impresionan a la vida que se denomina vegetativa. La
sensación de lo actual constituye los estados subjetivos viscerohumorales “del sentimiento”, que “sujetan” el organismo a las vicisitudes de la vida vegetativa y que se expresan otorgando a los objetos
su significancia en la vida de relación.
El pensamiento, que establece diferencias e identidades de objetos, es un producto de haber comparado, en un instante dado,
el recuerdo –de la experiencia de satisfacción– que en ese instante
re-presentaba una anterior presencia perceptiva, con la percepción
que en ese mismo instante ocurría. El sentimiento, que establece importancias y significados subjetivos, es un producto de haber
comparado, en un instante dado, el recuerdo –de la experiencia de
satisfacción– que en ese instante re-actualizaba una actualidad sensitiva anterior, con la sensación que en ese mismo instante ocurría.
La primera comparación surge, como hemos visto, de la necesidad
de identificar al objeto adecuado para la anulación de una carencia;
la segunda, sirviendo al mismo propósito, consolida o debilita la
conclusión de la primera. Aunque una característica fundamental
de todas las emociones reside precisamente en el hecho de que cada
una obtiene una importancia distinta, la primera y más significativa cualidad de todas ellas es que producen sensaciones de placer
o de displacer. Esto nos ayuda a comprender la importancia que
adquiere el distinguir si el placer o el displacer que se sienten son el
producto del recuerdo que re-actualiza, desde la memoria, una sensación pretérita (que, anticipando y figurándose imaginariamente
la completa actualidad de una satisfacción o de una carencia verdaderas, fuerza la creencia en una realidad que no es tal), o si el placer,
o el displacer, provienen, en cambio, de una sensación actual que
evidencia la realidad de la satisfacción o de la carencia.
¿Por qué nos equivocamos?
185
A pesar de que la palabra “resentimiento” se usa habitualmente
para referirse, en forma unilateral, a sentimientos que no son placenteros, el término resulta ser el más adecuado para designar lo que
sucede cuando se vuelve a sentir una parte de la actualidad de un
sentimiento mediante su re-actualización. Adelantemos enseguida
que, cuando ocurre una identidad de sentimiento, el resentimiento
resultante es “leve” y que, cuando ocurre una identidad de sensación que equivale a lo que en el terreno de la percepción sería una
alucinación, el resentimiento resultante es grave. La función que,
en el terreno de la percepción, cumplían los pretendidos signos de
realidad objetiva (que son signos de presencia perceptiva), deberán
cumplirla, para el caso de la sensación, los signos de actualidad sensitiva (que son signos de apreciación subjetiva). Agreguemos, entonces, que la identidad de sentimiento es el proceso “normal” por
obra del cual se reactualiza, con mesura, una sensación recordada
que otorga significado afectivo a la experiencia que actualmente se
vive. Es posible suponer, incluso, que la identidad de sentimiento
contribuya de manera importante para configurar lo que denominamos una intuición acertada. La identidad de sensación, en cambio, equivalente sensitivo de la alucinación perceptiva, fuerza los
signos de actualidad sensitiva, otorgándole a la experiencia actual
–“transfiriendo” sobre ella– una significancia excesiva, una investidura que, justificada en la experiencia pretérita e injustificada en el
presente, denominamos neurótica. Digamos, por fin, que el pensamiento que establece los juicios acerca de la realidad objetiva –cuyo
fallo se manifiesta como lo que denominamos psicosis– y el sentimiento que establece las atribuciones de importancia –cuyo fallo se
manifiesta en la neurosis–, y que se desarrolla hasta involucrar a los
juicios de valor –cuyo fallo se manifiesta en la psicopatía–, se entretejen estrechamente en la complejidad de nuestra vida inconsciente
configurando una extensa gama de significados y significancias.
Podemos decir que así como el pensar conduce al pensamiento
que constituye lo pensado, el sentir conduce al sentimiento que constituye lo sentido. Vale la pena reparar en que el término “sentido”,
186
Luis Chiozza
utilizado para designar el hecho de que el proceso que denominamos
sentir ya ha sucedido, se use también para referirse al significado y a
la dirección, o a la finalidad, hacia la cual un proceso se encamina. El
significado, pues, no es sólo la intención de un propósito que marcha
hacia su cumplimiento en el futuro, es también el producto de un
sentir que en el pasado ha sucedido. Llegamos a comprender, por
este camino, que los pensamientos pre-pensados y los sentimientos
pre-sentidos, que la memoria guarda como lo pensado y lo sentido,
cuando se repiten desde allí, bajo la forma de automatismos habituales que no vuelven a pensarse ni vuelven a sentirse, constituyen el
significado y la significancia que determinan, desde lo inconsciente,
no sólo nuestros actos y actitudes, sino que determinan también lo
que continuamos pensando y sintiendo en nuestra conciencia.
Las ideas que hoy son yo
Vimos ya que un organismo, el conjunto de sus sistemas, sus órganos, sus tejidos y sus células, puede ser concebido como una compleja, laberíntica y polifacética galería de espejos, cuyas reflexiones
funcionan como otros tantos pensamientos pre-pensados y sentimientos pre-sentidos, la inmensa mayoría de los cuales ejercen sus
acciones en un modo “automático” que transcurre lejos de la conciencia habitual. Si nuestra conciencia a veces registra “movimientos
y transformaciones” en el cuerpo, la mayoría de esas veces, en que
no registra lo sentido y lo pensado, implícitos en la forma, tampoco
registra el “sentido” que, en su doble connotación de valor y de finalidad intencional, anima esos movimientos y transformaciones.
En el capítulo primero, decíamos que los seres humanos, aunque nos identificamos por nuestras diferencias, nos diferenciamos a
partir de una estructura común que es el producto de una evolución
de milenios. Vivimos estructurados y habitados, con-formados, por
innumerables pensamientos que hemos pensado en nuestra infancia
olvidada o que jamás hemos pensado en nuestra vida individual.
Se trata de pensamientos implícitos en la construcción de nuestros
¿Por qué nos equivocamos?
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órganos, en la configuración de nuestras emociones, en la determinación de nuestros actos y, también, en la manera en que, sin pensar
conscientemente, “pensamos” acerca de nosotros mismos, acerca
del mundo en el cual vivimos, y acerca de nuestros semejantes,
conformando los vínculos que establecemos con ellos. Subrayemos
entonces que, cuando en el ejercicio actual de la función que denominamos pensar, lo hacemos de manera deliberada y consciente,
lo hacemos a partir de innumerables pensamientos “anteriores”,
implícitos en nuestro modo de pensar, en la construcción y en el
funcionamiento de los órganos que integran nuestro cuerpo.
La locomotora, inventada por George Stephenson, “contiene”
en su estructura y en sus movimientos, lo pensado por su creador.
Del mismo modo, cuando comprendemos cómo funciona y en qué
consiste la unidad procesadora central de una computadora, aun
sin saber que fue Turing el autor del pensar que la produjo, “vemos”
allí sus ideas. Bhom, en el libro que ya hemos citado, señala que
cuando aparece en la pantalla de nuestro televisor un teléfono, si
oímos un timbre de teléfono surgiendo desde el televisor, asumimos “naturalmente” que el teléfono que vemos es el que suena. De
una manera semejante, asumimos “natural e intuitivamente” que
nuestros pensamientos, producidos por nuestra voluntad, surgen
de manera libre e incondicionada dentro de nuestra cabeza. Pero el
cerebro, como la locomotora, como el CPU de una computadora,
es, en sí mismo una idea, una idea que lo ha precedido y que “él”
no ha pensado. Portmann, el biólogo que fue durante treinta años
director del zoológico de Basilea, en su libro Nuevos caminos de la
biología, frente al hecho de que un gusano platelminto que ha sido
seccionado transversalmente en dos mitades es capaz de formarse,
a partir de su extremidad caudal, un nuevo cerebro y un nuevo par
de ojos, se pregunta: ¿Quién es (o, si se prefiere, en dónde reside)
“él” que se hace a sí mismo un cerebro?
Pienso, luego existo, es la primera asunción de la filosofía cartesiana, lo cual significa que el que piensa soy yo. No se trata, sin
embargo, de una cuestión sencilla, porque cuando yo hablo de mí,
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Luis Chiozza
diciendo que soy yo el que piensa, el yo del que hablo ya no es
el que habla. El yo del que hablo cuando hablo de mí, poniendo
algunas veces una mano sobre mi pecho, corresponde a la imagen
de uno mismo que los ingleses denominan self. Pero, esa imagen es
una construcción del pensamiento, que divide un fenómeno unitario en un observador y un observado, dejando fuera de lo observado al observador que, precisamente, es quien mientras observa,
piensa. Como decíamos recién, no se trata de una cuestión menor,
porque además de lo que ya dijimos, la imagen que de nuestro self
tenemos se construye –como se construyen todos los juicios que al
pensar hacemos, y como se construyen todas las representaciones–
mediante un proceso de abstracción que es condición ineludible de
la actividad que denominamos pensar y que simplifica inevitablemente la realidad, en un momento dado, de acuerdo con los fines
que en ese momento pusieron en marcha nuestro pensamiento.
Cuando Freud describe la transferencia de lo que hoy denominaríamos “el valor afectivo”, desde lo inconsciente hacia los derivados que pertenecen al sistema consciente-preconsciente, describe,
al mismo tiempo, la transferencia de ese significado afectivo sobre
“la persona del médico”. La simultaneidad en las definiciones de
“ambas” transferencias –que son, en el fondo, la misma– nos conduce a pensar que los límites entre “tú” y “yo” son tan relativos a
un instante dado como lo es el dibujo del “yo” que consideramos
nuestro. Podemos sostener lo mismo a partir de la alternativa entre
identidad de pensamiento e identidad de percepción o a partir de la
alternativa entre identidad de sentimiento e identidad de sensación.
La utilización del término “identidad”, en todas esas expresiones,
señala tanto la comparación que sucede entre una representación y
una presencia, o entre una reactualización y una actualidad, como
la coincidencia o discrepancia que sucede entre lo que un “tú” y un
“yo” piensan o sienten, ya que –como lo decimos para el caso de la
transferencia– son dos modos de referirse a un mismo asunto.
Volvamos, ahora, sobre la idea de que nuestro organismo se
conforma en cuerpo y alma como una estratificación compleja de
¿Por qué nos equivocamos?
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pensamientos ya pensados que se conservan y ejecutan desde la memoria inconsciente, para agregar que esa estructura funcionante existe
“antes” y trasciende la configuración de aquello que denominamos
“yo”. Agreguemos, también, que trasciende los límites que desde nuestra conciencia trazamos entre los organismos que integran un ecosistema, y que esa misma organización estructural condiciona que los seres
humanos vivamos inmersos en un sistema de valores y de ideas que
asumimos como si fueran el producto de un pensamiento propio.
Una característica importante de esa estructura funcionante
(autocreativa, como se ha dicho de la vida misma) es que protege
la perduración inmodificada de lo ya pensado, sancionando con
displacer la discrepancia y premiando con placer la concordancia.
No se trata de una perduración, ni de una protección que son, en sí
mismas, dañinas o absurdas; muy por el contrario, es gracias a ellas
que la vida, aun procediendo entre tropiezos, al fin procede. Pero,
también es cierto que existe la posibilidad de que una parte del pensamiento acceda a una conciencia que puede re-pensarlo, y que ese
re-curso nos faculta para progresar, crecer y evolucionar frente a las
cosas que nos salen mal. Si tenemos en cuenta que las sensaciones
de displacer, desasosiego y angustia que acompañan el esfuerzo de
pensar de nuevo, y las de placer que se disfrutan cuando nos entregamos a la facilidad de los hábitos, transcurren con la secreción de
sustancias poderosas, como lo son, por ejemplo, las endorfinas, no
sólo comprendemos la fuerza que alcanza la resistencia al cambio,
sino también la profunda inquietud y el malestar visceral que nos
aquejan cuando, motivados por el valeroso reconocimiento de una
incoherencia que no se sostiene, acometemos el intento de pensar
aquello que, a primera vista, se nos antoja impensable.
¿En qué nos equivocamos?
Alcanzar una meta propuesta supone siempre inaugurar un
principio que comienza como un nuevo propósito. De este modo,
nuestra indagación acerca de por qué enfermamos nos condujo a
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Luis Chiozza
las historias que se ocultan en las enfermedades del cuerpo y a indagar en las cosas de la vida que más nos importan y que fácilmente
se nos vuelven difíciles. Esa nueva indagación trajo con ella preguntas sobre lo que nos hace la vida que hacemos y por qué, al hacer
nuestra vida, cometemos, tantas veces, equivocaciones graves. Llegamos, por este camino, a la conclusión de que emocionalmente
nos conformamos, con demasiada frecuencia, con pensamientos
malpensados que son inconscientes, que impregnan el consenso
dentro del cual vivimos y que funcionan mal. Pero no se trata,
claro está, de pensamientos que sólo comprometen una vertiente
intelectual de nuestra vida. Muy por el contrario, se trata, como ya
hemos visto, de lo pensado que se ha enraizado en lo sentido y en lo
actuado, para seguir determinando desde allí lo que hoy pensamos
y sentimos, determinando de este modo aquello que con la vida
hacemos. Somos así, muchas veces y sin darnos cuenta, las víctimas
incautas de nuestros propios motivos.
Al terminar este libro se divisa, otra vez, la invitación a un camino. Hemos visto muchas veces que, frente al dolor de un fracaso
hondamente sentido, la pregunta se aleja ya del por qué para ingresar en el dónde, en qué punto y en qué vuelta del camino fue
elegido el desvío que constituyó el error. Pensamos entonces que,
frente a “lo que nos hace la vida”, necesitamos descubrir “en qué”
nos equivocamos y tratar de saber, si queremos estar prevenidos, en
dónde “saltará la liebre” la próxima vez. Explorar ese campo constituye una excursión atrayente, por un territorio en el que, junto
a incomodidades y esfuerzos, tal vez abunden sorpresas e intrigas.
Es cierto que necesitamos aprender y que, frente a los sinsabores
que nos depara la vida, el ingenio constituye un indudable valor.
Pero también, si no podemos tener lo que queremos, necesitamos
querer lo que tenemos. Necesitamos aceptar que las cosas que no
son, siempre son otras cosas, y que “la razón” del ser que se ha
concretado en ese modo de “ser real”, que caracteriza a lo que “es”,
precisamente consiste en que existe, resiste e insiste más allá de las
razones que alegan su “sinrazón” de ser.
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